Vivo entre muchos libros y extraigo una gran parte de mis ganas de vivir del hecho de que aún leeré la mayoría de ellos. (Elias Canetti)

miércoles, 15 de enero de 2014

JUAN GABRIEL VÁSQUEZ. EL RUIDO DE LAS COSAS AL CAER

Hola, buenas tardes. Una semana más sale a vuestro encuentro Todos los libros un libro, fiel a su cita de los miércoles con vosotros, aquí en Radio Universidad de Salamanca. Esta semana, la primera en que nuestro programa sale al aire en 2014, os traigo un libro muy interesante, muy emotivo también, lleno de poesía, y muy apreciable desde el punto de vista de la escritura. Es cierto que la Literatura -con mayúsculas- no suele estar demasiado presente en el peculiar universo de los certámenes literarios, pero este El ruido de las cosas al caer, escrito por el colombiano Juan Gabriel Vásquez y que obtuvo el cada vez más reconocido premio Alfaguara en el pasado 2011, es una novela muy estimable, cuya lectura os recomiendo hoy con verdadero entusiasmo. Hace un par de meses se publicó en nuestro país el último libro de este autor, Las reputaciones, que aún no he podido leer.
 
El ruido de las cosas al caer se mueve en dos grandes planos muy imbricados entre sí y, a la postre, casi indiscernibles, pues, en cierto modo, son uno solo y el mismo. Hay una primera narración de índole personal, que se adentra en la vida y las emociones, en los sentimientos de sus protagonistas, y hay, simultáneamente, una historia objetiva, la de los últimos cuarenta años de la sociedad colombiana, teñidos por la atroz experiencia del narcotráfico -de cuyo inicio y desarrollo se da buena cuenta en la novela-, que corre en paralelo a las existencias de los personajes y las condiciona, e influye en ellas y las transforma. De manera que en el libro hay un vaivén constante entre la intimidad subjetiva, la evolución individual de esos personajes, sobre todo la de Antonio, la voz que narra, y las dramáticas circunstancias de la vida de su país, una Colombia en la que los negocios, los crímenes y las muertes derivados del tráfico de drogas han alterado trágicamente la vida de más de una generación de ciudadanos.
 
Antonio Yammara es un joven profesor, casado y con una hija pequeña, de vida más o menos anodina y en cualquier caso alejada de grandes acontecimientos, que coincide por azar, en sus reiteradas visitas a unos billares a los que acude -aún soltero- para paliar su soledad, a Ricardo Laverde, un hombre callado y algo enigmático, que acaba de abandonar la cárcel tras veinte años de estancia en ella por motivos que todo el mundo -el poco mundo que lo trata- desconoce. La existencia misteriosa de Laverde, la ausencia de explicaciones, de información sobre su pasado oculto, despiertan la curiosidad del profesor, que se aproxima al hombre con interés, cimentando algo parecido a una amistad, de corta duración aunque de consecuencias muy duraderas. Los breves días de relación entre ambos -en los que, sin embargo, el joven no logra explorar el aparentemente atormentado pasado, los secretos que parece proteger con su mutismo su amigo- se ven truncados por una ráfaga de metralleta disparada desde una moto en marcha -un atentado cuyo modus operandi es común entre los sicarios de los cárteles de la droga- que acaba con la vida de Laverde y hiere gravemente en la cadera a Antonio.
 
Desde ese momento de comunión en la tragedia, averiguar la desconocida trayectoria vital del muerto, a cuyo recuerdo ha quedado unido para siempre por el trágico episodio, se convierte en una especie de obsesión para Yammara que, años después, a punto ya de cumplir los cuarenta, rememora su vivencia de aquellos tristes hechos y da cuenta de la investigación que realizó para conocer las circunstancias que rodearon la muerte -y sobre todo la vida- de su amigo. En el curso de su pesquisa conocerá a Maya, la hija de Laverde, que aportará información sustancial -aunque también incompleta y fragmentaria, recubierta por un halo de misterio- sobre su padre.
 
En este plano de la novela, en esa dimensión subjetiva, el relato se mueve, en un enfoque dual, desde el presente en el que se desenvuelve la vida de Antonio, sus conflictos de pareja con Aura, desgraciadas secuelas del atentado -el carácter modificado desde entonces-, con la presencia, como emotivo y sutil y muy tenue telón de fondo, de las responsabilidades y los afectos de padre primerizo que le despierta su hijita Leticia, y, por otro lado, el pasado de la vida evocada de Ricardo, sus amores con quien acabará siendo su mujer, la comprometida -hoy la llamaríamos cooperante- Elaine Fritts, una joven norteamericana que acude a Colombia a trabajar en labores humanitarias en los algo controvertidos Peace Corps, y el desgraciadamente muy fugaz contacto con su hijita Maya que es la que, desde el presente de Antonio, dará cuenta de sus escasos recuerdos de su propio padre con el apoyo de documentos, cartas y recortes de periódicos de la época.
 
Antonio irá así, llevado de la mano de la hija de Laverde, conociendo las circunstancias de la vida de su amigo, su historia familiar, su vinculación al mundo de la aviación desde dos generaciones atrás -su abuelo un héroe nacional, destacado en diversas hazañas bélicas; su padre desfigurado para siempre por la inesperada explosión de un avión en una ceremonia de exhibición aérea-, las razones de su larga estadía en la cárcel y, en definitiva, las probables causas de su inexplicable y absurda muerte. Perdido en una hacienda en el interior del país, a donde lo lleva, recién casado, la labor humanitaria de su mujer, Laverde aprovecha su condición de avezado piloto para realizar el bien pagado transporte de marihuana, inicialmente, y cocaína después, desde la selva colombiana a territorio estadounidense, episodios -con una base real- que Vásquez aprovecha en la novela para hacer una recreación fidedigna de los inicios y el desarrollo del lucrativo negocio del tráfico de drogas en Colombia.
 
Y es aquí, en esta abrupta y decisiva irrupción del narcotráfico, donde aflora la segunda dimensión del libro: el propósito del autor -que se manifiesta las más de las veces en forma de someros apuntes en la trama, como mero marco en el que se desarrolla la historia principal, pero en todo caso revelado de modo explícito e inequívoco y “sustancial”- de ofrecernos un recorrido por la historia reciente de su país, indagando, de modo indirecto, en las causas que provocaron -y aún provocan, aunque en menor medida- la violencia que padece aquella sociedad devastada por la acción de los cárteles de la droga. El relato de las vidas de Antonio Yammara y Ricardo Laverde está salpicado de referencias a crímenes, atentados, secuestros y asesinatos con los que los grandes grupos del narcotráfico -singularmente los dirigidos por Pablo Escobar, con una presencia decisiva en el libro- pretendieron eliminar a políticos íntegros, a periodistas honestos, a gobernantes combativos con la corrupción; una delirante espiral de locura criminal que convulsionó al pueblo de Colombia, dejando huella en su moral colectiva e impregnando de desesperanza y pesimismo, de resignación y desencanto las vidas de sus gentes. Y, sobre todo, de miedo, un miedo omnipresente en el libro y que Vásquez erige en el sentimiento determinante de las vidas de su generación. Maya, casi coetánea de Antonio, en su primer año universitario y con ocasión del atentado fallido contra César Gaviria, más tarde presidente del país, una bomba que estalló en un vuelo Bogotá-Cali que debía contar entre sus pasajeros -aunque finalmente no viajó- con el entonces jovencísimo político -azote de las mafias de la droga-, es consciente del miedo que atenaza a sus conciudadanos y a ella misma. [Caí en la cuenta] de que esa cosa que me daba en el estómago, los mareos de vez en cuando, la irritación, no eran los síntomas típicos del primíparo, sino puro miedo. Y mamá también tenía miedo, claro, tal vez más que yo. Y luego vino lo demás, los otros atentados, las otras bombas. Que si la del DAS con sus cien muertos. Que si la del centro comercial equis con sus quince. Que si la del centro comercial zeta con los que fuera. Una época especial, ¿no? No saber cuándo le va a tocar a uno. Preocuparse si alguien que tenía que llegar no llega. Saber dónde está el teléfono público más cercano para avisar que uno está bien. Si no hay teléfonos públicos, saber que en cualquier casa le prestan a uno el teléfono, que uno no tiene sino que llamar a la puerta. Vivir así, pendiente de la posibilidad de que se nos hayan muerto los otros, pendiente de tranquilizar a los otros para que no crean que uno está entre los muertos. Y ese clima de ominoso terror permea la vida de los personajes, que constantemente se expresan aludiendo a la destructiva situación del país: Cuántos atravesaron la adolescencia y se hicieron temerosamente adultos mientras a su alrededor la ciudad se hundía en el miedo y el ruido de los tiros y las bombas sin que nadie hubiera declarado ninguna guerra o por lo menos una guerra convencional, si es que semejante cosa existe. Eso me gustaría saber, cuantos salieron de mi ciudad sintiendo que de una u otra manera se salvaban, y cuantos sintieron al salvarse que traicionaban algo, que se convertían en las ratas del proverbial barco por el hecho de huir de una ciudad que se incendiaba, declara Antonio en un momento del libro. O, más adelante: Mi vida contaminada era mía solamente, mi familia estaba a salvo todavía: a salvo de la peste de mi país, de su atribulada historia reciente: a salvo de todo aquello que me había dado caza a mí como a tantos de mi generación (y también de otras, sí, pero sobre todo de la mía, la generación que nació con la Guerra de las Drogas). Y en el mismo sentido, este otro fragmento en el que vemos cómo el narrador, en su reflexión personal, se ve obligado, para poder explicarse su vida, para poder entenderla, a adentrarse en el terreno de la política, de lo sociológico: La gente de mi generación hace estas cosas: nos preguntamos cómo eran nuestras vidas al momento de aquellos sucesos, casi todos ocurridos durante los años ochenta, que las definieron o desviaron sin que pudiéramos siquiera darnos cuenta de lo que nos estaba sucediendo. Siempre he creído que así, comprobando que no estamos solos, neutralizamos las consecuencias de haber crecido durante esa década, o paliamos la sensación de vulnerabilidad que siempre nos ha acompañado. Y esas conversaciones suelen comenzar con Lara Bonilla, ministro de Justicia. Había sido el primer enemigo público del narcotráfico, y el más poderoso entre los legales; la modalidad del sicario en moto, por la cual un adolescente se acerca al carro donde viaja la víctima y le vacía una Mini Uzi sin siquiera reducir la velocidad, comenzó con su asesinato. Y tras ella, infinidad de muertes más que llenan de congoja y miedo las vidas de los colombianos; muertes previsibles, anunciadas, finalmente absurdas, que comparecen en el libro acompañando las existencias de sus protagonistas.
 
Y todo ello, la narración de las vidas de los personajes y la de la sociedad colombiana en la que se desenvuelven, narrado con un tono poético muy hermoso, con citas de versos de poetas locales, con un estilo muy literario, introspectivo, melancólico, hecho de evocaciones y reminiscencias y repeticiones, con un leitmotiv recurrente, conmovedor y finalmente explicativo del sentido último de la obra, encerrado en su título: la explosión de otro de estos aviones -cuyos detalles concretos no puedo desvelar para no desentrañar la historia- que se erige en cierto modo en el centro del libro: Hay un grito entrecortado, o algo que se parece a un grito. Hay un ruido que no logro, que nunca he logrado identificar: un ruido que no es humano o es más que humano, el ruido de las vidas que se extinguen pero también el ruido de los materiales que se rompen. Es el ruido de las cosas al caer desde la altura, un ruido interrumpido y por lo mismo eterno, un ruido que no termina nunca, que sigue sonando en mi cabeza desde esa tarde y no da señales de querer irse, que está para siempre suspendido en mi memoria, colgado en ella como una toalla de su percha. Y hay también referencias literarias, García Márquez en particular, y un tono -muy tenue, muy larvado, muy poco explícito- como de realismo mágico envuelve el relato, con la fantasmagórica presencia de los animales -jirafas, elefantes, rinocerontes, pájaros inmensos de todos los colores, un canguro que da patadas a un balón, hipopótamos de leyenda- del fastuoso zoo que el narco Pablo Escobar se había hecho construir en su inaccesible y blindado reducto, un Xanadú en el trópico, deambulando por la selva -tras la muerte de su dueño- destruyendo cultivos, invadiendo abrevaderos, atemorizando a pescadores.
 
Estupenda novela, interesantísima novela esta El ruido de las cosas al caer con la que Juan Gabriel Vásquez ganó el Premio Alfaguara en 2011 y que os recomiendo muy vivamente. Os dejo, para complementar esta reseña, con una narcobalada, canciones -muy populares en Colombia- que hablan, generalmente en términos laudatorios y ensalzándolos, de los narcotraficantes. Se trata de Uriel Henao y su Corrido del cocalero.
 
 
La edad adulta trae consigo la ilusión perniciosa del control, y acaso dependa de ella. Quiero decir que es ese espejismo de dominio sobre nuestra propia vida lo que nos permite sentirnos adultos, pues asociamos la adultez con la autonomía, el soberano derecho a determinar lo que vaya a sucedernos enseguida. El desengaño viene más pronto o más tarde, pero viene siempre, no falta a la cita, nunca lo ha hecho. Cuando llega lo recibimos sin demasiada sorpresa, pues nadie que viva lo suficiente puede sorprenderse de que su biografía haya sido moldeada por eventos lejanos, por voluntades ajenas, con poca o ninguna participación de sus propias decisiones. Esos largos procesos que acabarán por toparse con nuestra vida -a veces para darle el empujón que necesitaba, a veces para hacer estallar en pedazos nuestros planes más espléndidos suelen estar ocultos como corrientes subterráneas, como meticulosos desplazamientos de las capas tectónicas, y cuando por fin se da el terremoto invocamos las palabras que hemos aprendido a usar para tranquilizarnos, accidente, casualidad, a veces destino. Ahora mismo hay una cadena de circunstancias, de errores culpables o de afortunadas decisiones, cuyas consecuencias me esperan a la vuelta de la esquina; y aunque lo sepa, aunque tenga la incómoda certeza de que esas cosas están pasando y me afectarán, no hay manera de que pueda anticiparme a ellas. Lidiar con sus efectos es todo lo que puedo hacer: reparar los daños, sacar el mayor provecho de los beneficios. Lo sabemos, lo sabemos bien; y sin embargo siempre da algo de pavor cuando alguien nos revela esa cadena que nos ha convertido en lo que somos. Siempre desconcierta constatar, cuando es otra persona que nos trae la revelación, el poco o ningún control que tenemos sobre nuestra experiencia.

miércoles, 8 de enero de 2014

WILLIAM OSPINA. URSÚA. EL PAÍS DE LA CANELA. LA SERPIENTE SIN OJOS

Hola, buenas tardes. Bienvenidos un miércoles más a Todos los libros un libro, el espacio de recomendaciones literarias de Radio Universidad de Salamanca que hoy comienza con una declaración abierta de impotencia. Y es que, debo confesarlo, no sé cómo encarar la reseña de la obra que ahora quiero presentaros. No se trata sólo de que resulte casi imposible dar cuenta de la cantidad de personajes, lugares, paisajes, peripecias, acontecimientos, que se narran en Ursúa, El País de la Canela y La serpiente sin ojos, los apasionantes libros que configuran la trilogía que ha escrito el colombiano William Ospina y que ha publicado en España Mondadori, aunque yo leí los dos primeros en su inicial edición en La otra orilla, un sello editorial ahora desaparecido. Lo que me abruma, paraliza y casi me impide la escritura es, sobre todo, lo desbordante de la narración, lo torrencial de una prosa que no puede ser descrita sino con harto dolor de corazón, pues cualquier resumen, cualquier síntesis, cualquier glosa que se intente empalidecerá forzosamente ante el deslumbrante dominio de la lengua del autor y de su apabullante recreación de un mundo ya de por sí inabarcable.
 
Nunca fue más cierto el aserto según el cual la forma es el fondo. La historia que nos cuentan estos libros no existe más allá del modo de contarla. Mientras disfrutaba entusiasmado de las más de mil páginas de esta obra colosal, y pensando en la imposible tarea de esbozar siquiera una breve presentación para los oyentes de Todos los libros un libro, me asaltaba de continuo la tentación (en la que aquí incurriré) de transcribir párrafos enteros, páginas completas, capítulos íntegros, maravillado por la exuberancia de las descripciones, lo exaltado de la narración, lo asombroso de las enumeraciones, el abigarrado caudal de un texto inagotable que fluye sin pausa envuelto en una melodiosa musicalidad, el resplandor de cientos de inspiradas metáforas, la profusión y la brillantez en la adjetivación, la desmesurada relación de animales y plantas y lugares y barcos y ropajes y armas y escenarios que pueblan este fascinante relato de la conquista, de la brutal y heroica, cruel y legendaria, salvaje y mítica conquista de los territorios de las Indias, sobre todo la de la actual Colombia y la del inmenso Amazonas, por parte de un puñado de aventureros españoles, poseídos por la fiebre simultánea del oro y la razón, de la barbarie y la civilización.

Y, reconocida esta limitación de base, esta radical imposibilidad de hablar de una obra excesiva e inabarcable, sólo me queda empezar por lo más elemental, por contar la mera trama argumental de los tres libros, por explicar a grandes rasgos la esencia descarnada, el desnudo núcleo central de las historias narradas en esta formidable trilogía.

El Ursúa que da título al primero de los libros es Pedro de Ursúa, un joven navarro, fuerte y hermoso, que aún no cumplidos los diecisiete años se embarca en 1543 hacia el Nuevo Mundo, hacia la Ciudad de los Reyes de Lima, hacia unas tierras en las que un pariente cercano, su tío Miguel Díaz de Armendáriz, ejerce de juez de cuatro gobernaciones; unas tierras que la imaginación del muchacho puebla de sueños y quimeras, de esperanzas y promesas, de hazañas y aventuras, de fantasías y ambiciones: descubrir un océano, ser el primero a las puertas de una ciudad incomprensible, destrenzar las serpientes enormes para llegar al tesoro escondido, ver los dragones o los gigantes de un mundo nuevo, someter pueblos feroces, dominar a los reyes del río y del trueno. Cinco años después, el adolescente es ya gobernador en las regiones de ultramar y está embargado hasta la obsesión por la fiebre del oro. Arrebatado por la irrefrenable pasión de la búsqueda del tesoro dorado de la leyenda indígena, Ursúa atraviesa montañas heladas, penetra selvas inmensas pobladas de bestias y de misterios, surca ríos interminables, cruza llanos ardientes, libra guerras, combate enemigos, sojuzga pueblos y castiga sin piedad a sus jefes, profana milenarios templos de piedra, somete tribus en una sucesión de enfrentamientos sangrientos y crueles, destruye ciudades y funda otras nuevas, extiende el imperio de Carlos V y de la Iglesia Católica, y en su periplo de violencia y muerte, de tortura y brutalidad y barbarie, curtido por la sangre y la batalla, endurecido por las penalidades y los desafueros, sometida su razón por la fatal atracción, por el irracional delirio de la dorada quimera, pierde progresivamente su ingenuidad, su carácter inocentemente soñador, convirtiéndose en un hombre cansado y perseguido, desesperado y codicioso, un general poderoso y sombrío, despiadado y bestial.

En El país de la Canela, Ospina relata la expedición de Gonzalo Pizarro y Francisco de Orellana en 1542, abriéndose paso por primera vez a través de un desconocido Amazonas, desmesurado y asombroso, en busca de un territorio legendario, el maravilloso país perfumado, envuelto en el aromático exotismo de la canela, un producto, rodeado de un aura mítica, que los sacerdotes de Egipto utilizaron para embalsamar cadáveres y para agravar hechizos, pero las gentes ricas de España usan para aromar los alimentos que tienden a dañarse, cuando no para fabricar jabones y ungüentos, o pócimas que dan energía sexual. En su enfebrecida aventura, los “conquistadores” avanzan a duras penas por un río devorador, en una selva amenazante, poblada de árboles de estatura mitológica, enredaderas interminables, cerradas bóvedas vegetales que impiden el paso de la luz, carnívoros peces insaciables, pájaros desconocidos de colores vistosos, tortugas escondidas en inmensos caparazones, bandadas de loros, islas de monos en aguas tortuosas, delfines rosados, insólitas dantas -una especie de tapires pleistocénicos-, anacondas gruesas como el torso de un tigre, lagartos voladores, caimanes asesinos, jaguares que hablan, extraños especímenes que parecen reír, adentrándose en una maraña de la que brotan flechas envenenadas, aguijones sangrientos, cientos de tentáculos irritantes, miles de fauces hambrientas, y miasmas y calor torturante y una humedad que repta por los sueños y pesada niebla y nubes de mosquitos y gusanos y charcos podridos y aullidos inexplicables y zumbidos estremecedores y pesadillas sin fin. Una jungla ominosa y virginal que induce en sus asombrados violadores delirios en los que se mezclan las exuberantes y amenazadoras magnitudes del río y de la selva con, perdido ya todo vestigio de racionalidad, leyendas fabulosas surgidas de la imaginación de los indios y alimentadas, a causa, en parte, del imposible trámite de la traducción al castellano de las opacas lenguas indígenas, por la fantasía y la febril fabulación de aquellos hombres obligados a interpretar sin referentes la desmesura de la realidad asombrosa y como mágica que les salía a su paso. No le bastó haber hablado de las amazonas que montan en tapires y someten a los pueblos de las orillas. Habló de pueblos de gigantes, que utilizan como macanas árboles grandes como torres; nos mencionó hombres perros, que están gobernados por un jaguar que habla; habló de pigmeos a los que llamaba jíbaros, cuyo oficio era cazar indios en las selvas para cocinar sus cabezas y convertirlas en miniaturas feroces; habló de los delfines rosados del río, que cada mes se convierten en hombres y raptan muchachas en las aldeas para llevárselas al fondo del agua; habló de peces carnívoros que convierten en huesos una danta en instantes, pero esos sí eran verdaderos; habló de un país de viejos de la selva, que se sientan a esperar a que el tiempo los convierta en árboles; habló de la serpiente que reina en el corazón de la selva, y de cómo la piel desastrada que abandona se la llevan en vuelo los pájaros; habló de árboles que lloran leche blanca, de indios que producen sal con bejucos y zumos de la tierra, de manchas rojas voraces que avanzan arrasando la selva y son en realidad inmensos tejidos de hormigas; ya no recuerdo cuántas locuras nos contó Orellana en aquellas jornadas.

Y arrastrados por el río, sometidos a penalidades sin cuento, los expedicionarios descubren que, al fin, como en casi toda aventura humana, su destino ha sido sólo una quimera inalcanzable, un sueño enloquecido y delirante del que apenas queda el recuerdo. Disculpadme de nuevo la extensa pero esclarecedora cita: Hay días en que vuelvo a recordar el País de la Canela, porque de tanto pensar en él, de tanto buscarlo, es como si hubiera estado allí. Vuelvo a verlo en la imaginación, con sus extensas arboledas rojas, sus casas de madera y de piedra, sus ancianos sabios y fuertes, que nadan en los ríos turbulentos y cazan peces con largas jaras de laurel; siento en el viento un perfume de canela y de flores; veo cruzar, montadas en sus dantas inmensas, a las valientes amazonas de un solo pecho, que llevan enormes arcos y aljabas llenas de flechas con punta de hueso y de pedernal; veo las murallas enormes de las ciudades de la selva, los cestos para pescar y las jabalinas, los pueblos vestidos de colores y los ejércitos diademados de oro preparándose para más crueles guerras, y hasta sueño que alguna vez he vivido allí, que yo fui uno de ellos.

Y el País de la Canela, con sus riquezas inmensas, con sus plantas medicinales, con sus ciudades saludables, con sus multitudes que peregrinan para adorar los ríos, con sus ancianas que descubren bajo la luz del atardecer entre las masas de árboles cuál de ellos es santo y debe convertirse en sitio de peregrinación y de rezo, se va transformando para mí en el símbolo de todo lo que legiones de hombres crueles y dementes han buscado sin fin a lo largo de las edades: la belleza en cuya búsqueda se han destruido tantas bellezas, la verdad en cuya persecución se han profanado tantas verdades, el sitio de descanso por el cual se ha perdido todo reposo.

En medio de su atrocidad, algo bello han tenido estas búsquedas, y si me preguntaran cuál es el más hermoso país que he conocido, yo diría que es ese que soñábamos, que buscamos con frío y con dolor, con hambre y con espanto tras unos riscos casi invencibles. Y es que esos riscos eran soportables porque el radiante País de la Canela estaba atrás, porque entonces no sabíamos que era un sueño. Hay tantas cosas que la humanidad nunca habría hecho si no la arrastrara un fantasma, hechos reales que sólo se alcanzaron persiguiendo la irrealidad. El sueño era bello y tentador, y no justificaba tantos horrores, pero creíamos en él. Duro y cruel para mí sería volver ahora, cuando sé que ya no está el país maravilloso esperando en parte alguna. ¿Qué podrías ofrecerme que justifique tantas privaciones, tanta incertidumbre? Vuelves a hablar, loco como de luna, de la ciudad de oro con la que estás soñando desde niño. El cóndor de oro en las laderas de nieve, el puma de oro en los valles sagrados, la serpiente de oro allá abajo, en las selvas ocultas.

Más bien yo diría que hay algo en el hombre que quiere volver al dolor, que se complace en ceder al peligro y en entregarse de nuevo al demonio que ya una vez estuvo a punto de atraparlo. Has escapado a la muerte tantas veces que crees que ella se ha olvidado de ti, has tatuado tantas cicatrices en tu cuerpo, que piensas, como los guerreros de la selva, que cada cicatriz es apenas una mancha más para el tigre. Algo en mi sangre me dice que lo que destruimos era más bello que lo que buscábamos.

Pero tal vez, ahora que lo pienso, la búsqueda de la ciudad de oro, la búsqueda de las amazonas y de las sirenas, de los remos encantados y las barcas que obedecen al pensamiento, la búsqueda de la fuente de la eterna juventud y del palacio en el peñasco que rodean cascadas vertiginosas, es sólo nuestro modo de cubrir con una máscara algo más oscuro, más innombrable, que vamos buscando y que inevitablemente hallaremos.

Por fin, en el tercer tomo, Ursúa vuelve a ser el protagonista. El navarro se lanza de nuevo en la persecución de su sueño de El Dorado, que ahora intuye, trastornado, tras la desbordante naturaleza del río -La serpiente sin ojos del título- del que ha sabido por el apasionado relato del viaje de Orellana que se nos narró en la novela anterior. Acompañado por Inés de Atienza, la belleza mestiza por cuyo amor se entregará a una tarea insensata y por fin a la muerte, y arropado por un ejército de hombres temerarios y brutales, enfermos, locos, monstruos y demonios, que acabarán por traicionarle, con el enajenado Lope de Aguirre al frente de la conspiración -un Aguirre, cólera de Dios, cuya desquiciada y extrema personalidad le ha hecho objeto de numerosas aproximaciones literarias y cinematográficas-, Ursúa lucha contra una selva de proporciones mitológicas, inabordable y finalmente invencible, y de su demencial intento, de la magnitud de su fracaso, William Ospina nos da cuenta en una novela también formidable.

Pero, más allá de la trama, y como ya he señalado, lo primordial en estos libros, como en toda buena literatura, es la narración misma, barroca y de un lirismo sobrecogedor, recargada y magnífica, excesiva y emotiva, conmovedora y profundamente poética, inagotable y bellísima. Y como dar cuenta de ella resulta -ya lo he dicho- tarea condenada al fracaso, pues me vería abocado a transcribir aquí literalmente decenas de capítulos, cientos de párrafos, miles de frases, me limitaré a comentaros para cerrar esta reseña imposible dos aspectos que me resultan especialmente relevantes en la colosal obra de Ospina y a dejaros tras ellos con una más enfática que nunca recomendación de lectura.

En primer lugar quiero resaltar lo que algo pomposamente podríamos llamar “el juego metaliterario”. Las tres novelas nacen de la voz de un narrador, un personaje de ficción al que la maestría del autor hace aparecer con rasgos, siempre difusos y algo elusivos, que podrían asociarlo a un ser histórico. Al parecer, las distintas investigaciones concluyen que hasta tres de los miles de arriesgados expedicionarios españoles que viajaron en aquellos años a las Indias en busca de un sueño colectivo o, tantas veces, de su propio medro personal, pudieron coincidir en las distintas peripecias que se relatan en las diferentes novelas, de manera que la voz omnisciente que nos cuenta las historias bien pudo ser la de uno de aquellos hombres reales. Sin embargo, y más allá del recurso a este personaje inventado y sin embargo extraordinariamente verosímil, muy plausible en su encarnación histórica, las novelas hablan de individuos que existieron, cuentan episodios efectivamente producidos, describen experiencias auténticas y están basadas en documentos verdaderos, en crónicas y narraciones escritas y publicadas y conocidas. Singularmente, la figura de Juan de Castellanos, poeta, sacerdote y autor de unas anticipadoras Elegías de varones ilustres de Indias, el poema más largo en español -113.609 versos que cantan el emocionante y terrible encuentro entre dos mundos y que constituyen la fuente primordial de la trilogía-, impregna toda la obra, y la coloreada y cambiante voz del narrador, un español, pero también un mestizo o quizá un nativo americano -así son de ambiguos sus perfiles-, su subyugante melopea, su relato ebrio y sonámbulo, deben mucho a los endecasílabos del singular cronista. También, el autor menciona expresamente las crónicas de Fray Pedro Simón, Lucas Fernández Piedrahita, Pedro Cieza de León y sobre todo de Gonzalo Fernández de Oviedo y Fray Bartolomé de las Casas y su Breve relación de la destrucción de las Indias, un clásico de lectura apasionante que también os recomiendo. Por todo ello, la vasta obra de Ospina se mueve constantemente en este juego entre la realidad histórica y la ficción literaria, hasta el punto de que no sabemos dónde termina la verdad y dónde empieza lo inventado. Pero es que, además, muchas veces, la voz que relata no se corresponde con la de un protagonista directo de los hechos descritos, sino que, con frecuencia, es la de un mero intérprete, un traductor de las experiencias de otros, un eco que recoge lo que ha escuchado a lo largo de sus cincuenta años de aventura “indiana”, o lo que le han contado quienes, a su vez, han recogido lo narrado por terceros, de modo que el inconmensurable caudal de palabras que fluye en los tres libros aflora con una resonancia amplísima que remite a un espacio de leyenda, mítico, en el que se diluyen las fronteras de la verdad y la invención para convertirse en un río -otra vez la forma y el fondo resultan indiscernibles: el tumultuoso Amazonas es también el formidable torrente verbal de la narración- en el que flotan las insinuantes voces del camino, las inclasificables de la selva, las rudas y también piadosas de los conquistadores, las poéticas y mágicas de los pueblos indígenas, las pretendidamente “científicas” de los cronistas e historiadores, las de la propia capacidad fabuladora de William Ospina, en un rumor de voces desconocidas que no siempre se entienden y que envuelve a las novelas de una atmósfera irreal que seduce y entusiasma, que inspira y arrebata, que embriaga y deslumbra e inquieta y excita y exalta y turba y apasiona.

En segundo lugar, quiero dejar aquí un breve apunte referido a los muchos dualismos que, de un modo implícito -recordemos que se trata de novelas, no de ensayos históricos; las tesis defendidas lo son siempre de un modo subyacente y no flagrante-, se emparejan en los libros, en un enfrentamiento intelectual muy fecundo y sugestivo, aunque ello haya llevado a algunos críticos a hablar de una obra maniquea. La trilogía entera muestra numerosas muestras de significativos contrastes entre dos formas de vida, entre dos concepciones del mundo, entre dos visiones de la historia, entre dos interpretaciones de la conquista o el descubrimiento (la palabra que se elige ya prefigura una determinada lectura de los hechos) de América, entre dos versiones de la verdad, la de los hechos “reales” y la que recrea la literatura.

Ya he hablado del juego recurrente entre historia y ficción literaria. Resultan aquí oportunas -para cerrar mis reflexiones sobre el tema- las palabras del escritor en una entrevista reciente: El historiador tiene una gran limitación y es que le está prohibido casi del todo imaginar. Se ve obligado a sujetarse a los documentos, está limitado para la especulación. El novelista, por el contrario, tiene el privilegio de nutrirse de las investigaciones históricas y completar el cuadro con su imaginación. Sabe que en la realidad llueve y que los caballos relinchan, que el viento sopla, que las muchachas suspiran, que los hombres estornudan y escupen. Sabe que introducir esas cosas no sólo no traiciona el relato, sino que lo hace vívido. Para el hombre común, la verdadera historia es la novela histórica, que aspira al rigor pero que no anhela la verdad sino sólo la verosimilitud.

Pero, también, en las novelas el lector se ve lanzado de continuo a la reflexión sobre el conflicto entre la racionalidad originaria que inspira la conquista (el descubrimiento de nuevas tierras, la ampliación de los límites del mundo conocido, la extensión del imperio secular de Carlos V y del espiritual de la Iglesia romana) y las connotaciones mágicas, irreales y por tanto delirantes que el magno proyecto va adquiriendo en contacto con la insospechada realidad indígena (el país de la canela, la leyenda del dorado, los pueblos de gigantes caníbales y los de los hombres mínimos reductores de cabezas, las esforzadas y terribles amazonas, los animales mitológicos y tantas otras quimeras que, con una tenue base real, colonizaron las mentes y las almas, los espíritus y las vidas de los conquistadores).

Y del mismo modo, en el texto se contrapone la edénica libertad -dibujada con un punto de inocencia- de un paraíso natural en el que los indígenas habitaban felices hasta la llegada de los blancos barbados, y la destrucción y la enfermedad, la desolación y la violencia, el terror y la violación y la muerte -algunos intérpretes hablan, con un enfoque algo discrónico, de genocidio- que estos traen consigo. E igualmente aflora el orden pretendidamente avanzado que los conquistadores quieren aportar, su impulso creador, sus leyes y encomiendas, su ordenancismo y su arquitectura, sus acueductos y sus ciudades planificadas, su literatura y sus rezos, sus sabios y sus juristas y sus frailes y sus poetas, que chocaría contra un supuesto estado de naturaleza salvaje y amoral, primitivo y bárbaro de las sin embargo muchas veces refinadas civilizaciones precolombinas. Y está la visión realista de la existencia que representan los españoles y que prefigura el rigor de la incipiente ciencia del renacimiento, y su dimensión mítica, encarnada en las fabulosas narraciones indígenas, sus relatos primordiales, sus crueles divinidades, sus sacrificios despiadados e irracionales. Y también se enfrentan el reflejo fidedigno de la realidad circundante, que aparece en la extraordinaria y meticulosa capacidad de observación que reflejan las crónicas de Indias y, por otro lado, la inabarcable profusión de relatos orales con los que muiscas y gualíes, muzos y zenúes, tayronas y tupinambaras, brasiles, guanebucanes y tantos otros pueblos que pululan, casi anónimos, casi sin historia, por las inextricables selvas, transmiten sus leyendas fundadoras de generación a generación. Y, por sobre todo este riquísimo contraste de visiones del universo, la primitiva y la civilizada -por resumir en una aproximación reduccionista-, la trilogía de Ospina resalta el asombro de unos y otros, el descubrimiento recíproco de dos mundos, ignotos e inexplicables, sorprendentes y aterradores, dos mundos que suponen, simultáneamente, esperanza y opresión, aspiración y fracaso, vida y destrucción, para conquistadores y conquistados.

En fin, no puedo, insisto en mi recurrente sonsonete de esta tarde, hacer más intentos por abarcar este universo desbordante y lujurioso, desmesurado y feraz -tanto como la selva, tanto como el río- que es esta magnífica trilogía de William Ospina, Ursúa, El País de la Canela y La serpiente sin ojos, sobre las expediciones españolas en los territorios de Indias en el siglo XVI. Leedla, dejaos llevar por su inagotable arrebato verbal, disfrutad de la maravilla de una obra maestra de la literatura en español.

Como correlato musical os dejo una pieza de música colombiana. Se trata de Oye manita, un canción interpretada por Toto la Momposina, quizá la principal embajadora de la música tradicional de aquel país.


Cincuenta años de vida en estas tierras llenaron mi cabeza de historias. Yo podría contar cada noche del resto de mi vida una historia distinta, y no habré terminado cuando suene la hora de mi muerte. Muchos saben relatos fingidos y aventuras soñadas, pero las que yo sé son historias reales. Mi vida es como el hilo que va enlazando perlas, como el indio que veo animando al metal en ranas y libélulas, en collares de pájaros, en grillos y murciélagos dorados. Tengo historias de perlas y de esmeraldas. Sé cómo perdió su ojo Diego de Almagro en la desembocadura del San Juan y cómo perdió el suyo fray Gaspar de Carvajal junto a las playas del gran río. Sé cómo escondió Tisquesusa en las cavernas del sur el tesoro que perseguía en vano el poeta Quesada, y sé cómo los incas llenaron de piezas de oro una cámara grande de Cajamarca para pagar el rescate del emperador. Conozco el misterio de las esferas de piedra enterradas en las selvas de Castilla de Oro y el origen de las cabezas gigantes que tienen musgo en las pupilas. Conozco la historia del hombre que fue amamantado por una cerda en los corrales de Extremadura y que tiempo después se alimentaba de salamandras en las islas del mar del sur. Sé de los doscientos cuarenta españoles que remontaron los montes nevados y cruzaron los riscos de hielo llevando cuatro mil indios con fardos y dos mil llamas cargadas de herramientas, dos mil perros de presa con carlancas de acero y dos mil cerdos de hocico argollado, para ir a buscar el País de la Canela, y conozco la historia del primer barco que bajó de las montañas brumosas de los Andes y navegó ocho meses entre selvas desconocidas que crecían. Sé quiénes descubrieron el mar del sur, quiénes exploraron la montaña de plata, quiénes descubrieron la selva de las mujeres guerreras. Conozco las penas de los que construyeron el primer bergantín en los ríos encajonados de la cordillera, de los que convirtieron centenares de viejas herraduras en millares de clavos. Conozco historias de herraduras de oro con clavos de plata. Sé el relato del hombre que después de tragarse un sapo enloqueció para siempre, y el del capitán que repartió entre sus soldados como alimento un caimán descompuesto. Conozco la guerra en la que se enfrentaron dos viejos amigos, y que terminó con uno de ellos ahorcado lentamente por doce conjurados. Puedo contar la historia de los diez mil hombres desnudos que remontaron diez años el curso de un río para buscar en las montañas el origen de un barco. Tengo historias para llenar las noches del resto de mi vida y busco a quién contárselas, pero ésa es mi desgracia. En estas tierras ya nadie sabe oír las historias que cuento. Todos están demasiado ausentes, o demasiado hambrientos o demasiado muertos para prestar atención a los relatos, aunque sean tan hermosos y terribles como los que yo sé. Otros hablan mil lenguas distintas y no entienden la mía. Y a otros no les gustan las narraciones de hombres de guerra, ni de barcos perdidos, ni de batallas libradas en los mares estrechos de Europa, ni de conventos aferrados a las paredes de las serranías. Pero también conozco otras historias: de animales que caminan por el cielo, de árboles que piensan y de magos que se transforman en jaguares. Sé de la enfermedad de la belleza y sé de la canción para curar la locura, sé del modo como llegaron los hijos de las águilas y sé del modo como los embera se cubren el cuerpo de nogal y de achiote para celebrar sus alianzas con el río y el árbol. Mis historias son tantas que ni el más hondo cántaro podría contenerlas.

Ahora quiero contar sólo una: la historia de aquel hombre que libró cinco guerras antes de cumplir los treinta años y de la hermosa mestiza que hizo palidecer de amor a un ejército. Es la historia asombrosa del hombre que fue asesinado diez veces, y del tirano cuyo cuerpo fue dividido en diez partes. Y tal vez pueda entonces enlazar las historias, una detrás de otra como un collar de perlas, y anudar en su curso una leyenda de estas tierras, la memoria perdida de un amigo muerto, los desconciertos de mi propia vida, y una fracción de lo que cuenta el río sin cesar a los árboles. Contar cómo ocurrió todo desde el momento en que el hombre amamantado por la cerda abandonó la isla de las salamandras para ir a saquear un país de niebla, hasta el momento de crueldad y de alivio en que la cabeza triste del tirano se ennegreció en la jaula.

jueves, 26 de diciembre de 2013

JOËL DICKER. LA VERDAD SOBRE EL CASO HARRY QUEBERT 

Hola, buenas tardes, bienvenidos un miércoles más a Todos los libros un libro, el programa de recomendaciones literarias de Radio Universidad de Salamanca, que hoy, en esta inusual emisión navideña, os trae una propuesta ciertamente redundante, pues la obra cuya lectura quiero aconsejaros ha gozado, desde comienzos del pasado verano en que se publicó, de tal repercusión mediática, de tal cantidad de reediciones, de tal profusión de premios en Francia (en cuyo mercado editorial vio la luz), de tal número de críticas (no todas favorables, aunque sí la mayoría), ha multiplicado de tal manera sus traducciones -con cerca de un millón de ejemplares vendidos en más de treinta lenguas distintas-, que sería ciertamente extraño que mis palabras pudieran descubriros nada nuevo a alguno de nuestros oyentes. Y es que, en efecto, La verdad sobre el caso Harry Quebert, segunda novela del jovencísimo -no llega a los treinta años- escritor suizo Joël Dicker está siendo, sin duda, un fenómeno literario global, un indiscutible best-seller (y si el término os resulta devaluado, asociado a “productos” de ínfima calidad literaria, podéis añadirle la coletilla “de culto” y así tranquilizar vuestra conciencia elitista -en el caso de que tal vaga noción exista para vosotros y os impida disfrutar alegremente de una obra si millones de otras personas en todo el mundo lo hacen también; yo aún padezco un poco esta estúpida soberbia intelectual, inoculada en mi juventud-; ya sabéis, el viejo conflicto entre apocalípticos e integrados, entre la soledad impecable y purísima del artista en su torre de marfil y el éxito -el sucio éxito- derivado del multitudinario refrendo popular que, supuestamente, todo lo mancha).
 
Y precisamente porque el libro ha sido ya muy glosado en foros diversos, y porque probablemente lo conozcáis e incluso algunos de vosotros quizá hasta lo hayáis leído, me limitaré a comentaros, en esta reseña, lo esencial de su planteamiento, presentándoos después de manera entusiasta algunos de sus indudables logros y rebajando después, con modestia pero con rotundidad, la entrega ciega que en muchos ámbitos se ha hecho a las presumiblemente indiscutidas maravillas de la novela, ofreciéndoos mis personales objeciones.
 
Por de pronto, dejadme deciros que el libro ha sido publicado por la editorial Alfaguara (en cuyos medios afines -obvio es reconocerlo- la campaña de difusión “laudatoria” ha sido más intensa) en traducción de Juan Carlos Durán Romero. Se trata de una novela detectivesca, un thriller, aunque sólo en una primera y superficial aproximación. Nola Kellergan, una niña -aunque físicamente muy desarrollada- de quince años, desaparece de su pueblo, Aurora, una pequeña ciudad de New Hampshire, el 30 de agosto de 1975. Deborah Cooper, una anciana que vive en Side Creek Lane, a las afueras del pueblo, llama ese mismo día por teléfono a la policía avisando de que acaba de ver, en el bosque aledaño a su casa y a través de una ventana, a una joven huyendo perseguida por un hombre. Cuando se personan las fuerzas del orden y se adentran en la arboleda en busca de la niña, suena un disparo. De vuelta a la casa, los policías encuentran a la señora Cooper muerta en un charco de sangre, mientras que en el bosque no queda rastro de la chica, a la que, naturalmente, se asocia con la desaparecida.
 
Este es el acontecimiento que desencadena la acción del libro. A partir de ahí, y en tres planos temporales que se entremezclan muy eficazmente, en una prueba del buen oficio del autor sobre la que luego volveré, el propio 1975, 1998 y 2008, asistimos a la enmarañada y apasionante investigación de la desaparición de Nola. Marcus Goldman, un joven escritor que ha obtenido un extraordinario éxito con su primera novela, pero que se encuentra paralizado en el proceso creativo que le debería llevar a la escritura de la segunda, se presenta en Aurora, en donde vive su mentor, el también escritor Harry Quebert, en busca de consejo y apoyo en su crisis de inspiración. Goldman había sido alumno del viejo Quebert en la Universidad, en 1998, y acude a él, en calidad de “padre espiritual” y consejero más que como mero docente, cuando su sequía creadora está a punto de imposibilitarle cumplir su exigencia comercial con el implacable agente que representa los intereses de su editorial y que le recuerda el innegociable plazo de entrega de su segunda obra. Y es entonces, en 2008, en el “presente” de la novela, cuando la anécdota inicial se complica al enterarse Marcus -y con él nosotros, los lectores- de que Harry Quebert había mantenido, más de treinta años atrás, una relación “prohibida” con Nola, con esa niña (recuérdese, que entonces sólo contaba quince años, por los treinta y tantos del profesor) cuyo cadáver es ahora encontrado -por azar- cuando un jardinero procede a plantar unos árboles en el jardín de Harry, el cual es automáticamente detenido como principal sospechoso de aquella desaparición, calificada ya como asesinato. Será entonces Marcus Goldman, el joven escritor, que confía en la inocencia de su maestro, el que -por defender a su mentor- indague y profundice en los aspectos oscuros del caso y quien en definitiva cargue, junto a la presencia algo episódica del abogado de Quebert y a la amistosa colaboración con el muy honrado policía Gahalowood, con el peso sustancial de las investigaciones.
 
La verdad sobre el caso Harry Quebert es, como digo, una novela de intriga en la que a lo largo de casi setecientas páginas el autor nos mantiene con el ánimo suspendido (una vez abierto el libro, es imposible parar de leer; y ello es, a mi juicio, una de las razones principales, si no la esencial, de su formidable éxito de ventas; ello hace, igualmente, que mi recomendación sea especialmente oportuna, en estos días de vacaciones en los que disponemos de más tiempo para entregarnos a la lectura), haciéndonos avanzar, absolutamente arrebatados, subyugados por una narración adictiva, en la investigación de ese crimen con el que se abre la historia y a cuyo desenlace sólo llegaremos al término de la obra. Un thriller policiaco en el que, durante un tiempo novelístico que abarca más de tres décadas, se multiplican las pesquisas, las hipótesis, los testigos, las pruebas, los sospechosos, las revelaciones, los descubrimientos, en una sucesión de peripecias, a cual más inesperada, a cual más sorprendente, que mantienen al lector con el alma en vilo, con la imaginación activa, con el pensamiento en ebullición y con los afanes de la vida cotidiana atendidos de un modo tan sólo somero -si no lisa y llanamente desatendidos-, pues la voluntad toda conspira -y hablo de mi propia experiencia- para hacernos abandonar las obligaciones laborales y volver al hechizante relato.
 
Sin embargo, esta trama argumental, que aquí sólo puedo esbozar de modo somero -y que podría resumirse en una breve fórmula: la novela da cuenta de la resolución de una gran incógnita: ¿quién mató a Nola Kellergan?- no se desarrolla de un modo convencional, en una narración más o menos lineal, sino que aunque la acción avanza de una manera muy fluida, y en este sentido el libro se lee como una novela tradicional, “por debajo” del hilo narrativo, la estructura es muy compleja e intrincada, poblada de numerosas manifestaciones de la voluntad evidente del autor -y de su talento- por utilizar variados recursos literarios.
 
Por de pronto, Marcus Goldman acaba por escribir su esperada segunda novela que se titulará -¿lo adivináis?- La verdad sobre el caso Harry Quebert y que recogerá el fruto de sus averiguaciones y que quizá -sólo quizá, un artificio especulativo más en un libro repleto de ellos- acabe por ser el mismo libro que nosotros estamos leyendo en nuestras casas. Pero es que, además, el propio Harry Quebert había alcanzado el reconocimiento literario al publicar -antes de su llegada a Aurora- una primera obra, de título Los orígenes del mal, de la que acabamos sabiendo que incluye la descripción pormenorizada y fidedigna -o quizá no tanto- de la relación prohibida del consagrado escritor con la niña Nola. Y en el libro de Dicker -permitidme que me refiera a él como el “libro real”, el que ahora tengo en mis manos y consulto mientras escribo esta reseña- se intercalan fragmentos del libro ficticio de Quebert que, a la vez remiten a la experiencia de nuevo “real” -de la mera realidad novelística, esta vez- del romance “auténtico” vivido por Harry y la joven. Este juego de planos que se superponen e interrelacionan, de versiones que remiten a otras versiones que aluden a otras versiones que se refieren a una supuesta historia real que nadie sabe si existió o no -y que, de haber existido, nadie sabe cómo aconteció-, en un juego de espejos inacabable, en un muy sugestivo -también muy desconcertante- despliegue de muñecas rusas que se abren cada una en la anterior, hace singular la novela, la desmarca de los relatos más previsibles dentro del género, y constituye otro de su indudables focos de atracción. Libros dentro de libros, metaliteratura, pues, y con ella la reflexión -indirecta, no ensayística, no “argumental”- sobre la verdad del fenómeno literario, sobre la invención y la realidad, sobre la verosimilitud de ficción, sobre su capacidad para construir relatos “creíbles” y, por tanto, capaces de interesar, de emocionar, de apasionar. Y todo ello, esta “construcción” sofisticada, llevado al extremo pues con cada nueva “muñeca” se nos ofrece una distinta interpretación de los hechos narrados, con diferentes presuntos asesinos, con motivos también diversos, con explicaciones de los sucesos casi absolutamente disímiles entre sí, de modo que la sensación que acaba penetrando en el lector es la de la inseguridad, la desorientación, la perplejidad y, por ello, el aumento de la intriga y del deseo de ver “definitivamente” cerrado un caso que a cada nuevo capítulo se hace más y más enrevesado.
 
Pero hay mucho más. Ya he hablado de la densidad, de la complejidad de la estructura, muy trabajada y eficacísima, con continuos saltos en el tiempo, con versiones parecidas de un mismo hecho narradas con sutiles diferencias por personajes distintos y por tanto desde perspectivas diversas, con la incorporación de “materiales” heteróclitos -declaraciones de protagonistas, narración omnisciente en tercera persona, reflexiones de Goldman (que es quien parece relatar la historia), la voz de Quebert que habla en fragmentos entresacados de su libro, extractos del diario de Nola a través de los cuales la “oímos” en primera persona, cartas, informes policiales-; unos materiales que el autor organiza muy convenientemente -en una labor reveladora de su talento profesional-, de manera que un determinado acontecimiento de la trama, ocurrido en 1975, puede empezar a ser contado por un personaje que se sincera ante Marcus, en un ejercicio de memoria retrospectiva llevado a cabo en 2008, para continuar -a veces sin más “corte” que el mero salto de un párrafo a otro- siéndonos “revelado” a partir de un texto literario publicado años antes, para finalizar la narración con un enfoque en una tercera persona objetiva, de nuevo en 1975. Y así, incorporando casi imperceptiblemente estos recursos debidos a su buen oficio de escritor, la historia va transcurriendo, desarrollándose y extendiéndose en un flujo narrativo arrebatador, fascinante en su simplicidad sin embargo muy profundamente elaborada.
 
Y aún hay otros elementos que le dan altura al libro o que, al menos, permiten que se desmarque de los best-sellers al uso: la vinculación con la realidad, con la elecciones norteamericanas y la candidatura de Obama como telón de fondo de los episodios situados en 2008; los numerosos guiños literarios y referencias cinematográficas: entre los más destacados una ostensible presencia de Nabokov o una ineludible cercanía al universo de Twin Peaks (que el autor desmiente pues cuando escribió la novela -dice- no conocía la serie de David Lynch), cuya atmósfera algo onírica, de opresivo misterio, impregnando de modo ominoso la aparentemente trivial realidad de un pueblecito anodino, resulta inevitable que acuda a nuestras mentes al leer el libro; las citas que encabezan cada capítulo, consejos de escritura -extrapolables a la vida entera, más allá de la literatura- que Harry proporciona a Marcus.
 
Por todo ello no sorprende que la crítica se haya entregado casi unánimemente al joven Dicker. Me ha llamado especialmente la atención el arrebatado entusiasmo de dos pesos pesados de la “inteligencia” francesa, Bernard Pivot y Marc Fumaroli, cuyos enfervorizados juicios se recogen en la contraportada del libro. Pivot, genial comunicador, ya jubilado profesionalmente, del que fui seguidor durante años en Apostrophes y, sobre todo, más recientemente, hace “sólo” quince o veinte años, en Bouillon de culture, dos programas legendarios de la televisión del país vecino, un periodista cultural con una energía formidable, capaz de convencernos -con su contagiosa pasión lectora- de la maravilla de un tratado de fontanería, no ahorra elogios a este La verdad sobre el caso Harry Quebert, como no los escatima tampoco Marc Fumaroli, historiador, ensayista y académico, un clásico del pensamiento francés. Y sin embargo...
 
... Sin embargo, hay algo no del todo redondo, a mi juicio, en el voluminoso texto de Joël Dicker. Quiero resaltar, ya muy brevemente, pues estoy fuera de tiempo, tres aspectos cuanto menos discutibles que -a mi juicio- rebajan algo mi valoración final de la obra y empañan en parte los muy exultantes efectos que provoca su lectura.
 
En primer lugar, el permanente juego de pistas falsas, de sorpresas y vueltas de tuerca, de nuevas interpretaciones sobre la autoría y la causalidad de los hechos criminales narrados, la cantidad de distintas, y en el momento en que se nos cuentan, convincentes “lecturas” explicativas de los sucesos relatados, acaban por mermar la confianza del lector y por generar en él una suerte de indiferencia pues, desde la mitad de la novela, uno ya está persuadido de que quien se nos presenta en cada caso como presunto autor de la muerte de Nola no lo será a la postre (no lo será siquiera en el capítulo siguiente), de que los motivos -aparentemente incuestionables- que han provocado el asesinato no son los verdaderos, de que a la cadena de razonamientos que dan cuenta y “cierran” los episodios acaecidos en Aurora aquel 30 de agosto de 1975 le sucederán otras interpretaciones igualmente completas y aclaratorias de la totalidad de los hechos (al menos los referidos hasta la página correspondiente), de modo que el asombro y el sano desconcierto, la curiosidad y la exaltación detectivescas que nos invaden en la primera mitad del libro dan paso a un desganado escepticismo que lastra claramente la lectura, desprovista ya de pasión y convertida casi en un acto burocrático que nos lleva a correr por las páginas en busca -¡de una vez por todas, por favor!- de la versión definitiva (que obviamente, sólo llega al acercarnos a su final).
 
En segundo lugar, sorprende y desentona en el clima general del libro -aunque en sí mismos esos capítulos resulten hilarantes- la presencia de ciertos episodios protagonizados por la madre de Marcus Goldman, con la presencia en sordina del padre del escritor. Las conversaciones telefónicas con su hijo, absurdas y disparatadas -el recuerdo de los padres de Woody Allen, evocados en tantos de su textos y de sus películas, aparece muy nítido-, son, efectivamente, desternillantes, pero el humor no acaba de encajar en la atmósfera que impregna el resto de la novela.
 
Por último, aunque el andamiaje sobre el que se sostiene la trama parece sólido y muy bien trabajado (el autor confiesa que la escritura del libro le llevó dos años, y no me extrañaría que la mayor parte de ese tiempo lo hubiera ocupado en construir la estructura de la obra, pues ha debido resultar difícil encajar todas las piezas, ajustar los saltos temporales, hacer coincidir las versiones de cada personaje, engarzar los hechos “reales” con los de las respectivas novelas escritas por Quebert y Goldman, elaborar las diversas explicaciones “parciales” para que resultaran convincentes y para que, al fin, no chirriaran con la interpretación final y definitiva), hay, sin embargo, algunos puntos débiles desde la perspectiva de la mera narración policiaca. Así, el presunto secuestrador de la niña huye del escenario del crimen, el bosque aledaño a Side Creek Lane, en un coche muy llamativo, un Monte Carlo negro, que algunos testigos logran vislumbrar a su paso por carreteras cercanas al lugar de los hechos. En los días que siguen a la desaparición de Nola se investiga esa pista para concluir que sólo Harry Quebert tiene un coche idéntico. No obstante, y para sorpresa del lector, a medida que -treinta y tres años después- se relanza la investigación, empiezan a aparecer -retrospectivamente- Monte Carlos negros por doquier... ¡¡¡habiendo sido sus propietarios algunos de los más cercanos allegados a los implicados en el caso y sin que este hecho hubiera llamado en su momento la atención de la policía!!! Otro tanto ocurre con el Colt 39 con el que se dispara -lo sabremos en las últimas páginas del libro- a la infortunada señora Cooper. Un disparo, un calibre, un arma por tanto, que no parecen haber sido investigados en los momentos posteriores al crimen, pues un revólver tan singular tendría que haber conducido inequívocamente, ya entonces, en 1975 -aunque ello nos hubiera dejado sin novela-, hasta el o los asesinos (permitidme que con esta indefinición mantenga el suspense para aquellos de vosotros que aún no hayáis leído el libro y os dispongáis a hacerlo).
 
En cualquier caso, La verdad sobre el caso Harry Quebert, escrita por Jöel Dicker, es una novela apasionante que os atrapará sin remedio a los pocos minutos de iniciar su lectura. Estoy seguro de que os entusiasmará si os decidís a leerla. Voy a dejaros, para cerrar este comentario, con una referencia musical inducida por la proximidad -ya reseñada- que he creído percibir entre el libro y Twin Peaks, la legendaria creación televisiva de David Lynch. Con el tema principal escrito por Angelo Badalamenti para aquella exitosa serie de 1990 me despido por hoy.
 
 
Yo seguía obsesionado con esa idea: ¿cómo, a mi edad, había él sentido ese destello, ese momento de genio que le había permitido escribir Los orígenes del mal? Esa pregunta me obsesionaba cada vez más, y como Harry me había instalado en su despacho, me permití registrarlo un poco. Estaba lejos de imaginar lo que iba a descubrir. Todo empezó cuando abrí un cajón en busca de un bolígrafo y me encontré con un cuaderno manuscrito y algunas hojas sueltas: originales de Harry. Aquello me llenó de entusiasmo: se trataba de una inesperada ocasión de comprender cómo trabajaba Harry, de saber si sus cuadernos estaban cubiertos de tachaduras o si la genialidad le llegaba de forma natural. Insaciable, me puse a explorar su biblioteca en busca de otros cuadernos. Para tener vía libre, esperaba a que Harry se fuera de casa; los jueves se marchaba a dar clase a Burrows, salía por la mañana temprano y no volvía hasta el final de la jornada. Así fue como la tarde del jueves 6 de marzo de 2008 se produciría un acontecimiento que decidí olvidar inmediatamente: descubrí que Harry había tenido relaciones con una chica de quince años cuando él tenía treinta y cuatro. Ocurrió durante el año 1975.
 
Me topé de bruces con su secreto cuando, registrando frenéticamente y sin escrúpulos los estantes de su despacho, encontré, disimulada tras unos libros, una gran caja de madera lacada con una tapa de bisagras. Presentí que me había tocado el gordo, quizás el manuscrito de Los orígenes del mal. Cogí la caja y la abrí, pero, para mi gran decepción, dentro no había manuscrito alguno, sólo unas cuantas fotos y algunos artículos de periódico. Las fotografías mostraban a Harry en sus años jóvenes, la suprema treintena, elegante, orgulloso, y, a su lado, una chica jovencísima. Había cuatro o cinco fotos y aparecía en todas. En una de ellas se veía a Harry en una playa, el torso desnudo, bronceado y musculoso, estrechando contra él a la sonriente joven, que le besaba en la mejilla mientras sus gafas de sol quedaban en equilibrio enganchadas a su larga melena rubia. En el reverso de la foto había una anotación: Nola y yo, Martha’s Vineyard, finales de julio de 1975. En ese instante, demasiado apasionado por mi descubrimiento, no oí a Harry que volvía inusualmente temprano de la universidad: no escuché ni el chirrido de los neumáticos de su Corvette sobre la grava del camino de Goose Cove ni el sonido de su voz cuando entró en la casa. No escuché nada porque en esa caja, bajo las fotos, encontré una carta, sin fechar. Una escritura infantil sobre un bonito papel que decía:
 
No te preocupes, Harry, no te preocupes por mí, me las arreglaré para verte allí. Espérame en la habitación número 8, me gusta esa cifra, es mi número preferido. Espérame en esa habitación a las siete de la tarde. Después nos marcharemos juntos.
Te quiero tanto...
Con mucha ternura,
Nola
 
¿Quién era esa Nola? Con el corazón latiendo a cien por hora, me puse a hojear los recortes de periódico: todos los artículos mencionaban la desaparición de una tal Nola Kellergan una noche de agosto de 1975. La Nola de las fotos de los periódicos se correspondía con la Nola de las fotos de Harry. En ese instante Harry irrumpió en el despacho con una bandeja con tazas de café y un plato de pastas que soltó cuando, al abrir la puerta con el pie, me encontró arrodillado sobre su alfombra con el contenido de su caja secreta esparcido ante mí.
 

miércoles, 18 de diciembre de 2013

JAMES GEARY. EL MUNDO EN UNA FRASE

Hola, buenas tardes. Un miércoles más está con vosotros Todos los libros un libro, el espacio de Radio Universidad de de Salamanca dedicado a las recomendaciones de lectura. Hoy, con las navidades a punto de hacer su aparición oficial -su otra presencia, la comercial, ya hace semanas que nos agobia por doquier- os traigo un libro distinto a los que habitualmente presento, centrados casi siempre en el ámbito de la narración, de la ficción literaria. Pues aunque el aforismo, nuestro protagonista de esta tarde, pertenece sin duda al espacio de la literatura, presenta unas especificidades, unas singularidades, que lo alejan de las propuestas más comunes en nuestro programa. He querido aprovechar la brevedad de estos días coincidentes con el solsticio de invierno -los más cortos del año- para hacerlos coincidir con la escueta concisión aforística que se encierra en mi consejo.
 
El libro del que quiero hablaros hoy es una antología, una recopilación, una selección de aforismos, esos destilados de ingenio e inspiración, esos concentrados de pensamiento, esas píldoras de sabiduría que, estando presentes en todas las etapas del desarrollo de la humanidad, tan bien encajan, por otro lado, en esta época actual en la que no hay tiempo para los grandes relatos, las teorías complejas, las explicaciones generales, los sistemas universales; en estos tiempos nuestros, en los que todo es rápido, fugaz, fragmentario, parcial, interrumpido, “deconstruido”.
 
Un libro que es, además, y ello puede hacéroslo especialmente sugestivo, un texto pedagógico, podríamos decir, pues contiene mucha información de utilidad para adentrarnos en el terreno de los aforismos si es que este ámbito nos resultaba hasta ahora desconocido. Un libro, pues, con el que no sólo vais a poder disfrutar leyendo, sino que también podréis aprender, como he hecho yo mismo, multitud de anécdotas e historias curiosas y llenas de interés. Se trata, lo desvelo ya, de El mundo en una frase. Una breve historia del aforismo, escrito por el norteamericano James Geary y publicado por Ediciones CEAC, una filial centrada en el mundo laboral y empresarial, al parecer, de la conocida editorial Planeta. El alejamiento de CEAC del mundo literario en sentido estricto puede explicar, que no justificar, una defectuosa traducción que se atribuye, en el propio libro, a una misteriosa EdiDe S.L. Que en un libro de aforismos, muy vinculados, como ahora veréis, al mundo de la filosofía, se hable del filósofo francés Blaise Pascual en vez de Pascal, o de un supuesto Bishop Berkeley, desconociendo que Bishop no era el nombre sino la condición del Obispo Berkeley, cuestiones ambas al alcance de cualquier estudiante de secundaria medianamente bien informado, parece algo difícilmente disculpable. Por lo demás, el libro está muy bien editado, es formalmente muy bello y su contenido muy atractivo, interesante y entretenido.
 
Tras describir el nacimiento de su personal afición por los aforismos, en un fragmento que os dejo aquí como cierre del programa, James Geary plantea, en un capítulo inicial, las cinco grandes reglas de los aforismos, las exigencias, las leyes implícitas que todo aforismo debe cumplir para poder desempeñar su papel como fuente de inspiración, sabiduría y entretenimiento. Sostiene el autor, y justifica sus afirmaciones con ejemplos múltiples, que el aforismo perfecto debe ser breve, en tanto ha de concentrar un mensaje escueto, urgente; tiene que ser definitivo, porque debe expresar una idea a la primera, sin deliberación, debate o duda alguna; ha de ser personal, ya que debe contener el espíritu, reflejar la personalidad de quien lo emite; debe también ser filosófico, contener una reflexión, un pensamiento, una meditación con siquiera un vago alcance metafísico; y debe, además, contener algún giro, alguna vuelta de tuerca, algún elemento de sorpresa, imprevisto, que lo dote, aunque sea de un modo tenue, de unas gotas de humor.
 
A partir de esas premisas, en el libro se hace un repaso exhaustivo de los más destacados “aforistas” de la historia del hombre, organizados en capítulos que encabezan rúbricas muy explícitas: Somos lo que pensamos, dedicado a los sabios, predicadores y profetas de la antigüedad; Un hombre es rico en función de las cosas de las que puede prescindir: estoicos griegos; Incluso en el trono más alto uno se sienta sobre sus posaderas: moralistas franceses y españoles; El bien y el mal son los prejuicios de Dios: herejes, disidentes y escépticos; La falta de dinero es la causa de todos los males: el auge del chiste breve americano; Conócete a ti mismo, no trates de comprender a Dios; la humanidad sólo debe estudiar al hombre: elogio de la poesía ligera; y Al principio era la palabra, al final sólo el cliché: el aforismo en la actualidad. Una selección que va, en consecuencia, desde los aforistas más remotos, Lao-Tsé, Buda o Confucio, hasta los más actuales como Jenny Holzer, Antonio Porchia o Bárbara Kruger, pasando por una treintena larga de sobresalientes exponentes del género: Marco Aurelio y Séneca, Montaigne, Gracián y La Rochefoucauld, Schopenhauer, Nieztsche y Lichtenberg, Mark Twain, William Blake o Dorothy Parker. El análisis y comentario de cada uno de los autores presentados se entrevera con infinidad de muestras de su ingenio, con decenas de ejemplos de aforismos, algunos muy conocidos, y todos extraordinariamente sugerentes y representativos del talento creador de estos autores. Además, al término del libro, Geary ofrece una amplísima bibliografía para quien quiera seguir adentrándose en este fascinante mundo, aunque hubiera sido aconsejable un índice de pensadores citados que facilitara la consulta.
 
Os dejo con un breve fragmento del texto, en el que se narra el origen de la fiebre de su autor por el coleccionismo de aforismos. Como complemento musical a mi reseña, y como no puede ser de otra manera, una canción brevísima, un destello fugaz, un atisbo de belleza apenas entrevisto, un suspiro genial: Her majesty, de los Beatles.
 
Además, si el género os interesa especialmente, podéis adentraros en sus vericuetos en las emisiones que a partir del próximo 30 de diciembre y durante cuatro semanas os ofrecerá Buscando leones en las nubes, mi otro espacio en Radio Universidad de Salamanca.
 
 
Cuando tenía trece años empecé a coleccionar citas. Al principio no tenía nada claro cómo tenía que coleccionar los aforismos. O bien tienes una buena memoria o bien tomas nota de los dichos en el momento de leerlos. Me decidí por el último método. Descolgué el póster de George Harrison de la pared -el del disco All things must pass en el que aparece vistiendo un gran sombrero de alas caídas y gesto hirsuto-, le di la vuelta, volví a colgarlo y empecé a escribir los aforismos en el reverso. Como coleccionista, yo era alguien muy parecido a la persona descrita por el aforista francés del siglo XVIII Nicolas Chamfort: La mayoría de los coleccionistas de versos y dichos obran como si estuvieran comiendo cerezas u ostras; al principio seleccionan las mejores, pero terminan comiéndolas todas.
 
Mi ansia por coleccionar aforismos era enorme, así que cuando el póster de George Harrison se llenó por completo, pasé al de David Bowie y después al de Pink Floyd. La colección fue creciendo hasta mis veintipocos años, momento en que empecé a coleccionar libros. Pero los pósters aún siguen colgados en las paredes de mi estudio. El papel ha envejecido y ha adquirido una tonalidad amarillenta, las esquinas están rotas de tanto poner y despegar cinta adhesiva. Las citas llenan todo el espacio disponible. Las primeras frases, en tinta roja, escritas en mi pulcra pero nerviosa letra de adolescente, se han ido desvaneciendo con el tiempo hasta quedar prácticamente ilegibles.


miércoles, 11 de diciembre de 2013

PASCAL QUIGNARD. TODAS LAS MAÑANAS DEL MUNDO

 
Hola buenas tardes. Bienvenidos un miércoles más a Todos los libros un libro, la sección de Radio Universidad de Salamanca en la que os ofrecemos semanalmente una recomendación de lectura que aspira a resultaros estimulante y sugestiva. Hoy quiero presentaros un breve pero hermosísimo libro, una novela, muy corta, muy intensa, una joya, una preciosa gema muy medida, redonda, muy cuidada, perfecta, una maravilla ya publicada en España hace bastantes años, pero reeditada hace poco en un formato bellísimo, un objeto delicado y admirable que, también por su envoltorio formal además de por la perfección de su texto, merece la pena que llegue hasta vosotros. Se trata de Todas las mañanas del mundo, escrita por el erudito, cultísimo y refinado Pascal Quignard y publicada en la Editorial Espasa Calpe. La traducción, admirable como todas las suyas, es de Esther Benítez. Todas las mañanas del mundo, quizá lo recordaréis, dio lugar también a una excelente película, con el mismo título, dirigida por Alain Corneau, con el protagonismo del músico catalán Jordi Savall en su banda sonora.
 
En la primavera de 1650 la señora de Sainte Colombe murió. Dejaba dos hijas de dos y seis años de edad. El señor de Sainte Colombe jamás se consoló de la muerte de su esposa. La amaba. Fue en esa ocasión cuando compuso La tumba de los pesares. Así empieza Todas las mañanas del mundo. El señor de Sainte Colombe es un portentoso maestro de viola. Su elevada y exigente concepción del arte musical, de la interpretación, lo convierten en un hombre huraño, arisco, maniático, descuidado en el vestir, austero en sus hábitos, ajeno a los asuntos del mundo, intransigente con todo aquello que rebaje la nobleza, el carácter excelso, la perfección de la música. La muerte de su esposa lo sume en una tristeza, en un desconsuelo que lo llevan a apartarse del mundo y a rehuir la vida, entregándose al cultivo apasionado de su música, único vínculo con su esposa muerta, con cuyo espíritu logra comunicarse en sus momentos de inspiración, provocando una suerte de apariciones fantasmales de su desaparecido amor. Desde ese momento consagra su existencia a su instrumento, aislado y desinteresado de todo lo que no sea la ejecución de las obras que su melancolía le inspira, y de la educación de sus jóvenes hijas, que, a su lado, se convierten también en inspiradas y sapientísimas intérpretes. Construye una sencilla y tosca choza de madera en las ramas de una morera de su jardín y en ella se recluye, huyendo de su tristeza, entregado a sus improvisaciones, negándose a los requerimientos de la Corte, del propio monarca Luis XIV, el cual, teniendo noticia de su virtuosismo lo reclama para acogerlo entre sus músicos de cámara. Soy tan salvaje, señor, que pienso que no pertenezco sino a mí mismo, contesta firme y orgulloso al enviado real rechazando la gloria, la riqueza y la fama de la corte y eligiendo su soledad, sus recuerdos, su libertad. Prefiero la luz del ocaso sobre mis manos al sol que me ofrece, dice a los escandalizados emisarios de Versalles, prefiero mis ropas de paño a vuestras pelucas descomunales, prefiero mis gallinas a los violines del rey, y mis cerdos a vosotros mismos.
 
La aparición en las vidas del señor de Sainte Colombe y sus hijas del atractivo joven Marin Marais, que, a sus diecisiete años y habiendo abandonado la coral del Rey, se presenta en la vivienda del anciano músico, atraído por su prestigio y su renombre, reclamando de él que sea su maestro de viola y composición, cambiará la rutinaria y recogida existencia de la familia. El joven Marais acabará perfeccionando su arte entre las reticencias e incluso el rechazo del viejo Sainte Colombe, que en su humilde torre de marfil descree de cualquier uso espurio de la música, el que la relega a mero acompañamiento de la danza o a trivial regalo para los oídos del rey. El anciano cree en la música, y aspira a imbuir en su discípulo tal creencia si se consagra a sus más altos y auténticos fines, la belleza, lo inefable: Cuando tomo mi arco, lo que desgarro es un pedacito de mi corazón en carne viva, afirma.
 
Pasan los años, Marin Marais, que ha amado a las hijas de su maestro, ha abandonado la casa de éste, se instala en la corte, asume cargos de importancia en las orquestas reales, compone óperas, también toma esposa, acaba teniendo diecinueve hijos, pero sólo al final de su vida logra penetrar en la esencia de las enseñanzas de su maestro, sólo entonces comprenderá que la música es un pequeño abrevadero para que beban aquellos a quienes el lenguaje ha traicionado, que la música se crea y se interpreta por la sombra de los niños, por los martillazos de los zapateros, por los estados que preceden a la infancia, cuando carecíamos de aliento, cuando carecíamos de luz.
 
Os dejo ya con un fragmento significativo de este bellísimo e inspirado, poético y filosófico libro, que os recomiendo vivamente, Todas las mañanas del mundo, escrito por Pascal Quignard y publicado por la editorial Espasa Calpe. La ilustración musical de la reseña de esta tarde no podía ser otra, claro está, que una pieza extraída del magnífico film de Alain Corneau. Se trata de Gavotte du tendre compuesta por el propio Sainte Colombe e interpretada por Jordi Savall.
 
 
Descubrió una forma distinta de sujetar la viola entre las piernas sin que descansara en la pantorrilla. Añadió una cuerda baja al instrumento para dotarlo de una posibilidad más grave y con el fin de proporcionarle un timbre más melancólico. Perfeccionó la técnica del arco aligerando el peso de la mano y cargando la presión solamente en las cuerdas, con ayuda del índice y el medio, lo cual hacía con asombroso virtuosismo. Uno de sus alumnos, Côme LeBlanc el Viejo, decía que lograba imitar todas las inflexiones de la voz humana: desde el suspiro de una jovencita hasta el sollozo de un hombre entrado en años, desde el grito de guerra de Enrique de Navarra hasta la suavidad del aliento de un niño que se aplica y dibuja, desde el estertor desordenado al cual incita a veces el placer hasta la gravedad casi muda, con poquísimos acordes, y poco variados, de un hombre concentrado en la plegaria.

miércoles, 4 de diciembre de 2013

PABLO MARTÍN SÁNCHEZ. EL ANARQUISTA QUE SE LLAMABA COMO YO

Hay algo de emocionante y de aterrador a la vez en la idea de que el azar pueda gobernar nuestras vidas. Emocionante, porque forma parte de la aventura misma del vivir; aterrador, porque provoca el vértigo de lo incontrolable. En el caso de la escritura, el azar suele jugar un papel más peregrino de lo que a menudo se piensa, por mucho que algunos autores lo hayan convertido en protagonista de toda su obra. La historia que el lector tiene en las manos, sin embargo, no habría sido posible si el azar no hubiera llamado con insistencia a la puerta del que esto escribe. O mejor dicho: no existiría esta historia tal y como aquí se cuenta, pues buena parte de los hechos pueden rastrearse en las hemerotecas y los archivos, esos cementerios sin flores de la memoria. Pero una historia sin relato es una historia que aún no existe: alguien tiene que tejer el hilo de los acontecimientos. Y el azar o la coincidencia se han interpuesto en mi camino para que sea yo quien lo haga. Porque ésta es la historia de alguien que pudo ser mi bisabuelo. Es la historia de un anarquista que se llamaba como yo. Es la historia de Pablo Martín Sánchez, una historia que quizá valga la pena ser contada.
 
Todo empezó el día en que tecleé por primera vez mi nombre en Google. Por entonces yo era un joven autor inédito que echaba las culpas de su fracaso a lo anodino de su nombre. Y el buscador vino a darme la razón: escribí «Pablo Martín Sánchez» y la pantalla vomitó cientos de resultados. Incluso yo aparecía por allí, formando parte de un cóctel compuesto por surfistas, jugadores de ajedrez o provocadores de accidentes de tráfico perseguidos por la justicia. Pero hubo una entrada que llamó especialmente mi atención, tal vez por estar escrita en francés: «Diccionario internacional de militantes anarquistas (de Gh a Gil)», decía el titular; y a continuación podía leerse este fragmento: «Capturado, fue condenado a muerte y ejecutado con otros participantes en la acción, como Julián Santillán Rodríguez y Pablo Martín Sánchez…». Intrigado, entré en la página y descubrí que se trataba de un artículo dedicado al anarquista Enrique Gil Galar, donde se mencionaba de pasada a Pablo Martín Sánchez. Intenté acceder entonces a la letra M correspondiente a Martín, pero el diccionario estaba en construcción y sólo lle¬gaba hasta la G. Sin embargo, el texto dedicado a Gil Galar aportaba algo más de luz a lo dicho en la entradilla: «Miembro de un grupo de acción, Enrique Gil Galar participó los días 6 y 7 de noviembre de 1924 en la expedición de Vera de Bidasoa en la que un centenar de camaradas procedentes de Francia habían penetrado en España».
 
No logré encontrar en internet ninguna referencia más, pero durante varios meses seguí conectándome a la página de los militantes anarquistas para ver las evoluciones de su diccionario. Lo malo es que el ritmo de trabajo de aquella gente era desesperadamente lento y podrían pasar años antes de que llegaran a la letra M. Al final, les escribí pidiéndoles más información sobre Pablo Martín Sánchez. Su amable respuesta, que aún conservo, decía: «Buenos días y gracias por su correo. Lamentablemente, no tengo más información sobre Pablo Sánchez Martín [sic]. Habría que buscar, sin duda, en la prensa española de la época y en los archivos de los tribunales. Cordialmente suyo, R. Dupuy». Y eso fue exactamente lo que hice: rastreé los periódicos de la época disponibles en la Biblioteca Nacional, consulté docenas de libros sobre los sucesos de Vera y viajé hasta el escenario mismo de los hechos. Sólo entonces comprendí que debía escribir la historia de aquel anarquista que me había robado el nombre.
 
 
Hola, buenas tardes. Así, con este largo texto algo enigmático y sin embargo prometedor (y que tendrá su continuación en el extenso fragmento del capítulo inicial del libro con el que cerraré esta reseña), empezamos esta tarde Todos los libros un libro, el programa de Radio Universidad de Salamanca en el que cada semana, cada miércoles más exactamente, os ofrecemos una recomendación literaria con la indisimulada intención de persuadiros, de convenceros, de mover vuestra atención y vuestra voluntad hacia un libro cuya lectura consideramos aconsejable. Y así ocurre también hoy en que quiero hablaros de una novela muy estimable, que encierra en su largo texto -más de seiscientas páginas- innumerables motivos para el disfrute, para la reflexión, para el conocimiento, para el placer, también para la emoción. Se trata, como quizá habéis podido colegir del extenso fragmento de presentación, de El anarquista que se llamaba como yo, escrito por el casi novel Pablo Martín Sánchez y publicado por la Editorial Acantilado el pasado 2012.
 
En los primeros días de noviembre de 1924, un exiguo grupo de anarquistas españoles, exiliados en Francia huyendo de la Dictadura de Primo de Rivera, atraviesa los Pirineos, por dos frentes, en un delirante intento de derrocar al dictador. Los “sublevados”, víctimas probables de una encerrona urdida por el propio régimen, son detenidos en Vera de Bidasoa tras varios intercambios de disparos con la Guardia Civil en los que mueren dos miembros del instituto armado y algunos de los engañados “conspiradores”. Tras un juicio-farsa en el que las autoridades civiles y militares pretenden dar un castigo ejemplarizante a los responsables de la intentona, tres de los integrantes del absurdo episodio, entre ellos Pablo Martín Sánchez, el anarquista que se llamaba como el autor del libro que ahora comento, son condenados y ejecutados mediante el garrote vil a las pocas horas de conocida la sentencia.
 
El libro se estructura en dos planos cronológicos que acaban por coincidir. En el primero de ellos, que integra los capítulos impares, la acción se desarrolla en 1924, en los meses anteriores al inocente y desmesurado (precisamente por su ingenuidad) proyecto. Es ahí donde conocemos a Pablo Martín Sánchez, un joven de treinta y cuatro años que trabaja en una imprenta parisina en la que se edita un semanario dirigido a emigrados españoles, y que deambula por los círculos de los exiliados de la dictadura, contactando con anarquistas y revolucionarios, y asistiendo a mítines y conferencias de relevantes intelectuales de nuestro país: Blasco Ibáñez, Unamuno, Ortega y Gasset, en los que se denuncia la injusticia del opresivo régimen. Su realidad, teñida de sueños utópicos, se desenvuelve en un idealista y exaltado ambiente de maquinaciones e intrigas en contra del gobierno del dictador. La historia avanza, en esta parte de la obra, desde esas jornadas conspirativas, repletas de tramas y sospechas, de planes y rumores, de caos y despropósitos, de comienzos del otoño del 24, hasta llevarnos al desconcertante episodio de la “invasión” de nuestras fronteras y la consiguiente detención y condena de los muy verdes e ilusos revolucionarios. Cada uno de los capítulos de esta parte se abre con una cita de periódicos de la época, de documentos varios sobre el suceso, de fragmentos de discursos o textos literarios, singularmente de Pío Baroja y su La familia de Errotacho, parcialmente basada en los hechos reales de los que da cuenta el libro.
 
En paralelo, en los capítulos pares, asistimos, a partir de 1890, a los primeros años de vida del propio Pablo, su nacimiento en Baracaldo, su infancia con los padres y la querida hermanita, su desplazamiento a Madrid -primero- en donde su padre se examina de las oposiciones de Inspector de Educación, y a Salamanca -después- acompañando a su progenitor en los pasos iniciales de su profesión, sus desgraciados amores de juventud con una chica de Béjar, su huída a Francia, y allí, París, y más tarde Barcelona y Argentina y de nuevo Francia… Podríamos decir, pues -aunque hay algo de esquemático reduccionismo en mi síntesis-, que las acciones “externas”, “reales”, históricas, nutren el primer eje del libro, mientras que las más íntimas, las más subjetivas, las más -también- “inventadas”, surgen en la segunda sección.
 
Y precisamente aquí aparece uno de los aspectos más atractivos del libro -más allá del enorme interés intrínseco de la historia narrada-, que no es otro que el juego invención/realidad, el de los límites de la ficción y las licencias de la literatura que, tan común en infinidad de novelas recientes, impregna también la obra de Martín Sánchez. Y es que en El anarquista que se llamaba como yo nunca sabemos -salvo los hechos objetivos indiscutibles que figuran en los libros de historia- qué es verdad y qué inventado, qué obedece a la ingente labor de documentación llevada a cabo por el autor, con calas en archivos policiales, periódicos y revistas, en particular el ABC y el Diario de Navarra, con recreaciones muy verosímiles de los ambientes descritos, y qué es fruto de la libérrima imaginación de un escritor que no renuncia a los fines últimos de la literatura, esto es a la voluntad de contar historias.
 
Además, el libro interesa también porque sirve al autor -e igualmente a nosotros, los lectores- como una especie de excusa para dar cuenta de la historia reciente de nuestro país, de Europa y del mundo entero. Por la novela pasan, obviamente, la dictadura de Primo de Rivera y la conspiración o revolución del 24 que centra la trama, pero también la semana trágica catalana, Buenaventura Durruti, Francesc Macià, y tantos otros personajes de nuestro convulso pasado, e igualmente, en otra dimensión, momentos muy significativos de la historia europea contemporánea, la primera guerra mundial, el caos social de entreguerras que propiciará -el huevo de la serpiente- en nuestro continente el estallido de la segunda contienda bélica, y también el nacimiento del cine, el “esplendor” del anarquismo, el auge de los movimientos revolucionarios. Y la presencia de estos hechos, acontecimientos y personajes no es sólo episódica, no se trata sólo de un escenario difuso, de un telón de fondo inapreciable, sino que forman parte esencial del libro, impregnando sutilmente su desarrollo.
 
En fin, os recomiendo vivamente este El anarquista que se llamaba como yo, escrito por Pablo Martín Sánchez y publicado por Acantilado. No dejéis de leerlo. Como complemento musical a mi reseña os dejo con Maldita burguesía, una habanera anarquista, muy combativa, llena de sueños utópicos, creada en 1907 e interpretada -probablemente, pues no he podido confirmar la fuente- por Claudia Gambino.
 
 
Sin embargo, limitarme a contar lo ocurrido en 1924 no tenía mucho sentido. Ya lo habían hecho otros antes y desde primera línea: como don Pío Baroja en La familia de Errotacho, escrita en su despacho del caserío de Itzea, con vistas al camino que tomaron los revolucionarios la madrugada del 6 al 7 de noviembre. Lo que debía hacer era algo que aún no había hecho nadie: reconstruir la biografía de Pablo Martín Sánchez. Pero la empresa no iba a ser sencilla, pues si su participación en los sucesos de Vera estaba bien documentada, sobre su vida anterior poco se sabía, quizá por haber sido tan trivial como la de la inmensa mayoría de la gente, aunque acabe saliendo en los periódicos. De hecho, uno de los pocos datos que tenía es que había nacido en Baracaldo, así que decidí empezar la búsqueda por el principio: por el registro civil. Y hacia allí me dirigí una lluviosa mañana de otoño.
 
En el registro había cola. Esperé con impaciencia mi turno. Y cuando llegué a la ventanilla pedí la partida de nacimiento de Pablo Martín Sánchez. «¿Fecha?», preguntó la chica que me atendió. «No lo sé exactamente», respondí. «Pues sin la fecha de nacimiento no podemos hacer nada». Entonces recordé que las crónicas de la época aseguraban que Pablo tenía veinticinco años en el momento de la intentona. «Hacia 1899», aventuré. «Voy a ver», dijo la chica y se levantó a consultar un enorme cartapacio. Enseguida volvió negando con la cabeza: en 1899 no había nadie registrado con aquel nombre. «¿Y en 1900?», pregunté. Pero aunque la chica consultó los volúmenes comprendidos entre 1895 y 1905, lo más parecido que encontró fue un tal Pablo Martínez Santos, fallecido de un colapso respiratorio a los pocos días de nacer. Cuando noté que la gente de la cola se empezaba a impacientar, di las gracias y me fui, sin fijarme demasiado en la chica que me había atendido. Por eso no la reconocí cuando aquella misma noche se acercó hasta la mesa de la taberna Txalaparta en la que yo meditaba la estrategia a seguir al día siguiente y, con una sonrisa descarada, me soltó: «No esperaba que llegases vivo hasta la noche». Y ante mi cara de desconcierto, continuó: «Chico, saliste del registro tan deprimido, que pensé que te suicidarías nada más llegar a casa». La invité a sentarse, pero estaba celebrando un cumpleaños con unas amigas y sólo aceptó quedarse unos minutos. Le conté la historia que me había llevado hasta Baracaldo, intentando justificar mi frustración de aquella mañana, y me dijo que mirase las actas de bautizo de las parroquias, que a veces eran más fiables que los datos del registro. Me deseó suerte y se despidió con un par de besos. Sólo entonces me di cuenta de que ni siquiera le había preguntado cómo se llamaba.
 
Al día siguiente volví al registro, pero en lugar de la chica de la sonrisa descarada me atendió un tipo gordinflón y sudoroso. Le pregunté por ella y me dijo que estaba enferma. Entonces escribí una nota en un papel, la firmé con mi correo electrónico y le pedí que se la dejara en algún lado, si era tan amable. Dos días después, tras recorrer todas las iglesias de Baracaldo, regresé a casa con las manos vacías. No sabía por dónde continuar mis pesquisas. Y cuando estaba a punto de desistir, un correo vino a devolverme las esperanzas: era de la chica de la sonrisa descarada (a quien seguiré llamando así, para respetar su voluntad de anonimato). Decía que, como le había interesado mi historia y las horas en el registro se le hacían eternas, se había puesto a consultar los archivos y había encontrado a un tal Pablo Martín Sánchez nacido el 26 de enero de 1890. No creía que fuera el que yo buscaba, pero quién sabe, tal vez sí. Además, le había contado la historia a su abuelo, haciéndole prometer que preguntaría en el centro cívico si alguien la conocía. Le escribí de inmediato dándole las gracias y pensando que, de nuevo, el azar o la coincidencia se habían cruzado en mi camino. Y es que si en vez de haber entrado aquella noche en la taberna Txalaparta hubiese entrado en el Tempus Fugit, lo más probable es que ahora, lector, tuvieras otro libro entre las manos, y no precisamente mío.
 
El dato que la chica de la sonrisa descarada había encontrado en el registro civil era correcto: se trataba del Pablo Martín Sánchez que yo andaba buscando, nacido bastante antes de lo que aseguraban las crónicas de la época (un error generalizado que ya habrá tiempo de explicar). Además, las voces que dio el abuelo de la chica entre sus compañeros del centro cívico pronto obtuvieron recompensa. Uno de aquellos ancianos de Baracaldo que se reunían cada tarde para jugar al mus conocía a alguien de un pueblo vecino que tenía un primo cuyo padre había estado en Francia durante la dictadura de Primo de Rivera, participando en algunas de las reuniones clandestinas en las que se planeó derrocar al régimen. El hombre había muerto casi centenario pocos años atrás, pero su hijo aún recordaba algunas de las historias que le había contado. El problema era que vivía en Boston, Massachusetts, y yo no podía permitirme el lujo de viajar hasta allí para entrevistarle, por lo que me limité a escribirle una carta que nunca recibió respuesta. Pero los abuelos del centro cívico no se dieron por vencidos y, entusiasmados con una historia que parecía haberles devuelto las energías de su primera juventud, continuaron dando voces por todo Baracaldo. La chica de la sonrisa descarada pasaba de vez en cuando a verlos y me mantenía informado de sus progresos, divertida con las historias que le contaban «los sabuesos del geriátrico», como ella los llamaba. Así que yo no tuve que hacer prácticamente nada; ellos mismos fueron tirando del hilo y un buen día me llegó la noticia de que habían localizado a alguien que podría contarme muchas cosas sobre la historia que yo andaba investigando: una sobrina de Pablo Martín Sánchez, de más de noventa años y con fama de misántropa, que vivía en una residencia de ancianos en Durango, a una treintena de kilómetros al sureste de Bilbao.
 
Quizá pienses, lector, que en aquel momento me embargó una alegría enorme, pero debo confesar que lo único que sentí fue miedo. Sí, un miedo inexplicable, un miedo inconcreto. Miedo a enfrentarme a una historia insípida, miedo a lograr hablar con aquella sobrina y tener que aceptar que allí no había ninguna historia que contar, miedo a descubrir que mi tocayo el anarquista había sido un ser insignificante o un delincuente de baja estofa enrolado en la expedición de Vera con mezquinas intenciones. Por un momento pensé en quedarme en casa y olvidarme del asunto. Pero el curioso que llevo dentro acabó ganando la partida al cobarde que me atenazaba y emprendí un nuevo viaje, esta vez con destino a Durango. Un sábado de finales de enero, frío pero soleado, me presenté en la residencia Uribarri. Me hicieron esperar unos minutos y luego me acompañaron hasta el jardín, donde la sobrina de Pablo Martín Sánchez me esperaba en un banco, medio adormilada. Su cabeza asomaba apenas por el cuello del grueso abrigo verde que la envolvía, lo que le daba un curioso aspecto de tortuga dormitando al sol. La enfermera le frotó suavemente el hombro y la anciana alargó el cuello hacia nosotros, abriendo los ojos con parsimonia tras unos gruesos cristales. Me escudriñó unos instantes antes de sonreír. Luego sacó del caparazón una mano arrugada, donde lucía un curioso anillo en forma de T, y me la tendió amablemente: «Teresa, para servirle», dijo. Y acto seguido, con la misma voz dulce, ordenó: «Siéntese, hágame el favor».
 
Aquel encuentro inauguró una serie de visitas que se prolongaría hasta el otoño siguiente: el primer sábado de cada mes subía a Durango para escuchar las historias de Teresa, la sobrina de Pablo Martín Sánchez a quien debo por lo menos la mitad de este libro, pues prácticamente todo lo que sé de la vida de su tío hasta el momento en que decidió enrolarse en la expedición revolucionaria procede de la inagotable fuente de su memoria, lúcida y chispeante al principio, aunque cada vez más enturbiada a medida que se sucedían las sesiones. Y así, desmintiendo por completo el sambenito de misántropa que algunos le habían querido colgar, me ofreció de forma casi cronológica el relato de la vida (o lo que ella recordaba que le habían contado de la vida) de su tío el anarquista.
 
La última sesión estaba programada para la víspera de Todos los Santos, pues en la visita anterior la enfermera me había advertido que la salud de Teresa estaba empeorando mucho últimamente y que los esfuerzos de memoria que se veía obligada a realizar conmigo podían ser perjudiciales. Me presenté en la residencia a primera hora de la tarde, con una caja de bombones en la mano y un nudo en el estómago. Me embargaba una extraña mezcla de tristeza y de alivio; de tristeza por poner fin a aquellos entrañables encuentros y de alivio por estar a punto de completar el puzzle de una historia que debía convertirse en libro. La vida de Pablo Martín Sánchez había resultado ser de lo más fascinante y la anciana me había anunciado en nuestro último encuentro una «sorpresita final», sonriendo maliciosamente y entrecerrando los ojos tras los gruesos cristales. Pero al preguntar por ella en recepción, la imprevista noticia de su muerte me golpeó de tal modo que llegué a perder el equilibrio: a pesar de su edad y de su salud deteriorada la había creído indestructible. «Falleció la semana pasada -me dijeron-, dulcemente, mientras dormía». Lamentaban no haberme podido avisar, pero no tenían mi número de teléfono. Les di las gracias y salí de la residencia, con la caja de bombones en la mano. Al cruzar el umbral, oí que alguien decía mi nombre. Me volví: era la enfermera, que traía un sobre en la mano. En el anverso estaba escrito «Para Pablo». «Lo encontramos en la mesita de noche de la señora Teresa -dijo la enfermera-, imagino que era para usted». La miré a los ojos y, no sé por qué, lo único que conseguí hacer fue abrazarla. Sería porque no me salían las palabras.
 
Ya en la calle, me senté en un banco y abrí el sobre. Dentro había una fotografía antigua, muy bien conservada, como si alguien la hubiera guardado con celo durante mucho tiempo. En ella aparecían tres personas: un hombre apuesto, una mujer morena y una joven adolescente, abrazados y apoyados en un flamante camión de mercancías de los años veinte, en el que la publicidad ya había hecho su aparición, pues por encima de ellos sobresalía el dibujo de una gran cabeza de vaca con pendientes, junto al rótulo de la marca: «La vache qui rit». Al fijarme bien, descubrí que aquel hombre era el mismo que había visto en el Archivo Histórico Nacional, en una de las fichas antropométricas realizadas por la policía tras los sucesos de Vera: ni más ni menos que Pablo Martín Sánchez, mi tocayo el anarquista. A la mujer y a la adolescente no las reconocí, aunque supuse que serían su hermana y su sobrina, la propia Teresa, a pesar de no parecerse en nada a la anciana que había abierto para mí el baúl de sus recuerdos. Al volver a meter la foto en el sobre, descubrí que había también un pedazo de papel, en el que, como garabateado a última hora, se podía leer: «Gracias por todo, Pablo. Mi tío se habría reído de lo lindo al saber que iba a acabar convertido en protagonista de una novela».
 
No puedo hacer menos que dedicarle a Teresa este libro y darle las gracias por haber hecho posible que ahora tú, lector, resucites la historia de su tío el anarquista.