MIRIAM REYES. LA EDAD INFINITA
Bienvenidos una semana más a Todos los libros un libro, que hoy quiere proponeros un viaje literario a un país convulso, presente en los medios de comunicación del mundo entero, singularmente los españoles, desde hace décadas, en particular en los últimos años y muy especialmente en estos meses, a raíz del devastador terremoto que castigó a una población ya muy golpeada por la política, la corrupción, los abusos, las injusticias, la opresión. Se trata de Venezuela, a cuya realidad nos acercaremos a través de tres novelas, muy distintas, de autores con coordenadas biográficas y profesionales bien diferentes y con temáticas y planteamientos narrativos también disímiles, aunque coincidentes las tres en ubicarse en escenarios, reflejar la historia y dar cuenta de la situación política de la nación caribeña. Tras La hija de la española, el estupendo y aclamado debut literario de Karina Sainz Borgo, con la que inauguramos esta semana dedicada a Venezuela en Todos los libros un libro, me centro ahora en La edad infinita, una novela claramente autobiográfica de la orensana Miriam Reyes, hija de padres emigrantes en Venezuela y residente ella misma en ese país desde los ocho a los veinte años, aproximadamente, si el paralelismo con su protagonista se extiende también a esta circunstancia.
Bastantes de los rasgos fundamentales del marco en que se desenvuelve La hija de la española comparecen también en La edad infinita, primera y relativamente exitosa novela de la poeta Miriam Reyes: Venezuela en su realidad social, política, económica y hasta lingüística; la emigración española y, de un modo destacado en este caso, también gallega; las ideas de desarraigo, identidad y pertenencia; entre otros. Formada en Letras en la Universidad Central de Venezuela, licenciada en Filología Hispánica en la de Barcelona, traductora y videocreadora, Reyes cuenta con una reconocida trayectoria como poeta, habiendo obtenido el Premio Nacional de Poesía en 2025 con su poemario “Con”. En este su debut en la ficción (aunque, ¿no cabría catalogar como ficción la poesía?), la gallega, nacida en Orense en 1974, ha optado por recrear, de un modo emotivo y muy bello, su propia experiencia, a través de la infancia, adolescencia y primera juventud de una niña en Venezuela, adonde llega en 1983, siguiendo los pasos de sus padres, emigrados en 1981, el padre, y 1982, la madre.
La complejidad, la dureza, el fuerte impacto emocional de esa doble experiencia del desarraigo -el que acontece tras su viaje infantil a Venezuela y el de su vuelta a España, ya adulta, en su primera juventud- explica lo tardío de la escritura de su libro, la larga espera de tres décadas para recoger en palabras su vivencia, como refleja este fragmento entresacado de las últimas páginas de la novela: Me considero lenta porque tengo la percepción de que suelo necesitar mucho tiempo para recorrer distancias no geográficas. Necesité mucho tiempo para dejar de llorar por las noches, por ejemplo. Mucho tiempo y algunas medidas drásticas, como borrar por completo el país del que venía. Dos veces necesité hacerlo y dos veces lo hice. La edad no marcó gran diferencia en la duración del proceso. Y he necesitado todavía más tiempo para sentarme a escribirte. Y ese “escribirte” necesita aclaración, pues ese destinatario innominado pero de identidad fácilmente deducible, es uno de los tres roles esenciales en ese proceso de remembranza en que consiste la novela. ¿A quién alude ese “te”? ¿Quién escribe y a quién? Esas dudas asaltan al lector ya al poco de empezar la lectura, disipadas bien pronto (todas las negritas son mías):
Tengo ocho años. Con las pupilas dilatadas imagino lo que leo en los libros. ¿Había todo esto en el lugar del que procedo y nadie me lo enseñó? ¿Procedo de un país? Seguro que no. Procedo de la casa de mis abuelos. De un cuarto sin ascensor en un pequeño edificio de protección oficial frente a la Estación de San Francisco. De esos sesenta metros cuadrados. O tampoco. Más bien procedo del espacio que esos cuerpos abrían para mí. No de la casa sino del abrazo de los abuelos. Ahí tenía yo mi lugar antes de conocerte.
Algunas noches esa niña viene a hablarme. Viene en sueños a quejarse de que piense en ti más de lo que pienso en ella.
Le miento. A veces parece que me cree, que es la niña inocente, la fácil de engañar. Otras, me acusa de no haberla amado nunca. De ser un estorbo para mí igual que para los demás. Un desamparo que preferí evadir.
Por eso me he decidido a escribirte. No tengo propósito, más bien tengo necesidad.
Admito que nada más llegar te vi como una cárcel. Muy pronto te convertiste en mi hábitat preferido, yo perfectamente amoldada a ti. Más tarde, fuiste mi manicomio, mi isla del tesoro y mi sala de fiestas, todo a la vez. Desde hace unos años, mi paraíso perdido.
Así que tenemos a una niña de ocho años que añora a sus abuelos, a los que ha dejado atrás en “el lugar del que procedo”. Tenemos también a una mujer adulta que la piensa, que recupera su presencia infantil -la edad infinita-, que “va a buscarla” (Entonces no es ella quien me sorprende en sueños, sino que soy yo quien va a buscarla), que la evoca en la distancia. Y tenemos por fin a ese “te”, esa Venezuela -cárcel, hábitat preferido, manicomio, isla del tesoro, sala de fiestas, paraíso perdido- que la narradora investiga, que quiere recuperar en su presente de adulta (llevo tiempo buscándote en los lugares más disímiles: en todo tipo de cifras, toponimias y accidentes geográficos, en esquinas, edificios y bares, en cartas de personas que nunca conocí, testimonios ajenos, recuerdos de amigos, decretos, tesis doctorales, actas y discursos, en marcadores económicos y en los rincones más recónditos de la niña), a la que se dirige e interpela, y a la que describe con precisión. He aquí a las tres protagonistas, unidas en un breve párrafo: Entiendo que te preguntes con recelo desde cuándo escriben cosas así las niñas de ocho años. Yo también me lo pregunto. Y hasta me avergüenzo un poco.
Y sobre ese triángulo basal se edifica la novela, que es la historia de esa niña, frágil, insegura, vulnerable, que en 1983 abandona Galicia para reunirse en Venezuela con unos padres emigrados años antes y ahora algo desapegados; perdiendo en el camino, además del entorno confortable, cariñoso y tierno de sus abuelos, todo su mundo conocido, sus referentes vitales y hasta cierto punto también su lengua; obligada ahora aclimatarse a un habla, una geografía, unos afectos -o su inexistencia-, unas costumbres y, en fin, una nueva vida, extraños, chocantes, extravagantes e incomprensibles. La novela recorre esos años, en una narración en la que la existencia de la niña corre en paralelo a la del país, mostrando las convulsiones de la biografía íntima de la muchacha, su crecimiento y maduración, su complejidad psicológica, a la par que refleja las transformaciones externas que experimenta Venezuela y el deterioro, el desmoronamiento, el derrumbe colectivo, social, económico y político que padecerá en esos años (en un proceso que llega a nuestros días), en uno de los grandes aciertos del libro, que se lee así simultáneamente como el relato de formación de una niña y la descripción del declive de un país que había sido durante décadas una tierra de promisión para miles de inmigrantes españoles.
Así, en ese recorrido por la infancia y la adolescencia de la narradora conocemos su desconcierto y su incertidumbre en la llegada al nuevo país; la añoranza, la tristeza y las lágrimas por las muchas pérdidas (la afectuosa cotidianidad con los abuelos, las caricias al lóbulo de la oreja del abuelo, los cálidos cuellos que llenaba de besos, el entorno orensano, pero también, en cierto modo, su propia identidad conformada en sus ocho primeros años de vida, la de la criatura que ha dejado de ser: la que vivía con sus abuelos en una ciudad de provincias donde todavía se veían huertos y gallinas en las casas de las afueras; una ciudad de piedra y musgo, pequeña como un pesebre y, aun así, llena de lugares por descubrir que permanecerán inexplorados); la adaptación a la escuela, tan distinta a la muy acogedora de su origen; el trato con sus nuevos compañeros (En su nuevo colegio a veces la llaman por el nombre de un personaje de dibujos animados porque comparte su prosodia, y quizá algo más que todavía no descifra. Cuánto se parece a ese pollito negro que nace justo cuando sus padres salen a hacer un recado y se encuentra en una casa desierta. Ese pollito que va por la vida con el cascarón de sombrero, quejándose de las injusticias que sufre); el difícil acomodo a una, en el fondo, nueva lengua, ya desde el colegio (hay pasajes que evocan la sonoridad del habla venezolana o la ininteligibilidad de algunas expresiones: Decir, por ejemplo, que el chiriguare tiene rabo de burro y boca de bagre; que sin dinero un puente se repara con cáscara de huevo; que va a comer gusano si nadie la quiere y todos la odian; que amarillo, azul y rojo la bandera de los piojos o que el cacique Guaicaipuro puro puro ha matado a su mujer jer jer porque no le dio dinero nero nero); la aclimatación al hogar (el espacio desconocido que a partir de ahora debe llamar «casa»), una vivienda modesta, y a la poco cálida convivencia familiar, con unos padres en los que no percibe cercanía alguna, siempre distantes, trabajando, permanentemente ajenos en su insatisfacción vital; el contacto con el universo de la emigración, singularmente la gallega; el descubrimiento progresivo de un país, de una sociedad, una cultura desconcertantes; la conciencia de la soledad y el desarraigo, de saberse a caballo de dos mundos; el oscuro incidente vivido entre los diez y los once años, no podría ubicarlo con exactitud, un acontecimiento decisivo, que no se desvela hasta el último tramo de la novela pero del que la autora va dejando pistas -sutiles, elegantes, discretas- a lo largo del texto, casi desde su inicio: Sé que por algún lugar hay un volcán escondido en una selva de rencor que sigue creciendo exuberante dentro de ella; la precoz entrega a la escritura (escribe sobre sí misma en tercera persona. Necesita escribir su historia. No puede saber por qué, solo tiene ocho años. La empieza una y otra vez con la misma frase: «Ella no se sentía sola, se sentía vacía, no sabía si llorar o gritar, no podía creer que algo así le sucediera a ella». No me lo invento. Es un apunte verídico, aunque sea poco verosímil. Entiendo que te preguntes con recelo desde cuándo escriben cosas así las niñas de ocho años. Yo también me lo pregunto. Y hasta me avergüenzo un poco. No te creas que sé por qué la niña hace lo que hace. La hipótesis que barajo es que el gran desplazamiento le quiebra la infancia en dos, pero el corte no es limpio y de la parte que queda colgando asoma el hueso de la adolescencia. Por eso todo le falta y todo le duele. Es una adolescente de ocho años; en un fragmento sustancial en sí mismo y también en tanto vuelve a recoger la presencia de los tres “personajes”: la narradora adulta con su mirada retrospectiva y analítica, que intenta entender; la niña de cuya infancia se da cuenta en la novela; y la Venezuela pasiva y silenciosa, última destinataria del relato). Y también, con el transcurrir del tiempo, los estudios de bachillerato, la universidad, la conciencia ideológica, el compromiso político.
De todas estas dimensiones que la novela va mostrando, me interesa comentar, siquiera brevemente, algunas, a mi juicio, especialmente relevantes. En primer lugar, y por encima del todo, sobresale la construcción del personaje de la niña como una figura que encarna el desplazamiento permanente, la experiencia del desarraigo, la fragmentación identitaria y la pérdida de continuidad biográfica. Su caracterización se presenta a partir de su propia percepción de la tensión entre dos mundos -el de origen y el de llegada- que nunca llegan a estabilizarse del todo. Como la niña inocente que es -y como la poeta que es su creadora- se enfrenta a su sobrevenida realidad de un modo hipersensible, constatando su extrañeza, su “extranjerismo” estructural, su identidad en cierto modo fluida, obligada a reformularse, tan pequeña, extraviada, sin puntos de referencia en su contacto con esa vida nueva, como en este largo pero elocuente y exhaustivo fragmento: Las personas acostumbran a extraviarse cuando no tienen puntos de referencia, y ella acaba de perderlos. Todo es diferente para la niña: desde el cielo sobre su cabeza hasta la tierra bajo sus pies. También el aire y el agua que entran y salen de su cuerpo. Y, por supuesto, el lugar donde duerme, quienes viven con ella, la hora a la que se levanta, quien la despierta, las normas que debe obedecer en el lugar llamado «casa», el uniforme, lo que desayuna, la forma de desplazarse hasta el colegio, las calles, los edificios, las ventanas de los edificios, la cantidad de personas en la calle, la hora a la que sale el sol, el lugar llamado «colegio», las normas que debe obedecer en ese lugar, la hora a la que empiezan las clases, las clases, las maestras, las monjas, las compañeras, las aulas, los pupitres, las asignaturas, los cuadernos, el tamaño de las hojas de papel, los nombres de los colores de los lápices de colores, los baños, el patio de recreo, el recreo, la hora a la que terminan las clases, la forma de nombrar las calles y de dar direcciones, la hora de comer, las frutas, los pescados, los bocadillos, los dulces, los programas de televisión, los autobuses, las marcas, el clima, los bañadores, los árboles, los pájaros, los insectos, el mar, las flores, los olores, los juegos, los bailes, los chistes, los chicles, los refrescos, las tiendas, los helados, la música, los instrumentos musicales, el sonido del idioma, las interjecciones, los insultos, las muletillas, los piropos, los saludos, las despedidas, la hora a la que no se puede caminar por la calle y lo que no se puede hacer en la calle a ninguna hora. Un desajuste total, en definitiva: lenguas, códigos culturales, afectos familiares y geografías que no encajan en la personalidad que la ha definido hasta entonces y que provocan su desconcierto, la disonancia, la ruptura.
Es, en definitiva, una niña que ya no es ni de aquí ni de allá, imposibilitada de vivir el sentimiento de pertenencia, incapaz de recuperar el “nosotros” que la arropaba en su etapa española (De momento, carece de un nosotros. No puede incluirse en el de los padres, esos desconocidos, y todo el conjunto de personas que formaban parte del nosotros en el que se incluía está fuera de su alcance). Y esta desazón, esta precoz y desgarradora conciencia de que ya no pertenece del todo a la cultura de origen ni ha logrado integrarse en la de acogida, define a la niña y permanece en la memoria de la adulta. En conjunto, la caracterización de la niña en la novela puede entenderse como la de una subjetividad en tránsito permanente, definida por la pérdida de continuidad (ese 1983 en el que la idea de continuidad se quebró para ti también), la experiencia del desarraigo, la tensión entre mundos culturales y la supervivencia de la infancia como forma de percepción del mundo.
A esta sensación de extrañamiento contribuye en gran medida -aparte de la singularidad venezolana, que luego comentaré- la muy diferente vivencia de la emigración para sus padres y para ella misma, en un desfase que acentúa la tensión con que la niña vivirá su “reubicación”. La pequeña está marcada por esa dualidad fundamental entre su experiencia y la de sus padres. Mientras estos (llegados a Venezuela cuando aún se concebía el país como fuente de riqueza, a partir de la “explosión” petrolífera, de la “quimera del oro” que ellos ignoran que ya se ha agotado y que se precipita hacia el endeudamiento y la quiebra) conciben la migración como un proyecto económico reversible -trabajar, ahorrar y regresar-, la niña la vive como una transformación inevitable e irrecuperable de su mundo. Los adultos mantienen la lógica del retorno, aceptando resignados las limitaciones, la precariedad, la explotación, el sufrimiento, la ausencia de motivos para la felicidad, confiando en una ya improbable abundancia futura; ella, en cambio, empieza a habitar un presente sin retorno posible. Esta divergencia se suma a la fractura entre los dos mundos que percibe en su día a día por lo que, de este modo, su familia no operará como un ámbito acogedor que pudiera contribuir a la construcción y la afirmación de su identidad, sino que resultará ser otro ámbito más de disonancia, desarreglo y perturbación.
Vinculados a esta cuestión nuclear aparecen otros dos frentes de interés en el libro: el modo en que se “dibujan” las figuras de los padres y, a través de ellos, la representación del entorno de los emigrantes gallegos en Venezuela. Los padres están marcados por el fracaso, por la decepción, por el cansancio y, pese a ello, por una obstinación en el exitoso retorno, a menudo dolorosa por improbable, por imposible. El padre atraviesa el Atlántico en 1981, pensando en la creciente prosperidad que deriva del petróleo, pero ignorante de que lo que subía imparable e imbatible en 1973, en 1974, en 1975 había empezado a bajar y lo hacía rodando. Su mujer lo sigue un año después confiando en la tierra prometida, en multiplicar los panes y los peces, pero cuando vuelve a España para recoger a su hija, en 1983, apenas han transcurrido seis meses del día que pasaría a la historia como Viernes Negro por marcar el fin de cien años de estabilidad económica en el país caribeño. Su experiencia no es épica, como la de tantos otros emigrantes que, tras su indecible lucha por abrirse paso en territorio y en circunstancias hostiles, logran triunfar, vuelven como una suerte de enriquecidos héroes a sus pueblos norteños -gallegos, asturianos, cántabros- o se asientan en sus países de acogida al frente de sus prósperos negocios. Por el contrario, los padres de la protagonista viven una emigración precaria, hecha de pobreza, de necesidad, de limitaciones, de dificultades, de trabajos miserables, de viviendas exiguas, de una preocupante y obsesiva falta de dinero. Con su sobresaliente escritura poética, Reyes describe en pocas líneas ese clima de fracaso: Fueron muchos los planes que cayeron al piso [la narradora acoge las singularidades del habla venezolana que percibe y aprende en su infancia: El piso es el suelo que pisas, y el suelo una palabra que existe pero que no se pisa mucho], no solo el de los padres. Cuando tengo edad de trabajar, esos planes motean las calles como chicles. Desde los más ambiciosos a los más modestos, motas de mugre bajo nuestros pasos nerviosos, apurados, escorados por el miedo. No los escupimos como chicles, aunque lo parezcan; tan mascados en nuestras bocas, caen, continúan cayendo y les pasamos por encima, los miramos con disgusto. Nos quejamos de lo feas que están las calles mugrientas de fracaso. Pese a este panorama, los padres se acomodan, se encierran en su burbuja, se aíslan, contemplan el mundo externo como si contuviera una amenaza, con resentimiento, con desprecio. A diferencia de la niña, que quiere ser venezolana, cantar el himno, hablar como sus compañeras, pertenecer al país de acogida, ellos carecen de curiosidad hacia el mundo nuevo, no intentan adaptarse (más allá de la forzada adecuación al clima general de corrupción), son barro cocido, demasiado hechos ya. La visión de la emigración que emana de la vivencia de los progenitores es cerrada, endogámica (con los encuentros en la Hermandad Gallega, el himno de “los pinos” -Que din os rumorosos na costa verdecente, ao raio transparente do prácido luar?; el himno gallego que se repite en sus fiestas-, las comidas, las borracheras, las canciones de la tierra: Son las canciones de sus padres y de los que son como sus padres. Gentes capaces de hacerse una casa en una canción, una nación en una borrachera, la nostalgia); en una experiencia que rezuma desprecio (el que expresan los venezolanos hacia el extranjero y el que este manifiesta hacia los lugareños), prejuicios (también en ambas direcciones: el olor a cebolla del portugués, del gallego; el racismo), y dificultades para la integración.
Como consecuencia de todo ello, el clima familiar es frío, hostil incluso, con un padre autoritario, prepotente, violento incluso, en ocasiones, dueño y señor de su rreino (por razones que se me escapan la autora escribe siempre la palabra con dos erres, quizá para subrayar la poderosa fuerza represora del dominio paterno, quizá para remarcar el carácter metafórico de esa autoridad suprema, que exige el sometimiento, la aceptación sumisa de hija y madre: La niña tampoco entiende cómo la madre aguanta al padre, aunque no sea bruto ni más viejo que ella, o cómo muchas de las otras mujeres con las que se juntan aguantan a sus maridos, sobre todo a los que el fin de semana empiezan con los cubatas en el desayuno y para la hora de la cena ya las están insultando a gritos sentados a la mesa, con los ojos inyectados en sangre, escupiendo sobre los platos de los demás). Nada hay, apenas, sobre todo en relación con el padre (vinculado de una manera que el lector intuye a ese episodio impreciso, sombrío y doloroso de sus diez u once años), de cariño, de ternura, de refugio seguro que por el contrario sí representaba el hogar de los abuelos, y sí mucho de silencios, malentendidos, incomprensión, vergüenza. Ese ámbito familiar, definido en particular por la presencia paterna, es una nueva fuente de conflictos para la sensible y extraviada personalidad de la niña.
La última vertiente del libro en la que quiero detenerme es la que afecta a la importante presencia de Venezuela, mucho más que un mero escenario que enmarca la peripecia vital de la protagonista. La novela recorre los principales hitos políticos, económicos y sociales de la convulsa historia del país en aquellos años. Como ya he comentado, la trayectoria de la niña aparece conectada, fuertemente imbricada, a la evolución de Venezuela, con vínculos que la hacen dudar acerca de si es una forma de predestinación o un mero azar lo que las une a ambas: el nombre del barrio donde la niña vivía en Orense es el mismo que el primer nombre castellano con el que se designó al gran valle donde se levantó Caracas; su llegada a Venezuela coincidente con el bicentenario del nacimiento, del libertador Bolívar y con el aniversario de la fundación de la capital; entre otras coincidencias. El lector conoce así el final de la Venezuela de la abundancia derivada del petróleo (la niña llega en 1983, el año del llamado Viernes Negro, cuando el gobierno devalúa la moneda y pone fin a décadas de estabilidad monetaria); el consiguiente agotamiento del ciclo histórico favorable; la crisis económica y la deuda externa de los años ochenta, en una etapa, tras el auge petrolero, de endeudamiento, inflación y colapso económico (el ambiente doméstico trasluce ese deterioro colectivo, el hogar familiar convertido también en un espacio hostil, tensionado); los movimientos revolucionarios, izquierdistas, la rebelión estudiantil (que coinciden con la etapa universitaria de la protagonista, que vive las contradicciones de su confuso despertar político: Revolución es una palabra que sabe dulce en su boca, pero cuando intenta digerirla, le acidifica el estómago y acaba quemándole la garganta); el aumento de la violencia urbana en Caracas, fruto de la insatisfacción, la escasez, la miseria, la desigualdad, la falta de libertades; sucediéndose los asaltos, los atracos, los saqueos en tiendas y comercios, la degradación social y urbana; el definitivo fracaso del sueño venezolano y la clausura de este recorrido paralelo: una niña y un país que pierden la inocencia. El feliz y exuberante territorio de acogida se ha convertido en un lugar de éxodo y la joven abandonará también, con desgarro, el país.
El relato de esta última etapa de disturbios y revueltas es el más abierta y explícitamente político del libro y, a mi juicio, el menos logrado, con opciones literarias discutibles (un pasaje que recoge dos decenas de titulares de prensa dando cuenta de noticias, declaraciones, sucesos e incidentes en las calles; una algo demagógica y elemental digresión sobre el papel de España en el “descubrimiento” de hace quinientos años, culminada con una innecesaria y reiterativa página alusiva a la celebración del Día de la Fiesta Nacional de los respectivos países hispanoamericanos; un inciso sobre el racismo y la esclavitud) y, en cualquier caso, con un subrayado algo enfático de determinadas posturas ideológicas, razonables en su mayoría pero, desde mi punto de vista, superfluas en el contexto general de una novela, por lo demás, muy apreciable.
Cierro este comentario con un precioso y muy significativo fragmento del libro y con el Himno gallego, que como he señalado suena en un pasaje de la obra, reflejando a la vez su atmósfera melancólica, en la interpretación de Luar na lubre.
Si algún día pudiera contar su historia comenzaría diciendo: en la madrugada umbral entre el día del bicentenario del nacimiento del libertador y el día de la fundación de la gran ciudad, una niña, al otro lado de la noche, se levanta del sofá cama donde duerme con su prima y abre la puerta de la calle con cuidado de no despertar a los abuelos. En el rellano encuentra una cesta de mimbre con un bebé de goma. La agarra por el asa y baja descalza los cuatro pisos de escaleras, abre el portal y lo cierra muy despacio. Bordea el muro de la estación y entra por la explanada. Cruza las vías y se detiene frente al pequeño túnel ciego. No se ve nada. Aprieta la cesta con el bebé de goma contra su pecho, cierra los ojos y echa a andar. Huele a humedad y sus pasos resuenan como si no caminara sola. Está a punto de abrir los ojos cuando una fuerza la levanta del suelo y la absorbe como una aspiradora gigante, para vomitarla después por el otro extremo. Cuando finalmente los abre está acostada dentro de la cesta, bajo la copa de un árbol que nunca había visto, frente a una iglesia pintada de blanco y gris. Quiere hablar pero no le salen las palabras, al mover la lengua nota que sus encías lisas no tienen dientes. Se mira las manos minúsculas y se asusta. Llora, y su llanto suena como las sirenas que rompen la noche.
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Miriam Reyes. La edad infinita





