Vivo entre muchos libros y extraigo una gran parte de mis ganas de vivir del hecho de que aún leeré la mayoría de ellos. (Elias Canetti)

miércoles, 29 de abril de 2026


EVA DÍAZ PÉREZ. LOS VIAJEROS DEL CONTINENTE; DELPHINE DE VIGAN. LAS GRATITUDES; JULIETA CORREA. ¿POR QUÉ SON TAN LINDOS LOS CABALLOS?

Buenas tardes a todos. Todos los libros un libro os ofrece esta semana la segunda entrega de nuestra singular serie dedicada a la literatura femenina que casi hasta el final de la presente temporada del espacio os propondrá la lectura de hasta veintiséis libros, todos novelas escritas por mujeres de países, edades y planteamientos literarios muy diversos. Una escritora española, una francesa y una argentina protagonizan la emisión de esta tarde, con tres obras espléndidas que tienen en común, más allá de esa condición femenina de sus autoras, el protagonismo de personajes de mucha edad, ancianos en casi todos los casos, y el hecho de que sus tramas giren, de modo más o menos directo en cada libro, en torno a la vejez y sus circunstancias: la enfermedad, el deterioro, la fragilidad, el agotamiento del tiempo y la cercanía de la muerte, el miedo, la lucidez, la dignidad, la valentía ante el fatal tránsito, la memoria y los recuerdos. Tres libros conmovedores, muy emotivos, rezumando sensibilidad y belleza, y que, por encima de todo, son tres obras formidables, cada una con sus singularidades estilísticas y sus particulares planteamientos literarios. 

Empiezo mis recomendaciones con Los viajeros del continente, la última novela de la andaluza Eva Díaz Pérez, una periodista sevillana de dilatada carrera profesional, con colaboraciones, siempre especializadas en temas culturales, en el desaparecido Diario 16, El Mundo, El País y ABC, y en las revistas Andalucía en la Historia y Mercurio, habiendo obtenido galardones como el Premio Andalucía de Periodismo, el Unicaja de Artículos Periodísticos o el Francisco Valdés de Periodismo Cultural; de amplia trayectoria literaria, con media docena de novelas (finalista una de ellas del Nadal de 2008, y premiadas, otras dos, con el Premio Málaga de Novela, el Andalucía de la Crítica y el Miguel de Unamuno) y otros tantos ensayos, de temática andaluza en su mayor parte; y una también destacada presencia institucional, como miembro de la Real Academia Sevillana de Buenas Letras y de la Real Academia Hispanoamericana de Ciencias, Letras y Artes de Cádiz, siendo también directora, entre 2019 y 2022, del Centro Andaluz de las Letras, según refiere en su nota de presentación Galaxia Gutenberg, la editorial en la que publicó su novela en 2023. 

Pese a tan notable currículum, yo no conocía a una escritora que con este Los viajeros del continente me ha deslumbrado, razón por la que aprovecho para reseñar el libro en esta serie “ómnibus” del espacio (en tanto acoge en su seno propuestas bastante heteróclitas; ya estamos acostumbrados a esta acepción del término a partir de su utilización en la política para describir estrategias legislativas ciertamente tramposas y abusivas). Además, su presencia en este ciclo de literatura femenina me parece especialmente oportuna pues su ejemplo pone de manifiesto algunas de las incertidumbres que me asaltan al examinar el dudoso sintagma que lo preside y de las que ya me ocupé someramente hace siete días. Y es que la novela gira sobre un personaje principal masculino, inglés por más señas, y cuya voz en primera persona podemos escuchar en gran parte de la obra; circunstancias todas que nos permiten plantearnos no solo qué significa lo femenino en la literatura, sino que también propician la reflexión sobre la idea de la creación literaria como invención marcada -o no- por las circunstancias, el sexo, la edad, el origen, la nacionalidad o cualquier otra condición o circunstancia personal o social, en expresión, esta última, recogida literalmente del sustancial artículo 14 de nuestra Constitución (y lo cito íntegro porque, al margen de su naturaleza jurídica y de que acude a mi cerebro al hablar de los politiqueos varios que padecemos, pienso que puede ser pertinente en el debate que ahora me ocupa: Los españoles son iguales ante la ley, sin que pueda prevalecer discriminación alguna por razón de nacimiento, raza, sexo, religión, opinión o cualquier otra condición o circunstancia personal o social). ¿Para escribir de un anciano inglés de ochenta años, aquejado de un cáncer terminal hay que ser hombre?, ¿viejo?, ¿británico?, ¿padecer un cáncer? Como parece obvio que responder afirmativamente a alguna de esas preguntas resulta disparatado, surge de inmediato otra cuestión ¿Es “literatura femenina” cualquier libro escrito por una mujer? De ser así, cualquier obra firmada por un hombre sería necesariamente “masculina”, con lo cual la distinción no resultaría relevante, más allá de una mera taxonomía marcada por el sexo de su autor. En consecuencia, ¿una novela es femenina en cuanto permite traslucir una especial sensibilidad, un particular modo de leer y contar la realidad, una singular mirada que solo poseen las mujeres? ¿Y cuál sería entonces esa peculiar perspectiva? ¿No es posible por lo tanto que un hombre invente una criatura femenina, piense como ella, sienta como ella, padezca, ame, odie, sufra como ella, vea el mundo desde su óptica? Y a la inversa, ¿no puede una escritora crear una figura masculina y dar cuenta de sus vivencias, de sus padecimientos, de sus recuerdos, de sus emociones, de sus alegrías y sus sinsabores, de sus anhelos y sus decepciones, de sus sueños, de sus miedos, de sus esperanzas, sus decisiones, de su alma y de su mente? ¿Qué es la literatura más que la creación de universos “irreales” que nos permiten penetrar en los secretos de nuestras vidas, arrojando luz sobre ellas, sea a través de la imaginación de una posible existencia humana en Marte, la invención de un hombre que vuelve a su hogar tras una guerra de años, de una mujer que intenta huir de la insatisfacción de su gris realidad de su vida provinciana entregándose al adulterio, de una joven que cuestiona el obligado horizonte del matrimonio para las mujeres de su época, de un marino obsesionado por la venganza de una ballena que lo mutiló, de un hombre que se despierta convertido en un repugnante insecto, de un caballero enloquecido que recorre el mundo persiguiendo sueños? 

Por supuesto que una mujer puede escribir desde la mente y la personalidad de un hombre, como resulta evidente, y la prueba palpable e inequívoca es esta magnífica novela, Los viajeros del continente, que leída sin conocer su autoría no permitiría a la inmensa mayoría de sus lectores determinar si detrás de su muy interesante propuesta, de su prosa bellísima hay un hombre o una mujer. Ni falta que hace. Insisto de nuevo en las tesis que llevo años sosteniendo sobre este asunto. Hay literatura y punto. Libros que te emocionan, te conmueven, te hacen pensar, crean belleza, te remueven por dentro, te exaltan, te entristecen, te proporcionan placer, te informan, amplían tus horizontes, te seducen, te transportan… sea cual sea la condición, el sexo, el origen, la raza, la religión o la ideología de quien los escribe. La presencia de Eva Díaz Pérez en Todos los libros un libro obedece, exclusivamente, a la maravilla que es su libro. Su inclusión en una serie de literatura femenina es debida, también de modo exclusivo, a meros criterios organizativos, como ha habido en el espacio ciclos centrados en la Segunda Guerra Mundial, Ucrania, los clásicos, el cine, las Brontë, los viajes, el western o tantos otros agrupados por su temática, la nacionalidad de sus autores o, en este caso, la condición de mujer de quien los ha escrito. 

Dejando claro mi planteamiento sobre el asunto y al hilo de la ya adelantada personalidad masculina del personaje principal de la novela, paso a resumir, brevemente, su argumento. El libro se abre con dos citas altamente reveladoras: y no hallé cosa en que poner los ojos / que no fuese recuerdo de la muerte, de Francisco de Quevedo, y La muerte más voluntaria es la más hermosa. La vida depende de la voluntad ajena; la muerte, de la nuestra, de Montaigne. La omnipresencia de la muerte atravesando nuestra visión de la realidad y la decisión de poner fin a la vida por la propia mano son, en efecto, los dos ejes principales de Los viajeros del continente. Hugh de Galard, un escritor inglés fascinado por la historia y la cultura, erudito y bibliófilo, coleccionista de cuadernos de viajeros ingleses de todas las épocas, autor de libros de viajes (sobre un recorrido de Europa en tren, sobre rutas históricas, sobre los caminos de herradura europeos, sobre lugares literarios franceses), diagnosticado de un cáncer en su estadio terminal (Metástasis, estadio IV. Así llamaron los médicos al paisaje interior de su enfermedad), consciente de la cercanía de su muerte, harto de los terribles efectos secundarios de una estéril quimioterapia que solo promete un sombrío y doloroso horizonte de seis meses de agonía (Godzilla -como llama al tratamiento- alteró su vida y solo postergó el curso de los acontecimientos, le cambió el sabor de las comidas, lo despojó de su pelo, lo mantuvo en un cansancio constante, le provocó violentas erupciones en la piel e hizo que la boca se le acartonara. También aumentó su mal humor (…) era un monstruo que solo aplazaría lo inevitable, un proceso en el que, poco a poco, entrarían en escena el dolor, la agonía y lo que más temía: la contemplación de su propia destrucción, el deterioro progresivo, la anulación y la desaparición de sí mismo en un garabato de dolor y desesperanza), decide viajar a Suiza, en donde el suicidio asistido es legal, para poner un relativamente plácido fin a su vida, cerrando la puerta con educación, lentamente y sin dar portazos. Con dignidad. Acompañado de su mujer, Violet, también mayor, setenta años, saldrán de Porstmouth siguiendo el itinerario que recorrieron en 1816, dos siglos antes del momento en que se data la acción del libro, Percy y Mary Shelley, y que esta reflejó en su obra Historia de un viaje de seis semanas, el diario de su propio periplo por Francia hasta llegar a Ginebra. Hugh acababa de entregar a su editorial un ensayo dedicado a ese diario, ilusionado con la publicación y la consiguiente gira de presentaciones, cuando el funesto diagnóstico interrumpió sus proyectos. Resolverá entonces dedicar sus últimas semanas de vida a recrear esa aventura de la pareja romántica cuando atravesó una Europa en ruinas tras las guerras napoleónicas, con la que tantas similitudes encuentra con la devastación del continente cien años después, devorado por la carnicería de la Gran Guerra; con el declive actual (una Europa también en decadencia, en crisis, una Europa que vuelve a caminar sin rumbo cierto, cuestionada, habiendo dejado hace mucho su papel hegemónico en el mundo); y con su propio deterioro y su inevitable e inminente aniquilación. Atravesarán así los lugares de aquel periplo clásico, Honfleur, Le Havre, Rouen, París, Auxerre, Dijon, Besançon (Díaz Pérez castellaniza, con buen criterio, algunos topónimos franceses: Ruán, Dijón, Besanzón) y por fin Ginebra, fin del camino en todos los sentidos. La narración alterna la voz en primera persona (Tengo miedo de haberme perdido), con la tercera (Acaban de salir del Museo de Bellas Artes André Malraux) y todo ello permeado por la presencia del estilo indirecto libre, bien explícito (¿Fue así en realidad o solo es un nuevo y turbador engaño de sus recuerdos?) o menos perceptible (Es duro tener que estar despidiéndose constantemente de todo. Qué gozo sería no saber cuándo se va a morir, toparse por sorpresa con el final, no tener que decir adiós por abandonar otra estancia), recursos todos que permiten la identificación del lector con el narrador/protagonista, creando una suerte de intimidad entre ambos e induciendo a que la dramática experiencia del anciano sea vivida con cercanía y hasta compenetración por quien, conmocionado, no puede sino compartirla con interés y emoción. 

El libro da cuenta, pues, de un viaje con múltiples dimensiones (física, en el tiempo, en la memoria de un continente) y siguiendo el hilo “objetivo” de esa postrera ruta la autora entremezcla la descripción de ciertos momentos y lugares del viaje “espacial” con las referencias históricas y culturales -museos, cuadros, libros- que salpican su presencia en las ciudades que visitan; con las consideraciones sobre el pasado y la presente deriva de esa Europa convulsa que atraviesan (Los viajeros del continente puede ser leído como una reivindicación de una Europa inventora de la democracia, defensora de la razón, culta, ilustrada y creativa, esperanzada y optimista, pese a hallarse ahora en una encrucijada crítica, enferma, en peligro); con los recuerdos de Hugh sobre la vida que ya deja atrás, con un peso relevante de los de su infancia en el Londres del blitz, la campaña de bombardeos a cargo de la aviación nazi que sufrió la capital británica entre 1940 y 1941 y el consiguiente blackout, el apagón, el oscurecimiento de las calles para proteger a la población (unos hechos con los que la autora establece un vínculo metafórico con el oscuro declinar de la vida del protagonista); con la remembranza de su historia de amor con Violet, iniciada a mediados de los setenta en Le Havre (varias etapas de su recorrido están asociadas a su propia biografía personal, sentimental y profesional, además, ya se ha dicho, de a la peripecia de los Shelley), cuando Hugh, que participa en un congreso en Normandía sobre viajeros románticos ingleses, asiste a un concierto en el que una joven Violet Harper era la concertino, la violinista primero de la orquesta. Y todo ello cruzado por las reflexiones, los pensamientos íntimos, afligidos, lúcidos, atribulados, pesarosos (a veces impregnados de un algo descarnado humor), de su protagonista -en ocasiones también conocemos las de Violet- sobre la enfermedad, la muerte, la discreta forma de suicidio hacia la que se encamina, el dolor, la tristeza, el sufrimiento, la soledad, el abandono, la vejez, el amor, la esperanza, la fugacidad de nuestro tiempo, el valor del arte y la cultura, la importancia de los libros, la pena por la vida que se deja atrás, la añoranza por todo aquello que ya no se vivirá, el sentido de la existencia, los efímeros destellos de felicidad que alberga, la belleza y a menudo también la pesadilla en que consiste. Unos pensamientos que, con frecuencia, se diluyen en una niebla evanescente, por la que afloran unos como sueños o alucinaciones, mezclados con fantasmales episodios del pasado, con la conciencia de sabores y olores -la presencia de lo sensorial es sobresaliente en el libro- que se desvanecen en una bruma inaprensible, con figuras, momentos o vivencias que se muestran con perfiles difusos para esfumarse al instante, apariciones fugaces en una tierra de nadie, entre la vigilia y el sueño o entre la vida y la muerte. En su relato Hugh va saltando de un tema a otro, enlazando estos hilos diversos que brotan al modo de apuntes extravagantes de su vida, notas sueltas, hojas perdidas, capítulos sin orden, como si su memoria no hubiera sabido muy bien dónde archivarlos. Y ahora -continúa el narrador dando cuenta del planteamiento último del libro- había que recoger las cosas, comenzar a ordenar y guardar las vivencias dispersas. 

La devastación íntima del personaje, consecuencia de la destrucción física infligida por la enfermedad y que se refleja en la soberbia descripción de sus taciturnos estados de ánimo, corre en paralelo con el derrumbe de los escenarios -reales o soñados- que recorre en su periplo: lugares desolados, balnearios olvidados, parques acuáticos embrujados, instalaciones ultramodernas a medio construir, museos solitarios, estaciones de tren abandonadas, cementerios clausurados y urbanizaciones habitadas por fantasmas. Por todo ello, el tono y la atmósfera dominantes en el libro son melancólicos. Haciendo suya la cita inicial de Quevedo, el viajero ya no puede poner los ojos en nada sin que le sobrevenga el recuerdo de la muerte. Sus pensamientos reflejan, por tanto y como no puede ser de otra manera, una mirada amarga, desencantada y doliente, aunque muy serena; afligida, desconsolada y triste, nostálgica pero a la vez gozosa y hasta exultante (si exagero un poco) tras el inventario de una vida plena, tras la rememoración de la belleza que se escapa, tras la memoria de la felicidad perdida. El ritmo es demorado, lento, pausado (lo cual es compatible con la “agilidad” de la narración del viaje, que se narra con dilatadas elipsis), trasladando tanto la limitación física de su protagonista como su deseo de degustar esos días finales, la complacencia en los recuerdos, el deleite de las comidas, la afortunada convicción del valor de la escritura, de la literatura, de la cultura, la satisfacción del reencuentro con los lugares, las lecturas, las vivencias del pasado, el placer del sexo, aunque sea ya premioso y languideciente. 

Un libro bellísimo sobre la muerte, que, a la vez, es una espléndida celebración de la vida. Como lo es, y también precioso y magistral y emocionante e inolvidable, mi segunda propuesta de esta tarde, Las gratitudes, de Delphine de Vigan, publicado por la editorial Anagrama en 2021 con traducción de Pablo Martín Sánchez, que suma ya -acabo de comprobarlo en una librería- más de veinte ediciones en nuestro país, especialmente revivido ahora el libro por el reciente estreno de una obra teatral, del mismo título y basada en la novela, en el madrileño Teatro de la Abadía. 

De Vigan es una escritora francesa de sesenta años, autora de una docena de novelas, la mayor parte de ellas aparecidas en nuestro país, siempre en el sello barcelonés que también presenta el título del que hoy quiero hablaros. Su literatura -al menos la parte de ella que yo he leído- se desenvuelve en un universo de gran intensidad emocional, en el que rastrea con lucidez y sensibilidad las fracturas íntimas, la identidad, la fragilidad psicológica y los mecanismos sociales de exclusión, a menudo con cierto componente autobiográfico. Así ocurre en la que, quizá, es su obra más conocida, Nada se opone a la noche, una novela conmovedora en la que reconstruye la vida y la enfermedad mental de su madre y por la que, traducida a varias lenguas, ha recibido también numerosos premios literarios. Estos mismos rasgos generales de su literatura -delicadeza, lirismo, sobriedad y economía estilísticas, tratamiento de los vínculos afectivos, reflexión ética, atención a quienes se sitúan en los márgenes sociales, indagación en los profundos recovecos de la intimidad emocional, exposición de la fragilidad y la vulnerabilidad humanas, importancia del lenguaje, aproximación a algunos grandes temas universales: la identidad, la pérdida, la muerte, están presentes también, y de manera destacada, en esta soberbia Las gratitudes. 

La protagonista, centro sobre el que gravita la historia, Michka Seld, es una mujer mayor, nacida en 1935, independiente, culta, solitaria, en la que el deterioro cognitivo que conlleva la edad se manifiesta con los síntomas de una afasia progresiva que desorganiza su relación con las palabras (Significa básicamente que te cuesta encontrar las palabras. A veces no lo consigues y a veces dices otras en su lugar. Depende también del momento, del estado de ánimo, del cansancio…). Ante el avance de la enfermedad, la imposibilidad de valerse por sí misma, pese a su total autonomía hasta pocas semanas antes, y el miedo a no poder hacer frente a su día a día, la anciana se ve obligada a abandonar el apartamento en el que vivía sola e ingresar en una residencia geriátrica. Allí la atenderá Jérôme, un logopeda joven, atento, cariñoso y muy profesional, que mediante ejercicios de rehabilitación intenta frenar los estragos que causa el trastorno del habla. Muy cercana a la mujer está también la que fuera su vecina Marie, a la que años atrás, cuando era una niña y su madre, de vida complicada, no podía hacerse cargo de ella, Michka acogió en su casa, cuidándola y educándola como a una hija. La novela alterna capítulos narrados por Marie, que visita a la anciana, se preocupa por ella, revive -a veces con dificultad- episodios de su estrecha relación de años, íntima, casi familiar; y otros en los que la voz corresponde a Jérôme, que, pese a que no comparte un pasado con la mujer y a que su trato es inicialmente profesional, poco a poco va construyendo vínculos de afecto, convirtiéndose también en una suerte de confidente de la entrañable Michka. Este rasgo de la estructura del libro -dos voces que cuentan la historia de otra- es fundamental en su planteamiento, como luego veremos, pues las dos miradas externas permiten reconstruir lo que el personaje central va perdiendo. 

La “trama” -si podemos hablar en estos términos- avanza a partir de las incidencias del día a día en la residencia (el personal que la atiende, los fragmentos de conversación con otros ancianos, los rituales de las comidas) a través del contacto con sus dos interlocutores, salpicadas con los pensamientos, los sueños y las cada vez más enrevesadas manifestaciones de la anciana. De Vigan da cuenta de los esfuerzos de la mujer por recuperar las palabras que deforma, confunde o mezcla y por preservar su capacidad verbal; de su ansiedad y su frustración por la dificultad del empeño; de su progresiva aceptación de la imposibilidad de la tarea; de la conciencia de la irremisible pérdida. En su lucha, inteligente, lúcida, valiente, Michka mantiene su ironía, su carácter, su resistencia. Consciente de su degradación, de los avances de la enfermedad, de la profundización de la afasia, brota en ella el deseo final de agradecer a una pareja, de remoto pero vivo recuerdo en su memoria, que cuando era niña -una niña judía- la protegió y la salvó de una muerte segura durante la Segunda Guerra Mundial. Urgida por el miedo a perder del todo las palabras -una urgencia que también es moral, por la necesidad de agradecer, ahora que su existencia llega a su fin, a aquellos a quienes debe la vida- involucrará a Marie y a Jérôme en la búsqueda, casi imposible dado el tiempo transcurrido, de aquellos que arriesgaron la suya para salvarla. De manera que el lector asiste a la simultánea exposición de la gradual evolución de la “derrota” de Michka, de su combate íntimo entre la voluntad de decir y la imposibilidad física de hacerlo, e, igualmente, al relato de la reconstrucción de la terrible experiencia vivida en su infancia. Como es obvio, no adelantaré el desenlace de ninguna de las dos líneas argumentales del libro, por más que, al menos en uno de los casos, el final pueda ser previsible. 

Son muchos los aspectos de interés de una novela emotiva y deliciosa, adjetivo este último procedente pese a la dureza de su tema principal. Me detendré brevemente en algunos de ellos, los que me han parecido más relevantes o los que, simplemente, han sobresalido en mi lectura. Está, en una primer impresión obvia, la presentación de los claroscuros -y pienso que la dualidad que encierra el término está desequilibrada, con un mayor peso de lo sombrío- que entraña la vejez. En este sentido, en la figura de Michka el libro refleja la degradación, el quebranto, el deterioro físico, el declive cognitivo, la autopercepción de la propia inutilidad, la soledad, el agotamiento, la conciencia de la cercanía de la muerte, de la desaparición y de la finitud, el desvalimiento, el desconcierto y la impotencia (Sí, es que resulta que… Pierdo mucho… A toda prisa. Tengo la sensación de estar perdiendo algo todo el rato, pero no sé qué es… y me da miedo. Me gustaría decir más, pero… estoy incapaz, ¿sabes lo que te quiero decir?), el miedo (el terror); pero también -y esto es un logro de la autora, que ni convierte en tragedia la senectud ni, claro está, tampoco la idealiza- la lucidez, el deseo de autonomía, la dignidad, la profunda vivencia de los recuerdos, la inteligente perspicacia, el tierno humor, el hondo conocimiento de la vida y la absoluta libertad para expresarse -más allá de las limitaciones que impone la afasia- sin respetar los férreos límites de las convenciones sociales (la anciana “ve” la realidad íntima de sus dos interlocutores -el conflicto de Jérôme con su padre, las dificultades de Marie con sus novios, sus miedos ante su embarazo primerizo- e indaga sobre ellos y pregunta con naturalidad sin siquiera ser consciente de las costumbres esperables en el trato social). Este carácter ambivalente de la ancianidad, el hecho de que, por debajo de la fragilidad, la dependencia y la vulnerabilidad externas haya un ser humano pleno, que piensa, siente, sufre, ríe y se emociona como cualquiera, se pone de manifiesto en una línea de pensamiento de Michka (a la que voy a referirme, para su aplicación al trato con ancianos en nuestra cotidianidad, con Cómo hablamos a los viejos) que aflora tanto en su relación con su cuidador como con su “hija adoptiva”. La mujer se niega al degradante trato eufemístico con el que nos relacionamos con la “tercera edad” y, por ello, responde a Jérôme cuando este le propone unos ejercicios pensados específicamente para la “gente mayor”: ¿Por qué dices «la gente mayor»? Deberías decir «los viejos». No está mal «los viejos». (…). ¿No dices «los jóvenes»? ¿No dices «la gente joven»? Del mismo modo, y sobre esta misma idea de la manera en que nos dirigimos y consideramos a los viejos, es reveladora la reflexión de Marie: Pongo todo mi empeño, pero no funciona, siempre acabo hablándole como si fuera una niña y se me rompe el corazón, pues sé muy bien qué tipo de mujer ha sido, sé que ha leído a Doris Lessing, a Sylvia Plath y a Virginia Woolf, que aún está suscrita a Le Monde y que sigue leyendo el diario de cabo a rabo todos los días, aunque solo sean los titulares. Una apunte en apariencia menor, pero que refleja una indiscutible verdad -de la que no siempre somos conscientes-, expresada, además, con inteligencia y lucidez, con belleza y emoción, como ocurre de continuo en el libro. 

En relación con esa representación de la vejez, la novela nos hace reflexionar también sobre lo que podríamos llamar la ética de los cuidados, tan de actualidad en nuestro mundo envejecido y dependiente. La idea comparece en sus dos vertientes, la institucional y profesional, que encarnaría la figura del logopeda, y la afectiva que refleja Marie; aunque ambas versiones acaban por confluir. Mientras la residencia aparece como un espacio administrado, normado, práctico, un lugar que en aras de la necesaria eficiencia reduce la vida, en el que las rutinas sustituyen la libertad (hasta el punto de que Michka tiene unos sueños terribles en los que la administradora de la institución la interpela de forma abrupta, le riñe, la examina, la degrada; pese a que la directora real es una mujer afable y hasta cariñosa), Jérôme, en cambio, no es un profesional eficiente pero frío, movido por el rigor clínico pero ajeno al trato humano. En un retrato que, en cierto modo, puede ser leído como una reivindicación y un desiderátum -“así deberían ser las cosas”-, el joven reconoce la dimensión humana de la mujer a quien ayuda, en él hay empatía, hay compromiso, hay acercamiento afectivo, hay implicación emocional. Otro tanto ocurre con Marie, a la que el vínculo previo con la anciana liga de manera más intensa -y también más difícil-, en una relación en la que afloran el afecto, el amor, la entrega, la paciencia, el justo sostenimiento de quien antes te sostuvo, la culpa, la frustración, el desgaste, la vulnerabilidad personal, incluso, a veces, una cierta violencia emocional. Lo más hermoso de esta vertiente del libro reside en la constatación de que ambos “cuidadores” acabarán transformados por su entrega, la idea de que el cuidado, entregado, agradecido, abnegado, generoso, al margen del beneficio indudable que supone para quien lo recibe, transforma también a quien lo ejerce, en un refrendo de la tesis, profundamente cristiana, del “dad y se os dará”. Apunto también que, entrelazada con este hilo de la novela, parece evidente la presencia, siquiera tangencial -o quizá algo más que eso- de las relaciones intergeneracionales, interesante cuestión en estos días de supuesto -e interesado- conflicto entre boomers y mileniales. 

Sin embargo, los tres ejes temáticos principales del libro son otros. El primero, evidente desde el título, es el de la gratitud, que entronca de modo obvio con la idea de los cuidados. Michka, ya se ha dicho, quiere dar las gracias a quienes la ocultaron cuando era niña durante la guerra y evitaron su deportación. Este frente de la novela no se presenta de modo explícito y central, ni convierte este episodio en un documento histórico ni en una aproximación melodramática al horror del Holocausto. Hay, solo, una insinuación discreta, unos hechos que marcaron su existencia y que por diversas circunstancias ella nunca logró agradecer plenamente. Su afasia acentúa la urgencia, al intuir que su tiempo, su voz y sus palabras se agotan. Debe encontrar a esas personas -o a sus descendientes- para decir lo que lleva décadas pospuesto y, en esa tarea, Marie y Jérôme se convertirán en sus mediadores. El mensaje subyacente sería, en fórmula reduccionista y, por ello, empobrecedora de la intensidad de la novela, antes de morir, hay que decir gracias, que suena a estereotipado lema de autoayuda, no siéndolo en absoluto. La gratitud, poner en palabras el agradecimiento, es algo que Michka solo podrá hacer cuando ha perdido casi totalmente la facultad del habla, en una paradoja nuclear del libro. Los jóvenes, en cambio, recibirán la postrera enseñanza de la mujer y dotados del lenguaje, del tiempo y también de la valentía, expresarán abiertamente su gratitud a quien la deben. En un mundo como el nuestro, acelerado -y en relación con la vejez medicalizado y burocratizado-, el gesto de agradecer aparece como un acto casi contracultural. En el caso de la novela, la gratitud devuelve humanidad al final de la vida, reabre vínculos, rescata historias que de otro modo podrían desaparecer sin dejar rastro. Otra muestra palpable de la emoción que recorre el libro. 

Poner en palabras, he escrito. Las palabras, el lenguaje, están en el centro de otro de los temas sustanciales de la novela. Aquí la intervención de la autora es sobresaliente, mostrando cómo a medida que avanza la novela, progresa también de manera inexorable la enfermedad. Vigan es magistral en la graduación de esa pérdida. Al principio hay solo ligeras confusiones, letras que se trastocan, palabras que se confunden, frases levemente desordenadas (me importa un “cochino”, por “comino”, a modo de ejemplo). La degradación es, sin embargo, imparable y se manifiesta en anacolutos (Para mi falaral [por funeral]. Una abreviación [por incineración]…, unos canapés y se acabó), inconsecuencias (Sí, los que están al lado del ref… del com… del comendador…, ya lo verás, encima de la puerta hay un… una especie de… de cosa blanca… que lanza un… pshiiiiit cada vez que entramos. ¿Sabes? Yo creo que nos están gaseando) y construcciones disparatadas (Es por culpa de las palabras, ya te lo he dicho. De noche se… se agazapan… se pierden, cuando no consigo dormir se enfugan, se desfuman, es justo en ese momento, estoy segura, pero no hay nada que hacer, vagones enteros a toda velocidad, no puede hacerse nada contra eso, ya te lo digo yo, ni siquiera el loco… el gogo… el logo…), que contrastan con la lúcida conciencia de su situación por parte de la anciana (El fin se acerca, Marie, aceptémoslo. Me refiero al fin de la mente, a que se me vaya la cabeza, fiuuu, a que las palabras echen a volar. El fin del cuerpo no sé cuándo llegará, claro, pero el fin de la mente ya ha empezado, las palabras se las pitan, chimpón). Entre paréntesis, hay que subrayar la espléndida la labor de Pablo Martín Sánchez como traductor, trasladando con éxito el convincente juego de la autora entre el caos verbal de la protagonista y la necesaria claridad que exige el lector. La fragilidad del lenguaje, el derrumbe de la identidad, las palabras como prisión, el deterioro verbal como metáfora de la fragilidad humana, la lengua como vehículo de comunicación y, por tanto, de reconocimiento del otro, y en consecuencia, como canal que permite el agradecimiento, la intacta memoria emocional prevaleciendo frente a la desbaratada memoria léxica, son otros de los aspectos laterales de este gran tema principal del libro. 

Y la soberbia traslación literaria de la afasia de la protagonista, que combina la fidelidad a los rasgos clínicos de la enfermedad (por lo que he podido leer, de Vigan se documentó con profundidad sobre el asunto), la legibilidad de su narración pese a las constantes irrupciones de errores lingüísticos, incongruencias y sinsentidos, y el tono poético con el que se representa la privación y el daño de la mujer, me permite mencionar otros elementos estilísticos relevantes. El lenguaje claro, sobrio, contenido, sin excesos de sentimentalidad, reflejando, sin sombra de empalago, la verdad de los pensamientos y las emociones de Michka. La ya mencionada estructura dual del relato, que dota de intimidad y cercanía a los personajes. El humor sutil, que aparece en las expresiones disparatadas de la anciana, en sus réplicas vivísimas, que la autora recoge con ternura, delicadeza y un triste ironía. El uso de la evocación, del silencio, de las elipsis, de los pasajes oníricos, que aportan al relato, en ocasiones, una atmósfera evanescente, de contornos difusos, que concuerda con la neblinosa limitación de la anciana. 

Otra gran novela que no deberíais perderos. Y tampoco deberíais dejar pasar otra propuesta espléndida, muy original y singular, la que nos ofrece la joven escritora argentina (nació en 1989) Julieta Correa, con fuertes vínculos con nuestro país, y que presentó en España hace unos meses la editorial Comisura. Se trata de ¿Por qué son tan lindos los caballos?, publicado en la Argentina en 2024, en la editorial Rosa Iceberg, y un año después en Chile en edición del sello Montacerdos. 

El libro es clara e inequívocamente autobiográfico, una condición expresamente declarada por su autora (aparte de deducible de manera obvia a partir del texto). En un momento determinado de su vida, que Correa cifra en el 5 de octubre de 2020, su madre, Sari, traspasó un significativo punto de inflexión en un hasta entonces leve y apenas perceptible proceso de deterioro cognitivo: En El año del pensamiento mágico, Joan Didion dice que la vida cambia en un instante. En este caso, no hubo instante. Fue todo demasiado lento. No esperábamos cambios, aunque la habíamos visto cambiar tantas veces. ¿O es que no podemos ponernos de acuerdo en cuando fue que cambió? ¿O es que no importa? Yo sigo marcando en mi memoria el 5 de octubre de 2020, el día del brote. Pero si tengo que pensar cuando empezó, diría que no empezó. Fue siempre. A partir de esa fecha, la vida de Sari y, en consecuencia, la de su hija Julieta, cambian por completo, a causa del progresivo y devastador avance de la enfermedad neurodegenerativa de la madre. ¿Por qué son tan lindos los caballos?, la única obra no estrictamente novelesca en este largo ciclo de literatura femenina, es el relato -una crónica, un documento, una suerte de diario, una semblanza, una desgarrada, sincera y bellísima confesión- de ese terrible proceso, contado con ternura, sensibilidad, talento literario, honestidad intelectual, agilidad narrativa, conmovedora emoción y hasta un muy apreciable punto de humor. 

El libro, muy breve (no tanto por sus casi trescientas páginas, como porque el formato es muy reducido -11,5 x 17 centímetros-; porque está organizado en capítulos muy cortos de escasos párrafos; porque estos son, casi siempre, de pocas frases; y porque la redacción de cada una de ellas es sencilla, precisa, austera, con, a veces, solo una o dos palabras), se compone de dos partes, muy descompensadas en extensión y en planteamiento. En la primera de ellas, La parte de Sari, que llega hasta la página 41 y que no está en las anteriores ediciones latinoamericanas, se recogen fotografías, dibujos, bocetos, anotaciones, bosquejos, notas en cuadernos, todos “rescatados” de los archivos de la madre y presentados de modo desperdigado, sin que se aprecie en ellos una estructura o un orden determinados. Se trata de unos documentos que complementan e ilustran el contenido del libro que leeremos a continuación y que aportan un especial correlato gráfico a la descripción del universo deshilachado y fragmentario en que se convierte la mente de Sari en el curso de la devastadora evolución de su trastorno neuronal. El núcleo central de libro, La parte de Julieta, constituye el texto en sí de la obra y se centra en la narración de esos años, lentos, angustiosos, tristes, agotadores, en los que Sari va consumiéndose. 

Julieta explica, al principio de su libro y a lo largo de sus numerosos y escuetos capítulos, las razones que la han llevado a escribirlo y el propósito que la mueve: la voluntad de testimoniar el deterioro de su madre (Trato de dejar un registro de cómo se fue apagando, cómo fue perdiendo las palabras); el intento de entender qué es lo que ella está viviendo, cuándo empezaron su quebranto y menoscabo (Tengo que tratar de entender); la pretensión de documentar las fases de la degeneración de cara a un posible uso propio en el futuro (Tengo que dejar esta hoja de ruta para cuando yo también me ponga así. Una guía para cuando los médicos pregunten si hay antecedentes); el afán por recordar a su madre, por recuperar momentos de su pasado (Releo estos apuntes que (...) me ayuden a acordarme de cómo era antes y me ayuden a acordarme de cómo fue cada momento del derrumbe); el deseo, poderoso y emocionante, de tener presente a Sari, de mantenerla “viva”, de poder seguir conversando con ella (¿Pero esta es su historia, entonces es la mía? Tengo la idea un poco forzada de que se la debo. Es lo más parecido a conversar. Mientras escribo estos apuntes, seguimos conversando); la necesidad de contar una enfermedad que priva a quien la padece de la posibilidad de describirla, de narrarla (La demencia es una enfermedad que no se puede contar a sí misma. No hay un relato posible cuando faltan las palabras coma solo se puede contar desde afuera. Esa es mi misión. Un texto testigo. Un texto que se va quedando sin palabras); la determinación de recuperar la memoria familiar, que la madre atesoraba (La que guarda los recuerdos de esta familia perdió la memoria, y desde entonces nos encontramos todos en una especie de pausa que es como una meseta, o una pared blanca); la aspiración de “reconstruir”, siquiera de manera aproximada (Estos apuntes no son verdaderos, están llenos de huecos, de pintura y de fantasmas), la figura de Sari, de buscarla en el territorio neblinoso y evanescente en el que ahora habita (Ahora está perdida en algún lado dentro de su cabeza. Creo que sigue ahí. Esta es mi manera de buscarla). 

Para llevar a cabo todos estos fines Correa construye su texto sobre una estructura fragmentaria hecha de escenas de la cotidianidad de su madre, su familia y suya propia en los largos meses de enfermedad; de recuerdos de primera mano, de sus vivencias personales, o resultantes de la evocación de cuentos, anécdotas y relatos transmitidos por Sari sobre sus padres, su infancia, su juventud y su edad adulta; de citas literarias, transcripción de notas y apuntes escritos en hojas sueltas o periódicos, de fragmentos de los diarios y los cuadernos de Sari (que incluyen perfiles, frases de libros, ensayos de escritura, versiones de una autobiografía, reproducciones de diálogos, el relato de cada día, reflexiones sobre la situación política, comentarios de algún libro leído, descripciones de capítulos de series y de programas de actualidad: Escribía sobre todo lo que le llamaba la atención y lo que no, pero en general le interesaba todo; y de la corriente interna de su propio pensamiento (del de Julieta), plagada de reflexiones sobre el lenguaje, sobre la enfermedad, sobre la responsabilidad, sobre la culpa, sobre la dificultad de los cuidados, sobre la relación madre-hija. 

El retrato de Sari que hace Juli es el de una mujer fascinante. Nacida en Buenos Aires en 1963, con tres hijos de dos hombres distintos, su hija nos la presenta como una fuerza de la naturaleza (…), graciosa, ocurrente, filosa, mordaz, amante de las palabras -las intercambiaba, les daba vuelta- y espléndida contadora de cuentos, chistes, anécdotas, disparates, una notable capacidad, cuya ausencia a causa de su enfermedad; se hace aún más dolorosa: un fuego que de repente se apagaba y no podía salir de la cama. Esa dimensión “literaria” aflora en los textos de cuadernos y diarios de los que da cuenta su hija. Pintora en su juventud -Sari-, Julieta recuerda y describe sus retratos, dibujos, pinturas al óleo de personas, de pájaros, también de Théo, el chihuahua al que adora y cuya ya muy larga edad hace sufrir a la hija por el impacto que su cercana desaparición pueda tener en su madre (yo pensaba con terror en el momento en el que Teo se muriera de viejo), pero sobre todo de caballos. 

Hay remembranzas bellísimas de su pasión ecuestre, su amor por los caballos (Tranquila, no hacen nada, me dijo (…) Se acercan porque son curiosos. No nos van a hacer nada), su conocimiento de la “psicología” de los animales (Se hacen entender con total claridad. Son excelentes observadores y aprenden muchas cosas), las manchas en la frente de los potrillos, su galope elegante, la familiaridad con sus rituales, su cercanía cariñosa (Siempre les hablo. Los saludo con alegría, o con tranquilidad. Como si me dirigiera a seres humanos o a los perros), su singularidad, inapreciable para un profano (Los caballos cuentan con diecisiete expresiones faciales).

El libro se abre con unas frases de Sari de las que surge el título: ¿Por qué son tan lindos los caballos? ¿Por qué hay tanta belleza en el mundo? ¿Por qué lo olvidamos a veces? Pues yo no lo olvido. Y es que los caballos tienen, pese a su presencia episódica en el texto, una significación primordial en él, con un indudable valor simbólico y metafórico: como figura de la imaginación y la creatividad de Sari, de su mundo interior, de su universo íntimo y personal; como representación de la vida exultante, del movimiento, de la libertad, de la expansión y la energía vitales, que contrastan con el deterioro físico y cognitivo de Sari; como imagen de la belleza, del enigma que siempre encierra la perfección, la plenitud estética, en otro evidente contraste con el declive de la mujer; como expresión -en sus dibujos y fotografías- de la única comunicación posible cuando el lenguaje, las palabras, fallan; como metáfora, por fin, de la memoria, los únicos retazos que subsisten de unos recuerdos hechos jirones (yo no lo olvido). 

Y como ejemplos -ya a vuelapluma- de esos otros diversos “ámbitos” que se entrecruzan en el libro, están los pormenores clínicos de la enfermedad, síntomas desatendidos en el pasado y ahora tardíamente reveladores, los informes médicos, las consultas, los internamientos hospitalarios (hasta diez “internaciones”, como las llama la autora, se cuentan en el libro), los contradictorios diagnósticos de los especialistas, las muy variadas hipótesis técnicas -Alzheimer, demencia frontotemporal, ACV, un tipo de Parkinson-, la búsqueda compulsiva en internet por parte de Julieta de información sobre problemas neurológicos, tratamientos (estudios del cerebro: tomografía, resonancia, evaluación cognitiva, electro y algo del equilibrio), cuidados paliativos, pérdida de la memoria, herencia genética, psiquiatría, neurología, demencias, sobre los síntomas que manifiesta su madre: alteraciones en el comportamiento, conductas sociales inapropiadas, pérdida de empatía, falta de interés, pérdida de la inhibición, falta de juicio, conductas compulsivas, repetidas, cambio en los hábitos de higiene y alimentarios, a veces deseos compulsivos de llevarse cosas a la boca, trastornos del habla, del lenguaje, dificultades para entender el lenguaje escrito y hablado, problemas para encontrar la palabra apropiada o entender el significado de las mismas

Se describen también, con minuciosidad, cariño y humor, las muestras del desgaste progresivo y la pérdida neurológica: la gradual ininteligibilidad de los mensajes en el móvil, los estados de desorientación, las repeticiones, los olvidos, el desconcierto, las lágrimas frecuentes, la falta de reconocimiento de sus allegados (Cuando llegamos a la casa está más calmada y me dice que soy muy alta, como su hija Juli), las llamadas telefónicas constantes (Me desperté a las cinco, setenta notificaciones en el teléfono), la confusión en el uso de las palabras (las mezcla, dice la mitad de una y la mitad de otra. El efecto es gracioso. Es gracioso, nos reímos, un poco gracioso pero desconcertante. No es gracioso, es un bajón), la incapacidad para construir un discurso articulado (cómo puede ser que una persona que anotó durante tantos años detalles precisos, observaciones singulares, ahora no sume veinte frases coherentes en un día). 

Pero, a mi juicio, y ya para concluir, lo más interesante del libro está, no tanto en las descripciones “externas” -síntomas, vivencias, hechos, anécdotas pequeños sucesos, incidentes más o menos relevantes- sino en el modo en que la autora los relaciona en su relato con lo que he llamado su “corriente interna de pensamiento”. No hay, pues, solo una descripción de lo que ocurre, sino que todo está impregnado de las reflexiones, de las ideas, de las consideraciones, de la expresión y comunicación del sentir, de la intimidad de Julieta ante las circunstancias que está viviendo, la repercusión que en su mente, sus emociones y su vida cotidiana provoca la tragedia de su madre. Recorren el libro, así, infinidad de temas de interés vinculados, de un modo u otro, a la experiencia extrema de su madre. Hay, de entrada, al igual que veíamos en Las gratitudes (Correa cita de modo expreso Nada se opone a la noche, la otra gran novela de Delphine de Vigan sobre el mismo tema), un muy interesante planteamiento general sobre los cuidados, que recoge con elocuencia este fragmento que, pese a su extensión, quiero citar íntegro: Cuidar a alguien enfermo significa pensar todo el tiempo en la muerte. La propia: No me puedo morir ahora, hay que ocuparse de muchas cosas. Y la otra, la que se espera, se teme, con la que se especula y fantasea. En esa muerte pensamos todo el tiempo. Cuando suena el celular o cuando no suena. Cuando nos despertamos tarde o si tenemos insomnio o si lo soñamos. Si tenemos que viajar. Si aparece algo que podría ser una señal en una película, un libro, una conversación. Nos vamos preparando para lo que no tiene preparación. Están, también, algunas apreciaciones sobre la escritura, sobre la necesidad de dar cuenta, de dejar constancia, de ejercer de notaria de esos meses desconcertantes y dolorosos (Y escribimos. No porque esta sea más triste que otras historias, o más valiosa, sino para hacer que el tiempo pase de otra forma. Son horas y horas al lado de una cama tratando de sacar conversación. Imaginando conversaciones. Tratando de no recordar algunas coas. Horas de días, semanas, meses y años. Pasaron cuatro años. Si tuviera imaginación, de todas estas horas podría haber sacado una novela. Si tuviera disciplina, podría haber estudiado. Si tuviera el ánimo. Escribo estos apuntes). Están las apreciaciones sobre la imposibilidad de comunicación real, de “llegar” a su madre (Pero ella está en otro lado y me mira asustada. ¿Qué es este lugar?). Hay preguntas insondables sobre la identidad (¿Quién soy yo?). Hay manifestaciones del cansancio (Estoy cansada (…). El duelo de lo que perdimos, de lo que no va a volver, el agotamiento y la tristeza de verla mal, y los distintos tratamientos, y las terapias paliativas, y hablar con las cuidadoras, y resolver los problemas de la casa), del abatimiento (Es tan, tan largo el día), de la tristeza y el desconsuelo que la asaltan (Esos meses, es verdad, fueron muy difíciles para todos. Yo había agarrado un segundo trabajo y tenía poco margen. Sobre todo por la tristeza. Los chicos, lo mismo. Y también el desconcierto. Y casi pongo el desconsuelo, que lo dejo porque sirve también). Está la responsabilidad por las decisiones terapéuticas que la familia debe tomar (¿Fuera de la clínica, vuelve a nosotros la responsabilidad médica? Como cada vez que sale de una internación, sentimos alivio, pero sobre todo vértigo. La posibilidad del error nos abruma, dudamos y vamos a dar varios pasos en falso). Están las dudas, la incertidumbre, el miedo (Después me pareció que había dicho: me voy a morir. O me quiero morir. Y se me ocurrió por primera vez que capaz no quiere seguir viviendo. ¿Cuánto más se pueden aguantar estos días exactamente iguales mirando una pared? ¿Qué hago ahora con este pensamiento?). Está la complejidad de la relación con su madre, la dificultad de encontrar el tono, la manera, el enfoque adecuados para tratar a ese ser ausente (Tengo que aprender a formular las frases con otro verbo, para que no sea todo, te acordás, te acordás, te acordás), el lenguaje idóneo (Hablar en plural. ¿Nos lavamos los dientes, tomamos el remedio? ¿Vamos a bañarnos?).

Está la añoranza de los rituales gradualmente abandonados, desvanecidos (Esas son las cosas que extraño. Todas las cosas de la nueva serie a las que me había acostumbrado, y que ahora tenemos que dejar. No las conversaciones de antes, la frescura y la originalidad, sino los pasitos lentos y arrastrando los pies. La mirada atenta, la concentración para comer el dulce de leche, ir a ver chiquitos jugar en la plaza. Cuando me peinaba con la mano. La alegría lenta. Me la paso haciendo listas de recuerdos, algunos me cuestan más que otros. Y a muchos ya no me los acuerdo más). Está el deseo teñido de culpa por recuperar el tiempo perdido, de hacer por su declinante madre lo que no pudo hacerse antes (Aprovechar el tiempo. Llevarla a lugares, que disfrute antes de que sea tarde. Como si ya no fuera tarde. Como si no fuera tarde siempre). Está la culpa sin “teñir”, abrupta, descarnada (una lista imaginaria de cosas de las que me arrepiento, que podría ser una lista de cosas que me dan culpa y una pena enorme). Está, por fin y sobre todo, el amor: pasar tiempo con ella me encanta. La acaricio, le agarró la mano. Le corto las uñas, le pongo crema, le doy besos, le pido besos. Le preparó mate, que tomamos en silencio porque lo único que sigue pudiendo hacer es dar besos y tomar mate. Tiene toda la razón. Revisa los cajones, abro puertas, miramos fotos, dibujos. En fin, una belleza, una sensibilidad, una ternura enormes. 

No dejéis de leer ninguno de los tres libros que hoy os recomiendo. Los viajeros del continente, de Eva Díaz Pérez, Las gratitudes, de Delphine de Vigan y ¿Por qué son tan lindos los caballos?, de Julieta Correa son tres novelas espléndidas que os aseguran muy gratificantes experiencias lectoras. Os dejo ahora con un fragmento de Las gratitudes, en el que, con esa delicadeza que impregna los tres libros, Jérôme reflexiona sobre sus pacientes y la vejez. Tras él, Ficelles, una canción bellísima, muy triste, elegante y exquisita, plena de melancolía, de Ingrid St-Pierre, un complemento muy oportuno a los tres libros reseñados. En ella, la compositora y cantante canadiense nos habla de la fragilidad de la memoria y de los recuerdos, del vínculo amoroso que perdura a pesar del olvido, en un tema escrito a partir de la amarga enfermedad de su abuela, aquejada de Alzheimer, en una expresión muy lírica, íntima y estremecedora de su amor por ella, reflejado de manera emotiva en estos conmovedores versos: 

Ficelles 

Je nouerai des ficelles 
À tes souvenirs qui s'étiolent 
Et le jour où ils s'envoleront 
Moi j'en ferai des cerfs-volants 
Mais oublie pas mon nom 

Je t'écrirai que je t'aime 
Partout dans la maison 
Et si tu m'oublies quand même 
Juste en-dessous y'aura mon nom 
Et je serai là pour de bon 
Et je serai là pour de bon 
 
Je nouerai des ficelles 
À tes souvenirs qui s'étiolent
 Et le jour où ils s'envoleront 
Moi j'en ferai des cerfs-volants 
Mais oublie pas mon nom 


Hilos 

Ataré hilos 
A tus recuerdos que se desvanecen 
Y el día en que ellos vuelen 
Los convertiré en cometas 

Pero no olvides mi nombre 
Escribiré que te amo 
En toda la casa 
Y si aun así me olvidas 
Justo debajo estará mi nombre 

Y estaré aquí para siempre 
Y estaré aquí para siempre 

Ataré hilos 
A tus recuerdos que se desvanecen 
Y el día en que ellos vuelen 
Los convertiré en cometas  
Pero no olvides mi nombre



Cuando los veo por primera vez, siempre busco la misma imagen: la imagen de antes. Tras sus miradas borrosas, sus gestos inseguros, sus cuerpos encorvados o doblados por la mitad, busco al muchacho o a la muchacha que fueron como quien pretende descubrir el esbozo original de un dibujo repasado torpemente con rotulador. Los observo y me digo: ella también, él también amó, gritó, gozó, nadó, corrió hasta perder el aliento, subió las escaleras de cuatro en cuatro, bailó toda la noche. Ella también, él también cogió trenes, metros, paseó por el campo, por la montaña, bebió vino, se levantó tarde, discutió sobre el sexo de los ángeles. Me conmueve pensar en ello. Voy en busca de la imagen e intento resucitarla, no puedo evitarlo. 

Me gusta ver fotos suyas de cuando miraban al objetivo sin tener la menor idea del deterioro que iban a sufrir —o era una idea puramente teórica—, de cuando se mantenían en pie sin necesidad de ninguna ayuda. Me gusta descubrirlos en la flor de la vida, pero ¿qué edad es esa? ¿Los veinte? ¿Los treinta? ¿Los cuarenta? 

A veces me resulta imposible ver la relación entre la muchacha o el muchacho de la foto y la persona que tengo sentada enfrente. Ni haciendo gala de la mayor perspicacia, del mayor discernimiento, consigo establecer un nexo de unión entre ambos cuerpos: el cuerpo liviano, arrogante de la juventud, y el cuerpo mermado, deforme del geriátrico. 

Acabo tirando de tópicos y digo: «¡Está usted igual, señora Ermont!» O bien: «¡Hay que ver qué guapo era, señor Terdian!» 

Al principio, una voz bramaba en mi cabeza: «Pero ¿qué ha ocurrido? ¿Cómo es posible? ¿Esto es realmente lo que nos espera a todos, sin excepción?» ¿No hay un desvío, una bifurcación, un itinerario paralelo que nos permita evitar el desastre? 

Empecé trabajando con personas de todas las edades: niños, adultos, ancianos. Luego, poco a poco, fui pasando la mayor parte de mi jornada laboral en residencias geriátricas. No tengo claro que fuera una decisión, ni una elección. Sucedió así, simplemente. Por conveniencia. Acabé rindiéndome en cierto modo a la evidencia y ahora distribuyo mi tiempo entre varios centros, he conseguido hacerme un sitio en el sector. 

Estoy a gusto. Estoy donde debo estar.

Videoconferencia
Eva Díaz Pérez. Delphine de Vigan. Julieta Correa 

miércoles, 22 de abril de 2026

LANA CORUJO. HAN CANTADO BINGO; LAURA FERRERO. LOS ASTRONAUTAS; LAYLA MARTÍNEZ. CARCOMA

Hola, buenas tardes. Esta semana comenzamos un ciclo, que pensado inicialmente para las semanas de marzo, he tenido que posponer hasta ahora por diversas circunstancias. Cuando llega el 8 de marzo, Día internacional de la mujer, nuestras emisiones suelen poner el foco en libros escritos por mujeres. Y es que en esas fechas, en la que ya se atisba en el horizonte la primavera, colorida, luminosa y floreciente, se da un algo extraño vínculo simbólico entre la condición de la mujer y la muy optimista estación, coincidentes ambas en representar la generación y la renovación de la vida; la tierra a punto de germinar y la hembra embarazada como metáforas primordiales. Por ello, y jugando con esa innecesaria excusa, algo más material y prosaica, de la celebración de esa efeméride, acostumbro a dedicar todos los programas de ese mes, desde sus primeros días, cercanos a la festividad, hasta los últimos, con la templada y vibrante etapa ya iniciada, a la literatura femenina, aceptando por ahora una denominación tan ambigua. Como digo, este año, por motivos diversos, me he visto obligado a retrasar la serie que ahora totalmente reconvertida, como luego veremos, comparecerá en nuestro espacio durante nueve semanas. 

Debo decir de entrada que yo no tengo demasiado claro a qué nos referimos cuando hablamos de literatura femenina. ¿Lo es cualquier obra escrita por una mujer? ¿La categoría solo admite textos de temática específicamente femenina? De ser así, ¿cuál sería esa temática: los cuidados, el embarazo, la maternidad, lo emocional, lo conmovedor? ¿Es la mirada, el particular punto de vista de una mujer lo que convierte sus libros en “femeninos”? ¿Y cuál sería esa mirada privativa de ese sexo -ese género- en particular: una sensible, delicada, más vinculada a la emoción que a la razón, receptiva, tierna y sentimental, afectiva y empática? ¿Un hombre carece -por principio- de esa mirada? ¿Anna Karenina, Madame Bovary, Fortunata y Jacinta, Molly Bloom, La Regenta serían diferentes si las hubiera creado una mujer? Y Heathcliff, Atticus Finch, Tom Ripley, el Newland Archer de La edad de la inocencia, ¿serían otros si sus autores hubiesen sido hombres? Y, sobre todo, ¿nos habríamos dado cuenta del “cambio”? ¿Podemos “detectar” el sexo de quien escribe si desconocemos su identidad? ¿Leíamos a Carmen Mola con una lógica derivada del hecho de que la sabíamos mujer, y esa lectura se nos desbarata al conocer que en realidad tras ese nombre se “esconden” tres hombres? ¿Nos parecería más o menos femenina Elena Ferrante si conociéramos su identidad real y, por tanto, su sexo? 

En un artículo reciente, la siempre espléndida y muy lúcida e inteligente María José Solano escribe: La llamada «literatura femenina» se ha convertido en una especie de parque temático emocional con tres o cuatro atracciones fijas: los traumas de la infancia que afloran en la madurez, la soledad del divorcio, la épica de mirar cómo se abulta un vientre en el embarazo o el parto místico. En un texto, significativa y “hichtcockianamente” titulado “El enemigo de las rubias”, en el que analiza los personajes femeninos de diversas películas -Rebeca, Los pájaros, Extraños en un tren (y otras previas a su éxito mundial y, por tanto menos conocidas, como El inquilino, The lady vanishes, Inocencia y juventud, Asesinato o Sabotaje)- del orondo y genial director británico, acusado, precisamente, de misoginia, de machismo impenitente, de perversidad y retorcimiento en la construcción de los personajes que hacía interpretar a sus casi siempre blondas actrices, a partir del hecho -¡gran sorpresa!- de que todos esos títulos se basaron en relatos, novelas, ficciones escritos por mujeres: Marie Belloc Lowndes, Ethel Lina White, Daphne du Maurier, Patricia Highsmith, Josephine Tey, Helen Simpson o Clemence Dane. ¿Las muy acertadas descripciones de la culpa, el crimen, la maldad, la ambigüedad moral, el miedo, el deseo, que atribuimos al muy insultantemente masculino Alfred Hitchcock son invenciones de mujeres? ¿Qué es pues, en el cine, en el arte, en la literatura, la creación femenina? 

Dejando, por tanto, la cuestión de fondo sin resolver, concretaré la particular taxonomía que une los ocho programas del ciclo algo delirante, por planteamiento e intención, señalando que en ellos os voy a presentar libros -todos novelas- escritos por mujeres. En muchos casos sus protagonistas lo son también aunque, insisto, no estoy seguro de que el punto de vista pueda ser tipificado siempre como específicamente femenino. Además, junto a esta constricción de partida, he decidido imponerme tres más. En primer lugar, en cada uno de los espacios voy a comentar tres o cuatro novelas que he ido leyendo en este último año (con algunas, escasas, excepciones más antiguas y ya emitidas en etapas y formatos anteriores del espacio) y que he “reservado” hasta ahora para conformar con ellas esta particular serie. Estamos hablando, pues, no ya de una oferta plural, como tantas veces ocurre en Todos los libros un libro, sino simple y llanamente de una propuesta extraordinariamente ambiciosa, desmesurada y desbordante, con veintiséis obras -todas, en distinta medida, magníficas, desde mi punto de vista- con las que os aseguro largas horas de lectura en las ya cercanas vacaciones veraniegas. Ni que decir tiene que mi presentación de cada una de ellas será mucho más breve de lo habitual, limitándome a apuntar algunos elementos de sus tramas argumentales, subrayar los temas que subyacen a las historias narradas, mencionar las singularidades estilísticas y propiamente literarias de cada propuesta y, sobre todo, transmitir el fervoroso entusiasmo con el que he disfrutado, casi sin excepción, de todas ellas. 

La segunda exigencia autoimpuesta, y aquí el “juego” se refina hasta extremos que yo mismo no dudo en calificar como delirantes, consiste en que cada una de esas veintiséis novelas está publicada en una editorial distinta, en una prueba, por un lado, de la amplia variedad del “emprendimiento literario”, si se le puede llamar así, de nuestro país, y, por otro, de mi explícita voluntad de homenajear a tantos sellos menores, que difícilmente pueden competir en un mercado monopolizado por los dos grandes grupos editores, pero que son capaces de resistir y hasta crecer permaneciendo firmes en su loable intención de ofrecer al lector autores jóvenes, títulos nuevos, textos y proyectos literarios alternativos y, en cualquier caso, libros valiosos. 

La tercera limitación de partida afecta a la elección de la cifra exacta, esas veintiséis que refiere y cuantifica el número de escritoras, novelas y editoriales seleccionadas. Aquí la excusa es más frágil, banal incluso, y tiene que ver con el guarismo que identifica los años que llevamos ya cumplidos de este intenso siglo XXI. En fin, trivialidades rozando lo supersticioso. Además, y solo hoy, en esta primera entrega del ciclo femenil, se da una circunstancia que también podríamos llamar restrictiva, pues todas las novelas de las que voy a hablaros son de autoras españolas, de edades distintas pero todas jóvenes (desde los 31 años de la menor a los 42 de la más veterana), de orígenes geográficos diversos (una canaria, una catalana y una madrileña) y con unas muy dispares y variadas propuestas literarias (pero con bastantes puntos en común, al menos en las obras que hoy presento). 

Abro, pues, mis sugerencias con la más joven de todas ellas, Lana Corujo, nacida en Lanzarote en 1995. Formada en ilustración y diseño (una circunstancia que aflora en el singular tratamiento tipográfico de su libro), con una, pese a su juventud, ya consistente trayectoria en la creación artística, la gestión cultural y hasta en el dominio de la literatura, con un par de poemarios publicados y su inclusión en una antología de relatos, su primera novela, Han cantado bingo, que apareció en 2025 en el seno de la editorial Reservoir Books, supuso una irrupción volcánica (nunca mejor dicho, como luego veremos) en el panorama literario español, con una recepción clamorosa por parte de la crítica y una aceptación no menos entusiasta de los lectores, que han hecho correr de boca en boca las excelencias de una novela excepcional. 

El libro se organiza en ciento seis capítulos muy breves, en muchos casos de una sola página, a veces de algunas -pocas- líneas. No hay en ellos un desarrollo narrativo lineal sino que la trama se construye a partir de pasajes fragmentarios de la infancia de la narradora, que constituyen el núcleo sustancial de la novela, cruzados por leves apuntes, tenues referencias -una frase, una reflexión- a etapas posteriores -los diecinueve años, los veintidós- de su joven vida. 

En Lanzarote, dos niñas, la narradora y su hermana dos años menor, Alejandra -Aleja-, viven con su abuela y unos padres en más de un modo ausentes. Cada sábado, después de cenar, Abuela (así se la denomina en el texto) se va a al garaje de una de las vecinas a jugar al bingo. Desde que se va y hasta que el Tío Félix vuelve de faenar las pequeñas están solas unos minutos que aprovechan para entregarse a su juego favorito. Salen por la puerta de atrás de la casa, saltan el muro y caminan por la arena volcánica hasta llegar a El Ahorcado, un volcán de formas redondeadas y vagamente humanas (La silueta de El Ahorcado, magnífica y redonda. La luz de la luna dibuja su figura como el azúcar glas. Parece la barriga embarazada de mi prima cuando está tumbada bocarriba. Imagino un ser ¿alado, quizás? revolviéndose dentro de esa panzavolcán). Una vez ante él, lo miran con una mezcla de encantamiento y aprensión. Entonces dan comienzo a un juego de normas sencillas: 1. No podemos usar la linterna a la vuelta. 2. Corremos de la mano. 3. Contamos hasta tres. 4. Si El Ahorcado alcanza a una de las dos, la otra sigue jugando sola

Así empieza la novela, situando el escenario y, sobre todo, el clima emocional en que se desenvolverá la historia entera. Entre episodios de esa vida infantil, hecha de magia y encanto, de temores y misterio, de curiosidad y desconcierto, de ternura, estremecimientos, descubrimiento y dolor, un acontecimiento trágico, que no se explicita abiertamente -se intuye, se deduce, se supone- y al que durante la mayor parte del libro solo se alude de manera indirecta, desvelándose gradualmente con uso magistral de la elipsis y la sugerencia velada, vendrá a poner fin para siempre a ese tiempo -a ese universo- inocente y candoroso, a la vez feliz y vulnerable, del que una narradora de voz sensible y emotiva, muy cálida y poética, lúcida, melancólica y de una belleza arrebatadora, nos da cuenta. 

La singularidad de esa voz, su tono, la opción estilística elegida por la autora es, con diferencia, el elemento más destacado del libro, el que lo hace especialísimo e inolvidable. El relato de la hermana mayor, el recuerdo de los días y años infantiles, la evocación, a medias memoria, a medias recreación, del tiempo vivido con su hermana, está repleto de emoción, de sensibilidad, de ternura, de cercanía e intensidad. Es imposible avanzar por el libro sin detenerse a cada poco, fascinado el lector por el modo en que se nos cuenta la historia, conmovido por la emotividad de la prosa, exaltado por la maravilla de los muchos hallazgos léxicos, subyugado por la genialidad de ciertos recursos tipográficos, deslumbrado por la hondura y la belleza de las metáforas, por la potencia simbólica de ciertas imágenes (el Ahorcado, el volcán, el Mundo Adulto, el bingo, los monstruos), exultante y también perturbado por la recurrencia de ciertos elementos que desbordan su realidad y se abren a significaciones ocultas que describiendo los sentimientos, los miedos, los afectos, las sensaciones, los anhelos, las inseguridades de las niñas, los trasciende para tocar profundamente el alma del lector. 

Son decenas los ejemplos de esta innovadora peculiaridad formal, de tal brillantez que yo ahora, extasiado e impotente ante la dificultad de transmitir siquiera medianamente el exultante entusiasmo que la lectura me ha provocado, querría compartirlos todos. En realidad, lo único que debería hacer para completar esta reseña es transcribir, palabra por palabra, el libro entero o, en su defecto, limitarme a enunciar con pasión ¡¡Leedlo!! y callarme después. Sirva, no obstante, mi selección de alguna elocuente -aunque por desgracia escasa- muestra. Una niña que habla como tal: ¿Tú piensas que puedes conocerlo todo todo todo todo de alguien? Unos símiles rezumando poesía: Si pienso en la palabra «deseo», siento como si comiese miel. Unas descripciones en las que predomina lo sensorial, ampliando el sentido de lo narrado: El ruido me asusta como si tuviera dientes; El miedo nos sube por las piernas como hormigas que muerden; Me mira con sus dos volcanes negrísimos. Un lenguaje que trasciende la mera exposición de los hechos: La voz de mi padre ya no es tambor, ahora es una flauta (…). La voz de mi madre. Un piano. Tin. Tin. Unas observaciones que se abren a mil inesperadas ramificaciones: La palabra «muerte» me sabe a los bombones de licor que tomas cuando los confundes con los de leche. Esos bombones y la muerte deberían ser solo para los adultos. Unos títulos de los capítulos llenos de ambigüedades, de misterios, de densidad lírica: no sé por qué te gusta tanto; pajarito degollado; hoy las estrellas están de mi parte; mi secreto te lo cuento; mira este monstruo; una cartita para el alma. Una desbordante, riquísima, encantadora, entrañable y muy fecunda utilización del léxico canario que obliga al lector, encandilado y gozoso, a consultar una y otra vez el diccionario (perretosa, chinija, picón, enchumbado, piche, enraladas, catchup, rofe, lambiarlos, fisquito, perenquén, fulas, jodelones, sarantontones, salvajienta, gentina, morrúa, traquinienta, veroles, jable, chaplón, me alongo, un soco, ceras manchonas, lambuzada). Un uso muy original de los recursos tipográficos, que no se queda en una mera exhibición de las habilidades y la formación en diseño de la autora, sino que responden a una voluntad narrativa: las palabras de Aleja aparecen subrayadas; las de la narradora cuando no forman parte del propio relato en primera persona sino que se refieren a intervenciones en hechos o momentos “externos” de los que se da cuenta, en cursiva; las del resto de los personajes, entre llaves. La inserción de algunos dibujos infantiles. Una configuración muy especial de alguna página, como en este caso: 

¿Puedes dormir? 
No. 
¿Te puedo hacer una pregunta? 
Sí. 
¿Cuál es el animal más peligroso? 
No lo sé. 
¿Estás enfadada conmigo? 
Sí. 

O en este otro capítulo, muy revelador de las innovaciones formales y también del tono, la atmósfera y hasta la temática del libro: 

conversaciones con un perro muerto 
NIÑA: Me encanta tu pelo. 
PERRITA AURORA : ¡Brilla! 
NIÑA: ¿Te acuerdas del día que llegaste a casa? Te dio miedo el sonido del viento. 
PERRITA AURORA : ¡Sí! Yo aún era muy pequeña y todo de pronto era grande. Pero tú y tu hermana me acariciaron y empecé a mover el rabo de un lado a otro. 
NIÑA : Mis padres no te dejaban, pero tú te subías a la cama de mi hermana por las noches. 
PERRITA AURORA : No me gustaba verlas tan tristes. 
NIÑA : ¿Tú fuiste feliz? 
PERRITA AURORA : Sí. Y tú, ¿lo eres? 
NIÑA : Mucho. 
PERRITA AURORA (Mueve el rabo de un lado a otro). 
NIÑA : ¿Tú recuerdas cómo pasó? 
PERRITA AURORA : ¿Cómo pasó el qué? 
NIÑA : ¿Cómo te moriste? 
PERRITA AURORA: No. Solo te recuerdo a ti rascándome la pancita. 
NIÑA : Yo tampoco lo vi, pero las dos lloramos mucho. Papá nos lo contó. Pero luego apareciste y mi hermana no me cree. ¿Por qué ella no puede verte? 
PERRITA AURORA : Porque tú eres la persona a la que más quiero, Alejandra. 

En este mismo sentido, en algún capítulo se transcriben correos electrónicos: 

De: Mamá 
Enviado: Hace dos años 
Para: Alejandra 
Asunto: mi niña cgjfuiquitita sigo tan enfafafsa y triste piendfdo que daria lo jre fuera de nmi vida lo quer fuera 5 años f10 toda mi vida entergra con tafnr de abrazarte slo una vrez masdff 
Mensaje
…………….::Lgbd 

 Y todavía dese el punto de vista formal, quiero destacar el uso de los tiempos, con el juego combinado de la redacción en presente (Papá y mamá nos dan el culito de refresco que dejan en el fondo de la botella cada vez que se sirven sus bebidas) y en pasado (Pienso en la noche de hace años, en la que atravesé el jable por su carretera infinita. Caminaba con la angustia de no volver a verla nunca más. De que hubiese muerto para mí también. Pero allí estaba, junto a El Ahorcado, cazando estrellas que solo existían bajo su mirada. Yo tenía quince años, ella diez. Yo volví a ser la niña de doce y ella continuaba siendo la de diez. Nos reencontramos sintiéndonos en la noche de la verbena). En una alternativa que tiene que ver con el núcleo esencial del libro y que no puedo desvelar, aunque sí, tangencialmente, apuntaré: Me tumbo en la litera de abajo y miro las tablas de arriba, donde dormía Aleja

Por entre todas estas particularidades estilísticas y aflorando entre la leve trama argumental, hecha de fragmentos, de distintos episodios, de momentos, algunos relevantes, otros banales, pero todos significativos, la evocadora historia escrita por Lana Corujo acaba por configurar un mosaico en el que la conjunción final de sus teselas muestra una lúcida, delicada, tierna, preciosa, y también trágica, terrible y dolorosa, representación de la infancia, hecha simultáneamente de realidad y fantasía, de reflexión y memoria, en una conmovedora reconstrucción de una niñez marcada por un suceso dramático. En ella apreciamos, como he señalado, la inocencia, la ternura, la difícil relación con los padres, el dolor, el miedo, el juego, el asombro, el amor, las inseguridades, las dudas, la incomprensión, la extrañeza del mundo adulto (las mayúsculas con las que se presenta esta locución en el libro -el Mundo Adulto- reflejan ya la ininteligibilidad para la niñas de ese territorio inaccesible e ignoto), el misterio, los afectos, la amistad, el deseo y la angustia del crecimiento, el miedo a elegir y equivocarse, los recuerdos y el olvido, la sombra de la muerte, las lágrimas, la tristeza, la culpa, las expectativas. La inteligente mediación de todos esos recursos expresivos contribuye a dibujar una fotografía de la infancia en la que comparece su dimensión más realista -los rituales de la cotidianidad; los silencios y ocultamientos familiares; la ambigüedad de las relaciones entre hermanas, con su entrañable intimidad, su cariño incondicional y también sus enfados y tensiones; el alejamiento de unos padres a menudo distantes; la amorosa complicidad de la abuela; las amistades adolescentes a la vez fervorosas y despegadas- y, sobre todo, el universo mágico y simbólico que siempre forma parte de esos años infantiles y que Corujo presenta con brillantez inusual en infinidad de manifestaciones de un lirismo conmovedor: los monstruos, los temores nocturnos, las apariciones fantasmales, los singulares ceremoniales de la niñez, los conjuros, las cartas del tarot, las conversaciones con los muertos, la misteriosa herencia que afecta a ciertos miembros de la familia ({En esta familia ocurre algo a lo que nadie da explicación. Lo llamamos «herencia». Cuando una persona muere, se presenta a su ser querido más cercano. Eso quiere decir, mi niña…} Sé que se dirige a Aleja, aunque no sepa dónde mirar para ubicarla. {… que estás…} Abuela va a romperse. {… estás muerta}). 

Una novela maravillosa, en todos los sentidos de la palabra, que os recomiendo vivamente. Como lo hago también con mi segunda propuesta de hoy, que siendo muy distinta en tono, estilo y planteamiento literario, guarda, no obstante, más de una concomitancia con Han cantado bingo. Se trata de Los astronautas, que apareció en el seno de la editorial Alfaguara en el año 2023, siendo su autora la inteligentísima Laura Ferrero. Siento resaltar esta condición, cuyo subrayado por mi parte estoy casi seguro de que no le gustaría a la autora, pese a que en Los astronautas hay muchas referencias a esa ostensible superdotación intelectual; pero no puedo dejar de hacerlo pues, aparte de otras muchas cualidades apreciables en sus libros, su inteligencia me deslumbra cada vez que leo alguno de sus textos. Nacida en 1984, Ferrero, periodista cultural (con colaboraciones en diversos medios de comunicación), también guionista (y muchas ocupaciones más, si la asociamos -no es descabellado, como luego veremos- a su personaje: Fui recepcionista, asistente, atendí al teléfono en lenguas que apenas entendía, fui la chica que regaba las plantas y preparaba las tazas de café. Fui editora, camarera, repartidora de folletos a la salida del metro, azafata de congresos, scout, redactora de una revista universitaria, redactora de libros que firman otros, es decir, negra, clown, actriz de videoclip, pero podría haber sido cronometradora de aplausos en un festival, la que apaga las velas en las iglesias ortodoxas, la que pasa la mopa motorizada en el aeropuerto, la que prepara los discursos en las funerarias sin conocer al fallecido), cuenta con una trayectoria literaria bastante consolidada, con un par de colecciones de relatos, una novela previa a la que hoy comento, Qué vas a hacer con el resto de tu vida, que no he leído, y un libro misceláneo, de difícil clasificación, El amor después del amor, del pasado 2025, que va a protagonizar la temporada próxima algunas emisiones de Buscando leones en las nubes, mi otro espacio en Radio Universidad de Salamanca. En él presenté, en junio de 2025, otro programa centrado en un precioso artículo periodístico de la escritora catalana, de título Que vengan a buscarte. En buscandoleonesenlasnubes.blogspot.com podéis encontrar el podcast ya emitido y, en unos meses, los correspondientes a su muy especial libro sobre el amor. Anticipo, además, que, también para el curso próximo, Los astronautas también tendrá presencia, en planteamiento y estructura todavía por perfilar, en Buscando leones en las nubes

La narradora del libro, también su protagonista, además de, según todas las evidencias, la propia Laura Ferrero -estamos ante una obra claramente autobiográfica-, encuentra una foto, hasta entonces desconocida para ella, de sus padres biológicos con su pequeña hija (una pareja joven sonríe a cámara y, en la falda de la mujer, descansa una niña con un peto azul agarrada a un trozo de pan. La niña no tendrá más de un año, un año y medio a lo sumo). Hasta ese momento, treinta y cinco años después de su nacimiento, Laura nunca había visto una fotografía en la que ella apareciera con sus padres juntos. Su padre se había marchado de casa dejando a la pequeña con apenas año y medio. La madre de Laura, Clara, con la que vivió hasta los dieciocho años, se volvió a casar, con Miquel, teniendo con él otro hijo, Marc. Por otro lado, el padre biológico, Jaume, se casó también, con otra Clara, siendo padre de otra chica, Inés. Las dos familias, pese a vivir ambas en Barcelona y separadas por apenas dos kilómetros de distancia, mantuvieron existencias ajenas, más allá de algún esporádico y casi obligado encuentro con ocasión de alguna inevitable ceremonia “formal”. Este distanciamiento -Clara, la madre biológica, borró de su vida y de la de su hija cualquier rastro de la presencia de su exmarido, que se limitaba a ver a la niña dos veces al mes- situó a Laura en un terreno de nadie, extraña -salvo el vínculo con su progenitora- a la nueva familia de esta, e igualmente apartada del sobrevenido entorno familiar de su padre. 

El descubrimiento de esa foto constituye el desencadenante de una novela que podríamos resumir como el relato de una doble investigación -externa, a través de las conversaciones con sus padres biológicos, las parejas de estos, sus tíos, algunos conocidos, del rastreo de otras fotos en álbumes familiares; e interna, mediante la exploración de sus propios recuerdos, muchos de ellos difusos y evanescentes- y de una búsqueda, también doble, la de su hasta entonces inexistente núcleo familiar y la de su propia identidad. 

En su exhaustiva y dolorosa pesquisa, en la que afloran las emociones, los traumas, la confusión y el íntimo desgarro en la reconstrucción de su pasado, Ferrero establece un paralelismo entre su propia experiencia y la de los astronautas y las aventuras espaciales. El libro está repleto de menciones a distintos episodios -algunos de su propia biografía; otros, la mayoría, bien conocidos y con valor histórico- relacionados con ese universo: la invención infantil de un padre astronauta, circunstancia con la que la pequeña justificaba la ausencia de su progenitor en las reuniones con los profesores de la escuela o su no comparecencia a la puerta del colegio para recoger a su hija; la camiseta de la NASA; el ingeniero escocés James Nasmyth que se “inventó” su llegada a la Luna el 12 de marzo de 1874; Christa McAuliffe, la maestra enviada al espacio en la misión Challenger y que moriría con sus compañeros de expedición cuando la nave explotó a los setenta y tres segundos de despegar; otra mujer, Ann Druyan, que envió sus pensamientos y sentimientos en forma de onda al espacio, en una suerte de mensaje en una botella que tanteaba la posibilidad de que otra civilización pudiera entender nuestro lenguaje; Michael Collins, el único tripulante de los tres del Apolo 11 que no pisó la Luna; los setecientos noventa y seis objetos de procedencia humana que reposan sobre la superficie del satélite; el desconcertado Sergei Krikalev que partió desde la Unión Soviética en la nave Soyuz para una misión en la estación Mir y que, diez meses después, regresó a otro mundo. No tenía patria y el mítico centro de lanzamiento de cohetes enclavado en la estepa de Tyura Tam, en Baikonur, desde donde había salido, pertenecía ahora a la república independiente de Kazajistán. Su sueldo, de seiscientos rublos, no alcanzaba ni para comprar un kilo de carne; su ciudad natal ya no se llamaba más Leningrado sino San Petersburgo y su carné de miembro del Partido Comunista carecía de toda validez porque esa agrupación estaba proscrita. Se fue de la URSS y regresó a Rusia, en una de las historias en las que la metáfora espacial describe mejor el limbo en el que vivía la propia Laura, perdida entre dos familias (Sergei Krikalev soy yo, escribe). Un eje metafórico que cruza la novela de principio a fin, en un recurso cargado de simbolismos, singularmente la idea de la exploración de lo desconocido, que se recoge ya en la apertura del primero de los tres capítulos del libro: 

El 1 de enero de 2019 la sonda espacial de la NASA New Horizons divisó Ultima Thule, el objeto celeste más lejano que la humanidad ha explorado nunca, situado en el Cinturón de Kuiper, una colección de cuerpos helados a unos seis mil quinientos millones de kilómetros de distancia del Sol. 
En latín, Ultima Thule significa «un lugar más allá del mundo conocido». Después de aquí no hay nada, indica, o no hay nada que nosotros podamos conocer. 
O peor. 
Quizás, como se decía en la Antigüedad, hic sunt dracones. Es decir, a partir de aquí, dragones. 

Pero, en esta misma línea, en la inclusión de estas expediciones espaciales y de sus protagonistas, hay, de manera evidente, una alusión a la búsqueda de respuestas a los grandes interrogantes de la humanidad, a la exploración, de tintes existenciales, más allá de su dimensión científica o armamentística, de los enigmas fundamentales de la especie, que se asemeja al intento de Laura por despejar las incógnitas constituyentes de su vida. Y están también las ideas del alejamiento y la soledad de los viajeros espaciales, que equivalen al aislamiento de los personajes, el padre distante, la madre negando el pasado, la hija borrando el recuerdo doloroso, perdidos en el espacio e incapaces de volver a la Tierra; de la distancia, el silencio y la dificultad comunicativa de los astronautas encerrados en sus cápsulas; del imprevisible viaje galáctico hacia el exterior del planeta y del interior, no menos arriesgado, hacia los abismos más recónditos de la propia intimidad; de la dificultad del retorno a un mundo que ya se vive como distinto tras la experiencia cósmica extrema; de la desubicación de quien desconoce su situación real en el universo; entre otros. Muestras todas de esa correlación que vertebra el libro, de ese juego de simbolismos que forma parte del muy identificable estilo literario de la muy talentosa escritora que es Laura Ferrero (que pese a ello incurre, no obstante, ni más ni menos que en cuatro ocasiones, en la horrorosa locución “a día de hoy”, que, aunque aceptada por la Real Academia, remite a los muy acomodaticios hábitos expresivos de políticos y periodistas), pródiga -en lo que yo le he leído- en el establecimiento de conexiones, vínculos, ecos y resonancias, nodos simbólicos, nexos muy bien trenzados entre elementos diversos, ajenos al relato principal, referencias culturales, canciones, citas literarias, alusiones a la mitología… 

Unos lazos -estos no pretendidos, obviamente, dadas las fechas de publicación de ambas novelas- que, por otra parte, unen a Los astronautas con Han cantado bingo. La familia, la infancia, los recuerdos, la memoria y el olvido, la muerte, son temas comunes al libro de Lana Corujo, también un episodio infantil traumático que no voy a desvelar, que en la pesquisa de Ferrero aparece sumido en la oscuridad, inaprensible, olvidado más allá de ciertos atisbos difusos, de imposible rememoración y que acabará por representar la médula del libro y de la experiencia vital de la autora, como lo es el drama familiar en la novela de la canaria. 

Con la inevitable aceleración a la que obliga el somero repaso a las variadas propuestas de cada una de las entregas de mi ambicioso ciclo, ya solo puedo señalar, con carácter muy general, algunas ideas, ciertas líneas temáticas reflejadas en Los astronautas que lo hacen altamente recomendable. La complejidad de la niñez, de la infancia, del proceso de hacerse mayor; los tortuosos caminos del crecimiento; la aproximación y el desvelamiento de la figura paterna; las repercusiones de la ausencia del padre, de su “no estar” (No estar implica una decisión, pero también una negligencia, un olvido permanente, un despiste, una imposibilidad, una vagancia, una incapacidad, una pereza extrema, una laboriosa e intrincada manera de estar en el mundo, una desafección, una estrategia, un desapego, una renuncia); el difícil papel de la madre, sus silencios y omisiones en la educación de su hija; la memoria como reconstrucción y como reinvención; la educación sentimental; la configuración de la identidad; la importancia de los vínculos; las carencias de la familia como institución y el cuestionamiento de sus perfiles más consabidos: la alegría y las celebraciones, los rituales; la dificultad de penetrar, de llegar al fondo, de comprender a los padres, a los hijos; los secretos, los olvidos, las ocultaciones y las mentiras que apuntalan la frágil imagen de nosotros mismos; el ansia de reconocimiento; el valor de la imaginación, de la fantasía, de la invención; el peso del pasado en nuestras vidas; la imposibilidad de acceder a la verdad de los hechos, a la verdad de uno mismo (cualquier historia no cuenta la verdad, sino una verdad); los traumas, los trastornos psicológicos; la superdotación y la hipersensibilidad; la tiranía de la belleza, del buen aspecto físico, que se impone a las mujeres; la soledad y el aislamiento, la incomunicabilidad; la búsqueda de un lugar en el mundo; la complejidad del amor, su encanto, sus aristas, sus amenazas (Toda historia de amor contiene dentro de sí misma la semilla de su destrucción y a veces esa semilla duerme por los siglos de los siglos en un coma profundo y casi irreversible); el enamoramiento y el desamor, el abandono, la ruptura; el peso de la culpa; la necesidad de la escritura y las palabras para crear sentido, para dotar de significado a la realidad (Es difícil saber cuántos detalles hacen falta para crear la imagen de algo, y si no será que la vida al final se reduce al cúmulo de detalles inconexos y casuales que solo mediante la escritura se ordenan, se convierten en imagen); la voluntad y la urgencia de escribir; el deseo de ser otro (Durante años repetí con precisión a quien me lo preguntaba que de mayor sería actriz, cantante, neurocirujana, astronauta. Hablaba indistintamente de aquella pasión mía por los escenarios, por la música, por la interpretación, por el espacio. En realidad, todas esas pasiones no se relacionaban con las disciplinas en sí mismas, sino con ese hondo deseo de ser Carlota Casiraghi. Se trataba de un anhelo de desaparecer, para reaparecer luego bajo otra identidad. Disfrazarme para obtener un reconocimiento, puesto que las calificaciones del colegio no servían); las pérdidas, las ausencias, la enfermedad, las muertes; los infrecuentes momentos intensos, felices, que hacen pensar que la vida puede ser una repetición de inocencia, placidez, pureza, descubrimiento; los más numerosos que nos traen el dolor, el sufrimiento, la pena, el vacío, las lágrimas; el miedo: a la intemperie, al abandono, al paso del tiempo, a las heridas, al dolor. 

Y todo ello contado con brillantez, con cercanía, con emoción y sentimiento aunque sin sentimentalismo fácil ni dramatización excesiva, con un tono contenido incluso en los momentos más duros, con una sobresaliente capacidad para convertir lo íntimo en una experiencia compartida; con una escritura hecha de fragmentos, de asociaciones, retornos y repeticiones, de cambios temporales frecuentes, con la inserción de historias paralelas (no solo las de los astronautas) y el entrelazamiento de testimonios directos, pensamientos, reflexiones. En definitiva, otra obra espléndida, de lectura indispensable, que recomiendo con fervor. 

Excelente es también mi tercera sugerencia de la tarde, Carcoma, una novela de Layla Martínez publicada hace ya cinco años, en 2021, por la malagueña Editorial Amor de Madre. Y quiero llamar la atención de entrada sobre el elogioso adjetivo, todavía más significativo cuando mi visión de la vida, mi modo de pensar acerca de la realidad, mi posición ante los conflictos sociales y las intolerables injusticias y desigualdades que permean nuestra sociedad están a años luz, presumiblemente, de las que puede sostener su autora y, en cualquier caso, de las que, de manera descarnada, se reflejan en la novela. Un enfoque político, una toma de postura ideológica, una concepción de las relaciones colectivas -los de la escritora- muy radicales, muy combativos, nada cómodos ni complacientes, nada conciliadores ni comprensivos, casi totalmente opuestos a mi forma de estar en el mundo e intentar descifrarlo. Y pese a todo ello, el libro me ha gustado mucho (aunque “gustar” quizá no sea el verbo adecuado para una obra muy dura, presidida por la violencia, el odio, la rabia, la venganza) y lo recomiendo con entusiasmo, limitados sin embargo mi pleno disfrute de su lectura y mi valoración final por esa discrepancia con sus tesis de fondo y por mi profunda falta de sintonía con su muy cruda y descarnada mirada sobre la existencia. 

Pero vayamos por partes, con la presentación de la escritora y de su trayectoria profesional. Layla Martínez, con un origen conquense que aflora levemente en su novela pero nacida en Madrid, en 1987, es licenciada en Ciencias Políticas y de la Administración por la Universidad Complutense y máster en Ciencias Sexológicas por la Universidad de Alcalá de Henares. En 2020 publicó Utopía no es una isla, un libro a medio camino entre el ensayo y la narrativa. Su editorial resalta también su condición de editora en el sello independiente Antipersona y de colaboradora habitual en el periódico El Salto, un medio de comunicación que se define como “autogestionado, horizontal y asambleario”. Martínez, siempre según la nota editorial, ha coordinado e impartido talleres de literatura, ciclos de cine y charlas sobre historia de las mujeres e historia de los movimientos sociales. Este enfoque que podríamos denominar “activista”, coincide con el de Amor de Madre, que se define como un proyecto que se dedica a “crear un microcosmos literario donde la visibilización de los colectivos LGBTQ+ y los movimientos feministas son la norma y no la excepción. Un espacio seguro donde encontrar literatura que nos represente”. Subrayo estas muy elocuentes declaraciones de principios porque ayudan al potencial lector de la novela a situar el marco en el que se inscribe y las pautas ideológicas que identifican a su autora, aunque insistiendo una vez más -y son muchas en los largos años de existencia del programa- en que los apriorismos, los sesgos cognitivos, los prejuicios políticos no me parecen demasiado relevantes a la hora de disfrutar y valorar una obra literaria. 

En 2021 Layla Martínez publicó Carcoma, concitando un fulgurante éxito de lectores, con decenas de miles de libros vendidos. Hasta este momento la novela suma ya sesenta y cuatro reimpresiones, ha sido traducida a dieciséis idiomas y publicada en más de veinte países, encontrándose en proceso de adaptación al teatro en México y en España y al cine en Irlanda. Su edición en los Estados Unidos fue nominada al prestigioso premio National Book Award de 2024. Antes, había sido seleccionada y premiada en distintos certámenes y en categorías diversas: de ciencia ficción y fantasía, de novela corta, de obras revelación. 

Resulta difícil sintetizar el argumento del libro. Podría decir que una de sus protagonistas -quizá la principal- es una casa, una casa que respira (la casa contenía el aliento), que oprime (La casa entera se contrajo alrededor de la habitación, expectante), que padece (La casa está inquieta desde que has vuelto), que odia (la casa entera rezumaba rencor en cuanto él atravesaba el umbral. Podía sentirse en la humedad de las paredes, en los crujidos de los escalones, en los chirridos de las puertas), que encierra secretos, que sobrecoge y amenaza, que espanta y aterra, ocupada por fantasmas, por ángeles como insectos gigantes, como mantis religiosas, por santos que queman las sábanas con sus halos, por sombras que están en cada ladrillo, debajo de cada baldosa, tras la cal de las paredes, mezcladas con la argamasa. Aparecían cada vez que mi madre abría la alacena de la cocina, cada vez que descorría las cortinas de la habitación. Surgían de la oscuridad del aljibe, reptaban por debajo de la mesa, se arrastraban por los pasillos. Mi madre las oía respirar junto a la cama, acechar detrás de cada puerta. Una casa en la que los muertos viven demasiado tiempo y los vivos demasiado poco. Las que estamos entre medias, como nosotras, no hacemos ni una cosa ni la otra. La casa no nos deja morir pero tampoco vivir fuera de ella

Quienes la habitan son dos mujeres, una abuela y su nieta, también con algo de espectral y con mucho de siniestro, de odio y resentimiento. Las dos viven aisladas en su oscuro universo de muertos y espíritus, siendo objeto del desprecio y el rechazo del pueblo, a partir, sobre todo, de la desaparición de un niño de una familia adinerada del lugar (las desapariciones, pues hay varias en la novela, son también relevantes en su trama). La narración intercala las voces de nieta y abuela que en capítulos alternos, normalmente breves, y cada una desde su particular perspectiva, rememoran las trágicas existencias de hasta cuatro generaciones de mujeres -bisabuela, abuela, madre e hija- en una familia marcada por secretos, silencios, sucesos traumáticos, muertes, sufrimiento y violencia estructural. En sus relatos se mezclan dos dimensiones. La primera es más o menos realista, con referencias a la guerra civil -otra protagonista del libro; en segundo plano pero aun así ostensible-; a episodios de la cotidianidad del pueblo, marcada por la explotación laboral, las desigualdades sociales, los enfrentamientos seculares, el rencor ancestral, las ofensas enquistadas; a las vivencias de los personajes -sus amistades, noviazgos, matrimonios, hijos, trabajos, disputas y muertes-; a la crudeza del entorno rural, a la represión y la brutalidad (una suerte de Puerto Hurraco algo más “estilizado”. La segunda vertiente se vincula a lo fantástico y la literatura de terror, con la presencia de la brujería, la superstición, los mitos y rituales ominosos, los conjuros, las apariciones, lo siniestro, lo oculto, lo soterrado, lo inexplicable, lo gótico, lo sobrenatural: Mi madre decía que esta casa hace que se te caigan los dientes y se te sequen las entrañas, pero mi madre se fue de aquí hace mucho y yo no me acuerdo de ella. Sé que decía eso porque me lo ha contado mi abuela, aunque no hubiese hecho falta porque yo ya lo sé. Aquí se te caen los dientes y el pelo y las carnes y a la que te descuidas te andas arrastrando de un lado para otro o te echas en la cama y no te levantas más

A medida que avanzan los dos relatos, se van revelando, en una gradación muy bien medida por la autora, que oculta y muestra, apunta y esconde, y que dota a su libro de un apreciable punto de suspense, los secretos de la familia y los traumas del pasado, que aparecen entrelazados, unidas su realidad histórica, constatable, con las en apariencia enajenadas visiones de las protagonistas, rozando lo onírico, el delirio, el terror psicológico. Layla Martínez construye, así, un eficaz clima de tensión emocional que le permite exponer de modo muy original e inteligente los principales temas que explora su novela. El primero de ellos -y a mi juicio el sustancial, y el que suscita mis principales objeciones- es el del conflicto -la lucha- de clases sociales. Con la presencia germinal de la guerra civil como foco irradiador de la división fratricida que, no obstante, extiende sus efectos mucho más allá de su término (la novela hunde sus raíces en aquellos años ruines, pero alcanza, en la realidad de la nieta, a un mundo de móviles, conexiones a internet, ruedas de prensa mediáticas y periodistas de radios y televisiones agolpados a la puerta de la casa en busca de impúdicas primicias), el libro entero está cruzado por la división, el enfrentamiento, la confrontación y la hostilidad, el odio ancestral, feroz, furioso y airado entre pobres y ricos, en una concepción de las relaciones sociales que teniendo, muy probablemente, pleno sentido para describir aquel pasado ominoso, ni sirve como explicación del juego de fuerzas en nuestro tiempo, ni mucho menos constituye la fórmula -la venganza, el recurso a la violencia- para superar las injusticias y las desigualdades, económicas, culturales, sociales, que aún, por desgracia, perviven. En este sentido, resulta muy significativo -al menos para mí, que quizá me equivoque de medio a medio en mi interpretación de las tesis últimas del libro- que en la sección final de Agradecimientos de la novela, entre el reconocimiento -muy ilustrativo acerca del tono la obra- a su abuela materna, por dejarme contar la historia de su casa y de su familia (…) explicarme las vidas de los santos y enseñarme a escucharlos (…) [y] hablarme de los muertos que se aparecen en una esquina de la alcoba, dé las gracias también a su madre, por creer en la venganza

La venganza, he ahí otro eje sustancial de Carcoma. La vida de las mujeres de la obra es una vida de pobreza, de sacrificio, de pesares, de desdichas, de injusticia, de sometimiento y sumisión. Han padecido -y siguen padeciendo- la violencia de la guerra (las súbitas irrupciones nocturnas de los sublevados, los “paseos”, los hombres escondidos en “zulos” para evitar la represión, los fusilamientos, los cadáveres aparecidos al pie de los muros de los cementerios); la violencia estructural que nace de la desigualdad social, del abismo entre la riqueza y la indigencia, entre la obscena abundancia y la prosperidad ofensiva y la escasez, la miseria y el hambre (la explotación salvaje por parte de los Jarabo, una familia burguesa tópica, con sus empresas y tierras y rentas, que esclaviza a sus trabajadores y abusa de las mujeres del servicio doméstico, la nieta entre ellos; que utiliza y exprime, que humilla y desprecia, desde sus privilegios, a sus “siervos”); la violencia hoy llamada patriarcal (noción que yo discuto, aunque estos no son ni el lugar ni la ocasión para hacerlo; me limito a recomendaros un libro que me ha parecido valioso, al margen, ya lo he dicho, de mi discrepancia ideológica), la de los hombres, todos en la novela estereotipadamente machistas, brutales, déspotas, proxenetas incluso, en algún caso, que utilizan, violan, se aprovechan y agreden a las mujeres (Había criado sola a un niño que vino tarde y flojo y que lloraba todo el día y toda la noche, a ratos de hambre, a ratos de frío y a ratos de una soledad monstruosa que se arrastraba por la casa como una gallina a medio degollar). Y ni la nieta ni la abuela aceptan esa opresión secular (Cómo no iba a pudrirme por dentro viendo aquello cómo no se me iban a reventar las tripas en aquella casa cómo no iba a entenderlo todo), no se someten, resisten y se rebelan (Como si yo no fuese a cobrarme la deuda), deciden pasar a la acción (Pero nos detestan igual a todos nos tienen el mismo asco a todos y ese asco se nos mete dentro y nos envenena y lo llevamos tan hondo que al final pensamos que es nuestro pero no lo es. Y entonces me dormí y al despertar tenía una carcoma dentro que no sé si las sombras me la metieron entre susurros por la noche o me vino a mí sola a la cabeza pero eso no importa porque igual supe que esa carcoma tenía que sacarla y que todavía no podía despedirme del trabajo que me quedaba algo por hacer). Anegadas por el rencor, por el resentimiento y el odio se vengan con crueldad, con saña, con brutalidad de sus “verdugos”. 

Carcoma se presenta así -en uno de sus frentes- como una novela política que impugna el relato oficial de la memoria histórica en España; que niega la reconciliación y al olvido pretiriendo la justicia; que sostiene el carácter estructural de la desigualdad, la opresión y la pobreza; que propugna un enfoque combativamente feminista y antipatriarcal de la existencia. Más allá de lo radical de su planteamiento, yo no he podido dejar de pensar, mientras leía el libro, en Los santos inocentes, de Miguel Delibes, aunque en la novela del vallisoletano no hay odio de clase, pero sí indignación y conciencia de la desigualdad; no hay un discurso de resentimiento, encono o inquina, aunque sí evidencia obscena de la injusta desigualdad; no hay una postura activista, fuertemente ideologizada, agresiva, bastante maniquea, sino un enfoque humanista, ético, en el fondo cristiano, pero que no rehúye la denuncia devastadora, ni se instala en una equidistancia sospechosa y, menos aún, culpable. Esa referencia, muy clara a mi juicio, se ve refrendada por las palabras de la propia Layla Martínez, que en una entrevista confiesa que uno de los libros que más recuerda de su adolescencia es, precisamente, Los santos inocentes, que leí con dieciséis o diecisiete años y que encontré así, por una recomendación de la biblioteca. Me impactó muchísimo, recuerdo releer algunos fragmentos hasta cuatro y cinco veces

Los temas, pues, de “las violencias”, del trauma de la guerra, de la memoria histórica, de las desigualdades sociales, entre otros, están en la base de una novela que alude a ellos a través de un tratamiento literario muy singular -en mi opinión el aspecto más destacado del libro- que algunas veces los explicita de manera directa y otras permite apreciarlos de manera tangencial. Veamos algunas manifestaciones de ambos formidables recursos estilísticos. En primer lugar, el clima de ferocidad, de primitivismo salvaje, de ira y rencor atávicos que impregna la novela no se percibe solo en los pensamientos, las actitudes y la voluntad vengativa de las narradoras, sino, sobre todo, en el lenguaje. El léxico que atraviesa sus relatos está dominado por una sucesión de vocablos y locuciones muy crudos, agresivos, belicosos, de una intensidad tremendista. He aquí una muestra no exhaustiva, que empieza en el propio titulo del libro, muy revelador, carcoma (conozco esa carcoma que tiene, esa comezón en el pecho como de caballo a punto de encabritarse pero que no acaba, no acaba, y al final no se desboca), y se completa con mugre, suciedad (Tenía siempre el pelo más cochino que la freidora de un bar de carretera), bilis, odio, ansia, pena, vieja de mierda, rabia, envidia, frustración, desprecio, soberbia, asco (¡que se repite 110 veces!), cara de idiota, peste, maldición, dolor, miedo, saña, vomitar, repugnancia, desgana, llantos, tristeza, desgarro, heridas, venganza, pueblo de mierda, derrumbe, abatimiento, zarandeos, desaliento, golpes, desesperación, rencor, resentimiento (En el pasillo la niebla había desaparecido, solo quedaba el rencor y el resentimiento de siempre pegado a las paredes y a los suelos como postilla como costra), alimaña, escalofrío, negrura, maldecidora, desencajada, raquítica, contrahecha, llaga, miserables, mezquinas, pudridero, esmirriada, moridero, endemoniarse, malnacido, envenenarse, ruina, reventar, la familia estaba torcida, sombras, desgracia, frío, mala sangre, psicópatas, babosos (esa lengua que tiene de baboso y arrastrado que si se la muerde se envenena. No había dicho nada porque en este pueblo además de arrastrados son cobardes y aquí a la cara no te dicen nada a no ser que se junten cuatro o cinco), espasmos, echando espuma por la boca. 

Martínez utiliza además otros recursos estilísticos como la fragmentación del tiempo, los saltos de perspectiva y el uso de un lenguaje poético en momentos de gran tensión, de modo que su novela se enriquece, admitiendo lecturas como relato de terror, como crítica social y como análisis psicológico de los personajes. Destacan, desde este punto de vista, la ya reseñada alternancia entre las voces de la abuela y la nieta, que refuerza la tensión, conecta el pasado y el presente, permite profundizar en la psicología de los personajes y amplía la mirada del lector. También la elección de la casa como espacio simbólico de la represión y el dominio, de la asfixia, del conflicto, de los sucesos traumáticos, del derrumbe, de la oscuridad y la muerte de un régimen, de una sociedad, de un pueblo. Igualmente, la presencia de los sobrenatural, del terror, aparte de conectar con la tradición neogótica, que tanto se explota en la literatura actual -pienso en Mariana Enríquez y sus muchos seguidores/imitadores-, apunta al horror, a lo inquietante que aflora tras la memoria, de los secretos familiares, por entre las grietas de la aparente normalidad social. 

En fin, tres novelas altamente recomendables, coincidentes en el sexo de sus autoras, su relativa juventud, la confluencia en algunos de los temas tratados -la familia, el trauma infantil, la memoria-, la singularidad de sus propuestas literarias y la muy notable recepción por parte de los lectores. Han cantado bingo, Los astronautas y Carcoma, ¡no dejéis de leerlas! Os dejo ahora con un muy bello y elocuente fragmento de la novela de Laura Ferrero. Como acompañamiento musical acudo, en cambio, al libro de Lana Corujo, que se abre con una cita de una canción del grupo español La Bien Querida: Siempre que cierro los ojos me entra / mucho miedo de no volver a verte. Dinamita es su título y os la dejo para cerrar esta primera entrega de la serie de nueve que Todos los libros un libro va a dedicar a la literatura femenina en las próximas semanas. 


Queda un único tiovivo en las calles de Barcelona, el de la plaza Alfonso X el Sabio. Entre sus figuras, a cuyas barras de aluminio se agarran los niños desde hace cuarenta años, se cuentan caballitos de madera, un coche de bomberos, un autobús en miniatura y una taza de chocolate que da vueltas sobre la base en un doble giro, el giro dentro del giro. 

Hace unos años, cuando se reformó la plaza, los vecinos del barrio temieron que las obras resultaran en una explanada moderna, pero sin ese viejo tiovivo que durante décadas había dado vueltas a la sombra del viaducto del Guinardó. A lo largo de aquellos meses, el tiovivo desapareció, e imagino que las figuras se esfumaron amontonadas en un remolque oscuro y quién sabe dónde vivieron, en la más absoluta quietud, durante todo aquel tiempo. 

Finalmente, el tiovivo volvió, aunque remodelado. Hoy, expuesto a las asperezas de la intemperie, sobrevive y, al caer la tarde, sus luces de colores relampaguean e hipnotizan a esos niños que se agarran a la barra, conectados a través de huellas invisibles en el aluminio a los que fuimos niños treinta años atrás. 

Cuando era pequeña, mi padre y mi madre me llevaban hasta ahí. Ya se habían separado, de manera que iba con uno de ellos cada vez. Misteriosamente, como si solo ellos fueran capaces de ver una marca invisible en el suelo, se situaban exactamente en el mismo lugar. Pegados a la fuente, de brazos cruzados. 

Mareada, a los mandos de una taza de chocolate que giraba y giraba, yo los buscaba inquieta. Una y otra vez los veía aparecer y, de repente, los perdía. A cada vuelta del tiovivo, llegaban de nuevo la fuente y mi padre y mi madre, sus manos diciendo adiós, transformados en pequeñas figuras que se despiden a través de los años. Ya de adulta, cogí la costumbre de ir paseando hasta el tiovivo una vez al año. 

Entonces ya era yo la que miraba a los niños, que giraban rodeados de padres cansados, y, aunque no los conociera, sentía el impulso de agitar la mano, de decirles que los veía, que los estaba observando. Que no estaban solos y que yo no me iba a mover de ahí.

Videoconferencia
Lana Corujo. Laura Ferrero. Layla Martínez