CHLOE DALTON. LA LIEBRE Y YO
El pasado día 4 de este mismo mes se celebró el Día Mundial de los Animales que, en la proximidad de la festividad de su patrón, Francisco de Asís, fallecido un tres de octubre, hace ahora exactamente ochocientos años -1226 el año de su nacimiento-, pretende servir de recordatorio de la presencia y la importancia de los animales en nuestras vidas. Se trata de una iniciativa que, como señala la Wikipedia -esa añeja fuente de información-, aspira a prevenir la crueldad humana hacia los animales, preservar los bosques y hábitats naturales, respetar los sentimientos de los animales, mejorar sus condiciones de vida, promover la medicina veterinaria y la conservación, salvar especies en peligro de extinción y controlar la vida silvestre.
Con esta inusual excusa, inédita en Todos los libros un libro, y pese a que no soy yo, precisamente, alguien con demasiada afinidad con el reino animal (ya me cuesta la convivencia humana como para aventurarme con la de los seres irracionales), he escogido para integrar mi propuesta de esta semana y la próxima, tres obras, muy distintas en adscripción genérica, planteamiento, propósito, datación temporal y origen geográfico de sus autores, que tienen a un animal -una liebre, un gato y un perro, respectivamente- como protagonistas.
La primera de ellas, relativamente reciente -apareció en el Reino Unido, de donde procede su autora, en 2024, viendo la luz en nuestro país este mismo 2026- es La liebre y yo, un libro de difícil catalogación -biografía, ensayo, texto de nature writing- escrito por Chloe Dalton y publicado entre nosotros por la editorial Libros del Asteroide en traducción de Celia Filipetto. Tras su publicación el libro fue objeto de una extraordinaria acogida crítica, siendo saludado como una obra de referencia por publicaciones tan distintas como The Guardian, The Wall Street Journal y The New York Times Book Review, recibiendo el prestigioso Wainwright Prize, uno de los reconocimientos más importantes dedicados a la literatura de naturaleza en lengua inglesa.
Quiero avanzar algunos someros datos de la biografía de la autora por, en primer lugar, lo muy singular de su incursión en el universo literario, y, en una segunda instancia, porque su propia personalidad, “construida” durante años de trayectoria profesional ajena a la literatura, resultó “afectada” por la experiencia narrada en el libro; una transformación de la que la obra también da cuenta en una de sus líneas principales. Antes de dedicarse a la escritura y durante más de una década, Chloe Dalton (que en las imágenes parece una mujer de mediana edad, aunque no he encontrado ninguna información sobre su fecha de nacimiento, en lo que probablemente suponga una deliberada voluntad por su parte de sustraer ese dato al conocimiento público) trabajó en el Parlamento del Reino Unido y en el Ministerio de Asuntos Exteriores y de la Commonwealth, desarrollando una larga carrera como asesora política, especialista en relaciones internacionales y redactora de discursos para destacados responsables públicos británicos. Durante años su vida estuvo dominada por desplazamientos constantes, reuniones diplomáticas, negociaciones y una agenda marcada por la inmediatez, la urgencia y la dedicación plena a un trabajo apasionante pero también absorbente, “monopolizador” y que demandaba de ella un grado de exigencia cercano al “workaholismo” (Si tenía alguna adicción era a la descarga de adrenalina ante crisis y acontecimientos, y a los viajes, que a menudo se decidían con pocas horas de antelación. Huía de planes fijos que dificultaran la flexibilidad para coger un bolso y salir pitando, y lo que me perdía de las vacaciones y reuniones familiares creía compensarlo con experiencias únicas e irrepetibles y la visita a zonas del mundo que, de otro modo, nunca habría visto: vistas fugaces de Bamako, Bagdad, Kabul, Argel, Damasco, Ulán Bator, Tallin, Sarajevo y Siem Reap. Trabajar en fin de semana y en vacaciones se convirtió en algo natural. En esas circunstancias, habría sido una crueldad tener una mascota en casa, y tampoco estaba preparada para ello. Trabajaba en crisis internacionales relacionadas con personas, y apenas pensaba en los animales. Me pasaba el tiempo en despachos, salas de reuniones y aeropuertos. No me habría definido como una persona práctica).
La mención, en el párrafo anterior, a los animales no es incidental ni mucho menos accesoria. Y es que durante la pandemia, obligada a ralentizar -a detener- esa acelerada existencia profesional y sus vertiginosas rutinas, y como tantas otras personas cuya situación económica les permitía ese tipo de desconexión, Dalton abandonó temporalmente Londres para instalarse en una antigua casa rural inglesa, un viejo granero que ella misma había rehabilitado años antes (Compré este edificio destartalado como proyecto al que recurrir en caso de necesidad, porque, aunque mi trabajo rebosaba interés y emoción, estaba marcado por la fugacidad y expuesto a los altibajos de la fortuna política. Cuando me hice cargo de la propiedad era una ruina: estaba taponada por las ortigas y las vigas caídas, y erosionada por los vientos que barren sin cesar el valle, siguiendo el camino excavado por un glaciar en la Edad de Hielo. Para que el granero fuese habitable, era imprescindible reforzarlo, aislar y reconstruir los muros caídos, conseguir vigas y puntales nuevos y techar toda la estructura. Varios años después, el resultado era una vivienda de una sola planta, excepto un lateral antes empleado para guardar la paja que ahora sirve de pequeño dormitorio abuhardillado en la primera planta, con vistas al valle y expuesto al viento dominante. Cuando terminaron las obras, rara vez pasaba allí más de unos pocos días seguidos, pues estaba obligada a no alejarme de mi trabajo en la ciudad).
Instalada en ese austero y a la vez apacible retiro, la aparente quietud y la relativa tranquilidad del lugar, unidas a una cierta inevitable pausa que la epidemia imponía, causaron en su ánimo un doble efecto: la complacencia en su privilegiada situación y el desasosiego que suponía sobrellevar el alejamiento de su adictivo -y añorado- frenesí laboral. Cuando las fuerzas centrífugas de la pandemia me lanzaron a mi casa del campo y me dejaron allí inmovilizada, el alivio y la conciencia de mi buena suerte combatían en mi interior con una inquietud y una ansiedad profundas por el futuro. Se me hizo cuesta arriba adaptarme al cambio de ritmo. Una amiga y colega vino conmigo cuando cerramos nuestro despacho. Ella y yo manteníamos el ritmo estricto de nuestros días laborables y planeábamos sin cesar nuestro regreso a la ciudad. En este estado de cosas, paseando por los campos aledaños a su casa, en un gélido día invernal, se topa por azar con una diminuta liebre recién nacida (un leveret, como se denomina en inglés a las crías de liebre; un lebrato, en nuestro idioma) aparentemente abandonada en mitad de un camino. El animal, no mayor que el ancho de la palma de mi mano, escribe, descansaba echado sobre la panza con los ojos abiertos y las cortas orejas sedosas apretadas contra el lomo. La pequeña liebre, cuyo peso apenas supera los cien gramos, se encontraba inmóvil, expuesta a otros animales, indefensa y visiblemente desnutrida. Dalton comprende que la madre ha sido probablemente víctima de la maquinaria agrícola o de un depredador local -zorros, comadrejas, aves rapaces- por lo que, tras certificar la ausencia materna durante horas angustiosas, toma la decisión crítica de intervenir, sabiendo que las probabilidades de supervivencia de una liebre lactante en cautiverio son estadísticamente mínimas. Así, recogerá al animalito, lo llevará a su casa, lo alimentará y lo cuidará; y ese inopinado encuentro cambiará por completo la vida de la mujer, convirtiéndola en algo -la soledad, la paciencia, la observación silenciosa, la introspección, la atención a los ritmos lentos de la naturaleza- que representaba exactamente lo contrario de aquello -rapidez, aceleración, sociabilidad extrema y superficial- que caracterizaba su día a día hasta ese momento: Unos días antes, en un paseo solitario, me había sentado en una piedra junto a un arroyo que era poco más que un regato, chapoteando con las botas en el barro, mientras los árboles sin vida, apenas más sombríos que mis propios pensamientos, pendían sobre mi cabeza y yo me entregaba a sentimientos deprimentes sobre mi vida, que se iba ralentizando hasta convertirse en un hilillo comparable al del agua. Y ahora, por improbable que fuera, me veía delante de un animalito silvestre y tenía que encontrar la manera de alimentarlo y mantenerlo con vida.
Desde ese primer contacto con el lebrato, y aun aceptando su confesado y absoluto desconocimiento del universo de las liebres, Dalton, sin embargo, tiene claras algunas ideas acerca de su cuidado que operarán como premisas irrenunciables que guiarán su proceder. Por de pronto, rechaza -pese a las sugerencias de amigos y familiares- darle un nombre al animalito del que se hace cargo (ponerle nombre a la liebre suponía calificarla de mascota y, en mi opinión, era como despojarla de algo. Yo ya había cambiado el curso de su vida. Mi responsabilidad consistía entonces en prepararla para la vida en libertad. Si la llamaba de alguna manera, era «pequeñaja» —que no se alejaba demasiado en esencia de «pequeña lièvre»— cuando me inclinaba para levantarla y darle de comer con el mayor cuidado posible). Hay aquí una decisión obviamente narrativa, pero sobre todo moral. Nombrar a su “pequeñaja” -habitualmente se refiere a ella como “hare”, liebre- significaría incorporar al animal al universo humano, desplazando su relato hacia un no buscado ni deseado enfoque antropocéntrico (en una de las dimensiones temáticas del libro sobre la que luego volveré); prescindir del nombre implica, por el contrario, reconocer que pertenece a otro orden distinto de existencia, siendo esta -la de la consideración y el respeto a la diferencia entre humano y animal- una de las claves del libro.
Además, otro de lo que podríamos llamar ejes éticos de La liebre y yo, ya apuntado en el párrafo que acabo de transcribir, tiene que ver con una nueva renuncia de la escritora -de la mujer a la que da voz en su libro, sin duda coincidente con la autora-, la que la lleva a rehuir la conversión de la pequeña y entrañable liebre en una mascota. Desde el primer momento Dalton intenta respetar la “animalidad” de la liebre; es extraordinariamente respetuosa con su naturaleza; minimiza sus intromisiones en la evolución, el crecimiento, el desarrollo y la “realidad” de su “compañera”; evita imponerle rutinas innecesarias y ajenas a las propias de su especie; procura mantener intacta su libertad de movimientos; deja permanentemente abiertas las puertas de la casa para que pueda entrar y salir cuando quiera; se informa y documenta convenientemente para poder alimentarla y ajustar sus ritmos vitales conforme a lo que sería la dieta natural de una liebre; acomoda sus propios hábitos, sus horarios, los espacios en los que ella misma trabaja, a las naturales inclinaciones del lebrato; no pretende la adaptación del comportamiento de animalito a las exigencias que impondría la condición humana de quien la cuida -rehúsa, por tanto, su “civilización”-, ni siquiera cuando el libre deambular, sin restricciones, de la liebre supone tener que soportar los arañazos en los muebles, las roeduras en sofás, alfombras y cojines o las deposiciones en diversos lugares de la casa. La autora es muy consciente de que su experiencia de “adopción” -de educación, en el fondo, en otra de las lecturas sustanciales del libro- depende precisamente de aceptar que nunca llegará a poseer ni conformar a su antojo aquello que está cuidando.
En relación con este declarado propósito de la autora, aflora otro, también esencial, que consiste en la aceptación de una aparentemente irresoluble contradicción. Y es que para salvar al animal ha sido necesario -y, en gran medida lo seguirá siendo después, tras los primeros momentos de absoluta indefensión del lebrato- intervenir en su vida, expulsarlo de su hábitat consustancial, protegerlo de los depredadores, subvenir a las necesidades de su lactancia sin contar con la leche materna. Pero, a la vez, Dalton sabe -y quiere- limitar continuamente esa intervención; oponerse a la domesticación; respetar de modo categórico y absoluto la independencia del “otro”; mitigar en la medida de lo posible -siendo su completa evitación una tarea casi inalcanzable- la creación de un vínculo afectivo que pudiera coartar esa libertad del ser querido. Esta paradoja introduce en el libro una tensión narrativa muy apreciable (en el doble sentido de notoria y ostensible, y de valiosa), además de suponer una elemento distintivo frente a la mayor parte de las ficciones con animales, basadas casi siempre en el establecimiento de ese lazo de cariño y cercanía.
Por último, en este repaso a algunas de las que me ha parecido que son las pautas “programáticas” del planteamiento de la escritora en su trato con el lebrato -y por tanto con el enfoque y el propósito de su libro- quiero comentar el ya referido reconocimiento de Dalton de su condición de profana en el abstruso mundo (lo es para el común de los mortales) “leporino”. Su ignorancia -inicial, al menos-, manifestada en declaraciones reiteradas a lo largo del libro, resulta decisiva en él, porque obliga al relato a desarrollarse -y así lo percibe el lector- como un proceso continuo de aprendizaje. Dalton no adopta nunca la posición de la especialista que transmite conocimientos ya adquiridos; por el contrario, quien se adentra en las páginas de su crónica asiste simultáneamente al crecimiento del animal y a la educación intelectual de quien intenta comprenderlo.
La escena inicial referida, que, como ocurre con su escritura en la totalidad de La liebre y yo, la autora describe con extraordinarias sobriedad y delicadeza, constituye, pues, el verdadero punto de partida de la obra; en la que pronto quedan claras esas ya mencionadas premisas de la sobrevenida “cuidadora”. A partir de ella el libro da cuenta de unos tres años de esa extraña convivencia (La liebre pronto cumplirá tres años. Ha sobrevivido a tres inviernos y a tres cosechas, ha alumbrado al menos tres veces y tenido al menos seis lebratos —probablemente más—, y se ha recuperado de una herida grave), en un relato que pese a estar repleto de vicisitudes carece, siendo estricto, de un argumento propiamente dicho, sin que en él apenas suceda nada y que no consiste en una sucesión de grandes acontecimientos, conflictos dramáticos ni giros narrativos espectaculares. La liebre y yo, si hubiera que intentar una síntesis de su trama -término de dudosa e imprecisa aplicación al caso-, cuenta la historia de una mujer que rescata una pequeña liebre y convive con ella durante varios años. Sin embargo, como puede comprenderse, semejante simplificación resulta profundamente engañosa, pues el libro es, claro está, mucho más que ese resumen trivial. Es, por el contrario y a la vez, una relación detallada del tiempo en que Dalton convive con la liebre; un pormenorizado relato del proceso de crecimiento del animal; un minucioso cuaderno de campo fruto de la perspicaz observación que la escritora hace del acontecer del pequeño lebrato; un ensayo naturalista, que combina las referencias a las apariciones literarias y culturales de las liebres con los datos académicos y científicos sobre sus hábitos, su fisiología, su naturaleza y su comportamiento; un lúcido, ponderado y nada panfletario ni militante, en el sentido convencional del término, alegato ecológico y en defensa de la naturaleza; y una suerte de diario o memoria personal en el que la autora indaga en los efectos que la experiencia provoca en su propia vida, en sus valores, en sus sentimientos, en su modo de contemplar la existencia. Discurriendo entre todos estos muy interesantes frentes, el relato de Dalton se adentra en algunos sugestivos temas, de mayor o menor entidad, de los que quiero dejar aquí algunos breves comentarios, para despertar en quien nos sigue la intención de leerlo.
El primer elemento que llama la atención es la, en principio, insólita presentación de la liebre como personaje literario, aunque sin recurrir al antropomorfismo ni a la idealización o el simbolismo fácil (lo que sí ocurrirá en cierta medida, como veremos, en los otros dos libros de la serie). La liebre no habla, no piensa como un ser humano, no aparece en el libro como mero vehículo de las ideas de la autora, no es un recurso literario que permite satisfacer las necesidades narrativas de la escritora. Es una liebre y actúa como tal. Su presencia se muestra en su naturalidad, a partir, claro está, de la muy minuciosa observación que hace de ella su protectora. Esa ininteligible animalidad, esa opacidad de las causas que explican su comportamiento (algo especialmente significativo en lo que podríamos llamar el “dominio” sensorial, muy bien reflejado en el libro: el oído del lebrato detecta sonidos imperceptibles para el ser humano; su olfato organiza el espacio de otra manera; incluso la percepción del peligro responde a códigos que la autora solo alcanza a reconstruir parcialmente) es lo que Dalton quiere preservar, a la vez que transmitir al lector su fascinación y su curiosidad, su propio avance en el descubrimiento y la comprensión de la pequeña liebre, que van surgiendo al contemplar, apreciar, examinar, estudiar y analizar, con un grado de detalle, un detenimiento y un esmero admirables, cada uno de sus movimientos, la forma de alimentarse, la extraordinaria sensibilidad auditiva, la velocidad con la que desaparece entre la vegetación, las variaciones estacionales del pelaje, los cambios casi imperceptibles en sus hábitos cotidianos. La precisión de estas descripciones, dignas de un catálogo científico o de un tratado de historia natural, no conlleva, sin embargo, la frialdad y la distancia de un texto de esa índole, porque cada observación, cada pormenor, cada particularidad resaltados aparecen integrados dentro de una experiencia narrativa donde el conocimiento surge lentamente de la convivencia, estando teñido, por tanto, de la sensibilidad y la emoción de la escritora, de su asombro, de su incertidumbre, de su encantamiento ante el misterio que el lebrato supone para ella (en algunas críticas del libro, se subraya, de un modo algo enfático, el estimable acercamiento de la escritora a la “alteridad animal”).
Por otro lado, y como ya he señalado, esa consistencia real de la liebre excluye su condición simbólica o alegórica, alejándola incluso -a mi juicio- de las interpretaciones más obvias y previsibles: la libertad irrestricta frente a las rígidas construcciones humanas, la naturaleza salvaje frente a la civilización domesticada, la resistencia del animal frente a los intentos de dominio y control del ser humano. Dalton es consciente de todas esas posibilidades, que forman parte de la representación de las liebres en la larga historia cultural de la humanidad, y se hace eco de ellas en las abundantes citas y referencias que abren el libro a la presencia de estos animales en las tradiciones clásicas, en la mitología, en el folclore, en la pintura, en la obra de escritores y poetas que recogen su asociación a ideas como la velocidad, la fertilidad, el renacimiento estacional e incluso a determinadas creencias mágicas más o menos esotéricas. Pero conociendo ese legado, huye de él en cuanto el comportamiento de su animalito puede sembrar en el lector la sospecha o la intuición de una metáfora; entonces, inmediatamente, la autora introduce una observación zoológica, un comportamiento inesperado o una reacción imprevisible que devuelve al animal su irreductible singularidad. En este sentido, La liebre y yo aporta también un elemento remarcable, el abandono de esa costumbre profundamente arraigada en el cine y la literatura -y por tanto en espectadores y lectores-, que lleva a “utilizar” a los animales como ejemplos de significados extrapolables a los seres humanos. Aquí sucede al contrario, la liebre no “representa” nada. Es, meramente, una liebre.
En conexión con esta vertiente que podríamos llamar casi “etológica” del libro, que se muestra en la representación animal del lebrato, destaca también, la relevancia que se otorga en él al paisaje como personaje, que comparece en dos planos: el asociado a la posible “visión” de la liebre que la escritora intenta vislumbrar adoptando su mirada para encontrar en el entorno los espacios acogedores, los hostiles, los que encierran amenazas, los que contienen la promesa de alimento, de aventura, de libre deambular, de pleno desarrollo de sus instintos naturales; y el que surge de su propia perspectiva humana -aunque teñida, como todo en el libro, de su preocupación por la liebre- en reiterados apuntes sobre la campiña británica, que se presenta sin bucólicas idealizaciones románticas y sí mostrando con realismo las presiones de la agricultura industrializada, el uso de pesticidas, la fragmentación de los hábitats por infraestructuras viales y la constante amenaza de la caza ilegal o la presencia de perros descontrolados, en una derivada del libro que apunta a un ponderado, consecuente y muy apasionado mensaje de respeto a la vida animal.
Esta singular consideración de la naturaleza, aflora también en el tratamiento del tiempo, no el cronológico que organiza los calendarios o las agendas, sino el tiempo biológico que regula el crecimiento de los animales, las estaciones del año y las transformaciones del paisaje. El hecho de que la pandemia constituya el contexto histórico de la narración ya supone un anclaje temporal reconocible en el libro, pero el confinamiento desempeña una función de mayor entidad, como punto de inflexión que obliga a la autora a abandonar, al menos provisionalmente, la aceleración que había caracterizado su vida profesional y a acomodarse -tras la interrupción de sus rutinas profesionales, y a causa también, como es evidente, de la “irrupción” del lebrato en su vida- a una experiencia en la que el tiempo alcanza una consideración completamente distinta. Dalton describe con notable lucidez el contraste entre ambos ritmos. Durante años había vivido sometida a plazos, reuniones, decisiones urgentes y desplazamientos constantes, esclava voluntaria, valga el oxímoron, de la lógica de la eficacia y de la productividad. El cuidado de la liebre introduce una temporalidad incompatible con esa dinámica, porque si bien el animal exigía una atención continua, esta era ajena a cualquier forma de planificación. Dalton “entrega”, pues, su tiempo a la absorta observación de la liebre (aprovechaba entonces el tiempo (…) para analizar los misteriosos dibujos de su pelambre, miraba con fijeza la esfera reluciente de un ojo, me veía reflejada en sus brillantes profundidades junto con la ventana y el cielo a mis espaldas y me preguntaba qué vería el lebrato al mirarme a mí), a la minuciosa contemplación del entorno, a la demorada atención a la naturaleza (Me paseaba por el borde de los campos, con la vista clavada en el suelo, y la masa verde de plantas que antes pisaba sin prestar atención se separaba en diferentes formas, texturas y colores). El libro se abre así a otro de sus frentes más interesantes, el que permite -e induce- la crítica sobre las formas de vida contemporáneas. Sin, de nuevo, ingenuas idealizaciones de la vida rural, sin presentar el campo como un refugio idílico frente a la ciudad (la naturaleza aparece atravesada por enfermedades, depredadores, accidentes y muertes inevitables, en un escenario de una estructural crueldad), sin discursos explícitos propios de un ensayo sociológico, la autora, a través de sus nuevos hábitos -cuidar el jardín; prever los cambios meteorológicos; mantener un espacio favorable para el crecimiento del lebrato; preocuparse por su alimentación; apreciar sus ciclos vitales, las etapas de su crecimiento, la llegada de descendencia; suplir su ignorancia profundizando en innumerables lecturas (al inicio de su experiencia apenas distingue unas especies de otras, desconoce aspectos elementales de la fauna silvestre, no identifica los muchos matices del mundo que la rodea -conocía por el nombre apenas un puñado de árboles y pájaros. No había observado cómo se abrían los pimpollos, el paso estacional de las aves, los rituales y ritmos inquebrantables de la vida en un mismo campo o bosque. Comencé a maravillarme ante el matiz púrpura de las negras plumas del avión común)- plantea al lector reflexiones sobre la atención, el aprendizaje de la capacidad de observar, la conexión con el mundo natural, el valor de la paciencia y la lentitud, el cuestionamiento de nuestra atosigada y absurda forma de “habitar el tiempo” y, en definitiva, de estar en el mundo.
Ya he hecho, al mencionar la deliberada intención de Chloe Dalton de no interferir en el desarrollo natural del lebrato, un breve anticipo de un asunto central del libro que ahora quiero desarrollar con brevedad aunque también con un cierto detenimiento. Me refiero a la idea, esencial y muy sugestiva, de -si la formulo de un modo algo pomposo- la libertad como problema moral. Cuidar sin poseer, he ahí el conflicto que preocupa -que obsesiona- a la autora en relación con su intromisión -salvadora pero invasiva- en la existencia del lebrato rescatado. Un asunto, que puede resumirse en una pregunta -¿cómo cuidar de un ser vivo sin convertir ese cuidado en una forma de dominación?-, y que atraviesa el libro entero abriéndolo a una lectura de una profundidad inesperada que afecta simultáneamente a la ética, a la psicología, a las relaciones sentimentales y amorosas, a la familia, a la educación y a la propia concepción de la naturaleza. Chloe Dalton comprende muy pronto que el éxito de su relación con la liebre no dependerá de la intensidad del afecto que llegue a sentir por ella, sino de su capacidad para resistir una tentación profundamente humana y que, en mayor o menor medida, a todos nos acomete, la de apropiarse de aquello que ama.
Y es que, como sabemos por nuestra experiencia familiar, conyugal o de pareja, toda convivencia prolongada genera vínculos. Así ocurre también -y la narración de ese fenómeno es bellísima y una de las razones principales del interés que el libro suscita- en la relación entre la mujer/madre/adoptante y el lebrato/hijo/adoptado; y Dalton no pretende ocultarlo. A medida que las semanas se convierten en meses y los meses en años, la presencia de la liebre deja de ser un acontecimiento excepcional para integrarse en el ritmo cotidiano de la casa (Pasaba el día trabajando con él a mi lado, o levantándome de mi escritorio para observarlo en el jardín; mi rutina dejó de estar marcada por mis propias obligaciones y pasó a depender también de los movimientos y los cambios de humor de una criatura que hasta entonces me resultaba completamente ajena y no encajaba en ningún modelo de comportamiento animal que yo conociera). Hay momentos de una intimidad sorprendente: el animal duerme en determinadas habitaciones (Durante el día empezó a dormir debajo de la cama), reposa a su lado mientras ella trabaja (la mayoría de las veces, durante el día el lebrato descansaba a mi lado en el despacho), explora el jardín con absoluta confianza, reaparece inesperadamente después de largas ausencias, acepta la proximidad física de la narradora sin mostrar el miedo que manifestaría ante cualquier otra persona. Sin embargo, Dalton insiste una y otra vez en que esa confianza nunca equivale a domesticación. La liebre permanece siempre gobernada por impulsos y necesidades que pertenecen a un mundo radicalmente distinto del humano, por lo que la autora se niega sistemáticamente a interpretar los comportamientos del animal mediante nuestras propias categorías emocionales. Cuando la liebre desaparece durante varios días, evita imaginar que lo hace por enfado, por desinterés o por cualquier otra motivación psicológica susceptible de traducirse a nuestro lenguaje. Cuando vuelve, tampoco interpreta su regreso como una prueba de fidelidad. Lo único que puede afirmar con certeza es que el animal actúa conforme a una lógica propia que nunca llegará a conocer completamente. Dalton es consciente de que la convivencia entre ambas solo es posible sobre la base del respeto a lo irreductiblemente distinto. El indudable vínculo afectivo que surge por su parte es examinado con prudencia, relativizado, puesto en cuestión y mitigado en sus expresiones tangibles, teniendo en cuenta estas pautas lúcidas, honestas, aunque ciertamente inflexibles (tuve la impresión de que no le habría gustado que lo tocaran mucho más que el rato necesario para darle el biberón, o luego, para meterlo dentro si había salido al jardín. Por adorable que fuera, no podía olvidar que se trataba de un animal salvaje, nacido en un paisaje de hielo y nieve, azotado por los vientos. No se trataba de un animal moldeado por siglos de cría selectiva bajo control humano, como se han criado los conejos, perros, caballos e incluso las gallinas por su aspecto, tamaño, fuerza, carácter u otras cualidades consideradas deseables. Me disgustaba la idea de tenerlo en brazos como un juguete, en contra de su naturaleza, solo porque era demasiado pequeño para ofrecer resistencia. Procuré tratarlo con delicadeza y discreción, sin imponerme ni asustarlo). El mensaje implícito -de, probablemente, muy necesaria extrapolación a los distintos ámbitos que acabo de enumerar- es el que sostiene que amar no consiste en borrar las diferencias, sino precisamente en aprender a vivir con ellas; que la libertad del otro no aparece como un obstáculo para el afecto, sino como su condición indispensable; que solo puede existir una relación verdaderamente libre -entre amantes, parejas, padres e hijos, profesores y alumnos- allí donde la otra parte conserva intacta la posibilidad de alejarse.
Mi penúltima reflexión sobre el libro tiene que ver con su condición de singular autobiografía de su autora. La liebre y yo puede leerse, además de las restantes vertientes ya reseñadas, como unas memorias, aunque caracterizadas por un sutil desplazamiento de un “yo” que pasa del que se vincula a su propia biografía al que representa la figura del lebrato. Los datos de su vida “real”, ajena a la experiencia con la liebre, aparecen únicamente en la medida en que resultan necesarios para comprender la relación con ella. Apenas ofrece detalles de su trayectoria profesional, de sus vínculos familiares o de su intimidad -escasas pinceladas, en ocasiones solo una frase, relativas a su trabajo; referencias al paso a llamadas telefónicas o informes laborales; una alusión vaga a la amiga que la acompaña en su “encierro”; menciones esporádicas y difusas a una hermana, a amigos sin nombre- más allá de aquello que afecta directamente a la historia que está contando. Esta contención narrativa constituye una elección consciente que centra el relato en su núcleo esencial, la historia de la liebre. Ello no implica la difuminación de Dalton como narradora, pues, muy al contrario, su voz sostiene todo el artificio literario. Lo que ocurre es que esa voz renuncia constantemente a ocupar el primer plano. En lugar de utilizar la naturaleza como espejo de sus estados de ánimo -recurso frecuente en la literatura autobiográfica-, permite que sea la propia observación del mundo exterior la que vaya impregnando y modificando lentamente su manera de comprenderse a sí misma, en una opción literaria que amplifica los ecos de lo que se cuenta (Aprendí a amar esos paréntesis en mi jornada laboral, en los que holgazaneaba en los escalones de piedra sin perder de vista al lebrato, mientras contemplaba a las alondras alcanzar alturas imposibles con el brusco batir de sus alas poderosas, derramando su canto sobre la tierra y sobre mí, que estaba en ella). De esta manera, la estructura del libro refleja ese desplazamiento. El proceso que se inicia con la “llegada” y el crecimiento de la liebre corre en paralelo al registro de su evolución de la autora, cuya subjetividad, cuyas ideas, cuya personalidad, cuya -incluso- sentimentalidad el lector ve transformarse con el avanzar de las páginas. Su visión inicial, que interpreta cuanto sucede desde categorías exclusivamente humanas -preocupación, responsabilidad, éxito, fracaso, utilidad- poco a poco va modificándose a causa de su convivencia con el animal (En realidad, el animalito me tranquilizaba. Empecé a levantarme de mi escritorio solo para ir a verlo, asombrada de su quietud y su comportamiento apacible. No podía evitar comparar su serenidad y su firmeza con la sensación de actividad frenética que había dominado mi vida durante años, marcada por la vigilancia constante, el estrés y la imprevisibilidad). La liebre y yo, por tanto, es apreciable también por reflejar una suerte de educación sentimental (en una interpretación muy personal y probablemente descabellada, pienso que Chloe se “enamora” de la liebre”: Me pasaba gran parte del día hablando por teléfono, y a algunas personas les mencioné la existencia del lebrato. Pero me di cuenta de que intentaba que no se me notara lo apegada que estaba a él. Tenía la impresión de que me considerarían poco seria y emotiva en exceso, como si me hubiera dejado llevar por un entusiasmo infantil) de una mujer que, en el curso de su “idilio” (seguiré con la hipótesis algo disparatada), va aprendiendo -muy racional, al fin, como creo que corresponde a su personalidad “pre-lebrato”- a distinguir entre el afecto y la posesión, entre la protección y el control, entre la proximidad y la apropiación. El libro muestra que muchas de nuestras relaciones con los animales -y a menudo con las personas- están condicionadas por un deseo, apenas consciente, de convertirlos en prolongaciones de nosotros mismos.
Para terminar, quiero cerrar esta reseña con algunas notas alusivas a los que me han parecido los rasgos estilísticos y de construcción narrativa del libro más sobresalientes. Las críticas, sobre todo británicas, que he podido leer subrayan la calidad de su escritura. Estoy de acuerdo, aunque no si al hablar de calidad nos estamos refiriendo a la prosa deslumbrante, la brillantez retórica, las frases memorables o el léxico rozando lo ornamental y exhibido como muestra de virtuosismo verbal. Sin embargo, hay calidad, a mi juicio, por la precisión en las descripciones, como cuando se detalla el movimiento de la liebre entre los matorrales (A lo largo de aquellas gélidas semanas, una liebre cruzaba los campos saltando, sus movimientos ralentizados por la nueva vida que crecía en su interior), la textura de un campo recién segado (Salí a caminar y desde la franja de césped me adentré por la orilla del campo de cultivo, segado y despojado de su botín. La tierra estaba en carne viva, los caballones perfectamente rectos, cortados con precisión tras el paso de las gigantescas ruedas, y el suelo de los surcos compactado y duro como el hormigón) o las variaciones de la luz durante una tarde de invierno (La luz del sol reflejada en los finos pelos de guarda que le cubrían la piel difuminaba su perfil, transformándolo en un halo dorado), por poner algunos ejemplos de una palpable voluntad de transmitir con simplicidad la experiencia de la que da cuenta, narrándola de un modo sencillo y nítido, pero también muy bello y elegante, muy rico y variado, muy expresivo y hasta refinado, en un prosa que sin descuidar la primordial función narrativa, no se olvida tampoco de la estética. Sencillez, pues, que es también sinónimo de economía expresiva. Dalton prefiere la claridad a la exuberancia, la observación minuciosa a la generalización brillante, el detalle significativo a la acumulación de imágenes. Su lenguaje transmite la impresión de haber sido sometido a un proceso constante de depuración. Nada parece sobrante, pero tampoco resulta seco o excesivamente funcional. La emoción -y de eso hablamos en un libro que conmueve- nace precisamente de esa contención.
Especialmente notable es el ritmo narrativo. La autora alterna con naturalidad escenas muy breves con pasajes reflexivos de mayor densidad intelectual. Las transiciones entre observación y pensamiento apenas se perciben. Un gesto de la liebre, una modificación en el paisaje o una lectura científica pueden dar lugar, sin que nada parezca forzado, a una meditación sobre el tiempo, la libertad o la convivencia entre especies. La experiencia se desarrolla mediante una sucesión de escenas aparentemente menores, de observaciones minúsculas, de gestos cotidianos, cuyo ritmo reproduce el de la propia naturaleza, lento, reiterativo, hecho de variaciones casi imperceptibles y de cambios cuya importancia solo se revela cuando el lector -“instruido” en el arte de la observación gracias al libro que tiene entre manos- se detiene y aprende a mirar con la misma atención que la narradora.
Sencillez, naturalidad, fluidez, también serenidad, son, pues, desde mi punto de vista, las notas más destacadas de una propuesta literaria que atrapa al lector por su cercanía, llevándolo de la mano con sutileza a través de una historia que podríamos, a priori, considerar trivial, de escasa entidad, de muy poca enjundia, pero que alcanza una altura considerable gracias a esa mezcla equilibrada, armónica, exquisita, de emoción y conocimiento, de belleza en las descripciones y rigor de la observación, de reflejo de la experiencia personal y apertura a la reflexión universal.
Un libro, pues, absolutamente memorable que os recomiendo fervorosamente. Me despido con un texto que muestra varias de las múltiples dimensiones que he analizado hasta aquí. Como complemento musical, una canción, White Hare, de Seth Lakeman, que más allá de la figura de la liebre, poco tiene que ver con el objeto de la obra de Chloe Dalton. Se trata un tema de folk británico moderno que cuenta la leyenda de la “liebre blanca”, una criatura mística y espectral que vuelve locos a los cazadores y que en realidad es el espíritu de una mujer capaz de robarles el alma a quienes se la cruzan.
Una tarde, al oscurecer, posada en la baranda de madera junto a la puerta trasera, vi a la lechuza blanca arreglándose las plumas con el pico, mientras dos liebres, al alcance de sus garras, se perseguían en círculos juguetonamente por la grava. Me maravilló su audacia. Tal vez no habían notado la presencia de la lechuza, o el hecho de que la superasen en número les daba una sensación de seguridad, o bien, valiéndose de unos sentidos más agudos que los míos, sabían que ya se había cobrado una presa y que en ese momento no estaba cazando. En cualquier caso, como la misteriosa liebre plateada, se trataba de un recordatorio de la existencia de armonías y códigos animales que escapan a nuestra percepción, todos ellos engarzados en los intrincados, asombrosos e invisibles mecanismos de la naturaleza, que apenas alcanzamos a comprender y que alteramos por nuestra cuenta y riesgo.
Sopesadas todas estas reflexiones, el misterio y la belleza, el dolor y la pena, la frustración ante la falta de visión del ser humano y la preocupación por la delicada situación ambiental del planeta, sigo considerando que la balanza se inclina firmemente hacia la esperanza. Produce una tierna alegría y un inagotable sentimiento de esperanza saber que, por breve que sea la vida de cada uno de nosotros, ahí no termina todo. Nuestra mayor fortaleza como seres humanos radica en nuestra capacidad de aprender; la de la fauna salvaje, en su asombrosa resiliencia. Me atrevo a esperar que en esa combinación resida la posibilidad de renovación: en una forma de ver la vida y la tierra tan salvaje y libre como la liebre, tanto para ellas como para todos nosotros.
Videoconferencia
Chloe Dalton. La liebre y yo


