GAËL FAYE. EL JACARANDÁ
Hola, buenas tardes. Bienvenidos a Todos los libros un libro, el espacio de reseñas literarias de Radio Universidad de Salamanca. La emisión de esta tarde se centra en un autor, Gaël Faye, del que hace unos meses se publicó en España su segunda y por ahora última novela, El jacarandá, cuya lectura quiero recomendaros hoy. Faye, nacido en 1982 en Burundi de madre ruandesa y padre francés, y aunque residió en Francia desde 1995, cuando con escasos trece años tuvo que salir huyendo de su tierra a causa del terrible conflicto que se desencadenó en la región centroafricana en la que se sitúan sus orígenes, vive ahora con su mujer y sus dos hijas en Kigali, la capital ruandesa. Hace siete temporadas, en octubre de 2019, os hablé aquí de su primer libro, Pequeño país, con el que obtuvo un gran éxito y alcanzó una enorme repercusión en el mundo entero. Recupero ahora, de modo breve, mis comentarios de entonces sobre aquella espléndida aunque muy cruda novela, antes de analizar la más reciente; ambas girando sobre aquellos dramáticos acontecimientos de hace ahora treinta y dos años.
Y es que entre el 7 de abril y el 15 de julio de 1994 en Ruanda se llevó a cabo una brutal y sangrienta matanza organizada, un inequívoco genocidio, sea cual sea la consideración -también la jurídica- desde la que se examinen los hechos, como resultado del ancestral enfrentamiento entre hutus y tutsis, dos de las etnias del país (la tercera, la de los pigmeos twa, se mantuvo al margen del conflicto) que desde al menos el inicio del siglo XIX habían venido enfrentándose a causa, como casi siempre, de cuestiones relativas al reparto de poder, la influencia económica y la jerarquía social. En poco más de tres meses, radicales hutus, casta dominante en la población y el gobierno ruandés, asesinaron al setenta y cinco por ciento de los tutsis y de los hutus moderados, cerca de un millón de personas en total, en venganza y represalia por la muerte, el 6 de abril, de los primeros ministros -ambos hutu- de Ruanda y Burundi, países limítrofes-, asesinados al caer derribado por misiles tierra-aire el avión en que viajaban, en un atentado provocado por autores desconocidos que la etnia dirigente atribuyó al activismo tutsi. La excelente novela, cuya poética, estimulante, conmovedora, aunque también dolorosa lectura quiero volver a proponeros hoy tiene en este relativamente reciente y espantoso episodio histórico como centro principal, aunque su propuesta literaria va mucho más allá de la mera descripción o el simple recordatorio de unos hechos sobrecogedores, de una brutalidad tan inexplicable que, una vez más, no podemos sino pensar que el ser humano no es capaz de aprender de la sucesión de atrocidades y de la barbarie que marcaron todo el siglo XX.
Pequeño país tiene mucho de autobiografía de su autor, como podréis comprobar a lo largo de esta reseña. Faye, que compagina su dedicación literaria con una destacada carrera como músico de rap, conoció un éxito internacional incuestionable con su opera prima, con más de un millón de ejemplares vendidos, traducida a treinta idiomas, adaptada al cómic y al cine (en una película de 2020 dirigida por Eric Barbier, que yo no he podido ver), y validada con distintos premios en su país de adopción, entre ellos el Goncourt des Lycéens, que otorgan los estudiantes de secundaria franceses. El libro vio la luz en Francia en 2016, apareciendo en España a principios de 2018 en la editorial Salamandra, con traducción del francés a cargo de José Fajardo González. Aprovecho para comentar ahora que la confluencia entre música y literatura en la trayectoria del autor me llevó a organizar, en noviembre de 2019 y en mi otro espacio en la emisora universitaria salmantina, Buscando leones en las nubes, un par de emisiones centradas en las dos vertientes de su obra. Podéis localizar, escuchar y descargaros ambos programas en buscandoleonesenlasnubes@blogspot.com.
La novela nos presenta al narrador en dos etapas distintas de su vida. Lo vemos en primer lugar en Francia, en el día de su trigésimo tercer cumpleaños, abatido en un bar nocturno, con un whisky en la mano, mientras un televisor emite imágenes de pobres seres humanos arriesgando sus vidas en el Mediterráneo para huir del hambre, de las persecuciones, del infierno. Gabriel -Gaby-, el protagonista y voz que relata la historia, había abandonado Burundi hacía veinte años, con sólo trece, como consecuencia de la guerra civil referida y desde entonces no había vuelto a su país. Relativamente asentado en la región parisina, aunque existencialmente desubicado (Ya no habito en ninguna parte), oscila entre la voluntad decidida de dejar atrás y olvidar un pasado que sólo aflora en su vida como dolor y sufrimiento y la nostalgia de esa infancia despiadada y cruel, pero aun así apacible, inocente y libre, elemental y feliz. Ese permanente dilema en el que vive envuelto en sus dos décadas de “exilio” se resuelve un día cuando una misteriosa llamada telefónica desde Burundi -una señal del destino-, cuya autoría, contenido y significado sólo conoceremos al término de la novela, le “obliga” a decantarse por volver a su tierra de origen, aunque sólo sea para aligerarme el corazón. Para zanjar de una vez por todas esta historia que me persigue. Cerrar la puerta tras de mí para siempre.
Tras este breve preámbulo parisino, el núcleo central del libro nos lleva a África, a ese Burundi de la infancia en el que se concentran las dos grandes líneas maestras de la novela, ya esbozadas en la “escena” preliminar: la espontánea alegría de la inocente niñez y el abrupto paso a una suerte de madurez acelerada por las atrocidades y el horror que el muchacho tendrá que contemplar y padecer. Hay, a lo largo de todo el texto, un continuo juego de contrastes entre esos dos “mundos”, que Faye contrapone en una suerte de permanente ejemplificación del “antes” y el “después”: la vida idílica de una familia y una sociedad aparentemente tranquilas y dichosas, afortunadas y hasta alegres, y, casi de la noche a la mañana, su tenebroso y sombrío envés, la violencia y la ferocidad, la brutalidad y la sanguinaria cólera que afloran tras el inicio del salvaje conflicto.
Gaby vive en Buyumbura, la antigua capital de Burundi, con su madre, una bellísima exiliada ruandesa de etnia tutsi, Yvonne; su padre, un empresario francés, David, al frente de una fábrica de aceite de palma y genuinamente satisfecho en su vida africana rodeada por un confort y un desahogo económicos imposibles en Europa; y una hermana menor que él, la pequeña Ana. En el domicilio familiar se desenvuelven también Donatien, el capataz zaireño; el joven Innocent, tutsi altanero y malhumorado, algo mafioso, que además de chófer de la empresa ejerce de hombre para todo de David; y Prothé, el cariñoso cocinero hutu, gran partidario de la democracia, a quien conocemos orgulloso por las elecciones presidenciales que se celebran en el país.
El matrimonio vive días de intensa y despreocupada exaltación. El niño es feliz en su vida familiar, corriendo libre en la naturaleza (Observo mis zapatos lustrados -dirá, nostálgico, desde su vida convencional en Francia-, brillan, me devuelven un reflejo desalentador. ¿En qué se han convertido mis pies? Se esconden. Nunca he vuelto a verlos pasearse al aire libre. Me acerco a la ventana. El cielo está cubierto. Cae una llovizna gris y viscosa, no hay ningún árbol de mango en el pequeño parque encajonado entre el centro comercial y las vías del ferrocarril), disfrutando con sus amigos de “la banda del callejón”: los gemelos mestizos, de padre francés y madre burundesa, que al ser sus padres dueños de una tienda de vídeos aseguraban al grupo de chavales la provisión de comedias americanas, películas de amor indias y, a veces, cintas porno; Armand, el único totalmente negro de la pandilla, su padre un muy rígido diplomático de Burundi en los países árabes; Gino, el mayor del grupo, hijo de un profesor belga en la Universidad de la capital y de una madre, también ruandesa como la de Gaby, aunque siempre ausente, un enigma; más adelante llegará Francis, enemigo primero e integrado después, no sin conflicto, en la cuadrilla. La descripción de esos días paradisíacos es entrañable, llena de ternura: la candorosa correspondencia con Laure, la niña francesa con la que se cartea, las efímeras peleas entre amigos (Los cinco nos pasábamos el tiempo discutiendo, no se puede negar, pero nos queríamos como hermanos), los juegos en la calle, corriendo descalzos y con el torso desnudo, las excursiones para robar mangos en los jardines vecinos, los baños en el río, las reuniones furtivas en la furgoneta Volkswagen Combi abandonada, fumando, conspirando, disfrutando sin sombra alguna de pesar, la vida sin explicaciones, la existencia tal como era, tal como siempre había sido y como a mí me gustaría que siguiera siendo. Un dulce sopor, apacible… Y la maravilla del entorno: los intensos olores de la naturaleza, el colorido, lo extremoso del clima, las noches ardientes, las lluvias caudalosas y repentinas. En resumen, recordará Gaby, en nuestro escondite del terreno baldío del callejón estábamos tranquilos y éramos felices.
Pero este idílico escenario encierra ya, oculta, apenas perceptible salvo en algunos escasos signos, la semilla del mal. Primero entre los padres, cuya relación va deteriorándose en cuanto la realidad, la ruda presencia de la cotidianidad se impone al ardiente deseo inicial, al amor, a la ilusión, al brillante sol, metafórico y real, a la fervorosa entrega a la vida; luego en la sociedad entera, con el señalamiento y la discriminación al diferente, con el odio, la crueldad, los primeros atisbos de violencia, las matanzas, la guerra larvada.
En el relato del niño Gaby aquella extraña atmósfera crecía de día en día, casi imperceptiblemente, con sus leves signos de oscuridad y desastre, de desasosiego y amenaza, de degradación y miedo. La cotidianidad se envuelve en siniestras señales: lejanos sonidos de disparos, noticias de la barbarie ruandesa, con la trágica experiencia vivida por la familia materna, el detonante burundés a punto de estallar también, centinelas en las casas de los occidentales, habitaciones a oscuras para no llamar la atención de los comandos que vagan a sus anchas sin control, niños que van a la escuela bajo la protección de chóferes oficiales, informaciones dispersas de inminentes carnicerías, rumores que anticipan la hecatombe, cadáveres abandonados en las calles, agitadas conversaciones telefónicas, secretos y ocultaciones de los adultos, agresiones, peleas, palizas y linchamientos, inesperadas visitas nocturnas, un clima general de peligro y alarma, de sobresalto y conmoción. Una atmósfera inquietante, sobrecogedora, como se revela en este fragmento, de nuevo extenso y de nuevo indispensable:
Tres jóvenes que iban delante de mí atacaron de súbito a un hombre, sin razón aparente. A pedradas. Desde la esquina de la calle, dos policías miraban la escena sin moverse. Los peatones se detuvieron un momento, como para disfrutar del espectáculo gratuito. Uno de los tres agresores fue a buscar una gran piedra que estaba debajo del franchipán, sobre la que los vendedores de cigarrillos y de chicles tenían la costumbre de sentarse. El hombre estaba intentando levantarse cuando el pedrusco le reventó la cabeza. Se derrumbó cuan largo era sobre el asfalto. Su pecho se hinchó tres veces bajo su camisa. Rápidamente. Buscaba aire. Luego, nada. Los agresores se fueron tan tranquilamente como habían llegado, y los peatones continuaron su camino, evitando el cadáver como se rodea un cono de tráfico. La ciudad entera se agitaba, proseguía con sus actividades, con sus compras, con su trajín. La circulación era densa, sonaban los cláxones de los minibuses, los vendedores ambulantes ofrecían bolsitas de agua y de cacahuetes, los enamorados esperaban encontrar cartas de amor en sus buzones, un niño compraba rosas blancas para su madre enferma, una mujer vendía latas de concentrado de tomate, un adolescente salía del peluquero con un corte a la moda y, desde hacía algún tiempo, unos hombres asesinaban a otros con total impunidad, bajo el mismo sol de mediodía de antaño.
Una vez más, la banalidad del mal, ese recurrente leitmotiv presente en todas las inconcebibles tragedias el siglo XX, el nazismo, el estalinismo, la guerra fratricida en los Balcanes, ahora en Gaza, en Irán, en Ucrania, en Ruanda, en Afganistán, en el mundo entero.
Como en gran parte del continente negro la tierra había temblado bajo nuestros pies, imperceptiblemente. Es lo que hace todos los días en ese país, en ese rincón del mundo. Vivíamos sobre el eje de la gran falla, en el mismísimo lugar donde África se fractura, afirmará Gaby. Y se suceden las matanzas, los ancestrales enfrentamientos tribales, las venganzas, los golpes de Estado, en tentativa o logrados, las milicias dispuestas para la lucha, las tropas del ejército preparando sus armas, las ráfagas de metralleta, los obuses, los misiles, los bombardeos, la guerra declarada, feroz, descarnada, la rapiña, los asesinatos perpetrados a la luz del día y con total impunidad, las violaciones, los saqueos. Y se reparten machetes por doquier, y hay armas ocultas en manos de la población, y se distribuyen listados de personas a las que asesinar en cada barrio, y se informa de un proyecto organizado para acabar con mil tutsis cada veinte minutos, y se anticipa el exterminio generalizado de los “enemigos”, de los “otros”, de todos los que tienen una nariz diferente. En todo el país, los tutsis eran sistemática y metódicamente masacrados, liquidados, eliminados (…). Ruanda se había convertido en un inmenso terreno de caza en el que las presas eran los tutsis. Un ser humano culpable de haber nacido, culpable de ser. Un insecto a los ojos de sus asesinos, una cucaracha que había que aplastar.
Y en medio de todo ello, del desconcierto y el espanto, un niño, tierno y sensible, aterrado, incapaz de entender el odio, incapaz de entender el distanciamiento entre iguales y los bandos (¿Y si uno no quiere escoger bando?), incapaz de entender la muerte y el horror. Un niño normal que hacía lo que podía en un mundo que no le daba opciones; un niño perplejo obligado a luchar, a robar, a tener enemigos; un niño ocupado absurdamente en seguir siendo niño, lidiando inútilmente con la idea de morir en cualquier instante; un niño que se refugiará, que se esconderá en los libros que le proporciona su vecina, la amable señora Economopoulos; un niño que vivirá gracias a los libros (Gracias a las lecturas, derribé los límites del callejón, respiré de nuevo, el mundo se extendía a lo lejos, más allá de las vallas que nos encerraban en nosotros mismos con nuestros miedos); un niño, por fin, que efectuará así, de la manera más dramática imaginable, el paso a la edad adulta: La muerte ya no era una cosa lejana y abstracta. Tenía el rostro banal de lo cotidiano. Vivir con esa lucidez termina por destruir el resquicio de infancia que se lleva dentro.
Porque esta es otra de las dimensiones del libro, la del adiós a la infancia y el paso a la edad adulta, la de la pérdida de la inocencia y el aprendizaje del mal, la de la violencia y de la muerte como necesarios ritos de iniciación. Y es que la muerte había venido, furtivamente, hasta nuestro callejón. No había refugio en la tierra. Y atrás queda entonces la pureza del niño, atrás quedan sus recuerdos felices, atrás quedará, en definitiva, una infancia truncada, como constatará, ya adulto, desde su melancólico exilio francés: Pensaba que estaba exiliado de mi país. Al regresar sobre las huellas de mi pasado, he comprendido que lo estaba de mi infancia, lo que me parece todavía más cruel.
Y en torno a estos elementos centrales del libro -la infancia, la guerra- aparecen otros temas principales en la novela. En primer lugar, la noción de patria perdida -el “pequeño país”- y la idea de la familia destruida. Gabriel alude de continuo a un país que ya no existe, a un por lo tanto imposible pero necesario sentimiento de pertenencia. Una pertenencia que conecta con el espinoso asunto -dramático en ese contexto- de la identidad, de las diferencias, reales o inventadas, que constituyen la inconsciente mecha que hará estallar el incendio: las alusiones y sobreentendidos en la escuela en relación a los distintivos de raza (blancos/negros, hutus/tutsis); el malestar creciente entre alumnos y profesores, entre amigos y compañeros de trabajo, entre el personal al servicio de la familia de Gaby, progresivamente enfrentados entre sí por su vinculación a un grupo, a un bando, a una facción; la necesidad -casi podría decirse que innata en el ser humano; véase, a otro nivel, por fortuna incruento, el absurdo acontecer de la política española- de “construir” un enemigo.
Pequeño país nos habla también, para cerrar ya este recordatorio, del muy triste emblema de todas las guerras, de todas las infancias perdidas, de todos los países abandonados, de todos los fracasos y las derrotas en los que la codicia y la maldad humanas sumen a millones de personas en el mundo entero: el dramático sino de los refugiados, que inundan las pantallas de los noticiarios en el presente parisino de Gabriel, jugándose la vida en el Mediterráneo, y que invaden también sus recuerdos de esa infancia terrible, en un fenómeno por desgracia extrapolable a tantos otros lugares en nuestros acomodados días. Estamos, pues, ante un libro conmovedor, que, desde un tono, pese a su dureza, intimista, rezuma belleza, poesía, lirismo, melancolía, tristeza, dulzura, ternura, desgarro y emoción.
Todo ello -los escenarios, la temática, la atmósfera, el enfoque poético- está también presente, aunque de un modo a mi juicio menos logrado, en El jacarandá, una novela de 2024, publicada entre nosotros en 2025, también en Salamandra, con traducción del francés de Lydia Vázquez Jiménez. Sin embargo, entre uno y otro libro ha pasado el tiempo y, quizá por ello, ahora el foco ya no se centra tanto en la infancia sino que se desplaza a la edad adulta. Si Pequeño país podía leerse como una novela de iniciación marcada por la pérdida de la inocencia, El jacarandá amplía el horizonte ya que no gira únicamente en la experiencia directa del trauma (pese a que la presencia del genocidio impregna el libro entero), sino en su transmisión e integración en el desarrollo, en la vida, en la subjetividad de quienes -miembros ya de una segunda generación- no vivieron el horror de modo directo e inmediato pero están atravesados por su dramático legado. Y es que, siendo en ambas novelas ese atroz e inhumano acontecimiento histórico el trasfondo inevitable de sus tramas, Faye no se limita -sobre todo en El jacarandá- a la reconstrucción documental de la tragedia. Lo que realmente le interesa es examinar cómo se vive después de ella, cómo se convive con la memoria, con el trauma, con la culpa, con la pérdida.
La novela se abre en 1994, precisamente el año de los brutales sucesos que marcaron la vida de Gaël. En esas primeras páginas conocemos a Milan, un joven franco-ruandés criado en Francia, hijo de padre francés y madre ruandesa, en unos referentes (edad incluida) que, como se ve, comparten el Gaël real, el Gabriel inventado de la primera novela y el protagonista de esta segunda. Se acerca el fin de ese curso y Milan debe enfrentarse a la vergüenza de sus catastróficos resultados académicos del último trimestre. Cuando se ve obligado a dar una explicación de su bajo rendimiento a los responsables escolares y ante el temor a afrontar abiertamente la realidad (no iba a admitir que no había hecho nada, que era un vago de siete suelas que se pasaba el tiempo soñando despierto y escuchando rock) miente abiertamente y esgrime como justificación y defensa el impacto emocional que le ha producido la guerra en el país materno, cuyas imágenes de muerte, violencia y éxodo mostraban los noticiarios que religiosamente seguía la familia cada noche a la hora de la cena (Ruanda entró en mi vida a través de la televisión). Su ostensible mentira, construida a partir de las informaciones dispersas que picoteaba de las crónicas de los telediarios (Tiré de ingenio, me lo inventé todo: las atrocidades de la guerra, el sufrimiento de mi madre, las pesadillas de mi padre, mi dificultad para concentrarme y estudiar con serenidad), provocan la lógica inquietud del centro educativo, por lo que su director convoca a los padres. El bochorno que debe soportar ante ellos, sus profesores y sus compañeros, lleva consigo una primera consecuencia: Las notas llegaron la semana siguiente. En la casilla de «Observaciones», el director había escrito una nota mordaz: «Cuando la mentira emerge, la confianza naufraga.»; y una segunda, no menos previsible: Como era de esperar, a mis doce años, repetí curso.
El relato comienza así, con la presentación de los primeros años de Milan en Francia, un tiempo marcado por dos circunstancias, claramente conectadas entre sí: su propia inseguridad, su desconcierto vital, su incertidumbre, sus miedos, la vaga conciencia de un pasado familiar opaco; y, por otro lado, el misterio ante la experiencia desconocida de la madre, Venancia, que evita hablar de Ruanda y cuyo silencio, constante y pertinaz, resulta opresivo en la vida del adolescente, al que pronto choca esa aparente insensibilidad materna hacia sus raíces: El pasado de mi madre era una puerta cerrada. Es más, no escuchaba música ruandesa, no cocinaba platos ruandeses ni me cantó nunca nanas en su lengua materna. No teníamos ni un solo objeto exótico en casa y ningún conocido ruandés venía a visitarnos. En mi mente, éramos una familia francesa normal y corriente. Esa impasibilidad, esa normalidad forzada, ese mutismo incómodo, exacerbados incluso cuando la barbarie invade el hogar a través del televisor, desasosiega y angustia al muchacho, curioso, sensible, inseguro y agobiado por la desagradable sensación de no saber nada de la persona con la que llevaba viviendo desde siempre. La terrible impresión de no conocer a esa mujer. A mi propia madre. En julio de 1994, mientras Milan contempla el preocupante y obstinado silencio de su madre, el genocidio llegaba a su fin en su país natal. Yo no tenía ni idea. En el relato de esa etapa infantil destacan, aparte de los temas ya apuntados, el “noviazgo” adolescente con Nadège y, sobre todo, la acogida, transitoria y fugaz (Desapareció de nuestras vidas tan rápido como había entrado en ellas), que la familia hace de Claude, un pequeño ruandés, un niño de la misma edad que Milan, triste y sufriente, víctima de la guerra en África, que reaparecerá, con un relevante peso en la trama, en capítulos posteriores de la novela. Milan se encariña con él como si se tratara de un hermano y su frágil presencia, su espantosa herida en el cráneo, le hará revivir las imágenes televisivas de las masacres vistas meses atrás, pobladas de cuerpos hinchados y blanquecinos flotando en ríos y lagos, de miembros amputados, de restos humeantes de iglesias, de infinidad de cadáveres esparcidos por los suelos. El cierre simbólico de la infancia se produce en 1998, cuando, con dieciséis años, sus padres le comunican su divorcio. Me sentía como si me hubieran expulsado de repente de mi infancia y como si hubiera asistido toda mi vida a una ficción de armonía y concordia (…) con los mismos rituales vanos, las mismas costumbres repetidas, los mismos años escolares insípidos, sucediéndose uno tras otro, las mismas conversaciones superficiales, las mismas preguntas sin sentido y sus respuestas convencionales, las mismas formas grotescas de mostrar la imagen de una existencia parecida a un mar sin olas. Un mes después, habiendo transcurrido cuatro años desde el final de la tragedia, Milan viaja con su madre a Kigali.
En esta segunda sección del libro, que se abre con su llegada a Ruanda, Milan, impresionado por el clima, los olores, el kinyarwanda en el que se expresan las gentes, las costumbres locales, la ciudad de color ocre, el árido paisaje de la estación seca, la vegetación que apunta en colinas y valles, las calzadas llenas de barro, los barrios atestados y pobres, la fina capa de polvo rojo que todo lo cubre, conocerá a la rama africana de su familia, cuya existencia le era hasta entonces desconocida. Su indescriptible abuela; la “tía” Eusébie, amiga de su madre; su hija Stella, aquí recién nacida pero que acabará siendo un personaje central de la novela; la anciana Rosalie, madre de Eusébie y abuela por tanto de la niña; y, sobre todo, la reaparición de Claude, ahora un muchacho alto, atlético y muy comprometido con la realidad ruandesa. Con Claude y sus amigos, sobre todo Alfred y el extravagante Sartre, conocerá el ambiente juvenil de la ciudad, la atmósfera que respiran las generaciones que crecieron después del genocidio, los jóvenes que intentan vivir en un país, en parte roto en parte esperanzado que todavía convive con la sombra de aquella tragedia.
Estos dos primeros hitos temporales -1994 y 1998- y los escenarios en que se desarrollan -Francia y Ruanda- marcan el devenir de la historia que Faye nos narra. El libro salta en el tiempo, situándose, con grandes elipsis, en 2005, 2010, 2015 y 2020 (etapas que se datan expresamente en el texto además de permitir su datación mediante el reflejo de hechos históricos del contexto temporal, como la muerte de Ayrton Senna, la final del mundial de fútbol del 98), y también en el espacio, siguiendo a Milan entre París y Kigali, en un ir y venir entre épocas y lugares con el que se construye el verdadero corazón de la novela, pues esas idas y vueltas, sus viajes, sus desplazamientos, lo son, sobre todo, en su evolución personal, en el paso de la adolescencia a la madurez (al término del libro el personaje tiene treinta y siete años, como el autor) con lo que conlleva de indagación en su propia identidad, en la relación con su familia, en la búsqueda de su lugar en el mundo. Su vida en Francia, aparentemente tranquila, normal, integrada, se verá convulsionada por la realidad que conoce en África, hasta el punto de que esa primera aproximación a sus orígenes, fundada en motivos vagos, casi sentimentales, se va convirtiendo poco a poco en una auténtica investigación personal. Sus repetidos regresos a Ruanda obedecen tanto a su progresiva desubicación juvenil -el divorcio de sus padres, el distanciamiento de la madre, la muerte de sus abuelos paternos, la ruptura con su novia, una cierta indefinición laboral y profesional- como a una “pulsión” más honda que lo lleva a enfrentarse a preguntas que hasta entonces habían permanecido ocultas o silenciadas, tanto las colectivas -¿Por qué su familia abandonó Ruanda? ¿Qué ocurrió realmente durante aquellos meses de 1994? ¿Quién fue víctima, quién fue verdugo, quién fue testigo?-, como las íntimas: ¿Quién era mi madre? ¿Cómo explicar su silencio? ¿A dónde pertenezco realmente? (Eres un extraño, Milan. Y yo también me he convertido en una extraña aquí. No entiendo nada de este país. Así que imagínate tú) Y, por entre todas ellas, la cuestión sustancial: ¿Quién soy yo?
En este sentido, la sucesión de viajes a Ruanda funciona en cierto modo como un dispositivo de revelación, a través del cual Milan va planteándose esas preguntas y, poco a poco, va avanzando en sus difíciles respuestas. Y en ese avanzar, los dos planos mencionados -el colectivo/histórico y el personal/familiar- están fuertemente interrelacionados. El protagonista siente que su identidad está incompleta mientras no comprenda plenamente la historia de su familia y de su país. Su regreso a Ruanda es, por tanto, un intento de apropiarse de esa memoria. Aunque, al mismo tiempo, la novela plantea una cuestión incómoda: ¿es posible comprender realmente un acontecimiento como el genocidio? ¿Puede alguien que no lo vivió experimentar de verdad lo que significó?
Esta indagación se nos muestra a través de una estructura fragmentaria. La novela se construye así mediante una alternancia de voces: testimonios íntimos, recuerdos incompletos, reconstrucciones parciales, historias de uno y otro personaje. Pese a que la voz que narra es la de Milan, más de una vez su perspectiva se abre a los relatos de Stella, de Eusébie, de Rosalie, de Alfred, de Claude. Este procedimiento formal responde, sin duda, a un propósito del autor, a una voluntad y una intención ética por su parte. El lector conoce el genocidio desde una distancia objetiva pues las distintas memorias lo reconstruyen como un mosaico. Aflora así, a partir de los diferentes puntos de vista, la naturaleza discontinua del trauma: el pasado que unos personajes relatan como testigos directos del horror, irrumpe en el presente del resto, lo interrumpe, lo reorganiza. Y es que uno de los aspectos más interesantes de la novela reside precisamente en la forma en que se aborda esa convivencia entre memoria y cotidianidad. Los personajes trabajan, estudian, se enamoran, hacen proyectos para el futuro, reflexionan sobre su patria, sobre su identidad como individuos y como país, sobre su compromiso y su vivencia de la política. El presente de los jóvenes está hecho también de fiestas, alcohol, evasión, sexo, drogas, música (hay infinidad de referencias musicales, africanas y occidentales, en la novela) pero, al mismo tiempo, todos llevan consigo historias que resultan difíciles de contar (Todo lo que disfrutaban hoy era fruto del sacrificio y del derramamiento de sangre. La nación se lo recordaba a diario. Por eso, otra noche de fiesta y bebida les permitía olvidar por unos momentos esa carga, igual que la generación anterior había bebido para olvidar los años de exilio, las humillaciones, el olor a muerte y a las fosas comunes). Y es que en Ruanda la memoria del genocidio se halla en todas partes: en los memoriales, en los relatos familiares, en las ceremonias conmemorativas, en los silencios. Nadie puede escapar del todo a ese pasado. Incluso quienes nacieron después de 1994 viven bajo su sombra, pues hay personas que perdieron a casi todos los miembros de sus familias, otras descubrieron que vecinos o amigos habían participado en las matanzas, unas todavía intentan comprender cómo fue posible que la violencia surgiera con tanta rapidez, otras reprimen el odio, rumian la venganza, intentan suturar las heridas -incluso las físicas, pero sobre todo las psicológicas y emocionales- que aún permanecen abiertas.
El relato de las vivencias de Milan permite a Faye abordar -en el seno de la ficción, obviamente, no estamos ante un ensayo, una crónica o un reportaje- numerosos temas de interés. El principal es, sin duda, el del genocidio y su memoria, unos episodios que, como he señalado, no se nos muestran como un hecho histórico cerrado, sino como una presencia permanente que condiciona la vida cotidiana, la identidad y las relaciones humanas de las generaciones posteriores. En su deambular por las calles de Kigali, en sus desplazamientos a otras poblaciones para encontrarse con amigos o con distintos miembros de su familia, afloran de continuo restos de aquel pasado abominable: lugares -ríos, bosques, edificios- que evocan la violencia, nombres que remiten a los desaparecidos, gestos cotidianos que recuerdan lo que sucedió. El genocidio actúa así como una sombra persistente que atraviesa el presente. Y es por ello por lo que, en la “tesis” de Faye, interesante en sí misma y en cuanto pueda ser extrapolable a acontecimientos similares producidos con posterioridad en otras partes del mundo -España y su guerra civil, el terrorismo etarra, Bosnia, ahora Ucrania o Gaza-, la memoria colectiva no es unívoca y se construye lentamente, entre el deseo de recordar y la necesidad de olvidar para poder seguir viviendo. La novela muestra que recordar no es un proceso sencillo: implica enfrentarse a verdades dolorosas, revisar identidades y aceptar responsabilidades. De modo que la memoria -histórica, democrática, sea cual sea el adjetivo- no es solo un deber moral hacia las víctimas y para restablecer -en la medida de lo posible- la justicia, sino también un proceso complejo mediante el cual una sociedad intenta comprender su propio pasado.
Otro eje temático esencial es el que tiene que ver con el peso del silencio. Tras la violencia extrema (pensemos en la Alemania nazi), muchas personas optan por callar, por miedo, por vergüenza, por incapacidad para encontrar palabras que expresen lo sucedido. En la novela, el silencio aparece como una presencia constante en las familias y en la sociedad. Los adultos evitan hablar del pasado, mientras que los jóvenes perciben que hay algo oculto que condiciona sus vidas. Este silencio genera una tensión permanente: los personajes saben que existe una historia no contada que explica muchas de las heridas del presente. Faye muestra cómo el silencio puede ser tanto una forma de protección como una fuente de sufrimiento. Para algunos personajes -la madre, singularmente- callar es una manera de sobrevivir emocionalmente; para otros -el propio Milan- ese silencio impide comprender quiénes son y de dónde vienen. Desde mi punto de vista, la novela interesa -aparte de por otras muchas razones- porque nos muestra cómo la superación, la ruptura de ese silencio es fundamental para restañar las heridas. Por ello el relato de Milan se cruza a menudo, como he señalado, con los recuerdos, las declaraciones, los testimonios y las conversaciones de otros personajes se enfrentan así a la necesidad de nombrar lo que ocurrió. Hablar se convierte entonces en un acto de reparación y de reconocimiento, aunque también implicará reabrir heridas que nunca llegaron a cerrarse del todo. He aquí el que, en cierto modo, me parece el propósito último del autor: el relato -la literatura- como curación, la historia de su familia como medio de superación del trauma transgeneracional, ese que en su familia se manifiesta en pequeñas actitudes cotidianas como la dificultad para hablar del pasado, la sobreprotección, o ciertos temores aparentemente desproporcionados. Pensaba -confiesa el narrador, desvelando lo que creo que acaba por ser la novela de quien le da voz- en la idea propuesta por Stella, escribir la historia de nuestras familias a lo largo de cinco generaciones: Rosalie, abuela, mi madre y Eusébie, Claude y, por último, Stella). Y por ello, brotando por entre la narración de Milan, aparecen los testimonios en primera persona de algunas víctimas, de algunos familiares, de algunos amigos, que irán abriendo las esclusas de su memoria reprimida y dejando surgir, libres, sus recuerdos de lo hechos sufridos. Hablar, escribir…
En la novela está muy presente también la idea de la identidad y la herencia familiar. Los personajes, sobre todo los jóvenes -Milan, Stella, Claude-, buscan su “definición”, su sentido de pertenencia, a partir un legado que, sin ser suyo de modo directo, condiciona gravemente su percepción del mundo y su ubicación en él. Las generaciones posteriores al genocidio intentan comprender el papel que desempeñaron sus padres, sus vecinos o sus comunidades durante aquel período. Esta búsqueda implica enfrentarse a verdades incómodas: algunos de los personajes acaban por encontrarse con la cruda realidad de amigos y familiares que pasaban por héroes y que quizá no lo fueron tanto; con víctimas que no aparecen nimbadas por un halo de bondad beatífica sino que guardan resentimientos, odios o deseos de venganza; con familiares a los que devora la culpabilidad. Todo ello acrecentado por la absurda idea, con tristes y aberrantes raíces históricas, de la identidad étnica, tantas veces arbitraria y siempre cerrada y excluyente (el veneno de la división y el etnicismo hábilmente destilado por los colonos belgas y la Iglesia se convirtió en la prisión mental en la que la inmensa mayoría de los ruandeses se dejaron encerrar y de la que nunca escaparían). Los más lúcidos de entre los personajes del libro deberán entender que la identidad no es un elemento fijo, sino un proceso de reconstrucción y, por tanto, estarán obligados a reinterpretar su pasado familiar para construir su propia posición moral y emocional frente a la historia. Una tarea especialmente compleja en contextos en los que la pertenencia étnica o social tuvo consecuencias mortales. Saber quién fue cada uno durante el conflicto puede redefinir por completo las relaciones entre personas que, en el presente, intentan convivir.
Me ha interesado igualmente, en un enfoque que siendo primordial en Pequeño país está también presente, aunque en menor medida, en El jacarandá, la opción del novelista por centrar su relato partiendo de la observación de la historia desde la perspectiva de la infancia. Los niños o adolescentes aparecen como testigos indirectos de un pasado que no comprenden plenamente, pero cuyos efectos perciben con claridad. En concreto, en El jacarandá, la infancia se presenta como un espacio de descubrimiento progresivo. Los jóvenes protagonistas, sobre todo Milan, Stella y Claude, comienzan viviendo en un entorno de aparente normalidad, pero poco a poco van descubriendo las fracturas del pasado. Los comentarios de los adultos, algunas ausencias inexplicables o ciertas reacciones emocionales les revelan que existe una historia dolorosa detrás de su realidad.
En la novela, el espacio urbano, y también el paisaje, la naturaleza, desempeñan un papel relevante, ejemplificado especialmente en el valor simbólico del jacarandá que le da título. Faye describe con gran precisión el paisaje ruandés contemporáneo, enfatizando las profundas diferencias entre los escenarios que contempla en su primera visita en 1998 y los de sus viajes posteriores, por ejemplo el de 2020. Frente al entorno sucio, ruinoso y depauperado de la ciudad de aquel momento, cuando solo habían pasado cuatro años del drama, Kigali es ahora una ciudad en transformación, dinámica, moderna, empeñada en proyectar una imagen de estabilidad y progreso. Las avenidas asfaltadas, los nuevos edificios, los cafés frecuentados por jóvenes emprendedores o estudiantes universitarios parecen indicar que el país ha dejado atrás el horror (La capital no se parece en nada a la ciudad polvorienta y ruinosa que visité por primera vez en 1998. El centro es moderno y está muy cuidado, es una sucesión de parques y paseos, barrios de negocios y hoteles de cinco estrellas, centros comerciales, campos de golf, residencias elegantes y palacios de congresos para reuniones internacionales). Hay, pienso, una voluntad del escritor en subrayar el carácter simbólico de este cambio, y así hace decir a su narrador: Todo ha ido tan deprisa que me siento fuera del presente, como si viviera en los recuerdos de un mundo que nunca existió, como si ya fuera viejo en un país donde la inmensa mayoría de la población nació después del genocidio.
Otro tanto ocurre con los rasgos relativos a la naturaleza. Los paisajes, los olores, los sonidos del entorno africano aparecen descritos con una precisión casi sensorial que contribuyen a crear una atmósfera muy viva y transportan al lector a una África que tantos recuerdos despierta en mí. Las lluvias torrenciales, el calor de las tardes, el polvo rojo de los caminos, la vegetación desbordante, la profusión de árboles y plantas, el perfume de las flores azul lavanda del imponente jacarandá (…) que se alzaba majestuoso hacia el cielo infinito, testigo mudo de las vicisitudes del siglo pasado, no son solo elementos, muy bien presentados, del decorado. En concreto el jacarandá funciona como un símbolo central de libro y encarna su “mensaje” principal. Este árbol, asociado con la belleza y la serenidad, contrasta con la violencia que marcó la historia del país. Su presencia sugiere la posibilidad de continuidad y renovación, incluso en contextos profundamente traumáticos. En uno de los momentos más hermosos del libro, Milan y Stella se sientan bajo el árbol mientras escuchan en un radiocasete la grabación en la que su bisabuela, la anciana Rosalie, nacida en 1895, cuenta la historia de su vida, que es la de Ruanda en su trágico y convulso siglo XX. Siento desvelar un aspecto fundamental del libro, pero lo hago de manera consciente, sabiendo, por un lado, de que la revelación no afecta de modo grave al disfrute de su lectura, y por otro, porque la información y el fragmento que la incluye me parecen medulares en la propuesta del autor. Y es que el grandioso árbol, que representa la continuidad de la vida, inmutable y firme, ajeno durante siglos a las tragedias humanas, pero al mismo tiempo testigo silencioso de ellas, será finalmente talado -por circunstancias que no vienen al caso-; un hecho que provoca las reflexiones de Milan, muy reveladoras del planteamiento de Faye en su obra y que os dejo en el fragmento final que cierra esta reseña.
Por último, quiero detenerme, ya para poner punto final a mis comentarios, en lo que podríamos llamar la “vertiente optimista” del libro. Se trata del asunto, siempre espinoso, de la reconciliación y la convivencia futura en una sociedad que ha vivido una violencia extrema, una cuestión que, en el caso de España, aún se está planteando en el País Vasco a propósito de la reinserción de los terroristas de ETA con abundantes crímenes de sangre a sus espaldas, con el debate sobre la justicia restaurativa y la necesidad de que los asesinos pidan perdón, al menos, o contribuyan activamente al esclarecimiento de los delitos aún sin resolver. Como ocurre entre nosotros, la tarea, en principio bienintencionada, está llena de tensiones y contradicciones. En la obra de Gaël Faye, la reconciliación tampoco aparece como una solución simple o definitiva. Los personajes deben convivir con vecinos que pudieron haber sido verdugos, o con familias que cargan con el peso de la culpabilidad colectiva. La convivencia cotidiana se convierte así en un ejercicio delicado de equilibrio entre el recuerdo y la necesidad de avanzar. La novela muestra cómo la reconciliación oficial -impulsada por las instituciones- no siempre coincide con los procesos emocionales individuales. Mientras algunos personajes buscan perdonar, otros sienten que el dolor sigue siendo demasiado reciente. En este sentido, el texto interpela al lector, que se ve convocado a responder a preguntas muy difíciles, intelectual, moral, política y emocionalmente: ¿es posible perdonar después de una violencia tan radical? ¿Puede una sociedad reconstruirse sin enfrentar completamente su pasado?
Y aquí se abre otra dimensión apreciable del libro, que reflexiona y aporta ideas sobre el proceso de reconstrucción de Ruanda tras el genocidio. Más allá de las historias individuales, El jacarandá muestra cómo una sociedad intenta rehacerse después de una catástrofe histórica, tanto desde el punto de vista material -recuperación de infraestructuras, restablecimiento de la estabilidad política, depuración de responsabilidades jurídicas- como, sobre todo, en el ámbito de las relaciones humanas y de confianza social. En particular, en la novela se otorga un especial protagonismo a los gacaca, los tribunales comunitarios en los que muchos responsables de crímenes fueron juzgados y confesaron sus actos, siendo consecuentemente condenados por sus propios vecinos. En los episodios correspondientes a 2005, Milan, que va a presentar en París un Trabajo de Fin de Máster sobre esos tribunales populares y la reconciliación, asistirá en Ruanda a las sesiones de algunos de ellos, y el libro recogerá -en esa idea ya reseñada de la pluralidad de voces que lo articula- los protocolos y las declaraciones en esos actos. Faye, no obstante, pese a la dureza del pasado y la dificultad de la tarea en el presente, apunta a una opción esperanzada, no ingenuamente optimista pero sí sólida, a partir de los personajes más jóvenes. Su afán por comprender la historia de sus familias, de sus conciudadanos, de su país; las relaciones de amistad, confianza y solidaridad que establecen entre ellos trascendiendo las divisiones y el odio pasados; su voluntad de no repetir los errores de generaciones anteriores, constituyen la apuesta de un cierto futuro ilusionante en una novela que, pese a ello, está marcada por la atmósfera, la mirada, el tono, melancólicos que ya caracterizaba la novela anterior y que, a mi juicio, parece una de las señas de identidad -y para mí de las más valiosas- de un autor que refleja en sus textos una constante conciencia de la fragilidad de las cosas, la infancia, los lugares, las relaciones humanas, el pasado; en una condición lírica de su literatura que, desde mi punto de vista, explica el éxito de Faye sobre todo entre sus lectores más jóvenes.
Por todas estas razones os recomiendo la lectura de Pequeño país y El jacarandá, del franco-ruandés Gaël Faye. Pese a la abundancia de referencias musicales que pueblan el libro -con menciones a temas de John Coltrane, Queen, Rage Against The Machine, Nirvana, Radiohead, el The Rhythm of the Night de Corona, Pink Floyd, y de muchos músicos africanos, Miriam Makeba Brenda Fassie, Koffi Olomidé, Kamaliza, Cécile Kayirebwa, Florida Uwera, Muyango o Massamba- elijo como acompañamiento musical a mi reseña Pili Pili Sur Un Croissant Au Beurre, una canción que da título a un álbum de 2013 del propio Faye y cuya letra, claramente autobiográfica, corre en paralelo también a las historias que relata en sus novelas, en particular en la primera de ellas.
Stella me mira con sus grandes ojos verdes, los mismos que me miraron veintiún años antes, cuando no era más que un bebé recién nacido que se abría a la vida, en aquella misma terraza, rodeada de mi madre y de Rosalie, a la sombra del imponente jacarandá de flores azul lavanda que se alzaba majestuoso hacia el cielo infinito, testigo mudo de las vicisitudes del siglo pasado. En ese preciso instante, tomo conciencia de lo que Stella ha perdido para siempre, ella, que durante veintiún años ha vivido bajo la bóveda tutelar de ese árbol monumental, que no ha pasado un solo día de su vida sin alzar la vista maravillada hacia la vertiginosa cima de ese árbol flamígero, y sin que sus pensamientos se perdieran en la exuberancia vital que anidaba entre su frondoso follaje: insectos, lagartijas, rapaces, paseriformes multicolores, y esas parejas de turacos de Lady Ross, con la cresta roja y el pico amarillo, maravillosos amantes que le ofrecían el dulce espectáculo de sus retozos. Stella creció con su árbol místico, su amigo y confidente, una presencia tranquilizadora en una época agitada, un faro estable en la agitación del paso del tiempo. Ella ha comprendido el alcance de su pérdida, el valor del árbol, mientras que yo tengo la impresión de ignorar lo que significa la desaparición de mi madre.
Videonconferencia
Gaël Faye. El jacarandá











