HÉCTOR ABAD FACIOLINCE. AHORA Y EN LA HORA
Hola, buenas tardes. Ayer, 24 de febrero, se cumplieron cuatro años del inicio
de la agresión rusa sobre las tierras y las gentes de Ucrania. Cuatro años de
invasión, de ocupación por tropas militares; cuatro años de misiles, de
bombardeos, de tanques, de disparos; cuatro años, cuatro larguísimos años de
violencia, de terror, de torturas, de violaciones, de decenas de miles de
heridos y muertos, de cientos de miles de expatriados. Cuatro años de dolor y
sufrimiento de una población sometida a los arbitrarios designios del sátrapa
Putin, uno de los más implacables, despiadados e inclementes de los que, en
estos últimos tiempos, ocupan las portadas de los medios de comunicación.
Como
viene siendo ya una costumbre recurrente desde los primeros días del ataque, y
que se repite año tras año, en Todos los libros un libro dedicamos alguna
emisión a Ucrania, en estas fechas cercanas a cada nuevo aniversario, con
programas centrados en libros referidos a la guerra en sí, a sus causas, a sus
consecuencias, a la situación en el frente, a las raíces históricas del
fenómeno, a la larga tradición de sometimiento y ocupación que durante siglos ha
vivido el país centroeuropeo. Así, he presentado aquí novelas, ensayos, textos y
crónicas de índole periodística que nos han permitido, por un lado, conocer
mejor la situación que hoy sufre Ucrania y padecen sus ciudadanos y, por otro,
avivar en nuestra memoria la realidad de un conflicto que, tras el fragor de las
batallas en los primeros meses de la contienda, ha ido diluyéndose, bien que
sigue presente, en nuestras preocupaciones cotidianas.
Hace siete días, y con
esta triste excusa ucraniana, recomendé desde el espacio, tres libros magníficos
de Phlippe Sands en los que Ucrania tiene un singular protagonismo, sustancial
en Calle Este-Oeste y algo menor y tangencial en Ruta de escape y Calle Londres
38; aunque, en cualquier caso, la presencia en ellos de la nación hoy asediada
se refería a hechos -crueles, trágicos, dolorosos y lamentables- ocurridos hace
más de ochenta años, en el transcurso de la Segunda Guerra Mundial. Por el
contrario, mi propuesta de esta tarde nos traslada a escenarios que forman parte
del paisaje actual de la guerra, permitiéndonos volver sobre acontecimientos
acaecidos en estos casi mil quinientos días de destrucción y amargura, de
desolación y catástrofe, de padecimiento y devastación. Antes de ella, en
relación con esos hechos y para tener una información aún más directa y profunda
de lo que se está viviendo en Ucrania en este tiempo, os recomiendo que no
dejéis de ver, aunque no resulte fácil su “digestión”, dos documentales a la vez
sobrecogedores e ilustrativos -o ilustrativos por sobrecogedores-, dirigidos por
el periodista, escritor, documentalista y corresponsal de guerra ucranio
Mstyslav Chernov, 20 días en Maríupol, de 2023, Oscar al mejor largometraje
documental un año después, entre otros muchos reconocimientos, en el que se
recogen las dantescas jornadas del ataque ruso a la ciudad ucraniana en los
primeros días de la guerra (la guerra es como una radiografía, las entrañas
humanas salen a la luz, la buena gente se vuelve más buena, las malas personas,
más mala), y 2.000 metros hasta Andriivka, de 2025, que recoge la experiencia
del director cuando se incrustó en las tropas del ejército de su país en la
ofensiva de septiembre de 2023 para recuperar territorio en el Donbás ocupado.
Hace dos años, emitida al cumplirse el segundo aniversario de la arrasadora
irrupción de los ejércitos de Putin en los fértiles campos ucranios, yo presenté
aquí, como recordaran quienes siguen de modo habitual el programa, Un hogar para
Dom, la clarificadora, ilustrativa, muy interesante y conmovedora novela de la
joven escritora ucraniana Victoria Amelina. En aquella reseña yo subrayaba,
antes de recomendar de modo entusiasta el libro, la dramática sucesión de
infortunadas circunstancias que llevaron a la muerte a su autora, fallecida el 1
de julio de 2023, en un hospital de Dnipró a causa de las heridas sufridas pocos
días antes en un bombardeo ruso sobre Kramatorsk, muy cerca del frente de
guerra, en el Donetsk, al este de Ucrania, en una criminal acción que desafiaba
todas las reglas que rigen el desarrollo de las guerras. Victoria, que desde el
comienzo de los ataques rusos había dejado de lado su prometedora y ya para
siempre truncada carrera literaria, para entregarse a una valiosa tarea de
activista contra los crímenes de guerra, había viajado a escasos kilómetros de
las trincheras en compañía del escritor Héctor Abad Faciolince, del diplomático
Sergio Jaramillo Caro (responsable de la firma de la paz con las FARC en
Colombia) y de la periodista Catalina Gómez, todos colombianos, con la
intención, precisamente, de conocer de modo directo la situación en la primera
línea de la batalla y documentar las delictivas brutalidades de los invasores.
Los cuatro, junto con Dima Kovalchuk, su muy eficiente chófer y fixer
-“facilitador”- ucraniano, estaban cenando en una popular pizzería local, muy
frecuentada por los reporteros desplazados a la región y por los militares de
permiso, que aprovechaban sus jornadas de asueto para encontrarse allí con sus
familias, cuando dos ataques con misiles balísticos Iskander, que se sucedieron
con pocos minutos de diferencia, provocaron la destrucción del local y las
heridas de Amelina, que acabarían por causarle la muerte pocos días después, al
igual que a otras doce personas, clientes del local, mientras el resto de sus
acompañantes resultaron ilesos.
La convulsión que supuso en el mundo entero el
despiadado bombardeo y, en particular, el impacto emocional que el suceso y sus
fatales consecuencias causó en Héctor Abad Faciolince, que estaba sentado frente
a Victoria en el restaurante de Kramatorsk en el momento del bombardeo,
desembocó en una intensa actividad del escritor colombiano para denunciar la
asesina política del imperialismo agresivo de Putin contra el pequeño país
vecino y para dar a conocer la figura humana y literaria de Amelina y mantener
vivo su recuerdo en la memoria personal y colectiva. Esa intención fraguó, en
una primera instancia, en un contundente y emotivo artículo que Faciolince
publicó en el diario El País el 23 de julio de ese mismo año, y, más adelante en
el sentido epílogo para la segunda edición de la novela de la desgraciada
víctima.
Pues bien, dos años después de aquellos terribles hechos el autor
colombiano vuelve sobre ellos en su nueva obra, publicada en mayo de 2025 en el
seno de la editorial Alfaguara. Con el título de Ahora y en la hora, el libro,
bellísimo (Con la extraña belleza que tienen las cosas tristes), da cuenta de
los antecedentes del viaje que lo llevó a Ucrania y, en particular, al frente;
aporta algunas notas sobre la muy agitada historia del país; describe los
pormenores de aquel trágico incidente; expone con detalle -hay, incluso, un
elemental gráfico en el que se representa la situación de los personajes en la
mesa sobre la que caería el misil- las circunstancias del momento en que el obús
descargó su brutal potencia sobre el restaurante; reflexiona sobre la injusta
invasión; traza unos detallados y cariñosos perfiles de los protagonistas,
singularmente el de la desgraciada Victoria; discurre sobre algunos temas
universales que la guerra y, en particular, el dramático suceso vivido ponen de
manifiesto; y, sobre todo, hace un descarnado ejercicio de introspección para
indagar en su propia alma, en la inquietud, la ansiedad, los padecimientos, la
responsabilidad, la culpa y la afectación de los propios sentimientos en el
tiempo que ha pasado desde el momento de la explosión y la consiguiente muerte
de Victoria. Estas distintas dimensiones de la obra se presentan entremezcladas,
en una narración subyugante que va saltando de continuo de los hechos objetivos
al pronunciamiento político, del repaso histórico a la meditación íntima, de la
anécdota personal y familiar a las disquisiciones sobre la escritura y la
función del intelectual.
Faciolince abre su obra revelando al lector la
situación anímica desde la que encarará la redacción de su libro. Quiero
transcribir un largo pero significativo fragmento en el que, ya desde las
primeras páginas, podemos apreciar el impacto emocional, la convulsión
espiritual, el angustioso terror, la somatización del estrés postraumático que
aquejan al escritor tras la sobrecogedora experiencia vivida:
Apago la luz y en
la penumbra completa, con los ojos abiertos, vuelvo a ver la oscuridad, la
niebla de la guerra, el humo, la ceguera, el polvo. La ingenua tranquilidad que
antecede al estruendo, el silencio absoluto que sigue a la explosión, y los
gritos que llegan, el miedo, el horror, los horrores. Veo a Victoria Amélina,
que me sonríe desde el puesto que le he cedido, su larga melena rubia que se
arquea como el cuello de un cisne, la leve ironía dibujada en la boca. Fue lo
último que vi, su sonrisa fantasmal y triste, lo último que veo antes de
desplomarme en el pozo del sueño. Me despierto siete horas después, me tomo las
pastillas (hipertensión, dislipidemia, gastritis, asma, coágulos, desdicha), me
hago mi café, voy al escritorio, respiro hondo. Cada día, para mí, es otra
página que pasa. Abro mi cuaderno negro, aliso su primera hoja con la mano,
aprieto con tres dedos el bolígrafo de tinta azul que tengo al lado, y voy
escribiendo, al tiempo que me fuerzo a exprimir mi memoria, esa que, por suerte,
me quiere abandonar. Mi más querido aliado, siempre, es el olvido.
Asediado por
los fantasmas -el obús, el fatal destino de Victoria, el horror- que despertó la
explosión, con la sombra de la tan cercana muerte acechándolo (tal vez hice este
viaje, y escribo sobre él, para ver si al fin vuelvo a sentirme joven, vivo.
Pero haberlo hecho, antes, y ahora escribirlo, en cambio, me hacen sentir mucho
más muerto que nunca, al borde de la muerte, y quizá por eso mismo, desde mi
regreso, y desde que me obstino en contar lo que viví, más que vivir, agonizo
cada día), el autor de El olvido que seremos (su obra mayor, en la que cuenta el
asesinato de su padre; Tengo la misma edad, sesenta y cinco años, que tenía mi
padre cuando lo mataron, recuerda en Ahora y en la hora) intenta, pues, escribir
con el deseo de exorcizarlos (siento la necesidad de contar, hasta donde sea
capaz, un breve viaje que hice dentro del largo viaje de mi vida, pues sé que
este marcará para siempre los años que me queden por vivir), con una voluntad de
liberación personal (este viaje mío a Ucrania —que parecía apenas un pequeño
desvío intrascendente—, lo cuente o no lo cuente, nos jodió la vida para
siempre) y con el propósito de ofrecer su testimonio de la realidad de esa
guerra infame en un país invadido, arrasado, deshecho.
Persuadido de ese deber,
de la obligación moral de escribir sobre mi experiencia en Ucrania, sobre la
escritora que murió en mi lugar y mis compañeros de viaje, sobre el sufrido
pueblo ucraniano que una vez más está padeciendo el terror y los crímenes de la
invasión rusa, Faciolince se ve, sin embargo, en cierto modo bloqueado, se
siente incapaz de hacerlo, las palabras ya no fluyen como antes en su dilatada
trayectoria de escritor, hay un muro, una muralla infranqueable que me prohíbe
el acceso a ese lugar de donde antes las palabras surgían como un manantial
limpio, leal, generoso, constante. Su opresión, su miedo, su dolor lo paralizan.
Pero se sobrepondrá, por él mismo, por Ucrania, sobre todo por Victoria Amelina,
y dejará atrás, no sin dificultades, no sin dolor, no sin quebranto, no sin
sufrimiento, la ominosa presencia de los espectrales recuerdos: Todos los viejos
corremos el riesgo de volver a tener los mismos miedos que tuvimos de niños,
pero me consuelo pensando que ahora, a diferencia de lo que me ocurría en la
infancia, ya no les tengo miedo a los fantasmas, sino que me siento amigo de
ellos, me gustan, y algo es algo. No, no le tengo miedo a Victoria cuando me
visita y se mete sin permiso en la casa, en las páginas de los libros, en los
vasos y las tazas, en los cuadros y las fotos. (…) Si pongo en palabras mis
fantasías más aterradoras, al obligarlas a ocurrir una vez en letras, en mi
mente y en la objetividad del papel, ya no tendrán la fuerza suficiente para
repetirse efectivamente en la realidad.
El infausto viaje a Ucrania en 2023 que
centra su relato comenzó a fraguarse, como ocurre con tantos otros episodios
decisivos de nuestras vidas, bastante tiempo antes. En agosto de 2019, dos
mujeres jóvenes, una de ellas actriz y la otra filóloga, Anabell Sotelo Ramires
y Maryna Marchuk, escribieron a Héctor una carta desde Ucrania. Anabell,
directora de un sello editorial recién nacido, significativamente llamado
Macondo, y Maryna, su socia, proponían al escritor la traducción y publicación
en ucraniano de El olvido que seremos. Lo modesto del proyecto, la juventud y el
apasionado entusiasmo de las remitentes, su valentía al lanzarse a una aventura
editorial tan hermosa como descabellada en un país que ya entonces había sufrido
la invasión rusa en Crimea, decidieron a Faciolince a aceptar la propuesta e
implicarse en los trámites y permisos para la traducción y la edición. Fruto de
esa colaboración, que se sustanció en un intercambio epistolar algunas de cuyas
muestras se incorporan al libro, fue la invitación para asistir a una Feria del
Libro en Dnipró y a la presentación de la obra, ya traducida, en Kyiv. Pocos
meses después, la pandemia de coronavirus mandó al traste el plan que, sin
embargo, se retomó a finales de 2021. El olvido que seremos había obtenido el
premio al mejor libro extranjero traducido al ucraniano en ese año y las
indesmayables editoras renovaron la invitación. Y llegó febrero de 2022, y con
él el horror y, claro está, un nuevo y presumiblemente insuperable obstáculo
para que el escritor colombiano visitara Ucrania.
Las cartas y correos entre
Héctor y Anabell y Maryna, preocupadas, temerosas, angustiadas, se multiplicaron
en esos primeros meses de la invasión. Faciolince, directamente concernido por
una situación que, apenas tres años atrás, no le hubiera tocado de un modo tan
intenso, se implicó, con artículos periodísticos, presentaciones, actos
diversos, en las campañas de denuncia de la abusiva e ilegal violación de las
normas internacionales, de defensa del pueblo ucraniano y de ánimo para sus
sufrientes ciudadanos. Ese creciente interés por Ucrania (Desde que empezó la
invasión rusa en toda regla, aquel 24 de febrero, yo no hacía más que leer
obsesivamente noticias sobre Ucrania) aflora de continuo en la obra, que aparece
cruzada por comentarios y reflexiones de diversa índole sobre la historia del
país, la agresión de Putin, la realidad de la guerra y la sucesión de
atrocidades, secuestros, violaciones, torturas, robos de niños y desgracias
varias que ha ocasionado y sigue provocando. Hay, así, menciones a la muy
singular situación geográfica del país (La geografía es un destino), que explica
en parte su larga trayectoria de ocupaciones. La Galitzia centro europea es una
vasta región limítrofe (la etimología más plausible del término Ucrania
(Okrayina) nos remite a la raíz krai, que significa lindero o límite de un
terreno, y por lo tanto su significado más original sería «tierra fronteriza» o
«tierra de frontera», escribe Faciolince), inmensas estepas sin grandes
obstáculos difíciles de franquear, que han despertado la codicia y el ansia de
rapiña de todo tipo de invasores, casi siempre sus vecinos del este.
Igualmente,
podemos leer interesantes anotaciones sobre las calamidades que Ucrania ha
sufrido en su muy dura historia, un persistente encabalgamiento de invasiones,
guerras, masacres y tragedias y catástrofes humanitarias, que han amenazado, una
y otra vez, su territorio, su identidad y su cultura. De todas ellas, se centra
Faciolince en el terror rojo y la hambruna devastadora (el Holodomor) que impuso
Stalin en los años treinta del pasado siglo; en las purgas, también
estalinistas, de 1934, que supusieron la represión, con detenciones,
encarcelamientos y asesinatos, de escritores e intelectuales protagonistas del
Renacimiento Cultural Ucraniano con la siniestra intención de borrar cualquier
rastro de identidad nacional ucraniana, un propósito este, el logro de la
independencia política y la afirmación identitaria, que el país ha tenido que
postergar una y otra vez a lo largo de su historia; el Holocausto con el que la
Alemania nazi exterminó, a partir de 1941, a la población judía ucraniana
-varios millones de personas, un tercio de sus habitantes- siguiendo un
protocolo expeditivo, inclemente y brutal (El procedimiento era expedito: de sus
casas al gueto y del gueto, en grupos de cientos, al linde del bosque, al
fusilamiento, los tiros de gracia y las fosas comunes); y, en un marco temporal
más cercano, la anexión rusa de la península de Crimea en 2014, la
desestabilización del Donbás a cargo de los mercenarios del temible grupo
paramilitar Wagner, y, por fin, la invasión masiva e ilegal, el 24 de febrero de
2022, cuyo aniversario justifica esta reseña, que atentó y lo sigue haciendo de
manera despiadada contra un país soberano e independiente desde 1991 que en
estos últimos cuatro años ha perdido a decenas de miles de civiles inocentes (en
su mayoría niños, mujeres y ancianos) en acciones indiscriminadas y criminales
de los ocupantes, además de torturas, secuestros (A los niños no los matan sino
que los declaran abandonados y se los dan a familias rusas para que los adopten.
Se llevan vivos también a algunos adultos. Detienen a todo aquel que les resulte
sospechoso de estar comprometido con la causa de una Ucrania íntegra y libre. En
esta región de Izium, se llevaron a más de trescientos prisioneros civiles, la
mayoría hombres, pero también mujeres, y muchos de ellos fueron torturados con
electrochoques. Otros nunca regresaron. Fueron desaparecidos o siguen presos) y
asesinatos programados (Los profesores, maestros, policías, alcaldes son siempre
su primer objetivo; ser alcalde es muy peligroso: los rusos suelen matar a los
alcaldes; ser escritor también es una profesión sospechosa. En una pequeña
ciudad cerca de Kyiv (…) mataron a la alcaldesa, a su marido y a su hijo); ha
visto destruidos hospitales, aeropuertos, escuelas, estaciones de tren, centros
comerciales, generadores cercanos a plantas nucleares; y ha tenido que soportar
el éxodo de dieciséis millones de sus ciudadanos (de un total de cuarenta y un
millones de habitantes) desplazados de sus hogares, refugiados en el extranjero,
especialmente en nuestra Europa occidental, la mitad de ellos, y el resto en
otros lugares de la misma Ucrania.
En su breve recorrido histórico, que, como
digo, no se expone de un modo lineal sino que va surgiendo al hilo del discurso,
solo en apariencia digresivo, de su autor, el colombiano intercala referencias a
la cultura y, sobre todo, la literatura ucraniana. Comparecen así algunos de los
escritores ucranianos que se cuentan entre sus preferidos: Nikolái Gógol, Vasili
Grossman, Joseph Conrad, Joseph Roth, Anna Ajmátova, la brasileña Clarice
Lispector y la argentina Alejandra Pizarnik, ambas con raíces en Ucrania, pero
también otras referencias culturales ajenas a Ucrania: Lorca, Ungaretti, los
escritores centroeuropeos que en sus obras “construyeron” para sus lectores la
realidad de esa región del mundo, convulsa y fascinante, Philippe Sands, Timothy
Snyder, Balzac, Primo Levi, Borges, Orwell, entre otros.
La indignación ante ese
sufrimiento y el inicuo ataque ruso es claramente perceptible en un texto en el
que el autor no escatima la dureza de los términos con los que califica la
acción de Putin (el más devastador y mortífero conflicto bélico; terrible
violación de la ley internacional; inaudito intento por destruir un país
independiente; extremo peligro para el mundo entero y para todos aquellos que
creemos en la democracia y en la libertad; guerra desgarradora e injusta;
invasión desquiciada que para mí representa un caso emblemático de manifestación
del mal en pleno siglo XXI). En esta línea, en el libro hay espacio para las
afirmaciones políticas de índole general, con reflexiones sobre los logros de
Occidente (sin obviar sus deficiencias); sobre la sobresaliente experiencia de
la Unión Europea -hoy en parte cuestionada-, en términos de cultura y
civilización y su configuración como un espacio de convivencia pacífica en
libertad y autonomía individuales; el germen del autoritarismo que se extiende
actualmente por doquier; la peligrosa inclinación, que puede detectarse en
diversos lugares del mundo, hacia la aceptación -la servidumbre voluntaria- del
sometimiento al poder de un hombre fuerte, de un tirano despótico; la obligación
moral de luchar -siquiera con actos poco más que testimoniales (pero que a veces
cuestan la vida)- a favor de los nobles ideales y las causas justas, el
imperativo ético para enfrentarse y resistir al mayor monstruo de maldad del
siglo XXI, como califica a Vladimir Putin.
En el marco de este compromiso cívico
y humano con la razón ucraniana, en febrero de 2023, el escritor pensó en
aprovechar un viaje que debía hacer desde Medellín, su lugar de residencia,
hasta Grecia, en donde había comprometido su asistencia a un festival literario,
para programar una visita a Ucrania para apoyar in situ el justo empeño
ucraniano. El plan inicial era asistir a la Feria del Libro en Kyiv,
permaneciendo solo tres días en el país (un período relativamente prudente,
capaz de apaciguar las reticencias personales -el comprensible miedo- y
familiares: Ya sé que vas a ir, pero quiero que sepas que no estoy de acuerdo y
que si vas me estás haciendo daño, en palabras de su mujer). En la capital
ucraniana protagonizaría un par de eventos: la firma de El olvido que seremos, y
la presentación de la campaña ¡Aguanta, Ucrania! con Sergio Jaramillo, fundador
del movimiento (que reúne a personas de América Latina para respaldar el
legítimo derecho de Ucrania a defenderse de una agresión exterior intolerable),
con Catalina Gómez, una amiga de años que llevaba ya meses viviendo en Ucrania
como reportera de guerra y que actuaría como moderadora del acto, y con Victoria
Amélina, la joven novelista y poeta de Leópolis (el nombre occidental de una
ciudad que, en función de los diversos ocupantes históricos de la región, es
conocida como Lviv para los ucranianos, Lemberik para los judíos, Lemberg para
los alemanes, Lwów para los polacos y Lvov para los rusos; un dato que, por sí
solo, explica parte de las claves de los seculares conflictos que asuelan al
país).
Una vez en Kyiv, y por entre los actos programados, las escasas horas
libres, el tiempo de pasearse por la ciudad y visitar museos, plazas, iglesias,
curiosear librerías, asistir, incluso, a alguna obra de teatro, y habiendo
manifestado ya públicamente su solidaridad con el país en guerra, el grupo
finalizaría su aventura, volviendo a su segura cotidianidad, retomando las
habituales citas profesionales y personales en sus respectivas “normalidades”.
De modo imprevisto, surge, sin embargo, la idea de prolongar la estancia algún
día más y visitar el frente de guerra. Sergio Jaramillo y Catalina Gómez quieren
acercarse a las “zonas calientes” del conflicto para conocer de primera mano la
situación en esos lugares expuestos, para aumentar el eco de su testimonio, para
llevar su mensaje de apoyo al entorno en donde se produce el sufrimiento y para
transmitir a los combatientes la admiración por su valiente resistencia.
Deciden, para todo ello, desplazarse hasta Kramatorsk, a 21,6 kilómetros del
escenario de los combates. Sin plan previsto de antemano, Victoria acepta
sumarse al viaje. Héctor “sufre” la insistencia de sus compañeros y deja
constancia explícita en el libro de sus reticencias, de la negativa de su
familia, con la que mantiene contacto telefónico puntual, de su profundo dilema
moral (yo estaba seguro de que no quería ir, pero no estaba seguro de poder
resistirme) y, por fin, de su decisión, tomada algo a regañadientes, de sumarse
a la arriesgada expedición (Fue así, con cierto melancólico desapego, sin
decirles la verdad a mi mujer ni a mis hijos, sin despedirme del todo de ellos,
como acepté ir al oriente de Ucrania, un poco resignado, incapaz de oponerme a
mi destino).
A partir de este momento, Ahora y en la hora se adentra en un
escenario dantesco, el relato del viaje de los tres colombianos y los dos
ucranianos, Victoria y el guía Dima; la llegada al destino; la fatal decisión de
cenar en la pizzería Ria Plaza; la descripción del momento del atentado, el obús
y sus consecuencias inmediatas, con las graves heridas de Victoria; las horas y
las jornadas posteriores; la breve y fantasmagórica estancia de Héctor en el
hospital; la muerte de Amelina a los pocos días; el regreso; el dolor.
Faciolince explica las razones, azarosas, por las que eligieron cenar en el Ria
(Victoria había estado en el Ria varias veces, una de ellas con Catalina, pero
la última vez que habían venido —aunque querían ir— no lo habían podido
encontrar. De ahí la insistencia en ir definitivamente a ese, y a ningún otro),
y, tras ellas, nos lleva de la mano al lugar de los hechos, describe la
estancia, las salas interiores (en donde cenaban todas las víctimas mortales de
atentado, salvo Victoria), la terraza exterior (cuyos ocupantes resultarían con
heridas leves, menos, una vez más, la propia Amelina, única fallecida en esa
zona), algunos de los clientes, civiles y también militares compartiendo con sus
familias uno de los escasos momentos de descanso del frente (en particular las
jóvenes gemelas Aksenchenko o el soldado estadounidense Ian Tortorici, un
exmarine que peleaba en la Legión Internacional desde el principio de la
invasión rusa; que merecen una reflexión especial del autor). Vemos a Sergio
recorrer el local presentando animoso la campaña ¡Aguanta, Ucrania!; vemos
-literalmente, pues se nos muestra un somero plano de la mesa a la que se
sientan- la ubicación de los cinco miembros del grupo; conocemos el cambio
repentino de emplazamiento por parte de Héctor, cuya limitada audición del oído
derecho, lo lleva a ocupar una silla que le permita oír mejor; asistimos,
perplejos y progresivamente aterrorizados, al consiguiente desplazamiento de
Victoria, que pasa a situarse en el lugar en donde pocos segundos antes estaba
Faciolince; sabemos de la petición de bebidas, de la inocente trampa con la que
Jaramillo burla la prohibición de beber alcohol que impone la guerra (se
agachará bajo la mesa -un gesto que le salvaría la vida- para servir, en su vaso
y en el de Héctor, el ambarino líquido de una botella de whisky que llevaba
consigo); escuchamos las que serán -y entonces aún no lo sabemos- las últimas
palabras de Victoria, risueña frente la preocupación del escritor ante la
posibilidad de que se descubra su ingenua “transgresión”: Don’t worry, it looks
like apple juice. Y, acto seguido, el horror:
Fue en ese momento cuando algo
estalló encima de nuestras cabezas, o quizá debajo de nuestro cuerpo, o más bien
encima, debajo, a los lados, rodeándonos como si fuera una ola del mar. Yo sentí
como si el infierno estuviera brotando desde el fondo de la tierra, porque en
realidad a mí me pareció que el estruendo venía de adentro, no de afuera. No
puedo asegurar si me tiré o me caí al suelo; todo pareció deshacerse por un
instante, la vida y el miedo, el tiempo, los sonidos, el lugar donde estaba. Sé
que casi enseguida me levanté aturdido, sin siquiera entender si estaba vivo o
no (mi último pensamiento, al caer, había sido «nos mataron»). Me toqué el
cuerpo porque estaba lleno de una sustancia negra, viscosa, y supuse que estaba
herido, aunque no sentía ningún dolor. Esas manchas oscuras, que podían ser
sangre, pólvora, tierra negra de Ucrania, me salpicaban la cara y el torso.
A
partir de ahí, un primer atisbo de la cercanía de la muerte (Lo que yo alcancé a
percibir en ese momento, creo, antes de que sobreviniera el miedo que reemplaza
al sobresalto, fue una sensación de serena sorpresa: ¡ah, conque esto era
morir!); después, la conciencia de hallarse ileso (Un tiempo más tarde pude
estar seguro de que prácticamente no tenía ni un rasguño, que me había levantado
incólume del suelo, ileso y vivo, asombrosamente vivo, aunque ya nunca más
volveré a ser el mismo); su incorporación alucinada, aturdida, alejada del
mundo, sus balbuceos, sus palabras sin sentido; la constatación de que Catalina
estaba viva y sin daño, protegida por el acto reflejo de un Dima incólume,
adiestrado para estas eventualidades con su entrenamiento de precauciones, de
señales de alarma y de primeros auxilios en tiempos de guerra, que, presintiendo
apenas, milésimas de segundo antes, la sombra, el rayo, el silbido del obús,
echó su brazo sobre ella, inclinándola sobre el suelo, lo que los salvó a ambos;
la comprobación de la leve contusión de Sergio, un hematoma en un muslo, que no
impidió su eficiente actividad, buscar un médico, avisar a una ambulancia; la
dramática visión de Victoria herida (Puedo recordar a la perfección, pese a
todo, y voy a recordarlo siempre, que Victoria estaba muy pálida, más pálida aún
de lo blanca que era, con la cabeza levemente inclinada hacia atrás. Entre el
polvo, el humo, los gritos, la cámara lenta que sigue a una explosión
devastadora, Victoria a veces abría brevemente los ojos como si algún resto de
su mente quisiera averiguar lo que pasaba. Le pregunté a Sergio si estaba viva y
él me dijo que tenía pulso). Y luego, en el aquel escenario dantesco, la huida
enajenada entre el humo y los gritos, entre el caos y la destrucción por
doquier, entre los escombros, los hierros retorcidos y humeantes, los cristales
destrozados de las ventanas, rodeado de la febril actividad de los sanitarios,
de las ambulancias que evacuan a las víctimas. Héctor, perdido el rumbo,
atónito, vaga como un zombi por las calles repletas de gente perpleja y
desconcertada, mientras repite una y otra vez, entre el estruendo de las sirenas
de alarma aérea, I am looking for a shelter, I am looking for a shelter.
Sabremos luego, ya alejado el escritor en su narración del espanto del momento y
con la distancia que establece la literatura (Faciolince tomaba notas en la
libreta que siempre le acompaña), de la varilla metálica del toldo de la terraza
que atravesó el cráneo de Amelina; de la atención médica a Victoria y de su
traslado en ambulancia, intubada y al borde de la muerte, a un hospital
especializado en Dnipró; de las llamadas inútilmente tranquilizadoras de Héctor
a su mujer, a sus hijos; de su propio paso, rutinario, dada la ausencia de
lesiones -al menos físicas-, por el hospital; de un incidente disparatado y
desasosegante con un oficial del ejército, que con la excusa de su traslado a
otro centro médico cercano, lo conducirá a un local fantasmagórico, un sótano
lúgubre en donde se le somete a un interrogatorio y está a punto de ser
detenido, en un episodio con tintes oníricos que, al parecer, no fue otra cosa
que la necesaria actividad de los miembros de los servicios de inteligencia que,
indagando las posibles causas de la explosión, sospecharon del espectral
deambular del insólito personaje en que se había convertido el colombiano tras
su huida desconcertada del lugar de los hechos (Después de unos diez minutos de
discusión, una de las dos versiones ha ganado, sin ninguna pregunta sobre mi
salud ni sobre mi profesión, ni sobre nada. Solamente sobre mi nacionalidad. Se
han puesto de acuerdo. Hay menos tensión en el aire y creo, solo creo, que he
sido declarado inocente. No sé si me ha salvado lo español o lo colombiano, lo
viejo o lo idiota, la libreta o la cara de consternación). Y sigue la noche
terrible en el hotel de Kramatorsk, rodeado de otras personas que habían
sobrevivido también al ataque en la pizzería, un pequeño grupo de activistas
sociales holandeses, una fotógrafa anglo-sueca, Anastasia Taylor-Lind (que
publicaría, meses después, un poema, que os dejo al término de esta reseña,
sobre el momento exacto del ataque); y el regreso a Kyiv a la mañana siguiente,
gracias a las exitosas gestiones y la habilidad para resolver asuntos de
intendencia de un Dima que acabaría por sufrir las consecuencias psicológicas
del suceso vivido la noche anterior; las incidencias de un viaje marcado por la
presencia militar y los retenes en los numerosos controles de carretera; la
llegada al hotel de la capital y el encuentro con Luis de Vega, el corresponsal
en la guerra de El País (cuyas espléndidas crónicas yo he seguido desde el
inicio de la contienda); el encuentro en el vestíbulo del hotel con Emmanuel
Carrère, el novelista francés, que había llegado a Kyiv el día anterior para
hablar con colegas escritores y periodistas ucranianos sobre la invasión; el
viaje en tren hacia Leópolis, siempre ya hacia el oeste, casa vez más lejos de
la batalla, del terror, de dolor, de la muerte; el vuelo, vía Múnich, de Héctor
hacia Madrid y de Sergio a Bruselas (Catalina, comprometida, luchadora,
valiente, se quedó acompañando a Victoria hasta su muerte); el desagradable
encuentro en el avión con un fanático del AfD, el partido ultraderechista
alemán; la noticia, recibida de Catalina, del fallecimiento de la joven
escritora ucraniana (Hoy es domingo 2 de julio de 2023. Esta mañana, a las 7:31,
me enteré de que Victoria había muerto anoche en el hospital de Dnipró. Catalina
me reenvió un mensaje de texto que acababan de mandarle: It’s not public yet,
but she’s gone yesterday around 23:30. Esto quiere decir que Victoria se murió
ayer sábado 1 de julio, alrededor de las once y media de la noche).
En la
narración de tan terribles acontecimientos, Faciolince va intercalando breves
semblanzas de los protagonistas, presentados con cariño y delicadeza, dibujados
con agudeza y precisión. Destaca, como es obvio, el acercamiento narrativo a
Victoria, de la que se nos describe su muy especial presencia física; su rostro,
serio, sonriente y triste, con esa tristeza que la sonrisa no logra borrar; su
palidez, su blancura espectral; sus ojos desamparados pero compasivos; su porte
delicado, tenue; su figura casi transparente; su apariencia de fragilidad.
Fíjate bien, parece un cisne, comentará Alexandra, la mujer de Héctor, a la
vista de las fotos que se trajo su marido documentando aquellos días aciagos.
Una caracterización que, más allá de los rasgos externos, es también psicológica
y espiritual: su silencio, roto en pocas frases rezumando ironía y humor negro,
su desgarro interior (Su actitud me hacía pensar en una viuda reciente o incluso
en una madre a quien le hubieran matado a su único hijo en la guerra), también
su rabia, su lucidez, su valentía (era una mujer de armas tomar, literalmente:
Acabo de comprar mi primera pistola en el centro de Leópolis, escribió en su
diario póstumo, Looking at Women Looking at War, Mirando a las mujeres que miran
la guerra), su decidido activismo contra la guerra formando parte de Truth
Hounds (los Sabuesos de la verdad), una organización para la investigación y
denuncia de los crímenes perpetrados por los ejércitos de Putin, su
determinación y su firmeza (tras la primera invasión a Ucrania, la de Crimea en
2014, Victoria decidió vestirse siempre de medio luto. Después de la ocupación
de 2022 había pasado al luto completo en homenaje y recuerdo de los soldados
muertos, los civiles muertos, sus amigos muertos).
El autor nos ofrece también
algunas pinceladas de su infancia y juventud, educada en la cultura rusa; de su
madurez personal e intelectual; de la búsqueda de la propia identidad (su
crecimiento intelectual, su independencia (…) consistió en irse apartando de la
herencia rusa para poder integrarse poco a poco en la conciencia de ser una
ciudadana de su verdadero país existente y todavía en ciernes, casi soñado,
Ucrania); de su discreta vida personal (un marido informático que vivía en
Estados Unidos y con el que estaba en trámites de divorcio; un hijo de once años
refugiado en Polonia al cuidado de una tía abuela); su perra blanca, Vovchytsia
(«loba» en ucraniano), de la que hablaba con alegría y que había sido, quizá, la
inspiración del Dom protagonista de su novela); su trayectoria profesional
(ingeniera de sistemas reconvertida en escritora de cuentos infantiles, novelas
y ensayos; una dedicación literaria arrumbada tras la guerra: Ya es imposible seguir inventándose historias. L a realidad es mucho más intensa).
Y un
Faciolince sincero en extremo da cuenta también de la inicial incomodidad en el
trato entre ambos, de una cierta reticencia recíproca, debida, tal vez, al hecho
de que ninguno había leído los libros del otro; de la voluntad de solventar esa
distancia con el intercambio de sus obras, la noche anterior al atentado, en el
pequeño hotel de Kramatorsk; de la trágica y ya imposible amistad póstuma: Creo
que ahora incluso le pediría permiso para llamarla Vika, en vez de Victoria, tal
como le decían sus amigos. Me he vuelto amigo suyo después de su muerte.
Entre
todos los participantes en la triste aventura, despunta la poderosa figura de
Catalina Gómez, de la que Faciolince traza una estampa formidable, marcada por
el cariño y la admiración. Una mujer serena y solidaria, abnegada, vocacional,
valiente, constante, lúcida, resuelta, una misionera laica, que ha cubierto como
periodista guerras en los sitios más peligrosos del mundo, Gaza, Irak, Irán,
Israel, Libia, Siria. Está acostumbrada a ver el horror de cerca y a mirar la
muerte, sin parpadear, a la cara, dice de ella su compatriota. Llevada por su
dedicación, por su compromiso, Catalina volverá más veces a Kramatorsk después
del atentado (Yo sabía que si no volvía pronto no iba a seguir haciendo este
oficio. Es como el que tiene una caída grave de un caballo. Si no se monta ahí
mismo otra vez, lo deja para siempre), persuadida de la necesidad de estar
presente en el lugar de los hechos para intentar entenderlos y dar cuenta de
ellos, (eso es Catalina: una mujer que con su mirada nos abre los ojos y nos
permite ver más a fondo, es decir, comprender), para contar la verdad de la
angustia, la devastación y el dolor de la guerra: Quiero ir a entender, hablar,
preguntar y saber. No que me lo cuente alguien que haya estado; quiero ir yo
misma. La gente se traga todos los cuentos. Héctor describe, con entregado
asombro, su responsabilidad, su implicación, su férrea voluntad, su
profesionalidad: Su lema podría ser el de todos los periodistas de pura cepa:
si-no-se-va-no-se-ve, los siete monosílabos que representan a los reporteros de
verdad.
Y hay también un retrato de Sergio Jaramillo, diplomático, muy culto,
inteligentísimo, con su desbordante formación, su exitosa trayectoria en la
política colombiana, como negociador del plan de paz con las FARC; un hombre
práctico, eficiente, firme y resolutivo, tranquilo y amable, agudo, también algo
hermético, reservado y evasivo en lo que afecta a su intimidad. En la narración
del escritor lo vemos resolviendo problemas, solventando enojosos asuntos de
intendencia, entregado sin desmayo a sacar adelante las iniciativas de ¡Aguanta,
Ucrania! Y resplandece también la ejemplar figura del abnegado y eficiente Dima,
un joven nacido tres semanas antes de la independencia de Ucrania, una vida
entera, pues, desarrollada libre de la ominosa influencia de Rusia, un
indispensable facilitador de los muchos problemas de logística que entrañaba una
situación extrema como el arriesgado viaje al frente de los tres colombianos y
la ucraniana. Un hombre para todo, sociólogo de profesión, dueño y chófer del
jeep que los transportaba, guía geográfico capaz de elegir las rutas más
seguras, traductor del ucraniano al inglés y paciente divulgador de las
costumbres locales y, por tanto, insustituible colaborador en la difícil tarea
de superar las barreras culturales entre dos mundos tan alejados. Su entereza,
sus conocimientos, su experiencia resultaron decisivos a la hora de afrontar los
efectos de la explosión, aunque, paradójicamente, no le sirvieron a él para
permanecer indemne a los daños psicológicos de la espantosa experiencia. Dima
relata a su interlocutor, que nos lo cuenta a los lectores, cómo, superados los
primeros días, en los que, en el frenesí y la intensidad de los hechos, fue muy
eficaz y resolutivo a la hora de solucionar los aspectos prácticos del momento,
fue progresivamente derrumbándose, perdiendo la concentración, viéndose obligado
a consultar médicos y psiquiatras, debiendo tratarse de un trauma neurológico,
siendo internado en un centro de rehabilitación diagnosticado de estrés
postraumático, necesitando tratamiento y un período de cerca de medio año de
recuperación. Un personaje entrañable y un ejemplo vivo de los horrores, más
allá de los evidentes, de los directamente perceptibles, que causa la guerra.
Y
hay otros personajes, de presencia más fugaz y episódica pero igualmente
significativa de la realidad que se pretende mostrar: las fervientes editoras
ucranianas; el poeta Vakulenko, asesinado en Járkov; las actrices del teatro
local; el actor muerto en el frente; el amigo pacifista de Victoria; las gemelas
de catorce años, Juliya y Anna Aksenchenko; Oksana, otra amiga de Victoria, que
recoge perros abandonados; los ya citados Luis de Vega, Emmanuel Carrère o
Anastasia Taylor-Lind; el padre de Victoria, de aparición postrera pero
sustancial en el libro. Además, en un apéndice final, Faciolince nos ofrece la
lista de los fallecidos en la pizzería de Kramatorsk, sus edades -tan jóvenes
todos-, sus profesiones, en un emotivo recuerdo de sus absurdas muertes.
El
libro interesa, en una segunda línea argumental, imbricada en el hilo central
-el funesto episodio del obús-, por la profunda indagación en el trauma
personal, no solo físico ni psicológico sino también filosófico y hasta
existencial, en el que la dramática experiencia sumió a su autor. En el relato
de cada uno de los distintos episodios narrados, aflora la crisis vital de un
Héctor Abad que aunque apenas cumplía sesenta y cinco años en el momento de los
hechos, no para de angustiarse por los achaques de salud y el deterioro del
cuerpo, por el terror ante la vejez, por el miedo a la muerte, por el deplorable
balance que hace de su vida. Aflora así, en un autorretrato implacable, una
suerte de confesión, una imagen de sí mismo demoledora, la de un hombre atónito
y curioso, despistado, con miedo a ser cobarde, irreflexivo, impulsivo e
insensato, falto de carácter, irresponsable, dominado por una egoísta voluntad
de vivir, atenazado por la culpabilidad (uno no sabe de qué, pero se siente
culpable, culpable de estar vivo, de tener que compartir el mundo con los que
matan a tus amigos, a tus vecinos, a tu prójimo, y los siguen matando). Un
hombre que duda sobre la pertinencia y la oportunidad de su viaje; que cuestiona
su arrepentimiento -o la falta de él-; que se fustiga por su narcisismo, que lo
pone una y otra vez en el centro de una historia en la que los protagonistas,
los desventurados protagonistas, son los otros, los muertos, Amelina, las
víctimas, los ucranianos; que sufre por los reproches y las duras críticas de su
familia, en particular de su hija (recibí la carta más dura que he recibido en
mi vida; quizá también la más sincera, porque siendo en el fondo una carta de
amor, es también una carta con la crítica más feroz que se me puede hacer. Mi
hija Daniela me acusaba de haber sido vanidoso al ir a Ucrania, y sobre todo al
este del país, cerca del frente de guerra); que se retuerce y enloquece por sus
remordimientos, por su egoísmo, por su cobardía, por su pronta huida del lugar
de la explosión, con Victoria malherida, temiendo un segundo obús (Me porté, sí,
como una bestia asustada, pero no con el sentido del deber y de la justicia que
todos ellos mostraron. Los tres, Catalina, Dima y Sergio, se portaron con
Victoria no como yo, que me escapé espantado, sino como el buen samaritano que
se detiene a ayudar a alguien caído).
Y por entre todas estas vertientes del
libro, se cuelan las reflexiones de su lúcido autor sobre numerosos temas de
interés: la voluntad de escribir pese a la impotencia a la que condena el drama
(Yo pienso, en realidad, que escribo para no morirme y para entender y merecer
la muerte. Para aprender a morir, como decía Montaigne); las limitaciones de la
literatura para dar cuenta de la realidad (no consigo traducir todo aquello a
las palabras. Las palabras no huelen; las palabras no duelen; la escritura no
grita; las lágrimas de páginas no lloran, y aunque las hojas tiemblen, tiemblan
de otra manera); la culpa propia y la de los ucranianos que se han ido
renunciando a defender a su país; la importancia de dar testimonio de la
injusticia y los abusos y de homenajear a los ciudadanos de Ucrania (Lo que
escribo es, en cambio, un homenaje a los ucranianos que han perdido la vida
luchando por ser libres y por ser ellos mismos, sin que una potencia imperial
les diga cómo deben ser y a qué tradición histórica, religiosa o política deben
pertenecer. Es un homenaje a Victoria y a todos aquellos que han perdido la vida
defendiendo su derecho a ser libres y a ser ellos mismos); el pacifismo; el
sentido de la vida en un entorno de muerte (¿Qué hacer con una vida cuando esta
es excesiva, cuando le sobran muerte y tristeza, aunque también (y en dosis
parecidas) vida y alegría? Si pudiera al menos concentrarme en lo bueno, en la
alegría, pero no me siento capaz); el azar y el destino (El azar interviene al
repartir la suerte de quiénes mueren, pero hay voluntad y crimen en el acto de
querer matar el mayor número de personas posible); las coincidencias y los
sorprendentes paralelismos entre su propia vida y la de Amelina (Victoria es de
la misma edad de su hija Daniela; la palidez extrema de ambas; Simón, el segundo
hijo de Héctor, nace el 24 de agosto de 1991, día en que se firma la
independencia de Ucrania); el arrepentimiento; la paternidad y la familia; la
guerra; el duelo; la importancia de las palabras, de la escritura, de la música
para mitigar el dolor; la belleza y la locura (Miro el azul del cielo, azul de
Fra Angelico, azul de Giotto, azul de Botticelli, y la música y el azul, por un
momento, me devuelven a esa cosa más intensa que extraño: la dicha de estar
vivo); la dificultad, a la vez, de olvidar la tragedia (Algunos salen heridos y
otros incólumes, indemnes, intactos. ¿Cuál de esas tres palabras describe mejor
el hecho de que yo, el más viejo de todos, hubiera salido con apenas un rasguño
del infierno?); el problema político de la invasión; el sempiterno asunto del
mal (Es necesario hacer una distinción entre el mal en abstracto, impersonal
(terremotos, epidemias, meteoritos, tsunamis), y el mal concreto, personificado
en algún individuo que tiene, a una breve orden de distancia, un poder de
exterminio de dimensiones colosales, masivas y telúricas); el peso de la figura
del padre en su propia vida, con menciones a El olvido que seremos; la tortura
que supone haber sobrevivido, relacionando su vivencia con la de Vasili Grossman
(¿Cuánto tiempo puede durar la euforia de haber sobrevivido al campo de
concentración si cuando sales te enteras de que tu familia ha muerto en otro
campo? Quizá estés vivo, sí, pero ya alejado para siempre de la vida).
En fin,
un libro altamente recomendable, muy duro, muy triste pero de lectura
indispensable. Os dejo ya con el prometido poema, de título Ria Pizza,
Kramatorsk, 19:32, escrito por Anastasia Taylor-Lind. Tras él una de las varias
canciones a las que se alude en la obra. Escribe Héctor que una de las canciones
que más le gustan, Who by Fire de Leonard Cohen, empieza diciendo:
And who by
fire, who by water
Who in the sunshine, who in the nighttime
Who in your merry
merry month of May
Who by very slow decay
[«Y quiénes por el fuego, quiénes por
el agua
quiénes a pleno sol, quiénes de noche
quiénes en tu feliz feliz mes de
mayo
quiénes por lenta decadencia»].
Y, tras transcribir este breve fragmento de
su letra, comenta:
Esta canción se inspira en un lamento fúnebre que los judíos
cantan repetidamente entre el Nuevo Año (Rosh Hashaná) y el Día de la Expiación
(Yom Kipur). El lamento da otras muchas opciones para morir: «Quiénes de hambre
y quiénes de sed; quiénes por terremotos y quiénes por las pestes…». Todos vamos
a morir, está claro, pero no sabemos cómo. Si pudiéramos escoger, ¿qué muerte
escogeríamos? No sabría decirlo. Lo que sí puedo decir con seguridad es que no
quisiera morir como murió Victoria, por el atentado terrorista de un misil ruso
contra un blanco civil, en un restaurante en la hora de mayor afluencia de gente
común y corriente, y de soldados en licencia para ver a su esposa o a sus hijos.
Who by fire, pues, en la interpretación de su creador, Leonard Cohen, es mi
elección musical para despedir mis comentarios por hoy.
Ria Pizza, Kramatorsk,
19:32. Anastasia Taylor-Lind
De repente, un estruendo
cae sobre nosotros
hipersónico
Dima está sentado frente a mí
aplasto mis palmas sobre la mesa
lo miro
sé exactamente
lo que está pasando
fruncida —mandíbula apretada— ojos cerrados
un chasquido sordo
la explosión que arroja aire caliente
retuerce el metal… el vidrio
golpeando alrededor —más y más—
fragmentos calientes en añicos
en mi costado izquierdo
Dima tiene sangre
que corre por su cara
está gritando sótano
yo también tengo sangre
empapando mi suéter morado
sangre
la boca seca
no me sabe a hierro
me doy golpecitos en los pómulos…
cuencas de los ojos… en busca de la herida
mis dedos se deslizan en la
seda de la sangre
•
sótano… respirando polvo de ladrillo
mi linterna examina
las heridas de Dima
no quiero verlas
pero lo inclino hacia adelante
un corte rojo en lo alto de la cabeza
no hay cerebro blanco
no hay metralla… alivio
alivio cuando los soldados toman el control
le vendan la cabeza
pregunto ¿Mi cara está bien?
una camarera me da una servilleta roja
me lleva la mano
hasta la nariz… hace presión ahí
en mi cara y luego salimos de allí
Dima y yo
atravesamos el restaurante volado
sobre vidrios que crujen
marcos de ventanas retorcidos…
comida todavía en las mesas… un plato
de papas fritas regado con vidrio
salpicaduras de sangre
¿o es kétchup en las mesas?
sillas en la calle
el atardecer apenas comienza…
la gente sale de sus casas desconcertada
y mira fijamente… llamo a mamá
le digo que estamos vivos antes
de que vea las noticias… nuestro auto
está apachurrado pero arranca a la primera
Dima deambula por ahí
buscando una salida
antes de que lleguen las ambulancias
•
en la sala de urgencias
gabinete para heridos capaces de caminar
Dima espera
a que un médico le cosa
la cara… la sangre le rueda
por el pómulo
toma una foto dice Dima
querías hacer fotos
de civiles heridos
no sonríe, ni yo… en el suelo un par
de tenis Gucci blancos salpicados de sangre…
pasillo lleno de gente ensangrentada
es de noche… en el hotel
las chicas de recepción
están en los escalones de entrada temblando
y llorando al ver nuestras caras
Alya me ofrece pepas para los nervios
que ella ya se tomó
•
no lloro hasta el otro día
mientras leo sobre los muertos…
todavía hay cuerpos
bajo los escombros
cuando volvemos allí
a buscar mi cuaderno…
casi todo el edificio ha desaparecido… las paredes
y las ventanas han cambiado de lugar… concreto
losas apiladas a la entrada
hay sillas en la calle
hay vidrios en la comida
hay cuerpos bajo los escombros
•
misil Iskander… ojiva de 500 kg
precisión de cinco a siete metros
había un soplón… el SBU lo apresa
respondo las preguntas de los investigadores
dibujo mapas y hablo con un terapeuta
una sombra se oscurece sobre el patio…
rugido repentino de un motor de crucero…
cierro los ojos
el chasquido sordo del impacto…
mi sistema nervioso está destrozado hablo rápido
olvido palabras pierdo el equilibrio me duele la cabeza
hoy es el funeral de Victoria
al otro lado de su ataúd observo
fotógrafos que se balancean juntos en silencio
en busca de un encuadre
cuento cinco lo sé
pero nadie me reconoce al otro lado
sin mi cámara
había vidrios en la comida
había sillas en la calle
apenas empezaba a atardecer.
Videoconferencia
Héctor Abad Faciolince. Ahora y en la hora





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