TÍSCAR LARA Y CARLOS MAGRO. IA Y EDUCACIÓN
Con el curso académico universitario -también el de secundaria- iniciado hace pocos días, Todos los libros un libro incurre una vez más en una práctica recurrente que se repite, casi sin excepción, cada mes de septiembre y que consiste en dedicar alguna emisión a la enseñanza y la educación (temas muy relevantes, pienso, para cualquier ciudadano en general, más allá de mi particular y ya languidecente vinculación profesional con ellos), con libros que exponen, se adentran o reflexionan (a menudo todo ello a la vez) en torno a los muy diversos y controvertidos aspectos que entraña la docencia. Así será también en este apenas nacido curso 2026-2027, y es por ello por lo que, a lo largo de estas dos semanas, esta y la siguiente, voy a presentaros hasta cuatro libros, tres de ellos de publicación reciente, que giran, de modo directo y frontal, sobre el universo educativo y alguna de sus más polémicas dimensiones, puestas de manifiesto día tras día, pero especialmente explícitas en estas fechas en las que aún tenemos muy presentes los desastrosos resultados del último informe PISA. El primero de ellos, del que me ocupo en la presente emisión, IA y Educación, ofrece, apoyándose en un sustancioso aparato bibliográfico, una mirada sobre la inteligencia artificial menos complaciente, y a mi juicio más atinada, de la que prolifera en las Facultades del ramo, en los colegios e institutos y entre la pedagogía innovadora, en algunos de cuyos círculos se la considera poco menos que una suerte de panacea universal que va a revolucionar la enseñanza y el aprendizaje.
IA y Educación se presenta con un subtítulo que, no tanto a priori pero sí en cuanto se avanza mínimamente entre sus páginas, resulta altamente significativo y revelador del enfoque que en él mantienen sus autores: Una relación con costuras. Escrito a cuatro manos por Tíscar Lara y Carlos Magro, apareció, en mayo de 2025, en Trama Editorial, dentro de una colección de libros impresos, Biblioteca de Digital Journey, que, a su vez, es una de las iniciativas de Digital Journey, un proyecto que sus responsables definen como un centro de pensamiento y conocimiento (Think Tank) para analizar y repensar el impacto de la digitalización de la sociedad. Su voluntad de construir un puente entre administraciones, universidades, organizaciones públicas y privadas, siempre con el foco en las personas se articula a través de la oferta de servicios digitales, consultoría estratégica, mentoría y, en un terreno que me resulta más sugestivo, foros y debates, cursos en empresas, conferencias especializadas, debates, mesas redondas y publicaciones, papers especializados, dosieres (debo señalar que en la página web del grupo, el término utilizado para referirse a ellos es “dosiers”, claramente incorrecto; mi puntualización resultaría improcedente si se tratara de una mera errata, en la que cualquiera puede incurrir -aunque no tan disculpable cuando se trata de la presentación pública, la imagen corporativa, en cierto modo, de un proyecto de tal ambición-; pero es relevante en tanto que en el libro del que voy a hablaros es constante la presencia de erratas, faltas y gazapos de diversa índole, que hubieran merecido una más esmerada revisión; comentaré más adelante alguno de estos descuidos especialmente significativos), cuadernos y documentación variada sobre transformación digital, competencias tecnológicas y, sobre todo, la incidencia de la digitalización y la inteligencia artificial en la sociedad, la economía, los medios y la cultura. Su director, Pepe Cerezo, que fue directivo de Prisa, Orange y otras organizaciones, consultor con años de experiencia, asesor de grupos editoriales españoles y extranjeros, y que cuenta con varios libros sobre los asuntos referidos, escribe el muy sucinto prólogo, en el que presenta el libro enmarcándolo en el proyecto general que él dirige.
Sus autores, de los que se puede encontrar en internet una larga conversación con Cerezo a propósito de su libro, son, cada uno en su dominio, expertos en los temas tratados. Tíscar Lara es la directora de Transformación y Comunicación Digital del Instituto Cervantes. Con una larga trayectoria dedicada a la gestión, la enseñanza y la investigación en el ámbito de la tecnología, la educación y la comunicación digital, en el pasado fue Directora de Comunicación y Marketing y Vicedecana de Cultura Digital de la Escuela de Organización Industrial, profesora en la Universidad Carlos III de Madrid, doctora en Periodismo y Máster en ELE Instituto Cervantes-UIMP, posee varios postgrados, siempre en el ámbito digital, y ha colaborado en diversas visitas académicas en las universidad de Harvard y Los Ángeles en California (UCLA). Por su parte, Carlos Magro, cuenta también con un amplio currículo como profesional independiente en educación en los ámbitos de la innovación, la tecnología educativa y las políticas públicas en educación. Al igual que su compañera de autoría cuenta con más de dos largas décadas experiencia en el sector educativo y en organizaciones varias, habiendo sido miembro del Departamento de innovación educativa de la Institución educativa SEK, Director Académico del Instituto Europeo de Diseño, Director de Innovación y Director de Comunicación, Marketing y Proyección Institucional de EOI Escuela de Organización Industrial, Director de la Oficina de Información Científica de la Fundación para el Conocimiento madri+d y responsable del Programa de Cultura Científica de la Consejería de Educación de la Comunidad de Madrid.
Vayamos ya con el libro. La tesis principal de IA y Educación es, a mi juicio, que la impetuosa y arrasadora irrupción de la inteligencia artificial en el ámbito educativo no va a transformar la enseñanza ni a solucionar por sí sola los muchos problemas que la aquejan; pero tampoco supondrá un “demonio” destructivo de efectos devastadores en la formación, la salud mental o el cerebro de los jóvenes. El optimista triunfalismo con que muchos docentes -y la sociedad en general- han acogido el nuevo instrumento tecnológico (la IA es, inicialmente, eso, una herramienta -aunque de esta categorización discrepan los autores, y con razón, pues no es solo un “artilugio” técnico, sino que hay detrás infinidad de intereses económicos, ideológicos, políticos-; poderosa, sí, pero, en definitiva un mero implemento, pese a las muchas derivadas -positivas en bastantes casos- que su aparición conlleva), entregados a menudo a la aceptación acrítica de lo nuevo, a la sacralización de cualquier propuesta innovadora, sin reparar ni analizar, ni mucho menos cuestionar lo que puedan tener de mito, ni sus limitaciones, sus lagunas, sus carencias, sus riesgos; esa euforia poco justificada exige -así lo piensan Lara y Magro- un análisis profundo, lúcido, abierto a explorar sus luces y sombras, a cuestionar falsas verdades, tópicos, apriorismos carentes de justificación racional. Abordamos este reto, leemos en las primeras páginas del libro, desde nuestra propia perspectiva, con el objetivo de resituar algunas asunciones que vemos incorporadas sin suficiente discusión pública y ofrecer a la comunidad educativa, pero también al público general, un conjunto de ideas sobre las que reflexionar y contextualizar el momento de desarrollo tecnológico que vivimos en este ya primer cuarto del siglo XXI. Replantear -resituar-, pues, el debate (o más bien su ausencia); no solo el inmediato que tiene que ver con el uso de la IA en la escuela, sino aquel otro, más general, que desde hace décadas afecta a la utilización de la tecnología en las aulas. En mi experiencia como profesor durante casi medio siglo he podido constatar cómo la normativa educativa, las líneas de estudios académicos e investigaciones en las facultades de Educación, la realidad de los centros y, en gran medida, la mentalidad de los profesores, se han visto impregnadas de una suerte de devoción poco reflexiva y rozando la ceguera ante cualquier recurso, metodología o técnica educativa innovadores y “modernos”, que se aceptaban -y así se sigue haciendo- sin que esas novedades supuestamente rupturistas llegadas para solucionar de manera universal y definitiva todos los problemas de la enseñanza vinieran avaladas por evidencias y sin que se percibiera mínimamente su notoria ineficacia o, incluso, en más de un caso, las nocivas consecuencias de su implementación y uso. Los recurrentes “mantras” sobre el asunto -la inevitabilidad del cambio, la necesidad de adaptación la educación a los nuevos tiempos, la eficiencia, la productividad, el peso del mercado, la urgencia de la actualización docente, la exigencia de personalizar la educación, la conveniencia de liberar a los docentes de las tareas repetitivas y burocráticas que acompañan la educación para que, por fin, puedan dedicarse a lo realmente importante- se han repetido machaconamente durante décadas, curso tras curso, en relación con los diversos instrumentos educativos emergentes en cada momento: el vídeo, los muy primitivos ordenadores, sus versiones más actuales, las pantallas digitales, el móvil, internet, los videojuegos, las redes sociales y ahora la IA. El continuo “bombardeo promocional” -en el fondo ideológico y económico (pues siempre el negocio de las grandes empresas del sector ha estado detrás)- ha llevado consigo la asignación de ingentes recursos para la formación y el reciclaje de los docentes, para la adquisición de materiales tecnológicos, para la reestructuración de las escuelas, en un costoso proceso conducente -en muy poco tiempo- a la obsolescencia de los equipos y, sobre todo, a la más absoluta falta de afrontamiento y la más desesperante inacción ante los problemas esenciales de la educación (Volvemos a encontrarnos aplaudiendo al también llamado solucionismo tecnológico, deslumbrados ante el brillo de una máquina que parece va a inocular los conocimientos en el alumno, devotos creyentes de la tecnología, subidos a la modernidad y sin saber si estamos abrazando lo que sigue representando un modelo bancario de la educación y quizá, no sabemos aún, una involución pedagógica).
Pero, a la vez, y en los mismos círculos, se da también la visión opuesta, la que rechaza, amedrentada, temerosa, apocalíptica casi, ultraconservadora en el peor sentido del término, cualquier elemento que altere el estado de cosas vigente; la que se opone, por principio y también sin análisis ni argumentos, a cualquier cambio que perturbe la cómoda estabilidad -igualmente inoperante de cara a mejorar la enseñanza y el aprendizaje de los alumnos- de procedimientos, métodos y prácticas educativas cuya validez solo se sostiene en su continuidad inalterada a lo largo de los años.
En este marco dual -atracción y rechazo- con el que la comunidad educativa vive normalmente la aparición de una nueva tecnología que “asalta” su confortable ejercicio de la profesión (Es asombroso observar cómo en el ámbito de la tecnología educativa se repiten una y otra vez los mismos debates, ilusiones y expectativas, así como las mismas preocupaciones y desafíos. Caemos en un ciclo recurrente de optimismo desbordado, seguido de una profunda decepción, en una especie de ciclo de Sísifo de pánico tecnológico), llega ahora la IA que, coincidiendo en lo esencial con otras herramientas e instrumentos anteriores, difiere sin embargo en su potencial disruptivo, transformador y hasta revolucionario. Y la reacción en el sector ya no es solo de acercamiento más o menos entusiasta u oposición en distintos grados de resistencia. Ahora, el debate se presenta en términos más acusados: fervor y pavor. Y es en este contexto en donde se inscribe el libro de Lara y Magro: queremos introducir sosiego en la comunidad educativa, reducir la excitación emocional que provoca la IA, calmar cierta histeria colectiva inoculada de forma vicaria, transformar los miedos en aproximación informada y, en definitiva, cultivar un optimismo realista desde una mirada crítica y prudente. El desconocimiento, sumado a la rápida penetración de la IA en el ámbito del gran consumo, ha despertado tanto furor como pavor, tanto anhelo de subirse al gigante como reticencia de ser devorado por la bestia. En semejante estado de excitación es muy difícil poder analizar, comprender y abordar la IA de una manera tranquila y desafectada. Es en ese lugar de encuentro, firme y sereno, donde nos conviene situarnos para proyectar una mirada limpia y razonablemente segura que nos permita no solo ser partícipes sino agentes de los desarrollos que como sociedad estamos generando.
Con esa voluntad de partida, el libro se presenta con una estructura fragmentaria, hecha de piezas breves, que se pueden leer de forma individual pero que, todas ellas, se inscriben en una lógica común. Agrupados en cuatro grandes ejes, IA y educación. Una relación con costuras, Las promesas educativas de la IA, Qué educación queremos y Competencia digital crítica, se recogen cerca de cincuenta muy cortos (descontado el prólogo y la bibliografía final, el texto no llega a las ciento setenta páginas) capítulos o artículos o reflexiones sobre prácticamente todos los aspectos relevantes que inciden en la relación entre la IA y la educación. Hay, así, y en una rápida enumeración a vuelapluma, que ni mucho menos agota la profusión de asuntos tratados, apartados sobre la necesidad de una mirada crítica sobre la IA; sobre la precisión terminológica acerca de las nociones de “inteligencia”, “artificial” o “educación”; sobre las tensiones de opuestos con las que se presenta -mistificada- la IA en la actualidad; sobre las supuestas soluciones que la IA aportará a la educación, en términos de productividad, eficiencia, automatización y personalización; sobre las transformaciones a las que se aspira en educación y sobre la imaginación de futuros alternativos; sobre la implantación de la IA en el contexto “antitecnológico” ya mencionado; sobre la necesidad de la conversación y el debate, en la sociedad, en los centros educativos, en las aulas incluso, en torno a las ventajas e inconvenientes de la adopción de innovaciones técnicas en la enseñanza; sobre la urgencia de desarrollar una competencia digital solvente que permita a estudiantes y docentes usar la tecnología con capacidad de discernimiento, racionalidad y espíritu crítico; sobre la importancia de la alfabetización digital, que corra en paralelo a la clásica enseñanza de la lectura y la escritura. Y todo ello cruzado por valiosas consideraciones sobre la memoria, la pereza cognitiva, la importancia de la evocación para el aprendizaje, la evaluación, la educación como proceso y no como resultado, la enseñanza como inducción al pensamiento, la escuela como espacio para la incertidumbre y el riesgo, la docencia de las matemáticas y la historia como ejemplos significativos -y extrapolables- de lo que, en ambos campos, puede aportar la IA; entre otros muchos oportunos y alentadores temas de reflexión.
Esta abundante exhaustividad, muy estimulante y claramente elogiable, pues abre al lector la posibilidad de reflexionar sobre un casi inagotable elenco de hilos de interés suscitados por el tema principal del libro, tiene, sin embargo, una contrapartida cuyas consecuencias, que afloran de continuo a lo largo de la lectura, resultan ostensibles y rebajan considerablemente -al menos en mi opinión- la valoración final del estudio. La organización del ensayo sobre la base de estos pequeños apartados, de escritos cortos, cuya redacción, muy probablemente, se ha dividido entre los dos autores, provoca una ciertamente enojosa reiteración de ideas, nociones, conceptos y argumentos que saltan, insistentes, en formulaciones repetidas una y otra vez, que se enuncian en expresiones casi idénticas de un apartado a otro, de tal forma que, en más de una ocasión, se tiene la sensación de estar asistiendo a una constante regurgitación de las mismas ideas-fuerza que al plasmarse en elocuciones muy parecidas -cuando no análogas- producen un disuasorio efecto de desconexión en quien lee, saturado el lector por una avalancha de frases, de palabras que, a fuerza de repetidas y teniendo en cuenta su carácter general y teórico, suenan muchas veces a retórica algo desordenada y vacía. Este descuido -lo es, pues podría haberse solucionado con una revisión más minuciosa y una más exigente labor de “poda”- sin duda devalúa la consideración que el libro merece, aunque no disminuye su interés, pues entre el desbordante y algo agotador fárrago de verbosidad y el revoltijo de insistentes redundancias son muchas y muy sugestivas las ideas que se abordan y sobre las que se invita a la reflexión.
Imbuido de un cierto didactismo -de ahí, quizá, las reiteraciones- el libro deja en sus páginas finales algunos listados de ideas clave a tener en cuenta sobre el asunto. Así, por ejemplo, en un apartado titulado “Back to basics”, se identifican diez puntos sobre los que se considera que se debe tomar conciencia de modo que se pueda lograr una aproximación responsable a la IA generativa antes de plantearse si se quiere utilizar, y de valorar cómo de partícipes somos de sus consecuencias al hacerlo (un fragmento, este que acabo de transcribir literalmente, que permite apreciar la a veces muy mejorable redacción; además, las diez preguntas a través de las cuales se plantea el necesario análisis que debe hacer un posible usuario del algoritmo no son más que una síntesis -de nuevo redundante, pues- de lo ya presentado con anterioridad).
Ello ocurre también -la reiteración de lo ya expuesto- en una sección que aparece bajo la rúbrica de “Algunas pistas para orientar la brújula”, en la que se proponen una serie de preguntas que nos permitirán -como usuarios, como padres, como docentes, como estudiantes- discernir cuándo el uso de la IA en nuestras tareas resulta eficaz y necesario y cuándo sería claramente prescindible. Es decir, líneas de análisis que nos ayuden a reflexionar acerca de las posibilidades que la inteligencia artificial ofrece para resolver las cuestiones sustanciales de la enseñanza: el por el qué, el qué, el cómo enseñar, y por el qué y el cómo evaluar. Se trata de dos largas decenas de interrogantes en torno a la oportunidad y necesidad de esa utilización, a los objetivos pedagógicos pretendidos, a la conciencia de la huella que deja el uso del algoritmo, al conocimiento por parte del usuario de la información que suministra a los sistemas de inteligencia artificial, o a las connotaciones de inclusión o exclusión que conlleva ese uso.
Asimismo, el libro incorpora la explicación detallada de las 73 capacidades que, a partir del Marco Europeo de Competencias Digitales para la Ciudadanía (DigComp 2.2), definen una competencia digital básica y que, consecuentemente, deberían ser trabajadas en el sistema escolar. Su lectura atenta resulta hoy en día indispensable para cualquier usuario de estas tecnologías y, a la vez, una muy estimulante invitación para actuar al respecto.
Por último, el volumen se cierra con una sección final, “En pocas palabras”, en la que se resumen -en una nueva reformulación- las ideas principales del libro: la inteligencia artificial como construcción social y por tanto, como una tecnología que está muy lejos de ser neutra; la actuación de la IA como espejo para la educación reflejando sus carencias y revelando sus debilidades; los peligros de la capilaridad y expansividad de la penetración de la IA, que muy a menudo la hacen inapreciable para el consumidor en ámbitos en los que, sin embargo, ya lleva operando muchos años; la configuración de la escuela no como un espacio de adaptación a todo lo que viene de fuera y sí como un lugar de resistencia; la contradicción que encierran las promesas de la IA para la educación (productividad, eficiencia y automatización), pues lejos de transformarla para bien, pueden acelerar la crisis de sentido que desde hace décadas y aún hoy vive la institución escolar; el riesgo de atrofia de las capacidades humanas por el abuso de la delegación en la inteligencia artificial de tareas cognitivas que son imprescindibles para el aprendizaje, singularmente el pensamiento crítico, analítico y reflexivo, y la producción creativa; la reconceptualización del uso del tiempo y del espacio escolares para que el aula pueda seguir siendo un lugar de fricciones, de costuras, de umbrales, metáforas empleadas para significar la compatibilidad deseable entre una escuela que responda a la sociedad sin dejar de ser al mismo tiempo un lugar diferenciado de la sociedad; la conveniencia de orientar la IA para apoyar las transformaciones pendientes de la educación -primar el proceso sobre el resultado, desarrollar las competencias que movilizan los conocimientos y hacer de la evaluación una forma de aprendizaje-, y para evitar que por la misma naturaleza de la inteligencia artificial, acabe reforzando aquello que desde hace décadas cualquier docente consciente y responsable quiere eliminar: la memorización mecánica, la transmisión acrítica de contenidos y el aprendizaje superficial; la necesidad para el usuario -y singularmente los alumnos y profesores- de conocer los engranajes de la IA y de acceder -los alumnos- y proporcionar -los docentes- una solvente alfabetización digital; y la urgencia de incorporar la inteligencia artificial en la educación, en una decisión consciente fruto de la reflexión de todos los agentes implicados, pues, como señalan categóricamente los autores en la frase con la que clausuran su estudio, cada día que pasa en un aula sin mantener esa conversación es un día perdido.
En muchas de estas interesantes cuestiones profundizaré en próximas emisiones de este ciclo. Concluyo ahora esta reseña con un fragmento del libro, en el que se subraya la necesidad de plantear en las aulas un acercamiento crítico a la IA, y con un tema musical creado íntegramente con inteligencia artificial. Se trata de Heart on My Sleeve, una obra que firma Ghostwriter977 y en la que un usuario anónimo compuso la música y la letra, clonó mediante redes neuronales las voces de Drake y The Weeknd y publicó el tema en Spotify y YouTube. Logró millones de reproducciones antes de ser retirada por reclamaciones de derechos de autor (aunque actualmente aún puede verse y escucharse en YouTube.
Llevar la conversación sobre IA al aula implica desarrollar una competencia digital crítica en los estudiantes y docentes para dotarles de herramientas de análisis y producción que les permita dirigir esta tecnología bajo un criterio propio y formado.
En un entorno donde lo fake es cada vez más fácil de elaborar y difundir, y en esto la IA ha servido de levadura para su aceleración, y cuando cada vez disponemos de menos contrapesos para ello si la prensa y la política participan del mismo juego, es evidente que como ciudadanos necesitamos fortalecer nuestras propias estrategias de interpretación del mundo en el que nos movemos. Por tanto, es fundamental que aprendamos a ser más críticos, escépticos y responsables en nuestro manejo de la información, que sepamos utilizar herramientas de verificación y aplicar un cierto método para saber si estamos ante una información de calidad o una comunicación intoxicada.
Toda esta tormenta perfecta deja al ciudadano aún más vulnerable frente a una tecnología que es capaz de generar contenidos que parecen reales y trastocar con ello el pacto de verdad sobre el que se había construido la sociedad moderna hasta el momento.
Este camino nos lleva obligatoriamente a reforzar nuestra competencia digital entendida como esa base fundamental que nos permite interactuar con la tecnología digital con suficiente destreza para comprender y activar el mejor uso para nuestro día a día.
Videoconferencia
Tíscar Lara y Carlos Magro. IA y Educación



