Vivo entre muchos libros y extraigo una gran parte de mis ganas de vivir del hecho de que aún leeré la mayoría de ellos. (Elias Canetti)

miércoles, 21 de octubre de 2026

JULIAN BARNES. DESPEDIDAS

El próximo viernes, 23 de octubre, el escritor británico Julian Barnes recibirá en Oviedo el Premio Princesa de Asturias de las Letras. Un jurado integrado por María Sheila Cremaschi, María Dueñas Vinuesa, Marcos Giralt Torrente, Raquel Lanseros Sánchez, Lola Larumbe Doral, Antonio Lucas Herrero, Inés Martín Rodrigo, Sergio del Molino Molina, Berta Piñán Suárez, Marisol Schulz Manaut, Sergio Vila-Sanjuán Robert y Jorge Volpi Escalante, presidido por Santiago Muñoz Machado y actuando como secretario Fernando Rodríguez Lafuente, ha reconocido en el escritor británico su condición de extraordinario narrador y ensayista, dotado de humor, ironía y de un «optimismo melancólico y un pesimismo alegre», según sus propias palabras. El acta que suscriben los destacados representantes de nuestra cultura que acabo de mencionar también subraya que Barnes ofrece una visión lúcida, cálida y compasiva del género humano, y emplea la memoria como configuradora de identidad sin renunciar a la imaginación, con el amor como principio esencial. Su obra reelabora, con mirada europeísta, la historia de la literatura, el arte, la música e incluso la gastronomía, hasta alcanzar un estilo único, que lo singulariza dentro de una generación de autores británicos especialmente brillantes, que ha marcado la literatura contemporánea. 

Aparte de este obvio reconocimiento general y objetivo, el que supone el refrendo de un galardón de la trayectoria y el prestigio del asturiano, Barnes tiene para mí -hablo, pues, ahora, desde mi particular subjetividad- un extraordinario interés personal, habiendo leído casi toda su obra novelística publicada en España. Un repaso somero a mi cada vez más desordenada biblioteca me permite constatar la presencia en ella de hasta quince libros del escritor ahora premiado, todos en la editorial Anagrama, en donde “desembarcó” a principios de los ochenta junto al resto del “dream team” de la ficción británica del momento, el Nobel Kazuo Ishiguro, Ian McEwan, Martin Amis, Graham Swift, Hanif Kureishi, Vikram Seth o, ya fuera del sello catalán, Salman Rushdie. Esta inclinación por Barnes -extensible a casi todos sus compañeros de generación, que también he leído con profusión y enorme placer- se ha manifestado en su aparición aquí, en Todos los libros un libro, en donde presenté, en enero de 2013, su novela Arthur & George; y por los tres programas que le dediqué en mi otro espacio en Radio Universidad de Salamanca, Buscando leones en las nubes, con dos emisiones dedicadas a finales de 2011 a Nada que temer, una suerte de ensayo autobiográfico, y otra, centrada en su por entonces última novela, La única historia, que se emitió en enero de 2021. Desde mediados de octubre estoy recuperando en Buscando leones en las nubes esos tres programas en un ciclo “barnesiano” que se prolongará durante el mes de noviembre con, al menos, tres entregas más centradas en la que, según declaración del propio autor, será su última y definitiva obra, Despedidas, publicada en el Reino Unido el 20 de enero de 2026, un día después de su octogésimo aniversario, y al poco tiempo en nuestro país en traducción de Jaime Zulaika para la editorial barcelonesa. 

En estos días, pues, será Barnes el invitado de honor del espacio, con tres de emisiones en las que empezaré por comentar este Despedidas, espléndido libro al que dedicaré el primer programa de la breve serie, y otras tres entregas, que verán la luz aquí en las próximas semanas, con mis recomendaciones de algunos otros libros del escritor, escogidos entre los más recientes de su trayectoria, pues son los que más recuerdo y de los que conservo notas de lectura. Es el caso de Elizabeth Finch, El sentido de un final y los referidos La única historia, Nada que temer y Arthur & George. Dejo fuera, por tanto, novelas tan espléndidas como El loro de Flaubert, que supuso su “descubrimiento” internacional en 1984, publicándose en España hace ahora cuarenta años, en 1986 (semanas antes de la entrega del Premio Princesa de Asturias se pudo ver a la reina Letizia con un ejemplar de bolsillo de dicha novela -la edición “normal” estará descatalogada-, probablemente documentándose, dados su rigor y su exigencia “profesionales”, antes del encuentro con el autor), Mirando al sol, Antes de conocernos, o Hablando del asunto, que me subyugaron hace décadas. 

Si exagero un poco podría afirmar que Barnes pertenece a una categoría -no tan infrecuente- de escritores que a lo largo de su vida escriben un único libro compuesto por variaciones sucesivas sobre unas pocas obsesiones fundamentales. En el caso del británico, la memoria, la fragilidad de la verdad y la distancia que media entre la experiencia vivida y el relato que posteriormente construimos de ella, la naturaleza del amor y del recuerdo, la identidad, la “conversación” intelectual, el tiempo y la muerte, comparecen una y otra vez, tanto en sus novelas como en sus libros más ensayísticos o en aquellos que se mueven a caballo de géneros diversos. Despedidas es la expresión paradigmática de este rasgo, pues es algo más que una nueva -y postrera- ¿novela?, al tratarse, pienso, de la explícita recapitulación de una trayectoria intelectual y artística de casi medio siglo, presentada como una meditación lúcida, inteligente y a veces desgarradora sobre el final de la existencia y sobre la propia literatura. Y todo ello envuelto en las habituales señas de identidad formales del autor, como son la elegancia de la escritura; la aparente aunque muy trabajada simplicidad de la narración; el uso recurrente de la digresión, los desvíos, los paréntesis; la prosa conversacional; la interlocución con el lector; los juegos literarios, plasmados en referencias y conexiones con la obra de otros escritores; la ironía contenida pero claramente perceptible; el humor autocrítico; la extraordinaria capacidad para convertir cuestiones filosóficas en experiencias narrativas; y la consabida dilución de las fronteras entre novela, autobiografía, comentario literario, ensayo y memoria personal. Por otro lado, estando en las vísperas del Día de Difuntos, la presencia del libro en nuestro espacio de hoy es especialmente oportuna, al ser también Despedidas una suerte de larga meditación sobre la muerte en la que cada uno de sus grandes temas -la memoria, el amor, la enfermedad, la escritura, la amistad, el tiempo- termina convergiendo en una misma pregunta: ¿qué permanece cuando una existencia llega a su término? 

Pero antes de adentrarme en mis comentarios sobre estas y otras pautas temáticas y estilísticas que caracterizan la literatura de nuestro invitado de esta semana, quiero adelantar brevemente el argumento (en tanto que se pueda hablar en esos términos) del libro (como siempre tratando de soslayar los “destripes”, y como siempre fracasando probablemente en el intento). En Despedidas Julian Barnes construye una historia que parte de una situación aparentemente sencilla: un escritor que se adentra en su ancianidad (En cuanto a mí, tengo ahora setenta y ocho años y este será definitivamente mi último libro, mi despedida oficial, mi postrera conversación contigo; en frase que encierra algunas claves de la obra: los paralelismos entre narrador y autor, la idea de despedida, el texto como una larga interlocución con el lector) y que, afectado por una grave enfermedad, mira hacia atrás y trata de reconstruir algunos episodios de su vida, al mismo tiempo que observa el deterioro del cuerpo, la proximidad de la vejez y la perspectiva de un abandono definitivo de la escritura, o al menos de su difusión pública. Pero, como sucede tantas veces en Barnes, lo que parece al principio una reflexión personal termina abriendo una historia mucho más amplia sobre el amor, la amistad, la muerte, el tiempo y las vidas que podrían haber sido de otra manera. 

En el centro del libro aparecen Jean y Stephen, dos de sus amigos de sus años de estudiante en Oxford. La remembranza de aquellos días permite al lector conocer cómo el propio narrador había propiciado entonces el primer contacto entre ellos y cómo, a partir de ese encuentro, ambos acabarían por enamorarse. Eran jóvenes, inteligentes y estaban viviendo ese momento de la vida en que todavía parece posible elegir entre opciones y futuros por hacer. Sin embargo, su relación no saldría adelante. Después de separarse, cada uno seguiría su propio camino y durante muchos años sus vidas transcurrirían alejadas la una de la otra. Barnes queda también apartado de ellos, aunque conserva el recuerdo de aquella primera relación. Aquí comienza una de las singularidades más atractivas del argumento, que tiene que ver con el hecho de que la historia de Jean y Stephen contenga un enorme vacío temporal. Han pasado cerca de cuarenta años y el lector sabe muy poco de lo que ha ocurrido durante todo ese período. Barnes no intenta rellenar inmediatamente esa laguna, sino que hace de ella uno de los misterios de la narración. ¿Qué hicieron Jean y Stephen durante esas décadas? ¿Con quién vivieron? ¿Qué relaciones tuvieron? ¿Qué quedó de aquel amor juvenil? Y, sobre todo, ¿qué puede significar reencontrarse con una persona después de haber vivido prácticamente otra vida entera? 

Pasadas esas cuatro décadas, Stephen reaparece en la vida de Barnes y le pide ayuda para volver a ponerse en contacto con Jean. El escritor se convierte así, casi sin proponérselo, en intermediario entre sus dos antiguos amigos. La situación tiene algo de sentimental y algo de cómico (el humor sutil e inteligente del escritor como siempre presente en sus libros), pues quien años atrás los presentó y propició su relación, vuelve a intervenir ahora para facilitar un nuevo encuentro. A partir de ahí, Jean y Stephen recuperan la relación que habían dejado atrás en su juventud y descubren qué posibilidades ofrece una segunda oportunidad cuando ya no se es joven y el tiempo perdido forma parte inseparable de la propia historia. Ese “nuevo” vínculo se desarrolla mientras el propio Barnes reflexiona sobre su vida, sobre sus recuerdos y sobre la dificultad de saber hasta qué punto aquello que recordamos coincide con lo que realmente sucedió, pues esos recuerdos, lo que figura en nuestros diarios, las anécdotas que repetimos durante años y las versiones que otras personas conservan de nosotros pueden ofrecer relatos diferentes de una misma existencia. De esta manera, el protagonismo de la memoria da paso al cuestionamiento de nuestra propia identidad ya que al rememorar el pasado surge la duda -legítima, inevitable- acerca de si estamos recuperando nuestra vida tal y como fue o estamos reconstruyéndola y “fabricando” una nueva versión de ella. 

En paralelo a la historia de sus amigos, el narrador contempla su propia existencia desde una edad avanzada y se pregunta qué queda finalmente de una vida. ¿Son los acontecimientos, los recuerdos, las personas que hemos amado, las historias que otros cuentan sobre nosotros o, por el contrario, las meras palabras con las que intentamos ordenar todo ello? El resultado es un libro en el que una historia amorosa concreta sirve de hilo narrativo para hablar de algo mucho más universal: la dificultad de saber qué ha sido realmente importante en nuestra existencia y la necesidad, inevitable al final del camino, de aprender a despedirnos. 

La obra se organiza en tres grandes “ejes” claramente diferenciados (o no tan claramente, porque, hilando más fino, podríamos hablar de hasta cinco, tantas como los capítulos del libro), aunque íntimamente relacionados, en un juego de aproximación y alejamiento entre la ficción y la experiencia personal que creo elegido de manera voluntaria por un autor que tiende a disfrazar de sencillez y ligereza unas construcciones literarias de minuciosa y hasta férrea estructura. El primero, en el que Barnes se recrea en la descripción del proceso de su enfermedad entre atinadas reflexiones sobre En busca del tiempo perdido y la figura de Marcel Proust, está dedicado a la memoria y al envejecimiento; el segundo desarrolla la referida historia de Stephen y Jean; el tercero vuelve a la voz autobiográfica para reflexionar sobre la enfermedad, la escritura y la muerte, en lo que constituye propiamente la despedida del autor. Lo más relevante de este esquema es que al lector esas tres partes no se le aparecen como compartimentos estancos, sino que, por el contrario, se muestran fuertemente imbricadas, hasta el punto de que a medida que se avanza en la lectura se puede apreciar cómo cada una modifica retrospectivamente la percepción que se tuvo en las anteriores. Así -y de nuevo sin voluntad alguna de enojosos destripes-, cuando el lector llega al desenlace comprende que el relato de Stephen y Jean nunca fue una simple historia interpolada, sino un recurso que permitió al narrador examinar algunas interesantes cuestiones que afectan directamente a su existencia (y de las que más adelante daré cuenta de modo somero) y que, además, operará a la postre como una suerte de síntesis simbólica de la ¿novela? (Nuestras vidas, en otras palabras, se reducirían a una historia con un gran agujero en el centro). 

El primer frente gira sobre dos grandes ejes, el así llamado “IAM” y la figura y la obra de Marcel Proust. El capítulo primero se titula, precisamente, “El gran I AM”, y el traductor se ve en la obligación (por otro lado pertinente pese a que el propio texto aclara, pocas líneas después, el aparentemente oculto sentido) de incorporar una nota al respecto: En el doble sentido de «el Gran Yo Soy», en alusión a Dios y al nombre con el que se presenta a Moisés en Éxodo 3:14, y de las siglas en inglés de Recuerdo Autobiográfico Involuntario. Entre otras referencias científicas, Barnes recoge un informe clínico de la revista Neurology Clinical Practice que exponía el extraño caso de un hombre de cuarenta y cinco años que había sufrido un ictus hemorrágico en el tálamo posterior izquierdo. Tras el incidente, el paciente experimentó un curioso fenómeno consistente en que la degustación de una tarta de manzana desencadenaba en él recuerdos de todas las tartas que había probado en su vida, siendo capaz de evocarlas en un preciso y riguroso orden cronológico y todas ellas aflorando a su mente como una cascada. En eso consiste el IAM, en los recuerdos involuntarios de los más nimios detalles de la propia biografía (al modo de Funes el memorioso, el protagonista del famoso cuento de Borges), esos como “fogonazos” del pasado que no buscamos deliberadamente y que, de pronto, irrumpen provocados por una sensación, un olor, un sabor, un sonido o cualquier detalle aparentemente insignificante. Se trata de un suceso -el experimentado por el hombre de las tartas- en sí mismo inquietante, capaz de suscitar la alarma del narrador por sus complejas repercusiones en la identidad personal (imaginemos que unos recuerdos olvidados nos asaltan a una velocidad semejante, una avalancha histórica que atraviesa retumbando nuestra percepción del presente y desgarra la conciencia que tenemos de nosotros mismos) y, llevado a su extremo, de despertar su vena irónica: ¿y si, como señaló un amigo mío, la experiencia desencadenada no fuera tan inspiradora como comer una tarta? ¿Y si te tirabas un pedo, dijo él, por leve que fuese, y se te aparecía en orden cronológico cada ventosidad que habías expulsado a lo largo de toda tu vida? Y así sucesivamente: no es nada difícil imaginar otros ejemplos. Representémonos la idea –o la visión– agotadora de miles de bocadillos de beicon aflorando en nuestra memoria (¿y reviviríamos también su textura y sus diferencias, amén de nuestras reacciones al respecto?) 

Conjugando esa información científico/cómica acerca de la súbita irrupción de los recuerdos con su experiencia de septuagenario adentrándose en la vejez (Actualmente me encuentro en mitad de la setentena, y como la mayoría de la gente mayor a veces estoy cansado de mí mismo; y con eso me refiero a que me repito recordando pensamientos, hechos y, en especial, opiniones), Barnes recupera el conocido episodio de la magdalena de Proust (que no es exactamente como la que podríamos tener en mente, sino un bizcochito esponjoso con la forma acanalada de una vieira, apostilla, en una nueva muestra de humor cuando aún no hemos llegado a la quinta página del libro), en el que el narrador de En busca del tiempo perdido vuelve de golpe a su infancia al mojar el dulce en el té, para adentrarse en una fascinante cadena de reflexiones sobre la memoria, la identidad, la escritura biográfica y, en definitiva, la posibilidad misma de la literatura. Recordamos cosas, pero no sabemos exactamente qué estamos haciendo cuando recordamos. ¿Estamos recuperando algo que permanecía intacto dentro de nosotros? ¿O estamos reinventándolo cada vez? Recordamos, sí, aunque, en realidad, solo “creemos” que lo hacemos, confiados en la verdad de aquello que nos contamos y transmitimos a los demás, aunque el proceso sea, sin embargo, una reelaboración, una reconstrucción algo artificiosa que cuantas más veces repetimos, cuantas más veces evocamos y narramos más se aleja de la verdad. Y ello pese a que nosotros nos creamos más convencidos de la fidelidad de nuestra rememoración. Y es que la memoria está lejos de ser un archivo en el que guardamos acontecimientos y al que podemos acudir años después para recuperar una copia exacta. Por el contrario, la memoria es cambiante, selecciona los recuerdos, los transforma, los borra, los revuelve, los difumina u oscurece, los mezcla, completa o simplifica, añadiendo detalles, incorporando matices, prescindiendo de pasajes enteros. ¿Qué dijo T. S. Eliot del recuerdo? Que por mucho que lo envuelvas en alcanfor las polillas se colarán igualmente. 

¿Y si fuera posible acceder -dominando esa recuperación a nuestro antojo- a todas las veces que hemos contado ese recuerdo, de modo que nuestro cerebro nos demostrara cómo, gradual pero sistemáticamente, nos hemos ido desviando del relato original? ¿No sería extraño y desconcertante? Y, sin embargo, útil: difícilmente podríamos desautorizar a nuestro tálamo, ¿no? ¿Y si pudiésemos extrapolar el incidente de las tartas de manzana o la magdalena proustiana a todas nuestras acciones, nuestras omisiones y nuestras decisiones con entidad moral, sentimental, intelectual, emocional? ¿Cómo afrontaríamos el historial –el historial cronológico– de todas nuestras mentiras, hipocresías, crueldades evitables y (aparentemente) inevitables, acerbos olvidos, fingimientos, promesas incumplidas, deslealtades de obra y palabra? No solo las flaquezas reales, sino también las imaginadas y las deseadas. Aquí el escritor recuerda la famosa entrevista del presidente Jimmy Carter en la revista Playboy, en la que confesó, literalmente: “En mi pensamiento he cometido adulterio muchas veces”. Y apostilla Barnes: Casi todos lo hemos hecho, pero tendemos a conservar en la memoria consciente solo las fantasías más deliciosas y las que menos sentimiento de culpa nos producen. Pero ¿qué hay de esos adulterios de corazón, más vergonzosos, más sucios e inadmisibles, que hemos preferido reprimir? 

Esta primera parte del libro, que se completa con una serie de enjundiosas exégesis del episodio de Proust, los análisis de otros casos clínicos relativos a los IAM y las calas en las obras de Virginia Woolf, Nietzsche, Bergson y hasta John Le Carré, pretende indagar en esos aspectos ocultos que el recuerdo distorsiona, a la vez que deja abierta una pregunta cuya respuesta centrará, en cierto modo, el libro entero: ¿y si existiera una manera de producir IAM sin que el paciente –tú, yo– tenga que sufrir un ictus catastrófico? Y claro que existe esa manera, se llama escritura, se llama narración, se llama literatura. Y así, tras ese preámbulo que podríamos calificar de erudito, el autor se entrega al recuerdo “autoinducido” -la memoria cuenta historias, construye relatos- describiendo -o inventando- la andadura de sus amigos Stephen y Jean, en el segundo gran frente del libro que recoge una muy sugestiva historia de amor o, más exactamente, la narración sobre cómo recordar una historia de amor. 

Advierte Barnes al iniciar esta segunda línea de la obra, cuál es el “estatuto” de su relato: Lo que sigue es una historia verídica, aunque con ciertas salvedades. Estos matices suponen, de entrada, una opción “técnica”, que obedece a lo que podríamos llamar los “presupuestos profesionales” del escritor, las pautas estructurales y formales a las que el autor quiere acomodar su narración; pero a mi juicio son, sobre todo, una toma de postura literaria, un modo de desarrollar sus planteamientos en relación con la escritura, la ficción y la (im)posibilidad de la verdad en el ejercicio de la literatura (o, en general, y como ya he señalado, en cualquier intento de recuperación fidedigna del pasado). De hecho, el narrador desafía al lector a buscar en Google los datos biográficos que proporciona para verificar la veracidad de su relato (Sea como fuere, estudié en Oxford entre 1964 y 1968 (y se puede comprobar en Google)), pero inmediatamente después desliza sutiles pistas que sugieren que todo el andamiaje podría ser una soberbia y sofisticada fabulación, un “juego de novelista” refinado y melancólico. Así por ejemplo, confiesa haber cambiado el nombre de los dos personajes principales, operación justificada en la promesa que le habría hecho a ambos por separado de que nunca escribiría sobre ellos. Pero esa declaración, que apuntaría a la fidelidad de su historia (más allá del detalle menor de la modificación onomástica) va seguida de su cuestionamiento cómplice (Y sí, veo por dónde vas: si he roto ese juramento, ¿en qué medida es fiable mi promesa de autenticidad?). Señala también que entrar en el “meollo” de su relato, lo que le interesa de cara a lo que sería su tesis principal, exige “decorarlo” con ciertas informaciones más o menos superfluas: Para contar la historia, cualquier historia, tengo que aportar cierto número de antecedentes. Lo de siempre: quién, dónde, cuándo, por qué; qué tiempo hacía y si es relevante; quiénes son los personajes y cómo hablan; sus raíces sociales y su historial educativo; las profesiones que ejercen. Quién se está quedando prematuramente calvo, a quién le han suavizado quirúrgicamente las patas de gallo; cuáles eran sus hábitos onanistas en diferentes etapas de la vida. 

En relación con esta nota, surge la tercera salvedad, consistente en el largo vacío temporal -las cuatro décadas ya referidas- transcurridas entre el comienzo y el final de la historia de los dos amantes (La historia consta de dos partes porque aconteció en dos partes, con un largo lapso entre ambas), en las que Barnes no tuvo contacto con ninguno de sus protagonistas (Ni uno ni otro hizo más que darme unas pinceladas de la parte que me había perdido) Y, como apunta con sorna, puesto que ninguno de nosotros había sufrido nunca un ictus hemorrágico en el tálamo posterior (…) para ser fidedigno, recurro a nuestros tres recuerdos superpuestos, con todos sus cotidianos errores fortuitos. Surgen, pues, de nuevo, las dudas, la memoria titubea, imprecisa, la remembranza se difumina, las fronteras se diluyen, ¿hasta dónde llega la verdad?, ¿dónde empieza la ficción? O, en las propias palabras del escritor: si tuviéramos acceso por medio de los IAM a lo que «sucedió realmente» en nuestra vida, ¿sería más fácil o más difícil escribir una autobiografía (y una obra de ficción)? Yo sospecho que sería más difícil. Además, y por cerrar las advertencias preliminares que Barnes sitúa como preámbulo a su historia, la base “fáctica” (siento el tecnicismo jurídico-forense) sobre la que ésta se levanta es también algo evanescente. La evocación del primer encuentro oxoniense entre Stephen y Jean se va revelando a partir de un muy borroso sustrato (En la primera mitad recurro por entero a los recuerdos y a una o dos fotografías), mientras que de la segunda parte, pese a ser más cercana al presente del escritor, tampoco cabe afirmar su condición de verdad incontestable. He aquí la explicación -extensa aunque clara, muy significativa y representativa, en suma, del enfoque último del libro-que proporciona Barnes: En la época de la segunda mitad yo ya era escritor, desde hacía muchos años. Así que guardaba apuntes –por lo general simultáneos con los sucesos– y llevaba diarios, normalmente escritos al cabo de varios días o semanas. Cabría suponer que esta documentación fuese más fidedigna que los recuerdos apolillados de tiempo atrás. Pero no estoy tan seguro (hoy en día estoy seguro de cada vez menos cosas). Lo que documento es lo que quiero recordar –y en consecuencia hago una especie de criba– y/o lo que podría servirme en algún texto futuro –es decir, otra especie de criba–. Pero sería insensato deducir que esas anotaciones detalladas representan lo que ocurrió realmente. A menudo paso por alto u olvido cosas importantes: el afán de certeza puede extraviarnos. 

Con todas estas cautelas, la historia de Jean y Stephen, cuyas vicisitudes no voy a desvelar -pese a que no son sus detalles circunstanciales lo relevante sino las reflexiones que ellos inducen en el narrador-, se nos muestra en su duración, en la exaltada fase de iniciación y en la tardía que renace con las personalidades ya formadas; en su complejidad, pues en ella conviven afecto, costumbre, deseo, cariño, frustración, incomprensión, fidelidad y distancia; en su desequilibrio y desigualdad, ya que Stephen y Jean no parecen experimentar ni interpretar siempre de la misma manera lo que les ocurre; en su realismo, alejado de la idealización romántica (¿Puede recuperarse una relación perdida tantos años atrás?); en su fragilidad y vulnerabilidad; en sus reservas y enigmas (¿Somos las mismas personas que fuimos cuando teníamos veinte años?); en su melancolía, que nace de la conciencia del paso del tiempo y de la pérdida que conlleva (¿Puede el amor sobrevivir a cuarenta años de separación?); en su desconcierto, su incertidumbre y su dolor; también -ya en la etapa del reencuentro- en su declive, que se desarrolla bajo la sombra del deterioro físico, las traiciones acumuladas del pasado y la constante compañía de Jimmy, un anciano perro (Jimmy tiene dieciséis años, el equivalente, me dicen, a ciento doce años humanos, conque me lleva mucha ventaja en decrepitud) de raza jack russell (que en la novela se escribe en minúscula y sin cursiva) que, lejos de ser un recurso decorativo opera como paralelismo simbólico del propio envejecimiento del autor. Su figura, representando la mortalidad inconsciente, sirve para mostrar la trascendental diferencia con los humanos, atrapados en la dolorosa autoconsciencia del fin que se aproxima, ya que el perro sufre el envejecimiento de manera puramente física (Barnes describe sus muchas carencias -artritis, sordera y ceguera, dolores varios, pérdida de dientes- en pasajes conmovedores), ajeno sin embargo a la angustia existencial. Todas estas dimensiones relativas a la relación amorosa entre Jean y Stepehen están presentes en los fragmentos del libro que integrarán la sexta y última emisión de la serie que en Buscando leones en las nubes estoy dedicando a Barnes, la tercera centrada en Despedidas, que se emitirá el próximo 16 de noviembre. 

El cierre del libro -pero, insisto, estos diversos frentes se imbrican y entremezclan de continuo- acentúa la interlocución con el lector que se había venido manteniendo desde el inicio. Aquí, el anciano escritor se dirige a quien lo lee para despedirse de él. Pero no solo. 

Las despedidas a las que hace referencia el título son, claramente, múltiples (el original inglés se presenta bajo la rúbrica “Departure(s)”, que hace aún más explícita esa pluralidad, pues encierra la obvia alusión al adiós a la literatura, pero se abre también a otras posibilidades). Barnes tiene ochenta años, habla de su enfermedad y ha anunciado que este será su último libro. Parece evidente que estamos ante una despedida del escritor. Pero, a medida que avanzamos en el libro, somos conscientes de que el autor está planteando también la despedida del amor (la historia de Stephen y Jean muestra que incluso cuando el amor vuelve, no puede devolvernos aquello que perdimos); la del cuerpo (reflejada en el envejecimiento, su propia enfermedad, la presencia en el texto de médicos, tratamientos, cansancio, accidentes, deterioro físico); la del pasado y la memoria (que se va difuminando poco a poco, en un desvanecimiento progresivo, primero desaparecen las personas, después olvidamos detalles, luego se nos borran acontecimientos completos, finalmente nos queda un leve jirón, impreciso y vago, de una sensación, un atisbo inaprensible de algo que no sabemos concretar); las despedidas de personas, de lugares, de versiones de uno mismo, de convicciones, de ilusiones, de determinadas formas de entender la literatura; y, en definitiva, la de la vida (que se nos escapa, nos rehúye, nos va abandonando mientras vemos aproximarse el funesto final: “la muerte tiene una orden de captura”, como reza una triste y preciosa canción, Death’s got a warrant, de Patty Griffin). Vuelvo a remitiros a Buscando leones en las nubes, mi otro programa en Radio Universidad de Salamanca para comentar que esta vertiente “mortuoria” de Despedidas protagonizará las dos emisiones que los días 2 y 9 de noviembre dedicaré al libro. 

Y sin embargo, y contra lo que pudiera parecer, Despedidas no es un libro especialmente triste. La reflexión última de Barnes alude a la felicidad. No a una felicidad permanente ni a la de una vida resuelta, sino a la que se encierra en los momentos de poderosa exaltación y en los de placidez lograda y plena, en la amistad (también la de los perros), en el amor, en los libros, en las conversaciones, en los recuerdos, en las pequeñas cosas que, mientras ocurren, quizá no parecen extraordinarias aunque, a la postre, puedan convertirse en lo que acabaremos por conservar de toda una vida. En las últimas palabras del último capítulo -A ninguna parte- de esta su última obra, Julian Barnes se dirige al lector, en un fragmento bellísimo, emotivo, conmovedor y que refleja el sentido último de su largo proyecto literario además de concentrar varios de sus recursos estilísticos habituales -el humor, las referencias literarias, los temas que le preocupan, el juego realidad/ficción, la escritura, la interlocución con el lector-. Os lo dejo íntegro, pese a su extensión, como complemento final a mi reseña. Tras él, una canción citada en el libro. En una conversación entre Jean y el narrador, éste le dice: ¿Cómo es esa canción de Sondheim? ¿Marry Me a Little? Cásate conmigo un poco. Pues bien, Marry Me a Little, en la espléndida versión de Cyrille Aimée, una cantante muy querida por mí, con abundantes apariciones y un futuro programa monográfico en Buscando leones en las nubes, pone el punto final a esta primera entrega de la serie de dos dedicada a Julian Barnes con ocasión de la recepción por su parte, hace solo unos días, del Premio Princesa de Asturias de las Letras en su edición de este año. 

 
«Te echaré de menos», signifique lo que signifique eso. La muerte debilita y socava cada palabra de esta frase: el verbo en futuro carece –o carecerá– de sentido. Y ahora, en el final, no tengo grandiosas declaraciones que ofrecer, ni unas famosas últimas palabras que pronunciar. (Aunque topé hace poco con un buen ejemplo: el urgente, agonizante mensaje del primer lord Grimthorpe a su mujer: «Nos queda poca mermelada».) En su lugar, deja que te dé las gracias por tu sólida presencia, invisible pero latente, como mi cáncer. Cuando alguna vez me han preguntado cómo veo nuestra relación, respondo que no soy un escritor didáctico. No te digo cómo pensar ni cómo vivir. No escribo ex cathedra: los novelistas no deberían hablarles a sus lectores desde una presunta sabiduría superior. Prefiero la imagen de escritor y lector en la terraza de un café de una ciudad indefinida y un país indefinido. El clima es templado, y tenemos una bebida fría frente a nosotros. Sentados uno al lado del otro, contemplamos las numerosas y diversas expresiones de vida que desfilan ante nosotros. Observamos y reflexionamos. De vez en cuando yo murmuro algo como: «¿Qué piensas tú de esa pareja, casados o están teniendo una aventura?». «Mira a esas víctimas de la moda, tan ufanas de ser ellas mismas que es casi conmovedor.» «¿Adónde va tan deprisa ese cura?» «¿Qué significa ese beso?» «Una pareja de ancianos cogidos de la mano siempre me enternece.» «¿Tú crees que ese de ahí es un vagabundo o un artista?» «¿Se están peleando, o es una broma juguetona entre amantes? Tiene un punto chejoviano.» «Mira, un jack russell, eso sí que es un buen presagio.» «No parece que vaya a llover, ¿no?» «¿Tú crees que existe un Dios? Ya sabes que yo no.» «¿Y por qué de repente nos miran a nosotros ?» Murmullos de una conversación cotidiana, uno de los cuales (o ninguno) podría metastatizarse en un relato. Veo con el rabillo del ojo que observas tan atento como yo. Pero rara vez oigo tus respuestas; me temo que te has sentado en mi lado sordo. 

Aun así, espero que hayas disfrutado de nuestra relación a lo largo de los años. Yo desde luego sí. Tu presencia ha sido un placer; de hecho, no sería nada sin ti. Así que voy a descansar un momento la mano en tu antebrazo –no, no dejes de mirar– y después me esfumaré. No, no dejes de mirar.

 Videoconferencia
Julian Barnes. Despedidas

domingo, 18 de octubre de 2026

SIGRID NUNEZ. EL AMIGO

Avanza octubre y con él esta singular serie de Todos los libros un libro centrada en los animales, un ciclo que nace a partir de la celebración el pasado día 4 de este mismo mes del Día Mundial a ellos dedicado. Ya he señalado que no soy yo alguien especialmente apropiado para hablar del amor a esos seres irracionales (no humanos, hay que aclarar, dados los muchos especímenes de nuestra especie que a diario demuestran su falta de razón), pues nunca he sido capaz de experimentar esas para mí difusas sensaciones que invaden a los millones de personas que hoy disfrutan de sus mascotas. En cualquier caso, la excusa ha servido para que esta semana haya traído aquí La liebre y yo, un excelente libro, de difícil catalogación genérica, de la británica Chloe Dalton; Soy un gato, la espléndida novela filosófica del clásico japonés Natsume Sōseki; y otro interesante libro, también de imposible reducción a una determinada taxonomía, con el que voy a clausurar esta triple propuesta “animalesca”, y cuyo título, a diferencia de los anteriores, no alude expresamente a la especie que lo protagoniza. Me estoy refiriendo a El amigo, una obra de la norteamericana Sigrid Nunez, que publicada en su país en 2018, vio la luz en el nuestro un año después en el seno de la editorial Anagrama y con la traducción de la siempre solvente Mercedes Cebrián. El libro ganó el National Book Award for Fiction correspondiente al año de su aparición en Estados Unidos. Adelanto ahora, aunque el asunto precise una aclaración posterior, que “el amigo” que da nombre a la ficción (aceptemos por ahora esta taxonomía de muy amplios contornos) es un perro, un enorme gran danés (casi un metro del hombro a la pata, ochenta y un kilos, casi dos metros de alto en pie sobre las patas traseras), que se suma así a la liebre y el gato que, cada uno de ellos desde una posición muy distinta y formando parte de sendos proyectos literarios también muy diferentes, completan mis recomendaciones de esta semana. 

Sigrid Nunez nació en Nueva York en 1951, hija de una madre alemana y un padre chino-panameño. Licenciada en el Barnard College y doctorada en la Universidad de Columbia, ha trabajado como editora y colaboradora de infinidad de publicaciones literarias y ha ejercido también como profesora de escritura en numerosas universidades. Esa doble condición -escritora y profesora- aflora de modo notable en El amigo, en cuyo planteamiento la enseñanza de la literatura, la formación de jóvenes escritores y el peculiar universo de los talleres de escritura constituyen uno de los muchos ejes relevantes, como luego veremos. Desde el punto de vista estrictamente literario, hasta la obtención del Premio Booker era una escritora prácticamente desconocida para el gran público, a pesar de su consolidada carrera; en cualquier caso, yo no había oído hablar de ella hasta la fulgurante aparición de El amigo. 

Estamos, como ya he señalado, ante una obra inclasificable. Es, en principio, una novela, aunque muy peculiar, muy porosa en su configuración literaria y que de continuo diluye las fronteras del género. Es, pues, ficción, pero también un libro de memorias; es, en cierto modo, una carta; incluye elementos autobiográficos y por tanto serviría como muestra de la desde hace unos años tan frecuentada autoficción; supone una reflexión profunda sobre la escritura y la literatura, por lo que encajaría en el molde de texto “metaliterario”, consciente de su propio artificio; tiene componentes de ensayo; es un diario del duelo; y contiene un cierto acercamiento a los estudios sobre los animales. Es, en definitiva, una novela que explora las posibilidades y los límites del género; que cuenta una historia, pero desconfía de la idea convencional de argumento; que presenta personajes, pero, como veremos, priva de nombre y de rasgos físicos a casi todos ellos; que habla de un animal, pero se resiste a convertirlo en una mera metáfora; que parte de una experiencia íntima, pero cuestiona constantemente la frontera entre autobiografía y e invención. 

No sorprende, por tanto, que entre las publicaciones sobre el libro que he podido consultar me haya encontrado con artículos y referentes críticos que, más allá de los acercamientos puramente periodísticos, partan de enfoques académicos tan variados como la crítica del “memoir” (o libro de memorias), la teoría de la autoficción, los estudios sobre el duelo, los “animal studies”, la teoría de la literatura, los estudios de género o los análisis de la escritura académica. 

A este carácter híbrido del libro contribuye también su estructura fragmentaria, a través de la cual la autora narra la historia -que luego resumiré- resistiéndose consciente y deliberadamente al relato lineal y presentándola y haciéndola avanzar mediante una sucesión de textos -en general breves, a veces un par de líneas- que incluyen recuerdos, asociaciones, digresiones, pequeñas escenas, anécdotas, confesiones (Hay mucho en estas páginas que nunca le he contado a nadie), reflexiones sobre escritores y libros, episodios de la convivencia con el perro que ocupa el centro del libro, y consideraciones sobre la muerte, la soledad o la escritura, entre otros muchos temas a los que más adelante también me referiré. El resultado, por tanto, se parece menos a una narración que va hilando de manera ordenada acontecimientos que se suceden cronológicamente, que a una conciencia que salta de un asunto a otro siguiendo la lógica asociativa de la memoria y del pensamiento a partir de los vínculos y relaciones que provocan las experiencias vividas en el presente. 

Este planteamiento -y los elementos en los que se concreta: la narración como sucesión de fragmentos de conciencia; esos fragmentos considerados como unidad narrativa; la memoria como desencadenante de las asociaciones que conforman la novela; la mezcla de narración y ensayo; la sustancial presencia de la literatura dentro de la propia literatura; la voz en primera persona de la narradora; el retrato indirecto de otros personajes distintos al principal; la importancia de las anécdotas; la ausencia de una jerarquía rígida entre lo relevante y lo aparentemente trivial; el papel primordial de lo digresivo; la profusión de referencias literarias y culturales; el establecimiento de una suerte de conversación intelectual con el lector; el entorno neoyorquino- remite de un modo inequívoco -y durante la lectura yo no he podido sustraerme a ese influjo- a otro libro también reseñado en el espacio hace pocos meses, Noches insomnes, de Elizabeth Hardwick, con el que, como digo, guarda muy evidentes concomitancias. 

Una síntesis muy esquemática -en realidad, esquelética- de la novela la resumiría en una formulación sencilla: una mujer, un suicida y un perro. Aunque de este modo somero desmonto las acusaciones de “destripe” que se me hacen de continuo, creo, sin embargo, que merece la pena extenderme un poco más aun al coste de desvelar elementos relevantes de una trama por lo demás casi inexistente. Una mujer, la narradora, acaba de perder a un amigo íntimo, un profesor universitario que se ha suicidado. Al poco tiempo, debe hacerse cargo -a regañadientes- de un perro del difunto. En el discurrir de su relato la mujer se dirige al fallecido trasladándole su tristeza, su dolor, también su perplejidad ante una muerte inesperada y sus intentos de entender los inexplicables interrogantes que esa desaparición le suscita. Sin nota alguna de suicidio que explique la decisión, y pese a que el muerto había hablado alguna vez de la posibilidad de quitarse la vida y había incluso formulado opiniones relativamente racionales sobre el suicidio a determinada edad, siendo además acostumbrada la presencia del suicidio entre los temas de conversación entre ambos, lo cierto es que esos antecedentes, inquietantes ahora, retrospectivamente, no constituyen una explicación ni aportan luz alguna a la opacidad del suceso. No se deduzca de mis palabras que estamos ante una novela de intriga en la que hay un enigma detectivesco que debe resolverse. La relativa incomprensibilidad del suicidio del amigo es uno más -sustancial, sí, pero tan importante como otros muchos- de los numerosos temas que abordará la narradora en su digresivo relato. 

Un relato en el que la también inesperada irrupción del perro “heredado” abre otra vía principal -si no la más importante de todas: ¿Quién es, en realidad, el “amigo” del título, el amigo fallecido y añorado o el perro advenedizo y (atención, spoiler) finalmente querido?-, la que gira sobre el silencioso animal que pasará a formar parte de la cotidianidad de la mujer, la cual, a partir de ese momento “inaugural”, incluirá en sus reflexiones -abiertas, insisto, a frentes muy diversos-, apuntes y notas sobre ese día a día, sobre la relación que establece con el enorme espécimen y sobre la naturaleza del vínculo que surge entre ambos. 

En torno a este reducido núcleo temático se desarrolla una obra en cuyo análisis quiero subrayar, en primer lugar, las figuras de los tres personajes, mujer, amigo y perro. La protagonista es una mujer de mediana edad -que permanece innominada, en un recurso usado por Nunez de modo consciente y que se extiende a otros personajes que se designan por sus iniciales o con fórmulas asépticas meramente identificativas-, escritora y profesora de escritura creativa, que vive en Manhattan, en un apartamento pequeño con el precio del alquiler limitado, en una existencia reservada, centrada en la privacidad. Su situación económica no es especialmente holgada, lo que va a repercutir en una de las cuestiones prácticas centrales de la novela, pues ella quiere aceptar el “legado” del gran danés que pertenecía a su amigo, pero el apartamento no admite perros y la renuncia a su vivienda por ese motivo le supondría un desembolso inalcanzable (si te echan de tu casa no encontrarás otro apartamento cuyo alquiler puedas permitirte pagar, no en esta ciudad. Con ese compañero de piso, tendrás problemas para encontrar casa en cualquier sitio). Además de esta circunstancia, su identidad profesional también es relevante, porque como autora y docente, en su vida cotidiana está rodeada de escritores, estudiantes, profesores, editores y libros, constituyendo la escritura y la literatura el centro de su existencia y un elemento fundamental en la trama de la obra. Además, en la existencia de la mujer destaca la ausencia de una vida familiar convencional. No está casada, no tiene hijos y vive sola. Tampoco parece haber construido una trayectoria sentimental más o menos consolidada (como sí ha ocurrido, sin embargo, en el caso de su amigo). Ella fue alumna del profesor antes de convertirse en su amiga. Él había sido su profesor de escritura y, por tanto, una figura de autoridad intelectual cuando ella era joven. Posteriormente se convirtió en mentor, compañero de profesión y amigo íntimo. En algún momento tuvieron, además, una breve relación sexual, por iniciativa de propio mujeriego profesor que, por otro lado, cortará de raíz cualquier posibilidad de relación amorosa y sentimental, pese a lo cual entre ambos se consolidará una amistad de enorme intensidad. La narradora, por tanto, es simultáneamente discípula, amiga, antigua amante y colega del hombre muerto al que, tras su suicidio, ella llora mientras intenta reconstruir quién fue realmente aquel hombre y qué lugar ocupó él en su propia vida. De hecho, algunas personas de su entorno, y particularmente su terapeuta, interpretan que su prolongadísima vinculación con él ha condicionado su propia vida afectiva. La novela deja deliberadamente cierta ambigüedad al respecto. Por otro lado, en diversas entrevistas, la propia Nunez ha declarado que la protagonista comparte con ella algunos rasgos biográficos -aproximadamente la misma edad y sexo, la enseñanza en talleres de escritura y una intensa relación con los libros-, aunque siempre ha querido subrayar que la narradora no es ella misma. 

El segundo personaje principal carece igualmente de nombre; la narradora se dirige a él sin nombrarlo, aludiendo a él como “tú”, en una elección que convierte la novela en una especie de carta imposible a un muerto, porque ella continúa hablándole después de su desaparición. Sabemos que es un hombre de edad madura, aproximadamente de la misma generación que la narradora, escritor y durante muchos años profesor universitario. Es, además, una figura de considerable prestigio dentro del pequeño mundo literario en el que ambos se mueven. Es un personaje intelectualmente brillante, muy leído, expansivo, sociable, carismático y capaz de ejercer una enorme influencia sobre quienes lo rodean. Así ocurre con la narradora, que conserva hacia él una admiración intelectual profunda. Mujeriego y seductor, el profesor, compulsivo buscador de relaciones sexuales, gran amante de las mujeres, fue capaz de suscitar, durante gran parte de su vida, la devoción, siempre renovada y por tanto constante, de una especie de informal círculo de admiradoras, a la que la narradora llegó a pertenecer, embelesada y cautivada (¿Te acuerdas de cuánto lo adorábamos? ¿De que éramos todas sus pequeñas groupies? ¿Cómo nos llamaban por aquel entonces? «La familia Manson literaria.»). Casado tres veces -Esposa Uno, Esposa Dos y Esposa Tres, en la neutra y anónima formulación elegida por la escritora-, su irrefrenable pulsión sexual, su promiscuidad desatada y el hecho de que de continuo mantenga relaciones eróticas con sus estudiantes (Una vez me contaste que, con escasas excepciones, tales como viajes por trabajo, en una gira para presentar tu libro, por ejemplo (y no siempre), no habías dormido solo ni una noche durante cuarenta años. Entre esposa y esposa siempre había alguna novia. Entre novia y novia había rollos de una noche. También estaban las que te gustaba considerar «pasajeras», pero esas no se quedaban a dormir), dibujan un perfil que representa una concepción algo anacrónica -¿lo es?- y acusadamente masculina de la seducción y de la autoridad académica. El libro explorará esa vía introduciendo excursos de la narradora acerca del poder docente y del uso abusivo de su posición de dominio, y sobre la corrección política, la construcción woke de las universidades como “espacios seguros” y el controvertido asunto de la práctica -¿prohibida?, ¿legalizada?, ¿meramente tolerada?- de la prostitución y el sexo de pago. En cualquier caso, el personaje -egoísta, frívolo, narcisista, de comportamiento cuestionable y, más allá de su atractiva apariencia, imperfecto como todos- no suscita la identificación del lector -no, al menos, en mi caso-. Y ello pese a que en el retrato que de él presenta la narradora aparece también -y sin que ella se oculte a sí misma ni esconda al lector esas dimensiones menos atrayentes- como un hombre inteligente, divertido, brillante, generoso, afectuoso y un amigo extraordinariamente importante al que la mujer ha querido -y sigue queriendo- de manera profunda. 

En relación con la profusión de hilos a los que se abre el libro, además de los señalados, el profesor es la clave de otros dos capitales. Por un lado, esta vertiente afectiva y sentimental, que nace de la intensa relación de amistad; y por otro su condición de figura y referente intelectual, representando para la mujer una determinada concepción de la literatura y de la enseñanza de la escritura, contribuyendo a formar su propia identidad como escritora y profesora. Este doble influjo del personaje sobre la mujer abre la novela, tras el suicidio, a un frente esencial, el del duelo, un duelo plural, y por tanto más doloroso, por cuanto lo es en los terrenos profesional, intelectual y sentimental. Además, su suicidio, un acontecimiento fundamental que ha sucedido antes de que empiece propiamente la narración, va a permitir que la novela se adentre también, en uno más de los múltiples “territorios” explorados, en los vericuetos intelectuales, morales y emocionales que rodean ese espinoso asunto. 

Esa poderosa presencia del profesor en la vida de la narradora deja en ella una honda huella emotiva y racional, pero también una notable herencia material -el gran danés- que aviva los recuerdos del amigo, intensifica las preguntas y el afán de la mujer por entender la trágica decisión e introduce también en su propia vida y en la ya imposible relación con el difunto -y este elemento es sustancial- una transformación radical. Y es que el amigo subsiste, en cierto modo se “corporeiza”, en la figura del animal, a través del cual, de su convivencia cotidiana, silenciosa e imponente, ostensible e ineludible, la mujer recuperará en cierto modo al ausente. 

Hay una notable paradoja en la aparición del perro en la novela. Inicialmente, la narradora se muestra reacia a aceptar al animal, que le es “ofrecido” por Esposa Tres, la última mujer -la viuda, en puridad- del fallecido. Éste lo había encontrado, abandonado, y a pesar de su tamaño intimidatorio, había decidido quedárselo, sin atender a la reacción horrorizada de su mujer. Ahora, ella no se ve en condiciones de cuidarlo por lo que le propone a la narradora que se haga cargo de él, con el argumento de que el profesor, antes de morir, habría mencionado su nombre como posible destinataria de la encomienda. La presencia del perro, Apollo, es, por tanto y desde el primer momento, un engorro por su propia descomunal fisicidad, que lo hace poco adecuado para el pequeño apartamento neoyorquino de la protagonista (cuarenta y cinco metros cuadrados justos. Dos habitaciones de casi el mismo tamaño, una cocina americana, un baño tan estrecho que Apollo entra y sale de él como de un cubículo), un desajuste más grave si se tiene en cuenta que las reglas de la propiedad incorporan una estricta prohibición de tener perros. De entrada, pues, el tamaño constituye desde el comienzo un elemento narrativo de primer orden, al tratarse de un animal que no pasa inadvertido, con una presencia física desmesurada que invade el espacio doméstico y obligará a la narradora a modificar sus hábitos, sus desplazamientos y hasta su relación con el entorno, además de constituir una amenaza cierta de probables problemas jurídicos derivados de su ostensible aparición entre el vecindario. 

Pero, muy pronto, la figura de Apollo dejará de verse reducida a esa enojosa condición física, revelándose como un perro extraordinariamente sensible, afectuoso y necesitado de compañía, de modo que el lector percibe cómo la narradora, poco a poco, irá basando buena parte de la caracterización del animal precisamente en la contradicción entre su aspecto gigantesco y su comportamiento. Puede resultar intimidante para quienes se cruzan con él, pero para la narradora se convierte progresivamente en una criatura vulnerable que necesita cuidados, atención y afecto. Su comportamiento tiene además una dimensión casi humana: observa, espera, reclama, se entristece, se entusiasma y establece con la narradora una relación de confianza que hace que su presencia vaya adquiriendo una densidad emocional cada vez mayor, en otro de los aspectos interesantes -y de los mayores logros- del libro. 

Sin operar, en absoluto, como un símbolo, el perro, sin embargo, representa algunas de las ideas que cruzan la novela. Es el caso de la que alude a la transformación mencionada. La protagonista no ha elegido tenerlo, se hace cargo de él porque no quiere que termine abandonado o separado de la persona con la que ha vivido. De este modo, el perro funciona inicialmente como una herencia involuntaria del muerto, casi como la última obligación que este deja a quienes sobreviven. Pero, a medida que avanza la novela, esa condición cambia, ya que Apollo deja de ser simplemente “el perro del amigo” para convertirse en un ser con personalidad propia y, sobre todo, en alguien con quien la narradora establece un vínculo que ya no depende del muerto, en un nuevo “amigo”. Cambio, pues, en la posición del perro en la novela y cambio también en la percepción de la mujer, en sus planteamientos vitales, en su sentimentalidad, en su forma de ver el mundo. 

Además, Apollo será el nexo material entre el pasado y el presente, entre el hombre que ha muerto y la mujer que debe continuar viviendo. Cada vez que la narradora cuida del perro, pasea con él o se enfrenta a sus necesidades, está de algún modo entrando en contacto con la vida que el amigo dejó atrás. El perro es un puente que “actualiza” la evocación del fallecido. Pero, por otro lado, Apollo introduce también una dimensión que contradice la tendencia de la narradora hacia el aislamiento y la introspección que muestra al comienzo de la novela, pues el perro exige presencia, exige tiempo y atención, porque necesita salir, comer, caminar, recibir cuidados y afecto. Para la mujer, tener que sacarlo a pasear significa detenerse, observar, repetir recorridos, encontrarse con desconocidos, atender a olores, sonidos y movimientos que normalmente pasarían inadvertidos. La narradora, que vive entre libros, recuerdos y pensamientos, se ve por tanto devuelta por Apollo al mundo físico. El animal la obliga a salir de su cabeza y entrar en el presente. La inesperada aparición de Apollo no permitirá que su duelo -el desconcierto, la estupefacción, la remembranza, la nostalgia, las lágrimas, el insomnio, los atisbos de depresión y de locura (Desde la primera vez que supe que habías muerto, ¿acaso no me he sentido a menudo con un pie en la locura?)- se convierta enteramente en contemplación pasiva. Obligará, en definitiva, a la narradora a seguir viviendo en el mundo (la cita inicial de Nicholson Baker es muy elocuente de esta vertiente principal del libro: La pregunta que cualquier novela está tratando realmente de responder es si merece la pena vivir la vida), alejándose del sumidero de estupor y abatimiento, de oscuridad que la arrastra y en el que se hunde (mi sensación de que vivo con un pie en la locura, de las distorsiones de la realidad, de la niebla que desciende en ciertos momentos, desconcertante como la amnesia). Apollo introduce así en la existencia de la mujer una forma de relación distinta a la que ella acostumbra con los humanos y en particular a la que tuvo con el profesor. Frente a este, cuyo vínculo venía definido por la palabra, la inteligencia, la literatura y una cierta tendencia a convertir la experiencia en discurso, con Apollo establece una comunicación esencialmente corporal y afectiva (cuando estás tumbada en la cama llena de pensamientos oscuros, como por qué tuvo que morirse tu amigo y cuánto tiempo pasará hasta que pierdas el techo que hay sobre tu cabeza, tener un cuerpo enorme y cálido apoyado a lo largo de tu espina dorsal es un consuelo increíble). 

A ello contribuye, una vez más, el hecho de que Apollo sea un animal incómodo, incluso problemático. No es un caniche ornamental, ni el perro casi incorpóreo e idealizado de una tópica historia sentimental “a la Disney”. Su tamaño plantea problemas prácticos, su presencia en el apartamento es ilegal, mantenerlo exige dinero, tiempo y sacrificios, y su comportamiento puede resultar difícil de controlar. Estas circunstancias, ya reseñadas, abren otra línea de interpretación en el libro, al impedir que la relación entre ambos se convierta en una simple fantasía consoladora. Apollo no representa la aparición milagrosa, un instrumento terapéutico, una medicina contra la tristeza, pues al aceptar su “tutela”, su dueña adquiere una responsabilidad concreta hacia otro ser vivo, y de este hecho, de esta serie de obligaciones cotidianas nacerá precisamente buena parte de la transformación de su duelo, pues la insoslayable presencia material del perro acabará por hacerlo ocupar también un enorme espacio emocional, lo que obligará a la narradora a salir del dolor, relacionarse con el mundo y reconstruir su vida. 

Sobre la base de este triángulo discurre el libro, en el que por entre las muy bien hiladas divagaciones (si aceptamos la segunda acepción que el diccionario da al verbo -separarse del asunto de que se trata-, pero ni mucho menos la tercera -hablar o escribir sin concierto ni propósito fijo y determinado-; la primera identifica “divagar” con “vagar”) afloran diferentes asuntos y elementos de interés. Repaso a vuela pluma algunos de ellos. 

Es el caso del tratamiento de la figura animal, en parte ya esbozado. La literatura de animales suele incurrir en una de dos tentaciones. La primera estriba en su “antropomorfización”, atribuirles pensamientos, deseos y emociones humanas perfectamente legibles (sería el caso, con matices, del libro de Sōseki). La segunda consiste en tratarlos como objetos naturales, describiéndolos científicamente desde una distancia absoluta (eso ocurriría, también con muchos matices, en La liebre y yo). Nunez se aleja de ambas opciones y plantea una tercera posibilidad, la exploración de la interioridad de Apollo. La narradora aprende a “leer” los signos del perro, sus movimientos, sus silencios, sus estados de ánimo, sus necesidades, pero sabe que leer no equivale a comprender plenamente. La “zona de misterio” que esta relación muestra es uno de los atractivos del libro. 

Interesante es, también, el enfoque con el que se contempla el duelo (Eso complica el proceso de duelo. (…) Te estoy llorando como lo haría una amante. Como lo haría una esposa), tan distinto de la narrativa convencional de la superación, pues va apuntando la difícil progresión desde la desesperación (Necesito una manera mejor de lidiar con mis sentimientos de pérdida y culpa. Necesito terapia de duelo. Aquí tienes varios contactos. Debería pensar en tomar medicación. A ellos les funcionó. Hay libros. Hay páginas web. Hay grupos de apoyo. La curación no llegará retirándome a un mundo de fantasía, aislándome, pasando todo el tiempo con un perro. Existe el duelo patológico. Existe el pensamiento mágico del duelo patológico, que es una especie de demencia. Que es lo que en su opinión tengo yo) hasta la recuperación. En este proceso, la narradora, en realidad, no “superará” la muerte de su amigo, si no que, de modo más realista y más modesto, aprende, en parte gracias al perro, a vivir con ella. Un perro que también experimenta su particular proceso de duelo, además de “entender” el de su ama (Creo que es justo decir que, gracias a tu don superior, me puedes leer mejor de lo que yo te puedo leer a ti. Las hormonas y feromonas te mantienen actualizado. Mi ansiedad por el comienzo de las clases dentro de una semana. Mis heridas abiertas. Mis miedos ocultos. Mi soledad. Mi rabia. Mi duelo incesante. Puedes oler todo eso). 

En este sentido, resulta apreciable también la presentación del fallecido, hecha de modo indirecto, a través de la mirada y el lenguaje de la narradora. Él solo existe en las anécdotas, en las discusiones, en los recuerdos sexuales, en las conversaciones intelectuales, en sus defectos y en sus opiniones. Y como esa mirada, llena de aprecio y cariño, no es ciega, la figura del suicida aparece en su complejidad moral, en sus muchas contradicciones -brillante y desagradable; generoso y egoísta; atractivo y ridículo; vital y autodestructivo-, tan alejado de una condena retrospectiva como de una absolución nostálgica. 

Pero hay muchos más ejes relevantes en la novela, que la autora rastrea y examina y que yo ya no puedo desarrollar: la muerte y el suicidio; la vejez; la soledad; la amistad; la locura y la inestabilidad mental; la melancolía; el humor; lo femenino; el microcosmos de los campus universitarios; el acoso sexual; el debate en torno al machismo implícito en el comportamiento masculino; la corrección política; el trabajo sexual; la escritura como salvación y, a la vez, como traición, como una de las formas de supervivencia, pues permite conversar con los muertos, ordenar el desorden de la memoria, conservar aquello que se pierde y, simultáneamente, como un intento a la postre frustrado de recuperar lo perdido; el mundo literario; las reflexiones sobre la literatura y el proceso de creación; la lectura; las disparatadas exigencias de los jóvenes aprendices de escritor y tantos otros. 

Subrayo, ya para terminar, algunos aspectos estrictamente literarios y formales. Por ejemplo la deliberada elección de un esquema fragmentario, tan acorde a la vivencia del duelo, un proceso en el que quien ha perdido a alguien no experimenta su ausencia como una narración perfectamente ordenada, con principio, desarrollo y conclusión, sino mediante irrupciones súbitas, fogonazos inesperados en que su presencia comparece, un objeto lo recuerda, una frase devuelve una conversación, un lugar recupera una escena, una costumbre cotidiana lo hace presente de repente. 

A esa idea contribuye igualmente el estilo digresivo. Las digresiones no son simples interrupciones, como en una novela convencional, en la que una reflexión de varias páginas sobre otro escritor, un libro o un asunto al margen podría parecer una desviación respecto del argumento principal. En El amigo, en cambio, el excurso es precisamente una de las formas que adopta el argumento. El verdadero objeto de la novela no es únicamente trasladar al lector “qué es lo que le ocurre a la mujer que recibe un perro tras el suicidio de su amigo”, sino qué ocurre en su conciencia -y en la de cualquiera, de ahí el valor universal de la buena literatura- cuando intenta comprender la pérdida, la soledad, el amor, la escritura y su propia vida. El argumento “exterior” proporciona el hilo conductor, en el fondo secundario y reemplazable, mientras que las digresiones constituyen buena parte de la materia de ese hilo y se revelan, por tanto, su núcleo sustancial. Quiero señalar que estas “aperturas” a otros frentes, otros ámbitos y otras fuentes de reflexión se hacen a menudo a través de referencias literarias que, abundantísimas, cruzan el libro. Destaco a Samuel Beckett, Stevie Smith, Georges Simenon, Gustave Flaubert, Virginia Woolf, George Steiner, J. M. Coetzee (especialmente importante porque hay menciones constantes a David Lurie, protagonista de Desgracia, como referencia literaria para la narradora y para su amigo muerto. La comparación entre el amigo y Lurie permitirá a Nunez introducir cuestiones relativas al deseo, la moral, el poder, las relaciones entre profesores y alumnas y la reputación de los escritores), T. S. Eliot, Samuel Butler, Henry de Montherlant, Joan Didion, Janet Malcolm, Rebecca West, W. G. Sebald (con quien tantas semejanzas mantiene una novela construida a base de memoria, digresión y reflexión), Toni Morrison, John Updike, Czesław Miłosz, Christa Wolf, Henry James, Philip Roth, Sainte-Beuve, J. R. Ackerley (de presencia sustancial a partir de su obra Mi perra Tulip, que conecta directamente con el núcleo de El amigo), Rainer Maria Rilke (una de las referencias esenciales de todo el libro, especialmente sus Cartas a un joven poeta, lectura obligatoria en los cursos de la narradora y la fuente de innumerables reflexiones -no solo relativas a sus consejos a escritores- sobre el amor (dos soledades que se protegen, se tocan mutuamente y se saludan), las mujeres, su amor a los perros, su suicidio, o las referencias a Apolo -el dios- en su obra), Flannery O'Connor, James Patterson, Ludwig Wittgenstein, Heinrich von Kleist (de aparición también muy relevante por la historia de su suicidio junto a Henriette Vogel, que sirve para reflexionar sobre el suicidio y sobre la relación entre literatura, vida y muerte), Karl Kraus, Natalia Ginzburg (a la que leemos en otra de las significativas citas iniciales: has de darte cuenta de que no puedes esperar consolarte de tu dolor escribiendo), Milan Kundera (que aparece, con una importancia extraordinaria, pues a narradora relaciona la historia de Apollo con Karenin, la perra de La insoportable levedad del ser, y con sus dos personajes Tomáš y Tereza), Svetlana Alexievich, Martin Amis, Edna O'Brien, Elizabeth Bishop, Doris Lessing, Christopher Isherwood o Kurt Vonnegut. 

Una novela, pues, por todos estos motivos sobresaliente y que deja en el lector una sensación algo paradójica, ya que después de haber leído un libro en cierto modo obsesionado con el suicidio, el envejecimiento, la soledad, la pérdida y la muerte, sale de él no devastado, sino extrañamente dispuesto a seguir viviendo, reconfortado al presenciar, en la historia leída, que los muertos siguen formando parte de los vivos, transformados en recuerdos, frases, gestos, libros, hábitos, silencios. 

Os dejo ahora, para cerrar la reseña y la serie de estas dos semanas, con un fragmento relativo a la consideración y el peso que los animales pueden tener en la vida humana. En la ilustración musical del espacio y entre las varias referencias mencionadas en el libro os ofrezco un tema que se cita expresamente en un pasaje en el que la narradora evoca una visita a su psicoterapeuta: ¿De qué hablas con él?, quería saber el loquero. Sobre todo me parece que le hago preguntas. ¿Qué pasa, perrito? ¿Has dormido una buena siesta? ¿Perseguías a alguien en sueños? ¿Quieres que salgamos? ¿Tienes hambre? ¿Estás contento? ¿Te duele la artritis? ¿Por qué no juegas con los demás perros? ¿Eres un ángel? ¿Quieres que te lea algo? ¿Quieres que cante? ¿Quién te quiere a ti? ¿Me quieres? ¿Me querrás para siempre? ¿Quieres bailar? ¿Soy la mejor persona que has tenido? ¿Se me nota que he bebido? ¿Estos vaqueros me hacen gorda? Si pudiéramos hablar con los animales, dice la canción. Pues bien, Talk to the animals, ganadora del Oscar a mejor canción original en 1967, tras su aparición en la película Doctor Dolittle, es la elegida para poner punto final a mis comentarios. En el libro no hay alusión alguna a su intérprete, por lo que he decidido no ofrecerla en la versión inicial de Rex Harrison, actor del filme, y sí en la mucho más atractiva recreación del inolvidable Louis Armstrong. 

¿Por qué, entre todos los terribles recuerdos de su ordalía como prisionero de guerra en Japón durante la Segunda Guerra Mundial, al atleta olímpico y aviador del ejército estadounidense Louis Zamperini lo perturbó más que ninguna otra cosa el recuerdo de un guardia torturando a un pato? 

Por supuesto, en todos estos casos, el sufrimiento lo causó el comportamiento humano, y en el caso del pato, fue un acto de puro sadismo. Pero ¿no están los animales siempre a nuestra merced y acaso la compasión que sentimos por ellos no deriva de nuestra comprensión de que el animal no es capaz de conocer la razón de su dolor? (un hecho que lleva a algunas personas a insistir en que los animales deben de sufrir incluso más que los seres humanos). Creo que la intensidad de la compasión que sientas por un animal tiene que ver con cómo evoca en nosotros la autocompasión. Creo que todos debemos de retener, a lo largo de nuestras vidas, un recuerdo poderoso de esos momentos tempranos de la vida, cuando éramos tan animales como humanos, con sensaciones abrumadoras de desvalimiento y vulnerabilidad y terror mudo, y el anhelo de protección que nuestro instinto nos dice que está ahí solo con que logremos llorar lo suficientemente alto. La inocencia es algo que los seres humanos atravesamos y dejamos atrás, incapaces de retornar a ella. Pero los animales viven y mueren en ese estado, y ver violada la inocencia en forma de crueldad hacia un simple pato puede parecer la acción más bárbara del mundo. Conozco a gente que se indigna con este sentimiento, tachándolo de cínico, misántropo y perverso, pero creo que el día que ya no seamos capaces de tenerlo será un día terrible para todo ser viviente, que nuestra caída libre hacia la violencia y la barbarie será mucho más veloz. 

Videoconferencia
Sigrid Nunez. El amigo

miércoles, 14 de octubre de 2026

NATSUME SŌSEKI. SOY UN GATO

Todos los libros un libro os frece la segunda emisión de esta serie dedicada a libros que tienen como protagonistas -en mayor o menor medida- a los animales, coincidiendo con la celebración, hace diez días, el pasado 4 de octubre, de su Día Mundial, una más de las muchas festividades -y Dios me libre de cuestionar estas iniciativas- fruto de este paroxismo actual por recordar causas pretendidamente nobles (recordatorios muy necesarios en la mayor parte de los casos, aunque quizá discutibles en otros). Por poner un ejemplo, hoy, 9 de septiembre, día en que escribo esta reseña, se “festejan” simultáneamente el Día Internacional para Proteger la Educación de Ataques, el de la Belleza, el del Tester de Software (¿?) y el del Sudoku (¡!), además del Día Mundial -desconozco, y no tengo ganas de esclarecer el misterio, la diferencia entre la internacionalidad y la “mundialidad” de una determinada jornada- de la Agricultura, del Vehículo Eléctrico y del Trastorno del Espectro Alcohólico Fetal. Si queréis profundizar en estos sugerentes asuntos no os perdáis la completísima página diainternacional.com).

En fin… Con esta evanescente excusa, presenté aquí, en la anterior entrega del ciclo, un libro excelente, La liebre y yo, escrito por la británica Chloe Dalton y de lectura altamente recomendable. Y con la misma difusa “percha” (el muy habitual término periodístico para esta operación, que sin embargo no he visto recogido en el diccionario de la Real Academia), quiero proponer ahora otro libro espléndido, un clásico de la literatura japonesa y universal, que cuenta ya con más de un siglo de vida. Se trata de Soy un gato, quizá la obra más conocida de un autor, Natsume Sōseki, del que yo recomendé aquí hace ya muchas temporadas, en 2015, otra de sus obras mayores, Kokoro, la historia, resumiendo el argumento en pocas palabras, de un joven estudiante que conoce a un hombre mayor al que respeta por su sabiduría y su conocimiento, un intelectual, un maestro, un sensei, con el término japonés que designa la figura de alguien que merece admiración y respeto. La novela cuenta cómo, de manera progresiva, el joven va a adentrándose en su vida y convirtiéndolo en un referente espiritual y humano. Tan leve y a priori tan poco atractiva trama argumental encierra muchos elementos de interés -y todos muy sugestivos- en su seno: la profundidad en la construcción de sus personajes, tanto los dos principales, el joven narrador y sensei, como los magníficos secundarios; su peculiar técnica narrativa (el doble relato en primera persona -del joven, primero, y del maestro, en una carta que envía a su pupilo, después- que dota de intimismo y profundidad a la historia; sus temas más destacados (singularmente el amor y el sentido de la vida, pero también la muerte, la traición, la culpa, la soledad, el individualismo, el paso de la sociedad tradicional a la moderna); y el estilo sencillo y claro, pleno de lirismo, muy japonés. 

Este último asunto -el cambio individual y social que se produce con la entrada de Japón en la modernidad provocando la modificación de las relaciones entre las personas y las generaciones, las costumbres y los valores- está presente también, aunque se trate de una obra muy diferente, en Soy un gato, con la diferencia sustancial -entre otras muchas- de que lo que en Kokoro es contención, gravedad e introspección, se manifestará, en la novela que ahora presento, de una manera humorística, expansiva, satírica, extrovertida en tanto en ella son fundamentales las conversaciones y aparentemente caótica. 

Soy un gato cuenta con numerosas ediciones en nuestra lengua, de la que hoy traigo la más consolidada desde hace años, la de la ejemplar editorial Impedimenta (un adjetivo nada “decorativo”; Impedimenta fue Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural en 2008 y, en un muy reciente 2024, Premio al Mejor Proyecto Editorial otorgado por CEGAL, la Confederación Española de Gremios y Asociaciones de Libreros). El libro, que va ya por la edición vigesimonovena, aparece bajo la traducción conjunta de Yoko Ogihara y Fernando Cordobés (que insisten en un recurrente y molestísimo uso de la no muy apropiada expresión “a día de hoy”, e incurren en algunos otros despistes gramaticales y sintácticos). 

Soy un gato, aunque todavía no tengo nombre. No sé dónde nací. Lo primero que recuerdo es que estaba en un lugar umbrío y húmedo, donde me pasaba el día maullando sin parar. Fue en ese oscuro lugar donde por primera vez tuve ocasión de poner mis ojos sobre un espécimen de la raza humana
. Las primeras palabras del libro ya permiten establecer una diferencia relevante con la anterior propuesta de esta serie “animalesca”. En La liebre y yo el animal protagonista se nos muestra -y ello es perceptible desde el título- desde la mirada de ese “yo” ostensible, el de la autora. Aquí, por el contrario, la primera persona del singular comparece asociada al gato que narra. Dos animales, pues, en el centro de los relatos, pero con una disparidad notable y muy significativa en el enfoque que adoptan ambas obras a partir de la voz que nos habla. La elocuencia de este fragmento que abre la novela -y antes aún, la que deriva del propio e inequívoco título- no solo es percibida por el lector en una muy obvia primera lectura -el protagonista es un gato- sino que le permite inferir además que el extraordinario animal posee otras facultades humanas, pues es capaz de hablar, pensar, recordar, juzgar y escribir. A medida que se avanza en la lectura, muy pronto va haciéndose patente que la auténtica singularidad de la novela no consiste solo en haber convertido a un gato en narrador, sino, como a continuación veremos, en haber utilizado la mirada de un animal para transformar en extraño aquello que los seres humanos consideran normal y, a través de ese procedimiento, de esa percepción gatuna -desprejuiciada, lúcida, perspicaz, atrevida, cáustica, radical, sarcástica y descarnada-, convertir los hábitos de la cotidianidad humana en objeto de una investigación literaria sobre la modernidad, la cultura, la identidad, el conocimiento y la soledad. Porque, en realidad, Soy un gato no es tanto una novela sobre un gato (solo encajaría de un modo superficial en esa descripción) como una narración que ha encontrado en un gato una extraordinario instrumento literario para observar a los seres humanos. 
 
Los dos libros de Sōseki que yo he leído -y en particular el que ahora comento- son, en gran medida, fruto de la personalidad de su autor, cuya biografía intelectual y cuyos planteamientos filosóficos y morales impregnan sus textos. Natsume Kinnosuke -Sōseki es un seudónimo- nació en Tokio en 1867, en las postrimerías del shogunato Tokugawa (el gobierno feudal que extendió su dominio a lo largo de doscientos sesenta y cinco años), y murió en 1916, en una vida que transcurrió en paralelo a las cuatro décadas y media del reinado del emperador Meiji, Mutsuhito. La era Meiji, desarrollada entre 1868 y 1912, fue un período en el que el Japón comenzó un gran proceso modernizador, que llevó consigo sustanciales cambios políticos, económicos y, sobre todo, culturales y de valores. Sōseki, pues, nació en un Japón que todavía conservaba estructuras sociales heredadas del mundo premoderno y murió en un país que se había convertido en una potencia industrial y militar internacional y que empezaba a dejarse penetrar por los referentes culturales de Occidente, una importante transformación que Soy un gato refleja de un modo palmario. 

Su trayectoria académica fue -tras un abandonado proyecto de estudiar arquitectura- fundamentalmente literaria y lingüística. Se formó en Literatura inglesa, desarrollando una relación extraordinariamente intensa con la lengua y la cultura británicas. Trabajó como profesor en un entorno complicado y con estudiantes poco proclives a la instrucción (una realidad que recogerá en varios pasajes de la novela) y, en 1900, viajó a Inglaterra para estudiar el idioma gracias a una beca del Gobierno japonés. Permaneció allí hasta 1903. La estancia resultó intelectualmente decisiva (y muy difícil en lo personal: Los dos años que viví en Londres fueron los más infelices de mi vida. Entre los caballeros ingleses, yo era como un perro peludo solitario mezclado con una manada de lobos), contribuyendo a hacer más compleja y enriqueciendo su percepción de las relaciones entre Japón y Occidente. He podido leer un interesante artículo de la profesora Ann-Marie Dunbar sobre la experiencia londinense de Sōseki (del que he entresacado la dolorosa confesión anterior), en que muestra la importancia de aquel período para un escritor enviado a Gran Bretaña como parte del proyecto japonés de modernización y apropiación del conocimiento occidental. Sōseki regresó a Japón con una perspectiva que le permitía contemplar simultáneamente las dos orillas, pues conocía desde dentro algunos de los presupuestos intelectuales de Occidente, pero también podía observar desde fuera la fascinación que esos modelos producían en Japón. Y, de nuevo, todo ello -la muy amplia formación, el conocimiento de los referentes literarios y culturales británicos, y la preocupación por la confrontación entre ambas culturas- aflorará en su libro, en el que, entre otros temas que luego comentaré -la dificultad de las relaciones humanas, la individualidad, la incomunicación, el conflicto entre deseo y obligación, la ansiedad del sujeto moderno, la imposibilidad de encontrar una posición estable en un mundo sometido a transformaciones aceleradas, y muchos más-, se pone de manifiesto la condición de Sōseki como escritor situado entre tradiciones, pues ni es un autor que rechace Occidente desde una posición puramente tradicionalista, ni tampoco un modernizador ingenuo que considere que la occidentalización constituye un progreso automático. 

Este carácter dual o de confluencia de dos marcos de referencia en principio opuestos, explicará una de las líneas maestras de Soy un gato, una novela en la que conviven en armoniosa compañía infinidad de referencias a la cultura clásica europea con muy precisos detalles de la vida cotidiana de Tokio; en la que se satiriza la imitación de las fórmulas narrativas occidentales a través de la utilización de recursos literarios aprendidos precisamente de Occidente; un libro que incorpora procedimientos de Laurence Sterne (hay menciones expresas al Tristam Shandy, y la presencia de las digresiones en ambos libros los conectan de modo obvio), Jonathan Swift (cuyo acercamiento desde “fuera” a una determinada realidad humana para dar cuenta de ella es la base de Soy un gato), o E.T.A. Hoffmann (del que el narrador comenta en el libro su Vida y opiniones del gato Murr, una historia felina europea, que el japonés recrea) y, simultáneamente, dialoga con la tradición japonesa del rakugo, las narraciones humorísticas clásicas de la literatura nipona (la edición cuenta con un abundante caudal de notas, muy explicativas de la realidad japonesa y del contexto en que se desarrolla la trama); entre otras muchas manifestaciones de esta ambivalencia. 

Soy un gato se publicó por entregas a partir de enero de 1905, en la revista Hototogisu. En el libro, que incorpora con frecuencia “interferencias” -hechos, personajes, situaciones- de la vida real, hay más de una acotación relativa a esta circunstancia, como este fragmento, rezumando ironía: Me contentaría con que cada cual se comprase con su propio dinero la revista en que este relato se publica por entregas, y no cometiese el abuso de pedírsela prestada a un amigo para así leerla sin pagar (no se olvide que es el gato quien habla); o en este otro, en el que el felino despotrica de su amo mientras alude -en una referencia metaliteraria- al libro que leemos (es su peculiar carácter el que le ha convertido durante estos meses en un conocido personaje de una novela cómica por entregas). Sin embargo, lo que inicialmente podía parecer una pieza humorística de extensión limitada terminó convirtiéndose, gracias a su extraordinaria acogida, en una obra mucho más extensa, publicada en once entregas -que acabarán por ser los once capítulos del libro- a lo largo de unos veinte meses. No estamos, pues, ante una novela concebida desde el principio como una maquinaria narrativa perfectamente cerrada, sino ante una obra que fue encontrando progresivamente su forma mientras se desarrollaba la relación entre su autor, sus personajes y sus lectores, una construcción que puede apreciarse, como digo, en distintos pasajes del libro. 

La fecha de la publicación inicial de la novela es también muy relevante de cara a su plena comprensión, pues se produjo, como ya he señalado, en un momento especialmente significativo de la historia japonesa. Las importantes transformaciones que la Restauración Meiji estaba introduciendo en las estructuras políticas, económicas, educativas y culturales del país, incorporaban al Japón instituciones occidentales, nuevas formas de conocimiento científico, tecnologías, sistemas educativos y modelos literarios, mientras se intentaba conservar en el proceso la propia identidad tradicional. La elección de un gato como narrador resulta así la opción formal perfecta para dar cuenta de esa situación de cambio. Y es que si la sociedad humana se estaba volviendo extraña incluso para quienes estaban inmersos en ella, nada resulta más apropiado para describir este fenómeno que contemplarla desde fuera. De esta manera, Soy un gato se abre a otro frente esencial, pues además de una en ocasiones hilarante sátira de costumbres, es una novela sobre una sociedad que intenta comprenderse a sí misma mientras cambia. 

No obstante, quiero advertir, por si estas menciones a la historia y la realidad social japonesas pueden inducir a confusión, que el lector no se va a encontrar con una obra cuyo interés dependa de conocer previamente la cultura japonesa, o con una vetusta novela que se recupera ahora con la mera finalidad de acceder a una anacrónica muestra de la literatura nipona de hace un siglo. Por el contrario, Soy un gato es un libro absolutamente vivo en el tiempo y en el espacio; su lectura, su planteamiento, su propuesta literaria y sus ideas, están plenamente vigentes y son extrapolables, comprensibles y disfrutables por un lector español contemporáneo. Nos encontramos, pues, ante un clásico, una de esas novelas que utilizan una circunstancia histórica muy concreta para hablar de problemas que no han dejado de ser nuestros, entre otros -en una nueva enumeración que se añade a la ya anticipada líneas atrás- la dificultad de adaptarse a un mundo que cambia demasiado deprisa, la fascinación por lo nuevo, la imitación de modelos extranjeros, la necesidad de aparentar que sabemos más de lo que sabemos, la soledad, el narcisismo, la estupidez de las convenciones sociales, la relación entre inteligencia y vanidad o, en un sentido más amplio, la desconcertante experiencia de vivir en una sociedad que se está convirtiendo en otra, tal y como ya apunté con anterioridad; un asunto muy relevante en un escritor que no solo puede ser visto como representativo de esa etapa de modernización japonesa, sino también como uno de sus grandes críticos. 

Pero vayamos ya con el argumento de la novela (denominación algo reduccionista, pues en ella hay, en efecto, elementos novelescos, de comedia, de relato de costumbres, de ensayo, de ficción filosófica y, en determinados momentos, incluso de parodia intelectual), cuyo resumen he postergado a causa de esta larga introducción. Si la comparamos con la amplia extensión del libro -que se acerca a la quinientas cincuenta páginas- su sinopsis resulta extraordinariamente sencilla. La historia se sitúa en 1905 (en un pasaje de la novela se menciona expresa aunque indirectamente la fecha: en el año treinta y ocho de la era Meiji, que, recuérdese, dio comienzo en 1867). El gato sin nombre que enunciaba la primera frase ya referida, es adoptado en la casa de un profesor de inglés de enseñanza media llamado Kushami, un entorno algo descabellado en el que establecerá su residencia. Desde ese momento comienza a observar, con simultáneos indiferencia y apego, afecto y despiadada crítica (parecía un irresponsable integral, como si estuviera aquejado de una enfermedad incurable llamada estupidez, dice de su dueño), a su propietario (Me siento enormemente afortunado de ser el gato de un hombre como el maestro, pues gracias a él mi vida está repleta de momentos intensos e interesantes), a la familia, a los amigos que frecuentan la casa, a los vecinos y a toda una serie de personajes que, directa o indirectamente, permiten que el autor convierta ese pequeño espacio doméstico en una representación de una sociedad entera. 

El extravagante y muy singular Kushami (distanciado trasunto del autor), un profesor oscuro y de gustos obsoletos, un individuo mediocre, irritable, enfermizo, vanidoso, bastante ridículo, aunque entrañable en el fondo, tiene una esposa descontenta y resignada y tres hijas caóticas (Tonko, la mayor, aficionada a confundir las palabras, Sunko, la mediana, con predilección por los maquillajes, y la nena, la pequeña, que tenía por costumbre limpiarse la cara con el trapo de fregar el suelo). Entre sus visitantes habituales destacan Meitei, una persona totalmente ajena a las realidades de la vida moderna, carente del más mínimo respeto por las convenciones sociales, totalmente excéntrico y que, encima, se manifestaba como el paradigma de lo caprichoso de acuerdo con una psicología nunca antes observada en criatura humana alguna, un individuo de ingenio extraordinario y dudosa relación con la verdad, siendo eufemístico, y cuyas apariciones en la novela, a cuál más desternillante, provocan la hilaridad del lector; Kangetsu, vinculado al mundo científico, responsable de una serie de investigaciones descabelladas (aspirante a doctor con una improbable tesis sobre “Los efectos de los rayos ultravioleta sobre la acción galvanizada en el globo ocular de las ranas”); Dokusen, el amigo filósofo, habitante de un mundo iluminado repleto de referencias metafísicas; Toito, entusiasta practicante de la poesía modernista; entre otros igual de excéntricos. En sus charlas se abordan cuestiones aparentemente domésticas -visitas, conversaciones, matrimonios, relaciones vecinales, pequeñas rivalidades, cotilleos varios, bromas y pullas entre ellos, triviales disputas de familia y de amigos- que se convierten en la ocasión para discusiones sobre literatura, ciencia, filosofía, dinero, educación, arte, Oriente y Occidente, política, moralidad y costumbres sociales, que se nos presentan a través de la mirada del gato, que traslada al lector, en ocasiones como un mero testigo imparcial -y en la medida de lo posible- lo sucedido en cada escena (Describir todos los acontecimientos que tienen lugar en un periodo de veinticuatro horas y leerlos a continuación exigiría, como mínimo, otras veinticuatro horas por lo menos. A pesar de que soy partidario del estilo descriptivo y realista en la literatura, debo confesar que registrar todo lo que sucede en la casa del maestro durante un día y una noche, sería un auténtico tour de force que superaría con creces las limitadas capacidades de un simple gato. Por eso, y a pesar de que las palabras y actos del maestro merecerían una exhaustiva descripción, reconozco no poseer el talento ni la energía suficientes para presentarlos a los lectores en su justa medida. Es algo que se me podría reprochar, sin duda, pero incluso un gato necesita descanso), pero más a menudo haciendo partícipe al lector de sus particulares puntos de vista y sus cavilaciones -lúcidas y a la vez escépticas- y sin ahorrarse en sus glosas y digresiones (En este punto del relato, lo adecuado sería, según los cánones clásicos de las narraciones, hacer una breve descripción de ese extraño e inesperado visitante. Pido indulgencia a los lectores por esta pequeña digresión que quedará perfectamente justificada una vez exponga su oportunidad y pertinencia. Mi digresión tiene la forma de una declaración, y está basada en mi humilde opinión sobre la naturaleza de lo omnipotente y lo omnisciente) las mordaces, categóricas, muchas veces airadas, destempladas y siempre divertidísimas opiniones sobre el extraño comportamiento de los humanos (Si uno quiere embarcarse, como yo, en un estudio completo sobre el comportamiento de los humanos, ha de saber que éstos son muy dados a entablar peleas, pendencias y a alimentar rencillas). Como me veo obligado a subrayar tantas veces, no hay, pues, una trama en sentido convencional, sino, tan solo, una situación narrativa -un gato que se pasea por la casa dando cuenta de sus observaciones- que es la excusa para presentar diversas conversaciones y, con ellas, distintos asuntos para la reflexión. La continuidad de la novela procede, por tanto, no de la progresión de aventura alguna, sino de la permanencia de la mirada del gato. En algunas críticas se resalta como una limitación este carácter episódico e irregular de la obra -debido, sin duda, a la mencionada publicación por entregas original-, pero a mi juicio, esta circunstancia, por otro lado evidente, constituye por el contrario uno de los logros formales del libro, que va mostrando, en efecto de un modo discontinuo, distintas perspectivas en función del algo errático deambular del gato y de las diversas escenas que presencia (El maestro se levantó y se fue hacia la sala de estar. Yo también me levanté de mi cojín, y le seguí por la galería con el objetivo de continuar recopilando material para este libro, una monografía sobre ese animal de extrañas costumbres llamado ser humano).

Además de lo hasta aquí comentado -que en sí mismo, espero, resulte lo suficientemente convincente como para persuadir de la conveniencia de leer el libro- Soy un gato interesa por muchas otras razones, algunas de ellas ya tímidamente esbozadas. Mencionaré de modo breve (debo recordarme a mí mismo que la nueva estructura del espacio, que fragmenta en entregas diversas la desmesurada extensión de estas reseñas, tiene por objeto, precisamente, limitar los excesos de mi verbosidad; me aplico, pues, a la tarea, esbozando de modo somero, esos otros ejes de interés del libro). 

En primer lugar quiero subrayar lo portentoso de la creación del personaje principal, ese gato narrador que es, a mi juicio, una maravilla literaria. Por de pronto, y como también ocurría en el caso de La liebre y yo, creo que hay que desechar la lectura simbólica del rol del animal. El gato no es un simple símbolo, no puede ser reducido a esquemas interpretativos obvios, del tipo “el gato representa al escritor” o “el gato opera como el intelectual japonés”. Por supuesto que hay paralelismos y correspondencias, pero el gato es, fundamentalmente, un personaje literario con voz propia, con prejuicios, curiosidad, ironía, orgullo, deseos. Es vanidoso (El maestro carece de cualidades que le hagan destacar sobre los demás, por lo que si yo, que me he erigido en cronista de los hechos de su vida, no me detengo en estos detalles, seguramente no tendría material suficiente para hacer un relato ameno, y todos mis esfuerzos serían en vano), parcial, pretencioso, fatuo y narcisista. Se cree intelectualmente superior a los humanos (A pesar de existir entre nosotros unas diferencias tan obvias, los humanos, con su mirada puesta siempre en el cielo en virtud de lo elevado de sus mentes, o de alguna tontería por el estilo, son simplemente incapaces de apreciar esas diferencias externas; así que no hablemos de nuestro carácter, que trasciende con creces su limitada comprensión) y lo manifiesta de continuo, aunque dependa materialmente de ellos (Viviendo como vivo entre humanos, he de decir que cuanto más los observo más obligado me siento a constatar su egoísmo). Habla con una solemnidad completamente desproporcionada, presentándose a sí mismo con una suerte de altura y dignidad intelectuales y utilizando un lenguaje elaborado para describir acontecimientos muchas veces insignificantes. Con seriedad casi académica analiza las costumbres de su amo y sus allegados produciendo en el lector un efecto de comicidad -como luego veremos- pues su relato se aproxima a un tratado filosófico que discurre sin embargo sobre asuntos triviales: la manera en que los seres humanos se cortan el pelo, beben leche, se cambian de ropa, practican deporte, se enfadan por tonterías o se preocupan por parecer inteligentes. Su “personalidad” intelectual lo lleva a proponernos una “teoría del mundo” (En cada una de mis palabras, en cada una de mis frases, suele ir implícita una filosofía del cosmos, y no es necesario juntar todo eso para crear un sistema completo, claro y consistente, con un principio y un final cuidadosamente planificados, para ofrecer una visión general de toda la creación), una pretendida explicación completa -y errónea muchas veces por sus propias limitaciones en tanto gato- de la realidad (Si la comparaba conmigo, alguien dotado ya de una visión del mundo y de la capacidad de lamentarse del cambio que experimentan las cosas, esa criatura era apenas un proyecto de ser pensante, afirma de una de las hijas del profesor), que nos llega por entre la combinación de su lenguaje refinado, la presunta sutileza de sus razonamientos, la falsa objetividad de sus observaciones y la supuesta agudeza de sus interpretaciones, en una sugerente mezcla de lúcida inteligencia y atrevido disparate. Es, pues, un narrador perspicaz, pero, a la vez, poco confiable, y esta ambigüedad lo acerca a lector y, desde mi punto de vista, representa una de las fuentes de la riqueza de la novela. 

También es espléndida y muy eficaz la operación de “extrañamiento” que introduce en el relato la mirada externa del felino. Acostumbrados como estamos a que en los libros un personaje humano nos muestre el mundo desde sus parámetros, el hecho de que sea un gato, que conoce perfectamente el comportamiento de los hombres pero no comparte del todo sus códigos, el que describe nuestra realidad (Hay que decir que mi amo carece totalmente de talento para superar el aprobado raspado en cualquier actividad que emprenda. A pesar de todo, no puede abstenerse de intentar que las cosas le salgan, sea cual sea el precio que tenga que pagar por ello), le permite al animal realizar observaciones que a nosotros nos pasan desapercibidas y formular preguntas que nos resultan consabidas y que, precisamente por ello, hemos dejado de plantearnos. El gato no entiende -y discrepa del comportamiento humano y despotrica de nuestra inconsecuencia- por qué le damos tanta importancia al dinero, a los títulos, a la profesión, al prestigio, a la apariencia; por qué hablamos constantemente de nosotros mismos; por qué consideramos razonable trabajar durante toda nuestra vida para conseguir determinadas cosas que después apenas disfrutamos; por qué continuamente nos vemos en la necesidad de distinguirnos unos de otros; entre otras manifestaciones de la para él absurda normalidad humana. 

De esta manera, la perspectiva gatuna, desprovista de las convenciones humanas -y reflejando, por tanto, su incomprensión ante ellas-, convierte la novela en una sátira extraordinariamente inteligente de nuestra sociedad, pues muestra a unos seres humanos que, en su sometimiento acrítico a las costumbres sociales, creen ser razonables mientras, observados desde fuera, resultan ridículos (Si hay algo que odio en los humanos es que tiendan a crecerse en virtud de su extrema tendencia a la autocomplacencia, confiados como están en su fuerza bruta. A menos que aparezcan sobre la tierra unas criaturas más poderosas y crueles que ellos, no podremos saber hasta dónde podrán estirar, y estirar, y estirar su estúpida presunción antes de que se les rompa). Así, el profesor lee, piensa, conversa y pretende poseer una cierta superioridad intelectual; sin embargo, está lleno de pequeñas miserias, frustraciones y contradicciones. Y otro tanto ocurre con los demás personajes, individuos que hablan y opinan y discuten y argumentan de manera incesante, revelando su, en el fondo, escasa comprensión de lo que viven y de lo que hablan (Sólo puedo llegar a la conclusión de que los seres humanos no valen para nada, excepto para el uso estruendoso que hacen de su boca con el fin único y exclusivo de matar el tiempo, contando historias sin gracia y riéndose de cosas que no son divertidas). Y reflejado en todos ellos, el lector se observa desde fuera y puede confrontar así sus propias flaquezas y contradicciones. 

En este sentido, una de las cuestiones que atraviesa el libro entero, compareciendo en diversos pasajes, es la obsesión con la inteligencia y sus trampas, un asunto que se puede reducir a una pregunta: ¿qué significa ser inteligente? La mayor parte de los personajes -sobre todo el maestro Kushami y su cohorte de charlatanes, pedantes, frívolos, conformistas y autocomplacientes amigos- quieren parecer inteligentes abismándose en interminables charlas sobre libros, ciencia, arte, filosofía y teorías de diversa índole. Pero a través de la mirada gatuna Sōseki nos muestra su vanidad, su ridiculez, su poca sustancia, su incapacidad para comprenderse a sí mismos y a la vida. Y no se piense que estamos ante un escritor que desprecia la inteligencia y la cultura; al contrario, lo que cuestiona es la inteligencia convertida en instrumento de vanidad (en otro de los frentes actualísimos de la novela). Por otro lado, de las extraordinarias cultura y erudición del autor son reflejo las decenas de referencias de autores y obras de ambas tradiciones, oriental y occidental, que salpican el texto. Hay, así, menciones a personajes históricos, filósofos, textos clásicos, “latinajos” varios (quid aliud est mulier nisi amicitiae inimica), alusiones religiosas, ciencia, arte y cultura popular, desde la Antigüedad clásica hasta la literatura inglesa contemporánea. Entre otros destaco los nombres de William Shakespeare, el ya mencionado Laurence Sterne, Aristóteles, Sócrates, Epicteto, la Odisea, Thomas Carlyle, Thackeray, Nietzsche, Victor Hugo, Robert Louis Stevenson, Henry James; o, en el ámbito de Oriente, alusiones constantes a la poesía china, el confucianismo, el budismo zen, la tradición literaria japonesa clásica, con abundantes menciones a escritores desconocidos para nosotros cuya identidad y contexto histórico nos aclaran, como ya he señalado, los cientos de notas que proporcionan los traductores. Sin embargo, no se piense que tal profusión de referencias se presenta en una avalancha nominal “arrojada” con el fin de abrumar al lector. Al contrario, todas son oportunas y pertinentes, entrelazadas con naturalidad en la digresiva trama de una novela en la que, sin solución de continuidad pueden aparecer en una misma conversación un filósofo griego, un poeta chino, un escritor inglés, una expresión latina, una teoría científica, una anécdota histórica y una cuestión trivial como la forma de comer fideos. Y todo ello puesto al servicio de un propósito último, satirizar la utilización social del conocimiento cuando este no está respaldado por una verdadera comprensión. 

Otro muy notable aspecto a comentar, ya en parte esbozado, es ese carácter conversacional del libro. Los personajes, ya se ha dicho, hablan, hablan mucho, con una locuacidad a veces desaforada. Frente a novelas que se construyen en torno a la acción, aquí la acción es la conversación, la palabra. De este modo, la constante logorrea de unos y otros cumple varios fines en la obra. El principal, mostrar la distancia entre lo que se dice y lo que se hace; además, las charlas permiten observar lo sustancial de la personalidad de quienes hablan: cómo circulan las ideas, cómo se construye la autoridad, cómo una persona intenta impresionar a otra, cómo se oculta una inseguridad detrás de una opinión tajante y cómo la cultura puede convertirse en una forma de competición; igualmente, la irrefrenable cháchara refuerza el carácter humorístico del libro, que llega a su paroxismo en cada nueva perorata del inefable Meitei. 

Precisamente, la mencionada “extrañeza” de la percepción del gato confluye con su satírica agudeza para convertir la novela en un inteligente y profundo texto filosófico cruzado por infinidad de notas de humor, otro elemento por el que recomiendo su lectura. Soy un gato está llena de ideas, pero no es un ensayo, ni un tratado, ni un libro “conceptual” disfrazado de novela. Las ideas -muchas y muy enjundiosas- aparecen encarnadas en conversaciones, discusiones, situaciones domésticas y comportamientos absurdos, teñidos casi siempre por un divertidísimo ingenio. Mientras avanzamos alborozados por las páginas de su libro, ensimismados y con una sonrisa en la boca, Sōseki va dejando caer -sin subrayados ni énfasis ni enojosos didactismos- interesantes preguntas de alcance universal: qué significa ser inteligente, qué relación existe entre conocimiento y felicidad, hasta dónde llega la libertad individual, qué produce la modernización, qué papel desempeña el dinero, por qué los individuos buscan reconocimiento, qué ocurre cuando las personas pierden sus referencias tradicionales, y tantas otras. 

Este muy perceptible tono humorístico, lo amable -pese a la irritación y el enfado que a veces rodean su perplejidad y su desconcierto- del cuestionamiento que el gato hace del universo humano, no impiden que la novela deje en el lector una profunda sensación de melancolía, y ello, a mi juicio, también es remarcable, pues muestra la confusión, la falta de control, la soledad, la ansiedad, incluso la angustia y, sobre todo, el patetismo que reflejan unos individuos que ven cómo el mundo antiguo al que pertenecen se desmorona, aunque no ha desaparecido completamente, mientras que el nuevo, inexplicable para ellos, no se ha asentado todavía. 

Por último, un somero repaso al eje principal del libro, lo que supone de reflejo fidedigno del proceso de modernización del Japón de la época. En pocas décadas el país pasó de un orden político, social y cultural heredado del periodo Tokugawa a convertirse en un Estado moderno, “positivista”, que incorporaba instituciones, tecnologías, conocimientos científicos y modelos culturales procedentes de Occidente. Esa transformación no solo significó incorporar a la realidad nipona ferrocarriles, fábricas, universidades o nuevas instituciones, si no también -y sobre todo- abrirse a nuevos valores y, en consecuencia, “obligar” a sus ciudadanos y gobernantes a aprender a vivir de otra manera diferente a la que fijaban los parámetros tradicionales, fuertemente arraigados en la sociedad; un proceso que se tradujo en tensiones de todo tipo. Soy un gato refleja de manera magistral esas tensiones. Sus personajes critican e intentan incorporar ese “positivismo moderno” tan ajeno a su tradición, esas influencias occidentales, aunque imitándolas de manera superficial. A caballo de dos mundos, sin encontrarse -ya o aún- plenamente en ninguno de ellos, su a veces patética ansiedad muestra a las claras, con el filtro distanciado e irónico de la mirada felina, una importante etapa histórica de su país, que aflora así en una obra muy vinculada al Japón (sin los exotismos” que quizá hubiera esperado el lector, en paisajes, ceremonias o formas de espiritualidad, que están en el libro pero no de manera sustancial), pero, a la vez, de indudable valor universal, en tanto nos ofrece una profunda mirada sobre la condición humana, especialmente en uno de sus rasgos de mayor relevancia en la actualidad: la dificultad de vivir en un mundo demasiado cambiante y la sensación que nos acomete a quienes lo habitamos de que todo a nuestro alrededor se transforma a una velocidad más acelerada que nuestra capacidad para asimilar la vertiginosa alteración que nos envuelve. 

Magnífico libro, en definitiva, de lectura placentera y propiciadora de sustanciosos temas de reflexión. Cierro mis comentarios con un fragmento, del que el gato está ausente, que explicita ese conflicto entre las dos visiones del mundo que está en el centro del libro. Dejo, además, una canción con los gatos como protagonistas, reales y metafóricos: The Lovecats, de los legendarios The Cure. 


Mira, yo creo que en estas cosas nuestros ancestros japoneses actuaban de una manera mucho más sabia que nosotros, influidos por la maneras europeas y por su así llamado positivismo, al que hemos prestado demasiada atención últimamente. El problema principal con el positivismo es que no reconoce límites. Por mucho que insistas en una acción positiva, uno no adquiere ni la perfección, ni la satisfacción completa. ¿Ves esos cipreses de allí? Supongamos que decides que interrumpen tu vista y decides cortarlos. Entonces te darás cuenta de que la casa que hay detrás se ha convertido en un nuevo obstáculo para tu vista. Cuando consigas derribar la casa, el edificio de más allá se convertirá en una nueva molestia. No habrá un final en tu búsqueda de una vista perfecta. Pues bien, esa profunda insatisfacción que sientes reside en la creencia implícita, muy europea, de que existe un continuo progreso hacia un ideal imaginario. Nunca nadie, ni Alejandro Magno, ni Napoleón siquiera, consiguieron sentirse satisfechos con sus conquistas. Piensa en algo más accesible. Te cruzas con alguien, os dais un golpe y os peleáis. Le llevas a juicio y lo ganas, pero si piensas que ése es el final del asunto, estarás cometiendo un lamentable error. El asunto permanecerá en tu cabeza dando vueltas y más vueltas sin parar, y jamás encontrarás la solución definitiva, y morirás sin haberla obtenido. Esa misma verdad se puede aplicar a cualquier asunto que se te ocurra. Imagina que vivimos bajo un gobierno oligárquico que nos desagrada profundamente y conseguimos cambiarlo por una democracia. Tan pronto como se establezca el nuevo régimen, más participativo, volveremos a no estar satisfechos con sus logros, y ante el riesgo de conmoción social volveremos a buscar una nueva forma de gobierno. Otro ejemplo: si encuentras un río, haces un puente; si una montaña te bloquea el paso, construyes un túnel, y si algo está demasiado lejos, plantas una vía para que circule el tren. Una y otra vez intentamos salvar obstáculos, y, aun así, seguimos sin solucionar el verdadero problema de nuestra insatisfacción positivista. Es cierto que un ser humano solo no puede jamás dar satisfacción a todos y cada uno de sus deseos. El positivismo propio de la civilización occidental ha producido, sin duda, muchos y notables progresos, pero al final no ha producido sino una sociedad profundamente insatisfecha, conformada por gente profundamente infeliz. La civilización tradicional japonesa, en cambio, no buscaba el cambio en los otros, no buscaba el cambio fuera, sino en uno mismo. La diferencia principal entre ambas civilizaciones es que la japonesa asumió desde muy al principio que el ambiente exterior no se podía cambiar significativamente, por mucho que uno se empeñara. Constituye una equivocación pretender encontrar un remedio para las tensiones entre los padres y los hijos a la manera occidental, esto es, mediante un acuerdo. En nuestro caso, preferimos dejar las cosas como están, y sufrir con paciencia ese desarreglo hasta volver a encontrar la armonía doméstica. Y así tenemos la misma actitud de calma ante cualquier problema que pudiera surgir, ya sea entre marido y mujer, amo y esclavo, o entre las castas de comerciantes y de guerreros. Solíamos mantener esa actitud para estar en consonancia con la naturaleza y ser un reflejo de ella. Si, por ejemplo, una montaña bloqueaba el paso natural hacia un país vecino que queríamos visitar, no nos empeñábamos en hacer un túnel e ir contra el orden natural de las cosas, sino que nos limitábamos a no visitar a nuestros vecinos.  

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Natsume Sōseki. Soy un gato