Vivo entre muchos libros y extraigo una gran parte de mis ganas de vivir del hecho de que aún leeré la mayoría de ellos. (Elias Canetti)

miércoles, 25 de febrero de 2026

HÉCTOR ABAD FACIOLINCE. AHORA Y EN LA HORA

Hola, buenas tardes. Ayer, 24 de febrero, se cumplieron cuatro años del inicio de la agresión rusa sobre las tierras y las gentes de Ucrania. Cuatro años de invasión, de ocupación por tropas militares; cuatro años de misiles, de bombardeos, de tanques, de disparos; cuatro años, cuatro larguísimos años de violencia, de terror, de torturas, de violaciones, de decenas de miles de heridos y muertos, de cientos de miles de expatriados. Cuatro años de dolor y sufrimiento de una población sometida a los arbitrarios designios del sátrapa Putin, uno de los más implacables, despiadados e inclementes de los que, en estos últimos tiempos, ocupan las portadas de los medios de comunicación. 

Como viene siendo ya una costumbre recurrente desde los primeros días del ataque, y que se repite año tras año, en Todos los libros un libro dedicamos alguna emisión a Ucrania, en estas fechas cercanas a cada nuevo aniversario, con programas centrados en libros referidos a la guerra en sí, a sus causas, a sus consecuencias, a la situación en el frente, a las raíces históricas del fenómeno, a la larga tradición de sometimiento y ocupación que durante siglos ha vivido el país centroeuropeo. Así, he presentado aquí novelas, ensayos, textos y crónicas de índole periodística que nos han permitido, por un lado, conocer mejor la situación que hoy sufre Ucrania y padecen sus ciudadanos y, por otro, avivar en nuestra memoria la realidad de un conflicto que, tras el fragor de las batallas en los primeros meses de la contienda, ha ido diluyéndose, bien que sigue presente, en nuestras preocupaciones cotidianas. 

Hace siete días, y con esta triste excusa ucraniana, recomendé desde el espacio, tres libros magníficos de Phlippe Sands en los que Ucrania tiene un singular protagonismo, sustancial en Calle Este-Oeste y algo menor y tangencial en Ruta de escape y Calle Londres 38; aunque, en cualquier caso, la presencia en ellos de la nación hoy asediada se refería a hechos -crueles, trágicos, dolorosos y lamentables- ocurridos hace más de ochenta años, en el transcurso de la Segunda Guerra Mundial. Por el contrario, mi propuesta de esta tarde nos traslada a escenarios que forman parte del paisaje actual de la guerra, permitiéndonos volver sobre acontecimientos acaecidos en estos casi mil quinientos días de destrucción y amargura, de desolación y catástrofe, de padecimiento y devastación. Antes de ella, en relación con esos hechos y para tener una información aún más directa y profunda de lo que se está viviendo en Ucrania en este tiempo, os recomiendo que no dejéis de ver, aunque no resulte fácil su “digestión”, dos documentales a la vez sobrecogedores e ilustrativos -o ilustrativos por sobrecogedores-, dirigidos por el periodista, escritor, documentalista y corresponsal de guerra ucranio Mstyslav Chernov, 20 días en Maríupol, de 2023, Oscar al mejor largometraje documental un año después, entre otros muchos reconocimientos, en el que se recogen las dantescas jornadas del ataque ruso a la ciudad ucraniana en los primeros días de la guerra (la guerra es como una radiografía, las entrañas humanas salen a la luz, la buena gente se vuelve más buena, las malas personas, más mala), y 2.000 metros hasta Andriivka, de 2025, que recoge la experiencia del director cuando se incrustó en las tropas del ejército de su país en la ofensiva de septiembre de 2023 para recuperar territorio en el Donbás ocupado. 

Hace dos años, emitida al cumplirse el segundo aniversario de la arrasadora irrupción de los ejércitos de Putin en los fértiles campos ucranios, yo presenté aquí, como recordaran quienes siguen de modo habitual el programa, Un hogar para Dom, la clarificadora, ilustrativa, muy interesante y conmovedora novela de la joven escritora ucraniana Victoria Amelina. En aquella reseña yo subrayaba, antes de recomendar de modo entusiasta el libro, la dramática sucesión de infortunadas circunstancias que llevaron a la muerte a su autora, fallecida el 1 de julio de 2023, en un hospital de Dnipró a causa de las heridas sufridas pocos días antes en un bombardeo ruso sobre Kramatorsk, muy cerca del frente de guerra, en el Donetsk, al este de Ucrania, en una criminal acción que desafiaba todas las reglas que rigen el desarrollo de las guerras. Victoria, que desde el comienzo de los ataques rusos había dejado de lado su prometedora y ya para siempre truncada carrera literaria, para entregarse a una valiosa tarea de activista contra los crímenes de guerra, había viajado a escasos kilómetros de las trincheras en compañía del escritor Héctor Abad Faciolince, del diplomático Sergio Jaramillo Caro (responsable de la firma de la paz con las FARC en Colombia) y de la periodista Catalina Gómez, todos colombianos, con la intención, precisamente, de conocer de modo directo la situación en la primera línea de la batalla y documentar las delictivas brutalidades de los invasores. Los cuatro, junto con Dima Kovalchuk, su muy eficiente chófer y fixer -“facilitador”- ucraniano, estaban cenando en una popular pizzería local, muy frecuentada por los reporteros desplazados a la región y por los militares de permiso, que aprovechaban sus jornadas de asueto para encontrarse allí con sus familias, cuando dos ataques con misiles balísticos Iskander, que se sucedieron con pocos minutos de diferencia, provocaron la destrucción del local y las heridas de Amelina, que acabarían por causarle la muerte pocos días después, al igual que a otras doce personas, clientes del local, mientras el resto de sus acompañantes resultaron ilesos. 

La convulsión que supuso en el mundo entero el despiadado bombardeo y, en particular, el impacto emocional que el suceso y sus fatales consecuencias causó en Héctor Abad Faciolince, que estaba sentado frente a Victoria en el restaurante de Kramatorsk en el momento del bombardeo, desembocó en una intensa actividad del escritor colombiano para denunciar la asesina política del imperialismo agresivo de Putin contra el pequeño país vecino y para dar a conocer la figura humana y literaria de Amelina y mantener vivo su recuerdo en la memoria personal y colectiva. Esa intención fraguó, en una primera instancia, en un contundente y emotivo artículo que Faciolince publicó en el diario El País el 23 de julio de ese mismo año, y, más adelante en el sentido epílogo para la segunda edición de la novela de la desgraciada víctima. 

Pues bien, dos años después de aquellos terribles hechos el autor colombiano vuelve sobre ellos en su nueva obra, publicada en mayo de 2025 en el seno de la editorial Alfaguara. Con el título de Ahora y en la hora, el libro, bellísimo (Con la extraña belleza que tienen las cosas tristes), da cuenta de los antecedentes del viaje que lo llevó a Ucrania y, en particular, al frente; aporta algunas notas sobre la muy agitada historia del país; describe los pormenores de aquel trágico incidente; expone con detalle -hay, incluso, un elemental gráfico en el que se representa la situación de los personajes en la mesa sobre la que caería el misil- las circunstancias del momento en que el obús descargó su brutal potencia sobre el restaurante; reflexiona sobre la injusta invasión; traza unos detallados y cariñosos perfiles de los protagonistas, singularmente el de la desgraciada Victoria; discurre sobre algunos temas universales que la guerra y, en particular, el dramático suceso vivido ponen de manifiesto; y, sobre todo, hace un descarnado ejercicio de introspección para indagar en su propia alma, en la inquietud, la ansiedad, los padecimientos, la responsabilidad, la culpa y la afectación de los propios sentimientos en el tiempo que ha pasado desde el momento de la explosión y la consiguiente muerte de Victoria. Estas distintas dimensiones de la obra se presentan entremezcladas, en una narración subyugante que va saltando de continuo de los hechos objetivos al pronunciamiento político, del repaso histórico a la meditación íntima, de la anécdota personal y familiar a las disquisiciones sobre la escritura y la función del intelectual. 

Faciolince abre su obra revelando al lector la situación anímica desde la que encarará la redacción de su libro. Quiero transcribir un largo pero significativo fragmento en el que, ya desde las primeras páginas, podemos apreciar el impacto emocional, la convulsión espiritual, el angustioso terror, la somatización del estrés postraumático que aquejan al escritor tras la sobrecogedora experiencia vivida: 

Apago la luz y en la penumbra completa, con los ojos abiertos, vuelvo a ver la oscuridad, la niebla de la guerra, el humo, la ceguera, el polvo. La ingenua tranquilidad que antecede al estruendo, el silencio absoluto que sigue a la explosión, y los gritos que llegan, el miedo, el horror, los horrores. Veo a Victoria Amélina, que me sonríe desde el puesto que le he cedido, su larga melena rubia que se arquea como el cuello de un cisne, la leve ironía dibujada en la boca. Fue lo último que vi, su sonrisa fantasmal y triste, lo último que veo antes de desplomarme en el pozo del sueño. Me despierto siete horas después, me tomo las pastillas (hipertensión, dislipidemia, gastritis, asma, coágulos, desdicha), me hago mi café, voy al escritorio, respiro hondo. Cada día, para mí, es otra página que pasa. Abro mi cuaderno negro, aliso su primera hoja con la mano, aprieto con tres dedos el bolígrafo de tinta azul que tengo al lado, y voy escribiendo, al tiempo que me fuerzo a exprimir mi memoria, esa que, por suerte, me quiere abandonar. Mi más querido aliado, siempre, es el olvido. 

Asediado por los fantasmas -el obús, el fatal destino de Victoria, el horror- que despertó la explosión, con la sombra de la tan cercana muerte acechándolo (tal vez hice este viaje, y escribo sobre él, para ver si al fin vuelvo a sentirme joven, vivo. Pero haberlo hecho, antes, y ahora escribirlo, en cambio, me hacen sentir mucho más muerto que nunca, al borde de la muerte, y quizá por eso mismo, desde mi regreso, y desde que me obstino en contar lo que viví, más que vivir, agonizo cada día), el autor de El olvido que seremos (su obra mayor, en la que cuenta el asesinato de su padre; Tengo la misma edad, sesenta y cinco años, que tenía mi padre cuando lo mataron, recuerda en Ahora y en la hora) intenta, pues, escribir con el deseo de exorcizarlos (siento la necesidad de contar, hasta donde sea capaz, un breve viaje que hice dentro del largo viaje de mi vida, pues sé que este marcará para siempre los años que me queden por vivir), con una voluntad de liberación personal (este viaje mío a Ucrania —que parecía apenas un pequeño desvío intrascendente—, lo cuente o no lo cuente, nos jodió la vida para siempre) y con el propósito de ofrecer su testimonio de la realidad de esa guerra infame en un país invadido, arrasado, deshecho. 

Persuadido de ese deber, de la obligación moral de escribir sobre mi experiencia en Ucrania, sobre la escritora que murió en mi lugar y mis compañeros de viaje, sobre el sufrido pueblo ucraniano que una vez más está padeciendo el terror y los crímenes de la invasión rusa, Faciolince se ve, sin embargo, en cierto modo bloqueado, se siente incapaz de hacerlo, las palabras ya no fluyen como antes en su dilatada trayectoria de escritor, hay un muro, una muralla infranqueable que me prohíbe el acceso a ese lugar de donde antes las palabras surgían como un manantial limpio, leal, generoso, constante. Su opresión, su miedo, su dolor lo paralizan. Pero se sobrepondrá, por él mismo, por Ucrania, sobre todo por Victoria Amelina, y dejará atrás, no sin dificultades, no sin dolor, no sin quebranto, no sin sufrimiento, la ominosa presencia de los espectrales recuerdos: Todos los viejos corremos el riesgo de volver a tener los mismos miedos que tuvimos de niños, pero me consuelo pensando que ahora, a diferencia de lo que me ocurría en la infancia, ya no les tengo miedo a los fantasmas, sino que me siento amigo de ellos, me gustan, y algo es algo. No, no le tengo miedo a Victoria cuando me visita y se mete sin permiso en la casa, en las páginas de los libros, en los vasos y las tazas, en los cuadros y las fotos. (…) Si pongo en palabras mis fantasías más aterradoras, al obligarlas a ocurrir una vez en letras, en mi mente y en la objetividad del papel, ya no tendrán la fuerza suficiente para repetirse efectivamente en la realidad

El infausto viaje a Ucrania en 2023 que centra su relato comenzó a fraguarse, como ocurre con tantos otros episodios decisivos de nuestras vidas, bastante tiempo antes. En agosto de 2019, dos mujeres jóvenes, una de ellas actriz y la otra filóloga, Anabell Sotelo Ramires y Maryna Marchuk, escribieron a Héctor una carta desde Ucrania. Anabell, directora de un sello editorial recién nacido, significativamente llamado Macondo, y Maryna, su socia, proponían al escritor la traducción y publicación en ucraniano de El olvido que seremos. Lo modesto del proyecto, la juventud y el apasionado entusiasmo de las remitentes, su valentía al lanzarse a una aventura editorial tan hermosa como descabellada en un país que ya entonces había sufrido la invasión rusa en Crimea, decidieron a Faciolince a aceptar la propuesta e implicarse en los trámites y permisos para la traducción y la edición. Fruto de esa colaboración, que se sustanció en un intercambio epistolar algunas de cuyas muestras se incorporan al libro, fue la invitación para asistir a una Feria del Libro en Dnipró y a la presentación de la obra, ya traducida, en Kyiv. Pocos meses después, la pandemia de coronavirus mandó al traste el plan que, sin embargo, se retomó a finales de 2021. El olvido que seremos había obtenido el premio al mejor libro extranjero traducido al ucraniano en ese año y las indesmayables editoras renovaron la invitación. Y llegó febrero de 2022, y con él el horror y, claro está, un nuevo y presumiblemente insuperable obstáculo para que el escritor colombiano visitara Ucrania. 

Las cartas y correos entre Héctor y Anabell y Maryna, preocupadas, temerosas, angustiadas, se multiplicaron en esos primeros meses de la invasión. Faciolince, directamente concernido por una situación que, apenas tres años atrás, no le hubiera tocado de un modo tan intenso, se implicó, con artículos periodísticos, presentaciones, actos diversos, en las campañas de denuncia de la abusiva e ilegal violación de las normas internacionales, de defensa del pueblo ucraniano y de ánimo para sus sufrientes ciudadanos. Ese creciente interés por Ucrania (Desde que empezó la invasión rusa en toda regla, aquel 24 de febrero, yo no hacía más que leer obsesivamente noticias sobre Ucrania) aflora de continuo en la obra, que aparece cruzada por comentarios y reflexiones de diversa índole sobre la historia del país, la agresión de Putin, la realidad de la guerra y la sucesión de atrocidades, secuestros, violaciones, torturas, robos de niños y desgracias varias que ha ocasionado y sigue provocando. Hay, así, menciones a la muy singular situación geográfica del país (La geografía es un destino), que explica en parte su larga trayectoria de ocupaciones. La Galitzia centro europea es una vasta región limítrofe (la etimología más plausible del término Ucrania (Okrayina) nos remite a la raíz krai, que significa lindero o límite de un terreno, y por lo tanto su significado más original sería «tierra fronteriza» o «tierra de frontera», escribe Faciolince), inmensas estepas sin grandes obstáculos difíciles de franquear, que han despertado la codicia y el ansia de rapiña de todo tipo de invasores, casi siempre sus vecinos del este. 

Igualmente, podemos leer interesantes anotaciones sobre las calamidades que Ucrania ha sufrido en su muy dura historia, un persistente encabalgamiento de invasiones, guerras, masacres y tragedias y catástrofes humanitarias, que han amenazado, una y otra vez, su territorio, su identidad y su cultura. De todas ellas, se centra Faciolince en el terror rojo y la hambruna devastadora (el Holodomor) que impuso Stalin en los años treinta del pasado siglo; en las purgas, también estalinistas, de 1934, que supusieron la represión, con detenciones, encarcelamientos y asesinatos, de escritores e intelectuales protagonistas del Renacimiento Cultural Ucraniano con la siniestra intención de borrar cualquier rastro de identidad nacional ucraniana, un propósito este, el logro de la independencia política y la afirmación identitaria, que el país ha tenido que postergar una y otra vez a lo largo de su historia; el Holocausto con el que la Alemania nazi exterminó, a partir de 1941, a la población judía ucraniana -varios millones de personas, un tercio de sus habitantes- siguiendo un protocolo expeditivo, inclemente y brutal (El procedimiento era expedito: de sus casas al gueto y del gueto, en grupos de cientos, al linde del bosque, al fusilamiento, los tiros de gracia y las fosas comunes); y, en un marco temporal más cercano, la anexión rusa de la península de Crimea en 2014, la desestabilización del Donbás a cargo de los mercenarios del temible grupo paramilitar Wagner, y, por fin, la invasión masiva e ilegal, el 24 de febrero de 2022, cuyo aniversario justifica esta reseña, que atentó y lo sigue haciendo de manera despiadada contra un país soberano e independiente desde 1991 que en estos últimos cuatro años ha perdido a decenas de miles de civiles inocentes (en su mayoría niños, mujeres y ancianos) en acciones indiscriminadas y criminales de los ocupantes, además de torturas, secuestros (A los niños no los matan sino que los declaran abandonados y se los dan a familias rusas para que los adopten. Se llevan vivos también a algunos adultos. Detienen a todo aquel que les resulte sospechoso de estar comprometido con la causa de una Ucrania íntegra y libre. En esta región de Izium, se llevaron a más de trescientos prisioneros civiles, la mayoría hombres, pero también mujeres, y muchos de ellos fueron torturados con electrochoques. Otros nunca regresaron. Fueron desaparecidos o siguen presos) y asesinatos programados (Los profesores, maestros, policías, alcaldes son siempre su primer objetivo; ser alcalde es muy peligroso: los rusos suelen matar a los alcaldes; ser escritor también es una profesión sospechosa. En una pequeña ciudad cerca de Kyiv (…) mataron a la alcaldesa, a su marido y a su hijo); ha visto destruidos hospitales, aeropuertos, escuelas, estaciones de tren, centros comerciales, generadores cercanos a plantas nucleares; y ha tenido que soportar el éxodo de dieciséis millones de sus ciudadanos (de un total de cuarenta y un millones de habitantes) desplazados de sus hogares, refugiados en el extranjero, especialmente en nuestra Europa occidental, la mitad de ellos, y el resto en otros lugares de la misma Ucrania. 

En su breve recorrido histórico, que, como digo, no se expone de un modo lineal sino que va surgiendo al hilo del discurso, solo en apariencia digresivo, de su autor, el colombiano intercala referencias a la cultura y, sobre todo, la literatura ucraniana. Comparecen así algunos de los escritores ucranianos que se cuentan entre sus preferidos: Nikolái Gógol, Vasili Grossman, Joseph Conrad, Joseph Roth, Anna Ajmátova, la brasileña Clarice Lispector y la argentina Alejandra Pizarnik, ambas con raíces en Ucrania, pero también otras referencias culturales ajenas a Ucrania: Lorca, Ungaretti, los escritores centroeuropeos que en sus obras “construyeron” para sus lectores la realidad de esa región del mundo, convulsa y fascinante, Philippe Sands, Timothy Snyder, Balzac, Primo Levi, Borges, Orwell, entre otros. 

La indignación ante ese sufrimiento y el inicuo ataque ruso es claramente perceptible en un texto en el que el autor no escatima la dureza de los términos con los que califica la acción de Putin (el más devastador y mortífero conflicto bélico; terrible violación de la ley internacional; inaudito intento por destruir un país independiente; extremo peligro para el mundo entero y para todos aquellos que creemos en la democracia y en la libertad; guerra desgarradora e injusta; invasión desquiciada que para mí representa un caso emblemático de manifestación del mal en pleno siglo XXI). En esta línea, en el libro hay espacio para las afirmaciones políticas de índole general, con reflexiones sobre los logros de Occidente (sin obviar sus deficiencias); sobre la sobresaliente experiencia de la Unión Europea -hoy en parte cuestionada-, en términos de cultura y civilización y su configuración como un espacio de convivencia pacífica en libertad y autonomía individuales; el germen del autoritarismo que se extiende actualmente por doquier; la peligrosa inclinación, que puede detectarse en diversos lugares del mundo, hacia la aceptación -la servidumbre voluntaria- del sometimiento al poder de un hombre fuerte, de un tirano despótico; la obligación moral de luchar -siquiera con actos poco más que testimoniales (pero que a veces cuestan la vida)- a favor de los nobles ideales y las causas justas, el imperativo ético para enfrentarse y resistir al mayor monstruo de maldad del siglo XXI, como califica a Vladimir Putin. 

En el marco de este compromiso cívico y humano con la razón ucraniana, en febrero de 2023, el escritor pensó en aprovechar un viaje que debía hacer desde Medellín, su lugar de residencia, hasta Grecia, en donde había comprometido su asistencia a un festival literario, para programar una visita a Ucrania para apoyar in situ el justo empeño ucraniano. El plan inicial era asistir a la Feria del Libro en Kyiv, permaneciendo solo tres días en el país (un período relativamente prudente, capaz de apaciguar las reticencias personales -el comprensible miedo- y familiares: Ya sé que vas a ir, pero quiero que sepas que no estoy de acuerdo y que si vas me estás haciendo daño, en palabras de su mujer). En la capital ucraniana protagonizaría un par de eventos: la firma de El olvido que seremos, y la presentación de la campaña ¡Aguanta, Ucrania! con Sergio Jaramillo, fundador del movimiento (que reúne a personas de América Latina para respaldar el legítimo derecho de Ucrania a defenderse de una agresión exterior intolerable), con Catalina Gómez, una amiga de años que llevaba ya meses viviendo en Ucrania como reportera de guerra y que actuaría como moderadora del acto, y con Victoria Amélina, la joven novelista y poeta de Leópolis (el nombre occidental de una ciudad que, en función de los diversos ocupantes históricos de la región, es conocida como Lviv para los ucranianos, Lemberik para los judíos, Lemberg para los alemanes, Lwów para los polacos y Lvov para los rusos; un dato que, por sí solo, explica parte de las claves de los seculares conflictos que asuelan al país). 

Una vez en Kyiv, y por entre los actos programados, las escasas horas libres, el tiempo de pasearse por la ciudad y visitar museos, plazas, iglesias, curiosear librerías, asistir, incluso, a alguna obra de teatro, y habiendo manifestado ya públicamente su solidaridad con el país en guerra, el grupo finalizaría su aventura, volviendo a su segura cotidianidad, retomando las habituales citas profesionales y personales en sus respectivas “normalidades”. De modo imprevisto, surge, sin embargo, la idea de prolongar la estancia algún día más y visitar el frente de guerra. Sergio Jaramillo y Catalina Gómez quieren acercarse a las “zonas calientes” del conflicto para conocer de primera mano la situación en esos lugares expuestos, para aumentar el eco de su testimonio, para llevar su mensaje de apoyo al entorno en donde se produce el sufrimiento y para transmitir a los combatientes la admiración por su valiente resistencia. Deciden, para todo ello, desplazarse hasta Kramatorsk, a 21,6 kilómetros del escenario de los combates. Sin plan previsto de antemano, Victoria acepta sumarse al viaje. Héctor “sufre” la insistencia de sus compañeros y deja constancia explícita en el libro de sus reticencias, de la negativa de su familia, con la que mantiene contacto telefónico puntual, de su profundo dilema moral (yo estaba seguro de que no quería ir, pero no estaba seguro de poder resistirme) y, por fin, de su decisión, tomada algo a regañadientes, de sumarse a la arriesgada expedición (Fue así, con cierto melancólico desapego, sin decirles la verdad a mi mujer ni a mis hijos, sin despedirme del todo de ellos, como acepté ir al oriente de Ucrania, un poco resignado, incapaz de oponerme a mi destino).

A partir de este momento, Ahora y en la hora se adentra en un escenario dantesco, el relato del viaje de los tres colombianos y los dos ucranianos, Victoria y el guía Dima; la llegada al destino; la fatal decisión de cenar en la pizzería Ria Plaza; la descripción del momento del atentado, el obús y sus consecuencias inmediatas, con las graves heridas de Victoria; las horas y las jornadas posteriores; la breve y fantasmagórica estancia de Héctor en el hospital; la muerte de Amelina a los pocos días; el regreso; el dolor. 

Faciolince explica las razones, azarosas, por las que eligieron cenar en el Ria (Victoria había estado en el Ria varias veces, una de ellas con Catalina, pero la última vez que habían venido —aunque querían ir— no lo habían podido encontrar. De ahí la insistencia en ir definitivamente a ese, y a ningún otro), y, tras ellas, nos lleva de la mano al lugar de los hechos, describe la estancia, las salas interiores (en donde cenaban todas las víctimas mortales de atentado, salvo Victoria), la terraza exterior (cuyos ocupantes resultarían con heridas leves, menos, una vez más, la propia Amelina, única fallecida en esa zona), algunos de los clientes, civiles y también militares compartiendo con sus familias uno de los escasos momentos de descanso del frente (en particular las jóvenes gemelas Aksenchenko o el soldado estadounidense Ian Tortorici, un exmarine que peleaba en la Legión Internacional desde el principio de la invasión rusa; que merecen una reflexión especial del autor). Vemos a Sergio recorrer el local presentando animoso la campaña ¡Aguanta, Ucrania!; vemos -literalmente, pues se nos muestra un somero plano de la mesa a la que se sientan- la ubicación de los cinco miembros del grupo; conocemos el cambio repentino de emplazamiento por parte de Héctor, cuya limitada audición del oído derecho, lo lleva a ocupar una silla que le permita oír mejor; asistimos, perplejos y progresivamente aterrorizados, al consiguiente desplazamiento de Victoria, que pasa a situarse en el lugar en donde pocos segundos antes estaba Faciolince; sabemos de la petición de bebidas, de la inocente trampa con la que Jaramillo burla la prohibición de beber alcohol que impone la guerra (se agachará bajo la mesa -un gesto que le salvaría la vida- para servir, en su vaso y en el de Héctor, el ambarino líquido de una botella de whisky que llevaba consigo); escuchamos las que serán -y entonces aún no lo sabemos- las últimas palabras de Victoria, risueña frente la preocupación del escritor ante la posibilidad de que se descubra su ingenua “transgresión”: Don’t worry, it looks like apple juice. Y, acto seguido, el horror: 

Fue en ese momento cuando algo estalló encima de nuestras cabezas, o quizá debajo de nuestro cuerpo, o más bien encima, debajo, a los lados, rodeándonos como si fuera una ola del mar. Yo sentí como si el infierno estuviera brotando desde el fondo de la tierra, porque en realidad a mí me pareció que el estruendo venía de adentro, no de afuera. No puedo asegurar si me tiré o me caí al suelo; todo pareció deshacerse por un instante, la vida y el miedo, el tiempo, los sonidos, el lugar donde estaba. Sé que casi enseguida me levanté aturdido, sin siquiera entender si estaba vivo o no (mi último pensamiento, al caer, había sido «nos mataron»). Me toqué el cuerpo porque estaba lleno de una sustancia negra, viscosa, y supuse que estaba herido, aunque no sentía ningún dolor. Esas manchas oscuras, que podían ser sangre, pólvora, tierra negra de Ucrania, me salpicaban la cara y el torso. 

A partir de ahí, un primer atisbo de la cercanía de la muerte (Lo que yo alcancé a percibir en ese momento, creo, antes de que sobreviniera el miedo que reemplaza al sobresalto, fue una sensación de serena sorpresa: ¡ah, conque esto era morir!); después, la conciencia de hallarse ileso (Un tiempo más tarde pude estar seguro de que prácticamente no tenía ni un rasguño, que me había levantado incólume del suelo, ileso y vivo, asombrosamente vivo, aunque ya nunca más volveré a ser el mismo); su incorporación alucinada, aturdida, alejada del mundo, sus balbuceos, sus palabras sin sentido; la constatación de que Catalina estaba viva y sin daño, protegida por el acto reflejo de un Dima incólume, adiestrado para estas eventualidades con su entrenamiento de precauciones, de señales de alarma y de primeros auxilios en tiempos de guerra, que, presintiendo apenas, milésimas de segundo antes, la sombra, el rayo, el silbido del obús, echó su brazo sobre ella, inclinándola sobre el suelo, lo que los salvó a ambos; la comprobación de la leve contusión de Sergio, un hematoma en un muslo, que no impidió su eficiente actividad, buscar un médico, avisar a una ambulancia; la dramática visión de Victoria herida (Puedo recordar a la perfección, pese a todo, y voy a recordarlo siempre, que Victoria estaba muy pálida, más pálida aún de lo blanca que era, con la cabeza levemente inclinada hacia atrás. Entre el polvo, el humo, los gritos, la cámara lenta que sigue a una explosión devastadora, Victoria a veces abría brevemente los ojos como si algún resto de su mente quisiera averiguar lo que pasaba. Le pregunté a Sergio si estaba viva y él me dijo que tenía pulso). Y luego, en el aquel escenario dantesco, la huida enajenada entre el humo y los gritos, entre el caos y la destrucción por doquier, entre los escombros, los hierros retorcidos y humeantes, los cristales destrozados de las ventanas, rodeado de la febril actividad de los sanitarios, de las ambulancias que evacuan a las víctimas. Héctor, perdido el rumbo, atónito, vaga como un zombi por las calles repletas de gente perpleja y desconcertada, mientras repite una y otra vez, entre el estruendo de las sirenas de alarma aérea, I am looking for a shelter, I am looking for a shelter. 
Sabremos luego, ya alejado el escritor en su narración del espanto del momento y con la distancia que establece la literatura (Faciolince tomaba notas en la libreta que siempre le acompaña), de la varilla metálica del toldo de la terraza que atravesó el cráneo de Amelina; de la atención médica a Victoria y de su traslado en ambulancia, intubada y al borde de la muerte, a un hospital especializado en Dnipró; de las llamadas inútilmente tranquilizadoras de Héctor a su mujer, a sus hijos; de su propio paso, rutinario, dada la ausencia de lesiones -al menos físicas-, por el hospital; de un incidente disparatado y desasosegante con un oficial del ejército, que con la excusa de su traslado a otro centro médico cercano, lo conducirá a un local fantasmagórico, un sótano lúgubre en donde se le somete a un interrogatorio y está a punto de ser detenido, en un episodio con tintes oníricos que, al parecer, no fue otra cosa que la necesaria actividad de los miembros de los servicios de inteligencia que, indagando las posibles causas de la explosión, sospecharon del espectral deambular del insólito personaje en que se había convertido el colombiano tras su huida desconcertada del lugar de los hechos (Después de unos diez minutos de discusión, una de las dos versiones ha ganado, sin ninguna pregunta sobre mi salud ni sobre mi profesión, ni sobre nada. Solamente sobre mi nacionalidad. Se han puesto de acuerdo. Hay menos tensión en el aire y creo, solo creo, que he sido declarado inocente. No sé si me ha salvado lo español o lo colombiano, lo viejo o lo idiota, la libreta o la cara de consternación). 

Y sigue la noche terrible en el hotel de Kramatorsk, rodeado de otras personas que habían sobrevivido también al ataque en la pizzería, un pequeño grupo de activistas sociales holandeses, una fotógrafa anglo-sueca, Anastasia Taylor-Lind (que publicaría, meses después, un poema, que os dejo al término de esta reseña, sobre el momento exacto del ataque); y el regreso a Kyiv a la mañana siguiente, gracias a las exitosas gestiones y la habilidad para resolver asuntos de intendencia de un Dima que acabaría por sufrir las consecuencias psicológicas del suceso vivido la noche anterior; las incidencias de un viaje marcado por la presencia militar y los retenes en los numerosos controles de carretera; la llegada al hotel de la capital y el encuentro con Luis de Vega, el corresponsal en la guerra de El País (cuyas espléndidas crónicas yo he seguido desde el inicio de la contienda); el encuentro en el vestíbulo del hotel con Emmanuel Carrère, el novelista francés, que había llegado a Kyiv el día anterior para hablar con colegas escritores y periodistas ucranianos sobre la invasión; el viaje en tren hacia Leópolis, siempre ya hacia el oeste, casa vez más lejos de la batalla, del terror, de dolor, de la muerte; el vuelo, vía Múnich, de Héctor hacia Madrid y de Sergio a Bruselas (Catalina, comprometida, luchadora, valiente, se quedó acompañando a Victoria hasta su muerte); el desagradable encuentro en el avión con un fanático del AfD, el partido ultraderechista alemán; la noticia, recibida de Catalina, del fallecimiento de la joven escritora ucraniana (Hoy es domingo 2 de julio de 2023. Esta mañana, a las 7:31, me enteré de que Victoria había muerto anoche en el hospital de Dnipró. Catalina me reenvió un mensaje de texto que acababan de mandarle: It’s not public yet, but she’s gone yesterday around 23:30. Esto quiere decir que Victoria se murió ayer sábado 1 de julio, alrededor de las once y media de la noche).

En la narración de tan terribles acontecimientos, Faciolince va intercalando breves semblanzas de los protagonistas, presentados con cariño y delicadeza, dibujados con agudeza y precisión. Destaca, como es obvio, el acercamiento narrativo a Victoria, de la que se nos describe su muy especial presencia física; su rostro, serio, sonriente y triste, con esa tristeza que la sonrisa no logra borrar; su palidez, su blancura espectral; sus ojos desamparados pero compasivos; su porte delicado, tenue; su figura casi transparente; su apariencia de fragilidad. Fíjate bien, parece un cisne, comentará Alexandra, la mujer de Héctor, a la vista de las fotos que se trajo su marido documentando aquellos días aciagos. Una caracterización que, más allá de los rasgos externos, es también psicológica y espiritual: su silencio, roto en pocas frases rezumando ironía y humor negro, su desgarro interior (Su actitud me hacía pensar en una viuda reciente o incluso en una madre a quien le hubieran matado a su único hijo en la guerra), también su rabia, su lucidez, su valentía (era una mujer de armas tomar, literalmente: Acabo de comprar mi primera pistola en el centro de Leópolis, escribió en su diario póstumo, Looking at Women Looking at War, Mirando a las mujeres que miran la guerra), su decidido activismo contra la guerra formando parte de Truth Hounds (los Sabuesos de la verdad), una organización para la investigación y denuncia de los crímenes perpetrados por los ejércitos de Putin, su determinación y su firmeza (tras la primera invasión a Ucrania, la de Crimea en 2014, Victoria decidió vestirse siempre de medio luto. Después de la ocupación de 2022 había pasado al luto completo en homenaje y recuerdo de los soldados muertos, los civiles muertos, sus amigos muertos). 

El autor nos ofrece también algunas pinceladas de su infancia y juventud, educada en la cultura rusa; de su madurez personal e intelectual; de la búsqueda de la propia identidad (su crecimiento intelectual, su independencia (…) consistió en irse apartando de la herencia rusa para poder integrarse poco a poco en la conciencia de ser una ciudadana de su verdadero país existente y todavía en ciernes, casi soñado, Ucrania); de su discreta vida personal (un marido informático que vivía en Estados Unidos y con el que estaba en trámites de divorcio; un hijo de once años refugiado en Polonia al cuidado de una tía abuela); su perra blanca, Vovchytsia («loba» en ucraniano), de la que hablaba con alegría y que había sido, quizá, la inspiración del Dom protagonista de su novela); su trayectoria profesional (ingeniera de sistemas reconvertida en escritora de cuentos infantiles, novelas y ensayos; una dedicación literaria arrumbada tras la guerra: Ya es imposible seguir inventándose historias. L a realidad es mucho más intensa). 

Y un Faciolince sincero en extremo da cuenta también de la inicial incomodidad en el trato entre ambos, de una cierta reticencia recíproca, debida, tal vez, al hecho de que ninguno había leído los libros del otro; de la voluntad de solventar esa distancia con el intercambio de sus obras, la noche anterior al atentado, en el pequeño hotel de Kramatorsk; de la trágica y ya imposible amistad póstuma: Creo que ahora incluso le pediría permiso para llamarla Vika, en vez de Victoria, tal como le decían sus amigos. Me he vuelto amigo suyo después de su muerte

Entre todos los participantes en la triste aventura, despunta la poderosa figura de Catalina Gómez, de la que Faciolince traza una estampa formidable, marcada por el cariño y la admiración. Una mujer serena y solidaria, abnegada, vocacional, valiente, constante, lúcida, resuelta, una misionera laica, que ha cubierto como periodista guerras en los sitios más peligrosos del mundo, Gaza, Irak, Irán, Israel, Libia, Siria. Está acostumbrada a ver el horror de cerca y a mirar la muerte, sin parpadear, a la cara, dice de ella su compatriota. Llevada por su dedicación, por su compromiso, Catalina volverá más veces a Kramatorsk después del atentado (Yo sabía que si no volvía pronto no iba a seguir haciendo este oficio. Es como el que tiene una caída grave de un caballo. Si no se monta ahí mismo otra vez, lo deja para siempre), persuadida de la necesidad de estar presente en el lugar de los hechos para intentar entenderlos y dar cuenta de ellos, (eso es Catalina: una mujer que con su mirada nos abre los ojos y nos permite ver más a fondo, es decir, comprender), para contar la verdad de la angustia, la devastación y el dolor de la guerra: Quiero ir a entender, hablar, preguntar y saber. No que me lo cuente alguien que haya estado; quiero ir yo misma. La gente se traga todos los cuentos. Héctor describe, con entregado asombro, su responsabilidad, su implicación, su férrea voluntad, su profesionalidad: Su lema podría ser el de todos los periodistas de pura cepa: si-no-se-va-no-se-ve, los siete monosílabos que representan a los reporteros de verdad

Y hay también un retrato de Sergio Jaramillo, diplomático, muy culto, inteligentísimo, con su desbordante formación, su exitosa trayectoria en la política colombiana, como negociador del plan de paz con las FARC; un hombre práctico, eficiente, firme y resolutivo, tranquilo y amable, agudo, también algo hermético, reservado y evasivo en lo que afecta a su intimidad. En la narración del escritor lo vemos resolviendo problemas, solventando enojosos asuntos de intendencia, entregado sin desmayo a sacar adelante las iniciativas de ¡Aguanta, Ucrania! Y resplandece también la ejemplar figura del abnegado y eficiente Dima, un joven nacido tres semanas antes de la independencia de Ucrania, una vida entera, pues, desarrollada libre de la ominosa influencia de Rusia, un indispensable facilitador de los muchos problemas de logística que entrañaba una situación extrema como el arriesgado viaje al frente de los tres colombianos y la ucraniana. Un hombre para todo, sociólogo de profesión, dueño y chófer del jeep que los transportaba, guía geográfico capaz de elegir las rutas más seguras, traductor del ucraniano al inglés y paciente divulgador de las costumbres locales y, por tanto, insustituible colaborador en la difícil tarea de superar las barreras culturales entre dos mundos tan alejados. Su entereza, sus conocimientos, su experiencia resultaron decisivos a la hora de afrontar los efectos de la explosión, aunque, paradójicamente, no le sirvieron a él para permanecer indemne a los daños psicológicos de la espantosa experiencia. Dima relata a su interlocutor, que nos lo cuenta a los lectores, cómo, superados los primeros días, en los que, en el frenesí y la intensidad de los hechos, fue muy eficaz y resolutivo a la hora de solucionar los aspectos prácticos del momento, fue progresivamente derrumbándose, perdiendo la concentración, viéndose obligado a consultar médicos y psiquiatras, debiendo tratarse de un trauma neurológico, siendo internado en un centro de rehabilitación diagnosticado de estrés postraumático, necesitando tratamiento y un período de cerca de medio año de recuperación. Un personaje entrañable y un ejemplo vivo de los horrores, más allá de los evidentes, de los directamente perceptibles, que causa la guerra. 

Y hay otros personajes, de presencia más fugaz y episódica pero igualmente significativa de la realidad que se pretende mostrar: las fervientes editoras ucranianas; el poeta Vakulenko, asesinado en Járkov; las actrices del teatro local; el actor muerto en el frente; el amigo pacifista de Victoria; las gemelas de catorce años, Juliya y Anna Aksenchenko; Oksana, otra amiga de Victoria, que recoge perros abandonados; los ya citados Luis de Vega, Emmanuel Carrère o Anastasia Taylor-Lind; el padre de Victoria, de aparición postrera pero sustancial en el libro. Además, en un apéndice final, Faciolince nos ofrece la lista de los fallecidos en la pizzería de Kramatorsk, sus edades -tan jóvenes todos-, sus profesiones, en un emotivo recuerdo de sus absurdas muertes. 

El libro interesa, en una segunda línea argumental, imbricada en el hilo central -el funesto episodio del obús-, por la profunda indagación en el trauma personal, no solo físico ni psicológico sino también filosófico y hasta existencial, en el que la dramática experiencia sumió a su autor. En el relato de cada uno de los distintos episodios narrados, aflora la crisis vital de un Héctor Abad que aunque apenas cumplía sesenta y cinco años en el momento de los hechos, no para de angustiarse por los achaques de salud y el deterioro del cuerpo, por el terror ante la vejez, por el miedo a la muerte, por el deplorable balance que hace de su vida. Aflora así, en un autorretrato implacable, una suerte de confesión, una imagen de sí mismo demoledora, la de un hombre atónito y curioso, despistado, con miedo a ser cobarde, irreflexivo, impulsivo e insensato, falto de carácter, irresponsable, dominado por una egoísta voluntad de vivir, atenazado por la culpabilidad (uno no sabe de qué, pero se siente culpable, culpable de estar vivo, de tener que compartir el mundo con los que matan a tus amigos, a tus vecinos, a tu prójimo, y los siguen matando). Un hombre que duda sobre la pertinencia y la oportunidad de su viaje; que cuestiona su arrepentimiento -o la falta de él-; que se fustiga por su narcisismo, que lo pone una y otra vez en el centro de una historia en la que los protagonistas, los desventurados protagonistas, son los otros, los muertos, Amelina, las víctimas, los ucranianos; que sufre por los reproches y las duras críticas de su familia, en particular de su hija (recibí la carta más dura que he recibido en mi vida; quizá también la más sincera, porque siendo en el fondo una carta de amor, es también una carta con la crítica más feroz que se me puede hacer. Mi hija Daniela me acusaba de haber sido vanidoso al ir a Ucrania, y sobre todo al este del país, cerca del frente de guerra); que se retuerce y enloquece por sus remordimientos, por su egoísmo, por su cobardía, por su pronta huida del lugar de la explosión, con Victoria malherida, temiendo un segundo obús (Me porté, sí, como una bestia asustada, pero no con el sentido del deber y de la justicia que todos ellos mostraron. Los tres, Catalina, Dima y Sergio, se portaron con Victoria no como yo, que me escapé espantado, sino como el buen samaritano que se detiene a ayudar a alguien caído). 

Y por entre todas estas vertientes del libro, se cuelan las reflexiones de su lúcido autor sobre numerosos temas de interés: la voluntad de escribir pese a la impotencia a la que condena el drama (Yo pienso, en realidad, que escribo para no morirme y para entender y merecer la muerte. Para aprender a morir, como decía Montaigne); las limitaciones de la literatura para dar cuenta de la realidad (no consigo traducir todo aquello a las palabras. Las palabras no huelen; las palabras no duelen; la escritura no grita; las lágrimas de páginas no lloran, y aunque las hojas tiemblen, tiemblan de otra manera); la culpa propia y la de los ucranianos que se han ido renunciando a defender a su país; la importancia de dar testimonio de la injusticia y los abusos y de homenajear a los ciudadanos de Ucrania (Lo que escribo es, en cambio, un homenaje a los ucranianos que han perdido la vida luchando por ser libres y por ser ellos mismos, sin que una potencia imperial les diga cómo deben ser y a qué tradición histórica, religiosa o política deben pertenecer. Es un homenaje a Victoria y a todos aquellos que han perdido la vida defendiendo su derecho a ser libres y a ser ellos mismos); el pacifismo; el sentido de la vida en un entorno de muerte (¿Qué hacer con una vida cuando esta es excesiva, cuando le sobran muerte y tristeza, aunque también (y en dosis parecidas) vida y alegría? Si pudiera al menos concentrarme en lo bueno, en la alegría, pero no me siento capaz); el azar y el destino (El azar interviene al repartir la suerte de quiénes mueren, pero hay voluntad y crimen en el acto de querer matar el mayor número de personas posible); las coincidencias y los sorprendentes paralelismos entre su propia vida y la de Amelina (Victoria es de la misma edad de su hija Daniela; la palidez extrema de ambas; Simón, el segundo hijo de Héctor, nace el 24 de agosto de 1991, día en que se firma la independencia de Ucrania); el arrepentimiento; la paternidad y la familia; la guerra; el duelo; la importancia de las palabras, de la escritura, de la música para mitigar el dolor; la belleza y la locura (Miro el azul del cielo, azul de Fra Angelico, azul de Giotto, azul de Botticelli, y la música y el azul, por un momento, me devuelven a esa cosa más intensa que extraño: la dicha de estar vivo); la dificultad, a la vez, de olvidar la tragedia (Algunos salen heridos y otros incólumes, indemnes, intactos. ¿Cuál de esas tres palabras describe mejor el hecho de que yo, el más viejo de todos, hubiera salido con apenas un rasguño del infierno?); el problema político de la invasión; el sempiterno asunto del mal (Es necesario hacer una distinción entre el mal en abstracto, impersonal (terremotos, epidemias, meteoritos, tsunamis), y el mal concreto, personificado en algún individuo que tiene, a una breve orden de distancia, un poder de exterminio de dimensiones colosales, masivas y telúricas); el peso de la figura del padre en su propia vida, con menciones a El olvido que seremos; la tortura que supone haber sobrevivido, relacionando su vivencia con la de Vasili Grossman (¿Cuánto tiempo puede durar la euforia de haber sobrevivido al campo de concentración si cuando sales te enteras de que tu familia ha muerto en otro campo? Quizá estés vivo, sí, pero ya alejado para siempre de la vida). 

En fin, un libro altamente recomendable, muy duro, muy triste pero de lectura indispensable. Os dejo ya con el prometido poema, de título Ria Pizza, Kramatorsk, 19:32, escrito por Anastasia Taylor-Lind. Tras él una de las varias canciones a las que se alude en la obra. Escribe Héctor que una de las canciones que más le gustan, Who by Fire de Leonard Cohen, empieza diciendo: 

And who by fire, who by water 
Who in the sunshine, who in the nighttime 
Who in your merry merry month of May 
Who by very slow decay 

[«Y quiénes por el fuego, quiénes por el agua 
quiénes a pleno sol, quiénes de noche 
quiénes en tu feliz feliz mes de mayo 
quiénes por lenta decadencia»]. 

Y, tras transcribir este breve fragmento de su letra, comenta: 

Esta canción se inspira en un lamento fúnebre que los judíos cantan repetidamente entre el Nuevo Año (Rosh Hashaná) y el Día de la Expiación (Yom Kipur). El lamento da otras muchas opciones para morir: «Quiénes de hambre y quiénes de sed; quiénes por terremotos y quiénes por las pestes…». Todos vamos a morir, está claro, pero no sabemos cómo. Si pudiéramos escoger, ¿qué muerte escogeríamos? No sabría decirlo. Lo que sí puedo decir con seguridad es que no quisiera morir como murió Victoria, por el atentado terrorista de un misil ruso contra un blanco civil, en un restaurante en la hora de mayor afluencia de gente común y corriente, y de soldados en licencia para ver a su esposa o a sus hijos. 

Who by fire, pues, en la interpretación de su creador, Leonard Cohen, es mi elección musical para despedir mis comentarios por hoy. 



Ria Pizza, Kramatorsk, 19:32. Anastasia Taylor-Lind

De repente, un estruendo
cae sobre nosotros
hipersónico
 
Dima está sentado frente a mí
aplasto mis palmas sobre la mesa
lo miro
 
sé exactamente
lo que está pasando
fruncida —mandíbula apretada— ojos cerrados
 
un chasquido sordo
la explosión que arroja aire caliente
retuerce el metal… el vidrio
 
golpeando alrededor —más y más—
fragmentos calientes en añicos
en mi costado izquierdo
 
Dima tiene sangre
que corre por su cara
está gritando sótano
 
yo también tengo sangre
empapando mi suéter morado
sangre
 
la boca seca
no me sabe a hierro
me doy golpecitos en los pómulos…
 
cuencas de los ojos… en busca de la herida
mis dedos se deslizan en la
seda de la sangre
 
 
sótano… respirando polvo de ladrillo
mi linterna examina
las heridas de Dima
 
no quiero verlas
pero lo inclino hacia adelante
un corte rojo en lo alto de la cabeza
 
no hay cerebro blanco
no hay metralla… alivio
alivio cuando los soldados toman el control
 
le vendan la cabeza
pregunto ¿Mi cara está bien?
una camarera me da una servilleta roja
 
me lleva la mano
hasta la nariz… hace presión ahí
en mi cara y luego salimos de allí
 
Dima y yo
atravesamos el restaurante volado
sobre vidrios que crujen
 
marcos de ventanas retorcidos…
comida todavía en las mesas… un plato
de papas fritas regado con vidrio
 
salpicaduras de sangre
¿o es kétchup en las mesas?
sillas en la calle
 
el atardecer apenas comienza…
la gente sale de sus casas desconcertada
y mira fijamente… llamo a mamá
 
le digo que estamos vivos antes
de que vea las noticias… nuestro auto
está apachurrado pero arranca a la primera
 
Dima deambula por ahí
buscando una salida
antes de que lleguen las ambulancias
 
 
en la sala de urgencias
gabinete para heridos capaces de caminar
Dima espera
 
a que un médico le cosa
la cara… la sangre le rueda
por el pómulo
 
toma una foto dice Dima
querías hacer fotos
de civiles heridos
 
no sonríe, ni yo… en el suelo un par
de tenis Gucci blancos salpicados de sangre…
pasillo lleno de gente ensangrentada
 
es de noche… en el hotel
las chicas de recepción
están en los escalones de entrada temblando
 
y llorando al ver nuestras caras
Alya me ofrece pepas para los nervios
que ella ya se tomó
 
 
no lloro hasta el otro día
mientras leo sobre los muertos…
todavía hay cuerpos
 
bajo los escombros
cuando volvemos allí
a buscar mi cuaderno…
 
casi todo el edificio ha desaparecido… las paredes
y las ventanas han cambiado de lugar… concreto
losas apiladas a la entrada
 
hay sillas en la calle
hay vidrios en la comida
hay cuerpos bajo los escombros
 
 
misil Iskander… ojiva de 500 kg
precisión de cinco a siete metros
había un soplón… el SBU lo apresa
 
respondo las preguntas de los investigadores
dibujo mapas y hablo con un terapeuta
una sombra se oscurece sobre el patio…
 
rugido repentino de un motor de crucero…
cierro los ojos
el chasquido sordo del impacto…
 
mi sistema nervioso está destrozado hablo rápido
olvido palabras pierdo el equilibrio me duele la cabeza
hoy es el funeral de Victoria
 
al otro lado de su ataúd observo
fotógrafos que se balancean juntos en silencio
en busca de un encuadre
 
cuento cinco lo sé
pero nadie me reconoce al otro lado
sin mi cámara
 
había vidrios en la comida
había sillas en la calle
apenas empezaba a atardecer.


Videoconferencia
Héctor Abad Faciolince. Ahora y en la hora

miércoles, 18 de febrero de 2026

PHILIPPE SANDS. CALLE LONDRES 38

Hola, buenas tardes. Dentro de unos días, el próximo 24 de febrero, se cumplirán cuatro años de la inicua y criminal invasión de Ucrania por parte de las tropas del Kremlin, un acto que contraviene abiertamente las normas del derecho internacional y que, sin embargo, y tal y como están las cosas en el panorama geopolítico mundial, no deja de ser una muestra más de la impunidad con que son soportados (más allá de bienintencionadas, más bien enfáticas y casi siempre inútiles declaraciones de los dirigentes de uno y otro signo) los abusos que las grandes potencias –Rusia, Estados Unidos, China, Israel– infligen día tras día a los países más débiles a los que someten, obrando a su antojo, despreciando el orden constituido y moviéndose por sus exclusivos intereses económicos, territoriales, estratégicos, militares, tecnológicos y, en definitiva, de dominio. En este contexto, traer a colación los recientes sucesos en Venezuela, Gaza, Oriente Medio, Sudán, el Congo o Nigeria, Cachemira o Irán, o las más que probables amenazas que se ciernen sobre Groenlandia, Polonia o Taiwan no resulta superfluo –nunca lo es, al menos como mera manifestación de una expresa voluntad testimonial– aunque desde un programa de sugerencias de lectura poco se pueda hacer más que constatar cómo el equilibrio global está hoy en día más en peligro que en las últimas ocho décadas (con el agravante adicional de la inquietante y ominosa sombra de la destrucción nuclear) y rechazar, sin ningún efecto práctico, esas conductas imperialistas. 

Sin embargo, y en lo que se refiere a Ucrania, no se sabe por qué extraña conjunción de circunstancias (quizá la cercanía, quizá la brutalidad del ataque), Todos los libros un libro siempre ha mostrado un interés singular y se ha manifestado especialmente sensible ante el desafuero, la iniquidad, el horror y la tragedia con los que los ejércitos de Putin han castigado al pueblo ucraniano. Y por ello, y a diferencia de los demás ejemplos mencionados, desde el 24 de febrero de 2022, cuando comenzó la más reciente ocupación (dando por descontada la igualmente abusiva de Crimea en 2014), y en cada nuevo aniversario, nuestro espacio ha dedicado puntualmente distintas emisiones a libros –novelas, ensayos, crónicas periodísticas– vinculados con la realidad de la guerra, con la convulsa historia del país, con el drama que viven sus ciudadanos o con algunas otras facetas de esos temas relacionadas, al menos tangencialmente, con los dramáticos sucesos. 

Y así, ahora, cuando llegamos al cuarto aniversario del ataque y estamos no muy lejos de que se cumplan los mil quinientos terribles días de la persistente destrucción del país, quiero “enmarcar” este 24 de febrero de 2026, entre dos programas, el de hoy, el inmediatamente anterior a la triste conmemoración, y el de la próxima semana, que se emitirá solo un día después de esa fecha, que tienen como referencia última, de un modo más o menos directo, a la infortunada –a la injusta– situación que vive el muy castigado y muy sufriente pueblo centroeuropeo. 

En el caso de esta tarde, el núcleo central de mi propuesta –cuádruple, si hablo solo de libros; quíntuple si incluimos una película más o menos relacionada; y hasta séptuple contando con los dos documentales citados– gira en torno a un libro con escasos vínculos –en apariencia, en una apreciación superficial– con Ucrania, aunque de presencia pertinente en el espacio, dado que el volumen cierra una suerte de trilogía de la que los dos primeros títulos, sobre todo el primero, sí conectan abiertamente con episodios vividos por el país en el pasado y que explican, en parte, lo que ahora sucede en él. Empecemos, pues, ordenando esta quizá algo enrevesada y aparentemente enmarañada presentación. 
 
Hace unos meses, en abril de 2025, la editorial Anagrama publicó Calle Londres 38, la última obra de Philippe Sands aparecida en nuestro país. Sands es abogado, profesor de Derecho Internacional en el University College de Londres y con un amplio y relevante desempeño profesional en el Tribunal de Justicia de la Unión Europea y en la Corte Penal Internacional de La Haya. El libro surge al hilo de las investigaciones llevadas a cabo para la elaboración de las otras dos obras anteriores de las que esta es una suerte de continuación, Calle Este-Oeste y Ruta de escape (en la sección final de agradecimientos de Calle Londres 38 escribe Sands: Este libro es consecuencia de una invitación que me hicieron a visitar Lviv, Ucrania, allá por 2010, y puede considerarse el tercer volumen de una Trilogía de la calle Este-Oeste). Del primero de ellos yo os hablé aquí, entusiasmado, en abril de 2018, haciendo un breve recordatorio de su muy interesante contenido en marzo de 2022, a los pocos días del comienzo de la agresión y las acciones bélicas rusas sobre Ucrania. Del segundo me ocupé, con idéntico interés, aunque con algo menos de fervor, en abril de ese mismo año. Quiero ahora ofreceros un resumen sucinto de cada una de esas reseñas para “encadenar” en ellas mis palabras de presentación de su nueva obra, aportando, además, al recuperar esos comentarios de entonces, la oportuna conexión con Ucrania, el asunto principal que explica mi recomendación de hoy. Además, y habiendo señalado que mi sugerencia literaria de esta tarde sería cuádruple, debo aclarar que ello es así porque de Calle Este-Oeste se ha publicado hace unos meses, también en 2025 y también en Anagrama, una nueva edición en formato cómic, en la que, sobre la base del texto original, obviamente abreviado, reducido para ajustarlo a las necesidades del género, el guionista Jean–Christophe Camus y el ilustrador Christophe Picaud han realizado la adaptación gráfica de la obra de Sands. De la quinta referencia, la cinematográfica, os hablaré en el momento oportuno. 

Delimitados de este modo el propósito y la estructura del espacio paso a hablaros de manera breve de Calle Este-Oeste, primero en su deslumbrante versión ensayística, literaria o textual, como queramos llamarla, y después en su versión dibujada. El libro, que apareció en 2017 en la Editorial Anagrama en traducción de Francisco J. Ramos Mena, es un estudio exhaustivo, riguroso y, a la vez, palpitante sobre los orígenes, el desarrollo y, sobre todo, las consecuencias del trágico delirio nazi, que se plantea desde un muy peculiar enfoque anticipado en el subtítulo del libro, muy claro y explícito y, por ello, revelador del contenido que nos encontraremos en sus cerca de seiscientas páginas: Sobre los orígenes de "genocidio" y "crímenes contra la humanidad", asuntos que, por desgracia, vuelven a estar estos días de lamentable actualidad. 

Es cierto que una rúbrica de este cariz parece evocar de modo evidente el mundo académico y hacer pensar al lector que se halla ante una publicación teórica, de índole científica, un denso texto doctrinal de análisis jurídico, una suerte de aburrida tesis doctoral o de abstruso trabajo de investigación, poblado, además, de notas a pie de página y fundamentado en infinidad de referencias bibliográficas. Y es cierto que son cientos las citas que salpican el relato y decenas los libros que se mencionan en un apartado final de fuentes, pero –y siento recurrir a una expresión tan manida, aunque a la vez tan esclarecedora– Calle Este-Oeste se lee con idénticos gozo, fruición y placer con los que avanzamos por la novela más excitante, pues su escritura es fluida y llena de brío, y la historia que narra –más allá de las disquisiciones teóricas que, en efecto, permean todo el texto y que resultan, también, absorbentes– es conmovedora, llena de peripecias, rezumando emoción y humanidad, mostrando con intensidad y sentimiento –entre las muy precisas argumentaciones jurídicas e históricas– las vidas de unos seres que padecieron la barbarie desencadenada por el Tercer Reich. Además, el planteamiento y la estructura elegidos por Philippe Sands para dar cuenta de los hechos que narra y para organizar la información que nos presenta tienen mucho de novela detectivesca, aportando ingredientes de thriller y siguiendo algunas pautas del género de indagación criminal, graduando la acción con maestría, ofreciendo rasgos de intriga, alternando los tiempos y los escenarios para incrementar el misterio, dejando “flecos” por doquier, elementos incompletos necesitados de desarrollo posterior que incrementan la expectación del lector y le hacen continuar la lectura simultáneamente interesado y conmovido, atento y entusiasmado, emocionado y, pese a la dureza de los sucesos referidos, feliz, con esa exaltada felicidad que es, a mi juicio, el más evidente efecto –y el más noble– que produce la mejor literatura. 
 
En el verano de 1998 Sands, en su condición de experto en los complicados entresijos de la justicia internacional, había tenido un papel secundario en las negociaciones que llevaron a la creación de la Corte Penal Internacional. Meses después trabajó en el caso Pinochet en Londres (sobre el que gira Calle Londres 38). En los años siguientes, y en el mismo ámbito jurídico, participó en los casos de la antigua Yugoslavia y de Ruanda y en otros relacionados con diversas acusaciones en el Congo, Libia, Afganistán, Chechenia, Irán, Siria y el Líbano, Sierra Leona, Guantánamo e Irak. 
 
Esa amplia y consolidada trayectoria profesional en el dominio del derecho internacional constituye el desencadenante de Calle Este-Oeste. Invitado en 2010 por la facultad de derecho de la universidad de la hoy ucraniana ciudad de Lviv para dar una conferencia sobre las materias objeto de su especialización –los “crímenes contra la humanidad” y el “genocidio”–, Sands, que desde años antes se había interesado por el juicio de Núremberg, en el que tras el fin de la guerra se juzgó a los criminales nazis, encuentra en la pequeña ciudad de historia convulsa el nudo que enlaza algunas de sus principales preocupaciones, tanto profesionales –la consecuencias del juicio y de las condenas a los jerarcas del Reich y sus repercusiones en el Derecho internacional– como personales –las tristes peripecias vividas por su familia judía a lo largo de la primera mitad del siglo–. 

A partir de esos diversos ejes que confluyen en Lviv, se lanzará a una minuciosa investigación que girará sobre cuatro personajes principales: el ministro de Hitler, Hans Frank, juzgado en Núremberg, abogado, despiadado ejecutor, como gobernador de Polonia, de la infame normativa que dio sustento “legal” a la aniquilación de los judíos, y, por tanto, responsable de la depuración étnica en los, así llamados, Territorios Ocupados; Hersch Lauterpacht, catedrático de derecho internacional, la mente jurídica internacional más preclara del siglo XX, “creador” de la noción de “crímenes contra la humanidad” y padre del actual movimiento en pro de los derechos humanos; Raphael Lemkin, también abogado, además de fiscal, judío como Lauterpacht, e introductor en el corpus jurídico ya universal –en apasionante “carrera” con su colega y rival– de la doctrina sobre el genocidio, igualmente decisiva en la configuración de la justicia internacional de nuestros días (en su configuración, he escrito, porque en lo que se refiere a su puesta en práctica en estos últimos tiempos estamos muy lejos de su efectividad); y, last but not least, Leon Buchholz, abuelo del autor, apenas el único sobreviviente de una amplia familia judía masacrada, erradicada, borrada de la faz de la tierra en pogromos y campos de exterminio, en inhumanos traslados, en salvajes ejecuciones, en siniestras cámaras de gas. Los cuatro, casi coetáneos –nacidos entre 1897 y 1904–, coinciden en Lviv (León Buchholz nacido allí; Lauterpacht, en Żółkiew, a escasos kilómetros; Lemkin, residente en el pueblo desde muy joven; y Frank, en tanto gobernador de la zona, visitante del lugar por motivos “profesionales”), que se constituye así, y no sólo por estas razones más o menos azarosas, en el quinto gran protagonista del libro y la razón última que justifica su presencia en este espacio de apoyo a Ucrania. 

Porque la pequeña ciudad de Lviv, situada en el mismo corazón de Europa, resulta un ejemplo paradigmático del trágico destino que ha acompañado al país centroeuropeo y, por tanto, al continente en los peores momentos de su historia. Entre septiembre de 1914 y julio de 1944, el control de la ciudad cambió de manos ocho veces. Conocida indistintamente como Lemberg, Lviv, Lvov y Lwów, perteneciente, en distintas épocas, al imperio austrohúngaro, a la Polonia independizada poco después de la Primera Guerra Mundial, a la Unión Soviética que la ocupó durante la Segunda Guerra Mundial, a la Alemania nazi en 1941, a la URSS tras la “reconquista” soviética después de la guerra y, por fin, desde 1991, a la actual Ucrania independiente, de la que forma parte en nuestros días, sus calles, sus edificios, también –por desgracia– sus habitantes, sufrieron, una tras otra, todas las desgracias a las que un siglo terrible, con dos devastadoras guerras de por medio, abocó a la humanidad. Así, la historia de la ciudad se constituye, en definitiva, en una representación a pequeña escala de la de todo el continente. Y esta Lviv, la vecina Żółkiew, y tantas otras cercanas poblaciones con población judía parecidas, en las que coinciden las existencias de las familias de los personajes principales, se acomodan a unas estructuras urbanas similares, descritas en la cita de Joseph Roth con la que se abre el libro y que, además, con enorme potencia metafórica, le da nombre: La pequeña población se halla en medio de una gran llanura [...]. Comienza con pequeñas chozas y termina con ellas. Al poco las chozas son reemplazadas por casas. Empiezan las calles. Una discurre de norte a sur; la otra, de este a oeste. Este/Oeste, una dicotomía que puede ser leída como la gran metáfora de gran parte de los conflictos de nuestra época. 

Calle Este-Oeste se presenta de este modo como una indagación, que tiene, como he dicho, algo de detectivesco, en tres frentes que se imbrican e interrelacionan, que se mezclan e intercalan. El primero de ellos refleja el “buceo” en las biografías de los cuatro personajes y de su pasos dentro y fuera de su ciudad común, en una pesquisa palpitante y narrada con una capacidad de atracción irresistible. En el segundo, Sands nos ofrece la descripción –hecha con precisión y fidelidad de sobrecogedora crónica periodística– de las sesiones del juicio de Núremberg, en la ya histórica sala 600 de su Palacio de Justicia, que representa una nueva convergencia –junto a la de la ciudad que los vincula– entre los protagonistas principales: en él, Frank será condenado y, tras la sentencia, ejecutado en la horca, Lauterpacht y Lemkin participarán, en distinta medida, con sus aportaciones teóricas, mientras que Leon estará presente a través de su nieto, este Philippe Sands que años después, estudiará con detalle el proceso y escribirá su libro. Por último, en la tercera vertiente el libro expone los aspectos jurídicos de la génesis, la evolución y la general aceptación de los dos novedosos y “revolucionarios” conceptos –“genocidio” y “crímenes contra la humanidad”– cuya construcción tiene lugar en esos días y que se utilizarán por primera vez frente a los asesinos responsables nazis, para integrar desde entonces un ordenamiento legal internacional –en particular la Declaración Universal de los Derechos Humanos, adoptada por la Asamblea General de las Naciones Unidas el 10 de diciembre de 1948– al que se han acogido hoy día la mayor parte de los estados desarrollados. 

Esos tres frentes del libro –que el propio autor no duda en calificar de proyecto literario, eliminando así cualquier disquisición sobre su naturaleza: literatura al fin, al margen de su género– se articulan en un cuerpo central hecho de cuatro grandes capítulos –uno por protagonista– que se alternan y completan con otros menores en los que Sands da cuenta, en un permanente juego hacia adelante y hacia atrás en el tiempo, de los pasos de su investigación, de sus viajes, de sus entrevistas con otros personajes secundarios (sobrecogedoras –y sorprendentes– las “apariciones” de Niklas Frank, hijo del criminal), de sus visitas a bibliotecas y archivos, todo ello con muestras, que se “espolvorean” con intención y acierto por el texto, de mapas, fotos, pasaportes, visados y otros documentos, los cuales, junto a la ya mencionada base “profesoral” –las bien nutridas secciones finales de agradecimientos, fuentes y notas, y el completo índice analítico–, complementan, con su inequívoca carga de “realidad” comprobada, los aspectos más “novelescos” y por tanto susceptibles –quizá– de ser puestos en duda si se entendieran como una mera ficción literaria. 

De todas estas relevantes vertientes del libro, me interesan especialmente dos, que podríamos llamar “humana” y “jurídica”. Desde el primero de los dos puntos de vista, Calle Este-Oeste sobrecoge en tanto que el detallado recorrido por la historia íntima, personal y familiar de los personajes nos muestra retazos de su vida auténtica, de sus afanes, de sus luchas, de sus preocupaciones, de sus esperanzas, también de sus miserias, sus contradicciones o sus cobardías. Sands reconstruye sus antecedentes familiares, rastrea –llegando a visitar– sus domicilios, los negocios que los sustentaron, da cuenta de sus oficios, de las vicisitudes de sus vidas cotidianas, y, claro está, levanta acta de las persecuciones, de la diáspora, de la dispersión, de las huidas, de los exilios, también del infortunio, de las deportaciones, de las muertes, de la aniquilación casi total de muchas de estas pequeñas poblaciones judías centroeuropeas y con ellas de sus habitantes. Y, de continuo, el lector se ve embargado por la emoción que transmiten esos seres desgraciados sometidos a un insoportable sufrimiento. 

La batalla de ideas entre Lauterpacht y Lemkin por introducir y hacer prevalecer en el derecho internacional las figuras jurídicas de las que son creadores, respectivamente “crímenes contra la humanidad” y “genocidio”, es también fascinante, por el apasionamiento –no exento de egocentrismo– de ambos contendientes y por las importantes repercusiones que ambas categorías acabarían teniendo en las décadas posteriores y hasta nuestros días actuales. Para entender lo destacado de sus aportaciones hay que partir de la base de que, hasta esos años, el derecho internacional estaba dominado por la idea de que la ley servía al soberano, y, conforme a ese principio, resultaba inconcebible que un individuo tuviera derechos cuyo cumplimiento pudiera imponerse frente a los estados soberanos, que eran libres de actuar como quisieran contra sus ciudadanos, sin sometimiento a principio alguno de más valor que su propio ordenamiento interno: soberanía significaba soberanía, total y absoluta. De este modo, el Reich –pero también cualquier otro Gobierno nacional– podía, dentro de sus fronteras, discriminar, torturar o matar, sin limitación alguna ni reproche jurídico posible. Y así, las minorías y los individuos particulares estaban desprotegidos frente a los excesos de sus gobernantes. 

Conscientes –como muchos otros juristas– de que el mundo necesitaba alguna reacción –alguna reacción legal– frente a ese tipo de conductas, que habían desembocado en los intolerables e inhumanos excesos nazis, Lauterpacht y Lemkin acometen su batalla jurídica desde dos ángulos complementarios –aunque en ocasiones antitéticos–: el individual y el grupal. El primero pretendía reforzar la protección del individuo frente a los estados al margen de su pertenencia a grupo alguno, fuera, pues, de cualquier consideración “tribal”. La noción de “crímenes contra la humanidad” (entendidos como el asesinato, el exterminio, la esclavización, la deportación y otros actos inhumanos cometidos contra cualquier población civil, o las persecuciones por motivos políticos, raciales o religiosos, cuando tales actos sean cometidos o tales persecuciones sean llevadas a cabo al perpetrar un delito contra la paz o un crimen de guerra, o en relación con él, vulneren o no la legislación del país en donde se produjeron) surge, pues, para preservar los derechos de los individuos de los abusos de sus dirigentes. Con idéntico propósito pero muy diferente enfoque, Lemkin se centra en la defensa de las personas que sufren actuaciones organizadas de exterminio por el hecho de ser miembros de un grupo, por su raza, por su etnia, por su religión. Construye así la noción de genocidio entendido como el exterminio de grupos raciales o religiosos, de las poblaciones civiles de ciertos territorios ocupados para destruir determinadas razas y clases de personas y grupos nacionales, raciales o religiosos, en particular judíos, polacos, gitanos y otros. Ambos enfoques impregnarán –en muy distinta medida– los informes y los dictámenes, las resoluciones y las sentencias que condenarán a los jerarcas nazis en Núremberg y que, desde entonces, hubo que aplicar con profusión –el ser humano no parece aprender jamás de sus errores– en Serbia y en Croacia, en Ruanda, Sudán y Libia, en Arabia Saudí y Yemen, en Irán, Irak y Siria, en Israel y Palestina, también en Argentina, Chile o el mismo Estados Unidos; y que, parece evidente, debieran ser esgrimidos para juzgar de manera implacable a los responsables de la criminal política de Israel en Gaza y de los intentos de exterminio de los uigures en China, de los cristianos en Nigeria, de los rohinyás en Myanmar, de ciudadanos de distintos grupos étnicos en Darfur, en el Congo, en Etiopía, en una muestra que desgraciadamente parece no tener fin. En todos estos casos, no obstante, la depuración de responsabilidades por los asesinatos, violaciones, masacres e inhumanas brutalidades y su tipificación como genocidio o crímenes contra la humanidad, exigen un reflexivo, argumentado, escrupuloso, profundo documentado, racional y técnicamente irreprochable análisis, nada que ver con la profusión de lemas, mantras y eslóganes que de manera acrítica, superficial y mezquinamente partidista, expelen nuestros políticos: “repita conmigo: ge-no-ci-dio”. 

Ocho años después de la publicación del libro en nuestro país, la editorial Anagrama vuelve a ofrecérnoslo, al trasladarnos su versión en cómic que en 2024 habían presentado en Francia, con el explícito título de Retour à Lemberg –d’après le livre de Philippe Sands, el ilustrador Christophe Picaud y el guionista Jean–Christophe Camus. La edición española mantiene la traducción del original de 2017, obra, como he señalado, de Francisco J. Ramos Mena, responsable también de verter a nuestro idioma los otros dos libros de Sands que hoy presento (y de otro más, La última colonia, con otra temática diferente a la que enlaza la trilogía y que no he podido leer). 

Desde el punto de vista de su contenido, la mayor virtud y quizá también el más reseñable punto débil del libro residen en su muy escrupulosa fidelidad a la obra primitiva de Sands. En sus cerca de trescientas páginas, que se nos ofrecen en un formato espléndido formalmente, de tamaño muy superior al habitual, de gran volumen, con pastas duras, se mantiene la estructura general del libro que le sirve de base, preservando su división en los mismos capítulos y respetando en ellos sus mismos títulos; reproduciendo la lógica, el orden y los ejes principales de aquel –la investigación personal, la historia de los personajes reales y la reflexión sobre los conceptos jurídicos elaborados en Núremberg–; incluyendo, en una acertada reconstrucción visual, las múltiples voces que forman el mosaico de la obra; incorporando las a veces complejas cronologías y las numerosas figuras históricas que pueblan el libro en su versión inicial; conservando su densidad documental; y trasladando, incluso, la literalidad de los textos –como es obvio convenientemente abreviados– de la narración del británico. Parece obvio que la voluntad y el propósito de los autores han querido priorizar la transmisión de la información y el sentido original sobre una reinterpretación más libre o personal. Esta muy loable intención, y su consiguiente logro (quien se acerque por primera vez a Calle Este-Oeste a través de este cómic podrá acceder a una versión fidedigna, cabal, resumida sí, aunque muy clarificadora, del texto inicial), no ocultan sin embargo alguna reserva: una cierta frialdad, un punto de superficialidad en la mirada, una relativa pérdida de emoción, una ligera merma en la innovación narrativa; limitaciones todas (piénsese en los adjetivos que he utilizado para describirlas) que no reducen el interés, muy alto, de la obra. 

En lo relativo a la ilustración y los aspectos estilísticos del cómic, quiero resaltar el diseño de página y la tipografía, que alternan bloques de texto explicativo con viñetas secuenciadas y presentadas en una división muy amplia y clara con, habitualmente, seis recuadros por página (a veces menos, incluso algunas tienen un solo “fotograma”). La ilustración en blanco y negro aporta sobriedad a una temática por lo demás grave, alusiva a asuntos como la historia, el derecho y la memoria, que requieren esa seriedad. El montaje en paralelo, que ya estaba en la obra, con su constante alternancia entre distintos tiempos y espacios, se conserva en el cómic, aunque mostrando esos saltos de manera inmediata y casi simultánea, pues una viñeta puede contener el pasado y la siguiente el presente, sin necesidad de transiciones explicativas. Las ilustraciones son minuciosas, realistas, con una estética contenida, documental, sin forzar la expresividad. El trazo nos trae a la mente las premisas de la “línea clara”, elegante, limpio, preciso tanto a la hora de reflejar los entornos cotidianos –objetos, mobiliario, vestimentas– como los edificios, los escenarios históricos, los monumentos. Otro rasgo destacado es la inclusión de elementos gráficos que remiten a documentos (cartas, pasaportes, fotografías, mapas), manteniendo así también los recursos con los que Sands había ilustrado su investigación. Y todo ello, calles, planos, expedientes judiciales, fachadas, motivos arquitectónicos o espaciales diversos, se repiten como una suerte de leitmotivs gráficos que permiten fijarlos en la memoria del lector. 

A propósito de una de las vertientes del libro, la apasionante descripción de los juicios de Núremberg, quiero recomendaros –sin, por falta de tiempo, glosa o comentario adicional alguno por mi parte– una excepcional película, Vencedores o vencidos, dirigida en 1961 por Stanley Kramer bajo el título original, menos ambiguo y más fiel a su contenido que el español, de Judgment at Nuremberg. Con un reparto deslumbrante, con, entre otros, Spencer Tracy, Burt Lancaster, Richard Widmark, Marlene Dietrich, Maximilian Schell, Judy Garland, Montgomery Clift o William Shatner (el capitán Kirk en Star Trek), la película se centra en el juicio, corolario del general en que se condenó a los principales jerarcas nazis, a cuatro jueces conniventes con el Reich en la aplicación de las políticas de persecución, esterilización, eugenesia, asesinato y exterminio masivo de judíos, gitanos, enfermos, discapacitados mentales y otras minorías. Abordando una muy interesante cuestión de fondo –la complicidad o, al menos, el conformismo callado de los ciudadanos en los crímenes del nazismo– la película, con tres horas de duración y disponible en Filmin, es magnífica, con algunas interpretaciones, en particular las de Spencer Tracy, Maximilian Schell y Burt Lancaster, y la fugaz pero intensa de Marlene Dietrich, memorables. 

El segundo libro de la trilogía, Ruta de escape, nace a partir de la investigación de Sands para Calle Este-Oeste. Yo presenté aquí su reseña hace cuatro años en una emisión que podéis encontrar en el blog del espacio y en mi canal de YouTube. Quiero ahora, no obstante, para intentar trasladar el hilo conductor unitario que vincula mis tres sugerencias de esta tarde, ofreceros un breve resumen. 

La historia se abre el 13 de julio de 1949 y nos conduce a Roma, al Hospital del Espíritu Santo. Allí, en un camastro en la impresionante Sala Baglivi, yace desde hace cuatro días, aquejado por una afección hepática aguda, consumido por una fiebre intensa, en sus últimas horas, un paciente que en el registro del sanatorio aparece identificado como Reinhardt, sin nombre de pila, cuarenta y cinco años, soltero, carente de domicilio conocido, de profesión escritor. El misterioso personaje recibirá, en su languideciente estancia en el hospital, las visitas de tres personas. Un obispo, muy próximo al papa Pío XII; un médico que en la relativamente reciente guerra mundial había servido en la embajada alemana en Roma; y una dama prusiana casada con un académico italiano, que lo visitaría todos los días, hasta cinco veces en total durante su postrada estancia hospitalaria. Las últimas palabras del enfermo, que moriría el 14 de julio, fueron, al parecer, para el obispo. En ellas afirmó que su enfermedad había sido causada por un acto deliberado, e identificó a la persona que lo había envenenado. Sólo muchos años después esta contundente declaración llegaría a ser conocida por otras personas. 

Sin embargo, los datos identificativos del paciente y toda la información que sobre él se conocía eran totalmente falsos. Se trataba, en realidad, de Otto Wächter, un alto mando nazi, gobernador de Lemberg o Lviv o Leópolis (que reaparece así como núcleo central de la conexión ucrania del programa), buscado desde el final de la guerra por haber organizado y dirigido diversas operaciones de asesinatos en masa. Mano derecha de Hans Frank, al que acabamos de dejar tras su muy principal aparición en Calle Este-Oeste, Wächter estaba acusado del fusilamiento y la ejecución de más de cien mil personas. No tenía cuarenta y cinco años sino tres más. Tampoco era escritor, sino abogado y SS–Gruppenführer (teniente general de las SS). Huido en la confusión de los últimos días del nazismo, había logrado llegar a Roma, desde donde confiaba en poder escapar a Sudamérica. 

Philippe Sands ya tenía difusa noticia de los hechos, pues, como he señalado, había contactado con Niklas Frank, hijo de ese Hans Frank que compartía protagonismo en Calle Este-Oeste. Niklas le puso sobre la pista del ambiguo personaje y de sus novelescas peripecias. Así pues, interesado en la figura del algo evanescente dirigente nazi, consiguió, a través del propio Niklas, entrevistarse con el hijo del criminal nazi, Horst Wächter, entonces ya un hombre muy mayor, visitándolo en 2012 en el desvencijado castillo en el que vivía, en la aldea austriaca de Hagenberg, y en el que custodiaba una ingente cantidad de documentos–cartas, diarios, grabaciones, una suerte de memorias– de su madre, a la que había estado muy unido. 

El libro permitirá al lector conocer, de la mano de la sabia dosificación de la información, el ritmo magnético y el talento narrativo de Philippe Sands, la verdad de Otto Wächter, las circunstancias y las auténticas causas de su muerte, las interioridades de su vida personal y familiar, la realidad última de su trayectoria militar, y, por el camino, el ambiguo papel del Vaticano y del FBI norteamericano facilitando la huida –la ruta de escape– de significados responsables del nazismo, en una obra que, manteniendo las premisas estilísticas y temáticas de Sands, es a la vez una muy bien documentada biografía, un ensayo de investigación histórica, un trepidante reportaje periodístico, un thriller de espionaje y una novela de suspense y aventuras. 

En el curso de la indagación, las pesquisas, la labor de documentación, la consulta a archivos, las visitas a los escenarios de los hechos, las entrevistas a los protagonistas, los testigos y los descendientes de unos y otros, que durante años fueron necesarias para la escritura de los dos libros reseñados, se le “apareció” a Sands otro hilo susceptible de un posible desarrollo, una línea de estudio que pronto despertaría su atención y su curiosidad y que, convenientemente explorada, con el rigor y la profundidad habituales en el abogado británico, acabaría por desembocar en la tercera entrega de esta muy particular trilogía, Calle Londres 38, que, con un subtítulo muy elocuente, Dos casos de impunidad: Pinochet en Inglaterra y un nazi en la Patagonia, presentó hace unos meses en nuestro país la editorial Anagrama, con la ya mencionada traducción de Francisco J. Ramos Mena, acompañado en este caso por Juan Manuel Salmerón Arjona. 

En su introductoria “Nota al lector”, Sands explica la génesis y el propósito del libro. Desempeñé un papel secundario en el inusitado e histórico proceso judicial que siguió a la detención de Augusto Pinochet en Londres la noche del 16 de octubre de 1998, y que me ofreció un asiento de primera fila en uno de los casos penales internacionales más importantes desde Núremberg. Ha pasado el tiempo, pero no he olvidado la experiencia, como tampoco las historias ni los personajes involucrados. Años después y con el caso aún en su memoria, como resulta natural dada la trascendencia de los hechos de los que había sido testigo y modesto interviniente, mientras se documentaba para escribir Ruta de escape, encontró, en el archivo de una familia austriaca, una carta escrita por un antiguo dirigente nazi llamado Walther Rauff. Rauff era un antiguo miembro de las SS, ascendido en la organización nazi, en concreto en los servicios de inteligencia del Reich, a una cierta responsabilidad en asuntos técnicos, con un papel decisivo en la creación de las cámaras móviles de gas (en camiones y furgonetas), que permitían superar los “inconvenientes” que conllevaban las ejecuciones mediante fusilamientos (el “Holocausto de las balas”) y que serían el antecedente inmediato de las operaciones masivas de gaseo en los campos de exterminio. Como tantos otros criminales nazis, Rauff había logrado huir de Alemania después de la guerra. Tras haber sido capturado por los Aliados e internado en un campo de detención, del que consiguió fugarse, llegó hasta Roma desde donde, con la ayuda de algún obispo del Vaticano, pudo viajar a Sudamérica. Acabó instalándose en la Patagonia chilena, y allí, al parecer, dirigía, sin esconder su identidad, una empresa conservera. Sands, en su exhaustiva y continua inmersión, como jurista y como escritor, en estos escenarios, los relacionados con los crímenes contra la humanidad y el genocidio y, en particular, los relativos al seguimiento de los responsables del Holocausto, constató que los nombres de Pinochet y Rauff aparecían entrelazados con notable frecuencia en numerosos testimonios, expedientes y documentos, vinculados a hechos, sucesos, incidentes, personajes y situaciones diversos relacionados con la sangrienta trayectoria del dictador chileno. Esta sospechosa confluencia fue el desencadenante de su libro, que se configura como la historia del viaje realizado para descubrir la interconexión entre ambos y las consecuencias de esta, un viaje que abarca cuestiones de historia, derecho, política y literatura. También evoca ciertas ideas sobre la memoria, y sobre la línea que, según se dice, separa la realidad y la ficción, la verdad y el mito. Estamos, pues, una vez más, en el ya muy reconocible “territorio Sands”, delimitado por referentes como el derecho internacional, la memoria histórica, la investigación archivística, la pesquisa biográfica y la narración literaria. 

De manera que, al igual que en los demás libros de la serie, el modo de proceder y el planteamiento de su autor se articulan sobre la descripción detallada y minuciosa del proceso de investigación, a partir de actas, documentos, archivos, testimonios y conversaciones (el libro incorpora más de setecientas notas, un inagotable elenco de fuentes documentales con decenas de referencias de archivos, libros, obras de ficción, poemarios y ensayos, y series y películas sobre el tema). Hay, pues, una voluntad de objetividad, aunque, como parece inevitable, la elogiable y perceptible honestidad intelectual del autor no puede impedir que afloren enfoques, perspectivas e interpretaciones teñidas de la particular visión de quien escribe, un profesional y un pensador liberal, progresista, comprometido con las nobles causas de la justicia, la memoria y la impunidad. Esta posición de partida es subrayada con elogiables integridad y transparencia desde las primeras páginas del libro: El presente relato no es una versión completa, ni la única posible. En estos asuntos, con tantas personas implicadas, siempre hay muchas perspectivas y reminiscencias distintas. (…) Esta es mi interpretación, basada en lo que yo he visto, oído o leído. Es un viaje personal. El vínculo entre la historia “objetiva” y la biografía personal es un rasgo determinante de los tres proyectos literarios de Sands, siempre con una significativa conexión de su familia -aquí, una de las víctimas de Pinochet, Carmelo Soria, era primo lejano de su esposa- en el origen de sus indagaciones. 

Lo esencial del libro está ya en su título y su subtítulo: la Calle Londres 38, Pinochet, el nazi fugado a la Patagonia y la idea central de la impunidad. Lo sustancial de los hechos narrados discurre, sobre todo, en torno a tres ejes, aunque en tiempos y espacios múltiples. En primer lugar, los antecedentes de la detención de Pinochet en Londres, el 17 de octubre de 1998, como consecuencia de una orden dictada en España por el juez Baltasar Garzón, los intrincados debates jurídicos en torno a las posibilidades de su extradición, las sesiones de los diferentes juicios habidos, siempre en Inglaterra, en el curso del proceso, y las consecuencias, políticas, procesales, legales y humanas de las decisiones judiciales sobre un acontecimiento histórico, el que un exjefe de Estado fuera juzgado fuera de su país por crímenes contra la humanidad. Por otro lado, las peripecias de Walther Rauff desde el final de la contienda mundial, su paso por Ecuador y su instalación en Chile, en donde residió en Santiago y en el sur del país, en Punta Arenas, capital de la provincia de Magallanes, y Porvenir, que lo es de la de Tierra del Fuego, como gerente de una empresa de procesamiento y comercialización de carne de centolla, llevando a cabo, bajo esa capa de respetabilidad y de modo encubierto, tareas para los servicios secretos alemanes (¡¡¡para la Alemania democrática!!!) y colaborando con el régimen de Pinochet en las torturas y asesinatos de miembros de la oposición, hasta su muerte en 1984. El protagonismo del tercer frente recae sobre Philippe Sands y su investigación sobre ambos hilos narrativos, que se entrelazan de continuo, en una sucesión de episodios, que se desplazan de Londres a Santiago, de Madrid a Punta Arenas, de Quito a Isla Dawson en el estrecho de Magallanes, y en acciones que se desarrollan entre 1998 y 2000, con una vuelta atrás a 1963 y, algún apunte que llega hasta 2024, en el epílogo al libro, en el que se da cuenta de la situación actual de los principales personajes. En ese constante trasiego, muy bien urdido y perfectamente ensamblado en un relato coherente y, como es marca de la casa “sandsiana”, de lectura apasionante, comparecen, además los otros dos núcleos primordiales del libro –aparte del juicio a Pinochet y las andanzas de Rauff–, la dirección que le da título, Calle Londres 38, un emplazamiento en Santiago de Chile, un edificio que albergaba un siniestro centro clandestino de detención y tortura durante la dictadura de Pinochet; y el asunto jurídico y político de la inmunidad y su correlato, la impunidad, que es el elemento que da continuidad a la historia y sustenta la tesis principal del libro, pues tanto el dictador chileno como el criminal nazi morirían habiendo logrado sustraerse a la acción de la justicia, siendo los mismos Estados, las mismas instituciones y, en ocasiones, los mismos argumentos jurídicos que habían permitido la huida de los responsables del Holocausto, los que, décadas después, intentarían bloquear el procesamiento del dictador latinoamericano, en una manifestación evidente de que, pese a la existencia de unas normas de Derecho Penal Internacional cada vez más aquilatadas, su aplicación choca con resistencias de difícil superación. Un fenómeno que en nuestros días se puede comprobar de un modo ya flagrante cuando, como ya he señalado, Trump, Putin, Netanyahu o Xi Jinping desafían abiertamente y sin necesidad de aviesos retorcimientos legales, las reglas universalmente aceptadas. 

En el curso del intrincado desarrollo de estas diferentes vertientes del libro, comparecen infinidad de asuntos de interés. Quiero detenerme brevemente, dadas las premuras de tiempo, en solo tres de ellos. El pormenorizado tratamiento del “caso Pinochet”, con sus antecedentes, su desarrollo procesal y su desenlace; la profusión de personajes, muchos de ellos de extraordinaria relevancia política y de significativa influencia histórica; y, más en particular y en un plano quizá anecdótico pero que a mí me resulta muy revelador, el papel, decisivo pero un tanto “singular” del juez Baltasar Garzón en los hechos, una personalidad cuyo caracterización en el libro me ha suscitado una enorme curiosidad. 
 
El eje vertebrador de libro, en una primera apreciación -que se diluye en parte al ir constatando la existencia de las otras líneas reseñadas, de casi igual importancia-, es el que gira sobre la figura de Pinochet. Vemos al dictador chileno, ya un anciano, pero aún resistente, lúcido y testarudo en su convicción de hallarse en el lado correcto de la Historia, que viaja a Londres para una operación quirúrgica convencido de que su estatus como exjefe de Estado y senador vitalicio le proporcionan una inmunidad absoluta que impediría cualquier posibilidad de detención. Y ello pese a la opinión en sentido contrario de altos cargos del Ejército chileno, que desaconsejaron el viaje, al estar Gran Bretaña gobernada entonces por el partido laborista, con Tony Blair al frente, mucho menos comprensivo con su “causa”, que lo que lo habían sido Margaret Thatcher, amiga personal del dictador, y su grupo conservador. Sands nos lo presenta, en un inciso útil para el lector que desconozca su “perfil”, en los días del golpe militar que acabó con el régimen -y la vida- de Salvador Allende. Conocemos su condición de virulento anticomunista y germanófilo, su desempeño como urdidor del golpe y como, primero, jefe de la Junta Militar que se haría cargo del país, y más tarde presidente de Chile, una trayectoria en la que contó con el apoyo de amplios sectores de la población chilena y de Estados Unidos, tan intervencionista como siempre (sin incluir en la comparación al inclasificable Donald Trump, sin parangón en casi ningún ranking de desatinos y desafueros). Y sobre todo, se nos presentan sus “obras”: las leyes promulgadas por la Junta militar, desde la primera hora del asalto al poder para eliminar el marxismo de Chile, disolver los partidos políticos de izquierda y expropiar sus bienes. En este contexto, aparece el edificio del número 38 de la calle Londres, propiedad del Partido Socialista, incautado y reconvertido en un centro secreto de interrogatorios y torturas. En paralelo, la Junta creo una fuerza policial secreta, la Dirección de Inteligencia Nacional (la temible DINA), con el fin de acabar con la oposición, gestionando Londres 38 y otros lugares similares de tortura y asesinato. Durante cuatro años, la DINA detuvo, interrogó y torturó a decenas de miles de opositores a Pinochet. Muchos de ellos fueron asesinados, y en septiembre de 1977, cuando se disolvió la organización, habían desaparecido más de mil quinientas personas. El encarcelamiento y el asesinato se convirtieron en la norma en el territorio chileno, y también fuera de él (especialmente significativo, por su repercusión pública mundial, fue el “caso Letelier”, el asesinato del excanciller chileno Orlando Letelier y su asistente Ronnie Moffitt en un atentado con coche bomba en Washington, en septiembre de 1976, un crimen perpetrado por agentes de la dictadura como parte de la Operación Cóndor, unos episodios reflejados en el libro y con incidencia en el proceso judicial). 

Pero, más allá de este recordatorio del sanguinario proceder de Pinochet a partir de su rebelión militar, necesario, sin embargo, pues es, precisamente, ese largo camino de crímenes lo que explica su comparecencia ante los tribunales, lo que, a mi juicio, resulta deslumbrante del libro, la rigurosa descripción de los pormenores del litigio jurídico que siguió a la detención, algo rocambolesca, del dictador, en el hospital londinense en el que convalecía de su operación. Hay aquí, en este vertiente del libro, páginas apasionantes en las que se exponen las distintas fases del proceso, con dictámenes, sentencias, apelaciones, recursos, constitución de diversos tribunales en diferentes instancias. Se recoge la profusión de matices jurídicos con los que los intervinientes (una legión de abogados de ambas partes, juristas de reconocido prestigio, jueces de acrisolado desempeño profesional, autoridades académicas en el ámbito del Derecho penal internacional, expertos todos de talla mundial, con indiscutibles conocimientos y experiencia sobre la materia) examinan, con precisión quirúrgica -hay un subyugante debate jurídico en torno al cambio en la redacción de una norma que, en sus dos versiones sucesivas, incluían, en un párrafo determinado, una coma o un punto y coma, respectivamente, alterando de manera sustancial el sentido del texto), con un elogiable -y envidiable, visto lo visto en los debates sobre las sentencias judiciales en nuestros lares- afán de sutileza, de exigencia, de precisión, de estricta racionalidad, analizan la interpretación correcta de las normas, sus particularidades técnicas, los detalles de su texto y de su espíritu, movidos -independientemente del natural interés subjetivo de cada parte por defender su particular versión- por la voluntad de que prevalezca la justicia y la verdad. 

Así, las nociones de genocidio y crímenes contra la humanidad, aplicadas por primera vez, como hemos visto en Núremberg, “reflotadas” en los casos de Ruanda y la antigua Yugoslavia, cobraban vida de nuevo en un proceso en el que se juzgaban las torturas, las violaciones, las desapariciones y los asesinatos de miles de opositores, llevados a cabo de manera sistemática y programada oficialmente con el respaldo (en muchos casos explícito y documentado) del propio Pinochet. El lector interesado -el que no lo esté no querrá acercarse al libro- asiste a una sugerente sucesión de disquisiciones de índole técnica (Así fueron transcurriendo los argumentos ante una sala abarrotada, emocionada y ansiosa. En un contexto de tira y afloja se desmenuzaron textos legales, forzándolos y retorciéndolos para que se inclinaran hacia un lado o hacia el otro. Tal era la magia de las palabras de un tratado o una normativa legislativa que las abría a multitud de interpretaciones. La ley nunca es un hecho dado. Hubo, pues, una sucesión de argumentos y contraargumentos, mientras se entremezclaban oscuros instrumentos de la legislación inglesa con tratados sacados de los recovecos de la historia), expuestas con claridad y nitidez, sobre la posible prescripción de los execrables delitos; sobre la jurisdicción universal y la discutible inmunidad de un antiguo jefe de Estado cuando lo que está en juego es un crimen internacional; sobre la aplicación de los principios y procedimientos nacidos de Núremberg a una acción interpuesta ante un tribunal nacional en lugar de uno internacional; sobre la competencia de los jueces de un país para iniciar procedimientos ante otro Estado por crímenes llevados a cabo en un tercer país; sobre los casos en los que procede la extradición y aquellos en que debe ser denegada; cuestiones todas en las que, al margen de la resolución concreta en este caso particular (Pinochet no sería extraditado a España), se reflejan, por un lado, la necesidad de establecer reglas y protocolos sólidos que permitan la aplicación efectiva de las normas de la jurisdicción internacional (doctrina hoy totalmente consolidada en la teoría académica y en el reconocimiento oficial por la mayor parte de los Estados, aunque notoriamente inoperante en la práctica, como confirman los reiterados abusos en la materia, impunes casi siempre, que se producen en nuestros días); y, por otro, la escrupulosa exigencia de, sin apriorismos partidistas, sin lemas y eslóganes, sin reducir cuestiones de tal trascendencia a “carne de memes”, dilucidar con precisión y respeto a la ley internacional (no toda masacre es un crimen contra la humanidad; no todo crimen masivo es un genocidio), la responsabilidad de los perpetradores de estos delitos y su consecuente responsabilidad por su comisión. 

Otra muestra reveladora del interés del libro -hay muchas- lo constituye el amplio elenco de personajes que lo atraviesan, muchos de muy importante presencia histórica en este último medio siglo, todos, en mayor o menor medida, con un implicación en el caso. Quiero citar, entre los más relevantes por esa significación en la historia reciente, aparte del propio Pinochet y el nazi Walther Rauff, los de, en la política, José María Aznar, presidente del Gobierno español por el que pasaban las decisiones políticas sobre la estrategias a seguir en el asunto, Tony Blair, que lo era del Reino Unido, Jack Straw, su ministro del Interior en la época, Eduardo Frei, presidente de Chile de 1994 a 2000, Ricardo Lagos, que lo sucedió hasta 2006; en la judicatura y la abogacía españolas, donde destacan los nombres, bien conocidos, del fiscal Carlos Castresana, del magistrado de la Audiencia Nacional Manuel García–Castellón (que, amparándose en un fallo de redacción en la legislación por la que el franquismo incorporaba a nuestro ordenamiento el texto de la Convención de 1948 de la ONU, para la Prevención y la Sanción del Delito de Genocidio, que facilitaba, obviamente sin quererlo, el enjuiciamiento por delitos de genocidio, pudo poner en marcha la imputación del dictador chileno. Irónicamente, la legislación franquista abrió la puerta al procesamiento de Pinochet en España por el genocidio perpetrado en Chile), y de Baltasar Garzón, al que luego me referiré; un puñado de altos miembros de la carrera judicial y de la alta abogacía británica y chilena; algún profesional ajeno estrictamente al ámbito jurídico pero interviniente en el proceso, singularmente Jean Pateras, intérprete de Scotland Yard, muy cercana por razones profesionales (no ideológicas, en las antípodas) al anciano dictador; numerosos colaboradores, alemanes, pero sobre todo chilenos, en el espionaje y la represión de la dictadura; y, sobre todo, un puñado de víctimas y familiares de asesinados y desaparecidos (En Chile, el primer libro sobre los desaparecidos se publicó en julio de 1990, tres meses después de que Pinochet dejara el cargo. Tras la huella de los desaparecidos recogía los nombres de 682 hombres y mujeres, a 51 de los cuales se les vio por última vez en Londres 38), cuyo afán por que se averigüe la verdad, por su voluntad de impulsar los procesos, por su tenacidad en luchar hasta el final en el esclarecimiento de los crímenes y el castigo a sus responsables fue determinante en la detención y el juicio a Pinochet y, como consecuencia de ello, en volver a traer al primer plano de la actualidad la necesaria vigencia de los tipos jurídicos de genocidio y crímenes de lesa humanidad. Subrayo aquí los nombres de Alfonso Chanfreau, estudiante detenido y torturado en Londres 38, desaparecido con otros 97 opositores como él secuestrados en el siniestro edificio; su mujer Erika Hennings, gran impulsora de las acciones contra Pinochet; Orlando Letelier, ministro del Gobierno, internado en uno de los campos de concentración de la Tierra del Fuego y asesinado en Estados Unidos; Carmelo Soria, funcionario de las Naciones Unidas secuestrado, torturado y asesinado en julio de 1976 y que, al poseer la doble nacionalidad chilena y española, permitió sustentar legalmente las acciones contra Pinochet ejercitadas desde nuestro país por Baltasar Garzón. 

Mi último comentario sobre el libro, ya muy breve y subjetivo tiene que ver, precisamente, con el muy mediático y controvertido juez. Confesaré abiertamente que desde siempre -desde su a mi juicio intolerable trasvase de la judicatura a la política y de esta de nuevo a los juzgados, en los años noventa- el personaje me resulta insoportable en lo personal y poco ético en lo profesional. En el primero de los planos siempre he visto en él un desmesurado afán de protagonismo y un narcisismo ostensible en sus manifestaciones y apariciones públicas, en su presencia mediática y en su modo de ejercer su labor judicial (que yo estimo debe regirse por los principios de la discreción, la prudencia y hasta la reserva), llegando en muchos casos a una sobreexposición más propia de un artista o un deportista de éxito que de un circunspecto y moderado servidor de la justicia. El apelativo “jueces estrella” se inventó para él, si no me equivoco, por su permanente deseo de figurar y su casi obsesiva ansia de relumbrón, unos rasgos aún más acentuados en los últimos años, en los que se pasea por el mundo muy satisfecho de su condición de adalid de causas justas. Desde el punto de vista profesional, y más allá de lo legítimo de su defensa de unas determinadas ideas -o de sus contrarias, no estoy hablando de ideología-, quiero recordar que Garzón fue expulsado de la carrera judicial en 2012 tras haber sido condenado por el Tribunal Supremo a once años de inhabilitación por un delito de prevaricación cometido durante la instrucción del caso Gürtel, al haber ordenado escuchas entre los investigados y sus abogados de manera ilegal. Y es que, según mi criterio (y el de los magistrados que lo condenaron), en Derecho -y casi en cualquier ámbito de la vida-, los fines, nobles en su caso, sin duda, no justifican los medios. 
 
Pues bien, en Calle Londres 38 se confirman ambas impresiones sobre el personaje (y eso que la perspectiva ideológica desde la que Sands analiza la realidad no parece estar demasiado lejos de la del propio juez). En cuanto a su retrato humano, la imagen que se nos muestra resulta estomagante. Véanse solo un par de comentarios relativos a esa dimensión, en boca de algunos de los que lo trataron en el curso del proceso a Pinochet: 

Escribe Sands: El fiscal Carlos Castresana recordaba la irritación del juez García-Castellón ante la noticia de la detención, en un caso que él llevaba. «El viernes le dije a Garzón que lo pensaría durante el fin de semana. 
Cuando volví, el caso ya no estaba», diría más tarde García-Castellón. 
«Se sentía ofendido», recordaba Castresana. «Garzón me ha robado el caso.» 

Es ahora Jean Pateras la que habla: Garzón era «muy simpático, muy exuberante; nos llevó a comer a un bonito restaurante, cerca de la Plaza Mayor; con un abrigo como el capote de un torero, estaba absolutamente imponente, como una abeja reina, tratado como un miembro de la realeza al entrar». La experiencia no fue perfecta: «¡A Garzón le encantaba la comida más asquerosa! Casquería, huevos revueltos con sesos, cosas así, y mucho vino». 
¿A ella le había caído bien? 
Era «un poco demasiado arrogante y pagado de sí mismo». 

De la recurrente inclinación del juez a obrar con una cierta ligereza y escaso escrúpulo en el cumplimiento de los procedimientos legales (causa última de su condena e inhabilitación) dan cuenta estos apuntes que, de pasada, sin énfasis ni subrayado alguno, mucho menos crítica o reconvención por parte del autor, se deslizan en el texto: 

«Yo tenía el deber legal de notificárselo al fiscal», me explicó Garzón, «pero no confiaba plenamente en que hiciera lo correcto (…) “Decidí saltarme a Fungairiño [el fiscal español del caso]

Retirada la inmunidad de Pinochet, Guzmán se puso en contacto con Garzón para intercambiar apuntes, hasta que la Corte Suprema prohibió al chileno comunicarse con su homólogo español. «Nos saltamos la prohibición al menos una vez, a través de un intermediario», me dijo Garzón

En fin, tras este admito que quizá algo excesivo desahogo cierro aquí mi una vez más larga reseña. Os recomiendo vivamente Calle Este-Oeste, en sus dos versiones, literaria y en cómic, Ruta de escape y Calle Londres 38, tres aproximaciones excelentes a algunos grandes momentos de la historia de los últimos ochenta años de la humanidad que recogen unos subyugantes acercamientos a aspectos cruciales del Derecho Penal Internacional de nuestros días. Os dejo ahora con una canción de Leonard Cohen, uno de cuyos versos, Todo el mundo sabe que los dados están cargados, encabeza una de las secciones de Calle Londres 38: Everybody Knows, un tema de 1988. Antes, un fragmento en el que expone con nitidez el núcleo jurídico de la cuestión que debatían los tribunales británicos. 


Lord Nicholls concluía que el artículo 39 de la Convención de 1961 limitaba la inmunidad a los actos oficiales, y la tortura y las desapariciones no podían considerarse tales en ningún caso. El derecho internacional proscribía ese tipo de conductas, incluso por parte de un jefe de Estado, y conceder inmunidad a Pinochet supondría una «mofa» de sus normas. Desde Núremberg, quienes perpetraban crímenes internacionales no podían «ampararse en su posición oficial para eludir el castigo». Sus palabras eran fiel reflejo de las que había escrito en Núremberg cincuenta años antes –para que las pronunciara el fiscal británico Hartley Shawcross– el jurista Hersch Lauterpacht, que fue quien introdujo en el derecho internacional el concepto de «crímenes contra la humanidad», o «crímenes de lesa humanidad».

Videoconferencia
Philippe Sands. Calle Londres 38