Vivo entre muchos libros y extraigo una gran parte de mis ganas de vivir del hecho de que aún leeré la mayoría de ellos. (Elias Canetti)

miércoles, 3 de junio de 2026

YAA GYASI. VOLVER A CASA; MAYRA MONTERO. LA TARDE QUE BOBBY NO BAJÓ A JUGAR; ADDA RAVNKILDE. JUDIT FÜRSTE; MARIA JUDITE DE CARVALHO. LOS ARMARIOS VACÍOS

Hola, buenas tardes. La séptima y antepenúltima emisión de la serie que Todos los libros un libro lleva dedicando desde finales de abril a libros escritos por mujeres viene muy apretada pues son cuatro nuestras invitadas de esta tarde, con las que haremos un singular viaje literario, tan oportuno, en estas semanas inmediatamente anteriores a las vacaciones veraniegas, que nos va a llevar a Ghana, Cuba, Dinamarca y Portugal, a través de otras tantas novelas muy distintas entre sí, con temáticas y planteamientos estilísticos también muy diferentes, pero coincidiendo todas en su indiscutible calidad y su extraordinario interés, así como en su capacidad para proporcionar al lector horas interminables de placer y disfrute.

Empezamos, pues, sin más dilación, pues el tiempo apremia, con mi invitación a que leáis Volver a casa, la formidable primera novela de la norteamericana de origen ghanés Yaa Gyasi, que publicó en 2017 la editorial Salamandra en traducción de Maia Figueroa Evans. Más allá de su calidad objetiva, de su interesante contenido y su trabajada estructura, de la oportunidad de los temas que trata y, en definitiva, de sus valores literarios, de los que luego os hablaré, hay en el texto -e imagino que la responsabilidad no puede achacarse a la traducción- algunos fallos (al menos a mi juicio, que, obviamente, puede no ser acertado) que quiero mencionar de entrada relativos al uso -que se detecta en más de una ocasión- de términos comunes en nuestro léxico actual pero difícilmente admisibles si se quiere dar cuenta de una realidad de hace doscientos cincuenta años. Que la voz del narrador, que se “oye” a través de la tercera persona en que está escrito el texto, describa las emociones que experimenta un personaje que vive en la selva africana a mediados del siglo XVIII diciendo "la adrenalina le recorría el cuerpo", o subraye la rapidez con la que se produce un hecho con la expresión "en cuestión de milisegundos", por poner solo dos ejemplos, provoca en el lector un cierto -ligero- desajuste, por tratarse de vocablos -adrenalina, milisegundos- tan científicos, tan “modernos”, tan, por lo tanto, anclados a nuestro presente, que alejan a los personajes -y con ellos a quienes, leyendo, siguen sus vivencias-, del escenario en el que se desenvuelven. Detalles menores, en cualquier caso, que no impiden el disfrute de un libro espléndido. Yaa Gyasi es una ya no tan joven -treinta y nueve años; veintiocho cuando escribió su novela- escritora nacida en Ghana, país que abandonó a los dos años con su familia para instalarse en Estados Unidos. Esta duplicidad de raíces -la ancestral africana, podríamos decir, y la adoptiva norteamericana- permea toda la obra, en la que distintas manifestaciones de ese juego de dualismos cobran un papel esencial. El libro obtuvo el muy prestigioso Pen Prize a un debut literario de ficción. En 2021, Salamandra publicó Más allá de mi reino, también apreciable. 

Las protagonistas “iniciales” (y luego se descubrirá el porqué de esta locución) de Volver a casa, son dos hermanas, Effia y Esi, nacidas en un poblado ghanés a mediados del siglo XVIII de la misma madre y distinto padre. Las chicas no llegarán a conocerse, pues una permanecerá en su país de origen, casada a la fuerza con James Collins, el gobernador inglés de Costa del Cabo, el puerto desde el que los británicos controlan el negocio de esclavos, y la otra será capturada en el interior por las fuerzas del propio Collins y enviada como esclava a Estados Unidos. A partir de estos hechos germinales la novela nos pone en contacto con doce personajes más pertenecientes a seis generaciones de las dos ramas familiares. La narración avanza así, articulada en torno a las vidas de estos individuos singulares que, además, representan metafóricamente a su raza, por la etapa histórica en la que la autora los sitúa, viviendo momentos decisivos en la dramática trayectoria de los negros, africanos o emigrados, en los últimos dos siglos y medio. 

Son, pues, catorce las “viñetas”, una por capítulo, aparentemente autónomas pero sin embargo unidas por numerosos vínculos, en particular la pertenencia de sus protagonistas al mismo grupo familiar y, sobre todo, su común identidad de raza, las que hacen avanzar la acción, en la que Gyasi nos muestra en paralelo las vicisitudes de la vida de sus criaturas y ciertos relevantes acontecimientos de especial notoriedad en la microhistoria de la raza negra aunque también sobresalientes con carácter general para la humanidad entera. En cada caso se eligen momentos significativos de esas existencias particulares, en una discontinuidad estructural en la que el recurso a la elipsis permite ir desarrollando la historia sin necesidad de contar íntegras todas las biografías, que no obstante se enlazan mediante una serie de motivos recurrentes -la simbólica piedra negra que pasa de una generación a otra, las historias familiares, las tradiciones, el intangible legado (espiritual, cultural, moral) de los antepasados- que permiten ver esa sucesión de vidas como parte de un conjunto superior, que las aglutina y da sentido, un personaje colectivo -la raza, la tribu, la familia- que es el protagonista último del libro. Lo que quería captar con su proyecto -escribe uno de los personajes dando, a mi juicio, la clave de la propia voluntad de la autora, del propósito último de este Volver a casa- era la sensación del tiempo, de haber formado parte de algo que se remontaba hasta tan atrás en el pasado y tenía tal magnitud que se hacía fácil olvidar que ella y él y todos los demás existían dentro de ese algo

De este modo, y siguiendo a los descendientes de Effia y Esi, por la novela discurren la ¿plácida? vida en la selva de los pueblos africanos antes de la colonización, las guerras tribales (una de las dos ramas familiares pertenece a la etnia fante y la otra al grupo asante, enfrentadas entre sí), la brutal “conquista” blanca (sobre todo británica y estadounidense), la esclavitud (que es el tema principal del libro y que se muestra en sus diversas manifestaciones: las crueles y descarnadas del tráfico de seres humanos y la explotación en las minas y las plantaciones de algodón, y las más sutiles pero igualmente despreciables derivadas de la opresión de los negros en la sociedad norteamericana actual), el negocio del cacao, la tantas veces intolerante y despiadada labor de los misioneros, la dolorosa e injusta realidad de las plantaciones de algodón del sur de Norteamérica, la difícil vida en las ciudades del Norte tras la emigración masiva de negros después de la Guerra de Secesión, la asesina Ley de Esclavos Fugitivos, la segregación y los guetos, Harlem y el jazz, las primeras independencias de países africanos, los movimientos reivindicativos en defensa de los derechos civiles y por el reconocimiento de la dignidad e identidad afroamericana, la devastadora aparición de la droga entre la población urbana negra o los conflictos raciales contemporáneos, en un completísimo retrato del trágico devenir de esa raza desde su primer contacto con el hombre blanco. Y todo este recorrido lo plantea la autora llevando a sus personajes por diferentes “localizaciones”: Ghana, tanto en su costa (la citada Costa del Cabo) como en los poblados del interior, Inglaterra y Estados Unidos, y en este último caso, deteniéndose en escenarios variados como Alabama, Baltimore, la terrible Pratt City o Nueva York, algo más que meros telones de fondo descritos con convicción y verosimilitud, con precisión y rigor históricos, y con una indudable y sobresaliente labor de documentación. 

El principal nexo común a todas las historias es el de la esclavitud. Desde 1764 hasta nuestro presente, Volver a casa nos muestra sucesivamente, en las dos orillas del Atlántico, la connivencia de algunas etnias africanas con los blancos, combatiendo contra los suyos para proveer de “material” a los barcos negreros, el despiadado hacinamiento de seres humanos en el fuerte del castillo de Costa del Cabo antes de su traslado al otro lado del océano, las duras condiciones del viaje a América, en el que perdían la vida miles de esclavos, la explotación en los campos de algodón sureños, el sometimiento laboral y humano -de facto- de los negros liberados aún después de la abolición -solo de iure- de la esclavitud, la discriminación racial en la sociedad estadounidense del presente y, en general, el miedo, el dolor, el sufrimiento, la relegación y la injusticia que todavía padece esa raza en nuestros días. 

Y el sobrecogedor desvelamiento de esta terrible realidad lo lleva a cabo Gyasi sin maniqueísmo ni molestos subrayados. No hay negreros maléficos ni angélicos héroes negros. Los personajes se construyen con profundidad y hondura, son ambiguos, presentan claroscuros, están -como todos nosotros- llenos de contradicciones y sufren por ello, como queda de manifiesto en esta reflexión de un africano: En la costa de la tierra de los fante hay un lugar que se llama el castillo de Costa del Cabo. Allí es donde metían a los esclavos antes de enviarlos a Aburokyire: América, Jamaica. Los comerciantes asante llevaban allí a los cautivos. Había intermediarios fante, ewe y ga que los tenían presos un tiempo y después los vendían a los británicos, a los holandeses y a quien pagase el mejor precio en aquel momento. Todo el mundo tenía su parte de responsabilidad. Todos la teníamos… y la tenemos

Esta inteligente propuesta moral, compleja y llena de matices, se corresponde con el dual juego de espejos al que antes aludía. En mi aldea hay un dicho sobre las hermanas separadas: son como una mujer y su reflejo, condenadas a vivir en lados opuestos de un mismo estanque, se dice en un momento del texto. Las dos hermanas que sostienen de este modo especular la genealogía familiar operan como metáfora de otros dualismos que afloran en la obra, de otras realidades que a la vez se enfrentan y complementan, se entremezclan y confunden, se separan y superponen: blancos frente a negros, África frente América, los fante frente a los asante, las “abiertas” poblaciones de la costa frente al interior más cerrado en sí mismo y sus tradiciones y rituales, los hombres frente a las mujeres (la novela es claramente feminista -aunque sin reduccionismos simplistas-, con un poderoso dibujo de los personajes femeninos, más fuertes, más resistentes, más enteros, más coherentes con su misión en el mundo), bondad frente a maldad, y, sobre todo, peripecia individual frente a conciencia colectiva. 

Porque precisamente esta última noción, la de la relevancia del intemporal sentimiento comunitario por encima de las perecederas existencias personales, configura otro de los temas destacados del libro, el de la identidad y el sentimiento de pertenencia, otro hilo conductor que anuda las vidas de los personajes, tanto los que logran participar en algún momento de esa conciencia -los menos- como los que carecen de ella o la han perdido, desarraigados y extraños ya en todas partes, incapaces de volver a casa. No podemos regresar, no podemos volver a un lugar en el que jamás hemos estado. Ese lugar ya no es nuestro, dice uno de los miembros de la familia. Y Marjorie, el último eslabón de una de las ramas familiares, estudiosa, posgraduada en Estados Unidos, señala cuando visita una Ghana que apenas conoce: En cuanto bajo del avión, la gente se da cuenta de que soy como ellos, pero que también soy distinta. No encajo aquí ni allí

Por último, quiero destacar otra “línea de fuerza” de la novela, la que enfatiza la importancia de las narraciones, del contar, del relato. La historia es contar historias, leemos; y también ¿De quién es la versión que no me han contado? ¿Qué voz fue silenciada para que ésta se oyese? La Historia es, pues, el relato que cuenta el que tiene el poder, y la voluntad de Yaa Gyasi es dar voz -y dar, por tanto, poder- a quien no lo tiene ni lo ha tenido, a quien ha sido silenciado, al que sufre, al paria, a las víctimas, a los sacrificados en el cruel torbellino de esa Historia oficial que desprecia a quienes “pierden”. 

En fin, por esta multiplicidad de focos de interés y, sobre todo, por tratarse de una narración arrebatadora, llena de emoción, apasionante, conmovedora, estimulante y hermosísima, os recomiendo Volver a casa de Yaa Gyasi, la primera de mis propuestas de esta tarde. 

Cruzamos ahora el Atlántico, de las costas ghanesas a las cubanas, para adentrarnos en la sorprendente, controvertida y muy apreciable historia que narra Mayra Montero en La tarde que Bobby no bajó a jugar, una novela, de corte absolutamente autobiográfico según declaración expresa de su autora, publicada en mayo de 2024 por Tusquets, un sello que no podía faltar en este repaso simultáneo a veintiséis escritoras y otras tantas editoriales en que he querido convertir Todos los libros un libro a lo largo de un par de meses. 

Mayra Montero, nacida en La Habana en 1952, aunque residente en Puerto Rico desde sus diecisiete años, es una escritora con una amplia y muy sólida carrera literaria. Con cerca de una veintena de títulos publicados, de los cuales ya solo en el catálogo de Tusquets aparecen ocho o nueve, es una destacada autora de libros de contenido erótico (una circunstancia nítidamente perceptible en la novela que hoy os presento), en particular La última noche que pasé contigo y Púrpura profundo, que ganó el Premio Sonrisa Vertical, un clásico del género, en el año 2000. La tarde que Bobby no bajó a jugar es, por ahora, su última obra publicada. Periodista durante décadas, la crítica resalta cómo en sus novelas -yo solo he leído un par de ellas- es frecuente que hechos reales, personajes históricos y episodios verificables se entrelacen con la ficción sin que el lector pueda separar con comodidad ambas capas. Ese modo de proceder alcanza en La tarde que Bobby no bajó a jugar una formulación particularmente lograda, como veremos. 

La base de la novela es, pues una historia real, vivida en primera persona por la propia autora (conveniente aunque muy poco eficazmente “disimulada” en la ficción: su joven protagonista se llama Miriam Marrero; no parece que haya una especialmente decidida voluntad de ocultamiento). En una entrevista con Berna González Harbour, periodista de El País, publicada hace un par de años, confiesa sin ambages que los hechos narrados son, efectivamente, los vividos por ella en 1966. Cuando tenía catorce años, y por una serie de circunstancias que se detallarán en la novela, Mayra/Miriam, acabará “visitando”, en la habitación del hotel en que está alojado, a Bobby Fischer, entonces un muchacho de veintitrés años y ya cerca del apogeo de su fama mundial, desplazado a la Habana al frente del equipo norteamericano para participar en la XVII Olimpiada Mundial de Ajedrez. En su encuentro, esporádico y fugaz, apenas unas horas en una noche, Mayra quedaría deslumbrada ante la belleza y la singularidad de aquel joven, muy diferente a los chicos que frecuentaba en su cotidianidad. La experiencia, que por su parte fue plenamente consciente, intensa y enamorada, tuvo también una dimensión íntima y abiertamente sexual, en una controvertida derivada del episodio que lo hace hoy especialmente actual, en estos años en los que en la sociedad -y también en la literatura; piénsese en el mediático caso de Vanessa Springora, entre otros- se debate y polemiza sobre las relaciones entre adultos y menores, en el marco del análisis jurídico, social, científico, psicológico y, sin duda, también político sobre el consentimiento. Volveré sobre el asunto más adelante. 

Estamos, pues -y ya me adentro en la novela- en octubre de 1966. Bobby Fischer está a punto de llegar a la isla, que se prepara, en un clima de ilusionada exaltación, para el gran torneo: un evento apoteósico, en el que jugaba la crema y nata de todas partes del mundo, pues estaba previsto que se rompiera el récord de asistencia de cincuenta países que se había establecido en la Olimpiada de Tel Aviv, dos años antes. A Cuba llegarían nada menos que cincuenta y dos delegaciones, siendo la de Estados Unidos, si no la más nutrida, al menos la más esperada: cinco jugadores y un capitán. Sin embargo, toda la expectativa se concentraba en Fischer. La relación de Bobby con Cuba se remonta a diez años atrás, cuando en 1956, con apenas trece años y ya un insolente, caprichoso, consentido e insoportable niño prodigio del ajedrez, había visitado La Habana, acompañado de su madre, Regina Wender (Fischer por matrimonio) en una gira del club de ajedrez Log Cabin, creado por el millonario, medio mafioso y filonazi Elliot Lauks, un “tour” que lo enfrentaría en partidas simultáneas contra los mejores jugadores cubanos. Además, solo un año antes del momento en que se desarrolla la historia, en 1965, y con ocasión del torneo Capablanca in Memoriam, de homenaje a la gran figura cubana del ajedrez, Fischer ya había vivido otra situación, en este caso más o menos conflictiva, con Cuba, pues, en plena Guerra Fría, las autoridades estadounidenses no le permitieron viajar a la isla y tuvo que jugar su partidas desde el Marshall Chess Club, en Nueva York, la confrontación transmitida, jugada a jugada, a través del teletipo. 

La curiosidad y la expectación que suscitó la llegada del muy popular genio del ajedrez, fueron especialmente notables entre los muchos aficionados, entendidos y expertos del juego existentes en un país muy vinculado a ese deporte intelectual. Uno de ellos, el relojero Mario Gorski, que será el otro gran protagonista de la novela, junto a Miriam y, en un segundo plano, aunque como desencadenante de la trama, el propio Fischer, está muy interesado, por razones que la novela expone al lector y que luego desvelaré, en que el gran maestro le firme -y dedique- un tablero de ajedrez. Ante la dificultad que para él, un hombre adulto, de porte y presencia anodinos, supone el acceso a la muy protegida suite del campeón -estamos en el punto álgido de la lucha de poder entre Estados Unidos y la Unión Soviética, y en la Olimpiada Fischer iba a enfrentarse a las grandes figuras soviéticas-, se pone en contacto con un grupito de atolondradas escolares, de las que conoce su práctica en la petición de autógrafos y su condición de jovencitas más o menos “espirituales”, en sus propias palabras, por lo que no tendrían problema alguna en acceder a un americano que era puro cerebro y sensibilidad. Pacta con ellas las condiciones de la encomienda, bien sencillas y tentadoras: si, en el escaso tiempo que Fischer pasará en Cuba, consiguen que les firme el tablero, les entregará, sin estrenar, con su carátula impecable, el disco Rubber Soul, el espléndido elepé de finales de 1965 de los Beatles, entonces un mito en la sociedad cubana (y aún ahora, como reflejan las novelas de Leonardo Padura, que ya presenté en Todos los libros un libro en dos diferentes ocasiones). Las cinco inquietas, atrevidas e inseparables muchachas (Un profesor de historia nos había bautizado como las Oritías, por ser escurridizas y taimadas como la princesa griega raptada a plena luz del día por el dios del viento), absolutamente desconocedoras de los entresijos del abstruso juego y no tan espirituales como el cincuentón relojero aislado en su pequeño universo creía percibir, aceptan entusiasmadas el encargo, juran mantenerlo en secreto hasta que llegue el día señalado para evitar que nadie pueda acceder a la codiciada presa (el disco, obviamente, y no el ajedrecista) y delegan en una de ellas, Miriam Marrero (una muchacha tímida, delgaducha, que tenía un padre escritor y bohemio, y una madre retraída, para todos los efectos desequilibrada), la más alta y la única que chapurreaba el inglés, la puesta en práctica de la arriesgada misión. Tras solventar, no sin la conjunción de azares diversos, complicados problemas de intendencia (guardias de paisano, policías, servicios de espionaje, que custodian el acceso al reducto del joven prodigio), una renuente y poco convencida Miriam acabará, provista del tablero sobre el que Fischer debía estampar su firma, en la habitación de un Bobby (Era un nene que parecía de mi edad, aunque él tenía 22 o 23 años. Era como un niño. Los muchachos de 15 y 16 con los que yo me relacionaba eran más maduros que él. Era raro, muy raro, pero cariñoso a la vez, falto de cariño, en palabras de la Mayra actual) ante el que, tímida, desconcertada, sobrepasada por la situación, se presentará con un nombre falso y confesando unos dieciséis años que sobrepasan con creces los catorce recién cumplidos que en realidad tiene. 

Este “acontecimiento” es el núcleo alrededor del cual Montero construye una ficción que no pretende ofrecer un acercamiento a la figura del genio, sino contar dos historias -en las que el amor ocupa un lugar esencial- que acaban por entrecruzarse en la tarde en la que Bobby no baja a jugar y en la que Miriam vive su aventura en su suite en el hotel: la de la propia peripecia de la chica, enmarcada en la descripción de su entorno familiar y social, y la del relojero Mario Gorski, que se retrotrae a principios del siglo XX, cuando la familia, los padres y los tres hermanos, la mayor, Aniela, y los gemelos Marek (el propio Mario, que adoptará en Cuba su nuevo nombre) y Emanuel, dejan Brodnica, su aldea natal en Polonia, para emigrar a un Estados Unidos al que nunca llegarán pues su estancia en La Habana, que se presentaba como provisional, acabaría por ser definitiva, tras la pronta muerte de la madre, Danuta, y Aniela y después de que los tres varones encontraran la oportunidad para continuar en la capital cubana la trayectoria de tres generaciones de relojeros. A su vez, ambos relatos permiten a la autora explorar el clima moral, político y emocional de una ciudad y de una generación en un país que pasa de la dictadura de Fulgencio Batista a la revolución de los “barbudos” liderados por Fidel Castro. 

Del primero de los frentes, el que tiene por centro a Miriam, más allá de la interesante recreación del contexto de la familia -la difícil relación con Greta, la madre conflictiva, exigente, controladora y afectivamente distante, víctima de sus ataques de nervios, de su ansiedad, de sus continuos sollozos y desmayos, de sus constantes cambios de humor, de los cortes que se autoinfligía en los brazos; el padre a menudo ausente, entregado siempre, según su enajenada esposa, a alguna “”guaricandilla” de costumbres “ligeras”; las permanentes riñas, los gritos, las discusiones y la violencia entre ambos-, quiero resaltar, por encima de las demás vertientes de ese eje del relato, la experiencia amorosa de la niña -iniciática en más de un sentido: pérdida de la virginidad, paso a la edad adulta, descubrimiento del “mundo”, conciencia de una realidad muy alejada de la limitada y opresiva que impone el régimen revolucionario, estatalista y filosoviético-, su desconcierto y su simultánea emoción, su súbito enamoramiento, el sexo intenso (descrito, en dos o tres pasajes, de un modo que el lector entiende congruente con las conocidas incursiones de la escritora en la literatura erótica) y, en particular, la espinosa cuestión del consentimiento. 

Tanto la Miriam novelesca como la Mayra real, afirman de modo explícito su plena libertad, su voluntad soberana, su consciente responsabilidad en la, insisto, hoy controvertida relación. Declara, de manera explícita e inequívoca, el personaje: Dentro del cariñoso torbellino en que nos empezamos a buscar, superado aquel primer momento de confusión y angustia, de dolor punzante y de remordimiento, cada partícula de mi cerebro consintió, desde entonces para siempre hasta hoy. Y cuando, pasado el tiempo, Mario, recordando su propia experiencia (que ahora resumiré brevemente), aconseja a la muchacha: no te hagas mayor sin tener historias que contar, ella responde: Ya tengo una (…) La mejor de mi vida, subrayando el carácter voluntariamente elegido de su fugaz, aunque profunda e inolvidable, vivencia adolescente, casi infantil. Igualmente, en su entrevista de mayo de 2024 para el diario madrileño, Mayra ante la insistencia -cargada de apriorismos- de la periodista sostiene con reiteración y rotundidad: Lo recuerdo con mucha ternura. Sé que me criticarán mucho porque es una novela a contrapelo de las reivindicaciones actuales. Es una historia agradable y positiva de ese tipo de relación que se daba entre una niña y un adulto (…). Yo vi muy natural lo que pasó. Jamás sentí violencia (…) No me pareció un caso de abuso, de violación, en que el tipo te parece siempre asqueroso y te está forzando. No. Yo quedé deslumbrada por aquel chico tan bello, era bellísimo, y tan distinto a todos los cubanitos que yo conocía. Era como que me había caído Dios del cielo. Y así lo recuerdo: ¡Qué suerte tengo! (…). ¿Consentí, no consentí? En aquel contexto de aquellos años uno no se planteaba eso. Para mí era haber estado con un muchacho, no con un abusador viejo, baboso, que te manosea, que te entrampa. No hay tiempo ni es la ocasión para avanzar más en este muy delicado asunto, que concierne al campo minado del deseo y el consentimiento. Apunto tan solo este foco adicional del libro -no el único ni el más importante-, como posible desencadenante de un, a mi juicio, muy interesante debate. 

Estas mismas limitaciones de tiempo me obligan a esbozar apenas otros elementos sugestivos de la novela. Por ejemplo, la ya mencionada segunda gran historia de amor, que corre en paralelo a la primera y con la figura de Fischer como nexo entre ambas. El apocado, triste, melancólico y solitario Mario, inexperto en el trato con las mujeres, encerrado en el taller de relojería compartiendo con su padre una existencia modesta y sin expectativas ni apenas horizontes vitales (un hombre que ha dedicado su vida a ver correr el tiempo), frente al cosmopolitismo viajero y la exitosa búsqueda de experiencias -laborales, sexuales, sentimentales, empresariales- de su hermano Emanuel, este de personalidad decidida y poderosa, se enamorará perdidamente -y el adverbio es más que un tópico- de Regina Wender, la madre de Bobby, en su visita a Cuba de 1956, acompañando -cuidando- a su entonces hijo “treceañero”. Esa también efímera pasión -pasajera en su vertiente “tangible”, los cortos días de la estancia de la mujer en La Habana; pero imperecedera en el recuerdo del hombre-, será la que, tras diez años sin contacto alguno, Mario aspira inútil y desesperanzadamente a revivir en la nueva visita del ajedrecista -esta vez sin su madre- a la isla caribeña. Y es ese afán de recuperar un vínculo ya del todo perdido lo que explicará su iniciativa para hacerle llegar al genio el tablero para su firma, ofreciendo a las Oritías el disco de los Beatles que él posee gracias a la carrera como marino de Waldemar, hijo de su hermano Emanuel y visitante de todos los puertos del mundo. La presentación de la figura de Mario, de su sensibilidad, de sus anhelos, de su ilusión, de su deseo, de su soledad, de su dolor, de su emotiva y patética necesidad de amor, de sus fantasmas (lo atormentaban otros fantasmas: los de la edad, los de la incertidumbre, los de la vida dilapidada a solas, carroñeras que ahora se abatían sobre su cuerpo herido), de la nobleza de su descabellada e improbable y muy tardía pasión (esas inesperadas pasiones que redimen a los tristes, a los indefensos, a los que han nacido destinados al pozo de la vacuidad, y en él se resignan a morir), resulta conmovedora y constituye uno de los alicientes principales de la novela. 

Además, un elemento sustancial de la novela deriva de la ambientación de ambas historias en una Cuba cuya evolución política, económica y social aflora, ya se ha dicho, de un modo elocuente, fidedigno y muy interesante en el libro. La tarde que Bobby no bajó a jugar constituye así, también, un magnífico reflejo de la realidad y la vida de la isla y sus habitantes, en esos años -los cincuenta y sesenta del pasado siglo- que contemplaron los estertores de la dictadura de Batista, las acciones violentas de los revolucionarios y, por fin, el cambio de régimen el 1 de enero de 1959. Son constantes en el libro las referencias a ese convulso estado de cosas, tanto en la descripción de las circunstancias de la cotidianidad de los personajes -la escasez y la pobreza (Volví apesadumbrada a casa, mi madre tenía mala cara y anunció que solo había espaguetis para cenar, pues ya no le quedaba ni un grano de arroz); la carne enlatada que mandan los rusos; la falta de libertad, la desesperanza de las gentes (Esto no puede durar mucho, ¿no te lo parece a ti? Ya verás que Batista se va. —¿Y qué sabes tú lo que va a pasar después que se vaya, si es que se va? —Al menos no va a ser peor); los programas de radio con la prohibición de la música moderna (Vivíamos esperanzadas en que colaran una canción de los Beatles); los pocos fumaderos de opio, dos o tres clandestinos, que sobrevivían a la Revolución- como en las alusiones a elementos más abiertamente políticos -los atentados (La calle está en candela y no es para menos, ¿te imaginas lo que es meterle seis balazos al jefe de la Inteligencia Militar?) y las bombas (A finales de 1958, una bomba estalló cerca de la relojería); la Policía Secreta de Batista; la presencia, tras el cambio de régimen, de personal soviético y el frecuente rechazo que provocaba (En la calle solo hay rusos que no saben lo que es un desodorante); las asambleas revolucionarias incluso entre escolares; las menciones a China y al presidente norteamericano Johnson; la censura y la represión, conducirán al ostracismo al padre de Miriam (Poco a poco, mi papá había dejado de ser un bohemio rodeado de guaricandillas, para convertirse en un libretista antisocial, repudiado y sancionado por la Revolución. El origen de su caída en desgracia, como era de esperar, fue su carácter guasón, que lo llevó a soltar un chiste que le costaría muy caro) e impedirían a Miriam el acceso a la Universidad; los planes quinquenales, las zafras patrióticas, el Año del Esfuerzo Decisivo, el Año de los Diez Millones… Y, con una relevancia muy especial en el desarrollo de la trama, el señalamiento y la hostilidad ante los “gusanos”, aquellos que no colaboraban con la revolución, “marcados” como enemigos de la patria. La familia de Miriam, vive, ya en los días de la dictadura castrista, esperando la autorización para salir de Cuba, la llegada del “telegrama” liberador (Vivía para el telegrama), reservando la ropa que vestirían en ese momento crucial (teníamos ropa reservada para el gran día en que por fin pudiéramos subir al avión que nos sacaría de Cuba), recibiendo ilusionados, al fin, la llegada a la casa del militar encargado de realizar el “inventario”, el recuento de los bienes familiares que habrían de ser abandonados en el país a su marcha, preámbulo seguro, o casi seguro, del permiso de salida

En un plano menor, y ya para terminar, resulta sugestivo también, y apreciable por la indudable labor de documentación de la autora (que menciona, en la sección final de agradecimientos del libro, entre otros, a Leontxo García, el gran experto español en ajedrez), la recreación fidedigna del ambiente ajedrecístico, competiciones, partidas, jugadores, anécdotas de las grandes figuras de la época, interioridades de ese universo desconocido para la mayor parte de los lectores y, sobre todo, los muchos apuntes sobre la personalidad de Bobby, sobre su biografía y la de su madre, sus antecedentes familiares y, también, los convulsos días futuros de Fischer, los hitos de su carrera profesional, las muchas veces dramáticas incidencias de una vida extrema -problemas mentales, detenciones, estancias en la cárcel- hasta su muerte en Reikiavik el 17 de enero de 2008. 

La tercera etapa de nuestro femenino recorrido literario por el mundo nos lleva a Dinamarca, con una autora que yo presenté aquí hace casi una década cuando era para mí desconocida, habiendo nacido además en un país cuya literatura tiene, en general, una muy escasa repercusión en nuestro mercado editorial. Se trata de Adda Ravnkilde, una escritora danesa, nacida en 1862 y fallecida a los veintiún años, tras un recalcitrante suicidio, valga la expresión para describir un acto en el que, obstinada en su resolución, ingirió veneno, se cortó las venas y se disparó un tiro. Su libro, su única obra más allá de algunos otros esbozos preliminares, tímidos y finalmente descartados, de título Judith Fürste, fue publicado tras su muerte y después de una algo rocambolesca historia de la que más adelante os hablaré brevemente, viendo la luz en nuestro país en 2015 en la estupenda serie de la editorial Alba -que no podía faltar en nuestro representativo repaso al universo editorial español- que se presenta bajo una elocuente rúbrica, “rara avis”. La traducción es de Blanca Ortiz Ostalé y en la edición se desliza algún despiste menor como un chirriante “ostinaba” que hubiera merecido una revisión más atenta por parte de los responsables del sello editorial. 

La historia, sin duda novelesca, de los orígenes del libro y de la intensa y torturada existencia de su autora, nos la relata en el prólogo el crítico y catedrático de literatura Georg Brandes, que recibió el manuscrito de su autora en 1883, siendo finalmente su editor y el responsable de su publicación un año después, cuando la joven Adda Ravnkilde ya se había quitado la vida. El experto profesor detectó enseguida el talento de la chica, inusualmente madura para su edad -algo que resulta palmario en su novela, en la que nos sorprende a cada instante la profundidad y capacidad de penetración de la narradora en la descripción y el análisis de los sentimientos-, le planteó una serie de objeciones y propuestas de mejora sobre esa su redacción original y la alentó a pulir esos defectos detectados y a encontrar la veta más genuina y personal de su escritura, manifiesta en gran parte de su relato. Al poco tiempo, Adda le remitió un nuevo manuscrito en el que depuraba esas imperfecciones y desarrollaba uno de los ejes -el del amor infructuoso, vencido, angustiado y pletórico de una joven por un atractivo y superficial hombre maduro- de su texto primero dándole más hondura y eliminando los elementos superfluos. Las obligaciones de Brandes le hicieron demorar su juicio sobre esta nueva propuesta de la jovencísima escritora. Transcurrido más de un mes sin recibir respuesta, Adda acudiría a una clase de su mentor y, a las pocas horas, acabaría con su vida. La vi dos horas antes de su muerte, el 29 de noviembre, leemos en el prólogo. Ese día, cuando subí a mi cátedra de la universidad, reparé en ella. Ocupaba uno de los primeros bancos de la sala, justo frente a mí; parecía exaltada, llena de vida, sus ojos tenían un brillo extraordinario, sonreía y rio en varias ocasiones durante mi intervención. Lo que menos imaginaba en esos momentos era que fuese digna de compasión

Adda Ravnkilde, natural de Jutlandia, se había trasladado a Copenhague desde su pueblo de origen para formarse como maestra. Su entusiasmo juvenil no era incompatible con un espíritu algo atormentado, una pobre niña genial que había dejado atrás sus fértiles fantasías y sus audaces planes de futuro para adentrarse en la gran oscuridad, como la describe su mentor, influido, quizá, por su trágico destino final. Algunos de los rasgos de su personalidad, oscilante entre la exaltación y el desánimo, a caballo del entusiasmo y la decepción, se reflejarán en el personaje principal de su novela, siendo apreciados también por Brandes, que la dibuja con precisión en el prólogo: En el curso de nuestra conversación, pude hacerme una idea más clara de su personalidad: un espíritu con aspiraciones que había visto frustrada una gran esperanza y que llevaba impresa la huella de años de opresión, atormentado por la mezquindad de las relaciones mezquinas y por la necedad de los seres necios. Un alma valerosa y exaltada que conocía la tentación de perder el coraje para siempre, pero que aún conservaba frescas sus energías; sedienta de vida y, sin embargo, muy familiarizada con la idea de la muerte, deseosa del trato con hombres y mujeres librepensadores, necesitada de intercambiar impresiones, de dotar a su vida de un contenido espiritual más pleno; moderna, tremendamente moderna en su esencia a pesar de los resabios convencionales de su presentación; ambiciosa, sí, pero con una ambición que a diario debía enfrentarse a una melancolía que preguntaba en un susurro: ¿vale la pena conquistar la gloria? ¿Vale la pena vivir la vida? 

Judith Fürste, la heroína del libro, tras una serie de infaustas peripecias personales (la muerte prematura del padre, la nueva boda de su madre con un hombre adinerado, mezquino e insensible al que la mujer se somete, el desamparo de la chica en el hogar familiar sobrevenido), accede, ante la imposibilidad de abandonar su casa y abrirse a los estudios, al trabajo y, en definitiva, a la vida independiente, a contraer matrimonio con un aristócrata de vida disipada y mucho mayor que ella, al que no ama y a cuya irresistible capacidad de seducción, probada de continuo en infinidad de conquistas, el orgullo de la joven se resiste. La dolorida obstinación del esposo (Cientos de muchachas se habrían arrastrado de rodillas hasta sus tierras para conquistar su favor y ella lo rechazaba) y el tozudo empecinamiento de la chica se miden en una permanente esgrima sentimental, que condenará a ambos contendientes a una vida de humillaciones y sufrimientos mutuos que no solo no se atemperarán sino que se verán gélida y cruelmente acentuados con el nacimiento de su único hijo. La imposible convivencia acabará evolucionando en un giro que pese a lo previsible no debo desvelar si quiero mantener un mínimo respeto por vuestro interés como posibles lectores. 

El personaje del marido está perfilado con brillantez, un hombre que se ha entregado a los placeres de la vida, que ha disfrutado de experiencias y mujeres sin cuento pero que ahora está decidido, por un lado, a retirarse a la placidez de una existencia sin demasiados sobresaltos (Ahora quería pasar el resto de sus días en una paz sin pasión) y, por otro, a descansar de su a la postre infructuosa búsqueda de la satisfacción de sus deseos (Hay personas que se condenan a sí mismas a una eterna persecución de sus deseos; yo me cuento entre ellas. No consiguen nada. Si al menos una vez lograsen amar a alguien más que a sí mismas, creo que se salvarían, pero no pueden), para acabar dándose cuenta de que el carácter es, como dijo el presocrático, nuestro destino irremisible y que no podemos escapar a nuestra naturaleza (Había salido huyendo de deseos y apetitos y ahora se encontraba con que no los había burlado), al caer furibundamente encaprichado de su renuente esposa. 

Es, sin embargo, en el “dibujo” de la figura de la joven en donde la maestría de la autora resulta sobresaliente. Judith es una mujer orgullosa y obstinada, dotada de un contumaz amor propio, inconformista y rebelde, rígida y atormentada, obcecada e inflexible en sus transacciones con el mundo y, en particular, con los hombres, a los que se niega a someterse, como era propio en la época, incapacitada para una existencia en paz (su conciencia se resistía a encontrar la paz), viviendo en conflicto permanente con la realidad y consigo misma, atada a una insensata ansia de dar con algo grandioso y absorbente que llenara su vida. Ese dilema en el que se desenvuelve, por un lado el riguroso mantenimiento de su propia independencia, su severa integridad, su incontaminada pureza, su rotunda negativa a aceptar el papel que las normas sociales imponen a su sexo, y, por otro, la necesidad de plegarse a las convenciones sociales (el amor, el matrimonio, la “normalidad”) con la consiguiente añoranza de una existencia convencional y mediocre pero tranquila y sin sobresaltos, permea su vida, un agotador y permanente combate interno, emocional y afectivo, sentimental e intelectual. Soy pura, no me he dejado tentar, me he ganado la vida y no me he vendido. Sí, vendido, pues eso es lo que me dispongo a hacer, afirma resignada y sin ilusión cuando, después de sus muchas cuitas, se aviene a contraer matrimonio. 

Esa persistencia -ese empecinamiento- en mantener sus severas pautas de comportamiento, que apaga los aspectos más vitales y libres, más fecundos y auténticos de su personalidad, la aíslan, la hacen sufrir y la condenan a la infelicidad (Toda su vida no había sido sino un castigo por haber acumulado obstinación tras obstinación y no haberse postrado jamás) hasta que, por fin, acabe descubriendo la verdad de la vida: el amor, la entrega, el olvido de uno mismo y de las exigencias que el propio egoísmo impone; una verdad que Judith cifrará en el lema que, a la postre, puede resumir la esencia del libro: Más dichoso es quien da que quien recibe. Y es así como, transformada, reconocerá: Entonces comprendió que su pena y su tedio ante la vida, su sensación de desamparo y su amargura, su envidia, sí, hasta su odio y su dureza, todo eso no era otra cosa que amor, o que al amor se debía. Había empezado a amarlo, aun sin saberlo, desde su primer encuentro, y la semilla que su recuerdo había sembrado en el alma germinó y luchó hasta abrirse camino por la tierra en medio de la oscuridad y la desesperación, a través del deseo y la añoranza, por un suelo pedregoso y una tierra abrasada por el sol. Incansable, su amor había conseguido abrirse paso, y cuando, doblegada por la pena y presa del arrepentimiento, reconoció su culpa y su falta, entonces ese sentimiento brotó y creció más y más fuerte hasta eclipsarla por completo

Estupenda novela, lúcida, sensible, intensa y desasosegante, que recomiendo con vehemencia. Lo hago también, aunque ya de un modo acelerado, con mi última propuesta de hoy, que nos lleva a Portugal, a partir de la breve y excepcional Los armarios vacíos, de María Judite de Carvalho, publicada en 2023 por la editorial Errata Naturae con traducción de la siempre solvente y por ello muy reconocida Regina López Muñoz. 

Yo no conocía a la autora portuguesa antes de leer, hace tres años, esta formidable novela y ello a pesar de que cuenta con una obra copiosa en su lengua, con cerca de veinte títulos, en su mayor parte colecciones de relatos. En nuestro país, que yo sepa, solo está publicado, también por Errata Naturae, Tanto tiempo, Mariana, un libro de cuentos, su debut literario, en 1959. Nacida en 1921 y fallecida en 1998, son datos relevantes de su biografía sus estudios de Filología Alemana e Inglesa; su matrimonio con el escritor Urbano Tavares Rodrigues; su exilio en Francia durante la dictadura de Oliveira Salazar; y los muchos e importantes reconocimientos a su literatura, al recibir los más destacados premios literarios del país vecino. Sorprende así el desconocimiento que, de este lado de la frontera, tenemos de una autora a la que la reciente traducción al inglés de Los armarios vacíos ha puesto en el primer plano internacional, con traslaciones a numerosos idiomas, griego, neerlandés, sueco, turco, italiano y, obviamente, español. En todas las críticas que he podido leer para preparar esta reseña, incluso en las portuguesas, se destaca esta condición de escritora infravalorada e injustamente olvidada, hasta su “redescubrimiento” actual, veinticinco años después de su muerte. 

Los armarios vacíos es, probablemente, una de las novelas más femeninas de este extenso ciclo. Los papeles principales corresponden en su totalidad a mujeres, la narradora, una Manuela cuyo nombre no se desvela hasta que han transcurrido un centenar de páginas y que, desde su posición inicial de mera observadora -circunstancia que lleva al lector a preguntarse por su identidad y por la razón de su presencia en el libro-, va incorporándose progresivamente a la historia; Dora Rosário, la protagonista; su hija Lisa; su suegra Ana; la desdichada tía Júlia, hermana de su marido. Los dos caracteres masculinos con una cierta presencia, Duarte Rosário, el esposo de Dora, ya fallecido al inicio de la novela, que se nos aparece como un buen hombre, íntegro aunque egoísta, algo cicatero, acomodaticio y conformista, carente de ánimo y fuerza vital, y Ernesto Laje, un individuo superficial, narcisista y voluble, resultan emocionalmente frágiles y dependientes y están muy por debajo, en el terreno moral, de Manuela y Dora, con las que sus existencias corren en paralelo. 

Dora Rosário es la viuda de un hombre, Duarte, de escasas ambiciones vitales y profesionales, incapaz de luchar e involucrarse en los afanes cotidianos, de procurarse -a sí mismo y a los suyos- una mínima estabilidad económica (Ni unos ahorros, ni un seguro de vida); que siempre se había dejado llevar (Quizá fue justo ésa la única ocupación digamos activa a la que Duarte se dedicó por placer durante toda su vida: no ser nada); que había abandonado sus estudios para colocarse de chupatintas en una empresa de jabones; que decepcionó las esperanzas de su madre -que siempre había dicho que su hijo daría que hablar- y que durante su matrimonio impuso a su mujer -el libro es de 1966 y refleja las condiciones de la relación conyugal en aquella época- esa desesperante falta de aspiraciones, esa inacción, esa ausencia de estímulos. Duarte se había negado a que ella trabajara fuera de casa, había limitado hasta anularlas las inquietudes culturales y vitales de Dora (Con la llegada de Duarte se había operado no una ampliación de sus intereses, sino una sustitución total. Su aparición había expulsado automáticamente todo aquello que hasta entonces había ocupado la vida de Dora, así como a todas las personas que colmaban su existencia. Antes iba a ver exposiciones de pintura, asistía a conferencias, bailaba, iba a casas de amigas. (…) Duarte, sin embargo, volvió mediocre todo aquello. Las exposiciones empezaron a parecerle puro esnobismo (lo cierto es que no sabía nada de pintura), las conferencias una autoflagelación de la que era fácil huir, y las amigas, a las que aún veía de tarde en tarde, hipócritas y aburridas sin excepción), lo que había provocado en ella la sombra de un leve desencanto existencial que había soportado, sumisa -también cobarde- por el amor que le profesaba (pensaba en estas cosas sin amargura, o con una amargura leve, casi dulce, y hasta con secreta satisfacción, porque lo amaba). Tras enviudar y a cargo de su pequeña hija, carente de toda fuente de ingresos, Dora encontrará un trabajo como responsable de una tienda de antigüedades, que, al solucionar sus problemas económicos y proporcionarle incluso una vida acomodada, le permitirá su propósito de entregar su vida a la educación y a la preparación del futuro de Lisa y a mantener vivo el recuerdo, mitificado, ennoblecido, idealizado, incuestionable, del fallecido en un duelo prolongado que durará diez años durante los cuales limitará su existencia, anulará su personalidad manteniendo viva su dependencia psicológica de Duarte (La gente se quedaba mirándola, en ocasiones con una sonrisa. Sin embargo, a Dora Rosário la traía sin cuidado, porque la imagen de Duarte la había acompañado desde bien temprano, había viajado con ella en el metro, había entrado en casa a su lado), desatenderá su propio cuidado (Era una mujer de facciones correctas que nunca había hecho nada por ayudar a la naturaleza. Nunca. Más bien parecía empecinada en entorpecerla, aunque no deliberadamente), romperá casi todos los vínculos sociales, sumiéndose en una suerte de páramo existencial, una viudez material y externa (Al cabo de diez años seguía vistiendo de luto, y con esas faldas anchas y largas que usaba y el zapato plano parecía más una monja de paisano que lo que era en realidad: una viuda profesional) y también emocional y sentimental, una existencia suspendida, resignada, sin alicientes, sin propósito, en un universo oclusivo, gris, cerrado (sin duda una trasposición narrativa de la sombría dictadura del Estado Novo “salazariano”), anclada en la memoria del marido y en la insustancial rutina cotidiana, diez años de soledad voluntaria e involuntaria (había optado por una soledad ya existente, al fin y al cabo), estableciendo una frontera rigurosa y obsesiva entre ella y Lisa, y el resto del mundo: Por un lado estaban Lisa y ella, y por el otro todos los demás. «Los demás» encarnaban el enemigo incapaz de proporcionar nada bueno y que probablemente acarreara todo lo malo. 

En la fiesta del decimoséptimo cumpleaños de Lisa (han pasado los años y el cambio de los tiempos se aprecia en la figura de la chica, abierta, esperanzada, decidida, soñadora e ilusionada en construir un futuro personal y profesional luminoso; en la fiesta suenan los Beatles, que operan como emblema de la modernidad que envuelve a los personajes y a la sociedad portuguesa, una ligera ráfaga de aire fresco en aquella cárcel íntima y colectiva), Ana, la suegra y abuela, revelará de manera inopinada a Dora (Llevo diez años pensando en hablar con usted sobre un asunto importante, pero siempre lo voy postergando) un secreto familiar que atañe a Duarte y que cambiará de manera radical la percepción que la mujer tenía del pasado con su esposo, constituyendo un esencial punto de inflexión en la vida de Dora y, en consecuencia, en la novela. Desde su tienda de antigüedades, el Museo, como ella la llama, Dora encontrará en la inusitada revelación el impulso suficiente para dejar atrás el fúnebre retraimiento del duelo, preocuparse de nuevo por su apariencia personal e interesarse de un modo más activo por su entorno. 

La historia se cuenta a través de la narración de una amiga, Manuela, testigo de los acontecimientos (no siempre cercano y de primera mano: en alguna ocasión surgen ciertas inconsistencias -muy leves y disculpadas de antemano por el personaje (Imagino esta escena, que Dora Rosário no me contó porque no estuvo presente)- al detallar con muy fiel precisión episodios que ella no vivió directamente y que, conocidos por el relato de un tercero, probablemente no hubieran permitido tal meticulosidad en los detalles, como en este ejemplo significativo: Dora Rosário pensó: «A Manuela no le importa; por lo demás, no se enterará de nada, porque nadie va a sacarlo de su paisaje»); una voz que observa y relata, conectando acontecimientos con reflexiones sobre la acción o la pasividad de las protagonistas, en un recurso “técnico” original, muy interesante y eficaz en tanto introduce distancia, objetividad y reflexión crítica en los episodios que describe (Pero no estoy aquí para hablar de mí). La narradora se dirige al lector, “habla” con él (Como ya he dicho, no soy celosa), manteniéndose inicialmente al margen de los hechos de los que da cuenta, innominada incluso, hasta el punto de suscitar dudas sobre quién pueda ser y a qué puede obedecer su presencia en la historia (Yo no formo parte de la historia —si es que podemos denominarla historia—, soy una mera comparsa, de esas que no tienen siquiera nombre propio ni lo tendrán, tampoco en episodios posteriores, por una falta absoluta de vocación dramática), para, gradualmente, ir adquiriendo entidad, complementando su rol de observadora externa con su participación en los hechos, desvelando su identidad, aclarando qué vínculo la une a Dora y compartiendo, al fin, con ella, en paralelo, el protagonismo de la novela. 

Independientemente de la propia historia y de la profundidad con la que se refleja la complejidad psicológica de Dora y Manuela, la novela interesa -y apasiona y entusiasma- por muchas otras razones, entre ellas el muy completo desarrollo del resto de los personajes, Lisa, la suegra Ana, la tía Júlia, de presencia episódica pero relevante, el, a mi juicio, despreciable Laje, el “ausente” y no menos reprobable Duarte; y, sobre todo, por la atención, no explícita sino reflejada a partir del desarrollo de los hechos, a temas como la dependencia emocional y económica de las mujeres y su papel en la sociedad portuguesa de mediados del siglo XX (tan fácilmente extrapolable al caso español); la soledad femenina y su invisibilidad social en aquellos años; el vacío y la ilusión como metáforas de la existencia, ejemplificados en el título del libro, tomado de unos versos de Paul Éluard que abren la novela (J’ai conservé de faux trésors / dans des armoires vides. He conservado tesoros falsos / en armarios vacíos) y finalmente la explican; la forma en que los vínculos familiares y las convenciones sociales condicionan y hasta construyen las identidades, en particular las femeninas; el cambio generacional reflejado en las diferentes costumbres de la abuela, la madre y la nieta, que muestran las transformaciones culturales de su tiempo y la evolución en las formas tradicionales de ser mujer; entre otros muchos hilos de interés de una novela muy apreciable. 

Hasta aquí la apretada presentación de estas cuatro novelas formidables, a cuya lectura os invito fervorosamente. Os dejo ahora con un breve fragmento de La tarde que Bobby no bajó a jugar, en el que se muestra la agitación de Miriam, mezcla de esperanza y desesperación, tras su encuentro con el ajedrecista. La doble presencia de los Beatles en las novelas de Mayra Montero y Maria Judite de Carvalho, me facilita la elección del tema musical que cerrará la reseña. Una de las canciones del álbum Rubber Soul mencionadas en la novela de la cubana, I’m Looking Through You, pone el punto final por hoy a mis comentarios.


Siguiendo la tradición familiar de al menos dos mujeres que habían enloquecido al día siguiente de la boda, mi propia abuela entre ellas, yo había caído en un vacío. Mi desesperación, entonces, me llevaba a clavarme las uñas en las palmas de las manos, pues era la única forma en que recuperaba el aire cuando me faltaba. De noche esperaba despierta a que mi madre se durmiera y marcaba a tientas el teléfono del Habana Libre, que me sabía de memoria. Pedía que me comunicaran con la habitación de Bobby Fischer, y la telefonista respondía que no eran horas de pasar llamadas, o colgaba sin darme explicaciones. Esperaba unos minutos para volver a llamar, pendiente de cualquier ruido, señal de que Greta me había sentido y aparecería por detrás de mí, agitando el cascabel de su demencia, dispuesta a llevarme a rastras a la cama. No era solo una suposición, ya esa escena de horror la conocía.

Videoconferencia
Gyasi, Montero, Ravnkilde, de Carvalho

miércoles, 27 de mayo de 2026

MARIANA TRAVACIO. QUEBRADA; KATERINA POLADJAN. HIC SUNT LEONES; PHYLLIS SHAND ALLFREY. LA CASA DE LAS ORQUÍDEAS

El singular ciclo que Todos los libros un libro está dedicando a la literatura femenina -signifique lo que signifique tal sintagma: vamos a aceptarlo como sinónimo de libros escritos por mujeres- llega a su quinta entrega. Como recordaréis quienes nos seguís habitualmente, cuando lleguemos a su término, en los últimos días de junio, la serie se habrá completado con un total de veintiséis propuestas de lectura -una por cada uno de los años de este siglo XXI-, escritas por otras tantas autoras, de generaciones, orígenes, planteamientos literarios y preocupaciones estilísticas muy distintas, y publicadas, cada una de ellas, en un sello editorial también diferente. 

En las cinco ediciones anteriores de este ciclo os he recomendado ya quince libros -novelas en su mayor parte- escritos por Lara Corujo, Laura Ferrero y Layla Martínez, en una primera emisión guiada por la nacionalidad española de las tres escritoras; Eva Díaz Pérez, Delphine de Vigan y Julieta Correa, con un segundo programa en el que el nexo común entre las tres autoras era la relativa coincidencia temática entre sus respectivas obras, centradas, desde ángulos diversos aunque cercanos, en la vejez y el deterioro físico y cognitivo que conlleva; hace tres semanas, Elizabeth Taylor, Elizabeth Bowen, y Rebecca West, unidas por su origen, las islas británicas; en nuestro encuentro posterior, el foco se desplazó a Francia, con títulos de Constance de Salm, Colombe Schneck y Marie Hélène Lafon; y por fin la semana pasada han comparecido aquí otras tres escritoras en lengua inglesa, dos británicas, Jennifer Johnston y Penelope Lively, y una canadiense, Miriam Toews. 

En el caso de esta tarde, el lazo -cierto que un tanto laxo- que anuda a nuestras tres invitadas es el de una cierta “excentricidad” o incluso “exotismo” -si desproveemos al término de cualquier connotación más o menos eurocéntrica u occidentalista, con sus despectivas notas de suficiencia jerárquica y superioridad colonial-. Se trata de novelas ambientadas en territorios poco frecuentados -al menos, poco conocidos literariamente- por los lectores españoles y, en general, europeos, como son el noroeste argentino, la ignota Armenia, ese país transcaucásico, cuya ubicación geográfica, a caballo de Europa y el Asia Occidental, lo mantiene en una cierta indefinición cultural, histórica, política, y las islas caribeñas, en particular la isla Dominica. De este modo, hoy quiero hablaros, con entusiasmo en los tres casos, de Quebrada, la excepcional novela de la argentina Mariana Travacio; Hic sunt leones, otra interesante novela, Katerina Poladjan, nacida en Moscú, crecida entre Roma y Viena, residente en Alemania, aunque de inequívoco origen armenio; y, como cierre del espacio, La casa de las orquídeas, otra novela espléndida, obra de Phyllis Shand Allfrey, “una antillana de más de 300 años de estatus, a pesar de mi rostro pálido”, como escribió, aunque sus antepasados se encuentran en Inglaterra y Francia. 

Este singular y apasionante viaje literario a tres lugares del mundo poco explorados, como digo -al menos desde mi particular experiencia-, en la literatura, da comienzo con la excepcional, deslumbrante e inolvidable sugerencia con la que abro mi reseña de hoy, Quebrada, una novelita -el diminutivo alude a su corta extensión y a su formato reducido; en ningún caso a su enorme calidad- de la argentina Mariana Travacio, publicada por la barcelonesa editorial las afueras (así, con minúscula) en 2022. Travacio, psicóloga de formación, es autora de varios volúmenes de relatos y de otra novela, Como si existiese el perdón, que no he podido leer (aunque no voy a tardar en subsanar la carencia) y que, al parecer, viene siendo una suerte de antecedente de esta Quebrada

El libro, muy breve, ciento sesenta páginas en un volumen de 24x21 centímetros que cabe en una mano, no admite demasiados comentarios. O mejor dicho, lo hace -como cualquier otro-, pero todo lo que pueda decirse sobre él palidece ante su desbordante intensidad, ante su “gracia” inmensa, ante la emoción que rezuma y que anega a quien se adentra en sus páginas, convirtiendo la lectura en una experiencia casi literalmente inefable. Es tal la sensación de plenitud, de satisfacción, de exaltación y de entusiasmo que embarga al lector que recorre sus ochenta cortísimos capítulos que, una vez terminados, no encuentra palabras -como ocurre en el amor, ante el arte, frente a la belleza, también, a menudo, con un libro entre las manos- capaces de dar cuenta de lo que ha pensado, sentido y vivido y solo puede constatar cómo su corazón, su alma, su mente, todo su ser rebosan, exaltados, arrebatados, de dicha y felicidad. Demasiado enfático, es cierto, y, en el fondo, irrelevante de cara a la elaboración de esta reseña, que, obviamente, no puede limitarse a un mero ¡¡corred ya a leer Quebrada!!, sino que debe proponer argumentos, razones, motivos de interés “objetivo” que justifiquen ese vehemente reclamo. 

Empezaré, pues, por un sucinto e inevitablemente aproximado resumen del argumento de la novela (todo será impreciso y en último término inexacto en estos comentarios que no alcanzarán a describir la poderosa y dramática trama y la excepcional prosa de una novela hipnótica, poética, sobria y austera, alegórica, desoladora, lírica, evocadora, intensa, melancólica, realista y a la vez con apuntes oníricos, cautivadora, elocuente, profunda, filosófica y metafísica, atávica y telúrica, mítica -y siento que broten sin control las siempre ampulosas esdrújulas-, narrativamente audaz, singular, memorable y de alcance universal). 

La novela se articula en dos partes de distinta extensión y, a mi juicio, de también diferente intensidad. En la primera, que ocupa cincuenta y dos de los ochenta capítulos del libro, se alternan dos voces, las de Lina y Relicario, en sendos monólogos interiores; mientras que en la segunda -los restantes veintiocho capítulos- el narrador, cuya identidad no conoceremos hasta casi el final de la novela, es el joven Rulfino (en una indirecta alusión, a mi juicio, a Juan Rulfo, el escritor mexicano, de cuyas fuentes literarias -Pedro Páramo, El llano en llamas- bebe claramente Travacio, hasta el punto de que el editor ha decidido que sea una espléndida foto del propio Rulfo la que presida la portada del libro). 

Lina Ramos y Relicario Cruz, marido y mujer, son dos ancianos (quizá no lo sean, no hay datación expresa de su edad; en cualquier caso dos personas muy mayores viviendo una realidad en la que su vida se da por clausurada, como evidencian las palabras de Relicario: dónde nos vamos a ir, Lina, que ya estamos grandes. Y Lina: Me estoy poniendo vieja) que malviven, solos, pobres, en la quebrada, un espacio inhóspito, árido, inclemente, en el que la tierra, estéril, no da frutos (solo crecen esos yuyos tristes, llenos de espinas que arañan el viento. Lo demás es pura piedra. Y tarda uno mucho en moverse de una parte a la otra, porque es todo empinado, en barranca filosa, muy escarpada). Un paraje desolado que condena a una existencia repetitiva, extenuante y sin perspectivas (Es que apenas me despierto ya veo ese cielo sin nubes, sin pájaros, sin nada que lo cruce, nada que nos traiga alguna novedad. El cielo está siempre igual y a mí me da un puro vacío). Una hendidura desierta, un yermo arruinado, encajonado entre riscos escarpados (acá nada crece ni casi animales hay (…). Nada hay acá. Salvo estas montañas que parecen recién estrenadas, de tan filosas, y esos cuises que vemos pasar a la carrera, como si los persiguiera el demonio, y nuestras pocas cabras, que andan rebuscando lo que pueden entre los yuyos duros que tenemos). El lugar no aparece explícitamente referenciado, ni espacial ni temporalmente, lo que constituirá un primer elemento revelador de la condición universal de un relato que, entre otros temas, nos habla de la escasez y el desarraigo, de la soledad existencial, del vacío metafísico, de lo irremediable del destino y de lo inevitable también de enfrentarse a él, al margen de las coordenadas geográficas o históricas en las que se desarrolla (no obstante, no parece difícil ubicarlo, dada la nacionalidad de la autora, en el noroeste de Argentina, cerca ya de Bolivia, en donde la Quebrada de Humahuaca, Patrimonio Cultural de la Humanidad y la más destacada entre cientos de otras similares, deja al viajero que la visita -y hablo por experiencia propia- un recuerdo inolvidable, precisamente por la sequedad de la tierra, lo extremado del clima, la sufriente austeridad de la naturaleza y, por encima de todo, su belleza “ultraterrena”). 

Ya desde las primeras frases de la novela conocemos la voluntad de Lina de dejar atrás esa realidad asfixiante y, también, la oposición de su marido a esa intención: Me llamo Lina Ramos, soy la esposa de Relicario Cruz. Hace tiempo le vengo diciendo que nos tenemos que ir, pero él no quiere. Se aferra mucho a esta tierra, dice que acá nacimos y que acá tenemos que morir. Pero es que ya no queda nadie, le digo. Y me dice que no podemos andar abandonando a nuestros muertos, no podemos irnos y dejarlos acá, Lina, sin nadie que los reconozca. Así me dice. Que esas cosas no se hacen. Y yo le explico que con gusto me quedaría si hubiera qué comer. El relato de la mujer da cuenta de su decisión; de su necesidad de cambiar su oscuro y desesperanzado destino; de su ansia de probar suerte; de sus recuerdos de Tala, el hijo que ya hace catorce años abandonó a sus padres en busca de un trabajo lejos de la improductiva quebrada; de su ilusión de un mar que nunca ha visto pero que se le aparece como un sueño con connotaciones casi míticas (Vamos a conocer el mar, Cruz, vamos); de su desesperanza y, a la vez, de su negativa a la resignación, de su coraje, de su determinación (A veces me agarra flojera de andar insistiéndole. Pero como no insista, la muerte nos va a encontrar pronto, resecos los dos, al ladito de nuestros muertos, sin nadie que nos lleve ni la caña ni la sopa ni nada. A veces tengo la esperanza de que un día me escuche. A veces le rezo mis rezos a diosito santo, pero no parece oírme, tampoco. Se habrá vuelto sordo, pienso seguido. Soy muy creyente, yo, y Relicario también. Pero me ando llevando a las patadas con Dios últimamente, porque no me escucha ni una sola de mis plegarias. Y eso a veces me da una rabia rencorosa. Es una rabia que me dura varios días. Cuando eso me pasa, le digo a Cruz que diosito debe andar sordo, o que tal vez se haya ido de aquí, él también, cansado de tanta piedra. Y cuando le voy con estas cosas, Cruz me dice que me deje de andar inventando. Que Dios está por todos lados. Y yo le digo que estará por todos lados pero que acá no llega porque no tiene ni modo de llegar). Siguiendo las imprecisas indicaciones de Octavia, una curandera local, y provista de una fe casi infantil, de las dos cantimploras grandes que teníamos y un atado de ropa y ese puñado de semillas que le había dado Octavia, abandonará a su marido, buscando porfiada el rastro del agua que la llevará a un río y de ahí al mar. En sus palabras conoceremos las vicisitudes de su viaje, las subidas y bajadas por las montañas, lo abrupto del terreno, las noches a la intemperie, el viento, el frío nocturno, el agobiante calor del mediodía, el hambre y la sed, los encuentros, las difusas indicaciones, la búsqueda empecinada del mar. 

En paralelo, Relicario se encuentra inopinadamente con la soledad. La ausencia de Lina le hace cuestionar su oposición inicial a dejar su entorno, su resistencia a abandonar la tierra, a traicionar a los muertos (Pero acá están nuestros muertos. Y a mí me enseñaron que no se los deja). Por fin, la añoranza de su mujer lo lleva, varias semanas después de su partida, a salir tras sus imprecisos pasos. Desenterrará a sus padres (Por eso vengo a verla hoy, madre. En unos días, usted se viene conmigo. Y no se enoje, que a padre también lo llevo. Lo que no puedo, madre, es llevarle a sus otros muertos, me va a disculpar), cargará con sus restos y se lanzará al camino, repitiendo las caminatas extenuantes, los encuentros ambiguos, la constante amenaza de la intemperie, la desorientación, el desconcierto y el desgaste emocional que marcan la aventura de su mujer. Ambos personajes representan dos visiones distintas de la vida. Lina es la ilusión, la expectativa, la apertura a lo nuevo, el deseo y la voluntad de cambio, el inconformismo y la rebeldía. Relicario es el pasado, la memoria, la tradición, el arraigo, la pertenencia. 

La segunda parte de la novela, narrada, como he señalado, por una tercera persona ajena a los dos personajes principales, nos lleva al rancho de los Loprete, en donde Lina trabaja ahora de cocinera, tras llegar al lugar llevada por el arriero Feliciano, al que ha encontrado en su periplo. Sin rastro ya de Relicario -una ausencia que, pese a la extrañeza que suscita en el lector, no parece ser una omisión no querida por la autora-, el núcleo de la historia -más convencional, a mi juicio- se desplaza hacia los conflictos en la familia de los Loprete, el día a día en la hacienda, el trabajo en el campo, los animales, los peones, las tensiones y, sin querer desvelar nada sustancial, la aparición del Tala, la crónica de sus años ausentes, la tragedia y la muerte, en un rotundo final que emociona y estremece. 

Esta muy austera línea argumental se desarrolla a través de un planteamiento literario soberbio, el elemento más atrayente del libro, sin duda el que más permanece en nuestra memoria. El ya referido juego de las voces que se alternan, permitiendo el contraste entre dos visiones de la vida; la narración en la primera persona de cada uno de ellos, lo que favorece la identificación del lector y le permite acceder a su intimidad y conocer las emociones, los pensamientos, los conflictos de los protagonistas; el ritmo lento y pausado del discurrir de cada personaje, concordante con el de su premioso avanzar por aquellos territorios hostiles; la utilización de registros orales (Así que me va a disculpar, pero me voy con ustedes dos nomás) que aportan frescura, verosimilitud, cercanía y, sobre todo, belleza (Me volví a acercar y me explicaron: para allá, vea, hay una tierra muy generosa; no como la nuestra, que es mezquina (…) Nos vienen contando que ahí hay tierra buena, doña, y hay agua, y hay trabajo), con una prosa cadenciosa, musical, hipnótica, muy rica, impregnada de la sencillez y la claridad del lenguaje rural, plena de resonancias poéticas (A padre también lo saqué hueso por hueso. Estaba igual que madre, sin cajón. Se habrán querido, estos dos, que se fueron uno atrás del otro); la significativa representación del paisaje y, en general, de la naturaleza, convertidos en un personaje más y ampliando la carga simbólica del libro, un escenario inclemente, brutal, hostil, extremo (es una tierra de demasías), de una aridez desasosegante, que cambia y se transforma, con las estaciones, la lluvia incesante y la sequía interminable, las montañas, las quebradas, los vientos, las tormentas, los diluvios, los cauces asfixiados de los ríos y también sus corrientes impetuosas y desbordantes; la recreación de una atmósfera mítica: el viaje y su aventura, la búsqueda del hijo perdido, de honda raigambre literaria, la curandera, las plegarias a un dios desaparecido, los encuentros inopinados con personajes como fantasmales (No se la podía mirar de tanta belleza: no parecía una criatura de este mundo. Dios se habrá alegrado de producir una cosa semejante. En mi vida había visto algo igual. Traía una fuerza en esos ojos negros que daba respeto. Y le llovían los pelos hasta la cintura. Difícil dejar de mirarla), sin pasado y sin futuro, las noches silenciosas a la intemperie, bajo el cielo estrellado en una soledad primigenia. Al término de esta reseña dejo un fragmento en el que Lina, que acaba de encontrar al arriero Feliciano, cuenta cómo este describe el mundo del rancho hacia el que se dirigen. En él, en el texto, está, desde mi punto de vista, la esencia del subyugante estilo, del tono y la atmósfera de la novela de Travacio. 

Además, mientras el lector se extasía con el fascinante estilo de una escritora magistral, la novela recorre temas de interés, con un valor, como he señalado, universal, que sobrepasa el concreto marco de la historia narrada: el sentimiento de pertenencia, la fidelidad a la tierra, el peso del pasado, la tradición y el respeto a los ancestros; el desarraigo, la errancia y la pérdida; el viaje como transformación, la migración, la partida y el regreso; la precariedad y la pobreza; la búsqueda de sentido y de la propia identidad (¿Somos lo que siempre hemos sido -Relicario- o lo que queremos ser -Lina-?); el deseo y la ilusión, la esperanza, el arduo combate contra el destino; la soledad existencial; la muerte indisolublemente unida a la vida; las raíces atávicas que nos constituyen, la violencia, el rencor, los odios (el western y Cormac McCarthy, con su carga primitiva, son, a mi juicio, dos referentes inequívocos del libro); la importancia de los vínculos familiares, que afloran, sobre todo, en la segunda parte del libro; la memoria, el amor, la tristeza, el dolor, los anhelos, la insatisfacción, la lealtad, el ansia de una vida plena. 

Mi segunda propuesta de esta tarde nos lleva a un entorno para mí desconocido y, en mi experiencia lectora, muy poco frecuentado por la literatura. Hic sunt leones, publicada en 2019 y seis años después en nuestro país por Armaenia Editorial, es una novela de la escritora -ensayista, dramaturga y novelista- residente en Alemania aunque de origen armenio Katerina Poladjan. El libro, escrito en alemán y muy reconocido en su lugar de origen, aparece en España en la traducción desde ese idioma a cargo de Ibon Zubiaur (al que se le ha colado un ligero gazapo: Sus manos trazaron furiosas elipsis [por “elipses”] sobre los papeles, luego barrieron las migas de goma de borrar de su cuaderno). 

Quiero dejar, antes de adentrarme en mi comentario de la novela, un breve apunte sobre el para mí hasta hace poco desconocido sello madrileño. Desde la foto que preside su página web, una pareja de chicos aparentemente muy jóvenes, sin duda muy guapos, con aspecto radiante y actitud enamorada, lectores inquietos y apasionados viajeros, según confesión propia, saludan al visitante explicando el singular proyecto que encabezan: Somos una editorial sencilla que cuenta historias complejas. Y en esa sencillez reside la libertad de nuestro criterio. Libertad que nos permite explorar distintos géneros, temas, territorios y autores alrededor del mundo. Además, ofrecemos una propuesta ética y estética, atractiva e innovadora dando voz a corrientes excéntricas o subterráneas de la cultura. A continuación hacen gala de su apuesta por el estilo en los libros que publican (en sus ediciones de ficción literaria; editan también ensayos sobre temas algo fuera del foco comercial: las migraciones, la desigualdad, el cambio climático y el extremismo político y religioso): poético, innovador o incluso experimental, ocupado en personajes, desarrollos o ambientes desacostumbrados, alejados de las corrientes narrativas actuales, tan centradas en el realismo urbano occidental y la autoficción. Un repaso a su catálogo certifica esa voluntad de “extrañamiento” y diferenciación: autores -en su mayor parte desconocidos para el gran público y para el lector no especializado- de, entre otros países, Turquía, Uzbekistán, Rumanía, Croacia, Mauricio, Ucrania, Ruanda, Rusia, Finlandia, Macedonia, Argelia, Sudán o Armenia, como es el caso del título que os propongo ahora. 

Hic sunt leones se estructura como una narrativa paralela entre dos mundos: el pasado trágico del genocidio armenio de 1915 y la búsqueda personal de identidad de la restauradora de manuscritos Helen Mazavián en el presente. El título hace referencia a la expresión latina antigua que los cartógrafos colocaban en los mapas para designar -a modo de advertencia- los territorios aún inexplorados (“Aquí hay leones”; o la más habitual Hic sunt dracones, “Aquí hay dragones”). Esta metáfora de lo ignoto y por descubrir funciona como columna vertebral del relato en sus dos planos: lo desconocido de la historia colectiva del pueblo armenio y lo oculto e incógnito de la memoria íntima. 

La trama comienza cuando Helen, una restauradora nacida en Moscú con raíces armenias (un dato, que junto a otros relevantes del libro, facilita el que se alimente esa tendencia habitual en los lectores y de la que no me excluyo, de confundir autor y narrador), viaja desde Alemania, en donde reside (de nuevo la presencia biográfica en las peripecias de la protagonista) a Ereván, la capital armenia, en el marco de un programa de intercambio científico para restaurar manuscritos antiguos. (Aprovecho, entre paréntesis, para recomendaros la visita a la formidable exposición de manuscritos armenios del Matenadaran Mesrob Mashtots, uno de los centros de investigación y conservación más importantes a nivel internacional, que alberga la mayor colección de manuscritos armenios del mundo; una muestra que permanecerá abierta en la Biblioteca Nacional hasta el próximo 21 de junio). Precisamente en ese Instituto (que en el libro aparece como “Matenadarán Mesrob Mashtóts”, con tilde en la última “a” de la primera palabra y en la “o” de la última) y mientras aprende la técnica de encuadernación armenia, debe ocuparse de un evangeliario de más de trescientos años de antigüedad, un volumen muy deteriorado, una biblia familiar que al parecer perteneció a sobrevivientes del genocidio y en cuyas páginas encuentra anotaciones en los márgenes como “Anahid, Anahid, Anahid” o “Hrant no se despierta” y otras igualmente misteriosas. Intrigada por esas inscripciones intenta reconstruir la historia de sus desconocidos dueños. A la vez, Helen explorará sus propias conexiones con ese pasado que dicha historia encierra, a partir de una fotografía que proviene del legado de sus abuelos y que Helen recibió de su madre, Sara, antes de viajar a Armenia. En la foto, en la que figura la anotación Artashat 1957, aparecen trece personas, una de ellas el tío de su madre, Antón Mazavián, y el resto, presumiblemente, miembros de su familia. Sara desconoce su paradero, no sabe incluso si alguno de ellos sigue vivo, por lo que pide a su hija que, aprovechando su viaje, averigüe cuál ha podido ser su destino. 

En la tradición armenia, las biblias familiares solían ser de pequeño tamaño para poder viajar con ellas bajo el brazo. Acostumbrados a vivir tiempos inciertos, persecuciones, pogromos e intentos de exterminio, los armenios, siempre preparados para el éxodo repentino, no se limitaban a hacer de ellas un uso convencional, como lectura hogareña, sino que las llevaban consigo en sus huidas, hallaban consuelo en ellas, escribían en su márgenes la historia de sus penalidades, de sus anhelos, de sus esperanzas. Poladjan, en un segundo frente de la novela, que va aflorando en capítulos alternos con el relato de la doble pesquisa de su protagonista, “inventa” la historia de sus posibles propietarios, esos Anahid y Hrant cuyos nombres figuran en la Biblia que restaura, y que en la dura, triste, desgarrada, emotiva y bellísima ficción que nos presenta la escritora, son dos hermanos -catorce años la chica y siete el menor- que huyen de los terribles episodios del genocidio armenio (millones de civiles masacrados entre 1915 y 1923) tras contemplar el asesinato de sus padres y el resto de sus hermanos. Son fragmentos que podrían ser recuerdos, reconstrucciones o imaginaciones; lo cierto es que la narración de su huida y desolación está tejida de manera deliberadamente abierta a la interpretación, manteniendo un delicado equilibrio entre historia documentada y ficción íntima. 
 
De esta manera, entre el relato de la peripecia laboral y cotidiana de Helen, el rastreo de sus antecesores lo que la lleva a diversos lugares de Armenia y Turquía- y la interpolación de los pasajes, de corte más puramente ficcional, en que se recrea la dramática experiencia de los dos jóvenes huidos, la autora muestra al lector no solo la historia familiar de su protagonista, que intenta “rellenar” las lagunas, silencios y posibles verdades que han sido olvidadas o nunca pronunciadas, sino también las señales de un pasado colectivo profundamente traumático. Esta dualidad entre investigación histórica y viaje interior constituye la fuerza narrativa central y el mayor logro literario de Hic sunt leones

La novela despliega, por tanto, una estructura polifónica y metaficcional que entrelaza niveles de tiempo y perspectiva. Desde el primero de los frentes, el contemporáneo, conocemos las interioridades del trabajo de la protagonista, los tecnicismos de la restauración, las fases, los procesos que permiten recuperar un texto. Hay también, en esta misma dimensión de la cotidianidad de la mujer, lugar para presentar la distante relación con su madre; los recuerdos de su propia infancia, que aparecen de vez en cuando, intercalados en el hilo del relato; las reflexiones sobre la realidad armenia y los retazos inconexos de los conflictos pasados que surgen en el contacto con otros personajes: el sabio Tarik, filólogo, bibliófilo y erudito de Estambul; los entrañables Evelina, responsable del Archivo Central en el que Helen pasa sus jornadas laborales, y su marido Araik, impedido en su silla de ruedas y pese a ello rebosante de vitalidad; sus amigos Hohves, Verdán y Ano; Danil, su pareja en Alemania, con el que mantiene un vínculo telefónico que permite intuir el declive de su relación; la sobrevenida conexión con Levón, hijo de Evelina. Y están sus viajes, la casi imposible pesquisa sobre la difusa base de una foto imprecisa, los encuentros con gentes diversas, los paisajes agrestes atravesados para llegar a poblados perdidos, la sombra omnipresente del monte Ararat, la convincente ambientación, urbana y rural, el color local, las comidas, los olores, las costumbres, las historias, los relatos tradicionales. 

A partir del libro sobre el que trabaja y de los restos que se encuentra entre sus páginas -excrementos de ratón, unos cabellos- Helen imagina situaciones, fantasea con escenas, inventa episodios que, quizá -aunque la conexión no se explicita-, están en la base de la desesperada y trágica aventura de Anahid y Hrant que aparece desvinculada, en apariencia, del relato de la restauradora, en una narración con componentes de leyenda, con acentos oníricos, con elementos de cuentos infantiles, rezumando poesía, y que permite al lector conocer con dramatismo y emoción la cruel e inhumana experiencia del genocidio, un acontecimiento, hecho de crímenes, fusilamientos, deportaciones, torturas y, en general, violencia y exterminio, que “atraviesa” el libro en sus distintas dimensiones -la íntima y la colectiva, la actual y la histórica, la realista y la fabulada- impregnando con su influjo terrible la novela entera. 

Por entre la exposición de estas diversas vertientes de su relato, la autora presenta algunos temas, aparte del nuclear del genocidio, que los sustentan. El principal de ellos -y de una muy relevante actualidad- es el de la memoria histórica y lo que, correlativamente, podríamos llamar amnesia cultural. Poladjan nos muestra cómo las historias colectivas, y en particular las muy atroces y traumáticas como el genocidio armenio de 1915, sobreviven o desaparecen en la conciencia cultural y personal. El recurso literario de las anotaciones en la Biblia familiar, con las escasas y aparentemente incomprensibles palabras garabateadas entre sus páginas, nos pone en contacto con la idea de una historia que quizá solo puede recuperarse de manera fragmentaria. En este sentido, la expresión que recoge el título de la novela -Hic sunt leones- opera como metáfora de los muchos espacios del pasado y de la identidad -la individual y la de los pueblos- que siguen siendo “terrenos desconocidos”, lugares donde la memoria no ha llegado y que requieren una exploración cuidadosa y objetiva, hecha con sensibilidad y respeto. 

Otro elemento interesante -y que dota de vigencia a un libro con tanto vínculo con el pasado- es el de la identidad cultural y el sentido de pertenencia. La protagonista, alemana de ciudadanía, rusa en su crianza y armenia por linaje, viaja a Armenia en busca de su identidad -no solo de nación, también íntima, con su crisis de pareja y el surgimiento de otra relación sentimental-. Y es que los individuos, los países (en particular en estas regiones fronterizas, lugares de paso como Centroeuropa o Asia Central), estamos hechos de influencias muy variadas, somos -personas, naciones- espacios en los que confluyen, en distinta medida, genes, culturas, religiones, lenguas. Cualquier interpretación reduccionista y excluyente de nuestros destinos -individuales o compartidos-, cualquier identidad cerrada y poco porosa a esas diversas fuerzas que nos constituyen, aparte de errónea será siempre fuente de conflicto. Aquí vuelve a resultar elocuente la idea de lo fragmentario, ejemplificada en la presencia del manuscrito que debe ser completado, restaurado, recompuesto a partir de elementos no siempre nítidos, concluyentes. 

Por último, en la novela de Poladjan me ha interesado la ya mencionada relación entre la historia individual y la colectiva. Pienso que uno de los “mensajes” más poderosos del libro reside en la constatación de que los relatos familiares y los relatos nacionales no son compartimentos estancos, sino superficies permeables. La historia de Helen convive con la de Anahid y Hrant, lo que indica que la experiencia individual siempre está en diálogo con los grandes movimientos de la historia humana. Y es por ello por lo que la restauradora, que inicialmente contempla su trabajo, el manuscrito, con distancia, poco a poco va adentrándose en su universo; al igual que ocurre con la búsqueda de sus parientes, un encargo de su madre que debe afrontar a regañadientes pero en el que va implicándose de manera progresiva, en un círculo en el que lo personal y lo colectivo acaban convergiendo. 

En fin, un muy sugestivo libro que, aparte del mero disfrute lector -¡como si ello fuera poco!-, nos permite conocer realidades alejadas, poco comunes y ajenas a nuestros habituales entornos y a nuestros consabidos marcos de referencia. Y en ese particular viaje a territorios poco frecuentados al que he elegido invitaros esta semana, y tras las etapas en el noroeste argentino y el poco conocido país armenio, nos desplazamos a continuación, para cerrar el periplo por hoy, a Dominica, una isla -un país- que ya tuvo una presencia indirecta y residual en Todos los libros un libro hace unos meses, cuando me ocupé aquí de Jane Eyre, de Charlotte Brontë. Entonces, y en relación con el personaje de “la loca del ático”, Bertha Mason, la infortunada primera esposa de Rochester, que vive encerrada en el desván de la mansión de Thornfield Hall, os di cuenta de una novela, Ancho mar de los Sargazos, centrada en la vida de la desgraciada mujer en los años anteriores a su fugaz y algo fantasmagórica “aparición” en Jane Eyre. Su autora, Jean Rhys, había nacido en Dominica y había ambientado su obra, que puede verse como una “precuela” del libro de la mayor de las Brontë, en las Antillas. Ese mismo entorno caribeño es el escenario en que se desenvuelve mi última propuesta de esta tarde, la por muchos motivos excepcional La casa de las orquídeas, escrita por Phyllis Shand Allfrey, también dominicana y amiga -con altibajos, como luego veremos- de Jean Rhys. El libro, publicado originariamente en 1953, ha visto la luz en nuestro país hace unos meses, el pasado 2025, en la Editorial Cátedra, en edición a cargo de Lourdes López Ropero y con traducción de Ana Bustelo Tortella. 

La trayectoria vital de Phyllis Shand Allfrey resulta fundamental para comprender la complejidad ideológica y emocional de su única novela (murió en 1985 dejando tras de sí algunos poemarios y una colección de relatos publicada de manera póstuma), impregnada de elementos, paisajes, vivencias y personajes de su propia vida. Nacida en 1908 en, como he señalado, Dominica, Allfrey pertenecía a una familia criolla blanca cuya presencia en la isla se remontaba a varios siglos. Su padre era una figura prominente en la administración colonial británica, lo que situaba a la familia dentro de la élite social del territorio. Esa clase -la “plantocracia” blanca- había dominado la economía de las Antillas durante generaciones gracias al sistema de plantaciones y al comercio del azúcar. Sin embargo, cuando Phyllis nació ese mundo estaba ya en declive. El sistema económico que había sostenido la riqueza de los plantadores se encontraba en crisis desde finales del siglo XIX, y las tensiones sociales entre la minoría blanca y la mayoría negra y criolla eran cada vez más evidentes, en un contexto histórico, social, económico y político que aflora por entre el hilo conductor de su narración, enmarcando la historia. La autora pasó parte de su juventud en Inglaterra, donde trabajó como periodista y comenzó a escribir poesía. Durante esos años entró en contacto con movimientos socialistas y anticoloniales, lo que transformó profundamente su visión de la realidad en la que había nacido. Esta evolución ideológica generó una tensión constante entre su origen aristocrático colonial y sus simpatías por las reformas sociales. A su regreso a Dominica participó activamente en la vida política de la isla. De hecho, llegó a desempeñar cargos gubernamentales y fue una de las figuras destacadas del movimiento laborista local, primero como fundadora del Partido Laborista Federal de las Islas Occidentales, luego como miembro del Parlamento de dicha Federación y más adelante como ministra de Trabajo y Asuntos Sociales. Una de las tres hermanas protagonistas de La casa de las orquídeas, Joan, “hereda” literariamente algunas de esas circunstancias de su propio recorrido biográfico. Esa combinación de experiencia política directa y sensibilidad literaria de la autora dota a su novela, que admite, entre otras muchas, una lectura política, de una perspectiva especialmente valiosa. 

La edición de Cátedra, que como es costumbre en las publicaciones académicas de la editorial cuenta con un espléndido estudio preliminar, a cargo esta vez de Lourdes López Ropero, es magnífica y, gracias a ese análisis previo -que, no obstante, yo recomiendo consultar tras haber terminado el libro-, permite profundizar en las diferentes claves -no todas evidentes para quien, como yo mismo, sea un lector profano- que la inteligencia y el conocimiento de la profesora titular del Departamento de Filología Inglesa de la Universidad de Alicante y experta en la literatura anglo-caribeña desvela con erudición y encomiable didactismo. Su ensayo introductorio está dividido en cuatro partes. En la primera de ellas, en la que se explicita la condición de Dominica como paradigma del colonialismo europeo, se repasa la historia de las Antillas caribeñas desde los inicios de la colonización, con oportunos apuntes a las influencias multiculturales de la isla -amerindia, francesa, africana, británica-; al auge y declive de las plantaciones, inicialmente azucareras, pero más adelante de lima, vainilla o cacao; a la abolición de la esclavitud en el primer tercio del siglo XIX y sus consecuencias en la sociedad y la economía del lugar; a la llegada de administradores y funcionarios coloniales a la isla -entre los que se encontraba el médico inglés Henry Nicholls, abuelo materno de Phyllis Shand Allfrey, que será el referente de uno de los personajes de la novela. De él se destaca en particular su interés por las orquídeas, de cuyo cultivo, del que se ocupó con pasión, permite a la profesora López Ropero extenderse en ilustrativas consideraciones sobre la “orquideomanía” de la época (se puede establecer un paralelismo entre la orquideomanía victoriana y el colonialismo). Todos estos elementos, más allá de su interés objetivo, aparecen, como es obvio, claramente vinculados a los episodios, circunstancias, personajes y contexto del libro. El segundo capítulo del extenso preámbulo se centra en la biografía de Phyllis Shand Allfrey: sus raíces británico-caribeñas -por la rama paterna de su genealogía-, que se remontan al siglo XVII; los orígenes de su familia materna, colonos franceses establecidos en Martinica en el siglo XVIII, con lazos que la emparientan con Josefina Bonaparte; las vicisitudes de su infancia, en el entorno de una familia blanca acomodada (el padre magistrado), la vida familiar, sus tres hermanas, los estudios en casa, el deslumbrante y a la vez misterioso y turbador y contradictorio escenario de la isla (Belleza y decadencia, belleza y enfermedad, belleza y horror: eso era la isla, leemos en la novela); el juvenil viaje a Nueva York, su boda con Robert Allfrey, un ingeniero licenciado en Oxford, cuyo apellido unirá de por vida al suyo propio; la vuelta a la isla y su sensibilización ante la injusta y deprimente realidad social del que había sido su mundo infantil; su retorno a Inglaterra, su contacto con la élite intelectual y literaria de aquel tiempo y el comienzo de su activismo político durante la Segunda Guerra Mundial; sus primeras colaboraciones literarias en prensa, poemas y relatos, reflejando en ellos las preocupaciones políticas, personales y literarias que caracterizarían a la autora; el proceso de creación y la aparición de La casa de las orquídeas; la vuelta definitiva a Dominica, la fundación de un periódico, The Dominica Star, y su implicación directa -ya mencionada- en la política activa de su país. Una vez más, y si se lee este texto después de haberlo hecho con la novela, quedan de manifiesto los muchos hilos que unen la trayectoria personal, familiar, social, literaria y política de la autora con el fecundo universo de su libro. La tercera parte explora la recepción crítica de La casa de las orquídeas y el lugar que ocupa dentro de la literatura caribeña y en particular la escrita por mujeres. Además, y en un eje del estudio especialmente sugestivo, se analiza la relación de la novela con Ancho mar de los Sargazos, que siendo trece años posterior (de 1966, frente al 1953 en que apareció la que hoy nos ocupa), y habiéndose “inspirado” en gran medida en la que puede calificarse como su “precursora”, ha gozado siempre de una mayor repercusión, pese a las evidentes concomitancias, las muchas coincidencias, los palpables paralelismos entre ambas, y la, quizá, más que notable influencia en Rhys -a la luz de las aportaciones de la profesora López Ropero- de la novela de Phyllis Shand (que, una vez publicada, permaneció descatalogada durante al menos dos décadas hasta que fue reeditada por Virago, la feminista editorial británica, en 1982). Hay también, en esta línea del discurso, una interesante aproximación a la relación entre ambas escritoras, que podría calificarse de amistad, respeto y hasta admiración mutuos, más allá de alguna larga etapa sin contacto entre ellas y a la clara conciencia por parte de una Phyllis discreta y comedida del relativo “plagio” llevado a cabo por su amiga. Por último, la sección más interesante de este esclarecedor prefacio, se centra en las consideraciones en torno al tema de la nostalgia que, a juicio de su autora, constituye un elemento nuclear de la novela, y que, en consecuencia, la prologuista examina con profundidad y aportaciones muy estimulantes que, como he señalado, enriquecen de modo sobresaliente la experiencia lectora. 

Las casi noventa páginas de esta muy sugerente presentación (tanto como para que haya querido dedicarle un significativo espacio en mi reseña, descuidando, quizá -o al menos haciéndolos esperar- mis comentarios sobre la propia novela) se completan con algunas ilustraciones, reproducciones de documentos, fotografías y mecanoescritos, una completa bibliografía y, a lo largo de toda la edición, numerosas notas a pie de página que permiten una mejor comprensión del texto aportando información que lo sitúan en su contexto geográfico, histórico, literario, cultural y léxico, con una especial presencia de las aclaraciones relativas a las diversas, exuberantes y para un lector español desconocidas, flora y fauna del lugar. 

La novela se abre con una estrofa de un poema, La isla lejana, de Daniel Thaly, un poeta de Martinica, y cuya presencia en el umbral del libro no deja lugar a dudas del protagonismo del paisaje, los olores, los colores y la atmósfera de la isla en el texto que nos disponemos a leer: Yo nací en una isla enamorada del viento / Donde el aire lleva esencias de azúcar y vainilla / Arrullada bajo el sol de un trópico inquieto / Por las olas cálidas y azules del mar de las Antillas. Además, y con el mismo inequívoco sentido, en un pasaje de la novela nos encontramos con un fragmento de Las flores del mal, de Baudelaire, que evoca un universo parecido: Una isla perezosa donde Naturaleza / produce árboles únicos y frutos sabrosísimos, / hombres que ostentan cuerpos ágiles y delgados / y mujeres con ojos donde pinta el asombro

Situados así, desde antes de adentrarnos en la trama, en el paisaje exuberante, colorido y embriagador de la isla antillana, La casa de las orquídeas sigue a dos generaciones de una familia blanca durante el declive del Imperio británico en la primera mitad del siglo XX. Hay algunas, escasas y poco significativas, “apariciones” de los miembros de la generación anterior, pero el marco de referencia lo constituye la familia criolla formada por los padres y sus tres hijas, y una serie de sirvientes y trabajadores de presencia casi siempre menor, salvo la niñera negra, Lally, un personaje espléndido, desde cuya perspectiva se narra la historia. Así, en L’Aromatique, la antigua plantación en la que habitan, vive el padre, un hombre no muy mayor, aunque muy deteriorado por su experiencia en la Primera Guerra Mundial, que lo traumatizó hasta el punto de reducirlo, a su vuelta al hogar, dos años después de finalizada la contienda (lo que suscita las dudas de su entorno: A lo mejor se ha visto envuelto en otra lucha, una lucha más bien privada que desconocemos), a un estado de apatía crónica. Su dependencia de los cigarrillos de opio -que le proporciona el señor Lilipoulala, un comerciante extranjero, cuya sombra inquietante tendrá un protagonismo crucial en la novela- acentúa su alejamiento de la realidad. Distanciado en el día a día de la vida de su mujer y sus hijas, con las que mantiene un trato silencioso y correcto, sin muestras relevantes de afecto (estaba muy pálido y delgado, tenía las mejillas hundidas y daba la impresión de que se había olvidado por completo de nosotros, aunque era bastante educado), pasa gran parte del tiempo en sus aposentos, leyendo, fumando, contemplando desde los ventanales, solitario y encerrado en sí mismo, el paisaje isleño, marcado por la terrible vivencia que ni su familia ni el lector llegarán a conocer. La mujer, joven al concebir a sus hijas y aún lozana en el momento en el que da comienzo la novela, es más mundana que su marido. La vemos alegre, cercana aunque despreocupada con sus hijas (Menos mal que mamá ha renunciado a ocuparse de nuestra educación), resuelta, decidida y valiente, capaz durante la guerra de sacar adelante en soledad a sus hijas y dispuesta también ahora a soportar el fantasmal retorno de su esposo tras la contienda, como en este episodio muy significativo, al que asistimos desde la voz de Lally: 

El día que regresó el señor es parte el pasado y el día siguiente también. Es parte del pasado que la señora bajó a mi habitación la segunda noche, muy tarde, y se sentó en mi mecedora. Yo estaba en la cama. Intenté levantarme, pero no me dejó. 
—No te muevas —me dijo—. Ay, Lally, no hay nada que hacer. Todo se ha quebrado. Me lo han arrebatado. 
—¿Lo supo desde el primer momento, igual que yo? —me atreví a preguntar. 
—No lo quería creer. He luchado. Seguiré luchando. Pero está todo roto, no tiene remedio —dijo mi querida señora y yo seguía allí tumbada, llena de amor y angustia por ella. No lloró, se quedó ahí sentada, fría y testaruda. 

Y luego están las tres hijas, Stella, Joan y Natalie, cuya vuelta a la isla tras años de alejamiento despierta o agudiza una serie de recuerdos, tensiones y revelaciones lo que supone el desencadenante y el núcleo central del relato Este da comienzo cuando “la señora” visita a una Lally mayor, que vive en su casa de una sola habitación, aquejada de un tumor que no se trata y anticipa en su vida un funesto horizonte cercano, para comunicarle, entusiasmada y alegre, el retorno de las chicas a L’Aromatique (Lally, vienen las niñas de visita —ha dicho—. Imagínate, vamos a volver a verlas después tanto tiempo. Llevamos semanas haciendo planes por carta. Y ahora parece que se hace realidad) y la necesidad de su concurso para organizar la casa y cuidar de los nietos que las jóvenes traen con ellas. Stella, la mayor, y cuyo nacimiento hace veintiocho años llevó a Lally a entrar al servicio de la familia como niñera de la recién nacida, está casada con Helmut, un descendiente de alemanes con el que vive en Estados Unidos y del que ha tenido un hijo, Hel, que ahora llega a la isla con su madre. Joan, que viene también con su hijo Ned, se ha casado en Inglaterra con Edward, un activista de izquierdas, combatiente con las Brigadas internacionales en la guerra española, en la que una explosión le hizo perder cuatro dedos de una mano, quedándose por ello, en su reincorporación a la vida civil, sin su trabajo de ingeniero. Por último, la más joven, Natalie, es la viuda del viejo y rico sir Godfrey, con quien se había casado por su dinero y que no le dejó hijos y sí una herencia millonaria, lo que le ha permitido comprar y regalarles a sus padres la finca de L’Aromatique, que había pertenecido al “viejo señor”, el abuelo materno de las chicas, además de pagar sus deudas (circunstancias que conocemos en la primera página de la novela y que suponen una muy temprana muestra del declive colonial que será uno de los ejes temáticos del libro). 

Esta visita inicial da pie a que Lally, ahora retirada, rememore ese día en que llegó a la casa de la señora para trabajar como niñera. Esa narración retrospectiva constituye la primera parte de la obra, Los días anteriores, que vendrá seguida de tres partes más, cada una de ellas centrada en la llegada de una de las hijas y así tituladas respectivamente: Stella vuelve a casa, Regresa la señorita Joan y Llega la señorita Natalie. A través de la voz de Lally, conoceremos la historia de la familia y de sus diferentes miembros, con sus luces y sombras, a lo largo de ese tiempo y el proceso por el cual el mundo en el que vivían comenzó a desmoronarse. Son muchos los hilos que van entrecruzándose en el relato de la niñera y muchos también los frentes temáticos a los que se abren. En un repaso a vuelapluma, condicionado por la ya larga extensión de estos comentarios, destacan la presentación de la mansión familiar, que todavía conserva parte del esplendor que había caracterizado a la plantocracia caribeña, un espacio con ribetes casi míticos en la memoria de Lally, exuberante y bellísimo en un paisaje de abundancia y fecundidad tropical. A la recreación del entorno contribuye la frecuente irrupción de términos del patois local, de las hablas criollas, e igualmente las referencias, sustantivas, al culto del obeah, el sistema de creencias y rituales importado de África presente en costumbres, hechizos y ceremonias mágicas que practican algunos de los personajes negros. También es espléndido el detalle y la profundidad que la autora pone en la semblanza y la caracterización de los personajes, formidables los de cada una de las hermanas, en particular Stella y en un plano menor Joan o Natalie, magistral el de Lally, y apreciables los de algunos secundarios de interés: “mamselle” Bosquet, la preceptora de las niñas en su infancia, amiga ya, tras décadas de convivencia, de la señora y enamorada durante años, de un modo silencioso pero perceptible, del señor; el señorito Andrew, compañero de juegos infantiles de las hermanas y también enamorado, en cierto modo, de las tres (Todas tenéis algo que amo, algo que necesito, no puedo evitarlo…), en un presente en el que padece, gravemente enfermo; el padre Toussaint; Marse Rufus; el ominoso señor Lilipoulala; el personal de servicio: Christophine, Buffon, Cornélie, Baptiste, entre otros. 

Y en el libro están, igualmente, la descripción de la vida doméstica de la familia; el reflejo de las jerarquías sociales propias del sistema colonial; la muestra de los signos de decadencia económica; el despertar de la población negra ante las injusticias del sistema colonial, su cuestionamiento de las viejas jerarquías sociales, su conciencia de la necesaria pérdida del poder económico y político de los propietarios; la fractura entre la generación de las jóvenes y la sociedad colonial que las vio nacer; los contrastes que las chicas se encuentran a su retorno, con la casa y el paisaje tropical despertando en ellas recuerdos intensos de la infancia y, por otro lado, el melancólico descubrimiento de que la isla ha cambiado profundamente y para siempre; las ideas del exilio, pertenencia y desarraigo, con personajes, el padre o las hermanas, que, por distintas razones -la guerra en un caso, las largas estancias fuera de la isla-, ya no encuentran su lugar en el mundo, en un conflicto identitario que corre en paralelo a la experiencia de los países antillanos. 

Y son notables también la tierna, intensa, trágica y desesperanzada historia de amor entre Stella y Andrew; el compromiso político de Joan, su mirada crítica a la realidad colonial, su clara percepción de la desigualdad estructural entre la minoría blanca y la población negra (pese a los sólidos vínculos afectivos entre las muchachas y algunos de sus servidores negros), su lúcida comprensión de que el sistema de plantaciones que representó su familia es ya insostenible, su aliento a las ideas reformistas, su figura -tan cercana a la de la propia autora, como ya he señalado- representando la posibilidad de un nuevo tipo de liderazgo político en el Caribe, basado en la justicia social y en la transformación de esas anquilosadas estructuras coloniales; el frío pragmatismo, la alegre practicidad de Natalie, su voluntad de, a través de la fortuna heredada, frenar la decadencia de la plantación y de una casa que ya pertenecen al pasado. Y es que la casa de las orquídeas, un lugar de gran belleza que, sin embargo, muestra signos de abandono y deterioro, funciona como un eje simbólico del tema principal de la novela, la desaparición progresiva de la clase social que dominó el Caribe durante siglos. 

Desde el punto de vista estilístico, y ya para concluir, me interesa resaltar la combinación de registros narrativos, la introducción de elementos de oralidad que recuerdan la tradición narrativa caribeña, a través de la voz omnisciente de Lally (una circunstancia que en ocasiones aparece como “problemática”, cuando la mujer se ve obligada, utilizando para ello recursos algo forzados, a dar cuenta de episodios o situaciones de las que ella misma no ha sido testigo). Su manera de contar la historia se caracteriza por un ritmo pausado, lleno de digresiones y recuerdos. Al mismo tiempo, el texto presenta descripciones de gran intensidad lírica, especialmente en las escenas relacionadas con el paisaje tropical. La exuberancia de la vegetación, la intensidad del clima y la riqueza de la flora crean un escenario de gran fuerza sensorial. La novela tiene un carácter elegíaco, y desde su inicio el lector percibe y va impregnándose de su atmósfera de melancolía y nostalgia, consciente de que la historia que está leyendo relata el final de una época. 

En fin, no os perdáis ninguna de mis tres propuestas de esta tarde. Quebrada, Hic sunt leones y La casa de las orquídeas son tres novelas magníficas que, además de transportarnos a territorios poco conocidos, el noreste de Argentina, Armenia y la isla Dominica, nos pondrán en contacto con experiencias y temas de valor universal y nos harán disfrutar de muchas horas de excelente literatura. Os dejo ahora con dos espléndidos y muy representativos textos de los libro de Mariana Travacio y Phyllis Shand Alfrey. Tras ellos, un fragmento de Romeo y Julieta de Sergei Prokofiev, en versión de la Orquesta Sinfónica de Londres. La pieza aparece citada en la novela de Katerina Poladjan.



Quebrada

Que teniendo solo un burro no iba a dejar a una dama a pie. Así me dijo: que íbamos a ir los dos caminando, nomás. Que el burro nos llevaba las cosas. Y que no me preocupara, que había suficiente provisión para no pasar hambre hasta que llegáramos. Me relajé, a su lado, mientras el burro nos guiaba. Era otra manera de caminar. Yo iba sin el desasosiego de perderme, de no saber para dónde. En una de esas le pregunté cómo eran esos campos donde íbamos. Se demoró un poco en responder. Mire, señora, me dijo, a usted no le van a alcanzar los ojos cuando lleguemos ahí. Es una tierra de demasías. Estoy seguro de que no ha visto cosa semejante. No es solo que ahí llueva, que ya en sí es un espectáculo para nosotros, sino que, además, ahí todo es mucho. Ya lo va a conocer, usted. Todo lo que en esas tierras se da, se da mucho. Es muy curioso. Cuando llueve, llueve mucho. A veces sabe llover todos los días de un mes sin que escampe ni un segundo. La gente se cansa de tanta agua cayendo del cielo. Eso pasa, a veces. Y cuando llueve así, seguido, llueve parejo. Parece llanto obstinado. Y otras veces llueve tormenta. Cuando llueve tormenta, el cielo relampaguea. Ya lo va a ver usted, señora. Son unas luces que hacen como surcos en el cielo y después viene un ruido que a uno lo deja bien sordo. Así es, cuando hay tormenta. Sobre todo, de noche. Parece que Dios estuviera contrariado cuando suelta todas esas cosas como de enojo en el cielo. Esos días, a uno le da gusto tener un lugar donde resguardarse. Ya verá, usted, esos cielos. Y ya verá las nubes. A veces bajan tanto que uno camina entre ellas. Parecen hechas de humo. Y a veces se van tan arriba que el cielo se siente muy lejano. Y a veces son grises y vienen cargadas y traen agua. Y a veces son tan anchas que parecen una misma nube, toda entera, que lo cubre todo. Y a veces llegan rotas, como si el viento las despedazara y se las olvidara ahí, colgadas del cielo. Y, como le iba diciendo, así como es el cielo, así son los días y las gentes, allá. Es un sitio de mucho exceso. Todo prolifera mucho ahí, señora. Ya verá esas abundancias, cuando lleguemos. 


La casa de las orquídeas

La señorita Joan se detuvo en el umbral, pues una cosa hermosa la retenía allí prisionera. Justo fuera de la casa de las orquídeas había un arbusto de hibisco rosa, uno de los raros que cultivaba el viejo señor. Un pequeño colibrí fou-fou había elegido la más grande y perfecta de las flores para sacarle el dulce. La flor era tres veces más grande que el pájaro, que era como una polilla centelleante de color negro y esmeralda. Revoloteaba y zumbaba a tal velocidad que parecía quedarse inmóvil en el aire cálido y limpio, con sus diminutas garras enroscadas; su pico largo y afilado hundido en la trompeta engalanada del hibisco. Durante bastantes segundos quedó allí suspendido, aparentando rigidez y luego, como un espíritu ebrio, se alejó tambaleándose y limpió la espada que era su pico en un liquen. La señorita Joan, impactada por el espectáculo exquisito, suspiró profundamente y se volvió a sentar. 
—Lo que atraía a Stella —dijo— era la inmensidad de lo bello, la fortaleza; las montañas, los árboles enormes, la violencia de los torrentes. Para mí son estos pequeños prodigios, su vivacidad deslumbrante. Podría renunciar a toda la grandeza del mundo por algo como ese colibrí. Valió la pena cruzar un océano o dos solo para ver esto.

Videoconferencia
Mariana Travacio. Katerina Poladjan. Phyllis Shand Allfrey