Vivo entre muchos libros y extraigo una gran parte de mis ganas de vivir del hecho de que aún leeré la mayoría de ellos. (Elias Canetti)

domingo, 20 de septiembre de 2026

MIGUEL BONNEFOY. EL SUEÑO DEL JAGUAR 

En este viaje a Venezuela que esta semana propone Todos los libros un libro, y tras las escalas en las novelas de Karina Sainz Borgo, La hija de la española, y Miriam Reyes, La edad infinita, llegamos ahora al cierre de la serie con mi tercera y última propuesta del ciclo, un libro soberbio, de lectura apasionante, escrito en francés por un escritor de doble nacionalidad, francesa y venezolana. Se trata del fascinante El sueño del jaguar, su autor es Miguel Bonnefoy y, tras su publicación en Francia y su excepcional repercusión en el país vecino, en donde obtuvo el Gran Premio de Novela de la Academia Francesa y el premio Femina, siendo finalista del Médicis, del Landerneau des lecteurs, del Jean Giono y del Femina des lycéens, vio la luz en España en la editorial Libros del Asteroide el pasado 2025, en espléndida y presumiblemente muy difícil traducción de la reconocida especialista Regina López Muñoz. 

Conocer la trayectoria biográfica de Miguel Bonnefoy permite una lectura más completa y una mejor comprensión de El sueño del jaguar, dados no solo los indudables paralelismos entre su propia vida y la de uno de los cuatro principales personajes de su novela, sino también las muchas semejanzas que pueden adivinarse entre su entorno familiar y cultural y el de los protagonistas del libro. Nacido en París en 1986, Bonnefoy creció entre Europa y América Latina, con una educación y unas experiencias vitales marcadas por la circulación de lenguas, relatos y memorias transnacionales. Esta condición biográfica, más allá de constituir el telón de fondo que enmarca su relato, además de aportar al texto infinidad de detalles que se corresponden con su propio contexto personal, es también el fundamento de una visión de la literatura que se construye -al parecer en el resto de su obra, que no conozco, pero de modo evidente en El sueño del jaguar- a partir de la intersección entre tradiciones culturales diversas, que se corresponden con la diversidad de su árbol genealógico. Su padre, el escritor chileno Michel Bonnefoy Rosenzuaig, detenido y torturado por la dictadura de Pinochet, y su madre, la diplomática venezolana María Antonieta Borjas, que fue Agregada cultural en la Embajada de su país en París, e hija de Antonio Borjas Romero, exrector de la Universidad del Zulia, y Ana María Rodríguez de Borjas, la primera médica del estado; informaciones, referencias y circunstancias todas que se reflejan literalmente en su novela (aunque pronto deberé matizar el adverbio, pues nada hay cien por cien literal en una obra plagada de invenciones y elementos de fantasía y casi mágicos). En diversas críticas que he podido leer se resalta la insistencia del autor, desde sus primeras publicaciones, en la exploración de las genealogías familiares, los desplazamientos geográficos, la transmisión de la memoria y los lazos entre la historia individual y la gran Historia en abstracto, siempre a través de personajes que pertenecen a familias marcadas por la migración, el exilio o la mezcla cultural, como digo un rasgo sustancial en El sueño del jaguar y un elemento definitorio de su propio itinerario vital. 

En este sentido, la novela que ahora presento se mueve también en una zona intermedia entre la tradición narrativa francesa y la latinoamericana, en una apreciación que la crítica hace extensiva a toda su escritura. De la primera hereda cierta concisión estilística, una preferencia por la claridad expositiva y una estructura narrativa relativamente lineal, contenida y más o menos acostumbrada. De la segunda toma la libertad imaginativa, la dimensión mítica, la apertura a lo maravilloso y la centralidad del relato oral como forma de transmisión de la experiencia. En más de una entrevista Bonnefoy confiesa esa influencia dual (Zola, Flaubert, Balzac, por un lado; García Márquez, Alejo Carpentier, Rómulo Gallegos, Uslar Pietri, por otro; además de otras muchas y heterogéneas referencias: Zweig, Camus, Pessoa, Dostoyevski, Gógol, Pirandello, Kafka).

En el caso de El sueño del jaguar, este planteamiento se muestra con una brillantez evidente. La novela se construye a partir de relatos familiares que “suenan” como si hubieran sido transmitidos oralmente, unas historias que el autor reescribe, reorganiza y transforma en una estructura narrativa coherente que avanza mediante episodios, anécdotas y escenas que llegan al lector respetando -o simulando, si mi percepción sobre su oralidad no es acertada- la lógica de la narración. El punto de partida del relato es aparentemente sencillo: la reconstrucción de varias generaciones de una familia venezolana, los Borjas Romero (la rama materna del árbol genealógico del escritor) desde principios del siglo XX hasta la actualidad, en una historia que corre en paralelo con la de la misma Venezuela. Sin embargo, desde sus primeras páginas, la novela se distancia de cualquier pretensión de realismo documental. A mi juicio Bonnefoy no pretende ni ofrecer una circunstanciada y minuciosa transcripción de las principales vicisitudes del recorrido de su familia en el último siglo, ni proporcionar al lector una crónica fiel de la historia de Venezuela, ni aportar una detallada visión sociológica de sus transformaciones sociales, políticas y económicas, pese a que todos estos elementos estén muy presentes, aunque transformados, enriquecidos, recreados merced a la invención novelesca, merced, pues, a la literatura. El libro se sitúa, pues, y en consonancia con ese ya mencionado doble influjo biográfico, en un muy fecundo cruce de caminos, el que hace confluir la sensibilidad narrativa europea, la de las sagas familiares clásicas, pobladas de personajes, acontecimientos y peripecias, con la tradición del realismo mágico latinoamericano, especialmente con la obra de Gabriel García Márquez (que el lector tiene en mente en todo momento mientras avanza entre las páginas del libro), en la medida en que convierte esa historia familiar en una estructura épica atravesada por lo extraordinario, lo inusitado, lo prodigioso, lo insólito, lo fantástico y lo improbable cuando no directamente imposible para la razón (Su voracidad lo incitó a saber más sobre un mundo que consideraba suyo, el de sus antepasados, el de su sangre. Estas lecturas lo empujaban hacia llanuras de mujeres-delfín y ríos con forma de salamandra, hacia marismas de las que se decía que sus peces tenían escamas de oro y sus árboles crecían del revés, leemos, en uno de los muchos reveladores pasajes del libro). Este enfoque -y el juego dual desde el que se construye- está ya presente en la cita del escritor colombiano William Ospina (que traje a Todos los libros un libro hace muchos años con su excepcional trilogía: Ursúa, de 2005, El país de la canela, de 2008, y La serpiente sin ojos, de 2012), con la que se abre el libro: Al norte está la razón / estudiando la lluvia, / descifrando los truenos. // Al sur están los danzantes engendrando la lluvia, / inventando los truenos

El núcleo fundamental del relato se centra en la figura de Antonio Borjas Romero. Abandonado al tercer día de su vida en la escalinata de una iglesia de Maracaibo, en una calle que hoy lleva su nombre (en un recurso que Bonnefoy utiliza de continuo, la anticipación del destino de sus personajes, presentada en pinceladas tenues y fugaces, en esbozos apenas apuntados, meramente sugeridos, despertando el interés del lector pero sin desvelar lo sustancial y manteniendo las incógnitas, el misterio), es recogido y criado por una mendiga a la que todos conocían como la muda Teresa, porque tenía problemas para articular, [que] debía de rozar la cuarentena, aunque ni ella misma estaba en condiciones de asegurar su edad exacta. Su semblante tenía algo de indio y, en el lado izquierdo, una leve parálisis causada por una vieja crisis de celos (en otra significativa muestra del tono, el léxico y hasta el clima de invención, exotismo e imaginación que caracteriza la novela). Desde ese origen humilde y adverso, preparado por su inopinada “madre de acogida” para una vida dura, llena de prudencia y de necesidades, de batallas y desconfianza, se ve obligado a desempeñarse desde niño en ambientes muy peligrosos (Antonio creció (…) en La Rita, en las riberas del lago de Maracaibo, un rincón del mundo tan peligroso que era conocido con una advertencia: Pela el Ojo) y trabajos esforzados (vendedor de amuletos de azabache, precoz echador de cartas, pescador en el lago de la ciudad, estibador portuario, pupilo en el Majestic, la pintoresca casa de citas regentada por la imponente Lucrecia Montilla, una más de incontable pléyade de inolvidables personajes secundarios; y todo ello antes de los catorce años). Inteligente, dueño de una determinación formidable y favorecido en alguna ocasión por el azar, Antonio completará su formación y, tras múltiples episodios, trufados casi siempre por los rasgos de fábula y prodigio que caracteriza la dimensión mágica del libro, llegará a ser una eminencia médica y rector insigne de la Universidad del Zulia. Los primeros pasos de esta historia centran el capítulo inicial del libro. 

En el segundo de ellos, Bonnefoy nos presenta a Ana María Rodríguez, una mujer de origen modesto, tímida y reservada aunque capaz de desafiar las rígidas estructuras que constriñen el desarrollo de la mujer en la época. La deslumbrante apertura del capítulo, en la que resuenan con fuerza los ecos “garcíamarquianos” (El destino fabuloso de la doctora Ana María Rodríguez arrancó un 14 de febrero en la costa de Sinamaica, el día en que un pescador llamado Martín Gámez hizo un descubrimiento que se contó entre los más insólitos de Maracaibo), refuerza, una vez más, la opción estilística elegida por el autor, con la insólita aparición de un pingüino en el Caribe, un animal, representado en un broche conmemorativo del inusitado acontecimiento, que cruzará la novela entera. Desde ese día inaugural, el relato se adentra en los antecedentes de la familia de Ana María; su casi frustrado nacimiento; su talento genial pronto descubierto (o quizá no; mantengo el misterio para que lo descubra el lector) por las monjas de la escuela en la que estudia; la devota admiración por su padre, Chinco Rodríguez, opositor de la dictadura de Juan Vicente Gómez y encarcelado por ello; su vocación por la Medicina, sus clases universitarias, en las que vuelve a coincidir con Antonio, compañero de pupitre en el colegio; sus inicialmente esforzados y muy románticos amores con él (la historia -una entre las muchas que se intercalan en el texto- de las mil cartas de amor es preciosa y conmovedora); su matrimonio, su conversión en una de las primeras médicas graduadas con honores en Venezuela y la primera ginecóloga y obstetra del estado de Zulia, erigiéndose como un símbolo pionero de la emancipación femenina; el matrimonio de ambos, convertidos en figuras relevantes, encarnando el ascenso social y el florecimiento intelectual de una Maracaibo que, en ese tiempo y tras el descubrimiento de la riqueza petrolera de su subsuelo, muta aceleradamente de apacible pueblo pesquero a convulsa capital del dinero, la riqueza y los negocios. De esa unión nacerá una pequeña, a la que llamarán Venezuela, ampliando las resonancias míticas del relato, que centra la tercera sección del libro. De nuevo la fecunda prosa de Bonnefoy es capaz de concentrar en un solo párrafo las diferentes vertientes -íntima, familiar, colectiva, política, histórica- del libro: La mañana del 23 de enero de 1958, Antonio Borjas Romero, la doctora Ana María Rodríguez y el dictador Marcos Pérez Jiménez despertaron como si se tratara de un día más en sus respectivas vidas, sin sospechar que uno sería liberado durante la tarde [Antonio también había sido encarcelado, una generación después del padre de Ana, por su oposición a un nuevo dictador], otra se iría a dormir aquella noche con una hija en los brazos y el otro lo haría en otro país, pobre y proscrito, tras escapar por los pelos de una ejecución sumaria

Venezuela, bautizada de forma profética con el nombre de su propia patria, en la coincidencia eufórica de su nacimiento y el derrocamiento del tirano, encarna la deriva del país a mediados del siglo XX (como si en el vientre de su nombre de pila concentrara la bulliciosa dignidad de un pueblo). Mientras la sociedad venezolana experimenta las tensiones de la bonanza petrolera, el descontento político, los sucesivos golpes de estado y las consiguientes dictaduras, el destino de la joven aparece marcado por la inevitable exigencia parental que la encamina a la Medicina. Sin embargo, Venezuela pronto rehuirá esa imposición (Todo el mundo veía como algo natural e indiscutible que Venezuela sería médica. Aquel destino trazado para ella emanaba de una profecía y una confianza tales que nadie lo puso en duda, nadie pensó en el peso que podían representar para una niña el talento demoledor de su madre y el renombre esplendoroso de su padre), impulsada a la vez por el rechazo a la agobiante estela de las figuras de sus padres y por una obsesión apremiante por viajar, nacida a los seis años, cuando su madre puso un atlas ante sus ojos. Su fervoroso deseo y la nostálgica evocación de París que revive ante ella Zina, vecina de la familia y una suerte de Penélope (la de la canción de Serrat más que el personaje de la Odisea) que espera inútilmente el retorno de un fugaz y en el fondo imposible amor parisino (el día en que el productor francés se marchó ella tomó la decisión de casarse únicamente con el hombre que le propusiera cruzar el charco, solo que aquel desconocido nunca llegó a dar con las callejuelas que conducían a su corazón y se extravió él también en los nudos de la historia; en otro bellísimo relato entretejido en la línea principal de la novela), despertaron en la chica el ansia por viajar a la capital francesa (De ahí que tuviera tiempo de sobra para cubrir las paredes de la casa con postales de París y carteles que mostraban la torre Eiffel desde todos los ángulos posibles. Su pasión por Francia convirtió la casa (…) en una tienda de recuerdos parisinos). La joven crecerá atrapada entre el vínculo visceral hacia sus raíces caribeñas y esa fascinación desmedida por París. Esta dualidad la llevará finalmente al éxodo, proyectando la memoria familiar hacia la diáspora y cerrando un ciclo de identidad dividida entre dos mundos. En la trigésimo octava carta, de las cuarenta que intercambia desde Francia con su madre (y que también son objeto de una extraordinaria y singular peripecia que se nos narra en el texto) Venezuela contará que había conocido el amor, un chileno huido de la dictadura de Pinochet, bajo cuya represión había sido torturado. Se llamaba Ilario Da. Tras el exilio forzado, para protegerse, en la frontera francesa había cambiado su nombre por Michel René, y Venezuela empezó a llamarlo cariñosamente Michel Da

Michel y Venezuela serán padres de Cristóbal -claramente el Miguel Bonnefoy que escribe el libro-, núcleo sobre el que gravita la cuarta y última sección de la novela. En ella, conocemos su infancia entre libros (Cristóbal no tenía aún cinco años cuando aprendió a leer. Aquel descubrimiento le sirvió para canalizar sus energías. Con diez, a cualquier hora en la que Venezuela se lo cruzara por la casa, andaba siempre hundido hasta los hombros detrás de un libro, la cabeza gacha, el mentón pegado al torso, enfrascado en la lectura); su doble influencia cultural (Como era europeo y latinoamericano a la vez, se embebió de una mitología fronteriza entre dos continentes, dos culturas, dos lenguas, de los que él era el fruto); su pasión por los viajes, alentada por su madre que, en el entretanto, es nombrada jefa de asuntos culturales de la embajada de Venezuela y obligada por ello a viajar de capital en capital, de país en país, convirtiendo la infancia de su hijo en una pura sucesión de desplazamientos y mudanzas, de movimientos y desarraigos; y su vocación hacia la escritura, germinada en él desde la infancia pero impulsada en su viaje juvenil a la tierra de sus padres para asistir al funeral de Antonio, su abuelo materno: el contacto con aquella realidad desmesurada, lo hizo sentir algo comparable a lo que habían experimentado los aventureros que descubrían las reliquias de un pasado imaginario, pero no supo ponerle un nombre a aquel sentimiento hasta tiempo después, hasta el día en que decidió escribir esta historia. Fascinado por ese mundo tan cambiante como el mar, donde los pueblos gravitan alrededor de las ciudades igual que los planetas alrededor de las estrellas y donde unas simples lluvias son capaces de soliviantar volcanes; embriagado por ese universo inexplicable de peligros y tormentos, desilusiones y llamas, un mundo donde del mito solo quedaban las ruinas de un jadeo; arrebatado por el poderoso encantamiento de los miles de historias que constituyen el legado de su familia, decide escribir una novela, esta que tenemos entre manos: 

Zina los visitaba los días de lluvia, tocada con un chal persa. Viendo a Cristóbal corregir frenéticamente sus manuscritos abortados, sus arranques de novelas, no pudo evitar preguntarle: 
—¿Qué escribes? 
—No lo sé. Una novela sobre Maracaibo, creo. 
La vecina guardó silencio. 
—Yo de novelas no entiendo —respondió—. Pero sé que los campesinos maracuchos están convencidos de que en cada camada de gatitos hay un jaguar. La madre, prudente, lo aísla, lo ahuyenta para que no devore a los demás. El jaguar crece de otra manera. Se emancipa. Ellos son los fundadores de esta ciudad. Todos somos hijos de un sueño de jaguar. 

Y entonces Cristóbal agarró una pluma y se puso a escribir. Había que remontarse hasta aquella mañana en la que, al tercer día de su vida, Antonio Borjas Romero fue abandonado en los escalones de una iglesia, en una calle que hoy lleva su nombre. 

Y el resultado es El sueño del jaguar, el relato en el que, a través de una prosa lírica y evocadora; con un lenguaje soberbio de difícil traducción; intercalando historias, sucesos, episodios contados -todos, incluso los realmente ocurridos- con un aire de mito, de leyenda; poblado por un sinnúmero de personajes de fábula; repleto de elementos fantásticos, Bonnefoy entrelaza la epopeya individual de sus protagonistas con el devenir histórico de una nación que intenta descifrar sus propios orígenes y su destino. 

Cierro aquí mi largo, aunque espero que sugerente, periplo por el país venezolano. Las tres novelas recomendadas en la serie son espléndidas y espero que las disfrutéis. Os dejo con un fragmento significativo de El sueño del jaguar y con Tonada por ella, del grupo Rawayana, un emotivo repaso al alma y la geografía de Venezuela, espacialmente conmovedor cuando aún tenemos presente el muy catastrófico terremoto.


Emprendieron el camino de regreso tomando la ruta transandina, la misma que había recorrido Ana María con Mamá Concha seis años antes, convencida de que los relatos de los viajeros no mentían. Mientras el autocar los mecía con el bamboleo de sus neumáticos, Ana María cerró los ojos y cayó en un letargo silencioso, la cabeza apoyada en el hombro de Antonio. Mientras el autobús circulaba a través de la selva de Choroní tuvo un sueño extraño: soñó con una tara negra, una mariposa gigante posada en la nuca de su padre. Sus alas le taparon el paisaje y Ana María no vio las ceibas de troncos chorreantes como cascadas de madera donde los tucanes escondían sus picos de mil colores, ni la espesura de la alfombra de helechos donde la hembra de ocelote paría con un rugido, ni el pelaje del perezoso, ni las paredes vegetales de jacarandas y algarrobos, ni el camaleón masticando una mosca tan gorda como un tábano; no distinguió los campos de maíz rojos y malvas, que poseen el color del ojo del crepúsculo, ni los doseles impenetrables cuyos rosetones de hojas semejan vidrieras de catedrales. 

Antonio se volvió hacia Ana María. La miró como nadie lo había hecho aún, tan indefensa, tan vulnerable, tan abandonada en su sueño; la vio liberada de su máscara de coraje y de mujer poderosa, sola en la tierra. Sintió que la conocía ya, o que se parecían tanto que ya se había cruzado con ella en otra vida. Se reconoció en aquel miedo disimulado, en aquella fortaleza llena de fisuras, y experimentó en aquel instante una confianza en el porvenir que lo estremeció. Con un gesto prudente, para no perturbar su sueño, le recolocó un mechón de pelo detrás de la oreja, le acarició la sien y puso una mano en su vientre tibio, donde creyó sentir, entre dos sacudidas del vehículo, el bebé aún en ciernes que aguardaba entre los algodones del presagio, el bebé que tardaría aún un tiempo en llegar para brindar a la pareja tantos instantes de grandeza y tormentos.

Videoconferencia
Miguel Bonnefoy. El sueño del jaguar  

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