Vivo entre muchos libros y extraigo una gran parte de mis ganas de vivir del hecho de que aún leeré la mayoría de ellos. (Elias Canetti)

miércoles, 18 de febrero de 2026

PHILIPPE SANDS. CALLE LONDRES 38

Hola, buenas tardes. Dentro de unos días, el próximo 24 de febrero, se cumplirán cuatro años de la inicua y criminal invasión de Ucrania por parte de las tropas del Kremlin, un acto que contraviene abiertamente las normas del derecho internacional y que, sin embargo, y tal y como están las cosas en el panorama geopolítico mundial, no deja de ser una muestra más de la impunidad con que son soportados (más allá de bienintencionadas, más bien enfáticas y casi siempre inútiles declaraciones de los dirigentes de uno y otro signo) los abusos que las grandes potencias –Rusia, Estados Unidos, China, Israel– infligen día tras día a los países más débiles a los que someten, obrando a su antojo, despreciando el orden constituido y moviéndose por sus exclusivos intereses económicos, territoriales, estratégicos, militares, tecnológicos y, en definitiva, de dominio. En este contexto, traer a colación los recientes sucesos en Venezuela, Gaza, Oriente Medio, Sudán, el Congo o Nigeria, Cachemira o Irán, o las más que probables amenazas que se ciernen sobre Groenlandia, Polonia o Taiwan no resulta superfluo –nunca lo es, al menos como mera manifestación de una expresa voluntad testimonial– aunque desde un programa de sugerencias de lectura poco se pueda hacer más que constatar cómo el equilibrio global está hoy en día más en peligro que en las últimas ocho décadas (con el agravante adicional de la inquietante y ominosa sombra de la destrucción nuclear) y rechazar, sin ningún efecto práctico, esas conductas imperialistas. 

Sin embargo, y en lo que se refiere a Ucrania, no se sabe por qué extraña conjunción de circunstancias (quizá la cercanía, quizá la brutalidad del ataque), Todos los libros un libro siempre ha mostrado un interés singular y se ha manifestado especialmente sensible ante el desafuero, la iniquidad, el horror y la tragedia con los que los ejércitos de Putin han castigado al pueblo ucraniano. Y por ello, y a diferencia de los demás ejemplos mencionados, desde el 24 de febrero de 2022, cuando comenzó la más reciente ocupación (dando por descontada la igualmente abusiva de Crimea en 2014), y en cada nuevo aniversario, nuestro espacio ha dedicado puntualmente distintas emisiones a libros –novelas, ensayos, crónicas periodísticas– vinculados con la realidad de la guerra, con la convulsa historia del país, con el drama que viven sus ciudadanos o con algunas otras facetas de esos temas relacionadas, al menos tangencialmente, con los dramáticos sucesos. 

Y así, ahora, cuando llegamos al cuarto aniversario del ataque y estamos no muy lejos de que se cumplan los mil quinientos terribles días de la persistente destrucción del país, quiero “enmarcar” este 24 de febrero de 2026, entre dos programas, el de hoy, el inmediatamente anterior a la triste conmemoración, y el de la próxima semana, que se emitirá solo un día después de esa fecha, que tienen como referencia última, de un modo más o menos directo, a la infortunada –a la injusta– situación que vive el muy castigado y muy sufriente pueblo centroeuropeo. 

En el caso de esta tarde, el núcleo central de mi propuesta –cuádruple, si hablo solo de libros; quíntuple si incluimos una película más o menos relacionada; y hasta séptuple contando con los dos documentales citados– gira en torno a un libro con escasos vínculos –en apariencia, en una apreciación superficial– con Ucrania, aunque de presencia pertinente en el espacio, dado que el volumen cierra una suerte de trilogía de la que los dos primeros títulos, sobre todo el primero, sí conectan abiertamente con episodios vividos por el país en el pasado y que explican, en parte, lo que ahora sucede en él. Empecemos, pues, ordenando esta quizá algo enrevesada y aparentemente enmarañada presentación. 
 
Hace unos meses, en abril de 2025, la editorial Anagrama publicó Calle Londres 38, la última obra de Philippe Sands aparecida en nuestro país. Sands es abogado, profesor de Derecho Internacional en el University College de Londres y con un amplio y relevante desempeño profesional en el Tribunal de Justicia de la Unión Europea y en la Corte Penal Internacional de La Haya. El libro surge al hilo de las investigaciones llevadas a cabo para la elaboración de las otras dos obras anteriores de las que esta es una suerte de continuación, Calle Este-Oeste y Ruta de escape (en la sección final de agradecimientos de Calle Londres 38 escribe Sands: Este libro es consecuencia de una invitación que me hicieron a visitar Lviv, Ucrania, allá por 2010, y puede considerarse el tercer volumen de una Trilogía de la calle Este-Oeste). Del primero de ellos yo os hablé aquí, entusiasmado, en abril de 2018, haciendo un breve recordatorio de su muy interesante contenido en marzo de 2022, a los pocos días del comienzo de la agresión y las acciones bélicas rusas sobre Ucrania. Del segundo me ocupé, con idéntico interés, aunque con algo menos de fervor, en abril de ese mismo año. Quiero ahora ofreceros un resumen sucinto de cada una de esas reseñas para “encadenar” en ellas mis palabras de presentación de su nueva obra, aportando, además, al recuperar esos comentarios de entonces, la oportuna conexión con Ucrania, el asunto principal que explica mi recomendación de hoy. Además, y habiendo señalado que mi sugerencia literaria de esta tarde sería cuádruple, debo aclarar que ello es así porque de Calle Este-Oeste se ha publicado hace unos meses, también en 2025 y también en Anagrama, una nueva edición en formato cómic, en la que, sobre la base del texto original, obviamente abreviado, reducido para ajustarlo a las necesidades del género, el guionista Jean–Christophe Camus y el ilustrador Christophe Picaud han realizado la adaptación gráfica de la obra de Sands. De la quinta referencia, la cinematográfica, os hablaré en el momento oportuno. 

Delimitados de este modo el propósito y la estructura del espacio paso a hablaros de manera breve de Calle Este-Oeste, primero en su deslumbrante versión ensayística, literaria o textual, como queramos llamarla, y después en su versión dibujada. El libro, que apareció en 2017 en la Editorial Anagrama en traducción de Francisco J. Ramos Mena, es un estudio exhaustivo, riguroso y, a la vez, palpitante sobre los orígenes, el desarrollo y, sobre todo, las consecuencias del trágico delirio nazi, que se plantea desde un muy peculiar enfoque anticipado en el subtítulo del libro, muy claro y explícito y, por ello, revelador del contenido que nos encontraremos en sus cerca de seiscientas páginas: Sobre los orígenes de "genocidio" y "crímenes contra la humanidad", asuntos que, por desgracia, vuelven a estar estos días de lamentable actualidad. 

Es cierto que una rúbrica de este cariz parece evocar de modo evidente el mundo académico y hacer pensar al lector que se halla ante una publicación teórica, de índole científica, un denso texto doctrinal de análisis jurídico, una suerte de aburrida tesis doctoral o de abstruso trabajo de investigación, poblado, además, de notas a pie de página y fundamentado en infinidad de referencias bibliográficas. Y es cierto que son cientos las citas que salpican el relato y decenas los libros que se mencionan en un apartado final de fuentes, pero –y siento recurrir a una expresión tan manida, aunque a la vez tan esclarecedora– Calle Este-Oeste se lee con idénticos gozo, fruición y placer con los que avanzamos por la novela más excitante, pues su escritura es fluida y llena de brío, y la historia que narra –más allá de las disquisiciones teóricas que, en efecto, permean todo el texto y que resultan, también, absorbentes– es conmovedora, llena de peripecias, rezumando emoción y humanidad, mostrando con intensidad y sentimiento –entre las muy precisas argumentaciones jurídicas e históricas– las vidas de unos seres que padecieron la barbarie desencadenada por el Tercer Reich. Además, el planteamiento y la estructura elegidos por Philippe Sands para dar cuenta de los hechos que narra y para organizar la información que nos presenta tienen mucho de novela detectivesca, aportando ingredientes de thriller y siguiendo algunas pautas del género de indagación criminal, graduando la acción con maestría, ofreciendo rasgos de intriga, alternando los tiempos y los escenarios para incrementar el misterio, dejando “flecos” por doquier, elementos incompletos necesitados de desarrollo posterior que incrementan la expectación del lector y le hacen continuar la lectura simultáneamente interesado y conmovido, atento y entusiasmado, emocionado y, pese a la dureza de los sucesos referidos, feliz, con esa exaltada felicidad que es, a mi juicio, el más evidente efecto –y el más noble– que produce la mejor literatura. 
 
En el verano de 1998 Sands, en su condición de experto en los complicados entresijos de la justicia internacional, había tenido un papel secundario en las negociaciones que llevaron a la creación de la Corte Penal Internacional. Meses después trabajó en el caso Pinochet en Londres (sobre el que gira Calle Londres 38). En los años siguientes, y en el mismo ámbito jurídico, participó en los casos de la antigua Yugoslavia y de Ruanda y en otros relacionados con diversas acusaciones en el Congo, Libia, Afganistán, Chechenia, Irán, Siria y el Líbano, Sierra Leona, Guantánamo e Irak. 
 
Esa amplia y consolidada trayectoria profesional en el dominio del derecho internacional constituye el desencadenante de Calle Este-Oeste. Invitado en 2010 por la facultad de derecho de la universidad de la hoy ucraniana ciudad de Lviv para dar una conferencia sobre las materias objeto de su especialización –los “crímenes contra la humanidad” y el “genocidio”–, Sands, que desde años antes se había interesado por el juicio de Núremberg, en el que tras el fin de la guerra se juzgó a los criminales nazis, encuentra en la pequeña ciudad de historia convulsa el nudo que enlaza algunas de sus principales preocupaciones, tanto profesionales –la consecuencias del juicio y de las condenas a los jerarcas del Reich y sus repercusiones en el Derecho internacional– como personales –las tristes peripecias vividas por su familia judía a lo largo de la primera mitad del siglo–. 

A partir de esos diversos ejes que confluyen en Lviv, se lanzará a una minuciosa investigación que girará sobre cuatro personajes principales: el ministro de Hitler, Hans Frank, juzgado en Núremberg, abogado, despiadado ejecutor, como gobernador de Polonia, de la infame normativa que dio sustento “legal” a la aniquilación de los judíos, y, por tanto, responsable de la depuración étnica en los, así llamados, Territorios Ocupados; Hersch Lauterpacht, catedrático de derecho internacional, la mente jurídica internacional más preclara del siglo XX, “creador” de la noción de “crímenes contra la humanidad” y padre del actual movimiento en pro de los derechos humanos; Raphael Lemkin, también abogado, además de fiscal, judío como Lauterpacht, e introductor en el corpus jurídico ya universal –en apasionante “carrera” con su colega y rival– de la doctrina sobre el genocidio, igualmente decisiva en la configuración de la justicia internacional de nuestros días (en su configuración, he escrito, porque en lo que se refiere a su puesta en práctica en estos últimos tiempos estamos muy lejos de su efectividad); y, last but not least, Leon Buchholz, abuelo del autor, apenas el único sobreviviente de una amplia familia judía masacrada, erradicada, borrada de la faz de la tierra en pogromos y campos de exterminio, en inhumanos traslados, en salvajes ejecuciones, en siniestras cámaras de gas. Los cuatro, casi coetáneos –nacidos entre 1897 y 1904–, coinciden en Lviv (León Buchholz nacido allí; Lauterpacht, en Żółkiew, a escasos kilómetros; Lemkin, residente en el pueblo desde muy joven; y Frank, en tanto gobernador de la zona, visitante del lugar por motivos “profesionales”), que se constituye así, y no sólo por estas razones más o menos azarosas, en el quinto gran protagonista del libro y la razón última que justifica su presencia en este espacio de apoyo a Ucrania. 

Porque la pequeña ciudad de Lviv, situada en el mismo corazón de Europa, resulta un ejemplo paradigmático del trágico destino que ha acompañado al país centroeuropeo y, por tanto, al continente en los peores momentos de su historia. Entre septiembre de 1914 y julio de 1944, el control de la ciudad cambió de manos ocho veces. Conocida indistintamente como Lemberg, Lviv, Lvov y Lwów, perteneciente, en distintas épocas, al imperio austrohúngaro, a la Polonia independizada poco después de la Primera Guerra Mundial, a la Unión Soviética que la ocupó durante la Segunda Guerra Mundial, a la Alemania nazi en 1941, a la URSS tras la “reconquista” soviética después de la guerra y, por fin, desde 1991, a la actual Ucrania independiente, de la que forma parte en nuestros días, sus calles, sus edificios, también –por desgracia– sus habitantes, sufrieron, una tras otra, todas las desgracias a las que un siglo terrible, con dos devastadoras guerras de por medio, abocó a la humanidad. Así, la historia de la ciudad se constituye, en definitiva, en una representación a pequeña escala de la de todo el continente. Y esta Lviv, la vecina Żółkiew, y tantas otras cercanas poblaciones con población judía parecidas, en las que coinciden las existencias de las familias de los personajes principales, se acomodan a unas estructuras urbanas similares, descritas en la cita de Joseph Roth con la que se abre el libro y que, además, con enorme potencia metafórica, le da nombre: La pequeña población se halla en medio de una gran llanura [...]. Comienza con pequeñas chozas y termina con ellas. Al poco las chozas son reemplazadas por casas. Empiezan las calles. Una discurre de norte a sur; la otra, de este a oeste. Este/Oeste, una dicotomía que puede ser leída como la gran metáfora de gran parte de los conflictos de nuestra época. 

Calle Este-Oeste se presenta de este modo como una indagación, que tiene, como he dicho, algo de detectivesco, en tres frentes que se imbrican e interrelacionan, que se mezclan e intercalan. El primero de ellos refleja el “buceo” en las biografías de los cuatro personajes y de su pasos dentro y fuera de su ciudad común, en una pesquisa palpitante y narrada con una capacidad de atracción irresistible. En el segundo, Sands nos ofrece la descripción –hecha con precisión y fidelidad de sobrecogedora crónica periodística– de las sesiones del juicio de Núremberg, en la ya histórica sala 600 de su Palacio de Justicia, que representa una nueva convergencia –junto a la de la ciudad que los vincula– entre los protagonistas principales: en él, Frank será condenado y, tras la sentencia, ejecutado en la horca, Lauterpacht y Lemkin participarán, en distinta medida, con sus aportaciones teóricas, mientras que Leon estará presente a través de su nieto, este Philippe Sands que años después, estudiará con detalle el proceso y escribirá su libro. Por último, en la tercera vertiente el libro expone los aspectos jurídicos de la génesis, la evolución y la general aceptación de los dos novedosos y “revolucionarios” conceptos –“genocidio” y “crímenes contra la humanidad”– cuya construcción tiene lugar en esos días y que se utilizarán por primera vez frente a los asesinos responsables nazis, para integrar desde entonces un ordenamiento legal internacional –en particular la Declaración Universal de los Derechos Humanos, adoptada por la Asamblea General de las Naciones Unidas el 10 de diciembre de 1948– al que se han acogido hoy día la mayor parte de los estados desarrollados. 

Esos tres frentes del libro –que el propio autor no duda en calificar de proyecto literario, eliminando así cualquier disquisición sobre su naturaleza: literatura al fin, al margen de su género– se articulan en un cuerpo central hecho de cuatro grandes capítulos –uno por protagonista– que se alternan y completan con otros menores en los que Sands da cuenta, en un permanente juego hacia adelante y hacia atrás en el tiempo, de los pasos de su investigación, de sus viajes, de sus entrevistas con otros personajes secundarios (sobrecogedoras –y sorprendentes– las “apariciones” de Niklas Frank, hijo del criminal), de sus visitas a bibliotecas y archivos, todo ello con muestras, que se “espolvorean” con intención y acierto por el texto, de mapas, fotos, pasaportes, visados y otros documentos, los cuales, junto a la ya mencionada base “profesoral” –las bien nutridas secciones finales de agradecimientos, fuentes y notas, y el completo índice analítico–, complementan, con su inequívoca carga de “realidad” comprobada, los aspectos más “novelescos” y por tanto susceptibles –quizá– de ser puestos en duda si se entendieran como una mera ficción literaria. 

De todas estas relevantes vertientes del libro, me interesan especialmente dos, que podríamos llamar “humana” y “jurídica”. Desde el primero de los dos puntos de vista, Calle Este-Oeste sobrecoge en tanto que el detallado recorrido por la historia íntima, personal y familiar de los personajes nos muestra retazos de su vida auténtica, de sus afanes, de sus luchas, de sus preocupaciones, de sus esperanzas, también de sus miserias, sus contradicciones o sus cobardías. Sands reconstruye sus antecedentes familiares, rastrea –llegando a visitar– sus domicilios, los negocios que los sustentaron, da cuenta de sus oficios, de las vicisitudes de sus vidas cotidianas, y, claro está, levanta acta de las persecuciones, de la diáspora, de la dispersión, de las huidas, de los exilios, también del infortunio, de las deportaciones, de las muertes, de la aniquilación casi total de muchas de estas pequeñas poblaciones judías centroeuropeas y con ellas de sus habitantes. Y, de continuo, el lector se ve embargado por la emoción que transmiten esos seres desgraciados sometidos a un insoportable sufrimiento. 

La batalla de ideas entre Lauterpacht y Lemkin por introducir y hacer prevalecer en el derecho internacional las figuras jurídicas de las que son creadores, respectivamente “crímenes contra la humanidad” y “genocidio”, es también fascinante, por el apasionamiento –no exento de egocentrismo– de ambos contendientes y por las importantes repercusiones que ambas categorías acabarían teniendo en las décadas posteriores y hasta nuestros días actuales. Para entender lo destacado de sus aportaciones hay que partir de la base de que, hasta esos años, el derecho internacional estaba dominado por la idea de que la ley servía al soberano, y, conforme a ese principio, resultaba inconcebible que un individuo tuviera derechos cuyo cumplimiento pudiera imponerse frente a los estados soberanos, que eran libres de actuar como quisieran contra sus ciudadanos, sin sometimiento a principio alguno de más valor que su propio ordenamiento interno: soberanía significaba soberanía, total y absoluta. De este modo, el Reich –pero también cualquier otro Gobierno nacional– podía, dentro de sus fronteras, discriminar, torturar o matar, sin limitación alguna ni reproche jurídico posible. Y así, las minorías y los individuos particulares estaban desprotegidos frente a los excesos de sus gobernantes. 

Conscientes –como muchos otros juristas– de que el mundo necesitaba alguna reacción –alguna reacción legal– frente a ese tipo de conductas, que habían desembocado en los intolerables e inhumanos excesos nazis, Lauterpacht y Lemkin acometen su batalla jurídica desde dos ángulos complementarios –aunque en ocasiones antitéticos–: el individual y el grupal. El primero pretendía reforzar la protección del individuo frente a los estados al margen de su pertenencia a grupo alguno, fuera, pues, de cualquier consideración “tribal”. La noción de “crímenes contra la humanidad” (entendidos como el asesinato, el exterminio, la esclavización, la deportación y otros actos inhumanos cometidos contra cualquier población civil, o las persecuciones por motivos políticos, raciales o religiosos, cuando tales actos sean cometidos o tales persecuciones sean llevadas a cabo al perpetrar un delito contra la paz o un crimen de guerra, o en relación con él, vulneren o no la legislación del país en donde se produjeron) surge, pues, para preservar los derechos de los individuos de los abusos de sus dirigentes. Con idéntico propósito pero muy diferente enfoque, Lemkin se centra en la defensa de las personas que sufren actuaciones organizadas de exterminio por el hecho de ser miembros de un grupo, por su raza, por su etnia, por su religión. Construye así la noción de genocidio entendido como el exterminio de grupos raciales o religiosos, de las poblaciones civiles de ciertos territorios ocupados para destruir determinadas razas y clases de personas y grupos nacionales, raciales o religiosos, en particular judíos, polacos, gitanos y otros. Ambos enfoques impregnarán –en muy distinta medida– los informes y los dictámenes, las resoluciones y las sentencias que condenarán a los jerarcas nazis en Núremberg y que, desde entonces, hubo que aplicar con profusión –el ser humano no parece aprender jamás de sus errores– en Serbia y en Croacia, en Ruanda, Sudán y Libia, en Arabia Saudí y Yemen, en Irán, Irak y Siria, en Israel y Palestina, también en Argentina, Chile o el mismo Estados Unidos; y que, parece evidente, debieran ser esgrimidos para juzgar de manera implacable a los responsables de la criminal política de Israel en Gaza y de los intentos de exterminio de los uigures en China, de los cristianos en Nigeria, de los rohinyás en Myanmar, de ciudadanos de distintos grupos étnicos en Darfur, en el Congo, en Etiopía, en una muestra que desgraciadamente parece no tener fin. En todos estos casos, no obstante, la depuración de responsabilidades por los asesinatos, violaciones, masacres e inhumanas brutalidades y su tipificación como genocidio o crímenes contra la humanidad, exigen un reflexivo, argumentado, escrupuloso, profundo documentado, racional y técnicamente irreprochable análisis, nada que ver con la profusión de lemas, mantras y eslóganes que de manera acrítica, superficial y mezquinamente partidista, expelen nuestros políticos: “repita conmigo: ge-no-ci-dio”. 

Ocho años después de la publicación del libro en nuestro país, la editorial Anagrama vuelve a ofrecérnoslo, al trasladarnos su versión en cómic que en 2024 habían presentado en Francia, con el explícito título de Retour à Lemberg –d’après le livre de Philippe Sands, el ilustrador Christophe Picaud y el guionista Jean–Christophe Camus. La edición española mantiene la traducción del original de 2017, obra, como he señalado, de Francisco J. Ramos Mena, responsable también de verter a nuestro idioma los otros dos libros de Sands que hoy presento (y de otro más, La última colonia, con otra temática diferente a la que enlaza la trilogía y que no he podido leer). 

Desde el punto de vista de su contenido, la mayor virtud y quizá también el más reseñable punto débil del libro residen en su muy escrupulosa fidelidad a la obra primitiva de Sands. En sus cerca de trescientas páginas, que se nos ofrecen en un formato espléndido formalmente, de tamaño muy superior al habitual, de gran volumen, con pastas duras, se mantiene la estructura general del libro que le sirve de base, preservando su división en los mismos capítulos y respetando en ellos sus mismos títulos; reproduciendo la lógica, el orden y los ejes principales de aquel –la investigación personal, la historia de los personajes reales y la reflexión sobre los conceptos jurídicos elaborados en Núremberg–; incluyendo, en una acertada reconstrucción visual, las múltiples voces que forman el mosaico de la obra; incorporando las a veces complejas cronologías y las numerosas figuras históricas que pueblan el libro en su versión inicial; conservando su densidad documental; y trasladando, incluso, la literalidad de los textos –como es obvio convenientemente abreviados– de la narración del británico. Parece obvio que la voluntad y el propósito de los autores han querido priorizar la transmisión de la información y el sentido original sobre una reinterpretación más libre o personal. Esta muy loable intención, y su consiguiente logro (quien se acerque por primera vez a Calle Este-Oeste a través de este cómic podrá acceder a una versión fidedigna, cabal, resumida sí, aunque muy clarificadora, del texto inicial), no ocultan sin embargo alguna reserva: una cierta frialdad, un punto de superficialidad en la mirada, una relativa pérdida de emoción, una ligera merma en la innovación narrativa; limitaciones todas (piénsese en los adjetivos que he utilizado para describirlas) que no reducen el interés, muy alto, de la obra. 

En lo relativo a la ilustración y los aspectos estilísticos del cómic, quiero resaltar el diseño de página y la tipografía, que alternan bloques de texto explicativo con viñetas secuenciadas y presentadas en una división muy amplia y clara con, habitualmente, seis recuadros por página (a veces menos, incluso algunas tienen un solo “fotograma”). La ilustración en blanco y negro aporta sobriedad a una temática por lo demás grave, alusiva a asuntos como la historia, el derecho y la memoria, que requieren esa seriedad. El montaje en paralelo, que ya estaba en la obra, con su constante alternancia entre distintos tiempos y espacios, se conserva en el cómic, aunque mostrando esos saltos de manera inmediata y casi simultánea, pues una viñeta puede contener el pasado y la siguiente el presente, sin necesidad de transiciones explicativas. Las ilustraciones son minuciosas, realistas, con una estética contenida, documental, sin forzar la expresividad. El trazo nos trae a la mente las premisas de la “línea clara”, elegante, limpio, preciso tanto a la hora de reflejar los entornos cotidianos –objetos, mobiliario, vestimentas– como los edificios, los escenarios históricos, los monumentos. Otro rasgo destacado es la inclusión de elementos gráficos que remiten a documentos (cartas, pasaportes, fotografías, mapas), manteniendo así también los recursos con los que Sands había ilustrado su investigación. Y todo ello, calles, planos, expedientes judiciales, fachadas, motivos arquitectónicos o espaciales diversos, se repiten como una suerte de leitmotivs gráficos que permiten fijarlos en la memoria del lector. 

A propósito de una de las vertientes del libro, la apasionante descripción de los juicios de Núremberg, quiero recomendaros –sin, por falta de tiempo, glosa o comentario adicional alguno por mi parte– una excepcional película, Vencedores o vencidos, dirigida en 1961 por Stanley Kramer bajo el título original, menos ambiguo y más fiel a su contenido que el español, de Judgment at Nuremberg. Con un reparto deslumbrante, con, entre otros, Spencer Tracy, Burt Lancaster, Richard Widmark, Marlene Dietrich, Maximilian Schell, Judy Garland, Montgomery Clift o William Shatner (el capitán Kirk en Star Trek), la película se centra en el juicio, corolario del general en que se condenó a los principales jerarcas nazis, a cuatro jueces conniventes con el Reich en la aplicación de las políticas de persecución, esterilización, eugenesia, asesinato y exterminio masivo de judíos, gitanos, enfermos, discapacitados mentales y otras minorías. Abordando una muy interesante cuestión de fondo –la complicidad o, al menos, el conformismo callado de los ciudadanos en los crímenes del nazismo– la película, con tres horas de duración y disponible en Filmin, es magnífica, con algunas interpretaciones, en particular las de Spencer Tracy, Maximilian Schell y Burt Lancaster, y la fugaz pero intensa de Marlene Dietrich, memorables. 

El segundo libro de la trilogía, Ruta de escape, nace a partir de la investigación de Sands para Calle Este-Oeste. Yo presenté aquí su reseña hace cuatro años en una emisión que podéis encontrar en el blog del espacio y en mi canal de YouTube. Quiero ahora, no obstante, para intentar trasladar el hilo conductor unitario que vincula mis tres sugerencias de esta tarde, ofreceros un breve resumen. 

La historia se abre el 13 de julio de 1949 y nos conduce a Roma, al Hospital del Espíritu Santo. Allí, en un camastro en la impresionante Sala Baglivi, yace desde hace cuatro días, aquejado por una afección hepática aguda, consumido por una fiebre intensa, en sus últimas horas, un paciente que en el registro del sanatorio aparece identificado como Reinhardt, sin nombre de pila, cuarenta y cinco años, soltero, carente de domicilio conocido, de profesión escritor. El misterioso personaje recibirá, en su languideciente estancia en el hospital, las visitas de tres personas. Un obispo, muy próximo al papa Pío XII; un médico que en la relativamente reciente guerra mundial había servido en la embajada alemana en Roma; y una dama prusiana casada con un académico italiano, que lo visitaría todos los días, hasta cinco veces en total durante su postrada estancia hospitalaria. Las últimas palabras del enfermo, que moriría el 14 de julio, fueron, al parecer, para el obispo. En ellas afirmó que su enfermedad había sido causada por un acto deliberado, e identificó a la persona que lo había envenenado. Sólo muchos años después esta contundente declaración llegaría a ser conocida por otras personas. 

Sin embargo, los datos identificativos del paciente y toda la información que sobre él se conocía eran totalmente falsos. Se trataba, en realidad, de Otto Wächter, un alto mando nazi, gobernador de Lemberg o Lviv o Leópolis (que reaparece así como núcleo central de la conexión ucrania del programa), buscado desde el final de la guerra por haber organizado y dirigido diversas operaciones de asesinatos en masa. Mano derecha de Hans Frank, al que acabamos de dejar tras su muy principal aparición en Calle Este-Oeste, Wächter estaba acusado del fusilamiento y la ejecución de más de cien mil personas. No tenía cuarenta y cinco años sino tres más. Tampoco era escritor, sino abogado y SS–Gruppenführer (teniente general de las SS). Huido en la confusión de los últimos días del nazismo, había logrado llegar a Roma, desde donde confiaba en poder escapar a Sudamérica. 

Philippe Sands ya tenía difusa noticia de los hechos, pues, como he señalado, había contactado con Niklas Frank, hijo de ese Hans Frank que compartía protagonismo en Calle Este-Oeste. Niklas le puso sobre la pista del ambiguo personaje y de sus novelescas peripecias. Así pues, interesado en la figura del algo evanescente dirigente nazi, consiguió, a través del propio Niklas, entrevistarse con el hijo del criminal nazi, Horst Wächter, entonces ya un hombre muy mayor, visitándolo en 2012 en el desvencijado castillo en el que vivía, en la aldea austriaca de Hagenberg, y en el que custodiaba una ingente cantidad de documentos–cartas, diarios, grabaciones, una suerte de memorias– de su madre, a la que había estado muy unido. 

El libro permitirá al lector conocer, de la mano de la sabia dosificación de la información, el ritmo magnético y el talento narrativo de Philippe Sands, la verdad de Otto Wächter, las circunstancias y las auténticas causas de su muerte, las interioridades de su vida personal y familiar, la realidad última de su trayectoria militar, y, por el camino, el ambiguo papel del Vaticano y del FBI norteamericano facilitando la huida –la ruta de escape– de significados responsables del nazismo, en una obra que, manteniendo las premisas estilísticas y temáticas de Sands, es a la vez una muy bien documentada biografía, un ensayo de investigación histórica, un trepidante reportaje periodístico, un thriller de espionaje y una novela de suspense y aventuras. 

En el curso de la indagación, las pesquisas, la labor de documentación, la consulta a archivos, las visitas a los escenarios de los hechos, las entrevistas a los protagonistas, los testigos y los descendientes de unos y otros, que durante años fueron necesarias para la escritura de los dos libros reseñados, se le “apareció” a Sands otro hilo susceptible de un posible desarrollo, una línea de estudio que pronto despertaría su atención y su curiosidad y que, convenientemente explorada, con el rigor y la profundidad habituales en el abogado británico, acabaría por desembocar en la tercera entrega de esta muy particular trilogía, Calle Londres 38, que, con un subtítulo muy elocuente, Dos casos de impunidad: Pinochet en Inglaterra y un nazi en la Patagonia, presentó hace unos meses en nuestro país la editorial Anagrama, con la ya mencionada traducción de Francisco J. Ramos Mena, acompañado en este caso por Juan Manuel Salmerón Arjona. 

En su introductoria “Nota al lector”, Sands explica la génesis y el propósito del libro. Desempeñé un papel secundario en el inusitado e histórico proceso judicial que siguió a la detención de Augusto Pinochet en Londres la noche del 16 de octubre de 1998, y que me ofreció un asiento de primera fila en uno de los casos penales internacionales más importantes desde Núremberg. Ha pasado el tiempo, pero no he olvidado la experiencia, como tampoco las historias ni los personajes involucrados. Años después y con el caso aún en su memoria, como resulta natural dada la trascendencia de los hechos de los que había sido testigo y modesto interviniente, mientras se documentaba para escribir Ruta de escape, encontró, en el archivo de una familia austriaca, una carta escrita por un antiguo dirigente nazi llamado Walther Rauff. Rauff era un antiguo miembro de las SS, ascendido en la organización nazi, en concreto en los servicios de inteligencia del Reich, a una cierta responsabilidad en asuntos técnicos, con un papel decisivo en la creación de las cámaras móviles de gas (en camiones y furgonetas), que permitían superar los “inconvenientes” que conllevaban las ejecuciones mediante fusilamientos (el “Holocausto de las balas”) y que serían el antecedente inmediato de las operaciones masivas de gaseo en los campos de exterminio. Como tantos otros criminales nazis, Rauff había logrado huir de Alemania después de la guerra. Tras haber sido capturado por los Aliados e internado en un campo de detención, del que consiguió fugarse, llegó hasta Roma desde donde, con la ayuda de algún obispo del Vaticano, pudo viajar a Sudamérica. Acabó instalándose en la Patagonia chilena, y allí, al parecer, dirigía, sin esconder su identidad, una empresa conservera. Sands, en su exhaustiva y continua inmersión, como jurista y como escritor, en estos escenarios, los relacionados con los crímenes contra la humanidad y el genocidio y, en particular, los relativos al seguimiento de los responsables del Holocausto, constató que los nombres de Pinochet y Rauff aparecían entrelazados con notable frecuencia en numerosos testimonios, expedientes y documentos, vinculados a hechos, sucesos, incidentes, personajes y situaciones diversos relacionados con la sangrienta trayectoria del dictador chileno. Esta sospechosa confluencia fue el desencadenante de su libro, que se configura como la historia del viaje realizado para descubrir la interconexión entre ambos y las consecuencias de esta, un viaje que abarca cuestiones de historia, derecho, política y literatura. También evoca ciertas ideas sobre la memoria, y sobre la línea que, según se dice, separa la realidad y la ficción, la verdad y el mito. Estamos, pues, una vez más, en el ya muy reconocible “territorio Sands”, delimitado por referentes como el derecho internacional, la memoria histórica, la investigación archivística, la pesquisa biográfica y la narración literaria. 

De manera que, al igual que en los demás libros de la serie, el modo de proceder y el planteamiento de su autor se articulan sobre la descripción detallada y minuciosa del proceso de investigación, a partir de actas, documentos, archivos, testimonios y conversaciones (el libro incorpora más de setecientas notas, un inagotable elenco de fuentes documentales con decenas de referencias de archivos, libros, obras de ficción, poemarios y ensayos, y series y películas sobre el tema). Hay, pues, una voluntad de objetividad, aunque, como parece inevitable, la elogiable y perceptible honestidad intelectual del autor no puede impedir que afloren enfoques, perspectivas e interpretaciones teñidas de la particular visión de quien escribe, un profesional y un pensador liberal, progresista, comprometido con las nobles causas de la justicia, la memoria y la impunidad. Esta posición de partida es subrayada con elogiables integridad y transparencia desde las primeras páginas del libro: El presente relato no es una versión completa, ni la única posible. En estos asuntos, con tantas personas implicadas, siempre hay muchas perspectivas y reminiscencias distintas. (…) Esta es mi interpretación, basada en lo que yo he visto, oído o leído. Es un viaje personal. El vínculo entre la historia “objetiva” y la biografía personal es un rasgo determinante de los tres proyectos literarios de Sands, siempre con una significativa conexión de su familia -aquí, una de las víctimas de Pinochet, Carmelo Soria, era primo lejano de su esposa- en el origen de sus indagaciones. 

Lo esencial del libro está ya en su título y su subtítulo: la Calle Londres 38, Pinochet, el nazi fugado a la Patagonia y la idea central de la impunidad. Lo sustancial de los hechos narrados discurre, sobre todo, en torno a tres ejes, aunque en tiempos y espacios múltiples. En primer lugar, los antecedentes de la detención de Pinochet en Londres, el 17 de octubre de 1998, como consecuencia de una orden dictada en España por el juez Baltasar Garzón, los intrincados debates jurídicos en torno a las posibilidades de su extradición, las sesiones de los diferentes juicios habidos, siempre en Inglaterra, en el curso del proceso, y las consecuencias, políticas, procesales, legales y humanas de las decisiones judiciales sobre un acontecimiento histórico, el que un exjefe de Estado fuera juzgado fuera de su país por crímenes contra la humanidad. Por otro lado, las peripecias de Walther Rauff desde el final de la contienda mundial, su paso por Ecuador y su instalación en Chile, en donde residió en Santiago y en el sur del país, en Punta Arenas, capital de la provincia de Magallanes, y Porvenir, que lo es de la de Tierra del Fuego, como gerente de una empresa de procesamiento y comercialización de carne de centolla, llevando a cabo, bajo esa capa de respetabilidad y de modo encubierto, tareas para los servicios secretos alemanes (¡¡¡para la Alemania democrática!!!) y colaborando con el régimen de Pinochet en las torturas y asesinatos de miembros de la oposición, hasta su muerte en 1984. El protagonismo del tercer frente recae sobre Philippe Sands y su investigación sobre ambos hilos narrativos, que se entrelazan de continuo, en una sucesión de episodios, que se desplazan de Londres a Santiago, de Madrid a Punta Arenas, de Quito a Isla Dawson en el estrecho de Magallanes, y en acciones que se desarrollan entre 1998 y 2000, con una vuelta atrás a 1963 y, algún apunte que llega hasta 2024, en el epílogo al libro, en el que se da cuenta de la situación actual de los principales personajes. En ese constante trasiego, muy bien urdido y perfectamente ensamblado en un relato coherente y, como es marca de la casa “sandsiana”, de lectura apasionante, comparecen, además los otros dos núcleos primordiales del libro –aparte del juicio a Pinochet y las andanzas de Rauff–, la dirección que le da título, Calle Londres 38, un emplazamiento en Santiago de Chile, un edificio que albergaba un siniestro centro clandestino de detención y tortura durante la dictadura de Pinochet; y el asunto jurídico y político de la inmunidad y su correlato, la impunidad, que es el elemento que da continuidad a la historia y sustenta la tesis principal del libro, pues tanto el dictador chileno como el criminal nazi morirían habiendo logrado sustraerse a la acción de la justicia, siendo los mismos Estados, las mismas instituciones y, en ocasiones, los mismos argumentos jurídicos que habían permitido la huida de los responsables del Holocausto, los que, décadas después, intentarían bloquear el procesamiento del dictador latinoamericano, en una manifestación evidente de que, pese a la existencia de unas normas de Derecho Penal Internacional cada vez más aquilatadas, su aplicación choca con resistencias de difícil superación. Un fenómeno que en nuestros días se puede comprobar de un modo ya flagrante cuando, como ya he señalado, Trump, Putin, Netanyahu o Xi Jinping desafían abiertamente y sin necesidad de aviesos retorcimientos legales, las reglas universalmente aceptadas. 

En el curso del intrincado desarrollo de estas diferentes vertientes del libro, comparecen infinidad de asuntos de interés. Quiero detenerme brevemente, dadas las premuras de tiempo, en solo tres de ellos. El pormenorizado tratamiento del “caso Pinochet”, con sus antecedentes, su desarrollo procesal y su desenlace; la profusión de personajes, muchos de ellos de extraordinaria relevancia política y de significativa influencia histórica; y, más en particular y en un plano quizá anecdótico pero que a mí me resulta muy revelador, el papel, decisivo pero un tanto “singular” del juez Baltasar Garzón en los hechos, una personalidad cuyo caracterización en el libro me ha suscitado una enorme curiosidad. 
 
El eje vertebrador de libro, en una primera apreciación -que se diluye en parte al ir constatando la existencia de las otras líneas reseñadas, de casi igual importancia-, es el que gira sobre la figura de Pinochet. Vemos al dictador chileno, ya un anciano, pero aún resistente, lúcido y testarudo en su convicción de hallarse en el lado correcto de la Historia, que viaja a Londres para una operación quirúrgica convencido de que su estatus como exjefe de Estado y senador vitalicio le proporcionan una inmunidad absoluta que impediría cualquier posibilidad de detención. Y ello pese a la opinión en sentido contrario de altos cargos del Ejército chileno, que desaconsejaron el viaje, al estar Gran Bretaña gobernada entonces por el partido laborista, con Tony Blair al frente, mucho menos comprensivo con su “causa”, que lo que lo habían sido Margaret Thatcher, amiga personal del dictador, y su grupo conservador. Sands nos lo presenta, en un inciso útil para el lector que desconozca su “perfil”, en los días del golpe militar que acabó con el régimen -y la vida- de Salvador Allende. Conocemos su condición de virulento anticomunista y germanófilo, su desempeño como urdidor del golpe y como, primero, jefe de la Junta Militar que se haría cargo del país, y más tarde presidente de Chile, una trayectoria en la que contó con el apoyo de amplios sectores de la población chilena y de Estados Unidos, tan intervencionista como siempre (sin incluir en la comparación al inclasificable Donald Trump, sin parangón en casi ningún ranking de desatinos y desafueros). Y sobre todo, se nos presentan sus “obras”: las leyes promulgadas por la Junta militar, desde la primera hora del asalto al poder para eliminar el marxismo de Chile, disolver los partidos políticos de izquierda y expropiar sus bienes. En este contexto, aparece el edificio del número 38 de la calle Londres, propiedad del Partido Socialista, incautado y reconvertido en un centro secreto de interrogatorios y torturas. En paralelo, la Junta creo una fuerza policial secreta, la Dirección de Inteligencia Nacional (la temible DINA), con el fin de acabar con la oposición, gestionando Londres 38 y otros lugares similares de tortura y asesinato. Durante cuatro años, la DINA detuvo, interrogó y torturó a decenas de miles de opositores a Pinochet. Muchos de ellos fueron asesinados, y en septiembre de 1977, cuando se disolvió la organización, habían desaparecido más de mil quinientas personas. El encarcelamiento y el asesinato se convirtieron en la norma en el territorio chileno, y también fuera de él (especialmente significativo, por su repercusión pública mundial, fue el “caso Letelier”, el asesinato del excanciller chileno Orlando Letelier y su asistente Ronnie Moffitt en un atentado con coche bomba en Washington, en septiembre de 1976, un crimen perpetrado por agentes de la dictadura como parte de la Operación Cóndor, unos episodios reflejados en el libro y con incidencia en el proceso judicial). 

Pero, más allá de este recordatorio del sanguinario proceder de Pinochet a partir de su rebelión militar, necesario, sin embargo, pues es, precisamente, ese largo camino de crímenes lo que explica su comparecencia ante los tribunales, lo que, a mi juicio, resulta deslumbrante del libro, la rigurosa descripción de los pormenores del litigio jurídico que siguió a la detención, algo rocambolesca, del dictador, en el hospital londinense en el que convalecía de su operación. Hay aquí, en este vertiente del libro, páginas apasionantes en las que se exponen las distintas fases del proceso, con dictámenes, sentencias, apelaciones, recursos, constitución de diversos tribunales en diferentes instancias. Se recoge la profusión de matices jurídicos con los que los intervinientes (una legión de abogados de ambas partes, juristas de reconocido prestigio, jueces de acrisolado desempeño profesional, autoridades académicas en el ámbito del Derecho penal internacional, expertos todos de talla mundial, con indiscutibles conocimientos y experiencia sobre la materia) examinan, con precisión quirúrgica -hay un subyugante debate jurídico en torno al cambio en la redacción de una norma que, en sus dos versiones sucesivas, incluían, en un párrafo determinado, una coma o un punto y coma, respectivamente, alterando de manera sustancial el sentido del texto), con un elogiable -y envidiable, visto lo visto en los debates sobre las sentencias judiciales en nuestros lares- afán de sutileza, de exigencia, de precisión, de estricta racionalidad, analizan la interpretación correcta de las normas, sus particularidades técnicas, los detalles de su texto y de su espíritu, movidos -independientemente del natural interés subjetivo de cada parte por defender su particular versión- por la voluntad de que prevalezca la justicia y la verdad. 

Así, las nociones de genocidio y crímenes contra la humanidad, aplicadas por primera vez, como hemos visto en Núremberg, “reflotadas” en los casos de Ruanda y la antigua Yugoslavia, cobraban vida de nuevo en un proceso en el que se juzgaban las torturas, las violaciones, las desapariciones y los asesinatos de miles de opositores, llevados a cabo de manera sistemática y programada oficialmente con el respaldo (en muchos casos explícito y documentado) del propio Pinochet. El lector interesado -el que no lo esté no querrá acercarse al libro- asiste a una sugerente sucesión de disquisiciones de índole técnica (Así fueron transcurriendo los argumentos ante una sala abarrotada, emocionada y ansiosa. En un contexto de tira y afloja se desmenuzaron textos legales, forzándolos y retorciéndolos para que se inclinaran hacia un lado o hacia el otro. Tal era la magia de las palabras de un tratado o una normativa legislativa que las abría a multitud de interpretaciones. La ley nunca es un hecho dado. Hubo, pues, una sucesión de argumentos y contraargumentos, mientras se entremezclaban oscuros instrumentos de la legislación inglesa con tratados sacados de los recovecos de la historia), expuestas con claridad y nitidez, sobre la posible prescripción de los execrables delitos; sobre la jurisdicción universal y la discutible inmunidad de un antiguo jefe de Estado cuando lo que está en juego es un crimen internacional; sobre la aplicación de los principios y procedimientos nacidos de Núremberg a una acción interpuesta ante un tribunal nacional en lugar de uno internacional; sobre la competencia de los jueces de un país para iniciar procedimientos ante otro Estado por crímenes llevados a cabo en un tercer país; sobre los casos en los que procede la extradición y aquellos en que debe ser denegada; cuestiones todas en las que, al margen de la resolución concreta en este caso particular (Pinochet no sería extraditado a España), se reflejan, por un lado, la necesidad de establecer reglas y protocolos sólidos que permitan la aplicación efectiva de las normas de la jurisdicción internacional (doctrina hoy totalmente consolidada en la teoría académica y en el reconocimiento oficial por la mayor parte de los Estados, aunque notoriamente inoperante en la práctica, como confirman los reiterados abusos en la materia, impunes casi siempre, que se producen en nuestros días); y, por otro, la escrupulosa exigencia de, sin apriorismos partidistas, sin lemas y eslóganes, sin reducir cuestiones de tal trascendencia a “carne de memes”, dilucidar con precisión y respeto a la ley internacional (no toda masacre es un crimen contra la humanidad; no todo crimen masivo es un genocidio), la responsabilidad de los perpetradores de estos delitos y su consecuente responsabilidad por su comisión. 

Otra muestra reveladora del interés del libro -hay muchas- lo constituye el amplio elenco de personajes que lo atraviesan, muchos de muy importante presencia histórica en este último medio siglo, todos, en mayor o menor medida, con un implicación en el caso. Quiero citar, entre los más relevantes por esa significación en la historia reciente, aparte del propio Pinochet y el nazi Walther Rauff, los de, en la política, José María Aznar, presidente del Gobierno español por el que pasaban las decisiones políticas sobre la estrategias a seguir en el asunto, Tony Blair, que lo era del Reino Unido, Jack Straw, su ministro del Interior en la época, Eduardo Frei, presidente de Chile de 1994 a 2000, Ricardo Lagos, que lo sucedió hasta 2006; en la judicatura y la abogacía españolas, donde destacan los nombres, bien conocidos, del fiscal Carlos Castresana, del magistrado de la Audiencia Nacional Manuel García–Castellón (que, amparándose en un fallo de redacción en la legislación por la que el franquismo incorporaba a nuestro ordenamiento el texto de la Convención de 1948 de la ONU, para la Prevención y la Sanción del Delito de Genocidio, que facilitaba, obviamente sin quererlo, el enjuiciamiento por delitos de genocidio, pudo poner en marcha la imputación del dictador chileno. Irónicamente, la legislación franquista abrió la puerta al procesamiento de Pinochet en España por el genocidio perpetrado en Chile), y de Baltasar Garzón, al que luego me referiré; un puñado de altos miembros de la carrera judicial y de la alta abogacía británica y chilena; algún profesional ajeno estrictamente al ámbito jurídico pero interviniente en el proceso, singularmente Jean Pateras, intérprete de Scotland Yard, muy cercana por razones profesionales (no ideológicas, en las antípodas) al anciano dictador; numerosos colaboradores, alemanes, pero sobre todo chilenos, en el espionaje y la represión de la dictadura; y, sobre todo, un puñado de víctimas y familiares de asesinados y desaparecidos (En Chile, el primer libro sobre los desaparecidos se publicó en julio de 1990, tres meses después de que Pinochet dejara el cargo. Tras la huella de los desaparecidos recogía los nombres de 682 hombres y mujeres, a 51 de los cuales se les vio por última vez en Londres 38), cuyo afán por que se averigüe la verdad, por su voluntad de impulsar los procesos, por su tenacidad en luchar hasta el final en el esclarecimiento de los crímenes y el castigo a sus responsables fue determinante en la detención y el juicio a Pinochet y, como consecuencia de ello, en volver a traer al primer plano de la actualidad la necesaria vigencia de los tipos jurídicos de genocidio y crímenes de lesa humanidad. Subrayo aquí los nombres de Alfonso Chanfreau, estudiante detenido y torturado en Londres 38, desaparecido con otros 97 opositores como él secuestrados en el siniestro edificio; su mujer Erika Hennings, gran impulsora de las acciones contra Pinochet; Orlando Letelier, ministro del Gobierno, internado en uno de los campos de concentración de la Tierra del Fuego y asesinado en Estados Unidos; Carmelo Soria, funcionario de las Naciones Unidas secuestrado, torturado y asesinado en julio de 1976 y que, al poseer la doble nacionalidad chilena y española, permitió sustentar legalmente las acciones contra Pinochet ejercitadas desde nuestro país por Baltasar Garzón. 

Mi último comentario sobre el libro, ya muy breve y subjetivo tiene que ver, precisamente, con el muy mediático y controvertido juez. Confesaré abiertamente que desde siempre -desde su a mi juicio intolerable trasvase de la judicatura a la política y de esta de nuevo a los juzgados, en los años noventa- el personaje me resulta insoportable en lo personal y poco ético en lo profesional. En el primero de los planos siempre he visto en él un desmesurado afán de protagonismo y un narcisismo ostensible en sus manifestaciones y apariciones públicas, en su presencia mediática y en su modo de ejercer su labor judicial (que yo estimo debe regirse por los principios de la discreción, la prudencia y hasta la reserva), llegando en muchos casos a una sobreexposición más propia de un artista o un deportista de éxito que de un circunspecto y moderado servidor de la justicia. El apelativo “jueces estrella” se inventó para él, si no me equivoco, por su permanente deseo de figurar y su casi obsesiva ansia de relumbrón, unos rasgos aún más acentuados en los últimos años, en los que se pasea por el mundo muy satisfecho de su condición de adalid de causas justas. Desde el punto de vista profesional, y más allá de lo legítimo de su defensa de unas determinadas ideas -o de sus contrarias, no estoy hablando de ideología-, quiero recordar que Garzón fue expulsado de la carrera judicial en 2012 tras haber sido condenado por el Tribunal Supremo a once años de inhabilitación por un delito de prevaricación cometido durante la instrucción del caso Gürtel, al haber ordenado escuchas entre los investigados y sus abogados de manera ilegal. Y es que, según mi criterio (y el de los magistrados que lo condenaron), en Derecho -y casi en cualquier ámbito de la vida-, los fines, nobles en su caso, sin duda, no justifican los medios. 
 
Pues bien, en Calle Londres 38 se confirman ambas impresiones sobre el personaje (y eso que la perspectiva ideológica desde la que Sands analiza la realidad no parece estar demasiado lejos de la del propio juez). En cuanto a su retrato humano, la imagen que se nos muestra resulta estomagante. Véanse solo un par de comentarios relativos a esa dimensión, en boca de algunos de los que lo trataron en el curso del proceso a Pinochet: 

Escribe Sands: El fiscal Carlos Castresana recordaba la irritación del juez García-Castellón ante la noticia de la detención, en un caso que él llevaba. «El viernes le dije a Garzón que lo pensaría durante el fin de semana. 
Cuando volví, el caso ya no estaba», diría más tarde García-Castellón. 
«Se sentía ofendido», recordaba Castresana. «Garzón me ha robado el caso.» 

Es ahora Jean Pateras la que habla: Garzón era «muy simpático, muy exuberante; nos llevó a comer a un bonito restaurante, cerca de la Plaza Mayor; con un abrigo como el capote de un torero, estaba absolutamente imponente, como una abeja reina, tratado como un miembro de la realeza al entrar». La experiencia no fue perfecta: «¡A Garzón le encantaba la comida más asquerosa! Casquería, huevos revueltos con sesos, cosas así, y mucho vino». 
¿A ella le había caído bien? 
Era «un poco demasiado arrogante y pagado de sí mismo». 

De la recurrente inclinación del juez a obrar con una cierta ligereza y escaso escrúpulo en el cumplimiento de los procedimientos legales (causa última de su condena e inhabilitación) dan cuenta estos apuntes que, de pasada, sin énfasis ni subrayado alguno, mucho menos crítica o reconvención por parte del autor, se deslizan en el texto: 

«Yo tenía el deber legal de notificárselo al fiscal», me explicó Garzón, «pero no confiaba plenamente en que hiciera lo correcto (…) “Decidí saltarme a Fungairiño [el fiscal español del caso]

Retirada la inmunidad de Pinochet, Guzmán se puso en contacto con Garzón para intercambiar apuntes, hasta que la Corte Suprema prohibió al chileno comunicarse con su homólogo español. «Nos saltamos la prohibición al menos una vez, a través de un intermediario», me dijo Garzón

En fin, tras este admito que quizá algo excesivo desahogo cierro aquí mi una vez más larga reseña. Os recomiendo vivamente Calle Este-Oeste, en sus dos versiones, literaria y en cómic, Ruta de escape y Calle Londres 38, tres aproximaciones excelentes a algunos grandes momentos de la historia de los últimos ochenta años de la humanidad que recogen unos subyugantes acercamientos a aspectos cruciales del Derecho Penal Internacional de nuestros días. Os dejo ahora con una canción de Leonard Cohen, uno de cuyos versos, Todo el mundo sabe que los dados están cargados, encabeza una de las secciones de Calle Londres 38: Everybody Knows, un tema de 1988. Antes, un fragmento en el que expone con nitidez el núcleo jurídico de la cuestión que debatían los tribunales británicos. 


Lord Nicholls concluía que el artículo 39 de la Convención de 1961 limitaba la inmunidad a los actos oficiales, y la tortura y las desapariciones no podían considerarse tales en ningún caso. El derecho internacional proscribía ese tipo de conductas, incluso por parte de un jefe de Estado, y conceder inmunidad a Pinochet supondría una «mofa» de sus normas. Desde Núremberg, quienes perpetraban crímenes internacionales no podían «ampararse en su posición oficial para eludir el castigo». Sus palabras eran fiel reflejo de las que había escrito en Núremberg cincuenta años antes –para que las pronunciara el fiscal británico Hartley Shawcross– el jurista Hersch Lauterpacht, que fue quien introdujo en el derecho internacional el concepto de «crímenes contra la humanidad», o «crímenes de lesa humanidad».

Videoconferencia
Philippe Sands. Calle Londres 38

miércoles, 4 de febrero de 2026

NATALIA GINZBURG. NUESTROS AYERES, QUERIDO MIGUEL; MAJA PFLUG. AUDAZMENTE TÍMIDA

Hola, buenas tardes. Empieza febrero en Todos los libros un libro y, tras la intensa serie dedicada a las hermanas Brontë, con tres emisiones centradas, respectivamente, en la obra de Emily, Charlotte y Anne, un ciclo en el que os he presentado, además de sus novelas más representativas, otros títulos que exploraban el universo “brontiano” como las biografías de las escritoras o las traslaciones cinematográficas de sus grandes clásicos y hasta alguna novela que “inventa” la personalidad de un personaje menor de sus creaciones, hoy dejamos atrás ese sugerente mundo para abrirnos a otro no menos atractivo. Aunque, en realidad, no se trata del todo de un cierre total de ciclo, porque como recordarán nuestros seguidores más habituales, la presencia de las Brontë en nuestro espacio surgió al hilo de la celebración, hace ya dos meses, del centenario de Carmen Martín Gaite, nacida en nuestra ciudad el 8 de diciembre de 1925. Entonces os hablé aquí de la obra con la que ganó el premio Nadal de 1957, Entre visillos, y de la magnífica biografía que sobre ella escribió el experto José Teruel publicada por la editorial Tusquets el pasado año. Siguiendo, precisamente, la estela de Martín Gaite, surgió la ocasión para hablaros aquí de las Brontë, pues la autora de Nubosidad variable, Usos amorosos de la posguerra o Caperucita en Manhattan, había traducido a nuestro idioma Cumbres Borrascosas y Jane Eyre. Completado hace siete días el círculo “brontiano” con mis recomendaciones de Agnes Grey y La inquilina de Wildfell Hall, las dos novelas principales de la menor de las hermanas, no traducidas por la escritora de Salamanca, quiero hablaros esta tarde -y recomendaros con entusiasmo- la obra entera de una autora, Natalia Ginzburg, dos de cuyas novelas, Querido Miguel y Todos nuestros ayeres (o simplemente Nuestros ayeres, como aparece en algunas ediciones, en rúbrica menos respetuosa con el título original, Tutti i nostri ieri) vertió también Martín Gaite al español. 

Mi propuesta girará, pues, sobre las dos obras citadas, pero voy a aprovechar la ocasión para hablaros, siquiera brevemente, de otras novelas de la italiana, una autora que yo he leído con emoción y apasionamiento desde hace casi cuatro décadas. Algunas de ellas me parecen de mención insoslayable y de lectura obligada, como son los casos de Las palabras de la noche, Léxico familiar, Las pequeñas virtudes o El camino que lleva a la ciudad y otras son, al menos, también interesantes, como Familia, Sagitario o Valentino. Además, quiero dar cuenta, aunque sea en un ligero apunte superficial, de otras dos obras, su primera novela, Y eso fue lo que pasó, y una recopilación de sus relatos, A propósito de las mujeres, las dos aparecidas en una emisión de Todos los libros un libro hace ahora casi nueve años, en marzo de 2017. 

Todas ellas han tenido -y siguen teniendo- una amplia recepción editorial en nuestro país, en donde cuentan con una intensa presencia en los catálogos del Círculo de Lectores, Debate, Espasa, Alianza, Pre-Textos y, más recientemente, Acantilado, que lleva años reeditando toda su obra con, en algunos casos, nuevas traducciones, y Lumen, que, sobre todo desde 2016, cuando se cumplieron los cien años del nacimiento de la italiana, ha querido rendir homenaje a la espléndida escritora rescatando alguna de sus obras más destacadas, con nuevos prólogos -de poca enjundia, a mi juicio- a cargo de Elena Medel (también, con más entidad, de Flavia Company, Sally Rooney y Colm Tóibín), con las traducciones ya bien aquilatadas por el paso del tiempo de Mercedes Corral, y con formatos de estética más moderna, con ilustraciones de cubierta firmadas por Oscar Tusquets Blanca. 

Para completar este extenso repaso a mi ingente propuesta de hoy, os sugiero igualmente, y como complemento a los textos citados, la lectura de una muy apreciable biografía de Natalia Ginzburg, interesante en sí misma e indispensable para recorrer la obra de una escritora en la que los vínculos entre su existencia personal y las vidas de los protagonistas y los temas de sus libros son más que evidentes. Se trata de Audazmente tímida. La vida de Natalia Ginzburg. Su autora es la alemana Maja Pflug, traductora de la obra de Ginzburg a su idioma natal y que publicó el libro originariamente en su país en 1995, reeditándolo allí en 2011. Su primera versión en español apareció en la editorial Siglo XXI en 2020, en edición a cargo de la “filial” argentina del sello y con traducción de Gabriela Adamo, marcada, como resulta inevitable, por la variante “austral” de la lengua de la traductora. Siglo XXI la presentó entre nosotros, en una edición muy bonita (no se me ocurre una descripción más precisa), en septiembre de 2024, con ligeros cambios en la traducción (he podido consultar la primera versión, aparte de leer la española), pensados, quizá, para hacer más asequibles al lector de nuestro país algunos términos o locuciones (a modo de ejemplo: Natalia cumplió once años y entró al secundario, en la edición argentina, y Natalia cumplió once años y entró al instituto, en la más “castellana”; o ¿Tomaste algo calentito?, que se castellaniza -madrileñiza, casi podría decir- para la edición española en un ¿Has tomado algo calentito?). No obstante, se han mantenido otros giros y expresiones igual de extraños para nuestro español acostumbrado (como muestra significativa: Por dentro iba enumerando las falencias de su casa que, aunque imperceptibles a primera vista, le pesaban). 

Confesando de entrada, como ya hice también ante una circunstancia similar en la primera de las reseñas de las Brontë, mis dudas acerca de cuál es la opción más adecuada -si comentar primero las novelas de Natalia Ginzburg y recomendar después su biografía, que incorpora, entrelazados en la trayectoria vital de la escritora, numerosos comentarios sobre sus obras, que no se entenderían del todo sin haberlas leído previamente; o, por el contrario, dar a conocer los principales hitos biográficos, a pesar de que algunas referencias se nos escaparían al desconocer sus novelas, y saltar luego a sus libros-, me decanto, con riesgo (lo hubiera habido en cualquier caso) por esta última posibilidad, con una introducción a este Audazmente tímida previa a mi análisis de sus principales novelas (que será, en la medida de lo posible y teniendo en cuenta mi habitual tendencia al exceso verborreico, muy sucinta, un mero apunte en cada caso, dada la cantidad de libros cuya lectura pretendo sugeriros), empezando por las traducidas por Carmen Martín Gaite. 

El planteamiento de Pflug (que se sustenta en decenas de referencias bibliográficas que incorpora a una extensa sección final de “Fuentes”, junto a un no menos copioso índice de “Personas mencionadas”) anuda varios ejes esenciales, que se entretejen de un modo natural en el relato: la vida personal y familiar de la escritora (amores, matrimonios, hijos, fallecimientos, trabajos, vicisitudes y rutinas de la cotidianidad); los principales hitos de su trayectoria como escritora (publicaciones, breves notas sobre sus libros, recepción crítica y de público de sus obras, premios, detalles de la vida literaria, a la que, por otra parte, no era demasiado propensa, referencias de escritores a los que trató o con los que mantuvo amistades estrechas); y constantes y cruciales menciones a los acontecimientos históricos que corrían en paralelo a su propia biografía, singularmente, el fascismo en Italia y la reacción frente a él, la Segunda Guerra Mundial (de la que vamos conociendo, en paralelo a Natalia, las alternativas bélicas, los avances y retrocesos de las tropas, los ecos de las grandes batallas, las noticias y los rumores, los múltiples motivos para la esperanza o la decepción), la conflictiva política italiana desde la triste y oscura posguerra, los intentos de tenue afirmación nacional en los países del ámbito soviético contra su opresivo dominador, la rebeldía juvenil “sesentayochista”, los movimientos revolucionarios -algunos de ellos armados- de trágica y violenta manifestación en varios países de Europa desde los setenta. Como elemento aglutinador de estos diferentes frentes que podríamos llamar “externos”, en el libro comparece, de manera muy notable, la penetrante indagación -cercana, íntima, profunda- en la personalidad de Natalia, en sus pensamientos, sus sentimientos, sus ideas, su modo de afrontar las circunstancias de la vida, su vivencia de la muerte (valga el oxímoron), del dolor, del sufrimiento, de la soledad, del amor, de la maternidad, de las injusticias, del miedo; sus dudas, su responsabilidad, su compromiso, su melancolía, sus ilusiones, su retraimiento y su coraje, su timidez y su valentía (no se olvide el título del libro, recogido de una manifestación de Natalia: Con sorpresa notamos que, de adultos, no perdimos nuestra antigua timidez frente al prójimo; la vida en nada nos ayudó a liberarnos de la timidez. Seguimos siendo tímidos. Solo que ya no nos importa: nos parece haber conquistado el derecho a ser tímidos: somos tímidos sin timidez, audazmente tímidos). Y estas palabras de la escritora me sirven para apuntar un recurso literario fundamental en el libro, la incorporación de la voz de la propia Ginzburg, que cruza la biografía de principio a fin y que su autora sin duda ha elegido para dotar de verosimilitud y, sobre todo, de cercanía al relato. Maja Pflug deja paso, en infinidad de ocasiones, a la biografiada, que suena en primera persona con una muy significativa resonancia que permite al lector conocer mejor los más hondos recovecos de su alma. En este sentido, resulta palpable la muy literal inspiración de la biógrafa en Léxico familiar, la extraordinaria novela autobiográfica de Natalia Ginzburg, que comentaré más adelante y de la que se extraen situaciones y comentarios, se recogen anécdotas y sucesos y hasta se transcriben párrafos enteros, siempre en las referencias hasta 1963, fecha en que se publicó la novela. 

El recorrido que la obra plantea comienza el 14 de julio de 1916 con el nacimiento (¡El día de la toma de la Bastilla, en via della Libertà!) de Natalia, quinta hija del matrimonio de Giuseppe Levi, catedrático de Anatomía, obviamente judío, como indica su explícito apellido, y Lidia Tanzi. El libro explora, en primer lugar, los antecedentes de ambas ramas familiares. Los Tanzi, católicos, procedían de un ambiente culto, con un fuerte vínculo con el socialismo histórico; con el abuelo materno, Carlo Tanzi, un abogado que nunca ejerció el derecho, y que, como socialista comprometido, se dedicó a la política activa. Leonida Bissolati y Filippo Turati, dos de los padres fundadores del Partido Socialista Italiano, y la compañera de Turati, la revolucionaria rusa Anna Kuliscioff, eran como de la casa. Drusilla, hermana de Lidia, se casó con Eugenio Montale, el gran poeta italiano, y del tercero de los hermanos, tío, por tanto, de Natalia, aparte de saber que fue músico y literato, cabe resaltar que murió a los treinta años, disparándose un tiro, de noche, en un banco en un parque de Milán, en un episodio que impresionó a Natalia y que tendría su reflejo en un pasaje de Nuestros ayeres, en una primera muestra -de las muchas que atraviesan el libro- de esa intensa imbricación, ya referida, entre la vida y la literatura de la escritora. Los Levi eran banqueros y se dedicaban a los negocios, en un entorno familiar en el que la figura de Giuseppe resultaba claramente disonante (Cómo pudo ser que de ese linaje de banqueros… hayan salido mi padre y su hermano Cesare, completamente desprovistos de cualquier percepción para los negocios, no lo sé. Mi padre dedicó su vida a la investigación científica, profesión que no le dio dinero; y sobre el dinero tenía una idea indefinida y confusa, marcada por una fundamental indiferencia). 

A partir de estos orígenes -los de la genealogía y los del nacimiento siciliano de Natalia-, el estudio de Pflug nos va mostrando el traslado de la familia a Turín; los cinco primeros años de la niña (y con ella sus hermanos) recibiendo formación en casa, sin asistir a la escuela por expreso deseo de su padre, exigente y riguroso, no poco autoritario, temeroso de que sus hijos se contagiaran de alguna enfermedad en el contacto con los demás niños; el carácter fantasioso de la pequeña, creadora en su imaginación de un pueblo rebelde de enanos negros, agitado y vanidoso, como un “ejército de hormigas”, al que llamaba los Nosotros; el culturalmente inquieto ambiente familiar (Las cosas que mi padre respetaba y valoraba eran: el socialismo, Inglaterra, las novelas de Zola, la Fundación Rockefeller, la montaña y los guías de montaña del Valle de Aosta. Las cosas que mi madre amaba eran: el socialismo, los poemas de Paul Verlaine, la música y, sobre todo, Lohengrin); la omnipresencia de la política en la casa y en la calle, con la odiada figura de Mussolini, que había tomado el poder en 1922, y los arrogantes y a menudo violentos camisas negras desfilando por las calles; el, en consecuencia, temprano despertar de la niña a la, por llamarla así, conciencia política: una de las pocas ideas políticas que defendí, tal vez la única, me fue aportada a mis siete años. Me explicaron qué era el socialismo, vale decir, me contaron que era igualdad de bienes e igualdad de derechos para todos. Me pareció algo que era imprescindible concretar de inmediato. Me resultó raro que aún no se hubiera puesto en práctica. Recuerdo al detalle la hora y la habitación en que me regalaron esta frase, que me pareció clarísima e indispensable); su autopercepción como niña rara (se sentía excluida y “distinta”); los sueños “revolucionarios”, fruto de la impregnación en la pequeña de ese clima antifascista que respiraba en el hogar (toda mi vida había anhelado pelear contra el fascismo, ir por la ciudad con una bandera roja y cantar en las barricadas, cubierta de sangre, en una imagen que también comparecerá en una de sus novelas); la pasión por los libros, la lectura y la escritura, llegando a escribir, a los ocho años, una obra de teatro sobre las frases comunes que padres y hermanos usaban en la intimidad de la familia, germen de la excepcional Léxico familiar, e inventando un personaje, el príncipe Sergio, para el que ideaba aventuras y peripecias; sus estudios de bachillerato con un expediente discreto y su posterior matrícula en la carrera de Letras, que nunca terminaría; su primera narración seria, el cuento Una ausencia, escrito y publicado con apenas diecisiete años; el rico, acogedor y entrañable entorno familiar: Los otros dos hermanos, Paola y Mario, se llevaban muy bien en esa época. Nadaban en melancolía y se pasaban horas sentados en el sofá de la sala con la madre y Tullio Terni, un colega del padre, hablando sobre Proust. Amaban la pintura y la poesía y mostraban una profunda contrariedad ante el despotismo del padre y las costumbres sencillas y estrictas que reinaban en la familia

Conocemos también el enamoramiento y el posterior matrimonio, a los veintidós años, con Leone Ginzburg (Natalia abandonaría su Levi paterno para incorporar el apellido del marido), un amigo de uno de sus hermanos, nacido en Odesa en una familia de origen judío. Siete años mayor que ella, inteligente, culto, brillante, antifascista declarado y combativo, era un joven fuera de lo común, una figura luminosa y esencial en la vida de la muy seria, oscura y melancólica muchacha, y cuya presencia logró alisar la frente “fruncida y sombría durante años” de Natalia. La figura de Leone marca el desarrollo de los siguientes años con el nacimiento de sus dos primeros hijos, Carlo y Andrea; la expulsión del marido de su puesto en la Universidad de Turín, donde dictaba una cátedra de literatura rusa, por negarse a prestar el juramento oficial de fidelidad fascista; la sentencia que lo condenó por su activismo político a cuatro años de cárcel, de los que cumpliría dos, liberado tras una amnistía; la aprobación, en 1938, de las leyes raciales del régimen, como consecuencia de las cuales el padre de Natalia, Giuseppe Levi, perdería también su cargo como profesor y Leone sería desterrado y confinado en Pizzoli, un pueblo de montaña perdido en los Abruzos, a donde lo seguirían su mujer y sus dos hijos y en donde nacería su tercera hija, Alessandra, en una experiencia, la del destierro, que también pasaría a su literatura, en Todos nuestros ayeres (alterno los dos títulos del libro en sus distintas traducciones españolas). Y se suceden las vivencias, la publicación en 1942 de su primera novela, El camino que va a la ciudad, bajo seudónimo, dado el riesgo, con Mussolini aún en el poder, que suponían sus apellidos judíos (Levi, Ginzburg); la caída -solo transitoria- del dictador en 1943; la ocupación alemana; la vuelta a Roma tras el confinamiento; la incorporación de Leone a la resistencia clandestina; su detención, encarcelamiento y asesinato en prisión en 1944. 

Empieza aquí, tras la muerte de Leone y la liberación de Italia por los aliados, una nueva etapa, marcada por el profundo e íntimo dolor por la pérdida y la colectiva alegría por el fin de la guerra: Dolor irremediable, orfandad, distancia y la imposibilidad de identificarse con los sentimientos de los otros en la ciudad llena de luces, cuando vuelve a la vida tras los nueve meses de pesadilla de la ocupación alemana. Un renacimiento del que ella –con veintiocho años, sola y sin futuro– no participa. Natalia comienza a trabajar como editora para la editorial Einaudi, primero en Roma, luego en Turín, un desempeño que la pone en contacto con destacados intelectuales de la época, el propio Einaudi, Cesare Pavese, Italo Calvino, Elsa Morante, entre otros (Éramos todos muy amigos y nos conocíamos desde hacía muchos años; personas que siempre habían trabajado y pensado juntas). Comienza un tratamiento psicoanalítico, circunstancia que a mi juicio aporta cierta luz sobre la personalidad de la escritora. Se siente cercana al Partido Comunista Italiano y participa en algunos de sus actos electorales, pero no se afilia porque las reuniones de las células, a las que en ocasiones asistía, le parecían aburridas y tristes (lo hará en la etapa de Berlinguer, llegando a ser diputada en dos legislaturas, la de 1983 hasta 1987 y la de 1987 hasta 1991). Conocerá a Gabriele Baldini, profesor de Literatura Inglesa en la Universidad de Trieste y la pareja se casará al poco tiempo, mudándose a Londres en donde, desde 1959 y durante dos años, él dirigirá el Instituto Italiano de Cultura. De vuelta a Italia, nace una nueva hija, Susanna, afectada de hidrocefalia, cuidándola Natalia en su casa hasta su propia muerte (tras ella será Alessandra la que se ocupará de su hermana). Y poco después otro hijo, Antonio, también con graves problemas de salud, viviendo solo unos meses. 

Pasan los años, se multiplican las publicaciones, poemas, cuentos, novelas, traducciones (entre otros, Proust, una referencia que aparecerá, por ejemplo, en Querido Miguel), tiene un papel menor -de María Magdalena- en la película de Pasolini El evangelio según Mateo. Y muere su madre, y después su padre, y más tarde Baldini. De nuevo viuda, sola pese al apoyo de los hijos y los amigos (Pero a la noche, cuando se había ido incluso la empleada doméstica, la soledad le pesaba mucho). Escribe, escribe y escribe; más novelas, algún ensayo, tres obras teatrales de discreta recepción. Un viaje a Rusia; la participación en la política activa como diputada del PCI, pese a su rechazo a la política convencional, como puede apreciarse en estas palabras, tan extrapolables a nuestros días: su voto era “emocional y ciego” y solo se regía por sus simpatías. Lo que ella quería era “un gobierno vaporoso, liviano, invisible, un gobierno débil”. Pero en realidad, en la vida pública siempre “hay griterío, abusos, mentiras de todo tipo” y era evidente que en el escenario ruidoso y sanguinario de la política no había lugar para lo débil, “para un gobierno sin armas, fundado únicamente sobre valores espirituales como la justicia, la verdad y la libertad”. Repite como parlamentaria, acentúa su implicación política: contra la violencia terrorista, a favor de las grandes causas democráticas (“el compromiso civil, la solidaridad humana, el sentido de la justicia, la valentía” le parecían los valores decisivos de un partido o una persona), expresa su visión crítica de la versión más radical del feminismo: “los movimientos feministas nunca serán un partido político, porque mientras es muy posible imaginar un mundo regido por las fuerzas de una clase social específica y nueva, imaginar un mundo integrado exclusivamente por mujeres y regido por ellas es imposible, irreal y letal” (…) Ella no consideraba a hombres y mujeres como contrincantes, sino como esencialmente distintos. Hablaba en favor de la diversità: “La diferencia entre hombre y mujer es la misma diferencia que hay entre el sol y la luna o entre el día y la noche”. (…) Sospechaba de la ideología, aunque compartía la mayor parte de las demandas prácticas del movimiento feminista

Se adentra en la vejez (El presente le resultaba “inhabitable”, “oscuro” e “indescifrable”, apenas mostraba unas “huellas pálidas” de su mundo conocido. ¿Se acostumbrarían sus ojos alguna vez a esta oscuridad? ¿O daría vueltas a ciegas, como “un montón de ratones enloquecidos entre las paredes de un pozo”? ¿Los otros la seguirían considerando? Temía el aburrimiento de la vejez, la rigidez, “el fin del asombro”), con el recuerdo desesperanzado del amor: En la vejez tenemos miedo de olvidar cómo era el amor. Recordamos que podía ser de dos modos. Podía ser repentino e incendiar el mundo. O bien podía ser imperceptible y del color del aire. Cuando era como el aire, pocas señales nos permitían reconocerlo. La velocidad de las horas, la respiración liviana… Cuando el amor era como el fuego, para nosotros el tiempo ya no era rápido ni lento, porque ya no existía. Podíamos quedarnos inmóviles durante horas, mirando cómo se incendiaba el mundo. Salvo soñar, ya no podíamos hacer otra cosa. Por fin, la enfermedad, el rápido y devastador cáncer, la muerte, en Roma, el 8 de octubre de 1991 (este 2026, pues, se cumplirán treinta y cinco años de su desaparición). 

Como ya he ido indicando, son muy numerosos los elementos de su biografía que afloran como ejes sustanciales de su obra, tanto en los episodios, circunstancias, detalles, anécdotas o personajes que con frecuencia saltan, convenientemente recreados, “ficcionalizados”, de la vida a la literatura, como en los grandes temas que atraviesan, con una insistencia que acaba por convertirlos en señas de identidad de la autora, todas sus novelas: la disección de la vida familiar; la fotografía detallada de la burguesía, del opresivo entorno que representa el fascismo (en casi todas sus novelas hay alusiones directas, y en muchas, constituye un eje argumental de la trama, a la siniestra política italiana de las décadas de los treinta, cuarenta y cincuenta del siglo pasado; muy presente, aunque no siempre sea explícito, el dolor que supuso el asesinato de Leone), de la grisura de la posguerra; la condición de las mujeres; la importancia primordial de la escritura. 

Las novelas de Natalia Ginzburg nos revelan a una maestra de la introspección, de la realista indagación en el interior de sus personajes, capaz de ahondar en los recodos más inaccesibles, más oscuros, más complejos y confusos de la personalidad humana, en particular la femenina. La memoria, las emociones, la incomunicación, los secretos, el desarraigo, la pérdida, la fragilidad moral, los afectos, los deseos irrealizados, el fracaso y las frustraciones, los sueños postergados, las expectativas malogradas, la persistente infelicidad (—A Raffaella —dijo— ni siquiera se le pasa por la cabeza que no es feliz. Ha enterrado todo lo que piensa. Es infeliz, pero ni se lo plantea, para poder vivir. —Por otra parte —dijo—, siempre se termina viviendo así, leemos en Las palabras de la noche), la complejidad de los sentimientos, la dificultad de amar, de convivir, la imposibilidad de encontrar consuelo, el devastador paso del tiempo, la angustia existencial, la desesperación y el resignado conformismo (Una persona, en un momento determinado, ya no quiere enfrentarse con su alma. La esconde, porque tiene miedo de no encontrar ya fuerzas para vivir), la vejez y la muerte, las decepciones, la mentira y los engaños, los silencios, la incomprensión, el matrimonio, el adulterio y la infidelidad, la maternidad, la familia, lo pequeño, lo cotidiano, lo trivial y las banalidades de la vida diaria, lo que sucede de puertas adentro, “entre visillos” (la cercanía con el mundo de Carmen Martín Gaite es innegable, como lo son también sus muchas diferencias). 

Y todo ello, como digo, contado con una prosa sobria, despojada, muy sencilla y concisa, en un estilo inconfundible caracterizado por la economía del lenguaje, la simplicidad, la transparencia, la ausencia de adornos, la precisión léxica, la continencia expresiva. La narración es aparentemente neutra, sin énfasis, austera. Pero ello no es sinónimo de frialdad o desapasionamiento, antes al contrario: se evita la retórica y la grandilocuencia para permitir un mejor acceso a la verdad, para no distorsionarla ni mentir. La voz que narra en sus novelas -voces, en plural, en más de una de ellas- es la de la “normalidad”, reflejando las conversaciones familiares, las muletillas, las repeticiones, las frases coloquiales, los pensamientos recurrentes, las emociones soterradas. La narradora no pretende convencer ni imponer al lector su punto de vista, tan solo testimoniar, reflejar de manera discreta la realidad que muestra, las escenas de la domesticidad, una madre que cose, una charla trivial (Es por tener un poco de conversación —dijo mi madre—. ¿Quieres que nos pasemos toda la noche mirándonos a los ojos? Se cuentan cosas, se habla. Se dice esto, lo otro, lo de más allá), un hijo que se aleja, una carta que no llega, la contemplación de unas fotos, unas prendas de ropa abandonadas sobre un mueble, actos a menudo banales pero que encierran una densa carga emocional -y ahí está el talento de la escritora para sugerirla- que penetra en el lector; también el paisaje urbano, siempre gris, triste, como en una película de Rossellini o de Antonioni, con su perplejidad existencial. Del mismo modo, los personajes no aparecen idealizados, ni juzgados, ni descritos desde una superioridad moral; conocemos su mezquindad, sus miedos, sus dudas, su torpeza, su debilidad, sus contradicciones, su miseria moral; pero la mirada, lúcida, es también compasiva, piadosa, comprensiva, carente de ironía o crueldad. Frente al neorrealismo militante y combativo dominante en el ámbito literario de su época, Ginzburg propone una literatura de la verdad mínima, ofrece una realidad de baja intensidad que se revela en los gestos y en las palabras corrientes. Su obra no pretende explicar el mundo, sino escucharlo. Y en esa escucha fiel y atenta hay ya una toma de postura ética, una lucidez moral que es otro de los signos distintivos de la novelística de la italiana. 

Y ello es así también en el enfoque a mi juicio claramente feminista de sus libros, un feminismo despojado del “ismo” reduccionista, antirretórico, sin proclamas, sin subrayados, sin “mensajes” explícitos, sin enojosas arengas ideológicas, sin consignas, sin prédicas ni sermones, sin reivindicaciones doctrinarias, manifestándose como en sordina: mujeres confinadas en papeles domésticos, hijas que heredan los silencios maternos, madres que soportan la ausencia de los hombres, mujeres que sobrellevan lo asfixiante de los vínculos familiares, el desgaste emocional del matrimonio, que viven la maternidad como una experiencia ambigua en la que afloran la culpa, el cansancio y la frustración, que resisten en silencio, sin dramatismo, con amarga lucidez. Mujeres sufrientes, dependientes, sumisas, recluidas en la cárcel de la maternidad y el cuidado, sometidas a las restricciones de su tiempo, a las limitaciones económicas, definidas en función del hombre en tanto madres, amantes o amigas. Y precisamente a esta reflexión sobre la condición femenina contribuye también, sin duda, la desmitificadora representación de los personajes masculinos, con frecuencia frágiles, irresponsables, indecisos, atolondrados, ideológicamente confusos y emocionalmente inmaduros (pensó que todos los hombres, si se los observaba un poco atentamente, tenían aquel aire indefenso, solitario, absorto, y eso a una mujer le produce lástima, dice una de las mujeres de Las palabras de la noche, en una reflexión que, en diferentes versiones, podemos encontrar en otras de las novelas de la italiana). 

Consiguientemente, su literatura nos deja, sea cual sea el libro que leamos, una sensación de melancolía, de tristeza, que refleja una especie de condición de fondo, casi de atmósfera moral que para Natalia Ginzburg impregna la existencia y que, por tanto, se refleja en sus novelas (Hay muchas cosas tristes en la vida. ¿Para qué leer novelas? ¿No es una novela la vida?, leemos, de nuevo en la excepcional Las palabras de la noche). No se manifiesta a través del lamento ni de la confesión sentimental, sino mediante formas discretas, repetitivas y secas, coherentes con su poética de la contención, con esa mirada desapasionada, sobria, que muestra sin acentos el desgaste cotidiano, las ausencias, lo irrelevante de nuestros anhelos, la insignificancia de las vidas, la normalización del miedo (muy presente a partir de la notoria dimensión política de sus libros), la aceptación de la precariedad y la pobreza, la ausencia de futuro, los proyectos que no se realizan, los afectos sostenidos en la inercia, el dolor y lo irremediable de las pérdidas, la trágica conciencia del paso del tiempo, el vencimiento moral, el sinsentido último de nuestro discurrir por el mundo, el sufrimiento y las lágrimas (en las novelas Ginzburg las mujeres lloran mucho, siendo constante la aparición de términos pertenecientes, en distinto grado, a ese campo semántico: llorar, lágrimas, llanto, sollozos, soledad, pena). 

Ese estado de ánimo va penetrando en el lector poco a poco, como una lluvia fina, a partir de una estructura formal muy frecuentemente utilizada por la autora, que abunda en elipsis, en saltos temporales, en fragmentaciones, en silencios, repeticiones y conversaciones interrumpidas, en acciones que se disuelven, que se desvanecen -las cosas cambian, las casas se vacían, los hijos crecen y se marchan de casa-, en las frases cortas, en la escasez de adjetivos, en el ritmo monótono, en la mencionada -y solo aparente- neutralidad del discurso; recursos literarios todos que permean el discurso y refuerzan la impresión de soledad, de vacío, de carencia, de desolación. 

Y presentados ya, de un modo general, los elementos que, desde mi punto de vista, reflejan la temática y también el espíritu y la atmósfera de la literatura de Natalia Ginzburg, paso a comentar de manera casi telegráfica, algunas de sus principales novelas, comenzando, como ya he señalado, por las dos, espléndidas, traducidas por Carmen Martín Gaite. 

Tutti i nostri ieri, publicado en 1952 y recibido como “la aportación de Ginzburg a la literatura de la Resistencia”, obtuvo el Premio Veillon en su país. En el nuestro apareció en 1996 con el título Nuestros ayeres en la edición de Debate que yo leí entonces. Conservando la traducción de la salmantina pero modificando el título por el más preciso y ajustado al original, Todos nuestros ayeres, la editorial Lumen reeditó la novela en 2023, con un muy interesante y entusiasta prólogo (Esta es una novela perfecta) de la británica Sally Rooney. En relación con el mantenimiento de la traducción, he de decir que la nueva edición en Lumen corrige fallos clamorosos de la anterior (Concettina seguía zurziendo -ahora ya “zurciendo”- las medias) y actualiza ciertas opciones de Martín Gaite que podrían sonar hoy algo anticuadas. He aquí algunos ejemplos: 

Giustino, vete a comprarme el periódico; haz algo útil ya que no eres deleitoso (ahora se ha optado por “divertido”). 

Volvería a jugar en la calle con sus amigas, amigos también tenía y alguna vez la (“le” en la versión actual) pegaban. 

Llevaba el pelo corto y como a tijeretazos, un corte que estaba de moda aquel año y que se llamaba à la fièvre typhoïde (“estilo tifus”, en la edición más reciente). 

Como ella decía, es un dolor (“muy triste”, en el texto de 2023) una casa a la que no vienen visitas de vez en cuando

El libro, que refleja gran parte de los episodios de la vida de la propia Ginzburg que ya he reseñado en su biografía, se abre con una elocuente cita de Macbeth: And all our yesterdays have lighted fools / The way to dusty death (Y todos nuestros ayeres iluminaron a los locos / La senda de la polvorienta muerte). Por más que el centro de la novela lo ocupa una “protagonista” femenina, Anna, a la que conocemos en su infancia, en la década de los veinte del siglo pasado (no hay una datación expresa en el texto, pero las referencias a acontecimientos externos constatables permite situarlo cronológicamente con precisión), con Mussolini ya al frente del Gobierno italiano, y a la que seguimos hasta la Liberación y el fin de la Segunda Guerra Mundial, la obra se despliega como una crónica familiar coral poblada de infinidad de personajes. Pese a estar narrada en tercera persona, la novela es, en cierto modo, polifónica, pues permite conocer distintas voces y enfoques diversos, en una narración que distribuye la mirada entre personajes centrales y otros de menor presencia en el texto. 

En casas vecinas en una ciudad provinciana del norte de Italia viven dos familias. Por un lado, la de Anna, presidida por un viejo viudo abiertamente antifascista y sus cuatro hijos, Ippolito, Concettina, Giustino y la propia Anna, con la señora María, antigua acompañante de la abuela de los chicos, que oficia ahora de poco convincente sustituta de la madre fallecida. Enfrente, separada por un seto que permite la curiosa observación de la niña, está la vivienda del “señor mayor”, que la habita con su mujer, la joven “señora del flequillo”, los hijos de ambos, Emanuele y Giuma, y una hija de un matrimonio anterior del marido, Amalia, la “chica pelirroja”. A la ya abundante población de los dos hogares se suma una pléyade de personajes secundarios, los muchos novios de Concettina, en particular el persistente Danilo; un extraño Franz, un tipo que mamá había pescado en Montecarlo y lo había llevado a casa a remolque, en palabras de Emanuele, y que deambula por la casa vecina repartiendo sus atenciones entre la madre y Amelia; el intermitente Cenzo Rena, un señor que había sido amigo íntimo del viudo, caótico y vitalista, entre otros. 

La primera parte del libro se presenta como esa referida crónica de la vida cotidiana, reflejando el día a día de ambas familias, que se van entrelazando a través de las relaciones que nacen entre Giuma y Anna, Emanuele e Ippolito, en una narración que da cuenta de los juegos infantiles, las cenas familiares, los estudios, las preocupaciones y los problemas de dinero del viudo, la mayor holgura económica de los vecinos, al ser el señor mayor dueño de una próspera fábrica de jabón (Gente de mucho, pero que muchísimo, dinero. Nunca recalentaban los posos del café, se los daban a unos frailes que iban a pedir; ejemplo de la atenta y significativa precisión en los detalles, ese rasgo sustancial de la obra de Ginzburg), las singularidades de los distintos personajes, las pequeñas tensiones afectivas entre hermanos, padres e hijos, las inquietudes y el tímido activismo político -a veces no tan tímido- de los jóvenes varones. Por entre la descripción de las banales circunstancias de la vida familiar (y no solo de las triviales, hay también enamoramientos y embarazos y muertes y suicidios: la dureza de la vida, que transcurre, con su caudal de sinsabores y sufrimiento), a través de la mirada infantil, simultáneamente curiosa y desconcertada, de Anna, la autora va esbozando, con apuntes reveladores, el telón histórico que envuelve a la Italia mussoliniana, en particular, las actividades de resistencia antifascista. En la segunda parte de la novela el foco se desplaza al sur de Italia, a Borgo San Costanzo, un pueblo perdido entre colinas, lugar natal de Cenzo Rena y a donde el (¡atención, espóiler!) ahora marido de Anna se ha desplazado con ella tras su boda y en donde trabaja para mejorar las condiciones de vida de una comunidad atrasada y depauperada, reflejo de la otra realidad, el sur paupérrimo y abandonado frente al norte más desarrollado, de esa Italia devastada por las consecuencias de la guerra. Es en esta sección postrera del libro en la que afloran de modo más crudo las persecuciones, la oculta y pertinaz lucha de la resistencia, la acogida a los refugiados, la transitoria pero letal ocupación de los alemanes en su retirada, ya derrotados; con derivadas de la historia central que apuntan a la persecución de los judíos, las alusiones, difusas por el desconocimiento que en aquellos días aún había sobre el asunto, a los trenes de la muerte, los campos de concentración, el Holocausto. Las últimas palabras del libro, tristes, melancólicas y con algún, ligero, atisbo de optimismo, reflejan los sentimientos de los supervivientes y transmiten, a mi juicio, la esencia -en el fondo inefable, por mucho que yo intente explicarla con palabras- de la sensible voz literaria de Natalia Ginzburg y de su, sin embargo, esperanzada mirada sobre la vida: se sentían felices de estar juntos, acordándose de sus difuntos y de la guerra interminable y del dolor y el clamor y pensando en la difícil y larga vida que les quedaba por recorrer, llena de cosas que aún no habían aprendido

Querido Miguel participa de todos los elementos relevantes de la ficción “ginzburguiana”. Sin exagerar demasiado podríamos decir que Natalia Ginzburg escribe una y otra vez la misma novela: vidas de una normalidad en apariencia irrelevante y anodina, la interioridad de las familias burguesas, de una clase media desubicada, sin aspiraciones, el fascismo impregnándolo todo, la guerra mundial como telón de fondo, la gris posguerra, la imbricación entre la memoria histórica y memoria familiar, la discreta y pese a todo ostensible presencia de las mujeres, con su soledad, su insatisfacción y sus lágrimas (En Querido Miguel, afirma la autora, las mujeres están muy solas, y eso no quiere decir que en otra época las mujeres estaban menos solas, pero era distinto. Tenían hombres fuertes a su lado y eran, más bien, víctimas de los hombres. En nuestra época, con justicia, las mujeres dieron un gran paso adelante y, frente a este desarrollo, los hombres se sienten débiles), lo cotidiano reflejado sin alharacas en su mediocridad banal, las pequeñas tragedias, los conflictos, los anhelos, las poco consistentes esperanzas. Este es también el marco en el que nos sitúa Querido Miguel, un libro de 1973, publicado tras diez años de silencio novelesco (interrumpido por algún ensayo y alguna comedia teatral), después de los veinte en los que vieron la luz los títulos “esenciales” de la autora, aparecidos entre 1942, El camino que va a la ciudad, y 1963, Léxico familiar, dos décadas en las que vieron la luz también Todos nuestros ayeres, Las palabras de la noche, Las pequeñas virtudes. En él prevalece el tono desencantado de la obra de la italiana: Pienso que la acción de inventar, que antes debía ser exuberante y vital, hoy solo nos muestra nuestras privaciones más dolorosas: la ausencia de relaciones con el prójimo, la ausencia de futuro, la ausencia de valores morales y, en definitiva, nos da la medida misma de nuestra impotencia y soledad, escribió, explicando su silencio de diez años y anticipando la atmósfera de tristeza, desolación y vacío de la obra con la que volvía a la novela. 

La singularidad del libro reside en su condición de novela epistolar (aunque hay pasajes en los que un narrador externo presenta la “acción” en tercera persona) que reconstruye, de manera fragmentaria y coral, la vida de Miguel, un joven italiano que ha abandonado Roma y se ha instalado primero en Londres y luego en otros lugares de Europa. La historia no se cuenta desde su punto de vista directo, sino a través de las cartas, notas, recuerdos y testimonios de quienes lo rodean: su madre, Adriana, su hermana Angélica, antiguos amigos, amantes ocasionales, conocidos y el propio Miguel, que contesta a algunas de ellas. Esta decisión formal de la autora de usar cartas, fragmentos y confesiones privadas, más allá de un recurso literario, es una opción “de fondo”, pues al multiplicar las voces -muchas veces contradictorias entre sí- y reflejar los silencios y las omisiones de cada uno de ellos, diluye la noción de sentido único en el texto y obliga al lector, en tanto testigo, a recomponer lo que los personajes callan o distorsionan. A medida que avanzan las cartas, se va dibujando el contexto histórico y generacional de la novela, esta vez algo posterior al habitual de las obras principales de Ginzburg. Estamos ahora en la Italia de finales de los sesenta y muy primeros setenta, marcada por la radicalización política, la militancia de izquierdas, el desencanto y la violencia. Miguel aparece vinculado, aunque de manera ambigua y nunca definitivamente explicada, meras sospechas y conjeturas, a círculos políticos radicales. Hay referencias difusas a una cierta participación en actividades militantes y de su cercanía a grupos terroristas, lo que quizá haya sido la causa de su repentina marcha a Inglaterra, pero no hay en él una adhesión firme ni un propósito claro, en un rasgo -la desencantada indiferencia, la falta de sentido, el tedio vital y existencial- común a muchos personajes de otras obras de la autora. 

La novela es, sobre todo -o al menos esa ha sido mi percepción al releerla ahora (he vuelto a hacerlo con las cinco o seis que constituyen el objeto de esta reseña, pues de la lectura inicial ha pasado, en casi todos los casos, al menos un cuarto de siglo)-, una obra impregnada de melancolía, muy triste, que rezuma desolación, llena de soledad, de lágrimas (en un delirio de absurda cuantificación industrial, me he tomado la molestia de contar las veces en que se repiten ciertos términos: 49 la palabra sola, 4 soledad, 29 pena, 25 llorar, 7 llorando). Una atmósfera que envuelve un relato en el que están presentes los grandes temas que son los que, desde mi punto de vista, hacen de la italiana un gran referente de la literatura universal: el paso del tiempo, el dolor, las pérdidas, la familia, la cotidianidad, lo relevante de los gestos mínimos, las palabras dichas y las no dichas, la incomunicación, la frontera en lo íntimo y lo social, la memoria y los recuerdos, la ausencia, el conformismo, la culpa, la negligencia sentimental, los afectos diluidos, la desintegración de los vínculos familiares y afectivos, el distanciamiento generacional y la soledad de la modernidad (como aspecto más específico de la época en la que se publica el libro), la desaparición de las certezas, la labilidad de los valores, el sinsentido de la vida, lo anodino de la existencia, el sufrimiento, los atisbos escasos de felicidad, la fragilidad humana, nuestra vulnerabilidad, la desconexión emocional, el paso del tiempo, la muerte. Un libro excelente de lectura imprescindible. 

Las palabras de la noche es otra maravilla, que yo leí, deslumbrado en la preciosa edición de Pre-Textos de 1994, con traducción y una brevísima presentación -apenas diez líneas- de Andrés Trapiello. Pese a que en la nota introductoria la propia Ginzburg señala que en este relato los lugares y los personajes son imaginarios. Los unos no se encuentran en los mapas y los otros no viven ni han vivido nunca en parte ninguna del mundo. Y ya lo siento, porque he llegado a amarles [sic por el leísmo] como si fuesen reales, en la novela el lector se encuentra, desde la primera página, acogedoramente instalado en el ya muy familiar universo -en temática y atmósfera- de la escritora italiana que esta vez nos sitúa en los días de la terrible posguerra en Italia. La voz narradora es la de Elsa, una joven algo triste -tiene veintisiete años y está soltera, siendo esta condición, dadas las circunstancias de aquel tiempo, muy relevante, sobre todo para su madre (el disgusto más punzante para mi madre es que yo no me caso; es un disgusto que la mortifica, aunque, de momento, le consuela el hecho de que ninguna de las Bottiglia, con treinta años, se haya casado todavía). Su padre, contable de la fábrica de tejidos del pueblo, cercano a Turín, aparece de manera escasa e intermitente en el libro; no así la madre, una espléndida construcción literaria, omnipresente en su permanente parloteo. Tras las primeras páginas en las que la mirada de Elsa se circunscribe a este estrecho ámbito familiar, de repente la novela se abre en otra dirección, la que representan los De Francisci, la familia del viejo Ballota, el propietario de la fábrica, y sus cinco hijos Gemmina, Vincenzino, Mario, Raffaella y Tommasino, junto a Fausto, “Purillo”, pariente lejano de Ballota, criado, tras su orfandad, como un hijo más. El libro narra las vidas de las dos familias, envueltas en el asfixiante entorno local: dos generaciones de vecinos y parientes con sus chismes, sus sueños rotos, sus desamores y sus ansias de felicidad. La tercera parte de la novela -en una división absolutamente subjetiva, pues el texto no aparece separado en secciones ni capítulos- el protagonismo vuelve a Elsa y su relación, clandestina, desapasionada, algo gélida, apesadumbrada, infeliz, tristísima, con el joven Tommasino. Y todo ello presentado en una prosa sencilla, directa, transparente, en una narración introspectiva, hecha de silencios, atención a los detalles, abundancia de diálogos, registros lingüísticos casi conversacionales, en la que están presentes las preocupaciones habituales en la obra de Ginzburg, la domesticidad y la familia, el fascismo, la soledad, la memoria, la situación de las mujeres, entre otras cuestiones. 

De tener que recomendar una sola novela que pudiera operar como la puerta de entrada ideal al mundo de Natalia Ginzburg quizá elegiría Léxico familiar. Además de concitar todos los rasgos dominantes en la literatura de la italiana, aderezados, esta vez, con más muestras de un sutil tono humorístico de lo que es habitual en sus novelas, en las que ese humor solo aparece de modo muy velado, el libro es excepcional, como ya he indicado, por su carácter abiertamente autobiográfico (hasta el punto de que, sea cual sea el orden en que se hayan leído los dos libros, Audazmente tímida y Léxico familiar, los ecos del uno resuenan claramente en el otro, pues los casi cuarenta años que abarca el recorrido de este último, se ven reflejados en ese segmento temporal de la obra de Maja Plufg). Y es que si en la introducción a Las palabras de la noche su autora subrayaba la condición ficticia de lo narrado, aquí, también en la nota preliminar, se preocupa por defender justamente lo contrario: 

Todos los lugares, hechos y personas que aparecen en este libro son reales. Nada es ficticio. Siempre que, debido a mi costumbre de novelista, inventaba algo, me sentía obligada a destruirlo. 
Hasta los nombres son reales. Al escribir, sentía tan profunda intolerancia por cualquier invención, que no he podido cambiar los nombres verdaderos. Me han parecido inseparables de las personas que los llevan. Puede que a alguien no le guste encontrarse aquí con nombre y apellido. Pero a esto no puedo responder nada. 
Sólo he escrito lo que recordaba. Por eso, quien intente leerlo como si fuera una crónica, encontrará grandes lagunas. Y es que este libro, aunque haya sido extraído de la realidad, debe leerse como se lee una novela, es decir, sin pedir más, ni menos tampoco, de lo que una novela puede ofrecer. 
También he omitido muchas de las cosas que recordaba, sobre todo las que me atañían directamente. 
No deseaba hablar de mí. Ésta no es mi historia, sino (incluso con vacíos y lagunas) la de mi familia. Debo añadir que ya en la infancia y adolescencia me propuse escribir un libro sobre las personas que entonces me rodeaban. En parte, puedo decir que éste es el libro. Pero sólo en parte, porque la memoria es débil, y los libros que se basan en la realidad con frecuencia son sólo pequeños atisbos y fragmentos de cuanto vivimos y oímos. 

En estos párrafos preliminares está todo lo esencial de un libro que yo leí en la edición de 1998 en Ediciones del Bronce, con la traducción de Mercedes Corral (años después, en 2007, lo compré -y leí de nuevo-, con la misma traducción, en la publicación de Lumen con prólogo de Flavia Company. Pero antes y después de estas fechas hay ediciones en Trieste y sobre todo en Lumen, con otras introducciones y distintas portadas). Está la referencia a la historia familiar, que ya conocemos a través de la citada biografía con la que abrí mis comentarios. Está la idea central de la memoria y los recuerdos, sustancial en la literatura de Ginzburg. Está, también, la condición novelesca de toda recreación del pasado, pues quien rememora -aunque sienta una profunda intolerancia por cualquier invención- modifica, reconstruye, distorsiona. Está, esta vez implícito en el título, el núcleo del libro, ese “léxico” singular, particularísimo en cada familia, en torno al cual van a ir brotando los recuerdos de la autora. 

En Léxico familiar Natalia Ginzburg, rememora, en un relato cronológico que avanza de modo lineal, aunque con numerosas elipsis, su vida entera hasta los primeros años cincuenta cuando, ya casada con Gabriele Baldini, deja Turín (con un protagonismo central en esos primeros años de su vida) y se muda a Roma con sus hijos siguiendo a su marido, que ha accedido a una cátedra universitaria en la capital. En su recorrido repasa con cariño, humor e ironía su infancia, su familia; su padre autoritario, científico, severo; la madre, alegre y optimista, “maternal”, protectora; sus hermanos, cada uno con su personalidad, sus gustos, sus ausencias; los amigos, las conversaciones, las anécdotas, las discusiones. También su juventud, la primera madurez, la vida bajo el fascismo, la guerra, la posguerra, el matrimonio con Leone Ginzburg, los hijos. Y todo ello contemplado con la mirada, a la vez participe, porque vivió los hechos narrados, y distante, porque ya adulta observa esos recuerdos con cierta objetividad crítica e ironía, primero de la niña-adolescente que observa, y luego de la mujer que reflexiona. Y el hilo que enhebra esos recuerdos es el lenguaje, las frases familiares, las muletillas, los latiguillos, las expresiones recurrentes, las locuciones repetidas, las frases hechas, las palabras clave, que funcionan en el libro como elementos simbólicos, actuando como anclas de memoria, códigos reconocibles que permiten retrotraerse a un mundo privado compartido, que definen y apuntalan la identidad familiar (Tan dispares como eran las vidas de cada uno para entonces, alcanzaban unas pocas palabras para que la infancia en común, el padre y la madre, volvieran a la vida). El hecho de que el lector también pueda reconocer, a menudo con la sonrisa en la boca, esa dinámica -las giros peculiares, el vocabulario íntimo de las parejas, de las familias- es parte de la aceptación y la popularidad masivas del libro. Sobre ese valor universal del libro dejo, ya como único comentario final sobre la obra, este revelador y significativo fragmento: 
 
Somos cinco hermanos. Vivimos en distintas ciudades y algunos en el extranjero, pero no solemos escribirnos. Cuando nos vemos, podemos estar indiferentes o distraídos los unos de los otros, pero basta que uno de nosotros diga una palabra, una frase, una de aquellas antiguas frases que hemos oído y repetido infinidad de veces en nuestra infancia, nos basta con decir: «No hemos venido a Bérgamo a hacer campamento» o «¿A qué apesta el ácido sulfhídrico?», para volver a recuperar de pronto nuestra antigua relación y nuestra infancia y juventud, unidas indisolublemente a aquellas frases, a aquellas palabras. Una de aquellas frases o palabras nos haría reconocernos los unos a los otros en la oscuridad de una gruta o entre millones de personas. Esas frases son nuestro latín, el vocabulario de nuestros días pasados, son como jeroglíficos de los egipcios o de los asirio-babilonios: el testimonio de un núcleo vital que ya no existe, pero que sobrevive en sus textos, salvados de la furia de las aguas, de la corrosión del tiempo. Esas frases son la base de nuestra unidad familiar, que subsistirá mientras permanezcamos en el mundo, recreándose y resucitando en los puntos más diversos de la tierra. De tal forma que, cuando uno de nosotros diga: «Distinguido señor Lipmann», la voz impaciente de mi padre resonará en nuestros oídos: «Dejad esa historia. ¡La he oído ya muchas veces!». 

Quiero recomendar también, ya en un suspiro, El camino que va a la ciudad y Las pequeñas virtudes. El primero de los libros es también la primera novela publicada por su autora (apareció en 1942, bajo el seudónimo de Alessandra Tornimparte, pues las leyes raciales le impedían usar sus apellidos tan inequívocamente judíos) y ya anticipa sus preocupaciones y sus temas predilectos, su estilo y sus recursos como escritora y, en definitiva, su singular personalidad literaria. En él se cuenta la historia de una muchacha de condición humilde, con escasa conciencia de la vida, que se deja ir a la deriva casi pasivamente hasta recalar en un puerto, el del matrimonio, que para ella después no será un verdadero puerto, sino apenas una etapa más en la vida de quien ya ha perdido toda capacidad para sentir. Esa capacidad existía, pero el joven que la alimentaba murió, como se recogía en una de las primeras críticas al libro. Delia, la narradora en primera persona, es una chica de dieciséis años que vive en un pueblo con sus padres, sus hermanos y un primo, Nini. Su hermana Azalea, un año mayor, había logrado escapar de la pobreza rural de la familia hacia una vida mejor, una engañosa e infeliz pequeña burguesía, casándose con alguien de la ciudad, donde tiene un amante y muchos vestidos y pasa la mitad del tiempo durmiendo. Delia sueña con una huida semejante que le permita dejar atrás las limitaciones, la monotonía y la estrechez de horizontes de un entorno presidido por una madre que vive en la queja permanente y de un padre estricto y autoritario. En cuanto tiene ocasión, toma “el camino que va a la ciudad”, pasea, deambula, visita a su hermana, y sale con Nini. Comienza una historia con Giulio, el hijo de un vecino rico, pero la felicidad la siente con Nini, que la trata con cariño y con el que comparte afinidades. Su embarazo de Giulio, el rechazo furibundo de su propio padre, el abandono del pueblo para evitar comentarios maledicentes, su posterior matrimonio, la muerte de Nini, a quien quería de verdad, la sumen en la tristeza sintiéndose sola, rara, fea e infeliz. 

Una vez más, afloran en la obra las circunstancias de la vida personal de la autora: los vecinos de Pizzoli, el pueblo en que estuvo confinada con Leone, reconvertidos en personajes del libro (Sin que los llamara ni se lo pidiera, se habían metido en mi historia (…) Con ellos se mezclaban -también sin haber sido llamados- mis amigos y parientes más cercanos); Delia, inspirada en una antigua compañera de escuela era, también y sobre todo, un reflejo de sí misma: en parte, de forma oscura y confusa, también era yo misma. Ahí me di cuenta de que cada vez que usaba la primera persona me colaba en mi escritura sin ser llamada, sin ser convocada

Las pequeñas virtudes supuso mi primer contacto con la literatura de Natalia Ginzburg, en la antigua edición de Alianza de 1966 en traducción de Jesús López Pacheco que me regalaron a mediados de los ochenta. El libro reúne once ensayos autobiográficos, publicados con anterioridad en la prensa, en los que la experiencia privada se convierte en reflexión moral y cívica. El texto no se ajusta a un argumento narrativo unitario, sino que se articula como una serie de textos breves escritos entre la guerra y la posguerra, donde la autora reflexiona sobre la infancia, la educación, el matrimonio, la pobreza, el destino, la escritura, la amistad, la educación, el silencio, el exilio interior y la memoria, la condición de la mujer. El ensayo que da título al libro, contiene este fragmento muy elocuente y, quizá por ello, muy citado: En relación con la educación de los hijos, pienso que se les debe enseñar, no las pequeñas virtudes, sino las grandes. No el ahorro, sino la generosidad y la indiferencia respecto al dinero; no la prudencia, sino el valor y el desprecio del peligro; no la astucia, sino la franqueza y el amor a la verdad; no la diplomacia, sino el amor al prójimo y la abnegación; no el deseo del éxito, sino el deseo de ser y de saber

Y para poner fin a esta interminable reseña, os remito a mi comentario de marzo de 2017 sobre otros dos muy estimables libros de Natalia Ginzburg, Y eso fue lo que pasó, la segunda publicación de la italiana, que apareció en España en 2016, con ocasión del centenario de la escritora, editado por Acantilado con prólogo de Italo Calvino y traducción de Andrés Barba, y A propósito de las mujeres, una recopilación de relatos, presentado ese mismo año la Editorial Lumen en traducción de María Pons Irazazábal y con láminas de Oscar Tusquets Blanca, prologada -en un preámbulo francamente prescindible, como lo son también los dibujos- por la mencionada Elena Medel, la ya veterana poeta cordobesa, que no es santa de mi devoción, lo que quizá influya en mi juicio sobre el poco interés que me han suscitado sus prólogos. Y eso fue lo que pasó se abre de un modo rotundo y dramático: Le pegué un tiro entre los ojos. No llevamos ni diez líneas del libro cuando se desvela, así, súbita y bruscamente, su desenlace. La narradora mata a su marido, huye en un estado de confusión y oscuridad hasta un parque cercano y, sentada en un banco, rememora su vida para dar cuenta de su historia a las pocas horas de su crimen en lo que será el relato que tenemos entre manos. 

A propósito de las mujeres es una colección de relatos que reúne ocho brillantes ejemplos del universo estilístico y temático de Natalia Ginzburg. Aunque el protagonismo de muchos de los cuentos, la voz narradora, recaiga en los hombres, hombres ahogados en matrimonios insustanciales, en vidas sin esperanza, desconcertados, perdidos, indecisos, desorientados, buscando inútilmente escapar de la apagada mediocridad de sus monótonos días, en el libro sobresalen las habituales figuras femeninas de su novelística, mujeres infelices, mujeres solitarias, mujeres hastiadas, aburridas, desesperadas, enamoradas, hartas, engañadas, soñadoras, ilusionadas, llorosas, arrepentidas, sufrientes, atenazadas por la culpa, mujeres tristes y melancólicas (Las mujeres tienen la mala costumbre de caer, cada tanto, en un pozo, de dejarse atrapar por una tremenda melancolía y hundirse dentro de ella, bracear y volver a salir, escribe). 

En fin, aquí termina por hoy esta inagotable edición de Todos los libros un libro. Y lo hace con una recomendación entusiasta por mi parte: ¡¡leed a Natalia Ginzburg!! ¡¡Leedla sea cual sea el libro por el que queráis introduciros en su obra!! Estoy seguro de que, tras ese primer contacto, no resistiréis la tentación de leer el resto de sus novelas y cuentos. Os dejo ahora con un poema escrito por ella poco antes de su muerte y que Maja Plufg recoge en su biografía en la traducción argentina de Gabriela Adamo. Tras los versos, un aria de Lohengrim, la ópera de Wagner que la madre de Natalia nos solía cantar después de cenar, como refiere en un pasaje de Léxico familiar. Se trata de Elsa’s Dream que os ofrezco en la interpretación de Elisabeth Schwarzkopf. 


No podemos saberlo 

No podemos saberlo. Nadie lo dijo. 
Quizá allá no haya más que un catre desvencijado, 
cuatro sillas con la paja salida y una pantufla vieja 
mordisqueada por las ratas. Tal vez Dios sea una rata 
y escape y se esconda no bien lleguemos. 
Y tal vez en cambio sea la pantufla vieja 
mordisqueada y gastada. No podemos saber. 
Quizá Dios nos rehúya, asustado, y tengamos que llamarlo 
y llamarlo largo rato, con los nombres más dulces 
para lograr que vuelva. Desde un punto lejano, 
en el cuarto, él nos escrutará, inmóvil. 
Quizá Dios sea pequeño como una brizna de polvo, 
y apenas lo veamos usando el microscopio: 
sombra azul diminuta en el cristalito, ala negra 
diminuta perdida en la noche del microscopio, 
y nosotros allí de pie, mudos, contemplándolo en vilo. 
Quizá Dios sea grande como el mar, y lance espuma y truene. 
Quizá Dios sea frío como el viento de invierno, 
quizá aúlle y retumbe como fragor que aturde, 
y debamos taparnos las orejas con las manos, 
helados y temblando, bien ocultos en el suelo. 
No podemos saber cómo es Dios. Y de todas las cosas 
que querríamos saber, es la única realmente esencial. 
Quizá Dios sea tedioso, tedioso como la lluvia 
y ese paraíso suyo sea un tedio mortal. 
Quizá Dios lleve anteojos negros, chalina de seda, 
dos pomeranias con correa. Quizá use polainas, 
esté sentado en un rincón sin decir palabra. 
Quizá se tiña el pelo, oiga radio portátil 
y se broncee las piernas en la azotea de un rascacielos. 
No podemos saber. Nadie sabe nada. 
Quizá no bien lleguemos nos mande al almacén 
a comprarle pan, salame y un jarrón de vino. 
Quizá Dios sea tedioso, tedioso como la lluvia 
y ese paraíso suyo sea el cantito de siempre, 
revoloteo de velos, de plumas, de nubes, 
olor a lirios cortados y un tedio mortal, 
y cada tanto media palabra para pasar el tiempo. 
Quizá Dios sean dos, una pareja de novios 
librados al sopor en una mesa de hostal. 
Quizá Dios no tenga tiempo. Dirá que nos vayamos 
y volvamos más tarde. Saldremos a pasear, 
nos sentaremos en un banco a contar trenes que pasan, 
hormigas, pájaros, barcos. A esa alta ventana 
Dios se asomará a mirar la noche y la calle. 
No podemos saber. Nadie lo sabe. 
O tal vez Dios tenga hambre y nos toque saciarlo, 
quizá se esté muriendo de hambre, y tenga frío, y tiemble de fiebre, 
bajo una frazada roñosa, llena de chinches, 
y debamos correr a buscar leche y leña, 
y llamar al médico, y vaya a saberse si 
damos pronto con un teléfono, y con la moneda, 
y con el número en la noche agitada, 
vaya a saberse si nos alcanza el dinero.
 
Videoconferencia
Natalia Ginzburg. Nuestros ayeres