Vivo entre muchos libros y extraigo una gran parte de mis ganas de vivir del hecho de que aún leeré la mayoría de ellos. (Elias Canetti)

miércoles, 28 de octubre de 2026

JULIAN BARNES. EL SENTIDO DE UN FINAL

Julian Barnes, un escritor que me entusiasma -y el término no es exagerado- desde que irrumpió de manera exitosa y desbordante en el mundo entero con El loro de Flaubert, la extraordinaria novela aparecida en Inglaterra en 1984 y dos años después en nuestro país, esta siendo el protagonista de una inusual serie de cuatro emisiones consecutivas en Todos los libros un libro (extraña porque nunca había presentado tantas obras de un mismo autor con esta desmesurada continuidad). Mi voluntad de abrir ahora este excepcional ciclo nace tanto de mi deseo de compartir esa pasión por la obra de Barnes, que ha ido creciendo en paralelo a mi constante y fiel devoción lectora por sus libros, de los que he leído, desde aquella fecha remota, casi todos los publicados en España (cerca de una veintena), como en una razón de oportunidad -una innecesaria excusa-, derivada de la presencia del británico entre nosotros, pues, como es sabido dada la enorme repercusión del evento en los medios de comunicación, el pasado 23 de octubre viajó a Oviedo para recibir el Premio Princesa de Asturias de la Letras correspondiente a 2026. 

Tras las dos entregas precedentes, emitidas la semana pasada y centradas respectivamente en Despedidas, la obra autobiográfica con la que, en este mismo año, Barnes dio por clausurada su trayectoria literaria, y Elizabeth Finch, que apareció en 2023 en Anagrama, la habitual editora de sus libros en España, quiero dedicar el programa de hoy a otra novela formidable, El sentido de un final, publicada en 2011, año en el que obtuvo el muy prestigioso Premio Booker, y un año después en el mencionado sello barcelonés y con su más conspicuo traductor a nuestro idioma, Jaime Zulaika. Dejo para la emisión postrera mis comentarios sobre otras tres obras que ya habían aparecido en mis dos espacios de Radio Universidad de Salamanca: La única historia, a la que dediqué dos programas en 2021, y Nada que temer, con otro en 2011, ambos en Buscando leones en las nubes; y Arthur & George, reseñada en Todos los libros un libro en el año 2013, aunque en una versión de mis propuestas muy distinta, más breve en su extensión y más ligera en su tratamiento, sin YouTube como medio de difusión complementario al radiofónico y a este del blog. 

Quiero, antes de adentrarme en mis comentarios sobre El sentido de un final, y como he venido repitiendo en las entregas anteriores del ciclo, que en Buscando leones en las nubes, estoy ofreciendo otra serie, esta de seis emisiones, en la que, desde el pasado 12 de octubre hasta el próximo 16 de noviembre, presento más de setenta interesantes fragmentos de la obra del británico acompañados con canciones, en general -aunque no siempre-intimistas, delicadas y melancólicas, y relacionadas de manera directa o tangencial con los textos elegidos. 


La línea argumental de la novela -que, como luego veremos, no se nos presenta con eta misma secuencia temporal que ahora expondré, sino siguiendo un orden que se acomoda a una cronología más o menos “natural”- gira sobre Tony Webster, un hombre jubilado que lleva una vida relativamente tranquila después de su divorcio (Ahora estoy jubilado. Tengo mi piso con mis pertenencias. Mantengo la relación con unos cuantos amigos de copas y tengo algunas amigas, platónicas, por supuesto). En sus años escolares mantuvo amistad con un par de compañeros que, con esa ingenua y aparentemente imperecedera fraternidad juvenil (Otro detalle que recuerdo es que nosotros tres, como símbolo de nuestra unión, llevábamos la esfera del reloj en la cara interior de la muñeca), con una impulsiva y apasionada rebeldía (Entretanto, estábamos hambrientos de libros y de sexo, éramos meritocráticos, anarquistas. Aunque todos los sistemas políticos y sociales nos parecían corruptos, nos negábamos a considerar otra alternativa que el caos hedonista) y con altas dosis de inocente esnobismo (Sí, desde luego que éramos pretenciosos: ¿para qué otra cosa sirve la juventud? Usábamos términos como Weltanschauung y Sturm und Drang, nos gustaba decir «Eso es filosóficamente evidente» y nos asegurábamos unos a otros que el primer deber de la imaginación era el de ser transgresora), se interesaban por la literatura, la historia y las grandes preguntas filosóficas. Al grupo se incorpora, no sin ciertas distancias, Adrian Finn, un joven especialmente brillante y reflexivo (En esto consistía una de las diferencias entre nosotros tres y nuestro nuevo amigo. Nosotros sobre todo nos cachondeábamos, excepto cuando hablábamos en serio. Él hablaba sobre todo en serio, menos cuando se cachondeaba. Nos costó un tiempo entenderlo). 

La camaradería y las discusiones intelectuales de aquella época han quedado atrás, muy lejos en el tiempo, pero una noticia inesperada obliga a Tony a revisar su pasado. Aquí surge el inevitable spoiler, obligado para dar mínima cuenta de la estructura y el planteamiento del libro: instalado en esa relativamente plácida -y anodina- jubilación, el protagonista recibe una carta de una abogada -bajo esta rúbrica: Relativo al patrimonio de doña Sarah Ford (difunta)- en la que se le informa de que es el beneficiario de un legado hecho por la señora Ford, madre de Veronica, que fuera, en aquella época de juventud, antigua novia de Tony. En la disposición testamentaria, Sarah -que durante el breve noviazgo (alrededor de un año) de su hija con el muchacho apenas había tenido un contacto episódico y fugaz con él- deja a un perplejo Tony quinientas libras y dos documentos. En el primero, una muy sucinta carta de la mujer, refiriendo el contenido de su donación -aunque no las razones que la explican (Puede que te parezca extraño, y para ser sincera ni yo misma sé muy bien mis motivos)-, se alude a un diario de Adrian Finn que estaba en su poder y que ella considera que el antiguo novio de su hija debe conocer: creo que es justo que tengas lo que adjunto. Adrian siempre habló de ti con afecto, y quizá te parezca interesante, aunque doloroso, este recuerdo de hace mucho tiempo. El referido diario, no obstante, no figura en el envío, sino que, tras consultar con la abogada, Tony conoce que está en posesión de la hija de la señora Ford, la cual, ante la insistencia de la letrada, parecía reticente a su entrega. 

La ciertamente insólita situación -la inesperada carta, las inexplicables quinientas libras, el diario de su amigo de juventud legado por la madre de su exnovia, la imposibilidad de acceder a él por las evasivas de aquella Veronica casi olvidada- desencadena en Tony los recuerdos y lo lleva a intentar averiguaciones diversas. Más allá de las acciones concretas, tangibles -citas con la letrada en busca de datos, direcciones, teléfonos; contactos con su propio abogado; localización de Jack, el otro hijo de la difunta; búsqueda de información sobre el paradero de Veronica, de trayectoria vital desconocida para él desde aquella muy lejana relación (Hice algo ligeramente extraño cuando conocí a Margaret [que sería su esposa y de la que ahora lleva divorciado más tiempo del que estuvimos casados]. Borré a Verónica de la historia de mi vida)-, Tony comienza a indagar en sus recuerdos, a rememorar, a reconstruir cómo habían sido las relaciones entre Veronica, Adrian y él mismo. Descubre entonces que la versión que había conservado de su juventud no coincide necesariamente con lo ocurrido, en una dimensión de la novela -lo poco fidedigno de la memoria, la falibilidad de los recuerdos, el pasado como invención, el evanescente marco en el que se inscribe nuestra identidad- coincidente con el de tantas otras obras de Barnes (y, en particular, de prácticamente todas las que comento en este ciclo). 

El sentido de un final se desarrolla así como una investigación retrospectiva en la que los documentos, las cartas y los recuerdos alteran progresivamente la imagen que el narrador tiene de sí mismo. La narración se organiza en dos partes de extensión desigual, pero estrechamente relacionadas. La primera presenta los recuerdos de Tony Webster desde su adolescencia hasta el “presente” de su jubilación, y establece las circunstancias en las que se desarrollaron una amistad -con Adrian-, una relación sentimental -con Veronica- y un suicidio (y, como otras veces, aunque quiero evitar destripes excesivos, no habrá más remedio que revelar la identidad del suicida si quiero aportar algo más que la mera descripción genérica de la trama: se trata de Adrian, que, tras la ruptura de Tony y Veronica, había empezado una relación amorosa con ella), cuyos contornos el narrador cree haber comprendido y que, por lo tanto, aparecen fijados -“explicados”, entendidos ya para siempre- en su memoria. La segunda, mucho más extensa, comienza muchos años después, cuando la inesperada herencia lo obliga a volver sobre aquellos acontecimientos y, como he señalado, a poner en cuestión la versión que ha conservado durante décadas, cuestionando ese “para siempre” al que acabo de referirme. 

La primera parte se remonta a los años escolares, cuando Tony forma parte de ese pequeño grupo de amigos entre los que sobresale Adrian Finn, un muchacho de inteligencia excepcional, reflexivo y precozmente interesado por la filosofía y la historia. La amistad está marcada por la percepción de las diferencias entre ellos. Tony no se considera especialmente brillante, mientras que Adrian posee una capacidad intelectual que lo distingue de sus compañeros. Ellos dos, junto con los otros dos miembros de la pandilla, Colin y Alex, son descritos en esta primera sección del libro -sus debates filosóficos, su grandilocuencia juvenil, su ironía rebelde, sus chanzas, sus rivalidades, las muchas manifestaciones de su adolescente y atrevido despertar a la vida- definiendo el noble, inexperto y algo candoroso ambiente masculino, escolar y social en el que se forman sus primeras ideas sobre el mundo. La remembranza de Tony se detiene así en las conversaciones de aquellos años, en sus discusiones sobre el tiempo y la historia, en los primeros contactos con la sexualidad y en el descubrimiento de que la vida adulta no se ajusta necesariamente a las expectativas que la adolescencia alimenta. El ambiente escolar británico -en la escuela primero y en la universidad después- con sus jerarquías y sus formas de camaradería, está presente como algo más que un mero telón de fondo, siendo el espacio en el que los personajes aprenden a interpretar la experiencia y a construir su propia identidad. Destacan aquí las figuras de algunos docentes, singularmente el cáustico y entrañable Old Joe Hunt, cuyo sistema de control dependía de su capacidad de mantener un aburrimiento suficiente pero no excesivo y que, como profesor de Historia, introduce en la novela las alusiones históricas que tan habituales son -decisivas, en muchos casos- en las creaciones de Barnes. En su inteligente interlocución con Hunt, las intervenciones de Adrian permitirán que el relato -que narra el ahora viejo Tony dando cuenta de la admiración que el muchacho le despertaba- explore las ideas concernientes a la relación entre la historia, los recuerdos imperfectos y la insuficiencia de la documentación, una de las preocupaciones centrales de la novela y otro leitmotiv reiterado en la obra del británico. Así, en un debate escolar sobre la responsabilidad del asesino del archiduque Francisco Fernando en el estallido de la Primera Guerra Mundial, el muy inteligente, excepcional y carismático Adrian afirmará: En realidad, ¿no es todo esto de atribuir responsabilidad un modo de escurrir el bulto? Queremos culpar a un individuo para exonerar a todos los demás. O culpamos a un proceso histórico para eximir a unos individuos. O todo es un caos anárquico, lo que produce la misma consecuencia. A mí me parece que hay, hubo, una cadena de responsabilidades individuales, todas ellas necesarias, pero no tan larga como para que todos puedan simplemente echar la culpa a todos los demás. Pero está claro que mi deseo de atribuir responsabilidad podría ser más bien un reflejo de mi mentalidad que un análisis correcto de lo que sucedió. Es uno de los problemas centrales de la historia, ¿no, señor? La cuestión de la interpretación subjetiva versus la objetiva, el hecho de que necesitamos conocer la historia del historiador para comprender la versión que nos expone, en lo que es para mí la clave sustancial de la novela, circunstancia que justifica la transcripción del largo fragmento. 

Esa mirada retrospectiva de Tony nos informa de los estudios posteriores de Adrian en Cambridge, los más modestos del narrador en Bristol, y, de manera principal, la relación sentimental de Tony con Veronica Ford, una joven cuyo carácter reservado, distante y enigmático desconcierta al protagonista, haciendo que su noviazgo -extraño, incómodo, desajustado- se desarrolle entre la atracción y la inseguridad y las inhibiciones del chico, la desigualdad en el modo de entender el vínculo amoroso y una continua disputa sobre la intimidad, el deseo y las expectativas amorosas. Todo ello conduce al fracaso de la relación entre ambos. Hay, a continuación, episodios muy relevantes, que no puedo referir sin desvelar elementos sustanciales de la trama. Con esta premisa restrictiva, resumiré esta primera parte en una secuencia, que aparece ordenada en la rememoración del narrador: una juventud compartida, una amistad intelectual, una relación sentimental fallida, una carta desafortunada y el referido suicidio (elementos, estos dos últimos, cruciales, aunque no quiero aportar más detalles sobre ellos). Sí insistiré en el hecho de que en su recuerdo, teñido de una cierta melancolía, Tony aporta su explicación, su plena comprensión de lo vivido, su interpretación ya “redonda”, ya clausurada, de los enigmas que esos acontecimientos encerraban, inconsciente de la necesidad de una revisión, de un replanteamiento radical. El retrato del personaje que surge de esa primera sección del libro es el de una persona estable, moderada, que ha tenido una trayectoria profesional sólida, se ha casado, ha tenido una hija y se ha divorciado de manera relativamente amistosa. Alguien “normal” que, el su repaso apresurado de su vida, no se nos muestra como un hombre torturado por el peso del pasado, ni especialmente desgraciado, ni angustiado por oscuras emociones nacidas en sus experiencias juveniles y que pudieran perturbarlo. Su existencia ha transcurrido sin acontecimientos extraordinarios -no lo han sido, en realidad, ni la amistad, ni la ruptura amorosa, ni el suicidio del amigo, ni el divorcio-, y él ha aprendido a aceptar esa moderación como una forma razonable de felicidad. 

La segunda parte destruye esa imagen de tranquilidad y de sentido aposentado de la primera. Por de pronto, la disposición testamentaria lo desconcierta, por sí misma y por su contenido: ¿por qué la madre de Veronica -con la que no había tenido en su momento más que un muy circunstancial contacto- ha pensado en él, tantos años después, para, en la hora de su muerte, dejarle ese legado? ¿Y por qué habría de heredar él un objeto tan íntimo, como el diario de Adrian, vagamente relacionado con una amistad que había quedado atrás hacía tanto tiempo? El diario se convierte así en el centro de una búsqueda que Tony no había previsto, ni siquiera imaginado. Intenta ponerse en contacto con Veronica, pero ella se muestra renuente y no le proporciona la información que desea: el documento no está a su disposición pues Veronica se niega a entregárselo. 

A partir de ese momento, el pasado deja de ser el territorio clausurado que se nos mostró en las primeras páginas del libro. Tony revisa las circunstancias de su relación con Veronica, intenta comprender la voluntad de Sarah y procura reconstruir los acontecimientos que rodearon la muerte de Adrian (aparte de estos cuatro personajes hay un quinto con “peso”, Margaret, la exmujer de Tony, con la que sigue viéndose y compartiendo sus reflexiones sobre la vida). La búsqueda del diario funciona como un mecanismo narrativo de investigación (hay un punto -ligero pero apreciable- de thriller en el libro, en tanto la historia encierra secretos, misterios, enigmas, que el lector quiere conocer, aunque deba esperar al término de la novela para aclararlos; y ni siquiera entonces podrá formarse una opinión definitiva, del todo aclaratoria, en un final abierto a distintos interrogantes), pero también como una indagación en su propia personalidad. Tony quiere saber qué ocurrió, pero al mismo tiempo, necesita averiguar por qué su recuerdo de lo ocurrido no basta para explicarlo. En el proceso de reconstrucción se va revelando de una contradicción muy relevante. La versión de su juventud que Tony “se ha transmitido”, el relato que se ha venido contando a sí mismo, se muestra cada vez menos fiable. Sus recuerdos no son necesariamente inventados, pero han sido seleccionados y organizados de modo que ciertas acciones pierdan importancia, determinados comportamientos de los demás parezcan incomprensibles y su propia responsabilidad en todo ello (que no quiero desvelar) quede reducida a un episodio menor. La novela conducirá, en su conclusión, a una sorprendente e inesperada revelación (que, sin embargo, el lector avezado va viendo venir) que altera de forma radical la interpretación de la relación entre Adrian, Veronica, Sarah y Tony (y también, de manera obvia y sustancial, la concepción que el narrador se ha hecho de sí mismo). No obstante, y como he señalado, la verdad que emerge no permite reconstruir del todo cada detalle de lo ocurrido ni convierte al protagonista en un personaje que pueda explicarse definitivamente. Lo que hace es mostrarle que la historia que contaba sobre sí mismo era incompleta en un sentido más grave que el simple olvido de algunos episodios. 

En este desvelamiento final reside gran parte del valor universal de la novela, en tanto pone en contacto al lector -a cualquier lector- con una experiencia común que todos conocemos en mayor o menor medida: la fragilidad de la memoria, lo evanescente de los recuerdos, la volatilidad de las reconstrucciones del pasado, la imposibilidad de acceder a una interpretación concluyente, definitoria, incuestionable y evidente de quienes en realidad somos (sin que ello, claro está -Barnes es un novelista de una alta exigencia moral-, signifique que el pasado deje de tener consecuencias, ni que el hecho de que una persona no pueda conocerse por completo la exima de responsabilidad; antes al contrario, la apuesta literaria del británico enfatiza la importancia de la búsqueda, de la indagación, del pensamiento, del intento honesto por acercarse a la verdad y dar cuenta del proceso seguido). Desde este punto de vista, me resulta extraordinariamente acertada la descripción de Barnes leída en un artículo reciente: un novelista de las incertidumbres. 

Como puede apreciarse, este somero resumen de la tesis central del libro resulta coincidente -y quizá, a juicio de quien me sigue, reiterativo- con el análisis que en anteriores reseñas he hecho de otros títulos del británico. Y es que, como también he señalado, Barnes escribe siempre el mismo libro; o mejor, escribe siempre de unos temas y siguiendo unos planteamientos y unas estructuras recurrentes, aunque aparezcan engarzados en historias distintas protagonizadas por personajes diversos. De este modo, en El sentido de un final -como, por otro lado, ocurría también en Despedidas y Elizabeth Finch, sus otros dos libros hasta ahora reseñados; y sucederá también en las tres obras que aún comentaré dentro de unos días en la última entrega del ciclo- se condensan de modo espléndido -de ahí, quizá, la concesión del Booker- algunos de esos “ejes” tan reconocibles: la voz retrospectiva, el narrador poco fiable, el contraste entre documentos y recuerdos, el desplazamiento del significado mediante una revelación tardía, la conversión de un narrador aparentemente anodino en una figura de alcance universal, la experimentación narrativa, la ironía intelectual, la reflexión sobre la memoria y la consabida relación entre la verdad y las historias que contamos; entre otros muchos. Quiero repasar ahora, ya brevemente, algunas de esas pautas, tanto las que se refieren al contenido, a los asuntos que trata en sus libros, como las de corte formal, vinculadas al estilo y los recursos literarios. 

El asunto central es, sin duda, el de la memoria. Aparte de lo ya comentado al respecto, quiero hacer una ligera mención a un detalle que desconcierta al lector al afrontar las primeras líneas del libro y que, solo alcanzará su pleno significado al avanzar en su lectura; un sentido vinculado, precisamente, a esta cuestión nuclear de la memoria. Así empieza El sentido de un final (y discúlpeseme, una vez más, la extensión de la cita, por su significativo valor): 

Recuerdo, sin un orden concreto: 
- la reluciente cara interior de una muñeca; 
- el vapor que sube de un fregadero mojado cuando jocosamente se introduce en él una sartén caliente; 
- gotas de esperma alrededor de un desagüe, antes de que las engullan las largas tuberías de la casa; 
- un río que fluye absurdamente cauce arriba y los rayos de media docena de linternas que lo persiguen e iluminan su chapoteo y sus ondas; 
- otro río, ancho y gris, y el viento recio que agita su superficie y encubre la dirección de su flujo; 
- agua de bañera que se ha enfriado hace mucho detrás de una puerta cerrada con llave. 
Esto último no lo vi realmente, pero lo que acabas recordando no es siempre lo mismo que lo que has presenciado. 

Aquí ya está todo: los recuerdos, su poca fiabilidad, la incertidumbre que de ello deriva, el carácter incompleto y heteróclito de nuestras rememoraciones, su aparente falta de sentido. “Recuerdo”, escribe Barnes; y a continuación, una secuencia dispersa que parece, inicialmente, una representación de esa naturaleza fragmentaria de la memoria: recuerdos que emergen sin una relación evidente, impresiones visuales que no se ajustan a una cronología, escenas cuyo significado permanece incierto, episodios abiertamente “inventados” (o, en cualquier caso, no vividos en persona ni conocidos de modo directo). Sin embargo -y como es habitual en un escritor que articula estructuras narrativas muy minuciosamente construidas- esa disposición inicial no es arbitraria. Esos “fogonazos” adquieren resonancia conforme avanza la narración y el lector descubre sus relaciones con los acontecimientos de la juventud de Tony. 

Hay un artículo espléndido de la profesora Elizabeth Purdy, de la Universidad de Leeds, ‘You still don’t get it. You never have and you never will.’: Memory as an Echo Chamber in Julian Barnes’s The Sense of an Ending (“Simplemente no lo entiendes… Nunca lo entendiste y nunca lo entenderás”: La memoria como cámara de eco en El sentido de un final de Julian Barnes), publicado en 2020 en MHRA Working Papers in the Humanities, y al que he llegado gracias a la estimulante recomendación de nuestra amiga común (mía, de los lectores y del universo mundo), la Inteligencia Artificial, en el que su autora, a partir de esa frase que Veronica espeta a Tony más de una vez en su controvertido contacto ya en su edad avanzada -Simplemente no lo entiendes… Nunca lo entendiste y nunca lo entenderás-, examina detenidamente esa lista de recuerdos del narrador para demostrar que son comparables a una secuencia de ecos que reflejan la trama de la novela: ciertos recuerdos se repiten y adquieren una importancia que distorsiona la percepción de otros acontecimientos. Porque no ocurre solo que la memoria nos permita reconstruir nuestra vida a partir de recuerdos incompletos, sino que, además, esa reconstrucción es, en realidad, una “recreación”, una “invención” (la memoria como actividad narrativa, como literatura, esa vertiente fascinante de la obra de Barnes), alejada -a veces muy distante- de la fidelidad a lo ocurrido y que opera como filtro en nuestra conciencia. Establecemos relaciones, seleccionamos momentos, otorgamos importancia a ciertos acontecimientos y subordinamos otros a una explicación general ya presuntamente consolidada, cerrada y admitida como “verdadera”. El recuerdo no es únicamente la persistencia de un hecho, sino también, y sobre todo, el sentido que le atribuimos, el “final” desde el que “narramos” retrospectivamente nuestra existencia. Y es que, aunque la vida se desarrolla como una sucesión de acontecimientos que no siempre presentan un orden evidente, nosotros necesitamos establecer relaciones entre el pasado, el presente y el futuro. Los relatos -los literarios y los que nos contamos a nosotros mismos- permiten convertir esa sucesión en una estructura, distinguiendo comienzos, desarrollos y finales, y utilizando el desenlace para interpretar retrospectivamente lo que ha ocurrido (de ahí, creo, el título de la novela, El sentido de un final).

La súbita irrupción del pasado -bajo la forma del legado de Sarah Ford- en la vida de Tony le obliga a reconsiderar su historia pero también lo enfrenta a la imposibilidad de comprenderla del todo. El protagonista sabe ahora que no es la misma persona que fue a los veinte años, aunque tampoco puede considerarse independiente de las acciones que entonces realizó. La identidad de Tony se sostiene sobre la continuidad entre el hombre que fue y el que cree ser. Su autobiografía le permite reconocer al adolescente que tuvo una relación sentimental frustrada, al joven que perdió a un amigo y al adulto que ha construido una vida familiar relativamente estable. Los acontecimientos parecen formar una secuencia que explica cómo ha llegado hasta el presente. Pero la revisión del pasado altera esa continuidad. La conclusión es, a la vez, de una lucidez extrema y de un cierto desasosiego: si la memoria es una de las principales formas de relación con el pasado, ¿qué sucede cuando descubrimos que nuestra propia historia ha sido construida sobre omisiones decisivas? Ese descubrimiento puede abrir una posibilidad de conocimiento, pero no garantiza que el individuo llegue a comprenderse por completo, llegue a saber quién es, a conocer su identidad. 

Conectados con este primordial aparecen otros temas interesantes, presentados ya a vuelapluma: las reflexiones sobre la Historia, sobre los límites de la reconstrucción histórica, sobre el valor de los documentos y su relación con la verdad, también sujeta a la interpretación de quienes intentan establecer una secuencia inteligible (sirvan como prueba las versiones disímiles, contradictorias, casi radicalmente opuestas, en torno a nuestra “Memoria Histórica”; escribe Barnes en boca de sus personajes: La historia son las mentiras de los vencedores (…) también los autoengaños de los derrotados); el tiempo y el modo en que los años modifican nuestra percepción de los acontecimientos, abriendo una brecha, una distancia muchas veces insalvable entre el tiempo vivido y el tiempo recordado (Ti-yi-yi-yime is on my side, yes it is», canturreaba yo, a dúo con Mick Jagger mientras giraba solo en mi cuarto de estudiante; una mención explícita a tan sustancial asunto en una canción que, obviamente, cerrará esta reseña); la culpa y la dimensión moral de la novela, que hace su aparición cuando la investigación de Tony deja de ser una simple búsqueda de información y comienza a cuestionar su responsabilidad en los acontecimientos, en una derivada de la historia que no he querido detallar; en el mismo sentido, relativo a la ética, la novela cuestiona la facilidad con que convertimos nuestras impresiones en certezas, de modo que una interpretación equivocada puede parecer inocua mientras permanece en el ámbito de la memoria privada, pero adquiere consecuencias cuando determina nuestra conducta, condiciona nuestras relaciones o nos permite desentendernos del sufrimiento ajeno (todo ello se manifiesta en la incapacidad de Tony para comprender a Adrian y, sobre todo, a Veronica, pues el protagonista ha conservado una explicación de su conducta que le permite entender la ruptura con ella como el resultado de una incompatibilidad sentimental; pero la mujer no se ajusta a esa representación; una vez más: Simplemente no lo entiendes… Nunca lo entendiste y nunca lo entenderás). Barnes aborda también el resentimiento, la amistad, el suicidio, la relación entre conocimiento y autoengaño, entre otros sugestivos hilos a los que se abre su relato. 

Desde el punto de vista formal, y ya para terminar, quiero llamar la atención sobre la “arquitectura” que sostiene la narración, esa división en dos partes ya comentada que ejemplifica de manera expresa las tesis de Barnes: en la primera, una versión de los hechos que proporciona información suficiente para dar por comprendido -pese a ciertas ambigüedades- el desarrollo de la historia; y en la segunda, otra interpretación que obliga al lector a revisar sus propias conclusiones, porque -llevado por la mano sabia del escritor- ha aceptado como marco de referencia una narración que ahora se revela incompleta. 

Por otro lado, es sobresaliente el mantenimiento de la voz en primera persona a lo largo del todo el texto, apuntando con ello al hecho de que esa revisión nace de la misma conciencia que había construido la versión inicial, lo que da hondura al “fenómeno” y lo dota de mayor profundidad que si ese cambio de perspectiva -esa “revelación”- se hubiera hecho desde “afuera”, a través de las impresiones de otro personaje. 

En otro de los rasgos típicos de Barnes, y que ya he comentado en otras reseñas, esa voz narrativa se nos muestra sencilla, contenida, conversacional, sobria, a menudo irónica, en muchos momentos dubitativa. La prosa del británico, precisa, ajustada, alejada de la espectacularidad, del ornamento artificioso, de la pedante demostración de brillantez, ocultando incluso el inmenso oficio del autor, hace avanzar la narración mediante observaciones cotidianas, recuerdos escolares, comentarios sobre la vida familiar y pequeñas reflexiones que parecen surgir de manera espontánea. Y ahí, en esa franqueza, en esa naturalidad -muy trabajada-, en esa llaneza residen parte de las intenciones de fondo del escritor: el narrador no nos engaña, habla con sinceridad, pero lo que nos cuenta no es fiable, pues obedece a los mecanismos de la memoria, que -sin necesidad de mentirse- reformula, idealiza, recompone, embellece o distorsiona lo que creemos haber vivido. 

Subrayo, para finaliza, el uso de la elipsis, otra muestra más de lo excepcional del estilo de Barnes. El libro es breve. Y lo es porque el autor así lo quiere, rechazando -yo debería aprender de él y reducir estas farragosas reseñas- plantear y desarrollar las explicaciones de lo que relata. El acento se pone en aspectos en apariencia menores -gestos, conversaciones y recuerdos parciales-, mientras que los acontecimientos más importantes aparecen rodeados de silencios que solo se comprenden plenamente tras avanzar en la lectura. De nuevo fondo y forma van de la mano, pues la elipsis, más allá de ser un mero recurso para acelerar la narración, representa la manera en que la memoria deja fuera ciertos aspectos de la experiencia. De este modo, el texto reproduce, mediante un procedimiento “técnico”, la incompletitud del conocimiento de Tony. La maestría de Barnes se pone de manifiesto así en un doble sentido: dosifica la información con habilidad narrativa para mantener las dosis de intriga, misterio y enigma que el relato contiene, pero esa sagaz administración le sirve para plantear las importantes preguntas sobre la memoria y la interpretación del pasado. 

En fin, otra novela memorable del reciente Premio Princesa de Asturias de las Letras. Cierro ya esta tercera y penúltima entrega de la serie a él dedicada con un fragmento del El sentido de un final que reproduce una de las reflexiones juveniles de Tony en sus días escolares. Tras él, y seleccionada de entre las varias referencias musicales de la novela, Time is on my side, un clásico de los Rolling Stones, al que el narrador alude en más de una ocasión y que, como he señalado en mi crítica, se relaciona con uno de los ejes temáticos principales del libro, el del tiempo.  


Sabíamos por nuestras lecturas de la gran literatura que el amor entrañaba sufrimiento, y de buena gana habríamos adquirido cierta práctica en el sufrimiento si hubiera una promesa implícita, quizá incluso lógica, de que el amor podría estar caminando a nuestro encuentro. 

Éste era otro de nuestros temores: que la vida no resultara ser como la literatura. Mirad a nuestros padres: ¿eran ellos material literario? A lo sumo podían aspirar a la categoría de espectadores o transeúntes, a formar parte de un telón de fondo contra el que podían acontecer cosas reales, auténticas, importantes. ¿Cómo qué? Como las cosas de las que trataba la literatura: el amor, el sexo, la moralidad, la amistad, la felicidad, el sufrimiento, la traición, el adulterio, el bien y el mal, los héroes y los villanos, la culpa y la inocencia, la ambición, el poder, la justicia, la revolución, la guerra, los padres y los hijos, las madres y las hijas, el individuo contra la sociedad, el éxito y el fracaso, el asesinato, el suicidio, la muerte, Dios. Y las lechuzas [una referencia a un poema que los chicos habían leído en una de sus clases]. Había, por supuesto, otras clases de literatura —teórica, autorreferencial, lacrimógenamente autobiográfica—, pero sólo eran pajas mentales. La auténtica literatura trataba de la verdad psicológica, emocional y social tal como la mostraban las acciones y reflexiones de sus protagonistas; la novela versaba sobre el carácter desarrollado a lo largo del tiempo. Esto es, por lo menos, lo que nos dijo Phil Dixon. Y la única persona —aparte de Robson— cuya vida hasta entonces contenía algo remotamente novelesco era Adrian.
 
Videoconferencia
Julian Barnes. El sentido de un final 

domingo, 25 de octubre de 2026

JULIAN BARNES. ELIZABETH FINCH
 
Con los ecos, aún recientes, de la presencia de Julian Barnes en nuestro país, a donde acudió, el pasado 23 de octubre, para recibir, en el ovetense Teatro Campoamor, el Premio Princesa de Asturias de la Letras correspondiente a 2026, Todos los libros un libro continúa esta semana el breve ciclo dedicado a recomendar la obra del británico, una serie iniciada hace cuatro días con mi reseña del excepcional Despedidas, la que será, en declaración explícita del autor -manifestada en el propio seno del libro y en infinidad de intervenciones públicas fuera de él-, la última publicación del espléndido escritor. 

Mi propósito en relación con las tres emisiones que aún restan para poner fin a este ciclo “barnesiano” es ofrecer unos apuntes someros sobre algunas otras obras de Barnes, elegidas entre las más recientes de su producción, pues, siendo excelentes la mayoría de su larga veintena de libros (de los que he leído casi todos) son estos últimos los que más recuerdo, conservando de ellos, además, mis notas de lectura (una práctica, la de recoger por escrito mis impresiones de los libros que leo, relativamente reciente en mi vida; apenas quince o veinte años de minuciosa y “productiva” tarea). De este modo, presentaré ahora Elizabeth Finch, dejando para la próxima entrega de la serie mis comentarios sobre El sentido de un final y recuperando asimismo, en el último programa del ciclo, mis notas sobre La única historia y Nada que temer, ya aparecidas de modo sucinto en Buscando leones en las nubes, mi otro espacio en Radio Universidad de Salamanca, y de Arthur & George, que también reseñé aquí en 2013, aunque en un formato de Todos los libros un libro muy distinto al actual y sin presencia en YouTube. Aprovecho la ocasión para sugerir a quien quiera ampliar la información sobre Barnes que se adentre y escuche la larga serie de seis programas de Buscando leones en las nubes que, desde el pasado 12 de octubre hasta el próximo 16 de noviembre, se están emitiendo en Radio Universidad de Salamanca. En cada uno de ellos aparece una selección de textos de la obra del británico acompañados, como de costumbre en el programa, con canciones exquisitas, elegantes, en general intimistas y siempre bellísimas. 

Esas limitaciones de mi memoria a las que me he referido -y las de mi tiempo, y del espacio, tanto radiofónico como bloguero- me impiden comentar libros fundamentales como El loro de Flaubert, que supuso el “descubrimiento” internacional de Barnes en 1984, publicándose en España hace ahora cuarenta años, en 1986, Mirando al sol, Niveles de vida, Antes de conocernos, Hablando del asunto, Inglaterra, Inglaterra o Una historia del mundo en diez capítulos y medio, que me entusiasmaron cuando los leí, en ese personal itinerario de devoción “barnesiana” iniciado hace ahora cuarenta años. 

En un recorrido que sigue, con alguna excepción, un orden cronológico inverso, comienzo recomendando con entusiasmo Elizabeth Finch, la última novela (si aceptamos que, en definitiva, Despedidas no encaja en tal adscripción genérica) de nuestro invitado. Publicada en 2022 en su país y un año después en el nuestro, siempre en Anagrama y con traducción, en este caso, de Inga Pellisa (los restantes títulos los vierte al español su traductor habitual, Jaime Zulaika), el libro es, una vez más (hace siete días yo hablaba, asumiendo mi ignorancia y, por tanto, lo atrevido y probablemente inexacto de mis juicios, de que, en el fondo, Barnes escribe siempre la misma obra), una muestra ejemplar de las preocupaciones temáticas y de los planteamientos y recursos formales de su autor. De entrada, una línea argumental adelgazada al extremo. Neil, un hombre acercándose a la mediana edad (yo ya tenía treinta y tantos años) cuya vida profesional y afectiva relativamente convencional (más allá de dos divorcios y tres hijos de mujeres distintas: un mundo de matrimonios fracasados, niños exitosos y una carrera errática), decide matricularse en un curso, Cultura y civilización, impartido por Elizabeth Finch, una profesora de enorme prestigio entre sus alumnos. La experiencia, deslumbrante por la singular personalidad de la mujer, modificará profundamente su manera de entender la historia, la literatura y el pensamiento y hasta su vida. Años más tarde, tras la muerte de Finch, Neil recibe del hermano de ella, Christopher, parte de sus documentos personales -escritos, cuadernos, agendas, papeles varios- y emprende la tarea de ordenarlos e interpretarlos. Esa investigación lo conducirá de modo más o menos natural hacia la figura del emperador Juliano, objeto principal del interés intelectual de la profesora y uno de los personajes más controvertidos de la Antigüedad tardía, conocido tradicionalmente como “el Apóstata”, cuya trayectoria histórica acabará por ocupar un lugar central en el libro. 

Como puede imaginarse, una sinopsis semejante apenas permite intuir la verdadera naturaleza de la novela. En realidad, Barnes utiliza esa trama mínima para plantear una serie de cuestiones que son las que han venido atravesando toda su obra de madurez, presentes por lo tanto en casi todos los libros en los que me detengo en mis reseñas de estas dos semanas. Entre otras, ¿qué significa comprender realmente a otra persona?, ¿hasta qué punto es posible reconstruir una conciencia desaparecida?, ¿cómo se transmite el conocimiento?, ¿qué diferencia existe entre acumular información y desarrollar una verdadera inteligencia crítica? Todas ellas giran sobre sus temas acostumbrados a los que ya me he referido hace unos días al hablar de Despedidas: La memoria y la difícil reconstrucción del pasado; la incertidumbre de la verdad, que se escabulle entre distintas versiones de lo vivido; la historia como interpretación y como relato que se reconstruye una y otra vez; el azar y la vulnerabilidad de nuestras vidas, sometidas al albur de un destino impredecible; la identidad personal como artificio y, por tanto, la dificultad de conocerse cabalmente a uno mismo; la muerte, la ausencia y la persistencia de los vínculos a lo largo del tiempo; el amor, la amistad y las relaciones sentimentales asimétricas en las que cada parte se vincula en distinto grado; la fragilidad de las relaciones humanas y la fragilidad del matrimonio; la literatura como investigación y como forma de conocimiento; la cultura, la religión y la revisión de las ideas heredadas; el humor que relativiza; la ironía y la desconfianza ante las explicaciones demasiado seguras. 

La novela afronta estos asuntos y responde a estas preguntas no mediante un planteamiento ensayístico (aunque una de sus tres partes, como luego veremos, se acerca claramente al género), ni sosteniendo afirmaciones dogmáticas (un enfoque absolutamente alejado del discurrir tentativo, escéptico, intelectualmente cauteloso y en apariencia vacilante y aproximativo -solo en la superficie; la estructura y el tono de sus novelas están muy trabajadas- habitual en Barnes), sino a través del ejemplo de Elizabeth Finch, un personaje de una compleja e inclasificable naturaleza, de una poderosa inteligencia -y, por ello, de un arrebatador atractivo- y cuya brillante irradiación ilumina la novela entera seduciendo al lector en cuya memoria permanece para siempre. 

Desde su primera aparición, Finch escapa a cualquier estereotipo. Barnes evita cuidadosamente presentarla como una profesora carismática en el sentido convencional del término. No busca deslumbrar a sus alumnos mediante exhibiciones de erudición ni intenta construir una personalidad excéntrica destinada a impresionar a quienes la rodean (No tenía ninguno de esos tics y trucos de los profesores, pensados para seducir, distraer o denotar carácter), aunque lo logre de continuo. Su autoridad nace de un lugar mucho más profundo, su absoluta independencia intelectual. Finch enseña a pensar antes que a opinar. Sus clases no consisten en transmitir respuestas (Estoy aquí para ayudarlos a pensar, a argumentar y a desarrollar un criterio propio), sino en formular preguntas cuya complejidad obliga a reconsiderar las certezas previas de los estudiantes (¿Recuerdas lo que dijo en aquella primera clase? Algo como: «Puede que no sea la mejor profesora para todos ustedes». Lo fue para ti y para mí. Pero no para todos los demás. Querían algo más convencional. Fechas, nombres, hechos, y que eso llevase a ideas más amplias. No ideas más amplias que llevasen a fechas, nombres, hechos. Al principio se sintieron intrigados, claro, pero luego empezó a resultar... perturbadora. –Exacto. Para mí también, y para ti, en el sentido de sacudirme la mente, de hacer que me replanteara las cosas todo el rato, que me estallasen estrellas en la cabeza). El narrador insiste repetidamente en que la característica más llamativa de aquella mujer no era la cantidad de conocimientos que poseía, sino la serenidad con la que suspendía el juicio cuando las pruebas resultaban insuficientes: no se dejen engañar por los valores proclamados de su propia época, síntesis excelente de su posición intelectual y moral ante la existencia. 

Esta actitud constituye uno de los principales ejes filosóficos de la novela. Barnes contrapone constantemente dos formas opuestas de relacionarse con el conocimiento. Por un lado aparece la tentación contemporánea de reducir la historia y la cultura a un conjunto de opiniones rápidas, fácilmente intercambiables y sostenidas con una seguridad desproporcionada respecto de las evidencias disponibles. Frente a esa tendencia, Elizabeth Finch representa una ética de la duda, de la paciencia interpretativa y de la responsabilidad intelectual. No confunde nunca la complejidad con la confusión ni la prudencia con la indecisión. Comprende que las cuestiones verdaderamente importantes rara vez admiten respuestas simples y que la primera obligación del pensamiento consiste precisamente en resistirse a las simplificaciones. 

Este planteamiento, de extraordinaria lucidez y rigor intelectuales, resulta especialmente oportuno en nuestros días en los que la polarización ideológica y la creciente dificultad para sostener conversaciones intelectuales matizadas definen el clima cultural contemporáneo. Desconozco si en Barnes existía o no la voluntad premeditada de establecer, a través de su personaje, un diálogo con esta realidad más inmediata (aunque alude en alguna entrevista a su preocupación por la conversación intelectual, el desacuerdo y el empobrecimiento de la discusión pública), pero es indudable que la insobornable, lúcida, profunda, culta sin asomo de pedantería, firme y desenvuelta, seria pero no adusta (soy consciente de que la estoy pintando muy severa. No lo era. Sí, sí lo era), aguda, sutil, obstinada combatiente -sin alharacas extravagantes, sin énfasis artificiosos- en contra de las ideas recibidas, defensora del espíritu crítico, tenaz e inteligentísima Elizabeth Finch constituye, además de una formidable creación literaria, una magnífica representación de un humanismo liberal -que tanto se echa en falta en la actualidad- que confía todavía en el poder de la lectura lenta, del razonamiento y de la discusión fundamentada, del análisis detenido, sostenido en argumentos sólidos, robustos, que, sin dejarse llevar por reduccionistas apriorismos ideológicos ni por lemas y eslóganes inanes y superficiales, examina los matices, explora los diversos ángulos de un asunto, profundiza y cuestiona, indaga, contrasta y dilucida, estudia, escudriña y descifra, desentraña y esclarece, penetra e ilumina: Si algo nos enseñó EF fue que la historia es un camino largo; más aún, que no es algo inerte y comatoso, ahí tumbado esperando a que nosotros la enfoquemos con un catalejo o un telescopio; que es, por el contrario, una cosa activa, efervescente, volcánica, a veces. 

Esa deslumbrante potencia intelectual enamora al narrador (He dicho que yo amaba a Elizabeth Finch; como mínimo, estoy bastante seguro de que la amaba, y la amo todavía, más allá de la muerte. Fue un amor que nació en el aula, pero no era ese amor juvenil, ese amor adolescente que sienten los niños por sus maestros. A fin de cuentas, yo ya tenía treinta y tantos años), fascinado desde los primeros minutos de la clase inicial, como puede comprobarse en el elocuente fragmento con el que cerraré esta reseña. La admirativa entrega, la subyugada atracción, el embelesado deslumbramiento con los que Neil contempla a EF -como la designa a menudo en su relato-, que arrebata y entusiasma también al lector (en mi caso puede hablarse, exagerando solo un poco, de enamoramiento… ¡de un personaje literario!), se sostiene en las agudas, perspicaces, atinadas y muy apasionadas observaciones que el narrador hace sobre su profesora, mostrándola a través de un conjunto de rasgos que va espigando aquí y allá en su texto y que, juntos, conforman un retrato absolutamente seductor. Barnes la “retrata” no solo en lo intangible, lo que solo se percibe “oyéndola” hablar, siguiendo atentamente la hondura de sus pensamientos, la nada exaltada agudeza de sus réplicas (cuando, ya irremisiblemente enferma, su hermano se indigna frente a la “maldad” del cáncer, ella responde: El cáncer, mi querido Christopher, es moralmente neutral), las tranquilas vueltas de tuerca y las clarividentes rupturas de lo consabido que afloran en sus argumentaciones, sino también -y sobre todo- en las rendidas afirmaciones de Neil, que ponderan su fortaleza, su clarividencia, su pujanza, su genio y su brillantez intelectuales (y también su atractivo humano: conseguía que la bata de hospital pareciese elegante, dirá su hermano de ella, ya en sus últimos días de enfermedad), de las que dejo aquí ahora algunos muy elocuentes ejemplos: 

A Elizabeth Finch le interesaba la «diversión rigurosa», como nos había dicho, pero lo «muy gracioso» le llamaba tanto como el sentimentalismo. 

Lo tenía todo en la cabeza, plenamente desarrollado, plenamente procesado. 

Era noble, independiente, europea. 

Ella manejaba verdades, no de generaciones anteriores, sino de eras anteriores; verdades que mantenía con vida, pero que otros habían abandonado. Y con esto no me refiero a nada en plan «era una tory/progresista/socialista de la vieja escuela». Ella se movía al margen de su época en muchos aspectos. 

Cuando le digo a la gente que era la persona más adulta que he conocido nunca, supongo que a lo que me refiero es a que había unos principios justo detrás de todos sus actos y pensamientos, si no directamente incorporados a ellos; mientras que, en mi caso, en el de la mayoría de la gente, nuestros principios solo afectan más de refilón a lo que decimos y hacemos. 

Mostraba, como siempre, un temple sobrenatural. 
 
Sobrellevaba el dolor implacablemente, y jamás pedía ayuda; ayuda moral, me refiero. 

Percibíamos, en algún sentido, que no estaba hecha para el mundo, y que su nobleza moral tal vez la hiciese vulnerable. 
 
Pero ella, creo yo, era una pesimista romántica. 

Esa ausencia de autocompasión formaba parte del estoicismo con el que afrontaba la vida. Había conocido –y en parte esto es solo una suposición mía– la decepción amorosa, la soledad, la amistad traicionada, incluso la deshonra pública (llegaremos a eso a su debido tiempo), pero afrontaba todo ello con calmosa indiferencia. 

¿Veis lo difícil que era para mí, y para aquellos como yo, llevar las riendas de una conversación con ella, o estar siquiera en igualdad de condiciones? No porque te manipulara –era la mujer menos manipuladora que he conocido en la vida–, sino porque examinaba las cosas desde una perspectiva más amplia, con un foco y un horizonte distintos. 

Sus intereses intelectuales eran atemporales (y prueba de ello es la larga lista de referencias culturales que aparecen en el texto, citadas por el personaje o recogidas de sus notas póstumas, leídas por Neil tras su muerte -Epicteto, del que dejaré también al final de esta reseña un fragmento sustancial en la configuración del carácter, el talante y la disposición humanos, morales e intelectuales del personaje), Voltaire, Montaigne, Gibbon, Hans Sachs, Cavafis, Ibsen, Schiller, Samuel Johnson, Anatole France, Swinburne, Montesquieu, Jules Renard, Gore Vidal, Auden, Erasmo, Lord Byron, entre otros-, y que Barnes incorpora a una bibliografía final). 

En una línea que no creo que sea principal en la novela, aunque sí significativa si quien la lee es un profesor, destaca la seductora personalidad docente de Elizabeth Finch, paradigma del magisterio ideal y emblema de la idea de la educación como transformación intelectual. Como ya he señalado, en un mundo -también el escolar- dominado por las opiniones rápidas, el ruido digital y las respuestas inmediatas, por la superficialidad, la indigencia intelectual y la mediocridad generalizada, la figura de Elizabeth Finch encarna el lujo del conocimiento, de la sabiduría, del pensamiento deliberado, de la exigencia profesoral. No es complaciente, no busca caer bien ni adoctrinar. Por el contrario demanda -y obliga a ello- precisión conceptual, elegancia retórica e independencia mental. El tratamiento que de esa vertiente de su figura hace Barnes es conmovedor porque apela a una experiencia universal, la huella indeleble que deja en nuestra vida aquella persona que, por primera vez, nos enseñó a pensar por nosotros mismos: De niño, nunca tuve uno de esos maestros favoritos a los que recordar para siempre, uno que me descubriera la emoción de las matemáticas, o de la poesía, o de la botánica, y que tal vez abusara sexualmente de mí al mismo tiempo. Así que estaba de lo más agradecido –aunque la palabra es insustancial en comparación con la realidad– por haber encontrado y conocido a Elizabeth Finch. 

Una última anotación en relación con el personaje de Juliano el Apóstata, de tanto peso en la novela. Tras una primera parte en la que se presenta a Elizabeth Finch y se describen los pormenores del encantamiento que suscita en Neil, y antes de la tercera en la que, tras el escrutinio por parte del narrador en los archivos dejados por la profesora después de su muerte, el narrador se lanza a indagar en los muchos extremos desconocidos y ocultos que dejó atrás la fallecida, Barnes intercala un apartado -el más corto de los tres del libro, unas cincuenta páginas- en el que se nos cuenta la historia del filósofo y emperador romano. En el curso que dictaba Elizabeth (y el verbo no es el más adecuado: No era como esos profesores que solo conectan con sus alumnos cuando levantan la vista de los apuntes, porque, como he dicho, no daba la lección siguiendo apuntes. Lo tenía todo en la cabeza, plenamente desarrollado, plenamente procesado), Neil “falla” a su profesora al no entregar un trabajo que debería haber completado. Cuando, investigando en sus papeles después de su fallecimiento, constata el interés de la mujer -ya apuntado durante las clases- por la figura de Juliano, decide saldar su “deuda” con ella escribiendo el breve ensayito del que da cuenta en esa sección central del libro. 

Una presencia, la del personaje histórico, extraña e inexplicable en una lectura superficial, pero que alcanza un pleno sentido si se la examina con detenimiento. Y es que la historia de Juliano el Apóstata constituye el centro intelectual de Elizabeth Finch, yendo su función en la novela bastante más allá de incorporar al relato una digresión erudita, introducir un más o menos ignoto episodio de la historia romana o desarrollar las ideas de una profesora fascinada por la Antigüedad. El ensayo que Neil escribe a partir de los cuadernos de Elizabeth Finch -y que constituye, en cierto modo, una especie de novela dentro de la novela- permite a Barnes adentrarse en una de sus preocupaciones literarias habituales, presentes en más de uno de sus libros: examinar cómo se construye la historia, cómo acaba por imponerse una determinada interpretación del pasado y no otra; qué sucede con las ideas y las personas que quedan del lado de los vencidos; hasta qué punto podemos conocer la verdad sobre alguien o sobre una época cuando lo que nos ha llegado está condicionado por quienes han tenido el poder de contar su historia (volveré sobre estos asuntos el próximo día en relación con la también excepcional El sentido de un final). 

En alguna entrevista que he podido leer, Barnes se refería a cómo las dos grandes líneas del libro -las figuras de Elizabeth Finch y de Juliano- nacieron inicialmente por separado y que solo durante la escritura encontró su punto de unión entre dos personajes que coinciden en una misma actitud de disconformidad con su tiempo. Juliano se enfrentó al orden religioso que estaba transformando el Imperio romano, mientras que Elizabeth, ya se ha dicho, no parece vivir enteramente en el presente y observa las convenciones de su época con muy prudente y sensata distancia. 

Juliano el Apóstata fue emperador romano entre 361 y 363 y el último gobernante que intentó restaurar el paganismo tradicional frente al cristianismo, que había adquirido una posición dominante bajo Constantino y sus sucesores. Educado en un entorno cristiano, Juliano se apartó de esa religión y trató de devolver el protagonismo a los cultos y las tradiciones filosóficas del mundo grecorromano. Lo que atrae a Barnes del disidente personaje es, a mi juicio -conformado a partir de las pautas que ha ido dejando en su novelas y ensayos-, la posibilidad de contemplar la historia europea desde una hipótesis contraria a la interpretación que terminó imponiéndose. La derrota y muerte de Juliano, impidió la existencia de un Occidente que hubiera continuado desarrollándose bajo una cultura religiosa abierta, plural, ilustrada, en la que convivieran distintas divinidades, tradiciones filosóficas y formas de entender el mundo, en lugar de avanzar hacia el predominio de una única verdad religiosa. Su historia permite al escritor poner sobre la mesa -una vez más- algunas de sus tesis favoritas, ya anticipadas: la historia es siempre una reconstrucción limitada e imprecisa; la versión que prevalece lo cuentan los vencedores; el triunfo de una idea no garantiza su verdad; el pasado contiene posibilidades que el presente ha olvidado o desterrado; las narraciones retrospectivas -sean las de la Historia con mayúsculas, sean las que intentan dar cuenta de nuestras modestas existencias- convierten el resultado de un proceso en su destino inevitable (una vez que conocemos el desenlace, fabricamos el relato, reelaborando el pasado para que todo encaje, como si cada acontecimiento hubiera conducido necesariamente hasta él, haciendo desaparecer las alternativas, las contingencias y las voces derrotadas). 

Estas tesis se entrelazan de manera magistral con la figura de Elizabeth Finch, en un paralelismo que constituye un inteligente engarce con el que se integrar el ensayo histórico en la novela. Ambos son figuras que se resisten a ser enteramente de su tiempo; que no aceptan sin discusión las ideas dominantes (la religión en la que fue educado, en el caso del emperador; las ideas y los hábitos intelectuales que su propia sociedad considera normales, en el de la profesora), ni se acomodan con facilidad a las expectativas de quienes los rodean. Igualmente, ambos son, en cierto modo, inaccesibles o, cuanto menos, difíciles de conocer, pues sus personalidades nos llegan a través de interpretaciones ajenas: sus exégetas y detractores, Juliano; las enamoradas impresiones de Neil a partir de sus propios y siempre inestables recuerdos, de los testimonios de otras personas y de los cuadernos de EF. Ambos, también, ejercen una fascinación que depende, en parte, de esa inaccesibilidad, la opacidad de la figura histórica y la extraordinaria reserva de la mujer (Me doy cuenta de que la estoy pintando como una «mujer llena de misterios»). En este sentido, la apasionada investigación de Neil, que estudiando al personaje histórico pretende seguir las huellas esbozadas por Elizabeth, acaba con la constatación de la distancia entre los hechos y su relato, entre una persona y la imagen que conservamos de ella, entre la verdad posible y las interpretaciones que elaboramos para alcanzarla. La certidumbre de que cuanto más investiga, más se le hace evidente la imposibilidad de conocer enteramente la personalidad, las motivaciones, la vida interior de quienes son objeto de su indagación, en lo que resulta ser uno de los ejes sustanciales del libro y de la obra de Barnes: la memoria, la historia, la literatura nos muestran cómo se escribe una interpretación. Neil no accede a una verdad sobre el emperador que ya estaba depositada en los documentos, ni dilucida de manera cerrada y completa la identidad de Elizabeth, tan solo -¡¡tan solo!!- elabora un relato sobre lo que cree haber comprendido de ellos. Tan solo hace literatura, inteligente, admirable, deslumbrante literatura. 

Cierro aquí, pues, esta segunda entrega de la serie sobre Julian Barnes nacida con ocasión de su presencia en nuestro país para recibir el Premio Princesa de Asturias de las Letras. En unos días pondré fin al ciclo, tras mis reseñas de Despedidas y Elizabeth Finch, con dos programas más que incluyen mis comentarios de otras obras del británico. Ahora me despido con los dos fragmentos prometidos de Elizabeth Finch; el primero recoge la deslumbrante presentación de la profesora en su clase inicial ante Neil y sus compañeros. El segundo es la transcripción del fragmento de Epicteto que, en cierto modo, resume el pensamiento y la forma de estar en el mundo de la muy brillante EF. 

Como acompañamiento musical a mis entregadas palabras sobre Barnes, os dejo con una canción, Well, Did You Evah!, escrita por Cole Porter para el musical de Broadway DuBarry Was a Lady, y cuya versión más famosa es la de Bing Crosby y Frank Sinatra en la película musical de 1956 Alta sociedad, que es la que os ofrezco ahora (hay una más que curiosa versión de Blondie e Iggy Pop para un álbum de 1990 de homenaje a Cole Porter). El tema, que ya desde su título muestra su intención satírica (una deformación de Well, did you ever [imagine that]? o Can you believe that? que denota ligera sorpresa, incredulidad o falsa indignación), refleja, en el entorno de una fiesta de la alta sociedad, cómo los personajes utilizan la frase para reaccionar con sarcasmo e indiferencia ante cotilleos absurdos que dan cuenta de noticias terribles -huracanes, avalanchas, canibalismo, un choque con Marte- ante las que oponen ese frívolo “¿puedes creerlo? a la vez que ensalzan los placeres de su party (¡Qué fiesta tan bonita es esta! ¡Qué daiquiris! ¡Qué jerez, por favor! ¡Qué borgoña!). En el libro, en un pasaje en el que se narra la muerte de Juliano, Barnes pone su rotundo punto final: Juliano partió, Juliano murió. «Have you heard, it’s in the stars / Next July we collide with Mars / Well did you evah?» ("¿Lo has oído? Está en las estrellas. El próximo julio chocaremos con Marte. ¿Puedes creerlo?"; en mi traducción aproximada)


Habrán observado que el título de este curso es «Cultura y civilización». No se alarmen. No los voy a acribillar a gráficos circulares. No voy a intentar embucharles datos como a un ganso cebado; lo único que se consigue con eso es una hipertrofia en el hígado, lo cual no sería sano. La próxima semana les proporcionaré una selección de lecturas totalmente opcional; ni perderán nota por ignorarla, ni la ganarán por estudiarla sin descanso. Les daré clase como a los adultos que sin duda son. La mejor forma de educar, como sabían los griegos, es la colaborativa. Pero ni yo soy Sócrates, ni ustedes una clase de Platones, si es que es ese el plural correcto. No obstante, dialogaremos. Por otro lado, dado que ya no están en el colegio, no me dedicaré a dispensar blandos gestos de aliento y flojas palmaditas en la espalda. Para algunos de ustedes, puede que yo no sea la mejor profesora, en el sentido de la más adecuada a su temperamento y mentalidad. Vaya esto por delante para quien corresponda. Lógicamente, espero que el curso les parezca interesante y, de hecho, divertido. Divertido con rigor, claro está. No son términos incompatibles. Y esperaré también rigor por su parte. No bastará con improvisar. Me llamo Elizabeth Finch. Gracias. 

Y volvió a sonreír. 

Nadie había tomado un solo apunte. Le devolvimos la mirada, algunos impresionados, varios con una perplejidad que rayaba la irritación, otros ya medio enamorados. 

No recuerdo qué nos enseñó en aquella primera clase. Pero supe, de un modo difuso, que por una vez en la vida había llegado al lugar correcto. 


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De lo existente, unas cosas dependen de nosotros; otras no dependen de nosotros. De nosotros dependen el juicio, el pulso, el deseo, el rechazo y, en una palabra, cuanto es asunto nuestro. Y no dependen de nosotros el cuerpo, la hacienda, la reputación, los cargos y, en una palabra, cuanto no es asunto nuestro. Y lo que depende de nosotros es por naturaleza libre, no sometido a estorbos ni impedimentos; mientras que lo que no depende de nosotros es débil, esclavo, sometido a impedimentos, ajeno. Recuerda, por tanto, que si lo que por naturaleza es esclavo lo consideras libre y lo ajeno propio, sufrirás impedimentos, padecerás, te verás perturbado, harás reproches a los dioses y a los hombres, mientras que si consideras que solo lo tuyo es tuyo y lo ajeno, como es en realidad, ajeno, nunca nadie te obligará, nadie te estorbará, no harás reproches a nadie, no irás con reclamaciones a nadie, no harás ni una sola cosa contra tu voluntad, no tendrás enemigo, nadie te perjudicará ni nada perjudicial te sucederá.

Videoconferencia
Julian Barnes. Elizabeth Finch

miércoles, 21 de octubre de 2026

JULIAN BARNES. DESPEDIDAS

El próximo viernes, 23 de octubre, el escritor británico Julian Barnes recibirá en Oviedo el Premio Princesa de Asturias de las Letras. Un jurado integrado por María Sheila Cremaschi, María Dueñas Vinuesa, Marcos Giralt Torrente, Raquel Lanseros Sánchez, Lola Larumbe Doral, Antonio Lucas Herrero, Inés Martín Rodrigo, Sergio del Molino Molina, Berta Piñán Suárez, Marisol Schulz Manaut, Sergio Vila-Sanjuán Robert y Jorge Volpi Escalante, presidido por Santiago Muñoz Machado y actuando como secretario Fernando Rodríguez Lafuente, ha reconocido en el escritor británico su condición de extraordinario narrador y ensayista, dotado de humor, ironía y de un «optimismo melancólico y un pesimismo alegre», según sus propias palabras. El acta que suscriben los destacados representantes de nuestra cultura que acabo de mencionar también subraya que Barnes ofrece una visión lúcida, cálida y compasiva del género humano, y emplea la memoria como configuradora de identidad sin renunciar a la imaginación, con el amor como principio esencial. Su obra reelabora, con mirada europeísta, la historia de la literatura, el arte, la música e incluso la gastronomía, hasta alcanzar un estilo único, que lo singulariza dentro de una generación de autores británicos especialmente brillantes, que ha marcado la literatura contemporánea. 

Aparte de este obvio reconocimiento general y objetivo, el que supone el refrendo de un galardón de la trayectoria y el prestigio del asturiano, Barnes tiene para mí -hablo, pues, ahora, desde mi particular subjetividad- un extraordinario interés personal, habiendo leído casi toda su obra novelística publicada en España. Un repaso somero a mi cada vez más desordenada biblioteca me permite constatar la presencia en ella de hasta quince libros del escritor ahora premiado, todos en la editorial Anagrama, en donde “desembarcó” a principios de los ochenta junto al resto del “dream team” de la ficción británica del momento, el Nobel Kazuo Ishiguro, Ian McEwan, Martin Amis, Graham Swift, Hanif Kureishi, Vikram Seth o, ya fuera del sello catalán, Salman Rushdie. Esta inclinación por Barnes -extensible a casi todos sus compañeros de generación, que también he leído con profusión y enorme placer- se ha manifestado en su aparición aquí, en Todos los libros un libro, en donde presenté, en enero de 2013, su novela Arthur & George; y por los tres programas que le dediqué en mi otro espacio en Radio Universidad de Salamanca, Buscando leones en las nubes, con dos emisiones dedicadas a finales de 2011 a Nada que temer, una suerte de ensayo autobiográfico, y otra, centrada en su por entonces última novela, La única historia, que se emitió en enero de 2021. Desde mediados de octubre estoy recuperando en Buscando leones en las nubes esos tres programas en un ciclo “barnesiano” que se prolongará durante el mes de noviembre con, al menos, tres entregas más centradas en la que, según declaración del propio autor, será su última y definitiva obra, Despedidas, publicada en el Reino Unido el 20 de enero de 2026, un día después de su octogésimo aniversario, y al poco tiempo en nuestro país en traducción de Jaime Zulaika para la editorial barcelonesa. 

En estos días, pues, será Barnes el invitado de honor del espacio, con tres de emisiones en las que empezaré por comentar este Despedidas, espléndido libro al que dedicaré el primer programa de la breve serie, y otras tres entregas, que verán la luz aquí en las próximas semanas, con mis recomendaciones de algunos otros libros del escritor, escogidos entre los más recientes de su trayectoria, pues son los que más recuerdo y de los que conservo notas de lectura. Es el caso de Elizabeth Finch, El sentido de un final y los referidos La única historia, Nada que temer y Arthur & George. Dejo fuera, por tanto, novelas tan espléndidas como El loro de Flaubert, que supuso su “descubrimiento” internacional en 1984, publicándose en España hace ahora cuarenta años, en 1986 (semanas antes de la entrega del Premio Princesa de Asturias se pudo ver a la reina Letizia con un ejemplar de bolsillo de dicha novela -la edición “normal” estará descatalogada-, probablemente documentándose, dados su rigor y su exigencia “profesionales”, antes del encuentro con el autor), Mirando al sol, Antes de conocernos, o Hablando del asunto, que me subyugaron hace décadas. 

Si exagero un poco podría afirmar que Barnes pertenece a una categoría -no tan infrecuente- de escritores que a lo largo de su vida escriben un único libro compuesto por variaciones sucesivas sobre unas pocas obsesiones fundamentales. En el caso del británico, la memoria, la fragilidad de la verdad y la distancia que media entre la experiencia vivida y el relato que posteriormente construimos de ella, la naturaleza del amor y del recuerdo, la identidad, la “conversación” intelectual, el tiempo y la muerte, comparecen una y otra vez, tanto en sus novelas como en sus libros más ensayísticos o en aquellos que se mueven a caballo de géneros diversos. Despedidas es la expresión paradigmática de este rasgo, pues es algo más que una nueva -y postrera- ¿novela?, al tratarse, pienso, de la explícita recapitulación de una trayectoria intelectual y artística de casi medio siglo, presentada como una meditación lúcida, inteligente y a veces desgarradora sobre el final de la existencia y sobre la propia literatura. Y todo ello envuelto en las habituales señas de identidad formales del autor, como son la elegancia de la escritura; la aparente aunque muy trabajada simplicidad de la narración; el uso recurrente de la digresión, los desvíos, los paréntesis; la prosa conversacional; la interlocución con el lector; los juegos literarios, plasmados en referencias y conexiones con la obra de otros escritores; la ironía contenida pero claramente perceptible; el humor autocrítico; la extraordinaria capacidad para convertir cuestiones filosóficas en experiencias narrativas; y la consabida dilución de las fronteras entre novela, autobiografía, comentario literario, ensayo y memoria personal. Por otro lado, estando en las vísperas del Día de Difuntos, la presencia del libro en nuestro espacio de hoy es especialmente oportuna, al ser también Despedidas una suerte de larga meditación sobre la muerte en la que cada uno de sus grandes temas -la memoria, el amor, la enfermedad, la escritura, la amistad, el tiempo- termina convergiendo en una misma pregunta: ¿qué permanece cuando una existencia llega a su término? 

Pero antes de adentrarme en mis comentarios sobre estas y otras pautas temáticas y estilísticas que caracterizan la literatura de nuestro invitado de esta semana, quiero adelantar brevemente el argumento (en tanto que se pueda hablar en esos términos) del libro (como siempre tratando de soslayar los “destripes”, y como siempre fracasando probablemente en el intento). En Despedidas Julian Barnes construye una historia que parte de una situación aparentemente sencilla: un escritor que se adentra en su ancianidad (En cuanto a mí, tengo ahora setenta y ocho años y este será definitivamente mi último libro, mi despedida oficial, mi postrera conversación contigo; en frase que encierra algunas claves de la obra: los paralelismos entre narrador y autor, la idea de despedida, el texto como una larga interlocución con el lector) y que, afectado por una grave enfermedad, mira hacia atrás y trata de reconstruir algunos episodios de su vida, al mismo tiempo que observa el deterioro del cuerpo, la proximidad de la vejez y la perspectiva de un abandono definitivo de la escritura, o al menos de su difusión pública. Pero, como sucede tantas veces en Barnes, lo que parece al principio una reflexión personal termina abriendo una historia mucho más amplia sobre el amor, la amistad, la muerte, el tiempo y las vidas que podrían haber sido de otra manera. 

En el centro del libro aparecen Jean y Stephen, dos de sus amigos de sus años de estudiante en Oxford. La remembranza de aquellos días permite al lector conocer cómo el propio narrador había propiciado entonces el primer contacto entre ellos y cómo, a partir de ese encuentro, ambos acabarían por enamorarse. Eran jóvenes, inteligentes y estaban viviendo ese momento de la vida en que todavía parece posible elegir entre opciones y futuros por hacer. Sin embargo, su relación no saldría adelante. Después de separarse, cada uno seguiría su propio camino y durante muchos años sus vidas transcurrirían alejadas la una de la otra. Barnes queda también apartado de ellos, aunque conserva el recuerdo de aquella primera relación. Aquí comienza una de las singularidades más atractivas del argumento, que tiene que ver con el hecho de que la historia de Jean y Stephen contenga un enorme vacío temporal. Han pasado cerca de cuarenta años y el lector sabe muy poco de lo que ha ocurrido durante todo ese período. Barnes no intenta rellenar inmediatamente esa laguna, sino que hace de ella uno de los misterios de la narración. ¿Qué hicieron Jean y Stephen durante esas décadas? ¿Con quién vivieron? ¿Qué relaciones tuvieron? ¿Qué quedó de aquel amor juvenil? Y, sobre todo, ¿qué puede significar reencontrarse con una persona después de haber vivido prácticamente otra vida entera? 

Pasadas esas cuatro décadas, Stephen reaparece en la vida de Barnes y le pide ayuda para volver a ponerse en contacto con Jean. El escritor se convierte así, casi sin proponérselo, en intermediario entre sus dos antiguos amigos. La situación tiene algo de sentimental y algo de cómico (el humor sutil e inteligente del escritor como siempre presente en sus libros), pues quien años atrás los presentó y propició su relación, vuelve a intervenir ahora para facilitar un nuevo encuentro. A partir de ahí, Jean y Stephen recuperan la relación que habían dejado atrás en su juventud y descubren qué posibilidades ofrece una segunda oportunidad cuando ya no se es joven y el tiempo perdido forma parte inseparable de la propia historia. Ese “nuevo” vínculo se desarrolla mientras el propio Barnes reflexiona sobre su vida, sobre sus recuerdos y sobre la dificultad de saber hasta qué punto aquello que recordamos coincide con lo que realmente sucedió, pues esos recuerdos, lo que figura en nuestros diarios, las anécdotas que repetimos durante años y las versiones que otras personas conservan de nosotros pueden ofrecer relatos diferentes de una misma existencia. De esta manera, el protagonismo de la memoria da paso al cuestionamiento de nuestra propia identidad ya que al rememorar el pasado surge la duda -legítima, inevitable- acerca de si estamos recuperando nuestra vida tal y como fue o estamos reconstruyéndola y “fabricando” una nueva versión de ella. 

En paralelo a la historia de sus amigos, el narrador contempla su propia existencia desde una edad avanzada y se pregunta qué queda finalmente de una vida. ¿Son los acontecimientos, los recuerdos, las personas que hemos amado, las historias que otros cuentan sobre nosotros o, por el contrario, las meras palabras con las que intentamos ordenar todo ello? El resultado es un libro en el que una historia amorosa concreta sirve de hilo narrativo para hablar de algo mucho más universal: la dificultad de saber qué ha sido realmente importante en nuestra existencia y la necesidad, inevitable al final del camino, de aprender a despedirnos. 

La obra se organiza en tres grandes “ejes” claramente diferenciados (o no tan claramente, porque, hilando más fino, podríamos hablar de hasta cinco, tantas como los capítulos del libro), aunque íntimamente relacionados, en un juego de aproximación y alejamiento entre la ficción y la experiencia personal que creo elegido de manera voluntaria por un autor que tiende a disfrazar de sencillez y ligereza unas construcciones literarias de minuciosa y hasta férrea estructura. El primero, en el que Barnes se recrea en la descripción del proceso de su enfermedad entre atinadas reflexiones sobre En busca del tiempo perdido y la figura de Marcel Proust, está dedicado a la memoria y al envejecimiento; el segundo desarrolla la referida historia de Stephen y Jean; el tercero vuelve a la voz autobiográfica para reflexionar sobre la enfermedad, la escritura y la muerte, en lo que constituye propiamente la despedida del autor. Lo más relevante de este esquema es que al lector esas tres partes no se le aparecen como compartimentos estancos, sino que, por el contrario, se muestran fuertemente imbricadas, hasta el punto de que a medida que se avanza en la lectura se puede apreciar cómo cada una modifica retrospectivamente la percepción que se tuvo en las anteriores. Así -y de nuevo sin voluntad alguna de enojosos destripes-, cuando el lector llega al desenlace comprende que el relato de Stephen y Jean nunca fue una simple historia interpolada, sino un recurso que permitió al narrador examinar algunas interesantes cuestiones que afectan directamente a su existencia (y de las que más adelante daré cuenta de modo somero) y que, además, operará a la postre como una suerte de síntesis simbólica de la ¿novela? (Nuestras vidas, en otras palabras, se reducirían a una historia con un gran agujero en el centro). 

El primer frente gira sobre dos grandes ejes, el así llamado “IAM” y la figura y la obra de Marcel Proust. El capítulo primero se titula, precisamente, “El gran I AM”, y el traductor se ve en la obligación (por otro lado pertinente pese a que el propio texto aclara, pocas líneas después, el aparentemente oculto sentido) de incorporar una nota al respecto: En el doble sentido de «el Gran Yo Soy», en alusión a Dios y al nombre con el que se presenta a Moisés en Éxodo 3:14, y de las siglas en inglés de Recuerdo Autobiográfico Involuntario. Entre otras referencias científicas, Barnes recoge un informe clínico de la revista Neurology Clinical Practice que exponía el extraño caso de un hombre de cuarenta y cinco años que había sufrido un ictus hemorrágico en el tálamo posterior izquierdo. Tras el incidente, el paciente experimentó un curioso fenómeno consistente en que la degustación de una tarta de manzana desencadenaba en él recuerdos de todas las tartas que había probado en su vida, siendo capaz de evocarlas en un preciso y riguroso orden cronológico y todas ellas aflorando a su mente como una cascada. En eso consiste el IAM, en los recuerdos involuntarios de los más nimios detalles de la propia biografía (al modo de Funes el memorioso, el protagonista del famoso cuento de Borges), esos como “fogonazos” del pasado que no buscamos deliberadamente y que, de pronto, irrumpen provocados por una sensación, un olor, un sabor, un sonido o cualquier detalle aparentemente insignificante. Se trata de un suceso -el experimentado por el hombre de las tartas- en sí mismo inquietante, capaz de suscitar la alarma del narrador por sus complejas repercusiones en la identidad personal (imaginemos que unos recuerdos olvidados nos asaltan a una velocidad semejante, una avalancha histórica que atraviesa retumbando nuestra percepción del presente y desgarra la conciencia que tenemos de nosotros mismos) y, llevado a su extremo, de despertar su vena irónica: ¿y si, como señaló un amigo mío, la experiencia desencadenada no fuera tan inspiradora como comer una tarta? ¿Y si te tirabas un pedo, dijo él, por leve que fuese, y se te aparecía en orden cronológico cada ventosidad que habías expulsado a lo largo de toda tu vida? Y así sucesivamente: no es nada difícil imaginar otros ejemplos. Representémonos la idea –o la visión– agotadora de miles de bocadillos de beicon aflorando en nuestra memoria (¿y reviviríamos también su textura y sus diferencias, amén de nuestras reacciones al respecto?) 

Conjugando esa información científico/cómica acerca de la súbita irrupción de los recuerdos con su experiencia de septuagenario adentrándose en la vejez (Actualmente me encuentro en mitad de la setentena, y como la mayoría de la gente mayor a veces estoy cansado de mí mismo; y con eso me refiero a que me repito recordando pensamientos, hechos y, en especial, opiniones), Barnes recupera el conocido episodio de la magdalena de Proust (que no es exactamente como la que podríamos tener en mente, sino un bizcochito esponjoso con la forma acanalada de una vieira, apostilla, en una nueva muestra de humor cuando aún no hemos llegado a la quinta página del libro), en el que el narrador de En busca del tiempo perdido vuelve de golpe a su infancia al mojar el dulce en el té, para adentrarse en una fascinante cadena de reflexiones sobre la memoria, la identidad, la escritura biográfica y, en definitiva, la posibilidad misma de la literatura. Recordamos cosas, pero no sabemos exactamente qué estamos haciendo cuando recordamos. ¿Estamos recuperando algo que permanecía intacto dentro de nosotros? ¿O estamos reinventándolo cada vez? Recordamos, sí, aunque, en realidad, solo “creemos” que lo hacemos, confiados en la verdad de aquello que nos contamos y transmitimos a los demás, aunque el proceso sea, sin embargo, una reelaboración, una reconstrucción algo artificiosa que cuantas más veces repetimos, cuantas más veces evocamos y narramos más se aleja de la verdad. Y ello pese a que nosotros nos creamos más convencidos de la fidelidad de nuestra rememoración. Y es que la memoria está lejos de ser un archivo en el que guardamos acontecimientos y al que podemos acudir años después para recuperar una copia exacta. Por el contrario, la memoria es cambiante, selecciona los recuerdos, los transforma, los borra, los revuelve, los difumina u oscurece, los mezcla, completa o simplifica, añadiendo detalles, incorporando matices, prescindiendo de pasajes enteros. ¿Qué dijo T. S. Eliot del recuerdo? Que por mucho que lo envuelvas en alcanfor las polillas se colarán igualmente. 

¿Y si fuera posible acceder -dominando esa recuperación a nuestro antojo- a todas las veces que hemos contado ese recuerdo, de modo que nuestro cerebro nos demostrara cómo, gradual pero sistemáticamente, nos hemos ido desviando del relato original? ¿No sería extraño y desconcertante? Y, sin embargo, útil: difícilmente podríamos desautorizar a nuestro tálamo, ¿no? ¿Y si pudiésemos extrapolar el incidente de las tartas de manzana o la magdalena proustiana a todas nuestras acciones, nuestras omisiones y nuestras decisiones con entidad moral, sentimental, intelectual, emocional? ¿Cómo afrontaríamos el historial –el historial cronológico– de todas nuestras mentiras, hipocresías, crueldades evitables y (aparentemente) inevitables, acerbos olvidos, fingimientos, promesas incumplidas, deslealtades de obra y palabra? No solo las flaquezas reales, sino también las imaginadas y las deseadas. Aquí el escritor recuerda la famosa entrevista del presidente Jimmy Carter en la revista Playboy, en la que confesó, literalmente: “En mi pensamiento he cometido adulterio muchas veces”. Y apostilla Barnes: Casi todos lo hemos hecho, pero tendemos a conservar en la memoria consciente solo las fantasías más deliciosas y las que menos sentimiento de culpa nos producen. Pero ¿qué hay de esos adulterios de corazón, más vergonzosos, más sucios e inadmisibles, que hemos preferido reprimir? 

Esta primera parte del libro, que se completa con una serie de enjundiosas exégesis del episodio de Proust, los análisis de otros casos clínicos relativos a los IAM y las calas en las obras de Virginia Woolf, Nietzsche, Bergson y hasta John Le Carré, pretende indagar en esos aspectos ocultos que el recuerdo distorsiona, a la vez que deja abierta una pregunta cuya respuesta centrará, en cierto modo, el libro entero: ¿y si existiera una manera de producir IAM sin que el paciente –tú, yo– tenga que sufrir un ictus catastrófico? Y claro que existe esa manera, se llama escritura, se llama narración, se llama literatura. Y así, tras ese preámbulo que podríamos calificar de erudito, el autor se entrega al recuerdo “autoinducido” -la memoria cuenta historias, construye relatos- describiendo -o inventando- la andadura de sus amigos Stephen y Jean, en el segundo gran frente del libro que recoge una muy sugestiva historia de amor o, más exactamente, la narración sobre cómo recordar una historia de amor. 

Advierte Barnes al iniciar esta segunda línea de la obra, cuál es el “estatuto” de su relato: Lo que sigue es una historia verídica, aunque con ciertas salvedades. Estos matices suponen, de entrada, una opción “técnica”, que obedece a lo que podríamos llamar los “presupuestos profesionales” del escritor, las pautas estructurales y formales a las que el autor quiere acomodar su narración; pero a mi juicio son, sobre todo, una toma de postura literaria, un modo de desarrollar sus planteamientos en relación con la escritura, la ficción y la (im)posibilidad de la verdad en el ejercicio de la literatura (o, en general, y como ya he señalado, en cualquier intento de recuperación fidedigna del pasado). De hecho, el narrador desafía al lector a buscar en Google los datos biográficos que proporciona para verificar la veracidad de su relato (Sea como fuere, estudié en Oxford entre 1964 y 1968 (y se puede comprobar en Google)), pero inmediatamente después desliza sutiles pistas que sugieren que todo el andamiaje podría ser una soberbia y sofisticada fabulación, un “juego de novelista” refinado y melancólico. Así por ejemplo, confiesa haber cambiado el nombre de los dos personajes principales, operación justificada en la promesa que le habría hecho a ambos por separado de que nunca escribiría sobre ellos. Pero esa declaración, que apuntaría a la fidelidad de su historia (más allá del detalle menor de la modificación onomástica) va seguida de su cuestionamiento cómplice (Y sí, veo por dónde vas: si he roto ese juramento, ¿en qué medida es fiable mi promesa de autenticidad?). Señala también que entrar en el “meollo” de su relato, lo que le interesa de cara a lo que sería su tesis principal, exige “decorarlo” con ciertas informaciones más o menos superfluas: Para contar la historia, cualquier historia, tengo que aportar cierto número de antecedentes. Lo de siempre: quién, dónde, cuándo, por qué; qué tiempo hacía y si es relevante; quiénes son los personajes y cómo hablan; sus raíces sociales y su historial educativo; las profesiones que ejercen. Quién se está quedando prematuramente calvo, a quién le han suavizado quirúrgicamente las patas de gallo; cuáles eran sus hábitos onanistas en diferentes etapas de la vida. 

En relación con esta nota, surge la tercera salvedad, consistente en el largo vacío temporal -las cuatro décadas ya referidas- transcurridas entre el comienzo y el final de la historia de los dos amantes (La historia consta de dos partes porque aconteció en dos partes, con un largo lapso entre ambas), en las que Barnes no tuvo contacto con ninguno de sus protagonistas (Ni uno ni otro hizo más que darme unas pinceladas de la parte que me había perdido) Y, como apunta con sorna, puesto que ninguno de nosotros había sufrido nunca un ictus hemorrágico en el tálamo posterior (…) para ser fidedigno, recurro a nuestros tres recuerdos superpuestos, con todos sus cotidianos errores fortuitos. Surgen, pues, de nuevo, las dudas, la memoria titubea, imprecisa, la remembranza se difumina, las fronteras se diluyen, ¿hasta dónde llega la verdad?, ¿dónde empieza la ficción? O, en las propias palabras del escritor: si tuviéramos acceso por medio de los IAM a lo que «sucedió realmente» en nuestra vida, ¿sería más fácil o más difícil escribir una autobiografía (y una obra de ficción)? Yo sospecho que sería más difícil. Además, y por cerrar las advertencias preliminares que Barnes sitúa como preámbulo a su historia, la base “fáctica” (siento el tecnicismo jurídico-forense) sobre la que ésta se levanta es también algo evanescente. La evocación del primer encuentro oxoniense entre Stephen y Jean se va revelando a partir de un muy borroso sustrato (En la primera mitad recurro por entero a los recuerdos y a una o dos fotografías), mientras que de la segunda parte, pese a ser más cercana al presente del escritor, tampoco cabe afirmar su condición de verdad incontestable. He aquí la explicación -extensa aunque clara, muy significativa y representativa, en suma, del enfoque último del libro-que proporciona Barnes: En la época de la segunda mitad yo ya era escritor, desde hacía muchos años. Así que guardaba apuntes –por lo general simultáneos con los sucesos– y llevaba diarios, normalmente escritos al cabo de varios días o semanas. Cabría suponer que esta documentación fuese más fidedigna que los recuerdos apolillados de tiempo atrás. Pero no estoy tan seguro (hoy en día estoy seguro de cada vez menos cosas). Lo que documento es lo que quiero recordar –y en consecuencia hago una especie de criba– y/o lo que podría servirme en algún texto futuro –es decir, otra especie de criba–. Pero sería insensato deducir que esas anotaciones detalladas representan lo que ocurrió realmente. A menudo paso por alto u olvido cosas importantes: el afán de certeza puede extraviarnos. 

Con todas estas cautelas, la historia de Jean y Stephen, cuyas vicisitudes no voy a desvelar -pese a que no son sus detalles circunstanciales lo relevante sino las reflexiones que ellos inducen en el narrador-, se nos muestra en su duración, en la exaltada fase de iniciación y en la tardía que renace con las personalidades ya formadas; en su complejidad, pues en ella conviven afecto, costumbre, deseo, cariño, frustración, incomprensión, fidelidad y distancia; en su desequilibrio y desigualdad, ya que Stephen y Jean no parecen experimentar ni interpretar siempre de la misma manera lo que les ocurre; en su realismo, alejado de la idealización romántica (¿Puede recuperarse una relación perdida tantos años atrás?); en su fragilidad y vulnerabilidad; en sus reservas y enigmas (¿Somos las mismas personas que fuimos cuando teníamos veinte años?); en su melancolía, que nace de la conciencia del paso del tiempo y de la pérdida que conlleva (¿Puede el amor sobrevivir a cuarenta años de separación?); en su desconcierto, su incertidumbre y su dolor; también -ya en la etapa del reencuentro- en su declive, que se desarrolla bajo la sombra del deterioro físico, las traiciones acumuladas del pasado y la constante compañía de Jimmy, un anciano perro (Jimmy tiene dieciséis años, el equivalente, me dicen, a ciento doce años humanos, conque me lleva mucha ventaja en decrepitud) de raza jack russell (que en la novela se escribe en minúscula y sin cursiva) que, lejos de ser un recurso decorativo opera como paralelismo simbólico del propio envejecimiento del autor. Su figura, representando la mortalidad inconsciente, sirve para mostrar la trascendental diferencia con los humanos, atrapados en la dolorosa autoconsciencia del fin que se aproxima, ya que el perro sufre el envejecimiento de manera puramente física (Barnes describe sus muchas carencias -artritis, sordera y ceguera, dolores varios, pérdida de dientes- en pasajes conmovedores), ajeno sin embargo a la angustia existencial. Todas estas dimensiones relativas a la relación amorosa entre Jean y Stepehen están presentes en los fragmentos del libro que integrarán la sexta y última emisión de la serie que en Buscando leones en las nubes estoy dedicando a Barnes, la tercera centrada en Despedidas, que se emitirá el próximo 16 de noviembre. 

El cierre del libro -pero, insisto, estos diversos frentes se imbrican y entremezclan de continuo- acentúa la interlocución con el lector que se había venido manteniendo desde el inicio. Aquí, el anciano escritor se dirige a quien lo lee para despedirse de él. Pero no solo. 

Las despedidas a las que hace referencia el título son, claramente, múltiples (el original inglés se presenta bajo la rúbrica “Departure(s)”, que hace aún más explícita esa pluralidad, pues encierra la obvia alusión al adiós a la literatura, pero se abre también a otras posibilidades). Barnes tiene ochenta años, habla de su enfermedad y ha anunciado que este será su último libro. Parece evidente que estamos ante una despedida del escritor. Pero, a medida que avanzamos en el libro, somos conscientes de que el autor está planteando también la despedida del amor (la historia de Stephen y Jean muestra que incluso cuando el amor vuelve, no puede devolvernos aquello que perdimos); la del cuerpo (reflejada en el envejecimiento, su propia enfermedad, la presencia en el texto de médicos, tratamientos, cansancio, accidentes, deterioro físico); la del pasado y la memoria (que se va difuminando poco a poco, en un desvanecimiento progresivo, primero desaparecen las personas, después olvidamos detalles, luego se nos borran acontecimientos completos, finalmente nos queda un leve jirón, impreciso y vago, de una sensación, un atisbo inaprensible de algo que no sabemos concretar); las despedidas de personas, de lugares, de versiones de uno mismo, de convicciones, de ilusiones, de determinadas formas de entender la literatura; y, en definitiva, la de la vida (que se nos escapa, nos rehúye, nos va abandonando mientras vemos aproximarse el funesto final: “la muerte tiene una orden de captura”, como reza una triste y preciosa canción, Death’s got a warrant, de Patty Griffin). Vuelvo a remitiros a Buscando leones en las nubes, mi otro programa en Radio Universidad de Salamanca para comentar que esta vertiente “mortuoria” de Despedidas protagonizará las dos emisiones que los días 2 y 9 de noviembre dedicaré al libro. 

Y sin embargo, y contra lo que pudiera parecer, Despedidas no es un libro especialmente triste. La reflexión última de Barnes alude a la felicidad. No a una felicidad permanente ni a la de una vida resuelta, sino a la que se encierra en los momentos de poderosa exaltación y en los de placidez lograda y plena, en la amistad (también la de los perros), en el amor, en los libros, en las conversaciones, en los recuerdos, en las pequeñas cosas que, mientras ocurren, quizá no parecen extraordinarias aunque, a la postre, puedan convertirse en lo que acabaremos por conservar de toda una vida. En las últimas palabras del último capítulo -A ninguna parte- de esta su última obra, Julian Barnes se dirige al lector, en un fragmento bellísimo, emotivo, conmovedor y que refleja el sentido último de su largo proyecto literario además de concentrar varios de sus recursos estilísticos habituales -el humor, las referencias literarias, los temas que le preocupan, el juego realidad/ficción, la escritura, la interlocución con el lector-. Os lo dejo íntegro, pese a su extensión, como complemento final a mi reseña. Tras él, una canción citada en el libro. En una conversación entre Jean y el narrador, éste le dice: ¿Cómo es esa canción de Sondheim? ¿Marry Me a Little? Cásate conmigo un poco. Pues bien, Marry Me a Little, en la espléndida versión de Cyrille Aimée, una cantante muy querida por mí, con abundantes apariciones y un futuro programa monográfico en Buscando leones en las nubes, pone el punto final a esta primera entrega de la serie de dos dedicada a Julian Barnes con ocasión de la recepción por su parte, hace solo unos días, del Premio Princesa de Asturias de las Letras en su edición de este año. 

 
«Te echaré de menos», signifique lo que signifique eso. La muerte debilita y socava cada palabra de esta frase: el verbo en futuro carece –o carecerá– de sentido. Y ahora, en el final, no tengo grandiosas declaraciones que ofrecer, ni unas famosas últimas palabras que pronunciar. (Aunque topé hace poco con un buen ejemplo: el urgente, agonizante mensaje del primer lord Grimthorpe a su mujer: «Nos queda poca mermelada».) En su lugar, deja que te dé las gracias por tu sólida presencia, invisible pero latente, como mi cáncer. Cuando alguna vez me han preguntado cómo veo nuestra relación, respondo que no soy un escritor didáctico. No te digo cómo pensar ni cómo vivir. No escribo ex cathedra: los novelistas no deberían hablarles a sus lectores desde una presunta sabiduría superior. Prefiero la imagen de escritor y lector en la terraza de un café de una ciudad indefinida y un país indefinido. El clima es templado, y tenemos una bebida fría frente a nosotros. Sentados uno al lado del otro, contemplamos las numerosas y diversas expresiones de vida que desfilan ante nosotros. Observamos y reflexionamos. De vez en cuando yo murmuro algo como: «¿Qué piensas tú de esa pareja, casados o están teniendo una aventura?». «Mira a esas víctimas de la moda, tan ufanas de ser ellas mismas que es casi conmovedor.» «¿Adónde va tan deprisa ese cura?» «¿Qué significa ese beso?» «Una pareja de ancianos cogidos de la mano siempre me enternece.» «¿Tú crees que ese de ahí es un vagabundo o un artista?» «¿Se están peleando, o es una broma juguetona entre amantes? Tiene un punto chejoviano.» «Mira, un jack russell, eso sí que es un buen presagio.» «No parece que vaya a llover, ¿no?» «¿Tú crees que existe un Dios? Ya sabes que yo no.» «¿Y por qué de repente nos miran a nosotros ?» Murmullos de una conversación cotidiana, uno de los cuales (o ninguno) podría metastatizarse en un relato. Veo con el rabillo del ojo que observas tan atento como yo. Pero rara vez oigo tus respuestas; me temo que te has sentado en mi lado sordo. 

Aun así, espero que hayas disfrutado de nuestra relación a lo largo de los años. Yo desde luego sí. Tu presencia ha sido un placer; de hecho, no sería nada sin ti. Así que voy a descansar un momento la mano en tu antebrazo –no, no dejes de mirar– y después me esfumaré. No, no dejes de mirar.

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Julian Barnes. Despedidas