Vivo entre muchos libros y extraigo una gran parte de mis ganas de vivir del hecho de que aún leeré la mayoría de ellos. (Elias Canetti)

viernes, 18 de septiembre de 2026

MIRIAM REYES. LA EDAD INFINITA

Bienvenidos una semana más a Todos los libros un libro, que hoy quiere proponeros un viaje literario a un país convulso, presente en los medios de comunicación del mundo entero, singularmente los españoles, desde hace décadas, en particular en los últimos años y muy especialmente en estos meses, a raíz del devastador terremoto que castigó a una población ya muy golpeada por la política, la corrupción, los abusos, las injusticias, la opresión. Se trata de Venezuela, a cuya realidad nos acercaremos a través de tres novelas, muy distintas, de autores con coordenadas biográficas y profesionales bien diferentes y con temáticas y planteamientos narrativos también disímiles, aunque coincidentes las tres en ubicarse en escenarios, reflejar la historia y dar cuenta de la situación política de la nación caribeña. Tras La hija de la española, el estupendo y aclamado debut literario de Karina Sainz Borgo, con la que inauguramos esta semana dedicada a Venezuela en Todos los libros un libro, me centro ahora en La edad infinita, una novela claramente autobiográfica de la orensana Miriam Reyes, hija de padres emigrantes en Venezuela y residente ella misma en ese país desde los ocho a los veinte años, aproximadamente, si el paralelismo con su protagonista se extiende también a esta circunstancia. 

Bastantes de los rasgos fundamentales del marco en que se desenvuelve La hija de la española comparecen también en La edad infinita, primera y relativamente exitosa novela de la poeta Miriam Reyes: Venezuela en su realidad social, política, económica y hasta lingüística; la emigración española y, de un modo destacado en este caso, también gallega; las ideas de desarraigo, identidad y pertenencia; entre otros. Formada en Letras en la Universidad Central de Venezuela, licenciada en Filología Hispánica en la de Barcelona, traductora y videocreadora, Reyes cuenta con una reconocida trayectoria como poeta, habiendo obtenido el Premio Nacional de Poesía en 2025 con su poemario “Con”. En este su debut en la ficción (aunque, ¿no cabría catalogar como ficción la poesía?), la gallega, nacida en Orense en 1974, ha optado por recrear, de un modo emotivo y muy bello, su propia experiencia, a través de la infancia, adolescencia y primera juventud de una niña en Venezuela, adonde llega en 1983, siguiendo los pasos de sus padres, emigrados en 1981, el padre, y 1982, la madre. 

La complejidad, la dureza, el fuerte impacto emocional de esa doble experiencia del desarraigo -el que acontece tras su viaje infantil a Venezuela y el de su vuelta a España, ya adulta, en su primera juventud- explica lo tardío de la escritura de su libro, la larga espera de tres décadas para recoger en palabras su vivencia, como refleja este fragmento entresacado de las últimas páginas de la novela: Me considero lenta porque tengo la percepción de que suelo necesitar mucho tiempo para recorrer distancias no geográficas. Necesité mucho tiempo para dejar de llorar por las noches, por ejemplo. Mucho tiempo y algunas medidas drásticas, como borrar por completo el país del que venía. Dos veces necesité hacerlo y dos veces lo hice. La edad no marcó gran diferencia en la duración del proceso. Y he necesitado todavía más tiempo para sentarme a escribirte. Y ese “escribirte” necesita aclaración, pues ese destinatario innominado pero de identidad fácilmente deducible, es uno de los tres roles esenciales en ese proceso de remembranza en que consiste la novela. ¿A quién alude ese “te”? ¿Quién escribe y a quién? Esas dudas asaltan al lector ya al poco de empezar la lectura, disipadas bien pronto (todas las negritas son mías): 

Tengo ocho años. Con las pupilas dilatadas imagino lo que leo en los libros. ¿Había todo esto en el lugar del que procedo y nadie me lo enseñó? ¿Procedo de un país? Seguro que no. Procedo de la casa de mis abuelos. De un cuarto sin ascensor en un pequeño edificio de protección oficial frente a la Estación de San Francisco. De esos sesenta metros cuadrados. O tampoco. Más bien procedo del espacio que esos cuerpos abrían para mí. No de la casa sino del abrazo de los abuelos. Ahí tenía yo mi lugar antes de conocerte. 

Algunas noches esa niña viene a hablarme. Viene en sueños a quejarse de que piense en ti más de lo que pienso en ella. 
Le miento. A veces parece que me cree, que es la niña inocente, la fácil de engañar. Otras, me acusa de no haberla amado nunca. De ser un estorbo para mí igual que para los demás. Un desamparo que preferí evadir. Por eso me he decidido a escribirte. No tengo propósito, más bien tengo necesidad. 

Admito que nada más llegar te vi como una cárcel. Muy pronto te convertiste en mi hábitat preferido, yo perfectamente amoldada a ti. Más tarde, fuiste mi manicomio, mi isla del tesoro y mi sala de fiestas, todo a la vez. Desde hace unos años, mi paraíso perdido. 

Así que tenemos a una niña de ocho años que añora a sus abuelos, a los que ha dejado atrás en “el lugar del que procedo”. Tenemos también a una mujer adulta que la piensa, que recupera su presencia infantil -la edad infinita-, que “va a buscarla” (Entonces no es ella quien me sorprende en sueños, sino que soy yo quien va a buscarla), que la evoca en la distancia. Y tenemos por fin a ese “te”, esa Venezuela -cárcel, hábitat preferido, manicomio, isla del tesoro, sala de fiestas, paraíso perdido- que la narradora investiga, que quiere recuperar en su presente de adulta (llevo tiempo buscándote en los lugares más disímiles: en todo tipo de cifras, toponimias y accidentes geográficos, en esquinas, edificios y bares, en cartas de personas que nunca conocí, testimonios ajenos, recuerdos de amigos, decretos, tesis doctorales, actas y discursos, en marcadores económicos y en los rincones más recónditos de la niña), a la que se dirige e interpela, y a la que describe con precisión. He aquí a las tres protagonistas, unidas en un breve párrafo: Entiendo que te preguntes con recelo desde cuándo escriben cosas así las niñas de ocho años. Yo también me lo pregunto. Y hasta me avergüenzo un poco

Y sobre ese triángulo basal se edifica la novela, que es la historia de esa niña, frágil, insegura, vulnerable, que en 1983 abandona Galicia para reunirse en Venezuela con unos padres emigrados años antes y ahora algo desapegados; perdiendo en el camino, además del entorno confortable, cariñoso y tierno de sus abuelos, todo su mundo conocido, sus referentes vitales y hasta cierto punto también su lengua; obligada ahora aclimatarse a un habla, una geografía, unos afectos -o su inexistencia-, unas costumbres y, en fin, una nueva vida, extraños, chocantes, extravagantes e incomprensibles. La novela recorre esos años, en una narración en la que la existencia de la niña corre en paralelo a la del país, mostrando las convulsiones de la biografía íntima de la muchacha, su crecimiento y maduración, su complejidad psicológica, a la par que refleja las transformaciones externas que experimenta Venezuela y el deterioro, el desmoronamiento, el derrumbe colectivo, social, económico y político que padecerá en esos años (en un proceso que llega a nuestros días), en uno de los grandes aciertos del libro, que se lee así simultáneamente como el relato de formación de una niña y la descripción del declive de un país que había sido durante décadas una tierra de promisión para miles de inmigrantes españoles. 

Así, en ese recorrido por la infancia y la adolescencia de la narradora conocemos su desconcierto y su incertidumbre en la llegada al nuevo país; la añoranza, la tristeza y las lágrimas por las muchas pérdidas (la afectuosa cotidianidad con los abuelos, las caricias al lóbulo de la oreja del abuelo, los cálidos cuellos que llenaba de besos, el entorno orensano, pero también, en cierto modo, su propia identidad conformada en sus ocho primeros años de vida, la de la criatura que ha dejado de ser: la que vivía con sus abuelos en una ciudad de provincias donde todavía se veían huertos y gallinas en las casas de las afueras; una ciudad de piedra y musgo, pequeña como un pesebre y, aun así, llena de lugares por descubrir que permanecerán inexplorados); la adaptación a la escuela, tan distinta a la muy acogedora de su origen; el trato con sus nuevos compañeros (En su nuevo colegio a veces la llaman por el nombre de un personaje de dibujos animados porque comparte su prosodia, y quizá algo más que todavía no descifra. Cuánto se parece a ese pollito negro que nace justo cuando sus padres salen a hacer un recado y se encuentra en una casa desierta. Ese pollito que va por la vida con el cascarón de sombrero, quejándose de las injusticias que sufre); el difícil acomodo a una, en el fondo, nueva lengua, ya desde el colegio (hay pasajes que evocan la sonoridad del habla venezolana o la ininteligibilidad de algunas expresiones: Decir, por ejemplo, que el chiriguare tiene rabo de burro y boca de bagre; que sin dinero un puente se repara con cáscara de huevo; que va a comer gusano si nadie la quiere y todos la odian; que amarillo, azul y rojo la bandera de los piojos o que el cacique Guaicaipuro puro puro ha matado a su mujer jer jer porque no le dio dinero nero nero); la aclimatación al hogar (el espacio desconocido que a partir de ahora debe llamar «casa»), una vivienda modesta, y a la poco cálida convivencia familiar, con unos padres en los que no percibe cercanía alguna, siempre distantes, trabajando, permanentemente ajenos en su insatisfacción vital; el contacto con el universo de la emigración, singularmente la gallega; el descubrimiento progresivo de un país, de una sociedad, una cultura desconcertantes; la conciencia de la soledad y el desarraigo, de saberse a caballo de dos mundos; el oscuro incidente vivido entre los diez y los once años, no podría ubicarlo con exactitud, un acontecimiento decisivo, que no se desvela hasta el último tramo de la novela pero del que la autora va dejando pistas -sutiles, elegantes, discretas- a lo largo del texto, casi desde su inicio: Sé que por algún lugar hay un volcán escondido en una selva de rencor que sigue creciendo exuberante dentro de ella; la precoz entrega a la escritura (escribe sobre sí misma en tercera persona. Necesita escribir su historia. No puede saber por qué, solo tiene ocho años. La empieza una y otra vez con la misma frase: «Ella no se sentía sola, se sentía vacía, no sabía si llorar o gritar, no podía creer que algo así le sucediera a ella». No me lo invento. Es un apunte verídico, aunque sea poco verosímil. Entiendo que te preguntes con recelo desde cuándo escriben cosas así las niñas de ocho años. Yo también me lo pregunto. Y hasta me avergüenzo un poco. No te creas que sé por qué la niña hace lo que hace. La hipótesis que barajo es que el gran desplazamiento le quiebra la infancia en dos, pero el corte no es limpio y de la parte que queda colgando asoma el hueso de la adolescencia. Por eso todo le falta y todo le duele. Es una adolescente de ocho años; en un fragmento sustancial en sí mismo y también en tanto vuelve a recoger la presencia de los tres “personajes”: la narradora adulta con su mirada retrospectiva y analítica, que intenta entender; la niña de cuya infancia se da cuenta en la novela; y la Venezuela pasiva y silenciosa, última destinataria del relato). Y también, con el transcurrir del tiempo, los estudios de bachillerato, la universidad, la conciencia ideológica, el compromiso político. 

De todas estas dimensiones que la novela va mostrando, me interesa comentar, siquiera brevemente, algunas, a mi juicio, especialmente relevantes. En primer lugar, y por encima del todo, sobresale la construcción del personaje de la niña como una figura que encarna el desplazamiento permanente, la experiencia del desarraigo, la fragmentación identitaria y la pérdida de continuidad biográfica. Su caracterización se presenta a partir de su propia percepción de la tensión entre dos mundos -el de origen y el de llegada- que nunca llegan a estabilizarse del todo. Como la niña inocente que es -y como la poeta que es su creadora- se enfrenta a su sobrevenida realidad de un modo hipersensible, constatando su extrañeza, su “extranjerismo” estructural, su identidad en cierto modo fluida, obligada a reformularse, tan pequeña, extraviada, sin puntos de referencia en su contacto con esa vida nueva, como en este largo pero elocuente y exhaustivo fragmento: Las personas acostumbran a extraviarse cuando no tienen puntos de referencia, y ella acaba de perderlos. Todo es diferente para la niña: desde el cielo sobre su cabeza hasta la tierra bajo sus pies. También el aire y el agua que entran y salen de su cuerpo. Y, por supuesto, el lugar donde duerme, quienes viven con ella, la hora a la que se levanta, quien la despierta, las normas que debe obedecer en el lugar llamado «casa», el uniforme, lo que desayuna, la forma de desplazarse hasta el colegio, las calles, los edificios, las ventanas de los edificios, la cantidad de personas en la calle, la hora a la que sale el sol, el lugar llamado «colegio», las normas que debe obedecer en ese lugar, la hora a la que empiezan las clases, las clases, las maestras, las monjas, las compañeras, las aulas, los pupitres, las asignaturas, los cuadernos, el tamaño de las hojas de papel, los nombres de los colores de los lápices de colores, los baños, el patio de recreo, el recreo, la hora a la que terminan las clases, la forma de nombrar las calles y de dar direcciones, la hora de comer, las frutas, los pescados, los bocadillos, los dulces, los programas de televisión, los autobuses, las marcas, el clima, los bañadores, los árboles, los pájaros, los insectos, el mar, las flores, los olores, los juegos, los bailes, los chistes, los chicles, los refrescos, las tiendas, los helados, la música, los instrumentos musicales, el sonido del idioma, las interjecciones, los insultos, las muletillas, los piropos, los saludos, las despedidas, la hora a la que no se puede caminar por la calle y lo que no se puede hacer en la calle a ninguna hora. Un desajuste total, en definitiva: lenguas, códigos culturales, afectos familiares y geografías que no encajan en la personalidad que la ha definido hasta entonces y que provocan su desconcierto, la disonancia, la ruptura. 

Es, en definitiva, una niña que ya no es ni de aquí ni de allá, imposibilitada de vivir el sentimiento de pertenencia, incapaz de recuperar el “nosotros” que la arropaba en su etapa española (De momento, carece de un nosotros. No puede incluirse en el de los padres, esos desconocidos, y todo el conjunto de personas que formaban parte del nosotros en el que se incluía está fuera de su alcance). Y esta desazón, esta precoz y desgarradora conciencia de que ya no pertenece del todo a la cultura de origen ni ha logrado integrarse en la de acogida, define a la niña y permanece en la memoria de la adulta. En conjunto, la caracterización de la niña en la novela puede entenderse como la de una subjetividad en tránsito permanente, definida por la pérdida de continuidad (ese 1983 en el que la idea de continuidad se quebró para ti también), la experiencia del desarraigo, la tensión entre mundos culturales y la supervivencia de la infancia como forma de percepción del mundo. 

A esta sensación de extrañamiento contribuye en gran medida -aparte de la singularidad venezolana, que luego comentaré- la muy diferente vivencia de la emigración para sus padres y para ella misma, en un desfase que acentúa la tensión con que la niña vivirá su “reubicación”. La pequeña está marcada por esa dualidad fundamental entre su experiencia y la de sus padres. Mientras estos (llegados a Venezuela cuando aún se concebía el país como fuente de riqueza, a partir de la “explosión” petrolífera, de la “quimera del oro” que ellos ignoran que ya se ha agotado y que se precipita hacia el endeudamiento y la quiebra) conciben la migración como un proyecto económico reversible -trabajar, ahorrar y regresar-, la niña la vive como una transformación inevitable e irrecuperable de su mundo. Los adultos mantienen la lógica del retorno, aceptando resignados las limitaciones, la precariedad, la explotación, el sufrimiento, la ausencia de motivos para la felicidad, confiando en una ya improbable abundancia futura; ella, en cambio, empieza a habitar un presente sin retorno posible. Esta divergencia se suma a la fractura entre los dos mundos que percibe en su día a día por lo que, de este modo, su familia no operará como un ámbito acogedor que pudiera contribuir a la construcción y la afirmación de su identidad, sino que resultará ser otro ámbito más de disonancia, desarreglo y perturbación. 

Vinculados a esta cuestión nuclear aparecen otros dos frentes de interés en el libro: el modo en que se “dibujan” las figuras de los padres y, a través de ellos, la representación del entorno de los emigrantes gallegos en Venezuela. Los padres están marcados por el fracaso, por la decepción, por el cansancio y, pese a ello, por una obstinación en el exitoso retorno, a menudo dolorosa por improbable, por imposible. El padre atraviesa el Atlántico en 1981, pensando en la creciente prosperidad que deriva del petróleo, pero ignorante de que lo que subía imparable e imbatible en 1973, en 1974, en 1975 había empezado a bajar y lo hacía rodando. Su mujer lo sigue un año después confiando en la tierra prometida, en multiplicar los panes y los peces, pero cuando vuelve a España para recoger a su hija, en 1983, apenas han transcurrido seis meses del día que pasaría a la historia como Viernes Negro por marcar el fin de cien años de estabilidad económica en el país caribeño. Su experiencia no es épica, como la de tantos otros emigrantes que, tras su indecible lucha por abrirse paso en territorio y en circunstancias hostiles, logran triunfar, vuelven como una suerte de enriquecidos héroes a sus pueblos norteños -gallegos, asturianos, cántabros- o se asientan en sus países de acogida al frente de sus prósperos negocios. Por el contrario, los padres de la protagonista viven una emigración precaria, hecha de pobreza, de necesidad, de limitaciones, de dificultades, de trabajos miserables, de viviendas exiguas, de una preocupante y obsesiva falta de dinero. Con su sobresaliente escritura poética, Reyes describe en pocas líneas ese clima de fracaso: Fueron muchos los planes que cayeron al piso [la narradora acoge las singularidades del habla venezolana que percibe y aprende en su infancia: El piso es el suelo que pisas, y el suelo una palabra que existe pero que no se pisa mucho], no solo el de los padres. Cuando tengo edad de trabajar, esos planes motean las calles como chicles. Desde los más ambiciosos a los más modestos, motas de mugre bajo nuestros pasos nerviosos, apurados, escorados por el miedo. No los escupimos como chicles, aunque lo parezcan; tan mascados en nuestras bocas, caen, continúan cayendo y les pasamos por encima, los miramos con disgusto. Nos quejamos de lo feas que están las calles mugrientas de fracaso. Pese a este panorama, los padres se acomodan, se encierran en su burbuja, se aíslan, contemplan el mundo externo como si contuviera una amenaza, con resentimiento, con desprecio. A diferencia de la niña, que quiere ser venezolana, cantar el himno, hablar como sus compañeras, pertenecer al país de acogida, ellos carecen de curiosidad hacia el mundo nuevo, no intentan adaptarse (más allá de la forzada adecuación al clima general de corrupción), son barro cocido, demasiado hechos ya. La visión de la emigración que emana de la vivencia de los progenitores es cerrada, endogámica (con los encuentros en la Hermandad Gallega, el himno de “los pinos” -Que din os rumorosos na costa verdecente, ao raio transparente do prácido luar?; el himno gallego que se repite en sus fiestas-, las comidas, las borracheras, las canciones de la tierra: Son las canciones de sus padres y de los que son como sus padres. Gentes capaces de hacerse una casa en una canción, una nación en una borrachera, la nostalgia); en una experiencia que rezuma desprecio (el que expresan los venezolanos hacia el extranjero y el que este manifiesta hacia los lugareños), prejuicios (también en ambas direcciones: el olor a cebolla del portugués, del gallego; el racismo), y dificultades para la integración. 

Como consecuencia de todo ello, el clima familiar es frío, hostil incluso, con un padre autoritario, prepotente, violento incluso, en ocasiones, dueño y señor de su rreino (por razones que se me escapan la autora escribe siempre la palabra con dos erres, quizá para subrayar la poderosa fuerza represora del dominio paterno, quizá para remarcar el carácter metafórico de esa autoridad suprema, que exige el sometimiento, la aceptación sumisa de hija y madre: La niña tampoco entiende cómo la madre aguanta al padre, aunque no sea bruto ni más viejo que ella, o cómo muchas de las otras mujeres con las que se juntan aguantan a sus maridos, sobre todo a los que el fin de semana empiezan con los cubatas en el desayuno y para la hora de la cena ya las están insultando a gritos sentados a la mesa, con los ojos inyectados en sangre, escupiendo sobre los platos de los demás). Nada hay, apenas, sobre todo en relación con el padre (vinculado de una manera que el lector intuye a ese episodio impreciso, sombrío y doloroso de sus diez u once años), de cariño, de ternura, de refugio seguro que por el contrario sí representaba el hogar de los abuelos, y sí mucho de silencios, malentendidos, incomprensión, vergüenza. Ese ámbito familiar, definido en particular por la presencia paterna, es una nueva fuente de conflictos para la sensible y extraviada personalidad de la niña. 

La última vertiente del libro en la que quiero detenerme es la que afecta a la importante presencia de Venezuela, mucho más que un mero escenario que enmarca la peripecia vital de la protagonista. La novela recorre los principales hitos políticos, económicos y sociales de la convulsa historia del país en aquellos años. Como ya he comentado, la trayectoria de la niña aparece conectada, fuertemente imbricada, a la evolución de Venezuela, con vínculos que la hacen dudar acerca de si es una forma de predestinación o un mero azar lo que las une a ambas: el nombre del barrio donde la niña vivía en Orense es el mismo que el primer nombre castellano con el que se designó al gran valle donde se levantó Caracas; su llegada a Venezuela coincidente con el bicentenario del nacimiento, del libertador Bolívar y con el aniversario de la fundación de la capital; entre otras coincidencias. El lector conoce así el final de la Venezuela de la abundancia derivada del petróleo (la niña llega en 1983, el año del llamado Viernes Negro, cuando el gobierno devalúa la moneda y pone fin a décadas de estabilidad monetaria); el consiguiente agotamiento del ciclo histórico favorable; la crisis económica y la deuda externa de los años ochenta, en una etapa, tras el auge petrolero, de endeudamiento, inflación y colapso económico (el ambiente doméstico trasluce ese deterioro colectivo, el hogar familiar convertido también en un espacio hostil, tensionado); los movimientos revolucionarios, izquierdistas, la rebelión estudiantil (que coinciden con la etapa universitaria de la protagonista, que vive las contradicciones de su confuso despertar político: Revolución es una palabra que sabe dulce en su boca, pero cuando intenta digerirla, le acidifica el estómago y acaba quemándole la garganta); el aumento de la violencia urbana en Caracas, fruto de la insatisfacción, la escasez, la miseria, la desigualdad, la falta de libertades; sucediéndose los asaltos, los atracos, los saqueos en tiendas y comercios, la degradación social y urbana; el definitivo fracaso del sueño venezolano y la clausura de este recorrido paralelo: una niña y un país que pierden la inocencia. El feliz y exuberante territorio de acogida se ha convertido en un lugar de éxodo y la joven abandonará también, con desgarro, el país. 

El relato de esta última etapa de disturbios y revueltas es el más abierta y explícitamente político del libro y, a mi juicio, el menos logrado, con opciones literarias discutibles (un pasaje que recoge dos decenas de titulares de prensa dando cuenta de noticias, declaraciones, sucesos e incidentes en las calles; una algo demagógica y elemental digresión sobre el papel de España en el “descubrimiento” de hace quinientos años, culminada con una innecesaria y reiterativa página alusiva a la celebración del Día de la Fiesta Nacional de los respectivos países hispanoamericanos; un inciso sobre el racismo y la esclavitud) y, en cualquier caso, con un subrayado algo enfático de determinadas posturas ideológicas, razonables en su mayoría pero, desde mi punto de vista, superfluas en el contexto general de una novela, por lo demás, muy apreciable. 

Cierro este comentario con un precioso y muy significativo fragmento del libro y con el Himno gallego, que como he señalado suena en un pasaje de la obra, reflejando a la vez su atmósfera melancólica, en la interpretación de Luar na lubre.


Si algún día pudiera contar su historia comenzaría diciendo: en la madrugada umbral entre el día del bicentenario del nacimiento del libertador y el día de la fundación de la gran ciudad, una niña, al otro lado de la noche, se levanta del sofá cama donde duerme con su prima y abre la puerta de la calle con cuidado de no despertar a los abuelos. En el rellano encuentra una cesta de mimbre con un bebé de goma. La agarra por el asa y baja descalza los cuatro pisos de escaleras, abre el portal y lo cierra muy despacio. Bordea el muro de la estación y entra por la explanada. Cruza las vías y se detiene frente al pequeño túnel ciego. No se ve nada. Aprieta la cesta con el bebé de goma contra su pecho, cierra los ojos y echa a andar. Huele a humedad y sus pasos resuenan como si no caminara sola. Está a punto de abrir los ojos cuando una fuerza la levanta del suelo y la absorbe como una aspiradora gigante, para vomitarla después por el otro extremo. Cuando finalmente los abre está acostada dentro de la cesta, bajo la copa de un árbol que nunca había visto, frente a una iglesia pintada de blanco y gris. Quiere hablar pero no le salen las palabras, al mover la lengua nota que sus encías lisas no tienen dientes. Se mira las manos minúsculas y se asusta. Llora, y su llanto suena como las sirenas que rompen la noche.

  Videoconferencia
Miriam Reyes. La edad infinita

miércoles, 16 de septiembre de 2026

KARINA SAINZ BORGO. LA HIJA DE LA ESPAÑOLA

Bienvenidos un miércoles más a Todos los libros un libro, que hoy propone un viaje literario a un país convulso, presente en los medios de comunicación del mundo entero, singularmente los españoles, desde hace décadas, en particular en los últimos años y muy especialmente en estos meses, a raíz del devastador terremoto que castigó a una población ya muy golpeada por la política, la corrupción, los abusos, las injusticias, la opresión. Se trata de Venezuela, a cuya realidad nos acercaremos a través de tres novelas, muy distintas, de autores con coordenadas biográficas y profesionales bien diferentes y con temáticas y planteamientos narrativos también disímiles, aunque coincidentes las tres en ubicarse en escenarios, reflejar la historia y dar cuenta de la situación política de la nación caribeña. Os recomendaré así, en primer lugar, un libro del que ya había hablado en el espacio hace más de siete años, La hija de la española, de la venezolana afincada en España -exiliada, debiera decir- Karina Sainz Borgo, dejando para las dos próximas emisiones mis otras dos sugerencias. 

La hija de la española fue, en 2019, la primera novela, la excelente primera novela, de la periodista venezolana aunque de padre español Karina Sainz Borgo. Nacida en Caracas en 1982, aunque “huida” del caos de su país natal -una cuestión que impregna el libro entero, esta de la lamentable situación política, económica y social de Venezuela-, la autora lleva viviendo en Madrid cerca de veinte años, con una fecunda actividad en el periodismo cultural y una viva presencia en las redes sociales. Su súbita y deslumbrante irrupción en el mercado editorial se retrotrae a la prestigiosa Feria del Libro de Franckfurt de 2017, en la que el manuscrito de La hija de la española, inédito todavía entonces en nuestro mercado literario, se vendió a más de veinte países, comprometiendo su traducción a una quincena de idiomas en las más importantes firmas editoriales del mundo. El libro apareció entre nosotros en el sello Lumen, y desde entonces se han multiplicado las reimpresiones y las nuevas ediciones en un fenómeno de difusión con tintes virales -concitando la reacción casi unánime de crítica y lectores- poco usual en el ámbito de la literatura, al haberse desencadenado, como digo, antes incluso de su afloramiento público. 

En una Caracas fantasmal y anárquica, un escenario perfilado con rasgos apocalípticos, una mujer joven, Adelaida Falcón, maestra, entierra a su madre, fallecida tras una durísima y devastadora enfermedad y con la que ha compartido la mayor parte de su vida -el padre desconocido y ausente- en una estrecha convivencia (el pegamento de los años nos soldó como a las partes de una espada con la cual defendernos la una a la otra). Su soledad sobrevenida y las insoportables condiciones en las que se desenvuelve la existencia bajo el régimen chavista -no mencionado expresamente por su nombre, aunque referencia inequívoca a lo largo del texto-, “requisada” su casa por un grupo de mujeres afines al caótico poder militar, aterrorizada por el palpable riesgo de muerte, hastiada de su país y de la mezquindad y ausencia de futuro de esa vida opresiva e infernal, busca la complicidad de una vecina, Aurora Peralta, a la que apenas ha tratado y de la que poco sabe: que era tímida, que tenía poca gracia y que todos la llamaban “la hija de la española”, al ser su madre, Julia, también fallecida, una gallega que había emigrado con su marido a Venezuela décadas atrás. Pero la violencia imperante se ha cebado también en ella, y así, cuando Adelaida, privada de su hogar, entra en el apartamento aledaño para intentar encontrar refugio frente a las ominosas amenazas externas, se encuentra (en un lance de la trama de difícil verosimilitud, quizá la faceta más endeble del libro) con el cadáver de la mujer así como con una discreta cantidad de euros y la completa documentación de la difunta entre la que se cuentan todos los justificantes y certificados -pasaporte inclusive- que, dada la doble nacionalidad de Aurora, le permitirían el retorno a España. En medio de aquel paisaje dantesco, envuelta en su sufriente situación, la protagonista vislumbrará la oportunidad que puede abrirle una nueva vida en Europa, llevando a cabo la suplantación de la identidad de la gris, desafortunada y casi desconocida vecina. 

Pero, más allá de este sucinto núcleo argumental y de su desarrollo en las poco más de doscientas páginas del libro, son muchos los elementos destacados de esta espléndida novela, entre los que sobresale, por encima del resto, la convincente, verosímil y parece que fidedigna fotografía -aunque las únicas críticas negativas a La hija de la española que yo he podido leer tienen que ver, precisamente, con esta vinculación con lo real de la obra, con su dimensión “política”, demasiado sesgada ideológicamente, al decir de algunos- de la vida cotidiana de aquella Venezuela de Chávez y Maduro, la totalitaria Venezuela de los últimos veinte años que aún no sabemos si por fin, pese a los acontecimientos de estos últimos meses, va a desmoronarse (las intenciones que mueven la larga mano de Trump resultan imposibles de descifrar). 

Hay quien ha criticado el libro por su extremista toma de postura en contra del hasta hace poco vigente statu quo del país caribeño, pero la visión que trasluce como telón de fondo -y en ocasiones como elemento central- de la trama novelística es la de un espacio apocalíptico -ya se ha dicho-, por momentos distópico, a lo Mad Max, en el que imperan las mentiras y la represión del Estado, la violencia y el odio, el miedo y la muerte en las calles en una sucesión de episodios cruentos y atroces, al parecer bien documentados. La acción avanza en un marco urbano hecho de disparos, saqueos, cortes de luz, calzadas incendiadas, bombas lacrimógenas, gas pimienta, francotiradores, golpes, ruidos estruendosos, asesinatos, palizas, linchamientos, violaciones, allanamientos, robos a los muertos, detenciones indiscriminadas e injustificadas, inflación desmesurada que deja al dinero sin valor, racionamiento, falta de alimentos, hambre, suciedad, carencia de medicinas, comandos descontrolados, bandas campando a sus anchas sin límites ni frenos, vitrinas reventadas a pedradas, corrupción, pillaje, mercado negro, en una atmósfera opresiva y angustiosa, casi bélica, en un permanente toque de queda, en el que los Motorizados de la Patria, los Hijos de la Revolución, los pelotones del Ejército, los uniformados de la Inteligencia militar, los sicarios del Gabinete Revolucionario, los convoyes organizados de anónimos criminales conniventes con el Gobierno, alentados y pagados por él, imponen su arbitraria ley siguiendo las consignas emanadas de la autoridad del tiránico Comandante Presidente. 

Sainz Borgo no escatima detalles en la descripción de ese crudo horror ambiental, ni ahorra tampoco sus aceradas reflexiones sobre las causas del catastrófico drama que vivía entonces su país (y que están en la base de la actual situación). Son constantes las muestras de la descarnada expresión -siempre por boca de su protagonista, que narra la historia en primera persona- tanto de la tragedia de esa Caracas presa del espanto y los constantes desafueros, como de la ideología política subyacente que propicia el vandalismo y el crimen, la injusticia y el abuso, el expolio y el terror. Presentadas con frecuencia bajo la forma de “sentencias”, casi como aforismos, como brillantes fogonazos poéticos de una intensidad estilística, una potencia expresiva y un lirismo extraordinarios, en esas ácidas imágenes verbales, en ese lenguaje deslumbrante, reside gran parte de la fascinación que suscita el libro. Ahora todo se desborda: la suciedad, el miedo, la pólvora, la muerte y el hambre, genial y muy descriptivo resumen del estado de las cosas, como también lo es: La guerra era nuestro destino, desde mucho antes de que supiésemos que llegaría. O, a propósito de los desbordados hospitales: Hombres, mujeres y niños que esperaban su turno en la antesala de la ultratumba. Y también las muchas punzantes, agudísimas, “radiografías” de Venezuela: Ya no éramos un país. Éramos una fosa séptica; En aquel país, lo único que funcionaba era la máquina de matar y robar, la ingeniería del pillaje; País sin dientes que degüella gallinas. O, en el mismo sentido, la indefensión y la impotencia de los ciudadanos ante los atropellos y la sangrienta arbitrariedad del régimen: Nos deforestaban. Nos mataban como a perros; Alguien nos descuartizaba, nos abría en canal para hurgar sin pudor en todo cuanto llevábamos dentro; Teníamos los días contados

Pero la desesperanzada Adelaida se entrega también a análisis más profundos, más razonados y explicativos, más expresamente ideológicos, como cuando la lúcida voz de su conciencia ahonda en el comportamiento del gobierno revolucionario: Prometieron. Prometieron que nunca nadie más robaría, que todo sería para el pueblo, que cada quien tendría la casa de sus sueños, que nada malo volvería a ocurrir. Prometieron hasta hartarse. Las plegarias no atendidas se descompusieron al calor del resentimiento que las alimentaba. Nada de cuanto ocurría era responsabilidad de los Hijos de la Revolución. Si las panaderías estaban vacías, el culpable era el panadero. Si la farmacia estaba desprovista, aunque fuera de la más elemental caja de anticonceptivos, el farmacéutico sería el responsable. Si llegábamos a casa exhaustos y hambrientos, con dos huevos en una bolsa, la culpa sería del que ese día había conseguido el huevo que a nosotros nos faltaba. Con el hambre se desató la larga lista de odios y miedos. Nos descubrimos deseando el mal al inocente y al verdugo. Éramos incapaces de distinguirlos. O cuando dibuja, de nuevo en pinceladas fulgurantes, el carácter y el estado actual de su nación: La promesa de que algún día seríamos modernos. Una declaración de intenciones. Pero también las intenciones quedaron en ruinas; Esa era la divisa patria: aparentar; Entonces podíamos permitírnoslo [el lujo, el dispendio, la riqueza dilapidada]. El petróleo pagaba las cuentas pendientes. O eso pensábamos

Y también en las atinadas aproximaciones al carácter mestizo de una nación hecha a partir de la inmigración (Nací y crecí en un país que recibió a hombres y mujeres de otra tierra. Sastres, panaderos, albañiles, plomeros, tenderos, comerciantes. Españoles, portugueses, italianos y algunos alemanes que fueron a buscar al fin del mundo un sitio donde volver a inventar el hielo. Pero la ciudad comenzó a vaciarse. Los hijos de aquellos inmigrantes, gente que se parecía poco a sus apellidos, emprendían la vuelta para buscar en los países de otros la cepa con la que se construyó la suya. Yo, en cambio, no tenía nada de eso), la mezcla (un injerto entre las taras de los blancos criollos del siglo XIX y el desmelene de una sociedad en la que todos tenían su zambo y su negro en la sangre) y las contradicciones que lleva consigo el mestizaje (Un país mestizo y extraño. Hermoso en sus psicopatías. Generoso en belleza y violencia, dos de las más abundantes pertenencias nacionales. El resultado final era esa nación construida sobre la hendidura de sus propias contradicciones, la falla tectónica de un paisaje siempre a punto de derrumbarse sobre sus habitantes). 

Este juego, apuntado en esta última cita, entre la belleza natural y la hermosura del paisaje y de las gentes caribeñas, y, por otro lado, la terrible violencia, los abusos, la injusticia, la opresión, la brutalidad que es capaz también de albergar, constituye uno de los temas fundamentales del libro, uno de los “dualismos” -hay otros, como luego se verá- en torno a los cuales se construye el relato de Sainz Borgo. Y es que, en todo momento, la novela alterna la descripción de la horrible realidad caraqueña (una ciudad en la que hasta las flores depredan) con las vueltas atrás en el tiempo, en las que la protagonista se retrotrae a sus plácidos y felices días infantiles en Ocumare, el pueblito del que procede su familia. Recreando la casa de las Falcón -la abuela, las ocho hermanas de ésta, las tías Amelia y Clara-, Adelaida huye, siquiera en el recuerdo, a un espacio de paz y alegría, un mundo ajeno al del acelerado y conflictivo avance de los tiempos (como si el siglo XIX jamás hubiera desaparecido ante la llegada del progreso); el mundo de los rituales agrícolas y ganaderos; un mundo hecho de tradiciones y cánticos y festejos y costumbres y singular y riquísimo lenguaje y ancestral cultura popular, acorde con el transcurrir de la vida; un mundo benigno, acogedor, confortable, que es el de la infancia y la familia, tan distante, por desgracia, de la oscura y agresiva y desesperante amenaza de las calles del presente capitalino, de su inhumana soledad, como puede apreciarse en este fragmento: El árbol del patio de la pensión de las Falcón era mi territorio. Me sentía libre en su rama desolada, a la que trepaba como un mono, ese lado de mi infancia que en nada se parecía a la ciudad medrosa en la que crecí y que con el paso de los años se transformó en un amasijo de alambradas y cerrojos. Me gustaba Caracas, pero prefería los días de caña de azúcar y zancudos de Ocumare a aquellas aceras sucias, llenas siempre de naranjas podridas y agua manchada con aceite de motor. En Ocumare todo era distinto. Una infancia, descrita con ciertos rasgos de realismo mágico -la cualidad de paraíso del entorno, lo excesivo, la naturaleza desbordante, las flora ubérrima, los animales, los olores, la densidad del aire, las historias exageradas, la inventiva-, que encierra también -quizá en otro rasgo de la desmesurada dimensión que alcanzan las cosas en las exuberantes regiones caribeñas, en general en toda Latinoamérica- severos atisbos de aspereza, de brutalidad, de rudeza: así el primer amor, platónico, romántico y sentimental como lo son todos a los diez años, pero en este caso experimentado hacia un joven soldado muerto fotografiado en las páginas de un periódico (con diez años ya amaba fantasmas); o el amor maduro, logrado y feliz, también, sin embargo, violento y asociado a la muerte, como aflora de modo genial en una afilada y admirable metáfora: Así como acudían los soldados a las trincheras, embrutecidos por el anís, que es como debe saber el enamoramiento cuando resulta excesivo… 

Estos excursos en torno a la infancia en Ocumare albergan también otro de los motivos centrales del libro, que encaja, igualmente, en ese esquema dual ya mencionado: el conflicto entre arraigo y desarraigo, entre pertenencia y destierro. El pueblo, la familia, la tierra representan el origen, el vínculo con lo primordial, el lugar al que Adelaida “pertenece”. Pero, a la vez, basta voltear las páginas para adentrarnos de nuevo con ella en ese universo espantoso, en ese panorama de catástrofe que representa su día a día y del que intenta, por todos los medios -incluso los discutibles moralmente-, huir. Con su vida rota (La vida fue aquello que pasó. Aquello que hicimos y nos hicieron. La bandeja donde nos abrieron por la mitad como un pan a punto de crecer; un pensamiento, señala la propia Karina Sainz, “sugerido” por el hoy desaparecido Javier Marías; no se olvide que el libro es de 2019, años antes de la muerte del genial escritor), extraña a su tiempo y a su país a causa de las simultáneas orfandad de la madre y traumática pérdida de la patria, destinada al lugar al que van a parar los que no pertenecen a ninguna parte, comienza a odiar el lugar en el que nací (en una significativa reflexión que acompaña de una muy intelectualizada pero a la vez esclarecedora cita libresca: … como el Thomas Bernhard de El sótano y Tala), decidida a poner tierra -o mar, otro de los leitmotivs de la novela- de por medio. No por casualidad el destierro aparece ya en una de las citas iniciales del texto. 

Tan sólo una letra separa “partir” de “parir”, piensa el personaje, y el atinado dictamen pone de manifiesto otro de los ejes nucleares del libro, la fuerza de la maternidad, la relación madre/hija, y, por extensión, la poderosa y bien subrayada presencia de las mujeres, en la novela y entre el pueblo venezolano. El fortísimo vínculo entre Adelaida y su madre que la muerte rompe al comienzo de la obra, permea el relato entero y se “recrea” -en el recuerdo de la hija- a lo largo de su transcurso. Y la forzosa ruptura de esa unión, lo es también la de una etapa vital (Sepultándola a ella cerraba mi infancia de hija sin hijos) y, en un plano metafórico, la del lazo que la ata a su país -la madre/la patria-, en una nueva manifestación del ya reiteradamente referido especular juego de contrastes. 

Y la figura de la madre (a la que la autora elige soltera, no por azar, creo) opera del mismo modo como emblema de la feminidad entera, de la fortaleza, la decisión, el vitalismo, la fuerza, el ánimo, el ansia de libertad con los que las mujeres sacan adelante a los suyos en aquellos entornos durísimos, hostiles. La hija de la española es una novela de mujeres, desde las ancianas Falcón, reinas de un mundo en trance de morir, pasando por los muy bien perfilados caracteres de madre e hija, de una reciedumbre y un vigor ejemplares -juntas o por separado-, éramos pequeñas y venosas, casi nervadas, acaso para que no nos doliera si nos arrancaban un trozo o incluso la raigambre entera. Estábamos hechas para resistir. Nuestro mundo se sostenía en el equilibrio que ambas fuésemos capaces de mantener. El resto era algo excepcional, añadido, y por eso prescindible: no esperábamos a nadie, nos bastábamos la una a la otra; hasta, en general, las venezolanas todas, descritas -de nuevo con agudeza y esclarecedora precisión- en un párrafo espléndido: Ese país donde las mujeres siempre parieron y criaron solas a los hijos de los hombres que ni siquiera se tomaron la molestia de ir a comprar tabaco para no volver

No quiero cerrar mi decidida recomendación de la novela sin referirme, siquiera brevemente, a otros aspectos a resaltar en este por tantos motivos interesante libro, como por ejemplo la omnipresencia en él de la muerte -real o metafórica-, las referencias al mar, patente ya desde la dedicatoria, y, por último, el, a mi juicio, muy estimable estilo literario. 

En relación con la muerte, resulta significativo que, la novela dé comienzo en un cementerio, marcando así, pues, ya desde el principio, un esclarecedor hilo temático. Muere la madre, pero muere también Aurora, y murió -narrado en el recuerdo- el gran amor de Adelaida, y mueren por doquier los ciudadanos en las calles (La gente muere, por su culpa o a manos de otro. Pero muere. Y eso es lo único que importa), en las portadas de los periódicos (Los días fueron acumulándose como los muertos en los titulares), y hasta los vivos están muertos (Amábamos a gente muerta). Una muerte que no sólo se muestra en su cruda vertiente literal, sino también en la no menos cruel de la metáfora: los macabros rituales funerarios (las chicas que se encaraman al ataúd), la destrucción del hogar de la protagonista, la disolución de sus recuerdos -la vajilla familiar, las fotos, los libros-, el abandono de la propia vida en la huida y el cambio de identidad. En este país nadie descansa en paz. Nadie, sentencia Adelaida, en una aparente y reveladora paradoja: tanta muerte y nadie halla el sosiego… 

El mar está presente también desde la cita inicial (Porque todas las historias de mar son políticas y nosotros trozos de algo que busca una tierra), siendo constantes las alusiones en el texto -de nuevo las frases brillantes, rotundas, como aforísticas-: El mar redime y corrige, engulle cuerpos y los expulsa; e, igualmente, todo mar es un quirófano donde un afilado bisturí desgarra a quienes nos atrevemos a cruzarlo; o, ese mar donde alguien siempre dice adiós, referidas al Atlántico, con la alusión al océano que atravesaron en un sentido los españoles y europeos emigrados -el abuelo de Karina Sainz Borgo así lo cruzó en barco tras la guerra civil-, y en el otro lo hacen ahora sus hijos y nietos, los desterrados, los huidos del horror que marca a fuego una sociedad mestiza, hecha con el esfuerzo de muchos, gentes que en sus países había sido olvidada y que vivía ahora amalgamada entre nosotros. El mar que une y separa, el mar que lleva y que expulsa (Juntos éramos todo eso que comprendíamos como propio, la sumatoria de las orillas que separan un mar), el mar que apacigua y calma y el colérico y amenazador y violento. 

Y todos estos ejes a través de los cuales se mueve la novela, se narran contados con un español -quizá debiera hablarse de “venezolano”- luminoso, preciso y exacto, seco y conciso, poblado de expresiones contundentes, como relámpagos de una prosa brillante y de alta calidad literaria, de frases y descripciones precisas y a la vez abiertas a evocaciones múltiples, a sentidos ocultos que se apuntan superando la mera obviedad literal, en un texto de una belleza extraordinaria, por momentos poética, tanto en la convincente e inolvidable descripción del infierno urbano como en la más colorista y hasta lujuriosa recreación del universo y el habla del Ocumare rural. 

Precisamente de este mundo idílico de la infancia, de este entorno primordial, paradisíaco, extraigo la referencia musical que acompaña mi reseña. A esa muy creíble ambientación en los parajes del interior de Venezuela que se muestra en muchos pasajes de la novela contribuye el abundante elenco de canciones del folklore del país que surcan el texto. En particular, hay una serie de piezas, los cantos del pilón, cuyo significado e historia se recoge en el texto con el que cierro mi comentario de hoy. De ellas, de esas canciones de trabajo que entonaban los campesinos, sobre todo las mujeres, pobres, desgraciadas, infelices y resignadas, sometidas a su estéril y dura tarea, he escogido una breve y preciosa selección, de una melancolía tristísima, de alguna de los cuales se transcribe en el libro su desesperanzada letra. La limpia voz de Soledad Bravo, una cantante venezolana de origen español, llena de hermosura el dulce llanto de las desoladas mujeres. 

El invento nació del lúpulo con el que un cervecero alemán regó los tormentos de un país que alternaba la borrachera con la guerra y que abolió a las piloneras, las mujeres que molían el maíz dando golpes con un palo contra un grueso pilón de madera hecho de un árbol que presidía los patios soleados de las haciendas y plantaciones. De ese oficio nacieron los cantos del pilón, un rezo de sudor y mazazo, una melodía que acompañaba la molienda bruta y sabrosa. Mujeres infelices que pulverizaban, a golpes, la cáscara del grano de donde provenía la harina con la que se cocinaba en hornos de leña el pan pobre de un país que aún sufría paludismo. Desde entonces, esa música quedó como una percusión del corazón. 

Casi siempre pilaban juntas dos mujeres que conversaban rítmicamente. De ahí nacieron aquellas canciones que parecían confirmar una verdad: la tragedia nos vino dada, como el sol y los árboles preñados de frutas dulces y pesadas. De esas cosas hablaban los cantos del pilón, de las cuitas e historias de mujeres incultas que hacían estallar sus penas contra un mortero de madera y de las que aún se conservaban las letras de sus canciones, que venían a mi mente al pasar por La Encrucijada. 

-Adelaida, hija, despiértate. Ya estamos llegando a la fábrica de Remavenca. Ni falta hacía que mi madre me avisara, ya mi corazón había detectado aquel olor potente a cebada y alimento. Ese aroma a cerveza y pan me hacía feliz. Entonces comenzaba a cantar los versos que había aprendido de la boca de las viejas de Ocumare. 

-“Dale duro a ese pilón…, io, io”. 

-“Que se acabe romper” -contestaba mi mamá, en voz muy baja. 

-“Puta tú y puta tu mai…” 

-Esa parte no, Adelaida. ¡No repitas eso” 

-“Puta tu abuela y tu tía, io, io…” -decía yo riéndome. 

-No, hija. Canta el que te enseñó la tía Amelia: “Ya me duele la cabeza, io, io, de tanto darle al pilón, io, io, para engordá un cochino y comprá un camisón, io, io”. 

Las negras del pueblo entonaban aquellos versos mientras daban forma a las arepas con sus manos ante el budare hirviente del mercado. Cada frase iba rematada por un jadeo monocorde, “io, io”, el quejido del esfuerzo. 

Ahí arriba en aquel cerro, 
io, io. 
va un matrimonio civil 
io, io. 

se casó la bemba e´burro 
con el pescuezo e´violín, 
io, io. Si por tu marido es, io, io. 

cógelo que allá se te va, 
io, io, 
un camisón de cretona 
no me lo ha llegao a da, 
 io, io. 

Videoconferencia
Karina Sainz Borgo. La hija de la española

domingo, 13 de septiembre de 2026

PERCIVAL EVERETT. JAMES

Al término de mi reseña anterior, y a propósito de la polémica suscitada por la cancelación en escuelas y universidades norteamericanas de Las aventuras de Huckleberry Finn, la novela de Mark Twain, y de su retirada retirada de numerosas bibliotecas educativas y públicas de los Estados Unidos, dejaba aquí mis reflexiones sobre ese fenómeno, tan habitual en nuestros días, de la revisión, hecha desde parámetros actuales, de obras literarias, artísticas, cinematográficas y musicales, entre otras, de creaciones culturales del pasado. El debate, interesante en sí mismo, cobra una especial relevancia en orden a presentar mi propuesta de hoy, última recomendación de esta semana, una novela magistral, deslumbrante, muy ingeniosa y original, conmovedora, irreverente y perturbadora, cuya lectura me ha entusiasmado. Se trata de James, obra del estadounidense Percival Everett, ganadora de numerosos premios, entre ellos dos muy prestigiosos, el National Book Award, en 2024, y el Pulitzer, en 2025, ambos en la categoría de ficción. El libro apareció entre nosotros en 2024 en la editorial De Conatus con traducción de Javier Calvo. En relación con esta traslación al español me ha llamado la atención el uso por parte de un esclavo negro en la primera mitad del siglo XIX del término “surrealista”; hecho que se produce en dos ocasiones: El tema de la actuación era surrealista e incomprensible (al final del capítulo 29); y Nunca había vivido una situación tan absurda, surrealista y ridícula (en la primera línea del 30). El surrealismo, y los vocablos y expresiones que surgen a partir de la eclosión del movimiento, nace a principios del siglo XX, por lo que resulta improbable -imposible- la utilización del vocablo en labios del personaje. Me he tomado la molestia de rastrear la edición norteamericana de la novela, y en ella la palabra usada es surreal, que, en efecto, admite esa traducción, aunque, a mi juicio -de absoluto inexperto, sobre todo confrontado con la profesionalidad consolidada de Javier Calvo-, quizá hubiera debido elegirse otra acepción -surreal, irreal- que no contuviera, siquiera de modo implícito, esa alusión a una escuela o corriente artística tan connotada temporalmente. En fin, dislates, los míos, de un ocioso atrevido. 

Percival Everett es un escritor nacido en Fort Gordon, en la sureña Georgia, en 1957 (hay fuentes que hablan de 1956). Con una treintena de obras en su larga trayectoria, media docena larga de ellas publicadas en De Conatus, y varias (Dr. No, Los árboles, Cuánto azul) ganadoras de premios y reconocimientos (e incluso otra de sus novelas, Cancelado, se llevó a cine, en una película, American Fiction, que ganó en 2024 el Oscar al mejor guion adaptado), Everett, de raza negra, ha hecho girar muchos de sus libros sobre la cuestión racial, confrontando abiertamente el racismo y la violencia y la discriminación que conlleva en sus temáticas, escenarios y personajes. No obstante, merece la pena resaltar que pese a ese compromiso, vital y literario, abiertamente antirracista, Everett rehúye su “catalogación” como escritor “afroamericano”, por considerar que, si se le incluye en esa “taxonomía” reduccionista, ese rasgo acabaría por sobreponerse a cualquier otro frente de análisis de sus libros. A este respecto, en alguna entrevista ha señalado que nadie llama “escritor blanco” a un novelista blanco, y que, por tanto, enfatizar su raza, convertir el adjetivo racial en categoría literaria operaría ya como una forma de confinamiento intelectual, tan contrario a su posicionamiento moral, opuesto a las etiquetas y a las simplificaciones identitarias. El escritor José Ovejero, en su crítica de James, publicada en El País en noviembre de 2024, da cuenta de las reticencias del escritor a esta sutil forma de encasillamiento comentando cómo en Cancelado su personaje principal es un profesor y escritor negro, Thelonius Ellison, que, harto de que el mercado editorial espere de él novelas sobre pobreza, violencia y marginalidad racial -los tópicos esperables de un autor negro- decide burlarse del sistema escribiendo deliberadamente una caricatura grotesca de esos estereotipos, consiguiendo -paradójicamente, o no tanto, dado el mundo en el que estamos, tan amante del victimismo y lo identitario- que el libro se convierta en un éxito monumental. 

No hay, por tanto, en James este tipo de concesiones, cómodas, conformistas y “tranquilizadoras”, por cuanto, aunque estamos ante una obra que ya desde su planteamiento y, por supuesto, a lo largo de las escenas y los pasajes narrados deja ver, de modo notorio, ese muy crítico e implacable enfoque antirracista, no ofrece al lector una propuesta “predigerida” y simplificadora, ni opta por reducirse al consabido y trivial mensaje burdamente combativo plasmado en un texto panfletario. Por el contrario, estamos ante una novela en la que esa denuncia -necesaria, como es natural- aflora con elegancia e inteligencia, con ironía e, incluso, con sentido del humor, en una ficción espléndida. 

En James, Everett, parte de la historia del Huckleberry Finn de Twain para recrearla, paso por paso, incidente por incidente, lance por lance (con matices, como luego veremos), con una única y sustancial diferencia de la que emanarán muchas otras: el narrador es ahora el esclavo Jim, desde cuya óptica y a través de sus propias palabras retomamos los episodios que ya conocemos gracias al relato de Huck (se entiende ahora mejor mi afirmación introductoria según la cual hay que haber leído los libros de Twain para entender y degustar plenamente esta su singular “secuela”). Como resulta evidente dado el enfoque elegido por su autor, aquellos pasajes del clásico en los que Jim y Huck, en alguna de las muchas vicisitudes de sus peripecias en el río, separaban sus caminos, se obvian en la novela actual, que, del mismo modo y con idéntica lógica, introduce otros episodios, sobre todo en la segunda y tercera parte del libro, vividos por el esclavo -que reivindica su verdadero nombre, James, prescindiendo del apócope, en uno de los abundantes elementos simbólicos de la novela- sin la compañía del muchacho. 

De manera que tenemos a los dos huidos, en la misma posición de partida en la que se encuentran en el texto primitivo. Jim, el esclavo de la señorita Watson, huye de su propietaria -delito mayúsculo, castigado con la muerte, a menudo sin necesidad de juicio- tras enterarse de que va a ser vendido y separado para siempre de su mujer, Sadie, y de su hija, Lizzie. En una isla del río Mississippi se encuentra con Huck Finn, que también ha escapado, incapaz de someterse a la férrea disciplina de su mentora, la viuda Douglas, y tras un siniestro encuentro con su padre. Al igual que en el texto de Twain ambos emprenden un viaje lleno de peligros y amenazas, en particular para Jim, por su triple condición de negro, esclavo y prófugo. Sin embargo, los mismos hechos, los mismos encuentros con los mismos desconocidos, las mismas situaciones con idénticos riesgos, conocidos ya por el lector a partir de la narración que nos ha ofrecido la mirada ingenua del muchacho blanco, aparecen ahora desde otra perspectiva, la de un hombre negro, cuyos sufrimiento, miedo, dolor, rabia, indignación y resentimiento afloran en un primer plano. Su relato es el de un hombre muy inteligente y hasta cultivado -en una vuelta de tuerca convincentemente explicada en la trama- que, entrelazadas a la descripción de su padecimiento y de la añoranza de su familia, transmite sus lúcidas reflexiones, fruto de su perspicaz capacidad de observación, en las que analiza y desenmascara la violencia, la hipocresía y el absurdo del sistema esclavista. Utilizando hábilmente sus recursos -un poderoso raciocinio, una aguda y penetrante habilidad para interpretar la realidad y un ingenioso juego de simulación con el que finge ignorancia y oculta su conocimiento de un lenguaje que domina para evitar las sospechas de los blancos-, a lo largo de su viaje afrontará persecuciones, sufrirá intentos de engaño por parte de estafadores diversos, presenciará impotente el linchamiento de compañeros de raza y se verá asediado por infinidad de continuas y funestas amenazas. Con la indesmayable voluntad de reunirse con su familia, en su periplo “revivirá” numerosos episodios de Las aventuras de Huckleberry Finn, pero con nuevas escenas y un desenlace profundamente distinto, del que, como es obvio, nada voy a adelantar. De este modo, la novela de aventuras que era la obra de Twain -profunda, con enjundia, con distintas capas de lectura, pero, a la postre, cruzada por el ostensible hilo que dibujan las correrías “picarescas” de sus protagonistas, como hemos visto- se transforma bajo la pluma de Everett en una reflexión sobre la identidad, la dignidad y la libertad, en la que el humor, la ironía y la tensión conviven, como he señalado, con una crítica furibunda del racismo y de los mecanismos del poder que lo sostienen y complementan. El resultado es una historia que interpela a Twain para cuestionar la versión tradicional de los hechos y devolver la voz a un personaje -ese noble James (también violento cuando la rabia se desborda; el retrato que de él se hace no es ni plano ni artificialmente maniqueo)- que durante siglo y medio ha permanecido en segundo plano, prácticamente en silencio y, en cualquier caso, sin ser objeto de la consideración que, como ser humano, al margen de su raza, merece. 

Me interesa resaltar, antes de comentar algunos otros elementos de la novela que la hacen sumamente interesante, algunas facetas relevantes de este singular diálogo con Mark Twain y su obra que plantea en la suya Percival Everett. Desde mi punto de vista, nuestro contemporáneo no pretende “contestar”, criticar, descalificar o censurar a su venerable antecesor. No pretende denunciarlo, impugnarlo, destruirlo, ni mucho menos cancelarlo. No pretende corregir a Twain desde esa superioridad moral retrospectiva que tanto se utiliza hoy de un modo superficial para pedir perdón por las ofensas cometidas siglos atrás por unos antepasados -conquistadores, colonos, esclavistas, gobernantes, legisladores y autoridades machistas, homófobos o racistas- que nada tenían que ver -ni siquiera genéticamente- con los que ahora los modernos talibanes de la corrección política se dan de modo tan farisaico aparatosos -y ficticios y vacuos e inanes- golpes de pecho. El diálogo que James y su autor plantean con Huckleberry y su creador sureño, es, por de pronto, eso, un diálogo, una conversación, una propuesta, hecha con aprecio, respeto y, claro está, inequívoca contundencia, de relectura de la novela originaria -escrita por un escritor blanco nacido en el Sur esclavista estadounidense en el siglo XIX- hecha desde nuestro presente, desde un ángulo muy actual que permite incorporar al punto de vista desde el que se narra los muchos cambios sociales, políticos, culturales, jurídicos que el mundo ha experimentado, consciente Everett, y este es, sin duda, uno de los logros del libro, de que los clásicos, pese a la admiración que suscitan, pese a lo mucho de valioso que nos ofrecen, no son monumentos inmóviles, sino campos de batalla interpretativos. 

Esta “discusión” con Twain que Everett propone en su libro no lo cuestiona, no rebaja el valor que reconoce a su obra. En los breves agradecimientos finales de James, aparte de las consabidas menciones a editores, familiares y amigos, podemos leer: Y finalmente, un reconocimiento a Mark Twain. Su sentido del humor y su humanidad me influyeron mucho antes de hacerme escritor. Me quedaría con el cielo por el clima; pero elegiría el infierno para mi tan esperado almuerzo con Mark Twain. Esta última frase es una paráfrasis de una famosa sentencia de Twain: Go to Heaven for the climate, Hell for the company (Ve al cielo por el clima, al infierno por la compañía). En el original inglés del texto de Everett este introduce una modificación: Heaven for the climate; hell for my long-awaited lunch with Mark Twain

En esta confrontación, en su reformulación del relato de Twain, brotan las desemejanzas. Los lectores de Huckleberry Finn recordaban a Jim como un personaje entrañable, supersticioso, bondadoso, leal, de habla sencilla y a menudo cómica. Sin embargo, esa imagen siempre había suscitado una incomodidad creciente para ese lector del siglo XXI. ¿Era Jim, en el “retrato” decimonónico, un hombre complejo o una construcción paternalista? ¿Era un individuo con entidad, personalidad y “alma” o una figura de cartón piedra, un estereotipo cuy inclusión en el relato obedecía a una mera función narrativa, a una necesidad “técnica”? ¿Poseía una vida interior propia o existía únicamente a través de la mirada de Huck? Everett explora estos interrogantes, tomando al personaje, liberándolo de la carga de lugares comunes que se le asocian y dotándolo de aquello de que, por la datación histórica de su nacimiento, se veía privado: una conciencia compleja, una identidad autónoma, un pensamiento propio, un habla singular. Y desde esta base se distancia de la narración primigenia a través de diversas estrategias literarias, pero también morales y hasta políticas. En primer lugar, invirtiendo el punto de vista y dando voz a Jim. Con ello, hace de él el centro moral de la historia, a la que accedemos desde el pensar y el sentir de un esclavo, y reconvertida, en un giro de ciento ochenta grados y por medio de una modificación de alto calado ético, en el relato de la experiencia vital de un hombre negro obligado a sobrevivir dentro de un sistema de violencia permanente. En consecuencia, y esta es otra diferencia sustancial, donde Twain mezclaba humor, sátira y lirismo, con Jim siendo apenas un acompañante más o menos prescindible en las aventuras de Huck, Everett visibiliza la violencia física y psicológica que necesariamente permanecía en segundo plano en aquella novela que narraba un adolescente ingenuo e inocente. 

Otra importante disimilitud reside en la representación de la violencia. Siendo conocido el rechazo frontal de Twain a la brutalidad moral de la esclavitud, su novela, sin embargo, conservaba el tono de una aventura picaresca en la que el humor amortiguaba con frecuencia el horror. Por el contrario, en el texto de Everett, pese a que las muestras de humor son frecuentes (yo no he podido reprimir las risas en más de un pasaje), apenas hay paliativos que mitiguen la dolorosa ignominia, siendo así que los castigos, el miedo constante, las separaciones familiares y la amenaza permanente tienen en la novela una consistencia palpable, impregnando con su dramatismo la experiencia del lector. 

Para cerrar este inciso sobre el peculiar carácter especular de James frente a Huckleberry Finn, quiero mencionar la que, probablemente, es la diferencia más significativa entre ambas novelas: el tratamiento del lenguaje. Ya he mencionado cómo Twain reproduce en las novelas comentadas el habla popular y los dialectos regionales, incluido el de Jim. Everett acepta, como es obvio, la importancia histórica de esta innovadora inclusión de las variedades lingüísticas en el relato, pero introduce un giro soberbio, decisivo y genial: el dialecto de James deja de ser una expresión espontánea para convertirse en una estrategia consciente de supervivencia (la gente blanca espera que hablemos de una manera determinada y siempre va bien no decepcionarlos. (…) Los únicos que sufren cuando les hacemos sentirse inferiores somos nosotros). En privado, James habla un inglés culto, preciso y extraordinariamente elaborado (Entonces, cuando lo veamos dando tumbos más tarde y haciendo el ridículo, ¿será un ejemplo de ironía proléptica o de ironía dramática?); únicamente adopta el habla estereotipada cuando se encuentra en presencia de los blancos (a veces se le olvida el contexto en que se encuentra y no le da tiempo a cambiar de registro, provocando más de una situación jocosa: —Sería gracioso que saliera a flote otro cuerpo —dijo. —Hilarante —dije. —¿Cómo? —Me miró. —He dicho «mira p’alante». El cambio posee una enorme carga simbólica, poniendo de manifiesto hasta qué punto el sistema esclavista obligaba a representar continuamente un papel. Jim es, en realidad y en su fuero interno, un hombre culto que ha frecuentado (a escondidas, por supuesto; el acceso a la cultura, al conocimiento, al pensamiento propio por parte de los esclavos negros se prohibía taxativamente, pues ello pondría en cuestión los fundamentos de la discriminación racial) la biblioteca del juez Thatcher; que ha leído a Voltaire y a Locke (con los que dialoga en sueños, recriminándoles sus tibias posturas sobre la esclavitud), a Rousseau y Stuart Mill; que sabe escribir (en su huida se procurará un lápiz -en un pasaje muy significativo del libro, con resultado funesto- con el que escribirá su historia); que da clases (siempre clandestinas) a muchachos negros; que piensa y filosofa a partir de sus propios proyectos, con sus propios miedos y contradicciones, con sus objetivos propios, con su propia conciencia moral, a diferencia del Jim de Huckleberry Finn, cuyo mundo interior solo conocemos a través del filtro de Huck. La novela plantea así preguntas de una extraordinaria vigencia. ¿Cuánto de nuestra forma de hablar responde a quienes somos y cuánto a lo que otros esperan de nosotros? ¿Qué relación existe entre lenguaje y dominación? ¿Hasta qué punto los prejuicios nacen de interpretar una forma de hablar como señal de inferioridad intelectual? ¿Cómo la clase, la raza, el sexo, la condición económica afectan al modo en que hablamos y, a la inversa, cómo nuestro desempeño verbal, estilo, prosodia, léxico, revelan nuestro estatus? 

Además de las hasta aquí reseñadas (innovadora recreación de un clásico, con el que dialoga sin depender excesivamente del original ni intentar corregirlo de manera simplista; poderosa construcción de un personaje complejo, nada plano, plagado de contradicciones, inteligente y vulnerable, valiente, pero en ocasiones acuciado por el miedo, lúcido y dueño de una aguda capacidad crítica, pero capaz también de la duda, tolerante pero transformado a veces por la rabia, pacífico pero arrastrado a la violencia en situaciones extremas, dotado de conciencia moral pero obligado a tomar decisiones ambiguas en lo ético; brillante transformación de una novela de aventuras en una exploración radical de la libertad; denuncia diáfana, descarnada, radical, conmovedora y combativa aunque sutil, sin subrayados innecesarios, de la barbarie que supuso la esclavitud, contada a través de la atención prestada a los pequeños mecanismos del sometimiento -el miedo, la vigilancia, la humillación, la incertidumbre permanente- y también a los más brutales: castigos físicos, apaleamientos, asesinatos, violaciones; inteligente reescritura de la historia estadounidense desde el punto de vista de quienes normalmente quedan fuera de los relatos oficiales; magistral tratamiento del lenguaje y el poder), James merece la lectura por otro buen puñado de razones, que esbozo de modo ya apresurado. Así, os lo recomiendo por la multiplicidad de planos en los que se desenvuelve, permitiendo su lectura como aventura, sátira, reflexión filosófica, tragedia histórica, experimento lingüístico y meditación sobre la condición humana. Por la novedosa operación de dar la palabra a un personaje secundario y con un papel subordinado en una novela preexistente, en lo que constituye, además de la ya reseñado propósito político y moral, una inteligente reflexión sobre la escritura, la elección del punto de vista, la importancia del narrador, la decisión acerca de qué debe contarse y qué se oculta. Por la interesante recuperación de la tradición de la gran novela filosófica disfrazada de relato popular (piénsese, una vez más, en el Lazarillo de Tormes, o Moby Dick, o, citado en el libro, el Cándido de Voltaire, en los que la peripecia narrativa funciona como vehículo para una exploración intelectual más amplia), mediante la (re)invención de un personaje que no solo vive los dolorosos acontecimientos que le acaecen, sino que es un ser inteligente que piensa sobre ellos e intenta comprenderlos; es así por lo que James puede leerse como una novela de aventuras trepidante, pero también como una discusión permanente sobre el conocimiento, la verdad, la identidad y la conciencia. Por la decidida apuesta por el humor, que, pese a la aparente contradicción (risa y espanto conviviendo en la misma página), opera como eficaz y convincente mecanismo frente al horror. Por, en definitiva, demostrar al lector -como solo lo hacen los grandes libros- que la gran literatura es siempre capaz de renovar nuestra mirada, que poco importa que los temas, los personajes, las tramas ya sean conocidos, que -exagerando quizá un poco- todo haya sido ya contado, pues siempre aparecerá el talento de un creador para mostrarnos otra forma de ver, ampliar nuestros horizontes, ensanchar nuestra vida. 

En fin, tres propuestas memorables, las del ciclo entero de esta semana, que os recomiendo encarecidamente para empezar el curso de un modo excepcional. Os dejo ahora con un muy revelador pasaje de James, en el que su protagonista arrostra las dificultades que para él suponía desvelar su interés y su conocimiento de los libros, a la vez que reflexiona sobre el valor, intelectual, sentimental, político y vital, de la lectura. 

En la novela hay también una destacada, apreciable y elocuente presencia de la música, sobre todo tras el encuentro de Jim con Daniel Decatur Emmett, un compositor (autor, por cierto, de Dixie, el himno sureño con el que acompañé mi reseña de Lo que el viento se llevó en el último programa de la temporada pasada), músico y director de espectáculos de existencia real que con los Virginia Minstrels (que Javier Calvo traduce como Cantores de Virginia, dejando fuera el término minstrel, que sin embargo se explica en la novela y que aludía a las muy populares compañías de cantores blancos, que actuaban con las caras pintadas con betún fingiendo que eran negros). Las composiciones de Emmett -las de cualquier grupo de minstrels, en realidad- eran jocosas y en ellas se representaba a los negros de forma cómica, imitando sus movimientos y su forma de hablar de un modo paródico. Aunque el fenómeno fue criticado desde su inicio de manera más o menos aislada, empezó a ser objeto de una más amplia condena social bien avanzado el siglo XX, estando hoy absolutamente proscrito y el blackface denostado incluso en sus manifestaciones (recuérdese el escándalo que provocó el que el ex-primer ministro canadiense, Justin Trudeau se hubiera “disfrazado” de negro en una fiesta escolar en 2001, cuando aún no había accedido al cargo y era un profesor veinteañero). Las canciones de Daniel Decatur Emmett tienen un papel destacado en el libro (que se abre con la transcripción, del “puño y letra” de Jim, de cuatro de sus temas). De todas ellas elijo por su valor representativo Old Dan Tucker (El viejo Dan Tucker), de la que os dejo un fragmento de una de sus muchas posibles letras tal y como la traduce Javier Calvo. Entre las muchas versiones que se han hecho del tema -hay una estupenda de Bruce Springsteen- dejo aquí la de la 2nd South Carolina String Band. 

El viejo Dan Tucker vivía mu’ bien 
Comía borrico con huesos y piel 
Peinaba su barba con una sartén 
Le dio un jamacuco al cumplir los cien 
Aparta del medio, Dan Tucker, gañán 
Te quedas sin cama y también sin cenar 
Aparta del medio, Dan Tucker, gañán 
Te quedas sin cama y también sin cenar 



Me moría de ganas de leer. Aunque Huck estaba dormido, no me podía arriesgar a que se despertara y me viera con la cara pegada a un libro abierto. Luego pensé: ¿Y cómo va a saber que estoy leyendo de verdad? Podría decirle que estaba simplemente mirando las letras y las palabras sin entenderlas, preguntándome qué demonios significarían. ¿Cómo lo iba a saber él? En aquel momento se me hizo real y evidente el poder de la lectura. Mientras tuviera delante las palabras, nadie podría controlarlas ni controlar lo que yo obtuviera de ellas. Ni siquiera podrían saber si las estaba mirando sin más o leyéndolas, haciéndolas sonar o entendiéndolas. Era una relación completamente privada y libre y, por tanto, completamente subversiva. 

Me acerqué la bolsa de libros, metí la mano y palpé uno. Allí me quedé en una especie de flirteo. El libro pequeño y grueso que apretaba con los dedos era la novela. Nunca había leído una novela, aunque entendía el concepto de ficción. No era tan distinto de la religión, o de la historia, de hecho. Saqué el libro de la bolsa. Comprobé que Huck seguía profundamente dormido y lo abrí. Las páginas olían a gloria. 

En la tierra de Westfalia… 

Y me encontré en otra parte. Ya no estaba en una orilla de aquel río maldito, ni en la otra. No estaba en el Misisipí. No estaba en Missouri.

Videoconferencia
Percival Everett. James

miércoles, 9 de septiembre de 2026

MARK TWAIN. LAS AVENTURAS DE TOM SAWYERLAS AVENTURAS DE HUCKLEBERRY FINN

Bienvenidos, tras la presentación de hace siete días, a una nueva temporada de Todos los libros un libro, que hoy os ofrece una nueva, estimulante y plural recomendación de lectura. En el último programa del curso pasado, y con ocasión de la celebración, el 4 de julio, de los doscientos cincuenta años de la independencia de los Estados Unidos, elegí Lo que el viento se llevó, el gran clásico de Margaret Mitchell, como libro representativo de la historia, joven, vigorosa y, en general, coronada por el éxito, del vasto país norteamericano. Antes de la decisión final había barajado otros posibles títulos, obras también espléndidas, significativas de un modo u otro del alma de esa sociedad pujante, del espíritu independiente y emprendedor de sus gentes y de los formidables logros alcanzados en solo dos siglos y medio por la hoy poderosa nación estadounidense (también de sus muchas contradicciones, desde el exterminio de las poblaciones indígenas y las execrables etapas de la esclavitud, pasando por el imperialismo depredador, y llegando, en otro orden de cosas, hasta el desaforado individualismo que ha desembocado en los peores excesos capitalistas). Manejé entonces, entre otras posibilidades, obras como Hojas de hierba, los poemas de Emily Dickinson, Walden, Moby Dick, El gran Gatsby, Las uvas de la ira, Mientras agonizo, El guardián entre el centeno, En el camino o Adiós a las armas. También mencioné, en aquella reseña postrera de la temporada anterior, el Huckleberry Finn, de Mark Twain, que aparece citado de manera reiterada en estas algo volátiles -y en el fondo poco relevantes- encuestas que, a menudo, obligan a quienes participan en ella a establecer absurdos rankings siempre discutibles. Mi búsqueda del libro idóneo coincidía en esas semanas con mi relectura de la novela, Las aventuras de Huckleberry Finn y de la que la precede, Las aventuras de Tom Sawyer, su antecedente en tanto presenta los personajes y el entorno en que se desarrollará la trama, manteniendo una temática narrativa relativamente similar. La razón por la que en aquellos días yo revisitaba ambos libros, que había leído de pequeño en ediciones juveniles, tenía que ver con mi reciente y entusiasta lectura de otra gran novela, James, de Percival Everett, que, entre otros premios, obtuvo el Pulitzer de ficción en 2025 y que recrea la historia de Huck pero contada desde la perspectiva del negro Jim, el otro personaje esencial, junto al independiente y rebelde protagonista, del relato de Twain. 

De tal manera que mi propuesta de esta semana incluye esos tres títulos (dos en la entrega de hoy y el tercero en la de mañana), girando sobre otros tantos nombres Tom Sawyer, Huckleberry Finn y James, aunque, en el caso de las obras centradas en los dos primeros, os daré también referencia de varias ediciones distintas, con diferentes traductores y también diversos e ilustrativos y bien informados prólogos. Como es natural, la plena comprensión del sentido y el mayor disfrute de la lectura de James, exige tener “fresco” en la memoria el contenido del Huckleberry Finn, y este, a su vez, requiere la familiaridad con los personajes que ya aparecían en Tom Sawyer. Un paquete completo, pues, en una experiencia lectora apasionante. 

Vayamos, pues, con un breve comentario sobre Las aventuras de Tom Sawyer. Mark Twain publicó su libro en 1876, el año del primer centenario de la Independencia de los Estados Unidos, hace ahora, pues, ciento cincuenta redondos años. Como resulta previsible en una obra ya clásica, el libro ha conocido infinidad de ediciones en nuestro país (y fuera de él, traducido a más de sesenta idiomas), muchas de ellas en colecciones de literatura juvenil, como la que yo leí en mi infancia (y aún recuerdo -vagamente, eso sí- una adaptación televisiva en los años sesenta, que hoy no he podido encontrar). De las más recientes quiero destacar dos: la de Penguin Random House de 2016, con una entusiasta y muy sugestiva introducción de R. Kent Rasmussen, doctor en historia y reconocido experto en Mark Twain, y con las traducciones de Simón Santainés y Neus Nueno, responsables de las versiones a nuestro idioma de la novela y de su prólogo, respectivamente; y la que hoy traigo como referencia, la espléndida de Sexto Piso, publicada también en 2016, en su colección de novela ilustrada, con traducción de Mariano Peyrou y magníficas láminas de Pablo Auladell, reconocido dibujante y autor de las ilustraciones de diversos libros y novelas gráficas, con muchos premios en su haber. 

El Tom Sawyer que protagoniza la obra es un niño -aunque no hay una datación expresa en el texto, podemos situar su edad entre los doce y los trece años- de imaginación desbordante; fascinado por los juegos de aventuras, los piratas y los bandidos, los exploradores y los héroes románticos; soñador, capaz de transformar cualquier circunstancia cotidiana en un acontecimiento extraordinario; feliz habitante de ese territorio infantil que participa simultáneamente de la realidad y la fantasía; y, sobre todo, muy espabilado, desvergonzado incluso, travieso y algo granuja, aunque de buen corazón, valiente, impulsivo, rebelde y con una irrefrenable tendencia a desobedecer las normas y convenciones de la comunidad y a desafiar la autoridad de los adultos. La acción transcurre en la ficticia localidad de San Petersburgo, traslación transparente de Hannibal, una población de Missouri situada a orillas del río Mississippi en la que el propio Twain residió con su familia las dos primeras décadas de su vida (siendo el pueblo, el río, los paisajes y las circunstancias de ese marco biográfico del autor, referentes obvios también de las dos novelas, como luego comentaré). Tom vive con su tía Polly, su hermanastro Sid, su prima Mary y Jim, el esclavo negro al servicio de la familia, en un entorno en el que se cruzan otros muchos personajes, singularmente Huckleberry Finn, el joven paria del pueblo, el hijo del borracho local, compañero de aventuras del muchacho y protagonista, con el negro Jim, de la segunda de las novelas que hoy presento. 

El libro, en puridad, no tiene argumento o, mejor, lo tiene pero difuso, acomodado a una estructura relativamente peculiar, sin un desarrollo lineal que siga una única trama perfectamente organizada y desarrollada de manera continua desde el principio hasta el desenlace. Por el contrario, las correrías del muchacho se presentan como una sucesión de episodios autónomos, enlazados, claro, por la presencia constante del protagonista y, obviamente, por la coherencia del planteamiento narrativo de su autor. Sin afán alguno de desvelar nada relevante y consciente de que la popularidad de la obra hace que la mayor parte de ellos sean bien conocidos, cito algunos de los más memorables: las trastadas que el díscolo muchacho hace a su tía Polly, cuando inventa cualquier subterfugio para esquivar las obligaciones que la mujer le impone; el muy famoso episodio del pintado de la valla (al que alude, incluso, la portada de la edición de Penguin); la rutilante aparición de Becky Thatcher, que provoca el encantamiento inmediato de Tom y sus primeras emociones sentimentales; las rivalidades escolares, en las que siempre descuella el ingenio del chico; las aventuras nocturnas con Huck Finn; el asesinato en el cementerio del que los chicos son testigos; el juicio de Muff Potter y el personaje del indio Joe, grabados para siempre en mi memoria desde hace más de sesenta años a partir de la mencionada adaptación televisiva; la escapada a la isla Jackson y la “conversión” de los chicos en piratas, con la búsqueda del tesoro y la exploración de una laberíntica cueva; entre otros. 

La mera enumeración de estas peripecias y el vívido aunque impreciso recuerdo de mi disfrute de todas ellas en mi infancia, resultan acordes con la acostumbrada consideración de la novela como un texto de literatura infantil. Y es que, quizá por el protagonismo y la presencia constante de niños en su trama (o, cuando se trata de adultos, “vistos” desde la perspectiva infantil) y por el tono frecuentemente humorístico del relato, Las aventuras de Tom Sawyer ha sido considerada durante décadas como una obra destinada a los niños. De hecho, todavía hoy suele encontrarse en las colecciones juveniles y forma parte habitual de los programas escolares, sobre todo en Estados Unidos (más allá del reciente fenómeno, que ya comentaré más adelante, de la “limpieza” -la cancelación- de las obras “inconvenientes”, en esa ola de corrección política hoy imperante que ha conseguido eliminar las andanzas de Tom y Huck de colegios y bibliotecas). Sin embargo, ello no es así en absoluto -o no lo es del todo-, pues no estamos ante una obra simple y aparentemente transparente y elemental, dirigida a lectores apenas iniciados, si no que, por el contrario, constituye en realidad un texto con mayor enjundia de la que puede suponerse inicialmente. Desde este punto de vista, el libro admite diversas lecturas, siendo simultáneamente una novela humorística, un relato de aventuras, una reflexión sobre el paso de la infancia a la vida adulta, una sátira social y, en su fondo pero claramente perceptible, un retrato de los Estados Unidos de mediados del siglo XIX (la acción se sitúa en torno a 1840). Bajo la superficie de las aventuras de un muchacho travieso aparecen cuestiones decisivas para comprender la cultura estadounidense e incluso universal: la construcción de la masculinidad; la tensión entre libertad e integración social, entre independencia crítica y respeto gregario a las convenciones; las contradicciones morales de una sociedad en apariencia respetable, de un mundo provinciano que se presenta a sí mismo como ordenado, virtuoso y civilizado, pero en cuyo interior laten la superstición, la intolerancia, la hipocresía y los prejuicios raciales; la nostalgia por una América anterior a la industrialización; la violencia latente en la frontera; el peso de la religión protestante; y el complejo proceso de formación de la identidad nacional. Son ya muchos los estudios académicos y críticos que, sin desdeñar las cualidades de la obra como lectura idónea para los jóvenes, subrayan esta dimensión cultural e ideológica de la novela, que anticipa, en germen, lo que, como luego veremos, es notorio y sustancial y alcanza una profundidad mayor en Las aventuras de Huckleberry Finn, que pasa por ser la obra mayor de su autor y, sin duda, una de las grandes novelas norteamericanas. 

Esta mayor ambición de la novela, que trasciende el ámbito infantil y juvenil, es confesada por Twain desde su prólogo, en el que advierte: Aunque el objeto principal del libro es divertir a la gente joven, espero que no por ello será rechazado por hombres y mujeres, ya que entró en mis propósitos el recordar a los adultos, de una manera agradable, cómo eran en su juventud, cómo se sentían, pensaban y hablaban, y qué empresas tan raras acometieron a veces (cito a partir de la traducción de Simón Santainés). Y de un modo aún más categórico, en una carta a su amigo y confidente literario William Dean Howells: No es un libro juvenil, en absoluto. Solo será leído por adultos. Solo está escrito para adultos, como recoge R. Kent Rasmussen en el mencionado estudio preliminar a la edición de Penguin. 

El universo y los personajes principales de Las aventuras de Tom Sawyer, que reaparecerán casi una década después (en 1884 en Inglaterra y en 1885 en Estados Unidos) en Las aventuras de Huckleberry Finn, con distinta trama argumental y, sobre todo, con mayor hondura, son un evidente reflejo del entorno sureño y de determinadas circunstancias de la biografía del autor. En su Prefacio al libro, fechado en 1876, Twain subraya ese vínculo al afirmar: La mayor parte de las aventuras que se cuentan en este libro ocurrieron realmente; una o dos fueron experiencias propias, y el resto de muchachos [sic por la ausencia del artículo, opción del traductor] con quienes fui a la escuela. Huck Finn está sacado de la vida real; Tom Sawyer también, pero no de un solo individuo; es un conjunto de las características de tres muchachos que traté y, por tanto, pertenece al orden arquitectónico compuesto. Las extrañas supersticiones que aparecen se las creían al pie de la letra los chiquillos y los esclavos del Oeste durante la época en que se desarrolla la historia, es decir, hace treinta o cuarenta años

Samuel Langhorne Clemens (su verdadero nombre, que cambió a los veinticuatro años por el de Mark Twain, alusivo, al parecer, a una expresión de la navegación fluvial para medir el calado de los barcos en proporción a la profundidad de las aguas: mark twain, mark three, mark four…), nació en 1835 en Florida y pasó la mayor parte de su infancia en Hannibal, pequeña localidad ribereña de Missouri, situada junto al río Mississippi. Aquel entorno acabaría convirtiéndose en el principal depósito de recuerdos para buena parte de su producción literaria. Twain conoció desde muy joven los paisajes, los tipos humanos y las costumbres que más tarde poblarían sus libros. La vida en las orillas del legendario Mississippi, el Old man River, el padre de todas las aguas, una de las grandes arterias -reales y simbólicas- de la nación americana, con su incesante tráfico fluvial, sus aventureros, sus comerciantes, sus buscavidas y sus personajes pintorescos, también las tensiones raciales, la mezcla de violencia, humor y superstición de los pueblos ribereños, dejó una huella imborrable en su imaginación. También lo hicieron las correrías infantiles, las excursiones por bosques y cuevas, las travesuras escolares, los juegos improvisados y ese sentimiento de libertad casi absoluta que caracterizaba la existencia de muchos muchachos en las pequeñas localidades del Medio Oeste estadounidense de mediados del siglo XIX. Su vida adulta, también aventurera y llena de experiencias (fue aprendiz de impresor, periodista, buscador de fortuna en el Oeste, piloto fluvial en el Mississippi, conferenciante, empresario, editor y, por supuesto, escritor de una obra extraordinariamente amplia que incluye libros de viajes, relatos humorísticos, novelas históricas, sátiras políticas y obras autobiográficas), dejó igualmente su poso en las dos obras. Twain se alimenta de aquellos recuerdos, pero lo hace, como señalaba en su preámbulo, sin limitarse a reproducirlos mecánicamente, transformándolos y convirtiendo en creación literaria de valor universal esas experiencias personales. 

Este marco, como he señalado, reaparece en Las aventuras de Huckleberry Finn, en cuyo análisis me adentro ya. Sin embargo, el propósito, el planteamiento y la intención literaria del autor ya son otros, más ricos y complejos, más exigentes y ambiciosos. Ya desde la elección de la voz narrativa se percibe un cambio sustancial, con el relato en tercera persona de Tom Sawyer, que acentuaba la visión teñida de nostalgia del propio autor recreando sus días infantiles, trocado ahora en la primera persona y la voz de un Huckleberry Finn, con la capacidad de ironía, de ingenuidad, de ternura, a veces incluso de crueldad y de lucidez con que ese muchachuelo tan naturalmente inteligente, aunque académicamente analfabeto, es capaz de hacernos contemplar desde su peculiar punto de vista el mundo que le rodea, su época, el viejo Sur en los Estados Unidos, el anterior a la guerra civil, en palabras de Juan José Coy, responsable de una de las tres ediciones del libro que he consultado para esta reseña. 

La primera de ellas, la que he leído ahora tras mis iniciales contactos juveniles con la novela (en la edición de 1967 de la colección Historias, de Bruguera; y en la película de Richard Thorpe, con Mickey Rooney como protagonista, que yo vi en Televisión Española en mi adolescencia), es la de Sexto Piso, una suerte de continuación del Tom Sawyer, publicada también en 2016, con, al igual que en el libro anterior, la traducción de Mariano Peyrou y las espléndidas ilustraciones de Pablo Aubanell. La segunda es la de Penguin Random House de 2016, traducida por José A. de Larrinaga, con un comentario previo, una vez más muy interesante, de R. Kent Rasmussen, y que incluye un apéndice final, El episodio de la balsa, que es uno de los muchos que fue eliminado o corregido o depurado por el propio autor antes de la publicación definitiva del libro, circunstancia constatable a partir del descubrimiento, a principios de los años 90 del pasado siglo, del manuscrito original del Huckleberry Finn, escrito de su puño y letra por Twain. De las muchas y controvertidas vicisitudes que experimentó la larga vida de la novela desde su publicación, con su considerable éxito popular, el reconocimiento académico, su consideración de clásico de la literatura norteamericana, pero también con la profusión de críticas acerbas, censuras, cancelaciones, prohibiciones, acciones de expurgado o reescritura de algunas de sus páginas, eliminación de vocablos polémicos o líneas “inapropiadas”, da cuenta el espléndido prólogo de esta edición. Como lo hace también el que firma el profesor Juan José Coy Ferrer, destacado profesor e investigador de literatura norteamericana en la Universidad de Salamanca, hoy jubilado, para la edición de 2015 en Cátedra, mi tercera referencia editorial para Las aventuras de Huckleberry Finn, que cuenta con la traducción de Doris Rolfe y Antonio Ferres. Ese texto preliminar, de setenta y cinco enjundiosas e instructivas páginas, no es el único valor añadido de esta edición académica. Destacan, además, un puñado de ilustraciones que salpican la obra, tomadas de distintas versiones del libro en la época; varias decenas de aclaratorias notas; una copiosa bibliografía; y la incorporación del Aviso y la Explicación previos con los que el propio Twain encabezó su texto. El Aviso aparece en las tres ediciones manejadas, aunque con matices en cada una de las versiones: Las personas que intenten encontrar un motivo en esta narración serán procesadas; las que intentan encontrarle una moraleja serán desterradas; las que intenten descubrirle una trama serán fusiladas, con la siguiente rúbrica: Por orden del autor, per G.G., jefe de intendencia, en la publicación de Cátedra. El traductor de Penguin elige: Las personas que intenten encontrar un motivo en esta narración serán perseguidas. Aquellas que intenten hallar una moraleja serán desterradas. Y las que traten de encontrar un argumento serán fusiladas, firmando la advertencia, Por orden del autor, el jefe de órdenes. La traslación que hace Peyrou para Sexto Piso reza así: Quien intente hallar un objetivo en esta narración, será llevado a juicio; quien intente encontrar una moraleja, será desterrado; quien intente encontrar un argumento, será ejecutado. Por orden del autor, G.G. COMANDANTE DE ARTILLERÍA

La singularidad de la edición de Cátedra, en relación con estas indicaciones previas de Twain, reside, sin embargo en la referida Explicación que no se encuentra en las de Sexto Piso y Penguin, siendo, por lo demás, sustancial para la lectura y la plena comprensión de la obra, por desgracia imposible -o muy difícil- si no se lee en su idioma original. Este es su texto: 

UNA EXPLICACIÓN 

En este libro se emplean varios dialectos, a saber: el de los negros de Missouri, la forma dialectal exagerada del sudoeste atrasado y apartado; el dialecto corriente del condado Pike; y cuatro variedades modificadas de este último. Los matices no se han conseguido al azar ni por adivinación, sino con sumo cuidado, y con la guía fiable y el apoyo de un conocimiento personal de estas varias formas de habla. 
Les doy esta explicación porque, sin ella, imaginarían muchos lectores que todos estos personajes trataban de hablar igual, sin conseguirlo. 

Ninguna de las traducciones consultadas -Peyrou, Larrinaga, Rolfe y Ferres- recoge esta amplia variedad dialectal, por otro lado muy relevante pues, como subraya Coy en su estudio, la pretensión de Twain de ser fiel al habla popular con la utilización de estas distintas variantes coloquiales y diversos registros lingüísticos aporta complejidad a su narración, funciona como un poderoso mecanismo literario, otorga verosimilitud al relato y, sobre todo, introduce en la novela un elemento sustancial para entender el marco esclavista y racista en el que se ubica su trama, pues el diferente modo en que hablaban los blancos y los esclavos constituye uno de los reflejos más notorios de la dominación de los unos y la discriminación de los otros. Este tratamiento del lenguaje será uno de los aspectos nucleares -por su interés literario y por su potencia simbólica- de James, como luego veremos, con la traducción de Javier Calvo. Por el contrario, cualquiera de las ediciones del Huckleberry Finn que hoy comento se “limitan” a versiones sobrias, por supuesto completas y relativamente fieles al texto original, pero que, no obstante, pierden valiosos matices a causa de la fundamental circunstancia mencionada. 

Pese a que, según los estrictos cánones de Twain, me expongo a ser fusilado (o ejecutado, según sea la opción elegida) me atreveré a esbozar algo parecido a un argumento del libro. Ambientada en la época de la esclavitud, antes de la guerra de Secesión (aunque fue publicada en la década de 1880, la acción transcurre aproximadamente entre 1835 y 1845, es decir, en los años anteriores al conflicto civil que acabaría destruyendo el sistema esclavista del Sur), la novela retoma el personaje de Huckleberry Finn (el capítulo inicial se abre con un recordatorio de la obra anterior, en cuyo marco general esta se incardina: No sabéis quién soy como no hayáis leído un libro titulado Las aventuras de Tom Sawyer, pero eso no importa. Ese libro lo hizo el señor Mark Twain, y en él dijo la verdad poco más o menos. Exageró algunas cosas; pero, en general, dijo la verdad. Eso no es nada. Jamás conocí a nadie que no mintiera alguna vez, como no sea tía Polly, o la viuda, o tal vez Mary. Tía Polly (es la tía Polly de Tom), y Mary, y la viuda Douglas, de todas habla el libro, que es un libro que dice la verdad en general, con algunas exageraciones, como ya he observado), que había aparecido en uno de los primeros capítulos de Las aventuras de Tom Sawyer, presentado allí como un romántico proscrito y definido de manera rotunda en su inicial presencia en aquel libro: Huckleberry era cordialmente odiado y temido por todas las madres del pueblo, porque era vago, ordinario y malo, vivía al margen de la ley, y todos sus hijos lo admiraban, disfrutaban de su compañía prohibida y deseaban atreverse a ser como él. Tom era como el resto de los chicos respetables en lo de envidiar a Huckleberry su deslumbrante condición de proscrito, y había recibido órdenes estrictas de no jugar con él. En consecuencia, jugaba con él cada vez que tenía oportunidad

Este poco convencional Huck, del que el lector se encariña al poco de conocerlo, narra su propia historia, la de un niño de trece o catorce años, o algo así, que se une a un esclavo prófugo, el Jim de la novela anterior, en su común búsqueda de la libertad. Huck escapa de las restricciones de la sociedad respetable que le imponen su virtuosa madre adoptiva, la viuda Douglas, y la hermana de esta, la señorita Watson (La viuda Douglas me adoptó, diciendo que me civilizaría; pero era duro vivir en casa todo el tiempo, teniendo en cuenta el orden y cuidado que la viuda ponía en todas sus cosas; de modo que, cuando no pude aguantar más, me largué) y también de los malos tratos de su padre, violento y alcohólico, que irrumpe en el relato con su presencia amenazante. Jim, por su parte, “propiedad” de la señorita Watson, huye también ante la sospecha de ser vendido de manera inminente y enviado más al Sur, río Mississippi abajo, alejándolo para siempre de su mujer y sus hijos, en una escapada que afronta con la esperanza de llegar a un estado libre donde ganar dinero suficiente para redimir a su familia. Los fugitivos traban una compleja amistad (lo era -prohibida, problemática e imposible en esos días- la que pudiera surgir entre un niño blanco y un esclavo negro) mientras descienden en una balsa hacia Cairo, en Illinois, lugar en que se cruzan el Mississippi y el Ohio, el río, este último, que corre hacia el norte opuesto a la esclavitud y en el que Jim cifra su esperanza de libertad. Sin embargo, las muchas y peligrosas eventualidades de su viaje, que se desarrolla habitualmente por las noches para evitar ser descubiertos, les hacen dejar atrás Cairo y adentrarse aún más en territorio esclavista. La historia de correrías juveniles, coherente inicialmente con el “clima” de Las aventuras de Tom Sawyer, pronto se transforma en un relato más propio de adultos, en una exploración mucho más ambiciosa de los conflictos morales del chico y, por extensión, de la sociedad estadounidense, a medida que Huck intuye, sin comprender del todo, las implicaciones de su experiencia, pues, en realidad, está ayudando a un esclavo negro a escapar de su legítima propietaria, con todas las consecuencias -nefastas sobre todo para Jim- que el hecho conlleva. En su larga navegación, los huidos vivirán mil y una peripecias, casi todas amenazantes, y se encontrarán con infinidad de personajes, muchos de ellos hostiles, y su viaje va avanzando mientras el muchacho relata los distintos lances vividos entreverados con sus consideraciones morales sobre la libertad, la esclavitud y la dignidad humana, que lo llenan de dudas e incertidumbre, perturban su atribulada conciencia y, en definitiva, lo hacen crecer, dejando atrás la infancia en su camino hacia la madurez. 

No hay tiempo en el programa ni espacio en este blog (salvo que esté dispuesto a agotar la paciencia de nuestros abnegados seguidores, puesta a prueba en más de una ocasión) para desarrollar los muchos elementos temáticos de interés, más allá de la propia historia narrada, de una obra que en su siglo y medio de vida ha suscitado infinidad de estudios, publicaciones, tesis doctorales, artículos académicos y reseñas varias, que han escudriñado con perspicacia y acierto hasta los más mínimos detalles de su texto. Me limitaré a apuntar, pues, de manera breve y sintética, algunos de los más relevantes. Por ejemplo, la ya adelantada elección de la voz narrativa, siendo el relato en primera persona de Huck un indudable logro, literario y estructural, pues su lenguaje aparentemente ingenuo muestra, por un lado, su pobre y defectuosa comprensión del mundo, pero, por otro, subraya la distancia entre lo que Huck dice y lo que realmente ocurre, acentuando el carácter irónico y distanciado, en el fondo reprobador, de la narración. El espíritu burlón y humorístico habitual en el autor, que aquí aflora como sátira de la autoridad y las instituciones: la religión, la justicia, la educación y la aristocracia sureña son objeto de los “dardos”, a menudo explícitos, del escritor, y ridiculizadas a través de personajes que reflejan la corrupción y la impostura. La crítica, implícita, pero frontal, de la civilización del Sur, que, por distintas razones, Huck y Jim detestan y de la que huyen, encontrando en la vida errante del río una forma de autenticidad menos rígida y encorsetada y más honesta y libre. El protagonismo del Mississippi no solo desde el punto de vista real, como marco y entorno de la trama, sino en su dimensión simbólica, como espacio -siempre frágil, siempre precario, siempre encerrando peligros y amenazas- de libertad, de rebeldía, de suspensión de las normas sociales y de cuestionamiento de las categorías instituidas, la propiedad, la raza, la ley. La construcción del personaje de un Jim a través del cual Twain pone en solfa la lógica esclavista del mundo que lo rodea, aunque de manera tímida y con frecuencia criticada (la caracterización de Jim ha sido interpretada, según las épocas y los analistas, tanto como estereotipo racial, como figura paternal o como noble encarnación de la dignidad humana). El conflicto racial con sus ambigüedades, reflejando el contexto del sur de Estados Unidos, con un tratamiento de la raza ciertamente controvertido desde la lógica actual (como más adelante comentaré), al cuestionar la legitimidad de la esclavitud “humanizando” a Jim y subrayando su dignidad, pero manteniendo ciertos estereotipos lingüísticos y culturales propios de su época. La doble condición del libro como relato de viajes y novela de formación, en la medida en que su eje argumental se articula sobre la navegación por el río en una travesía en la que las dificultades que los personajes han de arrostrar, las situaciones dramáticas que les acaecen, los circunstancias y los individuos, con frecuencia adversos, a los que se enfrentarán, les harán -sobre todo a Huck- reconfigurar en parte su visión del mundo, constituyendo por tanto el viaje una experiencia de desarrollo moral. 

Todas estas dimensiones se recogen en el estudio introductorio a la edición de Cátedra, en el que se analizan también, en secciones muy interesantes, la figura de Mark Twain, su biografía, su época, lo que el prologuista llama su “sentimiento trágico del humor” y, sobre todo, y ya en estricta relación con su Huckleberry Finn, siete elementos básicos sobre la novela que orientan al lector en su plena intelección del libro (recuérdese mi consejo reiterado según el cual estos comentarios académicos -también los míos, pese a estar a años luz en la profundidad explicativa de los de los expertos- deberían consultarse tras la lectura del libro). Así, el profesor Coy analiza la polémica actual sobre la supuesta incorrección política de la novela; la recurrente consideración del libro como una obra infantil o juvenil; el fecundo juego entre el “sabor local” y la universalidad inconsciente que impregna la novela entera; el “aliento utópico” del viaje, con amplia tradición en la literatura norteamericana y sustancial en la peripecia de Huck; los matices lingüísticos intraducibles (con una mención, por lo demás previsible, a los paralelismos, que al lector le asaltan de continuo, entre la obra de Twain y el Lazarillo de Tormes; hay, también un vínculo, en este caso explícito, con el Quijote, en estas expresivas palabras de Huck: Yo no vi ningún diamante y así se lo dije a Tom Sawyer. Me contestó que, a pesar de todo, los había allí a carretadas; y dijo que también había árabes y elefantes y cosas. Yo le pregunté, entonces, por qué no podíamos verlos. Me contestó que, si yo no fuese tan ignorante y hubiera leído un libro llamado Don Quijote, lo sabría sin preguntarlo); la repercusión posterior de la novela, en particular en la obra maestra de Salinger, El guardián entre el centeno; y las inesperadas derivadas del sorprendente descubrimiento, ya señalado, del manuscrito original de Las aventuras de Huckleberry Finn

La mayor parte de estos grandes ejes de análisis ya han sido anticipados por mí, siquiera de un modo sumario, en los comentarios que anteceden. Quiero detenerme ahora, con una relativa mayor amplitud en uno de ellos, a mi juicio especialmente significativo. Es el caso de la larga historia de objeciones y críticas que la novela ha vivido en estos ciento cincuenta años de existencia. Contrapone el profesor Coy algunas reacciones que se dieron tras la publicación del libro, cuando fue excluido del catálogo de algunas bibliotecas, cuando se lo calificó de inmoral, rudo, grosero e inelegante, cuando se lo proscribía por tratar de una serie de experiencias nada edificantes y cuando se lo consideraba más propio de barriobajeros que de gentes inteligentes y respetables. Louisa May Alcott, la autora de Mujercitas, llegó a escribir: Si este es el tipo de libro que Mark Twain piensa que deben leer los niños y niñas norteamericanos, mejor que deje de escribir. Sorprende entonces -o no tanto, dados los tiempos que corren- que transcurrido más de un siglo, la vieja polémica se reanude, esta vez desde planteamientos ideológicos supuestamente distintos, aunque coincidentes en su estrechez de miras, puritanismo, voluntad censoria, afán de imponer los valores propios pretiriendo los ajenos, ignorancia y, en el momento presente, anacronismo delirante. En la novela Twain utiliza de continuo el término nigger, despectivo, claramente racista y de obvia y dolorosa recepción por la población negra actual. Además, el bienintencionado Huck gasta a su compañero de aventuras más de una broma pesada y diversas jugarretas de dudoso gusto, en actitudes que, aunque de manera sutil e implícita, denotan condescendencia, un punto de superioridad y un talante algo desdeñoso; lo que no impide el que, a la vez, dé muestras constantes de compañerismo, dedicación, interés y hasta amistad hacia él, insólitas en aquel tiempo. Pretender, subraya Coy -y no puedo estar más de acuerdo-, que una novela ambientada en la América profunda de la primera mitad del siglo XIX, en un contexto en el que la esclavitud, el racismo, el atraso y la crueldad tienen su asiento, en donde todo el Mundo utiliza a todas horas no solo la palabra nigger, sino que se palpan esas características racistas e incluso inhumanas, se rija por códigos expresivos y pautas morales entonces desconocidos, reflejando una sensibilidad, imposible en aquel tiempo, ante costumbres y reglas de conducta ya superadas, es un absoluto sinsentido. Y sin embargo, la novela vuelve a estar prohibida en cientos de escuelas y universidades norteamericanas y ha sido retirada igualmente de cientos de anaqueles de bibliotecas educativas y públicas en el país de la libertad, la tolerancia y el respeto a los derechos cívicos e intelectuales. Quede aquí expuesto, una vez más, el discutible asunto de la relectura y “deconstrucción” de los clásicos desde perspectivas y siguiendo reglas de conducta de nuestro tiempo; cuestión sobre la que ya he dejado clara mi posición: negativa rotunda a la cancelación, a la reescritura, a la censura y, a la vez, necesidad de proporcionar contexto, referencias académicas, científicas (no lemas, eslóganes, dogmas reduccionistas que indican cuál es el pensamiento idóneo, la explicación correcta), para favorecer un entendimiento y una visión críticos de libros, películas, obras de arte y, en general manifestaciones culturales del pasado. 

Contrariamente a lo manifestado en la emisión radiada -y en su versión para el canal de YouTube-, dejo aquí un elocuente fragmento de Las aventuras de Huckleberry Finn y una de las muchas versiones de Ol' Man River, el clásico de Kern y Hammerstein que cumplirá cien años en 2027 y que tiene al río Misisipi como protagonista. Os ofrezco la interpretación original de Paul Robeson en la película Slow Boat, dirigida por James Whale en 1936.


Decía que tener la libertad tan cerca le hacía temblar de pies a cabeza y tener fiebre. Bueno, pues puedo aseguraros que yo también temblaba de pies a cabeza y estaba febril al escucharle, porque había empezado a darme cuenta de que sí que estaba casi libre. ¿Quién tenía la culpa de ello? Pues yo. No podía quitarme eso de la conciencia de ninguna manera y en forma alguna. Empezó a preocuparme hasta el punto de no permitirme descansar; no podía estarme quieto en un sitio. Hasta entonces no había tenido una clara idea de lo que estaba haciendo. Pero ahora sí, y no podía desterrar la idea y cada vez me quemaba más. Traté de convencerme de que no era mía la culpa, porque no fui yo quien obligó a Jim a huir de su legítima dueña, pero era inútil; mi conciencia se alzaba y decía siempre: «Pero tú sabías que huía para recobrar la libertad y podías haber ido a tierra y avisar a alguien». Eso era cierto, no podía zafarme de la idea de ninguna manera. Ahí era donde me apretaba. Mi conciencia me decía: «¿Qué te había hecho la pobre señora Watson para que pudieras dejar que su negro se escapara en sus mismísimas narices sin decir una palabra? ¿Qué te hizo esa pobre vieja para que la trataras tan ruinmente? ¡Si intentó enseñarte el libro! ¡Si intentó enseñarte modales! ¡Si intentó ser buena contigo de todas las maneras que supo! Eso fue lo que hizo». Empecé a sentirme tan vil y tan desgraciado que casi quería morirme. Me paseaba impaciente de un lado a otro de la balsa insultándome para mi coleto, y Jim se movía de un lado para otro, con no menos impaciencia, cruzándose conmigo. Ninguno de los dos podíamos estarnos quietos. Cada vez que se volvía y gritaba «¡Ahí está Cairo!», era como si me diesen un tiro y pensaba que, si era Cairo, me iba a morir de angustia.

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Mark Twain. Las aventuras de Tom Sawyer. Las aventuras de Huckleberry Finn