Vivo entre muchos libros y extraigo una gran parte de mis ganas de vivir del hecho de que aún leeré la mayoría de ellos. (Elias Canetti)

miércoles, 20 de mayo de 2026

JENNIFER JOHNSTON. LAS LUCES AZULES; PENELOPE LIVELY. MOON TIGER; MIRIAM TOEWS. PEQUEÑAS DESGRACIAS SIN IMPORTANCIA

Todos los libros un libro llega hoy a la quinta entrega de nuestra serie de nueve dedicada a libros de ficción escritos por mujeres, un ciclo en el que, en total, os presentaré veintiséis novelas -una por cada año del siglo en el que estamos, en una exigencia totalmente absurda que, sin saber muy bien por qué me he impuesto al comenzarlo- de otras tantas autoras, de épocas, orígenes geográficos, opciones estilísticas y planteamientos literarios muy diversos. En una constricción igualmente irracional y que roza el delirio por mi parte, he decidido que los veintiséis títulos que integran esta multitudinaria propuesta estén publicados en sellos editoriales también diferentes. Tras los nombres de Lana Corujo, Laura Ferrero, Layla Martínez, Eva Díaz Pérez, Delphine de Vigan, Julieta Correa, Elizabeth Taylor, Elizabeth Bowen, Rebecca West, Constance de Salm, Colombe Schneck y Marie Hélène Lafon, las doce protagonistas de los programas anteriores de la serie, hoy voy a hablaros de otras tres escritoras, que, en una cierta conexión con mis sugerencias de hace quince días, comparten la lengua inglesa en la que hablan y escriben, una lengua, no obstante, que nace de las dos orillas del Atlántico, la europea y la americana. La primera de ellas, Jennifer Johnston nació en Dublín en 1930 y murió en Irlanda el año pasado, a los noventa y cinco años; la segunda, contemporánea suya, Penelope Lively, británica nacida en El Cairo en 1933, aunque ya de niña se trasladó a Inglaterra, en donde vive actualmente con noventa y tres años; Miram Toews, la tercera invitada del programa, es canadiense y, nacida en 1964, de una generación posterior a sus dos acompañantes de esta tarde. Como ocurrió también en algunos de los libros de estas pasadas semanas, las novelas que hoy ocuparán mi atención giran de un modo principal en torno a la muerte, núcleo de las tres tramas, aunque en acercamientos singulares en cada uno de los casos. Las tres son, además, novelas excepcionales, inteligentes, conmovedoras, bellísimas, capaces de ejemplificar por sí mismas, cada una de ellas, esa formidable capacidad de los libros para despertar la pasión y el entusiasmo de quien se adentra en ellos, capaces, cada una de ellas, de descubrir, impulsar, alimentar y avivar el placer lector… 

Empiezo, pues, mi reseña recomendándoos con especial énfasis Las luces azules, una excepcional novela, contenida e intensa, lúcida y emotiva, de la escritora irlandesa Jennifer Johnston, publicada por la editorial Automática a finales de 2024 con la traducción de Lucía Barahona Lorenzo. El libro, de 1981, ya había aparecido en España dos años después de esa fecha, en una edición de Debate hoy de imposible localización. Su autora se incorporó de manera tardía al mundo literario, pues dio a la luz su primer libro cuando ella ya había sobrepasado los cuarenta años. Desde ese momento, su producción literaria se cerró con más de treinta novelas en su haber, además de otras creaciones para el teatro o la radio. Las luces azules pasa por ser, para muchos críticos, la obra mayor de Johnston. Para mí, sin haber leído ninguna otra, es, sin duda, una maravilla magistral y uno de los libros más memorables -siempre a vueltas con los absurdos rankings; en cualquier caso uno de los más “impactantes”- que he leído en los últimos meses. 

La trama de la novela es, en apariencia, mínima. Constance Keating, una mujer de cuarenta y cinco años, ha sido diagnosticada de una enfermedad terminal, una leucemia, de efectos previsiblemente devastadores y fulminantes, y decide por ello abandonar Londres, en donde vive, independiente, solitaria, voluntariamente alejada de su familia y de su Irlanda natal, para volver a la casa dublinesa, ahora vacía tras la muerte de sus padres, para pasar en ella sus últimos días. Rechaza, por convicción, el inútil y doloroso tratamiento en un hospital, no quiere la compasión pública, no quiere espectadores (Me estoy muriendo. Y te aseguro que me voy a morir en paz sin médicos ni enfermeros pululando a mi alrededor con hachas y tubos y agujas mientras todos los demás se muestran alegres y valientes y fingen que voy a llegar a los cien. Nunca he querido que nadie se inmiscuya en mi vida, así que dejadme en paz). Desea, simplemente, esperar la muerte de manera paciente y resignada (No es la idea de la muerte lo que me preocupa, sino el proceso de morir).
 
La novela se abre con una larga carta, fechada el 18 de diciembre de 1978 (recuérdese que el libro es de 1981), en las vísperas de la Navidad -el título de la novela en inglés es The Christmas Tree-, en la que Constance escribe a Jacob Weinberg, un judío polaco con el que dos años atrás tuvo una fugaz aunque intensa y significativa relación amorosa durante unos breves días estivales en Italia y con el que no ha vuelto a tener contacto desde entonces. En su misiva, enviada a una dirección improbable (Te envío esto a tu dirección de Londres con la esperanza de que te encuentre en casa. Esta es la dirección que me diste hace casi dos años, y al hacerlo me dijiste que, aunque rara vez pasabas largas temporadas allí, ese era tu hogar, tu refugio en caso de pánico, un asidero para seguir sintiéndote británico) y sin garantía alguna de recepción por su algo errante destinatario, la mujer informa a Jacob de la existencia de una hija en común habida de aquel encuentro. A la vez y sin dramatismo alguno -en uno de los rasgos más destacados del libro, la ausencia en la narración de un tono lacrimógeno, de un subrayado patetismo, de un tratamiento sentimentaloide de la enfermedad-, le da cuenta (a él y al lector, que de este modo y desde las primeras páginas conoce el núcleo de la novela) de su fatal diagnóstico y de su inevitable y próximo desenlace (Estoy fatigada. Al releer esta carta me doy cuenta de que no he sabido explicarte, salvo de una forma un tanto esquiva, que me estoy muriendo. Todos hemos alcanzado tal nivel de abstracción con este asunto que también a mí me cuesta sincerarme. No debes alarmarte por mí. No me asusta la muerte, es más, me atrae como alternativa a la vida, que nunca me ha parecido muy satisfactoria. Sin embargo, este proceso me resulta doloroso, engorroso y desmoralizador. Ojalá no se demore). Le expresa, igualmente, su deseo de que se haga cargo de la pequeña, a la que, dada su decisión de arrostrar en solitario las etapas finales de su enfermedad, con las limitaciones físicas, el sufrimiento y el dolor que conllevarán, ha dejado a cargo de su hermana Barbara -Bibi- que, con su marido y sus cuatro hijos, vive también en Dublín, en una existencia convencional, muy alejada del desarraigo, el desconcierto, el perpetuo afán de búsqueda de sentido y la relativa falta de consistencia que han caracterizado a la suya. Es tuya, le escribe. Lo repito para que puedas asimilarlo. Es tuya. Debes venir enseguida y llevártela. Ya no puedo cuidar de ella y se encuentra temporalmente en casa de mi hermana

El libro, en sus escasas doscientas páginas, cuenta su espera. No sucede casi nada en términos externos. Constance se instala en la casa; recibe las cariñosas visitas de Bill, su único amigo, un médico del que en su juventud rechazó una petición de matrimonio, abandonando Irlanda y a su familia, dejando atrás su vida entera y su futuro previsible para abrirse paso en Londres, en una titubeante exploración de su propia confusa identidad; habla a diario con su esquiva hermana, tan distinta de ella, en su riguroso orden, en su normalidad “aceptable”, que le trae comida y aprovecha cada ocasión para instarla a someterse al tratamiento médico e ingresar en un hospital; encuentra una aliada, una presencia compasible y amable, una cariñosa acompañante, en Bridie, una huérfana “reclutada” de un orfanato cercano para que la cuide en su terrible proceso; escribe, duerme, bebe whiskey (esa es la grafía con la que aparece el término en el libro) para mitigar el creciente dolor (un alcohol que junto con los calmantes constituye la única “medicación” que está dispuesta a consentir), reflexiona, divaga, se deja llevar por ensoñaciones, recuerda el pasado, su infancia, a sus padres, su vida, en unos días en los que el inexorable avance de su dolencia y el devastador deterioro que conlleva coinciden con la Navidad, que ella quiere presente en su casa, en donde se hace instalar un pequeño arbolito iluminado por las luces azules, de significativo valor simbólico en el libro y por ello muy acertadamente escogidas para dar título a su edición en español (dando por buena la “necesidad” editorial de cambiar el original). 

En ese recorrido por las jornadas finales de la vida de Constance la novela se abre a muy diversos e interesantes hilos, que la maestría de Johnston entrelaza con criterio y belleza. Está, por un lado, la puntual descripción de la cotidianidad de la mujer, en su dimensión más banal, la relativa a la intendencia: la limpieza de la casa, la comida que le traen y las pocas ganas de alimentarse, el jardinero de Bibi que llega los martes para ocuparse del enmarañado jardín, los reconfortantes tés y las botellas de whiskey que va consumiendo cada vez con mayor frecuencia (conservando siempre, eso sí, la lucidez: No te pases de entusiasta, listilla, piensa, cuando su hermana le manifiesta una alegría y una esperanza impostadas; una lucidez que persiste hasta el final, pese a que su mente se vaya envolviendo en una creciente niebla), el persistente frío invernal, el acogedor calor de la chimenea, la entrañable relación con Bridie y la solícita entrega de la muchacha, el interés genuino de Bill, que acude a confortarla a diario, la intermitente presencia de Bibi, con su fría y obcecada voluntad de acomodar el mundo y a las personas a su gusto (Era una de esas mujeres que siempre tienen que cambiar las cosas de sitio en las cocinas de los demás. Le resultaba inconcebible que alguien no se mostrara encantado con sus reorganizaciones). Esa misma cotidianidad se nos muestra también en su vertiente más amarga, la que atañe a su progresiva degradación, el desgaste físico, los vaivenes de la enfermedad, con alguna pasajera remisión en el proceso de deterioro, el miedo (Ahora estoy asustada. (…) Es como si me estuviera devorando un animal que me desgarra hasta que sacia temporalmente el apetito, y luego duerme inquieto hasta que vuelve a tener hambre. Me atiborro con las pastillas de Bill y las trago con whiskey y después espero hasta que mi mente se vuelve tan confusa que ni entiendo ni siento nada), la pérdida del control del tiempo, el deprimente olor a muerte, el deseo incumplido de visitar la ciudad por última vez (Quiero verlo todo. Hace mucho que no venía en Navidad. Quiero ver las luces en Grafton Street. Es la nostalgia… ¿sabes? Tomar algo en el Hibernian, escuchar a los que cantan villancicos, oler todos esos deliciosos e intensos aromas navideños. Simplemente recordar), la imposibilidad física de salir a la calle, al poco la de valerse por sí misma, el dolor, las pastillas, el alcohol, siempre el alcohol, la paulatina confusión mental. 

Afloran también, y sobre todo, los recuerdos, una foto de los padres, la madre exigente y severa, el padre comedido, incapaz de expresar sus emociones, la hermana mayor, esa Bibi desconsiderada y algo distante, la infancia familiar, las despreocupadas jornadas en la playa, el significativo episodio con unos globos en un parque y las sabias palabras de la niñera, en un pasaje muy bello, las fiestas y bailes juveniles, el leve romance con Bill, el abandono del Trinity College y de su licenciatura en Literatura Inglesa y Francesa, el ansia de ver mundo y crecer como persona, el irrenunciable afán de libertad, la marcha a Londres, el encuentro con Jacob, cuyo recuerdo irrumpe con frecuencia en el libro, hasta constituir, en cierto modo, una historia paralela, que no solo se detiene en los detalles de los exultantes días “italianos”, con el “descubrimiento” del sexo, con la maternidad premeditada que oculta al padre, sino que indaga en la peripecia vital del hombre, su condición de escritor, su dolor, la presencia constante de la muerte en su vida, en un línea que remite a la situación actual de Constance, el pasado terrible de su familia (Escucha, irlandesa, cuando me muera no quedará nada de Isaac, ni de Joseph, ni de Ezriel, ni de Joel, mi padre. Yo soy la última semilla. Nadie recordará, ni rezará, a Zelda, mi madre. Nadie se acordará de su pelo rojo. Nadie volverá a pronunciar sus nombres. En toda la eternidad de vida, no habrá nadie que se preocupe), el horror, el sufrimiento, la culpa por haber sobrevivido. Y, tras Jacob, están también la evocación del momento del parto, la pequeña que llega junto con el funesto diagnóstico; la terrible escena de la comunicación de la noticia por parte del médico; algunos detalles y algunos momentos de felicidad (¿Te acuerdas de muchas cosas, Bill? ¿Cosas pequeñas, felices?), la Navidad, las guirnaldas de luces, el árbol (Luces azules deslumbrantes en el árbol de Navidad, eso es lo que necesito ahora. Primero la botella, después, las luces azules. Entonces volverá la alegría). 

En un día a día en el que los avances de la enfermedad provocan la progresiva dilución de las fronteras entre la conciencia y la ensoñación, brotan pequeños fogonazos que entran y salen de mi mente, como fotogramas de película, sueños y escenas en las que ya no distingue lo onírico y la realidad, fugaces apariciones de fantasmas que vienen y van, la madre (cuya dolorosa agonía de tres meses en un hospital, tratada de un cáncer, con sufrimiento y devastación indecibles, sirve a Constance de referente, en sentido contrario, de lo que no quiere para sí) que comparece de improviso, espectral, rigurosa, exigente, enfadada, siempre con reproches (Entre el mundo parpadeante y yo algo se movió. Era mi madre. Cruzó por delante de la ventana, el cabello recogido en la nuca como una serpiente dormida. Llevaba un vestido de crepé largo y negro que suspiraba con cada uno de sus movimientos. No me miró. —No deberías sentarte en la habitación de tu padre, ya lo sabes. Miró a su alrededor con gesto disgustado). 

En la mayor parte de su tiempo, no obstante, y casi hasta su final, Constance mantiene su capacidad de discernimiento, lo que le permite la introspección inteligente y, con ella, las lúcidas reflexiones sobre su irreductible decisión (Si tan solo fuera posible elegir el momento de morir, pensé, este sería un buen momento. Un momento para nacer y un momento para morir. Pero una no tiene derecho a elegir); sobre el lacerante proceso que padece (Estoy viviendo una aceleración del proceso de envejecimiento, apurando en seis meses el marchitamiento que normalmente requiere quince o incluso veinte años. Voy aprendiendo, sin tiempo para adaptarme, la incapacidad progresiva del cuerpo, la extraña fijación de la mente en el pasado, mi retirada gradual de la corriente principal de los vivos, el contacto placentero o desagradable con otras personas, con personas vivas. Menguo ante mis propios ojos, a diferencia de los que envejecen de manera normal, que solo se apagan a ojos de los demás); sobre el sentido de su vida; sobre su aspiración de libertad; sobre su decisión de buscar una vida propia, fuera de su entorno previsible y las dudas que ahora todo ello le suscita (Sé que he estado equivocada todo este tiempo. Cuando me fui de casa hace tantos años parecía muy sencillo. Solo quería ser libre. Totalmente libre. Quería descubrir qué era aquello que tenía que encontrar, a mi manera, a mi propio ritmo); sobre, a la vez, el conformismo que ha sido su viva, aceptando un trabajo insulso como agente de publicidad por mera necesidad de supervivencia; sobre su soledad; sobre su independencia y su dificultad para el compromiso (Creo que no soy más que una miserable… egoísta. Eso es, probablemente todo se reduzca a eso. Protegiéndome eternamente de cualquier posibilidad de dolor); sobre la constante renuncia que siempre supone la vida y sobre la aceptación de ese desistimiento, ahora definitivo (Mi única esperanza es morirme lo antes posible. Esa es mi noble aspiración); sobre su permanente añoranza del hogar familiar; sobre su búsqueda de un lugar seguro (Odio perder la estabilidad); sobre la inutilidad de un Dios incapaz de atender simultáneamente a su petición de un rápido final y a la de su hermana en sentido contrario, durante la enfermedad de su madre; sobre su poco convencional elección de la maternidad; sobre el futuro de su hija, al desconocer de si el padre acabará por leer la carta y vendrá a buscarla; sobre la muerte inminente, evocada con sensibilidad y belleza a través de unos versos de Antonio y Cleopatra, de Shakespeare: Mi luminoso día ha terminado. La fiebre me deja confundida. La realidad y la fantasía pasean juntas en mi cabeza, que comparecen más de una vez en la declinante mente de la enferma. 

Y también sobre su voluntad de escribir, de ser escritora, en una vertiente de la personalidad de Constance que he querido dejar para el final, pues afecta a otro elemento sustancial de la novela. A través de su remembranza, el lector sabe de la vocación de la joven Constance por la escritura, una de las causas de su pronto traslado a Londres. Conocemos sus intentos de vender sus historias a distintas editoriales, sus reiterados fracasos, sus dudas sobre su capacidad (Supongo que no tenía nada que decir. Falta de talento… tal vez me faltaba un propósito (…) Vendí unas cuantas historias por aquí y por allí, pero no eran buenas. Les faltaba vida. No tenían voz). Ahora, en sus últimas semanas, en sus últimos días, ella sigue escribiendo. Cuando sus carencias físicas se lo impiden (Se me cansa la mano a la media hora de estar escribiendo. Me duelen los dedos del esfuerzo que supone sostener el bolígrafo. No puedo usar la máquina de escribir para nada), piensa en Bridie para que transcriba sus reflexiones y en Bill para que ordene su manuscrito, que quizá, y no quiero revelar ni este ni otros aspectos de la novela que solo conoceremos a su término, resultará ser el libro que tan emocionados y conmovidos y deslumbrados acabamos de leer.
El eje principal del argumento del segundo título que os presento esta tarde, Moon Tiger, de la británica Penelope Lively, es muy parecido al de Las luces azules, aunque con sustanciales diferencias en el planteamiento, el enfoque, el contenido y, especialmente, el tono, el estilo y el tratamiento literario. Y es que en la novela de la escritora nacida en El Cairo en 1933, en un Egipto aún bajo la dominación británica, la protagonista es también una mujer, en este caso una anciana, Claudia Hampton, que se encuentra en un hospital londinense, gravemente enferma y en espera de la muerte. Pero mientras en el libro de la irlandesa el peso de la trama recae sobre la vivencia de las últimas semanas de su personaje, que se describen con detalle, aunque en torno a ellas vayan afluyendo las reflexiones, los recuerdos, las visiones fugaces de episodios significativos de una vida aún relativamente joven, en Moon Tiger, la estancia hospitalaria de la mujer es, en cierto modo, una mera excusa para, desde esa ancianidad solo en parte declinante, reconstruir un pasado, más extenso y más lleno de experiencias, que acabará por constituir el cuerpo central de la novela, ganadora del Booker Prize en 1987. Un premio que obtuvo también, cinco años después, otro libro, El paciente inglés, de Michael Ondaatje, que yo no he podido quitarme de la cabeza durante la lectura de Moon Tiger, no solo porque el núcleo sustancial de la novela de Lively, que acaba por dar sentido a la obra entera, sea El Cairo de calor asfixiante y abigarradas calles de los días de la Segunda Guerra Mundial, con escenarios coincidentes en ambas obras -la lucha en el desierto, el horror bélico, las desenfadadas veladas en la noche cairota, el decadente hotel Shepheard’s- y con, también en los dos casos, el protagonismo de una muy romántica, intensa, ardiente, honda e inolvidable experiencia amorosa; sino igualmente por una cierta semejanza en la estructura del libro, fragmentaria, con una trama que se desenvuelve -y se narra- en diversos planos y tiempos, con una cierta experimentación formal, un planteamiento literario atrevido y no demasiado convencional y unas estrategias narrativas complejas entre las que sobresalen en ese caso, como luego veremos, el fraccionamiento temporal, la multiplicidad de perspectivas, la polifonía de voces, la reconstrucción de la memoria, y la reflexión metaficcional. 

De Moon Tiger hay, que yo conozca, dos ediciones en español, una de 2013, de la editorial Contraseña, en traducción de Pepa Linares, y otra, la que yo he leído, de 2025, en Impedimenta, con traducción de Leonor Saro. Quiero advertir aquí, antes de dar cuenta del libro y a modo de revelación íntima más o menos confidencial, que las referencias literales que habitualmente salpican mis reseñas -acepto que de un modo excesivo y quizá prescindible- suelo tomarlas de las ediciones digitales de las obras comentadas, que leo en papel pero “trabajo” en sus versiones electrónicas, desde las que me resulta más fácil transcribir frases enteras o largos párrafos, como hago a menudo. En el caso de Moon Tiger solo he podido localizar, en su formato digital, el texto de Contraseña, cuya traducción me gusta menos que la de Impedimenta. Careciendo de tiempo para poder hacer nada más que un cotejo superficial entre ambas versiones, os dejaré las citas, sin correcciones, en las palabras de Pepa Linares. 

Penelope Lively, una autora que cuenta con dos decenas de libros para adultos (de los cuales Impedimenta ha publicado en los últimos años otros dos, El mundo según Mark y Vida en el jardín, aparte del que hoy reclama mi atención) y una treintena de literatura infantil, nació, como he indicado, en Egipto, entonces parte del Imperio Británico, y pasó allí su infancia. Esa experiencia temprana en el mundo colonial -con sus paisajes desérticos, su cosmopolitismo, su mezcla cultural y su distancia respecto a Inglaterra- influyó profundamente, al parecer, en su sensibilidad literaria y, de manera indudable, en Moon Tiger, cuyos pasajes ambientados en El Cairo -del orden de unas cien páginas centrales absolutamente magistrales- reflejan un profundo conocimiento de aquellos exóticos espacios del norte de África. Del mismo modo, su formación en Historia Moderna en la Universidad de Oxford aflora también en el protagonismo y la preocupación por la Historia que revela la novela. 

Moon Tiger parte de una premisa aparentemente sencilla y ya mencionada: a los setenta y seis años, ya una anciana, Claudia Hampton se encuentra internada en un hospital londinense, gravemente enferma aunque lúcida y consciente, casi al cien por cien de su brillante inteligencia. Mientras espera la muerte (Yo me estoy muriendo de un cáncer intestinal, confiesa, sin autoengaño alguno), anuncia a su enfermera -y a quienes van a visitarla- que está escribiendo “una historia del mundo”. Esa declaración inicial es, en realidad, el punto de partida de la novela, pues la historia universal que Claudia pretende escribir se convierte inevitablemente en la historia de su propia vida: Una historia del mundo, sí. Y por el camino, la mía. Vida y época de Claudia H. El trocito de siglo XX al que he vivido encadenada, quieras que no, de grado o por fuerza. Contemplarme en mi contexto: todo y nada. La historia del mundo según Claudia: realidad y ficción, mito y testimonio, imágenes y documentos

Desde ese momento, el relato se articula como una reconstrucción fragmentaria de su existencia. Claudia es una historiadora autora de libros de éxito popular (sobre Napoléon, sobre Tito, sobre Hernán Cortés, entre otros) y también periodista, con una notable trayectoria como corresponsal de guerra, precisamente, entre otros destinos, en el Egipto en los días de la contienda mundial. Ha sido -sigue siendo, más allá de las limitaciones que le impone su estado- una mujer sobresaliente en el plano intelectual, independiente, rebelde y poco inclinada a los convencionalismos sociales, con un carácter muy fuerte, irónica y hasta cáustica, algo suficiente, distante, despreciativa y, en definitiva, poco simpática, y por ello capaz de suscitar en quienes la tratan la animadversión y hasta el rechazo a causa de su franqueza, a veces despiadada, cruel, incluso egoísta (solo las brujas sabiondas y dogmáticas como yo… dirá de sí misma). Al lector le resulta difícil empatizar con ella, al menos hasta que Lively le permite conocer, y para entonces ya han transcurrido cien páginas de la novela, los dos acontecimientos decisivos de su vida. Y eso que, a la vez, ha sido -y aquí no cabe el presente- muy guapa, con una poderosa capacidad de atracción, con su pelo rojo, sus ojos verdes, su silueta, consciente de su encanto (Hasta cierto punto, mi cuerpo ha condicionado los hechos. La vida de una mujer atractiva es muy distinta a la de una poco agraciada. Todo ha contribuido: el pelo, los ojos, la forma de mi boca, las curvas de mis pechos y de mis muslos. Puede que el cerebro sea independiente, pero la personalidad no lo es). Una circunstancia, el atractivo físico, de la que se ha aprovechado profesionalmente sin reparo (Y tengo que reconocer que, al igual que la descerebrada de mi compañera de piso, Camilla, yo también sacaba partido de mi atractivo sexual, dice Claudia en un fragmento de la versión de Impedimenta; la traducción de Contraseña es muy floja y hasta disparatada: Y debo admitir que también yo, igual que el cerebro de mosquito de Camilla, mi compañera de piso, tenía mi día de relajo sexual. ¿Mi “día de relajo sexual”? ¿Qué leemos cuando leemos un libro traducido?). En fin… 

La “revisión” de su vida se extiende desde la infancia en la Inglaterra de entreguerras hasta casi el final del siglo XX (recuérdese, el libro es del 87), atravesando episodios cruciales como la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, la novela no sigue una narración lineal. En lugar de ello, el texto avanza mediante recuerdos discontinuos, cambios de perspectiva y saltos temporales. Escenas de la infancia de Claudia aparecen junto a episodios de su vejez; momentos del romance central de la novela se intercalan con recuerdos familiares o con reflexiones sobre la historia, en una sucesión de conexiones, entrelazamientos, vueltas atrás y adelante en el tiempo. Los personajes principales (Mi historia se entrecruza con la historia de los demás: mi madre, Gordon, Jasper, Lisa y, sobre todos ellos, la de otra persona): la propia Claudia; su marido Jasper, del que está separada; Lisa, su única hija; su hermano Gordon; la anodina Sylvia, esposa de éste; Lazslo, un refugiado húngaro que acaba por ser una suerte de hijo adoptivo; esa “otra persona”, innominada y desconocida para todos, salvo para la propia Claudia, el Tom Southern resumen y emblema de una vida que se extingue), todos aparecen y desaparecen, sin respetar tiempos ni lugares (En mi cabeza Jasper está fragmentado: hay muchos Jaspers desordenados, sin cronología. Igual que hay muchos Gordons y muchas Claudias) incluso antes de que sepamos “formalmente” de su existencia (Comimos unos bocadillos y bebimos cerveza de jengibre entre las ruinas, y luego nos tumbamos al sol en un hueco. Jasper era aún un desconocido para nosotros, y Lisa y Sylvia y Laszlo y Egipto. Y la India. Estratos aún sin formar), todos enlazados a través de los desperdigados recuerdos de Claudia (Todos somos bisagras…, eslabones fortuitos entre las personas. Yo enlazo a Sylvia con Laszlo, a Lisa con Laszlo; Gordon me enlaza con Sylvia) y unidos por la muy sabia construcción de Lively. 

Estos “juegos”, esta compleja arquitectura narrativa, constituye, a mi juicio, más allá de lo sugerente de la trama (magnífica y excepcional, desde mi punto de vista, en el relato de la decisiva historia de amor y sobresaliente en el resto), el principal valor del libro. La novela alterna diferentes tiempos verbales y perspectivas narrativas. Algunos fragmentos están narrados en primera persona por Claudia anciana, mientras otros adoptan una tercera persona que reconstruye escenas del pasado. En ocasiones leemos un mismo episodio descrito desde el punto de vista de uno de los personajes que lo protagoniza y, acto seguido, en la voz y bajo la mirada de otro (Utilizaré muchas voces en esta historia. A mí el tono plano y frío de la narración desapasionada no me va; habla Claudia en relación con su libro, y Lively la “obedece” en la novela de la que aquella es protagonista). Además, la narración salta constantemente entre distintos momentos temporales. Episodios del pasado se presentan antes que las circunstancias que los explican, de tal manera que solo producen plenos efectos y alcanzan un completo sentido para el lector atento (o dispuesto a releer la novela), pues, en caso contrario, lo probable es que algunos se le hayan pasado desapercibidos. En consecuencia, no es de extrañar que, como tantas otras veces en casos similares, la crítica se haya referido, al describir la estructura de la obra, a su carácter caleidoscópico (término usado por la propia Claudia cuando plantea su proyecto narrativo: En mi historia del mundo —esta historia realista y caleidoscópica…), obligado el lector a reconstruir, a partir de los fragmentos parciales, de las piezas dispersas, el relato en su conjunto. Así, por otro lado, funciona la memoria -y en este sentido la novela es genial, al reproducir sus procesos-, en la mente no existe una cronología lineal, los recuerdos aparecen simultáneamente, mezclados y reorganizados por la conciencia (Ahora bien, ¿debe ser una historia lineal o no? Siempre he pensado que una visión caleidoscópica sería una herejía interesante. Agita el tubo y a ver qué sale. La cronología me irrita. Yo no tengo una cronología en mi cabeza. Estoy hecha de miles de Claudias que giran, se mezclan y se separan como las chispas del sol en el agua. Las cartas que llevo conmigo se barajan y vuelven a barajarse sin parar; no hay secuencias, todo ocurre al mismo tiempo). 

A menudo, al comienzo de un nuevo capítulo se presenta a la mujer en una muy breve escena en el hospital, una conversación con un médico o una enfermera, la visita de su hija, de su nuera, de Jasper, de Lazslo (Gordon ha muerto hace unos años). Allí, en esa especie de tranquilo paréntesis que se establece entre la intensidad de los recuerdos narrados, un detalle, un comentario, un objeto, una planta, sirve de excusa para, acto seguido, permitir que la anciana prosiga su lúcida remembranza, operando estas pausas como un sutil engarce que da continuidad al relato. Este se desarrolla siguiendo los vínculos, en ocasiones algo forzados, entre determinados acontecimientos colectivos, todos relevantes históricamente, y los hechos, sucesos y vivencias de su vida personal. Retrotrayéndose, como historiadora, a los orígenes del universo, al caldo primordial del que nace la vida, surge su propia infancia, y el lazo que une ambos planos es un ammonites, un portavoz de los fluctuantes mares del Jurásico que reaparece ahora en las manos de dos niños, Gordon y Claudia, que juegan en una costa rocosa; una fotografía de una calle de la aldea de Thetford, tomada en 1868 es el pasaje que la lleva a sus días escolares y al nacimiento de su vocación de historiadora; las pintorescas figuras del Tapiz de Bayeux enlazan con los grandes viajeros y descubridores -Marco Polo, Vasco de Gama-, y ellos con los “peregrinos” del Mayflower y la historia de los Estados Unidos, lo que hace brotar en su relato los recuerdos de un viaje a Harvard, donde estudia su hermano Gordon; una alusión incidental a Dios, hecha por ella, una agnóstica militante, ante una enfermera del hospital, permite otra digresión de su mente que la lleva a pensar en las iglesias y en particular en la procatedral de Saint George de El Cairo, en un día, trascendental en su vida, en que, con treinta y un años, se adentró en el recinto sagrado y rogué perdón y ayuda a un Dios putativo; y esa vivencia sustancial -la emocionante historia de amor en El Cairo, reaparece a través del repaso que como historiadora hace al siglo de las guerras, el terrible siglo XX; y la evocación de la milenaria civilización egipcia la vuelve a conducir a esa experiencia capital; y la terrible aventura de Cortés y el exterminio de los aztecas penetra también en sus sueños y da pie a la remembranza de los días de rodaje en España de una película basada en el libro que escribió sobre el conquistador; y el Holocausto, la guerra fría y el peligro nuclear, entre otros muchos ejemplos, también se imbrican, en hilos muy bien anudados, con circunstancias, situaciones, personajes y recuerdos de su propia vida, en esas dos dimensiones, los acontecimientos objetivos de la Historia colectiva, pública y los hechos de su propia trayectoria biográfica, subjetiva y privada. 

Y entre ambos, una tercera dimensión fundamental en su vida, la íntima, la de sus pensamientos, sus emociones, la del discurrir de sus evocaciones, el acercamiento -sensible, sincero, veraz- a la esencia, a la verdad última de su vida. Esa aproximación se representa con la metáfora, en apariencia oscura y abstrusa, del Moon Tiger que da título al libro. La historia adopta ahora una tercera dimensión más borrosa y al mismo tiempo mucho más clara. Una dimensión que huele y se toca. Huele a Moon Tigers, a queroseno, a estiércol y a polvo. El Moon Tiger, que se menciona con carácter anticipatorio -y en esos momentos difícilmente inteligible- en algunos pasajes del libro previos a su explicación (en un recurso, ya comentado, muy bello y muy eficaz literariamente, aunque su uso provoque a veces la perplejidad del lector, al que se le escapa el sentido de lo que está leyendo que solo alcanzará cuando llegue, muchas páginas después, cuando se explique se significado y su papel en la historia; de ahí la conveniencia de una relectura) es el nombre de un artefacto aparentemente trivial, cuya presencia pasaría desapercibida al lector como un objeto “decorativo” más si la novela no se titulara así, de uso, sin embargo, muy habitual en regiones de clima extremadamente cálido (en los ardientes veranos de algunas zonas de España, sin ir más lejos) y, por tanto, abundantes en mosquitos, como es El Cairo (yo mismo lo he usado constantemente en mis muy frecuentes, ya abandonadas y ahora añoradas visitas a África). Se trata de una espiral repelente de mosquitos que se deja arder lentamente durante la noche, dejando un rastro de ceniza circular. Su presencia en las escenas más sensuales -y sentimentales también- del efímero idilio cairota, viene a la mente de Claudia (Su brasa es un ojo que te hace compañía en la oscuridad caliente y ronca de insectos. Claudia no piensa en nada, solo existe, satisfecha en la totalidad de su cuerpo. Otro centímetro de la espiral cae al platillo) operando así como la clave que explica el libro, como metáfora de la existencia humana, del paso del tiempo, del modo en que opera la memoria y de la misma estructura narrativa de la novela, con el movimiento en espiral, la progresiva desaparición de lo “tangible” y su progresivo desvanecimiento, su conversión en humo, en cenizas, en leves, ligeras, inaprensibles rescoldos de un fuego que ya se apaga. 

Os recomiendo vivamente Moon Tiger, una novela excepcional, al igual que Las luces azules, otro libro espléndido, sumándose a ambos, en mi plural y deslumbrante propuesta de esta tarde, otra novela inolvidable, que coincide con las anteriores en que la muerte preside su trama, en este caso de manera directa y central, aunque, pese al dramatismo y la tristeza indecible que encierra su argumento, resulta ser una obra optimista, vital y llena de energía, alegría y hasta de humor, rezumando delicadeza, sensibilidad, emoción, sentimiento y belleza y cuya lectura, que el lector hace entre lágrimas en muchos pasajes, deja en él un rastro perdurable de intensa conmoción, de feliz entusiasmo, de plenitud exaltada, de profunda verdad. Me refiero a Pequeñas desgracias sin importancia, publicada en 2014 por la canadiense Miriam Toews y aparecida en España en 2022, formando parte del catálogo de la editorial Sexto Piso con la traducción de Julia Osuna Aguilar. 

Miriam Toews, escritora y actriz de cine canadiense, nacida en 1964 y única aún viva de mis tres invitadas de esta tarde, cuenta con una consolidada carrera como escritora, con varios libros publicados y numerosos premios literarios en su haber. En nuestro país han visto la luz varios títulos, en particular, en Sexto Piso, principal divulgadora de su obra entre nosotros, han aparecido un libro de no ficción, Tregua, que no paz, y otras dos novelas, Ellas hablan y No dejar que se apague el fuego. Es licenciada en Estudios Cinematográficos por la Universidad de Manitoba y en Periodismo por el King's College de Halifax, aparte de haberse desempeñado como actriz en alguna película sin demasiada repercusión. Pequeñas desgracias sin importancia es uno de sus libros más reconocidos y, sin duda, el de mayor actualidad, siquiera sea de manera indirecta en relación con la reciente eutanasia de la joven Noelia Castillo y el impúdico y a mi juicio deshonesto espectáculo mediático que se desató en torno a ella y su situación hace unos meses. Y es que el tema central de la novela (si es que tiene sentido hablar del “tema” de una novela; no lo tiene, y en este caso menos que nunca, pues es la obra en sí, la narración, el refinado estilo literario, el modo de contar, el tono, la atmósfera, el modo en que muestra la psicología íntima de los personajes, la lucidez moral con la que la autora enfrenta unos hechos complejos y con infinidad de aristas, la honradez con la que se exponen profundos dilemas éticos, las sensaciones que la maestría de Toews provoca en el lector, las reflexiones a las que induce, el universo en el que lo introduce, el mero -¡¡mero; como si fuera poco!!- disfrute que proporciona su lectura, lo que resulta relevante y aun inolvidable); el tema del libro, decía, es, simplificando en demasía, el espinoso y controvertido y delicado moralmente de la elección voluntaria del momento de la propia muerte, el de la libertad para decidir cuándo ponemos fin a nuestros días, el del -en definitiva y sin eufemismos- suicidio (¿Podrías dejar de decir «quitarse la vida»?, le pedí. —Vale, bueno, ¿qué debería decir entonces? —¡Suicidarse! Cuando asesinan a alguien, ¿tú dices, ay, le quitó la vida a otra persona? Esto no es el puñetero “Conde de Montecristo”, leemos en un pasaje del libro). 

Aunque cruzado por muchas derivaciones e hilos paralelos y complementarios, el núcleo de la historia nos sitúa, como en las dos novelas precedentes, ante una mujer al borde de la muerte, aunque, a diferencia de Las luces azules y Moon Tiger, aquí el fatal destino es elegido por la protagonista, una de las dos sobre las que gira el libro. Elfriede -Elf- von Riesen, es una mujer madura (Ya tenemos las dos cuarenta y pico años, dice su hermana Yolandi -Yoli- la otra figura principal de la novela, seis años menor que ella), atractiva, extremadamente inteligente, con una pareja -Nic- que la ama y la cuida, muy talentosa concertista de piano, reconocida y carismática, aclamada internacionalmente, con una exitosa carrera que la lleva de una a otra parte del mundo, que, pese a ello (¿pese a ello?... ¿es que acaso alguien “manda” en un cerebro acuciado por una atroz acedía existencial?), se ve afectada -con frecuencia recurrente aunque con altibajos- por constantes episodios depresivos que la han llevado a intentar su suicidio en más de una ocasión. Ahora, en el presente del relato, que se nos narra en la voz de su hermana y que se retrotrae de continuo a la infancia de ambas, Elf está hospitalizada tras haber buscado su propia muerte mediante una sobredosis de pastillas, días antes del inicio de una gira de conciertos ya cerrada y aguardada con expectación por sus innumerables seguidores. Con carácter previo al inicio de la novela, se nos ha hablado de otro intento en el que estuvo cerca de haber acabado con su vida al haberse negado, persistentemente, a comer. Su hermana la visita, la acompaña, la conforta -también le riñe- en su convalecencia en el sanatorio, y el relato de esos días, la vivencia de Yoli -siempre desde su perspectiva, en una opción estilística notable, que no da voz a quien vive en carne propia la depresión y la voluntad suicida, sino a quien, muy cerca afectivamente, contempla desde una relativa “ajenidad” (ambas están muy unidas desde la infancia), llena de amor e impotencia, de dolor, de responsabilidad, de afecto y emoción y compasión y culpa y temor e incapacidad, de dudas y desconcierto, la dramática situación de su hermana-, constituye el eje sobre el que se articula la trama novelesca. 

No hay, pues, acción en sentido estricto (aunque la mera mención a los sucesivos intentos de suicidio que se relatan en la novela parece cuestionar este aserto). Elf está en el hospital y Yoli da cuenta de la cotidianidad de esa estancia, del trato con el personal sanitario, en particular la enfermera Janice, de la compleja relación con los psiquiatras, de los avances y retrocesos del tratamiento y la recuperación de los efectos físicos de la sobredosis, de las conversaciones con su hermana, de las visitas de la madre de ambas, Lottie, un personaje formidable; de su padre, un maestro bondadoso aunque inestable emocionalmente; de su tía Tina; de Claudio, su representante artístico; por supuesto de Nic. Pero en el discurrir de Yolandi lo esencial no son tanto los detalles “externos”, concretos y objetivos -esto es, los hechos- con los que se describe esa dramática experiencia, sino el flujo continuo de pensamientos, emociones y reflexiones con los que la mente de la narradora, atrapada entre el cuidado de su propia vida desordenada y la imposibilidad de abandonar a su hermana, se mueve entre su vida real, sus recuerdos y sus deseos, anhelos y esperanzas. 

Su larga introspección va recorriendo infinidad de “escenas”, que muestran evocaciones diversas; traslaciones a episodios de la infancia; profundización en las vidas y las personalidades de sus parientes; alusiones a los notables antecedentes suicidas de su familia -su padre, una prima, habían puesto fin a su vida antes de los intentos de Elf-; descripción de las singularidades de la educación en el entorno menonita, la rígida, cerrada y a menudo opresiva comunidad religiosa anabaptista en la que las chicas han crecido, con su cosmología anacrónica (en una de las muchas concomitancias entre la vida de los personajes y la de la propia Toews, cuyos padre y hermana mayor también se suicidaron); elucubraciones -alegres, felices, aunque teñidas de tristeza y culpa- sobre la relación con su hermana; intentos por entender las causas del funesto propósito autodestructivo de Elf (Mi hermana me cuenta entonces que tiene un piano de cristal por dentro. Tiene un miedo horrible a que se le rompa. No puedo permitir que se rompa. Me cuenta que lo tiene apretado a la derecha del bajo vientre, que a veces siente sus bordes duros presionándole la piel, que tiene miedo de que la atraviese y se desangre viva. Pero más que nada tiene miedo de que se le rompa ahí dentro. Le pregunto cómo es el piano y me dice que es un viejo Heintzman vertical que antes era un piano mecánico, pero que le quitaron el mecanismo de dentro y ahora es todo cristal, incluso las teclas. Entero. Cuando escucha botellas cayendo en la parte trasera de un camión de basura o un carillón o incluso algunas clases de pájaros cuando cantan, al instante piensa que es el piano, que se le está rompiendo, en significativa metáfora que cruza el libro); la voluntad, el afán, de comprender su actos, sus motivaciones, de explicar su comportamiento, de ayudarla en su sufrimiento y su dolor; repaso a las circunstancias de su propia y catastrófica vida, en proceso de divorcio, con dos hijos de padres distintos, con problemas económicos y sufriendo impotente ante la situación de su hermana (estaba llevando a cabo una especie de experimento social. Es broma. Si acaso de fracaso social. Y estaba haciendo malabarismos para intentar ganar dinero, estudiar y dominar (sin conseguirlo) el arte de ser adulta); anécdotas, relatadas con distanciado humor aunque, a la vez, examinadas con profundidad y sufriente implicación emocional, de sus contactos con parejas y novios, con sus hijos Will y Nora; encuentros y largas conversaciones, en las que comparten sus penalidades, con su amiga Julie; apuntes relativos a su condición de escritora de cuentos para niños y a su interrumpido propósito de encarar la redacción de su primera novela; entre otros diversos frentes del libro. 

Todos ellos, no obstante, están marcados por el que podríamos denominar “conflicto central” de la novela: dos hermanas que se quieren, unidas por una entrañable afectividad, por una complicidad y un cariño que el talento de Toews nos muestra con una ternura y una sensibilidad delicadas e intensas, y que se enfrentan a causa de una circunstancia que las hace irreconciliables (Era la primera vez que expresábamos de algún modo nuestro principal problema. Ella quería morir y yo quería que viviera y éramos enemigas que se querían). En efecto, Elf quiere morir, lo ha intentado, lo sigue intentando y, muy probablemente, volverá a hacerlo buscando su fin (no voy a desvelar, por razones obvias, cuál es el desenlace del libro en esta su línea fundamental). Yolandi quiere impedirlo, persuadir a su hermana (con amor y convicción, pero también con respeto, con dudas, sumida en un hondo dilema moral, fruto también del amor, de los muchos motivos por los que debe vivir (Aquí la única que tendría que suicidarse debería ser yo. Soy una madre horrible que ha dejado al padre de mis hijos y a otro padre. Soy una esposa horrible porque me acosté con otro. Hombres. Estoy haciendo aguas en una carrera que ni es carrera ni es nada. ¡Mira esta bonita casa que tienes y al hombre tan cariñoso que vive en ella y te ama! No hay capital en el mundo que no esté dispuesta a ofrecerte miles de dólares para que toques el piano y todos los hombres que conoces se enamoran perdidamente de ti y se obsesionan contigo de por vida, le espeta, enfadada y convencida). Y es en ese enfrentamiento, cordial, emotivo, conmovedor, en el que se plantea la clave última de una novela memorable tanto por la densidad emocional de su planteamiento como por la radicalidad con la que articula una reflexión literaria sobre el deseo de morir, la supervivencia y el vínculo entre dos hermanas atravesadas por esa historia común de talento y dolor, de complicidad y desgarro, de cariño y fractura íntima, de inmenso amor y de, también, profundo conflicto existencial, ético, íntimo. 

Son tantos los hilos a los que se abre el relato de esta bellísima y trágica relación que resulta imposible abordarlos todos, y menos en una reseña que ya ha superado con creces su extensión “razonable”. Está, de modo primordial, el tratamiento del suicidio no como un gesto abrupto o inexplicable, sino como una decisión sostenida en el tiempo, argumentada, racionalizada incluso. Elf no es presentada como una víctima pasiva de la enfermedad mental o de un impulso irracional, tampoco como un símbolo abstracto del sufrimiento, sino como alguien que ha reflexionado largamente sobre la imposibilidad de seguir viviendo en un cuerpo y una mente que no soportan la vida, sobre su incapacidad de tolerar la mediocridad de la existencia cotidiana. Toews nos traslada su propósito sin ambages ni eufemismos, de un modo sostenido, articulado, casi argumentativo. Esta racionalidad del deseo de desaparición, la firmeza con la que sostiene su voluntad de morir, la lucidez con la que articula sus intenciones desarma cualquier intento de reducción patológica, mientras el sistema médico, legal y familiar que la rodea insiste en la preservación de la vida como imperativo absoluto, y constituye uno de los elementos más perturbadores del texto y también el que más controversia ha provocado, al parecer, en la crítica ética y literaria. Yoli se debate entre el cariño hacia su hermana, la comprensión de su inexorable deseo de muerte (hay pasajes en los que investiga las derivadas legales de la ayuda al suicidio, la posibilidad de conseguir medicamentos -Nembutal, Seconal- que ayuden a morir a su hermana, la viabilidad de un viaje a Suiza, en donde, como es sabido, el suicidio asistido es legal) y, a la vez, la incomodidad ética y el rechazo con los que el amor fraterno rodea esas opciones. Su disyuntiva crucial, la pregunta nuclear que concentra la angustiosa encrucijada moral que vive no sería solo “¿cómo puedo salvar a mi hermana?”, sino también “¿tengo derecho a impedir que Elf muera?”. 

Es notable también la reflexión sobre la escritura como forma de supervivencia. Yolandi escribe -o lo intenta, no siempre su situación se lo permite- como modo de sostener lo insostenible: la espera, la culpa, la imposibilidad de resolver el conflicto con su hermana. Su voz narrativa está atravesada por la ironía, el humor negro, la confesión directa y una vulnerabilidad que evita cualquier idealización del sufrimiento, en una estrategia muy original, muy llamativa, muy sugerente literariamente, de resistencia frente a la “sentimentalización” del dolor. 

Por último, quiero subrayar otros elementos destacados del libro, como son la descripción del muy peculiar entorno familiar (nuestra familia está intentando escapar de todo en bloque, incluso de la gravedad, incluso de la orilla. Ni siquiera sabemos de qué huimos. Puede que simplemente seamos personas inquietas. A lo mejor somos aventureras. A lo mejor estamos muertas de miedo. A lo mejor estamos locas. A lo mejor el planeta Tierra no es nuestro verdadero hogar); los muchos apuntes -hilarantes en ocasiones, a través de la lúcida, punzante y muy inteligente mirada de Elfrieda (que conocemos siempre a través de la voz de Yoli)- sobre las singularidades de la comunidad menonita y su conservadurismo dogmático; las peripecias, descabelladas, tiernas, disparatadas y conmovedoras, de la anciana madre; la hondura psicológica con la que se da cuenta de la complejidad de los personajes (de todos, más allá de los dos principales); el sobresaliente tratamiento estilístico, con el uso constante de la fragmentación, la alternancia de registros, el humor como mecanismo, ya mencionado, de contención dramática, la irrupción de la memoria como forma de interrupción del presente; el magistral artificio que supone una prosa minuciosamente construida para transmitir una ilusión de espontaneidad, una impresión de inmediatez, de discurso casi impensado, como si el lector estuviera siguiendo el flujo de una mente que piensa en voz alta, en un magistral logro técnico de Toews y en uno de los motivos, sin duda, por los que su novela se lee de un modo arrebatado; la constante incorporación de referencias culturales (Dustin Hoffman en Perros de paja, Richard Bach, Mary Wollstonecraft, Amelia Earhart, Marina Abramović), musicales (Moon River, el Wild Horses stoniano, los Beatles y su All you need is love, Loudon Wainwright y Rajmáninov, Cher, The Clash y la Sinfonía n.º 3 de Górecki, el Thunder Road de Bruce Springsteen, el I Don’t Know How to Love Him de Jesucristo Superstar, y Memory of a Free Festival de David Bowie, Woody Guthrie y Stevie Ray Vaughan -en otra de las encantadoras excentricidades de la Elf adolescente, se nos cuenta cómo, de pequeña, recogió firmas en su pueblo para que declararan a Stevie Ray Vaughan el mejor guitarrista del mundo-, Somewhere Over the Rainbow, el Three Times a Lady de Lionel Richie, el My Beautiful Dark Twisted Fantasy de Kanye West, en una banda sonora excepcional, diversa y algo heteróclita que puntea la acción) y literarias (Adorno, Heidegger, David Hume, Emily Dickinson, Virginia Woolf y Sylvia Plath, Dylan Thomas, Paul Valéry, Goethe, Bartleby el escribiente, Robert Walser, James Joyce, Carl Jung, Franz Kafka, Raymond Chandler, John Clare, Fernando Pessoa, Thomas Bernhard, sus amantes poetas: William Blake, Percy B. Shelley, D. H. Lawrence, Shelley, Wordsworth, Tennyson y, sobre todo, Coleridge, autor del poema al que pertenece la frase que da título al libro y que, asociada a un episodio (que no voy a revelar) de la adolescencia de las chicas, ofrece una primera muestra de la excepcionalidad -en todos los sentidos- de Elfrieda: 

En fantasías (yo de eso sé), 
alejándote de negocios y deberes mundanos, 
te acercabas al lecho de una Hermana muy querida, 
tus pasos quedos, y contemplabas su cara apagada, 
y aliviabas sus punzadas solícito y cariñoso 
con los más tiernos tonos medicinales del amor. 
Yo también tuve una hermana, mi única hermana. 
¡Ella me quería de corazón y yo la adoraba con pasión! 
Sobre ella vertía yo pequeñas desgracias sin importancia 
(yo el enfermo en brazos de su enfermera) 
y del corazón los padecimientos ocultos 
que por bochorno se retraen incluso ante el ojo del Amigo. 
¡Ay, qué de noches me he despertado y llorado 
porque ELLA YA NO ESTABA! 

Con los bellos y significativos versos de Coleridge pongo fin a esta reseña. Volveremos la semana que viene con nuevas -y magníficas- novelas escritas por mujeres, en lo que será la quinta entrega de este espero que interesante ciclo de nueve programas. Os dejo ahora con un elocuente fragmento de Moon Tiger y con una de las muchas canciones mencionadas en Pequeñas desgracias sin importancia, Heart of Gold, el clásico de Neil Young. 


Claudia está sola, sentada delante del televisor. El cuarto es cálido y tranquilo; las cortinas corridas silencian la lluvia y el tráfico; tiene un vaso de vino en la mano y los pies en alto; ha terminado su jornada de trabajo. Pasan los títulos de crédito y comienza la historia, que es al mismo tiempo pública y privada. Un joven héroe, llamado a filas en 1939, se despide de su novia y de su madre, el Ejército alemán avanza en territorio francés, Churchill convoca a sus asesores. La narración se desenvuelve también en dos dimensiones. Por un lado está la costosa ficción, con unos actores consumados y una producción esmerada y atenta a los menores detalles, sean estos la cantidad exacta de brillantina en el cabello del joven héroe, las abolladuras de las enormes teteras del economato militar o el ruido de fondo del motor de un jeep. Por otro lado, las inserciones de secuencias que, en comparación con lo anterior, parecen un producto amateur, pintoresco y escasamente real: disparos de mortero, soldados que corren en silencio, hileras de camiones o de carros de combate que entran por un lado de la pantalla y salen por el otro. En la ficción a todo color, los actores tienen el cutis sonrosado, la hierba es verde y el cielo azul; la realidad es en blanco y negro, los jóvenes soldados que sonríen y saludan con la mano desde la cubierta de un navío tienen el rostro blanco, el mar es negro, el desierto es gris. Claudia lo contempla con interés dando sorbitos de vino, se fija en los cigarrillos Players que el héroe saca de un bolsillo de su uniforme de batalla y la inclinación del sombrero-platillo de su novia. El pegajoso perfume de la nostalgia se oculta detrás de la pantalla. Observa una negra hilera de prisioneros italianos que cruzan con fatiga el desierto gris, el humo negro que sale de un avión estrellado, la nube de humo blanco que despide el cañón de un carro de combate. 

La historia adopta ahora una tercera dimensión más borrosa y al mismo tiempo mucho más clara. Una dimensión que huele y se toca. Huele a Moon Tigers, a queroseno, a estiércol y a polvo. La sensación es tan intensa que Claudia se levanta, de un manotazo reduce el televisor al silencio y vuelve a sentarse con la mirada fija en la pantalla ciega, donde la historia continúa. 

Videoconferencia
Jennifer Johnston. Penelope Lively. Miriam Toews

miércoles, 13 de mayo de 2026

CONSTANCE DE SALM. VEINTICUATRO HORAS EN LA VIDA DE UNA MUJER SENSIBLE; COLOMBE SCHNECK. LA TRILOGÍA DE PARÍS; MARIE-HÉLÈNE LAFON. HISTORIA DEL HIJO

La cuarta entrega de esta desbordante serie que desde hace un mes centra las emisiones de Todos los libros un libro os presenta tres nuevos títulos enlazados por el mismo hilo conductor que anuda el ciclo. Tres novelas, con diversas temáticas y planteamientos literarios, escritas por mujeres de distintas generaciones, aparecidas también en diferentes editoriales, que se suman a las nueve, marcadas igualmente por su heterogeneidad, cuya lectura os he ido recomendando en programas anteriores, y que se completarán con otras catorce que comentaré aquí los cinco próximos miércoles, para cerrar un proyecto, ambicioso, desmesurado y algo insensato, que pretende ofreceros, a lo largo de dos meses, veintiséis obras, todas novelescas, de otras tantas mujeres, publicadas en un número idéntico de sellos diversos. Nuestras invitadas de hoy son francesas, Constance de Salm, y su Veinticuatro horas en la vida de una mujer sensible, un clásico con doscientos años a sus espaldas; nuestra contemporánea, Colombe Schneck, parisina de 1966, exitosa autora de La trilogía de París; y la occitana Marie-Hélène Lafon, nacida en 1962 y de la que os traigo su espléndida Historia del hijo

Mi primera propuesta de esta tarde es una novelita -el diminutivo hace referencia a la extensión y no tiene connotación despectiva alguna-, Veinticuatro horas en la vida de una mujer sensible, obra de la escritora francesa Constance de Salm, que vivió a caballo de los siglos XVIII y XIX. Yo presenté mi reseña sobre ella en marzo de 2020, en el momento álgido de la pandemia, por lo que mis comentarios no pudieron emitirse razón por la que aprovecho para recuperarlos ahora. El libro, que vio la luz en la colección Los intempestivos de la Editorial Funambulista hace ya tres lustros, en 2011, se presenta en traducción de Isabel Lacruz y con un interesante -aunque a mi juicio también controvertido- postfacio de Laura Freixas, El amor… ¿Qué es el amor?, en torno al feminismo y, más en general, la “cuestión femenina”, lo que permitirá al lector extraer algunas conclusiones especialmente oportunas en relación con el eje que motiva esta serie del programa: ¿existe una literatura específicamente femenina? ¿Y de ser así, cuáles serían los rasgos que podrían definirla? 

La novela está, al parecer, en el origen de otro libro destacado que aprovecho para recomendar al paso, Veinticuatro horas en la vida de una mujer -así a secas, con la sensibilidad desaparecida del título-, la obra de Stefan Zweig de la que hay edición española en Acantilado, en traducción de María Daniela Landa. Inspirada a su vez en la novela de Constance de Salm, hay, he leído, una obra de teatro, Sensible, dirigida por Juan Carlos Rubio, y que con la interpretación de Kity Manver y Chevy Muraday giró por España hace ocho o nueve años, sin que yo haya llegado a verla. La novela de Zweig ha sido objeto de numerosas traslaciones cinematográficas en Francia, Argentina, Alemania o Estados Unidos y hace unos años se estrenó, según parece, un musical, en español, basado en el libro. 

Constance de Salm fue una de las típicas -y escasas- mujeres ilustradas de su tiempo. Aristócrata por nacimiento -hija del conde de Nantes- y matrimonio -princesa de Salm tras su boda (la segunda, tras una inicial, juvenil, que acabó con un divorcio que las recientes leyes revolucionarias acababan de permitir) con Joseph de Salm-Reifferscheidt-Dyck-, políglota desde niña, educada en el conocimiento y la cultura, su vocación literaria se despertó muy pronto, publicando a los diecisiete años poemas y más tarde obras de teatro. Conocida, por sus logros literarios y su postura intelectual entregada a la “revolución”, como Musa de la razón, escribió en 1797 una Épître aux femmes (Epístola a las mujeres) en la que dejó constancia de su defensa de la causa femenina. Como otras mujeres de su entorno -pienso, por ejemplo, en Madame de Staël, una de las más notorias- fundó y mantuvo en París un salón literario en el que participaron, entre otros, Alexandre Dumas, La Fayette y Alexander von Humboldt. Veinticuatro horas en la vida de una mujer sensible es una obra tardía, publicada en 1824, cuando, cercana ya a los sesenta años, Constance vivía retirada en el castillo de su marido en Renania y, para paliar el tedio de su relativo alejamiento del mundo, se decidió a recuperar un escrito, un breve relato, iniciado y abandonado algunos años atrás. 

Estamos ante una novela epistolar, como tantas que surgieron en la Francia del XVIII. La narradora y protagonista recorre en cuarenta y seis cartas, escritas en el largo curso de una única jornada, entre el miércoles a la una de la madrugada, como figura en el encabezamiento de la primera, hasta el jueves a la misma hora, como reza la última, su particular calvario emocional, desde que descubre, al salir de un concierto en la Ópera, a su amante subiendo al carruaje de otra mujer, Madame de B…, incidente que la sume a ella en una angustiosa vorágine de incertidumbre, desasosiego, especulaciones y celos que se prolongará durante toda la noche y hasta la del día siguiente. Salvo dos cartas de un entregado pretendiente, el conde Alfred, y otras dos finales de su enamorado, indispensables para conocer el desarrollo y el avance de los hechos (que no voy, obviamente, a revelar), las cuarenta y dos restantes, redactadas en un arrebatado frenesí emocional, transportan al lector, con una prodigiosa capacidad de penetración psicológica, a las interioridades del alma de esta mujer efectivamente sensible, víctima -y uso el término con toda la intención- de las manifestaciones más excesivas, más apasionadas, más delirantes, del amor. 

En el preámbulo que antecede a la primera de las cartas, la escritora (que publicó el libro de manera anónima, aunque, al parecer, todo “el mundo” en su tiempo conocía su auténtica autoría), realiza algunas advertencias a su destinataria, Madame la Princesa de…, y con ella a sus lectores. En primer lugar, subraya que lo que vamos a leer es, en efecto, una novela, una construcción artificial, pues, ajena a vivencias reales; aunque se ve obligada a aclarar también -en una puntualización casi funcionarial- que, pese al carácter ficticio de la obra, el breve lapso de tiempo en el que centra su relato no choca con las leyes de la “realidad”: en su proceso creativo estudia el tiempo necesario para escribir con rapidez estas cartas, calcula con detalle los intervalos que debían separarlas, para concluir que si bien no es corriente escribir tamaña cantidad en veinticuatro horas es, cuanto menos, posible

Además, reconoce haber procedido a su escritura movida por un propósito literario y una finalidad moral. Cansada, nos dice, de las recriminaciones que había recibido acerca del tono serio y filosófico de buena parte de mis libros, decide acometer su proyecto literario para demostrar que la inclinación por las obras serias no excluye en modo alguno la sensibilidad. Su intención confesada es, pues, mostrar esa íntima sensibilidad, oculta y encerrada, que las mujeres (estudio sobre el corazón de una mujer, llama a su libro) se veían obligadas, en muchos casos, no solo a esconder sino incluso a menospreciar, persuadida de que el conocimiento de la “verdad” del alma humana y la iluminación acerca de las interioridades nuestro espíritu, se logran tanto por la filosofía y el pensamiento como por el tierno acercamiento que procura la descripción y el análisis de los sentimientos. Su planteamiento moral reside en la declarada voluntad -que podríamos llamar “pedagógica”, aunque nada hay en el libro de aburrido y reduccionista sermón moralizante- de ofrecer una lección sobre la envidia, sobre el extravío y el dolor, sobre los excesos y el furor, sobre la embriaguez y la turbación que a menudo conlleva el amor. 

Cualquier lector que haya experimentado en sus propias carnes la terrible devastación emocional que ocasiona la vivencia extremada de la pasión amorosa podrá apreciar la sutileza, la profundidad, la “finura” en el análisis del fuego y los abismos del amor que hace Constance de Salm en su breve repertorio epistolar. Quien haya vivido el amor contrariado, el imposible, el conflictivo, el turbulento, el que se enfrenta a obstáculos infranqueables, el sometido a desasosegantes vaivenes, el que oscila entre la entusiasmada entrega y el rechazo visceral, encontrará en Veinticuatro horas en la vida de una mujer sensible un retrato fidedigno y exacto de su anterior y muy reconocible padecimiento, identificará en el enfermizo desasosiego de su protagonista los síntomas de aquella su propia febril dolencia pasada, pues estamos ante un tratado -sutil y hermoso, poético y bellísimo- sobre la exaltación y el delirio sentimental. 

A partir de la conciencia de la “traición inaugural” de su enamorado -o de lo que la narradora, en su soberana ignorancia, interpreta como tal- nuestra heroína da rienda suelta a su dramática especulación (que dota a la novela de un punto de intriga, deseoso el lector de conocer a qué obedece el extraño comportamiento del amante, repentinamente desaparecido sin dar explicaciones, en una suerte de ghosting adelantado a nuestro tiempo), en una montaña rusa de emociones que se suceden, intensas y desmesuradas, en un torbellino de turbación y desconcierto, confusión y rabia, desesperación y dolor, tranquilidad e ilusión, esperanza y ansia, nostalgia y ternura, tristeza y melancolía, celos, odio y deseo de venganza, rechazo y voluntad de morir, dudas y anhelos, repentinos hundimientos en una lastimosa autoconmiseración y enfáticos arrebatos de una dignidad impostada. 

El desarrollo de las distintas etapas -contradictorias, vehementes, excesivas-que recorre en esta trágica jornada el personaje que presenta Constance de Salm nos muestra los extremos -los picos de entusiasmo y los valles de depresión- del delirio amoroso. Entre reflexiones sobre la pasión y sus efectos, a las que luego me referiré, nuestra frenética y dolorida corresponsal inventa conjeturas -todo su itinerario sentimental parte de una construcción imaginaria a partir de un suceso que en realidad desconoce- sobre los motivos del abandono; se inflama de pasión recordando a su amante; se enardece, agitada por el fragor de sus sentimientos; siente la impaciencia de la ternura que la invade; grita exultante por el exceso de felicidad que la acomete al rememorar su dicha; se hunde en la zozobra cuando su criado Charles tarda en traer noticias de la casa del amado ausente (Me ha parecido oír la voz de Charles, confía más que oye); respira aliviada cuando, sin más sustancia que la que deriva del autoengaño, urde una explicación plausible -pero sin base real alguna- que aclara la marcha y el silencio posterior de su idolatrado; consulta el reloj una y otra vez escrutando minuciosamente el paso del tiempo en una torturante y estéril espera; ríe y llora sin solución de continuidad; se entusiasma y se deja llevar por el abatimiento, en una sucesión de bruscos cambios emocionales; se obsesiona por su padecimiento, lamenta su dolor e intenta -inútilmente- distraerse en su gabinete de pintura; se inquieta y sufre; la devasta la amargura; no soporta el dolor -¡Muero de desesperación!-; construye hipótesis descabelladas, sin fundamento alguno, para desdecirse de ellas al instante; confía y se decepciona; perdona y se arrepiente; cree escuchar la llegada de su amante y se lamenta -¡nada!- cuando comprueba que se trata de una falsa alarma; vuelve a las lágrimas y a la desesperación; se agita -respiro fuego- y acaba por conformarse; se ilusiona y constata acto seguido que todo es un sueño, un delirio, una locura febril de su alma atormentada; se tranquiliza con interpretaciones compasivas de los hechos para desbaratarlas a continuación en una extenuante cadena de razonamientos y desmentidos; se aferra a cualquier atisbo de leve optimismo, por descabellado que parezca, para negarlo, lúcida, acto seguido -¡Cómo ciega el amor!; se indigna, pide explicaciones, colma a su amado de reproches y lo insulta –pérfido, indigno, ingrato, embustero, cobarde- y se “derrite”, tiernísima -Amor mío, alma mía, vida mía-, recordándolo; la carcomen los remordimientos; tiembla en la tempestad de las pasiones y se agota en la lasitud que lleva consigo la aceptación de la derrota; vacila, no sabe qué hacer -¿quedarme aquí, tranquila, encerrada en esta estancia, mientras me quitan mi bien? (…) ¿Adónde acudir?-, para de pronto decidir, impetuosa -iré a vuestra casa-, y al momento arrepentirse y renunciar -¡No, jamás!-; escribe compulsivamente, pues está persuadida de que las cartas son un vínculo que la une, siquiera de modo vicario, con su amante -Si no os escribiera, ¿qué haría yo con mi tiempo, de mí misma? ¡El amor ocupa tanto espacio en la vida!-, para desistir después -no os escribiré ya más-; toma decisiones drásticas, se despide para siempre -adiós, adiós, aquí termina este cruel relato- y le falta el atrevimiento para hacerlo; y llega otra vez la crisis, y ahora el arrebato, y luego la estupefacción, el ansia y la inquietud, y de nuevo se siente sola, desesperada, extraviada -voy, vengo, escucho, al mínimo ruido me estremezco-, y baja a la calle, y vuelve a subir, y llama al criado, y se desmorona, y se ve traicionada, perdida, inmóvil, abandonada, ansiosa y agitada; y vuelven los insultos y las lágrimas y la impotente amenaza -me echarás de menos en el momento de tu último suspiro- y la inocua venganza, la poco convincente alusión a la tumba, el adiós furioso y estéril -he reservado esta carta para que sea el último acto de mi vida, escribe en la cuadragésimo cuarta misiva-, antes de que, por fin, llegue la carta de él… 

Y trufando la desazonadora narración de su emocionalmente convulsa jornada, aparecen las reflexiones, los comentarios, los juicios y las valoraciones, los pensamientos y las consideraciones sobre el amor, la pasión, el deseo, los celos, todos ellos marcados también por los titubeos y las dudas, por la categórica afirmación de una determinada postura y por la igualmente radical defensa de su contraria. Y así, nuestra sufriente protagonista se extasía, nostálgica, ante el poder del amor (Hay en el amor algo más que el amor, una unión más íntima, unas relaciones que las almas corrientes no pueden ni comprender ni experimentar, una fuerza de atracción de un ser hacia el otro, que en nada depende de lo que el pensamiento alcanza a definir); evoca con melancolía el arrebatado instante en que sintió su “llamada”; analiza sus síntomas -el torbellino violento que se apodera de nuestras facultades, ideas, sensaciones, y las lleva, todas ellas, hacia un solo lado, a un único punto, el alma inundada de alegría, las manos temblorosas, los precipitados latidos del corazón, las conjeturas locas y punzantes, las lágrimas ardientes que se vierten torrencialmente a través de mis ojos, el temor ante la ausencia, el miedo a la pérdida-; reclama, desesperada, los momentos de plena felicidad que el amor proporciona; exige el retorno inmediato del éxtasis amoroso (Embriaguémonos (…) con todo lo que el amor tiene de más puro y más ardiente), rememora los dulces encantamientos del ardiente cariño; escruta las muestras del amor en el comportamiento de su enamorado; analiza los efectos del fuego amoroso (embriaga, absorbe, aísla del universo y de uno mismo); se anula ante la falta del amado (Desposeída de las grandezas del amor (…) ya solo soy una mujer corriente); se avergüenza de los excesos a los que lleva el amor: la ruptura de las convenciones sociales, la renuncia al orgullo, la pérdida de vergüenza, la desatención de los principios morales, el olvido de uno mismo (¡Qué poco sabemos de nosotros mismos y de nuestros deseos cuando nos pierde la pasión!), el sometimiento a impulsos irrefrenables e imposibles de controlar (¿Quién puede prever los efectos del amor?), la irracional locura (¿Quién podría explicar ese poder del alma sobre el cuerpo, de la pasión sobre la razón?), la desmesura de los celos, tal y como puede comprobarse en el texto que os dejo como cierre a esta reseña. 

En su interesante postfacio a la novela, la inteligente Laura Freixas, escritora y novelista ella misma y destacada “abanderada” de la causa feminista, hace una lectura pro domo sua del libro, presentando la condición de Constance de Salm como la de una adelantada a su tiempo en la defensa de un papel más activo de la mujer en la vida social y cultural, un rol que superara su tradicional relegación al estrecho límite de la procreación, la maternidad y, en definitiva, el cuidado familiar, y la abriera a las fecundas vastedades de la creación artística e intelectual. Partiendo de su análisis de otras obras de la autora (de las que entresaca una suerte de significativo lema: ¡Oh mujeres! Retomad la pluma y el pincel), Freixas analiza para sustentar su tesis (incurriendo una inocente trampa que ella misma abierta y conscientemente reconoce) las tres fases por las que discurre la agitada jornada de la protagonista. Así, nuestra heroína acepta inicialmente la rendición a los más consabidos encantamientos del amor, aquellos que suponen la anulación, la dependencia, el sometimiento, la sumisión, la entrega incondicional al amado, para, en una etapa posterior, cuestionar racionalmente, tal y como acabo de ejemplificar en mis anteriores párrafos, el desvarío, la pérdida de identidad, la irracional renuncia a la propia personalidad, la cancelación de la voluntad, los propósitos, las ideas y los deseos propios que esa dimensión convencional del amor lleva consigo, y, por último, superados ambos grados (irracional locura y conciencia lúcida) -¡y todo ello en veinticuatro escasas e intensas horas!-, acceder a una suerte de iluminación feminista en la que, refugiada en la pintura y en el arte, liberada de la funesta dependencia del fatigoso varón habría rebasado los angostos lindes en los que los dictados de la época encerraban a las mujeres. Lo que ocurre es que, como la propia Freixas no puede dejar de reconocer, esas tres fases, siendo ciertas y representando en verdad tres momentos graduales de la convulsa y muy concentrada vivencia del personaje, se suceden en el libro en un orden distinto al que ella presenta (me he tomado la libertad de cambiar el orden de las citas) y que acabo de mencionar; una alteración secuencial que modifica radicalmente la interpretación última del texto. Porque, en efecto, la muy desasosegada protagonista experimenta complacida y sin cuestionamiento alguno, antes al contrario, todos los efectos -también los más dolorosos- de su pasión; en síntesis, la entrega y la anulación. Inmediatamente después -y solo cuando la “fuga” de su amado la hace aborrecer de su propio desvalimiento y a padecer su mísera soledad- intenta la vuelta a la razón y se vuelca en la “distracción” -un mero entretenimiento que le permita olvidar la pérdida- del dibujo y la pintura en su santuario de las artes. Pero al final -y el orden en que se suceden los hechos y la evolución sentimental, espiritual e intelectual de la mujer, no es, obviamente, baladí- acaba por volver a “recaer” en los placenteros deliquios del amor, en su extravío, en su abnegada rendición ante los encantos de su amado, refugiándose en las almibaradas convenciones románticas (como sentencia, quizá decepcionada, Freixas) y aceptando en último término el papel atribuido a las féminas por los valores y las convenciones de la época: víctimas propicias del ciego impulso amoroso (Cuando te veo dejo de existir por mí misma. Cuando estás lejos de mí vierto incansablemente sobre el papel mis penas). Pero feminista o no, adelantada a su tiempo o fiel deudora de él, Veinticuatro horas en la vida de una mujer sensible es una novela magnífica, altamente recomendable, que va a interesaros y a haceros disfrutar, además, de unas pocas horas -su extensión es muy breve- de placentera lectura. 

Pese a que la mayor parte de la crítica y los comentarios editoriales ven en el libro de Constance de Salm un inequívoco referente del de Stefan Zweig, Veinticuatro horas en la vida de una mujer, lo cierto es que, más allá del título y del hecho de que los aspectos nucleares de su trama se desarrollan en idéntico corto período de tiempo, no son muchas las semejanzas entre ambos textos (la profesora Ángela Magdalena Romero Pintor, autora de un interesante trabajo sobre la recepción de la obra de la escritora francesa, se atreve a afirmar que probablemente Zweig ni siquiera conociera la existencia de su supuesto antecedente). La novela del austríaco, también espléndida, se centra en la historia de una mujer que, ya anciana, y por motivos que no vienen al caso, se decide a contarle al narrador, con el que, junto a un discreto grupo de personas enteramente burguesas, comparte estadía veraniega en una pensión de la Riviera italiana en los años previos a la Gran Guerra, la profunda experiencia vivida cuarenta años atrás a lo largo de una jornada, desconcertante e intensa, en la que cedió a la irresistible y inexplicable atracción por un joven mucho menor que ella. No obstante, el interés del libro recae tanto en la vivencia de la mujer como en la irrefrenable pasión del muchacho por el juego, en un tema, el de la pulsión lúdica -llamémosla así- que ya había sido objeto de las preocupaciones literarias de Zweig. Discúlpese esta abrupta intromisión de un hombre en mi extensa serie de novelas de mujeres para, con él, ofrecer un aporte adicional al debate de raíz: ¿Qué es la literatura femenina? ¿Puede un hombre -Zweig- mostrar, con delicadeza y profundidad, los resquicios más íntimos del alma de una mujer? ¿O ello es patrimonio exclusivo de las escritoras? Sirvan mis propuestas de lectura para, de paso, avivar la reflexión acerca de estas interesantes cuestiones, no tan obvias como parece deducirse de las aportaciones reduccionistas con las que se suele abordar la discusión en nuestro polarizado ambiente político y cultural. 

Una perspectiva abiertamente femenina y una temática -al menos en un tercio de su novela- privativa de las mujeres (¿o no?), están presentes en mi segunda sugerencia de hoy, La trilogía de París, de Colombe Schneck. Schneck, nacida en París en 1966, es una escritora, periodista de radio y televisión y documentalista con una trayectoria muy consolidada en su país en todos esos campos. De origen judío, proviene de una familia de inmigrantes de Europa del Este -su abuela, lituana, emigró a Francia en el primer cuarto del siglo pasado-, marcada por los traumas históricos del siglo, con algunos parientes asesinados en el Holocausto. Creció, no obstante, en un entorno social, económico y cultural privilegiado, acomodado y liberal. Tras estudiar en dos instituciones académicas de prestigio, el Institut d’Études Politiques y la universidad Paris 2, se dedicó profesionalmente durante años al periodismo cultural, actividad que alternó con una intensa y fecunda carrera literaria en la que cuenta con una larga decena de libros publicados, en su mayor parte galardonados con distintos premios en el país vecino y que se desenvuelven en un ámbito fronterizo entre la novela, la crónica autobiográfica y el ensayo narrativo, en textos que vinculan vivencias personales con observaciones culturales y sociales, dialogando a menudo con la tradición de la “autoficción” francesa moderna, singularmente -por la coincidencia en ciertas preocupaciones estéticas y temáticas- con Annie Ernaux (de presencia explícita en la obra de la que hoy os hablo), aunque Schneck posee una voz distinta, más sociológicamente situada en la burguesía parisina liberal y menos centrada en la marginalidad que la premio Nobel. En la última década ha publicado tres novelas cortas autobiográficas que han gozado de una excelente recepción en medios franceses, y no solo, pues han sido objeto de traducción a diversas lenguas: Diecisiete años, en 2015, Dos pequeñas burguesas, de 2021, y La ternura del crol, publicada en 2019. Las tres aparecen reunidas, en un todo unitario, y bajo el título de La trilogía de París, publicado por Lumen en 2024 con la traducción de Mercedes Corral. En realidad, se trata de tres textos breves autónomos, no nacidos como parte de un proyecto conjunto, pero que, dadas sus características similares, su autora “ensambló” (En realidad los tres libros no fue un proyecto literario, sino que responde a una llamada más íntima de escribir sobre esta parte de mi vida, pero al final, las personas que lo lean se verán reflejadas en alguna de las historias. Este tríptico funciona muy bien y era de lógica juntar las historias) en una obra que, en tanto que está unida por un perceptible referente autobiográfico, íntimo, reflexivo y personal, mantiene una evidente integridad y se lee de un modo coherente, continuo y cerrado en sí mismo. Ese hilo conductor se anuda en torno a la narración de una vida -la de la propia autora- contada en tres movimientos que, sin perder su individualidad, componen un arco temático que da cuenta de la experiencia de una mujer -y por extensión la de cualquier otra, salvadas las singularidades de la específica trayectoria de Schneck, ciertamente muy particulares- en diferentes etapas de la vida, en un recorrido en el que el cuerpo, la fisicidad, se propone como elemento que da continuidad a la historia. En un esclarecedor prólogo en el que la autora explícita el propósito, la génesis y la vinculación del libro con su propia biografía, la escritora francesa fija los tres hitos de relevancia decisiva que jalonan su vida y que, discretamente “ficcionalizados”, trasladará a su obra: el cuerpo, adolescente y vital, exultante y ambicioso, de una inocencia primitiva y salvaje, en la primera parte, marcada por la primera menstruación y la conciencia de una realidad corporal hasta entonces inadvertida; la aceptación, al principio renuente, de la identidad de género, la maternidad, la familia, la atención a los hijos, el desarrollo profesional, las desafortunadas relaciones con los hombres, el retraimiento del deseo, el “sacrificio” del cuerpo, el cultivo de la amistad, en el segundo relato; y, en el último capítulo de esa trayectoria, ya con cincuenta años y a partir de unas clases de natación, la recuperación, pletórica, de nuevo exaltada y feliz, de una feminidad poderosa, de una fortaleza, de una identidad transformada y por fin aceptada. Escribir estos tres libros me ha transformado. Tengo la espalda más fuerte, dos manos para pegar, ay del que se meta conmigo. Puedo ser arrogante, me da igual. Soy importante, como lo son estas tres novelas. Diecisiete años, Dos pequeñas burguesas y La ternura del crol narran mi aprendizaje corporal: este es mi cuerpo vivo, este es mi espíritu vivo, el de una persona única en constante movimiento llamada Colombe Schneck, afirma, rotunda e inequívocamente, en palabras que cierran el preámbulo a la obra. 


El primer relato, Diecisiete años, narra la historia de una joven de diecisiete años que se enfrenta un embarazo no deseado, decisión que marca el tránsito de su relación con su propio cuerpo y con la sexualidad. Este relato, profundamente personal y sin alardes sensacionalistas, examina cómo un acto médico, el aborto, se convierte en pivote central de la conciencia de la protagonista, obligándola a revisar su relación con su propio cuerpo y la autonomía sobre él. En apariencia, la reflexión filosófica y moral a la que Schneck pretende inducir se sitúa en las coordenadas habituales del debate convencional en torno al aborto. Hay, así, menciones al estado de cosas anterior a la aprobación en Francia en 1975 de la ley promovida por Simone Veil, y que lleva su nombre, reflejando el rechazo social, el dramatismo y la brutalidad de los abortos clandestinos, su lectura unívoca bajo el prisma de su criminalización, la escasa repercusión de El acontecimiento, el relato de Annie Ernaux de un aborto clandestino practicado en 1964, el mediático caso de Marie-Claire, la adolescente de Bobigny, juzgada en 1972, años antes reconocimiento legal del aborto, las connotaciones de humillación, oprobio y cargo de conciencia que conlleva. E inmediatamente, la decisión de la muchacha de abortar, ya legalizada la práctica, se presenta -con claroscuros, como luego veremos- como una muestra de libertad, inscrita en una larga lucha -de la que la ley Veil es la afortunada culminación- contra las prohibiciones, contra la violencia, contra la injusticia, contra la intolerancia, el fanatismo y la “reacción”. Un proceso de liberación del deseo, de afirmación de la voluntad y el cuerpo de la mujer. El aborto como acto de libertad. 

Pero, a mi juicio, las cosas no son tan simples. Colombe es una niña pija, crecida en un ambiente intelectual y progresista, pero pija al fin (vocablo que se menciona expresamente en el libro). Padres médicos, de izquierdas, abiertos, encantadores, cultivados, viven en la orilla izquierda del Sena (con su carga simbólica de bohemia, intelectualidad, cultura, arte y rebeldía). El padre se ha creado una vida familiar que le viene bien. Vive en el quai de la Tournelle, en la planta baja de un palacete del siglo XVII, donde recibe a amigos y amantes. Está a favor de la vida, del amor libre, y en contra de la pareja, el aburrimiento y las rutinas. Durante el fin de semana se reúne con su mujer y sus hijos en la rue du Val-de-Grâce. La madre es feminista, tuvo que luchar para estudiar, para trabajar; todavía enarbola los antiguos eslóganes del 68: Mi cuerpo me pertenece, Una mujer sin hombre es como un pez sin bicicleta, Un hijo si yo quiero y cuando quiera. Educan a su hija en la tolerancia, el respeto y la libertad absolutos (Estoy a favor de que no me impongan ninguna norma, ningún gusto). El colegio que eligen para su hija, laico, moderno, innovador, elitista, basa la docencia en el diálogo, la imaginación y la creatividad de los alumnos, en la ausencia de prohibiciones, en el libre desarrollo de la personalidad de los jóvenes (mayo del 68 no está lejos). La libertad de los chicos es sacrosanta: Yo no atiendo en clase, no hago los deberes, no pasa nada. No tengo que enfrentarme a ninguna autoridad, no hay nada a lo que enfrentarse, ni al colegio ni a los padres. Nadie nos dice que obedezcamos, que nos sometamos a las normas, salvo a las de la convivencia y el respeto al otro. Debemos encontrar nuestro espacio, ejercer nuestra libertad, perseverar en nuestra voluntad, ser curiosos. Nuestros padres y nuestros profesores han luchado por ello. Somos los hijos de una nueva era. La niña lee libros prohibidos desde que sabe leer, recibe, sin cortapisas, sin orientación, sin limitaciones, las ricas influencias culturales del ambiente familiar. 

En este entorno, Colombe tiene un amante, un compañero de liceo, y se ufana de su pérdida de la virginidad y de su libertad completa (Soy yo, una chica que se acuesta con un chico sin estar enamorada. Tengo diecisiete años y tengo un amante. No un novio, no un enamorado, no una relación de adolescente, sino un amante, una relación de mujer. Soy una chica libre). Ella lleva la voz cantante. Yo elijo, yo decido, yo prefiero. Todo es tan fácil. No pido permiso a mis padres para ir a dormir a su casa, a pasar con él el fin de semana). En cualquier caso, y como puede imaginarse, dado el contexto familiar que se nos ha presentado, el padre (todos somos inteligentes y modernos) le deja su piso a la hija para sus encuentros sexuales: Estamos en esta parte del mundo donde un chico y una chica se acuestan juntos bajo la benevolente mirada de sus padres

Se acuestan juntos. Es la época de eclosión de la píldora, hay, pues, protección ante el posible embarazo. ¿La hay?: Soy despreocupada. La primera semana me acuerdo de tomar la píldora todas las noches. Luego, a veces se me olvida. Ya no me hace tanta gracia tomarla, ya no es una novedad, sino una cosa de mayores, solo una imposición. Tengo problemas con las imposiciones [soy yo, Alberto San Segundo, el que resalta, estupefacto, las comillas]. 

Y llega, claro, el embarazo, y con él el miedo, las lágrimas, la presión académica -está estudiando el bachillerato, se presentará a la selectividad embarazada-, el terror ante las consecuencias, la angustia (La angustia, los tormentos, era algo muy anterior a que yo naciera, algo de hace mucho tiempo, de cuando la guerra, antes de la ley Veil; pero, ¿cómo establecer comparaciones?), la triste despedida a su vida de hasta entonces, la vida de una adolescente que lee todo el tiempo, no fuma, no bebe alcohol, se acuesta temprano, come fruta y verdura, cocina pizzas y tartas de chocolate para sus amigos, lleva camisetas de agnès b. con un cárdigan a juego, una adolescente a la que no se le ocurre en qué puede rebelarse contra sus padres, que habría considerado injusto rebelarse, que no ha conocido la guerra. No quiero que mis padres se preocupen por mí, no quiero darles ningún problema ni quejarme, quiero seguir siendo limpia, perfecta, alegre. Eso ya no es posible

Y entonces el aborto. Higiénico, limpio, neutro, aséptico, sin recelos, comentarios o reproches, un acto banal, solventado con eficiencia rutinaria por un grupo de profesionales, médicos, enfermeras, anestesistas, auxiliares de enfermería, atentos e indiferentes. Fin del problema. 

Y después las reflexiones, sinceras, oportunas, pero para mí ya poco convincentes -no abandonaré mi animadversión hacia la ligereza y despreocupación de la autora, hacia su superficialidad, en toda la novela (aunque vista la elogiosa recepción crítica, puede que no haya sabido leerla de modo idóneo)-, sobre las muchas aristas de un asunto complejo, controvertido, difícil, intelectual y moralmente ambiguo, que no puede -que no debe- despacharse con lemas apriorísticos. Solo dos apuntes sobre esta dimensión ulterior a los hechos. El primero tiene que ver con las notas, al paso, sin excesiva profundización -estamos ante una novela, no un ensayo-, sobre el debate parlamentario por el que se aprobó el aborto en Francia. Leves menciones a la prohibición del aborto “por conveniencia”, una exigencia finalmente eliminada del texto legal francés (Sí, debo de estar dentro de la casilla del aborto por «conveniencia», tan denostado durante los debates sobre la ley. Un aborto banal, fácil, realizado y olvidado al momento); a la supresión o no de las referencias a la angustia como “justificante” del aborto (En 2014, la noción de «angustia», mencionada en la ley originaria, fue suprimida. François Fillon se indignó, pues veía en ello un riesgo de banalización del aborto); a la necesidad del consentimiento de los padres en la menor de edad (¿tuve que obtener una autorización de mis padres? No, seguramente no. Tenía la costumbre de hacer lo que quería desde hacía mucho tiempo, era libre de leer durante toda la noche, de dormir en casa de un chico. Nunca pedía permiso para nada); cuestiones todas de extraordinario interés y merecedoras, por sí solas, de un estudio y un análisis profundo. 

El segundo elemento relevante que Schneck plantea a partir de su aborto, este sí con un tratamiento más denso que se imbrica, además, en el propósito último del libro, es el de las repercusiones psicológicas y en la formación de su identidad futura de los hechos vividos. Arrastro una especie de mancha sobre mí, compuesta de sangre, de excrementos, de la tierra que se arroja encima de los ataúdes, escribe. Y la novela, y su vida entera, estarán marcadas por esa sombra, por ese peso, el del hijo que no tuve y que no tiene nombre. Una sombra de culpa, pero también de liberación: Estoy convencida de que [el niño no nacido hace treinta años es] el que me ha permitido ser libre; ser sucesivamente, de acuerdo con mi elección, estudiante, viajera, amante, esposa, madre, lectora, turista, periodista y escritora. Esta primera novela se cierra, así, de un modo elocuente, y para mí controvertido: Tu ausencia me ha permitido ser la mujer libre que soy hoy

No hay tiempo ya para mucho más, teniendo en cuenta que aún quiero proporcionaros alguna pista por la que merece la pena leer mi última propuesta de esta tarde. Diré, tan solo, ya en un resumen acelerado del resto de La trilogía de París, que en su segunda parte, Dos pequeñas burguesas, el tema central es el de la amistad, íntima y duradera, marcada por la enfermedad terminal de una de ellas, entre dos mujeres adultas que nacen y crecen en esa burguesía liberal parisina que constituye el hábitat natural de la autora. Schneck explora aquí con hondura y precisión lo que podríamos llamar la radiografía del afecto: cómo se construyen y se deshacen los lazos a lo largo de décadas en una amistad profunda, y cómo la pérdida -en este caso, la enfermedad y muerte de Héloïse, amiga de infancia (y el espóiler no es tal, pues el desenlace está claro desde el principio- reconfigura el sentido de la existencia. Este capítulo es probablemente el más sociológico de los tres, en una novela en la que subyace la descripción -nada crítica, a mi juicio- de un segmento social, la burguesía urbana (incluso, en el caso de Héloïse, la muy alta burguesía), desde mi punto de vista muy poco interesante, aunque la inteligencia de Schneck le permita elevarse sobre ella y poner distancia crítica con un mundo al que, en gran medida pertenece-, que se nos muestra en su para mí estomagante sucesión de problemas de ricos, depresiones, las criadas, las colas en los telesillas, la piel demasiado estirada. Y es que las dos son unas hijas de papá, unas niñas ricas, nacidas entre algodones, y el retrato de ellas que se nos muestra en el libro es un mosaico cuyas teselas son la educación privilegiada, los títulos en escuelas de élite, los cursos en el extranjero, los lustrosos currículums, las prácticas en empresas prestigiosas conseguidas gracias a sus padres, sus carreras exitosas, su pudiente cotidianidad reflejada en las camisetas de agnès b, las gafas de sol de marca, los mejores asientos en el tren, las cremas de Guerlain, los armarios en los que en perchas de madera se suceden las blusas de seda ordenadas por colores y planchadas por otras mujeres que no tienen su suerte, los frigoríficos repletos de exquisiteces, el silencio y la tranquilidad de unas casas en las que no se oyen los gritos del vecindario, el volumen alto de los televisores de otros pisos, las paredes tapizadas con flores de Laura Ashley, las sábanas impecables, las almohadas a juego, su ropa interior impoluta, la moqueta mullida y acogedora, los frascos de perfumes, las clases de baile, de equitación, de inglés, de piano, de chino, las de dibujo, de teatro, de tenis, de natación, el ocio en la Ópera, en la Comédie-Française, en el Museo de Arte Moderno, las vacaciones de verano y de invierno, incluso las vacaciones de Todos los Santos y de Semana Santa, en las que Colombe y Héloïse se van a perfeccionar la manera de flexionar las rodillas cuando esquían, la forma de coger la raqueta, el acento británico, su conocimiento del Renacimiento italiano. Los signos distintivos de una clase social elevada, afortunada, exclusiva: A Colombe la contratan como periodista para un programa de televisión. Un cámara le cuenta que su padre es cartero. Ella se ríe, es el primer hijo de cartero que conoce en su vida. Esa risa es una de sus mayores vergüenzas, uno de sus mayores pesares. Le gustaría poder borrarla

Y todo ello distancia inevitablemente al lector, al menos a uno como yo, sin especiales prejuicios de clase y que, quizá por ello, acaba, no obstante, salvando el relato por esa dimensión sociológica y por la inteligencia y la brillantez de su autora para, por debajo de esa insoportable superficialidad, mostrar rastros de emociones, sentimientos, vivencias humanas universales que afloran a partir del cáncer de Héloïse. En un relato que, desde un presente de 2018, se retrotrae a 1977, cuando ambas niñas se conocen en el colegio, y avanza con calas en 1978, 1984, 1988, 1992, 2002, 2006, 2007, 2015 hasta prolongarse a 2019, Schneck va dando cuenta de su amistad de décadas, hecha de afecto genuino, rivalidad, admiración, complicidad y competencia, entre apuntes sobre la relación con sus maridos, con sus hijos, con sus amantes, sobre sus divorcios, sobre la muerte de los padres, sobre sus íntimas expectativas, sus ilusiones, su insatisfacción, sobre sus frustraciones y sus contradicciones, sobre sus decepciones y sus compromisos fallidos, sobre su vulnerabilidad y el modo de afrontar la enfermedad, sobre su miedo a la muerte, sobre el amor y la esperanza, mientras, como telón de fondo, se nos ofrece la descripción del marco político y social de la Francia de los últimos cuarenta años. 

Por fin, en la tercera parte, La ternura del crol, Schneck cierra la trilogía abordando la experiencia del amor en la madurez, centrada en el intenso vínculo amoroso de la protagonista con Gabriel, un hombre con quien comparte una relación profunda, emocional y física a los cincuenta años (Así que eso era el amor. Lo había olvidado). A través de este relato, la autora explora, con el hilo de las clases de natación que operan con un explícito valor metafórico, la posibilidad de amar sin perder la autonomía, y cómo la experiencia amorosa en la edad adulta puede ofrecer una forma de libertad distinta a la juvenil, una que integra el deseo, la fragilidad, la conciencia del cuerpo y del tiempo. Mi cuerpo, al enseñarme quién era yo, me permitió ser por completo yo misma: no una mujer, sino un ser vivo al que le gusta maquillarse, llevar vestidos y tacones altos, cocinar, no hacer nada, estar enamorada, pasar el tiempo con los amigos y conversar, sobre todo con personas con las que no estoy de acuerdo

Controvertida pero interesante, recomiendo -sin entusiasmo pero con convicción- esta La trilogía de Paris, de recepción tan abrumadoramente exitosa en gran parte del mundo lector. No puede, en cambio, haber controversia alguna en relación con mi última -y ya acelerada- sugerencia de hoy, esta Historia del hijo, de Marie-Hélène Lafon, publicada en nuestro país en 2022 por la ejemplar editorial minúscula (así, en tipografía modesta) con traducción de Lluis María Todó. El pequeño y magnífico sello catalán, con más de un cuarto de siglo de sobresaliente trayectoria, y del que yo os he ofrecido aquí, en un repaso aproximado, La lengua del Tercer Reich, de Victor Klemperer; La isla, de Giani Stuparich; Las torres de Trebisonda, de Rose Macaulay; Represalia, de Gert Ledig; y Todos los caminos están abiertos, de Annemarie Schwazenbach, además de recomendaros ahora, sin que haya tenido ocasión de dedicarles una reseña, la excepcional Verde agua, de Marisa Madieri, y los desbordantes Relatos de Kolimá, de Varlam Shalámov, ha presentado al lector español otras cuatro obras de Lafon, que yo no he podido leer (una carencia que espero subsanar cuanto antes), tres novelas -Las fuentes, Los países y Nuestras vidas- y Flaubert for ever, una especie de entusiasta monólogo interior en el que la autora manifiesta su devoción por el autor de Madame Bovary. 

Marie-Hélène Lafon nació en 1962, hija de una familia campesina, en Aurillac, en la región del Cantal, escenario principal de Historia del hijo y, al parecer, de la mayor parte de su producción literaria. Por lo que he podido leer, esa comarca de Francia y, más en general, la “provincia” como “categoría moral”, no es solo un simple decorado ni un telón de fondo costumbrista, en paisajes, escenarios, dinámicas sociales y referencias culturales de sus novelas, sino que constituye la referencia sustancial que da cuerpo a sus personajes, determinando su forma de estar en el mundo y explicando sus posturas éticas ante la vida. Así ocurre, sin duda, en el libro que cierra mis recomendaciones de hoy. Formada en lenguas clásicas, doctorada en Literatura, profesora de un liceo en el extrarradio parisino, esta cualificación académica se percibe claramente en su escritura, de léxico muy rico, lenguaje cuidado, precisión en el uso de la palabra y exquisita musicalidad de su prosa. Historia del hijo obtuvo el prestigioso Premio Renaudot en 2020, un galardón que puso a su autora en el primer plano de la literatura francesa contemporánea. 

La novela se presenta como una historia familiar construida sobre un arco temporal de casi un siglo en el que, en resumen excesivamente sintético, que no recoge ni siquiera pálidamente el espléndido alcance del libro, seguimos la vida de un hijo sin padre. André es el fruto de una relación (intensa y enamorada por parte de la madre, desapegada y emocionalmente poco relevante para su padre) entre Gabrielle Léoty, una enfermera que ha sobrepasado ya los treinta años, y Paul Lachalme, que, con apenas dieciséis, es, en los días posteriores al fin de la Primera Guerra Mundial, un estudiante interno en el colegio en Aurillac en el que ella ejerce su profesión, y en donde Paul se forma con brillantez para una carrera profesional como abogado, separado de sus padres que siguen en su Chanterelle natal, un pueblito en el recurrente Cantal. El idilio entre los amantes no llega siquiera a eso. Ella sabe desde el principio que se irá, que la dejará: la diferencia de edad, el deseo de Paul por conocer otras mujeres (polígamo fundamental y notorio, como se lo definirá en el libro), su juvenil ansia de aventuras, su ambición, su fortaleza, su mundano encanto arrollador, acabarán con el fugaz vínculo. Gabrielle, embarazada de tres meses (circunstancia que el padre desconoce) volverá a Figeac, su lugar de origen, en donde vive su hermana Hélène con su marido Léon y sus tres hijas. La primera noche con ellos, estamos en agosto de 1923, les revela su situación y les comunica -en cierto modo les “impone”- su decisión: voy a tener un niño, no conocerá su padre, llevará mi apellido, Léoty, es un bonito apellido, nacerá en París, os pido a todos, a ti Hélène, a ti, León, y a vuestras hijas que lo acojáis aquí en vuestra casa y cuidéis de él hasta que yo misma pueda ocuparme de mi hijo en las mejores condiciones, si estáis de acuerdo, será el hijo y el hermanito que no habéis tenido, y cada mes os llegará una pensión

La narración se retrotrae, como he señalado, a 1908, a los días de la infancia de Paul, su infortunado gemelo Armand, entonces con solo cinco años, y su pequeño hermano Georges; y llega hasta un 2008 en el que, en el cementerio de Chanterelle, Antoine Léoty, nieto de Paul y Gabrielle, hijo de André, ya casi quincuagenario, ciudadano franco-americano, residente en el extranjero (Singapur, Vancouver, ahora Los Ángeles) desde hace más de quince años, se pasea entre las tumbas de lejanos familiares de los que apenas tiene noticia -Paul, Armand y Georges Lachalme, Lucie y Margueritte, madre y tía, respectivamente, de los hermanos-, de paso en Francia por solo tres días, en los que conocerá los secretos de su algo enigmática genealogía en su conversación con otro Armand, hijo de Georges, que con setenta y tres años lleva una vida retirada en Chanterelle, entregado a la jardinería y a la conservación del legado familiar (único detentor de las llaves del reino de Chanterelle). 

Lo más relevante del muy breve libro, apenas ciento veinte páginas en el formato reducido (12 x 16,5 cms.) marca de la casa del “minúsculo” sello editorial, no es, sin embargo, el desarrollo de la trama argumental. No estamos ante la consabida saga familiar que va dando cuenta, con continuidad y siguiendo la línea “natural” del tiempo, de las vicisitudes, peripecias, acontecimientos, lances, sucesos y vivencias de las diversas generaciones de un linaje. En una opción arriesgada -luego veremos por qué- Lafon opta por construir un relato fragmentario estructurado en doce capítulos no ordenados cronológicamente, que se organizan sobre una suerte de “instantáneas” focalizadas en algunas fechas concretas, en alguna coyuntura vital específica, en ciertos momentos vividos por un determinado personaje, en los que, sin acontecimientos espectaculares, sino a partir de evocaciones, recuerdos sensoriales, ausencias, silencios y pequeñas revelaciones de los protagonistas, va narrando cien años de las dos ramas principales -que confluyen en André y, a partir de él, en sus descendientes- de una familia rural francesa (los Lachalme, Paul, Armand y Georges y sus descendientes, marcados por una trágica y decisiva circunstancia “original” que no voy a revelar, y los Léoty, con la independiente y compleja Gabrielle y la abnegada entrega de Hélène y los suyos, que acogen y educan a André. De este modo, la novela va deshilvanando fragmentos de las vidas de una decena de individuos, en un puzzle temporal cuyos fragmentos se van ensamblando gradualmente, “obligando” al lector a completar el relato a partir de esas múltiples perspectivas temporales, una operación que le exige una atención y un esfuerzo extremos aunque muy gratificantes. 

La mera transcripción de los títulos de dichos capítulos resulta reveladora de la originalidad estética de Lafón, de la en apariencia caótica organización interna del libro y de las dificultades que puede entrañar para quien debe desenmarañar el complejo hilo que enlaza cada apartado: jueves 25 de abril de 1908, jueves 23 de enero de 1919, sábado 19 de agosto de 1950, viernes 17 de agosto de 1934, miércoles 20 de junio de 1923, martes 5 de marzo de 1935, miércoles 20 de enero de 1960, sábado 21 de abril de 1962, domingo 28 de octubre de 1945, jueves 8 de noviembre de 1984, lunes 19 de agosto de 1974 y viernes 28 de abril de 2008. La indispensable actitud atenta que, a mi juicio, exige siempre la lectura, se acrecienta en este caso por la necesidad que este entramado reclama del lector, que debe completar las distintas escenas, cada una autosuficiente y formando parte, al mismo tiempo, de un esquema mayor; “rellenar” las vastísimas elipsis; avanzar y volver atrás en la cronología saltando por entre los constantes cambios temporales; vincular causas y efectos en una secuencia lógica cuando en la novela se presentan en un orden invertido; establecer concomitancias y paralelismos entre hechos, situaciones, pasajes, incidentes; conectar parentescos y genealogías. La aceleración a la que nos arrastran nuestros vertiginosos tiempos choca frontalmente con el modelo de lectura que impone Historia del hijo, que requiere de quien se adentre en sus páginas la lenta y sosegada inmersión en un ritmo reflexivo, y la aceptación paciente de pausas, silencios y desplazamientos temporales antes de acabar por percibir el conjunto como un todo orgánico. 

Ello resulta -al menos en mi experiencia- un desafío altamente sugestivo, supone un reto estimulante, comporta un interesante ejercicio intelectual y, en definitiva, implica una lectura activa, muy viva y excitante, muy rica y fecunda que amplía, sin ninguna duda, los ecos de una historia que contada de un modo más convencional no resultaría tan seductora, además de incrementar notablemente el placer lector. 

Por otro lado, Historia del hijo es sobresaliente por el talento de su autora, que se manifiesta en la belleza de su prosa, en su riqueza literaria, en su descollante precisión lingüística, en su concisión y musicalidad (especialmente relevante cuando en la novela no hay diálogos ni, en cada uno de los capítulos, puntos y aparte). No hay excesos retóricos ni sobreabundancia emocional. Cada palabra parece meditada, cada imagen seleccionada con rigor, las descripciones son ajustadas pero ricas, las frases, medidas. Además, es admirable su capacidad de introspección psicológica en las almas, las emociones, los afectos, los pesares, los sentimientos y las reflexiones de los personajes. También destaca la perfecta conjugación de la sencillez de fondo de lo narrado y la alta densidad emocional que desprende cada uno de los fragmentos y la conmovedora hondura con la que se narran ciertos pasajes. En el mismo sentido, llama la atención -aunque el recurso es más convencional- su manera de entrelazar la intimidad familiar con la historia colectiva de un siglo. 

Por último, quiero resaltar que, al margen de la historia en sí, comparecen algunos temas e ideas de interés, en un libro que induce a reflexiones sobre la filiación (no solo en el plano biológico, sino, sobre todo, en el simbólico y emocional), ya que el núcleo central del libro gira, como ya he comentado, sobre cómo es ser hijo, crecer, hacerse adulto, vivir, en suma, cuando se carece de padre conocido; sobre la memoria y la historia familiar, pues cualquier saga familiar, con sus silencios, secretos y revelaciones parciales, construye una narrativa humana común, donde lo individual se inscribe en lo colectivo; sobre el marco geográfico y cultural en el que se desarrolla la historia, con el paisaje del Cantal y del sur de Francia que comparece no como un mero simple fondo geográfico, sino como un territorio que es también emocional, pues Lafon es capaz de captar la luz, los olores y la textura de ese mundo rural, que en su quietud contiene matices de profundidad y visión poética vinculados a la identidad, a la pertenencia, a la tradición, al sentido de comunidad, contrapuestos a la vida urbana que se refleja en algunos fragmentos en los que la “acción” se desplaza a París. 

Una semana más, tres novelas que os recomiendo con fervor, Veinticuatro horas en la vida de una mujer sensible, de Constance de Salm, La trilogía de París, de Colombe Schneck, y esta Historia del hijo, Marie-Hélène Lafon, cuya lectura os va a proporcionar, estoy seguro, muchas horas de disfrute y placer. Os dejo ahora con un revelador fragmento de la primera de ellas, que representa con elocuencia el tono del libro. Como acompañamiento musical, entre varias opciones muy sugestivas, me quedo con una canción que cita Colombe Schneck: Escucho otra canción de Marissa Nadler titulada We Are Coming Back. Su voz es más suave, no se arriesga. Admiro su belleza, es cautivadora, casi fascinante. Es una canción feliz, su voz es menos vibrante. Ella cerrará, pues, el programa de esta tarde. 


Os atormento, me doy cuenta de ello; estoy celosa, ridículamente celosa; no transcurre casi ni un sólo día sin que un nuevo objeto se convierta, para mí, en la fuente de un nuevo dolor. La Señorita de L…, la Señorita de C…, han llevado, una tras otra, la desesperación a mi seno. Hoy, es el turno de la Señora de B… ¿Me equivoco, estoy en lo cierto? No lo sé; no quiero saberlo. Os justificaréis sin duda esta vez como en las demás ocasiones, con ello me basta. Os creeré, me digáis lo que me digáis. ¡Guárdeme el cielo de poner en duda las palabras del hombre al que he entregado mi corazón! Pero si esta serie de recelos tuviera que alterar vuestro amor, me moriría; me moriría por la pena, tan sólo, de haberme granjeado una desdicha tan terrible. No puedo, sin embargo, vencer lo que siento; no me es posible, en verdad. Y no os dejo ver más que una pequeñísima parte de mis tormentos. Estas violentas emociones tienen un algo de pudor que impide mostrarlas a plena luz del día. Conocéis por fin todo el exceso de mi debilidad. 

Yo os amo, amigo mío, más de lo que nunca se ha amado; pero no transcurre ni un minuto de mi vida sin que una secreta ansiedad venga a entremezclarse con el encantamiento de mi pasión. Cuando estamos juntos en sociedad, la mínima frase o palabra que las normas de la buena educación os llevan a decir a otra mujer desata ya una sombría tormenta en mí. Si no me ofrecéis a mí la mano para ir de un salón a otro, mi inquieta mirada os persigue en medio de la muchedumbre; el más nimio azar que os hace desaparecer de mi vistas, me da temblores. Si estáis un rato sin aparecer, una nube me turba la mirada; no oigo nada, apenas me tengo en pie, y tan sólo recobro la conciencia cuando el dulce sonido de vuestra voz ha sonado de nuevo en mis oídos. Si elogiáis los ropajes o afeites de alguna mujer, un gesto involuntario me lleva al instante a echar una mirada a los míos. Su extrema simplicidad me deja consternada, y entonces me da por pensar (¡qué locura, la mía!) que tan miserable ventaja puede desposeerme de una parte de vuestra ternura. La libertad de estos juegos con los que se divierte la buena sociedad provoca en mi espíritu un desorden aún mayor; preveo con gran antelación qué cosa pueda dar pie, en ese círculo, a la mínima familiaridad, y como estos pensamientos se adueñan totalmente de mi persona, conservo apenas la porción de inteligencia necesaria para poder compartir esas frívolas distracciones. La mera palabra “baile” me deja helada. El vals me parece la más horrenda profanación del amor. Me lo prohíbo con todo el mundo y, docenas de veces, la imagen de la mujer feliz que he visto así en vuestros brazos, y casi sobre vuestro pecho, me ha perseguido durante noches enteras. 
 
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Constance de Salm. Colombe Schneck. Marie Hélène Lafon