Vivo entre muchos libros y extraigo una gran parte de mis ganas de vivir del hecho de que aún leeré la mayoría de ellos. (Elias Canetti)

miércoles, 4 de febrero de 2026

NATALIA GINZBURG. NUESTROS AYERES, QUERIDO MIGUEL; MAJA PFLUG. AUDAZMENTE TÍMIDA

Hola, buenas tardes. Empieza febrero en Todos los libros un libro y, tras la intensa serie dedicada a las hermanas Brontë, con tres emisiones centradas, respectivamente, en la obra de Emily, Charlotte y Anne, un ciclo en el que os he presentado, además de sus novelas más representativas, otros títulos que exploraban el universo “brontiano” como las biografías de las escritoras o las traslaciones cinematográficas de sus grandes clásicos y hasta alguna novela que “inventa” la personalidad de un personaje menor de sus creaciones, hoy dejamos atrás ese sugerente mundo para abrirnos a otro no menos atractivo. Aunque, en realidad, no se trata del todo de un cierre total de ciclo, porque como recordarán nuestros seguidores más habituales, la presencia de las Brontë en nuestro espacio surgió al hilo de la celebración, hace ya dos meses, del centenario de Carmen Martín Gaite, nacida en nuestra ciudad el 8 de diciembre de 1925. Entonces os hablé aquí de la obra con la que ganó el premio Nadal de 1957, Entre visillos, y de la magnífica biografía que sobre ella escribió el experto José Teruel publicada por la editorial Tusquets el pasado año. Siguiendo, precisamente, la estela de Martín Gaite, surgió la ocasión para hablaros aquí de las Brontë, pues la autora de Nubosidad variable, Usos amorosos de la posguerra o Caperucita en Manhattan, había traducido a nuestro idioma Cumbres Borrascosas y Jane Eyre. Completado hace siete días el círculo “brontiano” con mis recomendaciones de Agnes Grey y La inquilina de Wildfell Hall, las dos novelas principales de la menor de las hermanas, no traducidas por la escritora de Salamanca, quiero hablaros esta tarde -y recomendaros con entusiasmo- la obra entera de una autora, Natalia Ginzburg, dos de cuyas novelas, Querido Miguel y Todos nuestros ayeres (o simplemente Nuestros ayeres, como aparece en algunas ediciones, en rúbrica menos respetuosa con el título original, Tutti i nostri ieri) vertió también Martín Gaite al español. 

Mi propuesta girará, pues, sobre las dos obras citadas, pero voy a aprovechar la ocasión para hablaros, siquiera brevemente, de otras novelas de la italiana, una autora que yo he leído con emoción y apasionamiento desde hace casi cuatro décadas. Algunas de ellas me parecen de mención insoslayable y de lectura obligada, como son los casos de Las palabras de la noche, Léxico familiar, Las pequeñas virtudes o El camino que lleva a la ciudad y otras son, al menos, también interesantes, como Familia, Sagitario o Valentino. Además, quiero dar cuenta, aunque sea en un ligero apunte superficial, de otras dos obras, su primera novela, Y eso fue lo que pasó, y una recopilación de sus relatos, A propósito de las mujeres, las dos aparecidas en una emisión de Todos los libros un libro hace ahora casi nueve años, en marzo de 2017. 

Todas ellas han tenido -y siguen teniendo- una amplia recepción editorial en nuestro país, en donde cuentan con una intensa presencia en los catálogos del Círculo de Lectores, Debate, Espasa, Alianza, Pre-Textos y, más recientemente, Acantilado, que lleva años reeditando toda su obra con, en algunos casos, nuevas traducciones, y Lumen, que, sobre todo desde 2016, cuando se cumplieron los cien años del nacimiento de la italiana, ha querido rendir homenaje a la espléndida escritora rescatando alguna de sus obras más destacadas, con nuevos prólogos -de poca enjundia, a mi juicio- a cargo de Elena Medel (también, con más entidad, de Flavia Company, Sally Rooney y Colm Tóibín), con las traducciones ya bien aquilatadas por el paso del tiempo de Mercedes Corral, y con formatos de estética más moderna, con ilustraciones de cubierta firmadas por Oscar Tusquets Blanca. 

Para completar este extenso repaso a mi ingente propuesta de hoy, os sugiero igualmente, y como complemento a los textos citados, la lectura de una muy apreciable biografía de Natalia Ginzburg, interesante en sí misma e indispensable para recorrer la obra de una escritora en la que los vínculos entre su existencia personal y las vidas de los protagonistas y los temas de sus libros son más que evidentes. Se trata de Audazmente tímida. La vida de Natalia Ginzburg. Su autora es la alemana Maja Pflug, traductora de la obra de Ginzburg a su idioma natal y que publicó el libro originariamente en su país en 1995, reeditándolo allí en 2011. Su primera versión en español apareció en la editorial Siglo XXI en 2020, en edición a cargo de la “filial” argentina del sello y con traducción de Gabriela Adamo, marcada, como resulta inevitable, por la variante “austral” de la lengua de la traductora. Siglo XXI la presentó entre nosotros, en una edición muy bonita (no se me ocurre una descripción más precisa), en septiembre de 2024, con ligeros cambios en la traducción (he podido consultar la primera versión, aparte de leer la española), pensados, quizá, para hacer más asequibles al lector de nuestro país algunos términos o locuciones (a modo de ejemplo: Natalia cumplió once años y entró al secundario, en la edición argentina, y Natalia cumplió once años y entró al instituto, en la más “castellana”; o ¿Tomaste algo calentito?, que se castellaniza -madrileñiza, casi podría decir- para la edición española en un ¿Has tomado algo calentito?). No obstante, se han mantenido otros giros y expresiones igual de extraños para nuestro español acostumbrado (como muestra significativa: Por dentro iba enumerando las falencias de su casa que, aunque imperceptibles a primera vista, le pesaban). 

Confesando de entrada, como ya hice también ante una circunstancia similar en la primera de las reseñas de las Brontë, mis dudas acerca de cuál es la opción más adecuada -si comentar primero las novelas de Natalia Ginzburg y recomendar después su biografía, que incorpora, entrelazados en la trayectoria vital de la escritora, numerosos comentarios sobre sus obras, que no se entenderían del todo sin haberlas leído previamente; o, por el contrario, dar a conocer los principales hitos biográficos, a pesar de que algunas referencias se nos escaparían al desconocer sus novelas, y saltar luego a sus libros-, me decanto, con riesgo (lo hubiera habido en cualquier caso) por esta última posibilidad, con una introducción a este Audazmente tímida previa a mi análisis de sus principales novelas (que será, en la medida de lo posible y teniendo en cuenta mi habitual tendencia al exceso verborreico, muy sucinta, un mero apunte en cada caso, dada la cantidad de libros cuya lectura pretendo sugeriros), empezando por las traducidas por Carmen Martín Gaite. 

El planteamiento de Pflug (que se sustenta en decenas de referencias bibliográficas que incorpora a una extensa sección final de “Fuentes”, junto a un no menos copioso índice de “Personas mencionadas”) anuda varios ejes esenciales, que se entretejen de un modo natural en el relato: la vida personal y familiar de la escritora (amores, matrimonios, hijos, fallecimientos, trabajos, vicisitudes y rutinas de la cotidianidad); los principales hitos de su trayectoria como escritora (publicaciones, breves notas sobre sus libros, recepción crítica y de público de sus obras, premios, detalles de la vida literaria, a la que, por otra parte, no era demasiado propensa, referencias de escritores a los que trató o con los que mantuvo amistades estrechas); y constantes y cruciales menciones a los acontecimientos históricos que corrían en paralelo a su propia biografía, singularmente, el fascismo en Italia y la reacción frente a él, la Segunda Guerra Mundial (de la que vamos conociendo, en paralelo a Natalia, las alternativas bélicas, los avances y retrocesos de las tropas, los ecos de las grandes batallas, las noticias y los rumores, los múltiples motivos para la esperanza o la decepción), la conflictiva política italiana desde la triste y oscura posguerra, los intentos de tenue afirmación nacional en los países del ámbito soviético contra su opresivo dominador, la rebeldía juvenil “sesentayochista”, los movimientos revolucionarios -algunos de ellos armados- de trágica y violenta manifestación en varios países de Europa desde los setenta. Como elemento aglutinador de estos diferentes frentes que podríamos llamar “externos”, en el libro comparece, de manera muy notable, la penetrante indagación -cercana, íntima, profunda- en la personalidad de Natalia, en sus pensamientos, sus sentimientos, sus ideas, su modo de afrontar las circunstancias de la vida, su vivencia de la muerte (valga el oxímoron), del dolor, del sufrimiento, de la soledad, del amor, de la maternidad, de las injusticias, del miedo; sus dudas, su responsabilidad, su compromiso, su melancolía, sus ilusiones, su retraimiento y su coraje, su timidez y su valentía (no se olvide el título del libro, recogido de una manifestación de Natalia: Con sorpresa notamos que, de adultos, no perdimos nuestra antigua timidez frente al prójimo; la vida en nada nos ayudó a liberarnos de la timidez. Seguimos siendo tímidos. Solo que ya no nos importa: nos parece haber conquistado el derecho a ser tímidos: somos tímidos sin timidez, audazmente tímidos). Y estas palabras de la escritora me sirven para apuntar un recurso literario fundamental en el libro, la incorporación de la voz de la propia Ginzburg, que cruza la biografía de principio a fin y que su autora sin duda ha elegido para dotar de verosimilitud y, sobre todo, de cercanía al relato. Maja Pflug deja paso, en infinidad de ocasiones, a la biografiada, que suena en primera persona con una muy significativa resonancia que permite al lector conocer mejor los más hondos recovecos de su alma. En este sentido, resulta palpable la muy literal inspiración de la biógrafa en Léxico familiar, la extraordinaria novela autobiográfica de Natalia Ginzburg, que comentaré más adelante y de la que se extraen situaciones y comentarios, se recogen anécdotas y sucesos y hasta se transcriben párrafos enteros, siempre en las referencias hasta 1963, fecha en que se publicó la novela. 

El recorrido que la obra plantea comienza el 14 de julio de 1916 con el nacimiento (¡El día de la toma de la Bastilla, en via della Libertà!) de Natalia, quinta hija del matrimonio de Giuseppe Levi, catedrático de Anatomía, obviamente judío, como indica su explícito apellido, y Lidia Tanzi. El libro explora, en primer lugar, los antecedentes de ambas ramas familiares. Los Tanzi, católicos, procedían de un ambiente culto, con un fuerte vínculo con el socialismo histórico; con el abuelo materno, Carlo Tanzi, un abogado que nunca ejerció el derecho, y que, como socialista comprometido, se dedicó a la política activa. Leonida Bissolati y Filippo Turati, dos de los padres fundadores del Partido Socialista Italiano, y la compañera de Turati, la revolucionaria rusa Anna Kuliscioff, eran como de la casa. Drusilla, hermana de Lidia, se casó con Eugenio Montale, el gran poeta italiano, y del tercero de los hermanos, tío, por tanto, de Natalia, aparte de saber que fue músico y literato, cabe resaltar que murió a los treinta años, disparándose un tiro, de noche, en un banco en un parque de Milán, en un episodio que impresionó a Natalia y que tendría su reflejo en un pasaje de Nuestros ayeres, en una primera muestra -de las muchas que atraviesan el libro- de esa intensa imbricación, ya referida, entre la vida y la literatura de la escritora. Los Levi eran banqueros y se dedicaban a los negocios, en un entorno familiar en el que la figura de Giuseppe resultaba claramente disonante (Cómo pudo ser que de ese linaje de banqueros… hayan salido mi padre y su hermano Cesare, completamente desprovistos de cualquier percepción para los negocios, no lo sé. Mi padre dedicó su vida a la investigación científica, profesión que no le dio dinero; y sobre el dinero tenía una idea indefinida y confusa, marcada por una fundamental indiferencia). 

A partir de estos orígenes -los de la genealogía y los del nacimiento siciliano de Natalia-, el estudio de Pflug nos va mostrando el traslado de la familia a Turín; los cinco primeros años de la niña (y con ella sus hermanos) recibiendo formación en casa, sin asistir a la escuela por expreso deseo de su padre, exigente y riguroso, no poco autoritario, temeroso de que sus hijos se contagiaran de alguna enfermedad en el contacto con los demás niños; el carácter fantasioso de la pequeña, creadora en su imaginación de un pueblo rebelde de enanos negros, agitado y vanidoso, como un “ejército de hormigas”, al que llamaba los Nosotros; el culturalmente inquieto ambiente familiar (Las cosas que mi padre respetaba y valoraba eran: el socialismo, Inglaterra, las novelas de Zola, la Fundación Rockefeller, la montaña y los guías de montaña del Valle de Aosta. Las cosas que mi madre amaba eran: el socialismo, los poemas de Paul Verlaine, la música y, sobre todo, Lohengrin); la omnipresencia de la política en la casa y en la calle, con la odiada figura de Mussolini, que había tomado el poder en 1922, y los arrogantes y a menudo violentos camisas negras desfilando por las calles; el, en consecuencia, temprano despertar de la niña a la, por llamarla así, conciencia política: una de las pocas ideas políticas que defendí, tal vez la única, me fue aportada a mis siete años. Me explicaron qué era el socialismo, vale decir, me contaron que era igualdad de bienes e igualdad de derechos para todos. Me pareció algo que era imprescindible concretar de inmediato. Me resultó raro que aún no se hubiera puesto en práctica. Recuerdo al detalle la hora y la habitación en que me regalaron esta frase, que me pareció clarísima e indispensable); su autopercepción como niña rara (se sentía excluida y “distinta”); los sueños “revolucionarios”, fruto de la impregnación en la pequeña de ese clima antifascista que respiraba en el hogar (toda mi vida había anhelado pelear contra el fascismo, ir por la ciudad con una bandera roja y cantar en las barricadas, cubierta de sangre, en una imagen que también comparecerá en una de sus novelas); la pasión por los libros, la lectura y la escritura, llegando a escribir, a los ocho años, una obra de teatro sobre las frases comunes que padres y hermanos usaban en la intimidad de la familia, germen de la excepcional Léxico familiar, e inventando un personaje, el príncipe Sergio, para el que ideaba aventuras y peripecias; sus estudios de bachillerato con un expediente discreto y su posterior matrícula en la carrera de Letras, que nunca terminaría; su primera narración seria, el cuento Una ausencia, escrito y publicado con apenas diecisiete años; el rico, acogedor y entrañable entorno familiar: Los otros dos hermanos, Paola y Mario, se llevaban muy bien en esa época. Nadaban en melancolía y se pasaban horas sentados en el sofá de la sala con la madre y Tullio Terni, un colega del padre, hablando sobre Proust. Amaban la pintura y la poesía y mostraban una profunda contrariedad ante el despotismo del padre y las costumbres sencillas y estrictas que reinaban en la familia

Conocemos también el enamoramiento y el posterior matrimonio, a los veintidós años, con Leone Ginzburg (Natalia abandonaría su Levi paterno para incorporar el apellido del marido), un amigo de uno de sus hermanos, nacido en Odesa en una familia de origen judío. Siete años mayor que ella, inteligente, culto, brillante, antifascista declarado y combativo, era un joven fuera de lo común, una figura luminosa y esencial en la vida de la muy seria, oscura y melancólica muchacha, y cuya presencia logró alisar la frente “fruncida y sombría durante años” de Natalia. La figura de Leone marca el desarrollo de los siguientes años con el nacimiento de sus dos primeros hijos, Carlo y Andrea; la expulsión del marido de su puesto en la Universidad de Turín, donde dictaba una cátedra de literatura rusa, por negarse a prestar el juramento oficial de fidelidad fascista; la sentencia que lo condenó por su activismo político a cuatro años de cárcel, de los que cumpliría dos, liberado tras una amnistía; la aprobación, en 1938, de las leyes raciales del régimen, como consecuencia de las cuales el padre de Natalia, Giuseppe Levi, perdería también su cargo como profesor y Leone sería desterrado y confinado en Pizzoli, un pueblo de montaña perdido en los Abruzos, a donde lo seguirían su mujer y sus dos hijos y en donde nacería su tercera hija, Alessandra, en una experiencia, la del destierro, que también pasaría a su literatura, en Todos nuestros ayeres (alterno los dos títulos del libro en sus distintas traducciones españolas). Y se suceden las vivencias, la publicación en 1942 de su primera novela, El camino que va a la ciudad, bajo seudónimo, dado el riesgo, con Mussolini aún en el poder, que suponían sus apellidos judíos (Levi, Ginzburg); la caída -solo transitoria- del dictador en 1943; la ocupación alemana; la vuelta a Roma tras el confinamiento; la incorporación de Leone a la resistencia clandestina; su detención, encarcelamiento y asesinato en prisión en 1944. 

Empieza aquí, tras la muerte de Leone y la liberación de Italia por los aliados, una nueva etapa, marcada por el profundo e íntimo dolor por la pérdida y la colectiva alegría por el fin de la guerra: Dolor irremediable, orfandad, distancia y la imposibilidad de identificarse con los sentimientos de los otros en la ciudad llena de luces, cuando vuelve a la vida tras los nueve meses de pesadilla de la ocupación alemana. Un renacimiento del que ella –con veintiocho años, sola y sin futuro– no participa. Natalia comienza a trabajar como editora para la editorial Einaudi, primero en Roma, luego en Turín, un desempeño que la pone en contacto con destacados intelectuales de la época, el propio Einaudi, Cesare Pavese, Italo Calvino, Elsa Morante, entre otros (Éramos todos muy amigos y nos conocíamos desde hacía muchos años; personas que siempre habían trabajado y pensado juntas). Comienza un tratamiento psicoanalítico, circunstancia que a mi juicio aporta cierta luz sobre la personalidad de la escritora. Se siente cercana al Partido Comunista Italiano y participa en algunos de sus actos electorales, pero no se afilia porque las reuniones de las células, a las que en ocasiones asistía, le parecían aburridas y tristes (lo hará en la etapa de Berlinguer, llegando a ser diputada en dos legislaturas, la de 1983 hasta 1987 y la de 1987 hasta 1991). Conocerá a Gabriele Baldini, profesor de Literatura Inglesa en la Universidad de Trieste y la pareja se casará al poco tiempo, mudándose a Londres en donde, desde 1959 y durante dos años, él dirigirá el Instituto Italiano de Cultura. De vuelta a Italia, nace una nueva hija, Susanna, afectada de hidrocefalia, cuidándola Natalia en su casa hasta su propia muerte (tras ella será Alessandra la que se ocupará de su hermana). Y poco después otro hijo, Antonio, también con graves problemas de salud, viviendo solo unos meses. 

Pasan los años, se multiplican las publicaciones, poemas, cuentos, novelas, traducciones (entre otros, Proust, una referencia que aparecerá, por ejemplo, en Querido Miguel), tiene un papel menor -de María Magdalena- en la película de Pasolini El evangelio según Mateo. Y muere su madre, y después su padre, y más tarde Baldini. De nuevo viuda, sola pese al apoyo de los hijos y los amigos (Pero a la noche, cuando se había ido incluso la empleada doméstica, la soledad le pesaba mucho). Escribe, escribe y escribe; más novelas, algún ensayo, tres obras teatrales de discreta recepción. Un viaje a Rusia; la participación en la política activa como diputada del PCI, pese a su rechazo a la política convencional, como puede apreciarse en estas palabras, tan extrapolables a nuestros días: su voto era “emocional y ciego” y solo se regía por sus simpatías. Lo que ella quería era “un gobierno vaporoso, liviano, invisible, un gobierno débil”. Pero en realidad, en la vida pública siempre “hay griterío, abusos, mentiras de todo tipo” y era evidente que en el escenario ruidoso y sanguinario de la política no había lugar para lo débil, “para un gobierno sin armas, fundado únicamente sobre valores espirituales como la justicia, la verdad y la libertad”. Repite como parlamentaria, acentúa su implicación política: contra la violencia terrorista, a favor de las grandes causas democráticas (“el compromiso civil, la solidaridad humana, el sentido de la justicia, la valentía” le parecían los valores decisivos de un partido o una persona), expresa su visión crítica de la versión más radical del feminismo: “los movimientos feministas nunca serán un partido político, porque mientras es muy posible imaginar un mundo regido por las fuerzas de una clase social específica y nueva, imaginar un mundo integrado exclusivamente por mujeres y regido por ellas es imposible, irreal y letal” (…) Ella no consideraba a hombres y mujeres como contrincantes, sino como esencialmente distintos. Hablaba en favor de la diversità: “La diferencia entre hombre y mujer es la misma diferencia que hay entre el sol y la luna o entre el día y la noche”. (…) Sospechaba de la ideología, aunque compartía la mayor parte de las demandas prácticas del movimiento feminista

Se adentra en la vejez (El presente le resultaba “inhabitable”, “oscuro” e “indescifrable”, apenas mostraba unas “huellas pálidas” de su mundo conocido. ¿Se acostumbrarían sus ojos alguna vez a esta oscuridad? ¿O daría vueltas a ciegas, como “un montón de ratones enloquecidos entre las paredes de un pozo”? ¿Los otros la seguirían considerando? Temía el aburrimiento de la vejez, la rigidez, “el fin del asombro”), con el recuerdo desesperanzado del amor: En la vejez tenemos miedo de olvidar cómo era el amor. Recordamos que podía ser de dos modos. Podía ser repentino e incendiar el mundo. O bien podía ser imperceptible y del color del aire. Cuando era como el aire, pocas señales nos permitían reconocerlo. La velocidad de las horas, la respiración liviana… Cuando el amor era como el fuego, para nosotros el tiempo ya no era rápido ni lento, porque ya no existía. Podíamos quedarnos inmóviles durante horas, mirando cómo se incendiaba el mundo. Salvo soñar, ya no podíamos hacer otra cosa. Por fin, la enfermedad, el rápido y devastador cáncer, la muerte, en Roma, el 8 de octubre de 1991 (este 2026, pues, se cumplirán treinta y cinco años de su desaparición). 

Como ya he ido indicando, son muy numerosos los elementos de su biografía que afloran como ejes sustanciales de su obra, tanto en los episodios, circunstancias, detalles, anécdotas o personajes que con frecuencia saltan, convenientemente recreados, “ficcionalizados”, de la vida a la literatura, como en los grandes temas que atraviesan, con una insistencia que acaba por convertirlos en señas de identidad de la autora, todas sus novelas: la disección de la vida familiar; la fotografía detallada de la burguesía, del opresivo entorno que representa el fascismo (en casi todas sus novelas hay alusiones directas, y en muchas, constituye un eje argumental de la trama, a la siniestra política italiana de las décadas de los treinta, cuarenta y cincuenta del siglo pasado; muy presente, aunque no siempre sea explícito, el dolor que supuso el asesinato de Leone), de la grisura de la posguerra; la condición de las mujeres; la importancia primordial de la escritura. 

Las novelas de Natalia Ginzburg nos revelan a una maestra de la introspección, de la realista indagación en el interior de sus personajes, capaz de ahondar en los recodos más inaccesibles, más oscuros, más complejos y confusos de la personalidad humana, en particular la femenina. La memoria, las emociones, la incomunicación, los secretos, el desarraigo, la pérdida, la fragilidad moral, los afectos, los deseos irrealizados, el fracaso y las frustraciones, los sueños postergados, las expectativas malogradas, la persistente infelicidad (—A Raffaella —dijo— ni siquiera se le pasa por la cabeza que no es feliz. Ha enterrado todo lo que piensa. Es infeliz, pero ni se lo plantea, para poder vivir. —Por otra parte —dijo—, siempre se termina viviendo así, leemos en Las palabras de la noche), la complejidad de los sentimientos, la dificultad de amar, de convivir, la imposibilidad de encontrar consuelo, el devastador paso del tiempo, la angustia existencial, la desesperación y el resignado conformismo (Una persona, en un momento determinado, ya no quiere enfrentarse con su alma. La esconde, porque tiene miedo de no encontrar ya fuerzas para vivir), la vejez y la muerte, las decepciones, la mentira y los engaños, los silencios, la incomprensión, el matrimonio, el adulterio y la infidelidad, la maternidad, la familia, lo pequeño, lo cotidiano, lo trivial y las banalidades de la vida diaria, lo que sucede de puertas adentro, “entre visillos” (la cercanía con el mundo de Carmen Martín Gaite es innegable, como lo son también sus muchas diferencias). 

Y todo ello, como digo, contado con una prosa sobria, despojada, muy sencilla y concisa, en un estilo inconfundible caracterizado por la economía del lenguaje, la simplicidad, la transparencia, la ausencia de adornos, la precisión léxica, la continencia expresiva. La narración es aparentemente neutra, sin énfasis, austera. Pero ello no es sinónimo de frialdad o desapasionamiento, antes al contrario: se evita la retórica y la grandilocuencia para permitir un mejor acceso a la verdad, para no distorsionarla ni mentir. La voz que narra en sus novelas -voces, en plural, en más de una de ellas- es la de la “normalidad”, reflejando las conversaciones familiares, las muletillas, las repeticiones, las frases coloquiales, los pensamientos recurrentes, las emociones soterradas. La narradora no pretende convencer ni imponer al lector su punto de vista, tan solo testimoniar, reflejar de manera discreta la realidad que muestra, las escenas de la domesticidad, una madre que cose, una charla trivial (Es por tener un poco de conversación —dijo mi madre—. ¿Quieres que nos pasemos toda la noche mirándonos a los ojos? Se cuentan cosas, se habla. Se dice esto, lo otro, lo de más allá), un hijo que se aleja, una carta que no llega, la contemplación de unas fotos, unas prendas de ropa abandonadas sobre un mueble, actos a menudo banales pero que encierran una densa carga emocional -y ahí está el talento de la escritora para sugerirla- que penetra en el lector; también el paisaje urbano, siempre gris, triste, como en una película de Rossellini o de Antonioni, con su perplejidad existencial. Del mismo modo, los personajes no aparecen idealizados, ni juzgados, ni descritos desde una superioridad moral; conocemos su mezquindad, sus miedos, sus dudas, su torpeza, su debilidad, sus contradicciones, su miseria moral; pero la mirada, lúcida, es también compasiva, piadosa, comprensiva, carente de ironía o crueldad. Frente al neorrealismo militante y combativo dominante en el ámbito literario de su época, Ginzburg propone una literatura de la verdad mínima, ofrece una realidad de baja intensidad que se revela en los gestos y en las palabras corrientes. Su obra no pretende explicar el mundo, sino escucharlo. Y en esa escucha fiel y atenta hay ya una toma de postura ética, una lucidez moral que es otro de los signos distintivos de la novelística de la italiana. 

Y ello es así también en el enfoque a mi juicio claramente feminista de sus libros, un feminismo despojado del “ismo” reduccionista, antirretórico, sin proclamas, sin subrayados, sin “mensajes” explícitos, sin enojosas arengas ideológicas, sin consignas, sin prédicas ni sermones, sin reivindicaciones doctrinarias, manifestándose como en sordina: mujeres confinadas en papeles domésticos, hijas que heredan los silencios maternos, madres que soportan la ausencia de los hombres, mujeres que sobrellevan lo asfixiante de los vínculos familiares, el desgaste emocional del matrimonio, que viven la maternidad como una experiencia ambigua en la que afloran la culpa, el cansancio y la frustración, que resisten en silencio, sin dramatismo, con amarga lucidez. Mujeres sufrientes, dependientes, sumisas, recluidas en la cárcel de la maternidad y el cuidado, sometidas a las restricciones de su tiempo, a las limitaciones económicas, definidas en función del hombre en tanto madres, amantes o amigas. Y precisamente a esta reflexión sobre la condición femenina contribuye también, sin duda, la desmitificadora representación de los personajes masculinos, con frecuencia frágiles, irresponsables, indecisos, atolondrados, ideológicamente confusos y emocionalmente inmaduros (pensó que todos los hombres, si se los observaba un poco atentamente, tenían aquel aire indefenso, solitario, absorto, y eso a una mujer le produce lástima, dice una de las mujeres de Las palabras de la noche, en una reflexión que, en diferentes versiones, podemos encontrar en otras de las novelas de la italiana). 

Consiguientemente, su literatura nos deja, sea cual sea el libro que leamos, una sensación de melancolía, de tristeza, que refleja una especie de condición de fondo, casi de atmósfera moral que para Natalia Ginzburg impregna la existencia y que, por tanto, se refleja en sus novelas (Hay muchas cosas tristes en la vida. ¿Para qué leer novelas? ¿No es una novela la vida?, leemos, de nuevo en la excepcional Las palabras de la noche). No se manifiesta a través del lamento ni de la confesión sentimental, sino mediante formas discretas, repetitivas y secas, coherentes con su poética de la contención, con esa mirada desapasionada, sobria, que muestra sin acentos el desgaste cotidiano, las ausencias, lo irrelevante de nuestros anhelos, la insignificancia de las vidas, la normalización del miedo (muy presente a partir de la notoria dimensión política de sus libros), la aceptación de la precariedad y la pobreza, la ausencia de futuro, los proyectos que no se realizan, los afectos sostenidos en la inercia, el dolor y lo irremediable de las pérdidas, la trágica conciencia del paso del tiempo, el vencimiento moral, el sinsentido último de nuestro discurrir por el mundo, el sufrimiento y las lágrimas (en las novelas Ginzburg las mujeres lloran mucho, siendo constante la aparición de términos pertenecientes, en distinto grado, a ese campo semántico: llorar, lágrimas, llanto, sollozos, soledad, pena). 

Ese estado de ánimo va penetrando en el lector poco a poco, como una lluvia fina, a partir de una estructura formal muy frecuentemente utilizada por la autora, que abunda en elipsis, en saltos temporales, en fragmentaciones, en silencios, repeticiones y conversaciones interrumpidas, en acciones que se disuelven, que se desvanecen -las cosas cambian, las casas se vacían, los hijos crecen y se marchan de casa-, en las frases cortas, en la escasez de adjetivos, en el ritmo monótono, en la mencionada -y solo aparente- neutralidad del discurso; recursos literarios todos que permean el discurso y refuerzan la impresión de soledad, de vacío, de carencia, de desolación. 

Y presentados ya, de un modo general, los elementos que, desde mi punto de vista, reflejan la temática y también el espíritu y la atmósfera de la literatura de Natalia Ginzburg, paso a comentar de manera casi telegráfica, algunas de sus principales novelas, comenzando, como ya he señalado, por las dos, espléndidas, traducidas por Carmen Martín Gaite. 

Tutti i nostri ieri, publicado en 1952 y recibido como “la aportación de Ginzburg a la literatura de la Resistencia”, obtuvo el Premio Veillon en su país. En el nuestro apareció en 1996 con el título Nuestros ayeres en la edición de Debate que yo leí entonces. Conservando la traducción de la salmantina pero modificando el título por el más preciso y ajustado al original, Todos nuestros ayeres, la editorial Lumen reeditó la novela en 2023, con un muy interesante y entusiasta prólogo (Esta es una novela perfecta) de la británica Sally Rooney. En relación con el mantenimiento de la traducción, he de decir que la nueva edición en Lumen corrige fallos clamorosos de la anterior (Concettina seguía zurziendo -ahora ya “zurciendo”- las medias) y actualiza ciertas opciones de Martín Gaite que podrían sonar hoy algo anticuadas. He aquí algunos ejemplos: 

Giustino, vete a comprarme el periódico; haz algo útil ya que no eres deleitoso (ahora se ha optado por “divertido”). 

Volvería a jugar en la calle con sus amigas, amigos también tenía y alguna vez la (“le” en la versión actual) pegaban. 

Llevaba el pelo corto y como a tijeretazos, un corte que estaba de moda aquel año y que se llamaba à la fièvre typhoïde (“estilo tifus”, en la edición más reciente). 

Como ella decía, es un dolor (“muy triste”, en el texto de 2023) una casa a la que no vienen visitas de vez en cuando

El libro, que refleja gran parte de los episodios de la vida de la propia Ginzburg que ya he reseñado en su biografía, se abre con una elocuente cita de Macbeth: And all our yesterdays have lighted fools / The way to dusty death (Y todos nuestros ayeres iluminaron a los locos / La senda de la polvorienta muerte). Por más que el centro de la novela lo ocupa una “protagonista” femenina, Anna, a la que conocemos en su infancia, en la década de los veinte del siglo pasado (no hay una datación expresa en el texto, pero las referencias a acontecimientos externos constatables permite situarlo cronológicamente con precisión), con Mussolini ya al frente del Gobierno italiano, y a la que seguimos hasta la Liberación y el fin de la Segunda Guerra Mundial, la obra se despliega como una crónica familiar coral poblada de infinidad de personajes. Pese a estar narrada en tercera persona, la novela es, en cierto modo, polifónica, pues permite conocer distintas voces y enfoques diversos, en una narración que distribuye la mirada entre personajes centrales y otros de menor presencia en el texto. 

En casas vecinas en una ciudad provinciana del norte de Italia viven dos familias. Por un lado, la de Anna, presidida por un viejo viudo abiertamente antifascista y sus cuatro hijos, Ippolito, Concettina, Giustino y la propia Anna, con la señora María, antigua acompañante de la abuela de los chicos, que oficia ahora de poco convincente sustituta de la madre fallecida. Enfrente, separada por un seto que permite la curiosa observación de la niña, está la vivienda del “señor mayor”, que la habita con su mujer, la joven “señora del flequillo”, los hijos de ambos, Emanuele y Giuma, y una hija de un matrimonio anterior del marido, Amalia, la “chica pelirroja”. A la ya abundante población de los dos hogares se suma una pléyade de personajes secundarios, los muchos novios de Concettina, en particular el persistente Danilo; un extraño Franz, un tipo que mamá había pescado en Montecarlo y lo había llevado a casa a remolque, en palabras de Emanuele, y que deambula por la casa vecina repartiendo sus atenciones entre la madre y Amelia; el intermitente Cenzo Rena, un señor que había sido amigo íntimo del viudo, caótico y vitalista, entre otros. 

La primera parte del libro se presenta como esa referida crónica de la vida cotidiana, reflejando el día a día de ambas familias, que se van entrelazando a través de las relaciones que nacen entre Giuma y Anna, Emanuele e Ippolito, en una narración que da cuenta de los juegos infantiles, las cenas familiares, los estudios, las preocupaciones y los problemas de dinero del viudo, la mayor holgura económica de los vecinos, al ser el señor mayor dueño de una próspera fábrica de jabón (Gente de mucho, pero que muchísimo, dinero. Nunca recalentaban los posos del café, se los daban a unos frailes que iban a pedir; ejemplo de la atenta y significativa precisión en los detalles, ese rasgo sustancial de la obra de Ginzburg), las singularidades de los distintos personajes, las pequeñas tensiones afectivas entre hermanos, padres e hijos, las inquietudes y el tímido activismo político -a veces no tan tímido- de los jóvenes varones. Por entre la descripción de las banales circunstancias de la vida familiar (y no solo de las triviales, hay también enamoramientos y embarazos y muertes y suicidios: la dureza de la vida, que transcurre, con su caudal de sinsabores y sufrimiento), a través de la mirada infantil, simultáneamente curiosa y desconcertada, de Anna, la autora va esbozando, con apuntes reveladores, el telón histórico que envuelve a la Italia mussoliniana, en particular, las actividades de resistencia antifascista. En la segunda parte de la novela el foco se desplaza al sur de Italia, a Borgo San Costanzo, un pueblo perdido entre colinas, lugar natal de Cenzo Rena y a donde el (¡atención, espóiler!) ahora marido de Anna se ha desplazado con ella tras su boda y en donde trabaja para mejorar las condiciones de vida de una comunidad atrasada y depauperada, reflejo de la otra realidad, el sur paupérrimo y abandonado frente al norte más desarrollado, de esa Italia devastada por las consecuencias de la guerra. Es en esta sección postrera del libro en la que afloran de modo más crudo las persecuciones, la oculta y pertinaz lucha de la resistencia, la acogida a los refugiados, la transitoria pero letal ocupación de los alemanes en su retirada, ya derrotados; con derivadas de la historia central que apuntan a la persecución de los judíos, las alusiones, difusas por el desconocimiento que en aquellos días aún había sobre el asunto, a los trenes de la muerte, los campos de concentración, el Holocausto. Las últimas palabras del libro, tristes, melancólicas y con algún, ligero, atisbo de optimismo, reflejan los sentimientos de los supervivientes y transmiten, a mi juicio, la esencia -en el fondo inefable, por mucho que yo intente explicarla con palabras- de la sensible voz literaria de Natalia Ginzburg y de su, sin embargo, esperanzada mirada sobre la vida: se sentían felices de estar juntos, acordándose de sus difuntos y de la guerra interminable y del dolor y el clamor y pensando en la difícil y larga vida que les quedaba por recorrer, llena de cosas que aún no habían aprendido

Querido Miguel participa de todos los elementos relevantes de la ficción “ginzburguiana”. Sin exagerar demasiado podríamos decir que Natalia Ginzburg escribe una y otra vez la misma novela: vidas de una normalidad en apariencia irrelevante y anodina, la interioridad de las familias burguesas, de una clase media desubicada, sin aspiraciones, el fascismo impregnándolo todo, la guerra mundial como telón de fondo, la gris posguerra, la imbricación entre la memoria histórica y memoria familiar, la discreta y pese a todo ostensible presencia de las mujeres, con su soledad, su insatisfacción y sus lágrimas (En Querido Miguel, afirma la autora, las mujeres están muy solas, y eso no quiere decir que en otra época las mujeres estaban menos solas, pero era distinto. Tenían hombres fuertes a su lado y eran, más bien, víctimas de los hombres. En nuestra época, con justicia, las mujeres dieron un gran paso adelante y, frente a este desarrollo, los hombres se sienten débiles), lo cotidiano reflejado sin alharacas en su mediocridad banal, las pequeñas tragedias, los conflictos, los anhelos, las poco consistentes esperanzas. Este es también el marco en el que nos sitúa Querido Miguel, un libro de 1973, publicado tras diez años de silencio novelesco (interrumpido por algún ensayo y alguna comedia teatral), después de los veinte en los que vieron la luz los títulos “esenciales” de la autora, aparecidos entre 1942, El camino que va a la ciudad, y 1963, Léxico familiar, dos décadas en las que vieron la luz también Todos nuestros ayeres, Las palabras de la noche, Las pequeñas virtudes. En él prevalece el tono desencantado de la obra de la italiana: Pienso que la acción de inventar, que antes debía ser exuberante y vital, hoy solo nos muestra nuestras privaciones más dolorosas: la ausencia de relaciones con el prójimo, la ausencia de futuro, la ausencia de valores morales y, en definitiva, nos da la medida misma de nuestra impotencia y soledad, escribió, explicando su silencio de diez años y anticipando la atmósfera de tristeza, desolación y vacío de la obra con la que volvía a la novela. 

La singularidad del libro reside en su condición de novela epistolar (aunque hay pasajes en los que un narrador externo presenta la “acción” en tercera persona) que reconstruye, de manera fragmentaria y coral, la vida de Miguel, un joven italiano que ha abandonado Roma y se ha instalado primero en Londres y luego en otros lugares de Europa. La historia no se cuenta desde su punto de vista directo, sino a través de las cartas, notas, recuerdos y testimonios de quienes lo rodean: su madre, Adriana, su hermana Angélica, antiguos amigos, amantes ocasionales, conocidos y el propio Miguel, que contesta a algunas de ellas. Esta decisión formal de la autora de usar cartas, fragmentos y confesiones privadas, más allá de un recurso literario, es una opción “de fondo”, pues al multiplicar las voces -muchas veces contradictorias entre sí- y reflejar los silencios y las omisiones de cada uno de ellos, diluye la noción de sentido único en el texto y obliga al lector, en tanto testigo, a recomponer lo que los personajes callan o distorsionan. A medida que avanzan las cartas, se va dibujando el contexto histórico y generacional de la novela, esta vez algo posterior al habitual de las obras principales de Ginzburg. Estamos ahora en la Italia de finales de los sesenta y muy primeros setenta, marcada por la radicalización política, la militancia de izquierdas, el desencanto y la violencia. Miguel aparece vinculado, aunque de manera ambigua y nunca definitivamente explicada, meras sospechas y conjeturas, a círculos políticos radicales. Hay referencias difusas a una cierta participación en actividades militantes y de su cercanía a grupos terroristas, lo que quizá haya sido la causa de su repentina marcha a Inglaterra, pero no hay en él una adhesión firme ni un propósito claro, en un rasgo -la desencantada indiferencia, la falta de sentido, el tedio vital y existencial- común a muchos personajes de otras obras de la autora. 

La novela es, sobre todo -o al menos esa ha sido mi percepción al releerla ahora (he vuelto a hacerlo con las cinco o seis que constituyen el objeto de esta reseña, pues de la lectura inicial ha pasado, en casi todos los casos, al menos un cuarto de siglo)-, una obra impregnada de melancolía, muy triste, que rezuma desolación, llena de soledad, de lágrimas (en un delirio de absurda cuantificación industrial, me he tomado la molestia de contar las veces en que se repiten ciertos términos: 49 la palabra sola, 4 soledad, 29 pena, 25 llorar, 7 llorando). Una atmósfera que envuelve un relato en el que están presentes los grandes temas que son los que, desde mi punto de vista, hacen de la italiana un gran referente de la literatura universal: el paso del tiempo, el dolor, las pérdidas, la familia, la cotidianidad, lo relevante de los gestos mínimos, las palabras dichas y las no dichas, la incomunicación, la frontera en lo íntimo y lo social, la memoria y los recuerdos, la ausencia, el conformismo, la culpa, la negligencia sentimental, los afectos diluidos, la desintegración de los vínculos familiares y afectivos, el distanciamiento generacional y la soledad de la modernidad (como aspecto más específico de la época en la que se publica el libro), la desaparición de las certezas, la labilidad de los valores, el sinsentido de la vida, lo anodino de la existencia, el sufrimiento, los atisbos escasos de felicidad, la fragilidad humana, nuestra vulnerabilidad, la desconexión emocional, el paso del tiempo, la muerte. Un libro excelente de lectura imprescindible. 

Las palabras de la noche es otra maravilla, que yo leí, deslumbrado en la preciosa edición de Pre-Textos de 1994, con traducción y una brevísima presentación -apenas diez líneas- de Andrés Trapiello. Pese a que en la nota introductoria la propia Ginzburg señala que en este relato los lugares y los personajes son imaginarios. Los unos no se encuentran en los mapas y los otros no viven ni han vivido nunca en parte ninguna del mundo. Y ya lo siento, porque he llegado a amarles [sic por el leísmo] como si fuesen reales, en la novela el lector se encuentra, desde la primera página, acogedoramente instalado en el ya muy familiar universo -en temática y atmósfera- de la escritora italiana que esta vez nos sitúa en los días de la terrible posguerra en Italia. La voz narradora es la de Elsa, una joven algo triste -tiene veintisiete años y está soltera, siendo esta condición, dadas las circunstancias de aquel tiempo, muy relevante, sobre todo para su madre (el disgusto más punzante para mi madre es que yo no me caso; es un disgusto que la mortifica, aunque, de momento, le consuela el hecho de que ninguna de las Bottiglia, con treinta años, se haya casado todavía). Su padre, contable de la fábrica de tejidos del pueblo, cercano a Turín, aparece de manera escasa e intermitente en el libro; no así la madre, una espléndida construcción literaria, omnipresente en su permanente parloteo. Tras las primeras páginas en las que la mirada de Elsa se circunscribe a este estrecho ámbito familiar, de repente la novela se abre en otra dirección, la que representan los De Francisci, la familia del viejo Ballota, el propietario de la fábrica, y sus cinco hijos Gemmina, Vincenzino, Mario, Raffaella y Tommasino, junto a Fausto, “Purillo”, pariente lejano de Ballota, criado, tras su orfandad, como un hijo más. El libro narra las vidas de las dos familias, envueltas en el asfixiante entorno local: dos generaciones de vecinos y parientes con sus chismes, sus sueños rotos, sus desamores y sus ansias de felicidad. La tercera parte de la novela -en una división absolutamente subjetiva, pues el texto no aparece separado en secciones ni capítulos- el protagonismo vuelve a Elsa y su relación, clandestina, desapasionada, algo gélida, apesadumbrada, infeliz, tristísima, con el joven Tommasino. Y todo ello presentado en una prosa sencilla, directa, transparente, en una narración introspectiva, hecha de silencios, atención a los detalles, abundancia de diálogos, registros lingüísticos casi conversacionales, en la que están presentes las preocupaciones habituales en la obra de Ginzburg, la domesticidad y la familia, el fascismo, la soledad, la memoria, la situación de las mujeres, entre otras cuestiones. 

De tener que recomendar una sola novela que pudiera operar como la puerta de entrada ideal al mundo de Natalia Ginzburg quizá elegiría Léxico familiar. Además de concitar todos los rasgos dominantes en la literatura de la italiana, aderezados, esta vez, con más muestras de un sutil tono humorístico de lo que es habitual en sus novelas, en las que ese humor solo aparece de modo muy velado, el libro es excepcional, como ya he indicado, por su carácter abiertamente autobiográfico (hasta el punto de que, sea cual sea el orden en que se hayan leído los dos libros, Audazmente tímida y Léxico familiar, los ecos del uno resuenan claramente en el otro, pues los casi cuarenta años que abarca el recorrido de este último, se ven reflejados en ese segmento temporal de la obra de Maja Plufg). Y es que si en la introducción a Las palabras de la noche su autora subrayaba la condición ficticia de lo narrado, aquí, también en la nota preliminar, se preocupa por defender justamente lo contrario: 

Todos los lugares, hechos y personas que aparecen en este libro son reales. Nada es ficticio. Siempre que, debido a mi costumbre de novelista, inventaba algo, me sentía obligada a destruirlo. 
Hasta los nombres son reales. Al escribir, sentía tan profunda intolerancia por cualquier invención, que no he podido cambiar los nombres verdaderos. Me han parecido inseparables de las personas que los llevan. Puede que a alguien no le guste encontrarse aquí con nombre y apellido. Pero a esto no puedo responder nada. 
Sólo he escrito lo que recordaba. Por eso, quien intente leerlo como si fuera una crónica, encontrará grandes lagunas. Y es que este libro, aunque haya sido extraído de la realidad, debe leerse como se lee una novela, es decir, sin pedir más, ni menos tampoco, de lo que una novela puede ofrecer. 
También he omitido muchas de las cosas que recordaba, sobre todo las que me atañían directamente. 
No deseaba hablar de mí. Ésta no es mi historia, sino (incluso con vacíos y lagunas) la de mi familia. Debo añadir que ya en la infancia y adolescencia me propuse escribir un libro sobre las personas que entonces me rodeaban. En parte, puedo decir que éste es el libro. Pero sólo en parte, porque la memoria es débil, y los libros que se basan en la realidad con frecuencia son sólo pequeños atisbos y fragmentos de cuanto vivimos y oímos. 

En estos párrafos preliminares está todo lo esencial de un libro que yo leí en la edición de 1998 en Ediciones del Bronce, con la traducción de Mercedes Corral (años después, en 2007, lo compré -y leí de nuevo-, con la misma traducción, en la publicación de Lumen con prólogo de Flavia Company. Pero antes y después de estas fechas hay ediciones en Trieste y sobre todo en Lumen, con otras introducciones y distintas portadas). Está la referencia a la historia familiar, que ya conocemos a través de la citada biografía con la que abrí mis comentarios. Está la idea central de la memoria y los recuerdos, sustancial en la literatura de Ginzburg. Está, también, la condición novelesca de toda recreación del pasado, pues quien rememora -aunque sienta una profunda intolerancia por cualquier invención- modifica, reconstruye, distorsiona. Está, esta vez implícito en el título, el núcleo del libro, ese “léxico” singular, particularísimo en cada familia, en torno al cual van a ir brotando los recuerdos de la autora. 

En Léxico familiar Natalia Ginzburg, rememora, en un relato cronológico que avanza de modo lineal, aunque con numerosas elipsis, su vida entera hasta los primeros años cincuenta cuando, ya casada con Gabriele Baldini, deja Turín (con un protagonismo central en esos primeros años de su vida) y se muda a Roma con sus hijos siguiendo a su marido, que ha accedido a una cátedra universitaria en la capital. En su recorrido repasa con cariño, humor e ironía su infancia, su familia; su padre autoritario, científico, severo; la madre, alegre y optimista, “maternal”, protectora; sus hermanos, cada uno con su personalidad, sus gustos, sus ausencias; los amigos, las conversaciones, las anécdotas, las discusiones. También su juventud, la primera madurez, la vida bajo el fascismo, la guerra, la posguerra, el matrimonio con Leone Ginzburg, los hijos. Y todo ello contemplado con la mirada, a la vez participe, porque vivió los hechos narrados, y distante, porque ya adulta observa esos recuerdos con cierta objetividad crítica e ironía, primero de la niña-adolescente que observa, y luego de la mujer que reflexiona. Y el hilo que enhebra esos recuerdos es el lenguaje, las frases familiares, las muletillas, los latiguillos, las expresiones recurrentes, las locuciones repetidas, las frases hechas, las palabras clave, que funcionan en el libro como elementos simbólicos, actuando como anclas de memoria, códigos reconocibles que permiten retrotraerse a un mundo privado compartido, que definen y apuntalan la identidad familiar (Tan dispares como eran las vidas de cada uno para entonces, alcanzaban unas pocas palabras para que la infancia en común, el padre y la madre, volvieran a la vida). El hecho de que el lector también pueda reconocer, a menudo con la sonrisa en la boca, esa dinámica -las giros peculiares, el vocabulario íntimo de las parejas, de las familias- es parte de la aceptación y la popularidad masivas del libro. Sobre ese valor universal del libro dejo, ya como único comentario final sobre la obra, este revelador y significativo fragmento: 
 
Somos cinco hermanos. Vivimos en distintas ciudades y algunos en el extranjero, pero no solemos escribirnos. Cuando nos vemos, podemos estar indiferentes o distraídos los unos de los otros, pero basta que uno de nosotros diga una palabra, una frase, una de aquellas antiguas frases que hemos oído y repetido infinidad de veces en nuestra infancia, nos basta con decir: «No hemos venido a Bérgamo a hacer campamento» o «¿A qué apesta el ácido sulfhídrico?», para volver a recuperar de pronto nuestra antigua relación y nuestra infancia y juventud, unidas indisolublemente a aquellas frases, a aquellas palabras. Una de aquellas frases o palabras nos haría reconocernos los unos a los otros en la oscuridad de una gruta o entre millones de personas. Esas frases son nuestro latín, el vocabulario de nuestros días pasados, son como jeroglíficos de los egipcios o de los asirio-babilonios: el testimonio de un núcleo vital que ya no existe, pero que sobrevive en sus textos, salvados de la furia de las aguas, de la corrosión del tiempo. Esas frases son la base de nuestra unidad familiar, que subsistirá mientras permanezcamos en el mundo, recreándose y resucitando en los puntos más diversos de la tierra. De tal forma que, cuando uno de nosotros diga: «Distinguido señor Lipmann», la voz impaciente de mi padre resonará en nuestros oídos: «Dejad esa historia. ¡La he oído ya muchas veces!». 

Quiero recomendar también, ya en un suspiro, El camino que va a la ciudad y Las pequeñas virtudes. El primero de los libros es también la primera novela publicada por su autora (apareció en 1942, bajo el seudónimo de Alessandra Tornimparte, pues las leyes raciales le impedían usar sus apellidos tan inequívocamente judíos) y ya anticipa sus preocupaciones y sus temas predilectos, su estilo y sus recursos como escritora y, en definitiva, su singular personalidad literaria. En él se cuenta la historia de una muchacha de condición humilde, con escasa conciencia de la vida, que se deja ir a la deriva casi pasivamente hasta recalar en un puerto, el del matrimonio, que para ella después no será un verdadero puerto, sino apenas una etapa más en la vida de quien ya ha perdido toda capacidad para sentir. Esa capacidad existía, pero el joven que la alimentaba murió, como se recogía en una de las primeras críticas al libro. Delia, la narradora en primera persona, es una chica de dieciséis años que vive en un pueblo con sus padres, sus hermanos y un primo, Nini. Su hermana Azalea, un año mayor, había logrado escapar de la pobreza rural de la familia hacia una vida mejor, una engañosa e infeliz pequeña burguesía, casándose con alguien de la ciudad, donde tiene un amante y muchos vestidos y pasa la mitad del tiempo durmiendo. Delia sueña con una huida semejante que le permita dejar atrás las limitaciones, la monotonía y la estrechez de horizontes de un entorno presidido por una madre que vive en la queja permanente y de un padre estricto y autoritario. En cuanto tiene ocasión, toma “el camino que va a la ciudad”, pasea, deambula, visita a su hermana, y sale con Nini. Comienza una historia con Giulio, el hijo de un vecino rico, pero la felicidad la siente con Nini, que la trata con cariño y con el que comparte afinidades. Su embarazo de Giulio, el rechazo furibundo de su propio padre, el abandono del pueblo para evitar comentarios maledicentes, su posterior matrimonio, la muerte de Nini, a quien quería de verdad, la sumen en la tristeza sintiéndose sola, rara, fea e infeliz. 

Una vez más, afloran en la obra las circunstancias de la vida personal de la autora: los vecinos de Pizzoli, el pueblo en que estuvo confinada con Leone, reconvertidos en personajes del libro (Sin que los llamara ni se lo pidiera, se habían metido en mi historia (…) Con ellos se mezclaban -también sin haber sido llamados- mis amigos y parientes más cercanos); Delia, inspirada en una antigua compañera de escuela era, también y sobre todo, un reflejo de sí misma: en parte, de forma oscura y confusa, también era yo misma. Ahí me di cuenta de que cada vez que usaba la primera persona me colaba en mi escritura sin ser llamada, sin ser convocada

Las pequeñas virtudes supuso mi primer contacto con la literatura de Natalia Ginzburg, en la antigua edición de Alianza de 1966 en traducción de Jesús López Pacheco que me regalaron a mediados de los ochenta. El libro reúne once ensayos autobiográficos, publicados con anterioridad en la prensa, en los que la experiencia privada se convierte en reflexión moral y cívica. El texto no se ajusta a un argumento narrativo unitario, sino que se articula como una serie de textos breves escritos entre la guerra y la posguerra, donde la autora reflexiona sobre la infancia, la educación, el matrimonio, la pobreza, el destino, la escritura, la amistad, la educación, el silencio, el exilio interior y la memoria, la condición de la mujer. El ensayo que da título al libro, contiene este fragmento muy elocuente y, quizá por ello, muy citado: En relación con la educación de los hijos, pienso que se les debe enseñar, no las pequeñas virtudes, sino las grandes. No el ahorro, sino la generosidad y la indiferencia respecto al dinero; no la prudencia, sino el valor y el desprecio del peligro; no la astucia, sino la franqueza y el amor a la verdad; no la diplomacia, sino el amor al prójimo y la abnegación; no el deseo del éxito, sino el deseo de ser y de saber

Y para poner fin a esta interminable reseña, os remito a mi comentario de marzo de 2017 sobre otros dos muy estimables libros de Natalia Ginzburg, Y eso fue lo que pasó, la segunda publicación de la italiana, que apareció en España en 2016, con ocasión del centenario de la escritora, editado por Acantilado con prólogo de Italo Calvino y traducción de Andrés Barba, y A propósito de las mujeres, una recopilación de relatos, presentado ese mismo año la Editorial Lumen en traducción de María Pons Irazazábal y con láminas de Oscar Tusquets Blanca, prologada -en un preámbulo francamente prescindible, como lo son también los dibujos- por la mencionada Elena Medel, la ya veterana poeta cordobesa, que no es santa de mi devoción, lo que quizá influya en mi juicio sobre el poco interés que me han suscitado sus prólogos. Y eso fue lo que pasó se abre de un modo rotundo y dramático: Le pegué un tiro entre los ojos. No llevamos ni diez líneas del libro cuando se desvela, así, súbita y bruscamente, su desenlace. La narradora mata a su marido, huye en un estado de confusión y oscuridad hasta un parque cercano y, sentada en un banco, rememora su vida para dar cuenta de su historia a las pocas horas de su crimen en lo que será el relato que tenemos entre manos. 

A propósito de las mujeres es una colección de relatos que reúne ocho brillantes ejemplos del universo estilístico y temático de Natalia Ginzburg. Aunque el protagonismo de muchos de los cuentos, la voz narradora, recaiga en los hombres, hombres ahogados en matrimonios insustanciales, en vidas sin esperanza, desconcertados, perdidos, indecisos, desorientados, buscando inútilmente escapar de la apagada mediocridad de sus monótonos días, en el libro sobresalen las habituales figuras femeninas de su novelística, mujeres infelices, mujeres solitarias, mujeres hastiadas, aburridas, desesperadas, enamoradas, hartas, engañadas, soñadoras, ilusionadas, llorosas, arrepentidas, sufrientes, atenazadas por la culpa, mujeres tristes y melancólicas (Las mujeres tienen la mala costumbre de caer, cada tanto, en un pozo, de dejarse atrapar por una tremenda melancolía y hundirse dentro de ella, bracear y volver a salir, escribe). 

En fin, aquí termina por hoy esta inagotable edición de Todos los libros un libro. Y lo hace con una recomendación entusiasta por mi parte: ¡¡leed a Natalia Ginzburg!! ¡¡Leedla sea cual sea el libro por el que queráis introduciros en su obra!! Estoy seguro de que, tras ese primer contacto, no resistiréis la tentación de leer el resto de sus novelas y cuentos. Os dejo ahora con un poema escrito por ella poco antes de su muerte y que Maja Plufg recoge en su biografía en la traducción argentina de Gabriela Adamo. Tras los versos, un aria de Lohengrim, la ópera de Wagner que la madre de Natalia nos solía cantar después de cenar, como refiere en un pasaje de Léxico familiar. Se trata de Elsa’s Dream que os ofrezco en la interpretación de Elisabeth Schwarzkopf. 


No podemos saberlo 

No podemos saberlo. Nadie lo dijo. 
Quizá allá no haya más que un catre desvencijado, 
cuatro sillas con la paja salida y una pantufla vieja 
mordisqueada por las ratas. Tal vez Dios sea una rata 
y escape y se esconda no bien lleguemos. 
Y tal vez en cambio sea la pantufla vieja 
mordisqueada y gastada. No podemos saber. 
Quizá Dios nos rehúya, asustado, y tengamos que llamarlo 
y llamarlo largo rato, con los nombres más dulces 
para lograr que vuelva. Desde un punto lejano, 
en el cuarto, él nos escrutará, inmóvil. 
Quizá Dios sea pequeño como una brizna de polvo, 
y apenas lo veamos usando el microscopio: 
sombra azul diminuta en el cristalito, ala negra 
diminuta perdida en la noche del microscopio, 
y nosotros allí de pie, mudos, contemplándolo en vilo. 
Quizá Dios sea grande como el mar, y lance espuma y truene. 
Quizá Dios sea frío como el viento de invierno, 
quizá aúlle y retumbe como fragor que aturde, 
y debamos taparnos las orejas con las manos, 
helados y temblando, bien ocultos en el suelo. 
No podemos saber cómo es Dios. Y de todas las cosas 
que querríamos saber, es la única realmente esencial. 
Quizá Dios sea tedioso, tedioso como la lluvia 
y ese paraíso suyo sea un tedio mortal. 
Quizá Dios lleve anteojos negros, chalina de seda, 
dos pomeranias con correa. Quizá use polainas, 
esté sentado en un rincón sin decir palabra. 
Quizá se tiña el pelo, oiga radio portátil 
y se broncee las piernas en la azotea de un rascacielos. 
No podemos saber. Nadie sabe nada. 
Quizá no bien lleguemos nos mande al almacén 
a comprarle pan, salame y un jarrón de vino. 
Quizá Dios sea tedioso, tedioso como la lluvia 
y ese paraíso suyo sea el cantito de siempre, 
revoloteo de velos, de plumas, de nubes, 
olor a lirios cortados y un tedio mortal, 
y cada tanto media palabra para pasar el tiempo. 
Quizá Dios sean dos, una pareja de novios 
librados al sopor en una mesa de hostal. 
Quizá Dios no tenga tiempo. Dirá que nos vayamos 
y volvamos más tarde. Saldremos a pasear, 
nos sentaremos en un banco a contar trenes que pasan, 
hormigas, pájaros, barcos. A esa alta ventana 
Dios se asomará a mirar la noche y la calle. 
No podemos saber. Nadie lo sabe. 
O tal vez Dios tenga hambre y nos toque saciarlo, 
quizá se esté muriendo de hambre, y tenga frío, y tiemble de fiebre, 
bajo una frazada roñosa, llena de chinches, 
y debamos correr a buscar leche y leña, 
y llamar al médico, y vaya a saberse si 
damos pronto con un teléfono, y con la moneda, 
y con el número en la noche agitada, 
vaya a saberse si nos alcanza el dinero.
 
Videoconferencia
Natalia Ginzburg. Nuestros ayeres





miércoles, 28 de enero de 2026

ANNE BRONTË. AGNES GREY; LA INQUILINA DE WILDFELL HALL. PAULINA SPUCCHES. BRONTEANA 

Bienvenidos a un nueva edición de Todos los libros un libro. Como saben nuestros seguidores más habituales, desde el pasado 8 de diciembre, en que se cumplieron los cien años del nacimiento de Carmen Martín Gaite, he querido centrar nuestras emisiones en distintas manifestaciones del universo de la salmantina. Así, dos días después del aniversario os hablé aquí de la que, quizá, es su obra más representativa, Entre visillos, así como de la muy completa biografía de la escritora que el sabio profesor José Teruel presentó en marzo de 2025 en la editorial Tusquets. Tras la obligada pausa navideña, ya en este enero, he querido adentrarme en una vertiente de la trayectoria literaria de Martín Gaite, no tan conocida, aunque, a mi juicio, también muy valiosa, la que tiene que ver con sus traducciones, notables en una autora que se manejaba con solvencia en seis lenguas -inglés, francés, italiano, portugués, gallego y rumano- aparte del castellano materno. Y así, esta circunstancia fue la gozosa excusa para hablaros aquí, en las dos semanas precedentes, de Cumbres borrascosas y Jane Eyre, los dos clásicos de Emily y Charlotte Brontë, traducidos por nuestra centenaria homenajeada, y cuya lectura os sugerí en medio de un desbordante aluvión de referencias, que incluía distintas ediciones de ambos libros, textos complementarios sobre las hermanas y su mundo, alguna propuesta muy original que, a partir de un personaje, lateral pero relevante, de Jane Eyre, construía en torno a él una novela autónoma, y hasta diversas versiones cinematográficas de las que, sin excesivo énfasis, podríamos calificar de obras cumbre de la literatura universal. 

Llegados a este punto de mi ambiciosa serie, se me plantea ahora, en el momento de continuarla, una disyuntiva (meramente formal y atingente al calendario, pues desde el punto de vista del contenido las dos alternativas que en este momento afloran van a ser contempladas por mí en programas sucesivos, el de hoy y el de dentro de siete días; solo debo decidir el orden). Y es que, por un lado parecería razonable mantener en esta reseña la lógica “brontiana” que ha inspirado mis propuestas de este enero, cerrando el ciclo dedicado a las jóvenes escritoras de Haworth con la presentación de la obra de la tercera hermana literata, Anne. Ello supondría dejar de lado el desencadenante “martingaitiano” del ciclo, porque las dos novelas de Anne Brontë cuya lectura también quiero sugeriros, Agnes Grey y La inquilina de Wildfeld Hall, no han sido traducidas por Martín Gaite y no guardan con ella, pues, vínculo alguno que justifique engarzarlas en una serie que la tiene como origen y causa. Pero, por otro lado, si persisto en la conexión con la escritora de Salamanca, y en particular con la dimensión de su obra que atañe a las traducciones, debiera hablaros ahora de la literatura de una escritora que me entusiasma, que he leído con pasión desde hace décadas y que ha sido objeto también del interés de Martín Gaite, que tradujo, igualmente, dos de sus libros. Estoy hablando de Natalia Ginzburg y, por centrarme en sus textos traducidos por “Carmiña”, de Querido Miguel y Nuestros ayeres, dos novelas excelentes. Pero en este caso no me quedaría más remedio que interrumpir esa profunda inmersión en la realidad de las Brontë que nos ocupa desde este pasado 14 de enero. 

Despejo, pues, el dilema -tras haceros partícipes de él y, por tanto, tras adelantar la justificación de la “razonabilidad” de la opción elegida, cualquiera que hubiera sido- eligiendo continuar esta tarde con el intenso y entregado acercamiento a la apasionante existencia -biográfica y literaria, tan entremezcladas ambas- de las hermanas Brontë, a partir de los dos títulos referidos de la menor de ellas, Anne; y dejando para dentro de siete días mi también entusiasta -e igualmente fervorosa y enérgica- aproximación a la novelística de la genial escritora italiana y en la que, anticipo, no me limitaré a las dos obras mencionadas sino que la extenderé a otros libros memorables -casi todos novelas- como Las palabras de la noche, Las pequeñas virtudes, Léxico familiar, El camino que va a la ciudad, Y eso fue lo que pasó o A propósito de las mujeres


Yo no había leído Agnes Grey hasta ahora, cuando me planteé la apertura de este ciclo “brontiano”. Sí lo había hecho, pero hace décadas y sin que en mi memoria quedara recuerdo alguno, con La inquilina de Wildfeld Hall. Su lectura actual -relectura en el segundo caso- me ha resultado altamente estimulante, aunque sin llegar a la apabullante impresión que causan las obras de sus dos hermanas mayores (pero no muy lejos de ellas). Agnes Grey os la presento en una doble edición, en las versiones de Alba y de Cátedra, siendo magníficas e interesantes por distintos motivos cualquiera de las ediciones. La de Alba, traducida por Menchu Gutiérrez, es de 1997. La de la ejemplar editorial Cátedra apareció en el año 2000 en el seno de su inigualable serie “Letras universales”, con la edición y el sustancioso estudio preliminar de María José Coperías y la traducción a cargo de Elizabeth Power. La inquilina de Wildfeld Hall, también en Alba Editorial, se publicó igualmente en 1997 y cuenta con la traducción de Waldo Leirós. De todas ellas hay ediciones más recientes y, como es obvio al tratarse de clásicos, con versiones en otras editoriales. Y aprovechando que con Anne cerramos el repaso a la literatura de las Brontë, quiero señalar que también en Cátedra, y dentro de su “Bibliotheca AVREA”, hay una formidable edición conjunta de las tres obras sustanciales de cada una de ellas, Cumbres borrascosas, Jane Eyre y Agnes Grey, en un único volumen que puede constituir un precioso regalo “posnavideño” (lo sé, ciertamente bastante “aplazado”). 

Antes, no obstante, de adentrarme en el comentario de las dos novelas que centran mi reseña, quiero dejar un breve apunte sobre la personalidad de Anne, cuya biografía, al igual que la de sus hermanas, se entrelaza fuertemente con su literatura, explicando más de un elemento de sus libros. La obra de la menor de las Brontë ha sido, hasta hace relativamente poco tiempo, minusvalorada, opacada incluso por la poderosa sombra de Emily y, sobre todo, Charlotte. Ya desde los primeros momentos de sus carreras literarias Anne aparecía como “la otra hermana” o “la tercera hermana”, como si careciera de personalidad propia, una suerte de Cenicienta oscurecida por la abrumadora presencia de las otras dos. En los diversos estudios sobre las creaciones de las hermanas -muy abundantes en el caso de las dos mayores y significativamente más escasos en relación con las novelas de Anne- se ha esgrimido como una de las causas de este hecho su carácter, tímido, dulce y amable, su naturaleza retraída, que se interpretó en su época como síntoma de debilidad. Anne manifestó, desde su nacimiento, problemas de asma y siempre tuvo una salud frágil. La muerte de su madre, cuando ella contaba poco más de un año, acentuó su indefensión y siendo la pequeña y la más débil fue objeto de la especial protección de su padre, de sus hermanas y, sobre todo, de su tía Elizabeth Branwell, que acudió a Haworth a cuidar de su hermana moribunda y que se encargó del cuidado de los niños cuando Maria Branwell falleció. La severa religiosidad de su tía, la particular atención de esta a su sobrina favorita y la consiguiente mayor influencia sobre ella, las crisis espirituales de la chica en su adolescencia y su primera juventud, el temor a condenarse y el sentimiento de pecado (que explican el consiguiente énfasis moralista de sus novelas), su inseguridad y la conciencia de su escasa valía personal, son factores que contribuyeron a una cierta imagen de debilidad intelectual y de carácter que repercutieron en una menor relevancia de una figura que chocaba con la impresión de fuerza y pasión que transmitían sus hermanas. Sin embargo, así lo afirma la profesora Coperías en su prólogo a Agnes Grey, Anne era una mujer tenaz, decidida y valiente, que suplía con una vigorosa fuerza de voluntad, la pujanza y la energía con las que Emily y Charlotte contaban por naturaleza. Por otro lado, a diferencia, una vez más, de sus hermanas, no hay demasiados documentos -cartas, escritos varios-, más allá de sus novelas y algunos poemas, en que podamos escuchar su propia voz, razón por la cual lo que conocemos de ella nos ha llegado a través de Charlotte, bien de una manera directa, en sus comentarios sobre la obra de su hermana, bien de un modo indirecto, pero igualmente “filtrado”, a partir de las impresiones de Ellen Nussey y Elizabeth Gaskell, amigas ambas, y biógrafa además esta última, de la propia Charlotte. Una Charlotte que, convertida al morir sus hermanas en “embajadora” de sus obras sin posibilidad de que sus comentarios fueran contrastados, alabó la fuerza y la originalidad de Emily frente a la carencia de estas virtudes en Anne, contribuyendo así a consolidar el estereotipo -en el fondo falso, como he apuntado- de su hermana como una persona dulce y frágil pero carente de nervio personal y creativo. Además, fue muy crítica con La inquilina de Wildfell Hall, minimizando el éxito que obtuvo el libro, llegando a afirmar que la elección del tema -controvertido y polémico, como luego veremos- había sido un error y reclamando, tras el fallecimiento de Anne y con el noble fin de proteger su reputación, dadas las críticas que había provocado su aparición, que la novela no volviera a publicarse. Hay un estupendo cómic, publicado hace unos meses que resulta altamente interesante y muy útil para completar, de un modo muy poético, y con una tratamiento gráfico muy brillante y colorista, la biografía de la menor de las Brontë. Su autora es Paulina Spucches, y el libro apareció, bajo el título de Bronteana, en la editorial Garbuix Books, especializada en cómics. La traducción de los textos corresponde a Carme Roselló. 

Intentando, como de costumbre, aunque no siempre con éxito, no destripar en demasía el argumento de la obra, la trama de Agnes Grey, por otro lado bastante sencilla y sin episodios o lances sobresalientes -en esto muy distinta al pasional y turbulento drama de Cumbres borrascosas y a la intensidad y el misterio de Jane Eyre-, nos presenta, en una narración en primera persona, a Agnes, una joven de origen modesto y piadoso (su padre un clérigo y su madre la hija de un caballero con fortuna, que la desheredará, no obstante, tras su matrimonio, al preferir ella vivir en una casa rústica con Richard Grey que en un palacio con cualquier otro hombre del mundo), a la que la necesidad económica tras la ruina familiar (fruto de una nefasta inversión económica de un padre que nunca se recuperaría del fracaso), obliga a buscar trabajo como institutriz. Agnes da cuenta de su paso por dos hogares que encarnan formas distintas de degradación social. La primera casa, la de los Bloomfield, ofrece la caricatura de la negligencia aristocrática: niños malcriados, padres ausentes y una posición profesional ambigua -y en cualquier caso angustiosa y sufriente- para la institutriz, cuya profesión la situaba a medio camino entre una cierta respetabilidad esperable, derivada de la formación y cultura exigidas para el desempeño de su trabajo, y el habitual desprecio con el que era tratada por los miembros la familia, para los que representa poco más que una sirvienta. La segunda, la de los Murray, reflejo de un nivel social, económico y cultural más alto, cuyo supuesto refinamiento se revela sin embargo como jactancioso, superficial y carente de convicciones morales (yo era la única persona en la casa que profesaba sólidos principios, que habitualmente decía la verdad y que en general tenía sentido del deber), sitúa a la protagonista en escenario similar, en el que vive un idéntico clima de vejaciones, indignidad, humillación y hasta hostilidad. El relato de ambas experiencias, rico en escenas y detalles de esa cotidianidad amarga y frustrante (sentía que mi inteligencia se deterioraba, que mi corazón se endurecía, que mi alma se empequeñecía, y temblaba al pensar que mis principios morales podrían tambalearse, que mi percepción del bien y del mal podría verse debilitada, y que mis mejores facultades podrían quedar enterradas bajo la malsana influencia de aquella forma de vida), avanza entre manifestaciones de la fortaleza, la resistencia, la constancia moral, los valores éticos, la religiosidad, el espíritu crítico y el afán pedagógico de la protagonista con los que a duras penas logra sobreponerse a su languideciente reclusión, a su afligida y pesarosa existencia, que más de una vez la sumen en el desaliento y el desánimo: He vivido casi veintitrés años, he sufrido mucho y apenas he conocido la alegría. ¿Es posible que mi vida continúe siempre siendo tan sombría? ¿No existe la posibilidad de que Dios haya escuchado mis oraciones, que aparte las sombras que se ciernen sobre mí y me conceda algunos rayos de su luz divina? ¿Me negará esa bendición que otros reciben sin pedirla ni agradecerla? ¿No tengo derecho a mantener la esperanza? 

Durante la estancia en el hogar de los Murray, Agnes se cruzará con otro clérigo -el enésimo en las obras de las hermanas; y en general en la literatura victoriana-, Edward Weston, ayudante del vicario local, cuyas cualidades de sobriedad, inteligencia, sensatez, humildad, reflexión, bondad, coherencia y sensibilidad moral, lo harán aparecer, a ojos de la muchacha, como la estrella matutina que podía salvarme del terror de una oscuridad completa. Weston aporta a una Agnes sufriente pero por fin esperanzada un atisbo de ilusión en un hilo de la trama novelesca cuyo desarrollo, como es obvio, no desvelaré. 

La narradora abre su relato con una afirmación reveladora: Todas las historias verdaderas contienen una enseñanza aunque en ocasiones el tesoro sea difícil de encontrar y, una vez encontrado, resulte tan insignificante que el fruto seco y arrugado apenas compense el trabajo de romper la cáscara; para añadir pocas líneas después: protegida por mi propia oscuridad, por el paso de los años y por algunos nombres ficticios, me arriesgo sin miedo a exponer abiertamente ante el público lo que no me hubiese atrevido a revelar al amigo más íntimo. Por más que pueda tratarse de un recurso literario, por lo demás muy frecuente, estas afirmaciones invitan a llevar a cabo el cotejo entre la vida de Agnes y la de su creadora, en un escrutinio que ofrece más de una muestra del carácter fuertemente autobiográfico de su libro (un hecho que aparece reforzado, además, por otra significativa frase que encontramos casi al término de la obra: Aquí me detengo. Mi diario, del cual he extraído estas páginas, continúa aún un poco más). Hay, en efecto, un paralelismo notorio entre muchas circunstancias de ambas existencias, la real de Anne y la ficticia de Agnes: la formación de la joven autora en música, canto, dibujo, francés, latín, alemán, historia, lengua, aritmética y geografía, indispensable para su ejercicio profesional; su desempeño como institutriz en varias familias; los sentimientos de inseguridad y falta de autoridad en su trabajo derivados de su juventud e inexperiencia; las dificultades provocadas por el insoportable despotismo de los niños a su cargo y la simultánea y ciega condescendencia hacia ellos de sus propios padres, llegando hasta el cuestionamiento y el rechazo de la tutora; el duro golpe que supone para ambas la muerte de algún familiar (la del padre para Agnes y la de su tía Elizabeth para Anne); la figura de un clérigo que despierta el interés y la atracción de las muchachas, el citado Edward Weston en la ficción y William Weightman, joven vicario de Haworth, en la realidad de la autora; entre otros muchos. 

En este contexto relativo al peso de lo biográfico de la literatura de Anne pueden situarse también los muchos “guiños” que remiten al universo personal de las hermanas Brontë. Así, las abundantes coincidencias -más que casuales- en los topónimos y los nombres de los personajes de las novelas de las tres. La profesora Coperías resalta en su muy informado estudio la identidad de iniciales entre Wuthering Hights (Cumbres Borrascosas) y Wildfeld Hall, entre Heathcliff, Hareton y Hindley, por un lado, y Huntingdon, Hattersley, Hargrave y Halford, por otro, que constituyen un vínculo -menor pero explícito e indudablemente consciente- entre las obras de Emily y Anne. Otro tanto ocurre con las parejas Jane-Rochester, en Jane Eyre y, como luego veremos, Helen-Huntingdon, en La inquilina de Wildfeld Hall

Pero, más allá de estos detalles anecdóticos, entre las novelas “brontianas” hay también -y ello se aprecia de un modo muy evidente cuando, como ha sido mi caso, uno se sumerge en ellas durante varias semanas- temas comunes e ideas concordantes. Así, siempre acaban por aflorar, en mayor o menor medida y con distintos matices en las novelas de cada una de ellas, el conflicto entre pasión y moralidad o emoción y razón (resuelto de manera muy distinta en el arrebato de Cumbres Borrascosas; la contención del deseo, embridado por las pautas morales, en Jane Eyre; y la orientación pasional hacia un horizonte de integridad y justicia en Agnes Grey); la presencia de un personaje femenino que rema a contracorriente y desafía las convenciones dominantes; la crítica social, manifestada en la denuncia -moderada y tímida, dada la época- de los abusos del poder, que se ejemplifica en los personajes masculinos autoritarios, en la constatación de la injusta estructura de clases y, sobre todo, en la notoria descripción de la condición femenina, del sometimiento, la sujeción y la subordinación de las mujeres, con la explícita queja y la consiguiente reivindicación de su justo lugar en la educación, el empleo, el matrimonio y el propiedad; los personajes intensos, solitarios y profundamente introspectivos, en cierto modo marginales y rebeldes, que no encajan del todo en la jerarquía social y los parámetros morales de su tiempo; la poderosa y enfática reivindicación del derecho al juicio propio, a la autonomía y la dignidad individuales, sobre todo en el caso de la mujer, siempre preterida en estos ámbitos. 

Y, en otro plano, no relativo a las ideas sino vinculado a los escenarios de las tramas y a ciertos asuntos argumentales, llama la atención la recurrencia -de nuevo en distinto grado en cada una de las tres-, de la presencia de la infidelidad conyugal; las referencias a los excesos en la afición a la bebida y las costumbres disipadas; la violencia de algunos caracteres masculinos; la aparición, siempre evanescente, de lo sobrenatural; las constantes menciones a pasajes bíblicos (muy abundantes en las novelas de Anne); la común ambientación en espacios cerrados y sofocantes, símbolos de la opresión y la desigualdad: orfanatos, internados, mansiones góticas, casas apartadas, escuelas coercitivas, entornos familiares insensibles y carentes de la mínima empatía; y, en significativa contraposición, la importancia de la naturaleza, abiertamente salvaje en Cumbres borrascosas, relativamente más disciplinada en Jane Eyre, o mucho más doméstica y sin excesos en Agnes Grey, pero que funciona siempre como espejo psicológico y con connotaciones morales. 

Como especial singularidad de Agnes Grey destacan dos rasgos en los que quiero detenerme brevemente: la detallada exposición, casi documental, de las condiciones de trabajo y de vida de las institutrices, y el énfasis pedagógico y aleccionador del discurso de su protagonista y narradora. En lo que atañe al primero de los frentes, la novela plasma con elocuencia y minuciosidad la situación de las preceptoras domésticas y, por extensión, la de las mujeres de la época. Una vez más, el análisis de la profesora Coperías a este respecto es magnífico. En una sociedad en la que las muertes en las guerras napoleónicas y los desplazamientos provocados por la revolución industrial supusieron una evidente escasez de hombres (con una media de 1.053 mujeres por cada 1.000 hombres), una de las dos opciones relativamente “decentes” que en aquel tiempo se ofrecían a las mujeres para lograr un cierto desarrollo vital e incluso la mera subsistencia, el matrimonio, revestía en muchos casos y por esa circunstancia una especial dificultad. La otra alternativa, la necesidad de un empleo que permitiera salir del hogar sin perder la respetabilidad que entonces ese hecho suponía, era la enseñanza, el trabajo de institutriz, que mantenía un suerte de apariencia de vida familiar, ofreciendo además la posibilidad de obtener ciertos ingresos, siempre muy modestos. En mi reseña de hace siete días ya adelantaba el muy relevante dato de las 25.000 mujeres trabajando como institutrices en la Inglaterra de 1851 (con su lógico reflejo en la literatura: entre 1814 y 1835, se llegaron a publicar ciento cuarenta novelas -melodramas, moralizantes, religiosas- con la presencia en ellas de institutrices). Las Brontë no escaparon a esta tendencia y también Anne las incorporó como personajes, aunque en su caso con un enfoque singular y característico. Y es que Agnes -y la propia Anne- quiere ser institutriz, de modo que en lo que en las obras de otras autoras se expresa como queja o desprecio, en la suya se manifiesta como un reflejo fiel de la situación de estas mujeres, reivindicando su identidad profesional y el derecho a su trabajo con dignidad y sin menosprecio. Hay así, un recorrido circunstanciado por los pormenores de su empleo: el escaso salario, el maltrato, las humillaciones y el desprecio, los desaires, las crueldades infantiles, la exclusión de las conversaciones familiares, el aislamiento y la soledad, la indiferencia del entorno, las alusiones despectivas, el abierto rechazo, la pérdida de identidad social -desubicadas en un terreno de nadie por entre los roles de criada, familiar, invitada o, raramente, una igual-, los niños caprichosos y tiránicos, desconocedores de límite alguno, las madres complacientes y permisivas, los padres indiferentes u hostiles, los criados que las odian porque, viendo a las jóvenes formar parte como ellos de la servidumbre, se las supone en un estatus superior por su actividad, la dificultad para hacer amistades, ajenas a cualquiera de los círculos sociales en los que deben desenvolverse. En su lúcido relato, Agnes denuncia la violencia doméstica, siempre dentro de los reducidos márgenes que la época permite, y reivindica la libertad femenina, aprovechando este pormenorizado registro de los detalles cotidianos para convertirlo en pequeñas lecciones éticas que guían su juicio y su conducta. Hay críticos que han visto en Agnes Grey, y yo no puedo estar más de acuerdo (siendo esta circunstancia la que, a mi juicio, hace desmerecer su valor), una suerte de informe, una novela documental y testimonial. Y es que, sin duda, la novela cuestiona las estructuras de autoridad doméstica sin dejarse llevar por la indignación retórica y confiando en que la mera exposición paciente -y algo plana- de la realidad de los hechos, despierte la conciencia del lector. 

Y ello entronca con el otro elemento distintivo de la novela que he denominado más arriba el “énfasis pedagógico”, revelador del propósito moral, de la voluntad de instruir. Para el personaje -y para su autora- la educación supone siempre una transformación moral más que la mera instrucción académica. El didactismo de su propuesta es indudablemente ético: se educa para formar el carácter, para cultivar las capacidades de comprensión del otro, de compasión con él, no para la ostentación social. Por el contrario, las familias que emplean a Agnes, ignoran cualquier atisbo de valor auténtico en la educación (caso de los Bloomfield) o confunden, como los Murray, educación con refinamiento superficial (conciertos, lecciones de piano, modales), y ante esa inversión de valores, la protagonista reacciona con convicción. 

Autoridad moral, integridad, honradez, ejemplaridad, respeto y prudencia enfrentados a la apariencia, el artificio y la impostura social, he ahí el mensaje principal de la jovencísima institutriz que, teñido de un fuerte componente religioso (fruto probable de la influencia de su tía Elizabeth, de rígidas convicciones metodistas) y manifestado con un estilo claro y sencillo, en una primera persona testimonial y cercana (aderezada con frecuentes interpelaciones al lector, con unas sobresalientes economía léxica y precisión descriptiva), comparece, nítido, en una novela estimable. 

Releída ahora, décadas después de mi primer encuentro con ella, La inquilina de Wildfell Hall, publicada, como he dicho, por Alba editorial en 1997 en traducción de Waldo Leirós, me ha parecido más interesante que su antecesora, por su complejidad estructural, por su temática, más ambiciosa que en Agnes Grey, e incluso por su visión, adelantada y en cierto modo anticipatoria, de la “cuestión femenina”. La novela se abre, en un texto introductorio previo a su primer capítulo (hay un prefacio de la autora que comentaré más adelante), con una carta que Gilbert Markham, un hacendado caballero que vive con su madre y sus dos hermanos en Linden Car, a cargo de las tierras de su padre, ya muerto, en una comunidad rural provinciana, escribe a su amigo -y quizá algo más, pero esa circunstancia solo se desvela en la última de las quinientas setenta y cuatro páginas del libro- Jack Halford. La última vez que ambos se habían encontrado, Gilbert había desatendido, con una cierta falta de educación, una pormenorizada narración de Jack sobre ciertos episodios de su juventud. El incidente tensó su amistad, por lo que ahora, Gilbert, para reconducirla, expiar su posible culpa pasada y mitigar cualquier sentimiento herido de su amigo, le escribe enviándole un esbozo —no, no un esbozo—, un relato completo y fiel de ciertas circunstancias relacionadas con el hecho más importante de mi vida —al menos de mi vida anterior a mi relación con Jack Halford—. En esta carta inicial Gilbert advierte a Jack de que para confeccionar su extenso relato se servirá de un viejo y descolorido diario mío, que menciono para asegurarme de que no cuento sólo con la memoria —por muy tenaz que ésta sea— para apoyarme en mi relato, con el fin de no abusar demasiado de tu credulidad cuando me sigas a través de los pequeños detalles de la narración

En su correspondencia con un Halford receptor pasivo y sin voz, mero sustituto del lector, Gilbert, que se retrotrae varios años atrás (la carta aparece fechada, ahora en la última línea de la novela, el 10 de junio de 1847) hasta el otoño de 1827 (Yo era joven entonces, recuerda —tenía sólo veinticuatro años, le dice a su corresponsal), le informa de la llegada entonces a la vecindad de Helen Graham, una viuda joven, reservada y económicamente independiente, que acaba de instalarse en Wildfell Hall, una solitaria mansión, hasta hace poco semiabandonada, en donde vive con su pequeño hijo y una anciana criada. La curiosidad de las gentes de la zona hacia la extraña, aderezada con los rumores y prejuicios propios de la pacata sociedad rural de la época, despiertan también el interés de Graham por la atractiva y misteriosa inquilina, hasta el punto de que, poco a poco, la recién llegada acaba por desplazar sobre sí la titubeante atención inicial del joven hacia su vecina Eliza Millward -poco consistente, en cualquier caso, entre otras razones por la escasa confianza de la señora Markham, madre de Graham, en las virtudes de la muchacha. El acercamiento de Gilbert hacia Helen, percibido por esta como inapropiado, por razones en ese momento inexplicadas, queda interrumpido cuando la viuda, deseosa de dar razón de su comportamiento, entrega al joven su diario personal, en que revela su propia historia y el enigma que se encierra tras su reserva, su circunspección y su aislamiento. Lo tengo ahora ante mí, escribe Gilbert a su amigo, y aunque no podrías leerlo con la mitad del interés con que yo lo hice, sé que no te contentarías con un resumen de su contenido; así que lo tendrás todo, salvo, quizá, algunos pasajes aquí y allá que sólo tenían un interés pasajero para quien lo escribió, o aquellos que sólo servirían para embrollar la historia más que para aclararla. Comienza de un modo un poco brusco, así… pero dejaremos su comienzo para otro capítulo

Estamos en el capítulo décimo quinto y desde él hasta el cuadragésimo cuarto (de un total de cincuenta y tres) las palabras de Helen, recogidas, en su propia voz, en ese diario constituirán el núcleo de la novela. En ellas - ¡y anticipo aquí un revelador espóiler! - Helen relata su matrimonio, ciegamente enamorada, con Arthur Huntingdon; la gradual erosión del hogar por los excesos (el alcohol, el libertinaje, el adulterio y la depravación moral) de su esposo; y la atrevida y valiente y escandalosa para la época decisión de la mujer de abandonarlo para proteger a su hijo y preservar su propia integridad. La relación de episodios, felices inicialmente y, sobre todo, dramáticos, de los seis años y medio del matrimonio (el diario da comienzo el 1 de junio de 1821 y termina el 3 de noviembre de 1827) concluye con la devolución de las riendas de la narración a Gilbert Markham que reanudará la historia para su corresponsal hasta su desenlace que, por razones evidentes, no quiero desvelar. 

El libro, pese a la inusitada descripción de las desgracias y los abusos conyugales y a la insólita presentación del abandono matrimonial por parte de la esposa, tuvo una notable repercusión y un apreciable éxito entre los lectores de su tiempo. No obstante, igualmente por las mismas razones, recibió críticas muy ásperas, en las que se lo denostaba por ser demasiado explícito y moralmente peligroso; por justificar el desafío a la autoridad marital y la violación flagrante de los deberes conyugales; y por presentar, con un realismo “impropio de una dama”, cuestiones de gran crudeza como el alcoholismo, la violencia en el seno del matrimonio, la degradación y los vicios de los hombres (hay críticas que consideran la obra como misándrica). Se le reprochaba también a su autora su predilección morbosa por lo grosero, cuando no por lo brutal. Anne Brontë sale al paso de las críticas en su prefacio a la segunda edición de la novela, fechado el 22 de julio de 1848 e incluido en la edición de Alba. Quejosa por el hecho de que se hubiera criticado en Agnes Grey su excesivo realismo (la historia de Agnes Grey fue acusada de cargar las tintas en aquellos pasajes que eran precisamente una copia exacta de la realidad, en los que se evitó escrupulosamente toda exageración), reacciona ahora ante las recriminaciones que le echaban en cara su exagerada distorsión de esa realidad. Con su ya mencionada y recurrente inspiración religiosa defiende con convicción el propósito y el planteamiento de La inquilina de Wildfell Hall: cuando sienta que es mi deber decir una verdad desagradable, con la ayuda de Dios, la diré, aunque sea perjudicial para mi nombre y vaya en detrimento del placer inmediato del lector y del mío propio. A continuación, aporta una puntualización conciliadora en la que deja clara, sin embargo, su consabida voluntad moralizante: No se debe suponer, a la vista de las actuaciones del desgraciado calavera y el pequeño grupo de libertinos que aquí se presentan, que son un ejemplo de las prácticas comunes de una sociedad: se trata de un caso extremo, como espero que a nadie se le escapará; pero sé que semejantes personajes existen, y si he prevenido a un solo joven temerario sobre las consecuencias de seguir su camino, o he impedido que una sola muchacha caiga en el mismo error natural de mi heroína, el libro no habrá sido escrito en vano. La convincente defensa de su novela la lleva también a escribir, en el prefacio citado, una aclaración sobre la identidad del Acton Bell que figuraba como autor de la novela, en unos párrafos que incluyen esta valiosa reivindicación de las obras literarias sea cual sea el sexo de quien las escriba. Los transcribo íntegros por su relevancia y significatividad: 

Respecto a la identidad de quien ha escrito el libro, me gustaría dejar meridianamente claro que Acton Bell no es Currer ni Ellis Bell y, por tanto, no deben atribuirse a ellos sus errores. En cuanto a si su nombre es real o ficticio, poco puede importarles a quienes sólo conocen de tal persona sus obras. Como bien poco, creo yo, puede importar que semejante nombre esconda la personalidad de un hombre o una mujer, tal como uno o dos de mis críticos afirman haber descubierto. Tomo la imputación por su lado bueno, como un cumplido a la descripción justa de mis personajes femeninos; y aunque no tengo más remedio que atribuir buena parte de la severidad de mis censores a esta sospecha, no me molestaré en refutarla, porque, en mi opinión, si un libro es bueno, lo es independientemente del sexo de quien lo ha escrito. Todas las novelas se escriben, o deben ser escritas, para que las lean hombres y mujeres, y no puedo concebir que un hombre se permita escribir algo que sea realmente vergonzoso para una mujer, o que una mujer sea censurada por escribir algo que sea conveniente y adecuado para un hombre. 

Estas palabras preliminares de Anne Brontë me permiten enlazar con mis comentarios sobre algunos temas fundamentales de su novela, singularmente el ya resaltado carácter autobiográfico de sus ficciones y, sobre todo, el anticipador y muy adelantado a su tiempo tratamiento de la cuestión femenina. En relación con el primero de los asuntos, ya he hablado aquí, en las entregas anteriores de esta extensa e intensa serie sobre el universo “brontiano”, de los fuertes lazos entre la vida y la obra de las tres hermanas, a partir del magnífico libro de Deborah Lutz que os presenté hace quince días. Esa imbricación entre la realidad personal y la ficción novelesca no puede defenderse de un modo rígido y acrítico, entendida como una mera trasposición literal de las particularidades biográficas a las tramas literarias, sino como una inspiración y una atmósfera que se revelan en infinidad de detalles -sustanciales unos y meramente circunstanciales otros- que pueblan las peripecias de sus protagonistas. Así, en La inquilina de Wildfell Hall, el referente más conspicuo de estas conexiones lo encontramos en la figura de Huntingdon, cuya tendencia a la bebida, la disipación y la infidelidad es, quizá, fiel reflejo de Branwell, el hermano de Anne, que tras el rechazo de la señora Robinson, madre de los niños de los que era tutor y de la que se había enamorado, se entregó al alcohol y a las drogas, con el consiguiente deterioro físico y psíquico y su previsible y dramático final. En las cartas de Charlotte a su amiga Ellen Nussey se manifiesta el resentimiento de las jóvenes hacia él por su falta de control y por el coste económico y emocional que su comportamiento conllevaba para la familia. Heathcliff y Rochester, los personajes masculinos de Cumbres borrascosas y Jane Eyre, presentan un modelo de hombre, apasionado y enigmático, torturado, intenso y violento, decidido, de férrea determinación, simultáneamente luminoso y oscuro, el romántico héroe “byroniano”, en definitiva, totalmente alejado de la debilidad patética de su hermano, aunque sí coinciden en el modo en que encarnan la desesperación y el fracaso amorosos. Desde otra perspectiva, en La inquilina de Wildfell Hall, Anne, quizá proyectando el rechazo moral que también a ella le suscitaba la conducta de Branwell, desprovee a su personaje del menor rastro de carisma y atractivo, de misterio y profundidad, presentándolo como el frívolo y desconsiderado, el marido borracho y maltratador, frívolo aunque con encanto, espiritualmente vacío, incapaz de concebir la responsabilidad afectiva y, sobre todo, cruel responsable del sometimiento de su mujer, encerrada en la cárcel de una relación violenta. 

Por lo demás, la obra está plagada de pequeñas muestras de los objetos, los hábitos y los signos de la cotidianidad de las escritoras que tan bien se examinaban en El gabinete de las hermanas Brontë: la presencia de los libros, indispensables en Haworth y que afloran también en los escenarios de la historia (una vieja librería a uno de los lados de la chimenea, ocupada por una mezcla heterogénea de libros, en la deteriorada mansión de la señora Graham; o el refugio en ellos de Helen en las crisis matrimoniales; los libros como emblema de la elevación de espíritu y de la vida guiada por altos principios morales); la entrega de las mujeres a las labores de costura, cargada también en las ficciones de un alto valor simbólico: en La inquilina de Wildfell Hall, las hermanas Mary y Eliza Millward se ocupan de esas tareas de un modo significativamente distinto: Mary, que se nos presenta nimbada de un halo de simpatía, remienda medias o cose el dobladillo de una sábana, ocupaciones “útiles”; su hermana, en cambio, más “ligera” y muy mentirosa, se afana en el bordado o en reborde de encaje de un pañuelo, actividades más frívolas. Y está el valor que las hermanas dan al amor a los animales, ejemplificado en la brutalidad de Huntingdon hacia Dash, su cocker (su dueño agarró un pesado libro y se lo arrojó a la cabeza. El pobre perro soltó un aullido lastimero y corrió hacia la puerta), y en el trato afable y bondadoso de Markham con Sancho, su apacible perdiguero, en un nuevo ejemplo del carácter metafórico con el que Anne -y en general sus hermanas- “transforma” los elementos de su entorno real. Y es relevante también la presencia de la pintura, aquí presente en la ocupación artística de Helen y muy común en la dedicación y un cierto talento para el dibujo de las Brontë. Otro tanto ocurre con el recurso argumental del escritorio cerrado con llave, un espacio personal que preserva los secretos, trascendental en la vida de las muchachas (no se olvide cómo Charlotte accederá al escritorio de sus hermanas, cotilleando sus poemas, en un “fisgoneo” culpable pero al que debemos el que, en último término, sus obras se hayan llegado a publicar). En La inquilina de Wildfell Hall, el violento marido se entera de los planes de fuga de su desesperada esposa leyendo su diario, en una violación flagrante de su privacidad, agravada por el hecho de que le arrebata las llaves de su escritorio, un mueble, esencial para Helen, al que recurre en diversas ocasiones del libro, como cuando, al no poder dormir, relata: Me acerqué al escritorio y me senté en bata a referir los acontecimientos de la noche pasada

El elemento más singular, también el más destacado, y probablemente el más actual de la novela tiene que ver con el tratamiento de la condición femenina, la crítica a “lo masculino” y, con todas las cautelas en el uso del término, el feminismo anticipador. En ella Anne muestra, con todos los matices que impone la época, un discurso que alguna crítica ha calificado de “subversivo”. El poso de las historias fantasiosas que las hermanas escribían en su infancia y que afloraba de manera evidente en los argumentos de Cumbres borrascosas y Jane Eyre, aquí es prácticamente imperceptible, en un enfoque más realista (ya no hay la ornamentación gótica y el exceso romántico de aquellas), que puede leerse como una descripción casi documental de la violencia conyugal, una crítica en contra de las leyes que sometían a las mujeres, sobre todo en el seno del matrimonio, y una reivindicación de la libertad personal, laboral, social, económica y sentimental de sus contemporáneas. He leído algún artículo que alude al “realismo ético” victoriano para definir la obra, a la que considera una pieza clave para entender la emergencia de una conciencia feminista en la narrativa inglesa. 

Los temas principales que atraviesan la novela entrelazan, sin estridencias ni subrayados explícitos, la historia personal y su dimensión colectiva, lo privado y lo público. Por entre la narración, en particular a lo largo del relato de Helen Graham en su diario, el lector “es llevado” a reflexionar sobre el matrimonio y el poder en aquella sociedad, sobre el alcoholismo y la entrega a los placeres físicos como metáfora de la corrupción moral, sobre la maternidad y la injusta regulación de los derechos parentales, sobre la (inexistente) autonomía económica femenina, sobre la ciega imposición de la ley y la hipocresía social. Anne Brontë no solo denuncia la violencia doméstica, sino que, en un salto no tan común en su tiempo, problematiza la institución legal del matrimonio que protege los vicios masculinos con el manto de la propiedad conyugal. El abandono del hogar de su protagonista ante la degradación del matrimonio, es un acto revolucionario -uno de los momentos más audaces de la narrativa del siglo XIX en Inglaterra, ha escrito la crítica- con el que rechaza de modo frontal la sumisión que la sociedad victoriana esperaba de una esposa; una liberadora manifestación de independencia, pues refleja su deseo de preservar su integridad espiritual y moral, sin sujeciones ni ataduras; y una expresión de responsabilidad ética, pues está movido por el deber de proteger a su hijo. A la vez, ofrece un ejemplo vivo de la capacidad de una mujer para, con su trabajo (pintar cuadros y venderlos), lograr una autonomía económica que subvierte la consabida expectativa del sometimiento femenino. Por otro lado, la novela plantea la maternidad como un ejercicio ético activo, pues Helen no sólo preserva a su hijo de la devastadora influencia paterna, sino que lucha por educarlo convenientemente y transmitirle valores. En términos temáticos, pues, La inquilina de Wildefell Hall desmonta tres pilares de la cultura victoriana: el matrimonio como contrato sagrado (que la valiente huida de Helen resquebraja), la autoridad masculina como modelo moral (destrozada por el lúcido y atrevido retrato que la protagonista hace de su marido), y la domesticidad femenina como destino natural (puesta en solfa por la independencia económica a la que la mujer accede mediante la pintura). 

Unas palabras finales ya, para apuntar lo interesante de la apuesta estilística y la singular estructura de la novela, originalidad que, al decir de alguno de los estudios que he consultado, corre en paralelo a su atrevimiento temático (un ejemplo de cómo la forma -la decisión sobre quién habla y cómo se registra la verdad- puede ser una estrategia ética). En este sentido, la particular organización del relato al modo de las “cajas chinas” (una novela que escribe Acton Bell, que no es sino Anne Brontë, que pronto da paso a una carta de Gilbert Markham, que, a su vez, se aparta para que “hable” el diario de Helen Graham; y todo ello en una narración retrospectiva), la alternancia de voces (Gilbert, Helen y de nuevo Gilbert), la incorporación de dicho diario para ofrecer la visión femenina de la historia, son operaciones literarias anticipatorias del uso de recursos narrativos comúnmente aceptados en nuestra contemporánea modernidad. En concreto, la multiplicación de las voces muestra que la verdad no es un dato unívoco sino resultado de una confrontación entre percepciones, de modo que el lector debe recomponer la historia partiendo de ángulos distintos, de subjetividades que se cruzan, de divergencias entre percepción y realidad, en un ejercicio de polifonía narrativa no muy común dentro del contexto victoriano. Por otro lado, la elección del diario como eje central no es un simple artificio, convencional en tantas novelas epistolares, sino que, a mi juicio, es un recurso deliberado pensado para legitimar la subjetividad femenina en un marco en el que la mujer tenía pocas vías de autorrepresentación (como revela, por otro lado, el hecho, ya referido, de que las tres hermanas se vieran obligadas a “ocultarse” tras un seudónimo masculino). Helen escribe su diario para explicar sus actos transgresores para la moralidad y la legalidad de su tiempo, y para, por tanto, justificarse y exculparse frente a una sociedad que, en términos legales, la considera culpable y las castiga por abandonar a su marido. 

En fin, termino aquí mi desbordante inmersión en el mundo de las hermanas Brontë. Espero que la multiplicidad de referencias que os he ofrecido durante estas tres semanas, y, sobre todo, el núcleo central sobre el que todas ellas giran, las novelas Cumbres Borrascosas, Jane Eyre, Agnes Grey y La inquilina de Wildfell Hall, os hayan interesado y despertado el “apetito” por adentraros en su mundo. Dentro de siete días volveremos con un nuevo y último “coletazo” de mi homenaje a Carmen Martín Gaite, con mis comentarios sobre una autora cuya obra, al igual que las Emily y Charlotte Brontë, también fue traducida por la salmantina. 

Ahora os dejo con un muy significativo fragmento de Agnes GRey y con la acostumbrada canción como acompañamiento. Hay un tema, Country Lassie, citado en la novela y basado en un precioso poema de Robert Burns, del que no he encontrado su versión musical. En su lugar os dejo una bella pieza de autor e intérprete innominados (o cuya autoría, en mi torpeza, no he logrado averiguar), en la que se canta un poema de Anne Brontë, The soul is awakening (os dejo el poema en su traducción algorítmica) 

Mi alma despierta 

Mi alma despierta, mi espíritu se eleva, 
llevado en las alas de la brisa; 
porque, sobre mí y a mi alrededor, el viento salvaje ruge, 
despertando para arrebatar la tierra y los mares. 

La hierba larga y marchita brilla al sol, 
los árboles desnudos agitan sus ramas en lo alto; 
las hojas muertas bajo ellos danzan alegremente, 
las nubes blancas se deslizan por el cielo azul. 

Ojalá pudiera ver cómo azota el océano, 
la espuma de sus olas en remolinos de rocío, 
ojalá pudiera ver cómo se estrellan sus orgullosas olas, 
y oír el rugido salvaje de su trueno hoy.

...

Es absurdo desear ser bella. Las personas inteligentes nunca lo desean para sí mismas, ni se preocupan de la de los demás. Una mente bien cultivada y un corazón bien dispuesto nunca se interesan por el aspecto externo. 

Eso nos decían nuestros maestros de la infancia y eso mismo repetimos nosotros hoy a otros niños. Todo muy juicioso y muy acertado, sin duda, pero ¿acaso estas palabras se apoyan en la experiencia? 

Instintivamente nos sentimos inclinados a amar lo que nos proporciona placer, y ¿qué mayor placer que el de una cara bonita, al menos cuando no sabemos nada del daño que quien la posee puede hacernos? 

Una niña ama a su pajarito... ¿Por qué? Porque vive y siente; porque no puede defenderse, ni puede causar daño. Sin embargo, un sapo vive y siente, tampoco puede defenderse, ni causar daño; y aunque la niña nunca haría daño al sapo, no puede amarle como ama a su pajarito... tan bonito, de plumas tan suaves y ojos brillantes y habladores. 

Si una mujer es bella y amable, es elogiada por ambas cualidades, pero especialmente por la primera; si, por el contrario, es desagradable de rostro y de carácter, su fealdad se considerará como un crimen, porque para el observador común ésta es una grave ofensa; mientras que si es de aspecto vulgar y de buen corazón, siempre y cuando lleve una vida retirada, nadie, salvo los que la tratan íntimamente, parece advertir su bondad. Otros, en cambio, se inclinarán a formarse una opinión desfavorable sobre su inteligencia y su carácter, aunque solo sea para excusarse a sí mismos por la instintiva repulsión que sienten ante una persona tan poco favorecida por la naturaleza; mientras que sucede lo contrario cuando el exterior angelical oculta un corazón perverso o proyecta una suerte de hechizo engañoso sobre defectos y flaquezas que en otra no se tolerarían. 

Las que poseen belleza, que se sientan agradecidas y hagan un buen uso de ella, como de cualquier otra cualidad; las que no la posean, que se consuelen y hagan lo que puedan sin ella... La belleza, aunque susceptible de ser sobrevalorada, es un don de Dios y no debe despreciarse. 

Esto será fácil de comprender para aquellos que han sentido que podían amar, o para aquellos cuyo corazón les dice que son dignos de ser amados, cuando la falta de esta o de cualquier otra aparente insignificancia les impide dar y recibir esa felicidad que parecen destinados a sentir y a ofrecer. 

De la misma forma, mal haría la humilde luciérnaga en despreciar ese poder de dar luz, sin el cual la mosca pasaría una y mil veces por su lado sin detenerse nunca junto a ella. La luciérnaga oiría en torno a ella el zumbido de las alas de la mosca y la buscaría en vano, como en vano intentaría dar a conocer su presencia, sin voz para llamarla, sin alas para perseguirla...; la mosca buscaría otra compañero, y la luciérnaga viviría y moriría en soledad.

Videoconferencia
Anne Brontë. Agnes Grey