Vivo entre muchos libros y extraigo una gran parte de mis ganas de vivir del hecho de que aún leeré la mayoría de ellos. (Elias Canetti)

miércoles, 28 de enero de 2026

ANNE BRONTË. AGNES GREY; LA INQUILINA DE WILDFELL HALL. PAULINA SPUCCHES. BRONTEANA 

Bienvenidos a un nueva edición de Todos los libros un libro. Como saben nuestros seguidores más habituales, desde el pasado 8 de diciembre, en que se cumplieron los cien años del nacimiento de Carmen Martín Gaite, he querido centrar nuestras emisiones en distintas manifestaciones del universo de la salmantina. Así, dos días después del aniversario os hablé aquí de la que, quizá, es su obra más representativa, Entre visillos, así como de la muy completa biografía de la escritora que el sabio profesor José Teruel presentó en marzo de 2025 en la editorial Tusquets. Tras la obligada pausa navideña, ya en este enero, he querido adentrarme en una vertiente de la trayectoria literaria de Martín Gaite, no tan conocida, aunque, a mi juicio, también muy valiosa, la que tiene que ver con sus traducciones, notables en una autora que se manejaba con solvencia en seis lenguas -inglés, francés, italiano, portugués, gallego y rumano- aparte del castellano materno. Y así, esta circunstancia fue la gozosa excusa para hablaros aquí, en las dos semanas precedentes, de Cumbres borrascosas y Jane Eyre, los dos clásicos de Emily y Charlotte Brontë, traducidos por nuestra centenaria homenajeada, y cuya lectura os sugerí en medio de un desbordante aluvión de referencias, que incluía distintas ediciones de ambos libros, textos complementarios sobre las hermanas y su mundo, alguna propuesta muy original que, a partir de un personaje, lateral pero relevante, de Jane Eyre, construía en torno a él una novela autónoma, y hasta diversas versiones cinematográficas de las que, sin excesivo énfasis, podríamos calificar de obras cumbre de la literatura universal. 

Llegados a este punto de mi ambiciosa serie, se me plantea ahora, en el momento de continuarla, una disyuntiva (meramente formal y atingente al calendario, pues desde el punto de vista del contenido las dos alternativas que en este momento afloran van a ser contempladas por mí en programas sucesivos, el de hoy y el de dentro de siete días; solo debo decidir el orden). Y es que, por un lado parecería razonable mantener en esta reseña la lógica “brontiana” que ha inspirado mis propuestas de este enero, cerrando el ciclo dedicado a las jóvenes escritoras de Haworth con la presentación de la obra de la tercera hermana literata, Anne. Ello supondría dejar de lado el desencadenante “martingaitiano” del ciclo, porque las dos novelas de Anne Brontë cuya lectura también quiero sugeriros, Agnes Grey y La inquilina de Wildfeld Hall, no han sido traducidas por Martín Gaite y no guardan con ella, pues, vínculo alguno que justifique engarzarlas en una serie que la tiene como origen y causa. Pero, por otro lado, si persisto en la conexión con la escritora de Salamanca, y en particular con la dimensión de su obra que atañe a las traducciones, debiera hablaros ahora de la literatura de una escritora que me entusiasma, que he leído con pasión desde hace décadas y que ha sido objeto también del interés de Martín Gaite, que tradujo, igualmente, dos de sus libros. Estoy hablando de Natalia Ginzburg y, por centrarme en sus textos traducidos por “Carmiña”, de Querido Miguel y Nuestros ayeres, dos novelas excelentes. Pero en este caso no me quedaría más remedio que interrumpir esa profunda inmersión en la realidad de las Brontë que nos ocupa desde este pasado 14 de enero. 

Despejo, pues, el dilema -tras haceros partícipes de él y, por tanto, tras adelantar la justificación de la “razonabilidad” de la opción elegida, cualquiera que hubiera sido- eligiendo continuar esta tarde con el intenso y entregado acercamiento a la apasionante existencia -biográfica y literaria, tan entremezcladas ambas- de las hermanas Brontë, a partir de los dos títulos referidos de la menor de ellas, Anne; y dejando para dentro de siete días mi también entusiasta -e igualmente fervorosa y enérgica- aproximación a la novelística de la genial escritora italiana y en la que, anticipo, no me limitaré a las dos obras mencionadas sino que la extenderé a otros libros memorables -casi todos novelas- como Las palabras de la noche, Las pequeñas virtudes, Léxico familiar, El camino que va a la ciudad, Y eso fue lo que pasó o A propósito de las mujeres


Yo no había leído Agnes Grey hasta ahora, cuando me planteé la apertura de este ciclo “brontiano”. Sí lo había hecho, pero hace décadas y sin que en mi memoria quedara recuerdo alguno, con La inquilina de Wildfeld Hall. Su lectura actual -relectura en el segundo caso- me ha resultado altamente estimulante, aunque sin llegar a la apabullante impresión que causan las obras de sus dos hermanas mayores (pero no muy lejos de ellas). Agnes Grey os la presento en una doble edición, en las versiones de Alba y de Cátedra, siendo magníficas e interesantes por distintos motivos cualquiera de las ediciones. La de Alba, traducida por Menchu Gutiérrez, es de 1997. La de la ejemplar editorial Cátedra apareció en el año 2000 en el seno de su inigualable serie “Letras universales”, con la edición y el sustancioso estudio preliminar de María José Coperías y la traducción a cargo de Elizabeth Power. La inquilina de Wildfeld Hall, también en Alba Editorial, se publicó igualmente en 1997 y cuenta con la traducción de Waldo Leirós. De todas ellas hay ediciones más recientes y, como es obvio al tratarse de clásicos, con versiones en otras editoriales. Y aprovechando que con Anne cerramos el repaso a la literatura de las Brontë, quiero señalar que también en Cátedra, y dentro de su “Bibliotheca AVREA”, hay una formidable edición conjunta de las tres obras sustanciales de cada una de ellas, Cumbres borrascosas, Jane Eyre y Agnes Grey, en un único volumen que puede constituir un precioso regalo “posnavideño” (lo sé, ciertamente bastante “aplazado”). 

Antes, no obstante, de adentrarme en el comentario de las dos novelas que centran mi reseña, quiero dejar un breve apunte sobre la personalidad de Anne, cuya biografía, al igual que la de sus hermanas, se entrelaza fuertemente con su literatura, explicando más de un elemento de sus libros. La obra de la menor de las Brontë ha sido, hasta hace relativamente poco tiempo, minusvalorada, opacada incluso por la poderosa sombra de Emily y, sobre todo, Charlotte. Ya desde los primeros momentos de sus carreras literarias Anne aparecía como “la otra hermana” o “la tercera hermana”, como si careciera de personalidad propia, una suerte de Cenicienta oscurecida por la abrumadora presencia de las otras dos. En los diversos estudios sobre las creaciones de las hermanas -muy abundantes en el caso de las dos mayores y significativamente más escasos en relación con las novelas de Anne- se ha esgrimido como una de las causas de este hecho su carácter, tímido, dulce y amable, su naturaleza retraída, que se interpretó en su época como síntoma de debilidad. Anne manifestó, desde su nacimiento, problemas de asma y siempre tuvo una salud frágil. La muerte de su madre, cuando ella contaba poco más de un año, acentuó su indefensión y siendo la pequeña y la más débil fue objeto de la especial protección de su padre, de sus hermanas y, sobre todo, de su tía Elizabeth Branwell, que acudió a Haworth a cuidar de su hermana moribunda y que se encargó del cuidado de los niños cuando Maria Branwell falleció. La severa religiosidad de su tía, la particular atención de esta a su sobrina favorita y la consiguiente mayor influencia sobre ella, las crisis espirituales de la chica en su adolescencia y su primera juventud, el temor a condenarse y el sentimiento de pecado (que explican el consiguiente énfasis moralista de sus novelas), su inseguridad y la conciencia de su escasa valía personal, son factores que contribuyeron a una cierta imagen de debilidad intelectual y de carácter que repercutieron en una menor relevancia de una figura que chocaba con la impresión de fuerza y pasión que transmitían sus hermanas. Sin embargo, así lo afirma la profesora Coperías en su prólogo a Agnes Grey, Anne era una mujer tenaz, decidida y valiente, que suplía con una vigorosa fuerza de voluntad, la pujanza y la energía con las que Emily y Charlotte contaban por naturaleza. Por otro lado, a diferencia, una vez más, de sus hermanas, no hay demasiados documentos -cartas, escritos varios-, más allá de sus novelas y algunos poemas, en que podamos escuchar su propia voz, razón por la cual lo que conocemos de ella nos ha llegado a través de Charlotte, bien de una manera directa, en sus comentarios sobre la obra de su hermana, bien de un modo indirecto, pero igualmente “filtrado”, a partir de las impresiones de Ellen Nussey y Elizabeth Gaskell, amigas ambas, y biógrafa además esta última, de la propia Charlotte. Una Charlotte que, convertida al morir sus hermanas en “embajadora” de sus obras sin posibilidad de que sus comentarios fueran contrastados, alabó la fuerza y la originalidad de Emily frente a la carencia de estas virtudes en Anne, contribuyendo así a consolidar el estereotipo -en el fondo falso, como he apuntado- de su hermana como una persona dulce y frágil pero carente de nervio personal y creativo. Además, fue muy crítica con La inquilina de Wildfell Hall, minimizando el éxito que obtuvo el libro, llegando a afirmar que la elección del tema -controvertido y polémico, como luego veremos- había sido un error y reclamando, tras el fallecimiento de Anne y con el noble fin de proteger su reputación, dadas las críticas que había provocado su aparición, que la novela no volviera a publicarse. Hay un estupendo cómic, publicado hace unos meses que resulta altamente interesante y muy útil para completar, de un modo muy poético, y con una tratamiento gráfico muy brillante y colorista, la biografía de la menor de las Brontë. Su autora es Paulina Spucches, y el libro apareció, bajo el título de Bronteana, en la editorial Garbuix Books, especializada en cómics. La traducción de los textos corresponde a Carme Roselló. 

Intentando, como de costumbre, aunque no siempre con éxito, no destripar en demasía el argumento de la obra, la trama de Agnes Grey, por otro lado bastante sencilla y sin episodios o lances sobresalientes -en esto muy distinta al pasional y turbulento drama de Cumbres borrascosas y a la intensidad y el misterio de Jane Eyre-, nos presenta, en una narración en primera persona, a Agnes, una joven de origen modesto y piadoso (su padre un clérigo y su madre la hija de un caballero con fortuna, que la desheredará, no obstante, tras su matrimonio, al preferir ella vivir en una casa rústica con Richard Grey que en un palacio con cualquier otro hombre del mundo), a la que la necesidad económica tras la ruina familiar (fruto de una nefasta inversión económica de un padre que nunca se recuperaría del fracaso), obliga a buscar trabajo como institutriz. Agnes da cuenta de su paso por dos hogares que encarnan formas distintas de degradación social. La primera casa, la de los Bloomfield, ofrece la caricatura de la negligencia aristocrática: niños malcriados, padres ausentes y una posición profesional ambigua -y en cualquier caso angustiosa y sufriente- para la institutriz, cuya profesión la situaba a medio camino entre una cierta respetabilidad esperable, derivada de la formación y cultura exigidas para el desempeño de su trabajo, y el habitual desprecio con el que era tratada por los miembros la familia, para los que representa poco más que una sirvienta. La segunda, la de los Murray, reflejo de un nivel social, económico y cultural más alto, cuyo supuesto refinamiento se revela sin embargo como jactancioso, superficial y carente de convicciones morales (yo era la única persona en la casa que profesaba sólidos principios, que habitualmente decía la verdad y que en general tenía sentido del deber), sitúa a la protagonista en escenario similar, en el que vive un idéntico clima de vejaciones, indignidad, humillación y hasta hostilidad. El relato de ambas experiencias, rico en escenas y detalles de esa cotidianidad amarga y frustrante (sentía que mi inteligencia se deterioraba, que mi corazón se endurecía, que mi alma se empequeñecía, y temblaba al pensar que mis principios morales podrían tambalearse, que mi percepción del bien y del mal podría verse debilitada, y que mis mejores facultades podrían quedar enterradas bajo la malsana influencia de aquella forma de vida), avanza entre manifestaciones de la fortaleza, la resistencia, la constancia moral, los valores éticos, la religiosidad, el espíritu crítico y el afán pedagógico de la protagonista con los que a duras penas logra sobreponerse a su languideciente reclusión, a su afligida y pesarosa existencia, que más de una vez la sumen en el desaliento y el desánimo: He vivido casi veintitrés años, he sufrido mucho y apenas he conocido la alegría. ¿Es posible que mi vida continúe siempre siendo tan sombría? ¿No existe la posibilidad de que Dios haya escuchado mis oraciones, que aparte las sombras que se ciernen sobre mí y me conceda algunos rayos de su luz divina? ¿Me negará esa bendición que otros reciben sin pedirla ni agradecerla? ¿No tengo derecho a mantener la esperanza? 

Durante la estancia en el hogar de los Murray, Agnes se cruzará con otro clérigo -el enésimo en las obras de las hermanas; y en general en la literatura victoriana-, Edward Weston, ayudante del vicario local, cuyas cualidades de sobriedad, inteligencia, sensatez, humildad, reflexión, bondad, coherencia y sensibilidad moral, lo harán aparecer, a ojos de la muchacha, como la estrella matutina que podía salvarme del terror de una oscuridad completa. Weston aporta a una Agnes sufriente pero por fin esperanzada un atisbo de ilusión en un hilo de la trama novelesca cuyo desarrollo, como es obvio, no desvelaré. 

La narradora abre su relato con una afirmación reveladora: Todas las historias verdaderas contienen una enseñanza aunque en ocasiones el tesoro sea difícil de encontrar y, una vez encontrado, resulte tan insignificante que el fruto seco y arrugado apenas compense el trabajo de romper la cáscara; para añadir pocas líneas después: protegida por mi propia oscuridad, por el paso de los años y por algunos nombres ficticios, me arriesgo sin miedo a exponer abiertamente ante el público lo que no me hubiese atrevido a revelar al amigo más íntimo. Por más que pueda tratarse de un recurso literario, por lo demás muy frecuente, estas afirmaciones invitan a llevar a cabo el cotejo entre la vida de Agnes y la de su creadora, en un escrutinio que ofrece más de una muestra del carácter fuertemente autobiográfico de su libro (un hecho que aparece reforzado, además, por otra significativa frase que encontramos casi al término de la obra: Aquí me detengo. Mi diario, del cual he extraído estas páginas, continúa aún un poco más). Hay, en efecto, un paralelismo notorio entre muchas circunstancias de ambas existencias, la real de Anne y la ficticia de Agnes: la formación de la joven autora en música, canto, dibujo, francés, latín, alemán, historia, lengua, aritmética y geografía, indispensable para su ejercicio profesional; su desempeño como institutriz en varias familias; los sentimientos de inseguridad y falta de autoridad en su trabajo derivados de su juventud e inexperiencia; las dificultades provocadas por el insoportable despotismo de los niños a su cargo y la simultánea y ciega condescendencia hacia ellos de sus propios padres, llegando hasta el cuestionamiento y el rechazo de la tutora; el duro golpe que supone para ambas la muerte de algún familiar (la del padre para Agnes y la de su tía Elizabeth para Anne); la figura de un clérigo que despierta el interés y la atracción de las muchachas, el citado Edward Weston en la ficción y William Weightman, joven vicario de Haworth, en la realidad de la autora; entre otros muchos. 

En este contexto relativo al peso de lo biográfico de la literatura de Anne pueden situarse también los muchos “guiños” que remiten al universo personal de las hermanas Brontë. Así, las abundantes coincidencias -más que casuales- en los topónimos y los nombres de los personajes de las novelas de las tres. La profesora Coperías resalta en su muy informado estudio la identidad de iniciales entre Wuthering Hights (Cumbres Borrascosas) y Wildfeld Hall, entre Heathcliff, Hareton y Hindley, por un lado, y Huntingdon, Hattersley, Hargrave y Halford, por otro, que constituyen un vínculo -menor pero explícito e indudablemente consciente- entre las obras de Emily y Anne. Otro tanto ocurre con las parejas Jane-Rochester, en Jane Eyre y, como luego veremos, Helen-Huntingdon, en La inquilina de Wildfeld Hall

Pero, más allá de estos detalles anecdóticos, entre las novelas “brontianas” hay también -y ello se aprecia de un modo muy evidente cuando, como ha sido mi caso, uno se sumerge en ellas durante varias semanas- temas comunes e ideas concordantes. Así, siempre acaban por aflorar, en mayor o menor medida y con distintos matices en las novelas de cada una de ellas, el conflicto entre pasión y moralidad o emoción y razón (resuelto de manera muy distinta en el arrebato de Cumbres Borrascosas; la contención del deseo, embridado por las pautas morales, en Jane Eyre; y la orientación pasional hacia un horizonte de integridad y justicia en Agnes Grey); la presencia de un personaje femenino que rema a contracorriente y desafía las convenciones dominantes; la crítica social, manifestada en la denuncia -moderada y tímida, dada la época- de los abusos del poder, que se ejemplifica en los personajes masculinos autoritarios, en la constatación de la injusta estructura de clases y, sobre todo, en la notoria descripción de la condición femenina, del sometimiento, la sujeción y la subordinación de las mujeres, con la explícita queja y la consiguiente reivindicación de su justo lugar en la educación, el empleo, el matrimonio y el propiedad; los personajes intensos, solitarios y profundamente introspectivos, en cierto modo marginales y rebeldes, que no encajan del todo en la jerarquía social y los parámetros morales de su tiempo; la poderosa y enfática reivindicación del derecho al juicio propio, a la autonomía y la dignidad individuales, sobre todo en el caso de la mujer, siempre preterida en estos ámbitos. 

Y, en otro plano, no relativo a las ideas sino vinculado a los escenarios de las tramas y a ciertos asuntos argumentales, llama la atención la recurrencia -de nuevo en distinto grado en cada una de las tres-, de la presencia de la infidelidad conyugal; las referencias a los excesos en la afición a la bebida y las costumbres disipadas; la violencia de algunos caracteres masculinos; la aparición, siempre evanescente, de lo sobrenatural; las constantes menciones a pasajes bíblicos (muy abundantes en las novelas de Anne); la común ambientación en espacios cerrados y sofocantes, símbolos de la opresión y la desigualdad: orfanatos, internados, mansiones góticas, casas apartadas, escuelas coercitivas, entornos familiares insensibles y carentes de la mínima empatía; y, en significativa contraposición, la importancia de la naturaleza, abiertamente salvaje en Cumbres borrascosas, relativamente más disciplinada en Jane Eyre, o mucho más doméstica y sin excesos en Agnes Grey, pero que funciona siempre como espejo psicológico y con connotaciones morales. 

Como especial singularidad de Agnes Grey destacan dos rasgos en los que quiero detenerme brevemente: la detallada exposición, casi documental, de las condiciones de trabajo y de vida de las institutrices, y el énfasis pedagógico y aleccionador del discurso de su protagonista y narradora. En lo que atañe al primero de los frentes, la novela plasma con elocuencia y minuciosidad la situación de las preceptoras domésticas y, por extensión, la de las mujeres de la época. Una vez más, el análisis de la profesora Coperías a este respecto es magnífico. En una sociedad en la que las muertes en las guerras napoleónicas y los desplazamientos provocados por la revolución industrial supusieron una evidente escasez de hombres (con una media de 1.053 mujeres por cada 1.000 hombres), una de las dos opciones relativamente “decentes” que en aquel tiempo se ofrecían a las mujeres para lograr un cierto desarrollo vital e incluso la mera subsistencia, el matrimonio, revestía en muchos casos y por esa circunstancia una especial dificultad. La otra alternativa, la necesidad de un empleo que permitiera salir del hogar sin perder la respetabilidad que entonces ese hecho suponía, era la enseñanza, el trabajo de institutriz, que mantenía un suerte de apariencia de vida familiar, ofreciendo además la posibilidad de obtener ciertos ingresos, siempre muy modestos. En mi reseña de hace siete días ya adelantaba el muy relevante dato de las 25.000 mujeres trabajando como institutrices en la Inglaterra de 1851 (con su lógico reflejo en la literatura: entre 1814 y 1835, se llegaron a publicar ciento cuarenta novelas -melodramas, moralizantes, religiosas- con la presencia en ellas de institutrices). Las Brontë no escaparon a esta tendencia y también Anne las incorporó como personajes, aunque en su caso con un enfoque singular y característico. Y es que Agnes -y la propia Anne- quiere ser institutriz, de modo que en lo que en las obras de otras autoras se expresa como queja o desprecio, en la suya se manifiesta como un reflejo fiel de la situación de estas mujeres, reivindicando su identidad profesional y el derecho a su trabajo con dignidad y sin menosprecio. Hay así, un recorrido circunstanciado por los pormenores de su empleo: el escaso salario, el maltrato, las humillaciones y el desprecio, los desaires, las crueldades infantiles, la exclusión de las conversaciones familiares, el aislamiento y la soledad, la indiferencia del entorno, las alusiones despectivas, el abierto rechazo, la pérdida de identidad social -desubicadas en un terreno de nadie por entre los roles de criada, familiar, invitada o, raramente, una igual-, los niños caprichosos y tiránicos, desconocedores de límite alguno, las madres complacientes y permisivas, los padres indiferentes u hostiles, los criados que las odian porque, viendo a las jóvenes formar parte como ellos de la servidumbre, se las supone en un estatus superior por su actividad, la dificultad para hacer amistades, ajenas a cualquiera de los círculos sociales en los que deben desenvolverse. En su lúcido relato, Agnes denuncia la violencia doméstica, siempre dentro de los reducidos márgenes que la época permite, y reivindica la libertad femenina, aprovechando este pormenorizado registro de los detalles cotidianos para convertirlo en pequeñas lecciones éticas que guían su juicio y su conducta. Hay críticos que han visto en Agnes Grey, y yo no puedo estar más de acuerdo (siendo esta circunstancia la que, a mi juicio, hace desmerecer su valor), una suerte de informe, una novela documental y testimonial. Y es que, sin duda, la novela cuestiona las estructuras de autoridad doméstica sin dejarse llevar por la indignación retórica y confiando en que la mera exposición paciente -y algo plana- de la realidad de los hechos, despierte la conciencia del lector. 

Y ello entronca con el otro elemento distintivo de la novela que he denominado más arriba el “énfasis pedagógico”, revelador del propósito moral, de la voluntad de instruir. Para el personaje -y para su autora- la educación supone siempre una transformación moral más que la mera instrucción académica. El didactismo de su propuesta es indudablemente ético: se educa para formar el carácter, para cultivar las capacidades de comprensión del otro, de compasión con él, no para la ostentación social. Por el contrario, las familias que emplean a Agnes, ignoran cualquier atisbo de valor auténtico en la educación (caso de los Bloomfield) o confunden, como los Murray, educación con refinamiento superficial (conciertos, lecciones de piano, modales), y ante esa inversión de valores, la protagonista reacciona con convicción. 

Autoridad moral, integridad, honradez, ejemplaridad, respeto y prudencia enfrentados a la apariencia, el artificio y la impostura social, he ahí el mensaje principal de la jovencísima institutriz que, teñido de un fuerte componente religioso (fruto probable de la influencia de su tía Elizabeth, de rígidas convicciones metodistas) y manifestado con un estilo claro y sencillo, en una primera persona testimonial y cercana (aderezada con frecuentes interpelaciones al lector, con unas sobresalientes economía léxica y precisión descriptiva), comparece, nítido, en una novela estimable. 

Releída ahora, décadas después de mi primer encuentro con ella, La inquilina de Wildfell Hall, publicada, como he dicho, por Alba editorial en 1997 en traducción de Waldo Leirós, me ha parecido más interesante que su antecesora, por su complejidad estructural, por su temática, más ambiciosa que en Agnes Grey, e incluso por su visión, adelantada y en cierto modo anticipatoria, de la “cuestión femenina”. La novela se abre, en un texto introductorio previo a su primer capítulo (hay un prefacio de la autora que comentaré más adelante), con una carta que Gilbert Markham, un hacendado caballero que vive con su madre y sus dos hermanos en Linden Car, a cargo de las tierras de su padre, ya muerto, en una comunidad rural provinciana, escribe a su amigo -y quizá algo más, pero esa circunstancia solo se desvela en la última de las quinientas setenta y cuatro páginas del libro- Jack Halford. La última vez que ambos se habían encontrado, Gilbert había desatendido, con una cierta falta de educación, una pormenorizada narración de Jack sobre ciertos episodios de su juventud. El incidente tensó su amistad, por lo que ahora, Gilbert, para reconducirla, expiar su posible culpa pasada y mitigar cualquier sentimiento herido de su amigo, le escribe enviándole un esbozo —no, no un esbozo—, un relato completo y fiel de ciertas circunstancias relacionadas con el hecho más importante de mi vida —al menos de mi vida anterior a mi relación con Jack Halford—. En esta carta inicial Gilbert advierte a Jack de que para confeccionar su extenso relato se servirá de un viejo y descolorido diario mío, que menciono para asegurarme de que no cuento sólo con la memoria —por muy tenaz que ésta sea— para apoyarme en mi relato, con el fin de no abusar demasiado de tu credulidad cuando me sigas a través de los pequeños detalles de la narración

En su correspondencia con un Halford receptor pasivo y sin voz, mero sustituto del lector, Gilbert, que se retrotrae varios años atrás (la carta aparece fechada, ahora en la última línea de la novela, el 10 de junio de 1847) hasta el otoño de 1827 (Yo era joven entonces, recuerda —tenía sólo veinticuatro años, le dice a su corresponsal), le informa de la llegada entonces a la vecindad de Helen Graham, una viuda joven, reservada y económicamente independiente, que acaba de instalarse en Wildfell Hall, una solitaria mansión, hasta hace poco semiabandonada, en donde vive con su pequeño hijo y una anciana criada. La curiosidad de las gentes de la zona hacia la extraña, aderezada con los rumores y prejuicios propios de la pacata sociedad rural de la época, despiertan también el interés de Graham por la atractiva y misteriosa inquilina, hasta el punto de que, poco a poco, la recién llegada acaba por desplazar sobre sí la titubeante atención inicial del joven hacia su vecina Eliza Millward -poco consistente, en cualquier caso, entre otras razones por la escasa confianza de la señora Markham, madre de Graham, en las virtudes de la muchacha. El acercamiento de Gilbert hacia Helen, percibido por esta como inapropiado, por razones en ese momento inexplicadas, queda interrumpido cuando la viuda, deseosa de dar razón de su comportamiento, entrega al joven su diario personal, en que revela su propia historia y el enigma que se encierra tras su reserva, su circunspección y su aislamiento. Lo tengo ahora ante mí, escribe Gilbert a su amigo, y aunque no podrías leerlo con la mitad del interés con que yo lo hice, sé que no te contentarías con un resumen de su contenido; así que lo tendrás todo, salvo, quizá, algunos pasajes aquí y allá que sólo tenían un interés pasajero para quien lo escribió, o aquellos que sólo servirían para embrollar la historia más que para aclararla. Comienza de un modo un poco brusco, así… pero dejaremos su comienzo para otro capítulo

Estamos en el capítulo décimo quinto y desde él hasta el cuadragésimo cuarto (de un total de cincuenta y tres) las palabras de Helen, recogidas, en su propia voz, en ese diario constituirán el núcleo de la novela. En ellas - ¡y anticipo aquí un revelador espóiler! - Helen relata su matrimonio, ciegamente enamorada, con Arthur Huntingdon; la gradual erosión del hogar por los excesos (el alcohol, el libertinaje, el adulterio y la depravación moral) de su esposo; y la atrevida y valiente y escandalosa para la época decisión de la mujer de abandonarlo para proteger a su hijo y preservar su propia integridad. La relación de episodios, felices inicialmente y, sobre todo, dramáticos, de los seis años y medio del matrimonio (el diario da comienzo el 1 de junio de 1821 y termina el 3 de noviembre de 1827) concluye con la devolución de las riendas de la narración a Gilbert Markham que reanudará la historia para su corresponsal hasta su desenlace que, por razones evidentes, no quiero desvelar. 

El libro, pese a la inusitada descripción de las desgracias y los abusos conyugales y a la insólita presentación del abandono matrimonial por parte de la esposa, tuvo una notable repercusión y un apreciable éxito entre los lectores de su tiempo. No obstante, igualmente por las mismas razones, recibió críticas muy ásperas, en las que se lo denostaba por ser demasiado explícito y moralmente peligroso; por justificar el desafío a la autoridad marital y la violación flagrante de los deberes conyugales; y por presentar, con un realismo “impropio de una dama”, cuestiones de gran crudeza como el alcoholismo, la violencia en el seno del matrimonio, la degradación y los vicios de los hombres (hay críticas que consideran la obra como misándrica). Se le reprochaba también a su autora su predilección morbosa por lo grosero, cuando no por lo brutal. Anne Brontë sale al paso de las críticas en su prefacio a la segunda edición de la novela, fechado el 22 de julio de 1848 e incluido en la edición de Alba. Quejosa por el hecho de que se hubiera criticado en Agnes Grey su excesivo realismo (la historia de Agnes Grey fue acusada de cargar las tintas en aquellos pasajes que eran precisamente una copia exacta de la realidad, en los que se evitó escrupulosamente toda exageración), reacciona ahora ante las recriminaciones que le echaban en cara su exagerada distorsión de esa realidad. Con su ya mencionada y recurrente inspiración religiosa defiende con convicción el propósito y el planteamiento de La inquilina de Wildfell Hall: cuando sienta que es mi deber decir una verdad desagradable, con la ayuda de Dios, la diré, aunque sea perjudicial para mi nombre y vaya en detrimento del placer inmediato del lector y del mío propio. A continuación, aporta una puntualización conciliadora en la que deja clara, sin embargo, su consabida voluntad moralizante: No se debe suponer, a la vista de las actuaciones del desgraciado calavera y el pequeño grupo de libertinos que aquí se presentan, que son un ejemplo de las prácticas comunes de una sociedad: se trata de un caso extremo, como espero que a nadie se le escapará; pero sé que semejantes personajes existen, y si he prevenido a un solo joven temerario sobre las consecuencias de seguir su camino, o he impedido que una sola muchacha caiga en el mismo error natural de mi heroína, el libro no habrá sido escrito en vano. La convincente defensa de su novela la lleva también a escribir, en el prefacio citado, una aclaración sobre la identidad del Acton Bell que figuraba como autor de la novela, en unos párrafos que incluyen esta valiosa reivindicación de las obras literarias sea cual sea el sexo de quien las escriba. Los transcribo íntegros por su relevancia y significatividad: 

Respecto a la identidad de quien ha escrito el libro, me gustaría dejar meridianamente claro que Acton Bell no es Currer ni Ellis Bell y, por tanto, no deben atribuirse a ellos sus errores. En cuanto a si su nombre es real o ficticio, poco puede importarles a quienes sólo conocen de tal persona sus obras. Como bien poco, creo yo, puede importar que semejante nombre esconda la personalidad de un hombre o una mujer, tal como uno o dos de mis críticos afirman haber descubierto. Tomo la imputación por su lado bueno, como un cumplido a la descripción justa de mis personajes femeninos; y aunque no tengo más remedio que atribuir buena parte de la severidad de mis censores a esta sospecha, no me molestaré en refutarla, porque, en mi opinión, si un libro es bueno, lo es independientemente del sexo de quien lo ha escrito. Todas las novelas se escriben, o deben ser escritas, para que las lean hombres y mujeres, y no puedo concebir que un hombre se permita escribir algo que sea realmente vergonzoso para una mujer, o que una mujer sea censurada por escribir algo que sea conveniente y adecuado para un hombre. 

Estas palabras preliminares de Anne Brontë me permiten enlazar con mis comentarios sobre algunos temas fundamentales de su novela, singularmente el ya resaltado carácter autobiográfico de sus ficciones y, sobre todo, el anticipador y muy adelantado a su tiempo tratamiento de la cuestión femenina. En relación con el primero de los asuntos, ya he hablado aquí, en las entregas anteriores de esta extensa e intensa serie sobre el universo “brontiano”, de los fuertes lazos entre la vida y la obra de las tres hermanas, a partir del magnífico libro de Deborah Lutz que os presenté hace quince días. Esa imbricación entre la realidad personal y la ficción novelesca no puede defenderse de un modo rígido y acrítico, entendida como una mera trasposición literal de las particularidades biográficas a las tramas literarias, sino como una inspiración y una atmósfera que se revelan en infinidad de detalles -sustanciales unos y meramente circunstanciales otros- que pueblan las peripecias de sus protagonistas. Así, en La inquilina de Wildfell Hall, el referente más conspicuo de estas conexiones lo encontramos en la figura de Huntingdon, cuya tendencia a la bebida, la disipación y la infidelidad es, quizá, fiel reflejo de Branwell, el hermano de Anne, que tras el rechazo de la señora Robinson, madre de los niños de los que era tutor y de la que se había enamorado, se entregó al alcohol y a las drogas, con el consiguiente deterioro físico y psíquico y su previsible y dramático final. En las cartas de Charlotte a su amiga Ellen Nussey se manifiesta el resentimiento de las jóvenes hacia él por su falta de control y por el coste económico y emocional que su comportamiento conllevaba para la familia. Heathcliff y Rochester, los personajes masculinos de Cumbres borrascosas y Jane Eyre, presentan un modelo de hombre, apasionado y enigmático, torturado, intenso y violento, decidido, de férrea determinación, simultáneamente luminoso y oscuro, el romántico héroe “byroniano”, en definitiva, totalmente alejado de la debilidad patética de su hermano, aunque sí coinciden en el modo en que encarnan la desesperación y el fracaso amorosos. Desde otra perspectiva, en La inquilina de Wildfell Hall, Anne, quizá proyectando el rechazo moral que también a ella le suscitaba la conducta de Branwell, desprovee a su personaje del menor rastro de carisma y atractivo, de misterio y profundidad, presentándolo como el frívolo y desconsiderado, el marido borracho y maltratador, frívolo aunque con encanto, espiritualmente vacío, incapaz de concebir la responsabilidad afectiva y, sobre todo, cruel responsable del sometimiento de su mujer, encerrada en la cárcel de una relación violenta. 

Por lo demás, la obra está plagada de pequeñas muestras de los objetos, los hábitos y los signos de la cotidianidad de las escritoras que tan bien se examinaban en El gabinete de las hermanas Brontë: la presencia de los libros, indispensables en Haworth y que afloran también en los escenarios de la historia (una vieja librería a uno de los lados de la chimenea, ocupada por una mezcla heterogénea de libros, en la deteriorada mansión de la señora Graham; o el refugio en ellos de Helen en las crisis matrimoniales; los libros como emblema de la elevación de espíritu y de la vida guiada por altos principios morales); la entrega de las mujeres a las labores de costura, cargada también en las ficciones de un alto valor simbólico: en La inquilina de Wildfell Hall, las hermanas Mary y Eliza Millward se ocupan de esas tareas de un modo significativamente distinto: Mary, que se nos presenta nimbada de un halo de simpatía, remienda medias o cose el dobladillo de una sábana, ocupaciones “útiles”; su hermana, en cambio, más “ligera” y muy mentirosa, se afana en el bordado o en reborde de encaje de un pañuelo, actividades más frívolas. Y está el valor que las hermanas dan al amor a los animales, ejemplificado en la brutalidad de Huntingdon hacia Dash, su cocker (su dueño agarró un pesado libro y se lo arrojó a la cabeza. El pobre perro soltó un aullido lastimero y corrió hacia la puerta), y en el trato afable y bondadoso de Markham con Sancho, su apacible perdiguero, en un nuevo ejemplo del carácter metafórico con el que Anne -y en general sus hermanas- “transforma” los elementos de su entorno real. Y es relevante también la presencia de la pintura, aquí presente en la ocupación artística de Helen y muy común en la dedicación y un cierto talento para el dibujo de las Brontë. Otro tanto ocurre con el recurso argumental del escritorio cerrado con llave, un espacio personal que preserva los secretos, trascendental en la vida de las muchachas (no se olvide cómo Charlotte accederá al escritorio de sus hermanas, cotilleando sus poemas, en un “fisgoneo” culpable pero al que debemos el que, en último término, sus obras se hayan llegado a publicar). En La inquilina de Wildfell Hall, el violento marido se entera de los planes de fuga de su desesperada esposa leyendo su diario, en una violación flagrante de su privacidad, agravada por el hecho de que le arrebata las llaves de su escritorio, un mueble, esencial para Helen, al que recurre en diversas ocasiones del libro, como cuando, al no poder dormir, relata: Me acerqué al escritorio y me senté en bata a referir los acontecimientos de la noche pasada

El elemento más singular, también el más destacado, y probablemente el más actual de la novela tiene que ver con el tratamiento de la condición femenina, la crítica a “lo masculino” y, con todas las cautelas en el uso del término, el feminismo anticipador. En ella Anne muestra, con todos los matices que impone la época, un discurso que alguna crítica ha calificado de “subversivo”. El poso de las historias fantasiosas que las hermanas escribían en su infancia y que afloraba de manera evidente en los argumentos de Cumbres borrascosas y Jane Eyre, aquí es prácticamente imperceptible, en un enfoque más realista (ya no hay la ornamentación gótica y el exceso romántico de aquellas), que puede leerse como una descripción casi documental de la violencia conyugal, una crítica en contra de las leyes que sometían a las mujeres, sobre todo en el seno del matrimonio, y una reivindicación de la libertad personal, laboral, social, económica y sentimental de sus contemporáneas. He leído algún artículo que alude al “realismo ético” victoriano para definir la obra, a la que considera una pieza clave para entender la emergencia de una conciencia feminista en la narrativa inglesa. 

Los temas principales que atraviesan la novela entrelazan, sin estridencias ni subrayados explícitos, la historia personal y su dimensión colectiva, lo privado y lo público. Por entre la narración, en particular a lo largo del relato de Helen Graham en su diario, el lector “es llevado” a reflexionar sobre el matrimonio y el poder en aquella sociedad, sobre el alcoholismo y la entrega a los placeres físicos como metáfora de la corrupción moral, sobre la maternidad y la injusta regulación de los derechos parentales, sobre la (inexistente) autonomía económica femenina, sobre la ciega imposición de la ley y la hipocresía social. Anne Brontë no solo denuncia la violencia doméstica, sino que, en un salto no tan común en su tiempo, problematiza la institución legal del matrimonio que protege los vicios masculinos con el manto de la propiedad conyugal. El abandono del hogar de su protagonista ante la degradación del matrimonio, es un acto revolucionario -uno de los momentos más audaces de la narrativa del siglo XIX en Inglaterra, ha escrito la crítica- con el que rechaza de modo frontal la sumisión que la sociedad victoriana esperaba de una esposa; una liberadora manifestación de independencia, pues refleja su deseo de preservar su integridad espiritual y moral, sin sujeciones ni ataduras; y una expresión de responsabilidad ética, pues está movido por el deber de proteger a su hijo. A la vez, ofrece un ejemplo vivo de la capacidad de una mujer para, con su trabajo (pintar cuadros y venderlos), lograr una autonomía económica que subvierte la consabida expectativa del sometimiento femenino. Por otro lado, la novela plantea la maternidad como un ejercicio ético activo, pues Helen no sólo preserva a su hijo de la devastadora influencia paterna, sino que lucha por educarlo convenientemente y transmitirle valores. En términos temáticos, pues, La inquilina de Wildefell Hall desmonta tres pilares de la cultura victoriana: el matrimonio como contrato sagrado (que la valiente huida de Helen resquebraja), la autoridad masculina como modelo moral (destrozada por el lúcido y atrevido retrato que la protagonista hace de su marido), y la domesticidad femenina como destino natural (puesta en solfa por la independencia económica a la que la mujer accede mediante la pintura). 

Unas palabras finales ya, para apuntar lo interesante de la apuesta estilística y la singular estructura de la novela, originalidad que, al decir de alguno de los estudios que he consultado, corre en paralelo a su atrevimiento temático (un ejemplo de cómo la forma -la decisión sobre quién habla y cómo se registra la verdad- puede ser una estrategia ética). En este sentido, la particular organización del relato al modo de las “cajas chinas” (una novela que escribe Acton Bell, que no es sino Anne Brontë, que pronto da paso a una carta de Gilbert Markham, que, a su vez, se aparta para que “hable” el diario de Helen Graham; y todo ello en una narración retrospectiva), la alternancia de voces (Gilbert, Helen y de nuevo Gilbert), la incorporación de dicho diario para ofrecer la visión femenina de la historia, son operaciones literarias anticipatorias del uso de recursos narrativos comúnmente aceptados en nuestra contemporánea modernidad. En concreto, la multiplicación de las voces muestra que la verdad no es un dato unívoco sino resultado de una confrontación entre percepciones, de modo que el lector debe recomponer la historia partiendo de ángulos distintos, de subjetividades que se cruzan, de divergencias entre percepción y realidad, en un ejercicio de polifonía narrativa no muy común dentro del contexto victoriano. Por otro lado, la elección del diario como eje central no es un simple artificio, convencional en tantas novelas epistolares, sino que, a mi juicio, es un recurso deliberado pensado para legitimar la subjetividad femenina en un marco en el que la mujer tenía pocas vías de autorrepresentación (como revela, por otro lado, el hecho, ya referido, de que las tres hermanas se vieran obligadas a “ocultarse” tras un seudónimo masculino). Helen escribe su diario para explicar sus actos transgresores para la moralidad y la legalidad de su tiempo, y para, por tanto, justificarse y exculparse frente a una sociedad que, en términos legales, la considera culpable y las castiga por abandonar a su marido. 

En fin, termino aquí mi desbordante inmersión en el mundo de las hermanas Brontë. Espero que la multiplicidad de referencias que os he ofrecido durante estas tres semanas, y, sobre todo, el núcleo central sobre el que todas ellas giran, las novelas Cumbres Borrascosas, Jane Eyre, Agnes Grey y La inquilina de Wildfell Hall, os hayan interesado y despertado el “apetito” por adentraros en su mundo. Dentro de siete días volveremos con un nuevo y último “coletazo” de mi homenaje a Carmen Martín Gaite, con mis comentarios sobre una autora cuya obra, al igual que las Emily y Charlotte Brontë, también fue traducida por la salmantina. 

Ahora os dejo con un muy significativo fragmento de Agnes GRey y con la acostumbrada canción como acompañamiento. Hay un tema, Country Lassie, citado en la novela y basado en un precioso poema de Robert Burns, del que no he encontrado su versión musical. En su lugar os dejo una bella pieza de autor e intérprete innominados (o cuya autoría, en mi torpeza, no he logrado averiguar), en la que se canta un poema de Anne Brontë, The soul is awakening (os dejo el poema en su traducción algorítmica) 

Mi alma despierta 

Mi alma despierta, mi espíritu se eleva, 
llevado en las alas de la brisa; 
porque, sobre mí y a mi alrededor, el viento salvaje ruge, 
despertando para arrebatar la tierra y los mares. 

La hierba larga y marchita brilla al sol, 
los árboles desnudos agitan sus ramas en lo alto; 
las hojas muertas bajo ellos danzan alegremente, 
las nubes blancas se deslizan por el cielo azul. 

Ojalá pudiera ver cómo azota el océano, 
la espuma de sus olas en remolinos de rocío, 
ojalá pudiera ver cómo se estrellan sus orgullosas olas, 
y oír el rugido salvaje de su trueno hoy.

...

Es absurdo desear ser bella. Las personas inteligentes nunca lo desean para sí mismas, ni se preocupan de la de los demás. Una mente bien cultivada y un corazón bien dispuesto nunca se interesan por el aspecto externo. 

Eso nos decían nuestros maestros de la infancia y eso mismo repetimos nosotros hoy a otros niños. Todo muy juicioso y muy acertado, sin duda, pero ¿acaso estas palabras se apoyan en la experiencia? 

Instintivamente nos sentimos inclinados a amar lo que nos proporciona placer, y ¿qué mayor placer que el de una cara bonita, al menos cuando no sabemos nada del daño que quien la posee puede hacernos? 

Una niña ama a su pajarito... ¿Por qué? Porque vive y siente; porque no puede defenderse, ni puede causar daño. Sin embargo, un sapo vive y siente, tampoco puede defenderse, ni causar daño; y aunque la niña nunca haría daño al sapo, no puede amarle como ama a su pajarito... tan bonito, de plumas tan suaves y ojos brillantes y habladores. 

Si una mujer es bella y amable, es elogiada por ambas cualidades, pero especialmente por la primera; si, por el contrario, es desagradable de rostro y de carácter, su fealdad se considerará como un crimen, porque para el observador común ésta es una grave ofensa; mientras que si es de aspecto vulgar y de buen corazón, siempre y cuando lleve una vida retirada, nadie, salvo los que la tratan íntimamente, parece advertir su bondad. Otros, en cambio, se inclinarán a formarse una opinión desfavorable sobre su inteligencia y su carácter, aunque solo sea para excusarse a sí mismos por la instintiva repulsión que sienten ante una persona tan poco favorecida por la naturaleza; mientras que sucede lo contrario cuando el exterior angelical oculta un corazón perverso o proyecta una suerte de hechizo engañoso sobre defectos y flaquezas que en otra no se tolerarían. 

Las que poseen belleza, que se sientan agradecidas y hagan un buen uso de ella, como de cualquier otra cualidad; las que no la posean, que se consuelen y hagan lo que puedan sin ella... La belleza, aunque susceptible de ser sobrevalorada, es un don de Dios y no debe despreciarse. 

Esto será fácil de comprender para aquellos que han sentido que podían amar, o para aquellos cuyo corazón les dice que son dignos de ser amados, cuando la falta de esta o de cualquier otra aparente insignificancia les impide dar y recibir esa felicidad que parecen destinados a sentir y a ofrecer. 

De la misma forma, mal haría la humilde luciérnaga en despreciar ese poder de dar luz, sin el cual la mosca pasaría una y mil veces por su lado sin detenerse nunca junto a ella. La luciérnaga oiría en torno a ella el zumbido de las alas de la mosca y la buscaría en vano, como en vano intentaría dar a conocer su presencia, sin voz para llamarla, sin alas para perseguirla...; la mosca buscaría otra compañero, y la luciérnaga viviría y moriría en soledad.

Videoconferencia
Anne Brontë. Agnes Grey
 

miércoles, 21 de enero de 2026

CHARLOTTE BRONTË. JANE EYRE; JOHN PFORDESHER. LA HISTORIA SECRETA DE JANE EYRE; ELIZABETH GASKELL. VIDA DE CHARLOTTE BRONTË; JEAN RHYS. ANCHO MAR DE LOS SARGAZOS

Bienvenidos Todos los libros un libro. Esta semana os presento una propuesta desbordante que, girando sobre dos títulos principales, se abre, en una algo delirante apoteosis de hilos y derivaciones, a cuatro más, hasta completar un total de seis referencias con las que continuamos con una serie -un tanto singular- que está teniendo (y aún tendrá; así ocurrirá durante un par de miércoles) a Carmen Martín Gaite como destacada, y merecida, protagonista. Como bien pueden recordar nuestros seguidores más habituales, el 10 de diciembre, con la cercanía de la fecha del centenario de la escritora, que había nacido en Salamanca el día 8 de ese mes de 1925, os hablé aquí de Entre visillos, la primera gran novela de la salmantina, y de su excepcional biografía presentada este mismo año por la editorial Tusquets, una magna obra José Teruel. Hace siete días aprovechaba la excusa “martingaitiana” para ofreceros, en una dimensión muy relevante de la obra de la autora, la que tiene que ver con su labor como traductora, un espacio que giró sobre Cumbres borrascosas, de Emily Brontë, que Martín Gaite tradujo en 1987 para Círculo de Lectores y que yo os presenté en la edición de Alba de 2001. En torno a ese libro, os recomendé también la edición de Cátedra, de 2017, con un prólogo espléndido de Paz Kindelán; la obrita de Alicia Mariño Espuelas en la que se analiza la versión cinematográfica de la novela dirigida William Wyler en 1939, con el protagonismo de Merle Oberon, Laurence Olivier y David Niven; y otro libro excepcional, El gabinete de las hermanas Brontë, en el que la experta Deborah Lutz se adentra, con una alta exigencia documental y un muy apreciable vigor narrativo, en las interioridades de la cotidianidad de las tres hermanas literatas de la familia Brontë, un título cuyas enseñanzas, muy amenas e ilustrativas, resultan de interés para abordar, en las emisiones de la serie que aún nos faltan, empezando por la de hoy mismo, las novelas de Charlotte y Anne. 

De modo que, siguiendo esa misma pauta, y dejada atrás ya la obra de Emily, le toca ahora el turno a Charlotte, autora de Jane Eyre, otra novela clásica, integrante como Cumbres borrascosas del canon literario universal. Os la presento en una doble posibilidad de lectura, en las versiones de Alba y de Cátedra, siendo magníficas e interesantes por distintos motivos cualquiera de las ediciones. La Jane Eyre de Alba Editorial es de 1999 e interesa por contar, como he dicho, con la traducción de Carmen Martín Gaite, aparte de por ofrecerse con la acostumbrada belleza formal de la serie Clásica del sello barcelonés. La ejemplar editorial Cátedra acoge la novela en el seno de su inigualable serie “Letras universales”, con la edición, la traducción y los sustanciosos estudios preliminares de María José Coperías. En Cátedra, también, y dentro de su “Bibliotheca AVREA” hay una formidable edición conjunta de las obras esenciales de las tres hermanas, Cumbres borrascosas, Jane Eyre y Agnes Grey (escrita por Anne, la menor de las tres, a la que, anticipo, dedicaré una emisión la semana próxima), en un único volumen que constituye un precioso regalo para cualquier ocasión. 

Pero hay más. Llevado por mi irrefrenable -e imposible, pues la bibliografía sobre las hermanas es inagotable- voluntad de exhaustividad, por el interés y el magnetismo que me suscitan las deslumbrantes novelas de las Brontë y el aura de secreto y ligero misterio que encierran sus vidas, he leído otros dos libros que, aparte de hacerme disfrutar de su lectura, me han proporcionado informaciones muy valiosas sobre sus biografías y sus creaciones literarias, lo que ha redundado, en un bucle virtuoso, en el placer lector. Se trata, en primer lugar, de Vida de Charlotte Brontë, el acercamiento, ya también un clásico, que la escritora Elizabeth Gaskell, de la que hace años presenté aquí sus novelas Mary Barton y Norte y Sur, hizo al paso por el mundo de su amiga Charlotte. Además, otro título excepcional, de lectura casi indispensable (y el prudente “casi” viene dado porque no sé si puedo -si debo- “imponer” mi entusiasmo a nuestros seguidores) es La historia secreta de Jane Eyre, en el que John Pfordresher explora los muchos paralelismos entre la novela y su algo enigmática autora. Los dos libros están también en Alba, en 2001 el primero, con traducción de Ángela Pérez, y en 2018 el segundo, en versión de Marta Salís. 

Y mi torrencial oferta de esta postrera edición por este año de Todos los libros un libro aún no ha acabado. Mi deseo de que durante un mes -todo enero- disfrutéis de una inmersión total en el universo “brontiano” (una muy satisfactoria experiencia en la que yo mismo he incurrido -con interrupciones inevitables- desde el pasado verano) me lleva a dejaros una recomendación adicional, también doble por cuanto el título referido podéis encontrarlo en dos ediciones distintas y necesarias. Hay un personaje en Jane Eyre, de presencia menor, aparentemente tangencial, de apariciones fugaces y de identificación muy tardía en el texto, y en cualquier caso a priori muy secundario, aunque de una relevancia y una significatividad trascendentales para la plena intelección del clásico, un personaje, digo, que ha dado lugar a una “precuela” de la novela de Charlotte. La “loca del ático” -así vamos a llamarla por ahora, con una locución que ya ha hecho historia, convertida en un arquetipo (hay un libro de 1979, The Madwoman in the Attic, de Sandra Gilbert y Susan Gubar, que es uno de los textos fundacionales de la crítica literaria feminista), hasta que decida a qué grado de desvelamiento de la trama de Jane Eyre voy a atreverme- es la protagonista de una excelente novela de la anglo-caribeña Jean Rhys. Ancho mar de los sargazos, de 1966, apareció en la editorial Anagrama en 1990 con traducción de Andrés Bosch y, ese mismo año, en Cátedra, en edición, cómo no, de María José Coperías (que aporta, como factor diferencial sobre el texto de Anagrama, el valioso e ilustrativo estudio introductorio) y traducción de Elizabeth Power. 

Asimismo, os dejaré, al término de mi reseña, alguna breve observación sobre las tres versiones cinematográficas de la novela que yo he podido ver: la de 1943, de Robert Stevenson, la dirigida en 1996 por Franco Zefirelli y la más reciente, de 2011, con la realización de Cary Fukunaga. Para variar, una oferta desbordante, solo abarcable si, como he señalado, se cuenta con largas jornadas de asueto por delante. 

Dos cuestiones preliminares aún -dos avisos- tras esta abrumadora presentación. En primer lugar quiero anticipar la muy evidente imposibilidad por mi parte de dar cuenta, de un modo mínimamente detallado, de esta abundante oferta de libros que hoy integran nuestro espacio. Me limitaré, pues, dentro de mis posibilidades (siempre constreñidas por mi consabida locuacidad), a esbozar algunas notas generales sobre cada una de las obras propuestas, con una mayor atención, como es natural, al novela en sí. Por otro lado, y en relación con la “amenaza” de desvelamiento a la que acabo de referirme, quiero advertir, como lo he hecho en tantas otras ocasiones en los quince años de la pequeña historia del programa, que hoy mi reseña entera es un espóiler, una inevitable revelación de algunos aspectos de las tramas de los libros que comento. Y ello porque, en este caso más que nunca, cualquier análisis con un mínimo de profundidad de las obras -sobre todo de Jane Eyre- exige avanzar detalles más o menos relevantes de las personalidades de Jane, del señor Rochester, de la aborrecible familia Reed y de la muy apacible de los Rivers y hasta de la oscura, insondable y ya referida “loca del ático”; obliga a detallar los pormenores de la cotidianidad en el colegio de Lowood, en la mansión de Thornfield o, incluso -y esto ya supondrá el “destripe” total, en el austero refugio de Ferndean. ¿Cómo resaltar los muchos valores de las novelas sin mencionar la psicología de sus protagonistas, los principales episodios en los que se muestran su idiosincrasia, sus caracteres, sus pensamientos y sus almas, las estrechas relaciones entre sus personalidades y sus vivencias con las de sus creadoras, los vínculos de lo narrado con las circunstancias que rodearon la vida de las hermanas Brontë y el entorno geográfico y social, cultural e histórico de su familia y de su época? ¿Y cómo hacer todo ello sin referir, siquiera de manera superficial, aspectos decisivos de su trama? 

De manera que si se quiere preservar con pureza absoluta la lectura inocente de los libros que esta tarde traigo aquí, solo cabe abandonar en este mismo momento la reseña, confiando en mi buen criterio a la hora de recomendarlos si, pese a todo, se está interesado en lo que mis palabras puedan aportar. Primera conclusión, pues -y última para quien deje mis comentarios en este punto-: ¡¡Leed Jane Eyre!!, ¡¡Leed Vida de Charlotte Brontë y La historia secreta de Jane Eyre!!, ¡¡Leed Ancho mar de los sargazos!! Si queréis saber por qué esa lectura puede ser cautivadora, interesante, placentera, atractiva, sugerente, entusiasta, excitante y de todo punto indispensable, tendréis que arrostrar el riesgo de exponeros a algunas revelaciones que quizá destripen parte del entramado, del hilo argumental de esos títulos. Aunque siempre cabe, si me pongo pretencioso creyendo que mi trabajo es valioso, leerme o escucharme tras haber disfrutado de los libros sin mi “interferencia” (en el fondo irrelevante y superflua; he decidido no ponerme estupendo). 

Y hechas estas aclaraciones “exculpatorias”, vayamos, pues, con Jane Eyre. Por de pronto, Jane Eyre no es el título de la obra. El libro que apareció en las librerías londinenses el 19 de octubre de 1847 llevaba en su portada estas palabras: Jane Eyre. Una autobiografía. Editada por Currer Bell. La semana pasada ya comenté cómo las hermanas habían decidido “esconderse” en seudónimos masculinos, Currer, Ellis y Acton Bell (para Charlotte, Emily y Anne Brontë), en un intento de enmascaramiento “en clave” (pues preservan las iniciales de nombres y apellido) que, como explicará Charlotte con posterioridad, en 1850, obedecía a que preferíamos no manifestar que éramos mujeres; porque —sin sospechar entonces que nuestra forma de escribir y de pensar no fuera lo que se llama «femenina»— teníamos la vaga impresión de que las autoras se exponen a que las juzguen con prejuicios, pero cuyas razones últimas, en el caso de la propia Charlotte y en relación con Jane Eyre, eran más complejas y responden a causas más profundas, como luego veremos. Pero en paralelo a esta maniobra de ocultamiento -que pronto despertó la curiosidad del público y la crítica, que, en general, acogieron con entusiasmo la novela de un autor desconocido sobre cuya identidad proliferaron desde el primer momento las especulaciones- el engañoso título se abría a otro posible enigma. En efecto, “Una autobiografía” suscitaba otros interrogantes. ¿Autobiografía de una supuesta Jane Eyre?, ¿de un Currer Bell inequívocamente masculino?, ¿de alguna otra misteriosa persona deseosa de proteger su anonimato? Dejo aquí estas preguntas sobre las que volveré más adelante pues la identificación entre autora y personaje, una operación que no puede hacerse de manera ciega, indiscriminada y absoluta, está en la base de una tesis que se sostiene, sin embargo, en múltiples semejanzas y similitudes entre ambas, puestas de manifiesto en una muy abundante bibliografía sobre el asunto, en particular en el libro de Pfordresher y, en menor medida, en el de Elizabeth Gaskell a los que luego me referiré. 

Por lo tanto, una Jane Eyre que es y no es Charlotte Brontë aparece ante los ojos del lector siendo muy pequeña, con solo diez años, sometida al despotismo de la familia Reed. Tras su temprana orfandad, Jane fue puesta al cuidado del señor Reed, un hermano de su madre. La muerte de su tío, nueve años antes del comienzo de la novela, convierte en un suplicio la infancia de la niña, a la que la señora Reed, atada a regañadientes a la promesa, hecha a su marido en el lecho de muerte, de que cuidaría a la chiquilla, sus dos hijas, Eliza y Georgina, y, sobre todo, el primogénito, John, cuatro años mayor que Jane, desprecian, maltratan y castigan, envolviendo su desgraciada existencia en un clima de represión, injusticia y arbitraria autoridad que convierte en sufrimiento, consternación, dolor y oscuridad la vida de la infortunada Jane en Gateshead Hall, el hogar de los Reed. 

Su rechazo, a veces irascible, al trato degradante y abusivo al que se la somete, provocarán que, acusada de desobediencia, rebeldía, carácter conflictivo, tendencia a la mentira y, en suma, maldad, Jane sea enviada al internado de Lowood, segundo de los cinco escenarios que marcarán la trayectoria vital de la protagonista. En la institución, que acoge a niñas huérfanas, la hostilidad doméstica se transforma en la rígida disciplina típica de un internado victoriano. Un régimen estricto, unas condiciones materiales deplorables, el frío y el hambre, la soledad y las privaciones físicas y emocionales, hacen de la estancia de Jane entre sus desabridas paredes un castigo permanente, tan solo atemperado por la entrañable amistad de una compañera de desgracias, la inteligente y sensible Helen Burns, y el trato afable de Maria Temple, la directora del centro, subordinada, sin embargo, y por tanto supeditada a la autoridad del reverendo Brocklehurst, el severo y despótico clérigo propietario de Lowood. La protagonista pasará en el desapacible lugar ocho años de su difícil vida, seis como alumna y dos como profesora, condición esta última a la que le ha llevado su aplicación a la lectura y el estudio, el cultivo de su inteligencia y, también, su capacidad para soportar las adversidades, disciplinar su comportamiento y conformar una personalidad que, sin limitar su sensibilidad, sin renunciar a su rebeldía y su rechazo a la injusticia, se ha refrenado, acostumbrada ya a mitigar en soledad sus arrebatos de desobediencia e indocilidad. 

Pertrechada de un relativamente sólido -para la época- bagaje intelectual y de una identidad y un carácter más maduros, también más -en parte- sosegados, Jane se atreve, alcanzado, a sus dieciocho años, el estatuto de la adultez, a abandonar ese entorno conocido y ya consolidado de un modo estable, lanzándose a la “construcción” de una existencia autónoma y liberándose de la opresiva cárcel en que había consistido su vida hasta el momento (Ni por carta ni de palabra había tenido contacto alguno con el mundo exterior; todo mi conocimiento de la vida me llegó a través de las normas del colegio, los deberes del colegio, las costumbres, nociones, voces, rostros, frases, ropas, preferencias y antipatías del colegio. Y de pronto ya no me bastaba con eso. En una sola tarde aborrecí la rutina de ocho años. Estaba ansiosa de libertad, rabiaba por conseguirla). Pondrá, manteniendo en secreto su decisión y los actos con los que la llevará a cabo, un anuncio en la prensa ofreciendo sus servicios como institutriz. Su iniciativa obtendrá pronta respuesta y así entrará a trabajar como preceptora de una niña en Thornfield Hall, una mansión situada en un marco rural, que la rodeará, por primera vez en su vida, de una atmósfera -la de la casa y la del entorno natural- acogedora y confortable. La discreta elegancia del lugar, las estancias y la decoración reveladoras de unas ciertas inquietudes intelectuales de sus habitantes (La mayor parte de los libros estaban bajo llave en armarios con puertas de cristal; aunque había una estantería abierta y, en ella, alineados libros más que de sobra para mis necesidades didácticas. Pero contenía, además, muchos volúmenes de amena literatura, de viajes, de versos, biografías y alguna novela romántica (…) En comparación con la precaria cosecha que había logrado juntar en Lowood buscando por aquí y por allá, aquellos libros parecían depararme abundantísima mies para mi deleite e información. En aquella habitación había también un piano, bastante nuevo y bien afinado, un caballete de pintura y dos bolas del mundo), la amabilidad de la entrañable señora Fairfax, el ama de llaves, la naturalidad de los modales y la sinceridad amistosa que le dispensan quienes habitan la casa, el cordial, cariñoso incluso, trato con su alumna, la pequeña Adèle, colman de entrada sus aspiraciones. 

No obstante, su estancia en Thornfield será decisiva por dos circunstancias muy destacadas y, a la postre, trascendentales para su vida (y para el desarrollo de la novela). Por un lado, la presencia del propietario del lugar, el señor Rochester, un hombre enigmático y temperamental, físicamente alejado del prototipo canónico del héroe romántico (era de mediana altura, ancho de tórax y moreno de cutis (…) la expresión severa del rostro y el entrecejo fruncido dejaban traslucir su enojo y contrariedad. Ya no era muy joven, pero tampoco de mediana edad, le calculé unos treinta y tantos años. No me inspiraba ningún miedo, acaso simplemente un poco de cortedad). Con ojos oscuros y penetrantes, reveladores de una intensa energía interior, que se manifiesta a veces de manera turbulenta y agresiva, su imponente presencia, que hace aflorar, por encima de su escaso atractivo físico, un poderoso carácter, una fuerza como telúrica, un alma sufriente que alberga dolorosos secretos; su vehemencia; sus silencios; su ambivalencia -capaz de oscilar entre el trato amigable, la ironía afectuosa y la cercanía con atisbos de vulnerabilidad y desvalimiento y, a la vez, la más destemplada intransigencia, la brusquedad impetuosa, la rudeza, la distancia ofensiva y el abrupto desprecio a las mínimas normas de cortesía- despiertan el interés, la curiosidad y, más adelante, el encantamiento y la fascinación de Jane, que acabará sintiendo por su “señor” una atracción personal, emocional e intelectual que -¡alerta, espóiler sustancial!- será correspondida, al apreciar Rochester en Jane, más allá de su condición de anodina y poco atractiva institutriz (pequeña, de constitución frágil, abiertamente fea -siempre será fea. La gracia y la armonía de la belleza brillan por su ausencia en esos rasgos-, ataviada con vestimentas discretas, de colores apagados, poco vistosos), muy distante también del ideal victoriano de belleza femenina, otros valores como su fortaleza moral, su contención, su sobriedad, su honestidad, su dignidad, su inteligencia, su seriedad, su firmeza y su determinación, su poderosa fuerza interior (Le doy mi palabra de que hay algo peculiar en usted. Porque tiene, en efecto, aire de monjita, estrafalaria, ensimismada, seria e inofensiva, sentada ahí con las manos cruzadas y los ojos fijos en la alfombra, menos cuando los levanta para mirarme de plano a mí; pero cuidado con la monjita, porque, cuando le preguntas algo o le haces una advertencia que se siente obligada a comentar, suelta una réplica rotunda que aunque no hiera por lo menos choca; en una prueba reveladora tanto de la apariencia externa de Jane, insulsa y monjil, como de la atracción que suscita en Rochester su rotunda y bien afirmada personalidad).

El segundo elemento de la vida en Thornfield con una honda repercusión en la existencia de los personajes es la manifestación entre sus paredes de ciertos hechos o circunstancias que podríamos llamar misteriosos. Voces extrañas, carcajadas estentóreas y risotadas siniestras que irrumpen en la noche y perturban el sueño de la muchacha; murmullos indefinidos, quejas lastimeras, rumores de gruñidos y forcejeos, gritos inhumanos procedentes del tercer piso de la mansión (un ruido estridente, agudo y bestial que recorrió Thornfield de cabo a rabo); sonidos de pasos, infructuosamente mitigados, que parecen revelar la presencia de desconocidos frecuentadores de las amplias dependencias de la vivienda; las apariciones de una supuesta criada de ignotos cometidos, que se deja ver de manera fugaz e intermitente en muy determinadas y siempre insólitas ocasiones. El plácido y amable escenario de Thornfield va dejando ver, poco a poco, en una gradación muy bien medida por la autora, atisbos de otra realidad, escondida y oscura, intrigante y críptica, con un aire onírico, quizá sobrenatural, en cualquier caso indescifrable para Jane ante el silencio o las evasivas de Rochester, de la señora Fairfax y del personal de la casa. 

Por diversas razones relacionadas con estos hechos y con una sobrevenida imposibilidad de que el amor entre Jane y Rochester pueda prosperar, nuestra protagonista se verá obligada -en una decisión reveladora de su firme carácter, su sólida fuerza de voluntad y sus altos valores morales- a abandonar Thornfield. Tras una serie de vicisitudes, volverá a trabajar como institutriz, esta vez en Moor House, lejos del lugar que abandonó, al servicio de los hermanos Rivers, Diana, Mary y St. John, en un esquema familiar muy habitual en la obra entera y evidente reflejo de la vida de las Brontë en su hogar familiar de Haworth, que tan bien se describía en El gabinete de las hermanas Brontë, la obra de Deborah Lutz de la que hablé aquí hace siete días. Sin apoyo afectivo ni económico de ningún tipo, Jane debe rehacer su vida en un entorno muy alejado, en lo geográfico y lo emocional, de su estabilidad pasada. La estancia de la muchacha en Moor House se abre a nuevas experiencias, nuevas reflexiones, nuevas dudas y dilemas existenciales, nuevas decisiones. 

A partir de este momento, se sucederán los acontecimientos imprevistos que suponen rotundos giros de la trama, inesperados lances de fortuna, renovados afectos, alguna impensada propuesta matrimonial, la aclaración definitiva de los misteriosos incidentes de Thornfield y el desenlace de la relación entre Jane y Rochester. Todo ello ambientado en un quinto espacio significativo del libro, Ferndean, y resuelto en unos términos que, obviamente, no voy a desvelar (ya bastantes elementos sustanciales de la trama de la novela he adelantado hasta aquí). 

Por entre las líneas de este hilo argumental, se desenvuelve una novela que admite diversos planos de lectura. De todos ellos se ocupa, de manera muy ilustrativa, la profesora Coperías en su magnífico estudio introductorio para la edición de Cátedra. Destacan, así, sustanciosos elementos de análisis como, en primer lugar, la ubicación de la obra en el marco de la época victoriana, con valiosos apuntes en torno a algunos de los rasgos definitorios de ese tiempo que se manifiestan en el libro, arrojando luz y ampliando las posibilidades de interpretación de su contenido: la situación de la mujer, privada de libertad de voto, de acceso a la propiedad y la educación, carente de derechos; su sometimiento al marido; los altos índices de mortalidad tras los partos; la mojigatería y el puritanismo de la ética protestante; la represión del sexo, una necesidad vergonzosa que la mujer debía aceptar en beneficio de su esposo; la férrea monogamia y la prohibición del adulterio en las leyes y en la moral. En esa realidad opresiva, las Brontë respiraban, no obstante, dos tipos de valores enfrentados; por un lado la religiosidad, la sumisión, el conservadurismo y la oscura tradición cultural propios del entorno social, y por otro las ideas de racionalidad, enérgico individualismo, protesta radical y rebelión nacidas de la atenta observación de su realidad social, de su conocimiento de las manifestaciones y consecuencias de los cambios que introduce la revolución industrial y sus conflictos, del hambre y la pobreza, de las injusticias que veían en su entorno y de las que se informaban por su habitual lectura de la prensa en el hogar paterno, en un ámbito, el de la realidad cotidiana personal y familiar de Charlotte, que se recrea en la sección inicial del estudio que comento. 

Hay, igualmente, un breve pero interesante excurso sobre la novela victoriana femenina, que proliferaba en la época (entre 1830 y 1840, hubo al menos cuarenta escritoras que publicaron en torno a trescientas novelas) a causa de la mejora de las condiciones de vida, el auge de la clase media, la fascinación de las novelas por entregas que provocaron, consiguientemente, el incremento de la publicación de libros, el florecimiento de las bibliotecas y inclinación por la lectura. No obstante, la doble moralidad de la época se refleja también en la literatura, según fueran los autores hombres o mujeres. Las novelas femeninas debieran moverse en ámbitos asociados a ellas, definidos por el recato, la delicadeza, el recogimiento y la obediencia, y así encontramos libros ocupados sobre todo de cuestiones morales, didácticas, religiosas o problemas sociales que, en cualquier caso, excluían asuntos “espinosos” como el pecado, el mal o lo sexual. Hay en ellas una presencia sustancial de jóvenes desempeñándose como institutrices (¡en 1851 había 25.000 institutrices en Inglaterra!), casi el único espacio profesional admitido a las mujeres, con todos sus desgraciados corolarios (inferioridad social, falta de consideración, vida de soledad, humillación y sumisión; unas circunstancias muy presentes en las obras “brontianas” y núcleo central de Agnes Grey, como veremos la semana próxima). Pese a que también sus heroínas son a menudo institutrices, las novelas de las Brontë, y en particular Jane Eyre, eran vistas como poco femeninas al no adecuarse del todo a ese sistema de valores. 

En el análisis de la novela en sí, la responsable de la edición de Cátedra recoge las conexiones entre las biografías de Charlotte Brontë y su personaje (que luego comentaré, pues es el núcleo central del libro de Pfordresher); la importancia de la fantasía en la novela, tanto en las abundantes referencias góticas, con sus tópicos consabidos (castillos, mansiones, casas encantadas, chicas inocentes, misterio, locura, circunstancias sobrenaturales), como en las alusiones, algunas explícitas, a los cuentos infantiles universales (Cenicienta, la Bella y la bestia, el Patito feo, la Bella durmiente, Barbazul, Gulliver o las variadas menciones a genios, hadas, elfos, brujerías y encantamientos; presentes, de modo notorio, en la primera aparición, con toques fantasmagóricos, de Rochester acompañado de un amenazador perro que remite a Gytrash, la criatura mítica del folklore del norte de Inglaterra) y otras alusivas a las creaciones fantásticas de las hermanas en su niñez y adolescencia. 

Resultan muy esclarecedoras las notas sobre ciertos elementos estructurales que se repiten en las cuatro novelas de Charlotte, Shirley, Villette, El profesor y Jane Eyre, coincidentes en la ambientación en Yorkshire; las figuras recurrentes del tutor, la institutriz y el clérigo; el conflicto entre la integridad y lo mundano, entre el conformismo y la rebeldía; la organización “triádica”: la narradora protagonista, un personaje radical romántico y otro conservador autocrático. También la lectura de la novela como un viaje, físico y cronológico a través de los cinco destinos geográficos del personaje principal, pero también simbólico, un recorrido hacia la madurez intelectual, emocional y espiritual, reflejo en gran parte en El progreso del peregrino, el “best-seller” (dicho sea con todas las cautelas) de 1678 escrito por John Bunyan y que, por poner un ejemplo revelador de su influencia, llevaban en su expedición los pioneros del Mayflower e inspiró su aventura de apertura y conquista de un nuevo mundo; un libro que las jóvenes Brontë leyeron sin duda en su infancia, adolescencia y juventud en Haworth. 

Interesa también el acercamiento a dos frentes del libro de distinta importancia. Uno tiene que ver con la ya mencionada cuestión femenina; el otro, menos perceptible en una lectura convencional, estriba en el tratamiento de lo colonial (una perspectiva de difícil explicación por mi parte si no descubro el “misterio central” del libro, oculto durante tres cuartas páginas del relato pero decisivo para su completa comprensión). Con respecto a la primera de las dos vertientes y teniendo en cuenta que la novela obtuvo, desde el principio, críticas en general positivas, hay que resaltar que las que no lo fueron se centraban, precisamente, en su escasa femineidad, en la carencia de la modestia y delicadeza esperables en una obra de una mujer, en su coarseness (vulgaridad, ordinariez), en su provincianismo de Yorkshire, en su anticristianismo, en la falta de pudor en el lenguaje, en la reprochable profundización en las pasiones y en lo perverso, en el uso de citas sagradas para asuntos profanos, en el rechazo a las convenciones, en la brutalidad de la figura de Rochester, en la inobservancia de modas en el vestir y en el comportarse. Su autora llegó a ser calificada, en ciertos ámbitos, como “agitadora social” o “subversiva”. Ello permite a Coperías -y al lector mientras avanza en la lectura- reparar en la condición “protofeminista” de una obra que claramente aboga por la autonomía de la mujer (No hay una persona más admirable sobre la tierra que una mujer soltera que se defiende sola en la vida -perseverando en silencio- sin el apoyo de un marido o un hermano, escribió Charlotte), por la necesidad de independencia económica, por su irrestricta voluntad de crecimiento intelectual, por la defensa de propia identidad y por la igualdad (¿Cree que por ser pobre, insignificante, vulgar y pequeña carezco de alma y de corazón? Pues se equivoca. Tengo un alma y un corazón tan grandes como los suyos, espeta Jane, airada, a Rochester). Esta típica hija victoriana escribió alguna de las novelas menos femeninas de todo el período, apostilla la profesora Coperías. 

Jane Eyre contiene, en una relevante observación de dicho estudio introductorio que, muy probablemente, pase desapercibida a quien avanza por su trama con una relativa despreocupación lectora, diez alusiones explícitas a la esclavitud, bien sea en referencias a la tiranía de la antigua Roma y los serrallos orientales (No cambiaría a esta inglesita por todas las sultanas del Gran Turco con sus ojos de gacela, sus cuerpos de hurí y demás encantos), bien se refiera al sometimiento -esclavitud simbólica- que soportaban las institutrices, al de las mantenidas (Si tuviera la perspectiva de corresponder algún día con una pequeña dote a las larguezas del señor Rochester, soportaría con más paciencia ser ahora mantenida por él). Pero el vínculo esencial con este tema se produce a través de las alusiones a lo que podríamos llamar “la cuestión colonial”. Al respecto, baste decir por ahora (estoy posponiendo lo máximo posible el desvelamiento del “gran espólier”) que ese eje de libro aflora a partir de la figura que he denominado “la loca del ático”, causa última de los misteriosos fenómenos que tienen su origen en el piso superior de Thornfield. Volveré sobre el asunto en mi comentario sobre la recomendación final de esta reseña. 

Recoge Coperías también, los principales rasgos estilísticos de la novela. En primer lugar las influencias en su autora de la lectura de libros, periódicos y revistas literarias en su infancia y adolescencia; de las discusiones en común entre los hermanos sobre lo que ellos mismos leían y escribían; de la Biblia y Shakespeare; de la literatura inglesa y en particular del movimiento romántico (no obstante, en respuesta a un crítico que le recomendó que leyera a Jane Austen, Charlotte se distanciaba de su “predecesora” al afirmar que echaba de menos en ella -en Austen- el fuego, la pasión y los sentimientos, en consonancia con un principio esencial de su propia novelística: no limitarse a la descripción de la realidad y buscar la Verdad, es decir, a esa realidad recreada por la imaginación). También la variedad, la riqueza y precisión en el vocabulario, la profunda agudeza en la observación, el lenguaje como herramienta para el análisis psicológico (Los tres hermanos me miraron de hito en hito, pero sin manifestar desconfianza. Había más curiosidad que recelo en sus ojos, especialmente en los de ellas. Los de St. John, aunque muy claros en el sentido literal del término, metafóricamente hablando eran bastante turbios y difíciles de interpretar. Parecía utilizarlos como instrumento de disección sobre los pensamientos ajenos más que para desvelar los suyos propios. Y esa confabulación de avidez y cautela contribuía más a reprimir que a envalentonar); las descripciones exactas y detalladas del paisaje, de la naturaleza, del tiempo atmosférico, como en este fragmento revelador: 

Diana y Mary amaban los páramos amoratados por el brezo que rodeaban su casa y la hondonada del valle al que conducía, traspasada la verja, aquel sendero en cuesta lleno de guijarros. Un valle herido entre bancos de helechos y algún pasto pequeño de los más agrestes que jamás bordearon un páramo salvaje ni ofrecieron alimento a un rebaño como aquel de ovejas grises con sus crías con el morro manchado de musgo. Sentían un apego entusiasta por aquel lugar, ya digo, y yo compartía la fuerza y la legitimidad de su sentimiento, también a mí me fascinaba el paisaje, consagrado por su misma soledad. Era una fiesta para mis ojos contemplar los perfiles ondulantes que se extendían ante ellos, regodearse en los colores bravíos que iban propagando por riscos y cañadas el musgo, las campánulas, la turba florecida, los helechos brillantes y las peñas. Eran detalles que captaba tan placenteramente como ellas y también como ellas me dejaba embriagar al unísono por el viento enfurecido y la dulce brisa, por los días borrascosos y los apacibles, por la aurora y el ocaso, por las noches de luna y las tupidas de nubarrones. Accidentes de la naturaleza que, en aquel paraje, herían mis potencias mentales, cautivándome con su hechizo, como a Diana y Mary les ocurría. 

Y está el uso de imágenes recurrentes, los pájaros (reales y como referencias en las descripciones del físico de algún personaje), el agua, el hielo (como símbolo de aflicción y sufrimiento), el fuego (que representa la luz, lo hogareño, lo cálido, las acogedoras chimeneas; pero también la destrucción), la temperatura (que aparte de física es también, casi siempre moral), las tempestades, el aire (air y Eyre se pronuncian casi igual). La voz narrativa en primera persona (adaptándose a la edad del personaje en cada etapa, más infantil al principio en casa de los Reed y en el internado; más madura en Thornfield, centrada en su voz interior; más centrada en el diálogo hacia el final, tras el reconocimiento del amor y la apertura hacia el otro). Una voz que a menudo se habla a sí misma o interpela al lector, implicándolo en el relato, haciéndolo partícipe también de su redacción, en un recurso que proporciona proximidad, cercanía, autenticidad. He aquí algunos ejemplos del uso de este expediente técnico, tan frecuente en la novela: 

Hasta aquí he relatado con todo detalle los acontecimientos de mi anodina existencia. He dedicado a los primeros diez años de ella casi el mismo número de capítulos. Pero no se trata de escribir una biografía metódica, solo pretendo invocar a la memoria cuando crea que sus respuestas van a tener un mínimo de interés. Por eso ahora voy a sobrevolar casi en silencio un espacio de ocho años; con unas pocas líneas habrá bastante para establecer la conexión y no perder el hilo. 

Así lo considero ahora, volviendo la vista hacia aquella situación crítica, a través del tranquilo puente del tiempo. 

A todas estas, no vayas a creer, lector, que Adèle se había quedado quieta sentada a mis pies en su banqueta durante tanto rato. 

El lector sabe de sobra lo intensamente que había luchado para extirpar de mi alma los gérmenes de amor que adiviné agazapados en ella. 

Una descripción estimulante, ¿no te parece, lector? 

Yo no sé si conoces, lector, el terror que las personas frías pueden provocar cuando infiltran el hielo en sus preguntas. 

Y dejo al arbitrio del lector dilucidar si lo que ocurrió a continuación fue o no consecuencia de tal exaltación. 

Te voy a poner un ejemplo, lector, para que lo entiendas. 

O este otro fragmento, sorprendente y prodigioso, en el que Jane interpela a Rochester “poseída” por la voz de Charlotte: 
 
—No me mire usted de ese modo —le dije—: si me sigue mirando así no volveré a usar hasta el final de este capítulo más que la vieja indumentaria que traje de Lowood. 

No me resisto a hacer un apunte final sobre un significativo guiño autorreferencial que desliza Martín Gaite en su traducción del libro para Alba editorial. Narra Jane: Adèle se precipitó a la ventana. Yo la seguí, poniendo mucho cuidado en orillarme para quedar oculta por la cortina, y de esa manera poder ver sin ser vista. El párrafo va acompañado de una nota, exactamente la 49. Dice así: En esta frase aparentemente banal, se retrata no solo Jane Eyre como personaje de ficción, sino que también se desvela uno de los credos literarios de la propia Charlotte Brontë; observadora encarnizada «entre visillos». Y es que las conexiones entre las Brontë, Charlotte en particular, y la salmantina van mucho más allá de Gaite haya querido traducirlas (es más, pienso que esas concomitancias son la causa de que haya elegido sus obras para su desempeño en la traducción, como ocurre también, significativamente, en el caso de Natalia Ginzburg, de cuya obra me ocuparé también dentro de siete días). Pero para explorar esos vínculos no hay espacio ni tiempo. La edición del libro para el Círculo de Lectores, creo que de 2010, incluye un estupendo prefacio de Martín Gaite que, entre otras ideas sugerentes, compara Jane Eyre con Rebeca. Se puede leer en internet (Jane Eyre). 

Y hablando de cine, quiero recomendaros las tres películas basadas en la novela que he podido ver (de las decenas realizadas: hasta 1934, año en que se produjo la primera versión en cine sonoro, hubo hasta trece películas de cine mudo basadas en la novela, como señala la profesora Coperías en un artículo). La primera, la versión más “clásica” del libro, es de 1943. Bajo la dirección de Robert Stevenson, cuenta con las interpretaciones de Orson Welles en el papel de Rochester y, precisamente, de Joan Fontaine, también protagonista de Rebeca, estrenada tres años antes, como Jane. En el elenco está también Agnes Moorehead, formidable actriz de reparto, nominada cuatro veces al Oscar en esa categoría, a quien recordamos por su presencia en Ciudadano Kane y, sobre todo, los que tenemos ya una edad, por su inolvidable interpretación de la bruja madre en la serie Embrujada, que, estrenada en 1964, aquí pudo verse en la segunda mitad de esa década. Hay también una breve aparición de una Liz Taylor de apenas once años en el papel de Helen Burns, la amiga de Jane niña en el internado de Lowood, aunque su nombre no aparece en los créditos. La película, que mantiene el esqueleto argumental de la novela (aunque “adelgazándolo” hasta el extremo, para comprimir el vasto universo del libro en hora y media de metraje; siendo significativa la casi total desaparición del último tercio de obra de la Brontë, con pasajes enteros suprimidos, entre ellos el paso de Jane por el hogar de los Rivers), es interesante, sobresaliendo en ella una memorable fotografía en blanco y negro (obra de George Barnes, que había ganado el Oscar en 1941 por… ¡Rebeca!) que refleja con fidelidad, y subraya, los aspectos más góticos de la obra literaria: claroscuros, iluminación tenebrosa, profundidad de campo en los planos de interiores en la gran mansión de Thornfield, fiel representación de los elementos más ominosos y amenazantes de la naturaleza, atrevidos encuadres que enfatizan el dramatismo de los episodios que concentran el misterio y los enigmas que encierra la novela. Esta dimensión técnica de la película la hace valiosa en sí misma. También la interpretación de Joan Fontaine, que siempre me ha gustado mucho, aunque a su papel de tímida, apocada y desconcertada Jane le falta su coraje y su determinación (y eso que el título del filme en su estreno en España fue “Alma rebelde”, un rasgo de carácter que solo se aprecia en la infancia de la protagonista). Orson Welles, con solo veintiocho años y con Ciudadano Kane, estrenada tres años antes, ya a sus espaldas, no me encaja en el papel de Rochester, a mi juicio carente de la pasión, la tensión dramática y la complejidad de su correlato novelesco. 

Clásica es ya, también, la traslación que en 1996 hizo el director italiano Franco Zefirelli, en una película que yo no había visto hasta ahora. Con un reparto espléndido encabezado por Charlotte Gainsbourg y William Hurt, y que cuenta con la presencia complementaria de Anna Paquin como Jane de niña, la siempre eficaz Joan Plowright en el papel de la cariñosa señora Fairfax, Geraldine Chaplin ejerciendo de estricta gobernanta en el rígido internado de Lowood, Elle Macpherson aportando su luminosa belleza a su fugacísima aparición como Blanche Ingram, y la María Schneider que deslumbró en El último tango en París en un rol, también de presencia efímera pero que no quiero revelar. 

El guion, con algunos cambios en el tramo final, que se aligera en relación con el libro, traslada con bastante fidelidad lo esencial de la historia novelesca. La interpretación actoral es, en general, excelente. Magnifico William Hurt, hosco pero con alma, contenido pero permitiendo intuir su drama interno. Y espléndida también Charlotte Gainsbourg, elegida en lo que, a mi juicio, acaba por resultar una muy oportuna decisión de casting. A diferencia de la belleza indiscutible -y también de la apocada sosería- de Joan Fontaine en la anterior versión, la hija de Jane Birkin y Serge Gainsbourg, feúcha, delgadita y débil, poca cosa, encaja a la perfección en el físico de Jane Eyre -y en el de su creadora- y logra transmitir con convicción la fragilidad y, a la vez, la determinación y la personalidad de la muchacha. Si sumamos a estas virtudes la muy cuidada dirección de arte, que recrea en la ambientación, los ropajes, el mobiliario y el entorno, el universo de la novela, solo queda concluir que estamos ante una recreación más que estimable -a mí me ha gustado mucho, y emocionado por momentos- de la obra mayor de Charlotte Brontë. 

La versión más reciente de Jane Eyre de las que yo he podido ver -y que también se me había pasado en su momento- es la dirigida en 2011 por Cary Fukunaga (del que me gustó mucho su dirección de la inigualable primera temporada de True Detective), con Mia Wasikowska (demasiado guapa y luminosa como para ser la representación de la oscura Jane) y Michael Fassbender en los roles principales y, entre otros, los muy conocidos Jamie Bell -el Billy Elliot de la película homónima- como St. John Rivers y Judi Dench, otra de las grandes damas de la interpretación británica, bordando el papel de la apacible señora Fairfax. Con una estética, una realización y una planificación más actuales y muy atractivas, con la ambientación y la dirección artística extraordinarios, con un vestuario deslumbrante, con imágenes de una cualidad pictórica, con guiños a obras de arte de la época, con un fondo musical intimista, delicado y evocador, la película, a diferencia de las dos anteriores, no respeta la linealidad cronológica de la novela, sino que da comienzo la acción en el momento en que una Jane desesperada tras su experiencia junto a Rochester es acogida en el hogar de los Rivers, lo cual permite la traslación cinematográfica, en el último cuarto de la cinta, del desenlace de la novela con mayor fidelidad de lo que lo hacían los dos otros dos títulos citados. Desde ese momento inicial, el filme narra, en un largo flashback, lo sustancial de las vivencias de la niña en su infancia entre los Reed, su terrible estancia en Lowwod y su llegada a Thornfield. La narración avanza entre numerosas elipsis (no siempre justificadas: en una secuencia vemos a la pequeña Jane sufriente en su reclusión en el internado y, en la siguiente, ya la vemos, convertida ahora en una muchacha, dejando atrás el horrible lugar camino de su nuevo trabajo; igualmente, la atracción de Rochester por ella va muy rápido, desvelándose de un modo súbito y casi inexplicado. De hecho, mientras yo veía la película, me planteaba si un espectador que no conociera la novela podría entender del todo las razones de ese enamoramiento, así como algunos otros pasajes de la cinta que llegan y se van demasiado fugazmente como la aparición de Mason o el misterio del ático). Sin embargo, estamos, a mi juicio, ante una versión espléndida que ha logrado interesarme y emocionarme. 

No queda tiempo apenas para glosar mínimamente los cuatro libros que, vinculados a Jane Eyre, aún quiero recomendaros. Me limitaré a algunas muy sucintas notas sobre cada uno de ellos. Empiezo, pues, por la muy interesante obra del experto John Pfordresher, La historia secreta de Jane Eyre, publicada en 2017 por el profesor, hoy emérito, de la Universidad de Georgetown y aparecida un año después en nuestro idioma en la versión de Marta Salís para Alba Editorial. El libro cuenta con un explícito subtítulo, Cómo escribió Charlotte Brontë su obra maestra, inequívocamente revelador de su muy “jugoso” contenido. En él, su autor, poniéndose en el lugar de los lectores de su tiempo, intrigados por la ya mencionada lacónica portada de la edición original, Jane Eyre. Una autobiografía. Editada por Currer Bell, y resuelta ya, en nuestros días, la entonces incógnita que planteaba la identidad de ese autor fantasma, indaga en los posibles elementos autobiográficos de la novela (Mis verdaderos diarios están en mis novelas, había escrito Charlotte), en un recorrido exhaustivo, profundo, riguroso (aunque a veces con un punto de imaginativo voluntarismo por su parte) y muy ameno, además de altamente ilustrativo, por las páginas del libro, que se repasan explorando el correlato de los hechos en ellas narrados, de los incidentes referidos, de las personalidades de sus protagonistas, de sus sentimientos y emociones, de sus reflexiones y sus ideas, de los diversos entornos domésticos y físicos en los que se desenvuelven, con las circunstancias de la vida “real” de la escritora. 

Brontë negó abierta y ardientemente que hubiera semejanzas importantes entre su propia existencia y la de la narradora en primera persona y heroína de la novela. Durante tres años (hasta finales de 1850, cuando consintió en la revelación de la autoría) negó incluso ser la autora. Su vehemente negativa, su persistencia en la mentira, llegó a provocar un relativo enfrentamiento con su mejor amiga, Ellen Nussey (las cartas entre ambas han sido una espléndida fuente de información para los investigadores interesados en indagar en la biografía de la escritora), a la que reprochó con insistencia que diera pábulo al rumor que la presentaba como la responsable del libro, afeándole que la hiciera objeto de semejante “acusación”. Pfordresher, curioso ante esas sorprendentes, por intensas y tenaces, reticencias, cree vislumbrar tras ellas algún misterio (Las palabras de Charlotte reflejan un miedo atroz) y se pregunta: ¿Por qué sugerir que había escrito un libro era una «acusación»? ¿Por qué ser la autora de una novela de éxito implicaba que era culpable de algo? El «pequeño misterio» parece, en momentos así, muy importante para Charlotte (…) Si le preocupaba tanto preservar el anonimato como para mentir sobre la publicación de la novela a sus amigas íntimas, ¿por qué Charlotte Brontë escribió Jane Eyre en primer lugar? Y ¿por qué se empeñaba en guardar el secreto de su relación con la novela? 

He aquí su aclaratoria respuesta, que explica el propósito y el planteamiento del libro, formulada en su capítulo introductorio: Hay muchas razones. Quizá la más importante sea que se trataba de un libro surgido de una serie de desgracias que desembocaron en una crisis en su vida: lo que ella llamó «una lucha interior casi insoportable». Su corazón, «constantemente desgarrado por un dolor lacerante», la había llevado a descubrir que «uno sufre en silencio mientras tiene fuerzas para hacerlo; pero, cuando las fuerzas fallan, uno habla sin medir demasiado las palabras». En Jane Eyre Brontë encontró esas palabras, la manera de expresar su lucha y su dolor. Aprovechó las cosas que la habían herido, avergonzado, irritado y las que le habían sido impuestas, así como los deseos que no podía controlar, y los transformó en una ficción tan profundamente personal que aquella joven en público tan reservada, formal y orgullosa no quiso que nadie los identificara con ella

La historia secreta que el libro revela es la de esa transformación, la que, jugando con dos nociones sustanciales en la obra de Charlotte, Verdad e Imaginación, Realismo y Fantasía, entrelaza vida y obra. La Verdad de sus recuerdos; de sus emociones escondidas en público; de sus experiencias vitales; de sus sentimientos, algunos prohibidos dadas las convenciones de su época, entre ellos -aviso, nuevo espóiler- una pasión adúltera; también la de las limitaciones debidas a su falta de conocimiento del mundo. Y todo ello recreado por la Imaginación, alimentada por sus lecturas, por las historias infantiles escritas con su hermano, por su voluntad de expresar su interioridad y de sobreponerse a sus carencias y de superar su muy menguada realidad; una imaginación que le permitirá construir un personaje que es y no es ella misma, una heroína perspicaz, independiente y temeraria que vivirá una historia de amor atrevida, peligrosa y apasionada. Para Pfordresher Jane Eyre es una extraordinaria novela basada en dos fuentes de inspiración principales, la verdad de su experiencia [la de la autora] y las aspiraciones emocionalmente dominantes de su imaginación. Y la “historia secreta” que investiga en su apasionante estudio pone de manifiesto la presencia en el libro de algunos de los aspectos -íntimos y públicos- más relevantes de la vida de Charlotte: el colegio de Cowan Bridge, al que su padre la envió cuando tenía solo ocho años (un lugar que comparece en la novela como el internado de Lowood); la enfermedad que acabaría con la vida de sus dos hermanas mayores (Maria y Elizabeth, reflejadas, sobre todo la primera, en el personaje de Helen Burns), sus trabajos como institutriz, su estancia en Bruselas trabajando en un internado y su enamoramiento prohibido de Constantin Héger (el apellido aparece con y sin tilde en las distintas versiones manejadas; opto por la que, a mi juicio, parece más correcta), el marido de la directora de la institución. Y están las relaciones con su padre y sus hermanas y hermano en Haworth, que afloran en la recurrencia de ese mismo patrón en los grupos familiares de la novela, los Reed, los Rivers, los Ingram; y están, disimulados, recreados, los rasgos de su propio carácter: la timidez, el ansia de reconocimiento público, la conciencia de su fealdad, las diversas propuestas de matrimonio (hasta cuatro en su vida real), su inferioridad física y social; y está la oprimente angustia que refleja el “cuarto rojo” novelesco, con su extraordinario valor simbólico; y su desempeño como profesora en el Roe Head real; y la búsqueda de empleo; y el amor prohibido por Héger/Rochester; y los escenarios -de nuevo reales- que afloran en los Thornfield, Moor House o Ferndean literarios; y están las caracterizaciones de personas que conoció en su vida personal, recreadas en el “dibujo” de más de un personaje. Y todo ello, todo este cúmulo de entrecruzamientos y vínculos se nos presentan en este subyugante La historia secreta de Jane Eyre, de lectura entretenida, placentera y extraordinariamente ilustrativa. 

Como lo es también -amena, interesante y de lectura indispensable si tras mis palabras os decidís a “sumergiros” de lleno en las obras y las existencias de las hermanas Brontë- la voluminosa biografía que de Charlotte escribió su amiga Elizabeth Gaskell. La excepcional Vida de Charlotte Brontë se publicó por primera vez en 1857. La edición que yo tengo, de nuevo en Alba Editorial, a la que no podemos sino agradecer su impagable política de rescate de los clásicos en ediciones bellísimas en lo formal y rigurosas y muy cuidadas en su contenido (¡a ver si nos traducen a Trollope, amiga Laura Falcoff, ilustrada seguidora del programa desde Argentina!), es de 2016, y cuenta con la traducción de Angela Pérez. Como mi reseña de hoy ya ha superado con creces todos los límites, incluso los altamente flexibles que yo me impongo para desbordarlos de continuo, y como aún quiero invitaros a leer otro título magnífico relacionado con el universo de Jane Eyre, os dejo solo un breve comentario sobre este libro, remitiéndoos, para completar el análisis de la biografía, a mi reseña monográfica sobre las obras de Elizabeth Gaskell, que presentaré aquí dentro de unos meses. 

Tras la muerte de Charlotte, en marzo de 1855, su padre, Patrick, que sobreviviría a todos sus hijos, pidió a Elizabeth Gaskell, que ya entonces era conocida como autora de varias novelas, singularmente Mary Barton, Ruth y Norte y Sur, que escribiera y publicara una historia de la vida y las obras de su hija. Muy amiga de Charlotte desde su primer encuentro en 1850 y con la que a partir de ese momento había mantenido una fecunda correspondencia y compartido estancias en sus respectivos hogares (una circunstancia significativa, dada las reticencias de la algo misántropa Charlotte al trato social) y, sobre todo, profundamente convencida de que la fallecida encarnaba con pasmosa fidelidad las cualidades con las que ella misma había dotado a sus personajes de ficción, Gaskell se puso a la tarea, que llevó a cabo acudiendo a Haworth solo un mes después de recibir el encargo para entrevistarse con Patrick Brontë, con el reverendo Arthur Bell Nicholls, viudo de la escritora y reticente al proyecto biográfico, y para acceder a la no demasiado numerosa correspondencia familiar de Charlotte. Por la mediación del propio Nicholls se puso en contacto con Ellen Nussey, la mejor amiga de la mayor de las Brontë, que le ofreció unas trescientas cartas del caudaloso contacto epistolar entre ambas. Además, visitó el pueblo en diversas ocasiones y habló allí con vecinos y conocidos de la familia Brontë que le proporcionaron información adicional. Fue a Londres y contactó con el editor George Smith y con su asesor W. S. Williams, que le facilitaron más correspondencia, y en donde recorrió los lugares en que había estado Charlotte. Visitó también el Pensionnat Héger de Bruselas, donde la joven había vivido su trascendental, prohibida y obviamente fracasada experiencia amorosa. Escribió a todas las personas que habían conocido a Charlotte, entre ellas a su otra amiga principal, Mary Taylor, que vivía en Australia, a algunas de sus profesoras, a compañeras de estudios, incluso al dueño de la papelería de Haworth, que proporcionaba el material de escritura a las Brontë y conocía bien a las hermanas. 

Con toda esta información armó una voluminosa biografía (seiscientas treinta y cuatro intensas páginas en la edición que yo he leído, que incluyen una muy orientativa introducción de Alan Shelston (gran experto en la obra de Gaskell, fallecido en 2024) y dos apéndices, el primero con dos capítulos -los más controvertidos- de la tercera edición revisada de su biografía (que la propia autora expurgó de los aspectos más conflictivos incorporando además material nuevo), y el segundo con la transcripción de dos cartas de Elizabeth Gaskell a sendas amigas, escritas en 1850 y en las que transmite a sus corresponsales la impresión que le causó su colega escritora en su primer encuentro, marcado por una absoluta fascinación. Ambos apéndices son extraordinariamente valiosos en tanto nos ofrecen un entregado retrato de Charlotte, en el segundo documento, y, en el primero, una muy relevante muestra de las modificaciones que Gaskell se sintió obligada a hacer en su libro a causa de las demandas que algunos de los personajes en él citados (reconocibles pese a la omisión de sus nombres) interpusieron o amenazaron con sustanciar por considerar que su “retrato” literario contenía elementos difamatorios. 

Una obra excepcional, de lectura muy interesante y amenísima, aunque con claroscuros, y a la que volveré dentro de unos meses cuando traiga al espacio mis recomendaciones de otros libros de Elizabeth Gaskell. Basta ahora con aconsejar con entusiasmo su lectura. Interesante y altamente recomendable es también la última propuesta con la que cierro esta desbordante reseña. Aviso de nuevo de la amenaza de “destripamientos argumentales”. Y es que esta vez no resulta ya solo difícil sino absolutamente imposible comentar la extraordinaria novela, una suerte de “precuela” de Jane Eyre, sin revelar el enigma, el misterio de fondo de la obra principal cuyo desvelamiento he intentado sortear, no sé si con demasiado éxito, a lo largo de mis comentarios. Lo haré ahora, abiertamente, pues, como digo, es indispensable y, además, relativamente justificado por el hecho de que el flagrante espóiler aflora cuando ya mi reseña llega a su fin (y dada su extensión, cuando ya la mayor parte, sino todos, de nuestros seguidores, han abandonado su lectura muchas líneas atrás). En cualquier caso seré breve, por los ya insoportables condicionamientos de tiempo y espacio y, también, por no ahondar demasiado en los pormenores del secreto “descubierto”. 

Un misterio que, como he venido reiterando, tiene que ver con la presencia fantasmal en la novela de lo que he venido llamando “la loca del ático”, que no es otra que Antoinette Cosway Mason, esposa oculta de Edward Rochester y razón última por la cual Jane se verá obligada, atendiendo a sus códigos morales, a abandonar Thornfield cuando descubre la existencia de la mujer. Y es que un Edward joven se había casado en Jamaica, años antes del momento en que Jane llega su mansión, con una muchacha criolla perteneciente a la élite colonial de la isla, con su fortuna inicial nacida de las plantaciones y la esclavitud. Cuando, tras cuatro años de convivencia insufrible, Rochester descubre, aún en su realidad antillana, los hábitos supuestamente disipados de la muchacha -presunta promiscuidad, alcoholismo y “degeneración”, en una lectura de la historia claramente colonialista y racista incluso, vista con los ojos de hoy- y sus antecedentes familiares marcados por la locura hereditaria (digna hija de una madre degenerada, me arrastró por las sendas más agónicas e infames que esperan al hombre casado con una mujer desenfrenada y vicios), comprende que está atado legalmente a ese matrimonio insoportable y absurdo, por lo que resuelve llevar a su esposa (a la que cambiará el nombre por el de Bertha, en un intento, quizá, de anular simbólicamente sus orígenes), a Inglaterra, encerrándola en el último piso de su mansión, en un cuarto de atrás secreto, en donde la mujer sobrevivirá aislada durante diez años, hundida en un progresivo deterioro mental y convertida en una suerte de criatura salvaje, grotesca, casi inhumana, responsable de las risas estridentes, los gritos desaforados y los episodios inexplicables -rondas nocturnas por los pasillos, incendios provocados, acciones violentas- que sorprenden desde el comienzo de su estancia en Thornfield a una Jane desconcertada y perpleja, ignorante de esa realidad terrible que se esconde a pocos metros de su habitación. En esas fugaces e inexplicadas apariciones de Bertha Mason -fantasmagóricas y evanescentes, apenas intuidas por la protagonista- encontramos la base del análisis de la novela desde una perspectiva colonialista que la profesora Coperías presenta en su referido estudio introductorio, enfatizando la asociación, propia de la época, de la raza negra (en las escasas menciones a Berthaen el libro, la mujer se va “ennegreciendo”, descrita con adjetivos que la “oscurecen”, pese a tratarse de una criolla blanca), con la disipación, la demencia, el alcoholismo, la sexualidad salvaje, la animalidad y la perversión moral. 

Pues bien, en 1966, Jean Rhys, una escritora británica de origen antillano y que en ese momento tenía ya setenta y seis años y una no muy destacada carrera literaria, interrumpida a finales de la década de los treinta, retomó la figura de Bertha Mason, un personaje que le había interesado toda su vida y la convirtió en la protagonista de una novela, Ancho mar de los sargazos, que le proporcionaría la repercusión y la fama que hasta entonces no había alcanzado y que supuso el reinicio de una trayectoria en la literatura que fructificó en una decena de títulos, entre los publicados hasta su muerte en 1979, con casi noventa años, y algunas otras ediciones póstumas. 

Yo leí la novela en su primera edición en Anagrama, en 1990, con traducción de Andrés Bosch, aunque hay reediciones posteriores. De ese mismo año es el libro de Cátedra, con el estupendo análisis preliminar de María José Coperías y la traducción de Elizabeth Power. Sin poder profundizar en las virtudes de la novela, magnífica y un excelente complemento -que cambia casi por completo nuestra visión de Rochester a partir de Jane Eyre- sí diré a modo de resumen que está dividida en tres partes. En la primera, Antoinette cuenta en primera persona las circunstancias de su infancia y su primera juventud en Jamaica, en los días posteriores a la abolición de la esclavitud. La hacienda de los Cosway, deteriorada y en ruinas, es el escenario de la degradación de la familia, despreciada por los ingleses llegados de Europa y objeto del resentimiento y el odio de los esclavos recientemente liberados, que guardan el recuerdo de la explotación sufrida. En la segunda parte la voz narrativa es la de Rochester, al que nunca se le identifica por su nombre, que llega al Caribe para su matrimonio con Antoinette, concertado por su propia familia por razones económicas que no acaba de entender. La belleza del entorno y la de su joven mujer lo atraen inicialmente, pero, poco a poco, los rumores sobre los supuestos engaños de su esposa y sobre su enfermedad mental hereditaria, junto a la atmósfera irracional, salvaje, del lugar, lo alejan progresivamente de ella, convirtiendo la convivencia entre ambos en un sufrimiento y deteriorando los frágiles vínculos entre ellos. Por último, en la tercera parte, Antoinette, ya convertida en Bertha, trasladada a la fuerza a Inglaterra y encerrada en el ático de Thornfield, custodiada por Grace Poole, vuelve a retomar, alienada, la narración, en la que apreciamos como su mente, fragmentada, oscila entre recuerdos del Caribe y la realidad opresiva del encierro. 

Y ahora sí que no hay ni tiempo ni espacio para más. Os recomiendo con pasión esta múltiple y muy diversa inmersión en el universo de Jane Eyre que incluye la novela, tres estudios adicionales sobre el libro y su autora, tres películas basadas en el texto y una novela adicional en dos ediciones diferentes. Confío en que tengáis material suficiente para adentraros en estas vacaciones en ese casi inabarcable mundo. Os aseguro horas interminables de placer lector. Os dejo ahora con una referencia musical y, antes con un fragmento, sobre el que cabe una lectura claramente “protofeminista”, de Jane Eyre

He intentado localizar algunas de las baladas que “suenan” en la novela, en particular una muy reveladora que canta Bessie, una cariñosa sirvienta en los desgraciados días infantiles de Jane en el áspero hogar los Reed. Pero, al parecer -eso he concluido de mi búsqueda- la tonada, cuya letra Charlotte Brontë nos ofrece en el texto, era obra de la propia escritora y, como es natural, se desconoce su música. He optado, pues por un tema actual, titulado Jane Eyre, interpretado por un para mí desconocido James William Anderson. 


Y lo que más deseaba entonces era tener más experiencia, más relación con mis semejantes y trato con gente distinta de la que estaba a mi alcance en aquel sitio. Apreciaba las buenas prendas de Adèle y la señora Fairfax, pero creía en la existencia de otra clase de bondad más excitante, y aquello en lo que creía necesitaba contemplarlo. 

¿Quién me lo puede reprochar? Muchos, sin duda, me tendrían por ingrata. Pero no lo podía remediar, la inquietud que hacía presa en mí formaba parte de mi modo de ser, y muchas veces me zarandeaba dolorosamente. En esos casos, mi único consuelo lo encontraba paseando de arriba abajo por el pasillo del tercer piso; allí me sentía a salvo inmersa en el silencio y la soledad, y dándole permiso a los ojos de la mente para que se demoraran en cualquier brillante visión que brotara ante ellos… y eran muchas y fulgurantes. Allí permitía a mi corazón henchirse de una euforia que al mismo tiempo lo sumía en la perturbación y lo esponjaba de vida. Y lo mejor de todo era abrir secretamente los oídos a un cuento de nunca acabar creado por mi imaginación, narrado incesantemente, y abonado por incidentes de toda clase, por la vida, el fuego, y tantas sensaciones desconocidas por mí en la realidad que ardía en ansias de experimentar. 

No sirve de nada afirmar que para los seres humanos debe suponer satisfacción suficiente el haber alcanzado la tranquilidad. Necesitan acción, y si no consiguen hallarla, la inventan. Existen millones de ellos condenados a una existencia más mortecina que la mía, pero otros tantos millones se rebelan en silencio contra su sino. Nadie puede calcular cuántas rebeliones, dejando aparte las políticas, fermentan entre el amasijo de seres vivos que pueblan la tierra. Se da por supuesto que las mujeres son más tranquilas en general, pero ellas sienten lo mismo que los hombres; necesitan ejercitar y poner a prueba sus facultades, en un campo de acción tan preciso para ellas como para sus hermanos. No pueden soportar represiones demasiado severas ni un estancamiento absoluto, igual que les pasa a ellos. Y supone una gran estrechez de miras por parte de algún ilustre congénere del sexo masculino opinar que la mujer debe limitarse a hacer repostería, tejer calcetines, tocar el piano y bordar bolsos. Condenarlas o reírse de ellas cuando pretenden aprender más cosas o dedicarse a tareas que se han declarado impropias de su sexo es fruto de la necedad.

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Charlotte Brontë. Jane Eyre