Vivo entre muchos libros y extraigo una gran parte de mis ganas de vivir del hecho de que aún leeré la mayoría de ellos. (Elias Canetti)

miércoles, 13 de mayo de 2026

CONSTANCE DE SALM. VEINTICUATRO HORAS EN LA VIDA DE UNA MUJER SENSIBLE; COLOMBE SCHNECK. LA TRILOGÍA DE PARÍS; MARIE-HÉLÈNE LAFON. HISTORIA DEL HIJO

La cuarta entrega de esta desbordante serie que desde hace un mes centra las emisiones de Todos los libros un libro os presenta tres nuevos títulos enlazados por el mismo hilo conductor que anuda el ciclo. Tres novelas, con diversas temáticas y planteamientos literarios, escritas por mujeres de distintas generaciones, aparecidas también en diferentes editoriales, que se suman a las nueve, marcadas igualmente por su heterogeneidad, cuya lectura os he ido recomendando en programas anteriores, y que se completarán con otras catorce que comentaré aquí los cinco próximos miércoles, para cerrar un proyecto, ambicioso, desmesurado y algo insensato, que pretende ofreceros, a lo largo de dos meses, veintiséis obras, todas novelescas, de otras tantas mujeres, publicadas en un número idéntico de sellos diversos. Nuestras invitadas de hoy son francesas, Constance de Salm, y su Veinticuatro horas en la vida de una mujer sensible, un clásico con doscientos años a sus espaldas; nuestra contemporánea, Colombe Schneck, parisina de 1966, exitosa autora de La trilogía de París; y la occitana Marie-Hélène Lafon, nacida en 1962 y de la que os traigo su espléndida Historia del hijo

Mi primera propuesta de esta tarde es una novelita -el diminutivo hace referencia a la extensión y no tiene connotación despectiva alguna-, Veinticuatro horas en la vida de una mujer sensible, obra de la escritora francesa Constance de Salm, que vivió a caballo de los siglos XVIII y XIX. Yo presenté mi reseña sobre ella en marzo de 2020, en el momento álgido de la pandemia, por lo que mis comentarios no pudieron emitirse razón por la que aprovecho para recuperarlos ahora. El libro, que vio la luz en la colección Los intempestivos de la Editorial Funambulista hace ya tres lustros, en 2011, se presenta en traducción de Isabel Lacruz y con un interesante -aunque a mi juicio también controvertido- postfacio de Laura Freixas, El amor… ¿Qué es el amor?, en torno al feminismo y, más en general, la “cuestión femenina”, lo que permitirá al lector extraer algunas conclusiones especialmente oportunas en relación con el eje que motiva esta serie del programa: ¿existe una literatura específicamente femenina? ¿Y de ser así, cuáles serían los rasgos que podrían definirla? 

La novela está, al parecer, en el origen de otro libro destacado que aprovecho para recomendar al paso, Veinticuatro horas en la vida de una mujer -así a secas, con la sensibilidad desaparecida del título-, la obra de Stefan Zweig de la que hay edición española en Acantilado, en traducción de María Daniela Landa. Inspirada a su vez en la novela de Constance de Salm, hay, he leído, una obra de teatro, Sensible, dirigida por Juan Carlos Rubio, y que con la interpretación de Kity Manver y Chevy Muraday giró por España hace ocho o nueve años, sin que yo haya llegado a verla. La novela de Zweig ha sido objeto de numerosas traslaciones cinematográficas en Francia, Argentina, Alemania o Estados Unidos y hace unos años se estrenó, según parece, un musical, en español, basado en el libro. 

Constance de Salm fue una de las típicas -y escasas- mujeres ilustradas de su tiempo. Aristócrata por nacimiento -hija del conde de Nantes- y matrimonio -princesa de Salm tras su boda (la segunda, tras una inicial, juvenil, que acabó con un divorcio que las recientes leyes revolucionarias acababan de permitir) con Joseph de Salm-Reifferscheidt-Dyck-, políglota desde niña, educada en el conocimiento y la cultura, su vocación literaria se despertó muy pronto, publicando a los diecisiete años poemas y más tarde obras de teatro. Conocida, por sus logros literarios y su postura intelectual entregada a la “revolución”, como Musa de la razón, escribió en 1797 una Épître aux femmes (Epístola a las mujeres) en la que dejó constancia de su defensa de la causa femenina. Como otras mujeres de su entorno -pienso, por ejemplo, en Madame de Staël, una de las más notorias- fundó y mantuvo en París un salón literario en el que participaron, entre otros, Alexandre Dumas, La Fayette y Alexander von Humboldt. Veinticuatro horas en la vida de una mujer sensible es una obra tardía, publicada en 1824, cuando, cercana ya a los sesenta años, Constance vivía retirada en el castillo de su marido en Renania y, para paliar el tedio de su relativo alejamiento del mundo, se decidió a recuperar un escrito, un breve relato, iniciado y abandonado algunos años atrás. 

Estamos ante una novela epistolar, como tantas que surgieron en la Francia del XVIII. La narradora y protagonista recorre en cuarenta y seis cartas, escritas en el largo curso de una única jornada, entre el miércoles a la una de la madrugada, como figura en el encabezamiento de la primera, hasta el jueves a la misma hora, como reza la última, su particular calvario emocional, desde que descubre, al salir de un concierto en la Ópera, a su amante subiendo al carruaje de otra mujer, Madame de B…, incidente que la sume a ella en una angustiosa vorágine de incertidumbre, desasosiego, especulaciones y celos que se prolongará durante toda la noche y hasta la del día siguiente. Salvo dos cartas de un entregado pretendiente, el conde Alfred, y otras dos finales de su enamorado, indispensables para conocer el desarrollo y el avance de los hechos (que no voy, obviamente, a revelar), las cuarenta y dos restantes, redactadas en un arrebatado frenesí emocional, transportan al lector, con una prodigiosa capacidad de penetración psicológica, a las interioridades del alma de esta mujer efectivamente sensible, víctima -y uso el término con toda la intención- de las manifestaciones más excesivas, más apasionadas, más delirantes, del amor. 

En el preámbulo que antecede a la primera de las cartas, la escritora (que publicó el libro de manera anónima, aunque, al parecer, todo “el mundo” en su tiempo conocía su auténtica autoría), realiza algunas advertencias a su destinataria, Madame la Princesa de…, y con ella a sus lectores. En primer lugar, subraya que lo que vamos a leer es, en efecto, una novela, una construcción artificial, pues, ajena a vivencias reales; aunque se ve obligada a aclarar también -en una puntualización casi funcionarial- que, pese al carácter ficticio de la obra, el breve lapso de tiempo en el que centra su relato no choca con las leyes de la “realidad”: en su proceso creativo estudia el tiempo necesario para escribir con rapidez estas cartas, calcula con detalle los intervalos que debían separarlas, para concluir que si bien no es corriente escribir tamaña cantidad en veinticuatro horas es, cuanto menos, posible

Además, reconoce haber procedido a su escritura movida por un propósito literario y una finalidad moral. Cansada, nos dice, de las recriminaciones que había recibido acerca del tono serio y filosófico de buena parte de mis libros, decide acometer su proyecto literario para demostrar que la inclinación por las obras serias no excluye en modo alguno la sensibilidad. Su intención confesada es, pues, mostrar esa íntima sensibilidad, oculta y encerrada, que las mujeres (estudio sobre el corazón de una mujer, llama a su libro) se veían obligadas, en muchos casos, no solo a esconder sino incluso a menospreciar, persuadida de que el conocimiento de la “verdad” del alma humana y la iluminación acerca de las interioridades nuestro espíritu, se logran tanto por la filosofía y el pensamiento como por el tierno acercamiento que procura la descripción y el análisis de los sentimientos. Su planteamiento moral reside en la declarada voluntad -que podríamos llamar “pedagógica”, aunque nada hay en el libro de aburrido y reduccionista sermón moralizante- de ofrecer una lección sobre la envidia, sobre el extravío y el dolor, sobre los excesos y el furor, sobre la embriaguez y la turbación que a menudo conlleva el amor. 

Cualquier lector que haya experimentado en sus propias carnes la terrible devastación emocional que ocasiona la vivencia extremada de la pasión amorosa podrá apreciar la sutileza, la profundidad, la “finura” en el análisis del fuego y los abismos del amor que hace Constance de Salm en su breve repertorio epistolar. Quien haya vivido el amor contrariado, el imposible, el conflictivo, el turbulento, el que se enfrenta a obstáculos infranqueables, el sometido a desasosegantes vaivenes, el que oscila entre la entusiasmada entrega y el rechazo visceral, encontrará en Veinticuatro horas en la vida de una mujer sensible un retrato fidedigno y exacto de su anterior y muy reconocible padecimiento, identificará en el enfermizo desasosiego de su protagonista los síntomas de aquella su propia febril dolencia pasada, pues estamos ante un tratado -sutil y hermoso, poético y bellísimo- sobre la exaltación y el delirio sentimental. 

A partir de la conciencia de la “traición inaugural” de su enamorado -o de lo que la narradora, en su soberana ignorancia, interpreta como tal- nuestra heroína da rienda suelta a su dramática especulación (que dota a la novela de un punto de intriga, deseoso el lector de conocer a qué obedece el extraño comportamiento del amante, repentinamente desaparecido sin dar explicaciones, en una suerte de ghosting adelantado a nuestro tiempo), en una montaña rusa de emociones que se suceden, intensas y desmesuradas, en un torbellino de turbación y desconcierto, confusión y rabia, desesperación y dolor, tranquilidad e ilusión, esperanza y ansia, nostalgia y ternura, tristeza y melancolía, celos, odio y deseo de venganza, rechazo y voluntad de morir, dudas y anhelos, repentinos hundimientos en una lastimosa autoconmiseración y enfáticos arrebatos de una dignidad impostada. 

El desarrollo de las distintas etapas -contradictorias, vehementes, excesivas-que recorre en esta trágica jornada el personaje que presenta Constance de Salm nos muestra los extremos -los picos de entusiasmo y los valles de depresión- del delirio amoroso. Entre reflexiones sobre la pasión y sus efectos, a las que luego me referiré, nuestra frenética y dolorida corresponsal inventa conjeturas -todo su itinerario sentimental parte de una construcción imaginaria a partir de un suceso que en realidad desconoce- sobre los motivos del abandono; se inflama de pasión recordando a su amante; se enardece, agitada por el fragor de sus sentimientos; siente la impaciencia de la ternura que la invade; grita exultante por el exceso de felicidad que la acomete al rememorar su dicha; se hunde en la zozobra cuando su criado Charles tarda en traer noticias de la casa del amado ausente (Me ha parecido oír la voz de Charles, confía más que oye); respira aliviada cuando, sin más sustancia que la que deriva del autoengaño, urde una explicación plausible -pero sin base real alguna- que aclara la marcha y el silencio posterior de su idolatrado; consulta el reloj una y otra vez escrutando minuciosamente el paso del tiempo en una torturante y estéril espera; ríe y llora sin solución de continuidad; se entusiasma y se deja llevar por el abatimiento, en una sucesión de bruscos cambios emocionales; se obsesiona por su padecimiento, lamenta su dolor e intenta -inútilmente- distraerse en su gabinete de pintura; se inquieta y sufre; la devasta la amargura; no soporta el dolor -¡Muero de desesperación!-; construye hipótesis descabelladas, sin fundamento alguno, para desdecirse de ellas al instante; confía y se decepciona; perdona y se arrepiente; cree escuchar la llegada de su amante y se lamenta -¡nada!- cuando comprueba que se trata de una falsa alarma; vuelve a las lágrimas y a la desesperación; se agita -respiro fuego- y acaba por conformarse; se ilusiona y constata acto seguido que todo es un sueño, un delirio, una locura febril de su alma atormentada; se tranquiliza con interpretaciones compasivas de los hechos para desbaratarlas a continuación en una extenuante cadena de razonamientos y desmentidos; se aferra a cualquier atisbo de leve optimismo, por descabellado que parezca, para negarlo, lúcida, acto seguido -¡Cómo ciega el amor!; se indigna, pide explicaciones, colma a su amado de reproches y lo insulta –pérfido, indigno, ingrato, embustero, cobarde- y se “derrite”, tiernísima -Amor mío, alma mía, vida mía-, recordándolo; la carcomen los remordimientos; tiembla en la tempestad de las pasiones y se agota en la lasitud que lleva consigo la aceptación de la derrota; vacila, no sabe qué hacer -¿quedarme aquí, tranquila, encerrada en esta estancia, mientras me quitan mi bien? (…) ¿Adónde acudir?-, para de pronto decidir, impetuosa -iré a vuestra casa-, y al momento arrepentirse y renunciar -¡No, jamás!-; escribe compulsivamente, pues está persuadida de que las cartas son un vínculo que la une, siquiera de modo vicario, con su amante -Si no os escribiera, ¿qué haría yo con mi tiempo, de mí misma? ¡El amor ocupa tanto espacio en la vida!-, para desistir después -no os escribiré ya más-; toma decisiones drásticas, se despide para siempre -adiós, adiós, aquí termina este cruel relato- y le falta el atrevimiento para hacerlo; y llega otra vez la crisis, y ahora el arrebato, y luego la estupefacción, el ansia y la inquietud, y de nuevo se siente sola, desesperada, extraviada -voy, vengo, escucho, al mínimo ruido me estremezco-, y baja a la calle, y vuelve a subir, y llama al criado, y se desmorona, y se ve traicionada, perdida, inmóvil, abandonada, ansiosa y agitada; y vuelven los insultos y las lágrimas y la impotente amenaza -me echarás de menos en el momento de tu último suspiro- y la inocua venganza, la poco convincente alusión a la tumba, el adiós furioso y estéril -he reservado esta carta para que sea el último acto de mi vida, escribe en la cuadragésimo cuarta misiva-, antes de que, por fin, llegue la carta de él… 

Y trufando la desazonadora narración de su emocionalmente convulsa jornada, aparecen las reflexiones, los comentarios, los juicios y las valoraciones, los pensamientos y las consideraciones sobre el amor, la pasión, el deseo, los celos, todos ellos marcados también por los titubeos y las dudas, por la categórica afirmación de una determinada postura y por la igualmente radical defensa de su contraria. Y así, nuestra sufriente protagonista se extasía, nostálgica, ante el poder del amor (Hay en el amor algo más que el amor, una unión más íntima, unas relaciones que las almas corrientes no pueden ni comprender ni experimentar, una fuerza de atracción de un ser hacia el otro, que en nada depende de lo que el pensamiento alcanza a definir); evoca con melancolía el arrebatado instante en que sintió su “llamada”; analiza sus síntomas -el torbellino violento que se apodera de nuestras facultades, ideas, sensaciones, y las lleva, todas ellas, hacia un solo lado, a un único punto, el alma inundada de alegría, las manos temblorosas, los precipitados latidos del corazón, las conjeturas locas y punzantes, las lágrimas ardientes que se vierten torrencialmente a través de mis ojos, el temor ante la ausencia, el miedo a la pérdida-; reclama, desesperada, los momentos de plena felicidad que el amor proporciona; exige el retorno inmediato del éxtasis amoroso (Embriaguémonos (…) con todo lo que el amor tiene de más puro y más ardiente), rememora los dulces encantamientos del ardiente cariño; escruta las muestras del amor en el comportamiento de su enamorado; analiza los efectos del fuego amoroso (embriaga, absorbe, aísla del universo y de uno mismo); se anula ante la falta del amado (Desposeída de las grandezas del amor (…) ya solo soy una mujer corriente); se avergüenza de los excesos a los que lleva el amor: la ruptura de las convenciones sociales, la renuncia al orgullo, la pérdida de vergüenza, la desatención de los principios morales, el olvido de uno mismo (¡Qué poco sabemos de nosotros mismos y de nuestros deseos cuando nos pierde la pasión!), el sometimiento a impulsos irrefrenables e imposibles de controlar (¿Quién puede prever los efectos del amor?), la irracional locura (¿Quién podría explicar ese poder del alma sobre el cuerpo, de la pasión sobre la razón?), la desmesura de los celos, tal y como puede comprobarse en el texto que os dejo como cierre a esta reseña. 

En su interesante postfacio a la novela, la inteligente Laura Freixas, escritora y novelista ella misma y destacada “abanderada” de la causa feminista, hace una lectura pro domo sua del libro, presentando la condición de Constance de Salm como la de una adelantada a su tiempo en la defensa de un papel más activo de la mujer en la vida social y cultural, un rol que superara su tradicional relegación al estrecho límite de la procreación, la maternidad y, en definitiva, el cuidado familiar, y la abriera a las fecundas vastedades de la creación artística e intelectual. Partiendo de su análisis de otras obras de la autora (de las que entresaca una suerte de significativo lema: ¡Oh mujeres! Retomad la pluma y el pincel), Freixas analiza para sustentar su tesis (incurriendo una inocente trampa que ella misma abierta y conscientemente reconoce) las tres fases por las que discurre la agitada jornada de la protagonista. Así, nuestra heroína acepta inicialmente la rendición a los más consabidos encantamientos del amor, aquellos que suponen la anulación, la dependencia, el sometimiento, la sumisión, la entrega incondicional al amado, para, en una etapa posterior, cuestionar racionalmente, tal y como acabo de ejemplificar en mis anteriores párrafos, el desvarío, la pérdida de identidad, la irracional renuncia a la propia personalidad, la cancelación de la voluntad, los propósitos, las ideas y los deseos propios que esa dimensión convencional del amor lleva consigo, y, por último, superados ambos grados (irracional locura y conciencia lúcida) -¡y todo ello en veinticuatro escasas e intensas horas!-, acceder a una suerte de iluminación feminista en la que, refugiada en la pintura y en el arte, liberada de la funesta dependencia del fatigoso varón habría rebasado los angostos lindes en los que los dictados de la época encerraban a las mujeres. Lo que ocurre es que, como la propia Freixas no puede dejar de reconocer, esas tres fases, siendo ciertas y representando en verdad tres momentos graduales de la convulsa y muy concentrada vivencia del personaje, se suceden en el libro en un orden distinto al que ella presenta (me he tomado la libertad de cambiar el orden de las citas) y que acabo de mencionar; una alteración secuencial que modifica radicalmente la interpretación última del texto. Porque, en efecto, la muy desasosegada protagonista experimenta complacida y sin cuestionamiento alguno, antes al contrario, todos los efectos -también los más dolorosos- de su pasión; en síntesis, la entrega y la anulación. Inmediatamente después -y solo cuando la “fuga” de su amado la hace aborrecer de su propio desvalimiento y a padecer su mísera soledad- intenta la vuelta a la razón y se vuelca en la “distracción” -un mero entretenimiento que le permita olvidar la pérdida- del dibujo y la pintura en su santuario de las artes. Pero al final -y el orden en que se suceden los hechos y la evolución sentimental, espiritual e intelectual de la mujer, no es, obviamente, baladí- acaba por volver a “recaer” en los placenteros deliquios del amor, en su extravío, en su abnegada rendición ante los encantos de su amado, refugiándose en las almibaradas convenciones románticas (como sentencia, quizá decepcionada, Freixas) y aceptando en último término el papel atribuido a las féminas por los valores y las convenciones de la época: víctimas propicias del ciego impulso amoroso (Cuando te veo dejo de existir por mí misma. Cuando estás lejos de mí vierto incansablemente sobre el papel mis penas). Pero feminista o no, adelantada a su tiempo o fiel deudora de él, Veinticuatro horas en la vida de una mujer sensible es una novela magnífica, altamente recomendable, que va a interesaros y a haceros disfrutar, además, de unas pocas horas -su extensión es muy breve- de placentera lectura. 

Pese a que la mayor parte de la crítica y los comentarios editoriales ven en el libro de Constance de Salm un inequívoco referente del de Stefan Zweig, Veinticuatro horas en la vida de una mujer, lo cierto es que, más allá del título y del hecho de que los aspectos nucleares de su trama se desarrollan en idéntico corto período de tiempo, no son muchas las semejanzas entre ambos textos (la profesora Ángela Magdalena Romero Pintor, autora de un interesante trabajo sobre la recepción de la obra de la escritora francesa, se atreve a afirmar que probablemente Zweig ni siquiera conociera la existencia de su supuesto antecedente). La novela del austríaco, también espléndida, se centra en la historia de una mujer que, ya anciana, y por motivos que no vienen al caso, se decide a contarle al narrador, con el que, junto a un discreto grupo de personas enteramente burguesas, comparte estadía veraniega en una pensión de la Riviera italiana en los años previos a la Gran Guerra, la profunda experiencia vivida cuarenta años atrás a lo largo de una jornada, desconcertante e intensa, en la que cedió a la irresistible y inexplicable atracción por un joven mucho menor que ella. No obstante, el interés del libro recae tanto en la vivencia de la mujer como en la irrefrenable pasión del muchacho por el juego, en un tema, el de la pulsión lúdica -llamémosla así- que ya había sido objeto de las preocupaciones literarias de Zweig. Discúlpese esta abrupta intromisión de un hombre en mi extensa serie de novelas de mujeres para, con él, ofrecer un aporte adicional al debate de raíz: ¿Qué es la literatura femenina? ¿Puede un hombre -Zweig- mostrar, con delicadeza y profundidad, los resquicios más íntimos del alma de una mujer? ¿O ello es patrimonio exclusivo de las escritoras? Sirvan mis propuestas de lectura para, de paso, avivar la reflexión acerca de estas interesantes cuestiones, no tan obvias como parece deducirse de las aportaciones reduccionistas con las que se suele abordar la discusión en nuestro polarizado ambiente político y cultural. 

Una perspectiva abiertamente femenina y una temática -al menos en un tercio de su novela- privativa de las mujeres (¿o no?), están presentes en mi segunda sugerencia de hoy, La trilogía de París, de Colombe Schneck. Schneck, nacida en París en 1966, es una escritora, periodista de radio y televisión y documentalista con una trayectoria muy consolidada en su país en todos esos campos. De origen judío, proviene de una familia de inmigrantes de Europa del Este -su abuela, lituana, emigró a Francia en el primer cuarto del siglo pasado-, marcada por los traumas históricos del siglo, con algunos parientes asesinados en el Holocausto. Creció, no obstante, en un entorno social, económico y cultural privilegiado, acomodado y liberal. Tras estudiar en dos instituciones académicas de prestigio, el Institut d’Études Politiques y la universidad Paris 2, se dedicó profesionalmente durante años al periodismo cultural, actividad que alternó con una intensa y fecunda carrera literaria en la que cuenta con una larga decena de libros publicados, en su mayor parte galardonados con distintos premios en el país vecino y que se desenvuelven en un ámbito fronterizo entre la novela, la crónica autobiográfica y el ensayo narrativo, en textos que vinculan vivencias personales con observaciones culturales y sociales, dialogando a menudo con la tradición de la “autoficción” francesa moderna, singularmente -por la coincidencia en ciertas preocupaciones estéticas y temáticas- con Annie Ernaux (de presencia explícita en la obra de la que hoy os hablo), aunque Schneck posee una voz distinta, más sociológicamente situada en la burguesía parisina liberal y menos centrada en la marginalidad que la premio Nobel. En la última década ha publicado tres novelas cortas autobiográficas que han gozado de una excelente recepción en medios franceses, y no solo, pues han sido objeto de traducción a diversas lenguas: Diecisiete años, en 2015, Dos pequeñas burguesas, de 2021, y La ternura del crol, publicada en 2019. Las tres aparecen reunidas, en un todo unitario, y bajo el título de La trilogía de París, publicado por Lumen en 2024 con la traducción de Mercedes Corral. En realidad, se trata de tres textos breves autónomos, no nacidos como parte de un proyecto conjunto, pero que, dadas sus características similares, su autora “ensambló” (En realidad los tres libros no fue un proyecto literario, sino que responde a una llamada más íntima de escribir sobre esta parte de mi vida, pero al final, las personas que lo lean se verán reflejadas en alguna de las historias. Este tríptico funciona muy bien y era de lógica juntar las historias) en una obra que, en tanto que está unida por un perceptible referente autobiográfico, íntimo, reflexivo y personal, mantiene una evidente integridad y se lee de un modo coherente, continuo y cerrado en sí mismo. Ese hilo conductor se anuda en torno a la narración de una vida -la de la propia autora- contada en tres movimientos que, sin perder su individualidad, componen un arco temático que da cuenta de la experiencia de una mujer -y por extensión la de cualquier otra, salvadas las singularidades de la específica trayectoria de Schneck, ciertamente muy particulares- en diferentes etapas de la vida, en un recorrido en el que el cuerpo, la fisicidad, se propone como elemento que da continuidad a la historia. En un esclarecedor prólogo en el que la autora explícita el propósito, la génesis y la vinculación del libro con su propia biografía, la escritora francesa fija los tres hitos de relevancia decisiva que jalonan su vida y que, discretamente “ficcionalizados”, trasladará a su obra: el cuerpo, adolescente y vital, exultante y ambicioso, de una inocencia primitiva y salvaje, en la primera parte, marcada por la primera menstruación y la conciencia de una realidad corporal hasta entonces inadvertida; la aceptación, al principio renuente, de la identidad de género, la maternidad, la familia, la atención a los hijos, el desarrollo profesional, las desafortunadas relaciones con los hombres, el retraimiento del deseo, el “sacrificio” del cuerpo, el cultivo de la amistad, en el segundo relato; y, en el último capítulo de esa trayectoria, ya con cincuenta años y a partir de unas clases de natación, la recuperación, pletórica, de nuevo exaltada y feliz, de una feminidad poderosa, de una fortaleza, de una identidad transformada y por fin aceptada. Escribir estos tres libros me ha transformado. Tengo la espalda más fuerte, dos manos para pegar, ay del que se meta conmigo. Puedo ser arrogante, me da igual. Soy importante, como lo son estas tres novelas. Diecisiete años, Dos pequeñas burguesas y La ternura del crol narran mi aprendizaje corporal: este es mi cuerpo vivo, este es mi espíritu vivo, el de una persona única en constante movimiento llamada Colombe Schneck, afirma, rotunda e inequívocamente, en palabras que cierran el preámbulo a la obra. 


El primer relato, Diecisiete años, narra la historia de una joven de diecisiete años que se enfrenta un embarazo no deseado, decisión que marca el tránsito de su relación con su propio cuerpo y con la sexualidad. Este relato, profundamente personal y sin alardes sensacionalistas, examina cómo un acto médico, el aborto, se convierte en pivote central de la conciencia de la protagonista, obligándola a revisar su relación con su propio cuerpo y la autonomía sobre él. En apariencia, la reflexión filosófica y moral a la que Schneck pretende inducir se sitúa en las coordenadas habituales del debate convencional en torno al aborto. Hay, así, menciones al estado de cosas anterior a la aprobación en Francia en 1975 de la ley promovida por Simone Veil, y que lleva su nombre, reflejando el rechazo social, el dramatismo y la brutalidad de los abortos clandestinos, su lectura unívoca bajo el prisma de su criminalización, la escasa repercusión de El acontecimiento, el relato de Annie Ernaux de un aborto clandestino practicado en 1964, el mediático caso de Marie-Claire, la adolescente de Bobigny, juzgada en 1972, años antes reconocimiento legal del aborto, las connotaciones de humillación, oprobio y cargo de conciencia que conlleva. E inmediatamente, la decisión de la muchacha de abortar, ya legalizada la práctica, se presenta -con claroscuros, como luego veremos- como una muestra de libertad, inscrita en una larga lucha -de la que la ley Veil es la afortunada culminación- contra las prohibiciones, contra la violencia, contra la injusticia, contra la intolerancia, el fanatismo y la “reacción”. Un proceso de liberación del deseo, de afirmación de la voluntad y el cuerpo de la mujer. El aborto como acto de libertad. 

Pero, a mi juicio, las cosas no son tan simples. Colombe es una niña pija, crecida en un ambiente intelectual y progresista, pero pija al fin (vocablo que se menciona expresamente en el libro). Padres médicos, de izquierdas, abiertos, encantadores, cultivados, viven en la orilla izquierda del Sena (con su carga simbólica de bohemia, intelectualidad, cultura, arte y rebeldía). El padre se ha creado una vida familiar que le viene bien. Vive en el quai de la Tournelle, en la planta baja de un palacete del siglo XVII, donde recibe a amigos y amantes. Está a favor de la vida, del amor libre, y en contra de la pareja, el aburrimiento y las rutinas. Durante el fin de semana se reúne con su mujer y sus hijos en la rue du Val-de-Grâce. La madre es feminista, tuvo que luchar para estudiar, para trabajar; todavía enarbola los antiguos eslóganes del 68: Mi cuerpo me pertenece, Una mujer sin hombre es como un pez sin bicicleta, Un hijo si yo quiero y cuando quiera. Educan a su hija en la tolerancia, el respeto y la libertad absolutos (Estoy a favor de que no me impongan ninguna norma, ningún gusto). El colegio que eligen para su hija, laico, moderno, innovador, elitista, basa la docencia en el diálogo, la imaginación y la creatividad de los alumnos, en la ausencia de prohibiciones, en el libre desarrollo de la personalidad de los jóvenes (mayo del 68 no está lejos). La libertad de los chicos es sacrosanta: Yo no atiendo en clase, no hago los deberes, no pasa nada. No tengo que enfrentarme a ninguna autoridad, no hay nada a lo que enfrentarse, ni al colegio ni a los padres. Nadie nos dice que obedezcamos, que nos sometamos a las normas, salvo a las de la convivencia y el respeto al otro. Debemos encontrar nuestro espacio, ejercer nuestra libertad, perseverar en nuestra voluntad, ser curiosos. Nuestros padres y nuestros profesores han luchado por ello. Somos los hijos de una nueva era. La niña lee libros prohibidos desde que sabe leer, recibe, sin cortapisas, sin orientación, sin limitaciones, las ricas influencias culturales del ambiente familiar. 

En este entorno, Colombe tiene un amante, un compañero de liceo, y se ufana de su pérdida de la virginidad y de su libertad completa (Soy yo, una chica que se acuesta con un chico sin estar enamorada. Tengo diecisiete años y tengo un amante. No un novio, no un enamorado, no una relación de adolescente, sino un amante, una relación de mujer. Soy una chica libre). Ella lleva la voz cantante. Yo elijo, yo decido, yo prefiero. Todo es tan fácil. No pido permiso a mis padres para ir a dormir a su casa, a pasar con él el fin de semana). En cualquier caso, y como puede imaginarse, dado el contexto familiar que se nos ha presentado, el padre (todos somos inteligentes y modernos) le deja su piso a la hija para sus encuentros sexuales: Estamos en esta parte del mundo donde un chico y una chica se acuestan juntos bajo la benevolente mirada de sus padres

Se acuestan juntos. Es la época de eclosión de la píldora, hay, pues, protección ante el posible embarazo. ¿La hay?: Soy despreocupada. La primera semana me acuerdo de tomar la píldora todas las noches. Luego, a veces se me olvida. Ya no me hace tanta gracia tomarla, ya no es una novedad, sino una cosa de mayores, solo una imposición. Tengo problemas con las imposiciones [soy yo, Alberto San Segundo, el que resalta, estupefacto, las comillas]. 

Y llega, claro, el embarazo, y con él el miedo, las lágrimas, la presión académica -está estudiando el bachillerato, se presentará a la selectividad embarazada-, el terror ante las consecuencias, la angustia (La angustia, los tormentos, era algo muy anterior a que yo naciera, algo de hace mucho tiempo, de cuando la guerra, antes de la ley Veil; pero, ¿cómo establecer comparaciones?), la triste despedida a su vida de hasta entonces, la vida de una adolescente que lee todo el tiempo, no fuma, no bebe alcohol, se acuesta temprano, come fruta y verdura, cocina pizzas y tartas de chocolate para sus amigos, lleva camisetas de agnès b. con un cárdigan a juego, una adolescente a la que no se le ocurre en qué puede rebelarse contra sus padres, que habría considerado injusto rebelarse, que no ha conocido la guerra. No quiero que mis padres se preocupen por mí, no quiero darles ningún problema ni quejarme, quiero seguir siendo limpia, perfecta, alegre. Eso ya no es posible

Y entonces el aborto. Higiénico, limpio, neutro, aséptico, sin recelos, comentarios o reproches, un acto banal, solventado con eficiencia rutinaria por un grupo de profesionales, médicos, enfermeras, anestesistas, auxiliares de enfermería, atentos e indiferentes. Fin del problema. 

Y después las reflexiones, sinceras, oportunas, pero para mí ya poco convincentes -no abandonaré mi animadversión hacia la ligereza y despreocupación de la autora, hacia su superficialidad, en toda la novela (aunque vista la elogiosa recepción crítica, puede que no haya sabido leerla de modo idóneo)-, sobre las muchas aristas de un asunto complejo, controvertido, difícil, intelectual y moralmente ambiguo, que no puede -que no debe- despacharse con lemas apriorísticos. Solo dos apuntes sobre esta dimensión ulterior a los hechos. El primero tiene que ver con las notas, al paso, sin excesiva profundización -estamos ante una novela, no un ensayo-, sobre el debate parlamentario por el que se aprobó el aborto en Francia. Leves menciones a la prohibición del aborto “por conveniencia”, una exigencia finalmente eliminada del texto legal francés (Sí, debo de estar dentro de la casilla del aborto por «conveniencia», tan denostado durante los debates sobre la ley. Un aborto banal, fácil, realizado y olvidado al momento); a la supresión o no de las referencias a la angustia como “justificante” del aborto (En 2014, la noción de «angustia», mencionada en la ley originaria, fue suprimida. François Fillon se indignó, pues veía en ello un riesgo de banalización del aborto); a la necesidad del consentimiento de los padres en la menor de edad (¿tuve que obtener una autorización de mis padres? No, seguramente no. Tenía la costumbre de hacer lo que quería desde hacía mucho tiempo, era libre de leer durante toda la noche, de dormir en casa de un chico. Nunca pedía permiso para nada); cuestiones todas de extraordinario interés y merecedoras, por sí solas, de un estudio y un análisis profundo. 

El segundo elemento relevante que Schneck plantea a partir de su aborto, este sí con un tratamiento más denso que se imbrica, además, en el propósito último del libro, es el de las repercusiones psicológicas y en la formación de su identidad futura de los hechos vividos. Arrastro una especie de mancha sobre mí, compuesta de sangre, de excrementos, de la tierra que se arroja encima de los ataúdes, escribe. Y la novela, y su vida entera, estarán marcadas por esa sombra, por ese peso, el del hijo que no tuve y que no tiene nombre. Una sombra de culpa, pero también de liberación: Estoy convencida de que [el niño no nacido hace treinta años es] el que me ha permitido ser libre; ser sucesivamente, de acuerdo con mi elección, estudiante, viajera, amante, esposa, madre, lectora, turista, periodista y escritora. Esta primera novela se cierra, así, de un modo elocuente, y para mí controvertido: Tu ausencia me ha permitido ser la mujer libre que soy hoy

No hay tiempo ya para mucho más, teniendo en cuenta que aún quiero proporcionaros alguna pista por la que merece la pena leer mi última propuesta de esta tarde. Diré, tan solo, ya en un resumen acelerado del resto de La trilogía de París, que en su segunda parte, Dos pequeñas burguesas, el tema central es el de la amistad, íntima y duradera, marcada por la enfermedad terminal de una de ellas, entre dos mujeres adultas que nacen y crecen en esa burguesía liberal parisina que constituye el hábitat natural de la autora. Schneck explora aquí con hondura y precisión lo que podríamos llamar la radiografía del afecto: cómo se construyen y se deshacen los lazos a lo largo de décadas en una amistad profunda, y cómo la pérdida -en este caso, la enfermedad y muerte de Héloïse, amiga de infancia (y el espóiler no es tal, pues el desenlace está claro desde el principio- reconfigura el sentido de la existencia. Este capítulo es probablemente el más sociológico de los tres, en una novela en la que subyace la descripción -nada crítica, a mi juicio- de un segmento social, la burguesía urbana (incluso, en el caso de Héloïse, la muy alta burguesía), desde mi punto de vista muy poco interesante, aunque la inteligencia de Schneck le permita elevarse sobre ella y poner distancia crítica con un mundo al que, en gran medida pertenece-, que se nos muestra en su para mí estomagante sucesión de problemas de ricos, depresiones, las criadas, las colas en los telesillas, la piel demasiado estirada. Y es que las dos son unas hijas de papá, unas niñas ricas, nacidas entre algodones, y el retrato de ellas que se nos muestra en el libro es un mosaico cuyas teselas son la educación privilegiada, los títulos en escuelas de élite, los cursos en el extranjero, los lustrosos currículums, las prácticas en empresas prestigiosas conseguidas gracias a sus padres, sus carreras exitosas, su pudiente cotidianidad reflejada en las camisetas de agnès b, las gafas de sol de marca, los mejores asientos en el tren, las cremas de Guerlain, los armarios en los que en perchas de madera se suceden las blusas de seda ordenadas por colores y planchadas por otras mujeres que no tienen su suerte, los frigoríficos repletos de exquisiteces, el silencio y la tranquilidad de unas casas en las que no se oyen los gritos del vecindario, el volumen alto de los televisores de otros pisos, las paredes tapizadas con flores de Laura Ashley, las sábanas impecables, las almohadas a juego, su ropa interior impoluta, la moqueta mullida y acogedora, los frascos de perfumes, las clases de baile, de equitación, de inglés, de piano, de chino, las de dibujo, de teatro, de tenis, de natación, el ocio en la Ópera, en la Comédie-Française, en el Museo de Arte Moderno, las vacaciones de verano y de invierno, incluso las vacaciones de Todos los Santos y de Semana Santa, en las que Colombe y Héloïse se van a perfeccionar la manera de flexionar las rodillas cuando esquían, la forma de coger la raqueta, el acento británico, su conocimiento del Renacimiento italiano. Los signos distintivos de una clase social elevada, afortunada, exclusiva: A Colombe la contratan como periodista para un programa de televisión. Un cámara le cuenta que su padre es cartero. Ella se ríe, es el primer hijo de cartero que conoce en su vida. Esa risa es una de sus mayores vergüenzas, uno de sus mayores pesares. Le gustaría poder borrarla

Y todo ello distancia inevitablemente al lector, al menos a uno como yo, sin especiales prejuicios de clase y que, quizá por ello, acaba, no obstante, salvando el relato por esa dimensión sociológica y por la inteligencia y la brillantez de su autora para, por debajo de esa insoportable superficialidad, mostrar rastros de emociones, sentimientos, vivencias humanas universales que afloran a partir del cáncer de Héloïse. En un relato que, desde un presente de 2018, se retrotrae a 1977, cuando ambas niñas se conocen en el colegio, y avanza con calas en 1978, 1984, 1988, 1992, 2002, 2006, 2007, 2015 hasta prolongarse a 2019, Schneck va dando cuenta de su amistad de décadas, hecha de afecto genuino, rivalidad, admiración, complicidad y competencia, entre apuntes sobre la relación con sus maridos, con sus hijos, con sus amantes, sobre sus divorcios, sobre la muerte de los padres, sobre sus íntimas expectativas, sus ilusiones, su insatisfacción, sobre sus frustraciones y sus contradicciones, sobre sus decepciones y sus compromisos fallidos, sobre su vulnerabilidad y el modo de afrontar la enfermedad, sobre su miedo a la muerte, sobre el amor y la esperanza, mientras, como telón de fondo, se nos ofrece la descripción del marco político y social de la Francia de los últimos cuarenta años. 

Por fin, en la tercera parte, La ternura del crol, Schneck cierra la trilogía abordando la experiencia del amor en la madurez, centrada en el intenso vínculo amoroso de la protagonista con Gabriel, un hombre con quien comparte una relación profunda, emocional y física a los cincuenta años (Así que eso era el amor. Lo había olvidado). A través de este relato, la autora explora, con el hilo de las clases de natación que operan con un explícito valor metafórico, la posibilidad de amar sin perder la autonomía, y cómo la experiencia amorosa en la edad adulta puede ofrecer una forma de libertad distinta a la juvenil, una que integra el deseo, la fragilidad, la conciencia del cuerpo y del tiempo. Mi cuerpo, al enseñarme quién era yo, me permitió ser por completo yo misma: no una mujer, sino un ser vivo al que le gusta maquillarse, llevar vestidos y tacones altos, cocinar, no hacer nada, estar enamorada, pasar el tiempo con los amigos y conversar, sobre todo con personas con las que no estoy de acuerdo

Controvertida pero interesante, recomiendo -sin entusiasmo pero con convicción- esta La trilogía de Paris, de recepción tan abrumadoramente exitosa en gran parte del mundo lector. No puede, en cambio, haber controversia alguna en relación con mi última -y ya acelerada- sugerencia de hoy, esta Historia del hijo, de Marie-Hélène Lafon, publicada en nuestro país en 2022 por la ejemplar editorial minúscula (así, en tipografía modesta) con traducción de Lluis María Todó. El pequeño y magnífico sello catalán, con más de un cuarto de siglo de sobresaliente trayectoria, y del que yo os he ofrecido aquí, en un repaso aproximado, La lengua del Tercer Reich, de Victor Klemperer; La isla, de Giani Stuparich; Las torres de Trebisonda, de Rose Macaulay; Represalia, de Gert Ledig; y Todos los caminos están abiertos, de Annemarie Schwazenbach, además de recomendaros ahora, sin que haya tenido ocasión de dedicarles una reseña, la excepcional Verde agua, de Marisa Madieri, y los desbordantes Relatos de Kolimá, de Varlam Shalámov, ha presentado al lector español otras cuatro obras de Lafon, que yo no he podido leer (una carencia que espero subsanar cuanto antes), tres novelas -Las fuentes, Los países y Nuestras vidas- y Flaubert for ever, una especie de entusiasta monólogo interior en el que la autora manifiesta su devoción por el autor de Madame Bovary. 

Marie-Hélène Lafon nació en 1962, hija de una familia campesina, en Aurillac, en la región del Cantal, escenario principal de Historia del hijo y, al parecer, de la mayor parte de su producción literaria. Por lo que he podido leer, esa comarca de Francia y, más en general, la “provincia” como “categoría moral”, no es solo un simple decorado ni un telón de fondo costumbrista, en paisajes, escenarios, dinámicas sociales y referencias culturales de sus novelas, sino que constituye la referencia sustancial que da cuerpo a sus personajes, determinando su forma de estar en el mundo y explicando sus posturas éticas ante la vida. Así ocurre, sin duda, en el libro que cierra mis recomendaciones de hoy. Formada en lenguas clásicas, doctorada en Literatura, profesora de un liceo en el extrarradio parisino, esta cualificación académica se percibe claramente en su escritura, de léxico muy rico, lenguaje cuidado, precisión en el uso de la palabra y exquisita musicalidad de su prosa. Historia del hijo obtuvo el prestigioso Premio Renaudot en 2020, un galardón que puso a su autora en el primer plano de la literatura francesa contemporánea. 

La novela se presenta como una historia familiar construida sobre un arco temporal de casi un siglo en el que, en resumen excesivamente sintético, que no recoge ni siquiera pálidamente el espléndido alcance del libro, seguimos la vida de un hijo sin padre. André es el fruto de una relación (intensa y enamorada por parte de la madre, desapegada y emocionalmente poco relevante para su padre) entre Gabrielle Léoty, una enfermera que ha sobrepasado ya los treinta años, y Paul Lachalme, que, con apenas dieciséis, es, en los días posteriores al fin de la Primera Guerra Mundial, un estudiante interno en el colegio en Aurillac en el que ella ejerce su profesión, y en donde Paul se forma con brillantez para una carrera profesional como abogado, separado de sus padres que siguen en su Chanterelle natal, un pueblito en el recurrente Cantal. El idilio entre los amantes no llega siquiera a eso. Ella sabe desde el principio que se irá, que la dejará: la diferencia de edad, el deseo de Paul por conocer otras mujeres (polígamo fundamental y notorio, como se lo definirá en el libro), su juvenil ansia de aventuras, su ambición, su fortaleza, su mundano encanto arrollador, acabarán con el fugaz vínculo. Gabrielle, embarazada de tres meses (circunstancia que el padre desconoce) volverá a Figeac, su lugar de origen, en donde vive su hermana Hélène con su marido Léon y sus tres hijas. La primera noche con ellos, estamos en agosto de 1923, les revela su situación y les comunica -en cierto modo les “impone”- su decisión: voy a tener un niño, no conocerá su padre, llevará mi apellido, Léoty, es un bonito apellido, nacerá en París, os pido a todos, a ti Hélène, a ti, León, y a vuestras hijas que lo acojáis aquí en vuestra casa y cuidéis de él hasta que yo misma pueda ocuparme de mi hijo en las mejores condiciones, si estáis de acuerdo, será el hijo y el hermanito que no habéis tenido, y cada mes os llegará una pensión

La narración se retrotrae, como he señalado, a 1908, a los días de la infancia de Paul, su infortunado gemelo Armand, entonces con solo cinco años, y su pequeño hermano Georges; y llega hasta un 2008 en el que, en el cementerio de Chanterelle, Antoine Léoty, nieto de Paul y Gabrielle, hijo de André, ya casi quincuagenario, ciudadano franco-americano, residente en el extranjero (Singapur, Vancouver, ahora Los Ángeles) desde hace más de quince años, se pasea entre las tumbas de lejanos familiares de los que apenas tiene noticia -Paul, Armand y Georges Lachalme, Lucie y Margueritte, madre y tía, respectivamente, de los hermanos-, de paso en Francia por solo tres días, en los que conocerá los secretos de su algo enigmática genealogía en su conversación con otro Armand, hijo de Georges, que con setenta y tres años lleva una vida retirada en Chanterelle, entregado a la jardinería y a la conservación del legado familiar (único detentor de las llaves del reino de Chanterelle). 

Lo más relevante del muy breve libro, apenas ciento veinte páginas en el formato reducido (12 x 16,5 cms.) marca de la casa del “minúsculo” sello editorial, no es, sin embargo, el desarrollo de la trama argumental. No estamos ante la consabida saga familiar que va dando cuenta, con continuidad y siguiendo la línea “natural” del tiempo, de las vicisitudes, peripecias, acontecimientos, lances, sucesos y vivencias de las diversas generaciones de un linaje. En una opción arriesgada -luego veremos por qué- Lafon opta por construir un relato fragmentario estructurado en doce capítulos no ordenados cronológicamente, que se organizan sobre una suerte de “instantáneas” focalizadas en algunas fechas concretas, en alguna coyuntura vital específica, en ciertos momentos vividos por un determinado personaje, en los que, sin acontecimientos espectaculares, sino a partir de evocaciones, recuerdos sensoriales, ausencias, silencios y pequeñas revelaciones de los protagonistas, va narrando cien años de las dos ramas principales -que confluyen en André y, a partir de él, en sus descendientes- de una familia rural francesa (los Lachalme, Paul, Armand y Georges y sus descendientes, marcados por una trágica y decisiva circunstancia “original” que no voy a revelar, y los Léoty, con la independiente y compleja Gabrielle y la abnegada entrega de Hélène y los suyos, que acogen y educan a André. De este modo, la novela va deshilvanando fragmentos de las vidas de una decena de individuos, en un puzzle temporal cuyos fragmentos se van ensamblando gradualmente, “obligando” al lector a completar el relato a partir de esas múltiples perspectivas temporales, una operación que le exige una atención y un esfuerzo extremos aunque muy gratificantes. 

La mera transcripción de los títulos de dichos capítulos resulta reveladora de la originalidad estética de Lafón, de la en apariencia caótica organización interna del libro y de las dificultades que puede entrañar para quien debe desenmarañar el complejo hilo que enlaza cada apartado: jueves 25 de abril de 1908, jueves 23 de enero de 1919, sábado 19 de agosto de 1950, viernes 17 de agosto de 1934, miércoles 20 de junio de 1923, martes 5 de marzo de 1935, miércoles 20 de enero de 1960, sábado 21 de abril de 1962, domingo 28 de octubre de 1945, jueves 8 de noviembre de 1984, lunes 19 de agosto de 1974 y viernes 28 de abril de 2008. La indispensable actitud atenta que, a mi juicio, exige siempre la lectura, se acrecienta en este caso por la necesidad que este entramado reclama del lector, que debe completar las distintas escenas, cada una autosuficiente y formando parte, al mismo tiempo, de un esquema mayor; “rellenar” las vastísimas elipsis; avanzar y volver atrás en la cronología saltando por entre los constantes cambios temporales; vincular causas y efectos en una secuencia lógica cuando en la novela se presentan en un orden invertido; establecer concomitancias y paralelismos entre hechos, situaciones, pasajes, incidentes; conectar parentescos y genealogías. La aceleración a la que nos arrastran nuestros vertiginosos tiempos choca frontalmente con el modelo de lectura que impone Historia del hijo, que requiere de quien se adentre en sus páginas la lenta y sosegada inmersión en un ritmo reflexivo, y la aceptación paciente de pausas, silencios y desplazamientos temporales antes de acabar por percibir el conjunto como un todo orgánico. 

Ello resulta -al menos en mi experiencia- un desafío altamente sugestivo, supone un reto estimulante, comporta un interesante ejercicio intelectual y, en definitiva, implica una lectura activa, muy viva y excitante, muy rica y fecunda que amplía, sin ninguna duda, los ecos de una historia que contada de un modo más convencional no resultaría tan seductora, además de incrementar notablemente el placer lector. 

Por otro lado, Historia del hijo es sobresaliente por el talento de su autora, que se manifiesta en la belleza de su prosa, en su riqueza literaria, en su descollante precisión lingüística, en su concisión y musicalidad (especialmente relevante cuando en la novela no hay diálogos ni, en cada uno de los capítulos, puntos y aparte). No hay excesos retóricos ni sobreabundancia emocional. Cada palabra parece meditada, cada imagen seleccionada con rigor, las descripciones son ajustadas pero ricas, las frases, medidas. Además, es admirable su capacidad de introspección psicológica en las almas, las emociones, los afectos, los pesares, los sentimientos y las reflexiones de los personajes. También destaca la perfecta conjugación de la sencillez de fondo de lo narrado y la alta densidad emocional que desprende cada uno de los fragmentos y la conmovedora hondura con la que se narran ciertos pasajes. En el mismo sentido, llama la atención -aunque el recurso es más convencional- su manera de entrelazar la intimidad familiar con la historia colectiva de un siglo. 

Por último, quiero resaltar que, al margen de la historia en sí, comparecen algunos temas e ideas de interés, en un libro que induce a reflexiones sobre la filiación (no solo en el plano biológico, sino, sobre todo, en el simbólico y emocional), ya que el núcleo central del libro gira, como ya he comentado, sobre cómo es ser hijo, crecer, hacerse adulto, vivir, en suma, cuando se carece de padre conocido; sobre la memoria y la historia familiar, pues cualquier saga familiar, con sus silencios, secretos y revelaciones parciales, construye una narrativa humana común, donde lo individual se inscribe en lo colectivo; sobre el marco geográfico y cultural en el que se desarrolla la historia, con el paisaje del Cantal y del sur de Francia que comparece no como un mero simple fondo geográfico, sino como un territorio que es también emocional, pues Lafon es capaz de captar la luz, los olores y la textura de ese mundo rural, que en su quietud contiene matices de profundidad y visión poética vinculados a la identidad, a la pertenencia, a la tradición, al sentido de comunidad, contrapuestos a la vida urbana que se refleja en algunos fragmentos en los que la “acción” se desplaza a París. 

Una semana más, tres novelas que os recomiendo con fervor, Veinticuatro horas en la vida de una mujer sensible, de Constance de Salm, La trilogía de París, de Colombe Schneck, y esta Historia del hijo, Marie-Hélène Lafon, cuya lectura os va a proporcionar, estoy seguro, muchas horas de disfrute y placer. Os dejo ahora con un revelador fragmento de la primera de ellas, que representa con elocuencia el tono del libro. Como acompañamiento musical, entre varias opciones muy sugestivas, me quedo con una canción que cita Colombe Schneck: Escucho otra canción de Marissa Nadler titulada We Are Coming Back. Su voz es más suave, no se arriesga. Admiro su belleza, es cautivadora, casi fascinante. Es una canción feliz, su voz es menos vibrante. Ella cerrará, pues, el programa de esta tarde. 


Os atormento, me doy cuenta de ello; estoy celosa, ridículamente celosa; no transcurre casi ni un sólo día sin que un nuevo objeto se convierta, para mí, en la fuente de un nuevo dolor. La Señorita de L…, la Señorita de C…, han llevado, una tras otra, la desesperación a mi seno. Hoy, es el turno de la Señora de B… ¿Me equivoco, estoy en lo cierto? No lo sé; no quiero saberlo. Os justificaréis sin duda esta vez como en las demás ocasiones, con ello me basta. Os creeré, me digáis lo que me digáis. ¡Guárdeme el cielo de poner en duda las palabras del hombre al que he entregado mi corazón! Pero si esta serie de recelos tuviera que alterar vuestro amor, me moriría; me moriría por la pena, tan sólo, de haberme granjeado una desdicha tan terrible. No puedo, sin embargo, vencer lo que siento; no me es posible, en verdad. Y no os dejo ver más que una pequeñísima parte de mis tormentos. Estas violentas emociones tienen un algo de pudor que impide mostrarlas a plena luz del día. Conocéis por fin todo el exceso de mi debilidad. 

Yo os amo, amigo mío, más de lo que nunca se ha amado; pero no transcurre ni un minuto de mi vida sin que una secreta ansiedad venga a entremezclarse con el encantamiento de mi pasión. Cuando estamos juntos en sociedad, la mínima frase o palabra que las normas de la buena educación os llevan a decir a otra mujer desata ya una sombría tormenta en mí. Si no me ofrecéis a mí la mano para ir de un salón a otro, mi inquieta mirada os persigue en medio de la muchedumbre; el más nimio azar que os hace desaparecer de mi vistas, me da temblores. Si estáis un rato sin aparecer, una nube me turba la mirada; no oigo nada, apenas me tengo en pie, y tan sólo recobro la conciencia cuando el dulce sonido de vuestra voz ha sonado de nuevo en mis oídos. Si elogiáis los ropajes o afeites de alguna mujer, un gesto involuntario me lleva al instante a echar una mirada a los míos. Su extrema simplicidad me deja consternada, y entonces me da por pensar (¡qué locura, la mía!) que tan miserable ventaja puede desposeerme de una parte de vuestra ternura. La libertad de estos juegos con los que se divierte la buena sociedad provoca en mi espíritu un desorden aún mayor; preveo con gran antelación qué cosa pueda dar pie, en ese círculo, a la mínima familiaridad, y como estos pensamientos se adueñan totalmente de mi persona, conservo apenas la porción de inteligencia necesaria para poder compartir esas frívolas distracciones. La mera palabra “baile” me deja helada. El vals me parece la más horrenda profanación del amor. Me lo prohíbo con todo el mundo y, docenas de veces, la imagen de la mujer feliz que he visto así en vuestros brazos, y casi sobre vuestro pecho, me ha perseguido durante noches enteras. 
 
Videoconferencia
Constance de Salm. Colombe Schneck. Marie Hélène Lafon

miércoles, 6 de mayo de 2026


ELIZABETH TAYLOR. PROHIBIDO MORIR AQUÍ; ELIZABETH BOWEN. EL ÚLTIMO SEPTIEMBRE; REBECCA WEST. EL REGRESO DEL SOLDADO

Empezamos el mes de mayo y Todos los libros un libro continúa con su desbordante serie femenina, abierta hace quince días. La muy plural propuesta, prevista inicialmente para ser emitida en marzo, teniendo en cuenta la ciertamente difusa vinculación de ese mes con el Día Internacional de la mujer, y retrasada hasta ahora por circunstancias varias que a menudo afectan al calendario de las emisiones, consiste en traer aquí libros -en su mayor parte novelas; aunque ya es sabida la lábil condición de las fronteras del género- escritos por autoras de diferentes países, con estilos distintos, con planteamientos literarios muy diversos y con temáticas también variadas, no necesariamente vinculadas al universo femenino sino, en su mayor parte, con un enfoque, un interés y un valor universales. El ciclo -por estas tantas veces absurdas exigencias autoimpuestas- consta de veintiséis recomendaciones de lectura, una cifra que he querido hace coincidir -de manera, insisto, algo irracional y rozando el delirio- con el número de años en que nuestro muy moderno siglo avanza inexorablemente, dieciséis de ellos con la presencia, modesta e inapreciable en términos generales, de Todos los libros un libro. Se trata, en todos los casos, de obras que yo he leído -aisladas, sin pretensión “grupal” de ningún tipo- en los últimos meses -en algún caso hace algo más- y que he ido “reservando” hasta este momento para poder “encajarlas” en esta serie que llevo urdiendo desde hace tiempo (con tres o cuatro incorporaciones de libros ya reseñados en otros formatos y planteamientos del espacio). Por otro lado, y en otra constricción sin demasiada justificación racional, he decidido seleccionar textos publicados por diferentes editoriales, dieciséis pues, circunstancia que concebí inicialmente como un mero juego pero que ahora puede servir como muestra reveladora del excelente estado de nuestro mercado editorial, en el que, pese al dominio de los dos grandes grupos del sector y la aparente crisis lectora, surgen por doquier interesantes iniciativas independientes. 

Hace quince días inauguramos la serie con tres novelas de escritoras españolas relativamente jóvenes: Han cantado bingo, de Lara Corujo; Los astronautas, de Laura Ferrero; y Carcoma, de Layla Martínez. El pasado miércoles y con el nexo común de la vejez y sus circunstancias os recomendé con fervor las novelas de otra autora de nuestro país, Eva Díaz Pérez y su espléndida Los viajeros del continente; de la muy reconocida escritora francesa Delphine de Vigan con Las gratitudes, un libro formidable que acumula reediciones; y de la joven argentina Julieta Correa y su bellísimo ¿Por qué son tan lindos los caballos? 

Hoy, el nexo que une a nuestras tres invitadas es el de una cierta “britanidad”, valga el neologismo, pues una de ellas, Elizabeth Taylor (que no es la actriz), es efectivamente británica; otra, Elizabeth Bowen, es angloirlandesa; y por fin la última, Rebecca West, es abiertamente londinense. Las tres son casi de la misma época, nacidas en 1912, 1899 y 1892, respectivamente, y obviamente fallecidas ya hace unos años. Hay, aparte de los reseñados -origen geográfico y contemporaneidad-, otro elemento en común entre ellas, y es que en las tres novelas es sustancial la presencia de la muerte como circunstancia que impregna, de un modo más o menos directo, las vivencias de sus protagonistas. 

Doy comienzo, pues, a mi recorrido por las islas británicas con el último libro de Elizabeth Taylor publicado en España; y lo hago, abrir el programa con él, porque hay una muy evidente conexión de la novela con el hilo que anudaba los tres títulos de hace siete días: la ancianidad y el deterioro, la vulnerabilidad y las limitaciones que lleva consigo. Se trata de Prohibido morir aquí, que vio la luz el pasado 2025 en la editorial Libros del Asteroide con la traducción de Ernesto Montequin. 

Elizabeth Taylor, que odiaba su nombre por la inevitable y muy frecuente confusión con la actriz, fue una escritora (hablo en pasado: nacida en 1912, murió un día antes que Franco, hace ya, pues más de cincuenta años), de la que siempre se destaca su tardía valoración crítica, empezando a ser reconocida por la academia y considerada por los círculos literarios solo tras su muerte. Con una docena de libros publicados, hay traducciones de la mitad de ellos a nuestro idioma al menos desde 1986, cuando la extinta editorial Bruguera presentó la novela que ahora nos ocupa con el título (más acorde con el original, Mrs Palfrey at the Claremont) de El hotel de Mrs. Palfrey y la traducción de la poeta y hoy miembro de la Real Academia de la Lengua Clara Janés. De Taylor yo leí hace años El juego del amor, otra novela magnífica de la que algún día os hablaré en extenso, editada en 2013 por Ático de los libros, con traducción de Claudia Casanova. 

Prohibido morir aquí comienza cuando Laura Palfrey, viuda de un funcionario colonial británico, baja de un taxi bajo una lluvia torrencial, en la tarde de un domingo de invierno, ante el Hotel Claremont de Londres en el que desde ese momento va a alojarse obligada por su viudedad y su relativa escasez de medios. La anciana, que desconoce el hotel (Había descubierto por casualidad el anuncio en el periódico del domingo mientras pasaba unos días en Escocia en casa de su hija Elizabeth. Tarifas reducidas en invierno. Cocina excelente), se muestra inquieta tanto por el profundo cambio al que se ve abocada como por el hecho de que el propio taxista que la lleva ignorase la existencia del hotel (empezaba a preguntarse en qué clase de establecimiento estaba a punto de hospedarse). Asentada, al fin, en su modesta habitación, la inquietud da paso a la angustia (Después de que el portero dejara las maletas en el suelo y se marchara, la señora Palfrey se dijo que así debían sentirse los presos la primera vez que los dejaban solos en su celda: primero se acercarían a la ventana, luego se volverían para mirar la puerta que acababa de cerrarse y, por último, contarían los pasos que separaban las paredes. Se imaginó la escena vívidamente). La austeridad del cuarto (Se parecía bastante a la habitación de una criada), la alfombra gastada, el olor acre del radiador, la cómoda vulgar, la deprimente vista desde la ventana de su habitación trasera -un muro de ladrillos blanco manchado por el agua sucia de la lluvia- la sumen en el desasosiego: El silencio era extraño, el silencio y la extrañeza de una tarde dominical, y por un momento su corazón dio un vuelco, empezó a latir con desesperación horrorizada, como lo había hecho la vez en que de pronto supo, o más bien no pudo no saber, que su marido estaba en el umbral de la muerte y evidentemente se disponía a franquearlo. Restablecida de su congoja, deshecho el equipaje -lo deshizo con la mayor lentitud posible para no dejar mucho tiempo libre antes de la cena; una frase muy elocuente que revela ya desde las primeras páginas no solo el estado anímico de la mujer sino uno de los ejes temáticos del libro: la terrible soledad de la vejez-, la señora Palfrey bajará al comedor para encontrarse por primera vez con los otros huéspedes del hotel, en su mayor parte ancianos que, como ella, pasan sus últimos años, sin demasiada esperanza ni apenas aliciente alguno, en aquel lugar “respetable” pero decadente e indudablemente venido a menos. 

La novela, ambientada en una época sin datación expresa (aunque de coordenadas temporales fácilmente constatables: en una tienda de ropa que visita la anciana suena She's leaving home, la genial canción del Sgt. Peppers de los Beatles, publicado en 1967; el libro, por otra parte, es de 1971), se centra en la señora Palfrey y el peculiar microcosmos que la acoge, un espacio algo desabrido poblado por una “fauna” cuanto menos singular y, en muchos casos, francamente extravagante, de personajes tan solitarios como ella misma y, al igual que ella, necesitados de contacto, reconocimiento y afirmación (En el Claremont, la vida de los huéspedes residentes transcurría en soledad. Cada una de las ancianas se sentaba sola a la mesa y salía a pasear sola). Esa “exigencia” de aceptación y pertenencia, de encontrar un lugar entre los huéspedes, los lleva a impostar, en mayor o menor medida, una existencia plena en la que la soledad, la tristeza, el miedo, el vacío vital, la insatisfacción, los desengaños y el declive físico no son tales, pues todos dicen tener un pasado feliz del que presumen, una existencia lograda a sus espaldas que exponen y lucen y un sinnúmero de amigos y familiares que los arropan y siempre están prometiendo su visita. Ello ocurre también con la protagonista, que en las conversaciones con sus compañeros de residencia aludirá, como muestras de su “anclaje” en la vida normal, de la que la estancia en el hotel resulta una excepción, a su hija Elizabeth, que reside en Escocia y con la que, sin embargo, solo mantiene una fría correspondencia de compromiso (Después de tantos años ya no tenía comunicación alguna con su única hija. Esas cartas que intercambiaban eran una farsa o una mera formalidad). Intentará también, por disimular su soledad ante los residentes, intentar el contacto con alguna lejana amiga de su etapa escolar o de los días en las colonias (cuando, en sus tiempos de recién casada vivía en Birmania con su marido militar), resignada al no obtener respuesta a sus impacientes y desesperadas cartas (aún no había descubierto que los otros huéspedes daban más importancia a las visitas de la que realmente tenían). Su único vínculo con el mundo “real” lo constituye su nieto Desmond, que trabaja en el Museo Británico y ha prometido almorzar con ella en el Claremont algún día. Pero el tiempo pasa y Desmond no aparece. La señora Palfrey ya casi había terminado de tejer el jersey para su nieto y todos en el hotel sabían que él no había pasado a recogerlo. La necesidad de guardar las apariencias -otro de los ejes temáticos del libro, como luego veremos- había constituido una parte importante de su vida en Oriente y resulta un elemento constituyente de su personalidad. Ello la obligará a mentir y a recordar, cada vez con mayor dificultad, sus mentiras. Inventará así enfermedades para Desmond y continuos viajes al extranjero relacionados con su trabajo, justificaciones todas de su persistente ausencia, que el muchacho no explica, sin ni siquiera tomarse la molestia de contestar a las cartas de su abuela ni a sus invitaciones a comer en el Claremont (el joven estudioso y un tanto remilgado del que siempre se había sentido orgullosa no parecía tener el menor interés en ella), lo que agudiza el desconsuelo de su abuela: Empezaba a sentir que la compadecían. Todos los otros huéspedes recibían visitas, incluso los parientes lejanos cumplían con su deber de vez en cuando: se quedaban un rato, elogiaban las comodidades del hotel y se marchaban aliviados. A la señora Palfrey le resultaba inconcebible que su único nieto —su heredero, de hecho— se mostrara tan desconsiderado

Un día, cuando, ya de anochecida, la señora Palfrey regresaba de la biblioteca, a donde acudía de vez en cuando en busca de algún libro, trastabillará en la acera y caerá con el estrepitoso estruendo derivado de su contundente porte (Era una mujer alta, corpulenta, de rostro noble, cejas oscuras y mandíbula de contorno firme. Habría podido ser un hombre apuesto y distinguido y, a veces, cuando se ponía un traje de noche, parecía un general ilustre disfrazado de mujer), dañándose una pierna. Aturdida, sin aliento, con sangre en una dolorida rodilla, envuelta en lágrimas de impotencia y desesperación, consciente de la difícil circunstancia -«Jamás lograré regresar al hotel», pensó-, verá llegar a un joven, surgido del patio de una vivienda cercana, que la auxiliará, la llevará a su casa, le curará sus heridas y, tras prepararle un té y ofrecerle un rato de relajante conversación la enviará en un taxi a su hotel, restablecida y, en cualquier caso, reconfortada por la amabilidad y la atención de las que ha sido objeto. Pocos días después, la anciana, entusiasmada por ese contacto fugaz pero ilusionante, corresponderá a la diligente acción del muchacho, Ludovic Myers -Ludo-, un escritor sin demasiado futuro -ni presente-, con una invitación a cenar en el Claremont. Al plantearle su propuesta y tras ponerle en antecedentes de su delicada situación en el hotel, sometida a las murmuraciones del resto de huéspedes, pactará con el joven que en esa cena él se haga pasar por su nieto. Esa inocente mentira, hará nacer entre ambos un vínculo inesperado, hecho de paciente amabilidad, amistad no del todo desinteresada y, en el fondo, necesidad mutua. Para la señora Palfrey, Ludo supone, sin duda, la posibilidad de compañía y atención, sin desdeñar que la presencia del joven le permite la oportunidad de “mostrar” ante el resto de los residentes del hotel que no está sola; a la vez, Ludo ha encontrado en la anciana un “material” potencialmente literario que le permita completar por fin la novela en la que lleva años atascado (el destino dejó caer a una anciana en mi patio justo cuando la necesitaba, porque se me había ocurrido escribir sobre ancianas. Cuando me dedicaba al teatro de repertorio en Woodbury solía observarlas en la pensión, sentadas como sapos en los rincones oscuros, adormecidas o completamente dormidas o hurgando debajo de los apoyabrazos de los sillones en busca de las agujas de tejer. Para mí es un modo de ejercitar la imaginación, pero por otra parte también me alegró poder estudiar de cerca a una anciana de carne y hueso), además de encarnar una figura humana, cercana, agradecida, entregada incluso, que aporta a su vida -despegada y superficial- y a su personalidad -ligera y algo cínica- una dimensión más auténtica. 

La novela explora esa relación y sus consecuencias, tanto en el ámbito externo -las vicisitudes de la aparición de Ludo en el hotel, la repercusión de su presencia en los otros huéspedes, las circunstancias de la cotidianidad de la anciana tras el encuentro, los cambios en la soledad de Ludo (Estar solo en South Kensington un domingo es el colmo de la soledad) después de la aparición de la señora Palfrey en su vida, el renovado contacto epistolar con su madre alejada, envuelta en una nueva relación (Mi madre tiene un nidito de amor en Putney. Es una mantenida, en cierto sentido)-, como, sobre todo, en los pensamientos, las reflexiones, los sentimientos y las emociones de ambos, especialmente de la ilusionada mujer (de pronto descubrió que estaba bajo los efectos del encanto del muchacho, y el encanto era un nuevo ingrediente en su vida) a partir del equívoco, de la impostura inicial. 

La descripción de la vida en el hotel es, simultáneamente, dramática y por momentos hilarante. Los rituales de las comidas y las cenas, los menús repetidos -Vaya, esta noche nos espera estofado de pollo-, las mesas solitarias, las miradas inquisitivas, las conversaciones esporádicas, los cotilleos en las sobremesas en los salones del recinto, las pequeñas rencillas, las supuestas ofensas enquistadas, las disputas por los sillones favoritos de cada cual, las mujeres absortas en sus labores, en sus novelas de Agatha Christie, las manías de los residentes, sus peculiaridades, sus muy particulares interacciones sociales: el señor Osmond, intemperante, pelma, quejándose de continuo al portero, a los camareros, al director, detestando la compañía femenina, irritado con el mundo, enviando indignadas cartas a los periódicos sobre la aplicación del sistema decimal, la fluorización, la inseminación artificial, la migración de aves, la integración racial, las drogas y el vandalismo; la señora Burton, llamando la atención y ahogando en whisky su desesperación; la señora Arbuthnot, una anciana encorvada por la artritis, despreciativa y rencorosa, culpando a su marido de haber muerto y haberla abandonado a su propia suerte, angustiada por su encierro en el hotel («No puedo morir aquí», pensó en mitad de la noche); la señora Post, tacaña, aburrida, solitaria, amargada al pensar que estaba sentada allí, esperando que fuesen a buscarla por caridad. Los ancianos personajes de Taylor no son meros clichés, sino individuos complejos con sus manías, sus sueños, sus ridículos rituales sociales, sus miserias, sus decepciones, su hastío, su desesperanza, su renuncia, entre resignada y dolorida, a toda ilusión. 

Entre todos ellos la señora Palfrey pasea su soledad, viviendo con melancolía su pérdida de estatus; el declive de su clase social; la actual escasez de recursos; la añoranza de los años en Birmania; el color rosa de Inglaterra que en sus mapas infantiles cubría el mundo entero, en un Imperio ya desaparecido; el desmoronamiento de un mundo, la sociedad británica de posguerra, en el que todo, las costumbres, los ceremoniales, las reglas de cortesía, los prejuicios, han perdido su significado; su juventud; los recuerdos de la felicidad pasada que solo ahora comienza a valorar (Si en aquel entonces hubiese sabido lo feliz que era —se dijo—, lo habría arruinado todo), de los días vividos con su marido; la añoranza de otras vidas no vividas, las pérdidas, todo aquello que ya nunca volverá a ser; el rechazo de su hija, alejada y ajena; el desinterés de sus improbables amigas; los celos, las mentiras, la tiranía de las apariencias, las maledicencias y las rencillas con sus compañeros de “reclusión”; el sentimiento de culpa por su mentira. Y, sobre todo, la ominosa presencia de la vejez, la lentitud, los cambios, las limitaciones, los olvidos, la desmemoria, el pasado omnipresente, la nostalgia, el tiempo que avanza, los achaques (Sostenía la bandeja con manos temblorosas, «como todas las manos en el Claremont», se dijo Ludo), la lucidez de quien percibe su ineluctable declinar. Sin embargo, la mujer no se rinde del todo a la inexorabilidad biológica ni acepta conformista su declive, pese a ser consciente de la dificultad de oponerse a él (se esforzaba por disimular sus olvidos. Ser viejo era un trabajo duro. Era como ser bebé, pero a la inversa. Un niño pequeño aprende algo nuevo cada día; un anciano olvida algo cada día. Los nombres desaparecen, las fechas ya no significan nada, las secuencias se tornan confusas y las caras borrosas. La primera infancia y la vejez son épocas agotadoras). Y en esa tenue resistencia a lo inevitable (La catástrofe de la vejez residía en no atreverse a ir a cualquier parte, en resignarse a perder la libertad), Ludo representa un destello -tenue y débil: ella sabe que todo es un artificio (Aquella noche la señora Palfrey permaneció despierta en su cama un rato largo, saboreando esa frase: «Me refiero a si son lo bastante buenos para usted». A lo largo de su vida le habían dicho cumplidos, de esos que siempre se recuerdan, pero pertenecían a un pasado remoto. «No importa», pensó, «son tesoros que nadie podrá arrebatarme nunca»)- de esperanza, de vida plena (De pronto se sintió exhausta, como ahogada por el amor). Fingir que Ludo es su nieto, creer -o simular que cree- en su afecto desinteresado, no es solo una obvia estrategia social para preservar su dignidad frente a la mirada de otros residentes, no es solo una manipulación levemente maliciosa, sino que estamos ante una ficción existencial -no un autoengaño- que Palfrey construye -y, al necesitarla, persiste en ella- para sentirse a salvo del derrumbe. Ficticia o no -y Taylor aporta información suficiente como para que el lector intente dilucidar los términos del contacto entre ambos, centrando el foco en ocasiones en la personalidad, las relaciones, los pensamientos, las vivencias, la precariedad laboral y económica y el desconcierto vital de Ludo-, la relación del joven y la anciana ofrece muestras de afecto genuino, de cariño desinteresado y ello no solo desde la perspectiva de la mujer. Piensa Ludo: Nunca había habido alguien como ella en la vida de Ludo: ninguna tía que lo mimara, ninguna niñera que lo cuidara, ninguna hermana que lo adorara; habían sido solo su madre y él, apiñados en casas demasiado pequeñas y discutiendo a todas horas

Una historia, pues, entrañable, con muchos elementos de interés más allá de su trama central: la espléndida recreación del universo del Hotel Claremont; las lúcidas reflexiones sobre la vejez, la necesidad de afecto y cuidado, la soledad de los ancianos y del propio Ludo («Me siento como un huérfano», pensó Ludo en el camino de regreso a su casa. «Estoy completamente solo y tengo que asumirlo.»); las difíciles relaciones familiares (el desapego de Elizabeth con su madre, la distancia del muchacho con la suya); la crítica a las convenciones y la hipocresía social; el afilado retrato de un tiempo, unos valores, una forma de estar en el mundo y unas anquilosadas diferencias de clase que se vienen abajo en una Inglaterra, la poscolonial que surge tras la Segunda Guerra Mundial, en transformación y abierta a la modernidad. Quiero, en este repaso a algunos frentes valiosos del libro, aludir también a un cierto juego metaliterario que introduce su autora. La novela que está intentando escribir Ludo, movido por la “inspiración” que supone la irrupción inopinada de la anciana, se titula Prohibido morir aquí. La gerencia del Claremont, preocupada por la imagen pública del establecimiento, procura que los huéspedes se muden a una residencia cuando sus limitaciones, y la cercanía de la muerte, les impida una estancia en el hotel acorde con la “dignidad” que se espera del lugar. En su primera cena con Ludo, la señora Palfrey le transmitirá al joven esa pauta con fórmula rotunda: tenemos prohibido morir aquí. Ludo encuentra en ella la idea central y el título de una novela, de cuyos desarrollo y desenlace solo sabremos en las páginas finales del libro de Elizabeth Taylor. 

Todo ello, esta amplia variedad de temas, se presenta bajo una opción estilística amable, que algún crítico ha denominado “gracia sin crueldad”, con abundantes muestras de ironía y humor no hirientes aunque muy reveladores de la impostura, de la mezquindad, del egoísmo de muchos de sus personajes. Pese a la dureza -al dramatismo incluso- de los asuntos tratados, el lector avanza en el texto con una tenue sonrisa en los labios -que a veces debe congelar-, compartiendo la cotidianidad de la señora Palfrey y sus circunstanciales compañeros de vida, que es mostrada con ternura, con contención, con autenticidad, con cercanía, con comprensión, con afabilidad, sin excluir en absoluto, antes al contrario, la profundidad en la exposición y el tratamiento de algunos grandes temas sociales, filosóficos y morales; como en esta lúcida reflexión de la señora Palfrey con la que cierro mis comentarios a este primer libro del programa: A veces, de recién casada, anhelaba liberarme… liberarme de la crianza de mi hija, liberarme de las obligaciones sociales, liberarme de mis deberes, ¿entiendes? Y liberarme también de las preocupaciones que ocasionan los seres queridos, las enfermedades de la niña y de mis padres que envejecían, de los problemas de dinero. Todo el mundo desea de vez en cuando huir de todo eso, aunque en realidad no deberíamos desearlo... y ahora he comprendido que solo podemos ser libres cuando nadie nos necesita

Con ocasión de las frecuentes visitas que las huéspedes del hotel hacen a la biblioteca en procura de nuevos libros que alivien su solitario tedio, Taylor cita a algunos de los autores bien conocidos cuyas obras eligen las ancianas: Snow, Manning, Durrell, Fleming… y Elizabeth Bowen, mi segunda invitada de esta tarde. 

Elizabeth Bowen, nacida en Dublín en 1899 y fallecida en Kent, Inglaterra, en 1973, fue una escritora destacada, vinculada al círculo de Bloomsbury de las hermanas Virginia Woolf y Vanessa Bell, Edward Morgan Foster o John Maynard Keynes, entre otros. De familia acomodada, perteneciente a la minoría protestante terrateniente británica que había dominado Irlanda durante siglos -circunstancia y contexto histórico de notable presencia en el libro que hoy presento, como luego veremos- vivió a caballo de Irlanda -en donde heredó Bowen’s Court, la propiedad familiar en el condado de Cork- e Inglaterra, país para cuyo Ministerio de Información trabajó durante la Segunda Guerra Mundial como observadora encubierta, redactando informes y artículos sobre la realidad irlandesa en relación con el ancestral conflicto entre ambos países. Con decenas de títulos publicados, entre novelas, ensayos y cuentos, Bowen tiene una cierta presencia en nuestro mercado editorial con cinco novelas aparecidas en PreTextos e Impedimenta, con dos títulos en cada una de ellas, y Acantilado, que presentó en 2013 este El último septiembre, el libro del que esta tarde voy a hablaros. La editorial nos ofrece la novela, la segunda de su autora y escrita en 1929, en la traducción de la reconocida historiadora, espléndida y muy singular ensayista y siempre solvente traductora, María Belmonte, colaboradora habitual del sello Acantilado. Esa constatada competencia como traductora permite suponer que los muchos fallos de la edición le son ajenos, siendo debidos, como parece evidente, dada la naturaleza de los errores, a un intolerable descuido en la edición. Una chirriante “horma” sin hache; la mención -ni más ni menos que en cuatro ocasiones- al personaje de Lady Naylor como Lady Taylor; las reiteradas confusiones en el nombre de un joven primo de la protagonista, que aparece indistintamente como Lawrence o Laurence; o un despiste en la atribución de género (querida/querido) al referirse a un determinado interlocutor, son errores imperdonables en una editorial del prestigio y la calidad del sello barcelonés. 

Resulta difícil anticiparos un breve resumen argumental de la novela; y ello es un elemento relevante, pienso, del planteamiento literario de su autora. Frente a la novela histórica -lo es, en cierto modo, al situarse la acción en el verano de 1920 y en el contexto de los acontecimientos de la Guerra de la Independencia de Irlanda- en la que tradicionalmente los “grandes sucesos” estructuran el relato, en este caso, los hechos decisivos que enmarcan la narración -la mencionada guerra, la presencia en Irlanda de las fuerzas militares auxiliares británicas, la violencia, los incendios, los ataques de los combatientes del IRA, la caída de poder colonial- ocurren “fuera de campo” y el lector tiene noticia de ellos de un modo tangencial a partir del reflejo y la afectación que esos hechos tienen en los personajes. 

La “acción” se sitúa así durante un verano y comienzos de otoño de 1920 en la mansión de Danielstown (trasunto en la ficción del Bowen’s Court real, en uno de los muchos referentes autobiográficos de una novela que, como luego veremos, no lo es -autobiográfica- en términos generales), propiedad de Sir Richard y Lady Naylor y ubicada en el sur de Irlanda. Allí encontramos a Lois Farquar, la joven huérfana sobrina de los Naylor. Lois se encuentra en ese estado de indefinición propio de la juventud: ha dejado de ser una niña, pero no es aún una adulta plenamente integrada en su entorno. La mirada de la chica, vacilante y desconcertada, a través de la que observamos la desconexión entre el mundo aristocrático de los propietarios de la mansión y el entorno que lo rodea, con el conflicto subyacente a la época histórica, será la que configure el núcleo central de la novela. La narración nos muestra ese universo hecho del día a día en compañía de sus tíos y de un amplio elenco de visitantes -jóvenes y adultos-, entre los que se cuentan los militares ingleses acuartelados en la zona, a través de los cuales se colará en aquel ámbito de placidez la cruda realidad del enfrentamiento y la violencia. En el relativamente protegido microcosmos de Danielstown se suceden, sin embargo, flirteos, visitas, cenas, bailes, excursiones, partidos de tenis, paseos en coche. Se insinuarán posibles relaciones sentimentales, coqueteos de las chicas con los oficiales “invasores”, pequeños dramas cotidianos, banales en comparación con lo que se está dirimiendo “extramuros”. 

No hay, por tanto, como ya he señalado, una acción narrativa en sentido convencional. La novela no progresa mediante una sucesión de acontecimientos decisivos, giros dramáticos o conflictos explícitos (aunque hay enamoramientos y rechazos, hay drama y tragedia, hay quebrantos y destrucción y muertes), sino a través de una acumulación de escenas sociales, conversaciones triviales -y algunas más profundas-, desplazamientos mínimos y expectativas que rara vez se cumplen. Esta elección formal no es accidental y parece obedecer al propósito de la autora de, a través de esta estructura narrativa que subraya la inmovilidad, reproducir la experiencia de una clase social atrapada en una ilusión de continuidad, que, como el verano que acaba, como la adolescencia juvenil de Lois, como el statu quo británico en Irlanda, se encamina al “último septiembre”. 

La novela se inscribe así en la Big House novel, un subgénero literario típico de la literatura irlandesa que se centra en el modo de vivir y la decadencia de la clase social llamada Ascendancy, integrada por terratenientes de origen británico de la época colonial (he podido ojear -en un repaso superficial- una interesante tesis sobre el asunto, escrita por Lidia María Montero Ameneiro: Incidencia de la Big House novel en la literatura irlandesa contemporánea). Estas novelas plantean la desintegración de los valores de un estrato social que, en su estancamiento, en su inmovilismo, es incapaz de hacer frente a las demandas de un nuevo orden social, y permanece inconsciente -con tan solo una vaga inquietud- ante un mundo exterior, la Irlanda rural católica, que se opone y se rebela contra los ocupantes británicos, y que permanece en gran medida invisible, aunque cada vez más amenazante. Danielstown es en la novela, pues, la Big House, la Gran Mansión, que representa esa “temporalidad suspendida”, relativamente indiferente a la guerra de guerrillas que se desarrolla entre los irlandeses que luchaban por la libertad y las tropas británicas acuarteladas en el territorio y cuyos oficiales visitaban asiduamente los salones de la residencia de los Naylor y enamoraban a las muchachas del lugar. Por entre el relato de las vicisitudes triviales de los habitantes de la mansión y de su invitados, van aflorando, poco a poco, noticias de emboscadas, detenciones, atentados, robos, capturas e incendios, represalias y “contrarrepresalias”, de los sucesos que en esos años (la guerra de la Independencia de Irlanda se desarrolló entre 1919 y 1921, y finalizó con la constitución del Estado Libre de Irlandés en 1922) mantuvieron al país agitado, atormentado y en tensión, con los británicos patrullando y deteniendo a sospechosos de rebelión y los irlandeses planeando, esperando y asestando golpes. 

A partir de un mínimo conocimiento de la trayectoria vital de la autora o siguiendo el “pálpito” que como lector de décadas uno ha acabado por desarrollar, mientras se avanza en el libro van surgiendo infinidad de elementos, pensamientos, situaciones, condiciones del entorno, que -por la precisión y el detalle con los que se presentan, con el tono verosímil de quien los relata, con el carácter fidedigno que rezuman- parecen directamente extraídos de la propia experiencia vital de la autora, tanto en lo que se refiere al plano íntimo de la vivencia subjetiva de Lois, como en lo relativo al escenario “prebélico” que envuelve la realidad de Danielstown. Y así es, en efecto, aunque con ciertos “reparos”, tal como se apresura a aclarar la propia Bowen en un muy elocuente postfacio con el que cierra, tras la clausura de la narración novelesca, su libro. Confiesa la escritora: Esta novela tuvo un origen profundo, nebuloso y espontáneo. Rebosa experiencias de mi primera juventud que le confieren cierto tono poético, experiencias apenas o nada conscientes, poco o jamás registradas por la mente y que, sin embargo, han permanecido inmunes y puras. (…) Mi adolescencia en el condado de Cork —en la casa llamada Danielstown en la historia— aunque ocasionalmente estuvo marcada por aspiraciones, romances pasajeros o placeres, fue principalmente un periodo de impaciencia, frivolidad, lasitud o aburrimiento. No dejaba de preguntarme qué iba a ser y cuándo. Y puntualiza: Yo soy hija de la casa en la que se inspiró Danielstown. En la vida real la casa ha sobrevivido: ahora es nuestro hogar. (…) Sí, el escenario de la novela es real y el mes desempeña un papel en la historia. Lois, a pesar de no ser yo, proviene de mí a los diecinueve años. El resto de personajes es imaginario y la historia, aunque podría haber sido real, no lo es

Otro tanto ocurre con el marco histórico en que se desenvuelve la novela, vivido igualmente por la escritora en su juventud, como refleja este fragmento: Durante los «Disturbios», la postura de familias angloirlandesas terratenientes protestantes como los Naylor de Danielstown, no sólo era ambigua, sino mucho más desgarradora de lo que eran capaces de expresar. Su heredada lealtad a Inglaterra —país donde sus hijos estudiaban, en cuyas guerras morían y al que debían sus tierras y poder— los empujaba en una dirección; la implícita «sangre irlandesa» que corría por sus venas, en otra. Los Naylor y los de su clase recibían a oficiales británicos porque también ésta era una antigua y encantadora tradición social; no hay más que ver cualquier libro angloirlandés de memorias o cualquier novela antigua. A pesar del peligro (¿o quizás a causa del mismo?) que podía entrañar dicha frecuentación, la pequeña aristocracia seguía dando la bienvenida a «los militares» como siempre

Partiendo de estas premisas la novela se desarrolla en tres planos principales que se entrelazan y superponen: la descripción del mundo burgués decadente de Danielstown, con el estudio caracterológico de los personajes (además de Lois Farquar, los Naylor o el oficial Gerald Lesworth, infinidad de secundarios dibujados con pulso, como el primo Laurence, los Montmorency, Marda Norton, entre otros); el mencionado conflicto entre Irlanda e Inglaterra, que aflora en las conversaciones y discusiones políticas de los habitantes de la mansión, en las visitas de los jóvenes militares en las fiestas y bailes, y, sobre todo, en la cada vez más notoria intromisión en la cotidianidad de la casa de episodios del enfrentamiento que se desarrollaba fuera de ella: patrullas, redadas, detenciones, sospechas de espionaje, incidentes armados, tiroteos y también muertes; y, por último, como centro de gravedad psicológico, como eje que nuclea las peripecias de unos y otros, la exposición, aguda, profunda y penetrante de la personalidad de Lois, de su intimidad, sus dudas, su conciencia en formación, su subjetividad aún inestable, su acercamiento, a la vez fascinado y crítico, al mundo que la rodea, su desajuste y desconcierto ante él, su inadecuación a sus anticuadas reglas y su imposibilidad, todavía, de encontrar su propio espacio, una alternativa viable de futuro. Esta dimensión de la novela como relato de una educación sentimental aún sin resolver (porque casi cada episodio, cada lance -una conversación, un encuentro amoroso, una muestra de interés de alguien hacia ella, un desaire, una noticia que da cuenta de la violencia- deja en Lois una impresión intensa pero inconexa, desconcertante, que no fragua en un crecimiento, en un aprendizaje) me parece lo más destacado de un libro que os recomiendo con entusiasmo. 

Un entusiasmo que, como de costumbre, me lleva a detenerme en demasía en mis comentarios sobre cada libro (¡y eso que me reprimo y dejo fuera muchos de los que he anotado en mis apuntes de lectura!), sin dejar espacio apenas para hablaros de mi última sugerencia de esta tarde, condenada ya a una muy sucinta glosa. Mi tercera propuesta de esta semana es un libro que es, quizá, la obra mayor -al menos la más popular y difundida- de su autora, Rebecca West. El regreso del soldado es una pequeña joya que pese a haber sido escrita ni más ni menos que en 1918 (aunque su autora revisó el texto en 1980, tres años antes de su muerte) no llegó a ver la luz en nuestro país hasta un muy tardío 2008. Os lo traigo en la edición de Herce de ese año, en traducción de Laura Vidal, aunque hay versiones posteriores, como la reciente de Seix Barral, de 2022, con traducción de Andrés Barba y un estupendo epílogo, que deberíais leer para ahondar en el conocimiento de la obra (aunque solo después de terminada la lectura del libro) del recientemente fallecido José María Guelbenzu.

Rebecca West es el seudónimo literario -extraído, al parecer, de una obra de Ibsen- de Cecily Isabel Fairfield. Las distintas notas biográficas que he podido consultar nos la presentan, con machacona reiteración, como escritora, periodista, crítica y feminista, incluyendo esta última condición como una muestra más de sus desempeños profesionales. Londinense nacida a finales del siglo XIX, en 1892, de vida longeva -murió en la capital británica en 1983-, fue, durante largos años, amante de H.G. Wells, con quien llegaría a tener un hijo. De la relación entre ambos ya di cuenta aquí, hace unas semanas, en mi reseña de La pregunta 7, de Richard Harrison, que entre los muchos hilos a los que se abre dedica un espacio sustancial a ambos escritores. En 1930 se casó con un banquero norteamericano, por lo que gran parte de su carrera periodística y de su compromiso político se llevó a cabo en los Estados Unidos. Allí colaboró de modo habitual con distintas publicaciones, como The New Yorker, The New Republic, Sunday Telegraph y el Herald Tribune neoyorquino, además de su constante participación en medios socialistas y feministas, de cuyas causas siempre fue defensora. Combativa y con personalidad, su implicación como partidaria del Frente Popular en la guerra española y sus críticas al comunismo tras la segunda contienda mundial, le granjearon críticas y acusaciones desde posiciones políticas diversas y hasta opuestas (lo que siempre resulta una magnífica señal de libertad, independencia y criterio propio). Viajera impenitente, fue amiga de Doris Lessing y Virginia Woolf y amante, al parecer, de Charlie Chaplin. Tuvo un pequeño papel en Reds, la película de Warren Beatty sobre la revolución rusa. 

El regreso del soldado, una novela muy breve, de apenas ciento cuarenta páginas, aunque intensa y magistral, parte de una anécdota muy simple, casi trivial, podríamos decir, pero que permite a su autora construir, con un tan sencillo germen, una historia llena de evocaciones, que induce a la reflexión sobre el amor, la identidad, las convenciones sociales, la autenticidad, la importancia de las apariencias, los prejuicios de clase, la belleza real y la inventada, y, en definitiva, el sentido último de la vida. 

La novela se abre con una conversación entre Kitty, refinada, elegante y algo snob esposa de Chris Baldry, y la prima de éste, Jenny. Ambas viven en una inmensa y hermosísima mansión en el campo desde la que la mirada abarca kilómetros de pastos esmeralda, húmedos y brillantes al pie de unas lustrosas colinas, azules por la distancia y los bosques distantes. Más cerca se aprecian la agradable corrección del césped y del cedro del Líbano, cuyas ramas son como la oscuridad hecha materia, y la amenazadora aspereza de los pinos más altos del bosque que se extiende hacia el sur desde el estanque hasta los pies de la colina, sus ramas desnudas de una textura tupida de tonos castaños y púrpuras, tal y como se describe en un fragmento del texto. La belleza, el sosiego, la tranquilidad del lugar, perteneciente a la adinerada familia Baldry, contrastan con el mundo que discurre fuera de él. La primera guerra mundial, la Gran Guerra, destroza vidas a unos cientos de kilómetros, en las húmedas trincheras de los campos de Francia, y en ellas, Chris Baldry lucha por su patria mientras su esposa y su prima esperan su regreso acomodando el idílico entorno de manera que el joven pueda reencontrarse a su vuelta con el esplendor de la vida en la campiña inglesa: el brillo multicolor de las maderas barnizadas, el acogedor abrazo de los sillones tapizados, de las pesadas cortinas, de las cálidas telas que recubren las paredes, la luz tenue de los candelabros, el agradable calor de la confortable chimenea, el frescor de los frondosos rincones del jardín, la desbordante luminosidad de los capullos de rosa, las azaleas resplandecientes, los dorados helechos, los oscuros macizos de rododendros, las garzas sobrevolando los sauces, el afable cariño de sus perros, de sus caballos favoritos, y, sobre todo, el amor incondicional de su mujer y la admiración y el cariño fraternos de su prima. 

Sin embargo, toda esta placidez va a quedar truncada a las primeras de cambio cuando en Baldry Court se presenta la señora Gray, de soltera Margaret Allington. Margaret es una mujer ordinaria, desaliñada y muy poco agraciada, que comparece pobremente vestida con ropas baratas y algo desastradas en la lujosa mansión de los Baldry. Su aspecto era terrible, estaba repulsivamente rebozada en abandono y pobreza, como un guante caro que ha caído bajo una cama en un hotel y tras permanecer allí un día o dos resulta repugnante cuando la criada lo rescata del polvo y las pelusas, relata la narradora, la prima Jenny, desde cuya perspectiva se cuenta la historia. La ahora señora Gray (su marido actual, un hombre enfermo e igualmente mediocre), que había estado enamorada de Chris Baldry, un amor correspondido por éste, hace quince años, lleva consigo un telegrama del propio capitán Baldry, dirigido a ella desde un hospital francés. Al parecer, según señalan el telegrama y una carta adicional más íntima remitida de modo personal a Margaret, la explosión de un obús ha afectado a Chris provocándole una pérdida de memoria, de tal manera que todo su ser, su mente, sus afectos, sus recuerdos, se retrotraen quince años atrás. Así, en su cerebro afectado por la explosión, se siente un joven de veintiún años y no un adulto de treinta y seis. Además, no reconoce en Kitty a su mujer y sí, en cambio, experimenta como algo vivo el amor juvenil que hacía tres lustros sintiera hacia Margaret. 

Pocos días después de esta sorprendente aparición, Chris es repatriado y tras su llegada a su antiguo hogar, su amnesia, en efecto, le hace ignorar su matrimonio con Kitty, le permite identificar a su prima Jenny tan sólo como un mero recuerdo de su pasado, le lleva a desconocer los principales cambios ocurridos en el personal y la fisonomía de la mansión y, sobre todo, le hace seguir experimentando por Margaret un amor verdadero e intenso, genuino y pleno, como si su juventud aún floreciera, como si no pudiera ver en ella a esa mujer ajada y vulgar, de feas manos -las manos, un motivo recurrente en el libro-, y sí únicamente a la dulce joven de su pasado, como si su boda con Kitty nunca hubiera tenido lugar, como si la guerra no hubiera perturbado su vida. 

A partir de estos hechos, que se desarrollan en las primeras páginas del relato, de modo que desvelándolos no os descubro nada sustancial de él, nada que no esté recogido en la solapa del libro e incomode su lectura, se inicia el núcleo principal de la novela, en el que, de un modo muy sensible y hermoso, se encierra su más poderoso mensaje. Porque la reacción que la desmemoria de Chris provoca en su mujer y en su prima, el profundo rechazo de aquélla y la progresiva comprensión de ésta ante el hecho de que un amor de juventud, valiente, irreflexivo, sincero, pueda prevalecer pese a las diferencias de clase y educación, pese a la ostensible ausencia de belleza en la burda Margaret actual, esa reacción de perplejidad, de desconcierto, pone de relieve algunas importantes cuestiones que afectan de un modo esencial a nuestras existencias como seres humanos. ¿Somos capaces de reconocer, en una existencia casi siempre artificiosa y mediocre, entre los oropeles de un mundo ficticio que nos construimos sin querer, la más auténtica verdad de nuestra vida? ¿Podemos identificar en la más que probable vulgaridad de nuestras opciones vitales, en las domesticadas rutinas, en los hábitos cobardes, la más profunda dimensión de nuestra existencia? ¿Rodeados por la fealdad de nuestra sociedad consumista y falsa, por la mentirosa apariencia de las cosas, estamos en condiciones de captar la belleza del mundo, de ser sensibles ante los logros del espíritu, de apreciar los valores profundos, de ponderar con generosidad lo que merece la pena? 

De todo ello habla este El regreso del soldado. Y lo hace con una prosa bellísima, conmovedora, sencilla pero no simple, llena de encanto y emoción, que encierra, más allá de su superficie más o menos convencional, mucho sentimiento, mucha verdad, mucha vida. Y, desde un punto de vista más técnico, el libro sobresale por infinidad de razones: el tratamiento simbólico de la memoria; la amnesia no como un recurso sino como base de una cuestión ética (¿recordar o ignorar?); la verdad frente a la felicidad; la presencia de la muerte, en todas sus dimensiones real, simbólica, psicológica; el duelo no resuelto (hay un hijo de Chris y Kitty, el pequeño Oliver, que ha muerto antes de dar comienzo a la acción de la novela), que opera como núcleo invisible que organiza toda la acción psicológica; la Primera Guerra Mundial, que aunque no se narra de modo directo resulta determinante; la identidad y desdoblamiento del yo (Chris es el joven enamorado y el adulto social, incompatibles entre sí); los prejuicios de clase y la pertenencia a un determinado estrato social como condicionantes de la autenticidad emocional; el matrimonio como construcción vinculada a esa jerarquización social; la crítica social (la estructura de clases queda desnudada a través de las relaciones afectivas) planteada sin asomo de apriorismos ni formulaciones panfletarias; el tratamiento de la feminidad; la hondura psicológica y en particular la profunda indagación en “el trauma de guerra”; la elección de una voz narradora, la de Jenny, desde cuya perspectiva el lector conoce los hechos y cuya lucidez le permite percibir que la situación está afectando a algo más hondo que un ataque pasajero de demencia provocado por la pérdida de memoria. En su generosidad, no deja de percibir que para Chris esa historia de un amor perdido que revive por un azar inverosímil es tan verdadera como verdaderos son la belleza del mundo y el entorno de la casa y el hogar que Chris ha creado y al que Jenny también pertenece, en uno de los muchos penetrantes análisis que hace Guelbenzu en su esclarecedor epílogo al libro en su edición de Seix Barral; la economía narrativa, como refleja la ya señalada brevedad de la novela, compatible su densidad conceptual; la complejidad moral con la que se abordan los conflictos expuestos sin que la autora adelante juicios explícitos; la innovadora mirada sobre el sentimiento amoroso, en una relectura radical del amor romántico; el tono elegíaco, que trasciende al relato e impregna el alma del lector. 

En fin, tres novelas excepcionales con cuya recomendación entusiasta cierro esta tercera entrega de la serie de nueve en la que os presentaré un total de veintiséis libros escritos por mujeres y publicados en nuestro país por otros tantos sellos editoriales distintos. Os dejo ahora con un significativo fragmento de El último septiembre que refleja el ansia de vida de su protagonista, la joven Lois Farquar. Tras él un tema musical citado en Prohibido morir aquí. En uno de sus escasos paseos por Londres, la señora Palfrey se acerca a la tienda de ropa en donde trabaja Rosie, la “amiga” de Ludo. De local, repleto de muchachas que se prueban ropa en aquellos días del “swinging London”, salen los acordes de una música melancólica y hermosa: Wednesday morning at five o’clock when the day begins… Son los primeros versos de She’s leaving home, la inolvidable canción de los Beatles que forma parte de su legendario álbum de 1967 Sgt. Pepper's Lonely Hearts Club Band. Ella es la elegida para cerrar musicalmente mi reseña.


¿Has estado ya en el extranjero? 

Desde luego que no había estado, dijo, a causa de la guerra, y claro que le gustaría. Estaba Roma, donde le gustaría permanecer sola en un hotel. Estaba simplemente «el extranjero»: siempre se había preguntado cuánto duraba este sentimiento. Y sobre todo estaba Estados Unidos, pero había que contar con recomendaciones, en caso contrario se corría el riesgo de acabar con tortícolis de tanto levantar la cabeza para verlo todo. Tenía ganas de sentirse real en Londres. Nunca había fijado la mirada al salir de un desfiladero sobre pequeñas ciudades blancas distintas unas de otras y sin chimeneas que echaran humo. No había permanecido nunca más de cinco minutos en un túnel; había oído hablar de túneles en los que una podía prácticamente morir de asfixia. Nunca había visto nada que sobrepasara lo que podía imaginar. Quería ver, precisó, lejanías que estuvieran tapadas aquí y allá por Sagradas Familias; pequeños árboles negros asaltando blancas colinas. Las cosas pequeñas tendrían importancia, se decía: árboles en los que crecían luces eléctricas, le habían contado; sifones de vidrio de colores. Quería ir allá donde la guerra no había llegado. Quería conocer un país indolente donde las personas encontraran la política pesada, donde por las noches se tocara música en la calle y nadie tuviera ganas de dormir. Quería entrar en catedrales sin que nadie la reprendiera y levantar la mirada, sin ideas preconcebidas, hacia esas extrañas profundidades acuosas. Debía de haber ciudades perfectas donde las sombras tenían la solidez de edificios, ciudades secretas sin frialdad, inconscientes sin indiferencia. Le gustaban las montañas, pero no le interesaban las vistas. No buscaba la aventura, pero por una vez en la vida tenía ganas de escapar a la muerte. Quería ver algo de lo que sólo ella pudiera acordarse. ¿Se podía realmente hacer flotar una piedra sobre la lengua de un glaciar? Le gustaban los lugares sin trabas. No quería ver el Taj Mahal o la torre Eiffel (¿podía evitarlo alguien?), o ir a Suiza o Berlín, o a cualquiera de las colonias. Le gustaría conocer a otras personas y ser invitada a cenar en terrazas, y también pensaba que sería una pena perderse el amor. ¿Se podía viajar sola? No le importaría que la miraran por ser mujer, estaba cansada de que no se fijaran en ella por ser una dama. Era incapaz de imaginar no querer tener a alguien con quien hablar a la hora del té. Si iba a Cook, ¿la informarían sobre todos los trenes, en España y en otros lugares? Ella nunca había ido a Cook. ¿Había una ley que prohibía la venta de billetes a los menores de edad? 


Videoconferencia
Elizabeth Taylor, Elizabeth Bowen, Rebecca West