Vivo entre muchos libros y extraigo una gran parte de mis ganas de vivir del hecho de que aún leeré la mayoría de ellos. (Elias Canetti)

domingo, 20 de septiembre de 2026

MIGUEL BONNEFOY. EL SUEÑO DEL JAGUAR 

En este viaje a Venezuela que esta semana propone Todos los libros un libro, y tras las escalas en las novelas de Karina Sainz Borgo, La hija de la española, y Miriam Reyes, La edad infinita, llegamos ahora al cierre de la serie con mi tercera y última propuesta del ciclo, un libro soberbio, de lectura apasionante, escrito en francés por un escritor de doble nacionalidad, francesa y venezolana. Se trata del fascinante El sueño del jaguar, su autor es Miguel Bonnefoy y, tras su publicación en Francia y su excepcional repercusión en el país vecino, en donde obtuvo el Gran Premio de Novela de la Academia Francesa y el premio Femina, siendo finalista del Médicis, del Landerneau des lecteurs, del Jean Giono y del Femina des lycéens, vio la luz en España en la editorial Libros del Asteroide el pasado 2025, en espléndida y presumiblemente muy difícil traducción de la reconocida especialista Regina López Muñoz. 

Conocer la trayectoria biográfica de Miguel Bonnefoy permite una lectura más completa y una mejor comprensión de El sueño del jaguar, dados no solo los indudables paralelismos entre su propia vida y la de uno de los cuatro principales personajes de su novela, sino también las muchas semejanzas que pueden adivinarse entre su entorno familiar y cultural y el de los protagonistas del libro. Nacido en París en 1986, Bonnefoy creció entre Europa y América Latina, con una educación y unas experiencias vitales marcadas por la circulación de lenguas, relatos y memorias transnacionales. Esta condición biográfica, más allá de constituir el telón de fondo que enmarca su relato, además de aportar al texto infinidad de detalles que se corresponden con su propio contexto personal, es también el fundamento de una visión de la literatura que se construye -al parecer en el resto de su obra, que no conozco, pero de modo evidente en El sueño del jaguar- a partir de la intersección entre tradiciones culturales diversas, que se corresponden con la diversidad de su árbol genealógico. Su padre, el escritor chileno Michel Bonnefoy Rosenzuaig, detenido y torturado por la dictadura de Pinochet, y su madre, la diplomática venezolana María Antonieta Borjas, que fue Agregada cultural en la Embajada de su país en París, e hija de Antonio Borjas Romero, exrector de la Universidad del Zulia, y Ana María Rodríguez de Borjas, la primera médica del estado; informaciones, referencias y circunstancias todas que se reflejan literalmente en su novela (aunque pronto deberé matizar el adverbio, pues nada hay cien por cien literal en una obra plagada de invenciones y elementos de fantasía y casi mágicos). En diversas críticas que he podido leer se resalta la insistencia del autor, desde sus primeras publicaciones, en la exploración de las genealogías familiares, los desplazamientos geográficos, la transmisión de la memoria y los lazos entre la historia individual y la gran Historia en abstracto, siempre a través de personajes que pertenecen a familias marcadas por la migración, el exilio o la mezcla cultural, como digo un rasgo sustancial en El sueño del jaguar y un elemento definitorio de su propio itinerario vital. 

En este sentido, la novela que ahora presento se mueve también en una zona intermedia entre la tradición narrativa francesa y la latinoamericana, en una apreciación que la crítica hace extensiva a toda su escritura. De la primera hereda cierta concisión estilística, una preferencia por la claridad expositiva y una estructura narrativa relativamente lineal, contenida y más o menos acostumbrada. De la segunda toma la libertad imaginativa, la dimensión mítica, la apertura a lo maravilloso y la centralidad del relato oral como forma de transmisión de la experiencia. En más de una entrevista Bonnefoy confiesa esa influencia dual (Zola, Flaubert, Balzac, por un lado; García Márquez, Alejo Carpentier, Rómulo Gallegos, Uslar Pietri, por otro; además de otras muchas y heterogéneas referencias: Zweig, Camus, Pessoa, Dostoyevski, Gógol, Pirandello, Kafka).

En el caso de El sueño del jaguar, este planteamiento se muestra con una brillantez evidente. La novela se construye a partir de relatos familiares que “suenan” como si hubieran sido transmitidos oralmente, unas historias que el autor reescribe, reorganiza y transforma en una estructura narrativa coherente que avanza mediante episodios, anécdotas y escenas que llegan al lector respetando -o simulando, si mi percepción sobre su oralidad no es acertada- la lógica de la narración. El punto de partida del relato es aparentemente sencillo: la reconstrucción de varias generaciones de una familia venezolana, los Borjas Romero (la rama materna del árbol genealógico del escritor) desde principios del siglo XX hasta la actualidad, en una historia que corre en paralelo con la de la misma Venezuela. Sin embargo, desde sus primeras páginas, la novela se distancia de cualquier pretensión de realismo documental. A mi juicio Bonnefoy no pretende ni ofrecer una circunstanciada y minuciosa transcripción de las principales vicisitudes del recorrido de su familia en el último siglo, ni proporcionar al lector una crónica fiel de la historia de Venezuela, ni aportar una detallada visión sociológica de sus transformaciones sociales, políticas y económicas, pese a que todos estos elementos estén muy presentes, aunque transformados, enriquecidos, recreados merced a la invención novelesca, merced, pues, a la literatura. El libro se sitúa, pues, y en consonancia con ese ya mencionado doble influjo biográfico, en un muy fecundo cruce de caminos, el que hace confluir la sensibilidad narrativa europea, la de las sagas familiares clásicas, pobladas de personajes, acontecimientos y peripecias, con la tradición del realismo mágico latinoamericano, especialmente con la obra de Gabriel García Márquez (que el lector tiene en mente en todo momento mientras avanza entre las páginas del libro), en la medida en que convierte esa historia familiar en una estructura épica atravesada por lo extraordinario, lo inusitado, lo prodigioso, lo insólito, lo fantástico y lo improbable cuando no directamente imposible para la razón (Su voracidad lo incitó a saber más sobre un mundo que consideraba suyo, el de sus antepasados, el de su sangre. Estas lecturas lo empujaban hacia llanuras de mujeres-delfín y ríos con forma de salamandra, hacia marismas de las que se decía que sus peces tenían escamas de oro y sus árboles crecían del revés, leemos, en uno de los muchos reveladores pasajes del libro). Este enfoque -y el juego dual desde el que se construye- está ya presente en la cita del escritor colombiano William Ospina (que traje a Todos los libros un libro hace muchos años con su excepcional trilogía: Ursúa, de 2005, El país de la canela, de 2008, y La serpiente sin ojos, de 2012), con la que se abre el libro: Al norte está la razón / estudiando la lluvia, / descifrando los truenos. // Al sur están los danzantes engendrando la lluvia, / inventando los truenos

El núcleo fundamental del relato se centra en la figura de Antonio Borjas Romero. Abandonado al tercer día de su vida en la escalinata de una iglesia de Maracaibo, en una calle que hoy lleva su nombre (en un recurso que Bonnefoy utiliza de continuo, la anticipación del destino de sus personajes, presentada en pinceladas tenues y fugaces, en esbozos apenas apuntados, meramente sugeridos, despertando el interés del lector pero sin desvelar lo sustancial y manteniendo las incógnitas, el misterio), es recogido y criado por una mendiga a la que todos conocían como la muda Teresa, porque tenía problemas para articular, [que] debía de rozar la cuarentena, aunque ni ella misma estaba en condiciones de asegurar su edad exacta. Su semblante tenía algo de indio y, en el lado izquierdo, una leve parálisis causada por una vieja crisis de celos (en otra significativa muestra del tono, el léxico y hasta el clima de invención, exotismo e imaginación que caracteriza la novela). Desde ese origen humilde y adverso, preparado por su inopinada “madre de acogida” para una vida dura, llena de prudencia y de necesidades, de batallas y desconfianza, se ve obligado a desempeñarse desde niño en ambientes muy peligrosos (Antonio creció (…) en La Rita, en las riberas del lago de Maracaibo, un rincón del mundo tan peligroso que era conocido con una advertencia: Pela el Ojo) y trabajos esforzados (vendedor de amuletos de azabache, precoz echador de cartas, pescador en el lago de la ciudad, estibador portuario, pupilo en el Majestic, la pintoresca casa de citas regentada por la imponente Lucrecia Montilla, una más de incontable pléyade de inolvidables personajes secundarios; y todo ello antes de los catorce años). Inteligente, dueño de una determinación formidable y favorecido en alguna ocasión por el azar, Antonio completará su formación y, tras múltiples episodios, trufados casi siempre por los rasgos de fábula y prodigio que caracteriza la dimensión mágica del libro, llegará a ser una eminencia médica y rector insigne de la Universidad del Zulia. Los primeros pasos de esta historia centran el capítulo inicial del libro. 

En el segundo de ellos, Bonnefoy nos presenta a Ana María Rodríguez, una mujer de origen modesto, tímida y reservada aunque capaz de desafiar las rígidas estructuras que constriñen el desarrollo de la mujer en la época. La deslumbrante apertura del capítulo, en la que resuenan con fuerza los ecos “garcíamarquianos” (El destino fabuloso de la doctora Ana María Rodríguez arrancó un 14 de febrero en la costa de Sinamaica, el día en que un pescador llamado Martín Gámez hizo un descubrimiento que se contó entre los más insólitos de Maracaibo), refuerza, una vez más, la opción estilística elegida por el autor, con la insólita aparición de un pingüino en el Caribe, un animal, representado en un broche conmemorativo del inusitado acontecimiento, que cruzará la novela entera. Desde ese día inaugural, el relato se adentra en los antecedentes de la familia de Ana María; su casi frustrado nacimiento; su talento genial pronto descubierto (o quizá no; mantengo el misterio para que lo descubra el lector) por las monjas de la escuela en la que estudia; la devota admiración por su padre, Chinco Rodríguez, opositor de la dictadura de Juan Vicente Gómez y encarcelado por ello; su vocación por la Medicina, sus clases universitarias, en las que vuelve a coincidir con Antonio, compañero de pupitre en el colegio; sus inicialmente esforzados y muy románticos amores con él (la historia -una entre las muchas que se intercalan en el texto- de las mil cartas de amor es preciosa y conmovedora); su matrimonio, su conversión en una de las primeras médicas graduadas con honores en Venezuela y la primera ginecóloga y obstetra del estado de Zulia, erigiéndose como un símbolo pionero de la emancipación femenina; el matrimonio de ambos, convertidos en figuras relevantes, encarnando el ascenso social y el florecimiento intelectual de una Maracaibo que, en ese tiempo y tras el descubrimiento de la riqueza petrolera de su subsuelo, muta aceleradamente de apacible pueblo pesquero a convulsa capital del dinero, la riqueza y los negocios. De esa unión nacerá una pequeña, a la que llamarán Venezuela, ampliando las resonancias míticas del relato, que centra la tercera sección del libro. De nuevo la fecunda prosa de Bonnefoy es capaz de concentrar en un solo párrafo las diferentes vertientes -íntima, familiar, colectiva, política, histórica- del libro: La mañana del 23 de enero de 1958, Antonio Borjas Romero, la doctora Ana María Rodríguez y el dictador Marcos Pérez Jiménez despertaron como si se tratara de un día más en sus respectivas vidas, sin sospechar que uno sería liberado durante la tarde [Antonio también había sido encarcelado, una generación después del padre de Ana, por su oposición a un nuevo dictador], otra se iría a dormir aquella noche con una hija en los brazos y el otro lo haría en otro país, pobre y proscrito, tras escapar por los pelos de una ejecución sumaria

Venezuela, bautizada de forma profética con el nombre de su propia patria, en la coincidencia eufórica de su nacimiento y el derrocamiento del tirano, encarna la deriva del país a mediados del siglo XX (como si en el vientre de su nombre de pila concentrara la bulliciosa dignidad de un pueblo). Mientras la sociedad venezolana experimenta las tensiones de la bonanza petrolera, el descontento político, los sucesivos golpes de estado y las consiguientes dictaduras, el destino de la joven aparece marcado por la inevitable exigencia parental que la encamina a la Medicina. Sin embargo, Venezuela pronto rehuirá esa imposición (Todo el mundo veía como algo natural e indiscutible que Venezuela sería médica. Aquel destino trazado para ella emanaba de una profecía y una confianza tales que nadie lo puso en duda, nadie pensó en el peso que podían representar para una niña el talento demoledor de su madre y el renombre esplendoroso de su padre), impulsada a la vez por el rechazo a la agobiante estela de las figuras de sus padres y por una obsesión apremiante por viajar, nacida a los seis años, cuando su madre puso un atlas ante sus ojos. Su fervoroso deseo y la nostálgica evocación de París que revive ante ella Zina, vecina de la familia y una suerte de Penélope (la de la canción de Serrat más que el personaje de la Odisea) que espera inútilmente el retorno de un fugaz y en el fondo imposible amor parisino (el día en que el productor francés se marchó ella tomó la decisión de casarse únicamente con el hombre que le propusiera cruzar el charco, solo que aquel desconocido nunca llegó a dar con las callejuelas que conducían a su corazón y se extravió él también en los nudos de la historia; en otro bellísimo relato entretejido en la línea principal de la novela), despertaron en la chica el ansia por viajar a la capital francesa (De ahí que tuviera tiempo de sobra para cubrir las paredes de la casa con postales de París y carteles que mostraban la torre Eiffel desde todos los ángulos posibles. Su pasión por Francia convirtió la casa (…) en una tienda de recuerdos parisinos). La joven crecerá atrapada entre el vínculo visceral hacia sus raíces caribeñas y esa fascinación desmedida por París. Esta dualidad la llevará finalmente al éxodo, proyectando la memoria familiar hacia la diáspora y cerrando un ciclo de identidad dividida entre dos mundos. En la trigésimo octava carta, de las cuarenta que intercambia desde Francia con su madre (y que también son objeto de una extraordinaria y singular peripecia que se nos narra en el texto) Venezuela contará que había conocido el amor, un chileno huido de la dictadura de Pinochet, bajo cuya represión había sido torturado. Se llamaba Ilario Da. Tras el exilio forzado, para protegerse, en la frontera francesa había cambiado su nombre por Michel René, y Venezuela empezó a llamarlo cariñosamente Michel Da

Michel y Venezuela serán padres de Cristóbal -claramente el Miguel Bonnefoy que escribe el libro-, núcleo sobre el que gravita la cuarta y última sección de la novela. En ella, conocemos su infancia entre libros (Cristóbal no tenía aún cinco años cuando aprendió a leer. Aquel descubrimiento le sirvió para canalizar sus energías. Con diez, a cualquier hora en la que Venezuela se lo cruzara por la casa, andaba siempre hundido hasta los hombros detrás de un libro, la cabeza gacha, el mentón pegado al torso, enfrascado en la lectura); su doble influencia cultural (Como era europeo y latinoamericano a la vez, se embebió de una mitología fronteriza entre dos continentes, dos culturas, dos lenguas, de los que él era el fruto); su pasión por los viajes, alentada por su madre que, en el entretanto, es nombrada jefa de asuntos culturales de la embajada de Venezuela y obligada por ello a viajar de capital en capital, de país en país, convirtiendo la infancia de su hijo en una pura sucesión de desplazamientos y mudanzas, de movimientos y desarraigos; y su vocación hacia la escritura, germinada en él desde la infancia pero impulsada en su viaje juvenil a la tierra de sus padres para asistir al funeral de Antonio, su abuelo materno: el contacto con aquella realidad desmesurada, lo hizo sentir algo comparable a lo que habían experimentado los aventureros que descubrían las reliquias de un pasado imaginario, pero no supo ponerle un nombre a aquel sentimiento hasta tiempo después, hasta el día en que decidió escribir esta historia. Fascinado por ese mundo tan cambiante como el mar, donde los pueblos gravitan alrededor de las ciudades igual que los planetas alrededor de las estrellas y donde unas simples lluvias son capaces de soliviantar volcanes; embriagado por ese universo inexplicable de peligros y tormentos, desilusiones y llamas, un mundo donde del mito solo quedaban las ruinas de un jadeo; arrebatado por el poderoso encantamiento de los miles de historias que constituyen el legado de su familia, decide escribir una novela, esta que tenemos entre manos: 

Zina los visitaba los días de lluvia, tocada con un chal persa. Viendo a Cristóbal corregir frenéticamente sus manuscritos abortados, sus arranques de novelas, no pudo evitar preguntarle: 
—¿Qué escribes? 
—No lo sé. Una novela sobre Maracaibo, creo. 
La vecina guardó silencio. 
—Yo de novelas no entiendo —respondió—. Pero sé que los campesinos maracuchos están convencidos de que en cada camada de gatitos hay un jaguar. La madre, prudente, lo aísla, lo ahuyenta para que no devore a los demás. El jaguar crece de otra manera. Se emancipa. Ellos son los fundadores de esta ciudad. Todos somos hijos de un sueño de jaguar. 

Y entonces Cristóbal agarró una pluma y se puso a escribir. Había que remontarse hasta aquella mañana en la que, al tercer día de su vida, Antonio Borjas Romero fue abandonado en los escalones de una iglesia, en una calle que hoy lleva su nombre. 

Y el resultado es El sueño del jaguar, el relato en el que, a través de una prosa lírica y evocadora; con un lenguaje soberbio de difícil traducción; intercalando historias, sucesos, episodios contados -todos, incluso los realmente ocurridos- con un aire de mito, de leyenda; poblado por un sinnúmero de personajes de fábula; repleto de elementos fantásticos, Bonnefoy entrelaza la epopeya individual de sus protagonistas con el devenir histórico de una nación que intenta descifrar sus propios orígenes y su destino. 

Cierro aquí mi largo, aunque espero que sugerente, periplo por el país venezolano. Las tres novelas recomendadas en la serie son espléndidas y espero que las disfrutéis. Os dejo con un fragmento significativo de El sueño del jaguar y con Tonada por ella, del grupo Rawayana, un emotivo repaso al alma y la geografía de Venezuela, espacialmente conmovedor cuando aún tenemos presente el muy catastrófico terremoto.


Emprendieron el camino de regreso tomando la ruta transandina, la misma que había recorrido Ana María con Mamá Concha seis años antes, convencida de que los relatos de los viajeros no mentían. Mientras el autocar los mecía con el bamboleo de sus neumáticos, Ana María cerró los ojos y cayó en un letargo silencioso, la cabeza apoyada en el hombro de Antonio. Mientras el autobús circulaba a través de la selva de Choroní tuvo un sueño extraño: soñó con una tara negra, una mariposa gigante posada en la nuca de su padre. Sus alas le taparon el paisaje y Ana María no vio las ceibas de troncos chorreantes como cascadas de madera donde los tucanes escondían sus picos de mil colores, ni la espesura de la alfombra de helechos donde la hembra de ocelote paría con un rugido, ni el pelaje del perezoso, ni las paredes vegetales de jacarandas y algarrobos, ni el camaleón masticando una mosca tan gorda como un tábano; no distinguió los campos de maíz rojos y malvas, que poseen el color del ojo del crepúsculo, ni los doseles impenetrables cuyos rosetones de hojas semejan vidrieras de catedrales. 

Antonio se volvió hacia Ana María. La miró como nadie lo había hecho aún, tan indefensa, tan vulnerable, tan abandonada en su sueño; la vio liberada de su máscara de coraje y de mujer poderosa, sola en la tierra. Sintió que la conocía ya, o que se parecían tanto que ya se había cruzado con ella en otra vida. Se reconoció en aquel miedo disimulado, en aquella fortaleza llena de fisuras, y experimentó en aquel instante una confianza en el porvenir que lo estremeció. Con un gesto prudente, para no perturbar su sueño, le recolocó un mechón de pelo detrás de la oreja, le acarició la sien y puso una mano en su vientre tibio, donde creyó sentir, entre dos sacudidas del vehículo, el bebé aún en ciernes que aguardaba entre los algodones del presagio, el bebé que tardaría aún un tiempo en llegar para brindar a la pareja tantos instantes de grandeza y tormentos.

Videoconferencia
Miguel Bonnefoy. El sueño del jaguar  

viernes, 18 de septiembre de 2026

MIRIAM REYES. LA EDAD INFINITA

Bienvenidos una semana más a Todos los libros un libro, que hoy quiere proponeros un viaje literario a un país convulso, presente en los medios de comunicación del mundo entero, singularmente los españoles, desde hace décadas, en particular en los últimos años y muy especialmente en estos meses, a raíz del devastador terremoto que castigó a una población ya muy golpeada por la política, la corrupción, los abusos, las injusticias, la opresión. Se trata de Venezuela, a cuya realidad nos acercaremos a través de tres novelas, muy distintas, de autores con coordenadas biográficas y profesionales bien diferentes y con temáticas y planteamientos narrativos también disímiles, aunque coincidentes las tres en ubicarse en escenarios, reflejar la historia y dar cuenta de la situación política de la nación caribeña. Tras La hija de la española, el estupendo y aclamado debut literario de Karina Sainz Borgo, con la que inauguramos esta semana dedicada a Venezuela en Todos los libros un libro, me centro ahora en La edad infinita, una novela claramente autobiográfica de la orensana Miriam Reyes, hija de padres emigrantes en Venezuela y residente ella misma en ese país desde los ocho a los veinte años, aproximadamente, si el paralelismo con su protagonista se extiende también a esta circunstancia. 

Bastantes de los rasgos fundamentales del marco en que se desenvuelve La hija de la española comparecen también en La edad infinita, primera y relativamente exitosa novela de la poeta Miriam Reyes: Venezuela en su realidad social, política, económica y hasta lingüística; la emigración española y, de un modo destacado en este caso, también gallega; las ideas de desarraigo, identidad y pertenencia; entre otros. Formada en Letras en la Universidad Central de Venezuela, licenciada en Filología Hispánica en la de Barcelona, traductora y videocreadora, Reyes cuenta con una reconocida trayectoria como poeta, habiendo obtenido el Premio Nacional de Poesía en 2025 con su poemario “Con”. En este su debut en la ficción (aunque, ¿no cabría catalogar como ficción la poesía?), la gallega, nacida en Orense en 1974, ha optado por recrear, de un modo emotivo y muy bello, su propia experiencia, a través de la infancia, adolescencia y primera juventud de una niña en Venezuela, adonde llega en 1983, siguiendo los pasos de sus padres, emigrados en 1981, el padre, y 1982, la madre. 

La complejidad, la dureza, el fuerte impacto emocional de esa doble experiencia del desarraigo -el que acontece tras su viaje infantil a Venezuela y el de su vuelta a España, ya adulta, en su primera juventud- explica lo tardío de la escritura de su libro, la larga espera de tres décadas para recoger en palabras su vivencia, como refleja este fragmento entresacado de las últimas páginas de la novela: Me considero lenta porque tengo la percepción de que suelo necesitar mucho tiempo para recorrer distancias no geográficas. Necesité mucho tiempo para dejar de llorar por las noches, por ejemplo. Mucho tiempo y algunas medidas drásticas, como borrar por completo el país del que venía. Dos veces necesité hacerlo y dos veces lo hice. La edad no marcó gran diferencia en la duración del proceso. Y he necesitado todavía más tiempo para sentarme a escribirte. Y ese “escribirte” necesita aclaración, pues ese destinatario innominado pero de identidad fácilmente deducible, es uno de los tres roles esenciales en ese proceso de remembranza en que consiste la novela. ¿A quién alude ese “te”? ¿Quién escribe y a quién? Esas dudas asaltan al lector ya al poco de empezar la lectura, disipadas bien pronto (todas las negritas son mías): 

Tengo ocho años. Con las pupilas dilatadas imagino lo que leo en los libros. ¿Había todo esto en el lugar del que procedo y nadie me lo enseñó? ¿Procedo de un país? Seguro que no. Procedo de la casa de mis abuelos. De un cuarto sin ascensor en un pequeño edificio de protección oficial frente a la Estación de San Francisco. De esos sesenta metros cuadrados. O tampoco. Más bien procedo del espacio que esos cuerpos abrían para mí. No de la casa sino del abrazo de los abuelos. Ahí tenía yo mi lugar antes de conocerte. 

Algunas noches esa niña viene a hablarme. Viene en sueños a quejarse de que piense en ti más de lo que pienso en ella. 
Le miento. A veces parece que me cree, que es la niña inocente, la fácil de engañar. Otras, me acusa de no haberla amado nunca. De ser un estorbo para mí igual que para los demás. Un desamparo que preferí evadir. Por eso me he decidido a escribirte. No tengo propósito, más bien tengo necesidad. 

Admito que nada más llegar te vi como una cárcel. Muy pronto te convertiste en mi hábitat preferido, yo perfectamente amoldada a ti. Más tarde, fuiste mi manicomio, mi isla del tesoro y mi sala de fiestas, todo a la vez. Desde hace unos años, mi paraíso perdido. 

Así que tenemos a una niña de ocho años que añora a sus abuelos, a los que ha dejado atrás en “el lugar del que procedo”. Tenemos también a una mujer adulta que la piensa, que recupera su presencia infantil -la edad infinita-, que “va a buscarla” (Entonces no es ella quien me sorprende en sueños, sino que soy yo quien va a buscarla), que la evoca en la distancia. Y tenemos por fin a ese “te”, esa Venezuela -cárcel, hábitat preferido, manicomio, isla del tesoro, sala de fiestas, paraíso perdido- que la narradora investiga, que quiere recuperar en su presente de adulta (llevo tiempo buscándote en los lugares más disímiles: en todo tipo de cifras, toponimias y accidentes geográficos, en esquinas, edificios y bares, en cartas de personas que nunca conocí, testimonios ajenos, recuerdos de amigos, decretos, tesis doctorales, actas y discursos, en marcadores económicos y en los rincones más recónditos de la niña), a la que se dirige e interpela, y a la que describe con precisión. He aquí a las tres protagonistas, unidas en un breve párrafo: Entiendo que te preguntes con recelo desde cuándo escriben cosas así las niñas de ocho años. Yo también me lo pregunto. Y hasta me avergüenzo un poco

Y sobre ese triángulo basal se edifica la novela, que es la historia de esa niña, frágil, insegura, vulnerable, que en 1983 abandona Galicia para reunirse en Venezuela con unos padres emigrados años antes y ahora algo desapegados; perdiendo en el camino, además del entorno confortable, cariñoso y tierno de sus abuelos, todo su mundo conocido, sus referentes vitales y hasta cierto punto también su lengua; obligada ahora aclimatarse a un habla, una geografía, unos afectos -o su inexistencia-, unas costumbres y, en fin, una nueva vida, extraños, chocantes, extravagantes e incomprensibles. La novela recorre esos años, en una narración en la que la existencia de la niña corre en paralelo a la del país, mostrando las convulsiones de la biografía íntima de la muchacha, su crecimiento y maduración, su complejidad psicológica, a la par que refleja las transformaciones externas que experimenta Venezuela y el deterioro, el desmoronamiento, el derrumbe colectivo, social, económico y político que padecerá en esos años (en un proceso que llega a nuestros días), en uno de los grandes aciertos del libro, que se lee así simultáneamente como el relato de formación de una niña y la descripción del declive de un país que había sido durante décadas una tierra de promisión para miles de inmigrantes españoles. 

Así, en ese recorrido por la infancia y la adolescencia de la narradora conocemos su desconcierto y su incertidumbre en la llegada al nuevo país; la añoranza, la tristeza y las lágrimas por las muchas pérdidas (la afectuosa cotidianidad con los abuelos, las caricias al lóbulo de la oreja del abuelo, los cálidos cuellos que llenaba de besos, el entorno orensano, pero también, en cierto modo, su propia identidad conformada en sus ocho primeros años de vida, la de la criatura que ha dejado de ser: la que vivía con sus abuelos en una ciudad de provincias donde todavía se veían huertos y gallinas en las casas de las afueras; una ciudad de piedra y musgo, pequeña como un pesebre y, aun así, llena de lugares por descubrir que permanecerán inexplorados); la adaptación a la escuela, tan distinta a la muy acogedora de su origen; el trato con sus nuevos compañeros (En su nuevo colegio a veces la llaman por el nombre de un personaje de dibujos animados porque comparte su prosodia, y quizá algo más que todavía no descifra. Cuánto se parece a ese pollito negro que nace justo cuando sus padres salen a hacer un recado y se encuentra en una casa desierta. Ese pollito que va por la vida con el cascarón de sombrero, quejándose de las injusticias que sufre); el difícil acomodo a una, en el fondo, nueva lengua, ya desde el colegio (hay pasajes que evocan la sonoridad del habla venezolana o la ininteligibilidad de algunas expresiones: Decir, por ejemplo, que el chiriguare tiene rabo de burro y boca de bagre; que sin dinero un puente se repara con cáscara de huevo; que va a comer gusano si nadie la quiere y todos la odian; que amarillo, azul y rojo la bandera de los piojos o que el cacique Guaicaipuro puro puro ha matado a su mujer jer jer porque no le dio dinero nero nero); la aclimatación al hogar (el espacio desconocido que a partir de ahora debe llamar «casa»), una vivienda modesta, y a la poco cálida convivencia familiar, con unos padres en los que no percibe cercanía alguna, siempre distantes, trabajando, permanentemente ajenos en su insatisfacción vital; el contacto con el universo de la emigración, singularmente la gallega; el descubrimiento progresivo de un país, de una sociedad, una cultura desconcertantes; la conciencia de la soledad y el desarraigo, de saberse a caballo de dos mundos; el oscuro incidente vivido entre los diez y los once años, no podría ubicarlo con exactitud, un acontecimiento decisivo, que no se desvela hasta el último tramo de la novela pero del que la autora va dejando pistas -sutiles, elegantes, discretas- a lo largo del texto, casi desde su inicio: Sé que por algún lugar hay un volcán escondido en una selva de rencor que sigue creciendo exuberante dentro de ella; la precoz entrega a la escritura (escribe sobre sí misma en tercera persona. Necesita escribir su historia. No puede saber por qué, solo tiene ocho años. La empieza una y otra vez con la misma frase: «Ella no se sentía sola, se sentía vacía, no sabía si llorar o gritar, no podía creer que algo así le sucediera a ella». No me lo invento. Es un apunte verídico, aunque sea poco verosímil. Entiendo que te preguntes con recelo desde cuándo escriben cosas así las niñas de ocho años. Yo también me lo pregunto. Y hasta me avergüenzo un poco. No te creas que sé por qué la niña hace lo que hace. La hipótesis que barajo es que el gran desplazamiento le quiebra la infancia en dos, pero el corte no es limpio y de la parte que queda colgando asoma el hueso de la adolescencia. Por eso todo le falta y todo le duele. Es una adolescente de ocho años; en un fragmento sustancial en sí mismo y también en tanto vuelve a recoger la presencia de los tres “personajes”: la narradora adulta con su mirada retrospectiva y analítica, que intenta entender; la niña de cuya infancia se da cuenta en la novela; y la Venezuela pasiva y silenciosa, última destinataria del relato). Y también, con el transcurrir del tiempo, los estudios de bachillerato, la universidad, la conciencia ideológica, el compromiso político. 

De todas estas dimensiones que la novela va mostrando, me interesa comentar, siquiera brevemente, algunas, a mi juicio, especialmente relevantes. En primer lugar, y por encima del todo, sobresale la construcción del personaje de la niña como una figura que encarna el desplazamiento permanente, la experiencia del desarraigo, la fragmentación identitaria y la pérdida de continuidad biográfica. Su caracterización se presenta a partir de su propia percepción de la tensión entre dos mundos -el de origen y el de llegada- que nunca llegan a estabilizarse del todo. Como la niña inocente que es -y como la poeta que es su creadora- se enfrenta a su sobrevenida realidad de un modo hipersensible, constatando su extrañeza, su “extranjerismo” estructural, su identidad en cierto modo fluida, obligada a reformularse, tan pequeña, extraviada, sin puntos de referencia en su contacto con esa vida nueva, como en este largo pero elocuente y exhaustivo fragmento: Las personas acostumbran a extraviarse cuando no tienen puntos de referencia, y ella acaba de perderlos. Todo es diferente para la niña: desde el cielo sobre su cabeza hasta la tierra bajo sus pies. También el aire y el agua que entran y salen de su cuerpo. Y, por supuesto, el lugar donde duerme, quienes viven con ella, la hora a la que se levanta, quien la despierta, las normas que debe obedecer en el lugar llamado «casa», el uniforme, lo que desayuna, la forma de desplazarse hasta el colegio, las calles, los edificios, las ventanas de los edificios, la cantidad de personas en la calle, la hora a la que sale el sol, el lugar llamado «colegio», las normas que debe obedecer en ese lugar, la hora a la que empiezan las clases, las clases, las maestras, las monjas, las compañeras, las aulas, los pupitres, las asignaturas, los cuadernos, el tamaño de las hojas de papel, los nombres de los colores de los lápices de colores, los baños, el patio de recreo, el recreo, la hora a la que terminan las clases, la forma de nombrar las calles y de dar direcciones, la hora de comer, las frutas, los pescados, los bocadillos, los dulces, los programas de televisión, los autobuses, las marcas, el clima, los bañadores, los árboles, los pájaros, los insectos, el mar, las flores, los olores, los juegos, los bailes, los chistes, los chicles, los refrescos, las tiendas, los helados, la música, los instrumentos musicales, el sonido del idioma, las interjecciones, los insultos, las muletillas, los piropos, los saludos, las despedidas, la hora a la que no se puede caminar por la calle y lo que no se puede hacer en la calle a ninguna hora. Un desajuste total, en definitiva: lenguas, códigos culturales, afectos familiares y geografías que no encajan en la personalidad que la ha definido hasta entonces y que provocan su desconcierto, la disonancia, la ruptura. 

Es, en definitiva, una niña que ya no es ni de aquí ni de allá, imposibilitada de vivir el sentimiento de pertenencia, incapaz de recuperar el “nosotros” que la arropaba en su etapa española (De momento, carece de un nosotros. No puede incluirse en el de los padres, esos desconocidos, y todo el conjunto de personas que formaban parte del nosotros en el que se incluía está fuera de su alcance). Y esta desazón, esta precoz y desgarradora conciencia de que ya no pertenece del todo a la cultura de origen ni ha logrado integrarse en la de acogida, define a la niña y permanece en la memoria de la adulta. En conjunto, la caracterización de la niña en la novela puede entenderse como la de una subjetividad en tránsito permanente, definida por la pérdida de continuidad (ese 1983 en el que la idea de continuidad se quebró para ti también), la experiencia del desarraigo, la tensión entre mundos culturales y la supervivencia de la infancia como forma de percepción del mundo. 

A esta sensación de extrañamiento contribuye en gran medida -aparte de la singularidad venezolana, que luego comentaré- la muy diferente vivencia de la emigración para sus padres y para ella misma, en un desfase que acentúa la tensión con que la niña vivirá su “reubicación”. La pequeña está marcada por esa dualidad fundamental entre su experiencia y la de sus padres. Mientras estos (llegados a Venezuela cuando aún se concebía el país como fuente de riqueza, a partir de la “explosión” petrolífera, de la “quimera del oro” que ellos ignoran que ya se ha agotado y que se precipita hacia el endeudamiento y la quiebra) conciben la migración como un proyecto económico reversible -trabajar, ahorrar y regresar-, la niña la vive como una transformación inevitable e irrecuperable de su mundo. Los adultos mantienen la lógica del retorno, aceptando resignados las limitaciones, la precariedad, la explotación, el sufrimiento, la ausencia de motivos para la felicidad, confiando en una ya improbable abundancia futura; ella, en cambio, empieza a habitar un presente sin retorno posible. Esta divergencia se suma a la fractura entre los dos mundos que percibe en su día a día por lo que, de este modo, su familia no operará como un ámbito acogedor que pudiera contribuir a la construcción y la afirmación de su identidad, sino que resultará ser otro ámbito más de disonancia, desarreglo y perturbación. 

Vinculados a esta cuestión nuclear aparecen otros dos frentes de interés en el libro: el modo en que se “dibujan” las figuras de los padres y, a través de ellos, la representación del entorno de los emigrantes gallegos en Venezuela. Los padres están marcados por el fracaso, por la decepción, por el cansancio y, pese a ello, por una obstinación en el exitoso retorno, a menudo dolorosa por improbable, por imposible. El padre atraviesa el Atlántico en 1981, pensando en la creciente prosperidad que deriva del petróleo, pero ignorante de que lo que subía imparable e imbatible en 1973, en 1974, en 1975 había empezado a bajar y lo hacía rodando. Su mujer lo sigue un año después confiando en la tierra prometida, en multiplicar los panes y los peces, pero cuando vuelve a España para recoger a su hija, en 1983, apenas han transcurrido seis meses del día que pasaría a la historia como Viernes Negro por marcar el fin de cien años de estabilidad económica en el país caribeño. Su experiencia no es épica, como la de tantos otros emigrantes que, tras su indecible lucha por abrirse paso en territorio y en circunstancias hostiles, logran triunfar, vuelven como una suerte de enriquecidos héroes a sus pueblos norteños -gallegos, asturianos, cántabros- o se asientan en sus países de acogida al frente de sus prósperos negocios. Por el contrario, los padres de la protagonista viven una emigración precaria, hecha de pobreza, de necesidad, de limitaciones, de dificultades, de trabajos miserables, de viviendas exiguas, de una preocupante y obsesiva falta de dinero. Con su sobresaliente escritura poética, Reyes describe en pocas líneas ese clima de fracaso: Fueron muchos los planes que cayeron al piso [la narradora acoge las singularidades del habla venezolana que percibe y aprende en su infancia: El piso es el suelo que pisas, y el suelo una palabra que existe pero que no se pisa mucho], no solo el de los padres. Cuando tengo edad de trabajar, esos planes motean las calles como chicles. Desde los más ambiciosos a los más modestos, motas de mugre bajo nuestros pasos nerviosos, apurados, escorados por el miedo. No los escupimos como chicles, aunque lo parezcan; tan mascados en nuestras bocas, caen, continúan cayendo y les pasamos por encima, los miramos con disgusto. Nos quejamos de lo feas que están las calles mugrientas de fracaso. Pese a este panorama, los padres se acomodan, se encierran en su burbuja, se aíslan, contemplan el mundo externo como si contuviera una amenaza, con resentimiento, con desprecio. A diferencia de la niña, que quiere ser venezolana, cantar el himno, hablar como sus compañeras, pertenecer al país de acogida, ellos carecen de curiosidad hacia el mundo nuevo, no intentan adaptarse (más allá de la forzada adecuación al clima general de corrupción), son barro cocido, demasiado hechos ya. La visión de la emigración que emana de la vivencia de los progenitores es cerrada, endogámica (con los encuentros en la Hermandad Gallega, el himno de “los pinos” -Que din os rumorosos na costa verdecente, ao raio transparente do prácido luar?; el himno gallego que se repite en sus fiestas-, las comidas, las borracheras, las canciones de la tierra: Son las canciones de sus padres y de los que son como sus padres. Gentes capaces de hacerse una casa en una canción, una nación en una borrachera, la nostalgia); en una experiencia que rezuma desprecio (el que expresan los venezolanos hacia el extranjero y el que este manifiesta hacia los lugareños), prejuicios (también en ambas direcciones: el olor a cebolla del portugués, del gallego; el racismo), y dificultades para la integración. 

Como consecuencia de todo ello, el clima familiar es frío, hostil incluso, con un padre autoritario, prepotente, violento incluso, en ocasiones, dueño y señor de su rreino (por razones que se me escapan la autora escribe siempre la palabra con dos erres, quizá para subrayar la poderosa fuerza represora del dominio paterno, quizá para remarcar el carácter metafórico de esa autoridad suprema, que exige el sometimiento, la aceptación sumisa de hija y madre: La niña tampoco entiende cómo la madre aguanta al padre, aunque no sea bruto ni más viejo que ella, o cómo muchas de las otras mujeres con las que se juntan aguantan a sus maridos, sobre todo a los que el fin de semana empiezan con los cubatas en el desayuno y para la hora de la cena ya las están insultando a gritos sentados a la mesa, con los ojos inyectados en sangre, escupiendo sobre los platos de los demás). Nada hay, apenas, sobre todo en relación con el padre (vinculado de una manera que el lector intuye a ese episodio impreciso, sombrío y doloroso de sus diez u once años), de cariño, de ternura, de refugio seguro que por el contrario sí representaba el hogar de los abuelos, y sí mucho de silencios, malentendidos, incomprensión, vergüenza. Ese ámbito familiar, definido en particular por la presencia paterna, es una nueva fuente de conflictos para la sensible y extraviada personalidad de la niña. 

La última vertiente del libro en la que quiero detenerme es la que afecta a la importante presencia de Venezuela, mucho más que un mero escenario que enmarca la peripecia vital de la protagonista. La novela recorre los principales hitos políticos, económicos y sociales de la convulsa historia del país en aquellos años. Como ya he comentado, la trayectoria de la niña aparece conectada, fuertemente imbricada, a la evolución de Venezuela, con vínculos que la hacen dudar acerca de si es una forma de predestinación o un mero azar lo que las une a ambas: el nombre del barrio donde la niña vivía en Orense es el mismo que el primer nombre castellano con el que se designó al gran valle donde se levantó Caracas; su llegada a Venezuela coincidente con el bicentenario del nacimiento, del libertador Bolívar y con el aniversario de la fundación de la capital; entre otras coincidencias. El lector conoce así el final de la Venezuela de la abundancia derivada del petróleo (la niña llega en 1983, el año del llamado Viernes Negro, cuando el gobierno devalúa la moneda y pone fin a décadas de estabilidad monetaria); el consiguiente agotamiento del ciclo histórico favorable; la crisis económica y la deuda externa de los años ochenta, en una etapa, tras el auge petrolero, de endeudamiento, inflación y colapso económico (el ambiente doméstico trasluce ese deterioro colectivo, el hogar familiar convertido también en un espacio hostil, tensionado); los movimientos revolucionarios, izquierdistas, la rebelión estudiantil (que coinciden con la etapa universitaria de la protagonista, que vive las contradicciones de su confuso despertar político: Revolución es una palabra que sabe dulce en su boca, pero cuando intenta digerirla, le acidifica el estómago y acaba quemándole la garganta); el aumento de la violencia urbana en Caracas, fruto de la insatisfacción, la escasez, la miseria, la desigualdad, la falta de libertades; sucediéndose los asaltos, los atracos, los saqueos en tiendas y comercios, la degradación social y urbana; el definitivo fracaso del sueño venezolano y la clausura de este recorrido paralelo: una niña y un país que pierden la inocencia. El feliz y exuberante territorio de acogida se ha convertido en un lugar de éxodo y la joven abandonará también, con desgarro, el país. 

El relato de esta última etapa de disturbios y revueltas es el más abierta y explícitamente político del libro y, a mi juicio, el menos logrado, con opciones literarias discutibles (un pasaje que recoge dos decenas de titulares de prensa dando cuenta de noticias, declaraciones, sucesos e incidentes en las calles; una algo demagógica y elemental digresión sobre el papel de España en el “descubrimiento” de hace quinientos años, culminada con una innecesaria y reiterativa página alusiva a la celebración del Día de la Fiesta Nacional de los respectivos países hispanoamericanos; un inciso sobre el racismo y la esclavitud) y, en cualquier caso, con un subrayado algo enfático de determinadas posturas ideológicas, razonables en su mayoría pero, desde mi punto de vista, superfluas en el contexto general de una novela, por lo demás, muy apreciable. 

Cierro este comentario con un precioso y muy significativo fragmento del libro y con el Himno gallego, que como he señalado suena en un pasaje de la obra, reflejando a la vez su atmósfera melancólica, en la interpretación de Luar na lubre.


Si algún día pudiera contar su historia comenzaría diciendo: en la madrugada umbral entre el día del bicentenario del nacimiento del libertador y el día de la fundación de la gran ciudad, una niña, al otro lado de la noche, se levanta del sofá cama donde duerme con su prima y abre la puerta de la calle con cuidado de no despertar a los abuelos. En el rellano encuentra una cesta de mimbre con un bebé de goma. La agarra por el asa y baja descalza los cuatro pisos de escaleras, abre el portal y lo cierra muy despacio. Bordea el muro de la estación y entra por la explanada. Cruza las vías y se detiene frente al pequeño túnel ciego. No se ve nada. Aprieta la cesta con el bebé de goma contra su pecho, cierra los ojos y echa a andar. Huele a humedad y sus pasos resuenan como si no caminara sola. Está a punto de abrir los ojos cuando una fuerza la levanta del suelo y la absorbe como una aspiradora gigante, para vomitarla después por el otro extremo. Cuando finalmente los abre está acostada dentro de la cesta, bajo la copa de un árbol que nunca había visto, frente a una iglesia pintada de blanco y gris. Quiere hablar pero no le salen las palabras, al mover la lengua nota que sus encías lisas no tienen dientes. Se mira las manos minúsculas y se asusta. Llora, y su llanto suena como las sirenas que rompen la noche.

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Miriam Reyes. La edad infinita

miércoles, 16 de septiembre de 2026

KARINA SAINZ BORGO. LA HIJA DE LA ESPAÑOLA

Bienvenidos un miércoles más a Todos los libros un libro, que hoy propone un viaje literario a un país convulso, presente en los medios de comunicación del mundo entero, singularmente los españoles, desde hace décadas, en particular en los últimos años y muy especialmente en estos meses, a raíz del devastador terremoto que castigó a una población ya muy golpeada por la política, la corrupción, los abusos, las injusticias, la opresión. Se trata de Venezuela, a cuya realidad nos acercaremos a través de tres novelas, muy distintas, de autores con coordenadas biográficas y profesionales bien diferentes y con temáticas y planteamientos narrativos también disímiles, aunque coincidentes las tres en ubicarse en escenarios, reflejar la historia y dar cuenta de la situación política de la nación caribeña. Os recomendaré así, en primer lugar, un libro del que ya había hablado en el espacio hace más de siete años, La hija de la española, de la venezolana afincada en España -exiliada, debiera decir- Karina Sainz Borgo, dejando para las dos próximas emisiones mis otras dos sugerencias. 

La hija de la española fue, en 2019, la primera novela, la excelente primera novela, de la periodista venezolana aunque de padre español Karina Sainz Borgo. Nacida en Caracas en 1982, aunque “huida” del caos de su país natal -una cuestión que impregna el libro entero, esta de la lamentable situación política, económica y social de Venezuela-, la autora lleva viviendo en Madrid cerca de veinte años, con una fecunda actividad en el periodismo cultural y una viva presencia en las redes sociales. Su súbita y deslumbrante irrupción en el mercado editorial se retrotrae a la prestigiosa Feria del Libro de Franckfurt de 2017, en la que el manuscrito de La hija de la española, inédito todavía entonces en nuestro mercado literario, se vendió a más de veinte países, comprometiendo su traducción a una quincena de idiomas en las más importantes firmas editoriales del mundo. El libro apareció entre nosotros en el sello Lumen, y desde entonces se han multiplicado las reimpresiones y las nuevas ediciones en un fenómeno de difusión con tintes virales -concitando la reacción casi unánime de crítica y lectores- poco usual en el ámbito de la literatura, al haberse desencadenado, como digo, antes incluso de su afloramiento público. 

En una Caracas fantasmal y anárquica, un escenario perfilado con rasgos apocalípticos, una mujer joven, Adelaida Falcón, maestra, entierra a su madre, fallecida tras una durísima y devastadora enfermedad y con la que ha compartido la mayor parte de su vida -el padre desconocido y ausente- en una estrecha convivencia (el pegamento de los años nos soldó como a las partes de una espada con la cual defendernos la una a la otra). Su soledad sobrevenida y las insoportables condiciones en las que se desenvuelve la existencia bajo el régimen chavista -no mencionado expresamente por su nombre, aunque referencia inequívoca a lo largo del texto-, “requisada” su casa por un grupo de mujeres afines al caótico poder militar, aterrorizada por el palpable riesgo de muerte, hastiada de su país y de la mezquindad y ausencia de futuro de esa vida opresiva e infernal, busca la complicidad de una vecina, Aurora Peralta, a la que apenas ha tratado y de la que poco sabe: que era tímida, que tenía poca gracia y que todos la llamaban “la hija de la española”, al ser su madre, Julia, también fallecida, una gallega que había emigrado con su marido a Venezuela décadas atrás. Pero la violencia imperante se ha cebado también en ella, y así, cuando Adelaida, privada de su hogar, entra en el apartamento aledaño para intentar encontrar refugio frente a las ominosas amenazas externas, se encuentra (en un lance de la trama de difícil verosimilitud, quizá la faceta más endeble del libro) con el cadáver de la mujer así como con una discreta cantidad de euros y la completa documentación de la difunta entre la que se cuentan todos los justificantes y certificados -pasaporte inclusive- que, dada la doble nacionalidad de Aurora, le permitirían el retorno a España. En medio de aquel paisaje dantesco, envuelta en su sufriente situación, la protagonista vislumbrará la oportunidad que puede abrirle una nueva vida en Europa, llevando a cabo la suplantación de la identidad de la gris, desafortunada y casi desconocida vecina. 

Pero, más allá de este sucinto núcleo argumental y de su desarrollo en las poco más de doscientas páginas del libro, son muchos los elementos destacados de esta espléndida novela, entre los que sobresale, por encima del resto, la convincente, verosímil y parece que fidedigna fotografía -aunque las únicas críticas negativas a La hija de la española que yo he podido leer tienen que ver, precisamente, con esta vinculación con lo real de la obra, con su dimensión “política”, demasiado sesgada ideológicamente, al decir de algunos- de la vida cotidiana de aquella Venezuela de Chávez y Maduro, la totalitaria Venezuela de los últimos veinte años que aún no sabemos si por fin, pese a los acontecimientos de estos últimos meses, va a desmoronarse (las intenciones que mueven la larga mano de Trump resultan imposibles de descifrar). 

Hay quien ha criticado el libro por su extremista toma de postura en contra del hasta hace poco vigente statu quo del país caribeño, pero la visión que trasluce como telón de fondo -y en ocasiones como elemento central- de la trama novelística es la de un espacio apocalíptico -ya se ha dicho-, por momentos distópico, a lo Mad Max, en el que imperan las mentiras y la represión del Estado, la violencia y el odio, el miedo y la muerte en las calles en una sucesión de episodios cruentos y atroces, al parecer bien documentados. La acción avanza en un marco urbano hecho de disparos, saqueos, cortes de luz, calzadas incendiadas, bombas lacrimógenas, gas pimienta, francotiradores, golpes, ruidos estruendosos, asesinatos, palizas, linchamientos, violaciones, allanamientos, robos a los muertos, detenciones indiscriminadas e injustificadas, inflación desmesurada que deja al dinero sin valor, racionamiento, falta de alimentos, hambre, suciedad, carencia de medicinas, comandos descontrolados, bandas campando a sus anchas sin límites ni frenos, vitrinas reventadas a pedradas, corrupción, pillaje, mercado negro, en una atmósfera opresiva y angustiosa, casi bélica, en un permanente toque de queda, en el que los Motorizados de la Patria, los Hijos de la Revolución, los pelotones del Ejército, los uniformados de la Inteligencia militar, los sicarios del Gabinete Revolucionario, los convoyes organizados de anónimos criminales conniventes con el Gobierno, alentados y pagados por él, imponen su arbitraria ley siguiendo las consignas emanadas de la autoridad del tiránico Comandante Presidente. 

Sainz Borgo no escatima detalles en la descripción de ese crudo horror ambiental, ni ahorra tampoco sus aceradas reflexiones sobre las causas del catastrófico drama que vivía entonces su país (y que están en la base de la actual situación). Son constantes las muestras de la descarnada expresión -siempre por boca de su protagonista, que narra la historia en primera persona- tanto de la tragedia de esa Caracas presa del espanto y los constantes desafueros, como de la ideología política subyacente que propicia el vandalismo y el crimen, la injusticia y el abuso, el expolio y el terror. Presentadas con frecuencia bajo la forma de “sentencias”, casi como aforismos, como brillantes fogonazos poéticos de una intensidad estilística, una potencia expresiva y un lirismo extraordinarios, en esas ácidas imágenes verbales, en ese lenguaje deslumbrante, reside gran parte de la fascinación que suscita el libro. Ahora todo se desborda: la suciedad, el miedo, la pólvora, la muerte y el hambre, genial y muy descriptivo resumen del estado de las cosas, como también lo es: La guerra era nuestro destino, desde mucho antes de que supiésemos que llegaría. O, a propósito de los desbordados hospitales: Hombres, mujeres y niños que esperaban su turno en la antesala de la ultratumba. Y también las muchas punzantes, agudísimas, “radiografías” de Venezuela: Ya no éramos un país. Éramos una fosa séptica; En aquel país, lo único que funcionaba era la máquina de matar y robar, la ingeniería del pillaje; País sin dientes que degüella gallinas. O, en el mismo sentido, la indefensión y la impotencia de los ciudadanos ante los atropellos y la sangrienta arbitrariedad del régimen: Nos deforestaban. Nos mataban como a perros; Alguien nos descuartizaba, nos abría en canal para hurgar sin pudor en todo cuanto llevábamos dentro; Teníamos los días contados

Pero la desesperanzada Adelaida se entrega también a análisis más profundos, más razonados y explicativos, más expresamente ideológicos, como cuando la lúcida voz de su conciencia ahonda en el comportamiento del gobierno revolucionario: Prometieron. Prometieron que nunca nadie más robaría, que todo sería para el pueblo, que cada quien tendría la casa de sus sueños, que nada malo volvería a ocurrir. Prometieron hasta hartarse. Las plegarias no atendidas se descompusieron al calor del resentimiento que las alimentaba. Nada de cuanto ocurría era responsabilidad de los Hijos de la Revolución. Si las panaderías estaban vacías, el culpable era el panadero. Si la farmacia estaba desprovista, aunque fuera de la más elemental caja de anticonceptivos, el farmacéutico sería el responsable. Si llegábamos a casa exhaustos y hambrientos, con dos huevos en una bolsa, la culpa sería del que ese día había conseguido el huevo que a nosotros nos faltaba. Con el hambre se desató la larga lista de odios y miedos. Nos descubrimos deseando el mal al inocente y al verdugo. Éramos incapaces de distinguirlos. O cuando dibuja, de nuevo en pinceladas fulgurantes, el carácter y el estado actual de su nación: La promesa de que algún día seríamos modernos. Una declaración de intenciones. Pero también las intenciones quedaron en ruinas; Esa era la divisa patria: aparentar; Entonces podíamos permitírnoslo [el lujo, el dispendio, la riqueza dilapidada]. El petróleo pagaba las cuentas pendientes. O eso pensábamos

Y también en las atinadas aproximaciones al carácter mestizo de una nación hecha a partir de la inmigración (Nací y crecí en un país que recibió a hombres y mujeres de otra tierra. Sastres, panaderos, albañiles, plomeros, tenderos, comerciantes. Españoles, portugueses, italianos y algunos alemanes que fueron a buscar al fin del mundo un sitio donde volver a inventar el hielo. Pero la ciudad comenzó a vaciarse. Los hijos de aquellos inmigrantes, gente que se parecía poco a sus apellidos, emprendían la vuelta para buscar en los países de otros la cepa con la que se construyó la suya. Yo, en cambio, no tenía nada de eso), la mezcla (un injerto entre las taras de los blancos criollos del siglo XIX y el desmelene de una sociedad en la que todos tenían su zambo y su negro en la sangre) y las contradicciones que lleva consigo el mestizaje (Un país mestizo y extraño. Hermoso en sus psicopatías. Generoso en belleza y violencia, dos de las más abundantes pertenencias nacionales. El resultado final era esa nación construida sobre la hendidura de sus propias contradicciones, la falla tectónica de un paisaje siempre a punto de derrumbarse sobre sus habitantes). 

Este juego, apuntado en esta última cita, entre la belleza natural y la hermosura del paisaje y de las gentes caribeñas, y, por otro lado, la terrible violencia, los abusos, la injusticia, la opresión, la brutalidad que es capaz también de albergar, constituye uno de los temas fundamentales del libro, uno de los “dualismos” -hay otros, como luego se verá- en torno a los cuales se construye el relato de Sainz Borgo. Y es que, en todo momento, la novela alterna la descripción de la horrible realidad caraqueña (una ciudad en la que hasta las flores depredan) con las vueltas atrás en el tiempo, en las que la protagonista se retrotrae a sus plácidos y felices días infantiles en Ocumare, el pueblito del que procede su familia. Recreando la casa de las Falcón -la abuela, las ocho hermanas de ésta, las tías Amelia y Clara-, Adelaida huye, siquiera en el recuerdo, a un espacio de paz y alegría, un mundo ajeno al del acelerado y conflictivo avance de los tiempos (como si el siglo XIX jamás hubiera desaparecido ante la llegada del progreso); el mundo de los rituales agrícolas y ganaderos; un mundo hecho de tradiciones y cánticos y festejos y costumbres y singular y riquísimo lenguaje y ancestral cultura popular, acorde con el transcurrir de la vida; un mundo benigno, acogedor, confortable, que es el de la infancia y la familia, tan distante, por desgracia, de la oscura y agresiva y desesperante amenaza de las calles del presente capitalino, de su inhumana soledad, como puede apreciarse en este fragmento: El árbol del patio de la pensión de las Falcón era mi territorio. Me sentía libre en su rama desolada, a la que trepaba como un mono, ese lado de mi infancia que en nada se parecía a la ciudad medrosa en la que crecí y que con el paso de los años se transformó en un amasijo de alambradas y cerrojos. Me gustaba Caracas, pero prefería los días de caña de azúcar y zancudos de Ocumare a aquellas aceras sucias, llenas siempre de naranjas podridas y agua manchada con aceite de motor. En Ocumare todo era distinto. Una infancia, descrita con ciertos rasgos de realismo mágico -la cualidad de paraíso del entorno, lo excesivo, la naturaleza desbordante, las flora ubérrima, los animales, los olores, la densidad del aire, las historias exageradas, la inventiva-, que encierra también -quizá en otro rasgo de la desmesurada dimensión que alcanzan las cosas en las exuberantes regiones caribeñas, en general en toda Latinoamérica- severos atisbos de aspereza, de brutalidad, de rudeza: así el primer amor, platónico, romántico y sentimental como lo son todos a los diez años, pero en este caso experimentado hacia un joven soldado muerto fotografiado en las páginas de un periódico (con diez años ya amaba fantasmas); o el amor maduro, logrado y feliz, también, sin embargo, violento y asociado a la muerte, como aflora de modo genial en una afilada y admirable metáfora: Así como acudían los soldados a las trincheras, embrutecidos por el anís, que es como debe saber el enamoramiento cuando resulta excesivo… 

Estos excursos en torno a la infancia en Ocumare albergan también otro de los motivos centrales del libro, que encaja, igualmente, en ese esquema dual ya mencionado: el conflicto entre arraigo y desarraigo, entre pertenencia y destierro. El pueblo, la familia, la tierra representan el origen, el vínculo con lo primordial, el lugar al que Adelaida “pertenece”. Pero, a la vez, basta voltear las páginas para adentrarnos de nuevo con ella en ese universo espantoso, en ese panorama de catástrofe que representa su día a día y del que intenta, por todos los medios -incluso los discutibles moralmente-, huir. Con su vida rota (La vida fue aquello que pasó. Aquello que hicimos y nos hicieron. La bandeja donde nos abrieron por la mitad como un pan a punto de crecer; un pensamiento, señala la propia Karina Sainz, “sugerido” por el hoy desaparecido Javier Marías; no se olvide que el libro es de 2019, años antes de la muerte del genial escritor), extraña a su tiempo y a su país a causa de las simultáneas orfandad de la madre y traumática pérdida de la patria, destinada al lugar al que van a parar los que no pertenecen a ninguna parte, comienza a odiar el lugar en el que nací (en una significativa reflexión que acompaña de una muy intelectualizada pero a la vez esclarecedora cita libresca: … como el Thomas Bernhard de El sótano y Tala), decidida a poner tierra -o mar, otro de los leitmotivs de la novela- de por medio. No por casualidad el destierro aparece ya en una de las citas iniciales del texto. 

Tan sólo una letra separa “partir” de “parir”, piensa el personaje, y el atinado dictamen pone de manifiesto otro de los ejes nucleares del libro, la fuerza de la maternidad, la relación madre/hija, y, por extensión, la poderosa y bien subrayada presencia de las mujeres, en la novela y entre el pueblo venezolano. El fortísimo vínculo entre Adelaida y su madre que la muerte rompe al comienzo de la obra, permea el relato entero y se “recrea” -en el recuerdo de la hija- a lo largo de su transcurso. Y la forzosa ruptura de esa unión, lo es también la de una etapa vital (Sepultándola a ella cerraba mi infancia de hija sin hijos) y, en un plano metafórico, la del lazo que la ata a su país -la madre/la patria-, en una nueva manifestación del ya reiteradamente referido especular juego de contrastes. 

Y la figura de la madre (a la que la autora elige soltera, no por azar, creo) opera del mismo modo como emblema de la feminidad entera, de la fortaleza, la decisión, el vitalismo, la fuerza, el ánimo, el ansia de libertad con los que las mujeres sacan adelante a los suyos en aquellos entornos durísimos, hostiles. La hija de la española es una novela de mujeres, desde las ancianas Falcón, reinas de un mundo en trance de morir, pasando por los muy bien perfilados caracteres de madre e hija, de una reciedumbre y un vigor ejemplares -juntas o por separado-, éramos pequeñas y venosas, casi nervadas, acaso para que no nos doliera si nos arrancaban un trozo o incluso la raigambre entera. Estábamos hechas para resistir. Nuestro mundo se sostenía en el equilibrio que ambas fuésemos capaces de mantener. El resto era algo excepcional, añadido, y por eso prescindible: no esperábamos a nadie, nos bastábamos la una a la otra; hasta, en general, las venezolanas todas, descritas -de nuevo con agudeza y esclarecedora precisión- en un párrafo espléndido: Ese país donde las mujeres siempre parieron y criaron solas a los hijos de los hombres que ni siquiera se tomaron la molestia de ir a comprar tabaco para no volver

No quiero cerrar mi decidida recomendación de la novela sin referirme, siquiera brevemente, a otros aspectos a resaltar en este por tantos motivos interesante libro, como por ejemplo la omnipresencia en él de la muerte -real o metafórica-, las referencias al mar, patente ya desde la dedicatoria, y, por último, el, a mi juicio, muy estimable estilo literario. 

En relación con la muerte, resulta significativo que, la novela dé comienzo en un cementerio, marcando así, pues, ya desde el principio, un esclarecedor hilo temático. Muere la madre, pero muere también Aurora, y murió -narrado en el recuerdo- el gran amor de Adelaida, y mueren por doquier los ciudadanos en las calles (La gente muere, por su culpa o a manos de otro. Pero muere. Y eso es lo único que importa), en las portadas de los periódicos (Los días fueron acumulándose como los muertos en los titulares), y hasta los vivos están muertos (Amábamos a gente muerta). Una muerte que no sólo se muestra en su cruda vertiente literal, sino también en la no menos cruel de la metáfora: los macabros rituales funerarios (las chicas que se encaraman al ataúd), la destrucción del hogar de la protagonista, la disolución de sus recuerdos -la vajilla familiar, las fotos, los libros-, el abandono de la propia vida en la huida y el cambio de identidad. En este país nadie descansa en paz. Nadie, sentencia Adelaida, en una aparente y reveladora paradoja: tanta muerte y nadie halla el sosiego… 

El mar está presente también desde la cita inicial (Porque todas las historias de mar son políticas y nosotros trozos de algo que busca una tierra), siendo constantes las alusiones en el texto -de nuevo las frases brillantes, rotundas, como aforísticas-: El mar redime y corrige, engulle cuerpos y los expulsa; e, igualmente, todo mar es un quirófano donde un afilado bisturí desgarra a quienes nos atrevemos a cruzarlo; o, ese mar donde alguien siempre dice adiós, referidas al Atlántico, con la alusión al océano que atravesaron en un sentido los españoles y europeos emigrados -el abuelo de Karina Sainz Borgo así lo cruzó en barco tras la guerra civil-, y en el otro lo hacen ahora sus hijos y nietos, los desterrados, los huidos del horror que marca a fuego una sociedad mestiza, hecha con el esfuerzo de muchos, gentes que en sus países había sido olvidada y que vivía ahora amalgamada entre nosotros. El mar que une y separa, el mar que lleva y que expulsa (Juntos éramos todo eso que comprendíamos como propio, la sumatoria de las orillas que separan un mar), el mar que apacigua y calma y el colérico y amenazador y violento. 

Y todos estos ejes a través de los cuales se mueve la novela, se narran contados con un español -quizá debiera hablarse de “venezolano”- luminoso, preciso y exacto, seco y conciso, poblado de expresiones contundentes, como relámpagos de una prosa brillante y de alta calidad literaria, de frases y descripciones precisas y a la vez abiertas a evocaciones múltiples, a sentidos ocultos que se apuntan superando la mera obviedad literal, en un texto de una belleza extraordinaria, por momentos poética, tanto en la convincente e inolvidable descripción del infierno urbano como en la más colorista y hasta lujuriosa recreación del universo y el habla del Ocumare rural. 

Precisamente de este mundo idílico de la infancia, de este entorno primordial, paradisíaco, extraigo la referencia musical que acompaña mi reseña. A esa muy creíble ambientación en los parajes del interior de Venezuela que se muestra en muchos pasajes de la novela contribuye el abundante elenco de canciones del folklore del país que surcan el texto. En particular, hay una serie de piezas, los cantos del pilón, cuyo significado e historia se recoge en el texto con el que cierro mi comentario de hoy. De ellas, de esas canciones de trabajo que entonaban los campesinos, sobre todo las mujeres, pobres, desgraciadas, infelices y resignadas, sometidas a su estéril y dura tarea, he escogido una breve y preciosa selección, de una melancolía tristísima, de alguna de los cuales se transcribe en el libro su desesperanzada letra. La limpia voz de Soledad Bravo, una cantante venezolana de origen español, llena de hermosura el dulce llanto de las desoladas mujeres. 

El invento nació del lúpulo con el que un cervecero alemán regó los tormentos de un país que alternaba la borrachera con la guerra y que abolió a las piloneras, las mujeres que molían el maíz dando golpes con un palo contra un grueso pilón de madera hecho de un árbol que presidía los patios soleados de las haciendas y plantaciones. De ese oficio nacieron los cantos del pilón, un rezo de sudor y mazazo, una melodía que acompañaba la molienda bruta y sabrosa. Mujeres infelices que pulverizaban, a golpes, la cáscara del grano de donde provenía la harina con la que se cocinaba en hornos de leña el pan pobre de un país que aún sufría paludismo. Desde entonces, esa música quedó como una percusión del corazón. 

Casi siempre pilaban juntas dos mujeres que conversaban rítmicamente. De ahí nacieron aquellas canciones que parecían confirmar una verdad: la tragedia nos vino dada, como el sol y los árboles preñados de frutas dulces y pesadas. De esas cosas hablaban los cantos del pilón, de las cuitas e historias de mujeres incultas que hacían estallar sus penas contra un mortero de madera y de las que aún se conservaban las letras de sus canciones, que venían a mi mente al pasar por La Encrucijada. 

-Adelaida, hija, despiértate. Ya estamos llegando a la fábrica de Remavenca. Ni falta hacía que mi madre me avisara, ya mi corazón había detectado aquel olor potente a cebada y alimento. Ese aroma a cerveza y pan me hacía feliz. Entonces comenzaba a cantar los versos que había aprendido de la boca de las viejas de Ocumare. 

-“Dale duro a ese pilón…, io, io”. 

-“Que se acabe romper” -contestaba mi mamá, en voz muy baja. 

-“Puta tú y puta tu mai…” 

-Esa parte no, Adelaida. ¡No repitas eso” 

-“Puta tu abuela y tu tía, io, io…” -decía yo riéndome. 

-No, hija. Canta el que te enseñó la tía Amelia: “Ya me duele la cabeza, io, io, de tanto darle al pilón, io, io, para engordá un cochino y comprá un camisón, io, io”. 

Las negras del pueblo entonaban aquellos versos mientras daban forma a las arepas con sus manos ante el budare hirviente del mercado. Cada frase iba rematada por un jadeo monocorde, “io, io”, el quejido del esfuerzo. 

Ahí arriba en aquel cerro, 
io, io. 
va un matrimonio civil 
io, io. 

se casó la bemba e´burro 
con el pescuezo e´violín, 
io, io. Si por tu marido es, io, io. 

cógelo que allá se te va, 
io, io, 
un camisón de cretona 
no me lo ha llegao a da, 
 io, io. 

Videoconferencia
Karina Sainz Borgo. La hija de la española

domingo, 13 de septiembre de 2026

PERCIVAL EVERETT. JAMES

Al término de mi reseña anterior, y a propósito de la polémica suscitada por la cancelación en escuelas y universidades norteamericanas de Las aventuras de Huckleberry Finn, la novela de Mark Twain, y de su retirada retirada de numerosas bibliotecas educativas y públicas de los Estados Unidos, dejaba aquí mis reflexiones sobre ese fenómeno, tan habitual en nuestros días, de la revisión, hecha desde parámetros actuales, de obras literarias, artísticas, cinematográficas y musicales, entre otras, de creaciones culturales del pasado. El debate, interesante en sí mismo, cobra una especial relevancia en orden a presentar mi propuesta de hoy, última recomendación de esta semana, una novela magistral, deslumbrante, muy ingeniosa y original, conmovedora, irreverente y perturbadora, cuya lectura me ha entusiasmado. Se trata de James, obra del estadounidense Percival Everett, ganadora de numerosos premios, entre ellos dos muy prestigiosos, el National Book Award, en 2024, y el Pulitzer, en 2025, ambos en la categoría de ficción. El libro apareció entre nosotros en 2024 en la editorial De Conatus con traducción de Javier Calvo. En relación con esta traslación al español me ha llamado la atención el uso por parte de un esclavo negro en la primera mitad del siglo XIX del término “surrealista”; hecho que se produce en dos ocasiones: El tema de la actuación era surrealista e incomprensible (al final del capítulo 29); y Nunca había vivido una situación tan absurda, surrealista y ridícula (en la primera línea del 30). El surrealismo, y los vocablos y expresiones que surgen a partir de la eclosión del movimiento, nace a principios del siglo XX, por lo que resulta improbable -imposible- la utilización del vocablo en labios del personaje. Me he tomado la molestia de rastrear la edición norteamericana de la novela, y en ella la palabra usada es surreal, que, en efecto, admite esa traducción, aunque, a mi juicio -de absoluto inexperto, sobre todo confrontado con la profesionalidad consolidada de Javier Calvo-, quizá hubiera debido elegirse otra acepción -surreal, irreal- que no contuviera, siquiera de modo implícito, esa alusión a una escuela o corriente artística tan connotada temporalmente. En fin, dislates, los míos, de un ocioso atrevido. 

Percival Everett es un escritor nacido en Fort Gordon, en la sureña Georgia, en 1957 (hay fuentes que hablan de 1956). Con una treintena de obras en su larga trayectoria, media docena larga de ellas publicadas en De Conatus, y varias (Dr. No, Los árboles, Cuánto azul) ganadoras de premios y reconocimientos (e incluso otra de sus novelas, Cancelado, se llevó a cine, en una película, American Fiction, que ganó en 2024 el Oscar al mejor guion adaptado), Everett, de raza negra, ha hecho girar muchos de sus libros sobre la cuestión racial, confrontando abiertamente el racismo y la violencia y la discriminación que conlleva en sus temáticas, escenarios y personajes. No obstante, merece la pena resaltar que pese a ese compromiso, vital y literario, abiertamente antirracista, Everett rehúye su “catalogación” como escritor “afroamericano”, por considerar que, si se le incluye en esa “taxonomía” reduccionista, ese rasgo acabaría por sobreponerse a cualquier otro frente de análisis de sus libros. A este respecto, en alguna entrevista ha señalado que nadie llama “escritor blanco” a un novelista blanco, y que, por tanto, enfatizar su raza, convertir el adjetivo racial en categoría literaria operaría ya como una forma de confinamiento intelectual, tan contrario a su posicionamiento moral, opuesto a las etiquetas y a las simplificaciones identitarias. El escritor José Ovejero, en su crítica de James, publicada en El País en noviembre de 2024, da cuenta de las reticencias del escritor a esta sutil forma de encasillamiento comentando cómo en Cancelado su personaje principal es un profesor y escritor negro, Thelonius Ellison, que, harto de que el mercado editorial espere de él novelas sobre pobreza, violencia y marginalidad racial -los tópicos esperables de un autor negro- decide burlarse del sistema escribiendo deliberadamente una caricatura grotesca de esos estereotipos, consiguiendo -paradójicamente, o no tanto, dado el mundo en el que estamos, tan amante del victimismo y lo identitario- que el libro se convierta en un éxito monumental. 

No hay, por tanto, en James este tipo de concesiones, cómodas, conformistas y “tranquilizadoras”, por cuanto, aunque estamos ante una obra que ya desde su planteamiento y, por supuesto, a lo largo de las escenas y los pasajes narrados deja ver, de modo notorio, ese muy crítico e implacable enfoque antirracista, no ofrece al lector una propuesta “predigerida” y simplificadora, ni opta por reducirse al consabido y trivial mensaje burdamente combativo plasmado en un texto panfletario. Por el contrario, estamos ante una novela en la que esa denuncia -necesaria, como es natural- aflora con elegancia e inteligencia, con ironía e, incluso, con sentido del humor, en una ficción espléndida. 

En James, Everett, parte de la historia del Huckleberry Finn de Twain para recrearla, paso por paso, incidente por incidente, lance por lance (con matices, como luego veremos), con una única y sustancial diferencia de la que emanarán muchas otras: el narrador es ahora el esclavo Jim, desde cuya óptica y a través de sus propias palabras retomamos los episodios que ya conocemos gracias al relato de Huck (se entiende ahora mejor mi afirmación introductoria según la cual hay que haber leído los libros de Twain para entender y degustar plenamente esta su singular “secuela”). Como resulta evidente dado el enfoque elegido por su autor, aquellos pasajes del clásico en los que Jim y Huck, en alguna de las muchas vicisitudes de sus peripecias en el río, separaban sus caminos, se obvian en la novela actual, que, del mismo modo y con idéntica lógica, introduce otros episodios, sobre todo en la segunda y tercera parte del libro, vividos por el esclavo -que reivindica su verdadero nombre, James, prescindiendo del apócope, en uno de los abundantes elementos simbólicos de la novela- sin la compañía del muchacho. 

De manera que tenemos a los dos huidos, en la misma posición de partida en la que se encuentran en el texto primitivo. Jim, el esclavo de la señorita Watson, huye de su propietaria -delito mayúsculo, castigado con la muerte, a menudo sin necesidad de juicio- tras enterarse de que va a ser vendido y separado para siempre de su mujer, Sadie, y de su hija, Lizzie. En una isla del río Mississippi se encuentra con Huck Finn, que también ha escapado, incapaz de someterse a la férrea disciplina de su mentora, la viuda Douglas, y tras un siniestro encuentro con su padre. Al igual que en el texto de Twain ambos emprenden un viaje lleno de peligros y amenazas, en particular para Jim, por su triple condición de negro, esclavo y prófugo. Sin embargo, los mismos hechos, los mismos encuentros con los mismos desconocidos, las mismas situaciones con idénticos riesgos, conocidos ya por el lector a partir de la narración que nos ha ofrecido la mirada ingenua del muchacho blanco, aparecen ahora desde otra perspectiva, la de un hombre negro, cuyos sufrimiento, miedo, dolor, rabia, indignación y resentimiento afloran en un primer plano. Su relato es el de un hombre muy inteligente y hasta cultivado -en una vuelta de tuerca convincentemente explicada en la trama- que, entrelazadas a la descripción de su padecimiento y de la añoranza de su familia, transmite sus lúcidas reflexiones, fruto de su perspicaz capacidad de observación, en las que analiza y desenmascara la violencia, la hipocresía y el absurdo del sistema esclavista. Utilizando hábilmente sus recursos -un poderoso raciocinio, una aguda y penetrante habilidad para interpretar la realidad y un ingenioso juego de simulación con el que finge ignorancia y oculta su conocimiento de un lenguaje que domina para evitar las sospechas de los blancos-, a lo largo de su viaje afrontará persecuciones, sufrirá intentos de engaño por parte de estafadores diversos, presenciará impotente el linchamiento de compañeros de raza y se verá asediado por infinidad de continuas y funestas amenazas. Con la indesmayable voluntad de reunirse con su familia, en su periplo “revivirá” numerosos episodios de Las aventuras de Huckleberry Finn, pero con nuevas escenas y un desenlace profundamente distinto, del que, como es obvio, nada voy a adelantar. De este modo, la novela de aventuras que era la obra de Twain -profunda, con enjundia, con distintas capas de lectura, pero, a la postre, cruzada por el ostensible hilo que dibujan las correrías “picarescas” de sus protagonistas, como hemos visto- se transforma bajo la pluma de Everett en una reflexión sobre la identidad, la dignidad y la libertad, en la que el humor, la ironía y la tensión conviven, como he señalado, con una crítica furibunda del racismo y de los mecanismos del poder que lo sostienen y complementan. El resultado es una historia que interpela a Twain para cuestionar la versión tradicional de los hechos y devolver la voz a un personaje -ese noble James (también violento cuando la rabia se desborda; el retrato que de él se hace no es ni plano ni artificialmente maniqueo)- que durante siglo y medio ha permanecido en segundo plano, prácticamente en silencio y, en cualquier caso, sin ser objeto de la consideración que, como ser humano, al margen de su raza, merece. 

Me interesa resaltar, antes de comentar algunos otros elementos de la novela que la hacen sumamente interesante, algunas facetas relevantes de este singular diálogo con Mark Twain y su obra que plantea en la suya Percival Everett. Desde mi punto de vista, nuestro contemporáneo no pretende “contestar”, criticar, descalificar o censurar a su venerable antecesor. No pretende denunciarlo, impugnarlo, destruirlo, ni mucho menos cancelarlo. No pretende corregir a Twain desde esa superioridad moral retrospectiva que tanto se utiliza hoy de un modo superficial para pedir perdón por las ofensas cometidas siglos atrás por unos antepasados -conquistadores, colonos, esclavistas, gobernantes, legisladores y autoridades machistas, homófobos o racistas- que nada tenían que ver -ni siquiera genéticamente- con los que ahora los modernos talibanes de la corrección política se dan de modo tan farisaico aparatosos -y ficticios y vacuos e inanes- golpes de pecho. El diálogo que James y su autor plantean con Huckleberry y su creador sureño, es, por de pronto, eso, un diálogo, una conversación, una propuesta, hecha con aprecio, respeto y, claro está, inequívoca contundencia, de relectura de la novela originaria -escrita por un escritor blanco nacido en el Sur esclavista estadounidense en el siglo XIX- hecha desde nuestro presente, desde un ángulo muy actual que permite incorporar al punto de vista desde el que se narra los muchos cambios sociales, políticos, culturales, jurídicos que el mundo ha experimentado, consciente Everett, y este es, sin duda, uno de los logros del libro, de que los clásicos, pese a la admiración que suscitan, pese a lo mucho de valioso que nos ofrecen, no son monumentos inmóviles, sino campos de batalla interpretativos. 

Esta “discusión” con Twain que Everett propone en su libro no lo cuestiona, no rebaja el valor que reconoce a su obra. En los breves agradecimientos finales de James, aparte de las consabidas menciones a editores, familiares y amigos, podemos leer: Y finalmente, un reconocimiento a Mark Twain. Su sentido del humor y su humanidad me influyeron mucho antes de hacerme escritor. Me quedaría con el cielo por el clima; pero elegiría el infierno para mi tan esperado almuerzo con Mark Twain. Esta última frase es una paráfrasis de una famosa sentencia de Twain: Go to Heaven for the climate, Hell for the company (Ve al cielo por el clima, al infierno por la compañía). En el original inglés del texto de Everett este introduce una modificación: Heaven for the climate; hell for my long-awaited lunch with Mark Twain

En esta confrontación, en su reformulación del relato de Twain, brotan las desemejanzas. Los lectores de Huckleberry Finn recordaban a Jim como un personaje entrañable, supersticioso, bondadoso, leal, de habla sencilla y a menudo cómica. Sin embargo, esa imagen siempre había suscitado una incomodidad creciente para ese lector del siglo XXI. ¿Era Jim, en el “retrato” decimonónico, un hombre complejo o una construcción paternalista? ¿Era un individuo con entidad, personalidad y “alma” o una figura de cartón piedra, un estereotipo cuy inclusión en el relato obedecía a una mera función narrativa, a una necesidad “técnica”? ¿Poseía una vida interior propia o existía únicamente a través de la mirada de Huck? Everett explora estos interrogantes, tomando al personaje, liberándolo de la carga de lugares comunes que se le asocian y dotándolo de aquello de que, por la datación histórica de su nacimiento, se veía privado: una conciencia compleja, una identidad autónoma, un pensamiento propio, un habla singular. Y desde esta base se distancia de la narración primigenia a través de diversas estrategias literarias, pero también morales y hasta políticas. En primer lugar, invirtiendo el punto de vista y dando voz a Jim. Con ello, hace de él el centro moral de la historia, a la que accedemos desde el pensar y el sentir de un esclavo, y reconvertida, en un giro de ciento ochenta grados y por medio de una modificación de alto calado ético, en el relato de la experiencia vital de un hombre negro obligado a sobrevivir dentro de un sistema de violencia permanente. En consecuencia, y esta es otra diferencia sustancial, donde Twain mezclaba humor, sátira y lirismo, con Jim siendo apenas un acompañante más o menos prescindible en las aventuras de Huck, Everett visibiliza la violencia física y psicológica que necesariamente permanecía en segundo plano en aquella novela que narraba un adolescente ingenuo e inocente. 

Otra importante disimilitud reside en la representación de la violencia. Siendo conocido el rechazo frontal de Twain a la brutalidad moral de la esclavitud, su novela, sin embargo, conservaba el tono de una aventura picaresca en la que el humor amortiguaba con frecuencia el horror. Por el contrario, en el texto de Everett, pese a que las muestras de humor son frecuentes (yo no he podido reprimir las risas en más de un pasaje), apenas hay paliativos que mitiguen la dolorosa ignominia, siendo así que los castigos, el miedo constante, las separaciones familiares y la amenaza permanente tienen en la novela una consistencia palpable, impregnando con su dramatismo la experiencia del lector. 

Para cerrar este inciso sobre el peculiar carácter especular de James frente a Huckleberry Finn, quiero mencionar la que, probablemente, es la diferencia más significativa entre ambas novelas: el tratamiento del lenguaje. Ya he mencionado cómo Twain reproduce en las novelas comentadas el habla popular y los dialectos regionales, incluido el de Jim. Everett acepta, como es obvio, la importancia histórica de esta innovadora inclusión de las variedades lingüísticas en el relato, pero introduce un giro soberbio, decisivo y genial: el dialecto de James deja de ser una expresión espontánea para convertirse en una estrategia consciente de supervivencia (la gente blanca espera que hablemos de una manera determinada y siempre va bien no decepcionarlos. (…) Los únicos que sufren cuando les hacemos sentirse inferiores somos nosotros). En privado, James habla un inglés culto, preciso y extraordinariamente elaborado (Entonces, cuando lo veamos dando tumbos más tarde y haciendo el ridículo, ¿será un ejemplo de ironía proléptica o de ironía dramática?); únicamente adopta el habla estereotipada cuando se encuentra en presencia de los blancos (a veces se le olvida el contexto en que se encuentra y no le da tiempo a cambiar de registro, provocando más de una situación jocosa: —Sería gracioso que saliera a flote otro cuerpo —dijo. —Hilarante —dije. —¿Cómo? —Me miró. —He dicho «mira p’alante». El cambio posee una enorme carga simbólica, poniendo de manifiesto hasta qué punto el sistema esclavista obligaba a representar continuamente un papel. Jim es, en realidad y en su fuero interno, un hombre culto que ha frecuentado (a escondidas, por supuesto; el acceso a la cultura, al conocimiento, al pensamiento propio por parte de los esclavos negros se prohibía taxativamente, pues ello pondría en cuestión los fundamentos de la discriminación racial) la biblioteca del juez Thatcher; que ha leído a Voltaire y a Locke (con los que dialoga en sueños, recriminándoles sus tibias posturas sobre la esclavitud), a Rousseau y Stuart Mill; que sabe escribir (en su huida se procurará un lápiz -en un pasaje muy significativo del libro, con resultado funesto- con el que escribirá su historia); que da clases (siempre clandestinas) a muchachos negros; que piensa y filosofa a partir de sus propios proyectos, con sus propios miedos y contradicciones, con sus objetivos propios, con su propia conciencia moral, a diferencia del Jim de Huckleberry Finn, cuyo mundo interior solo conocemos a través del filtro de Huck. La novela plantea así preguntas de una extraordinaria vigencia. ¿Cuánto de nuestra forma de hablar responde a quienes somos y cuánto a lo que otros esperan de nosotros? ¿Qué relación existe entre lenguaje y dominación? ¿Hasta qué punto los prejuicios nacen de interpretar una forma de hablar como señal de inferioridad intelectual? ¿Cómo la clase, la raza, el sexo, la condición económica afectan al modo en que hablamos y, a la inversa, cómo nuestro desempeño verbal, estilo, prosodia, léxico, revelan nuestro estatus? 

Además de las hasta aquí reseñadas (innovadora recreación de un clásico, con el que dialoga sin depender excesivamente del original ni intentar corregirlo de manera simplista; poderosa construcción de un personaje complejo, nada plano, plagado de contradicciones, inteligente y vulnerable, valiente, pero en ocasiones acuciado por el miedo, lúcido y dueño de una aguda capacidad crítica, pero capaz también de la duda, tolerante pero transformado a veces por la rabia, pacífico pero arrastrado a la violencia en situaciones extremas, dotado de conciencia moral pero obligado a tomar decisiones ambiguas en lo ético; brillante transformación de una novela de aventuras en una exploración radical de la libertad; denuncia diáfana, descarnada, radical, conmovedora y combativa aunque sutil, sin subrayados innecesarios, de la barbarie que supuso la esclavitud, contada a través de la atención prestada a los pequeños mecanismos del sometimiento -el miedo, la vigilancia, la humillación, la incertidumbre permanente- y también a los más brutales: castigos físicos, apaleamientos, asesinatos, violaciones; inteligente reescritura de la historia estadounidense desde el punto de vista de quienes normalmente quedan fuera de los relatos oficiales; magistral tratamiento del lenguaje y el poder), James merece la lectura por otro buen puñado de razones, que esbozo de modo ya apresurado. Así, os lo recomiendo por la multiplicidad de planos en los que se desenvuelve, permitiendo su lectura como aventura, sátira, reflexión filosófica, tragedia histórica, experimento lingüístico y meditación sobre la condición humana. Por la novedosa operación de dar la palabra a un personaje secundario y con un papel subordinado en una novela preexistente, en lo que constituye, además de la ya reseñado propósito político y moral, una inteligente reflexión sobre la escritura, la elección del punto de vista, la importancia del narrador, la decisión acerca de qué debe contarse y qué se oculta. Por la interesante recuperación de la tradición de la gran novela filosófica disfrazada de relato popular (piénsese, una vez más, en el Lazarillo de Tormes, o Moby Dick, o, citado en el libro, el Cándido de Voltaire, en los que la peripecia narrativa funciona como vehículo para una exploración intelectual más amplia), mediante la (re)invención de un personaje que no solo vive los dolorosos acontecimientos que le acaecen, sino que es un ser inteligente que piensa sobre ellos e intenta comprenderlos; es así por lo que James puede leerse como una novela de aventuras trepidante, pero también como una discusión permanente sobre el conocimiento, la verdad, la identidad y la conciencia. Por la decidida apuesta por el humor, que, pese a la aparente contradicción (risa y espanto conviviendo en la misma página), opera como eficaz y convincente mecanismo frente al horror. Por, en definitiva, demostrar al lector -como solo lo hacen los grandes libros- que la gran literatura es siempre capaz de renovar nuestra mirada, que poco importa que los temas, los personajes, las tramas ya sean conocidos, que -exagerando quizá un poco- todo haya sido ya contado, pues siempre aparecerá el talento de un creador para mostrarnos otra forma de ver, ampliar nuestros horizontes, ensanchar nuestra vida. 

En fin, tres propuestas memorables, las del ciclo entero de esta semana, que os recomiendo encarecidamente para empezar el curso de un modo excepcional. Os dejo ahora con un muy revelador pasaje de James, en el que su protagonista arrostra las dificultades que para él suponía desvelar su interés y su conocimiento de los libros, a la vez que reflexiona sobre el valor, intelectual, sentimental, político y vital, de la lectura. 

En la novela hay también una destacada, apreciable y elocuente presencia de la música, sobre todo tras el encuentro de Jim con Daniel Decatur Emmett, un compositor (autor, por cierto, de Dixie, el himno sureño con el que acompañé mi reseña de Lo que el viento se llevó en el último programa de la temporada pasada), músico y director de espectáculos de existencia real que con los Virginia Minstrels (que Javier Calvo traduce como Cantores de Virginia, dejando fuera el término minstrel, que sin embargo se explica en la novela y que aludía a las muy populares compañías de cantores blancos, que actuaban con las caras pintadas con betún fingiendo que eran negros). Las composiciones de Emmett -las de cualquier grupo de minstrels, en realidad- eran jocosas y en ellas se representaba a los negros de forma cómica, imitando sus movimientos y su forma de hablar de un modo paródico. Aunque el fenómeno fue criticado desde su inicio de manera más o menos aislada, empezó a ser objeto de una más amplia condena social bien avanzado el siglo XX, estando hoy absolutamente proscrito y el blackface denostado incluso en sus manifestaciones (recuérdese el escándalo que provocó el que el ex-primer ministro canadiense, Justin Trudeau se hubiera “disfrazado” de negro en una fiesta escolar en 2001, cuando aún no había accedido al cargo y era un profesor veinteañero). Las canciones de Daniel Decatur Emmett tienen un papel destacado en el libro (que se abre con la transcripción, del “puño y letra” de Jim, de cuatro de sus temas). De todas ellas elijo por su valor representativo Old Dan Tucker (El viejo Dan Tucker), de la que os dejo un fragmento de una de sus muchas posibles letras tal y como la traduce Javier Calvo. Entre las muchas versiones que se han hecho del tema -hay una estupenda de Bruce Springsteen- dejo aquí la de la 2nd South Carolina String Band. 

El viejo Dan Tucker vivía mu’ bien 
Comía borrico con huesos y piel 
Peinaba su barba con una sartén 
Le dio un jamacuco al cumplir los cien 
Aparta del medio, Dan Tucker, gañán 
Te quedas sin cama y también sin cenar 
Aparta del medio, Dan Tucker, gañán 
Te quedas sin cama y también sin cenar 



Me moría de ganas de leer. Aunque Huck estaba dormido, no me podía arriesgar a que se despertara y me viera con la cara pegada a un libro abierto. Luego pensé: ¿Y cómo va a saber que estoy leyendo de verdad? Podría decirle que estaba simplemente mirando las letras y las palabras sin entenderlas, preguntándome qué demonios significarían. ¿Cómo lo iba a saber él? En aquel momento se me hizo real y evidente el poder de la lectura. Mientras tuviera delante las palabras, nadie podría controlarlas ni controlar lo que yo obtuviera de ellas. Ni siquiera podrían saber si las estaba mirando sin más o leyéndolas, haciéndolas sonar o entendiéndolas. Era una relación completamente privada y libre y, por tanto, completamente subversiva. 

Me acerqué la bolsa de libros, metí la mano y palpé uno. Allí me quedé en una especie de flirteo. El libro pequeño y grueso que apretaba con los dedos era la novela. Nunca había leído una novela, aunque entendía el concepto de ficción. No era tan distinto de la religión, o de la historia, de hecho. Saqué el libro de la bolsa. Comprobé que Huck seguía profundamente dormido y lo abrí. Las páginas olían a gloria. 

En la tierra de Westfalia… 

Y me encontré en otra parte. Ya no estaba en una orilla de aquel río maldito, ni en la otra. No estaba en el Misisipí. No estaba en Missouri.

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Percival Everett. James