RICHARD FLANAGAN. EL CAMINO ESTRECHO AL NORTE PROFUNDO; LA PREGUNTA 7
Hola, buenas tardes. Hoy quiero presentar un libro extraordinario del muy interesante escritor australiano, tasmano más exactamente, Richard Flanagan. Se trata de La pregunta 7 y lo presentó hace unos meses la editorial Libros del Asteroide en traducción de Catalina Martínez Muñoz. Flanagan es un autor reconocido en el mundo entero, con traducciones en decenas de países y con numerosos premios literarios en su haber. El más prestigioso de todos ellos, el Man Booker, lo obtuvo en 2014 por una novela, El camino estrecho al norte profundo, publicada el año anterior y que en nuestro país apareció en febrero de 2016. A finales de ese mismo año yo os ofrecí aquí una reseña de ese libro, que me entusiasmó hasta tal punto que pocos meses después, exactamente en marzo de 2017, en Buscando leones en las nubes, mi otro espacio en Radio Universidad de Salamanca, le dediqué también una emisión construida sobre la base de fragmentos significativos de la novela; un programa que anteayer recuperé, en una suerte de remake del de 2017, con textos de la novela y el acompañamiento musical de canciones elegidas con el tono habitual del espacio, intimista, delicado, recogido y discretamente melancólico.
Esa anterior obra de Flanagan vuelve a estar ahora de actualidad por el muy reciente estreno de una miniserie de cinco capítulos basada en ella. Con el mismo título que la obra original, The narrow road to deep north (aunque en nuestro país se presenta como El camino estrecho), la serie es formidable y constituye un complemento magnífico a la lectura del libro. Todas estas circunstancias confluyen en la presente edición de Todos los libros un libro, en la que voy a recuperar mis palabras de hace casi una década sobre El camino estrecho al norte profundo, comentaros brevemente la serie a la que sirvió de inspiración y, fundamentalmente, hablaros, con no menor apasionamiento del que me provocó dicha obra, de la novedad editorial que representa La pregunta 7.
El camino estrecho al norte profundo vio la luz en nuestro país en el sello editorial Literatura Random House. La traducción de Rita da Costa permite la ágil lectura, pese a alguna “inconveniencia” menor, como un excesivo uso de las expresiones “los mismos”, “las mismas” como pronombres en lugar de “ellos”, “ellas”; un fallo, por otra parte, muy habitual hoy en día en documentos oficiales y artículos periodísticos que, con inusitada frecuencia, nos asaltan con una redacción pobre y desmañada y que, en el ejemplo particular de estos “los mismos”, a mí, siempre maniático, me resulta muy enojoso.
El primero de los dos grandes ejes en torno a los cuales se organiza el libro es la historia de “La Línea”, the Death Railway, el “Ferrocarril de la Muerte”, una línea férrea levantada por Japón en la Segunda Guerra Mundial, que debería unir -con intenciones bélicas- Bangkok, capital de Tailandia, entonces Siam, y Rangún, que lo es de Birmania, hoy Myanmar, atravesando centenares de kilómetros de intrincada selva, punteada por bloques de montaña y caudalosos ríos. Ya en 1942, Japón se hallaba al límite de sus fuerzas, sufriendo una gran escasez de recursos y siendo consciente de que está perdiendo la guerra, por lo que se vio urgido por la necesidad de construir ese ferrocarril. En China, los aliados suministraban armamento al ejército nacionalista de Chiang Kai-shek a través de Birmania, y, en el otro flanco, los estadounidenses controlaban los accesos por mar. Para poder interrumpir esa crucial línea de suministro al enemigo chino y conquistar la India a través de Birmania -la delirante aspiración de sus autoridades-, Japón debía fortalecer el frente birmano por vía terrestre mediante el envío de efectivos y material. Pero no disponía ni del dinero ni de la maquinaria necesarios para construir la línea ferroviaria que tanto necesitaba. En su lucha contra el tiempo y contra el enemigo occidental al que aspiraba a sojuzgar gracias a su indomable y disciplinado espíritu nacional (el espíritu japonés se ha encarnado en el ferrocarril, y el ferrocarril en el espíritu japonés, nuestro camino estrecho al norte profundo que ayudará a llevar la belleza y la sabiduría de Basho [el gran creador de haikus, con una presencia lateral pero relevante en el libro] al vasto mundo), Japón contaría con un numeroso contingente de trabajadores forzados, cientos de miles de esclavos, en gran parte prisioneros de guerra.
La construcción de esa línea (Una línea legendaria, nacida de la desesperación y el fanatismo, compuesta de mitos y fantasía en la misma medida en que lo estaría de madera, hierro y los miles de vidas que su construcción habría de costar) constituye uno de los episodios más ignominiosos de una contienda por otro lado repleta de ellos, una muestra no demasiado conocida de la brutalidad humana, ejercida en este caso por el ejército japonés, que empleó, durante los muchos años que necesitó el proyecto -a partir de junio de 1942, cuando se inició, y hasta el final de la guerra, tres años después; aunque la estructura básica se liquidó en poco más de un año-, a cerca de trescientos mil prisioneros, sobre todo asiáticos pero también europeos, norteamericanos y, lo que resulta relevante de cara a la obra que os comento, en torno a veinte mil australianos, todos ellos hacinados en infectos campos de concentración y obligados al trabajo en un inhumano régimen de esclavitud. La insensata y desmesurada tarea, una locura que exigía sobreponerse a un clima infernal, con una lluvia torrencial y permanente que convertía cualquier terreno en un lodazal impracticable y a una naturaleza desbocada y hostil, salvaje e indomeñable, una selva húmeda, oscura e impenetrable, agobiante y opresiva, que albergaba una profusión de amenazantes animales, miríadas de insectos portadores de todo tipo de enfermedades, la pelagra y el cólera, la malaria y el botulismo, llevó a la muerte a miles de hombres -las distintas estadísticas difieren entre sí, según las fuentes, pero las más benévolas nunca bajan de cien mil vidas perdidas-, fallecidos en distintas etapas de la delirante empresa (Esa absurda sucesión de terraplenes, zanjas y cadáveres, de tierra destripada, tierra amontonada, roca reventada y más cadáveres, de bamboleantes puentes de caballete hechos de bambú, traviesas de teca y más cadáveres, de incontables placas de anclaje e inexorables raíles de hierro, y un cadáver tras otro, tras otro, tras otro), a causa no tanto de las muy adversas condiciones “naturales” como, sobre todo, de la ferocidad y la violencia despiadadas con que se desempeñaron los responsables nipones. El 25 de octubre de 1943, la locomotora a vapor C 5631 sería el primer tren que recorrería el trazado completo del Ferrocarril de la Muerte, un trayecto construido sobre infinitas capas de huesos humanos, incluidos los restos de uno de cada tres de esos soldados australianos. Hoy, recoge Flanagan en un capítulo de su obra, la C 5631 se exhibe en un museo que forma parte del gran monumento extraoficial a los caídos de Japón. Además de la locomotora el santuario alberga el Libro de las ánimas en el que se recogen los nombres de los más de dos millones de hombres que murieron sirviendo al emperador de Japón en los conflictos bélicos que se produjeron entre 1867 y 1951. Entre esos nombres se hallan los de 1.068 hombres condenados por crímenes de guerra y ejecutados tras la Segunda Guerra Mundial. Y entre esos 1.068 nombres de criminales de guerra ejecutados se cuentan algunos de los que trabajaron en el Ferrocarril de la Muerte y fueron declarados culpables de malos tratos a los prisioneros de guerra. Y continúa el autor:
La placa que preside la locomotora C 5631 no recoge una sola mención a estos hechos. Tampoco se menciona el horror que supuso la construcción del ferrocarril. Ni los nombres de los cientos de miles de hombres que murieron en el empeño. Tal vez no sea de extrañar, puesto que ni siquiera existe consenso en torno al número de personas que perdieron la vida en el Ferrocarril de la Muerte. Los prisioneros de guerra aliados –cerca de sesenta mil hombres– no eran sino una pequeña parte de los que trabajaron como esclavos en esa empresa faraónica. Junto a estos había doscientos cincuenta mil tamiles, chinos, javaneses, malayos, tailandeses y birmanos. O más. Algunos historiadores sostienen que cincuenta mil de estos trabajadores forzados murieron y otros cifran esa cantidad en cien mil, pero hay quienes la elevan incluso a doscientos mil. Nadie lo sabe, en realidad.
Y nadie lo sabrá jamás. Sus nombres ya han caído en el olvido. No hay ningún libro para sus ánimas perdidas. Suyas sean estas líneas.
Richard Flanagan, cuyo padre participó en la insoportable tarea y fue uno de los afortunados supervivientes -en uno de los elementos capitales de La pregunta 7, como luego veremos-, decidió dar cauce literario a los numerosos relatos que su progenitor le había transmitido en relación con la aciaga experiencia vivida en su juventud, y con ese contingente de narraciones estructura el esqueleto central de su novela (cuya última página escribió, cuenta Rodrigo Fresán, horas antes de la muerte de aquel). Para ello, inventa el personaje de Dorrigo Evans, un cirujano militar australiano, tasmano más exactamente, como el propio autor, que, prisionero también de los japoneses, asume tanto por su posición jerárquica -coronel- como por su cualificación profesional y sus indudables cualidades humanas, el papel de representante y, más aún, protector del millar de hombres a su cargo.
Con una estructura compleja, que va y viene en el tiempo -desde un presente en el que el personaje está a punto de cumplir los ochenta años hasta los primeros días de su infancia- y que da voz también a distintos protagonistas -singularmente a algunos de los despiadados oficiales del Japón-, el libro incluye en su centro -en la segunda gran vertiente de la obra- una emotiva, intensa, conmovedora, romántica e inolvidable historia de amor imposible vivida en su juventud por Dorrigo Evans, poco tiempo antes de su movilización militar, que se narra en la segunda sección del libro pero que acabará permeando todas las demás, incluyendo en ellas los memorables capítulos -el núcleo principal de la novela- dedicados a narrar su espantosa estancia, una espeluznante y sobrecogedora vivencia, en el campo de prisioneros de La Línea.
El camino estrecho al norte profundo presenta muchos motivos de interés desde ese primer punto de vista casi “documental”. La minuciosa y fidedigna descripción de la vida en el campo de concentración; la exactitud al mostrar las altas dosis de brutalidad y violencia que inspiraban la actuación de los mandos japoneses; el crudo y en algunos casos insoportable inventario de atrocidades perpetradas sobre los prisioneros -pienso en el apaleamiento hasta la muerte de Moreno Gardiner, un soldado cuya figura encierra, de modo muy sutil pero relevante, una de las claves, menor pero significativa, del libro-; la exhaustiva narración -que, muy bien fundamentada, alcanza, sin perder su condición novelesca, la categoría de crónica- de la devastación física y moral de los hombres, de los golpes, las torturas, el cansancio y las enfermedades, del hambre y la suciedad, de las penalidades y la miseria, de sus sucintos harapos, de sus llagas, de sus tribulaciones, de su, en definitiva, deshumanización (Cuando llegara su turno, también él -ese muchacho de mirada tierna que sostenía una lámpara- mataría brutalmente y moriría del mismo modo), constituye uno de los logros del libro y nos permite conocer, como digo con rigor y verosimilitud cercanos casi al del documento histórico, un vertiente de la barbarie de la que ha llegado a ser capaz el ser humano (Creyó atisbar la verdad de un mundo espeluznante en el que era imposible escapar al horror, en el que la violencia era eterna, la única y gran verdad, mayor que las civilizaciones que creaba, mayor que cualquier dios al que adoraran los hombres, pues era el único dios verdadero. Era como si el hombre existiera con el solo fin de transmitir la violencia necesaria para perpetuar la supremacía de esta. Pues el mundo no cambiaba, su violencia siempre había existido y jamás sería erradicada, los hombres seguirían muriendo bajo la bota, los puños y el horror de otros hombres hasta el fin de los tiempos, y toda la historia humana se reducía a una historia de violencia) de una dimensión similar a la que afloró en los campos de concentración nazis, de los que, sorprendentemente por cuanto la acaecida en Asia no es apenas conocida, la infame tragedia del Ferrocarril de la Muerte era contemporánea.
Especialmente emotiva, más allá de la convincente “ambientación”, es, en esta misma vertiente del libro centrada en el sudeste asiático, la construcción literaria de los personajes que penan en aquel infierno. Además de los oficiales e ingenieros japoneses, el despiadado Kota, el ambiguo Nakamura, el brutal y demoníaco “Varano”, destacan algunos de los prisioneros, como el citado Moreno Gardiner, Jack Raimbow, Chiquitín Middleton, Mick Green, Jackie Mirorski, Gitano Nolan, el joven Lenny (casi un niño, que muere entre delirios, clamando por su pueblo natal en donde esperan los brazos de su madre), Conejo Hendricks, Cangrejo Burrows, Gallito MacNeice, Lagarto Brancusi, Gallipoli von Kessler, Compadre Fahey, Toro Herbert, Cabeza de Oveja, Bonox Baker, Jimmy Bigelow (conmovedora, hasta provocar las lágrimas en el lector, la terrible escena con la trompeta del regimiento en uno de los innumerables funerales), son caracterizaciones vivas, creíbles, muy humanas y profundas pese a su papel poco menos que episódico en la trama. Gentes del común, individuos normales y corrientes, casi todos muy jóvenes, condenados por los azares de la vida a vivir y morir en aquel dantesco escenario. Dorrigo Evans no es un australiano típico, como tampoco lo son ellos, voluntarios de las periferias, barriadas y tierras de nadie de su inmenso país: arrieros, tramperos, estibadores, cazadores de canguros, oficinistas de medio pelo, cazadores de dingos y esquiladores de ovejas. Son empleados de banca y profesores, dependientes, taladores y corredores de apuestas de poca monta, receptores del magro subsidio de desempleo, cantamañanas, matones de barrio, gamberros, buscavidas, pobres diablos sin demasiadas luces, curtidos por las penas, marcados a fuego por una depresión que los había obligado a criarse en chabolas y chozas privadas de electricidad, cuyos padres habían vuelto muertos, lisiados o enajenados de la Primera Guerra Mundial, cuyas madres se las arreglaban para seguir tirando a base de aspirinas y esperanza, que malvivían en asentamientos militares, precarios campamentos gubernamentales, míseros arrabales y barriadas en un mundo decimonónico que se había plantado a trompicones en pleno siglo XX.
Y por encima de todos, Dorrigo Evans, un héroe cívico, un hombre de éxito apreciado y reconocido por sus conciudadanos, que valoran en él su brillante trayectoria como cirujano y su comportamiento ejemplar en la guerra, y que a sus setenta y muchos años y con la muerte ya cercana relativiza sus logros vitales y recuerda tan solo la intensa, fugaz e inacabada historia de amor con Amy, la joven esposa de su tío, a la que había conocido en la veintena, cayendo ambos bajo la poderosa atracción del prohibido amor. El amor que nos sobrevive, su difuso recuerdo lo único que nos salva de la inevitable extinción, son, a mi juicio, las claves últimas de esta novela magistral que alcanza en esas cien páginas en las que se desarrolla la apasionada relación sus momentos más sensibles, conmovedores, arrebatadores, palpitantes e inolvidables (aunque parte de la crítica los ha despreciado por considerarlos menores, triviales concesiones a un romanticismo fácil rayando la impostura, incluso).
Por entre estos diferentes y sugestivos frentes en los que discurre su conmovedor relato, Flanagan deja más de un apunte sobre otros temas sugerentes: la ya referida constatación de la brutalidad de la guerra y la deshumanización que conlleva, presentada como un dispositivo de aniquilación moral y física, de degradación progresiva del individuo (que se manifiestan con un grado de crudeza casi insoportable; lo que se agudiza del todo, en escenas de imposible contemplación- en la serie televisiva); el amor como gozoso recuerdo y como torturante memoria, como refugio y salvación y también como pérdida y herida, como tormento y condena, como exaltado atisbo de inmortalidad y como muy fugaz y evanescente reflejo de nuestra frustrante humanidad (Un hombre feliz no tiene pasado; un hombre infeliz no tiene nada más, la ya legendaria frase del libro); la memoria histórica, la culpa y la imposibilidad de redención; la ambigüedad moral que siempre encierra la figura del héroe, ejemplificada en la figura de Dorrigo Evans, convertido en héroe nacional tras la guerra, objeto de un generalizado reconocimiento público, que, sin embargo, debe convivir con la percepción íntima de fracaso; la relevancia que la narración otorga al cuerpo, a la “fisicidad”, que aflora, literalmente descarnada, en la minuciosidad extrema con la que se describe el deterioro físico de los prisioneros, sus enfermedades, sus heridas, su hambre, su agotamiento, sus mutilaciones (lo corporal como única realidad tangible, cuyo sufrimiento se opone a la vacuidad y ausencia de credibilidad de los discursos políticos, ideológicos, militares, patrióticos, ridículamente heroicos, con su absurdo énfasis en el honor, la patria); la consabida reflexión sobre la banalidad del mal, reflejada en la complejidad -de rango profundamente ético- con la que se presentan -salvo alguna excepción de cruel y animalesca brutalidad- los enemigos japoneses, oficiales, dirigentes, responsables del siniestro proyecto, dibujados, en bastantes casos, no como meros villanos unidimensionales, sino como individuos atrapados en su propio sistema de creencias; el modo en que el ser humano “vive” el tiempo, sobre todo si ha sido víctima de un trauma, un tiempo fragmentado en el que el pasado irrumpe constantemente en el presente, sin orden ni jerarquía, un tiempo psicológico que sustituye al cronológico y que tiene su reflejo en la estructura de la novela, que rompe la narrativa lineal, desplazándose de una etapa a otra de la vida del protagonista, llevada por sus recuerdos y proporcionando una visión “incoherente” de su biografía, que no responde a la idea de progresión, sino que se muestra al lector como una serie de episodios desconectados, unidos únicamente por la persistencia de ciertas experiencias límite -el sufrimiento atroz, el amor intenso-; el papel ambivalente de la cultura a la hora de mitigar el drama humano, en un libro plagado de referencias literarias (Basho -que aparece ya en una cita que encabeza la primera parte del libro: En el pistilo / se demora una abeja / No quiere irse-; Issa -otro creador de haikus, varios de los cuales abren las demás secciones de la novela, como el muy significativo, que introduce la segunda, la que refiere la historia de amor entre Dorrigo y Amy: Desde la orilla / ella vierte el ocaso / sobre las olas; o la quinta: Vagamos sobre / el techo del infierno, / viendo las flores-; Shisui, otro poeta japonés del siglo XVIII que en su lecho de muerte cogió su pincel, dibujó un poema y murió. Cuál no sería la perplejidad de sus seguidores al descubrir que había trazado un círculo en el papel, en una imagen que asalta, perturba y da vueltas sin cesar en el subconsciente de Dorrigo, como un vacío contenido, un misterio infinito, un ancho sin longitud, la gran rueda, el eterno retorno: la antítesis de la línea. El óbolo depositado en la boca de los muertos para pagar al barquero; Tennyson, Trollope, Catulo, Paul Celan, también presente con una cita preliminar, Browning, Shelley, Shakespeare, Dante), cuyos destellos ofrecen tenues atisbos de sentido incapaces de abarcar y sobreponerse a la experiencia del horror: la literatura como tentativa insuficiente, que testimonia pero no redime: El dolor, las muertes, la pena, la abyecta y mísera futilidad de un sufrimiento tan inmenso padecido por tantos; puede que todo ello solo exista entre las páginas de este libro y en un puñado de libros más. Es posible encerrar el horror en un libro, darle forma y significado. Pero en la vida el horror carece de forma, tal como carece de significado. El horror es y punto. Y mientras reina, es como si no hubiera nada en todo el universo que no forme parte de ese horror.
Aprovecho para recomendaros, en relación con esta trágica dimensión de El camino estrecho al norte profundo, otro interesante libro -este un ensayo-, que yo leí hace años en la edición de Capitán Swing. La violación de Nankín, escrito por Iris Chang, nos da a conocer otra manifestación igualmente abominable del salvajismo criminal del ejercito japonés en la segunda gran guerra: la masacre cometida por las tropas imperiales niponas en la ciudad china de Nankín, con entre doscientos y trescientos mil muertos y varios miles más de víctimas de torturas, violaciones, mutilaciones y muchas otras depravadas formas de bestialidad. Además, os recuerdo un clásico del cine, El puente sobre el Río Kwai, que dirigió David Lean en 1957, resulta igualmente un atractivo complemento a la novela de la que hoy os hablo, al centrarse también -aunque desde una perspectiva más optimista y luminosa- en la oscura peripecia de la apertura de la siniestra línea férrea. En relación con la serie televisiva ya mencionada, y urgido por la falta de tiempo y por mi voluntad de comentar también, con un cierto detalle, la última y excepcional obra de Flanagan, La pregunta 7, señalo tan solo que me ha parecido espléndida -muy dura en los pasajes más crudos que, confieso, solo he podido ver con la mano ante los ojos y entreabriendo levemente los dedos-, con una más que apreciable fidelidad a los aspectos más relevantes de la novela (salvo algunas modificaciones significativas en el final y otras “adaptaciones” quizá obligadas por las necesidades del medio); una fotografía soberbia a cargo de Sam Chiplin; una banda sonora minimalista, intensa y opresiva -salvo en algunos momentos de música diegética, más vivos- de Jed Kurzel, hermano del director, Justin Kurzel; y un elenco más que solvente con el hoy omnipresente Jacob Elordi como el Dorrigo Evans joven; Ciarán Hinds, en el mismo papel pero ya de viejo; Odessa Young como la turbadora Amy Mulvaney; Olivia DeJonge como la joven esposa de Dorrigo, Ella; y Heather Mitchell en el rol de Ella ya mayor. La serie, que puede verse en Movistar y en Prime, es, a mi juicio, altamente recomendable.
Los acontecimientos narrados en El camino estrecho al norte profundo, algunos episodios, su atmósfera y las principales preocupaciones de su autor expresadas en la novela están presentes también, de manera sobresaliente, en el último libro de Richard Flanagan, La pregunta 7, que hace unos meses apareció entre nosotros en la editorial Libros del Asteroide, traducido por Catalina Martínez Muñoz. Se trata de una obra que, como a menudo ocurre en mis propuestas, resulta de difícil adscripción genérica: en parte libro de memorias, en parte ensayo filosófico, en parte biografía, en parte reflexión histórica, en parte texto de modesta divulgación científica, en parte alegato político; y todo ello presentado con el brío y la capacidad de “enganche” de una apasionante novela (aunque, por si hubiera dudas, el libro obtuvo el prestigioso Baillie Gifford Prize de no ficción en 2024, convirtiendo a su autor en el primero en ganar simultáneamente ese premio y el Booker). Sin embargo, Peter Carey, otro de los grandes escritores australianos, afirmó, en un artículo en el Washington Post, que La pregunta 7 es, a la vez, una canción de amor profundamente conmovedora para los padres del escritor, una excavación forense, un lamento, una confesión, un rompecabezas en el que Hiroshima se conecta con H.G. Wells y los marcianos colonizan Tasmania. Y, en el mismo sentido, no parece casual que Flanagan ponga en el frontispicio de su texto una cita del Hobart Town Mercury, un diario tasmano, extraída de una reseña de Moby Dick, tras su publicación en 1851: El autor no ha dado aquí a su esfuerzo el beneficio de saber si lo que nos presenta es un relato histórico, autobiográfico, una crónica periodística, una tragedia, una historia de amor, un almanaque, un melodrama o una fantasía. Puede ser miles de cosas, o no. La pregunta, hecha queda, pero ¿dónde está la respuesta? Una referencia que, aparte de apuntar a la indefinición genérica de su propio libro, conecta con otra pregunta, la 7 que se recoge en el título, también de difícil respuesta y principal clave de la obra. Recojo literalmente, pese a la extensión de la cita, el fragmento del libro -que aparece cuando llevamos apenas veinte páginas- que explica ese elemento sustancial:
«Chéjov creía que la función de la literatura no era ofrecer respuestas sino, únicamente, hacer las preguntas necesarias. Uno de los primeros relatos de Chéjov era una parodia de los problemas de cálculo que tenían que resolver los colegiales, del que es típica la pregunta 7:
El miércoles, 17 de junio de 1881, un tren debía salir de la estación A a las 3.00 horas para llegar a la estación B a las 23.00 horas; sin embargo, justo cuando el tren estaba a punto de arrancar, llegó la orden de que tenía que llegar a la estación B a las 19.00 horas. ¿Quién ama más tiempo, un hombre o una mujer?»
¿Quién?
¿Usted, yo, un residente de Hiroshima [una mención que explicaré más adelante] o un prisionero sometido a trabajos forzados?
Esta es la pregunta 7.
La pregunta 7, la de Chéjov, la de Flanagan, no tiene respuesta. He ahí la cuestión primordial del libro que hoy os comento y, en general, de la literatura. Continúa el escritor australiano: ¿Quién ama más tiempo? El genio de Chéjov reside en que nunca pretende dar la respuesta. De Anna Karenina, de Tolstói, Chéjov se limitó a decir que planteaba bien las preguntas. Tal vez la única respuesta que pueda darse a Hiroshima sea hacer la pregunta 7. Aunque imposible de responder, es la pregunta que tenemos que seguir haciendo, siquiera para comprender que la vida nunca es binaria, ni reductible a palabrería o a código, sino un misterio que, a lo sumo, intuimos. En los relatos de Chéjov, los únicos tontos son los que saben las respuestas.
Estamos, pues, ante una declaración de principios en la que, abiertamente, el autor anticipa que su relato va a huir de la simplicidad, de las soluciones sencillas, de las explicaciones reduccionistas, de los dictámenes categóricos, incapaces de abrazar la complejidad y de dar cuenta de las fuerzas históricas, científicas, culturales, sociales y biológicas que, inconexas a primera vista, se imbrican para incidir en nuestras vidas individuales. Como señaló el jurado del premio Baillie Gifford, La Pregunta 7 es una meditación asombrosamente lograda sobre la memoria, la historia, el trauma, el amor y la muerte, y una exploración intrincadamente tejida de las cadenas de las consecuencias que marcan una vida.
El libro comienza en el invierno de 2012, cuando Flanagan, desoyendo el sentido común y por motivos no del todo relacionados con la escritura —por más que yo dijera lo contrario— que todavía hoy sigo sin ver con claridad, visita el Campo de Ohama, en Japón, donde su padre había estado prisionero durante la Segunda Guerra Mundial, obligado a realizar trabajos forzados en una mina de carbón situada bajo el nivel del mar. Allí, en un lugar en el que no hay rastro alguno de ese pasado ominoso y en el que los empleados del museo local que documenta la historia de la mina desconocen y hasta se muestran escépticos ante la mera mención de esos hechos terribles (Era como si aquello nunca hubiera ocurrido, como si allí no hubieran dado palizas a nadie, matado a nadie ni obligado a nadie a quedarse desnudo sobre la nieve hasta morir de frío), se entrevista con el señor Sato, que había sido guardia supervisando a los prisioneros de guerra cruelmente tratados, torturados hasta la muerte en la mina. Parece, sin embargo, un viejo inofensivo y hasta decente, cuidando ahora de una hija discapacitada. Piensa entonces en el prisionero obligado a pasar la noche arrodillado en la nieve sin ropa, una historia que a su padre siempre le producía una tristeza indescriptible cuando la contaba, por su absurdo sinsentido. Y se pregunta -la primera de una larga serie de ellas y otro de los desencadenantes de su libro- ¿Haría yo lo mismo? (…) ¿sería yo distinto? ¿Me sumaría también a dar palizas a los prisioneros, aun cuando no quisiera, le ordenaría también a un hombre desnudo arrodillarse en la nieve hasta morir congelado, porque eso era lo que se esperaba de mí, o porque costaba demasiado decir que no? ¿O miraría a otro lado y decidiría no ayudarlo? ¿Quién ama más tiempo?
La pregunta -el gran dilema ético- da lugar a una compleja trama de reflexiones, episodios, recuerdos, encuentros, experiencias personales, análisis introspectivos, referencias literarias, acontecimientos históricos y pasajes “ficcionalizados”, todos ellos concatenados en una red de azares y coincidencias y asociaciones, de causalidades y correspondencias, que configuran un mosaico -un rompecabezas, escribía Carey- en el que se imbrican -de un modo magistral al que luego me referiré- el relato de Chéjov, los campos de concentración japoneses, los bombardeos de Hiroshima y Nagasaki, la relación amorosa entre H. G. Wells y Rebecca West, la dramática historia de Leo Szilard, uno de los padres de la bomba atómica, el genocidio de los pueblos indígenas de Tasmania, algunos lances de la infancia del propio autor, los entrañables recuerdos de sus padres, sus planteamientos sobre la escritura o, en un capítulo final angustioso, su propia experiencia cercana a la muerte cuando con veintiún años casi se ahoga en un accidente de kayak en el río Franklin.
Estos distintos frentes aparecen vinculados a través de una suerte de “reacción en cadena” (el jurado del premio Baillie Gifford hablaba de “cadena”, yo acabo de utilizar el término “concatenados”, y la metáfora nuclear está en la base del libro) a la que Flanagan alude expresamente en más de un pasaje del libro, especialmente en este muy revelador:
Sin el beso de Rebecca West, H.G. Wells no se habría refugiado en Suiza para escribir un libro en el que todo arde, y, sin el libro de H.G. Wells, Leo Szilard nunca habría concebido una reacción nuclear en cadena, y sin concebir una reacción nuclear en cadena, nunca habría conocido el terror, y si no hubiera conocido el terror, nunca habría persuadido a Einstein para que presionara a Roosevelt y si Einstein no hubiera presionado a Roosevelt, no habría habido Proyecto Manhattan y sin Proyecto Manhattan, no hay ninguna palanca de la que Thomas Ferebee pueda tirar a las 8.15 horas del 6 de agosto de 1945 a nueve mil quinientos metros de altitud sobre Hiroshima, no hay ninguna bomba sobre Hiroshima y ninguna bomba sobre Nagasaki, y cien mil o ciento sesenta mil o doscientas mil personas viven y mi padre muere. Puede que la poesía no sea capaz de activar nada, pero una novela destruyó Hiroshima y sin Hiroshima yo no existo y estas palabras se borran por sí solas y yo con ellas.
Desenredemos esta intrincada madeja. El padre de Flanagan sobrevivió a su calvario en el campo japonés gracias a que Estados Unidos bombardeó Hiroshima poniendo fin a la guerra de modo fulminante, contra el plan inicial que conllevaba la invasión y que, de haberse llevado a cabo, hubiese supuesto, al demorar la rendición japonesa, la muerte segura de su progenitor, asesinado por los japoneses en retirada, usado como escudo humano o, en cualquier caso, incapaz por su debilidad física de soportar un invierno más de tortura y crueldad (Destrozado, enfermo, con el cuerpo y la voluntad al límite, sabiendo únicamente que unos meses más tarde, cuando el frío del invierno regresara, no podría resistir más y moriría, no era consciente de que ahora iba a vivir). Las bombas provocaron la muerte de sesenta mil, ochenta mil o ciento cuarenta mil personas, según las distintas estimaciones, pero salvaron su vida -y, en consecuencia, la del propio Flanagan, que no habría llegado a nacer- y las de muchos otros, ¿pero estuvieron justificadas? En julio de 1945, el secretario de Guerra estadounidense, Henry L. Stimson, encargó un estudio sobre el coste humano de una invasión de Japón. Las estimaciones de heridos para los aliados se situaban entre 1,7 y 4 millones, y las de muertos, entre cuatrocientos mil y ochocientos mil; mientras que el número de japoneses muertos podría alcanzar una cifra entre cinco y diez millones. ¿Eso justifica la “vaporización” instantánea de decenas de miles de seres humanos y la condena a una muerte lenta y dolorosa de muchos otros en Hiroshima y Nagasaki? ¿Cuál es la respuesta a la pregunta 7? ¿Quién ama más tiempo?
En la génesis de esas destructivas bombas nucleares -y la causa última, por tanto, de que el comandante de bombardero Thomas Ferebee accionara la palanca que lanzó la bomba atómica desde el Enola Gay- estuvo, con un papel decisivo, Leo Szilard, un joven científico húngaro, judío, que abandonó Budapest tras ser rechazado por los antisemitas en la Universidad para instalarse en Berlín en donde, en 1920, con solo veintidós años, fue alumno de Einstein y conoció a Max Planck, que ya era premio Nobel de Física. Solitario, distraído, inteligente, lúcido y soñador (sus habilidades a veces parecían más místicas que racionales), cuestionó a las grandes autoridades científicas de su época (Rutherford, Bohr o Fermi no compartían su anticipadora visión) concibiendo por primera vez la idea de una reacción nuclear en cadena (Si existía un elemento que, al dividirse por la acción de un neutrón emitía dos neutrones, solo haría falta que este elemento alcanzara la masa necesaria para sostener el proceso mientras más átomos se dividían en más neutrones, creando, así, una cantidad ilimitada de energía mientras seguían multiplicándose (…) Si era posible producir una reacción en cadena, sería posible producir energía atómica a escala industrial. Y si la energía atómica era posible, entonces la bomba atómica también lo era). Espantado por las consecuencias de su descubrimiento, temeroso de que los científicos del Reich pudieran desarrollar la devastadora arma (Si era posible fabricar una bomba atómica, entonces era posible que Hitler fabricara una bomba atómica, y no solo eso: habida cuenta del nivel de desarrollo de la física alemana, sería el primero en fabricarla y utilizarla para esclavizar al mundo), Szilard, huido una vez más e instalado en Inglaterra, ofreció la patente de su descubrimiento al Almirantazgo británico, y, más adelante, radicado ya en Estados Unidos, escribió la famosa carta que un grupo de científicos encabezados por Albert Einstein (La carta fue, en lo sustancial, obra de Szilard: Einstein diría más tarde que él «en realidad solo fue el cartero» de su antiguo alumno) dirigió al presidente Roosevelt para que, ante la amenaza nazi, impulsara el desarrollo de una bomba atómica, lo que más tarde desembocaría en el histórico Proyecto Manhattan. Tiempo después, y consciente de las consecuencias de su hallazgo, escribiría al entonces presidente Harry Truman para que frenara la iniciativa de bombardear Japón.
A la repentina “iluminación”, nacida en un instante de ensimismamiento ante el cambio de luces de un semáforo londinense y que le mostró el germen de su revolucionaria idea (así lo cuenta Flanagan), contribuyó el recuerdo difuso de un libro que Szilard había leído años atrás, El mundo liberado, una novela de 1914 del popular H.G. Wells, repleta de visiones de una guerra atómica a gran escala, con todos sus horrores: un mundo en llamas, ciudades en ebullición, millones de muertos; una predicción literaria del arma más potente, destructiva e incontrolable que la humanidad hubiera concebido nunca (Leo Szilard se preguntó por qué las predicciones de los escritores a veces resultan ser más exactas que las de los científicos). Flanagan resume esta inconcebible sucesión de engarces: Estados Unidos hizo lo que hizo al crear la bomba atómica únicamente porque Leo Szilard, un hombre obsesionado con preguntas, convenció a su presidente de que tenía que hacer posible lo imposible, y luego se prestó a colaborar en la tarea. Y Leo Szilard hizo lo que hizo porque una vez había leído una novela. La novela era fruto del terror al amor, y aterrorizó a Leo Szilard en la misma medida en que lo fascinó, hasta el punto de convertirse en su destino. Esta novela la escribió H.G. Wells.
Y aquí La pregunta 7 se adentra en la vida de H.G. Wells y en su muy fecundo “terror al amor”. Wells, un escritor de éxito, autor de títulos -hoy clásicos: La máquina del tiempo, La guerra de los mundos y La isla del doctor Moreau, auténticos best-sellers de las postrimerías de la época victoriana- de un género entonces llamado “novela científica”, representaba el “viejo orden”, con su vida burguesa convencional, con mujer y dos hijos, aunque fuera infiel, mujeriego y promiscuo. Wells, sacudido por una crítica demoledora de su última novela que una joven periodista, Rebecca West -seudónimo de Cicely Fairfield- había escrito en la revista feminista radical The Freewoman, y deseoso de conocerla, la invitará a su casa, en donde ambos quedan deslumbrados por el otro: En cuestión de media hora, Rebecca West supo que no había un hombre en toda Inglaterra, ¡incluso en toda Europa!, comparable a este (…) Por su parte, Wells nunca había conocido a nadie como Rebecca West, y dudaba muchísimo de que hubiera existido nada parecido hasta entonces. En ese primer encuentro se produce el beso al que alude el texto que he recogido más arriba y que, a juicio de Flanagan, estaría en el origen de la cadena entera (Este beso, con el tiempo, engendró la muerte que, a su vez, con el tiempo, me engendraría tanto a mí como ciertas circunstancias de mi vida que han desembocado en el libro que ahora tiene usted entre las manos, el resultado de una reacción en cadena que se inició hará cosa de un siglo, y todo ello desembocará en el improbable personaje de mi padre, improbable en tanto que va a aparecer en un relato acompañado, entre otras personas desconocidas para él, de H.G. Wells y Rebecca West). Rebecca West (diecinueve años) y H.G. Wells (cuarenta y seis) no deberían haberse conocido nunca pero estaban destinados el uno al otro: él iba a construir la vida de ella y a destruirla, y ella iba a construir su vida, a pesar de él; él sería para ella una fuente inagotable de amor y de amistad a lo largo de treinta y cinco años: la volvería loca, la conquistaría, la perdería y volvería a conquistarla; ella fue la única persona a la que quiso ver hasta el final, y solo después de que él muriera, ella descubriría, con inmensa sorpresa, algo que nunca había esperado: que en la copa de la vida se había abierto una grieta a un abismo de desolación inconsolable y absoluto.
Precisamente por lo irresistible de su atracción, Wells al principio se resistió a ella. Tras el beso en su biblioteca se alejará bruscamente de aquella mujer de fuerza impetuosa y salvaje, viajando a Suiza, con la esperanza de huir de los confusos sentimientos que lo envolvían y con la voluntad de recuperar la normalidad y el ánimo sereno necesarios para su escritura en el retiro alpino de otra amante, la escritora Elizabeth von Arnim, la pequeña e. Sin embargo, la perturbación que Rebecca introdujo en su vida, torturado por su recuerdo, inflamado por la llama incontrolable que ella era, enfebrecido por la íntima maraña sentimental -su mujer Jane, la pequeña e, Rebecca- que lo envolvía, Wells se vio asediado por una pesadilla que trasladaría a su nueva novela, El mundo liberado. Mucho antes que los científicos, mucho antes que cualquier político o general, Wells había “inventado” una aplicación militar de los descubrimientos científicos más adelantados de su tiempo, que fraguaría en un arma nueva de una potencia hasta entonces inimaginable. Wells llamó a su invento la bomba atómica. La conexión entre Wells y Szilard, además de la que representa El mundo liberado, se nos muestra en una dimensión más humorística, a partir de La guerra de los mundos, la visionaria novela del británico, publicada a finales del siglo XIX y en la que, como es sabido -el título es un clásico con infinidad de versiones, literarias, cinematográficas, televisivas, radiofónicas, en cómic, en sus muy largos cien años de existencia-, los marcianos llegan a la Tierra. Cuenta Flanagan que Enrico Fermi, otro de los padres de la física nuclear, formuló a sus colegas, en relación con la existencia o no de extraterrestres, la que hoy es conocida como Paradoja de Fermi: si la existencia de alienígenas era tan probable, habida cuenta de que el número de planetas del universo es infinito, ¿por qué nunca se había encontrado ninguna prueba convincente de alguna forma de vida superior?
Leo Szilard tenía la respuesta.
—Viven entre nosotros —afirmó—, pero los llaman húngaros.
La broma de Szilard sirvió como etiqueta de un fenómeno: Szilard y otros cuatro científicos húngaros de origen judío —reconocidos por un grado de inteligencia tan inexplicable que casi parecía de otro mundo—, hombres que hablaban una lengua extranjera incomprensible y un inglés con un acento tan extraño, acabaron siendo conocidos como los marcianos.
Flanagan narra cada una de estas historias con emoción, con brillantez, con profundidad. Conocemos así en detalle, en relatos que, más allá de su interconexión, podrían funcionar como novelas autónomas, la difícil supervivencia del padre del escritor y el resto de cautivos australianos en los tres años en que, hacinados en barracones infectos, fueron prisioneros de los japoneses, su sometimiento a inhumanos trabajos forzados, el calvario brutal padecido en la selva birmana, la constante exposición a una naturaleza hostil, a un clima implacable, a enfermedades sin cuento, obligados a abrirse paso en una selva opaca y letal, doblegados, reprimidos, violentamente golpeados, desnutridos, sin fuerzas, siempre al borde de la muerte; la trayectoria vital, los amoríos, el carácter, las inquietudes y la literatura de H.G. Wells; la figura de Rebecca West, su personalidad, su naturaleza rebelde, su inteligencia, sus ideas (la escritora británica ha estado presente en Todos los libros un libro en dos ocasiones con su obra más clásica, El regreso del soldado, en un programa de mayo de 2011, y, más recientemente, en marzo de 2022, con su trilogía en torno a la familia Aubrey); el ardoroso encuentro entre ambos; la singular existencia de Leo Szilard, en lo personal y en su vertiente de hombre de ciencia; las vicisitudes de los descubrimientos científicos que confluyeron en la creación de la bomba atómica; los pormenores técnicos y humanos que rodearon el lanzamiento de los letales proyectiles sobre la población de Hiroshima y Nagasaki…
Entremedias, la bien medida -pese a su apariencia digresiva- narración del autor va enlazando reflexiones y relatos entrecruzados en los que profundiza tanto en un ámbito íntimo, en su experiencia personal y familiar y, en páginas entrañables, en las de sus padres, como en una dimensión más colectiva y general que gira sobre la historia de Tasmania, su condición de colonia penitenciaria, el genocidio de su habitantes, la destrucción de su hábitat natural.
Los pasajes que recogen escenas de su infancia en Tasmania y los “retratos” de sus padres, la figura de su madre marcada por la pobreza y la resiliencia, y la personalidad reservada y profundamente afectada por la guerra de su padre, son magníficos, llenos de ternura, afecto y sensibilidad, mereciendo por sí solos la lectura del libro. La presencia silenciosa del padre, constituye el eje que permite la reconstrucción de la memoria del autor. Un hombre bueno, callado, reservado y algo enigmático, comedido, discreto en la exteriorización de sus emociones, de lánguida sonrisa, esencialmente etéreo, estaba y no estaba, sustancia y no sustancia, marcado -sin exhibiciones narcisistas- por su terrible experiencia de cautividad bajo el dominio japonés, en torno a cuya figura Flanagan articula sus reflexiones sobre los recuerdos, el dolor, el amor, la vergüenza, el pasado, la familia, los vínculos… A su lado, la madre es la imagen de la fuerza vital, de la determinación, del amor activo e incondicional, de la disciplina, de la tradición plasmada en el hogar, en el cuidado y el servicio a los demás (siguió comiéndose las sobras de la cena que los demás dejaban en el plato, por miedo al «desperdicio», como ella decía), de la entrega, de la ternura. Una mujer fuerte, enérgica, orgullosa, pero carente de confianza fuera de su casa, limitada por el rol que la época imponía a las mujeres: solo puedo recordar a mi madre como una mujer que vivió intensamente su código de amor y lealtad en un mundo y un tiempo y un lugar que le permitían muy poco más, una mujer extraordinaria y fuerte que no pudo ser quien era en realidad. Y cuánto me habría gustado que ella no hubiera hecho eso.
Y en torno a ellos, aparecen los seis hijos de una familia, descendiente, muy probablemente, de un convicto condenado por dar una paliza a un hombre en Irlanda, y enviado a la “Tierra de Van Diemen” (el nombre originario de la isla que a partir de 1856 fue Tasmania), que funcionaba desde el siglo XIX como colonia penitenciaria británica; la estricta abuela Mate y su absurda autoridad; los escasos recuerdos infantiles (Cuando trato de recordar esos tiempos, mi familia se fragmenta en pedazos que no puedo atrapar, solo de vez en cuando, consigo encajarlos a la fuerza como partes de un relato); el hermano mayor que al ver El graduado afirmaba que la película le había cambiado la vida; un tío que pasó los años de la Gran Depresión viviendo en una cueva, otra hermana que cantaba canciones de West Side Story, muy moderna y juvenil, dejando atrás su pasado en un colegio de monjas, cuando había encabezado una redacción escolar sobre la beatlemanía con la categórica frase: Los Beatles hacen que me avergüence de ser mujer; el pequeño cuarto de estar; la lluvia incesante; la televisión en blanco y negro; la fascinación por la exuberante naturaleza, en particular los ríos, la selva, ese interminable mundo verde; el encanto del mar.
Y la mención del entorno natural, y ya como cierre a mis comentarios, me permite hablar de Tasmania como otro “personaje” fundamental del libro. En su profunda recreación de su país natal, Flanagan aborda una exposición muy lúcida, combativa y descarnada de una isla cuya identidad está marcada por la violencia colonial, el silenciamiento histórico y la tragedia ecológica. El libro incluye así páginas muy valientes y esclarecedoras sobre la colonización británica, sobre la negación y el exterminio de la existencia y la vasta tradición aborigen perpetrados por unos europeos advenedizos e irresponsables (Si este libro equivaliera a los cuarenta mil años de su existencia en esta isla, los europeos no entrarían en escena hasta la penúltima página), sobre la violencia contra su cultura milenaria, hecha de espiritualidad y sentido de lo sagrado, sobre las huellas indelebles del sistema penal colonial (a partir de las muchas décadas en las que la isla “funcionó” como reducto penitenciario), sobre la destrucción y la pérdida ecológica, en una masacre -Flanagan habla explícita, categórica y muy acertadamente de genocidio-, que conecta simbólicamente con las de Hiroshima y Nagasaki, con la carrera nuclear, con el padecimiento paterno durante la Segunda Guerra Mundial y, en definitiva, con el planteamiento último de su obra: Escribo este libro que ahora está usted leyendo únicamente como una nota de amor a mis padres y a la isla que es mi hogar, a un mundo que se ha desvanecido.
Os dejo ya con un significativo texto en el que se refleja esa devastación de Tasmania y las aún más sombrías perspectivas acerca de su futuro. Tras él, una canción que la hermana mayor de Flanagan cantaba en la casa familiar de Tasmania cuando él era niño: I Feel Pretty, que formaba parte de la banda sonora de West Side History. Que en una casa obrera de Tasmania suene esta canción ya dice algo del siglo XX y de la obra que hoy os he presentado. Broadway llega a la isla que fue colonia penal. La modernidad cultural se filtra en un hogar marcado por la precariedad. Pero esa misma modernidad es la que produce la bomba atómica. Esa es una de las tensiones fundamentales del libro: el mismo siglo que genera belleza crea exterminio. Os la ofrezco en la interpretación de Marni Nixon que dobla a Natalie Wood en la película.
Pero, incluso entonces, la selva ya estaba consumiéndose. No tardarían en hacerse visibles las marcas desperdigadas de los melanomas de las explotaciones ganaderas, las plantaciones de pino y eucalipto, los incendios provocados aquí y allá, por no hablar de una inanidad general y creciente, de carreteras que no conducen a ninguna parte, de establecimientos turísticos, minas abandonadas y rincones abarrotados, geoetiquetados en Instagram. Aun así, todo esto será una ofensa nimia en comparación con lo que se avecina.
A lo largo de las próximas décadas, la cantidad de lluvia se reducirá, al principio de manera imperceptible, y luego, drásticamente, y lo que hoy queda de la selva tropical empezará, poco a poco, a secarse y a morir. En cambio, durante unos momentos más, los mirtos, de cuyas cicatrices asomarán, llorosos, los helechos y los hongos, crecerán como torres hasta tambalearse, como viejos actores que ofrecen su última reverencia, aún más cautivadora por el telón de fondo de abruptos barrancos y riscos todavía arbolados.
Luego empezarán a arder.
Las complejas, innumerables y milagrosas relaciones que han creado la selva tropical de Tasmania, una confusión exacta de árboles, helechos, musgo, hongos y microbios, de animales, aves e insectos, de peces e invertebrados, un conjunto que podría definirse mejor como una civilización desconocida, acabarán transformadas, junto a estas palabras, en desechos perdidos del tiempo.
Videoconferencia
Richard Flanagan. La pregunta 7



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