Vivo entre muchos libros y extraigo una gran parte de mis ganas de vivir del hecho de que aún leeré la mayoría de ellos. (Elias Canetti)

domingo, 18 de octubre de 2026

SIGRID NUNEZ. EL AMIGO

Avanza octubre y con él esta singular serie de Todos los libros un libro centrada en los animales, un ciclo que nace a partir de la celebración el pasado día 4 de este mismo mes del Día Mundial a ellos dedicado. Ya he señalado que no soy yo alguien especialmente apropiado para hablar del amor a esos seres irracionales (no humanos, hay que aclarar, dados los muchos especímenes de nuestra especie que a diario demuestran su falta de razón), pues nunca he sido capaz de experimentar esas para mí difusas sensaciones que invaden a los millones de personas que hoy disfrutan de sus mascotas. En cualquier caso, la excusa ha servido para que esta semana haya traído aquí La liebre y yo, un excelente libro, de difícil catalogación genérica, de la británica Chloe Dalton; Soy un gato, la espléndida novela filosófica del clásico japonés Natsume Sōseki; y otro interesante libro, también de imposible reducción a una determinada taxonomía, con el que voy a clausurar esta triple propuesta “animalesca”, y cuyo título, a diferencia de los anteriores, no alude expresamente a la especie que lo protagoniza. Me estoy refiriendo a El amigo, una obra de la norteamericana Sigrid Nunez, que publicada en su país en 2018, vio la luz en el nuestro un año después en el seno de la editorial Anagrama y con la traducción de la siempre solvente Mercedes Cebrián. El libro ganó el National Book Award for Fiction correspondiente al año de su aparición en Estados Unidos. Adelanto ahora, aunque el asunto precise una aclaración posterior, que “el amigo” que da nombre a la ficción (aceptemos por ahora esta taxonomía de muy amplios contornos) es un perro, un enorme gran danés (casi un metro del hombro a la pata, ochenta y un kilos, casi dos metros de alto en pie sobre las patas traseras), que se suma así a la liebre y el gato que, cada uno de ellos desde una posición muy distinta y formando parte de sendos proyectos literarios también muy diferentes, completan mis recomendaciones de esta semana. 

Sigrid Nunez nació en Nueva York en 1951, hija de una madre alemana y un padre chino-panameño. Licenciada en el Barnard College y doctorada en la Universidad de Columbia, ha trabajado como editora y colaboradora de infinidad de publicaciones literarias y ha ejercido también como profesora de escritura en numerosas universidades. Esa doble condición -escritora y profesora- aflora de modo notable en El amigo, en cuyo planteamiento la enseñanza de la literatura, la formación de jóvenes escritores y el peculiar universo de los talleres de escritura constituyen uno de los muchos ejes relevantes, como luego veremos. Desde el punto de vista estrictamente literario, hasta la obtención del Premio Booker era una escritora prácticamente desconocida para el gran público, a pesar de su consolidada carrera; en cualquier caso, yo no había oído hablar de ella hasta la fulgurante aparición de El amigo. 

Estamos, como ya he señalado, ante una obra inclasificable. Es, en principio, una novela, aunque muy peculiar, muy porosa en su configuración literaria y que de continuo diluye las fronteras del género. Es, pues, ficción, pero también un libro de memorias; es, en cierto modo, una carta; incluye elementos autobiográficos y por tanto serviría como muestra de la desde hace unos años tan frecuentada autoficción; supone una reflexión profunda sobre la escritura y la literatura, por lo que encajaría en el molde de texto “metaliterario”, consciente de su propio artificio; tiene componentes de ensayo; es un diario del duelo; y contiene un cierto acercamiento a los estudios sobre los animales. Es, en definitiva, una novela que explora las posibilidades y los límites del género; que cuenta una historia, pero desconfía de la idea convencional de argumento; que presenta personajes, pero, como veremos, priva de nombre y de rasgos físicos a casi todos ellos; que habla de un animal, pero se resiste a convertirlo en una mera metáfora; que parte de una experiencia íntima, pero cuestiona constantemente la frontera entre autobiografía y e invención. 

No sorprende, por tanto, que entre las publicaciones sobre el libro que he podido consultar me haya encontrado con artículos y referentes críticos que, más allá de los acercamientos puramente periodísticos, partan de enfoques académicos tan variados como la crítica del “memoir” (o libro de memorias), la teoría de la autoficción, los estudios sobre el duelo, los “animal studies”, la teoría de la literatura, los estudios de género o los análisis de la escritura académica. 

A este carácter híbrido del libro contribuye también su estructura fragmentaria, a través de la cual la autora narra la historia -que luego resumiré- resistiéndose consciente y deliberadamente al relato lineal y presentándola y haciéndola avanzar mediante una sucesión de textos -en general breves, a veces un par de líneas- que incluyen recuerdos, asociaciones, digresiones, pequeñas escenas, anécdotas, confesiones (Hay mucho en estas páginas que nunca le he contado a nadie), reflexiones sobre escritores y libros, episodios de la convivencia con el perro que ocupa el centro del libro, y consideraciones sobre la muerte, la soledad o la escritura, entre otros muchos temas a los que más adelante también me referiré. El resultado, por tanto, se parece menos a una narración que va hilando de manera ordenada acontecimientos que se suceden cronológicamente, que a una conciencia que salta de un asunto a otro siguiendo la lógica asociativa de la memoria y del pensamiento a partir de los vínculos y relaciones que provocan las experiencias vividas en el presente. 

Este planteamiento -y los elementos en los que se concreta: la narración como sucesión de fragmentos de conciencia; esos fragmentos considerados como unidad narrativa; la memoria como desencadenante de las asociaciones que conforman la novela; la mezcla de narración y ensayo; la sustancial presencia de la literatura dentro de la propia literatura; la voz en primera persona de la narradora; el retrato indirecto de otros personajes distintos al principal; la importancia de las anécdotas; la ausencia de una jerarquía rígida entre lo relevante y lo aparentemente trivial; el papel primordial de lo digresivo; la profusión de referencias literarias y culturales; el establecimiento de una suerte de conversación intelectual con el lector; el entorno neoyorquino- remite de un modo inequívoco -y durante la lectura yo no he podido sustraerme a ese influjo- a otro libro también reseñado en el espacio hace pocos meses, Noches insomnes, de Elizabeth Hardwick, con el que, como digo, guarda muy evidentes concomitancias. 

Una síntesis muy esquemática -en realidad, esquelética- de la novela la resumiría en una formulación sencilla: una mujer, un suicida y un perro. Aunque de este modo somero desmonto las acusaciones de “destripe” que se me hacen de continuo, creo, sin embargo, que merece la pena extenderme un poco más aun al coste de desvelar elementos relevantes de una trama por lo demás casi inexistente. Una mujer, la narradora, acaba de perder a un amigo íntimo, un profesor universitario que se ha suicidado. Al poco tiempo, debe hacerse cargo -a regañadientes- de un perro del difunto. En el discurrir de su relato la mujer se dirige al fallecido trasladándole su tristeza, su dolor, también su perplejidad ante una muerte inesperada y sus intentos de entender los inexplicables interrogantes que esa desaparición le suscita. Sin nota alguna de suicidio que explique la decisión, y pese a que el muerto había hablado alguna vez de la posibilidad de quitarse la vida y había incluso formulado opiniones relativamente racionales sobre el suicidio a determinada edad, siendo además acostumbrada la presencia del suicidio entre los temas de conversación entre ambos, lo cierto es que esos antecedentes, inquietantes ahora, retrospectivamente, no constituyen una explicación ni aportan luz alguna a la opacidad del suceso. No se deduzca de mis palabras que estamos ante una novela de intriga en la que hay un enigma detectivesco que debe resolverse. La relativa incomprensibilidad del suicidio del amigo es uno más -sustancial, sí, pero tan importante como otros muchos- de los numerosos temas que abordará la narradora en su digresivo relato. 

Un relato en el que la también inesperada irrupción del perro “heredado” abre otra vía principal -si no la más importante de todas: ¿Quién es, en realidad, el “amigo” del título, el amigo fallecido y añorado o el perro advenedizo y (atención, spoiler) finalmente querido?-, la que gira sobre el silencioso animal que pasará a formar parte de la cotidianidad de la mujer, la cual, a partir de ese momento “inaugural”, incluirá en sus reflexiones -abiertas, insisto, a frentes muy diversos-, apuntes y notas sobre ese día a día, sobre la relación que establece con el enorme espécimen y sobre la naturaleza del vínculo que surge entre ambos. 

En torno a este reducido núcleo temático se desarrolla una obra en cuyo análisis quiero subrayar, en primer lugar, las figuras de los tres personajes, mujer, amigo y perro. La protagonista es una mujer de mediana edad -que permanece innominada, en un recurso usado por Nunez de modo consciente y que se extiende a otros personajes que se designan por sus iniciales o con fórmulas asépticas meramente identificativas-, escritora y profesora de escritura creativa, que vive en Manhattan, en un apartamento pequeño con el precio del alquiler limitado, en una existencia reservada, centrada en la privacidad. Su situación económica no es especialmente holgada, lo que va a repercutir en una de las cuestiones prácticas centrales de la novela, pues ella quiere aceptar el “legado” del gran danés que pertenecía a su amigo, pero el apartamento no admite perros y la renuncia a su vivienda por ese motivo le supondría un desembolso inalcanzable (si te echan de tu casa no encontrarás otro apartamento cuyo alquiler puedas permitirte pagar, no en esta ciudad. Con ese compañero de piso, tendrás problemas para encontrar casa en cualquier sitio). Además de esta circunstancia, su identidad profesional también es relevante, porque como autora y docente, en su vida cotidiana está rodeada de escritores, estudiantes, profesores, editores y libros, constituyendo la escritura y la literatura el centro de su existencia y un elemento fundamental en la trama de la obra. Además, en la existencia de la mujer destaca la ausencia de una vida familiar convencional. No está casada, no tiene hijos y vive sola. Tampoco parece haber construido una trayectoria sentimental más o menos consolidada (como sí ha ocurrido, sin embargo, en el caso de su amigo). Ella fue alumna del profesor antes de convertirse en su amiga. Él había sido su profesor de escritura y, por tanto, una figura de autoridad intelectual cuando ella era joven. Posteriormente se convirtió en mentor, compañero de profesión y amigo íntimo. En algún momento tuvieron, además, una breve relación sexual, por iniciativa de propio mujeriego profesor que, por otro lado, cortará de raíz cualquier posibilidad de relación amorosa y sentimental, pese a lo cual entre ambos se consolidará una amistad de enorme intensidad. La narradora, por tanto, es simultáneamente discípula, amiga, antigua amante y colega del hombre muerto al que, tras su suicidio, ella llora mientras intenta reconstruir quién fue realmente aquel hombre y qué lugar ocupó él en su propia vida. De hecho, algunas personas de su entorno, y particularmente su terapeuta, interpretan que su prolongadísima vinculación con él ha condicionado su propia vida afectiva. La novela deja deliberadamente cierta ambigüedad al respecto. Por otro lado, en diversas entrevistas, la propia Nunez ha declarado que la protagonista comparte con ella algunos rasgos biográficos -aproximadamente la misma edad y sexo, la enseñanza en talleres de escritura y una intensa relación con los libros-, aunque siempre ha querido subrayar que la narradora no es ella misma. 

El segundo personaje principal carece igualmente de nombre; la narradora se dirige a él sin nombrarlo, aludiendo a él como “tú”, en una elección que convierte la novela en una especie de carta imposible a un muerto, porque ella continúa hablándole después de su desaparición. Sabemos que es un hombre de edad madura, aproximadamente de la misma generación que la narradora, escritor y durante muchos años profesor universitario. Es, además, una figura de considerable prestigio dentro del pequeño mundo literario en el que ambos se mueven. Es un personaje intelectualmente brillante, muy leído, expansivo, sociable, carismático y capaz de ejercer una enorme influencia sobre quienes lo rodean. Así ocurre con la narradora, que conserva hacia él una admiración intelectual profunda. Mujeriego y seductor, el profesor, compulsivo buscador de relaciones sexuales, gran amante de las mujeres, fue capaz de suscitar, durante gran parte de su vida, la devoción, siempre renovada y por tanto constante, de una especie de informal círculo de admiradoras, a la que la narradora llegó a pertenecer, embelesada y cautivada (¿Te acuerdas de cuánto lo adorábamos? ¿De que éramos todas sus pequeñas groupies? ¿Cómo nos llamaban por aquel entonces? «La familia Manson literaria.»). Casado tres veces -Esposa Uno, Esposa Dos y Esposa Tres, en la neutra y anónima formulación elegida por la escritora-, su irrefrenable pulsión sexual, su promiscuidad desatada y el hecho de que de continuo mantenga relaciones eróticas con sus estudiantes (Una vez me contaste que, con escasas excepciones, tales como viajes por trabajo, en una gira para presentar tu libro, por ejemplo (y no siempre), no habías dormido solo ni una noche durante cuarenta años. Entre esposa y esposa siempre había alguna novia. Entre novia y novia había rollos de una noche. También estaban las que te gustaba considerar «pasajeras», pero esas no se quedaban a dormir), dibujan un perfil que representa una concepción algo anacrónica -¿lo es?- y acusadamente masculina de la seducción y de la autoridad académica. El libro explorará esa vía introduciendo excursos de la narradora acerca del poder docente y del uso abusivo de su posición de dominio, y sobre la corrección política, la construcción woke de las universidades como “espacios seguros” y el controvertido asunto de la práctica -¿prohibida?, ¿legalizada?, ¿meramente tolerada?- de la prostitución y el sexo de pago. En cualquier caso, el personaje -egoísta, frívolo, narcisista, de comportamiento cuestionable y, más allá de su atractiva apariencia, imperfecto como todos- no suscita la identificación del lector -no, al menos, en mi caso-. Y ello pese a que en el retrato que de él presenta la narradora aparece también -y sin que ella se oculte a sí misma ni esconda al lector esas dimensiones menos atrayentes- como un hombre inteligente, divertido, brillante, generoso, afectuoso y un amigo extraordinariamente importante al que la mujer ha querido -y sigue queriendo- de manera profunda. 

En relación con la profusión de hilos a los que se abre el libro, además de los señalados, el profesor es la clave de otros dos capitales. Por un lado, esta vertiente afectiva y sentimental, que nace de la intensa relación de amistad; y por otro su condición de figura y referente intelectual, representando para la mujer una determinada concepción de la literatura y de la enseñanza de la escritura, contribuyendo a formar su propia identidad como escritora y profesora. Este doble influjo del personaje sobre la mujer abre la novela, tras el suicidio, a un frente esencial, el del duelo, un duelo plural, y por tanto más doloroso, por cuanto lo es en los terrenos profesional, intelectual y sentimental. Además, su suicidio, un acontecimiento fundamental que ha sucedido antes de que empiece propiamente la narración, va a permitir que la novela se adentre también, en uno más de los múltiples “territorios” explorados, en los vericuetos intelectuales, morales y emocionales que rodean ese espinoso asunto. 

Esa poderosa presencia del profesor en la vida de la narradora deja en ella una honda huella emotiva y racional, pero también una notable herencia material -el gran danés- que aviva los recuerdos del amigo, intensifica las preguntas y el afán de la mujer por entender la trágica decisión e introduce también en su propia vida y en la ya imposible relación con el difunto -y este elemento es sustancial- una transformación radical. Y es que el amigo subsiste, en cierto modo se “corporeiza”, en la figura del animal, a través del cual, de su convivencia cotidiana, silenciosa e imponente, ostensible e ineludible, la mujer recuperará en cierto modo al ausente. 

Hay una notable paradoja en la aparición del perro en la novela. Inicialmente, la narradora se muestra reacia a aceptar al animal, que le es “ofrecido” por Esposa Tres, la última mujer -la viuda, en puridad- del fallecido. Éste lo había encontrado, abandonado, y a pesar de su tamaño intimidatorio, había decidido quedárselo, sin atender a la reacción horrorizada de su mujer. Ahora, ella no se ve en condiciones de cuidarlo por lo que le propone a la narradora que se haga cargo de él, con el argumento de que el profesor, antes de morir, habría mencionado su nombre como posible destinataria de la encomienda. La presencia del perro, Apollo, es, por tanto y desde el primer momento, un engorro por su propia descomunal fisicidad, que lo hace poco adecuado para el pequeño apartamento neoyorquino de la protagonista (cuarenta y cinco metros cuadrados justos. Dos habitaciones de casi el mismo tamaño, una cocina americana, un baño tan estrecho que Apollo entra y sale de él como de un cubículo), un desajuste más grave si se tiene en cuenta que las reglas de la propiedad incorporan una estricta prohibición de tener perros. De entrada, pues, el tamaño constituye desde el comienzo un elemento narrativo de primer orden, al tratarse de un animal que no pasa inadvertido, con una presencia física desmesurada que invade el espacio doméstico y obligará a la narradora a modificar sus hábitos, sus desplazamientos y hasta su relación con el entorno, además de constituir una amenaza cierta de probables problemas jurídicos derivados de su ostensible aparición entre el vecindario. 

Pero, muy pronto, la figura de Apollo dejará de verse reducida a esa enojosa condición física, revelándose como un perro extraordinariamente sensible, afectuoso y necesitado de compañía, de modo que el lector percibe cómo la narradora, poco a poco, irá basando buena parte de la caracterización del animal precisamente en la contradicción entre su aspecto gigantesco y su comportamiento. Puede resultar intimidante para quienes se cruzan con él, pero para la narradora se convierte progresivamente en una criatura vulnerable que necesita cuidados, atención y afecto. Su comportamiento tiene además una dimensión casi humana: observa, espera, reclama, se entristece, se entusiasma y establece con la narradora una relación de confianza que hace que su presencia vaya adquiriendo una densidad emocional cada vez mayor, en otro de los aspectos interesantes -y de los mayores logros- del libro. 

Sin operar, en absoluto, como un símbolo, el perro, sin embargo, representa algunas de las ideas que cruzan la novela. Es el caso de la que alude a la transformación mencionada. La protagonista no ha elegido tenerlo, se hace cargo de él porque no quiere que termine abandonado o separado de la persona con la que ha vivido. De este modo, el perro funciona inicialmente como una herencia involuntaria del muerto, casi como la última obligación que este deja a quienes sobreviven. Pero, a medida que avanza la novela, esa condición cambia, ya que Apollo deja de ser simplemente “el perro del amigo” para convertirse en un ser con personalidad propia y, sobre todo, en alguien con quien la narradora establece un vínculo que ya no depende del muerto, en un nuevo “amigo”. Cambio, pues, en la posición del perro en la novela y cambio también en la percepción de la mujer, en sus planteamientos vitales, en su sentimentalidad, en su forma de ver el mundo. 

Además, Apollo será el nexo material entre el pasado y el presente, entre el hombre que ha muerto y la mujer que debe continuar viviendo. Cada vez que la narradora cuida del perro, pasea con él o se enfrenta a sus necesidades, está de algún modo entrando en contacto con la vida que el amigo dejó atrás. El perro es un puente que “actualiza” la evocación del fallecido. Pero, por otro lado, Apollo introduce también una dimensión que contradice la tendencia de la narradora hacia el aislamiento y la introspección que muestra al comienzo de la novela, pues el perro exige presencia, exige tiempo y atención, porque necesita salir, comer, caminar, recibir cuidados y afecto. Para la mujer, tener que sacarlo a pasear significa detenerse, observar, repetir recorridos, encontrarse con desconocidos, atender a olores, sonidos y movimientos que normalmente pasarían inadvertidos. La narradora, que vive entre libros, recuerdos y pensamientos, se ve por tanto devuelta por Apollo al mundo físico. El animal la obliga a salir de su cabeza y entrar en el presente. La inesperada aparición de Apollo no permitirá que su duelo -el desconcierto, la estupefacción, la remembranza, la nostalgia, las lágrimas, el insomnio, los atisbos de depresión y de locura (Desde la primera vez que supe que habías muerto, ¿acaso no me he sentido a menudo con un pie en la locura?)- se convierta enteramente en contemplación pasiva. Obligará, en definitiva, a la narradora a seguir viviendo en el mundo (la cita inicial de Nicholson Baker es muy elocuente de esta vertiente principal del libro: La pregunta que cualquier novela está tratando realmente de responder es si merece la pena vivir la vida), alejándose del sumidero de estupor y abatimiento, de oscuridad que la arrastra y en el que se hunde (mi sensación de que vivo con un pie en la locura, de las distorsiones de la realidad, de la niebla que desciende en ciertos momentos, desconcertante como la amnesia). Apollo introduce así en la existencia de la mujer una forma de relación distinta a la que ella acostumbra con los humanos y en particular a la que tuvo con el profesor. Frente a este, cuyo vínculo venía definido por la palabra, la inteligencia, la literatura y una cierta tendencia a convertir la experiencia en discurso, con Apollo establece una comunicación esencialmente corporal y afectiva (cuando estás tumbada en la cama llena de pensamientos oscuros, como por qué tuvo que morirse tu amigo y cuánto tiempo pasará hasta que pierdas el techo que hay sobre tu cabeza, tener un cuerpo enorme y cálido apoyado a lo largo de tu espina dorsal es un consuelo increíble). 

A ello contribuye, una vez más, el hecho de que Apollo sea un animal incómodo, incluso problemático. No es un caniche ornamental, ni el perro casi incorpóreo e idealizado de una tópica historia sentimental “a la Disney”. Su tamaño plantea problemas prácticos, su presencia en el apartamento es ilegal, mantenerlo exige dinero, tiempo y sacrificios, y su comportamiento puede resultar difícil de controlar. Estas circunstancias, ya reseñadas, abren otra línea de interpretación en el libro, al impedir que la relación entre ambos se convierta en una simple fantasía consoladora. Apollo no representa la aparición milagrosa, un instrumento terapéutico, una medicina contra la tristeza, pues al aceptar su “tutela”, su dueña adquiere una responsabilidad concreta hacia otro ser vivo, y de este hecho, de esta serie de obligaciones cotidianas nacerá precisamente buena parte de la transformación de su duelo, pues la insoslayable presencia material del perro acabará por hacerlo ocupar también un enorme espacio emocional, lo que obligará a la narradora a salir del dolor, relacionarse con el mundo y reconstruir su vida. 

Sobre la base de este triángulo discurre el libro, en el que por entre las muy bien hiladas divagaciones (si aceptamos la segunda acepción que el diccionario da al verbo -separarse del asunto de que se trata-, pero ni mucho menos la tercera -hablar o escribir sin concierto ni propósito fijo y determinado-; la primera identifica “divagar” con “vagar”) afloran diferentes asuntos y elementos de interés. Repaso a vuela pluma algunos de ellos. 

Es el caso del tratamiento de la figura animal, en parte ya esbozado. La literatura de animales suele incurrir en una de dos tentaciones. La primera estriba en su “antropomorfización”, atribuirles pensamientos, deseos y emociones humanas perfectamente legibles (sería el caso, con matices, del libro de Sōseki). La segunda consiste en tratarlos como objetos naturales, describiéndolos científicamente desde una distancia absoluta (eso ocurriría, también con muchos matices, en La liebre y yo). Nunez se aleja de ambas opciones y plantea una tercera posibilidad, la exploración de la interioridad de Apollo. La narradora aprende a “leer” los signos del perro, sus movimientos, sus silencios, sus estados de ánimo, sus necesidades, pero sabe que leer no equivale a comprender plenamente. La “zona de misterio” que esta relación muestra es uno de los atractivos del libro. 

Interesante es, también, el enfoque con el que se contempla el duelo (Eso complica el proceso de duelo. (…) Te estoy llorando como lo haría una amante. Como lo haría una esposa), tan distinto de la narrativa convencional de la superación, pues va apuntando la difícil progresión desde la desesperación (Necesito una manera mejor de lidiar con mis sentimientos de pérdida y culpa. Necesito terapia de duelo. Aquí tienes varios contactos. Debería pensar en tomar medicación. A ellos les funcionó. Hay libros. Hay páginas web. Hay grupos de apoyo. La curación no llegará retirándome a un mundo de fantasía, aislándome, pasando todo el tiempo con un perro. Existe el duelo patológico. Existe el pensamiento mágico del duelo patológico, que es una especie de demencia. Que es lo que en su opinión tengo yo) hasta la recuperación. En este proceso, la narradora, en realidad, no “superará” la muerte de su amigo, si no que, de modo más realista y más modesto, aprende, en parte gracias al perro, a vivir con ella. Un perro que también experimenta su particular proceso de duelo, además de “entender” el de su ama (Creo que es justo decir que, gracias a tu don superior, me puedes leer mejor de lo que yo te puedo leer a ti. Las hormonas y feromonas te mantienen actualizado. Mi ansiedad por el comienzo de las clases dentro de una semana. Mis heridas abiertas. Mis miedos ocultos. Mi soledad. Mi rabia. Mi duelo incesante. Puedes oler todo eso). 

En este sentido, resulta apreciable también la presentación del fallecido, hecha de modo indirecto, a través de la mirada y el lenguaje de la narradora. Él solo existe en las anécdotas, en las discusiones, en los recuerdos sexuales, en las conversaciones intelectuales, en sus defectos y en sus opiniones. Y como esa mirada, llena de aprecio y cariño, no es ciega, la figura del suicida aparece en su complejidad moral, en sus muchas contradicciones -brillante y desagradable; generoso y egoísta; atractivo y ridículo; vital y autodestructivo-, tan alejado de una condena retrospectiva como de una absolución nostálgica. 

Pero hay muchos más ejes relevantes en la novela, que la autora rastrea y examina y que yo ya no puedo desarrollar: la muerte y el suicidio; la vejez; la soledad; la amistad; la locura y la inestabilidad mental; la melancolía; el humor; lo femenino; el microcosmos de los campus universitarios; el acoso sexual; el debate en torno al machismo implícito en el comportamiento masculino; la corrección política; el trabajo sexual; la escritura como salvación y, a la vez, como traición, como una de las formas de supervivencia, pues permite conversar con los muertos, ordenar el desorden de la memoria, conservar aquello que se pierde y, simultáneamente, como un intento a la postre frustrado de recuperar lo perdido; el mundo literario; las reflexiones sobre la literatura y el proceso de creación; la lectura; las disparatadas exigencias de los jóvenes aprendices de escritor y tantos otros. 

Subrayo, ya para terminar, algunos aspectos estrictamente literarios y formales. Por ejemplo la deliberada elección de un esquema fragmentario, tan acorde a la vivencia del duelo, un proceso en el que quien ha perdido a alguien no experimenta su ausencia como una narración perfectamente ordenada, con principio, desarrollo y conclusión, sino mediante irrupciones súbitas, fogonazos inesperados en que su presencia comparece, un objeto lo recuerda, una frase devuelve una conversación, un lugar recupera una escena, una costumbre cotidiana lo hace presente de repente. 

A esa idea contribuye igualmente el estilo digresivo. Las digresiones no son simples interrupciones, como en una novela convencional, en la que una reflexión de varias páginas sobre otro escritor, un libro o un asunto al margen podría parecer una desviación respecto del argumento principal. En El amigo, en cambio, el excurso es precisamente una de las formas que adopta el argumento. El verdadero objeto de la novela no es únicamente trasladar al lector “qué es lo que le ocurre a la mujer que recibe un perro tras el suicidio de su amigo”, sino qué ocurre en su conciencia -y en la de cualquiera, de ahí el valor universal de la buena literatura- cuando intenta comprender la pérdida, la soledad, el amor, la escritura y su propia vida. El argumento “exterior” proporciona el hilo conductor, en el fondo secundario y reemplazable, mientras que las digresiones constituyen buena parte de la materia de ese hilo y se revelan, por tanto, su núcleo sustancial. Quiero señalar que estas “aperturas” a otros frentes, otros ámbitos y otras fuentes de reflexión se hacen a menudo a través de referencias literarias que, abundantísimas, cruzan el libro. Destaco a Samuel Beckett, Stevie Smith, Georges Simenon, Gustave Flaubert, Virginia Woolf, George Steiner, J. M. Coetzee (especialmente importante porque hay menciones constantes a David Lurie, protagonista de Desgracia, como referencia literaria para la narradora y para su amigo muerto. La comparación entre el amigo y Lurie permitirá a Nunez introducir cuestiones relativas al deseo, la moral, el poder, las relaciones entre profesores y alumnas y la reputación de los escritores), T. S. Eliot, Samuel Butler, Henry de Montherlant, Joan Didion, Janet Malcolm, Rebecca West, W. G. Sebald (con quien tantas semejanzas mantiene una novela construida a base de memoria, digresión y reflexión), Toni Morrison, John Updike, Czesław Miłosz, Christa Wolf, Henry James, Philip Roth, Sainte-Beuve, J. R. Ackerley (de presencia sustancial a partir de su obra Mi perra Tulip, que conecta directamente con el núcleo de El amigo), Rainer Maria Rilke (una de las referencias esenciales de todo el libro, especialmente sus Cartas a un joven poeta, lectura obligatoria en los cursos de la narradora y la fuente de innumerables reflexiones -no solo relativas a sus consejos a escritores- sobre el amor (dos soledades que se protegen, se tocan mutuamente y se saludan), las mujeres, su amor a los perros, su suicidio, o las referencias a Apolo -el dios- en su obra), Flannery O'Connor, James Patterson, Ludwig Wittgenstein, Heinrich von Kleist (de aparición también muy relevante por la historia de su suicidio junto a Henriette Vogel, que sirve para reflexionar sobre el suicidio y sobre la relación entre literatura, vida y muerte), Karl Kraus, Natalia Ginzburg (a la que leemos en otra de las significativas citas iniciales: has de darte cuenta de que no puedes esperar consolarte de tu dolor escribiendo), Milan Kundera (que aparece, con una importancia extraordinaria, pues a narradora relaciona la historia de Apollo con Karenin, la perra de La insoportable levedad del ser, y con sus dos personajes Tomáš y Tereza), Svetlana Alexievich, Martin Amis, Edna O'Brien, Elizabeth Bishop, Doris Lessing, Christopher Isherwood o Kurt Vonnegut. 

Una novela, pues, por todos estos motivos sobresaliente y que deja en el lector una sensación algo paradójica, ya que después de haber leído un libro en cierto modo obsesionado con el suicidio, el envejecimiento, la soledad, la pérdida y la muerte, sale de él no devastado, sino extrañamente dispuesto a seguir viviendo, reconfortado al presenciar, en la historia leída, que los muertos siguen formando parte de los vivos, transformados en recuerdos, frases, gestos, libros, hábitos, silencios. 

Os dejo ahora, para cerrar la reseña y la serie de estas dos semanas, con un fragmento relativo a la consideración y el peso que los animales pueden tener en la vida humana. En la ilustración musical del espacio y entre las varias referencias mencionadas en el libro os ofrezco un tema que se cita expresamente en un pasaje en el que la narradora evoca una visita a su psicoterapeuta: ¿De qué hablas con él?, quería saber el loquero. Sobre todo me parece que le hago preguntas. ¿Qué pasa, perrito? ¿Has dormido una buena siesta? ¿Perseguías a alguien en sueños? ¿Quieres que salgamos? ¿Tienes hambre? ¿Estás contento? ¿Te duele la artritis? ¿Por qué no juegas con los demás perros? ¿Eres un ángel? ¿Quieres que te lea algo? ¿Quieres que cante? ¿Quién te quiere a ti? ¿Me quieres? ¿Me querrás para siempre? ¿Quieres bailar? ¿Soy la mejor persona que has tenido? ¿Se me nota que he bebido? ¿Estos vaqueros me hacen gorda? Si pudiéramos hablar con los animales, dice la canción. Pues bien, Talk to the animals, ganadora del Oscar a mejor canción original en 1967, tras su aparición en la película Doctor Dolittle, es la elegida para poner punto final a mis comentarios. En el libro no hay alusión alguna a su intérprete, por lo que he decidido no ofrecerla en la versión inicial de Rex Harrison, actor del filme, y sí en la mucho más atractiva recreación del inolvidable Louis Armstrong. 

¿Por qué, entre todos los terribles recuerdos de su ordalía como prisionero de guerra en Japón durante la Segunda Guerra Mundial, al atleta olímpico y aviador del ejército estadounidense Louis Zamperini lo perturbó más que ninguna otra cosa el recuerdo de un guardia torturando a un pato? 

Por supuesto, en todos estos casos, el sufrimiento lo causó el comportamiento humano, y en el caso del pato, fue un acto de puro sadismo. Pero ¿no están los animales siempre a nuestra merced y acaso la compasión que sentimos por ellos no deriva de nuestra comprensión de que el animal no es capaz de conocer la razón de su dolor? (un hecho que lleva a algunas personas a insistir en que los animales deben de sufrir incluso más que los seres humanos). Creo que la intensidad de la compasión que sientas por un animal tiene que ver con cómo evoca en nosotros la autocompasión. Creo que todos debemos de retener, a lo largo de nuestras vidas, un recuerdo poderoso de esos momentos tempranos de la vida, cuando éramos tan animales como humanos, con sensaciones abrumadoras de desvalimiento y vulnerabilidad y terror mudo, y el anhelo de protección que nuestro instinto nos dice que está ahí solo con que logremos llorar lo suficientemente alto. La inocencia es algo que los seres humanos atravesamos y dejamos atrás, incapaces de retornar a ella. Pero los animales viven y mueren en ese estado, y ver violada la inocencia en forma de crueldad hacia un simple pato puede parecer la acción más bárbara del mundo. Conozco a gente que se indigna con este sentimiento, tachándolo de cínico, misántropo y perverso, pero creo que el día que ya no seamos capaces de tenerlo será un día terrible para todo ser viviente, que nuestra caída libre hacia la violencia y la barbarie será mucho más veloz. 

Videoconferencia
Sigrid Nunez. El amigo

miércoles, 14 de octubre de 2026

NATSUME SŌSEKI. SOY UN GATO

Todos los libros un libro os frece la segunda emisión de esta serie dedicada a libros que tienen como protagonistas -en mayor o menor medida- a los animales, coincidiendo con la celebración, hace diez días, el pasado 4 de octubre, de su Día Mundial, una más de las muchas festividades -y Dios me libre de cuestionar estas iniciativas- fruto de este paroxismo actual por recordar causas pretendidamente nobles (recordatorios muy necesarios en la mayor parte de los casos, aunque quizá discutibles en otros). Por poner un ejemplo, hoy, 9 de septiembre, día en que escribo esta reseña, se “festejan” simultáneamente el Día Internacional para Proteger la Educación de Ataques, el de la Belleza, el del Tester de Software (¿?) y el del Sudoku (¡!), además del Día Mundial -desconozco, y no tengo ganas de esclarecer el misterio, la diferencia entre la internacionalidad y la “mundialidad” de una determinada jornada- de la Agricultura, del Vehículo Eléctrico y del Trastorno del Espectro Alcohólico Fetal. Si queréis profundizar en estos sugerentes asuntos no os perdáis la completísima página diainternacional.com).

En fin… Con esta evanescente excusa, presenté aquí, en la anterior entrega del ciclo, un libro excelente, La liebre y yo, escrito por la británica Chloe Dalton y de lectura altamente recomendable. Y con la misma difusa “percha” (el muy habitual término periodístico para esta operación, que sin embargo no he visto recogido en el diccionario de la Real Academia), quiero proponer ahora otro libro espléndido, un clásico de la literatura japonesa y universal, que cuenta ya con más de un siglo de vida. Se trata de Soy un gato, quizá la obra más conocida de un autor, Natsume Sōseki, del que yo recomendé aquí hace ya muchas temporadas, en 2015, otra de sus obras mayores, Kokoro, la historia, resumiendo el argumento en pocas palabras, de un joven estudiante que conoce a un hombre mayor al que respeta por su sabiduría y su conocimiento, un intelectual, un maestro, un sensei, con el término japonés que designa la figura de alguien que merece admiración y respeto. La novela cuenta cómo, de manera progresiva, el joven va a adentrándose en su vida y convirtiéndolo en un referente espiritual y humano. Tan leve y a priori tan poco atractiva trama argumental encierra muchos elementos de interés -y todos muy sugestivos- en su seno: la profundidad en la construcción de sus personajes, tanto los dos principales, el joven narrador y sensei, como los magníficos secundarios; su peculiar técnica narrativa (el doble relato en primera persona -del joven, primero, y del maestro, en una carta que envía a su pupilo, después- que dota de intimismo y profundidad a la historia; sus temas más destacados (singularmente el amor y el sentido de la vida, pero también la muerte, la traición, la culpa, la soledad, el individualismo, el paso de la sociedad tradicional a la moderna); y el estilo sencillo y claro, pleno de lirismo, muy japonés. 

Este último asunto -el cambio individual y social que se produce con la entrada de Japón en la modernidad provocando la modificación de las relaciones entre las personas y las generaciones, las costumbres y los valores- está presente también, aunque se trate de una obra muy diferente, en Soy un gato, con la diferencia sustancial -entre otras muchas- de que lo que en Kokoro es contención, gravedad e introspección, se manifestará, en la novela que ahora presento, de una manera humorística, expansiva, satírica, extrovertida en tanto en ella son fundamentales las conversaciones y aparentemente caótica. 

Soy un gato cuenta con numerosas ediciones en nuestra lengua, de la que hoy traigo la más consolidada desde hace años, la de la ejemplar editorial Impedimenta (un adjetivo nada “decorativo”; Impedimenta fue Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural en 2008 y, en un muy reciente 2024, Premio al Mejor Proyecto Editorial otorgado por CEGAL, la Confederación Española de Gremios y Asociaciones de Libreros). El libro, que va ya por la edición vigesimonovena, aparece bajo la traducción conjunta de Yoko Ogihara y Fernando Cordobés (que insisten en un recurrente y molestísimo uso de la no muy apropiada expresión “a día de hoy”, e incurren en algunos otros despistes gramaticales y sintácticos). 

Soy un gato, aunque todavía no tengo nombre. No sé dónde nací. Lo primero que recuerdo es que estaba en un lugar umbrío y húmedo, donde me pasaba el día maullando sin parar. Fue en ese oscuro lugar donde por primera vez tuve ocasión de poner mis ojos sobre un espécimen de la raza humana
. Las primeras palabras del libro ya permiten establecer una diferencia relevante con la anterior propuesta de esta serie “animalesca”. En La liebre y yo el animal protagonista se nos muestra -y ello es perceptible desde el título- desde la mirada de ese “yo” ostensible, el de la autora. Aquí, por el contrario, la primera persona del singular comparece asociada al gato que narra. Dos animales, pues, en el centro de los relatos, pero con una disparidad notable y muy significativa en el enfoque que adoptan ambas obras a partir de la voz que nos habla. La elocuencia de este fragmento que abre la novela -y antes aún, la que deriva del propio e inequívoco título- no solo es percibida por el lector en una muy obvia primera lectura -el protagonista es un gato- sino que le permite inferir además que el extraordinario animal posee otras facultades humanas, pues es capaz de hablar, pensar, recordar, juzgar y escribir. A medida que se avanza en la lectura, muy pronto va haciéndose patente que la auténtica singularidad de la novela no consiste solo en haber convertido a un gato en narrador, sino, como a continuación veremos, en haber utilizado la mirada de un animal para transformar en extraño aquello que los seres humanos consideran normal y, a través de ese procedimiento, de esa percepción gatuna -desprejuiciada, lúcida, perspicaz, atrevida, cáustica, radical, sarcástica y descarnada-, convertir los hábitos de la cotidianidad humana en objeto de una investigación literaria sobre la modernidad, la cultura, la identidad, el conocimiento y la soledad. Porque, en realidad, Soy un gato no es tanto una novela sobre un gato (solo encajaría de un modo superficial en esa descripción) como una narración que ha encontrado en un gato una extraordinario instrumento literario para observar a los seres humanos. 
 
Los dos libros de Sōseki que yo he leído -y en particular el que ahora comento- son, en gran medida, fruto de la personalidad de su autor, cuya biografía intelectual y cuyos planteamientos filosóficos y morales impregnan sus textos. Natsume Kinnosuke -Sōseki es un seudónimo- nació en Tokio en 1867, en las postrimerías del shogunato Tokugawa (el gobierno feudal que extendió su dominio a lo largo de doscientos sesenta y cinco años), y murió en 1916, en una vida que transcurrió en paralelo a las cuatro décadas y media del reinado del emperador Meiji, Mutsuhito. La era Meiji, desarrollada entre 1868 y 1912, fue un período en el que el Japón comenzó un gran proceso modernizador, que llevó consigo sustanciales cambios políticos, económicos y, sobre todo, culturales y de valores. Sōseki, pues, nació en un Japón que todavía conservaba estructuras sociales heredadas del mundo premoderno y murió en un país que se había convertido en una potencia industrial y militar internacional y que empezaba a dejarse penetrar por los referentes culturales de Occidente, una importante transformación que Soy un gato refleja de un modo palmario. 

Su trayectoria académica fue -tras un abandonado proyecto de estudiar arquitectura- fundamentalmente literaria y lingüística. Se formó en Literatura inglesa, desarrollando una relación extraordinariamente intensa con la lengua y la cultura británicas. Trabajó como profesor en un entorno complicado y con estudiantes poco proclives a la instrucción (una realidad que recogerá en varios pasajes de la novela) y, en 1900, viajó a Inglaterra para estudiar el idioma gracias a una beca del Gobierno japonés. Permaneció allí hasta 1903. La estancia resultó intelectualmente decisiva (y muy difícil en lo personal: Los dos años que viví en Londres fueron los más infelices de mi vida. Entre los caballeros ingleses, yo era como un perro peludo solitario mezclado con una manada de lobos), contribuyendo a hacer más compleja y enriqueciendo su percepción de las relaciones entre Japón y Occidente. He podido leer un interesante artículo de la profesora Ann-Marie Dunbar sobre la experiencia londinense de Sōseki (del que he entresacado la dolorosa confesión anterior), en que muestra la importancia de aquel período para un escritor enviado a Gran Bretaña como parte del proyecto japonés de modernización y apropiación del conocimiento occidental. Sōseki regresó a Japón con una perspectiva que le permitía contemplar simultáneamente las dos orillas, pues conocía desde dentro algunos de los presupuestos intelectuales de Occidente, pero también podía observar desde fuera la fascinación que esos modelos producían en Japón. Y, de nuevo, todo ello -la muy amplia formación, el conocimiento de los referentes literarios y culturales británicos, y la preocupación por la confrontación entre ambas culturas- aflorará en su libro, en el que, entre otros temas que luego comentaré -la dificultad de las relaciones humanas, la individualidad, la incomunicación, el conflicto entre deseo y obligación, la ansiedad del sujeto moderno, la imposibilidad de encontrar una posición estable en un mundo sometido a transformaciones aceleradas, y muchos más-, se pone de manifiesto la condición de Sōseki como escritor situado entre tradiciones, pues ni es un autor que rechace Occidente desde una posición puramente tradicionalista, ni tampoco un modernizador ingenuo que considere que la occidentalización constituye un progreso automático. 

Este carácter dual o de confluencia de dos marcos de referencia en principio opuestos, explicará una de las líneas maestras de Soy un gato, una novela en la que conviven en armoniosa compañía infinidad de referencias a la cultura clásica europea con muy precisos detalles de la vida cotidiana de Tokio; en la que se satiriza la imitación de las fórmulas narrativas occidentales a través de la utilización de recursos literarios aprendidos precisamente de Occidente; un libro que incorpora procedimientos de Laurence Sterne (hay menciones expresas al Tristam Shandy, y la presencia de las digresiones en ambos libros los conectan de modo obvio), Jonathan Swift (cuyo acercamiento desde “fuera” a una determinada realidad humana para dar cuenta de ella es la base de Soy un gato), o E.T.A. Hoffmann (del que el narrador comenta en el libro su Vida y opiniones del gato Murr, una historia felina europea, que el japonés recrea) y, simultáneamente, dialoga con la tradición japonesa del rakugo, las narraciones humorísticas clásicas de la literatura nipona (la edición cuenta con un abundante caudal de notas, muy explicativas de la realidad japonesa y del contexto en que se desarrolla la trama); entre otras muchas manifestaciones de esta ambivalencia. 

Soy un gato se publicó por entregas a partir de enero de 1905, en la revista Hototogisu. En el libro, que incorpora con frecuencia “interferencias” -hechos, personajes, situaciones- de la vida real, hay más de una acotación relativa a esta circunstancia, como este fragmento, rezumando ironía: Me contentaría con que cada cual se comprase con su propio dinero la revista en que este relato se publica por entregas, y no cometiese el abuso de pedírsela prestada a un amigo para así leerla sin pagar (no se olvide que es el gato quien habla); o en este otro, en el que el felino despotrica de su amo mientras alude -en una referencia metaliteraria- al libro que leemos (es su peculiar carácter el que le ha convertido durante estos meses en un conocido personaje de una novela cómica por entregas). Sin embargo, lo que inicialmente podía parecer una pieza humorística de extensión limitada terminó convirtiéndose, gracias a su extraordinaria acogida, en una obra mucho más extensa, publicada en once entregas -que acabarán por ser los once capítulos del libro- a lo largo de unos veinte meses. No estamos, pues, ante una novela concebida desde el principio como una maquinaria narrativa perfectamente cerrada, sino ante una obra que fue encontrando progresivamente su forma mientras se desarrollaba la relación entre su autor, sus personajes y sus lectores, una construcción que puede apreciarse, como digo, en distintos pasajes del libro. 

La fecha de la publicación inicial de la novela es también muy relevante de cara a su plena comprensión, pues se produjo, como ya he señalado, en un momento especialmente significativo de la historia japonesa. Las importantes transformaciones que la Restauración Meiji estaba introduciendo en las estructuras políticas, económicas, educativas y culturales del país, incorporaban al Japón instituciones occidentales, nuevas formas de conocimiento científico, tecnologías, sistemas educativos y modelos literarios, mientras se intentaba conservar en el proceso la propia identidad tradicional. La elección de un gato como narrador resulta así la opción formal perfecta para dar cuenta de esa situación de cambio. Y es que si la sociedad humana se estaba volviendo extraña incluso para quienes estaban inmersos en ella, nada resulta más apropiado para describir este fenómeno que contemplarla desde fuera. De esta manera, Soy un gato se abre a otro frente esencial, pues además de una en ocasiones hilarante sátira de costumbres, es una novela sobre una sociedad que intenta comprenderse a sí misma mientras cambia. 

No obstante, quiero advertir, por si estas menciones a la historia y la realidad social japonesas pueden inducir a confusión, que el lector no se va a encontrar con una obra cuyo interés dependa de conocer previamente la cultura japonesa, o con una vetusta novela que se recupera ahora con la mera finalidad de acceder a una anacrónica muestra de la literatura nipona de hace un siglo. Por el contrario, Soy un gato es un libro absolutamente vivo en el tiempo y en el espacio; su lectura, su planteamiento, su propuesta literaria y sus ideas, están plenamente vigentes y son extrapolables, comprensibles y disfrutables por un lector español contemporáneo. Nos encontramos, pues, ante un clásico, una de esas novelas que utilizan una circunstancia histórica muy concreta para hablar de problemas que no han dejado de ser nuestros, entre otros -en una nueva enumeración que se añade a la ya anticipada líneas atrás- la dificultad de adaptarse a un mundo que cambia demasiado deprisa, la fascinación por lo nuevo, la imitación de modelos extranjeros, la necesidad de aparentar que sabemos más de lo que sabemos, la soledad, el narcisismo, la estupidez de las convenciones sociales, la relación entre inteligencia y vanidad o, en un sentido más amplio, la desconcertante experiencia de vivir en una sociedad que se está convirtiendo en otra, tal y como ya apunté con anterioridad; un asunto muy relevante en un escritor que no solo puede ser visto como representativo de esa etapa de modernización japonesa, sino también como uno de sus grandes críticos. 

Pero vayamos ya con el argumento de la novela (denominación algo reduccionista, pues en ella hay, en efecto, elementos novelescos, de comedia, de relato de costumbres, de ensayo, de ficción filosófica y, en determinados momentos, incluso de parodia intelectual), cuyo resumen he postergado a causa de esta larga introducción. Si la comparamos con la amplia extensión del libro -que se acerca a la quinientas cincuenta páginas- su sinopsis resulta extraordinariamente sencilla. La historia se sitúa en 1905 (en un pasaje de la novela se menciona expresa aunque indirectamente la fecha: en el año treinta y ocho de la era Meiji, que, recuérdese, dio comienzo en 1867). El gato sin nombre que enunciaba la primera frase ya referida, es adoptado en la casa de un profesor de inglés de enseñanza media llamado Kushami, un entorno algo descabellado en el que establecerá su residencia. Desde ese momento comienza a observar, con simultáneos indiferencia y apego, afecto y despiadada crítica (parecía un irresponsable integral, como si estuviera aquejado de una enfermedad incurable llamada estupidez, dice de su dueño), a su propietario (Me siento enormemente afortunado de ser el gato de un hombre como el maestro, pues gracias a él mi vida está repleta de momentos intensos e interesantes), a la familia, a los amigos que frecuentan la casa, a los vecinos y a toda una serie de personajes que, directa o indirectamente, permiten que el autor convierta ese pequeño espacio doméstico en una representación de una sociedad entera. 

El extravagante y muy singular Kushami (distanciado trasunto del autor), un profesor oscuro y de gustos obsoletos, un individuo mediocre, irritable, enfermizo, vanidoso, bastante ridículo, aunque entrañable en el fondo, tiene una esposa descontenta y resignada y tres hijas caóticas (Tonko, la mayor, aficionada a confundir las palabras, Sunko, la mediana, con predilección por los maquillajes, y la nena, la pequeña, que tenía por costumbre limpiarse la cara con el trapo de fregar el suelo). Entre sus visitantes habituales destacan Meitei, una persona totalmente ajena a las realidades de la vida moderna, carente del más mínimo respeto por las convenciones sociales, totalmente excéntrico y que, encima, se manifestaba como el paradigma de lo caprichoso de acuerdo con una psicología nunca antes observada en criatura humana alguna, un individuo de ingenio extraordinario y dudosa relación con la verdad, siendo eufemístico, y cuyas apariciones en la novela, a cuál más desternillante, provocan la hilaridad del lector; Kangetsu, vinculado al mundo científico, responsable de una serie de investigaciones descabelladas (aspirante a doctor con una improbable tesis sobre “Los efectos de los rayos ultravioleta sobre la acción galvanizada en el globo ocular de las ranas”); Dokusen, el amigo filósofo, habitante de un mundo iluminado repleto de referencias metafísicas; Toito, entusiasta practicante de la poesía modernista; entre otros igual de excéntricos. En sus charlas se abordan cuestiones aparentemente domésticas -visitas, conversaciones, matrimonios, relaciones vecinales, pequeñas rivalidades, cotilleos varios, bromas y pullas entre ellos, triviales disputas de familia y de amigos- que se convierten en la ocasión para discusiones sobre literatura, ciencia, filosofía, dinero, educación, arte, Oriente y Occidente, política, moralidad y costumbres sociales, que se nos presentan a través de la mirada del gato, que traslada al lector, en ocasiones como un mero testigo imparcial -y en la medida de lo posible- lo sucedido en cada escena (Describir todos los acontecimientos que tienen lugar en un periodo de veinticuatro horas y leerlos a continuación exigiría, como mínimo, otras veinticuatro horas por lo menos. A pesar de que soy partidario del estilo descriptivo y realista en la literatura, debo confesar que registrar todo lo que sucede en la casa del maestro durante un día y una noche, sería un auténtico tour de force que superaría con creces las limitadas capacidades de un simple gato. Por eso, y a pesar de que las palabras y actos del maestro merecerían una exhaustiva descripción, reconozco no poseer el talento ni la energía suficientes para presentarlos a los lectores en su justa medida. Es algo que se me podría reprochar, sin duda, pero incluso un gato necesita descanso), pero más a menudo haciendo partícipe al lector de sus particulares puntos de vista y sus cavilaciones -lúcidas y a la vez escépticas- y sin ahorrarse en sus glosas y digresiones (En este punto del relato, lo adecuado sería, según los cánones clásicos de las narraciones, hacer una breve descripción de ese extraño e inesperado visitante. Pido indulgencia a los lectores por esta pequeña digresión que quedará perfectamente justificada una vez exponga su oportunidad y pertinencia. Mi digresión tiene la forma de una declaración, y está basada en mi humilde opinión sobre la naturaleza de lo omnipotente y lo omnisciente) las mordaces, categóricas, muchas veces airadas, destempladas y siempre divertidísimas opiniones sobre el extraño comportamiento de los humanos (Si uno quiere embarcarse, como yo, en un estudio completo sobre el comportamiento de los humanos, ha de saber que éstos son muy dados a entablar peleas, pendencias y a alimentar rencillas). Como me veo obligado a subrayar tantas veces, no hay, pues, una trama en sentido convencional, sino, tan solo, una situación narrativa -un gato que se pasea por la casa dando cuenta de sus observaciones- que es la excusa para presentar diversas conversaciones y, con ellas, distintos asuntos para la reflexión. La continuidad de la novela procede, por tanto, no de la progresión de aventura alguna, sino de la permanencia de la mirada del gato. En algunas críticas se resalta como una limitación este carácter episódico e irregular de la obra -debido, sin duda, a la mencionada publicación por entregas original-, pero a mi juicio, esta circunstancia, por otro lado evidente, constituye por el contrario uno de los logros formales del libro, que va mostrando, en efecto de un modo discontinuo, distintas perspectivas en función del algo errático deambular del gato y de las diversas escenas que presencia (El maestro se levantó y se fue hacia la sala de estar. Yo también me levanté de mi cojín, y le seguí por la galería con el objetivo de continuar recopilando material para este libro, una monografía sobre ese animal de extrañas costumbres llamado ser humano).

Además de lo hasta aquí comentado -que en sí mismo, espero, resulte lo suficientemente convincente como para persuadir de la conveniencia de leer el libro- Soy un gato interesa por muchas otras razones, algunas de ellas ya tímidamente esbozadas. Mencionaré de modo breve (debo recordarme a mí mismo que la nueva estructura del espacio, que fragmenta en entregas diversas la desmesurada extensión de estas reseñas, tiene por objeto, precisamente, limitar los excesos de mi verbosidad; me aplico, pues, a la tarea, esbozando de modo somero, esos otros ejes de interés del libro). 

En primer lugar quiero subrayar lo portentoso de la creación del personaje principal, ese gato narrador que es, a mi juicio, una maravilla literaria. Por de pronto, y como también ocurría en el caso de La liebre y yo, creo que hay que desechar la lectura simbólica del rol del animal. El gato no es un simple símbolo, no puede ser reducido a esquemas interpretativos obvios, del tipo “el gato representa al escritor” o “el gato opera como el intelectual japonés”. Por supuesto que hay paralelismos y correspondencias, pero el gato es, fundamentalmente, un personaje literario con voz propia, con prejuicios, curiosidad, ironía, orgullo, deseos. Es vanidoso (El maestro carece de cualidades que le hagan destacar sobre los demás, por lo que si yo, que me he erigido en cronista de los hechos de su vida, no me detengo en estos detalles, seguramente no tendría material suficiente para hacer un relato ameno, y todos mis esfuerzos serían en vano), parcial, pretencioso, fatuo y narcisista. Se cree intelectualmente superior a los humanos (A pesar de existir entre nosotros unas diferencias tan obvias, los humanos, con su mirada puesta siempre en el cielo en virtud de lo elevado de sus mentes, o de alguna tontería por el estilo, son simplemente incapaces de apreciar esas diferencias externas; así que no hablemos de nuestro carácter, que trasciende con creces su limitada comprensión) y lo manifiesta de continuo, aunque dependa materialmente de ellos (Viviendo como vivo entre humanos, he de decir que cuanto más los observo más obligado me siento a constatar su egoísmo). Habla con una solemnidad completamente desproporcionada, presentándose a sí mismo con una suerte de altura y dignidad intelectuales y utilizando un lenguaje elaborado para describir acontecimientos muchas veces insignificantes. Con seriedad casi académica analiza las costumbres de su amo y sus allegados produciendo en el lector un efecto de comicidad -como luego veremos- pues su relato se aproxima a un tratado filosófico que discurre sin embargo sobre asuntos triviales: la manera en que los seres humanos se cortan el pelo, beben leche, se cambian de ropa, practican deporte, se enfadan por tonterías o se preocupan por parecer inteligentes. Su “personalidad” intelectual lo lleva a proponernos una “teoría del mundo” (En cada una de mis palabras, en cada una de mis frases, suele ir implícita una filosofía del cosmos, y no es necesario juntar todo eso para crear un sistema completo, claro y consistente, con un principio y un final cuidadosamente planificados, para ofrecer una visión general de toda la creación), una pretendida explicación completa -y errónea muchas veces por sus propias limitaciones en tanto gato- de la realidad (Si la comparaba conmigo, alguien dotado ya de una visión del mundo y de la capacidad de lamentarse del cambio que experimentan las cosas, esa criatura era apenas un proyecto de ser pensante, afirma de una de las hijas del profesor), que nos llega por entre la combinación de su lenguaje refinado, la presunta sutileza de sus razonamientos, la falsa objetividad de sus observaciones y la supuesta agudeza de sus interpretaciones, en una sugerente mezcla de lúcida inteligencia y atrevido disparate. Es, pues, un narrador perspicaz, pero, a la vez, poco confiable, y esta ambigüedad lo acerca a lector y, desde mi punto de vista, representa una de las fuentes de la riqueza de la novela. 

También es espléndida y muy eficaz la operación de “extrañamiento” que introduce en el relato la mirada externa del felino. Acostumbrados como estamos a que en los libros un personaje humano nos muestre el mundo desde sus parámetros, el hecho de que sea un gato, que conoce perfectamente el comportamiento de los hombres pero no comparte del todo sus códigos, el que describe nuestra realidad (Hay que decir que mi amo carece totalmente de talento para superar el aprobado raspado en cualquier actividad que emprenda. A pesar de todo, no puede abstenerse de intentar que las cosas le salgan, sea cual sea el precio que tenga que pagar por ello), le permite al animal realizar observaciones que a nosotros nos pasan desapercibidas y formular preguntas que nos resultan consabidas y que, precisamente por ello, hemos dejado de plantearnos. El gato no entiende -y discrepa del comportamiento humano y despotrica de nuestra inconsecuencia- por qué le damos tanta importancia al dinero, a los títulos, a la profesión, al prestigio, a la apariencia; por qué hablamos constantemente de nosotros mismos; por qué consideramos razonable trabajar durante toda nuestra vida para conseguir determinadas cosas que después apenas disfrutamos; por qué continuamente nos vemos en la necesidad de distinguirnos unos de otros; entre otras manifestaciones de la para él absurda normalidad humana. 

De esta manera, la perspectiva gatuna, desprovista de las convenciones humanas -y reflejando, por tanto, su incomprensión ante ellas-, convierte la novela en una sátira extraordinariamente inteligente de nuestra sociedad, pues muestra a unos seres humanos que, en su sometimiento acrítico a las costumbres sociales, creen ser razonables mientras, observados desde fuera, resultan ridículos (Si hay algo que odio en los humanos es que tiendan a crecerse en virtud de su extrema tendencia a la autocomplacencia, confiados como están en su fuerza bruta. A menos que aparezcan sobre la tierra unas criaturas más poderosas y crueles que ellos, no podremos saber hasta dónde podrán estirar, y estirar, y estirar su estúpida presunción antes de que se les rompa). Así, el profesor lee, piensa, conversa y pretende poseer una cierta superioridad intelectual; sin embargo, está lleno de pequeñas miserias, frustraciones y contradicciones. Y otro tanto ocurre con los demás personajes, individuos que hablan y opinan y discuten y argumentan de manera incesante, revelando su, en el fondo, escasa comprensión de lo que viven y de lo que hablan (Sólo puedo llegar a la conclusión de que los seres humanos no valen para nada, excepto para el uso estruendoso que hacen de su boca con el fin único y exclusivo de matar el tiempo, contando historias sin gracia y riéndose de cosas que no son divertidas). Y reflejado en todos ellos, el lector se observa desde fuera y puede confrontar así sus propias flaquezas y contradicciones. 

En este sentido, una de las cuestiones que atraviesa el libro entero, compareciendo en diversos pasajes, es la obsesión con la inteligencia y sus trampas, un asunto que se puede reducir a una pregunta: ¿qué significa ser inteligente? La mayor parte de los personajes -sobre todo el maestro Kushami y su cohorte de charlatanes, pedantes, frívolos, conformistas y autocomplacientes amigos- quieren parecer inteligentes abismándose en interminables charlas sobre libros, ciencia, arte, filosofía y teorías de diversa índole. Pero a través de la mirada gatuna Sōseki nos muestra su vanidad, su ridiculez, su poca sustancia, su incapacidad para comprenderse a sí mismos y a la vida. Y no se piense que estamos ante un escritor que desprecia la inteligencia y la cultura; al contrario, lo que cuestiona es la inteligencia convertida en instrumento de vanidad (en otro de los frentes actualísimos de la novela). Por otro lado, de las extraordinarias cultura y erudición del autor son reflejo las decenas de referencias de autores y obras de ambas tradiciones, oriental y occidental, que salpican el texto. Hay, así, menciones a personajes históricos, filósofos, textos clásicos, “latinajos” varios (quid aliud est mulier nisi amicitiae inimica), alusiones religiosas, ciencia, arte y cultura popular, desde la Antigüedad clásica hasta la literatura inglesa contemporánea. Entre otros destaco los nombres de William Shakespeare, el ya mencionado Laurence Sterne, Aristóteles, Sócrates, Epicteto, la Odisea, Thomas Carlyle, Thackeray, Nietzsche, Victor Hugo, Robert Louis Stevenson, Henry James; o, en el ámbito de Oriente, alusiones constantes a la poesía china, el confucianismo, el budismo zen, la tradición literaria japonesa clásica, con abundantes menciones a escritores desconocidos para nosotros cuya identidad y contexto histórico nos aclaran, como ya he señalado, los cientos de notas que proporcionan los traductores. Sin embargo, no se piense que tal profusión de referencias se presenta en una avalancha nominal “arrojada” con el fin de abrumar al lector. Al contrario, todas son oportunas y pertinentes, entrelazadas con naturalidad en la digresiva trama de una novela en la que, sin solución de continuidad pueden aparecer en una misma conversación un filósofo griego, un poeta chino, un escritor inglés, una expresión latina, una teoría científica, una anécdota histórica y una cuestión trivial como la forma de comer fideos. Y todo ello puesto al servicio de un propósito último, satirizar la utilización social del conocimiento cuando este no está respaldado por una verdadera comprensión. 

Otro muy notable aspecto a comentar, ya en parte esbozado, es ese carácter conversacional del libro. Los personajes, ya se ha dicho, hablan, hablan mucho, con una locuacidad a veces desaforada. Frente a novelas que se construyen en torno a la acción, aquí la acción es la conversación, la palabra. De este modo, la constante logorrea de unos y otros cumple varios fines en la obra. El principal, mostrar la distancia entre lo que se dice y lo que se hace; además, las charlas permiten observar lo sustancial de la personalidad de quienes hablan: cómo circulan las ideas, cómo se construye la autoridad, cómo una persona intenta impresionar a otra, cómo se oculta una inseguridad detrás de una opinión tajante y cómo la cultura puede convertirse en una forma de competición; igualmente, la irrefrenable cháchara refuerza el carácter humorístico del libro, que llega a su paroxismo en cada nueva perorata del inefable Meitei. 

Precisamente, la mencionada “extrañeza” de la percepción del gato confluye con su satírica agudeza para convertir la novela en un inteligente y profundo texto filosófico cruzado por infinidad de notas de humor, otro elemento por el que recomiendo su lectura. Soy un gato está llena de ideas, pero no es un ensayo, ni un tratado, ni un libro “conceptual” disfrazado de novela. Las ideas -muchas y muy enjundiosas- aparecen encarnadas en conversaciones, discusiones, situaciones domésticas y comportamientos absurdos, teñidos casi siempre por un divertidísimo ingenio. Mientras avanzamos alborozados por las páginas de su libro, ensimismados y con una sonrisa en la boca, Sōseki va dejando caer -sin subrayados ni énfasis ni enojosos didactismos- interesantes preguntas de alcance universal: qué significa ser inteligente, qué relación existe entre conocimiento y felicidad, hasta dónde llega la libertad individual, qué produce la modernización, qué papel desempeña el dinero, por qué los individuos buscan reconocimiento, qué ocurre cuando las personas pierden sus referencias tradicionales, y tantas otras. 

Este muy perceptible tono humorístico, lo amable -pese a la irritación y el enfado que a veces rodean su perplejidad y su desconcierto- del cuestionamiento que el gato hace del universo humano, no impiden que la novela deje en el lector una profunda sensación de melancolía, y ello, a mi juicio, también es remarcable, pues muestra la confusión, la falta de control, la soledad, la ansiedad, incluso la angustia y, sobre todo, el patetismo que reflejan unos individuos que ven cómo el mundo antiguo al que pertenecen se desmorona, aunque no ha desaparecido completamente, mientras que el nuevo, inexplicable para ellos, no se ha asentado todavía. 

Por último, un somero repaso al eje principal del libro, lo que supone de reflejo fidedigno del proceso de modernización del Japón de la época. En pocas décadas el país pasó de un orden político, social y cultural heredado del periodo Tokugawa a convertirse en un Estado moderno, “positivista”, que incorporaba instituciones, tecnologías, conocimientos científicos y modelos culturales procedentes de Occidente. Esa transformación no solo significó incorporar a la realidad nipona ferrocarriles, fábricas, universidades o nuevas instituciones, si no también -y sobre todo- abrirse a nuevos valores y, en consecuencia, “obligar” a sus ciudadanos y gobernantes a aprender a vivir de otra manera diferente a la que fijaban los parámetros tradicionales, fuertemente arraigados en la sociedad; un proceso que se tradujo en tensiones de todo tipo. Soy un gato refleja de manera magistral esas tensiones. Sus personajes critican e intentan incorporar ese “positivismo moderno” tan ajeno a su tradición, esas influencias occidentales, aunque imitándolas de manera superficial. A caballo de dos mundos, sin encontrarse -ya o aún- plenamente en ninguno de ellos, su a veces patética ansiedad muestra a las claras, con el filtro distanciado e irónico de la mirada felina, una importante etapa histórica de su país, que aflora así en una obra muy vinculada al Japón (sin los exotismos” que quizá hubiera esperado el lector, en paisajes, ceremonias o formas de espiritualidad, que están en el libro pero no de manera sustancial), pero, a la vez, de indudable valor universal, en tanto nos ofrece una profunda mirada sobre la condición humana, especialmente en uno de sus rasgos de mayor relevancia en la actualidad: la dificultad de vivir en un mundo demasiado cambiante y la sensación que nos acomete a quienes lo habitamos de que todo a nuestro alrededor se transforma a una velocidad más acelerada que nuestra capacidad para asimilar la vertiginosa alteración que nos envuelve. 

Magnífico libro, en definitiva, de lectura placentera y propiciadora de sustanciosos temas de reflexión. Cierro mis comentarios con un fragmento, del que el gato está ausente, que explicita ese conflicto entre las dos visiones del mundo que está en el centro del libro. Dejo, además, una canción con los gatos como protagonistas, reales y metafóricos: The Lovecats, de los legendarios The Cure. 


Mira, yo creo que en estas cosas nuestros ancestros japoneses actuaban de una manera mucho más sabia que nosotros, influidos por la maneras europeas y por su así llamado positivismo, al que hemos prestado demasiada atención últimamente. El problema principal con el positivismo es que no reconoce límites. Por mucho que insistas en una acción positiva, uno no adquiere ni la perfección, ni la satisfacción completa. ¿Ves esos cipreses de allí? Supongamos que decides que interrumpen tu vista y decides cortarlos. Entonces te darás cuenta de que la casa que hay detrás se ha convertido en un nuevo obstáculo para tu vista. Cuando consigas derribar la casa, el edificio de más allá se convertirá en una nueva molestia. No habrá un final en tu búsqueda de una vista perfecta. Pues bien, esa profunda insatisfacción que sientes reside en la creencia implícita, muy europea, de que existe un continuo progreso hacia un ideal imaginario. Nunca nadie, ni Alejandro Magno, ni Napoleón siquiera, consiguieron sentirse satisfechos con sus conquistas. Piensa en algo más accesible. Te cruzas con alguien, os dais un golpe y os peleáis. Le llevas a juicio y lo ganas, pero si piensas que ése es el final del asunto, estarás cometiendo un lamentable error. El asunto permanecerá en tu cabeza dando vueltas y más vueltas sin parar, y jamás encontrarás la solución definitiva, y morirás sin haberla obtenido. Esa misma verdad se puede aplicar a cualquier asunto que se te ocurra. Imagina que vivimos bajo un gobierno oligárquico que nos desagrada profundamente y conseguimos cambiarlo por una democracia. Tan pronto como se establezca el nuevo régimen, más participativo, volveremos a no estar satisfechos con sus logros, y ante el riesgo de conmoción social volveremos a buscar una nueva forma de gobierno. Otro ejemplo: si encuentras un río, haces un puente; si una montaña te bloquea el paso, construyes un túnel, y si algo está demasiado lejos, plantas una vía para que circule el tren. Una y otra vez intentamos salvar obstáculos, y, aun así, seguimos sin solucionar el verdadero problema de nuestra insatisfacción positivista. Es cierto que un ser humano solo no puede jamás dar satisfacción a todos y cada uno de sus deseos. El positivismo propio de la civilización occidental ha producido, sin duda, muchos y notables progresos, pero al final no ha producido sino una sociedad profundamente insatisfecha, conformada por gente profundamente infeliz. La civilización tradicional japonesa, en cambio, no buscaba el cambio en los otros, no buscaba el cambio fuera, sino en uno mismo. La diferencia principal entre ambas civilizaciones es que la japonesa asumió desde muy al principio que el ambiente exterior no se podía cambiar significativamente, por mucho que uno se empeñara. Constituye una equivocación pretender encontrar un remedio para las tensiones entre los padres y los hijos a la manera occidental, esto es, mediante un acuerdo. En nuestro caso, preferimos dejar las cosas como están, y sufrir con paciencia ese desarreglo hasta volver a encontrar la armonía doméstica. Y así tenemos la misma actitud de calma ante cualquier problema que pudiera surgir, ya sea entre marido y mujer, amo y esclavo, o entre las castas de comerciantes y de guerreros. Solíamos mantener esa actitud para estar en consonancia con la naturaleza y ser un reflejo de ella. Si, por ejemplo, una montaña bloqueaba el paso natural hacia un país vecino que queríamos visitar, no nos empeñábamos en hacer un túnel e ir contra el orden natural de las cosas, sino que nos limitábamos a no visitar a nuestros vecinos.  

Videoconferencia
Natsume Sōseki. Soy un gato

miércoles, 7 de octubre de 2026

CHLOE DALTON. LA LIEBRE Y YO

El pasado día 4 de este mismo mes se celebró el Día Mundial de los Animales que, en la proximidad de la festividad de su patrón, Francisco de Asís, fallecido un tres de octubre, hace ahora exactamente ochocientos años -1226 el año de su nacimiento-, pretende servir de recordatorio de la presencia y la importancia de los animales en nuestras vidas. Se trata de una iniciativa que, como señala la Wikipedia -esa añeja fuente de información-, aspira a prevenir la crueldad humana hacia los animales, preservar los bosques y hábitats naturales, respetar los sentimientos de los animales, mejorar sus condiciones de vida, promover la medicina veterinaria y la conservación, salvar especies en peligro de extinción y controlar la vida silvestre. 

Con esta inusual excusa, inédita en Todos los libros un libro, y pese a que no soy yo, precisamente, alguien con demasiada afinidad con el reino animal (ya me cuesta la convivencia humana como para aventurarme con la de los seres irracionales), he escogido para integrar mi propuesta de esta semana y la próxima, tres obras, muy distintas en adscripción genérica, planteamiento, propósito, datación temporal y origen geográfico de sus autores, que tienen a un animal -una liebre, un gato y un perro, respectivamente- como protagonistas. La primera de ellas, relativamente reciente -apareció en el Reino Unido, de donde procede su autora, en 2024, viendo la luz en nuestro país este mismo 2026- es La liebre y yo, un libro de difícil catalogación -biografía, ensayo, texto de nature writing- escrito por Chloe Dalton y publicado entre nosotros por la editorial Libros del Asteroide en traducción de Celia Filipetto. Tras su publicación el libro fue objeto de una extraordinaria acogida crítica, siendo saludado como una obra de referencia por publicaciones tan distintas como The Guardian, The Wall Street Journal y The New York Times Book Review, recibiendo el prestigioso Wainwright Prize, uno de los reconocimientos más importantes dedicados a la literatura de naturaleza en lengua inglesa. 

Quiero avanzar algunos someros datos de la biografía de la autora por, en primer lugar, lo muy singular de su incursión en el universo literario, y, en una segunda instancia, porque su propia personalidad, “construida” durante años de trayectoria profesional ajena a la literatura, resultó “afectada” por la experiencia narrada en el libro; una transformación de la que la obra también da cuenta en una de sus líneas principales. Antes de dedicarse a la escritura y durante más de una década, Chloe Dalton (que en las imágenes parece una mujer de mediana edad, aunque no he encontrado ninguna información sobre su fecha de nacimiento, en lo que probablemente suponga una deliberada voluntad por su parte de sustraer ese dato al conocimiento público) trabajó en el Parlamento del Reino Unido y en el Ministerio de Asuntos Exteriores y de la Commonwealth, desarrollando una larga carrera como asesora política, especialista en relaciones internacionales y redactora de discursos para destacados responsables públicos británicos. Durante años su vida estuvo dominada por desplazamientos constantes, reuniones diplomáticas, negociaciones y una agenda marcada por la inmediatez, la urgencia y la dedicación plena a un trabajo apasionante pero también absorbente, “monopolizador” y que demandaba de ella un grado de exigencia cercano al “workaholismo” (Si tenía alguna adicción era a la descarga de adrenalina ante crisis y acontecimientos, y a los viajes, que a menudo se decidían con pocas horas de antelación. Huía de planes fijos que dificultaran la flexibilidad para coger un bolso y salir pitando, y lo que me perdía de las vacaciones y reuniones familiares creía compensarlo con experiencias únicas e irrepetibles y la visita a zonas del mundo que, de otro modo, nunca habría visto: vistas fugaces de Bamako, Bagdad, Kabul, Argel, Damasco, Ulán Bator, Tallin, Sarajevo y Siem Reap. Trabajar en fin de semana y en vacaciones se convirtió en algo natural. En esas circunstancias, habría sido una crueldad tener una mascota en casa, y tampoco estaba preparada para ello. Trabajaba en crisis internacionales relacionadas con personas, y apenas pensaba en los animales. Me pasaba el tiempo en despachos, salas de reuniones y aeropuertos. No me habría definido como una persona práctica). 

La mención, en el párrafo anterior, a los animales no es incidental ni mucho menos accesoria. Y es que durante la pandemia, obligada a ralentizar -a detener- esa acelerada existencia profesional y sus vertiginosas rutinas, y como tantas otras personas cuya situación económica les permitía ese tipo de desconexión, Dalton abandonó temporalmente Londres para instalarse en una antigua casa rural inglesa, un viejo granero que ella misma había rehabilitado años antes (Compré este edificio destartalado como proyecto al que recurrir en caso de necesidad, porque, aunque mi trabajo rebosaba interés y emoción, estaba marcado por la fugacidad y expuesto a los altibajos de la fortuna política. Cuando me hice cargo de la propiedad era una ruina: estaba taponada por las ortigas y las vigas caídas, y erosionada por los vientos que barren sin cesar el valle, siguiendo el camino excavado por un glaciar en la Edad de Hielo. Para que el granero fuese habitable, era imprescindible reforzarlo, aislar y reconstruir los muros caídos, conseguir vigas y puntales nuevos y techar toda la estructura. Varios años después, el resultado era una vivienda de una sola planta, excepto un lateral antes empleado para guardar la paja que ahora sirve de pequeño dormitorio abuhardillado en la primera planta, con vistas al valle y expuesto al viento dominante. Cuando terminaron las obras, rara vez pasaba allí más de unos pocos días seguidos, pues estaba obligada a no alejarme de mi trabajo en la ciudad). 

Instalada en ese austero y a la vez apacible retiro, la aparente quietud y la relativa tranquilidad del lugar, unidas a una cierta inevitable pausa que la epidemia imponía, causaron en su ánimo un doble efecto: la complacencia en su privilegiada situación y el desasosiego que suponía sobrellevar el alejamiento de su adictivo -y añorado- frenesí laboral. Cuando las fuerzas centrífugas de la pandemia me lanzaron a mi casa del campo y me dejaron allí inmovilizada, el alivio y la conciencia de mi buena suerte combatían en mi interior con una inquietud y una ansiedad profundas por el futuro. Se me hizo cuesta arriba adaptarme al cambio de ritmo. Una amiga y colega vino conmigo cuando cerramos nuestro despacho. Ella y yo manteníamos el ritmo estricto de nuestros días laborables y planeábamos sin cesar nuestro regreso a la ciudad. En este estado de cosas, paseando por los campos aledaños a su casa, en un gélido día invernal, se topa por azar con una diminuta liebre recién nacida (un leveret, como se denomina en inglés a las crías de liebre; un lebrato, en nuestro idioma) aparentemente abandonada en mitad de un camino. El animal, no mayor que el ancho de la palma de mi mano, escribe, descansaba echado sobre la panza con los ojos abiertos y las cortas orejas sedosas apretadas contra el lomo. La pequeña liebre, cuyo peso apenas supera los cien gramos, se encontraba inmóvil, expuesta a otros animales, indefensa y visiblemente desnutrida. Dalton comprende que la madre ha sido probablemente víctima de la maquinaria agrícola o de un depredador local -zorros, comadrejas, aves rapaces- por lo que, tras certificar la ausencia materna durante horas angustiosas, toma la decisión crítica de intervenir, sabiendo que las probabilidades de supervivencia de una liebre lactante en cautiverio son estadísticamente mínimas. Así, recogerá al animalito, lo llevará a su casa, lo alimentará y lo cuidará; y ese inopinado encuentro cambiará por completo la vida de la mujer, convirtiéndola en algo -la soledad, la paciencia, la observación silenciosa, la introspección, la atención a los ritmos lentos de la naturaleza- que representaba exactamente lo contrario de aquello -rapidez, aceleración, sociabilidad extrema y superficial- que caracterizaba su día a día hasta ese momento: Unos días antes, en un paseo solitario, me había sentado en una piedra junto a un arroyo que era poco más que un regato, chapoteando con las botas en el barro, mientras los árboles sin vida, apenas más sombríos que mis propios pensamientos, pendían sobre mi cabeza y yo me entregaba a sentimientos deprimentes sobre mi vida, que se iba ralentizando hasta convertirse en un hilillo comparable al del agua. Y ahora, por improbable que fuera, me veía delante de un animalito silvestre y tenía que encontrar la manera de alimentarlo y mantenerlo con vida. 

Desde ese primer contacto con el lebrato, y aun aceptando su confesado y absoluto desconocimiento del universo de las liebres, Dalton, sin embargo, tiene claras algunas ideas acerca de su cuidado que operarán como premisas irrenunciables que guiarán su proceder. Por de pronto, rechaza -pese a las sugerencias de amigos y familiares- darle un nombre al animalito del que se hace cargo (ponerle nombre a la liebre suponía calificarla de mascota y, en mi opinión, era como despojarla de algo. Yo ya había cambiado el curso de su vida. Mi responsabilidad consistía entonces en prepararla para la vida en libertad. Si la llamaba de alguna manera, era «pequeñaja» —que no se alejaba demasiado en esencia de «pequeña lièvre»— cuando me inclinaba para levantarla y darle de comer con el mayor cuidado posible). Hay aquí una decisión obviamente narrativa, pero sobre todo moral. Nombrar a su “pequeñaja” -habitualmente se refiere a ella como “hare”, liebre- significaría incorporar al animal al universo humano, desplazando su relato hacia un no buscado ni deseado enfoque antropocéntrico (en una de las dimensiones temáticas del libro sobre la que luego volveré); prescindir del nombre implica, por el contrario, reconocer que pertenece a otro orden distinto de existencia, siendo esta -la de la consideración y el respeto a la diferencia entre humano y animal- una de las claves del libro. 

Además, otro de lo que podríamos llamar ejes éticos de La liebre y yo, ya apuntado en el párrafo que acabo de transcribir, tiene que ver con una nueva renuncia de la escritora -de la mujer a la que da voz en su libro, sin duda coincidente con la autora-, la que la lleva a rehuir la conversión de la pequeña y entrañable liebre en una mascota. Desde el primer momento Dalton intenta respetar la “animalidad” de la liebre; es extraordinariamente respetuosa con su naturaleza; minimiza sus intromisiones en la evolución, el crecimiento, el desarrollo y la “realidad” de su “compañera”; evita imponerle rutinas innecesarias y ajenas a las propias de su especie; procura mantener intacta su libertad de movimientos; deja permanentemente abiertas las puertas de la casa para que pueda entrar y salir cuando quiera; se informa y documenta convenientemente para poder alimentarla y ajustar sus ritmos vitales conforme a lo que sería la dieta natural de una liebre; acomoda sus propios hábitos, sus horarios, los espacios en los que ella misma trabaja, a las naturales inclinaciones del lebrato; no pretende la adaptación del comportamiento de animalito a las exigencias que impondría la condición humana de quien la cuida -rehúsa, por tanto, su “civilización”-, ni siquiera cuando el libre deambular, sin restricciones, de la liebre supone tener que soportar los arañazos en los muebles, las roeduras en sofás, alfombras y cojines o las deposiciones en diversos lugares de la casa. La autora es muy consciente de que su experiencia de “adopción” -de educación, en el fondo, en otra de las lecturas sustanciales del libro- depende precisamente de aceptar que nunca llegará a poseer ni conformar a su antojo aquello que está cuidando. 

En relación con este declarado propósito de la autora, aflora otro, también esencial, que consiste en la aceptación de una aparentemente irresoluble contradicción. Y es que para salvar al animal ha sido necesario -y, en gran medida lo seguirá siendo después, tras los primeros momentos de absoluta indefensión del lebrato- intervenir en su vida, expulsarlo de su hábitat consustancial, protegerlo de los depredadores, subvenir a las necesidades de su lactancia sin contar con la leche materna. Pero, a la vez, Dalton sabe -y quiere- limitar continuamente esa intervención; oponerse a la domesticación; respetar de modo categórico y absoluto la independencia del “otro”; mitigar en la medida de lo posible -siendo su completa evitación una tarea casi inalcanzable- la creación de un vínculo afectivo que pudiera coartar esa libertad del ser querido. Esta paradoja introduce en el libro una tensión narrativa muy apreciable (en el doble sentido de notoria y ostensible, y de valiosa), además de suponer una elemento distintivo frente a la mayor parte de las ficciones con animales, basadas casi siempre en el establecimiento de ese lazo de cariño y cercanía. 

Por último, en este repaso a algunas de las que me ha parecido que son las pautas “programáticas” del planteamiento de la escritora en su trato con el lebrato -y por tanto con el enfoque y el propósito de su libro- quiero comentar el ya referido reconocimiento de Dalton de su condición de profana en el abstruso mundo (lo es para el común de los mortales) “leporino”. Su ignorancia -inicial, al menos-, manifestada en declaraciones reiteradas a lo largo del libro, resulta decisiva en él, porque obliga al relato a desarrollarse -y así lo percibe el lector- como un proceso continuo de aprendizaje. Dalton no adopta nunca la posición de la especialista que transmite conocimientos ya adquiridos; por el contrario, quien se adentra en las páginas de su crónica asiste simultáneamente al crecimiento del animal y a la educación intelectual de quien intenta comprenderlo. 

La escena inicial referida, que, como ocurre con su escritura en la totalidad de La liebre y yo, la autora describe con extraordinarias sobriedad y delicadeza, constituye, pues, el verdadero punto de partida de la obra; en la que pronto quedan claras esas ya mencionadas premisas de la sobrevenida “cuidadora”. A partir de ella el libro da cuenta de unos tres años de esa extraña convivencia (La liebre pronto cumplirá tres años. Ha sobrevivido a tres inviernos y a tres cosechas, ha alumbrado al menos tres veces y tenido al menos seis lebratos —probablemente más—, y se ha recuperado de una herida grave), en un relato que pese a estar repleto de vicisitudes carece, siendo estricto, de un argumento propiamente dicho, sin que en él apenas suceda nada y que no consiste en una sucesión de grandes acontecimientos, conflictos dramáticos ni giros narrativos espectaculares. La liebre y yo, si hubiera que intentar una síntesis de su trama -término de dudosa e imprecisa aplicación al caso-, cuenta la historia de una mujer que rescata una pequeña liebre y convive con ella durante varios años. Sin embargo, como puede comprenderse, semejante simplificación resulta profundamente engañosa, pues el libro es, claro está, mucho más que ese resumen trivial. Es, por el contrario y a la vez, una relación detallada del tiempo en que Dalton convive con la liebre; un pormenorizado relato del proceso de crecimiento del animal; un minucioso cuaderno de campo fruto de la perspicaz observación que la escritora hace del acontecer del pequeño lebrato; un ensayo naturalista, que combina las referencias a las apariciones literarias y culturales de las liebres con los datos académicos y científicos sobre sus hábitos, su fisiología, su naturaleza y su comportamiento; un lúcido, ponderado y nada panfletario ni militante, en el sentido convencional del término, alegato ecológico y en defensa de la naturaleza; y una suerte de diario o memoria personal en el que la autora indaga en los efectos que la experiencia provoca en su propia vida, en sus valores, en sus sentimientos, en su modo de contemplar la existencia. Discurriendo entre todos estos muy interesantes frentes, el relato de Dalton se adentra en algunos sugestivos temas, de mayor o menor entidad, de los que quiero dejar aquí algunos breves comentarios, para despertar en quien nos sigue la intención de leerlo. 

El primer elemento que llama la atención es la, en principio, insólita presentación de la liebre como personaje literario, aunque sin recurrir al antropomorfismo ni a la idealización o el simbolismo fácil (lo que sí ocurrirá en cierta medida, como veremos, en los otros dos libros de la serie). La liebre no habla, no piensa como un ser humano, no aparece en el libro como mero vehículo de las ideas de la autora, no es un recurso literario que permite satisfacer las necesidades narrativas de la escritora. Es una liebre y actúa como tal. Su presencia se muestra en su naturalidad, a partir, claro está, de la muy minuciosa observación que hace de ella su protectora. Esa ininteligible animalidad, esa opacidad de las causas que explican su comportamiento (algo especialmente significativo en lo que podríamos llamar el “dominio” sensorial, muy bien reflejado en el libro: el oído del lebrato detecta sonidos imperceptibles para el ser humano; su olfato organiza el espacio de otra manera; incluso la percepción del peligro responde a códigos que la autora solo alcanza a reconstruir parcialmente) es lo que Dalton quiere preservar, a la vez que transmitir al lector su fascinación y su curiosidad, su propio avance en el descubrimiento y la comprensión de la pequeña liebre, que van surgiendo al contemplar, apreciar, examinar, estudiar y analizar, con un grado de detalle, un detenimiento y un esmero admirables, cada uno de sus movimientos, la forma de alimentarse, la extraordinaria sensibilidad auditiva, la velocidad con la que desaparece entre la vegetación, las variaciones estacionales del pelaje, los cambios casi imperceptibles en sus hábitos cotidianos. La precisión de estas descripciones, dignas de un catálogo científico o de un tratado de historia natural, no conlleva, sin embargo, la frialdad y la distancia de un texto de esa índole, porque cada observación, cada pormenor, cada particularidad resaltados aparecen integrados dentro de una experiencia narrativa donde el conocimiento surge lentamente de la convivencia, estando teñido, por tanto, de la sensibilidad y la emoción de la escritora, de su asombro, de su incertidumbre, de su encantamiento ante el misterio que el lebrato supone para ella (en algunas críticas del libro, se subraya, de un modo algo enfático, el estimable acercamiento de la escritora a la “alteridad animal”). 

Por otro lado, y como ya he señalado, esa consistencia real de la liebre excluye su condición simbólica o alegórica, alejándola incluso -a mi juicio- de las interpretaciones más obvias y previsibles: la libertad irrestricta frente a las rígidas construcciones humanas, la naturaleza salvaje frente a la civilización domesticada, la resistencia del animal frente a los intentos de dominio y control del ser humano. Dalton es consciente de todas esas posibilidades, que forman parte de la representación de las liebres en la larga historia cultural de la humanidad, y se hace eco de ellas en las abundantes citas y referencias que abren el libro a la presencia de estos animales en las tradiciones clásicas, en la mitología, en el folclore, en la pintura, en la obra de escritores y poetas que recogen su asociación a ideas como la velocidad, la fertilidad, el renacimiento estacional e incluso a determinadas creencias mágicas más o menos esotéricas. Pero conociendo ese legado, huye de él en cuanto el comportamiento de su animalito puede sembrar en el lector la sospecha o la intuición de una metáfora; entonces, inmediatamente, la autora introduce una observación zoológica, un comportamiento inesperado o una reacción imprevisible que devuelve al animal su irreductible singularidad. En este sentido, La liebre y yo aporta también un elemento remarcable, el abandono de esa costumbre profundamente arraigada en el cine y la literatura -y por tanto en espectadores y lectores-, que lleva a “utilizar” a los animales como ejemplos de significados extrapolables a los seres humanos. Aquí sucede al contrario, la liebre no “representa” nada. Es, meramente, una liebre. 

En conexión con esta vertiente que podríamos llamar casi “etológica” del libro, que se muestra en la representación animal del lebrato, destaca también, la relevancia que se otorga en él al paisaje como personaje, que comparece en dos planos: el asociado a la posible “visión” de la liebre que la escritora intenta vislumbrar adoptando su mirada para encontrar en el entorno los espacios acogedores, los hostiles, los que encierran amenazas, los que contienen la promesa de alimento, de aventura, de libre deambular, de pleno desarrollo de sus instintos naturales; y el que surge de su propia perspectiva humana -aunque teñida, como todo en el libro, de su preocupación por la liebre- en reiterados apuntes sobre la campiña británica, que se presenta sin bucólicas idealizaciones románticas y sí mostrando con realismo las presiones de la agricultura industrializada, el uso de pesticidas, la fragmentación de los hábitats por infraestructuras viales y la constante amenaza de la caza ilegal o la presencia de perros descontrolados, en una derivada del libro que apunta a un ponderado, consecuente y muy apasionado mensaje de respeto a la vida animal. 

Esta singular consideración de la naturaleza, aflora también en el tratamiento del tiempo, no el cronológico que organiza los calendarios o las agendas, sino el tiempo biológico que regula el crecimiento de los animales, las estaciones del año y las transformaciones del paisaje. El hecho de que la pandemia constituya el contexto histórico de la narración ya supone un anclaje temporal reconocible en el libro, pero el confinamiento desempeña una función de mayor entidad, como punto de inflexión que obliga a la autora a abandonar, al menos provisionalmente, la aceleración que había caracterizado su vida profesional y a acomodarse -tras la interrupción de sus rutinas profesionales, y a causa también, como es evidente, de la “irrupción” del lebrato en su vida- a una experiencia en la que el tiempo alcanza una consideración completamente distinta. Dalton describe con notable lucidez el contraste entre ambos ritmos. Durante años había vivido sometida a plazos, reuniones, decisiones urgentes y desplazamientos constantes, esclava voluntaria, valga el oxímoron, de la lógica de la eficacia y de la productividad. El cuidado de la liebre introduce una temporalidad incompatible con esa dinámica, porque si bien el animal exigía una atención continua, esta era ajena a cualquier forma de planificación. Dalton “entrega”, pues, su tiempo a la absorta observación de la liebre (aprovechaba entonces el tiempo (…) para analizar los misteriosos dibujos de su pelambre, miraba con fijeza la esfera reluciente de un ojo, me veía reflejada en sus brillantes profundidades junto con la ventana y el cielo a mis espaldas y me preguntaba qué vería el lebrato al mirarme a mí), a la minuciosa contemplación del entorno, a la demorada atención a la naturaleza (Me paseaba por el borde de los campos, con la vista clavada en el suelo, y la masa verde de plantas que antes pisaba sin prestar atención se separaba en diferentes formas, texturas y colores). El libro se abre así a otro de sus frentes más interesantes, el que permite -e induce- la crítica sobre las formas de vida contemporáneas. Sin, de nuevo, ingenuas idealizaciones de la vida rural, sin presentar el campo como un refugio idílico frente a la ciudad (la naturaleza aparece atravesada por enfermedades, depredadores, accidentes y muertes inevitables, en un escenario de una estructural crueldad), sin discursos explícitos propios de un ensayo sociológico, la autora, a través de sus nuevos hábitos -cuidar el jardín; prever los cambios meteorológicos; mantener un espacio favorable para el crecimiento del lebrato; preocuparse por su alimentación; apreciar sus ciclos vitales, las etapas de su crecimiento, la llegada de descendencia; suplir su ignorancia profundizando en innumerables lecturas (al inicio de su experiencia apenas distingue unas especies de otras, desconoce aspectos elementales de la fauna silvestre, no identifica los muchos matices del mundo que la rodea -conocía por el nombre apenas un puñado de árboles y pájaros. No había observado cómo se abrían los pimpollos, el paso estacional de las aves, los rituales y ritmos inquebrantables de la vida en un mismo campo o bosque. Comencé a maravillarme ante el matiz púrpura de las negras plumas del avión común)- plantea al lector reflexiones sobre la atención, el aprendizaje de la capacidad de observar, la conexión con el mundo natural, el valor de la paciencia y la lentitud, el cuestionamiento de nuestra atosigada y absurda forma de “habitar el tiempo” y, en definitiva, de estar en el mundo. 

Ya he hecho, al mencionar la deliberada intención de Chloe Dalton de no interferir en el desarrollo natural del lebrato, un breve anticipo de un asunto central del libro que ahora quiero desarrollar con brevedad aunque también con un cierto detenimiento. Me refiero a la idea, esencial y muy sugestiva, de -si la formulo de un modo algo pomposo- la libertad como problema moral. Cuidar sin poseer, he ahí el conflicto que preocupa -que obsesiona- a la autora en relación con su intromisión -salvadora pero invasiva- en la existencia del lebrato rescatado. Un asunto, que puede resumirse en una pregunta -¿cómo cuidar de un ser vivo sin convertir ese cuidado en una forma de dominación?-, y que atraviesa el libro entero abriéndolo a una lectura de una profundidad inesperada que afecta simultáneamente a la ética, a la psicología, a las relaciones sentimentales y amorosas, a la familia, a la educación y a la propia concepción de la naturaleza. Chloe Dalton comprende muy pronto que el éxito de su relación con la liebre no dependerá de la intensidad del afecto que llegue a sentir por ella, sino de su capacidad para resistir una tentación profundamente humana y que, en mayor o menor medida, a todos nos acomete, la de apropiarse de aquello que ama. 

Y es que, como sabemos por nuestra experiencia familiar, conyugal o de pareja, toda convivencia prolongada genera vínculos. Así ocurre también -y la narración de ese fenómeno es bellísima y una de las razones principales del interés que el libro suscita- en la relación entre la mujer/madre/adoptante y el lebrato/hijo/adoptado; y Dalton no pretende ocultarlo. A medida que las semanas se convierten en meses y los meses en años, la presencia de la liebre deja de ser un acontecimiento excepcional para integrarse en el ritmo cotidiano de la casa (Pasaba el día trabajando con él a mi lado, o levantándome de mi escritorio para observarlo en el jardín; mi rutina dejó de estar marcada por mis propias obligaciones y pasó a depender también de los movimientos y los cambios de humor de una criatura que hasta entonces me resultaba completamente ajena y no encajaba en ningún modelo de comportamiento animal que yo conociera). Hay momentos de una intimidad sorprendente: el animal duerme en determinadas habitaciones (Durante el día empezó a dormir debajo de la cama), reposa a su lado mientras ella trabaja (la mayoría de las veces, durante el día el lebrato descansaba a mi lado en el despacho), explora el jardín con absoluta confianza, reaparece inesperadamente después de largas ausencias, acepta la proximidad física de la narradora sin mostrar el miedo que manifestaría ante cualquier otra persona. Sin embargo, Dalton insiste una y otra vez en que esa confianza nunca equivale a domesticación. La liebre permanece siempre gobernada por impulsos y necesidades que pertenecen a un mundo radicalmente distinto del humano, por lo que la autora se niega sistemáticamente a interpretar los comportamientos del animal mediante nuestras propias categorías emocionales. Cuando la liebre desaparece durante varios días, evita imaginar que lo hace por enfado, por desinterés o por cualquier otra motivación psicológica susceptible de traducirse a nuestro lenguaje. Cuando vuelve, tampoco interpreta su regreso como una prueba de fidelidad. Lo único que puede afirmar con certeza es que el animal actúa conforme a una lógica propia que nunca llegará a conocer completamente. Dalton es consciente de que la convivencia entre ambas solo es posible sobre la base del respeto a lo irreductiblemente distinto. El indudable vínculo afectivo que surge por su parte es examinado con prudencia, relativizado, puesto en cuestión y mitigado en sus expresiones tangibles, teniendo en cuenta estas pautas lúcidas, honestas, aunque ciertamente inflexibles (tuve la impresión de que no le habría gustado que lo tocaran mucho más que el rato necesario para darle el biberón, o luego, para meterlo dentro si había salido al jardín. Por adorable que fuera, no podía olvidar que se trataba de un animal salvaje, nacido en un paisaje de hielo y nieve, azotado por los vientos. No se trataba de un animal moldeado por siglos de cría selectiva bajo control humano, como se han criado los conejos, perros, caballos e incluso las gallinas por su aspecto, tamaño, fuerza, carácter u otras cualidades consideradas deseables. Me disgustaba la idea de tenerlo en brazos como un juguete, en contra de su naturaleza, solo porque era demasiado pequeño para ofrecer resistencia. Procuré tratarlo con delicadeza y discreción, sin imponerme ni asustarlo). El mensaje implícito -de, probablemente, muy necesaria extrapolación a los distintos ámbitos que acabo de enumerar- es el que sostiene que amar no consiste en borrar las diferencias, sino precisamente en aprender a vivir con ellas; que la libertad del otro no aparece como un obstáculo para el afecto, sino como su condición indispensable; que solo puede existir una relación verdaderamente libre -entre amantes, parejas, padres e hijos, profesores y alumnos- allí donde la otra parte conserva intacta la posibilidad de alejarse. 

Mi penúltima reflexión sobre el libro tiene que ver con su condición de singular autobiografía de su autora. La liebre y yo puede leerse, además de las restantes vertientes ya reseñadas, como unas memorias, aunque caracterizadas por un sutil desplazamiento de un “yo” que pasa del que se vincula a su propia biografía al que representa la figura del lebrato. Los datos de su vida “real”, ajena a la experiencia con la liebre, aparecen únicamente en la medida en que resultan necesarios para comprender la relación con ella. Apenas ofrece detalles de su trayectoria profesional, de sus vínculos familiares o de su intimidad -escasas pinceladas, en ocasiones solo una frase, relativas a su trabajo; referencias al paso a llamadas telefónicas o informes laborales; una alusión vaga a la amiga que la acompaña en su “encierro”; menciones esporádicas y difusas a una hermana, a amigos sin nombre- más allá de aquello que afecta directamente a la historia que está contando. Esta contención narrativa constituye una elección consciente que centra el relato en su núcleo esencial, la historia de la liebre. Ello no implica la difuminación de Dalton como narradora, pues, muy al contrario, su voz sostiene todo el artificio literario. Lo que ocurre es que esa voz renuncia constantemente a ocupar el primer plano. En lugar de utilizar la naturaleza como espejo de sus estados de ánimo -recurso frecuente en la literatura autobiográfica-, permite que sea la propia observación del mundo exterior la que vaya impregnando y modificando lentamente su manera de comprenderse a sí misma, en una opción literaria que amplifica los ecos de lo que se cuenta (Aprendí a amar esos paréntesis en mi jornada laboral, en los que holgazaneaba en los escalones de piedra sin perder de vista al lebrato, mientras contemplaba a las alondras alcanzar alturas imposibles con el brusco batir de sus alas poderosas, derramando su canto sobre la tierra y sobre mí, que estaba en ella). De esta manera, la estructura del libro refleja ese desplazamiento. El proceso que se inicia con la “llegada” y el crecimiento de la liebre corre en paralelo al registro de su evolución de la autora, cuya subjetividad, cuyas ideas, cuya personalidad, cuya -incluso- sentimentalidad el lector ve transformarse con el avanzar de las páginas. Su visión inicial, que interpreta cuanto sucede desde categorías exclusivamente humanas -preocupación, responsabilidad, éxito, fracaso, utilidad- poco a poco va modificándose a causa de su convivencia con el animal (En realidad, el animalito me tranquilizaba. Empecé a levantarme de mi escritorio solo para ir a verlo, asombrada de su quietud y su comportamiento apacible. No podía evitar comparar su serenidad y su firmeza con la sensación de actividad frenética que había dominado mi vida durante años, marcada por la vigilancia constante, el estrés y la imprevisibilidad). La liebre y yo, por tanto, es apreciable también por reflejar una suerte de educación sentimental (en una interpretación muy personal y probablemente descabellada, pienso que Chloe se “enamora” de la liebre”: Me pasaba gran parte del día hablando por teléfono, y a algunas personas les mencioné la existencia del lebrato. Pero me di cuenta de que intentaba que no se me notara lo apegada que estaba a él. Tenía la impresión de que me considerarían poco seria y emotiva en exceso, como si me hubiera dejado llevar por un entusiasmo infantil) de una mujer que, en el curso de su “idilio” (seguiré con la hipótesis algo disparatada), va aprendiendo -muy racional, al fin, como creo que corresponde a su personalidad “pre-lebrato”- a distinguir entre el afecto y la posesión, entre la protección y el control, entre la proximidad y la apropiación. El libro muestra que muchas de nuestras relaciones con los animales -y a menudo con las personas- están condicionadas por un deseo, apenas consciente, de convertirlos en prolongaciones de nosotros mismos. 

Para terminar, quiero cerrar esta reseña con algunas notas alusivas a los que me han parecido los rasgos estilísticos y de construcción narrativa del libro más sobresalientes. Las críticas, sobre todo británicas, que he podido leer subrayan la calidad de su escritura. Estoy de acuerdo, aunque no si al hablar de calidad nos estamos refiriendo a la prosa deslumbrante, la brillantez retórica, las frases memorables o el léxico rozando lo ornamental y exhibido como muestra de virtuosismo verbal. Sin embargo, hay calidad, a mi juicio, por la precisión en las descripciones, como cuando se detalla el movimiento de la liebre entre los matorrales (A lo largo de aquellas gélidas semanas, una liebre cruzaba los campos saltando, sus movimientos ralentizados por la nueva vida que crecía en su interior), la textura de un campo recién segado (Salí a caminar y desde la franja de césped me adentré por la orilla del campo de cultivo, segado y despojado de su botín. La tierra estaba en carne viva, los caballones perfectamente rectos, cortados con precisión tras el paso de las gigantescas ruedas, y el suelo de los surcos compactado y duro como el hormigón) o las variaciones de la luz durante una tarde de invierno (La luz del sol reflejada en los finos pelos de guarda que le cubrían la piel difuminaba su perfil, transformándolo en un halo dorado), por poner algunos ejemplos de una palpable voluntad de transmitir con simplicidad la experiencia de la que da cuenta, narrándola de un modo sencillo y nítido, pero también muy bello y elegante, muy rico y variado, muy expresivo y hasta refinado, en un prosa que sin descuidar la primordial función narrativa, no se olvida tampoco de la estética. Sencillez, pues, que es también sinónimo de economía expresiva. Dalton prefiere la claridad a la exuberancia, la observación minuciosa a la generalización brillante, el detalle significativo a la acumulación de imágenes. Su lenguaje transmite la impresión de haber sido sometido a un proceso constante de depuración. Nada parece sobrante, pero tampoco resulta seco o excesivamente funcional. La emoción -y de eso hablamos en un libro que conmueve- nace precisamente de esa contención. 

Especialmente notable es el ritmo narrativo. La autora alterna con naturalidad escenas muy breves con pasajes reflexivos de mayor densidad intelectual. Las transiciones entre observación y pensamiento apenas se perciben. Un gesto de la liebre, una modificación en el paisaje o una lectura científica pueden dar lugar, sin que nada parezca forzado, a una meditación sobre el tiempo, la libertad o la convivencia entre especies. La experiencia se desarrolla mediante una sucesión de escenas aparentemente menores, de observaciones minúsculas, de gestos cotidianos, cuyo ritmo reproduce el de la propia naturaleza, lento, reiterativo, hecho de variaciones casi imperceptibles y de cambios cuya importancia solo se revela cuando el lector -“instruido” en el arte de la observación gracias al libro que tiene entre manos- se detiene y aprende a mirar con la misma atención que la narradora. 

Sencillez, naturalidad, fluidez, también serenidad, son, pues, desde mi punto de vista, las notas más destacadas de una propuesta literaria que atrapa al lector por su cercanía, llevándolo de la mano con sutileza a través de una historia que podríamos, a priori, considerar trivial, de escasa entidad, de muy poca enjundia, pero que alcanza una altura considerable gracias a esa mezcla equilibrada, armónica, exquisita, de emoción y conocimiento, de belleza en las descripciones y rigor de la observación, de reflejo de la experiencia personal y apertura a la reflexión universal. 

Un libro, pues, absolutamente memorable que os recomiendo fervorosamente. Me despido con un texto que muestra varias de las múltiples dimensiones que he analizado hasta aquí. Como complemento musical, una canción, White Hare, de Seth Lakeman, que más allá de la figura de la liebre, poco tiene que ver con el objeto de la obra de Chloe Dalton. Se trata un tema de folk británico moderno que cuenta la leyenda de la “liebre blanca”, una criatura mística y espectral que vuelve locos a los cazadores y que en realidad es el espíritu de una mujer capaz de robarles el alma a quienes se la cruzan. 


Una tarde, al oscurecer, posada en la baranda de madera junto a la puerta trasera, vi a la lechuza blanca arreglándose las plumas con el pico, mientras dos liebres, al alcance de sus garras, se perseguían en círculos juguetonamente por la grava. Me maravilló su audacia. Tal vez no habían notado la presencia de la lechuza, o el hecho de que la superasen en número les daba una sensación de seguridad, o bien, valiéndose de unos sentidos más agudos que los míos, sabían que ya se había cobrado una presa y que en ese momento no estaba cazando. En cualquier caso, como la misteriosa liebre plateada, se trataba de un recordatorio de la existencia de armonías y códigos animales que escapan a nuestra percepción, todos ellos engarzados en los intrincados, asombrosos e invisibles mecanismos de la naturaleza, que apenas alcanzamos a comprender y que alteramos por nuestra cuenta y riesgo. 

Sopesadas todas estas reflexiones, el misterio y la belleza, el dolor y la pena, la frustración ante la falta de visión del ser humano y la preocupación por la delicada situación ambiental del planeta, sigo considerando que la balanza se inclina firmemente hacia la esperanza. Produce una tierna alegría y un inagotable sentimiento de esperanza saber que, por breve que sea la vida de cada uno de nosotros, ahí no termina todo. Nuestra mayor fortaleza como seres humanos radica en nuestra capacidad de aprender; la de la fauna salvaje, en su asombrosa resiliencia. Me atrevo a esperar que en esa combinación resida la posibilidad de renovación: en una forma de ver la vida y la tierra tan salvaje y libre como la liebre, tanto para ellas como para todos nosotros.

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Chloe Dalton. La liebre y yo