Vivo entre muchos libros y extraigo una gran parte de mis ganas de vivir del hecho de que aún leeré la mayoría de ellos. (Elias Canetti)

miércoles, 4 de diciembre de 2024

SEIS POETAS: GIOCONDA BELLI, ANNE SEXTON, CARILDA OLIVER, IDEA VILARIÑO, LOUISE GLÜCK, WISŁAWA SZYMBORSKA

Hola, buenas tardes. Bienvenidos a Todos los libros un libro, el espacio de reseñas literarias de Radio Universidad de Salamanca. Esta tarde, la emisión aparece como una suerte de continuación de las de los últimos miércoles. Como sabéis quienes nos seguís habitualmente, coincidiendo con la concesión, en las primeras semanas de octubre, del Premio Nobel de Literatura a la surcoreana Han Kang, he dedicado aquí tres programas a repasar algunos libros de autores galardonados por la Academia sueca y que habían aparecido en las dos emisiones radiofónicas que dirijo, esta desde la que ahora hablo/escribo, Todos los libros un libro, y Buscando leones en las nubes, mi otro programa de música y literatura. Así, por las tres anteriores entregas de la serie han desfilado la propia Han Kang, Albert Camus, Kazuo Ishiguro, Mario Vargas Llosa, Alice Munro, John Galsworthy, Thomas Mann, Patrick Modiano, Bob Dylan, Ernest Hemingway, Orhan Pamuk, John Michael Coetzee, Jean-Marie Gustave Le Clézio y también, en un breve recordatorio pues su anterior presencia en el espacio está aún bastante reciente, Rudyard Kipling y John Steinbeck. 

Avisaba entonces de que otras dos premiadas por el jurado de Estocolmo y presentes en mis espacios, ambas poetas, no formarían parte de esa “revisión” porque pensaba incluirlas en un especial dedicado a poesía femenina, compartiendo protagonismo con otras escritoras no galardonadas. Pues bien, este es el objeto de la propuesta que ahora estoy presentando: ofreceros la recomendación de seis poemarios de otras tantas mujeres, de épocas, ámbitos geográficos, idiomas y planteamientos literarios muy distintos, que ocupan un lugar destacado en la historia de la poesía (lamentablemente solo una sigue viva). La poesía no tiene habitualmente demasiado protagonismo en Todos los libros un libro, por lo que espero que mis sugerencias de esta tarde sirvan, en parte, para paliar esa significativa carencia. Anticipo, además, que tras las breves palabras con las que introduciré la obra y la figura literaria de cada una de ellas, os dejaré un poema representativo de su labor creativa. Igualmente, os invito a acceder al blog de Buscando leones en las nubes para escuchar en él un total de hasta dieciséis programas dedicados a estas seis poetas. 

Empezaré mi recorrido, precisamente, por la única de cuya presencia activa y aún fecundísima podemos disfrutar. Es más, la tuvimos con nosotros en un acto en la Universidad de Salamanca hace un par de meses. En efecto, Gioconda Belli fue protagonista de la jornada de estudios dedicada a su obra y celebrada el pasado 1 de octubre en la Facultad de Filología. Con esa excusa, innecesaria por otra parte, quiero hablaros de una antología poética, Parir el alba, publicada, en edición conjunta, por la Universidad de Salamanca y Patrimonio Nacional. El libro, aparecido hace ahora poco más de un año, en octubre de 2023, es consecuencia directa de la concesión, meses antes, en mayo de ese mismo año, del XXXII Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana, otorgado por ambas instituciones a la fecunda autora nicaragüense por su expresividad creativa y su libertad y valentía poéticas. En abril de este mismo año, dediqué dos programas a su obra en Buscando leones en las nubes, que están disponibles en buscandoleonesenlasnubes.blogspot.com. 

Parir el alba es una muy completa antología que recoge unos ciento veinte poemas -cuatro de ellos inéditos-, seleccionados, de entre una decena de poemarios de la autora (cubriendo un arco temporal que se extiende entre 1974 y 2023), por la propia Belli y por la profesora de Literatura Española de nuestra Universidad, María José Bruña Bragado, responsable, igualmente, de la edición, que incluye una detallada nota biográfica, un amplio e ilustrativo estudio introductorio, una muy completa bibliografía y un poema manuscrito de la escritora. 

Belli, con una muy larga trayectoria literaria, autora de decenas de libros, novelas y poemarios, galardonada con infinidad de premios en España, Iberoamérica y Europa, muy comprometida políticamente, activista en su país durante muchos años de lucha contra la dictadura de Somoza y exiliada ahora en Madrid a causa, paradoja de los tiempos, de su oposición al régimen de Daniel Ortega, que la ha desprovisto, en un proceso fuera de toda legalidad, de su nacionalidad de origen, es una poeta formidable, con una obra en la que afloran sus preocupaciones vitales más destacadas, singularmente esa implicación política, el compromiso, la militancia revolucionaria. Es notoria, igualmente, la presencia en sus libros del feminismo, la reivindicación de la condición y los derechos de las mujeres. En la antología se recogen también numerosos poemas que giran sobre la escritura y la creación, sobre la aventura de las palabras, sobre, particularmente en los versos más recientes, la vejez y el paso del tiempo en una mujer que, muy bella aún a sus setenta y cinco años, resplandecía en su juventud y madurez. 

Pero la Gioconda Belli poeta -como la novelista- quedará en el recuerdo de sus lectores, más allá de los versos que aluden a los temas referidos, por la vertiente a mi juicio más interesante de su creación, el erotismo, el sexo, el deseo, que siempre brotan de un modo exuberante, primitivo, salvaje, ubérrimo, transgresor, tórrido y vital, acorde a los excesos de la naturaleza tropical, en unos poemas en los que la pasión, la intensidad amorosa, la exaltación erótica, el gozo, la atracción de los cuerpos, comparecen con un lenguaje muy rico y fecundo, muy claro y transparente. 

Esta dimensión cálida y sensual de su poesía alcanza sus mejores logros cuando, más allá del sexo y el deseo, nos habla del amor, uno de los motivos más destacados -sino el principal- de su obra poética. El amor en todas sus variantes, el amor romántico, el sexual, el erótico, el apasionado, el salvaje, el dulce, el intenso, el fogoso, el animal, el exuberante, el volcánico, el atrevido, el voluptuoso, el ardiente, el irracional, el excesivo. El amor siempre presente en unos versos escritos en un lenguaje muy cercano y accesible, y en los que la fecunda realidad del trópico comparece en abundantes metáforas florales, marinas, frutales, arbóreas, animales, de una ardiente voluptuosidad y una poderosa feminidad, de extraordinaria plasticidad, repletas de algas y árboles y conchas y ríos y frutas y olas y animales y lluvia y lágrimas y besos y cantos y truenos y risa y sudor y abrazos. Una poesía esplendorosa y deslumbrante, alborozada y gozosa, sensible, feliz y llena de vida. 

Gioconda Belli. Y dios me hizo mujer 

Y Dios me hizo mujer, 
de pelo largo, 
ojos, 
nariz y boca de mujer. 

Con curvas 
y pliegues 
y suaves hondonadas 
y me cavó por dentro,
me hizo un taller de seres humanos. 

Tejió delicadamente mis nervios 
y balanceó con cuidado 
el número de mis hormonas. 
Compuso mi sangre 
y me inyectó con ella 
para que irrigara 
todo mi cuerpo; 
nacieron así las ideas, 
los sueños, 
el instinto. 
Todo lo que creó suavemente 
a martillazos de soplidos 
y taladrazos de amor, 
las mil y una cosas que me hacen mujer todos los días 
por las que me levanto orgullosa 
todas las mañanas 
y bendigo mi sexo. 


La segunda invitada de esta semana es Anne Sexton, que también tuvo dos emisiones de Buscando leones en las nubes, radiadas en noviembre de 2013, centradas en su poesía. Tengo en mi biblioteca cuatro libros -y no sé si hay otros traducidos en nuestro país- de Anne Sexton: El asesino y otros poemas, publicado por Icaria en 1996; Vive o muere, que editó Vitruvio en 2008; Poemas de amor, una edición del “salmantino” Ben Clark, aparecida en Linteo en 2009; y el formidable Poesía completa que también en Linteo vio la luz ese mismo año y que, con traducción, introducción y notas de José Luis Reina Palazón, recoge en más de 900 páginas todos los versos de la autora. 

Ni hay tiempo, ni este es el lugar, ni yo tengo la competencia suficiente para profundizar demasiado en las interioridades de la destructiva y psíquicamente inestable vida de la escritora ni en su, consiguientemente, depresiva, angustiada, compleja, torturada, conflictiva, turbadora, descarnada y excesiva obra. Diré tan solo que sus poemas, intensos, difíciles, enrevesados a veces, reflejan el desasosiego, la tragedia, el malestar emocional, la vulnerabilidad, y los desequilibrios de su atormentada vida, a la que la escritora puso fin con solo cuarenta y cinco años. Un día de octubre de 1974 Anne Sexton se puso el abrigo de piel que había heredado de su madre, se bebió dos vodkas, y con un tercero en la mano entró en el garaje de su casa, encendió el motor y la radio de su Cougar rojo y se quitó la vida. Un desenlace trágico, por otro lado previsible, dados los numerosos intentos previos, y también el dolor, la enfermedad mental, el desequilibrio psíquico, los excesos con el alcohol y los desarreglos emocionales que jalonaron su vida. 

De todas las referencias bibliográficas que acabo de ofreceros, me quedo, para mi propuesta de esta tarde, con la que presenta sus poemas de amor, que la poeta construye con un estilo y una perspectiva que rompen con los cánones tradicionales de la poesía romántica. El amor de Anne Sexton no es nada convencional, nada complaciente; por el contrario es perturbador, turbulento y caótico, melancólico e infeliz. Sus poemas no son meras exaltaciones de un sentimiento idealizado, sino que revelan un enfoque crudo, personal y, a menudo, doloroso de las complejidades emocionales y físicas de un amor que se muestra como fuerza creadora y, a la vez, destructiva, un amor lejos de su plácida versión romántica, sublime, espiritual, lejos de la armonía, la belleza o la felicidad; y sí, por el contrario, vinculado de un modo inseparable con los padecimientos del cuerpo, con el deseo devorador, con la pérdida y la alienación, con el dolor y el sufrimiento, con la devastación, con la autodestrucción, con el sacrificio, con la quiebra, la ruina y la fractura emocional, con la decadencia, la alienación y la muerte. 

Si os decidís a leerlos, os encontraréis con versos repletos de menciones al sexo, a la sangre y la menstruación, al aborto y la masturbación, al engaño, el adulterio y la infidelidad, a los tumores y la enfermedad, a los cadáveres, al cuerpo, a la sexualidad descarnada, a los encuentros físicos, a las pulsiones de la carne, a los deseos íntimos y a las emociones crudas, a las lágrimas y al alcohol. Su poesía nos traslada a atmósferas asfixiantes, claustrofóbicas, angustiosas, impregnadas de peligro, en las que la sexualidad femenina aparece, rotunda, poderosa, libre, desafiante incluso, a través de metáforas intensas, el fuego, la cárcel, las jaulas, las cicatrices, la muerte, la asfixia, la naturaleza salvaje, los ríos desbordados. Y todo ello contado con una voz cercana, inmediata, en un enfoque próximo a lo confesional. Os dejo con un poema carente de la crudeza de la mayoría de sus versos, aunque representativo de su obra y, también, bellísimo. 

Anne Sexton. Sólo una vez (traducción Ben Clark) 

Sólo una vez supe para qué servía la vida. 
En Boston, de repente, lo entendí; 
caminé junto al río Charles, 
observé las luces mimetizándose, 
todas de neón, luces estroboscópicas, abriendo 
sus bocas como cantantes de ópera; 
conté las estrellas, mis pequeñas defensoras, 
mis cicatrices de margarita, y comprendí que paseaba mi amor 
por la orilla verde noche y lloré 
vaciando mi corazón hacia los coches del este y lloré 
vaciando mi corazón hacia los coches del oeste y llevé 
mi verdad sobre un pequeño puente encorvado 
y apresuré mi verdad, su encanto, hacia casa 
y atesoré estas constantes hasta el amanecer 
sólo para descubrir que se habían ido. 


Carilda Oliver, de cuyo nacimiento se cumplieron cien años el pasado 6 de julio, fue doctora en Derecho, abogada, profesora de pintura, dibujo y escultura, promotora cultural y excelente poeta, llegando a obtener en su país el Premio Nacional de Literatura en 1998. Fue una mujer atrevida, transgresora en su vida personal, pródiga en amantes y maridos, libre e independiente en su dimensión social, irreverente, desprejuiciada y hasta escandalosa en la muy conservadora sociedad cubana de su tiempo, con difíciles relaciones con el régimen castrista que intentó proscribirla y hasta invisibilizarla, aunque solo en el ámbito oficial y en de la crítica literaria, pues su reconocimiento entre la gente era extraordinario, siendo sus obras muy leídas y difundidas. Y es que su poesía, popular ya antes de la revolución castrista, era vista por las nuevas autoridades como tibia ideológicamente, al centrarse el espacio privado, en lo cotidiano, lo doméstico, sin que su escritura, como era preceptivo, manifestase una adhesión ideológica explícita al régimen. 

Los temas principales de su poesía son la soledad, la independencia personal, la libertad, los hombres, el abandono, la tristeza y, sobre todo, el amor, el erotismo, la sensualidad, los desvaríos de la pasión, el fracaso, las pérdidas y las carencias amorosas, también la muerte, pues Carilda Oliver encarnaba en vida y obra, al decir de sus estudiosos, el tópico de la femme fatale, una suerte de mito erótico que aúna sensualidad y muerte. De ella se decía que traía la muerte consigo, porque muchos de sus seres queridos, morían inexplicablemente, como si la poetisa fuera una suerte de mensajera de “la dama de la guadaña”. Esa mezcla explosiva y letal de talento y de belleza irresistible, aderezó esta leyenda negra que decía que sus parejas estables, amantes y hasta incluso, sus enamorados, terminaban muriendo o padeciendo las suertes más aciagas, como afirma la profesora Bibiana Collado en un esclarecedor artículo sobre la poeta. 

En sus versos prima lo coloquial, lo autobiográfico, lo conversacional, la oralidad, rasgos todos que afloran en poemas que, a menudo, se acomodan a la versificación clásica, silvas, redondillas, cuartetas, décimas, sobre todo sonetos. En ellos destacan el ritmo y la musicalidad que proporciona el uso frecuente de la rima consonante. El libro que hoy os recomiendo es Antología poética, publicado en 1997 por la editorial Visor en edición de Marilyn Bobes. De él he entresacado este soneto, una suerte de muy singular retrato personal, de título, obviamente, Carilda

Carilda Oliver. Carilda 

Traigo el cabello rubio; de noche se me riza. 
Beso la sed del agua, pinto el temblor del loto. 
Guardo una cinta inútil y un abanico roto. 
Encuentro ángeles sucios saliendo en la ceniza. 

Cualquier música sube de pronto a mi garganta. 
Soy casi una burguesa con un poco de suerte: 
mirando para arriba el sol se me convierte 
en una luz redonda y celestial que canta… 

Uso la frente recta, color de leche pura, 
y una esperanza grande, y un lápiz que me dura; 
y tengo un novio triste, lejano como el mar. 

En esta casa hay flores, y pájaros, y huevos, 
y hasta una enciclopedia y dos vestidos nuevos; 
y sin embargo, a veces… ¡qué ganas de llorar! 


Mi cuarta poeta de esta tarde es, quizá mi favorita de entre todas las seleccionadas. El 28 abril de 2009, murió en Montevideo, en donde había nacido ochenta y ocho años antes, Idea Vilariño, la excepcional poeta uruguaya. La poesía completa de Idea Vilariño está disponible a través de una relativamente reciente edición con ese mismo nombre, Poesía completa, presentada por la editorial Lumen en 2016. Hay otra edición anterior, de 2008, también en Lumen, que es la que me dio a conocer la inolvidable obra de una de las más relevantes poetas de la literatura en español en el siglo veinte. 

Idea Vilariño es autora de una obra corta, tanto en lo que tiene que ver con la extensión total de su producción, pues al parecer no llegó a escribir más de 300 páginas, como en la propia brevedad y concisión de sus poemas. Con una temática centrada en el cuerpo, el deseo, el sexo, lo femenino, la atracción, la muerte, el fracaso, la soledad y el miedo y, sobre todo, el amor, el amor conflictivo, desesperado, apasionado, frustrado, imposible, sus versos conmueven y emocionan, por su desesperación y su desgarro, por su arrebato, su sufrimiento, por su dolor y su tristeza. Son poemas formalmente muy sencillos y austeros, muy directos y claros, plasmados en unos versos de gran intensidad, afligidos, desconsolados, rabiosos, crudos, sufrientes y descarnados, muy profundos y emotivos, que penetran con facilidad en el lector, al que impresionan, al que perturban y estremecen. Versos breves, entrecortados, desprovistos de puntuación, regidos por una sencillez (aparentemente) franciscana, como ha escrito Leila Guerriero, en los que se presentan “escenas” que muestran separaciones y desencuentros, amenazas y reconciliaciones, en un clima de desgarro, desesperación e impotencia, de dolor y terrible soledad. 

Vivió una tortuosa historia de amor, persistentemente adúltera, agónica, sufriente, con el escritor Juan Carlos Onetti, una relación que, de modo soterrado, puede apreciarse en muchos de sus poemas que, al decir de Mario Vargas Llosa, son un testimonio cifrado de la apasionada y conflictiva aventura sentimental y sexual que compartieron, con sus austeros y lacónicos pero desgarrados y lacerantes versos de dolor animal o de goce, exaltación, frustración y nostalgia -todos los estados del amor pasión condensados en una poesía donde cada palabra, a veces cada sílaba, arde como una brasa, lo que convierte a Idea Vilariño, siempre según Vargas Llosa, en una de las voces líricas más puras y ardientes de la poesía erótica moderna

Idea Vilariño. Ya no 

Ya no será 
ya no 
no viviremos juntos 
no criaré a tu hijo 
no coseré tu ropa
 no te tendré de noche 
no te besaré al irme 
nunca sabrás quién fui 
por qué me amaron otros. 

No llegaré a saber 
por qué ni cómo nunca 
ni si era de verdad 
lo que dijiste que era 
ni quién fuiste 
ni qué fui para ti 
ni cómo hubiera sido 
vivir juntos 
querernos 
esperarnos 
estar. 

Ya no soy más que yo 
para siempre y tú 
ya 
no serás para mí 
más que tú. Ya no estás 
en un día futuro 
no sabré dónde vives 
con quién 
ni si te acuerdas. 
No me abrazarás nunca 
como esa noche 
nunca. 

No volveré a tocarte. 

No te veré morir. 


De la poeta norteamericana Louise Glück, Premio Nobel en 2020, ya os había hablado aquí en enero de 2021 a raíz de la concesión del galardón sueco. El desencadenante de mi lectura de la poeta premiada fue un regalo que recibí, el del libro Una vida de pueblo, un poemario de 2009, publicado en España en marzo de 2020, en el siempre cuidadoso y elegante sello de la editorial Pre-Textos, que alberga en su catálogo -muerta en sus almacenes, como ahora explicaré- gran parte de su obra. Como comenté en mi reseña de entonces, merece la pena mencionar, siquiera brevemente, la sorprendente y lamentable peripecia editorial en la que se han visto envueltas las versiones españolas de sus poemas. La ejemplar editorial Pre-Textos se lanzó en 2006, de modo humilde pero obstinado, a la difícil tarea de dar a conocer la obra de una poeta entonces -y hasta la repercusión mundial del Nobel- casi desconocida para el público medio. La perseverancia de sus responsables, la calidad de la obra y la belleza de las ediciones (textos bilingües, traducciones cuidadas a cargo de reconocidos poetas -Abraham Gragera, Ruth Miguel, Eduardo Chirinos, Mirta Rosenberg, Andrés Catalán, Adalber Salas o Mariano Peyrou-, delicadas viñetas de Ramón Gaya en la portada, acogedor formato, elegante tipografía) no fueron suficientes para conseguir cubrir gastos, tras la venta, en catorce años, de apenas algunos escasos centenares de los siete títulos, condenados al olvido y a la indiferencia por parte, incluso, de la crítica especializada. La “lotería” del Nobel resultaba, pues, un acto de justicia poética -nunca mejor dicho- que iba a recompensar la esforzada labor de la editorial independiente y su hasta entonces poco valorada apuesta por la escritora neoyorquina… Y a ello parecían apuntar todos los indicios: “En un cuarto de hora vendimos más libros que en 14 años”, confesaban, exultantes, los editores una semana después de darse a conocer el nombre de la premiada, anticipando la inmediata reedición de los libros ya publicados y augurando la traducción de los otros cuatro o cinco escritos por la autora y sin ver aún la luz en nuestro país. 

Al poco, no obstante, en noviembre de 2020, transcurrido un mes escaso del premio, conocíamos por los medios de comunicación que el agente literario de Glück, Andrew Wylie, significativamente conocido en los ambientes culturales como El Chacal, por su planteamiento agresivo y hasta despiadado de las negociaciones entre escritores y editoriales, y que cuenta entre sus clientes con una lista interminable de muy afamados autores en el mundo entero, denunciaba el contrato con Pre-Textos, retiraba al sello los derechos de traducción y difusión de las obras, prohibía la venta de los ejemplares que pudieran obrar en su poder y exigía su destrucción (de hecho, en la página de la editorial cualquier posibilidad de compra de los libros resulta estéril). Ofrecida, al parecer, al mejor postor, la obra de Glück ha aparecido desde esas fechas en la editorial Visor, que se ha hecho con sus derechos. Una historia, en fin, que, pese a que las razones de ambos litigantes puedan ser entendidas, resulta muy triste e insatisfactoria. 

Louise Glück, fallecida hace ahora poco más de un año, fue miembro de la Academia Americana de las Artes y las Letras y profesora en diversas universidades. Su obra poética, que alcanza la docena de títulos, le proporcionó numerosos premios aparte de este Nobel de su consagración: el Nacional de la Crítica de su país, el muy prestigioso Premio Pulitzer, el de los lectores del New Yorker, la influyente revista cultural norteamericana, el de la Biblioteca del Congreso, entre otros. 

Una vida de pueblo es una maravilla. Con un planteamiento aparentemente sencillo y un estilo austero, transparente, Glück muestra, en una especie de monólogos interiores en los que se aprecia el tono autobiográfico, el discurrir de la existencia en un entorno rural norteamericano. En ellos la naturaleza cobra un especial protagonismo, los ciclos vitales, el paso de las estaciones y su reflejo en el paisaje (Cosas verdes seguidas por cosas doradas seguidas por blancura), las montañas y los campos, las cosechas, el río cercano, los árboles -álamos, olivos, pinos, durazneros-, las hojas, el humo de las fogatas, los animales -la lombriz, el zorro, grillos, cigarras, y perros, y gatos, y ratones, y murciélagos, y gaviotas (estas solo imaginadas)-, los olores -limoneros, naranjos, romero, tomillo, menta-, la tierra, dura, fría, poderosa, la luz, el sol que se cuela entre las cortinas, la lluvia, la nieve como silencio cayendo del cielo, las tormentas, el crepúsculo, la oscuridad nocturna, las estrellas reflejándose en las aguas del río. También las desoladas calles de la pequeña ciudad, sus restaurantes, la plaza y su triste fuente, el café, las madres con sus carritos de bebé, la anodina vida de pueblo, sin expectativas (Nadie entiende realmente/ la ferocidad de este lugar,/ la manera en que mata gente sin razón). Y el discurrir del tiempo y sus efectos en las gentes: las adolescentes perdidas en su confuso descubrimiento del mundo, los chicos que se enamoran, la tibia y perturbadora intuición del sexo, los bailes populares y los rituales de acercamiento entre sexos, los matrimonios que se rompen, la derrota del amor (no queda nada del amor,/ sólo extrañamiento y odio), los nacimientos, la tristeza de los que se van, la soledad de quienes se quedan, el silencio, el cansancio vital, la muerte, y de nuevo todo recomienza... Los poemas, bellísimos, son como instantáneas, fotografías que atrapan un momento fugaz: una mujer que mira por la ventana; un hombre que bebe en soledad, abandonado; la madre mortalmente harta de su vida; el amigo enamoradizo, amante de las mujeres, pujante, feliz en su cuerpo; una vecina que sueña con el mar; jóvenes fumando apoyados en la pared de la clínica del pueblo, en domingos crueles, perdida ya toda esperanza; ancianos merodeando entre las mesas de la plaza; la doctora que cena en soledad tras el funesto diagnóstico a un paciente; una vieja que camina a medianoche, invisible ya a los ojos del mundo; un hombre que conversa con el dueño de un oscuro bar, menos sombrío, en cambio que el cuarto solitario… hay algo hopperiano en estas estampas, el mismo tono neutro, casi documental, pero lleno de emoción, de ternura, de delicadeza, de sensibilidad, de una belleza inconmensurable. 

 Louise Glück. Crepúsculo (traducción Adalber Salas Hernández) 

Trabaja todo el día en el molino del primo, 
 así que al llegar a casa, en la noche, siempre se sienta junto a la ventana, 
observa ese momento del día, el crepúsculo. 

Debería haber más tiempo así, para sentarse y soñar. 
Es como dice su primo: 
Vivir-vivir te impide sentarte. 

En la ventana, no el mundo, sino un paisaje enmarcado 
que representa el mundo. Las estaciones cambian, 
cada una visible apenas unas horas al día. 
Cosas verdes seguidas por cosas doradas seguidas por blancura, 
abstracciones de las que provienen placeres intensos, 
como higos en la mesa. 

Al atardecer, el sol cae entre dos álamos, en una bruma de fuego rojo. 
Cae tarde en el verano, a veces cuesta mantenerse despierto. 

Entonces todo se desmorona. 
Por un rato más, el mundo 
es algo que ver, luego solo algo que escuchar, 
grillos, cigarras. 
O algo que oler, a veces, aroma de limoneros, de naranjos. 
Entonces el sueño también roba esto. 

Pero es fácil renunciar a las cosas así, experimentalmente 
por una cuestión de horas. 

Abro mis dedos, 
dejo que todo se vaya. 

Mundo visual, lenguaje, 
susurro de hojas en la noche 
el olor de la hierba alta, de las fogatas. 

Lo dejo ir. Entonces enciendo la vela. 


Hay una razón de oportunidad en la presencia esta tarde en nuestro espacio de la poeta que cierra por hoy el espacio, la polaca Wisława Szymborska, más allá de la indudable calidad de su poesía, del hecho de que haya obtenido el Nobel en 1996 (por su poesía que con precisión irónica permite que los contextos histórico y biológico salgan a la luz en los fragmentos de la realidad humana) y del protagonismo de sus versos en cuatro programas de Buscando leones en las nubes dedicados a sus poemas, emitidos en abril de 2012, semanas después de su muerte. La escritora vuelve a estar de relativa actualidad en nuestro país porque a finales de 2023, coincidiendo con el centenario del nacimiento de la poeta, la editorial Visor dio a la luz Poesía completa, que recoge por primera vez en una lengua distinta al polaco de origen toda la poesía de Wisława Szymborska, presentada, en 736 bien aprovechadas páginas, en traducción de Abel Murcia, Gerardo Beltrán y Katarzyna Mołoniewicz. 

Yo llevo leyendo con pasión a Szymborska desde que descubrí su obra tras el Nobel, a partir de Paisaje con grano de arena, el espléndido libro que publicó en 1997 la editorial Lumen, con la traducción de Ana María Moix y Jerzy Wojciech Slawomirski. Esta primera antología aparecida en España de la poeta polaca, altamente recomendable como inicial aproximación a su literatura, reúne cien de sus poemas en los que se muestran los rasgos más destacados de su universo poético: el amor, la ironía, el azar, la condición humana. Muy interesante también, no sólo por los poemas escogidos sino por su esclarecedor estudio introductorio, es El gran número. Fin y principio y otros poemas, que publicó Hiperión en 1997 en una edición al cuidado de Maria Filipowicz-Rudek y Juan Carlos Vidal. El volumen lo componen dos de los libros de Wisława Szymborska, los considerados más valiosos y representativos de su obra, El gran número y Principio y fin, complementados por quince poemas de sus obras anteriores y cinco más que en el momento de la publicación en España aún no habían sido recopilados en libro por su autora. Contiene asimismo el texto El poeta y el mundo, leído por su autora en Estocolmo con motivo de la recepción del Premio Nobel de Literatura (cuya lectura os recomiendo), así como un estudio preliminar: Wisława Szymborska, poeta de la conciencia del ser, de la reconocida especialista Malgorzata Baranowska. En Poesía no completa el mexicano Fondo de Cultura Económica propuso, en 2002, una antología de la escritora polaca en la que se recoge una preciosa selección de poemas entresacados de siete de sus libros más algunos otros sueltos. Con introducción de Elena Poniatowska, y la traducción de Gerardo Beltrán y Abel A. Murcia Soriano, el libro constituye otra formidable puerta de entrada al peculiar y subyugante mundo de la poeta. Por último, de entre los que yo he leído, Aquí, que vio la luz en Bartleby Editores en 2009, simultáneamente a su aparición en Polonia, presenta, en la traducción -de nuevo- de Gerardo Beltrán y Abel A. Murcia Soriano, un puñado de poemas en los que se muestra -como indican sus editores- esa aguda e irónica mirada que caracteriza a la poeta polaca. La memoria, el paso del tiempo, la belleza, el amor o el desamor, el dolor, la soledad, la ausencia, la pérdida, los sueños, el azar, los misterios de lo cotidiano, la ciencia y el conocimiento, la muerte, la naturaleza finita de las cosas y de la existencia, la condición humana, la fragilidad e insignificancia que nos constituyen, todo queda filtrado por una escritura sutil, intimista y clarividente, en apariencia sencilla, que la ha situado entre los poetas europeos más relevantes de la segunda mitad del siglo XX y comienzos del XXI. 

Son muchos, aparte de los ya mencionados, los frentes a los que se abre la poesía de la polaca. Hay, así, a mi juicio, versos en los que puede apreciarse un rastro ligera o abiertamente autobiográfico y en los que, por lo tanto, la voz narradora -literaria- puede confundirse con la de la propia escritora -real-. Fotografías de familia y paisajes de la infancia, descripciones del alma y autorretratos existenciales, dibujos impresionistas de los propios sentimientos e indagación en sus orígenes como ser humano; también alguna exhaustiva enumeración de preferencias y opciones vitales. Conectado con esta dimensión “íntima” aparecen los muchos poemas que cabe calificar como “de lo cotidiano”, en los que lo común y ordinario alcanzan cualidad poética; los objetos, los gestos, los momentos más simples, adquieren un sentido poético y trascendental; una cebolla, una fotografía o una silla, una prenda de ropa, una brizna de hierba o un gato, pueden convertirse en metáforas (el uso ingenioso y sorprendente de este recurso es uno de los rasgos estilísticos de la escritora) de la vida, del tiempo, del duelo y la pérdida, de la identidad... 

Están también los poemas de amor, quizá los más conocidos de su obra, en los que la vivencia del sentimiento amoroso centra el texto, tanto de un modo expreso y principal como de una manera más lateral e indirecta. Poemas como Amor feliz, Nada sucede dos veces, Identificación, Estoy demasiado cerca para que él sueñe conmigo, Encuentro inesperado, En la torre de Babel o Amor a primera vista, espléndidos, reflejan el tratamiento del amor en su poesía, abordado de un modo peculiar, muy singular y personal, con una mezcla de ironía, humor y melancolía. Alejada del enfoque romántico o idealizado convencional, la poeta explora el modo en que el amor afecta y transforma a las personas, y cómo las experiencias amorosas pueden ser tanto fuente de consuelo como de conflicto interno. Un amor que comparece, como ya he señalado, en la cotidianidad, las pequeñas cosas y situaciones ordinarias, mostrado en los momentos más mundanos. menos esperados, en las coincidencias y los azares del día a día. Hay, además, como en el resto de su poesía, un tono irónico y desmitificador: el amor de Szymborska no es sublime, ni perfecto, ni fácil, es, por el contrario, incierto, inesperado e imperfecto. Es, también, complejo, ambiguo, dual, fuente de alegría y de sufrimiento, de seguridad como de vulnerabilidad, de intensa transformación y de dolor y sufrimiento, de goce e incomprensión, de belleza y misterio. 

Otro de los ejes de su obra es el que podríamos llamar “existencial”, en versos que constituyen un acercamiento a la figura de los hombres y las mujeres que vagamos algo perplejos por este mundo difícil. Poemas más o menos metafísicos, escritos desde una visión de nuestra existencia siempre optimista, siempre lúcida, siempre esperanzada, pero también crítica y, a menudo, irónica. Están también la guerra y sus horrores, muy relevantes en las vivencias de una mujer marcada por la segunda contienda mundial (hoy, con la escritora ya fallecida, se examina con distancia crítica no exenta de una cierta controversia su inclinación por el comunismo, con algún poema dedicado a Stalin, una decena de textos propagandísticos o alguna declaración cuestionable: “Al Partido le debo el pleno conocimiento de la verdad”). Y está también la vertiente científica y filosófica, la política, la democracia, los derechos humanos, el interés por la Historia, en particular la terrible de Polonia en el siglo XX, entre otros. 

Y todos ellos se expresan en un estilo sencillo aunque exento de sentimentalidad, humorístico pero sin cinismo. Sus poemas son accesibles, escritos en un lenguaje coloquial, cercano, con un tono vivo e inquisitivo, a menudo provocador. En ellos hay ingenio y perspicacia, y con frecuencia plantean una suerte de interpelación al lector, incorporado de este modo al texto. No hay excesos, ni siquiera en las denuncias; su voz es serena, ecuánime, algo escéptica, con un punto de melancolía. Apreciamos su ingenio, su mirada crítica pero compasiva sobre los pobres seres humanos, desconcertados, perdidos, sufrientes, su ironía suave, su humor no agresivo ni mordaz, sino sutil y amable, una herramienta que utiliza para despojar de solemnidad los grandes temas y acercarlos a la experiencia humana. A propósito de esta sencillez afirma Elena Poniatowska, la escritora mexicana, en el prólogo a una de sus obras traducidas: Sus poemas nítidos, aforísticos, nada describen, ninguno se alarga demasiado. Su ironía es precisa, tajante a veces. Más que cantar grandes elegías, exalta, juguetona, traviesa, las pequeñas y curiosas diferencias que nos determinan. Szymborska anda de boca en boca, la tararean, la dicen en voz baja y en voz alta, es parte de la vida cotidiana por su modestia, su sencillez estilística y porque no vuela encima ni debajo de nadie. Y, en el mismo sentido, Fernando Savater, entusiasta de la polaca: Su poesía es reflexiva sin engolamiento ni altisonancia, de forma ligera y fondo grave, directa al sentimiento pero sin chantaje emocional. Breve y precisa, escapa a ese adjetivo alarmante que tanto satisface a los partidarios de que importe el tamaño: torrencial. Sobre todo nos hace a menudo sonreír, sin incurrir en caricaturas ni ceder a la simpleza satírica

Wisława Szymborska. Amor a primera vista (traducción de Abel. A. Murcia) 

Ambos están convencidos 
de que los ha unido un sentimiento repentino. 
Es hermosa esa seguridad, 
pero la inseguridad es más hermosa. 
Imaginan que como antes no se conocían 
no había sucedido nada entre ellos. 
Pero ¿qué decir de las calles, las escaleras, los pasillos 
en los que hace tiempo podrían haberse cruzado? 
Me gustaría preguntarles 
si no recuerdan 
‒quizá un encuentro frente a frente 
alguna vez en una puerta giratoria, 
o algún “lo siento” 
o el sonido de “se ha equivocado” en el teléfono‒, 
pero conozco su respuesta. 
No recuerdan. 
Se sorprenderían 
de saber que ya hace mucho tiempo 
que la casualidad juega con ellos, 
una casualidad no del todo preparada 
para convertirse en su destino, 
que los acercaba y alejaba, 
que se interponía en su camino 
y que conteniendo la risa 
se apartaba a un lado. 
Hubo signos, señales, 
pero qué hacer si no eran comprensibles. 
¿No habrá revoloteado 
una hoja de un hombro a otro 
hace tres años 
o incluso el último martes? 
Hubo algo perdido y encontrado. 
Quién sabe si alguna pelota 
en los matorrales de la infancia. 
Hubo picaportes y timbres 
en los que un tacto 
se sobrepuso a otro tacto. 
Maletas, una junto a otra, en una consigna. 
Quizá una cierta noche el mismo sueño 
desaparecido inmediatamente después de despertar. 
Todo principio 
no es más que una continuación, 
y el libro de los acontecimientos 
se encuentra siempre abierto a la mitad. 

Para despedir el programa dejo un espléndido tema musical, Black Coffee, interpretado por Ella Fitzgerald. Wisława Szymborska escribió un poema, Ella Fitzgerald en el cielo, que tenía a la cantante norteamericana de jazz como protagonista. Black coffee, la canción favorita de la escritora polaca, sonó en su entierro, en febrero de 2012.

 
Videoconferencia
Seis poetas

miércoles, 27 de noviembre de 2024

PREMIOS NOBEL (III): ERNEST HEMINGWAY, ORHAN PAMUK, J.M. COETZEE, JEAN-MARIE GUSTAVE LE CLÉZIO

Hola, buenas tardes. Todos los libros un libro sigue con el repaso de la obra de cerca de una veintena de escritores, ganadores todos del Premio Nobel de Literatura y que han aparecido en este espacio y en el otro que dirijo y presento en Radio Universidad de Salamanca, Buscando leones en las nubes, en los largos años de existencia de ambos. Con la excusa de la concesión, hace unas semanas, del prestigioso -aunque a menudo controvertido- galardón sueco a la surcoreana Han Kang, he abierto aquí una serie, que hoy llega a su tercera y última entrega -aunque habrá una suerte de continuación “parcial” dentro de siete días- en la que ya os he presentado libros de la propia Kang, Albert Camus, Kazuo Ishiguro, Alice Munro y Mario Vargas Llosa, en el primer programa; y de John Galsworthy, Thomas Mann, Patrick Modiano y Bob Dylan, en el de la semana pasada. En todos estos casos -y el fenómeno se repetirá de nuevo esta tarde- mis sugerencias recuperan propuestas difundidas en un formato distinto al hoy habitual, bien sea porque en sus orígenes la duración de Todos los libros un libro era de apenas diez minutos y, en consecuencia, las reseñas eran mucho más breves; bien porque algunos de los comentarios no pudieron ser radiados por distintas circunstancias y solo aparecieron en la versión escrita del blog; bien porque más de uno de los autores premiados fueron objeto de programas monográficos en Buscando leones en las nubes, cuyo esquema no se acomoda al de las recensiones literarias, consistiendo en cambio en una selección de textos del escritor elegido intercalados con música más o menos alusiva a su obra; bien, en fin, porque ninguna de las emisiones a ellos dedicadas se grabó con el actual esquema de videoconferencia y, por tanto, no aparecen en el canal de YouTube del programa, la más reciente forma de difusión -desde hace cuatro cursos- de mis palabras. 

Quiero señalar también en esta introducción que dejaré fuera de este recorrido a cuatro de los premiados de los que me he ocupado en diversas emisiones de mi trayectoria radiofónica, en primer lugar a causa de la propia duración del programa -limitada pese a mi facundia excesiva-, pero también por razones que podríamos llamar “estructurales”. Los dos primeros de ellos, John Steinbeck y Rudyard Kipling, quedarán “excluidos” porque sus obras mayores, Las uvas de la ira, en el caso del norteamericano, y El hombre que llegó a ser rey y Kim, ambas del británico, no cumplen ninguna de las razones de excepcionalidad que acabo de adelantar: mis comentarios sobre los tres libros fueron, en su momento, extensos y detallados; además, las reseñas fueron radiadas (recientemente, además); y se emitieron también en vídeo, constando por tanto en YouTube para quien quiera ahora acceder a ellos. La razón por la que prescindo de las otras dos, las poetas Louise Glück y Wislawa Szymborska, se debe a que la semana próxima formarán parte de mis sugerencias en un programa, cuyo contenido ahora anticipo, centrado en la poesía femenina (no necesariamente vinculada a los Nobel, aunque sí en los casos de la estadounidense y la polaca). 

Como última precisión previa a mis propuestas de esta tarde -y en un acto revestido de una cierta petulancia-, debo decir, además, que en bastantes ocasiones mi elección de los autores referidos -también de algunos de los de esta tarde- se produjo antes -años antes, a veces- de que la Academia sueca les concediera sus honores, lo cual solo es indicativo de mi voracidad lectora (y, sigamos con la pedantería, también de un cierto buen criterio literario; aunque no sé si coincidir con el siempre discutible dictamen sueco puede ser ostentado, en realidad, como prueba de ello). 

Vayamos, pues, con mi selección de esta tarde, que se abre con un clásico, Adiós a las armas, de Ernest Hemingway, que cuenta con infinidad de ediciones en español, desde la primera aparecida a mediados de los años cincuenta del pasado siglo. Yo leí el libro, que presenté en Todos los libros un libro hace ahora diez años, en una añeja edición de Seix Barral de 1985 que recoge en tres volúmenes la narrativa completa de Hemingway, aunque la anticuada, pacata y a veces irritante traducción del por otro lado excepcional Carlos Pujol me hace sugeriros -a ciegas, sin apenas conocerla- que abordéis la obra a partir de la última versión publicada por Lumen en 2013, traducida por Miguel Temprano García. La novela de Hemingway, publicada en 1929, fue objeto de traslación a la gran pantalla con el mismo título en dos ocasiones, una en 1932, por el director Frank Borzage, con Gary Cooper, Helen Hayes y Adolphe Menjou como actores principales, y otra en 1957, con dirección de Charles Vidor, con Rock Hudson, Jennifer Jones y Vittorio de Sica en sus papeles protagonistas. 

Los dos aspectos más novedosos del libro de Hemingway en relación con otros libros sobre la Primera Guerra Mundial son, por un lado, su “ambientación” en un espacio, el que se corresponde con el frente italiano, que no demasiado frecuentado -que yo sepa; tampoco soy un experto, aunque el tema me ha interesado desde siempre y algo he leído sobre él- en los distintos acercamientos literarios al conflicto, por otro, la “ramificación” de la trama de la novela en dos grandes ejes, el propiamente bélico, cuyo tratamiento presenta bastantes similitudes con el que ofrecen otras “crónicas” de la contienda, y el más romántico centrado en la historia de amor entre los dos protagonistas principales. 

Con respecto a la primera de estas dos vertientes, Adiós a las armas narra la peripecia de Frederic Henry, un aventurero norteamericano -trasunto, en muchos aspectos, del propio Hemingway- que se alista como voluntario en el ejército italiano para desempeñarse como conductor de ambulancias en el noreste de dicho país -con el abrupto, nevado e imposible escenario de los Alpes a pocos kilómetros-, en las cercanías de Gorizia, la ciudad fronteriza con la actual Eslovenia y uno de los núcleos centrales -destaca sobre todos ellos la decisiva batalla del Piave- de los enfrentamientos entre las tropas italianas y las fuerzas del Imperio austro-húngaro. Joven e impulsivo, atrevido y apasionado, bebedor y mujeriego (rasgos que comparte con su creador), Frederick se suma a la guerra por su idealismo romántico -no tanto político como vital, si se puede decir así; son su ansia de experiencias, su voluntad de vivir intensamente, su fogoso temperamento, su condición (pero esto sirve sólo para el autor y no sé si también para su personaje) de “macho-alfa”, los que lo llevan, más allá de su postura moral, a viajar a Europa y arrojarse, despreocupado, al corazón de la batalla-, donde participará -a menudo en un segundo plano, acorde con su papel al volante de una ambulancia- en algunos dramáticos episodios bélicos, uno de los cuales acabará con él en un hospital, con graves heridas en sus piernas. 

Su intervención en la contienda es, no obstante, cómoda la mayor parte del tiempo y, como digo, alejada de la primera línea de fuego. Se aloja en los pueblos que quedan en la retaguardia, visita sus alrededores, se recrea en la belleza de los paisajes, charla con unos y con otros, confraterniza con sus compañeros, siempre ufano, siempre jactancioso y un punto prepotente, siempre haciendo ostentación de su virilidad, entre abundante alcohol y la asidua frecuentación de prostitutas en un universo -tan insufriblemente “hemingwayano”- de insoportable seguridad masculina plagado de menciones a blenorragias, gonorreas, sífilis, chancros y otros males -aunque a veces pareciera que se exhiben como medallas- derivados del asiduo ejercicio de una siempre fogosa condición de macho. 

Los ecos de la guerra suenan a menudo muy próximos: la batería artillera en el jardín de una casa, las heridas de los camaradas, el fragor constante de los bombardeos; pero en realidad el Somme queda lejos, el sol enciende los campos y permite el cálido descanso bajo las frescas copas de los árboles -y si es invierno, las bajas temperaturas aplazan los ataques-, hay permisos que invitan a la evasión en Milán o en otras ciudades, en las que se pueden frecuentar restaurantes, pasear por acogedoras avenidas y, claro está, emborracharse y acabar yaciendo con ávidas mujeres en lujosos hoteles. Es cierto que el joven estadounidense manifiesta en ocasiones su rechazo a la guerra y trufa sus comentarios de solemnes declaraciones acerca de lo absurdo del conflicto o se muestra escéptico sobre la utilidad de los avances y repliegues constantes, pero la impresión que deja en el lector su personalidad primaria -al menos así ha ocurrido conmigo- es la de un algo frívolo muchacho deseoso de ponerse constantemente a prueba -ante las ametralladoras, ante las mujeres, ante las botellas- y que vive la guerra como una experiencia pintoresca, como un juego -es un frente estúpido (...) pero muy hermoso, llega a decir-, como un trivial -aunque arriesgado- rito de paso adolescente. 

Las lesiones provocadas en sus piernas por la metralla tras un bombardeo permiten que, en el hospital, Frederick pueda frecuentar a la enfermera inglesa Catherine Barkley, a la que ya conocía de algún encuentro anterior y que le cuidará en su no tan doliente convalecencia. La joven, cuyo único amor hasta entonces se había frustrado al morir en el frente -antes casi de iniciar su relación- un anterior pretendiente, se enamora del valiente y apuesto americano (y sí, los adjetivos suenan a tópicos de literatura rosa, pero esa es la percepción que me ha asaltado al leer el libro -ahora, en su relectura; porque en su momento la novela me resultó muy apreciable). El anacrónicamente viril Henry -y de nuevo aquí aflora la personalidad del escritor- hace permanente manifestación de su desapego, de su frivolidad, de su ligereza en el trato con el sexo opuesto, incluso con la propia Catherine. Y sin embargo, y pese a la resistencia del chico (Dios sabe que yo no quería enamorarme de ella. No quería enamorarme de nadie), el amor aflora y arrasa con principios supuestamente inamovibles y poses fatuas, con su tópico rol de macho trasnochado, de tipo insensible y frío, con sus ridículos tics de obsesivo “depredador” de los encantos femeninos. El relato de este impetuoso amor resulta -quizá debido a la presumible incapacidad de Hemingway para estas sofisticadas emociones, más probablemente a causa de la enojosa traducción- empalagoso y relamido, cursi y ridículo, de una simpleza elemental y torpemente infantiloide por ambas partes. Pero de ello, del desarrollo de la narración a partir de ese idilio, con los simultáneos avances de la guerra y el amor, entre momentos felices y trágicos contratiempos, entre experiencias amargas y resquicios por los que se cuela la alegría, entre la exaltación de la vida y la permanente presencia de la muerte que lleva aparejado el transcurrir del conflicto, prefiero no hacer comentarios y dejar para vuestra lectura la apreciación de los logros del libro (que -no parece difícil deducirlo- no me ha subyugado en esta relectura adulta, tan alejada del disfrute provocado por mi entregada inocencia juvenil) sin desvelaros aquí el desenlace de su trama novelística. 

Una trama que las películas en ella basadas reformulan a su antojo. En la versión de 1932 de Frank Borzage (un clásico de las primeras décadas del cine, del que os recomiendo las excelentes El séptimo cielo y Deseo), la base literaria se mantiene en lo esencial, con ligeros aunque significativos cambios en la peripecia final de la pareja. Es en el tratamiento estrictamente cinematográfico -algo inocente; no se olvide que hablamos de una película de hace más de ochenta años- donde residen los aspectos más destacados del film. Algún experimento de cámara subjetiva, las numerosas elipsis (eficaces, pero que sustraen al espectador los aspectos más profundos de la personalidad de los personajes, hasta el punto de que hacen dudar -yo he visto la película inmediatamente después de leer la novela- de su cabal comprensión por un espectador que desconozca el libro), los austeros, esquemáticos e infantiles -aunque apreciables- recursos técnicos para dar cuenta de los bombardeos, del paso del tiempo, de la simbología de la guerra, la fotografía expresionista (el notable uso del blanco y negro, las sombras permanentes que envuelven las acciones militares, la angulación de los planos, las a mi juicio evidentes citas a Einsenstein) que enfatiza el discurso antibelicista, hacen de la visión de la cinta una experiencia interesante, más allá del insulso y deslavazado planteamiento amoroso. Una mención expresa merece el delirante doblaje de la copia que yo he manejado -por no hablar, siendo más estrictos, de la insultante tomadura de pelo perpetrada por el estudio que lo llevó a cabo-, un disparate que alcanza su manifestación más inconcebible cuando, en la boda informal que oficia el capellán castrense, éste bisbisea unos latinajos ad hoc, entre los que se repite -absurda e inexplicablemente- la locución latina excusatio non petita, accusatio manifiesta, que nada tiene que ver, que yo sepa (y mi “rigor profesional” me ha llevado a ratificar mi intuición con la opinión de un experto sacerdote), con las ceremonias nupciales. 

En la recreación -a mi juicio menor- de Charles Vidor el tratamiento es abiertamente hollywoodiense (interpretado el término en su menos valiosa acepción), al centrarse en la historia amorosa entre el teniente y la enfermera, una relación que vuelve a presentarse de un modo relamido y superficial, carente de hondura y rezumando en cambio efluvios de un dulzón romanticismo de opereta. La película se alarga, interminable (sorprende la diferencia de metraje -cincuenta minutos más para esta última- entre las dos versiones de las que hoy os hablo), en una sucesión de inanes estampas de nevadas cumbres alpinas y apacibles lagos suizos muy alejadas de los campos de batalla (que, por otro lado, afloran, en las escenas bélicas, con un enfoque igualmente estereotipado y simplista), con un planteamiento que en nada diferiría si los personajes interpretados por un absolutamente plano Rock Hudson y una inenarrablemente remilgada Jennifer Jones vivieran su melodramático idilio en un perdido pueblo de Utah. La cinta, no obstante, resulta apreciable como mero complemento del libro, pudiendo propiciar desde este punto de vista interesantes reflexiones acerca de las relaciones entre cine y literatura (también en este caso el guionista -el legendario Ben Hetch, en uno de sus trabajos menos logrados- se ha tomado algunas libertades en relación con la obra original). 

Mi siguiente sugerencia de hoy, tiene como protagonista a un escritor, el turco Orham Pamuk, que obtuvo el Premio Nobel en 2008 y del que yo presenté aquí en junio de 2013 su novela Me llamo Rojo. También en junio, pero de 2011, dediqué en mi otro espacio en la emisora universitaria, Buscando leones en las nubes, un programa a otra de sus obras mayores, la excepcional novela El museo de la Inocencia, publicada por Mondadori en traducción de Rafael Carpintero. Este último libro, extraordinario, es, entre otras cosas, una intensa historia de amor, un documento de primera magnitud sobre cuarenta años de la vida turca, un apasionado homenaje a Estambul y, en definitiva, y sin exageración alguna, una obra maestra de la literatura. Su protagonista, Kemal, prometido de la bella Sibel, pero enamorado perdidamente de su prima Füsun, vive con esta durante cuarenta y cuatro días una muy intensa historia de amor. Transcurrido ese breve plazo, Füsun desaparece, y Kemal vivirá el recuerdo de ese amor de una manera obsesiva a lo largo de nueve años, convertirá su existencia en la sola vivencia de esa pasión desenfrenada, acabará con su compromiso matrimonial, arruinará su carrera profesional y destruirá su vida entera. Su desmesurado y enfermizo amor le llevará, enloquecido, a hacer acopio de cualquier objeto con el que su amada hubiera estado en contacto, fabricando así, en el edificio Compasión que albergó sus fugaces encuentros, un Museo, el Museo de la inocencia, en la delirante creencia de que el recuerdo de su querida Füsun permanece vivo en esos objetos prosaicos y que poseyéndolos, mirándolos, tocándolos logrará que su amor siga a su lado. 

Me llamo Rojo, probablemente la novela más traducida y difundida de su autor, fue publicada por primera vez en nuestro país en el año 2003 por la editorial Alfaguara en traducción, también, de Rafael Carpintero. La editorial presenta el libro bajo la rúbrica de “novela total”. La calificación, que podría parecer excesiva proviniendo de la propia editora, se ajusta, sin embargo, a lo que es realmente Me llamo Rojo, que se desenvuelve en planos diversos, como lo hacía también El museo de la inocencia. Porque estamos, en efecto, ante lo que en primer lugar puede aparecer como una novela histórica que nos traslada al Estambul del siglo XVI, pero que es, además, una historia de amor, llena de sucesos deliciosos, rezumando pasión, ternura y sensibilidad, también dobles intenciones, celadas y ocultamientos; es también una intriga detectivesca, con un asesinato que se revela en las primeras páginas y para el que hay varios sospechosos y una investigación y móviles y pistas y testigos como en cualquier novela negra al uso; es, a la vez, una novela de aventuras, con peripecias sin cuento y leyendas y mitos y relatos intercalados; admite igualmente una lectura filosófica sobre las diferencias en el modo de sentir, de entender el mundo, de concebir la existencia entre Oriente y Occidente; es, sin duda, una magnífica descripción del mundo islámico, no ya el de la época histórica recreada en la novela, que se describe con minuciosidad y precisión, sino, por extensión, del actual, con las tensiones internas, las contradicciones, las expectativas y las amenazas que las modernas sociedades de raíz musulmana albergan en su seno; es también un interesante y documentado estudio sobre el arte, en particular las formas de representación pictóricas, que puede ser extrapolado al ámbito de la literatura, por lo que cabe su lectura, además, como una novela “metaliteraria”; puede ser entendida, igualmente, en clave política pues contiene profundas y enjundiosas reflexiones sobre el ejercicio de las libertades individuales en sociedades cerradas, sobre las relaciones del artista o del simple ciudadano con el poder, sobre la tolerancia y los fanatismos, sobre las sociedades laicas y las religiones totalitarias, en una metáfora evidente del dilema que asalta hoy día a la sociedad turca, debatiéndose entre una Europa moderna y secularizada y la regresión que representa un Islam tantas veces fanático y anacrónico, en un conflicto que aquí tan bien conocemos. 

Transcurre el siglo XVI. El Sultán turco, fascinado por los motivos, por los estilos, por los modos de la pintura de los ‘francos’, de los cristianos occidentales, por su modo de reflejar la realidad, por la fidelidad de sus retratos, por las insólitas combinaciones de la perspectiva, y movido también por el ansia de inmortalidad que es, al parecer, inseparable atributo del poder, de todos los poderes, decide pasar a la Historia -e impresionar a sus enemigos cristianos- en un libro, un singular libro bellamente ilustrado, que narre sus hazañas, los logros de su sultanato, los prodigios alcanzados por el imperio otomano bajo su mando y que -el orgullo del poderoso- incluya una representación de su figura, una imagen de su persona. Encarga el proyecto al reputado ‘taller’ del Maestro Osmán, en el que trabajan los cuatro mejores ilustradores de la época: los maestros Aceituna, Cigüeña, Mariposa y Donoso, en las denominaciones que les atribuye su maestro. Pero el proyecto del Sultán no está exento de problemas: la representación figurativa contraviene el espíritu, y hasta la letra, del Corán, que prohíbe la presencia en los libros de la imagen humana por considerarla un desafío al poder divino, una intolerable arrogancia del hombre que se atribuye poderes alejados de su mísera condición terrenal, un soberbio reto de las criaturas contra su creador que conduce a la adoración de ídolos, un peligroso primer paso de un proceso que, de tolerarse, llevaría a subvertir todos los valores que el Islam inspira, a hacer peligrar los fundamentos del estilo de vida musulmán. El libro, pues, debe hacerse en secreto. Un buen día, y aquí se pone en marcha la novela, el Maestro Donoso aparece brutalmente asesinado, y su muerte parece tener que ver con el libro y sus ilustraciones. 

A partir de este hecho inaugural, se suceden los diversos capítulos, narrados por distintos personajes, fundamentalmente dos, Negro y Seküre, protagonistas de los desconcertantes vaivenes de la historia de amor a la que aludí anteriormente, pero también podemos oír la voz del Maestro Osmán, de los cuatro ilustradores, y de otros muchos personajes, la correveidile judía Ester, el también maestro Tío, anciano ilustrador, tío efectivamente de Negro y padre de Seküre, e incluso hablan en primera persona los motivos pictóricos de las ilustraciones del libro: el árbol, el perro, dos derviches, y hasta el rojo de la sangre y de la pintura. 

El resultado de todo de ello, de la multiplicidad de perspectivas, de la variedad de planos, de la diversidad de voces, de la pluralidad de enfoques, es un fascinante mosaico, un desbordante rompecabezas que, desde la primera línea, nos atrapa y seduce, nos divierte y entretiene, nos interroga, nos cuestiona y nos hace pensar, nos subyuga y entusiasma. 

Mi tercera recomendación se centra en un escritor muy interesante, cuyas obras están revestidas de una cierta complejidad, por lo que, siendo muy atractivas, exigen un cierto esfuerzo que nos permite, a la postre, degustarlas mejor. Un esfuerzo que ya debemos hacer desde el mismo momento en que pronunciamos su nombre, pues ya entonces nos encontramos con algunas dificultades. Por de pronto, él mismo firma siempre con sus solas iniciales. De modo que en las portadas y contraportadas, en las solapas de sus libros sólo encontraremos J. M. En las distintas fuentes consultadas aparece indistintamente como John Maswell, por ejemplo en la wikipedia y en otras páginas de internet, o John Michael, como lo llamaba Javier Marías, que lo conocía bien, pues le concedió el primero de los premios de su Reino de Redonda, ese divertido territorio de ficción, o no tanto. Su apellido plantea también algunos problemas de dicción. Escrito Coetzee, he oído muchas distintas pronunciaciones, me quedo con Cutzí, que parece la más fiable. En definitiva, pues, ahora quiero hablaros de J.M. Cutzí, el formidable escritor sudafricano, premio Nobel de Literatura en 2003. 

Muchas son las obras de Coetzee que merecen su lectura. A mí me han entusiasmado Esperando a los bárbaros, Vida y época de Michael K., Foe, Diario de un mal año, Infancia, entre otras. Sin embargo, esta tarde mi recomendación recupera una muy breve emisión de 2009 y gira sobre otros dos libros, el primero de ellos es Tierras de poniente, su primera novela, publicada en España por Mondadori, un sello que está bajo el “control” de Random House, como ocurre con la mayor parte de la obra del sudafricano. Por cierto, un Tierras de poniente que Mondadori presenta en una para mí desesperante traducción de Javier Calvo (escritor a su vez y traductor reconocido), llena de errores, como el uso de expresiones incorrectas en castellano como punto y final, de sobras, y otras, pero sobre todo por la irritante repetición, omnipresente y obsesiva, de las rutinarias expresiones el mismo, la misma, los mismos, las mismas, en lugar de las más discretas ellos, ellas o similares. Ved un ejemplo significativo: Tuvimos que volver sobre nuestros pasos por las montañas y viajar por detrás de las mismas [en lugar de por detrás de ellas] en paralelo al río. Puede parecer una trivialidad, es más, puede que se piense que es mi alto -y absurdo- grado de exigencia y no la impericia del traductor lo que resulta relevante, pero creedme, la insistencia en las mismas y los mismos es tal que, en su momento, yo estuve más de una vez a punto de abandonar la lectura, harto de encontrarme una y otra vez con tal desaseado recurso. La segunda referencia es Desgracia, de la que quiero hablaros porque, aparte de ser un libro excelente, cuenta con una traslación a la gran pantalla en la película del mismo nombre, basada en la novela, y dirigida por Steve Jacobs con el protagonismo por John Malkovich. 

Las novelas de Coetzee, muy bien escritas, con una escritura despojada, austera, muy rigurosa, a veces difícil, tienen siempre como referencia, de un modo central y abierto o en un plano más velado y aparentemente secundario, el problema del imperialismo en Sudáfrica, las desigualdades raciales, el apartheid, el racismo del sistema político segregacionista que su país vivió hasta hace tres décadas. Su literatura es, por lo tanto, una literatura moral, que aunque no enfatiza de modo burdamente maniqueo la división entre buenos y malos, sí que nos muestra la barbarie, la violencia, la brutalidad, el horror del mal en las múltiples y desgraciadas manifestaciones en las que lo ha vivido su propio país. Sus grandes temas son la injusticia y el poder, en particular los efectos devastadores del colonialismo y el racismo; la opresión social; la culpa, el perdón y la redención; la alienación, la soledad y el aislamiento emocional y moral; el silencio y la represión, la falta de comunicación y la incapacidad para transmitir emociones y deseos; el sufrimiento físico y emocional, el dolor y el castigo, la vulnerabilidad del cuerpo humano y la deshumanización de nuestras sociedades; la identidad y la mirada del “otro”; el pesimismo existencial, que aflora en unas novelas que ofrecen una visión sombría de un mundo en el que los conflictos morales y éticos resultan de difícil resolución; el poder de la palabra, la importancia de la literatura, la escritura y la narración como formas de comprender y representar la realidad; los derechos de los animales, cada vez más presentes en su obra, sobre todo a partir de Elizabeth Costello, publicada el año en que obtuvo el Nobel. 

Las dos novelas que hoy comento se inscriben en esas mismas pautas generales. En Desgracia, un profesor, a partir de un incidente con una joven estudiante, ve como se desbarata su vida en un marco de violencia en la sociedad sudafricana “postapartheid”. En Tierras de poniente se presentan dos relatos distintos, autónomos y sólo aparentemente desvinculados entre sí. En el primero, se narra la progresiva locura de un psicólogo, ocupado, paradójicamente, en atender las secuelas que a los soldados norteamericanos les provoca el sobrecogedor espanto de la guerra de Vietnam. En el segundo, se cuenta la historia de un colono, llamado de modo significativo Jacobus Coetzee, que a finales del siglo XVIII lleva a cabo una expedición criminal de exterminio de los bosquimanos en el norte de Suráfrica. En ambas historias está la descarnada brutalidad del ser humano mostrada sin paliativos, en su ruda y elemental barbarie. Sirvan ambas referencias como puerta de entrada a un universo literario muy exigente pero también muy atractivo. 

La última sugerencia de hoy tiene que ver con un escritor francés, Jean-Marie Gustave Le Clézio, galardonado con el Nobel en 2008 y que yo he leído con deleite desde hace al menos treinta años, siendo un autor de comparecencia habitual en Buscando leones en las nubes, sus textos envueltos en músicas exóticas, como corresponde al carácter “periférico” de su obra. La concesión del premio por la Academia sueca provocó, en su momento, una encendida polémica, tan frecuentes cada mes de octubre cuando la designación recae en autores casi desconocidos o de escasa repercusión fuera de su propia e inmediato ámbito de influencia. La reacción de la crítica literaria, de la prensa especializada y de los expertos en literatura tras su designación puede calificarse de discreta y tibia, a veces hostil, considerándolo la mayor parte de la crítica un autor menor, indigno de un galardón de tal nivel. A mí, en cambio, me parece un escritor excelente, al que, como digo, sigo desde hace muchos años, habiendo leído la mayor parte de sus obras publicadas en nuestro país. Le Clézio es un escritor de espíritu nómada, intelectualmente mestizo, de naturaleza y talante cosmopolitas (acaba de aparecer, y aún no he podido leer, su última obra publicada en España, de título inequívoco, Identidad nómada, en la que recorre su infancia y el nacimiento de su vocación literaria). Él mismo, nacido en Francia, ha vivido en México, Tailandia, las islas Mauricio, de donde procede su familia, blancos en el criollo país africano, y en donde ha ambientado algunas de sus novelas (en concreto las islas Mascareñas son el escenario de El buscador de oro y El viaje a Rodrigues, dos novelas extraordinarias). Su mujer es de origen saharaui y las historias de sus antepasados marroquíes impregnan Desierto y El pez dorado. México ha tenido también una presencia destacada en algunos de sus libros. Es también en su obra, por lo tanto, al igual que en su vida, donde se muestra este interés por la mezcla, por la extrañeza y la extranjería, por el exilio, por el desarraigo. Onitsha, La cuarentena, El pez dorado, El africano, nos presentan personajes fuera de su entorno, desplazados, viajeros, seres perdidos que buscan un sentido a sus vidas en territorios exóticos, en la India o Marruecos, en Sudamérica, en el África negra o en islotes desolados en remotos archipiélagos del Índico… Siempre he soñado con haber sido concebido a bordo de un barco, en la ensenada de una ciudad del fin del mundo, en Adén, dice, significativamente, uno de sus protagonistas. 

De sus muchas obras (la Wikipedia referencia medio centenar, unas veinte traducidas en España, México y Argentina) he escogido para presentar hoy dos, ambas especialmente interesantes. La primera es una especie de ficción biográfica, y hasta autobiográfica, El africano, publicada, en traducción de Juana Bignozzi, por la editorial argentina Adriana Hidalgo, y en la que relata su infancia en Ogoja, Nigeria, como telón de fondo de la extraordinaria peripecia vital de su padre, médico para todo en esas perdidas e inhóspitas tierras africanas. Una infancia dura y agreste, austera y esforzada, pero también intensa y feliz. No quiero hablar de exotismo, los niños son absolutamente ajenos a este vicio, dice en El africano, a propósito de su infancia nigeriana, el niño protagonista, que es el propio Le Clézio, no porque vean a través de los seres y de las cosas, sino porque, justamente, sólo ven eso: un árbol, un hueco en la tierra, una colonia de hormigas constructoras, una banda de chicos turbulentos en busca de un juego, un viejo de ojos nublados que tiende una mano descarnada, una calle en un pueblo africano un día de mercado, eran todas las calles de todos los pueblos, todos los chicos, todos los árboles y todas las hormigas. Ese tesoro está siempre vivo en el fondo de mí y no puede ser extirpado. Mucho más que simples recuerdos, está hecho de certezas. Su obra refleja esta huella de la infancia, la memoria de paraísos perdidos y no del todo olvidados. A cada instante me siento traspasado por el tiempo de otra época, en Ogoja, escribe. Una obra en la que aflora, además, el interés por el otro, por quienes ocupan los márgenes de la devoradora cultura occidental, por los desfavorecidos, por los parias de la tierra, por las culturas minoritarias. 

El segundo título es Desierto, una magnífica novela de 1980, publicada en España en 2008 por la editorial Tusquets, en traducción de Alberto Conde Calvo, que yo había leído a principios de los noventa en una traducción casera, que no solo no impidió su disfrute sino que despertó en mí el entusiasmo por su autor y la entrega apasionada a gran parte de su narrativa. El libro es una de las novelas más destacadas del escritor francés y yo le dediqué un par de programas de Buscando leones en las nubes en el año 2009. La narración entrelaza dos historias que, aunque distantes en el tiempo, se complementan en su exploración de algunos de los temas habituales de su autor: la resistencia, la libertad, la identidad, la colonización, el choque de culturas, las migraciones y los desplazamientos forzados, la búsqueda de un lugar en el mundo. Le Clézio construye un relato denso y poético que evoca los paisajes áridos del norte de África, pero también los desiertos emocionales y espirituales de los personajes. El desierto del título, más allá de ser el escenario geográfico de una parte de la historia, se convierte en un símbolo poderoso de la vida misma. 

La novela se desarrolla en dos líneas temporales distintas, significadas en el texto por el uso de diferentes tipografías. La primera, ambientada a principios del siglo XX, en concreto en 1909, sigue a Nur, un joven del pueblo tuareg que vive en el Sáhara. Nur y su gente, los nómadas, los “guerreros” del desierto, las tribus del noroeste de África, coinciden en Sagia el-Hamra, en lo que fuera el Sahara español, y, guiados por el cheij Ma el-Ainin, una suerte de profeta carismático, llevan a cabo una ardua marcha en busca de una tierra prometida inexistente y siempre bajo la amenaza del ejército colonial francés, que busca someter y destruir su estilo de vida. Nur, un chico melancólico, formará parte de un levantamiento contra los colonizadores franceses, arrastrado a una guerra que no entiende del todo, que está dispuesto a seguir por la lealtad a su pueblo y a su líder, y que acabará por definir su destino, observando, impotente, cómo su mundo se desmorona. 

La segunda línea narrativa, con un vínculo con la primera que, obviamente, no quiero desvelar, tiene lugar en un tiempo no especificado, pero que quizá sea la década de 1970, y sigue a Lalla, una joven que vive en los suburbios de una ciudad costera en Marruecos. Lalla, criada en la pobreza pero con una profunda conexión espiritual con el desierto y su gente, descendiente de aquellos legendarios hombres azules, vive con la familia de su tía Aamma y sueña con escapar a un lugar donde pueda ser libre. La niña está integrada y es feliz en su entorno marroquí, las dunas, las aves marinas, el silencio, la libertad, el paisaje abrupto y duro, encantada con las historias que le cuentan su tía y el anciano pescador Namán. Enamorada del joven pastor Hartani (un nombre árabe despectivo para los habitantes negros de los oasis), un muchacho salvaje abandonado en un pozo por los hombres del desierto, con el que comparte la orfandad, las caminatas por los secos pedregales, la conexión con la naturaleza, en una relación inocente y conmovedora. Lalla, impulsada por sus visiones y por los recuerdos de los nómadas, amenazada por un matrimonio concertado, decide huir a Europa, a Marsella, en donde, casi sin dinero, soportando las penurias de la vida inmigrante, encuentra empleo como limpiadora antes de que la contrate un fotógrafo de moda encandilado por su belleza exótica. Pese a su relativo éxito en ese desempeño, desinteresada del dinero y la fama, despojada de su tierra y su cultura, se cuestionará su identidad y su lugar en la vida. A la postre, Lalla, hija del desierto, sueña con la libertad y las vastas extensiones de arena, y querrá regresar a la tierra de la que partió, para recuperar sus verdaderos orígenes, su herencia cultural, el mundo y los valores de sus ancestros. A lo largo de la novela su personaje evolucionará, pasando de ser una niña soñadora a una mujer que toma su destino en sus propias manos. 

Al margen de la peripecia de los dos personajes, los elementos más destacados del libro son la representación de los tuareg y su resistencia contra la colonización francesa, el reflejo de hechos históricos, el análisis del impacto emocional y psicológico que tuvo la colonización en estos pueblos, la plasmación de la lucha por la preservación de las raíces propias, la identidad colectiva y los rasgos culturales de las tribus indígenas, la espléndida recreación del desierto en su doble condición material y simbólica (como lugar sagrado donde vivir en libertad, lejos de las constricciones de la civilización occidental, como recordatorio del pasado perdido, como implacable espacio de la destrucción, el aislamiento, la aniquilación y la muerte, como esperanza de renacimiento), el emotivo “retrato” del desarraigo y la soledad. Además, y como ya se ha señalado, están también presentes, los ejes temáticos que ocupan un lugar central en la narrativa de Le Clézio: la inmigración, el fenómeno colonial, el contraste y el enfrentamiento entre culturas, la búsqueda de libertad. 

Un escritor espléndido, autor de algunas novelas magníficas de búsqueda existencial, de vagabundeo espiritual, podríamos decir, de aventuras interiores, ambientadas en entornos salvajes, austeros, primitivos, en una naturaleza hostil, a menudo descarnada, inhumana, volcánica. Sus textos, intensos, a veces oscuros, aunque están siempre llenos de evocaciones, son misteriosos y sugerentes, poéticos, muy líricos. Resulta sobresaliente también su atención al detalle, el detenimiento en los matices sensoriales y emocionales, la deslumbrante descripción de los paisajes, la construcción de atmósferas, tocadas por un cierto aire onírico, casi místico. La Academia sueca subrayó algunos de estos aspectos de la literatura de Le Clézio al resaltar, en la concesión del premio, su condición de escritor de la ruptura, de la aventura poética y de la sensualidad extasiada, investigador de una humanidad fuera y debajo de la civilización reinante

Os dejo ya con un texto de Desierto, que nos transporta a aquellos parajes simultáneamente desolados y muy atractivos. Tras él, música también vinculada a esos territorios norafricanos. Se trata de Tende, un tema del grupo femenino tuareg Les Filles de Illighadad, las chicas de Illighadad, un pueblo del norte de Níger. Una maravilla envolvente, hipnótica, fascinante. 


Conocían todas las estrellas, les daban a veces nombres extraños que eran como principios de historias. Señalaban la ruta que seguirían de día, como si las luces que se encendían en el cielo trazasen los caminos que deben recorrer los hombres en la tierra. Había tantas estrellas... La noche del desierto estaba henchida de esas fuentes luminosas que palpitan suavemente, mientras el viento pasaba una y otra vez como un aliento. Era un ámbito al margen del tiempo, quizá lejos de la historia de los hombres, un ámbito donde no podía aparecer o morir nada más, como si ya estuviera separado de los demás ámbitos, en la cima de la existencia terrestre. Los hombres miraban a menudo las estrellas, la gran vía blanca que forma como un puente de arena encima de la tierra. Hablaban un poco fumando hojas de kif liadas, se contaban los relatos de viajes, los rumores que corrían sobre la guerra contra los soldados de los cristianos, las venganzas. Después escuchaban la noche. 

Era como si aquí no hubiera nombres, como si no hubiera palabras. El desierto lavaba todo en su viento, borraba todo. Los hombres tenían la libertad del espacio en la mirada, su piel era como el metal. La luz del sol inundaba todo con su resplandor. La arena ocre, amarilla, gris, blanca, la arena ligera resbalaba, hacía ver el viento. Cubría todas las huellas, todos los huesos. Repelía la luz, ahuyentaba el agua, la vida, lejos de un centro que nadie podía reconocer. Los hombres sabían de sobra que el desierto no los quería: marchaban así sin detenerse, por los caminos que otros pies ya habían recorrido, en busca de algo distinto. 

Otros hombres iban y venían entre las tiendas. Eran los guerreros azules del desierto, embozados, armados con puñales y fusiles, que marchaban a grandes zancadas sin mirar a nadie. Los esclavos sudaneses, vestidos de harapos, llevaban los bultos cargados de mijo o de dátiles, los odres de aceite. Hijos de tienda grande, vestidos de blanco y azul oscuro, bereberes de piel casi negra, niños de la costa de cabellos rojos y piel moteada, hombres sin raza, mendigos leprosos que no se acercaban al agua. Todos marchaban por el guijarral de polvo rojo, iban hacia los muros de la ciudad santa de Smara. Se habían apartado del desierto por algunas horas, algunos días. Habían desplegado la pesada tela de sus tiendas, se habían embutido en los mantos de lana, esperaban la noche. Comían ahora la papilla de mijo bañada con leche cuajada, el pan, los dátiles secos con sabor a miel y pimienta. Las moscas y los mosquitos bailaban alrededor de los cabellos de los niños en el aire del atardecer, las avispas se posaban en sus manos, en sus mejillas sucias de polvo.

Videoconferencia

Premios Nobel (III)