Vivo entre muchos libros y extraigo una gran parte de mis ganas de vivir del hecho de que aún leeré la mayoría de ellos. (Elias Canetti)

miércoles, 10 de junio de 2026

KATE CHOPIN. EL DESPERTAR; JANET LEWIS. LA MUJER DE MARTIN GUERRE; ELIZABETH HARDWICK. NOCHES INSOMNES

Hola, buenas tardes. Todos los libros un libro sale a vuestro encuentro una semana más con una nueva propuesta de lectura “femenina” (aunque yo no sepa muy bien qué quiere decir esa expresión, como no sea lo que literalmente significa, el mero dato objetivo: libros escritos por mujeres, sin más connotaciones). Estamos ante el octavo programa de un total de nueve que conforman una serie condicionada por algunas premisas básicas: los veintiséis títulos que al término del ciclo os habré ofrecido (aunque al final serán veintiocho o quién sabe si veintinueve) se deben, en efecto, a la inspiración, la creatividad y el talento de otras tantas escritoras. Además, todos ellos son, en diferente grado de “pureza genérica”, novelas, cada una publicada en una editorial diferente, sin que al completar la serie se haya repetido ninguna. Diversos son también los países de origen, las épocas históricas, los temas que abordan, los planteamientos literarios y los recursos estilísticos de sus autoras, las cuales, sin embargo, coinciden en la calidad, el interés, la belleza y la emoción que impregnan sus creaciones, como espero que hayáis podido comprobar en las emisiones que llevo ofreciéndoos desde mediados del mes de abril y en las que aún restan hasta finales del presente mes de junio. 

En el caso de esta tarde el lazo que une a las tres novelas que os presento es el de la nacionalidad de sus tres autoras, los Estados Unidos de América (espero que así sigan llamándose al término del infortunado mandato del delirante Trump, tan amigo, en su persistente y obsceno delirio narcisista, de renombrar el mundo pro domo sua). Se trata de Kate Chopin, que vivió entre 1850 y 1904, y de cuya novela El despertar ya hablé aquí, en un formato del programa muy distinto al actual, hace siete años; de Janet Lewis, nacida en 1899 y fallecida casi un siglo después, en 1998, con su trilogía Casos de pruebas circunstanciales, reseñada en Todos los libros un libro hace más de ocho años, cuando el espacio era de menor duración y no se emitía por YouTube; y Elizabeth Hardwick, nacida en 1919 y fallecida en 2017, de la que os traigo su espléndida Noches insomnes, un libro de 1979, publicado en España treinta años después de su aparición en su país, que yo leí hace diez y del que ahora os hablaré por primera vez. 

Empiezo, pues, mis sugerencias de hoy, aconsejando la lectura de una novela espléndida, un texto de finales del siglo XIX que, pese a lo crudo y hasta lo hostil de su recepción por parte de sus contemporáneos, ha llegado a nuestros días rezumando frescura y mostrando una vigencia, una actualidad y una pertinencia en sus propuestas que lo hacen extraordinariamente atractivo para el lector de hoy. Me estoy refiriendo a El despertar, el título de la norteamericana Kate Chopin, que presentó en 2018 la editorial Mármara en su colección La balsa de piedra, con traducción de Esther García Llovet y un ilustrativo epílogo del poeta, profesor, crítico y también traductor Jorge Urrutia. 

El despertar ya había sido objeto de anteriores ediciones en nuestro país. Especialmente destacada es la de Cátedra de 2012, una versión presentada por Eulalia Piñero Gil, profesora de clara militancia feminista, que acompaña su traducción de un interesante estudio -marcado por su “adscripción ideológica”- sobre la autora, su tiempo y su obra. También merece la pena la publicada en 2011 por Alba Editorial, en un volumen titulado El despertar y otros relatos que incluye diecisiete cuentos más y cuenta con la solvente traducción de Olivia de Miguel que, a su vez, había ofrecido una primera versión del texto en 1986, en la editorial Hiperión. Podéis buscar en internet un más que curioso trabajo de la propia de Miguel -una traductora de reconocido prestigio- en el que se “disecciona”, con rigor y meticulosidad, cada una de sus dos distintas versiones, con explicaciones acerca de las opciones elegidas para -con veinticinco años de diferencia entre ambas- trasladar al castellano el original de Kate Chopin, en un estudio que imagino debe constituir un auténtico deleite para quien se dedique profesionalmente a la traducción. 

La presente edición de Mármara, muy agradable como objeto, aparece en un acogedor y muy manejable formato de bolsillo que, casi minúsculo, hace honor, en efecto, a su nombre y puede llevarse en la americana o el abrigo y “esconderse” -casi- en el hueco de las manos. El encanto “exterior” no se corresponde, sin embargo, con la falta de pulcritud formal que padece el texto, plagado de errores tipográficos cuando no directamente de faltas de ortografía. La ama de llaves (en una alternativa algo errática, pues en otros pasajes se dice, adecuadamente, el ama de llaves); ¿qué noche le biene mejor? (hasta el corrector de Word refunfuña cuando transcribo el salvaje barbarismo); dieron rienda suelta a un buen humor y alegría que no decayó en toda la noche (una concordancia al menos dudosa); cualquier comienzo, en especial los de un universo propio, son siempre imprecisos, confusos, caóticos, y extremadamente perturbadores (otro poco disculpable error de correspondencia); no le gustaba que el olor a humo y a vino permanecieran en la sala (de nuevo, una poco afortunada concordancia); cuando una noche Arobin la llamo (una tilde que se esfuma), son, entre otros muchos, algunos de los disparates que trufan el texto e incomodan su pleno disfrute. El recurrente descuido no es achacable en exclusiva, pienso, a la traductora, pues aflora también en el epílogo del profesor Urrutia: en una en el fondo jocosa errata allí se habla de una relación extramatrimonial que se hace púbica (lo cual, si se me permite el inciso y el sarcasmo, es lo mínimo a lo que debe aspirar una relación adúltera que se tenga por tal). 

Kate Chopin nació en 1850 en St. Louis, Missouri, aunque pasó una parte esencial de su vida en Louisiana, en concreto en Nueva Orleans. Esta condición de “sureña”, de miembro de una sociedad mestiza, se percibe en su novela, centrada en ese espacio algo híbrido -en razas y lenguas, en costumbres y valores- del territorio criollo del golfo de México. Formando parte -por nacimiento y por matrimonio- de los círculos más relevantes de la sociedad, sus ideas, siempre independientes y libérrimas, se alejaron del “tono” conservador, religioso y hasta puritano de su entorno, a cuyo moralismo pacato se opuso con rebeldía. Feminista adelantada a su tiempo, su negativa a aceptar el papel subsidiario de la mujer en una sociedad encorsetada por las convenciones sociales y sometida a unos rígidos esquemas morales que ahogan su individualidad la lleva a adoptar una postura vital que trasciende su existencia cotidiana (bastante convencional y mundana, aunque tras la muerte de su marido, con cinco hijos y solo treinta y cuatro años, se alejará del mundo recluyéndose en la lectura y la escritura) y que aflorará en El despertar, como luego veremos. 

La breve novela que ahora os traigo es la gran obra maestra de su, como se ha dicho, controvertida carrera literaria. Resumiendo hasta el esquema su trama argumental, el relato narra un año de la vida de Edna Pontellier, una joven mujer -solo veintinueve años; no tan joven para la época- casada con un rico y algo anodino comerciante de Nueva Orleans, que un verano, en su estancia con su marido y sus dos hijos frente al mar de Grand Isle -un enclave de vacaciones que la propia Kate Chopin frecuentaba-, se enamorará de Robert, hijo de una amiga, madame Lebrun, y avezado y presumiblemente frívolo amante de mujeres casadas. La descripción de la pasión amorosa, de los encontrados sentimientos -ardor y culpa, anhelos y frustración- que durante un año -el círculo de la historia referida se cierra un verano después- atenazan a la joven, la exposición del encantamiento y las dudas que acompañan su “despertar” a una vida que se abre a la emoción sentimental, al deseo y la ilusión, rompiendo los aburridos límites de una cotidianidad insustancial, constituye uno de los dos ejes principales de un libro que tiene en el feminismo, en las, por así decirlo, “tesis” sobre el papel de la mujer, sobre su liberación frente a un rol conyugal y social, intelectual y sexual restrictivo, otro de sus núcleos esenciales. 

El despertar al que de modo explícito alude el título y que Edna experimentará es, pues, doble: el de las emociones y los sentimientos, el de la sexualidad y el deseo, por un lado; y el del pensamiento y la conciencia, el de la inteligencia y las ideas por otro, en una propuesta de mayor ambición y complejidad que los consabidos folletines románticos de la época, quizá más simples, más romos, que solían limitarse a la mera descripción del arrebato amoroso. 

La protagonista vive, desde esos primeros días de intensa sensibilidad estival, una suerte de descubrimiento y apertura a una realidad nueva que hasta entonces le resultaba desconocida y, por ello, le estaba negada. El texto recoge en numerosas ocasiones la mención a esta epifanía profana a través de metáforas inequívocas, distintas aunque compartiendo un campo semántico directa o indirectamente conectado con la “revelación”: una voz que surge en su interior y le habla de otra vida posible; una presencia que, casi literalmente, la despierta de un sueño de largos años sin sentido; la acuciante necesidad de que algo, no se sabe qué, ocurra, un suceso, algún hecho, una aparición, que rompa la insulsa monotonía de sus planos días conyugales. 

El elemento decisivo, el desencadenante que propicia esta revelación es, claro está, el amor, que de un modo inicialmente tímido y casi imperceptible, acaba por convertirse en una pasión romántica de irrefrenable potencia. Habituada casi desde jovencita a distintos enamoramientos apasionados -que nunca la habían hecho, sin embargo, perder su compostura- Edna se ve ahora, tras los años de gris matrimonio, envuelta en un marasmo de emociones, arrastrada por las pasiones como las olas lo hacían al encontrarse con su espléndido cuerpo, en una de las muchas referencias marinas del libro, al operar el mar, con su calidez y su peligro simultáneos, acogedor y amenazante a la vez, como metáfora de la locura de un amor que, ciego, atrae y atemoriza, seduce y amedrenta a la par. Un mar que por todo ello será, en un segundo plano no obvio, uno de los “personajes” esenciales de la novela. 

Cualquiera que haya experimentado en su vida -siquiera una vez- la impetuosa vivencia del impulso amoroso, sobre todo cuando este se produce en circunstancias difíciles o con obstáculos que entorpecen su libre desenvolvimiento (“barreras” materiales, distancia, oposición familiar, rechazo, prejuicios u hostiles convenciones sociales, diferencias de clase o de edad, relaciones adúlteras, etc.), identificará en El despertar los síntomas de ese dulce padecimiento, pues Edna los sufre todos, sin excepción, y Kate Chopin los describe con sutileza y precisión, con elegancia y belleza, tanto los más gratos, los que tienen que ver con la exaltación y el fervor, con el hechizo y el deleite, con el deseo y la plenitud que acompañan siempre a ese “torbellino” amoroso, como los menos amables, los que generan sufrimiento y dolor: las dudas, el miedo, la confusión, la culpa. Así, la protagonista pasará por las distintas fases de ambos “frentes emocionales”. En el primero de ellos, podemos observar su nerviosismo e inquietud al coincidir en público con el amado (aún no “reconocido” como tal); su difuso anhelo -ni siquiera formulado- ante la posibilidad de un nuevo encuentro; la añoranza y nostalgia en su ausencia; los episodios de una tenue obnubilación mental, con la imagen de Robert “colonizando” su cerebro cada minuto del día; su necesidad -con manifestaciones físicas de la adicción: ahogos y lágrimas- de su presencia constante; sus repentinos raptos de deseo; y tantos otros ejemplos -siempre expresados de un modo contenido y sutil, como corresponde a la época y la clase social del personaje- del ansia amorosa cuando esta se presenta en circunstancias que hacen complicada su realización. 

Igualmente, la vemos -en especial al inicio de la novela- desorientada y revuelta, desazonada y perpleja, consciente (aunque no acobardada por ello) de las graves consecuencias, matrimoniales, familiares, económicas y sociales, a las que la conduce su pasión: el miedo a perder la confortable placidez de una vida en el fondo lograda, el terror de lo prohibido, el vértigo del abismo, la culpabilidad ante un marido cariñoso y entregado, ante unos hijos de los que, sin embargo, la separa un cierto creciente desapego. Atracción y rechazo, deleite y pavor, inclinación y huida, ilusión y temor, disfrute y arrepentimiento pueblan, pues, el universo emocional de una protagonista que conmueve por cuanto nos reconocemos en su humanidad, en sus ambivalentes y a menudo contradictorios sentimientos. 

Pero esta ambivalencia en el fondo no es tal, pues más allá de su sorpresa y ofuscación iniciales, Edna comprende pronto cuáles son sus auténticas necesidades, cuáles sus convicciones más genuinas, cuál su voluntad esencial, y esas certezas, en tanto aluden al rechazo de las convenciones y la reivindicación de la propia individualidad, convierten El despertar en una novela de una vigencia y una actualidad palpitantes, en estos tiempos en los que la causa feminista copa las portadas de los periódicos impregnando la vida social entera. 

La protagonista vive el deslumbramiento amoroso como una especie de liberación, comienza a darse cuenta de que la sujeción a las pautas que la sociedad ha creado para ella -en realidad para ellas, las mujeres todas- es un pesado lastre que debe dejar atrás si quiere ser feliz. El “hechizo” del amor opera como un filtro que le desvelará la auténtica realidad de su entorno gris, el cual, gracias a la transformación que el deseo induce, se coloreará y avivará vislumbrando a través de él la posibilidad de una existencia plena, fecunda, alegre, lograda. Kate Chopin describe con verosimilitud ese tortuoso proceso de cambio, ese despertar a la conciencia de una protagonista que, arrebatada por la impetuosa energía de su pasión, cuestionará los principios y valores admitidos, prescritos y normalizados por la sociedad burguesa, en relación con el amor, el matrimonio y la familia, las relaciones conyugales, la fidelidad y el adulterio, la maternidad, la sexualidad y el deseo femeninos, y, en definitiva, con el papel que las mujeres deben desempeñar en el mundo. 

Así, avanzando más y más con el transcurrir del tiempo en su determinación, Edna empezará por experimentar en su interior una fortísima sensación de independencia, ahogada por los estrechos límites de su reducida existencia. Más adelante, cuestionará y rechazará -todavía en su fuero interno- los códigos -sociales, económicos, sentimentales, familiares, sexuales- que ha heredado y que marcan sus días. Por último, en este acelerado curso de aprendizaje vital, en este arduo parto a una nueva vida, acabará por hacer suyas, en la práctica, las decisiones fruto de la profunda reflexión suscitada por su turbulenta vivencia: Había tomado la firme decisión de no volver a pertenecer a otra persona jamás en la vida, leemos. 

La joven y convencional muchacha que encontramos al inicio de la novela, sumisa, sometida, plegada de modo inconsciente a los dictados que imponen los valores de su tiempo, se convertirá al término de la obra -para bien y para mal (y no puedo profundizar en un análisis que me llevaría a desvelar un elemento esencial de la trama)- en una mujer que adquiere la plena condición de individuo sin limitaciones; una mujer que gobierna su vida, que ya no necesita las opiniones o la estimación ajena, que dice lo que piensa sin miedos, sin frenos impuestos, que abandona el ridículo disfraz con el que hasta ese momento debía presentarse ante el mundo; una mujer que domina, que vuela alto, que no necesita de nadie, que es dueña de su propia conciencia, que lleva las riendas en su atribulado paso (cuáles no lo son) por la existencia, que acabará incluso por trasladarse a un domicilio particular, independiente, dejando atrás la casa conyugal (en busca de una “habitación propia”, la misma, desde un punto de vista abstracto y general, que la que reivindicará Virginia Woolf treinta años más tarde). Una mujer que, también en el terreno sexual, accede a su más radical emancipación: Yo ya no soy una posesión del señor Pontellier de la que pueda disponer a su antojo. Yo me entrego a quien yo decida

Desde su nueva posición, Edna se compadece de aquellas otras mujeres, sus amistades de apenas unos meses atrás, que todavía no han “despertado” -y quién sabe si lo harán alguna vez- ni, por tanto, conocido esa feliz metamorfosis que ella experimenta: Sintió lástima -pensará- por madame Ratignolle, conmiseración por una existencia gris que nunca iría más allá de la ciega conformidad, una vida en la que ningún momento de angustia perturbaría su alma, en la que nunca conocería el salvaje sabor del delirio

Pero su atrevimiento, su valiente apuesta tiene riesgos. Edna será feliz en su “liberada” condición recién adquirida, pero también sufrirá la incomprensión de su mundo, de su marido, de sus amistades, y conocerá el aislamiento social y la soledad. En consecuencia, su estado emocional oscilará entre extremos casi radicalmente opuestos: la alegría exacerbada y el desánimo con ribetes de depresión: Había días -reflexiona- en que era muy feliz sin saber por qué. Feliz de estar viva, de respirar (…). Otros días se sentía triste sin saber por qué, cuando no merecía la pena estar alegre o animada, viva o muerte, cuando la vida no le parecía más que un grotesco sinsentido y los seres humanos gusanos sin más objetivos que luchar inútilmente contra la aniquilación final

Del mismo modo, la propia Kate Chopin será objeto, en su vida real, de numerosas críticas descalificadoras por parte de quienes veían en El despertar un ataque a la tradición, a la moral, a los principios y valores establecidos. Tachada de transgresora, de subversiva -también de “feminista”, escandalosa y hasta obscena-, la novela fue retirada de las bibliotecas públicas y su autora proscrita en los círculos sociales que frecuentaba. La obra no sería reeditada hasta algunos años después de la muerte de Chopin, con una extraordinaria recepción. Solo en los años setenta El despertar obtendría el reconocimiento que actualmente se le prodiga, considerándose desde entonces una de las grandes obras de la literatura norteamericana del XIX. 

Ya para terminar quiero llamar la atención sobre el estilo, una escritura que rezuma belleza literaria, sencillez y elegancia, expresividad, delicadeza y emoción, en una narración que consigue transmitirnos, con sutileza y sensibilidad, la ensoñación y el deleite que embriagan a la joven mujer, también su fortaleza y su convicción, su decisión y su fuerza. La presencia metafórica del mar, ya apuntada; las escenas en la playa, en las que es imposible no encontrar referencias -no explícitas, no pretendidas- a la pintura impresionista; la descripción del entorno, los balnearios, las flores, los actos sociales, los conciertos; la importancia de la música, que puntea las escenas más dramáticas, las más románticas y sensibles también, convierten la lectura del libro, más allá de la valoración que suscitan sus distintas propuestas “intelectuales” -psicológica, política, social-, una experiencia deliciosa. 

Mi segunda recomendación de esta tarde recupera a una autora y unos libros (pues se trata de una trilogía agrupada bajo un único título) que, tal y como he señalado en la introducción, ya en 2018 habían protagonizado este espacio en una emisión que, sin embargo, se ofrecía bajo un esquema algo diferente al actual y que, en cualquier caso, no tenía ni la extensión ni la difusión a través de YouTube que son habituales en Todos los libros un libro desde la pandemia, razones por las que me permito su rescate ahora, ocho años después. En 1941, 1949 y 1959 la norteamericana Janet Lewis escribió tres novelas magníficas que integran una suerte de serie o proyecto global reunido bajo la rúbrica conjunta de Casos de pruebas circunstanciales, un título muy elocuente, que revela el nexo que anuda las tres obras. Se trata de La mujer de Martin Guerre, El juicio de Sören Qvist y El fantasma de Monsieur Scarron, en el orden de su inicial publicación en Estados Unidos y que aparecieron en nuestro país, en el seno de la editorial Reino de Redonda, ya extinta tras la muerte de su promotor y factótum, Javier Marías, en los años 2016, 2017 y 2015, en una cronología que no respeta, como se observa fácilmente, la de su escritura original. Las tres obras aparecen, con la acostumbrada exquisitez formal del sello, en la traducción de Antonio Iriarte, a la que sólo se le puede achacar el uso excesivo de “el mismo”, “la misma” y locuciones equivalentes en oraciones en las que a mi juicio -aunque quizá no estemos ante un hecho objetivo y se trate exclusivamente de una preferencia personal- cabe una opción más sencilla y “natural”, como ocurre en estos dos casos, bien ejemplificativos de otros numerosos que trufan el texto y acaban por irritar al lector: rodeando con sus fachadas idénticas y elegantes la plaza, y en el centro de la misma (¿por qué no “de ella” o “en su centro”?); o su último pensamiento (…) fue para las dos monedas que había dejado (…) ¿Qué habría sido de las mismas? (¿no suena mejor “de ellas”?). Los libros cuentan con ilustrativos prólogos (que yo aconsejo leer tras finalizar las novelas) de Manuel Rodríguez Rivero, en el caso del Martin Guerre, José Carlos Llop, en el del Sören Qvist, y el propio Antonio Iriarte en el volumen postrero. 

Janet Lewis encaró la redacción de sus tres novelas principales a partir de la lectura de Famous Cases of Circunstancial Evidence, una obra póstuma del jurista británico Samuel March Phillips, nacido en 1780 y muerto en 1862, en la que se recopilan, comentados por el autor, procesos de diferentes épocas (los sucesos sobre los que se construyen las tres novelas ocurren en los siglos XVI, XVII y XVIII) relevantes porque en ellos se produjeron notorios errores judiciales y porque todos concluyeron con la condena de personas inocentes sobre la base de la toma en consideración por jueces y tribunales de presunciones plausibles, de pruebas circunstanciales aparentemente consistentes y fidedignas pero en el fondo falsas y que, interpretadas de modo precipitado y erróneo, arrastrados los implicados (jueces, testigos, declarantes, acusadores, abogados) por la persuasiva fuerza de unos hechos que se presentan como irrefutables, acaban condicionando el destino de un inocente, una persona honesta que así perderá su vida -la dureza punitiva del Derecho en esas épocas pretéritas era, habitualmente, terrible- mientras se arruinan las de sus familiares y amigos. Trocito a trocito, nada de lo expuesto se podía negar, pero la imagen resultante no se la creía en absoluto, señala un personaje de la segunda de las novelas dudando de una sentencia basada en unas evidencias que por separado parecen ciertas, pero que, en su conjunto, arrojan un resultado inconcebible y contrario a la justicia, y ofreciendo así -“encriptada” de modo casi imperceptible en el texto- una de las claves de este singular proyecto literario de la autora. 

Como puede deducirse, una compilación de esta naturaleza encierra en sí misma abundantes motivos de interés histórico, filosófico, sociológico, político incluso y, claro está, literario. Y es por ello por lo que Janet Lewis encontrará en ella el germen para, con esa referencia inicial, elaborar, con su enorme talento y su muy perceptible inteligencia, sus magistrales novelas. Lewis toma tres de esos relatos -cuyo texto original puede consultarse en internet, tal y como se señala en más de una ocasión en la edición- y levanta sobre ellos sendas refinadas construcciones literarias en las que -más allá de dar cuenta de unas historias con una indudable potencialidad narrativa- trata muchos otros temas sugestivos como la imposible búsqueda de la verdad “objetiva”, el conflicto entre la moral y las creencias, la identidad, el valor de la individualidad frente a las convenciones de la tradición, de la tribu, las limitaciones de la justicia, los prejuicios que nos ciegan, la presencia del mal en el mundo, la fidelidad a las propias convicciones, el respeto de valores que sobrepasan y trascienden el egoísmo personal, y tantas otras interesantes cuestiones. 

La autora defiende su fidelidad a las historias subyacentes, remarcando el carácter casi documental de lo narrado: He intentado ser tan fiel a los acontecimientos históricos como permite la lejanía en el tiempo y en el espacio, escribe en el prólogo a Martin Guerre. Y en Sören Qvist: Estoy segura de que la historia (…) constituye en los hechos fundamentales y en muchos de sus detalles, incluso en lo tocante a los discursos de algunos personajes principales, narración histórica antes que ficción. Sin embargo, no niega -y a ojos del lector ésta resulta una verdad evidente- su labor de creación pues resultaría imposible, además de disparatado, intentar ofrecer una versión arqueológicamente correcta de la leyenda, tal y como señala en el prólogo a la segunda de las novelas. 

En esa labor de sutilísima orfebrería literaria, sobresale la brillantez de la prosa poética de Lewis (con una fundamental trayectoria como poeta); la precisión de su escritura; su estilo sencillo y transparente; el lenguaje con un punto arcaizante para así transportar mejor al lector a la época descrita en cada caso; el leve trasfondo histórico, logrado con datos que aparecen en meras pinceladas, reveladoras pero en absoluto “invasivas”, que informan y sitúan en su contexto la acción sin alterar el muy fluido ritmo de la narración; la abundante pléyade de personajes secundarios, todos con entidad, muy “vivos” y de caracterización psicológica muy bien perfilada; la prodigiosa recreación de los paisajes y el entorno natural, en descripciones bellísimas que permiten dar cuenta de manera imperceptible y sutil del paso de las estaciones, del discurrir del tiempo. A destacar también la importancia de los personajes femeninos, pues no siendo ellas las protagonistas de los hechos relatados, las figuras de Bertrande de Rols, Anna Sörensdottir o Marianne Larcher, son creaciones excepcionales con un fascinante magnetismo que las convierte en el núcleo central de sus respectivas novelas. Por las habituales limitaciones de espacio y tiempo me limitaré a comentarios el primero y más conocido de los tres títulos, remitiéndoos al blog del programa si queréis consultar mi reseña de los otros dos. 

La historia de La mujer de Martin Guerre (como digo, bien conocida, pues la obra ha sido objeto de otras traslaciones novelísticas -debidas a Alejandro Dumas o Rubén Darío, entre otros- y cinematográficas, de entre las que sobresalen dos películas: El regreso de Martin Guerre, dirigida en 1982 por Daniel Vigne, con Gérard Depardieu y Nathalie Baye como intérpretes principales, y Sommersby, a cargo de Jon Amiel, que dirigió en 1993 a Richard Guere y Jodie Foster) comienza una mañana de enero de 1539, fecha de la boda concertada entre los muy jóvenes -apenas once años- hijos de las familias Guerre y De Rols, Martin y Bertrande. Tras la boda y después de unos años en los que los niños permanecen en sus particulares hogares familiares, llega por fin la convivencia marital, que se revela -pese a que a su inicio los jóvenes son dos desconocidos- pacífica y agradable, capaz de hacer nacer en la chica un apasionado amor por su joven marido, por más que en éste, en general cariñoso, afloren rasgos de la autoritaria severidad de su padre, el respetado, y temido, “patriarca” del clan. Precisamente el enésimo enfrentamiento entre el sanguíneo padre y el rebelde hijo provoca que Martin, para apaciguar a su progenitor, abandone el pueblo, dejando atrás a su entregada mujer y a su recién nacido hijo Sanxi por lo que inicialmente va a ser una breve semana. Por razones desconocidas para los suyos la ausencia se prolongará durante largo tiempo, sumiendo a Bertrande en la incertidumbre, el dolor y hasta en un incipiente resquemor ante el irrespetuoso comportamiento para con ella de su desaprensivo marido. Cuando, ocho años después, un Martin adulto y curtido, sin apenas rastro en él del joven desaparecido, vuelve a casa entre la entusiasta alegría de sus allegados y los vecinos del pueblo, Bertrande no podrá compartir con plenitud el gozo general, debatiéndose en cambio entre la satisfacción esperanzada por el tan deseado retorno del marido ya casi olvidado y una torturante duda, pues no puede identificar del todo en el recién llegado a aquel muchacho, adorado padre de su hijo, que la dejó hace casi una década. Incapaz de aceptar con placidez el nuevo estado de cosas, y pese a que el “nuevo” Martin Guerre -con unos rasgos físicos en todo semejantes al del “antiguo” esposo- resulta ser más cariñoso y comprensivo que el de años atrás, hasta el punto de despertar en Bertrande un renovado amor y hacerla concebir un nuevo hijo, la mujer se ve acuciada por las sospechas, devorada por la incertidumbre y angustiada por la inseguridad, mientras los vaivenes de su pensamiento -que roza la locura- saltan entre la convicción acerca de la identidad única de ambos personajes, el huido y el recuperado, y la certeza de que ha admitido en su hogar -y en sus afectos, en su lecho y en su cuerpo- a un impostor. Conforme pasaba el tiempo, se vio cada vez más y más abocada a la obligación de admitir que desvariaba sin remedio, o de reconocer que estaba aceptando de forma consciente como marido a un hombre al que creía un impostor, dice. 

Desbordada por la situación, dramáticamente abismada en infinidad de dudas de toda índole -moral, religiosa, sentimental, psicológica- (Estoy acosando a un hombre hasta la muerte, a un hombre que ha sido muchas veces bueno conmigo, el padre de mi hijo pequeño. Estoy destruyendo la felicidad de mi familia, ¿y por qué? Por el bien de la verdad, para librarme de un engaño que estaba consumiéndome, matándome, piensa, angustiada), confundida por la presencia de indicios contradictorios (¿será Martin Guerre, en realidad, el inesperadamente aparecido Arnaud du Tilh como afirman algunos testigos?), decide acudir a la justicia. Es entonces cuando la narración penetra de lleno en el territorio de los documentos jurídicos en los que se basa, sucediéndose los distintos episodios de un proceso judicial que deberá dilucidar, con los precarios medios y los estrictos y puritanos valores de la época, la verdadera identidad de Martin Guerre. La novela dará cuenta de las vicisitudes de ese procedimiento en el que se producirán giros inesperados, de los cuales, así como del resultado final del juicio, no quiero desvelaros ningún pormenor. 

Por debajo de la narración de los hechos, en el relato aparecen de un modo muy nítido la mayor parte de los temas, que ya he anticipado, recurrentes en la serie entera: la conformación de la propia identidad, la imposibilidad de una auténtica justicia, la colisión entre apariencia y realidad, entre verdad e impostura, la lucha entre las íntimas creencias y los valores admitidos, la aceptación de los hechos objetivos y su negación y el autoengaño (la interpretación que parece cierta, afirma un personaje, solo es verdad a tus ojos), la autoridad incuestionable y el relativismo moral, la pertenencia y el respeto a la tradición y la familia frente a la búsqueda de un espacio de pensamiento libre y personal; conflictos todos que Bertrande -elemento central de la novela ya desde su mismo título- vive con desgarro, sabedora de que el solo hecho de planteárselos llevará consigo el abandono de la confortable seguridad del hogar -en todos los sentidos, también el metafórico- y que el precio a pagar será la infelicidad y la muerte, la desgracia para sí y los suyos. Dejando atrás el amor que había rechazado porque estaba prohibido y el amor que la había rechazado a ella, caminó hasta la salida a través de un gran vacío, y salió a las calles de Toulouse sabiendo que el regreso de Martin Guerre en modo alguno compensaría la muerte de Arnaud, pero sintiéndose al fin libre, en su amarga y solitaria justicia, de ambas pasiones y ambos hombres, dirá, cuando todo acabe. 

Mi tercera y última propuesta de hoy es, como he señalado, otra escritora norteamericana, Elizabeth Hardwick, y la que pasa por ser su obra maestra, Noches insomnes, una novela -¿lo es?- de la que, desafortunadamente, y a causa, como de costumbre, de mi enfermiza propensión a extenderme, solo podré dejaros algunas pinceladas. Hardwick, nacida en 1916 y fallecida en 2007, fue una figura prominente en la literatura estadounidense del siglo XX, no tanto como novelista sino, sobre todo, como crítica literaria, cofundadora de The New York Review of Books, y autora de ensayos sobre figuras como Herman Melville, Henry James, Simone de Beauvoir, Edith Wharton, Virginia Woolf o Sylvia Plath, que marcaron un hito en la crítica feminista y cultural de su época. Este “peso” académico y ensayístico de su obra se percibe en Noches insomnes, plagada de referencias literarias, como luego veremos. La escritora era originaria del sureño Kentucky y asentada desde joven en Nueva York, circunstancias ambas con presencia relevante en su novela, como ocurre también con su matrimonio, turbulento y finalmente roto, con el poeta Robert Lowell, nacido en Boston y, durante algún tiempo, profesor allí; siendo la ciudad el tercer “escenario” significativo de Sleepless nights. Con Lowell, con una larga y penosa trayectoria de problemas mentales, depresiones e internamientos en clínicas psiquiátricas, tuvo una hija, Harriet -a la que dedica el libro, junto a su amiga e igualmente escritora Mary McCarthy-, y de él tuvo también que soportar innumerables infidelidades en las dos décadas largas de su relación, llena de altibajos. Tras la muerte del poeta en 1977, ocurrida en un taxi que lo llevaba de regreso a su esposa después de haberla abandonado por una mujer más joven, en 1979 y con sesenta y tres años Hardwick publicó Noches insomnes, que acabaría por ser reconocida por la crítica como su gran hito narrativo. 

La edición española que os presento es la de Navona con traducción de Marta Alcaraz. La editorial barcelonesa publicó el libro en 2018 con un entusiasta y, como siempre en sus textos periodísticos, divulgativos o ensayísticos, clarificador prólogo de Antonio Muñoz Molina. Sin embargo, en la segunda edición, ya de 2021, Navona suprimió dicho texto preliminar por expreso deseo de los herederos de Elizabeth Hardwick, que han preferido que la novela se presente sin mayores preámbulos. Con anterioridad, en 2009, la editorial Duomo había ofrecido la novela al público español -creo que por primera vez en nuestro país- en la misma traducción de Marta Alcaraz que se ha mantenido en las publicaciones más recientes y con una también espléndida introducción del poeta, editor, crítico literario y cinematográfico, traductor e historiador cultural estadounidense, Geoffrey O’Brien, que aporta numerosas claves para un aproximación más rica y un entendimiento mayor de esta obra densa, compacta y singular (en palabras del propio O’Brien) incrementando, en consecuencia, el disfrute del lector. 

Noches insomnes no es una novela. O sí lo es, si admitimos la labilidad de las fronteras del género, tal y como he venido subrayando en Todos los libros un libro desde hace años. O, todavía, en una interesante vuelta de tuerca sobre el asunto, lo es y no lo es, si seguimos el atinado criterio del mencionado O’Brien para quien Noches insomnes, señala en su prólogo, podría considerarse una exploración del problema de la novela como género, del problema de distinguir la ficción de eso que se conoce con el burdo término de «no ficción», si no fuera porque este libro es, en realidad, una demostración de que ése es un problema ilusorio. El lector debe situarse, pues, en el espacio entre la “autoficción” y el ensayo autobiográfico, aderezado con pinceladas de la crónica, el poema en prosa y el diario. A esta dificultad para categorizar el texto se unen las propias dudas de la autora, que, admitiendo que la base se corresponde con su vida, no todo lo narrado mantiene un paralelismo estricto con su propia realidad. 

En cualquier caso, y más allá de las siempre algo estériles disquisiciones taxonómicas, estamos ante un libro que carece totalmente de un argumento tradicional y lineal. Su estructura, fragmentaria, dispersa y heteróclita, se asemeja más a un mosaico de recuerdos, cartas, retratos, aforismos, deseos, reflexiones y pequeñas escenas sin demasiada conexión entre sí, que a una novela convencional con trama y conflicto central. La “protagonista”, identificada simplemente como Elizabeth, y que es, sin duda, un alter ego de la autora, es, a su vez, una narradora en primera persona que recorre su vida desde la infancia en Kentucky hasta su soledad y su lúcido ejercicio de reflexión en Nueva York a lo largo de varias décadas. Pero su narración no ofrece una cronología estricta de hechos, eventos o episodios. Más bien, la obra se despliega como un cuaderno íntimo en el que cada entrada -ya sea un retrato de una figura conocida, una escena vivida o una carta dirigida a personas del pasado- funciona como un hilo suelto de la memoria. Este ensamblaje de fragmentos ni siquiera se organiza a través de un hilo conductor, un orden o una sistemática fácilmente identificables por el lector. Las escenas se van sucediendo, sin engarce aparente, sin conexión causa-efecto entre ellas, sin una progresión temporal clara (hay textos fechados -no todos lo están de manera expresa- en 1940, 1962, 1954, 1973, 1951, 1943, pero se presentan aislados, sin engarce secuencial, sin linealidad alguna, sin respetar la cronología convencional). Por el contrario, el movimiento de la narración -en un relato, en general, pausado, introspectivo y demorado, con un ritmo no marcado por la “acción”- obedece a asociaciones de la memoria, a la lógica interna de los recuerdos y a la conciencia subjetiva del paso del tiempo, hecha de relaciones no siempre racionales ni acomodadas a un discurrir sucesivo: un recuerdo evoca otro, una observación conduce a una reflexión, sin, como digo, orden aparente alguno. 

El resultado de todo ello es una narrativa que se aproxima más a una novela-ensayo o a una prosa poética (reflejada en la densidad de las metáforas, la profundidad de las alusiones, la riqueza de la adjetivación, la inteligencia, desbordante y a veces oscura, con la que se muestran estados de ánimo, se describe la psicología de los personajes o se formulan los pensamientos, reflexiones e ideas de la voz que cuenta) que a la ficción tradicional. Hay, claro, como luego veremos, escenas y personajes memorables, pero no un arco dramático convencional. Hay, también, un tupido -en el sentido de compacto, pero también de espeso y en ocasiones intrincado- tapiz de experiencias, reflexiones y observaciones que, acumuladas, configuran una vida humana compleja y muy singular. 

Ya desde el mismo inicio del libro, Hardwick anticipa esta singularidad de su obra: la narración “desestructurada” de una vida: Esto es lo que he decidido hacer con mi vida en este preciso momento: me entregaré a este ejercicio de memoria transformada, distorsionada incluso, y viviré esta vida, la que vivo hoy. Y pocas líneas después, señala: Si pudiéramos saber qué debemos recordar o fingir que recordamos… Que bastara con tomar una decisión y, de todas las que se han perdido, volvieran a aparecer las cosas que deseamos. Y que pudiéramos cogerlas como cogemos una lata de la estantería. Tal vez. La etiqueta de una podría rezar «Rand Avenue, Kentucky», y habría quien la recordaría como real. Dentro de la lata, los porches invernales cada vez más oscuros, la rejilla del gas, el hormigueo, en un texto magnífico que explica el planteamiento que seguirá en su relato y que muestra también de modo significativo los rasgos de la muy bella -y a veces abstrusa, lo que obliga al lector a inferir, a interpretar, a deducir, a completar, con su lectura demorada y exigente, las alusiones no siempre explícitas ni evidentes- prosa poética que definen su estilo. En este sentido vuelve a resultar iluminador el acertado prólogo de Geoffrey O’Brien: [Noches insomnes] es un libro que se siente más cómodo -que sólo puede sentirse cómodo- entre las incertidumbres, las insuficiencias, los puntos de vista bloqueados o insatisfactoriamente parciales. Y ello, apostillo, obliga a acercarnos a él con un ritmo lento que permita degustar cada frase y captar -a menudo con dificultad no siempre coronada por el éxito- el sentido último de las alusiones, los significados de las metáforas, la interpretación de los espacios en blanco, de las referencias más o menos veladas; un modo de leer, detenido, sosegado y sin prisas, muy alejado del que suele ser habitual cuando nos adentramos en las páginas de tantas novelas, en las que avanzamos desbocados siguiendo el vértigo de narraciones ágiles, vivaces -en ocasiones frenéticas-, en las que la acción progresa de un modo claramente perceptible, que el lector casi puede “sentir” desde su sillón. En Noches insomnes no hay nada de esto -y ello puede ser una objeción pertinente a su propuesta, que he podido leer en alguna crítica-, no hay apenas cohesión narrativa, ni rastro de una trama a la que vincularnos en la lectura. Y así, una semblanza -excepcional la de Billie Holiday- puede extenderse durante varias páginas para dar paso a continuación a un breve apunte introspectivo; una vida matrimonial de años puede despacharse en una frase (como la magistral Entonces yo era un nosotros) o un par de párrafos mientras las circunstancias particulares de la existencia oscura de una mujer que sirve en la casa de la escritora pueden merecer un desarrollo mucho más amplio y detallado; la figura de la madre puede evocarse en un par de notas sobre su físico (Su cara, la de mi madre, no me resulta nítida. Una belleza suave y blanda, pequeños ojos castaños y unas cejas prácticamente imperceptibles que oscurece con lápiz de mina) o su personalidad (Nunca conocí a nadie a quien el pasado le resultara tan indiferente como a ella; parecía que no supiera quién era) y una vecina, la anciana señorita Cramer, aparecer retratada con cierta minuciosidad en su declive desde una vida de glamour hasta su actual solitaria vejez. 

Dicho lo cual, la sucesión de escenas y temas recogidos en las evanescentes remembranzas (Palabras y ritmos, una cascada de frases, luces azules, ojos ambarinos, el mar bajo un lago ardiente. ¿Debo recordar la perfección de una barbilla puntiaguda y el denso y espinoso halo de apasionado cabello levantino? ¿O a mi rival, la chica del papel de carta verde pálido?) de Elizabeth Hardwick ofrece pasajes memorables: recuerdos de la infancia en Kentucky, los caballos, las carreras, un depredador sexual, el peso de la religión (los días en que ir a la iglesia era emocionante; luego llegaron los catorce y con ellos la escarcha de la apostasía); la intensa feminidad materna (La feminidad de mi madre era absoluta, inmemorial, y revestía una peculiar firmeza impotente); las relaciones amorosas (Siempre, durante toda mi vida, he buscado la ayuda de un hombre. Muchas veces ha llegado y otras muchas más me ha fallado. No tuve que esperarla mucho), un marido que se muestra de manera tangencial, amantes y encuentros sexuales; los días universitarios y su formación intelectual; los amigos -tanto cercanos como marginales-, las amigas -cultivadas, brillantes, siempre algo excéntricas, a menudo infelices, soportando traiciones, mentiras, engaños, sustos, infidelidades y rechazos-; las muertes tempranas (Bebió hasta matarse: podría nombrar a varios que no llegaron a los veinticinco); los solitarios (Me gusta recordar la paciencia de las viejas solteronas); la irresistible atracción de Nueva York, que emerge desde el telón de fondo como otro protagonista del libro, espacio de esperanzas y decepciones, de anhelos y fracasos (Toda gran ciudad es un Lourdes donde esperas poder arrojar tus muletas; entretanto, sin embargo, no te queda más remedio que avanzar a trompicones apoyado en ellas, renqueando bajo la protección del altar); el muy alternativo Hotel Schuyler, en la neoyorquina calle Cuarenta y cinco Este, con su sordidez y su fauna marginal (El descontento de la gente del Hotel Schuyler era bastante diferente: aunque la mayoría eran fracasados, vivían en una euforia de deseos inverosímiles y planes atropellados. Bebían, luchaban, fornicaban. Acumulaban facturas sin pagar, mentían y combatían la confusión con un desenfreno contenido. No eran miserables; lo que pasaba era que no estaban al día con sus pagos, eso era todo. Desarraigados, inquietos, poco de fiar, volubles, desleales. No eran solteronas, sino divorciadas; no eran solteros, sino sórdidos bon vivants, desertores de la vida de familia, prófugos de pensiones compensatorias y pensiones alimenticias, de hipotecas que hacía mucho tiempo que habían borrado de su memoria. Pasaban tres días bebiendo y otros tres para recuperarse de la borrachera. Eran gente con carné de artista: acróbatas, parejas de baile); las tristes pensiones, la señorita Lavore y sus aún más tristes sueños; Manhattan y sus acusados contrastes (El centro de Manhattan: mira hacia el este, hacia todas las cosas bonitas y brillantes que están en venta. Vuelve los ojos al oeste: un ortigal lleno de borrachos, actores, jugadores, camareras, gentes que pasaban el día durmiendo sin quitarse una ropa interior que ya empezaba a virar al gris); las pequeñas tiendecitas de discos, los clubes de jazz, los artistas (El vestíbulo del hotel: músicos cansados, gafas de sol, insomnio ceniciento, gabanes agobiantes y las esposas de los músicos, rubias y cansadas. Cansadas criaturas del saxofón, la trompeta, bajos; managers sudorosos tumbados, esperando. La «vocalista» con un montón de vestidos largos colgados del brazo) y, por encima de todos ellos, Billie Holiday, presentada en páginas espléndidas, memorables (Su vida entera había transcurrido en la oscuridad. En un café, el foco iluminaba el círculo negro y acallado; la luna se deslizaba lentamente entre las nubes. De noche: trabajar, sonreír, maquillarse, ponerse vestidos largos y sedosos, cantar y volver a cantar y cantar otra vez. Y el objetivo: terminar rendida en la cama cuando los primeros rayos de la luz del sol empiezan a amenazar los histriónicos párpados); los viajes, Holanda, Verona, Estambul, Honolulú y Rusia… 

Y hay mucho más: Nueva York, ciudad de mujeres, Marie, Judith, Louisa (Nadie más ducha que ella en las confesiones de un insomne, explicación, quizá, del título del libro); J., el amigo homosexual, con el que convive en un mariage blanc; el aborto y las consultas mugrientas de West End Avenue; las fiestas glamurosas con intelectuales, artistas, “modernos” (Ha llegado la hora de los cócteles, el momento por el que Nueva York entera trabaja, miente, corre, hace ejercicio, se apresura y se viste); los divorcios y las separaciones en su entorno de triunfadores; las relaciones sentimentales atípicas, poco convencionales -el trío del doctor Z.; los vagabundos, los sin hogar (criaturas de las trincheras acostumbradas a las calles de noche, a la inclemencia del tiempo, al dolor de las piedras y el picor de la suciedad); Nueva York no es una ciudad para pobres; la pasión política, el comunismo, el marxismo, los exiguos círculos de izquierda, el compromiso, los panfletos, los lemas del marxismo-leninismo, los dogmas del Partido, la plusvalía, la superestructura, las reuniones más o menos conspirativas (Alrededor de la mesa del comedor de mi casa hay más gente que en el Partido Comunista del Estado de Kentucky); la separación matrimonial; la soledad (A menudo pienso en los solteros: una vida de decisión pura, de cálculos ponderados y de inclinaciones, todas, satisfechas. Suelen andar solos, amablemente acompañados en su singularidad por la posibilidad. ¿Acaso no puede un hombre, joven o viejo, rico o pobre, doblar unas cuantas esquinas y toparse con el matrimonio?); el muy atractivo Alex; el sexo; Boston; las mujeres de la limpieza, Josette, Ida, Angela, heroínas que por la mañana hacen girar su llave en la cerradura de la puerta y llegan como si de una medicina muy esperada se tratara o aparecen como si fueran la felicidad perfecta; el esbozo fugaz del padre (No era muy culto, pero era muy inteligente y leía muchas revistas de detectives y muchos periódicos. Cantaba muy bien y se sabía la letra de muchísimas canciones. Trabajaba de jornalero, trabajaba lo menos posible. De fontanero, de vendedor de cocinas, de algo en el departamento de salud del tribunal, de algo en el aparato del partido Demócrata)… 

Y todo ello en un texto cruzado por infinidad de referencias cultas: Darwin, Goethe, Nietzsche, Borges, Shakespeare, Pasternak, Leconte de Lisle, Heine, Thomas Mann, Marcel Proust y Henry James, Flaubert, Dostoievski, Beethoven, Voltaire, el Doctor Samuel Johnson, T. S. Eliot, Kafka, John Donne, Rousseau, Delacroix, Valéry Larbaud, Ovidio, Yeats y Baudelaire, Pushkin, Rilke, los hermanos Goncourt. 

Cierro ya aquí esta desbordante reseña. No dejéis de leer ninguno de los tres libros que en ella os propongo: El despertar, de Kate Chopin; La mujer de Martin Guerre, de Janet Lewis y, en general, su trilogía Casos de pruebas circunstanciales; y Noches insomnes, de Elizabeth Hardwick. De este último título os dejo el fragmento y el tema musical con los que pongo fin a mis comentarios. Ambos, texto y canción, tienen a Billie Holiday como protagonista. Una descripción del primer encuentro de la escritora con la intérprete y uno de los grandes clásicos de la artista, la formidable Don’t explain, en una grabación de 1958.


Hacia 1943. De noche, a la fría luz de la luna de invierno, se desarrollaba un espectáculo urbano bastante benigno. Los adolescentes dormían y la amenaza no flotaba más que por el paisaje; una amenaza estética. Nieve fangosa y sucia en las alcantarillas, un chanclo negro perdido, un par de bragas blancas, quién sabe si arrojadas desde un coche. Acompañando a la música, como uña y carne, un libertinaje letal. Y, siempre, la luminosa autodestrucción de Billie Holiday. 

Cuando la vi por primera vez era gorda, grande, maravillosamente hermosa, gorda. Durante aquel instante que nunca volvió, casi llegó a parecer una matrona, alguien auténtico y sensato que ingresaba dinero en el banco, firmaba papeles, tenía cortinas a juego, los vestidos colgados y pares de zapatos —dorados y plateados, blancos y negros— siempre listos. Qué aparición más traicionera, aquélla, aquella locura, porque nunca hubo mujer menos madre y menos esposa, menos apegada a nada; costaba imaginar, incluso, que pudiera ser una hija. Ya quedaba poco que recordara la lastimosa dulzura de una jovencita. No. Era rutilante, lúgubre y solitaria, aunque, por supuesto, nunca estaba sola; nunca. Majestuosa, siniestra y decidida. 

Los labios seductores, los párpados aceitosos, el perfume violento; y en su voz, las eles y las erres del trópico. Su presencia y su voz creaban una ansiedad inmensa, creciente. Uñas largas y rojas y sonido de guitarras eléctricas. He aquí una mujer que no había sido cristiana jamás.

Videoconferencia
Chopin, Lewis, Hardwick 

miércoles, 3 de junio de 2026

YAA GYASI. VOLVER A CASA; MAYRA MONTERO. LA TARDE QUE BOBBY NO BAJÓ A JUGAR; ADDA RAVNKILDE. JUDIT FÜRSTE; MARIA JUDITE DE CARVALHO. LOS ARMARIOS VACÍOS

Hola, buenas tardes. La séptima y antepenúltima emisión de la serie que Todos los libros un libro lleva dedicando desde finales de abril a libros escritos por mujeres viene muy apretada pues son cuatro nuestras invitadas de esta tarde, con las que haremos un singular viaje literario, tan oportuno, en estas semanas inmediatamente anteriores a las vacaciones veraniegas, que nos va a llevar a Ghana, Cuba, Dinamarca y Portugal, a través de otras tantas novelas muy distintas entre sí, con temáticas y planteamientos estilísticos también muy diferentes, pero coincidiendo todas en su indiscutible calidad y su extraordinario interés, así como en su capacidad para proporcionar al lector horas interminables de placer y disfrute.

Empezamos, pues, sin más dilación, pues el tiempo apremia, con mi invitación a que leáis Volver a casa, la formidable primera novela de la norteamericana de origen ghanés Yaa Gyasi, que publicó en 2017 la editorial Salamandra en traducción de Maia Figueroa Evans. Más allá de su calidad objetiva, de su interesante contenido y su trabajada estructura, de la oportunidad de los temas que trata y, en definitiva, de sus valores literarios, de los que luego os hablaré, hay en el texto -e imagino que la responsabilidad no puede achacarse a la traducción- algunos fallos (al menos a mi juicio, que, obviamente, puede no ser acertado) que quiero mencionar de entrada relativos al uso -que se detecta en más de una ocasión- de términos comunes en nuestro léxico actual pero difícilmente admisibles si se quiere dar cuenta de una realidad de hace doscientos cincuenta años. Que la voz del narrador, que se “oye” a través de la tercera persona en que está escrito el texto, describa las emociones que experimenta un personaje que vive en la selva africana a mediados del siglo XVIII diciendo "la adrenalina le recorría el cuerpo", o subraye la rapidez con la que se produce un hecho con la expresión "en cuestión de milisegundos", por poner solo dos ejemplos, provoca en el lector un cierto -ligero- desajuste, por tratarse de vocablos -adrenalina, milisegundos- tan científicos, tan “modernos”, tan, por lo tanto, anclados a nuestro presente, que alejan a los personajes -y con ellos a quienes, leyendo, siguen sus vivencias-, del escenario en el que se desenvuelven. Detalles menores, en cualquier caso, que no impiden el disfrute de un libro espléndido. Yaa Gyasi es una ya no tan joven -treinta y nueve años; veintiocho cuando escribió su novela- escritora nacida en Ghana, país que abandonó a los dos años con su familia para instalarse en Estados Unidos. Esta duplicidad de raíces -la ancestral africana, podríamos decir, y la adoptiva norteamericana- permea toda la obra, en la que distintas manifestaciones de ese juego de dualismos cobran un papel esencial. El libro obtuvo el muy prestigioso Pen Prize a un debut literario de ficción. En 2021, Salamandra publicó Más allá de mi reino, también apreciable. 

Las protagonistas “iniciales” (y luego se descubrirá el porqué de esta locución) de Volver a casa, son dos hermanas, Effia y Esi, nacidas en un poblado ghanés a mediados del siglo XVIII de la misma madre y distinto padre. Las chicas no llegarán a conocerse, pues una permanecerá en su país de origen, casada a la fuerza con James Collins, el gobernador inglés de Costa del Cabo, el puerto desde el que los británicos controlan el negocio de esclavos, y la otra será capturada en el interior por las fuerzas del propio Collins y enviada como esclava a Estados Unidos. A partir de estos hechos germinales la novela nos pone en contacto con doce personajes más pertenecientes a seis generaciones de las dos ramas familiares. La narración avanza así, articulada en torno a las vidas de estos individuos singulares que, además, representan metafóricamente a su raza, por la etapa histórica en la que la autora los sitúa, viviendo momentos decisivos en la dramática trayectoria de los negros, africanos o emigrados, en los últimos dos siglos y medio. 

Son, pues, catorce las “viñetas”, una por capítulo, aparentemente autónomas pero sin embargo unidas por numerosos vínculos, en particular la pertenencia de sus protagonistas al mismo grupo familiar y, sobre todo, su común identidad de raza, las que hacen avanzar la acción, en la que Gyasi nos muestra en paralelo las vicisitudes de la vida de sus criaturas y ciertos relevantes acontecimientos de especial notoriedad en la microhistoria de la raza negra aunque también sobresalientes con carácter general para la humanidad entera. En cada caso se eligen momentos significativos de esas existencias particulares, en una discontinuidad estructural en la que el recurso a la elipsis permite ir desarrollando la historia sin necesidad de contar íntegras todas las biografías, que no obstante se enlazan mediante una serie de motivos recurrentes -la simbólica piedra negra que pasa de una generación a otra, las historias familiares, las tradiciones, el intangible legado (espiritual, cultural, moral) de los antepasados- que permiten ver esa sucesión de vidas como parte de un conjunto superior, que las aglutina y da sentido, un personaje colectivo -la raza, la tribu, la familia- que es el protagonista último del libro. Lo que quería captar con su proyecto -escribe uno de los personajes dando, a mi juicio, la clave de la propia voluntad de la autora, del propósito último de este Volver a casa- era la sensación del tiempo, de haber formado parte de algo que se remontaba hasta tan atrás en el pasado y tenía tal magnitud que se hacía fácil olvidar que ella y él y todos los demás existían dentro de ese algo

De este modo, y siguiendo a los descendientes de Effia y Esi, por la novela discurren la ¿plácida? vida en la selva de los pueblos africanos antes de la colonización, las guerras tribales (una de las dos ramas familiares pertenece a la etnia fante y la otra al grupo asante, enfrentadas entre sí), la brutal “conquista” blanca (sobre todo británica y estadounidense), la esclavitud (que es el tema principal del libro y que se muestra en sus diversas manifestaciones: las crueles y descarnadas del tráfico de seres humanos y la explotación en las minas y las plantaciones de algodón, y las más sutiles pero igualmente despreciables derivadas de la opresión de los negros en la sociedad norteamericana actual), el negocio del cacao, la tantas veces intolerante y despiadada labor de los misioneros, la dolorosa e injusta realidad de las plantaciones de algodón del sur de Norteamérica, la difícil vida en las ciudades del Norte tras la emigración masiva de negros después de la Guerra de Secesión, la asesina Ley de Esclavos Fugitivos, la segregación y los guetos, Harlem y el jazz, las primeras independencias de países africanos, los movimientos reivindicativos en defensa de los derechos civiles y por el reconocimiento de la dignidad e identidad afroamericana, la devastadora aparición de la droga entre la población urbana negra o los conflictos raciales contemporáneos, en un completísimo retrato del trágico devenir de esa raza desde su primer contacto con el hombre blanco. Y todo este recorrido lo plantea la autora llevando a sus personajes por diferentes “localizaciones”: Ghana, tanto en su costa (la citada Costa del Cabo) como en los poblados del interior, Inglaterra y Estados Unidos, y en este último caso, deteniéndose en escenarios variados como Alabama, Baltimore, la terrible Pratt City o Nueva York, algo más que meros telones de fondo descritos con convicción y verosimilitud, con precisión y rigor históricos, y con una indudable y sobresaliente labor de documentación. 

El principal nexo común a todas las historias es el de la esclavitud. Desde 1764 hasta nuestro presente, Volver a casa nos muestra sucesivamente, en las dos orillas del Atlántico, la connivencia de algunas etnias africanas con los blancos, combatiendo contra los suyos para proveer de “material” a los barcos negreros, el despiadado hacinamiento de seres humanos en el fuerte del castillo de Costa del Cabo antes de su traslado al otro lado del océano, las duras condiciones del viaje a América, en el que perdían la vida miles de esclavos, la explotación en los campos de algodón sureños, el sometimiento laboral y humano -de facto- de los negros liberados aún después de la abolición -solo de iure- de la esclavitud, la discriminación racial en la sociedad estadounidense del presente y, en general, el miedo, el dolor, el sufrimiento, la relegación y la injusticia que todavía padece esa raza en nuestros días. 

Y el sobrecogedor desvelamiento de esta terrible realidad lo lleva a cabo Gyasi sin maniqueísmo ni molestos subrayados. No hay negreros maléficos ni angélicos héroes negros. Los personajes se construyen con profundidad y hondura, son ambiguos, presentan claroscuros, están -como todos nosotros- llenos de contradicciones y sufren por ello, como queda de manifiesto en esta reflexión de un africano: En la costa de la tierra de los fante hay un lugar que se llama el castillo de Costa del Cabo. Allí es donde metían a los esclavos antes de enviarlos a Aburokyire: América, Jamaica. Los comerciantes asante llevaban allí a los cautivos. Había intermediarios fante, ewe y ga que los tenían presos un tiempo y después los vendían a los británicos, a los holandeses y a quien pagase el mejor precio en aquel momento. Todo el mundo tenía su parte de responsabilidad. Todos la teníamos… y la tenemos

Esta inteligente propuesta moral, compleja y llena de matices, se corresponde con el dual juego de espejos al que antes aludía. En mi aldea hay un dicho sobre las hermanas separadas: son como una mujer y su reflejo, condenadas a vivir en lados opuestos de un mismo estanque, se dice en un momento del texto. Las dos hermanas que sostienen de este modo especular la genealogía familiar operan como metáfora de otros dualismos que afloran en la obra, de otras realidades que a la vez se enfrentan y complementan, se entremezclan y confunden, se separan y superponen: blancos frente a negros, África frente América, los fante frente a los asante, las “abiertas” poblaciones de la costa frente al interior más cerrado en sí mismo y sus tradiciones y rituales, los hombres frente a las mujeres (la novela es claramente feminista -aunque sin reduccionismos simplistas-, con un poderoso dibujo de los personajes femeninos, más fuertes, más resistentes, más enteros, más coherentes con su misión en el mundo), bondad frente a maldad, y, sobre todo, peripecia individual frente a conciencia colectiva. 

Porque precisamente esta última noción, la de la relevancia del intemporal sentimiento comunitario por encima de las perecederas existencias personales, configura otro de los temas destacados del libro, el de la identidad y el sentimiento de pertenencia, otro hilo conductor que anuda las vidas de los personajes, tanto los que logran participar en algún momento de esa conciencia -los menos- como los que carecen de ella o la han perdido, desarraigados y extraños ya en todas partes, incapaces de volver a casa. No podemos regresar, no podemos volver a un lugar en el que jamás hemos estado. Ese lugar ya no es nuestro, dice uno de los miembros de la familia. Y Marjorie, el último eslabón de una de las ramas familiares, estudiosa, posgraduada en Estados Unidos, señala cuando visita una Ghana que apenas conoce: En cuanto bajo del avión, la gente se da cuenta de que soy como ellos, pero que también soy distinta. No encajo aquí ni allí

Por último, quiero destacar otra “línea de fuerza” de la novela, la que enfatiza la importancia de las narraciones, del contar, del relato. La historia es contar historias, leemos; y también ¿De quién es la versión que no me han contado? ¿Qué voz fue silenciada para que ésta se oyese? La Historia es, pues, el relato que cuenta el que tiene el poder, y la voluntad de Yaa Gyasi es dar voz -y dar, por tanto, poder- a quien no lo tiene ni lo ha tenido, a quien ha sido silenciado, al que sufre, al paria, a las víctimas, a los sacrificados en el cruel torbellino de esa Historia oficial que desprecia a quienes “pierden”. 

En fin, por esta multiplicidad de focos de interés y, sobre todo, por tratarse de una narración arrebatadora, llena de emoción, apasionante, conmovedora, estimulante y hermosísima, os recomiendo Volver a casa de Yaa Gyasi, la primera de mis propuestas de esta tarde. 

Cruzamos ahora el Atlántico, de las costas ghanesas a las cubanas, para adentrarnos en la sorprendente, controvertida y muy apreciable historia que narra Mayra Montero en La tarde que Bobby no bajó a jugar, una novela, de corte absolutamente autobiográfico según declaración expresa de su autora, publicada en mayo de 2024 por Tusquets, un sello que no podía faltar en este repaso simultáneo a veintiséis escritoras y otras tantas editoriales en que he querido convertir Todos los libros un libro a lo largo de un par de meses. 

Mayra Montero, nacida en La Habana en 1952, aunque residente en Puerto Rico desde sus diecisiete años, es una escritora con una amplia y muy sólida carrera literaria. Con cerca de una veintena de títulos publicados, de los cuales ya solo en el catálogo de Tusquets aparecen ocho o nueve, es una destacada autora de libros de contenido erótico (una circunstancia nítidamente perceptible en la novela que hoy os presento), en particular La última noche que pasé contigo y Púrpura profundo, que ganó el Premio Sonrisa Vertical, un clásico del género, en el año 2000. La tarde que Bobby no bajó a jugar es, por ahora, su última obra publicada. Periodista durante décadas, la crítica resalta cómo en sus novelas -yo solo he leído un par de ellas- es frecuente que hechos reales, personajes históricos y episodios verificables se entrelacen con la ficción sin que el lector pueda separar con comodidad ambas capas. Ese modo de proceder alcanza en La tarde que Bobby no bajó a jugar una formulación particularmente lograda, como veremos. 

La base de la novela es, pues una historia real, vivida en primera persona por la propia autora (conveniente aunque muy poco eficazmente “disimulada” en la ficción: su joven protagonista se llama Miriam Marrero; no parece que haya una especialmente decidida voluntad de ocultamiento). En una entrevista con Berna González Harbour, periodista de El País, publicada hace un par de años, confiesa sin ambages que los hechos narrados son, efectivamente, los vividos por ella en 1966. Cuando tenía catorce años, y por una serie de circunstancias que se detallarán en la novela, Mayra/Miriam, acabará “visitando”, en la habitación del hotel en que está alojado, a Bobby Fischer, entonces un muchacho de veintitrés años y ya cerca del apogeo de su fama mundial, desplazado a la Habana al frente del equipo norteamericano para participar en la XVII Olimpiada Mundial de Ajedrez. En su encuentro, esporádico y fugaz, apenas unas horas en una noche, Mayra quedaría deslumbrada ante la belleza y la singularidad de aquel joven, muy diferente a los chicos que frecuentaba en su cotidianidad. La experiencia, que por su parte fue plenamente consciente, intensa y enamorada, tuvo también una dimensión íntima y abiertamente sexual, en una controvertida derivada del episodio que lo hace hoy especialmente actual, en estos años en los que en la sociedad -y también en la literatura; piénsese en el mediático caso de Vanessa Springora, entre otros- se debate y polemiza sobre las relaciones entre adultos y menores, en el marco del análisis jurídico, social, científico, psicológico y, sin duda, también político sobre el consentimiento. Volveré sobre el asunto más adelante. 

Estamos, pues -y ya me adentro en la novela- en octubre de 1966. Bobby Fischer está a punto de llegar a la isla, que se prepara, en un clima de ilusionada exaltación, para el gran torneo: un evento apoteósico, en el que jugaba la crema y nata de todas partes del mundo, pues estaba previsto que se rompiera el récord de asistencia de cincuenta países que se había establecido en la Olimpiada de Tel Aviv, dos años antes. A Cuba llegarían nada menos que cincuenta y dos delegaciones, siendo la de Estados Unidos, si no la más nutrida, al menos la más esperada: cinco jugadores y un capitán. Sin embargo, toda la expectativa se concentraba en Fischer. La relación de Bobby con Cuba se remonta a diez años atrás, cuando en 1956, con apenas trece años y ya un insolente, caprichoso, consentido e insoportable niño prodigio del ajedrez, había visitado La Habana, acompañado de su madre, Regina Wender (Fischer por matrimonio) en una gira del club de ajedrez Log Cabin, creado por el millonario, medio mafioso y filonazi Elliot Lauks, un “tour” que lo enfrentaría en partidas simultáneas contra los mejores jugadores cubanos. Además, solo un año antes del momento en que se desarrolla la historia, en 1965, y con ocasión del torneo Capablanca in Memoriam, de homenaje a la gran figura cubana del ajedrez, Fischer ya había vivido otra situación, en este caso más o menos conflictiva, con Cuba, pues, en plena Guerra Fría, las autoridades estadounidenses no le permitieron viajar a la isla y tuvo que jugar su partidas desde el Marshall Chess Club, en Nueva York, la confrontación transmitida, jugada a jugada, a través del teletipo. 

La curiosidad y la expectación que suscitó la llegada del muy popular genio del ajedrez, fueron especialmente notables entre los muchos aficionados, entendidos y expertos del juego existentes en un país muy vinculado a ese deporte intelectual. Uno de ellos, el relojero Mario Gorski, que será el otro gran protagonista de la novela, junto a Miriam y, en un segundo plano, aunque como desencadenante de la trama, el propio Fischer, está muy interesado, por razones que la novela expone al lector y que luego desvelaré, en que el gran maestro le firme -y dedique- un tablero de ajedrez. Ante la dificultad que para él, un hombre adulto, de porte y presencia anodinos, supone el acceso a la muy protegida suite del campeón -estamos en el punto álgido de la lucha de poder entre Estados Unidos y la Unión Soviética, y en la Olimpiada Fischer iba a enfrentarse a las grandes figuras soviéticas-, se pone en contacto con un grupito de atolondradas escolares, de las que conoce su práctica en la petición de autógrafos y su condición de jovencitas más o menos “espirituales”, en sus propias palabras, por lo que no tendrían problema alguna en acceder a un americano que era puro cerebro y sensibilidad. Pacta con ellas las condiciones de la encomienda, bien sencillas y tentadoras: si, en el escaso tiempo que Fischer pasará en Cuba, consiguen que les firme el tablero, les entregará, sin estrenar, con su carátula impecable, el disco Rubber Soul, el espléndido elepé de finales de 1965 de los Beatles, entonces un mito en la sociedad cubana (y aún ahora, como reflejan las novelas de Leonardo Padura, que ya presenté en Todos los libros un libro en dos diferentes ocasiones). Las cinco inquietas, atrevidas e inseparables muchachas (Un profesor de historia nos había bautizado como las Oritías, por ser escurridizas y taimadas como la princesa griega raptada a plena luz del día por el dios del viento), absolutamente desconocedoras de los entresijos del abstruso juego y no tan espirituales como el cincuentón relojero aislado en su pequeño universo creía percibir, aceptan entusiasmadas el encargo, juran mantenerlo en secreto hasta que llegue el día señalado para evitar que nadie pueda acceder a la codiciada presa (el disco, obviamente, y no el ajedrecista) y delegan en una de ellas, Miriam Marrero (una muchacha tímida, delgaducha, que tenía un padre escritor y bohemio, y una madre retraída, para todos los efectos desequilibrada), la más alta y la única que chapurreaba el inglés, la puesta en práctica de la arriesgada misión. Tras solventar, no sin la conjunción de azares diversos, complicados problemas de intendencia (guardias de paisano, policías, servicios de espionaje, que custodian el acceso al reducto del joven prodigio), una renuente y poco convencida Miriam acabará, provista del tablero sobre el que Fischer debía estampar su firma, en la habitación de un Bobby (Era un nene que parecía de mi edad, aunque él tenía 22 o 23 años. Era como un niño. Los muchachos de 15 y 16 con los que yo me relacionaba eran más maduros que él. Era raro, muy raro, pero cariñoso a la vez, falto de cariño, en palabras de la Mayra actual) ante el que, tímida, desconcertada, sobrepasada por la situación, se presentará con un nombre falso y confesando unos dieciséis años que sobrepasan con creces los catorce recién cumplidos que en realidad tiene. 

Este “acontecimiento” es el núcleo alrededor del cual Montero construye una ficción que no pretende ofrecer un acercamiento a la figura del genio, sino contar dos historias -en las que el amor ocupa un lugar esencial- que acaban por entrecruzarse en la tarde en la que Bobby no baja a jugar y en la que Miriam vive su aventura en su suite en el hotel: la de la propia peripecia de la chica, enmarcada en la descripción de su entorno familiar y social, y la del relojero Mario Gorski, que se retrotrae a principios del siglo XX, cuando la familia, los padres y los tres hermanos, la mayor, Aniela, y los gemelos Marek (el propio Mario, que adoptará en Cuba su nuevo nombre) y Emanuel, dejan Brodnica, su aldea natal en Polonia, para emigrar a un Estados Unidos al que nunca llegarán pues su estancia en La Habana, que se presentaba como provisional, acabaría por ser definitiva, tras la pronta muerte de la madre, Danuta, y Aniela y después de que los tres varones encontraran la oportunidad para continuar en la capital cubana la trayectoria de tres generaciones de relojeros. A su vez, ambos relatos permiten a la autora explorar el clima moral, político y emocional de una ciudad y de una generación en un país que pasa de la dictadura de Fulgencio Batista a la revolución de los “barbudos” liderados por Fidel Castro. 

Del primero de los frentes, el que tiene por centro a Miriam, más allá de la interesante recreación del contexto de la familia -la difícil relación con Greta, la madre conflictiva, exigente, controladora y afectivamente distante, víctima de sus ataques de nervios, de su ansiedad, de sus continuos sollozos y desmayos, de sus constantes cambios de humor, de los cortes que se autoinfligía en los brazos; el padre a menudo ausente, entregado siempre, según su enajenada esposa, a alguna “”guaricandilla” de costumbres “ligeras”; las permanentes riñas, los gritos, las discusiones y la violencia entre ambos-, quiero resaltar, por encima de las demás vertientes de ese eje del relato, la experiencia amorosa de la niña -iniciática en más de un sentido: pérdida de la virginidad, paso a la edad adulta, descubrimiento del “mundo”, conciencia de una realidad muy alejada de la limitada y opresiva que impone el régimen revolucionario, estatalista y filosoviético-, su desconcierto y su simultánea emoción, su súbito enamoramiento, el sexo intenso (descrito, en dos o tres pasajes, de un modo que el lector entiende congruente con las conocidas incursiones de la escritora en la literatura erótica) y, en particular, la espinosa cuestión del consentimiento. 

Tanto la Miriam novelesca como la Mayra real, afirman de modo explícito su plena libertad, su voluntad soberana, su consciente responsabilidad en la, insisto, hoy controvertida relación. Declara, de manera explícita e inequívoca, el personaje: Dentro del cariñoso torbellino en que nos empezamos a buscar, superado aquel primer momento de confusión y angustia, de dolor punzante y de remordimiento, cada partícula de mi cerebro consintió, desde entonces para siempre hasta hoy. Y cuando, pasado el tiempo, Mario, recordando su propia experiencia (que ahora resumiré brevemente), aconseja a la muchacha: no te hagas mayor sin tener historias que contar, ella responde: Ya tengo una (…) La mejor de mi vida, subrayando el carácter voluntariamente elegido de su fugaz, aunque profunda e inolvidable, vivencia adolescente, casi infantil. Igualmente, en su entrevista de mayo de 2024 para el diario madrileño, Mayra ante la insistencia -cargada de apriorismos- de la periodista sostiene con reiteración y rotundidad: Lo recuerdo con mucha ternura. Sé que me criticarán mucho porque es una novela a contrapelo de las reivindicaciones actuales. Es una historia agradable y positiva de ese tipo de relación que se daba entre una niña y un adulto (…). Yo vi muy natural lo que pasó. Jamás sentí violencia (…) No me pareció un caso de abuso, de violación, en que el tipo te parece siempre asqueroso y te está forzando. No. Yo quedé deslumbrada por aquel chico tan bello, era bellísimo, y tan distinto a todos los cubanitos que yo conocía. Era como que me había caído Dios del cielo. Y así lo recuerdo: ¡Qué suerte tengo! (…). ¿Consentí, no consentí? En aquel contexto de aquellos años uno no se planteaba eso. Para mí era haber estado con un muchacho, no con un abusador viejo, baboso, que te manosea, que te entrampa. No hay tiempo ni es la ocasión para avanzar más en este muy delicado asunto, que concierne al campo minado del deseo y el consentimiento. Apunto tan solo este foco adicional del libro -no el único ni el más importante-, como posible desencadenante de un, a mi juicio, muy interesante debate. 

Estas mismas limitaciones de tiempo me obligan a esbozar apenas otros elementos sugestivos de la novela. Por ejemplo, la ya mencionada segunda gran historia de amor, que corre en paralelo a la primera y con la figura de Fischer como nexo entre ambas. El apocado, triste, melancólico y solitario Mario, inexperto en el trato con las mujeres, encerrado en el taller de relojería compartiendo con su padre una existencia modesta y sin expectativas ni apenas horizontes vitales (un hombre que ha dedicado su vida a ver correr el tiempo), frente al cosmopolitismo viajero y la exitosa búsqueda de experiencias -laborales, sexuales, sentimentales, empresariales- de su hermano Emanuel, este de personalidad decidida y poderosa, se enamorará perdidamente -y el adverbio es más que un tópico- de Regina Wender, la madre de Bobby, en su visita a Cuba de 1956, acompañando -cuidando- a su entonces hijo “treceañero”. Esa también efímera pasión -pasajera en su vertiente “tangible”, los cortos días de la estancia de la mujer en La Habana; pero imperecedera en el recuerdo del hombre-, será la que, tras diez años sin contacto alguno, Mario aspira inútil y desesperanzadamente a revivir en la nueva visita del ajedrecista -esta vez sin su madre- a la isla caribeña. Y es ese afán de recuperar un vínculo ya del todo perdido lo que explicará su iniciativa para hacerle llegar al genio el tablero para su firma, ofreciendo a las Oritías el disco de los Beatles que él posee gracias a la carrera como marino de Waldemar, hijo de su hermano Emanuel y visitante de todos los puertos del mundo. La presentación de la figura de Mario, de su sensibilidad, de sus anhelos, de su ilusión, de su deseo, de su soledad, de su dolor, de su emotiva y patética necesidad de amor, de sus fantasmas (lo atormentaban otros fantasmas: los de la edad, los de la incertidumbre, los de la vida dilapidada a solas, carroñeras que ahora se abatían sobre su cuerpo herido), de la nobleza de su descabellada e improbable y muy tardía pasión (esas inesperadas pasiones que redimen a los tristes, a los indefensos, a los que han nacido destinados al pozo de la vacuidad, y en él se resignan a morir), resulta conmovedora y constituye uno de los alicientes principales de la novela. 

Además, un elemento sustancial de la novela deriva de la ambientación de ambas historias en una Cuba cuya evolución política, económica y social aflora, ya se ha dicho, de un modo elocuente, fidedigno y muy interesante en el libro. La tarde que Bobby no bajó a jugar constituye así, también, un magnífico reflejo de la realidad y la vida de la isla y sus habitantes, en esos años -los cincuenta y sesenta del pasado siglo- que contemplaron los estertores de la dictadura de Batista, las acciones violentas de los revolucionarios y, por fin, el cambio de régimen el 1 de enero de 1959. Son constantes en el libro las referencias a ese convulso estado de cosas, tanto en la descripción de las circunstancias de la cotidianidad de los personajes -la escasez y la pobreza (Volví apesadumbrada a casa, mi madre tenía mala cara y anunció que solo había espaguetis para cenar, pues ya no le quedaba ni un grano de arroz); la carne enlatada que mandan los rusos; la falta de libertad, la desesperanza de las gentes (Esto no puede durar mucho, ¿no te lo parece a ti? Ya verás que Batista se va. —¿Y qué sabes tú lo que va a pasar después que se vaya, si es que se va? —Al menos no va a ser peor); los programas de radio con la prohibición de la música moderna (Vivíamos esperanzadas en que colaran una canción de los Beatles); los pocos fumaderos de opio, dos o tres clandestinos, que sobrevivían a la Revolución- como en las alusiones a elementos más abiertamente políticos -los atentados (La calle está en candela y no es para menos, ¿te imaginas lo que es meterle seis balazos al jefe de la Inteligencia Militar?) y las bombas (A finales de 1958, una bomba estalló cerca de la relojería); la Policía Secreta de Batista; la presencia, tras el cambio de régimen, de personal soviético y el frecuente rechazo que provocaba (En la calle solo hay rusos que no saben lo que es un desodorante); las asambleas revolucionarias incluso entre escolares; las menciones a China y al presidente norteamericano Johnson; la censura y la represión, conducirán al ostracismo al padre de Miriam (Poco a poco, mi papá había dejado de ser un bohemio rodeado de guaricandillas, para convertirse en un libretista antisocial, repudiado y sancionado por la Revolución. El origen de su caída en desgracia, como era de esperar, fue su carácter guasón, que lo llevó a soltar un chiste que le costaría muy caro) e impedirían a Miriam el acceso a la Universidad; los planes quinquenales, las zafras patrióticas, el Año del Esfuerzo Decisivo, el Año de los Diez Millones… Y, con una relevancia muy especial en el desarrollo de la trama, el señalamiento y la hostilidad ante los “gusanos”, aquellos que no colaboraban con la revolución, “marcados” como enemigos de la patria. La familia de Miriam, vive, ya en los días de la dictadura castrista, esperando la autorización para salir de Cuba, la llegada del “telegrama” liberador (Vivía para el telegrama), reservando la ropa que vestirían en ese momento crucial (teníamos ropa reservada para el gran día en que por fin pudiéramos subir al avión que nos sacaría de Cuba), recibiendo ilusionados, al fin, la llegada a la casa del militar encargado de realizar el “inventario”, el recuento de los bienes familiares que habrían de ser abandonados en el país a su marcha, preámbulo seguro, o casi seguro, del permiso de salida

En un plano menor, y ya para terminar, resulta sugestivo también, y apreciable por la indudable labor de documentación de la autora (que menciona, en la sección final de agradecimientos del libro, entre otros, a Leontxo García, el gran experto español en ajedrez), la recreación fidedigna del ambiente ajedrecístico, competiciones, partidas, jugadores, anécdotas de las grandes figuras de la época, interioridades de ese universo desconocido para la mayor parte de los lectores y, sobre todo, los muchos apuntes sobre la personalidad de Bobby, sobre su biografía y la de su madre, sus antecedentes familiares y, también, los convulsos días futuros de Fischer, los hitos de su carrera profesional, las muchas veces dramáticas incidencias de una vida extrema -problemas mentales, detenciones, estancias en la cárcel- hasta su muerte en Reikiavik el 17 de enero de 2008. 

La tercera etapa de nuestro femenino recorrido literario por el mundo nos lleva a Dinamarca, con una autora que yo presenté aquí hace casi una década cuando era para mí desconocida, habiendo nacido además en un país cuya literatura tiene, en general, una muy escasa repercusión en nuestro mercado editorial. Se trata de Adda Ravnkilde, una escritora danesa, nacida en 1862 y fallecida a los veintiún años, tras un recalcitrante suicidio, valga la expresión para describir un acto en el que, obstinada en su resolución, ingirió veneno, se cortó las venas y se disparó un tiro. Su libro, su única obra más allá de algunos otros esbozos preliminares, tímidos y finalmente descartados, de título Judith Fürste, fue publicado tras su muerte y después de una algo rocambolesca historia de la que más adelante os hablaré brevemente, viendo la luz en nuestro país en 2015 en la estupenda serie de la editorial Alba -que no podía faltar en nuestro representativo repaso al universo editorial español- que se presenta bajo una elocuente rúbrica, “rara avis”. La traducción es de Blanca Ortiz Ostalé y en la edición se desliza algún despiste menor como un chirriante “ostinaba” que hubiera merecido una revisión más atenta por parte de los responsables del sello editorial. 

La historia, sin duda novelesca, de los orígenes del libro y de la intensa y torturada existencia de su autora, nos la relata en el prólogo el crítico y catedrático de literatura Georg Brandes, que recibió el manuscrito de su autora en 1883, siendo finalmente su editor y el responsable de su publicación un año después, cuando la joven Adda Ravnkilde ya se había quitado la vida. El experto profesor detectó enseguida el talento de la chica, inusualmente madura para su edad -algo que resulta palmario en su novela, en la que nos sorprende a cada instante la profundidad y capacidad de penetración de la narradora en la descripción y el análisis de los sentimientos-, le planteó una serie de objeciones y propuestas de mejora sobre esa su redacción original y la alentó a pulir esos defectos detectados y a encontrar la veta más genuina y personal de su escritura, manifiesta en gran parte de su relato. Al poco tiempo, Adda le remitió un nuevo manuscrito en el que depuraba esas imperfecciones y desarrollaba uno de los ejes -el del amor infructuoso, vencido, angustiado y pletórico de una joven por un atractivo y superficial hombre maduro- de su texto primero dándole más hondura y eliminando los elementos superfluos. Las obligaciones de Brandes le hicieron demorar su juicio sobre esta nueva propuesta de la jovencísima escritora. Transcurrido más de un mes sin recibir respuesta, Adda acudiría a una clase de su mentor y, a las pocas horas, acabaría con su vida. La vi dos horas antes de su muerte, el 29 de noviembre, leemos en el prólogo. Ese día, cuando subí a mi cátedra de la universidad, reparé en ella. Ocupaba uno de los primeros bancos de la sala, justo frente a mí; parecía exaltada, llena de vida, sus ojos tenían un brillo extraordinario, sonreía y rio en varias ocasiones durante mi intervención. Lo que menos imaginaba en esos momentos era que fuese digna de compasión

Adda Ravnkilde, natural de Jutlandia, se había trasladado a Copenhague desde su pueblo de origen para formarse como maestra. Su entusiasmo juvenil no era incompatible con un espíritu algo atormentado, una pobre niña genial que había dejado atrás sus fértiles fantasías y sus audaces planes de futuro para adentrarse en la gran oscuridad, como la describe su mentor, influido, quizá, por su trágico destino final. Algunos de los rasgos de su personalidad, oscilante entre la exaltación y el desánimo, a caballo del entusiasmo y la decepción, se reflejarán en el personaje principal de su novela, siendo apreciados también por Brandes, que la dibuja con precisión en el prólogo: En el curso de nuestra conversación, pude hacerme una idea más clara de su personalidad: un espíritu con aspiraciones que había visto frustrada una gran esperanza y que llevaba impresa la huella de años de opresión, atormentado por la mezquindad de las relaciones mezquinas y por la necedad de los seres necios. Un alma valerosa y exaltada que conocía la tentación de perder el coraje para siempre, pero que aún conservaba frescas sus energías; sedienta de vida y, sin embargo, muy familiarizada con la idea de la muerte, deseosa del trato con hombres y mujeres librepensadores, necesitada de intercambiar impresiones, de dotar a su vida de un contenido espiritual más pleno; moderna, tremendamente moderna en su esencia a pesar de los resabios convencionales de su presentación; ambiciosa, sí, pero con una ambición que a diario debía enfrentarse a una melancolía que preguntaba en un susurro: ¿vale la pena conquistar la gloria? ¿Vale la pena vivir la vida? 

Judith Fürste, la heroína del libro, tras una serie de infaustas peripecias personales (la muerte prematura del padre, la nueva boda de su madre con un hombre adinerado, mezquino e insensible al que la mujer se somete, el desamparo de la chica en el hogar familiar sobrevenido), accede, ante la imposibilidad de abandonar su casa y abrirse a los estudios, al trabajo y, en definitiva, a la vida independiente, a contraer matrimonio con un aristócrata de vida disipada y mucho mayor que ella, al que no ama y a cuya irresistible capacidad de seducción, probada de continuo en infinidad de conquistas, el orgullo de la joven se resiste. La dolorida obstinación del esposo (Cientos de muchachas se habrían arrastrado de rodillas hasta sus tierras para conquistar su favor y ella lo rechazaba) y el tozudo empecinamiento de la chica se miden en una permanente esgrima sentimental, que condenará a ambos contendientes a una vida de humillaciones y sufrimientos mutuos que no solo no se atemperarán sino que se verán gélida y cruelmente acentuados con el nacimiento de su único hijo. La imposible convivencia acabará evolucionando en un giro que pese a lo previsible no debo desvelar si quiero mantener un mínimo respeto por vuestro interés como posibles lectores. 

El personaje del marido está perfilado con brillantez, un hombre que se ha entregado a los placeres de la vida, que ha disfrutado de experiencias y mujeres sin cuento pero que ahora está decidido, por un lado, a retirarse a la placidez de una existencia sin demasiados sobresaltos (Ahora quería pasar el resto de sus días en una paz sin pasión) y, por otro, a descansar de su a la postre infructuosa búsqueda de la satisfacción de sus deseos (Hay personas que se condenan a sí mismas a una eterna persecución de sus deseos; yo me cuento entre ellas. No consiguen nada. Si al menos una vez lograsen amar a alguien más que a sí mismas, creo que se salvarían, pero no pueden), para acabar dándose cuenta de que el carácter es, como dijo el presocrático, nuestro destino irremisible y que no podemos escapar a nuestra naturaleza (Había salido huyendo de deseos y apetitos y ahora se encontraba con que no los había burlado), al caer furibundamente encaprichado de su renuente esposa. 

Es, sin embargo, en el “dibujo” de la figura de la joven en donde la maestría de la autora resulta sobresaliente. Judith es una mujer orgullosa y obstinada, dotada de un contumaz amor propio, inconformista y rebelde, rígida y atormentada, obcecada e inflexible en sus transacciones con el mundo y, en particular, con los hombres, a los que se niega a someterse, como era propio en la época, incapacitada para una existencia en paz (su conciencia se resistía a encontrar la paz), viviendo en conflicto permanente con la realidad y consigo misma, atada a una insensata ansia de dar con algo grandioso y absorbente que llenara su vida. Ese dilema en el que se desenvuelve, por un lado el riguroso mantenimiento de su propia independencia, su severa integridad, su incontaminada pureza, su rotunda negativa a aceptar el papel que las normas sociales imponen a su sexo, y, por otro, la necesidad de plegarse a las convenciones sociales (el amor, el matrimonio, la “normalidad”) con la consiguiente añoranza de una existencia convencional y mediocre pero tranquila y sin sobresaltos, permea su vida, un agotador y permanente combate interno, emocional y afectivo, sentimental e intelectual. Soy pura, no me he dejado tentar, me he ganado la vida y no me he vendido. Sí, vendido, pues eso es lo que me dispongo a hacer, afirma resignada y sin ilusión cuando, después de sus muchas cuitas, se aviene a contraer matrimonio. 

Esa persistencia -ese empecinamiento- en mantener sus severas pautas de comportamiento, que apaga los aspectos más vitales y libres, más fecundos y auténticos de su personalidad, la aíslan, la hacen sufrir y la condenan a la infelicidad (Toda su vida no había sido sino un castigo por haber acumulado obstinación tras obstinación y no haberse postrado jamás) hasta que, por fin, acabe descubriendo la verdad de la vida: el amor, la entrega, el olvido de uno mismo y de las exigencias que el propio egoísmo impone; una verdad que Judith cifrará en el lema que, a la postre, puede resumir la esencia del libro: Más dichoso es quien da que quien recibe. Y es así como, transformada, reconocerá: Entonces comprendió que su pena y su tedio ante la vida, su sensación de desamparo y su amargura, su envidia, sí, hasta su odio y su dureza, todo eso no era otra cosa que amor, o que al amor se debía. Había empezado a amarlo, aun sin saberlo, desde su primer encuentro, y la semilla que su recuerdo había sembrado en el alma germinó y luchó hasta abrirse camino por la tierra en medio de la oscuridad y la desesperación, a través del deseo y la añoranza, por un suelo pedregoso y una tierra abrasada por el sol. Incansable, su amor había conseguido abrirse paso, y cuando, doblegada por la pena y presa del arrepentimiento, reconoció su culpa y su falta, entonces ese sentimiento brotó y creció más y más fuerte hasta eclipsarla por completo

Estupenda novela, lúcida, sensible, intensa y desasosegante, que recomiendo con vehemencia. Lo hago también, aunque ya de un modo acelerado, con mi última propuesta de hoy, que nos lleva a Portugal, a partir de la breve y excepcional Los armarios vacíos, de María Judite de Carvalho, publicada en 2023 por la editorial Errata Naturae con traducción de la siempre solvente y por ello muy reconocida Regina López Muñoz. 

Yo no conocía a la autora portuguesa antes de leer, hace tres años, esta formidable novela y ello a pesar de que cuenta con una obra copiosa en su lengua, con cerca de veinte títulos, en su mayor parte colecciones de relatos. En nuestro país, que yo sepa, solo está publicado, también por Errata Naturae, Tanto tiempo, Mariana, un libro de cuentos, su debut literario, en 1959. Nacida en 1921 y fallecida en 1998, son datos relevantes de su biografía sus estudios de Filología Alemana e Inglesa; su matrimonio con el escritor Urbano Tavares Rodrigues; su exilio en Francia durante la dictadura de Oliveira Salazar; y los muchos e importantes reconocimientos a su literatura, al recibir los más destacados premios literarios del país vecino. Sorprende así el desconocimiento que, de este lado de la frontera, tenemos de una autora a la que la reciente traducción al inglés de Los armarios vacíos ha puesto en el primer plano internacional, con traslaciones a numerosos idiomas, griego, neerlandés, sueco, turco, italiano y, obviamente, español. En todas las críticas que he podido leer para preparar esta reseña, incluso en las portuguesas, se destaca esta condición de escritora infravalorada e injustamente olvidada, hasta su “redescubrimiento” actual, veinticinco años después de su muerte. 

Los armarios vacíos es, probablemente, una de las novelas más femeninas de este extenso ciclo. Los papeles principales corresponden en su totalidad a mujeres, la narradora, una Manuela cuyo nombre no se desvela hasta que han transcurrido un centenar de páginas y que, desde su posición inicial de mera observadora -circunstancia que lleva al lector a preguntarse por su identidad y por la razón de su presencia en el libro-, va incorporándose progresivamente a la historia; Dora Rosário, la protagonista; su hija Lisa; su suegra Ana; la desdichada tía Júlia, hermana de su marido. Los dos caracteres masculinos con una cierta presencia, Duarte Rosário, el esposo de Dora, ya fallecido al inicio de la novela, que se nos aparece como un buen hombre, íntegro aunque egoísta, algo cicatero, acomodaticio y conformista, carente de ánimo y fuerza vital, y Ernesto Laje, un individuo superficial, narcisista y voluble, resultan emocionalmente frágiles y dependientes y están muy por debajo, en el terreno moral, de Manuela y Dora, con las que sus existencias corren en paralelo. 

Dora Rosário es la viuda de un hombre, Duarte, de escasas ambiciones vitales y profesionales, incapaz de luchar e involucrarse en los afanes cotidianos, de procurarse -a sí mismo y a los suyos- una mínima estabilidad económica (Ni unos ahorros, ni un seguro de vida); que siempre se había dejado llevar (Quizá fue justo ésa la única ocupación digamos activa a la que Duarte se dedicó por placer durante toda su vida: no ser nada); que había abandonado sus estudios para colocarse de chupatintas en una empresa de jabones; que decepcionó las esperanzas de su madre -que siempre había dicho que su hijo daría que hablar- y que durante su matrimonio impuso a su mujer -el libro es de 1966 y refleja las condiciones de la relación conyugal en aquella época- esa desesperante falta de aspiraciones, esa inacción, esa ausencia de estímulos. Duarte se había negado a que ella trabajara fuera de casa, había limitado hasta anularlas las inquietudes culturales y vitales de Dora (Con la llegada de Duarte se había operado no una ampliación de sus intereses, sino una sustitución total. Su aparición había expulsado automáticamente todo aquello que hasta entonces había ocupado la vida de Dora, así como a todas las personas que colmaban su existencia. Antes iba a ver exposiciones de pintura, asistía a conferencias, bailaba, iba a casas de amigas. (…) Duarte, sin embargo, volvió mediocre todo aquello. Las exposiciones empezaron a parecerle puro esnobismo (lo cierto es que no sabía nada de pintura), las conferencias una autoflagelación de la que era fácil huir, y las amigas, a las que aún veía de tarde en tarde, hipócritas y aburridas sin excepción), lo que había provocado en ella la sombra de un leve desencanto existencial que había soportado, sumisa -también cobarde- por el amor que le profesaba (pensaba en estas cosas sin amargura, o con una amargura leve, casi dulce, y hasta con secreta satisfacción, porque lo amaba). Tras enviudar y a cargo de su pequeña hija, carente de toda fuente de ingresos, Dora encontrará un trabajo como responsable de una tienda de antigüedades, que, al solucionar sus problemas económicos y proporcionarle incluso una vida acomodada, le permitirá su propósito de entregar su vida a la educación y a la preparación del futuro de Lisa y a mantener vivo el recuerdo, mitificado, ennoblecido, idealizado, incuestionable, del fallecido en un duelo prolongado que durará diez años durante los cuales limitará su existencia, anulará su personalidad manteniendo viva su dependencia psicológica de Duarte (La gente se quedaba mirándola, en ocasiones con una sonrisa. Sin embargo, a Dora Rosário la traía sin cuidado, porque la imagen de Duarte la había acompañado desde bien temprano, había viajado con ella en el metro, había entrado en casa a su lado), desatenderá su propio cuidado (Era una mujer de facciones correctas que nunca había hecho nada por ayudar a la naturaleza. Nunca. Más bien parecía empecinada en entorpecerla, aunque no deliberadamente), romperá casi todos los vínculos sociales, sumiéndose en una suerte de páramo existencial, una viudez material y externa (Al cabo de diez años seguía vistiendo de luto, y con esas faldas anchas y largas que usaba y el zapato plano parecía más una monja de paisano que lo que era en realidad: una viuda profesional) y también emocional y sentimental, una existencia suspendida, resignada, sin alicientes, sin propósito, en un universo oclusivo, gris, cerrado (sin duda una trasposición narrativa de la sombría dictadura del Estado Novo “salazariano”), anclada en la memoria del marido y en la insustancial rutina cotidiana, diez años de soledad voluntaria e involuntaria (había optado por una soledad ya existente, al fin y al cabo), estableciendo una frontera rigurosa y obsesiva entre ella y Lisa, y el resto del mundo: Por un lado estaban Lisa y ella, y por el otro todos los demás. «Los demás» encarnaban el enemigo incapaz de proporcionar nada bueno y que probablemente acarreara todo lo malo. 

En la fiesta del decimoséptimo cumpleaños de Lisa (han pasado los años y el cambio de los tiempos se aprecia en la figura de la chica, abierta, esperanzada, decidida, soñadora e ilusionada en construir un futuro personal y profesional luminoso; en la fiesta suenan los Beatles, que operan como emblema de la modernidad que envuelve a los personajes y a la sociedad portuguesa, una ligera ráfaga de aire fresco en aquella cárcel íntima y colectiva), Ana, la suegra y abuela, revelará de manera inopinada a Dora (Llevo diez años pensando en hablar con usted sobre un asunto importante, pero siempre lo voy postergando) un secreto familiar que atañe a Duarte y que cambiará de manera radical la percepción que la mujer tenía del pasado con su esposo, constituyendo un esencial punto de inflexión en la vida de Dora y, en consecuencia, en la novela. Desde su tienda de antigüedades, el Museo, como ella la llama, Dora encontrará en la inusitada revelación el impulso suficiente para dejar atrás el fúnebre retraimiento del duelo, preocuparse de nuevo por su apariencia personal e interesarse de un modo más activo por su entorno. 

La historia se cuenta a través de la narración de una amiga, Manuela, testigo de los acontecimientos (no siempre cercano y de primera mano: en alguna ocasión surgen ciertas inconsistencias -muy leves y disculpadas de antemano por el personaje (Imagino esta escena, que Dora Rosário no me contó porque no estuvo presente)- al detallar con muy fiel precisión episodios que ella no vivió directamente y que, conocidos por el relato de un tercero, probablemente no hubieran permitido tal meticulosidad en los detalles, como en este ejemplo significativo: Dora Rosário pensó: «A Manuela no le importa; por lo demás, no se enterará de nada, porque nadie va a sacarlo de su paisaje»); una voz que observa y relata, conectando acontecimientos con reflexiones sobre la acción o la pasividad de las protagonistas, en un recurso “técnico” original, muy interesante y eficaz en tanto introduce distancia, objetividad y reflexión crítica en los episodios que describe (Pero no estoy aquí para hablar de mí). La narradora se dirige al lector, “habla” con él (Como ya he dicho, no soy celosa), manteniéndose inicialmente al margen de los hechos de los que da cuenta, innominada incluso, hasta el punto de suscitar dudas sobre quién pueda ser y a qué puede obedecer su presencia en la historia (Yo no formo parte de la historia —si es que podemos denominarla historia—, soy una mera comparsa, de esas que no tienen siquiera nombre propio ni lo tendrán, tampoco en episodios posteriores, por una falta absoluta de vocación dramática), para, gradualmente, ir adquiriendo entidad, complementando su rol de observadora externa con su participación en los hechos, desvelando su identidad, aclarando qué vínculo la une a Dora y compartiendo, al fin, con ella, en paralelo, el protagonismo de la novela. 

Independientemente de la propia historia y de la profundidad con la que se refleja la complejidad psicológica de Dora y Manuela, la novela interesa -y apasiona y entusiasma- por muchas otras razones, entre ellas el muy completo desarrollo del resto de los personajes, Lisa, la suegra Ana, la tía Júlia, de presencia episódica pero relevante, el, a mi juicio, despreciable Laje, el “ausente” y no menos reprobable Duarte; y, sobre todo, por la atención, no explícita sino reflejada a partir del desarrollo de los hechos, a temas como la dependencia emocional y económica de las mujeres y su papel en la sociedad portuguesa de mediados del siglo XX (tan fácilmente extrapolable al caso español); la soledad femenina y su invisibilidad social en aquellos años; el vacío y la ilusión como metáforas de la existencia, ejemplificados en el título del libro, tomado de unos versos de Paul Éluard que abren la novela (J’ai conservé de faux trésors / dans des armoires vides. He conservado tesoros falsos / en armarios vacíos) y finalmente la explican; la forma en que los vínculos familiares y las convenciones sociales condicionan y hasta construyen las identidades, en particular las femeninas; el cambio generacional reflejado en las diferentes costumbres de la abuela, la madre y la nieta, que muestran las transformaciones culturales de su tiempo y la evolución en las formas tradicionales de ser mujer; entre otros muchos hilos de interés de una novela muy apreciable. 

Hasta aquí la apretada presentación de estas cuatro novelas formidables, a cuya lectura os invito fervorosamente. Os dejo ahora con un breve fragmento de La tarde que Bobby no bajó a jugar, en el que se muestra la agitación de Miriam, mezcla de esperanza y desesperación, tras su encuentro con el ajedrecista. La doble presencia de los Beatles en las novelas de Mayra Montero y Maria Judite de Carvalho, me facilita la elección del tema musical que cerrará la reseña. Una de las canciones del álbum Rubber Soul mencionadas en la novela de la cubana, I’m Looking Through You, pone el punto final por hoy a mis comentarios.


Siguiendo la tradición familiar de al menos dos mujeres que habían enloquecido al día siguiente de la boda, mi propia abuela entre ellas, yo había caído en un vacío. Mi desesperación, entonces, me llevaba a clavarme las uñas en las palmas de las manos, pues era la única forma en que recuperaba el aire cuando me faltaba. De noche esperaba despierta a que mi madre se durmiera y marcaba a tientas el teléfono del Habana Libre, que me sabía de memoria. Pedía que me comunicaran con la habitación de Bobby Fischer, y la telefonista respondía que no eran horas de pasar llamadas, o colgaba sin darme explicaciones. Esperaba unos minutos para volver a llamar, pendiente de cualquier ruido, señal de que Greta me había sentido y aparecería por detrás de mí, agitando el cascabel de su demencia, dispuesta a llevarme a rastras a la cama. No era solo una suposición, ya esa escena de horror la conocía.

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Gyasi, Montero, Ravnkilde, de Carvalho