Vivo entre muchos libros y extraigo una gran parte de mis ganas de vivir del hecho de que aún leeré la mayoría de ellos. (Elias Canetti)

miércoles, 22 de abril de 2026

LANA CORUJO. HAN CANTADO BINGO; LAURA FERRERO. LOS ASTRONAUTAS; LAYLA MARTÍNEZ. CARCOMA

Hola, buenas tardes. Esta semana comenzamos un ciclo, que pensado inicialmente para las semanas de marzo, he tenido que posponer hasta ahora por diversas circunstancias. Cuando llega el 8 de marzo, Día internacional de la mujer, nuestras emisiones suelen poner el foco en libros escritos por mujeres. Y es que en esas fechas, en la que ya se atisba en el horizonte la primavera, colorida, luminosa y floreciente, se da un algo extraño vínculo simbólico entre la condición de la mujer y la muy optimista estación, coincidentes ambas en representar la generación y la renovación de la vida; la tierra a punto de germinar y la hembra embarazada como metáforas primordiales. Por ello, y jugando con esa innecesaria excusa, algo más material y prosaica, de la celebración de esa efeméride, acostumbro a dedicar todos los programas de ese mes, desde sus primeros días, cercanos a la festividad, hasta los últimos, con la templada y vibrante etapa ya iniciada, a la literatura femenina, aceptando por ahora una denominación tan ambigua. Como digo, este año, por motivos diversos, me he visto obligado a retrasar la serie que ahora totalmente reconvertida, como luego veremos, comparecerá en nuestro espacio durante nueve semanas. 

Debo decir de entrada que yo no tengo demasiado claro a qué nos referimos cuando hablamos de literatura femenina. ¿Lo es cualquier obra escrita por una mujer? ¿La categoría solo admite textos de temática específicamente femenina? De ser así, ¿cuál sería esa temática: los cuidados, el embarazo, la maternidad, lo emocional, lo conmovedor? ¿Es la mirada, el particular punto de vista de una mujer lo que convierte sus libros en “femeninos”? ¿Y cuál sería esa mirada privativa de ese sexo -ese género- en particular: una sensible, delicada, más vinculada a la emoción que a la razón, receptiva, tierna y sentimental, afectiva y empática? ¿Un hombre carece -por principio- de esa mirada? ¿Anna Karenina, Madame Bovary, Fortunata y Jacinta, Molly Bloom, La Regenta serían diferentes si las hubiera creado una mujer? Y Heathcliff, Atticus Finch, Tom Ripley, el Newland Archer de La edad de la inocencia, ¿serían otros si sus autores hubiesen sido hombres? Y, sobre todo, ¿nos habríamos dado cuenta del “cambio”? ¿Podemos “detectar” el sexo de quien escribe si desconocemos su identidad? ¿Leíamos a Carmen Mola con una lógica derivada del hecho de que la sabíamos mujer, y esa lectura se nos desbarata al conocer que en realidad tras ese nombre se “esconden” tres hombres? ¿Nos parecería más o menos femenina Elena Ferrante si conociéramos su identidad real y, por tanto, su sexo? 

En un artículo reciente, la siempre espléndida y muy lúcida e inteligente María José Solano escribe: La llamada «literatura femenina» se ha convertido en una especie de parque temático emocional con tres o cuatro atracciones fijas: los traumas de la infancia que afloran en la madurez, la soledad del divorcio, la épica de mirar cómo se abulta un vientre en el embarazo o el parto místico. En un texto, significativa y “hichtcockianamente” titulado “El enemigo de las rubias”, en el que analiza los personajes femeninos de diversas películas -Rebeca, Los pájaros, Extraños en un tren (y otras previas a su éxito mundial y, por tanto menos conocidas, como El inquilino, The lady vanishes, Inocencia y juventud, Asesinato o Sabotaje)- del orondo y genial director británico, acusado, precisamente, de misoginia, de machismo impenitente, de perversidad y retorcimiento en la construcción de los personajes que hacía interpretar a sus casi siempre blondas actrices, a partir del hecho -¡gran sorpresa!- de que todos esos títulos se basaron en relatos, novelas, ficciones escritos por mujeres: Marie Belloc Lowndes, Ethel Lina White, Daphne du Maurier, Patricia Highsmith, Josephine Tey, Helen Simpson o Clemence Dane. ¿Las muy acertadas descripciones de la culpa, el crimen, la maldad, la ambigüedad moral, el miedo, el deseo, que atribuimos al muy insultantemente masculino Alfred Hitchcock son invenciones de mujeres? ¿Qué es pues, en el cine, en el arte, en la literatura, la creación femenina? 

Dejando, por tanto, la cuestión de fondo sin resolver, concretaré la particular taxonomía que une los ocho programas del ciclo algo delirante, por planteamiento e intención, señalando que en ellos os voy a presentar libros -todos novelas- escritos por mujeres. En muchos casos sus protagonistas lo son también aunque, insisto, no estoy seguro de que el punto de vista pueda ser tipificado siempre como específicamente femenino. Además, junto a esta constricción de partida, he decidido imponerme tres más. En primer lugar, en cada uno de los espacios voy a comentar tres o cuatro novelas que he ido leyendo en este último año (con algunas, escasas, excepciones más antiguas y ya emitidas en etapas y formatos anteriores del espacio) y que he “reservado” hasta ahora para conformar con ellas esta particular serie. Estamos hablando, pues, no ya de una oferta plural, como tantas veces ocurre en Todos los libros un libro, sino simple y llanamente de una propuesta extraordinariamente ambiciosa, desmesurada y desbordante, con veintiséis obras -todas, en distinta medida, magníficas, desde mi punto de vista- con las que os aseguro largas horas de lectura en las ya cercanas vacaciones veraniegas. Ni que decir tiene que mi presentación de cada una de ellas será mucho más breve de lo habitual, limitándome a apuntar algunos elementos de sus tramas argumentales, subrayar los temas que subyacen a las historias narradas, mencionar las singularidades estilísticas y propiamente literarias de cada propuesta y, sobre todo, transmitir el fervoroso entusiasmo con el que he disfrutado, casi sin excepción, de todas ellas. 

La segunda exigencia autoimpuesta, y aquí el “juego” se refina hasta extremos que yo mismo no dudo en calificar como delirantes, consiste en que cada una de esas veintiséis novelas está publicada en una editorial distinta, en una prueba, por un lado, de la amplia variedad del “emprendimiento literario”, si se le puede llamar así, de nuestro país, y, por otro, de mi explícita voluntad de homenajear a tantos sellos menores, que difícilmente pueden competir en un mercado monopolizado por los dos grandes grupos editores, pero que son capaces de resistir y hasta crecer permaneciendo firmes en su loable intención de ofrecer al lector autores jóvenes, títulos nuevos, textos y proyectos literarios alternativos y, en cualquier caso, libros valiosos. 

La tercera limitación de partida afecta a la elección de la cifra exacta, esas veintiséis que refiere y cuantifica el número de escritoras, novelas y editoriales seleccionadas. Aquí la excusa es más frágil, banal incluso, y tiene que ver con el guarismo que identifica los años que llevamos ya cumplidos de este intenso siglo XXI. En fin, trivialidades rozando lo supersticioso. Además, y solo hoy, en esta primera entrega del ciclo femenil, se da una circunstancia que también podríamos llamar restrictiva, pues todas las novelas de las que voy a hablaros son de autoras españolas, de edades distintas pero todas jóvenes (desde los 31 años de la menor a los 42 de la más veterana), de orígenes geográficos diversos (una canaria, una catalana y una madrileña) y con unas muy dispares y variadas propuestas literarias (pero con bastantes puntos en común, al menos en las obras que hoy presento). 

Abro, pues, mis sugerencias con la más joven de todas ellas, Lana Corujo, nacida en Lanzarote en 1995. Formada en ilustración y diseño (una circunstancia que aflora en el singular tratamiento tipográfico de su libro), con una, pese a su juventud, ya consistente trayectoria en la creación artística, la gestión cultural y hasta en el dominio de la literatura, con un par de poemarios publicados y su inclusión en una antología de relatos, su primera novela, Han cantado bingo, que apareció en 2025 en el seno de la editorial Reservoir Books, supuso una irrupción volcánica (nunca mejor dicho, como luego veremos) en el panorama literario español, con una recepción clamorosa por parte de la crítica y una aceptación no menos entusiasta de los lectores, que han hecho correr de boca en boca las excelencias de una novela excepcional. 

El libro se organiza en ciento seis capítulos muy breves, en muchos casos de una sola página, a veces de algunas -pocas- líneas. No hay en ellos un desarrollo narrativo lineal sino que la trama se construye a partir de pasajes fragmentarios de la infancia de la narradora, que constituyen el núcleo sustancial de la novela, cruzados por leves apuntes, tenues referencias -una frase, una reflexión- a etapas posteriores -los diecinueve años, los veintidós- de su joven vida. 

En Lanzarote, dos niñas, la narradora y su hermana dos años menor, Alejandra -Aleja-, viven con su abuela y unos padres en más de un modo ausentes. Cada sábado, después de cenar, Abuela (así se la denomina en el texto) se va a al garaje de una de las vecinas a jugar al bingo. Desde que se va y hasta que el Tío Félix vuelve de faenar las pequeñas están solas unos minutos que aprovechan para entregarse a su juego favorito. Salen por la puerta de atrás de la casa, saltan el muro y caminan por la arena volcánica hasta llegar a El Ahorcado, un volcán de formas redondeadas y vagamente humanas (La silueta de El Ahorcado, magnífica y redonda. La luz de la luna dibuja su figura como el azúcar glas. Parece la barriga embarazada de mi prima cuando está tumbada bocarriba. Imagino un ser ¿alado, quizás? revolviéndose dentro de esa panzavolcán). Una vez ante él, lo miran con una mezcla de encantamiento y aprensión. Entonces dan comienzo a un juego de normas sencillas: 1. No podemos usar la linterna a la vuelta. 2. Corremos de la mano. 3. Contamos hasta tres. 4. Si El Ahorcado alcanza a una de las dos, la otra sigue jugando sola

Así empieza la novela, situando el escenario y, sobre todo, el clima emocional en que se desenvolverá la historia entera. Entre episodios de esa vida infantil, hecha de magia y encanto, de temores y misterio, de curiosidad y desconcierto, de ternura, estremecimientos, descubrimiento y dolor, un acontecimiento trágico, que no se explicita abiertamente -se intuye, se deduce, se supone- y al que durante la mayor parte del libro solo se alude de manera indirecta, desvelándose gradualmente con uso magistral de la elipsis y la sugerencia velada, vendrá a poner fin para siempre a ese tiempo -a ese universo- inocente y candoroso, a la vez feliz y vulnerable, del que una narradora de voz sensible y emotiva, muy cálida y poética, lúcida, melancólica y de una belleza arrebatadora, nos da cuenta. 

La singularidad de esa voz, su tono, la opción estilística elegida por la autora es, con diferencia, el elemento más destacado del libro, el que lo hace especialísimo e inolvidable. El relato de la hermana mayor, el recuerdo de los días y años infantiles, la evocación, a medias memoria, a medias recreación, del tiempo vivido con su hermana, está repleto de emoción, de sensibilidad, de ternura, de cercanía e intensidad. Es imposible avanzar por el libro sin detenerse a cada poco, fascinado el lector por el modo en que se nos cuenta la historia, conmovido por la emotividad de la prosa, exaltado por la maravilla de los muchos hallazgos léxicos, subyugado por la genialidad de ciertos recursos tipográficos, deslumbrado por la hondura y la belleza de las metáforas, por la potencia simbólica de ciertas imágenes (el Ahorcado, el volcán, el Mundo Adulto, el bingo, los monstruos), exultante y también perturbado por la recurrencia de ciertos elementos que desbordan su realidad y se abren a significaciones ocultas que describiendo los sentimientos, los miedos, los afectos, las sensaciones, los anhelos, las inseguridades de las niñas, los trasciende para tocar profundamente el alma del lector. 

Son decenas los ejemplos de esta innovadora peculiaridad formal, de tal brillantez que yo ahora, extasiado e impotente ante la dificultad de transmitir siquiera medianamente el exultante entusiasmo que la lectura me ha provocado, querría compartirlos todos. En realidad, lo único que debería hacer para completar esta reseña es transcribir, palabra por palabra, el libro entero o, en su defecto, limitarme a enunciar con pasión ¡¡Leedlo!! y callarme después. Sirva, no obstante, mi selección de alguna elocuente -aunque por desgracia escasa- muestra. Una niña que habla como tal: ¿Tú piensas que puedes conocerlo todo todo todo todo de alguien? Unos símiles rezumando poesía: Si pienso en la palabra «deseo», siento como si comiese miel. Unas descripciones en las que predomina lo sensorial, ampliando el sentido de lo narrado: El ruido me asusta como si tuviera dientes; El miedo nos sube por las piernas como hormigas que muerden; Me mira con sus dos volcanes negrísimos. Un lenguaje que trasciende la mera exposición de los hechos: La voz de mi padre ya no es tambor, ahora es una flauta (…). La voz de mi madre. Un piano. Tin. Tin. Unas observaciones que se abren a mil inesperadas ramificaciones: La palabra «muerte» me sabe a los bombones de licor que tomas cuando los confundes con los de leche. Esos bombones y la muerte deberían ser solo para los adultos. Unos títulos de los capítulos llenos de ambigüedades, de misterios, de densidad lírica: no sé por qué te gusta tanto; pajarito degollado; hoy las estrellas están de mi parte; mi secreto te lo cuento; mira este monstruo; una cartita para el alma. Una desbordante, riquísima, encantadora, entrañable y muy fecunda utilización del léxico canario que obliga al lector, encandilado y gozoso, a consultar una y otra vez el diccionario (perretosa, chinija, picón, enchumbado, piche, enraladas, catchup, rofe, lambiarlos, fisquito, perenquén, fulas, jodelones, sarantontones, salvajienta, gentina, morrúa, traquinienta, veroles, jable, chaplón, me alongo, un soco, ceras manchonas, lambuzada). Un uso muy original de los recursos tipográficos, que no se queda en una mera exhibición de las habilidades y la formación en diseño de la autora, sino que responden a una voluntad narrativa: las palabras de Aleja aparecen subrayadas; las de la narradora cuando no forman parte del propio relato en primera persona sino que se refieren a intervenciones en hechos o momentos “externos” de los que se da cuenta, en cursiva; las del resto de los personajes, entre llaves. La inserción de algunos dibujos infantiles. Una configuración muy especial de alguna página, como en este caso: 

¿Puedes dormir? 
No. 
¿Te puedo hacer una pregunta? 
Sí. 
¿Cuál es el animal más peligroso? 
No lo sé. 
¿Estás enfadada conmigo? 
Sí. 

O en este otro capítulo, muy revelador de las innovaciones formales y también del tono, la atmósfera y hasta la temática del libro: 

conversaciones con un perro muerto 
NIÑA: Me encanta tu pelo. 
PERRITA AURORA : ¡Brilla! 
NIÑA: ¿Te acuerdas del día que llegaste a casa? Te dio miedo el sonido del viento. 
PERRITA AURORA : ¡Sí! Yo aún era muy pequeña y todo de pronto era grande. Pero tú y tu hermana me acariciaron y empecé a mover el rabo de un lado a otro. 
NIÑA : Mis padres no te dejaban, pero tú te subías a la cama de mi hermana por las noches. 
PERRITA AURORA : No me gustaba verlas tan tristes. 
NIÑA : ¿Tú fuiste feliz? 
PERRITA AURORA : Sí. Y tú, ¿lo eres? 
NIÑA : Mucho. 
PERRITA AURORA (Mueve el rabo de un lado a otro). 
NIÑA : ¿Tú recuerdas cómo pasó? 
PERRITA AURORA : ¿Cómo pasó el qué? 
NIÑA : ¿Cómo te moriste? 
PERRITA AURORA: No. Solo te recuerdo a ti rascándome la pancita. 
NIÑA : Yo tampoco lo vi, pero las dos lloramos mucho. Papá nos lo contó. Pero luego apareciste y mi hermana no me cree. ¿Por qué ella no puede verte? 
PERRITA AURORA : Porque tú eres la persona a la que más quiero, Alejandra. 

En este mismo sentido, en algún capítulo se transcriben correos electrónicos: 

De: Mamá 
Enviado: Hace dos años 
Para: Alejandra 
Asunto: mi niña cgjfuiquitita sigo tan enfafafsa y triste piendfdo que daria lo jre fuera de nmi vida lo quer fuera 5 años f10 toda mi vida entergra con tafnr de abrazarte slo una vrez masdff 
Mensaje
…………….::Lgbd 

 Y todavía dese el punto de vista formal, quiero destacar el uso de los tiempos, con el juego combinado de la redacción en presente (Papá y mamá nos dan el culito de refresco que dejan en el fondo de la botella cada vez que se sirven sus bebidas) y en pasado (Pienso en la noche de hace años, en la que atravesé el jable por su carretera infinita. Caminaba con la angustia de no volver a verla nunca más. De que hubiese muerto para mí también. Pero allí estaba, junto a El Ahorcado, cazando estrellas que solo existían bajo su mirada. Yo tenía quince años, ella diez. Yo volví a ser la niña de doce y ella continuaba siendo la de diez. Nos reencontramos sintiéndonos en la noche de la verbena). En una alternativa que tiene que ver con el núcleo esencial del libro y que no puedo desvelar, aunque sí, tangencialmente, apuntaré: Me tumbo en la litera de abajo y miro las tablas de arriba, donde dormía Aleja

Por entre todas estas particularidades estilísticas y aflorando entre la leve trama argumental, hecha de fragmentos, de distintos episodios, de momentos, algunos relevantes, otros banales, pero todos significativos, la evocadora historia escrita por Lana Corujo acaba por configurar un mosaico en el que la conjunción final de sus teselas muestra una lúcida, delicada, tierna, preciosa, y también trágica, terrible y dolorosa, representación de la infancia, hecha simultáneamente de realidad y fantasía, de reflexión y memoria, en una conmovedora reconstrucción de una niñez marcada por un suceso dramático. En ella apreciamos, como he señalado, la inocencia, la ternura, la difícil relación con los padres, el dolor, el miedo, el juego, el asombro, el amor, las inseguridades, las dudas, la incomprensión, la extrañeza del mundo adulto (las mayúsculas con las que se presenta esta locución en el libro -el Mundo Adulto- reflejan ya la ininteligibilidad para la niñas de ese territorio inaccesible e ignoto), el misterio, los afectos, la amistad, el deseo y la angustia del crecimiento, el miedo a elegir y equivocarse, los recuerdos y el olvido, la sombra de la muerte, las lágrimas, la tristeza, la culpa, las expectativas. La inteligente mediación de todos esos recursos expresivos contribuye a dibujar una fotografía de la infancia en la que comparece su dimensión más realista -los rituales de la cotidianidad; los silencios y ocultamientos familiares; la ambigüedad de las relaciones entre hermanas, con su entrañable intimidad, su cariño incondicional y también sus enfados y tensiones; el alejamiento de unos padres a menudo distantes; la amorosa complicidad de la abuela; las amistades adolescentes a la vez fervorosas y despegadas- y, sobre todo, el universo mágico y simbólico que siempre forma parte de esos años infantiles y que Corujo presenta con brillantez inusual en infinidad de manifestaciones de un lirismo conmovedor: los monstruos, los temores nocturnos, las apariciones fantasmales, los singulares ceremoniales de la niñez, los conjuros, las cartas del tarot, las conversaciones con los muertos, la misteriosa herencia que afecta a ciertos miembros de la familia ({En esta familia ocurre algo a lo que nadie da explicación. Lo llamamos «herencia». Cuando una persona muere, se presenta a su ser querido más cercano. Eso quiere decir, mi niña…} Sé que se dirige a Aleja, aunque no sepa dónde mirar para ubicarla. {… que estás…} Abuela va a romperse. {… estás muerta}). 

Una novela maravillosa, en todos los sentidos de la palabra, que os recomiendo vivamente. Como lo hago también con mi segunda propuesta de hoy, que siendo muy distinta en tono, estilo y planteamiento literario, guarda, no obstante, más de una concomitancia con Han cantado bingo. Se trata de Los astronautas, que apareció en el seno de la editorial Alfaguara en el año 2023, siendo su autora la inteligentísima Laura Ferrero. Siento resaltar esta condición, cuyo subrayado por mi parte estoy casi seguro de que no le gustaría a la autora, pese a que en Los astronautas hay muchas referencias a esa ostensible superdotación intelectual; pero no puedo dejar de hacerlo pues, aparte de otras muchas cualidades apreciables en sus libros, su inteligencia me deslumbra cada vez que leo alguno de sus textos. Nacida en 1984, Ferrero, periodista cultural (con colaboraciones en diversos medios de comunicación), también guionista (y muchas ocupaciones más, si la asociamos -no es descabellado, como luego veremos- a su personaje: Fui recepcionista, asistente, atendí al teléfono en lenguas que apenas entendía, fui la chica que regaba las plantas y preparaba las tazas de café. Fui editora, camarera, repartidora de folletos a la salida del metro, azafata de congresos, scout, redactora de una revista universitaria, redactora de libros que firman otros, es decir, negra, clown, actriz de videoclip, pero podría haber sido cronometradora de aplausos en un festival, la que apaga las velas en las iglesias ortodoxas, la que pasa la mopa motorizada en el aeropuerto, la que prepara los discursos en las funerarias sin conocer al fallecido), cuenta con una trayectoria literaria bastante consolidada, con un par de colecciones de relatos, una novela previa a la que hoy comento, Qué vas a hacer con el resto de tu vida, que no he leído, y un libro misceláneo, de difícil clasificación, El amor después del amor, del pasado 2025, que va a protagonizar la temporada próxima algunas emisiones de Buscando leones en las nubes, mi otro espacio en Radio Universidad de Salamanca. En él presenté, en junio de 2025, otro programa centrado en un precioso artículo periodístico de la escritora catalana, de título Que vengan a buscarte. En buscandoleonesenlasnubes.blogspot.com podéis encontrar el podcast ya emitido y, en unos meses, los correspondientes a su muy especial libro sobre el amor. Anticipo, además, que, también para el curso próximo, Los astronautas también tendrá presencia, en planteamiento y estructura todavía por perfilar, en Buscando leones en las nubes

La narradora del libro, también su protagonista, además de, según todas las evidencias, la propia Laura Ferrero -estamos ante una obra claramente autobiográfica-, encuentra una foto, hasta entonces desconocida para ella, de sus padres biológicos con su pequeña hija (una pareja joven sonríe a cámara y, en la falda de la mujer, descansa una niña con un peto azul agarrada a un trozo de pan. La niña no tendrá más de un año, un año y medio a lo sumo). Hasta ese momento, treinta y cinco años después de su nacimiento, Laura nunca había visto una fotografía en la que ella apareciera con sus padres juntos. Su padre se había marchado de casa dejando a la pequeña con apenas año y medio. La madre de Laura, Clara, con la que vivió hasta los dieciocho años, se volvió a casar, con Miquel, teniendo con él otro hijo, Marc. Por otro lado, el padre biológico, Jaume, se casó también, con otra Clara, siendo padre de otra chica, Inés. Las dos familias, pese a vivir ambas en Barcelona y separadas por apenas dos kilómetros de distancia, mantuvieron existencias ajenas, más allá de algún esporádico y casi obligado encuentro con ocasión de alguna inevitable ceremonia “formal”. Este distanciamiento -Clara, la madre biológica, borró de su vida y de la de su hija cualquier rastro de la presencia de su exmarido, que se limitaba a ver a la niña dos veces al mes- situó a Laura en un terreno de nadie, extraña -salvo el vínculo con su progenitora- a la nueva familia de esta, e igualmente apartada del sobrevenido entorno familiar de su padre. 

El descubrimiento de esa foto constituye el desencadenante de una novela que podríamos resumir como el relato de una doble investigación -externa, a través de las conversaciones con sus padres biológicos, las parejas de estos, sus tíos, algunos conocidos, del rastreo de otras fotos en álbumes familiares; e interna, mediante la exploración de sus propios recuerdos, muchos de ellos difusos y evanescentes- y de una búsqueda, también doble, la de su hasta entonces inexistente núcleo familiar y la de su propia identidad. 

En su exhaustiva y dolorosa pesquisa, en la que afloran las emociones, los traumas, la confusión y el íntimo desgarro en la reconstrucción de su pasado, Ferrero establece un paralelismo entre su propia experiencia y la de los astronautas y las aventuras espaciales. El libro está repleto de menciones a distintos episodios -algunos de su propia biografía; otros, la mayoría, bien conocidos y con valor histórico- relacionados con ese universo: la invención infantil de un padre astronauta, circunstancia con la que la pequeña justificaba la ausencia de su progenitor en las reuniones con los profesores de la escuela o su no comparecencia a la puerta del colegio para recoger a su hija; la camiseta de la NASA; el ingeniero escocés James Nasmyth que se “inventó” su llegada a la Luna el 12 de marzo de 1874; Christa McAuliffe, la maestra enviada al espacio en la misión Challenger y que moriría con sus compañeros de expedición cuando la nave explotó a los setenta y tres segundos de despegar; otra mujer, Ann Druyan, que envió sus pensamientos y sentimientos en forma de onda al espacio, en una suerte de mensaje en una botella que tanteaba la posibilidad de que otra civilización pudiera entender nuestro lenguaje; Michael Collins, el único tripulante de los tres del Apolo 11 que no pisó la Luna; los setecientos noventa y seis objetos de procedencia humana que reposan sobre la superficie del satélite; el desconcertado Sergei Krikalev que partió desde la Unión Soviética en la nave Soyuz para una misión en la estación Mir y que, diez meses después, regresó a otro mundo. No tenía patria y el mítico centro de lanzamiento de cohetes enclavado en la estepa de Tyura Tam, en Baikonur, desde donde había salido, pertenecía ahora a la república independiente de Kazajistán. Su sueldo, de seiscientos rublos, no alcanzaba ni para comprar un kilo de carne; su ciudad natal ya no se llamaba más Leningrado sino San Petersburgo y su carné de miembro del Partido Comunista carecía de toda validez porque esa agrupación estaba proscrita. Se fue de la URSS y regresó a Rusia, en una de las historias en las que la metáfora espacial describe mejor el limbo en el que vivía la propia Laura, perdida entre dos familias (Sergei Krikalev soy yo, escribe). Un eje metafórico que cruza la novela de principio a fin, en un recurso cargado de simbolismos, singularmente la idea de la exploración de lo desconocido, que se recoge ya en la apertura del primero de los tres capítulos del libro: 

El 1 de enero de 2019 la sonda espacial de la NASA New Horizons divisó Ultima Thule, el objeto celeste más lejano que la humanidad ha explorado nunca, situado en el Cinturón de Kuiper, una colección de cuerpos helados a unos seis mil quinientos millones de kilómetros de distancia del Sol. 
En latín, Ultima Thule significa «un lugar más allá del mundo conocido». Después de aquí no hay nada, indica, o no hay nada que nosotros podamos conocer. 
O peor. 
Quizás, como se decía en la Antigüedad, hic sunt dracones. Es decir, a partir de aquí, dragones. 

Pero, en esta misma línea, en la inclusión de estas expediciones espaciales y de sus protagonistas, hay, de manera evidente, una alusión a la búsqueda de respuestas a los grandes interrogantes de la humanidad, a la exploración, de tintes existenciales, más allá de su dimensión científica o armamentística, de los enigmas fundamentales de la especie, que se asemeja al intento de Laura por despejar las incógnitas constituyentes de su vida. Y están también las ideas del alejamiento y la soledad de los viajeros espaciales, que equivalen al aislamiento de los personajes, el padre distante, la madre negando el pasado, la hija borrando el recuerdo doloroso, perdidos en el espacio e incapaces de volver a la Tierra; de la distancia, el silencio y la dificultad comunicativa de los astronautas encerrados en sus cápsulas; del imprevisible viaje galáctico hacia el exterior del planeta y del interior, no menos arriesgado, hacia los abismos más recónditos de la propia intimidad; de la dificultad del retorno a un mundo que ya se vive como distinto tras la experiencia cósmica extrema; de la desubicación de quien desconoce su situación real en el universo; entre otros. Muestras todas de esa correlación que vertebra el libro, de ese juego de simbolismos que forma parte del muy identificable estilo literario de la muy talentosa escritora que es Laura Ferrero (que pese a ello incurre, no obstante, ni más ni menos que en cuatro ocasiones, en la horrorosa locución “a día de hoy”, que, aunque aceptada por la Real Academia, remite a los muy acomodaticios hábitos expresivos de políticos y periodistas), pródiga -en lo que yo le he leído- en el establecimiento de conexiones, vínculos, ecos y resonancias, nodos simbólicos, nexos muy bien trenzados entre elementos diversos, ajenos al relato principal, referencias culturales, canciones, citas literarias, alusiones a la mitología… 

Unos lazos -estos no pretendidos, obviamente, dadas las fechas de publicación de ambas novelas- que, por otra parte, unen a Los astronautas con Han cantado bingo. La familia, la infancia, los recuerdos, la memoria y el olvido, la muerte, son temas comunes al libro de Lana Corujo, también un episodio infantil traumático que no voy a desvelar, que en la pesquisa de Ferrero aparece sumido en la oscuridad, inaprensible, olvidado más allá de ciertos atisbos difusos, de imposible rememoración y que acabará por representar la médula del libro y de la experiencia vital de la autora, como lo es el drama familiar en la novela de la canaria. 

Con la inevitable aceleración a la que obliga el somero repaso a las variadas propuestas de cada una de las entregas de mi ambicioso ciclo, ya solo puedo señalar, con carácter muy general, algunas ideas, ciertas líneas temáticas reflejadas en Los astronautas que lo hacen altamente recomendable. La complejidad de la niñez, de la infancia, del proceso de hacerse mayor; los tortuosos caminos del crecimiento; la aproximación y el desvelamiento de la figura paterna; las repercusiones de la ausencia del padre, de su “no estar” (No estar implica una decisión, pero también una negligencia, un olvido permanente, un despiste, una imposibilidad, una vagancia, una incapacidad, una pereza extrema, una laboriosa e intrincada manera de estar en el mundo, una desafección, una estrategia, un desapego, una renuncia); el difícil papel de la madre, sus silencios y omisiones en la educación de su hija; la memoria como reconstrucción y como reinvención; la educación sentimental; la configuración de la identidad; la importancia de los vínculos; las carencias de la familia como institución y el cuestionamiento de sus perfiles más consabidos: la alegría y las celebraciones, los rituales; la dificultad de penetrar, de llegar al fondo, de comprender a los padres, a los hijos; los secretos, los olvidos, las ocultaciones y las mentiras que apuntalan la frágil imagen de nosotros mismos; el ansia de reconocimiento; el valor de la imaginación, de la fantasía, de la invención; el peso del pasado en nuestras vidas; la imposibilidad de acceder a la verdad de los hechos, a la verdad de uno mismo (cualquier historia no cuenta la verdad, sino una verdad); los traumas, los trastornos psicológicos; la superdotación y la hipersensibilidad; la tiranía de la belleza, del buen aspecto físico, que se impone a las mujeres; la soledad y el aislamiento, la incomunicabilidad; la búsqueda de un lugar en el mundo; la complejidad del amor, su encanto, sus aristas, sus amenazas (Toda historia de amor contiene dentro de sí misma la semilla de su destrucción y a veces esa semilla duerme por los siglos de los siglos en un coma profundo y casi irreversible); el enamoramiento y el desamor, el abandono, la ruptura; el peso de la culpa; la necesidad de la escritura y las palabras para crear sentido, para dotar de significado a la realidad (Es difícil saber cuántos detalles hacen falta para crear la imagen de algo, y si no será que la vida al final se reduce al cúmulo de detalles inconexos y casuales que solo mediante la escritura se ordenan, se convierten en imagen); la voluntad y la urgencia de escribir; el deseo de ser otro (Durante años repetí con precisión a quien me lo preguntaba que de mayor sería actriz, cantante, neurocirujana, astronauta. Hablaba indistintamente de aquella pasión mía por los escenarios, por la música, por la interpretación, por el espacio. En realidad, todas esas pasiones no se relacionaban con las disciplinas en sí mismas, sino con ese hondo deseo de ser Carlota Casiraghi. Se trataba de un anhelo de desaparecer, para reaparecer luego bajo otra identidad. Disfrazarme para obtener un reconocimiento, puesto que las calificaciones del colegio no servían); las pérdidas, las ausencias, la enfermedad, las muertes; los infrecuentes momentos intensos, felices, que hacen pensar que la vida puede ser una repetición de inocencia, placidez, pureza, descubrimiento; los más numerosos que nos traen el dolor, el sufrimiento, la pena, el vacío, las lágrimas; el miedo: a la intemperie, al abandono, al paso del tiempo, a las heridas, al dolor. 

Y todo ello contado con brillantez, con cercanía, con emoción y sentimiento aunque sin sentimentalismo fácil ni dramatización excesiva, con un tono contenido incluso en los momentos más duros, con una sobresaliente capacidad para convertir lo íntimo en una experiencia compartida; con una escritura hecha de fragmentos, de asociaciones, retornos y repeticiones, de cambios temporales frecuentes, con la inserción de historias paralelas (no solo las de los astronautas) y el entrelazamiento de testimonios directos, pensamientos, reflexiones. En definitiva, otra obra espléndida, de lectura indispensable, que recomiendo con fervor. 

Excelente es también mi tercera sugerencia de la tarde, Carcoma, una novela de Layla Martínez publicada hace ya cinco años, en 2021, por la malagueña Editorial Amor de Madre. Y quiero llamar la atención de entrada sobre el elogioso adjetivo, todavía más significativo cuando mi visión de la vida, mi modo de pensar acerca de la realidad, mi posición ante los conflictos sociales y las intolerables injusticias y desigualdades que permean nuestra sociedad están a años luz, presumiblemente, de las que puede sostener su autora y, en cualquier caso, de las que, de manera descarnada, se reflejan en la novela. Un enfoque político, una toma de postura ideológica, una concepción de las relaciones colectivas -los de la escritora- muy radicales, muy combativos, nada cómodos ni complacientes, nada conciliadores ni comprensivos, casi totalmente opuestos a mi forma de estar en el mundo e intentar descifrarlo. Y pese a todo ello, el libro me ha gustado mucho (aunque “gustar” quizá no sea el verbo adecuado para una obra muy dura, presidida por la violencia, el odio, la rabia, la venganza) y lo recomiendo con entusiasmo, limitados sin embargo mi pleno disfrute de su lectura y mi valoración final por esa discrepancia con sus tesis de fondo y por mi profunda falta de sintonía con su muy cruda y descarnada mirada sobre la existencia. 

Pero vayamos por partes, con la presentación de la escritora y de su trayectoria profesional. Layla Martínez, con un origen conquense que aflora levemente en su novela pero nacida en Madrid, en 1987, es licenciada en Ciencias Políticas y de la Administración por la Universidad Complutense y máster en Ciencias Sexológicas por la Universidad de Alcalá de Henares. En 2020 publicó Utopía no es una isla, un libro a medio camino entre el ensayo y la narrativa. Su editorial resalta también su condición de editora en el sello independiente Antipersona y de colaboradora habitual en el periódico El Salto, un medio de comunicación que se define como “autogestionado, horizontal y asambleario”. Martínez, siempre según la nota editorial, ha coordinado e impartido talleres de literatura, ciclos de cine y charlas sobre historia de las mujeres e historia de los movimientos sociales. Este enfoque que podríamos denominar “activista”, coincide con el de Amor de Madre, que se define como un proyecto que se dedica a “crear un microcosmos literario donde la visibilización de los colectivos LGBTQ+ y los movimientos feministas son la norma y no la excepción. Un espacio seguro donde encontrar literatura que nos represente”. Subrayo estas muy elocuentes declaraciones de principios porque ayudan al potencial lector de la novela a situar el marco en el que se inscribe y las pautas ideológicas que identifican a su autora, aunque insistiendo una vez más -y son muchas en los largos años de existencia del programa- en que los apriorismos, los sesgos cognitivos, los prejuicios políticos no me parecen demasiado relevantes a la hora de disfrutar y valorar una obra literaria. 

En 2021 Layla Martínez publicó Carcoma, concitando un fulgurante éxito de lectores, con decenas de miles de libros vendidos. Hasta este momento la novela suma ya sesenta y cuatro reimpresiones, ha sido traducida a dieciséis idiomas y publicada en más de veinte países, encontrándose en proceso de adaptación al teatro en México y en España y al cine en Irlanda. Su edición en los Estados Unidos fue nominada al prestigioso premio National Book Award de 2024. Antes, había sido seleccionada y premiada en distintos certámenes y en categorías diversas: de ciencia ficción y fantasía, de novela corta, de obras revelación. 

Resulta difícil sintetizar el argumento del libro. Podría decir que una de sus protagonistas -quizá la principal- es una casa, una casa que respira (la casa contenía el aliento), que oprime (La casa entera se contrajo alrededor de la habitación, expectante), que padece (La casa está inquieta desde que has vuelto), que odia (la casa entera rezumaba rencor en cuanto él atravesaba el umbral. Podía sentirse en la humedad de las paredes, en los crujidos de los escalones, en los chirridos de las puertas), que encierra secretos, que sobrecoge y amenaza, que espanta y aterra, ocupada por fantasmas, por ángeles como insectos gigantes, como mantis religiosas, por santos que queman las sábanas con sus halos, por sombras que están en cada ladrillo, debajo de cada baldosa, tras la cal de las paredes, mezcladas con la argamasa. Aparecían cada vez que mi madre abría la alacena de la cocina, cada vez que descorría las cortinas de la habitación. Surgían de la oscuridad del aljibe, reptaban por debajo de la mesa, se arrastraban por los pasillos. Mi madre las oía respirar junto a la cama, acechar detrás de cada puerta. Una casa en la que los muertos viven demasiado tiempo y los vivos demasiado poco. Las que estamos entre medias, como nosotras, no hacemos ni una cosa ni la otra. La casa no nos deja morir pero tampoco vivir fuera de ella

Quienes la habitan son dos mujeres, una abuela y su nieta, también con algo de espectral y con mucho de siniestro, de odio y resentimiento. Las dos viven aisladas en su oscuro universo de muertos y espíritus, siendo objeto del desprecio y el rechazo del pueblo, a partir, sobre todo, de la desaparición de un niño de una familia adinerada del lugar (las desapariciones, pues hay varias en la novela, son también relevantes en su trama). La narración intercala las voces de nieta y abuela que en capítulos alternos, normalmente breves, y cada una desde su particular perspectiva, rememoran las trágicas existencias de hasta cuatro generaciones de mujeres -bisabuela, abuela, madre e hija- en una familia marcada por secretos, silencios, sucesos traumáticos, muertes, sufrimiento y violencia estructural. En sus relatos se mezclan dos dimensiones. La primera es más o menos realista, con referencias a la guerra civil -otra protagonista del libro; en segundo plano pero aun así ostensible-; a episodios de la cotidianidad del pueblo, marcada por la explotación laboral, las desigualdades sociales, los enfrentamientos seculares, el rencor ancestral, las ofensas enquistadas; a las vivencias de los personajes -sus amistades, noviazgos, matrimonios, hijos, trabajos, disputas y muertes-; a la crudeza del entorno rural, a la represión y la brutalidad (una suerte de Puerto Hurraco algo más “estilizado”. La segunda vertiente se vincula a lo fantástico y la literatura de terror, con la presencia de la brujería, la superstición, los mitos y rituales ominosos, los conjuros, las apariciones, lo siniestro, lo oculto, lo soterrado, lo inexplicable, lo gótico, lo sobrenatural: Mi madre decía que esta casa hace que se te caigan los dientes y se te sequen las entrañas, pero mi madre se fue de aquí hace mucho y yo no me acuerdo de ella. Sé que decía eso porque me lo ha contado mi abuela, aunque no hubiese hecho falta porque yo ya lo sé. Aquí se te caen los dientes y el pelo y las carnes y a la que te descuidas te andas arrastrando de un lado para otro o te echas en la cama y no te levantas más

A medida que avanzan los dos relatos, se van revelando, en una gradación muy bien medida por la autora, que oculta y muestra, apunta y esconde, y que dota a su libro de un apreciable punto de suspense, los secretos de la familia y los traumas del pasado, que aparecen entrelazados, unidas su realidad histórica, constatable, con las en apariencia enajenadas visiones de las protagonistas, rozando lo onírico, el delirio, el terror psicológico. Layla Martínez construye, así, un eficaz clima de tensión emocional que le permite exponer de modo muy original e inteligente los principales temas que explora su novela. El primero de ellos -y a mi juicio el sustancial, y el que suscita mis principales objeciones- es el del conflicto -la lucha- de clases sociales. Con la presencia germinal de la guerra civil como foco irradiador de la división fratricida que, no obstante, extiende sus efectos mucho más allá de su término (la novela hunde sus raíces en aquellos años ruines, pero alcanza, en la realidad de la nieta, a un mundo de móviles, conexiones a internet, ruedas de prensa mediáticas y periodistas de radios y televisiones agolpados a la puerta de la casa en busca de impúdicas primicias), el libro entero está cruzado por la división, el enfrentamiento, la confrontación y la hostilidad, el odio ancestral, feroz, furioso y airado entre pobres y ricos, en una concepción de las relaciones sociales que teniendo, muy probablemente, pleno sentido para describir aquel pasado ominoso, ni sirve como explicación del juego de fuerzas en nuestro tiempo, ni mucho menos constituye la fórmula -la venganza, el recurso a la violencia- para superar las injusticias y las desigualdades, económicas, culturales, sociales, que aún, por desgracia, perviven. En este sentido, resulta muy significativo -al menos para mí, que quizá me equivoque de medio a medio en mi interpretación de las tesis últimas del libro- que en la sección final de Agradecimientos de la novela, entre el reconocimiento -muy ilustrativo acerca del tono la obra- a su abuela materna, por dejarme contar la historia de su casa y de su familia (…) explicarme las vidas de los santos y enseñarme a escucharlos (…) [y] hablarme de los muertos que se aparecen en una esquina de la alcoba, dé las gracias también a su madre, por creer en la venganza

La venganza, he ahí otro eje sustancial de Carcoma. La vida de las mujeres de la obra es una vida de pobreza, de sacrificio, de pesares, de desdichas, de injusticia, de sometimiento y sumisión. Han padecido -y siguen padeciendo- la violencia de la guerra (las súbitas irrupciones nocturnas de los sublevados, los “paseos”, los hombres escondidos en “zulos” para evitar la represión, los fusilamientos, los cadáveres aparecidos al pie de los muros de los cementerios); la violencia estructural que nace de la desigualdad social, del abismo entre la riqueza y la indigencia, entre la obscena abundancia y la prosperidad ofensiva y la escasez, la miseria y el hambre (la explotación salvaje por parte de los Jarabo, una familia burguesa tópica, con sus empresas y tierras y rentas, que esclaviza a sus trabajadores y abusa de las mujeres del servicio doméstico, la nieta entre ellos; que utiliza y exprime, que humilla y desprecia, desde sus privilegios, a sus “siervos”); la violencia hoy llamada patriarcal (noción que yo discuto, aunque estos no son ni el lugar ni la ocasión para hacerlo; me limito a recomendaros un libro que me ha parecido valioso, al margen, ya lo he dicho, de mi discrepancia ideológica), la de los hombres, todos en la novela estereotipadamente machistas, brutales, déspotas, proxenetas incluso, en algún caso, que utilizan, violan, se aprovechan y agreden a las mujeres (Había criado sola a un niño que vino tarde y flojo y que lloraba todo el día y toda la noche, a ratos de hambre, a ratos de frío y a ratos de una soledad monstruosa que se arrastraba por la casa como una gallina a medio degollar). Y ni la nieta ni la abuela aceptan esa opresión secular (Cómo no iba a pudrirme por dentro viendo aquello cómo no se me iban a reventar las tripas en aquella casa cómo no iba a entenderlo todo), no se someten, resisten y se rebelan (Como si yo no fuese a cobrarme la deuda), deciden pasar a la acción (Pero nos detestan igual a todos nos tienen el mismo asco a todos y ese asco se nos mete dentro y nos envenena y lo llevamos tan hondo que al final pensamos que es nuestro pero no lo es. Y entonces me dormí y al despertar tenía una carcoma dentro que no sé si las sombras me la metieron entre susurros por la noche o me vino a mí sola a la cabeza pero eso no importa porque igual supe que esa carcoma tenía que sacarla y que todavía no podía despedirme del trabajo que me quedaba algo por hacer). Anegadas por el rencor, por el resentimiento y el odio se vengan con crueldad, con saña, con brutalidad de sus “verdugos”. 

Carcoma se presenta así -en uno de sus frentes- como una novela política que impugna el relato oficial de la memoria histórica en España; que niega la reconciliación y al olvido pretiriendo la justicia; que sostiene el carácter estructural de la desigualdad, la opresión y la pobreza; que propugna un enfoque combativamente feminista y antipatriarcal de la existencia. Más allá de lo radical de su planteamiento, yo no he podido dejar de pensar, mientras leía el libro, en Los santos inocentes, de Miguel Delibes, aunque en la novela del vallisoletano no hay odio de clase, pero sí indignación y conciencia de la desigualdad; no hay un discurso de resentimiento, encono o inquina, aunque sí evidencia obscena de la injusta desigualdad; no hay una postura activista, fuertemente ideologizada, agresiva, bastante maniquea, sino un enfoque humanista, ético, en el fondo cristiano, pero que no rehúye la denuncia devastadora, ni se instala en una equidistancia sospechosa y, menos aún, culpable. Esa referencia, muy clara a mi juicio, se ve refrendada por las palabras de la propia Layla Martínez, que en una entrevista confiesa que uno de los libros que más recuerda de su adolescencia es, precisamente, Los santos inocentes, que leí con dieciséis o diecisiete años y que encontré así, por una recomendación de la biblioteca. Me impactó muchísimo, recuerdo releer algunos fragmentos hasta cuatro y cinco veces

Los temas, pues, de “las violencias”, del trauma de la guerra, de la memoria histórica, de las desigualdades sociales, entre otros, están en la base de una novela que alude a ellos a través de un tratamiento literario muy singular -en mi opinión el aspecto más destacado del libro- que algunas veces los explicita de manera directa y otras permite apreciarlos de manera tangencial. Veamos algunas manifestaciones de ambos formidables recursos estilísticos. En primer lugar, el clima de ferocidad, de primitivismo salvaje, de ira y rencor atávicos que impregna la novela no se percibe solo en los pensamientos, las actitudes y la voluntad vengativa de las narradoras, sino, sobre todo, en el lenguaje. El léxico que atraviesa sus relatos está dominado por una sucesión de vocablos y locuciones muy crudos, agresivos, belicosos, de una intensidad tremendista. He aquí una muestra no exhaustiva, que empieza en el propio titulo del libro, muy revelador, carcoma (conozco esa carcoma que tiene, esa comezón en el pecho como de caballo a punto de encabritarse pero que no acaba, no acaba, y al final no se desboca), y se completa con mugre, suciedad (Tenía siempre el pelo más cochino que la freidora de un bar de carretera), bilis, odio, ansia, pena, vieja de mierda, rabia, envidia, frustración, desprecio, soberbia, asco (¡que se repite 110 veces!), cara de idiota, peste, maldición, dolor, miedo, saña, vomitar, repugnancia, desgana, llantos, tristeza, desgarro, heridas, venganza, pueblo de mierda, derrumbe, abatimiento, zarandeos, desaliento, golpes, desesperación, rencor, resentimiento (En el pasillo la niebla había desaparecido, solo quedaba el rencor y el resentimiento de siempre pegado a las paredes y a los suelos como postilla como costra), alimaña, escalofrío, negrura, maldecidora, desencajada, raquítica, contrahecha, llaga, miserables, mezquinas, pudridero, esmirriada, moridero, endemoniarse, malnacido, envenenarse, ruina, reventar, la familia estaba torcida, sombras, desgracia, frío, mala sangre, psicópatas, babosos (esa lengua que tiene de baboso y arrastrado que si se la muerde se envenena. No había dicho nada porque en este pueblo además de arrastrados son cobardes y aquí a la cara no te dicen nada a no ser que se junten cuatro o cinco), espasmos, echando espuma por la boca. 

Martínez utiliza además otros recursos estilísticos como la fragmentación del tiempo, los saltos de perspectiva y el uso de un lenguaje poético en momentos de gran tensión, de modo que su novela se enriquece, admitiendo lecturas como relato de terror, como crítica social y como análisis psicológico de los personajes. Destacan, desde este punto de vista, la ya reseñada alternancia entre las voces de la abuela y la nieta, que refuerza la tensión, conecta el pasado y el presente, permite profundizar en la psicología de los personajes y amplía la mirada del lector. También la elección de la casa como espacio simbólico de la represión y el dominio, de la asfixia, del conflicto, de los sucesos traumáticos, del derrumbe, de la oscuridad y la muerte de un régimen, de una sociedad, de un pueblo. Igualmente, la presencia de los sobrenatural, del terror, aparte de conectar con la tradición neogótica, que tanto se explota en la literatura actual -pienso en Mariana Enríquez y sus muchos seguidores/imitadores-, apunta al horror, a lo inquietante que aflora tras la memoria, de los secretos familiares, por entre las grietas de la aparente normalidad social. 

En fin, tres novelas altamente recomendables, coincidentes en el sexo de sus autoras, su relativa juventud, la confluencia en algunos de los temas tratados -la familia, el trauma infantil, la memoria-, la singularidad de sus propuestas literarias y la muy notable recepción por parte de los lectores. Han cantado bingo, Los astronautas y Carcoma, ¡no dejéis de leerlas! Os dejo ahora con un muy bello y elocuente fragmento de la novela de Laura Ferrero. Como acompañamiento musical acudo, en cambio, al libro de Lana Corujo, que se abre con una cita de una canción del grupo español La Bien Querida: Siempre que cierro los ojos me entra / mucho miedo de no volver a verte. Dinamita es su título y os la dejo para cerrar esta primera entrega de la serie de nueve que Todos los libros un libro va a dedicar a la literatura femenina en las próximas semanas. 


Queda un único tiovivo en las calles de Barcelona, el de la plaza Alfonso X el Sabio. Entre sus figuras, a cuyas barras de aluminio se agarran los niños desde hace cuarenta años, se cuentan caballitos de madera, un coche de bomberos, un autobús en miniatura y una taza de chocolate que da vueltas sobre la base en un doble giro, el giro dentro del giro. 

Hace unos años, cuando se reformó la plaza, los vecinos del barrio temieron que las obras resultaran en una explanada moderna, pero sin ese viejo tiovivo que durante décadas había dado vueltas a la sombra del viaducto del Guinardó. A lo largo de aquellos meses, el tiovivo desapareció, e imagino que las figuras se esfumaron amontonadas en un remolque oscuro y quién sabe dónde vivieron, en la más absoluta quietud, durante todo aquel tiempo. 

Finalmente, el tiovivo volvió, aunque remodelado. Hoy, expuesto a las asperezas de la intemperie, sobrevive y, al caer la tarde, sus luces de colores relampaguean e hipnotizan a esos niños que se agarran a la barra, conectados a través de huellas invisibles en el aluminio a los que fuimos niños treinta años atrás. 

Cuando era pequeña, mi padre y mi madre me llevaban hasta ahí. Ya se habían separado, de manera que iba con uno de ellos cada vez. Misteriosamente, como si solo ellos fueran capaces de ver una marca invisible en el suelo, se situaban exactamente en el mismo lugar. Pegados a la fuente, de brazos cruzados. 

Mareada, a los mandos de una taza de chocolate que giraba y giraba, yo los buscaba inquieta. Una y otra vez los veía aparecer y, de repente, los perdía. A cada vuelta del tiovivo, llegaban de nuevo la fuente y mi padre y mi madre, sus manos diciendo adiós, transformados en pequeñas figuras que se despiden a través de los años. Ya de adulta, cogí la costumbre de ir paseando hasta el tiovivo una vez al año. 

Entonces ya era yo la que miraba a los niños, que giraban rodeados de padres cansados, y, aunque no los conociera, sentía el impulso de agitar la mano, de decirles que los veía, que los estaba observando. Que no estaban solos y que yo no me iba a mover de ahí.

Videoconferencia
Lana Corujo. Laura Ferrero. Layla Martínez

miércoles, 15 de abril de 2026


GAËL FAYE. EL JACARANDÁ

Hola, buenas tardes. Bienvenidos a Todos los libros un libro, el espacio de reseñas literarias de Radio Universidad de Salamanca. La emisión de esta tarde se centra en un autor, Gaël Faye, del que hace unos meses se publicó en España su segunda y por ahora última novela, El jacarandá, cuya lectura quiero recomendaros hoy. Faye, nacido en 1982 en Burundi de madre ruandesa y padre francés, y aunque residió en Francia desde 1995, cuando con escasos trece años tuvo que salir huyendo de su tierra a causa del terrible conflicto que se desencadenó en la región centroafricana en la que se sitúan sus orígenes, vive ahora con su mujer y sus dos hijas en Kigali, la capital ruandesa. Hace siete temporadas, en octubre de 2019, os hablé aquí de su primer libro, Pequeño país, con el que obtuvo un gran éxito y alcanzó una enorme repercusión en el mundo entero. Recupero ahora, de modo breve, mis comentarios de entonces sobre aquella espléndida aunque muy cruda novela, antes de analizar la más reciente; ambas girando sobre aquellos dramáticos acontecimientos de hace ahora treinta y dos años. 

Y es que entre el 7 de abril y el 15 de julio de 1994 en Ruanda se llevó a cabo una brutal y sangrienta matanza organizada, un inequívoco genocidio, sea cual sea la consideración -también la jurídica- desde la que se examinen los hechos, como resultado del ancestral enfrentamiento entre hutus y tutsis, dos de las etnias del país (la tercera, la de los pigmeos twa, se mantuvo al margen del conflicto) que desde al menos el inicio del siglo XIX habían venido enfrentándose a causa, como casi siempre, de cuestiones relativas al reparto de poder, la influencia económica y la jerarquía social. En poco más de tres meses, radicales hutus, casta dominante en la población y el gobierno ruandés, asesinaron al setenta y cinco por ciento de los tutsis y de los hutus moderados, cerca de un millón de personas en total, en venganza y represalia por la muerte, el 6 de abril, de los primeros ministros -ambos hutu- de Ruanda y Burundi, países limítrofes-, asesinados al caer derribado por misiles tierra-aire el avión en que viajaban, en un atentado provocado por autores desconocidos que la etnia dirigente atribuyó al activismo tutsi. La excelente novela, cuya poética, estimulante, conmovedora, aunque también dolorosa lectura quiero volver a proponeros hoy tiene en este relativamente reciente y espantoso episodio histórico como centro principal, aunque su propuesta literaria va mucho más allá de la mera descripción o el simple recordatorio de unos hechos sobrecogedores, de una brutalidad tan inexplicable que, una vez más, no podemos sino pensar que el ser humano no es capaz de aprender de la sucesión de atrocidades y de la barbarie que marcaron todo el siglo XX. 

Pequeño país
tiene mucho de autobiografía de su autor, como podréis comprobar a lo largo de esta reseña. Faye, que compagina su dedicación literaria con una destacada carrera como músico de rap, conoció un éxito internacional incuestionable con su opera prima, con más de un millón de ejemplares vendidos, traducida a treinta idiomas, adaptada al cómic y al cine (en una película de 2020 dirigida por Eric Barbier, que yo no he podido ver), y validada con distintos premios en su país de adopción, entre ellos el Goncourt des Lycéens, que otorgan los estudiantes de secundaria franceses. El libro vio la luz en Francia en 2016, apareciendo en España a principios de 2018 en la editorial Salamandra, con traducción del francés a cargo de José Fajardo González. Aprovecho para comentar ahora que la confluencia entre música y literatura en la trayectoria del autor me llevó a organizar, en noviembre de 2019 y en mi otro espacio en la emisora universitaria salmantina, Buscando leones en las nubes, un par de emisiones centradas en las dos vertientes de su obra. Podéis localizar, escuchar y descargaros ambos programas en buscandoleonesenlasnubes@blogspot.com. 

La novela nos presenta al narrador en dos etapas distintas de su vida. Lo vemos en primer lugar en Francia, en el día de su trigésimo tercer cumpleaños, abatido en un bar nocturno, con un whisky en la mano, mientras un televisor emite imágenes de pobres seres humanos arriesgando sus vidas en el Mediterráneo para huir del hambre, de las persecuciones, del infierno. Gabriel -Gaby-, el protagonista y voz que relata la historia, había abandonado Burundi hacía veinte años, con sólo trece, como consecuencia de la guerra civil referida y desde entonces no había vuelto a su país. Relativamente asentado en la región parisina, aunque existencialmente desubicado (Ya no habito en ninguna parte), oscila entre la voluntad decidida de dejar atrás y olvidar un pasado que sólo aflora en su vida como dolor y sufrimiento y la nostalgia de esa infancia despiadada y cruel, pero aun así apacible, inocente y libre, elemental y feliz. Ese permanente dilema en el que vive envuelto en sus dos décadas de “exilio” se resuelve un día cuando una misteriosa llamada telefónica desde Burundi -una señal del destino-, cuya autoría, contenido y significado sólo conoceremos al término de la novela, le “obliga” a decantarse por volver a su tierra de origen, aunque sólo sea para aligerarme el corazón. Para zanjar de una vez por todas esta historia que me persigue. Cerrar la puerta tras de mí para siempre

Tras este breve preámbulo parisino, el núcleo central del libro nos lleva a África, a ese Burundi de la infancia en el que se concentran las dos grandes líneas maestras de la novela, ya esbozadas en la “escena” preliminar: la espontánea alegría de la inocente niñez y el abrupto paso a una suerte de madurez acelerada por las atrocidades y el horror que el muchacho tendrá que contemplar y padecer. Hay, a lo largo de todo el texto, un continuo juego de contrastes entre esos dos “mundos”, que Faye contrapone en una suerte de permanente ejemplificación del “antes” y el “después”: la vida idílica de una familia y una sociedad aparentemente tranquilas y dichosas, afortunadas y hasta alegres, y, casi de la noche a la mañana, su tenebroso y sombrío envés, la violencia y la ferocidad, la brutalidad y la sanguinaria cólera que afloran tras el inicio del salvaje conflicto. 

Gaby vive en Buyumbura, la antigua capital de Burundi, con su madre, una bellísima exiliada ruandesa de etnia tutsi, Yvonne; su padre, un empresario francés, David, al frente de una fábrica de aceite de palma y genuinamente satisfecho en su vida africana rodeada por un confort y un desahogo económicos imposibles en Europa; y una hermana menor que él, la pequeña Ana. En el domicilio familiar se desenvuelven también Donatien, el capataz zaireño; el joven Innocent, tutsi altanero y malhumorado, algo mafioso, que además de chófer de la empresa ejerce de hombre para todo de David; y Prothé, el cariñoso cocinero hutu, gran partidario de la democracia, a quien conocemos orgulloso por las elecciones presidenciales que se celebran en el país. 

El matrimonio vive días de intensa y despreocupada exaltación. El niño es feliz en su vida familiar, corriendo libre en la naturaleza (Observo mis zapatos lustrados -dirá, nostálgico, desde su vida convencional en Francia-, brillan, me devuelven un reflejo desalentador. ¿En qué se han convertido mis pies? Se esconden. Nunca he vuelto a verlos pasearse al aire libre. Me acerco a la ventana. El cielo está cubierto. Cae una llovizna gris y viscosa, no hay ningún árbol de mango en el pequeño parque encajonado entre el centro comercial y las vías del ferrocarril), disfrutando con sus amigos de “la banda del callejón”: los gemelos mestizos, de padre francés y madre burundesa, que al ser sus padres dueños de una tienda de vídeos aseguraban al grupo de chavales la provisión de comedias americanas, películas de amor indias y, a veces, cintas porno; Armand, el único totalmente negro de la pandilla, su padre un muy rígido diplomático de Burundi en los países árabes; Gino, el mayor del grupo, hijo de un profesor belga en la Universidad de la capital y de una madre, también ruandesa como la de Gaby, aunque siempre ausente, un enigma; más adelante llegará Francis, enemigo primero e integrado después, no sin conflicto, en la cuadrilla. La descripción de esos días paradisíacos es entrañable, llena de ternura: la candorosa correspondencia con Laure, la niña francesa con la que se cartea, las efímeras peleas entre amigos (Los cinco nos pasábamos el tiempo discutiendo, no se puede negar, pero nos queríamos como hermanos), los juegos en la calle, corriendo descalzos y con el torso desnudo, las excursiones para robar mangos en los jardines vecinos, los baños en el río, las reuniones furtivas en la furgoneta Volkswagen Combi abandonada, fumando, conspirando, disfrutando sin sombra alguna de pesar, la vida sin explicaciones, la existencia tal como era, tal como siempre había sido y como a mí me gustaría que siguiera siendo. Un dulce sopor, apacible… Y la maravilla del entorno: los intensos olores de la naturaleza, el colorido, lo extremoso del clima, las noches ardientes, las lluvias caudalosas y repentinas. En resumen, recordará Gaby, en nuestro escondite del terreno baldío del callejón estábamos tranquilos y éramos felices

Pero este idílico escenario encierra ya, oculta, apenas perceptible salvo en algunos escasos signos, la semilla del mal. Primero entre los padres, cuya relación va deteriorándose en cuanto la realidad, la ruda presencia de la cotidianidad se impone al ardiente deseo inicial, al amor, a la ilusión, al brillante sol, metafórico y real, a la fervorosa entrega a la vida; luego en la sociedad entera, con el señalamiento y la discriminación al diferente, con el odio, la crueldad, los primeros atisbos de violencia, las matanzas, la guerra larvada. 

En el relato del niño Gaby aquella extraña atmósfera crecía de día en día, casi imperceptiblemente, con sus leves signos de oscuridad y desastre, de desasosiego y amenaza, de degradación y miedo. La cotidianidad se envuelve en siniestras señales: lejanos sonidos de disparos, noticias de la barbarie ruandesa, con la trágica experiencia vivida por la familia materna, el detonante burundés a punto de estallar también, centinelas en las casas de los occidentales, habitaciones a oscuras para no llamar la atención de los comandos que vagan a sus anchas sin control, niños que van a la escuela bajo la protección de chóferes oficiales, informaciones dispersas de inminentes carnicerías, rumores que anticipan la hecatombe, cadáveres abandonados en las calles, agitadas conversaciones telefónicas, secretos y ocultaciones de los adultos, agresiones, peleas, palizas y linchamientos, inesperadas visitas nocturnas, un clima general de peligro y alarma, de sobresalto y conmoción. Una atmósfera inquietante, sobrecogedora, como se revela en este fragmento, de nuevo extenso y de nuevo indispensable: 

Tres jóvenes que iban delante de mí atacaron de súbito a un hombre, sin razón aparente. A pedradas. Desde la esquina de la calle, dos policías miraban la escena sin moverse. Los peatones se detuvieron un momento, como para disfrutar del espectáculo gratuito. Uno de los tres agresores fue a buscar una gran piedra que estaba debajo del franchipán, sobre la que los vendedores de cigarrillos y de chicles tenían la costumbre de sentarse. El hombre estaba intentando levantarse cuando el pedrusco le reventó la cabeza. Se derrumbó cuan largo era sobre el asfalto. Su pecho se hinchó tres veces bajo su camisa. Rápidamente. Buscaba aire. Luego, nada. Los agresores se fueron tan tranquilamente como habían llegado, y los peatones continuaron su camino, evitando el cadáver como se rodea un cono de tráfico. La ciudad entera se agitaba, proseguía con sus actividades, con sus compras, con su trajín. La circulación era densa, sonaban los cláxones de los minibuses, los vendedores ambulantes ofrecían bolsitas de agua y de cacahuetes, los enamorados esperaban encontrar cartas de amor en sus buzones, un niño compraba rosas blancas para su madre enferma, una mujer vendía latas de concentrado de tomate, un adolescente salía del peluquero con un corte a la moda y, desde hacía algún tiempo, unos hombres asesinaban a otros con total impunidad, bajo el mismo sol de mediodía de antaño. 

Una vez más, la banalidad del mal, ese recurrente leitmotiv presente en todas las inconcebibles tragedias el siglo XX, el nazismo, el estalinismo, la guerra fratricida en los Balcanes, ahora en Gaza, en Irán, en Ucrania, en Ruanda, en Afganistán, en el mundo entero. 

Como en gran parte del continente negro la tierra había temblado bajo nuestros pies, imperceptiblemente. Es lo que hace todos los días en ese país, en ese rincón del mundo. Vivíamos sobre el eje de la gran falla, en el mismísimo lugar donde África se fractura, afirmará Gaby. Y se suceden las matanzas, los ancestrales enfrentamientos tribales, las venganzas, los golpes de Estado, en tentativa o logrados, las milicias dispuestas para la lucha, las tropas del ejército preparando sus armas, las ráfagas de metralleta, los obuses, los misiles, los bombardeos, la guerra declarada, feroz, descarnada, la rapiña, los asesinatos perpetrados a la luz del día y con total impunidad, las violaciones, los saqueos. Y se reparten machetes por doquier, y hay armas ocultas en manos de la población, y se distribuyen listados de personas a las que asesinar en cada barrio, y se informa de un proyecto organizado para acabar con mil tutsis cada veinte minutos, y se anticipa el exterminio generalizado de los “enemigos”, de los “otros”, de todos los que tienen una nariz diferente. En todo el país, los tutsis eran sistemática y metódicamente masacrados, liquidados, eliminados (…). Ruanda se había convertido en un inmenso terreno de caza en el que las presas eran los tutsis. Un ser humano culpable de haber nacido, culpable de ser. Un insecto a los ojos de sus asesinos, una cucaracha que había que aplastar

Y en medio de todo ello, del desconcierto y el espanto, un niño, tierno y sensible, aterrado, incapaz de entender el odio, incapaz de entender el distanciamiento entre iguales y los bandos (¿Y si uno no quiere escoger bando?), incapaz de entender la muerte y el horror. Un niño normal que hacía lo que podía en un mundo que no le daba opciones; un niño perplejo obligado a luchar, a robar, a tener enemigos; un niño ocupado absurdamente en seguir siendo niño, lidiando inútilmente con la idea de morir en cualquier instante; un niño que se refugiará, que se esconderá en los libros que le proporciona su vecina, la amable señora Economopoulos; un niño que vivirá gracias a los libros (Gracias a las lecturas, derribé los límites del callejón, respiré de nuevo, el mundo se extendía a lo lejos, más allá de las vallas que nos encerraban en nosotros mismos con nuestros miedos); un niño, por fin, que efectuará así, de la manera más dramática imaginable, el paso a la edad adulta: La muerte ya no era una cosa lejana y abstracta. Tenía el rostro banal de lo cotidiano. Vivir con esa lucidez termina por destruir el resquicio de infancia que se lleva dentro

Porque esta es otra de las dimensiones del libro, la del adiós a la infancia y el paso a la edad adulta, la de la pérdida de la inocencia y el aprendizaje del mal, la de la violencia y de la muerte como necesarios ritos de iniciación. Y es que la muerte había venido, furtivamente, hasta nuestro callejón. No había refugio en la tierra. Y atrás queda entonces la pureza del niño, atrás quedan sus recuerdos felices, atrás quedará, en definitiva, una infancia truncada, como constatará, ya adulto, desde su melancólico exilio francés: Pensaba que estaba exiliado de mi país. Al regresar sobre las huellas de mi pasado, he comprendido que lo estaba de mi infancia, lo que me parece todavía más cruel

Y en torno a estos elementos centrales del libro -la infancia, la guerra- aparecen otros temas principales en la novela. En primer lugar, la noción de patria perdida -el “pequeño país”- y la idea de la familia destruida. Gabriel alude de continuo a un país que ya no existe, a un por lo tanto imposible pero necesario sentimiento de pertenencia. Una pertenencia que conecta con el espinoso asunto -dramático en ese contexto- de la identidad, de las diferencias, reales o inventadas, que constituyen la inconsciente mecha que hará estallar el incendio: las alusiones y sobreentendidos en la escuela en relación a los distintivos de raza (blancos/negros, hutus/tutsis); el malestar creciente entre alumnos y profesores, entre amigos y compañeros de trabajo, entre el personal al servicio de la familia de Gaby, progresivamente enfrentados entre sí por su vinculación a un grupo, a un bando, a una facción; la necesidad -casi podría decirse que innata en el ser humano; véase, a otro nivel, por fortuna incruento, el absurdo acontecer de la política española- de “construir” un enemigo. 

Pequeño país nos habla también, para cerrar ya este recordatorio, del muy triste emblema de todas las guerras, de todas las infancias perdidas, de todos los países abandonados, de todos los fracasos y las derrotas en los que la codicia y la maldad humanas sumen a millones de personas en el mundo entero: el dramático sino de los refugiados, que inundan las pantallas de los noticiarios en el presente parisino de Gabriel, jugándose la vida en el Mediterráneo, y que invaden también sus recuerdos de esa infancia terrible, en un fenómeno por desgracia extrapolable a tantos otros lugares en nuestros acomodados días. Estamos, pues, ante un libro conmovedor, que, desde un tono, pese a su dureza, intimista, rezuma belleza, poesía, lirismo, melancolía, tristeza, dulzura, ternura, desgarro y emoción. 

Todo ello -los escenarios, la temática, la atmósfera, el enfoque poético- está también presente, aunque de un modo a mi juicio menos logrado, en El jacarandá, una novela de 2024, publicada entre nosotros en 2025, también en Salamandra, con traducción del francés de Lydia Vázquez Jiménez. Sin embargo, entre uno y otro libro ha pasado el tiempo y, quizá por ello, ahora el foco ya no se centra tanto en la infancia sino que se desplaza a la edad adulta. Si Pequeño país podía leerse como una novela de iniciación marcada por la pérdida de la inocencia, El jacarandá amplía el horizonte ya que no gira únicamente en la experiencia directa del trauma (pese a que la presencia del genocidio impregna el libro entero), sino en su transmisión e integración en el desarrollo, en la vida, en la subjetividad de quienes -miembros ya de una segunda generación- no vivieron el horror de modo directo e inmediato pero están atravesados por su dramático legado. Y es que, siendo en ambas novelas ese atroz e inhumano acontecimiento histórico el trasfondo inevitable de sus tramas, Faye no se limita -sobre todo en El jacarandá- a la reconstrucción documental de la tragedia. Lo que realmente le interesa es examinar cómo se vive después de ella, cómo se convive con la memoria, con el trauma, con la culpa, con la pérdida. 

La novela se abre en 1994, precisamente el año de los brutales sucesos que marcaron la vida de Gaël. En esas primeras páginas conocemos a Milan, un joven franco-ruandés criado en Francia, hijo de padre francés y madre ruandesa, en unos referentes (edad incluida) que, como se ve, comparten el Gaël real, el Gabriel inventado de la primera novela y el protagonista de esta segunda. Se acerca el fin de ese curso y Milan debe enfrentarse a la vergüenza de sus catastróficos resultados académicos del último trimestre. Cuando se ve obligado a dar una explicación de su bajo rendimiento a los responsables escolares y ante el temor a afrontar abiertamente la realidad (no iba a admitir que no había hecho nada, que era un vago de siete suelas que se pasaba el tiempo soñando despierto y escuchando rock) miente abiertamente y esgrime como justificación y defensa el impacto emocional que le ha producido la guerra en el país materno, cuyas imágenes de muerte, violencia y éxodo mostraban los noticiarios que religiosamente seguía la familia cada noche a la hora de la cena (Ruanda entró en mi vida a través de la televisión). Su ostensible mentira, construida a partir de las informaciones dispersas que picoteaba de las crónicas de los telediarios (Tiré de ingenio, me lo inventé todo: las atrocidades de la guerra, el sufrimiento de mi madre, las pesadillas de mi padre, mi dificultad para concentrarme y estudiar con serenidad), provocan la lógica inquietud del centro educativo, por lo que su director convoca a los padres. El bochorno que debe soportar ante ellos, sus profesores y sus compañeros, lleva consigo una primera consecuencia: Las notas llegaron la semana siguiente. En la casilla de «Observaciones», el director había escrito una nota mordaz: «Cuando la mentira emerge, la confianza naufraga.»; y una segunda, no menos previsible: Como era de esperar, a mis doce años, repetí curso

El relato comienza así, con la presentación de los primeros años de Milan en Francia, un tiempo marcado por dos circunstancias, claramente conectadas entre sí: su propia inseguridad, su desconcierto vital, su incertidumbre, sus miedos, la vaga conciencia de un pasado familiar opaco; y, por otro lado, el misterio ante la experiencia desconocida de la madre, Venancia, que evita hablar de Ruanda y cuyo silencio, constante y pertinaz, resulta opresivo en la vida del adolescente, al que pronto choca esa aparente insensibilidad materna hacia sus raíces: El pasado de mi madre era una puerta cerrada. Es más, no escuchaba música ruandesa, no cocinaba platos ruandeses ni me cantó nunca nanas en su lengua materna. No teníamos ni un solo objeto exótico en casa y ningún conocido ruandés venía a visitarnos. En mi mente, éramos una familia francesa normal y corriente. Esa impasibilidad, esa normalidad forzada, ese mutismo incómodo, exacerbados incluso cuando la barbarie invade el hogar a través del televisor, desasosiega y angustia al muchacho, curioso, sensible, inseguro y agobiado por la desagradable sensación de no saber nada de la persona con la que llevaba viviendo desde siempre. La terrible impresión de no conocer a esa mujer. A mi propia madre. En julio de 1994, mientras Milan contempla el preocupante y obstinado silencio de su madre, el genocidio llegaba a su fin en su país natal. Yo no tenía ni idea. En el relato de esa etapa infantil destacan, aparte de los temas ya apuntados, el “noviazgo” adolescente con Nadège y, sobre todo, la acogida, transitoria y fugaz (Desapareció de nuestras vidas tan rápido como había entrado en ellas), que la familia hace de Claude, un pequeño ruandés, un niño de la misma edad que Milan, triste y sufriente, víctima de la guerra en África, que reaparecerá, con un relevante peso en la trama, en capítulos posteriores de la novela. Milan se encariña con él como si se tratara de un hermano y su frágil presencia, su espantosa herida en el cráneo, le hará revivir las imágenes televisivas de las masacres vistas meses atrás, pobladas de cuerpos hinchados y blanquecinos flotando en ríos y lagos, de miembros amputados, de restos humeantes de iglesias, de infinidad de cadáveres esparcidos por los suelos. El cierre simbólico de la infancia se produce en 1998, cuando, con dieciséis años, sus padres le comunican su divorcio. Me sentía como si me hubieran expulsado de repente de mi infancia y como si hubiera asistido toda mi vida a una ficción de armonía y concordia (…) con los mismos rituales vanos, las mismas costumbres repetidas, los mismos años escolares insípidos, sucediéndose uno tras otro, las mismas conversaciones superficiales, las mismas preguntas sin sentido y sus respuestas convencionales, las mismas formas grotescas de mostrar la imagen de una existencia parecida a un mar sin olas. Un mes después, habiendo transcurrido cuatro años desde el final de la tragedia, Milan viaja con su madre a Kigali. 

En esta segunda sección del libro, que se abre con su llegada a Ruanda, Milan, impresionado por el clima, los olores, el kinyarwanda en el que se expresan las gentes, las costumbres locales, la ciudad de color ocre, el árido paisaje de la estación seca, la vegetación que apunta en colinas y valles, las calzadas llenas de barro, los barrios atestados y pobres, la fina capa de polvo rojo que todo lo cubre, conocerá a la rama africana de su familia, cuya existencia le era hasta entonces desconocida. Su indescriptible abuela; la “tía” Eusébie, amiga de su madre; su hija Stella, aquí recién nacida pero que acabará siendo un personaje central de la novela; la anciana Rosalie, madre de Eusébie y abuela por tanto de la niña; y, sobre todo, la reaparición de Claude, ahora un muchacho alto, atlético y muy comprometido con la realidad ruandesa. Con Claude y sus amigos, sobre todo Alfred y el extravagante Sartre, conocerá el ambiente juvenil de la ciudad, la atmósfera que respiran las generaciones que crecieron después del genocidio, los jóvenes que intentan vivir en un país, en parte roto en parte esperanzado que todavía convive con la sombra de aquella tragedia. 

Estos dos primeros hitos temporales -1994 y 1998- y los escenarios en que se desarrollan -Francia y Ruanda- marcan el devenir de la historia que Faye nos narra. El libro salta en el tiempo, situándose, con grandes elipsis, en 2005, 2010, 2015 y 2020 (etapas que se datan expresamente en el texto además de permitir su datación mediante el reflejo de hechos históricos del contexto temporal, como la muerte de Ayrton Senna, la final del mundial de fútbol del 98), y también en el espacio, siguiendo a Milan entre París y Kigali, en un ir y venir entre épocas y lugares con el que se construye el verdadero corazón de la novela, pues esas idas y vueltas, sus viajes, sus desplazamientos, lo son, sobre todo, en su evolución personal, en el paso de la adolescencia a la madurez (al término del libro el personaje tiene treinta y siete años, como el autor) con lo que conlleva de indagación en su propia identidad, en la relación con su familia, en la búsqueda de su lugar en el mundo. Su vida en Francia, aparentemente tranquila, normal, integrada, se verá convulsionada por la realidad que conoce en África, hasta el punto de que esa primera aproximación a sus orígenes, fundada en motivos vagos, casi sentimentales, se va convirtiendo poco a poco en una auténtica investigación personal. Sus repetidos regresos a Ruanda obedecen tanto a su progresiva desubicación juvenil -el divorcio de sus padres, el distanciamiento de la madre, la muerte de sus abuelos paternos, la ruptura con su novia, una cierta indefinición laboral y profesional- como a una “pulsión” más honda que lo lleva a enfrentarse a preguntas que hasta entonces habían permanecido ocultas o silenciadas, tanto las colectivas -¿Por qué su familia abandonó Ruanda? ¿Qué ocurrió realmente durante aquellos meses de 1994? ¿Quién fue víctima, quién fue verdugo, quién fue testigo?-, como las íntimas: ¿Quién era mi madre? ¿Cómo explicar su silencio? ¿A dónde pertenezco realmente? (Eres un extraño, Milan. Y yo también me he convertido en una extraña aquí. No entiendo nada de este país. Así que imagínate tú) Y, por entre todas ellas, la cuestión sustancial: ¿Quién soy yo? 

En este sentido, la sucesión de viajes a Ruanda funciona en cierto modo como un dispositivo de revelación, a través del cual Milan va planteándose esas preguntas y, poco a poco, va avanzando en sus difíciles respuestas. Y en ese avanzar, los dos planos mencionados -el colectivo/histórico y el personal/familiar- están fuertemente interrelacionados. El protagonista siente que su identidad está incompleta mientras no comprenda plenamente la historia de su familia y de su país. Su regreso a Ruanda es, por tanto, un intento de apropiarse de esa memoria. Aunque, al mismo tiempo, la novela plantea una cuestión incómoda: ¿es posible comprender realmente un acontecimiento como el genocidio? ¿Puede alguien que no lo vivió experimentar de verdad lo que significó? 

Esta indagación se nos muestra a través de una estructura fragmentaria. La novela se construye así mediante una alternancia de voces: testimonios íntimos, recuerdos incompletos, reconstrucciones parciales, historias de uno y otro personaje. Pese a que la voz que narra es la de Milan, más de una vez su perspectiva se abre a los relatos de Stella, de Eusébie, de Rosalie, de Alfred, de Claude. Este procedimiento formal responde, sin duda, a un propósito del autor, a una voluntad y una intención ética por su parte. El lector conoce el genocidio desde una distancia objetiva pues las distintas memorias lo reconstruyen como un mosaico. Aflora así, a partir de los diferentes puntos de vista, la naturaleza discontinua del trauma: el pasado que unos personajes relatan como testigos directos del horror, irrumpe en el presente del resto, lo interrumpe, lo reorganiza. Y es que uno de los aspectos más interesantes de la novela reside precisamente en la forma en que se aborda esa convivencia entre memoria y cotidianidad. Los personajes trabajan, estudian, se enamoran, hacen proyectos para el futuro, reflexionan sobre su patria, sobre su identidad como individuos y como país, sobre su compromiso y su vivencia de la política. El presente de los jóvenes está hecho también de fiestas, alcohol, evasión, sexo, drogas, música (hay infinidad de referencias musicales, africanas y occidentales, en la novela) pero, al mismo tiempo, todos llevan consigo historias que resultan difíciles de contar (Todo lo que disfrutaban hoy era fruto del sacrificio y del derramamiento de sangre. La nación se lo recordaba a diario. Por eso, otra noche de fiesta y bebida les permitía olvidar por unos momentos esa carga, igual que la generación anterior había bebido para olvidar los años de exilio, las humillaciones, el olor a muerte y a las fosas comunes). Y es que en Ruanda la memoria del genocidio se halla en todas partes: en los memoriales, en los relatos familiares, en las ceremonias conmemorativas, en los silencios. Nadie puede escapar del todo a ese pasado. Incluso quienes nacieron después de 1994 viven bajo su sombra, pues hay personas que perdieron a casi todos los miembros de sus familias, otras descubrieron que vecinos o amigos habían participado en las matanzas, unas todavía intentan comprender cómo fue posible que la violencia surgiera con tanta rapidez, otras reprimen el odio, rumian la venganza, intentan suturar las heridas -incluso las físicas, pero sobre todo las psicológicas y emocionales- que aún permanecen abiertas. 

El relato de las vivencias de Milan permite a Faye abordar -en el seno de la ficción, obviamente, no estamos ante un ensayo, una crónica o un reportaje- numerosos temas de interés. El principal es, sin duda, el del genocidio y su memoria, unos episodios que, como he señalado, no se nos muestran como un hecho histórico cerrado, sino como una presencia permanente que condiciona la vida cotidiana, la identidad y las relaciones humanas de las generaciones posteriores. En su deambular por las calles de Kigali, en sus desplazamientos a otras poblaciones para encontrarse con amigos o con distintos miembros de su familia, afloran de continuo restos de aquel pasado abominable: lugares -ríos, bosques, edificios- que evocan la violencia, nombres que remiten a los desaparecidos, gestos cotidianos que recuerdan lo que sucedió. El genocidio actúa así como una sombra persistente que atraviesa el presente. Y es por ello por lo que, en la “tesis” de Faye, interesante en sí misma y en cuanto pueda ser extrapolable a acontecimientos similares producidos con posterioridad en otras partes del mundo -España y su guerra civil, el terrorismo etarra, Bosnia, ahora Ucrania o Gaza-, la memoria colectiva no es unívoca y se construye lentamente, entre el deseo de recordar y la necesidad de olvidar para poder seguir viviendo. La novela muestra que recordar no es un proceso sencillo: implica enfrentarse a verdades dolorosas, revisar identidades y aceptar responsabilidades. De modo que la memoria -histórica, democrática, sea cual sea el adjetivo- no es solo un deber moral hacia las víctimas y para restablecer -en la medida de lo posible- la justicia, sino también un proceso complejo mediante el cual una sociedad intenta comprender su propio pasado. 

Otro eje temático esencial es el que tiene que ver con el peso del silencio. Tras la violencia extrema (pensemos en la Alemania nazi), muchas personas optan por callar, por miedo, por vergüenza, por incapacidad para encontrar palabras que expresen lo sucedido. En la novela, el silencio aparece como una presencia constante en las familias y en la sociedad. Los adultos evitan hablar del pasado, mientras que los jóvenes perciben que hay algo oculto que condiciona sus vidas. Este silencio genera una tensión permanente: los personajes saben que existe una historia no contada que explica muchas de las heridas del presente. Faye muestra cómo el silencio puede ser tanto una forma de protección como una fuente de sufrimiento. Para algunos personajes -la madre, singularmente- callar es una manera de sobrevivir emocionalmente; para otros -el propio Milan- ese silencio impide comprender quiénes son y de dónde vienen. Desde mi punto de vista, la novela interesa -aparte de por otras muchas razones- porque nos muestra cómo la superación, la ruptura de ese silencio es fundamental para restañar las heridas. Por ello el relato de Milan se cruza a menudo, como he señalado, con los recuerdos, las declaraciones, los testimonios y las conversaciones de otros personajes se enfrentan así a la necesidad de nombrar lo que ocurrió. Hablar se convierte entonces en un acto de reparación y de reconocimiento, aunque también implicará reabrir heridas que nunca llegaron a cerrarse del todo. He aquí el que, en cierto modo, me parece el propósito último del autor: el relato -la literatura- como curación, la historia de su familia como medio de superación del trauma transgeneracional, ese que en su familia se manifiesta en pequeñas actitudes cotidianas como la dificultad para hablar del pasado, la sobreprotección, o ciertos temores aparentemente desproporcionados. Pensaba -confiesa el narrador, desvelando lo que creo que acaba por ser la novela de quien le da voz- en la idea propuesta por Stella, escribir la historia de nuestras familias a lo largo de cinco generaciones: Rosalie, abuela, mi madre y Eusébie, Claude y, por último, Stella). Y por ello, brotando por entre la narración de Milan, aparecen los testimonios en primera persona de algunas víctimas, de algunos familiares, de algunos amigos, que irán abriendo las esclusas de su memoria reprimida y dejando surgir, libres, sus recuerdos de lo hechos sufridos. Hablar, escribir… 

En la novela está muy presente también la idea de la identidad y la herencia familiar. Los personajes, sobre todo los jóvenes -Milan, Stella, Claude-, buscan su “definición”, su sentido de pertenencia, a partir un legado que, sin ser suyo de modo directo, condiciona gravemente su percepción del mundo y su ubicación en él. Las generaciones posteriores al genocidio intentan comprender el papel que desempeñaron sus padres, sus vecinos o sus comunidades durante aquel período. Esta búsqueda implica enfrentarse a verdades incómodas: algunos de los personajes acaban por encontrarse con la cruda realidad de amigos y familiares que pasaban por héroes y que quizá no lo fueron tanto; con víctimas que no aparecen nimbadas por un halo de bondad beatífica sino que guardan resentimientos, odios o deseos de venganza; con familiares a los que devora la culpabilidad. Todo ello acrecentado por la absurda idea, con tristes y aberrantes raíces históricas, de la identidad étnica, tantas veces arbitraria y siempre cerrada y excluyente (el veneno de la división y el etnicismo hábilmente destilado por los colonos belgas y la Iglesia se convirtió en la prisión mental en la que la inmensa mayoría de los ruandeses se dejaron encerrar y de la que nunca escaparían). Los más lúcidos de entre los personajes del libro deberán entender que la identidad no es un elemento fijo, sino un proceso de reconstrucción y, por tanto, estarán obligados a reinterpretar su pasado familiar para construir su propia posición moral y emocional frente a la historia. Una tarea especialmente compleja en contextos en los que la pertenencia étnica o social tuvo consecuencias mortales. Saber quién fue cada uno durante el conflicto puede redefinir por completo las relaciones entre personas que, en el presente, intentan convivir. 

Me ha interesado igualmente, en un enfoque que siendo primordial en Pequeño país está también presente, aunque en menor medida, en El jacarandá, la opción del novelista por centrar su relato partiendo de la observación de la historia desde la perspectiva de la infancia. Los niños o adolescentes aparecen como testigos indirectos de un pasado que no comprenden plenamente, pero cuyos efectos perciben con claridad. En concreto, en El jacarandá, la infancia se presenta como un espacio de descubrimiento progresivo. Los jóvenes protagonistas, sobre todo Milan, Stella y Claude, comienzan viviendo en un entorno de aparente normalidad, pero poco a poco van descubriendo las fracturas del pasado. Los comentarios de los adultos, algunas ausencias inexplicables o ciertas reacciones emocionales les revelan que existe una historia dolorosa detrás de su realidad. 

En la novela, el espacio urbano, y también el paisaje, la naturaleza, desempeñan un papel relevante, ejemplificado especialmente en el valor simbólico del jacarandá que le da título. Faye describe con gran precisión el paisaje ruandés contemporáneo, enfatizando las profundas diferencias entre los escenarios que contempla en su primera visita en 1998 y los de sus viajes posteriores, por ejemplo el de 2020. Frente al entorno sucio, ruinoso y depauperado de la ciudad de aquel momento, cuando solo habían pasado cuatro años del drama, Kigali es ahora una ciudad en transformación, dinámica, moderna, empeñada en proyectar una imagen de estabilidad y progreso. Las avenidas asfaltadas, los nuevos edificios, los cafés frecuentados por jóvenes emprendedores o estudiantes universitarios parecen indicar que el país ha dejado atrás el horror (La capital no se parece en nada a la ciudad polvorienta y ruinosa que visité por primera vez en 1998. El centro es moderno y está muy cuidado, es una sucesión de parques y paseos, barrios de negocios y hoteles de cinco estrellas, centros comerciales, campos de golf, residencias elegantes y palacios de congresos para reuniones internacionales). Hay, pienso, una voluntad del escritor en subrayar el carácter simbólico de este cambio, y así hace decir a su narrador: Todo ha ido tan deprisa que me siento fuera del presente, como si viviera en los recuerdos de un mundo que nunca existió, como si ya fuera viejo en un país donde la inmensa mayoría de la población nació después del genocidio

Otro tanto ocurre con los rasgos relativos a la naturaleza. Los paisajes, los olores, los sonidos del entorno africano aparecen descritos con una precisión casi sensorial que contribuyen a crear una atmósfera muy viva y transportan al lector a una África que tantos recuerdos despierta en mí. Las lluvias torrenciales, el calor de las tardes, el polvo rojo de los caminos, la vegetación desbordante, la profusión de árboles y plantas, el perfume de las flores azul lavanda del imponente jacarandá (…) que se alzaba majestuoso hacia el cielo infinito, testigo mudo de las vicisitudes del siglo pasado, no son solo elementos, muy bien presentados, del decorado. En concreto el jacarandá funciona como un símbolo central de libro y encarna su “mensaje” principal. Este árbol, asociado con la belleza y la serenidad, contrasta con la violencia que marcó la historia del país. Su presencia sugiere la posibilidad de continuidad y renovación, incluso en contextos profundamente traumáticos. En uno de los momentos más hermosos del libro, Milan y Stella se sientan bajo el árbol mientras escuchan en un radiocasete la grabación en la que su bisabuela, la anciana Rosalie, nacida en 1895, cuenta la historia de su vida, que es la de Ruanda en su trágico y convulso siglo XX. Siento desvelar un aspecto fundamental del libro, pero lo hago de manera consciente, sabiendo, por un lado, de que la revelación no afecta de modo grave al disfrute de su lectura, y por otro, porque la información y el fragmento que la incluye me parecen medulares en la propuesta del autor. Y es que el grandioso árbol, que representa la continuidad de la vida, inmutable y firme, ajeno durante siglos a las tragedias humanas, pero al mismo tiempo testigo silencioso de ellas, será finalmente talado -por circunstancias que no vienen al caso-; un hecho que provoca las reflexiones de Milan, muy reveladoras del planteamiento de Faye en su obra y que os dejo en el fragmento final que cierra esta reseña. 

Por último, quiero detenerme, ya para poner punto final a mis comentarios, en lo que podríamos llamar la “vertiente optimista” del libro. Se trata del asunto, siempre espinoso, de la reconciliación y la convivencia futura en una sociedad que ha vivido una violencia extrema, una cuestión que, en el caso de España, aún se está planteando en el País Vasco a propósito de la reinserción de los terroristas de ETA con abundantes crímenes de sangre a sus espaldas, con el debate sobre la justicia restaurativa y la necesidad de que los asesinos pidan perdón, al menos, o contribuyan activamente al esclarecimiento de los delitos aún sin resolver. Como ocurre entre nosotros, la tarea, en principio bienintencionada, está llena de tensiones y contradicciones. En la obra de Gaël Faye, la reconciliación tampoco aparece como una solución simple o definitiva. Los personajes deben convivir con vecinos que pudieron haber sido verdugos, o con familias que cargan con el peso de la culpabilidad colectiva. La convivencia cotidiana se convierte así en un ejercicio delicado de equilibrio entre el recuerdo y la necesidad de avanzar. La novela muestra cómo la reconciliación oficial -impulsada por las instituciones- no siempre coincide con los procesos emocionales individuales. Mientras algunos personajes buscan perdonar, otros sienten que el dolor sigue siendo demasiado reciente. En este sentido, el texto interpela al lector, que se ve convocado a responder a preguntas muy difíciles, intelectual, moral, política y emocionalmente: ¿es posible perdonar después de una violencia tan radical? ¿Puede una sociedad reconstruirse sin enfrentar completamente su pasado? 

Y aquí se abre otra dimensión apreciable del libro, que reflexiona y aporta ideas sobre el proceso de reconstrucción de Ruanda tras el genocidio. Más allá de las historias individuales, El jacarandá muestra cómo una sociedad intenta rehacerse después de una catástrofe histórica, tanto desde el punto de vista material -recuperación de infraestructuras, restablecimiento de la estabilidad política, depuración de responsabilidades jurídicas- como, sobre todo, en el ámbito de las relaciones humanas y de confianza social. En particular, en la novela se otorga un especial protagonismo a los gacaca, los tribunales comunitarios en los que muchos responsables de crímenes fueron juzgados y confesaron sus actos, siendo consecuentemente condenados por sus propios vecinos. En los episodios correspondientes a 2005, Milan, que va a presentar en París un Trabajo de Fin de Máster sobre esos tribunales populares y la reconciliación, asistirá en Ruanda a las sesiones de algunos de ellos, y el libro recogerá -en esa idea ya reseñada de la pluralidad de voces que lo articula- los protocolos y las declaraciones en esos actos. Faye, no obstante, pese a la dureza del pasado y la dificultad de la tarea en el presente, apunta a una opción esperanzada, no ingenuamente optimista pero sí sólida, a partir de los personajes más jóvenes. Su afán por comprender la historia de sus familias, de sus conciudadanos, de su país; las relaciones de amistad, confianza y solidaridad que establecen entre ellos trascendiendo las divisiones y el odio pasados; su voluntad de no repetir los errores de generaciones anteriores, constituyen la apuesta de un cierto futuro ilusionante en una novela que, pese a ello, está marcada por la atmósfera, la mirada, el tono, melancólicos que ya caracterizaba la novela anterior y que, a mi juicio, parece una de las señas de identidad -y para mí de las más valiosas- de un autor que refleja en sus textos una constante conciencia de la fragilidad de las cosas, la infancia, los lugares, las relaciones humanas, el pasado; en una condición lírica de su literatura que, desde mi punto de vista, explica el éxito de Faye sobre todo entre sus lectores más jóvenes. 

Por todas estas razones os recomiendo la lectura de Pequeño país y El jacarandá, del franco-ruandés Gaël Faye. Pese a la abundancia de referencias musicales que pueblan el libro -con menciones a temas de John Coltrane, Queen, Rage Against The Machine, Nirvana, Radiohead, el The Rhythm of the Night de Corona, Pink Floyd, y de muchos músicos africanos, Miriam Makeba Brenda Fassie, Koffi Olomidé, Kamaliza, Cécile Kayirebwa, Florida Uwera, Muyango o Massamba- elijo como acompañamiento musical a mi reseña Pili Pili Sur Un Croissant Au Beurre, una canción que da título a un álbum de 2013 del propio Faye y cuya letra, claramente autobiográfica, corre en paralelo también a las historias que relata en sus novelas, en particular en la primera de ellas. 


Stella me mira con sus grandes ojos verdes, los mismos que me miraron veintiún años antes, cuando no era más que un bebé recién nacido que se abría a la vida, en aquella misma terraza, rodeada de mi madre y de Rosalie, a la sombra del imponente jacarandá de flores azul lavanda que se alzaba majestuoso hacia el cielo infinito, testigo mudo de las vicisitudes del siglo pasado. En ese preciso instante, tomo conciencia de lo que Stella ha perdido para siempre, ella, que durante veintiún años ha vivido bajo la bóveda tutelar de ese árbol monumental, que no ha pasado un solo día de su vida sin alzar la vista maravillada hacia la vertiginosa cima de ese árbol flamígero, y sin que sus pensamientos se perdieran en la exuberancia vital que anidaba entre su frondoso follaje: insectos, lagartijas, rapaces, paseriformes multicolores, y esas parejas de turacos de Lady Ross, con la cresta roja y el pico amarillo, maravillosos amantes que le ofrecían el dulce espectáculo de sus retozos. Stella creció con su árbol místico, su amigo y confidente, una presencia tranquilizadora en una época agitada, un faro estable en la agitación del paso del tiempo. Ella ha comprendido el alcance de su pérdida, el valor del árbol, mientras que yo tengo la impresión de ignorar lo que significa la desaparición de mi madre


Videonconferencia
Gaël Faye. El jacarandá