Vivo entre muchos libros y extraigo una gran parte de mis ganas de vivir del hecho de que aún leeré la mayoría de ellos. (Elias Canetti)

miércoles, 17 de junio de 2026

DOROTHY M. JOHNSON. INDIAN COUNTRY. EL ÁRBOL DEL AHORCADO; SAMANTA SCHEWBLIN. DISTANCIA DE RESCATE. EL BUEN MAL

Todos los libros un libro, el espacio de Radio Universidad de Salamanca que desde el año 2010 os ofrece cada miércoles una propuesta de lectura, seleccionada con criterios de calidad e interés, llega hoy a vuestras casas con una nueva entrega, la novena y en principio última (aunque habrá una propina dentro de siete días) de la serie que desde hace un par de meses estamos dedicando a libros escritos por mujeres. El algo extravagante ciclo viene marcado, además, por otros dos ejes organizadores, la condición de novelas -con apenas alguna excepción, como hoy ocurre- de las veintiséis propuestas que lo componen; y la exigencia, desde mi punto de vista muy atractiva e inspiradora, de que cada una de las obras hubiera sido editada por un sello diferente. Así, hasta la presente emisión han comparecido en el espacio las editoriales Reservoir Books, Alfaguara, Amor de madre, Galaxia Gutenberg, Anagrama, Comisura, Libros del Asteroide, Acantilado, Herce, Funambulista, Lumen, minúscula, Automática, Impedimenta, Sexto Piso, Las afueras, Armaenia, Cátedra, Salamandra, Tusquets, Alba, Errata Naturae, Mármara, Reino de Redonda y Navona. Veinticinco nombres, la mayoría muy representativos y todos con una valiosa trayectoria, de mayor o menor longevidad, en nuestro pujante mercado editorial. 

Hoy la serie debiera clausurarse con un último título publicado por una vigésimo sexta editora, pero no va a ser así exactamente porque desde hace unas semanas he venido estudiando la idea, que ahora llevo a la práctica, de incorporar una autora más al formidable elenco de escritoras ya ofrecido hasta el momento. Serán dos, pues, nuestras invitadas del programa, y tres las editoriales que las “representan”. De las circunstancias que explican esta modificación algo sorprendente y, en cualquier caso, no prevista inicialmente os daré cuenta en su momento, una vez presentados mis comentarios sobre la que podríamos llamar mi recomendación “natural”, la que en condiciones normales pondría fin al ciclo. 

En las últimas temporadas de Todos los libros un libro he venido dedicando los programas finales del curso a obras encuadradas en el apasionante género del western, esa fértil e inagotable fuente de inspiración para escritores y cineastas que siempre ha sido la legendaria aventura, con tintes de epopeya, de la conquista -valga de entrada el término, susceptible de matices- del Oeste americano. De este modo, La trilogía de la frontera, de Cormac McCarthy o la espléndida saga de Lonesome Dove, de Larry McMurtry, han sido mis recomendaciones, desmesuradas en extensión e inmensas también en calidad y en potencialidad de disfrute lector, para clausurar las temporadas 2023-2024 y 2024-2025 del espacio. 

Ahora voy a conjugar esas dos líneas -la literatura femenina y el western- proponiéndoos, para alegrar este inminente verano de 2026, dos insuperables recopilaciones de relatos escritos por Dorothy M. Johnson, uno de los nombres más destacados, si no el que más, de la literatura del género. Se trata de Indian Country y El árbol del ahorcado, publicados ambos por la editorial Valdemar en, respectivamente, 2011 y 2013 (los originales son de 1953 y 1957), en sendas traducciones de José Menéndez-Manjón y Gonzalo Quesada. Los libros aparecen en la ejemplar y muy atractiva colección Frontera del sello madrileño -cuyo entero catálogo es indispensable-, en ediciones muy cuidadas, de una esmerada presentación formal, con portadas preciosas de ilustradores de principios del siglo XX especializados en la representación gráfica de escenas del Oeste. Ambos libros ya habían sido reseñados por mí en Todos los libros un libro en 2019, cuando el programa se emitía en un formato diferente y sin versión para YouTube. 

Entonces, debo confesarlo, yo no conocía a Dorothy M. Johnson. En febrero de 2018 había leído y reseñado el libro de Juan Antonio Molina Foix Historias de cine, publicado un año antes por la Editorial Siruela. En él se recogían once cuentos -en algunos casos casi novelas cortas- que inspiraron grandes películas de la historia del séptimo arte. Entre ellos estaba El hombre que mató a Liberty Valance, obra de la autora a la que dedicamos esta tarde nuestro espacio y a la que entonces introducía -con desconocimiento supino- como una, al parecer [esa duda ignominiosa y soberbia], reconocida especialista en el western, con infinidad de relatos y novelas del Oeste en su haber, aunque prácticamente desconocida fuera de ese ámbito. A partir de ese gozoso descubrimiento pude leer -con entusiasmo y exaltación, dadas la belleza y la calidad de sus relatos- la obra de la norteamericana que ahora os recomiendo con enfebrecido apasionamiento. 

Los títulos completos de los dos volúmenes resultan muy esclarecedores acerca de lo que el lector va a encontrarse si se decide -y no se me ocurre ninguna razón para que no lo haga- a adentrarse en sus atractivas páginas. Indian Country tiene por subtítulo “Un hombre llamado Caballo, El hombre que mató a Liberty Valance y otras historias del Far West”, subrayando ya desde la portada uno de los rasgos esenciales de la obra de Johnson, su vinculación con el cine, pues los dos cuentos que expresamente se mencionan se corresponden -como conoce cualquier aficionado y por supuesto el cinéfilo- con dos clásicos del western. El segundo libro, “El árbol del ahorcado y otros relatos de la Frontera” insiste en la referencia cinematográfica, ya que el cuento que encabeza la rúbrica está en el origen del film del mismo título de Delmer Daves, e introduce además un concepto -el de la Frontera- sin el cual no pueden entenderse las dimensiones épicas, líricas y legendarias del género. 

Los once relatos recogidos en el primero de los libros y los otros nueve del segundo -más la novela corta que le da título- constituyen lo fundamental de la obra cuentística de su autora, de modo que el lector puede, a través de las dos recopilaciones, conocer en profundidad el muy interesante universo literario de una escritora excepcional. Un territorio al que, además, se accede llevado de la mano de una sustanciosa y oportuna guía previa, pues el director de la mencionada serie Frontera de la editorial que presenta las publicaciones, Alfredo Lara, firma los iluminadores prólogos de cada una de las dos antologías, en los que se ofrecen valiosas notas sobre la literatura del Oeste, sobre su traslación cinematográfica y, sobre todo, sobre la figura de la propia Dorothy M. Johnson. Quiero, antes de comentar algunos de los cuentos presentes en la amplia selección, detenerme brevemente en los aspectos más reveladores de la vida y obra de la autora a partir de la información contenida en estos sucintos pero muy enjundiosos análisis introductorios. 

Nacida en Iowa en 1905, el traslado de sus padres la llevó desde muy pequeña a vivir en distintas localidades del estado de Montana, escenario de sus narraciones. Graduada en la principal universidad de ese estado, trabajó en tareas editoriales, primero, durante quince años, en el Este -Washington y Nueva York- y ya el resto de su vida en Montana, en donde daría clase a partir de 1954 y hasta su muerte treinta años después. Autora de biografías, ensayos y novelas, casi todas centradas en el mismo ámbito temático, publicó artículos y cuentos en muchas de las más importantes revistas de la época -y también en las no tan destacadas pero muy populares-, aunque son sus relatos los que la han situado en el lugar de honor que ocupa en la historia del western, haciéndose acreedora a los más prestigiosos premios del género. La Asociación de Escritores de Western, referencia inexcusable en su campo, en su habitual selección de los cinco mejores relatos del Oeste de todos los tiempos, incluye cuatro de Dorothy M. Johnson (el quinto es de Jack London): El hombre que mató a Liberty Valance, Un hombre llamado Caballo, La hermana perdida y El árbol del ahorcado, primero, segundo, cuarto y quinto, respectivamente, en la clasificación y todos ellos presentes en los libros de Valdemar. 

El primer volumen que esta tarde os recomiendo recoge textos escritos entre finales de los años cuarenta y principios de los cincuenta, siendo en concreto 1953 la fecha de publicación del más “moderno”, Viaje al fuerte, un relato espléndido. El hombre que mató a Liberty Valance es de 1949, Un hombre llamado Caballo, de 1950, el mismo año de La frontera en llamas, que abre la antología. La mayor parte de los escogidos se centran en las relaciones entre blancos e indios, con historias -complejas y ambiguas, violentas y dramáticas, emotivas y terribles, enternecedoras y muy humanas- que revelan el profundo conocimiento que la autora tenía de las costumbres, las vivencias y los valores de los pueblos y las gentes de la época, especialmente los de las muchas tribus -sioux santees, crows, soshones, pies negros, lakotas, cheyennes, arapahos, por citar algunos de los mencionados en las dos obras- de su entorno más cercano (los pies negros llegaron a nombrarla miembro adoptivo de su pueblo en 1959). En el segundo libro se recopilan cuentos publicados en distintos medios entre 1954 y 1957. Aunque entre ellos aparecen también relatos que reflejan las difíciles relaciones entre colonos y pieles rojas, la mayor parte, no obstante, se refieren a otros de los “mitos” frecuentes en el Far West: forajidos, exploradores, salteadores de caminos, squaws, tahúres, dueños y frecuentadores de saloons, vaqueros, prostitutas, pistoleros, predicadores, sheriffs, cuatreros, buscadores de oro, familias de pioneros, borrachines, periodistas y tantos otros personajes popularizados por el cine. 

Los rasgos estilísticos de la escritura de Dorothy M. Johnson resultan fácilmente identificables en cuanto se han leído dos o tres de sus cuentos. En primer lugar, llama la atención el que, aunque la narración se haga casi siempre en tercera persona, haya sin embargo frecuentes cambios en la perspectiva y el relato se abra a menudo a diferentes voces, confluyendo una mirada externa omnisciente que avanza con antelación y de modo críptico qué va a ocurrir en el futuro, qué deparará la vida a los personajes o cómo se desarrollará la acción, con reflexiones de esos mismos personajes intercaladas en el relato o con pensamientos que no llegan a expresarse, junto a explicaciones retrospectivas, que se ofrecen siempre como leves fogonazos carentes de desarrollo, pues el formidable uso de la elipsis, el magistral juego con lo no contado y sí solo sugerido o apuntado, es otro de los más destacados logros de la escritura de la narradora de Montana. Todo ello en unos textos casi siempre breves, marcados por la sencillez, construidos con frases cortas, concisos, en los que los hechos se presentan sin énfasis, con un tono de normalidad que se limita a dar cuenta de lo sucedido, sin enojosos subrayados que predispongan las emociones del lector en una u otra dirección. 

Sus cuentos se mueven en una extensa variedad de registros que van de la tragedia o la épica al humor -tierno o sardónico, según se tercie-, lo melancólico, lo realista, o lo cruel; e incluso recurre con frecuencia a un lirismo romántico, tal y como apunta Lara en una de sus introducciones. En todos los casos sobresale -ya se ha dicho- lo vívido y convincente de las recreaciones de gentes, entornos y situaciones, lo verosímil y fidedigno de la ambientación, fruto del hondo conocimiento -ya reseñado- que tiene la autora de la época y sus circunstancias. Pese a ello, pese a la minuciosa fidelidad a la verdad histórica, Johnson construye personajes que no son de cartón piedra, que son algo más que arquetipos representativos y huecos usados como mero soporte para una fiel recreación de una etapa de la Historia. En este sentido, nos hallamos ante los relatos de, en efecto, una historiadora con exquisita sensibilidad literaria antes que -como también subraya Alfredo Lara- una mera narradora que se documenta correctamente; en este último caso sus relatos “sonarían” más fríos, más rígidos, menos “vivos” de lo que en realidad son. Hay una extraordinaria profundidad psicológica en la construcción de sus criaturas, personas reales perfiladas con sus claroscuros, sus contradicciones, sus sentimientos, sus anhelos, sus debilidades, sus frustraciones y sus deseos, sus ilusiones, sus fracasos y sus culpas, lo que no impide (o lo que quizá haya provocado) que -con las connotaciones ambientales que impone el entorno y la época- algunas de sus creaciones hayan logrado elevarse a la categoría de mitos en los que cualquier lector puede reconocerse. 

Leyendo a Dorothy M. Johnson, pues, no solo conocemos mejor un fragmento esencial en la configuración de los actuales Estados Unidos de América, sino que, sobre todo -y de ahí el alcance universal de estos cuentos (porque era igual a cualquier otro hombre sobre la tierra, leemos en uno de ellos)-, entramos en contacto también con algunas de las cuestiones esenciales que definen el alma humana y sus sentimientos, emociones y valores: el amor, la amistad, el respeto, la ternura, los ideales, la compasión, el deber, la dignidad, el honor, la entrega, el heroísmo y el fracaso, la nobleza, el coraje, la ética, la valentía, los principios, la fe, la confianza, la lealtad y el compromiso, la grandeza de espíritu, la aceptación del inexorable destino, la rebeldía ante sus a menudo injustos designios (ambas alternativas teñidas de tragedia). Literatura a secas, pues, sin “apellidos”, gran literatura, más allá de las limitaciones de un género en particular: puedo decir que algunos de los cuentos leídos están entre los mejores y más conmovedores y humanos que he podido leer en mi vida. 

En un breve repaso a los relatos recopilados, hay que resaltar La frontera en llamas, con dos hermanas -Mary Amanda y Sarah Harris- raptadas de pequeñas, en agosto de 1862, por los indios sioux santees y que, al cabo de los años, integradas ya en la cultura india, pueden ser “rescatadas” y devueltas a su familia. En el cuento, memorable y bellísimo, hay emoción, hondura, sensibilidad y una muestra prodigiosa de la ya referida utilización poética -podríamos decir- de la elipsis. Idéntico viaje de ida y vuelta con los indios, en este caso los crows, se cuenta en El incrédulo. Su protagonista, Mahlon Mitchell, vivió en su juventud con los crows durante cinco años, los abandonó sin despedirse y regresó junto a ellos viejo y fracasado. Toda su peripecia vital en apenas veinte entrañables páginas. El chico de la pradera es Elmer Merrick, un muchacho que, con once años, en 1888, en una suerte de acto iniciático, debe hacer frente y expulsar de su casa a punta de pistola a un forajido. La narración da cuenta del crecimiento del niño en un ambiente hostil, del acelerado proceso -en aquellas difíciles condiciones de vida- de hacerse hombre, en un texto lleno también de emoción y melancolía. El exilio del guerrero nos presenta a Humo creciente, un indio apsaruke (otro nombre de los crows) que ha llegado a la edad adulta rodeado de una fama de gafe entre su gente por no haber logrado realizar, pese a sus veintiocho años, ninguna “hazaña” que le proporcionara el respeto de los suyos. Las jóvenes del poblado lo esquivan, sus mayores lo rechazan y al muchacho lo acompaña una desoladora sensación de fracaso. El cuento, lleno de referencias a la cultura india -los rituales de iniciación, el trato con los espíritus, los hábitos de caza, las costumbres guerreras-, rezuma lirismo en el agudo retrato de la angustia del joven, de su voluntad de ser reconocido, de dejar huella; un relato brillante sobre la soledad, el fracaso, la identidad (No soy nadie. No sé nada. Quiero hacer lo debido, pero no sé en qué consiste. Reposó largo tiempo en espera de alguna respuesta. Nadie me ayuda, pensó) y la lucha por alcanzar los propios sueños. Inolvidable resulta también Viaje al fuerte, en el que asistimos al rescate de una mujer secuestrada por los indios siete meses antes del comienzo de la narración. Habiendo sobrevivido con fortaleza a su terrible situación, la señora Foster es liberada tras la entrega a sus captores de caballos y mercancía diversa. En su camino de regreso al fuerte en donde la espera su esposo, tutelada por seis soldados y acompañada de algunos carros de colonos, la mujer enlaza en su pensamiento aún enfebrecido por la durísima experiencia vivida la alegría por su libertad con la incertidumbre y el miedo al encuentro con su marido y, sobre todo, con la culpa por la previsible muerte de su pequeña hijita, a la que debió abandonar en el momento del ataque de los indios; una culpa, no obstante, teñida de esperanza, pues el cuerpo de la pequeña aún no ha sido encontrado. De El hombre que mató a Liberty Valance ya os hablé en su momento, en relación con el libro de Molina Foix y con otro, posterior, de Eduardo Torres-Dulce. El intenso clima emocional que se crea entre los tres personajes principales, Bert Barricune, Ransome Foster y la señorita Hallie (que en la película de John Ford son encarnados respectivamente por John Wayne, James Stewart y Vera Miles) es descrito con los sobreentendidos y elipsis “marca de la casa Johnson”, que incorpora además una dimensión ética muy notable a un cuento que está ya en la mejor historia del género en sus dos manifestaciones, literaria y cinematográfica. La camisa de guerra, una narración conmovedora sobre la valentía, el destino, la voluntad, el honor, la dignidad y la honradez, la integridad, el odio, la venganza y la cobardía, plagada, como en otras muestras del talento de su autora, de innumerables detalles de la cultura india, nos muestra a Francis Mason, un hombre de Filadelfia que lleva años buscando en territorio indio a su hermano, del que se separó tres décadas atrás a causa de una pelea, un duelo y una muerte. Con la ayuda de Bije Wilcox, un aventurero que oficiará de intérprete, Francis se pondrá en contacto con Señal de Medicina, un viejo jefe cheyenne, que quizá pueda ser su hermano Charles. El joven Dogie Kid es el centro de Más allá de la frontera. Salvador de dos mujeres ante el ataque de los indios, el muchacho despierta a la madurez, entre deliciosas escenas de camaradería y amable confrontación con Priam King, un hombre adulto, tímido y reservado, poco decidido y escéptico en el trato con las chicas (Priam pensaba que una mujer puede ser el infierno para un hombre, o quizás el paraíso, pero no había forma de adivinarlo, en frase que no sé si admitirían nuestros tiempos de exacerbada corrección política), que será su “competidor” en el amor por Laura, una de las muchachas salvadas por Kid. Con Marcas de honor Johnson traslada la acción a 1941, en plena segunda guerra mundial, en una historia que tiene al viejo indio Charlie Lockjaw y su caballo, sacrificado tras la muerte de su dueño en un ritual lleno de connotaciones simbólicas que enlaza las ancestrales tradiciones guerreras de los cheyennes con la peripecia de los jóvenes de su pueblo en la “moderna” contienda bélica, en un relato muy interesante -más allá de sus indudables valores literarios- porque ilustra acerca de un episodio para mí desconocido: la participación de las razas indias en los contingentes de hombres que Estados Unidos envió a Europa para luchar contra el nazismo. Reírse frente al peligro es, una vez más, genial, muy dulce y emocionante, sorprendente y lleno de ternura. La abuela Foster recrea su pasado, envuelto en una nube de evanescentes recuerdos, a instancias de su ya canosa hija Alice, que la ha puesto en contacto con una investigadora de la Universidad que rastrea los orígenes de la cultura del Oeste. De soltera Emma Prince, viuda de un personaje relevante en la historia del país, Will Foster, al que dio cuatro hijos y numerosos nietos, en sus difusas evocaciones de unos sucesos de setenta años atrás se cuela Látigo Kid, un temible bandido, cuatrero, salteador de caminos y asesino, con el que, en su diluida memoria, vivió -o creyó haber vivido- una historia de amor apasionada y rebelde, atrevida y secreta. Sus ojos eran grises, rememorará, nostálgica y confundida, tras la esforzada recuperación, quizá inventada, de un sueño perdido: La abuela Foster, que antaño fue Emma Prince, se desmoronaba en su silla y Alice le preguntaba con temor: —¿Estás bien? La abuela recuperó el aliento y susurró: —Le he contado todo. Nunca se lo había contado a nadie y esta vez lo he hecho. Su boca se abrió, pero no salieron más palabras. Se quedó mirando con los ojos nublados y contempló cómo relucía un sueño muerto. Para cerrar el primer volumen, Un hombre llamado caballo es otra obra maestra imperecedera. Un joven de buena familia en el Boston de mediados del siglo XIX vive una existencia confortable, rodeada de los privilegios y comodidades derivados de la fortuna paterna hasta que, en 1845, infeliz en su posición y deseoso de encontrarse a sí mismo, viaja al Oeste en donde, al poco tiempo de su llegada, será capturado por una partida de merodeadores crows. Desde entonces vivirá años con los indios adaptándose progresivamente, desde la hostilidad inicial, a sus costumbres, integrándose en su cultura y forma de vida, logrando poco a poco el reconocimiento de los inicialmente reticentes miembros de la tribu, llegando a formar una familia entre ellos, aunque manteniendo en todo momento el anhelo, el deseo y la consciente intención de volver a su ámbito “natural”, la vida de los hombres blancos. Determinados acontecimientos en su existencia pondrán de manifiesto el dilema entre su reconocida voluntad de retorno y el apego a los nuevos lazos construidos entre los pieles rojas. Un cuento bellísimo que habla de la dignidad, el honor, la fidelidad, el compromiso y la búsqueda de un lugar en el mundo. 

Ya en la segunda recopilación, La hermana perdida es una joya de la literatura, y no sin razón es mencionada habitualmente entre las grandes referencias del género. Una niña de nueve años, que vive con su madre y sus tías, relata en primera persona la llegada de otra tía, Bessie, rescatada tras pasar cuarenta años con los indios, que la raptaron con apenas seis. La emoción desborda en un relato que describe con elegancia el drama de la hermana perdida, desubicada en su nueva vida, añorante de un pasado irrecuperable, borrada su identidad y desolada en el sinsentido de una existencia en la que ya no pertenece a ningún lugar. La última bravata es también un cuento magnífico, que nos muestra la secreta lealtad, el improbable amor, la insospechada decencia de un forajido, criminal y aparentemente desalmado, que en su momento final, antes de que sea colgado, revelará el acto más noble -y paradójico- de su vida: traicioné a una mujer. Un pobre muchacho, un inocente vaquero al que el infortunio o el destino condenan a transitar siempre por el lado equivocado de la vida, protagoniza Bandido improvisado. El chico, también en primera persona, relata sus desafortunadas peripecias, en las que su ingenuidad y los azares de la existencia lo enredan en una sucesión de desgraciados incidentes tocados por la mala suerte. En El hombre que conoció a Buckskin Kid, la leyenda de un forajido, edulcorada por los recuerdos y el paso del tiempo, se entrevera con una deliciosa historia de amor que acaba de cerrarse con un detalle inesperado que aflora en el relato sesenta años después de ocurrido. El regalo en la carreta es también muy emotivo y se mueve en un esquema también retrospectivo -muy común, como puede verse, en los relatos de Dorothy M. Johnson-: un desconocido andrajoso y enfermo es socorrido por una familia, que lo acoge sin saber que diez años atrás sus caminos se habían cruzado en un episodio que ambas partes acabarán por recordar de modo contradictorio y ambiguo. Rezumando ternura, Tiempo de grandeza es igualmente espléndido. Un joven muchacho debe ayudar a la economía familiar cuidando de un anciano de pasado legendario que, ciego y abismado en una demencia que empieza a devorar su cerebro, cuenta con la sola ayuda de su silenciosa y enigmática hija, también muy vieja, bajita y encorvada: Cara de Mono, medio india. En el contacto con ambos el chico se hará hombre y mostrará su grandeza, en un cuento entrañable que gira sobre la fe, la confianza, la lealtad y el compromiso. Con Diario de aventura la autora vuelve a deleitar al lector con una historia de honor, fidelidad y nobles valores humanos. Edward Morgan, un chico de veinte años, viaja al Oeste en 1868, dejando en Vermont a su novia a la que pide que le espere, pues regresará para graduarse en la universidad, convertirse en profesor de Latín y Griego y contraer matrimonio con ella tras lo que imagina una exitosa aventura juvenil. Lleva un diario en el que anota las incidencias de su viaje; además se escriben cartas a menudo. Atacado por los cheyennes, con una pierna fracturada, perdido en una hondonada sin medios de subsistencia, con la nieve invernal a punto de agotar las posibilidades de supervivencia, una india lo salvará de la muerte. Su sentido del honor lo llevará a casarse y tener hijos con ella. Muchos años después, reaparecerá la antigua novia y las anotaciones del diario arrojarán luz sobre el largo silencio de Edward. Dos expresiones que se repiten significativamente en el texto, Un hombre de honor y Comportémonos con dignidad, permiten atisbar la intención última que pretende transmitir Johnson con su cuento. La historia de Charley narra un amor imposible, con un chico que es en realidad una mujer, con el paso del tiempo, con fotos y cartas que permiten revivir el pasado, en una historia de amor muy dulce y conmovedora. La squaw de la manta es un texto primerizo, de 1942, de su autora y es también, probablemente, el más endeble de los cuentos seleccionados. Mary Waters, una india “desclasada”, forzada a vivir y ser educada entre blancos, vivirá un amor más o menos imposible teñido de responsabilidad y culpa. Por último, El árbol del ahorcado, una novela breve -más de cien páginas frente a las escasas veinte de cada uno de los demás cuentos-, es también excepcional, con tres personajes memorables -Joe Frail, el muchacho Rune y Elizabeth Armistead-, envueltos en una trágica historia de ambición, destino, amor, ternura, violencia, compromiso y lealtad en un escenario marcado por la fiebre del oro. 

No hay tiempo para comentar las tres películas más sobresalientes de las que se han hecho sobre relatos de nuestra autora invitada de esta tarde, El hombre que mató a Liberty Valance, Un hombre llamado Caballo y El árbol del ahorcado. Os remito a mi reseña de 2019, que podréis encontrar en el blog del programa, para revisarlas si queréis ampliar con el cine los ecos de los dos magníficos libros recomendados. 

Paso ya, pues, en un monumental giro temático, a dar cuenta de las razones que me han llevado a modificar mi inicial proyecto y completarlo con otra autora y dos libros más, novela el primero, colección de relatos el segundo, publicados ambos en editoriales diferentes (diversas entre sí y distintas también de las veintiséis que ya han comparecido aquí en las anteriores entregas de esta interminable -aunque espero que sugerente- serie). El pasado 8 de abril, un jurado relativamente plural, compuesto por Rosa Montero, Pilar Adón, Luis Alberto de Cuenca, Jorge Fernández Díaz, Leila Guerriero, José Carlos Llop y Élmer Mendoza, otorgó el Premio Aena de Narrativa Hispanoamericana, en su primera edición, a El buen mal, de Samanta Schweblin, al considerarla la mejor obra de narrativa de las publicadas en 2025 en castellano (incluyendo también obras originales en lenguas cooficiales traducidas). 

El galardón ha sido muy controvertido desde que se dio a conocer la iniciativa: por la dotación del premio, un millón de euros a la ganadora y treinta mil a cada uno de los finalistas (Héctor Abad Faciolince por su Ahora y en la hora aquí reseñado hace unos meses, Nona Fernández por Marciano, Marcos Giralt Torrente y su Los ilusionistas, y Enrique Vila-Matas con Canon de cámara oscura); por el derroche que supone la desmesurada cuantía en comparación con la que otros premios internacionales similares y de prestigio consolidado reconocen a los ganadores: los anecdóticos 10 euros del Goncourt, las modestas 50.000 libras del Booker Prize; por la participación estatal e institucional y el aprovechamiento político del evento (al acto de entrega del premio asistieron autoridades como Salvador Illa, presidente de la Generalitat de Cataluña; Jaume Collboni, alcalde de Barcelona; Jordi Hereu, ministro de Industria y Turismo; entre otros); por la muy enfática notoriedad mediática, vinculada al polarizado juego político y su enquistada lucha de trincheras (una muestra reveladora: el premio se dio a conocer un miércoles; cinco días antes, el sábado 3 de abril, Babelia, el suplemento cultural del diario El País, como es sabido muy cercano al poder, a ese Gobierno que, en último término es el mecenas en la sombra de estos opulentos laureles editoriales -Aena está participada al 51% por el Estado, y su presidente es nombrado, como tantos otros altos cargos en empresas estatales, en práctica por desgracia ya consolidada en nuestros lares, por el poder de turno-; Babelia, decía, dedicó su portada, afortunada casualidad, a… Samanta Schweblin y al libro que, sin que hubiera transcurrido una semana, acabaría por ser el ganador del muy aeroportuario certamen!). Para formaros una opinión no sesgada del asunto os recomiendo la visita a la página de Aena, que recoge, con, como es obvio, argumentos de parte, todos los pormenores de la iniciativa, y a la de la revista Jot Down, que tras el desvelamiento del fallo publicó un interesante y muy crítico artículo escrito por Angel L. Fernández Recuero. 

Yo leí por primera -y por ahora penúltima vez- a la escritora argentina en 2014 o 2015, cuando publicó su novela Distancia de rescate. El libro apareció en la editorial Penguin Random House, un sello fundamental en nuestro mercado literario y que, sin embargo, no había tenido aún cabida en este largo ciclo. La recepción crítica fue extraordinaria, con la obtención de diversos premios, el Tigre Juan, el Shirley Jackson, el del Ojo Crítico, siendo finalista en 2017 del Booker Prize International. Innovadora, distinta, deslumbrante, rupturista, experimental, hipnotizante, “opus magnum”. Como resulta evidente, no era fácil resistirse a tan enfática acogida, y no lo hice. El clima opresivo, la atmósfera onírica, la presencia de lo fantasmagórico y lo monstruoso, los elementos sobrenaturales, el marco gótico, lo inextricable de la trama, la opacidad de la narración, elementos característicos y definitorios de la prosa de Schweblin que, como reconoce el jurado del Aena en relación con el libro premiado, destaca por plasmar, en un volumen de relatos, nuevos mundos turbadores, fascinantes y complejos (…) recorre magistralmente la frontera entre lo posible y lo imposible con una prosa hipnótica. Es un libro de belleza inquietante que sitúa la tradición del cuento en su punto más alto, no me interesaron apenas y me alejaron (casi) para siempre de su literatura, pese a que, tras cada nueva publicación, se sucedían las traducciones a decenas de lenguas, los comentarios extraordinariamente elogiosos, los reconocimientos críticos y los premios en todo el mundo -el National Book Award de 2022 por Siete casas vacías, el Casa de las Américas por La furia de las pestes, el Juan Rulfo por Un hombre sin suerte, entre otros-, las encomiásticas valoraciones internacionales (su nombre parece sonar para el Nobel). Sin embargo, las continuas referencias a ese peculiar planteamiento literario caracterizado por reflejar la tensión narrativa, el terror que subyace a la normalidad, los ambientes inquietantes, lo extraño, lo siniestro y lo fantástico, ese gótico cotidiano que tan poco me atrae, seguía alejándome de su obra. 

Y entonces llegó este último y debatido premio con su inevitable sobreexposición mediática. Y ello mientras en Todos los libros un libro yo desarrollaba una serie con novelas de mujeres presentadas en editoriales diversas. En ese momento me asaltó la idea de aprovechar el “tirón” publicitario y completar el ciclo con otra autora, la desde hace años omnipresente -aunque, como digo, no especialmente santa de mi devoción- Samanta Schweblin, y dos de sus obras publicadas en sellos aun no recogidos en mi amplio repertorio editorial, pese a su sustancial relevancia en el universo libresco español, el Penguin Random House de “mi” Distancia de rescate (ahora ya reeditada en Seix Barral, que supongo que ha debido hacerse con los derechos de la obra de la argentina -que, al parecer, ha cambiado también de representante- y está recuperando todos sus títulos) y la propia Seix Barral en la que apareció el año pasado la ahora millonaria El buen mal (que mantiene, para Sudamérica, la edición de Penguin). 

Releí, pues, Distancia de rescate, intentando alejar de mi espíritu la poco entusiasta impresión inicial, me adentré con enormes expectativas y desprejuiciada voluntad de disfrute en los cuentos de El buen mal, y aquí estoy ahora, cerrando la emisión de esta tarde con mis comentarios sobre la doble propuesta. Puedo anticipar que, quizá influido por la profundidad de los análisis de los muchos artículos, reseñas y aproximaciones críticas que en estas semanas he leído sobre la obra de la argentina y por las sugerentes pistas que aportan para su lectura (no puede descartarse tampoco el sesgo cognitivo que supone el reconocimiento generalizado que el galardón lleva consigo), mi juicio sobre la autora ahora premiada ha variado de modo considerable y es hoy bastante más positivo que el de hace una década. A ello contribuye también, como luego veremos, la propia singularidad de El buen mal, un libro en el que, manteniendo los rasgos sustanciales, “marca de la casa”, que ya estaban en Distancia de rescate (y que siguen sin interesarme demasiado) hay en él bastantes elementos y enfoques distintos que también han podido afectar a la modificación de mi criterio, quizá en este momento algo más objetivo y, sin duda, más entregado, con entusiasmo incluso, en algunos cuentos, a la calidad de la obra. 

Samanta Schweblin, nacida en Buenos Aires en 1978 y residente en Berlín desde hace un par de lustros, es, sobre todo, una escritora de cuentos. Distancia de rescate pasa por ser una novela, pero podría catalogarse como un relato algo extenso (algunos de los seis cuentos de El buen mal se le acercan en cuanto a la cantidad de palabras). Es, en cualquier caso, un libro breve, no solo objetivamente, por el escaso número de páginas (no llega a ciento treinta) sino por la percepción a la que induce su estructura, un único diálogo hecho de frases cortas, que se presenta con continuidad, sin división en capítulos, secciones o apartados, que impone una lectura ágil y fluida, más allá de la necesaria pausa que el lector debe exigirse para captar en su profundidad unos hechos, unos sucesos, una realidad en suma, que no siempre resultan de fácil comprensión. La trama -difícil aplicar el término a una obra carente, en el fondo, de argumento- se articula en torno a una suerte de diálogo espectral entre Amanda, madre de la pequeña Nina, y David, el hijo, algo mayor, de su vecina Carla, en un planteamiento que se asemeja más a una escena teatral o a una sesión clínica que a una narrativa convencional. Ambos -adulta y menor- hablan desde un territorio impreciso, que viene definido (otro concepto inapropiado para una novela en la que todo es vago, indeterminado, misterioso, indescifrable) o que remite, sugiere o apunta a la enfermedad y la cercanía de la muerte. La conversación, afantasmada, inquietante, con un aire sobrenatural, está hecha de interpelaciones, preguntas cortas, respuestas ambiguas o confusas, repeticiones obsesivas, comentarios marcados por la inconcreción, que nada aclaran sobre qué les ocurre y desde qué estado y en qué tiempo dialogan los hablantes, y cuyo sentido último el lector se verá obligado a reconstruir. Su intercambio no sigue tampoco una línea cronológica clara ni un orden perceptible con facilidad, desarrollándose de un modo fragmentario a través de recuerdos y evocaciones en un esquema presentado mediante “flashbacks” y hecho de secuencias breves que van mostrando diversos ángulos -nunca completos, nunca cerrados, nunca del todo explicados- de la historia a la que, de un modo voluntariamente enigmático por parte de la autora, parecen aludir. 

¿Historia? No sé si la hay, siendo estricto. Intentaré -me resulta imposible recomendar un libro privando a los destinatarios de mis palabras de, al menos, un mero atisbo de su contenido- presentar de modo breve algo -un esbozo, un bosquejo, un indicio, una leve insinuación- que pueda orientar, siquiera mínimamente, a un potencial lector. Ello exigirá -aviso para navegantes- un cierto destripe de algún elemento más o menos sustancial del libro (aunque, ¿qué importa?; lo esencial de Distancia de rescate no es su contenido sino su escritura, el estilo, su atmósfera, y nada de todo ello puede ser objeto de revelación anticipada). Y es que la Amanda a la que vemos en la mayor parte de la novela en un presente en el que, de vacaciones en una casa en el campo, cuida de su pequeña Nina y atiende al relato que su vecina Carla hace de la extraña enfermedad de su hijo, está en realidad, agonizando quizá, en una cama de una clínica acompañada por David, ese niño al que apenas conoce y que es, como ya he indicado, hijo de Carla. Bajo la insistencia de David, que la apremia (Tenemos poco tiempo), con una urgencia de la que el lector desconoce las causas, y la interrumpe para reconducir su relato (Eso no es importante), sin que tampoco quien lee sepa por qué no lo es y dónde reside lo relevante, Amanda intenta, en un clima de ansiedad y desorientación (Esto no es normal, David. Solo hay oscuridad, y me hablás al oído. Ni siquiera sé si realmente esto está sucediendo), reconstruir la concatenación de causas y efectos que la han llevado a su situación. A través de su narración fragmentaria, intrincada y febril, la mujer recuerda esa reciente estancia en el campo en donde conoció a sus vecinos. Desde el presente de la clínica (que es el futuro en la novela), David intenta dirigir la remembranza de Amanda, aludiendo a unos supuestos gusanos que son, de nuevo quizá, la causa de su enfermedad. Parece -no hay certeza alguna en el libro; todo solo parece, es acaso posible, es tentativa, duda, confusión, todo son hipótesis, presagios, sensaciones difusas- que ella, el propio David, la niñita Nina, los caballos del entorno rural, todos han sido afectados por alguna sustancia, algún tóxico, un agua contaminada, algún veneno que provoca en ellos extraños síntomas (hay una suerte de curandera, en una misteriosa casa verde, que oficia un extravagante ritual de sanación). Y esto es lo más parecido a una sinopsis argumental que soy capaz de esbozar. 

Hay, entre los temas que pueden aflorar en la mente del lector mientras se adentra en el relato, un eje principal, al que alude expresamente el título de la novela. En un episodio de los que se narran, Carla desatendió al pequeño David durante unos minutos y esa distracción provocó, supuestamente, su misteriosa e incomprensible afección. Amanda, por el contrario, quiere mantener a Nina a salvo de cualquier peligro ejerciendo sobre ella un control obsesivo: Yo siempre pienso en el peor de los casos. Ahora mismo estoy calculando cuánto tardaría en salir corriendo del coche y llegar hasta Nina si ella corriera de pronto hasta la pileta y se tirara. Lo llamo “distancia de rescate”, así llamo a esa distancia variable que me separa de mi hija y me paso la mitad del día calculándola, aunque siempre arriesgo más de lo que debería. Ese concepto, además de presidir el libro desde su encabezamiento, opera en el ámbito estricto de la trama, con la constante preocupación de la madre por no perder de vista a su hija, sobre todo al conocer, de boca de Carla, la experiencia previa de David, y también, fundamentalmente, con un alto valor metafórico, como símbolo inequívoco de la ansiedad materna moderna, interminable, abstracta, agotadora, muchas veces maniática y, en última instancia, casi siempre impotente. Distancia de rescate admite así, en una primera y muy obvia lectura -quizá la menos sugerente-, una reflexión sobre la imposibilidad de proteger a los hijos en un mundo como el actual, complejo, cambiante, vertiginoso y tóxico, lleno de amenazas invisibles, intangibles y difíciles de precisar. 

Pero en una obra de tal ambigüedad, los intentos de proporcionar una interpretación, un sentido, se multiplican (y resultan, quizá, muy probablemente, vanos). He leído acercamientos al libro que aluden a la representación que en él se hace del campo argentino; a la crítica de la explotación agrícola que supuestamente encierra; a la denuncia ecológica -el “eco-horror”- de la toxicidad ambiental y de la contaminación química derivada de la agricultura industrial; al mensaje, incluso, “ecofeminista” que sostiene. Otros enfoques, en mi opinión más ajustados, subrayan -en algún caso bajo la discutible rúbrica de “terror posthumano”- la condición de “thriller literario” de una novela en la que el miedo, la angustia y el pánico del lector -y hasta de los personajes, si exagero- no nacen de la existencia, la indagación y la revelación última de un misterio convencional, sino de la ansiedad narrativa, de la creación de una atmósfera opresiva, de la ambigüedad deliberada del texto, de la falta de explicaciones claras de la “verdad” subyacente a los distintos sucesos e incidentes, del desconocimiento del carácter -¿natural, humano, voluntario, inducido, azaroso, paranormal?- de los muchos elementos anómalos que cruzan el relato. 

Quiero insistir en que, apreciando el talento indiscutible de su autora, este marco de indefinición y oscuridad en el que se desenvuelve su obra, este territorio literario en el que predomina lo ominoso y lo invisible, lo oculto y lo enigmático, lo onírico, lo dislocado, lo misterioso, lo inquietante, lo inexplicable, el peligro escondido, la amenaza latente, no me resulta especialmente sugestivo. Y, como es obvio, todas estas “señas de identidad” de la argentina, están también, aunque con apreciables matices, en su última publicación, el “millonario” El buen mal. Y siendo así, sin embargo, los seis relatos que el libro recoge me han gustado bastante. Esos rasgos, lo que he llamado “marcas de la casa” Schweblin, son en esta última obra también muy evidentes: el mal como presencia difusa e imprecisa; la alteración de la normalidad; la ausencia de explicaciones causales, de conclusiones cerradas; las historias que sumen al lector en la incertidumbre; la ambigüedad en la que viven instalados los personajes, su perplejidad y su confusión; la irrupción de lo irreal en lo cotidiano; el efecto inquietante de lo doméstico, de lo acostumbrado; las reveladoras grietas que atraviesan los escenarios comunes, los contextos corrientes, los marcos de referencia esperables, previsibles; la tensión entre lo ordinario y lo perturbador; la economía expresiva; la relevancia de lo no dicho, de lo solo sugerido o apenas intuido; la imposibilidad de aprehender las emociones más profundas, los sentimientos más íntimos; este último un elemento clave de su libro, tal y como reconocía la propia autora en una reciente entrevista: Decir estoy triste es algo, por ejemplo, muy general, cuando en realidad lo que sentimos es algo terriblemente específico. Es incomunicable. Por eso necesitas hacer una serie terrible de movimientos para que el lector entienda ese texto. Es esa emoción final, en todo caso, lo que a mí me hace escribir todo un texto. En general, no me siento a escribir hasta que no entiendo esa emoción final. Y si las emociones no fueran tan perturbadoras, qué sentido tendría escribir

Pero, a diferencia de Distancia de rescate, en que el relato aparece teñido por una dimensión fantástica, cercana a lo gótico y rozando lo sobrenatural, con la presencia de fuerzas ocultas que parecen arrastrar a los personajes, en una atmósfera, ¿cómo decirlo?, sensorial, física, visceral, tóxica, opresiva, irreal en suma; en El buen mal, los cuentos son de corte más realista, se desenvuelven en entornos y contextos quizá más “reconocibles”, más normales, más domésticos, en los que, claro está, comparece esa extrañeza enigmática que define a la escritora, aunque, a mi juicio, con componentes más psicológicos, más analíticos, más intelectuales o de tesis incluso, aunque igualmente perturbadores (y reitero que no soy demasiado aficionado al terror literario; ni al real, obviamente). La crítica siempre ha hablado de la influencia de los cuentos de Cortázar en la obra de Schweblin, y, reconociendo un cierto eco de ellos, difuso y lejano, en Distancia de rescate, es ahora, en El buen mal, cuando los paralelismos se multiplican, lo que, teniendo en cuenta mi devoción por el inmortal escritor argentino, quizá haya podido provocar, junto a las demás razones ya apuntadas, mi reconsideración de la literatura de su seguidora confesa (en numerosas entrevistas Schweblin ha declarado su enamoramiento del escritor y cómo sus libros de cuentos, junto con otros de Kafka y Ray Bradbury, marcaron su vocación como escritora). 

De Cortázar, El buen mal tiene la idea de la cotidianidad perturbada; los entornos familiares reconocibles alterados por algún elemento extraño o desestabilizador; la noción de ruptura, de quiebra o desgarro, de fisura en la realidad por la que se cuela lo extraño, lo indefinido, a veces lo innombrable, a menudo lo inquietante; la apertura a lo otro -el monstruo, lo desconocido, lo temido o soñado- que irrumpe o a lo que se accede a través de pasajes, de corredores, de fallas o fracturas, de túneles o pasadizos, de inesperados umbrales, no siempre materiales; la idea del doble, mostrada tanto en la presentación de realidades paralelas como en la intuición o la presencia de “otro yo”, que habita “del lado de allá”; los, en consecuencia, “juegos” duales: yo/el otro, aquí/allá, dentro/fuera, presente/pasado, real/irreal, vida/muerte; los finales inconclusos (valga el oxímoron), que se cierran -se cortan- sin explicación, sin que se aclaren los enigmas, sin que la razón aporte luz o esclarezca el desconcierto, la perplejidad, la ofuscación, lo indescifrable; las figuras de los animales como emblema de lo desconcertante, del desasosiego, de la desazón, como ingrediente del enigma, del misterio (en varios de los cuentos de El buen mal las anómalas presencias de un conejo, un caballo y distintos gatos (y recuérdese aquí el Bestiario cortazariano), ajenas en principio al núcleo central de lo narrado, abren los relatos a estas conexiones irracionales, inexplicables, que ocultan y a la vez revelan lo insólito y lo extraordinario, lo turbador, lo asfixiante, lo angustioso, lo incógnito y sin embargo intuido de modo ominoso. Son, quizá, esta apertura a lo ignorado pero presentido; este acceso a espacios que, sin formar parte de nuestra identidad reconocida, también, de modo oscuro, nos constituyen; este vislumbre de “otro lugar” que está y no está en nosotros, las características centrales del libro y de la obra que yo he leído de Samanta Schweblin y las más deudoras del universo de Julio Cortázar. Así se deduce, entre líneas, de esta significativa respuesta de la escritora en una de las muchas entrevistas que he podido consultar: Creo que, más allá de los géneros, y de esta para mí tan discutible línea entre lo extraño y lo real, la literatura es el ejercicio práctico de la empatía. Es justamente salirse de los propios juicios y la propia experiencia, si es que esto fuera realmente posible, y pensarse desde otro lugar. De hecho, esa es justamente la gran herramienta que los seres humanos tenemos en la literatura, y es que no debe haber, en ninguna otra de las artes ni tecnologías, la posibilidad de entregarnos a nuestras propias dudas y temores, de verle la cara a nuestros terrores más profundos y probarnos a nosotros mismos, medirnos frente a ellos. La posibilidad de probar los caminos de nuestras guerras más profundas y volver a la vida real con información vital. Volver con el conocimiento de cuánto nos dolerían las cosas, pero sin una sola herida real

Hay ostensibles diferencias entre ambos, no obstante. Pese a la “domesticidad” de los cuentos de Cortázar en los que irrumpe lo extraordinario -los conejitos que el personaje principal vomita en Carta a una señorita en París; la presencia indefinible que se apropia del hogar de los hermanos en Casa tomada; los sacrificios aztecas que se superponen a la peripecia de un motorista hospitalizado en La noche boca arriba; el fotógrafo de Las babas del diablo, que captura una imagen de una pareja en una acción que parece abrirse a otra realidad; el joven parisino de Las armas secretas que “es”, también, un soldado nazi décadas atrás; entre otros muchos-, en los relatos de Schweblin, que, en esencia, siguen esta misma estructura abierta a lo fantástico, se integran en mucha mayor medida las temáticas y los enfoques contemporáneos y sociales, como la familia, la maternidad, la identidad o las cuestiones de género. 

Así, por ejemplo, en el prodigioso Bienvenida a la comunidad, el extraño ritual al que se entrega la protagonista -Salto al agua desde la punta del muelle y me hundo apretándome la nariz. Tras el impacto inicial abro los ojos, me entrego atenta a la caída que va suavizándose, a los tonos nuevos a mi alrededor, más densos y tornasolados. Desciendo, aguanto sin respirar. Quizá pasa un minuto. Al fin, despacio, toco el suelo mohoso con los pies, como una astronauta aterrizando en la luna. Me suelto la nariz y bajo los brazos, el cuerpo se tensa. Una contracción llega desde los pulmones, es un espasmo, espero un poco más. Tanteo las piedras atadas a mi cintura, el nudo siempre puede deshacerse-; los imposibles tres, cuatro o cinco minutos que permanece sumergida; su vuelta a la superficie; su reincorporación a una relativa normalidad, preparando en la cocina la comida familiar (No estoy segura de nada, ni entonces ni ahora, pero en el reloj ya son las doce y veinte, así que subo al cuarto, dejo las cartas en el cajón de la mesita de luz, me quito la ropa mojada, me pongo ropa seca y bajo otra vez para preparar el almuerzo); sus cotidianas interacciones sociales, permiten a la autora -más allá de mostrar esa ruptura, esa distorsión que introduce la extraña premisa desde la que se construye el relato- apuntar temas como los -de un modo tangencial, discreto, indirecto- de la zozobra y la inquietud que subyacen a la vida doméstica, el fracaso existencial, la fragilidad de nuestro anclaje en el mundo (Todo lo que pasa me parece posible, pero cómo es posible, cómo puede ser que haya pasado lo que pasó y yo me sienta tan bien, y hasta el pelo se esté secando), los límites entre la vida y la muerte, la pulsión del suicidio, la violencia inherente a los hábitos más comunes, la opresión que suponen los vínculos sociales, o, eje recurrente en la obra de la argentina, la tensión en las relaciones familiares. 

El segundo cuento de la colección, Un animal fabuloso, también espléndido, nos presenta a dos amigas, Leila y Elena, distanciadas durante décadas, que mantienen ahora, con sesenta y tantos años ya, una larga conversación telefónica, una en Lyon, la otra en Buenos Aires. Elena, que padece un cáncer terminal, llama a su amiga para recordar la figura de su hijo, Peta, fallecido tiempo atrás con solo siete años, en un episodio en el que Leila estuvo presente y que se nos ofrece rodeado de los rasgos de desasosiego, extrañeza e irrealidad esperables en Schweblin -con la figura central y de extraordinario valor simbólico de un caballo como eje que representa la distorsión y la ambigua confluencia entre lo real, la fantasía y los elementos irracionales. Entre medias, los focos dominantes de la literatura de la argentina (al menos de la que yo conozco): la culpa, el miedo, los traumas personales, la complejidad de los vínculos afectivos, la maternidad, la infancia, el peso del pasado; y todo ello en un clima de tensión emocional y psicológica que progresa en una graduación magistral. William en la ventana es, en declaración de la propia autora en sus comentarios finales del libro, el cuento más autobiográfico que he escrito. En él, conocemos a una escritora argentina que, mientras avanza en la redacción de su nueva novela, participa en una residencia de autores en Shanghái. Desde su mínimo apartamento en el piso cuarenta y dos de un rascacielos en el que están alojados los distintos escritores de diversos países invitados, habla por teléfono con Andrés, su pareja, que en Buenos Aires se enfrenta a una enfermedad grave. De entre los colegas con los que comparte estancia, entabla una relación más estrecha con Denyse, una escritora irlandesa mucho mayor que ella, que le habla con desafección de su marido (Así es el hombre con el que me casé —dijo Denyse—. Te parece un héroe al principio, un ingenuo diez años después, un necio a los veinte, y luego ya es demasiado tarde para separarse) y, con mucho mayor entusiasmo, de su gato William (Yo sí quiero a mi marido —dijo—, no es que no lo quiera. Pero William es todo lo que tengo), que ha sido misteriosamente envenenado. El gato, que comparece en el recuerdo de la mujer y, de un modo fantasmagórico, en una presencia intuida y espectral en el apartamento de Shanghái, concentra el núcleo simbólico de un relato en el que se entrecruzan el día a día de la narradora en su residencia china, escenas de la cotidianidad de su vida de pareja (el sensible, delicado, doloroso y perturbador recuerdo de la huella de la mano de Andrés en la pared del baño en la que se apoya cuando está frente al inodoro), la realidad conyugal de Denyse y retazos de las tramas de las novelas en las que ambas mujeres están enfrascadas, y que se abre a temas como la ausencia, el miedo, las relaciones familiares, los vínculos afectivos, el amor, la normalidad y la locura o la muerte, siempre la muerte. El corazón me latía tan fuerte como cuando le conté a Denyse sobre la marca que él dejaba en el baño. ¿Y si William realmente estaba en el cuarto con nosotras? ¿Y si la marca de Andrés nunca había estado ahí, y yo me la había estado imaginando? ¿Y si Denyse se había inventado todo y no había gato ni hijo ni marido? ¿Y si Andrés ya estaba muerto pero nadie me había podido avisar? ¿Y si yo también estaba loca y ahora perdía total control sobre mi vida? ¿Y si de verdad me moría si Andrés se moría, pero sola y a diecinueve mil kilómetros de distancia? 

No hay más tiempo. De los tres cuentos restantes del libro, dos son también espléndidos. El ojo en la garganta relata un accidente doméstico que marca la vida de un niño y, a través de él, la de sus padres. Elías, un niño de apenas dos años y medio, se traga mientras juega una pequeña pila de litio de un dispositivo a su alcance (una calculadora, un mando a distancia, un reloj electrónico), lo que provoca un daño grave en su garganta por lo que tendrá que someterse a una traqueotomía, viéndose privado, desde tan chico, del habla. La natural repercusión del incidente en la vida de sus padres se cruza, como de costumbre en los relatos de Schweblin, con un elemento extraño y desasosegante, las misteriosas llamadas telefónicas, sin que nadie hable al otro lado del auricular, que se reciben en el hogar familiar (Y esa misma noche, al fin acostado en su cama a punto de quedarse dormido, mi padre se sobresalta cuando timbra el teléfono del living, se levanta para atender y escucha por primera vez ese silencio frío y oscuro que tanto lo consternará durante años), en un cuento que es una exploración intensa del trauma, la (in)comunicación y la vulnerabilidad familiar. La mujer de Atlántida, también excepcional, guarda muchos paralelismos con Han cantado bingo, de Lana Corujo, que presenté aquí hace unas semanas. Dos hermanas adolescentes que veranean con sus padres en Atlántida, una pequeña localidad marinera, escapan por las noches del tedio familiar para explorar los alrededores en busca de aventuras. En una de sus expediciones se adentran a escondidas en casa de Pitis, una poeta alcohólica, que vive marginada solitaria, en un caos de botellas vacías, ropa tirada por los suelos, restos de comida, abandono, desorden y suciedad por doquier. La relación entre las niñas y la extraña mujer, sus conversaciones, la curiosidad de las muchachas, los secretos y lo poco convencional de la existencia de Pitis se muestran con complejidad, emoción y una densa carga simbólica desde el recuerdo de la hermana pequeña que rememora, cuarenta años después, aquellas tres semanas estivales marcadas por un suceso trágico. 

El último cuento del libro, El Superior hace una visita, el menos logrado, a mi juicio, de la recopilación, narra la historia de una mujer de mediana edad cuya vida, sin horizontes atrayentes, se desenvuelve entre la soledad, la rutina y la distancia emocional con su hija (Se había casado y se había divorciado, había tenido una hija que usó su primer sueldo para mudarse a otro continente. Cuando entendió que la hija no volvería, sacó un crédito para un departamento que nunca terminó de convencerla, pero que prometía atarla a la responsabilidad vital de trabajar hasta el último día de su vida. Porque en ese entonces pensaba: Si no es así como la gente se aferra a la vida, ¿cómo siguen adelante?). En una de las visitas habituales a su madre, internada en una residencia, trabará contacto con una de las ancianas del asilo a la que, por diversas circunstancias, entre el azar y el destino, acabará por acoger en su propia casa. La inesperada y violenta irrupción en su hogar de Joel, el hijo de la mujer, preocupado por su madre, desencadenará una serie de situaciones extremas, conflictivas y desasosegantes que introducirán notas de amenaza, perturbación y vulnerabilidad en la existencia de la protagonista. 

Con el repaso apresurado de los cuentos de El buen mal y la novela Distancia de rescate, de una Samanta Schweblin, magnífica escritora y hoy en el primer plano de la actualidad, y con la recomendación entusiasta de las historias del Oeste de Dorothy M. Johnson debería cerrar esta serie femenina de Todos los libros un libro en la que durante dos meses y medio os he ofrecido las obras de veintisiete autoras, todas en editoriales diferentes y todas, sin excepción, altamente interesantes. Sin embargo, he usado el condicional porque el ciclo va a tener aún un corolario, una suerte de colofón con el que la semana que viene le pondremos fin a la vez que clausuramos la presente temporada del espacio. Os emplazo a dentro de siete días para conocer el muy estimulante título en el que he pensado como apetitosa propuesta estival. 

Antes, y como cierre musical a mi reseña de hoy, os dejo con los primeros párrafos de Bienvenida a la comunidad, el cuento que abre El buen mal. Tras él, una canción que suena en la versión literaria de El árbol del ahorcado. El tema original de la película, interpretado por Marty Robbins, fue candidato al Oscar de 1960; sin embargo, he preferido What was your name in the States?, una canción tradicional de la época de la quimera del oro que, como digo, encontramos en el cuento. Creada por Logan English, os la ofrezco aquí cantada por Debbie Reynolds y el coro de Ken Darby bajo la dirección musical de Alfred Newman en La conquista del oeste, la película de episodios, dirigida por John Ford, Henry Hathaway, George Marshall y Richard Thorpe, que vi de niño con mis padres, esta vez en la pantalla gigante del cine Fraga, el mejor de Vigo, con la impresionante sala abarrotada de un público expectante ante las prometidas maravillas del novedoso Technicolor de la época. 


Salto al agua desde la punta del muelle y me hundo apretándome la nariz. Tras el mpacto inicial abro los ojos, me entrego atenta a la caída que va suavizándose, a los tonos nuevos a mi alrededor, más densos y tornasolados. Desciendo, aguanto sin respirar. 

 Quizá pasa un minuto. Al fin, despacio, toco el suelo mohoso con los pies, como una astronauta aterrizando en la luna. Me suelto la nariz y bajo los brazos, el cuerpo se tensa. Una contracción llega desde los pulmones, es un espasmo, espero un poco más. Tanteo las piedras atadas a mi cintura, el nudo siempre puede deshacerse. Para evitar arrepentirme, inspiro. Lleno el pecho de agua y un frío nuevo y duro se me pega a las costillas. Quiero que esto pase sin dolor. Una decena de burbujas salen por la boca y la nariz y se elevan. Otro espasmo me acalambra y tengo miedo de lo que pueda ocurrir ahora. Suelto el aire que me queda. Me sorprende la sensación líquida donde antes había aire, pero sobre todo me sorprende la lucidez, la serenidad. Me miro las manos, más grandes y blancas que en la superficie, y me pregunto cuánto tardaré en perder el conocimiento. Algas, cardúmenes de ojos plateados, plancton flotando como brillantina. Siento el cuerpo suelto, el contacto con las corrientes cálidas, frescas, cálidas otra vez. A lo lejos, el fondo se enturbia. ¿Cuánto tiempo habrá pasado? Tres minutos, cinco, es algo que ya no sé calcular. Estaba segura de que esto ocurriría rápido. 

Toco las piedras, busco el nudo. No hay arrepentimiento, a estas alturas lo hecho hecho está. Es curiosidad. Desato la soga y las piedras se desprenden. La caída provoca un sismo cerca de mis pies, que se despegan lentamente de la tierra. Quedo ahí como flotando, sin saber qué hacer. Y es entonces, en ese momento, cuando recuerdo haber pensado ¿y si esto es todo? Dudar suspendida el resto de la eternidad: el primer miedo real que tuve este día. No ser capaz de avanzar ni de retroceder, nunca más, en ninguna dirección. 

Me hago un ovillo, golpeo el suelo con los pies y me impulso. ¿Qué es lo que salió mal? Estoy tratando de entender. Al principio subir parece fácil, pero el cuerpo se detiene a los pocos metros, cómodo en su levitación. Lleva un rato regresar, alcanzar al fin la calidez más cristalina de la superficie. ¿Volveré a respirar cuando salga del agua? Me pregunto si alguien estará buscándome y temo un escándalo. Doy unas cuantas brazadas, saco al fin la cabeza y siento el alivio del aire frío en la cara mojada. 

Videoconferencia
Dorothy M. Johnson. Samanta Schweblin 

miércoles, 10 de junio de 2026

KATE CHOPIN. EL DESPERTAR; JANET LEWIS. LA MUJER DE MARTIN GUERRE; ELIZABETH HARDWICK. NOCHES INSOMNES

Hola, buenas tardes. Todos los libros un libro sale a vuestro encuentro una semana más con una nueva propuesta de lectura “femenina” (aunque yo no sepa muy bien qué quiere decir esa expresión, como no sea lo que literalmente significa, el mero dato objetivo: libros escritos por mujeres, sin más connotaciones). Estamos ante el octavo programa de un total de nueve que conforman una serie condicionada por algunas premisas básicas: los veintiséis títulos que al término del ciclo os habré ofrecido (aunque al final serán veintiocho o quién sabe si veintinueve) se deben, en efecto, a la inspiración, la creatividad y el talento de otras tantas escritoras. Además, todos ellos son, en diferente grado de “pureza genérica”, novelas, cada una publicada en una editorial diferente, sin que al completar la serie se haya repetido ninguna. Diversos son también los países de origen, las épocas históricas, los temas que abordan, los planteamientos literarios y los recursos estilísticos de sus autoras, las cuales, sin embargo, coinciden en la calidad, el interés, la belleza y la emoción que impregnan sus creaciones, como espero que hayáis podido comprobar en las emisiones que llevo ofreciéndoos desde mediados del mes de abril y en las que aún restan hasta finales del presente mes de junio. 

En el caso de esta tarde el lazo que une a las tres novelas que os presento es el de la nacionalidad de sus tres autoras, los Estados Unidos de América (espero que así sigan llamándose al término del infortunado mandato del delirante Trump, tan amigo, en su persistente y obsceno delirio narcisista, de renombrar el mundo pro domo sua). Se trata de Kate Chopin, que vivió entre 1850 y 1904, y de cuya novela El despertar ya hablé aquí, en un formato del programa muy distinto al actual, hace siete años; de Janet Lewis, nacida en 1899 y fallecida casi un siglo después, en 1998, con su trilogía Casos de pruebas circunstanciales, reseñada en Todos los libros un libro hace más de ocho años, cuando el espacio era de menor duración y no se emitía por YouTube; y Elizabeth Hardwick, nacida en 1919 y fallecida en 2017, de la que os traigo su espléndida Noches insomnes, un libro de 1979, publicado en España treinta años después de su aparición en su país, que yo leí hace diez y del que ahora os hablaré por primera vez. 

Empiezo, pues, mis sugerencias de hoy, aconsejando la lectura de una novela espléndida, un texto de finales del siglo XIX que, pese a lo crudo y hasta lo hostil de su recepción por parte de sus contemporáneos, ha llegado a nuestros días rezumando frescura y mostrando una vigencia, una actualidad y una pertinencia en sus propuestas que lo hacen extraordinariamente atractivo para el lector de hoy. Me estoy refiriendo a El despertar, el título de la norteamericana Kate Chopin, que presentó en 2018 la editorial Mármara en su colección La balsa de piedra, con traducción de Esther García Llovet y un ilustrativo epílogo del poeta, profesor, crítico y también traductor Jorge Urrutia. 

El despertar ya había sido objeto de anteriores ediciones en nuestro país. Especialmente destacada es la de Cátedra de 2012, una versión presentada por Eulalia Piñero Gil, profesora de clara militancia feminista, que acompaña su traducción de un interesante estudio -marcado por su “adscripción ideológica”- sobre la autora, su tiempo y su obra. También merece la pena la publicada en 2011 por Alba Editorial, en un volumen titulado El despertar y otros relatos que incluye diecisiete cuentos más y cuenta con la solvente traducción de Olivia de Miguel que, a su vez, había ofrecido una primera versión del texto en 1986, en la editorial Hiperión. Podéis buscar en internet un más que curioso trabajo de la propia de Miguel -una traductora de reconocido prestigio- en el que se “disecciona”, con rigor y meticulosidad, cada una de sus dos distintas versiones, con explicaciones acerca de las opciones elegidas para -con veinticinco años de diferencia entre ambas- trasladar al castellano el original de Kate Chopin, en un estudio que imagino debe constituir un auténtico deleite para quien se dedique profesionalmente a la traducción. 

La presente edición de Mármara, muy agradable como objeto, aparece en un acogedor y muy manejable formato de bolsillo que, casi minúsculo, hace honor, en efecto, a su nombre y puede llevarse en la americana o el abrigo y “esconderse” -casi- en el hueco de las manos. El encanto “exterior” no se corresponde, sin embargo, con la falta de pulcritud formal que padece el texto, plagado de errores tipográficos cuando no directamente de faltas de ortografía. La ama de llaves (en una alternativa algo errática, pues en otros pasajes se dice, adecuadamente, el ama de llaves); ¿qué noche le biene mejor? (hasta el corrector de Word refunfuña cuando transcribo el salvaje barbarismo); dieron rienda suelta a un buen humor y alegría que no decayó en toda la noche (una concordancia al menos dudosa); cualquier comienzo, en especial los de un universo propio, son siempre imprecisos, confusos, caóticos, y extremadamente perturbadores (otro poco disculpable error de correspondencia); no le gustaba que el olor a humo y a vino permanecieran en la sala (de nuevo, una poco afortunada concordancia); cuando una noche Arobin la llamo (una tilde que se esfuma), son, entre otros muchos, algunos de los disparates que trufan el texto e incomodan su pleno disfrute. El recurrente descuido no es achacable en exclusiva, pienso, a la traductora, pues aflora también en el epílogo del profesor Urrutia: en una en el fondo jocosa errata allí se habla de una relación extramatrimonial que se hace púbica (lo cual, si se me permite el inciso y el sarcasmo, es lo mínimo a lo que debe aspirar una relación adúltera que se tenga por tal). 

Kate Chopin nació en 1850 en St. Louis, Missouri, aunque pasó una parte esencial de su vida en Louisiana, en concreto en Nueva Orleans. Esta condición de “sureña”, de miembro de una sociedad mestiza, se percibe en su novela, centrada en ese espacio algo híbrido -en razas y lenguas, en costumbres y valores- del territorio criollo del golfo de México. Formando parte -por nacimiento y por matrimonio- de los círculos más relevantes de la sociedad, sus ideas, siempre independientes y libérrimas, se alejaron del “tono” conservador, religioso y hasta puritano de su entorno, a cuyo moralismo pacato se opuso con rebeldía. Feminista adelantada a su tiempo, su negativa a aceptar el papel subsidiario de la mujer en una sociedad encorsetada por las convenciones sociales y sometida a unos rígidos esquemas morales que ahogan su individualidad la lleva a adoptar una postura vital que trasciende su existencia cotidiana (bastante convencional y mundana, aunque tras la muerte de su marido, con cinco hijos y solo treinta y cuatro años, se alejará del mundo recluyéndose en la lectura y la escritura) y que aflorará en El despertar, como luego veremos. 

La breve novela que ahora os traigo es la gran obra maestra de su, como se ha dicho, controvertida carrera literaria. Resumiendo hasta el esquema su trama argumental, el relato narra un año de la vida de Edna Pontellier, una joven mujer -solo veintinueve años; no tan joven para la época- casada con un rico y algo anodino comerciante de Nueva Orleans, que un verano, en su estancia con su marido y sus dos hijos frente al mar de Grand Isle -un enclave de vacaciones que la propia Kate Chopin frecuentaba-, se enamorará de Robert, hijo de una amiga, madame Lebrun, y avezado y presumiblemente frívolo amante de mujeres casadas. La descripción de la pasión amorosa, de los encontrados sentimientos -ardor y culpa, anhelos y frustración- que durante un año -el círculo de la historia referida se cierra un verano después- atenazan a la joven, la exposición del encantamiento y las dudas que acompañan su “despertar” a una vida que se abre a la emoción sentimental, al deseo y la ilusión, rompiendo los aburridos límites de una cotidianidad insustancial, constituye uno de los dos ejes principales de un libro que tiene en el feminismo, en las, por así decirlo, “tesis” sobre el papel de la mujer, sobre su liberación frente a un rol conyugal y social, intelectual y sexual restrictivo, otro de sus núcleos esenciales. 

El despertar al que de modo explícito alude el título y que Edna experimentará es, pues, doble: el de las emociones y los sentimientos, el de la sexualidad y el deseo, por un lado; y el del pensamiento y la conciencia, el de la inteligencia y las ideas por otro, en una propuesta de mayor ambición y complejidad que los consabidos folletines románticos de la época, quizá más simples, más romos, que solían limitarse a la mera descripción del arrebato amoroso. 

La protagonista vive, desde esos primeros días de intensa sensibilidad estival, una suerte de descubrimiento y apertura a una realidad nueva que hasta entonces le resultaba desconocida y, por ello, le estaba negada. El texto recoge en numerosas ocasiones la mención a esta epifanía profana a través de metáforas inequívocas, distintas aunque compartiendo un campo semántico directa o indirectamente conectado con la “revelación”: una voz que surge en su interior y le habla de otra vida posible; una presencia que, casi literalmente, la despierta de un sueño de largos años sin sentido; la acuciante necesidad de que algo, no se sabe qué, ocurra, un suceso, algún hecho, una aparición, que rompa la insulsa monotonía de sus planos días conyugales. 

El elemento decisivo, el desencadenante que propicia esta revelación es, claro está, el amor, que de un modo inicialmente tímido y casi imperceptible, acaba por convertirse en una pasión romántica de irrefrenable potencia. Habituada casi desde jovencita a distintos enamoramientos apasionados -que nunca la habían hecho, sin embargo, perder su compostura- Edna se ve ahora, tras los años de gris matrimonio, envuelta en un marasmo de emociones, arrastrada por las pasiones como las olas lo hacían al encontrarse con su espléndido cuerpo, en una de las muchas referencias marinas del libro, al operar el mar, con su calidez y su peligro simultáneos, acogedor y amenazante a la vez, como metáfora de la locura de un amor que, ciego, atrae y atemoriza, seduce y amedrenta a la par. Un mar que por todo ello será, en un segundo plano no obvio, uno de los “personajes” esenciales de la novela. 

Cualquiera que haya experimentado en su vida -siquiera una vez- la impetuosa vivencia del impulso amoroso, sobre todo cuando este se produce en circunstancias difíciles o con obstáculos que entorpecen su libre desenvolvimiento (“barreras” materiales, distancia, oposición familiar, rechazo, prejuicios u hostiles convenciones sociales, diferencias de clase o de edad, relaciones adúlteras, etc.), identificará en El despertar los síntomas de ese dulce padecimiento, pues Edna los sufre todos, sin excepción, y Kate Chopin los describe con sutileza y precisión, con elegancia y belleza, tanto los más gratos, los que tienen que ver con la exaltación y el fervor, con el hechizo y el deleite, con el deseo y la plenitud que acompañan siempre a ese “torbellino” amoroso, como los menos amables, los que generan sufrimiento y dolor: las dudas, el miedo, la confusión, la culpa. Así, la protagonista pasará por las distintas fases de ambos “frentes emocionales”. En el primero de ellos, podemos observar su nerviosismo e inquietud al coincidir en público con el amado (aún no “reconocido” como tal); su difuso anhelo -ni siquiera formulado- ante la posibilidad de un nuevo encuentro; la añoranza y nostalgia en su ausencia; los episodios de una tenue obnubilación mental, con la imagen de Robert “colonizando” su cerebro cada minuto del día; su necesidad -con manifestaciones físicas de la adicción: ahogos y lágrimas- de su presencia constante; sus repentinos raptos de deseo; y tantos otros ejemplos -siempre expresados de un modo contenido y sutil, como corresponde a la época y la clase social del personaje- del ansia amorosa cuando esta se presenta en circunstancias que hacen complicada su realización. 

Igualmente, la vemos -en especial al inicio de la novela- desorientada y revuelta, desazonada y perpleja, consciente (aunque no acobardada por ello) de las graves consecuencias, matrimoniales, familiares, económicas y sociales, a las que la conduce su pasión: el miedo a perder la confortable placidez de una vida en el fondo lograda, el terror de lo prohibido, el vértigo del abismo, la culpabilidad ante un marido cariñoso y entregado, ante unos hijos de los que, sin embargo, la separa un cierto creciente desapego. Atracción y rechazo, deleite y pavor, inclinación y huida, ilusión y temor, disfrute y arrepentimiento pueblan, pues, el universo emocional de una protagonista que conmueve por cuanto nos reconocemos en su humanidad, en sus ambivalentes y a menudo contradictorios sentimientos. 

Pero esta ambivalencia en el fondo no es tal, pues más allá de su sorpresa y ofuscación iniciales, Edna comprende pronto cuáles son sus auténticas necesidades, cuáles sus convicciones más genuinas, cuál su voluntad esencial, y esas certezas, en tanto aluden al rechazo de las convenciones y la reivindicación de la propia individualidad, convierten El despertar en una novela de una vigencia y una actualidad palpitantes, en estos tiempos en los que la causa feminista copa las portadas de los periódicos impregnando la vida social entera. 

La protagonista vive el deslumbramiento amoroso como una especie de liberación, comienza a darse cuenta de que la sujeción a las pautas que la sociedad ha creado para ella -en realidad para ellas, las mujeres todas- es un pesado lastre que debe dejar atrás si quiere ser feliz. El “hechizo” del amor opera como un filtro que le desvelará la auténtica realidad de su entorno gris, el cual, gracias a la transformación que el deseo induce, se coloreará y avivará vislumbrando a través de él la posibilidad de una existencia plena, fecunda, alegre, lograda. Kate Chopin describe con verosimilitud ese tortuoso proceso de cambio, ese despertar a la conciencia de una protagonista que, arrebatada por la impetuosa energía de su pasión, cuestionará los principios y valores admitidos, prescritos y normalizados por la sociedad burguesa, en relación con el amor, el matrimonio y la familia, las relaciones conyugales, la fidelidad y el adulterio, la maternidad, la sexualidad y el deseo femeninos, y, en definitiva, con el papel que las mujeres deben desempeñar en el mundo. 

Así, avanzando más y más con el transcurrir del tiempo en su determinación, Edna empezará por experimentar en su interior una fortísima sensación de independencia, ahogada por los estrechos límites de su reducida existencia. Más adelante, cuestionará y rechazará -todavía en su fuero interno- los códigos -sociales, económicos, sentimentales, familiares, sexuales- que ha heredado y que marcan sus días. Por último, en este acelerado curso de aprendizaje vital, en este arduo parto a una nueva vida, acabará por hacer suyas, en la práctica, las decisiones fruto de la profunda reflexión suscitada por su turbulenta vivencia: Había tomado la firme decisión de no volver a pertenecer a otra persona jamás en la vida, leemos. 

La joven y convencional muchacha que encontramos al inicio de la novela, sumisa, sometida, plegada de modo inconsciente a los dictados que imponen los valores de su tiempo, se convertirá al término de la obra -para bien y para mal (y no puedo profundizar en un análisis que me llevaría a desvelar un elemento esencial de la trama)- en una mujer que adquiere la plena condición de individuo sin limitaciones; una mujer que gobierna su vida, que ya no necesita las opiniones o la estimación ajena, que dice lo que piensa sin miedos, sin frenos impuestos, que abandona el ridículo disfraz con el que hasta ese momento debía presentarse ante el mundo; una mujer que domina, que vuela alto, que no necesita de nadie, que es dueña de su propia conciencia, que lleva las riendas en su atribulado paso (cuáles no lo son) por la existencia, que acabará incluso por trasladarse a un domicilio particular, independiente, dejando atrás la casa conyugal (en busca de una “habitación propia”, la misma, desde un punto de vista abstracto y general, que la que reivindicará Virginia Woolf treinta años más tarde). Una mujer que, también en el terreno sexual, accede a su más radical emancipación: Yo ya no soy una posesión del señor Pontellier de la que pueda disponer a su antojo. Yo me entrego a quien yo decida

Desde su nueva posición, Edna se compadece de aquellas otras mujeres, sus amistades de apenas unos meses atrás, que todavía no han “despertado” -y quién sabe si lo harán alguna vez- ni, por tanto, conocido esa feliz metamorfosis que ella experimenta: Sintió lástima -pensará- por madame Ratignolle, conmiseración por una existencia gris que nunca iría más allá de la ciega conformidad, una vida en la que ningún momento de angustia perturbaría su alma, en la que nunca conocería el salvaje sabor del delirio

Pero su atrevimiento, su valiente apuesta tiene riesgos. Edna será feliz en su “liberada” condición recién adquirida, pero también sufrirá la incomprensión de su mundo, de su marido, de sus amistades, y conocerá el aislamiento social y la soledad. En consecuencia, su estado emocional oscilará entre extremos casi radicalmente opuestos: la alegría exacerbada y el desánimo con ribetes de depresión: Había días -reflexiona- en que era muy feliz sin saber por qué. Feliz de estar viva, de respirar (…). Otros días se sentía triste sin saber por qué, cuando no merecía la pena estar alegre o animada, viva o muerte, cuando la vida no le parecía más que un grotesco sinsentido y los seres humanos gusanos sin más objetivos que luchar inútilmente contra la aniquilación final

Del mismo modo, la propia Kate Chopin será objeto, en su vida real, de numerosas críticas descalificadoras por parte de quienes veían en El despertar un ataque a la tradición, a la moral, a los principios y valores establecidos. Tachada de transgresora, de subversiva -también de “feminista”, escandalosa y hasta obscena-, la novela fue retirada de las bibliotecas públicas y su autora proscrita en los círculos sociales que frecuentaba. La obra no sería reeditada hasta algunos años después de la muerte de Chopin, con una extraordinaria recepción. Solo en los años setenta El despertar obtendría el reconocimiento que actualmente se le prodiga, considerándose desde entonces una de las grandes obras de la literatura norteamericana del XIX. 

Ya para terminar quiero llamar la atención sobre el estilo, una escritura que rezuma belleza literaria, sencillez y elegancia, expresividad, delicadeza y emoción, en una narración que consigue transmitirnos, con sutileza y sensibilidad, la ensoñación y el deleite que embriagan a la joven mujer, también su fortaleza y su convicción, su decisión y su fuerza. La presencia metafórica del mar, ya apuntada; las escenas en la playa, en las que es imposible no encontrar referencias -no explícitas, no pretendidas- a la pintura impresionista; la descripción del entorno, los balnearios, las flores, los actos sociales, los conciertos; la importancia de la música, que puntea las escenas más dramáticas, las más románticas y sensibles también, convierten la lectura del libro, más allá de la valoración que suscitan sus distintas propuestas “intelectuales” -psicológica, política, social-, una experiencia deliciosa. 

Mi segunda recomendación de esta tarde recupera a una autora y unos libros (pues se trata de una trilogía agrupada bajo un único título) que, tal y como he señalado en la introducción, ya en 2018 habían protagonizado este espacio en una emisión que, sin embargo, se ofrecía bajo un esquema algo diferente al actual y que, en cualquier caso, no tenía ni la extensión ni la difusión a través de YouTube que son habituales en Todos los libros un libro desde la pandemia, razones por las que me permito su rescate ahora, ocho años después. En 1941, 1949 y 1959 la norteamericana Janet Lewis escribió tres novelas magníficas que integran una suerte de serie o proyecto global reunido bajo la rúbrica conjunta de Casos de pruebas circunstanciales, un título muy elocuente, que revela el nexo que anuda las tres obras. Se trata de La mujer de Martin Guerre, El juicio de Sören Qvist y El fantasma de Monsieur Scarron, en el orden de su inicial publicación en Estados Unidos y que aparecieron en nuestro país, en el seno de la editorial Reino de Redonda, ya extinta tras la muerte de su promotor y factótum, Javier Marías, en los años 2016, 2017 y 2015, en una cronología que no respeta, como se observa fácilmente, la de su escritura original. Las tres obras aparecen, con la acostumbrada exquisitez formal del sello, en la traducción de Antonio Iriarte, a la que sólo se le puede achacar el uso excesivo de “el mismo”, “la misma” y locuciones equivalentes en oraciones en las que a mi juicio -aunque quizá no estemos ante un hecho objetivo y se trate exclusivamente de una preferencia personal- cabe una opción más sencilla y “natural”, como ocurre en estos dos casos, bien ejemplificativos de otros numerosos que trufan el texto y acaban por irritar al lector: rodeando con sus fachadas idénticas y elegantes la plaza, y en el centro de la misma (¿por qué no “de ella” o “en su centro”?); o su último pensamiento (…) fue para las dos monedas que había dejado (…) ¿Qué habría sido de las mismas? (¿no suena mejor “de ellas”?). Los libros cuentan con ilustrativos prólogos (que yo aconsejo leer tras finalizar las novelas) de Manuel Rodríguez Rivero, en el caso del Martin Guerre, José Carlos Llop, en el del Sören Qvist, y el propio Antonio Iriarte en el volumen postrero. 

Janet Lewis encaró la redacción de sus tres novelas principales a partir de la lectura de Famous Cases of Circunstancial Evidence, una obra póstuma del jurista británico Samuel March Phillips, nacido en 1780 y muerto en 1862, en la que se recopilan, comentados por el autor, procesos de diferentes épocas (los sucesos sobre los que se construyen las tres novelas ocurren en los siglos XVI, XVII y XVIII) relevantes porque en ellos se produjeron notorios errores judiciales y porque todos concluyeron con la condena de personas inocentes sobre la base de la toma en consideración por jueces y tribunales de presunciones plausibles, de pruebas circunstanciales aparentemente consistentes y fidedignas pero en el fondo falsas y que, interpretadas de modo precipitado y erróneo, arrastrados los implicados (jueces, testigos, declarantes, acusadores, abogados) por la persuasiva fuerza de unos hechos que se presentan como irrefutables, acaban condicionando el destino de un inocente, una persona honesta que así perderá su vida -la dureza punitiva del Derecho en esas épocas pretéritas era, habitualmente, terrible- mientras se arruinan las de sus familiares y amigos. Trocito a trocito, nada de lo expuesto se podía negar, pero la imagen resultante no se la creía en absoluto, señala un personaje de la segunda de las novelas dudando de una sentencia basada en unas evidencias que por separado parecen ciertas, pero que, en su conjunto, arrojan un resultado inconcebible y contrario a la justicia, y ofreciendo así -“encriptada” de modo casi imperceptible en el texto- una de las claves de este singular proyecto literario de la autora. 

Como puede deducirse, una compilación de esta naturaleza encierra en sí misma abundantes motivos de interés histórico, filosófico, sociológico, político incluso y, claro está, literario. Y es por ello por lo que Janet Lewis encontrará en ella el germen para, con esa referencia inicial, elaborar, con su enorme talento y su muy perceptible inteligencia, sus magistrales novelas. Lewis toma tres de esos relatos -cuyo texto original puede consultarse en internet, tal y como se señala en más de una ocasión en la edición- y levanta sobre ellos sendas refinadas construcciones literarias en las que -más allá de dar cuenta de unas historias con una indudable potencialidad narrativa- trata muchos otros temas sugestivos como la imposible búsqueda de la verdad “objetiva”, el conflicto entre la moral y las creencias, la identidad, el valor de la individualidad frente a las convenciones de la tradición, de la tribu, las limitaciones de la justicia, los prejuicios que nos ciegan, la presencia del mal en el mundo, la fidelidad a las propias convicciones, el respeto de valores que sobrepasan y trascienden el egoísmo personal, y tantas otras interesantes cuestiones. 

La autora defiende su fidelidad a las historias subyacentes, remarcando el carácter casi documental de lo narrado: He intentado ser tan fiel a los acontecimientos históricos como permite la lejanía en el tiempo y en el espacio, escribe en el prólogo a Martin Guerre. Y en Sören Qvist: Estoy segura de que la historia (…) constituye en los hechos fundamentales y en muchos de sus detalles, incluso en lo tocante a los discursos de algunos personajes principales, narración histórica antes que ficción. Sin embargo, no niega -y a ojos del lector ésta resulta una verdad evidente- su labor de creación pues resultaría imposible, además de disparatado, intentar ofrecer una versión arqueológicamente correcta de la leyenda, tal y como señala en el prólogo a la segunda de las novelas. 

En esa labor de sutilísima orfebrería literaria, sobresale la brillantez de la prosa poética de Lewis (con una fundamental trayectoria como poeta); la precisión de su escritura; su estilo sencillo y transparente; el lenguaje con un punto arcaizante para así transportar mejor al lector a la época descrita en cada caso; el leve trasfondo histórico, logrado con datos que aparecen en meras pinceladas, reveladoras pero en absoluto “invasivas”, que informan y sitúan en su contexto la acción sin alterar el muy fluido ritmo de la narración; la abundante pléyade de personajes secundarios, todos con entidad, muy “vivos” y de caracterización psicológica muy bien perfilada; la prodigiosa recreación de los paisajes y el entorno natural, en descripciones bellísimas que permiten dar cuenta de manera imperceptible y sutil del paso de las estaciones, del discurrir del tiempo. A destacar también la importancia de los personajes femeninos, pues no siendo ellas las protagonistas de los hechos relatados, las figuras de Bertrande de Rols, Anna Sörensdottir o Marianne Larcher, son creaciones excepcionales con un fascinante magnetismo que las convierte en el núcleo central de sus respectivas novelas. Por las habituales limitaciones de espacio y tiempo me limitaré a comentarios el primero y más conocido de los tres títulos, remitiéndoos al blog del programa si queréis consultar mi reseña de los otros dos. 

La historia de La mujer de Martin Guerre (como digo, bien conocida, pues la obra ha sido objeto de otras traslaciones novelísticas -debidas a Alejandro Dumas o Rubén Darío, entre otros- y cinematográficas, de entre las que sobresalen dos películas: El regreso de Martin Guerre, dirigida en 1982 por Daniel Vigne, con Gérard Depardieu y Nathalie Baye como intérpretes principales, y Sommersby, a cargo de Jon Amiel, que dirigió en 1993 a Richard Guere y Jodie Foster) comienza una mañana de enero de 1539, fecha de la boda concertada entre los muy jóvenes -apenas once años- hijos de las familias Guerre y De Rols, Martin y Bertrande. Tras la boda y después de unos años en los que los niños permanecen en sus particulares hogares familiares, llega por fin la convivencia marital, que se revela -pese a que a su inicio los jóvenes son dos desconocidos- pacífica y agradable, capaz de hacer nacer en la chica un apasionado amor por su joven marido, por más que en éste, en general cariñoso, afloren rasgos de la autoritaria severidad de su padre, el respetado, y temido, “patriarca” del clan. Precisamente el enésimo enfrentamiento entre el sanguíneo padre y el rebelde hijo provoca que Martin, para apaciguar a su progenitor, abandone el pueblo, dejando atrás a su entregada mujer y a su recién nacido hijo Sanxi por lo que inicialmente va a ser una breve semana. Por razones desconocidas para los suyos la ausencia se prolongará durante largo tiempo, sumiendo a Bertrande en la incertidumbre, el dolor y hasta en un incipiente resquemor ante el irrespetuoso comportamiento para con ella de su desaprensivo marido. Cuando, ocho años después, un Martin adulto y curtido, sin apenas rastro en él del joven desaparecido, vuelve a casa entre la entusiasta alegría de sus allegados y los vecinos del pueblo, Bertrande no podrá compartir con plenitud el gozo general, debatiéndose en cambio entre la satisfacción esperanzada por el tan deseado retorno del marido ya casi olvidado y una torturante duda, pues no puede identificar del todo en el recién llegado a aquel muchacho, adorado padre de su hijo, que la dejó hace casi una década. Incapaz de aceptar con placidez el nuevo estado de cosas, y pese a que el “nuevo” Martin Guerre -con unos rasgos físicos en todo semejantes al del “antiguo” esposo- resulta ser más cariñoso y comprensivo que el de años atrás, hasta el punto de despertar en Bertrande un renovado amor y hacerla concebir un nuevo hijo, la mujer se ve acuciada por las sospechas, devorada por la incertidumbre y angustiada por la inseguridad, mientras los vaivenes de su pensamiento -que roza la locura- saltan entre la convicción acerca de la identidad única de ambos personajes, el huido y el recuperado, y la certeza de que ha admitido en su hogar -y en sus afectos, en su lecho y en su cuerpo- a un impostor. Conforme pasaba el tiempo, se vio cada vez más y más abocada a la obligación de admitir que desvariaba sin remedio, o de reconocer que estaba aceptando de forma consciente como marido a un hombre al que creía un impostor, dice. 

Desbordada por la situación, dramáticamente abismada en infinidad de dudas de toda índole -moral, religiosa, sentimental, psicológica- (Estoy acosando a un hombre hasta la muerte, a un hombre que ha sido muchas veces bueno conmigo, el padre de mi hijo pequeño. Estoy destruyendo la felicidad de mi familia, ¿y por qué? Por el bien de la verdad, para librarme de un engaño que estaba consumiéndome, matándome, piensa, angustiada), confundida por la presencia de indicios contradictorios (¿será Martin Guerre, en realidad, el inesperadamente aparecido Arnaud du Tilh como afirman algunos testigos?), decide acudir a la justicia. Es entonces cuando la narración penetra de lleno en el territorio de los documentos jurídicos en los que se basa, sucediéndose los distintos episodios de un proceso judicial que deberá dilucidar, con los precarios medios y los estrictos y puritanos valores de la época, la verdadera identidad de Martin Guerre. La novela dará cuenta de las vicisitudes de ese procedimiento en el que se producirán giros inesperados, de los cuales, así como del resultado final del juicio, no quiero desvelaros ningún pormenor. 

Por debajo de la narración de los hechos, en el relato aparecen de un modo muy nítido la mayor parte de los temas, que ya he anticipado, recurrentes en la serie entera: la conformación de la propia identidad, la imposibilidad de una auténtica justicia, la colisión entre apariencia y realidad, entre verdad e impostura, la lucha entre las íntimas creencias y los valores admitidos, la aceptación de los hechos objetivos y su negación y el autoengaño (la interpretación que parece cierta, afirma un personaje, solo es verdad a tus ojos), la autoridad incuestionable y el relativismo moral, la pertenencia y el respeto a la tradición y la familia frente a la búsqueda de un espacio de pensamiento libre y personal; conflictos todos que Bertrande -elemento central de la novela ya desde su mismo título- vive con desgarro, sabedora de que el solo hecho de planteárselos llevará consigo el abandono de la confortable seguridad del hogar -en todos los sentidos, también el metafórico- y que el precio a pagar será la infelicidad y la muerte, la desgracia para sí y los suyos. Dejando atrás el amor que había rechazado porque estaba prohibido y el amor que la había rechazado a ella, caminó hasta la salida a través de un gran vacío, y salió a las calles de Toulouse sabiendo que el regreso de Martin Guerre en modo alguno compensaría la muerte de Arnaud, pero sintiéndose al fin libre, en su amarga y solitaria justicia, de ambas pasiones y ambos hombres, dirá, cuando todo acabe. 

Mi tercera y última propuesta de hoy es, como he señalado, otra escritora norteamericana, Elizabeth Hardwick, y la que pasa por ser su obra maestra, Noches insomnes, una novela -¿lo es?- de la que, desafortunadamente, y a causa, como de costumbre, de mi enfermiza propensión a extenderme, solo podré dejaros algunas pinceladas. Hardwick, nacida en 1916 y fallecida en 2007, fue una figura prominente en la literatura estadounidense del siglo XX, no tanto como novelista sino, sobre todo, como crítica literaria, cofundadora de The New York Review of Books, y autora de ensayos sobre figuras como Herman Melville, Henry James, Simone de Beauvoir, Edith Wharton, Virginia Woolf o Sylvia Plath, que marcaron un hito en la crítica feminista y cultural de su época. Este “peso” académico y ensayístico de su obra se percibe en Noches insomnes, plagada de referencias literarias, como luego veremos. La escritora era originaria del sureño Kentucky y asentada desde joven en Nueva York, circunstancias ambas con presencia relevante en su novela, como ocurre también con su matrimonio, turbulento y finalmente roto, con el poeta Robert Lowell, nacido en Boston y, durante algún tiempo, profesor allí; siendo la ciudad el tercer “escenario” significativo de Sleepless nights. Con Lowell, con una larga y penosa trayectoria de problemas mentales, depresiones e internamientos en clínicas psiquiátricas, tuvo una hija, Harriet -a la que dedica el libro, junto a su amiga e igualmente escritora Mary McCarthy-, y de él tuvo también que soportar innumerables infidelidades en las dos décadas largas de su relación, llena de altibajos. Tras la muerte del poeta en 1977, ocurrida en un taxi que lo llevaba de regreso a su esposa después de haberla abandonado por una mujer más joven, en 1979 y con sesenta y tres años Hardwick publicó Noches insomnes, que acabaría por ser reconocida por la crítica como su gran hito narrativo. 

La edición española que os presento es la de Navona con traducción de Marta Alcaraz. La editorial barcelonesa publicó el libro en 2018 con un entusiasta y, como siempre en sus textos periodísticos, divulgativos o ensayísticos, clarificador prólogo de Antonio Muñoz Molina. Sin embargo, en la segunda edición, ya de 2021, Navona suprimió dicho texto preliminar por expreso deseo de los herederos de Elizabeth Hardwick, que han preferido que la novela se presente sin mayores preámbulos. Con anterioridad, en 2009, la editorial Duomo había ofrecido la novela al público español -creo que por primera vez en nuestro país- en la misma traducción de Marta Alcaraz que se ha mantenido en las publicaciones más recientes y con una también espléndida introducción del poeta, editor, crítico literario y cinematográfico, traductor e historiador cultural estadounidense, Geoffrey O’Brien, que aporta numerosas claves para un aproximación más rica y un entendimiento mayor de esta obra densa, compacta y singular (en palabras del propio O’Brien) incrementando, en consecuencia, el disfrute del lector. 

Noches insomnes no es una novela. O sí lo es, si admitimos la labilidad de las fronteras del género, tal y como he venido subrayando en Todos los libros un libro desde hace años. O, todavía, en una interesante vuelta de tuerca sobre el asunto, lo es y no lo es, si seguimos el atinado criterio del mencionado O’Brien para quien Noches insomnes, señala en su prólogo, podría considerarse una exploración del problema de la novela como género, del problema de distinguir la ficción de eso que se conoce con el burdo término de «no ficción», si no fuera porque este libro es, en realidad, una demostración de que ése es un problema ilusorio. El lector debe situarse, pues, en el espacio entre la “autoficción” y el ensayo autobiográfico, aderezado con pinceladas de la crónica, el poema en prosa y el diario. A esta dificultad para categorizar el texto se unen las propias dudas de la autora, que, admitiendo que la base se corresponde con su vida, no todo lo narrado mantiene un paralelismo estricto con su propia realidad. 

En cualquier caso, y más allá de las siempre algo estériles disquisiciones taxonómicas, estamos ante un libro que carece totalmente de un argumento tradicional y lineal. Su estructura, fragmentaria, dispersa y heteróclita, se asemeja más a un mosaico de recuerdos, cartas, retratos, aforismos, deseos, reflexiones y pequeñas escenas sin demasiada conexión entre sí, que a una novela convencional con trama y conflicto central. La “protagonista”, identificada simplemente como Elizabeth, y que es, sin duda, un alter ego de la autora, es, a su vez, una narradora en primera persona que recorre su vida desde la infancia en Kentucky hasta su soledad y su lúcido ejercicio de reflexión en Nueva York a lo largo de varias décadas. Pero su narración no ofrece una cronología estricta de hechos, eventos o episodios. Más bien, la obra se despliega como un cuaderno íntimo en el que cada entrada -ya sea un retrato de una figura conocida, una escena vivida o una carta dirigida a personas del pasado- funciona como un hilo suelto de la memoria. Este ensamblaje de fragmentos ni siquiera se organiza a través de un hilo conductor, un orden o una sistemática fácilmente identificables por el lector. Las escenas se van sucediendo, sin engarce aparente, sin conexión causa-efecto entre ellas, sin una progresión temporal clara (hay textos fechados -no todos lo están de manera expresa- en 1940, 1962, 1954, 1973, 1951, 1943, pero se presentan aislados, sin engarce secuencial, sin linealidad alguna, sin respetar la cronología convencional). Por el contrario, el movimiento de la narración -en un relato, en general, pausado, introspectivo y demorado, con un ritmo no marcado por la “acción”- obedece a asociaciones de la memoria, a la lógica interna de los recuerdos y a la conciencia subjetiva del paso del tiempo, hecha de relaciones no siempre racionales ni acomodadas a un discurrir sucesivo: un recuerdo evoca otro, una observación conduce a una reflexión, sin, como digo, orden aparente alguno. 

El resultado de todo ello es una narrativa que se aproxima más a una novela-ensayo o a una prosa poética (reflejada en la densidad de las metáforas, la profundidad de las alusiones, la riqueza de la adjetivación, la inteligencia, desbordante y a veces oscura, con la que se muestran estados de ánimo, se describe la psicología de los personajes o se formulan los pensamientos, reflexiones e ideas de la voz que cuenta) que a la ficción tradicional. Hay, claro, como luego veremos, escenas y personajes memorables, pero no un arco dramático convencional. Hay, también, un tupido -en el sentido de compacto, pero también de espeso y en ocasiones intrincado- tapiz de experiencias, reflexiones y observaciones que, acumuladas, configuran una vida humana compleja y muy singular. 

Ya desde el mismo inicio del libro, Hardwick anticipa esta singularidad de su obra: la narración “desestructurada” de una vida: Esto es lo que he decidido hacer con mi vida en este preciso momento: me entregaré a este ejercicio de memoria transformada, distorsionada incluso, y viviré esta vida, la que vivo hoy. Y pocas líneas después, señala: Si pudiéramos saber qué debemos recordar o fingir que recordamos… Que bastara con tomar una decisión y, de todas las que se han perdido, volvieran a aparecer las cosas que deseamos. Y que pudiéramos cogerlas como cogemos una lata de la estantería. Tal vez. La etiqueta de una podría rezar «Rand Avenue, Kentucky», y habría quien la recordaría como real. Dentro de la lata, los porches invernales cada vez más oscuros, la rejilla del gas, el hormigueo, en un texto magnífico que explica el planteamiento que seguirá en su relato y que muestra también de modo significativo los rasgos de la muy bella -y a veces abstrusa, lo que obliga al lector a inferir, a interpretar, a deducir, a completar, con su lectura demorada y exigente, las alusiones no siempre explícitas ni evidentes- prosa poética que definen su estilo. En este sentido vuelve a resultar iluminador el acertado prólogo de Geoffrey O’Brien: [Noches insomnes] es un libro que se siente más cómodo -que sólo puede sentirse cómodo- entre las incertidumbres, las insuficiencias, los puntos de vista bloqueados o insatisfactoriamente parciales. Y ello, apostillo, obliga a acercarnos a él con un ritmo lento que permita degustar cada frase y captar -a menudo con dificultad no siempre coronada por el éxito- el sentido último de las alusiones, los significados de las metáforas, la interpretación de los espacios en blanco, de las referencias más o menos veladas; un modo de leer, detenido, sosegado y sin prisas, muy alejado del que suele ser habitual cuando nos adentramos en las páginas de tantas novelas, en las que avanzamos desbocados siguiendo el vértigo de narraciones ágiles, vivaces -en ocasiones frenéticas-, en las que la acción progresa de un modo claramente perceptible, que el lector casi puede “sentir” desde su sillón. En Noches insomnes no hay nada de esto -y ello puede ser una objeción pertinente a su propuesta, que he podido leer en alguna crítica-, no hay apenas cohesión narrativa, ni rastro de una trama a la que vincularnos en la lectura. Y así, una semblanza -excepcional la de Billie Holiday- puede extenderse durante varias páginas para dar paso a continuación a un breve apunte introspectivo; una vida matrimonial de años puede despacharse en una frase (como la magistral Entonces yo era un nosotros) o un par de párrafos mientras las circunstancias particulares de la existencia oscura de una mujer que sirve en la casa de la escritora pueden merecer un desarrollo mucho más amplio y detallado; la figura de la madre puede evocarse en un par de notas sobre su físico (Su cara, la de mi madre, no me resulta nítida. Una belleza suave y blanda, pequeños ojos castaños y unas cejas prácticamente imperceptibles que oscurece con lápiz de mina) o su personalidad (Nunca conocí a nadie a quien el pasado le resultara tan indiferente como a ella; parecía que no supiera quién era) y una vecina, la anciana señorita Cramer, aparecer retratada con cierta minuciosidad en su declive desde una vida de glamour hasta su actual solitaria vejez. 

Dicho lo cual, la sucesión de escenas y temas recogidos en las evanescentes remembranzas (Palabras y ritmos, una cascada de frases, luces azules, ojos ambarinos, el mar bajo un lago ardiente. ¿Debo recordar la perfección de una barbilla puntiaguda y el denso y espinoso halo de apasionado cabello levantino? ¿O a mi rival, la chica del papel de carta verde pálido?) de Elizabeth Hardwick ofrece pasajes memorables: recuerdos de la infancia en Kentucky, los caballos, las carreras, un depredador sexual, el peso de la religión (los días en que ir a la iglesia era emocionante; luego llegaron los catorce y con ellos la escarcha de la apostasía); la intensa feminidad materna (La feminidad de mi madre era absoluta, inmemorial, y revestía una peculiar firmeza impotente); las relaciones amorosas (Siempre, durante toda mi vida, he buscado la ayuda de un hombre. Muchas veces ha llegado y otras muchas más me ha fallado. No tuve que esperarla mucho), un marido que se muestra de manera tangencial, amantes y encuentros sexuales; los días universitarios y su formación intelectual; los amigos -tanto cercanos como marginales-, las amigas -cultivadas, brillantes, siempre algo excéntricas, a menudo infelices, soportando traiciones, mentiras, engaños, sustos, infidelidades y rechazos-; las muertes tempranas (Bebió hasta matarse: podría nombrar a varios que no llegaron a los veinticinco); los solitarios (Me gusta recordar la paciencia de las viejas solteronas); la irresistible atracción de Nueva York, que emerge desde el telón de fondo como otro protagonista del libro, espacio de esperanzas y decepciones, de anhelos y fracasos (Toda gran ciudad es un Lourdes donde esperas poder arrojar tus muletas; entretanto, sin embargo, no te queda más remedio que avanzar a trompicones apoyado en ellas, renqueando bajo la protección del altar); el muy alternativo Hotel Schuyler, en la neoyorquina calle Cuarenta y cinco Este, con su sordidez y su fauna marginal (El descontento de la gente del Hotel Schuyler era bastante diferente: aunque la mayoría eran fracasados, vivían en una euforia de deseos inverosímiles y planes atropellados. Bebían, luchaban, fornicaban. Acumulaban facturas sin pagar, mentían y combatían la confusión con un desenfreno contenido. No eran miserables; lo que pasaba era que no estaban al día con sus pagos, eso era todo. Desarraigados, inquietos, poco de fiar, volubles, desleales. No eran solteronas, sino divorciadas; no eran solteros, sino sórdidos bon vivants, desertores de la vida de familia, prófugos de pensiones compensatorias y pensiones alimenticias, de hipotecas que hacía mucho tiempo que habían borrado de su memoria. Pasaban tres días bebiendo y otros tres para recuperarse de la borrachera. Eran gente con carné de artista: acróbatas, parejas de baile); las tristes pensiones, la señorita Lavore y sus aún más tristes sueños; Manhattan y sus acusados contrastes (El centro de Manhattan: mira hacia el este, hacia todas las cosas bonitas y brillantes que están en venta. Vuelve los ojos al oeste: un ortigal lleno de borrachos, actores, jugadores, camareras, gentes que pasaban el día durmiendo sin quitarse una ropa interior que ya empezaba a virar al gris); las pequeñas tiendecitas de discos, los clubes de jazz, los artistas (El vestíbulo del hotel: músicos cansados, gafas de sol, insomnio ceniciento, gabanes agobiantes y las esposas de los músicos, rubias y cansadas. Cansadas criaturas del saxofón, la trompeta, bajos; managers sudorosos tumbados, esperando. La «vocalista» con un montón de vestidos largos colgados del brazo) y, por encima de todos ellos, Billie Holiday, presentada en páginas espléndidas, memorables (Su vida entera había transcurrido en la oscuridad. En un café, el foco iluminaba el círculo negro y acallado; la luna se deslizaba lentamente entre las nubes. De noche: trabajar, sonreír, maquillarse, ponerse vestidos largos y sedosos, cantar y volver a cantar y cantar otra vez. Y el objetivo: terminar rendida en la cama cuando los primeros rayos de la luz del sol empiezan a amenazar los histriónicos párpados); los viajes, Holanda, Verona, Estambul, Honolulú y Rusia… 

Y hay mucho más: Nueva York, ciudad de mujeres, Marie, Judith, Louisa (Nadie más ducha que ella en las confesiones de un insomne, explicación, quizá, del título del libro); J., el amigo homosexual, con el que convive en un mariage blanc; el aborto y las consultas mugrientas de West End Avenue; las fiestas glamurosas con intelectuales, artistas, “modernos” (Ha llegado la hora de los cócteles, el momento por el que Nueva York entera trabaja, miente, corre, hace ejercicio, se apresura y se viste); los divorcios y las separaciones en su entorno de triunfadores; las relaciones sentimentales atípicas, poco convencionales -el trío del doctor Z.; los vagabundos, los sin hogar (criaturas de las trincheras acostumbradas a las calles de noche, a la inclemencia del tiempo, al dolor de las piedras y el picor de la suciedad); Nueva York no es una ciudad para pobres; la pasión política, el comunismo, el marxismo, los exiguos círculos de izquierda, el compromiso, los panfletos, los lemas del marxismo-leninismo, los dogmas del Partido, la plusvalía, la superestructura, las reuniones más o menos conspirativas (Alrededor de la mesa del comedor de mi casa hay más gente que en el Partido Comunista del Estado de Kentucky); la separación matrimonial; la soledad (A menudo pienso en los solteros: una vida de decisión pura, de cálculos ponderados y de inclinaciones, todas, satisfechas. Suelen andar solos, amablemente acompañados en su singularidad por la posibilidad. ¿Acaso no puede un hombre, joven o viejo, rico o pobre, doblar unas cuantas esquinas y toparse con el matrimonio?); el muy atractivo Alex; el sexo; Boston; las mujeres de la limpieza, Josette, Ida, Angela, heroínas que por la mañana hacen girar su llave en la cerradura de la puerta y llegan como si de una medicina muy esperada se tratara o aparecen como si fueran la felicidad perfecta; el esbozo fugaz del padre (No era muy culto, pero era muy inteligente y leía muchas revistas de detectives y muchos periódicos. Cantaba muy bien y se sabía la letra de muchísimas canciones. Trabajaba de jornalero, trabajaba lo menos posible. De fontanero, de vendedor de cocinas, de algo en el departamento de salud del tribunal, de algo en el aparato del partido Demócrata)… 

Y todo ello en un texto cruzado por infinidad de referencias cultas: Darwin, Goethe, Nietzsche, Borges, Shakespeare, Pasternak, Leconte de Lisle, Heine, Thomas Mann, Marcel Proust y Henry James, Flaubert, Dostoievski, Beethoven, Voltaire, el Doctor Samuel Johnson, T. S. Eliot, Kafka, John Donne, Rousseau, Delacroix, Valéry Larbaud, Ovidio, Yeats y Baudelaire, Pushkin, Rilke, los hermanos Goncourt. 

Cierro ya aquí esta desbordante reseña. No dejéis de leer ninguno de los tres libros que en ella os propongo: El despertar, de Kate Chopin; La mujer de Martin Guerre, de Janet Lewis y, en general, su trilogía Casos de pruebas circunstanciales; y Noches insomnes, de Elizabeth Hardwick. De este último título os dejo el fragmento y el tema musical con los que pongo fin a mis comentarios. Ambos, texto y canción, tienen a Billie Holiday como protagonista. Una descripción del primer encuentro de la escritora con la intérprete y uno de los grandes clásicos de la artista, la formidable Don’t explain, en una grabación de 1958.


Hacia 1943. De noche, a la fría luz de la luna de invierno, se desarrollaba un espectáculo urbano bastante benigno. Los adolescentes dormían y la amenaza no flotaba más que por el paisaje; una amenaza estética. Nieve fangosa y sucia en las alcantarillas, un chanclo negro perdido, un par de bragas blancas, quién sabe si arrojadas desde un coche. Acompañando a la música, como uña y carne, un libertinaje letal. Y, siempre, la luminosa autodestrucción de Billie Holiday. 

Cuando la vi por primera vez era gorda, grande, maravillosamente hermosa, gorda. Durante aquel instante que nunca volvió, casi llegó a parecer una matrona, alguien auténtico y sensato que ingresaba dinero en el banco, firmaba papeles, tenía cortinas a juego, los vestidos colgados y pares de zapatos —dorados y plateados, blancos y negros— siempre listos. Qué aparición más traicionera, aquélla, aquella locura, porque nunca hubo mujer menos madre y menos esposa, menos apegada a nada; costaba imaginar, incluso, que pudiera ser una hija. Ya quedaba poco que recordara la lastimosa dulzura de una jovencita. No. Era rutilante, lúgubre y solitaria, aunque, por supuesto, nunca estaba sola; nunca. Majestuosa, siniestra y decidida. 

Los labios seductores, los párpados aceitosos, el perfume violento; y en su voz, las eles y las erres del trópico. Su presencia y su voz creaban una ansiedad inmensa, creciente. Uñas largas y rojas y sonido de guitarras eléctricas. He aquí una mujer que no había sido cristiana jamás.

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Chopin, Lewis, Hardwick