Vivo entre muchos libros y extraigo una gran parte de mis ganas de vivir del hecho de que aún leeré la mayoría de ellos. (Elias Canetti)

miércoles, 10 de abril de 2024

JOHN STEINBECK. LAS UVAS DE LA IRA
  
Todos los libros un libro se acerca a nuestros oyentes una semana más, tras la pausa de Semana Santa, con una muy sugerente propuesta, que se desarrollará a lo largo de todo el mes de abril y hasta bien avanzado mayo, centrada en novelas de gran calidad que han sido objeto de una traslación cinematográfica también sobresaliente, obras maestras en algunos casos, y que en los últimos meses han celebrado algún aniversario más o menos redondo o, sin efeméride alguna digna de recordar, han estado de actualidad por motivos diversos. 

En la emisión de esta tarde quiero hablaros de las múltiples dimensiones culturales -novelística, cinematográfica, musical, fotográfica, periodística- vinculadas a un título indispensable de la historia de la literatura, la obra mayor del escritor norteamericano John Steinbeck, Premio Nobel de Literatura en 1962. En junio de 2011 ya os hablé aquí de Las uvas de la ira, una novela que en unos días cumplirá ochenta y cinco años, pues se publicó el 14 de abril de 1939. Además, la excepcional película que dirigió John Ford a partir de su texto y con el mismo título, estrenada en Estados Unidos en 1940, pudo verse por primera vez en España a finales de febrero de 1974, hace, por lo tanto, medio siglo. Por otro lado, su director nació en 1894, también en febrero, por los que acaban de cumplirse ciento treinta años de su nacimiento. Por todo ello, el propio interés de ambas obras, lo lejano en el tiempo de mi primera presentación en Todos los libros un libro, en un formato del programa bien distinto al actual, y el triple aniversario, recupero mis comentarios de entonces para volver a recomendaros de manera apasionada lo que va a ser un acercamiento plural, múltiple y, llamémoslo así, transversal al universo de The Grapes of Wrath, que os mostraré desde hasta cinco perspectivas diversas, complementarias y altamente sugerentes. 

En la década de los treinta del siglo pasado, la acción combinada del crack de la bolsa en 1929, de la posterior Gran Depresión de la economía norteamericana y de la desoladora sequía que afectó a gran parte de los estados del Medio Oeste de los Estados Unidos (la seca Dust Bowl, la así llamada ‘Taza de polvo’ o “Cuenca polvorienta”, en los estados de Oklahoma, Nebraska, Kansas, Texas) provocó que, como consecuencia de todo ello decenas de miles de granjeros, de campesinos, de pequeños agricultores, se vieran obligados a abandonar sus tierras, partiendo con sus familias y sus humildes pertenencias hacia la tierra prometida de California en busca de un trabajo, de un jornal, de sus muy pobres posibilidades de supervivencia; en busca, también y en definitiva, de su propia dignidad como seres humanos. 

En 1939, John Steinbeck relató en una novela, Las uvas de la ira, esa experiencia multitudinaria y dolorosa, ese trágico y masivo éxodo, sorprendente en una sociedad ya entonces tan desarrollada, tomando como protagonista a los Joad, una familia de ficción, pero fiel trasunto de cualquiera de las que en la realidad tuvieron que llevar a cabo tan infausta aventura, tan dramático viaje. El personaje principal, Tom, la madre, MaJoad, el padre, PaJoad, sus hermanos Ruthie, Winfield y Rosa Sharon, el marido de ésta, Coney, los ancianos abuelos, el predicador Casey, Noah, el tío John… son expulsados de sus tierras por las compañías especuladoras, y abandonan, a la fuerza, su hogar para, en una camioneta renqueante, iniciar su aventura de emigrantes en busca de un futuro mejor. Steinbeck nos muestra la digna peripecia de este puñado de nobles seres humanos poniéndose en todo momento del lado de los débiles, de los desfavorecidos, de los desamparados, de los abandonados de la fortuna, de los que sufren los abusos del poder, de los desvalidos, en una novela intensa y emotiva, profunda y repleta de humanidad que constituye una obra maestra de la literatura de todos los tiempos. Podéis encontrar una edición excelente de ella, con un prólogo esclarecedor del profesor Juan José Coy y traducción de María Coy, publicada en 2001 por la Editorial Cátedra. Asimismo, hay una versión más reciente, de 2010, en Tusquets, con una nueva traducción, totalmente distinta, radical en su interpretación del lenguaje del libro, de Pilar Vázquez. 

La historia que nos cuenta Las uvas de la ira comienza cuando los Joad son desalojados de su granja en Oklahoma. Malvenden sus escasas posesiones, amontonan sus exiguas y precarias pertenencias en un destartalado camión, abandonan las tierras que los vieron nacer y malvivir, y se embarcan en un viaje hacia el soñado paraíso californiano, en una odisea con resonancias míticas en la que la ilusión inicial va dejando paso a la desesperación. En su difícil periplo, los Joad descubrirán que la esperanza de una vida mejor es un espejismo y que las dificultades y los obstáculos del camino, las contrariedades y los escollos que plantea la subsistencia, la hostilidad de las gentes, las deplorables condiciones de trabajo (cuando lo hay), la explotación y la competencia despiadada, la lucha por la vida, en definitiva, son siempre difíciles y penosos, y que para quienes como ellos son proscritos, desclasados, indigentes, infortunados, desventurados, la miseria y el fracaso, la derrota y la pobreza serán siempre el único y triste horizonte, y que el anhelo de un existencia justa y feliz, decente y digna, respetable y decorosa, resultará inevitablemente estéril e inalcanzable. 

Más allá del prodigioso relato del éxodo, de la peregrinación de los Joad (y “éxodo” y “peregrinación” no son términos elegidos al azar: hay muchas connotaciones religiosas en la novela, como luego veremos), el libro interesa por diversos motivos: los aspectos estrictamente literarios y estilísticos; la soberbia construcción de un puñado de personajes memorables; la espléndida recreación del contexto histórico, el marco “real” en el que se desenvuelven las esforzadas peripecias de los Joad, fiel trasunto de la convulsa época en la que se ambienta la narración; y, claro está, el “mensaje” combativo e indignado en defensa de la libertad, la justicia y en contra la explotación laboral y las desigualdades sociales. 

Desde el primero de esos frentes, los recursos técnicos que usa Steinbeck para dar cuerpo a su historia, destaca, de entrada, el realismo minucioso y casi documental con el que se nos describen los paisajes, las miserables condiciones de vida, los rasgos físicos y las expresiones, los mil y un detalles de todo tipo, ropas, muebles, objetos varios, espacios, con los que se recrea de modo fidedigno el entorno social en que se desarrolló la dramática aventura de los campesinos obligados a la emigración. A esa lograda voluntad de verosimilitud, que puede ser corroborada, como veremos luego, en la copiosa documentación existente, sobre todo fotográfica, sobre las consecuencias de la Gran Depresión, contribuyen también la abundancia y la riqueza de los diálogos, que reflejan con autenticidad los matices del lenguaje coloquial y el habla de la época y del entorno social (en particular, la reproducción de la jerga de los okies, como se llamaba a los originarios de Oklahoma obligados al “destierro”), además de ayudar a la hora de hacer llegar al lector el sentir, el pensar y la personalidad de los personajes. En este sentido, resultan relevantes las traducciones al español de la novela en las dos ediciones que hoy os traigo, la de Coy, más académica y “neutra”, y la última, de Pilar Vázquez para Tusquets, en la que se refleja de un modo más “actual” el slang que se maneja en el libro. Del mismo modo, el enfoque narrativo en tercera persona, que permite al lector acceder a los pensamientos y los sentimientos de distintos individuos, también propicia una visión más objetiva y general de los hechos. 

Por otro lado, el libro se estructura en un doble eje, podríamos decir, que alterna capítulos que narran las vicisitudes de la marcha de la familia en su recorrido hacia California con otros más “objetivos” que se adentran en la explicación del contexto social y económico. Muy significativa resulta también la ya mencionada presencia de referentes bíblicos, que subrayan -a mi juicio de un modo sustancial para la cabal inteligibilidad del “mensaje” del libro- el paralelismo entre el desarraigo y la afanosa búsqueda de un lugar en el mundo por parte de los Joad con la experiencia del pueblo judío. Así, por ejemplo y en un repaso sin pretensión de exhaustividad: el viaje de los Joad en busca de la fecunda California, la tierra que mana leche y miel, que remite al Éxodo y la búsqueda de la Tierra Prometida; Tom como hijo pródigo que vuelve al hogar; Casy una suerte de Juan Bautista, que se adelanta y, con su muerte, anuncia la llegada de un nuevo redentor; el baño en el río, que evoca el del Jordán y el (re)nacimiento a una nueva vida; el nombre de Rose of Sharon, que está en el Cantar de los Cantares; la unión de la familia, reflejo de la comunidad cristiana; el discurso de Tom -En donde haya una pelea para que los hambrientos puedan comer, allí estaré- y su correlato, el Sermón de la montaña, y su promesa del Reino de los cielos para los mansos, para los que tienen hambre de sed y justicia, para los pobres de espíritu, para los limpios de corazón, para los que lloran, para los perseguidos y para quienes trabajan por la paz. 

Desde este punto de vista, las muchas muestras de simbolismo que encierra el libro no se limitan a lo religioso y alcanzan un sentido más general, como el viaje de los Joad, traslación metafórica de la búsqueda del sueño americano; como la familia en tanto símbolo del pueblo, de la gente, de la comunidad que lucha por sus derechos y su dignidad; como la leche de Rosa Sharon, con una presencia trascendental en el final de la obra (que no quiero desvelar), o como la propia significación del título de la novela, esas “uvas de la ira” explícitas en el siguiente párrafo: La gente viene con redes para pescar en el río y los vigilantes se lo impiden; vienen en coches destartalados para coger las naranjas arrojadas, pero han sido rociadas con queroseno. Y se quedan inmóviles y ven las patatas pasar flotando, escuchan chillar a los cerdos cuando los meten en una zanja y los cubren con cal viva, miran las montañas de naranjas escurrirse hasta rezumar podredumbre; y en los ojos de la gente se refleja el fracaso; y en los ojos de los hambrientos hay una ira creciente. En las almas de las personas las uvas de la ira se están llenando y se vuelven pesadas, cogiendo peso, listas para la vendimia. Y todo ello narrado con un tono melancólico, que refleja de modo muy convincente la ilusión desesperanzada de los desplazados, la dureza de su esfuerzo, la severidad de sus condiciones de vida, su implacable resistencia frente a las muchas contrariedades, la constancia de su lucha pese al desengaño constante en la búsqueda de la felicidad. 

Otro elemento destacado del libro reside en sus personajes, los sufrientes miembros de la familia Joad, empezando por Tom, el proscrito, a quien conocemos al comienzo de la novela cuando, recién salido de la cárcel en la que cumplió condena por homicidio involuntario, regresa a su hogar para dirigir, tutelar y liderar a la familia durante su travesía hacia California. Su postura indiferente y algo tibia al comienzo de su viaje va evolucionando hacia una progresiva toma de conciencia, para acabar convirtiéndose en un símbolo, ya intemporal, de la lucha contra la injusticia. Y está MaJoad, el otro gran personaje del libro, la matriarca de la familia, el sostén del grupo en su arriesgada aventura. Llena de fuerza y coraje, resistente y decidida, soporta las adversidades y es capaz de levantarse y perseverar ante cada nuevo contratiempo. Su encarnación cinematográfica en la película de John Ford, de la que luego hablaré, a cargo de Jane Darwell, es memorable. Y Casy, el predicador, valiente, generoso, combativo, la luz que, con su convicción, sensatez y clarividencia, iluminará la conciencia de Tom, despertando su compromiso e implicación. Y están también PaJoad, resignado, presa del desánimo y progresivamente necesitado de la capacidad de arrastre de su mujer; y los abuelos, Granpa y Granma Joad, obligados, en su vejez, a abandonar unas tierras que representan su historia, su tradición y la vida que acabarán perdiendo en su odisea; y Al, hermano de Tom, joven y despreocupado, pero finalmente concernido en el drama general; y Rose of Sharon, la hija embarazada de los Joad, llamada a engendrar una nueva vida que proporcione esperanza a la familia y con, como se ha dicho, una importancia trascendental en las últimas páginas de la novela; y Connie Rivers, su renuente esposo; y los adolescentes Winfield y Ruthie, y Noah y el tío John, y Jim Rawley, el bonachón director del campamento del Gobierno, todos con personalidades bien perfiladas; y tantos otros individuos secundarios, de presencia episódica o circunstancial pero que dotan a la historia de una dimensión de fresco muy completo de una clase social y una época. 

El tercer aspecto por el que el libro ha alcanzado la condición de clásico es por la muy fiel representación del contexto histórico en el que se inscribe la acción novelesca, que adquiere un especial protagonismo, que va mucho más allá de constituir un mero telón de fondo de la trama. Quien quiera conocer y estudiar, sin altas pretensiones académicas pero sí animado por una genuina voluntad de aprendizaje, el fenómeno de la Gran Depresión de entre 1929 y 1939, encontrará en la novela no un ensayo científico, como es obvio, pero sí una muy consistente y fiable fuente de conocimiento sobre las principales causas y efectos de la recesión económica que a partir del colapso del mercado de valores en octubre de 1929 afectó durante una década a todo el mundo, con consecuencias particularmente devastadoras en los Estados Unidos. En Las uvas de la ira están las sequías severas y las prácticas agrícolas no sostenibles que llevaron a la degradación y la esterilidad de la tierra; la insoportable situación laboral de los trabajadores agrícolas, con salarios bajos, interminables jornadas de trabajo, deplorables condiciones de vida en los campamentos y explotación por parte de los grandes terratenientes y corporaciones agrícolas; el desalojo de las granjas por el efecto combinado de la progresiva maquinización del campo y la codicia de las grandes corporaciones; las consecuencias de la evolución del capitalismo industrial; la falta de empleo, la pobreza extrema y la desesperación de cientos de miles de marginados; la discriminación y la hostilidad por parte de los habitantes de los territorios que atravesaban los desplazados, a los que aquellos consideraban enojosos competidores en la lucha por los empleos y los recursos limitados, en un fenómeno por desgracia tan común hoy en día, casi un siglo después; los movimientos sociales y políticos de la década de los treinta; la lucha por los derechos laborales y la organización de sindicatos en procura de salarios justos y condiciones de trabajo dignas; las distintas manifestaciones del movimiento obrero, las reivindicaciones de los trabajadores, las huelgas; los “revolucionarios” programas económicos de la administración del presidente Franklin D. Roosevelt, que se conocerían como el “New Deal”, destinados a aliviar los efectos de la crisis y a proporcionar asistencia a los ciudadanos. 

Permeando todos estos frentes aflora de continuo el “mensaje” explícito que Steinbeck pretende transmitir al lector y que ya he anticipado: la denuncia de las injusticias sociales, de la explotación y la carencia de derechos de los trabajadores, de la insoportable situación de los marginados, los oprimidos, los desheredados. El libro nos habla también del problema de la pobreza, de sus causas y sus posibles soluciones, de la necesaria intervención del Estado, de la exigencia de instituciones laborales sólidas (protección por desempleo, Seguridad Social, legislación social protectora, regulación laboral garante de derechos mínimos), de la miseria de las gentes y de la dignidad última del ser humano, de la resistencia frente a la adversidad, de la contradictoria consideración del trabajo, alienante o liberador. Encierra, en definitiva, una furibunda y demoledora crítica contra un sistema social abusivo y arbitrario que condena a las gentes del común a la errancia y el desamparo. 

Esta dimensión de la novela que podríamos llamar “ensayística” o de tesis se ve prolongada -y prologada, pues es previa a ella- en lo que constituye la segunda aproximación posible al universo de Las uvas de la ira, la vertiente “periodística” del libro. En 2007, la editorial Libros del Asteroide publicó, en traducción de Marta Alcaraz, Los vagabundos de la cosecha, una serie de reportajes, escritos por el propio John Steinbeck en el verano de 1936 y aparecidos en el diario San Francisco News, que se centran, esta vez sin la distancia de la ficción, con la cercanía y la verdad documental del periodismo, en la situación de esos cientos de miles de emigrantes forzosos, esas almas en pena que surcaron, en los años treinta, las carreteras norteamericanas. En el curso de esa labor periodística, Steinbeck, junto a Tom Collins, el director del único campamento de acogida que había en toda California, que acabaría siendo el referente real de Jim Rawley, el director del campamento estatal en la novela, se subiría a la vieja furgoneta de reparto de una panadería —el único vehículo del que disponía la agencia— para empezar a recorrer los valles agrícolas de California y dar posterior cuenta de los hechos y personajes observados. Estos reportajes constituyeron el entramado base a partir del cual, algunos años después, Steinbeck escribiría su novela. 

Los vagabundos de la cosecha es ante todo, como señala Eduardo Jordá en su excelente y muy iluminador prólogo al libro, un espléndido documento periodístico y un airado alegato social, pero también puede leerse como una suerte de novela preliminar a Las uvas de la ira. En estas crónicas, añade Jordá, Steinbeck descubrió los rostros reales de los personajes que más tarde se convertirían en la familia Joad que protagoniza su novela. (…) Gracias a estos reportajes, Steinbeck conoció las chabolas en las que malvivían aquellos emigrantes, los márgenes de las carreteras en los que aparcaban sus coches desvencijados y levantaban un campamento provisional, los estanques malolientes en los que se aprovisionaban de agua y los jornales miserables que los encargados de las explotaciones les ofrecían, con la correspondiente advertencia conminatoria de «lo tomas o lo dejas». Y lo que aún es más importante: en los archivos del campamento de Tom Collins, Steinbeck leyó los informes que recogían las historias de docenas de familias que habían tenido que emigrar a California. Muchas de estas historias pasaron a engrosar la trama de Las uvas de la ira. 

La edición de Libros del Asteroide nos presenta los artículos ilustrados con espléndidas fotografías de Dorothea Lange, en una serie de estampas ya clásicas de la historia del octavo arte, lo que me permite hablaros de una tercera vertiente de Las uvas de la ira, la fotográfica. Y es que el contexto social de la época fue objeto del interés de algunos muy destacados fotógrafos, dos de los cuales, la mencionada Dorothea Lange y Walker Evans, son nombres legendarios, grandes exponentes de los más destacados logros del universo de la imagen fotográfica. En concreto, Dorothea Lange, que había nacido en 1895 en New Jersey y se había iniciado en la fotografía, aún muy joven, en San Francisco, trabajó en los años de la Gran Depresión, entre 1935 y 1943, para la referida agencia estatal de ayuda a los trabajadores migrantes, la FSA, la Farm Security Administration. Las series de fotos resultantes de esa actividad reflejan fielmente las dramáticas experiencias del éxodo de granjeros empobrecidos en su triste deambular por las carreteras que llevaban a California, constituyendo, junto a la novela y la película de John Ford en ella basada y de la que luego os hablaré, los referentes más identificables de aquellos años, aquellos acontecimientos y aquellas vivencias. De Dorothea Lange es la icónica foto -y controvertida; se puede leer su intrahistoria en el prólogo de Eduardo Jordá- “Madre emigrante”, la mujer, de mirada triste y algo perdida, de rostro sufriente y cansado, que arropa a sus hijos agotados ante una muy precaria tienda de campaña, en una instantánea que se ha convertido en símbolo “vivo” de la Gran Depresión. 

A caballo del periodismo y la fotografía hay otro libro de consulta indispensable que nos traslada a esa época en esa doble dimensión, la del documento sociológico y la de la ilustración fotográfica. Se trata de Elogiemos ahora a hombres famosos, obra del escritor James Agee y el fotógrafo Walker Evans, que, al igual que hicieron en paralelo Steinbeck y Lange, convivieron, movidos también por un encargo -en este caso de la revista Fortune-, y durante los meses de julio y agosto de 1936, con tres familias de aparceros de ese devastado sur de los Estados Unidos para realizar un reportaje periodístico sobre las condiciones de vida de los emigrantes trabajadores en los campos de algodón. Desde el punto de vista de su contenido escrito, el texto es algo árido y frío, sobresaliendo en él el carácter divulgativo, informativo, más técnico, más austero, con capítulos dedicados a asuntos como el dinero, la vivienda, la ropa, la educación o el trabajo, cuya mera enumeración ya resulta reveladora de ese tenor sociológico del libro. Por el contrario, las decenas de fotografías que acompañan e ilustran la narración son formidables, a la altura de las de Dorothea Lange y, como aquellas, suponen la aproximación más veraz y fiel posible a la realidad de aquel dramático período de la historia de los Estados Unidos (Si pudiera, afirma Agee en el preámbulo de su obra, no escribiría nada aquí. Serían fotografías; el resto serían fragmentos de ropa, trozos de algodón, puñados de tierra, frases aisladas, pedazos de madera y hierro, frascos de olores, platos de comida y de excremento). En nuestro país, hay, al menos, dos ediciones, una, a la que tengo mucho cariño, de 1993, en Seix Barral, y otra, algo más reciente, de formato y presentación más vistosos, aparecida en Backlist, un sello de la editorial Planeta en 2008. En ambos casos se mantiene la misma traducción, de Pilar Giralt Gorina. 

Pero, más allá de estos distintos acercamientos, la difusión universal de la novela y de los hechos que en ella se describen se debe, sobre todo, a una película, una magnífica película, una obra maestra también de la historia del cine. La dirigió, en 1940 y con el mismo título que el libro, el genial John Ford, con Henry Fonda en el papel de Tom Joad. La película logró ese año dos Oscars de Hollywood, el de mejor director y el de mejor actriz secundaria a la magistral Jane Darwell en el papel de MaJoad. Hay infinidad de motivos, estrictamente cinematográficos -al margen, pues, del interés que pueda tener la traslación de la novela a otro medio y otro lenguaje-, por los que el visionado del film (disponible gratuitamente en archive.org: Las uvas de la ira) resulta una experiencia inolvidable. 

Entre ellos, y en primer lugar, la excelencia “técnica”, con la sobresaliente dirección de John Ford, en la que se detectan claramente algunos de los rasgos más destacados de su cine: la indudable referencia al western; el tratamiento de la relación entre el hombre y el espacio, con los paisajes desolados y la travesía del desierto; la condición de road movie de la película, que remite de modo inequívoco a La diligencia, otro clásico “fordiano”, tanto desde el punto de vista formal, con las carreteras, las camionetas destartaladas, los carteles al borde de la ruta, los caminos, los paneles de entrada a las ciudades, los bares de carretera, las gasolineras, como desde una perspectiva más sustancial, con la evolución del personaje de Tom Joad, desde una cierta indiferencia inicial a una toma de conciencia y compromiso activo al término de su viaje. Habituales de John Ford son también la fortaleza de las mujeres, con ese personaje inolvidable de MaJoad en la encarnación que de él hace la inigualable Jane Darwell, la cercanía, la solidaridad, el calor humano que vemos en sus personajes principales y también la representación en pantalla de la lucha del individuo frente a la adversidad, características definitorias del cine del mítico director. 

Este último aspecto remite a otro de los frentes notables de la película, su evidente conexión con la mitología fundadora de los Estados Unidos, con los emigrantes en el rol de los pioneros, los campamentos improvisados, el valor simbólico del viaje al Oeste, California como esperanza y sueño, el difícil paso del desierto, la música nocturna en los campamentos a la luz de la hoguera, la fiesta, las canciones y los bailes en los escasos momentos de esparcimiento que encuentran los migrantes, los paisajes inmensos, sin horizonte, los nombres míticos de esa aventura, el río Pecos y el Colorado, Oklahoma y Kansas, la ruta 66… 

Todos estos elementos aparecen realzados por una fotografía excepcional, obra de Gregg Toland, que participó en su brillante carrera en decenas de películas, algunas de ellas auténticos clásicos: Bola de fuego, La loba, Los mejores años de nuestra vida, Ciudadano Kane, Cumbres borrascosas, Callejón sin salida, Hombres intrépidos, entre otras muchas. El muy eficaz blanco y negro, el juego constante de sombras y claroscuros, los primeros planos con los rostros a media luz o iluminados solo en parte, el recurso en ocasiones a las velas, que envuelven las imágenes en una suerte de tenebrismo que recuerda a Caravaggio o Georges de La Tour (al margen del color), los encuadres atrevidos, que asemejan ciertos planos a obras pictóricas, el tratamiento de la fotografía de la naturaleza, de los grupos, de las carreteras, el acercamiento casi documental a los marginados, suponen una continuidad de estilo con las fotografías de Walker Evans y Dorothea Lange, que, sin duda, tanto Ford como Toland tuvieron bien presentes. 

A destacar también el guion de otro nombre mítico de la profesión, Nunnally Johnson, responsable, como director, productor o guionista, de algunos grandes títulos del cine de Hollywood, La mujer del cuadro, El hombre del traje gris, Doce del patíbulo o Cómo casarse con un millonario. Modificando determinados aspectos de la novela, algunos sustanciales, eliminando los pasajes menos “narrativos”, pero manteniendo el espíritu y la atmósfera del relato de Steinbeck (el hilo conductor del viaje, la denuncia de la explotación y la manifestación explícita del “combate” entre la solidaridad y la insolidaridad, los grandes parlamentos de los personajes, el elemento religioso), su labor le valió la nominación al Oscar, que en esa categoría -mejor guion adaptado- ganaría ese año, no obstante, Donald Ogden Stewart, otro clásico, con la genial Historias de Filadelfia

No hay tiempo apenas para subrayar las interpretaciones de Jane Darwell, ya referida, un personaje fuerte, decidido, valiente, corajudo, tierno, sensible, lleno de matices; y, claro está, la de un magnífico Henry Fonda, en uno de los papeles que lo harían convertirse en una señera representación del americano medio -del ciudadano universal, en realidad-, íntegro, comprometido, noble, solidario, el “hombre cualquiera” al que la vida pone ante un destino duro y complejo, repleto de pruebas y obstáculos, de escollos y dificultades y que, lejos de arredrarse, evadir sus responsabilidades o huir ante la contrariedad, lucha, se enfrenta, se esfuerza, se sacrifica y se entrega para salvar a los suyos. Un héroe cotidiano, como tantos otros que Fonda protagonizó en su exitosa carrera -pienso, como ejemplo paradigmático, en su papel en Doce hombres sin piedad- y por los cuales alcanzó el reconocimiento y el cariño de sus compatriotas. Descollante también la interpretación, en el rol del predicador Casy, de John Carradine, gran patriarca de una perdurable saga de actores y él mismo actor legendario con más de doscientas películas en su haber, diez de ellas con John Ford. 

Y, por último, para aportar un breve apunte final a mi comentario sobre la película, quiero detenerme en su responsable, otro nombre de enorme prestigio en la historia del cine, Alfred Newman, que fue nominado cuarenta y tres veces a los Oscar habiendo obtenido nueve galardones, con títulos inolvidables como Qué verde era mi valle, El diablo dijo no, Laura, Que el cielo la juzgue, Carta a tres esposas, Eva al desnudo, La tentación vive arriba, Papá piernas largas o La conquista del Oeste. En Las uvas de la ira, apreciamos los registros variados -optimista y entusiasta durante el viaje, intensa y melancólica ante las duras pruebas que padecen los migrantes, recogida e íntima cuando Ford muestra los sentimientos de MaJoad, festiva y alegre en el campamento del Gobierno- de una banda sonora que se completa con algunos temas de presencia diegética, como la conocida canción vaquera Red River Valley, que canturrea Tom mientras baila con su madre, y la tradicional I'm Goin Down This Road Feelin' Bad, que canta y acompaña a la guitarra Eddie Quillan, el actor que interpreta a Connie, el marido de Rose of Sharon, en la escena nocturna en el primer campamento en que recalan los granjeros. 

Y ello nos lleva al último frente -tras el literario, el periodístico, el fotográfico y el cinematográfico- al que se abre Las uvas de la ira: su dimensión musical. La obra de Steinbeck ha dado lugar a, al menos, dos discos magistrales. El primero, Dust Bowl Ballads, es un álbum -dos, en realidad, con tres discos cada uno y con una canción en cada una de las dos caras respectivas- de Woody Guthrie, grabado en 1939 y publicado un año después. El combativo cantante folk, él mismo un okie, siempre cercano en sus propuestas musicales al compromiso con los marginados y desvalidos, siguió, subido a un tren de mercancías que viajaba hacia el oeste, a un grupo de vagabundos y jornaleros sin empleo. A llegar a California encontró trabajo en el campo, al igual que muchos de sus compañeros, y basándose en su propia experiencia y en la de los emigrantes con los que compartía vida y pesares, compuso estas Baladas de la Cuenca Polvorienta. De manera expresa, una de las piezas, que por su extensión, incompatible con los registros de la época, hubo de grabarse en dos partes, se titulaba Tom Joad, en referencia explícita a la novela de Steinbeck, que el cantante apreciaba. En ella, relata, casi episodio por episodio, la historia que narran la novela y la película, finalizando con el estremecedor parlamento de Tom unido para siempre a Henry Fonda, el actor que le dio voz (hasta el punto de que, años después, en agosto de 1982, cuando murió Fonda, un amigo leyó en su funeral ese emotivo discurso). El disco incluye, con el título de Blowin’ Down the Road, la canción del folklore tradicional norteamericano que, con ligeras variaciones en la letra, canta Connie en la película y que según las distintas fuentes e intérpretes aparece mencionada como Dusty Old Roads, Going Down This Road, I'm A-goin' Down This Road Feelin' Bad, Ain't Gonna Be Treated This Way, Goin' Down The Road Feeling Bad o Lonesome Road Blues. Entre los muchos artistas que la han versionado, aparte de Guthrie, están Grateful Dead, Bob Dylan y, con un especial interés en relación con mi muy larga reseña de esta tarde, Bruce Springsteen. 

Porque Las uvas de la ira es también, en cierto modo, un disco, un conmovedor, triste y emotivo disco. Bruce Springsteen tituló en 1995 The Ghost of Tom Joad, el fantasma o el espíritu de Tom Joad, un álbum que recrea, casi sesenta años después, el universo de Las uvas de la ira pero con personajes de finales del siglo XX, con los marginados, con los excluidos, con los okies del mundo actual, con los parias de nuestras opulentas sociedades como protagonistas: inmigrantes mexicanos que buscan salvar las fronteras que les impiden el acceso al sueño americano, expresidiarios, desempleados, jóvenes a los que la precariedad de sus condiciones de vida pone en manos de los cárteles de la droga, niños condenados a prostituirse, amantes “fatales”, vagabundos, agentes de policía ante dilemas irresolubles, parejas rotas, perdedores, veteranos de cualquier guerra, patéticos supervivientes de toda laya. También el “paisaje” que envuelve las doce canciones del disco es muy similar al de la novela de Steinbeck y la película de Ford, aunque con los cambios debidos al paso del tiempo: los flujos de inmigrantes que recorren espacios industriales ruinosos tras las reconversiones, parajes urbanos desolados, suburbios paupérrimos, líneas fronterizas que separan geografías y que, sobre todo, marcan los límites del odio. El tratamiento musical es austero, solo la voz de Springsteen que susurra los temas con el leve apoyo de la guitarra y la armónica, aunque en alguna canción hay ligeros arreglos y suenan los teclados, la batería, un bajo, algún violín. 

Esa sobriedad es, sin embargo, muy eficaz, pues permite al oyente transportarse, con esa música sencilla y muy hermosa, envuelta en una atmósfera densa y opresiva, al mundo de perdedores humildes y fracasados sin suerte, al mundo de rebeldes con causa y de anónimas víctimas de las injusticias que deambulan también por la novela de Steinbeck. Parece obligado, por tanto que la pieza musical con la que voy a cerrar por hoy el espacio deba ser, necesariamente, una canción de este disco, en concreto la que le da título, The Ghost of Tom Joad. Esta es su intensa y conmovedora letra: 

Hombres caminando a lo largo de las vías del tren 
en ruta hacia algún sitio. No hay vuelta atrás. 
Helicópteros de tráfico ascendiendo sobre la ladera. 
Sopa caliente en una hoguera bajo el puente. 
La cola del refugio alargándose hasta doblar la esquina. 
Bienvenidos al nuevo orden mundial. 
Familias que duermen en sus coches en el sudoeste, 
sin hogar, sin trabajo, sin paz, sin descanso. 

La carretera está viva esta noche, 
pero nadie engaña a nadie sobre su destino. 
Estoy sentado aquí a la luz de la fogata, 
buscando al fantasma de Tom Joad. 

Saca un libro de oraciones de su saco de dormir. 
El predicador enciende una colilla y le pega una calada esperando 
el momento en que los últimos serán los primeros y los primeros los últimos. 

En una caja de cartón bajo el paso subterráneo 
tiene un billete de ida a la tierra prometida. 
Tú tienes un agujero en el estómago y una pistola en la mano. 
Durmiendo sobre una almohada de roca sólida, 
bañándote en el acueducto de la ciudad. 

La carretera está viva esta noche. 
Su destino lo conoce todo el mundo. 
Estoy sentado aquí a la luz de la fogata, 
esperando al fantasma de Tom Joad. 

Pues Tom dijo: Mamá, dondequiera que haya un poli atizando a un tío, 
dondequiera que un recién nacido hambriento llore, 
donde haya una pelea contra la sangre y el odio en el ambiente, 
búscame, mamá, allí estaré. 
Dondequiera que haya alguien luchando por un sitio donde estar, 
o un trabajo decente o una mano amiga. 
Dondequiera que alguien esté luchando por ser libre, 
mírales a los ojos, mamá, y me verás. 

Bueno, la carretera está viva esta noche,
pero nadie engaña a nadie sobre su destino. 
Estoy sentado aquí a la luz de la fogata, 
con el fantasma del viejo Tom Joad. 

Os dejo ahora, como es habitual, con un texto, uno de los más representativos del libro, aunque os lo ofrezco a partir de su versión cinematográfica, más contundente. Se trata de parte del discurso final de Tom Joad, inspiración evidente de la canción de Bruce Springsteen. Espero que cualquiera de las muchas aproximaciones -mejor aún, todas ellas- con las que he querido introduciros en Las uvas de la ira, puedan interesaros, conmoveros y haceros reflexionar. 


Estaba pensando en nuestra gente que vive como los cerdos teniendo bajo sus pies una tierra tan rica, que no tienen que comer porque se les niega un trabajo al que tienen derecho. He estado pensando qué pasaría si nos pusiéramos todos a gritar. Yo de todas formas soy un proscrito. Tal vez pueda hacer algo, tal vez pueda encontrar algo… tal vez llegue a saber lo que anda mal y ver si se puede hacer algo por remediarlo. No hay un alma para cada uno de nosotros, sólo un pedacito de un alma más grande, un alma que pertenece a todos. Y entonces ya no importa. Porque yo estaré en todas partes, en la oscuridad, en todas partes, dondequiera que mires, donde haya una posibilidad de que los hambrientos coman, allí estaré; donde haya un hombre que sufre, allí estaré. Donde haya un policía pegándole a uno, allí estaré. Estaré en los gritos de la gente enfurecida y estaré en la risa de los niños cuando están hambrientos y saben que la cena está preparada. Y cuando nuestra gente coma los productos que ha cultivado y viva en las casas que ha construido, allí estaré.

  
Videoconferencia
John Steinbeck. Las uvas de la ira

miércoles, 20 de marzo de 2024

ABRAHAM B. YEHOSHUA. EL SEÑOR MANI; AMOS OZ. UNA HISTORIA DE AMOR Y OSCURIDAD

Buenas tardes. Todos los libros un libro, el espacio de recomendaciones de lectura de Radio Universidad de Salamanca, os saluda y os invita a adentraros con nosotros, una semana más, en el apasionante territorio de los libros. Hoy, día 20 de marzo, cerramos el programa por este trimestre y clausuramos también una serie de emisiones que, siguiendo un hilo conductor de fronteras algo difusas, hemos dedicado estos últimos miércoles a novelas ambientadas en lugares, espacios o regiones en las que las convulsiones históricas, las guerras y los conflictos violentos han marcado -y en algunos dramáticos casos lo siguen haciendo- las existencias de sus pobladores. Así, el pasado 21 de febrero, y ante la proximidad del segundo aniversario de la invasión de Ucrania por los ejércitos rusos, os presenté Un hogar para Dom, el espléndido libro de la infortunada Victoria Amelina, una muy singular aproximación a la historia de su país escrito por una joven autora que vio truncada su vida con solo treinta y siete años tras un bombardeo ruso sobre una población cercana al frente de guerra. Una semana después, el 28 de febrero, asistíamos al desmoronamiento del régimen comunista ultraortodoxo de la Albania soviética a partir de otra entrañable historia familiar -pero no solo- escrita por la muy inteligente Lea Ypi, en una novela, Libre, que ha conocido un extraordinario éxito de ventas y está siendo traducida a numerosos idiomas. El 6 de marzo cambiábamos el foco de nuestra mirada para acercarnos, cuando estaban a punto de cumplirse los cinco meses de los atentados de Hamás, a la ancestral contienda palestino-israelí, con tres obras que, desde el lado judío, mostraban la realidad histórica de aquellas regiones en permanente conmoción: Daniel Stein, intérprete, de Liudmila Ulítskaya, El parisino, de Isabella Hamad, y La vida entera, una obra mayor de David Grossman. Atravesando las trincheras y situándonos en el lado palestino del conflicto, hace siete días os propuse la lectura de Una trilogía palestina, de Gassán Kanafani, del controvertido Un detalle menor, de Adanía Shibli, y de un par de “novelas gráficas periodísticas”, Palestina y En la franja de Gaza, obras ambas debidas al talento del magistral Joe Sacco, que proponían, todas ellas, un acercamiento de parte a los acontecimientos que desde hace casi ochenta años llevan repitiéndose en aquella muy agitada región del mundo. 

Esta tarde volvemos a los enfrentamientos entre israelíes y palestinos con dos libros que, escritos por autores judíos, ofrecen sin embargo una mirada en cierto modo equilibrada (no diré desapasionada porque en asuntos de tal carga emocional no siempre resulta fácil, por ponderado que se quiera ser, mantener la neutra y aséptica ecuanimidad) sobre el pasado e iluminan la realidad presente, pues su planteamiento resulta extraordinariamente vigente pese a ser obras escritas en 1989 y 2002, respectivamente. Se trata de El señor Mani, de Abraham B. Yehoshua, y de Una historia de amor y oscuridad, quizá el título más destacado de Amos Oz, quizá su obra más conocida y difundida, por lo que voy a dedicarle un espacio menor en el programa, limitándome a un mero recordatorio de su interés y su importancia. Junto al mencionado David Grossman, Amos Oz y Abraham Yehoshua conforman la trilogía de grandes nombres de la literatura hebrea contemporánea. 

Como he hecho en los anteriores programas dedicados a los trágicos sucesos que ahora asuelan a Gaza, quiero dejar una previa y breve nota con mi toma de posición sobre el asunto. Una toma de posición que, por un lado, deje claro mi rechazo tanto a la inusitada violencia protagonizada por los terroristas de Hamás el 7 de octubre de 2023, como a la aparentemente desproporcionada reacción de Israel, que ha provocado hasta el momento más de 30c.000 muertos, muchos de ellos mujeres y niños; y, por el otro, que reafirme mi voluntad de intentar una reflexión argumentada y racional, objetiva y neutral sobre un conflicto con tantas aristas, tantas facetas, tantos puntos de vista, tantos antecedentes históricos, tantas versiones, tantos enfoques, tantos intereses contrapuestos, tantas motivaciones, tantas interpretaciones, tantas justificaciones, tantas explicaciones y criterios tan diversos, y, sobre todo, tantos agravios y tantos sufrimientos en ambos bandos, que parece imposible mantener una posición justa, serena, responsable, imparcial, equitativa y mesurada. 

Todos los libros un libro es un programa de recomendaciones de lectura y no un espacio para que nadie -ni mucho menos yo mismo, su responsable, ni por conocimiento, ni por voluntad- se pronuncie sobre política internacional, manifieste planteamientos ideológicos, aporte tesis geoestratégicas o emita dictámenes más o menos categóricos sobre una cuestión tan vidriosa. Mi modesta aportación desde la radio de cara a la deseada resolución de estos conflictos, más allá de transmitir mis ideas sobre el asunto, irrelevantes en tanto insuficientemente fundadas, se limita a proporcionar a los oyentes algunas referencias de libros que, sin apriorismos, sin tomas de partido rígidas, sin maniqueísmos simplificadores, ayuden a quienes se decidan a leerlos a conocer la situación y a formar criterio sobre la historia, el contexto, las vivencias, las experiencias de unos individuos y unos lugares que, aun siendo creaciones ficticias, están lo suficientemente arraigados en la realidad como para resultar valiosos e iluminadores sobre lo que se está viviendo. Unos libros que permitan entender -o al menos intentar hacerlo- cuáles son las distintas razones de los contendientes y, sobre todo, cuáles son sus sentimientos, sus emociones, sus anhelos, sus pesares, sus ilusiones, sus esperanzas, también sus reivindicaciones, sus ansias de venganza, su dolor, sus padecimientos, sus sacrificios, su resentimiento, su rencor, su odio. 

En las dos emisiones precedentes en las que la interminable disputa entra Israel y Palestina ha ocupado el centro de nuestro espacio he querido, antes de entrar en el análisis de los libros presentados, dejaros las opiniones de algunos escritores que, en estos meses, se han pronunciado sobre los hechos de una manera que a mí me ha parecido muy interesante, privilegiando la empatía, la compasión, el análisis equilibrado y ecuánime, comprensivo y bienintencionado frente al rígido fanatismo, las certezas indemostradas, la absurda seguridad de hallarse en posesión de la verdad, la férrea y ciega defensa a ultranza de unas ideas dogmáticas que no se quiere someter a discusión. Así, transcribí aquí esclarecedores fragmentos de textos de Arcadi Espada, Piedad Bonnet, Colum McCann y Amanda Mauri. Y así, igualmente, os ofrezco hoy alguna otra contribución de extraordinaria lucidez, de apreciable clarividencia y, lo cortés no quita lo valiente, de enorme solidaridad y muy valiente compromiso. El 3 de diciembre de 2023, Irene Vallejo, publicó en El País Semanal un artículo, titulado Los ojos del enemigo, en el que escribía: 

En momentos de dilemas y conflictos, no hay ejercicio más difícil —y quizás, más esencialmente humano— que preguntarse por las razones y emociones del adversario. Reconocer que la línea divisoria entre barbarie y civilización no es una frontera territorial, sino un trazo ético oscilante dentro de cada país, de cada grupo, de cada individuo. Rebatir el espejismo de la aparente unanimidad. Engañados por esa falacia, contemplamos a los desconocidos, enemigos o extranjeros como grupos monolíticos con posiciones hostiles nítidas. Encajamos a los demás en un molde único que justifique nuestra enemistad, cuando ni siquiera nosotros mismos logramos poner de acuerdo nuestras propias contradicciones y polifonías interiores. Quizás convivir exija atrevernos a descubrir un territorio nuevo: el rostro de quienes no son nosotros. 

Desde un enfoque parecido y con un planteamiento similar al de Irene Vallejo -que es también el mío propio-, la escritora portuguesa Lídia Jorge, en una tribuna en El País del 28 de enero de este año y bajo la rúbrica de De visita en casa ajena, glosaba unas palabras de unos de los invitados de esta tarde, Amos Oz, de la siguiente manera: 

Fue la primera vez que oí decir a alguien que el conflicto era tan difícil de resolver porque era una disputa entre unos que tenían razón y otros que también la tenían. Entre unos que estaban equivocados y otros que lo estaban también. Entre unos que tenían derecho a algo y otros a quienes también les asistía ese derecho. Por primera vez oí decir a alguien que se acordaba de que los campos cercanos al castillo de Jerusalén pertenecían a los palestinos. Por primera vez oí pronunciar la aserción, acuñada por el propio Amos Oz, de que era necesario hacer la paz, no el amor, y explicar el significado de una frase que solo en apariencia es una paradoja. Fue la primera vez que oí que se culpaba a Europa, no por interpretar la creación del Estado de Israel como muestra de enmarañados remordimientos, sino por el hecho de que los europeos se comportaran como fanáticos, apoyando a unos como los buenos frente a otros, los malos, sin comprender que su papel, a causa de la culpa que los persigue, es el de contribuir a un compromiso entre dos pueblos destinados a entenderse, de modo que ambos pierdan y ambos ganen. 

Y el propio Amos Oz, en una conferencia, La cuenta no está cerrada, impartida en la Universidad de Tel Aviv, en julio de 2018, decía: 

Los palestinos libran dos guerras al mismo tiempo. Una, para lograr su libertad, es justa. La otra no lo es, porque es para que los israelíes no estemos aquí. Si es necesario, lucharía con un fusil para evitarlo. El problema es que los israelíes también libramos dos guerras. Una, para ser un pueblo libre en nuestra tierra, es justa. Pero no es justa la guerra para tener dos o tres habitaciones más en detrimento del vecino. Esto confunde en el mundo, que quiere saber quién es el bueno y el malo. Pero en las dos partes hay un Doctor Jekyll y un Mister Hyde. 

En realidad, desde hace decenas de años se llevan a cabo aquí dos guerras. Los árabes palestinos luchan dos guerras contra nosotros, simultáneamente, no una después de la otra. Una de ellas es justa como ninguna, y la otra, odiosa y malintencionada. La que es justa como ninguna es la lucha de los palestinos para ser un pueblo libre en su tierra. Sin opresión, sin esclavización, sin barreras, sin humillación, sin expoliación, sin explotación y sin matanzas. Toda persona honrada, aunque no justifique los medios, dice que el fin de esa lucha es justo. Pero simultáneamente, el pueblo palestino conduce una guerra para que nosotros no tengamos el derecho de ser un pueblo libre en su tierra. Para que no tengamos aquello que ellos reclaman para sí mismos. Para que no estemos aquí o que nos quedemos como vasallos. Dr. Jekyll y Mr. Hyde simultáneamente. 
Y entre nosotros pasa lo mismo. El pueblo de Israel, en la Tierra de Israel, lucha una guerra justa como ninguna, que es la base del pensamiento sionista: ser un pueblo libre en nuestra tierra. Que no tengamos amos, que no seamos una minoría, que no nos persigan, que no nos discriminen, que no nos humillen. Pero simultáneamente entramos en guerra para ampliar en dos habitaciones nuestra vivienda a costa del vecino. Confunde mucho… Tanto de un lado como de otro hay un Dr. Jekyll y un Mr. Hyde. Confunde mucho… 
En realidad, aquí hay dos guerras en ambos lados

Y es en este escenario de matices, de ambigüedad, de sutilezas, de dudas, paradojas e incertidumbres, de inseguridades, de puntualizaciones, de detalles, de finura intelectual, de rigor, de análisis escrupuloso, de examen concienzudo, de comprensión, de ausencia de dogmas categóricos, en donde aparece la literatura, con sus claroscuros, sus certidumbres imposibles, sus paradojas, sus vacilaciones, sus indecisiones y sus titubeos, sus contradicciones y sus interrogantes, su rechazo a lo inapelable, lo concluyente, lo terminante. Y la literatura, la gran literatura, de excepcional calidad, magnífica, rebosa de las dos obras que, ya sin más dilación, paso a comentaros. 

En primer lugar os traigo El señor Mani, una novela escrita en 1989 por el israelí Abraham B. Yehoshua y publicada por la Editorial Duomo en 2015, en traducción del hebreo de Ana María Bejarano. Yehoshua, que había nacido en 1936 en una Jerusalén que será el centro del libro, falleció hace casi dos años, en junio de 2022, en Tel Aviv, dejando una extensa obra que cuenta con novelas, ensayos, cuentos y teatro en su haber. De origen sefardí, titulado en Literatura Hebrea y Filosofía, fue docente durante medio siglo en la Universidad de Haifa. Con un pensamiento de izquierdas y militante en el pacifismo, Yehoshua defendió siempre la tesis de los dos Estados para resolver el conflicto en su país, aunque en los últimos años de su vida, convencido de la imposibilidad de esta opción, se decantaba por la de un único Estado en el que convivieran con autonomía y armónicamente ambos pueblos, el palestino y el israelí. Su voz, sus ideas, sus planteamientos, siempre atentos a la historia y al presente de la región, resultan, por tanto, muy relevantes a la hora de intentar entender y formar opinión sobre el muy complejo fenómeno que lleva décadas provocando el sufrimiento y el dolor de millones de seres humanos. Y esa voz, esas ideas y esos planteamientos están muy presentes en sus libros, traducidos en España desde hace muchos años, en Muchnik, Anagrama, Siruela y, más recientemente, en Duomo, en donde han aparecido cuatro o cinco de sus novelas: El amante, La figurante, El túnel, El cantar del fuego y esta El señor Mani que esta tarde os presento, entre otras. 

El libro se articula en torno a cinco largos diálogos/monólogos. Diálogos porque, en efecto, en cada sección nos encontramos con dos personajes que hablan entre sí; monólogos porque, en una opción estilística poco convencional, de esas conversaciones el autor solo nos ofrece las palabras de uno de los dos interlocutores, aunque presentadas con incisos, apostillas, réplicas y puntualizaciones del hablante que permiten al lector “deducir” cuáles son las líneas de diálogo, las respuestas e interpelaciones de la otra parte, de un “otro” que, por lo demás, permanece “ausente” pues se nos hurtan sus intervenciones. En este “juego” se halla el primer elemento “experimental” de una novela que, en su estructura, presenta más de una muestra de este carácter poco usual y, en cierto modo, vanguardista. Entre ellos, el hecho de que, antes de la “transcripción” de cada diálogo aparezca una suerte de prólogo -Los interlocutores- en el que se nos informa del lugar y la fecha de la conversación así como de la biografía y de algún rasgo de la personalidad de cada uno de los hablantes. Del mismo modo, tras la fragmentaria reproducción de la charla, una especie de epílogo -Apéndices biográficos- da cuenta de la evolución de los personajes, de su trayectoria biográfica posterior y también de su destino (por así decirlo), de tal modo que cada capítulo se organiza siguiendo una especie de orden narrativo, que secuencia el antes, el durante y el después del diálogo. Además, contribuyendo a este carácter muy original del esquema argumental, las cinco conversaciones se presentan siguiendo un curso cronológico inverso, que va desde lo más reciente hasta lo más remoto, pues la primera de ellas tiene lugar el 31 de diciembre de 1982 y la última el 12 de diciembre de 1848, con calas en agosto de 1944, abril de 1918 y octubre de 1899. Hay, por fin, otro aspecto significativo -siempre a la luz de esta naturaleza algo experimental del texto-, que reside en que en todos los diálogos (salvo en el último, como luego veremos) el señor Mani que da título al libro, siendo el hilo conductor que engarza los distintos fragmentos, tiene una presencia lateral, más o menos relevante pero, en cualquier caso, tangencial a los hechos que la correspondiente charla relata. De este modo, la historia de seis generaciones de los Mani se nos entrega de una manera parcial, fragmentaria e incompleta, a través de una mirada siempre indirecta, conformada a partir de retazos y llena por tanto de vastas lagunas, en una parece que voluntaria opción de Yehoshua por huir de la consabida saga familiar que presenta en un avance progresivo las vicisitudes de una estirpe a lo largo de los años. El riesgo que ello supone, solventado a mi juicio con indudable éxito, es que el lector pueda no entender de entrada cuál es la lógica interna que entrelaza los distintos capítulos y las vivencias de los diferentes personajes, y deba esperar al final -hay, pues, algo de rompecabezas o de thriller en la obra- para descubrir el sentido último que da coherencia y explica el todo. 

No hay, en consecuencia, un argumento único que enlace las cinco historias, más allá de ciertas pautas comunes -aparte de la presencia más o menos incidental de un señor Mani cuyo árbol genealógico va, poco a poco, desvelando sus ramas- que constituyen el núcleo sustancial de la propuesta del autor: la herencia, los vínculos entre generaciones, la familia, el amor, la lealtad, la traición y la reconciliación, la identidad, el judaísmo, las persecuciones y la errancia, el trágico legado judío, sus tradiciones, su cultura y su historia, la imposible búsqueda, para un pueblo desgarrado, de la paz, la estabilidad y el sentido de la existencia, las constantes ocupaciones de la región (De nuevo unos extranjeros han venido a reemplazar a otros extranjeros), la difícil convivencia entre vecinos enfrentados en una tierra condenada, un inmenso y eterno campo de batalla marcado por la desgracia, y otros muchos temas subyacentes, a los que se aluden entre innumerables motivos simbólicos. La narración abarca, ya se ha dicho, diferentes episodios históricos, siempre de adelante hacia atrás: la guerra del Líbano, la creación del Estado de Israel, la Segunda Guerra Mundial, la Gran Guerra, el Mandato británico, el importante Tercer Congreso Sionista, muy a finales del siglo XIX, el dominio otomano. Y todo ello, los distintos relatos, ambientados, en una recreación que traslada de manera muy convincente al lector a muy variados escenarios, en algunos de los más significativos “lugares del judaísmo”: Mashabei Sadé, un kibutz en el sur de Israel, Beirut, en el Líbano, Heraclión, en Creta, Cracovia, Atenas, Salónica, Estambul y, por supuesto, una Jerusalén cosmopolita, auténtico melting-pot de razas, culturas y religiones, en la que conviven judíos asquenazíes y sefardíes, cristianos y musulmanes, turcos e ingleses, europeos y árabes. 

En la primera de las conversaciones, Agar Shiloh, una joven de diecinueve años nacida en un kibutz, huérfana de guerra, al haber perdido a su padre en la guerra de los Seis Días, cuando ella apenas tenía cinco años, habla con su madre, Yael Shiloh, de soltera Kramer. Agar, terminado su largo y obligatorio servicio militar y renuente a continuar su vida en un entorno regido por las normas estrictas que imponen sus dirigentes, entre otros su propia madre, secretaria del kibutz, muy rígida y hasta extremista ideológicamente, se instala en Tel Aviv, en casa de su abuela paterna, para estudiar el curso preparatorio al ingreso en el Departamento de cine de la Facultad de Bellas Artes de la Universidad de la capital israelí. La chica realiza una visita fugaz al kibutz para comunicarle a su madre su embarazo de Efraím, un estudiante de Máster, mayor que ella y movilizado ahora como reservista en el frente libanés, pese al acuerdo de paz, firmado entre Jerusalén y Beirut. La conversación, de la que solo conocemos las palabras de la muchacha y en la que afloran las discrepancias entre ambas a propósito del fanatismo radical de la madre, que defiende una “pureza” exacerbada en la consideración de la cuestión judía, la sensación de desamparo de una chica crecida sin padre, los conflictos, latentes en la vida cotidiana, derivados de la convivencia árabe-israelí (especialmente notorios en un pasaje que se desarrolla en un hospital palestino en Jerusalén, a donde acude Agar por una urgencia), entre otros temas, pronto se centra en la figura del señor Mani, el padre de Efraím, al que, a petición del chico, preocupado por la falta de respuesta a sus llamadas, Agar visitará en su casa jerosolimitana, en donde caerá fascinada, rendida incondicionalmente a la seductora atracción del adulto, un juez del que, poco a poco, irá conociendo retazos de su vida y de la de algunos de sus antepasados (en un relato en el que se deslizarán ciertas pistas, recurrencias e iteraciones que, de modo sutil, permitirán al lector ir engarzando las historias tanto a través de datos biográficos de los antecedentes familiares, que se van espolvoreando aquí y allá, como mediante trazos leves que se repiten y conectan las distintas narraciones: el color rojo de unos cabellos, ciertos nombres de lugares, una clínica ginecológica que reaparece una y otra vez, un abrigo de piel de zorro, una recalcitrante tendencia a la soltería, la nieve que, en unas etapas y otras, se cierne sobre Jerusalén, las obsesivas tendencias autodestructivas y la propensión al suicidio que manifiestan algunos personajes, en una suerte de permanente juego de espejos, objetos con un significativo valor alegórico en algunos tramos de una novela plagada de simbolismos). 

El segundo diálogo nos lleva a la Segunda Guerra Mundial y se desarrolla en Creta en agosto de 1944. Allí, en Heraclión, cerca del palacio del legendario laberinto de Cnosos, conocemos a Egon Bruner, veintidós años, un soldado alemán hijo del almirante Werner Sauchon (la clave para entender la diferencia entre los apellidos de padre e hijo forma parte de la historia que se nos narra), que fuera uno de los más altos mandos militares germanos durante la Primera Guerra Mundial, y que ha desembarcado en la isla formando parte de la brigada paracaidista que intentaría la ocupación de Creta por los nazis. Su interlocutora es su madre, Andrea Sauchon, una anciana adepta al Reich y discreta pero firmemente antisemita, que convive con el dolor, nunca olvidado, de la muerte de su primer hijo, muy anterior al nacimiento de Egon, y que usa las relaciones derivadas de la posición y el prestigio de su marido ya difunto, para conseguir un permiso para viajar a Creta (un desplazamiento imposible sin esas influencias en esa zona y en época de guerra) en donde, de manera muy breve, podrá hablar con su hijo. Como en el caso anterior -y, en realidad, como en los cinco capítulos de la novela- en la conversación surgen temas laterales -la peripecia militar del chico, surcada de vicisitudes; su relativamente plácida vida en Creta, en donde en esas fechas todo el mundo da a Alemania por derrotada en la guerra; las referencias mitológicas de la región y las connotaciones filosóficas de un lugar, el punto más meridional de la Europa dominada por Hitler, que parece encarnar la esencia del espíritu del Reich; las delirantes tesis nazis sobre la raza, la naturaleza, el pueblo elegido, la conquista del mundo, la instauración de una nueva era y el acabamiento de los judíos (los judíos son la verdadera razón de todos nuestros movimientos, el punto que siempre tenemos tras la mirilla en esta guerra); las reflexiones sobre el terrible conflicto bélico- que, pronto, dan paso a la presencia de un nuevo señor Mani, Josef, un individuo temeroso y que con su hijo y su nuera, aparentemente civiles griegos, intentan pasar desapercibidos en aquellos parajes remotos. Los Mani, judíos de Jerusalén y antepasados -abuelo y padre- del juez del primer relato, viven exiliados en Creta, intentando esconder su condición étnica y escapar de la persecución nazi que, pese a ello, caerá sobre ellos en la figura del inexperto paracaidista Bruner. 

La huida a Creta de ese Josef Mani se explicará en el tercer capítulo del libro, que presenta, en Jerusalén, en abril de 1918, al teniente Ivor Stephen Horowitz, un también muy joven judío de Manchester de ascendencia rusa, que, interrumpidos sus estudios de Derecho en la Universidad de Cambridge, será movilizado en la Primera Guerra Mundial y, tras diversos destinos militares en el pavoroso frente francés, obtendrá destino en el Oriente Medio, Egipto en primer lugar y Palestina después. En Jerusalén se le encargará la investigación de un caso de espionaje protagonizado por este nuevo señor Mani, un hombre refinado y culto, que se desenvuelve disfrazado de pastor, del que se sospechaba que pasaba información “sensible” a los árabes -mapas, informes, proclamas-, además de agitar a los palestinos contra los sucesivos ocupantes, turcos, británicos y judíos que empiezan a llegar en masa a la región (les decía que eran como la plaga de la langosta que está en el desierto y de repente cae sobre los campos). Las autoridades británicas, implacables, esperan de él que logre de los jueces un castigo ejemplar porque a causa de este hombre se ha perdido toda la artillería del otro lado del Jordán así como la vida de muchos soldados, por lo que se encargará usted de que se le castigue con la muerte lo más rápida y eficazmente posible, porque si un judío condena a muerte a otro judío, ¿quién va a negarse a aceptar la sentencia? Hasta será ejecutada con especial complacencia. Horowitz comentará los detalles del caso, mientras saca a la luz la biografía del sospechoso, con el coronel Michael Woodhouse, una institución del Ejército de Gran Bretaña, que sirvió en Extremo Oriente, en la India, la actual Malasia y Ceilán, en el Marne y en el Somme, y que ahora, mutilado de guerra e incapacitado para el servicio activo, preside en Jerusalén los distintos juicios militares que tenían lugar en la zona. 

La voz que habla en la cuarta historia, es la del doctor Efraím Shapiro, que en la finca familiar de Jelleny-Szad, en la Galitzia occidental, muy cerca de Cracovia, y al regreso de un breve viaje a Jerusalén, habla con su padre, Shalom Shapiro, a finales de 1899, para contarle las circunstancias de su viaje. Efraím, que con veintinueve años y ya médico sigue siendo un muchacho solitario, tímido, melancólico y soltero, vive con sus padres en la vivienda paterna que no ha abandonado salvo para sus estudios y, ahora, para una fugaz salida a Basilea, en donde se celebraría el Tercer Congreso Sionista, al que acude con su jovencísima hermana Linka, en representación de su progenitor, delegado de su distrito en el Congreso. El matrimonio Shapiro concibió el viaje para que el poco sociable Efraím conociera también él el nuevo movimiento y con la velada esperanza de que conociera a alguna muchacha judía de la que se enamorara, pues la prolongada soltería del hijo y su distanciamiento de los ambientes judíos tenían muy preocupados a los esposos. Entre los apasionados debates del congreso, y los enfervorizados discursos, incapaces de entusiasmar incluso al muy poco comprometido joven (a mí no había dejado de corroerme la duda de si estaríamos preparados para vivir esa aventura, si había que apresurarse así y mostrarse a los ojos del mundo, si no sería un error exponer públicamente nuestras debilidades en lugar de seguir mamando de la leche de los pueblos entre los que hemos vivido, para fortalecernos un poco más antes de precipitarnos hacia la responsabilidad de tener una bandera y un himno, pensará, en relación con las propuestas de creación de un estado judío en Palestina), los hermanos conocerán a Moshe Mani, un ginecólogo de Jerusalén que ha viajado a Europa para conseguir fondos con los que poder ampliar la clínica que había abierto en su ciudad unos cuantos meses antes. Atraído por la belleza de Linka y viendo en Efraím, y en su condición de médico, un posible colaborador, invitará a la pareja, que cambiará sus planes originales y acompañará al cuarto señor Mani de la novela a Jerusalén. Efraím relata a su padre las interioridades del congreso sionista, el encuentro con los antiguos colegas de Shalom presentes en el cónclave, el éxito entre los hombres de una Linka que, libre de la sujeción familiar y en los desprejuiciados inicios de su juventud, se muestra atrevida y deslumbrante, y, claro está, la aparición del señor Mani y la consiguiente breve estancia en Palestina. 

El libro se cierra con un diálogo postrero en el que, por primera vez, es un Mani el que toma la palabra. En este caso además, la larga perorata de Abraham Mani tiene dos destinatarios, bien que mudos, por opción estilística la primera, Flora Haddaya, y por una enfermedad que lo tiene paralizado y en estado casi vegetativo el segundo, el Rabí Shabbetay Hananiah Haddaya, anciano esposo de Flora y casi cuatro décadas mayor que ella. Estamos a finales de 1848, en una Atenas que en esos años disfruta ya de su independencia aunque el relato se retrotrae hasta el siglo XVIII y los primeros años del siglo XIX, con el declive del Imperio otomano y la rebelión del pueblo griego frente a los gobernantes turcos. La historia que narra Abraham, llena de peripecias, desplazamientos, conflictos familiares, algún amor apasionado y hasta muy sorprendentes enigmas que no puedo revelar -entre otras razones porque el autor no lo hace hasta las páginas finales de la novela-, partiendo de su abuelo y patriarca del clan, un Eliyahu Mani, proveedor de forraje de la caballeriza de los jenízaros del ejército turco y que viaja por la Europa de la Revolución francesa y, más tarde, de Napoleón, antes de instalarse en Salónica, donde florecía una próspera comunidad judía, se centra en la relación entre el propio Abraham y el sabio Shabbetay Hananiah Haddaya, con el que de joven había estudiado en la academia talmúdica que en Constantinopla dirigía el rabino, una de las más destacadas y valiosas personalidades rabínicas del Imperio otomano. En un significativo juego dual, al modo de esos espejos que -ya se ha dicho- pueblan el relato y multiplican sus ecos, la narración involucra a Abraham, su hijo Yosef, y a Flora y su joven sobrina Tamara, con la permanente sombra del rabino, que irradia su influencia sobre todos ellos. En el capítulo se descubren las claves -mitológicas, bíblicas, religiosas, psicológicas, culturales- que mueven a los personajes y que operan como metáfora del trágico sentimiento de culpa que acompaña al pueblo judío en su difícil transcurrir por el mundo. 

Mi excesivo detenimiento en el comentario de esta novela excelente, me impide ya hacer lo mismo con otra obra soberbia, Una historia de amor y oscuridad, de Amos Oz, limitación menos gravosa por cuanto el libro, un verdadero long-seller, es mucho más conocido, convirtiéndose desde su publicación en un auténtico clásico, con traducciones a una treintena de idiomas, y constituyendo hoy una referencia indispensable para comprender el muy enconado y en apariencia irresoluble conflicto palestino-israelí. En España también se han multiplicado sus ediciones desde que apareció por primera vez, en 2004, un año después de su publicación en Israel, en el seno de la editorial Siruela, que alberga una numerosa muestra de la vasta obra de su autor. La traducción es de Raquel García Lozano. Debo decir también que fue entonces, hace veinte años, cuando yo leí el libro y que no he podido volver a hacerlo ahora, razón por la que, siendo mis recuerdos difusos y escasas mis notas de lectura de aquel tiempo, la brevedad de mi análisis, que lamento (no tanto los improbables lectores de este blog y los escasos seguidores del programa) dada la entidad de la obra, es debida también a esa circunstancia. 

Una historia de amor y oscuridad es una singular autobiografía novelada de su autor, el escritor israelí Amos Oz, nacido en Jerusalén en 1939 como Amos Klausner (cambió su apellido, decidido a dejar atrás su pasado: a los catorce años y medio, unos dos años después de la muerte de mi madre [en un suicidio que marcó la vida de Amos: Mi madre puso fin a su vida en la casa de su hermana, en la calle Ben Yehuda de Tel Aviv, la noche, entre el sábado y el domingo, del 6 de enero de 1952, escribe en el capítulo postrero del libro], maté a mi padre y maté a toda Jerusalén [“asesinatos”, ambos, obviamente metafóricos], me cambié el apellido y me fui solo al kibbutz Hulda para vivir allí sobre las ruinas). Profesor de literatura, autor de varias decenas de obras, entre novelas, cuentos, artículos, ensayos y poemas, galardonado con los más prestigiosos premios literarios, entre ellos el Príncipe de Asturias de las Letras en 2007, eterno candidato al Nobel, Oz ha sido -y sigue siendo tras su muerte en 2018 en Tel Aviv- una figura de referencia de la literatura hebrea, un intelectual libre, comprometido, desde su posición abiertamente izquierdista, con la muy compleja causa de su pueblo, que siempre defendió con lucidez, valentía e independencia de criterio, indiferente a las críticas surgidas de uno y otro lado de las partes en conflicto, como puede colegirse de los dos fragmentos con los que he iniciado mi reseña de esta tarde. 

El libro que ahora os comento, sin duda su título más relevante, narra la infancia y la adolescencia de Amos, primero en Jerusalén y luego en Tel Aviv, en un relato en el que los límites temporales se difuminan, yendo hacia adelante y hacia atrás en los acontecimientos referidos. Con una voz narrativa que nos habla en la primera persona del propio Amos, el libro da cuenta de la historia de cuatro generaciones de su familia, los Klausner, que atraviesan el siglo XX, con un trasfondo en el que afloran las persecuciones nazis, el nacimiento del Estado de Israel y los enfrentamientos entre palestinos y judíos en episodios, estos últimos, que, por desgracia, siguen presentes en nuestros días. Esta estructura no lineal de la novela y el hecho que se entrelace la historia personal y familiar con la colectiva, dotan al libro, voluminoso en sus más de seiscientas páginas, de una muy evidente carga de complejidad y profundidad. La interconexión entre el pasado y el presente, entre los sucesos personales y los acontecimientos históricos, las múltiples líneas narrativas en las que se desarrolla el relato, los distintos estilos y técnicas literarias, siendo de especial densidad en ocasiones para el lector, están construidos de manera soberbia, en un texto que es a la vez íntimo y de alcance universal. 

En este repaso a vuela pluma -forzado, insisto, por la falta de tiempo y por la vaguedad de mis recuerdos-, quiero subrayar, sin embargo, algunos aspectos esenciales de la “novela”. En primer lugar, y en ese ámbito doméstico y familiar, destaca la descripción detallada y nítida, llena de pormenores muy precisos sobre su realidad, de la atmósfera del hogar y su caracterización física, del entorno geográfico, de los lugares en los que se desarrolla su vida y, sobre todo, de sus propias experiencias y las de los miembros de su familia, sus amigos y conocidos, a los que se da voz y cuyos pensamientos y emociones explora, en una dimensión colectiva o coral del libro. El eje principal sobre el que gravita esta vertiente de la obra lo forman los padres de Amos, circunstancia que resulta ostensible desde la propia portada del volumen de Siruela. El progenitor, Arie, es bibliotecario en la Biblioteca Nacional, profesor fracasado (una especie de intelectual desarraigado y miope a quien no le salía nada a derechas), escritor de libros sobre la novela en la literatura hebrea y sobre la historia de la literatura universal, profundamente inmerso en su amor por la lengua hebrea y su fervor sionista, un hombre culto, ilustrado, educado y categórico, pero también cohibido; con corbata, gafas redondas y la chaqueta un poco rozada, hacía una ligera reverencia ante sus superiores, corría a abrirles la puerta a las señoras, se mantenía firme para proteger sus escasos derechos, citaba con emoción versos en diez idiomas, se esforzaba siempre en ser afable y divertido, contaba una y otra vez los mismos chistes, en descripción aguda y algo despiadada de su hijo; siendo esa ruidosa e intensa logorrea una forma extrema de luchar contra las decepciones y las frustraciones de su vida. La madre, Fania, es una mujer bella y misteriosa, melancólica y reflexiva, sensible y poética, incapaz de encontrar un equilibrio entre su infancia y primera juventud en Rovno, pueblo hoy ucraniano y en su momento polaco, de donde tuvo que huir, expulsada de la universidad, y después de la de Praga, a causa del antisemitismo y las restricciones impuestas a los judíos y la furia exterminadora nazi, y su actual vida cotidiana adulta, salvada de milagro en Jerusalén, casada allí con Arie y saliendo adelante entre el polvo y la pobreza de una ciudad en busca de identidad, bajo el control británico y con la amenaza y la ira de los árabes. La figura materna adquiere un papel central a lo largo de la historia, en la que su lucha contra la depresión y la enfermedad mental, su batalla contra los fantasmas del pasado, sus intereses intelectuales, su afición por la cultura y la literatura, las historias que le cuenta a su hijo, pobladas por gigantes, hadas, magos, mujeres de campesinos, hijas de molineros, cabañas perdidas en medio del bosque, tendrán una importancia decisiva en la formación de la personalidad del joven Amos. Pero hay decenas de otros personajes, el tío abuelo Yosef Klausner, las tías Tzipora, Haya, Sonia, Grete, la entrañable Maestrazelda (Irradiaba una especie de halo de autoridad azul ceniza que de inmediato me atrajo hacia ella), los muchos antepasados exterminados en Europa central víctimas del terror nazi, los compañeros de estudios, los vecinos, los chicos de la pandilla de La Mano Negra, Denush, Elik, Uri, Lulik, Eitan y Ami, que no aceptan al chico en el grupo (y que comparecen de modo episódico en un capítulo, el 33, de una intensidad tal que por sí solo, con su lúcida melancolía, merece la lectura del libro), la pléyade de profesores, escritores, intelectuales, celebridades históricas como líderes políticos y figuras culturales con los que se relaciona su padre, los representantes de la Gran Bretaña colonial, los pocos árabes de clase media con los que se da el trato, los refugiados e inmigrantes clandestinos, supervivientes, tizones salvados del fuego con quienes normalmente nos relacionábamos con piedad y algo de aversión: atormentados y afligidos, pobres del mundo, y tantos otros (incluso, aunque resulta excesivo llamarlo personaje, el pájaro Elisa, que desde las ramas del granado del patio recibía la luz del día con las cinco primeras notas de Para Elisa de Beethoven: «¡Ti-da-di-da-di!»), en una maraña de nombres que, en ocasiones, resulta difícil de desentrañar para el lector pero cuya presencia proporciona a la obra un enriquecedor carácter polifónico. 

En este campo del libro, sobrevolando las anécdotas y peripecias de los personajes, la presentación de sus perfiles psicológicos, con sus pensamientos, sus miedos, sus anhelos, sus dudas, sus esperanzas, sus emociones, de alcance universal más allá de sus particularidades, de sus coordenadas espacio-temporales específicas, nos encontramos asuntos como la relación materno filial, la enfermedad mental de Fania, la complejidad de las relaciones familiares, la tensión entre lo individual y lo colectivo, de no siempre fácil coexistencia, la reflexión, teñida de nostalgia, sobre el paso del tiempo y las inevitables transformaciones en la vida, presente de manera paradigmática en el ya citado y extraordinario capítulo 33. 

Como ya he indicado, el segundo frente interesante del libro lo constituye la espléndida imbricación de los avatares de la vida personal y familiar en el marco social, político e histórico de la región y la época. A medida que la narración avanza, la adolescencia y juventud de Amos se entrelazan con los acontecimientos históricos, como la Segunda Guerra Mundial y la creación del Estado de Israel. La novela se convierte así, también, en un testimonio de las transformaciones sociales y políticas que moldean la identidad del país y de sus habitantes. De este modo, la voz de Amos nos muestra la Jerusalén del Mandato Británico, con las tensiones entre judíos y árabes, así como por el conflicto con las autoridades británicas, en una ciudad en la que confluyen culturas y religiones, que, como resulta casi inevitable, son fuente de tensiones étnicas. Y, en el recuerdo del pasado de la familia, viajamos a los años de la Segunda Guerra Mundial, a Polonia y Ucrania, a los infaustos días de la persecución a los judíos y, aunque el Holocausto no es un acontecimiento central en la trama, la sombra del genocidio nazi se proyecta sobre la obra entera, en tanto contribuyó a “construir” -o quizá solo a “perfilar”- la identidad judía y a exacerbar la necesidad de búsqueda de un hogar nacional -de un Estado- para el pueblo judío. Y están también las olas de inmigración que siguieron a la creación de Israel, la llegada de los primeros colonos, la integración fallida de unos judíos afectados secularmente por un desarraigo perpetuo y las migraciones consiguientes, que hoy, en otra escala, ellos mismos imponen a los árabes palestinos, en un fenómeno en el que podemos encontrar las causas remotas de los actuales conflictos. Y en ese trasfondo general se exponen los movimientos políticos y sociales que contribuyeron a la formación de Israel, con una especial presencia del sionismo (del que Oz fue defensor inicialmente y criticó más adelante) y los debates ideológicos de la época, en particular los dilemas morales que conllevó la construcción de la identidad nacional israelí. 

Y éste, el debate teórico, filosófico incluso, sobre las fuerzas presentes en la creación de la nación política israelí, es otro de los ejes sustanciales del libro, cruzado así por numerosos apuntes y reflexiones sobre la “cuestión judía”; sobre el sionismo y el nacionalismo; sobre la persecución, el exterminio y el trauma colectivo del Holocausto como fundamento moral último de la legitimidad de la “colonización” de las tierras de Palestina; sobre el sentimiento ancestral de pertenencia a aquellos territorios por parte de los judíos; sobre sus expectativas y sus “derechos” a un “nuevo comienzo” en Israel (muy presentes en los muchos pasajes de la novela vinculados al kibutz Hulda), tras los sufrimientos, las pérdidas personales y las tragedias familiares vividas por su pueblo; sobre los conflictos derivados de la expulsión o el confinamiento de los árabes; sobre la complejidad de las relaciones entre ambas comunidades; sobre las distintas perspectivas, algunas de ellas muy críticas, que, desde la propia comunidad judía, existen sobre esas disputas; sobre las repercusiones de ese pasado histórico en la realidad contemporánea de los años en que se escribió el libro y, para un lector de 2024, también de nuestros días, en los que las siempre controvertidas cuestiones de identidad, conflicto y convivencia siguen siendo relevantes en el contexto actual del Medio Oriente. 

Como un sutil hilo que engarza estas distintas dimensiones de la novela -si se la puede llamar así- aparece una línea metafórica que se advierte desde el título: un juego de dualismos que tiene en la dupla amor/oscuridad su manifestación más obvia. A esa oposición remiten el contraste entre la Jerusalén caótica, conflictiva, tradicional y anclada en el pasado (que brota de continuo en las referencias a la Torá, el Yom Kipur, las sinagogas, la Shoá y la diáspora) y la Tel Aviv moderna y abierta a Occidente; la disparidad entre los ideales y el sueño esperanzado que, en su origen y en muchas de las mentalidades de sus defensores, entraña la empresa sionista, y la negra realidad de su concreción material, tan evidente en los aciagos episodios que hoy vivimos; el ingenuo, igualitario, anticapitalista y utópico proyecto de los colonos en los kibutz, y la violencia, la ocupación, la represión, los crímenes -del ejército israelí y de los terroristas palestinos- que han supuesto y aún suponen su implantación en la región; el amor incondicional del hijo hacia su madre y la sombra que representa la figura del padre, cercano a los círculos sionistas de derecha y alejado, por tanto, de la posición política del hijo; la esperanza ilusionada de la primera infancia y la tragedia y la pérdida ejemplificadas en el suicidio de la madre; la salvación luminosa que supone la cultura, la literatura, la poesía, el conocimiento, los libros, y las oscuras tinieblas en las que se ha desenvuelto la creación y el mantenimiento del Estado israelí y que amenazan la preservación y el futuro pacífico de ambos pueblos. 

Y es a los libros, precisamente, a los que quiero dedicar mi último comentario de esta reseña ya demasiado extensa. Son constantes las referencias literarias y las menciones de obras clásicas, muchas de ellas del ámbito cultural judío. Y son igualmente frecuentísimas las alusiones a la importancia de los libros y la lectura, una práctica, una devoción, un amor, que marcarán la vida de Amos. Os dejo aquí algunas de ellas, muy esclarecedoras. 

Una vez, cuando tenía siete u ocho años, mientras íbamos sentados en la penúltima fila del autobús de camino a la clínica o a una zapatería infantil, mi madre me dijo que es cierto que los libros pueden cambiar con los años igual que la personas cambian con el tiempo, pero que la diferencia está en que casi todas las personas al final te abandonan a tu suerte, cuando llega un día en que no obtienen de ti ningún provecho o ningún placer o ningún interés o al menos algún buen sentimiento, mientras que los libros jamás te abandonan. Tú los abandonas a ellos a veces, y a algunos incluso los abandonas durante muchos años, o para siempre. Pero ellos, los libros, aunque los hayas traicionado, jamás te dan la espalda: en completo silencio y con humildad te esperan en la estantería. Te esperan incluso decenas de años. No se quejan. Hasta que una noche, cuando de pronto necesitas uno, aunque sea a las tres de la madrugada, aunque sea un libro que has rechazado y casi has borrado de tu mente durante muchos años, no te decepciona y baja de la estantería para estar contigo en ese duro momento. No echa cuentas, no inventa excusas, no se pregunta si le conviene, si te lo mereces y si aún tienes algo que ver con él, sencillamente acude de inmediato cuando se lo pides. Jamás te traiciona. 

Cuando era pequeño, quería crecer y ser libro. No escritor, sino libro: a las personas se las puede matar como a hormigas. Tampoco es difícil matar a los escritores. Pero un libro, aunque se lo elimine sistemáticamente, tiene la posibilidad de que un ejemplar se salve y siga viviendo eterna y silenciosamente en una estantería olvidada de cualquier biblioteca perdida de Reykjavík, Valladolid o Vancouver. 

Lo único abundante en casa eran los libros: había libros de pared a pared, en el pasillo, en la cocina, en la entrada, en los alféizares de las ventanas, en todas partes. Miles de libros en cada rincón de la casa. Se tenía la sensación de que si las personas iban y venían, nacían y morían, los libros eran inmortales. 

Empecé a leer prácticamente solo, cuando aún era bastante pequeño. ¿Qué más podíamos hacer? Las noches eran entonces mucho más largas, porque la bola del mundo giraba mucho más despacio, porque la gravedad en Jerusalén era mucho más fuerte que hoy. La luz de la lámpara era amarillenta y muchas veces se iba. Aún sigo asociando el olor de las velas humeantes y el de la lámpara de petróleo tiznada con el placer de leer un libro. 

Como cierre musical al programa y también a la breve serie de tres emisiones dedicadas al largo conflicto entre ambos pueblos, traigo aquí una canción, There must be another way, con la que la israelí Noa y la palestina Mira Awad, hermanadas, representaron a Israel en el festival de Eurovisión en 2009. Confiemos -soy escéptico- que la colaboración fraterna que ellas representan pueda extenderse a todos los ámbitos de la vida de ambos pueblos y permitan acabar con la tragedia que hoy sufren decenas de miles de sus ciudadanos.

Os dejo con un texto de El señor Mani, perteneciente a la cuarta historia y ambientado en 1899, que da cuenta de la larga y trágica experiencia de destierro y exilio que ha vivido el pueblo judío a lo largo de la historia. Un dramático destino que, por desgracia, ahora se ven obligados a revivir sus vecinos palestinos. 


Al otro lado de la ventanilla, padre, desde los repletos vagones hemos visto una Europa alborotada a la vez que sumida en una profunda tristeza. En los pueblos arden hogueras, los campesinos abandonan el arado y se convierten en peregrinos itinerantes que encienden fogatas en los campos. Todos hablan del fin de siècle, de los últimos días de este siglo que se acaba, y aunque se aprecia cierto sentimiento de euforia también existe un gran temor y todos se aventuran a filosofar y profetizar. Todos parecen participar en un mismo carnaval, y los primeros los muyiks rusos, con sus cantos, sus reverencias y sus muchas velas y los griegos y los turcos engañándolos a todos. Y por todas partes, padre, sea donde sea, siempre encuentra uno a gente de nuestro pueblo, los ojos inquietos y temerosos: unos marchan hacia el oeste y otros van al sur, peregrinos de la vida que no andan buscando a Dios porque ya lo llevan consigo junto con los fardos y los niños. Sí, no puedes ni imaginar cuántos niños judíos corretean sucísimos a tu alrededor por donde quiera que vayas…

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Abraham B. Yehoshua. El señor Mani