Vivo entre muchos libros y extraigo una gran parte de mis ganas de vivir del hecho de que aún leeré la mayoría de ellos. (Elias Canetti)

miércoles, 14 de enero de 2026

EMILY BRONTË. CUMBRES BORRASCOSAS; DEBORAH LUTZ. EL GABINETE DE LAS HERMANAS BRONTË; ALICIA MARIÑO. CUMBRES BORRASCOSAS. EL AMOR MÁS ALLÁ DE LA MUERTE

Hola, buenas tardes y feliz año a todos. Hace unas semanas, pocos días después del centenario de Carmen Martín Gaite, que se celebró el pasado 8 de diciembre, os ofrecíamos un programa dedicado a la escritora salmantina, centrado en dos obras esenciales para comprender su figura, Entre visillos, su primera novela, que ganó el Nadal correspondiente a 1957 y se publicó un año después, y Carmen Martín Gaite. Una biografía, del sabio profesor José Teruel, que ganó este mismo año el prestigioso Premio Comillas de obras biográficas en su trigésimo séptima edición. Ahora, en las primeras emisiones tras las vacaciones navideñas, quiero abrir un singular ciclo en el que seguiré la estela “martingaitiana”, trayendo aquí sendos clásicos de la historia de la literatura que fueron objeto de la traducción al español por parte de nuestra autora. Se trata de Cumbres Borrascosas, la obra mayor de Emily Brontë, que protagonizará nuestro espacio de hoy, y Jane Eyre, otro título fundamental, escrito por su hermana Charlotte, del que os hablaré el próximo miércoles. Ambas novelas, en la versión de Carmen Martín Gaite, están publicadas por Alba Editorial. Para completar el recorrido por la obra de las Brontë, en el tercer espacio de la serie, os hablaré de Agnes Grey, obra de Anne, la menor de las hermanas, igualmente editada por Alba, traducida, esta vez ya sin la presencia de Martín Gaite, por Menchu Gutiérrez. Además, y para continuar explorando la pista de la escritora salmantina, habrá una cuarta y última entrega del ciclo, ya metidos en febrero, en la que os propondré la inmersión en la literatura de una autora excepcional, la italiana Natalia Ginzburg, dos de cuyas novelas también tradujo a nuestro idioma Carmen Martín Gaite. 

En cualquier caso, y más allá del protagonismo de estos títulos principales, en la serie entera mi “oferta” será, sin embargo, y como ocurre tan a menudo en Todos los libros un libro, plural, enriquecida con otras referencias de libros y películas, empezando ya en el programa de esta tarde, dedicado, como he señalado, a Cumbres Borrascosas, pero en el que os hablaré de la novela principal en su edición de Alba de 2001; también de su presentación, anterior a ella, en la más académica editorial Cátedra de 1989, con un espléndido estudio preliminar de Paz Kindelán y traducción de Rosa Castillo; de un pequeño librito de Alicia Mariño Espuelas, que vio la luz en 2021 en la editorial Reino de Cordelia, y que con el título de Cumbres Borrascosas, examina la principal versión cinematográfica de la obra, dirigida en 1939 por William Wyler; e, igualmente, de un muy interesante libro, El gabinete de las hermanas Brontë, en el que su autora, Deborah Lutz, recrea, a partir de nueve objetos significativos, el “territorio” habitual en el que se desenvolvía a diario la vida de las talentosas hermanas; un conocimiento, el del particular microcosmos de las Brontë (de “los” Brontë, en realidad, pues la familia la integraban, aparte de las tres escritoras, el pastor Patrick Brontë y su esposa, María Branwell, las dos hijas mayores -que casi nunca llegaron a serlo, en realidad, pues murieron muy niñas- y el único varón, Branwell, nacido entre Charlotte y Emily), indispensable para adentrarse con criterio en sus obras. 

Y es por ello (y también porque la novela en sí ya es muy conocida, lo que puede hacer menos necesarias mis reflexiones), por lo que quiero empezar mi reseña ofreciéndoos un detallado apunte de este último libro, lo que no solo permitirá al lector familiarizarse con el universo Brontë, sino, sobre todo, obtener pistas que le permiten adentrarse en las novelas, pues la cotidianidad de las hermanas está muy presente y tiene un muy notorio reflejo en sus obras. Y lo hago, aun a sabiendas de que utilizarlo como puerta de acceso a las creaciones de las tres jóvenes escritoras (tanto Cumbres Borrascosas, como Jane Eyre y Agnes Grey se publicaron en 1847, cuando Charlotte tenía 31 años, Emily 28 y Anne 27) puede resultar poco apropiado; habiendo quien piense que, quizá, el proceso debiera ser el inverso: conocer el espacio literario de las autoras para, a continuación, buscar su correlato “real” en su cotidianidad. De todas formas, cualquiera de las alternativas es valiosa en sí misma y enriquece el disfrute que proporciona la lectura. En definitiva, el “mensaje” final de mi múltiple propuesta de estas tres semanas de enero puede resumirse en una entusiasta invitación a sumergirse, a habitar durante largas jornadas -con libros variados y diversas versiones para la gran pantalla- el desbordante universo, real y de ficción, de las escritoras de Haworth, ese pequeño pueblo de Yorkshire en el que vivieron las Brontë y que tanta presencia tiene en sus novelas. 

Deborah Lutz es profesora de la cátedra Thruston B. Morton de Inglés en la Universidad de Louisville. Experta en literatura victoriana, con varias publicaciones académicas (en la preliminar sección de agradecimientos de El gabinete de las hermanas Brontë, expresa su reconocimiento a una de las muchas personas citadas por aconsejarme que saltara de las editoriales académicas a las comerciales) sobre este ámbito de estudio, la norteamericana publicó su libro en su país natal en 2015, viendo la luz en España dos años después, en la editorial Siruela, dentro de su espléndida colección El ojo del tiempo y con la traducción de María Porras Sánchez. 

En el prefacio que abre su libro, de título La vida privada de los objetos, su autora sostiene con fundamento -y de esa base partirá en su obra- que los objetos, incluso los más triviales y anodinos, tienen la capacidad de transportarnos a otras épocas y lugares. Las posesiones de las que hemos hecho acopio en nuestras vidas, las pertenencias de nuestros seres queridos, los bienes de los familiares, de los amigos, de las personas que hemos tratado, se constituyen, cuando sobreviven a sus propietarios, en una suerte de significativo puente hacia aquel tiempo pretérito, imposible ya de recuperar, en que compartimos momentos, episodios, vivencias con los desaparecidos. Tras nuestra muerte, los objetos que nos rodearon, que elegimos para acompañar nuestras existencias, que “habitaron” nuestra domesticidad, hablan ahora muy elocuentemente de quienes fuimos, transmiten nuestra historia, nos hacen revivir, en cierto modo, en la memoria de los que nos sobreviven. 

Entusiasta frecuentadora de las obras de las hermanas Brontë (Jane Eyre, Cumbres borrascosas y Villette [novela, también, de Charlotte] son de los pocos libros que me mantienen en vela hasta altas horas, y son de los pocos libros que describen mundos que me encantaría habitar. Es como si sintiera, casi tengo la certeza, que sus heroínas me reconocerían cuando me colara en su dimensión), su pasión la lleva a intentar ese tránsito del ámbito meramente literario de sus libros a una dimensión algo más próxima, la de las vidas reales de sus autoras: Mi intimidad con estos libros me ha llevado, como a tantas otras personas, a desear acercarme a sus autoras. Estas novelas están tan vivas que desearía resucitar a las hermanas Brontë, su vida cotidiana, su respiración, su presencia corporal. Conocedora al detalle de los pormenores de cada uno de esos libros, fascinada, en particular, por la extraña cama que tan importante papel desempeña en una escena sustancial de Cumbres borrascosas y por el gran bargueño decorado con las cabezas de los doce apóstoles que se menciona en Jane Eyre, no puede dejar de preguntarse si esos objetos existieron en realidad y si, de ser así, se conservan todavía. Para dar respuesta a esos interrogantes se lanza a una investigación, muy seriamente documentada (setenta de las trescientas veinte páginas del libro son de notas -en número de 340-, bibliografía y un copioso índice temático, geográfico y onomástico; este es el resultado de un extenso trabajo de investigación con las fuentes biográficas, pues se podría llenar toda una biblioteca solo con los libros publicados sobre las Brontë, escribe de su ensayo) y de lectura apasionante y adictiva (los comentarios que me suscitan sus muchos aspectos de interés, plasmados en centenares de notas de lectura, darían para un extenso programa monográfico) sobre nueve objetos reveladores de las circunstancias de la vida y obra de las tres mujeres. El enfoque académico de su estudio se manifiesta en el intento -más que logrado- de situar cada objeto en su contexto cultural y en los momentos de la vida cotidiana de las Brontë, intentado extraer de ellos la realidad en la que habrían podido inscribirse y poblar el paisaje humano de sus propietarias. Acepta de principio, como es obvio, que siendo los objetos mudos, su interpretación está sujeta a múltiples conjeturas, por lo que, consciente y prevenida sobre el fenómeno, intenta no llevar demasiado lejos las deducciones, ni proyectar en sus especulaciones mucho de ella misma, privando de objetividad histórica a su relato y transformándolo en algo personalmente nostálgico. 

El gabinete de las hermanas Brönte pretende, así, dar voz a algunos “artefactos”, que no han concitado con anterioridad el interés de los expertos (de algunos no hay ni una coma escrita) para que, a través de materiales tan diversos como hilo, papel, madera, azabache, pelo, hueso, latón, piel, fronda de helechos, cuero, terciopelo y ceniza, arrojar algo de luz sobre las vidas de sus dueñas victorianas. En el primero de sus nueve apasionantes capítulos conocemos la pasión de las hermanas, ya desde la infancia, por la confección y escritura de libros diminutos (Hace unos cinco años que mis hermanas y yo nos reencontramos en casa tras un periodo de separación bastante prolongado. Al residir en una región remota, donde la enseñanza había hecho escasos progresos y donde, en consecuencia, no había alicientes para buscar relaciones sociales fuera de nuestro círculo doméstico, dependíamos completamente de nosotras mismas y las unas de las otras, de los libros y del estudio para las alegrías y ocupaciones de la vida. El mayor estímulo y también el más vivo placer que conocíamos desde la infancia nos los proporcionaban nuestros intentos de escribir obras literarias), de importantísimas repercusiones en su obra “seria” (los cuatro hermanos, pues Branwell también participaba, construyeron una saga en torno a unos mundos ficticios, Angria y Gondal, que afloraría -nunca de manera explícita pero sí evidente para los estudiosos de la literatura “brontiana”- en sus novelas). Bajo la rúbrica de “pelapatata” y en la segunda sección de la obra, se examina, con abundancia de excursos históricos y culturales, el entrelazamiento que en el día a día de las hermanas se daba entre la dedicación a las tareas domésticas y su muy acentuada pasión literaria; hay, así, jugosas anotaciones sobre la costura -en particular los dechados, bordados que incluían bandas de diseños geométricos, el alfabeto, los números, citas breves de la Biblia y que se utilizaban como recuerdo, regalo o elemento decorativo- y la situación de las mujeres en la sociedad victoriana, todo ello salpicado de exhaustivas y muy inteligentemente elegidas menciones a las vidas de las tres jóvenes y a la presencia de esas ocupaciones en sus novelas. 

En el tercer capítulo la autora afronta un asunto -las caminatas- muy atractivo y repleto de valiosas informaciones que esclarecen numerosos pasajes de las obras de las Brontë y, en algún caso, como veremos -pienso en Cumbres Borrascosas, pero también en Jane Eyre-, explican la atmósfera en la que se desenvuelven. Salir a caminar por los espacios abiertos, ásperos, salvajes y ventosos de los páramos de Yorkshire, subir a sus tempestuosas cimas era una ocupación habitual de la familia Brontë y, en particular para Emily, una necesidad (cuando, con dieciséis años fue enviada a estudiar al colegio Roe Head, rodeado de pastos verdes y colinas suaves, solo aguantó en la escuela tres meses, pues el ansia de ver los páramos, la añoranza del brezo agitándose bajo el vendaval tormentoso, la hicieron caer enferma). Lutz describe los rituales de sus paseatas, su decidido adentrarse en aquellos territorios hostiles, en un pasatiempo a menudo accidentado, un hábito absolutamente ajeno, en principio, a la delicadeza asociada al ideal de mujer de la época. En su relato, abundante en pormenores -accesorios utilizados en sus recorridos, bastones, paraguas y parasoles, varas o fustas; detalles de la vestimenta y el calzado utilizados; inventario de la flora y la fauna, de la topografía, de los accidentes geográficos y la climatología de la zona-, bien espigados de la amplia bibliografía que maneja, la norteamericana examina también las diferencias entre las marchas por mero placer y aquellas otras guiadas por un propósito, el desplazamiento a lugares cercanos -veinte, treinta kilómetros- que con frecuencia las Brontë debían hacer a pie, pues la nada holgada economía familiar no permitía la posesión de caballos o carruajes. En el capítulo, excitante también como el resto de la obra, comparecen igualmente las habituales explicaciones “sociológicas” y culturales de los objetos, circunstancias y situaciones narradas, así como abundantes referencias literarias -Wordsworth, Coleridge, Darwin, Virginia Woolf, entre otros- y sustanciosas citas de las novelas de las tres jóvenes en las que la presencia de los parajes que ellas frecuentaban y de las caminatas a las que se entregaban regularmente, se incorpora al acontecer de sus personajes. 

La cuarta sección del libro resulta deslumbrante también porque la erudición del Lutz, su apertura a múltiples frentes culturales suscitados por cualquiera de los asuntos que pueblan su relato -menores en muchos casos, pero que el talento narrativo de la autora convierte en sugerentes-, hacen apasionante una narración que transporta arrobado al lector al singular entorno de las hermanas, hasta el punto -y hablo por experiencia propia- de estimular en él el ansia por conocer más detalles de la vida de las escritoras. Se trata en este caso de analizar la muy apreciable relación de las jóvenes con el mundo animal, singularmente sus perros Keeper, Grasper y Flossy, pero también otras mascotas familiares. Como en el resto de su libro, la profesora norteamericana parece saberlo todo del ambiente en que se desenvolvían las Brontë, lo que, en este particular dominio que explora en el capítulo, se traduce en la minuciosa descripción de los perros; sus collares (se conserva uno de Keeper, “propiedad” de Emily); sus respectivas razas; el origen de sus nombres; sus otras mascotas (Dick el canario; los gatos, Tom y Tiger, dos gansos llamados Victoria y Adelaide); la afición de las muchachas a las guías de pájaros (con relevante presencia en Jane Eyre), a pintar y dibujar las criaturas de la fauna de su entorno; las innumerables anécdotas de este especial vínculo de las chicas con los animales (destaco la muy conocida, y reveladora sobre el carácter de la muchacha, protagonizada por Emily, cuando, apiadada de un chucho desconocido que deambulaba junto a la casa con aspecto enfermizo, se acercó para darle algo de agua, sufriendo el ataque furibundo del perro y su mordisco en un brazo. Preocupada por si tenía la rabia, la joven entró apresurada en la cocina, sacó de la chimenea una de las tenacillas que Tabby -la muy apreciada criada de la casa, que será la base del personaje de Nelly en Cumbres Borrascosas- siempre mantenía al rojo vivo y la aplicó sobre la mordedura para prevenir la infección). Pero, siendo sobresaliente el conocimiento de la autora de la intimidad de la familia Brontë, lo es aún más su facilidad -su genio- para vincular esos objetos y episodios de la cotidianidad “brontiana” con la microhistoria, esa cada vez más frecuentada rama de la historia social. Así, hay “desvíos” en la narración, muy bien trabados en ella, para dar cuenta de las investigaciones de Lutz sobre asuntos como los tipos de collares para perros y las inscripciones que se hacían grabar en ellos; las primeras muestras caninas y los correspondientes iniciales intentos de estandarización, selección y taxonomía perruna; los criterios con los que se asignaban nombres a los cánidos, relacionados con las acciones que los identificaban; la actitud hacia los animales a lo largo de la historia (durante siglos se los consideraba responsables de los males causados: ya en 1522 unas ratas fueron juzgadas por asolar unas siembras de cebada); los poderes que se les atribuían; la costumbre de tener mascotas; los secuestros de perros valiosos, muy habituales en siglo XIX (los Fancy, una conocida banda de la época, secuestró en tres ocasiones al apreciado spaniel de la poeta Elizabeth Barrett Browning, que pagó el rescate en cada caso); sobre las jaulas para pájaros, el encadenado de los perros y, en un salto prodigioso, la sociedad esclavista británica (abolida legalmente en Gran Bretaña, la esclavitud seguía vigente en los Estados Unidos y otros países). Y todo ello, una vez más, engarzado de manera asombrosa con las múltiples referencias a la presencia de los animales en las novelas de las tres jóvenes, que ayudan al lector interesado a ampliar los ecos de su lectura. 

Este muy atractivo juego entre la historia íntima de las hermanas, las circunstancias de la vida social y cultural de la época y los reflejos de una y otras en sus novelas, alcanza una notable dimensión en el quinto capítulo del libro, dedicado a la correspondencia -numerosa y en bastantes ocasiones aún conservada- que mantuvieron las Brontë, con una atención particular a las muchas cartas que se cruzaron Charlotte y su amiga Ellen Nussey (unas trescientas cuarenta han resistido el paso de los tiempos, la mayoría de las quinientas que Ellen conservó; las de Charlotte se han perdido todas) y a las cuatro, apasionadas y rechazadas, que envió a Constantin Héger, su profesor durante una estancia en Bruselas, un hombre casado y con cinco hijos y un sexto a punto de nacer. Sobre la base de la consideración -que Charlotte defendía- de la escritura de cartas como un acto íntimo, capaz de transmitir no solo noticias, ideas o pensamientos sino, incluso, el tacto y la calidez de la piel del remitente (Lo delicioso de una carta tenía que ver, en parte, con su capacidad de replicar una porción espiritual o física del yo), Lutz nos da cuenta, en esa primera esfera privada, de la amistad entre ambas muchachas, expresada en términos muchas veces de una sentimentalidad explícita, rozando lo erótico (sin connotaciones sexuales; aunque la norteamericana aprovecha para introducir una breve desviación en torno a la posible homosexualidad de las relaciones entre las dos jóvenes, un excurso en el que se comenta también la naturalidad con las que dos mujeres podían dormir juntas, compartir cama, caminar enlazadas y otras costumbres no demasiado llamativas en su época); del estilo, cada vez más depurado, de su correspondencia; de las imaginativas firmas -a menudo extraídas de referencias literarias- con las que rubricaba las misivas; de su caligrafía, a la que le atribuía un importe valor, de carácter, incluso, moral; del cuidado de la estética -líneas de texto, espaciado- en la composición de las páginas (En sus cartas a Ellen y otros destinatarios, se aprecia una preocupación por el valor estético —la belleza de la línea de texto, su espaciado y su elegancia—, similar a su obsesión por la pulcritud y el corte de su ropa y el peinado. Para muchos de sus contemporáneos, el cuidado del aspecto físico y el aspecto externo de las cartas iban de la mano). Hay, también, en la dimensión que he llamado “sociológica” del libro (quizá, mejor, simplemente cultural), jugosos apuntes sobre el funcionamiento del servicio de correos; sobre sus tarifas inaccesibles para la mayor parte de los ciudadanos; sobre, en consecuencia, las “trampas” que éstos debían idear para soslayar los canales oficiales o, de acomodarse a ellos, para evitar el sobrecoste (el precio del envío dependía de su peso, lo que obligaba a economizar el espacio con prácticas muy curiosas, como la escritura “cruzada” o la invertida, escribiendo entre renglones con las hojas vueltas); sobre los sellos, los lacres, las dedicatorias; sobre los complejos modos de preservar la privacidad de los textos; sobre las pistas y los mensajes ocultos, en dibujos cifrados o enrevesados jeroglíficos que se incorporaban a los adhesivos que operaban como sellos. 
                             
(Un coleccionista compró la foto en un mercadillo y sostiene que son Charlotte, Anne y Emily Brontë, aunque varios expertos lo niegan. Fuente: La Voz de Galicia)


Siguiendo el hilo de las cartas, el siguiente capítulo del libro se adentra en el fecundo territorio de los escritorios. Las obras literarias de las tres hermanas acabaron en la imprenta, saliendo del secreto en que cada una de ellas las resguardaba gracias a que Charlotte, husmeando en el escritorio de Emily, encontró algunos de sus poemas, que, al despertar su interés, acabaron por desencadenar el proceso que llevaría a publicar los versos de las tres y, poco más adelante, sus novelas. Lutz se lanza entonces, a partir de esta constatación, a investigar la presencia de esos íntimos y manejables muebles -los secreteres y escritorios- en la vida y la obra de las Brontë, en una sección de nuevo altamente interesante en la que se nos dan a conocer los pormenores de su proceso creativo (centrándose esta vez en Emily): los trozos de papel en los que escribía, los dibujos con los que ilustraba sus textos, los lápices, las plumas -de ganso, metálicas con portaplumas de madera-, los tinteros, los frecuentes borrones (el secreter, los atriles que se conservan, manchados de tinta), los recortes -un corta y pega literal, hecho con tijeras- de fragmentos de un poema y su pegado en otros, la incorporación a cuadernos de los papelitos, y luego el esmerado envoltorio, la introducción en cajas, estuches o cofrecillos para, por fin, encerrarlos en los escritorios, en los que, bajo la protección de un cierre cuya llave personal, convivían con cartas, sellos, sobres, tinta, plumas, hojas pautadas para no torcerse en la escritura, trozos de tiza, fragmentos de encaje, entre otros objetos. Comparecen aquí los distintos modelos de escritorios (muy útiles los “de regazo”, la manejabilidad de los portátiles) y la curiosa publicidad de los fabricantes; su historia hasta llegar al uso generalizado; su estructura; los materiales de los que estaban hechos (maderas diversas, a veces papel maché, terciopelo recubriendo los atriles que incluían); las posibilidades para su transformación accionando resortes escondidos, palancas y botones que parecían sacados de un cuento de hadas; sus múltiples compartimentos, escondrijos, cajoncitos, en más de un caso con espacios ocultos, secretos (de ahí secreter), una circunstancia en la que la autora detecta el paralelismo entre la disposición de los escritorios y los recovecos del corazón; la preciosa escribanía de Jane Austen, el lujoso escritorio de Dickens, el móvil del muy exigente Anthony Trollope. El estudio del objeto físico permite también los acercamientos a las personalidades de las tres mujeres, la más expansiva Charlotte, necesitada de contacto íntimo, y de naturaleza más reservada Emily, que chocarían al violar la primera la impenetrabilidad natural de su hermana adentrándose en su escritorio y leyendo sus poemas. El capítulo desarrolla entonces el arduo camino hasta la publicación de las novelas, Cumbres Borrascosas, Jane Eyre y Agnes Grey, que protagonizan este ciclo de nuestro espacio (que las jóvenes querían ver publicadas bajo el formato, muy común entonces, del three-decker); la naturaleza “cooperativa” de su creación, con las tres juntas alrededor de la mesa plegable del comedor, discutiendo sobre tramas y personajes y leyendo pasajes en alto para intercambiar opiniones, en un modus operandi que permitió que completaran sus tres obras en menos de un año (cuando Emily y Anne mueren, Charlotte, desolada, muestra su pesadumbre por tener que escribir sus libros en la oscuridad del taller silencioso de su mente, porque no había nadie a quien leerle una frase, nadie a quien pedirle consejo); la elección de sus seudónimos; el inicial rechazo editorial; la insistencia de Charlotte luchando con la resistencia de su hermana menor como el verdadero motor que las llevó a publicar e incluso a escribir sus novelas; los cambios en la escritura de Charlotte, apreciables en el manuscrito de Shirley, la novela cuya primera versión había empezado a escribir a principios de 1848 con la “colaboración” habitual de sus hermanas, y que concluyó en el corto plazo de ocho meses en que fallecieron Branwell, Emily y por último Anne. Y como siempre, huelga ya decirlo, el capítulo se nutre también de abundantes y sustanciosas calas en las obras de las tres, rastreando, con la perspicacia y agudeza habituales en la norteamericana, la presencia del objeto estudiado. 

No hay tiempo, si quiero comentar siquiera brevemente Cumbres Borrascosas, la protagonista del espacio esta tarde, para detenerme en los tres últimos capítulos del libro. El séptimo se centra en el hairwork, la joyería, en particular la funeraria, elaborada con cabello, y en la artesanía capilar. Hay en él referencias a la pulsera de Charlotte, hecha de pelo trenzado de sus hermanas; a la importancia de los ornamentos capilares, capaces, según los criterios de la época, de irradiar extrañas fuerzas que vinculaban a sus poseedores con quienes habían sido los portadores “naturales” del pelo; a los casi cincuenta mechones o piezas capilares asociadas con la familia depositados en diferentes bibliotecas y museos de Europa y los Estados Unidos; al momento álgido del arte post mortem en los tiempos victorianos; a los ajuares mortuorios; a los ataúdes y los recordatorios de los muertos, singularmente los guardapelos, broches, joyas; al significativo valor de los manuscritos y las cartas de los fallecidos; a la fulgurante irrupción, a partir de 1850 y ya tras la muerte de las hermanas, de la fotografía y, consecuentemente, de sus aplicaciones funéreas (en 1984 salió a la luz, en los archivos de la National Portrait Gallery, un negativo de cristal con una presunta imagen de Charlotte); a las creencias religiosas de las Brontë, reflejadas en sus novelas, con abundantes alusiones a lo ultraterreno, los fantasmas, las apariciones, y las menciones al más allá; al auge del espiritismo en la sociedad de aquel tiempo; y entrelazadas a las disquisiciones sobre todos estos asuntos, al muy detallado relato de las circunstancias de las muertes de los cuatro hermanos, todas prematuras (Charlotte, la que tenía más edad al morir no había cumplido aún los treinta y nueve años, y su padre, Patrick, sobreviviría a todos su hijos). 

El penúltimo capítulo se centra en los entonces muy populares álbumes y las colecciones y repertorios de objetos de toda índole. La sección abunda en la descripción de las numerosas variedades de estos portafolios: de recuerdos, de autógrafos, de frases caligrafiadas (a partir de la popularidad alcanzada tras la repercusión de sus novelas, Charlotte recibía constantes peticiones de muestras de su escritura; incluso Patrick seguiría recibiéndolas tras su muerte), de recortes, de citas, de lecturas, de recetas, de patrones para bordar, de bocetos, de plantas prensadas (hay un delicioso excurso sobre la “fiebre” victoriana por los helechos y la pasión de Charlotte por estas plantas, que aparecen a menudo entre las páginas de sus álbumes), de flores secas… Relacionados con los álbumes estaban también los terrarios, las vitrinas con plantas, popularizadas a partir de la Gran Exposición en el Crystal Palace londinense en 1851, y Lutz analiza la fascinación de Charlotte tras las sucesivas visitas a la gigantesca feria, se detiene en la figura de Nathaniel Bagshaw Ward, un médico londinense “inventor” de las campanas de cristal domésticas (Las vitrinas de Ward pronto se podrían encontrar en los salones de las mujeres más modernas, junto con labores de costura, piezas de taxidermia y otros ornamentos hechos o perfeccionados a mano). El capítulo da minuciosa y emotiva noticia, en esa dimensión íntima a la que se abre el libro entero, de los persistentes intentos de Arthur Bell Nicholls, el joven coadjutor de Patrick Brontë, por conseguir “la mano” de Charlotte. Pese a sus reticencias, pese a su falta de atracción intensa, aunque sí movida por un cariño genuino, la muchacha, entonces con una edad avanzada, dadas las costumbres de la época, se casaría con su perseverante pretendiente en junio de 1854, apenas un año antes de su fallecimiento. 

El libro, cuyo enorme interés -junto a mi proverbial dificultad para la contención- ha devorado esta reseña, centrada, no se olvide, en Cumbres Borrascosas, y a estas alturas ya desmesurada, se cierra con un último capítulo dedicado a las reliquias literarias. En él se analiza la pasión por los recuerdos de las hermanas, convertidas en santas seculares, desatada tras su muerte y a partir de la popularidad de sus libros. El fenómeno, atesorar reliquias de los autores de obras de ficción, era muy común en la época -y aún lo sigue siendo- y Lutz nos habla, en relación con él, de Thomas Hardy, Virginia Woolf y, posteriormente, Sylvia Plath, así de cómo la propia Charlotte había participado de un fervor similar, atesorando objetos de sus admirados William Thackeray, el duque de Wellington o el mismísimo Napoleón, de cuyo ataúd conservaba una astilla. El capítulo expone el “expolio” de las posesiones de las hermanas, pues cuando murió su padre, el único superviviente de la familia, Nicholls, que heredó los bienes, no ascendió de coadjutor a pastor, ni ocupó, como era previsible, y por motivos que se desconocen, la plaza de Patrick, por lo que, obligado a abandonar la casa e imposibilitado de realizar el traslado cargando con la dotación íntegra -muebles, libros, manuscritos, infinidad de objetos menores-, salvó los más relevantes y vendió o regaló a los vecinos el resto. A partir de ese momento, seguir el rastro de las posesiones de las Brontë se complica y el libro nos da cuenta de las subastas, los sorteos, el reciclaje y hasta las más que probables falsificaciones de sus escritos. En relación con la muerte de Charlotte, producida solo nueve meses después de su matrimonio, hay también una estimulante derivación acerca de la posibilidad de un aborto que quizá hubiera ocasionado su fallecimiento (la causa oficial, constatada, fue una hiperémesis gravídica, las náuseas violentas derivadas del embarazo), lo que lleva a Lutz a desarrollar algunas páginas sobre la consideración que tenía esta práctica en aquellos días y las terribles circunstancias en que, siendo ilegal, sin embargo se llevaba a cabo. El capítulo y el libro se cierran con las desencantadas reflexiones de su autora en torno a la desaforada fiebre turística (Desde principios del siglo XX, la localidad está plagada de turistas) que inunda una Haworth atestada de tiendas de souvenirs “brontianos”, de hordas de visitantes, pese a lo cual, el pueblo, la casa parroquial, el cementerio y los páramos, en particular, poseen una atmósfera que realmente es la «expresión», como manifestó Virginia Woolf, de las Brontë, el lugar donde encajan «como el caracol y su concha».

Un libro excelente en el que, como he reiterado, a través de las descripciones de los objetos analizados y de las anécdotas en torno a ellos, afloran, engarzados en un relato muy sugestivo, retazos de las existencias de sus propietarias, conformando el conjunto un muy fidedigno y realista retablo de las vidas de las tres hermanas y un apetitoso aperitivo para adentrarse en las obras mayores de Emily, Charlotte y Anne. 

Situados, pues, en este estimulante marco “doméstico”, entramos ya en nuestro novelesco “menú brontiano” con Cumbres Borrascosas, que se publicó en 1847 bajo el seudónimo de Ellis Bell (las tres obras de referencia aparecieron con una ficticia atribución de sus autores, tal y como, de modo muy esclarecedor y notoriamente anticipatorio y adelantado a su tiempo, señala Charlotte en su Reseña biográfica de Ellis y Acton Bell que, presente en la edición del libro de 1850, se incorpora al volumen de Alba: Reacias a la publicidad personal, ocultamos nuestros verdaderos nombres bajo los de Currer, Ellis y Acton Bell [Charlotte, Emily y Anne, respectivamente]; esa elección ambigua vino dictada por ciertos escrúpulos que nos impedían adoptar nombres de pila claramente masculinos, al mismo tiempo que preferíamos no manifestar que éramos mujeres; porque —sin sospechar entonces que nuestra forma de escribir y de pensar no fuera lo que se llama «femenina»— teníamos la vaga impresión de que las autoras se exponen a que las juzguen con prejuicios; pues habíamos observado que a veces los críticos emplean el arma de la identidad personal para la reprimenda, y una adulación que no es verdadero elogio para la alabanza; cito siempre de la versión de Carmen Martín Gaite). Como puede imaginarse en un texto clásico, son muchas las traducciones a nuestro idioma desde la inicial, de 1921. La dos más relevantes y que hoy os traigo, ya anticipadas, son la de Alba Editorial, que en versión de la salmantina se publicó por primera vez en 1984, aunque mi ejemplar es de 2001; y la excelente de Cátedra, con un iluminador análisis preliminar de Paz Kindelán y traducción, algo anacrónica (traduce, por ejemplo, los nombres propios, desnaturalizándolos, a mi juicio: Cathy es Cati; Nelly, Neli; y Joseph, José; entre otros cambios), de Rosa Castillo. 

Como de costumbre en Todos los libros un libro, adelantar, siquiera de modo breve, el eje argumental de la novela reseñada es, a la vez, una necesidad, pues malamente puede recomendarse la lectura de una obra sin dar cuenta de los elementos esenciales de su trama; y un costoso peaje, pues muchos lectores -yo mismo entre ellos- prefieren desconocer cualquier mínima información que pueda revelar aspectos sustanciales del texto que se disponen a leer. Espero que se entienda -excusatio non petita, accusatio manifesta- que “sostener” un espacio radiofónico de una hora (o su equivalente escrito: entre ocho y nueve mil palabras, más o menos) sin mención alguna al asunto que nuclea el libro, sin referirse a su hilo conductor, sin presentar someramente a sus personajes, sin desvelar los temas principales que articulan la obra, es tarea de todo punto imposible, por lo que -aviso para navegantes especialmente sensibilizados con la cuestión- me apresto a sintetizar a continuación la historia que se nos narra en Cumbres Borrascosas, lo que conllevará, de modo inevitable, adelantar alguno de sus elementos primordiales. 

La acción se inicia en el invierno de 1801. Un caballero llamado Lockwood, procedente del sur de Inglaterra, alquila la Granja de los Tordos, situada en una zona agreste de los páramos de Yorkshire. Su casero es Heathcliff, propietario de la cercana mansión de Cumbres Borrascosas, un lugar inhóspito, sombrío y hostil, tanto por su arquitectura como por la conducta de quienes lo habitan. La primera visita de Lockwood a la casa se salda con una experiencia inquietante, culminada por una pesadilla nocturna de tintes casi sobrenaturales. Perturbado, Lockwood pide a su ama de llaves, Nelly Dean, que le cuente la historia de aquella casa y de sus moradores. A partir de ese momento, la novela se articula mediante un complejo sistema de narraciones encajadas. El relato de Nelly nos retrotrae unos cuarenta años atrás, hasta la infancia de Heathcliff, un niño huérfano y marginal que el señor Earnshaw recoge en Liverpool y lleva consigo a Cumbres Borrascosas. Allí crece junto a Catherine Earnshaw, con quien establece un vínculo absoluto, feroz y excluyente, un amor que desborda cualquier convención social o moral. 

La muerte del padre y la hostilidad de Hindley, el hermano de Catherine, degradan progresivamente la posición de Heathcliff en la casa. Catherine, por su parte, atrapada entre su amor por Heathcliff y su deseo de ascenso social, acaba casándose con Edgar Linton, propietario de la Granja de los Tordos. Esta decisión marca el inicio de una espiral de resentimiento, venganza y destrucción que se prolongará durante décadas y afectará a una segunda generación de personajes, singularmente Cathy Linton y Hareton Earnshaw. 

Heathcliff desaparece durante un tiempo y regresa transformado: rico, implacable, obsesionado con vengarse de quienes considera responsables de su humillación. Su odio se despliega con una frialdad metódica, dirigida tanto contra los culpables directos como contra sus descendientes. La muerte de Catherine no pone fin a su pasión; al contrario, la intensifica hasta extremos casi espectrales, convirtiéndola en una presencia constante, obsesiva, que desdibuja las fronteras entre la vida y la muerte. 

La novela culmina con una cierta restitución del equilibrio a través de los personajes jóvenes -Cathy Linton y Hareton Earnshaw-, cuyo vínculo parece cerrar, de manera menos violenta, el ciclo de odio heredado. Sin embargo, el recuerdo de Heathcliff y Catherine sigue impregnando el paisaje y la memoria del lugar, como si los páramos mismos conservaran su huella. 

El resumen de la trama argumental puede resultar confuso, por la presencia de personajes de dos generaciones, la sucesión de incidencias, idas y vueltas, nacimientos y muertes y, sobre todo con el “juego” de las dos familias, entrecruzadas por sendos matrimonios. Pero esta dificultad inicial (que acomete también a Lockwood en su primer contacto con Cumbres Borrascosas, en un pasaje con un punto de humor en el que el nuevo inquilino cree, de entrada, que la joven Cathy es la esposa de Heathcliff -pese a la ostensible diferencia de edad-; a continuación, que lo es de Hareton, al que cree hijo del señor de la casa, en un enrevesado galimatías genealógico) es disipada por la autora en este mismo pasaje para tranquilidad de Lockwood y del lector. 

Más allá del estricto desarrollo de la historia, con sus distintos episodios, sus lances, sus amores y sus desventuras, en sí mismas atrayentes, la novela es magistral por infinidad de otras razones, que la profesora Paz Kindelán analiza con profundidad en su muy ilustrativo estudio para la edición de Cátedra. Publicada, como he dicho, en su primera edición en 1989 (la mía es de 2017), su ensayo preliminar se extiende a lo largo de más de ciento treinta páginas entre las que se incluye una exhaustiva bibliografía que recoge obras generales sobre literatura de la época, manuscritos de Emily Brontë (poemas, fragmentos de su diario, ensayos y cartas), las ediciones más importantes de su obra, con una mención, expresa y copiosa, a las de Cumbres Borrascosas, colecciones principales de las novelas de las hermanas Brontë, bibliografías comentadas sobre Emily, sobre la familia Brönte y sobre la propia novela, artículos recogidos de periódicos y revistas del siglo XIX, y estudios críticos de ese mismo siglo y del siguiente. 

El ensayo es completísimo y muy interesante e ilustrativo. Hay capítulos dedicados a Emily Brontë y su época, con una somera aunque valiosa descripción de la sociedad victoriana (a caballo del optimismo que despertaba la riqueza que trajeron consigo la modernización y la Revolución industrial, y una cierta ansiedad por el desmoronamiento de los valores tradicionales); a la discreta recepción de Cumbres Borrascosas en la Inglaterra de aquel tiempo (el tema de la novela seguía siendo motivo de preocupación para los lectores del siglo XIX. Los victorianos la habían tachado de melodramática en su tratamiento descarnado y vehemente de la pasión amorosa. A sus ojos, si este libro era veraz, resultaba morboso e indecente: o de lo contrario, podía tomarse como una especie de desvarío retórico procedente de la inestabilidad emocional de la escritora, de su personalidad deforme y enfermiza originada por las adversas circunstancias que atravesó en su vida retirada); al “retrato” de la familia Brontë, sustancial en tanto el ambiente y las circunstancias de la vida familiar influyeron en la conformación de la personalidad y en la forma de ver el mundo de la escritora y sus hermanas, como ya anticipé en mis comentarios al libro de Lutz; a la carrera literaria de las muchachas a partir de su inicial aparición “escondidas” bajo los ya mencionados seudónimos de Currer, Ellis y Acton Bell; a la producción literaria de Emily Brontë, con sus escritos juveniles, su poesía y, claro está, Cumbres Borrascosas, única obra de madurez de la que nos ha quedado constancia; a la recepción, editorial y crítica del libro en España a partir de su primera traducción al castellano realizada por Cipriano de Montoliú en 1921. 

Hay, en otro orden de cosas, más centrado en el texto en sí, otros apartados sustanciales en los que se hace un estudio crítico de la novela, analizando sus temas, su estructura narrativa, sus episodios fundamentales, el estilo y los recursos literarios y la infinidad de interpretaciones a las que se abre una obra muy rica y compleja. Así, y en un repaso a vuelapluma, quiero mencionar, como primer elemento destacado del libro, quizá el esencial, el relato de la apasionada, vehemente y trágica historia de amor (La historia de Cumbres Borrascosas es esencialmente la historia de la intensa e irresistible pasión amorosa de Catalina y Heathcliff. Este último es quien ha de desencadenar el argumento y las principales tensiones inherentes en la novela). En el recuerdo de mi primera lectura del libro está la idea de la novela como una narración de pasiones desbordadas, de rencor, deseo y degradación, donde la naturaleza humana aparece en una forma violenta, salvaje, primitiva y elemental, contradictoria y desconcertante. El amor entre ambos personajes desborda los límites de la mera atracción sentimental para convertirse en una obsesión destructiva, de un romanticismo oscuro, siniestro, demoníaco, que desafía el orden moral, social y natural (Arrollando sobre las nociones convencionales de orden y justicia, voraz como un incendio, va a ser capaz de toda clase de expolios [...]. El amor infantil entre Catherine y Heathcliff está basado en una complicidad de sus rebeldías, en el deseo compartido de ruptura con las normas de la moral vigente, escribirá Martín Gaite). Un amor que linda con el odio, que corrompe lo que toca y que aboca a la muerte y solo alcanza su culminación en ella, en uno de los rasgos, de índole claramente gótica, que identifica el universo simbólico de la novela. 

Otro tema fundamental del libro es el de la venganza. Cuando Catherine se casa con Edgar, la pasión intensa de Heathcliff, al verse frustrada, se transforma en un aborrecimiento, un deseo de venganza y un resentimiento cuyas consecuencias, aunque no recaerán sobre la muchacha, se centrarán en aquellos que considera responsables de su pérdida e impedido su amor, las familias Earnshaw y Linton, a las que acabará por destruir. Amor y venganza, orden y caos, chocan así contribuyendo al carácter trágico que también es una de las señas de identidad del libro. 

Esta confrontación se integra en un reiterado juego dual, de antagonismos, que atraviesa la novela. La pasión arrasadora, peligrosa, irrefrenable y transgresora de Heathcliff y Catherine, de naturaleza metafísica en cuanto tiende a lo absoluto, frente a la sosegada y doméstica, convencional, civilizada y socialmente respetable relación de la propia Catherine con su marido Edgar. La fuerza salvaje y primaria, animalesca, amoral de un Heathcliff indomeñable, frente a la banalidad, la educación y el respeto a las convenciones de Edgar. La naturaleza desatada frente a la educación contenida. La impetuosa relación, de nuevo, de Catherine y Heathcliff frente a la tímida esperanza a la que apuntan Cathy y Hareton. El sentido común de Nelly frente al sentimiento irracional de los amantes. La realidad discreta frente al exceso arrebatado de la pasión. La moralidad convencional y la tradición cultural hogareña y folklórica, que se nos muestra también a través del personaje de Nelly, frente a la rebeldía desestabilizadora, destructiva y negativa que encarna Heathcliff. La realidad frente a la apariencia (En su interior [en el de Catherine] se traba un conflicto entre realidad y apariencia: la apariencia de un amor vanidoso dominado por el ansia de una satisfacción social, frente a la realidad de una pasión amorosa que no ofrece un placer visible dentro de este marco social). La marginalidad y el rechazo social de un Heathcliff marcado por su origen -quizá gitano, extranjero, desconocido en cualquier caso- frente a los prejuicios -racistas, discriminatorios, excluyentes- de quienes, a regañadientes, se ven obligados a acogerlo, con desprecio y humillaciones, en su infancia, y a expulsarlo y convertirlo en un siervo, en un esclavo, en su juventud. La relativa placidez de la Granja de los Tordos, cuya caracterización refleja la idea de “hogar”, de mesura, sobriedad y moderación, encarnando una concepción de la vida más humana y agradable, más refinada de acuerdo con los valores de nuestra civilización: paz, orden, seguridad y lujo, frente a la realidad de Cumbres Borrascosas, una mansión oscura, sombría, de una austeridad desabrida, desordenada, y envuelta, ya desde el principio de la novela, en una atmósfera hostil, poco amable, de desapacible desnudez, escenario idóneo para la desatada pulsión que enlaza a los amantes, en un territorio cuyo valor simbólico se complementa y amplifica en el paisaje de los páramos de Yorkshire, convertido, con los vientos y las tormentas, en una presencia, indómita, sublime, de una energía elemental. 

Y habría que hablar, pero ya no hay tiempo, de otros elementos esenciales del libro: la ruptura de los códigos morales (la sustitución del código moral cristiano por una religión amoral natural, y sigo citando a Kindelán); la superación de la limitación y dependencia de la naturaleza humana y la consiguiente construcción de una realidad conformada en otro mundo distinto del terreno; la noción del “más allá”, en donde, a la postre, aspiran a fundirse los amantes; la muy relevante presencia de la muerte, que aparece de manera muy real, en las muchas muertes que se suceden en el relato, simbólica, como el espacio en el que se continuará el vínculo amoroso, y hasta espectral, con la aparición de fantasmas, voces, pálpitos, premoniciones… 

Y también merecen una mención, al menos, las singularidades estilísticas y los notables recursos narrativos del libro, especialmente llamativos en una autora joven y prácticamente primeriza. Las descripciones de los ásperos paisajes, que transmiten la turbulencia emocional de los personajes; el tratamiento del tiempo narrativo, con el pasado invadiendo constantemente el presente, con las idas y vueltas en la cronología (lo mejor será que vayamos adelante, y en vez de saltarme tres años, pasaré al verano siguiente, el de 1778, es decir, hace veintitrés años aproximadamente), con la circularidad a la que apuntan las repeticiones, Heathcliff y Catherine “reproducidos”, décadas después, en Hareton y Cathy; la doble narración de las voces principales, Lockwood y Nelly, con los cambios de perspectiva que cada una introduce, y las intervenciones de otros narradores -Isabela Linton hermana de Edgar y desgraciada esposa de Heathcliff; la antigua ama de llaves de Cumbres Borrascosas, carente de nombre en la novela; Zila, que desempeña esa función en la “actualidad” de la novela; el cambio del estilo directo al indirecto libre; la conjunción de una narración que se plantea como crónica (la de los dos narradores principales, supuestamente realistas y fidedignos) y a que se compone con los rasgos típicos de la ficción, en pasajes o episodios que exceden el conocimiento de quienes narran, como en los sueños, las descripciones, la presentación escénica… 

Cierro ya mis comentarios con un breve apunte sobre una, la primera y de mayor repercusión, de las innumerables versiones cinematográficas de la novela. Me refiero a la dirigida por William Wyler en 1939, un indiscutible clásico. Protagonizada por Merle Oberon, Laurence Olivier, David Niven y Flora Robson en sus cuatro papeles principales (tres más uno, en realidad: Catherine, Heathcliff, Edgar y, en un plano menor pero igualmente apreciable, la narradora Nelly, que en el filme aparece como Ellen), la película tuvo ocho nominaciones a los Oscar de ese año en las categorías de Mejor película, Mejor director, Mejor actor principal para Olivier, Mejor actriz de reparto para Geraldine Fitzgerald en su rol de Isabella Lindon, Mejor guion adaptado, Mejor dirección artística, Mejor banda sonora y Mejor fotografía, único galardón que, a la postre, obtendría la cinta. 

De la gran película se ocupa con entregado entusiasmo Alicia Mariño Espuelas, en un librito, de título obvio, Cumbres Borrascosas, y subtítulo evocador, El amor más allá de la muerte, publicado en 2021 por la Editorial Reino de Cordelia en su acogedora colección Snacks de Cordelia. En un formato recogido, que cabe en la palma de una mano, con apenas cincuenta páginas de las que la mitad son imágenes, fotografías y carteles, el breve texto traslada al lector la fascinación de su autora por el filme e incorpora algún sucinto apunte sobre sus más destacados aspectos técnicos y artísticos, entre ellos las referencias de algunas otras películas que transponen o recrean el universo de Cumbres Borrascosas: Abismos de pasión, de Luis Buñuel, Hurlevent, de Jacques Rivette, Cumbres Borrascosas de Emily Brontë, de Peter Kosminsky, con una muy joven Juliette Binoche y un primerizo Ralph Fiennes, juntos mucho antes de su memorable protagonismo en El paciente inglés (la única adaptación, además de la de Wyler, que he podido ver, con interés pero sin especial entusiasmo), o Cumbres Borrascosas, de Andrea Arnold. Para estos primeros meses de 2026 está previsto el estreno de la más reciente versión, dirigida por Emerald Fennell, con Margot Robbie en el papel principal. 

En relación con el clásico de Wyler, que al decir de Alicia Mariño recoge de modo espléndido -y comparto su dictamen- el lado extraño y sobrecogedor, la inspiración gótica y fantástica y el halo romántico de la obra original, quiero subrayar ahora para poner fin a mis comentarios sobre la intemporal obra, que el guion de uno de los grandes nombres del género, Ben Hetch, que escribió decenas de películas, fue nominado a los premios de Hollywood en seis ocasiones y ganó dos, es prodigioso porque, aunque elimina de manera absoluta a la segunda línea familiar -no hay ni rastro de la maternidad de Catherine, ni de la paternidad de Henley, desapareciendo, pues, los personajes de Hareton y Cathy-, conserva la esencia de la trágica pasión de los torturados amantes, concentrando en ellos el núcleo central del libro. Sobresaliente es, también, la fotografía de Gregg Toland, otro nombre destacado de la era dorada hollywoodiense, responsable de la cinematografía de Ciudadano Kane y Las uvas de la ira, entre otros títulos legendarios de la historia del cine, en los que su singular iluminación, el excelente trabajo con los claroscuros, el espectacular tratamiento de la profundidad de campo, resplandecen con luz propia (y nunca más apropiado el tópico). Resalto también la banda sonora de Alfred Newman, otra leyenda del cine clásico, que acentúa la atmósfera dramática de la película, y la dirección artística de James Basevi, que recrea los escenarios -los interiores de las dos mansiones y los espacios abiertos de los páramos- de un modo extraordinario. 

En fin, hasta aquí mis comentarios, desmesurados y excesivos aunque -tal vez por eso mismo- apasionados y entusiastas sobre Cumbres Borrascosas. Os invito a adentraros en su universo a partir de las distintas aproximaciones que os he presentado. Os dejo ahora con un significativo texto del libro, expresivo del amor sin límites de Heathcliff por su amada. Tras él, en una elección musical obvia, otro clásico, Wuthering Heights, el inolvidable tema de Kate Bush que fue un éxito mundial en los ochenta. 


Hace cinco minutos, Hareton me ha parecido una personificación de mi juventud y no un ser humano. Me provocaba una mezcla tan variada de sensaciones que me hubiera resultado imposible dirigirme a él de forma racional. En primer lugar, su pasmoso parecido con Catherine me lo acercaba a ella de forma sobrecogedora. Pero esto, que podría parecerte el detalle más importante para acaparar mi imaginación, es realmente el más nimio, porque ¿existe alguna cosa que no la acerque a mí y no me la recuerde? No puedo ni bajar la vista al suelo sin que sus rasgos se dibujen en las baldosas. En cada nube, en cada árbol, colmando el aire nocturno y refulgiendo de día a rachas en cada objeto, me veo continuamente cercado por su imagen. Los rostros más triviales de hombres y mujeres y hasta los propios rasgos de mi cara se burlan de mí, ofreciéndome su parecido. El mundo entero es una atroz colección de testimonios acreditativos de que vivió y de que ya la he perdido. Pues bien, la visión de Hareton acaba de ser como el fantasma de mi amor inmortal, de los esfuerzos salvajes que he hecho por llevar adelante mis derechos, mi degradación, mi orgullo, mi felicidad y mi angustia.

Videoconferencia
Emily Brontë. Cumbres Borrascosas

miércoles, 17 de diciembre de 2025

JONATHAN COE. BOURNVILLE
  
Todos los libros un libro presenta esta tarde, en la última emisión por este trimestre, una excelente novela, Bournville, la última publicada en España -aunque ya hay otra que ha visto la luz en el Reino Unido y que está a punto de su traducción a nuestra lengua- de un autor, el británico Jonathan Coe, que he leído bastante y que, en consecuencia, ya ha protagonizado un par de emisiones pasadas de nuestro espacio. Aprovecho, pues, la novedad editorial que supone la relativamente reciente aparición de este último título (en realidad, lleva más de un año en el mercado), para recuperar mis sugerencias anteriores. Y no es solo la mera voluntad de traer a nuestra audiencia de hoy unos libros ya recomendados tiempo atrás lo que me mueve a “rescatar” mis comentarios de entonces, sino también, y sobre todo, el hecho de que Bournville se inscribe en un proyecto más general de su autor del que ambas referencias anteriores forman parte. 

Y es que en las palabras de la Nota final con las que Coe cierra Bournville, el autor explica ese planteamiento global: 

Esta novela se puede leer por sí sola, pero también forma parte de una serie de libros vagamente conectados entre sí que llevo escribiendo ya varios años bajo el título de Inquietud. Los otros son: 
Vol. 1 - Expo 58 
Vol. 2 - La lluvia antes de caer 
Vol. 3 - El señor Wilder y yo 
Todos y cada uno contienen alguna referencia a la mujer de Thomas Foley, Sylvia, y sus hijos, David y Gill, aunque solo Expo 58 gira realmente en torno a Thomas. Espero escribir un libro más de esta serie en algún momento. 

Quiero, pues, empezar mi comentario, hablándoos brevemente de esos otros tres títulos, de dos de los cuales La lluvia antes de caer y El señor Wilder y yo, ya se emitieron aquí mis comentarios, del primero de ellos en un lejano junio de 2013, en un formato muy distinto al actual del espacio, que no incorporaba la versión en vídeo del programa; y del segundo, hace ahora tres años, en septiembre del 2022, que se puede encontrar en YouTube. 

Los cuatro libros, como el resto de la obra de Coe en nuestro país (hasta un total de doce títulos), pertenecen al catálogo de Anagrama, en donde se publicaron en 2015, 2009, 2022 y en el pasado 2024, en un orden cronológico que no se corresponde con el de su edición originaria, que es el que, como es obvio, refiere el autor en la antedicha nota de cierre de Bournville. La editorial ha sido, sin embargo, relativamente escrupulosa con la continuidad en la traducción, pues salvo Expo 58, vertida a nuestro idioma por Mauricio Bach, las otras tres obras llevan el sello de Javier Lacruz, un prestigioso y reconocido traductor. 

De Expo 58, que yo leí en su momento sin especial entusiasmo, guardo un recuerdo más bien vago (en parte porque su lectura no despertó en mí demasiado interés y en parte también porque, al no haber hecho entonces una reseña del libro, su trama, sus personajes, sus temas incluso, se han hundido en esa nebulosa evanescente por la que deambulan, fantasmales e indiscernibles, centenares de libros que ocuparon apenas dos o tres tardes de mi vida). Rescato ahora de mi frágil memoria -y con ayuda de una relectura somera y de algunos artículos publicados en Gran Bretaña cuando apareció el libro- algunos hilos imprecisos de su argumento y sus aspectos principales, para centrarme en las tres últimas novelas de las que sí conservo apuntes escritos con los que apuntalar mi evocación y dar una cierta solvencia a mis palabras actuales. 

La historia comienza en 1958 en Londres. Thomas Foley, un funcionario de la Oficina Central del Ministerio de Información británico, en la que empezó como chico de los recados, ascendiendo de forma sistemática –aunque muy, muy lentamente– hasta su actual rango de redactor adjunto, lleva una vida estable y algo gris junto a su esposa Sylvia y su hija pequeña, recién nacida, Gill. Foley es un hombre tranquilo (sus colegas lo llamaban «Gandhi» porque había días en que creían que había hecho un voto de silencio), melancólico, educado y algo ingenuo, disperso en unas ensoñaciones que lo alejan de su pesada carga burocrática (Ahora tenía treinta y dos años y se pasaba la mayor parte de sus jornadas laborales esbozando folletos sobre salud y seguridad públicas, que aconsejaban a los peatones el mejor modo de cruzar la calle y a los acatarrados la mejor manera de evitar esparcir los gérmenes en los lugares públicos) y que lo llevan a rememorar su infancia y fantasear con un cambio de empleo. El proyecto de la Expo 58 introduce un nuevo y leve aliciente en su vida (encargado, entre otras tareas igualmente “apasionantes”, de redactar eslóganes y folletos turísticos para repartir en el exterior de los edificios que forman parte de la representación del Reino Unido en el evento). Entre los dos pabellones principales, el oficial y el industrial, en los que se exhibirá lo esencial de la cultura, el arte, la historia, la industria y el mundo empresarial del país, el Ministerio de Asuntos Exteriores concibe la idea de situar un tercer espacio que albergará un pub, el Britannia, un pintoresco mesón tan británico como... el bombín o el fish and chips, representando la mejor hospitalidad que nuestra nación es capaz de ofrecer. Con la muy difusa excusa -doble, por otro lado- de la nacionalidad belga de la madre de Thomas y de la anterior condición de propietario de un pub de su padre, fallecido hace tres años, sus superiores encargan a Foley la no demasiado estimulante tarea de supervisar el funcionamiento del Britannia durante el transcurso de la Exposición, lo que le obligará a trasladarse durante seis meses a la capital belga, provocando enojosos contratiempos en su vida familiar. 

Desplazado a Bruselas, y entre disparatadas iniciativas en torno a la propuesta británica (la ácida crítica de Coe a su país, a su tradicional aislacionismo, a su autosatisfecho nacionalismo cultural y al esnobismo político, un rasgo distintivo de su literatura, se regodea aquí en los delirios de las autoridades que, frente a una capital europea cosmopolita y llena de vitalidad, que transmite al mundo en el primer gran evento internacional después de la Segunda Guerra Mundial una imagen de modernidad, tecnología e innovación -con el famoso Atomium, construido para la ocasión, encarnando el espíritu de una nueva era-, ofrecen la pobre y risible imagen de un pub que, supuestamente, representa la autenticidad del carácter del británico medio: sobriedad, orden, costumbre, tradición…), Foley se siente dividido entre el encanto de lo nuevo y la melancolía del pasado. Y ello no solo desde el punto de vista social y colectivo, cuya representación simbólica reside en el desatino del Britannia, un simulacro vacío de sentido cuidadosamente diseñado por burócratas, una versión empaquetada y vendible de la nación, sino también en un terreno íntimo y personal. En Bruselas conocerá a Anneke, una joven y encantadora azafata belga que trabaja en el pabellón. Ella representa todo lo que no es su vida en Inglaterra: espontaneidad, exotismo, sensualidad, posibilidad. Foley se siente atraído por ella y la relación evoluciona hacia una atracción amorosa que lo transforma internamente, convertida la muchacha, su interés por ella, su deseo no realizado, en símbolos de una vida alternativa -y mejor- de la que ha llegado a construir con su esposa y su hija. 

Junto a las singularidades derivadas de la organización y el funcionamiento del pub, y por entre esta dimensión vagamente romántica de la novela, se suceden una serie de encuentros a cuál más insensatos y extravagantes, que envuelven al protagonista en una trama -ligera- de espionaje -estamos en plena Guerra Fría- al estilo de Graham Greene o John le Carré, con la aparición de dos figuras ambiguas, Mr. Wayne y Mr. Radford, que dicen trabajar para el Foreign Office pero que claramente tienen una agenda paralela, y también con la presencia de un periodista ruso y la irrupción de una actriz norteamericana que se exhibe en el pabellón estadounidense demostrando la eficacia de unas modernas aspiradoras. Y todo ello envuelto en una atmósfera disparatada en la que se acentúan los rasgos de agudeza y sarcasmo. 

En su momento, Expo 58 me pareció una obra menor en cuanto a ambición formal dentro de la obra de Coe. Interesan de ella -aunque a mí no demasiado- su acostumbrado humor y su habitual tono satírico (presentes sobre todo en la trilogía compuesta por El Club de los Canallas, El Círculo Cerrado y El corazón de Inglaterra, y en el que pasa por ser su título más relevante, ¡Menudo reparto!, que tampoco me dijo demasiado cuando lo leí hace tres décadas). También la coincidencia, en sus tramas entrelazadas, de personajes, nombres, eventos y lugares que saltan de uno a otro libro; la presencia en ella de algunos elementos en los que pueden verse vínculos temáticos, estructurales y estéticos con las otras tres novelas: la conexión -en ocasiones “fricción”- entre la memoria personal y la historia colectiva; el contexto en el que se inscriben las tramas, marcado por los grandes acontecimientos de la historia británica en las décadas posteriores a la última gran contienda mundial y, como corolario, la muy precisa “fotografía” del ”alma” británica; la relevancia -menos ostensible en esta primera novela, más patente en las posteriores- de la emoción, la melancolía, lo íntimo; las interesantes ramificaciones de los hechos narrados, muy condicionados, en principio, por su delimitación cultural, geográfica y sociológica en el universo de lo “british”, hacia los grandes temas universales: el paso del tiempo, la nostalgia, la identidad y la pertenencia, la fragilidad de las relaciones humanas, la memoria y la pérdida, también el amor, entre otros, que comparecen de un modo más notorio y destacado en la que, para mí es, junto a esta Bournville, que hoy centra nuestro espacio, la mejor novela de Coe, La lluvia antes de caer. 

Hace más de una década os hablaba aquí de ella, una excepcional novela, muy intimista y melancólica, algo, como digo, no del todo habitual en la trayectoria de su autor, que se ha desenvuelto casi siempre en unos registros más bien alegres, joviales y humorísticos. La novela, que apareció en nuestras librerías a mediados de 2009, se abre con la triste noticia que recibe en su casa una mujer madura, Gill (¿la recién nacida de Expo 58?), casada y con dos hijas. Una llamada telefónica le comunica que su tía Rosamond, hermana de su madre, Sylvia (la pregunta anterior respondida), acaba de morir a los setenta y tres años. Gill se desplaza hasta Oxfordhire, en donde vivía la tía fallecida, para asistir al funeral. Una conversación con la doctora May, que atendía a la tía Rosamond, y una breve estancia en la ahora deshabitada casa de ésta, llevan a Gill a pensar que la mujer, gravemente enferma, ha puesto fin a sus días voluntariamente. En su vivienda, la sobrina encuentra algunas cintas magnetofónicas y una nota póstuma de la muerta: las cintas están destinadas a una casi desconocida, Imogen, una pariente lejana de la que Gill guarda un vago recuerdo, pues más de veinte años atrás, cuando Imogen contaba sólo siete, coincidió con ella en la fiesta del quincuagésimo aniversario de su tía. Desde entonces, la niña, una encantadora muchacha ciega, había desaparecido de la vida de la familia y solo ahora, en el legado postrero de tía Rosamond, vuelve a comparecer. Además, el testamento señala que dos tercios de sus bienes serán para sus dos sobrinos, la propia Gill y su hermano David, y el último tercio para la misteriosa Imogen. El mensaje de su tía encomienda a Gill, igualmente, la búsqueda de la niña -que ya no lo es tanto, pues han pasado veintitrés años- en paradero desconocido desde hace tanto tiempo, y la entrega a esta de las cintas. Gill solo podrá escucharlas si no encuentra a la joven. Ayudada por sus dos hijas, que aportan sus conocimientos de las modernas herramientas informáticas, Gill intenta dar con el paradero de Imogen, pero su pesquisa resulta infructuosa. Se decide, pues, a escuchar las grabaciones, cuatro cintas de noventa minutos cada una, arropada, para tan trascendente acto, por la cariñosa curiosidad de sus hijas. 

El núcleo central de la novela, doscientas páginas de sus doscientas cincuenta totales, lo constituye la transcripción de esas cintas. En ellas, la tía Rosamond describe y comenta una veintena de fotografías, escogidas de entre las más significativas de su propia vida, para que Imogen, que, recuerdo, es ciega y no podrá verlas, pudiera así, a través de sus palabras, conocer los momentos determinantes de la existencia de su tía, una existencia que está también profundamente imbricada en la suya propia. Y así, capítulo a capítulo, fotografía a fotografía (hay también alguna postal), Rosamond va dejándose llevar por sus recuerdos, por sus evocaciones, por sus emociones revividas, por su memoria fragmentaria, pero a la vez muy precisa y minuciosa, y va casi sin quererlo -y aquí es donde se aprecia la maestría del autor- desgranando no sólo la historia de una vida, la suya, sino la de distintas mujeres de la familia a lo largo de varias generaciones. Desde la primera foto, de 1938 o 1939, hasta la última, en los años ochenta del pasado siglo, se desarrolla una existencia singular, la de la tía Rosamond, pero en realidad, la novela da cuenta de toda una saga familiar -su prima Beatrix, Thea, la hija de ésta, y la propia Imogen, que se desvelará como nieta de Beatrix- en la que no faltan afectos, pasiones, frustraciones, tragedias, emociones, dolor, intensidad, debilidades, abandonos. Una saga familiar muy inteligente y sugestivamente narrada, con una escritura que nos aboca a una lectura arrebatadora, apasionante y que nos adentra en las interioridades de unos seres humanos muy poderosamente descritos, unos personajes con carne, con vida, la antítesis de tanto espantapájaros sin profundidad que hoy, por desgracia, puebla infinidad de novelitas sin enjundia. Leyendo La lluvia antes de caer, aprendemos mucho de la naturaleza humana, de la sensibilidad femenina, de las genuinas emociones de las personas, pero conocemos, además, no de modo principal pero sí con bastante detalle, toda una época, la guerra mundial en Inglaterra, la evolución de las costumbres en nuestras sociedades, en fin, el mundo a lo largo de ese medio siglo. 

Además, hay muchos elementos coincidentes con otros similares en el resto de las novelas de la peculiar serie escrita por Coe: la estructura narrativa, organizada la novela como un conjunto de grabaciones, cada una centrada en una fotografía; el formato episódico y visual; la voz en primera persona, que narra desde el punto de vista de Rosamond, proporcionando al relato un tono íntimo y confesional; el “juego” generacional; las relaciones familiares complejas; la sensibilidad y la ternura; la importancia del pasado, la memoria y los recuerdos; la conexión de las trayectorias íntimas con los episodios históricos (aquí, como he señalado, más sutil). 

El tercer título de ese proyecto, El señor Wilder y yo, se publicó en España en los primeros meses de 2022. Se trata de una muy interesante novela, llena de encanto y sensibilidad, de nostalgia y ternura, también de sugerentes temas de reflexión y apetitosas referencias cinéfilas. Más allá de la presencia esencial de Billy Wilder, como luego veremos, la novela gira sobre Calista Frangopoulou, una casi olvidada compositora de bandas sonoras para el cine que vive en Londres con su marido Geoffrey, también vinculado al mundo del séptimo arte, y que, en enero de 2013, a sus casi sesenta años, se encuentra sumida en una suerte de crisis existencial que sobrelleva gracias a sus recuerdos y a la entrega incondicional al terapéutico consumo de queso. En el plano profesional no le llegan apenas encargos desde hace tres lustros, pues su concepción de la música cinematográfica, añorante de la frescura de ideas y de la abundancia de melodías de la época dorada del cine, no encaja en el ruido de explosiones, tiros y choques de coches y el estrépito de los estruendosos fondos orquestales de las actuales películas de acción, tan alejadas de su educación clásica. 

Su vida familiar experimenta igualmente una etapa de cambio, con el aburrimiento consiguiente a veintisiete años de casada y la tenue aparición del “síndrome del nido vacío”, con la decisión de la menor de sus gemelas, Fran, de poner fin a su embarazo antes de incorporarse el otoño próximo a la universidad de Oxford, y, sobre todo, con la inminente partida de su otra hija, Ariane, a Australia, en donde disfrutará de una ventajosa beca. La marcha de su hija desde Heathrow, a donde la ha acompañado para tomar su largo vuelo, le trae el recuerdo de una ocasión similar en la que su propia madre se despidió de ella, en julio de 1976, en el aeropuerto de Atenas, cuando una joven Calista de veintiún años se había lanzado a la experiencia de recorrer Estados Unidos de mochilera durante tres semanas en verano. Una vez en el vasto territorio norteamericano, el encuentro fortuito en Springfield con Gill (de nuevo el vínculo entre unas y otras novelas), otra chica inglesa más o menos de su edad, igualmente viajera por libre, las unirá en el resto del viaje, que compartirán visitando St. Louis, Oklahoma, Nuevo México, el Gran Cañón y, por fin, Las Vegas. Allí, acompañará una noche a Gill a una cena de compromiso en Beverly Hills con un director de cine, antiguo amigo de su padre al que había prometido la visita y al que ninguna de las dos conoce. ¿Es famoso?, preguntará, curiosa, Calista. No creo, responderá su amiga, para empezar, tiene unos setenta años

Sin embargo, el anciano director sí era famoso, ni más ni menos que Billy Wilder, con una larga y magistral carrera a sus espaldas, con varios Oscars en su haber, como guionista y director, aunque se encuentra ya, no obstante, en el ocaso de su deslumbrante trayectoria profesional. Las tímidas y avergonzadas muchachas se enfrentan en el restaurante, desconcertadas e indecisas, con el viejo señor Wilder, que está acompañado por su esposa Audrey, su amigo y colaborador habitual, el productor I.A.L. Diamond, y la mujer de éste, Barbara. “Obligadas” a una cena con un personaje del que ignoran absolutamente todo, incluido su muy reconocido legado artístico, y al que solo le unen el encargo del padre de Gill, la velada es un fracaso, entre otras razones porque las constantes menciones a Marlene, Con faldas y a lo loco, Jack Lemon, la Garbo o El apartamento, y el extraño acento de Billy, constituyen un enigma insondable para Calista, la única realmente interesada en el desarrollo de la conversación, pues Gill, despechada por la obligada separación de un novio al que acababa de conocer en su periplo norteamericano, abandonará sin dar explicaciones la cena en pos de su fugaz enamorado dejando a su bostezante amiga ante un incómodo trance. El hecho de que Calista sea griega y se desenvuelva con normalidad en ese idioma y en inglés activa la curiosidad del director y el productor que en esos días están intentando sacar adelante, no sin gran esfuerzo, la financiación para el rodaje de su nueva película, tras unos años de, con notables excepciones, constantes fracasos en taquilla y sucesivos varapalos de la crítica. Fedora, que así se llamaría el penúltimo filme del austríaco (aunque Sucha, su lugar de nacimiento, en esa Galitzia tan martirizada por la Historia, hoy pertenece a Polonia), debía de rodarse en alguna isla griega aún por determinar. Pese a ese tenue elemento de interés común, el cansancio de la chica, su sensación de desconcierto por lo extraño de la situación, sola entre desconocidos, y la dificultad para sumarse a la conversación de los comensales conducirán al progresivo distanciamiento de la muchacha y abocarán a un final sorprendente en el que Calista acabará por pasar la noche en la mansión de los Wilder, para abandonarla a la mañana siguiente con el guion de Fedora bajo el brazo como inesperado regalo del muy amable y algo paternal director. 

Meses después, en mayo de 1977, la muchacha, de vuelta ya en Grecia, se licenciará en la universidad, realizará sus primeros y muy modestos pinitos como compositora, y se entregará, espoleada por la voluntad de superar el recuerdo del lamentable encuentro con Wilder, a la enfebrecida memorización de enciclopedias de cine. Entonces, una llamada de una mujer que decía pertenecer al despacho de producción de la película Fedora, transmitía al padre de Calista que el señor Wilder le había pedido que se pusiera en contacto conmigo. Tres días después volaba hacia Corfú para vivir la gran Aventura de la Intérprete Griega, como dirá Wilder, y, desde ese momento, su vida sería ya otra para siempre. 

La novela, que alterna de continuo esos dos planos temporales, el presente de conflicto personal y la rutina familiar en Londres y el pasado que aflora en la remembranza de la inolvidable experiencia del rodaje de Fedora, se centra, fundamentalmente, en el relato de esa primera, afortunada y decisiva incursión de Calista en el universo del cine, en su imborrable relación con un Wilder simultáneamente afable y gruñón, cercano y cascarrabias, en unos meses, que transcurren en diversos escenarios -sobre todo en Grecia, en la isla de Lefkada, a lo largo del verano de 1977, pero también en Múnich, París y los ya citados de Londres o Los Ángeles-, que la harán superar su timidez y su inseguridad, la abrirán al mundo, a la edad adulta, al amor, cambiarán su vida, y serán la causa, claro está, de su a la postre decisiva dedicación profesional al séptimo arte. 

El libro es así especialmente interesante para los amantes del cine y, en particular, para los que -como yo mismo- son devotos seguidores del inolvidable director. Las circunstancias que rodearon la difícil puesta en marcha de esa Fedora en cierto modo crepuscular; los insalvables obstáculos a superar para conseguir la financiación necesaria; las muchas vicisitudes del muy complicado rodaje, filmado en escenarios en Alemania, Francia y Grecia, con actores de diversos países, distintas culturas y variadas escuelas interpretativas; los enfrentamientos con Marthe Keller, la actriz principal, que no resulta del agrado del viejo Wilder; el escaso éxito de crítica y público una vez estrenada (salvo, significativamente, en España, en donde sí gozó de una cierta repercusión) son aspectos “reales” que dan cuerpo a la historia personal de Calista y que “obligan” -una exigencia altamente placentera- al lector a ver la película en paralelo al exaltado y ameno avanzar por las páginas del libro, y, por otro lado, a no detenerse en este único e incomprendido título sino a aprovechar para zambullirse en la filmografía entera del director -deslumbrante en la mayor parte de sus títulos- para el mejor disfrute de un texto salpicado por una infinidad de referencias cinéfilas, no sólo relativas a la obra de Wilder. Así lo hice yo cuando leí la novela, unas semanas en las que he “devoré” la casi totalidad de las veintitantas películas que integran su descomunal legado artístico. Gocé entonces, de nuevo, con placer indecible, las grandes obras del Wilder director, La tentación vive arriba, El crepúsculo de los dioses, Perdición, Con faldas y a lo loco, Testigo de cargo, El apartamento, Un, dos, tres, Irma la dulce, Días sin huella, Primera plana, En bandeja de plata, la mayor parte de las cuales había visto ya varias veces en mi juventud; también revisé algunas otras de muy vago recuerdo en mi memoria, Sabrina, Ariane, ¿Qué ocurrió entre mi padre y tu madre? o La vida privada de Sherlock Holmes; y me he acercado por primera vez a algunos títulos menos conocidos pero siempre estimables como Bésame, tonto, El gran carnaval, El vals del emperador, Berlín Occidente o Cinco tumbas al Cairo; además de Bola de fuego, Si no amaneciera o Ninotchka, obras maestras en las que Wilder se desempeñó como guionista. 

Y es que Billy Wilder se nos muestra, entre los hilos de la historia inventada de Calista Frangopoulou, como el verdadero protagonista de la novela. Un Wilder al que vemos, acompañado en todo momento por otro gran “personaje”, su contrapunto, su álter ego, el gran Iz Diamond, guionista y productor habitual en la última etapa de la carrera de su amigo, luchando vanamente en defensa de un tipo de cine -ligero, entretenido, rezumando ilusión, maravilla, gracia, alegría, humor y risas, vida intensa y feliz- que, irremisiblemente, ha quedado arrumbado en un pasado que la fulgurante aparición de la “panda de la barba” (Coppola, Spielberg, Scorsese) amenazaba entonces por hacer olvidar. El muy entrañable personaje que “dibuja” Coe, se ve superado por ese nuevo cine hecho por intelectuales, inspirados y alentados por la culta intelligentsia europea -los sesudos críticos de Cahiers du Cinema-, en una deriva hegemónica en las salas desde finales de los sesenta: películas brillantes pero desesperanzadas, con sus problemas, sus conflictos, su caos existencial, su amargura, su desilusión, su despiadada inmersión en los aspectos más descarnados, más dramáticos, más trágicos incluso, de la cruda realidad. Películas tras las que, como vanamente intenta explicarle a Calista un muy adusto novio juvenil, te sientes emocionalmente agotada. Te sientes como si alguien te hubiera dado una auténtica paliza. Te han machacado el alma. Han destrozado tu fe en la humanidad. Nunca habías visto tanta fealdad y tanto horror en una pantalla. Ante lo que Calista, cuya progresiva cercanía sentimental con Wilder en la novela la hará compartir la melancólica visión del mundo del anciano, se dirá: Empezaba a pensar que a lo mejor había nacido en el momento equivocado

El momento equivocado. El inexorable paso del tiempo. La añoranza de un ayer en el que todo es percibido -desde nuestro ya triste presente- como exultante y feliz. El pasado que queremos inútilmente atrapar pero que no vuelve. Fedora es, en este sentido, una suerte de testamento artístico de su director, a la vez que la metáfora perfecta del estado de ánimo, del sentir, de la nostalgia que aqueja el alma de Billy Wilder en esos momentos declinantes de su carrera. En último término, El señor Wilder y yo es, además de una muy apreciable novela que se disfruta con fruición (yo la leí, embebido y ajeno al paso del tiempo, en un viaje en tren de ida y vuelta a Madrid, pesaroso de que el trayecto -el literario- llegara a su fin), una muy melancólica reflexión sobre la pérdida de la juventud (esos personajes […] que luchan por encontrar su papel en un mundo al que ya solo le interesan la juventud y la novedad), sobre el quebranto de las ilusiones, sobre lo que la vida hace con nuestros sueños, sobre el fracaso y la derrota consustanciales a la existencia. Y, a la vez, es un muy vivificante alegato sobre los muchos motivos para la felicidad, sobre la necesidad de disfrutar con pasión de cada instante, de cada detalle, de cada momento, de cada vivencia, sobre los innumerables alicientes que ella nos ofrece, como comprenderá Calista, tiernamente agradecida -como lo está el lector- por las enseñanzas del maestro.

El señor Wilder y yo es, a la postre, un amable aunque contundente alegato a favor del cine. Porque el cine (un tipo muy particular de cine, el de la época dorada de Hollywood, del que apenas quedan, por desgracia, rastros en las actuales frenéticas pantallas de las languidecientes salas) es una de las más inteligentes, inspiradoras, emocionantes, cautivadoras, agradables, encantadoras y eficaces armas para escapar del absurdo de la insulsa y roma cotidianidad, para poblar de magia y deseo y anhelos y quimeras y ensueños y fantasía nuestras vidas, para dotar de sentido a la existencia. El cine es la vida mejorada, multiplicada, embellecida. Y ello, el amor por el séptimo arte, encarnado en ese Billy Wilder entrañable, cercano, afable, íntimo, cálido, afectuoso, que se abre a Calista, que le hará confidencias, que le mostrará sus debilidades, su fragilidad. 

En relación con el vínculo de la novela con las demás de la serie, y aparte de la ya mencionada presencia de Gill, debo señalar una singularidad estructural muy frecuentada por Coe que consiste en la inclusión en el relato de recursos narrativos (fotografías, cintas grabadas, música, cartas, en este caso el cine y en particular un guion de Wilder en el que aparece un personaje, un joven nervioso (muy joven, como de diecinueve o veinte años), de nombre… Thomas Foley), que afloran en paralelo o intercalados en el discurso principal del libro, enriqueciendo esa historia central al ofrecer, en formatos diversos y con voces distintas, versiones complementarias de la narración “base”. Este rasgo de estilo llegará a su máxima expresión en el último libro del ciclo, como luego desarrollaré. 

Yo leí Bournville, entusiasmado, las pasadas Navidades, aunque por diversas circunstancias no he podido comentar hasta ahora (¡son tantos los libros leídos y disfrutados que quiero compartir en este espacio y que se me van acumulando sin encontrar la ocasión propicia para hacerlo…!). Coe ha contado en alguna entrevista la génesis -muy emotiva y conmovedora- de su libro. Cuando tras la pandemia se fueron suavizando las restricciones del confinamiento, en junio de 2020, y Jonathan pudo acercarse a la casa de su madre en Bromsgrove, un distrito de Birmingham, después de tres meses sin verla debido al encierro, lo primero que hizo la anciana señora -ochenta y seis años- fue darle una pequeña barra de chocolate Cadbury como hacía todos los días cuando, de niño, él llegaba a casa del colegio. Tanto la conocida marca británica, de notable dimensión internacional, como la empresa a la que pertenece son un emblema de Birmingham, la ciudad que se erige en el marco habitual de gran parte de la novelística de Coe; siendo Cadbury en especial y su particular universo, además, un “personaje” muy relevante en Bournville. Sentados en el jardín, madre e hijo recuerdan la infancia del escritor en relación con una novela que está pensando escribir. A las pocas horas, ya de vuelta en Londres, Jonathan recibe una llamada de uno de sus hermanos diciéndole que su madre no se encuentra bien, aunque no ha podido verla porque a causa de las estrictas normas de la Covid no se les ha permitido entrar. Esa misma noche, Janet Coe moriría, sola, a causa de un aneurisma, una bomba de relojería con la que convivía desde hacía años, complicado por el virus. La novela que el escritor estaba planeando, en la que pensaba recorrer “el estado de la nación” desde 1945 hasta el momento actual, tomó una dimensión distinta, marcado ahora ese presente y fijado ya para siempre en la fecha de fallecimiento de su madre. Cuando, tiempo después, el escritor y su hermano empiezan a limpiar y organizar la casa de la anciana, se encuentran cajas llenas de diarios de los años 40 y 50. Ello, el impacto de su muerte y el hallazgo del material, modifica en parte su plan original que reconvierte en un proyecto de contar la vida de su progenitora en paralelo a la historia de Gran Bretaña durante los últimos setenta y cinco años, en un enfoque dual no demasiado distante, por otro lado, de las pautas habituales de sus libros, que entrelazan con brillantez, como he señalado, ambas dimensiones, la íntima/ personal y la histórica/política, aunque no de un modo tan explícitamente referenciado como en ésta. En la Nota del autor que aparece en el colofón del libro, fechada en Londres el 21 de abril de 2022, confiesa este carácter autobiográfico de su obra: Aunque Bournville es una novela -afirma- y una obra de ficción, el personaje de Mary Lamb está fundamentalmente basado en mi difunta madre, Janet Coe. Sin embargo, cualquier conexión con mi propia historia familiar se acaba ahí. En concreto, no hay ninguna semejanza entre el marido de Mary, Geoffrey, y mi padre, Roger Coe, un hombre agradable, muy querido por su familia, cuya vida laboral no transcurrió en un banco sino en Lucas Industries, donde se dedicaba a diseñar baterías para automóviles cada vez más eficientes. Del mismo modo, todos los otros miembros de la familia Lamb plasmados en este libro (Jack, Martin, Peter, Angela, Bridget y Lorna) son creaciones ficticias, y aun cuando he situado la historia en lugares de las Midlands que me son familiares por mi infancia, las cosas que les suceden son totalmente inventadas

Y subraya: El capítulo titulado «La parte superior de la cabeza de mi madre» [en el que relata las vicisitudes de la muerte de la anciana protagonista, idénticas a las de la de su propia madre] fue originalmente escrito para leerlo en voz alta en el Massenzio Festival de Roma en julio de 2021. Aunque lo he corregido un poco para adaptarlo a la personalidad de Peter Lamb, es por lo demás un fiel relato de la muerte de mi propia madre en la madrugada del 10 de junio de 2020. Cuando volvía en coche a casa, atravesando el paisaje de Oxfordshire tras la última visita que le hice, no escuché el Hymnus Paradisi de Howells, sino una bella canción titulada «Silence», de la cantautora Dos Floris. Casi dos años después de eso, todavía me entristece y enfurece por igual que mi madre muriera sola, sin ningún alivio para su dolor, y que a los miembros de su familia no se les permitiera el contacto personal con ella, como así fue. Pero entonces, como miles de familias en todo el país (y no como los ocupantes del número 10 de Downing Street en ese momento), nos limitábamos a seguir las normas

La “trama” de Bournville se abre con un prólogo ubicado en Alemania en marzo de 2020, en esos momentos iniciales en los que se desatan las primeras oleadas de pánico por el coronavirus. Lorna Simes, una muchacha que se desempeña como recepcionista de un edificio de oficinas en el centro de Birmingham pero con una modesta carrera musical paralela (toca el contrabajo en un dúo con Mark, guitarrista, con el que han grabado un disco de jazz que ha pasado desapercibido en su país, pero que ha gozado de una relativa repercusión en Europa), se encuentra en Viena, en la primera etapa de una prometedora gira que incluye varios conciertos en Alemania. La última actuación prevista, tras las de Múnich, Hanóver, Hamburgo y Berlín, y que debía tener lugar en Leipzig, será suspendida como consecuencia de la generalizada eclosión del virus. Desde allí, en una de las múltiples llamadas por Skype que Lorna mantiene a diario con su anciana abuela Mary -la Abu, como la llama-, ésta recuerda al abuelo de su marido -tatarabuelo de la chica, pues-, Carl Schmidt, del que hasta entonces la joven no había oído hablar y que, al parecer, era originario de esa ciudad alemana. Abandonando a Lorna con los complicados trámites de su vuelta a Inglaterra en las difíciles circunstancias del momento, Coe nos muestra ahora a la anciana tras la videoconferencia, acompañada de uno de sus hijos, Peter, y explorando sus difusos recuerdos del difunto abuelo de su marido (no me acuerdo mucho de él –dijo–. Yo era muy joven. Parecía muy estricto y bastante temible. Yo le tenía muchísimo miedo), un hombre que había llegado a Birmingham en misteriosas circunstancias en la década de 1890 y había sobrevivido allí a dos guerras mundiales. ¿Cuándo lo conociste?, le pregunta Peter, interesado por una historia que él también ignora: –Bueno, de eso sí me acuerdo, claro. –¿Y cuándo fue? –Al final de la guerra. –¿Sobre el 44 o el 45 entonces? –No, no. Me refiero al final de verdad. –Le dio un cuidadoso sorbo a su té, que seguía caliente–. Justo cuando se acabó todo –dijo–. El Día de la Victoria y todo ese rollo

La novela da aquí un salto en el tiempo y se retrotrae setenta y cinco años, hasta el 8 de mayo de 1945, el V-E Day, el Día de la Victoria en Europa, cuando la pequeña Mary celebra con su familia el ansiado fin de la guerra en su casa de Bournville, que ya desde el principio se nos muestra no solo como el lugar “físico” donde transcurre gran parte de la acción, sino también como símbolo, como metáfora de un ideal perdido -de familia, de sociedad, de país- al que la literatura de Coe siempre alude, de un modo u otro. Fundada por la familia Cadbury como una comunidad obrera modelo, una suerte de experimento colectivo, Bournville encarnó durante décadas un sueño de armonía social basado en el trabajo, la educación, la salud pública y la cultura. En la segunda mitad del siglo XIX, los Cadbury, dos hermanos cuáqueros propietarios de una fábrica de cacao en el centro de Birmingham, se vieron obligados a trasladar su industria a las afueras debido a la expansión de su negocio. Encuentran el lugar ideal a pocos kilómetros al sur de la ciudad, en unos terrenos amplios, bien comunicados, rodeados de naturaleza y especialmente propicios para llevar a cabo su proyecto, revolucionario para su tiempo: condiciones laborales justas, respeto por los trabajadores e incorporación de los principales avances sociales que en esa época formaban parte del debate teórico del Derecho laboral: énfasis en la seguridad, la higiene y la prevención de la salud de los empleados, reconocimiento de las modernas fórmulas de representación de los trabajadores e impulso -apreciable, aunque todavía tímido- de unas incipientes prestaciones de seguridad social. En torno a las instalaciones fabriles, la entusiasta y anticipadora voluntad de los Cadbury se embarcó en la construcción de viviendas -un pueblo, en realidad-, con casas confortables, jardines, servicios e instalaciones comunales que permitieran el ocio, el deporte, las actividades recreativas y la formación de los trabajadores y sus familias, en un muy loable esfuerzo inspirado en el espíritu de las modernas, ilustradas y renovadoras utopías de aquel tiempo (en la escritura de Fundación del Pueblo de Bournville en 1900 se indicó expresamente, prueba de ese ánimo regeneracionista que inspiraba a los fundadores, que se suprimiría por completo la venta, distribución o consumo de cualquier bebida alcohólica en su perímetro, en información que podemos leer en la novela). Este escenario relativamente idílico -que desde hace más de un siglo constituye el marco de referencia de la vida de miles de personas en Birmingham- enmarca también la trayectoria de los protagonistas del libro (cuyo título es, en este sentido, suficientemente explícito del importante papel que en ella desempeña el pueblo) cuyas existencias se desarrollan, en su mayor parte, en Bournville. 

Desde ese núcleo central Coe va dando cuenta al lector de las vicisitudes de la vida de Mary y su familia, imbricando sus andanzas, peripecias, circunstancias y episodios con siete momentos trascendentales, de importante valor simbólico, en cierto modo puntos de inflexión, de la historia reciente de la nación británica, plasmados en acontecimientos y fechas en torno a los cuales se articulan los distintos capítulos de la novela: el mencionado Día de la Victoria en Europa, la coronación de la reina Isabel II, la final de la Copa del Mundo de fútbol, la investidura de Carlos como príncipe de Gales, su boda con lady Diana Spencer, el funeral de Diana, tras su accidente mortal, y por fin el septuagésimo quinto aniversario, el 8 de mayo de 2020, de aquel Día de la Victoria en Europa en el que se inició la historia. 

Así, en la primera sección del libro, y tras un breve apunte con el que se presentan los antecedentes de nacimiento de Bournville y de la singular aventura de los Cadbury, conocemos a Sam y Doll Clarke, padres de la pequeña Mary, envueltos todos en la excitación de aquel día excepcional. Asistimos a las quejas de la niña agobiada, en un combate a muerte con Beethoven, pues la estricta señora Barker, su profesora de piano, no acaba de estar satisfecha con la interpretación que hace Mary de la Écossaise del compositor; el discurso de Churchill en la radio; la chica, solo once años, haciendo sombreritos de papel conmemorativos; Sam, aburrido en casa, sin tener que ir a la fábrica, en una jornada de permiso general; la caminata con su colega Frank Lamb para allegarse al pub más cercano, obviamente fuera del pueblo, dados los postulados que, como he señalado, rigen la convivencia social; los parroquianos escuchando, exaltados, el discurso del Rey en tan señalada fecha; la solitaria señora Barker aceptando asombrada la invitación a cenar con madre e hija en casa de los Clarke; la conversación girando sobre los recuerdos de los meses de la guerra: los bombardeos, el trabajo de Doll en Cadbury, abandonada temporalmente su producción “natural” y reconvertida en fábrica de armamento durante la contienda, la desenvoltura de Mary teniendo que ir sola al colegio, la previsible reanudación, ahora que la guerra ha terminado, de la producción de chocolate en la factoría; la celebración nocturna en los campos aledaños, los festejos, la hoguera, los caballetes con comida, las luces y las banderolas, el ambiente bullicioso; el encuentro allí entre Sam y Frank con sus mujeres y sus familiares, Doll y Mary, por un lado, y, por otro, Bertha, la señora Lamb, con su padre medio alemán, un Schimdt cuya existencia ya conocimos en el capítulo introductorio; la irrupción de los jóvenes del pueblo recién llegados del frente, su jocosa imitación de Hitler; el desagradable incidente, un malentendido y una agresión, entre los muchachos y el anciano padre de Bertha Lamb, con un especial protagonismo del bravucón Nell, el elegante y educado Kenneth y el tímido Geoffrey, hijo de los Lamb. 

Se sientan aquí las bases del relato, presentados los principales protagonistas y establecido el marco geográfico en el que van a desenvolverse, con inmensas elipsis, las historias de unos y otros. Así, en la segunda sección, centrada en el 2 de junio de 1953, la familia y los vecinos se agolpan ante el novedoso televisor que retransmite la ceremonia de coronación de la reina Isabel II y muestra la emoción de la multitud, la infinidad de banderas británicas, las escarapelas rojas, blancas y azules (blancas y negras, como es obvio, en la pantalla), los gritos de los vendedores de banderines y baratijas patrióticas, el clima general de entusiasmo e ilusión de un país que apenas siete años antes se hallaba envuelto en una guerra y que ahora se abre a una nueva etapa. En paralelo, y en un breve flashback hacia el otoño de 1951, Geoffrey Lamb, de veintidós años, ha empezado a cortejar a Mary, de solo diecisiete, cuando ella todavía va al colegio. Un par de años después, el día de la coronación la chica está ante la Abadía de Westminster, intentando abrirse paso entre las masas para no perderse ningún detalle de la ceremonia. Ella vive ahora en Londres, en donde estudia para ser profesora de Educación Física, y compagina, no sin vacilaciones, su afecto por Geoffrey con el interés que le despierta el culto y atractivo Kenneth. La visión de la familia real en el balcón del palacio de Buckhingam, precisamente el tipo de familia que ella pretendía y esperaba tener en unos cuantos años, la colma de esperanza, en una nueva manifestación del vínculo entre la vivencia personal y el destino colectivo. 

Y la narración salta ahora a mediados de los sesenta, julio de 1966. Inglaterra y Alemania juegan en Wembley la final del mundial de fútbol. Mary tiene treinta y dos años. Geoffrey y ella llevan once casados. Tienen tres hijos, Jack, Martin y Peter, de diez, ocho y cinco años. La carrera profesional de Geoffrey ha dado un giro inesperado y aquel tímido y sensible chico intelectual estudiante de Clásicas se desempeña como director de un banco. Mary es ahora buena amiga de su prima Sylvia, que tras un primer fracaso matrimonial conoció a Thomas Foley, un funcionario público con el que se ha casado y con el que tiene una hija, la pequeña Gill. La vida es feliz para todos en un país que ha superado la austeridad de la posguerra y se abre a un futuro luminoso. El ambiente se llena de las canciones de los Beatles, los Kinks, los Rolling Stones, los Hollies, los Who, jóvenes con pelo largo y camisas floreadas que dibujan con su música un mundo de melodía y color, libertad e ingravidez, ambigüedad y transgresión. En el estadio, en un episodio impregnado de simbolismo, en un encuentro que exacerba las pulsiones nacionalistas del país (Puede que Alemania Occidental nos venza hoy en nuestro deporte nacional, escribe un cronista, pero no dejaría de ser justo. Nosotros les vencimos dos veces en el suyo), con un arbitraje controvertido que recuerdo perfectamente -y la situación en que también yo, en un entorno familiar, vi el partido en un “primerizo” televisor en blanco y negro-, Inglaterra ganará la Copa del Mundo. 

El eje sobre el que gravita la cuarta sección del libro es otra ceremonia monárquica, la investidura de Carlos como príncipe de Gales el 1 de julio de 1969. Y ello es la excusa para que Coe nos lleve, junto a las dos familias, el matrimonio Lamb y sus tres hijos, y los Foley con Gill y David, los dos suyos, a un bello paraje de Gales, Capel Celyn, en el que el encuentro con los lugareños, en particular con Sioned, la hija de unos granjeros, que defienden la singularidad galesa y reprueban el nombramiento del joven Carlos, da pie a introducir en el relato, por entre los recuerdos felices de la excursión familiar, los complejos asuntos relativos a la cuestión nacional británica, además de incorporar al elenco a esta Sioned que acabará por reaparecer en capítulos posteriores fechados años después. 

Sobre otro acontecimiento relacionado con el príncipe Carlos, su muy mediática boda con Lady Diana Spencer, el 29 de julio de 1981, cuyos pormenores yo seguí sin demasiada atención en Mónaco, en la radio de un coche con el que recorría Europa en esas fechas, en mi primer viaje ya como profesor -y por tanto con una cierta holgura económica-, se articula la quinta sección de libro. La nómina de personajes se amplía, Martin está casado con Bridget y están instalándose en su nuevo domicilio, en Bournville, a menos de un kilómetro de la que había sido su vivienda familiar en la infancia. Allí preparan la fiesta de inauguración de la casa, que coincidirá con la retransmisión televisiva de la boda, y hacen recuento de sus invitados: sus padres Mary y Geoffrey; los abuelos que le quedaban vivos, Doll, Sam y Bertha (Frank Lamb ha fallecido); sus hermanos, Peter y Jack; la actual novia de Jack, Patricia; sus nuevos vecinos, los Taylor, y Sathanam y Parminder Gupta, de origen indio, en una circunstancia que junto a la raza negra de Bridget introduce en el libro otro aspecto “sociológico” relevante en la sociedad británica, la cuestión racial y la inmigración, con los cambios que ello conlleva (una zona de la ciudad que no había pisado antes, donde la mayor parte de los letreros de las tiendas estaban en urdu, y el aire tenía un olor dulzón por el aroma de las especias exóticas que salía flotando de las tiendas de comestibles y los restaurantes). Estamos en los años del Gobierno de Margaret Tatcher y en las conversaciones entre los personajes afloran otros aspectos destacados de la época: los disturbios y las revueltas sociales, generalizados a causa del paro, la pobreza y la mala administración. Martin, que trabaja en Cadbury, acaba de ser nombrado Asistente del Gerente de Exportaciones, lo que abre la novela a una dimensión muy interesante que tendrá continuidad en capítulos posteriores: la rigurosa normativa europea no considera que el chocolate de Cadbury, ni ningún chocolate inglés, cumpla los estándares continentales sobre chocolate, al contener demasiada grasa vegetal y poca manteca de cacao. Esta circunstancia introduce en el libro un hilo que será sustancial en él -como lo era en otras novelas de Coe-, las siempre complejas relaciones entre el Reino Unido y Europa. El capítulo incluye un largo y magistral excurso en el que se repasan las películas de James Bond, que se habían convertido en una tradición familiar (de la que Mary se desmarcaría cuando Roger Moore sustituyó a Sean Connery en el papel principal de la serie) desde una primera visita de los Lamb al cine una noche a principios del verano de 1969, en unas páginas espléndidas en las que las aventuras del popular y muy británico espía se entrelazan con episodios de la vida de los protagonistas y de la de su país. 

El funeral de Diana, el 6 de septiembre de 1997, es otro hito en esos dos frentes principales de la novela. Reaparece Lorna, hija de Martin y Bridget, ahora una niña de siete años, que juega con la Abu y muestra en su piel, al igual que sus hermanos Susan y Iain, la mezcla de razas; Peter es un reconocido intérprete de violín y su relación matrimonial con Olivia languidece, sobre todo tras la aparición en la vida de él de Gavin, un joven músico (y tras él, Teddy, de presencia más sólida en su vida); Jack tiene una nueva mujer, Angela; David Foley, hijo de Sylvia, da clase en la Universidad y escribe poesía; el Mercado único europeo recrudece la guerra del chocolate y los seculares antagonismos entre las islas y el continente; y en uno de los muchos guiños a la realidad histórica del país que atraviesan el relato aparece un joven y atrevido periodista, de nombre Boris, cuyo retrato -inequívoco- es despiadado (comenzaron a llegarle voces de un miembro de ese grupo que era totalmente diferente: tenía como una fregona de pelo rubio en la cabeza y conducía por Bruselas en un Alfa Romeo rojo, con heavy metal sonando a todo trapo en el equipo del coche, conocía la Unión Europea a fondo porque había pasado gran parte de su infancia en Bruselas, estudiado en Eton y presidido la Oxford Union, y había decidido sobrevivir a la tediosa tarea de informar sobre Bruselas para el Daily Telegraph tomándoselo todo a broma, manipulando alegremente los hechos e inventando historias, como si las actividades del Parlamento Europeo formasen parte de un elaborado complot para ponerles la zancadilla a los ingleses a la menor ocasión). Las multitudinarias y emocionantes exequias de Lady Di, celebradas entre el fervor popular, el impresionante duelo colectivo y las reticencias de la familia real, se presentan como una ocasión para el cambio social. 

Y ahora estamos por fin en el septuagésimo quinto aniversario, el 8 de mayo de 2020, de aquel Día de la Victoria en Europa en el que todo dio comienzo. Mary está sola, viuda desde hace más de siete años. Dos de sus hijos, Martin y Jack, viven cerca, a apenas media hora. Peter en Londres, algo más alejado, a solo dos. Los tres son ya sesentones. Mary sigue en su casa de siempre, algo incómoda para sus ochenta y seis años pero llena aún de ganas de vivir, aunque sus padres y su marido hubieran muerto, aunque no vea a sus hijos y nietos tanto como querría, aunque su delicada salud la lleve a atisbar un final cercano. Palía su soledad y su necesidad de conversación, de contacto, hablando a Charlie, su gato, y a su crónico y amenazante aneurisma y manteniendo viva su costumbre de telefonear a Peter todas las noches. Las relaciones familiares se han ido enturbiando (Jack y su cuñada Bridget, por ejemplo, han dejado de hablarse) a causa, fundamentalmente del Brexit, uno de los dos acontecimientos públicos y colectivos cuyas repercusiones impregnan las páginas todas de esta sección, con infinidad de referencias al futuro de Cadbury, convertido ahora, en parte, en un parque temático, Cadbury World (Mary preguntará a sus nietos que quieren que vote en el polémico referéndum, dado que el resultado afectaría a su futuro, no al suyo). 

Todos los hilos que Coe ha ido dejando sueltos a lo largo de la novela se van anudando -de la misma imprecisa manera en la que lo hace la vida- y, por tanto, en el capítulo reaparecerán, además del “núcleo duro” familiar, otros personajes como David Foley, Lorna, Sioned, la chica galesa, el Kenneth de las primeras páginas. Hay, incluso, alguna sorprendente revelación sobre Thomas Foley, ya fallecido, que conecta con la trama de la primera novela de la serie. 

Una fiesta conmemorativa del aniversario del Día de la Victoria organizada por el Bournville Village Trust, que administra y gestiona el proyecto inmobiliario, hace que Mary reviva los recuerdos de la lejana fecha y la lleve a visitar el domicilio familiar de entonces, ocupado ahora por el matrimonio Nazari, iraníes llegados como refugiados a Inglaterra años antes. Las precauciones que ya impone el coronavirus (el segundo de los referentes de la vida social que enmarcan el capítulo) le impiden aceptar la invitación de sus amables propietarios actuales para entrar en su antiguo hogar. Meses después, tras el fallecimiento de Mary (narrado en ese emotivo paréntesis, de título La parte superior de la cabeza de mi madre, que escribe Peter al “dictado” de la propia experiencia autobiográfica, ya comentada, de Jonathan Coe), Shore y Farzad Nazari encontrarán, tras unas obras en la casa, una pequeña caja de cartón con una fotografía de un muchacho, un par de agendas de 1943 y 1944, un triángulo metálico, probablemente un trozo de metralla de la guerra, y con un nombre escrito en uno de los diarios: Mary Clarke, 12 Birch Road, Bournville. Edad: 9 años. La pareja recuerda entonces la extraña visita de Mary en los primeros días del confinamiento: –La señora mayor que vino el Día de la Victoria –dijo Shoreh–. Deben de ser de ella. Qué increíble. Tenemos que intentar conseguir su dirección y devolvérselas

El final de la novela, en el que, con una inequívoca intención Coe deja el protagonismo a Shored Nazari, resulta, además de conmovedor, altamente significativo del propósito último -íntimo y colectivo- del proyecto literario de su autor: 

De pie en el umbral de la casa, con la escoba en la mano, escuchando el sonido lejano de las voces infantiles, Shoreh sentía que habitaba a la vez el pasado, el presente y el futuro: le recordaba su propia niñez, sus días escolares de hacía más de veinte años, la pequeña escuela primaria de Hamedan, un viejo pero vívido recuerdo, aunque también le recordaba que aquellos niños que gritaban y cantaban serían los que cargarían los años siguientes sobre sus hombros. Pasado, presente y futuro: eso era lo que percibía en el estruendo de las voces infantiles que venían del patio en el recreo del mediodía. Como el murmullo de un río, como un golpe de marea, un contrapunto lejano al frufrú de su escoba en el umbral, una voz incorpórea susurrándole al oído una y otra vez como un mantra: Todo cambia, pero todo sigue igual. 

No quiero cerrar esta larga reseña sin comentar el uso sobresaliente que hace Coe en Bournville de un recurso técnico que ha utilizado también de manera recurrente, aunque no de un modo tan acusado, en el resto de las novelas de la, por ahora, tetralogía. Y es que, por entre el discurso narrativo más o menos convencional, siguiendo la línea de tiempo que marcan los siete acontecimientos relevantes de la historia personal, familiar y social, al relato se incorporan de continuo textos, documentos, escritos varios, de géneros, formatos, estructura, orígenes y configuración muy diversos: fragmentos de diarios, trascripciones de discursos y locuciones radiofónicas, incisos con pensamientos íntimos de los personajes que se superponen a las acciones externas que están llevando a cabo, poemas, capítulos que siguen los movimientos de una pieza musical, en particular la composición Quatuor pour la fin du temps, de Olivier Messiaen, informes de Comités europeos, programas de conciertos, alocuciones políticas, en particular una de aquel Boris que de joven y controvertido periodista ha llegado a ser primer ministro (y Coe, una vez más, se ceba inmisericorde en él), las palabras de la Reina en el triste aniversario del Día de la Victoria, marcado por la reclusión de la pandemia; transcripción de normas jurídicas, el propio texto escrito por Peter relatando la muerte de su madre. 

Y además, en todo ello, sobrevolando el texto, el habitual sentido del humor de Coe, menos notorio que en otras obras, pero aun así perceptible. Un humor ácido en todo lo relativo al caricaturesco trasunto de Boris Johnson, y menos hiriente y más british en otras ocasiones, como cuando, en 1952, Mary y Kenneth van al teatro al estreno de La ratonera, la obra de Agatha Christie que se representó ininterrumpidamente desde esa fecha hasta marzo de 2020, cuando la crisis del coronavirus obligó a paralizar las funciones, y tras la experiencia, Mary confiesa a su diario: debo decir que me desilusionó un poco y me pareció bastante floja comparada con sus novelas. Muy lenta y previsible. Me alegro de haberla visto ahora porque me imagino que no tardarán mucho en quitarla. También, en un guiño para iniciados, cuando convierte a Jorge Herralde, su editor en España, creador y responsable durante años del sello Anagrama, en un eurodiputado que se preocupa por el etiquetado del chocolate. 

En fin, infinidad de razones para leer no solo esta sobresaliente Bournville sino también los tres libros anteriores de la serie, cada uno de los cuales, es cierto, admite una lectura autónoma -tal y como yo lo he ido haciendo a medida que aparecían en nuestro país- pero que ganan si se leen de manera organizada y sucesiva. Os dejo con un fragmento, altamente emocionante, aunque también revelador del tono y hasta -algo más escondido- del propósito de esta novela por ahora postrera del ciclo. Tras él, Silence, de la cantautora Dos Floris, la canción que el propio Jonathan Coe escuchó en su coche cuando volvía a su casa en Londres después de la que habría de ser la última visita a su madre.

¡¡Pasad unas muy agradables Navidades!! ¡¡Feliz 2026!!


Peter no estaba acostumbrado a oír a su madre hablar así, y no sabía cómo reaccionar. A veces tenía la sensación de que se entendían perfectamente; y otras, como en ese momento, parecía que había kilómetros de distancia entre ellos. A un nivel racional, superficialmente, veía que se había ido apartando de ella y que ya no tenían casi nada en común. Pero a veces seguía habiendo momentos de conexión entre los dos que lo desmentían. En enero, en pleno invierno, ella había ido Londres para hacerle una visita en el Royal College of Music y él la había llevado a un concierto que daban sus compañeros. Su padre no había querido ir, prefirió quedarse en la habitación del hotel toda la noche. La pieza que iban a tocar era el Hymnus Paradisi de Howell, que ni Peter ni su madre habían escuchado nunca. Los asientos del salón de conciertos estaban muy juntos y, como hacía frío dentro, su madre no se quitó el abrigo de piel de imitación, así que se vieron forzados a una cercanía física a la que Peter se abandonó placenteramente en cuanto comenzó la música: era como apretujarse contra una especie de criatura del bosque, cálida, tierna y enormemente reconfortante, salida de un libro de cuentos para niños. En aquel estado medio infantil se dejó llevar por la música, sin saber muy bien qué esperar, y entonces se dio cuenta de que estaba escuchando una de las piezas más conmovedoras que había oído en su vida. Sabía que Howell la había escrito tras la muerte de su hijo, pero aquella obra, lo notó enseguida, trataba de más cosas que la muerte, de más cosas que una tragedia personal. En las desgarradoras disonancias del primer movimiento, en la cristalina y frágil melodía entonada por la soprano en el segundo, podía percibir una expresión de dolor ante cualquier pérdida que él o cualquiera hubiera experimentado nunca (de la inocencia, de la infancia, de una oportunidad, de la esperanza) hasta que la música se fue convirtiendo en un auténtico aullido de dolor ante el hecho más simple y cruel de todos: el propio paso del tiempo. Mientras sentía un cosquilleo en el cuero cabelludo por la tremenda belleza de la música, se inclinó aún más hacia el cuerpo de su madre y supo que estaba sintiendo las mismas cosas, y que aquellos instantes que estaban compartiendo, aunque ya empezasen a formar parte del pasado, nunca los olvidarían, ninguno de los dos. Más tarde, cuando salieron del salón de conciertos, vieron que había comenzado a nevar en la calle y, mientras iba caminando con su madre de regreso al hotel, se cogieron del brazo y cuando miró fugazmente hacia abajo para ver cómo aterrizaban los copos sobre la manga de su abrigo se produjo otro de aquellos momentos imborrables, y la cercanía entre ellos pareció absoluta, inquebrantable.

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