Vivo entre muchos libros y extraigo una gran parte de mis ganas de vivir del hecho de que aún leeré la mayoría de ellos. (Elias Canetti)

miércoles, 27 de mayo de 2026

MARIANA TRAVACIO. QUEBRADA; KATERINA POLADJAN. HIC SUNT LEONES; PHYLLIS SHAND ALLFREY. LA CASA DE LAS ORQUÍDEAS

El singular ciclo que Todos los libros un libro está dedicando a la literatura femenina -signifique lo que signifique tal sintagma: vamos a aceptarlo como sinónimo de libros escritos por mujeres- llega a su quinta entrega. Como recordaréis quienes nos seguís habitualmente, cuando lleguemos a su término, en los últimos días de junio, la serie se habrá completado con un total de veintiséis propuestas de lectura -una por cada uno de los años de este siglo XXI-, escritas por otras tantas autoras, de generaciones, orígenes, planteamientos literarios y preocupaciones estilísticas muy distintas, y publicadas, cada una de ellas, en un sello editorial también diferente. 

En las cinco ediciones anteriores de este ciclo os he recomendado ya quince libros -novelas en su mayor parte- escritos por Lara Corujo, Laura Ferrero y Layla Martínez, en una primera emisión guiada por la nacionalidad española de las tres escritoras; Eva Díaz Pérez, Delphine de Vigan y Julieta Correa, con un segundo programa en el que el nexo común entre las tres autoras era la relativa coincidencia temática entre sus respectivas obras, centradas, desde ángulos diversos aunque cercanos, en la vejez y el deterioro físico y cognitivo que conlleva; hace tres semanas, Elizabeth Taylor, Elizabeth Bowen, y Rebecca West, unidas por su origen, las islas británicas; en nuestro encuentro posterior, el foco se desplazó a Francia, con títulos de Constance de Salm, Colombe Schneck y Marie Hélène Lafon; y por fin la semana pasada han comparecido aquí otras tres escritoras en lengua inglesa, dos británicas, Jennifer Johnston y Penelope Lively, y una canadiense, Miriam Toews. 

En el caso de esta tarde, el lazo -cierto que un tanto laxo- que anuda a nuestras tres invitadas es el de una cierta “excentricidad” o incluso “exotismo” -si desproveemos al término de cualquier connotación más o menos eurocéntrica u occidentalista, con sus despectivas notas de suficiencia jerárquica y superioridad colonial-. Se trata de novelas ambientadas en territorios poco frecuentados -al menos, poco conocidos literariamente- por los lectores españoles y, en general, europeos, como son el noroeste argentino, la ignota Armenia, ese país transcaucásico, cuya ubicación geográfica, a caballo de Europa y el Asia Occidental, lo mantiene en una cierta indefinición cultural, histórica, política, y las islas caribeñas, en particular la isla Dominica. De este modo, hoy quiero hablaros, con entusiasmo en los tres casos, de Quebrada, la excepcional novela de la argentina Mariana Travacio; Hic sunt leones, otra interesante novela, Katerina Poladjan, nacida en Moscú, crecida entre Roma y Viena, residente en Alemania, aunque de inequívoco origen armenio; y, como cierre del espacio, La casa de las orquídeas, otra novela espléndida, obra de Phyllis Shand Allfrey, “una antillana de más de 300 años de estatus, a pesar de mi rostro pálido”, como escribió, aunque sus antepasados se encuentran en Inglaterra y Francia. 

Este singular y apasionante viaje literario a tres lugares del mundo poco explorados, como digo -al menos desde mi particular experiencia-, en la literatura, da comienzo con la excepcional, deslumbrante e inolvidable sugerencia con la que abro mi reseña de hoy, Quebrada, una novelita -el diminutivo alude a su corta extensión y a su formato reducido; en ningún caso a su enorme calidad- de la argentina Mariana Travacio, publicada por la barcelonesa editorial las afueras (así, con minúscula) en 2022. Travacio, psicóloga de formación, es autora de varios volúmenes de relatos y de otra novela, Como si existiese el perdón, que no he podido leer (aunque no voy a tardar en subsanar la carencia) y que, al parecer, viene siendo una suerte de antecedente de esta Quebrada

El libro, muy breve, ciento sesenta páginas en un volumen de 24x21 centímetros que cabe en una mano, no admite demasiados comentarios. O mejor dicho, lo hace -como cualquier otro-, pero todo lo que pueda decirse sobre él palidece ante su desbordante intensidad, ante su “gracia” inmensa, ante la emoción que rezuma y que anega a quien se adentra en sus páginas, convirtiendo la lectura en una experiencia casi literalmente inefable. Es tal la sensación de plenitud, de satisfacción, de exaltación y de entusiasmo que embarga al lector que recorre sus ochenta cortísimos capítulos que, una vez terminados, no encuentra palabras -como ocurre en el amor, ante el arte, frente a la belleza, también, a menudo, con un libro entre las manos- capaces de dar cuenta de lo que ha pensado, sentido y vivido y solo puede constatar cómo su corazón, su alma, su mente, todo su ser rebosan, exaltados, arrebatados, de dicha y felicidad. Demasiado enfático, es cierto, y, en el fondo, irrelevante de cara a la elaboración de esta reseña, que, obviamente, no puede limitarse a un mero ¡¡corred ya a leer Quebrada!!, sino que debe proponer argumentos, razones, motivos de interés “objetivo” que justifiquen ese vehemente reclamo. 

Empezaré, pues, por un sucinto e inevitablemente aproximado resumen del argumento de la novela (todo será impreciso y en último término inexacto en estos comentarios que no alcanzarán a describir la poderosa y dramática trama y la excepcional prosa de una novela hipnótica, poética, sobria y austera, alegórica, desoladora, lírica, evocadora, intensa, melancólica, realista y a la vez con apuntes oníricos, cautivadora, elocuente, profunda, filosófica y metafísica, atávica y telúrica, mítica -y siento que broten sin control las siempre ampulosas esdrújulas-, narrativamente audaz, singular, memorable y de alcance universal). 

La novela se articula en dos partes de distinta extensión y, a mi juicio, de también diferente intensidad. En la primera, que ocupa cincuenta y dos de los ochenta capítulos del libro, se alternan dos voces, las de Lina y Relicario, en sendos monólogos interiores; mientras que en la segunda -los restantes veintiocho capítulos- el narrador, cuya identidad no conoceremos hasta casi el final de la novela, es el joven Rulfino (en una indirecta alusión, a mi juicio, a Juan Rulfo, el escritor mexicano, de cuyas fuentes literarias -Pedro Páramo, El llano en llamas- bebe claramente Travacio, hasta el punto de que el editor ha decidido que sea una espléndida foto del propio Rulfo la que presida la portada del libro). 

Lina Ramos y Relicario Cruz, marido y mujer, son dos ancianos (quizá no lo sean, no hay datación expresa de su edad; en cualquier caso dos personas muy mayores viviendo una realidad en la que su vida se da por clausurada, como evidencian las palabras de Relicario: dónde nos vamos a ir, Lina, que ya estamos grandes. Y Lina: Me estoy poniendo vieja) que malviven, solos, pobres, en la quebrada, un espacio inhóspito, árido, inclemente, en el que la tierra, estéril, no da frutos (solo crecen esos yuyos tristes, llenos de espinas que arañan el viento. Lo demás es pura piedra. Y tarda uno mucho en moverse de una parte a la otra, porque es todo empinado, en barranca filosa, muy escarpada). Un paraje desolado que condena a una existencia repetitiva, extenuante y sin perspectivas (Es que apenas me despierto ya veo ese cielo sin nubes, sin pájaros, sin nada que lo cruce, nada que nos traiga alguna novedad. El cielo está siempre igual y a mí me da un puro vacío). Una hendidura desierta, un yermo arruinado, encajonado entre riscos escarpados (acá nada crece ni casi animales hay (…). Nada hay acá. Salvo estas montañas que parecen recién estrenadas, de tan filosas, y esos cuises que vemos pasar a la carrera, como si los persiguiera el demonio, y nuestras pocas cabras, que andan rebuscando lo que pueden entre los yuyos duros que tenemos). El lugar no aparece explícitamente referenciado, ni espacial ni temporalmente, lo que constituirá un primer elemento revelador de la condición universal de un relato que, entre otros temas, nos habla de la escasez y el desarraigo, de la soledad existencial, del vacío metafísico, de lo irremediable del destino y de lo inevitable también de enfrentarse a él, al margen de las coordenadas geográficas o históricas en las que se desarrolla (no obstante, no parece difícil ubicarlo, dada la nacionalidad de la autora, en el noroeste de Argentina, cerca ya de Bolivia, en donde la Quebrada de Humahuaca, Patrimonio Cultural de la Humanidad y la más destacada entre cientos de otras similares, deja al viajero que la visita -y hablo por experiencia propia- un recuerdo inolvidable, precisamente por la sequedad de la tierra, lo extremado del clima, la sufriente austeridad de la naturaleza y, por encima de todo, su belleza “ultraterrena”). 

Ya desde las primeras frases de la novela conocemos la voluntad de Lina de dejar atrás esa realidad asfixiante y, también, la oposición de su marido a esa intención: Me llamo Lina Ramos, soy la esposa de Relicario Cruz. Hace tiempo le vengo diciendo que nos tenemos que ir, pero él no quiere. Se aferra mucho a esta tierra, dice que acá nacimos y que acá tenemos que morir. Pero es que ya no queda nadie, le digo. Y me dice que no podemos andar abandonando a nuestros muertos, no podemos irnos y dejarlos acá, Lina, sin nadie que los reconozca. Así me dice. Que esas cosas no se hacen. Y yo le explico que con gusto me quedaría si hubiera qué comer. El relato de la mujer da cuenta de su decisión; de su necesidad de cambiar su oscuro y desesperanzado destino; de su ansia de probar suerte; de sus recuerdos de Tala, el hijo que ya hace catorce años abandonó a sus padres en busca de un trabajo lejos de la improductiva quebrada; de su ilusión de un mar que nunca ha visto pero que se le aparece como un sueño con connotaciones casi míticas (Vamos a conocer el mar, Cruz, vamos); de su desesperanza y, a la vez, de su negativa a la resignación, de su coraje, de su determinación (A veces me agarra flojera de andar insistiéndole. Pero como no insista, la muerte nos va a encontrar pronto, resecos los dos, al ladito de nuestros muertos, sin nadie que nos lleve ni la caña ni la sopa ni nada. A veces tengo la esperanza de que un día me escuche. A veces le rezo mis rezos a diosito santo, pero no parece oírme, tampoco. Se habrá vuelto sordo, pienso seguido. Soy muy creyente, yo, y Relicario también. Pero me ando llevando a las patadas con Dios últimamente, porque no me escucha ni una sola de mis plegarias. Y eso a veces me da una rabia rencorosa. Es una rabia que me dura varios días. Cuando eso me pasa, le digo a Cruz que diosito debe andar sordo, o que tal vez se haya ido de aquí, él también, cansado de tanta piedra. Y cuando le voy con estas cosas, Cruz me dice que me deje de andar inventando. Que Dios está por todos lados. Y yo le digo que estará por todos lados pero que acá no llega porque no tiene ni modo de llegar). Siguiendo las imprecisas indicaciones de Octavia, una curandera local, y provista de una fe casi infantil, de las dos cantimploras grandes que teníamos y un atado de ropa y ese puñado de semillas que le había dado Octavia, abandonará a su marido, buscando porfiada el rastro del agua que la llevará a un río y de ahí al mar. En sus palabras conoceremos las vicisitudes de su viaje, las subidas y bajadas por las montañas, lo abrupto del terreno, las noches a la intemperie, el viento, el frío nocturno, el agobiante calor del mediodía, el hambre y la sed, los encuentros, las difusas indicaciones, la búsqueda empecinada del mar. 

En paralelo, Relicario se encuentra inopinadamente con la soledad. La ausencia de Lina le hace cuestionar su oposición inicial a dejar su entorno, su resistencia a abandonar la tierra, a traicionar a los muertos (Pero acá están nuestros muertos. Y a mí me enseñaron que no se los deja). Por fin, la añoranza de su mujer lo lleva, varias semanas después de su partida, a salir tras sus imprecisos pasos. Desenterrará a sus padres (Por eso vengo a verla hoy, madre. En unos días, usted se viene conmigo. Y no se enoje, que a padre también lo llevo. Lo que no puedo, madre, es llevarle a sus otros muertos, me va a disculpar), cargará con sus restos y se lanzará al camino, repitiendo las caminatas extenuantes, los encuentros ambiguos, la constante amenaza de la intemperie, la desorientación, el desconcierto y el desgaste emocional que marcan la aventura de su mujer. Ambos personajes representan dos visiones distintas de la vida. Lina es la ilusión, la expectativa, la apertura a lo nuevo, el deseo y la voluntad de cambio, el inconformismo y la rebeldía. Relicario es el pasado, la memoria, la tradición, el arraigo, la pertenencia. 

La segunda parte de la novela, narrada, como he señalado, por una tercera persona ajena a los dos personajes principales, nos lleva al rancho de los Loprete, en donde Lina trabaja ahora de cocinera, tras llegar al lugar llevada por el arriero Feliciano, al que ha encontrado en su periplo. Sin rastro ya de Relicario -una ausencia que, pese a la extrañeza que suscita en el lector, no parece ser una omisión no querida por la autora-, el núcleo de la historia -más convencional, a mi juicio- se desplaza hacia los conflictos en la familia de los Loprete, el día a día en la hacienda, el trabajo en el campo, los animales, los peones, las tensiones y, sin querer desvelar nada sustancial, la aparición del Tala, la crónica de sus años ausentes, la tragedia y la muerte, en un rotundo final que emociona y estremece. 

Esta muy austera línea argumental se desarrolla a través de un planteamiento literario soberbio, el elemento más atrayente del libro, sin duda el que más permanece en nuestra memoria. El ya referido juego de las voces que se alternan, permitiendo el contraste entre dos visiones de la vida; la narración en la primera persona de cada uno de ellos, lo que favorece la identificación del lector y le permite acceder a su intimidad y conocer las emociones, los pensamientos, los conflictos de los protagonistas; el ritmo lento y pausado del discurrir de cada personaje, concordante con el de su premioso avanzar por aquellos territorios hostiles; la utilización de registros orales (Así que me va a disculpar, pero me voy con ustedes dos nomás) que aportan frescura, verosimilitud, cercanía y, sobre todo, belleza (Me volví a acercar y me explicaron: para allá, vea, hay una tierra muy generosa; no como la nuestra, que es mezquina (…) Nos vienen contando que ahí hay tierra buena, doña, y hay agua, y hay trabajo), con una prosa cadenciosa, musical, hipnótica, muy rica, impregnada de la sencillez y la claridad del lenguaje rural, plena de resonancias poéticas (A padre también lo saqué hueso por hueso. Estaba igual que madre, sin cajón. Se habrán querido, estos dos, que se fueron uno atrás del otro); la significativa representación del paisaje y, en general, de la naturaleza, convertidos en un personaje más y ampliando la carga simbólica del libro, un escenario inclemente, brutal, hostil, extremo (es una tierra de demasías), de una aridez desasosegante, que cambia y se transforma, con las estaciones, la lluvia incesante y la sequía interminable, las montañas, las quebradas, los vientos, las tormentas, los diluvios, los cauces asfixiados de los ríos y también sus corrientes impetuosas y desbordantes; la recreación de una atmósfera mítica: el viaje y su aventura, la búsqueda del hijo perdido, de honda raigambre literaria, la curandera, las plegarias a un dios desaparecido, los encuentros inopinados con personajes como fantasmales (No se la podía mirar de tanta belleza: no parecía una criatura de este mundo. Dios se habrá alegrado de producir una cosa semejante. En mi vida había visto algo igual. Traía una fuerza en esos ojos negros que daba respeto. Y le llovían los pelos hasta la cintura. Difícil dejar de mirarla), sin pasado y sin futuro, las noches silenciosas a la intemperie, bajo el cielo estrellado en una soledad primigenia. Al término de esta reseña dejo un fragmento en el que Lina, que acaba de encontrar al arriero Feliciano, cuenta cómo este describe el mundo del rancho hacia el que se dirigen. En él, en el texto, está, desde mi punto de vista, la esencia del subyugante estilo, del tono y la atmósfera de la novela de Travacio. 

Además, mientras el lector se extasía con el fascinante estilo de una escritora magistral, la novela recorre temas de interés, con un valor, como he señalado, universal, que sobrepasa el concreto marco de la historia narrada: el sentimiento de pertenencia, la fidelidad a la tierra, el peso del pasado, la tradición y el respeto a los ancestros; el desarraigo, la errancia y la pérdida; el viaje como transformación, la migración, la partida y el regreso; la precariedad y la pobreza; la búsqueda de sentido y de la propia identidad (¿Somos lo que siempre hemos sido -Relicario- o lo que queremos ser -Lina-?); el deseo y la ilusión, la esperanza, el arduo combate contra el destino; la soledad existencial; la muerte indisolublemente unida a la vida; las raíces atávicas que nos constituyen, la violencia, el rencor, los odios (el western y Cormac McCarthy, con su carga primitiva, son, a mi juicio, dos referentes inequívocos del libro); la importancia de los vínculos familiares, que afloran, sobre todo, en la segunda parte del libro; la memoria, el amor, la tristeza, el dolor, los anhelos, la insatisfacción, la lealtad, el ansia de una vida plena. 

Mi segunda propuesta de esta tarde nos lleva a un entorno para mí desconocido y, en mi experiencia lectora, muy poco frecuentado por la literatura. Hic sunt leones, publicada en 2019 y seis años después en nuestro país por Armaenia Editorial, es una novela de la escritora -ensayista, dramaturga y novelista- residente en Alemania aunque de origen armenio Katerina Poladjan. El libro, escrito en alemán y muy reconocido en su lugar de origen, aparece en España en la traducción desde ese idioma a cargo de Ibon Zubiaur (al que se le ha colado un ligero gazapo: Sus manos trazaron furiosas elipsis [por “elipses”] sobre los papeles, luego barrieron las migas de goma de borrar de su cuaderno). 

Quiero dejar, antes de adentrarme en mi comentario de la novela, un breve apunte sobre el para mí hasta hace poco desconocido sello madrileño. Desde la foto que preside su página web, una pareja de chicos aparentemente muy jóvenes, sin duda muy guapos, con aspecto radiante y actitud enamorada, lectores inquietos y apasionados viajeros, según confesión propia, saludan al visitante explicando el singular proyecto que encabezan: Somos una editorial sencilla que cuenta historias complejas. Y en esa sencillez reside la libertad de nuestro criterio. Libertad que nos permite explorar distintos géneros, temas, territorios y autores alrededor del mundo. Además, ofrecemos una propuesta ética y estética, atractiva e innovadora dando voz a corrientes excéntricas o subterráneas de la cultura. A continuación hacen gala de su apuesta por el estilo en los libros que publican (en sus ediciones de ficción literaria; editan también ensayos sobre temas algo fuera del foco comercial: las migraciones, la desigualdad, el cambio climático y el extremismo político y religioso): poético, innovador o incluso experimental, ocupado en personajes, desarrollos o ambientes desacostumbrados, alejados de las corrientes narrativas actuales, tan centradas en el realismo urbano occidental y la autoficción. Un repaso a su catálogo certifica esa voluntad de “extrañamiento” y diferenciación: autores -en su mayor parte desconocidos para el gran público y para el lector no especializado- de, entre otros países, Turquía, Uzbekistán, Rumanía, Croacia, Mauricio, Ucrania, Ruanda, Rusia, Finlandia, Macedonia, Argelia, Sudán o Armenia, como es el caso del título que os propongo ahora. 

Hic sunt leones se estructura como una narrativa paralela entre dos mundos: el pasado trágico del genocidio armenio de 1915 y la búsqueda personal de identidad de la restauradora de manuscritos Helen Mazavián en el presente. El título hace referencia a la expresión latina antigua que los cartógrafos colocaban en los mapas para designar -a modo de advertencia- los territorios aún inexplorados (“Aquí hay leones”; o la más habitual Hic sunt dracones, “Aquí hay dragones”). Esta metáfora de lo ignoto y por descubrir funciona como columna vertebral del relato en sus dos planos: lo desconocido de la historia colectiva del pueblo armenio y lo oculto e incógnito de la memoria íntima. 

La trama comienza cuando Helen, una restauradora nacida en Moscú con raíces armenias (un dato, que junto a otros relevantes del libro, facilita el que se alimente esa tendencia habitual en los lectores y de la que no me excluyo, de confundir autor y narrador), viaja desde Alemania, en donde reside (de nuevo la presencia biográfica en las peripecias de la protagonista) a Ereván, la capital armenia, en el marco de un programa de intercambio científico para restaurar manuscritos antiguos. (Aprovecho, entre paréntesis, para recomendaros la visita a la formidable exposición de manuscritos armenios del Matenadaran Mesrob Mashtots, uno de los centros de investigación y conservación más importantes a nivel internacional, que alberga la mayor colección de manuscritos armenios del mundo; una muestra que permanecerá abierta en la Biblioteca Nacional hasta el próximo 21 de junio). Precisamente en ese Instituto (que en el libro aparece como “Matenadarán Mesrob Mashtóts”, con tilde en la última “a” de la primera palabra y en la “o” de la última) y mientras aprende la técnica de encuadernación armenia, debe ocuparse de un evangeliario de más de trescientos años de antigüedad, un volumen muy deteriorado, una biblia familiar que al parecer perteneció a sobrevivientes del genocidio y en cuyas páginas encuentra anotaciones en los márgenes como “Anahid, Anahid, Anahid” o “Hrant no se despierta” y otras igualmente misteriosas. Intrigada por esas inscripciones intenta reconstruir la historia de sus desconocidos dueños. A la vez, Helen explorará sus propias conexiones con ese pasado que dicha historia encierra, a partir de una fotografía que proviene del legado de sus abuelos y que Helen recibió de su madre, Sara, antes de viajar a Armenia. En la foto, en la que figura la anotación Artashat 1957, aparecen trece personas, una de ellas el tío de su madre, Antón Mazavián, y el resto, presumiblemente, miembros de su familia. Sara desconoce su paradero, no sabe incluso si alguno de ellos sigue vivo, por lo que pide a su hija que, aprovechando su viaje, averigüe cuál ha podido ser su destino. 

En la tradición armenia, las biblias familiares solían ser de pequeño tamaño para poder viajar con ellas bajo el brazo. Acostumbrados a vivir tiempos inciertos, persecuciones, pogromos e intentos de exterminio, los armenios, siempre preparados para el éxodo repentino, no se limitaban a hacer de ellas un uso convencional, como lectura hogareña, sino que las llevaban consigo en sus huidas, hallaban consuelo en ellas, escribían en su márgenes la historia de sus penalidades, de sus anhelos, de sus esperanzas. Poladjan, en un segundo frente de la novela, que va aflorando en capítulos alternos con el relato de la doble pesquisa de su protagonista, “inventa” la historia de sus posibles propietarios, esos Anahid y Hrant cuyos nombres figuran en la Biblia que restaura, y que en la dura, triste, desgarrada, emotiva y bellísima ficción que nos presenta la escritora, son dos hermanos -catorce años la chica y siete el menor- que huyen de los terribles episodios del genocidio armenio (millones de civiles masacrados entre 1915 y 1923) tras contemplar el asesinato de sus padres y el resto de sus hermanos. Son fragmentos que podrían ser recuerdos, reconstrucciones o imaginaciones; lo cierto es que la narración de su huida y desolación está tejida de manera deliberadamente abierta a la interpretación, manteniendo un delicado equilibrio entre historia documentada y ficción íntima. 
 
De esta manera, entre el relato de la peripecia laboral y cotidiana de Helen, el rastreo de sus antecesores lo que la lleva a diversos lugares de Armenia y Turquía- y la interpolación de los pasajes, de corte más puramente ficcional, en que se recrea la dramática experiencia de los dos jóvenes huidos, la autora muestra al lector no solo la historia familiar de su protagonista, que intenta “rellenar” las lagunas, silencios y posibles verdades que han sido olvidadas o nunca pronunciadas, sino también las señales de un pasado colectivo profundamente traumático. Esta dualidad entre investigación histórica y viaje interior constituye la fuerza narrativa central y el mayor logro literario de Hic sunt leones

La novela despliega, por tanto, una estructura polifónica y metaficcional que entrelaza niveles de tiempo y perspectiva. Desde el primero de los frentes, el contemporáneo, conocemos las interioridades del trabajo de la protagonista, los tecnicismos de la restauración, las fases, los procesos que permiten recuperar un texto. Hay también, en esta misma dimensión de la cotidianidad de la mujer, lugar para presentar la distante relación con su madre; los recuerdos de su propia infancia, que aparecen de vez en cuando, intercalados en el hilo del relato; las reflexiones sobre la realidad armenia y los retazos inconexos de los conflictos pasados que surgen en el contacto con otros personajes: el sabio Tarik, filólogo, bibliófilo y erudito de Estambul; los entrañables Evelina, responsable del Archivo Central en el que Helen pasa sus jornadas laborales, y su marido Araik, impedido en su silla de ruedas y pese a ello rebosante de vitalidad; sus amigos Hohves, Verdán y Ano; Danil, su pareja en Alemania, con el que mantiene un vínculo telefónico que permite intuir el declive de su relación; la sobrevenida conexión con Levón, hijo de Evelina. Y están sus viajes, la casi imposible pesquisa sobre la difusa base de una foto imprecisa, los encuentros con gentes diversas, los paisajes agrestes atravesados para llegar a poblados perdidos, la sombra omnipresente del monte Ararat, la convincente ambientación, urbana y rural, el color local, las comidas, los olores, las costumbres, las historias, los relatos tradicionales. 

A partir del libro sobre el que trabaja y de los restos que se encuentra entre sus páginas -excrementos de ratón, unos cabellos- Helen imagina situaciones, fantasea con escenas, inventa episodios que, quizá -aunque la conexión no se explicita-, están en la base de la desesperada y trágica aventura de Anahid y Hrant que aparece desvinculada, en apariencia, del relato de la restauradora, en una narración con componentes de leyenda, con acentos oníricos, con elementos de cuentos infantiles, rezumando poesía, y que permite al lector conocer con dramatismo y emoción la cruel e inhumana experiencia del genocidio, un acontecimiento, hecho de crímenes, fusilamientos, deportaciones, torturas y, en general, violencia y exterminio, que “atraviesa” el libro en sus distintas dimensiones -la íntima y la colectiva, la actual y la histórica, la realista y la fabulada- impregnando con su influjo terrible la novela entera. 

Por entre la exposición de estas diversas vertientes de su relato, la autora presenta algunos temas, aparte del nuclear del genocidio, que los sustentan. El principal de ellos -y de una muy relevante actualidad- es el de la memoria histórica y lo que, correlativamente, podríamos llamar amnesia cultural. Poladjan nos muestra cómo las historias colectivas, y en particular las muy atroces y traumáticas como el genocidio armenio de 1915, sobreviven o desaparecen en la conciencia cultural y personal. El recurso literario de las anotaciones en la Biblia familiar, con las escasas y aparentemente incomprensibles palabras garabateadas entre sus páginas, nos pone en contacto con la idea de una historia que quizá solo puede recuperarse de manera fragmentaria. En este sentido, la expresión que recoge el título de la novela -Hic sunt leones- opera como metáfora de los muchos espacios del pasado y de la identidad -la individual y la de los pueblos- que siguen siendo “terrenos desconocidos”, lugares donde la memoria no ha llegado y que requieren una exploración cuidadosa y objetiva, hecha con sensibilidad y respeto. 

Otro elemento interesante -y que dota de vigencia a un libro con tanto vínculo con el pasado- es el de la identidad cultural y el sentido de pertenencia. La protagonista, alemana de ciudadanía, rusa en su crianza y armenia por linaje, viaja a Armenia en busca de su identidad -no solo de nación, también íntima, con su crisis de pareja y el surgimiento de otra relación sentimental-. Y es que los individuos, los países (en particular en estas regiones fronterizas, lugares de paso como Centroeuropa o Asia Central), estamos hechos de influencias muy variadas, somos -personas, naciones- espacios en los que confluyen, en distinta medida, genes, culturas, religiones, lenguas. Cualquier interpretación reduccionista y excluyente de nuestros destinos -individuales o compartidos-, cualquier identidad cerrada y poco porosa a esas diversas fuerzas que nos constituyen, aparte de errónea será siempre fuente de conflicto. Aquí vuelve a resultar elocuente la idea de lo fragmentario, ejemplificada en la presencia del manuscrito que debe ser completado, restaurado, recompuesto a partir de elementos no siempre nítidos, concluyentes. 

Por último, en la novela de Poladjan me ha interesado la ya mencionada relación entre la historia individual y la colectiva. Pienso que uno de los “mensajes” más poderosos del libro reside en la constatación de que los relatos familiares y los relatos nacionales no son compartimentos estancos, sino superficies permeables. La historia de Helen convive con la de Anahid y Hrant, lo que indica que la experiencia individual siempre está en diálogo con los grandes movimientos de la historia humana. Y es por ello por lo que la restauradora, que inicialmente contempla su trabajo, el manuscrito, con distancia, poco a poco va adentrándose en su universo; al igual que ocurre con la búsqueda de sus parientes, un encargo de su madre que debe afrontar a regañadientes pero en el que va implicándose de manera progresiva, en un círculo en el que lo personal y lo colectivo acaban convergiendo. 

En fin, un muy sugestivo libro que, aparte del mero disfrute lector -¡como si ello fuera poco!-, nos permite conocer realidades alejadas, poco comunes y ajenas a nuestros habituales entornos y a nuestros consabidos marcos de referencia. Y en ese particular viaje a territorios poco frecuentados al que he elegido invitaros esta semana, y tras las etapas en el noroeste argentino y el poco conocido país armenio, nos desplazamos a continuación, para cerrar el periplo por hoy, a Dominica, una isla -un país- que ya tuvo una presencia indirecta y residual en Todos los libros un libro hace unos meses, cuando me ocupé aquí de Jane Eyre, de Charlotte Brontë. Entonces, y en relación con el personaje de “la loca del ático”, Bertha Mason, la infortunada primera esposa de Rochester, que vive encerrada en el desván de la mansión de Thornfield Hall, os di cuenta de una novela, Ancho mar de los Sargazos, centrada en la vida de la desgraciada mujer en los años anteriores a su fugaz y algo fantasmagórica “aparición” en Jane Eyre. Su autora, Jean Rhys, había nacido en Dominica y había ambientado su obra, que puede verse como una “precuela” del libro de la mayor de las Brontë, en las Antillas. Ese mismo entorno caribeño es el escenario en que se desenvuelve mi última propuesta de esta tarde, la por muchos motivos excepcional La casa de las orquídeas, escrita por Phyllis Shand Allfrey, también dominicana y amiga -con altibajos, como luego veremos- de Jean Rhys. El libro, publicado originariamente en 1953, ha visto la luz en nuestro país hace unos meses, el pasado 2025, en la Editorial Cátedra, en edición a cargo de Lourdes López Ropero y con traducción de Ana Bustelo Tortella. 

La trayectoria vital de Phyllis Shand Allfrey resulta fundamental para comprender la complejidad ideológica y emocional de su única novela (murió en 1985 dejando tras de sí algunos poemarios y una colección de relatos publicada de manera póstuma), impregnada de elementos, paisajes, vivencias y personajes de su propia vida. Nacida en 1908 en, como he señalado, Dominica, Allfrey pertenecía a una familia criolla blanca cuya presencia en la isla se remontaba a varios siglos. Su padre era una figura prominente en la administración colonial británica, lo que situaba a la familia dentro de la élite social del territorio. Esa clase -la “plantocracia” blanca- había dominado la economía de las Antillas durante generaciones gracias al sistema de plantaciones y al comercio del azúcar. Sin embargo, cuando Phyllis nació ese mundo estaba ya en declive. El sistema económico que había sostenido la riqueza de los plantadores se encontraba en crisis desde finales del siglo XIX, y las tensiones sociales entre la minoría blanca y la mayoría negra y criolla eran cada vez más evidentes, en un contexto histórico, social, económico y político que aflora por entre el hilo conductor de su narración, enmarcando la historia. La autora pasó parte de su juventud en Inglaterra, donde trabajó como periodista y comenzó a escribir poesía. Durante esos años entró en contacto con movimientos socialistas y anticoloniales, lo que transformó profundamente su visión de la realidad en la que había nacido. Esta evolución ideológica generó una tensión constante entre su origen aristocrático colonial y sus simpatías por las reformas sociales. A su regreso a Dominica participó activamente en la vida política de la isla. De hecho, llegó a desempeñar cargos gubernamentales y fue una de las figuras destacadas del movimiento laborista local, primero como fundadora del Partido Laborista Federal de las Islas Occidentales, luego como miembro del Parlamento de dicha Federación y más adelante como ministra de Trabajo y Asuntos Sociales. Una de las tres hermanas protagonistas de La casa de las orquídeas, Joan, “hereda” literariamente algunas de esas circunstancias de su propio recorrido biográfico. Esa combinación de experiencia política directa y sensibilidad literaria de la autora dota a su novela, que admite, entre otras muchas, una lectura política, de una perspectiva especialmente valiosa. 

La edición de Cátedra, que como es costumbre en las publicaciones académicas de la editorial cuenta con un espléndido estudio preliminar, a cargo esta vez de Lourdes López Ropero, es magnífica y, gracias a ese análisis previo -que, no obstante, yo recomiendo consultar tras haber terminado el libro-, permite profundizar en las diferentes claves -no todas evidentes para quien, como yo mismo, sea un lector profano- que la inteligencia y el conocimiento de la profesora titular del Departamento de Filología Inglesa de la Universidad de Alicante y experta en la literatura anglo-caribeña desvela con erudición y encomiable didactismo. Su ensayo introductorio está dividido en cuatro partes. En la primera de ellas, en la que se explicita la condición de Dominica como paradigma del colonialismo europeo, se repasa la historia de las Antillas caribeñas desde los inicios de la colonización, con oportunos apuntes a las influencias multiculturales de la isla -amerindia, francesa, africana, británica-; al auge y declive de las plantaciones, inicialmente azucareras, pero más adelante de lima, vainilla o cacao; a la abolición de la esclavitud en el primer tercio del siglo XIX y sus consecuencias en la sociedad y la economía del lugar; a la llegada de administradores y funcionarios coloniales a la isla -entre los que se encontraba el médico inglés Henry Nicholls, abuelo materno de Phyllis Shand Allfrey, que será el referente de uno de los personajes de la novela. De él se destaca en particular su interés por las orquídeas, de cuyo cultivo, del que se ocupó con pasión, permite a la profesora López Ropero extenderse en ilustrativas consideraciones sobre la “orquideomanía” de la época (se puede establecer un paralelismo entre la orquideomanía victoriana y el colonialismo). Todos estos elementos, más allá de su interés objetivo, aparecen, como es obvio, claramente vinculados a los episodios, circunstancias, personajes y contexto del libro. El segundo capítulo del extenso preámbulo se centra en la biografía de Phyllis Shand Allfrey: sus raíces británico-caribeñas -por la rama paterna de su genealogía-, que se remontan al siglo XVII; los orígenes de su familia materna, colonos franceses establecidos en Martinica en el siglo XVIII, con lazos que la emparientan con Josefina Bonaparte; las vicisitudes de su infancia, en el entorno de una familia blanca acomodada (el padre magistrado), la vida familiar, sus tres hermanas, los estudios en casa, el deslumbrante y a la vez misterioso y turbador y contradictorio escenario de la isla (Belleza y decadencia, belleza y enfermedad, belleza y horror: eso era la isla, leemos en la novela); el juvenil viaje a Nueva York, su boda con Robert Allfrey, un ingeniero licenciado en Oxford, cuyo apellido unirá de por vida al suyo propio; la vuelta a la isla y su sensibilización ante la injusta y deprimente realidad social del que había sido su mundo infantil; su retorno a Inglaterra, su contacto con la élite intelectual y literaria de aquel tiempo y el comienzo de su activismo político durante la Segunda Guerra Mundial; sus primeras colaboraciones literarias en prensa, poemas y relatos, reflejando en ellos las preocupaciones políticas, personales y literarias que caracterizarían a la autora; el proceso de creación y la aparición de La casa de las orquídeas; la vuelta definitiva a Dominica, la fundación de un periódico, The Dominica Star, y su implicación directa -ya mencionada- en la política activa de su país. Una vez más, y si se lee este texto después de haberlo hecho con la novela, quedan de manifiesto los muchos hilos que unen la trayectoria personal, familiar, social, literaria y política de la autora con el fecundo universo de su libro. La tercera parte explora la recepción crítica de La casa de las orquídeas y el lugar que ocupa dentro de la literatura caribeña y en particular la escrita por mujeres. Además, y en un eje del estudio especialmente sugestivo, se analiza la relación de la novela con Ancho mar de los Sargazos, que siendo trece años posterior (de 1966, frente al 1953 en que apareció la que hoy nos ocupa), y habiéndose “inspirado” en gran medida en la que puede calificarse como su “precursora”, ha gozado siempre de una mayor repercusión, pese a las evidentes concomitancias, las muchas coincidencias, los palpables paralelismos entre ambas, y la, quizá, más que notable influencia en Rhys -a la luz de las aportaciones de la profesora López Ropero- de la novela de Phyllis Shand (que, una vez publicada, permaneció descatalogada durante al menos dos décadas hasta que fue reeditada por Virago, la feminista editorial británica, en 1982). Hay también, en esta línea del discurso, una interesante aproximación a la relación entre ambas escritoras, que podría calificarse de amistad, respeto y hasta admiración mutuos, más allá de alguna larga etapa sin contacto entre ellas y a la clara conciencia por parte de una Phyllis discreta y comedida del relativo “plagio” llevado a cabo por su amiga. Por último, la sección más interesante de este esclarecedor prefacio, se centra en las consideraciones en torno al tema de la nostalgia que, a juicio de su autora, constituye un elemento nuclear de la novela, y que, en consecuencia, la prologuista examina con profundidad y aportaciones muy estimulantes que, como he señalado, enriquecen de modo sobresaliente la experiencia lectora. 

Las casi noventa páginas de esta muy sugerente presentación (tanto como para que haya querido dedicarle un significativo espacio en mi reseña, descuidando, quizá -o al menos haciéndolos esperar- mis comentarios sobre la propia novela) se completan con algunas ilustraciones, reproducciones de documentos, fotografías y mecanoescritos, una completa bibliografía y, a lo largo de toda la edición, numerosas notas a pie de página que permiten una mejor comprensión del texto aportando información que lo sitúan en su contexto geográfico, histórico, literario, cultural y léxico, con una especial presencia de las aclaraciones relativas a las diversas, exuberantes y para un lector español desconocidas, flora y fauna del lugar. 

La novela se abre con una estrofa de un poema, La isla lejana, de Daniel Thaly, un poeta de Martinica, y cuya presencia en el umbral del libro no deja lugar a dudas del protagonismo del paisaje, los olores, los colores y la atmósfera de la isla en el texto que nos disponemos a leer: Yo nací en una isla enamorada del viento / Donde el aire lleva esencias de azúcar y vainilla / Arrullada bajo el sol de un trópico inquieto / Por las olas cálidas y azules del mar de las Antillas. Además, y con el mismo inequívoco sentido, en un pasaje de la novela nos encontramos con un fragmento de Las flores del mal, de Baudelaire, que evoca un universo parecido: Una isla perezosa donde Naturaleza / produce árboles únicos y frutos sabrosísimos, / hombres que ostentan cuerpos ágiles y delgados / y mujeres con ojos donde pinta el asombro

Situados así, desde antes de adentrarnos en la trama, en el paisaje exuberante, colorido y embriagador de la isla antillana, La casa de las orquídeas sigue a dos generaciones de una familia blanca durante el declive del Imperio británico en la primera mitad del siglo XX. Hay algunas, escasas y poco significativas, “apariciones” de los miembros de la generación anterior, pero el marco de referencia lo constituye la familia criolla formada por los padres y sus tres hijas, y una serie de sirvientes y trabajadores de presencia casi siempre menor, salvo la niñera negra, Lally, un personaje espléndido, desde cuya perspectiva se narra la historia. Así, en L’Aromatique, la antigua plantación en la que habitan, vive el padre, un hombre no muy mayor, aunque muy deteriorado por su experiencia en la Primera Guerra Mundial, que lo traumatizó hasta el punto de reducirlo, a su vuelta al hogar, dos años después de finalizada la contienda (lo que suscita las dudas de su entorno: A lo mejor se ha visto envuelto en otra lucha, una lucha más bien privada que desconocemos), a un estado de apatía crónica. Su dependencia de los cigarrillos de opio -que le proporciona el señor Lilipoulala, un comerciante extranjero, cuya sombra inquietante tendrá un protagonismo crucial en la novela- acentúa su alejamiento de la realidad. Distanciado en el día a día de la vida de su mujer y sus hijas, con las que mantiene un trato silencioso y correcto, sin muestras relevantes de afecto (estaba muy pálido y delgado, tenía las mejillas hundidas y daba la impresión de que se había olvidado por completo de nosotros, aunque era bastante educado), pasa gran parte del tiempo en sus aposentos, leyendo, fumando, contemplando desde los ventanales, solitario y encerrado en sí mismo, el paisaje isleño, marcado por la terrible vivencia que ni su familia ni el lector llegarán a conocer. La mujer, joven al concebir a sus hijas y aún lozana en el momento en el que da comienzo la novela, es más mundana que su marido. La vemos alegre, cercana aunque despreocupada con sus hijas (Menos mal que mamá ha renunciado a ocuparse de nuestra educación), resuelta, decidida y valiente, capaz durante la guerra de sacar adelante en soledad a sus hijas y dispuesta también ahora a soportar el fantasmal retorno de su esposo tras la contienda, como en este episodio muy significativo, al que asistimos desde la voz de Lally: 

El día que regresó el señor es parte el pasado y el día siguiente también. Es parte del pasado que la señora bajó a mi habitación la segunda noche, muy tarde, y se sentó en mi mecedora. Yo estaba en la cama. Intenté levantarme, pero no me dejó. 
—No te muevas —me dijo—. Ay, Lally, no hay nada que hacer. Todo se ha quebrado. Me lo han arrebatado. 
—¿Lo supo desde el primer momento, igual que yo? —me atreví a preguntar. 
—No lo quería creer. He luchado. Seguiré luchando. Pero está todo roto, no tiene remedio —dijo mi querida señora y yo seguía allí tumbada, llena de amor y angustia por ella. No lloró, se quedó ahí sentada, fría y testaruda. 

Y luego están las tres hijas, Stella, Joan y Natalie, cuya vuelta a la isla tras años de alejamiento despierta o agudiza una serie de recuerdos, tensiones y revelaciones lo que supone el desencadenante y el núcleo central del relato Este da comienzo cuando “la señora” visita a una Lally mayor, que vive en su casa de una sola habitación, aquejada de un tumor que no se trata y anticipa en su vida un funesto horizonte cercano, para comunicarle, entusiasmada y alegre, el retorno de las chicas a L’Aromatique (Lally, vienen las niñas de visita —ha dicho—. Imagínate, vamos a volver a verlas después tanto tiempo. Llevamos semanas haciendo planes por carta. Y ahora parece que se hace realidad) y la necesidad de su concurso para organizar la casa y cuidar de los nietos que las jóvenes traen con ellas. Stella, la mayor, y cuyo nacimiento hace veintiocho años llevó a Lally a entrar al servicio de la familia como niñera de la recién nacida, está casada con Helmut, un descendiente de alemanes con el que vive en Estados Unidos y del que ha tenido un hijo, Hel, que ahora llega a la isla con su madre. Joan, que viene también con su hijo Ned, se ha casado en Inglaterra con Edward, un activista de izquierdas, combatiente con las Brigadas internacionales en la guerra española, en la que una explosión le hizo perder cuatro dedos de una mano, quedándose por ello, en su reincorporación a la vida civil, sin su trabajo de ingeniero. Por último, la más joven, Natalie, es la viuda del viejo y rico sir Godfrey, con quien se había casado por su dinero y que no le dejó hijos y sí una herencia millonaria, lo que le ha permitido comprar y regalarles a sus padres la finca de L’Aromatique, que había pertenecido al “viejo señor”, el abuelo materno de las chicas, además de pagar sus deudas (circunstancias que conocemos en la primera página de la novela y que suponen una muy temprana muestra del declive colonial que será uno de los ejes temáticos del libro). 

Esta visita inicial da pie a que Lally, ahora retirada, rememore ese día en que llegó a la casa de la señora para trabajar como niñera. Esa narración retrospectiva constituye la primera parte de la obra, Los días anteriores, que vendrá seguida de tres partes más, cada una de ellas centrada en la llegada de una de las hijas y así tituladas respectivamente: Stella vuelve a casa, Regresa la señorita Joan y Llega la señorita Natalie. A través de la voz de Lally, conoceremos la historia de la familia y de sus diferentes miembros, con sus luces y sombras, a lo largo de ese tiempo y el proceso por el cual el mundo en el que vivían comenzó a desmoronarse. Son muchos los hilos que van entrecruzándose en el relato de la niñera y muchos también los frentes temáticos a los que se abren. En un repaso a vuelapluma, condicionado por la ya larga extensión de estos comentarios, destacan la presentación de la mansión familiar, que todavía conserva parte del esplendor que había caracterizado a la plantocracia caribeña, un espacio con ribetes casi míticos en la memoria de Lally, exuberante y bellísimo en un paisaje de abundancia y fecundidad tropical. A la recreación del entorno contribuye la frecuente irrupción de términos del patois local, de las hablas criollas, e igualmente las referencias, sustantivas, al culto del obeah, el sistema de creencias y rituales importado de África presente en costumbres, hechizos y ceremonias mágicas que practican algunos de los personajes negros. También es espléndido el detalle y la profundidad que la autora pone en la semblanza y la caracterización de los personajes, formidables los de cada una de las hermanas, en particular Stella y en un plano menor Joan o Natalie, magistral el de Lally, y apreciables los de algunos secundarios de interés: “mamselle” Bosquet, la preceptora de las niñas en su infancia, amiga ya, tras décadas de convivencia, de la señora y enamorada durante años, de un modo silencioso pero perceptible, del señor; el señorito Andrew, compañero de juegos infantiles de las hermanas y también enamorado, en cierto modo, de las tres (Todas tenéis algo que amo, algo que necesito, no puedo evitarlo…), en un presente en el que padece, gravemente enfermo; el padre Toussaint; Marse Rufus; el ominoso señor Lilipoulala; el personal de servicio: Christophine, Buffon, Cornélie, Baptiste, entre otros. 

Y en el libro están, igualmente, la descripción de la vida doméstica de la familia; el reflejo de las jerarquías sociales propias del sistema colonial; la muestra de los signos de decadencia económica; el despertar de la población negra ante las injusticias del sistema colonial, su cuestionamiento de las viejas jerarquías sociales, su conciencia de la necesaria pérdida del poder económico y político de los propietarios; la fractura entre la generación de las jóvenes y la sociedad colonial que las vio nacer; los contrastes que las chicas se encuentran a su retorno, con la casa y el paisaje tropical despertando en ellas recuerdos intensos de la infancia y, por otro lado, el melancólico descubrimiento de que la isla ha cambiado profundamente y para siempre; las ideas del exilio, pertenencia y desarraigo, con personajes, el padre o las hermanas, que, por distintas razones -la guerra en un caso, las largas estancias fuera de la isla-, ya no encuentran su lugar en el mundo, en un conflicto identitario que corre en paralelo a la experiencia de los países antillanos. 

Y son notables también la tierna, intensa, trágica y desesperanzada historia de amor entre Stella y Andrew; el compromiso político de Joan, su mirada crítica a la realidad colonial, su clara percepción de la desigualdad estructural entre la minoría blanca y la población negra (pese a los sólidos vínculos afectivos entre las muchachas y algunos de sus servidores negros), su lúcida comprensión de que el sistema de plantaciones que representó su familia es ya insostenible, su aliento a las ideas reformistas, su figura -tan cercana a la de la propia autora, como ya he señalado- representando la posibilidad de un nuevo tipo de liderazgo político en el Caribe, basado en la justicia social y en la transformación de esas anquilosadas estructuras coloniales; el frío pragmatismo, la alegre practicidad de Natalie, su voluntad de, a través de la fortuna heredada, frenar la decadencia de la plantación y de una casa que ya pertenecen al pasado. Y es que la casa de las orquídeas, un lugar de gran belleza que, sin embargo, muestra signos de abandono y deterioro, funciona como un eje simbólico del tema principal de la novela, la desaparición progresiva de la clase social que dominó el Caribe durante siglos. 

Desde el punto de vista estilístico, y ya para concluir, me interesa resaltar la combinación de registros narrativos, la introducción de elementos de oralidad que recuerdan la tradición narrativa caribeña, a través de la voz omnisciente de Lally (una circunstancia que en ocasiones aparece como “problemática”, cuando la mujer se ve obligada, utilizando para ello recursos algo forzados, a dar cuenta de episodios o situaciones de las que ella misma no ha sido testigo). Su manera de contar la historia se caracteriza por un ritmo pausado, lleno de digresiones y recuerdos. Al mismo tiempo, el texto presenta descripciones de gran intensidad lírica, especialmente en las escenas relacionadas con el paisaje tropical. La exuberancia de la vegetación, la intensidad del clima y la riqueza de la flora crean un escenario de gran fuerza sensorial. La novela tiene un carácter elegíaco, y desde su inicio el lector percibe y va impregnándose de su atmósfera de melancolía y nostalgia, consciente de que la historia que está leyendo relata el final de una época. 

En fin, no os perdáis ninguna de mis tres propuestas de esta tarde. Quebrada, Hic sunt leones y La casa de las orquídeas son tres novelas magníficas que, además de transportarnos a territorios poco conocidos, el noreste de Argentina, Armenia y la isla Dominica, nos pondrán en contacto con experiencias y temas de valor universal y nos harán disfrutar de muchas horas de excelente literatura. Os dejo ahora con dos espléndidos y muy representativos textos de los libro de Mariana Travacio y Phyllis Shand Alfrey. Tras ellos, un fragmento de Romeo y Julieta de Sergei Prokofiev, en versión de la Orquesta Sinfónica de Londres. La pieza aparece citada en la novela de Katerina Poladjan.



Quebrada

Que teniendo solo un burro no iba a dejar a una dama a pie. Así me dijo: que íbamos a ir los dos caminando, nomás. Que el burro nos llevaba las cosas. Y que no me preocupara, que había suficiente provisión para no pasar hambre hasta que llegáramos. Me relajé, a su lado, mientras el burro nos guiaba. Era otra manera de caminar. Yo iba sin el desasosiego de perderme, de no saber para dónde. En una de esas le pregunté cómo eran esos campos donde íbamos. Se demoró un poco en responder. Mire, señora, me dijo, a usted no le van a alcanzar los ojos cuando lleguemos ahí. Es una tierra de demasías. Estoy seguro de que no ha visto cosa semejante. No es solo que ahí llueva, que ya en sí es un espectáculo para nosotros, sino que, además, ahí todo es mucho. Ya lo va a conocer, usted. Todo lo que en esas tierras se da, se da mucho. Es muy curioso. Cuando llueve, llueve mucho. A veces sabe llover todos los días de un mes sin que escampe ni un segundo. La gente se cansa de tanta agua cayendo del cielo. Eso pasa, a veces. Y cuando llueve así, seguido, llueve parejo. Parece llanto obstinado. Y otras veces llueve tormenta. Cuando llueve tormenta, el cielo relampaguea. Ya lo va a ver usted, señora. Son unas luces que hacen como surcos en el cielo y después viene un ruido que a uno lo deja bien sordo. Así es, cuando hay tormenta. Sobre todo, de noche. Parece que Dios estuviera contrariado cuando suelta todas esas cosas como de enojo en el cielo. Esos días, a uno le da gusto tener un lugar donde resguardarse. Ya verá, usted, esos cielos. Y ya verá las nubes. A veces bajan tanto que uno camina entre ellas. Parecen hechas de humo. Y a veces se van tan arriba que el cielo se siente muy lejano. Y a veces son grises y vienen cargadas y traen agua. Y a veces son tan anchas que parecen una misma nube, toda entera, que lo cubre todo. Y a veces llegan rotas, como si el viento las despedazara y se las olvidara ahí, colgadas del cielo. Y, como le iba diciendo, así como es el cielo, así son los días y las gentes, allá. Es un sitio de mucho exceso. Todo prolifera mucho ahí, señora. Ya verá esas abundancias, cuando lleguemos. 


La casa de las orquídeas

La señorita Joan se detuvo en el umbral, pues una cosa hermosa la retenía allí prisionera. Justo fuera de la casa de las orquídeas había un arbusto de hibisco rosa, uno de los raros que cultivaba el viejo señor. Un pequeño colibrí fou-fou había elegido la más grande y perfecta de las flores para sacarle el dulce. La flor era tres veces más grande que el pájaro, que era como una polilla centelleante de color negro y esmeralda. Revoloteaba y zumbaba a tal velocidad que parecía quedarse inmóvil en el aire cálido y limpio, con sus diminutas garras enroscadas; su pico largo y afilado hundido en la trompeta engalanada del hibisco. Durante bastantes segundos quedó allí suspendido, aparentando rigidez y luego, como un espíritu ebrio, se alejó tambaleándose y limpió la espada que era su pico en un liquen. La señorita Joan, impactada por el espectáculo exquisito, suspiró profundamente y se volvió a sentar. 
—Lo que atraía a Stella —dijo— era la inmensidad de lo bello, la fortaleza; las montañas, los árboles enormes, la violencia de los torrentes. Para mí son estos pequeños prodigios, su vivacidad deslumbrante. Podría renunciar a toda la grandeza del mundo por algo como ese colibrí. Valió la pena cruzar un océano o dos solo para ver esto.

Videoconferencia
Mariana Travacio. Katerina Poladjan. Phyllis Shand Allfrey 

miércoles, 20 de mayo de 2026

JENNIFER JOHNSTON. LAS LUCES AZULES; PENELOPE LIVELY. MOON TIGER; MIRIAM TOEWS. PEQUEÑAS DESGRACIAS SIN IMPORTANCIA

Todos los libros un libro llega hoy a la quinta entrega de nuestra serie de nueve dedicada a libros de ficción escritos por mujeres, un ciclo en el que, en total, os presentaré veintiséis novelas -una por cada año del siglo en el que estamos, en una exigencia totalmente absurda que, sin saber muy bien por qué me he impuesto al comenzarlo- de otras tantas autoras, de épocas, orígenes geográficos, opciones estilísticas y planteamientos literarios muy diversos. En una constricción igualmente irracional y que roza el delirio por mi parte, he decidido que los veintiséis títulos que integran esta multitudinaria propuesta estén publicados en sellos editoriales también diferentes. Tras los nombres de Lana Corujo, Laura Ferrero, Layla Martínez, Eva Díaz Pérez, Delphine de Vigan, Julieta Correa, Elizabeth Taylor, Elizabeth Bowen, Rebecca West, Constance de Salm, Colombe Schneck y Marie Hélène Lafon, las doce protagonistas de los programas anteriores de la serie, hoy voy a hablaros de otras tres escritoras, que, en una cierta conexión con mis sugerencias de hace quince días, comparten la lengua inglesa en la que hablan y escriben, una lengua, no obstante, que nace de las dos orillas del Atlántico, la europea y la americana. La primera de ellas, Jennifer Johnston nació en Dublín en 1930 y murió en Irlanda el año pasado, a los noventa y cinco años; la segunda, contemporánea suya, Penelope Lively, británica nacida en El Cairo en 1933, aunque ya de niña se trasladó a Inglaterra, en donde vive actualmente con noventa y tres años; Miram Toews, la tercera invitada del programa, es canadiense y, nacida en 1964, de una generación posterior a sus dos acompañantes de esta tarde. Como ocurrió también en algunos de los libros de estas pasadas semanas, las novelas que hoy ocuparán mi atención giran de un modo principal en torno a la muerte, núcleo de las tres tramas, aunque en acercamientos singulares en cada uno de los casos. Las tres son, además, novelas excepcionales, inteligentes, conmovedoras, bellísimas, capaces de ejemplificar por sí mismas, cada una de ellas, esa formidable capacidad de los libros para despertar la pasión y el entusiasmo de quien se adentra en ellos, capaces, cada una de ellas, de descubrir, impulsar, alimentar y avivar el placer lector… 

Empiezo, pues, mi reseña recomendándoos con especial énfasis Las luces azules, una excepcional novela, contenida e intensa, lúcida y emotiva, de la escritora irlandesa Jennifer Johnston, publicada por la editorial Automática a finales de 2024 con la traducción de Lucía Barahona Lorenzo. El libro, de 1981, ya había aparecido en España dos años después de esa fecha, en una edición de Debate hoy de imposible localización. Su autora se incorporó de manera tardía al mundo literario, pues dio a la luz su primer libro cuando ella ya había sobrepasado los cuarenta años. Desde ese momento, su producción literaria se cerró con más de treinta novelas en su haber, además de otras creaciones para el teatro o la radio. Las luces azules pasa por ser, para muchos críticos, la obra mayor de Johnston. Para mí, sin haber leído ninguna otra, es, sin duda, una maravilla magistral y uno de los libros más memorables -siempre a vueltas con los absurdos rankings; en cualquier caso uno de los más “impactantes”- que he leído en los últimos meses. 

La trama de la novela es, en apariencia, mínima. Constance Keating, una mujer de cuarenta y cinco años, ha sido diagnosticada de una enfermedad terminal, una leucemia, de efectos previsiblemente devastadores y fulminantes, y decide por ello abandonar Londres, en donde vive, independiente, solitaria, voluntariamente alejada de su familia y de su Irlanda natal, para volver a la casa dublinesa, ahora vacía tras la muerte de sus padres, para pasar en ella sus últimos días. Rechaza, por convicción, el inútil y doloroso tratamiento en un hospital, no quiere la compasión pública, no quiere espectadores (Me estoy muriendo. Y te aseguro que me voy a morir en paz sin médicos ni enfermeros pululando a mi alrededor con hachas y tubos y agujas mientras todos los demás se muestran alegres y valientes y fingen que voy a llegar a los cien. Nunca he querido que nadie se inmiscuya en mi vida, así que dejadme en paz). Desea, simplemente, esperar la muerte de manera paciente y resignada (No es la idea de la muerte lo que me preocupa, sino el proceso de morir).
 
La novela se abre con una larga carta, fechada el 18 de diciembre de 1978 (recuérdese que el libro es de 1981), en las vísperas de la Navidad -el título de la novela en inglés es The Christmas Tree-, en la que Constance escribe a Jacob Weinberg, un judío polaco con el que dos años atrás tuvo una fugaz aunque intensa y significativa relación amorosa durante unos breves días estivales en Italia y con el que no ha vuelto a tener contacto desde entonces. En su misiva, enviada a una dirección improbable (Te envío esto a tu dirección de Londres con la esperanza de que te encuentre en casa. Esta es la dirección que me diste hace casi dos años, y al hacerlo me dijiste que, aunque rara vez pasabas largas temporadas allí, ese era tu hogar, tu refugio en caso de pánico, un asidero para seguir sintiéndote británico) y sin garantía alguna de recepción por su algo errante destinatario, la mujer informa a Jacob de la existencia de una hija en común habida de aquel encuentro. A la vez y sin dramatismo alguno -en uno de los rasgos más destacados del libro, la ausencia en la narración de un tono lacrimógeno, de un subrayado patetismo, de un tratamiento sentimentaloide de la enfermedad-, le da cuenta (a él y al lector, que de este modo y desde las primeras páginas conoce el núcleo de la novela) de su fatal diagnóstico y de su inevitable y próximo desenlace (Estoy fatigada. Al releer esta carta me doy cuenta de que no he sabido explicarte, salvo de una forma un tanto esquiva, que me estoy muriendo. Todos hemos alcanzado tal nivel de abstracción con este asunto que también a mí me cuesta sincerarme. No debes alarmarte por mí. No me asusta la muerte, es más, me atrae como alternativa a la vida, que nunca me ha parecido muy satisfactoria. Sin embargo, este proceso me resulta doloroso, engorroso y desmoralizador. Ojalá no se demore). Le expresa, igualmente, su deseo de que se haga cargo de la pequeña, a la que, dada su decisión de arrostrar en solitario las etapas finales de su enfermedad, con las limitaciones físicas, el sufrimiento y el dolor que conllevarán, ha dejado a cargo de su hermana Barbara -Bibi- que, con su marido y sus cuatro hijos, vive también en Dublín, en una existencia convencional, muy alejada del desarraigo, el desconcierto, el perpetuo afán de búsqueda de sentido y la relativa falta de consistencia que han caracterizado a la suya. Es tuya, le escribe. Lo repito para que puedas asimilarlo. Es tuya. Debes venir enseguida y llevártela. Ya no puedo cuidar de ella y se encuentra temporalmente en casa de mi hermana

El libro, en sus escasas doscientas páginas, cuenta su espera. No sucede casi nada en términos externos. Constance se instala en la casa; recibe las cariñosas visitas de Bill, su único amigo, un médico del que en su juventud rechazó una petición de matrimonio, abandonando Irlanda y a su familia, dejando atrás su vida entera y su futuro previsible para abrirse paso en Londres, en una titubeante exploración de su propia confusa identidad; habla a diario con su esquiva hermana, tan distinta de ella, en su riguroso orden, en su normalidad “aceptable”, que le trae comida y aprovecha cada ocasión para instarla a someterse al tratamiento médico e ingresar en un hospital; encuentra una aliada, una presencia compasible y amable, una cariñosa acompañante, en Bridie, una huérfana “reclutada” de un orfanato cercano para que la cuide en su terrible proceso; escribe, duerme, bebe whiskey (esa es la grafía con la que aparece el término en el libro) para mitigar el creciente dolor (un alcohol que junto con los calmantes constituye la única “medicación” que está dispuesta a consentir), reflexiona, divaga, se deja llevar por ensoñaciones, recuerda el pasado, su infancia, a sus padres, su vida, en unos días en los que el inexorable avance de su dolencia y el devastador deterioro que conlleva coinciden con la Navidad, que ella quiere presente en su casa, en donde se hace instalar un pequeño arbolito iluminado por las luces azules, de significativo valor simbólico en el libro y por ello muy acertadamente escogidas para dar título a su edición en español (dando por buena la “necesidad” editorial de cambiar el original). 

En ese recorrido por las jornadas finales de la vida de Constance la novela se abre a muy diversos e interesantes hilos, que la maestría de Johnston entrelaza con criterio y belleza. Está, por un lado, la puntual descripción de la cotidianidad de la mujer, en su dimensión más banal, la relativa a la intendencia: la limpieza de la casa, la comida que le traen y las pocas ganas de alimentarse, el jardinero de Bibi que llega los martes para ocuparse del enmarañado jardín, los reconfortantes tés y las botellas de whiskey que va consumiendo cada vez con mayor frecuencia (conservando siempre, eso sí, la lucidez: No te pases de entusiasta, listilla, piensa, cuando su hermana le manifiesta una alegría y una esperanza impostadas; una lucidez que persiste hasta el final, pese a que su mente se vaya envolviendo en una creciente niebla), el persistente frío invernal, el acogedor calor de la chimenea, la entrañable relación con Bridie y la solícita entrega de la muchacha, el interés genuino de Bill, que acude a confortarla a diario, la intermitente presencia de Bibi, con su fría y obcecada voluntad de acomodar el mundo y a las personas a su gusto (Era una de esas mujeres que siempre tienen que cambiar las cosas de sitio en las cocinas de los demás. Le resultaba inconcebible que alguien no se mostrara encantado con sus reorganizaciones). Esa misma cotidianidad se nos muestra también en su vertiente más amarga, la que atañe a su progresiva degradación, el desgaste físico, los vaivenes de la enfermedad, con alguna pasajera remisión en el proceso de deterioro, el miedo (Ahora estoy asustada. (…) Es como si me estuviera devorando un animal que me desgarra hasta que sacia temporalmente el apetito, y luego duerme inquieto hasta que vuelve a tener hambre. Me atiborro con las pastillas de Bill y las trago con whiskey y después espero hasta que mi mente se vuelve tan confusa que ni entiendo ni siento nada), la pérdida del control del tiempo, el deprimente olor a muerte, el deseo incumplido de visitar la ciudad por última vez (Quiero verlo todo. Hace mucho que no venía en Navidad. Quiero ver las luces en Grafton Street. Es la nostalgia… ¿sabes? Tomar algo en el Hibernian, escuchar a los que cantan villancicos, oler todos esos deliciosos e intensos aromas navideños. Simplemente recordar), la imposibilidad física de salir a la calle, al poco la de valerse por sí misma, el dolor, las pastillas, el alcohol, siempre el alcohol, la paulatina confusión mental. 

Afloran también, y sobre todo, los recuerdos, una foto de los padres, la madre exigente y severa, el padre comedido, incapaz de expresar sus emociones, la hermana mayor, esa Bibi desconsiderada y algo distante, la infancia familiar, las despreocupadas jornadas en la playa, el significativo episodio con unos globos en un parque y las sabias palabras de la niñera, en un pasaje muy bello, las fiestas y bailes juveniles, el leve romance con Bill, el abandono del Trinity College y de su licenciatura en Literatura Inglesa y Francesa, el ansia de ver mundo y crecer como persona, el irrenunciable afán de libertad, la marcha a Londres, el encuentro con Jacob, cuyo recuerdo irrumpe con frecuencia en el libro, hasta constituir, en cierto modo, una historia paralela, que no solo se detiene en los detalles de los exultantes días “italianos”, con el “descubrimiento” del sexo, con la maternidad premeditada que oculta al padre, sino que indaga en la peripecia vital del hombre, su condición de escritor, su dolor, la presencia constante de la muerte en su vida, en un línea que remite a la situación actual de Constance, el pasado terrible de su familia (Escucha, irlandesa, cuando me muera no quedará nada de Isaac, ni de Joseph, ni de Ezriel, ni de Joel, mi padre. Yo soy la última semilla. Nadie recordará, ni rezará, a Zelda, mi madre. Nadie se acordará de su pelo rojo. Nadie volverá a pronunciar sus nombres. En toda la eternidad de vida, no habrá nadie que se preocupe), el horror, el sufrimiento, la culpa por haber sobrevivido. Y, tras Jacob, están también la evocación del momento del parto, la pequeña que llega junto con el funesto diagnóstico; la terrible escena de la comunicación de la noticia por parte del médico; algunos detalles y algunos momentos de felicidad (¿Te acuerdas de muchas cosas, Bill? ¿Cosas pequeñas, felices?), la Navidad, las guirnaldas de luces, el árbol (Luces azules deslumbrantes en el árbol de Navidad, eso es lo que necesito ahora. Primero la botella, después, las luces azules. Entonces volverá la alegría). 

En un día a día en el que los avances de la enfermedad provocan la progresiva dilución de las fronteras entre la conciencia y la ensoñación, brotan pequeños fogonazos que entran y salen de mi mente, como fotogramas de película, sueños y escenas en las que ya no distingue lo onírico y la realidad, fugaces apariciones de fantasmas que vienen y van, la madre (cuya dolorosa agonía de tres meses en un hospital, tratada de un cáncer, con sufrimiento y devastación indecibles, sirve a Constance de referente, en sentido contrario, de lo que no quiere para sí) que comparece de improviso, espectral, rigurosa, exigente, enfadada, siempre con reproches (Entre el mundo parpadeante y yo algo se movió. Era mi madre. Cruzó por delante de la ventana, el cabello recogido en la nuca como una serpiente dormida. Llevaba un vestido de crepé largo y negro que suspiraba con cada uno de sus movimientos. No me miró. —No deberías sentarte en la habitación de tu padre, ya lo sabes. Miró a su alrededor con gesto disgustado). 

En la mayor parte de su tiempo, no obstante, y casi hasta su final, Constance mantiene su capacidad de discernimiento, lo que le permite la introspección inteligente y, con ella, las lúcidas reflexiones sobre su irreductible decisión (Si tan solo fuera posible elegir el momento de morir, pensé, este sería un buen momento. Un momento para nacer y un momento para morir. Pero una no tiene derecho a elegir); sobre el lacerante proceso que padece (Estoy viviendo una aceleración del proceso de envejecimiento, apurando en seis meses el marchitamiento que normalmente requiere quince o incluso veinte años. Voy aprendiendo, sin tiempo para adaptarme, la incapacidad progresiva del cuerpo, la extraña fijación de la mente en el pasado, mi retirada gradual de la corriente principal de los vivos, el contacto placentero o desagradable con otras personas, con personas vivas. Menguo ante mis propios ojos, a diferencia de los que envejecen de manera normal, que solo se apagan a ojos de los demás); sobre el sentido de su vida; sobre su aspiración de libertad; sobre su decisión de buscar una vida propia, fuera de su entorno previsible y las dudas que ahora todo ello le suscita (Sé que he estado equivocada todo este tiempo. Cuando me fui de casa hace tantos años parecía muy sencillo. Solo quería ser libre. Totalmente libre. Quería descubrir qué era aquello que tenía que encontrar, a mi manera, a mi propio ritmo); sobre, a la vez, el conformismo que ha sido su viva, aceptando un trabajo insulso como agente de publicidad por mera necesidad de supervivencia; sobre su soledad; sobre su independencia y su dificultad para el compromiso (Creo que no soy más que una miserable… egoísta. Eso es, probablemente todo se reduzca a eso. Protegiéndome eternamente de cualquier posibilidad de dolor); sobre la constante renuncia que siempre supone la vida y sobre la aceptación de ese desistimiento, ahora definitivo (Mi única esperanza es morirme lo antes posible. Esa es mi noble aspiración); sobre su permanente añoranza del hogar familiar; sobre su búsqueda de un lugar seguro (Odio perder la estabilidad); sobre la inutilidad de un Dios incapaz de atender simultáneamente a su petición de un rápido final y a la de su hermana en sentido contrario, durante la enfermedad de su madre; sobre su poco convencional elección de la maternidad; sobre el futuro de su hija, al desconocer de si el padre acabará por leer la carta y vendrá a buscarla; sobre la muerte inminente, evocada con sensibilidad y belleza a través de unos versos de Antonio y Cleopatra, de Shakespeare: Mi luminoso día ha terminado. La fiebre me deja confundida. La realidad y la fantasía pasean juntas en mi cabeza, que comparecen más de una vez en la declinante mente de la enferma. 

Y también sobre su voluntad de escribir, de ser escritora, en una vertiente de la personalidad de Constance que he querido dejar para el final, pues afecta a otro elemento sustancial de la novela. A través de su remembranza, el lector sabe de la vocación de la joven Constance por la escritura, una de las causas de su pronto traslado a Londres. Conocemos sus intentos de vender sus historias a distintas editoriales, sus reiterados fracasos, sus dudas sobre su capacidad (Supongo que no tenía nada que decir. Falta de talento… tal vez me faltaba un propósito (…) Vendí unas cuantas historias por aquí y por allí, pero no eran buenas. Les faltaba vida. No tenían voz). Ahora, en sus últimas semanas, en sus últimos días, ella sigue escribiendo. Cuando sus carencias físicas se lo impiden (Se me cansa la mano a la media hora de estar escribiendo. Me duelen los dedos del esfuerzo que supone sostener el bolígrafo. No puedo usar la máquina de escribir para nada), piensa en Bridie para que transcriba sus reflexiones y en Bill para que ordene su manuscrito, que quizá, y no quiero revelar ni este ni otros aspectos de la novela que solo conoceremos a su término, resultará ser el libro que tan emocionados y conmovidos y deslumbrados acabamos de leer.
El eje principal del argumento del segundo título que os presento esta tarde, Moon Tiger, de la británica Penelope Lively, es muy parecido al de Las luces azules, aunque con sustanciales diferencias en el planteamiento, el enfoque, el contenido y, especialmente, el tono, el estilo y el tratamiento literario. Y es que en la novela de la escritora nacida en El Cairo en 1933, en un Egipto aún bajo la dominación británica, la protagonista es también una mujer, en este caso una anciana, Claudia Hampton, que se encuentra en un hospital londinense, gravemente enferma y en espera de la muerte. Pero mientras en el libro de la irlandesa el peso de la trama recae sobre la vivencia de las últimas semanas de su personaje, que se describen con detalle, aunque en torno a ellas vayan afluyendo las reflexiones, los recuerdos, las visiones fugaces de episodios significativos de una vida aún relativamente joven, en Moon Tiger, la estancia hospitalaria de la mujer es, en cierto modo, una mera excusa para, desde esa ancianidad solo en parte declinante, reconstruir un pasado, más extenso y más lleno de experiencias, que acabará por constituir el cuerpo central de la novela, ganadora del Booker Prize en 1987. Un premio que obtuvo también, cinco años después, otro libro, El paciente inglés, de Michael Ondaatje, que yo no he podido quitarme de la cabeza durante la lectura de Moon Tiger, no solo porque el núcleo sustancial de la novela de Lively, que acaba por dar sentido a la obra entera, sea El Cairo de calor asfixiante y abigarradas calles de los días de la Segunda Guerra Mundial, con escenarios coincidentes en ambas obras -la lucha en el desierto, el horror bélico, las desenfadadas veladas en la noche cairota, el decadente hotel Shepheard’s- y con, también en los dos casos, el protagonismo de una muy romántica, intensa, ardiente, honda e inolvidable experiencia amorosa; sino igualmente por una cierta semejanza en la estructura del libro, fragmentaria, con una trama que se desenvuelve -y se narra- en diversos planos y tiempos, con una cierta experimentación formal, un planteamiento literario atrevido y no demasiado convencional y unas estrategias narrativas complejas entre las que sobresalen en ese caso, como luego veremos, el fraccionamiento temporal, la multiplicidad de perspectivas, la polifonía de voces, la reconstrucción de la memoria, y la reflexión metaficcional. 

De Moon Tiger hay, que yo conozca, dos ediciones en español, una de 2013, de la editorial Contraseña, en traducción de Pepa Linares, y otra, la que yo he leído, de 2025, en Impedimenta, con traducción de Leonor Saro. Quiero advertir aquí, antes de dar cuenta del libro y a modo de revelación íntima más o menos confidencial, que las referencias literales que habitualmente salpican mis reseñas -acepto que de un modo excesivo y quizá prescindible- suelo tomarlas de las ediciones digitales de las obras comentadas, que leo en papel pero “trabajo” en sus versiones electrónicas, desde las que me resulta más fácil transcribir frases enteras o largos párrafos, como hago a menudo. En el caso de Moon Tiger solo he podido localizar, en su formato digital, el texto de Contraseña, cuya traducción me gusta menos que la de Impedimenta. Careciendo de tiempo para poder hacer nada más que un cotejo superficial entre ambas versiones, os dejaré las citas, sin correcciones, en las palabras de Pepa Linares. 

Penelope Lively, una autora que cuenta con dos decenas de libros para adultos (de los cuales Impedimenta ha publicado en los últimos años otros dos, El mundo según Mark y Vida en el jardín, aparte del que hoy reclama mi atención) y una treintena de literatura infantil, nació, como he indicado, en Egipto, entonces parte del Imperio Británico, y pasó allí su infancia. Esa experiencia temprana en el mundo colonial -con sus paisajes desérticos, su cosmopolitismo, su mezcla cultural y su distancia respecto a Inglaterra- influyó profundamente, al parecer, en su sensibilidad literaria y, de manera indudable, en Moon Tiger, cuyos pasajes ambientados en El Cairo -del orden de unas cien páginas centrales absolutamente magistrales- reflejan un profundo conocimiento de aquellos exóticos espacios del norte de África. Del mismo modo, su formación en Historia Moderna en la Universidad de Oxford aflora también en el protagonismo y la preocupación por la Historia que revela la novela. 

Moon Tiger parte de una premisa aparentemente sencilla y ya mencionada: a los setenta y seis años, ya una anciana, Claudia Hampton se encuentra internada en un hospital londinense, gravemente enferma aunque lúcida y consciente, casi al cien por cien de su brillante inteligencia. Mientras espera la muerte (Yo me estoy muriendo de un cáncer intestinal, confiesa, sin autoengaño alguno), anuncia a su enfermera -y a quienes van a visitarla- que está escribiendo “una historia del mundo”. Esa declaración inicial es, en realidad, el punto de partida de la novela, pues la historia universal que Claudia pretende escribir se convierte inevitablemente en la historia de su propia vida: Una historia del mundo, sí. Y por el camino, la mía. Vida y época de Claudia H. El trocito de siglo XX al que he vivido encadenada, quieras que no, de grado o por fuerza. Contemplarme en mi contexto: todo y nada. La historia del mundo según Claudia: realidad y ficción, mito y testimonio, imágenes y documentos

Desde ese momento, el relato se articula como una reconstrucción fragmentaria de su existencia. Claudia es una historiadora autora de libros de éxito popular (sobre Napoléon, sobre Tito, sobre Hernán Cortés, entre otros) y también periodista, con una notable trayectoria como corresponsal de guerra, precisamente, entre otros destinos, en el Egipto en los días de la contienda mundial. Ha sido -sigue siendo, más allá de las limitaciones que le impone su estado- una mujer sobresaliente en el plano intelectual, independiente, rebelde y poco inclinada a los convencionalismos sociales, con un carácter muy fuerte, irónica y hasta cáustica, algo suficiente, distante, despreciativa y, en definitiva, poco simpática, y por ello capaz de suscitar en quienes la tratan la animadversión y hasta el rechazo a causa de su franqueza, a veces despiadada, cruel, incluso egoísta (solo las brujas sabiondas y dogmáticas como yo… dirá de sí misma). Al lector le resulta difícil empatizar con ella, al menos hasta que Lively le permite conocer, y para entonces ya han transcurrido cien páginas de la novela, los dos acontecimientos decisivos de su vida. Y eso que, a la vez, ha sido -y aquí no cabe el presente- muy guapa, con una poderosa capacidad de atracción, con su pelo rojo, sus ojos verdes, su silueta, consciente de su encanto (Hasta cierto punto, mi cuerpo ha condicionado los hechos. La vida de una mujer atractiva es muy distinta a la de una poco agraciada. Todo ha contribuido: el pelo, los ojos, la forma de mi boca, las curvas de mis pechos y de mis muslos. Puede que el cerebro sea independiente, pero la personalidad no lo es). Una circunstancia, el atractivo físico, de la que se ha aprovechado profesionalmente sin reparo (Y tengo que reconocer que, al igual que la descerebrada de mi compañera de piso, Camilla, yo también sacaba partido de mi atractivo sexual, dice Claudia en un fragmento de la versión de Impedimenta; la traducción de Contraseña es muy floja y hasta disparatada: Y debo admitir que también yo, igual que el cerebro de mosquito de Camilla, mi compañera de piso, tenía mi día de relajo sexual. ¿Mi “día de relajo sexual”? ¿Qué leemos cuando leemos un libro traducido?). En fin… 

La “revisión” de su vida se extiende desde la infancia en la Inglaterra de entreguerras hasta casi el final del siglo XX (recuérdese, el libro es del 87), atravesando episodios cruciales como la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, la novela no sigue una narración lineal. En lugar de ello, el texto avanza mediante recuerdos discontinuos, cambios de perspectiva y saltos temporales. Escenas de la infancia de Claudia aparecen junto a episodios de su vejez; momentos del romance central de la novela se intercalan con recuerdos familiares o con reflexiones sobre la historia, en una sucesión de conexiones, entrelazamientos, vueltas atrás y adelante en el tiempo. Los personajes principales (Mi historia se entrecruza con la historia de los demás: mi madre, Gordon, Jasper, Lisa y, sobre todos ellos, la de otra persona): la propia Claudia; su marido Jasper, del que está separada; Lisa, su única hija; su hermano Gordon; la anodina Sylvia, esposa de éste; Lazslo, un refugiado húngaro que acaba por ser una suerte de hijo adoptivo; esa “otra persona”, innominada y desconocida para todos, salvo para la propia Claudia, el Tom Southern resumen y emblema de una vida que se extingue), todos aparecen y desaparecen, sin respetar tiempos ni lugares (En mi cabeza Jasper está fragmentado: hay muchos Jaspers desordenados, sin cronología. Igual que hay muchos Gordons y muchas Claudias) incluso antes de que sepamos “formalmente” de su existencia (Comimos unos bocadillos y bebimos cerveza de jengibre entre las ruinas, y luego nos tumbamos al sol en un hueco. Jasper era aún un desconocido para nosotros, y Lisa y Sylvia y Laszlo y Egipto. Y la India. Estratos aún sin formar), todos enlazados a través de los desperdigados recuerdos de Claudia (Todos somos bisagras…, eslabones fortuitos entre las personas. Yo enlazo a Sylvia con Laszlo, a Lisa con Laszlo; Gordon me enlaza con Sylvia) y unidos por la muy sabia construcción de Lively. 

Estos “juegos”, esta compleja arquitectura narrativa, constituye, a mi juicio, más allá de lo sugerente de la trama (magnífica y excepcional, desde mi punto de vista, en el relato de la decisiva historia de amor y sobresaliente en el resto), el principal valor del libro. La novela alterna diferentes tiempos verbales y perspectivas narrativas. Algunos fragmentos están narrados en primera persona por Claudia anciana, mientras otros adoptan una tercera persona que reconstruye escenas del pasado. En ocasiones leemos un mismo episodio descrito desde el punto de vista de uno de los personajes que lo protagoniza y, acto seguido, en la voz y bajo la mirada de otro (Utilizaré muchas voces en esta historia. A mí el tono plano y frío de la narración desapasionada no me va; habla Claudia en relación con su libro, y Lively la “obedece” en la novela de la que aquella es protagonista). Además, la narración salta constantemente entre distintos momentos temporales. Episodios del pasado se presentan antes que las circunstancias que los explican, de tal manera que solo producen plenos efectos y alcanzan un completo sentido para el lector atento (o dispuesto a releer la novela), pues, en caso contrario, lo probable es que algunos se le hayan pasado desapercibidos. En consecuencia, no es de extrañar que, como tantas otras veces en casos similares, la crítica se haya referido, al describir la estructura de la obra, a su carácter caleidoscópico (término usado por la propia Claudia cuando plantea su proyecto narrativo: En mi historia del mundo —esta historia realista y caleidoscópica…), obligado el lector a reconstruir, a partir de los fragmentos parciales, de las piezas dispersas, el relato en su conjunto. Así, por otro lado, funciona la memoria -y en este sentido la novela es genial, al reproducir sus procesos-, en la mente no existe una cronología lineal, los recuerdos aparecen simultáneamente, mezclados y reorganizados por la conciencia (Ahora bien, ¿debe ser una historia lineal o no? Siempre he pensado que una visión caleidoscópica sería una herejía interesante. Agita el tubo y a ver qué sale. La cronología me irrita. Yo no tengo una cronología en mi cabeza. Estoy hecha de miles de Claudias que giran, se mezclan y se separan como las chispas del sol en el agua. Las cartas que llevo conmigo se barajan y vuelven a barajarse sin parar; no hay secuencias, todo ocurre al mismo tiempo). 

A menudo, al comienzo de un nuevo capítulo se presenta a la mujer en una muy breve escena en el hospital, una conversación con un médico o una enfermera, la visita de su hija, de su nuera, de Jasper, de Lazslo (Gordon ha muerto hace unos años). Allí, en esa especie de tranquilo paréntesis que se establece entre la intensidad de los recuerdos narrados, un detalle, un comentario, un objeto, una planta, sirve de excusa para, acto seguido, permitir que la anciana prosiga su lúcida remembranza, operando estas pausas como un sutil engarce que da continuidad al relato. Este se desarrolla siguiendo los vínculos, en ocasiones algo forzados, entre determinados acontecimientos colectivos, todos relevantes históricamente, y los hechos, sucesos y vivencias de su vida personal. Retrotrayéndose, como historiadora, a los orígenes del universo, al caldo primordial del que nace la vida, surge su propia infancia, y el lazo que une ambos planos es un ammonites, un portavoz de los fluctuantes mares del Jurásico que reaparece ahora en las manos de dos niños, Gordon y Claudia, que juegan en una costa rocosa; una fotografía de una calle de la aldea de Thetford, tomada en 1868 es el pasaje que la lleva a sus días escolares y al nacimiento de su vocación de historiadora; las pintorescas figuras del Tapiz de Bayeux enlazan con los grandes viajeros y descubridores -Marco Polo, Vasco de Gama-, y ellos con los “peregrinos” del Mayflower y la historia de los Estados Unidos, lo que hace brotar en su relato los recuerdos de un viaje a Harvard, donde estudia su hermano Gordon; una alusión incidental a Dios, hecha por ella, una agnóstica militante, ante una enfermera del hospital, permite otra digresión de su mente que la lleva a pensar en las iglesias y en particular en la procatedral de Saint George de El Cairo, en un día, trascendental en su vida, en que, con treinta y un años, se adentró en el recinto sagrado y rogué perdón y ayuda a un Dios putativo; y esa vivencia sustancial -la emocionante historia de amor en El Cairo, reaparece a través del repaso que como historiadora hace al siglo de las guerras, el terrible siglo XX; y la evocación de la milenaria civilización egipcia la vuelve a conducir a esa experiencia capital; y la terrible aventura de Cortés y el exterminio de los aztecas penetra también en sus sueños y da pie a la remembranza de los días de rodaje en España de una película basada en el libro que escribió sobre el conquistador; y el Holocausto, la guerra fría y el peligro nuclear, entre otros muchos ejemplos, también se imbrican, en hilos muy bien anudados, con circunstancias, situaciones, personajes y recuerdos de su propia vida, en esas dos dimensiones, los acontecimientos objetivos de la Historia colectiva, pública y los hechos de su propia trayectoria biográfica, subjetiva y privada. 

Y entre ambos, una tercera dimensión fundamental en su vida, la íntima, la de sus pensamientos, sus emociones, la del discurrir de sus evocaciones, el acercamiento -sensible, sincero, veraz- a la esencia, a la verdad última de su vida. Esa aproximación se representa con la metáfora, en apariencia oscura y abstrusa, del Moon Tiger que da título al libro. La historia adopta ahora una tercera dimensión más borrosa y al mismo tiempo mucho más clara. Una dimensión que huele y se toca. Huele a Moon Tigers, a queroseno, a estiércol y a polvo. El Moon Tiger, que se menciona con carácter anticipatorio -y en esos momentos difícilmente inteligible- en algunos pasajes del libro previos a su explicación (en un recurso, ya comentado, muy bello y muy eficaz literariamente, aunque su uso provoque a veces la perplejidad del lector, al que se le escapa el sentido de lo que está leyendo que solo alcanzará cuando llegue, muchas páginas después, cuando se explique se significado y su papel en la historia; de ahí la conveniencia de una relectura) es el nombre de un artefacto aparentemente trivial, cuya presencia pasaría desapercibida al lector como un objeto “decorativo” más si la novela no se titulara así, de uso, sin embargo, muy habitual en regiones de clima extremadamente cálido (en los ardientes veranos de algunas zonas de España, sin ir más lejos) y, por tanto, abundantes en mosquitos, como es El Cairo (yo mismo lo he usado constantemente en mis muy frecuentes, ya abandonadas y ahora añoradas visitas a África). Se trata de una espiral repelente de mosquitos que se deja arder lentamente durante la noche, dejando un rastro de ceniza circular. Su presencia en las escenas más sensuales -y sentimentales también- del efímero idilio cairota, viene a la mente de Claudia (Su brasa es un ojo que te hace compañía en la oscuridad caliente y ronca de insectos. Claudia no piensa en nada, solo existe, satisfecha en la totalidad de su cuerpo. Otro centímetro de la espiral cae al platillo) operando así como la clave que explica el libro, como metáfora de la existencia humana, del paso del tiempo, del modo en que opera la memoria y de la misma estructura narrativa de la novela, con el movimiento en espiral, la progresiva desaparición de lo “tangible” y su progresivo desvanecimiento, su conversión en humo, en cenizas, en leves, ligeras, inaprensibles rescoldos de un fuego que ya se apaga. 

Os recomiendo vivamente Moon Tiger, una novela excepcional, al igual que Las luces azules, otro libro espléndido, sumándose a ambos, en mi plural y deslumbrante propuesta de esta tarde, otra novela inolvidable, que coincide con las anteriores en que la muerte preside su trama, en este caso de manera directa y central, aunque, pese al dramatismo y la tristeza indecible que encierra su argumento, resulta ser una obra optimista, vital y llena de energía, alegría y hasta de humor, rezumando delicadeza, sensibilidad, emoción, sentimiento y belleza y cuya lectura, que el lector hace entre lágrimas en muchos pasajes, deja en él un rastro perdurable de intensa conmoción, de feliz entusiasmo, de plenitud exaltada, de profunda verdad. Me refiero a Pequeñas desgracias sin importancia, publicada en 2014 por la canadiense Miriam Toews y aparecida en España en 2022, formando parte del catálogo de la editorial Sexto Piso con la traducción de Julia Osuna Aguilar. 

Miriam Toews, escritora y actriz de cine canadiense, nacida en 1964 y única aún viva de mis tres invitadas de esta tarde, cuenta con una consolidada carrera como escritora, con varios libros publicados y numerosos premios literarios en su haber. En nuestro país han visto la luz varios títulos, en particular, en Sexto Piso, principal divulgadora de su obra entre nosotros, han aparecido un libro de no ficción, Tregua, que no paz, y otras dos novelas, Ellas hablan y No dejar que se apague el fuego. Es licenciada en Estudios Cinematográficos por la Universidad de Manitoba y en Periodismo por el King's College de Halifax, aparte de haberse desempeñado como actriz en alguna película sin demasiada repercusión. Pequeñas desgracias sin importancia es uno de sus libros más reconocidos y, sin duda, el de mayor actualidad, siquiera sea de manera indirecta en relación con la reciente eutanasia de la joven Noelia Castillo y el impúdico y a mi juicio deshonesto espectáculo mediático que se desató en torno a ella y su situación hace unos meses. Y es que el tema central de la novela (si es que tiene sentido hablar del “tema” de una novela; no lo tiene, y en este caso menos que nunca, pues es la obra en sí, la narración, el refinado estilo literario, el modo de contar, el tono, la atmósfera, el modo en que muestra la psicología íntima de los personajes, la lucidez moral con la que la autora enfrenta unos hechos complejos y con infinidad de aristas, la honradez con la que se exponen profundos dilemas éticos, las sensaciones que la maestría de Toews provoca en el lector, las reflexiones a las que induce, el universo en el que lo introduce, el mero -¡¡mero; como si fuera poco!!- disfrute que proporciona su lectura, lo que resulta relevante y aun inolvidable); el tema del libro, decía, es, simplificando en demasía, el espinoso y controvertido y delicado moralmente de la elección voluntaria del momento de la propia muerte, el de la libertad para decidir cuándo ponemos fin a nuestros días, el del -en definitiva y sin eufemismos- suicidio (¿Podrías dejar de decir «quitarse la vida»?, le pedí. —Vale, bueno, ¿qué debería decir entonces? —¡Suicidarse! Cuando asesinan a alguien, ¿tú dices, ay, le quitó la vida a otra persona? Esto no es el puñetero “Conde de Montecristo”, leemos en un pasaje del libro). 

Aunque cruzado por muchas derivaciones e hilos paralelos y complementarios, el núcleo de la historia nos sitúa, como en las dos novelas precedentes, ante una mujer al borde de la muerte, aunque, a diferencia de Las luces azules y Moon Tiger, aquí el fatal destino es elegido por la protagonista, una de las dos sobre las que gira el libro. Elfriede -Elf- von Riesen, es una mujer madura (Ya tenemos las dos cuarenta y pico años, dice su hermana Yolandi -Yoli- la otra figura principal de la novela, seis años menor que ella), atractiva, extremadamente inteligente, con una pareja -Nic- que la ama y la cuida, muy talentosa concertista de piano, reconocida y carismática, aclamada internacionalmente, con una exitosa carrera que la lleva de una a otra parte del mundo, que, pese a ello (¿pese a ello?... ¿es que acaso alguien “manda” en un cerebro acuciado por una atroz acedía existencial?), se ve afectada -con frecuencia recurrente aunque con altibajos- por constantes episodios depresivos que la han llevado a intentar su suicidio en más de una ocasión. Ahora, en el presente del relato, que se nos narra en la voz de su hermana y que se retrotrae de continuo a la infancia de ambas, Elf está hospitalizada tras haber buscado su propia muerte mediante una sobredosis de pastillas, días antes del inicio de una gira de conciertos ya cerrada y aguardada con expectación por sus innumerables seguidores. Con carácter previo al inicio de la novela, se nos ha hablado de otro intento en el que estuvo cerca de haber acabado con su vida al haberse negado, persistentemente, a comer. Su hermana la visita, la acompaña, la conforta -también le riñe- en su convalecencia en el sanatorio, y el relato de esos días, la vivencia de Yoli -siempre desde su perspectiva, en una opción estilística notable, que no da voz a quien vive en carne propia la depresión y la voluntad suicida, sino a quien, muy cerca afectivamente, contempla desde una relativa “ajenidad” (ambas están muy unidas desde la infancia), llena de amor e impotencia, de dolor, de responsabilidad, de afecto y emoción y compasión y culpa y temor e incapacidad, de dudas y desconcierto, la dramática situación de su hermana-, constituye el eje sobre el que se articula la trama novelesca. 

No hay, pues, acción en sentido estricto (aunque la mera mención a los sucesivos intentos de suicidio que se relatan en la novela parece cuestionar este aserto). Elf está en el hospital y Yoli da cuenta de la cotidianidad de esa estancia, del trato con el personal sanitario, en particular la enfermera Janice, de la compleja relación con los psiquiatras, de los avances y retrocesos del tratamiento y la recuperación de los efectos físicos de la sobredosis, de las conversaciones con su hermana, de las visitas de la madre de ambas, Lottie, un personaje formidable; de su padre, un maestro bondadoso aunque inestable emocionalmente; de su tía Tina; de Claudio, su representante artístico; por supuesto de Nic. Pero en el discurrir de Yolandi lo esencial no son tanto los detalles “externos”, concretos y objetivos -esto es, los hechos- con los que se describe esa dramática experiencia, sino el flujo continuo de pensamientos, emociones y reflexiones con los que la mente de la narradora, atrapada entre el cuidado de su propia vida desordenada y la imposibilidad de abandonar a su hermana, se mueve entre su vida real, sus recuerdos y sus deseos, anhelos y esperanzas. 

Su larga introspección va recorriendo infinidad de “escenas”, que muestran evocaciones diversas; traslaciones a episodios de la infancia; profundización en las vidas y las personalidades de sus parientes; alusiones a los notables antecedentes suicidas de su familia -su padre, una prima, habían puesto fin a su vida antes de los intentos de Elf-; descripción de las singularidades de la educación en el entorno menonita, la rígida, cerrada y a menudo opresiva comunidad religiosa anabaptista en la que las chicas han crecido, con su cosmología anacrónica (en una de las muchas concomitancias entre la vida de los personajes y la de la propia Toews, cuyos padre y hermana mayor también se suicidaron); elucubraciones -alegres, felices, aunque teñidas de tristeza y culpa- sobre la relación con su hermana; intentos por entender las causas del funesto propósito autodestructivo de Elf (Mi hermana me cuenta entonces que tiene un piano de cristal por dentro. Tiene un miedo horrible a que se le rompa. No puedo permitir que se rompa. Me cuenta que lo tiene apretado a la derecha del bajo vientre, que a veces siente sus bordes duros presionándole la piel, que tiene miedo de que la atraviese y se desangre viva. Pero más que nada tiene miedo de que se le rompa ahí dentro. Le pregunto cómo es el piano y me dice que es un viejo Heintzman vertical que antes era un piano mecánico, pero que le quitaron el mecanismo de dentro y ahora es todo cristal, incluso las teclas. Entero. Cuando escucha botellas cayendo en la parte trasera de un camión de basura o un carillón o incluso algunas clases de pájaros cuando cantan, al instante piensa que es el piano, que se le está rompiendo, en significativa metáfora que cruza el libro); la voluntad, el afán, de comprender su actos, sus motivaciones, de explicar su comportamiento, de ayudarla en su sufrimiento y su dolor; repaso a las circunstancias de su propia y catastrófica vida, en proceso de divorcio, con dos hijos de padres distintos, con problemas económicos y sufriendo impotente ante la situación de su hermana (estaba llevando a cabo una especie de experimento social. Es broma. Si acaso de fracaso social. Y estaba haciendo malabarismos para intentar ganar dinero, estudiar y dominar (sin conseguirlo) el arte de ser adulta); anécdotas, relatadas con distanciado humor aunque, a la vez, examinadas con profundidad y sufriente implicación emocional, de sus contactos con parejas y novios, con sus hijos Will y Nora; encuentros y largas conversaciones, en las que comparten sus penalidades, con su amiga Julie; apuntes relativos a su condición de escritora de cuentos para niños y a su interrumpido propósito de encarar la redacción de su primera novela; entre otros diversos frentes del libro. 

Todos ellos, no obstante, están marcados por el que podríamos denominar “conflicto central” de la novela: dos hermanas que se quieren, unidas por una entrañable afectividad, por una complicidad y un cariño que el talento de Toews nos muestra con una ternura y una sensibilidad delicadas e intensas, y que se enfrentan a causa de una circunstancia que las hace irreconciliables (Era la primera vez que expresábamos de algún modo nuestro principal problema. Ella quería morir y yo quería que viviera y éramos enemigas que se querían). En efecto, Elf quiere morir, lo ha intentado, lo sigue intentando y, muy probablemente, volverá a hacerlo buscando su fin (no voy a desvelar, por razones obvias, cuál es el desenlace del libro en esta su línea fundamental). Yolandi quiere impedirlo, persuadir a su hermana (con amor y convicción, pero también con respeto, con dudas, sumida en un hondo dilema moral, fruto también del amor, de los muchos motivos por los que debe vivir (Aquí la única que tendría que suicidarse debería ser yo. Soy una madre horrible que ha dejado al padre de mis hijos y a otro padre. Soy una esposa horrible porque me acosté con otro. Hombres. Estoy haciendo aguas en una carrera que ni es carrera ni es nada. ¡Mira esta bonita casa que tienes y al hombre tan cariñoso que vive en ella y te ama! No hay capital en el mundo que no esté dispuesta a ofrecerte miles de dólares para que toques el piano y todos los hombres que conoces se enamoran perdidamente de ti y se obsesionan contigo de por vida, le espeta, enfadada y convencida). Y es en ese enfrentamiento, cordial, emotivo, conmovedor, en el que se plantea la clave última de una novela memorable tanto por la densidad emocional de su planteamiento como por la radicalidad con la que articula una reflexión literaria sobre el deseo de morir, la supervivencia y el vínculo entre dos hermanas atravesadas por esa historia común de talento y dolor, de complicidad y desgarro, de cariño y fractura íntima, de inmenso amor y de, también, profundo conflicto existencial, ético, íntimo. 

Son tantos los hilos a los que se abre el relato de esta bellísima y trágica relación que resulta imposible abordarlos todos, y menos en una reseña que ya ha superado con creces su extensión “razonable”. Está, de modo primordial, el tratamiento del suicidio no como un gesto abrupto o inexplicable, sino como una decisión sostenida en el tiempo, argumentada, racionalizada incluso. Elf no es presentada como una víctima pasiva de la enfermedad mental o de un impulso irracional, tampoco como un símbolo abstracto del sufrimiento, sino como alguien que ha reflexionado largamente sobre la imposibilidad de seguir viviendo en un cuerpo y una mente que no soportan la vida, sobre su incapacidad de tolerar la mediocridad de la existencia cotidiana. Toews nos traslada su propósito sin ambages ni eufemismos, de un modo sostenido, articulado, casi argumentativo. Esta racionalidad del deseo de desaparición, la firmeza con la que sostiene su voluntad de morir, la lucidez con la que articula sus intenciones desarma cualquier intento de reducción patológica, mientras el sistema médico, legal y familiar que la rodea insiste en la preservación de la vida como imperativo absoluto, y constituye uno de los elementos más perturbadores del texto y también el que más controversia ha provocado, al parecer, en la crítica ética y literaria. Yoli se debate entre el cariño hacia su hermana, la comprensión de su inexorable deseo de muerte (hay pasajes en los que investiga las derivadas legales de la ayuda al suicidio, la posibilidad de conseguir medicamentos -Nembutal, Seconal- que ayuden a morir a su hermana, la viabilidad de un viaje a Suiza, en donde, como es sabido, el suicidio asistido es legal) y, a la vez, la incomodidad ética y el rechazo con los que el amor fraterno rodea esas opciones. Su disyuntiva crucial, la pregunta nuclear que concentra la angustiosa encrucijada moral que vive no sería solo “¿cómo puedo salvar a mi hermana?”, sino también “¿tengo derecho a impedir que Elf muera?”. 

Es notable también la reflexión sobre la escritura como forma de supervivencia. Yolandi escribe -o lo intenta, no siempre su situación se lo permite- como modo de sostener lo insostenible: la espera, la culpa, la imposibilidad de resolver el conflicto con su hermana. Su voz narrativa está atravesada por la ironía, el humor negro, la confesión directa y una vulnerabilidad que evita cualquier idealización del sufrimiento, en una estrategia muy original, muy llamativa, muy sugerente literariamente, de resistencia frente a la “sentimentalización” del dolor. 

Por último, quiero subrayar otros elementos destacados del libro, como son la descripción del muy peculiar entorno familiar (nuestra familia está intentando escapar de todo en bloque, incluso de la gravedad, incluso de la orilla. Ni siquiera sabemos de qué huimos. Puede que simplemente seamos personas inquietas. A lo mejor somos aventureras. A lo mejor estamos muertas de miedo. A lo mejor estamos locas. A lo mejor el planeta Tierra no es nuestro verdadero hogar); los muchos apuntes -hilarantes en ocasiones, a través de la lúcida, punzante y muy inteligente mirada de Elfrieda (que conocemos siempre a través de la voz de Yoli)- sobre las singularidades de la comunidad menonita y su conservadurismo dogmático; las peripecias, descabelladas, tiernas, disparatadas y conmovedoras, de la anciana madre; la hondura psicológica con la que se da cuenta de la complejidad de los personajes (de todos, más allá de los dos principales); el sobresaliente tratamiento estilístico, con el uso constante de la fragmentación, la alternancia de registros, el humor como mecanismo, ya mencionado, de contención dramática, la irrupción de la memoria como forma de interrupción del presente; el magistral artificio que supone una prosa minuciosamente construida para transmitir una ilusión de espontaneidad, una impresión de inmediatez, de discurso casi impensado, como si el lector estuviera siguiendo el flujo de una mente que piensa en voz alta, en un magistral logro técnico de Toews y en uno de los motivos, sin duda, por los que su novela se lee de un modo arrebatado; la constante incorporación de referencias culturales (Dustin Hoffman en Perros de paja, Richard Bach, Mary Wollstonecraft, Amelia Earhart, Marina Abramović), musicales (Moon River, el Wild Horses stoniano, los Beatles y su All you need is love, Loudon Wainwright y Rajmáninov, Cher, The Clash y la Sinfonía n.º 3 de Górecki, el Thunder Road de Bruce Springsteen, el I Don’t Know How to Love Him de Jesucristo Superstar, y Memory of a Free Festival de David Bowie, Woody Guthrie y Stevie Ray Vaughan -en otra de las encantadoras excentricidades de la Elf adolescente, se nos cuenta cómo, de pequeña, recogió firmas en su pueblo para que declararan a Stevie Ray Vaughan el mejor guitarrista del mundo-, Somewhere Over the Rainbow, el Three Times a Lady de Lionel Richie, el My Beautiful Dark Twisted Fantasy de Kanye West, en una banda sonora excepcional, diversa y algo heteróclita que puntea la acción) y literarias (Adorno, Heidegger, David Hume, Emily Dickinson, Virginia Woolf y Sylvia Plath, Dylan Thomas, Paul Valéry, Goethe, Bartleby el escribiente, Robert Walser, James Joyce, Carl Jung, Franz Kafka, Raymond Chandler, John Clare, Fernando Pessoa, Thomas Bernhard, sus amantes poetas: William Blake, Percy B. Shelley, D. H. Lawrence, Shelley, Wordsworth, Tennyson y, sobre todo, Coleridge, autor del poema al que pertenece la frase que da título al libro y que, asociada a un episodio (que no voy a revelar) de la adolescencia de las chicas, ofrece una primera muestra de la excepcionalidad -en todos los sentidos- de Elfrieda: 

En fantasías (yo de eso sé), 
alejándote de negocios y deberes mundanos, 
te acercabas al lecho de una Hermana muy querida, 
tus pasos quedos, y contemplabas su cara apagada, 
y aliviabas sus punzadas solícito y cariñoso 
con los más tiernos tonos medicinales del amor. 
Yo también tuve una hermana, mi única hermana. 
¡Ella me quería de corazón y yo la adoraba con pasión! 
Sobre ella vertía yo pequeñas desgracias sin importancia 
(yo el enfermo en brazos de su enfermera) 
y del corazón los padecimientos ocultos 
que por bochorno se retraen incluso ante el ojo del Amigo. 
¡Ay, qué de noches me he despertado y llorado 
porque ELLA YA NO ESTABA! 

Con los bellos y significativos versos de Coleridge pongo fin a esta reseña. Volveremos la semana que viene con nuevas -y magníficas- novelas escritas por mujeres, en lo que será la quinta entrega de este espero que interesante ciclo de nueve programas. Os dejo ahora con un elocuente fragmento de Moon Tiger y con una de las muchas canciones mencionadas en Pequeñas desgracias sin importancia, Heart of Gold, el clásico de Neil Young. 


Claudia está sola, sentada delante del televisor. El cuarto es cálido y tranquilo; las cortinas corridas silencian la lluvia y el tráfico; tiene un vaso de vino en la mano y los pies en alto; ha terminado su jornada de trabajo. Pasan los títulos de crédito y comienza la historia, que es al mismo tiempo pública y privada. Un joven héroe, llamado a filas en 1939, se despide de su novia y de su madre, el Ejército alemán avanza en territorio francés, Churchill convoca a sus asesores. La narración se desenvuelve también en dos dimensiones. Por un lado está la costosa ficción, con unos actores consumados y una producción esmerada y atenta a los menores detalles, sean estos la cantidad exacta de brillantina en el cabello del joven héroe, las abolladuras de las enormes teteras del economato militar o el ruido de fondo del motor de un jeep. Por otro lado, las inserciones de secuencias que, en comparación con lo anterior, parecen un producto amateur, pintoresco y escasamente real: disparos de mortero, soldados que corren en silencio, hileras de camiones o de carros de combate que entran por un lado de la pantalla y salen por el otro. En la ficción a todo color, los actores tienen el cutis sonrosado, la hierba es verde y el cielo azul; la realidad es en blanco y negro, los jóvenes soldados que sonríen y saludan con la mano desde la cubierta de un navío tienen el rostro blanco, el mar es negro, el desierto es gris. Claudia lo contempla con interés dando sorbitos de vino, se fija en los cigarrillos Players que el héroe saca de un bolsillo de su uniforme de batalla y la inclinación del sombrero-platillo de su novia. El pegajoso perfume de la nostalgia se oculta detrás de la pantalla. Observa una negra hilera de prisioneros italianos que cruzan con fatiga el desierto gris, el humo negro que sale de un avión estrellado, la nube de humo blanco que despide el cañón de un carro de combate. 

La historia adopta ahora una tercera dimensión más borrosa y al mismo tiempo mucho más clara. Una dimensión que huele y se toca. Huele a Moon Tigers, a queroseno, a estiércol y a polvo. La sensación es tan intensa que Claudia se levanta, de un manotazo reduce el televisor al silencio y vuelve a sentarse con la mirada fija en la pantalla ciega, donde la historia continúa. 

Videoconferencia
Jennifer Johnston. Penelope Lively. Miriam Toews