Vivo entre muchos libros y extraigo una gran parte de mis ganas de vivir del hecho de que aún leeré la mayoría de ellos. (Elias Canetti)

domingo, 27 de septiembre de 2026

MARÍA LÁZARO ÁVILA. GENERACIÓN IA
  
Continuando con la serie que en estos días de septiembre, coincidentes con el inicio del curso en todos los niveles de enseñanza, Todos los libros un libro está dedicando a ese interesante universo, hoy quiero presentar un libro, de título Generación IA, también centrado, como el anterior del ciclo, en el impacto educativo del hoy omnipresente algoritmo y en el que, sin renunciar a la solidez argumentativa, su autora elige un enfoque divulgativo y práctico que facilite la lectura por parte de los adolescentes y jóvenes, a quienes se dirige fundamentalmente el libro (sin excluir, antes al contrario, a padres, docentes y educadores, ni, en general, a cualquiera interesado en los efectos disruptivos que con vertiginosa aceleración está introduciendo en nuestras vidas la IA) y les permita informarse sobre el uso responsable, creativo y seguro de la inteligencia artificial. 
 
El sustrato teórico de base, las ideas principales, los asuntos sobre los que se pone el acento, las alarmas, los avisos, las llamadas de atención, las sugerencias, muchas de las propuestas, el espíritu en suma, la atmósfera que ya estaban presentes en IA y Educación, mi anterior propuesta sobre el asunto, son también notorios en este Generación IA (de hecho, en la sección de “Agradecimientos” de este segundo libro se menciona, entre otros muchos expertos en la materia, a Carlos Magro, uno de los autores del primero y ya reseñado; prueba palpable, a mi juicio, de la evidente confluencia de intereses, inquietudes y premisas de partida). Hay entre ambos, sin embargo, diferencias notables en el propósito, el enfoque, la intención y el planteamiento, mucho más prácticos y guiados por la aplicabilidad y el uso directo de sus postulados por parte del lector en esta segunda obra, escrita por María Lázaro Ávila y publicada en mayo de este mismo año por el grupo editorial Anaya, incluida en su sello Anaya Multimedia dentro de la línea de textos englobados bajo la rúbrica Social Business, una colección de libros especializados en temas relacionados con la transformación digital, el uso estratégico de las redes sociales, el marketing digital y la gestión empresarial en un mundo conectado. 

El currículo de María Lázaro Ávila es deslumbrante; en consecuencia, su condición de experta y su idoneidad en los asuntos objeto de su libro le otorgan, ya a priori, sin necesidad de avanzar en sus páginas, una indiscutible confianza por parte de los lectores, conscientes, por tanto, de que las ideas con las que van a cruzarse vienen avaladas por el profundo conocimiento y la amplísima experiencia práctica de la autora en el universo -complejo y profundo, en cambio permanente, envuelto en una vertiginosa, acelerada e inagotable vorágine de novedades, y por tanto casi inabarcable- de las innovaciones tecnológicas, principalmente, y de sus repercusiones educativas, en segundo término. Con una trayectoria de más de un cuarto de siglo en marketing online, transformación tecnológica y educación digital -tomo los datos de la biografía profesional que recoge el libro-, es en la actualidad CEO y cofundadora de Mayansi, una consultora especializada en digitalización con impacto sostenible y alfabetización digital. Participa como experta en distintos grupos de asesoramiento institucional en los temas de su dominio. Es docente de marketing digital con inteligencia artificial en distintas universidades, e imparte talleres y cursos de formación en ayuntamientos, fundaciones y centros educativos en relación con el uso responsable y ético de la tecnología -en particular de las redes sociales- por parte de los menores. Ha escrito varios libros y guías sobre la materia, presentado “videopodcast”, codirigido programas educativos de televisión, siendo también responsable de un blog, Hablando en corto, que está considerado uno de los más influyentes del sector digital español. Os recomiendo, por si mi presentación de la autora y, tras este preámbulo, de su libro no resultaran suficientemente convincentes sobre lo valioso del interesantísimo análisis llevado a cabo por una profesional tan competente, que veáis el vídeo que recoge la mesa redonda celebrada recientemente (el 24 de junio de este año) en la Fundación Telefónica, un evento que contó con la participación de la propia María Lázaro, Ainara Zubillaga, directora de Educación y Formación de la Fundación Cotec para la Innovación, y Nieves Ábalos, cofundadora de Monoceros Labs y Women in Voice Spain. La conversación y el debate, moderados por el periodista Alberto Iglesias Fraga, giraron, claro está, sobre el libro del que ahora quiero hablaros y sobre algunos de los apasionantes asuntos a los que se abren sus propuestas. 

El ensayo se abre con un prólogo de Alberto Gago, Director General de la Agencia Española de Supervisión de la Inteligencia Artificial (AESIA) dependiente del Ministerio para la Transformación Digital y de la Función Pública, que desde su posición institucional subraya la importancia del libro para desarrollar en quien lo lea -singularmente los jóvenes, insisto- el espíritu crítico, la capacidad de adaptación, el conocimiento, las habilidades -no solo estrictamente digitales-, los valores y la responsabilidad para aprovechar las muchas potencialidades de una tecnología que está transformando -y a velocidad creciente- la manera en la que trabajamos, aprendemos, nos informamos y hasta gestionamos nuestra vida cotidiana; una herramienta capaz de descubrir fármacos, de hacer frente a retos sociales, de dar respuesta a las emergencias climáticas, entre otras muchas, y fecundas, virtualidades, pero que también entraña indudables -y en algunos casos enormes- peligros. Invitar a entrenar esa mirada crítica es, a juicio del prologuista, la intención última, y en mi criterio el mayor logro, de un libro que se inscribe en el horizonte de una inteligencia artificial que, bien comprendida y gobernada, puede ser una herramienta extraordinaria para el progreso humano. 

María Lázaro plantea las premisas de su trabajo y avanza la estructura bajo la que se va a organizar en un texto introductorio en el que inicialmente examina los antecedentes inmediatos del auge de la inteligencia artificial generativa entre el ciudadano común. Todo empieza el 30 de noviembre de 2022, el día que todo cambió (yo hubiera escrito “el día en que todo cambió”, aunque mi objeción es discutible, pues ambas opciones son válidas. Hay, no obstante, más allá de algún despiste de esta índole (alguno sangrante: las grandes “alaracas” de la página 165), una cierta ligereza expresiva, un tono un punto coloquial, una retórica en exceso informal, un estilo algo conversacional, pues se tutea al lector (“te traigo malas noticias”), se le interpela (“spoiler: si pensabas que siguiendo a tu retoño en redes, lo tenías controlado, te has equivocado”; aquí falla también la disposición de alguna coma, un yerro común en el libro), se le plantean de continuo preguntas retóricas (“¿estás preparado?”, “¿conocías todas las herramientas de IA mencionadas hasta ahora? No te inquietes: de ellas, y otras más, hablaremos con profundidad a lo largo de este libro”); recursos, todos ellos, explicables por esa condición didáctica que sin duda se postula de un texto que, dados sus previsibles destinatarios, es en el fondo divulgativo, pero que, desde mis quizás desmesurados rigor y seriedad, debieran evitarse por su infantil ligereza). En esa importante fecha, el ChatGPT, continuando el trabajo de décadas en ese campo de conocimiento, acabó por dar un impulso decisivo a la investigación -y a su plasmación práctica- que permitía poner al alcance de cualquiera -democratizar, pues- las posibilidades de interactuar, de conversar con un dispositivo de inteligencia artificial. De la aceleración con la que produjo ese proceso que facilita el acceso generalizado de cualquier usuario del mundo entero a una herramienta de esas colosales potencialidades, da cuenta la magnitud de las cifras que, a este respecto, aporta la autora (el libro está plagado de datos, cifras, porcentajes, resultados estadísticos, etc., todos ellos acompañados de su correspondiente fuente de referencia): En cinco días, [el ChatGPT] logró un millón de usuarios. En solo 60 días había sumado ya 100 millones, una cifra que Facebook tardó en conseguir cuatro años y medio, Instagram no alcanzó hasta pasados dos años y medio y a TikTok le costó nueve meses. En solo 17 meses, el chatbot de IA generativa de OpenAI registró 800 millones de usuarios, más rápido que cualquier tecnología anterior. El ritmo frenético con el que se han multiplicado las empresas, modelos, plataformas y ofertas comerciales relacionadas con la IA y, en paralelo, la enfebrecida velocidad con la que se ha disparado el consumo de sus aplicaciones, son fenómenos bien conocidos -y percibidos en su cotidianidad- por cualquiera que no sea un ermitaño. En su prólogo Lázaro se detiene en la Generación Alfa, la “Generación de la IA generativa”, que, habituada ya a los móviles y las redes sociales, convive ahora también, y con relativa familiaridad, con esta realidad emergente, hasta hace un lustro conocida solo por expertos. De esos jóvenes, avanza la autora sustanciosos datos sobre su uso y consumo de la IA que, siendo masivos, no se compadecen con el escaso conocimiento que en la mayoría de los casos tienen acerca de cómo funciona ni de qué impacto está teniendo en sus propias vidas. En ese desconocimiento y en los riesgos que de él derivan -copia y plagio en trabajos escolares, afectación en su carga cognitiva, existencia de sesgos en la información recibida, manipulación subliminal, amenazas debidas al tratamiento “realista” de voces, imágenes y textos falsos, incidencia de delitos sexuales, consultas de dudosa eficacia y peligro probable sobre salud mental, equilibrio emocional o relaciones afectivas, problemas psicológicos, suicidios, etc.- se fundamenta el propósito confesado del libro: permitir que las nuevas generaciones aprendan a comprender, cuestionar, utilizar y diseñar la inteligencia artificial de forma responsable, creativa y segura. En consecuencia, en esa declaración de intenciones prologal, se específica quiénes son los destinatarios principales del libro, un universo de una multiplicidad tal que, en realidad, es casi indiscernible de la totalidad de la población: aquellos que se preguntan cómo abordar la facilidad y, en general, la inconsciencia con la que los jóvenes están accediendo a la inteligencia artificial generativa, cuando aún se desconocen sus peligros; quienes necesitan comprender qué hay en la “caja negra” de la IA (un concepto al que también se aludía de manera relevante en IA y Educación y que podría definirse como el sistema de funcionamiento interno del algoritmo, cómo se construyen los modelos de lenguaje de IA, qué información procesa, cuáles son las pautas con las que se lo entrena, con qué criterios se elige todo ello); los que deben, quieren o tienen que inculcar desde edades tempranas su uso responsable, seguro y creativo; aquellos que consideran que es esencial la educación digital de los menores para que puedan adquirir las competencias necesarias que les permitan aprovechar las oportunidades que ofrece la IA, conociendo sus riesgos y protegiéndose de ellos. En definitiva, un libro para adolescentes, jóvenes, padres, familias, docentes, educadores y profesionales de la enseñanza en general. Para todos, como se ve. 

Lo muy variado de este potencial público lector del estudio condiciona, como es natural, el enfoque que en él se sigue. No estamos, pues, ya se ha dicho, ante un libro técnico, un ensayo teórico o una profunda reflexión filosófica, para uso y consulta por especialistas, aunque algo de todo ello hay en una obra fundamentalmente divulgativa que pretende hacer reflexionar sobre los asuntos mencionados y aportar pistas prácticas (no he señalado aún, y hubiera sido oportuno hacerlo con anterioridad, que el libro se presenta con un elocuente subtítulo: Guía para un uso responsable, creativo y seguro de la inteligencia artificial). Para ello, y con la indispensable inclusión de ciertas informaciones sobre los sistemas y modelos de IA y de algunos datos de índole histórica con los que se ilustra el modo en que “hemos llegado hasta aquí”, esto es, cómo se ha desarrollado la investigación sobre inteligencia artificial en los últimos ochenta años, se recogen las opiniones de expertos en diversas áreas (pedagogía, psicología, salud, tecnología, derecho, educación, entre otras) que completan el muy pedagógico discurrir de la autora. Además, y en una doble pauta altamente significativa del libro, que reafirma ese didactismo que lo inspira, al final de cada capítulo hay siempre una sección, Para recordar: Diez ideas clave, en las que se recapitula, se resume y sintetiza lo esencial de lo tratado en cada sección. Igualmente, y como a continuación comentaré de modo breve, en bastantes de los apartados examinados se incluyen gráficos, imágenes, capturas de pantalla, infografías, presentaciones y figuras varias que ilustran, de manera práctica -casi al modo en que lo haría un tutorial-, diversos pasos de la interacción con distintas “plataformas” de IA: preguntas, diálogos, prompts, resultados, menús de herramientas, procesos, ejemplos de creaciones falsas, exploradores, paneles de configuración, ventanas, ilustraciones, diseños de pantalla, cuadros y numerosas muestras más de esa conversación casi infinita y de las utilidades que hoy permite esta tecnología desbordante. 

De este modo, y en un repaso a vuelapluma, en el capítulo primero, ¿Crecer con o sin tecnología?, se exponen los dilemas que surgen a la hora de definir el papel que debería desempeñar la tecnología durante la infancia, la adolescencia y la primera juventud. Con un planteamiento a mi juicio demasiado equidistante -pero ella es la experta- la autora menciona diversas publicaciones, análisis y estudios que discrepan entre sí a la hora de contestar a las preguntas que preocupan en relación con ese asunto principal (¿Perjudican el uso de la tecnología y la inmersión digital las habilidades socioemocionales y la salud mental de los menores?; ¿Afecta el tiempo que pasan delante de una pantalla a la existencia de problemas de atención, peor calidad de sueño, menor rendimiento académico y aumento de la agresividad y mal comportamiento?; ¿Incrementa esa sobreexposición digital las posibilidades de verse sometidos a contenidos inadecuados?; ¿Pierden privacidad y ven expuesta su intimidad?; ¿Constituye el uso intenso y, con frecuencia, compulsivo de los medios electrónicos una forma de adicción?; ¿Resulta conveniente limitar el tiempo de utilización de la tecnología?), para concluir, en un corolario desde mi punto de vista excesivamente “tecnoptimista” y benevolente, que no existe un consenso absoluto en la comunidad científica sobre cómo impacta la tecnología entre los más jóvenes, por lo que no cabe una respuesta uniforme a dichas cuestiones (aprovecho para recordar desde aquí los libros, reseñados hace años en este espacio, de Michel Desmurguet, categóricos en su fundamentada denuncia de los males derivados del uso constante y masivo de dispositivos electrónicos por parte de los menores). Aporta también la autora datos relevantes sobre los hábitos cotidianos en relación con el “consumo digital” de los menores, de los que un 90 % se conecta varias veces al día a internet, un uso que, confiesan, se produce con habitualidad desde los once años con, incluso, uno de cada tres niños que lo hace antes de haber cumplido los diez. Igualmente, propone unas “recetas” para un uso saludable de la tecnología, entre las que no se encuentra el énfasis en la cuantificación del tiempo en que puede permitirse la utilización de herramientas digitales y sí, en cambio, la atención sustancial al cómo, al por qué y al para qué de las interacciones, que siempre deberían guiarse por su calidad y no tanto la cantidad. Se subrayan también la importancia del ejemplo de los padres, la necesidad de establecer pactos o “contratos informales”, con reglas y compromisos claros, y la conveniencia de tener presentes las llamadas “5 C”, que se corresponden con las iniciales en inglés de Child, Content, Calm, Crowding-Out y Communication, con las que se quiere inducir la reflexión sobre los Chicos (cómo es tu hijo, cómo reacciona ante las pantallas y para qué las usa), los Contenidos (qué le llama la atención), la Calma (cómo calma las emociones o se va a dormir), el Complementar (con qué interfieren las pantallas) y la Comunicación (cómo se puede hablar de las pantallas para criar a un niño inteligente y responsable). En este mismo capítulo hay una breve sección, Navegando en el mar de competencias digitales, que aborda las preocupación de instituciones, gobiernos, organismos y entidades educativas por la repercusión de la irrupción de estas tecnologías entre los jóvenes y por la rápida y desbordante magnitud de su asimilación; singularmente se analiza la labor de la Comisión Europea, que publicó en 2013 el Marco de Competencias Digitales para la Ciudadanía, que recoge un elenco de competencias digitales a desarrollar, particularmente en los menores, un documento que tras varias actualizaciones conoció en 2022 su última versión, ese DigCom 2.2 al que ya se aludía en IA y Educación y que servirá de referencia también en más de una ocasión a lo largo de Generación IA. El capítulo se cierra con un apartado, Entre un tsunami de inteligencia artificial, que refleja la ya incuestionable realidad de la IA (Esta es la primera generación que crecerá y se desarrollará con la inteligencia artificial, y que desde edades tempranas no solo está expuesta de forma pasiva a algoritmos de inteligencia artificial, sino que además interactúa de forma activa y se relaciona con estos sistemas) y, en consecuencia, enfatiza la necesidad de que los jóvenes sean capaces de comprender cómo funciona la IA, su impacto social y cómo utilizarla de forma ética para estar preparados para una sociedad y una economía en la era de la IA, en recomendación de la OCDE y de la propia Comisión Europea. 

El capítulo segundo del libro, Mitos y realidades de la inteligencia artificial, pretende arrojar luz y discernir cuáles de las ideas sobre la IA que aceptamos como ciertas e indiscutibles están respaldadas por evidencias demostradas y cuáles por el contrario constituyen medias verdades o directamente falacias debidas a apriorismos, prejuicios o falta de información. Se analizan, en particular, cuatro grandes mitos imperantes en nuestra sociedad y que condicionan de manera muy peligrosa el modo en que encaramos esta nueva realidad. El primero de ellos tiene que ver con la supuesta novedad de la IA. Sostiene Lázaro que los algoritmos llevan muchos años entre nosotros, en herramientas de uso habitual. En particular, la IA predictiva está presente en muy diversos ámbitos de nuestras vidas, los relativos a desastres naturales, salud, averías o apagones eléctricos. Hay IA también en los robots conversacionales (con la mención del inaugural ELIZA, el primer programa de procesamiento del lenguaje natural creado en el MIT en 1965), en la conducción asistida y en los coches autónomos. El segundo mito alude a la creencia de que la IA es autónoma y funciona por su cuenta; la realidad, por lo demás obvia pero sobre la que no siempre se reflexiona, es que los sistemas se diseñan y entrenan por humanos, por lo que es necesario que se obligue a las empresas desarrolladoras a observar protocolos de transparencia, poniendo a disposición del público la información acerca de cómo funciona el modelo, cómo se entrenó, qué limitaciones tiene y cuáles son sus implicaciones éticas, de modo que el ciudadano pueda hacer de sus “productos” un uso inteligente e informado. Otro mito, que hoy, afortunadamente, es objeto de un cuestionamiento casi general, es el que concede una fiabilidad total a la IA, aceptando, ingenua y acríticamente, que el algoritmo siempre dice la verdad. En el capítulo se desmiente esta apreciación con ejemplos de distintas interacciones con diferentes IA, y se desvela cómo los algoritmos pueden reflejar sesgos y prejuicios (coincidentes con los valores, el modo de pensar y la visión del mundo de quienes los han creado) que llevan a ofrecer resultados erróneos o abiertamente falsos y mantener tópicos, estereotipos o discriminaciones. Por último, el mito de la pretendida infalibilidad de la IA se diluye, como sabe cualquier usuario, al comprobar cómo se equivoca con frecuencia, se inventa informaciones, datos y referencias en sus respuestas y, en terminología ya de uso habitual, se ve sometida a “alucinaciones” (prueba de la magnitud y la peligrosa habitualidad de sus yerros es el hecho de que en 2023 el Cambridge Dictionary hubiera declarado hallucinate (alucinar, en inglés) como “Palabra del año”). 

En el capítulo tercero, la autora procede a “abrir la «caja negra» de la inteligencia artificial”, intentando desentrañar la muy compleja y abstrusa cuestión de qué debemos entender por IA. Se adentra así en los matices entre “imitar”, “simular”, “aprender” o “razonar” para delimitar qué funciones son las que puede llevar a cabo el algoritmo. Diferencia entre inteligencia artificial y automatización. Distingue también ente la IA especializada, débil o estrecha, que ya está plenamente presente entre nosotros (y que muchos expertos minusvaloran y hasta desprecian por su “mera” capacidad de repetir sin comprender -la lingüista computacional Emili Bender llamó “loros estocásticos” a la IA generativa-, y IA general o completa, que alcanzaría potencialidades similares o incluso superiores a las humanas, y cuya llegada -improbable, al decir de algunos teóricos- aún se hará esperar. Incorpora una breve historia de la inteligencia no humana, partiendo de la figura de Alan Turing, a mediados del siglo XX, tan popularizado por el cine; pasando por Marvin Minsky y su limitado perceptrón; los dos “inviernos de la IA”, largas etapas en las que las investigaciones sobre el asunto se paralizaron y olvidaron; el exitoso Deep Blue, bien conocido por sus espectaculares victorias ajedrecísticas; el desarrollo de las redes neuronales profundas; la aparición en 2017 de los transformers, que cambiaron el modo en el que las máquinas entienden y procesan el lenguaje, al detectar cuál es la palabra más importante de un texto y en función de ello entender su significado, sin tener que leerlo entero, permitiendo acelerar la realización de las tareas; la presentación del primer ChatGPT; hasta llegar a los meteóricos y desbocados avances del último lustro con la proliferación de potentes modelos de lenguaje creados por OpenAI, Google, Meta, Anthropic, IBM, Microsoft, Mistral, Amazon, DeepSeek. Al capítulo le pone fin un “Vocabulario rápido de inteligencia artificial” que aclara de manera sucinta algunos de los términos de uso más frecuente en el contexto y que sirve de útil orientación para el lector no demasiado familiarizado con la materia. 

El cuarto capítulo, Biblioteca de aplicaciones de IA generativa preferidas por los jóvenes, es un compendio de las muchas utilidades educativas que ofrecía la inteligencia artificial en el momento de la redacción del libro (a este respecto, quiero compartir una muy elocuente experiencia personal que ilustra de modo significativo la acelerada evolución de esta tecnología. En un curso de IA para docentes al que pude asistir hace unos meses, se enseñaban a los participantes posibilidades del ChatGPT, Gemini o Claude directamente aplicables al aula, que expuestas en la primera de las tres semanas del curso ya habían sido objeto de mejora en la última; este libro es de mayo de 2026, en este dominio, hace una eternidad: Es complicado prever hacia dónde evolucionarán estas y otras aplicaciones de IA multimodales: la carrera no parece tener de momento una meta clara, y con cada nuevo desarrollo, la línea de llegada se desplaza un poco más lejos). Conocemos así las funcionalidades de la IA en relación con el tratamiento de textos, investigaciones en profundidad, creación de imágenes, asistentes de compras, GPT personalizados, aprendizaje guiado, creación de vídeos o páginas web, elaboración de mapas mentales, análisis de información, presentaciones, correcciones gramaticales, programación sin necesidad de código. Hay secciones muy atractivas sobre las conflictivas -por ahora- relaciones entre la IA y el mundo del arte, con ejemplos de las controversias que suscita la utilización del algoritmo en la creación artística y sus repercusiones en el desdibujamiento de los límites del arte y la probablemente necesaria reformulación del concepto de creatividad, la desaparición de empleos en el sector o las dudosas fronteras de la invención y el plagio; sobre las posibilidades que ofrece la inteligencia artificial generativa en la práctica de la pintura o la fotografía (con ilustraciones de algunas imágenes creadas por estas plataformas); sobre la producción de películas sin cámara ni grabación, una experiencia que cuenta ya con festivales especializados; sobre las herramientas de producción de vídeo con IA; sobre los nuevos instrumentos musicales que permiten la composición de canciones por cualquier particular, la creación de grupos musicales “artificiales” y la producción masiva de “hits” musicales (la plataforma francesa Deezer a reconocer en abril de 2025 que el 18 % de todos los temas que por entonces se subían a su sistema estaban ya producidos con esta tecnología, lo que equivalía a unas 20.000 canciones diarias); sobre las ya conocidas como “IA de compañía”, que permiten crear compañeros virtuales -que pueden tomar la forma de un atractivo avatar- para hablar, entablar amistad, consultar problemas íntimos, compartir confidencias sobre las relaciones familiares y sentimentales, establecer relaciones virtuales “muy reales” que propician la creación de vínculos casi “humanos”, con los innumerables riesgos que todo ello conlleva (que la autora disecciona con precisión sus peligros y alerta sobre ellos: Una rápida interacción con ellas puede desembocar en sugerencias sobre consumo de sustancias tóxicas, indicaciones pornográficas, ideas para autolesiones y mucho más). 

El capítulo quinto aborda de manera frontal el asunto de las relaciones entre la educación y la inteligencia artificial. Con un título revelador, Enseñar con IA y sobre la IA, en él se plantean interesantes cuestiones como el debate, tan candente en el mundo escolar, acerca de si la IA es una aliada o una enemiga en el aula (con un ejemplo significativo de las muchas -y a menudo contradictorias entre sí- aristas que muestra la discusión: En enero de 2023, poco después del lanzamiento de ChatGPT, el Departamento de Educación de la ciudad de Nueva York prohibió el acceso a esta herramienta en las escuelas por temor a trampas y desinformación. Más de un millón de estudiantes de colegios públicos se quedaron sin ella. (…) Apenas cinco meses después, en mayo de 2023, Nueva York levantó el veto. «Aunque la cautela inicial estuvo justificada, el miedo y el peligro instintivos pasaron por alto el potencial generativo de la IA para ayudar a los estudiantes y a los profesores», explicó el Canciller de Educación de Nueva York, David Banks, para argumentar el cambio de decisión); la “paradoja del sí, pero no” (La pregunta sobre si la inteligencia artificial debería introducirse o no en las aulas no tiene una única respuesta), una sección en la que la autora muestra, con profusión de resultados de encuestas y ejemplos de iniciativas escolares “en activo” -dos de ellas en nuestra comunidad, en el IES Los Valles de Camarzana de Tera, en Zamora, y el IES Fray Diego Tadeo González de Ciudad Rodrigo, en Salamanca- las discrepancias que se dan en la actualidad sobre la cuestión; el sempiterno problema -en mi opinión casi sistémico; pero justificar tal categórica afirmación excede la naturaleza y los límites de Todos los libros un libro- de la formación de profesorado, la cual, en relación con la IA, es, a juicio de Lázaro, una asignatura pendiente reveladora de importantes carencias (La formación inicial de los docentes no solamente en inteligencia digital, sino en capacitación digital, es absolutamente insuficiente); el reto del apagón mental y la irresuelta disputa intelectual e investigadora acerca de sí el uso por los estudiantes de la IA puede o no provocar descarga cognitiva, dependencia intelectual, delegación del pensamiento o declive cerebral, un problema frente al que la autora opta, una vez más, por una postura de un cierto eclecticismo (El carácter paradójico de la aplicación de la IA en el aprendizaje reside en que puede actuar tanto como un amplificador cognitivo como un inhibidor del esfuerzo mental); o el dilema sobre las habilidades del futuro, en el que la cuestión de fondo -¿cómo educar para un mundo que la IA está modificando de manera radical?- se ilustra con unos datos escalofriantes, extraídos del informe El Futuro del Trabajo 2025, que publicó el World Economic Forum, y según el cual en la próxima década se crearán 170 millones de empleos que hoy ni siquiera existen, pero desaparecerán también 92 millones de roles, y en 2030 habrá cambiado el 40 % de las habilidades que en la actualidad requiere el mercado de trabajo. 

Muy interesante también, aunque en cierto modo redundante, pues muchas de las ideas que en él se vierten ya han sido anticipadas, es el capítulo 6, Mapa de riesgos de la IA, que se acerca a las nuevas formas de ciberacoso (imágenes trucadas con IA, de todo punto indistinguibles de las verdaderas, que presentan desnudos a chicos y chicas; creación de vídeos sexuales falsos; y otras sofisticadas variantes de la manipulación, violencia y explotación sexual mediante creaciones algorítmicas); al grooming, en el que un adulto suplanta la personalidad de un menor -una operación que la IA convierte en trivial- para facilitar el contacto y la interacción con otros menores con fines siempre “perversos” y a menudo delictivos; al fenómeno, que cualquiera que haya usado la IA conoce, por el que el algoritmo se muestra en exceso agradable con su interlocutor, alabándolo, refrendando sus opiniones, validando sus propuestas y ensalzando sus cualidades, un modo de proceder -pretendido conscientemente por sus creadores: estas aplicaciones están programadas para halagar, adular y complacer a quienes les consultan- de nefastas consecuencias para personalidades aún por desarrollar psicológicamente; a los abundantes problemas de salud emocional entre los jóvenes, de creciente incidencia, que la IA propicia; a la cada vez más patente dilución de los límites de la verdad, con la proliferación de la desinformación y el fraude potenciados por los instrumentos de creación artificial -pero verosímil y de un realismo indiscernible de la verdad auténtica- de realidades paralelas: estafas, difusión de contenidos falsos, creación de “clones” de personajes famosos para recomendar inversiones engañosas, propagación, a través de ejércitos de bots, de rumores conspiranoicos o maliciosos sobre salud, seguridad, asuntos de interés político; la tecnovigilancia (control de currículos y seguimiento en las redes de las trayectorias personales y profesionales en los procesos de selección de personal); reconocimiento facial y vigilancia algorítmica con fines policiales; rastreo de identidades para la concesión de créditos financieros, contratación de seguros, acceso a compañías sanitarias o, más directamente para priorizar, establecer preferencias o, de modo más radical, excluir a ciertos perfiles de la atención médica). En todos estos casos prevalece, junto a la lúcida descripción de los peligros, la visión esperanzada de la autora -a mi juicio demasiado esperanzada; rayana, ya lo he comentado con anterioridad, en el “tecnooptimismo”- que vuelve a aportar sus sugerencias (enfáticas, pero -de nuevo en mi opinión- de improbable implementación generalizada) sobre la importancia de tomar conciencia y diseñar los sistemas de IA de forma que eviten (o mitiguen) estos muy nocivos efectos. 

Y en este sentido, el siguiente capítulo, el séptimo, repasa las iniciativas que desde el punto de vista legislativo se están poniendo en marcha en todo el mundo - para supervisar la creación y el uso de la inteligencia artificial por parte de los grandes conglomerados empresariales. Se examinan así las diversas normas ya aprobadas, las muy diferentes estrategias jurídicas seguidas por la Organización de las Naciones Unidas, que ha impulsado un Diálogo, un Panel y un Fondo para reflexionar, debatir, financiar y, en definitiva, hacer frente a los retos que plantea la rápida propagación de esta tecnología; los Estados Unidos, en donde hoy impera esa agresiva “desregulación” que se defiende bajo la excusa de la libertad casi irrestricta; la Unión Europea, sensible ante la gravedad del asunto y capaz, en consecuencia, de haber aprobado el Reglamento de Inteligencia Artificial que entró en vigor en agosto de 2024 (y en cuya elaboración participó la autora del libro); y, por último, España, pionera en supervisión de la inteligencia artificial, una posición destacada en el mundo entero, tal y como reflejan logros como la elaboración de un entramado normativo para la IA que ha fraguado en diversas reglamentaciones y, de manera sustantiva, en la aprobación, este pasado junio, del Proyecto de Ley Orgánica para el buen uso y la gobernanza de la inteligencia artificial; la creación de la Agencia Española de Supervisión de la Inteligencia Artificial (AESIA) con sede en La Coruña; la puesta en marcha el primer sandbox de toda la Unión Europea, un entorno controlado de pruebas para la inteligencia artificial, en el que doce empresas españolas con sistemas de IA clasificados de alto riesgo, iniciaron su adaptación a las obligaciones de la normativa vigente bajo la vigilancia de la AESIA; o la existencia en nuestro país, en el Supercomputing Center de Barcelona y en el Centro de Supercomputación de Galicia de Santiago de Compostela, de dos de las diecinueve «fábricas de inteligencia artificial» aprobadas por la Comisión Europea, espacios en los que se diseñan y se prueban soluciones de inteligencia artificial que necesitan grandes cantidades de datos, ingente potencia informática y la máxima eficiencia energética. El capítulo incluye también un resumen de los cinco Principios de OCDE sobre la IA, que fueron la base del Proceso de IA de Hiroshima, suscrito por los países del G-7 y la Unión Europea para promover una IA segura y digna de confianza en todo el mundo, una iniciativa que se guía por once principios rectores que podemos leer en el texto de María Lázaro. 

El penúltimo capítulo, Guía para una IA responsable, reflexiona sobre las exigencias que, más allá del obligatorio sometimiento a las leyes, debieran cumplir los sistemas de IA. El apartado incluye aproximaciones a cuestiones como la ética esperable de las empresas que tienen a su cargo la creación, la planificación y la aplicación de estas evolucionadas tecnologías; la necesidad de que una inteligencia artificial responsable guíe su proceder por el interés de las personas y el bien común de la humanidad, más allá de la vertiente de negocio que por supuesto conlleva; la obligatoriedad de respetar algunas premisas básicas indiscutibles, como la explicabilidad, la transparencia y la responsabilidad algorítmicas exigibles a sus promotores; el escrupuloso respeto a la protección de datos y la privacidad (la autora ofrece una suerte de sucintos tutoriales para, paso por paso, guiar la configuración de privacidad en ChatGPT, Gemini, Grok y Meta); el espinoso asunto de la autoría y la propiedad intelectual, más que nunca en peligro a causa de la propia naturaleza de los procedimientos con los que se nutre a los algoritmos; la sobrecogedora -pero casi siempre ignorada por la mayoría de los usuarios, consumidores inconscientes de la IA, tan a menudo solo preocupados por sus utilidades- huella energética que la inteligencia artificial supone, dadas sus altísimas necesidades de agua y electricidad, con un muy lesivo impacto en la sostenibilidad; y un bienintencionado desideratum, De consumidores a makers, en el que Lázaro, una vez más, aboga por la alfabetización digital, defiende la necesidad de incentivar las “vocaciones” STEM, sobre todo entre las mujeres, y, en una ilusionante, razonada y -lamentablemente- para mí poco realista vuelta de tuerca, propiciar un cambio de paradigma de modo que los ciudadano dejemos de ser meros usuarios pasivos de la IA para convertirse en agentes activos que resuelvan problemas reales, mediante la creación de un itinerario maker que sume la ideación de producto y negocio, el pensamiento computacional, los datos y la programación. 

El libro se cierra con dos secciones eminentemente prácticas que ocupan más de la cuarta parte de sus doscientas setenta y cinco páginas. En la primera, denominada Cuaderno de proyectos: IA con y para las nuevas generaciones, se explican, paso a paso y haciendo explícita esa voluntad pedagógica que informa la obra entera, cinco proyectos para que cualquier lector pueda entrenar un modelo de aprendizaje automático con imágenes (lo que permite mostrar a las claras, en un juego con manzanas y tomates, cómo la información con la que alimentamos al algoritmo condiciona sus respuestas); crear un GPT personalizado (en este caso uno denominado “Profe clima”) con una base documental propia, lo que permite entender cómo aprende y responde un modelo de lenguaje según el contexto, el conocimiento previo aportado y las instrucciones con las que se le enseña; diseñar una aplicación de filtros para imágenes capaz de transformar las propias imágenes en creaciones artísticas (mediante la herramienta Canvas de Gemini y sin que sea necesario saber programar); desarrollar un juego de cartas online -ActivaMente-, también sin conocimientos previos de programación; o producir una película (un breve corto de animación con personajes de plastilina -simulada- ambientado en un gimnasio). La segunda, de título Recursos, recoge una detallada relación de cursos online gratuitos mencionando el nombre de cada uno de ellos, la organización responsable de su impartición, un sucinto resumen de sus contenidos, duración, estructura y planteamientos, y los enlaces a las páginas web de sus responsables. 

Os dejo ahora ya con mi convencida recomendación de los dos libros que componen la serie de esta semana, IA y Educación, y Generación IA; con un breve texto de este último, la introducción del capítulo dedicado a la ética; y con Blue, un tema, fruto, supuestamente, de una colaboración -que nunca se dio- entre Lana del Rey y Cigarettes after sex. La canción fue publicada en YouTube en 2025, estando actualmente eliminada de la plataforma. Resulta difícil, por ello, asegurar su atribución autoral. Todo apunta a que la parte musical/vocal es una creación artificial muy probablemente mediante IA, mientras que el videoclip utiliza material audiovisual auténtico de Lana Del Rey, modificándolo quizá también con ayuda del algoritmo. 


¿Qué características debería reunir una inteligencia artificial «responsable», más allá de no representar un riesgo ni ser un peligro para la humanidad? ¿Cómo fiarnos de ella, es decir, cómo lograr que sea «confiable»? Esto… ¿está catalogado de alguna manera, o cada cual se inventa su definición según le convenga? 

La pregunta no es baladí, porque en esta configuración de bloques geopolíticos y económicos sobre el futuro de la IA, de la respuesta a estas preguntas depende la visión que se quiera proyectar, y hacia dónde evoluciona la regulación y gobernanza de la inteligencia artificial. Y esto determinará si pasado mañana podrás reclamar si un algoritmo te ha rechazado para un puesto de trabajo, denunciar si un sistema de IA se ha alimentado con tus datos personales sin tu permiso, o reclamar responsabilidades contra quienes manipulan contenidos con inteligencia artificial para intentar engañarte. Parafraseando a Groucho Marx, se trata de evitar su célebre: «Estos son mis principios, y si no le gustan, tengo otros».

Videoconferencia
María Lázaro Ávila. Generación IA

miércoles, 23 de septiembre de 2026

TÍSCAR LARA Y CARLOS MAGRO. IA Y EDUCACIÓN

Con el curso académico universitario -también el de secundaria- iniciado hace pocos días, Todos los libros un libro incurre una vez más en una práctica recurrente que se repite, casi sin excepción, cada mes de septiembre y que consiste en dedicar alguna emisión a la enseñanza y la educación (temas muy relevantes, pienso, para cualquier ciudadano en general, más allá de mi particular y ya languidecente vinculación profesional con ellos), con libros que exponen, se adentran o reflexionan (a menudo todo ello a la vez) en torno a los muy diversos y controvertidos aspectos que entraña la docencia. Así será también en este apenas nacido curso 2026-2027, y es por ello por lo que, a lo largo de estas dos semanas, esta y la siguiente, voy a presentaros hasta cuatro libros, tres de ellos de publicación reciente, que giran, de modo directo y frontal, sobre el universo educativo y alguna de sus más polémicas dimensiones, puestas de manifiesto día tras día, pero especialmente explícitas en estas fechas en las que aún tenemos muy presentes los desastrosos resultados del último informe PISA. El primero de ellos, del que me ocupo en la presente emisión, IA y Educación, ofrece, apoyándose en un sustancioso aparato bibliográfico, una mirada sobre la inteligencia artificial menos complaciente, y a mi juicio más atinada, de la que prolifera en las Facultades del ramo, en los colegios e institutos y entre la pedagogía innovadora, en algunos de cuyos círculos se la considera poco menos que una suerte de panacea universal que va a revolucionar la enseñanza y el aprendizaje. 

IA y Educación se presenta con un subtítulo que, no tanto a priori pero sí en cuanto se avanza mínimamente entre sus páginas, resulta altamente significativo y revelador del enfoque que en él mantienen sus autores: Una relación con costuras. Escrito a cuatro manos por Tíscar Lara y Carlos Magro, apareció, en mayo de 2025, en Trama Editorial, dentro de una colección de libros impresos, Biblioteca de Digital Journey, que, a su vez, es una de las iniciativas de Digital Journey, un proyecto que sus responsables definen como un centro de pensamiento y conocimiento (Think Tank) para analizar y repensar el impacto de la digitalización de la sociedad. Su voluntad de construir un puente entre administraciones, universidades, organizaciones públicas y privadas, siempre con el foco en las personas se articula a través de la oferta de servicios digitales, consultoría estratégica, mentoría y, en un terreno que me resulta más sugestivo, foros y debates, cursos en empresas, conferencias especializadas, debates, mesas redondas y publicaciones, papers especializados, dosieres (debo señalar que en la página web del grupo, el término utilizado para referirse a ellos es “dosiers”, claramente incorrecto; mi puntualización resultaría improcedente si se tratara de una mera errata, en la que cualquiera puede incurrir -aunque no tan disculpable cuando se trata de la presentación pública, la imagen corporativa, en cierto modo, de un proyecto de tal ambición-; pero es relevante en tanto que en el libro del que voy a hablaros es constante la presencia de erratas, faltas y gazapos de diversa índole, que hubieran merecido una más esmerada revisión; comentaré más adelante alguno de estos descuidos especialmente significativos), cuadernos y documentación variada sobre transformación digital, competencias tecnológicas y, sobre todo, la incidencia de la digitalización y la inteligencia artificial en la sociedad, la economía, los medios y la cultura. Su director, Pepe Cerezo, que fue directivo de Prisa, Orange y otras organizaciones, consultor con años de experiencia, asesor de grupos editoriales españoles y extranjeros, y que cuenta con varios libros sobre los asuntos referidos, escribe el muy sucinto prólogo, en el que presenta el libro enmarcándolo en el proyecto general que él dirige. 

Sus autores, de los que se puede encontrar en internet una larga conversación con Cerezo a propósito de su libro, son, cada uno en su dominio, expertos en los temas tratados. Tíscar Lara es la directora de Transformación y Comunicación Digital del Instituto Cervantes. Con una larga trayectoria dedicada a la gestión, la enseñanza y la investigación en el ámbito de la tecnología, la educación y la comunicación digital, en el pasado fue Directora de Comunicación y Marketing y Vicedecana de Cultura Digital de la Escuela de Organización Industrial, profesora en la Universidad Carlos III de Madrid, doctora en Periodismo y Máster en ELE Instituto Cervantes-UIMP, posee varios postgrados, siempre en el ámbito digital, y ha colaborado en diversas visitas académicas en las universidad de Harvard y Los Ángeles en California (UCLA).  Por su parte, Carlos Magro, cuenta también con un amplio currículo como profesional independiente en educación en los ámbitos de la innovación, la tecnología educativa y las políticas públicas en educación. Al igual que su compañera de autoría cuenta con más de dos largas décadas experiencia en el sector educativo y en organizaciones varias, habiendo sido miembro del Departamento de innovación educativa de la Institución educativa SEK, Director Académico del Instituto Europeo de Diseño, Director de Innovación y Director de Comunicación, Marketing y Proyección Institucional de EOI Escuela de Organización Industrial, Director de la Oficina de Información Científica de la Fundación para el Conocimiento madri+d y responsable del Programa de Cultura Científica de la Consejería de Educación de la Comunidad de Madrid. 

Vayamos ya con el libro. La tesis principal de IA y Educación es, a mi juicio, que la impetuosa y arrasadora irrupción de la inteligencia artificial en el ámbito educativo no va a transformar la enseñanza ni a solucionar por sí sola los muchos problemas que la aquejan; pero tampoco supondrá un “demonio” destructivo de efectos devastadores en la formación, la salud mental o el cerebro de los jóvenes. El optimista triunfalismo con que muchos docentes -y la sociedad en general- han acogido el nuevo instrumento tecnológico (la IA es, inicialmente, eso, una herramienta -aunque de esta categorización discrepan los autores, y con razón, pues no es solo un “artilugio” técnico, sino que hay detrás infinidad de intereses económicos, ideológicos, políticos-; poderosa, sí, pero, en definitiva un mero implemento, pese a las muchas derivadas -positivas en bastantes casos- que su aparición conlleva), entregados a menudo a la aceptación acrítica de lo nuevo, a la sacralización de cualquier propuesta innovadora, sin reparar ni analizar, ni mucho menos cuestionar lo que puedan tener de mito, ni sus limitaciones, sus lagunas, sus carencias, sus riesgos; esa euforia poco justificada exige -así lo piensan Lara y Magro- un análisis profundo, lúcido, abierto a explorar sus luces y sombras, a cuestionar falsas verdades, tópicos, apriorismos carentes de justificación racional. Abordamos este reto, leemos en las primeras páginas del libro, desde nuestra propia perspectiva, con el objetivo de resituar algunas asunciones que vemos incorporadas sin suficiente discusión pública y ofrecer a la comunidad educativa, pero también al público general, un conjunto de ideas sobre las que reflexionar y contextualizar el momento de desarrollo tecnológico que vivimos en este ya primer cuarto del siglo XXI. Replantear -resituar-, pues, el debate (o más bien su ausencia); no solo el inmediato que tiene que ver con el uso de la IA en la escuela, sino aquel otro, más general, que desde hace décadas afecta a la utilización de la tecnología en las aulas. En mi experiencia como profesor durante casi medio siglo he podido constatar cómo la normativa educativa, las líneas de estudios académicos e investigaciones en las facultades de Educación, la realidad de los centros y, en gran medida, la mentalidad de los profesores, se han visto impregnadas de una suerte de devoción poco reflexiva y rozando la ceguera ante cualquier recurso, metodología o técnica educativa innovadores y “modernos”, que se aceptaban -y así se sigue haciendo- sin que esas novedades supuestamente rupturistas llegadas para solucionar de manera universal y definitiva todos los problemas de la enseñanza vinieran avaladas por evidencias y sin que se percibiera mínimamente su notoria ineficacia o, incluso, en más de un caso, las nocivas consecuencias de su implementación y uso. Los recurrentes “mantras” sobre el asunto -la inevitabilidad del cambio, la necesidad de adaptación la educación a los nuevos tiempos, la eficiencia, la productividad, el peso del mercado, la urgencia de la actualización docente, la exigencia de personalizar la educación, la conveniencia de liberar a los docentes de las tareas repetitivas y burocráticas que acompañan la educación para que, por fin, puedan dedicarse a lo realmente importante- se han repetido machaconamente durante décadas, curso tras curso, en relación con los diversos instrumentos educativos emergentes en cada momento: el vídeo, los muy primitivos ordenadores, sus versiones más actuales, las pantallas digitales, el móvil, internet, los videojuegos, las redes sociales y ahora la IA. El continuo “bombardeo promocional” -en el fondo ideológico y económico (pues siempre el negocio de las grandes empresas del sector ha estado detrás)- ha llevado consigo la asignación de ingentes recursos para la formación y el reciclaje de los docentes, para la adquisición de materiales tecnológicos, para la reestructuración de las escuelas, en un costoso proceso conducente -en muy poco tiempo- a la obsolescencia de los equipos y, sobre todo, a la más absoluta falta de afrontamiento y la más desesperante inacción ante los problemas esenciales de la educación (Volvemos a encontrarnos aplaudiendo al también llamado solucionismo tecnológico, deslumbrados ante el brillo de una máquina que parece va a inocular los conocimientos en el alumno, devotos creyentes de la tecnología, subidos a la modernidad y sin saber si estamos abrazando lo que sigue representando un modelo bancario de la educación y quizá, no sabemos aún, una involución pedagógica). 

Pero, a la vez, y en los mismos círculos, se da también la visión opuesta, la que rechaza, amedrentada, temerosa, apocalíptica casi, ultraconservadora en el peor sentido del término, cualquier elemento que altere el estado de cosas vigente; la que se opone, por principio y también sin análisis ni argumentos, a cualquier cambio que perturbe la cómoda estabilidad -igualmente inoperante de cara a mejorar la enseñanza y el aprendizaje de los alumnos- de procedimientos, métodos y prácticas educativas cuya validez solo se sostiene en su continuidad inalterada a lo largo de los años. 

En este marco dual -atracción y rechazo- con el que la comunidad educativa vive normalmente la aparición de una nueva tecnología que “asalta” su confortable ejercicio de la profesión (Es asombroso observar cómo en el ámbito de la tecnología educativa se repiten una y otra vez los mismos debates, ilusiones y expectativas, así como las mismas preocupaciones y desafíos. Caemos en un ciclo recurrente de optimismo desbordado, seguido de una profunda decepción, en una especie de ciclo de Sísifo de pánico tecnológico), llega ahora la IA que, coincidiendo en lo esencial con otras herramientas e instrumentos anteriores, difiere sin embargo en su potencial disruptivo, transformador y hasta revolucionario. Y la reacción en el sector ya no es solo de acercamiento más o menos entusiasta u oposición en distintos grados de resistencia. Ahora, el debate se presenta en términos más acusados: fervor y pavor. Y es en este contexto en donde se inscribe el libro de Lara y Magro: queremos introducir sosiego en la comunidad educativa, reducir la excitación emocional que provoca la IA, calmar cierta histeria colectiva inoculada de forma vicaria, transformar los miedos en aproximación informada y, en definitiva, cultivar un optimismo realista desde una mirada crítica y prudente. El desconocimiento, sumado a la rápida penetración de la IA en el ámbito del gran consumo, ha despertado tanto furor como pavor, tanto anhelo de subirse al gigante como reticencia de ser devorado por la bestia. En semejante estado de excitación es muy difícil poder analizar, comprender y abordar la IA de una manera tranquila y desafectada. Es en ese lugar de encuentro, firme y sereno, donde nos conviene situarnos para proyectar una mirada limpia y razonablemente segura que nos permita no solo ser partícipes sino agentes de los desarrollos que como sociedad estamos generando. 

Con esa voluntad de partida, el libro se presenta con una estructura fragmentaria, hecha de piezas breves, que se pueden leer de forma individual pero que, todas ellas, se inscriben en una lógica común. Agrupados en cuatro grandes ejes, IA y educación. Una relación con costuras, Las promesas educativas de la IA, Qué educación queremos y Competencia digital crítica, se recogen cerca de cincuenta muy cortos (descontado el prólogo y la bibliografía final, el texto no llega a las ciento setenta páginas) capítulos o artículos o reflexiones sobre prácticamente todos los aspectos relevantes que inciden en la relación entre la IA y la educación. Hay, así, y en una rápida enumeración a vuelapluma, que ni mucho menos agota la profusión de asuntos tratados, apartados sobre la necesidad de una mirada crítica sobre la IA; sobre la precisión terminológica acerca de las nociones de “inteligencia”, “artificial” o “educación”; sobre las tensiones de opuestos con las que se presenta -mistificada- la IA en la actualidad; sobre las supuestas soluciones que la IA aportará a la educación, en términos de productividad, eficiencia, automatización y personalización; sobre las transformaciones a las que se aspira en educación y sobre la imaginación de futuros alternativos; sobre la implantación de la IA en el contexto “antitecnológico” ya mencionado; sobre la necesidad de la conversación y el debate, en la sociedad, en los centros educativos, en las aulas incluso, en torno a las ventajas e inconvenientes de la adopción de innovaciones técnicas en la enseñanza; sobre la urgencia de desarrollar una competencia digital solvente que permita a estudiantes y docentes usar la tecnología con capacidad de discernimiento, racionalidad y espíritu crítico; sobre la importancia de la alfabetización digital, que corra en paralelo a la clásica enseñanza de la lectura y la escritura. Y todo ello cruzado por valiosas consideraciones sobre la memoria, la pereza cognitiva, la importancia de la evocación para el aprendizaje, la evaluación, la educación como proceso y no como resultado, la enseñanza como inducción al pensamiento, la escuela como espacio para la incertidumbre y el riesgo, la docencia de las matemáticas y la historia como ejemplos significativos -y extrapolables- de lo que, en ambos campos, puede aportar la IA; entre otros muchos oportunos y alentadores temas de reflexión. 

Esta abundante exhaustividad, muy estimulante y claramente elogiable, pues abre al lector la posibilidad de reflexionar sobre un casi inagotable elenco de hilos de interés suscitados por el tema principal del libro, tiene, sin embargo, una contrapartida cuyas consecuencias, que afloran de continuo a lo largo de la lectura, resultan ostensibles y rebajan considerablemente -al menos en mi opinión- la valoración final del estudio. La organización del ensayo sobre la base de estos pequeños apartados, de escritos cortos, cuya redacción, muy probablemente, se ha dividido entre los dos autores, provoca una ciertamente enojosa reiteración de ideas, nociones, conceptos y argumentos que saltan, insistentes, en formulaciones repetidas una y otra vez, que se enuncian en expresiones casi idénticas de un apartado a otro, de tal forma que, en más de una ocasión, se tiene la sensación de estar asistiendo a una constante regurgitación de las mismas ideas-fuerza que al plasmarse en elocuciones muy parecidas -cuando no análogas- producen un disuasorio efecto de desconexión en quien lee, saturado el lector por una avalancha de frases, de palabras que, a fuerza de repetidas y teniendo en cuenta su carácter general y teórico, suenan muchas veces a retórica algo desordenada y vacía. Este descuido -lo es, pues podría haberse solucionado con una revisión más minuciosa y una más exigente labor de “poda”- sin duda devalúa la consideración que el libro merece, aunque no disminuye su interés, pues entre el desbordante y algo agotador fárrago de verbosidad y el revoltijo de insistentes redundancias son muchas y muy sugestivas las ideas que se abordan y sobre las que se invita a la reflexión. 

Imbuido de un cierto didactismo -de ahí, quizá, las reiteraciones- el libro deja en sus páginas finales algunos listados de ideas clave a tener en cuenta sobre el asunto. Así, por ejemplo, en un apartado titulado “Back to basics”, se identifican diez puntos sobre los que se considera que se debe tomar conciencia de modo que se pueda lograr una aproximación responsable a la IA generativa antes de plantearse si se quiere utilizar, y de valorar cómo de partícipes somos de sus consecuencias al hacerlo (un fragmento, este que acabo de transcribir literalmente, que permite apreciar la a veces muy mejorable redacción; además, las diez preguntas a través de las cuales se plantea el necesario análisis que debe hacer un posible usuario del algoritmo no son más que una síntesis -de nuevo redundante, pues- de lo ya presentado con anterioridad). 

Ello ocurre también -la reiteración de lo ya expuesto- en una sección que aparece bajo la rúbrica de “Algunas pistas para orientar la brújula”, en la que se proponen una serie de preguntas que nos permitirán -como usuarios, como padres, como docentes, como estudiantes- discernir cuándo el uso de la IA en nuestras tareas resulta eficaz y necesario y cuándo sería claramente prescindible. Es decir, líneas de análisis que nos ayuden a reflexionar acerca de las posibilidades que la inteligencia artificial ofrece para resolver las cuestiones sustanciales de la enseñanza: el por el qué, el qué, el cómo enseñar, y por el qué y el cómo evaluar. Se trata de dos largas decenas de interrogantes en torno a la oportunidad y necesidad de esa utilización, a los objetivos pedagógicos pretendidos, a la conciencia de la huella que deja el uso del algoritmo, al conocimiento por parte del usuario de la información que suministra a los sistemas de inteligencia artificial, o a las connotaciones de inclusión o exclusión que conlleva ese uso. 

Asimismo, el libro incorpora la explicación detallada de las 73 capacidades que, a partir del Marco Europeo de Competencias Digitales para la Ciudadanía (DigComp 2.2), definen una competencia digital básica y que, consecuentemente, deberían ser trabajadas en el sistema escolar. Su lectura atenta resulta hoy en día indispensable para cualquier usuario de estas tecnologías y, a la vez, una muy estimulante invitación para actuar al respecto. 

Por último, el volumen se cierra con una sección final, “En pocas palabras”, en la que se resumen -en una nueva reformulación- las ideas principales del libro: la inteligencia artificial como construcción social y por tanto, como una tecnología que está muy lejos de ser neutra; la actuación de la IA como espejo para la educación reflejando sus carencias y revelando sus debilidades; los peligros de la capilaridad y expansividad de la penetración de la IA, que muy a menudo la hacen inapreciable para el consumidor en ámbitos en los que, sin embargo, ya lleva operando muchos años; la configuración de la escuela no como un espacio de adaptación a todo lo que viene de fuera y sí como un lugar de resistencia; la contradicción que encierran las promesas de la IA para la educación (productividad, eficiencia y automatización), pues lejos de transformarla para bien, pueden acelerar la crisis de sentido que desde hace décadas y aún hoy vive la institución escolar; el riesgo de atrofia de las capacidades humanas por el abuso de la delegación en la inteligencia artificial de tareas cognitivas que son imprescindibles para el aprendizaje, singularmente el pensamiento crítico, analítico y reflexivo, y la producción creativa; la reconceptualización del uso del tiempo y del espacio escolares para que el aula pueda seguir siendo un lugar de fricciones, de costuras, de umbrales, metáforas empleadas para significar la compatibilidad deseable entre una escuela que responda a la sociedad sin dejar de ser al mismo tiempo un lugar diferenciado de la sociedad; la conveniencia de orientar la IA para apoyar las transformaciones pendientes de la educación -primar el proceso sobre el resultado, desarrollar las competencias que movilizan los conocimientos y hacer de la evaluación una forma de aprendizaje-, y para evitar que por la misma naturaleza de la inteligencia artificial, acabe reforzando aquello que desde hace décadas cualquier docente consciente y responsable quiere eliminar: la memorización mecánica, la transmisión acrítica de contenidos y el aprendizaje superficial; la necesidad para el usuario -y singularmente los alumnos y profesores- de conocer los engranajes de la IA y de acceder -los alumnos- y proporcionar -los docentes- una solvente alfabetización digital; y la urgencia de incorporar la inteligencia artificial en la educación, en una decisión consciente fruto de la reflexión de todos los agentes implicados, pues, como señalan categóricamente los autores en la frase con la que clausuran su estudio, cada día que pasa en un aula sin mantener esa conversación es un día perdido. 

En muchas de estas interesantes cuestiones profundizaré en próximas emisiones de este ciclo. Concluyo ahora esta reseña con un fragmento del libro, en el que se subraya la necesidad de plantear en las aulas un acercamiento crítico a la IA, y con un tema musical creado íntegramente con inteligencia artificial. Se trata de Heart on My Sleeve, una obra que firma Ghostwriter977 y en la que un usuario anónimo compuso la música y la letra, clonó mediante redes neuronales las voces de Drake y The Weeknd y publicó el tema en Spotify y YouTube. Logró millones de reproducciones antes de ser retirada por reclamaciones de derechos de autor (aunque actualmente aún puede verse y escucharse en YouTube.


Llevar la conversación sobre IA al aula implica desarrollar una competencia digital crítica en los estudiantes y docentes para dotarles de herramientas de análisis y producción que les permita dirigir esta tecnología bajo un criterio propio y formado. 

En un entorno donde lo fake es cada vez más fácil de elaborar y difundir, y en esto la IA ha servido de levadura para su aceleración, y cuando cada vez disponemos de menos contrapesos para ello si la prensa y la política participan del mismo juego, es evidente que como ciudadanos necesitamos fortalecer nuestras propias estrategias de interpretación del mundo en el que nos movemos. Por tanto, es fundamental que aprendamos a ser más críticos, escépticos y responsables en nuestro manejo de la información, que sepamos utilizar herramientas de verificación y aplicar un cierto método para saber si estamos ante una información de calidad o una comunicación intoxicada. 

Toda esta tormenta perfecta deja al ciudadano aún más vulnerable frente a una tecnología que es capaz de generar contenidos que parecen reales y trastocar con ello el pacto de verdad sobre el que se había construido la sociedad moderna hasta el momento. 

Este camino nos lleva obligatoriamente a reforzar nuestra competencia digital entendida como esa base fundamental que nos permite interactuar con la tecnología digital con suficiente destreza para comprender y activar el mejor uso para nuestro día a día. 

Videoconferencia
Tíscar Lara y Carlos Magro. IA y Educación 

domingo, 20 de septiembre de 2026

MIGUEL BONNEFOY. EL SUEÑO DEL JAGUAR 

En este viaje a Venezuela que esta semana propone Todos los libros un libro, y tras las escalas en las novelas de Karina Sainz Borgo, La hija de la española, y Miriam Reyes, La edad infinita, llegamos ahora al cierre de la serie con mi tercera y última propuesta del ciclo, un libro soberbio, de lectura apasionante, escrito en francés por un escritor de doble nacionalidad, francesa y venezolana. Se trata del fascinante El sueño del jaguar, su autor es Miguel Bonnefoy y, tras su publicación en Francia y su excepcional repercusión en el país vecino, en donde obtuvo el Gran Premio de Novela de la Academia Francesa y el premio Femina, siendo finalista del Médicis, del Landerneau des lecteurs, del Jean Giono y del Femina des lycéens, vio la luz en España en la editorial Libros del Asteroide el pasado 2025, en espléndida y presumiblemente muy difícil traducción de la reconocida especialista Regina López Muñoz. 

Conocer la trayectoria biográfica de Miguel Bonnefoy permite una lectura más completa y una mejor comprensión de El sueño del jaguar, dados no solo los indudables paralelismos entre su propia vida y la de uno de los cuatro principales personajes de su novela, sino también las muchas semejanzas que pueden adivinarse entre su entorno familiar y cultural y el de los protagonistas del libro. Nacido en París en 1986, Bonnefoy creció entre Europa y América Latina, con una educación y unas experiencias vitales marcadas por la circulación de lenguas, relatos y memorias transnacionales. Esta condición biográfica, más allá de constituir el telón de fondo que enmarca su relato, además de aportar al texto infinidad de detalles que se corresponden con su propio contexto personal, es también el fundamento de una visión de la literatura que se construye -al parecer en el resto de su obra, que no conozco, pero de modo evidente en El sueño del jaguar- a partir de la intersección entre tradiciones culturales diversas, que se corresponden con la diversidad de su árbol genealógico. Su padre, el escritor chileno Michel Bonnefoy Rosenzuaig, detenido y torturado por la dictadura de Pinochet, y su madre, la diplomática venezolana María Antonieta Borjas, que fue Agregada cultural en la Embajada de su país en París, e hija de Antonio Borjas Romero, exrector de la Universidad del Zulia, y Ana María Rodríguez de Borjas, la primera médica del estado; informaciones, referencias y circunstancias todas que se reflejan literalmente en su novela (aunque pronto deberé matizar el adverbio, pues nada hay cien por cien literal en una obra plagada de invenciones y elementos de fantasía y casi mágicos). En diversas críticas que he podido leer se resalta la insistencia del autor, desde sus primeras publicaciones, en la exploración de las genealogías familiares, los desplazamientos geográficos, la transmisión de la memoria y los lazos entre la historia individual y la gran Historia en abstracto, siempre a través de personajes que pertenecen a familias marcadas por la migración, el exilio o la mezcla cultural, como digo un rasgo sustancial en El sueño del jaguar y un elemento definitorio de su propio itinerario vital. 

En este sentido, la novela que ahora presento se mueve también en una zona intermedia entre la tradición narrativa francesa y la latinoamericana, en una apreciación que la crítica hace extensiva a toda su escritura. De la primera hereda cierta concisión estilística, una preferencia por la claridad expositiva y una estructura narrativa relativamente lineal, contenida y más o menos acostumbrada. De la segunda toma la libertad imaginativa, la dimensión mítica, la apertura a lo maravilloso y la centralidad del relato oral como forma de transmisión de la experiencia. En más de una entrevista Bonnefoy confiesa esa influencia dual (Zola, Flaubert, Balzac, por un lado; García Márquez, Alejo Carpentier, Rómulo Gallegos, Uslar Pietri, por otro; además de otras muchas y heterogéneas referencias: Zweig, Camus, Pessoa, Dostoyevski, Gógol, Pirandello, Kafka).

En el caso de El sueño del jaguar, este planteamiento se muestra con una brillantez evidente. La novela se construye a partir de relatos familiares que “suenan” como si hubieran sido transmitidos oralmente, unas historias que el autor reescribe, reorganiza y transforma en una estructura narrativa coherente que avanza mediante episodios, anécdotas y escenas que llegan al lector respetando -o simulando, si mi percepción sobre su oralidad no es acertada- la lógica de la narración. El punto de partida del relato es aparentemente sencillo: la reconstrucción de varias generaciones de una familia venezolana, los Borjas Romero (la rama materna del árbol genealógico del escritor) desde principios del siglo XX hasta la actualidad, en una historia que corre en paralelo con la de la misma Venezuela. Sin embargo, desde sus primeras páginas, la novela se distancia de cualquier pretensión de realismo documental. A mi juicio Bonnefoy no pretende ni ofrecer una circunstanciada y minuciosa transcripción de las principales vicisitudes del recorrido de su familia en el último siglo, ni proporcionar al lector una crónica fiel de la historia de Venezuela, ni aportar una detallada visión sociológica de sus transformaciones sociales, políticas y económicas, pese a que todos estos elementos estén muy presentes, aunque transformados, enriquecidos, recreados merced a la invención novelesca, merced, pues, a la literatura. El libro se sitúa, pues, y en consonancia con ese ya mencionado doble influjo biográfico, en un muy fecundo cruce de caminos, el que hace confluir la sensibilidad narrativa europea, la de las sagas familiares clásicas, pobladas de personajes, acontecimientos y peripecias, con la tradición del realismo mágico latinoamericano, especialmente con la obra de Gabriel García Márquez (que el lector tiene en mente en todo momento mientras avanza entre las páginas del libro), en la medida en que convierte esa historia familiar en una estructura épica atravesada por lo extraordinario, lo inusitado, lo prodigioso, lo insólito, lo fantástico y lo improbable cuando no directamente imposible para la razón (Su voracidad lo incitó a saber más sobre un mundo que consideraba suyo, el de sus antepasados, el de su sangre. Estas lecturas lo empujaban hacia llanuras de mujeres-delfín y ríos con forma de salamandra, hacia marismas de las que se decía que sus peces tenían escamas de oro y sus árboles crecían del revés, leemos, en uno de los muchos reveladores pasajes del libro). Este enfoque -y el juego dual desde el que se construye- está ya presente en la cita del escritor colombiano William Ospina (que traje a Todos los libros un libro hace muchos años con su excepcional trilogía: Ursúa, de 2005, El país de la canela, de 2008, y La serpiente sin ojos, de 2012), con la que se abre el libro: Al norte está la razón / estudiando la lluvia, / descifrando los truenos. // Al sur están los danzantes engendrando la lluvia, / inventando los truenos. 

El núcleo fundamental del relato se centra en la figura de Antonio Borjas Romero. Abandonado al tercer día de su vida en la escalinata de una iglesia de Maracaibo, en una calle que hoy lleva su nombre (en un recurso que Bonnefoy utiliza de continuo, la anticipación del destino de sus personajes, presentada en pinceladas tenues y fugaces, en esbozos apenas apuntados, meramente sugeridos, despertando el interés del lector pero sin desvelar lo sustancial y manteniendo las incógnitas, el misterio), es recogido y criado por una mendiga a la que todos conocían como la muda Teresa, porque tenía problemas para articular, [que] debía de rozar la cuarentena, aunque ni ella misma estaba en condiciones de asegurar su edad exacta. Su semblante tenía algo de indio y, en el lado izquierdo, una leve parálisis causada por una vieja crisis de celos (en otra significativa muestra del tono, el léxico y hasta el clima de invención, exotismo e imaginación que caracteriza la novela). Desde ese origen humilde y adverso, preparado por su inopinada “madre de acogida” para una vida dura, llena de prudencia y de necesidades, de batallas y desconfianza, se ve obligado a desempeñarse desde niño en ambientes muy peligrosos (Antonio creció (…) en La Rita, en las riberas del lago de Maracaibo, un rincón del mundo tan peligroso que era conocido con una advertencia: Pela el Ojo) y trabajos esforzados (vendedor de amuletos de azabache, precoz echador de cartas, pescador en el lago de la ciudad, estibador portuario, pupilo en el Majestic, la pintoresca casa de citas regentada por la imponente Lucrecia Montilla, una más de incontable pléyade de inolvidables personajes secundarios; y todo ello antes de los catorce años). Inteligente, dueño de una determinación formidable y favorecido en alguna ocasión por el azar, Antonio completará su formación y, tras múltiples episodios, trufados casi siempre por los rasgos de fábula y prodigio que caracteriza la dimensión mágica del libro, llegará a ser una eminencia médica y rector insigne de la Universidad del Zulia. Los primeros pasos de esta historia centran el capítulo inicial del libro. 

En el segundo de ellos, Bonnefoy nos presenta a Ana María Rodríguez, una mujer de origen modesto, tímida y reservada aunque capaz de desafiar las rígidas estructuras que constriñen el desarrollo de la mujer en la época. La deslumbrante apertura del capítulo, en la que resuenan con fuerza los ecos “garcíamarquianos” (El destino fabuloso de la doctora Ana María Rodríguez arrancó un 14 de febrero en la costa de Sinamaica, el día en que un pescador llamado Martín Gámez hizo un descubrimiento que se contó entre los más insólitos de Maracaibo), refuerza, una vez más, la opción estilística elegida por el autor, con la insólita aparición de un pingüino en el Caribe, un animal, representado en un broche conmemorativo del inusitado acontecimiento, que cruzará la novela entera. Desde ese día inaugural, el relato se adentra en los antecedentes de la familia de Ana María; su casi frustrado nacimiento; su talento genial pronto descubierto (o quizá no; mantengo el misterio para que lo descubra el lector) por las monjas de la escuela en la que estudia; la devota admiración por su padre, Chinco Rodríguez, opositor de la dictadura de Juan Vicente Gómez y encarcelado por ello; su vocación por la Medicina, sus clases universitarias, en las que vuelve a coincidir con Antonio, compañero de pupitre en el colegio; sus inicialmente esforzados y muy románticos amores con él (la historia -una entre las muchas que se intercalan en el texto- de las mil cartas de amor es preciosa y conmovedora); su matrimonio, su conversión en una de las primeras médicas graduadas con honores en Venezuela y la primera ginecóloga y obstetra del estado de Zulia, erigiéndose como un símbolo pionero de la emancipación femenina; el matrimonio de ambos, convertidos en figuras relevantes, encarnando el ascenso social y el florecimiento intelectual de una Maracaibo que, en ese tiempo y tras el descubrimiento de la riqueza petrolera de su subsuelo, muta aceleradamente de apacible pueblo pesquero a convulsa capital del dinero, la riqueza y los negocios. De esa unión nacerá una pequeña, a la que llamarán Venezuela, ampliando las resonancias míticas del relato, que centra la tercera sección del libro. De nuevo la fecunda prosa de Bonnefoy es capaz de concentrar en un solo párrafo las diferentes vertientes -íntima, familiar, colectiva, política, histórica- del libro: La mañana del 23 de enero de 1958, Antonio Borjas Romero, la doctora Ana María Rodríguez y el dictador Marcos Pérez Jiménez despertaron como si se tratara de un día más en sus respectivas vidas, sin sospechar que uno sería liberado durante la tarde [Antonio también había sido encarcelado, una generación después del padre de Ana, por su oposición a un nuevo dictador], otra se iría a dormir aquella noche con una hija en los brazos y el otro lo haría en otro país, pobre y proscrito, tras escapar por los pelos de una ejecución sumaria. 

Venezuela, bautizada de forma profética con el nombre de su propia patria, en la coincidencia eufórica de su nacimiento y el derrocamiento del tirano, encarna la deriva del país a mediados del siglo XX (como si en el vientre de su nombre de pila concentrara la bulliciosa dignidad de un pueblo). Mientras la sociedad venezolana experimenta las tensiones de la bonanza petrolera, el descontento político, los sucesivos golpes de estado y las consiguientes dictaduras, el destino de la joven aparece marcado por la inevitable exigencia parental que la encamina a la Medicina. Sin embargo, Venezuela pronto rehuirá esa imposición (Todo el mundo veía como algo natural e indiscutible que Venezuela sería médica. Aquel destino trazado para ella emanaba de una profecía y una confianza tales que nadie lo puso en duda, nadie pensó en el peso que podían representar para una niña el talento demoledor de su madre y el renombre esplendoroso de su padre), impulsada a la vez por el rechazo a la agobiante estela de las figuras de sus padres y por una obsesión apremiante por viajar, nacida a los seis años, cuando su madre puso un atlas ante sus ojos. Su fervoroso deseo y la nostálgica evocación de París que revive ante ella Zina, vecina de la familia y una suerte de Penélope (la de la canción de Serrat más que el personaje de la Odisea) que espera inútilmente el retorno de un fugaz y en el fondo imposible amor parisino (el día en que el productor francés se marchó ella tomó la decisión de casarse únicamente con el hombre que le propusiera cruzar el charco, solo que aquel desconocido nunca llegó a dar con las callejuelas que conducían a su corazón y se extravió él también en los nudos de la historia; en otro bellísimo relato entretejido en la línea principal de la novela), despertaron en la chica el ansia por viajar a la capital francesa (De ahí que tuviera tiempo de sobra para cubrir las paredes de la casa con postales de París y carteles que mostraban la torre Eiffel desde todos los ángulos posibles. Su pasión por Francia convirtió la casa (…) en una tienda de recuerdos parisinos). La joven crecerá atrapada entre el vínculo visceral hacia sus raíces caribeñas y esa fascinación desmedida por París. Esta dualidad la llevará finalmente al éxodo, proyectando la memoria familiar hacia la diáspora y cerrando un ciclo de identidad dividida entre dos mundos. En la trigésimo octava carta, de las cuarenta que intercambia desde Francia con su madre (y que también son objeto de una extraordinaria y singular peripecia que se nos narra en el texto) Venezuela contará que había conocido el amor, un chileno huido de la dictadura de Pinochet, bajo cuya represión había sido torturado. Se llamaba Ilario Da. Tras el exilio forzado, para protegerse, en la frontera francesa había cambiado su nombre por Michel René, y Venezuela empezó a llamarlo cariñosamente Michel Da. 

Michel y Venezuela serán padres de Cristóbal -claramente el Miguel Bonnefoy que escribe el libro-, núcleo sobre el que gravita la cuarta y última sección de la novela. En ella, conocemos su infancia entre libros (Cristóbal no tenía aún cinco años cuando aprendió a leer. Aquel descubrimiento le sirvió para canalizar sus energías. Con diez, a cualquier hora en la que Venezuela se lo cruzara por la casa, andaba siempre hundido hasta los hombros detrás de un libro, la cabeza gacha, el mentón pegado al torso, enfrascado en la lectura); su doble influencia cultural (Como era europeo y latinoamericano a la vez, se embebió de una mitología fronteriza entre dos continentes, dos culturas, dos lenguas, de los que él era el fruto); su pasión por los viajes, alentada por su madre que, en el entretanto, es nombrada jefa de asuntos culturales de la embajada de Venezuela y obligada por ello a viajar de capital en capital, de país en país, convirtiendo la infancia de su hijo en una pura sucesión de desplazamientos y mudanzas, de movimientos y desarraigos; y su vocación hacia la escritura, germinada en él desde la infancia pero impulsada en su viaje juvenil a la tierra de sus padres para asistir al funeral de Antonio, su abuelo materno: el contacto con aquella realidad desmesurada, lo hizo sentir algo comparable a lo que habían experimentado los aventureros que descubrían las reliquias de un pasado imaginario, pero no supo ponerle un nombre a aquel sentimiento hasta tiempo después, hasta el día en que decidió escribir esta historia. Fascinado por ese mundo tan cambiante como el mar, donde los pueblos gravitan alrededor de las ciudades igual que los planetas alrededor de las estrellas y donde unas simples lluvias son capaces de soliviantar volcanes; embriagado por ese universo inexplicable de peligros y tormentos, desilusiones y llamas, un mundo donde del mito solo quedaban las ruinas de un jadeo; arrebatado por el poderoso encantamiento de los miles de historias que constituyen el legado de su familia, decide escribir una novela, esta que tenemos entre manos: 

Zina los visitaba los días de lluvia, tocada con un chal persa. Viendo a Cristóbal corregir frenéticamente sus manuscritos abortados, sus arranques de novelas, no pudo evitar preguntarle: 
—¿Qué escribes? 
—No lo sé. Una novela sobre Maracaibo, creo. 
La vecina guardó silencio. 
—Yo de novelas no entiendo —respondió—. Pero sé que los campesinos maracuchos están convencidos de que en cada camada de gatitos hay un jaguar. La madre, prudente, lo aísla, lo ahuyenta para que no devore a los demás. El jaguar crece de otra manera. Se emancipa. Ellos son los fundadores de esta ciudad. Todos somos hijos de un sueño de jaguar. 

Y entonces Cristóbal agarró una pluma y se puso a escribir. Había que remontarse hasta aquella mañana en la que, al tercer día de su vida, Antonio Borjas Romero fue abandonado en los escalones de una iglesia, en una calle que hoy lleva su nombre. 

Y el resultado es El sueño del jaguar, el relato en el que, a través de una prosa lírica y evocadora; con un lenguaje soberbio de difícil traducción; intercalando historias, sucesos, episodios contados -todos, incluso los realmente ocurridos- con un aire de mito, de leyenda; poblado por un sinnúmero de personajes de fábula; repleto de elementos fantásticos, Bonnefoy entrelaza la epopeya individual de sus protagonistas con el devenir histórico de una nación que intenta descifrar sus propios orígenes y su destino. 

Cierro aquí mi largo, aunque espero que sugerente, periplo por el país venezolano. Las tres novelas recomendadas en la serie son espléndidas y espero que las disfrutéis. Os dejo con un fragmento significativo de El sueño del jaguar y con Tonada por ella, del grupo Rawayana, un emotivo repaso al alma y la geografía de Venezuela, espacialmente conmovedor cuando aún tenemos presente el muy catastrófico terremoto.


Emprendieron el camino de regreso tomando la ruta transandina, la misma que había recorrido Ana María con Mamá Concha seis años antes, convencida de que los relatos de los viajeros no mentían. Mientras el autocar los mecía con el bamboleo de sus neumáticos, Ana María cerró los ojos y cayó en un letargo silencioso, la cabeza apoyada en el hombro de Antonio. Mientras el autobús circulaba a través de la selva de Choroní tuvo un sueño extraño: soñó con una tara negra, una mariposa gigante posada en la nuca de su padre. Sus alas le taparon el paisaje y Ana María no vio las ceibas de troncos chorreantes como cascadas de madera donde los tucanes escondían sus picos de mil colores, ni la espesura de la alfombra de helechos donde la hembra de ocelote paría con un rugido, ni el pelaje del perezoso, ni las paredes vegetales de jacarandas y algarrobos, ni el camaleón masticando una mosca tan gorda como un tábano; no distinguió los campos de maíz rojos y malvas, que poseen el color del ojo del crepúsculo, ni los doseles impenetrables cuyos rosetones de hojas semejan vidrieras de catedrales. 

Antonio se volvió hacia Ana María. La miró como nadie lo había hecho aún, tan indefensa, tan vulnerable, tan abandonada en su sueño; la vio liberada de su máscara de coraje y de mujer poderosa, sola en la tierra. Sintió que la conocía ya, o que se parecían tanto que ya se había cruzado con ella en otra vida. Se reconoció en aquel miedo disimulado, en aquella fortaleza llena de fisuras, y experimentó en aquel instante una confianza en el porvenir que lo estremeció. Con un gesto prudente, para no perturbar su sueño, le recolocó un mechón de pelo detrás de la oreja, le acarició la sien y puso una mano en su vientre tibio, donde creyó sentir, entre dos sacudidas del vehículo, el bebé aún en ciernes que aguardaba entre los algodones del presagio, el bebé que tardaría aún un tiempo en llegar para brindar a la pareja tantos instantes de grandeza y tormentos.

Videoconferencia
Miguel Bonnefoy. El sueño del jaguar  

viernes, 18 de septiembre de 2026

MIRIAM REYES. LA EDAD INFINITA

Bienvenidos una semana más a Todos los libros un libro, que hoy quiere proponeros un viaje literario a un país convulso, presente en los medios de comunicación del mundo entero, singularmente los españoles, desde hace décadas, en particular en los últimos años y muy especialmente en estos meses, a raíz del devastador terremoto que castigó a una población ya muy golpeada por la política, la corrupción, los abusos, las injusticias, la opresión. Se trata de Venezuela, a cuya realidad nos acercaremos a través de tres novelas, muy distintas, de autores con coordenadas biográficas y profesionales bien diferentes y con temáticas y planteamientos narrativos también disímiles, aunque coincidentes las tres en ubicarse en escenarios, reflejar la historia y dar cuenta de la situación política de la nación caribeña. Tras La hija de la española, el estupendo y aclamado debut literario de Karina Sainz Borgo, con la que inauguramos esta semana dedicada a Venezuela en Todos los libros un libro, me centro ahora en La edad infinita, una novela claramente autobiográfica de la orensana Miriam Reyes, hija de padres emigrantes en Venezuela y residente ella misma en ese país desde los ocho a los veinte años, aproximadamente, si el paralelismo con su protagonista se extiende también a esta circunstancia. 

Bastantes de los rasgos fundamentales del marco en que se desenvuelve La hija de la española comparecen también en La edad infinita, primera y relativamente exitosa novela de la poeta Miriam Reyes: Venezuela en su realidad social, política, económica y hasta lingüística; la emigración española y, de un modo destacado en este caso, también gallega; las ideas de desarraigo, identidad y pertenencia; entre otros. Formada en Letras en la Universidad Central de Venezuela, licenciada en Filología Hispánica en la de Barcelona, traductora y videocreadora, Reyes cuenta con una reconocida trayectoria como poeta, habiendo obtenido el Premio Nacional de Poesía en 2025 con su poemario “Con”. En este su debut en la ficción (aunque, ¿no cabría catalogar como ficción la poesía?), la gallega, nacida en Orense en 1974, ha optado por recrear, de un modo emotivo y muy bello, su propia experiencia, a través de la infancia, adolescencia y primera juventud de una niña en Venezuela, adonde llega en 1983, siguiendo los pasos de sus padres, emigrados en 1981, el padre, y 1982, la madre. 

La complejidad, la dureza, el fuerte impacto emocional de esa doble experiencia del desarraigo -el que acontece tras su viaje infantil a Venezuela y el de su vuelta a España, ya adulta, en su primera juventud- explica lo tardío de la escritura de su libro, la larga espera de tres décadas para recoger en palabras su vivencia, como refleja este fragmento entresacado de las últimas páginas de la novela: Me considero lenta porque tengo la percepción de que suelo necesitar mucho tiempo para recorrer distancias no geográficas. Necesité mucho tiempo para dejar de llorar por las noches, por ejemplo. Mucho tiempo y algunas medidas drásticas, como borrar por completo el país del que venía. Dos veces necesité hacerlo y dos veces lo hice. La edad no marcó gran diferencia en la duración del proceso. Y he necesitado todavía más tiempo para sentarme a escribirte. Y ese “escribirte” necesita aclaración, pues ese destinatario innominado pero de identidad fácilmente deducible, es uno de los tres roles esenciales en ese proceso de remembranza en que consiste la novela. ¿A quién alude ese “te”? ¿Quién escribe y a quién? Esas dudas asaltan al lector ya al poco de empezar la lectura, disipadas bien pronto (todas las negritas son mías): 

Tengo ocho años. Con las pupilas dilatadas imagino lo que leo en los libros. ¿Había todo esto en el lugar del que procedo y nadie me lo enseñó? ¿Procedo de un país? Seguro que no. Procedo de la casa de mis abuelos. De un cuarto sin ascensor en un pequeño edificio de protección oficial frente a la Estación de San Francisco. De esos sesenta metros cuadrados. O tampoco. Más bien procedo del espacio que esos cuerpos abrían para mí. No de la casa sino del abrazo de los abuelos. Ahí tenía yo mi lugar antes de conocerte. 

Algunas noches esa niña viene a hablarme. Viene en sueños a quejarse de que piense en ti más de lo que pienso en ella. 
Le miento. A veces parece que me cree, que es la niña inocente, la fácil de engañar. Otras, me acusa de no haberla amado nunca. De ser un estorbo para mí igual que para los demás. Un desamparo que preferí evadir. Por eso me he decidido a escribirte. No tengo propósito, más bien tengo necesidad. 

Admito que nada más llegar te vi como una cárcel. Muy pronto te convertiste en mi hábitat preferido, yo perfectamente amoldada a ti. Más tarde, fuiste mi manicomio, mi isla del tesoro y mi sala de fiestas, todo a la vez. Desde hace unos años, mi paraíso perdido. 

Así que tenemos a una niña de ocho años que añora a sus abuelos, a los que ha dejado atrás en “el lugar del que procedo”. Tenemos también a una mujer adulta que la piensa, que recupera su presencia infantil -la edad infinita-, que “va a buscarla” (Entonces no es ella quien me sorprende en sueños, sino que soy yo quien va a buscarla), que la evoca en la distancia. Y tenemos por fin a ese “te”, esa Venezuela -cárcel, hábitat preferido, manicomio, isla del tesoro, sala de fiestas, paraíso perdido- que la narradora investiga, que quiere recuperar en su presente de adulta (llevo tiempo buscándote en los lugares más disímiles: en todo tipo de cifras, toponimias y accidentes geográficos, en esquinas, edificios y bares, en cartas de personas que nunca conocí, testimonios ajenos, recuerdos de amigos, decretos, tesis doctorales, actas y discursos, en marcadores económicos y en los rincones más recónditos de la niña), a la que se dirige e interpela, y a la que describe con precisión. He aquí a las tres protagonistas, unidas en un breve párrafo: Entiendo que te preguntes con recelo desde cuándo escriben cosas así las niñas de ocho años. Yo también me lo pregunto. Y hasta me avergüenzo un poco. 

Y sobre ese triángulo basal se edifica la novela, que es la historia de esa niña, frágil, insegura, vulnerable, que en 1983 abandona Galicia para reunirse en Venezuela con unos padres emigrados años antes y ahora algo desapegados; perdiendo en el camino, además del entorno confortable, cariñoso y tierno de sus abuelos, todo su mundo conocido, sus referentes vitales y hasta cierto punto también su lengua; obligada ahora aclimatarse a un habla, una geografía, unos afectos -o su inexistencia-, unas costumbres y, en fin, una nueva vida, extraños, chocantes, extravagantes e incomprensibles. La novela recorre esos años, en una narración en la que la existencia de la niña corre en paralelo a la del país, mostrando las convulsiones de la biografía íntima de la muchacha, su crecimiento y maduración, su complejidad psicológica, a la par que refleja las transformaciones externas que experimenta Venezuela y el deterioro, el desmoronamiento, el derrumbe colectivo, social, económico y político que padecerá en esos años (en un proceso que llega a nuestros días), en uno de los grandes aciertos del libro, que se lee así simultáneamente como el relato de formación de una niña y la descripción del declive de un país que había sido durante décadas una tierra de promisión para miles de inmigrantes españoles. 

Así, en ese recorrido por la infancia y la adolescencia de la narradora conocemos su desconcierto y su incertidumbre en la llegada al nuevo país; la añoranza, la tristeza y las lágrimas por las muchas pérdidas (la afectuosa cotidianidad con los abuelos, las caricias al lóbulo de la oreja del abuelo, los cálidos cuellos que llenaba de besos, el entorno orensano, pero también, en cierto modo, su propia identidad conformada en sus ocho primeros años de vida, la de la criatura que ha dejado de ser: la que vivía con sus abuelos en una ciudad de provincias donde todavía se veían huertos y gallinas en las casas de las afueras; una ciudad de piedra y musgo, pequeña como un pesebre y, aun así, llena de lugares por descubrir que permanecerán inexplorados); la adaptación a la escuela, tan distinta a la muy acogedora de su origen; el trato con sus nuevos compañeros (En su nuevo colegio a veces la llaman por el nombre de un personaje de dibujos animados porque comparte su prosodia, y quizá algo más que todavía no descifra. Cuánto se parece a ese pollito negro que nace justo cuando sus padres salen a hacer un recado y se encuentra en una casa desierta. Ese pollito que va por la vida con el cascarón de sombrero, quejándose de las injusticias que sufre); el difícil acomodo a una, en el fondo, nueva lengua, ya desde el colegio (hay pasajes que evocan la sonoridad del habla venezolana o la ininteligibilidad de algunas expresiones: Decir, por ejemplo, que el chiriguare tiene rabo de burro y boca de bagre; que sin dinero un puente se repara con cáscara de huevo; que va a comer gusano si nadie la quiere y todos la odian; que amarillo, azul y rojo la bandera de los piojos o que el cacique Guaicaipuro puro puro ha matado a su mujer jer jer porque no le dio dinero nero nero); la aclimatación al hogar (el espacio desconocido que a partir de ahora debe llamar «casa»), una vivienda modesta, y a la poco cálida convivencia familiar, con unos padres en los que no percibe cercanía alguna, siempre distantes, trabajando, permanentemente ajenos en su insatisfacción vital; el contacto con el universo de la emigración, singularmente la gallega; el descubrimiento progresivo de un país, de una sociedad, una cultura desconcertantes; la conciencia de la soledad y el desarraigo, de saberse a caballo de dos mundos; el oscuro incidente vivido entre los diez y los once años, no podría ubicarlo con exactitud, un acontecimiento decisivo, que no se desvela hasta el último tramo de la novela pero del que la autora va dejando pistas -sutiles, elegantes, discretas- a lo largo del texto, casi desde su inicio: Sé que por algún lugar hay un volcán escondido en una selva de rencor que sigue creciendo exuberante dentro de ella; la precoz entrega a la escritura (escribe sobre sí misma en tercera persona. Necesita escribir su historia. No puede saber por qué, solo tiene ocho años. La empieza una y otra vez con la misma frase: «Ella no se sentía sola, se sentía vacía, no sabía si llorar o gritar, no podía creer que algo así le sucediera a ella». No me lo invento. Es un apunte verídico, aunque sea poco verosímil. Entiendo que te preguntes con recelo desde cuándo escriben cosas así las niñas de ocho años. Yo también me lo pregunto. Y hasta me avergüenzo un poco. No te creas que sé por qué la niña hace lo que hace. La hipótesis que barajo es que el gran desplazamiento le quiebra la infancia en dos, pero el corte no es limpio y de la parte que queda colgando asoma el hueso de la adolescencia. Por eso todo le falta y todo le duele. Es una adolescente de ocho años; en un fragmento sustancial en sí mismo y también en tanto vuelve a recoger la presencia de los tres “personajes”: la narradora adulta con su mirada retrospectiva y analítica, que intenta entender; la niña de cuya infancia se da cuenta en la novela; y la Venezuela pasiva y silenciosa, última destinataria del relato). Y también, con el transcurrir del tiempo, los estudios de bachillerato, la universidad, la conciencia ideológica, el compromiso político. 

De todas estas dimensiones que la novela va mostrando, me interesa comentar, siquiera brevemente, algunas, a mi juicio, especialmente relevantes. En primer lugar, y por encima del todo, sobresale la construcción del personaje de la niña como una figura que encarna el desplazamiento permanente, la experiencia del desarraigo, la fragmentación identitaria y la pérdida de continuidad biográfica. Su caracterización se presenta a partir de su propia percepción de la tensión entre dos mundos -el de origen y el de llegada- que nunca llegan a estabilizarse del todo. Como la niña inocente que es -y como la poeta que es su creadora- se enfrenta a su sobrevenida realidad de un modo hipersensible, constatando su extrañeza, su “extranjerismo” estructural, su identidad en cierto modo fluida, obligada a reformularse, tan pequeña, extraviada, sin puntos de referencia en su contacto con esa vida nueva, como en este largo pero elocuente y exhaustivo fragmento: Las personas acostumbran a extraviarse cuando no tienen puntos de referencia, y ella acaba de perderlos. Todo es diferente para la niña: desde el cielo sobre su cabeza hasta la tierra bajo sus pies. También el aire y el agua que entran y salen de su cuerpo. Y, por supuesto, el lugar donde duerme, quienes viven con ella, la hora a la que se levanta, quien la despierta, las normas que debe obedecer en el lugar llamado «casa», el uniforme, lo que desayuna, la forma de desplazarse hasta el colegio, las calles, los edificios, las ventanas de los edificios, la cantidad de personas en la calle, la hora a la que sale el sol, el lugar llamado «colegio», las normas que debe obedecer en ese lugar, la hora a la que empiezan las clases, las clases, las maestras, las monjas, las compañeras, las aulas, los pupitres, las asignaturas, los cuadernos, el tamaño de las hojas de papel, los nombres de los colores de los lápices de colores, los baños, el patio de recreo, el recreo, la hora a la que terminan las clases, la forma de nombrar las calles y de dar direcciones, la hora de comer, las frutas, los pescados, los bocadillos, los dulces, los programas de televisión, los autobuses, las marcas, el clima, los bañadores, los árboles, los pájaros, los insectos, el mar, las flores, los olores, los juegos, los bailes, los chistes, los chicles, los refrescos, las tiendas, los helados, la música, los instrumentos musicales, el sonido del idioma, las interjecciones, los insultos, las muletillas, los piropos, los saludos, las despedidas, la hora a la que no se puede caminar por la calle y lo que no se puede hacer en la calle a ninguna hora. Un desajuste total, en definitiva: lenguas, códigos culturales, afectos familiares y geografías que no encajan en la personalidad que la ha definido hasta entonces y que provocan su desconcierto, la disonancia, la ruptura. 

Es, en definitiva, una niña que ya no es ni de aquí ni de allá, imposibilitada de vivir el sentimiento de pertenencia, incapaz de recuperar el “nosotros” que la arropaba en su etapa española (De momento, carece de un nosotros. No puede incluirse en el de los padres, esos desconocidos, y todo el conjunto de personas que formaban parte del nosotros en el que se incluía está fuera de su alcance). Y esta desazón, esta precoz y desgarradora conciencia de que ya no pertenece del todo a la cultura de origen ni ha logrado integrarse en la de acogida, define a la niña y permanece en la memoria de la adulta. En conjunto, la caracterización de la niña en la novela puede entenderse como la de una subjetividad en tránsito permanente, definida por la pérdida de continuidad (ese 1983 en el que la idea de continuidad se quebró para ti también), la experiencia del desarraigo, la tensión entre mundos culturales y la supervivencia de la infancia como forma de percepción del mundo. 

A esta sensación de extrañamiento contribuye en gran medida -aparte de la singularidad venezolana, que luego comentaré- la muy diferente vivencia de la emigración para sus padres y para ella misma, en un desfase que acentúa la tensión con que la niña vivirá su “reubicación”. La pequeña está marcada por esa dualidad fundamental entre su experiencia y la de sus padres. Mientras estos (llegados a Venezuela cuando aún se concebía el país como fuente de riqueza, a partir de la “explosión” petrolífera, de la “quimera del oro” que ellos ignoran que ya se ha agotado y que se precipita hacia el endeudamiento y la quiebra) conciben la migración como un proyecto económico reversible -trabajar, ahorrar y regresar-, la niña la vive como una transformación inevitable e irrecuperable de su mundo. Los adultos mantienen la lógica del retorno, aceptando resignados las limitaciones, la precariedad, la explotación, el sufrimiento, la ausencia de motivos para la felicidad, confiando en una ya improbable abundancia futura; ella, en cambio, empieza a habitar un presente sin retorno posible. Esta divergencia se suma a la fractura entre los dos mundos que percibe en su día a día por lo que, de este modo, su familia no operará como un ámbito acogedor que pudiera contribuir a la construcción y la afirmación de su identidad, sino que resultará ser otro ámbito más de disonancia, desarreglo y perturbación. 

Vinculados a esta cuestión nuclear aparecen otros dos frentes de interés en el libro: el modo en que se “dibujan” las figuras de los padres y, a través de ellos, la representación del entorno de los emigrantes gallegos en Venezuela. Los padres están marcados por el fracaso, por la decepción, por el cansancio y, pese a ello, por una obstinación en el exitoso retorno, a menudo dolorosa por improbable, por imposible. El padre atraviesa el Atlántico en 1981, pensando en la creciente prosperidad que deriva del petróleo, pero ignorante de que lo que subía imparable e imbatible en 1973, en 1974, en 1975 había empezado a bajar y lo hacía rodando. Su mujer lo sigue un año después confiando en la tierra prometida, en multiplicar los panes y los peces, pero cuando vuelve a España para recoger a su hija, en 1983, apenas han transcurrido seis meses del día que pasaría a la historia como Viernes Negro por marcar el fin de cien años de estabilidad económica en el país caribeño. Su experiencia no es épica, como la de tantos otros emigrantes que, tras su indecible lucha por abrirse paso en territorio y en circunstancias hostiles, logran triunfar, vuelven como una suerte de enriquecidos héroes a sus pueblos norteños -gallegos, asturianos, cántabros- o se asientan en sus países de acogida al frente de sus prósperos negocios. Por el contrario, los padres de la protagonista viven una emigración precaria, hecha de pobreza, de necesidad, de limitaciones, de dificultades, de trabajos miserables, de viviendas exiguas, de una preocupante y obsesiva falta de dinero. Con su sobresaliente escritura poética, Reyes describe en pocas líneas ese clima de fracaso: Fueron muchos los planes que cayeron al piso [la narradora acoge las singularidades del habla venezolana que percibe y aprende en su infancia: El piso es el suelo que pisas, y el suelo una palabra que existe pero que no se pisa mucho], no solo el de los padres. Cuando tengo edad de trabajar, esos planes motean las calles como chicles. Desde los más ambiciosos a los más modestos, motas de mugre bajo nuestros pasos nerviosos, apurados, escorados por el miedo. No los escupimos como chicles, aunque lo parezcan; tan mascados en nuestras bocas, caen, continúan cayendo y les pasamos por encima, los miramos con disgusto. Nos quejamos de lo feas que están las calles mugrientas de fracaso. Pese a este panorama, los padres se acomodan, se encierran en su burbuja, se aíslan, contemplan el mundo externo como si contuviera una amenaza, con resentimiento, con desprecio. A diferencia de la niña, que quiere ser venezolana, cantar el himno, hablar como sus compañeras, pertenecer al país de acogida, ellos carecen de curiosidad hacia el mundo nuevo, no intentan adaptarse (más allá de la forzada adecuación al clima general de corrupción), son barro cocido, demasiado hechos ya. La visión de la emigración que emana de la vivencia de los progenitores es cerrada, endogámica (con los encuentros en la Hermandad Gallega, el himno de “los pinos” -Que din os rumorosos na costa verdecente, ao raio transparente do prácido luar?; el himno gallego que se repite en sus fiestas-, las comidas, las borracheras, las canciones de la tierra: Son las canciones de sus padres y de los que son como sus padres. Gentes capaces de hacerse una casa en una canción, una nación en una borrachera, la nostalgia); en una experiencia que rezuma desprecio (el que expresan los venezolanos hacia el extranjero y el que este manifiesta hacia los lugareños), prejuicios (también en ambas direcciones: el olor a cebolla del portugués, del gallego; el racismo), y dificultades para la integración. 

Como consecuencia de todo ello, el clima familiar es frío, hostil incluso, con un padre autoritario, prepotente, violento incluso, en ocasiones, dueño y señor de su rreino (por razones que se me escapan la autora escribe siempre la palabra con dos erres, quizá para subrayar la poderosa fuerza represora del dominio paterno, quizá para remarcar el carácter metafórico de esa autoridad suprema, que exige el sometimiento, la aceptación sumisa de hija y madre: La niña tampoco entiende cómo la madre aguanta al padre, aunque no sea bruto ni más viejo que ella, o cómo muchas de las otras mujeres con las que se juntan aguantan a sus maridos, sobre todo a los que el fin de semana empiezan con los cubatas en el desayuno y para la hora de la cena ya las están insultando a gritos sentados a la mesa, con los ojos inyectados en sangre, escupiendo sobre los platos de los demás). Nada hay, apenas, sobre todo en relación con el padre (vinculado de una manera que el lector intuye a ese episodio impreciso, sombrío y doloroso de sus diez u once años), de cariño, de ternura, de refugio seguro que por el contrario sí representaba el hogar de los abuelos, y sí mucho de silencios, malentendidos, incomprensión, vergüenza. Ese ámbito familiar, definido en particular por la presencia paterna, es una nueva fuente de conflictos para la sensible y extraviada personalidad de la niña. 

La última vertiente del libro en la que quiero detenerme es la que afecta a la importante presencia de Venezuela, mucho más que un mero escenario que enmarca la peripecia vital de la protagonista. La novela recorre los principales hitos políticos, económicos y sociales de la convulsa historia del país en aquellos años. Como ya he comentado, la trayectoria de la niña aparece conectada, fuertemente imbricada, a la evolución de Venezuela, con vínculos que la hacen dudar acerca de si es una forma de predestinación o un mero azar lo que las une a ambas: el nombre del barrio donde la niña vivía en Orense es el mismo que el primer nombre castellano con el que se designó al gran valle donde se levantó Caracas; su llegada a Venezuela coincidente con el bicentenario del nacimiento, del libertador Bolívar y con el aniversario de la fundación de la capital; entre otras coincidencias. El lector conoce así el final de la Venezuela de la abundancia derivada del petróleo (la niña llega en 1983, el año del llamado Viernes Negro, cuando el gobierno devalúa la moneda y pone fin a décadas de estabilidad monetaria); el consiguiente agotamiento del ciclo histórico favorable; la crisis económica y la deuda externa de los años ochenta, en una etapa, tras el auge petrolero, de endeudamiento, inflación y colapso económico (el ambiente doméstico trasluce ese deterioro colectivo, el hogar familiar convertido también en un espacio hostil, tensionado); los movimientos revolucionarios, izquierdistas, la rebelión estudiantil (que coinciden con la etapa universitaria de la protagonista, que vive las contradicciones de su confuso despertar político: Revolución es una palabra que sabe dulce en su boca, pero cuando intenta digerirla, le acidifica el estómago y acaba quemándole la garganta); el aumento de la violencia urbana en Caracas, fruto de la insatisfacción, la escasez, la miseria, la desigualdad, la falta de libertades; sucediéndose los asaltos, los atracos, los saqueos en tiendas y comercios, la degradación social y urbana; el definitivo fracaso del sueño venezolano y la clausura de este recorrido paralelo: una niña y un país que pierden la inocencia. El feliz y exuberante territorio de acogida se ha convertido en un lugar de éxodo y la joven abandonará también, con desgarro, el país. 

El relato de esta última etapa de disturbios y revueltas es el más abierta y explícitamente político del libro y, a mi juicio, el menos logrado, con opciones literarias discutibles (un pasaje que recoge dos decenas de titulares de prensa dando cuenta de noticias, declaraciones, sucesos e incidentes en las calles; una algo demagógica y elemental digresión sobre el papel de España en el “descubrimiento” de hace quinientos años, culminada con una innecesaria y reiterativa página alusiva a la celebración del Día de la Fiesta Nacional de los respectivos países hispanoamericanos; un inciso sobre el racismo y la esclavitud) y, en cualquier caso, con un subrayado algo enfático de determinadas posturas ideológicas, razonables en su mayoría pero, desde mi punto de vista, superfluas en el contexto general de una novela, por lo demás, muy apreciable. 

Cierro este comentario con un precioso y muy significativo fragmento del libro y con el Himno gallego, que como he señalado suena en un pasaje de la obra, reflejando a la vez su atmósfera melancólica, en la interpretación de Luar na lubre.


Si algún día pudiera contar su historia comenzaría diciendo: en la madrugada umbral entre el día del bicentenario del nacimiento del libertador y el día de la fundación de la gran ciudad, una niña, al otro lado de la noche, se levanta del sofá cama donde duerme con su prima y abre la puerta de la calle con cuidado de no despertar a los abuelos. En el rellano encuentra una cesta de mimbre con un bebé de goma. La agarra por el asa y baja descalza los cuatro pisos de escaleras, abre el portal y lo cierra muy despacio. Bordea el muro de la estación y entra por la explanada. Cruza las vías y se detiene frente al pequeño túnel ciego. No se ve nada. Aprieta la cesta con el bebé de goma contra su pecho, cierra los ojos y echa a andar. Huele a humedad y sus pasos resuenan como si no caminara sola. Está a punto de abrir los ojos cuando una fuerza la levanta del suelo y la absorbe como una aspiradora gigante, para vomitarla después por el otro extremo. Cuando finalmente los abre está acostada dentro de la cesta, bajo la copa de un árbol que nunca había visto, frente a una iglesia pintada de blanco y gris. Quiere hablar pero no le salen las palabras, al mover la lengua nota que sus encías lisas no tienen dientes. Se mira las manos minúsculas y se asusta. Llora, y su llanto suena como las sirenas que rompen la noche.

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Miriam Reyes. La edad infinita