MARGARET MITCHELL. LO QUE EL VIENTO SE LLEVÓ
Todos los libros un libro llega hoy a su última emisión por el presente curso, el 2025-2026, en lo que constituirá el cierre de nuestra decimosexta temporada; dieciséis años en los que os he ofrecido, contando el de ahora, seiscientos treinta y cinco programas con un total de mil treinta y cinco libros distintos presentados (un cómputo absurdo, de escaso valor y nula significatividad, más allá de que lo que tales desmesurados guarismos revelan sobre mi particular perseverancia, mi decidida voluntad y mi algo insensato empeño de compartir con una improbable audiencia mis recomendaciones de libros que me han interesado, seducido, apasionado o entusiasmado).
En las últimas semanas, desde mediados de abril, mis propuestas se han encuadrado en un ciclo que de modo algo pomposo -y muy poco revelador- he presentado bajo la difusa rúbrica de “literatura femenina”. Durante dos meses y medio he dejado aquí mis comentarios sobre veintiocho obras literarias -en su mayor parte novelas y todas sin excepción de extraordinaria calidad- aparecidas en otros tantos sellos literarios y escritas por mujeres (Samanta Schweblin, de la que os hablé hace siete días, repitió con dos títulos, quizá debido a la reciente obtención del controvertido y ciertamente cuantioso premio Aena). Mujeres de épocas, orígenes geográficos, idiomas, planteamientos literarios, estilos y preocupaciones temáticas diversos, coincidiendo, en esa heterogeneidad, con mis propios intereses lectores, plurales, abiertos y muy dispares y variados.
Hoy traigo al espacio una suerte de corolario o estrambote de esa serie, una sugerencia que, no prevista inicialmente como parte del ciclo, pues su elección para clausurar la temporada obedece a otra lógica ajena a la que ha hilado mis más recientes recomendaciones, se suma a él de un modo muy conveniente, ya que se trata de una novela escrita por una mujer y que ha visto la luz en una editorial, Reino de Cordelia, a la que no pertenece ninguno de las veintiocho obras hasta ahora seleccionadas, ampliando así el abanico, ya de por sí extenso, de tantos magníficos sellos que componen nuestro muy fecundo mercado editorial (integrado por tres mil empresas en total, aunque solo dos de ellas, Planeta y Penguin Random House, facturan en torno al ochenta por ciento de la producción total).
Se trata de Lo que el viento se llevó, la descomunal -en todos los sentidos-obra de Margaret Mitchell que he elegido por la inminente conmemoración, el próximo 4 de julio, ya fuera de nuestro calendario de emisiones, de los doscientos cincuenta años (aquí el ordinal -ducentésimo quincuagésimo- suena pedante y está cerca de resultar casi impronunciable) de la Independencia de los Estados Unidos. Habiendo decidido, desde hace más de un año, celebrar desde el programa el trascendental acontecimiento, le he dado muchas vueltas a cuál podría ser la obra literaria que representara, de un modo más general, más significativo y elocuente, la historia del inmenso país americano. Y han sido muchas las candidatas, como es obvio al tratarse de un tiempo, dos siglos y medio, tan vasto (aunque sea breve en términos de la Historia), y poblado, como es natural, de tantas obras relevantes. En mi búsqueda de información en distintas fuentes -académicas, literarias o meramente divulgativas- se repiten las referencias a títulos y autores como Hojas de hierba, de Walt Whithman, la poesía de Emily Dickinson, el Walden de Thoreau, los cuentos de Edgar Allan Poe, la magistral A sangre fría, de Truman Capote, con su hibridación de géneros, tan actual; entre otras. Ciñéndome al territorio novelesco y entre los clásicos, hay una casi general coincidencia en mencionar como “la gran novela americana” a Herman Melville y su Moby Dick, El gran Gatsby de Scott Fitzgerald, Las uvas de la ira de John Steinbeck, el Mientras agonizo de Faulkner (también El ruido y la furia), El guardián entre el centeno, de Salinger, En el camino, de Jack Kerouac; o Adiós a las armas, de Hemingway. Varios de estos libros han aparecido en nuestro espacio, como lo hará, el curso que viene, otra de las novelas reiteradamente citada, el Huckleberry Finn, de Mark Twain. Son decenas los candidatos si ampliamos el foco a títulos de los últimos cincuenta años, con nombres indiscutibles como la monumental A merced de una corriente salvaje, de Henry Roth, Pastoral americana o La gran novela americana, de Philip Roth o autores como Bellow, Updike, Toni Morrison, Chimamanda Ngozi Adichie y su Americanah, Lucia Berlin, Cormac Mc Carthy, Joan Didion, Colson Whitehead, John Williams, Jonathan Franzen, en un repertorio que admite infinidad de variantes de difícil jerarquización.
Mi elección de Lo que el viento se llevó se debe, no obstante, a un cúmulo de razones de distinta entidad. En primer lugar, porque concentra en su trama al menos seis elementos nucleares en la conformación de la sociedad norteamericana en sus doscientos cincuenta años de existencia: la guerra, el capitalismo, la cuestión racial, la lucha por la supervivencia, el individualismo y la voluntad de permanente reinvención, aspectos todos que espero poder desarrollar más adelante. En segundo lugar, porque se trata, es obvio, de una obra clásica indiscutible, que alcanzó su condición de leyenda tras su trasvase a la gran pantalla (pero ya antes, en el primer año desde su publicación, logró vender, y solo en su país, 1.375.000 ejemplares, manteniéndose desde entonces como un persistente long-seller). Porque representa, además, si bien de un modo polémico, como luego veremos, una etapa decisiva del devenir histórico de la sociedad norteamericana, la Guerra de Secesión, que entre 1861 y 1865 dividió en dos al país. En cuarto lugar, porque resulta controvertida y hoy hasta heterodoxa, partiendo de la adscripción ideológica de la autora, de lo sesgado de su planteamiento sobre el conflicto Norte/Sur y del benevolente reflejo que en ella se hace de la esclavitud y la discriminación racial; y ello, que podría parecer un inconveniente, al provocar rechazo, por su anacronismo, en un lector actual resulta sin embargo interesante porque permite la reflexión sobre el necesario y sugestivo debate en torno a la revisión del pasado desde los postulados actuales y otros temas anexos: la cancelación de lo que hoy nos parece “heterodoxo”, la relectura crítica de las obras artísticas “inconvenientes”, los excesos de la corrección política, entre otros. A todo ello se suma un argumento sustancial: Lo que el viento se llevó es, por encima de todo, una gran novela; y lo es porque conjuga la anécdota local con la epopeya nacional; porque describe como pocas el hundimiento de una sociedad, de una cultura, en cierto modo de una civilización; porque ilustra de manera magnífica la lucha por la supervivencia que caracteriza la trayectoria histórica de los Estados Unidos, desde la llegada de los peregrinos del Mayflower y la arriesgada aventura de los pioneros; porque creó un mito cultural -el Sur de leyenda, ejemplificado en Tara, las plantaciones, Atlanta en llamas, Mammy, Rhett Butler- que forma parte ya del imaginario colectivo de su país; porque construye un personaje, el de Scarlett O’Hara, memorable; por la intensa, compleja y poco convencional historia de amor entre Scarlett y Rhett; porque refleja de un modo muy sugerente, nada maniqueo y alejado de apriorismos las contradicciones de la sociedad norteamericana, mostrando desde una perspectiva moralmente cuestionable -al menos desde los parámetros de hoy día- los diversos ángulos de una realidad histórica hecha de tensiones y conflictos culturales e ideológicos; porque combina de modo magistral la ambición literaria y el “tirón” popular; por su brillante acomodo a la tradición realista decimonónica, con su inagotable potencia narrativa, su indesmayable ritmo, la presencia de un narrador omnisciente, las amplias descripciones, la construcción detallada de escenarios, el minucioso desarrollo psicológico de los personajes, el lenguaje fluido, la relevancia del diálogo y la caracterización indirecta, la formidable capacidad de su autora para encadenar de manera adictiva escenas íntimas, secuencias bélicas, tensiones económicas, humor, diálogos brillantes, grandes golpes melodramáticos, sin perder cohesión, manteniendo la intensidad y la energía del relato durante más de ochocientas páginas (más de mil en las ediciones convencionales, sin los tan ajustados límites tipográficos como los que encontramos en la edición de Reino de Cordelia); y porque, en fin, trasciende su temática local y nacional para ofrecer un acercamiento muy atractivo a algunos grandes temas universales: el paso del tiempo, la pérdida, la desaparición de un mundo conocido y de los cimientos que lo sostienen, la estabilidad y el cambio, el papel social de la mujer, la identidad y el sentido de pertenencia, la lucha por la vida, el amor y la amistad, entre otros muchos. De cada uno de estos grandes frentes de la novela me ocuparé con algo más de detalle en el curso de esta reseña.
En otro orden de cosas -más coyuntural podríamos decir-, mi elección se sustenta, además, en dos razones menores pero también apreciables. La belleza de la relativamente reciente edición de Reino de Cordelia (publicada en octubre de 2022), magnífica, formalmente brillante, con tapas duras, papel reciclable de densa textura, cinta marcapáginas, espléndidas ilustraciones de Fernando Vicente (con su discutible opción -hay en mí razones contrapuestas sobre el asunto- de mantener como referencia las imágenes ya ancladas en nuestra memoria de los actores y actrices de la versión cinematográfica del libro: Vivien Leigh, Clark Gable, Olivia de Havilland, Leslie Howard y hasta Hattie McDaniel o el gran Thomas Mitchell) y traducción de la muy competente Susana Carral, habitual en el sello. Y, por otro lado, sus 816 páginas de letra reducida (once puntos), apretada (interlineado simple) en una maquetación densa, con cerca de setecientas palabras por página, aunque permite la lectura cómoda, y que hacen del libro una alternativa lectora especialmente recomendable para estas vacaciones veraniegas de largos días de ocio, tan propicios para abismarse en la intensa -y extensa- historia que nos presenta Margaret Mitchell. (Un breve inciso sobre una cuestión no menor, el precio. La excelencia de la edición se corresponde con los sustanciosos setenta euros que hay que pagar por su adquisición; pero no se compra solo un texto -aunque ello sea lo fundamental- sino un objeto en sí valioso y de extraordinaria belleza.)
La primera y relativamente temprana versión española del libro apareció en 1943 en el sello Ediciones Aymá con la traducción clásica de Juan G. (González-Blanco) de Luaces y Julio Gómez de la Serna, hermano del afamado Ramón de las greguerías. El éxito de ventas llevó a la editorial a preparar una segunda edición, censurada, sin embargo, durante casi un año, hasta 1944, en que, por fin, pudo ver la luz. Desde esa fecha se multiplicaron las reediciones, siendo hoy la más popular y más leída de todas ellas (antes de la novedosa de Reino de Cordelia) la de Ediciones B, que yo tengo en una publicación de 1991 y que mantiene la traducción originaria. Debo consignar que ante la imposibilidad de conseguir la versión digital del texto traducido por Susana Carral (más allá de las setenta primeras páginas, que la editorial ofrece gratuitamente; mi directa solicitud de adquirir el resto no fue siquiera respondida), las citas literales que introduzco en la reseña proceden de la más añeja -y sus anacronismos son claramente perceptibles- de Gómez de la Serna y de Luaces. A modo de ejemplo significativo, dejo aquí las dos diferentes traslaciones de un breve texto de la primera página de la novela, cuya confrontación permite, de un modo general, reflexionar, una vez más, acerca de la importancia del traductor en nuestra lectura de una obra escrita en un idioma que desconocemos y, por otro lado y más en particular, apreciar las muy evidentes diferencias de estilo (y no solo: ¿la escena se desarrolla una mañana o una luminosa tarde?) entre dos versiones separadas por ocho décadas.
Sentada con Stuart y Brent Tarleton a la fresca sombra del porche de Tara, la plantación de su padre, aquella mañana de abril de 1861, la joven ofrecía una imagen linda y atrayente. (Juan G. de Luaces y Julio Gómez de la Serna)
Esa luminosa tarde de abril de 1861, sentada con Stuart y Brent Tarleton a la fresca sombra del porche de Tara, la plantación de su padre, estaba preciosa. (Susana Carral)
Margaret Mitchell, nacida en Atlanta, capital de la sureña Georgia (eje sustancial del libro), en 1900 y fallecida prematuramente en 1949, a causa de las lesiones sufridas cinco días antes, cuando fue atropellada, de camino al cine al que acudía con su marido, por un taxista borracho fuera de servicio, fue periodista y autora de esta única novela, con la que obtuvo el Premio Pulitzer y, lo que es más importante, se garantizó su eterna presencia en el panteón de grandes nombres de la historia de la literatura. Lo que el viento se llevó se gestó, según la nota de la editorial, hace ahora cien años, en 1926, en una etapa de su vida en que, a causa de una larga baja laboral, Mitchell se concentró en escribir su voluminosa historia. Tardó diez años en concluirla, publicándose, con gran éxito de ventas, en 1936. Ambos aniversarios, los noventa años de su aparición y los redondos cien del inicio de su redacción, son otros de los motivos de que yo haya elegido ahora el libro como cierre de la presente temporada de Todos los libros un libro.
Quiero recordar, antes de adentrarme en el análisis de la novela, que hace cerca de cuatro años, en septiembre de 2022, presenté aquí el libro monográfico de José Luis Garci sobre la versión cinematográfica de la obra de Mitchell, que apareció con el muy elocuente título de Lo que el viento se llevó. Un recuerdo, un comentario; un libro organizado, a grandes rasgos, en torno a esos dos ejes que se anticipan en el título: el recuerdo personal, íntimo, de la primera vez en la que el director se acercó, con arrobo aunque de modo muy parcial, al clásico hollywoodiense, y el comentario, más “objetivo”, de las singularidades artísticas y técnicas del monumental filme. Os aconsejo su lectura -y el visionado de la película- como magníficos complementos a la “aventura” que supone adentrarse en la novela de la escritora de Atlanta.
Como de costumbre, resulta muy difícil dar cuenta del argumento de una obra tan voluminosa. Además, últimamente, más de un seguidor del espacio se queja de que, en mi afán de presentar de modo sugestivo los libros que comento, de despertar el interés por su lectura en las avanzadillas de sus tramas que normalmente aporto, las destripo y desvelo información demasiado relevante que hubiera debido permanecer oculta para no privar al lector del placer de su descubrimiento. No creo que sea así, o al menos no en una medida inconveniente. Más allá de mi ciertamente incontrolable verbosidad, sigo considerando necesario que una reseña de este tipo, que no quiere ser un mero apunte informativo sino que se pretende extensa, detallada, con una cierta voluntad de profundizar en las distintas vertientes a las que se abre un libro, pueda presentarse obviando determinadas notas sobre personajes, escenarios, contexto histórico y frentes a los que apunta su línea argumental. Por otro lado, y me refiero ya al libro que nos ocupa, la cuestión resulta menos relevante en un caso como el de la novela de Mitchell, cuya popularización cinematográfica, su emisión reiterada en las pantallas televisivas y su condición de mito cultural hacen que los principales elementos de la novela sean bien conocidos y sin riesgo, por tanto, de desvelamientos inoportunos.
Lo que el viento se llevó es, en una de las varias posibles sinopsis argumentales, una vasta novela de formación, supervivencia y transformación histórica ambientada en el Sur de los Estados Unidos durante la Guerra de Secesión y los posteriores y difíciles años de la Reconstrucción (que, tras la derrota sureña en la guerra, puso fin al nacionalismo confederado y, al menos oficialmente, a la práctica de la esclavitud), en un arco temporal -algo más corto en la obra literaria que en el período histórico- que abarca desde 1861 a 1873 aproximadamente. La novela se divide en cinco grandes partes, con un total de sesenta y tres capítulos desigualmente repartidos. La protagonista absoluta es Scarlett O'Hara, hija de Gerald O’Hara, un terrateniente irlandés establecido en Georgia, y de una madre sureña, Ellen Robillard, de ascendencia francesa; personajes muy diferentes que dejan, sin embargo, una notable impronta en la personalidad de la muchacha. Scarlett aparece inicialmente como una joven caprichosa, soberbia, vanidosa y extraordinariamente consciente de su belleza y su capacidad de seducción (Gerald presumía de que era la reina de la belleza de cinco condados, y algo de razón tenía, porque había recibido propuestas de matrimonio de casi todos los jóvenes de la zona y algunos de lugares tan apartados como Atlanta y Savannah). Una niñita de apenas dieciséis años, engreída, frívola, poco simpática, egoísta (Era incapaz, por naturaleza, de soportar que cualquier hombre se enamorara de otra mujer que no fuese ella y el hecho de ver a India Wilkes con Stuart durante aquel discurso había sido demasiado para su carácter depredador), que, educada en el arte y la gracia de resultar atractiva a los hombres, ha logrado descollar entre todas las chicas de su entorno en las enseñanzas de esa básica formación: no había joven en el condado que bailase con más elegancia que ella. Sabía sonreír para que sus hoyuelos se marcasen, caminar con las puntas de los pies hacia dentro para que sus amplias faldas con miriñaque se balancearan de forma cautivadora, mirar a un hombre a la cara y luego bajar la mirada y pestañear con rapidez para que pareciera que temblaba de tierna emoción. Sobre todo, sabía ocultarles a los hombres la aguda inteligencia que escondía un rostro tan dulce e inocente como el de un bebé. [Dejo una muestra más de la hoy ilegible traducción de Gómez de la Serna y de Luaces: no le era posible soportar mucho rato una conversación de la que ella no fuese el tema principal. Pero sonreía al hablar y, con estudiado gesto, hacía más señalados los hoyuelos de sus mejillas, y agitaba sus negras y afiladas pestañas tan rápidamente como sus alas las mariposas. Los muchachos estaban entusiasmados, como ella quería que estuviesen; como se ve, en apariencia estamos ante dos libros distintos]. Vive en la plantación familiar de Tara, cercana a Atlanta, en un universo, cuya riqueza y prosperidad se sostienen por el trabajo de las decenas de esclavos negros y que resulta acorde con sus inclinaciones y su propósito vital, de bailes, visitas, rituales sociales y aparente estabilidad. Sin embargo, pese a esta ostensible superficialidad, desde su presentación en las primeras páginas del libro vemos en ella inteligencia, independencia, fuerza de voluntad y una poderosa energía que la sitúan, también en este dominio, no solo en el del atractivo físico, muy por encima del resto de las jóvenes de su círculo. Es pragmática, ferozmente competitiva y mucho menos sentimental de lo que exige el ideal femenino sureño. La inminencia de la guerra -que provoca la ingenua e irresponsable excitación de sus jovencísimos admiradores, deseosos, en su inconsciencia, por hacerse con un historial heroico- a ella le resulta indiferente, obsesionada por sus infantiles juegos románticos y por el amor que siente -o cree sentir, en su torpe ligereza- por Ashley Wilkes, un joven refinado y melancólico, heredero de la aristocracia refinada del Sur, y que vive encerrado en un mundo propio completamente incapaz de comprender la inminencia de la guerra y totalmente alejado en sus planteamientos vitales de las banales preocupaciones de la chica (Era tan competente como los demás jóvenes en las distracciones comunes en el condado —la caza, el juego, el baile y la política— y era el mejor jinete de todos, pero difería de los otros en que esas actividades agradables no representaban para él ni el fin ni el propósito de su vida. Además, era el único que se interesaba por los libros, la música y por escribir poesía). Casi al inicio de la novela -pongo la venda antes de la herida en relación con las posibles recriminaciones de “destripe”- Scarlett descubre que Ashley va a casarse con Melanie Hamilton, una joven bondadosa y serena, opuesta a ella en carácter. Herida en su orgullo y en sus ilusiones, Scarlett tomará -como tantas otras veces en distintos episodios de la obra- decisiones impulsivas que van a condicionar toda su vida posterior. También en un pasaje inicial, célebre sobre todo a partir de la escena cinematográfica en que se representa, aparece Rhett Butler, un hombre atractivo, un aventurero cínico, muy inteligente, provocador y hasta escandaloso para los rígidos códigos morales de la época y del encorsetado entorno del Sur. Desde su primer y turbador encuentro Rhett comprende a Scarlett al reconocer en ella la misma mezcla de egoísmo, vitalidad y lucidez que lo define a él. Entre ambos se establece una relación marcada por la atracción y un poderoso magnetismo mutuo -no siempre abiertamente explícito-, por la rivalidad y, sobre todo, por la incapacidad de confesarse sinceramente los sentimientos y su corolario, su ocultación y disimulo bajo una capa de sarcasmos, rechazos, provocaciones y desprecios.
La brusca irrupción de la guerra cambia el tono del relato, que abandona esa dimensión de comedia social y recreación de la algo insustancial cotidianidad de Tara que definía la primera parte de la novela, para convertirse en una crónica histórica impregnada de la terrible realidad del enfrentamiento civil. La Guerra de Secesión destruye progresivamente el mundo protegido, plácido y estable de los personajes. Los jóvenes marchan al frente, se suceden las noticias de derrotas, de muertos, de desaparecidos. Las vicisitudes bélicas, las discrepancias políticas, la incertidumbre de la existencia pueblan las conversaciones de las mujeres y los pocos hombres que no han sido movilizados. La novela describe aquí, con enorme minuciosidad, la descomposición material y psicológica del Sur: los hospitales improvisados, los soldados heridos, la escasez, el hambre, la devastadora inflación, el agotamiento físico y el derrumbe de la estabilidad y la certezas del pasado en un clima de ansiedad colectiva. La trayectoria vital de los personajes corre entonces en paralelo a los principales hitos del enfrentamiento civil aportando al libro una valiosa componente histórica y casi documental. El lector asiste así, como telón de fondo o imbricados más estrechamente en la acción novelesca, a episodios como la caída del Fort Sumter en abril de 1861, el mes en que se inicia la novela; la fiebre de alistamientos; el importante papel estratégico de Atlanta de cara al devenir de la guerra; la Proclamación de Emancipación dictada por Abraham Lincoln, que libera a los esclavos en los estados rebeldes como medida de guerra; el asalto de Atlanta por el Ejército del Norte liderado por Sherman, tristemente célebre por imponer en la región su política de “tierra arrasada”; la caída de Atlanta el 1 de septiembre de 1864, con la quema de depósitos y, luego, la destrucción sistemática de la ciudad; la consiguiente devastación económica y social del campo georgiano tras el colapso del sistema de plantaciones dependiente de la esclavitud; la Marcha al Mar de Sherman desde Atlanta a Savannah, aniquilando las infraestructuras confederadas, sobre todo el ferrocarril, en Georgia; la rendición confederada y la reconstrucción temprana del estado, con los nuevos marcos políticos impulsados por el Norte, la polémica concesión del voto a los esclavos liberados y las restricciones de sus derechos civiles a miembros destacados de la derrotada Confederación; la violencia paramilitar y el surgimiento y la expansión del Ku Klux Klan como reacción al sometimiento sureño; la progresiva normalización de la vida económica, política y social en los estados perdedores de la guerra.
En ese contexto Mitchell sitúa a su protagonista, en la que aflora una indesmayable voluntad de supervivencia. La algo remilgada señorita sureña se verá obligada, a causa de la dolorosa -y en muchos casos brutal- experiencia de la guerra, a asumir responsabilidades que hacen de ella -fuerte, dura, tenaz, perseverante, voluntariosa, resistente (resiliente, diríamos hoy), despiadada incluso- una figura alejada de los estereotipos femeninos de la época y de ese Sur extremadamente tradicional y reaccionario. Esta sección de la novela tiene su punto álgido en la caída de Atlanta y la inminente derrota confederada. La novela presenta una ciudad colapsada por el avance del ejército de la Unión, el caos de las evacuaciones y los incendios que acompañan la campaña del general Sherman. Las escenas que describe Mitchell alcanzan una dimensión casi apocalíptica, con las calles llenas de heridos, los edificios ardiendo, las caravanas de familias desesperadas que huyen hacia el campo, en unas estampas memorables, también en la versión cinematográfica (inolvidable el descomunal movimiento de cámara en la escena de la estación, un largo plano secuencia filmado con una grúa gigante que se alzaba 40 metros y un brazo que se extendía 25, con miles de extras y maniquíes.)
El precario refugio de la joven en Tara, con la plantación profundamente arruinada, supone un punto de inflexión en la vida y en el desarrollo de la personalidad de Scarlett, consciente de que su mundo y su antiguo modo de vida han desaparecido para siempre. Pertrechada, tan solo, de su energía, de su tenacidad, de su férrea voluntad, de su determinación (es aquí cuando presenciamos la famosa escena, de extraordinario valor simbólico, del juramento -A Dios pongo por testigo de que jamás volveré a pasar hambre-, esa legendaria línea de texto que asociamos para siempre a la película), también de su falta de escrúpulos, de su algo laxa conciencia, de su capacidad, nada empática, para hacer prevalecer sus intereses por encima de afectos y sentimientos, y de su radical indiferencia frente a la presión social y el qué dirán, Scarlett luchará por reconstruir su posición económica y conservar su tierra (esa tierra de alto valor simbólico en el libro, húmeda y hambrienta, fértil, fecunda, rojiza, perlada de las blancas nubes del algodón, un mar rojo y violento, un mar de olas en espiral, curvas, onduladas, petrificadas de repente en el momento en que el extremo rosado de la ola rompía y formaba espuma), esa tierra que la sangre irlandesa de su padre la ha llevado a respetar (La tierra es lo único importante en el mundo (…) porque es lo único que dura, ¡no lo olvides nunca! Es lo único por lo que merece la pena trabajar, luchar o morir, le dirá, enfático, su progenitor).
La cuarta parte de la novela se centra en la Reconstrucción, cuando un Sur derrotado en la guerra debe redefinirse política y económicamente. Mitchell muestra una sociedad llena de resentimiento, pobreza y nostalgia. Muchos antiguos aristócratas -arruinados, con sus plantaciones devastadas y sin apenas mano de obra disponible a causa de la liberación de los esclavos- son incapaces de adaptarse al nuevo orden y malviven refugiados en el recuerdo del pasado. Otros, los menos, intentarán salir adelante, subsistiendo en empleos precarios e indignos para su clase o iniciando, desde un conformismo realista, nuevos proyectos vitales, que aceptan pese a estar muy alejados, en su modestia, de su riqueza anterior. Scarlett no solo se adaptará a ese nuevo status quo plegándose a las emergentes reglas políticas, económicas y sociales que marca el Norte ganador (y que son las de un capitalismo incipiente que está en la base de la sociedad norteamericana de nuestros días), sino que las llevará al extremo, de manera resuelta y decidida, independiente, egoísta y hasta implacable y brutal (despiadado, fue el adjetivo que antes empleé para definirla). Corren así en paralelo la convulsa reestructuración de la colectividad y la no menos intensa, esforzada, combativa, insensible, ferozmente pragmática, resuelta y desprejuiciada “reformulación” personal de una Scarlett madre por partida doble, obsesionada por el dinero y convertida en empresaria y administradora de negocios. Una mujer, aún joven (al término de la obra no ha llegado aún a los treinta años), que desafía continuamente las convenciones sociales que dictaban cómo debía comportarse una dama sureña y que abandona y hasta pisotea abiertamente los viejos principios de su entorno familiar y social, en una evolución exitosa en lo material, pero degradante y devastadora en lo íntimo, espiritual y moral.
En la quinta y última sección del libro, que no puedo detallar para no revelar algunos de sus elementos más concretos y específicos, y por tanto de más fácil simplificación en una frase, un dato o una información particulares, la novela se desarrolla en torno a la relación -presente de manera continua en los capítulos precedentes pero que ahora se expande ocupando el centro de este postrero apartado- entre Scarlett y Rhett, siempre teñida por el recuerdo idealizado de Ashley Wilkes, que también ha impregnado la obra entera. Tragedias familiares, crisis personales, errores, malentendidos y tensiones emocionales, exaltación y dramatismo, cruzan un texto en el que la historia colectiva, sin perder su condición de marco espacio-temporal y de primordial centro de interés del libro, cede protagonismo frente al plano íntimo que refleja la evolución psicológica, personal y moral de su personaje principal.
La construcción de este personaje es, precisamente, uno de los aspectos más destacados de la novela y casi un siglo después de su creación, una de las razones fundamentales de la vigencia y la actualidad del libro. Scarlett O’Hara, con sus exasperantes contradicciones, pasa por ser uno de los caracteres femeninos más complejos de la narrativa norteamericana del siglo XX. No es una heroína en sentido moral, ya que es manipuladora, ambiciosa, calculadora, capaz de mentir y utilizar sin recato a quienes la rodean para la obtención de sus fines, capaz de hacer negocios con sus enemigos si ello le conviene, capaz de casarse con alguien a quien desprecia por mera conveniencia, capaz, en fin, de “robar” un pretendiente a su misma hermana; actitudes todas que provocan la constante e irritada desaprobación del lector Sin embargo, a la vez, ese mismo lector no puede por menos que apreciarla y caer fascinado por su energía y su negativa a rendirse, por su coraje vital, por su profunda comprensión del cambio que está experimentando su mundo y por su decidida voluntad de tomar las riendas de su vida sobreponiéndose a la adversidad, engañando, sí, en los negocios, explotando, también, a unos y otros, maniobrando, igualmente, y utilizando incluso a sus allegados más cercanos para alcanzar sus objetivos, pero actuando, con decisión, con pragmatismo, ajena al conformismo paralizador de las demás recatadas damiselas del Sur, atadas a sus prejuicios, a sus convenciones, a sus ya anacrónicas y obsoletas reglas de conducta. Scarlett es contradictoria porque, por un lado, acepta las manifestaciones externas del rol social femenino de la época -el coqueteo, la frivolidad, los protocolos del más superficial galanteo, las consabidas “armas de mujer” para conseguir captar la atención, interesar y doblegar a los hombres, la persistencia en la idealizada fantasía romántica encarnada en Ashley Wilkes-, pero, por otro, se muestra segura, decidida, dueña de una elogiable inteligencia práctica, dominadora, empeñada en sobrevivir a cualquier precio, incluyendo la crítica y el desprestigio social que para ella supone la asunción de posiciones y actitudes claramente masculinas para aquel tiempo (y en cierta medida, también para el nuestro). Una mujer del añejo Sur, de la que su familia, su entorno, el entero marco social espera el sumiso sometimiento a un marido, la entrega a las tareas del hogar familiar, la reclusión en los oscuros ceremoniales y los insulsos formalismos de una sociedad pacata, opta abiertamente, sin embargo, por desprenderse de ese lastre castrador, indiferente al decoro, y se atreve a dirigir empresas, gestionar recursos, negociar contratos, tomar decisiones financieras y competir de tú a tú con hombres a los que, en más de una ocasión, tiene a su servicio. La actualidad del personaje no viene dada por un feminismo adelantado a su tiempo, pues no hay propósito, convicción, ni mucho menos ideología en su postura vital; pero sí estamos -desde este punto de vista- ante una mujer moderna, centrada en sus objetivos y que ignora las limitaciones externas que le impiden la consecución sus logros.
Me interesa subrayar, en paralelo a esta dimensión proto o seudo feminista del libro, los dos modelos de masculinidad que encarnan Ashley Wilkes y Rhett Butler, en otra de las líneas sustanciales de la obra. Wilkes simboliza el viejo Sur: refinado, culto, elegante, inteligente y, en apariencia sensible. Pero en la confrontación con la adversidad se revela su condición de hombre débil, pusilánime, conformista, timorato. Su fragilidad moral y práctica queda expuesta durante la guerra y la Reconstrucción, cuando demuestra lucidez para comprender el derrumbe de su mundo, la magnitud de la catástrofe que los acecha, pero también incapacidad para reaccionar, falta de energía, de “practicidad”, pasividad e indecisión para salir a flote tras el naufragio. Ashley es una reliquia del pasado, que vive anclado en un melancólico duelo por una realidad que ya no existe. Su figura inspira, simultáneamente, una cierta ternura por su doliente idealismo, su anticuado sentido del honor, su rígida ética aristocrática, su padecimiento silencioso, su fragilidad, su trágico fracaso vital (que es, simbólicamente, el del viejo Sur); y una más que notable irritación a causa de su inacción, su debilidad psicológica, su falta de iniciativa, su apocamiento, su, en el fondo, cobardía vital.
Por el contrario, Rhett Butler opera como símbolo del espíritu moderno. Si Ashley Wilkes representa la nostalgia de un mundo desaparecido, Rhett encarna la adaptación, el realismo y la supervivencia. Escéptico respecto a la guerra, crítico con el orgullo sureño, consciente de la derrota antes que nadie, Rhett vive fuera de las convenciones sociales. Su cinismo, su aparente ausencia de valores, son, en realidad, lucidez histórica e inteligente, aunque cuestionable, escepticismo moral. Comprende que el Sur ha construido una mitología sobre sí mismo que no resiste el contacto con la realidad. En el plano psicológico se nos muestra como orgulloso, individualista, extremadamente independiente, desapegado, despreciando el reconocimiento y el confortable calor del respaldo social. Es un outsider, pero también un hombre práctico y emprendedor. Escéptico respecto a las jerarquías tradicionales participa, sin embargo, en el juego social, dispuesto a aprovecharse y prosperar en una sociedad basada en el cambio y la movilidad económica.
Así, la tensión amorosa entre Ashley y Rhett (cuya resolución por parte de Scarlett, obviamente, no desvelaré), no es solo romántica, sino también simbólica: pasado frente a futuro; idealismo frente a pragmatismo realista; honor heredado frente a mérito personal; sentido del deber frente a capacidad de actuación; masculinidad caballerosa basada en códigos morales frente a virilidad resolutiva vinculada a la acción, la energía, la decisión, la iniciativa y el riesgo; sensibilidad pasiva frente a voluntad de poder y complacencia en su ejercicio; emotividad frente a fuerza; fragilidad frente a resistencia; estabilidad frente a reinvención; cultura, introspección, mundo espiritual frente a fortaleza, capacidad de adaptación, eficacia, resolución y dinamismo vital. Pero este múltiple juego de dualismos no opera de un modo esquemático, cerrado y simplista. Lo más interesante de su planteamiento novelesco es que la autora provoca en el lector la ambigüedad de pensamientos y emociones, pues ni ensalza ni destruye completamente ninguno de los dos modelos, en una cierta indeterminación que no es relativismo ni equidistancia sino, por el contrario, conocimiento realista y reflejo lúcido de la complejidad del alma humana. En este sentido, Ashley conserva una dignidad moral que Rhett admira secretamente, mientras que Rhett posee una vitalidad y una lucidez que Ashley nunca alcanzará. La novela sugiere sin maniqueísmo, al menos en mi particular lectura, que ambos representan cualidades valiosas, aunque la historia acaba por favorecer inevitablemente a uno de ellos. El mundo que sobrevive después de la guerra ya no es el de Ashley Wilkes, es el de Rhett Butler. Y esa “victoria”, esa transición -del caballero al superviviente, del idealista al pragmático-, tiene también su reflejo en el debate actual sobre la masculinidad y constituye por ello otra de las razones para la vigencia del libro y para su lectura fecunda en nuestros días.
Aparte de la grandeza literaria del personaje de Scarlett, la detallada descripción de los episodios históricos y la plural representación de la masculinidad a través de las figuras -opuestas pero en cierto modo complementarias- de Rhett y Ashley, la novela interesa también por mostrar un retrato de la época y de la sociedad sureña no solo, aunque sea trascendental, en el muy relevante marco que impone la guerra, sino también en las costumbres, los valores, el panorama político, económico y social que dibuja las vivencias de los personajes. Lo que el viento se llevó desarrolla también un amplio y muy coral retrato de la sociedad sureña: los bailes y las diversiones sociales; las visitas, invitaciones y encuentros como forma primordial de relación y sociabilidad; las reglas de la hospitalidad manifestadas en comidas y cenas formales en las que la abundancia de alimentos opera como signo visible de prosperidad y estatus; la familia extensa como clan, que no se cierra en el núcleo de padres e hijos sino que se abre a un red de parientes imbricados; el asfixiante peso del “qué dirán”, de la opinión pública, la vigilancia constante de la reputación; el matrimonio como institución económica, con bodas que se hacen y deshacen sobre la base de la posición social, siendo las propiedades y la situación financiera los elementos que fundamentan las alianzas económicas y familiares (No importa con quien te cases, siempre que él opine como tú, sea un caballero, del sur y orgulloso. Para la mujer, el amor llega después de la boda); el cortejo reglamentado, las relaciones amorosas sujetas a normas muy estrictas y los encuentros realizados bajo la estricta supervisión social y familiar; la educación sentimental de las mujeres, a las que se prepara para convertirse en el ideal femenino dominante, el arquetipo de la “dama sureña”, elegantes, discretas, religiosas, generosas y emocionalmente contenidas, esposas respetables entregadas a la administración de su hogar, para lo cual aprendían modales, conversación, música y comportamiento social más que conocimientos académicos avanzados (Antes de casarse, las jóvenes debían ser, por encima de todo, dulces, discretas, hermosas y ornamentales, pero tras la boda se esperaba de ellas que manejaran hogares que albergaban cien personas o más, blancas y negras, y para eso se las educaba); la compleja administración doméstica que suponía la supervisión de cocinas, almacenes, ropa, cuidados médicos básicos y organización del servicio doméstico; la división sexual de los roles, con los hombres ocupándose de la política, la guerra y los negocios públicos y las mujeres del ámbito hogareño y social (con Scarlett, una vez más, rechazando su papel prestablecido y desafiando una y otra vez tal separación); la religión como práctica cotidiana, la asistencia a la iglesia, las referencias bíblicas, la observancia de ciertas normas morales; la importancia de la tierra que, más allá de ser una propiedad con valor económico, representa la identidad, la estabilidad familiar y la continuidad generacional (de ahí la relevancia -real y simbólica- de Tara, que el conocido y ya mencionado parlamento de Scarlett refleja); la vida en las pequeñas comunidades rurales, donde todos se conocen, las vidas de unos afectan a las de los otros, circulan los rumores e impera la presión social; y, tras la guerra, la adaptación a nuevos hábitos impuestos por las transformaciones sociales: familias arruinadas; mujeres obligadas a trabajar por primera vez; hombres que emprenden pequeños negocios -una panadería, una empresa maderera-; gentes que se enfrentan a problemas hasta entonces inexistentes y, que, en una época de escasez, tienen que luchar por conseguir alimentos, ropa, combustible; antiguos soldados incapaces de readaptarse a la derrota y, en muchos casos, a su invalidez; especuladores enriquecidos con la guerra; tensiones políticas derivadas de la emancipación de los esclavos, con una presencia -menor pero relevante- de los inicuos rituales del Ku Klux Klan.
Y en esta representación del “clima” de la sociedad sureña en aquellos años convulsos hay dos elementos de esa realidad cuyo enfoque por parte de Margaret Mitchell resultan, desde una lectura actual, anacrónicos, controvertidos, discutibles y cuestionables, necesitados pues de debate y reflexión (nunca, a mi juicio, de una absurda, disparatada cancelación): la visión idealizada, romántica de un “Viejo Sur” que refleja un enfoque de parte, coincidente con el de los blancos sureños derrotados; y la presentación benevolente y paternalista de la esclavitud y el clasismo que categoriza y jerarquiza a las personas en función de su raza, pero también de su condición social y económica (llamativa, en este sentido, la presencia de los white trash, la basura blanca, objeto del desprecio de los blancos acomodados y también de los negros que los sirven; como en el significativo caso de los Slattery: Slattery odiaba a sus vecinos con la poca energía que tenía porque detectaba desprecio bajo sus modales corteses, pero en especial odiaba a los «arrogantes negros de los ricos». Los negros domésticos del condado se consideraban superiores a la basura blanca y su evidente desprecio lo molestaba, mientras que su posición en la vida, más segura que la suya, despertaba su envidia. En contraste con su miserable existencia, ellos estaban bien alimentados, bien vestidos y bien cuidados en la enfermedad y la vejez. Se enorgullecían de la buena fama de sus propietarios y, en su mayor parte, también de pertenecer a gente con clase, mientras que a él lo despreciaban). Dejo un par de apuntes de cada uno de estos rasgos para poner fin con ellos a la reseña.
Así, en primer lugar, uno de los aspectos más debatidos de la novela es su representación del Sur esclavista. Lo que el viento se llevó participa, y ello es notorio en todo momento para el lector, del imaginario de la llamada “Causa Perdida”, una interpretación nostálgica del pasado confederado que comenzó a consolidarse tras la derrota sureña de 1865. Se trata de una recreación romántica de la Confederación que poetiza y sublima el "honor sureño" frente a los supuestos excesos, injusticias y depredaciones del Norte vencedor, y que minimiza el papel central de la esclavitud, presentando la Reconstrucción desde el punto de vista, los planteamientos y hasta la sentimentalidad y las emociones de los blancos sureños derrotados. Ese Sur mitificado se nos muestra como una suerte de paraíso perdido, un hito histórico de la civilización, un símbolo excelso de una forma de vida basada en la tierra, la familia, las tradiciones y una jerarquía social aparentemente natural, y en la que las grandes plantaciones aparecen como espacios de armonía, refinamiento y estabilidad social (Le gustaba el Sur, reflexiona Gerald O’Hara, explicando su pronta adaptación tras su llegada desde Irlanda, y, según su propia opinión, enseguida se convirtió en un sureño. Había muchas cosas del Sur y de los sureños que nunca comprendería, pero con su carácter entusiasta adoptó como propias, según él las entendía, sus ideas y costumbres: el póquer y las carreras de caballos, la política candente y el código de los duelos, los Derechos de los Estados y la condena a los yanquis, la esclavitud y la soberanía del algodón, el desprecio por la basura blanca y una exagerada cortesía hacia las mujeres. Incluso aprendió a mascar tabaco. No necesitaba aprender a beber y aguantar la ingesta de whisky porque ya había nacido con ese don). Tara encarna esa concepción modélica de la sociedad, caracterizada por el predominio de la cortesía y las buenas maneras, el respeto al honor personal, la importancia de la familia, la vinculación sentimental con la tierra, el fuerte sentimiento de pertenencia comunitaria, la seguridad, la continuidad histórica, la permanencia frente al cambio, el ideal del caballero del Sur, culto, refinado, educado, sensible y profundamente leal a los códigos de honor heredados -como Ashley Wilkes- y de la mujer sureña, dulce, bondadosa, sacrificada, entregada a los suyos, revestida de autoridad moral -como Melanie Hamilton o Ellen Robillard-. Más allá de las manifestaciones “objetivas” de esta toma de postura, hay un clima, una atmósfera, un sentimiento de nostalgia que impregna toda la obra, sobre todo a partir de la catástrofe de la Guerra Civil, tras la que Mitchell enfatiza el sufrimiento de la población sureña, la destrucción de viviendas, ciudades y plantaciones, la pobreza de los supervivientes, el caos y la anarquía reinantes a causa de la emancipación de los esclavos negros, y, por encima de todo, la honda humillación de la derrota (y simultáneamente la dignidad en la resistencia, pese al fracaso final), componiendo un retrato implícito de una sociedad noble aplastada por fuerzas históricas superiores y contribuyendo de manera decisiva a la construcción del mito del Sur mártir y de la derrota confederada como una tragedia romántica. Esta mirada nostálgica tiene que ver con la propia biografía de la autora, que pertenecía a una familia profundamente vinculada a la memoria confederada, con abuelos que habían combatido en la guerra en el bando perdedor, con infinidad de relatos domésticos que lamentaban la caída del viejo Sur, con una infancia, en fin, atravesada por la añoranza de un mundo que ya no existía, pero cuya mitología seguía viva en el imaginario sureño.
Por otro lado, en esa configuración “embellecida” de la realidad georgiana, no cabe el cuestionamiento de la esclavitud. En el mundo que Mitchell recrea las plantaciones aparecen como espacios armónicos, donde la esclavitud se presenta de forma paternalista, donde los conflictos raciales se diluyen bajo una mirada nostálgica, donde los personajes afroamericanos son representados mediante estereotipos -leales, infantiles o cómicos- que reflejan las actitudes raciales dominantes en el Sur blanco de principios del siglo XX, época en la que Mitchell escribió la novela. La esclavitud aparece generalmente suavizada o relegada a un segundo plano, la violencia estructural sobre la que descansaba la economía de las plantaciones se minimiza, omitiéndose así la complejidad histórica del racismo. Hay, incluso, en los pasajes con mayor protagonismo del Ku Klux Klan (singularmente en uno en el que los hombres de Atlanta, enmascarados bajo los siniestros capirotes del grupo, se vengan de manera despiadada de un negro que atacó violentamente a Scarlett), una cierta comprensión y un tratamiento relativamente benévolo del fenómeno.
Con el paso del tiempo, la crítica ha problematizado esa distorsionada idealización del Sur y la muy complaciente visión racial, en este fenómeno actual de lo woke (no todo en él excesivo y rechazable). Universidades y críticos norteamericanos han debatido extensamente si la novela debe leerse como obra literaria separada de su ideología o como texto inseparable de su contexto racista. En este debate actual sobre el texto y su adaptación cinematográfica ha habido situaciones controvertidas como la protagonizada por la plataforma HBO, que retiró temporalmente la película de su catálogo y la reincorporó posteriormente acompañada de materiales explicativos que contextualizaban históricamente sus representaciones raciales. No obstante, no se han editado versiones canónicas expurgadas, reescritas o adaptadas para eliminar referencias consideradas racistas o problemáticas. Por el contrario, las nuevas ediciones suelen incluir introducciones críticas, prólogos de especialistas, notas históricas o estudios sobre el contexto racial e histórico de la obra. Es esa, a mi juicio, la postura adecuada ante este tipo de fenómenos, teniendo en cuenta, sobre todo en este caso, que Mitchell no escribe un ensayo, ni mucho menos una tesis historiográfica, sino una obra literaria, narrada, con todos sus claroscuros, desde la memoria cultural sureña. Es desde ese punto de vista desde el que debe leerse la novela: con la lucidez enriquecedora que caracteriza nuestras interpretaciones actuales, más abiertas, más sensibles y conscientes ante las injusticias, pero también con la comprensión crítica del contexto y los parámetros culturales en los que el libro fue escrito.
En fin, hasta aquí mi presentación de algunos de los frentes de interés de esta novela desbordante que espero que elijáis para acompañaros muy gratamente en esta vacaciones veraniegas que ya empiezan. Os dejo con un texto significativo del libro, que completa la caracterización de Scarlett y con un tema musical hoy controvertido pero muy representativo del universo que la novela describe y que “suena” en el libro. Se trata de Dixie, una canción popular del Sur de los Estados Unidos que acabó por convertirse en el himno de facto de la Confederación, lo cual explica su actual proscripción de ciertos ámbitos, en los que se percibe como reliquia racista, y, por otro lado, su interpretación como mero símbolo del Sur, desprovisto de esas rechazables connotaciones. En este último marco referencial se inscribe mi sugerencia final. La cantante afroamericana René Marie mezcla, en una apreciable versión de jazz, Dixie con Strange Fruit, una dramática canción de Billie Holiday sobre un linchamiento, convertida ya en un himno contra el racismo.
Con esta entusiasta recomendación cierro la presente temporada de Todos los libros un libro, la decimosexta de nuestra ya dilatada historia. El día 2 de septiembre volveremos a salir al aire para encontrarnos con nuestra exigua pero fiel audiencia y para proponeros nuevos motivos de satisfacción, interés y disfrute lectores. ¡Feliz verano a todos!
A los dieciséis años, gracias a Mammy y a Ellen, parecía dulce, encantadora e inconstante, pero en realidad era obstinada, vanidosa y terca. Había heredado las pasiones fácilmente estimulables de su padre y una mínima pátina del carácter generoso y paciente de su madre. Ellen nunca llegó a comprender que se trataba de una leve pátina, porque Scarlett siempre dejaba ver su mejor rostro ante ella y le ocultaba sus aventuras, contenía su temperamento y en presencia de Ellen se mostraba tan amable como podía, porque una sola mirada de reproche de su madre podía avergonzarla hasta el punto de hacerla llorar.
Pero Mammy no se hacía ilusiones con ella y estaba constantemente alerta por si se producían roturas en la pátina. Mammy tenía mejor ojo que Ellen, y Scarlett no recordaba, en toda su vida, haber conseguido engañarla durante mucho tiempo.
Esas dos cariñosas mentoras no deploraban el buen ánimo, la vivacidad y el encanto de Scarlett. Las mujeres del Sur se enorgullecían de esas cualidades. Lo que les preocupaba era la parte del carácter impetuoso y testarudo de Gerald que había en ella, y a veces temían no poder ocultar sus rasgos perjudiciales antes de que se hubiese casado bien. Pero Scarlett tenía intención de casarse —de casarse con Ashley—, y estaba dispuesta a parecer recatada, maleable y atolondrada, si esas eran las cualidades que les gustaban a los hombres. Aunque no sabía por qué eran así los hombres, solo que esos métodos obtenían resultados. Nunca le interesó demasiado reflexionar sobre el motivo, pues no tenía ni idea de cómo funcionaba la mente de ningún ser humano, ni siquiera la suya. Solo era consciente de que, si hacía o decía esto y lo otro, los hombres infalible-mente responderían así y asá. Era como una fórmula matemática y no más difícil, porque las matemáticas era la única asignatura con la que Scarlett no había tenido problemas.
Si sabía poco sobre la mente masculina, menos sabía aún sobre la femenina, debido a que las mujeres casi no le interesaban. Nunca había tenido una amiga y nunca la echó de menos. Para ella, todas las mujeres, incluidas sus dos hermanas, eran enemigas naturales en la persecución de la misma presa: el hombre.
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Margaret Mitchell. Lo que el viento se llevó













