VIAJES, CIUDADES Y ESCENARIOS DE CINE
Todos los libros un libro continúa, con los ecos de la ceremonia de los Oscar resonando aún en nuestros oídos un mes después de su celebración, la inagotable y muy plural y variada serie centrada en el mundo del cine. En las primeras entregas del ciclo ofrecí aquí mis reseñas de algunas grandes obras literarias que habían sido objeto de transposición a la gran pantalla, como era el caso de Dublineses, de James Joyce, la colección de relatos del irlandés cuyo último cuento, el formidable Los muertos, plasmó John Huston en una película magistral con el mismo título; de El corazón de las tinieblas, el clásico de Joseph Conrad que dio lugar a la desbordante Apocalypse now, de Francis Ford Coppola; y de las dos novelas de Walter Tevis, El buscavidas y El color del dinero, llevadas al cine por Robert Rossen y Martin Scorsese en sendos filmes que mantienen el título de las respectivas obras en las que se basaron.
Esta tarde -y la del miércoles próximo, en que despedimos el programa por este trimestre- la conexión entre cine y literatura será tangencial, por no decir, siendo estricto, inexistente. Y es que, en puridad, no puede hablarse de literatura para referirse a ninguna de las cinco obras que quiero presentar en estas dos emisiones, todas ellas, eso sí, muy directamente vinculadas al universo del séptimo arte. Y es que en las emisiones de estas dos semanas nos vamos a acercar al cine a partir de unas dimensiones de las películas que no tienen que ver con su supuesta base literaria. La decena y media de títulos -originales, excelentes, muy sugestivos y de lectura apasionante- que ahora os propongo giran sobre los viajes, las ciudades, los escenarios, la música, la poesía… de cine. Libros, pues, que exploran, con un enfoque no muy común ni previsible, esas vertientes de las obras cinematográficas, que podríamos considerar laterales, secundarias, menores incluso, pero que, sin embargo, contribuyen de manera significativa al valor, la belleza, la repercusión y el éxito de las películas, al margen de dejar en los espectadores un rastro inconsciente, quizá no tan significativo en apariencia como su temática, sus líneas argumentales, sus personajes o los actores y actrices que los interpretan, pero que permanece de un modo subliminal en la memoria colectiva de quienes han disfrutado las películas subyugados por sus tramas, fascinados por la irradiación que emana de sus protagonistas, deslumbrados por sus alardes técnicos o interesados en los asuntos que proponen sus guionistas. De algunos de estos títulos ya os había hablado en Todos los libros un libro en programas que en algunos casos no llegaron a salir al aire o lo hicieron en formatos del espacio de mucha menor duración y no emitidos a través del actual canal de YouTube que, desde hace casi un lustro y en paralelo a las emisiones radiofónicas, acoge mis comentarios librescos.
Vayamos, pues, con el primero de esos frentes que podríamos calificar de “inusuales”, el relativo a los “viajes de cine”. Este es, precisamente, el título de mi propuesta inicial, Viajes de cine. Su autor es el catalán Sergi Ramis, periodista y viajero impenitente, autor de muchos libros de viajes (os recomiendo, en particular, el magnífico Mercados africanos, un recorrido por los abigarrados y deslumbrantes mercados populares del África negra, que publicó la editorial Altaïr, en una edición ilustrada con bellísimas y evocadoras fotografías; también, desarrollando la misma idea, es autor junto a Jordi Llorens, de Mercados del mundo, editado por Angle, con fecundas calas fotográficas en zocos, bazares, rastros, ferias, tiendas y comercios callejeros de Cabo Verde, Malí, Bangkok, Etiopía, Uganda, Marruecos, Yemen, Laos, Vietnam, Filipinas, Samoa y Papua-Nueva Guinea, entre otros exóticos destinos). Este Viajes de cine salió al mercado por iniciativa de Raima Ediciones en el ya muy remoto 2011.
El libro se nos ofrece con un significativo subtítulo, La vuelta al mundo en casi 80 películas, que nos permite conocer, ya desde su portada, el propósito, el plan y hasta, si se me apura, el esquema mismo de la obra. En él, como queda patente en esa frase inicial, se conjugan dos mundos, ambos muy queridos para el autor, el de los viajes y el cinematográfico, aunque si bien es cierto que de un modo desequilibrado y desigual. Este no es un libro de cine, dice Ramis en el prólogo, si se había hecho a esa idea, intente recordar rápidamente dónde guardó el recibo de compra y vaya a que le devuelvan el dinero. Este es un libro sobre viajar y comprender el mundo sentado frente a una pantalla. En ese sentido, soy un auténtico intruso (…) Este es el libro de un viajero, pero de un viajero aficionado al cine. El objetivo de Viajes de cine, pues, es aportar una muestra de películas, casi todas excelentes, algunas obras maestras y muy pocas solo recomendables por ver la zona en la que se desarrolla la acción, como señala el propio autor, que retratan con fidelidad un territorio o la idiosincrasia de la gente que lo habita. Es por ello por lo que todos los filmes escogidos han sido rodados en los lugares auténticos, desechando el escritor películas cuyo marco es Marruecos o el Tibet o Perú, pero que fueron filmadas en otros entornos o, más frecuentemente, en escenarios simulados en estudio.
Y así, estructurado en cinco grandes bloques de desigual extensión y que se centran en los cinco continentes, el libro recorre decenas de lugares del mundo a través de su aparición, episódica y circunstancial o protagonista y principal en otras tantas películas. La nebulosa Galicia de El bosque animado, la tópicamente verde Irlanda de El hombre tranquilo, la plácida Toscana de Habitación con vistas o el luminoso Dodecaneso griego de Mediterráneo son algunos de los bellísimos emplazamientos europeos que conocemos merced a su reflejo en los fotogramas de esas películas memorables. La Turquía asiática de Yol, la ancestral China de Sorgo rojo, la heladora Siberia de Dersu Uzala, el colorista Rajastán de La tumba india o El tigre de Esnapur, o el Japón legendario y onírico de Ran aparecen al recorrer el continente asiático. Si nos adentramos en Oceanía, podremos visitar la inmensa Australia de Las aventuras de Priscilla, reina del desierto, las exuberantes Islas Fiyi de Náufrago o las Salomón de La delgada línea roja. En África, tan a menudo inmortalizada en el cine, comparecen las ilimitadas extensiones de Kenia de Memorias de África, el Marruecos abigarrado de El hombre que sabía demasiado, la aventurera Tanzania de Hatari o Mogambo o la salvaje Ruanda de Gorilas en la niebla. Por fin, América está profusamente representada con lugares y películas como la Cuba revolucionaria de Guantanamera, el Brasil más tropical de La selva esmeralda, el desértico México de El tesoro de Sierra Madre, las praderas interminables de California, Arizona y Utah reflejadas en La diligencia, o la húmeda Argentina de ríos y selvas que vemos en La misión.
En cada uno de los capítulos del libro se sigue un esquema idéntico: una ficha técnica de la película, un breve comentario sobre su argumento, los actores y, sobre todo, los lugares reflejados en la cinta, y una última y muy reducida sección con menciones a la ciudad o el país analizado, pero a través de su presencia más allá de las pantallas: por ejemplo, Bután o Nápoles o Iquitos... fuera del cine. Asimismo, cada capítulo se cierra con un Para ir en el que se ofrecen sugerencias acerca del desplazamiento o la intendencia de los viajes al lugar mostrado en la película. Y todo ello aderezado con el estilo desenfadado y el humor socarrón, irreverente, algo cínico y siempre incorrecto políticamente de su autor.
No quiero dejar pasar la ocasión de comentar, al hablar de este Viajes de cine, que el libro se enmarca en una colección de la editorial Raima que con el título de CineXCine pretende proyectar en palabras los grandes conceptos y los pequeños detalles que interesan al género cinematográfico, reordenándolos y desvelando nuevos puntos de vista. No es una colección dirigida sólo a aficionados, amantes o especialistas del cine, sino que son libros para todos aquellos que, en un fotograma u otro, han identificado lo que les contaba una película con una realidad cercana, como de modo algo críptico resalta la editorial. En ese sentido no específico y sí multidisciplinar, podréis encontrar en la colección, libros como Psicópatas de serie, de título suficientemente explícito de su curioso contenido. Y también Malas pero divertidas, en el que se repasan algunas de las peores o más estrambóticas o desconocidas o insólitas o inconcebibles producciones con un enfoque humorístico.
Y los impresionantes paisajes que hemos visitado en los viajes cinematográficos a los que nos ha invitado Sergi Ramis nos llevan a otros lugares con una presencia destacada en las películas, las ciudades. Y ese apasionante recorrido urbano lo haremos a través de dos libros, de títulos casi idénticos, que conjugan el enfoque cinéfilo con el viajero, explorando la relación entre el cine y las ciudades, tanto en su consideración general y más abstracta -el núcleo urbano como escenario principal de los filmes- como en su aspecto más concreto y singular, centrado en la aparición -en muchas ocasiones recurrente- de las principales capitales del mundo en infinidad de películas, en la destacada función que desempeñan en ellas sus calles, sus edificios emblemáticos, sus reconocibles espacios, sus casi legendarios territorios; y, también, en el importante papel que ha desempeñado el cine en la “construcción” de la imagen “mítica” de algunas ciudades -piénsese en París o Nueva York como ejemplos paradigmáticos-, de imposible identificación iconográfica sin la constante recreación que de ellas se ha hecho en los más de cien años de historia del séptimo arte.
El primero de los libros comentado es Ciudades de cine, un voluminoso tratado -más de quinientas páginas de letra apretada organizadas en doble columna-, obra de una treintena de expertos coordinados por Francisco García Gómez y Gonzalo M. Pavés, presentado por Editorial Cátedra en 2014 en su siempre interesante colección Signo e Imagen. Tras un muy clarificador prólogo que firman los coordinadores, el resto de los responsables del libro estudian veintinueve ciudades de veinte países en los cinco continentes, a partir del “rastro” que han dejado en incontables películas. Así, podemos leer textos sobre -en el mismo orden alfabético en el que se presentan en el libro- Barcelona, Berlín, Bombay, Buenos Aires, El Cairo, Estambul, Hong Kong, La Habana, Las Vegas, Lisboa, Londres, Los Ángeles, Madrid, México D.F., Moscú, Nueva York, París, Pekín, Río de Janeiro, Roma, San Francisco, Sevilla, Shanghai, Sidney, Tánger, Tokio, Venecia, Viena y Washington D.C.; unos textos en los que, con abundancia de ejemplos, podemos “pasearnos” por la geografía física y sobre todo la simbólica de tan destacadas metrópolis. Los distintos “ensayos” estudian, como digo, los hitos fílmicos más sobresalientes que han contribuido a configurar la imagen de estas importantes poblaciones en el imaginario colectivo.
El enfoque del libro es interdisciplinar, en correspondencia con la formación de sus diversos autores, recogiendo aportaciones muy variadas procedentes de la historia del arte, la arquitectura, el urbanismo, la estética, la sociología o la historia propiamente dicha. Con un sesgo forzosamente teñido de “occidentalismo”, la obra indaga de modo exhaustivo en las cinematografías europeas y americanas, principalmente, aunque hay también muestras de otros ámbitos, el oriental o, de manera más residual, el africano, con alguna significativa y apreciable aportación al universo del cine. Además de los capítulos dedicados a las diferentes capitales, el volumen se completa con secciones finales centradas en las ciudades de la antigüedad, los poblados fantasma en el western o las urbes imaginarias. Por último, el libro se cierra con una muy completa bibliografía que incluye más de quinientas referencias.
Ciudades de cine parte del hecho incuestionable de que, a estas alturas del siglo, nadie llega inocente a una gran ciudad. Casi todos nosotros, incluso al pisar por primera vez sus calles, reconocemos en ellas algo familiar. Somos, con respecto a París o Nueva York, Londres o Estambul, Roma, Lisboa o Río de Janeiro, viejos conocidos, aunque nunca hayamos frecuentado sus espacios, porque “ya” conocemos las ciudades a partir de lo que hemos visto de ellas en el cine. En este sentido, y como resaltan los autores, hay, al menos, tres ciudades: la real que crece y se desarrolla gracias al esfuerzo de sus habitantes, la representada por los cineastas en sus obras y, por último, la percibida por el público como fusión de las anteriores, en la que ambas se complementan. En paralelo a esta triple realidad, la obra nace con otros tres objetivos: Analizar y reflexionar sobre los modos con los que se construye la identidad (principalmente urbanística y arquitectónica) de las ciudades, establecer la manera en la que el cine ha representado algunas de las ciudades del planeta, y descubrir distintas formas de pensarlas, y entender cómo el espectador lee la ciudad a través del cine, reinterpreta la imagen y construye su propio modelo urbano.
Con esa triple pretensión, y recordando el hecho obvio de que el cine nació urbano (las primitivas escenas filmadas por los Lumière como prueba) y también el que en las películas coinciden fondo y forma, las acciones relatadas y el contexto, siendo éste muy a menudo la ciudad, en las documentadas investigaciones que el libro presenta se nos ofrecen las muy distintas manifestaciones de las ciudades en el cine, con una desbordante tipología de urbes analizadas: las ciudades protagonistas y las ciudades telón de fondo; las ciudades poseedoras de un “emblema”, como París o Las Vegas, Venecia o San Francisco, Barcelona o Pisa, fácilmente identificables por sus monumentos representativos; las ciudades que carecen de “hito” arquitectónico, pero que también distinguimos con facilidad, Madrid o Buenos Aires, Tokio o Viena, La Habana o San Petersburgo; las ciudades “desapercibidas”, como el Milán de las películas de Antonioni, apenas perceptible en sus escenarios alejados del icono bien conocido; las ciudades “transformadas” que el cine “transfigura” convirtiéndolas en espacios antitéticos a los de su realidad tangible; las muchas ciudades sin nombre, que aprovechan su anonimato para reforzar la intensidad de las tramas cinematográficas que en ellas transcurren; las ciudades travestidas o camufladas, urbes que acogen rodajes de películas que se desarrollan en otras diferentes, ciudades, pues, que en cierto sentido, actúan, interpretan un papel, como la Praga que “es” Berlín en La niña de tus ojos; las ciudades imaginarias, fruto “frankensteiniano” del montaje, entes autónomos que surgen de la mezcla de varias preexistentes, el caso de “nuestra” Calle Mayor, resultado de la “fusión” de Palencia, Logroño y Cuenca.
También hay un lugar en el libro para los habitantes de las ciudades, convertidas éstas -sobre todo en las películas corales- en organismos vivos, capaces de adoptar formas diversas, mientras la cámara sigue a los personajes por sus distintos recorridos. E igualmente comparecen los géneros cinematográficos, fuertemente anclados a distintas formas de concebir la realidad urbana: el policiaco, la ciencia ficción, las películas de acción, el musical, la comedia, el cine apocalíptico, el bélico; cada uno de ellos con sus particulares señas de identidad que se traducen en la diversa iconografía y la variada representación de las localidades que albergan sus argumentos. Y del mismo modo, se habla de las cinematografías vinculadas a una ciudad: el cine centroeuropeo de Viena, Praga o Berlín; el ruso de la revolución, con el protagonismo de los monumentos y las calles de Moscú o San Petersburgo; el italiano realista, con Milán o Roma o Nápoles presentes en la mirada de los directores; la nueva ola francesa, con su estilizada creación de una mitificada París. Y están también, para terminar, los directores "asociados" a una ciudad, con el Nueva York de Woody Allen como emblema, aunque a cualquiera le vienen a la cabeza, asimismo, el Madrid de Almodóvar o el Oporto de Manoel de Oliveira.
El repaso a los espacios y la iconografía de estas ciudades es muy minucioso y detallado, siendo cada capital objeto de análisis desde casi todos los ángulos imaginables. Así, conocemos -siempre a partir de sus correlatos cinematográficos y por citar sólo algunos ejemplos- la Barcelona histórica y la fantástica, la “negra” y la marginal, la turística y la moderna y multicultural; recorremos, de la mano de la escritora Pilar Pedraza, el Berlín de las primeras décadas del siglo pasado y el de las guerras mundiales, también el de las ruinas de la posguerra y el del muro, el del nuevo cine alemán a partir de los años setenta y el “posmoderno”; y en el apartado de París también comparecen los momentos iniciales, a caballo de dos siglos, y los actuales, las recreaciones más “fantasiosas” de la ciudad y también el París más realista que permea numerosas películas desde los años veinte hasta el más reciente presente; y está el Tokio de los grandes cineastas clásicos nipones y el que se muestra en cintas contemporáneas como Lost in translation; completísimo es también el capítulo sobre Nueva York, en el que se dibujan, en apasionantes secciones, las muchas perspectivas de esa poliédrica megalópolis: las calles, los rincones míticos, la presencia étnica, los escenarios de la lucha de clases, el hampa y la corrupción, el skyline y el alma de la ciudad -New York state of mind-, también las distopías que la tienen como marco; o la Lisboa melancólica -a cidade que nunca existiu- con el fado y los tranvías, la Lisboa política, la del cine social, la del espionaje, la literaria y pessoana, la metacinematográfica; igualmente hay un breve capitulo para el México violento y extremo, para el buñuelesco, para el rural y el capitalino y cosmopolita; por último -detengo aquí la enumeración, por lo demás interminable- el experto José Luis Sánchez Noriega nos lleva por el Madrid histórico, el de la guerra y la resistencia, el del costumbrismo y el del desarrollo, el de la transición y el de la comedia madrileña, el de la marginalidad, las bandas, la delincuencia, y el de los conflictos sentimentales de la nueva burguesía.
Pero, por encima de todo, más allá de la sociología o la historia, Ciudades de cine es un inconmensurable compendio de películas, cientos, miles de títulos que emergen entre sus páginas, proponiéndonos un doble viaje, el cinematográfico, que nos llevaría a descubrir, o en muchos casos volver a ver, las distintas cintas, y el real, que nos invita a frecuentar de nuevo -o en ocasiones por primera vez- algunas de estas ciudades revestidas ya, a causa de su recreación en tantos films, de una dimensión mítica. Como es claro, resulta imposible ofrecer aquí siquiera una mínima aproximación a ese copioso catálogo de películas, en el que cualquiera con un somero interés por el cine podrá encontrar a sus favoritas. Es una lástima, en este sentido, que lamentablemente el libro carezca de un índice que recogiera las películas mencionadas y que facilitara así la consulta específica de alguna de ellas de entre la multitud de títulos seleccionados.
Un planteamiento similar, aunque bastante más limitado, es el que proponen Rafael Dalmau y Albert Galera en sus Ciudades del cine, un librito con pretensiones más modestas que presentó en 2007 la mencionada editorial catalana Raima Edicions. Se trata, en realidad, de una suerte de guía cinematográfica de viajes en la que, con la excusa de la “visita” a una ciudad -en total se incluye una quincena aproximada de ellas, las más previsibles-, se comentan algunas películas que las han reflejado en pantalla. De cada film se recoge una completa ficha técnica así como un sucinto comentario que aporta informaciones muy variadas, aspectos destacados de la cinta, resúmenes de su trama argumental, curiosidades del rodaje, apuntes sobre la trayectoria del director o los actores, y, claro está, menciones a los lugares que aparecen representados en su metraje, que se incorporan en una sección autónoma con las principales localizaciones en cada caso, de las que se dan también datos turísticos que faciliten su visita por un viajero interesado.
Siguiendo con otro de los grandes temas “organizadores” de mi reseña -tras los viajes y las ciudades- quiero centrarme ahora en otro “espacio” muy significativo de las películas, en particular las de un género concreto, el cine negro. Escenarios del crimen es un espléndido volumen, presentado en gran formato, con sobrecubierta y encuadernación en cartoné, con una cuidada tipografía a varias tintas sobre un papel de calidad, conformando una edición repleta de formidables ilustraciones fotográficas que incluyen carteles de películas, fotogramas y localizaciones, que propone un muy sugestivo repaso de los espacios del crimen en el cine. El libro, que publicó la editorial Océano en un lejano 2004 -lo que lo hace prácticamente inencontrable fuera del mercado de segunda mano-, es obra de Nuria Vidal, reconocida crítica de cine y también escritora. Nacida en México en 1949, publica regularmente en diversas revistas especializadas, habiendo trabajado en distintos programas de televisión dedicados al cine. Igualmente ha participado con asiduidad en festivales de cine, como Sitges, San Sebastián, Turín, Pesaro, Gijón, Verona, Las Palmas, Oporto, y fue delegada en España de la Berlinale. Ha sido profesora de Crítica de Cine en la ESCAC, la Escuela de cine de Cataluña. Es, además, autora de más de veinte libros sobre el séptimo arte, razones todas más que convincentes para acercarse a este ambicioso y fascinante Escenarios del crimen en el que, como puede deducirse de su título, la autora repasa el inabarcable tema de los entornos cinematográficos del asesinato, la ingente y variada cantidad de “sitios” en los que tienen lugar los crímenes en las películas.
Nuria Vidal comienza por delimitar conceptualmente el sentido de su trabajo. Analiza así la noción de “escenario”, los posibles lugares, los espacios físicos -que luego detallaremos- en los que se comete un crimen. Unos lugares que se rastrearán no en el mundo externo a las pantallas sino, como se ha dicho, entre el metraje de los filmes. En este sentido, su búsqueda se desarrollará principalmente, y así se mostrará en el texto, en películas del género negro, tan parecido a la vida real y fiel reflejo de ella, casi siempre, con su realismo y su contemporaneidad, pero habrá cabida también en el libro para otras cintas no estrictamente pertenecientes al género.
Con respecto al vocablo “crimen”, que admite en su seno a cualquier delito grave, la autora parte de una posición de principio voluntariamente restrictiva, pues circunscribe su análisis exclusivamente a los asesinatos (una restricción relativa, pues en el cine negro, crimen y asesinato suelen ser términos coincidentes). Dentro de ellos establece también una elemental tipología de las razones que llevan a sus autores a perpetrar sus “fechorías”: se mata -escribe- por amor, por dinero o por poder. A esas tres yo añadiría dos más: por error y por estupidez. Y en todas estas causas indagará en su muy bien documentado ensayo, aunque muchos de los crímenes expuestos en estas páginas -avanza- responden única y exclusivamente a la necedad de quien los comete.
Establecido, pues, el amplio universo potencial de sus pesquisas, Vidal se lanza a la investigación, buscando “un crimen en un escenario”, sin más límites teóricos que los ya expuestos y sin estrechos apriorismos ideológicos ni propósito alguno de presentar un panorama representativo o académicamente correcto en el que afloraran, fruto de la aplicación de un rígido corsé sistemático, todas las posibles manifestaciones del universo estudiado. Este libro se ha ido haciendo a sí mismo de una forma natural, señala en el prólogo; para añadir: estaba dispuesta a dejarlo crecer solo. Sin embargo, su enorme erudición y su evidente eclecticismo acabaron por conformar una muestra en efecto variada y significativa -yo diría que exhaustiva- de la temática planteada; una extensa y detallada selección en la que se presentan setenta y ocho películas, de las cuales, por razones obvias, dado el auge del cine negro en aquella filmografía, cuarenta y seis son norteamericanas. Hay, además, veintiséis europeas, con una especial presencia, trece títulos, del cine francés -con la notoria relevancia del “polar” entre sus preocupaciones estilísticas-, siete del Reino Unido y seis de España. Igualmente, se reseñan dos cintas de México, una peruana, una japonesa, una de Australia y otra de Nueva Zelanda. Esta diversidad, y un cierto equilibrio, se reflejan también en las épocas a las que se adscriben las películas escogidas, con veintiséis que podríamos situar en el cine clásico (el de la etapa que va de 1930 a 1950), veintinueve del “cine moderno” (de 1960 a 1980), y veintitrés contemporáneas, en una actualidad que, dada la fecha de presentación del libro, se detiene a principios del siglo.
Las doscientas treinta páginas de Escenarios del crimen se dividen, tras un breve preámbulo introductorio, en siete capítulos centrados en otros tantos “espacios criminales” y que se organizan conforme a una estructura común. La casa, el trabajo, la ciudad, el pueblo, la naturaleza, el viaje y el pasado son los ejes en torno a los que se articula el estudio de la autora. Cada uno de esos frentes se abre con un breve comentario explicativo de la importancia y la significación del espacio elegido. A continuación, y divididas en secciones unidas por un hilo conductor más reducido dentro del criterio general, aparece un listado de películas relacionadas con dicho entorno, de cada una de las cuales se incluye una también sucinta monografía -apenas dos páginas por título- en la que, además de una completa ficha técnica y artística y una muy básica sinopsis argumental, se ofrece el análisis de cada film desde el punto de vista de su escenario, junto a citas, anécdotas, glosas a las fotografías que acompañan al texto, fragmentos de críticas o curiosidades varias. El libro se cierra con un índice de directores -que recoge ochenta y tres referencias-, otro de películas y una bien elegida bibliografía.
Ante la obvia imposibilidad de dar cuenta, siquiera mínimamente, del inmenso caudal de jugosa información que puebla el libro, os dejo ahora una breve muestra de lo esencial de cada uno de sus capítulos mencionando algunas de las películas más relevantes que aparecen en ellos. Así, la sección dedicada a la casa, presentada como el espacio de la intimidad, se abre a cuatro apartados principales -las inmediaciones, la biblioteca, la cocina y el dormitorio- y uno final de menor extensión que trata de las “mansiones del crimen”. Entre sus páginas podemos encontrar títulos como El crepúsculo de los dioses, Medianoche en el jardín del bien y del mal, Arsénico por compasión, Instinto básico o Rebeca.
El trabajo, que centra el segundo apartado del libro, es, para Nuria Vidal, la oportunidad del crimen, pues son muchas las horas que pasamos en él y por ello entre las paredes de los centros laborales surgen, con frecuencia, ocasiones propicias para el asesinato. En el capítulo recorremos despachos de detectives -cómo no-, agencias de seguros, escuelas, estudios fotográficos, inmobiliarias, casinos y, en general, todo tipo de oficinas siniestras. ¿Qué aficionado al cine no recuerda, en relación con estas tipologías, películas como El halcón maltés, Perdición, Las diabólicas, El fotógrafo del pánico, Vivamente el domingo, Casino o El sueño eterno?
En el capítulo dedicado a la ciudad, cuya nota “espacial” distintiva es la que la conceptúa como el territorio de la soledad y el anonimato y, por tanto, de la impunidad, se ofrecen al lector tres subdivisiones: la calle, con títulos como Scarface, Al final de la escapada o Días contados; otros espacios urbanos, con el parque de atracciones de La Dama de Shanghai, el jardín de Blow-up o el almacén vacío de Reservoir dogs, como principales ejemplos; y una coda final, Ciudades peligrosas, que recoge cintas ambientadas en Tokio, Medellín, Roma o Nueva York como destacados escenarios metropolitanos teñidos por la claustrofobia y la violencia.
El pueblo representa el aislamiento, las vastas extensiones deshabitadas y vacías, el cerrado y a menudo mezquino ambiente rural en el que las envidias, la inquina y la maldad primitiva, ancestral, desencadenan los crímenes. Ranchos, caminos, senderos, campos desiertos, toman el protagonismo en películas como A sangre fría, Malas tierras o Sangre fácil, u otras con escenarios pueblerinos amenazantes, vengativos, violentos, misteriosos, silenciosos, como ocurre con Twin Peaks, Fargo o Perros de paja. Vinculada a lo rural está la naturaleza, objeto de la quinta sección de la obra. El pico de una montaña, los rápidos de un río, la vasta extensión de las aguas de un lago, los rompientes de unas rocas, el silencio de una playa, la profundidad de un bosque, entrañan, a juicio de la autora, la dificultad, el acceso complicado, los inconvenientes para los desplazamientos, la lejanía, el abandono, la soledad, la falta de medios idóneos para llevar a cabo el crimen. En esos espacios hostiles se ambientan películas como El último refugio o El tesoro de Sierra Madre, Deliverance o La noche del cazador, Camino a la perdición o Bwana, Muerte entre las flores o Furtivos. El apartado se completa con una selección final de “paisajes letales”: desiertos, cataratas, precipicios, interminables superficies heladas o selvas con importante presencia en las pantallas.
El viaje, un momento de cambio en el que el tiempo se suspende y que, por lo tanto, supone una situación inestable, provisional, que lleva consigo inseguridad, es otro territorio común para el asesinato cinematográfico. Carreteras, trenes, barcos u hoteles pueblan una división del libro en la que aparecen películas como Bonnie & Clyde, El cartero siempre llama dos veces, Thelma y Louise, Asesinato en el Orient Express, El amigo americano, El cabo del miedo, Calma total, Psicosis o El resplandor. Bajo la rúbrica Lugares exóticos el capítulo se cierra con la mención a films ambientados en espacios legendarios envueltos en misterio como Shangai, Casablanca, Martinica, Egipto o las Islas Reunión.
Por último, el apartado final del libro recrea el pasado como espacio mental del crimen. La memoria imborrable de ciertos “hechos malvados”, pretéritos pero no olvidados, contamina el presente de los asesinos o de las víctimas inocentes que los han sobrevivido. Ello ocurre, entre otras, en Retorno al pasado, Vértigo, De repente, el último verano, Recuerda o Muerte de un ciclista.
Y hablando de ciudades, de crímenes y de escenarios, todo ello comparece en mi última recomendación de esta tarde. Y es que esta dimensión espacial del asesinato, aunque circunscrita en este caso a una única ciudad, Los Ángeles, y referida a su vertiente real y no a la de la ficción cinematográfica -aunque, como se ha dicho, ambos enfoques presentan muchos puntos coincidentes-, constituye el núcleo central de otro espléndido y voluminoso libro, Dark City. The real Los Angeles Noir, que presentó en 2017 la prestigiosa editorial Taschen. Tras una enjundiosa introducción de Jim Heimann, editor ejecutivo de la división americana de la editorial, antropólogo cultural, historiador y ávido coleccionista, la deslumbrante obra recoge en sus 480 inolvidables páginas centenares de fotografías y recuerdos del submundo de la ciudad estadounidense entre la década de 1920 y finales de 1950, en una antología del lado más oscuro de una ciudad que ha sido tantas veces escenario principal de infinidad de novelas y películas del género negro. El libro, como tantos otros de la editorial alemana, es una maravilla en cuanto objeto. Encuadernado en tapa dura, con un formato muy amplio (25 x 27,8 cm.) que permite disfrutar con delectación de las formidables imágenes, presentado en un llamativo estuche e incluyendo entre sus páginas facsímiles de recortes de revistas de la época, archivos de museos, infinidad de fotografías de fuentes diversas -¡¡incluso de depósitos de cadáveres!!- y hasta unos impactos de bala troquelados que acentúan la sensación de realismo que se deduce de su contenido, la obra se presenta en edición plurilingüe, que, por desgracia, no incluye el castellano: alemán, francés e inglés.
Los miles de imágenes que ofrece el libro nos muestran, en capítulos de títulos muy evocadores (En estas calles siniestras, Asesinato y caos, Tierra glamourosa, Locos, chiflados y salvación, Titulares del crimen, Crimen y corrupción), la dimensión más siniestra de una ciudad cuya historia de crimen y delincuencia podemos conocer en el interesante análisis de Heimann en su indispensable preámbulo al libro. En los días que se documentan en la obra, Los Ángeles era -en realidad siempre ha sido- dos ciudades distintas. Por un lado, estaba la gran urbe -creada de la nada en mitad del desierto y crecida de un modo acelerado y fulgurante-, el refulgente paraíso del sol y las playas, del permanente buen tiempo y las interminables hileras de naranjos, la esplendorosa ciudad del dinero y el éxito, de los casinos y la opulencia, de las mansiones y los clubes de moda, de los astros de Hollywood y los rodajes de películas. Pero tras esa imagen luminosa se escondía otra realidad más lóbrega en la que afloraban la depravación y el vicio, la prostitución, los juegos de azar y las drogas, las mafias, la delincuencia y los asesinatos, los cuerpos acribillados, el sensacionalismo de los noticieros, los periodistas a sueldo de los grupos criminales, los fotógrafos de prensa venales, los jueces comprados y las fuerzas policiales notoriamente corruptas. La magnífica obra que nos ofrece Taschen con su consabida pulcritud formal nos permite apreciar, con el rigor y la verosimilitud de una excelente crónica documental, las escenas del crimen, las morgues y los peligrosos barrios marginales en los que apenas nadie podía entrar, la suciedad y la mugre urbana, los cadáveres aparecidos entre escombros o a la puerta de un garito, el terror en las caras de las víctimas supervivientes, en un recorrido completísimo por la abyección y la miseria moral más descarnadas.
Desde su nacimiento, Los Ángeles siempre arrastró una pésima reputación de ciudad infernal. A mediados del siglo XIX, escribe Heinmann, la ciudad estaba llena de asesinos, vigilantes, ladrones y prostitutas. Las calles eran caminos de baches por los que deambulaban los perros mil razas y en los que a cada poco aparecían animales muertos. Ya en esas fechas las crónicas periodísticas daban cuenta de diversos hechos espeluznantes sucedidos en sus calles, pobladas por una multitud abigarrada, una masa de aluvión que viajaba a California imantada por el brillo de las luces, en busca de dinero fácil, atraída, codiciosa, por la quimera del oro y el petróleo, por la rica fecundidad de los desbordantes recursos naturales. Desde muy pronto pueden datarse masacres de inmigrantes chinos, peleas cruentas, estafas, falsificaciones, fraudes, escándalos varios, negocios turbios, en un ambiente general que mezclaba la especulación, las fortunas rápidas, el crecimiento desmesurado y las posibilidades de lucro con los delitos, las extorsiones, los ajusticiamientos, los saqueos, los sobornos, los chantajes, las torturas, las ejecuciones sumarias, el envilecimiento y el vicio, la podredumbre y la sordidez.
Dark City repasa en imágenes esas intensas décadas de la ciudad, tanto en su somero recorrido histórico -en el texto inicial de Jim Heinmann- como, sobre todo, en las muy reveladoras instantáneas que constituyen el elemento principal del libro. Y así, avanzando entre sus páginas, vemos esos tortuosos inicios, ya comentados, marcados por el conflicto derivado de la llegada masiva de gentes a la ciudad, la explosión demográfica, el auge inmobiliario. Más tarde, en los años veinte, las sangrientas consecuencias de la prohibición de la venta de bebidas alcohólicas: la profusión de bares, tabernas y tugurios clandestinos, los almacenes de elaboración de alcohol, las rutas de importación y distribución; también la proliferación de automóviles como consecuencia de la vasta extensión de su topografía inacabable, prácticamente ilimitada -800 kilómetros cuadrados, en su origen, cruzados por infinidad de carreteras, aprovechadas, por la distancia, por la lejanía, por la impunidad que proporcionan, como escenarios del crimen-; los nuevos espacios de entretenimiento y ocio: casas de apuestas y salas de juegos, hipódromos y canódromos, pistas de carreras y salones de boxeo, fuentes todos de delitos; la locura hollywoodiense, el reino del lujo y el glamour, la sofisticación de las estrellas, pero también las amoralidad desenfrenada, las orgías, los escándalos sexuales, y con ellos las cohortes de facinerosos, hampones y maleantes que sacaban tajada de los ignominiosos excesos de los lujuriosos actores, las insaciables divas y las celebridades degeneradas; y como reacción a tanta desmesura, la multiplicación de predicadores y evangelistas, reverendos, sermoneadores y propagandistas varios, con frecuencia tan deshonestos y licenciosos como aquellos a quienes pretendían denunciar, aunque aparecían a veces reformistas íntegros capaces de ayudar a la regeneración de la ciudad.
Los años treinta son los de la expansión de la gran ciudad, convertida ya en el emblema del sueño californiano. Llegan gentes de todo tipo y condición: estrellas potenciales, víctimas de la Gran Depresión, vagabundos desplazados, buscadores de quimeras, un caldo de cultivo perfecto para el crecimiento de la criminalidad. Conjuras políticas, turbias tramas policiales, asesinatos racistas, encarnizadas luchas entre bandas de gánsteres locales y estatales, florecimiento del mercado negro en vísperas de la segunda guerra mundial acompañan el crecimiento de la ya entonces gran megaurbe.
La presencia de soldados y marineros de permiso en los primeros años de la década de los cuarenta, con la contienda mundial en su apogeo, y la inmigración masiva, sobre todo mexicana, acrecientan las tensiones raciales, los enfrentamientos entre pandilleros, tribus urbanas y grupos de jóvenes. La relativa decadencia de Hollywood, coincidente con la simultánea eclosión de Las Vegas, queda “compensada” con el incipiente crecimiento de los clubes de jazz, los juke joints, los antros de música, los oscuros ambientes cool frecuentados por negros. Crecen los locales de striptease y las ambiguas salas de burlesque, las casas de juego y los clubes de naipes, muchos de ellos ilegales. Aparecen y prosperan entretenimientos novedosos que acaban lindando con lo criminal: colonias nudistas que se convertirán en focos de pornografía, peleas de gallos que acabarán en refriegas entre sus dueños. Se mantienen la prostitución y el comercio sexual. Se dispara el consumo de marihuana y, en consecuencia, los muchos delitos adyacentes.
Con el correr de los años cincuenta se incrementa la criminalidad por el desmesurado crecimiento de unos suburbios -barrios enormes de hormigón entrecruzados por autopistas- que albergaban a millones de desplazados del sur del Estados Unidos, víctimas de la posguerra. La siniestra fama de Los Ángeles ha trascendido los límites de la ciudad real -esa que se muestra en las páginas del libro- y puebla ya -estilizada, convertida en ficción- los títulos cinematográficos y las novelas policiacas, ámbitos en los que se acuña y empieza a reconocerse el sello “L.A. Noir”. Pese a que, como señala Heinmann, a partir de la década de los sesenta casi todas las ciudades importantes de los Estados Unidos podrían competir con el récord criminal de L.A., las obras de James Ellroy o Walter Mosley, o películas como Chinatown y L.A. Confidential, entre infinidad de ejemplos, han recuperado la condición mítica -tristemente mítica- de una ciudad que ha sido considerada durante mucho tiempo la cuna del delito y del vicio, del pecado y el crimen. Todo ello está en este magnífico Dark City. The real Los Angeles noir, el espléndido reflejo, el trasunto “verdadero”, histórico, palpitante y real de esa legendaria ciudad que tantas veces hemos visto en el cine o leído en los relatos del género negro.
Os dejo con un texto de Ciudades de cine, que refleja el ya referido juego entre las ciudades reales y las recreadas en la pantalla. Tras él, el tema principal, compuesto e interpretado por el saxofonista argentino Gato Barbieri, de una legendaria banda sonora de una película no menos mítica -y actualmente controvertida-, El último tango en París, de Bernardo Bertolucci, con un muy notorio protagonismo de otra ciudad también fascinante y de muy poética representación cinematográfica.
Nunca se llega inocente a una gran ciudad. Al pisarla por primera vez, resulta muy difícil evitar tener una extraña y difusa sensación de familiaridad, como si ya se hubiese estado ahí en el pasado. La literatura y las artes visuales han favorecido la elaboración de una representación mental, más o menos precisa, de estos espacios de convivencia. Indudablemente, el cine es uno de los principales responsables de este sentimiento de déjà vu. En su condición de medio de masas por excelencia de nuestro tiempo, ha contribuido más que ningún otro arte a prefigurar las imágenes que de ciertas ciudades se tienen, y a modelar un imaginario urbano colectivo. Con su poderosa capacidad de sugestión y su fuerte impresión de realidad, el cine posibilita al espectador disfrutar del don de la ubicuidad, desplazarse virtualmente por infinitud de lugares. Por esta razón no es extraño que, cuando llegamos a una nueva ciudad, exclamemos: «¡yo ya había estado aquí!».
En las últimas décadas la ciudad se ha convertido en un preciado objeto de estudio. Desde diferentes perspectivas, la historiografía humanística ha tratado de desentrañar las claves y los misterios de estos espacios que se han erigido en los componentes vertebradores de las sociedades contemporáneas. El mundo rural, antaño eje de la vida del hombre, orbita ahora en torno a estos grandes núcleos de población. Mientras el campo agoniza, vampirizado, la ciudad vibrante y con gula vive, ama, muere, consume, deglute y evacua sus miserias. El proceso de urbanización ha sido tan espectacular en el último siglo que ha impuesto sus condiciones y su dinámica. Es hoy la ciudad el lugar donde acontece la cotidianidad y la vida colectiva: habitamos en ella y de una u otra manera somos la unidad más básica de su estructura, esa vibrante célula que interactúa con ella mientras la moldea cada día. El espacio urbano funciona como un tejido en el que, en ocasiones, realidad y ficción se funden.
El cine ha acompañado a las ciudades en el avance imparable que han experimentado. Ha sido testigo, pero también cómplice, de su desarrollo. Con su naturaleza fragmentaria, con su ubicuidad espacio-temporal, ha ayudado a la construcción del imaginario de ciudad, generando modos singulares de vivirla, pensarla, soñarla e incluso sufrirla. Ha dado testimonio fiel del desarrollo de las localizaciones que contemplaba, impresionando los periodos de convulsión y de transformación urbanas a lo largo del siglo XX. Tan grande ha sido su influencia sobre los espectadores que, a través de sus imágenes, el público se ha familiarizado con espacios urbanos en los que no ha estado físicamente. Barrios, calles, avenidas, esquinas y monumentos de ciudades distantes se han convertido, gracias al poder difusor del cine, en rincones fácilmente identificables por todos, en «viejos conocidos». No hace falta haber estado allí para reconocer la delicada línea que describen los rascacielos iluminados de Nueva York sobre un cielo nocturno; cualquiera puede, cerrando los ojos, imaginar una plaza de San Marcos adormilada junto al Gran Canal de Venecia mientras cientos de palomas aletean alrededor de su campanile; y prácticamente todos hemos estado gracias al cine en unos bulevares de París que enmarcan la Torre Eiffel, con ese típico y tópico fondo sonoro dominado por un romántico acordeón (también existen los estereotipos musicales urbanos).
Por supuesto, hay una enorme distancia entre la ciudad real y la proyectada por el cine. Al fin y al cabo, a través de un filme solo podemos alcanzar una visión fragmentada de los espacios urbanos donde se desarrollan sus historias. Visión parcial que es, además, producto de la mirada subjetiva de los cineastas, que reinterpretan y deciden no solo lo que muestran, sino también cómo y en qué orden hacerlo. De esta forma, la ciudad filmada se constituye en un elemento más de una ficción que se puede asumir como verdadera en el caso de no conocerla. Existen, por lo tanto, no una, sino al menos tres versiones distintas de la misma ciudad: la real que crece y se desarrolla gracias al esfuerzo de sus habitantes, la representada por los cineastas en sus obras y, por último, la percibida por el público como fusión de las anteriores, en la que ambas se complementan.
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