Vivo entre muchos libros y extraigo una gran parte de mis ganas de vivir del hecho de que aún leeré la mayoría de ellos. (Elias Canetti)

miércoles, 5 de febrero de 2025

MARIO CALABRESI. SALIR DE LA NOCHE

Hola, buenas tardes. Bienvenidos a Todos los libros un libro, el espacio de Radio Universidad de Salamanca que esta tarde os propone un libro con el que cerramos la breve serie iniciada hace siete días y que tiene a Italia como centro. El país transalpino fue protagonista de la emisión del lunes pasado con La ciudad de los vivos, la extraordinaria obra, una mezcla de reportaje periodístico, crónica “negra” e investigación criminal, texto de literatura del yo, documento sociológico, ensayo de análisis filosófico y político, y creación con ritmo de novela y leves notas de ficción, escrita por Nicola Lagioia y publicada en España en enero de 2022. Con Roma, un asesinato atroz, la corrupción social, la miseria moral de una parte de los medios de comunicación y una descarnada “fotografía” de la sociedad italiana como elementos esenciales de su trama, el libro comparte con el que hoy os recomiendo algunos de esos aspectos -la presencia de un crimen execrable, el ambiguo -siendo benévolo- papel de la prensa y la clase política ante el suceso, y el muy fidedigno retrato social de la Italia de hace medio siglo-, aunque partiendo de una historia y con un enfoque, un planteamiento y un entorno -Milán, en este caso, ocupando el primer plano- ciertamente distintos, como podréis comprobar en el curso de esta reseña. Son, no obstante, sus “ingredientes” comunes, junto al hecho, fundamental, de tratarse de dos libros escritos por autores italianos y referidos a la realidad de aquel país, los que me han llevado a agruparlos en esta suerte de “miniciclo itálico” del programa (que contará hoy, además, con un breve colofón español). 

Os hablo de Salir de la noche, el impresionante y emotivo documento -a falta de ulteriores explicaciones, debemos por ahora aceptar esta denominación- que el periodista y escritor Mario Calabresi presentó en su país en 2007 y que vio la luz en el nuestro en 2023, en el seno de la editorial Libros del Asteroide en traducción de Carlos Gumpert y con un esclarecedor prólogo de Enric González, corresponsal de El País en Londres, París, Nueva York, Washington, Roma, Jerusalén y Buenos Aires y columnista, actualmente, en este periódico, cuyo sucinto pero penetrante análisis del contexto en el que se inscriben los hechos narrados permite al lector adentrarse en el libro con conocimiento de causa. Entre 2009 y 2019 Calabresi fue, sucesivamente, director de dos de los diarios más prestigiosos de Italia, La Stampa y La Repubblica. Salir de la noche es, que yo sepa, su único libro publicado en España. 

El 12 de diciembre de 1969, a las 16.37, estalló una bomba en la sede milanesa de la Banca Nazionale dell’Agricoltura, situada en la plaza Fontana. Murieron 17 personas. Otras 88 sufrieron heridas. La policía centró inmediatamente sus investigaciones en varios grupos anarquistas, uno de cuyos miembros, el ferroviario Giuseppe Pinelli, antiguo partisano y conocido pacifista, fue detenido horas después del atentado. Así se abre el prólogo de Enric González, retrotrayendo a esa fecha infausta el origen de la historia que Calabresi nos va a contar pocas páginas después. 

La responsabilidad de la matanza de piazza Fontana se atribuyó desde el principio por las autoridades al terrorismo anarquista y de extrema izquierda. Italia vivía una etapa de eclosión de organizaciones de izquierda revolucionaria, Lotta continua, Potere operaio, la clandestina Brigate Rosse, las Brigadas Rojas, abiertamente terrorista, con la violencia como instrumento para un doble fin “político”: acabar con la moderación y el reformismo del Partido Comunista que lo alejaba de la férrea ortodoxia prosoviética y evitar un golpe de Estado del ejército y la ultraderecha que en esos días se venía anticipando (en diciembre de 1970 llegó a producirse un intento de golpe, finalmente fallido, dirigido por el militar y aristócrata fascista Junio Valerio Borghese, que acabó encontrando refugio en la España de Franco tras el fracaso de su intentona). Poco tiempo después, las sospechas iniciales ya se habían desestimado para apuntar a la autoría de grupos neofascistas, con la connivencia de los servicios secretos italianos y la participación de la CIA, en hipótesis no demostradas. Sin embargo, tras un muy largo y accidentado periplo procesal, con detenciones, acusados, juicios, sobreseimientos, condenas, revocaciones de sentencias y absoluciones varias, en mayo de 2005 se celebró el último juicio sobre el caso sin que nadie fuera declarado culpable de la masacre. 

Volvamos con Enric González a diciembre de 1969: Tres días después de la explosión en el banco milanés, el 15 de diciembre, el anarquista Giuseppe Pinelli cayó desde un cuarto piso mientras era interrogado. Nunca se aclaró cómo se produjo la caída mortal de Pinelli. La ventana desde la que se estrelló contra el patio de las dependencias policiales correspondía a la oficina del comisario Luigi Calabresi. Tanto la prensa de izquierda como la mayor parte de la opinión pública atribuyeron a Calabresi la responsabilidad de lo que parecía un asesinato

A partir de ese momento, toda Italia -que viviría entre 1969 y 1980, aproximadamente, los llamados “años de plomo”, una larga década de miedo y confusión en la que el país se vio sumido en una ola (que González presenta de modo muy ilustrativo) de centenares de incidentes violentos, secuestros, asesinatos, atentados, bombas, matanzas, muertes y más muertes, perpetrados por fuerzas políticas de extrema izquierda y extrema derecha y por diversos grupos terroristas, con la implicación, en ocasiones, del Estado y las fuerzas de seguridad-, denunciaría de manera casi unánime la culpabilidad asesina del comisario Calabresi. El dramaturgo Dario Fo, ganador en 1997 del Premio Nobel de Literatura, llegó a estrenar en 1970 una sátira humorística sobre aquel asunto siniestro: Muerte accidental de un anarquista. Entre risas (seguro que también las mías; yo vi la obra -imagino que entusiasmado: connivente juvenil, inconsciente, aborregado y acrítico del “clima progre” universitario imperante- tras su estreno en España, después de la muerte de Franco) se defendía la tesis de que la policía, y en particular el comisario responsable del interrogatorio, había defenestrado al detenido. La campaña de los intelectuales, de los medios de comunicación, de los grupos políticos de izquierda contra Calabresi fue furibunda: pintadas, pasquines, insultos, advertencias, persecuciones, manifiestos, señalamientos, amenazas. 

Luigi Calabresi, el Comisario Ventana, como se le denominó, era un hombre sin esperanza, consciente de estar fatalmente condenado pese a su declarada inocencia, establecida por las investigaciones y por dos sentencias judiciales que no tuvo tiempo de llegar a conocer. Porque el 17 de mayo de 1972, al salir de su casa, recibió un disparo por la espalda, siendo rematado con un tiro en la nuca. Con solo treinta y cuatro años, dejaba una muy joven viuda -Gemma Capra, de veinticinco años- con dos hijos y otro en su vientre. El mayor de ellos, Mario, tenía solo dos años. Es el Mario Calabresi autor de este Salir de la noche, que se presenta con un subtítulo revelador, Historia de mi familia y de otras víctimas del terrorismo, y cuya lectura os recomiendo vivamente. 

En el libro, estructurado en dieciséis relativamente breves capítulos, Mario Calabresi narra su experiencia personal durante los terribles años de la inclemente campaña contra su padre y los aún más atroces vividos tras su asesinato. Y lo hace en un relato conmovedor escrito con prosa sencilla y directa, recreando, con emoción y sensibilidad, pero también con precisión, racionalidad y firmeza, las circunstancias del crimen, el contexto histórico en el que se produjo y las repercusiones, íntimas, familiares, sociales y políticas que el suceso provocó durante décadas. Utilizando, sin alardes literarios sofisticados, técnicas narrativas como el flashback, la interpolación de testimonios de terceros (jueces, periodistas, políticos, amigos y, sobre todo, familiares de otras víctimas del terrorismo) y la transcripción de cartas o artículos de prensa -lo que contribuye a que el resultado sea más rico y multifacético-, presenta, con un enfoque obviamente subjetivo, su vivencia personal de la experiencia mientras aborda una amplia variedad de temas de extraordinario interés no solo para comprender el marco histórico, social, político y cultural en que se desenvolvía la sociedad italiana de aquella época, sino también -en tanto muchos de los asuntos contemplados son universales- para contribuir a iluminar los debates, extraordinariamente actuales -en particular en España, con la larga y trágica trayectoria del terrorismo etarra y fenómenos adyacentes-, acerca de la inicua pretensión de legitimidad del uso de la violencia y la lucha armada, de efectos irreversibles, para el logro de objetivos políticos, por definición opinables, coyunturales, mutables, efímeros; de la reivindicación de la memoria y la búsqueda de la verdad; de la necesidad de dignidad y justicia para las víctimas; de la dificultad y el coraje que conlleva recuperar el ánimo y la energía vitales -salir de la noche- en los momentos de oscuridad, de dolor, de muerte en vida en los que el terrorismo sume a las familias; de la pertinencia -o no- del perdón, el olvido y la reinserción de los asesinos; de la función de los medios, la política y la judicatura en el tratamiento del terrorismo; de la burda, interesada, hipócrita conformación de la opinión pública en tiempos -ya los de entonces, pero sobre todo los presentes- de mentiras, fake news, bulos y conspiraciones; de la quiebra de la presunción de inocencia con el correlativo linchamiento social apriorístico de los supuestos culpables; entre otros. 

El texto de Calabresi está encabezado en su “pórtico” -una vez dejados atrás el mencionado prólogo de Enric González y una breve “Nota para el lector” en la que el autor sitúa los hechos esenciales de su historia- con unos versos extraídos del volumen L’intermittenza del giallo de Tonino Milite, el hombre que hizo de padre de Paolo, Luigi y Mario Calabresi, al casarse en 1982 con Gemma Capra, la viuda del policía asesinado: Pasa / una vela, / empujando / la noche / más allá, que, aparte de dar título a la obra original, Spingendo la notte più in là, reflejan el espíritu del libro y una de sus vertientes más notables, ese “dejar atrás la noche” en que consiste la interminable lucha de los familiares de las víctimas del terrorismo. 

Bien avanzado el libro, el autor desliza una reflexión que resulta oportuno traer ahora aquí pues explica, a mi juicio, el propósito que mueve a su autor y el enfoque que ha querido darle a sus recuerdos: Hay una forma de cultivar la memoria que resulta insoportable, esas conmemoraciones en las que se repiten durante horas ritos burocráticos de un hastío irritante: miles de agradecimientos barrocos, una profusión de adjetivos al estilo de «brutalmente abatido en la flor de la vida por una vil mano asesina». Afirman que quieren mantener viva la memoria, pero se trata de un método equivocado. Hay, por el contrario, otro modo de encarar la difícil tarea de rememorar el dolor y el sufrimiento pasados. Trayendo a colación las semblanzas -una suerte de biografías cortas- de los muertos en las Torres Gemelas que el New York Times publicaba cada día tras los atentados del 11 de septiembre de 2001, Calabresi se fija en cómo, entre una mayoría de textos que, bienintencionados, se acomodaban al patrón clásico de la celebración retórica —«ejemplar padre de familia», «muy querido por todos», «empleado modelo», «ciudadano intachable»—, le llamó la atención, en cambio, la historia de una mujer que tenía su despacho en una de las plantas más altas y estaba encantada porque desde las ventanas podía ver el colegio de su hijo abajo. Fue la demostración de que son los detalles los que mantienen viva la memoria, los recuerdos plenos, vividos, y no la prosopopeya

Consciente, pues, de que son los detalles -los detalles que he ido recopilando y catalogando instintivamente a lo largo de los años en mi memoria- los que permiten la reconstrucción más completa y fidedigna de las emociones, los sentimientos y las vivencias, movido por una intensa curiosidad desde la adolescencia (La curiosidad por comprender, por saber qué se decía y se escribía sobre mi padre, estalló cuando tenía catorce años), Mario Calabresi reúne, guarda, archiva, recopila durante años, prácticamente desde siempre, recuerdos, discursos, confidencias, conversaciones con amigos y familiares, noticias y artículos de prensa, fotografías, dosieres, despachos de agencias, documentos, hojas de notas, informes, testimonios, actas y sentencias relativos a la persecución, muerte, difamación, escarnio y humillación públicos, y por fin rehabilitación -bien que con claroscuros, como veremos más adelante- de la dignidad y la memoria de su padre, kilos de palabras, de polémicas, de rabia. Un gran número de esos “detalles” afloran en Salir de la noche para ilustrar la narración de ese largo proceso de reivindicación y justicia. 

Así, una foto emblemática, tomada el 14 de mayo de 1977 -cuya reproducción se incorpora al libro-, de un chico con pasamontañas y pantalones de campana, empuñando una pistola y extendiendo los brazos en posición de disparo, el disparo simbólico del Setenta y siete, de una «generación perdida» en la violencia, de un año que sumará 42 asesinatos y 2.128 atentados políticos, sirve de desencadenante para presentar el clima de terror que vivía Italia en aquel tiempo, unos años convulsos de los que Calabresi da cuenta salpicando su historia de referencias a decenas de atentados, matanzas colectivas, asesinatos que, más allá de servir de reflejo fidedigno de la realidad de una época, aparecen siempre -en tanto se nos ofrecen anclados a historias personales, testimonios subjetivos de las víctimas- en su dimensión emotiva, sentimental, muy dolorosa. 

En este sentido, otro de los ejes vertebradores del libro es el que tiene que ver con la situación particular de su familia y las muy duras condiciones en las que tuvieron que soportar el ambiente general de hostilidad hacia su padre antes y después del asesinato (que se repiten en los casos de familiares de otras víctimas con las que Mario se entrevista y de las que deja constancia en su obra). La aparición de las primeras pintadas, la feroz campaña de prensa, las calumnias, los infundios, los avisos (Calabresi es responsable del asesinato de Pinelli y Calabresi tendrá que pagarlo muy caro), las amenazas (Este marine de ventana fácil tendrá que responder por todo. Vamos pisándole los talones, es inútil que forcejee como un búfalo enfurecido), los desafíos y hasta las caricaturas (No mucho después de mi nacimiento, el periódico Lotta Continua retrató a mi padre conmigo en brazos, enseñándome a decapitar, con una pequeña guillotina de juguete, a un muñeco que representaba a un anarquista), en una cruzada desencadenada por tierra, mar y aire -periódicos, obras de teatro, películas, octavillas y pintadas en los muros-, sirvieron para “construir” entre 1969 y 1972 un personaje público estereotipado y siniestro que en parte me parece que ha sobrevivido al paso del tiempo, a los desmentidos, a las evidencias. En síntesis reveladora de esos días, leemos: El país deliraba y aquella joven pareja —a principios de 1970 mi madre tenía veintitrés años y mi padre treinta y dos— estaba cada vez más sola. Mario recupera algunos recuerdos espeluznantes y conmovedores de su padre y su familia, en imágenes que simbolizan su calvario, su tormento. Luigi recogiendo el correo del buzón muy a primera hora de la mañana para ahorrar a los suyos el disgusto y el miedo ante los anónimos llenos de insultos y anuncios funestos; la renuncia del padre a llevar el arma reglamentaria en su vida cotidiana, pese a la evidente certeza de la necesidad de su uso en una más que previsible situación extrema; la nota que la madre encuentra en la cartera de su marido: 3-11-71. me han seguido, dos jóvenes a bordo, han tomado la matrícula de mi vehículo; la estremecedora y premonitoria petición a su suegra, cuatro o cinco días antes del asesinato: Por favor, Maria, prométeme que cuidaréis de Gemma y de los niños

Es emocionante también, hasta el punto de dejar al lector al borde de las lágrimas, el relato de las circunstancias de la muerte. Los disparos a las 9.15 de la mañana, cuando el comisario abría la puerta del Cinquecento azul de su mujer. La muchacha que iba a empezar a trabajar en la casa ese mismo día y que, al llegar, justifica su retraso ante Gemma -Señora, discúlpeme, pero aquí abajo la calle es un caos: han disparado a un comisario- provocando la sospecha y la angustia en la mujer. Las llamadas desesperadas a la comisaría, a los compañeros de su marido. La fatal noticia al poco confirmada por un vecino, el señor Federico, frente al que el niño Mario, que lo asociará a la convulsión de aquel momento terrible, sentirá durante largo tiempo un terror insalvable (Durante años le tuve miedo al señor Federico, cuando se me acercaba, me echaba a llorar desconsoladamente); años después, un Mario adulto lo visitará en su lecho de muerte, en otro pasaje de una tristeza y una emoción indescriptibles. El último recuerdo que el niño guarda de su padre, reconstruido gracias a la agenda minuciosa de su madre, un domingo -tres días antes del asesinato- en que Luigi -Gigi- lleva a su hijo a ver una parada militar (14 de mayo. Gigi lleva a Mario a ver el desfile de los soldados de montaña. Vuelve con pasteles, helados y rosas; Gemma guardará toda su vida una de esas rosas, seca ya, junto con los miles de cartas recibidas a lo largo de los años). La fascinación del pequeño, subido a hombros de su progenitor, ante el brillo y el rotundo sonido del trombón de la banda militar será el centro del último capítulo de la obra, una evocación sobrecogedora, muy triste, esperanzadora, bellísima con la que se cierra el libro. 

Tras el asesinato, Salir de la noche se abre a otra de sus vertientes más relevantes, aquella en la que se reflejan los largos años de soledad posterior al crimen, punteados por el sufrimiento íntimo de la familia y la aflicción que provoca la constante reiteración de nuevos atentados que multiplican las víctimas. De nuevo el lector se enternece ante el llanto repentino, inesperado y avergonzado de la madre y sus hijos cuando, en el cine, viendo Bambi (La sensación de naufragio tiene para nosotros un nombre: Bambi), contemplan la escena en la que los cazadores matan a la madre del cervatillo; llora inconsolable ante la imagen de tres niños que por la noche se sentaban en el suelo alrededor de un magnetófono de la marca Geloso para escuchar la voz de su padre, que les contaba un cuento. Lo hacíamos en nuestra habitación, después de habernos puesto el pijama; mamá se quedaba en la cocina. La cinta se rompía, ocurrió varias veces, la arreglábamos, al final la perdimos para siempre. Mamá con la cabeza sobre el escritorio llorando sin parar, era imposible consolarla; se emociona ante la tristeza solidaria de las esposas de oficiales asesinados, cuando caminan frente a la guardia de honor, que las homenajea en la fiesta de la Policía en Roma; se aflige ante la desprotección de la hija de otra víctima, sumida en un espiral de desesperación y dolor insuperables (Voy dos veces a la semana al psicólogo, paso de la anorexia a la bulimia: tengo problemas con la alimentación, un vacío que no consigo llenar, no hay nada que hacer, no he tenido ni padre ni madre); comprende la dura experiencia de esa brutal orfandad (Recuerdo el cansancio de sentirnos diferentes, de no ser niños normales; no teníamos derecho a tener nombre y apellido, éramos «los hijos de...». Aplastados por aquello incluso en nuestros gestos más simples); se acongoja ante la dolorosa vivencia de otra esposa, que baja desesperada a la calle en la que ha visto, desde la ventana de su casa, mientras se despedía de él, cómo su marido era asesinado en su coche (Entonces me dirijo a la puerta y veo que está reclinado sobre el asiento. Abro la puerta, me arrodillo y lo abrazo; estaba completamente cubierto de cristales, sangraba mucho por la nuca. Le puse las manos en la cara para que me notara, para darle calor, aunque no hubiera nada más que hacer. Comprendí que nuestra vida juntos terminaba en ese momento y le dije: “Tenemos que despedirnos”. Antes de que lo subieran a la ambulancia, le cerré los ojos); sufre leyendo la última carta de Aldo Moro -que había sido primer ministro italiano y que fue secuestrado y asesinado por las Brigadas Rojas en 1978- a su mujer desde su terrible cárcel (Volveremos a vernos. Volveremos a estar juntos. Volveremos a amarnos); se irrita al conocer la evolución procesal del asunto (Los años pasados en los tribunales fueron una experiencia letal, mamá no deja de decir que deben restarse de la cuenta final de su vida), las dilaciones, los sobreseimientos, las anulaciones, las concesiones de libertad provisional, las excarcelaciones, los indultos; se indigna -y se sorprende por la elogiable contención de Calabresi- cuando éste vive una situación cuyo relato en el libro no quiero dejar de transcribir en su integridad: 

Recuerdo una tarde, en 1992, en una fiesta: no me gusta el ambiente, no me gustan las cosas que se dicen, empiezo a ponerme nervioso, hasta que capto una frase. Están discutiendo sobre mi madre. Contengo la respiración, me detengo a escuchar, habla una mujer: 
—Qué asco, la viuda, la han cubierto de dinero y hasta se hace la víctima, habla que te habla... —y luego, entre risas, comenta—: Deberían haberla disparado a ella también... 
Contengo la respiración unos segundos más, estoy perfectamente inmóvil, petrificado, todo está muerto dentro de mí, solo me queda aliento para decir nueve palabras muy lentamente y en voz baja: 
—Creo que te estás equivocando en lo que dices. 
—¿Y tú qué sabrás? 
La miro fijamente a los ojos, no tengo fuerzas para discutir, o tal vez, por el contrario, tengo miedo a no poder controlarme, así que opto por mantener un perfil bajo: 
—Me refiero al dinero. No tengo constancia de que le hayan dado mucho, trabaja como maestra de primaria para mantener a sus hijos... 
—¿Y eso cómo lo sabes? 
—Es mi madre. 
Ya nadie habla, el tiempo se dilata, interminable. Ella se pone roja como un tomate, buscando palabras que no puede encontrar. Me siento exhausto, busco al dueño de la casa, me despido y le doy las gracias, salgo por la puerta, me adentro en el invierno milanés, húmedo, busco aire, tengo la cabeza a punto de reventar. 

Hay, en el libro, claro está, otros enfoques menos tocados por la sentimentalidad (aunque todos los “ejes temáticos” -llamémosles así- que trata Calabresi aparecen entrelazados, bien imbricados, sin apenas límites o fronteras entre ellos) y objeto de análisis y planteamientos más racionales, más teóricos, más ensayísticos o filosóficos. Es el caso del examen del papel de los intelectuales y la izquierda del momento en la comisión de los delitos (ochocientos intelectuales firmaron un documento, publicado en L’Espresso el 13 de junio de 1971, en el que se definía a mi padre como un «comisario torturador» y «responsable de la muerte de Pinelli»; en un capítulo formidable, que incluye un artículo ejemplar del periodista Paolo Paolo Mieli en el Corriere della Sera en contra de la banalización de esos manifiestos de los “intelectuales orgánicos”: Me desagradan los llamamientos públicos, todo tipo de llamamientos. (…) Porque los considero, en el mejor de los casos, inútiles, a veces ridículos, casi siempre lastrados por manifestaciones de exhibicionismo claramente identificables. No cuesta nada firmar esa clase de papeles, absolutamente nada. A pesar del tono beligerante que abunda en peticiones de este tipo, no se necesita coraje alguno para sumarse a ellos. Todo lo contrario); del absurdo prestigio que la violencia política tenía en esos círculos seducidos por la “revolución” (se permite que circule una idea romántica del terrorismo); de las injustificables coartadas ideológicas del terrorismo (las Brigadas Rojas llevan consigo un aura de personas comprometidas, de luchadores, cuando en cambio eran solo unos desgraciados que llegaron a la lucha armada para redimir vidas sin perspectivas, personas pobres de ideas y de espíritu); del empecinamiento de la izquierda radical en sostener sus acusaciones sin pruebas (No querían la verdad sino la sentencia que tenían en la cabeza, una sentencia de culpabilidad); de la complicidad de una parte de la sociedad capaz de señalar a ciudadanos inocentes para su asesinato posterior (El hospital era su vida y pensar que fue una enfermera, una jefa de enfermería, quien lo señaló [al director médico del hospital, muerto por los terroristas] a los brigadistas de la “columna hospitalaria”); de la tibia -o inexistente, o abiertamente ofensiva- reacción de algunos políticos (Adriano Sofri [uno de los asesinos de Calabresi] estaba en la ventana de las autoridades para ver el Palio de Siena, recibido y presentado por el alcalde como un personaje ilustre); de la, por el contrario, encomiable valentía de otros dirigentes (Pietro Ingrao, prestigioso político del PCI, el Partido Comunista Italiano: No se puede matar en nombre de la clase obrera, en nombre de una ideología. Quienes han peleado durante cien años de luchas sindicales para mejorar un cuarto de hora de la vida de un hombre, ¿cómo pueden pensar que sea posible matarlo?); de la labor de los jueces en la lucha contra el crimen político; de la necesidad de una reflexión colectiva, sosegada y sincera, antes de “pasar página” frente al fenómeno del terrorismo (En Italia se ha abierto camino una ilusión, que corresponde a la fantasía de los terroristas, de que lo que han hecho puede superarse como si nada hubiera ocurrido); de la espinosa cuestión de la rehabilitación y reinserción de los asesinos (hoy sufrimos esta peculiaridad italiana que nos deja consternados: los antiguos terroristas que se convierten en gurús, escriben libros, conceden doctas entrevistas. Se ha creado una auténtica corriente cultural, hay que reconocerlo); de la normalizada presencia de los terroristas, cumplidas sus penas (o indultados o amnistiados), en la vida pública, en los medios de comunicación (los medios de comunicación tienen una particular responsabilidad. Los periódicos y las cadenas de televisión no tienen demasiados escrúpulos a la hora de poner un foco sobre los terroristas, de facilitarles el acceso al escenario, incluso cuando es claramente inoportuno), incluso en cargos de representación (¿un antiguo terrorista en los escaños del Parlamento?); de la falta de reconocimiento por parte de los terroristas de su culpa y su responsabilidad; de su negativa a pedir perdón por sus crímenes (Los terroristas no han sido repudiados como asesinos, sino que, con demasiada frecuencia, se los describe como perdedores, personas que han luchado en una batalla por unos ideales que no han podido ganar. De esta manera, sin embargo, son ellos quienes se convierten en modelos); del muy frecuente abandono en que el Estado sume a los damnificados (La psicóloga me la pago por mi cuenta, el Estado nunca se ha preocupado por esa clase de asistencia); de la reivindicación de la inocencia de los muertos (Nosotros queríamos mantener vivo a Luigi Calabresi, redimir su memoria, limpiarlo del lodo y obtener justicia); del papel que corresponde a las víctimas en las decisiones políticas que les afectan (no considero que las instituciones deban pedir permiso a las víctimas para legislar, para decidir si conceder un indulto, un permiso como recompensa, una libertad provisional o vigilada. Son cosas que deben hacerse en aras del interés general, que puede no coincidir con el de los «familiares de las víctimas», y si el Estado, la Judicatura, el Gobierno o el presidente de la República estiman que se trata de un acto correcto, necesario, justificado, es evidente que no pueden paralizarlo por los dolores privados. Tampoco está escrito en ninguna parte que se deba avisar a las familias. Nada de ello puede reclamarse. Sin embargo, existen muestras de sensibilidad, de atención, gestos que pueden ayudar a atenuar el dolor, a aceptarlo). De todos estos temas hay páginas muy sugerentes en el libro y oportunas consideraciones de su autor, especialmente extrapolables al caso de España, en donde la sangrienta trayectoria de ETA, los episodios de violencia criminal de grupos ultraderechistas y, en menor medida, los casos de asesinatos de Estado, han arrojado cifras aterradoras durante cerca de seis décadas, poniendo aún hoy en el debate público gran parte de las cuestiones que Calabresi, de un modo valiente e intelectualmente muy apreciable, recoge en Salir de la noche

No obstante, y al margen de todos los hilos hasta aquí citados a los que se abre el libro, hay un último frente del interesantísimo texto del escritor y periodista italiano que de manera muy destacada protagoniza, a mi juicio, su madre. Salir de la noche es un libro sobresaliente y memorable sobre todo por cuanto nos muestra la postura personal y moral de la madre, su mensaje de resistencia, de entereza, de dignidad. Hay un libro reciente, que yo no he leído, escrito por Gemma Capra Calabresi, de título La grieta y la luz y presentado en nuestro país en febrero de 2023, con prólogo de Irene Villa, en el que la viuda y madre da cuenta de su terrible experiencia, atravesada por momentos de desánimo pero recorrida por el hilo conductor de su lucha por la verdad, de su esperanzado mensaje de justicia, de memoria y perdón. Mario Calabresi incluye en su texto decenas de situaciones, episodios, reflexiones en los que afloran el coraje, la fortaleza, la serenidad, la lucidez, la determinación, la energía, la sensatez de una mujer que se nos muestra en el libro como una persona excepcional: Mi madre es una persona convencida de la idea de seguir caminando y mirar siempre hacia delante, de trabajar por la reconciliación, el perdón; la sostiene una fe vital y muy fuerte. Una mujer ejemplar que, alejando de sí la tentadora sombra del muy comprensible deseo de venganza, inculca en sus hijos sentimientos e ideas de respeto, discreción, prudencia y madurez: Mamá encontró en sí misma reglas claras sobre cómo debíamos comportarnos: nunca una polémica, nunca una palabra de más, respeto y amabilidad para todos y, sobre todo, confianza en la Judicatura. «No buscamos venganza, buscamos justicia y aceptaremos las sentencias que vendrán». Su decidida, animosa y modélica actitud ante la vida se plasma en declaraciones como la siguiente: —He apostado por la vida, ¿qué otra cosa podía hacer a los veinticinco años, con dos niños pequeños entre manos y un tercero en camino? He trabajado todos los días, el único antídoto contra la depresión, y he tratado de vacunaros contra la pereza, contra el odio, contra la maldición de convertirnos en víctimas rabiosas

En el colofón a Salir de la noche, la editorial Libros del Asteroide incluye una cita de Fernando Aramburu -autor de Patria y de Los peces de la amargura, libros con el trasfondo del terrorismo etarra- que resalta de un modo nítido la confluencia entre la experiencia italiana reflejada en la obra de Calabresi y la vivida por nuestro país con la criminal banda vasca: Pedir perdón exige más valentía que disparar un arma, que accionar una bomba. Eso lo hace cualquiera. Esta referencia me sirve de engarce, ya al término de mi reseña, con otra obra que guarda con la de Calabresi un extraordinario paralelismo. Se trata de El comensal, una novela -aunque una vez más debo llamar la atención sobre lo lábil de las fronteras entre géneros literarios- escrita por Gabriela Ybarra y publicada por la editorial Caballo de Troya en 2015, cuando la autora apenas contaba treinta y dos años. El libro, que pese al carácter novel de su autora y a su aparición en una editorial no demasiado “poderosa” ha conocido un extraordinario éxito de crítica y ventas, ha sido galardonado con el Premio Euskadi de Literatura en 2016, siendo también seleccionado entre los trece títulos finalistas del prestigioso premio Man Booker Internacional. Yo os lo presenté en Todos los libros un libro hace algo más de seis años y que ahora quiero, parcialmente, recuperar. En 2022, la directora Ángeles González-Sinde, que fue presidenta de la Academia Cine entre 2006 y 2009, y ministra de Cultura desde ese año hasta 2011, trasladó a la gran pantalla de la dura historia narrada en el libro. 

Gabriela Ybarra cuenta en su libro su particular vivencia de dos muertes familiares. La primera, producida seis años antes de su propio nacimiento, es el asesinato de su abuelo, Javier de Ybarra, el empresario y expresidente de la Diputación de Vizcaya, también alcalde de Bilbao, que fue secuestrado por ETA el 20 de mayo de 1977 y despiadadamente “ejecutado” semanas después, el 18 de junio de ese mismo año. En una segunda parte de la obra -aunque ambos planos se entremezclarán una vez descritas inicialmente las vicisitudes de la desaparición del abuelo-, la joven escritora cuenta, con una sobria mezcla de emoción y distancia, de acercamiento y contención, la muerte fulminante de la madre, Ernestina Pasch, víctima de un cáncer en 2011; un acontecimiento que despertará en ella la preocupación por la muerte y, como corolario natural de este efecto, la necesidad de indagar en los hechos, las causas y las circunstancias de la silenciada en la familia y por tanto casi desconocida para ella (se enteraría, de modo fragmentario, deslavazado e incompleto, a los ocho años) violenta muerte de su antepasado, padre de su padre. 

El primer tercio del libro se centra en reconstruir -con conscientes y voluntarias dosis de recreación, de ficción literaria: A menudo, imaginar ha sido la única opción que he tenido para intentar comprender- las aciagas fechas que transcurren entre el algo surrealista secuestro de su abuelo, en su casa de Bilbao, y la aparición de su cadáver, con un tiro en la nuca, en el Alto de Barazar, en la provincia de Vizcaya. En esta sección de la obra, la acción se aleja de los previsibles escenarios del mundo etarra -presentes en los títulos de Aramburu, por ejemplo-, situados en la margen izquierda de Bilbao (la industrial, la violenta y combativa, la del crecimiento urbanístico caótico, la de la reconversión, el desempleo y la radicalización, la del punk y las herriko tabernas, la del clima social marcado por la degradación y la grisura, la heroína y la kale borroka, la conflictividad y el deterioro ciudadano) para centrarse en la otra orilla del Nervión, la de Neguri, la de las zonas residenciales en que habita la burguesía bilbaína, el puñado de grandes familias que históricamente han dirigido el País Vasco desde, al menos, el siglo XIX; el barrio en una de cuyas mansiones entran una mañana de mayo de 1977 cuatro terroristas -tres hombres y una mujer- que, haciéndose pasar por enfermeros, esposan a la asistenta y a los cuatro hijos del industrial (el padre de la escritora entre ellos, que conservará las esposas que lo atenazaron como recuerdo mudo del horrible momento) y se lo llevan, a punta de metralleta y con una tranquilidad y una sangre fría sorprendentes, hasta lo que acabaría siendo su último encierro antes de su ejecución. 

Hay aquí innumerables coincidencias con el texto de Calabresi, pues la narradora, una Gabriela juvenil “ficcionalizada” en la literatura, da cuenta -más allá de los detalles del secuestro- del angustioso día a día de su familia, insoportable y opresivo: los paquetes bomba que reciben diversos parientes, entre ellos su propio padre, la necesidad -ya ritualizada- de agacharse para comprobar si bajo el coche se esconde una bomba-lapa, la presencia constante de escoltas, las amenazas permanentes, los extraños -¿chivatos?, ¿delatores?- que se apostan debajo de la casa con su intimidación latente, las actividades normales para cualquier ciudadano ya forzosamente prohibidas para ellos por prudentes razones policiales: sacar dinero del cajero automático, utilizar el transporte público, visitar el quiosco y la librería de nuestra manzana, pagar tickets de aparcamiento y pasear, la asfixiante e insoportable sensación de paranoia, cada encuentro inesperado un motivo para el pánico. También, años después, la honda repercusión psicológica que provoca la detención de los culpables del asesinato, sus caras en los periódicos, sus actitudes chulescas y retadoras en los juicios; la irracional y sin embargo casi compulsiva búsqueda en Google de información sobre los asesinos; los avisos y comunicados de la banda; las pesquisas familiares algo a ciegas, al margen de las autoridades; las claves ocultas que se deslizan en los jeroglíficos y crucigramas de los periódicos para comunicar con los secuestradores; los agotadores y a la postre estériles intentos de conseguir dinero en los bancos; las instrucciones que dan los terroristas, una vez producido el desenlace fatal, para facilitar la localización del cadáver; la imposibilidad de la nieta para comprender lo sucedido y, pese a ello, como se ha dicho, la necesidad de hacerlo; la dificultad del perdón. 

Todo ello resulta humanísimo y rezumando emoción pese a que la narración compagina el enfoque íntimo y sentido con la voluntad explícita de la autora -una voluntad, pues, “literaria”- de establecer una cierta distancia, ateniéndose a una a menudo hasta aséptica descripción de los hechos, a lo que contribuye la incorporación al texto de fotos o recortes de prensa y la transcripción de artículos, cartas o comunicados. 

No menos conmovedor es el relato del proceso del fallecimiento de la madre, partiendo de la inopinada detección de un ligero síntoma cancerígeno hasta el súbito y devastador desarrollo de la enfermedad mortal. Trasladada a un hospital de Nueva York, ciudad en la que residía y trabajaba por aquel entonces su hija Gabriela, la constatación de lo funesto de su mal y de la imposibilidad de cura, llevarán a la familia de nuevo a España en donde, en pocos meses, tendrá lugar la muerte. 

La novela se abre en esta segunda parte a dos planos entrelazados. Por un lado, la descripción de la vida de madre e hija en esos últimos días, en una sucesión de episodios muy intensos y llenos de emoción: la entereza de la madre al conocer el diagnóstico definitivo, los muy cuidados protocolos médicos -aunque inevitablemente forzados y por ello algo vacíos- en el magnífico hospital neoyorquino, como los vasos de plástico con un clavel rojo en su interior que se entregan a los pacientes terminales, el terremoto cuyos efectos se superponen al estremecimiento y el temblor provocados por el miedo a la muerte, el innegociable compromiso con la “verdad” del personal sanitario estadounidense, que “obliga” a psicólogos, enfermeras y médicos a una descarnada crudeza en el trato con los enfermos que en ocasiones puede resultar insoportable, la peculiar vivencia de la muerte en una ciudad marcada por los sucesos del 11 de septiembre. Y entre la “crónica” de esas semanas postreras se abre paso la otra gran vertiente del libro, que acaba por constituirse en su elemento nuclear: el creciente protagonismo de la muerte en la existencia de la narradora: Antes de que a mi madre le diagnosticaran la enfermedad, yo no le prestaba demasiada atención a la muerte, escribe, para, en el mismo sentido, añadir: [Ahora] tomo conciencia de que soy mortal. La desaparición de la madre desencadena en la chica su interés y preocupación por la muerte, en particular la olvidada -más exactamente, la preterida- del abuelo. A partir de ese momento, la narradora indagará en el pasado familiar para intentar entender ese suceso “originario” que tanto desconsuelo causó entre los suyos -en particular en su padre- y que deliberadamente se mantuvo en la ignorancia y la oscuridad, ocultado por todos, hasta el punto de que la propia Gabriela solo conocerá -lo refiere en el prólogo del libro- versiones disparatadas, aunque dadas por ciertas por la entonces niña, de la muerte de su abuelo. 

Cuentan que en mi familia siempre se sienta un comensal de más en cada comida, leemos en un pasaje inicial del libro muy esclarecedor con respecto a su título, y estos espacios vacíos en la mesa del comedor, estas ausencias definitivas (y otras en la familia, como el suicidio del tío Cosme) van imbricándose entre sí (Un mes después de que muriera mi madre, el 20 de octubre de 2011, ETA anunció el cese definitivo de su actividad armada) para acabar vertebrando un relato en el que se conjugarán el realismo y la ficción, lo personal y subjetivo pero a la vez lo colectivo y político (la relación entre la vida de los Ybarra y la política es muy estrecha desde siglos, la familia unida desde siempre -antes y después del atentado- a la realidad histórica del País Vasco), el presente y el pasado (su madre y su abuela yacentes en la misma sala del tanatorio), el muy vívido sufrimiento propio y el “inventado”, el reconstruido e imaginado que habría experimentado su padre casi cuarenta años antes. 

En fin dos magníficos y muy interesantes libros que aportan una visión subjetiva, personal e íntima -pero no solo- sobre un fenómeno, terrible, atroz e inhumano, que ha condicionado la vida de las dos sociedades, la italiana y la española, que en ellos se reflejan. No dejéis de leerlos. Os ofrezco ahora, como cierre a esta reseña un texto, muy revelador, de Salir de la noche, que nos permite reflexionar sobre las muy distintas situaciones que viven, en el presente, años después de los asesinatos, las familias de las víctimas y sus crueles y ya “rehabilitados” victimarios. 

Como acompañamiento musical a mis comentarios, os dejo a un fantástico músico italiano cuya carrera profesional, en la que alcanzó enorme popularidad, creció en gran parte en aquellos años de plomo que describe el libro de Calabresi. Os hablo de Fabrizio de André. En 1971, de André publicó su disco Non al denaro non all'amore né al cielo, que incluía nueve canciones sobre poemas extraídos de la Antología de Spoon River, el gran clásico de Edgar Lee Masters que ya tuvo una doble presencia en Todos los libros un libro y Buscando leones en las nubes, mis dos programas en Radio Universidad de Salamanca. 

En Salir de la noche, Mario Calabresi refiere cómo su madre le cuenta que Pinelli, el anarquista muerto en las controvertidas circunstancias a las que se refiere en su texto, tenía una cierta relación afectuosa con su padre, y que ambos se veían de vez en cuando. Leemos al respecto: un día [Luigi, su marido] me dio a leer la Antología de Spoon River, de Edgar Lee Masters, y mientras me la entregaba, sosteniéndola aún con fuerza en su mano, me contó que había sido Pinelli quien se la había regalado a mi padre una Navidad. No sabría decir si fueron amigos, estaban en orillas diferentes y hace falta pudor cuando se habla de los muertos, pero lo indudable es que, en nuestra casa, Giuseppe Pinelli nunca ha sido un enemigo. Hermosa declaración que “obliga” a que sea una canción de ese disco y de ese intérprete la que ponga fin al espacio. La colina, de Fabrizio de André. 


Después de unos años encarcelados, los brigadistas involucrados entonces en delitos de sangre recobran la libertad. Creo que en la cédula de liberación aparece escrito “fin de la pena”. En cambio, no creo que la pena de aquellos cuyo esposo o hermano ha sido asesinado acabe nunca y, en cualquier caso, su fin no puede certificarse con un sello en un papel. La disparidad de trato entre quien asesinó y quien fue asesinado es irreparable, se prolonga a lo largo de los años, agravada por el hecho de que quienes asesinaron entonces escriben memorias, son entrevistados en la televisión, participan en algunas películas, ocupan puestos de responsabilidad, mientras que a la viuda de un agente nadie va a preguntarle cómo ha vivido desde entonces sin su marido, si tiene hijos que vivieron una infancia de orfandad, si el tiempo que ha pasado les ha cicatrizado las heridas, el pesar, el dolor. ¿Asesinados por qué, además? Por el sueño de un grupo de exaltados que jugaban a hacer la revolución, haciéndose ilusiones de que eran espíritus elegidos, almas bellas entregadas a una noble utopía, sin darse cuenta de que los verdaderos “hijos del pueblo”, como los llamó Pasolini, estaban en el otro lado, eran el blanco de su estúpida locura.

Videoconferencia
Mario Calabresi. Salir de la noche

miércoles, 29 de enero de 2025

NICOLA LAGIOIA. LA CIUDAD DE LOS VIVOS

Hola, buenas tardes. Bienvenidos a Todos los libros un libro, el espacio de recomendaciones de lectura de Radio Universidad de Salamanca que hoy cierra las emisiones del mes de enero con la primera de una breve serie de dos programas en los que viajaremos a Italia, con sendos libros, basados ambos en hechos reales y que participan, como tan a menudo ocurre con algunas de mis propuestas, de una cierta indefinición genérica, pues hay en ellos algo de reportaje periodístico, de crónica de true crime, de texto de autoficción, de investigación criminal, de documento sociológico, de obra ensayística, de análisis filosófico y político y, en tanto estamos ante narraciones formidables, fruto de una más que solvente creación literaria y capaces de atrapar la atención de un embelesado lector durante horas, de magníficos exponentes del género novelístico. 

En el caso de esta tarde mi entusiasmada sugerencia es un libro que, exagerando, y dada la acelerada vorágine en la que se desenvuelve el mundo editorial, podíamos calificar de “añejo”, pues se publicó en Italia en 2020 y vio la luz en nuestro país en 2022, dos años que, como digo, en este ritmo frenético de publicaciones que nos rodea, equivalen a un par de décadas. Se trata de La ciudad de los vivos, del joven -apenas cuarenta años- escritor Nicola Lagioia, un título aparecido entre nosotros en la editorial Penguin Random House en traducción de atribución algo enigmática: en la página preliminar del libro es Xavier González Rovira el nombre con el que figura el traductor; en los créditos finales se adjudica el copyright de la traducción a Carlos Milla Soler; una consulta a la página web de la editorial para salir de dudas nos lleva a un Francisco Javier González Rovira que, intuimos, será el Xavier inicial convenientemente castellanizado. Un pequeño misterio. Ahora bien, de la “catalanidad” del traductor -Milla o Xavier- no hay duda alguna, pues el texto refleja modismos de aquella lengua (una sola cita representativa: Teniendo en cuenta cuál era mi objetivo, empezar a beber alcohol ya me venía bien, en el que sobra ese “ya” tan habitual en esa construcción en catalán) y un abuso, no exclusivo de los hablantes de la comunidad catalana, aunque enojoso e irritante por su reiteración, de locuciones como “el mismo”, “los mismos” y similares. Así por ejemplo: Por la noche, atraídas por los focos que deberían dar lustre a los grandes monumentos, giraban alrededor de los mismos [¡con lo sencillo que suena “de ellos”!] de una manera macabra; o también: El edificio destacaba en la oscuridad, golpeado por la lluvia. Junto al mismo [¿por qué no escribir “a él”?], había otros dos edificios idénticos. ¡Y son solo dos muestras de entre muchas! En fin… 

Nicola Lagioia, que aunque nacido en Bari, reside en Roma (La ciudad de los vivos demuestra un profundo, agudísimo y exhaustivo conocimiento de la capital "lazial"), es uno de los más reconocidos escritores italianos. Autor de cinco novelas, recibió el Premio Strega, uno de los más prestigiosos de su país, en 2014 por La ferocidad, también publicado en España por Penguin Random House. Es miembro del jurado del Festival de Cine de Venecia, director del Salón Internacional del Libro de Turín y colaborador en diversos medios periodísticos escritos y radiofónicos. La ciudad de los vivos, su por ahora última obra, es un libro magnífico que, participando, como ya se ha dicho, de las cualidades narrativas de las mejores novelas (en la página de la Wikipedia dedicada al autor, el título aparece bajo esa rúbrica; y Joan Corominas, en uno de los blurbs que la editorial selecciona para publicitar el libro afirma: Hacía mucho que una novela no me llenaba tanto como escritor y lector; no obstante, el escritor, en conversación con Manuel Jabois, y ante una pregunta expresa en el mismo sentido, se muestra un poco más ambiguo al respecto), presenta, con rasgos de crónica negra y periodismo de investigación, la detallada indagación que Lagioia llevó a cabo en torno a un suceso espeluznante que conmocionó a la sociedad italiana hace unos años y cuyos ecos, mitigados por tratarse de unos hechos ocurridos en un contexto específico, ajeno al nuestro, llegaron también, sin embargo, a la prensa española. 

En una de las primeras páginas de la obra se recoge un breve publicado en el diario La Repubblica del 6 de marzo de 2016 y que está en el origen del libro: “Horror en la periferia de Roma. Un chico de 23 años fue asesinado en un apartamento del Collatino después de haber sido torturado durante horas. Aparentemente, el crimen carece de móvil.” En efecto, dos días antes, el 4 de marzo, dos jóvenes amigos, casi treintañeros, de familias acomodadas de la burguesía romana, Manuel Foffo, hijo de un empresario, y Marco Prato, hijo de un asesor cultural y profesor universitario, abismados a lo largo de varias jornadas en un delirio orgiástico de cocaína (En dos días habían comprado más de diez gramos, que llegarían a los veinte antes de que acabara la noche, una cantidad suficiente para intimidar a un pequeño grupo de cocainómanos empedernidos), fármacos, alcohol y sexo, asesinaron, con una impresionante dosis de salvajismo y de crueldad, a Luca Varani, un chico de los suburbios, hijo adoptado de un vendedor ambulante de dulces y frutos secos, al que apenas conocían de encuentros anteriores en los que el muchacho, que a veces se prostituía, les entregaba sexo a cambio de drogas y dinero. En los tres días en que los amigos permanecieron encerrados en el piso de Manuel, sumidos en una suerte de enajenación alucinatoria, arrastrados por una irrefrenable compulsión asesina, buscaron a ciegas a quien los acompañara en su ritual funesto. En un desesperado frenesí fatal que la prensa del momento calificó como la lotería de la muerte, llegaron a enviar, de modo sucesivo, hasta veintitrés sms idénticos a amigos y conocidos para elegir a la víctima (Hola, Roberto, ¿te vienes con nosotros? He conocido a una trans. También tenemos algo de perico). La mayor parte de ellos no respondieron, tres sí acudieron, cada uno por separado, a la cita, aunque abandonaron el apartamento poco interesados -o abiertamente amedrentados- por el caótico desenfreno de la pareja. No fue el caso de Luca Varani, que, tentado por unos escasos ciento veinte euros, acabaría por encontrar la muerte (Hemos decidido que debes morir) en una bacanal enloquecida y desaforada, torturado, atrozmente golpeado con un martillo, acuchillado con furia, asesinado por fin en un crimen sin finalidad instrumental alguna: Ni el beneficio económico, ni la carrera, ni la fama, ni la venganza personal, no había ninguna motivación clásica que justificara lo que había ocurrido

Como puede imaginarse, en esta sociedad del morbo y el espectáculo que tan bien conocemos en nuestro país, la noticia llamó inmediatamente la atención, convulsionando profundamente a la opinión pública (la razón por la que unos chicos absolutamente normales, a los que no les faltaba nada en el plano material, parecían vivir como auténticos desesperados —por las drogas que tomaban, por su incapacidad para enfocar su propia identidad, por la preocupación paroxística que tenían por el juicio de los demás, por el uso irrespetuoso que hacían de su cuerpo, por la relación que tenían con el dinero, por lo despreocupados que parecían al malgastar periodos enteros de sus vidas— lo sumía en un estado de absoluta perplejidad, confesará uno de los carabinieri encargado de la investigación) y, en particular a Nicola Lagioia, que la vio en un telediario y que desde el principio se vio asaltado -como, por otro lado, la ciudadanía en su conjunto- por algunas preguntas inquietantes y perturbadoras. ¿Eran los asesinos realmente conscientes de lo que hacían? ¿Fue el asesinato una demostración de violencia gratuita? ¿Un efecto pernicioso y desmesurado del consumo de drogas sin control? ¿Un reflejo en exceso violento del malestar, de la desesperación juvenil por una existencia hedonista, carente de propósito, de valores, de horizonte moral alguno? ¿Se trataba de una manifestación extrema del Mal, de la “posesión demoníaca”? ¿La brutalidad y el salvajismo de dos chicos por lo demás “normales” nos sitúan frente al aterrador abismo de pensar en que cualquiera de nosotros podría actuar de la misma manera? 

El impacto y la perplejidad iniciales que el dramático acontecimiento suscitó en el escritor pronto se convirtieron en interés en razón de las muchas dimensiones a las que se abría: el modo en que los diferentes orígenes de los jóvenes mostraban ángulos distintos de la poliédrica Roma; las controvertidas reacciones de la prensa, los medios de comunicación y la opinión pública ante el asesinato; el absurdo que rodea a ciertos crímenes en los que, en apariencia, no hay un móvil fácilmente entendible; las posibles motivaciones psicológicas y sociales que arrastraron a estos dos chicos a llevar a cabo con tanta saña tal atrocidad; la violencia desenfrenada, síntoma extremo de algunos de nuestros males como sociedad; el asesinato como un ejemplo paradigmático de la decadencia moral y la descomposición de las sociedades desarrolladas, reflejadas de modo palmario en los muchos signos de la actual degradación de la capital italiana; el muy recurrente -y a veces trivializado- asunto de la banalidad del mal, ejemplificado en este caso en el comportamiento inexplicable de personas consideradas normales que llevan a cabo acciones que a ellas mismas les resultan indescifrables y, por supuesto, moralmente reprobables (si ellos lo hicieron, ¿yo también podría hacerlo? Manuel y Marco tenían problemas comunes a muchas personas. Pero hay que decir que, afortunadamente, no todas las personas que sufren deficiencias emocionales se convierten en asesinos. Sin embargo, el abismo comienza a cavar dentro de ti. Te hace preguntarte si estás realmente seguro de que nunca serías capaz de hacer lo que ellos hicieron. Incluso Manuel y Marco, antes de cometer el asesinato, podrían haber dicho lo mismo). 

El interés del escritor (que vivía a quince minutos en moto de la escena del crimen, en un nuevo vínculo, ahora espacial, con los hechos) se basaba también en razones personales que acabarán por aflorar en el libro (—¿Por qué te interesa este caso? —preguntó Paolo. —Porque encuentro algunas cosas que me conciernen) y que, unidas a las anteriores -sociológicas, políticas, psicológicas, filosóficas-, lo llevaron a involucrarse intensamente en el caso y a lanzarse a la investigación de sus pormenores (pedía informaciones, hacía preguntas, reclamaba recuerdos, buscaba elementos que me ayudaran a entender), tarea a la que dedicará cuatro años de su vida. En su transcurso, entrevista a los protagonistas de la historia, conoce a los padres de la víctima, a los familiares y amigos de los culpables, conversa con periodistas, abogados, inspectores de policía, altas autoridades de los carabineiri, consulta informes y testimonios, atestados criminales, documentos judiciales, expedientes periciales, accede a escuchas telefónicas, artículos periodísticos, actas de los juicios, sentencias de los tribunales, declaraciones oficiales, entrevistas y testimonios de médicos, psicólogos, psiquiatras, documentos de audio y de vídeo (entre otros, transcripciones de los mensajes de Whatsapp de Foffo y Prato, sus publicaciones en Facebook, las apariciones televisivas en programas de telerrealidad de Giuseppe Varani y Valter Foffo, padres de los asesinos). Con todo ello “arma” un libro monumental -no solo por sus cerca de quinientas páginas- que traslada al lector de manera detallada y minuciosa la “realidad” de los hechos (Lo que se cuenta en este libro es una historia que ocurrió realmente), fielmente reconstruida (He utilizado fielmente esta documentación para reconstruir los acontecimientos, las versiones de las personas involucradas, la narración de los protagonistas). Esta voluntad de autenticidad, que se refleja en los fragmentos que acabo de transcribir, extraídos del epílogo del libro, se manifiesta igualmente en otros elementos de la obra: la meticulosa descripción -claramente literaria, novelística- de las calles y barrios de Roma (Pasaron por delante de una quesería, luego una fábrica de toldos para el sol. Un pequeño grupo de álamos se erguía solitario entre los campos, acariciado por la luz del atardecer), la ciudad protagonista principal del libro, casi por encima de los personajes; y también, al decir de la crítica italiana que he podido consultar, por la fiel representación del lenguaje, como en el caso del dialecto romano de Giuseppe Varani o el desaliño gramatical -de alto significado sociológico- de Valeria Proietti, amiga de Luca, que el traductor español mantiene con pericia (Marta mira que si te he escrito es solo para ayudarte tambien porque aparte del dolor de perder a un amigo no gano nada… Vete tu a saber la verdad de todo… vete tu a saber en casa de esos cuanto se ha drogado… cuanto lo habran condicionado…. O tal vez precisamente porque no quiso tener relaciones se cabrearon y lo hicieron x la fuerza. Pero solo te aconsejo que lo recuerdes como dijiste…. como era porque al final siempre a sido bueno con todos se hacia querer… y confia en que esta cerca de ti y siempre te protegera porque tu eras la mujer de su vida… siempre me hablaba de ti!!! Un abrazo. Perdona si sigo escribiendote. Pero te juro que Filippo a estado tol dia en casa llorando). 

Seguir el rastro del crimen -y dar cuenta de él- supone para Lagioia la apertura a muchos de los frentes y repercusiones que el horrendo asesinato desvela. El libro se mueve así en muy diversos planos, en círculos que se relacionan y entrelazan, en un juego de ecos que enriquecen el relato y lo convierten en una obra literaria magistral. Hay que resaltar, de entrada, en un nivel puramente formal, la bien resuelta complejidad de una estructura que alterna diferentes puntos de vista, ofreciendo una visión multifacética del crimen y sus consecuencias. Lagioia se vale de técnicas narrativas diversas, engarzadas de modo soberbio, incluyendo flashbacks, entrevistas, transcripciones de mensajes y documentos, reflexiones personales. Destaca, también, la implicación del autor en la trama, reflejo del vínculo que encuentra Lagioia entre el mal que representan Manuel y Marco y su propia experiencia personal juvenil (cuando tenía diecisiete años estuve a punto de matar a una chica a la que no conocía. El verano siguiente volví a correr un riesgo parecido. El caso es que estaba muy rabioso. Mis padres se habían divorciado cuando tenía cinco años y gestionaban mal la situación, escribe), en la que se sucedían incidentes violentos, problemas con el alcohol, autolesiones, episodios de lanzamiento indiscriminado de botellas desde una terraza en una fiesta, un accidente de coche, conduciendo borracho, tímidos, y a la postre frustrados, intentos de adentrarse en el “mercado” de la prostitución masculina. Todo ello, de lo que se da cuenta en el libro, incorpora a la “novela” una vertiente muy sugestiva, la de la introspección, la exploración psicológica en las honduras del alma del escritor (que cambia la voz narrativa de la tercera a la primera persona en función de la perspectiva elegida, objetiva o subjetiva). Con lúcida perspicacia algún crítico ha afirmado que Lagioia viene a investigarse a sí mismo investigando el caso Varani. En este sentido resultan reveladoras -y sirven de ejemplo de esta dimensión del libro- las reflexiones sobre un traslado de domicilio, de Roma a Turín, que la familia del escritor acomete y que Lagioia presenta como una huida de la corrupción, el caos y la degeneración de la ciudad romana (Roma era sinónimo de ruina, anarquía y abandono), de los que el asesinato de Varani aparece como metáfora, a la normalidad, el sentido común y racionalidad de Turín, una ciudad civilizada, ordenada, limpia, donde a los conceptos de trabajo, amabilidad, honestidad y responsabilidad social aún se les reconocía un sentido. De nuevo, la peripecia personal imbricándose en el relato objetivo: todo había empezado el día en que me encontré frente al apartamento de Manuel Foffo. Fue allí donde había aflorado el malestar que había estado incubando en los últimos años, confesará, de manera explícita, en un pasaje del libro. En el paroxismo de la “abducción” de Lagioia por los sucesos y los personajes investigados, llega a temer por su estabilidad emocional (Hay un momento en el que profundizas en el asesinato, pero luego hay un momento posterior en el que es el asesinato el que cava en ti sin piedad, empiezas a interpretar todas las cosas en función del caso, ves por todas partes signos, coincidencias, premoniciones, te transformas sin darte cuenta en tu propio objeto de investigación). 

Y aquí aflora otro de los aspectos reseñables del libro, ese que lo sitúa en los lábiles ámbitos de la literatura del yo, de la autoficción y, en fronteras difusas, de los hoy populares y omnipresentes territorios del true crime, los libros basados en hechos -en crímenes- reales. En La ciudad de los vivos suenan los ecos -es imposible que un lector mínimamente informado se sustraiga a ellos- de obras maestras como A sangre fría, de Truman Capote, sobre el asesinato, también sin justificación alguna, de una familia, los Clutter, perpetrado por dos expresidiarios en un pueblo perdido de la Norteamérica rural, o El Adversario de Emmanuel Carrère, en el que el escritor francés se “sumerge” en el caso de Jean-Claude Romand, el cual, incapaz de sostener ante los suyos la sucesión de mentiras en que había convertido su vida, asesinó a su mujer, sus hijos y sus padres en unos hechos que dieron la vuelta al mundo. El libro de Lagioia coincide con estos dos referentes porque, como en ellos, el autor difumina sutilmente las líneas entre la ficción y la realidad; porque induce a la reflexión sobre la naturaleza y los límites entre la verdad y la construcción literaria; porque permite la aproximación a los hechos narrados con unas mayores complejidad y -paradójicamente- verosimilitud que las que rodearían a un relato meramente documental; y, por último, porque se adentra en el alma de los protagonistas tratando de comprenderlos, de entender sus actos, sin tomar partido, sin juzgarlos, sin apriorismos morales, intentando imaginar la posición del verdugo y no, como suele ser habitual en estos casos, situándose en el papel de la víctima. Entre las innegables referencias culturales de la obra está también la de Pier Paolo Pasolini, con el que hay evidentes confluencias en asuntos como la homosexualidad, los conflictos de clases, las drogas y la muerte violenta. 

El elemento más “novelístico” del libro lo constituye, sin duda, el pormenorizado relato del crimen (que se nos narra con precisión, casi, de cronograma), de las personalidades de víctima y victimarios, de sus orígenes sociales, de sus hábitos, sus pulsiones, su tedio vital, su desconcierto existencial. Vemos así la confusión de Manuel Foffo, un chico de clase media con una vida en apariencia normal, pero que esconde una naturaleza hecha de inseguridades, conflictos internos y tendencia a la autodestrucción. Con una compleja relación con su familia, y en particular con su padre (Intuyo que quieres contratarme para matar a tu padre, llega a decirle Marco), Manuel es vulnerable, inestable emocionalmente, en el fondo desvalido e indefenso frente a una realidad de la que desea escapar -el miedo y la culpa ante ciertas pulsiones homosexuales reprimidas- dejándose arrastrar por un turbión de experiencias al límite, sensaciones extremas, vivencias arriesgadas, en una vida hecha de hedonismo superficial, profundo nihilismo, impulsos autodestructivos y ausencia de sentido, ejemplificados en la adicción a las drogas y el alcohol (A Manuel le habían retirado el carnet por conducir en estado de ebriedad. Además del exceso de alcohol, le encontraron en la sangre rastros de Xanax y Rivotril. ¿Quién no toma hoy en día benzodiacepinas?). Un pobre niño perdido (explicadme vosotros qué es lo que he hecho, ayudadme a entenderlo, suplica, desvalido, tras su crimen), capaz, sin embargo, de crueldad y de infligir dolor, sometido al influjo de Marco, una persona inteligente, carismática, manipuladora, de un innegable magnetismo personal, capaz de crear entre ambos una relación de dependencia obsesiva y tóxica. Marco, que procede de un entorno privilegiado, esconde una personalidad profundamente conflictiva, viviendo su condición homosexual de un modo no del todo “normalizado” (en la escena del crimen se “desempeña” travestido con peluca, mallas, tacones altos) y movido por una mezcla de sadismo, búsqueda de poder, deseo de control, narcisismo y una enfermiza necesidad de trascender su aburrimiento y vacío existencial en una actitud rebelde, provocadora, de ruptura de las normas sociales y morales, también de autodestrucción (Del informe médico (…) se desprende que Marco intentó suicidarse en París el 28 de mayo de 2011 (antihistamínicos mezclados con alcohol), y luego en Roma el 15 de junio del mismo año (un frasco de Tranquirit, licor, cortes superficiales en las muñecas).). Y está Luca Varani, de origen modesto, idealista, soñador, con aspiraciones, un buen chico, vulnerable y humano, muy unido a su novia Marta Gaia; noble, generoso, desprendido, nunca tiene dinero, lo que gana en el taller de planchistería (vocablo que utiliza el traductor y que no reconoce la RAE), lo gasta en tragaperras, en llevar a su novia a cenar y hacerle regalos. Se ve obligado, así, a una vida secreta (trafica con drogas a pequeña escala, trabaja como chapero), la cual -junto al trágico azar- lo pone en el camino de la frialdad y la brutalidad enloquecidas de los otros dos jóvenes, envueltos en su delirio de descontrol y depravación. 

Esa indagación en la psicología de los personajes se extiende también a las circunstancias de sus muy diferentes entornos vitales, familiares y sociales, su ocio, su modo de vestir, sus hábitos cotidianos (Las discotecas, los afters, el chem sex). La zona de piazza Bologna donde vivía la familia de Marco Prato, un lugar de encuentro en el que los jóvenes de clase media-alta se reúnen para beber y escuchar música; su padre, un gestor cultural, notoriamente de izquierdas, profesor en varias facultades universitarias, que escribe en los periódicos y se mueve entre dirigentes públicos, juristas y académicos que llegan a acceder a cargos gubernamentales; el mundo de Manuel Foffo, que vive con su madre (la madre de Manuel pasó los meses siguientes a la detención asomada a la ventana, inmóvil, a la espera de que su hijo regresara), separada del padre, propietario de varios restaurantes y de una gestoría de automoción, en el Collatino (El barrio de Collatino, de noche, parecía una gigantesca colmena de hormigón abandonada en un planeta lejano), una zona no tan céntrica como el distrito en que reside Marco; el muy distinto universo vital de Luca, un barrio perdido, como tantos otros (Testa di Lepre. Grottarossa. La Storta. Muchos romanos saben que existen, pero nunca han estado allí), en el que, ya en el extrarradio, pasado el Vaticano, las casas se van espaciando, la vegetación toma la delantera al trabajo del hombre. Pasada la circunvalación, hay zorros, abubillas, jabalíes. Llegados a este punto, muchos creen que Roma ha terminado. Sin embargo, la ciudad vuelve a formarse lentamente. Ahora alguna casa aislada. Luego, los grandes bloques. De nuevo, pinos y céspedes descuidados. Superado el cruce con via Boccea, el horizonte desciende. El cielo es vasto. Grupos de ovejas se alimentan en los pastos del otro lado de las vallas al borde de la carretera. Aparecen los primeros caseríos. De vez en cuando, una explotación vinícola. Via della Storta. En el n.º 248 hay una vieja gasolinera. Al cabo de medio kilómetro, destaca una construcción de ladrillos rojos protegida por una verja (…) Esa era la casa donde vivía Luca Varani con sus padres, en una larga y precisa descripción que fotografía de modo inequívoco la dimensión de conflicto social del asesinato: jóvenes de distintos estratos de la burguesía frente a chicos del arroyo “pasolinianos” (Un oscuro universitario repetidor, hijo de un diligente restaurador, trababa amistad con el desinhibido hijo de un asesor cultural, amigo de amigos de gente importante, y juntos se divertían torturando a un joven veinteañero adoptado por dos vendedores ambulantes de la Storta. Tres clases sociales, tres niveles de ingresos, tres zonas diferentes de la ciudad). 

La soberbia presentación de estos tres “universos” confluye, magistralmente imbricada, en el relato de los días -las escalofriantes horas (Madrugada, mañana, tarde, noche. ¿Cuánto tiempo llevaban allí? Allá, en los abismos, tal vez ni siquiera hubiera nada que fuera correcto definir como tiempo)- que rodean el espantoso crimen: la vorágine de pulsiones irrefrenables de las que no son dueños (Beber. Violar. Quizá matar. Las asociaciones mentales se encadenaban una tras otra, los argumentos se confundían entre sí. Esnifaron. Bebieron otra copa. Se dijeron cosas que les costaría un gran esfuerzo reconstruir en los días sucesivos); la ruptura en sus mentes de las fronteras entre realidad e ilusión, entre luz y sombra; el contagio psíquico, parecido a un motor acelerado, llevó a los dos chicos cerca del punto de fusión; los detalles -pavorosos- de la tortura y el asesinato. Y está también la narración de las jornadas y los meses posteriores: la perplejidad de los asesinos, que no son conscientes de qué es lo que han hecho, ni del porqué de sus actos; el impacto en las familias, sus vidas destrozadas para siempre; la estancia de los culpables en la cárcel (—En la celda somos cuatro —dijo Marco—, aparte de mí hay un detenido que ha contagiado a sabiendas con el VIH a un montón de chicas, un fotógrafo que dormía a sus modelos con psicofármacos para violarlas, y un pedófilo. Sus juicios están en curso, tal vez sean inocentes, pero ya puedes imaginar que los cuatro ahí metidos parece que estamos en la celda de Satanás); los pormenores del juicio (dos juicios, en realidad, porque los abogados de cada uno de los jóvenes habían optado por procedimientos diferentes); la inexplicable y morbosa atracción que suscitan los criminales (Cada semana les llegaban cientos de cartas a la cárcel), alentada por el espectáculo televisivo. 

El libro se abre aquí a otro de sus muy interesantes frentes, el que se refiere a la repercusión del suceso en la prensa, los medios, las redes y las plataformas. Vemos así el frenesí incontrolado de las televisiones, las radios, los programas sensacionalistas, los periodistas montando guardia en los domicilios familiares, persiguiendo a sus codiciadas “piezas de caza” (Los periodistas perseguían a Ledo Prato y a Maria Pacifico, los padres de Marco), las imágenes del lugar del crimen abriendo una y otra vez los noticiarios (el edificio ya había sido filmado y retransmitido cientos de veces por televisión y en páginas de internet, lo habían bautizado como «el bloque de la pesadilla», o «el edificio maldito»), las cámaras omnipresentes, los micrófonos asaltando por doquier a cualquiera mínimamente relacionado con el suceso, familiares (Los periodistas, los directores de cadena, todos, en algún momento, lo acosaron. Querían que les entregara al padre del chico. Querían a la madre del chico. O, como mínimo, aceptarían también al hermano del chico), amigos, conocidos, antiguas parejas, los tres chicos que entraron en la casa y milagrosamente se salvaron de la carnicería (lo estaban buscando los de Mediaset, le ofrecían mil quinientos euros, él solo tenía que ir a la tele y contar lo que había pasado), las entrevistas (Valter Foffo, quien, a los cuatro días del crimen y a solo dos de la confesión de su hijo, cuando Manuel acababa de entrar en la cárcel y Luca Varani aún estaba por enterrar, había aceptado la invitación de un programa de entrevistas), los tertulianos desaforados desprovistos de la mínima mesura, entregados a sus muy subjetivos arrebatos emocionales, la basura de los programas de telerrealidad (¿pondría la mano en el fuego por que su esposa no lleva una doble vida?), su miseria moral. El relato nos muestra entonces el cinismo, la hipocresía, la inhumanidad despiadada, la obscena exposición del dolor y la intimidad, el consumismo emocional, el exhibicionismo feroz (La gente estaba ansiosa por disfrutar del espectáculo), el morbo mercantilizado de unos medios de comunicación degradados, indecentes, groseros, truculentos, en un ejercicio mórbido de curiosidad vergonzosa camuflada bajo la excusa innoble de la libertad de información, de justiciera e irracional venganza alimentada por sucios intereses monetarios (gente ansiosa por crucificar al culpable, por mandar a la hoguera a los monstruos, empeñada en levantar toda clase de picotas solo para satisfacer un devastador sentimiento de venganza). 

Esta muy obvia -pero muy oportunamente subrayada por Lagioia- correspondencia entre la depravación del crimen y la viciosa degradación de los asesinos, por un lado, y el envilecimiento impúdico y corrupto de los medios de comunicación, presenta una tercera línea paralela en el libro, sustancial al apuntarse ya, indirectamente, desde su título: el protagonismo indiscutible de Roma, la ciudad de los vivos (Por un lado, están las ciudades de los vivos, pobladas por muertos. Y por otro están las ciudades de los muertos, las únicas donde la vida todavía tiene sentido), con una presencia poderosísima, como realidad y como metáfora, que desborda su condición de mero escenario de los hechos. Son decenas -literalmente- los pasajes de la obra en los que su autor refleja -de manera soberbia, inolvidable, en una dimensión del libro que, por sí sola, justifica su lectura- la descomposición, la degeneración de la capital italiana, que se manifiesta en el desorden, la anarquía, la desorganización, el deterioro, la suciedad, el descuido, la negligencia, la corrupción, el crimen, las mafias que imperan por doquier. Las dos citas iniciales, que anteceden al comienzo de la narración, ya son indicativas de esta evidente voluntad del Lagioia de describir y otorgar un papel principal a la caótica metrópoli: la primera, de Francesco Saverio Nitti, que fue miembro del Partido Radical, ministro y presidente del Gobierno en los años veinte del siglo pasado, antes de verse obligado al exilio con la llegada del fascismo, reza, con ironía harto elocuente: Roma es la única ciudad de Oriente Medio que no cuenta con un barrio europeo. La segunda, también reveladora, es de Giulio Andreotti, demócrata cristiano y figura relevante de la política y, en numerosas ocasiones, de los gobiernos de la Italia del último medio siglo: No achaquemos los problemas de Roma al exceso de población. Cuando solo existían dos romanos, uno mató al otro. Abrimos, pues, la puerta a La ciudad de los vivos y ya el autor nos introduce en este microcosmos abigarrado -el de los zocos orientales- y funesto -la presencia del asesinato y la muerte- en el que se van a inscribir los terribles y sobrecogedores acontecimientos que constituyen el núcleo central de la obra. 

Roma aparece así descrita, con significativa reiteración, en pinceladas muy expresivas que dibujan un panorama desolador: el turista estafado con entradas falsas vendidas por empleados fraudulentos del recinto arqueológico; las ratas que salen de continuo de las alcantarillas (Los periódicos recordaron que las ratas en Roma eran más de seis millones); el descontrol urbanístico manifestado en la “invasión” de la flora (la vegetación moría y renacía más salvaje dependiendo de si la mirada se topaba con un delirio urbano o un área abandonada, dos especialidades en las que la ciudad destacaba) y en las carencias en las dotaciones y servicios (En Roma, cuando llueve, las alcantarillas saltan, el tráfico se colapsa, las ramas se rompen y caen de los árboles (…), las calles se convierten en arroyos negruzcos que arrastran consigo las motos aparcadas. Los autobuses se detienen o son desviados. Como las bombillas de una serie defectuosa, las estaciones de metro dejan de funcionar una después de otra. Las bombas de drenaje saltan de depósitos cargados de óxido, pronto quedarán atascadas entre los coches. Parece que la ciudad está a punto de colapsar sobre sí misma); las deficiencias en las infraestructuras (Las calles de Roma siguen rompiéndose, el asfalto se agrieta (…) pequeños y grandes socavones deforman avenidas y calles); la atmósfera de violencia ([se] respiraba un aire de tensión, de rabia, capaz de inspirar en los maleantes una conducta temeraria y, al mismo tiempo, la rendición total (…) parecía que toda la desesperación, el despecho, la arrogancia, la brutalidad, la sensación de fracaso que reinaba en la ciudad, se hubieran concentrado en un único punto); la furia destructiva (Desde hacía unos años, en Roma, alguien apostaba por las bicis de alquiler. Al principio, lo intentó el Ayuntamiento y fracasó. Luego fue el turno de algunas empresas extranjeras, multinacionales americanas, chinas. Anunciaban con gran pompa su proyecto, y unas semanas más tarde cientos de bicicletas nuevas de fábrica aterrizaban en la ciudad. En el plazo de un mes, de esas bicicletas no quedaba nada. Los romanos las tiraban de los puentes, las quemaban, las destrozaban de todas las formas imaginables, las destruían con una furia ciega y primigenia); la degradación urbana (los papeluchos, los sintecho, el agua pútrida de las fuentes, las basuras y los vómitos); la ubicua prostitución (Entre el follaje de los pinos y las cagadas de paloma hacían la calle italianos, norteafricanos, rumanos, chicos de todos los colores y de todas las edades. Por lo general, gente desesperada); los circuitos de la pedofilia (una red internacional de pedófilos llevaba tiempo activa en Roma, cerca de la estación de Termini); el turismo masivo y aniquilador (Los turistas se desperdigaban entre interminables ineficiencias públicas. Los exhibicionistas nadaban desnudos en las fuentes. La basura crecía por todas partes); las infecciones hospitalarias a causa de la falta de higiene (Alarma en la sala neonatal del hospital San Camillo de Roma: 16 niños y 17 trabajadores sanitarios se han contagiado del Staphylococcus aureus); las quejas permanentes de los ciudadanos (reflejadas a menudo con sutil sentido del humor: en Roma quejarse de tus preocupaciones con el primero que pasa es un deber social); la ausencia de civismo (en Roma todo el mundo hace lo que le viene en gana); el tráfico delirante (En Roma, todos los taxistas estaban locos de un modo único); la esterilidad productiva de una ciudad decadente (Roma ya no produce nada —negó con la cabeza—, no hay industria, no hay cultura empresarial, la economía es parasitaria, el turismo es de tercera. Los ministerios, el Vaticano, la radio y la televisión, los tribunales… de eso está hecha Roma, una ciudad que ya solo produce poder, poder que recae sobre otro poder, que aplasta a otro poder, que abona a otro poder, todo sin ningún progreso, es normal que luego la gente se vuelva loca); la ingente cantidad de inmigrantes no asimilados (A pesar de la excepcionalidad de las vidas de estos hombres, la mayoría de nosotros prefería ignorarlos, fingíamos que no existían, como si hubiera un hechizo, un maleficio que nos impedía destapar los oídos, abrir los ojos a lo que teníamos tan cerca); las mordidas y los sobornos institucionalizados (Los baches aparecen debido a que las empresas, para hacerse con la adjudicación, pagan una mordida a un funcionario del Ayuntamiento —explicó el presidente de Anticorrupción durante una rueda de prensa celebrada unos días antes—, el emprendedor recupera ese dinero extra haciendo mal las obras; de este modo, muy pronto hay que rehacer esas obras, lo que nos lleva a más mordidas, a nuevos beneficios ilegales, a nuevos baches en el asfalto); la omnipresencia de las drogas (Era el recorrido de la coca, la blanca red eléctrica que envolvía la ciudad. Cuanto más se vaciaban las calles de significado, más las llenaba la coca con el suyo, empujaba fuera de casa a empleados, profesionales, estudiantes, trabajadores, directivos, dentistas, basureros; relacionaba a todos con todos sin distinción de raza, sexo, religión, clase: un formidable pegamento social que llevaba a personas que nunca lo habrían hecho a relacionarse entre sí); la pobreza y la miseria generalizadas (Las pizzerías de los egipcios estaban cerrando, también las tiendas de los paquistaníes con las mercancías desparramadas por todas partes. La gente rebuscaba en los contenedores de basura. Es algo que sucede en todas las ciudades, pero desde la última vez que estuve en Roma las cosas habían cambiado. Primero eran los inmigrantes y los sintecho. Ahora lo hacían los ancianos. Lo hacían los chicos. Chicos blancos, bien vestidos, con la cabeza metida en un contenedor de basura. En piazza dei Quiriti, un treintañero con tejanos y una sudadera gris había puesto un trozo de madera para mantener abierta la tapa y trabajaba a conciencia); la exclusión social (Una marea de nuevos pobres, desahuciados, desfavorecidos, presionaba inquieta desde las periferias. Todo se corrompía, nada dejaba de existir); el abandono y la desidia; la erradicación de la cultura (La vida cultural, dijo la periodista, había quedado reducida a las blasfemias, cada vez más imaginativas, que se oían en la calle); la inacción, o la incompetencia, de las autoridades (la clase dirigente es el espejo de nuestra putrefacción, todo está podrido); la presencia de las organizaciones mafiosas (El muerto era el boss de la segunda organización criminal más importante de la ciudad. La más importante, bromeaba la gente, eran los contratistas especuladores); el escándalo del Mondo di Mezzo, la trama corrupta que involucra a particulares y a cargos institucionales por adjudicaciones manipuladas, corrupción, especulación en sectores como la vivienda social, la inmigración, la recogida de residuos, compra y venta de funcionarios públicos, extorsión, reciclaje; las imputaciones en sumarios diversos de concejales, asesores, notables, gestores municipales, funcionarios públicos, intermediarios, empresarios, delincuentes comunes; el hastío, la desesperación, el agotamiento y la asfixia de la población: Para los que viven aquí, el fin del mundo ya ha ocurrido

La mirada es, sin embargo y a la postre, compasiva: Desde la ventana reconoció el Coliseo. Cualquiera que hubiera leído un libro en su vida sabía que esa era la herencia del mundo. Te robaban en el metro. Te insultaban en los semáforos. Te desplumaban en los restaurantes, te tosían en la cara. Pero al final el saldo era positivo. La ciudad te regalaba mucho más de lo que te pedía a cambio. Y en este carácter dual está también otra de las claves interpretativas del libro: Roma, con su mezcla de belleza y decadencia, de historia y modernidad, refleja la complejidad de la condición humana. Roma, llena de vida, alberga también oscuridad y muerte. Roma, su legado, sus monumentos, su pasado vibrante e, igualmente, su indiferencia, su hedonismo, su desesperación, su deshumanización y su violencia (La ciudad de abajo se estaba comiendo a la de arriba, los muertos devoraban a los vivos, lo informe iba ganando terreno). 

A tal Roma, tal crimen. Y por entre estos escenarios magistralmente descritos, Lagioia desarrolla sus reflexiones sobre una amplia variedad de temas, aparte de los ya referidos, que aparecen como consecuencias del asesinato: el sufrimiento y la tragedia, la necesidad de reconocimiento y de perdurabilidad, los mecanismos de la manipulación, la noción de normalidad y la figura del “monstruo”, los oscuros abismos del alma humana, la empatía con las víctimas y la proximidad a los verdugos, los recodos más sombríos de nuestra naturaleza, la triste normalidad y la desganada indiferencia como únicas actitudes posibles frente al horror, la culpa y la irresponsabilidad, el libre albedrío y los condicionantes sociales, la enfermedad mental, la ausencia de valores, la pulsión transgresora, la anomia o, cuando las hay, la inobservancia de las normas. 

En fin, un libro por muchos motivos extraordinario cuya lectura os recomiendo vivamente. La ilustración musical de mi reseña la pone la cantante Dalida con su versión de Ciao amore, ciao, un tema muy conocido de Luigi Tenco que entusiasmaba a Marco Prato. La sorprendente y dramática historia de la canción, de su compositor y de su intérprete francesa se incluye en La ciudad de los vivos y os la ofrezco ahora como cierre a mis comentarios. 


«Ciao amore, ciao» es una canción de 1967, que volvía loco a Marco Prato. 

La pieza, escrita por Luigi Tenco, tuvo una génesis más bien complicada, pasando por diferentes versiones. La definitiva explica el malestar de un chico de pueblo al llegar a la ciudad, un tema que aún era de actualidad en la Italia de la época. Parece que Tenco no quedó satisfecho. Fue la cantante francesa Dalida, con quien Tenco mantenía una relación, quien lo convenció de que esa canción podía encajar bien en el Festival de San Remo. La historia es archiconocida. «Ciao amore, ciao» no superó el escollo del jurado popular y ni siquiera la comisión de repesca la salvó, pues prefirió «La rivoluzione» de Gianni Pettenati y Gene Pitney, una canción que hoy solo se recuerda por esto. 

Tenco se enteró de que lo habían eliminado mientras dormía sobre una mesa de billar. Probablemente acabó allí después de una buena curda. Al recibir la noticia, se levantó de la mesa de billar, volvió a su habitación de hotel y ahí, unas horas después, se disparó con una pistola en la sien. Encontraron el cadáver por la noche. En la habitación, junto al cuerpo, también encontraron una nota de despedida destinada a hacerse famosa. 

He amado al público italiano y le he dedicado inútilmente cinco años de mi vida. Hago esto no porque esté cansado de la vida (todo lo contrario), sino como acto de protesta contra un público que lleva «Io, tu e le rose» a la final y una comisión que selecciona «La rivoluzione». Espero que sirva para aclararle las ideas a alguien. Adiós. Luigi. 

Dos días después «Ciao amore, ciao» había vendido ochenta mil copias. 

Sin embargo, no era la versión de Luigi Tenco de esa canción la que Marco Prato escuchaba continuamente, sino la de Dalida. La historia parece escrita por un guionista a quien no le preocuparan las imposiciones de la verosimilitud: después de haber declarado ante la policía, Dalida regresó a París. Cantó en público «Ciao amore, ciao». El 27 de febrero, exactamente un mes después del suicidio de Tenco, la cantante fingió marcharse a Italia. En cambio, se dirigió al hotel Príncipe de Gales en el que, con una identidad falsa, pidió la habitación 404, la misma donde Tenco se instalaba cuando estaba en París. Una vez dentro de la habitación, escribió tres cartas de despedida (una para su exmarido, otra para su madre, la última dirigida a los fans) e ingirió una cantidad desmesurada de barbitúricos. La salvó una camarera. Para entonces, «Ciao amore, ciao» ya había vendido trescientas mil copias. 

Diez años después, en 1977, Dalida cayó en otro periodo depresivo. Unos años antes se había matado su segundo marido, Lucien Morisse, y pocos años después se suicidaría su excompañero Richard Chanfray. Una epidemia. El 3 de mayo de 1987 Dalida se atrincheró en su villa de la rue d’Orchampt, donde ingirió un cóctel letal de barbitúricos. El intento llegó a buen puerto. En la nota de despedida había escrito sencillamente: 

«Perdonadme, la vida me resulta insoportable».

Videoconferencia
Nicola Lagioia. La ciudad de los vivos

miércoles, 22 de enero de 2025

ABRAHAM VERGHESE. EL PACTO DEL AGUA

Hola, buenas tardes. Bienvenidos a Todos los libros un libro. El veterano espacio de recomendaciones literarias de Radio Universidad os ofrece esta semana un programa previsto para su emisión previa a las vacaciones navideñas, por esa idea, reiterada aquí por mí desde hace años, que ve en las vacaciones una oportunidad para la lectura sosegada y tranquila, demorada y plácida. Unos días especialmente idóneos para encerrarse en el ámbito doméstico, recogido y propicio, y adentrarse en el apasionante y placentero territorio de la literatura. Es por ello, por lo que suelo dejar para las emisiones inmediatamente anteriores a Navidad, la propuesta de libros voluminosos, cuya extensión, que los hace a menudo de imposible lectura en otros momentos del año marcados por la dictadura del calendario laboral, puede encajar de modo idóneo en el holgado plazo de las pausas vacacionales. 

Por diversas circunstancias, mi sugerencia de esta tarde, que se acomodaba de maravilla a esos no tan lejanos días vacacionales, no pudo encajar en el calendario de programas prenavideños, por lo que, como ocurrirá con otros libros leídos y disfrutados en 2024, irán apareciendo ahora, en este enero en el que todos estamos entregados ya de lleno a un previsible frenesí laboral o académico que hace que resulte más difícil entregarse al disfrute de unos libros muy extensos que exigen una dedicación temporal dilatada. 

Pese a ello, y tras este aviso para navegantes, quiero proponeros hoy dos novelas, sobresalientes desde el punto de vista de la literatura y que, además, suman entre ambas cerca de mil quinientas páginas -636 la primera de ellas y 784 la segunda-, que, estoy seguro, van a proporcionaros muchas horas de indiscutible placer lector. Hay, por otro lado, un par de concomitancias relevantes entre ellos y mi sugerencia del miércoles pasado, la espléndida Las propiedades de la sed, de Marianne Wiggins: su desbordante longitud -600 páginas, la novela de la norteamericana- y la presencia del agua -o mejor su carencia, la sed- como elemento central, incluso desde sus títulos. Si en Las propiedades de la sed, la guerra del agua en el Los Ángeles de las primeras décadas del siglo XX era el núcleo principal de la novela en su plano “real”, histórico; y, en el simbólico era la sed metáfora de la necesidad de amor, de vínculos, de recuperar a quienes hemos perdido, era sed de vida, de esperanza, de continuidad, en El pacto del agua, una de las dos obras de las que hoy quiero hablaros, está el líquido elemento no solo en la propia rúbrica de la novela, sino también en su desarrollo argumental -ríos, lluvias, inundaciones- y, sobre todo, en su plural simbolismo. 

La mera mención del nombre de este libro, El pacto del agua, os habrá situado a muchos de vosotros en el universo de su autor, Abraham Verghese, etíope pero con fuertes vínculos familiares, profesionales y personales con la India, país -casi un continente, en realidad- muy presente en esta novela y también en la anterior, Hijos del ancho mundo, de la que yo os hablé en Todos los libros un libro en una reseña de junio de 2011 de la que voy a recuperar ahora algunos de mis comentarios como preámbulo al análisis de su obra más reciente, este El pacto del agua que en 2023 publicó en nuestro país la editorial Salamandra, responsable también del anterior título que vio la luz en aquel 2011. 

Abraham Verghese nació en Adís Abeba en 1955. De padres indios, estudió Medicina en la India y Estados Unidos, país este último en donde vive actualmente, ejerciendo como médico y como profesor en la Facultad de Medicina de la Universidad de Stanford. Esa condición de doctor -que se ha plasmado en obras centradas específicamente en ese dominio- es muy notoria en sus novelas, repletas de referencias, pasajes, historias y hasta subtramas relacionadas con la medicina. Aparte de su formación clínica, Verghese se graduó también en el Taller de Escritura Creativa de la Universidad de Iowa. Autor de ensayos y libros de memorias, en España se han traducido las dos novelas mencionadas, Hijos del ancho mundo, un best seller mundial con millones de ejemplares vendidos en más de veinte lenguas, y esta reciente El pacto del agua

Empiezo, pues, con un muy breve recordatorio del primero de los títulos. Hijos del ancho mundo es una novela de lectura arrebatadora, absorbente, un libro espléndido que me ha emocionado y conmovido y entretenido e interesado y enseñado y proporcionado algunas horas, muchas horas, porque el libro es, como he anticipado, voluminoso, de placer y de auténtico entusiasmo apasionado a lo largo de un verano ya remoto. El texto original, escrito en inglés, está traducido por José Manuel Álvarez Flórez y presenta en sus numerosas e intensísimas páginas algunas faltas de ortografía menores, aunque deberían haberse evitado, y un número algo más apreciable de errores, entre los que destaca la reiterada confusión en la denominación de uno de los personajes, que llamándose Shiva, con h intercalada, aparece a veces sin ella, a veces denominado Shava (también en El pacto del agua hay una Bebé Mol que en ocasiones mantiene su nombre en inglés, -yo mismo haré uso en esta reseña, indistintamente, de las dos versiones-; nada de ello supone una especial repercusión en la comprensión del libro, pues el contexto nos permite suponer su personalidad auténtica y avanzar en la como digo, muy agradable lectura. 

Estamos ante un libro inabarcable y, por tanto, de imposible resumen en una reseña, sobre todo cuando, como en el caso de esta tarde, se trata de una recensión compartida con otro título, más actual, en el que sí quiero detenerme con más detalle. Me limitaré pues a ofreceros una sucinta sinopsis de su argumento y esbozaros algunos de los múltiples puntos de interés del libro, coincidentes, en lo sustancial, con los aspectos más sobresalientes de la otra novela comentada. 

En 1954, la hermana Mary Joseph Praise, una joven monja nacida en Madrás, en la India, y que desarrolla su vocación realizando labores de atención a los desamparados, deja su país natal y llega a Etiopía, al llamado Hospital Missing, para colaborar como enfermera en la noble misión que llevan a cabo los ejemplares profesionales que en él trabajan, la cura de los paupérrimos enfermos africanos. De una manera al parecer sorprendente la virginal hermana da a luz dos varones gemelos, Marion y Shiva, que parecen ser hijos del genial y abnegado cirujano del hospital, el doctor Thomas Stone, pero tal circunstancia resulta imposible de corroborar, pues la madre muere en el parto y el presunto padre desaparece de la clínica y del país, esfumándose durante décadas de la vida de sus hijos, en cierto sentido huérfanos al nacer. 

La novela narra la vida de esos dos niños, acogidos con cariño y devoción por otros dos médicos del hospital, la ginecóloga Hema y el clínico y a la postre también cirujano Ghosh, que acaban creando una familia con los pequeños, y a los que estos reconocen como a sus auténticos progenitores. Gran parte del libro se desarrolla en el microcosmos del entrañable hospital Missing, en el que ambos chavales crecen y en donde, rodeados por el afecto y la dedicación de los suyos, ven nacer su vocación como médicos, cirujano Marion, que es la voz narrativa del libro, y ginecólogo y obstetra Shiva, complementario y sin embargo tan distinto de su gemelo. 

Nos hallamos, pues, ante una novela en la que la medicina ocupa un lugar preponderante, en consonancia con la actividad profesional de su autor. Las descripciones de la vida en el hospital, las peripecias vividas en los quirófanos, las dolencias de los pobres pacientes, los detalles de las operaciones que se describen de modo minucioso y atinado, desempeñan un papel principal en el libro, pero la narración es tan viva, tan precisa, tan apasionante que en ningún momento este hecho, que pudiera resultar un lastre para cualquier lector medio, se constituye en un freno y bien al contrario, resulta uno de los grandes alicientes de la obra. Se trata, claro está, de un libro que disfrutarán sobre todo los profesionales de la medicina, pero en tanto que lo que en él se muestra es una vertiente extraordinariamente humana, una visión afable, cercana, cariñosa, comprometida, entregada del quehacer médico, cualquier persona con sensibilidad disfrutará de esas páginas. 

Pero es que, además, en la novela hay muchos otros puntos de interés: la indagación en los misterios y exigencias de la paternidad, pues Marion, que cuenta su vida retrospectivamente, desde sus cincuenta años, no renuncia a encontrar al doctor Stone, a todas luces su padre desaparecido, en una aventura apasionante que dura cinco décadas; las siempre intrincadas cuestiones relativas a la identidad, la búsqueda de las raíces, el rastreo de los orígenes de cada uno de nosotros, a través de historias de las familias de la hermana Mary Jo y de Thomas Stone; la ambientación, muy vívida, de las calles y las gentes de Adis Abeba; la formidable galería de personajes secundarios, que se desenvuelven en el mágico ámbito del hospital Missing, el fiel Gebrew y la infortunada Rosina, la desgraciada Genet y el talentoso farmacéutico Adam, la abnegada enfermera jefe y Almaz y la bella Tsige; y está también la historia de Etiopía, los convulsos acontecimientos sociales, políticos y militares que padece el país durante cincuenta años; e interesa igualmente la diversidad de escenarios, descritos con precisión: la India asiática y la Etiopía africana, sobre todo, pero también Boston y Nueva York, en donde Marion comienza su carrera médica. Y por encima de todo ello, de todas estas historias, están los sentimientos que impregnan el libro de forma inolvidable: amor, cariño, dulzura, amistad, ternura, y todo lo que no puede contarse: olores, ambientes, sensaciones, colores, evocaciones, miradas, pálpitos, estremecimientos, anhelos... para conformar una obra, como os digo, conmovedora que no deberíais dejar de leer. 

Todos estos elementos están también en El pacto del agua y afloran en la versión española de Eduardo Adrián Hojman Altieri, al que yo solo puedo ponerle una objeción: el vaivén constante en el libro entre las locuciones “en cuclillas” y “de cuclillas”, que se alternan en un uso indistinto a lo largo de toda la novela. Sin embargo, el Diccionario de la Real Academia de la Lengua solo acepta “en cuclillas”. En fin, minucias… 

A modo de apresurado resumen de esos puntos en común entre los dos libros mencionaré en primer lugar, claro está, la singular comparecencia de la India, Madrás en particular, escenario muy relevante -aunque no el principal- en ambos libros; la soberbia ambientación, abundante en detalles, minuciosa en la descripción de la vida cotidiana, en paisajes, costumbres, vestimentas, comidas, que transporta al lector a aquellos parajes exóticos; la estructura de saga familiar, con tramas que se extienden a lo largo de décadas siguiendo la genealogía de los protagonistas; la constante confrontación entre las peripecias personales, íntimas, de cada uno de ellos y los principales acontecimientos sociales, colectivos, “objetivos”, de la Historia en las distintas épocas y en los diferentes países; el sobresaliente “peso” de la medicina, omnipresente en la aparición constante de doctores, enfermeros, hospitales, clínicas, cirujanos, quirófanos, instrumental médico, en la exposición pormenorizada de operaciones, intervenciones, tratamientos, terapias y medicaciones, y en la incorporación a la historia de largos pasajes en los que se exponen síntomas patológicos, diagnósticos médicos, técnicas quirúrgicas, causas y efectos de las enfermedades; el tono general de bondad y altruismo, de abnegación y compromiso, de intensa humanidad, que se hace presente en la caracterización de la mayor parte de los personajes, casi todos magnánimos, afables, cordiales, compasivos, y en la creación de subtramas referidas a tareas de beneficencia, de auxilio caritativo, de entregada dedicación al prójimo, de sacrificada preocupación por los desvalidos, los enfermos, los leprosos, los dejados de la mano de Dios; el planteamiento religioso -en esencia cristiano, en consonancia con este mensaje de desinteresada y generosa consagración a los pobres y desamparados- que subyace a ambos libros; la atmósfera de “realismo mágico”, que entronca con las ancestrales tradiciones de los lugares en que se sitúa la acción, conjuros, misterios, supersticiones, encantamientos, divinidades exóticas, creencias irracionales, hechizos, leyendas, promesas, maldiciones, rituales seculares, sueños, visiones, en un “clima” cercano a lo místico, lo fantástico, lo irracional, lo simbólico; la relevancia de los grandes temas universales, lo que permite la lectura entusiasta y el disfrute apasionado por gentes del mundo entero: la identidad, las raíces, el amor, el sentido de la vida, la muerte, los recuerdos, la familia, la búsqueda de nuestro propio lugar en el mundo, el paso del tiempo, el conflicto entre tradición y modernidad; entre otros muchos aspectos menores. Dejo aquí un breve y muy bello fragmento revelador de este vertiente filosófica, universal del libro: En el viaje de regreso en autocar observa maravillada los interminables arrozales, a un leproso sentado en una zanja, y casas en cuyos oscuros interiores alcanza a ver a un anciano leyendo, a dos niñas jugando, a mujeres en la cocina... familias con sus propias vidas, ninguna de las cuales se libra del dolor. Un día todas esas personas serán sombras, así como también ella terminará enterrada y olvidada

Y, por encima de todo ello -o, más exactamente, dando coherencia a todo ello-, unos relatos -en los dos casos- brillantes, poderosos, apasionantes, torrenciales, magnéticos, adictivos, arrebatadores, emocionantes y líricos, deliciosos, bellísimos. Verghese es un maestro inventando ficciones sugestivas y reveladoras (¡Es ficción, claro! ¡Pero la ficción es la gran mentira que nos dice la verdad sobre el mundo!, afirma un personaje de El pacto del agua) y contando historias absorbentes e iluminadoras (Su arte, se dice a sí mismo, consiste en dar voz a lo común y corriente de maneras memorables y, al hacerlo, arrojar luz sobre el comportamiento humano y sobre la injusticia que suele presidirlo, en expresión de otro de los personajes de ese libro), interesantes y seductoras, quizá la mayor virtud -a mi juicio- de un narrador, pues ¿qué es la literatura sino el arte de seducir con historias, como sabemos desde Sherezade? A este respecto, en un muy esclarecedor texto de Verghese comentando el libro, al que puede accederse desde la página web de su editorial (Abraham Verghese sobre la pizarra: el origen de un portento - Penguin Libros ES), el escritor confiesa esa exigencia personal, que lo lleva a dotar a sus creaciones de la condición de «profluencia», un término que el difunto John Gardner define en sus libros clásicos El arte de la ficción y Para ser novelista como «un fluir abundante o constante». Para mí, en realidad, representa esa cualidad magnética y atrapante que yo me esfuerzo por crear. Estoy dispuesto a sacrificar casi todo en mi texto para alcanzarla


La historia que nos cuenta El pacto del agua es, también, de difícil síntesis. Corre el año de 1900. Estamos en Travancore, un pequeño pueblo en la región que años después de convertirá en el estado de Kerala, en el suroeste de la India. Una niña de doce años, hija de un predicador católico, abandona su hogar, a su querida madre y al resto de su familia, en un trayecto de casi un día, circulando en barco (ya, desde el principio, el agua) por un laberinto de canales, remansos, riachuelos y lagunas que fluyen entre vegetación exuberante, para casarse -en un matrimonio concertado- con un hombre mayor, de cuarenta años, analfabeto, viudo y con un pequeño, Jojo, de su anterior matrimonio. El marido, que vive en la gran finca de Parambil (un lugar encajado entre el mar Arábigo y los Ghats Occidentales, la extensa cadena montañosa que se extiende paralela a la costa oeste del subcontinente), serio, circunspecto, comprensivo y bondadoso, respeta la infancia de la chica, sin consumar el matrimonio hasta su mayoría de edad. La niña se adaptará a su nueva vida y, poco a poco, llegará a amar a su esposo. A los diecisiete años tendrá un hija, Baby Mol, y más tarde un hijo, Philipose. Pasan los años -casi ocho décadas, la historia llega a 1977- los hijos crecen y se casan y tienen, a su vez, hijos, y la joven novia acabará por convertirse en Gran Ammachi (Ammachi es “madre”; el nombre de la protagonista se nos oculta hasta el último tercio de la novela), la matriarca de Parambil, el núcleo central, la columna vertebral de aquella tierra y su comunidad, una construcción literaria espléndida, cuya fuerza, cuya vitalidad, cuyo ánimo, cuyo espíritu, cuya fortaleza, cuya generosidad y cuyo magnetismo (Gran Ammachi es el amor encarnado) irradian sobre todos los suyos y enamoran al lector. En este primer eje -el principal- del libro, conocemos la vida, llena de cambios, vicisitudes, anécdotas y acontecimientos, incidentes y sucesos, alegrías y triunfos, pérdidas y dificultades, amores, nacimientos y muertes, desgracias, huidas y separaciones, logros y fracasos, de esas tres generaciones de la familia, marcada por una maldición atávica, la “Condición”, al parecer hereditaria: en cada nueva generación un miembro de la progenie perecerá ahogado, un hecho, indefectible, irremediable, que nadie puede evitar y cuyas causas resultan inexplicables, siendo el propósito de su desvelamiento por parte de Gran Ammachi uno de los múltiples hilos argumentales de la novela. 

En paralelo hay otro relato, en apariencia ajeno a la trama principal, que gira sobre Digby Kilgour, un joven médico escocés, al que conocemos en Glasgow y que tras la trágica muerte de su madre, viajará de Gran Bretaña a Madrás para incorporarse al servicio médico indio durante la época colonial. Su intensa existencia es también muy sugestiva y fascinante con numerosos episodios, vivencias, lances, encuentros y experiencias que Verghese narra con su asombrosa inventiva y su hipnótico talento novelesco. 

El pacto del agua interesa, de entrada, por esta última cualidad, el formidable vigor de la narración, hecha de numerosas historias (que abarcan tres generaciones, dos continentes y varias ciudades y pueblos) que se entrecruzan con la troncal, en infinidad de ricos afluentes que se incorporan al incontenible río principal, contribuyendo a un caudal casi inagotable y a la postre desbordante (no me resisto, no puede ser de otra manera, a las metáforas acuosas). Así, el eje central que resigue la saga de la Gran Ammachi y su núcleo familiar se ve cruzado por infinidad de relatos que se enredan y entretejen con él, cada uno de ellos con protagonistas a cuál más memorable, casi todos con un punto de excentricidad. El aciago destino del pequeño Jojo, el hijastro al que la nueva esposa adora. La vida de Bebé Mol, su primera hija, víctima de una enfermedad, el cretinismo, perceptible en la cara ancha, la lengua demasiado grande para la boca, la voz ronca, la piel gruesa, las piernas cortas, los torpes andares de pato, una niña -una mujer, con el paso de las décadas- pese a ello inocente, feliz, lista, vivaz, alegre, con su sonrisa frecuente y su naturaleza generosa, y, sobre todo, con su don, su extraña habilidad para anticipar el futuro, como cuando anuncia, por ejemplo, la llegada de visitantes antes de que éstos aparezcan. «¡Allí viene Shamuel!», dice, y ellos no ven a nadie, pero tres minutos después Shamuel aparece. Philipose, el segundo hijo, que, consciente de la ancestral condena, incapaz de aprender a nadar, huye del agua hacia la tierra (Un niño de diez años que no puede conquistar las aguas se vuelve ferozmente hacia la tierra). Lo seguimos en sus estudios fallidos en Madrás; en su pasión por los libros (la novela está repleta de referencias literarias, Moby Dick, Grandes esperanzas, Tom Jones, Oliver Twist, Thackeray, Cervantes, Thomas Hardy, Flaubert, Dostoievski, Tolstói, Gógol); en su amor, tierno y a la vez terrible, funesto, por Elsie; en la infortunada estrella del hijito de ambos, Ninan, que huyendo también de la maldición (Bebé Ninan no está interesado en caminar, salvo como medio para trepar), encontrará en los árboles su desventura; en el abandono de su mujer; en su hundimiento en los abismos del opio; en la búsqueda de sentido a través de sus Inficciones, las colaboraciones periodísticas bajo el seudónimo de El hombre común. Y es conmovedora y bellísima la historia de esa Elsie, el dulce enamoramiento de Philipose, su matrimonio feliz, el difícil primer embarazo y el complicado parto, la exaltación que trae el nacimiento, su torturada vida interior, su huida, su dedicación al arte (en un elemento -la escultura- claramente accesorio y tangencial pero que ya estaba presente en Hijos del ancho mundo), los insondables secretos que solo resolveremos al término del libro. Y hay otra hija de Elsie, Mariamma, la tercera generación de la familia, que crecerá arropada por su abuela, estudiará Medicina en Madrás y se convertirá en médica -bajo la influencia de la Anatomía del cuerpo humano de Henry Grey, el manual clásico de esa disciplina, al que accederá de niña en un volumen que cruza el libro y entrelaza a personajes e historias-, decidida a investigar el misterio de la “Condición”, para acabar desvelando algunos de los secretos familiares (y no creo revelar ningún elemento sustancial que pueda destripar el interés del potencial lector por el final del libro si os transcribo el hallazgo esencial de la muchacha: Y ahora ella, Mariamma, a quien no le habían confiado ningún secreto, lo sabe todo; que son una gran, condenada, feliz familia). Y de nuevo aflora Digby, su crecimiento en Glasgow con un padre desaparecido y a cargo de una madre obligada a una vida durísima para sacar adelante a su hijo; sus estudios de Medicina; el “destierro” a la India tras la dramática desaparición de su progenitora; su difícil adaptación a Madrás; su sensibilidad ante las duras condiciones de vida de los indios; su identificación con los parias (Él mismo, por otra parte está en una situación parecida: oprimido en Glasgow, opresor en la India. La idea lo deprime); la concienzuda entrega a su profesión; el romance con la mujer de su superior directo en el Hospital en que trabaja; el desdichado final de su amor, con consecuencias fatales, marcado física y psicológicamente; su dedicación a los enfermos en la leprosería de Santa Brígida, un lugar de estigma y exclusión. Y en Santa Brígida está otro doctor, Rune Orqvist, un personaje entrañable, un sueco llegado a la India tras numerosas y sorprendentes peripecias (Con su amplia circunferencia y su resonante voz de barítono, la primera impresión que causó aquel extranjero rubio y barbado fue la de un oráculo: la clase de hombre que, ataviado con vestiduras apostólicas y con un cayado, podría haber bajado de un dhow junto a santo Tomás. En todo caso, su llegada estaba envuelta en tantos mitos como la del propio apóstol), un médico generoso, que tras donar todos sus bienes, se dedicará en cuerpo y alma a su tarea humanitaria, a un propósito místico, la curación de leprosos en un hospital -el Santa Brígida antes mencionado-, un lazareto ruinoso y aislado, que él rehabilitará dando vida y sentido a sus tristes y hasta entonces “apestados” pacientes. Con peso también en la novela, Lenin Por Siempre Jamás es el hijo de Lizza Chedethi, una paciente de Digby, que salvó a madre y niño en un parto peligroso. Lenin, que en las notas de realismo mágico que impregnan el libro, nace con una irrefrenable compulsión hacia las líneas rectas, dirige sus pasos en esa dirección y vive su vida guiado por ese principio inspirador: caminar siempre por el camino recto, tendrá un lugar destacado en los capítulos finales del libro. En Madrás, durante sus estudios universitarios, descubrirá simultáneamente a Mariamma y las ideas del comunismo y de la Teología de la liberación, enamorándose de la primera e implicándose políticamente con las segundas, en otro hilo relevante de la obra. Y cómo olvidar a Koshy Saar, de paso fugaz pero muy estimulante por la novela, un personaje excéntrico y singular, un antiguo profesor que había combatido en la Gran Guerra y al que conocemos ya retirado, viviendo de su pequeña pensión en un espacio diminuto atiborrado de libros. Él será el responsable de la atracción de Philipose -y de toda su familia- por la literatura: ¡Koshy Saar tiene estantes llenos de libros en todas las paredes! ¡Y pilas de libros así de altas en el suelo! Y tantos otros: el afectuoso Shamuel, inolvidable en su servicio a la casa de Parambil; la anciana Odat Kochamma; la joven Anna Chedethi, de bella voz y cariñosa dedicación a Mariamma; Joppan, hijo de Shamuel y reivindicativo vecino de la familia protagonista; la propia Lizza; el revolucionario Arikkad; la elegante y atractiva Celeste Arnold; la jefa de enfermeras Honorine; entre otros muchos. 

Verghese reconoce en la postrera sección de “agradecimientos” la fuente principal de su fecunda inventiva, en un texto muy esclarecedor que por ello mismo os transcribo: En 1998, mi sobrinita Deia Mariam Verghese le preguntó a su abuela: «Ammachi, ¿cómo eran las cosas cuando eras niña?» Cualquier respuesta oral habría sido insuficiente, por lo que mi madre, Mariam Verghese, llenó ciento cincuenta y siete páginas de un cuaderno de espiral con recuerdos de su infancia escritos en una letra cursiva firme y elegante. (…) Mamá falleció en 2016, a los noventa y tres años, pero incluso en sus últimos meses de vida (mientras yo estaba escribiendo este libro) solía llamar para contarme algún recuerdo que acababa de salir a la superficie (…) He utilizado muchas anécdotas de mi madre en El pacto del agua, pero lo más importante para mí era reproducir su voz y el ambiente que evocaban sus palabras, que yo complementé luego con mis propios recuerdos de las vacaciones de verano que solía pasar con mis abuelos en Kerala y de mis visitas posteriores, mientras estudiaba en la facultad de Medicina. 

Otro motivo de interés del libro es su convincente ambientación en una India que comparece, con nitidez, meticulosidad, precisión y verosimilitud, en muy diversos y sugestivos frentes de los que quiero dejaros alguna muestra. En primer lugar, los detalles de la vida cotidiana que afloran en cientos de ejemplos que impregnan de “color local” el relato: las vestimentas, las costumbres del día a día, los mercados, las construcciones tradicionales, los ritos y las tradiciones, las supersticiones, la aterradora aunque exultante irrupción de los monzones, el abigarramiento de los trenes, que operan en el libro como metáfora (Media vida he pasado en trenes y he visto a desconocidos de todas las religiones y castas llevarse bien en un compartimento... No comprendo por qué no pasa lo mismo fuera del tren. ¿Por qué, sencillamente, no nos llevamos bien todos?), la compleja estructura del sistema de castas que el autor nos explica con prolijidad y afán pedagógico. La “traslación” del lector a aquellos parajes exóticos se produce también a través de las descripciones del entorno físico, lugares y paisajes, una naturaleza exuberante (arrolladores cursos de agua, arrozales inundados, interminables plantaciones de té, plantas de café, cocoteros y palmas de Palmira, árboles inmensos de enormes hojas, arbustos frondosos, matas trepadoras, flores de loto y nenúfares gigantes, selvas tupidas e intrincadas, serpientes y elefantes, monos, aves múltiples), aunque a menudo hostil y hasta feroz, devastadora. E igualmente “degustamos” la India gracias a la detenida y muy apetitosa presentación de la rica -en todos los sentidos- gastronomía de la región, pues Verghese se demora al explicar la elaboración de los platos, la abundancia de colores, olores y sabores, los inusitados matices de los condimentos, las especias, los muy singulares ingredientes. En un plano más amplio, la India está presente también en las múltiples notas históricas que, entrelazadas con la trayectoria familiar (La niñita ha oído rumores de que la suya es una genealogía repleta de secretos y que entre sus antepasados había traficantes de esclavos, asesinos y un obispo apartado del sacerdocio), puntean el relato, le ponen contexto y permiten al lector adentrarse en las circunstancias políticas, sociales, económicas y culturales del inmenso subcontinente a lo largo de su Historia y, en particular, en los primeros setenta y cinco años del siglo XX: el comercio de las especias (durante siglos antes de Cristo, los vientos del sudeste hinchaban el velamen triangular de los dhows conduciendo a sus tripulantes hasta la «Costa de las Especias», donde compraban pimienta, clavo y canela); el posterior tráfico mercantil con Palestina, Génova y Venecia; las expediciones de portugueses, holandeses, franceses e ingleses; las familias reales de Travancore, cuyas dinastías se remontan a la Edad Media; el dominio británico y el conflicto colonial; la explotación económica, la esclavitud “de facto”, la discriminación y el racismo; los soldados indios luchando en las tropas del país colonizador en las guerras mundiales (Esos hombres fueron enviados a toda prisa al Sudán británico para liberar Abisinia de los italianos, y allí vieron la muerte y mataron; ahora se dirigen a Birmania a detener el avance japonés); las repercusiones de las contiendas en las poblaciones locales; la ya imparable lucha por la independencia (los oficiales que regresan ahora son hombres condecorados por su valentía, hombres que presenciaron cómo soldados a sus órdenes morían para liberar a los abisinios, para liberar a los franceses, para liberar a Europa del yugo de Hitler; no aceptarán nada menos que la libertad para la India); Gandhi; el ansiado logro, tras el trascendental discurso de Nehru (Cuando falta poco para la medianoche del 14 de agosto de 1947, la voz del primer ministro Jawaharlal Nehru suena en la radio, pronunciando las palabras más emocionantes que han salido de ese aparato desde el momento en que empezó a funcionar. Horas antes, ese mismo día, ha nacido Pakistán. «Hace muchos años», declara Nehru, «tuvimos una cita con el destino. Al filo de la medianoche, mientras el mundo duerme, la India despertará a la vida y a la libertad.»), con repercusión literaria en otra novela genial, Hijos de la medianoche, de Salman Rushdie; la llegada de la modernidad a Parambil: el periódico, la radio, la oficina de correos; la creación del Estado de Kerala, que alberga las regiones en que transcurre la novela; la irrupción del “Partido” y la victoria de los comunistas en las elecciones locales; los movimientos revolucionarios, en particular los naxalitas (nombre que procede de Naxalbari, una pequeña aldea de Bengala Occidental en la que los campesinos, hartos de trabajar como esclavos para los terratenientes y al borde de la muerte por inanición atacaban e incluso mataban a sus explotadores y a los funcionarios corruptos), de acción violenta y también violentamente reprimidos; la India socialista; entre otros muchos acontecimientos que se filtran -a veces como mero telón de fondo, otras de un modo más central- en el relato. 

Un eje fundamental en el libro, y en la obra de Verghese, es la dimensión mágica, excesiva, como de fábula, desmesurada y extravagante. El relato está repleto de sucesos extraordinarios, azares, coincidencias, incidentes inexplicables a la luz de la racionalidad más previsible, cargados de un simbolismo algo esotérico: los sueños y las visiones, de valor profético; el carácter cíclico del tiempo, una rueda en la que pasado, presente y futuro se entrelazan de manera inusual, con eventos que parecen repetirse; extraños diagramas que representan enrevesados árboles genealógicos que encierran claves ocultas; espíritus que aparecen de improviso, fantasmales, y dejan oír su voz espectral, interpelando a los vivos; la excepcional clarividencia de Bebé Mol (el don de su hija de anunciar visitantes antes de que lleguen se extiende a la predicción del mal clima, los desastres y las muertes); la presencia de Damo, un elefante dotado de una intuición, una sentimentalidad y una inteligencia casi humanas (Entonces se topa con Damo, que la está mirando directamente con un tronco metido en la boca. «Perdona a tu marido, no sabe lo que hace.» Lo oye tan claramente como si hubiera sido una voz humana); la inexplicable capacidad de Mariamma para ver en tres dimensiones cualquier imagen reproducida en un libro; y sobre todo, la recurrencia de la maldición familiar, la “Condición” que se transmite de generación en generación y que constituye un persistente leitmotiv a lo largo de toda la novela, una fatal condena relacionada con el agua. 

Y es, precisamente, el agua, en su doble dimensión simbólica y real, el que quizá sea el componente más importante del libro. Desde el punto de vista “material” la novela está atravesada -ya se ha dicho- por infinidad de alusiones al acuático elemento: Es un mundo que parece la fantasía de un niño, con sus arroyos y sus canales, una celosía de lagos y lagunas, un laberinto de remansos y estanques de lotos color verde botella, un amplio sistema circulatorio, puesto que, como decía su padre, toda el agua está conectada. Un universo líquido por el que se desplazan los personajes en esquifes, canoas, barcazas y ferris, las quillas partiendo las aguas, los remos y las pértigas hundiéndose y salpicando (A falta de caminos decentes, transportes regulares y puentes, el agua es la carretera principal). El agua de los juegos de los niños zambulléndose de cabeza en el río; el agua de los baños rituales purificadores, también la desgracia de los cuerpos arrastrados por la corriente, las destructivas inundaciones del monzón, que arrasa como un dios vengativo; el agua que es el hilo conductor que une las vidas de los personajes y sus experiencias a lo largo de generaciones, como queda de manifiesto en un pasaje revelador que os dejo al final de esta reseña y que casi clausura el libro desvelando (¡atención, ligero spoiler!) alguno de sus secretos, entre ellos el del título de la novela. 

Pero el agua se presenta, fundamentalmente, en su valor simbólico: elemento de vida y muerte; advertencia constante de la fragilidad de la vida y la inevitabilidad de la muerte; reflejo de la vulnerabilidad humana frente a las fuerzas de la naturaleza; fuente de sustento y prosperidad; símbolo de purificación y redención, de paz y renovación; vínculo entre generaciones, recordatorio del funesto lazo que une a la familia, de su aciaga historia compartida; representación complementaria y ambivalente de la continuidad y del cambio, de la tradición y la adaptación, de lo permanente y lo fluido, de la continuidad, la perdurabilidad y la inmutabilidad y también de los desafíos, las novedades y las transformaciones, de la identidad cultural de un pueblo cuyas festividades, rituales, cotidianidad, coordenadas espirituales y hasta sueños (Los sueños de buen augurio deben tener hojas verdes y agua: su ausencia define las pesadillas) están asociados al agua: Esta agua es preciosa, Señor: es agua de nuestro propio pozo; esta agua es nuestro pacto contigo, con esta tierra, con la vida que Tú nos has dado. Al nacer, nos bautizamos con esta agua; luego crecemos y nos llenamos de orgullo, pecamos, nos quebramos, sufrimos, pero con el agua lavamos nuestros pecados, somos perdonados y volvemos a nacer, día tras día, hasta el final de nuestra vida, como afirma Ammachi. 

Sin apenas tiempo ya más que para un par de comentarios finales, quiero volver a subrayar la importante presencia de la medicina en el texto, así como ciertos elementos de estilo representativos de la literatura de Verghese. En El pacto del agua, los “apuntes” médicos son fundamentales para la narrativa y están profundamente entrelazados con la vida de los personajes y la evolución de la trama: el carácter patológico de la “Condición”, vinculada (y aquí hay otro leve “spoiler”) a una característica genética de la familia; los numerosos ejemplos de práctica médica en el curso de la narración, que alberga varios médicos, en particular cirujanos, enfermeras y profesionales sanitarios entre el elenco de personajes, cuya labor profesional se presenta con detalle; el contraste entre la sabiduría ancestral de la medicina tradicional india y los métodos modernos y avanzados que introduce la influencia colonial británica; la condición ambivalente del agua -una vez más- en relación ahora con su valor como fuente de vida y salud y como origen de contagios y causa de enfermedades; las repercusiones éticas de las decisiones médicas, la vertiente menos “técnica” de la ciencia médica, la que tiene que ver con los cuidados y la compasión, con la cercanía, el apoyo emocional y la empatía, en un libro impregnado -como ya he resaltado- de altas dosis de humanismo. En todo ello se revela de manera ostensible, como ya ocurría en Hijos del ancho mundo, la principal dedicación profesional del autor. 

En relación, ya para terminar, con el particular y muy identificable estilo de Verghese, quiero recalcar ese tono bondadoso y, como acabo de señalar, humanista de sus propuestas literarias. Ambas novelas “respiran” un clima afable, benevolente, cordial, cercano. Los personajes son -prácticamente todos- benignos, compasivos, tolerantes, dotados -como ha escrito muy acertadamente un crítico- de un temperamento casi bíblico, acorde al mensaje de tolerancia, magnanimidad, despojamiento, abnegación y clemencia propios de la versión más elemental, más primitiva, sin duda más noble, de las enseñanzas cristianas de las que el pensamiento de Verghese es un claro exponente. Son comprensivos y conciliadores en un grado algo irreal, excesivo: la maldad se redime, la corrupción se castiga, la infracción, el pecado, las transgresiones, las faltas acaban por ser perdonados, las desavenencias se resuelven en reconciliación. El lector se ve sumido en un estado de apacible bienestar y acaba el libro rezumando optimismo, seguridad, fuerza, ánimo, entrega, también ternura, melancolía, generosidad, amor (Omnia vincit amor: et nos cedamus amori, escribe Verghese en la dedicatoria final del libro, destinada a su mujer). Pese a ello, esta circunstancia ha sido criticada en algún análisis del libro, que ve en ella una deficiencia y una limitación importantes de la novela, por cuanto denotaría un cierto conformismo, una cierta complacencia culpable con la desigualdad, la injusticia y el mal del mundo, una tolerancia implícita, absurdamente bienintencionada, ingenua -y por tanto ciega- de su autor ante los problemas de la existencia. Así, la niña casada a la fuerza con un hombre treinta años mayor se enamora profundamente de él; las castas altas y las inferiores -Shamuel es pulayar, el estrato más bajo, y tiene prohibido entrar siquiera en las casas de sus amos- se profesan un cariño y una devoción mutuos; los representantes de la Inglaterra colonizadora y sus súbditos coexisten en educada convivencia; el revolucionario comunista acaba “viendo la luz” y comprendiendo lo intolerable de su rebelión violenta; la llegada de la independencia acaba con todos los males preexistentes, fruto implícito, por tanto, del colonialismo opresor. 

En fin, no hay tiempo para más. Leed, a pesar de que ya hayamos dejado atrás las vacaciones, estos dos libros inagotables y bellísimos, Hijos del ancho mundo y El pacto del agua. Estoy convencido que vais a disfrutar de ellos. Tras el fragmento prometido, que recoge el espíritu de la última de las dos novelas, subraya el protagonismo del agua, explica el sentido último de su título, resume las peripecias de algunos de sus protagonistas y esconde alguna pista que quizá algún futuro lector de la obra prefiera mantener oculta, os dejo con uno de los temas musicales de los varios que se mencionan en El pacto del agua. En el Baile de Otoño del Instituto Ferroviario de Madrás, en 1935, una sensual crooner se une a Digby y sus acompañantes para interpretar Los chubascos de abril. Será, pues, April showers, con su alusión inequívoca al tema principal del libro, la que ponga punto final a mis comentarios de esta tarde, en una versión muy posterior, de 1956, a cargo de la innegablemente sensual Judy Garland. 


El canal sigue su rumbo, empapando el dobladillo de su sari, sin amilanarse por su angustia, por lo que ella acaba de enterarse. Le resulta indiferente a esa agua que conecta todos los canales, un agua que está en el río de más adelante, y en los remansos, y en los mares y océanos: una masa de agua. Esa misma agua discurría delante de la casa Thetanatt donde su madre aprendió a nadar; condujo a Rune hasta allí para que restaurara un lazareto abandonado; y transportó a Philipose para que salvara a un bebé moribundo, uniendo sus manos a las de Digby; esa misma agua arrastró a Elsie a la muerte y luego la entregó, renacida, a los brazos del hombre que la amaba más que a la vida misma... y que engendró a la única hija de Elsie, Mariamma. 

Y ahora esa hija está allí, de pie en el agua que los conecta a todos en el tiempo y el espacio, como ha hecho siempre. El agua en la que entró apenas unos minutos antes se ha ido hace mucho tiempo y, sin embargo, sigue allí, con el pasado y el presente y el futuro entrelazados inexorablemente, como si el tiempo mismo se hubiera encarnado. Ése es el pacto del agua: que todos están ineludiblemente unidos por sus actos de acción y omisión, y que nadie está solo. Se queda oyendo ese mantra burbujeante, el cántico que nunca cesa, repitiendo su mensaje de que todo es uno. Lo que ella pensaba que era su vida es todo maya, todo ilusión, pero una ilusión compartida. Y qué otra cosa puede hacer salvo seguir adelante.

Videoconferencia

Abraham Verghese. El pacto del agua