Vivo entre muchos libros y extraigo una gran parte de mis ganas de vivir del hecho de que aún leeré la mayoría de ellos. (Elias Canetti)

miércoles, 11 de marzo de 2026


DENNIS LEHANE. GOLPE DE GRACIA
  
Hola, buenas tardes. Bienvenidos a una nueva emisión de Todos los libros un libro. Esta semana traigo el último libro publicado en España de un autor muy prolífico que, dado lo abundante de su obra -y, obviamente, también de su calidad-, ya ha estado presente con anterioridad en el espacio. Se trata de Golpe de gracia, una novela formidable de Dennis Lehane que se inscribe, aunque de un modo tan singular como otras suyas, en el género policial. 

Dennis Lehane es un autor estadounidense de novela negra, bostoniano -y el dato no es irrelevante, pues Boston es un elemento central en sus libros-, y que, como digo, cuenta con una larga trayectoria que ha dado algunos frutos muy estimables en los que se pone de manifiesto su maestría literaria, muy apreciada por crítica y público. Desde 2009, la editorial RBA ha albergado la “hexalogía” de Patrick Kenzie y Angela Gennaro, dos detectives que se desenvuelven en el sórdido mundo criminal de Boston y que protagonizan Un trago antes de la guerra, Abrázame, oscuridad, Lo que es sagrado, Desapareció una noche, Plegarias en la noche y La última causa perdida, seis apasionantes novelas. Lehane es autor también de otros títulos espléndidos presentados de forma independiente, ajenos al formato serial y, por lo tanto, con carácter autónomo, aunque coincidiendo en escenarios y atmósfera cada uno de ellos, como es el caso de La entrega, Mystic River o Shutter Island. Estos dos últimos han sido llevados al cine por, respectivamente, Clint Eastwood y Martin Scorsese en dos películas magníficas. Con menor calidad, cuestionadas por la crítica, pero, a mi juicio, también interesantes, son las traslaciones cinematográficas, ambas a cargo de Ben Affleck, de Vivir de noche, una novela de la que luego hablaré, y Desapareció una noche; esta exhibida en España bajo el título de Adiós, pequeña, adiós. Por último, nuestro invitado de esta tarde ha escrito el guion de algún capítulo de The Wire o de Boardwalk Empire, dos prestigiosas series de culto de la factoría HBO. 

Hoy, antes de adentrarme en el análisis de la excepcional Golpe de gracia, quiero recuperar mis palabras de hace unos años, cuando presenté la estupenda trilogía protagonizada por diversos miembros de una familia, los Coughlin, que se mueven en los aparentemente opuestos ambientes de la policía y el crimen organizado en la ciudad norteamericana en el primer tercio del siglo XX. Una serie que dio comienzo en 2010, cuando pudimos leer la primera entrega, Cualquier otro día, publicada en RBA; continuó en 2013, en el mismo sello, cuando vio la luz Vivir de noche; para cerrarse en 2017, cuando, ya en Salamandra, que desde entonces difunde la obra del bostoniano, de la que ha recuperado algunos títulos anteriores, apareció Ese mundo desaparecido. Una vez más, pues, con la excusa de mi sugerencia de lectura de un libro que ocupa el lugar central de mi reseña, mi recomendación se hace plural, ampliándose hasta más de una decena de obras literarias, películas y series, de tal manera que, de estar interesados en “agotar” la variopinta producción de su autor (algo que, sin duda, os aconsejo), deberíais “entregar” a la tarea (placentera, pero rozando lo imposible) varios meses de intensa y apasionada dedicación en exclusiva. 


Vayamos, por tanto, para “acotar” hasta hacerla manejable mi desbordante propuesta, con la trilogía de los Coughlin. La primera de las obras que la integran, Cualquier otro día, premio del gremio de libreros español a la mejor novela del año 2010, presenta, en traducción de Carlos Milla e Isabel Ferrer, más de setecientas excitantes páginas en un híbrido de géneros que solo de modo residual y “condicionados” por la influencia de la trayectoria literaria de su autor incluye al negro y criminal pues, aun sin olvidar esa dimensión policiaca -como digo accesoria en este caso-, nos hallamos ante un libro que es principalmente un texto de ficción histórica y social, y sobre todo -ya sin etiquetas reduccionistas- una gran obra literaria, de sobresaliente calidad. 

La novela, ambientada en la ciudad natal del autor entre 1918 y 1920, se desarrolla en dos líneas principales que corren inicialmente en paralelo pero que acabarán por confluir. Por un lado, la narración sigue las tristes y esforzadas peripecias de Luther Laurence, un joven negro que se ve envuelto, por la fuerza de un inexorable destino y casi al margen de su voluntad, en el mundo del hampa, del que huye para acabar en un Boston en el que la segregación racial lo introduce de nuevo en un universo de violencia. El otro eje de la trama se desenvuelve en torno a Danny Coughlin, un joven policía irlandés, hijo de emigrantes católicos -su padre, Tommy, ha llegado a ser, desde la pobreza de sus orígenes, una alta y férrea autoridad en la policía bostoniana-, que busca su lugar en el mundo debatiéndose entre la fidelidad a los valores familiares y la continuidad de la carrera de su progenitor, movida por principios conservadores y hasta ferozmente reaccionarios, y su recién adquirida conciencia de las injusticias y los fraudes, de los abusos, los atropellos, la corrupción y la profunda inmoralidad de ese entorno que le rodea. Ambos personajes -con sus contradicciones: los dos serán capaces de ejercer la violencia y hasta de matar- son íntegros, valientes, de torturada existencia, sensibles, románticos y sentimentales, esperanzados y a la vez escépticos buscadores del amor y, en suma, perdedores. Como un sutil hilo conductor, Lehane recurre a la figura -esta con base real, con presencia histórica- del jugador de béisbol Babe Ruth, uno de los grandes nombres del para mí inextricable deporte norteamericano, cuyos avatares profesionales y personales puntean la novela en un segundo plano, en apariencia tangencial, enmarcando la acción. 

El libro, más allá de la profundización en la personalidad y el itinerario vital de sus dos grandes protagonistas, interesa por su valor documental. Cualquier otro día podría ser calificada de novela histórica, por cuanto “funciona” como fidedigna fotografía de una época. A partir del microcosmos bostoniano, el lector asiste al crecimiento de los Estados Unidos como sociedad de aluvión en el siglo XX, un país por hacer al que arriban, entre millones de inmigrantes, dos jóvenes, Thomas, el padre de los Coughlin, y su mejor amigo Eddie, que se enfrentan a la despiadada lucha por sobrevivir y prosperar en las calles de su ciudad de acogida. Los dos chicos, recién llegados desde su Irlanda natal a principios de siglo, reciben el mensaje que el inmenso país manda a todos los que acceden al nuevo mundo en procura de más amplias expectativas de vida: Este país es vuestro, chicos, pero tenéis que apoderaros de él. Años después, ya convertidos en el estricto capitán Coughlin y el despiadado teniente McKenna -devenido en relevante inspector de policía y padrino de Danny- constatarán el éxito de su tarea: Y tanto que nos apoderamos, muchacho, y tanto. Pero el protagonismo directo recae en Danny y Luther, y a través de sus vidas, en un Boston que puede “leerse” como trasunto de los Estados Unidos (La Atenas de América, cuna de la Revolución americana y de dos presidentes, sede de más universidades que ninguna otra ciudad de la nación, el centro del universo), conocemos la realidad de una ciudad abigarrada, poblada de emigrantes de todas las partes del mundo y de toda condición (italianos, irlandeses, negros, lituanos, anarquistas, comunistas, judíos), de niños dickensianos que trabajan en condiciones infrahumanas (como en las testimoniales fotografías de Lewis W. Hine), de obreros que se desempeñan en oficios varios, todos duros y todos míseros; una caótica locura de calles enfangadas por las que transitan camiones y coches de caballos, ríos de gente y fruta y verdura y cerdos nerviosos resoplando entre la paja en el adoquinado, en un ambiente general de miseria y enfermedad, de infecciones y contagiosas epidemias, en el que la adictiva prosa de Lehane se detiene para plasmar los pequeños detalles reveladores: el chirrido de las poleas de los tendederos entre edificios, el sonido de un organillo en la calle, las madres llamando a sus hijos, los colchones en las escaleras de incendios en las calurosas noches del verano. 

Esta dimensión de crónica de la novela se enriquece, además, por una innegable voluntad de crítica social. En unos Estados Unidos que viven los últimos días de la Gran Guerra y el nacimiento de la revolución bolchevique, con una paranoia generalizada en la que el miedo al terrorismo, al anarquismo, al comunismo, a la sovietización del país, impregna las conciencias de sus ciudadanos, Cualquier otro día nos muestra -como telón de fondo de la ”acción”- la terrible situación de las masas de individuos que acceden a las costas orientales de Norteamérica en busca de una vida mejor: los trabajadores, los parias, los desheredados, los desprotegidos, los que nada tienen (Para la mayoría de la gente, cuando tropieza, no hay red. Nada. Simplemente nos caemos), las pobres gentes que, explotadas en fábricas y astilleros, en industrias y manufacturas, en empresas y talleres, “asaltan” las ciudades reivindicando sus derechos. Es la época del nacimiento del Derecho del Trabajo, y las calles de Chicago, Detroit o Boston son un turbión de sucesos en los que afloran el sindicalismo, el movimiento obrero, las huelgas, los disturbios callejeros; una etapa en la que los cambios y los sufrimientos que llevan consigo son los protagonistas (los cambios duelen), en la que nace un mundo nuevo, una nueva sociedad, dejando a su paso miles de víctimas, arrolladas por la inusitada fuerza de la vida que se impone devorando a los más débiles: Era como si todos cruzaran este mundo de locos intentando seguir el ritmo pero sabiendo que eran incapaces de hacerlo, sencillamente incapaces. Así que parte de ellos aguardaba, en un segundo intento, a que el mundo los alcanzara de nuevo por detrás, y entonces simplemente los arrollaba, enviándolos, por fin, al otro mundo

Y de ese universo convulso, el talento de Lehane -y su explícita voluntad, en la que yo creo ver una intención moralizante- nos deja ver dos “frentes”; no solo, como se ha dicho, el de los desgraciados de la fortuna, sino el de quienes se benefician y sacan partido de tanta miseria y tanta degradación, de tanta explotación y tanta iniquidad: los políticos venales, los banqueros corruptos y una policía connivente con el poder que contribuye, en beneficio de las privilegiadas élites, a la destrucción y el sometimiento de los desamparados. 

El lugar de encuentro “natural” de ambos mundos -y un “topos” clásico de la literatura negra- es el que acaba por constituir el núcleo último de la obra de Lehane, que se adentra así en el cuarto de los ejes principales de su libro (tras la indagación en la personalidad de sus “criaturas”, el documento histórico y el retrato social): el ambiente, la atmósfera, el “clima” policiaco, el de los bajos fondos, las tabernas, los tahúres y la lotería clandestina, el de la prostitución, las drogas y el alcohol (la acción se desarrolla cuando está a punto de empezar la prohibición, con una Ley Seca que se aprobará a comienzos de 1920). El sinuoso y despiadado McKenna, mangoneando a su antojo el DPB (Departamento de Policía de Boston), y el más aparentemente discreto Thomas Coughlin, siempre al servicio del bien, dirigen una mafia policial, con distintas brigadas especiales repletas de informantes, timadores, infiltrados, espías callejeros y revienta huelgas que, en un mar de violencia y siendo capaces de llegar -en ocasiones y en nombre de unos pomposos honor, lealtad y dignidad- a la tortura y el asesinato, reprimen cuanto grito demandante de libertad resuena en las calles. 

Cuando da comienzo Vivir de noche, segunda entrega de la serie, traducida a nuestro idioma por Ramón de España, han pasado algunos años -la historia se retoma en 1926- y el foco del relato se centra ahora en Joe, el menor de los Coughlin (solo un adolescente en Cualquier otro día). Sin perder de vista esa dimensión histórica y social (en las tres novelas del ciclo abundan los personajes y los sucesos reales; la sombra del nazismo y del ascenso hitleriano, por ejemplo, asoma en el horizonte al término de esta segunda), el libro puede adscribirse de un modo más “natural” al género negro. Ambientada en su primera parte en Boston (recreado de nuevo con precisión y brillantez; con unos capítulos “carcelarios” auténticamente magistrales) y, sobre todo, en Tampa, Florida, y en una coda final en Cuba, la novela se desarrolla en los años de plena vigencia de la Ley Seca (que se derogó en 1933, aunque la novela continúa hasta 1935) y da cuenta de las luchas sangrientas entre bandas mafiosas por el control del tráfico clandestino de alcohol y el dominio de los circuitos de las drogas, la prostitución y el juego. Con una narración trepidante, que nos hace avanzar con fruición en la lectura, se multiplican las encerronas y las traiciones, los tiroteos y los asesinatos, las torturas y las ejecuciones, como en las mejores manifestaciones literarias y cinematográficas del género negro. Y ello sin que la dimensión humana de los protagonistas, sobre todo Joe y Graciela, pero también Emma Gould o Maso Pescatore o Loretta Figgis, se descuide, antes al contrario: todos tienen hondura y se dibujan con sutileza y variedad de matices. 

Ese mundo desaparecido cierra la trilogía, en traducción esta vez de Enrique de Hériz (es una lástima que cada libro se vierta al español con una voz distinta; cada una de ellas, aunque de modo leve y aparentemente inapreciable, introduce su particular estilo, diferente al de los demás y con efectos, por ello, ligeramente incómodos en la lectura). Siete años después de los episodios que ponían fin a la novela anterior, Joe Coughlin ha abandonado, aparentemente, la “primera línea de fuego” y es ahora un influyente hombre de negocios de Tampa, aunque sigue manejando -en un segundo plano, de un modo no tan notorio- los hilos de todos los asuntos sucios de la ciudad (prostitución, drogas, usura, juego ilegal, tráfico de seres humanos, asesinatos). En el escenario ya conocido de Florida y Cuba, ahora avanzada ya la primera mitad de los años cuarenta y con la Segunda Guerra mundial destrozando Europa, se mantienen -al igual que en Vivir de noche- las pautas del más duro género negro: traiciones, ajustes de cuentas, delaciones, encarnizados enfrentamientos entre facciones rivales, dobles juegos, sospechas, clanes mafiosos, sangrientas luchas por el poder, innumerables tramas que se entremezclan, gánsteres, forajidos despiadados pero con preocupaciones humanísimas, y todo ello narrado con virtuosismo, en un relato rebosante de “escenas” vibrantes, de una tensión casi inaguantable. 

Pero hay también -y sobre todo- una sólida construcción de los personajes, en especial de un protagonista que la capacidad de penetración psicológica de Lehane nos muestra con emoción y lirismo, con poesía y profundidad. Aquel hombre emanaba más dolor, amor, poder, carisma y maldad potencial que cualquier otro con quien se hubiera cruzado, se dice de él en un momento del texto. Asistimos así a las reflexiones, las vacilaciones morales, la perplejidad existencial, la imposible aceptación de un fatal destino, previsible pero inexorable, en un Joe Coughlin que, cuidando de un hijo pequeño, con solo treinta y seis años y tras veinte de vida al límite, encara sus fantasmas. Y es que el temible gánster, siendo un sanguinario criminal que vive una vida de codicia y castigo, sufre por la imparable deriva de su existencia, analiza sus pecados, se enfrenta a sus remordimientos, reflexiona sobre su código ético y, en definitiva, sacrifica su paz mental torturado por las muchas dudas que le asaltan ante las brutales repercusiones de sus actos. En este sentido, Ese mundo desaparecido es, de nuevo, como la primera obra de la serie, una magistral novela que trasciende el marco del género negro y puede ser leída con gran literatura. 

Tras estos apetitosos preliminares, os hablo ya de la última y excepcional novela de Lehane. Golpe de gracia, que ha visto su título cambiado en nuestro país (Small mercies, pequeños consuelos o gracias o misericordias, en el original), se publicó en España, de nuevo en la editorial Salamandra, el pasado 2024, en versión de Aurora Echevarría, traductora con amplia trayectoria en la profesión, pese a lo cual, y humildemente, le opongo unas muy subjetivas objeciones, que tienen que ver, sobre todo, con ciertos giros, ciertos particularismos del catalán que, no siendo incorrectos en sentido estricto, sí que pueden chirriar a lectores con el español como lengua primera (sobre todo a aquellos tan tiquismiquis como yo mismo). Es el caso del uso del verbo adelgazar en su forma pronominal (válida, pero muy inusual en nuestro idioma: Te sobran unos kilos, Michael. ¿No crees que debería adelgazarse un poco, Bridge?) o la reiteración de las muy forzadas locuciones “ya le está bien”, “ya le va bien” y similares (No se ve volviendo a trabajar pronto, y duda [de] que su puesto esté esperándola cuando esté lista para volver, y ya le está bien). Me ha sorprendido también la referencia al Ejército Simbionés de Liberación, de nuevo aceptable (Symbionese Liberation Army, su nombre original), pero que quizá pueda extrañar al usarse en el contexto histórico de la novela, el verano de 1974, cuando en nuestro país el muy bizarro (en la tercera acepción de diccionario), aunque criminal, grupo terrorista era conocido como Ejército Simbiótico de Liberación, apareciendo así en los medios de comunicación tras su insólita irrupción a partir del secuestro de Patty Hearst, nieta del magnate William Randolf Hearst, y de su posterior entregada afiliación a la banda y a sus causas. 

El libro se abre con una cita de Joseph Conrad, que, leída tras haber completado la novela, se entiende referida a la dificultad de salir del marco social que nos constriñe (Es imposible apartarse por completo de los demás. Para vivir en el desierto hay que ser un santo), un elemento decisivo para la completa comprensión de la obra; y con una Nota histórica de interpretación menos equívoca y muy reveladora de los hechos que van a narrarse: 

El 21 de junio de 1974, W. Arthur Garrity Jr., el juez de distrito estadounidense encargado del caso «Morgan contra Hennigan», resolvió que el Comité Escolar de Boston había «perjudicado de manera continuada a los estudiantes negros» del sistema de enseñanza pública. El único remedio, concluyó, era poner en marcha un plan de transporte escolar entre los barrios predominantemente blancos y los predominantemente negros a fin de erradicar la segregación en los institutos públicos de la ciudad. 
El instituto con mayor población afroamericana era el Roxbury High School, y el que tenía más población blanca, el South Boston High School; por tanto, se decidió que ambos intercambiarían una parte significativa de su alumnado. Esa orden debía entrar en vigor al iniciarse el curso escolar, el 12 de septiembre de 1974, así que alumnos y padres disponían de menos de noventa días a partir de que se dictara la sentencia para prepararse. 
Aquel verano, en Boston hizo mucho calor y casi no llovió. 

En esos agobiantes días estivales cercanos a la previsiblemente conflictiva fecha, Lehane nos presenta a Mary Pat Fennessy en su desestructurado hogar en el complejo de viviendas de protección oficial Commonwealth, en el distrito de South Boston. La escena inicial en la vivienda de los Fennessy es muy descriptiva y sitúa de inmediato al lector en el caótico universo de quien será el personaje central de la novela. Las luz y el gas cortados por falta de pago, los ventiladores y la nevera consecuentemente apagados en ese calor sofocante, el intenso olor que desprende el ladrillo del marco de las ventanas, ardiente por el sol, la papelera del salón repleta de latas de cerveza, los ceniceros atestados de colillas desperdigados sobre los muebles, la misma Mary Pat enlazando un cigarrillo tras otro mientras ve reflejada su imagen en el televisor desconectado (una mole sudorosa de pelo enmarañado e incipiente papada vestida con camiseta de tirantes y pantalones, una criatura que no cuadra con la imagen de sí misma a la que se ha aferrado). A sus cuarenta y dos años, su vida está echada a perder, enlaza trabajos precarios y dobles turnos en empleos de subsistencia (auxiliar de enfermería en una residencia de ancianos, obrera en una fábrica de zapatos) para sacar adelante a su hija Jules, que ahora yace tumbada encima de las sábanas de su habitación, resoplando sudorosa y dormida. Jules es guapa y solo tiene diecisiete años, pero está haciéndose mayor de manera acelerada por crecer en Commonwealth (no es la clase de lugar del que salen reinas de belleza ni modelos, por muy guapas que sean al irse); por haber perdido a su hermano, Noel, excombatiente en Vietnam, destrozado por la heroína a su vuelta a casa tras la experiencia bélica; por tener que soportar la marcha de su padrastro Ken justo cuando parecía que podría asentarse la relación de éste con su madre, tras siete años de convivencia; por verse ahora obligada, a causa de la orden del juez federal, a cursar su último año en un instituto diferente situado en un barrio donde nadie ha visto pasear a un chico blanco después del atardecer; y porque su conflictivo entorno -pobreza, desempleo, conflictividad social, ausencia de expectativas vitales, peleas, agresiones, tiroteos- la hace probable destinataria del tráfico de drogas -marihuana, ácido, alcohol- con el que la delincuencia organizada introduce en el consumo a la población juvenil del barrio (en South Boston; en Southie, como lo llaman; la mayoría de los niños salen del vientre materno con una cerveza Schlitz y una cajetilla de Lucky Strike en las manos). El sonido del timbre interrumpe los estériles esfuerzos de Mary Pat por ordenar el desbarajuste del piso. Tras la puerta aparece Brian Shea, un pulcro miembro del grupo que trabaja para Marty Butler, una suerte de capo local del clan irlandés, que llega cargado con folletos y pancartas para movilizar a la población del barrio en contra de la decisión judicial que obliga al intercambio escolar. Los hombres de Butler operan como una mafia que ofrece protección a los habitantes del barrio (Cada vez que la pandilla de Butler acude a pedir algo, lo que está ofreciendo en realidad es protección, aunque nunca lo digan abiertamente. Siempre lo disfrazan de algún motivo noble: el IRA, los niños hambrientos de donde coño sea, las familias de los veteranos de guerra, y hasta es posible que parte del dinero vaya a parar a eso), unidos todos por sus orígenes irlandeses, por su sentimiento de clan, por sus prejuicios raciales, sociales y étnicos, y, en su mayoría, por un estado permanente de desencanto y desesperanza vitales y de un muy intenso odio de clase contra los putos ricos que viven en sus mansiones de las afueras, alejados de la pobreza y la depauperación que a ellos les rodea. Mary Pat participa de esa visión crítica y combativa, también racista y segregacionista, de sus correligionarios, y comparte la causa contra la polémica orden del juez local (es una de las “hermanas” del MSCTEF, las Mujeres de Southie contra el Transporte Escolar Forzado), una causa que esta vez le parece plenamente legítima, aunque sólo sea porque no han pedido ni un céntimo a los residentes de Commonwealth, sólo ayuda con los preparativos, por lo que se compromete a acudir con pasquines y carteles a la manifestación del próximo 30 de agosto -a escasos doce días de la ejecución de la sentencia judicial- en la plaza del ayuntamiento. 

Esa misma noche, Jules, que ha salido con su desastroso novio, Ron Collins, y su mejor amiga, Brenda Morello, no vuelve a casa. Mary Pat acude preocupada la mañana siguiente a su trabajo, con una inquietud que se acrecienta cuando la ausencia de la chica se prolonga por varios días, mientras ni sus amigos, ni sus familias, ni conocidos de unos y otros, ni la misma policía pueden dar pistas sobre su desaparición. Simultáneamente, en una de las ediciones de un periódico local se da cuenta de la muerte de un joven de veinte años, fallecido por causas hasta ese momento desconocidas, en el andén de llegada del metro de una estación cercana. El diario detalla el nombre del muchacho, Augustus Williamson, y los múltiples traumatismos craneales que presentaba, a causa, probablemente, de haber sido golpeado por algún tren. El chico, de raza negra, es hijo de Calliope, compañera de trabajo de Mary Pat. En el enrarecido ambiente de esos días, los rumores que hacen del joven un traficante de drogas que se habría adentrado en un barrio blanco para robar algún coche, avivan aún más las tensiones raciales, exacerbadas también por la falta de noticias de Jules. 

Todos estos elementos, que se nos presentan en las primeras páginas de la novela, abren sugerentes hilos que corren simultáneos y que a medida que la narración avanza van entrelazándose y confluyendo, unidos todos ellos por el protagonismo de Mary Pat. La línea central, conectada con la adscripción genérica principal de la literatura de Lehane, la novela negra, tiene que ver con la investigación de la inexplicada ausencia de Jules. Ante la inacción de las fuerzas vivas -las oficiales, pues en los casos de desaparición de adolescentes, la policía no se moviliza hasta pasadas setenta y dos horas, considerando probable la huida voluntaria de esos jóvenes habitualmente conflictivos y rebeldes; y las “oficiosas”, encarnadas en los líderes del poder mafioso “paralelo”, que prefieren no llamar la atención sobre el barrio-, será la propia Mary Pat la que interrumpa temporalmente su desidia y su abandono existenciales y se lance a la indagación del paradero de su hija. Su pesquisa la llevará a conocer algunos hasta entonces ignorados aspectos de la vida de la chica, aún una niña pero a la que el marco social y lo desestructurado de la vida familiar han disparado hacia ciertos hábitos y entornos sórdidos. La mujer deberá enfrentarse también a las oscuras, poderosas e implacables fuerzas de la organización criminal que, bajo su superficie protectora, somete y exprime en beneficio propio a las muy zarandeadas gentes del barrio. Por el camino, Lehane da cuenta de las vicisitudes de la muerte del muchacho negro, que pronto se sospecha no accidental y sí debida a la probable violencia de una pandilla de jóvenes blancos entre los que podría encontrarse la propia Jules. En su búsqueda, llevada a cabo bordeando de continuo los límites de la legalidad y poniendo en cuestión también los códigos implícitos de la banda de Butler, entrará en contacto con el sargento Michael Coyne, al que todo el mundo llama Bobby, un detective del Departamento de Homicidios de la Policía de Boston, un hombre honrado, que intenta dignamente preservar el imperio del derecho y de la ley en aquel entorno salvaje (Lo único que nos separa del reino animal es el Estado de derecho, dirá). 

En el desarrollo puramente novelesco de estos ejes principales -la averiguación del destino de Jules, las siniestras interioridades de la organización mafiosa, las claves de la muerte de Augustus, el desarrollo de la movilización frente al dictamen judicial-, la intención y la maestría del autor nos muestran otros aspectos de más hondura -o que al menos superan el mero relato de lances, sucesos o episodios- que conectan con algunas de las preocupaciones ya reveladas en otras de sus obras, en particular en las ya reseñadas. Es el caso del penetrante análisis, de alta hondura psicológica, en la personalidad de Mary Pat (de la que el libro nos ofrece un retrato magistral), de su trayectoria biográfica y del conflictivo clima de desesperanza, ausencia de ilusiones y limitado horizonte vital que enmarcan su existencia. También la acertada y fidedigna descripción de las condiciones sociales, económicas, ideológicas y políticas de South Boston, de su atmósfera de pobreza y estrechez, de necesidad y violencia, de conflictividad y falta de futuro, de miseria y mediocridad y renuncias y rencor acumulado y sometimiento obligado y resentido conformismo hecho de inquina, odio y encono. Igualmente resulta sustancial el tratamiento de la, por así llamarla, “cuestión racial”, con apuntes valiosos sobre sus probables causas y sus principales manifestaciones. Del mismo modo, y en relación con algunos de los sucesos narrados, de indudable conexión con acontecimientos históricos, bien datados y documentados, en el libro afloran ciertos episodios, ciertos personajes, ciertos hechos relevantes de la vida norteamericana de hace medio siglo, constituyendo un escenario, un marco para la historia que se relata, que, al saberse verdadero, acentúa el carácter profundamente realista de la obra, pese a que el lector no dude, en ningún momento, de hallarse ante una ficción. Por último, nos interesa la muy iluminadora mirada que se nos ofrece sobre el ambiguo universo de las organizaciones criminales, de esas mafias irlandesas, con vínculos con los poderes públicos, las instituciones, la policía, los representantes políticos, las fuerzas vivas, la “respetabilidad”, en suma, unos lazos que Lehane conoce muy bien y que ha hecho aflorar de manera habitual en sus novelas. Quiero analizar brevemente algunas de estas descollantes dimensiones de Golpe de gracia

El retrato de Mary Pat Fennessy es espléndido y se nos presenta con todos los matices de una personalidad compleja. Nacida en el entorno cerrado, tradicionalista y retrógrado de su linaje irlandés (todos eran irlandeses y todos se casaron sólo con irlandeses desde que Damien y Mare Flanagan desembarcaron en Long Wharf en 1889), en un vínculo imperceptible que da un sentido oculto a su historia personal y que la conecta con una parte de sí misma que parece mucho más auténtica que la real, con una Mary Pat original, una Mary Pat Eva, una Mary Pat tan remota que podría haber exhalado su último aliento en una turbera del pueblo de Tully Cross, en el municipio de Gorteenclough, allá por el siglo XII; crecida en un ambiente familiar violento con agresiones de los padres y entre hermanos, riñas y peleas constantes, brutalidad y palizas (Desde que tiene uso de razón, ella ha recibido bofetadas; unas veces flojas, otras fuertes. Ha recibido puñetazos, zancadillas, golpes con perchas, palos de escoba, bates de wiffle, con aquellas cucharas de madera, con el zapato de su madre, con el cinturón de su padre); saliendo adelante en un contexto social en el que la fuerza bruta es la única forma de imponerse (En la calle peleaba con grupos de chicos, de chicas, mixtos. Cada vez que una persona la atacaba, ella se defendía de todas las que, a lo largo de su vida, le habían pegado o retorcido el pelo, la oreja o el pezón, de cualquiera que le había gritado, gruñido o golpeado con un cinturón o un zapato, de todos aquellos que alguna vez la habían hecho sentir como una niña que se preguntara asustada en qué clase de infierno ha nacido), Mary Pat se ha endurecido en contacto con una realidad áspera, pero la sucesión de desgracias que ha sido su vida -el abandono de un primer marido, Dukie, agresivo y violento; la partida del segundo, Ken, un buen hombre con inclinaciones intelectuales avergonzado de la cortedad de miras, el fanatismo ideológico y el odio que respira el círculo social al que pertenece su mujer; la muerte de su hijo mayor, Noel, víctima de las drogas tras su paso por Vietnam, como ya he señalado-; todo ello ha hecho de ella una mujer devastada, perdida, derrotada, sumida en un abandono, una frustración y una soledad acentuados ahora por la desaparición de su niña (Se vuelve para mirar su apartamento: está vacío, infinitamente más que cuando se fueron Dukie, Ken Fen o incluso Noel. Está vacío como los cementerios, llenos a rebosar de los restos de lo que nunca volverá a ser). Sin embargo, el dolor que le provoca la aciaga suerte de Jules y la impotencia derivada de la inacción de quienes debían protegerla, generan en ella una rabia y una furia indecibles, con las que se rebela ante la interminable sucesión de desventuras y la flagrante injusticia que ha de soportar. Y es que su inicial pasividad no nace del conformismo que es corolario de la desesperación de quien simplemente ha perdido la esperanza, sino [de] la del que se siente abandonado; la primera es debilidad, la segunda, el filo de un cuchillo: los que renuncian a la esperanza son víctimas, pero los que se sienten abandonados se vuelven vengativos. Su tragedia la hace “despertar”, revivir, tomar las riendas de su vida y enfrentarse a todo y a todos hasta averiguar el destino de su hija y hacer pagar a los responsables de su sufrimiento. Su dolorosa y terrible experiencia constituirá para ella una suerte de iniciación de la que saldrá transformada (sin que yo pueda aquí avanzar nada más sobre el sentido último de su evolución). 

El drama íntimo, personal y familiar de la protagonista se inscribe en un marco social también magníficamente descrito por Lehane: la pobreza y la marginación del barrio, la precariedad de las condiciones de vida de sus habitantes, su dura supervivencia en una limitación estructural y en apariencia irremediable, que se impone a la cada vez más resignada voluntad de aquellos a quienes el destino ha castigado (Todo el mundo se esfuerza mucho en Southie en general y en Commonwealth en particular. No son pobres porque no se esfuercen, porque trabajen poco o no se merezcan algo mejor. Allí donde mire, Mary Pat no ve más que gente luchadora, tipos duros y exigentes que manejan cargamentos de diez toneladas como si fueran una pelota de golf, que van a trabajar día tras día y hacen jornadas de diez horas, regalándoles dos a sus desagradecidos patrones. No son pobres porque holgazaneen, eso está claro. Son pobres porque en este mundo hay una cantidad limitada de buena suerte y a ellos simplemente no les ha tocado). Muchos de los personajes con los que se relacionan los protagonistas tienen existencias conflictivas, con pasados delictivos, carcelarios, alcohólicos (Mary Pat salió una vez con un tipo que vivía allí. Paul Bailey se llamaba, y lo último que supo de él fue que cumplía entre ocho y diez años en Walpole). Hay también, en bastantes de ellos, altas dosis de resentimiento social y odio de clase contra quienes tienen una posición privilegiada en la vida, los dueños del dinero, del poder, los ricos que rechazan el sistema escolar público, que se oponen a que las líneas de metro o autobús lleguen a sus acomodadas y confortables y exclusivas zonas, que aborrecen la mezcla, la integración, la igualdad, el “ascensor social” y la fluidez en el trato entre clases, que desprecian la miseria, la falta de cultura, la ausencia de estilo y elegancia de quienes no son como ellos (Pensaba que iba elegante y arreglada pero, a juzgar por las miradas de reojo que le lanzan los mocosos y los hippies de Harvard Yard, se hace notar porque luce precisamente como lo que es: una mujer de clase trabajadora que se ha colado en su mundo con un ridículo atuendo sacado del catálogo de Sears. Suponen que se ha equivocado de metro y ha acabado merodeando por el campus de Harvard como una niña perdida en un supermercado, y que volverá a su mugriento mundo para contarles a sus mugrientos hijos todas las cosas brillantes que ha visto y que no le han dejado tocar). La mayoría de ellos, sin embargo, no se plantean siquiera cuestionar sus propios prejuicios frente a etnias y razas distintas, y reproducen los reduccionistas, injustos y abusivos estereotipos frente a los negros. 

Y es que, muy estrechamente relacionado con esta desigualdad social, un eje central del libro tiene que ver con el conflicto y el enfrentamiento racial. La necesidad, la pobreza, las muchas carencias de esas vidas sin futuro convierten a South Boston en un hervidero de racismo, en una línea argumental que, como se percibe ya desde la nota introductoria, atraviesa la novela entera. El barrio irlandés, degradado y paupérrimo, es también un excelente caldo de cultivo para el racismo, el fanatismo integrista, el fundamentalismo blanco, el extremismo radical que canaliza el odio nacido de la propia frustración vital para convertirlo en aversión, aborrecimiento y rencor frente al “otro”, a los negros aún más pobres que ellos, los únicos ante los que pueden esgrimir la absurda creencia en una relativa superioridad. Solo Mary Pat, en un raro momento de lucidez, logra vislumbrar la más honda verdad de las cosas, que unos y otros son por igual víctimas: En ese instante siente una afinidad con los negros que le sorprende: ¿no son víctimas de lo mismo? La novela nos introduce con solvencia en este escenario social hecho de fronteras, de antagonismos tribales (cada vez que cruza la frontera de ese lugar tiene la impresión de que acaba de entrar en la selva tropical donde habita una tribu desconocida, no especialmente hostil ni peligrosa por naturaleza, pero en el fondo incomprensible), de guetos de cerrazón irreductible, de calles prohibidas, de barrios de imposible acceso para los enemigos seculares (A ver, si no habláis como nosotros y no os gusta nuestra música, nuestra ropa, nuestra comida ni nuestras costumbres, ¿por qué venís a nuestro barrio?), a pesar de compartir, unos y otros, idénticas carencias, idéntica opresión, idéntica pobreza. Como ocurre con los dos Institutos objeto del intercambio que se apunta en la nota introductoria: El Southie High School es igual de desastroso que el Roxbury High School: allí también se desbordan los retretes y se revientan las tuberías de la calefacción, hay humedades, moho y pintura desconchada en las paredes, y se utilizan libros de texto anticuados con las páginas sueltas

Otra destacada vertiente del libro es la que refleja el microcosmos de los clanes mafiosos, de sus capos poderosos e intocables, la protección pagada a precio de silencio y sumisión, los sucios negocios de drogas, chantajes, prostitución. La novela está así cruzada por oscuros gerifaltes cuyo carisma los hace impunes entre unas gentes que los adoran (Marty no es sólo el protector de Southie, es el hijo favorito de Southie, el rebelde que se burla de la clase dirigente... Marty es Southie, y creer que es malo (no un simple delincuente, un payaso y un chanchullero que dirige un submundo que, al fin y al cabo, alguien tiene que dirigir) es creer que Southie es malo), camellos de poca monta, matones de pacotilla, delincuentes varios, brutales subordinados, criminales y asesinos, agentes de policía comprados, políticos corruptos, adolescentes sin futuro y con apenas cerebro que se venden a las bandas a cambio de alguna dosis estimulante para sus venas o para su ego, chicos que salen pavoneándose de las salas de interrogatorio de las comisarías y de su fugaz estancia en las dependencias judiciales, exculpados gracias a la siempre oportuna intervención de abogados que no podrían permitirse pagar ni aunque ganaran la lotería todos los días durante un mes seguido

Este marco que podríamos llamar sociológico de Golpe de gracia se inscribe a su vez en un contexto social e histórico general del que se dejan abundantes muestras en el transcurso del desarrollo narrativo. Aflora así la guerra de Vietnam que, pese a que los Estados Unidos habían abandonado el país asiático un año antes, aún está presente en el sentimiento colectivo y, obviamente en el particular, de Mary Pat, no solo a partir de la trágica experiencia de su hijo sino también a causa de su amarga conciencia de clase: 

—¿Sabe qué barrio envió a más chicos a Vietnam? 
—¿Southie? Ella niega con la cabeza. 
— Charlestown, pero Southie fue el segundo, seguido de Lynn, Dorchester, Roxbury. Tengo una prima que trabaja en la junta de reclutamiento, ella me lo dijo. ¿Y sabe cuál no envió a casi ninguno? 
— Puedo imaginarlo — responde él con una amargura tan antigua que se confunde con apatía. 
— Dover. En Wellesley, Newton y Lincoln, los jóvenes se esconden en las universidades y las escuelas de posgrado, o conocen a médicos que les hacen certificados diciendo que tienen tinnitus, los pies planos, espolones óseos o cualquier otra chorrada que se les ocurra. Son exactamente las mismas personas que quieren que un autobús escolar lleve a mi hija al Roxbury, pero que no dejarían que un negro diera dos pasos en su barrio una vez que han podado el césped y se pone el sol. 

Están presentes, también, las manifestaciones crepusculares de la rebeldía juvenil y del “hippismo”, igualmente denostadas por la protagonista: 

Sale de la estación de Harvard y entra en Harvard Square, que es tan horrible como sospechaba que sería: hay hippies por todas partes, el aire huele a porro y a sobaco, y cada seis metros más o menos hay alguien tocando una guitarra y canturreando sobre el amor, tío, o sobre Richard Nixon, tío. Nixon abandonó el jardín de la Casa Blanca en helicóptero casi tres semanas atrás, pero a los ojos de estos cobardes sobrecualificados y consentidos que escaparon al reclutamiento sigue siendo algo así como el hombre del saco. Mary Pat pierde la cuenta de cuántos corretean descalzos por las sucias calles con sus raídos pantalones acampanados, sus camisas multicolores, sus collares de cuentas y sus melenas; las chicas sin sujetador y con las nalgas asomando de sus vaqueros cortados, llenando el aire de humo de tabaco y marihuana. Qué vergüenza para sus padres, que gastaron una infame cantidad de dinero para enviarlos a los mejores colegios del mundo (colegios en los que ningún pobre podría entrar jamás, ésa es la puta verdad) para que ellos se lo agradezcan caminando por ahí con los pies mugrientos y cantando canciones folk de mierda sobre el amor, tío, el amor. 

Y hay menciones a Nixon, como hemos visto, y a Edward -Ted- Kennedy, en un episodio muy relevante del libro, y a sus hermanos el presidente John y el fiscal general Robert, ambos asesinados, como es sabido; entre otras referencias del día a día político y social de la época. 

Ya para terminar, quiero subrayar la presencia de una tenue, aunque perceptible, fuente de luz y esperanza que ilumina el “mensaje” final de Lehane, representada no solo en el coraje -a la postre dramático- de Mary Pat, sino también en la figura del detective Coyne, cuyo retrato, lejos de circunscribirse a su mero acontecer profesional como policía, nos muestra también su origen y sus circunstancias personales y familiares. Bobby nació y creció en un barrio irlandés, confortable, blanco, cerrado, endogámico. Sus padres participan de ese clima, pero aborrecen por igual la autocompasión victimista y el estúpido racismo. Tiene un hijo de nueve años que vive con su madre, aunque los fines de semana los pasa en la casa de estilo victoriano de Tuttle Street y pasa cuarenta y ocho horas con su padre, cinco tías locas y cariñosas, y el tío Tim, el cura fallido, amable y taciturno, en un hogar bien estructurado pese a la no siempre convencional personalidad de los hermanos. Estuvo en Vietnam, y aún le tortura el recuerdo de los muchos “enemigos” a los que tuvo que matar; coqueteó con la heroína; se hizo policía y pasó largas jornadas patrullando en el corazón de las comunidades negras de la ciudad. Conoce, pues, de primera mano, la realidad en la que debe ejercer su profesión, la irracional pulsión identitaria, el odio y la rabia inmotivados, pero es noble, íntegro, honrado, cree en la ley y el orden, en el estado de derecho y, sobre todo, es alguien que, en ese ámbito de férrea cerrazón ideológica, duda. Duda de las supuestas verdades incontestables, del ciego fanatismo, de los rígidos prejuicios, de los apriorismos incuestionables. Es inteligente, lúcido y consciente de las injusticias: Si cuatro chicos negros hubieran perseguido a uno blanco forzándolo a tirarse delante un tren, se enfrentarían a cadena perpetua; con suerte, declarándose culpables cumplirían como mínimo veinte años de cárcel. Pero los chicos que persiguieron a Auggie Williamson no pasarán más de cinco años, si acaso, y él lo sabe

La súbita irrupción de Mary Pat en su vida, de su fuerza y su determinación, de su voluntad y su coraje, lo impresionan: 

A Bobby lo impresiona comprobar que en el interior de aquella mujer hay algo irremediablemente roto que, al mismo tiempo, es del todo inquebrantable. Esas dos cualidades no pueden coexistir: una persona rota no puede ser inquebrantable, y viceversa. Y sin embargo, allí está Mary Pat Fennessy, rota pero inquebrantable. 

Le viene a la mente la imagen de Mary Pat Fennessy en el depósito de cadáveres. «He ahí una persona que cree que hay que “hacer algo” sin importar las consecuencias. Dios mío.» 
Se sorprende pensando de nuevo en Mary Pat Fennessy, una mujer a quien le han arrebatado a sus dos hijos. «Dios mío», piensa, «¿de dónde ha sacado la fuerza para levantarse de la cama cada día?». 
De la ira. 
De la angustia. 
De la rabia. 

En la sórdida y desesperanzada atmósfera a la que nos traslada la novela, al lector le quedan, indelebles, las figuras de estos dos personajes que, pese a sus muchas diferencias, representan la confianza y la promesa de un cierto futuro mejor. 

En fin, leed estos espléndidos libros de Dennis Lehane -y todos los demás que ha escrito, y ved las películas y las series en las que ha intervenido-, os aseguro horas de entretenimiento y disfrute, de intensidad y emoción. Os dejo ahora con Don’t Let the Sun Go Down on Me, el éxito de Elton John en ese 1974 en que se desarrolla la acción de Golpe de gracia. La acompaño, como fragmento final de la reseña, de un breve texto en el que Mary Pat se refiere a su letra y a la relativa correspondencia que tiene con su fracasada vida. 

Toda su vida ha sido fiel seguidora de los 40 Principales; nunca ha sido fan de ningún grupo en particular, simplemente le han gustado las canciones del momento. Ese verano, Rock the Boat, Billy Don’t Be a Hero y su favorita, Don’t Let the Sun Go Down on Me. Pero ahora todas esas canciones le parecen una tontería porque no se han compuesto pensando en alguien como ella. Incluso esa letra: «... losing everything is like the Sun going down on me» se le queda corta, porque no es cierto que perderlo todo sea como si el sol se ocultara para ella, sino más bien como si una bomba atómica estallara en su interior y su cuerpo, convertido en un millar de partículas que viajan en todas direcciones, pasara a formar parte de una nube en forma de hongo.

 
Videoconferencia 
Dennis Lehane. Golpe de gracia

miércoles, 4 de marzo de 2026

CARYS DAVIES. DESPEJADO; OESTE

Bienvenidos a Todos los libros un libro. Esta tarde quiero recomendaros dos libros espléndidos, los dos únicos traducidos en nuestro país de la escritora galesa Carys Davies, que cuenta en su haber con solo tres novelas así como un par de colecciones de cuentos publicadas antes de su deslumbrante y muy premiado debut novelístico con Oeste, una obra de la que yo os hablé aquí hace casi siete años, en mayo de 2019, y cuya reseña recuperaré esta tarde para una emisión que, a diferencia de la de entonces, aparecerá ahora, aparte de en su versión radiada, en el formato de videoconferencia a través de YouTube. Además, quiero proponeros la lectura de la tercera de sus novelas (la segunda, The Mission House, de 2020, en su momento libro del año para The Sunday Times, no ha sido traducida aún a nuestro idioma, aunque esperemos que lo haga pronto, pues se trata de una autora formidable). Despejado, pues ese es su título, vio la luz en 2025 en la editorial Libros del Asteroide en traducción de Gabriel Insausti. 

Oeste se publicó a mediados de 2018 en nuestro país presentado por la editorial Destino traducido por Lorenzo Luengo. Premiada escritora de cuentos y de ensayos, Carys Davies sorprendió entonces al mundo literario con una exquisita obra de orfebrería, una maravilla luminosa e intensa, emotiva y bellísima, concentrada en menos de doscientas páginas que se leen en un arrebato de exaltación, extasiado el lector, absorbido, hipnotizado, por la fuerza, la ternura, la tristeza, la energía, el sufrimiento, la voluntad, el sentimiento, la melancolía, en definitiva, la profunda humanidad que rezuma la historia que se nos narra. 

El libro nos traslada a América, a los Estados Unidos más concretamente, una nación cuyo origen y cuya historia están marcados por una gran aventura, la de la conquista del Oeste, que centra -bien que de un modo no demasiado convencional- lo esencial de la novela. Las legendarias caravanas hacia el interior del continente y, más allá aún, hacia las costas del Pacífico, la valiente exploración de territorios desconocidos, la arriesgada “dominación” de las nuevas tierras, la desigual lucha contra la naturaleza y las dificultades e inclemencias climatológicas, el brutal enfrentamiento con los sorprendidos indígenas -y su exterminio-, la atracción de lo desconocido, la decidida e irrefrenable voluntad de encontrar un asentamiento, un espacio vital propio en esos vastos espacios casi infinitos por parte de miles de familias de pioneros, el posterior sueño de California y la fiebre del oro, están en la mitología fundadora de los Estados Unidos desde que un puñado de “peregrinos” ingleses que habían partido de Plymouth desembarcaron del Mayflower en lo que hoy es Massachusetts, creando en sus costas la colonia que acabarían por denominar con el mismo nombre que el de su ciudad de origen. A ese “universo” de leyenda -más allá de sus constatables y bien documentadas coordenadas históricas-, tan representado en la literatura y el cine -con el western como expresión paradigmática-, no conduce Oeste

El relato nos sitúa en Lewiston, en el condado de Mifflin, Pensilvania, poco antes de 1820. John Cyrus Bellman es un hombrón alto, robusto, con pelo y barba rubicundos, de manos y pies enormes, que se gana la vida criando mulas. Con treinta y cinco años cuida de su hija Bess, de solo diez, tras la muerte de Elsie, su esposa, fallecida repentinamente ocho años antes de comenzar la “acción”. Bellman vive una vida modesta y sencilla, entregado a sus rutinas en el campo, ocupado de sus caballos y sus mulos. Es un hombre solitario, de escasas relaciones sociales: su hermana Julie, llegada desde Inglaterra junto con Elsie y John, algún tiempo atrás; su vecino Elmer Jackson; algunos, pocos, lugareños. Provisto de una mínima educación, por encima, sin embargo, de la media en la época -sabía escribir, aunque no siempre era capaz de poner las letras en su sitio. Leía despacio pero bastante bien, y había enseñado a hacer lo propio a Bess-, un día descubre en un periódico local una noticia sorprendente que lo obsesionará: la aparición en Kentucky de unos restos fósiles desconcertantes. Unos huesos monstruosos, dientes del tamaño de calabazas, unos colmillos de longitud interminable, unos omóplatos prodigiosos, unas mandíbulas gigantescas... El animal mitológico (un animal incognitum, como se refiere en el libro) al que apuntan esos misteriosos restos invadirá su imaginación despertando su curiosidad. ¿Existirán todavía esas criaturas fabulosas? ¿Habrá aún, vagando por las praderas y los bosques, en la falda de las colinas o las cimas de las montañas de su inmenso país, algunos ejemplares de tan formidables especímenes? Inquieto, obcecado, sugestionado por tan irracional preocupación, fraguando en su interior una insensata voluntad de indagación y búsqueda, perturbado por la formidable presencia en su mente de esos seres antinaturales, se entrega durante meses a la consulta de mapas -llenos de huecos, espacios vacíos y signos de interrogación, como corresponde a lo muy elemental del conocimiento de la geografía del continente en esos días-, y a la atenta lectura de los diarios de la expedición del viejo presidente (el viaje de los capitanes Lewis y Clark entre 1804 y 1806, más de doce años antes del momento en que se sitúa la novela, encargado por Thomas Jefferson para explorar y cartografiar el territorio de las inabarcables regiones del ilimitado territorio, diez mil kilómetros recorridos en dos años y medio de aventura, atravesando Estados Unidos casi en su integridad, de costa a costa), que no hacen sino acrecentar la obstinada agitación despertada por el inopinado hallazgo de la noticia sobre los enigmáticos animales. Y un buen día, incapaz de sustraerse al compulsivo afán que lo trastorna, decide abandonar su hogar, dejando a su hijita -a la que ama profundamente- al cuidado de la tía Julie, y lanzarse a la quimérica búsqueda de esos seres fascinantes. Haciendo caso omiso de las advertencias de sus allegados, que lo tachan de loco y le auguran un destino funesto (pues no verán tus ojos mayor necio que él. A partir de hoy lo cuento en el número de los dementes y de los perdidos. No esperes volver a verlo, y no levantes la mano para despedirlo, eso sólo servirá para envalentonarlo y hacer que piense que se ha ganado tus buenos deseos. Vamos, niña, entra, cierra la puerta, y olvídalo, le dice su tía a la pobre y apenada Bess), sin arredrarse ante las evidentes dificultades de la expedición -los obstáculos del camino, lo desconocido de la ruta, las penalidades del clima, las amenazas de los indios y de cuantos buscadores acechan en los senderos una oportunidad de lucro criminal-, sin considerar lo objetivamente absurdo e inútil de perseguir una fantasía de consecución imposible, un delirio alucinado sin finalidad razonable alguna, hace acopio de algunos mínimos pertrechos -una brújula, un cuchillo, un hacha, dos pistolas, unos anzuelos, una lima, algunos abalorios y baratijas para comerciar con los indios, un dedal y una camisa de rayas que fueron de su mujer, un tintero que sujeta en la solapa de su abrigo para poder escribir desde su montura, entre otros objetos a cual más precario e insensato- y, austero y pobre, sin dinero ni apenas pertenencias, con su fantasmagórica apariencia -inmenso, hirsuto, con un deslucido abrigo de lana marrón y un estrambótico sombrero de copa negro, una especie de chistera que se compra para la ocasión-, monta en su caballo y parte, decidido y paciente, a la aventura. 

La descripción de esta pulsión obsesiva que nace meses antes de su viaje y se mantiene durante todo su trayecto hasta el final (que no desvelaré) constituye uno de los ejes de interés del libro. Lo que había leído en el periódico le había producido un furioso palpitar en el pecho, una especie de picazón en el borde de su ser (…) ahora no había nada que ansiase más que ver con sus propios ojos a aquellas enormes criaturas, reflexiona. Y aún más: Lo único que puedo decirte es que sólo hay una cosa en la vida que quiero hacer ahora mismo y es ir allí, al oeste, y encontrarlos. Cuando, en mitad de su sacrificada aventura, Bellman rememora el desencadenante de su inconcebible inquietud, dará con una de las pistas esenciales de su irracional proceder: Sentía que perdía el equilibrio, de igual manera como le ocurrió cuando, allá en su casa, leyó por primera vez acerca de aquellos enormes huesos: cuando la mera idea de todo cuanto ignoraba le había hecho tambalearse y ser consciente de que ya no podía permanecer en su hogar. Se había visto completamente incapaz de explicárselo a nadie, ni a Julie, ni a Elmer, ni siquiera al nuevo bibliotecario, que le había ayudado a encontrar los mapas y los diarios. Ahora se preguntaba si no sería porque, a través de tan gigantescos animales, posiblemente se le había abierto como una puerta a los misterios del mundo. Y es que los monstruosos fósiles representan -para John y para la autora que los crea- precisamente eso, un atisbo de lo desconocido, de lo insondable, de lo mucho que ignoramos y quizá nos explica, el posible sentido último, pues, de una vida carente de él. 

Este sentimiento, el de superar nuestros límites, la necesidad de abandonar la plácida grisura de una existencia limitada y sin alicientes en busca de “algo” que desconocemos, que ni siquiera somos capaces de intuir, permea la obra entera, que se constituye así en una muy convincente descripción de los anhelos y esperanzas, de las ilusiones y los afanes que, superando cualquier análisis racional, mueven nuestras vidas. Más allá de la idea que uno pudiera tener del mundo conocido, siempre había cosas ahí fuera con las que no había soñado, pensará el protagonista. Y también: Ya entonces tenía un poco de esa hormigueante sensación, el vértigo; echar en falta lo que nunca había visto y tampoco conocía

Pero como un Ícaro del Oeste, abducido por un sueño imposible, empieza a comprender, quizá demasiado tarde, que el sol quema y derrite nuestras fuerzas, y que el fracaso -la caída- es la condición sustancial de nuestra naturaleza. Y así, en Bellman surgirán las dudas, que dotan de dramatismo a su aventura y la hacen hondamente humana: Sentía de nuevo el mareante peso de todo el misterio de la tierra y cuanto había en ella y más allá de ella. Sentía el resurgir de su curiosidad y de su anhelo, y al mismo tiempo sentía un temor cada vez mayor a no encontrar jamás aquello que había ido a buscar, a que los monstruos, después de todo, pudieran no estar allí. Y más adelante: Comenzaba a sentir que podía haber echado a perder su vida en aquel viaje, que tendría que haberse quedado en casa con lo pequeño conocido en lugar de ir por ahí en busca de lo inmenso por conocer

Este noble -e imposible- intento de trascender nuestra limitada y mísera y triste condición humana es despreciado por el mundo, que condena el atrevimiento de quienes no se pliegan a un conformista y convencional deambular por la vida. Los hombres, dirá una vecina en un reduccionismo simplista y tranquilizador para “explicar” la “anomalía” que Cyrus representa, sienten una especie de insatisfacción infantil hacia todo cuanto tienen, que se manifiesta al acercarse a los cuarenta años. Les hace pensar que merecen mucho más de lo que la vida les ha otorgado. Por mi experiencia diría que muchos de ellos se van con otras mujeres, o se compran un nuevo caballo o un bonito sombrero

Solo la infantil Bess, la niña inocente y esperanzada, sin filtros “convenientes” en su visión ingenua de la realidad, continuará confiando en su padre, y ello tras años de espera inútil de su retorno; su padre, un héroe casi sobrenatural, acorde a la inmensa dimensión de su grandiosa tarea, su “misión”: En su opinión, parecía grandioso, resuelto, valeroso. En su opinión parecía inteligente y romántico y audaz. Parecía un hombre embarcado en una misión personal que lo hacía diferente del resto del mundo, y Bess decidió que, mientras su ausencia se prolongase, guardaría esa imagen que de él tenía en la mente: allá en lo alto de su caballo, con sus bolsas y sus bultos y sus armas, allá enfundado en su largo abrigo y tocado con su chistera, perdiéndose rumbo hacia el oeste. No tenía la menor duda de que lo vería de nuevo

Los sueños, la aventura, la pasión por trascender la “necesidad”, lo servil de la condición humana, la fortaleza ante la vida, la intensa presencia de la naturaleza, el sentido de la existencia, el amor, la ausencia, la fraternidad, la muerte, la esperanza, las quimeras, la locura, son algunos de los temas, pues, que afloran en esta narración sorprendente y espléndida. 

Excepcional es también la recreación de la vida en la naturaleza, del entorno salvaje del Oeste americano en el siglo XIX. Cyrus sigue el curso del Misisipi desde Sant Louis (como hiciera la expedición de Lewis y Clark), alejándose de él, no obstante, y desviándose hacia el interior en su infructuosa búsqueda del monstruo. Viviremos con él el paso de las estaciones, la esperanzada primavera, el acogedor verano, el difícil otoño, el aterrador invierno. Lo seguiremos por planicies y cañadas, por bosques y desfiladeros, por paisajes nevados y montañas infranqueables, por ríos caudalosos y secarrales inhóspitos. Lo veremos sobrevivir en ese medio hostil, aplicando un denodado esfuerzo para salir adelante en una naturaleza inclemente; lo veremos pescar, cazar, recoger fruta, dormir al raso, hacer fuego para, inútilmente, calentarse en infinidad de gélidas noches. Lo acompañaremos también en sus encuentros con las diversas gentes “del camino”, compañías más o menos fugaces en su peregrinaje: un soldado, un fraile español, un administrador de fincas holandés, el práctico de una chalana, Devereux, el vendedor de pieles. A los que van en dirección opuesta les entregará las cartas que, incesantemente, escribe a su hija (unas treinta en los primeros mil ochocientos kilómetros de su viaje). De todos estos personajes episódicos hay uno, entrañable, que lo acompañará en gran parte de su itinerario: Anciana de allá lejos, un joven indio de la etnia shawnee, de solo diecisiete años, que con sus hombros estrechos, sus piernas estevadas, su físico poco agraciado, su enigmático silencio (ninguno de los dos habla la lengua del otro, en una clave del libro), representa a la vez la resignación y la rebeldía de su pueblo estafado y “comprado” con baratijas, expulsado de sus tierras, perdidas sus raíces, su cultura, sus valores, su modo de estar en el mundo, pues todo lo habían entregado a cambio de nada

Esta dimensión épica de la novela junto a la recreación del paisaje y de las gentes de la América de aquel tiempo, aspectos que remiten al western, a la gran epopeya americana, también a la Odisea, el héroe que “debe” abandonar un hogar en el que se le espera -la pequeña Bess oficiando de joven Penélope-, aporta un extraordinario valor al libro y se convierte en otro de sus alicientes. 

Por último, quiero subrayar también la estructura y el estilo con los que Carys Davies presenta la extraordinaria aventura del malhadado Bellman. El relato, centrado en lo sustancial en la peripecia del protagonista, se ofrece sin embargo en una suerte de “montaje” en paralelo, con capítulos -casi todos muy cortos- que alternan distintas perspectivas: la de Elmer Jackson, que aprovecha la ausencia del vecino para urdir sus siniestros propósitos con respecto a Bess; la de Anciana de allá lejos, que asiste impertérrito a las desmesuradas y para él inexplicables andanzas del extraño hombre “rojo”; la de la viuda del herrero, que en el pueblo recuerda a Bellman con añoranza; la del bibliotecario libidinoso, acechando también el crecimiento de la joven y guapa Bess; la de la tía Julia y sus marchitas esperanzas; la de Devereux y su contradictoria mezcla de honradez e interesada astucia; y, sobre todo, los pensamientos, los presagios, la ilusión y la confianza, los deseos, la añoranza y los temores de la tierna Bess. 

Y todo ello contado con un tono de fábula, lleno de ritmo, con una prosa sencilla y que transmite una sensación de falsa ligereza, porque el planteamiento final es muy serio, denso, profundo, rebosante de emoción, sensibilidad y tristeza. Recuerda, dirá el chico indio en una suerte de corolario implícito de la novela, no existen los dioses. Sólo nos tenemos a nosotros mismos y nada más. Así, con esa melancolía, nos despediremos de unos personajes cercanos, entrañables, cuya presencia optimista y a la vez desesperanzada pero siempre cálida y casi íntima, nos ha proporcionado unas horas espléndidas. 

Hay en Despejado mucho del universo de Carys Davies ya mostrado en Oeste, hasta el punto de que podemos hablar de una suerte de profunda continuidad tanto en temas (la desposesión, el lenguaje como lazo y como barrera, la precariedad de los vínculos humanos, el aislamiento y la soledad); la estructura narrativa (el viaje como centro, el montaje en paralelo, la pluralidad de voces); la precisión léxica, la pulcritud y el despojamiento de la prosa; el tratamiento del paisaje, que en ambos casos comparece con una cualidad protagonista; la representación histórica a través de sendos contextos históricos reales (aunque situados en los márgenes de los “grandes personajes” o los “acontecimientos memorables”), entre otros que iré analizando en el curso de mi reseña, tras daros cuenta antes, muy brevemente, de lo esencial de su argumento. 

La novela, altamente recomendable, bellísima, emotiva, inolvidable, da comienzo cuando uno de sus protagonistas, John Ferguson, que ha abandonado el Lily Rose, el barco desde el que había zarpado de Aberdeen, en el noreste de Escocia, a bordo de una barca precaria que acaba de zozobrar, recala sobre una estrecha franja de playa arenosa bajo la ominosa sombra de unos colosales y amenazadores acantilados en una pequeña isla del archipiélago de las Shetland, perdida ya muy al norte, relativamente cerca de Noruega. Empapado y aterido, con, por toda pertenencia, un morral y una caja con algunas escasas provisiones, ciertos documentos y algunos útiles, se encuentra por fin a salvo. Estamos en 1843, John es un clérigo que ha dejado su puesto en la parroquia de un pueblo escocés, tras la Gran Ruptura en la Iglesia de Escocia, una fractura que se produjo en ese año, cuando un número significativo de ministros se rebelaron contra un injusto sistema de patronazgo por el que los terratenientes de Escocia podían designar a los eclesiásticos que se harían cargo de sus parroquias. Estos ministros rebeldes se escindieron de la institución principal para formar la nueva Iglesia Libre, renunciando a sus emolumentos y a sus viviendas para empezar un nuevo y esperanzado aunque difuso proyecto pastoral. Empobrecido, pues, sin ocupación ni fuente de ingresos, casado desde hace cuatro años con Mary, se ve en la necesidad de conseguir un trabajo para hacer frente a los gastos cotidianos y, sobre todo, para subvenir a la compleja financiación de la nueva Iglesia, de muy difícil consolidación. Así, por la mediación de un familiar de su esposa, John aceptará una oferta laboral, muy bien retribuida, que le exigirá desplazarse por un mes a una isla remota, propiedad de los Lowrie, terratenientes locales, para, una vez allí, llevar a cabo una tarea ingrata pero, a priori, sencilla. Su misión consistía en ponerse en contacto con el único habitante de aquellos desolados parajes y realizar un informe sobre la situación de ese apartado rincón de las posesiones de Lowrie que sirviera de base para cambiar el destino de la poco productiva explotación -algunas gallinas y un pequeño rebaño de escuálidas ovejas autóctonas, una vaca ciega que no valía para nada aparte de para que le dieran de comer a la boca grandes cantidades de la mejor hierba de la isla, y una yegua con mal carácter- y dar paso a las ovejas, de mayor y más segura “productividad” (La tierra no estaba produciendo ningún dinero; las rentas no se correspondían en modo alguno con los gastos, y al final (…) se había convencido con el ejemplo de otros terratenientes que simplemente se habían decidido a sustituir a las personas por las ovejas y, al hacerlo, aprovechaban mejor lo que ya poseían). La operación llevaba consigo, por tanto, el desalojo del solitario responsable de la “gestión” de la isla, un engorroso obstáculo para el éxito del proyecto (No podemos permitir que nuestras tierras estén ocupadas por habitantes que reciben (…) pero no pueden permitirse dar; ni ahora ni en el futuro. Si un día se vendiese la isla, o se transfiriese el arrendamiento, deberá venderse, o transferirse, despejada) y principal dificultad del encargo de Ferguson. 

Recién llegado a la isla y en un incidente que conocemos cuando apenas han pasado diez páginas del libro, el hombre caerá por un acantilado y será encontrado, semihundido en el mar, inconsciente, con múltiples heridas y al borde la muerte por Ivar, ese último ocupante del despoblado lugar. Desconocedor del funesto destino que para él supone la presencia del desconocido, Ivar lo rescatará de las aguas, lo acogerá en su muy elemental vivienda, lo curará y, en silencio, primero por la postración de John y más adelante, una vez relativamente recuperado el recién llegado, por la incapacidad de ambos para comunicarse en una lengua común (el aislamiento del lugar convierte a su morador en el único hablante del casi extinto dialecto local), iniciar junto a él una convivencia inicialmente desconfiada y luego amistosa. Entre las detalladas descripciones del paisaje, extremo, pintoresco y de presencia rotunda; los minuciosos apuntes de la cotidianidad de los dos compañeros de fatigas, sus tareas, sus ocupaciones, las modestas prácticas de subsistencia, la procura de alguna pieza de caza y pesca, la preparación de las comidas, la atención a los escasos animales domésticos, sus descansos, su ocio; y las profundizaciones en sus pensamientos más íntimos, los recuerdos, las añoranzas, los temores, las expectativas, Despejado gira sobre el que, a mi juicio, es su eje principal: los intentos, pormenorizadamente ejemplificados con un desbordante inventario léxico que cruza la narración convertido en un personaje más (John registra y colecciona las palabras de Ivar, y la autora incluye un glosario final de las más relevantes), de encontrar un puente común entre dos lenguas ajenas, reflejando la muy humana necesidad de compartir, el afán de comunicación, la voluntad de pertenencia, el deseo de huir de la soledad. 

Esta extraña relación entre dos hombres que no pueden comprenderse verbalmente acaba por constituirse en el núcleo sustancial de una novela que en su mayor parte se muestra al lector bajo una estructura dramatúrgica (en una impresión muy subjetiva uno no deja de pensar, mientras lee, en las posibilidades, de compleja pero sugestiva puesta en práctica, de traslación del texto a los escenarios bajo la forma de obra teatral). Y es que Davies no recurre a la narración sustentada en una voz que, al modo del narrador omnisciente decimonónico, conoce todos los extremos de la historia, el acontecer de acciones y las interioridades de los personajes, a los que juzga, explicando el mundo desde una posición superior. Nada de ello hay en la novela, que nunca deja comentarios morales explícitos o interpretaciones cerradas. Por el contrario, en Despejado, y en consonancia con el propósito que podríamos llamar moral de la obra y que luego analizaré, se juega con una “arquitectura narrativa” a la vez sofisticada y sobria, que combina diversas perspectivas en la voz que relata. La novela está narrada en tercera persona, pero no de manera uniforme o neutra, sino focalizada, pues la “historia” avanza presentada principalmente con la sucesión del punto de vista de Ivar, ese último y muy solitario habitante de la isla, y el de Ferguson, el clérigo enviado para convencerlo de que debe abandonar su entorno, en capítulos que se van alternando; aunque, en ocasiones, este juego equidistante se rompe para dar paso al enfoque de Mary, también destacado pero que no voy a comentar para no arruinar ciertos acontecimientos que atañen al argumento de la novela. Estas voces suenan a través del estilo indirecto libre, pues se adhieren estrechamente a la conciencia de cada personaje en cada uno de los tramos que los tienen como centro. Unas voces que conocen y reflejan los pensamientos, asociaciones, recuerdos, juicios y percepciones del personaje que en cada momento ocupa el eje del relato. La voz del narrador “objetivo” se funde con la conciencia y la subjetividad de cada protagonista, reproduciendo la forma en que cada uno de ellos percibe el mundo, con su vocabulario, sus silencios, sus limitaciones, sus dudas, sus anhelos. 

La elección de este enfoque narrativo, en el fondo plural, en el que nadie tiene una visión completa, nadie posee la verdad absoluta, y todo conocimiento del otro es parcial, tentativo y frágil, un hecho que se ve acrecentado por la referida incapacidad de conocer la lengua del otro, es esencial para “acompañar” el propósito de la obra, centrada -en la presentación de los personajes, en su desarrollo argumental, en su correlato histórico y en su propuesta ética- en la idea de desalojo, de desposesión, de incomunicación, de lenguaje y silencio. Y todo ello está ya en el título, el muy polisémico y ambiguo semánticamente “clear” del original inglés, a cuyas múltiples interpretaciones me ha abierto un muy sugestivo artículo sobre el libro, escrito por Stuart Kelly y que he podido leer en The Scotsman

La novela se sitúa en lo que se conoce en la historia escocesa como las Highland Clearances, los Desalojos, que, como recoge la propia Davies en una oportuna y esclarecedora Nota final del libro, dieron comienzo en las Tierras Bajas de Escocia a mediados del siglo XVIII y continuaron en las Tierras Altas y en las Islas hasta la segunda mitad del siglo XIX (etapa que refleja la novela). El fenómeno, que produjo grandes convulsiones sociales en Escocia, supuso que comunidades enteras de la población rural más pobre fueran arrancadas a la fuerza de sus hogares por los terratenientes, mediante un programa implacable de desahucios coercitivos y sistemáticos, para dar paso a las cosechas, a las vacas y —cada vez más, según avanzaba el tiempo— a las ovejas. Es en el seno de ese programa en donde se inscribe la misión de un Ferguson ingenuo y en parte ignorante, al menos en el inicio la novela, de las consecuencias de su llegada a aquel remoto lugar. Los Desalojos provocaron el abandono de las viviendas, el vaciado de las tierras, la ruina y la decadencia de las familias, el desplazamiento de las gentes a emplazamientos marginales, depauperados y económicamente deficitarios, lo que provocó pobreza generalizada, carencias varias, hambrunas y muertes o, en muchos casos, la emigración masiva a finales del siglo XIX a los Estados Unidos, Australia o Canadá. Miles y miles de personas, entre 1750 y 1860, fueron desalojadas, o empujadas por la hambruna a dejar sus casas

En este contexto, el clear del título remite a una de las acepciones del verbo inglés to clear, desalojar, expulsar. Estamos, pues, ante un eufemismo que legitima la expulsión sin necesidad de violencia explícita, que encubre la acción de despojar, de vaciar la tierra de personas, por la fuerza, con coerción, bajo un manto de eficiencia, de orden, de “limpieza” (pues clear es también limpio, transparente, claro). Y es que para la bondad natural de Ferguson, para su religiosidad y sus convicciones, su presencia en la isla se le aparece como correcta, noblemente civilizatoria, justificada moralmente, pese a que en el transcurso de su corta estancia y tras el “intenso” contacto con Ivar, en su conciencia se instale, poco a poco, la opacidad, la duda, el conflicto y el sentimiento de culpa. 

Y esta idea de la incertidumbre y el cuestionamiento de las propias ideas que gradualmente aflora en John, conecta aún con otra de las acepciones del verbo: to make something clear remite a aclarar, a comprender; lo que, a su vez, nos lleva al ya referido gran núcleo temático del libro, el lenguaje. Antes de su llegada a la isla, John se había embarcado en lo que él llamaba el “Gran Proyecto”: su propia traducción de los Evangelios al escocés, porque quería ofrecer al menos parte de la Biblia en el idioma que en realidad hablaba la mayoría de la gente que acudía a su iglesia; una Biblia que lo acompaña de continuo. En una breve escala en el pueblo de Kirkwall del barco que lo llevaba a su destino, visita al maestro de lugar para hacerse con un puñado de palabras y frases útiles en la casi extinta lengua del lugar hacia el que se dirige, con las que poder resumir el mensaje de desahucio y hacer comprender su situación al entonces aún desconocido solitario habitante del islote. Estos textos, arruinados por el agua del mar tras su peligroso desembarco, ya reflejan, desde el principio del libro y, luego, punteando la narración, la preocupación por la conservación del lenguaje, por la traslación de las palabras, por la preservación de un idioma, por la comprensión de la lengua del “otro”. John empieza a “ver claro” cuando comienza a aprender la lengua de Ivar, cuando se hace consciente de que no todo es traducible, cuando “padece” la inseguridad que siempre conlleva el hallazgo de un vocablo que no sabe a ciencia cierta si significa lo que él cree que significa, cuando, por tanto, relativiza las certezas -religiosas, históricas, éticas- que constituyen su identidad. 

El libro es magistral -en una sola de las vertientes por las que merece el calificativo- en la descripción de la progresiva, minuciosa y decidida labor del recién llegado por encontrar un espacio compartido de comunicabilidad. En las frases cortas del poco locuaz Ivar empieza a identificar (con muchas dudas, sin apenas seguridad, meras intuiciones) algunas palabras sencillas (había unas pocas palabras que John Ferguson creyó reconocer —un puñado que sonaban como «pescado», «turba», «oveja», «día», «mira», «mí», «yo»—, pero pronunciadas con un acento que hacía imposible que uno estuviese seguro). La mayor parte, no obstante, le resultan incomprensibles, reduciendo esas “conversaciones” iniciales a un mero señalar con el dedo un paraje, una roca, una planta, un tejido (Las más fáciles eran las que se referían a las aves y los peces y la vegetación, porque Ivar podía señalarlos mientras caminaban), un color (también los colores eran fáciles porque estaban ahí, ante sus ojos, en los animales y las plantas: emskit era «un gris oscuro y azulado»; dombet era «gris oscuro»; broget era «pinto, diverso»), un objeto, a los que va asociando, de manera tentativa, su supuesto nombre. A pesar de que se ve obligado a ir rellenando las lagunas en el todavía inconexo discurso de Ivar según su propia esperanzada y optimista interpretación, su vocabulario va aumentando (le proporcionaba una gran satisfacción ver cómo su glosario crecía día a día), pudiendo reflejar ya, aunque sin demasiadas certezas, movimientos de los animales, variaciones en el clima y el viento, estados del “comportamiento” del agua, acciones de más difícil concreción (una nube podía ser ga o glob, homek o benker, elin o glodrek. El viento podía ser binder o gas, asel o geul, y un sinfín de palabras que no lograba recordar). Así, entusiasmado (Algunas palabras le maravillaban), logra hacerse con el vocablo que describía el estado de un ovillo de lana, por ejemplo, cuando acaba de empezar a formarse, o con el que alude a un pedazo de turba deteriorada por la helada en la parte más externa, que era diferente de la palabra que se utilizaba para designar un pedazo de la parte más interna, que no estuviese dañado por la helada. Muchos otros, en cambio, se le resisten (la niebla podía ser skump o gyolm, o un blura, o ask o dunk, salvo, por supuesto, que se tratase de la bruma, en cuyo caso era syora o mirkabrod o groma, o rag o nombrastom, o dalareek, o himna, o yema, o dom, y cada vez que utilizaba uno de esos términos para describir lo que tenía ante sus ojos (incluso cuando estaba seguro de que se trataba del denso viento negro, cuyo nombre conocía), al parecer era una palabra errónea). 

Su tarea de “recoger” el léxico de Ivar (aquellas [palabras] de las que empezaba a sentirse razonablemente seguro empezó a anotarlas a lápiz (tal y como sonaban en su oído) en las páginas lavadas y borrosas por el mar, que antes habían albergado sus Evangelios, el discurso del maestro de escuela y la orden de desalojo de Lowrie) se convierte en el motor simbólico de la novela: la reclamación de un idioma para nombrar un mundo que otros -que él mismo, sin pretenderlo explícitamente- quieren borrar; la “recreación” de un lenguaje compartido como forma de reparación y de resistencia frente al despojo; la palabra común como antídoto de la soledad. 

Y es que, a través de ese pormenorizado registro de palabras, en dos columnas paralelas de su cuaderno azul, en una la transcripción fonética de los vocablos de la lengua de Ivar y en otra su supuesta traducción al idioma de John, la distancia primera entre ambos se va acortando hasta desaparecer. Y no solo eso, también su posición moral, sus convicciones, en cierto modo su identidad, se transforman (y también las de Ivar). El “lugareño” vive inicialmente la inesperada aparición del extraño con sensaciones de desconfianza, de recelo, de misterio, de aislamiento, de introspección, de culpa también (entre las pertenencias de Ferguson rescatadas de las aguas, Ivar ha encontrado un retrato de Mary, que esconde y contempla fascinado una y otra vez, ocultando su existencia al hombre que ha acogido en su modesta casa). Del mismo modo, en el John malherido y convaleciente de las primeras páginas hay incomprensión, difuso agradecimiento, extrañeza, suspicacia y también miedo ante las consecuencias que puede traer el que su compañero descubra el verdadero motivo de su arribada a la isla. Pero el nexo, tenue, impreciso, inexacto, todavía confuso que crea el peculiar idioma que van “construyendo”, los aproxima, haciendo crecer en ellos una realidad hecha de experiencias compartidas (Después de dos semanas, su huésped alto y de rostro enjuto siempre tenía preparado un relato sobre lo que había hecho mientras Ivar había estado fuera. Todavía muy cargado de inglés, lo que recitaba era una mezcla excitada de palabras y gestos, con la que John Ferguson le contaba que había ido hasta el o a lavar sus calcetines, o que se había quedado en el interior de la casucha porque afuera estaba gruggy, o que había llenado la lámpara con el aceite del bunki y había limpiado el greut; que había flinter toda la mañana, barrido los flogs de snyag y metido el skerpin, o que había recogido algunas snori que había visto que crecían en una for, que había escaldado las flodreks y las había escurrido y conservado el flingaso para hacer jabón, y que llevaba ya un rato sentado a la tur, repasando lo que de momento llevaba escrito en las páginas de su glosario), de aproximación y cercanía, de conexión, de vínculo emocional, de comprensión del otro y de su particular realidad, de, en definitiva, vida plena e intensa entre ambos (Todo había adquirido bastante vida desde que habían empezado a añadir verbos y adverbios a los sustantivos en el improvisado diccionario azul). También, quizá, de amor: Era como si nunca hasta ahora hubiese entendido su soledad del todo; como si, con la llegada de John Ferguson, se hubiese convertido en algo que no había sido nunca, o que no había sido en mucho tiempo: en parte hermano y en parte hermana, en parte hijo y en parte hija, en parte madre y en parte padre, en parte marido y en parte esposa

Este frente de la novela que, en sí mismo y en sus muy perceptibles connotaciones sentimentales, espirituales y morales, de alta intensidad emocional, la hace inolvidable, tiene también un referente histórico, comprobado, que Davies documenta en la ya mencionada nota final. Se refiere en ella al ya desaparecido nórnico, el idioma que se hablaba en las islas Orcadas y en las Shetland, declinante ya desde que, en la segunda mitad del siglo XV, el territorio pasó del dominio danés al escocés. Al parecer, el último hablante nativo conocido fue Walter Sutherland, quien murió en 1850 en Unst, la más septentrional de las islas Shetland, aunque es posible que subsistiese un tiempo más en la isla más remota, Foula. La isla que constituye el escenario principal de Despejado no existe, es invención de la autora, que la ha situado entre las Shetland y Noruega, preservando así su carácter simbólico como una suerte de “fin del mundo”. El dialecto que habla Ivar y aprende Ferguson, cercano a esos orígenes nórnicos, cumple también con ese papel metafórico de lengua en trance de desaparición, con un solo y probablemente último hablante, representación de un universo que se extingue, que se borra, que se “despeja”. 

Más allá de esta línea central que atraviesa el libro -el léxico convertido en personaje, las palabras y su fascinación, el lenguaje como identidad, pertenencia y reivindicación- hay otros temas también interesantes que quiero mencionar. La relevancia del contexto histórico, ya comentada. El impacto de los cambios sociales y económicos en la realidad individual de las personas. La soledad, el aislamiento, la búsqueda de compañía, la convivencia, el reconocimiento mutuo, el cuidado y la atención al otro, la pertenencia y la necesidad de conexión. El encuentro y la creación de vínculos entre diferentes, a pesar de las barreras culturales e idiomáticas. La resistencia y la capacidad de adaptación frente a las duras y constantes inclemencias de la vida. La transformación personal y el cuestionamiento de las propias creencias. El amor como entendimiento y comprensión, en una vertiente del libro, la que afecta al personaje de Mary -aunque no únicamente- que de manera voluntaria he querido omitir para no destripar aspectos relevantes de la novela. El paisaje no solo como marco o escenario de la historia sino como actor que condiciona los comportamientos: los del gobierno y los terratenientes, con su pretensión de “desalojarlo”; los de Ivar, que lo habita en su soledad algo primitiva; los de Ferguson, que lo explora en busca de seguridad. El valor metafórico de esos parajes isleños: su carácter áspero, desnudo, improductivo, como símbolo de la desposesión que el utilitarismo administrativo quiere aprovechar; su aislamiento geográfico como metáfora de otra forma de vida, que cuestiona las falsas certezas de la “civilización”; la crudeza de la intemperie y el clima que muestra la vulnerabilidad humana y la necesidad de lazos para sobreponerse a ella. 

El libro me ha entusiasmado también por su estilo y por ciertos aspectos meramente literarios. La prosa contenida, minimalista y precisa, aunque emocionalmente densa y muy musical, hecha de frases cortas, en una muestra ejemplar de economía léxica, capaz de condensar, en su sencillez, emociones complejas. El ritmo lento, los saltos en la perspectiva, la introducción de voces, topónimos y vocablos del sustrato nórdico, la sutil incorporación de datos y referencias ajenos a la historia principal (los desahucios, la crisis de la Iglesia), la inclusión de recuerdos y remembranzas de episodios del pasado (la vida anterior de Mary, el encuentro y la boda con John, los familiares de Ivar, desaparecidos en el mar los unos, emigrados a América los otros) que completa y profundiza el perfil de los personajes, son otros motivos por los que el libro me parece sobresaliente. 

Y, ya para cerrar, quiero resaltar algunos de los muchos paralelismos -en los temas, en las ideas, en el estilo, en la construcción de los personajes- que he podido observar entre Oeste y Despejado, que, más allá de la curiosidad que puedan suscitar, son reflejo, a mi juicio, de unas pautas de estilo definitorias de la literatura de Carys Davies (espero que se traduzca de The Mission House, para poder verificar si, en efecto, estamos ante unos rasgos “marca de la casa”). Así, y desde el punto de vista de las ideas y los temas principales, en ambas obras está la idea de la desposesión y el desplazamiento de comunidades (la expansión colonial y la errancia de los pueblos indígenas, en Oeste; y en Despejado, las expulsiones en el marco de las Highland Clearances); está la exploración de la identidad y el sentido de pertenencia, con los protagonistas viéndose obligados a redefinir sus creencias y hasta su personalidad al confrontarse con culturas y espacios distintos; están la soledad, el aislamiento, la separación de los seres queridos y la dificultad de la construcción de conexiones humanas (en el viaje de Bellman y la desolada isla de Ivar); está la crisis de fe (religiosa o no), de creencias o de visión del mundo de los personajes (las dudas de Ferguson que cuestionan sus ideas teológicas y lo llevan a reformular la moralidad de su misión, y el agrietamiento de las convicciones del propio Bellman sobre la naturaleza de la aventura y la conquista); está la importante presencia de grandes fuerzas históricas, de contextos reales que, pese a que los dos libros se centran en experiencias humanas íntimas, operan más allá de la voluntad de los individuos, condicionando sus trayectorias vitales; está, en relación con esta última idea, la visión del colonialismo, que se pone en solfa no a través de mensajes explícitos sino mediante la confrontación, sutil, tangencial, implícita, de la narrativa oficial del colonizador y los relatos, cartas, historias, versiones, “voces” de los colonizados; están los dilemas éticos complejos, sobre la justicia, sobre el deber, sobre la moral, que no admiten respuestas simplistas e interpelan al lector; está la exploración de la lengua como herramienta de conocimiento, comprensión y construcción de la comunidad, mostrada de modo explícito en Despejado, a través del voluntarioso afán de John por aprender el dialecto de su compañero, y de modo inverso en Oeste, mediante el silencio y la imposibilidad de comunicación de Anciana de allá lejos; está el peso de la familia y la separación de sus miembros, que funciona como motor que impulsa la narración (la ausencia y la añoranza de Bess, en Oeste, y los mismos sentimientos de John hacia Mary y de esta por su marido en Despejado). 

En lo que se refiere al estilo y al uso de determinados recursos literarios, no resulta difícil constatar la existencia de una misma “mano” detrás de ambas novelas: la economía y el lirismo en la prosa; su densidad emocional y su belleza poética, que conmueven y emocionan; lo que al comienzo de mi reseña he denominado “montaje en paralelo”, la estructura narrativa en capas, fragmentaria, alternando las perspectivas de Bellman y Bess en Oeste, de John, Ivar y Mary en Despejado, generando tensión narrativa y amplificando los ecos de la historia narrada; el uso del paisaje no como mera ambientación sino como un personaje más, que marca el ritmo del relato y condiciona la experiencia de los protagonistas, conformando su destino y su carácter (la inmensidad del oeste; las rocas y el mar, en una y otra novela); en el mismo sentido, la elección de ambientes extremos y remotos, la frontera americana y su naturaleza vasta, inmensa y hostil, y el islote perdido, con su clima insoportable y su casi inexistente población. 

Hay también ciertas correspondencias en los personajes, en sus planteamientos, en su modo de comportarse. Es el caso de los encuentros culturales a los que se ven enfrentados, bien que con resultados disímiles: Bellman no aprenderá el idioma de su acompañante shawnee, mientras que John se esfuerza por aprender la lengua de Ivar. Igualmente, los protagonistas entablan relaciones que alteran, cuestionan y hasta subvierten los roles esperados. Hay también, una relativa correlación en el esquema triangular de los personajes principales (el aventurero Bellman, el “salvaje” Anciana de allá lejos y, en segundo plano, la mujer, Bess; frente al viajero John, el “primitivo” Ivar y, en otro nivel, Mary). 

En fin, no dejéis de leer estas dos magníficas novelas, y no le perdáis la pista a su autora, que estoy seguro aún nos deparará agradables y muy interesantes sorpresas literarias. Ahora, y como cierre a mi reseña os dejo, en mi habitual complemento musical, con un tema relacionado, en cierto sentido, con ambas propuestas literarias. Se trata de Shenandoah, una canción tradicional norteamericana de principios del siglo XIX. Vinculada a los viajeros que atravesaban en canoa el río Missouri, con referencias también a la cultura de los pueblos indígenas, lo que la conecta a Oeste, el tema se hizo popular entre marinos del mundo entero, singularmente británicos e irlandeses a mediados de ese siglo, cuando se desarrolla la acción de Despejado. Aquí os la ofrezco en la magnífica versión de la soprano noruega Sissel Kyrkjebø junto al legendario músico irlandés Paddy Moloney, líder de los Chieftains y fallecido hace cuatro años, y el músico sueco Kalle Moraeus. 

Antes, un texto de Despejado en el que de un modo poético y muy bello se describe el estado de intensa conmoción emocional que supone en Ivar la cercanía de John Ferguson, y que ejemplifica también el muy relevante papel que desempeña el lenguaje en la novela. 


Antes de la llegada de John Ferguson nunca había pensado en realidad en las cosas que veía u oía o tocaba o sentía como palabras. En los viejos tiempos, el ministro les había leído partes de la Biblia, en un idioma que ellos no entendían, y luego les había gritado en algo que se acercaba a su lengua. Pero era extraño pensar en una hermosa bruma, por ejemplo, o en el frío viento del nordeste que llegaba en primavera y estropeaba el maíz, como cosas sólidas sobre un papel que se pudiera tocar. Se preguntaba, mirando las columnas de palabras, ninguna de las cuales podía leer —ni las de la izquierda, en el idioma de John Ferguson, ni las de la derecha, en el suyo—, si había una palabra en la lengua de John Ferguson para la emoción que sentía cuando deslizaba su dedo a lo largo de la línea entre ambas columnas de palabras, que le parecía que conectaba sus vidas del modo más intenso que cabía imaginar: palabras para aludir a la leche o al arroyo o al escarabajo de alas azules que no sabía volar, que vivía en el prado de la colina; palabras para «fletán» y «establo», y para el nudo que utilizaba en el ronzal de la vaca; palabras para «casa» y «mantequilla», para «hogar» y «suero de leche», para «algas» y para «gallinas». 

Era como si nunca hasta ahora hubiese entendido su soledad del todo; como si, con la llegada de John Ferguson, se hubiese convertido en algo que no había sido nunca, o que no había sido en mucho tiempo: en parte hermano y en parte hermana, en parte hijo y en parte hija, en parte madre y en parte padre, en parte marido y en parte esposa.

Videoconferencia
Carys Davies. Despejado