Vivo entre muchos libros y extraigo una gran parte de mis ganas de vivir del hecho de que aún leeré la mayoría de ellos. (Elias Canetti)

miércoles, 22 de septiembre de 2021

XAVIER MASSÓ. EL FIN DE LA EDUCACIÓN

Hola, buenas tardes. Bienvenidos una vez más a Todos los libros un libro. Tras el programa de presentación de la temporada, que os ofrecimos hace quince días, hoy empezamos “de verdad” el nuevo curso con mi primera recomendación de lectura que, como ha ocurrido en años precedentes, girará sobre el mundo educativo, haciendo coincidir mi propuesta, por unas siempre algo innecesarias razones de oportunidad, con el presente más inmediato. 

Y esa realidad cercana está marcada en estos días, en una emisora universitaria como es la nuestra, por el comienzo de curso escolar, lo que justifica la presencia en el espacio de El fin de la educación, el libro de Xavier Massó que como su inequívoco título sugiere se ocupa de analizar la crisis que vive la enseñanza, en particular la de secundaria, en nuestro país. El libro, un acercamiento muy interesante a lo que, a mi juicio, constituye uno de los principales problemas de nuestra sociedad, la mediocridad en que se desenvuelve en España la institución educativa, en cualquiera de sus niveles, se presentó en marzo de este año por la editorial Akal, con el subtítulo, también expresivo, de La escuela que dejó de ser, y con un entregado prólogo de Carlos Fernández Liria, Olga García Fernández y Enrique Galindo Ferrández, estos dos últimos directores de la colección Educación de la editorial, por lo que el lector debe relativizar -quienes escriben son juez y parte- el entusiasmo que rezuman sus palabras, obviarlas de entrada y esperar a juzgar por sí mismo si le parecen o no oportunas las tesis del catalán. 

De Cataluña viene, en efecto, Xavier Massó Aguadé, nacido en Tarragona en 1959, licenciado en Filosofía y Ciencias de la Educación y Antropología social y cultural, y catedrático de Enseñanza Secundaria por la especialidad de Filosofía. Akal resalta igualmente, en la breve nota biografía que incorpora a la solapa del volumen, que es también colaborador en la Sección Aula del Diari de Girona, Secretario general del sindicato Professors de Secundària desde el año 2014 y presidente de la Fundación Educativa Episteme; formación y trayectoria profesional que garantizan, de entrada, tanto la solvencia de la fundamentación teórica de sus argumentos como el conocimiento profundo de la realidad de la que habla. 

Resumiendo de un modo elemental la esencia de su planteamiento, en El fin de la educación Massó sostiene que las constantes reformas educativas que sufre -y elijo a conciencia el verbo- la enseñanza secundaria en España desde hace treinta años, y la aparentemente acrítica aceptación, por legisladores y autoridades educativas, por facultades y docentes, en claustros y aulas, de postulados pedagógicos supuestamente progresistas, de prácticas metodológicas “alternativas”, de recursos didácticos tecnológicos basados en el uso de dispositivos electrónicos, en definitiva, todo ese frenesí “innovador”, está desvirtuando el objetivo principal y la función primordial de la “escuela”, que no es otro, al decir del autor, que la transmisión de conocimientos. Y todo ello en nombre de una modernidad mal entendida, que con la coartada moral de la defensa de la igualdad de oportunidades y la adaptación a los acelerados cambios que experimentan las sociedades desarrolladas contemporáneas, están provocando, sin embargo, lo contrario de lo que pretenden (a no ser que “eso” sea exactamente lo que se pretende, sospecha Massó): la progresiva “aculturización” y el analfabetismo funcional de grandes capas de la población, precisamente las más desfavorecidas, condenándolas así a un futuro -a un presente- de adocenamiento personal, precariedad laboral e irrelevancia social que las convierten en víctimas propiciatorias del dirigismo y la manipulación populistas. 

El profesor tarraconense estructura su análisis en torno a tres grandes ejes, cada uno de ellos coincidente con una de las acepciones del término “fin” que protagoniza el título de su libro. Fin, en primer lugar, como objetivo o finalidad, el para qué de la enseñanza, el propósito último, la naturaleza y funciones que debe desempeñar un sistema educativo. Fin, a continuación, como “confín”, como límite, cómo ámbito: cuál debe ser el “territorio” de la educación y cuáles las “fronteras” que lo delimiten. Y, por último, fin como término, como agotamiento, como acabamiento, como la extinción y el final de un modelo escolar quizá ya, por desgracia, definitivamente periclitado. 

La preocupada voz de alarma en que consiste El fin de educación nace, en una primera instancia, de la aceptación del hecho, innegable por otra parte, de que los constantes avances tecnológicos y, como consecuencia de ellos, el cambio permanente y la complejidad del mundo actual, caracterizado por la fugacidad y la incertidumbre, por la volatilidad y la aceleración, por la ambigüedad y lo efímero, por la instantaneidad y la rapidez, por la urgencia, la inmediatez y las prisas, exigen una “reconsideración” del fenómeno educativo, una reflexión profunda acerca de las grandes cuestiones que han interesado -es más, que han sido constitutivas de ellos- a los sistemas educativos. Para qué se enseña, qué y cómo debe enseñarse, cuáles deben ser los objetivos, los propósitos, los métodos, las prácticas, las enseñanzas que deben guiar la formación de los escolares en las sociedades contemporáneas son preguntas que necesariamente han de reformularse intentando buscar para ellas respuestas acordes a los requerimientos y las necesidades que imponen los frenéticos tiempos que vivimos. Subraya Massó, en efecto, que desde hace décadas nuestra enseñanza reglada está en crisis precisamente porque desde todas las instancias educativas y sociales -profesores, expertos, padres, alumnos, autoridades educativas, políticos, medios de comunicación, pedagogos y psicólogos, economistas, empresarios, sindicalistas, ciudadanía en general- se constata el abismal desajuste existente entre lo que ocurre dentro de las aulas (la lentitud, la profundidad, la exigencia, la disciplina, la “forja del carácter”, la gravedad, lo sólido, la concentración, la memoria, el saber, el pasado, la palabra, por resumir metafóricamente el territorio de la escuela) y fuera de ellas (los rasgos ya mencionados que caracterizan hoy a las sociedades desarrolladas: lo efímero, lo superficial, lo inmediato, la ligereza, lo “líquido”, la dispersión, el presente, las pantallas, la “libertad”; de nuevo por recurrir a las metáforas algo simplificadoras). Ante esta ostensible discordancia entre ambos mundos, las propuestas planteadas, al menos las hoy hegemónicas, las formuladas en las tres últimas décadas de nuestra reciente historia (la LOGSE, paradigma, en cierto modo, del fenómeno estudiado, es de 1990), coinciden no sólo en la constatación del problema inicial, sino en su respuesta a partir de dos ideas principales. Según la primera, la “responsabilidad” última de esta inadecuación entre vida y escuela recaería en la obsolescencia del sistema escolar “clásico”, una institución anacrónica, decimonónica -cuando menos-, fundada en la memoria, la repetición, los contenidos, las asignaturas, las clases magistrales, los exámenes, los deberes, el esfuerzo, la jerarquía, conceptos absolutamente ineficaces para la formación de los niños y jóvenes de este siglo XXI inestable, incierto, mudable, apresurado y tornadizo. En consecuencia, los treinta últimos años de la enseñanza secundaria en España se han caracterizado -y este es el segundo rasgo definitorio del estado de cosas actual, según Massó- por un progresivo proceso (al menos en sus planteamientos teóricos; en su implementación práctica se percibe una mayor renuencia a aplicarlos por parte de los “afectados”) de encumbramiento y exaltación, de mitificación casi, de las llamadas metodologías activas, de las prácticas pedagógicas más o menos novedosas (el aprendizaje basado en proyectos, la clase invertida, entre otras muchas, casi siempre presentadas en inglés o a través de abstrusas siglas), de la omnipresencia de la tecnología en las aulas como fórmula revolucionaria para mejorar la calidad de la enseñanza, y, sobre todo, de la proliferación y rendición fascinada ante nociones como la educación por competencias, la comprensividad, la enseñanza inclusiva, el emprendimiento, el valor de lo emocional, las inteligencias múltiples, el papel del profesor como mero guía u orientador, el protagonismo del alumno, el énfasis en el aprendizaje y no en la enseñanza, y otras tantas ideas de difusa consistencia hoy dominantes en el escenario escolar. En definitiva, el absoluto predominio -la dictadura casi- de un lema fundamental ante el que sólo parece caber la sumisión incondicional: la innovación permanente, el delirio innovador, como lo denomina nuestro autor. 

Y aquí surge el concepto acuñado por Massó, la pedagogía de la sospecha. Sospecha en torno a si la innovación a cualquier precio, en lugar de facilitar el conocimiento potencia su banalización. Sospecha sobre si el objetivo último de tantas reformas no es la mejora de la enseñanza sino su destrucción, al menos la desaparición de su concepción racional e ilustrada, consolidada a lo largo de los últimos doscientos años. Sospecha acerca de si el revolucionario paradigma educativo que desde la nueva pedagogía se pretende construir, que se explicita en una sucesión de “mantras” que en la actualidad se aceptan acríticamente, y con fervoroso entusiasmo, por la mayoría de los modernos “operadores” educativos (además de los ya referidos: la inteligencia emocional, la relegación del papel principal del profesor, el nuevo rol del alumno, la irrelevancia de los contenidos, el descrédito de la memoria, la preponderancia de las competencias, la “divinización” de la tecnología, el rechazo a los exámenes y la evaluación, el mito del emprendimiento y su introducción en el currículo -así como la de los “valores”, la afectividad, la empatía, las omnipresentes soft skills-, las metodologías activas) representa, en efecto, un avance, un mejora o un progreso, o, por el contrario, constituye en realidad una auténtica disolución de lo más valioso de las instituciones de enseñanza -en particular, de la pública-, de sus innegables logros igualitarios, de su irrenunciable voluntad de una educación emancipadora, democrática y transformadora. Sospecha, en fin, acerca de si los demostrados efectos de depauperación, mediocridad, trivialización, ignorancia y descrédito del conocimiento que han provocado en nuestros estudiantes tres décadas de absoluta supremacía de las tesis “neopedagógicas” acabarán por suponer -si no lo han hecho ya- la demolición definitiva, el acabamiento, la consumación, el fin, pues, del valioso edificio cultural que, simbólicamente, representa la institución escolar que conocemos. 

Y a la investigación sobre esas distintas fuentes de sospecha dedica su libro el profesor Massó, cuya condición de filósofo impregna la obra entera. En la primera de sus tres partes rastrea la finalidad y la función de lo que hoy llamamos “sistema educativo”, a través de un informado recorrido histórico, en el que, tras mencionar al paso los antecedentes en Egipto, Mesopotamia, India o China, analiza su plena consolidación en Grecia, su institucionalización a partir de la Ilustración en el siglo XVIII y de la Revolución industrial del XIX, hasta llegar, por fin, al actual -y degradado- estado de cosas. En toda esa trayectoria pueden apreciarse ciertos elementos comunes que unifican y que, por tanto, acabarán por definir el contenido esencial de la escuela, su propósito y noción principal, su razón de ser: la enseñanza como instrucción, como transmisión de conocimientos o destrezas; la necesidad de la traditio, la entrega, el traspaso de una generación a otra de los logros conseguidos en el desarrollo de la sociedad, una transferencia de saber que, por un lado, preserve lo mejor de lo creado, lo obtenido, lo descubierto o averiguado en el pasado y, por otro, evite el absurdo proceso de permanente construcción desde cero, de “reinvención” ex nihilo de lo ya alcanzado; en consecuencia, la exigencia de instruir o enseñar no sólo en las prácticas y las habilidades, en el cómo se hacen las cosas, sino también en sus fundamentos teóricos, en el porqué de esas destrezas, en el saber que las explica, que las justifica y que, en definitiva, permitirá reproducirlas en el futuro; la articulación del binomio docente/discente como fórmula, hasta ahora eficaz, para llevar a cabo esa transmisión, un esquema que acepta la radical desigualdad de origen -la jerarquía, pues- entre quien sabe y quien no, entre quien es “más”, tiene más experiencia, más conocimientos, es más sabio -el magister- y el niño, el joven que, inexperto, ignorante, debe, “tiene”, que aprender. 

En la evolución de ese modelo, los ideales ilustrados -la igualdad, la justicia, el conocimiento, la razón, la lucha contra la ignorancia, la ciencia, el combate contra la superstición y la irracionalidad- acabarán por confluir con las exigencias que imponen los avances de las nuevas sociedades industriales, en particular una formación básica de la población, una mínima instrucción en ciertos saberes, cuyo conocimiento previo será requisito para poder realizar determinadas tareas, indispensable para hacer frente a las crecientes necesidades productivas impuestas por la maquinización, que, además, afectarán a un cada vez mayor número de individuos contribuyendo a la progresiva generalización de la escolaridad. De esta manera, la escuela que hoy tenemos bebe de esas fuentes diversas, aunque complementarias, y se configuraría como una síntesis de ambas, con todos los matices derivados de los diferentes momentos y las distintas áreas geográficas en que se concrete, una combinación entre lo ideal y lo material, entre lo teórico y lo instrumental, que ha prevalecido hasta nuestros días. No me resisto a transcribir un fragmento del libro muy significativo de cara a la caracterización de este modelo educativo: 

Estamos ante un modelo en cuyo planteamiento se prefigura un concepto de individuo, de ser humano, que se proyectará sobre los siglos siguientes bajo distintas formas, pero cuyo desiderátum, y también su mayor logro, será la conquista de la democracia y unas sociedades con unas cuotas de libertad hasta entonces inéditas en la historia; una sociedad que, para poder funcionar, requiere de individuos libres, de ciudadanos, en el pleno sentido del término. Y para ser un ciudadano libre de la república ilustrada, se requiere de instrucción. Queda claro que los presupuestos morales de la Ilustración encajan de lleno con su ideal educativo y que, de una forma u otra, se adaptarán a las exigencias más pragmáticas de la nueva sociedad que surgirá con el liberalismo decimonónico y con la industrialización. 

Bien es cierto que, en paralelo a este modelo que, por simplificar, podríamos denominar “ilustrado” surgió también, sobre todo a partir de Rousseau y su muy influyente Emilio o la educación, otro esquema, opuesto a él, que Massó denomina, siguiendo a Isaiah Berlin, “antiilustrado” o romántico. Desde postulados radicalmente opuestos -recuérdese, el hombre es bueno por naturaleza y la sociedad (léase, la educación) lo corrompe y pervierte- se ponen las bases de una corriente que defendería la espontaneidad primigenia del niño, el respeto a su natural fluir, la visión de la educación como un opresivo corsé que conforma y constriñe, que limita y condiciona, que impone y configura, que reduce, enajena y hasta prohíbe y castra el libre desarrollo de la personalidad infantil y juvenil. Una visión ingenua, romántica (Massó cita a Margaret Mead y su idílica mirada sobre las comunidades primitivas de Samoa), que llevada a su extremo rechazaría la transmisión del saber en beneficio de la fértil indagación que nacería de la inocente curiosidad de todo ser humano no maleado por las constricciones sociales. 

Y de esos polvos vienen estos lodos, porque, en realidad, afirma el autor, el debate educativo actual sigue siendo en gran medida el de la pugna entre el modelo ilustrado y el romántico. Un debate acrecentado por el desmesurado desarrollo tecnológico actual que ha cambiado nuestras sociedades en este agitado siglo XXI, hasta el punto de que, quizá, la cadena evolutiva de los sistemas de enseñanza, tras el primer gran hito que supuso la cultura helénica y el segundo eslabón representado por el ideal ilustrado y el tecnicismo industrial, esté viviendo en nuestros días un nuevo, determinante y quizá irreversible punto de inflexión. Estaríamos asistiendo, así, a un momento de crisis, crepuscular por un lado, pero seminal por otro, que supondría una frontera abrupta entre unos sistemas educativos languidecientes y condenados a su pronta obsolescencia y unos nuevos paradigmas educativos que den respuesta y se ajusten a los requerimientos de una civilización VUCA (acrónimo acuñado desde hace ya algunos lustros para referirse a las características que definen nuestras sociedades fuertemente “tecnologizadas”: volatilidad, incertidumbre, complejidad y ambigüedad, por sus siglas en inglés). 

La principal preocupación de Massó, que desarrolla en los dos últimos apartados de su libro, reside en si estos cambios, al parecer inevitables, suponen un avance o, por el contrario, una regresión, que desnaturaliza y pervierte, que elimina, de hecho, los grandes logros que representan los principios ilustrados. Su diagnóstico no puede ser más pesimista, pues, a su juicio, estaríamos ante un proceso de neomedievalización cuyo primer efecto sería la destrucción o, como mínimo, la neutralización del sistema educativo, por el medio de alterar su finalidad originaria. Y es que, en efecto, la escuela que el estado de cosas vigente -y las leyes que han permitido configurarla- ha “diseñado” desde finales de los años noventa hasta hoy mismo falla en los dos principales ejes que la habían constituido desde su origen: ni aporta saberes sólidos conforme a su función primigenia (es prácticamente unánime el consenso acerca de las insoportables cifras de abandono escolar -en torno al 30 por ciento-, la deficiente formación, el bajo nivel académico y cultural y las limitaciones en las destrezas básicas de nuestros escolares, como certifican una y otra vez las distintas evaluaciones internacionales), ni prepara convenientemente para la inserción profesional satisfactoria (como revelan tanto los datos relativos a la supuesta “sobrecualificación” de nuestros empleados, como los que aluden a la imposibilidad por parte del mundo empresarial de encontrar perfiles acordes a sus necesidades “reales”, por no hablar de las cifras del desempleo juvenil). 

En el análisis de las causas de este pernicioso fenómeno menciona Massó las explicaciones que de él hacen las dos tendencias contrapuestas en el debate público, reedición actualizada de la controversia románticos/ilustrados. La primera, que representan los soi-disant innovadores y progresistas, los adeptos de la “nueva pedagogía”, ve el sistema educativo como una estructura esclerótica e intempestiva, anclada en el anacronismo e incapaz de afrontar los retos que plantea la nueva realidad social, plural, multicultural, conectada y digital. En consecuencia, aboga por una transformación estructural en profundidad, en la que ya no cabe la institución escolar como la habíamos conocido hasta ahora; ni sus programas de estudios, ni el tipo de conocimientos que se transmitían, ni la forma como se impartían, ni sus maestros y profesores… y hasta puede que ni siquiera su alumnado, que también deberá ser rediseñado de acuerdo con los requisitos de la ingeniería social de turno. La base teórica de esta postura reside, siempre según el criterio del profesor catalán, tanto en un no siempre sutil antiintelectualismo -más propio de la izquierda- contrario según los postulados de Rousseau ya mencionados a una enseñanza que se percibe como un explotador y opresivo instrumento de perpetuación de las desigualdades sociales, como en lo que Massó denomina la escuela de la «teocnología» -de adscripción ideológica algo más difusa, aunque quizá más cercana a la derecha-, de corte economicista y empresarial que sostiene la necesaria conexión de la enseñanza con el mundo laboral -con el “mercado”- y que la desea, así, centrada en los aprendizajes “útiles” -con las nuevas tecnologías como centro- y vaciada, pues, de “estériles”, superfluos e innecesarios conocimientos teóricos; mercantilizada, pues, en tanto limitada a contenidos básicamente instrumentales y de efectivo rendimiento económico, de muy tangible productividad. 

Desde la perspectiva opuesta se aduce que estas pedagogías reformistas han convertido la universalización de la escolaridad en una uniformización igualitarista a la baja, minimalista, entendiendo erróneamente la igualdad de oportunidades como un punto de llegada, y no como el punto de partida que en realidad ha de ser. Unos presupuestos ideológicos poco fundados que, además, perjudican, sobre todo, a aquellos en cuyo nombre se pretexta estar haciendo estas reformas: los menos favorecidos social y culturalmente, condenándolos a la marginalidad y a ocupaciones de baja cualificación, perpetuando y profundizando en la brecha social. El fin de la educación se alinea de modo nítido con este enfoque a partir de una argumentación que se desarrolla, con consistencia y rigor, a lo largo de los apartados segundo y tercero del libro, que ocupan, aproximadamente, doscientas setenta de sus trescientas cincuenta páginas. 

Así, se estudia en primer lugar cómo la escuela ha ido abandonando progresivamente su función instructora (y aquí resulta revelador el análisis acerca del uso hoy casi monopolístico del término “educación”, frente a los más clásicos -y a menudo relegados en el uso cotidiano- de “enseñanza” o “instrucción”), en beneficio de otro tipo de cometidos que hasta ahora correspondían a otras instancias, sobre todo la familia. De este modo, los centros de enseñanza secundaria (y, en alguna medida, también los universitarios) van dejando de lado sus funciones académicas, de sólida y rigurosa transmisión del saber, para convertirse en instituciones asistenciales que dotan a sus usuarios/consumidores de prestaciones centradas en los aspectos de tutela, emocionales, psicológicos, sociales, de los que las sociedades civiles parecen haberse desentendido y que hacen prevalecer la inteligencia emocional sobre la cognitiva y el aprendizaje de destrezas y competencias frente al de conocimientos y saberes. Por resumir, algo caricaturescamente: en tanto el saber está en la Wikipedia al alcance de todos y la problemática social se multiplica y desborda los límites de lo que familias y ciudadanía pueden asumir, se desprovee a la escuela de su primordial función instructora y se amplían sus confines para asumir en ellos esta dimensión emocional/afectivo/asistencial. Pero la premisa de la que se parte, según la cual el conocimiento estaría disponible en internet al alcance de un clic, es uno solo -se cuentan por decenas- de los lemas falsos, de los “mantras” que, acrítica y ciegamente, se repiten por doquier en el mundo educativo para justificar los necesarios cambios que debe abordar la enseñanza secundaria; unos mitificados eslóganes, unos apriorismos de dudosa justificación científica que hoy conforman la ideología dominante en el universo educativo y que Massó, con agudeza y espíritu crítico, con notable solvencia teórica y muy apreciable ausencia de prejuicios, desmonta en lo que constituye el núcleo central de su libro. 

Resulta imposible, es obvio, sintetizar siquiera aquí lo esencial de los muy sensatos razonamientos con los que se desvela la endeblez y falta de consistencia teórica de estos “revolucionarios” principios que estarían “deconstruyendo” el sistema educativo. Mencionaré tan sólo algunas de las ideas que en la implacable tarea de demolición que acomete el autor desfilan por las páginas del libro analizadas y cuestionadas por el catedrático: La “innecesariedad” de los contenidos (en la red no está el saber, y sí la información; la educación ha de servir para convertirla en conocimiento). el alumno como centro; la consiguiente subsidiariedad del rol docente; el igualitarismo; el aborrecimiento de las jerarquías; la inutilidad de la memoria; la enseñanza como juego y no como coacción; el “cultivo” de las emociones y de la autoestima; lo superfluo de los exámenes; la proscripción de los saberes “inútiles” y la consiguiente “fetichización” de la tecnología; la sumisión al mercado; y, en definitiva, los innumerables postulados de la “buena nueva” pedagógica. 

Así están las cosas, con la enseñanza secundaria hundida en una insoportable miseria académica mientras la mayor parte de sus “operadores”, profesores y expertos, pedagogos y padres, gobiernos y autoridades educativas… y también, por supuesto, las sucesivas cohortes de banalizados alumnos participan -conscientemente o sin saberlo siquiera- de esta cotidiana apología de la mediocridad que se respira en nuestras aulas. La exigencia intelectual, política, cívica y moral de poner fin a este lamentable estado de cosas es una de las enseñanzas, quizás la más importante, que deja al lector este imprescindible -y sin duda polémico- El fin de la educación

Os dejo, tras el “preceptivo” fragmento del libro, explícito con respecto a su contenido fundamental, con un tema musical que ya ha aparecido otras dos veces en nuestro espacio (siempre a propósito de textos relativos a la educación). Se trata de Another brick on the Wall, del grupo Pink Floyd, cuyo mensaje explicita, al decir del autor, la idea nuclear que inspira las nuevas tendencias pedagógicas que nutren desde hace treinta años nuestra enseñanza secundaria. 


Podemos entender la deriva que ha seguido el sistema educativo como un proceso de neomedievalización del conocimiento, y la consiguiente imposición de una insalvable brecha educativa, que restringe los contenidos más teóricos y académicos a las élites que pueden pagarse una educación selecta. Para el resto de la población quedaría, en distintos grados, una educación orientada hacia un aprendizaje puramente instrumental y, por lo demás, convertida en subproducto cultural. Ello entendido a la manera de Juan de Mairena, el personaje machadiano, cuando afirmaba, en una soberbia apología del ideal ilustrado, que lo que hacía falta no era una escuela superior de sabiduría popular, sino una escuela popular de sabiduría superior. Hoy lo que tenemos es que lo segundo está siendo desplazado por lo primero. 

O podemos entenderlo como el resultado de una creciente complejidad social que ha forzado al sistema educativo a atender frentes que, o bien antes no existían, o los cubrían otras instituciones sociales, como la familia o entidades de auxilio social, que hoy estarían sobrepasadas o habrían más o menos abdicado, cuyas funciones la escuela ha de asumir total o parcialmente. Si, como solía decirse antes, la escuela enseñaba y la familia educaba, ahora muchas de estas otras funciones educadoras no escolares recaerían también sobre el sistema educativo. Con ello, la transmisión de conocimientos queda inevitablemente diluida en el magma de las nuevas prioridades, forzosamente banalizada y como algo en el mejor de los casos accesorio. 

O también lo podemos ver desde muchas otras perspectivas, como que la escuela ha dejado de ser el ascensor social que fue en un tiempo de expansión económica, y que por ello ha perdido entre la población el atractivo que pudo tener. O como una progresiva subordinación de la escuela a las leyes de la oferta y la demanda. Un escenario en el cual la enseñanza pública jugaría el papel de un servicio subsidiario, reducido a lo básico y meramente asistencial. 

Siempre, eso sí, con el alumno como proclamado centro del sistema, ahora entendido también como «cliente». Pero al igual que «unos son más iguales que otros», también con clientes más preferentes que otros, cuya centralidad lo es solo con respecto al producto dirigido a ellos, y en clara posición periférica. 

Podrá ser por cualquiera de estas causas, o por una combinación entre todas ellas y muchas más, o el resultado de un proceso cuyo origen y verdadero alcance acaso se nos escape. Pero lo cierto es que el sistema educativo se encuentra más allá de sus propios límites y está al borde del colapso. En realidad, ya ha colapsado; solo que este estado de colapso se ha convertido en sistémico y ni siquiera llama la atención; una atención que, por otro lado, ya se desvía oportunamente hacia otros centros de interés. Y si la escuela todavía sigue ejerciendo de alguna manera su antigua función de transmisión de conocimientos, sería por inercias atávicas que cada nueva reforma educativa erosiona un poco más.
 Videoconferencia
Xavier Massó. El fin de la educación

miércoles, 8 de septiembre de 2021

PRESENTACIÓN 2021-2022

El primer programa del curso 2021-2022 consiste en una presentación del espacio, de su contenido y propósito, de su estructura y planteamiento, de su título y su melodía de apertura y cierre. También se adelantan los leves cambios que, en su configuración, van a realizarse en la temporada que ahora empieza. 

Para completar mis comentarios “técnicos” sobre las emisiones, vuelvo a recomendar, como hice en octubre de 2008, cuando comencé la larga travesía en que se ha convertido Todos los libros un libro, los cuentos completos de Julio Cortázar, en su edición de Alfaguara. De ellos, leo en antena Continuidad de los parques, que os ofrezco también aquí, en el blog del programa, al igual que hace trece años. 

Como acompañamiento musical al espacio os dejo su sintonía habitual: Mensagem de amor, un tema precioso de Lucas Santtana. 


Continuidad de los parques 

Había empezado a leer la novela unos días antes. La abandonó por negocios urgentes, volvió a abrirla cuando regresaba en tren a la finca; se dejaba interesar lentamente por la trama, por el dibujo de los personajes. Esa tarde, después de escribir una carta a su apoderado y discutir con el mayordomo una cuestión de aparcerías, volvió al libro en la tranquilidad del estudio que miraba hacia el parque de los robles. Arrellanado en su sillón favorito, de espaldas a la puerta que lo hubiera molestado como una irritante posibilidad de intrusiones, dejó que su mano izquierda acariciara una y otra vez el terciopelo verde y se puso a leer los últimos capítulos. Su memoria retenía sin esfuerzo los nombres y las imágenes de los protagonistas; la ilusión novelesca lo ganó casi en seguida. Gozaba del placer casi perverso de irse desgajando línea a línea de lo que lo rodeaba, y sentir a la vez que su cabeza descansaba cómodamente en el terciopelo del alto respaldo, que los cigarrillos seguían al alcance de la mano, que más allá de los ventanales danzaba el aire del atardecer bajo los robles. Palabra a palabra, absorbido por la sórdida disyuntiva de los héroes, dejándose ir hacia las imágenes que se concertaban y adquirían color y movimiento, fue testigo del último encuentro en la cabaña del monte. Primero entraba la mujer, recelosa; ahora llegaba el amante, lastimada la cara por el chicotazo de una rama. Admirablemente restañaba ella la sangre con sus besos, pero él rechazaba las caricias, no había venido para repetir las ceremonias de una pasión secreta, protegida por un mundo de hojas secas y senderos furtivos. El puñal se entibiaba contra su pecho, y debajo latía la libertad agazapada. Un diálogo anhelante corría por las páginas como un arroyo de serpientes, y se sentía que todo estaba decidido desde siempre. Hasta esas caricias que enredaban el cuerpo del amante como queriendo retenerlo y disuadirlo, dibujaban abominablemente la figura de otro cuerpo que era necesario destruir. Nada había sido olvidado: coartadas, azares, posibles errores. A partir de esa hora cada instante tenía su empleo minuciosamente atribuido. El doble repaso despiadado se interrumpía apenas para que una mano acariciara una mejilla. Empezaba a anochecer. 

Sin mirarse ya, atados rígidamente a la tarea que los esperaba, se separaron en la puerta de la cabaña. Ella debía seguir por la senda que iba al norte. Desde la senda opuesta él se volvió un instante para verla correr con el pelo suelto. Corrió a su vez, parapetándose en los árboles y los setos, hasta distinguir en la bruma malva del crepúsculo la alameda que llevaba a la casa. Los perros no debían ladrar, y no ladraron. El mayordomo no estaría a esa hora, y no estaba. Subió los tres peldaños del porche y entró. Desde la sangre galopando en sus oídos le llegaban las palabras de la mujer: primero una sala azul, después una galería, una escalera alfombrada. En lo alto, dos puertas. Nadie en la primera habitación, nadie en la segunda. La puerta del salón, y entonces el puñal en la mano, la luz de los ventanales, el alto respaldo de un sillón de terciopelo verde, la cabeza del hombre en el sillón leyendo una novela.

Videoconferencia
Presentación 2021-2022

miércoles, 30 de junio de 2021

MARTA SALÍS (ANTÓLOGA). VIAJEROS

Hola, buenas tardes. Bienvenidos a Todos los libros un libro, el espacio de propuestas de lectura de Radio Universidad de Salamanca que esta tarde, en el último día de junio, el último del trimestre y el también postrero de la temporada, despide el curso 2020-2021 con la entrega final de la serie de cuatro que durante este mes hemos dedicado a libros relacionados, de un modo u otro, de manera directa o de forma algo más tangencial, con los viajes. Mi sugerencia de esta tarde, voluminosa y excesiva, se aviene de maravilla, además, con el propósito explícito del ciclo, que no es otro que avivar el espíritu viajero de nuestros oyentes, para todos lamentablemente apagado en estos largos meses pandémicos, recomendando libros que inciten al viaje al mostrar, a través de su presencia literaria, los muchos alicientes y las muchas posibilidades que ofrecen a nuestras siempre rutinarias vidas las expediciones y el nomadeo, los peregrinajes y las trashumancias, los paseos, las travesías y las navegaciones, las andanzas y las aventuras, las correrías y las giras, las visitas, las evasiones, las migraciones y los exilios, las fugas, los traslados y los vuelos, los periplos y los desplazamientos, las excursiones, las caminatas, las marchas, los recorridos, las huidas, los vagabundeos y el lento y libre deambular por territorios desconocidos… todas esas casi siempre apetecibles manifestaciones de la curiosidad y el ansia de descubrimiento del ser humano. 

Y es que todas estas variantes -y muchas más- del fenómeno viajero están presentes en la magnífica antología que con el título Viajeros presentó Marta Salís el pasado 2020 en de la colección Clásica Maior de la incomparable y muy querida en el programa Alba Editorial. Con el muy elocuente y algo confuso –por las razones que luego veremos- subtítulo, De Jonathan Swift a Alan Hollinghurst (1726-2017), el libro recoge, en sus cerca de novecientas apretadas páginas, presentados por orden cronológico, sesenta y seis relatos de viaje de otros tantos autores, en su mayor parte nombres bien conocidos de la literatura universal. Con diversos traductores, entre los que se cuenta, en varios casos, la propia Marta Salís, por el precioso volumen, editado con la exquisitez habitual en Alba, desfilan, entre otros muchos, Jonathan Swift, Voltaire, Nathaniel Hawthorne, Julio Verne, Charles Dickens, Mark Twain, Guy de Maupassant, Antón P. Chéjov, Edith Wharton, Ramón María del Valle-Inclán, Katherine Mansfield, Cesare Pavese, Jane y Paul Bowles, Flannery O’Connor, Langston Hughes, Juan Rulfo, Clarice Lispector, Richard Ford y Maggie O’Farrell, que pone fin a la selección de un modo algo equívoco (el referido subtítulo parece fijar el extremo del arco temporal en que se mueve el libro en 2017, año de publicación, efectivamente, de Todo el cuerpo, el relato de la irlandesa que clausura la obra; sin embargo, la mención a Allan Hollinghurst en el epígrafe que encabeza la publicación es errónea, pues su cuento, Reflejos, de 2007, es el penúltimo de una compilación que tampoco se abre, en honor a la verdad, con el relato de 1726 de Jonathan Swift; la editora aclara, no obstante, el aparente misterio, al señalar en el prólogo que hemos querido empezar y terminar el volumen con sendas historias «reales» [de “no ficción”, por lo tanto]: la primera –un pasaje de las memorias de un colono que naufragó en 1610− porque ilustra perfectamente buena parte de todo lo que la literatura, a partir de entonces, recreará, en la imitación o en la parodia; la segunda –un fragmento de un libro de memorias publicado en 2017−, como ejemplo de lo que aún se conserva, tal vez más interesante que lo que ya ha desaparecido, de la forma y el espíritu original de la narración de un viaje). La primorosa edición se ve realzada también por la muy atractiva portada, un póster de 1937 de la compañía Intourist, obra de Nikolái Zhukov, con un título que por sí solo constituye una estimulante invitación a la aventura: De Shepetovka a Bakú. La ruta más corta, barata y cómoda entre Irán/Persia y Europa occidental vía la URSS

Marta Salís es una prestigiosa traductora, sobre todo del inglés, aunque también del francés, que ha vertido a nuestro idioma, en su larga carrera profesional a, entre otros muchos, Charlotte Brontë, George Eliot, Charles Dickens, Elizabeth Gaskell, Jack London, William Faulkner, James Joyce, Joseph Conrad, Thomas Hardy, Henry James, Edith Wharton, Willa Cather, Edgar Allan Poe, Mark Twain, Francis Scott Fitzgerald, Oscar Wilde, Mary Shelley, Robert Louis Stevenson, Rudyard Kipling, Guy de Maupassant, Alphonse Daudet, Voltaire, Marcel Schwob, o Gérard de Nerval. Como compiladora es responsable también de varias antologías de relatos, todas en Alba Editorial y todas altamente recomendables: Cuentos de amor victorianos, Cuentos de la nueva mujer, Relatos del mar, Cuentos de Navidad (ya presentado aquí hace unos años) o Relatos de música y músicos, algunos de los cuales aparecerán aquí en emisiones futuras. 

En su indispensable prólogo a este Viajeros, Salís nos proporciona una breve historia de la literatura viajera, aporta una sucinta tipología de viajes, viajeros y medios de transporte, resume las líneas maestras de su obra, planteando el propósito y la estructura de la compilación, y adelanta los temas centrales sobre los que giran los relatos. Así, se señala cómo, a juicio de la antóloga, la literatura nace en las historias de sus viajes que el nómada compartía en torno al fuego al regresar a su hogar (El relato del viajero está seguramente en el origen de la ficción narrativa), afirmación que se sustenta con, entre otros, los ejemplos de Heródoto, Plutarco o Rustichello de Pisa, narrador de las peripecias de su compañero de celda Marco Polo, que decoraban sus relatos, como el viajero de vuelta a casa, con mil y una peripecias insólitas, aventuras sorprendentes y sucesos prodigiosos, muchos de ellos fabulosos o meramente inventados, para conseguir la atención o despertar la admiración de sus oyentes y lectores. En el mismo sentido, menciona Salís las crónicas viajeras de los siglos XV y XVI, citando expresamente la Relazione del primo viaggio intorno al mondo, de Antonio de Pigafetta, de la que os hablé aquí hace un par de semanas. En su repaso de los grandes hitos de la literatura viajera afloran obras de diversos géneros -epopeyas, novelas, poemas y cuentos- y bien conocidas, como Gilgamesh, el Éxodo, la Odisea, la Divina Comedia, Los cuentos de Canterbury, el Lazarillo de Tormes, Don Quijote, El progreso del peregrino (un clásico menos conocido en nuestros días; recuerdo ahora que era el “libro de cabecera” de las protagonistas de Mujercitas), La isla del tesoro, o, mucho más recientemente, En el camino, la influyente obra de Jack Kerouac (influyente para toda una generación, la de los sesenta del siglo pasado, de hippies, moteros y autoestopistas, que veían en la carretera una experiencia en cierto modo iniciática y, en consecuencia, un aprendizaje de vida). 

Sentadas, muy someramente, las bases del vínculo entre literatura y viaje, el texto preliminar se detiene en la enumeración de diferentes clases de viajes (los viajes forzados, los no deseados, el destierro, la emigración, el exilio, los de conquista, de exploración, de turismo, de peregrinación, de trabajo, de guerra, de huida, los viajes sin vehículo, los viajes inmóviles -del que se desarrolla alrededor de la habitación hablamos aquí hace quince días, a propósito de libro de Xavier de Maistre-, los viajes mentales, los inducidos por drogas, los que sólo ocurren en la fantasía, los deseos o las ensoñaciones, los viajes interiores, anímicos, espirituales, los que conllevan dilemas de identidad, tribulaciones psíquicas, conflictos sociales, relativización de valores culturales, visiones políticas); de las muy variadas personalidades de los viajeros (entusiastas, curiosos, indolentes, asombrados, observadores, renuentes, circunspectos, soñadores, obligados, esforzados, atrevidos, los que no viajen, los que simulan su aventura, los que nunca llegan a partir, los que no saben a dónde se dirigen); de las casi innumerables maneras de viajar (a pie, en burro, a caballo, en barco, en globo, en carreta, en diligencia, en tren, en motocicleta, en coche, en canoa, en avión y hasta en nave espacial), categorías todas que cuentan con relevantes ejemplos en la antología. 

El libro presenta, ya se ha dicho, sesenta y seis relatos. Se ofrecen ordenados en función de su fecha de publicación, siguiendo, al decir de la autora de la selección, una línea cronológica evolutiva (tesis-antítesis-síntesis) en el tratamiento y la consideración del viaje como tema. Hay un fragmento de novela, hay algún relato corto que, en algún caso, se aproxima a la nouvelle, hay alguna narración con tintes autobiográficos, pero hay, sobre todo, cuentos. En cualquier caso, ficciones. 

Cada uno de ellos viene precedido de una breve nota biográfica de su autor y de una aproximación general a los temas del relato y a sus particulares enfoques del viaje. Entre estos temas centrales resalta Salís la presencia de los diversos motivos y propósitos que impulsan al viajero: por placer o por trabajo, por motivos económicos, por asuntos de dinero, de amor o de guerra, o por alguna firme promesa, grande o pequeña, como recoge Grace James en uno de los cuentos de la antología, La mujer de Hielo; también el deseo de cultura, el ansia de liberación (de ataduras reales o imaginarias), la necesidad de ocio, el cumplimiento de un rito amoroso, la luna de miel… También, las muy variadas circunstancias que rodean el desplazamiento o la aventura, la expedición o el tránsito: los preparativos, la despedida y la partida, el trayecto, los azares, los encuentros inesperados, los compañeros de viaje, las incomodidades, las inclemencias del tiempo y del camino, el aburrimiento, los desencuentros, los peligros y accidentes inesperados (…), la decepción de las propias expectativas, los hallazgos, los imprevistos, y el retorno, la llegada, la acogedora recepción en el confortable entorno cotidiano. 

El prólogo se cierra con una reflexión de Margaret Drabble, presente en uno de los cuentos antologados, Un viaje a Citera. La autora británica inicia su relato con una afirmación en la que la antóloga cifra la esencia del espíritu del libro: Hay cierta gente que es incapaz de montarse en un tren sin imaginar que está a punto de emprender un viaje cargado de significado hacia lo desconocido, como si la misma noción de movimiento estuviese ligada indisolublemente a la noción de descubrimiento, como si cada traslado del cuerpo fuese también un traslado del alma

Partiendo de este marco referencial, el libro se abre con Tempestad, un fragmento de Relación auténtica del naufragio y salvación de sir Thomas Gates, caballero, una carta escrita en 1610 por William Strachey narrando su propia experiencia como náufrago. El relato, que Shakespeare conoció y del que se sirvió para escribir, un año después, La tempestad, anticipa, al decir de la antóloga, la posterior literatura viajera, al introducir algunos de sus tópicos más recurrentes: los peligros que asaltan al viajero, las connotaciones épicas y, en este caso, las alusiones mitológicas y religiosas. Tras él, Desembarco en Brobdingnag, de Jonathan Swift, está extraído -y es el único caso en el libro de un texto no autónomo, que forma parte de otra obra- de Los viajes de Gulliver, que más allá de su actual vinculación a la literatura infantil, refleja las preocupaciones de su autor y su época -el libro es de 1726-, con su crítica a la sociedad de aquel tiempo, sus reflexiones filosóficas y su condición de sátira política. Esas notas de acusación y reproche, de reprobación y parodia acerba, de alegato corrosivo, están también en Historia de los viajes de Escarmentado escrita por él mismo, de Voltaire, que a mediados del siglo XVIII, recorre el mundo en su texto, recogiendo, en contraposición a sus contemporáneos que viajaban por España, Italia, el Mediterráneo disfrutando de la delicias de sus civilizadas sociedades, diversas terribles muestras de la intolerancia, la tortura, el horror y las ejecuciones por motivos, sobre todo, religiosos.

Curioso paseo, de Johann Peter Hebel -y con él nos adentramos en el siglo XIX- es una fábula, muy conocida, sobre un padre, un hijo y un asno, en el que, con tierno sarcasmo -valga el oxímoron- se nos alecciona sobre los males de dejarse llevar por la opinión ajena. Wakefield es también una narración muy difundida, un cuentecito de Nathaniel Hawthorne, que introduce en el libro por primera vez “el viaje no viaje”, al contar la historia de un hombre que, sin motivo aparente y sin explicación previa, sale un día de su casa para no volver a ella hasta veinte años después, sumiendo en la incertidumbre y en la angustia a sus allegados, en particular a su mujer. En ese autodestierro, como lo califica el protagonista, el marido se instalará en una vivienda cercana desde donde contempló a diario su casa, y vio con frecuencia a la afligida señora Wakefield. Una obra maestra de la que os dejo un pasaje al término de esta muy larga reseña. El escritor viajero por excelencia, Julio Verne no podía faltar en una antología del género. Aquí comparece con un relato angustioso, Un drama en los aires, sobre un viaje en globo, que recorre la historia de la navegación aerostática y que envuelve al lector en una atmosfera opresiva y perturbadora. Publicado en 1851, el cuento es un claro antecedente de Cinco semanas en globo, la popularísima novela del francés. 

El cuento del niño, de Charles Dickens, es una maravilla, un conmovedor relato alegórico. Un hombre emprende un viaje y en su camino va encontrando, sucesivamente, a un niño, un muchacho, un joven, un adulto y a un anciano. De todos aprende y a todos va dejando atrás. Su viaje, a su término lo sabremos, es el de la vida, con sus etapas, sus descubrimientos y sus despedidas. De Dinamarca procede un escritor para mí desconocido, Carl Bernhard, que firma, en 1852, El vellocino de oro, también emotivo y con una cierta voluntad didáctica. Un joven ambicioso abandona a su madre, a su amada y a sus amigos en su pequeña aldea danesa para lanzarse al mundo y a la obsesiva consecución de la riqueza, que ejemplifica simbólicamente en mitológico el vellocino de oro. Ausente de su tierra durante más de veinte años, las cosas, a su vuelta, serán bien distintas, como pone de manifiesto un relato espléndido que transmite una valiosa lección moral. Apenas diez años posterior, Un viaje a caballo por Palestina es un cuento -uno de los más largos de la antología- de Anthony Trollope que, a través de la anécdota que recoge su título, nos presenta a dos personajes que recorren los parajes de Tierra Santa, en un periplo que, probablemente, hoy no resistiría la tiranía de la corrección política, pues la visión colonial, ofensiva y racista, permea una historia por lo demás magnífica, con la presencia de muchos de los elementos clásicos de la literatura viajera y una sorpresa final desconcertante. El carruaje fantasma, de Amelia Edwards, escritora y egiptóloga, en cierto modo una adelantada a su época, es un relato de 1864, en el que su protagonista, perdido en la nieve en una noche inclemente, acaba haciendo un viaje siniestro, entre el sueño y el delirio de ultratumba, cuyos ecos, con distintas variantes, resuenan en muchas narraciones actuales del género de terror. 

El explícito y revelador título del cuento de Mark Twain seleccionado, Canibalismo en el tren, refleja, en efecto, el suceso al que apunta, aunque el tratamiento de la historia narrada, irónico y humorístico, lo convierte en una parodia de los protocolos políticos en la asamblea legislativa norteamericana. Idéntico tono jocoso, aunque algo menos abiertamente mordaz, comparece en El viaje circular, un relato de Émile Zola publicado en 1877 en el que una pareja de recién casados logra consumar su amor, en una algo atribulada luna de miel con final feliz. De Guy de Maupassant, uno de los grandes cuentistas franceses, la antología recoge el que, quizá, es su relato más conocido. Bola de sebo, de 1880, reúne en una diligencia a una decena personas pertenecientes a distintos estamentos sociales, que huyen del terror de la guerra franco-prusiana, en un viaje por una Francia ocupada por los ejércitos enemigos en el que se ponen de manifiesto los prejuicios de clase, la hipocresía social, y con un personaje central entrañable, la prostituta Bola de sebo, que dará lecciones de moralidad a sus cobardes y miserables acompañantes burgueses y de las “altas esferas”. El cuento, que está en la base remota del clásico de John Ford The stageacoach -La diligencia-, es inolvidable. 

El brevísimo Un viaje en vapor, de Meïr Aron Goldschmidt, impregnado de un aire simbólico, onírico, de película de Bergman (aunque su autor es danés, no sueco), con la presencia de la muerte apuntando al final de la travesía, es, pese a ello, un relato precioso, algo triste e inquietante. Bellísimo es también, rezumando nostalgia y melancolía, América, de Arthur Schnitzler, un cuento en el que el continente aludido en el título opera en el plano real y en el metafórico, en la extrañeza del presente y el bello recuerdo que se desvanece. Desde otra perspectiva radicalmente distinta, Cortejo de invierno, es una humorada ligera, escrita por una para mí desconocida Sarah Orne Jewett. El cuento, de 1889, narra, dejando en su transcurso al lector con una sonrisa en la boca, el invernal viaje de una viuda y su cochero, dos solitarios que lo serán menos al término de su helador trayecto. 

A continuación, el libro presenta dos relatos consecutivos con la muerte como motivo final. En el primero de ellos, El judío errante, de Rudyard Kipling, un hombre, aterrorizado por el inexorable fin que a todos nos espera encadena un viaje tras otro, siempre en dirección al este, convencido de que, como le habían dicho “los hombres de ciencia”, si das la vuelta al mundo hacia el este, ganas un día. Su insensata búsqueda de la salvación -su, en realidad, descabellada huida del tiempo- concluirá tras décadas de frenéticos desplazamientos, ya anciano, los labios resecos, las manos temblorosas y los ojos que se volvían eternamente hacia el este, en un austero bungaló de Madrás, aún corriendo contra la eternidad y con un inútil cronómetro en la mano. De “nuestro” Clarín, la antología recoge el magistral -aunque muy triste- El dúo de la tos. Dos enfermos de tuberculosis, un hombre y una mujer que viajan de continuo huyendo de la muerte, coinciden en un gran hotel frente al mar, al que han llegado buscando un lugar propicio para afrontar su mal. Tras una noche en que la, sin llegar a conocerse, su dolorosa soledad se rompe levemente al percibir el sonido apagado de sus respectivas toses en habitaciones cercanas, los viajeros, solos, débiles, angustiados, melancólicos y declinantes, abandonarán el hotel, cada uno por su lado -dos existencias que apenas se han rozado por azar en un encuentro tan solo imaginado, deseado, intuido, en su insomnio nocturno- en busca de consuelo en alguna otra ciudad, en alguna otra posada, en alguna otro hospital, en algún último sepulcro. Conmovedor es también El polizón, de Emilia Pardo Bazán, de la que conmemoramos este año los cien de su muerte. El viaje que aquí comparece es el de la emigración, en un relato que de desarrolla en el momento de la dramática partida de cientos de aldeanos y campesinos gallegos que se disponen a iniciar, en un vapor atracado en los muelles de la bahía coruñesa (la Marineda literaria de la autora), su forzada y a la vez llena de esperanza travesía a una promisoria América. Al territorio de la costa atlántica, aunque al otro lado de la frontera, pertenece también el portugués José Maria Eça de Queirós, que en La perfección retoma el personaje de Ulises y lo recrea desde una perspectiva singular que encuentra un ángulo novedoso desde el que explorar el relato clásico. Ulises, que durante ocho años ha vivido plácidamente en la isla de Ogigia, retenido por los infinitos placeres de la diosa Calipso, añora su Ítaca natal, no tanto por la necesidad de volver al hogar y reunirse con Penélope y Telémaco como por, hastiado de tanta divina perfección, reencontrarse con normalidad de su ser mortal, hacia la que zarpará surcando los mares en pos de los trabajos, las tormentas, las miserias… ¡el deleite de las cosas imperfectas! Una joya literaria. 

Como lo son también los dos cuentos recogidos en la antología de sendos nombres mayores de la literatura universal, Anton Chéjov y Joseph Conrad. Del primero podemos leer En la carreta, un relato lleno de melancolía en el que una maestra, que ve como quedan atrás la lozanía y las ilusiones de su juventud, que se consume en una vida solitaria, estéril, rutinaria, anodina, sin otro futuro que no fuera la escuela, el camino de ida y vuelta a la ciudad, y de nuevo la escuela, de nuevo el camino, que añora una intensidad de vida que le está, ya, definitivamente negada (Tenía ganas de pensar en unos ojos bonitos, en el amor, en esa felicidad que nunca llegaría), percibe fugazmente, tras un encuentro casual en el curso de uno de sus acostumbrados y desganados viajes en carreta, la esperanza de una existencia lograda, un vano atisbo de emoción, un sentimiento de alegría y felicidad con el que evoca el recuerdo de sus primeros años, joven, bonita y elegante, en una habitación cálida y luminosa, entre sus familiares queridos. Juventud, uno de los cuentos más destacados de Conrad, se desarrolla en el ambiente marino que caracteriza lo mejor de la literatura del polaco. En una reunión de cinco amigos unidos por un fuerte vínculo con el mar y una común trayectoria en la Marina mercante, uno de ellos, Marlow, recuerda su primer viaje por los mares de Oriente -también su primera travesía como segundo de a bordo-, en el que, con apenas veinte años y con toda la ilusión propia de la etapa vital que da nombre al cuento, se enfrentará a una azarosa y accidentada aventura, toda una experiencia iniciática, a bordo del Judea, un barco desvencijado que a duras penas soportará los embates de unas desatadas fuerzas de la naturaleza. Un relato épico y memorable, uno de los más destacados de un libro repleto de maravillas. 

Tras él, la selección nos ofrece tres cuentos con el tren como medio de transporte. Un viaje, de Edith Wharton, es el último relato publicado en el siglo XIX de los que se recogen en el libro. Se trata de un trayecto “de vuelta”, un regreso a Nueva York de un matrimonio en el que el entusiasmo inicial ha dado paso a un final, imprevisible y dramático, que se sustanciará en los compartimentos del ferrocarril. Corazones y manos, consecuentemente el primer cuento del siglo XX, obra del muy popular en su tiempo O. Henry, nos sitúa en un vagón de un tren en el que, casualmente, acaban coincidiendo una joven mujer y un antiguo conocido que viaja, en su condición de alguacil, esposado a un delincuente. Con un tono ligero y festivo, un previsible giro final introduce en la historia, sin embargo, leves notas de ternura y melancolía. A Willa Cather, de la que ya presenté en este espacio, hace algunos años, su apreciable novela Mi Antonia, se debe Una muerte en el desierto, ambientada en una casa aislada en el polvoriento desierto de Wyoming, en unos paisajes habituales en la obra de la norteamericana, a la que llega -y de la que partirá-, en un tren que “enmarca” el relato, un hombre que revivirá, con una joven mujer que agota sus últimos días, un amor de juventud oscurecido por la sombra afantasmada, lejana aunque persistente, del hermano del viajero. 

En Santa Baya de Cristamilde, un cuento brevísimo de 1904, Ramón María del Valle-Inclán nos lleva a un escenario gallego, el del santuario mencionado en el título para mostrarnos un peculiar viaje, muy común en las tierras galaicas: el de las romerías, en este caso, un modesto y telúrico peregrinaje en el que seres deformes, mendigos, enfermos varios -ciegos, leprosos, tullidos, apestados- y, sobre todo, endemoniadas, avanzan en una escena esperpéntica hacia la ermita que alberga la imagen de la santa de la que esperan la curación de sus males. El rezo cristiano se combina, para reforzar quizá las posibilidades sanatorias de la experiencia con la brusca inmersión en las rugientes aguas del mar cercano. Fantasmal es, también, Una voz en la oscuridad, de William Hope Hodgson, relato fantástico en un mar nebuloso y con la inquietante y sobrecogedora presencia de un extraño y terrorífico hongo. De un momento esencial en el viaje, la despedida, trata el intenso y muy bello Aloha Oe, de Jack London, ambientado en los muelles de Honolulu, en los que Dorothy Sambrooke, la joven hija -sólo quince años- de un senador norteamericano, embarcada de regreso a su país tras un mes en Hawái, a donde ha viajado acompañando a su padre en misión comercial, se despide de su fulgurante y episódico amor tropical, un muchacho con rastros de sangre nativa en las venas, del que lo separarán para siempre el barco que zarpa y, sobre todo, los prejuicios raciales. Aloha Oe es, además de la rúbrica que encabeza el cuento, el título de una canción que tiene un especial valor para los enamorados, que la cantarán a lo largo del relato. Ella constituirá el acompañamiento musical a mi reseña. 

El premio Nobel Thomas Mann nos traslada, en El accidente ferroviario, a un viaje en tren -uno más de los que muchos que aparecen en la selección- en el que todo -los distintos compartimentos, la variedad de equipajes, el diferente trato recibido de los revisores y los mozos, y especialmente las reacciones ante un leve descarrilamiento- sirve al escritor para enfatizar las ostensibles diferencias de clase entre los viajeros. La Mujer de Hielo, escrito por la británica, nacida en Tokyo, Grace James, participa de las notas de exotismo, atmósfera tenuemente afantasmada e irreal delicadeza que asociamos a la singular cultura japonesa, en cuyo folklore se basa la autora. Un cuento triste, pero muy bello. Ambos rasgos, belleza y melancolía, están presentes en El viaje, de Luigi Pirandello. Una joven viuda, que a sus escasos treinta y cinco años -no tan pocos para la época, el relato es de 1910- lleva trece encerrada en la soledad sombría de una vida de luto en un oscuro pueblo siciliano, en la que se agosta tras la muerte de su marido, que la redujo a una existencia anodina y opresiva y al que nunca quiso, tendrá la ocasión de hacer un viaje, en compañía de su cuñado, saliendo del angosto espacio en el que consume sus días. Pese a lo dramático de la circunstancia que motiva el viaje, la mujer vivirá una experiencia embriagadora, exultante y feliz. Una joya espléndida de otro de los premios Nobel incorporados a la selección. 

En otro registro bien diferente, La docena del fraile, de Saki, es un despropósito humorístico en el que dos antiguos amantes que, tras años de separación, se reencuentran en la cubierta de un vapor con destino a Oriente, y fantasean de modo disparatado con una boda a la que cada uno acudiría cargado de hijos de sus respectivos matrimonios. Y humor hay, pero no sólo, en La potestad de la viuda, de la escritora feminista norteamericana Charlotte Perkins Gilman. Tras el funeral de su marido y la consiguiente lectura del testamento, la esposa, merced a una inesperada vuelta de tuerca en la historia, dejará con un palmo de narices a sus tres desapegados hijos e iniciará una nueva y liberadora vida camino de Australia, Nueva Zelanda, Madagascar y la Tierra del Fuego. 

En el libro tiene cabida también la experiencia metafísica de Fernando Pessoa, en un cuento, Viaje nunca hecho, que participa de los rasgos más significativos de su obra: la reflexión existencial, los límites de la identidad, el cuestionamiento del sentido de la vida, el absurdo de nuestro paso por el mundo, el conflicto con la realidad, en un relato entresacado del inagotable Libro del desasosiego. Uno de los pocos autores españoles presentes en la recopilación, “nuestro” Miguel de Unamuno, es el autor de Mecanópolis, que nos traslada, en una especie de distopía desasosegante, con tintes oníricos, a un universo deshumanizado en el que las máquinas llevan el control del mundo. Y otro nombre mayor de la literatura universal, James Joyce, comparece también con un relato extraído de Dublineses, su excepcional colección de cuentos. Se trata de Eveline, otro de los mejores logros del libro, en el que su protagonista, una joven cuyo nombre da título a la narración, se debate entre la fuga con un enamorado que le permitirá conocer una nueva y liberadora vida, y la permanencia en el hogar familiar, previsible y anodino, rutinario y mediocre, pero al que lo une un poderoso y magnético vínculo, hecho de conformidad y miedo. En A la deriva, del uruguayo Horacio Quiroga, un hombre, tras haber sido mordido por una serpiente venenosa, se lanza, impotente y angustiado, a un viaje desesperado y febril en canoa por el río Paraná en busca de un imposible remedio que detenga los efectos de la letal ponzoña. 

De nuevo en el fecundo universo ferroviario, En la estación. Esbozo del natural, es un cuento trágico de Isaak E. Bábel, con trenes, guerra, muerte y alcohol, el letal vodka ruso. Con notas humorísticas, pero en el fondo también triste, El pasajero perpetuo, del ucraniano Stefan Grabiński, nos presenta a un hombre enajenado que vive sus tristes días entre su insulsa profesión de escribiente y funcionario judicial, y una suerte de viajes simbólicos o sucedáneos de viaje que “emprende” cada día, acudiendo puntualmente a la estación del ferrocarril para remedar los gestos y rituales del viajero, la (ficticia) compra de billete, la impaciente expectativa de la sala de espera, el paseo nervioso en el andén, el arduo abrirse paso entre los viajeros, el difícil acomodarse en el compartimento, la conversación con el revisor, la charla informal con los demás pasajeros… para, a la postre, en el último momento y con el tren a punto de partir, renunciar al viaje, descender apresuradamente del vagón y volver, maleta en mano y arrastrándose por las estrechas callejuelas de su ciudad, volver a casa para dormir algunas horas antes del amanecer, porque a la mañana siguiente le estaría esperando la oficina, y a partir de las tres, como hoy, como ayer, como hacía ya años inmemorables, su viaje simbólico. La gran Katherine Mansfield, cuentista magistral, es la autora de El viaje, una travesía algo misteriosa de una niña y su abuela. El gran cazador de Aluk a quien se le rompió el corazón al ver el amanecer sobre su poblado, del escritor y explorador danés, de madre inuit, Knud Rasmussen, cuenta una historia, con aires de leyenda, del folclore del pueblo inuit, en la que un padre, que nunca ha abandonado su aldea, y su hijo, ansioso por conocer mundo, viajarán en busca de nuevas tierras y nuevos horizontes, para acabar volviendo al poblado en un emotivo retorno que provocará una insoportable conmoción en el progenitor. El caos reptante, del norteamericano H. P. Lovecraft, el maestro del terror gótico, que me gustó mucho en mi juventud y que ahora leo con indiferencia, resultándome incluso tedioso, relata un viaje alucinante, provocado por una sobredosis de opio, en el que el lector se transporta a un universo muy habitual en sus libros: misterio y espanto, atmósfera onírica, ambientes mórbidos, extraños parajes, sonidos y efectos diabólicos, terror agazapado, moradas malditas, belleza perversa, fétidas excrecencias y vapores nauseabundos, horror y muerte, pesadilla y destrucción. De Hermann Ungar, el algo retorcido escritor checo, Marta Salís elige para su antología El viaje de Colbert, un nuevo ejemplo de aventura imposible, frustrada, irrealizable, en un cuento con un oscuro fondo de lucha de clases, que aflora en la relación entre un estirado burgués y su rencoroso criado. Checo es también, y como él, judío y escritor en alemán, Franz Kafka, del que podemos leer La partida, un “fogonazo” brevísimo, apenas quince líneas, en el que un hombre parte con la única meta de “marcharme de aquí”, en un planteamiento muy acorde con el inexplicable absurdo que envuelve la literatura del autor de La metamorfosis -o La Transformación, como rezan algunas de sus más recientes traducciones-. La marcha al exilio, un título bien explícito sobre su contenido, es un relato de una tristeza sobrecogedora sobre la emigración. Escrito por el irlandés Liam O’Flaherty, es, a mi juicio, uno de los momentos culminantes del libro. En él asistimos a la sombría fiesta de despedida de dos de los ocho hijos del matrimonio Feeney, Mary y Michael, que viajarán a Estados Unidos, a causa de la pobreza y en busca de unas expectativas de vida imposibles en su tierra. 

Un para mí desconocido Premio Nobel danés, Johannes V. Jensen firma ¿Llegaron al ferry?, un acelerado viaje en moto con un final trágico que incluye ciertas reminiscencias mitológicas. Premio Nobel también, e igualmente ignoto, es el ruso Iván A. Bunin. Su aportación a la antología, Insolación, es magnífica, la descripción de una fugaz, perturbadora, intensa e inolvidable historia de amor en el curso de un viaje en barco que dejará una huella indeleble en uno de sus protagonistas. Dos de los más extensos relatos del libro corresponden a dos figuras mayores de la literatura universal, William Somerset Maughan y Cesare Pavese. Del británico podemos leer P&O, nombre de la compañía naviera a la que pertenece el trasatlántico en el que se desenvuelve la peripecia narrada, un viaje desde Yokohama hasta Europa, que se desarrolla sobre todo frente a las costas de Singapur, Java y Adén, y que reúne a personajes de diferentes clases sociales en un periplo marcado por la presencia de la muerte. En el caso del italiano, su cuento se mueve en las coordenadas pesimistas habituales de su obra. Viaje de bodas nos presenta una pareja pobre, de vida precaria pero envuelta aún en la ilusión romántica de la juventud, que recupera de modo algo tardío, el viaje de casados que en su momento no pudieron realizar. El fracaso, la angustia existencial, la incomunicación, la soledad, la insatisfacción y la profunda infelicidad, consustanciales a la literatura de Pavese, acabarán marcando la experiencia. Otro nombre fundamental de la historia literaria, esta vez norteamericano, Tennessee Williams, es el autor de Una manzana regalada, con el protagonismo de un joven de diecinueve años que se mueve por su país en autostop, una modalidad de viaje que no había comparecido aún en el volumen. El cuento se detiene en un inesperado encuentro entre el muchacho y una mujer negra, en el que una difusa pulsión sexual entre ambos acaba por resolverse en frustración. De una extraordinaria dureza, La refugiada Conchita Mosquera, del de nuevo para mí desconocido Mogens Klitgaard, un escritor danés muy comprometido con las causas de la izquierda, resistente contra el nazismo invasor de su país en la segunda guerra mundial, nos presenta a la muchacha del título, una chica española de apenas diecinueve años, que, con un hijo a sus espaldas, huye del país en los días finales de la guerra civil, en una larga caminata -su falta de medios la obligan a desplazarse a pie- que la lleva desde su pequeño pueblo de Huesca hasta una despreocupada Niza, en donde la aparente felicidad de los habitantes de la desahogada Costa Azul contrasta con la infelicidad, las privaciones, el hambre, la indefensión y la ausencia de expectativas de la infortunada joven. En La vida secreta de Walter Mitty, un título clásico de James Thurber, que ha sido la base de alguna conocida película, el viaje es el de la fantasía, el de las quimeras, el de los sueños. Walter Mitty es un hombre anodino, de existencia aburrida y vulgar, sometido por su impositiva mujer, que conjura inútilmente el gris tedio de su vida con la invención de aventuras formidables en las que se imagina como héroe de formidables peripecias, arriesgadas y atrevidas, muy distintas a las que protagoniza en el discreto transcurrir de sus días. 

El poeta negro americano, Langston Hughes, muy activo en la defensa de las justas causas de su raza en los Estados Unidos durante la primera mitad del siglo XX, es el autor de Desayuno en Virginia, un cuento moral, optimista y aleccionador, en el que dos jóvenes negros, soldados de permiso en los días de la segunda guerra mundial, sufren en un viaje en tren el trato discriminatorio de los responsables del vagón restaurante que se niegan a servirles por la prescripción legal que limita al uso del local a personas blancas. En su desagradable incidente encontrarán el inesperado apoyo de un hombre blanco que los invitará a su propio compartimento. El matrimonio Bowles, Jean y Paul, tiene una presencia contigua en la selección, pues Idilio guatemalteco, el cuento de Jane, y Un episodio distante, un título mayor de su marido, son relatos de 1944 y 1947, respectivamente, y comparecen de modo consecutivo debido al orden cronológico de la antología. En el primero de ellos, un viajero algo estirado, se ve envuelto en una poco atrayente experiencia erótica en el curso de una estancia en Guatemala. El cuento de Paul Bowles, desasosegante y lleno de violencia, nos traslada a un territorio habitual de su obra, Marruecos, a donde un lingüista acude en su estudio de inexploradas variantes del magrebí. Su imprudencia, su insensatez y un comportamiento irracional lo llevarán a verse envuelto en una serie de incidentes siniestros que cambiarán de modo dramático su vida. Inquietante es también el clima que envuelve El estallido de un trueno, un magnífico cuento de Ray Bradbury, una historia opresiva, angustiosa y magistral. Ambientado en un 2055 en el que la ciencia permite los viajes al pasado, su protagonista retrocede sesenta millones de años en una aventura fatal que permite al autor, aparte de recrear la amenazante presencia de los dinosaurios, mostrar todas las posibilidades metafísicas que conlleva la vuelta atrás en el tiempo y el riesgo de alterar irremisiblemente, a partir del apenas perceptible cambio en el aleteo de una mariposa pretérita, el curso entero de la existencia por venir. Y lo perturbador está presente también, ¡y de qué manera!, en Un hombre bueno es difícil de encontrar, una pieza sobrecogedora de Flannery O’Connor en la que afloran los rasgos más reconocibles de la escritora norteamericana: tortuosos escenarios sureños, asfixiantes entornos familiares, la aflictiva e inevitable presencia del mal, almas torturadas, personajes desequilibrados y funestos, oscuras connotaciones religiosas, dolor, sufrimiento y muerte. El cuento de Juan Rulfo, el gran clásico de la literatura mexicana, nos lleva, ya desde su título, Paso del Norte, a la trágica vivencia de la migración desde México a Estados Unidos. Fechado en 1953, su lectura resulta, sin embargo, absolutamente vigente, pues la realidad descrita sigue estando, por desgracia, de muy triste actualidad. El relato, que ya había aparecido en la prestigiosa colección El llano en llamas -con la novela Pedro Páramo, las dos obras mayores de Rulfo-, es un espléndido exponente de su literatura, el uso del lenguaje, la presencia del mundo indígena, el protagonismo sufriente de los débiles, de los desfavorecidos, la exposición de la injusticia del mundo, el fatalismo y la tristeza. El viaje que en El planeta imposible propone Philip K. Dick, otro gran nombre de la ciencia ficción, junto a Ray Bradbury, es intergaláctico. En una nave espacial, unos visitantes del futuro se acercan a un planeta Tierra devastado (Un globo rojo y sin brillo, suspendido entre pálidas nubes; los restos coagulados de antiguos mares bañaban su quemada y corroída superficie. Sus acantilados, agrietados y erosionados, se elevaban imponentes. Las llanuras habían sido excavadas y despojadas de toda vegetación. Grandes pozos horadaban la superficie, una infinidad de úlceras abiertas) para que uno de los viajeros, una anciana con trescientos cincuenta años a sus espaldas, antigua habitante terrícola, recupere sus recuerdos en vísperas de su muerte. La aparición en la antología de Un viaje a Citera, de la para mí desconocida Margaret Drabble, ha sido un auténtico descubrimiento. El encuentro entre una mujer y un desconocido en un compartimento de tren abre una serie de expectativas inesperadas en una historia que opera como metáfora de algunos de los elementos más significativos del viaje: la huida de la soledad, la apertura a lo imprevisible, la febril excitación que conlleva el movimiento, la aventura de lo desconocido, las ilusiones, la tenue -a veces intensa- pulsión erótica que acompaña al desplazamiento (De joven –le contó–, pensaba que habría una mujer esperándome en cada compartimento de tren, en cada avión, en cada hotel), los encuentros fugaces, la sorpresa, el misterio. El tren, esta vez cargado de un fondo de opresiva amenaza, es también el escenario de El idioma de la «f», de la brasileña Clarice Lispector. La inquietud y el desasosiego de su protagonista, que sufre el acoso de dos hombres en la estrechez de un vagón, la llevarán a forzar su comportamiento, en una estrategia desesperada que la conducirá, primero, a dejar el tren, después a la cárcel y, finalmente, y por un oscuro azar, a salvar su vida, sustituida por otra infortunada viajera. 

Otra historia magnífica es la que relata Richard Ford, Premio Princesa de Asturias de las Letras en 2016, en el espléndido Rock Springs. Un hombre, fracasado, desafortunado en la vida, delincuente de poca monta y perseguido por la justicia, robará un coche, un vistoso Mercedes, para emprender en él, con su amante y su hija, un viaje, lleno de ilusión y esperanzas, pero a la postre frustrado y decepcionante, en busca de una vida mejor en Florida. Un muy significativo exponente de la corriente literaria -el realismo sucio- que tiene en Ford uno de sus más destacados representantes. El antepenúltimo cuento seleccionado es Vuelta a casa, de la escritora de Rabat Laila Lalami. Como apunta su título, estamos ante un retorno al hogar, en concreto el de Aziz, un joven marroquí que, tras cinco años en España, a donde llegó atravesando en patera el estrecho de Gibraltar, regresa a Casablanca. El reencuentro con su madre, con su mujer, con su mundo familiar y, sobre todo social, le provocan sensaciones de extrañeza, extranjero ya en todas partes, desarraigado y precario trabajador, explotado y anónimo, en Madrid y ya definitivamente ajeno y desubicado entre los “suyos”, en lo que fue su hábitat natural, del que lo separa su experiencia de emigrante. Reflejos, de Alan Hollinghurst, es, que recuerde, la primera narración del libro de temática abiertamente homosexual, y en ella la pareja protagonista, un cincuentón más bien aburrido y su muy joven (veinticuatro años menor) y desapegado amante, pasa un malogrado fin de semana en Roma durante el cual las irreconciliables diferencias de planteamiento y expectativas de vida entre ambos, ya presentes antes de la partida, se hacen notorias e irremediables. Por fin, en Todo el cuerpo, un cuento aparentemente autobiográfico de la irlandesa Maggie O’Farrell, la voz narradora -la de una muchacha que, decepcionada por las inesperadas malas notas en su último curso en Cambridge, acepta sin pensarlo demasiado una invitación de un amigo y vuela a Hong Kong sin ningún propósito definido- da cuenta de su trayectoria académica malograda antes de su comienzo, describe su juvenil confusión vital y relata las convulsas vicisitudes de su viaje transoceánico, mientras muestra el germen de su incipiente carrera como escritora. 

Y con este exhaustivo repaso al inabarcable contenido de este Viajeros, editado por Marta Salís, os dejo ya hasta el próximo curso. Espero que en septiembre, cuando Todos los libros un libro se reencuentre con sus oyentes en una nueva temporada, todos hayáis podido acrecentar vuestra experiencia viajera, ampliando así los límites de vuestra habitual cotidianidad. Como despedida de la emisión y del curso, y después del breve fragmento prometido del Wakefield de Nathaniel Hawthorne, os ofrezco Aloha Oe, la canción que suena en el cuento del mismo título de Jack London y una de cuyas estrofas, muy oportunas para la ocasión, reza Mi amor por ti. Mi amor quedará contigo hasta que volvamos a vernos. Aquí la oímos en la interpretación de The Rose Ensemble. 


Recuerdo haber leído en algún viejo periódico o revista la historia, que aseguraban verídica, de un hombre –llamémoslo Wakefield– que se ausentó una larga temporada del hogar conyugal. El caso, contado de manera tan abstracta, no es muy extraño, ni puede considerarse malo o descabellado sin aclarar debidamente las circunstancias. Sea como sea, y aunque diste mucho de ser el más grave, quizá sea el atropello conyugal más insólito del que se haya tenido noticia, amén de una monstruosidad digna de hallarse en el catálogo de las rarezas humanas. El matrimonio residía en Londres. El marido, fingiendo que se marchaba de viaje, alquiló unas habitaciones en la calle contigua a su domicilio; y, sin que su mujer ni sus amigos supieran nada de él, y sin el menor motivo para autodesterrarse, vivió allí más de veinte años. Durante este tiempo, contempló a diario su casa, y vio con frecuencia a la afligida señora Wakefield. Y, después de tan largo paréntesis en su felicidad conyugal –cuando todos le daban por muerto, su herencia se había repartido, nadie recordaba su nombre y su mujer llevaba mucho tiempo resignada a una viudez otoñal–, entró una noche tranquilamente por la puerta, como si llevara un día ausente, y fue un amante marido hasta su muerte. 

En líneas generales es lo único que recuerdo. Pero este incidente, aunque lleno de originalidad, sin precedentes y probablemente irrepetible, me parece de los que despiertan la simpatía del género humano. Cada uno sabe en su fuero interno que no cometería semejante locura, pero tiene la sensación de que otros podrían cometerla. Yo, al menos, he pensado a menudo en esta historia, con asombro siempre, pero convencido de su veracidad, imaginando el carácter de su protagonista. Cuando un asunto nos causa tanta impresión, merece la pena dedicar algún tiempo a meditar sobre él. Si el lector lo desea, puede hacer su composición de lugar; y, si prefiere recorrer conmigo los veinte años que duró el capricho de Wakefield, le doy la bienvenida; confío en que habrá unos principios y una moraleja, aunque no logremos encontrarlos, expresados con claridad y concisión en la frase final. Siempre es bueno reflexionar, y cualquier episodio sorprendente encierra una enseñanza
Wakefield. Nathaniel Hawthorne
  Videoconferencia
Marta Salís. Viajeros

miércoles, 23 de junio de 2021

DAVID BARRIE. LOS VIAJES MÁS INCREÍBLES
 
Hola, buenas tardes. Bienvenidos un miércoles más a Todos los libros un libro, el añejo espacio -llevamos más de diez años en antena- de propuestas de lectura en Radio Universidad de Salamanca. Esta tarde continuamos con una recomendación apasionante, aunque ciertamente insólita, dentro de nuestra serie viajera, con la que ocuparemos todas las emisiones de este junio prevacacional en el que contemplamos con una cierta -relativa- esperanza las posibilidades de viaje que, quizá, pueda ofrecernos el verano. Mi consejo de hoy es Los viajes más increíbles, un libro escrito por el británico David Barrie, un hombre polifacético del que luego os ofreceré una breve semblanza biográfica, y presentado el pasado año, en traducción al español de Joan Lluís Riera, por la editorial Crítica, uno de los sellos absorbidos por el gigante Planeta. El volumen, en una edición muy cuidada, con pastas duras y papel de calidad, incluye las ilustraciones originales de Neil Gower. Por si el lector alberga algún tipo de duda acerca de cuáles son los increíbles viajes a los que alude el nombre del interesante ensayo queden todas resueltas en cuanto se sepa su subtítulo, Maravillas de la navegación animal, que encierra, de manera inequívoca, las claves de su sugerente contenido, del que sus protagonistas son, en efecto, decenas -centenares, incluso- de muy viajeras especies animales. 

David Barrie estudió Psicología y Filosofía en la Universidad de Oxford. Como nos informa la editorial en la solapa del libro, creció en la costa sur de Inglaterra, donde se enamoró del arte de la navegación. Con numerosas experiencias en ese dominio, del Reino Unido a las Azores, de Hong Kong a Manila, en las islas Hébridas, Noruega, el Caribe y la Columbia Británica, forma parte del Royal Institute of Navigation y del Royal Cruising Club. Su trayectoria profesional, ya se ha dicho, es variada y se ha desenvuelto en terrenos muy heterogéneos: marinero en un ferri, diplomático, analista de inteligencia, gestor cultural y activista. Además, proviene de una estirpe literaria, pues es sobrino bisnieto del dramaturgo J. M. Barrie, el autor de Peter Pan. 

Desde mi ventana veo volar un grajo. Parece decidido, entregado a una misión que solo él conoce. También veo un abejorro que realiza sus metódicas visitas a las flores del jardín. Una mariposa bate deprisa sus alas por la pared, se desplaza con presteza, se para un instante y luego sigue volando. Un gato camina por el sendero y se desliza bajo los arbustos. Por encima de todos ellos, un avión a reacción lleno de gente inicia su descenso hacia Heathrow. 

Basta con mirar a nuestro alrededor para ver animales, grandes y pequeños, humanos y no humanos, en marcha hacia algún lugar. Quizá estén buscando comida o pareja, tal vez migrando para huir del frío del invierno o del calor del verano, o simplemente volviendo a su casa. Algunos realizan viajes que dan la vuelta al mundo, otros apenas se entretienen por el vecindario. Pero tanto si se trata de un charrán ártico que vuela de un extremo a otro de la Tierra, como de una hormiga del desierto que corre de vuelta a su hormiguero con una mosca muerta entre las mandíbulas, tiene que saber orientarse y encontrar su camino. Es, simple y llanamente, cuestión de vida o muerte. 

Así, de este modo subyugante, que imposibilita abandonar la lectura, comienza el prefacio de Los viajes más increíbles. La constatación de que el movimiento es la clave de la supervivencia de los animales suscita en el muy curioso autor infinidad de preguntas a las que este libro pretende dar respuesta. ¿Cómo encuentran las avispas sus colmenas después de deambular horas y horas por los campos? ¿Y las aves sus nidos? ¿Cómo vuelven las tortugas de un extremo a otro de los océanos, para depositar sus huevos en las mismas playas en las que nacieron? Y los pueblos indígenas, ¿cómo se desplazan por mar o por tierra sin perder en ningún momento las referencias que los sitúan en el espacio? He aquí la cuestión fundamental que aborda el estudio de Barrie: ¿Cómo se orientan y navegan los animales, incluidos los humanos?; y junto a ella, algunos corolarios referidos al modo en que establecemos mapas mentales en nuestros desplazamientos cotidianos, a la utilidad de la memoria, de la observación minuciosa y también de la intuición a la hora de tomar decisiones que guíen nuestros movimientos, a la posible y quizá grave renuncia a algunas habilidades básicas de orientación que hemos utilizado durante siglos y que los avances tecnológicos actuales están dejando en el olvido. 

Estructurado en tres grandes partes, el divulgativo ensayo analiza, en la primera de ellas, La navegación sin mapas, que ocupa diecisiete capítulos y más de la mitad de la extensión del libro, el modo en que se mueven y orientan los animales (sin, obviamente, usar GPS). En la segunda, El santo grial, y en ocho capítulos, se estudia la utilización por distintos animales de algo parecido a los mapas, de diferentes tipos, así como los indicios de la existencia de representaciones del mundo afines a mapas en el cerebro. En la parte final, ¿Por qué es importante la navegación?, se recogen, en dos breves apartados, las implicaciones que tienen para el ser humano las investigaciones sobre la navegación animal. Cada capítulo se organiza en torno a una anécdota central, que hila la argumentación que se desarrolla en el texto y que permite la presentación de las contrastadas tesis científicas que se defienden en él y que se recogen en las cerca de cuarenta referencias bibliográficas y en la treintena de páginas de citas finales. Un breve pasaje en cursiva que presenta algún ejemplo de navegación animal, por lo general enigmático y que no acaba de encajar cómodamente en el discurso principal, sirve de estimulante separación entre capítulos. 

Cierra David Barrie esta presentación introductoria con un triple aviso al lector. En primer lugar, aclara que no nos encontramos ante un texto científico ni exhaustivo. Contando con unos destinatarios que no son especialistas, ha aligerado el contenido, sin perder rigor, pero minimizando la presencia de terminología técnica, aunque, en ocasiones, la complejidad de los razonamientos, a veces algo abruptos, puede llegar a obstaculizar la lectura (puedo entender que al lector le dé vueltas la cabeza, afirma, en un pasaje particularmente intrincado). Además, subraya que más allá de la inevitable subjetividad de sus tesis, que reflejan sus propios intereses, los numerosos “encuentros”, personales y bibliográficos, con los muchos científicos que recorren el libro -entre ellos varios Premios Nobel- permiten dotar a su texto de un carácter objetivo que explora tesis solventes, plausibles, y por ello relevantes. Por último, aclara su voluntad y su convicción de que la experimentación científica con animales debe hacerse siempre con la premisa indiscutible de no infligir sufrimiento, un principio que, en el terreno de las ideas, admite legítimas razones a favor y en contra (Exactamente de qué modo decidimos qué experimentos con animales están justificados no es una cuestión sencilla, pero como mínimo deberíamos hacer todo lo que esté en nuestras manos para asegurarnos de no infligir dolor. Para ser franco, no estoy para nada seguro de que sepamos lo bastante sobre animales como los crustáceos y los insectos como para confiar en nuestro juicio sobre estas cuestiones). Consciente, sin embargo, del hecho de que no toda la comunidad científica respeta dicho postulado, no tiene reparo en aceptar la validez y la utilidad de las investigaciones llevadas a cabo -con resultados apreciables y valiosos- sin atender a ese imperativo “moral”. Sería erróneo suponer, afirma de modo autoexculpatorio, que los científicos responden a estándares más altos que el resto de la gente. El libro está poblado así de descripciones de diferentes experimentos en los que se somete a los animales a infinidad de “perrerías” a mi juicio disculpables: mariposas a las que se raspan las escamas de sus alas para insertar en ellas minúsculos marcadores de posición, palomas con lentes de contacto esmeriladas que las “ciegan” para comprobar así la influencia de la falta de vista en sus desplazamientos, insectos desprovistos de sus antenas, hormigas a las que se las engaña cambiándoles la representación externa de su territorio y confundiéndolas, por tanto, para observar su muchas veces desconcertada reacción, aves a las que se anestesia para privarlas de referentes externos y a las que, en esas condiciones, se las traslada a miles de kilómetros de distancia para verificar si siguen manteniendo las pautas de movilidad acostumbradas, gaviotas a las que se secciona el nervio trigémino para verificar cómo la pérdida afecta a su detección de los campos magnéticos; finos electrodos insertados en el cerebro de animales vivos para registrar las tenues señales eléctricas, de apenas una diezmilésima de voltio, que producen sus neuronas individuales, verificando así la actividad cerebral durante los procesos de orientación; tortugas hembra a las que se lija la dura coraza de su caparazón para incorporar en él, con fuertes pegamentos dispositivos de seguimiento, que los machos destrozan con sus embestidas en sus furiosas coyundas; y tantas otras intervenciones practicadas en interés de la ciencia. 

En el primer gran bloque del libro se expone una larga lista de ejemplos de fascinante “movilidad” animal. Conocemos así a la mariposa monarca, que un David niño, con apenas siete años, descubre tras su iniciación al mundo de los lepidópteros a cargo de un maestro excepcional, Mr. Steadman. El enorme insecto -sus alas pueden alcanzar diez centímetros de envergadura- aparecía de vez en cuando en Inglaterra desde su hábitat originario en Norteamérica, fenómeno sorprendente que despertó la imaginación del muchacho y lo llevó a plantearse la gran pregunta -¿cómo demonios encontraba el camino?- que, a la postre, lo conduciría a escribir el libro que ahora os presento. A partir de ese momento iniciático, y en su larga investigación de décadas, comparecen las pioneras de la navegación animal, las primeras bacterias que, hace 3.900 millones de años, y necesitadas del movimiento para sobrevivir, utilizaban asombrosos mecanismos para acercarse al alimento indispensable para su pervivencia y para alejarse de lo que puede suponerles un peligro (como el exceso de calor, acidez o alcalinidad). Entre esos recursos cita a los flagelos, que mueven motores microscópicos; el magnetismo, que en las bacterias magnetotácticas permiten la orientación a través de unas minúsculas partículas magnéticas que operan como agujas de brújula microscópicas, un “dispositivo” que más adelante podremos encontrar en organismos bastante más complejos, como las aves; o formas simples de memoria, como las que usan los mohos mucilaginosos, que se desplazan, sin repetir lugares que ya han explorado, hacia las fuentes de glucosa que les permitirán sobrevivir. En experimentos de laboratorio -el libro está repleto de ensayos e investigaciones inauditas, como mágicas- este portentoso moho es capaz de abrirse paso entre montañas de copos de avena organizados según pautas que reproducen la estructura de las ciudades de los alrededores de Tokio, construyendo una red de túneles para acceder y distribuir los nutrientes que extrae de los copos, una malla que acaba asemejándose al verdadero sistema de ferrocarriles de las cercanías de la capital nipona. Y está el Caenorhabditis elegans, un gusano que parece usar el campo magnético de la Tierra para guiarse. Y los tritones, que encuentran el camino de vuelta a sus estanques desde distancias de hasta doce kilómetros, sirviéndose también de una suerte de brújula magnética. Y las cubomedusas o avispas de mar, unos animales de los mares tropicales australianos de dolorosa picadura, que carecen de cerebro, pero tienen, al menos, veinticuatro ojos de cuatro tipos distintos con los que se orientan a partir de referencias que localizan por debajo y por encima de la superficie del agua. 

La mención a las estrategias de orientación ocular permite a Barrie hablarnos de la memoria visual de los seres humanos, capaces de reconocer 10.000 imágenes, aunque sólo las hayamos visto breve y fugazmente. Y ello le lleva a presentar supuestos en los que nuestra orientación se fundamenta en un sistema de reconocimiento de puntos de referencia. Cita el libro el caso, recogido de la película Apolo13, en el que su protagonista, el astronauta Jim Lovell, encarnado en el film por Tom Hanks, recuerda un episodio de su pasado como piloto naval en el que, en la más absoluta oscuridad, con los dispositivos electrónicos de su avión apagados por una avería, logró localizar a ciegas su portaviones a partir de una alfombra de plancton bioluminiscente que seguía la estela de la nave. También es reseñable -y bien conocida- la experiencia de los inuit, que en las vastas extensiones heladas de Groenlandia, construyen figuras simbólicas que dejan en la nieve y que, junto a las montañas, los acantilados, los fiordos o los glaciares naturales, les permiten dirigir sus pasos en la dirección pretendida. Y los pueblos marineros del Pacífico, que se guían por el Sol y las estrellas. Y los aborígenes australianos, que, desentrañan las pistas de un paisaje aparentemente uniforme gracias a largas y complejas canciones que los ayudan a ubicarse en sus desplazamientos. Y, de entre ellos, es igualmente curiosísimo el caso de los Guugu Yimithirr, de Queensland, que, necesitados de manejarse de continuo en su vida diaria con pautas de orientación, acaban por borrar de su léxico términos “neutros” como izquierda y derecha, para impregnar su lenguaje cotidiano con vocablos relativos a la dirección y el movimiento: si uno de ellos está leyendo un libro orientado al norte y otro hablante le pide que avance varias páginas en la lectura, la expresión utilizada será que «vaya al este», porque las páginas se pasan en ese sentido. 

Partiendo de esta consabida experiencia humana, aflora en el libro un nuevo elenco de animales que se mueven, como nosotros, a partir de puntos de referencia preestablecidos. Las hormigas rojas y las avispas excavadoras que estudió el entomólogo francés Jean-Henri Fabre (1823-1915) en experimentos sencillos pero interesantísimos adoptan pautas de movilidad regidas por elementos visuales, desmontando las tesis primeras que basaban en el olor la facilidad para encontrar el camino del hormiguero o la colmena. Sus argumentos, demostrados de modo ingenuo pero eficaz mediante el uso de instrumentos que modificaban el color o la apariencia del camino utilizado habitualmente por los insectos, se han revelado consistentes. Y hay un espacio para las abejas del sudor, que deben su nombre a que les gusta lamer la transpiración humana, que se desplazan a oscuras por las selvas de la América tropical beneficiándose de su desmesurada sensibilidad a la luz (pueden detectar un solo fotón de luz); y otro para peces como la sardinita ciega mexicana, que, gracias a unos ultrasensibles poros en sus costados, se aprovecha de las ondas de presión que genera su propio movimiento en el agua para localizar objetos en su entorno, o la perca trepadora, que, habitante de los poco movedizos estanques, utiliza elementos estáticos como puntos de referencia visuales, o anguilas, tiburones y peces elefantes, sensibles a campos eléctricos que les permiten guiarse en la más absoluta oscuridad. 

Es apasionante el caso del cascanueces, una especie de cuervo que pasa por ser extraordinariamente inteligente. Sobrevive a los crudos inviernos del noroeste americano en el que vive, gracias a que hace acopio de semillas durante los meses de verano. Para asegurarse de que nadie se las robe, las guarda en lugares distintos -valles, bosques, cimas de montañas-, que se localizan en una extensión de 260 kilómetros cuadrados. Una sola ave puede llegar a esconder más de 30.000 semillas en hasta 6.000 escondites distintos, y, con una memoria prodigiosa, recuerda todos esos emplazamientos durante meses partiendo de -la ciencia no lo sabe aún con certeza- características sobresalientes que identifican cada escondrijo -árboles o bloques de piedra- o registrando algún tipo de panorámica «instantánea» del lugar. Algo similar ocurre con las palomas, y Barrie se detiene en analizar su larga historia de eficaces mensajeros, que se remonta al tiempo de los romanos. 

La utilización del Sol como señal de referencia para el movimiento, permite al autor presentar la brújula solar compensada, un invento que corrige las desviaciones de la posición del astro en función de la latitud y el momento del año, del que es responsable el mismo Ralph Bagnold del que hablábamos aquí hace quince días en relación con las aventuras del conde László Almásy y su legendario club Zerzura. El mecanismo opera también en los animales, como pudo demostrar Sir John Lubbock (1834-1913), aristócrata y, en calificativo de Barrie, polímata británico, en sus estudios con hormigas negras, a las que “acompañaba” en su búsqueda del camino de vuelta al hormiguero sustituyendo el papel del sol con velas que servían a su misma función orientadora para los insectos. De un modo similar, el, al parecer, excéntrico médico suizo Felix Santschi (1872-1940), sometía a “sus” hormigas a idénticas “trapisondadas”, aunque de muy valiosa relevancia científica: les colocaba una pantalla que impedía que pudieran ver el Sol, y les presentaba mediante un espejo la imagen del astro reflejada desde la dirección opuesta, provocando que las hormigas cambiaran la dirección de su recorrido en 180 grados y consolidando de paso la tesis de la brújula solar “natural”. Con métodos similares pudo “dirigir”, igualmente, el movimiento nocturno de los insectos. 

Karl von Frisch, que con Konrad Lorenz y Niko Tinbergen fundó la etología, el estudio científico del comportamiento animal en el medio natural, y ganó con ellos en 1973 el Premio Nobel, centró una de sus exitosas investigaciones en el comportamiento de las abejas melíferas, de las que descubrió el lenguaje de su danza, con el que se comunican entre ellas y se transmiten información imprescindible para su supervivencia. Las abejas de la miel se ven obligadas a explorar los alrededores de su colmena en busca del néctar y el polen de los que depende la subsistencia del enjambre, en unos viajes de aprovisionamiento que las llevan, en ocasiones, a más de veinte kilómetros. Von Frisch descubrió, con un ingenioso experimento en que las dirigía con un plato aromatizado, cómo las abejas “expedicionarias” revelaban al resto de la comunidad, por medio de sus “meneos”, las coordenadas de sus fuentes de alimento o de los lugares idóneos para establecer una nueva colmena. Asimismo, pudo comprobar cómo la velocidad y los movimientos de su danza aportaban información sobre la calidad de los hallazgos localizados y sobre la distancia y la dirección desde la colmena a la que se encontraban. Los códigos utilizados por los insectos permitían inferir una especial sensibilidad a la polarización del sol. Y es que, durante estas maratonianas sesiones de danza, la orientación de los meneos de las exploradoras cambia de acuerdo con el cambio gradual en el acimut del Sol, incluso cuando se encuentran en el interior de una colmena dentro de una habitación oscura. 

Hay numerosas alusiones en el libro a la navegación en sentido estricto, al desplazamiento por el mar. Resulta sorprendente cómo, durante mucho tiempo, los marineros se lanzaban a sus arriesgados viajes por océanos desconocidos en épocas en las que, como es obvio, se carecía de instrumentos de navegación. La determinación de la latitud resultaba relativamente factible gracias a la posición de la Estrella Polar y el Sol, pero la longitud, en alta mar y a miles de kilómetros de tierra, resultaba absolutamente imposible. Barrie analiza algunos de las imperfectas herramientas -la corredera, la brújula magnética y la sonda- que permitían el arte de la navegación por estima con el que lograban una cierta aproximación en sus cálculos (las distintas estimaciones de la anchura del océano Pacífico, hechas por los navegantes españoles en el siglo XVI, diferían en miles de kilómetros). El libro se puebla entonces de numerosos ejemplos de expediciones perdidas a causa de los errores en unos cálculos desmesuradamente imperfectos. Cuando no son dramáticas, algunas anécdotas resultan hilarantes, como el episodio, extraído de la obra autobiográfica de Mark Twain, Pasando fatigas, en el que una expedición en el desierto se eterniza en un bucle permanente de vueltas en círculos. La divertida historia, es la excusa perfecta para digresiones técnicas sobre la navegación inercial, los desplazamientos de los submarinos, la tendencia del ser humano al movimiento en espiral (con el experimento de Souman con individuos obligados a caminar a ciegas) o nuestra dificultad para regir nuestros pasos por señales únicamente “internas”, sin puntos de referencia exteriores. 

Hay un capítulo apasionante sobre sobre la hormiga del desierto, el caballo de carreras del mundo de los insectos, un animalillo extraordinariamente dotado para la orientación, que logra usando diferentes mecanismos: la sensibilidad a la luz polarizada, la utilización del flujo óptico que les permite calcular cuánto se han alejado de su colonia, la memorización de puntos de referencia espaciales, el aprovechamiento de “señales” como la dirección del viento, las minúsculas vibraciones del entorno o el olor, las poderosas potencialidades de un cerebro diminuto -“sólo” unas 450.000 neuronas frente a los 85.000 millones de los humanos- pero muy eficiente. En Cómo guiarse por la forma del cielo, una vez conocido el escalofriante dato según el que más del 80 % del mundo y más del 99 % de la población de Estados Unidos y Europa viven bajo cielos con contaminación lumínica, se nos pone en contacto con los pueblos primitivos de Polinesia y Micronesia, que, aún en la actualidad, se orientan en alta mar siguiendo la posición de las estrellas y del Sol, el color de las aguas, la forma de las olas, la densidad de las nubes y el reflejo de la luz en ellas. Algunas estas misteriosas formas de fijar la posición y de tutelar los desplazamientos, una suerte de GPS natural, se dan también en el mundo animal. Así, en otro apartado apasionante, Cómo encuentran las aves el norte verdadero, nos informamos de la singular aventura de una cigüeña que, en 1822, apareció en el campanario de una iglesia alemana, atravesada por una flecha inequívocamente africana. Marcadas, originariamente, con cintas, hilos de plata o, más adelante, etiquetas de aluminio, las aves han mostrado a los investigadores los insólitos desplazamientos de los que son capaces. En la actualidad, el desarrollo tecnológico permite una geolocalización y un seguimiento preciso de sus increíbles vuelos, permitiendo a la ciencia averiguar con gran exactitud los mecanismos que rigen sus peregrinajes. Barrie se detiene en el comentario de las sorprendentes hazañas voladoras de especies capaces de atravesar continentes como el charrán ártico, el tordo charlatán, el busardo chapulinero o la barnacla carinegra, e. incluso. Sobrevolando el mar, como el cernícalo del Amur, que protagoniza el récord de kilómetros sobre el agua de entre todas las rapaces, 4.000 kilómetros en su viaje desde el suroeste de India hasta el África Oriental. Experimentos con cucos y azulejos confirman la orientación a partir de las estrellas, mediante una suerte de brújula interior que albergan en sus minúsculos cerebros. 

Resulta imposible dar cuenta de las muchas portentosas maravillas de las que se da cuenta en el libro. Los asombrosos escarabajos peloteros, que no pierden la línea recta en su fatigosa tarea de “sísifos” animales, guiados por la Luna y la Vía Láctea. Las pulgas de mar, que todos hemos visto en las orillas de las playas, obligadas por su constitución -si se secan, mueren, pero si se sumergen en agua salada, se ahogan- a acertar en sus infatigables saltos en busca del grado de humedad necesaria, para los que se rigen por el Sol y la Luna. Los grandes pavones, mariposas gigantescas cuyos machos perciben el olor sexual despedido por una pareja potencial a una distancia de kilómetros y pueden seguirlo hasta su fuente, lo que lleva a Barrie a reflexionar, en páginas deslumbrantes, sobre el valor del olfato en los salmones… y también en los humanos, para lo que traerá a colación el conocido párrafo de Proust y la magdalena de su tía Leoncia. Las capacidades olfativas son también esenciales en el movimiento de las palomas, los albatros, los fulmares, los patos petreles y las pardelas, especialmente sensibles a un compuesto, el sulfuro de dimetilo, que, reconocido en el aire, las ayuda a localizar su destino. Incluso en mar abierto, el olfato, junto a las señales magnéticas de la tierra, resulta decisivo en la orientación. El sonido, en cambio, es el referente principal que guía los desplazamientos de los murciélagos, dotados, como es sabido, de un sonar prodigioso. Otro tanto parece ocurrir con los delfines, las marsopas y las ballenas, también, de nuevo, con las palomas. El capítulo en el que se refieren los pormenores de la navegación por el sonido es deslumbrante, en una sucesión de informaciones asombrosas: los viajes de los inuit por el mar de Groenlandia, reconociendo su destino entre la niebla a partir de los singulares cantos de los escribanos nivales, cuyos machos marcan el territorio con sus dulces melodías, o calculando su posición en función del ruido de las olas al romper; los pescadores de Ghana que logran encontrar los peces introduciendo el remo en el agua, al actuar la pala plana del remo como una antena direccional que recoge los imperceptibles ruidos de los peces bajo el agua, lo que permite al pescador localizar su posición poniendo la oreja contra el puño del remo; las extrañas pérdidas de rumbo en las palomas mensajeras cuyos recorridos coincidían con la trayectoria de los aviones Concorde, que en tanto potentísimos generadores de infrasonidos, inutilizaban la sensibilidad natural de los alados a los sonidos de muy baja frecuencia; o el caso de Brian Borowski, un canadiense de cincuenta y nueve años, que nació ciego pero muy pronto aprendió por su cuenta a “medir” el espacio haciendo chasquidos con la lengua o con los dedos para determinar así la posición -mediante el sutil eco de los sonidos emitidos- de los obstáculos que surgían en su camino. 

Con una mayor complejidad técnica, pero igualmente subyugante es el capítulo en que se explica la “sensibilidad” de infinidad de animales -moscas y termitas, caracoles y tiburones, abejas y aves- a la intensidad del campo magnético de la Tierra. Todos están dotados de una llamada “brújula de inclinación”, que les permite, una vez convenientemente calibrada, fijar el rumbo en la dirección que elijan. Es también fascinante el mecanismo de orientación de las ya mencionadas mariposas monarca, sus viajes interminables, su hibernación en el norte de Michoacán, en México, a donde llegan por millones, en un itinerario lleno de peripecias, que parte en los Estados Unidos y en el que se alternan la excitación sexual propiciada por la primavera, las cópulas frenéticas, la posterior puesta de huevos, y la sucesiva repetición -en otros individuos, pero del mismo grupo- que afectan varias generaciones en desplazamientos de miles de kilómetros en apenas setenta y cinco días. Las muchas investigaciones realizadas sobre los fabulosos insectos nos hablan de cerebros prodigiosos, muy complejos y sofisticados, que, a partir de las entradas sensoriales de sus antenas, pueden “medir” la posición del Sol y “construir” patrones para guiar sus movimientos en función de la polarización de la luz. Idéntica admiración suscitan otros lepidópteros, como la vanesa de los cardos, la gamma y la increíble mariposa bogong. La bogong, la señora oscura de las montañas nevadas, que cría en el sur de Queensland, en Australia, ve cómo su progenie, recién salida de la pupa, migra en poblaciones de mil millones de individuos hacia las montañas Snowy, de Nueva Gales del Sur, siendo capaces de ubicar, llegadas a su destino, una diminuta hendidura en una montaña a más de mil kilómetros de distancia cruzando un territorio que les es desconocido hasta localizar un sitio en el que nunca antes han estado. Y todo eso lo hacen por la noche, con unas pocas gotas de néctar por combustible y con la ayuda de un cerebro del tamaño de un grano de arroz

Descritos de este modo, exhaustivo y pormenorizado, los distintos procedimientos que siguen los animales para orientarse sin la ayuda de mapas, son precisamente estos los que protagonizan la segunda gran sección del libro, pues muchos de ellos se mueven siguiendo una especie de representaciones mentales equivalentes, en esencia, a la que reflejan planos y documentos cartográficos similares. En un capítulo muy ilustrativo, Barrie nos habla de los distintos modos de orientación -la egocéntrica y la alocéntrica- que seguimos humanos y animales en nuestros desplazamientos. Cuando navegamos de modo egocéntrico -y el autor pone el ejemplo del turista que llega a una ciudad desconocida-, buscamos las relaciones con los objetos del entorno que nos servirán de pistas para encaminar nuestros pasos en la vuelta al hotel o en recorridos similares en jornadas posteriores. Nuestro cerebro procesa referencias cercanas, edificios, locales, objetos del mobiliario urbano, dirección de giro, anuncios o señales de tráfico. Ese modo de navegación, extrayendo información “útil” sobre la distancia, el espacio y el tiempo transcurrido, es compartido, como hemos visto, por muchos de los animales hasta aquí mencionados. Por contra, cuando, como en alta mar o en el desierto, no hay puntos de referencia que nos ofrezcan datos fiables acerca de nuestra posición, necesitamos mapas para situarnos, y en ello consiste, precisamente, la navegación alocéntrica, de la que esta sección del libro proporciona infinidad de muestras en el mundo de los seres “irracionales”. Y es que muchos animales pueden fijar su posición cuando se encuentran en un lugar que no les resulta familiar, donde no tienen a su disposición ningún punto de referencia que puedan reconocer, pudiendo también determinar el rumbo y la distancia hasta su objetivo. Las distintas señales olfativas y acústicas, astronómicas y geomagnéticas que perciben y procesan pueden resultar indispensables para situarlos y guiarlos a su destino. Y el libro se abre así a la descripción de experimentos con albatros, estorninos, palomas, gorriones de corona blanca, carriceros, salmones, tortugas marinas. Y hay historias increíbles como resultado de los estudios combinados de la física cuántica y la química, la geofísica, la biología celular y molecular, la electrofisiología, la neuroanatomía y, naturalmente, la biología del comportamiento: la presencia de la magnetita en el interior de diversos órganos de los seres vivos, un minúsculo magnetorreceptor que facilita la ubicación a partir del campo magnético de la Tierra, que es perceptible en las narinas de truchas y salmones o en el pico de las palomas; la brújula magnética, ya referida, localizada, según otras tesis, en los ojos de algunos pájaros, de la mosca del vinagre o las cucarachas; la influencia del hipocampo en la orientación de las ratas o los perros, y también de los humanos, con el increíble caso de Henry Molaison, un joven canadiense epiléptico para el que ni la medicación más potente resultaba eficaz por lo que, como último recurso, sus médicos decidieron, con su aprobación, realizar una operación que implicaba la resección de buena parte de sus dos lóbulos temporales y de las dos partes de su hipocampo, con interesantes consecuencias científicas que pusieron de manifiesto el conflicto al respecto entre el conductismo y las más modernas teorías de la neurociencia, que defienden la existencia de mapas cognitivos en el cerebro animal, y en el humano. 

Con la “excusa” del experimento de Molaison, el texto de Barrie se adentra en el estudio de la navegación en el cerebro de los humanos, la sección postrera del libro. En páginas admirables surgen la conexión entre orientación -o más exactamente desorientación- y enfermedad de alzheimer; el mayor tamaño del hipocampo de los taxistas de Londres, que tienen que memorizar miles de rutas distintas por la ciudad para obtener una licencia, frente al de los conductores de autobús de la misma ciudad, que repiten una y otra vez la misma ruta; el vínculo entre navegación geográfica y conceptual; el corolario de este descubrimiento, aún por demostrar: prescindir del GPS y habituarse a buscar las rutas sin ayuda electrónica puede, a la vez que estimular la capacidad estrictamente orientativa, desarrollar nuestra creatividad, facilitar nuestras relaciones sociales y prevenir la demencia (Durante mucho tiempo se ha creído que el pensamiento y nuestra inteligencia, tan sumamente flexible, dependían del funcionamiento de la corteza prefrontal, pero hoy sabemos que esta no se basta por sí sola. Actividades tan dispares como llevar una conversación, gestionar las relaciones sociales, tomar decisiones sensatas, manejar ideas, hacer planes para el futuro o incluso ejercer nuestra propia creatividad son imposibles sin un hipocampo sano). 

Y es de aquí, de esta interesante conexión entre la capacidad de orientación y las habilidades intelectivas, emocionales y sociales, de donde surge la derivación final del libro, que ocupa su sección postrera. A partir de las reflexiones acerca del “sentirse perdido”, el “pavor al bosque” o “el terror de la desorientación” extraídas de la obra de Primo Levi o Rebecca Solnit, Barrie plantea, con tintes algo apocalípticos, el aciago futuro que espera a nuestra especie si, a causa de la omnipresencia de dispositivos electrónicos, de la dependencia tecnológica, de nuestra incapacidad de observar y mirar con detenimiento nuestro entorno, ensimismados ante el magnetismo de las pantallas, de nuestra confianza ciega en los programas informáticos, en los que “delegamos” las tareas “operativas” e incluso, muchas veces, las decisorias, perdemos nuestras más básicas habilidades para la navegación de las que hacen uso, de manera tan eficaz como sorprendente, el resto de animales. En particular, llama la atención el lamento del autor ante el auge del GPS, instrumento formidable, uno de los grandes logros tecnológicos de los tiempos modernos, pero cuyo indiscriminado auge nos está apartando del mundo natural. E incluso, en una propuesta ciertamente combativa, anima a los lectores a dejar a un lado nuestros móviles y sistemas electrónicos de navegación siempre que podamos, a no ser que queramos perder del todo nuestros talentos para la navegación

Y, en una dimensión complementaria, el tono admonitorio con el que Barrie concluye su ensayo, lo lleva a analizar las dramáticas consecuencias y los efectos perniciosos del progreso sobre la natural evolución de muchas especies animales, incluida la nuestra. El uso generalizado de herbicidas, la contaminación lumínica, las derivadas del cambio climático, los cambios en la circulación de las grandes corrientes oceánicas y en los sistemas de vientos, la destrucción de ecosistemas, provocan alteraciones fundamentales en los mecanismos de orientación de tortugas y ballenas, de aves e insectos. Y ello llevará consigo pérdidas irreparables para nuestras existencias. El libro se cierra, así, con un alegato en contra del antropocentrismo que rige nuestro culpable paso por el mundo (El antropocentrismo es una fuerza destructiva y peligrosa que debemos superar si realmente queremos dar los pasos necesarios para limitar los daños que estamos causando al mundo en el que vivimos), capaz de conducirnos -lo está haciendo ya- a un holocausto biológico de lóbregos, amenazantes, funestos, indeseables y fatales resultados. 

Interesante propuesta, pues, la de este Los viajes más increíbles, de David Barrie, que vio la luz hace ahora un año en la editorial Crítica y cuya lectura os recomiendo. Como lo hago también con la canción que complementa musicalmente mi reseña. Forzando un poco el nexo con el tema del libro, o propongo un tema que interpretan The All Seeing I con la impagable colaboración del simpar Tony Christie. Escrita en 1998 por, entre otros, Jarvis Cocker, Walk Like A Panther es una canción sobre el abandono amoroso, la aceptación del fracaso y la dignidad en la derrota, que sólo se vincula a los viajes animales por algunas de las estrofas de su estribillo: camina como una pantera, salta como un salmón, vuela como un águila, merodea como un león en África… ¡camina como un hombre! Un pequeño clásico contemporáneo. 


El gran misterio magnético 

Se ha abierto la caza de los sensores que permiten a los animales detectar el campo magnético de la Tierra. Durante la última década, más o menos, este desafío ha concitado científicos de campos tan dispares como la física cuántica y la química, la geofísica, la biología celular y molecular, la electrofisiología, la neuroanatomía y, naturalmente, la biología del comportamiento, y es posible que haya que reclamar la ayuda de otros campos. La recompensa para quien finalmente halle las respuestas bien podría ser un premio Nobel. 

Cuando los científicos hablan de la navegación visual, auditiva, inercial u olfativa lo hacen con un buen conocimiento de los mecanismos sensoriales implicados. Saben cómo son los ojos, los oídos y los olfatos, y cómo funcionan, aunque obviamente los detalles varíen enormemente entre distintos grupos de animales. Tanto las pardelas como los escarabajos peloteros usan los ojos para ver, pero ven cosas distintas; un salmón puede percibir en el agua sustancias químicas que no le dirían nada a un ave o una mariposa, y los murciélagos hacen cosas con el oído que pocos animales pueden hacer. Para algunas especies, los científicos también tienen un buen conocimiento de cómo se procesan las señales procedentes de los órganos sensoriales en el sistema nervioso central, incluso hasta detalles como los patrones de activación de neuronas individuales. 

Cuando se trata de la navegación geomagnética, sin embargo, la imagen es mucho más borrosa. A día de hoy hay tres teorías radicalmente distintas, y cualquiera de ellas, o incluso las tres, podrían resultar ser correctas. Además, tampoco podemos descartar algún otro mecanismo totalmente distinto que hasta el momento ni siquiera hemos imaginado. 

Este es un tema tan complejo y técnico que no puedo ofrecer aquí más que una sucinta descripción del estado de nuestro conocimiento. 

Uno de los problemas al que se enfrentan los científicos interesados en cómo perciben los animales el campo magnético de la Tierra es que este penetra fácilmente los tejidos vivos. Eso significa que un magnetorreceptor no tiene por qué estar en la superficie del animal (como en el caso de la vista, el oído y el olfato), sino que puede estar sepultado en su interior. Y tampoco tiene que ser grande. Incluso es posible que no se encuentra en un único lugar: el sistema podría basarse en células individuales dispersas por todo el cuerpo, literalmente de la cabeza a la cola. Así pues, es posible que no exista una estructura que podamos identificar como responsable. 

Pero hay esperanza. Sabemos cómo responden a los campos magnéticos las bacterias magnetotácticas, y también sabemos que habitan en la Tierra desde hace muchísimo tiempo. Llevan en su interior unas microscópicas cadenas cristalinas de magnetita que les permiten alinearse con el campo magnético que las rodea de una forma completamente pasiva, igual que la aguja de una brújula. Si la capacidad de detectar el campo magnético de la Tierra mejora sus expectativas de crecer y reproducirse, es posible que muchos o quizá todos los animales hayan heredado un mecanismo basado en la magnetita. Pero ¿cómo funcionaría eso en un organismo multicelular? 

Por lo que sabemos, una retícula de unos cuantos millones de células con magnetita podría bastar para detectar pequeños cambios en la intensidad del campo magnético de la Tierra. No es fácil obtener indicios fiables de la presencia de magnetita en un animal porque es muy fácil contaminar las muestras de tejido (hasta las partículas de polvo volcánico que flotan en el aire pueden causar problemas); con todo, se ha encontrado en insectos, aves, peces e incluso humanos.
 
Videoconferencia
David Barrie. Los viajes más increíbles