Vivo entre muchos libros y extraigo una gran parte de mis ganas de vivir del hecho de que aún leeré la mayoría de ellos. (Elias Canetti)
domingo, 13 de septiembre de 2026
PERCIVAL EVERETT. JAMES
Al término de mi reseña anterior, y a propósito de la polémica suscitada por la cancelación en escuelas y universidades norteamericanas de Las aventuras de Huckleberry Finn, la novela de Mark Twain, y de su retirada retirada de numerosas bibliotecas educativas y públicas de los Estados Unidos, dejaba aquí mis reflexiones sobre ese fenómeno, tan habitual en nuestros días, de la revisión, hecha desde parámetros actuales, de obras literarias, artísticas, cinematográficas y musicales, entre otras, de creaciones culturales del pasado. El debate, interesante en sí mismo, cobra una especial relevancia en orden a presentar mi propuesta de hoy, última recomendación de esta semana, una novela magistral, deslumbrante, muy ingeniosa y original, conmovedora, irreverente y perturbadora, cuya lectura me ha entusiasmado. Se trata de James, obra del estadounidense Percival Everett, ganadora de numerosos premios, entre ellos dos muy prestigiosos, el National Book Award, en 2024, y el Pulitzer, en 2025, ambos en la categoría de ficción. El libro apareció entre nosotros en 2024 en la editorial De Conatus con traducción de Javier Calvo. En relación con esta traslación al español me ha llamado la atención el uso por parte de un esclavo negro en la primera mitad del siglo XIX del término “surrealista”; hecho que se produce en dos ocasiones: El tema de la actuación era surrealista e incomprensible (al final del capítulo 29); y Nunca había vivido una situación tan absurda, surrealista y ridícula (en la primera línea del 30). El surrealismo, y los vocablos y expresiones que surgen a partir de la eclosión del movimiento, nace a principios del siglo XX, por lo que resulta improbable -imposible- la utilización del vocablo en labios del personaje. Me he tomado la molestia de rastrear la edición norteamericana de la novela, y en ella la palabra usada es surreal, que, en efecto, admite esa traducción, aunque, a mi juicio -de absoluto inexperto, sobre todo confrontado con la profesionalidad consolidada de Javier Calvo-, quizá hubiera debido elegirse otra acepción -surreal, irreal- que no contuviera, siquiera de modo implícito, esa alusión a una escuela o corriente artística tan connotada temporalmente. En fin, dislates, los míos, de un ocioso atrevido.
Percival Everett es un escritor nacido en Fort Gordon, en la sureña Georgia, en 1957 (hay fuentes que hablan de 1956). Con una treintena de obras en su larga trayectoria, media docena larga de ellas publicadas en De Conatus, y varias (Dr. No, Los árboles, Cuánto azul) ganadoras de premios y reconocimientos (e incluso otra de sus novelas, Cancelado, se llevó a cine, en una película, American Fiction, que ganó en 2024 el Oscar al mejor guion adaptado), Everett, de raza negra, ha hecho girar muchos de sus libros sobre la cuestión racial, confrontando abiertamente el racismo y la violencia y la discriminación que conlleva en sus temáticas, escenarios y personajes. No obstante, merece la pena resaltar que pese a ese compromiso, vital y literario, abiertamente antirracista, Everett rehúye su “catalogación” como escritor “afroamericano”, por considerar que, si se le incluye en esa “taxonomía” reduccionista, ese rasgo acabaría por sobreponerse a cualquier otro frente de análisis de sus libros. A este respecto, en alguna entrevista ha señalado que nadie llama “escritor blanco” a un novelista blanco, y que, por tanto, enfatizar su raza, convertir el adjetivo racial en categoría literaria operaría ya como una forma de confinamiento intelectual, tan contrario a su posicionamiento moral, opuesto a las etiquetas y a las simplificaciones identitarias. El escritor José Ovejero, en su crítica de James, publicada en El País en noviembre de 2024, da cuenta de las reticencias del escritor a esta sutil forma de encasillamiento comentando cómo en Cancelado su personaje principal es un profesor y escritor negro, Thelonius Ellison, que, harto de que el mercado editorial espere de él novelas sobre pobreza, violencia y marginalidad racial -los tópicos esperables de un autor negro- decide burlarse del sistema escribiendo deliberadamente una caricatura grotesca de esos estereotipos, consiguiendo -paradójicamente, o no tanto, dado el mundo en el que estamos, tan amante del victimismo y lo identitario- que el libro se convierta en un éxito monumental.
No hay, por tanto, en James este tipo de concesiones, cómodas, conformistas y “tranquilizadoras”, por cuanto, aunque estamos ante una obra que ya desde su planteamiento y, por supuesto, a lo largo de las escenas y los pasajes narrados deja ver, de modo notorio, ese muy crítico e implacable enfoque antirracista, no ofrece al lector una propuesta “predigerida” y simplificadora, ni opta por reducirse al consabido y trivial mensaje burdamente combativo plasmado en un texto panfletario. Por el contrario, estamos ante una novela en la que esa denuncia -necesaria, como es natural- aflora con elegancia e inteligencia, con ironía e, incluso, con sentido del humor, en una ficción espléndida.
En James, Everett, parte de la historia del Huckleberry Finn de Twain para recrearla, paso por paso, incidente por incidente, lance por lance (con matices, como luego veremos), con una única y sustancial diferencia de la que emanarán muchas otras: el narrador es ahora el esclavo Jim, desde cuya óptica y a través de sus propias palabras retomamos los episodios que ya conocemos gracias al relato de Huck (se entiende ahora mejor mi afirmación introductoria según la cual hay que haber leído los libros de Twain para entender y degustar plenamente esta su singular “secuela”). Como resulta evidente dado el enfoque elegido por su autor, aquellos pasajes del clásico en los que Jim y Huck, en alguna de las muchas vicisitudes de sus peripecias en el río, separaban sus caminos, se obvian en la novela actual, que, del mismo modo y con idéntica lógica, introduce otros episodios, sobre todo en la segunda y tercera parte del libro, vividos por el esclavo -que reivindica su verdadero nombre, James, prescindiendo del apócope, en uno de los abundantes elementos simbólicos de la novela- sin la compañía del muchacho.
De manera que tenemos a los dos huidos, en la misma posición de partida en la que se encuentran en el texto primitivo. Jim, el esclavo de la señorita Watson, huye de su propietaria -delito mayúsculo, castigado con la muerte, a menudo sin necesidad de juicio- tras enterarse de que va a ser vendido y separado para siempre de su mujer, Sadie, y de su hija, Lizzie. En una isla del río Mississippi se encuentra con Huck Finn, que también ha escapado, incapaz de someterse a la férrea disciplina de su mentora, la viuda Douglas, y tras un siniestro encuentro con su padre. Al igual que en el texto de Twain ambos emprenden un viaje lleno de peligros y amenazas, en particular para Jim, por su triple condición de negro, esclavo y prófugo. Sin embargo, los mismos hechos, los mismos encuentros con los mismos desconocidos, las mismas situaciones con idénticos riesgos, conocidos ya por el lector a partir de la narración que nos ha ofrecido la mirada ingenua del muchacho blanco, aparecen ahora desde otra perspectiva, la de un hombre negro, cuyos sufrimiento, miedo, dolor, rabia, indignación y resentimiento afloran en un primer plano. Su relato es el de un hombre muy inteligente y hasta cultivado -en una vuelta de tuerca convincentemente explicada en la trama- que, entrelazadas a la descripción de su padecimiento y de la añoranza de su familia, transmite sus lúcidas reflexiones, fruto de su perspicaz capacidad de observación, en las que analiza y desenmascara la violencia, la hipocresía y el absurdo del sistema esclavista. Utilizando hábilmente sus recursos -un poderoso raciocinio, una aguda y penetrante habilidad para interpretar la realidad y un ingenioso juego de simulación con el que finge ignorancia y oculta su conocimiento de un lenguaje que domina para evitar las sospechas de los blancos-, a lo largo de su viaje afrontará persecuciones, sufrirá intentos de engaño por parte de estafadores diversos, presenciará impotente el linchamiento de compañeros de raza y se verá asediado por infinidad de continuas y funestas amenazas. Con la indesmayable voluntad de reunirse con su familia, en su periplo “revivirá” numerosos episodios de Las aventuras de Huckleberry Finn, pero con nuevas escenas y un desenlace profundamente distinto, del que, como es obvio, nada voy a adelantar. De este modo, la novela de aventuras que era la obra de Twain -profunda, con enjundia, con distintas capas de lectura, pero, a la postre, cruzada por el ostensible hilo que dibujan las correrías “picarescas” de sus protagonistas, como hemos visto- se transforma bajo la pluma de Everett en una reflexión sobre la identidad, la dignidad y la libertad, en la que el humor, la ironía y la tensión conviven, como he señalado, con una crítica furibunda del racismo y de los mecanismos del poder que lo sostienen y complementan. El resultado es una historia que interpela a Twain para cuestionar la versión tradicional de los hechos y devolver la voz a un personaje -ese noble James (también violento cuando la rabia se desborda; el retrato que de él se hace no es ni plano ni artificialmente maniqueo)- que durante siglo y medio ha permanecido en segundo plano, prácticamente en silencio y, en cualquier caso, sin ser objeto de la consideración que, como ser humano, al margen de su raza, merece.
Me interesa resaltar, antes de comentar algunos otros elementos de la novela que la hacen sumamente interesante, algunas facetas relevantes de este singular diálogo con Mark Twain y su obra que plantea en la suya Percival Everett. Desde mi punto de vista, nuestro contemporáneo no pretende “contestar”, criticar, descalificar o censurar a su venerable antecesor. No pretende denunciarlo, impugnarlo, destruirlo, ni mucho menos cancelarlo. No pretende corregir a Twain desde esa superioridad moral retrospectiva que tanto se utiliza hoy de un modo superficial para pedir perdón por las ofensas cometidas siglos atrás por unos antepasados -conquistadores, colonos, esclavistas, gobernantes, legisladores y autoridades machistas, homófobos o racistas- que nada tenían que ver -ni siquiera genéticamente- con los que ahora los modernos talibanes de la corrección política se dan de modo tan farisaico aparatosos -y ficticios y vacuos e inanes- golpes de pecho. El diálogo que James y su autor plantean con Huckleberry y su creador sureño, es, por de pronto, eso, un diálogo, una conversación, una propuesta, hecha con aprecio, respeto y, claro está, inequívoca contundencia, de relectura de la novela originaria -escrita por un escritor blanco nacido en el Sur esclavista estadounidense en el siglo XIX- hecha desde nuestro presente, desde un ángulo muy actual que permite incorporar al punto de vista desde el que se narra los muchos cambios sociales, políticos, culturales, jurídicos que el mundo ha experimentado, consciente Everett, y este es, sin duda, uno de los logros del libro, de que los clásicos, pese a la admiración que suscitan, pese a lo mucho de valioso que nos ofrecen, no son monumentos inmóviles, sino campos de batalla interpretativos.
Esta “discusión” con Twain que Everett propone en su libro no lo cuestiona, no rebaja el valor que reconoce a su obra. En los breves agradecimientos finales de James, aparte de las consabidas menciones a editores, familiares y amigos, podemos leer: Y finalmente, un reconocimiento a Mark Twain. Su sentido del humor y su humanidad me influyeron mucho antes de hacerme escritor. Me quedaría con el cielo por el clima; pero elegiría el infierno para mi tan esperado almuerzo con Mark Twain. Esta última frase es una paráfrasis de una famosa sentencia de Twain: Go to Heaven for the climate, Hell for the company (Ve al cielo por el clima, al infierno por la compañía). En el original inglés del texto de Everett este introduce una modificación: Heaven for the climate; hell for my long-awaited lunch with Mark Twain.
En esta confrontación, en su reformulación del relato de Twain, brotan las desemejanzas. Los lectores de Huckleberry Finn recordaban a Jim como un personaje entrañable, supersticioso, bondadoso, leal, de habla sencilla y a menudo cómica. Sin embargo, esa imagen siempre había suscitado una incomodidad creciente para ese lector del siglo XXI. ¿Era Jim, en el “retrato” decimonónico, un hombre complejo o una construcción paternalista? ¿Era un individuo con entidad, personalidad y “alma” o una figura de cartón piedra, un estereotipo cuy inclusión en el relato obedecía a una mera función narrativa, a una necesidad “técnica”? ¿Poseía una vida interior propia o existía únicamente a través de la mirada de Huck? Everett explora estos interrogantes, tomando al personaje, liberándolo de la carga de lugares comunes que se le asocian y dotándolo de aquello de que, por la datación histórica de su nacimiento, se veía privado: una conciencia compleja, una identidad autónoma, un pensamiento propio, un habla singular. Y desde esta base se distancia de la narración primigenia a través de diversas estrategias literarias, pero también morales y hasta políticas. En primer lugar, invirtiendo el punto de vista y dando voz a Jim. Con ello, hace de él el centro moral de la historia, a la que accedemos desde el pensar y el sentir de un esclavo, y reconvertida, en un giro de ciento ochenta grados y por medio de una modificación de alto calado ético, en el relato de la experiencia vital de un hombre negro obligado a sobrevivir dentro de un sistema de violencia permanente. En consecuencia, y esta es otra diferencia sustancial, donde Twain mezclaba humor, sátira y lirismo, con Jim siendo apenas un acompañante más o menos prescindible en las aventuras de Huck, Everett visibiliza la violencia física y psicológica que necesariamente permanecía en segundo plano en aquella novela que narraba un adolescente ingenuo e inocente.
Otra importante disimilitud reside en la representación de la violencia. Siendo conocido el rechazo frontal de Twain a la brutalidad moral de la esclavitud, su novela, sin embargo, conservaba el tono de una aventura picaresca en la que el humor amortiguaba con frecuencia el horror. Por el contrario, en el texto de Everett, pese a que las muestras de humor son frecuentes (yo no he podido reprimir las risas en más de un pasaje), apenas hay paliativos que mitiguen la dolorosa ignominia, siendo así que los castigos, el miedo constante, las separaciones familiares y la amenaza permanente tienen en la novela una consistencia palpable, impregnando con su dramatismo la experiencia del lector.
Para cerrar este inciso sobre el peculiar carácter especular de James frente a Huckleberry Finn, quiero mencionar la que, probablemente, es la diferencia más significativa entre ambas novelas: el tratamiento del lenguaje. Ya he mencionado cómo Twain reproduce en las novelas comentadas el habla popular y los dialectos regionales, incluido el de Jim. Everett acepta, como es obvio, la importancia histórica de esta innovadora inclusión de las variedades lingüísticas en el relato, pero introduce un giro soberbio, decisivo y genial: el dialecto de James deja de ser una expresión espontánea para convertirse en una estrategia consciente de supervivencia (la gente blanca espera que hablemos de una manera determinada y siempre va bien no decepcionarlos. (…) Los únicos que sufren cuando les hacemos sentirse inferiores somos nosotros). En privado, James habla un inglés culto, preciso y extraordinariamente elaborado (Entonces, cuando lo veamos dando tumbos más tarde y haciendo el ridículo, ¿será un ejemplo de ironía proléptica o de ironía dramática?); únicamente adopta el habla estereotipada cuando se encuentra en presencia de los blancos (a veces se le olvida el contexto en que se encuentra y no le da tiempo a cambiar de registro, provocando más de una situación jocosa: —Sería gracioso que saliera a flote otro cuerpo —dijo. —Hilarante —dije. —¿Cómo? —Me miró. —He dicho «mira p’alante». El cambio posee una enorme carga simbólica, poniendo de manifiesto hasta qué punto el sistema esclavista obligaba a representar continuamente un papel. Jim es, en realidad y en su fuero interno, un hombre culto que ha frecuentado (a escondidas, por supuesto; el acceso a la cultura, al conocimiento, al pensamiento propio por parte de los esclavos negros se prohibía taxativamente, pues ello pondría en cuestión los fundamentos de la discriminación racial) la biblioteca del juez Thatcher; que ha leído a Voltaire y a Locke (con los que dialoga en sueños, recriminándoles sus tibias posturas sobre la esclavitud), a Rousseau y Stuart Mill; que sabe escribir (en su huida se procurará un lápiz -en un pasaje muy significativo del libro, con resultado funesto- con el que escribirá su historia); que da clases (siempre clandestinas) a muchachos negros; que piensa y filosofa a partir de sus propios proyectos, con sus propios miedos y contradicciones, con sus objetivos propios, con su propia conciencia moral, a diferencia del Jim de Huckleberry Finn, cuyo mundo interior solo conocemos a través del filtro de Huck. La novela plantea así preguntas de una extraordinaria vigencia. ¿Cuánto de nuestra forma de hablar responde a quienes somos y cuánto a lo que otros esperan de nosotros? ¿Qué relación existe entre lenguaje y dominación? ¿Hasta qué punto los prejuicios nacen de interpretar una forma de hablar como señal de inferioridad intelectual? ¿Cómo la clase, la raza, el sexo, la condición económica afectan al modo en que hablamos y, a la inversa, cómo nuestro desempeño verbal, estilo, prosodia, léxico, revelan nuestro estatus?
Además de las hasta aquí reseñadas (innovadora recreación de un clásico, con el que dialoga sin depender excesivamente del original ni intentar corregirlo de manera simplista; poderosa construcción de un personaje complejo, nada plano, plagado de contradicciones, inteligente y vulnerable, valiente, pero en ocasiones acuciado por el miedo, lúcido y dueño de una aguda capacidad crítica, pero capaz también de la duda, tolerante pero transformado a veces por la rabia, pacífico pero arrastrado a la violencia en situaciones extremas, dotado de conciencia moral pero obligado a tomar decisiones ambiguas en lo ético; brillante transformación de una novela de aventuras en una exploración radical de la libertad; denuncia diáfana, descarnada, radical, conmovedora y combativa aunque sutil, sin subrayados innecesarios, de la barbarie que supuso la esclavitud, contada a través de la atención prestada a los pequeños mecanismos del sometimiento -el miedo, la vigilancia, la humillación, la incertidumbre permanente- y también a los más brutales: castigos físicos, apaleamientos, asesinatos, violaciones; inteligente reescritura de la historia estadounidense desde el punto de vista de quienes normalmente quedan fuera de los relatos oficiales; magistral tratamiento del lenguaje y el poder), James merece la lectura por otro buen puñado de razones, que esbozo de modo ya apresurado. Así, os lo recomiendo por la multiplicidad de planos en los que se desenvuelve, permitiendo su lectura como aventura, sátira, reflexión filosófica, tragedia histórica, experimento lingüístico y meditación sobre la condición humana. Por la novedosa operación de dar la palabra a un personaje secundario y con un papel subordinado en una novela preexistente, en lo que constituye, además de la ya reseñado propósito político y moral, una inteligente reflexión sobre la escritura, la elección del punto de vista, la importancia del narrador, la decisión acerca de qué debe contarse y qué se oculta. Por la interesante recuperación de la tradición de la gran novela filosófica disfrazada de relato popular (piénsese, una vez más, en el Lazarillo de Tormes, o Moby Dick, o, citado en el libro, el Cándido de Voltaire, en los que la peripecia narrativa funciona como vehículo para una exploración intelectual más amplia), mediante la (re)invención de un personaje que no solo vive los dolorosos acontecimientos que le acaecen, sino que es un ser inteligente que piensa sobre ellos e intenta comprenderlos; es así por lo que James puede leerse como una novela de aventuras trepidante, pero también como una discusión permanente sobre el conocimiento, la verdad, la identidad y la conciencia. Por la decidida apuesta por el humor, que, pese a la aparente contradicción (risa y espanto conviviendo en la misma página), opera como eficaz y convincente mecanismo frente al horror. Por, en definitiva, demostrar al lector -como solo lo hacen los grandes libros- que la gran literatura es siempre capaz de renovar nuestra mirada, que poco importa que los temas, los personajes, las tramas ya sean conocidos, que -exagerando quizá un poco- todo haya sido ya contado, pues siempre aparecerá el talento de un creador para mostrarnos otra forma de ver, ampliar nuestros horizontes, ensanchar nuestra vida.
En fin, tres propuestas memorables, las del ciclo entero de esta semana, que os recomiendo encarecidamente para empezar el curso de un modo excepcional. Os dejo ahora con un muy revelador pasaje de James, en el que su protagonista arrostra las dificultades que para él suponía desvelar su interés y su conocimiento de los libros, a la vez que reflexiona sobre el valor, intelectual, sentimental, político y vital, de la lectura.
En la novela hay también una destacada, apreciable y elocuente presencia de la música, sobre todo tras el encuentro de Jim con Daniel Decatur Emmett, un compositor (autor, por cierto, de Dixie, el himno sureño con el que acompañé mi reseña de Lo que el viento se llevó en el último programa de la temporada pasada), músico y director de espectáculos de existencia real que con los Virginia Minstrels (que Javier Calvo traduce como Cantores de Virginia, dejando fuera el término minstrel, que sin embargo se explica en la novela y que aludía a las muy populares compañías de cantores blancos, que actuaban con las caras pintadas con betún fingiendo que eran negros). Las composiciones de Emmett -las de cualquier grupo de minstrels, en realidad- eran jocosas y en ellas se representaba a los negros de forma cómica, imitando sus movimientos y su forma de hablar de un modo paródico. Aunque el fenómeno fue criticado desde su inicio de manera más o menos aislada, empezó a ser objeto de una más amplia condena social bien avanzado el siglo XX, estando hoy absolutamente proscrito y el blackface denostado incluso en sus manifestaciones (recuérdese el escándalo que provocó el que el ex-primer ministro canadiense, Justin Trudeau se hubiera “disfrazado” de negro en una fiesta escolar en 2001, cuando aún no había accedido al cargo y era un profesor veinteañero). Las canciones de Daniel Decatur Emmett tienen un papel destacado en el libro (que se abre con la transcripción, del “puño y letra” de Jim, de cuatro de sus temas). De todas ellas elijo por su valor representativo Old Dan Tucker (El viejo Dan Tucker), de la que os dejo un fragmento de una de sus muchas posibles letras tal y como la traduce Javier Calvo. Entre las muchas versiones que se han hecho del tema -hay una estupenda de Bruce Springsteen- dejo aquí la de la 2nd South Carolina String Band.
El viejo Dan Tucker vivía mu’ bien
Comía borrico con huesos y piel
Peinaba su barba con una sartén
Le dio un jamacuco al cumplir los cien
Aparta del medio, Dan Tucker, gañán
Te quedas sin cama y también sin cenar
Aparta del medio, Dan Tucker, gañán
Te quedas sin cama y también sin cenar
Me moría de ganas de leer. Aunque Huck estaba dormido, no me podía arriesgar a que se despertara y me viera con la cara pegada a un libro abierto. Luego pensé: ¿Y cómo va a saber que estoy leyendo de verdad? Podría decirle que estaba simplemente mirando las letras y las palabras sin entenderlas, preguntándome qué demonios significarían. ¿Cómo lo iba a saber él? En aquel momento se me hizo real y evidente el poder de la lectura. Mientras tuviera delante las palabras, nadie podría controlarlas ni controlar lo que yo obtuviera de ellas. Ni siquiera podrían saber si las estaba mirando sin más o leyéndolas, haciéndolas sonar o entendiéndolas. Era una relación completamente privada y libre y, por tanto, completamente subversiva.
Me acerqué la bolsa de libros, metí la mano y palpé uno. Allí me quedé en una especie de flirteo. El libro pequeño y grueso que apretaba con los dedos era la novela. Nunca había leído una novela, aunque entendía el concepto de ficción. No era tan distinto de la religión, o de la historia, de hecho. Saqué el libro de la bolsa. Comprobé que Huck seguía profundamente dormido y lo abrí. Las páginas olían a gloria.
En la tierra de Westfalia…
Y me encontré en otra parte. Ya no estaba en una orilla de aquel río maldito, ni en la otra. No estaba en el Misisipí. No estaba en Missouri.
Videoconferencia
Percival Everett. James
miércoles, 9 de septiembre de 2026
MARK TWAIN. LAS AVENTURAS DE TOM SAWYER; LAS AVENTURAS DE HUCKLEBERRY FINN
Bienvenidos, tras la presentación de hace siete días, a una nueva temporada de Todos los libros un libro, que hoy os ofrece una nueva, estimulante y plural recomendación de lectura. En el último programa del curso pasado, y con ocasión de la celebración, el 4 de julio, de los doscientos cincuenta años de la independencia de los Estados Unidos, elegí Lo que el viento se llevó, el gran clásico de Margaret Mitchell, como libro representativo de la historia, joven, vigorosa y, en general, coronada por el éxito, del vasto país norteamericano. Antes de la decisión final había barajado otros posibles títulos, obras también espléndidas, significativas de un modo u otro del alma de esa sociedad pujante, del espíritu independiente y emprendedor de sus gentes y de los formidables logros alcanzados en solo dos siglos y medio por la hoy poderosa nación estadounidense (también de sus muchas contradicciones, desde el exterminio de las poblaciones indígenas y las execrables etapas de la esclavitud, pasando por el imperialismo depredador, y llegando, en otro orden de cosas, hasta el desaforado individualismo que ha desembocado en los peores excesos capitalistas). Manejé entonces, entre otras posibilidades, obras como Hojas de hierba, los poemas de Emily Dickinson, Walden, Moby Dick, El gran Gatsby, Las uvas de la ira, Mientras agonizo, El guardián entre el centeno, En el camino o Adiós a las armas. También mencioné, en aquella reseña postrera de la temporada anterior, el Huckleberry Finn, de Mark Twain, que aparece citado de manera reiterada en estas algo volátiles -y en el fondo poco relevantes- encuestas que, a menudo, obligan a quienes participan en ella a establecer absurdos rankings siempre discutibles. Mi búsqueda del libro idóneo coincidía en esas semanas con mi relectura de la novela, Las aventuras de Huckleberry Finn y de la que la precede, Las aventuras de Tom Sawyer, su antecedente en tanto presenta los personajes y el entorno en que se desarrollará la trama, manteniendo una temática narrativa relativamente similar. La razón por la que en aquellos días yo revisitaba ambos libros, que había leído de pequeño en ediciones juveniles, tenía que ver con mi reciente y entusiasta lectura de otra gran novela, James, de Percival Everett, que, entre otros premios, obtuvo el Pulitzer de ficción en 2025 y que recrea la historia de Huck pero contada desde la perspectiva del negro Jim, el otro personaje esencial, junto al independiente y rebelde protagonista, del relato de Twain.
De tal manera que mi propuesta de esta semana incluye esos tres títulos (dos en la entrega de hoy y el tercero en la de mañana), girando sobre otros tantos nombres Tom Sawyer, Huckleberry Finn y James, aunque, en el caso de las obras centradas en los dos primeros, os daré también referencia de varias ediciones distintas, con diferentes traductores y también diversos e ilustrativos y bien informados prólogos. Como es natural, la plena comprensión del sentido y el mayor disfrute de la lectura de James, exige tener “fresco” en la memoria el contenido del Huckleberry Finn, y este, a su vez, requiere la familiaridad con los personajes que ya aparecían en Tom Sawyer. Un paquete completo, pues, en una experiencia lectora apasionante.
Vayamos, pues, con un breve comentario sobre Las aventuras de Tom Sawyer. Mark Twain publicó su libro en 1876, el año del primer centenario de la Independencia de los Estados Unidos, hace ahora, pues, ciento cincuenta redondos años. Como resulta previsible en una obra ya clásica, el libro ha conocido infinidad de ediciones en nuestro país (y fuera de él, traducido a más de sesenta idiomas), muchas de ellas en colecciones de literatura juvenil, como la que yo leí en mi infancia (y aún recuerdo -vagamente, eso sí- una adaptación televisiva en los años sesenta, que hoy no he podido encontrar). De las más recientes quiero destacar dos: la de Penguin Random House de 2016, con una entusiasta y muy sugestiva introducción de R. Kent Rasmussen, doctor en historia y reconocido experto en Mark Twain, y con las traducciones de Simón Santainés y Neus Nueno, responsables de las versiones a nuestro idioma de la novela y de su prólogo, respectivamente; y la que hoy traigo como referencia, la espléndida de Sexto Piso, publicada también en 2016, en su colección de novela ilustrada, con traducción de Mariano Peyrou y magníficas láminas de Pablo Auladell, reconocido dibujante y autor de las ilustraciones de diversos libros y novelas gráficas, con muchos premios en su haber.
El Tom Sawyer que protagoniza la obra es un niño -aunque no hay una datación expresa en el texto, podemos situar su edad entre los doce y los trece años- de imaginación desbordante; fascinado por los juegos de aventuras, los piratas y los bandidos, los exploradores y los héroes románticos; soñador, capaz de transformar cualquier circunstancia cotidiana en un acontecimiento extraordinario; feliz habitante de ese territorio infantil que participa simultáneamente de la realidad y la fantasía; y, sobre todo, muy espabilado, desvergonzado incluso, travieso y algo granuja, aunque de buen corazón, valiente, impulsivo, rebelde y con una irrefrenable tendencia a desobedecer las normas y convenciones de la comunidad y a desafiar la autoridad de los adultos. La acción transcurre en la ficticia localidad de San Petersburgo, traslación transparente de Hannibal, una población de Missouri situada a orillas del río Mississippi en la que el propio Twain residió con su familia las dos primeras décadas de su vida (siendo el pueblo, el río, los paisajes y las circunstancias de ese marco biográfico del autor, referentes obvios también de las dos novelas, como luego comentaré). Tom vive con su tía Polly, su hermanastro Sid, su prima Mary y Jim, el esclavo negro al servicio de la familia, en un entorno en el que se cruzan otros muchos personajes, singularmente Huckleberry Finn, el joven paria del pueblo, el hijo del borracho local, compañero de aventuras del muchacho y protagonista, con el negro Jim, de la segunda de las novelas que hoy presento.
El libro, en puridad, no tiene argumento o, mejor, lo tiene pero difuso, acomodado a una estructura relativamente peculiar, sin un desarrollo lineal que siga una única trama perfectamente organizada y desarrollada de manera continua desde el principio hasta el desenlace. Por el contrario, las correrías del muchacho se presentan como una sucesión de episodios autónomos, enlazados, claro, por la presencia constante del protagonista y, obviamente, por la coherencia del planteamiento narrativo de su autor. Sin afán alguno de desvelar nada relevante y consciente de que la popularidad de la obra hace que la mayor parte de ellos sean bien conocidos, cito algunos de los más memorables: las trastadas que el díscolo muchacho hace a su tía Polly, cuando inventa cualquier subterfugio para esquivar las obligaciones que la mujer le impone; el muy famoso episodio del pintado de la valla (al que alude, incluso, la portada de la edición de Penguin); la rutilante aparición de Becky Thatcher, que provoca el encantamiento inmediato de Tom y sus primeras emociones sentimentales; las rivalidades escolares, en las que siempre descuella el ingenio del chico; las aventuras nocturnas con Huck Finn; el asesinato en el cementerio del que los chicos son testigos; el juicio de Muff Potter y el personaje del indio Joe, grabados para siempre en mi memoria desde hace más de sesenta años a partir de la mencionada adaptación televisiva; la escapada a la isla Jackson y la “conversión” de los chicos en piratas, con la búsqueda del tesoro y la exploración de una laberíntica cueva; entre otros.
La mera enumeración de estas peripecias y el vívido aunque impreciso recuerdo de mi disfrute de todas ellas en mi infancia, resultan acordes con la acostumbrada consideración de la novela como un texto de literatura infantil. Y es que, quizá por el protagonismo y la presencia constante de niños en su trama (o, cuando se trata de adultos, “vistos” desde la perspectiva infantil) y por el tono frecuentemente humorístico del relato, Las aventuras de Tom Sawyer ha sido considerada durante décadas como una obra destinada a los niños. De hecho, todavía hoy suele encontrarse en las colecciones juveniles y forma parte habitual de los programas escolares, sobre todo en Estados Unidos (más allá del reciente fenómeno, que ya comentaré más adelante, de la “limpieza” -la cancelación- de las obras “inconvenientes”, en esa ola de corrección política hoy imperante que ha conseguido eliminar las andanzas de Tom y Huck de colegios y bibliotecas).
Sin embargo, ello no es así en absoluto -o no lo es del todo-, pues no estamos ante una obra simple y aparentemente transparente y elemental, dirigida a lectores apenas iniciados, si no que, por el contrario, constituye en realidad un texto con mayor enjundia de la que puede suponerse inicialmente. Desde este punto de vista, el libro admite diversas lecturas, siendo simultáneamente una novela humorística, un relato de aventuras, una reflexión sobre el paso de la infancia a la vida adulta, una sátira social y, en su fondo pero claramente perceptible, un retrato de los Estados Unidos de mediados del siglo XIX (la acción se sitúa en torno a 1840). Bajo la superficie de las aventuras de un muchacho travieso aparecen cuestiones decisivas para comprender la cultura estadounidense e incluso universal: la construcción de la masculinidad; la tensión entre libertad e integración social, entre independencia crítica y respeto gregario a las convenciones; las contradicciones morales de una sociedad en apariencia respetable, de un mundo provinciano que se presenta a sí mismo como ordenado, virtuoso y civilizado, pero en cuyo interior laten la superstición, la intolerancia, la hipocresía y los prejuicios raciales; la nostalgia por una América anterior a la industrialización; la violencia latente en la frontera; el peso de la religión protestante; y el complejo proceso de formación de la identidad nacional. Son ya muchos los estudios académicos y críticos que, sin desdeñar las cualidades de la obra como lectura idónea para los jóvenes, subrayan esta dimensión cultural e ideológica de la novela, que anticipa, en germen, lo que, como luego veremos, es notorio y sustancial y alcanza una profundidad mayor en Las aventuras de Huckleberry Finn, que pasa por ser la obra mayor de su autor y, sin duda, una de las grandes novelas norteamericanas.
Esta mayor ambición de la novela, que trasciende el ámbito infantil y juvenil, es confesada por Twain desde su prólogo, en el que advierte: Aunque el objeto principal del libro es divertir a la gente joven, espero que no por ello será rechazado por hombres y mujeres, ya que entró en mis propósitos el recordar a los adultos, de una manera agradable, cómo eran en su juventud, cómo se sentían, pensaban y hablaban, y qué empresas tan raras acometieron a veces (cito a partir de la traducción de Simón Santainés). Y de un modo aún más categórico, en una carta a su amigo y confidente literario William Dean Howells: No es un libro juvenil, en absoluto. Solo será leído por adultos. Solo está escrito para adultos, como recoge R. Kent Rasmussen en el mencionado estudio preliminar a la edición de Penguin.
El universo y los personajes principales de Las aventuras de Tom Sawyer, que reaparecerán casi una década después (en 1884 en Inglaterra y en 1885 en Estados Unidos) en Las aventuras de Huckleberry Finn, con distinta trama argumental y, sobre todo, con mayor hondura, son un evidente reflejo del entorno sureño y de determinadas circunstancias de la biografía del autor. En su Prefacio al libro, fechado en 1876, Twain subraya ese vínculo al afirmar: La mayor parte de las aventuras que se cuentan en este libro ocurrieron realmente; una o dos fueron experiencias propias, y el resto de muchachos [sic por la ausencia del artículo, opción del traductor] con quienes fui a la escuela. Huck Finn está sacado de la vida real; Tom Sawyer también, pero no de un solo individuo; es un conjunto de las características de tres muchachos que traté y, por tanto, pertenece al orden arquitectónico compuesto. Las extrañas supersticiones que aparecen se las creían al pie de la letra los chiquillos y los esclavos del Oeste durante la época en que se desarrolla la historia, es decir, hace treinta o cuarenta años.
Samuel Langhorne Clemens (su verdadero nombre, que cambió a los veinticuatro años por el de Mark Twain, alusivo, al parecer, a una expresión de la navegación fluvial para medir el calado de los barcos en proporción a la profundidad de las aguas: mark twain, mark three, mark four…), nació en 1835 en Florida y pasó la mayor parte de su infancia en Hannibal, pequeña localidad ribereña de Missouri, situada junto al río Mississippi. Aquel entorno acabaría convirtiéndose en el principal depósito de recuerdos para buena parte de su producción literaria. Twain conoció desde muy joven los paisajes, los tipos humanos y las costumbres que más tarde poblarían sus libros. La vida en las orillas del legendario Mississippi, el Old man River, el padre de todas las aguas, una de las grandes arterias -reales y simbólicas- de la nación americana, con su incesante tráfico fluvial, sus aventureros, sus comerciantes, sus buscavidas y sus personajes pintorescos, también las tensiones raciales, la mezcla de violencia, humor y superstición de los pueblos ribereños, dejó una huella imborrable en su imaginación. También lo hicieron las correrías infantiles, las excursiones por bosques y cuevas, las travesuras escolares, los juegos improvisados y ese sentimiento de libertad casi absoluta que caracterizaba la existencia de muchos muchachos en las pequeñas localidades del Medio Oeste estadounidense de mediados del siglo XIX. Su vida adulta, también aventurera y llena de experiencias (fue aprendiz de impresor, periodista, buscador de fortuna en el Oeste, piloto fluvial en el Mississippi, conferenciante, empresario, editor y, por supuesto, escritor de una obra extraordinariamente amplia que incluye libros de viajes, relatos humorísticos, novelas históricas, sátiras políticas y obras autobiográficas), dejó igualmente su poso en las dos obras. Twain se alimenta de aquellos recuerdos, pero lo hace, como señalaba en su preámbulo, sin limitarse a reproducirlos mecánicamente, transformándolos y convirtiendo en creación literaria de valor universal esas experiencias personales.
Este marco, como he señalado, reaparece en Las aventuras de Huckleberry Finn, en cuyo análisis me adentro ya. Sin embargo, el propósito, el planteamiento y la intención literaria del autor ya son otros, más ricos y complejos, más exigentes y ambiciosos. Ya desde la elección de la voz narrativa se percibe un cambio sustancial, con el relato en tercera persona de Tom Sawyer, que acentuaba la visión teñida de nostalgia del propio autor recreando sus días infantiles, trocado ahora en la primera persona y la voz de un Huckleberry Finn, con la capacidad de ironía, de ingenuidad, de ternura, a veces incluso de crueldad y de lucidez con que ese muchachuelo tan naturalmente inteligente, aunque académicamente analfabeto, es capaz de hacernos contemplar desde su peculiar punto de vista el mundo que le rodea, su época, el viejo Sur en los Estados Unidos, el anterior a la guerra civil, en palabras de Juan José Coy, responsable de una de las tres ediciones del libro que he consultado para esta reseña.
La primera de ellas, la que he leído ahora tras mis iniciales contactos juveniles con la novela (en la edición de 1967 de la colección Historias, de Bruguera; y en la película de Richard Thorpe, con Mickey Rooney como protagonista, que yo vi en Televisión Española en mi adolescencia), es la de Sexto Piso, una suerte de continuación del Tom Sawyer, publicada también en 2016, con, al igual que en el libro anterior, la traducción de Mariano Peyrou y las espléndidas ilustraciones de Pablo Aubanell. La segunda es la de Penguin Random House de 2016, traducida por José A. de Larrinaga, con un comentario previo, una vez más muy interesante, de R. Kent Rasmussen, y que incluye un apéndice final, El episodio de la balsa, que es uno de los muchos que fue eliminado o corregido o depurado por el propio autor antes de la publicación definitiva del libro, circunstancia constatable a partir del descubrimiento, a principios de los años 90 del pasado siglo, del manuscrito original del Huckleberry Finn, escrito de su puño y letra por Twain. De las muchas y controvertidas vicisitudes que experimentó la larga vida de la novela desde su publicación, con su considerable éxito popular, el reconocimiento académico, su consideración de clásico de la literatura norteamericana, pero también con la profusión de críticas acerbas, censuras, cancelaciones, prohibiciones, acciones de expurgado o reescritura de algunas de sus páginas, eliminación de vocablos polémicos o líneas “inapropiadas”, da cuenta el espléndido prólogo de esta edición. Como lo hace también el que firma el profesor Juan José Coy Ferrer, destacado profesor e investigador de literatura norteamericana en la Universidad de Salamanca, hoy jubilado, para la edición de 2015 en Cátedra, mi tercera referencia editorial para Las aventuras de Huckleberry Finn, que cuenta con la traducción de Doris Rolfe y Antonio Ferres. Ese texto preliminar, de setenta y cinco enjundiosas e instructivas páginas, no es el único valor añadido de esta edición académica. Destacan, además, un puñado de ilustraciones que salpican la obra, tomadas de distintas versiones del libro en la época; varias decenas de aclaratorias notas; una copiosa bibliografía; y la incorporación del Aviso y la Explicación previos con los que el propio Twain encabezó su texto. El Aviso aparece en las tres ediciones manejadas, aunque con matices en cada una de las versiones: Las personas que intenten encontrar un motivo en esta narración serán procesadas; las que intentan encontrarle una moraleja serán desterradas; las que intenten descubrirle una trama serán fusiladas, con la siguiente rúbrica: Por orden del autor, per G.G., jefe de intendencia, en la publicación de Cátedra. El traductor de Penguin elige: Las personas que intenten encontrar un motivo en esta narración serán perseguidas. Aquellas que intenten hallar una moraleja serán desterradas. Y las que traten de encontrar un argumento serán fusiladas, firmando la advertencia, Por orden del autor, el jefe de órdenes. La traslación que hace Peyrou para Sexto Piso reza así: Quien intente hallar un objetivo en esta narración, será llevado a juicio; quien intente encontrar una moraleja, será desterrado; quien intente encontrar un argumento, será ejecutado. Por orden del autor, G.G. COMANDANTE DE ARTILLERÍA.
La singularidad de la edición de Cátedra, en relación con estas indicaciones previas de Twain, reside, sin embargo en la referida Explicación que no se encuentra en las de Sexto Piso y Penguin, siendo, por lo demás, sustancial para la lectura y la plena comprensión de la obra, por desgracia imposible -o muy difícil- si no se lee en su idioma original. Este es su texto:
UNA EXPLICACIÓN
En este libro se emplean varios dialectos, a saber: el de los negros de Missouri, la forma dialectal exagerada del sudoeste atrasado y apartado; el dialecto corriente del condado Pike; y cuatro variedades modificadas de este último. Los matices no se han conseguido al azar ni por adivinación, sino con sumo cuidado, y con la guía fiable y el apoyo de un conocimiento personal de estas varias formas de habla.
Les doy esta explicación porque, sin ella, imaginarían muchos lectores que todos estos personajes trataban de hablar igual, sin conseguirlo.
Ninguna de las traducciones consultadas -Peyrou, Larrinaga, Rolfe y Ferres- recoge esta amplia variedad dialectal, por otro lado muy relevante pues, como subraya Coy en su estudio, la pretensión de Twain de ser fiel al habla popular con la utilización de estas distintas variantes coloquiales y diversos registros lingüísticos aporta complejidad a su narración, funciona como un poderoso mecanismo literario, otorga verosimilitud al relato y, sobre todo, introduce en la novela un elemento sustancial para entender el marco esclavista y racista en el que se ubica su trama, pues el diferente modo en que hablaban los blancos y los esclavos constituye uno de los reflejos más notorios de la dominación de los unos y la discriminación de los otros. Este tratamiento del lenguaje será uno de los aspectos nucleares -por su interés literario y por su potencia simbólica- de James, como luego veremos, con la traducción de Javier Calvo. Por el contrario, cualquiera de las ediciones del Huckleberry Finn que hoy comento se “limitan” a versiones sobrias, por supuesto completas y relativamente fieles al texto original, pero que, no obstante, pierden valiosos matices a causa de la fundamental circunstancia mencionada.
Pese a que, según los estrictos cánones de Twain, me expongo a ser fusilado (o ejecutado, según sea la opción elegida) me atreveré a esbozar algo parecido a un argumento del libro. Ambientada en la época de la esclavitud, antes de la guerra de Secesión (aunque fue publicada en la década de 1880, la acción transcurre aproximadamente entre 1835 y 1845, es decir, en los años anteriores al conflicto civil que acabaría destruyendo el sistema esclavista del Sur), la novela retoma el personaje de Huckleberry Finn (el capítulo inicial se abre con un recordatorio de la obra anterior, en cuyo marco general esta se incardina: No sabéis quién soy como no hayáis leído un libro titulado Las aventuras de Tom Sawyer, pero eso no importa. Ese libro lo hizo el señor Mark Twain, y en él dijo la verdad poco más o menos. Exageró algunas cosas; pero, en general, dijo la verdad. Eso no es nada. Jamás conocí a nadie que no mintiera alguna vez, como no sea tía Polly, o la viuda, o tal vez Mary. Tía Polly (es la tía Polly de Tom), y Mary, y la viuda Douglas, de todas habla el libro, que es un libro que dice la verdad en general, con algunas exageraciones, como ya he observado), que había aparecido en uno de los primeros capítulos de Las aventuras de Tom Sawyer, presentado allí como un romántico proscrito y definido de manera rotunda en su inicial presencia en aquel libro: Huckleberry era cordialmente odiado y temido por todas las madres del pueblo, porque era vago, ordinario y malo, vivía al margen de la ley, y todos sus hijos lo admiraban, disfrutaban de su compañía prohibida y deseaban atreverse a ser como él. Tom era como el resto de los chicos respetables en lo de envidiar a Huckleberry su deslumbrante condición de proscrito, y había recibido órdenes estrictas de no jugar con él. En consecuencia, jugaba con él cada vez que tenía oportunidad.
Este poco convencional Huck, del que el lector se encariña al poco de conocerlo, narra su propia historia, la de un niño de trece o catorce años, o algo así, que se une a un esclavo prófugo, el Jim de la novela anterior, en su común búsqueda de la libertad. Huck escapa de las restricciones de la sociedad respetable que le imponen su virtuosa madre adoptiva, la viuda Douglas, y la hermana de esta, la señorita Watson (La viuda Douglas me adoptó, diciendo que me civilizaría; pero era duro vivir en casa todo el tiempo, teniendo en cuenta el orden y cuidado que la viuda ponía en todas sus cosas; de modo que, cuando no pude aguantar más, me largué) y también de los malos tratos de su padre, violento y alcohólico, que irrumpe en el relato con su presencia amenazante. Jim, por su parte, “propiedad” de la señorita Watson, huye también ante la sospecha de ser vendido de manera inminente y enviado más al Sur, río Mississippi abajo, alejándolo para siempre de su mujer y sus hijos, en una escapada que afronta con la esperanza de llegar a un estado libre donde ganar dinero suficiente para redimir a su familia. Los fugitivos traban una compleja amistad (lo era -prohibida, problemática e imposible en esos días- la que pudiera surgir entre un niño blanco y un esclavo negro) mientras descienden en una balsa hacia Cairo, en Illinois, lugar en que se cruzan el Mississippi y el Ohio, el río, este último, que corre hacia el norte opuesto a la esclavitud y en el que Jim cifra su esperanza de libertad. Sin embargo, las muchas y peligrosas eventualidades de su viaje, que se desarrolla habitualmente por las noches para evitar ser descubiertos, les hacen dejar atrás Cairo y adentrarse aún más en territorio esclavista. La historia de correrías juveniles, coherente inicialmente con el “clima” de Las aventuras de Tom Sawyer, pronto se transforma en un relato más propio de adultos, en una exploración mucho más ambiciosa de los conflictos morales del chico y, por extensión, de la sociedad estadounidense, a medida que Huck intuye, sin comprender del todo, las implicaciones de su experiencia, pues, en realidad, está ayudando a un esclavo negro a escapar de su legítima propietaria, con todas las consecuencias -nefastas sobre todo para Jim- que el hecho conlleva. En su larga navegación, los huidos vivirán mil y una peripecias, casi todas amenazantes, y se encontrarán con infinidad de personajes, muchos de ellos hostiles, y su viaje va avanzando mientras el muchacho relata los distintos lances vividos entreverados con sus consideraciones morales sobre la libertad, la esclavitud y la dignidad humana, que lo llenan de dudas e incertidumbre, perturban su atribulada conciencia y, en definitiva, lo hacen crecer, dejando atrás la infancia en su camino hacia la madurez.
No hay tiempo en el programa ni espacio en este blog (salvo que esté dispuesto a agotar la paciencia de nuestros abnegados seguidores, puesta a prueba en más de una ocasión) para desarrollar los muchos elementos temáticos de interés, más allá de la propia historia narrada, de una obra que en su siglo y medio de vida ha suscitado infinidad de estudios, publicaciones, tesis doctorales, artículos académicos y reseñas varias, que han escudriñado con perspicacia y acierto hasta los más mínimos detalles de su texto. Me limitaré a apuntar, pues, de manera breve y sintética, algunos de los más relevantes. Por ejemplo, la ya adelantada elección de la voz narrativa, siendo el relato en primera persona de Huck un indudable logro, literario y estructural, pues su lenguaje aparentemente ingenuo muestra, por un lado, su pobre y defectuosa comprensión del mundo, pero, por otro, subraya la distancia entre lo que Huck dice y lo que realmente ocurre, acentuando el carácter irónico y distanciado, en el fondo reprobador, de la narración. El espíritu burlón y humorístico habitual en el autor, que aquí aflora como sátira de la autoridad y las instituciones: la religión, la justicia, la educación y la aristocracia sureña son objeto de los “dardos”, a menudo explícitos, del escritor, y ridiculizadas a través de personajes que reflejan la corrupción y la impostura. La crítica, implícita, pero frontal, de la civilización del Sur, que, por distintas razones, Huck y Jim detestan y de la que huyen, encontrando en la vida errante del río una forma de autenticidad menos rígida y encorsetada y más honesta y libre. El protagonismo del Mississippi no solo desde el punto de vista real, como marco y entorno de la trama, sino en su dimensión simbólica, como espacio -siempre frágil, siempre precario, siempre encerrando peligros y amenazas- de libertad, de rebeldía, de suspensión de las normas sociales y de cuestionamiento de las categorías instituidas, la propiedad, la raza, la ley. La construcción del personaje de un Jim a través del cual Twain pone en solfa la lógica esclavista del mundo que lo rodea, aunque de manera tímida y con frecuencia criticada (la caracterización de Jim ha sido interpretada, según las épocas y los analistas, tanto como estereotipo racial, como figura paternal o como noble encarnación de la dignidad humana). El conflicto racial con sus ambigüedades, reflejando el contexto del sur de Estados Unidos, con un tratamiento de la raza ciertamente controvertido desde la lógica actual (como más adelante comentaré), al cuestionar la legitimidad de la esclavitud “humanizando” a Jim y subrayando su dignidad, pero manteniendo ciertos estereotipos lingüísticos y culturales propios de su época. La doble condición del libro como relato de viajes y novela de formación, en la medida en que su eje argumental se articula sobre la navegación por el río en una travesía en la que las dificultades que los personajes han de arrostrar, las situaciones dramáticas que les acaecen, los circunstancias y los individuos, con frecuencia adversos, a los que se enfrentarán, les harán -sobre todo a Huck- reconfigurar en parte su visión del mundo, constituyendo por tanto el viaje una experiencia de desarrollo moral.
Todas estas dimensiones se recogen en el estudio introductorio a la edición de Cátedra, en el que se analizan también, en secciones muy interesantes, la figura de Mark Twain, su biografía, su época, lo que el prologuista llama su “sentimiento trágico del humor” y, sobre todo, y ya en estricta relación con su Huckleberry Finn, siete elementos básicos sobre la novela que orientan al lector en su plena intelección del libro (recuérdese mi consejo reiterado según el cual estos comentarios académicos -también los míos, pese a estar a años luz en la profundidad explicativa de los de los expertos- deberían consultarse tras la lectura del libro). Así, el profesor Coy analiza la polémica actual sobre la supuesta incorrección política de la novela; la recurrente consideración del libro como una obra infantil o juvenil; el fecundo juego entre el “sabor local” y la universalidad inconsciente que impregna la novela entera; el “aliento utópico” del viaje, con amplia tradición en la literatura norteamericana y sustancial en la peripecia de Huck; los matices lingüísticos intraducibles (con una mención, por lo demás previsible, a los paralelismos, que al lector le asaltan de continuo, entre la obra de Twain y el Lazarillo de Tormes; hay, también un vínculo, en este caso explícito, con el Quijote, en estas expresivas palabras de Huck: Yo no vi ningún diamante y así se lo dije a Tom Sawyer. Me contestó que, a pesar de todo, los había allí a carretadas; y dijo que también había árabes y elefantes y cosas. Yo le pregunté, entonces, por qué no podíamos verlos. Me contestó que, si yo no fuese tan ignorante y hubiera leído un libro llamado Don Quijote, lo sabría sin preguntarlo); la repercusión posterior de la novela, en particular en la obra maestra de Salinger, El guardián entre el centeno; y las inesperadas derivadas del sorprendente descubrimiento, ya señalado, del manuscrito original de Las aventuras de Huckleberry Finn.
La mayor parte de estos grandes ejes de análisis ya han sido anticipados por mí, siquiera de un modo sumario, en los comentarios que anteceden. Quiero detenerme ahora, con una relativa mayor amplitud en uno de ellos, a mi juicio especialmente significativo. Es el caso de la larga historia de objeciones y críticas que la novela ha vivido en estos ciento cincuenta años de existencia. Contrapone el profesor Coy algunas reacciones que se dieron tras la publicación del libro, cuando fue excluido del catálogo de algunas bibliotecas, cuando se lo calificó de inmoral, rudo, grosero e inelegante, cuando se lo proscribía por tratar de una serie de experiencias nada edificantes y cuando se lo consideraba más propio de barriobajeros que de gentes inteligentes y respetables. Louisa May Alcott, la autora de Mujercitas, llegó a escribir: Si este es el tipo de libro que Mark Twain piensa que deben leer los niños y niñas norteamericanos, mejor que deje de escribir. Sorprende entonces -o no tanto, dados los tiempos que corren- que transcurrido más de un siglo, la vieja polémica se reanude, esta vez desde planteamientos ideológicos supuestamente distintos, aunque coincidentes en su estrechez de miras, puritanismo, voluntad censoria, afán de imponer los valores propios pretiriendo los ajenos, ignorancia y, en el momento presente, anacronismo delirante. En la novela Twain utiliza de continuo el término nigger, despectivo, claramente racista y de obvia y dolorosa recepción por la población negra actual. Además, el bienintencionado Huck gasta a su compañero de aventuras más de una broma pesada y diversas jugarretas de dudoso gusto, en actitudes que, aunque de manera sutil e implícita, denotan condescendencia, un punto de superioridad y un talante algo desdeñoso; lo que no impide el que, a la vez, dé muestras constantes de compañerismo, dedicación, interés y hasta amistad hacia él, insólitas en aquel tiempo. Pretender, subraya Coy -y no puedo estar más de acuerdo-, que una novela ambientada en la América profunda de la primera mitad del siglo XIX, en un contexto en el que la esclavitud, el racismo, el atraso y la crueldad tienen su asiento, en donde todo el Mundo utiliza a todas horas no solo la palabra nigger, sino que se palpan esas características racistas e incluso inhumanas, se rija por códigos expresivos y pautas morales entonces desconocidos, reflejando una sensibilidad, imposible en aquel tiempo, ante costumbres y reglas de conducta ya superadas, es un absoluto sinsentido. Y sin embargo, la novela vuelve a estar prohibida en cientos de escuelas y universidades norteamericanas y ha sido retirada igualmente de cientos de anaqueles de bibliotecas educativas y públicas en el país de la libertad, la tolerancia y el respeto a los derechos cívicos e intelectuales. Quede aquí expuesto, una vez más, el discutible asunto de la relectura y “deconstrucción” de los clásicos desde perspectivas y siguiendo reglas de conducta de nuestro tiempo; cuestión sobre la que ya he dejado clara mi posición: negativa rotunda a la cancelación, a la reescritura, a la censura y, a la vez, necesidad de proporcionar contexto, referencias académicas, científicas (no lemas, eslóganes, dogmas reduccionistas que indican cuál es el pensamiento idóneo, la explicación correcta), para favorecer un entendimiento y una visión críticos de libros, películas, obras de arte y, en general manifestaciones culturales del pasado.
Contrariamente a lo manifestado en la emisión radiada -y en su versión para el canal de YouTube-, dejo aquí un elocuente fragmento de Las aventuras de Huckleberry Finn y una de las muchas versiones de Ol' Man River, el clásico de Kern y Hammerstein que cumplirá cien años en 2027 y que tiene al río Misisipi como protagonista. Os ofrezco la interpretación original de Paul Robeson en la película Slow Boat, dirigida por James Whale en 1936.
Decía que tener la libertad tan cerca le hacía temblar de pies a cabeza y tener fiebre. Bueno, pues puedo aseguraros que yo también temblaba de pies a cabeza y estaba febril al escucharle, porque había empezado a darme cuenta de que sí que estaba casi libre. ¿Quién tenía la culpa de ello? Pues yo. No podía quitarme eso de la conciencia de ninguna manera y en forma alguna. Empezó a preocuparme hasta el punto de no permitirme descansar; no podía estarme quieto en un sitio.
Hasta entonces no había tenido una clara idea de lo que estaba haciendo. Pero ahora sí, y no podía desterrar la idea y cada vez me quemaba más. Traté de convencerme de que no era mía la culpa, porque no fui yo quien obligó a Jim a huir de su legítima dueña, pero era inútil; mi conciencia se alzaba y decía siempre: «Pero tú sabías que huía para recobrar la libertad y podías haber ido a tierra y avisar a alguien». Eso era cierto, no podía zafarme de la idea de ninguna manera. Ahí era donde me apretaba. Mi conciencia me decía: «¿Qué te había hecho la pobre señora Watson para que pudieras dejar que su negro se escapara en sus mismísimas narices sin decir una palabra? ¿Qué te hizo esa pobre vieja para que la trataras tan ruinmente? ¡Si intentó enseñarte el libro! ¡Si intentó enseñarte modales! ¡Si intentó ser buena contigo de todas las maneras que supo! Eso fue lo que hizo».
Empecé a sentirme tan vil y tan desgraciado que casi quería morirme. Me paseaba impaciente de un lado a otro de la balsa insultándome para mi coleto, y Jim se movía de un lado para otro, con no menos impaciencia, cruzándose conmigo. Ninguno de los dos podíamos estarnos quietos. Cada vez que se volvía y gritaba «¡Ahí está Cairo!», era como si me diesen un tiro y pensaba que, si era Cairo, me iba a morir de angustia.
Videoconferencia
Mark Twain. Las aventuras de Tom Sawyer. Las aventuras de Huckleberry Finn
miércoles, 2 de septiembre de 2026
PRESENTACIÓN TEMPORADA 2026-2027. DANIEL PENNAC. COMO UNA NOVELA
Todos los libros un libro sale al aire una temporada más -la décimo séptima desde nuestros inicios en Radio Universidad de Salamanca en 2010 (antes, a partir de 2001 y a lo largo de varios años, se emitió, con un formato y un planteamiento bien distintos, en Onda Cero Salamanca)- con nuevas propuestas de lectura que selecciono siempre con criterios de calidad objetiva e interés personal.
Este nuevo curso el espacio presenta algunas novedades que afectan a los tres frentes en los que el programa se desenvuelve desde la pandemia del COVID: el radiofónico originario; este del blog, que corre en paralelo al primero; y el más reciente, el correspondiente al canal de YouTube, nacido, precisamente, tras el obligado confinamiento de 2020.
La principal de todas ellas es la ausencia de Elena Villegas como interlocutora -en la versión radiofónica y visual- de mis comentarios. Las consecuencias -no especialmente graves ni inhabilitantes- del accidente de tráfico del que fue víctima a finales del curso pasado, junto a la inminencia de su jubilación suponen que, a partir de ahora, las emisiones se lleven a cabo con mi exclusiva participación, responsable único, pues, de transmitiros mis sugerencias lectoras semanales.
Por otro lado, y dada la muy larga extensión de mis reseñas -escritas y habladas-, motivada en gran medida, por mi incapacidad de frenar mis insensatos impulsos que me llevan a contar con entusiasmo y sin mesura las muchas ideas que me surgen tras la lectura de cada libro y el muy abundante material complementario con el que preparo mis intervenciones, he decidido -en una resolución que aún estoy dilucidando y que, por lo tanto, puede estar sometida a nuevas modificaciones- fragmentar tanto los textos del blog como sus correspondientes traslaciones a la radio y al canal de vídeo.
De este modo, cada semana habrá más de una emisión del espacio, en días aún por determinar, más allá de la continuidad de la primera y ya muy habitual cita de los miércoles. Así, habrá semanas en las que -en cada uno de los tres “escaparates” del programa- aparecerán una, dos o hasta tres entregas de mis comentarios, todas ellas unidas por un vínculo común que enlazará las propuestas de la semana correspondiente. Quiero decir, por tanto, que la muy frecuente práctica, habitual hasta el curso pasado, consistente en presentar reseñas largas, de en torno a una hora de duración, se convertirá en lo sucesivo en varias entregas -que se podrán leer, ver y escuchar en fechas aún por determinar, pero siempre en la misma semana- en las que se analizarán por separado los diversos libros que, en condiciones normales, hasta ahora yo comentaba en una única emisión.
En el caso del blog y el canal de YouTube, este nuevo planteamiento supondrá la aparición de, respectivamente, una nueva entrada y un nuevo vídeo cada miércoles y, en función del número de libros presentados, también los jueves y los viernes, muy probablemente. Con respecto a la emisión radiada, y dado el proceso de reestructuración de la emisora que conlleva la ausencia -inicialmente coyuntural, pero presumiblemente definitiva, por su jubilación, de su directora, Elena Villegas- habrá que esperar unas semanas para conocer la concreción definitiva del calendario y el horario de emisión de Todos los libros un libro.
Dejo aquí ahora el vídeo del programa de presentación de la temporada en el que, aparte de comentar las novedades que acabo de mencionar, recuerdo -sobre todo para quienes no son seguidores habituales del espacio- los planteamientos, el enfoque y la estructura de Todos los libros un libro y el propósito y la intención que me mueven en mi pertinaz e ilusionada presencia ante nuestra improbable audiencia.
En él, además de estas palabras introductorias, y como no podía ser menos, dados el espíritu y la lógica del programa, dejo también la breve sugerencia de un libro (al que quizá vuelva, entonces ya de una manera más extensa, en una edición posterior del espacio) en el que, en este caso, confluyen dos de las grandes líneas de interés de nuestras emisiones: la lectura, como es obvio, y también, como suele ser frecuente en las primeras semanas de septiembre, coincidentes con el inicio de las clases en institutos y facultades, la educación (un frente, este último, el relativo a los libros que hablan de la enseñanza y del universo educativo, que reaparecerá dentro de unas fechas en el programa, con hasta cuatro títulos centrados en dicha apasionante y siempre actualísima temática). El libro elegido para esta edición inaugural de la temporada es el magnífico Como una novela, de Daniel Pennac.
Como de costumbre, dejo aquí un significativo fragmento de su texto y, como ilustración musical del espacio, la sintonía de su versión radiofónica, el precioso tema del brasileño Lucas Santtana, Mensagem de amor, uno de cuyos versos, alusivo, claro está, a los libros, dice: Los libros en la estantería ya no tienen tanta importancia. / De lo mucho que he leído, de lo poco que sé, nada me queda / a no ser las ganas de encontrarte. / El motivo ya no lo sé. / Aunque sea solo para estar a tu lado / solo para leer en tu rostro un mensaje de amor.
¿De dónde sacar tiempo para leer? Desde el momento en que uno se plantea el problema del tiempo para leer es que no tiene demasiadas ganas. Nadie tiene jamás tiempo para leer, la vida es un obstáculo permanente para la lectura. El tiempo para leer es siempre tiempo robado. El tiempo para leer, al igual que el tiempo para amar, dilata el tiempo para vivir. ¿Quién tiene tiempo de estar enamorado? Pero, ¿se ha visto alguna vez que un enamorado no encuentre tiempo para amar? La lectura es como el amor, una manera de ser. El problema es si me regalo o no la dicha de ser lector.
Videoconferencia
Daniel Pennac. Como una novela
miércoles, 24 de junio de 2026
MARGARET MITCHELL. LO QUE EL VIENTO SE LLEVÓ
Todos los libros un libro llega hoy a su última emisión por el presente curso, el 2025-2026, en lo que constituirá el cierre de nuestra decimosexta temporada; dieciséis años en los que os he ofrecido, contando el de ahora, seiscientos treinta y cinco programas con un total de mil treinta y cinco libros distintos presentados (un cómputo absurdo, de escaso valor y nula significatividad, más allá de que lo que tales desmesurados guarismos revelan sobre mi particular perseverancia, mi decidida voluntad y mi algo insensato empeño de compartir con una improbable audiencia mis recomendaciones de libros que me han interesado, seducido, apasionado o entusiasmado).
En las últimas semanas, desde mediados de abril, mis propuestas se han encuadrado en un ciclo que de modo algo pomposo -y muy poco revelador- he presentado bajo la difusa rúbrica de “literatura femenina”. Durante dos meses y medio he dejado aquí mis comentarios sobre veintiocho obras literarias -en su mayor parte novelas y todas sin excepción de extraordinaria calidad- aparecidas en otros tantos sellos literarios y escritas por mujeres (Samanta Schweblin, de la que os hablé hace siete días, repitió con dos títulos, quizá debido a la reciente obtención del controvertido y ciertamente cuantioso premio Aena). Mujeres de épocas, orígenes geográficos, idiomas, planteamientos literarios, estilos y preocupaciones temáticas diversos, coincidiendo, en esa heterogeneidad, con mis propios intereses lectores, plurales, abiertos y muy dispares y variados.
Hoy traigo al espacio una suerte de corolario o estrambote de esa serie, una sugerencia que, no prevista inicialmente como parte del ciclo, pues su elección para clausurar la temporada obedece a otra lógica ajena a la que ha hilado mis más recientes recomendaciones, se suma a él de un modo muy conveniente, ya que se trata de una novela escrita por una mujer y que ha visto la luz en una editorial, Reino de Cordelia, a la que no pertenece ninguno de las veintiocho obras hasta ahora seleccionadas, ampliando así el abanico, ya de por sí extenso, de tantos magníficos sellos que componen nuestro muy fecundo mercado editorial (integrado por tres mil empresas en total, aunque solo dos de ellas, Planeta y Penguin Random House, facturan en torno al ochenta por ciento de la producción total).
Se trata de Lo que el viento se llevó, la descomunal -en todos los sentidos-obra de Margaret Mitchell que he elegido por la inminente conmemoración, el próximo 4 de julio, ya fuera de nuestro calendario de emisiones, de los doscientos cincuenta años (aquí el ordinal -ducentésimo quincuagésimo- suena pedante y está cerca de resultar casi impronunciable) de la Independencia de los Estados Unidos. Habiendo decidido, desde hace más de un año, celebrar desde el programa el trascendental acontecimiento, le he dado muchas vueltas a cuál podría ser la obra literaria que representara, de un modo más general, más significativo y elocuente, la historia del inmenso país americano. Y han sido muchas las candidatas, como es obvio al tratarse de un tiempo, dos siglos y medio, tan vasto (aunque sea breve en términos de la Historia), y poblado, como es natural, de tantas obras relevantes. En mi búsqueda de información en distintas fuentes -académicas, literarias o meramente divulgativas- se repiten las referencias a títulos y autores como Hojas de hierba, de Walt Whithman, la poesía de Emily Dickinson, el Walden de Thoreau, los cuentos de Edgar Allan Poe, la magistral A sangre fría, de Truman Capote, con su hibridación de géneros, tan actual; entre otras. Ciñéndome al territorio novelesco y entre los clásicos, hay una casi general coincidencia en mencionar como “la gran novela americana” a Herman Melville y su Moby Dick, El gran Gatsby de Scott Fitzgerald, Las uvas de la ira de John Steinbeck, el Mientras agonizo de Faulkner (también El ruido y la furia), El guardián entre el centeno, de Salinger, En el camino, de Jack Kerouac; o Adiós a las armas, de Hemingway. Varios de estos libros han aparecido en nuestro espacio, como lo hará, el curso que viene, otra de las novelas reiteradamente citada, el Huckleberry Finn, de Mark Twain. Son decenas los candidatos si ampliamos el foco a títulos de los últimos cincuenta años, con nombres indiscutibles como la monumental A merced de una corriente salvaje, de Henry Roth, Pastoral americana o La gran novela americana, de Philip Roth o autores como Bellow, Updike, Toni Morrison, Chimamanda Ngozi Adichie y su Americanah, Lucia Berlin, Cormac Mc Carthy, Joan Didion, Colson Whitehead, John Williams, Jonathan Franzen, en un repertorio que admite infinidad de variantes de difícil jerarquización.
Mi elección de Lo que el viento se llevó se debe, no obstante, a un cúmulo de razones de distinta entidad. En primer lugar, porque concentra en su trama al menos seis elementos nucleares en la conformación de la sociedad norteamericana en sus doscientos cincuenta años de existencia: la guerra, el capitalismo, la cuestión racial, la lucha por la supervivencia, el individualismo y la voluntad de permanente reinvención, aspectos todos que espero poder desarrollar más adelante. En segundo lugar, porque se trata, es obvio, de una obra clásica indiscutible, que alcanzó su condición de leyenda tras su trasvase a la gran pantalla (pero ya antes, en el primer año desde su publicación, logró vender, y solo en su país, 1.375.000 ejemplares, manteniéndose desde entonces como un persistente long-seller). Porque representa, además, si bien de un modo polémico, como luego veremos, una etapa decisiva del devenir histórico de la sociedad norteamericana, la Guerra de Secesión, que entre 1861 y 1865 dividió en dos al país. En cuarto lugar, porque resulta controvertida y hoy hasta heterodoxa, partiendo de la adscripción ideológica de la autora, de lo sesgado de su planteamiento sobre el conflicto Norte/Sur y del benevolente reflejo que en ella se hace de la esclavitud y la discriminación racial; y ello, que podría parecer un inconveniente, al provocar rechazo, por su anacronismo, en un lector actual resulta sin embargo interesante porque permite la reflexión sobre el necesario y sugestivo debate en torno a la revisión del pasado desde los postulados actuales y otros temas anexos: la cancelación de lo que hoy nos parece “heterodoxo”, la relectura crítica de las obras artísticas “inconvenientes”, los excesos de la corrección política, entre otros. A todo ello se suma un argumento sustancial: Lo que el viento se llevó es, por encima de todo, una gran novela; y lo es porque conjuga la anécdota local con la epopeya nacional; porque describe como pocas el hundimiento de una sociedad, de una cultura, en cierto modo de una civilización; porque ilustra de manera magnífica la lucha por la supervivencia que caracteriza la trayectoria histórica de los Estados Unidos, desde la llegada de los peregrinos del Mayflower y la arriesgada aventura de los pioneros; porque creó un mito cultural -el Sur de leyenda, ejemplificado en Tara, las plantaciones, Atlanta en llamas, Mammy, Rhett Butler- que forma parte ya del imaginario colectivo de su país; porque construye un personaje, el de Scarlett O’Hara, memorable; por la intensa, compleja y poco convencional historia de amor entre Scarlett y Rhett; porque refleja de un modo muy sugerente, nada maniqueo y alejado de apriorismos las contradicciones de la sociedad norteamericana, mostrando desde una perspectiva moralmente cuestionable -al menos desde los parámetros de hoy día- los diversos ángulos de una realidad histórica hecha de tensiones y conflictos culturales e ideológicos; porque combina de modo magistral la ambición literaria y el “tirón” popular; por su brillante acomodo a la tradición realista decimonónica, con su inagotable potencia narrativa, su indesmayable ritmo, la presencia de un narrador omnisciente, las amplias descripciones, la construcción detallada de escenarios, el minucioso desarrollo psicológico de los personajes, el lenguaje fluido, la relevancia del diálogo y la caracterización indirecta, la formidable capacidad de su autora para encadenar de manera adictiva escenas íntimas, secuencias bélicas, tensiones económicas, humor, diálogos brillantes, grandes golpes melodramáticos, sin perder cohesión, manteniendo la intensidad y la energía del relato durante más de ochocientas páginas (más de mil en las ediciones convencionales, sin los tan ajustados límites tipográficos como los que encontramos en la edición de Reino de Cordelia); y porque, en fin, trasciende su temática local y nacional para ofrecer un acercamiento muy atractivo a algunos grandes temas universales: el paso del tiempo, la pérdida, la desaparición de un mundo conocido y de los cimientos que lo sostienen, la estabilidad y el cambio, el papel social de la mujer, la identidad y el sentido de pertenencia, la lucha por la vida, el amor y la amistad, entre otros muchos. De cada uno de estos grandes frentes de la novela me ocuparé con algo más de detalle en el curso de esta reseña.
En otro orden de cosas -más coyuntural podríamos decir-, mi elección se sustenta, además, en dos razones menores pero también apreciables. La belleza de la relativamente reciente edición de Reino de Cordelia (publicada en octubre de 2022), magnífica, formalmente brillante, con tapas duras, papel reciclable de densa textura, cinta marcapáginas, espléndidas ilustraciones de Fernando Vicente (con su discutible opción -hay en mí razones contrapuestas sobre el asunto- de mantener como referencia las imágenes ya ancladas en nuestra memoria de los actores y actrices de la versión cinematográfica del libro: Vivien Leigh, Clark Gable, Olivia de Havilland, Leslie Howard y hasta Hattie McDaniel o el gran Thomas Mitchell) y traducción de la muy competente Susana Carral, habitual en el sello. Y, por otro lado, sus 816 páginas de letra reducida (once puntos), apretada (interlineado simple) en una maquetación densa, con cerca de setecientas palabras por página, aunque permite la lectura cómoda, y que hacen del libro una alternativa lectora especialmente recomendable para estas vacaciones veraniegas de largos días de ocio, tan propicios para abismarse en la intensa -y extensa- historia que nos presenta Margaret Mitchell. (Un breve inciso sobre una cuestión no menor, el precio. La excelencia de la edición se corresponde con los sustanciosos setenta euros que hay que pagar por su adquisición; pero no se compra solo un texto -aunque ello sea lo fundamental- sino un objeto en sí valioso y de extraordinaria belleza.)
La primera y relativamente temprana versión española del libro apareció en 1943 en el sello Ediciones Aymá con la traducción clásica de Juan G. (González-Blanco) de Luaces y Julio Gómez de la Serna, hermano del afamado Ramón de las greguerías. El éxito de ventas llevó a la editorial a preparar una segunda edición, censurada, sin embargo, durante casi un año, hasta 1944, en que, por fin, pudo ver la luz. Desde esa fecha se multiplicaron las reediciones, siendo hoy la más popular y más leída de todas ellas (antes de la novedosa de Reino de Cordelia) la de Ediciones B, que yo tengo en una publicación de 1991 y que mantiene la traducción originaria. Debo consignar que ante la imposibilidad de conseguir la versión digital del texto traducido por Susana Carral (más allá de las setenta primeras páginas, que la editorial ofrece gratuitamente; mi directa solicitud de adquirir el resto no fue siquiera respondida), las citas literales que introduzco en la reseña proceden de la más añeja -y sus anacronismos son claramente perceptibles- de Gómez de la Serna y de Luaces. A modo de ejemplo significativo, dejo aquí las dos diferentes traslaciones de un breve texto de la primera página de la novela, cuya confrontación permite, de un modo general, reflexionar, una vez más, acerca de la importancia del traductor en nuestra lectura de una obra escrita en un idioma que desconocemos y, por otro lado y más en particular, apreciar las muy evidentes diferencias de estilo (y no solo: ¿la escena se desarrolla una mañana o una luminosa tarde?) entre dos versiones separadas por ocho décadas.
Sentada con Stuart y Brent Tarleton a la fresca sombra del porche de Tara, la plantación de su padre, aquella mañana de abril de 1861, la joven ofrecía una imagen linda y atrayente. (Juan G. de Luaces y Julio Gómez de la Serna)
Esa luminosa tarde de abril de 1861, sentada con Stuart y Brent Tarleton a la fresca sombra del porche de Tara, la plantación de su padre, estaba preciosa. (Susana Carral)
Margaret Mitchell, nacida en Atlanta, capital de la sureña Georgia (eje sustancial del libro), en 1900 y fallecida prematuramente en 1949, a causa de las lesiones sufridas cinco días antes, cuando fue atropellada, de camino al cine al que acudía con su marido, por un taxista borracho fuera de servicio, fue periodista y autora de esta única novela, con la que obtuvo el Premio Pulitzer y, lo que es más importante, se garantizó su eterna presencia en el panteón de grandes nombres de la historia de la literatura. Lo que el viento se llevó se gestó, según la nota de la editorial, hace ahora cien años, en 1926, en una etapa de su vida en que, a causa de una larga baja laboral, Mitchell se concentró en escribir su voluminosa historia. Tardó diez años en concluirla, publicándose, con gran éxito de ventas, en 1936. Ambos aniversarios, los noventa años de su aparición y los redondos cien del inicio de su redacción, son otros de los motivos de que yo haya elegido ahora el libro como cierre de la presente temporada de Todos los libros un libro.
Quiero recordar, antes de adentrarme en el análisis de la novela, que hace cerca de cuatro años, en septiembre de 2022, presenté aquí el libro monográfico de José Luis Garci sobre la versión cinematográfica de la obra de Mitchell, que apareció con el muy elocuente título de Lo que el viento se llevó. Un recuerdo, un comentario; un libro organizado, a grandes rasgos, en torno a esos dos ejes que se anticipan en el título: el recuerdo personal, íntimo, de la primera vez en la que el director se acercó, con arrobo aunque de modo muy parcial, al clásico hollywoodiense, y el comentario, más “objetivo”, de las singularidades artísticas y técnicas del monumental filme. Os aconsejo su lectura -y el visionado de la película- como magníficos complementos a la “aventura” que supone adentrarse en la novela de la escritora de Atlanta.
Como de costumbre, resulta muy difícil dar cuenta del argumento de una obra tan voluminosa. Además, últimamente, más de un seguidor del espacio se queja de que, en mi afán de presentar de modo sugestivo los libros que comento, de despertar el interés por su lectura en las avanzadillas de sus tramas que normalmente aporto, las destripo y desvelo información demasiado relevante que hubiera debido permanecer oculta para no privar al lector del placer de su descubrimiento. No creo que sea así, o al menos no en una medida inconveniente. Más allá de mi ciertamente incontrolable verbosidad, sigo considerando necesario que una reseña de este tipo, que no quiere ser un mero apunte informativo sino que se pretende extensa, detallada, con una cierta voluntad de profundizar en las distintas vertientes a las que se abre un libro, pueda presentarse obviando determinadas notas sobre personajes, escenarios, contexto histórico y frentes a los que apunta su línea argumental. Por otro lado, y me refiero ya al libro que nos ocupa, la cuestión resulta menos relevante en un caso como el dela novela de Mitchell, cuya popularización cinematográfica, su emisión reiterada en las pantallas televisivas y su condición de mito cultural hacen que los principales elementos de la novela sean bien conocidos y sin riesgo, por tanto, de desvelamientos inoportunos.
Lo que el viento se llevó es, en una de las varias posibles sinopsis argumentales, una vasta novela de formación, supervivencia y transformación histórica ambientada en el Sur de los Estados Unidos durante la Guerra de Secesión y los posteriores y difíciles años de la Reconstrucción (que, tras la derrota sureña en la guerra, puso fin al nacionalismo confederado y, al menos oficialmente, a la práctica de la esclavitud), en un arco temporal -algo más corto en la obra literaria que en el período histórico- que abarca desde 1861 a 1873 aproximadamente. La novela se divide en cinco grandes partes, con un total de sesenta y tres capítulos desigualmente repartidos. La protagonista absoluta es Scarlett O'Hara, hija de Gerald O’Hara, un terrateniente irlandés establecido en Georgia, y de una madre sureña, Ellen Robillard, de ascendencia francesa; personajes muy diferentes que dejan, sin embargo, una notable impronta en la personalidad de la muchacha. Scarlett aparece inicialmente como una joven caprichosa, soberbia, vanidosa y extraordinariamente consciente de su belleza y su capacidad de seducción (Gerald presumía de que era la reina de la belleza de cinco condados, y algo de razón tenía, porque había recibido propuestas de matrimonio de casi todos los jóvenes de la zona y algunos de lugares tan apartados como Atlanta y Savannah). Una niñita de apenas dieciséis años, engreída, frívola, poco simpática, egoísta (Era incapaz, por naturaleza, de soportar que cualquier hombre se enamorara de otra mujer que no fuese ella y el hecho de ver a India Wilkes con Stuart durante aquel discurso había sido demasiado para su carácter depredador), que, educada en el arte y la gracia de resultar atractiva a los hombres, ha logrado descollar entre todas las chicas de su entorno en las enseñanzas de esa básica formación: no había joven en el condado que bailase con más elegancia que ella. Sabía sonreír para que sus hoyuelos se marcasen, caminar con las puntas de los pies hacia dentro para que sus amplias faldas con miriñaque se balancearan de forma cautivadora, mirar a un hombre a la cara y luego bajar la mirada y pestañear con rapidez para que pareciera que temblaba de tierna emoción. Sobre todo, sabía ocultarles a los hombres la aguda inteligencia que escondía un rostro tan dulce e inocente como el de un bebé. [Dejo una muestra más de la hoy ilegible traducción de Gómez de la Serna y de Luaces: no le era posible soportar mucho rato una conversación de la que ella no fuese el tema principal. Pero sonreía al hablar y, con estudiado gesto, hacía más señalados los hoyuelos de sus mejillas, y agitaba sus negras y afiladas pestañas tan rápidamente como sus alas las mariposas. Los muchachos estaban entusiasmados, como ella quería que estuviesen; como se ve, en apariencia estamos ante dos libros distintos]. Vive en la plantación familiar de Tara, cercana a Atlanta, en un universo, cuya riqueza y prosperidad se sostienen por el trabajo de las decenas de esclavos negros y que resulta acorde con sus inclinaciones y su propósito vital, de bailes, visitas, rituales sociales y aparente estabilidad. Sin embargo, pese a esta ostensible superficialidad, desde su presentación en las primeras páginas del libro vemos en ella inteligencia, independencia, fuerza de voluntad y una poderosa energía que la sitúan, también en este dominio, no solo en el del atractivo físico, muy por encima del resto de las jóvenes de su círculo. Es pragmática, ferozmente competitiva y mucho menos sentimental de lo que exige el ideal femenino sureño. La inminencia de la guerra -que provoca la ingenua e irresponsable excitación de sus jovencísimos admiradores, deseosos, en su inconsciencia, por hacerse con un historial heroico- a ella le resulta indiferente, obsesionada por sus infantiles juegos románticos y por el amor que siente -o cree sentir, en su torpe ligereza- por Ashley Wilkes, un joven refinado y melancólico, heredero de la aristocracia refinada del Sur, y que vive encerrado en un mundo propio completamente incapaz de comprender la inminencia de la guerra y totalmente alejado en sus planteamientos vitales de las banales preocupaciones de la chica (Era tan competente como los demás jóvenes en las distracciones comunes en el condado —la caza, el juego, el baile y la política— y era el mejor jinete de todos, pero difería de los otros en que esas actividades agradables no representaban para él ni el fin ni el propósito de su vida. Además, era el único que se interesaba por los libros, la música y por escribir poesía). Casi al inicio de la novela -pongo la venda antes de la herida en relación con las posibles recriminaciones de “destripe”- Scarlett descubre que Ashley va a casarse con Melanie Hamilton, una joven bondadosa y serena, opuesta a ella en carácter. Herida en su orgullo y en sus ilusiones, Scarlett tomará -como tantas otras veces en distintos episodios de la obra- decisiones impulsivas que van a condicionar toda su vida posterior. También en un pasaje inicial, célebre sobre todo a partir de la escena cinematográfica en que se representa, aparece Rhett Butler, un hombre atractivo, un aventurero cínico, muy inteligente, provocador y hasta escandaloso para los rígidos códigos morales de la época y del encorsetado entorno del Sur. Desde su primer y turbador encuentro Rhett comprende a Scarlett al reconocer en ella la misma mezcla de egoísmo, vitalidad y lucidez que lo define a él. Entre ambos se establece una relación marcada por la atracción y un poderoso magnetismo mutuo -no siempre abiertamente explícito-, por la rivalidad y, sobre todo, por la incapacidad de confesarse sinceramente los sentimientos y su corolario, su ocultación y disimulo bajo una capa de sarcasmos, rechazos, provocaciones y desprecios.
La brusca irrupción de la guerra cambia el tono del relato, que abandona esa dimensión de comedia social y recreación de la algo insustancial cotidianidad de Tara que definía la primera parte de la novela, para convertirse en una crónica histórica impregnada de la terrible realidad del enfrentamiento civil. La Guerra de Secesión destruye progresivamente el mundo protegido, plácido y estable de los personajes. Los jóvenes marchan al frente, se suceden las noticias de derrotas, de muertos, de desaparecidos. Las vicisitudes bélicas, las discrepancias políticas, la incertidumbre de la existencia pueblan las conversaciones de las mujeres y los pocos hombres que no han sido movilizados. La novela describe aquí, con enorme minuciosidad, la descomposición material y psicológica del Sur: los hospitales improvisados, los soldados heridos, la escasez, el hambre, la devastadora inflación, el agotamiento físico y el derrumbe de la estabilidad y la certezas del pasado en un clima de ansiedad colectiva. La trayectoria vital de los personajes corre entonces en paralelo a los principales hitos del enfrentamiento civil aportando al libro una valiosa componente histórica y casi documental. El lector asiste así, como telón de fondo o imbricados más estrechamente en la acción novelesca, a episodios como la caída del Fort Sumter en abril de 1861, el mes en que se inicia la novela; la fiebre de alistamientos; el importante papel estratégico de Atlanta de cara al devenir de la guerra; la Proclamación de Emancipación dictada por Abraham Lincoln, que libera a los esclavos en los estados rebeldes como medida de guerra; el asalto de Atlanta por el Ejército del Norte liderado por Sherman, tristemente célebre por imponer en la región su política de “tierra arrasada”; la caída de Atlanta el 1 de septiembre de 1864, con la quema de depósitos y, luego, la destrucción sistemática de la ciudad; la consiguiente devastación económica y social del campo georgiano tras el colapso del sistema de plantaciones dependiente de la esclavitud; la Marcha al Mar de Sherman desde Atlanta a Savannah, aniquilando las infraestructuras confederadas, sobre todo el ferrocarril, en Georgia; la rendición confederada y la reconstrucción temprana del estado, con los nuevos marcos políticos impulsados por el Norte, la polémica concesión del voto a los esclavos liberados y las restricciones de sus derechos civiles a miembros destacados de la derrotada Confederación; la violencia paramilitar y el surgimiento y la expansión del Ku Klux Klan como reacción al sometimiento sureño; la progresiva normalización de la vida económica, política y social en los estados perdedores de la guerra.
En ese contexto Mitchell sitúa a su protagonista, en la que aflora una indesmayable voluntad de supervivencia. La algo remilgada señorita sureña se verá obligada, a causa de la dolorosa -y en muchos casos brutal- experiencia de la guerra, a asumir responsabilidades que hacen de ella -fuerte, dura, tenaz, perseverante, voluntariosa, resistente (resiliente, diríamos hoy), despiadada incluso- una figura alejada de los estereotipos femeninos de la época y de ese Sur extremadamente tradicional y reaccionario. Esta sección de la novela tiene su punto álgido en la caída de Atlanta y la inminente derrota confederada. La novela presenta una ciudad colapsada por el avance del ejército de la Unión, el caos de las evacuaciones y los incendios que acompañan la campaña del general Sherman. Las escenas que describe Mitchell alcanzan una dimensión casi apocalíptica, con las calles llenas de heridos, los edificios ardiendo, las caravanas de familias desesperadas que huyen hacia el campo, en unas estampas memorables, también en la versión cinematográfica (inolvidable el descomunal movimiento de cámara en la escena de la estación, un largo plano secuencia filmado con una grúa gigante que se alzaba 40 metros y un brazo que se extendía 25, con miles de extras y maniquíes.)
El precario refugio de la joven en Tara, con la plantación profundamente arruinada, supone un punto de inflexión en la vida y en el desarrollo de la personalidad de Scarlett, consciente de que su mundo y su antiguo modo de vida han desaparecido para siempre. Pertrechada, tan solo, de su energía, de su tenacidad, de su férrea voluntad, de su determinación (es aquí cuando presenciamos la famosa escena, de extraordinario valor simbólico, del juramento -A Dios pongo por testigo de que jamás volveré a pasar hambre-, esa legendaria línea de texto que asociamos para siempre a la película), también de su falta de escrúpulos, de su algo laxa conciencia, de su capacidad, nada empática, para hacer prevalecer sus intereses por encima de afectos y sentimientos, y de su radical indiferencia frente a la presión social y el qué dirán, Scarlett luchará por reconstruir su posición económica y conservar su tierra (esa tierra de alto valor simbólico en el libro, húmeda y hambrienta, fértil, fecunda, rojiza, perlada de las blancas nubes del algodón, un mar rojo y violento, un mar de olas en espiral, curvas, onduladas, petrificadas de repente en el momento en que el extremo rosado de la ola rompía y formaba espuma), esa tierra que la sangre irlandesa de su padre la ha llevado a respetar (La tierra es lo único importante en el mundo (…) porque es lo único que dura, ¡no lo olvides nunca! Es lo único por lo que merece la pena trabajar, luchar o morir, le dirá, enfático, su progenitor).
La cuarta parte de la novela se centra en la Reconstrucción, cuando un Sur derrotado en la guerra debe redefinirse política y económicamente. Mitchell muestra una sociedad llena de resentimiento, pobreza y nostalgia. Muchos antiguos aristócratas -arruinados, con sus plantaciones devastadas y sin apenas mano de obra disponible a causa de la liberación de los esclavos- son incapaces de adaptarse al nuevo orden y malviven refugiados en el recuerdo del pasado. Otros, los menos, intentarán salir adelante, subsistiendo en empleos precarios e indignos para su clase o iniciando, desde un conformismo realista, nuevos proyectos vitales, que aceptan pese a estar muy alejados, en su modestia, de su riqueza anterior. Scarlett no solo se adaptará a ese nuevo status quo plegándose a las emergentes reglas políticas, económicas y sociales que marca el Norte ganador (y que son las de un capitalismo incipiente que está en la base de la sociedad norteamericana de nuestros días), sino que las llevará al extremo, de manera resuelta y decidida, independiente, egoísta y hasta implacable y brutal (despiadado, fue el adjetivo que antes empleé para definirla). Corren así en paralelo la convulsa reestructuración de la colectividad y la no menos intensa, esforzada, combativa, insensible, ferozmente pragmática, resuelta y desprejuiciada “reformulación” personal de una Scarlett madre por partida doble, obsesionada por el dinero y convertida en empresaria y administradora de negocios. Una mujer, aún joven (al término de la obra no ha llegado aún a los treinta años), que desafía continuamente las convenciones sociales que dictaban cómo debía comportarse una dama sureña y que abandona y hasta pisotea abiertamente los viejos principios de su entorno familiar y social, en una evolución exitosa en lo material, pero degradante y devastadora en lo íntimo, espiritual y moral.
En la quinta y última sección del libro, que no puedo detallar para no revelar algunos de sus elementos más concretos y específicos, y por tanto de más fácil simplificación en una frase, un dato o una información particulares, la novela se desarrolla en torno a la relación -presente de manera continua en los capítulos precedentes pero que ahora se expande ocupando el centro de este postrero apartado- entre Scarlett y Rhett, siempre teñida por el recuerdo idealizado de Ashley Wilkes, que también ha impregnado la obra entera. Tragedias familiares, crisis personales, errores, malentendidos y tensiones emocionales, exaltación y dramatismo, cruzan un texto en el que la historia colectiva, sin perder su condición de marco espacio-temporal y de primordial centro de interés del libro, cede protagonismo frente al plano íntimo que refleja la evolución psicológica, personal y moral de su personaje principal.
La construcción de este personaje es, precisamente, uno de los aspectos más destacados de la novela y casi un siglo después de su creación, una de las razones fundamentales de la vigencia y la actualidad del libro. Scarlett O’Hara, con sus exasperantes contradicciones, pasa por ser uno de los caracteres femeninos más complejos de la narrativa norteamericana del siglo XX. No es una heroína en sentido moral, ya que es manipuladora, ambiciosa, calculadora, capaz de mentir y utilizar sin recato a quienes la rodean para la obtención de sus fines, capaz de hacer negocios con sus enemigos si ello le conviene, capaz de casarse con alguien a quien desprecia por mera conveniencia, capaz, en fin, de “robar” un pretendiente a su misma hermana; actitudes todas que provocan la constante e irritada desaprobación del lector Sin embargo, a la vez, ese mismo lector no puede por menos que apreciarla y caer fascinado por su energía y su negativa a rendirse, por su coraje vital, por su profunda comprensión del cambio que está experimentando su mundo y por su decidida voluntad de tomar las riendas de su vida sobreponiéndose a la adversidad, engañando, sí, en los negocios, explotando, también, a unos y otros, maniobrando, igualmente, y utilizando incluso a sus allegados más cercanos para alcanzar sus objetivos, pero actuando, con decisión, con pragmatismo, ajena al conformismo paralizador de las demás recatadas damiselas del Sur, atadas a sus prejuicios, a sus convenciones, a sus ya anacrónicas y obsoletas reglas de conducta. Scarlett es contradictoria porque, por un lado, acepta las manifestaciones externas del rol social femenino de la época -el coqueteo, la frivolidad, los protocolos del más superficial galanteo, las consabidas “armas de mujer” para conseguir captar la atención, interesar y doblegar a los hombres, la persistencia en la idealizada fantasía romántica encarnada en Ashley Wilkes-, pero, por otro, se muestra segura, decidida, dueña de una elogiable inteligencia práctica, dominadora, empeñada en sobrevivir a cualquier precio, incluyendo la crítica y el desprestigio social que para ella supone la asunción de posiciones y actitudes claramente masculinas para aquel tiempo (y en cierta medida, también para el nuestro). Una mujer del añejo Sur, de la que su familia, su entorno, el entero marco social espera el sumiso sometimiento a un marido, la entrega a las tareas del hogar familiar, la reclusión en los oscuros ceremoniales y los insulsos formalismos de una sociedad pacata, opta abiertamente, sin embargo, por desprenderse de ese lastre castrador, indiferente al decoro, y se atreve a dirigir empresas, gestionar recursos, negociar contratos, tomar decisiones financieras y competir de tú a tú con hombres a los que, en más de una ocasión, tiene a su servicio. La actualidad del personaje no viene dada por un feminismo adelantado a su tiempo, pues no hay propósito, convicción, ni mucho menos ideología en su postura vital; pero sí estamos -desde este punto de vista- ante una mujer moderna, centrada en sus objetivos y que ignora las limitaciones externas que le impiden la consecución sus logros.
Me interesa subrayar, en paralelo a esta dimensión proto o seudo feminista del libro, los dos modelos de masculinidad que encarnan Ashley Wilkes y Rhett Butler, en otra de las líneas sustanciales de la obra. Wilkes simboliza el viejo Sur: refinado, culto, elegante, inteligente y, en apariencia sensible. Pero en la confrontación con la adversidad se revela su condición de hombre débil, pusilánime, conformista, timorato. Su fragilidad moral y práctica queda expuesta durante la guerra y la Reconstrucción, cuando demuestra lucidez para comprender el derrumbe de su mundo, la magnitud de la catástrofe que los acecha, pero también incapacidad para reaccionar, falta de energía, de “practicidad”, pasividad e indecisión para salir a flote tras el naufragio. Ashley es una reliquia del pasado, que vive anclado en un melancólico duelo por una realidad que ya no existe. Su figura inspira, simultáneamente, una cierta ternura por su doliente idealismo, su anticuado sentido del honor, su rígida ética aristocrática, su padecimiento silencioso, su fragilidad, su trágico fracaso vital (que es, simbólicamente, el del viejo Sur); y una más que notable irritación a causa de su inacción, su debilidad psicológica, su falta de iniciativa, su apocamiento, su, en el fondo, cobardía vital.
Por el contrario, Rhett Butler opera como símbolo del espíritu moderno. Si Ashley Wilkes representa la nostalgia de un mundo desaparecido, Rhett encarna la adaptación, el realismo y la supervivencia. Escéptico respecto a la guerra, crítico con el orgullo sureño, consciente de la derrota antes que nadie, Rhett vive fuera de las convenciones sociales. Su cinismo, su aparente ausencia de valores, son, en realidad, lucidez histórica e inteligente, aunque cuestionable, escepticismo moral. Comprende que el Sur ha construido una mitología sobre sí mismo que no resiste el contacto con la realidad. En el plano psicológico se nos muestra como orgulloso, individualista, extremadamente independiente, desapegado, despreciando el reconocimiento y el confortable calor del respaldo social. Es un outsider, pero también un hombre práctico y emprendedor. Escéptico respecto a las jerarquías tradicionales participa, sin embargo, en el juego social, dispuesto a aprovecharse y prosperar en una sociedad basada en el cambio y la movilidad económica.
Así, la tensión amorosa entre Ashley y Rhett (cuya resolución por parte de Scarlett, obviamente, no desvelaré), no es solo romántica, sino también simbólica: pasado frente a futuro; idealismo frente a pragmatismo realista; honor heredado frente a mérito personal; sentido del deber frente a capacidad de actuación; masculinidad caballerosa basada en códigos morales frente a virilidad resolutiva vinculada a la acción, la energía, la decisión, la iniciativa y el riesgo; sensibilidad pasiva frente a voluntad de poder y complacencia en su ejercicio; emotividad frente a fuerza; fragilidad frente a resistencia; estabilidad frente a reinvención; cultura, introspección, mundo espiritual frente a fortaleza, capacidad de adaptación, eficacia, resolución y dinamismo vital. Pero este múltiple juego de dualismos no opera de un modo esquemático, cerrado y simplista. Lo más interesante de su planteamiento novelesco es que la autora provoca en el lector la ambigüedad de pensamientos y emociones, pues ni ensalza ni destruye completamente ninguno de los dos modelos, en una cierta indeterminación que no es relativismo ni equidistancia sino, por el contrario, conocimiento realista y reflejo lúcido de la complejidad del alma humana. En este sentido, Ashley conserva una dignidad moral que Rhett admira secretamente, mientras que Rhett posee una vitalidad y una lucidez que Ashley nunca alcanzará. La novela sugiere sin maniqueísmo, al menos en mi particular lectura, que ambos representan cualidades valiosas, aunque la historia acaba por favorecer inevitablemente a uno de ellos. El mundo que sobrevive después de la guerra ya no es el de Ashley Wilkes, es el de Rhett Butler. Y esa “victoria”, esa transición -del caballero al superviviente, del idealista al pragmático-, tiene también su reflejo en el debate actual sobre la masculinidad y constituye por ello otra de las razones para la vigencia del libro y para su lectura fecunda en nuestros días.
Aparte de la grandeza literaria del personaje de Scarlett, la detallada descripción de los episodios históricos y la plural representación de la masculinidad a través de las figuras -opuestas pero en cierto modo complementarias- de Rhett y Ashley, la novela interesa también por mostrar un retrato de la época y de la sociedad sureña no solo, aunque sea trascendental, en el muy relevante marco que impone la guerra, sino también en las costumbres, los valores, el panorama político, económico y social que dibuja las vivencias de los personajes. Lo que el viento se llevó desarrolla también un amplio y muy coral retrato de la sociedad sureña: los bailes y las diversiones sociales; las visitas, invitaciones y encuentros como forma primordial de relación y sociabilidad; las reglas de la hospitalidad manifestadas en comidas y cenas formales en las que la abundancia de alimentos opera como signo visible de prosperidad y estatus; la familia extensa como clan, que no se cierra en el núcleo de padres e hijos sino que se abre a un red de parientes imbricados; el asfixiante peso del “qué dirán”, de la opinión pública, la vigilancia constante de la reputación; el matrimonio como institución económica, con bodas que se hacen y deshacen sobre la base de la posición social, siendo las propiedades y la situación financiera los elementos que fundamentan las alianzas económicas y familiares (No importa con quien te cases, siempre que él opine como tú, sea un caballero, del sur y orgulloso. Para la mujer, el amor llega después de la boda); el cortejo reglamentado, las relaciones amorosas sujetas a normas muy estrictas y los encuentros realizados bajo la estricta supervisión social y familiar; la educación sentimental de las mujeres, a las que se prepara para convertirse en el ideal femenino dominante, el arquetipo de la “dama sureña”, elegantes, discretas, religiosas, generosas y emocionalmente contenidas, esposas respetables entregadas a la administración de su hogar, para lo cual aprendían modales, conversación, música y comportamiento social más que conocimientos académicos avanzados (Antes de casarse, las jóvenes debían ser, por encima de todo, dulces, discretas, hermosas y ornamentales, pero tras la boda se esperaba de ellas que manejaran hogares que albergaban cien personas o más, blancas y negras, y para eso se las educaba); la compleja administración doméstica que suponía la supervisión de cocinas, almacenes, ropa, cuidados médicos básicos y organización del servicio doméstico; la división sexual de los roles, con los hombres ocupándose de la política, la guerra y los negocios públicos y las mujeres del ámbito hogareño y social (con Scarlett, una vez más, rechazando su papel prestablecido y desafiando una y otra vez tal separación); la religión como práctica cotidiana, la asistencia a la iglesia, las referencias bíblicas, la observancia de ciertas normas morales; la importancia de la tierra que, más allá de ser una propiedad con valor económico, representa la identidad, la estabilidad familiar y la continuidad generacional (de ahí la relevancia -real y simbólica- de Tara, que el conocido y ya mencionado parlamento de Scarlett refleja); la vida en las pequeñas comunidades rurales, donde todos se conocen, las vidas de unos afectan a las de los otros, circulan los rumores e impera la presión social; y, tras la guerra, la adaptación a nuevos hábitos impuestos por las transformaciones sociales: familias arruinadas; mujeres obligadas a trabajar por primera vez; hombres que emprenden pequeños negocios -una panadería, una empresa maderera-; gentes que se enfrentan a problemas hasta entonces inexistentes y, que, en una época de escasez, tienen que luchar por conseguir alimentos, ropa, combustible; antiguos soldados incapaces de readaptarse a la derrota y, en muchos casos, a su invalidez; especuladores enriquecidos con la guerra; tensiones políticas derivadas de la emancipación de los esclavos, con una presencia -menor pero relevante- de los inicuos rituales del Ku Klux Klan.
Y en esta representación del “clima” de la sociedad sureña en aquellos años convulsos hay dos elementos de esa realidad cuyo enfoque por parte de Margaret Mitchell resultan, desde una lectura actual, anacrónicos, controvertidos, discutibles y cuestionables, necesitados pues de debate y reflexión (nunca, a mi juicio, de una absurda, disparatada cancelación): la visión idealizada, romántica de un “Viejo Sur” que refleja un enfoque de parte, coincidente con el de los blancos sureños derrotados; y la presentación benevolente y paternalista de la esclavitud y el clasismo que categoriza y jerarquiza a las personas en función de su raza, pero también de su condición social y económica (llamativa, en este sentido, la presencia de los white trash, la basura blanca, objeto del desprecio de los blancos acomodados y también de los negros que los sirven; como en el significativo caso de los Slattery: Slattery odiaba a sus vecinos con la poca energía que tenía porque detectaba desprecio bajo sus modales corteses, pero en especial odiaba a los «arrogantes negros de los ricos». Los negros domésticos del condado se consideraban superiores a la basura blanca y su evidente desprecio lo molestaba, mientras que su posición en la vida, más segura que la suya, despertaba su envidia. En contraste con su miserable existencia, ellos estaban bien alimentados, bien vestidos y bien cuidados en la enfermedad y la vejez. Se enorgullecían de la buena fama de sus propietarios y, en su mayor parte, también de pertenecer a gente con clase, mientras que a él lo despreciaban). Dejo un par de apuntes de cada uno de estos rasgos para poner fin con ellos a la reseña.
Así, en primer lugar, uno de los aspectos más debatidos de la novela es su representación del Sur esclavista. Lo que el viento se llevó participa, y ello es notorio en todo momento para el lector, del imaginario de la llamada “Causa Perdida”, una interpretación nostálgica del pasado confederado que comenzó a consolidarse tras la derrota sureña de 1865. Se trata de una recreación romántica de la Confederación que poetiza y sublima el "honor sureño" frente a los supuestos excesos, injusticias y depredaciones del Norte vencedor, y que minimiza el papel central de la esclavitud, presentando la Reconstrucción desde el punto de vista, los planteamientos y hasta la sentimentalidad y las emociones de los blancos sureños derrotados. Ese Sur mitificado se nos muestra como una suerte de paraíso perdido, un hito histórico de la civilización, un símbolo excelso de una forma de vida basada en la tierra, la familia, las tradiciones y una jerarquía social aparentemente natural, y en la que las grandes plantaciones aparecen como espacios de armonía, refinamiento y estabilidad social (Le gustaba el Sur, reflexiona Gerald O’Hara, explicando su pronta adaptación tras su llegada desde Irlanda, y, según su propia opinión, enseguida se convirtió en un sureño. Había muchas cosas del Sur y de los sureños que nunca comprendería, pero con su carácter entusiasta adoptó como propias, según él las entendía, sus ideas y costumbres: el póquer y las carreras de caballos, la política candente y el código de los duelos, los Derechos de los Estados y la condena a los yanquis, la esclavitud y la soberanía del algodón, el desprecio por la basura blanca y una exagerada cortesía hacia las mujeres. Incluso aprendió a mascar tabaco. No necesitaba aprender a beber y aguantar la ingesta de whisky porque ya había nacido con ese don). Tara encarna esa concepción modélica de la sociedad, caracterizada por el predominio de la cortesía y las buenas maneras, el respeto al honor personal, la importancia de la familia, la vinculación sentimental con la tierra, el fuerte sentimiento de pertenencia comunitaria, la seguridad, la continuidad histórica, la permanencia frente al cambio, el ideal del caballero del Sur, culto, refinado, educado, sensible y profundamente leal a los códigos de honor heredados -como Ashley Wilkes- y de la mujer sureña, dulce, bondadosa, sacrificada, entregada a los suyos, revestida de autoridad moral -como Melanie Hamilton o Ellen Robillard-. Más allá de las manifestaciones “objetivas” de esta toma de postura, hay un clima, una atmósfera, un sentimiento de nostalgia que impregna toda la obra, sobre todo a partir de la catástrofe de la Guerra Civil, tras la que Mitchell enfatiza el sufrimiento de la población sureña, la destrucción de viviendas, ciudades y plantaciones, la pobreza de los supervivientes, el caos y la anarquía reinantes a causa de la emancipación de los esclavos negros, y, por encima de todo, la honda humillación de la derrota (y simultáneamente la dignidad en la resistencia, pese al fracaso final), componiendo un retrato implícito de una sociedad noble aplastada por fuerzas históricas superiores y contribuyendo de manera decisiva a la construcción del mito del Sur mártir y de la derrota confederada como una tragedia romántica. Esta mirada nostálgica tiene que ver con la propia biografía de la autora, que pertenecía a una familia profundamente vinculada a la memoria confederada, con abuelos que habían combatido en la guerra en el bando perdedor, con infinidad de relatos domésticos que lamentaban la caída del viejo Sur, con una infancia, en fin, atravesada por la añoranza de un mundo que ya no existía, pero cuya mitología seguía viva en el imaginario sureño.
Por otro lado, en esa configuración “embellecida” de la realidad georgiana, no cabe el cuestionamiento de la esclavitud. En el mundo que Mitchell recrea las plantaciones aparecen como espacios armónicos, donde la esclavitud se presenta de forma paternalista, donde los conflictos raciales se diluyen bajo una mirada nostálgica, donde los personajes afroamericanos son representados mediante estereotipos -leales, infantiles o cómicos- que reflejan las actitudes raciales dominantes en el Sur blanco de principios del siglo XX, época en la que Mitchell escribió la novela. La esclavitud aparece generalmente suavizada o relegada a un segundo plano, la violencia estructural sobre la que descansaba la economía de las plantaciones se minimiza, omitiéndose así la complejidad histórica del racismo. Hay, incluso, en los pasajes con mayor protagonismo del Ku Klux Klan (singularmente en uno en el que los hombres de Atlanta, enmascarados bajo los siniestros capirotes del grupo, se vengan de manera despiadada de un negro que atacó violentamente a Scarlett), una cierta comprensión y un tratamiento relativamente benévolo del fenómeno.
Con el paso del tiempo, la crítica ha problematizado esa distorsionada idealización del Sur y la muy complaciente visión racial, en este fenómeno actual de lo woke (no todo en él excesivo y rechazable). Universidades y críticos norteamericanos han debatido extensamente si la novela debe leerse como obra literaria separada de su ideología o como texto inseparable de su contexto racista. En este debate actual sobre el texto y su adaptación cinematográfica ha habido situaciones controvertidas como la protagonizada por la plataforma HBO, que retiró temporalmente la película de su catálogo y la reincorporó posteriormente acompañada de materiales explicativos que contextualizaban históricamente sus representaciones raciales. No obstante, no se han editado versiones canónicas expurgadas, reescritas o adaptadas para eliminar referencias consideradas racistas o problemáticas. Por el contrario, las nuevas ediciones suelen incluir introducciones críticas, prólogos de especialistas, notas históricas o estudios sobre el contexto racial e histórico de la obra. Es esa, a mi juicio, la postura adecuada ante este tipo de fenómenos, teniendo en cuenta, sobre todo en este caso, que Mitchell no escribe un ensayo, ni mucho menos una tesis historiográfica, sino una obra literaria, narrada, con todos sus claroscuros, desde la memoria cultural sureña. Es desde ese punto de vista desde el que debe leerse la novela: con la lucidez enriquecedora que caracteriza nuestras interpretaciones actuales, más abiertas, más sensibles y conscientes ante las injusticias, pero también con la comprensión crítica del contexto y los parámetros culturales en los que el libro fue escrito.
En fin, hasta aquí mi presentación de algunos de los frentes de interés de esta novela desbordante que espero que elijáis para acompañaros muy gratamente en esta vacaciones veraniegas que ya empiezan. Os dejo con un texto significativo del libro, que completa la caracterización de Scarlett y con un tema musical hoy controvertido pero muy representativo del universo que la novela describe y que “suena” en el libro. Se trata de Dixie, una canción popular del Sur de los Estados Unidos que acabó por convertirse en el himno de facto de la Confederación, lo cual explica su actual proscripción de ciertos ámbitos, en los que se percibe como reliquia racista, y, por otro lado, su interpretación como mero símbolo del Sur, desprovisto de esas rechazables connotaciones. En este último marco referencial se inscribe mi sugerencia final. La cantante afroamericana René Marie mezcla, en una apreciable versión de jazz, Dixie con Strange Fruit, una dramática canción de Billie Holiday sobre un linchamiento, convertida ya en un himno contra el racismo.
Con esta entusiasta recomendación cierro la presente temporada de Todos los libros un libro, la decimosexta de nuestra ya dilatada historia. El día 2 de septiembre volveremos a salir al aire para encontrarnos con nuestra exigua pero fiel audiencia y para proponeros nuevos motivos de satisfacción, interés y disfrute lectores. ¡Feliz verano a todos!
A los dieciséis años, gracias a Mammy y a Ellen, parecía dulce, encantadora e inconstante, pero en realidad era obstinada, vanidosa y terca. Había heredado las pasiones fácilmente estimulables de su padre y una mínima pátina del carácter generoso y paciente de su madre. Ellen nunca llegó a comprender que se trataba de una leve pátina, porque Scarlett siempre dejaba ver su mejor rostro ante ella y le ocultaba sus aventuras, contenía su temperamento y en presencia de Ellen se mostraba tan amable como podía, porque una sola mirada de reproche de su madre podía avergonzarla hasta el punto de hacerla llorar.
Pero Mammy no se hacía ilusiones con ella y estaba constantemente alerta por si se producían roturas en la pátina. Mammy tenía mejor ojo que Ellen, y Scarlett no recordaba, en toda su vida, haber conseguido engañarla durante mucho tiempo.
Esas dos cariñosas mentoras no deploraban el buen ánimo, la vivacidad y el encanto de Scarlett. Las mujeres del Sur se enorgullecían de esas cualidades. Lo que les preocupaba era la parte del carácter impetuoso y testarudo de Gerald que había en ella, y a veces temían no poder ocultar sus rasgos perjudiciales antes de que se hubiese casado bien. Pero Scarlett tenía intención de casarse —de casarse con Ashley—, y estaba dispuesta a parecer recatada, maleable y atolondrada, si esas eran las cualidades que les gustaban a los hombres. Aunque no sabía por qué eran así los hombres, solo que esos métodos obtenían resultados. Nunca le interesó demasiado reflexionar sobre el motivo, pues no tenía ni idea de cómo funcionaba la mente de ningún ser humano, ni siquiera la suya. Solo era consciente de que, si hacía o decía esto y lo otro, los hombres infalible-mente responderían así y asá. Era como una fórmula matemática y no más difícil, porque las matemáticas era la única asignatura con la que Scarlett no había tenido problemas.
Si sabía poco sobre la mente masculina, menos sabía aún sobre la femenina, debido a que las mujeres casi no le interesaban. Nunca había tenido una amiga y nunca la echó de menos. Para ella, todas las mujeres, incluidas sus dos hermanas, eran enemigas naturales en la persecución de la misma presa: el hombre.