Vivo entre muchos libros y extraigo una gran parte de mis ganas de vivir del hecho de que aún leeré la mayoría de ellos. (Elias Canetti)

miércoles, 4 de marzo de 2026

CARYS DAVIES. DESPEJADO; OESTE

Bienvenidos a Todos los libros un libro. Esta tarde quiero recomendaros dos libros espléndidos, los dos únicos traducidos en nuestro país de la escritora galesa Carys Davies, que cuenta en su haber con solo tres novelas así como un par de colecciones de cuentos publicadas antes de su deslumbrante y muy premiado debut novelístico con Oeste, una obra de la que yo os hablé aquí hace casi siete años, en mayo de 2019, y cuya reseña recuperaré esta tarde para una emisión que, a diferencia de la de entonces, aparecerá ahora, aparte de en su versión radiada, en el formato de videoconferencia a través de YouTube. Además, quiero proponeros la lectura de la tercera de sus novelas (la segunda, The Mission House, de 2020, en su momento libro del año para The Sunday Times, no ha sido traducida aún a nuestro idioma, aunque esperemos que lo haga pronto, pues se trata de una autora formidable). Despejado, pues ese es su título, vio la luz en 2025 en la editorial Libros del Asteroide en traducción de Gabriel Insausti. 

Oeste se publicó a mediados de 2018 en nuestro país presentado por la editorial Destino traducido por Lorenzo Luengo. Premiada escritora de cuentos y de ensayos, Carys Davies sorprendió entonces al mundo literario con una exquisita obra de orfebrería, una maravilla luminosa e intensa, emotiva y bellísima, concentrada en menos de doscientas páginas que se leen en un arrebato de exaltación, extasiado el lector, absorbido, hipnotizado, por la fuerza, la ternura, la tristeza, la energía, el sufrimiento, la voluntad, el sentimiento, la melancolía, en definitiva, la profunda humanidad que rezuma la historia que se nos narra. 

El libro nos traslada a América, a los Estados Unidos más concretamente, una nación cuyo origen y cuya historia están marcados por una gran aventura, la de la conquista del Oeste, que centra -bien que de un modo no demasiado convencional- lo esencial de la novela. Las legendarias caravanas hacia el interior del continente y, más allá aún, hacia las costas del Pacífico, la valiente exploración de territorios desconocidos, la arriesgada “dominación” de las nuevas tierras, la desigual lucha contra la naturaleza y las dificultades e inclemencias climatológicas, el brutal enfrentamiento con los sorprendidos indígenas -y su exterminio-, la atracción de lo desconocido, la decidida e irrefrenable voluntad de encontrar un asentamiento, un espacio vital propio en esos vastos espacios casi infinitos por parte de miles de familias de pioneros, el posterior sueño de California y la fiebre del oro, están en la mitología fundadora de los Estados Unidos desde que un puñado de “peregrinos” ingleses que habían partido de Plymouth desembarcaron del Mayflower en lo que hoy es Massachusetts, creando en sus costas la colonia que acabarían por denominar con el mismo nombre que el de su ciudad de origen. A ese “universo” de leyenda -más allá de sus constatables y bien documentadas coordenadas históricas-, tan representado en la literatura y el cine -con el western como expresión paradigmática-, no conduce Oeste

El relato nos sitúa en Lewiston, en el condado de Mifflin, Pensilvania, poco antes de 1820. John Cyrus Bellman es un hombrón alto, robusto, con pelo y barba rubicundos, de manos y pies enormes, que se gana la vida criando mulas. Con treinta y cinco años cuida de su hija Bess, de solo diez, tras la muerte de Elsie, su esposa, fallecida repentinamente ocho años antes de comenzar la “acción”. Bellman vive una vida modesta y sencilla, entregado a sus rutinas en el campo, ocupado de sus caballos y sus mulos. Es un hombre solitario, de escasas relaciones sociales: su hermana Julie, llegada desde Inglaterra junto con Elsie y John, algún tiempo atrás; su vecino Elmer Jackson; algunos, pocos, lugareños. Provisto de una mínima educación, por encima, sin embargo, de la media en la época -sabía escribir, aunque no siempre era capaz de poner las letras en su sitio. Leía despacio pero bastante bien, y había enseñado a hacer lo propio a Bess-, un día descubre en un periódico local una noticia sorprendente que lo obsesionará: la aparición en Kentucky de unos restos fósiles desconcertantes. Unos huesos monstruosos, dientes del tamaño de calabazas, unos colmillos de longitud interminable, unos omóplatos prodigiosos, unas mandíbulas gigantescas... El animal mitológico (un animal incognitum, como se refiere en el libro) al que apuntan esos misteriosos restos invadirá su imaginación despertando su curiosidad. ¿Existirán todavía esas criaturas fabulosas? ¿Habrá aún, vagando por las praderas y los bosques, en la falda de las colinas o las cimas de las montañas de su inmenso país, algunos ejemplares de tan formidables especímenes? Inquieto, obcecado, sugestionado por tan irracional preocupación, fraguando en su interior una insensata voluntad de indagación y búsqueda, perturbado por la formidable presencia en su mente de esos seres antinaturales, se entrega durante meses a la consulta de mapas -llenos de huecos, espacios vacíos y signos de interrogación, como corresponde a lo muy elemental del conocimiento de la geografía del continente en esos días-, y a la atenta lectura de los diarios de la expedición del viejo presidente (el viaje de los capitanes Lewis y Clark entre 1804 y 1806, más de doce años antes del momento en que se sitúa la novela, encargado por Thomas Jefferson para explorar y cartografiar el territorio de las inabarcables regiones del ilimitado territorio, diez mil kilómetros recorridos en dos años y medio de aventura, atravesando Estados Unidos casi en su integridad, de costa a costa), que no hacen sino acrecentar la obstinada agitación despertada por el inopinado hallazgo de la noticia sobre los enigmáticos animales. Y un buen día, incapaz de sustraerse al compulsivo afán que lo trastorna, decide abandonar su hogar, dejando a su hijita -a la que ama profundamente- al cuidado de la tía Julie, y lanzarse a la quimérica búsqueda de esos seres fascinantes. Haciendo caso omiso de las advertencias de sus allegados, que lo tachan de loco y le auguran un destino funesto (pues no verán tus ojos mayor necio que él. A partir de hoy lo cuento en el número de los dementes y de los perdidos. No esperes volver a verlo, y no levantes la mano para despedirlo, eso sólo servirá para envalentonarlo y hacer que piense que se ha ganado tus buenos deseos. Vamos, niña, entra, cierra la puerta, y olvídalo, le dice su tía a la pobre y apenada Bess), sin arredrarse ante las evidentes dificultades de la expedición -los obstáculos del camino, lo desconocido de la ruta, las penalidades del clima, las amenazas de los indios y de cuantos buscadores acechan en los senderos una oportunidad de lucro criminal-, sin considerar lo objetivamente absurdo e inútil de perseguir una fantasía de consecución imposible, un delirio alucinado sin finalidad razonable alguna, hace acopio de algunos mínimos pertrechos -una brújula, un cuchillo, un hacha, dos pistolas, unos anzuelos, una lima, algunos abalorios y baratijas para comerciar con los indios, un dedal y una camisa de rayas que fueron de su mujer, un tintero que sujeta en la solapa de su abrigo para poder escribir desde su montura, entre otros objetos a cual más precario e insensato- y, austero y pobre, sin dinero ni apenas pertenencias, con su fantasmagórica apariencia -inmenso, hirsuto, con un deslucido abrigo de lana marrón y un estrambótico sombrero de copa negro, una especie de chistera que se compra para la ocasión-, monta en su caballo y parte, decidido y paciente, a la aventura. 

La descripción de esta pulsión obsesiva que nace meses antes de su viaje y se mantiene durante todo su trayecto hasta el final (que no desvelaré) constituye uno de los ejes de interés del libro. Lo que había leído en el periódico le había producido un furioso palpitar en el pecho, una especie de picazón en el borde de su ser (…) ahora no había nada que ansiase más que ver con sus propios ojos a aquellas enormes criaturas, reflexiona. Y aún más: Lo único que puedo decirte es que sólo hay una cosa en la vida que quiero hacer ahora mismo y es ir allí, al oeste, y encontrarlos. Cuando, en mitad de su sacrificada aventura, Bellman rememora el desencadenante de su inconcebible inquietud, dará con una de las pistas esenciales de su irracional proceder: Sentía que perdía el equilibrio, de igual manera como le ocurrió cuando, allá en su casa, leyó por primera vez acerca de aquellos enormes huesos: cuando la mera idea de todo cuanto ignoraba le había hecho tambalearse y ser consciente de que ya no podía permanecer en su hogar. Se había visto completamente incapaz de explicárselo a nadie, ni a Julie, ni a Elmer, ni siquiera al nuevo bibliotecario, que le había ayudado a encontrar los mapas y los diarios. Ahora se preguntaba si no sería porque, a través de tan gigantescos animales, posiblemente se le había abierto como una puerta a los misterios del mundo. Y es que los monstruosos fósiles representan -para John y para la autora que los crea- precisamente eso, un atisbo de lo desconocido, de lo insondable, de lo mucho que ignoramos y quizá nos explica, el posible sentido último, pues, de una vida carente de él. 

Este sentimiento, el de superar nuestros límites, la necesidad de abandonar la plácida grisura de una existencia limitada y sin alicientes en busca de “algo” que desconocemos, que ni siquiera somos capaces de intuir, permea la obra entera, que se constituye así en una muy convincente descripción de los anhelos y esperanzas, de las ilusiones y los afanes que, superando cualquier análisis racional, mueven nuestras vidas. Más allá de la idea que uno pudiera tener del mundo conocido, siempre había cosas ahí fuera con las que no había soñado, pensará el protagonista. Y también: Ya entonces tenía un poco de esa hormigueante sensación, el vértigo; echar en falta lo que nunca había visto y tampoco conocía

Pero como un Ícaro del Oeste, abducido por un sueño imposible, empieza a comprender, quizá demasiado tarde, que el sol quema y derrite nuestras fuerzas, y que el fracaso -la caída- es la condición sustancial de nuestra naturaleza. Y así, en Bellman surgirán las dudas, que dotan de dramatismo a su aventura y la hacen hondamente humana: Sentía de nuevo el mareante peso de todo el misterio de la tierra y cuanto había en ella y más allá de ella. Sentía el resurgir de su curiosidad y de su anhelo, y al mismo tiempo sentía un temor cada vez mayor a no encontrar jamás aquello que había ido a buscar, a que los monstruos, después de todo, pudieran no estar allí. Y más adelante: Comenzaba a sentir que podía haber echado a perder su vida en aquel viaje, que tendría que haberse quedado en casa con lo pequeño conocido en lugar de ir por ahí en busca de lo inmenso por conocer

Este noble -e imposible- intento de trascender nuestra limitada y mísera y triste condición humana es despreciado por el mundo, que condena el atrevimiento de quienes no se pliegan a un conformista y convencional deambular por la vida. Los hombres, dirá una vecina en un reduccionismo simplista y tranquilizador para “explicar” la “anomalía” que Cyrus representa, sienten una especie de insatisfacción infantil hacia todo cuanto tienen, que se manifiesta al acercarse a los cuarenta años. Les hace pensar que merecen mucho más de lo que la vida les ha otorgado. Por mi experiencia diría que muchos de ellos se van con otras mujeres, o se compran un nuevo caballo o un bonito sombrero

Solo la infantil Bess, la niña inocente y esperanzada, sin filtros “convenientes” en su visión ingenua de la realidad, continuará confiando en su padre, y ello tras años de espera inútil de su retorno; su padre, un héroe casi sobrenatural, acorde a la inmensa dimensión de su grandiosa tarea, su “misión”: En su opinión, parecía grandioso, resuelto, valeroso. En su opinión parecía inteligente y romántico y audaz. Parecía un hombre embarcado en una misión personal que lo hacía diferente del resto del mundo, y Bess decidió que, mientras su ausencia se prolongase, guardaría esa imagen que de él tenía en la mente: allá en lo alto de su caballo, con sus bolsas y sus bultos y sus armas, allá enfundado en su largo abrigo y tocado con su chistera, perdiéndose rumbo hacia el oeste. No tenía la menor duda de que lo vería de nuevo

Los sueños, la aventura, la pasión por trascender la “necesidad”, lo servil de la condición humana, la fortaleza ante la vida, la intensa presencia de la naturaleza, el sentido de la existencia, el amor, la ausencia, la fraternidad, la muerte, la esperanza, las quimeras, la locura, son algunos de los temas, pues, que afloran en esta narración sorprendente y espléndida. 

Excepcional es también la recreación de la vida en la naturaleza, del entorno salvaje del Oeste americano en el siglo XIX. Cyrus sigue el curso del Misisipi desde Sant Louis (como hiciera la expedición de Lewis y Clark), alejándose de él, no obstante, y desviándose hacia el interior en su infructuosa búsqueda del monstruo. Viviremos con él el paso de las estaciones, la esperanzada primavera, el acogedor verano, el difícil otoño, el aterrador invierno. Lo seguiremos por planicies y cañadas, por bosques y desfiladeros, por paisajes nevados y montañas infranqueables, por ríos caudalosos y secarrales inhóspitos. Lo veremos sobrevivir en ese medio hostil, aplicando un denodado esfuerzo para salir adelante en una naturaleza inclemente; lo veremos pescar, cazar, recoger fruta, dormir al raso, hacer fuego para, inútilmente, calentarse en infinidad de gélidas noches. Lo acompañaremos también en sus encuentros con las diversas gentes “del camino”, compañías más o menos fugaces en su peregrinaje: un soldado, un fraile español, un administrador de fincas holandés, el práctico de una chalana, Devereux, el vendedor de pieles. A los que van en dirección opuesta les entregará las cartas que, incesantemente, escribe a su hija (unas treinta en los primeros mil ochocientos kilómetros de su viaje). De todos estos personajes episódicos hay uno, entrañable, que lo acompañará en gran parte de su itinerario: Anciana de allá lejos, un joven indio de la etnia shawnee, de solo diecisiete años, que con sus hombros estrechos, sus piernas estevadas, su físico poco agraciado, su enigmático silencio (ninguno de los dos habla la lengua del otro, en una clave del libro), representa a la vez la resignación y la rebeldía de su pueblo estafado y “comprado” con baratijas, expulsado de sus tierras, perdidas sus raíces, su cultura, sus valores, su modo de estar en el mundo, pues todo lo habían entregado a cambio de nada

Esta dimensión épica de la novela junto a la recreación del paisaje y de las gentes de la América de aquel tiempo, aspectos que remiten al western, a la gran epopeya americana, también a la Odisea, el héroe que “debe” abandonar un hogar en el que se le espera -la pequeña Bess oficiando de joven Penélope-, aporta un extraordinario valor al libro y se convierte en otro de sus alicientes. 

Por último, quiero subrayar también la estructura y el estilo con los que Carys Davies presenta la extraordinaria aventura del malhadado Bellman. El relato, centrado en lo sustancial en la peripecia del protagonista, se ofrece sin embargo en una suerte de “montaje” en paralelo, con capítulos -casi todos muy cortos- que alternan distintas perspectivas: la de Elmer Jackson, que aprovecha la ausencia del vecino para urdir sus siniestros propósitos con respecto a Bess; la de Anciana de allá lejos, que asiste impertérrito a las desmesuradas y para él inexplicables andanzas del extraño hombre “rojo”; la de la viuda del herrero, que en el pueblo recuerda a Bellman con añoranza; la del bibliotecario libidinoso, acechando también el crecimiento de la joven y guapa Bess; la de la tía Julia y sus marchitas esperanzas; la de Devereux y su contradictoria mezcla de honradez e interesada astucia; y, sobre todo, los pensamientos, los presagios, la ilusión y la confianza, los deseos, la añoranza y los temores de la tierna Bess. 

Y todo ello contado con un tono de fábula, lleno de ritmo, con una prosa sencilla y que transmite una sensación de falsa ligereza, porque el planteamiento final es muy serio, denso, profundo, rebosante de emoción, sensibilidad y tristeza. Recuerda, dirá el chico indio en una suerte de corolario implícito de la novela, no existen los dioses. Sólo nos tenemos a nosotros mismos y nada más. Así, con esa melancolía, nos despediremos de unos personajes cercanos, entrañables, cuya presencia optimista y a la vez desesperanzada pero siempre cálida y casi íntima, nos ha proporcionado unas horas espléndidas. 

Hay en Despejado mucho del universo de Carys Davies ya mostrado en Oeste, hasta el punto de que podemos hablar de una suerte de profunda continuidad tanto en temas (la desposesión, el lenguaje como lazo y como barrera, la precariedad de los vínculos humanos, el aislamiento y la soledad); la estructura narrativa (el viaje como centro, el montaje en paralelo, la pluralidad de voces); la precisión léxica, la pulcritud y el despojamiento de la prosa; el tratamiento del paisaje, que en ambos casos comparece con una cualidad protagonista; la representación histórica a través de sendos contextos históricos reales (aunque situados en los márgenes de los “grandes personajes” o los “acontecimientos memorables”), entre otros que iré analizando en el curso de mi reseña, tras daros cuenta antes, muy brevemente, de lo esencial de su argumento. 

La novela, altamente recomendable, bellísima, emotiva, inolvidable, da comienzo cuando uno de sus protagonistas, John Ferguson, que ha abandonado el Lily Rose, el barco desde el que había zarpado de Aberdeen, en el noreste de Escocia, a bordo de una barca precaria que acaba de zozobrar, recala sobre una estrecha franja de playa arenosa bajo la ominosa sombra de unos colosales y amenazadores acantilados en una pequeña isla del archipiélago de las Shetland, perdida ya muy al norte, relativamente cerca de Noruega. Empapado y aterido, con, por toda pertenencia, un morral y una caja con algunas escasas provisiones, ciertos documentos y algunos útiles, se encuentra por fin a salvo. Estamos en 1843, John es un clérigo que ha dejado su puesto en la parroquia de un pueblo escocés, tras la Gran Ruptura en la Iglesia de Escocia, una fractura que se produjo en ese año, cuando un número significativo de ministros se rebelaron contra un injusto sistema de patronazgo por el que los terratenientes de Escocia podían designar a los eclesiásticos que se harían cargo de sus parroquias. Estos ministros rebeldes se escindieron de la institución principal para formar la nueva Iglesia Libre, renunciando a sus emolumentos y a sus viviendas para empezar un nuevo y esperanzado aunque difuso proyecto pastoral. Empobrecido, pues, sin ocupación ni fuente de ingresos, casado desde hace cuatro años con Mary, se ve en la necesidad de conseguir un trabajo para hacer frente a los gastos cotidianos y, sobre todo, para subvenir a la compleja financiación de la nueva Iglesia, de muy difícil consolidación. Así, por la mediación de un familiar de su esposa, John aceptará una oferta laboral, muy bien retribuida, que le exigirá desplazarse por un mes a una isla remota, propiedad de los Lowrie, terratenientes locales, para, una vez allí, llevar a cabo una tarea ingrata pero, a priori, sencilla. Su misión consistía en ponerse en contacto con el único habitante de aquellos desolados parajes y realizar un informe sobre la situación de ese apartado rincón de las posesiones de Lowrie que sirviera de base para cambiar el destino de la poco productiva explotación -algunas gallinas y un pequeño rebaño de escuálidas ovejas autóctonas, una vaca ciega que no valía para nada aparte de para que le dieran de comer a la boca grandes cantidades de la mejor hierba de la isla, y una yegua con mal carácter- y dar paso a las ovejas, de mayor y más segura “productividad” (La tierra no estaba produciendo ningún dinero; las rentas no se correspondían en modo alguno con los gastos, y al final (…) se había convencido con el ejemplo de otros terratenientes que simplemente se habían decidido a sustituir a las personas por las ovejas y, al hacerlo, aprovechaban mejor lo que ya poseían). La operación llevaba consigo, por tanto, el desalojo del solitario responsable de la “gestión” de la isla, un engorroso obstáculo para el éxito del proyecto (No podemos permitir que nuestras tierras estén ocupadas por habitantes que reciben (…) pero no pueden permitirse dar; ni ahora ni en el futuro. Si un día se vendiese la isla, o se transfiriese el arrendamiento, deberá venderse, o transferirse, despejada) y principal dificultad del encargo de Ferguson. 

Recién llegado a la isla y en un incidente que conocemos cuando apenas han pasado diez páginas del libro, el hombre caerá por un acantilado y será encontrado, semihundido en el mar, inconsciente, con múltiples heridas y al borde la muerte por Ivar, ese último ocupante del despoblado lugar. Desconocedor del funesto destino que para él supone la presencia del desconocido, Ivar lo rescatará de las aguas, lo acogerá en su muy elemental vivienda, lo curará y, en silencio, primero por la postración de John y más adelante, una vez relativamente recuperado el recién llegado, por la incapacidad de ambos para comunicarse en una lengua común (el aislamiento del lugar convierte a su morador en el único hablante del casi extinto dialecto local), iniciar junto a él una convivencia inicialmente desconfiada y luego amistosa. Entre las detalladas descripciones del paisaje, extremo, pintoresco y de presencia rotunda; los minuciosos apuntes de la cotidianidad de los dos compañeros de fatigas, sus tareas, sus ocupaciones, las modestas prácticas de subsistencia, la procura de alguna pieza de caza y pesca, la preparación de las comidas, la atención a los escasos animales domésticos, sus descansos, su ocio; y las profundizaciones en sus pensamientos más íntimos, los recuerdos, las añoranzas, los temores, las expectativas, Despejado gira sobre el que, a mi juicio, es su eje principal: los intentos, pormenorizadamente ejemplificados con un desbordante inventario léxico que cruza la narración convertido en un personaje más (John registra y colecciona las palabras de Ivar, y la autora incluye un glosario final de las más relevantes), de encontrar un puente común entre dos lenguas ajenas, reflejando la muy humana necesidad de compartir, el afán de comunicación, la voluntad de pertenencia, el deseo de huir de la soledad. 

Esta extraña relación entre dos hombres que no pueden comprenderse verbalmente acaba por constituirse en el núcleo sustancial de una novela que en su mayor parte se muestra al lector bajo una estructura dramatúrgica (en una impresión muy subjetiva uno no deja de pensar, mientras lee, en las posibilidades, de compleja pero sugestiva puesta en práctica, de traslación del texto a los escenarios bajo la forma de obra teatral). Y es que Davies no recurre a la narración sustentada en una voz que, al modo del narrador omnisciente decimonónico, conoce todos los extremos de la historia, el acontecer de acciones y las interioridades de los personajes, a los que juzga, explicando el mundo desde una posición superior. Nada de ello hay en la novela, que nunca deja comentarios morales explícitos o interpretaciones cerradas. Por el contrario, en Despejado, y en consonancia con el propósito que podríamos llamar moral de la obra y que luego analizaré, se juega con una “arquitectura narrativa” a la vez sofisticada y sobria, que combina diversas perspectivas en la voz que relata. La novela está narrada en tercera persona, pero no de manera uniforme o neutra, sino focalizada, pues la “historia” avanza presentada principalmente con la sucesión del punto de vista de Ivar, ese último y muy solitario habitante de la isla, y el de Ferguson, el clérigo enviado para convencerlo de que debe abandonar su entorno, en capítulos que se van alternando; aunque, en ocasiones, este juego equidistante se rompe para dar paso al enfoque de Mary, también destacado pero que no voy a comentar para no arruinar ciertos acontecimientos que atañen al argumento de la novela. Estas voces suenan a través del estilo indirecto libre, pues se adhieren estrechamente a la conciencia de cada personaje en cada uno de los tramos que los tienen como centro. Unas voces que conocen y reflejan los pensamientos, asociaciones, recuerdos, juicios y percepciones del personaje que en cada momento ocupa el eje del relato. La voz del narrador “objetivo” se funde con la conciencia y la subjetividad de cada protagonista, reproduciendo la forma en que cada uno de ellos percibe el mundo, con su vocabulario, sus silencios, sus limitaciones, sus dudas, sus anhelos. 

La elección de este enfoque narrativo, en el fondo plural, en el que nadie tiene una visión completa, nadie posee la verdad absoluta, y todo conocimiento del otro es parcial, tentativo y frágil, un hecho que se ve acrecentado por la referida incapacidad de conocer la lengua del otro, es esencial para “acompañar” el propósito de la obra, centrada -en la presentación de los personajes, en su desarrollo argumental, en su correlato histórico y en su propuesta ética- en la idea de desalojo, de desposesión, de incomunicación, de lenguaje y silencio. Y todo ello está ya en el título, el muy polisémico y ambiguo semánticamente “clear” del original inglés, a cuyas múltiples interpretaciones me ha abierto un muy sugestivo artículo sobre el libro, escrito por Stuart Kelly y que he podido leer en The Scotsman

La novela se sitúa en lo que se conoce en la historia escocesa como las Highland Clearances, los Desalojos, que, como recoge la propia Davies en una oportuna y esclarecedora Nota final del libro, dieron comienzo en las Tierras Bajas de Escocia a mediados del siglo XVIII y continuaron en las Tierras Altas y en las Islas hasta la segunda mitad del siglo XIX (etapa que refleja la novela). El fenómeno, que produjo grandes convulsiones sociales en Escocia, supuso que comunidades enteras de la población rural más pobre fueran arrancadas a la fuerza de sus hogares por los terratenientes, mediante un programa implacable de desahucios coercitivos y sistemáticos, para dar paso a las cosechas, a las vacas y —cada vez más, según avanzaba el tiempo— a las ovejas. Es en el seno de ese programa en donde se inscribe la misión de un Ferguson ingenuo y en parte ignorante, al menos en el inicio la novela, de las consecuencias de su llegada a aquel remoto lugar. Los Desalojos provocaron el abandono de las viviendas, el vaciado de las tierras, la ruina y la decadencia de las familias, el desplazamiento de las gentes a emplazamientos marginales, depauperados y económicamente deficitarios, lo que provocó pobreza generalizada, carencias varias, hambrunas y muertes o, en muchos casos, la emigración masiva a finales del siglo XIX a los Estados Unidos, Australia o Canadá. Miles y miles de personas, entre 1750 y 1860, fueron desalojadas, o empujadas por la hambruna a dejar sus casas

En este contexto, el clear del título remite a una de las acepciones del verbo inglés to clear, desalojar, expulsar. Estamos, pues, ante un eufemismo que legitima la expulsión sin necesidad de violencia explícita, que encubre la acción de despojar, de vaciar la tierra de personas, por la fuerza, con coerción, bajo un manto de eficiencia, de orden, de “limpieza” (pues clear es también limpio, transparente, claro). Y es que para la bondad natural de Ferguson, para su religiosidad y sus convicciones, su presencia en la isla se le aparece como correcta, noblemente civilizatoria, justificada moralmente, pese a que en el transcurso de su corta estancia y tras el “intenso” contacto con Ivar, en su conciencia se instale, poco a poco, la opacidad, la duda, el conflicto y el sentimiento de culpa. 

Y esta idea de la incertidumbre y el cuestionamiento de las propias ideas que gradualmente aflora en John, conecta aún con otra de las acepciones del verbo: to make something clear remite a aclarar, a comprender; lo que, a su vez, nos lleva al ya referido gran núcleo temático del libro, el lenguaje. Antes de su llegada a la isla, John se había embarcado en lo que él llamaba el “Gran Proyecto”: su propia traducción de los Evangelios al escocés, porque quería ofrecer al menos parte de la Biblia en el idioma que en realidad hablaba la mayoría de la gente que acudía a su iglesia; una Biblia que lo acompaña de continuo. En una breve escala en el pueblo de Kirkwall del barco que lo llevaba a su destino, visita al maestro de lugar para hacerse con un puñado de palabras y frases útiles en la casi extinta lengua del lugar hacia el que se dirige, con las que poder resumir el mensaje de desahucio y hacer comprender su situación al entonces aún desconocido solitario habitante del islote. Estos textos, arruinados por el agua del mar tras su peligroso desembarco, ya reflejan, desde el principio del libro y, luego, punteando la narración, la preocupación por la conservación del lenguaje, por la traslación de las palabras, por la preservación de un idioma, por la comprensión de la lengua del “otro”. John empieza a “ver claro” cuando comienza a aprender la lengua de Ivar, cuando se hace consciente de que no todo es traducible, cuando “padece” la inseguridad que siempre conlleva el hallazgo de un vocablo que no sabe a ciencia cierta si significa lo que él cree que significa, cuando, por tanto, relativiza las certezas -religiosas, históricas, éticas- que constituyen su identidad. 

El libro es magistral -en una sola de las vertientes por las que merece el calificativo- en la descripción de la progresiva, minuciosa y decidida labor del recién llegado por encontrar un espacio compartido de comunicabilidad. En las frases cortas del poco locuaz Ivar empieza a identificar (con muchas dudas, sin apenas seguridad, meras intuiciones) algunas palabras sencillas (había unas pocas palabras que John Ferguson creyó reconocer —un puñado que sonaban como «pescado», «turba», «oveja», «día», «mira», «mí», «yo»—, pero pronunciadas con un acento que hacía imposible que uno estuviese seguro). La mayor parte, no obstante, le resultan incomprensibles, reduciendo esas “conversaciones” iniciales a un mero señalar con el dedo un paraje, una roca, una planta, un tejido (Las más fáciles eran las que se referían a las aves y los peces y la vegetación, porque Ivar podía señalarlos mientras caminaban), un color (también los colores eran fáciles porque estaban ahí, ante sus ojos, en los animales y las plantas: emskit era «un gris oscuro y azulado»; dombet era «gris oscuro»; broget era «pinto, diverso»), un objeto, a los que va asociando, de manera tentativa, su supuesto nombre. A pesar de que se ve obligado a ir rellenando las lagunas en el todavía inconexo discurso de Ivar según su propia esperanzada y optimista interpretación, su vocabulario va aumentando (le proporcionaba una gran satisfacción ver cómo su glosario crecía día a día), pudiendo reflejar ya, aunque sin demasiadas certezas, movimientos de los animales, variaciones en el clima y el viento, estados del “comportamiento” del agua, acciones de más difícil concreción (una nube podía ser ga o glob, homek o benker, elin o glodrek. El viento podía ser binder o gas, asel o geul, y un sinfín de palabras que no lograba recordar). Así, entusiasmado (Algunas palabras le maravillaban), logra hacerse con el vocablo que describía el estado de un ovillo de lana, por ejemplo, cuando acaba de empezar a formarse, o con el que alude a un pedazo de turba deteriorada por la helada en la parte más externa, que era diferente de la palabra que se utilizaba para designar un pedazo de la parte más interna, que no estuviese dañado por la helada. Muchos otros, en cambio, se le resisten (la niebla podía ser skump o gyolm, o un blura, o ask o dunk, salvo, por supuesto, que se tratase de la bruma, en cuyo caso era syora o mirkabrod o groma, o rag o nombrastom, o dalareek, o himna, o yema, o dom, y cada vez que utilizaba uno de esos términos para describir lo que tenía ante sus ojos (incluso cuando estaba seguro de que se trataba del denso viento negro, cuyo nombre conocía), al parecer era una palabra errónea). 

Su tarea de “recoger” el léxico de Ivar (aquellas [palabras] de las que empezaba a sentirse razonablemente seguro empezó a anotarlas a lápiz (tal y como sonaban en su oído) en las páginas lavadas y borrosas por el mar, que antes habían albergado sus Evangelios, el discurso del maestro de escuela y la orden de desalojo de Lowrie) se convierte en el motor simbólico de la novela: la reclamación de un idioma para nombrar un mundo que otros -que él mismo, sin pretenderlo explícitamente- quieren borrar; la “recreación” de un lenguaje compartido como forma de reparación y de resistencia frente al despojo; la palabra común como antídoto de la soledad. 

Y es que, a través de ese pormenorizado registro de palabras, en dos columnas paralelas de su cuaderno azul, en una la transcripción fonética de los vocablos de la lengua de Ivar y en otra su supuesta traducción al idioma de John, la distancia primera entre ambos se va acortando hasta desaparecer. Y no solo eso, también su posición moral, sus convicciones, en cierto modo su identidad, se transforman (y también las de Ivar). El “lugareño” vive inicialmente la inesperada aparición del extraño con sensaciones de desconfianza, de recelo, de misterio, de aislamiento, de introspección, de culpa también (entre las pertenencias de Ferguson rescatadas de las aguas, Ivar ha encontrado un retrato de Mary, que esconde y contempla fascinado una y otra vez, ocultando su existencia al hombre que ha acogido en su modesta casa). Del mismo modo, en el John malherido y convaleciente de las primeras páginas hay incomprensión, difuso agradecimiento, extrañeza, suspicacia y también miedo ante las consecuencias que puede traer el que su compañero descubra el verdadero motivo de su arribada a la isla. Pero el nexo, tenue, impreciso, inexacto, todavía confuso que crea el peculiar idioma que van “construyendo”, los aproxima, haciendo crecer en ellos una realidad hecha de experiencias compartidas (Después de dos semanas, su huésped alto y de rostro enjuto siempre tenía preparado un relato sobre lo que había hecho mientras Ivar había estado fuera. Todavía muy cargado de inglés, lo que recitaba era una mezcla excitada de palabras y gestos, con la que John Ferguson le contaba que había ido hasta el o a lavar sus calcetines, o que se había quedado en el interior de la casucha porque afuera estaba gruggy, o que había llenado la lámpara con el aceite del bunki y había limpiado el greut; que había flinter toda la mañana, barrido los flogs de snyag y metido el skerpin, o que había recogido algunas snori que había visto que crecían en una for, que había escaldado las flodreks y las había escurrido y conservado el flingaso para hacer jabón, y que llevaba ya un rato sentado a la tur, repasando lo que de momento llevaba escrito en las páginas de su glosario), de aproximación y cercanía, de conexión, de vínculo emocional, de comprensión del otro y de su particular realidad, de, en definitiva, vida plena e intensa entre ambos (Todo había adquirido bastante vida desde que habían empezado a añadir verbos y adverbios a los sustantivos en el improvisado diccionario azul). También, quizá, de amor: Era como si nunca hasta ahora hubiese entendido su soledad del todo; como si, con la llegada de John Ferguson, se hubiese convertido en algo que no había sido nunca, o que no había sido en mucho tiempo: en parte hermano y en parte hermana, en parte hijo y en parte hija, en parte madre y en parte padre, en parte marido y en parte esposa

Este frente de la novela que, en sí mismo y en sus muy perceptibles connotaciones sentimentales, espirituales y morales, de alta intensidad emocional, la hace inolvidable, tiene también un referente histórico, comprobado, que Davies documenta en la ya mencionada nota final. Se refiere en ella al ya desaparecido nórnico, el idioma que se hablaba en las islas Orcadas y en las Shetland, declinante ya desde que, en la segunda mitad del siglo XV, el territorio pasó del dominio danés al escocés. Al parecer, el último hablante nativo conocido fue Walter Sutherland, quien murió en 1850 en Unst, la más septentrional de las islas Shetland, aunque es posible que subsistiese un tiempo más en la isla más remota, Foula. La isla que constituye el escenario principal de Despejado no existe, es invención de la autora, que la ha situado entre las Shetland y Noruega, preservando así su carácter simbólico como una suerte de “fin del mundo”. El dialecto que habla Ivar y aprende Ferguson, cercano a esos orígenes nórnicos, cumple también con ese papel metafórico de lengua en trance de desaparición, con un solo y probablemente último hablante, representación de un universo que se extingue, que se borra, que se “despeja”. 

Más allá de esta línea central que atraviesa el libro -el léxico convertido en personaje, las palabras y su fascinación, el lenguaje como identidad, pertenencia y reivindicación- hay otros temas también interesantes que quiero mencionar. La relevancia del contexto histórico, ya comentada. El impacto de los cambios sociales y económicos en la realidad individual de las personas. La soledad, el aislamiento, la búsqueda de compañía, la convivencia, el reconocimiento mutuo, el cuidado y la atención al otro, la pertenencia y la necesidad de conexión. El encuentro y la creación de vínculos entre diferentes, a pesar de las barreras culturales e idiomáticas. La resistencia y la capacidad de adaptación frente a las duras y constantes inclemencias de la vida. La transformación personal y el cuestionamiento de las propias creencias. El amor como entendimiento y comprensión, en una vertiente del libro, la que afecta al personaje de Mary -aunque no únicamente- que de manera voluntaria he querido omitir para no destripar aspectos relevantes de la novela. El paisaje no solo como marco o escenario de la historia sino como actor que condiciona los comportamientos: los del gobierno y los terratenientes, con su pretensión de “desalojarlo”; los de Ivar, que lo habita en su soledad algo primitiva; los de Ferguson, que lo explora en busca de seguridad. El valor metafórico de esos parajes isleños: su carácter áspero, desnudo, improductivo, como símbolo de la desposesión que el utilitarismo administrativo quiere aprovechar; su aislamiento geográfico como metáfora de otra forma de vida, que cuestiona las falsas certezas de la “civilización”; la crudeza de la intemperie y el clima que muestra la vulnerabilidad humana y la necesidad de lazos para sobreponerse a ella. 

El libro me ha entusiasmado también por su estilo y por ciertos aspectos meramente literarios. La prosa contenida, minimalista y precisa, aunque emocionalmente densa y muy musical, hecha de frases cortas, en una muestra ejemplar de economía léxica, capaz de condensar, en su sencillez, emociones complejas. El ritmo lento, los saltos en la perspectiva, la introducción de voces, topónimos y vocablos del sustrato nórdico, la sutil incorporación de datos y referencias ajenos a la historia principal (los desahucios, la crisis de la Iglesia), la inclusión de recuerdos y remembranzas de episodios del pasado (la vida anterior de Mary, el encuentro y la boda con John, los familiares de Ivar, desaparecidos en el mar los unos, emigrados a América los otros) que completa y profundiza el perfil de los personajes, son otros motivos por los que el libro me parece sobresaliente. 

Y, ya para cerrar, quiero resaltar algunos de los muchos paralelismos -en los temas, en las ideas, en el estilo, en la construcción de los personajes- que he podido observar entre Oeste y Despejado, que, más allá de la curiosidad que puedan suscitar, son reflejo, a mi juicio, de unas pautas de estilo definitorias de la literatura de Carys Davies (espero que se traduzca de The Mission House, para poder verificar si, en efecto, estamos ante unos rasgos “marca de la casa”). Así, y desde el punto de vista de las ideas y los temas principales, en ambas obras está la idea de la desposesión y el desplazamiento de comunidades (la expansión colonial y la errancia de los pueblos indígenas, en Oeste; y en Despejado, las expulsiones en el marco de las Highland Clearances); está la exploración de la identidad y el sentido de pertenencia, con los protagonistas viéndose obligados a redefinir sus creencias y hasta su personalidad al confrontarse con culturas y espacios distintos; están la soledad, el aislamiento, la separación de los seres queridos y la dificultad de la construcción de conexiones humanas (en el viaje de Bellman y la desolada isla de Ivar); está la crisis de fe (religiosa o no), de creencias o de visión del mundo de los personajes (las dudas de Ferguson que cuestionan sus ideas teológicas y lo llevan a reformular la moralidad de su misión, y el agrietamiento de las convicciones del propio Bellman sobre la naturaleza de la aventura y la conquista); está la importante presencia de grandes fuerzas históricas, de contextos reales que, pese a que los dos libros se centran en experiencias humanas íntimas, operan más allá de la voluntad de los individuos, condicionando sus trayectorias vitales; está, en relación con esta última idea, la visión del colonialismo, que se pone en solfa no a través de mensajes explícitos sino mediante la confrontación, sutil, tangencial, implícita, de la narrativa oficial del colonizador y los relatos, cartas, historias, versiones, “voces” de los colonizados; están los dilemas éticos complejos, sobre la justicia, sobre el deber, sobre la moral, que no admiten respuestas simplistas e interpelan al lector; está la exploración de la lengua como herramienta de conocimiento, comprensión y construcción de la comunidad, mostrada de modo explícito en Despejado, a través del voluntarioso afán de John por aprender el dialecto de su compañero, y de modo inverso en Oeste, mediante el silencio y la imposibilidad de comunicación de Anciana de allá lejos; está el peso de la familia y la separación de sus miembros, que funciona como motor que impulsa la narración (la ausencia y la añoranza de Bess, en Oeste, y los mismos sentimientos de John hacia Mary y de esta por su marido en Despejado). 

En lo que se refiere al estilo y al uso de determinados recursos literarios, no resulta difícil constatar la existencia de una misma “mano” detrás de ambas novelas: la economía y el lirismo en la prosa; su densidad emocional y su belleza poética, que conmueven y emocionan; lo que al comienzo de mi reseña he denominado “montaje en paralelo”, la estructura narrativa en capas, fragmentaria, alternando las perspectivas de Bellman y Bess en Oeste, de John, Ivar y Mary en Despejado, generando tensión narrativa y amplificando los ecos de la historia narrada; el uso del paisaje no como mera ambientación sino como un personaje más, que marca el ritmo del relato y condiciona la experiencia de los protagonistas, conformando su destino y su carácter (la inmensidad del oeste; las rocas y el mar, en una y otra novela); en el mismo sentido, la elección de ambientes extremos y remotos, la frontera americana y su naturaleza vasta, inmensa y hostil, y el islote perdido, con su clima insoportable y su casi inexistente población. 

Hay también ciertas correspondencias en los personajes, en sus planteamientos, en su modo de comportarse. Es el caso de los encuentros culturales a los que se ven enfrentados, bien que con resultados disímiles: Bellman no aprenderá el idioma de su acompañante shawnee, mientras que John se esfuerza por aprender la lengua de Ivar. Igualmente, los protagonistas entablan relaciones que alteran, cuestionan y hasta subvierten los roles esperados. Hay también, una relativa correlación en el esquema triangular de los personajes principales (el aventurero Bellman, el “salvaje” Anciana de allá lejos y, en segundo plano, la mujer, Bess; frente al viajero John, el “primitivo” Ivar y, en otro nivel, Mary). 

En fin, no dejéis de leer estas dos magníficas novelas, y no le perdáis la pista a su autora, que estoy seguro aún nos deparará agradables y muy interesantes sorpresas literarias. Ahora, y como cierre a mi reseña os dejo, en mi habitual complemento musical, con un tema relacionado, en cierto sentido, con ambas propuestas literarias. Se trata de Shenandoah, una canción tradicional norteamericana de principios del siglo XIX. Vinculada a los viajeros que atravesaban en canoa el río Missouri, con referencias también a la cultura de los pueblos indígenas, lo que la conecta a Oeste, el tema se hizo popular entre marinos del mundo entero, singularmente británicos e irlandeses a mediados de ese siglo, cuando se desarrolla la acción de Despejado. Aquí os la ofrezco en la magnífica versión de la soprano noruega Sissel Kyrkjebø junto al legendario músico irlandés Paddy Moloney, líder de los Chieftains y fallecido hace cuatro años, y el músico sueco Kalle Moraeus. 

Antes, un texto de Despejado en el que de un modo poético y muy bello se describe el estado de intensa conmoción emocional que supone en Ivar la cercanía de John Ferguson, y que ejemplifica también el muy relevante papel que desempeña el lenguaje en la novela. 


Antes de la llegada de John Ferguson nunca había pensado en realidad en las cosas que veía u oía o tocaba o sentía como palabras. En los viejos tiempos, el ministro les había leído partes de la Biblia, en un idioma que ellos no entendían, y luego les había gritado en algo que se acercaba a su lengua. Pero era extraño pensar en una hermosa bruma, por ejemplo, o en el frío viento del nordeste que llegaba en primavera y estropeaba el maíz, como cosas sólidas sobre un papel que se pudiera tocar. Se preguntaba, mirando las columnas de palabras, ninguna de las cuales podía leer —ni las de la izquierda, en el idioma de John Ferguson, ni las de la derecha, en el suyo—, si había una palabra en la lengua de John Ferguson para la emoción que sentía cuando deslizaba su dedo a lo largo de la línea entre ambas columnas de palabras, que le parecía que conectaba sus vidas del modo más intenso que cabía imaginar: palabras para aludir a la leche o al arroyo o al escarabajo de alas azules que no sabía volar, que vivía en el prado de la colina; palabras para «fletán» y «establo», y para el nudo que utilizaba en el ronzal de la vaca; palabras para «casa» y «mantequilla», para «hogar» y «suero de leche», para «algas» y para «gallinas». 

Era como si nunca hasta ahora hubiese entendido su soledad del todo; como si, con la llegada de John Ferguson, se hubiese convertido en algo que no había sido nunca, o que no había sido en mucho tiempo: en parte hermano y en parte hermana, en parte hijo y en parte hija, en parte madre y en parte padre, en parte marido y en parte esposa.

Videoconferencia
Carys Davies. Despejado

miércoles, 25 de febrero de 2026

HÉCTOR ABAD FACIOLINCE. AHORA Y EN LA HORA

Hola, buenas tardes. Ayer, 24 de febrero, se cumplieron cuatro años del inicio de la agresión rusa sobre las tierras y las gentes de Ucrania. Cuatro años de invasión, de ocupación por tropas militares; cuatro años de misiles, de bombardeos, de tanques, de disparos; cuatro años, cuatro larguísimos años de violencia, de terror, de torturas, de violaciones, de decenas de miles de heridos y muertos, de cientos de miles de expatriados. Cuatro años de dolor y sufrimiento de una población sometida a los arbitrarios designios del sátrapa Putin, uno de los más implacables, despiadados e inclementes de los que, en estos últimos tiempos, ocupan las portadas de los medios de comunicación. 

Como viene siendo ya una costumbre recurrente desde los primeros días del ataque, y que se repite año tras año, en Todos los libros un libro dedicamos alguna emisión a Ucrania, en estas fechas cercanas a cada nuevo aniversario, con programas centrados en libros referidos a la guerra en sí, a sus causas, a sus consecuencias, a la situación en el frente, a las raíces históricas del fenómeno, a la larga tradición de sometimiento y ocupación que durante siglos ha vivido el país centroeuropeo. Así, he presentado aquí novelas, ensayos, textos y crónicas de índole periodística que nos han permitido, por un lado, conocer mejor la situación que hoy sufre Ucrania y padecen sus ciudadanos y, por otro, avivar en nuestra memoria la realidad de un conflicto que, tras el fragor de las batallas en los primeros meses de la contienda, ha ido diluyéndose, bien que sigue presente, en nuestras preocupaciones cotidianas. 

Hace siete días, y con esta triste excusa ucraniana, recomendé desde el espacio, tres libros magníficos de Phlippe Sands en los que Ucrania tiene un singular protagonismo, sustancial en Calle Este-Oeste y algo menor y tangencial en Ruta de escape y Calle Londres 38; aunque, en cualquier caso, la presencia en ellos de la nación hoy asediada se refería a hechos -crueles, trágicos, dolorosos y lamentables- ocurridos hace más de ochenta años, en el transcurso de la Segunda Guerra Mundial. Por el contrario, mi propuesta de esta tarde nos traslada a escenarios que forman parte del paisaje actual de la guerra, permitiéndonos volver sobre acontecimientos acaecidos en estos casi mil quinientos días de destrucción y amargura, de desolación y catástrofe, de padecimiento y devastación. Antes de ella, en relación con esos hechos y para tener una información aún más directa y profunda de lo que se está viviendo en Ucrania en este tiempo, os recomiendo que no dejéis de ver, aunque no resulte fácil su “digestión”, dos documentales a la vez sobrecogedores e ilustrativos -o ilustrativos por sobrecogedores-, dirigidos por el periodista, escritor, documentalista y corresponsal de guerra ucranio Mstyslav Chernov, 20 días en Maríupol, de 2023, Oscar al mejor largometraje documental un año después, entre otros muchos reconocimientos, en el que se recogen las dantescas jornadas del ataque ruso a la ciudad ucraniana en los primeros días de la guerra (la guerra es como una radiografía, las entrañas humanas salen a la luz, la buena gente se vuelve más buena, las malas personas, más mala), y 2.000 metros hasta Andriivka, de 2025, que recoge la experiencia del director cuando se incrustó en las tropas del ejército de su país en la ofensiva de septiembre de 2023 para recuperar territorio en el Donbás ocupado. 

Hace dos años, emitida al cumplirse el segundo aniversario de la arrasadora irrupción de los ejércitos de Putin en los fértiles campos ucranios, yo presenté aquí, como recordaran quienes siguen de modo habitual el programa, Un hogar para Dom, la clarificadora, ilustrativa, muy interesante y conmovedora novela de la joven escritora ucraniana Victoria Amelina. En aquella reseña yo subrayaba, antes de recomendar de modo entusiasta el libro, la dramática sucesión de infortunadas circunstancias que llevaron a la muerte a su autora, fallecida el 1 de julio de 2023, en un hospital de Dnipró a causa de las heridas sufridas pocos días antes en un bombardeo ruso sobre Kramatorsk, muy cerca del frente de guerra, en el Donetsk, al este de Ucrania, en una criminal acción que desafiaba todas las reglas que rigen el desarrollo de las guerras. Victoria, que desde el comienzo de los ataques rusos había dejado de lado su prometedora y ya para siempre truncada carrera literaria, para entregarse a una valiosa tarea de activista contra los crímenes de guerra, había viajado a escasos kilómetros de las trincheras en compañía del escritor Héctor Abad Faciolince, del diplomático Sergio Jaramillo Caro (responsable de la firma de la paz con las FARC en Colombia) y de la periodista Catalina Gómez, todos colombianos, con la intención, precisamente, de conocer de modo directo la situación en la primera línea de la batalla y documentar las delictivas brutalidades de los invasores. Los cuatro, junto con Dima Kovalchuk, su muy eficiente chófer y fixer -“facilitador”- ucraniano, estaban cenando en una popular pizzería local, muy frecuentada por los reporteros desplazados a la región y por los militares de permiso, que aprovechaban sus jornadas de asueto para encontrarse allí con sus familias, cuando dos ataques con misiles balísticos Iskander, que se sucedieron con pocos minutos de diferencia, provocaron la destrucción del local y las heridas de Amelina, que acabarían por causarle la muerte pocos días después, al igual que a otras doce personas, clientes del local, mientras el resto de sus acompañantes resultaron ilesos. 

La convulsión que supuso en el mundo entero el despiadado bombardeo y, en particular, el impacto emocional que el suceso y sus fatales consecuencias causó en Héctor Abad Faciolince, que estaba sentado frente a Victoria en el restaurante de Kramatorsk en el momento del bombardeo, desembocó en una intensa actividad del escritor colombiano para denunciar la asesina política del imperialismo agresivo de Putin contra el pequeño país vecino y para dar a conocer la figura humana y literaria de Amelina y mantener vivo su recuerdo en la memoria personal y colectiva. Esa intención fraguó, en una primera instancia, en un contundente y emotivo artículo que Faciolince publicó en el diario El País el 23 de julio de ese mismo año, y, más adelante en el sentido epílogo para la segunda edición de la novela de la desgraciada víctima. 

Pues bien, dos años después de aquellos terribles hechos el autor colombiano vuelve sobre ellos en su nueva obra, publicada en mayo de 2025 en el seno de la editorial Alfaguara. Con el título de Ahora y en la hora, el libro, bellísimo (Con la extraña belleza que tienen las cosas tristes), da cuenta de los antecedentes del viaje que lo llevó a Ucrania y, en particular, al frente; aporta algunas notas sobre la muy agitada historia del país; describe los pormenores de aquel trágico incidente; expone con detalle -hay, incluso, un elemental gráfico en el que se representa la situación de los personajes en la mesa sobre la que caería el misil- las circunstancias del momento en que el obús descargó su brutal potencia sobre el restaurante; reflexiona sobre la injusta invasión; traza unos detallados y cariñosos perfiles de los protagonistas, singularmente el de la desgraciada Victoria; discurre sobre algunos temas universales que la guerra y, en particular, el dramático suceso vivido ponen de manifiesto; y, sobre todo, hace un descarnado ejercicio de introspección para indagar en su propia alma, en la inquietud, la ansiedad, los padecimientos, la responsabilidad, la culpa y la afectación de los propios sentimientos en el tiempo que ha pasado desde el momento de la explosión y la consiguiente muerte de Victoria. Estas distintas dimensiones de la obra se presentan entremezcladas, en una narración subyugante que va saltando de continuo de los hechos objetivos al pronunciamiento político, del repaso histórico a la meditación íntima, de la anécdota personal y familiar a las disquisiciones sobre la escritura y la función del intelectual. 

Faciolince abre su obra revelando al lector la situación anímica desde la que encarará la redacción de su libro. Quiero transcribir un largo pero significativo fragmento en el que, ya desde las primeras páginas, podemos apreciar el impacto emocional, la convulsión espiritual, el angustioso terror, la somatización del estrés postraumático que aquejan al escritor tras la sobrecogedora experiencia vivida: 

Apago la luz y en la penumbra completa, con los ojos abiertos, vuelvo a ver la oscuridad, la niebla de la guerra, el humo, la ceguera, el polvo. La ingenua tranquilidad que antecede al estruendo, el silencio absoluto que sigue a la explosión, y los gritos que llegan, el miedo, el horror, los horrores. Veo a Victoria Amélina, que me sonríe desde el puesto que le he cedido, su larga melena rubia que se arquea como el cuello de un cisne, la leve ironía dibujada en la boca. Fue lo último que vi, su sonrisa fantasmal y triste, lo último que veo antes de desplomarme en el pozo del sueño. Me despierto siete horas después, me tomo las pastillas (hipertensión, dislipidemia, gastritis, asma, coágulos, desdicha), me hago mi café, voy al escritorio, respiro hondo. Cada día, para mí, es otra página que pasa. Abro mi cuaderno negro, aliso su primera hoja con la mano, aprieto con tres dedos el bolígrafo de tinta azul que tengo al lado, y voy escribiendo, al tiempo que me fuerzo a exprimir mi memoria, esa que, por suerte, me quiere abandonar. Mi más querido aliado, siempre, es el olvido. 

Asediado por los fantasmas -el obús, el fatal destino de Victoria, el horror- que despertó la explosión, con la sombra de la tan cercana muerte acechándolo (tal vez hice este viaje, y escribo sobre él, para ver si al fin vuelvo a sentirme joven, vivo. Pero haberlo hecho, antes, y ahora escribirlo, en cambio, me hacen sentir mucho más muerto que nunca, al borde de la muerte, y quizá por eso mismo, desde mi regreso, y desde que me obstino en contar lo que viví, más que vivir, agonizo cada día), el autor de El olvido que seremos (su obra mayor, en la que cuenta el asesinato de su padre; Tengo la misma edad, sesenta y cinco años, que tenía mi padre cuando lo mataron, recuerda en Ahora y en la hora) intenta, pues, escribir con el deseo de exorcizarlos (siento la necesidad de contar, hasta donde sea capaz, un breve viaje que hice dentro del largo viaje de mi vida, pues sé que este marcará para siempre los años que me queden por vivir), con una voluntad de liberación personal (este viaje mío a Ucrania —que parecía apenas un pequeño desvío intrascendente—, lo cuente o no lo cuente, nos jodió la vida para siempre) y con el propósito de ofrecer su testimonio de la realidad de esa guerra infame en un país invadido, arrasado, deshecho. 

Persuadido de ese deber, de la obligación moral de escribir sobre mi experiencia en Ucrania, sobre la escritora que murió en mi lugar y mis compañeros de viaje, sobre el sufrido pueblo ucraniano que una vez más está padeciendo el terror y los crímenes de la invasión rusa, Faciolince se ve, sin embargo, en cierto modo bloqueado, se siente incapaz de hacerlo, las palabras ya no fluyen como antes en su dilatada trayectoria de escritor, hay un muro, una muralla infranqueable que me prohíbe el acceso a ese lugar de donde antes las palabras surgían como un manantial limpio, leal, generoso, constante. Su opresión, su miedo, su dolor lo paralizan. Pero se sobrepondrá, por él mismo, por Ucrania, sobre todo por Victoria Amelina, y dejará atrás, no sin dificultades, no sin dolor, no sin quebranto, no sin sufrimiento, la ominosa presencia de los espectrales recuerdos: Todos los viejos corremos el riesgo de volver a tener los mismos miedos que tuvimos de niños, pero me consuelo pensando que ahora, a diferencia de lo que me ocurría en la infancia, ya no les tengo miedo a los fantasmas, sino que me siento amigo de ellos, me gustan, y algo es algo. No, no le tengo miedo a Victoria cuando me visita y se mete sin permiso en la casa, en las páginas de los libros, en los vasos y las tazas, en los cuadros y las fotos. (…) Si pongo en palabras mis fantasías más aterradoras, al obligarlas a ocurrir una vez en letras, en mi mente y en la objetividad del papel, ya no tendrán la fuerza suficiente para repetirse efectivamente en la realidad

El infausto viaje a Ucrania en 2023 que centra su relato comenzó a fraguarse, como ocurre con tantos otros episodios decisivos de nuestras vidas, bastante tiempo antes. En agosto de 2019, dos mujeres jóvenes, una de ellas actriz y la otra filóloga, Anabell Sotelo Ramires y Maryna Marchuk, escribieron a Héctor una carta desde Ucrania. Anabell, directora de un sello editorial recién nacido, significativamente llamado Macondo, y Maryna, su socia, proponían al escritor la traducción y publicación en ucraniano de El olvido que seremos. Lo modesto del proyecto, la juventud y el apasionado entusiasmo de las remitentes, su valentía al lanzarse a una aventura editorial tan hermosa como descabellada en un país que ya entonces había sufrido la invasión rusa en Crimea, decidieron a Faciolince a aceptar la propuesta e implicarse en los trámites y permisos para la traducción y la edición. Fruto de esa colaboración, que se sustanció en un intercambio epistolar algunas de cuyas muestras se incorporan al libro, fue la invitación para asistir a una Feria del Libro en Dnipró y a la presentación de la obra, ya traducida, en Kyiv. Pocos meses después, la pandemia de coronavirus mandó al traste el plan que, sin embargo, se retomó a finales de 2021. El olvido que seremos había obtenido el premio al mejor libro extranjero traducido al ucraniano en ese año y las indesmayables editoras renovaron la invitación. Y llegó febrero de 2022, y con él el horror y, claro está, un nuevo y presumiblemente insuperable obstáculo para que el escritor colombiano visitara Ucrania. 

Las cartas y correos entre Héctor y Anabell y Maryna, preocupadas, temerosas, angustiadas, se multiplicaron en esos primeros meses de la invasión. Faciolince, directamente concernido por una situación que, apenas tres años atrás, no le hubiera tocado de un modo tan intenso, se implicó, con artículos periodísticos, presentaciones, actos diversos, en las campañas de denuncia de la abusiva e ilegal violación de las normas internacionales, de defensa del pueblo ucraniano y de ánimo para sus sufrientes ciudadanos. Ese creciente interés por Ucrania (Desde que empezó la invasión rusa en toda regla, aquel 24 de febrero, yo no hacía más que leer obsesivamente noticias sobre Ucrania) aflora de continuo en la obra, que aparece cruzada por comentarios y reflexiones de diversa índole sobre la historia del país, la agresión de Putin, la realidad de la guerra y la sucesión de atrocidades, secuestros, violaciones, torturas, robos de niños y desgracias varias que ha ocasionado y sigue provocando. Hay, así, menciones a la muy singular situación geográfica del país (La geografía es un destino), que explica en parte su larga trayectoria de ocupaciones. La Galitzia centro europea es una vasta región limítrofe (la etimología más plausible del término Ucrania (Okrayina) nos remite a la raíz krai, que significa lindero o límite de un terreno, y por lo tanto su significado más original sería «tierra fronteriza» o «tierra de frontera», escribe Faciolince), inmensas estepas sin grandes obstáculos difíciles de franquear, que han despertado la codicia y el ansia de rapiña de todo tipo de invasores, casi siempre sus vecinos del este. 

Igualmente, podemos leer interesantes anotaciones sobre las calamidades que Ucrania ha sufrido en su muy dura historia, un persistente encabalgamiento de invasiones, guerras, masacres y tragedias y catástrofes humanitarias, que han amenazado, una y otra vez, su territorio, su identidad y su cultura. De todas ellas, se centra Faciolince en el terror rojo y la hambruna devastadora (el Holodomor) que impuso Stalin en los años treinta del pasado siglo; en las purgas, también estalinistas, de 1934, que supusieron la represión, con detenciones, encarcelamientos y asesinatos, de escritores e intelectuales protagonistas del Renacimiento Cultural Ucraniano con la siniestra intención de borrar cualquier rastro de identidad nacional ucraniana, un propósito este, el logro de la independencia política y la afirmación identitaria, que el país ha tenido que postergar una y otra vez a lo largo de su historia; el Holocausto con el que la Alemania nazi exterminó, a partir de 1941, a la población judía ucraniana -varios millones de personas, un tercio de sus habitantes- siguiendo un protocolo expeditivo, inclemente y brutal (El procedimiento era expedito: de sus casas al gueto y del gueto, en grupos de cientos, al linde del bosque, al fusilamiento, los tiros de gracia y las fosas comunes); y, en un marco temporal más cercano, la anexión rusa de la península de Crimea en 2014, la desestabilización del Donbás a cargo de los mercenarios del temible grupo paramilitar Wagner, y, por fin, la invasión masiva e ilegal, el 24 de febrero de 2022, cuyo aniversario justifica esta reseña, que atentó y lo sigue haciendo de manera despiadada contra un país soberano e independiente desde 1991 que en estos últimos cuatro años ha perdido a decenas de miles de civiles inocentes (en su mayoría niños, mujeres y ancianos) en acciones indiscriminadas y criminales de los ocupantes, además de torturas, secuestros (A los niños no los matan sino que los declaran abandonados y se los dan a familias rusas para que los adopten. Se llevan vivos también a algunos adultos. Detienen a todo aquel que les resulte sospechoso de estar comprometido con la causa de una Ucrania íntegra y libre. En esta región de Izium, se llevaron a más de trescientos prisioneros civiles, la mayoría hombres, pero también mujeres, y muchos de ellos fueron torturados con electrochoques. Otros nunca regresaron. Fueron desaparecidos o siguen presos) y asesinatos programados (Los profesores, maestros, policías, alcaldes son siempre su primer objetivo; ser alcalde es muy peligroso: los rusos suelen matar a los alcaldes; ser escritor también es una profesión sospechosa. En una pequeña ciudad cerca de Kyiv (…) mataron a la alcaldesa, a su marido y a su hijo); ha visto destruidos hospitales, aeropuertos, escuelas, estaciones de tren, centros comerciales, generadores cercanos a plantas nucleares; y ha tenido que soportar el éxodo de dieciséis millones de sus ciudadanos (de un total de cuarenta y un millones de habitantes) desplazados de sus hogares, refugiados en el extranjero, especialmente en nuestra Europa occidental, la mitad de ellos, y el resto en otros lugares de la misma Ucrania. 

En su breve recorrido histórico, que, como digo, no se expone de un modo lineal sino que va surgiendo al hilo del discurso, solo en apariencia digresivo, de su autor, el colombiano intercala referencias a la cultura y, sobre todo, la literatura ucraniana. Comparecen así algunos de los escritores ucranianos que se cuentan entre sus preferidos: Nikolái Gógol, Vasili Grossman, Joseph Conrad, Joseph Roth, Anna Ajmátova, la brasileña Clarice Lispector y la argentina Alejandra Pizarnik, ambas con raíces en Ucrania, pero también otras referencias culturales ajenas a Ucrania: Lorca, Ungaretti, los escritores centroeuropeos que en sus obras “construyeron” para sus lectores la realidad de esa región del mundo, convulsa y fascinante, Philippe Sands, Timothy Snyder, Balzac, Primo Levi, Borges, Orwell, entre otros. 

La indignación ante ese sufrimiento y el inicuo ataque ruso es claramente perceptible en un texto en el que el autor no escatima la dureza de los términos con los que califica la acción de Putin (el más devastador y mortífero conflicto bélico; terrible violación de la ley internacional; inaudito intento por destruir un país independiente; extremo peligro para el mundo entero y para todos aquellos que creemos en la democracia y en la libertad; guerra desgarradora e injusta; invasión desquiciada que para mí representa un caso emblemático de manifestación del mal en pleno siglo XXI). En esta línea, en el libro hay espacio para las afirmaciones políticas de índole general, con reflexiones sobre los logros de Occidente (sin obviar sus deficiencias); sobre la sobresaliente experiencia de la Unión Europea -hoy en parte cuestionada-, en términos de cultura y civilización y su configuración como un espacio de convivencia pacífica en libertad y autonomía individuales; el germen del autoritarismo que se extiende actualmente por doquier; la peligrosa inclinación, que puede detectarse en diversos lugares del mundo, hacia la aceptación -la servidumbre voluntaria- del sometimiento al poder de un hombre fuerte, de un tirano despótico; la obligación moral de luchar -siquiera con actos poco más que testimoniales (pero que a veces cuestan la vida)- a favor de los nobles ideales y las causas justas, el imperativo ético para enfrentarse y resistir al mayor monstruo de maldad del siglo XXI, como califica a Vladimir Putin. 

En el marco de este compromiso cívico y humano con la razón ucraniana, en febrero de 2023, el escritor pensó en aprovechar un viaje que debía hacer desde Medellín, su lugar de residencia, hasta Grecia, en donde había comprometido su asistencia a un festival literario, para programar una visita a Ucrania para apoyar in situ el justo empeño ucraniano. El plan inicial era asistir a la Feria del Libro en Kyiv, permaneciendo solo tres días en el país (un período relativamente prudente, capaz de apaciguar las reticencias personales -el comprensible miedo- y familiares: Ya sé que vas a ir, pero quiero que sepas que no estoy de acuerdo y que si vas me estás haciendo daño, en palabras de su mujer). En la capital ucraniana protagonizaría un par de eventos: la firma de El olvido que seremos, y la presentación de la campaña ¡Aguanta, Ucrania! con Sergio Jaramillo, fundador del movimiento (que reúne a personas de América Latina para respaldar el legítimo derecho de Ucrania a defenderse de una agresión exterior intolerable), con Catalina Gómez, una amiga de años que llevaba ya meses viviendo en Ucrania como reportera de guerra y que actuaría como moderadora del acto, y con Victoria Amélina, la joven novelista y poeta de Leópolis (el nombre occidental de una ciudad que, en función de los diversos ocupantes históricos de la región, es conocida como Lviv para los ucranianos, Lemberik para los judíos, Lemberg para los alemanes, Lwów para los polacos y Lvov para los rusos; un dato que, por sí solo, explica parte de las claves de los seculares conflictos que asuelan al país). 

Una vez en Kyiv, y por entre los actos programados, las escasas horas libres, el tiempo de pasearse por la ciudad y visitar museos, plazas, iglesias, curiosear librerías, asistir, incluso, a alguna obra de teatro, y habiendo manifestado ya públicamente su solidaridad con el país en guerra, el grupo finalizaría su aventura, volviendo a su segura cotidianidad, retomando las habituales citas profesionales y personales en sus respectivas “normalidades”. De modo imprevisto, surge, sin embargo, la idea de prolongar la estancia algún día más y visitar el frente de guerra. Sergio Jaramillo y Catalina Gómez quieren acercarse a las “zonas calientes” del conflicto para conocer de primera mano la situación en esos lugares expuestos, para aumentar el eco de su testimonio, para llevar su mensaje de apoyo al entorno en donde se produce el sufrimiento y para transmitir a los combatientes la admiración por su valiente resistencia. Deciden, para todo ello, desplazarse hasta Kramatorsk, a 21,6 kilómetros del escenario de los combates. Sin plan previsto de antemano, Victoria acepta sumarse al viaje. Héctor “sufre” la insistencia de sus compañeros y deja constancia explícita en el libro de sus reticencias, de la negativa de su familia, con la que mantiene contacto telefónico puntual, de su profundo dilema moral (yo estaba seguro de que no quería ir, pero no estaba seguro de poder resistirme) y, por fin, de su decisión, tomada algo a regañadientes, de sumarse a la arriesgada expedición (Fue así, con cierto melancólico desapego, sin decirles la verdad a mi mujer ni a mis hijos, sin despedirme del todo de ellos, como acepté ir al oriente de Ucrania, un poco resignado, incapaz de oponerme a mi destino).

A partir de este momento, Ahora y en la hora se adentra en un escenario dantesco, el relato del viaje de los tres colombianos y los dos ucranianos, Victoria y el guía Dima; la llegada al destino; la fatal decisión de cenar en la pizzería Ria Plaza; la descripción del momento del atentado, el obús y sus consecuencias inmediatas, con las graves heridas de Victoria; las horas y las jornadas posteriores; la breve y fantasmagórica estancia de Héctor en el hospital; la muerte de Amelina a los pocos días; el regreso; el dolor. 

Faciolince explica las razones, azarosas, por las que eligieron cenar en el Ria (Victoria había estado en el Ria varias veces, una de ellas con Catalina, pero la última vez que habían venido —aunque querían ir— no lo habían podido encontrar. De ahí la insistencia en ir definitivamente a ese, y a ningún otro), y, tras ellas, nos lleva de la mano al lugar de los hechos, describe la estancia, las salas interiores (en donde cenaban todas las víctimas mortales de atentado, salvo Victoria), la terraza exterior (cuyos ocupantes resultarían con heridas leves, menos, una vez más, la propia Amelina, única fallecida en esa zona), algunos de los clientes, civiles y también militares compartiendo con sus familias uno de los escasos momentos de descanso del frente (en particular las jóvenes gemelas Aksenchenko o el soldado estadounidense Ian Tortorici, un exmarine que peleaba en la Legión Internacional desde el principio de la invasión rusa; que merecen una reflexión especial del autor). Vemos a Sergio recorrer el local presentando animoso la campaña ¡Aguanta, Ucrania!; vemos -literalmente, pues se nos muestra un somero plano de la mesa a la que se sientan- la ubicación de los cinco miembros del grupo; conocemos el cambio repentino de emplazamiento por parte de Héctor, cuya limitada audición del oído derecho, lo lleva a ocupar una silla que le permita oír mejor; asistimos, perplejos y progresivamente aterrorizados, al consiguiente desplazamiento de Victoria, que pasa a situarse en el lugar en donde pocos segundos antes estaba Faciolince; sabemos de la petición de bebidas, de la inocente trampa con la que Jaramillo burla la prohibición de beber alcohol que impone la guerra (se agachará bajo la mesa -un gesto que le salvaría la vida- para servir, en su vaso y en el de Héctor, el ambarino líquido de una botella de whisky que llevaba consigo); escuchamos las que serán -y entonces aún no lo sabemos- las últimas palabras de Victoria, risueña frente la preocupación del escritor ante la posibilidad de que se descubra su ingenua “transgresión”: Don’t worry, it looks like apple juice. Y, acto seguido, el horror: 

Fue en ese momento cuando algo estalló encima de nuestras cabezas, o quizá debajo de nuestro cuerpo, o más bien encima, debajo, a los lados, rodeándonos como si fuera una ola del mar. Yo sentí como si el infierno estuviera brotando desde el fondo de la tierra, porque en realidad a mí me pareció que el estruendo venía de adentro, no de afuera. No puedo asegurar si me tiré o me caí al suelo; todo pareció deshacerse por un instante, la vida y el miedo, el tiempo, los sonidos, el lugar donde estaba. Sé que casi enseguida me levanté aturdido, sin siquiera entender si estaba vivo o no (mi último pensamiento, al caer, había sido «nos mataron»). Me toqué el cuerpo porque estaba lleno de una sustancia negra, viscosa, y supuse que estaba herido, aunque no sentía ningún dolor. Esas manchas oscuras, que podían ser sangre, pólvora, tierra negra de Ucrania, me salpicaban la cara y el torso. 

A partir de ahí, un primer atisbo de la cercanía de la muerte (Lo que yo alcancé a percibir en ese momento, creo, antes de que sobreviniera el miedo que reemplaza al sobresalto, fue una sensación de serena sorpresa: ¡ah, conque esto era morir!); después, la conciencia de hallarse ileso (Un tiempo más tarde pude estar seguro de que prácticamente no tenía ni un rasguño, que me había levantado incólume del suelo, ileso y vivo, asombrosamente vivo, aunque ya nunca más volveré a ser el mismo); su incorporación alucinada, aturdida, alejada del mundo, sus balbuceos, sus palabras sin sentido; la constatación de que Catalina estaba viva y sin daño, protegida por el acto reflejo de un Dima incólume, adiestrado para estas eventualidades con su entrenamiento de precauciones, de señales de alarma y de primeros auxilios en tiempos de guerra, que, presintiendo apenas, milésimas de segundo antes, la sombra, el rayo, el silbido del obús, echó su brazo sobre ella, inclinándola sobre el suelo, lo que los salvó a ambos; la comprobación de la leve contusión de Sergio, un hematoma en un muslo, que no impidió su eficiente actividad, buscar un médico, avisar a una ambulancia; la dramática visión de Victoria herida (Puedo recordar a la perfección, pese a todo, y voy a recordarlo siempre, que Victoria estaba muy pálida, más pálida aún de lo blanca que era, con la cabeza levemente inclinada hacia atrás. Entre el polvo, el humo, los gritos, la cámara lenta que sigue a una explosión devastadora, Victoria a veces abría brevemente los ojos como si algún resto de su mente quisiera averiguar lo que pasaba. Le pregunté a Sergio si estaba viva y él me dijo que tenía pulso). Y luego, en el aquel escenario dantesco, la huida enajenada entre el humo y los gritos, entre el caos y la destrucción por doquier, entre los escombros, los hierros retorcidos y humeantes, los cristales destrozados de las ventanas, rodeado de la febril actividad de los sanitarios, de las ambulancias que evacuan a las víctimas. Héctor, perdido el rumbo, atónito, vaga como un zombi por las calles repletas de gente perpleja y desconcertada, mientras repite una y otra vez, entre el estruendo de las sirenas de alarma aérea, I am looking for a shelter, I am looking for a shelter. 
Sabremos luego, ya alejado el escritor en su narración del espanto del momento y con la distancia que establece la literatura (Faciolince tomaba notas en la libreta que siempre le acompaña), de la varilla metálica del toldo de la terraza que atravesó el cráneo de Amelina; de la atención médica a Victoria y de su traslado en ambulancia, intubada y al borde de la muerte, a un hospital especializado en Dnipró; de las llamadas inútilmente tranquilizadoras de Héctor a su mujer, a sus hijos; de su propio paso, rutinario, dada la ausencia de lesiones -al menos físicas-, por el hospital; de un incidente disparatado y desasosegante con un oficial del ejército, que con la excusa de su traslado a otro centro médico cercano, lo conducirá a un local fantasmagórico, un sótano lúgubre en donde se le somete a un interrogatorio y está a punto de ser detenido, en un episodio con tintes oníricos que, al parecer, no fue otra cosa que la necesaria actividad de los miembros de los servicios de inteligencia que, indagando las posibles causas de la explosión, sospecharon del espectral deambular del insólito personaje en que se había convertido el colombiano tras su huida desconcertada del lugar de los hechos (Después de unos diez minutos de discusión, una de las dos versiones ha ganado, sin ninguna pregunta sobre mi salud ni sobre mi profesión, ni sobre nada. Solamente sobre mi nacionalidad. Se han puesto de acuerdo. Hay menos tensión en el aire y creo, solo creo, que he sido declarado inocente. No sé si me ha salvado lo español o lo colombiano, lo viejo o lo idiota, la libreta o la cara de consternación). 

Y sigue la noche terrible en el hotel de Kramatorsk, rodeado de otras personas que habían sobrevivido también al ataque en la pizzería, un pequeño grupo de activistas sociales holandeses, una fotógrafa anglo-sueca, Anastasia Taylor-Lind (que publicaría, meses después, un poema, que os dejo al término de esta reseña, sobre el momento exacto del ataque); y el regreso a Kyiv a la mañana siguiente, gracias a las exitosas gestiones y la habilidad para resolver asuntos de intendencia de un Dima que acabaría por sufrir las consecuencias psicológicas del suceso vivido la noche anterior; las incidencias de un viaje marcado por la presencia militar y los retenes en los numerosos controles de carretera; la llegada al hotel de la capital y el encuentro con Luis de Vega, el corresponsal en la guerra de El País (cuyas espléndidas crónicas yo he seguido desde el inicio de la contienda); el encuentro en el vestíbulo del hotel con Emmanuel Carrère, el novelista francés, que había llegado a Kyiv el día anterior para hablar con colegas escritores y periodistas ucranianos sobre la invasión; el viaje en tren hacia Leópolis, siempre ya hacia el oeste, casa vez más lejos de la batalla, del terror, de dolor, de la muerte; el vuelo, vía Múnich, de Héctor hacia Madrid y de Sergio a Bruselas (Catalina, comprometida, luchadora, valiente, se quedó acompañando a Victoria hasta su muerte); el desagradable encuentro en el avión con un fanático del AfD, el partido ultraderechista alemán; la noticia, recibida de Catalina, del fallecimiento de la joven escritora ucraniana (Hoy es domingo 2 de julio de 2023. Esta mañana, a las 7:31, me enteré de que Victoria había muerto anoche en el hospital de Dnipró. Catalina me reenvió un mensaje de texto que acababan de mandarle: It’s not public yet, but she’s gone yesterday around 23:30. Esto quiere decir que Victoria se murió ayer sábado 1 de julio, alrededor de las once y media de la noche).

En la narración de tan terribles acontecimientos, Faciolince va intercalando breves semblanzas de los protagonistas, presentados con cariño y delicadeza, dibujados con agudeza y precisión. Destaca, como es obvio, el acercamiento narrativo a Victoria, de la que se nos describe su muy especial presencia física; su rostro, serio, sonriente y triste, con esa tristeza que la sonrisa no logra borrar; su palidez, su blancura espectral; sus ojos desamparados pero compasivos; su porte delicado, tenue; su figura casi transparente; su apariencia de fragilidad. Fíjate bien, parece un cisne, comentará Alexandra, la mujer de Héctor, a la vista de las fotos que se trajo su marido documentando aquellos días aciagos. Una caracterización que, más allá de los rasgos externos, es también psicológica y espiritual: su silencio, roto en pocas frases rezumando ironía y humor negro, su desgarro interior (Su actitud me hacía pensar en una viuda reciente o incluso en una madre a quien le hubieran matado a su único hijo en la guerra), también su rabia, su lucidez, su valentía (era una mujer de armas tomar, literalmente: Acabo de comprar mi primera pistola en el centro de Leópolis, escribió en su diario póstumo, Looking at Women Looking at War, Mirando a las mujeres que miran la guerra), su decidido activismo contra la guerra formando parte de Truth Hounds (los Sabuesos de la verdad), una organización para la investigación y denuncia de los crímenes perpetrados por los ejércitos de Putin, su determinación y su firmeza (tras la primera invasión a Ucrania, la de Crimea en 2014, Victoria decidió vestirse siempre de medio luto. Después de la ocupación de 2022 había pasado al luto completo en homenaje y recuerdo de los soldados muertos, los civiles muertos, sus amigos muertos). 

El autor nos ofrece también algunas pinceladas de su infancia y juventud, educada en la cultura rusa; de su madurez personal e intelectual; de la búsqueda de la propia identidad (su crecimiento intelectual, su independencia (…) consistió en irse apartando de la herencia rusa para poder integrarse poco a poco en la conciencia de ser una ciudadana de su verdadero país existente y todavía en ciernes, casi soñado, Ucrania); de su discreta vida personal (un marido informático que vivía en Estados Unidos y con el que estaba en trámites de divorcio; un hijo de once años refugiado en Polonia al cuidado de una tía abuela); su perra blanca, Vovchytsia («loba» en ucraniano), de la que hablaba con alegría y que había sido, quizá, la inspiración del Dom protagonista de su novela); su trayectoria profesional (ingeniera de sistemas reconvertida en escritora de cuentos infantiles, novelas y ensayos; una dedicación literaria arrumbada tras la guerra: Ya es imposible seguir inventándose historias. L a realidad es mucho más intensa). 

Y un Faciolince sincero en extremo da cuenta también de la inicial incomodidad en el trato entre ambos, de una cierta reticencia recíproca, debida, tal vez, al hecho de que ninguno había leído los libros del otro; de la voluntad de solventar esa distancia con el intercambio de sus obras, la noche anterior al atentado, en el pequeño hotel de Kramatorsk; de la trágica y ya imposible amistad póstuma: Creo que ahora incluso le pediría permiso para llamarla Vika, en vez de Victoria, tal como le decían sus amigos. Me he vuelto amigo suyo después de su muerte

Entre todos los participantes en la triste aventura, despunta la poderosa figura de Catalina Gómez, de la que Faciolince traza una estampa formidable, marcada por el cariño y la admiración. Una mujer serena y solidaria, abnegada, vocacional, valiente, constante, lúcida, resuelta, una misionera laica, que ha cubierto como periodista guerras en los sitios más peligrosos del mundo, Gaza, Irak, Irán, Israel, Libia, Siria. Está acostumbrada a ver el horror de cerca y a mirar la muerte, sin parpadear, a la cara, dice de ella su compatriota. Llevada por su dedicación, por su compromiso, Catalina volverá más veces a Kramatorsk después del atentado (Yo sabía que si no volvía pronto no iba a seguir haciendo este oficio. Es como el que tiene una caída grave de un caballo. Si no se monta ahí mismo otra vez, lo deja para siempre), persuadida de la necesidad de estar presente en el lugar de los hechos para intentar entenderlos y dar cuenta de ellos, (eso es Catalina: una mujer que con su mirada nos abre los ojos y nos permite ver más a fondo, es decir, comprender), para contar la verdad de la angustia, la devastación y el dolor de la guerra: Quiero ir a entender, hablar, preguntar y saber. No que me lo cuente alguien que haya estado; quiero ir yo misma. La gente se traga todos los cuentos. Héctor describe, con entregado asombro, su responsabilidad, su implicación, su férrea voluntad, su profesionalidad: Su lema podría ser el de todos los periodistas de pura cepa: si-no-se-va-no-se-ve, los siete monosílabos que representan a los reporteros de verdad

Y hay también un retrato de Sergio Jaramillo, diplomático, muy culto, inteligentísimo, con su desbordante formación, su exitosa trayectoria en la política colombiana, como negociador del plan de paz con las FARC; un hombre práctico, eficiente, firme y resolutivo, tranquilo y amable, agudo, también algo hermético, reservado y evasivo en lo que afecta a su intimidad. En la narración del escritor lo vemos resolviendo problemas, solventando enojosos asuntos de intendencia, entregado sin desmayo a sacar adelante las iniciativas de ¡Aguanta, Ucrania! Y resplandece también la ejemplar figura del abnegado y eficiente Dima, un joven nacido tres semanas antes de la independencia de Ucrania, una vida entera, pues, desarrollada libre de la ominosa influencia de Rusia, un indispensable facilitador de los muchos problemas de logística que entrañaba una situación extrema como el arriesgado viaje al frente de los tres colombianos y la ucraniana. Un hombre para todo, sociólogo de profesión, dueño y chófer del jeep que los transportaba, guía geográfico capaz de elegir las rutas más seguras, traductor del ucraniano al inglés y paciente divulgador de las costumbres locales y, por tanto, insustituible colaborador en la difícil tarea de superar las barreras culturales entre dos mundos tan alejados. Su entereza, sus conocimientos, su experiencia resultaron decisivos a la hora de afrontar los efectos de la explosión, aunque, paradójicamente, no le sirvieron a él para permanecer indemne a los daños psicológicos de la espantosa experiencia. Dima relata a su interlocutor, que nos lo cuenta a los lectores, cómo, superados los primeros días, en los que, en el frenesí y la intensidad de los hechos, fue muy eficaz y resolutivo a la hora de solucionar los aspectos prácticos del momento, fue progresivamente derrumbándose, perdiendo la concentración, viéndose obligado a consultar médicos y psiquiatras, debiendo tratarse de un trauma neurológico, siendo internado en un centro de rehabilitación diagnosticado de estrés postraumático, necesitando tratamiento y un período de cerca de medio año de recuperación. Un personaje entrañable y un ejemplo vivo de los horrores, más allá de los evidentes, de los directamente perceptibles, que causa la guerra. 

Y hay otros personajes, de presencia más fugaz y episódica pero igualmente significativa de la realidad que se pretende mostrar: las fervientes editoras ucranianas; el poeta Vakulenko, asesinado en Járkov; las actrices del teatro local; el actor muerto en el frente; el amigo pacifista de Victoria; las gemelas de catorce años, Juliya y Anna Aksenchenko; Oksana, otra amiga de Victoria, que recoge perros abandonados; los ya citados Luis de Vega, Emmanuel Carrère o Anastasia Taylor-Lind; el padre de Victoria, de aparición postrera pero sustancial en el libro. Además, en un apéndice final, Faciolince nos ofrece la lista de los fallecidos en la pizzería de Kramatorsk, sus edades -tan jóvenes todos-, sus profesiones, en un emotivo recuerdo de sus absurdas muertes. 

El libro interesa, en una segunda línea argumental, imbricada en el hilo central -el funesto episodio del obús-, por la profunda indagación en el trauma personal, no solo físico ni psicológico sino también filosófico y hasta existencial, en el que la dramática experiencia sumió a su autor. En el relato de cada uno de los distintos episodios narrados, aflora la crisis vital de un Héctor Abad que aunque apenas cumplía sesenta y cinco años en el momento de los hechos, no para de angustiarse por los achaques de salud y el deterioro del cuerpo, por el terror ante la vejez, por el miedo a la muerte, por el deplorable balance que hace de su vida. Aflora así, en un autorretrato implacable, una suerte de confesión, una imagen de sí mismo demoledora, la de un hombre atónito y curioso, despistado, con miedo a ser cobarde, irreflexivo, impulsivo e insensato, falto de carácter, irresponsable, dominado por una egoísta voluntad de vivir, atenazado por la culpabilidad (uno no sabe de qué, pero se siente culpable, culpable de estar vivo, de tener que compartir el mundo con los que matan a tus amigos, a tus vecinos, a tu prójimo, y los siguen matando). Un hombre que duda sobre la pertinencia y la oportunidad de su viaje; que cuestiona su arrepentimiento -o la falta de él-; que se fustiga por su narcisismo, que lo pone una y otra vez en el centro de una historia en la que los protagonistas, los desventurados protagonistas, son los otros, los muertos, Amelina, las víctimas, los ucranianos; que sufre por los reproches y las duras críticas de su familia, en particular de su hija (recibí la carta más dura que he recibido en mi vida; quizá también la más sincera, porque siendo en el fondo una carta de amor, es también una carta con la crítica más feroz que se me puede hacer. Mi hija Daniela me acusaba de haber sido vanidoso al ir a Ucrania, y sobre todo al este del país, cerca del frente de guerra); que se retuerce y enloquece por sus remordimientos, por su egoísmo, por su cobardía, por su pronta huida del lugar de la explosión, con Victoria malherida, temiendo un segundo obús (Me porté, sí, como una bestia asustada, pero no con el sentido del deber y de la justicia que todos ellos mostraron. Los tres, Catalina, Dima y Sergio, se portaron con Victoria no como yo, que me escapé espantado, sino como el buen samaritano que se detiene a ayudar a alguien caído). 

Y por entre todas estas vertientes del libro, se cuelan las reflexiones de su lúcido autor sobre numerosos temas de interés: la voluntad de escribir pese a la impotencia a la que condena el drama (Yo pienso, en realidad, que escribo para no morirme y para entender y merecer la muerte. Para aprender a morir, como decía Montaigne); las limitaciones de la literatura para dar cuenta de la realidad (no consigo traducir todo aquello a las palabras. Las palabras no huelen; las palabras no duelen; la escritura no grita; las lágrimas de páginas no lloran, y aunque las hojas tiemblen, tiemblan de otra manera); la culpa propia y la de los ucranianos que se han ido renunciando a defender a su país; la importancia de dar testimonio de la injusticia y los abusos y de homenajear a los ciudadanos de Ucrania (Lo que escribo es, en cambio, un homenaje a los ucranianos que han perdido la vida luchando por ser libres y por ser ellos mismos, sin que una potencia imperial les diga cómo deben ser y a qué tradición histórica, religiosa o política deben pertenecer. Es un homenaje a Victoria y a todos aquellos que han perdido la vida defendiendo su derecho a ser libres y a ser ellos mismos); el pacifismo; el sentido de la vida en un entorno de muerte (¿Qué hacer con una vida cuando esta es excesiva, cuando le sobran muerte y tristeza, aunque también (y en dosis parecidas) vida y alegría? Si pudiera al menos concentrarme en lo bueno, en la alegría, pero no me siento capaz); el azar y el destino (El azar interviene al repartir la suerte de quiénes mueren, pero hay voluntad y crimen en el acto de querer matar el mayor número de personas posible); las coincidencias y los sorprendentes paralelismos entre su propia vida y la de Amelina (Victoria es de la misma edad de su hija Daniela; la palidez extrema de ambas; Simón, el segundo hijo de Héctor, nace el 24 de agosto de 1991, día en que se firma la independencia de Ucrania); el arrepentimiento; la paternidad y la familia; la guerra; el duelo; la importancia de las palabras, de la escritura, de la música para mitigar el dolor; la belleza y la locura (Miro el azul del cielo, azul de Fra Angelico, azul de Giotto, azul de Botticelli, y la música y el azul, por un momento, me devuelven a esa cosa más intensa que extraño: la dicha de estar vivo); la dificultad, a la vez, de olvidar la tragedia (Algunos salen heridos y otros incólumes, indemnes, intactos. ¿Cuál de esas tres palabras describe mejor el hecho de que yo, el más viejo de todos, hubiera salido con apenas un rasguño del infierno?); el problema político de la invasión; el sempiterno asunto del mal (Es necesario hacer una distinción entre el mal en abstracto, impersonal (terremotos, epidemias, meteoritos, tsunamis), y el mal concreto, personificado en algún individuo que tiene, a una breve orden de distancia, un poder de exterminio de dimensiones colosales, masivas y telúricas); el peso de la figura del padre en su propia vida, con menciones a El olvido que seremos; la tortura que supone haber sobrevivido, relacionando su vivencia con la de Vasili Grossman (¿Cuánto tiempo puede durar la euforia de haber sobrevivido al campo de concentración si cuando sales te enteras de que tu familia ha muerto en otro campo? Quizá estés vivo, sí, pero ya alejado para siempre de la vida). 

En fin, un libro altamente recomendable, muy duro, muy triste pero de lectura indispensable. Os dejo ya con el prometido poema, de título Ria Pizza, Kramatorsk, 19:32, escrito por Anastasia Taylor-Lind. Tras él una de las varias canciones a las que se alude en la obra. Escribe Héctor que una de las canciones que más le gustan, Who by Fire de Leonard Cohen, empieza diciendo: 

And who by fire, who by water 
Who in the sunshine, who in the nighttime 
Who in your merry merry month of May 
Who by very slow decay 

[«Y quiénes por el fuego, quiénes por el agua 
quiénes a pleno sol, quiénes de noche 
quiénes en tu feliz feliz mes de mayo 
quiénes por lenta decadencia»]. 

Y, tras transcribir este breve fragmento de su letra, comenta: 

Esta canción se inspira en un lamento fúnebre que los judíos cantan repetidamente entre el Nuevo Año (Rosh Hashaná) y el Día de la Expiación (Yom Kipur). El lamento da otras muchas opciones para morir: «Quiénes de hambre y quiénes de sed; quiénes por terremotos y quiénes por las pestes…». Todos vamos a morir, está claro, pero no sabemos cómo. Si pudiéramos escoger, ¿qué muerte escogeríamos? No sabría decirlo. Lo que sí puedo decir con seguridad es que no quisiera morir como murió Victoria, por el atentado terrorista de un misil ruso contra un blanco civil, en un restaurante en la hora de mayor afluencia de gente común y corriente, y de soldados en licencia para ver a su esposa o a sus hijos. 

Who by fire, pues, en la interpretación de su creador, Leonard Cohen, es mi elección musical para despedir mis comentarios por hoy. 



Ria Pizza, Kramatorsk, 19:32. Anastasia Taylor-Lind

De repente, un estruendo
cae sobre nosotros
hipersónico
 
Dima está sentado frente a mí
aplasto mis palmas sobre la mesa
lo miro
 
sé exactamente
lo que está pasando
fruncida —mandíbula apretada— ojos cerrados
 
un chasquido sordo
la explosión que arroja aire caliente
retuerce el metal… el vidrio
 
golpeando alrededor —más y más—
fragmentos calientes en añicos
en mi costado izquierdo
 
Dima tiene sangre
que corre por su cara
está gritando sótano
 
yo también tengo sangre
empapando mi suéter morado
sangre
 
la boca seca
no me sabe a hierro
me doy golpecitos en los pómulos…
 
cuencas de los ojos… en busca de la herida
mis dedos se deslizan en la
seda de la sangre
 
 
sótano… respirando polvo de ladrillo
mi linterna examina
las heridas de Dima
 
no quiero verlas
pero lo inclino hacia adelante
un corte rojo en lo alto de la cabeza
 
no hay cerebro blanco
no hay metralla… alivio
alivio cuando los soldados toman el control
 
le vendan la cabeza
pregunto ¿Mi cara está bien?
una camarera me da una servilleta roja
 
me lleva la mano
hasta la nariz… hace presión ahí
en mi cara y luego salimos de allí
 
Dima y yo
atravesamos el restaurante volado
sobre vidrios que crujen
 
marcos de ventanas retorcidos…
comida todavía en las mesas… un plato
de papas fritas regado con vidrio
 
salpicaduras de sangre
¿o es kétchup en las mesas?
sillas en la calle
 
el atardecer apenas comienza…
la gente sale de sus casas desconcertada
y mira fijamente… llamo a mamá
 
le digo que estamos vivos antes
de que vea las noticias… nuestro auto
está apachurrado pero arranca a la primera
 
Dima deambula por ahí
buscando una salida
antes de que lleguen las ambulancias
 
 
en la sala de urgencias
gabinete para heridos capaces de caminar
Dima espera
 
a que un médico le cosa
la cara… la sangre le rueda
por el pómulo
 
toma una foto dice Dima
querías hacer fotos
de civiles heridos
 
no sonríe, ni yo… en el suelo un par
de tenis Gucci blancos salpicados de sangre…
pasillo lleno de gente ensangrentada
 
es de noche… en el hotel
las chicas de recepción
están en los escalones de entrada temblando
 
y llorando al ver nuestras caras
Alya me ofrece pepas para los nervios
que ella ya se tomó
 
 
no lloro hasta el otro día
mientras leo sobre los muertos…
todavía hay cuerpos
 
bajo los escombros
cuando volvemos allí
a buscar mi cuaderno…
 
casi todo el edificio ha desaparecido… las paredes
y las ventanas han cambiado de lugar… concreto
losas apiladas a la entrada
 
hay sillas en la calle
hay vidrios en la comida
hay cuerpos bajo los escombros
 
 
misil Iskander… ojiva de 500 kg
precisión de cinco a siete metros
había un soplón… el SBU lo apresa
 
respondo las preguntas de los investigadores
dibujo mapas y hablo con un terapeuta
una sombra se oscurece sobre el patio…
 
rugido repentino de un motor de crucero…
cierro los ojos
el chasquido sordo del impacto…
 
mi sistema nervioso está destrozado hablo rápido
olvido palabras pierdo el equilibrio me duele la cabeza
hoy es el funeral de Victoria
 
al otro lado de su ataúd observo
fotógrafos que se balancean juntos en silencio
en busca de un encuadre
 
cuento cinco lo sé
pero nadie me reconoce al otro lado
sin mi cámara
 
había vidrios en la comida
había sillas en la calle
apenas empezaba a atardecer.


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