Vivo entre muchos libros y extraigo una gran parte de mis ganas de vivir del hecho de que aún leeré la mayoría de ellos. (Elias Canetti)

miércoles, 25 de mayo de 2011


MARIO VARGAS LLOSA. EL SUEÑO DEL CELTA

Hola, buenos días. Hoy Todos los libros un libro cumple una función redundante, acaso por ello banal y estéril, y, en consecuencia, quizá yo no hubiera debido elegir este libro para hablar en la radio de él. Porque, ¿hay alguien entre quienes ahora amablemente me escuchan que no haya leído, visto, comentado hasta la saciedad alguna referencia, alguna mención, alguna nota más o menos publicitaria sobre la más reciente novela de Mario Vargas Llosa, El sueño del celta, publicada el noviembre pasado por la editorial Alfaguara? Los medios de comunicación, los periódicos, los suplementos, literarios o no, los dominicales, los telediarios, los programas de libros y hasta los del corazón se han hecho eco de la exuberante edición de la obra del peruano, que debe ir ya por el medio millón de ejemplares, y ello sobre todo tras la concesión del Premio Nobel de Literatura a quien con oportunismo patrioteril no se ha dudado en considerar enfática y orgullosamente español, dada la doble nacionalidad del escritor. A estas alturas, pues, la mayor parte de vosotros conocéis la obra, sabéis cuáles son sus temas principales, estáis familiarizados con la vida y milagros de Roger Casement, el diplomático irlandés de vida legendaria al que Vargas Llosa ha convertido en personaje principal de su novela, casi todos habéis oído hablar del Congo belga y de las atrocidades perpetradas en aquel vasto país por el brutal colonialismo de Leopoldo II, a muchos les suena ya la región del Putumayo en el Amazonas, escenario de los abusos, las violaciones, las inhumanas torturas que llevaban a cabo sobre los indígenas las compañías caucheras; incluso, aunque este tercer eje de la novela no ha sido tan divulgado, bastantes de vosotros ya os habéis aproximado a las interioridades de los conflictos nacionalistas en la Irlanda de principios del siglo pasado. En cierto modo muchos de vosotros ya habéis leído la novela, incluso, me atrevería a decir, quienes no lo han hecho real y materialmente, tantos son los fragmentos reproducidos, tantos los reportajes, tantas las entrevistas, tanta la información sobre este El sueño del celta, best-seller antes, casi, de ser publicado. ¿Qué puedo decir yo, pues, en esta breve reseña que evite las repeticiones inútiles, que añada algo de interés para vosotros y que pueda haceros contemplar la obra desde otro ángulo aún no mostrado? Seré sincero, en las decenas de referencias que han estado a mi alcance en estos meses, en la prensa y en la televisión, en revistas, en la radio, en blogs y páginas de Internet, todo ha sido dicho y escrito, de modo que acepto mi condición de mero replicante, de modesto reseñista sin apenas originalidad. Vayamos, pues, con algunos rasgos del libro que merece la pena destacar, haciendo abstracción de lo que haya sido contado ya.

De entrada, quizá el único elemento que no he visto reflejado en ni uno solo de los comentarios, ni siquiera en las críticas sobre la novela, es la constatación de un cierto descuido, una aparente dejadez, un cierto desaliño formal que, sobre todo en las cien primeras páginas resulta a mi juicio, bastante molesto y, en cualquier caso, impropio de un escritor de este calibre. Tengo la impresión, quizá equivocada -¿quién soy yo para objetar la obra de un Premio Nobel de Literatura?-, que la editorial hubiese querido aprovechar el tirón del galardón sueco y hubiera entregado al público con demasiada premura un texto necesitado, probablemente, de un último repaso y de algunos retoques. Por ejemplo, al menos en tres ocasiones, el peruano usa el vocablo ‘polizonte’ para referirse a lo que a todas luces es un polizón. Una consulta apresurada al Diccionario panhispánico de dudas, por comprobar si el error no era tal y sí solo un coloquialismo sudamericano, nos confirma que el término despectivo que en el habla coloquial se usa para referirse a un policía, no debe confundirse -la conminación es del diccionario- con polizón, viajero clandestino de un barco o un avión, que es el sentido que Vargas Llosa quiere darle en las tres ocasiones detectadas. Pero hay más, hay, siempre en mi modesta apreciación, comas mal puestas, concordancias erróneas, incluso anacolutos y frases sin sentido. Fijaos en este texto de la página 35: Entonces, tuvo el primer ataque de malaria. Nada comparado a lo que fue el segundo y, sobre todo, tres años después -1887- y, sobre todo, ese tercero de 1902. También se usa algunas veces el término ‘material’ para referirse a un conjunto de documentos que sirven de base a un trabajo intelectual, acepción admitida por la Academia, pero a mi inseguro juicio, de uso bastante improbable con ese sentido en la Inglaterra de comienzos del siglo XIX, contexto en el que aparece en la novela. Y así, algunos ejemplos más. En fin, nada demasiado serio, nada siquiera sospechoso de ligereza en un escritor de la talla del peruano; sí, por el contrario, una práctica imperdonable en una editorial que dice defender la calidad y aun la excelencia literarias.

Por lo demás, el libro es formidable, o más exactamente -y espero que no apreciéis hoy en mí una excesiva meticulosidad desmitificadora de la enorme figura de Vargas Llosa- lo que resulta formidable y apasionante es la vida de este Roger Casement, que el escritor aprovecha para construir su obra. Amante desde niño de la aventura, viajero en el Congo y en la Amazonía, apasionado defensor de la noble causa de la liberación de los africanos y los indígenas de la asesina e inmoral codicia del colonialismo, redactor de sendos informes sobre ambas regiones en los que de manera valiente denunciaba las atrocidades contempladas en sus viajes, diplomático por todo el mundo y Sir en su controvertida Inglaterra, patriota irlandés en lucha contra la sin embargo, pese a la admiración, opresora Gran Bretaña, hasta el punto de pactar con la Alemania enemiga, en plena primera guerra mundial, con tal de favorecer las ansias de independencia de su Eire mítico, redactor de unos diarios en parte inventados -esa es la tesis de Vargas Llosa- en los que aflora su condición de oscuro homosexual, reprimido y torturado, probablemente pederasta, con infinidad de escarceos y escabrosas aventuras sexuales en urinarios y baños públicos, con marineros y soldados, con curtidos prostitutos y con bellos jóvenes en sus viajes. Pero, sobre todo, Casement era, o así aparece en la novela, gracias a la maestría del autor, un ser humano contradictorio y complejo, riguroso y excesivo, irreprochablemente ético en su trato con la inhumanidad en África y Sudamérica, pero profundamente inmoral en sus opciones privadas y políticas, un héroe ejemplar y un traidor despreciable, manifestación modélica del ciudadano armado de coraje intelectual y cívico, pero a la vez condenado a muerte, y finalmente ejecutado, por sus torpes y despreciables maniobras durante la guerra, profundamente lúcido en su denuncia de los excesos coloniales, pero insensato hasta el delirio en obsesión irlandesa.

Un libro estimable, pues, como no podía ser menos en un escritor como Mario Vargas Llosa, aunque a mi juicio, algo plano, sin la fuerza, sin la creatividad, sin la innovación, sin el riesgo de Conversación en la Catedral o La casa verde o La guerra del fin del mundo. Un libro con mucho de Roger Casement y no tanto de Vargas Llosa; un libro estupendo, no obstante, con cuya lectura aprendemos y nos deleitamos mucho, y que, por ello, os recomiendo.

Como música de cierre, y teniendo en cuenta que el Putumayo geográfico de la novela de Vargas Llosa da nombre también a un excepcional sello discográfico especializado en lo que se ha dado en llamar ‘músicas del mundo’ os ofrezco una canción extraída de uno de sus múltiples discos. Se trata de Mon amour, ma cherie, de los malienses Amadou y Mariam con la colaboración de Johnny Marr. Hasta la semana próxima.

Cuando estaba en Liverpool, donde sus primos, Roger vencía a veces su timidez e interrogaba al tío Edward sobre el África, un continente cuya sola mención le llenaba la cabeza de bosques, fieras, aventuras y hombres intrépidos. Gracias la tío Edward Bannister oyó hablar por primera vez del doctor David Livingstone, el médico y evangelista escocés que desde hacía años exploraba el continente africano, recorriendo ríos como el Zambezi y el Shire, bautizando montañas, parajes desconocidos y llevando el cristianismo a las tribus de salvajes. Había sido el primer europeo en cruzar África de costa a costa, el primero en recorrer el desierto de Kalahari y se había convertido en el héroe más popular del Imperio británico. Roger soñaba con él, leía los folletos que describían sus proezas y ansiaba formar parte de sus expediciones, enfrentar a su lado los peligros, ayudarlo a llevar la religión cristiana a esos paganos que no habían salido de la Edad de Piedra. Cuando el doctor Livingstone, buscando las fuentes del Nilo, desapareció tragado por las selvas africanas, Roger tenía dos años. Cuando, en 1872, otro aventurero y explorador legendario, Henry Morton Stanley, periodista de origen galés empleado por un periódico de Nueva York, emergió de la jungla anunciando al mundo que había encontrado vivo al doctor Livingstone, estaba por cumplir ocho. El niño vivió la novelesca historia con asombro y envidia. Y cuando, un año más tarde, se supo que el doctor Livingstone, que nunca quiso abandonar el suelo africano ni volver a Inglaterra, falleció, Roger sintió que había perdido a un familiar muy querido. De grande, él también sería explorador, como esos titanes, Livingstone y Stanley, que estaban extendiendo las fronteras de Occidente y viviendo unas vidas tan extraordinarias.



miércoles, 18 de mayo de 2011

REBECCA WEST. EL REGRESO DEL SOLDADO

Hola, buenos días. Aquí estamos como todos los miércoles en Todos los libros un libro, el espacio de recomendaciones literarias de Radio Universidad de Salamanca. Hoy os traigo una novelita, un texto muy breve, aunque intenso y magistral, una pequeña maravilla cuya publicación ha sido saludada con alborozo por los especialistas, una joya que pese a haber sido escrita ni más ni menos que en 1918 (aunque su autora revisó el texto en 1980, tres años antes de su muerte) no ha visto la luz en nuestro país hasta el pasado 2008. Se trata de El regreso del soldado, la obra maestra de escritora Cecily Isabel Fairfield, conocida en el mundo literario como Rebecca West. Rebecca West nació en Irlanda en 1892 y falleció en Londres en 1983. El libro lo publica la editorial Herce en traducción de Laura Vidal.

El regreso del soldado parte de una anécdota muy simple, casi trivial, podríamos decir, pero que permite a su autora construir, con un tan sencillo germen, una historia llena de evocaciones, que induce a la reflexión sobre el amor, la identidad, las convenciones sociales, la autenticidad, la importancia de las apariencias, los prejuicios de clase, la belleza real y la inventada, y, en definitiva, el sentido último de la vida.

La novela se abre con una conversación entre Kitty, refinada, elegante y algo snob esposa de Chris Baldry, y la prima de éste, Jenny. Ambas viven en una inmensa y hermosísima mansión en el campo desde la que la mirada abarca kilómetros de pastos esmeralda, húmedos y brillantes al pie de unas lustrosas colinas, azules por la distancia y los bosques distantes. Más cerca se aprecian la agradable correción del césped y del cedro del Líbano, cuyas ramas son como la oscuridad hecha materia, y la amenazadora aspereza de los pinos más altos del bosque que se extiende hacia el sur desde el estanque hasta los pies de la colina, sus ramas desnudas de una textura tupida de tonos castaños y púrpuras, tal y como se describe en un fragmento del texto. La belleza, el sosiego, la tranquilidad del lugar, perteneciente a la adinerada familia Baldry, contrastan con el mundo que discurre fuera de él. La primera guerra mundial, la Gran Guerra, destroza vidas a unos cientos de kilómetros, en las húmedas trincheras de los campos de Francia, y en ellas, Chris Baldry lucha por su patria mientras su esposa y su prima esperan su regreso acomodando el idílico entorno de manera que el joven pueda reencontrarse a su vuelta con el esplendor de la vida en la campiña inglesa: el brillo multicolor de las maderas barnizadas, el acogedor abrazo de los sillones tapizados, de las pesadas cortinas, de las cálidas telas que recubren las paredes, la luz tenue de los candelabros, el agradable calor de la confortable chimenea, el frescor de los frondosos rincones del jardín, la desbordante luminosidad de los capullos de rosa, las azaleas resplandecientes, los dorados helechos, los oscuros macizos de rododendros, las garzas sobrevolando los sauces, el afable cariño de sus perros, de sus caballos favoritos, y, sobre todo, el amor incondicional de su mujer y la admiración y el cariño fraternos de su prima.

Sin embargo, toda esta placidez va a quedar truncada a las primeras de cambio cuando en Baldry Court se presenta la señora Gray, de soltera Margaret Allington. Margaret es una mujer desaliñada y muy poco agraciada, que comparece pobremente vestida con ropas baratas y algo desastradas en la lujosa mansión de los Baldry. Su aspecto era terrible, estaba repulsivamente rebozada en abandono y pobreza, como un guante caro que ha caído bajo una cama en un hotel y tras permanecer allí un día o dos resulta repugnante cuando la criada lo rescata del polvo y las pelusas, relata la narradora, la prima Jenny, desde cuya perspectiva se cuenta la historia. La ahora señora Gray, que había estado enamorada de Chris Baldry, un amor correspondido por éste, hace quince años, lleva consigo un telegrama del propio capitán Baldry, dirigido a ella desde un hospital francés. Al parecer, según señalan el telegrama y una carta adicional más íntima remitida de modo personal a Margaret, la explosión de un obús ha afectado a Chris provocándole una pérdida de memoria, de tal manera que todo su ser, su mente, sus afectos, sus recuerdos, se retrotraen quince años atrás. Así, en su cerebro afectado por la explosión, se siente un joven de veintiún años y no un adulto de treinta y seis. Además, no reconoce en Kitty a su mujer y sí, en cambio, experimenta como algo vivo el amor que hacía tres lustros sintiera hacia Margaret.

Pocos días después de esta sorprendente aparición, Chris es repatriado y tras su llegada a su antiguo hogar, su amnesia, en efecto, le hace ignorar su matrimonio con Kitty, le permite identificar a su prima Jenny tan sólo como un mero recuerdo de su pasado, le lleva a desconocer los principales cambios ocurridos en el personal y la fisonomía de la mansión y, sobre todo, le hace seguir experimentando por Margaret un amor verdadero e intenso, genuino y pleno, como si su juventud aún floreciera, como si no pudiera ver en ella a esa mujer ajada y vulgar, de feas manos -las manos, un motivo recurrente en el libro-, y sí únicamente a la dulce joven de su pasado, como si su boda con Kitty nunca hubiera tenido lugar, como si la guerra no hubiera perturbado su vida.

A partir de estos hechos, que se desarrollan en las primeras páginas del relato, de modo que desvelándolos no os descubro nada sustancial de él, nada que no esté recogido en la solapa del libro e incomode su lectura, se inicia el núcleo principal de la novela, en el que, de un modo muy sensible y hermoso, se encierra su más poderoso mensaje. Porque la reacción que la desmemoria de Chris provoca en su mujer y en su prima, el profundo rechazo de aquella y la progresiva comprensión de esta ante el hecho de que un amor de juventud, valiente, irreflexivo, sincero, pueda prevalecer pese a las diferencias de clase y educación, pese a la ostensible ausencia de belleza en la burda Margaret actual, esa reacción de perplejidad, de desconcierto, pone de relieve algunas importantes cuestiones que afectan de un modo esencial a nuestras existencias como seres humanos. ¿Somos capaces de reconocer, en una existencia casi siempre artificiosa y mediocre, entre los oropeles de un mundo ficticio que nos construimos sin querer, la más auténtica verdad de nuestra vida? ¿Podemos identificar en la más que probable vulgaridad de nuestras opciones vitales, en las domesticadas rutinas, en los hábitos cobardes, la más profunda dimensión de nuestra existencia? ¿Rodeados por la fealdad de nuestra sociedad consumista y falsa, por la mentirosa apariencia de las cosas, estamos en condiciones de captar la belleza del mundo, de ser sensibles ante los logros del espíritu, de apreciar los valores profundos, de ponderar con generosidad lo que merece la pena?

De todo ello habla este El regreso del soldado. Y lo hace con una prosa bellísima, conmovedora, sencilla pero no simple, llena de encanto y emoción, que encierra, más allá de su superficie más o menos convencional, mucho sentimiento, mucha verdad, mucha vida.

Os recomiendo vivamente el libro. Leedlo y disfrutadlo, no os arrepentiréis. Y otro soldado, éste del amor, Soldier of love, de Sade, protagoniza nuestra pequeña aportación musical por esta semana. Hasta dentro de siete días.


Ella había alisado la lona con sus feas manos de manera que él se sintiera confortable cuando por fin, somnoliento, se quedó dormido sobre un costado. Yacía allí con la placidez confiada de un niño que descansa, las manos distendidas y la cabeza echada hacia atrás dejando ver la garganta, indefensa. Ahora que dormía y su semblante estaba vacío de todo pensamiento era posible admirar cuán verdaderamente hermoso era. Y ella, con su cara solemnemente vigilante, sonrosada por el aire frío del río que llegaba con el atardecer colándose entre los dorados helechos, estaba sentada junto a él, mirándole.

A menudo he visto personas en actitudes como aquélla en la campiña que queda fuera de nuestra propiedad, en los días festivos. Las más de las veces el hombre sostiene un pañuelo sobre su cara para protegerse del sol, mientras la mujer, inclinada a su lado, examina la maleza para asegurarse de que sus hijos no se hacen daño mientras juegan. En ocasiones he tenido la impresión de que aquello tenía un significado especial. Es como cuando uno se adentra en el frescor húmedo y fragante de una iglesia católica y contempla a los fieles arrodillados, sus cuerpos rígidamente inclinados, reacios y abandonados a un tiempo, como representando la voluntad que inevitablemente se doblega ante un propósito que es más grande que el individuo. O como cuando uno ve bajo cualquier cielo una madre con su hijo en brazos y algo parecido a una espada te atraviesa el corazón y te dices:
Si la humanidad se olvida de gestos como éstos entonces es que ha llegado el fin del mundo.


miércoles, 11 de mayo de 2011

AMALIA IGLESIAS (editora). POETAS EN BLANCO Y NEGRO

Hola, buenos días. Os damos la bienvenida una semana más a Todos los libros un libro, nuestra habitual recomendación de lectura que os proponemos desde la sintonía de Radio Universidad. Hoy el libro seleccionado pertenece al dominio de la poesía, un territorio que no goza de demasiada atención en los medios de comunicación. Uno tiene la impresión de que la prensa, la televisión, la radio son considerados, por una especie de acuerdo implícito universal, vehículos para que en ellos fluya la realidad ‘real’, podríamos decir, para las noticias, para la política, para los sucesos, para todos los aspectos ‘externos’ al alma humana, para, como decía La Codorniz, aquel semanario satírico que sólo los mayores de cuarenta años recordarán, ‘los eventos consuetudinarios que acontecen en la rúa’, en frase de Juan de Mairena, el entrañable profesor de retórica machadiano.

Y así, nuestros telediarios, las tertulias radiofónicas, las páginas de los periódicos, se pueblan de guerras y muertes, de atentados y violencia, de tediosas reuniones políticas e insulsas soflamas partidarias, de lemas predigeridos e intelectualmente vacuos, de declaraciones altisonantes y casi siempre inanes, de las mil y una variedades de los interminables deportes, e incluso, cuando, en esos medios aflora el mundo de la cultura, su aparición es superficial, pues se nos da cuenta de una inauguración, de un estreno, de una publicación, jamás (salvo en algún ámbito muy especializado) se lee un poema, se reflexiona sobre un fragmento literario, se escucha con sosiego una pieza musical.

¿Y por qué debe ser así? ¿Es que acaso no necesitamos alimento espiritual?, ¿acaso no estamos abiertos, día a día, a la emoción, a las palabras conmovedoras, acaso no nos tocan los grandes temas de la existencia humana, el amor y la muerte, el paso del tiempo y el destino, la pérdida y el dolor, la felicidad y su imposible búsqueda, la decadencia y la exaltación, el entusiasmo y la pasión, el fracaso y la alegría? Vivimos una rutina programada, muy mal programada, en realidad, por groseros mercaderes muy limitados intelectual y espiritualmente. La gente se acostumbra a lo que le ponen delante, y así tendemos a creer que la realidad es eso que nos muestra la televisión o los periódicos… y no es así, no lo es para muchas personas, no lo es para todos aquellos para los que los sentimientos, la intimidad, los sueños, los anhelos, la poesía, en fin, resultan más reales que el último intercambio de insultos entre políticos o la enésima reedición del partido del siglo.

En fin, afortunadamente existen reductos, incluso en esos medios, en los que hay espacio para la vida auténtica y el libro que hoy os presento refleja uno de esos espacios privilegiados y admirables. Se trata de Poetas en blanco y negro, y es una edición a cargo de Amalia Iglesias, poeta ella misma, y que vio la luz a finales de 2006 publicado por Abada Editores.

Os cuento la génesis del libro, que explica su propósito y su sentido últimos. El catorce de septiembre de 2001, el suplemento cultural del periódico ABC, que entonces se llamaba Blanco y Negro Cultural y más adelante cambió su nombre por ABCD las Artes y las Letras, denominación esta última que subsiste en la actualidad, comenzó a publicar una sección de creación poética, a cargo de la mencionada Amalia Iglesias, con la intención, insólita en este mundo de griterío y superficialidad que os comentaba en mi introducción, de ofrecer en un periódico una muestra variada de la poesía que se estaba haciendo, que se hace hoy día, en nuestro país, pero también en Hispanoamérica y Portugal. Y así, desde entonces, cada semana ha ido apareciendo en el suplemento un poema inédito de un poeta portugués o hispanoamericano o, por supuesto, español (y en este caso, escrito en cualquiera de las lenguas con vida, tradición y arraigo literarios en España: el castellano, claro, pero también el euskera, el gallego o el catalán). Junto al poema se ofrecía, se sigue ofreciendo, la sección sigue activa, una escueta ficha biobibliográfica y un breve apunte sobre el estilo del poeta seleccionado.

Pues bien, en la primavera de 2006, cuatro años después, la editorial Abada reunió los casi doscientos cincuenta poemas publicados hasta entonces, manteniendo la estructura original, con la reseña y los comentarios estilísticos, en el libro que hoy os comento.

Amalia Iglesias señala en la introducción que Poetas en blanco y negro no es una antología. Quiere decir con ello que no pretende reflejar un canon o una escuela o una singular tendencia estética, un coincidente compromiso literario, o una determinada generación poética, ni una perspectiva particular, o un criterio estilístico aglutinador. Todas las antologías son, por esta voluntad taxonómica restrictiva, reduccionistas, limitan la visión al centrarla sobre un foco necesariamente estrecho. La editora prefiere y reclama para el libro el término muestra, de modo que si os decidís a comprar y leer el libro que hoy os estoy presentando os encontraréis con eso, con una muestra amplísima, con una recopilación de voces poéticas dispersas que refleja el heterogéneo panorama de la poesía de nuestro tiempo en el entorno cultural del que formamos parte. Poetas en blanco y negro es, pues, un excelente modo de acceder a la obra de una significativa representación de los poetas de nuestra contemporaneidad; unos poetas que, dejadme recordároslo, no escriben para iniciados, para especialistas, sino que aspiran a ser degustados, disfrutados por el mayor número posible de destinatarios, no olvidéis que se trata de poemas inicialmente publicados en la prensa, en una prensa general y no literaria.

Me disculparéis si termino mi reseña sin citar ningún nombre de los casi doscientos cincuenta poetas recogidos, baste con decir que en Poetas en blanco y negro están todos (o casi todos) los que significan algo en el ‘mundo poético’, todos los estilos, todos los movimientos. Como señala la propia Amalia Iglesias en su comentario introductorio, en este Parnaso tan poblado hay espacio para todos. Disfrutad de este Poetas en blanco y negro publicado por Abada Editores. Estoy seguro de que entre sus páginas vais a encontrar sin duda versos que os van a interesar y conmover, a entretener y apasionar y emocionar.

Quiero, como cierre, leeros uno de los poemas seleccionados. Se titula Los días inminentes y su autor es el melancólico, el elegíaco Eloy Sánchez Rosillo. Tras él, la música de otro poeta, Leonard Cohen y su magnífica Famous blue raincoat. Hasta la semana próxima.

Los días inminentes

Yo, que nunca he pensado en el mañana,
que no sentí jamás preocupación ninguna
por lo que habría de venir,
me veo ahora meditando a veces
-con inquietud que alcanza
hasta el desasosiego- en el futuro.
Mas no me acucia la entelequia absurda
del porvenir remoto,
sino los días que ya llegan,
los que están casi a punto
de llamar a mi puerta con impaciente aldaba. Y observo atentamente
el semblante que muestran cuando aparecen. Busco
indicios en sus gestos que me digan
cómo habrán de tratarme, qué me traen. Todo pende
de un hilo en el precario
lugar de mi vivir en el que estoy. Y un día, cualquier día,
puede ser un día más, razonable, pacífico,
y puede ser también
un golpe inopinado que nos lance de súbito
a la intemperie hostil de lo desconocido
o al gran silencio de lo irremediable. Mueve el viento con fuerza
las frondas del presente. Y una sombra enigmática
nos quita las migajas de luz que deja el tiempo
en nuestras pobres manos.


miércoles, 4 de mayo de 2011

FRANCIS PISANI Y DOMINIQUE PIOTET. LA ALQUIMIA DE LAS MULTITUDES

Hola, buenos días. Bienvenidos un miércoles más a Todos los libros un libro. Hoy os traigo un texto divulgativo, un esclarecedor ensayo, absolutamente arrebatador, y de lectura indispensable si estáis interesados (y deberíais estarlo) por el muy atractivo mundo de Internet y, en general, de las tecnologías de la información y la comunicación que en este comienzo del siglo XXI están cambiando el mundo e, incluso, me atrevo a afirmar, la concepción de la vida y hasta la mente del hombre. El libro del que os hablo se titula La alquimia de las multitudes, sus autores son Francis Pisani y Dominique Piotet, y ha sido publicado, en difícil y meritoria traducción de Alicia Capel, por la editorial Paidós hace un par de años, a principios de 2009. El libro, que cuenta con un iluminador prólogo de Tomás Delclós, subdirector de El País, responsable de Ciberp@ís, el suplemento de tecnología e informática del diario madrileño, lleva el muy significativo subtítulo de Cómo la web está cambiando el mundo, con lo que ya podéis, tan sólo a partir de esa frase, haceros una idea de la temática última de la obra.

Francis Pisani es bloguero (espero que a estas alturas la denominación no os resulte desconocida o insólita) especialista en nuevas tecnologías en la versión electrónica de Le Monde. Su blog, Transnets.net, que escribe desde San Francisco, es uno de los más influyentes de Francia. Sus crónicas aparecen en los mejores periódicos de Europa y de América Latina. Además, imparte clases y colabora de forma regular como consultor. Es columnista de Ciberp@ís, el citado suplemento de tecnología de El País, y de Reforma en México. Su muy interesante blog, por si queréis consultarlo, aparece traducido al español en Soitu.es.

Dominique Piotet dirige la filial americana de l’Atelier, una entidad dedicada a las nuevas tecnologías de BNP Paribas (Atelier-us.com). Asesora a las grandes empresas en su estrategia en internet. Participa en el programa de radio L’Atelier numérique, en BFM, y escribe habitualmente una crónica en La Tribune, un periódico financiero francés.

Ambos son, pues, grandes expertos en el novedoso mundo en el que la red ha introducido nuestras existencias y extraordinarios conocedores también de los enormes cambios de todo tipo, intelectuales, políticos, sociales, culturales, vitales que ha provocado Internet en los últimos veinte años, así como de las repercusiones que el dominio de la web está produciendo en el presente y que llevará consigo sin duda en un futuro ya inminente.

En el libro se analizan, con profusión de citas, de referencias, de ejemplos tomados de la realidad (virtual o convencional), bastantes de esos cambios y de esas repercusiones de internet, en territorios tan distintos como la educación, los medios de comunicación, las empresas, el comercio, la innovación, el ocio, el consumo, el trabajo, las relaciones personales y tantos otros. ¿Qué va a pasar con las clases convencionales, cuando cualquier alumno, con un ordenador y a un solo click de ratón, puede acceder a más información que la que su profesor puede suministrarle en años? ¿Cuál será el futuro de la prensa escrita en un mundo en el que las noticias son colgadas en Internet por sus protagonistas a los pocos minutos de ocurrir el acontecimiento, con fotografías y vídeos hechos con el teléfono móvil, con infinidad de comentarios y opiniones de multitud de personas en todo el orbe, y con réplicas e interacciones y análisis espontáneos, pero también profundos y reposados, de los hechos? ¿Cómo será el modelo de negocios en un siglo en el que ya un porcentaje alto de las compras se hace en la red, en el que la oferta y la demanda muchas veces coinciden en el espacio virtual, para comprar una entrada a un concierto, reservar un hotel, programar un viaje, adquirir un libro o un disco? ¿Y qué será de los estilos tradicionales de relaciones laborales, con el patrón controlando al trabajador, los sindicatos cerca de éste en el ámbito del trabajo, cuando el cada vez mayor ancho de banda, la mejora de las tecnologías están propiciando ya el auge del teletrabajo, la actividad laboral a distancia? ¿Y el ocio y las relaciones personales de los jóvenes, y de los no tan jóvenes, cómo va a desarrollarse, contaminado, por decirlo así, como lo está ya, por las descargas de música y de películas, por las conversaciones, por los chats, por Twiter, por los intercambios personales en la red?

Y así, Google, los blogs, la Wikipedia, las páginas de descargas, la 'nube', Twenti, Facebook, Myspace, YouTube, Ebay, el Messenger, Flickr, Amazon.com, las redes sociales, los webactores, Internet en el móvil, la empresa en red, los periódicos digitales, los modelos de negocios en la web, la democratización de la política que permiten las nuevas tecnologías, con Obama como ejemplo paradigmático, son algunos, sólo algunos, de los protagonistas de un libro fascinante, que podríamos calificar de adelantado a su tiempo, que podríamos denominar ensayo de anticipación si no fuera porque, en todas estas cuestiones, el futuro ya está aquí. No dejéis de leerlo, es estimulante y adictivo, enseña y entretiene, interesa y hace reflexionar y, sobre todo, nos abre nuevos caminos tanto en el terreno del pensamiento como en el de la acción más inmediata. Os dejo con un esclarecedor fragmento del libro, en el que se concentra una de sus tesis principales. La alquimia de las multitudes. Francis Pisani y Dominique Piotet. Editorial Paidós. Para acompañar musicalmente nuestra reseña de hoy, una canción que habla del futuro que viene. Se trata de Clint Eastwood, del grupo Gorillaz. Espero que os guste. Hasta la semana que viene.

¿Qué tenemos que saber y comprender de la web, de internet, de las redes y de los medios de comunicación en este comienzo del siglo XXI? ¿Qué herramientas, qué lógicas, qué maneras de pensar y de organizarse deben dominar los hombres y las mujeres de hoy, los jóvenes y los mayores, para sentirse a gusto, para que su participación sea lo más rica posible?

¿Tiene esta pregunta sentido o, como piensan algunos, sólo hay que esperar a que se mueran los viejos pesados del papel y de la pluma de oca para alcanzar, por fin una suerte de nirvana digital?

Acechados por un desequilibrio creciente, creemos, al contrario, que hay que añadir la educación a esa capacidad de enfrentamiento generacional entre nativos e inmigrantes digitales.

A finales del siglo XIX, bastaba con hablar de alfabetización. En la actualidad, este término ya no es suficiente por tres sencillas razones: nuestros medios de expresión son multimedia y no pasan sólo por las letras y el abecedario, sino que también debemos conocer las herramientas que podemos usar, las aplicaciones y los aparatos; la
web nos ha abierto un mundo nuevo, y es importante entender su lógica. El esfuerzo debe realizarse, por consiguiente, tanto en la práctica como en la cultura. Atañe a la recepción de la información, a la expresión, a la utilización de las herramientas y a la lógica del sistema en cuestión. Requiere, además, el aprendizaje sistemático del pensamiento crítico para discernir mejor de qué se trata, a qué estamos expuestos y el sentido de lo que circula y de lo que emitimos.

La brecha es grande. Mucha gente aún no tiene acceso a este medio o se niega, a veces por miedo, a utilizarlo, aun cuando saldría beneficiada de ello. Un gran número de los que tienen acceso a él cree que lo utiliza correctamente, pero sólo aprovecha una pequeña parte de todo lo que podría serle útil. Muchos carecen de los conocimientos generales que permiten hablar de una cultura digital, y por ello se frenan.



miércoles, 27 de abril de 2011

IAN McEWAN. SÁBADO

Hola, buenos días. Bienvenidos un miércoles más a Todos los libros un libro, el espacio de Radio Universidad en el que cada semana os ofrecemos una propuesta de lectura en la que pretendemos guiarnos exclusivamente por criterios de calidad. Hoy también os traigo una novela, el género más habitual en nuestro programa, y una novela magnífica, que a mí me ha deparado muchos momentos de placer y felicidad, de conocimiento y diversión, de reflexión y sensibilidad. Se trata de Sábado, la antepenúltima novela del inglés Ian McEwan, traducida por Jaime Zulaika. Las dos más recientes, On Chesil Beach, y Solar, ya están publicadas, ambas en la editorial Anagrama, son también espléndidas y pienso hablaros de ellas en ediciones posteriores de nuestro espacio.

Henry Perowne es un hombre feliz. Es un reconocido neurocirujano y está casado con Rosalind, una abogada de un importante periódico. Ambos disfrutan de su trabajo, se quieren y quieren a sus hijos, un prometedor músico y una joven poeta. Es sábado, 15 de febrero de 2003, el día de las grandes manifestaciones contra la guerra de Irak. Henry se despierta, va hacia la ventana de su dormitorio y ve un avión en llamas que sobrevuela Londres a muy baja altura. Henry teme un accidente terrible, un ataque terrorista. Más tarde, escuchando la radio, sabrá que se trata de un aterrizaje forzoso. Y Henry volverá a dormir, y hará el amor con su mujer, y se irá luego a su partida de squash semanal. Pero la visión nocturna no ha sido sino el presagio de la realidad azarosa que irrumpirá en la plácida burbuja de su vida tan armoniosa...

He aquí el resumen apresurado que la editorial Anagrama nos ofrece de Sábado, aunque esta sinopsis reducida no nos da más que una pálida muestra de lo que es el libro. La novela nos contará con minuciosidad y precisión casi científicas ese sábado, ese día completo de Henry. Sin embargo, no es lo externo, no son los actos, los acontecimientos, los incidentes que vive, siendo importantes, generando curiosidad e intriga, lo que nos acabará interesando de la vida del doctor Perowne, sino sus reflexiones, su monólogo interior, el discurrir de su pensamiento, sus reflexiones sobre cuestiones morales, políticas, estéticas, existenciales.

Sábado está influida, como quizá habréis podido deducir a partir de la síntesis de su argumento, por los atentados del 11 de septiembre, al igual que tantas otras excelentes novelas que se han escrito desde entonces. La sombra del avión que sobrevuela Londres a punto de estrellarse es más que una mera referencia a la tragedia de Nueva York, es un recordatorio del escenario en el que se mueve el mundo actual, de los riesgos que lo amenazan, de la complejidad que lo perturba. También la guerra de Irak está presente en la novela, a través de las manifestaciones que el protagonista encuentra en su deambular por Londres. Pero estas citas con la actualidad, con la historia, con la vida de nuestras sociedades desarrolladas en este aún incipiente y convulso siglo veintiuno, nos llevarán al interior del alma del personaje, que es el interior del alma de cualquiera de nosotros. Historia, pues, y sociología, y documento, y reflexión y crónica de una época… pero también sensibilidad y emoción, el sentir íntimo de un ser humano ante las preguntas importantes de la existencia: el paso del tiempo, el miedo a la muerte, la salvación por la poesía y la literatura, la memoria, la libertad, el amor y la pareja, la familia y los hijos…

Os dejo ya con un fragmento de Sábado, con el comienzo de la novela, con lo que será el desencadenante de la trama entera del libro. Seguid mi consejo, leed Sábado, una novela formidable de Ian McEwan, otra más, publicada por la editorial Anagrama.

Con excelente música despediremos por hoy nuestra sección. La contundente Saturday morning, del siempre inquietante Mark Oliver Everett al frente de Eels.

Al despertar, horas antes del alba, Henry Perowne, neurocirujano, descubre que ya está en danza, aparta las mantas de su postura sedente y se levanta. No sabe con certeza el momento exacto en que ha despertado, pero tampoco le importa. Nunca ha hecho algo así, pero no se alarma y ni siquiera se sorprende un poco, porque el movimiento de sus miembros es ágil y placentero y nota una fuerza insólita en la espalda y las piernas. De pie y desnudo junto a la cama -siempre duerme desnudo- siente su plena estatura, la respiración paciente de su mujer y el aire invernal del dormitorio en la piel. Lo cual también es una sensación placentera. El reloj de la mesilla marca las tres cuarenta. No sabe qué está haciendo levantado: no necesita aliviar la vejiga, no le perturba un sueño, tampoco un elemento del día anterior ni el estado del mundo. Es como si, ahí en la oscuridad, saliendo de la nada se hubiese materializado entero, completo, sin impedimentos. No está cansado, a pesar de la hora o de los trabajos de la víspera, ni le turba la conciencia ningún caso reciente. De hecho, está despabilado, tiene la mente en blanco y le embarga un júbilo inexplicable. Sin una decisión tomada, sin que le mueva un propósito, se dirige hacia la más cercana de las tres ventanas del dormitorio y siente su paso tan fácil y liviano que sospecha al instante que está soñando o sonámbulo. Si es así, sufrirá una decepción. Los sueños no le interesan; que esto sea real es una posibilidad más enjundiosa. Y sabe seguro que es totalmente él mismo, y sabe que está despierto; conoce la diferencia entre esto y despertar, conocer las fronteras es la esencia de la cordura.



miércoles, 20 de abril de 2011


PHILIP HOARE. LEVIATÁN O LA BALLENA

Hola, bienvenidos a Todos los libros un libro, que hoy os trae una recomendación de lectura que no será radiada, pues al interrumpirse las emisiones de Radio Universidad durante las vacaciones de Semana Santa, estas palabras sólo verán la luz en nuestro blog. Dejadme que hoy empiece mi reseña de una manera entusiasta y entregada. Y es que el libro del que quiero hablaros es absolutamente apasionante, yo lo he leído en algunas intensísimas jornadas de las pasadas vacaciones navideñas y os puedo asegurar que su lectura me ha deparado bastantes horas, unos cuantos días y, en conjunto, una semana de auténticas satisfacción y felicidad. Se trata de Leviatán o la ballena, un deslumbrante ensayo del británico Philip Hoare publicado por la editorial El Ático de los libros. La obra ha sido acogida con entusiasmo unánime de crítica y público en el Reino Unido, en donde ha recibido el premio de la BBC al mejor libro de ‘no ficción’ del año 2009. Se presenta en España avalado por las recomendaciones incondicionales y siempre muy fiables -al menos para mí- de Antonio Muñoz Molina y Fernando Savater, que se declaran rendidos admiradores del libro. Cierto es que, probablemente, ambos cosmopolitas escritores habrán podido degustar el texto en su versión original inglesa porque, en un sentido contrario a todo lo que os he referido hasta el momento, debo indicaros que la edición española es absolutamente deplorable, con una traducción de Joan Eloi Roca, repleta de faltas de ortografía (de las que nadie está exento, pero son decenas), de múltiples fallos de concordancia, de sinsentidos varios, de infinidad de errores tipográficos, además de alguna desafortunada elección en la traducción. En torno a cien de estos desajustes he podido registrar en las cerca de quinientas páginas del texto, lo cual convierte una lectura de por sí enormemente interesante y placentera en una pequeña tortura, asaltado el lector a cada poco por alguna barbaridad perpetrada por el deficiente traductor que es, además, el editor, el principal responsable y uno de los inspiradores, con su propia mujer, de la editorial El ático de los libros, por otro lado un sello a seguir, altamente recomendable, con una política de publicaciones muy interesante y atractiva. Por ello mismo resulta aun más lamentable tener que ocupar parte de mi reseña en constatar este tipo de errores, reveladores de una injustificable desidia en la traducción pero sobre todo indicativos de una absoluta ligereza por parte del responsable de la edición -algo paradójico, pues el libro en sí, como mero objeto, es bellísimo, con estupendas fotografías y un formato muy manejable y agradable. Sirvan algunas muestras del desastre a modo de ejemplo: los términos cuando, como, y cual se acentúan sistemáticamente de modo incorrecto y se adornan con tilde cuando debieran carecer de ella, viéndose privados del acento en las ocasiones en que les sería indispensable; el vocablo aparte aparece en varias ocasiones dividido en dos, a, parte, y el fallo vuelve a repetirse en aposta; la palabra jirafa se escribe con una irritante g; diagnóstico aparece sin tilde... y eso que no menciono los signos ortográficos descabalados, las admiraciones que se cierran sin haber sido abiertas, las frases en condicional que acaban sin formular la condición... e infinidad de frases en las que, por la omisión de alguna palabra o la repetición de otra, el sentido desaparece por completo, obligando a una nueva lectura, airado ya el lector, en busca del significado oculto de tanto anacoluto. En fin... y sin embargo, como os decía, el libro es magnífico y su lectura, pese a los constantes encontronazos con los muchos disparates de la edición, extraordinariamente sugestiva y deslumbrante.

Philip Hoare es, desde niño y a partir de una visita infantil a un museo y el encuentro en él con una maqueta gigante de ballena azul, un amante apasionado de las ballenas y consagra su libro a narrar esa pasión, a hacernos partícipes, y más aún, a contagiarnos de ella. Y lo admirable en él, y ése es el gran logro del libro, es que no siendo necesariamente el lector, no al menos en mi caso, no ya alguien devoto del mundo cetáceo, sino ni siquiera alguien mínimamente interesado por el universo animal, consigue trasladarnos su pasión y hacernos vivir, absolutamente entregados, la fascinante existencia de unos seres en los que, antes de abrir el libro, apenas habíamos reparado. Y uno acaba por entender así, gracias a la maestría del autor, el encanto y la atracción que estas bestias fabulosas y como venidas de otro mundo pueden ejercer sobre la imaginación y la fantasía de los niños, o sobre la capacidad fabulatoria de generaciones y generaciones de individuos en todas las partes del mundo, despertada y avivada esa capacidad por el prodigio inexplicable de estos animales mitológicos.

Esta ballena legendaria aparece descrita y estudiada en todos sus posibles enfoques, el autobiográfico, relativo a la vinculación vital del escritor con el mundo de los cetáceos, el científico, el literario, el documental, el religioso, el histórico, el sociológico, el político, el filosófico... Quiero decir con ello que en el libro se nos ofrece todo lo que hay que saber sobre las ballenas, sea cual sea el punto de vista desde el que se analice la existencia de ese enorme, misterioso, mítico y aun casi desconocido animal. El libro es un prodigio de erudición, de amena erudición, con datos, cifras, curiosidades varias que van surgiendo capítulo a capítulo y que agotan hasta el más mínimo reducto de la vida de los cetáceos. Y así, conocemos sus orígenes, cincuenta millones de años atrás, sus características físicas, con inteligentes y entretenidísimas informaciones acerca de su portentosa anatomía, de su descomunal esqueleto, de las interioridades de sus órganos insólitos, de sus muy variados rasgos externos, de la multiplicidad de tipos de aletas y orificios respiratorios, de sus dentaduras poderosas o, por el contrario, de la ausencia de dientes y de la aparición en su lugar de las llamativas barbas. Conocemos también su biología, el funcionamiento de su organismo, las complejas y sutiles maniobras respiratorias, la circulación de su sangre, las estrategias de buceo y flotación, el prodigio de su enorme e inteligente cerebro, su milagrosa capacidad de orientación, sus ojillos limitados y en cierto sentido ciegos, sus, por el contrario, formidables capacidades auditivas, su versatilidad hidrodinámica, sus costumbres sexuales y reproductoras, su longevidad desmesurada. Se nos ofrece también el relato pormenorizado de las distintas peculiaridades de las principales clases de estos mamíferos y otros semejantes, y así por el libro desfilan cachalotes y rorcuales, tiburones y orcas, narvales y delfines, ballenas enanas, ballenas bacalao, ballenas jorobadas, la ballena azul, la ballena blanca, ballenas beluga y ballenas piloto, la ballena franca de Vizcaya, la gris del Pacífico, la de Groenlandia y tantas otras (incluso alguna desconocida inventada en la deficiente traducción), en una fauna admirable y siempre sorprendente.

Otro aspecto remarcable del ensayo tiene que ver con los lugares físicos en los que las ballenas se manifiestan. El autor viaja a Cape Cod y New Bedford en Estados Unidos, visita las costas del Mar del norte británico, los acantilados de las Azores, los territorios, en fin, surcados por estos seres fabulosos. Sobrevuela sus manadas en avión, se acerca a ellos en barcas, nadando incluso, los contempla, los admira, los fotografía, llega a acariciarlos. Pero, además de su experiencia directa, de primera mano, nos ofrece la historia de todos estos lugares, espacios emblemáticos durante siglos de la persecución y la caza de las ballenas. Son apasionantes las recreaciones de las distintas épocas, sobre todo a partir del siglo XVI, en las que se registra la obsesión del hombre por las ballenas: los museos navales, las diversas modalidades de los barcos, los botes, las chalupas, los instrumentos de la caza, arpones y ganchos, picas y lanzas, los antiguos pabellones de despiece, los toneles para el aceite, los puertos de los que zarpaban y a los que arribaba la flota ballenera, las factorías humeantes, las refinerías en funcionamiento permanente, los periódicos de la época, con referencias al tráfico marítimo, con anuncios para la captación de marineros, con las tarifas de los productos obtenidos en las expediciones.

Y éste es precisamente otro de los ejes muy atractivos en el libro: el que tiene que ver con la codicia humana y sus consecuencias, con el insensato afán del hombre por disfrutar de los réditos económicos que el comercio de la ballena y sus derivados proporciona, con el avaricioso negocio en torno a los múltiples aprovechamientos del animal. Un provecho que ha tenido muchas manifestaciones a lo largo de los siglos: la propia carne de ballena, cocinada en las poblaciones costeras del universo ballenero, en variadas recetas de alguna de las cuales se da cuenta en un capítulo del libro; su grasa inacabable, que proveyó al mundo de aceite a lo largo de siglos, un aceite que iluminó la vida de las ciudades de todo el orbe; el mágico esperma, pilar fundamental de la industria cosmética y farmacéutica; el codiciado y romántico ámbar gris, pagado a precio de oro y utilizado para múltiples y sorprendentes fines.

Y un lugar central del libro, permeando todas sus páginas, lo ocupa la literatura, desde Moby Dick, la obra maestra de Melville, que aparece una y otra vez como un correlato literario de la historia narrada, más bien como un hilo conductor que anuda los distintos capítulos, hasta cualquier referencia -directa o indirecta- a las ballenas en otros escritores, Thomas Hobbes, Nathaniel Hawthorne, Henry Thoreau, sobre todo, pero también Daniel Defoe, Edgar Allan Poe, Bram Stoker, Henry James, George Orwell o Ray Bradbury, que integran una extensa bibliografía final.

Pero hay, además, decenas de otras muy interesantes aproximaciones al tema principal como, por ejemplo, la descripción de la singular organización social de los cachalotes; los análisis sobre su condición de metáfora proteica: su caza emblema de la lucha contra el mal, del mito fundacional de los Estados Unidos, de la superación y el esfuerzo, unas ballenas que se constituyen en símbolo, en su libre deambular por las aguas, del poder indiscriminado de la naturaleza, naciones sin Estado, el gran Leviatán de Thomas Hobbes; las connotaciones religiosas, el vínculo atávico con un legendario diluvio universal y el origen terrestre de la creación; su trascendencia en el desarrollo y el progreso de nuestras sociedades, su papel esencial en las transformaciones mundiales, en el movimiento de poblaciones enteras, en las cambiantes esferas de influencias políticas y sociales; las curiosidades de sus apariciones en el cine, con Moby Dick, la obra maestra de John Huston, ocupando un papel preponderante; su despiadada captura, su sangriento y brutal exterminio: la población de cetáceos del mundo ha sido cazada, arponeada, aplastada, dinamitada incluso, consumida de una forma implacable que ningún otro recurso vivo en el planeta tuvo que sufrir (sirvan un par de cifras: trescientos mil cetáceos mueren al año, atrapados por redes de pesca, trescientas sesenta mil ballenas azules murieron en el siglo XX, destrozadas por misiles, innoble forma de caza, sin rastro alguno del heroísmo valiente de los marinos de los siglos anteriores).

Pero más allá de todas estas curiosas e inteligentes miradas sobre la vida de las ballenas, lo que resulta deslumbrante en el libro es el estilo arrebatador, la fluidez del relato, el encantamiento que producen en el lector unas páginas que se leen como una apasionante novela, la variedad de historias sorprendentes, los datos insólitos, las anécdotas llamativas y asombrosas, como la del marinero encontrado vivo en el interior de una ballena, la de las inusitadas penetraciones múltiples que las ballenas francas permiten a los machos en el acto del amor, la de la atracción del presidente Kennedy por los cetáceos, hasta el punto de hacerse enterrar con un diente de ballena en el féretro y tantas otras...

En fin, no dejéis de hacerlo, no dejéis de leer este Leviatán o la ballena, escrito por Philip Hoare y publicado por El Ático de los libros. No os arrepentiréis. Cierro ya la reseña con una referencia musical ineludible, la militante Wind on the water, de David Crosby y Graham Nash, acompañados esta vez -una más- por Stephen Stills. Hasta la próxima semana.

Nada representa la vida en una escala tan descomunal. Ver una ballena no es como ver un gorrión en un árbol de la ciudad o un gato cruzando la calle. No se puede comparar ni siquiera a ver una jirafa juguetear por la sabana africana, guiñando sus glamurosos ojos a causa del polvo. Las ballenas existen más allá de lo normal, más allá de lo que esperamos en nuestras vidas cotidianas. Casi son más geográficas que animales; si no se movieran, sería difícil creer que están vivas. En su tamaño -en su misma construcción- son antídotos a nuestras existencias vividas inflexiblemente en ciudades. Quizá por eso me afectó tanto verlas en ese momento de mi vida. Estaba preparado para ver las ballenas, para creer en ellas. Había ido allí en busca de algo, y lo había encontrado.

Allí había un animal próximo a mí como criatura -que compartía conmigo corazón y pulmones y mis cualidades de mamífero- pero que al mismo tiempo estaba dotado de un aspecto físico sobrenatural. Las ballenas son señales palpables de la vida oceánica que no podemos ver; sin ellas, a nuestros ojos, el mar bien podría estar vacío. Y sin embargo, son totalmente mutables, hechas del material de los sueños porque existen en otro mundo, porque su aspecto es lo que sentimos cuando flotamos en nuestros sueños. Quizá, si no proyectáramos nuestras ideas sobre ellas, no serían más que otra especie, otra parte de la creación divina (aunque, por supuesto, alguien podría decir que eso es en sí mismo otra proyección). Sin embargo, imbuimos a las ballenas con la improbabilidad de su continua existencia, y de la nuestra. Somos terrestres, animales de tierra, y dependemos de nuestros limitados sentidos. Las ballenas desafían la gravedad, ocupan otras dimensiones, viven en un medio que nos sobrecogería y que excede con mucho nuestros dominios continentales. Son alienígenas que aparecen en las tablas Linneo, siguen campos magnéticos invisibles, ven a través del sonido y escuchan a través de sus cuerpos. Se mueven por un mundo del que nada sabemos. Son animales de antes de la Caída, inocentes de todo pecado.



miércoles, 13 de abril de 2011

HIROMI KAWAKAMI. EL CIELO ES AZUL, LA TIERRA BLANCA

Hola, buenos días. En estos días en los que Japón ha ocupado, de manera desgraciada, las portadas de todos los periódicos del mundo; cuando, en Salamanca, no hace aún un mes de la celebración en la Casa de Japón de su habitual e interesantísima semana festivo cultural, Todos los libros un libro quiere sumarse a este espíritu nipón que aflora por muy distintos espacios de la realidad con una recomendación de literatura japonesa. Y digo una recomendación, y en realidad digo mal, porque son tres los libros de los que hoy quiero hablaros. En los tres casos se trata de novelas, en los tres el amor, con distintas variantes, está presente como tema central de cada libro, y los tres han conocido además un extraordinario éxito de ventas en su país de origen y en algún caso, lo que es más sorprendente, también en el nuestro, en donde se suceden las reediciones de una manera no del todo fácil de comprender al tratarse de libros en los que la realidad descrita, las costumbres a las que hacen referencia, pero sobre todo la atmósfera, el estilo, los modos de entender la existencia se encuentran bastante alejados de los nuestros, pero en fin, ya se sabe que la literatura, cuando es buena, tiene la capacidad de traspasar fronteras, de alzarse sobre las diferencias geográficas y culturales.

Pero vayamos ya con los libros. En primer lugar la que para mí es la obra más literariamente interesante de las tres. Se trata de El cielo es azul, la tierra blanca, su autora es Hiromi Kawakami y la presentó la muy selecta Editorial Acantilado en el pasado 2009 en traducción de Marina Bornas Montaña. La obra había alcanzado, antes de su llegada a España, los más reputados premios literarios japoneses y fue igualmente llevada al cine con éxito. Su trayectoria en nuestro país es también muy destacada y se multiplican las ediciones con una extraordinaria aceptación de público y crítica. El libro cuenta, con la delicadeza y la sencillez, con la sensualidad y la sutileza consustanciales al poético mundo japonés, una singular historia de amor entre una mujer solitaria y su viejo maestro de la infancia al que, muchos años después de la etapa escolar, encuentra por casualidad en un bar. Lo más relevante de la obra es, quizá, que la historia va avanzando a través de los encuentros que ambos tienen en bares y restaurantes, y es la proverbial capacidad japonesa para el tratamiento indirecto y la alusión, muy presentes en la escritura de Kawakami, la que permite mostrar con extraordinaria belleza la evolución de su relación.

El segundo libro, también muy interesante, se titula La fórmula preferida del profesor, escrita por Yoko Ogawa, otra novelista muy conocida en Japón, acumula sucesivas ediciones en nuestro país, yo tengo noticia ya de, al menos, la décima, y se publicó en 2008 por la estupenda Editorial Funambulista en traducción de Yoshiko Sugiyama y Héctor Jiménez Ferrer. El libro se cierra con un entusiasta postfacio de León González Soto, profesor de matemáticas de la Universidad de Alcalá. En la novela se narra la relación que se establece entre un genial profesor de matemáticas, que perdió la memoria tras un accidente de tráfico, lo que le impide recordar más allá de ochenta minutos, con su asistenta, una madre soltera, y el hijo de ésta, el pequeño Root. La limitación del viejo profesor no impide sin embargo que pueda aflorar su ternura y que sea capaz de transmitir su saber matemático con sentimiento y emoción. En un contexto común, marcado por los avatares domésticos de la asistenta y por la afición al béisbol del niño y el anciano, surge el cariño recíproco entre éste y el chaval y su madre, y así, entre preparación de comidas, cuidados médicos, tareas escolares, partidos de béisbol en la radio, el anciano es capaz de comunicar su amor, su pasión por los números a partir de los pequeños acontecimientos de esta existencia trivial.

La última referencia de esta semana, resulta ser, al decir de la editorial Alfaguara, que lo presenta en España, la novela japonesa más leída de todos los tiempos. Se titula Un grito de amor desde el centro del mundo. Su autor es Kyoichi Katayama (ya está en las librerías su más reciente obra, El año de Saeko, que aún no he leído) y se publicó en 2008 en versión española de Lourdes Porta, la ejemplar traductora al castellano de la obra del genial Haruki Murakami. Se trata de una especie de Love story a la japonesa protagonizada por adolescentes que, como suele ocurrir con los fenómenos culturales masivos en el país del sol naciente, ha crecido en medios muy diversos y complementarios: versión cinematográfica, serie de televisión e incluso cómic manga. Entre dos jóvenes nace en principio una mera pero inquebrantable amistad que se acaba convirtiendo luego en una pasión enloquecida. Su arrebatado amor durará toda su vida e irá aún más allá de la muerte.

Os dejo, precisamente, con un fragmento de esta última novela, un texto en el que aflora, de un modo a mi juicio preciso y elegante, la japonesidad del libro; un texto, por ello, muy significativo para captar la esencia de unas novelas que, con sus ostensibles diferencias, tienen en común el que además del alma del ser humano universal, sus sentimientos más íntimos y por lo tanto más comunes, reflejan, a la vez, lo más singular del modo de entender el mundo de la cultura nipona. Para cerrar la sección, y después del texto leído, música japonesa una vez más. Hoy os ofrezco a un conocidísimo pianista, Ryuichi Sakamoto, que además de su carrera musical en el mundo del pop y la electrónica, ha compuesto muchas piezas para el cine. La que sonará dentro de un rato es Bibo no aozora, muy apropiada como ambientación sonora para los libros recomendados. Espero que os guste. Hasta la semana próxima.

La luz de cien, doscientas luciérnagas parpadeaba sin descanso entre la hierba y los arbustos. Una que estaba posada en una hoja alzó el vuelo, seguida por dos o tres más, y volvió a ocultarse entre la hierba. Aunque eran muchas, su vuelo era silencioso. A veces parecía que el enjambre entero de luciérnagas flotara en el viento.

Apaga la luz, dijo Aki. Ahora Aki y yo estábamos envueltos en las mismas tinieblas que ellas. Una luciérnaga se separó de sus compañeras y voló hacia nosotros. Se aproximó despacio, con su tenue luz. Se quedó un instante suspendida en el aire junto al sobradillo de la ventana. Acerqué la mano, con la palma vuelta hacia arriba. Entonces, la luciérnaga retrocedió un poco, precavida, y se posó en una hoja, en la punta de una de las ramas que penetraban en el edificio y se quedó allí, inmóvil. Nosotros esperamos. Poco después volvió a alzar el vuelo, empezó a dar vueltas despacio alrededor de Aki y, al final, como un copo de nieve que cae, se posó suavemente en su hombro. Fue como si la luciérnaga la hubiese elegido a ella. Y brilló dos o tres veces como si enviara alguna señal. Miramos la luciérnaga, conteniendo la respiración. Tras brillar unas cuantas veces, abandonó el hombro de Aki. Ahora se dirigió, sin vacilar, como cuando había venido, en línea recta hacia los hierbajos de la colina, junto a sus compañeras. Yo la seguí con la mirada, aguzando la vista. Se reunió con el enjambre. Se mezcló con sus compañeras y, pronto, se perdió de vista confundida entre la multitud de pequeñas luces.