CONSTANCE DE SALM. VEINTICUATRO HORAS EN LA VIDA DE UNA MUJER SENSIBLE; COLOMBE SCHNECK. LA TRILOGÍA DE PARÍS; MARIE-HÉLÈNE LAFON. HISTORIA DEL HIJO
La cuarta entrega de esta desbordante serie que desde hace un mes centra las emisiones de Todos los libros un libro os presenta tres nuevos títulos enlazados por el mismo hilo conductor que anuda el ciclo. Tres novelas, con diversas temáticas y planteamientos literarios, escritas por mujeres de distintas generaciones, aparecidas también en diferentes editoriales, que se suman a las nueve, marcadas igualmente por su heterogeneidad, cuya lectura os he ido recomendando en programas anteriores, y que se completarán con otras catorce que comentaré aquí los cinco próximos miércoles, para cerrar un proyecto, ambicioso, desmesurado y algo insensato, que pretende ofreceros, a lo largo de dos meses, veintiséis obras, todas novelescas, de otras tantas mujeres, publicadas en un número idéntico de sellos diversos. Nuestras invitadas de hoy son francesas, Constance de Salm, y su Veinticuatro horas en la vida de una mujer sensible, un clásico con doscientos años a sus espaldas; nuestra contemporánea, Colombe Schneck, parisina de 1966, exitosa autora de La trilogía de París; y la occitana Marie-Hélène Lafon, nacida en 1962 y de la que os traigo su espléndida Historia del hijo.
Mi primera propuesta de esta tarde es una novelita -el diminutivo hace referencia a la extensión y no tiene connotación despectiva alguna-, Veinticuatro horas en la vida de una mujer sensible, obra de la escritora francesa Constance de Salm, que vivió a caballo de los siglos XVIII y XIX. Yo presenté mi reseña sobre ella en marzo de 2020, en el momento álgido de la pandemia, por lo que mis comentarios no pudieron emitirse razón por la que aprovecho para recuperarlos ahora. El libro, que vio la luz en la colección Los intempestivos de la Editorial Funambulista hace ya tres lustros, en 2011, se presenta en traducción de Isabel Lacruz y con un interesante -aunque a mi juicio también controvertido- postfacio de Laura Freixas, El amor… ¿Qué es el amor?, en torno al feminismo y, más en general, la “cuestión femenina”, lo que permitirá al lector extraer algunas conclusiones especialmente oportunas en relación con el eje que motiva esta serie del programa: ¿existe una literatura específicamente femenina? ¿Y de ser así, cuáles serían los rasgos que podrían definirla?
La novela está, al parecer, en el origen de otro libro destacado que aprovecho para recomendar al paso, Veinticuatro horas en la vida de una mujer -así a secas, con la sensibilidad desaparecida del título-, la obra de Stefan Zweig de la que hay edición española en Acantilado, en traducción de María Daniela Landa. Inspirada a su vez en la novela de Constance de Salm, hay, he leído, una obra de teatro, Sensible, dirigida por Juan Carlos Rubio, y que con la interpretación de Kity Manver y Chevy Muraday giró por España hace ocho o nueve años, sin que yo haya llegado a verla. La novela de Zweig ha sido objeto de numerosas traslaciones cinematográficas en Francia, Argentina, Alemania o Estados Unidos y hace unos años se estrenó, según parece, un musical, en español, basado en el libro.
Constance de Salm fue una de las típicas -y escasas- mujeres ilustradas de su tiempo. Aristócrata por nacimiento -hija del conde de Nantes- y matrimonio -princesa de Salm tras su boda (la segunda, tras una inicial, juvenil, que acabó con un divorcio que las recientes leyes revolucionarias acababan de permitir) con Joseph de Salm-Reifferscheidt-Dyck-, políglota desde niña, educada en el conocimiento y la cultura, su vocación literaria se despertó muy pronto, publicando a los diecisiete años poemas y más tarde obras de teatro. Conocida, por sus logros literarios y su postura intelectual entregada a la “revolución”, como Musa de la razón, escribió en 1797 una Épître aux femmes (Epístola a las mujeres) en la que dejó constancia de su defensa de la causa femenina. Como otras mujeres de su entorno -pienso, por ejemplo, en Madame de Staël, una de las más notorias- fundó y mantuvo en París un salón literario en el que participaron, entre otros, Alexandre Dumas, La Fayette y Alexander von Humboldt. Veinticuatro horas en la vida de una mujer sensible es una obra tardía, publicada en 1824, cuando, cercana ya a los sesenta años, Constance vivía retirada en el castillo de su marido en Renania y, para paliar el tedio de su relativo alejamiento del mundo, se decidió a recuperar un escrito, un breve relato, iniciado y abandonado algunos años atrás.
Estamos ante una novela epistolar, como tantas que surgieron en la Francia del XVIII. La narradora y protagonista recorre en cuarenta y seis cartas, escritas en el largo curso de una única jornada, entre el miércoles a la una de la madrugada, como figura en el encabezamiento de la primera, hasta el jueves a la misma hora, como reza la última, su particular calvario emocional, desde que descubre, al salir de un concierto en la Ópera, a su amante subiendo al carruaje de otra mujer, Madame de B…, incidente que la sume a ella en una angustiosa vorágine de incertidumbre, desasosiego, especulaciones y celos que se prolongará durante toda la noche y hasta la del día siguiente. Salvo dos cartas de un entregado pretendiente, el conde Alfred, y otras dos finales de su enamorado, indispensables para conocer el desarrollo y el avance de los hechos (que no voy, obviamente, a revelar), las cuarenta y dos restantes, redactadas en un arrebatado frenesí emocional, transportan al lector, con una prodigiosa capacidad de penetración psicológica, a las interioridades del alma de esta mujer efectivamente sensible, víctima -y uso el término con toda la intención- de las manifestaciones más excesivas, más apasionadas, más delirantes, del amor.
En el preámbulo que antecede a la primera de las cartas, la escritora (que publicó el libro de manera anónima, aunque, al parecer, todo “el mundo” en su tiempo conocía su auténtica autoría), realiza algunas advertencias a su destinataria, Madame la Princesa de…, y con ella a sus lectores. En primer lugar, subraya que lo que vamos a leer es, en efecto, una novela, una construcción artificial, pues, ajena a vivencias reales; aunque se ve obligada a aclarar también -en una puntualización casi funcionarial- que, pese al carácter ficticio de la obra, el breve lapso de tiempo en el que centra su relato no choca con las leyes de la “realidad”: en su proceso creativo estudia el tiempo necesario para escribir con rapidez estas cartas, calcula con detalle los intervalos que debían separarlas, para concluir que si bien no es corriente escribir tamaña cantidad en veinticuatro horas es, cuanto menos, posible.
Además, reconoce haber procedido a su escritura movida por un propósito literario y una finalidad moral. Cansada, nos dice, de las recriminaciones que había recibido acerca del tono serio y filosófico de buena parte de mis libros, decide acometer su proyecto literario para demostrar que la inclinación por las obras serias no excluye en modo alguno la sensibilidad. Su intención confesada es, pues, mostrar esa íntima sensibilidad, oculta y encerrada, que las mujeres (estudio sobre el corazón de una mujer, llama a su libro) se veían obligadas, en muchos casos, no solo a esconder sino incluso a menospreciar, persuadida de que el conocimiento de la “verdad” del alma humana y la iluminación acerca de las interioridades nuestro espíritu, se logran tanto por la filosofía y el pensamiento como por el tierno acercamiento que procura la descripción y el análisis de los sentimientos. Su planteamiento moral reside en la declarada voluntad -que podríamos llamar “pedagógica”, aunque nada hay en el libro de aburrido y reduccionista sermón moralizante- de ofrecer una lección sobre la envidia, sobre el extravío y el dolor, sobre los excesos y el furor, sobre la embriaguez y la turbación que a menudo conlleva el amor.
Cualquier lector que haya experimentado en sus propias carnes la terrible devastación emocional que ocasiona la vivencia extremada de la pasión amorosa podrá apreciar la sutileza, la profundidad, la “finura” en el análisis del fuego y los abismos del amor que hace Constance de Salm en su breve repertorio epistolar. Quien haya vivido el amor contrariado, el imposible, el conflictivo, el turbulento, el que se enfrenta a obstáculos infranqueables, el sometido a desasosegantes vaivenes, el que oscila entre la entusiasmada entrega y el rechazo visceral, encontrará en Veinticuatro horas en la vida de una mujer sensible un retrato fidedigno y exacto de su anterior y muy reconocible padecimiento, identificará en el enfermizo desasosiego de su protagonista los síntomas de aquella su propia febril dolencia pasada, pues estamos ante un tratado -sutil y hermoso, poético y bellísimo- sobre la exaltación y el delirio sentimental.
A partir de la conciencia de la “traición inaugural” de su enamorado -o de lo que la narradora, en su soberana ignorancia, interpreta como tal- nuestra heroína da rienda suelta a su dramática especulación (que dota a la novela de un punto de intriga, deseoso el lector de conocer a qué obedece el extraño comportamiento del amante, repentinamente desaparecido sin dar explicaciones, en una suerte de ghosting adelantado a nuestro tiempo), en una montaña rusa de emociones que se suceden, intensas y desmesuradas, en un torbellino de turbación y desconcierto, confusión y rabia, desesperación y dolor, tranquilidad e ilusión, esperanza y ansia, nostalgia y ternura, tristeza y melancolía, celos, odio y deseo de venganza, rechazo y voluntad de morir, dudas y anhelos, repentinos hundimientos en una lastimosa autoconmiseración y enfáticos arrebatos de una dignidad impostada.
El desarrollo de las distintas etapas -contradictorias, vehementes, excesivas-que recorre en esta trágica jornada el personaje que presenta Constance de Salm nos muestra los extremos -los picos de entusiasmo y los valles de depresión- del delirio amoroso. Entre reflexiones sobre la pasión y sus efectos, a las que luego me referiré, nuestra frenética y dolorida corresponsal inventa conjeturas -todo su itinerario sentimental parte de una construcción imaginaria a partir de un suceso que en realidad desconoce- sobre los motivos del abandono; se inflama de pasión recordando a su amante; se enardece, agitada por el fragor de sus sentimientos; siente la impaciencia de la ternura que la invade; grita exultante por el exceso de felicidad que la acomete al rememorar su dicha; se hunde en la zozobra cuando su criado Charles tarda en traer noticias de la casa del amado ausente (Me ha parecido oír la voz de Charles, confía más que oye); respira aliviada cuando, sin más sustancia que la que deriva del autoengaño, urde una explicación plausible -pero sin base real alguna- que aclara la marcha y el silencio posterior de su idolatrado; consulta el reloj una y otra vez escrutando minuciosamente el paso del tiempo en una torturante y estéril espera; ríe y llora sin solución de continuidad; se entusiasma y se deja llevar por el abatimiento, en una sucesión de bruscos cambios emocionales; se obsesiona por su padecimiento, lamenta su dolor e intenta -inútilmente- distraerse en su gabinete de pintura; se inquieta y sufre; la devasta la amargura; no soporta el dolor -¡Muero de desesperación!-; construye hipótesis descabelladas, sin fundamento alguno, para desdecirse de ellas al instante; confía y se decepciona; perdona y se arrepiente; cree escuchar la llegada de su amante y se lamenta -¡nada!- cuando comprueba que se trata de una falsa alarma; vuelve a las lágrimas y a la desesperación; se agita -respiro fuego- y acaba por conformarse; se ilusiona y constata acto seguido que todo es un sueño, un delirio, una locura febril de su alma atormentada; se tranquiliza con interpretaciones compasivas de los hechos para desbaratarlas a continuación en una extenuante cadena de razonamientos y desmentidos; se aferra a cualquier atisbo de leve optimismo, por descabellado que parezca, para negarlo, lúcida, acto seguido -¡Cómo ciega el amor!; se indigna, pide explicaciones, colma a su amado de reproches y lo insulta –pérfido, indigno, ingrato, embustero, cobarde- y se “derrite”, tiernísima -Amor mío, alma mía, vida mía-, recordándolo; la carcomen los remordimientos; tiembla en la tempestad de las pasiones y se agota en la lasitud que lleva consigo la aceptación de la derrota; vacila, no sabe qué hacer -¿quedarme aquí, tranquila, encerrada en esta estancia, mientras me quitan mi bien? (…) ¿Adónde acudir?-, para de pronto decidir, impetuosa -iré a vuestra casa-, y al momento arrepentirse y renunciar -¡No, jamás!-; escribe compulsivamente, pues está persuadida de que las cartas son un vínculo que la une, siquiera de modo vicario, con su amante -Si no os escribiera, ¿qué haría yo con mi tiempo, de mí misma? ¡El amor ocupa tanto espacio en la vida!-, para desistir después -no os escribiré ya más-; toma decisiones drásticas, se despide para siempre -adiós, adiós, aquí termina este cruel relato- y le falta el atrevimiento para hacerlo; y llega otra vez la crisis, y ahora el arrebato, y luego la estupefacción, el ansia y la inquietud, y de nuevo se siente sola, desesperada, extraviada -voy, vengo, escucho, al mínimo ruido me estremezco-, y baja a la calle, y vuelve a subir, y llama al criado, y se desmorona, y se ve traicionada, perdida, inmóvil, abandonada, ansiosa y agitada; y vuelven los insultos y las lágrimas y la impotente amenaza -me echarás de menos en el momento de tu último suspiro- y la inocua venganza, la poco convincente alusión a la tumba, el adiós furioso y estéril -he reservado esta carta para que sea el último acto de mi vida, escribe en la cuadragésimo cuarta misiva-, antes de que, por fin, llegue la carta de él…
Y trufando la desazonadora narración de su emocionalmente convulsa jornada, aparecen las reflexiones, los comentarios, los juicios y las valoraciones, los pensamientos y las consideraciones sobre el amor, la pasión, el deseo, los celos, todos ellos marcados también por los titubeos y las dudas, por la categórica afirmación de una determinada postura y por la igualmente radical defensa de su contraria. Y así, nuestra sufriente protagonista se extasía, nostálgica, ante el poder del amor (Hay en el amor algo más que el amor, una unión más íntima, unas relaciones que las almas corrientes no pueden ni comprender ni experimentar, una fuerza de atracción de un ser hacia el otro, que en nada depende de lo que el pensamiento alcanza a definir); evoca con melancolía el arrebatado instante en que sintió su “llamada”; analiza sus síntomas -el torbellino violento que se apodera de nuestras facultades, ideas, sensaciones, y las lleva, todas ellas, hacia un solo lado, a un único punto, el alma inundada de alegría, las manos temblorosas, los precipitados latidos del corazón, las conjeturas locas y punzantes, las lágrimas ardientes que se vierten torrencialmente a través de mis ojos, el temor ante la ausencia, el miedo a la pérdida-; reclama, desesperada, los momentos de plena felicidad que el amor proporciona; exige el retorno inmediato del éxtasis amoroso (Embriaguémonos (…) con todo lo que el amor tiene de más puro y más ardiente), rememora los dulces encantamientos del ardiente cariño; escruta las muestras del amor en el comportamiento de su enamorado; analiza los efectos del fuego amoroso (embriaga, absorbe, aísla del universo y de uno mismo); se anula ante la falta del amado (Desposeída de las grandezas del amor (…) ya solo soy una mujer corriente); se avergüenza de los excesos a los que lleva el amor: la ruptura de las convenciones sociales, la renuncia al orgullo, la pérdida de vergüenza, la desatención de los principios morales, el olvido de uno mismo (¡Qué poco sabemos de nosotros mismos y de nuestros deseos cuando nos pierde la pasión!), el sometimiento a impulsos irrefrenables e imposibles de controlar (¿Quién puede prever los efectos del amor?), la irracional locura (¿Quién podría explicar ese poder del alma sobre el cuerpo, de la pasión sobre la razón?), la desmesura de los celos, tal y como puede comprobarse en el texto que os dejo como cierre a esta reseña.
En su interesante postfacio a la novela, la inteligente Laura Freixas, escritora y novelista ella misma y destacada “abanderada” de la causa feminista, hace una lectura pro domo sua del libro, presentando la condición de Constance de Salm como la de una adelantada a su tiempo en la defensa de un papel más activo de la mujer en la vida social y cultural, un rol que superara su tradicional relegación al estrecho límite de la procreación, la maternidad y, en definitiva, el cuidado familiar, y la abriera a las fecundas vastedades de la creación artística e intelectual. Partiendo de su análisis de otras obras de la autora (de las que entresaca una suerte de significativo lema: ¡Oh mujeres! Retomad la pluma y el pincel), Freixas analiza para sustentar su tesis (incurriendo una inocente trampa que ella misma abierta y conscientemente reconoce) las tres fases por las que discurre la agitada jornada de la protagonista. Así, nuestra heroína acepta inicialmente la rendición a los más consabidos encantamientos del amor, aquellos que suponen la anulación, la dependencia, el sometimiento, la sumisión, la entrega incondicional al amado, para, en una etapa posterior, cuestionar racionalmente, tal y como acabo de ejemplificar en mis anteriores párrafos, el desvarío, la pérdida de identidad, la irracional renuncia a la propia personalidad, la cancelación de la voluntad, los propósitos, las ideas y los deseos propios que esa dimensión convencional del amor lleva consigo, y, por último, superados ambos grados (irracional locura y conciencia lúcida) -¡y todo ello en veinticuatro escasas e intensas horas!-, acceder a una suerte de iluminación feminista en la que, refugiada en la pintura y en el arte, liberada de la funesta dependencia del fatigoso varón habría rebasado los angostos lindes en los que los dictados de la época encerraban a las mujeres.
Lo que ocurre es que, como la propia Freixas no puede dejar de reconocer, esas tres fases, siendo ciertas y representando en verdad tres momentos graduales de la convulsa y muy concentrada vivencia del personaje, se suceden en el libro en un orden distinto al que ella presenta (me he tomado la libertad de cambiar el orden de las citas) y que acabo de mencionar; una alteración secuencial que modifica radicalmente la interpretación última del texto. Porque, en efecto, la muy desasosegada protagonista experimenta complacida y sin cuestionamiento alguno, antes al contrario, todos los efectos -también los más dolorosos- de su pasión; en síntesis, la entrega y la anulación. Inmediatamente después -y solo cuando la “fuga” de su amado la hace aborrecer de su propio desvalimiento y a padecer su mísera soledad- intenta la vuelta a la razón y se vuelca en la “distracción” -un mero entretenimiento que le permita olvidar la pérdida- del dibujo y la pintura en su santuario de las artes. Pero al final -y el orden en que se suceden los hechos y la evolución sentimental, espiritual e intelectual de la mujer, no es, obviamente, baladí- acaba por volver a “recaer” en los placenteros deliquios del amor, en su extravío, en su abnegada rendición ante los encantos de su amado, refugiándose en las almibaradas convenciones románticas (como sentencia, quizá decepcionada, Freixas) y aceptando en último término el papel atribuido a las féminas por los valores y las convenciones de la época: víctimas propicias del ciego impulso amoroso (Cuando te veo dejo de existir por mí misma. Cuando estás lejos de mí vierto incansablemente sobre el papel mis penas). Pero feminista o no, adelantada a su tiempo o fiel deudora de él, Veinticuatro horas en la vida de una mujer sensible es una novela magnífica, altamente recomendable, que va a interesaros y a haceros disfrutar, además, de unas pocas horas -su extensión es muy breve- de placentera lectura.
Pese a que la mayor parte de la crítica y los comentarios editoriales ven en el libro de Constance de Salm un inequívoco referente del de Stefan Zweig, Veinticuatro horas en la vida de una mujer, lo cierto es que, más allá del título y del hecho de que los aspectos nucleares de su trama se desarrollan en idéntico corto período de tiempo, no son muchas las semejanzas entre ambos textos (la profesora Ángela Magdalena Romero Pintor, autora de un interesante trabajo sobre la recepción de la obra de la escritora francesa, se atreve a afirmar que probablemente Zweig ni siquiera conociera la existencia de su supuesto antecedente). La novela del austríaco, también espléndida, se centra en la historia de una mujer que, ya anciana, y por motivos que no vienen al caso, se decide a contarle al narrador, con el que, junto a un discreto grupo de personas enteramente burguesas, comparte estadía veraniega en una pensión de la Riviera italiana en los años previos a la Gran Guerra, la profunda experiencia vivida cuarenta años atrás a lo largo de una jornada, desconcertante e intensa, en la que cedió a la irresistible y inexplicable atracción por un joven mucho menor que ella. No obstante, el interés del libro recae tanto en la vivencia de la mujer como en la irrefrenable pasión del muchacho por el juego, en un tema, el de la pulsión lúdica -llamémosla así- que ya había sido objeto de las preocupaciones literarias de Zweig. Discúlpese esta abrupta intromisión de un hombre en mi extensa serie de novelas de mujeres para, con él, ofrecer un aporte adicional al debate de raíz: ¿Qué es la literatura femenina? ¿Puede un hombre -Zweig- mostrar, con delicadeza y profundidad, los resquicios más íntimos del alma de una mujer? ¿O ello es patrimonio exclusivo de las escritoras? Sirvan mis propuestas de lectura para, de paso, avivar la reflexión acerca de estas interesantes cuestiones, no tan obvias como parece deducirse de las aportaciones reduccionistas con las que se suele abordar la discusión en nuestro polarizado ambiente político y cultural.
Una perspectiva abiertamente femenina y una temática -al menos en un tercio de su novela- privativa de las mujeres (¿o no?), están presentes en mi segunda sugerencia de hoy, La trilogía de París, de Colombe Schneck. Schneck, nacida en París en 1966, es una escritora, periodista de radio y televisión y documentalista con una trayectoria muy consolidada en su país en todos esos campos. De origen judío, proviene de una familia de inmigrantes de Europa del Este -su abuela, lituana, emigró a Francia en el primer cuarto del siglo pasado-, marcada por los traumas históricos del siglo, con algunos parientes asesinados en el Holocausto. Creció, no obstante, en un entorno social, económico y cultural privilegiado, acomodado y liberal. Tras estudiar en dos instituciones académicas de prestigio, el Institut d’Études Politiques y la universidad Paris 2, se dedicó profesionalmente durante años al periodismo cultural, actividad que alternó con una intensa y fecunda carrera literaria en la que cuenta con una larga decena de libros publicados, en su mayor parte galardonados con distintos premios en el país vecino y que se desenvuelven en un ámbito fronterizo entre la novela, la crónica autobiográfica y el ensayo narrativo, en textos que vinculan vivencias personales con observaciones culturales y sociales, dialogando a menudo con la tradición de la “autoficción” francesa moderna, singularmente -por la coincidencia en ciertas preocupaciones estéticas y temáticas- con Annie Ernaux (de presencia explícita en la obra de la que hoy os hablo), aunque Schneck posee una voz distinta, más sociológicamente situada en la burguesía parisina liberal y menos centrada en la marginalidad que la premio Nobel. En la última década ha publicado tres novelas cortas autobiográficas que han gozado de una excelente recepción en medios franceses, y no solo, pues han sido objeto de traducción a diversas lenguas: Diecisiete años, en 2015, Dos pequeñas burguesas, de 2021, y La ternura del crol, publicada en 2019. Las tres aparecen reunidas, en un todo unitario, y bajo el título de La trilogía de París, publicado por Lumen en 2024 con la traducción de Mercedes Corral. En realidad, se trata de tres textos breves autónomos, no nacidos como parte de un proyecto conjunto, pero que, dadas sus características similares, su autora “ensambló” (En realidad los tres libros no fue un proyecto literario, sino que responde a una llamada más íntima de escribir sobre esta parte de mi vida, pero al final, las personas que lo lean se verán reflejadas en alguna de las historias. Este tríptico funciona muy bien y era de lógica juntar las historias) en una obra que, en tanto que está unida por un perceptible referente autobiográfico, íntimo, reflexivo y personal, mantiene una evidente integridad y se lee de un modo coherente, continuo y cerrado en sí mismo. Ese hilo conductor se anuda en torno a la narración de una vida -la de la propia autora- contada en tres movimientos que, sin perder su individualidad, componen un arco temático que da cuenta de la experiencia de una mujer -y por extensión la de cualquier otra, salvadas las singularidades de la específica trayectoria de Schneck, ciertamente muy particulares- en diferentes etapas de la vida, en un recorrido en el que el cuerpo, la fisicidad, se propone como elemento que da continuidad a la historia. En un esclarecedor prólogo en el que la autora explícita el propósito, la génesis y la vinculación del libro con su propia biografía, la escritora francesa fija los tres hitos de relevancia decisiva que jalonan su vida y que, discretamente “ficcionalizados”, trasladará a su obra: el cuerpo, adolescente y vital, exultante y ambicioso, de una inocencia primitiva y salvaje, en la primera parte, marcada por la primera menstruación y la conciencia de una realidad corporal hasta entonces inadvertida; la aceptación, al principio renuente, de la identidad de género, la maternidad, la familia, la atención a los hijos, el desarrollo profesional, las desafortunadas relaciones con los hombres, el retraimiento del deseo, el “sacrificio” del cuerpo, el cultivo de la amistad, en el segundo relato; y, en el último capítulo de esa trayectoria, ya con cincuenta años y a partir de unas clases de natación, la recuperación, pletórica, de nuevo exaltada y feliz, de una feminidad poderosa, de una fortaleza, de una identidad transformada y por fin aceptada. Escribir estos tres libros me ha transformado. Tengo la espalda más fuerte, dos manos para pegar, ay del que se meta conmigo. Puedo ser arrogante, me da igual. Soy importante, como lo son estas tres novelas. Diecisiete años, Dos pequeñas burguesas y La ternura del crol narran mi aprendizaje corporal: este es mi cuerpo vivo, este es mi espíritu vivo, el de una persona única en constante movimiento llamada Colombe Schneck, afirma, rotunda e inequívocamente, en palabras que cierran el preámbulo a la obra.
El primer relato, Diecisiete años, narra la historia de una joven de diecisiete años que se enfrenta un embarazo no deseado, decisión que marca el tránsito de su relación con su propio cuerpo y con la sexualidad. Este relato, profundamente personal y sin alardes sensacionalistas, examina cómo un acto médico, el aborto, se convierte en pivote central de la conciencia de la protagonista, obligándola a revisar su relación con su propio cuerpo y la autonomía sobre él. En apariencia, la reflexión filosófica y moral a la que Schneck pretende inducir se sitúa en las coordenadas habituales del debate convencional en torno al aborto. Hay, así, menciones al estado de cosas anterior a la aprobación en Francia en 1975 de la ley promovida por Simone Veil, y que lleva su nombre, reflejando el rechazo social, el dramatismo y la brutalidad de los abortos clandestinos, su lectura unívoca bajo el prisma de su criminalización, la escasa repercusión de El acontecimiento, el relato de Annie Ernaux de un aborto clandestino practicado en 1964, el mediático caso de Marie-Claire, la adolescente de Bobigny, juzgada en 1972, años antes reconocimiento legal del aborto, las connotaciones de humillación, oprobio y cargo de conciencia que conlleva. E inmediatamente, la decisión de la muchacha de abortar, ya legalizada la práctica, se presenta -con claroscuros, como luego veremos- como una muestra de libertad, inscrita en una larga lucha -de la que la ley Veil es la afortunada culminación- contra las prohibiciones, contra la violencia, contra la injusticia, contra la intolerancia, el fanatismo y la “reacción”. Un proceso de liberación del deseo, de afirmación de la voluntad y el cuerpo de la mujer. El aborto como acto de libertad.
Pero, a mi juicio, las cosas no son tan simples. Colombe es una niña pija, crecida en un ambiente intelectual y progresista, pero pija al fin (vocablo que se menciona expresamente en el libro). Padres médicos, de izquierdas, abiertos, encantadores, cultivados, viven en la orilla izquierda del Sena (con su carga simbólica de bohemia, intelectualidad, cultura, arte y rebeldía). El padre se ha creado una vida familiar que le viene bien. Vive en el quai de la Tournelle, en la planta baja de un palacete del siglo XVII, donde recibe a amigos y amantes. Está a favor de la vida, del amor libre, y en contra de la pareja, el aburrimiento y las rutinas. Durante el fin de semana se reúne con su mujer y sus hijos en la rue du Val-de-Grâce. La madre es feminista, tuvo que luchar para estudiar, para trabajar; todavía enarbola los antiguos eslóganes del 68: Mi cuerpo me pertenece, Una mujer sin hombre es como un pez sin bicicleta, Un hijo si yo quiero y cuando quiera. Educan a su hija en la tolerancia, el respeto y la libertad absolutos (Estoy a favor de que no me impongan ninguna norma, ningún gusto). El colegio que eligen para su hija, laico, moderno, innovador, elitista, basa la docencia en el diálogo, la imaginación y la creatividad de los alumnos, en la ausencia de prohibiciones, en el libre desarrollo de la personalidad de los jóvenes (mayo del 68 no está lejos). La libertad de los chicos es sacrosanta: Yo no atiendo en clase, no hago los deberes, no pasa nada. No tengo que enfrentarme a ninguna autoridad, no hay nada a lo que enfrentarse, ni al colegio ni a los padres. Nadie nos dice que obedezcamos, que nos sometamos a las normas, salvo a las de la convivencia y el respeto al otro. Debemos encontrar nuestro espacio, ejercer nuestra libertad, perseverar en nuestra voluntad, ser curiosos. Nuestros padres y nuestros profesores han luchado por ello. Somos los hijos de una nueva era. La niña lee libros prohibidos desde que sabe leer, recibe, sin cortapisas, sin orientación, sin limitaciones, las ricas influencias culturales del ambiente familiar.
En este entorno, Colombe tiene un amante, un compañero de liceo, y se ufana de su pérdida de la virginidad y de su libertad completa (Soy yo, una chica que se acuesta con un chico sin estar enamorada. Tengo diecisiete años y tengo un amante. No un novio, no un enamorado, no una relación de adolescente, sino un amante, una relación de mujer. Soy una chica libre). Ella lleva la voz cantante. Yo elijo, yo decido, yo prefiero. Todo es tan fácil. No pido permiso a mis padres para ir a dormir a su casa, a pasar con él el fin de semana). En cualquier caso, y como puede imaginarse, dado el contexto familiar que se nos ha presentado, el padre (todos somos inteligentes y modernos) le deja su piso a la hija para sus encuentros sexuales: Estamos en esta parte del mundo donde un chico y una chica se acuestan juntos bajo la benevolente mirada de sus padres.
Se acuestan juntos. Es la época de eclosión de la píldora, hay, pues, protección ante el posible embarazo. ¿La hay?: Soy despreocupada. La primera semana me acuerdo de tomar la píldora todas las noches. Luego, a veces se me olvida. Ya no me hace tanta gracia tomarla, ya no es una novedad, sino una cosa de mayores, solo una imposición. Tengo problemas con las imposiciones [soy yo, Alberto San Segundo, el que resalta, estupefacto, las comillas].
Y llega, claro, el embarazo, y con él el miedo, las lágrimas, la presión académica -está estudiando el bachillerato, se presentará a la selectividad embarazada-, el terror ante las consecuencias, la angustia (La angustia, los tormentos, era algo muy anterior a que yo naciera, algo de hace mucho tiempo, de cuando la guerra, antes de la ley Veil; pero, ¿cómo establecer comparaciones?), la triste despedida a su vida de hasta entonces, la vida de una adolescente que lee todo el tiempo, no fuma, no bebe alcohol, se acuesta temprano, come fruta y verdura, cocina pizzas y tartas de chocolate para sus amigos, lleva camisetas de agnès b. con un cárdigan a juego, una adolescente a la que no se le ocurre en qué puede rebelarse contra sus padres, que habría considerado injusto rebelarse, que no ha conocido la guerra. No quiero que mis padres se preocupen por mí, no quiero darles ningún problema ni quejarme, quiero seguir siendo limpia, perfecta, alegre. Eso ya no es posible.
Y entonces el aborto. Higiénico, limpio, neutro, aséptico, sin recelos, comentarios o reproches, un acto banal, solventado con eficiencia rutinaria por un grupo de profesionales, médicos, enfermeras, anestesistas, auxiliares de enfermería, atentos e indiferentes. Fin del problema.
Y después las reflexiones, sinceras, oportunas, pero para mí ya poco convincentes -no abandonaré mi animadversión hacia la ligereza y despreocupación de la autora, hacia su superficialidad, en toda la novela (aunque vista la elogiosa recepción crítica, puede que no haya sabido leerla de modo idóneo)-, sobre las muchas aristas de un asunto complejo, controvertido, difícil, intelectual y moralmente ambiguo, que no puede -que no debe- despacharse con lemas apriorísticos. Solo dos apuntes sobre esta dimensión ulterior a los hechos. El primero tiene que ver con las notas, al paso, sin excesiva profundización -estamos ante una novela, no un ensayo-, sobre el debate parlamentario por el que se aprobó el aborto en Francia. Leves menciones a la prohibición del aborto “por conveniencia”, una exigencia finalmente eliminada del texto legal francés (Sí, debo de estar dentro de la casilla del aborto por «conveniencia», tan denostado durante los debates sobre la ley. Un aborto banal, fácil, realizado y olvidado al momento); a la supresión o no de las referencias a la angustia como “justificante” del aborto (En 2014, la noción de «angustia», mencionada en la ley originaria, fue suprimida. François Fillon se indignó, pues veía en ello un riesgo de banalización del aborto); a la necesidad del consentimiento de los padres en la menor de edad (¿tuve que obtener una autorización de mis padres? No, seguramente no. Tenía la costumbre de hacer lo que quería desde hacía mucho tiempo, era libre de leer durante toda la noche, de dormir en casa de un chico. Nunca pedía permiso para nada); cuestiones todas de extraordinario interés y merecedoras, por sí solas, de un estudio y un análisis profundo.
El segundo elemento relevante que Schneck plantea a partir de su aborto, este sí con un tratamiento más denso que se imbrica, además, en el propósito último del libro, es el de las repercusiones psicológicas y en la formación de su identidad futura de los hechos vividos. Arrastro una especie de mancha sobre mí, compuesta de sangre, de excrementos, de la tierra que se arroja encima de los ataúdes, escribe. Y la novela, y su vida entera, estarán marcadas por esa sombra, por ese peso, el del hijo que no tuve y que no tiene nombre. Una sombra de culpa, pero también de liberación: Estoy convencida de que [el niño no nacido hace treinta años es] el que me ha permitido ser libre; ser sucesivamente, de acuerdo con mi elección, estudiante, viajera, amante, esposa, madre, lectora, turista, periodista y escritora. Esta primera novela se cierra, así, de un modo elocuente, y para mí controvertido: Tu ausencia me ha permitido ser la mujer libre que soy hoy.
No hay tiempo ya para mucho más, teniendo en cuenta que aún quiero proporcionaros alguna pista por la que merece la pena leer mi última propuesta de esta tarde. Diré, tan solo, ya en un resumen acelerado del resto de La trilogía de París, que en su segunda parte, Dos pequeñas burguesas, el tema central es el de la amistad, íntima y duradera, marcada por la enfermedad terminal de una de ellas, entre dos mujeres adultas que nacen y crecen en esa burguesía liberal parisina que constituye el hábitat natural de la autora. Schneck explora aquí con hondura y precisión lo que podríamos llamar la radiografía del afecto: cómo se construyen y se deshacen los lazos a lo largo de décadas en una amistad profunda, y cómo la pérdida -en este caso, la enfermedad y muerte de Héloïse, amiga de infancia (y el espóiler no es tal, pues el desenlace está claro desde el principio- reconfigura el sentido de la existencia. Este capítulo es probablemente el más sociológico de los tres, en una novela en la que subyace la descripción -nada crítica, a mi juicio- de un segmento social, la burguesía urbana (incluso, en el caso de Héloïse, la muy alta burguesía), desde mi punto de vista muy poco interesante, aunque la inteligencia de Schneck le permita elevarse sobre ella y poner distancia crítica con un mundo al que, en gran medida pertenece-, que se nos muestra en su para mí estomagante sucesión de problemas de ricos, depresiones, las criadas, las colas en los telesillas, la piel demasiado estirada. Y es que las dos son unas hijas de papá, unas niñas ricas, nacidas entre algodones, y el retrato de ellas que se nos muestra en el libro es un mosaico cuyas teselas son la educación privilegiada, los títulos en escuelas de élite, los cursos en el extranjero, los lustrosos currículums, las prácticas en empresas prestigiosas conseguidas gracias a sus padres, sus carreras exitosas, su pudiente cotidianidad reflejada en las camisetas de agnès b, las gafas de sol de marca, los mejores asientos en el tren, las cremas de Guerlain, los armarios en los que en perchas de madera se suceden las blusas de seda ordenadas por colores y planchadas por otras mujeres que no tienen su suerte, los frigoríficos repletos de exquisiteces, el silencio y la tranquilidad de unas casas en las que no se oyen los gritos del vecindario, el volumen alto de los televisores de otros pisos, las paredes tapizadas con flores de Laura Ashley, las sábanas impecables, las almohadas a juego, su ropa interior impoluta, la moqueta mullida y acogedora, los frascos de perfumes, las clases de baile, de equitación, de inglés, de piano, de chino, las de dibujo, de teatro, de tenis, de natación, el ocio en la Ópera, en la Comédie-Française, en el Museo de Arte Moderno, las vacaciones de verano y de invierno, incluso las vacaciones de Todos los Santos y de Semana Santa, en las que Colombe y Héloïse se van a perfeccionar la manera de flexionar las rodillas cuando esquían, la forma de coger la raqueta, el acento británico, su conocimiento del Renacimiento italiano. Los signos distintivos de una clase social elevada, afortunada, exclusiva: A Colombe la contratan como periodista para un programa de televisión. Un cámara le cuenta que su padre es cartero. Ella se ríe, es el primer hijo de cartero que conoce en su vida. Esa risa es una de sus mayores vergüenzas, uno de sus mayores pesares. Le gustaría poder borrarla.
Y todo ello distancia inevitablemente al lector, al menos a uno como yo, sin especiales prejuicios de clase y que, quizá por ello, acaba, no obstante, salvando el relato por esa dimensión sociológica y por la inteligencia y la brillantez de su autora para, por debajo de esa insoportable superficialidad, mostrar rastros de emociones, sentimientos, vivencias humanas universales que afloran a partir del cáncer de Héloïse. En un relato que, desde un presente de 2018, se retrotrae a 1977, cuando ambas niñas se conocen en el colegio, y avanza con calas en 1978, 1984, 1988, 1992, 2002, 2006, 2007, 2015 hasta prolongarse a 2019, Schneck va dando cuenta de su amistad de décadas, hecha de afecto genuino, rivalidad, admiración, complicidad y competencia, entre apuntes sobre la relación con sus maridos, con sus hijos, con sus amantes, sobre sus divorcios, sobre la muerte de los padres, sobre sus íntimas expectativas, sus ilusiones, su insatisfacción, sobre sus frustraciones y sus contradicciones, sobre sus decepciones y sus compromisos fallidos, sobre su vulnerabilidad y el modo de afrontar la enfermedad, sobre su miedo a la muerte, sobre el amor y la esperanza, mientras, como telón de fondo, se nos ofrece la descripción del marco político y social de la Francia de los últimos cuarenta años.
Por fin, en la tercera parte, La ternura del crol, Schneck cierra la trilogía abordando la experiencia del amor en la madurez, centrada en el intenso vínculo amoroso de la protagonista con Gabriel, un hombre con quien comparte una relación profunda, emocional y física a los cincuenta años (Así que eso era el amor. Lo había olvidado). A través de este relato, la autora explora, con el hilo de las clases de natación que operan con un explícito valor metafórico, la posibilidad de amar sin perder la autonomía, y cómo la experiencia amorosa en la edad adulta puede ofrecer una forma de libertad distinta a la juvenil, una que integra el deseo, la fragilidad, la conciencia del cuerpo y del tiempo. Mi cuerpo, al enseñarme quién era yo, me permitió ser por completo yo misma: no una mujer, sino un ser vivo al que le gusta maquillarse, llevar vestidos y tacones altos, cocinar, no hacer nada, estar enamorada, pasar el tiempo con los amigos y conversar, sobre todo con personas con las que no estoy de acuerdo.
Controvertida pero interesante, recomiendo -sin entusiasmo pero con convicción- esta La trilogía de Paris, de recepción tan abrumadoramente exitosa en gran parte del mundo lector. No puede, en cambio, haber controversia alguna en relación con mi última -y ya acelerada- sugerencia de hoy, esta Historia del hijo, de Marie-Hélène Lafon, publicada en nuestro país en 2022 por la ejemplar editorial minúscula (así, en tipografía modesta) con traducción de Lluis María Todó. El pequeño y magnífico sello catalán, con más de un cuarto de siglo de sobresaliente trayectoria, y del que yo os he ofrecido aquí, en un repaso aproximado, La lengua del Tercer Reich, de Victor Klemperer; La isla, de Giani Stuparich; Las torres de Trebisonda, de Rose Macaulay; Represalia, de Gert Ledig; y Todos los caminos están abiertos, de Annemarie Schwazenbach, además de recomendaros ahora, sin que haya tenido ocasión de dedicarles una reseña, la excepcional Verde agua, de Marisa Madieri, y los desbordantes Relatos de Kolimá, de Varlam Shalámov, ha presentado al lector español otras cuatro obras de Lafon, que yo no he podido leer (una carencia que espero subsanar cuanto antes), tres novelas -Las fuentes, Los países y Nuestras vidas- y Flaubert for ever, una especie de entusiasta monólogo interior en el que la autora manifiesta su devoción por el autor de Madame Bovary.
Marie-Hélène Lafon nació en 1962, hija de una familia campesina, en Aurillac, en la región del Cantal, escenario principal de Historia del hijo y, al parecer, de la mayor parte de su producción literaria. Por lo que he podido leer, esa comarca de Francia y, más en general, la “provincia” como “categoría moral”, no es solo un simple decorado ni un telón de fondo costumbrista, en paisajes, escenarios, dinámicas sociales y referencias culturales de sus novelas, sino que constituye la referencia sustancial que da cuerpo a sus personajes, determinando su forma de estar en el mundo y explicando sus posturas éticas ante la vida. Así ocurre, sin duda, en el libro que cierra mis recomendaciones de hoy. Formada en lenguas clásicas, doctorada en Literatura, profesora de un liceo en el extrarradio parisino, esta cualificación académica se percibe claramente en su escritura, de léxico muy rico, lenguaje cuidado, precisión en el uso de la palabra y exquisita musicalidad de su prosa. Historia del hijo obtuvo el prestigioso Premio Renaudot en 2020, un galardón que puso a su autora en el primer plano de la literatura francesa contemporánea.
La novela se presenta como una historia familiar construida sobre un arco temporal de casi un siglo en el que, en resumen excesivamente sintético, que no recoge ni siquiera pálidamente el espléndido alcance del libro, seguimos la vida de un hijo sin padre. André es el fruto de una relación (intensa y enamorada por parte de la madre, desapegada y emocionalmente poco relevante para su padre) entre Gabrielle Léoty, una enfermera que ha sobrepasado ya los treinta años, y Paul Lachalme, que, con apenas dieciséis, es, en los días posteriores al fin de la Primera Guerra Mundial, un estudiante interno en el colegio en Aurillac en el que ella ejerce su profesión, y en donde Paul se forma con brillantez para una carrera profesional como abogado, separado de sus padres que siguen en su Chanterelle natal, un pueblito en el recurrente Cantal. El idilio entre los amantes no llega siquiera a eso. Ella sabe desde el principio que se irá, que la dejará: la diferencia de edad, el deseo de Paul por conocer otras mujeres (polígamo fundamental y notorio, como se lo definirá en el libro), su juvenil ansia de aventuras, su ambición, su fortaleza, su mundano encanto arrollador, acabarán con el fugaz vínculo. Gabrielle, embarazada de tres meses (circunstancia que el padre desconoce) volverá a Figeac, su lugar de origen, en donde vive su hermana Hélène con su marido Léon y sus tres hijas. La primera noche con ellos, estamos en agosto de 1923, les revela su situación y les comunica -en cierto modo les “impone”- su decisión: voy a tener un niño, no conocerá su padre, llevará mi apellido, Léoty, es un bonito apellido, nacerá en París, os pido a todos, a ti Hélène, a ti, León, y a vuestras hijas que lo acojáis aquí en vuestra casa y cuidéis de él hasta que yo misma pueda ocuparme de mi hijo en las mejores condiciones, si estáis de acuerdo, será el hijo y el hermanito que no habéis tenido, y cada mes os llegará una pensión.
La narración se retrotrae, como he señalado, a 1908, a los días de la infancia de Paul, su infortunado gemelo Armand, entonces con solo cinco años, y su pequeño hermano Georges; y llega hasta un 2008 en el que, en el cementerio de Chanterelle, Antoine Léoty, nieto de Paul y Gabrielle, hijo de André, ya casi quincuagenario, ciudadano franco-americano, residente en el extranjero (Singapur, Vancouver, ahora Los Ángeles) desde hace más de quince años, se pasea entre las tumbas de lejanos familiares de los que apenas tiene noticia -Paul, Armand y Georges Lachalme, Lucie y Margueritte, madre y tía, respectivamente, de los hermanos-, de paso en Francia por solo tres días, en los que conocerá los secretos de su algo enigmática genealogía en su conversación con otro Armand, hijo de Georges, que con setenta y tres años lleva una vida retirada en Chanterelle, entregado a la jardinería y a la conservación del legado familiar (único detentor de las llaves del reino de Chanterelle).
Lo más relevante del muy breve libro, apenas ciento veinte páginas en el formato reducido (12 x 16,5 cms.) marca de la casa del “minúsculo” sello editorial, no es, sin embargo, el desarrollo de la trama argumental. No estamos ante la consabida saga familiar que va dando cuenta, con continuidad y siguiendo la línea “natural” del tiempo, de las vicisitudes, peripecias, acontecimientos, lances, sucesos y vivencias de las diversas generaciones de un linaje. En una opción arriesgada -luego veremos por qué- Lafon opta por construir un relato fragmentario estructurado en doce capítulos no ordenados cronológicamente, que se organizan sobre una suerte de “instantáneas” focalizadas en algunas fechas concretas, en alguna coyuntura vital específica, en ciertos momentos vividos por un determinado personaje, en los que, sin acontecimientos espectaculares, sino a partir de evocaciones, recuerdos sensoriales, ausencias, silencios y pequeñas revelaciones de los protagonistas, va narrando cien años de las dos ramas principales -que confluyen en André y, a partir de él, en sus descendientes- de una familia rural francesa (los Lachalme, Paul, Armand y Georges y sus descendientes, marcados por una trágica y decisiva circunstancia “original” que no voy a revelar, y los Léoty, con la independiente y compleja Gabrielle y la abnegada entrega de Hélène y los suyos, que acogen y educan a André. De este modo, la novela va deshilvanando fragmentos de las vidas de una decena de individuos, en un puzzle temporal cuyos fragmentos se van ensamblando gradualmente, “obligando” al lector a completar el relato a partir de esas múltiples perspectivas temporales, una operación que le exige una atención y un esfuerzo extremos aunque muy gratificantes.
La mera transcripción de los títulos de dichos capítulos resulta reveladora de la originalidad estética de Lafón, de la en apariencia caótica organización interna del libro y de las dificultades que puede entrañar para quien debe desenmarañar el complejo hilo que enlaza cada apartado: jueves 25 de abril de 1908, jueves 23 de enero de 1919, sábado 19 de agosto de 1950, viernes 17 de agosto de 1934, miércoles 20 de junio de 1923, martes 5 de marzo de 1935, miércoles 20 de enero de 1960, sábado 21 de abril de 1962, domingo 28 de octubre de 1945, jueves 8 de noviembre de 1984, lunes 19 de agosto de 1974 y viernes 28 de abril de 2008. La indispensable actitud atenta que, a mi juicio, exige siempre la lectura, se acrecienta en este caso por la necesidad que este entramado reclama del lector, que debe completar las distintas escenas, cada una autosuficiente y formando parte, al mismo tiempo, de un esquema mayor; “rellenar” las vastísimas elipsis; avanzar y volver atrás en la cronología saltando por entre los constantes cambios temporales; vincular causas y efectos en una secuencia lógica cuando en la novela se presentan en un orden invertido; establecer concomitancias y paralelismos entre hechos, situaciones, pasajes, incidentes; conectar parentescos y genealogías. La aceleración a la que nos arrastran nuestros vertiginosos tiempos choca frontalmente con el modelo de lectura que impone Historia del hijo, que requiere de quien se adentre en sus páginas la lenta y sosegada inmersión en un ritmo reflexivo, y la aceptación paciente de pausas, silencios y desplazamientos temporales antes de acabar por percibir el conjunto como un todo orgánico.
Ello resulta -al menos en mi experiencia- un desafío altamente sugestivo, supone un reto estimulante, comporta un interesante ejercicio intelectual y, en definitiva, implica una lectura activa, muy viva y excitante, muy rica y fecunda que amplía, sin ninguna duda, los ecos de una historia que contada de un modo más convencional no resultaría tan seductora, además de incrementar notablemente el placer lector.
Por otro lado, Historia del hijo es sobresaliente por el talento de su autora, que se manifiesta en la belleza de su prosa, en su riqueza literaria, en su descollante precisión lingüística, en su concisión y musicalidad (especialmente relevante cuando en la novela no hay diálogos ni, en cada uno de los capítulos, puntos y aparte). No hay excesos retóricos ni sobreabundancia emocional. Cada palabra parece meditada, cada imagen seleccionada con rigor, las descripciones son ajustadas pero ricas, las frases, medidas. Además, es admirable su capacidad de introspección psicológica en las almas, las emociones, los afectos, los pesares, los sentimientos y las reflexiones de los personajes. También destaca la perfecta conjugación de la sencillez de fondo de lo narrado y la alta densidad emocional que desprende cada uno de los fragmentos y la conmovedora hondura con la que se narran ciertos pasajes. En el mismo sentido, llama la atención -aunque el recurso es más convencional- su manera de entrelazar la intimidad familiar con la historia colectiva de un siglo.
Por último, quiero resaltar que, al margen de la historia en sí, comparecen algunos temas e ideas de interés, en un libro que induce a reflexiones sobre la filiación (no solo en el plano biológico, sino, sobre todo, en el simbólico y emocional), ya que el núcleo central del libro gira, como ya he comentado, sobre cómo es ser hijo, crecer, hacerse adulto, vivir, en suma, cuando se carece de padre conocido; sobre la memoria y la historia familiar, pues cualquier saga familiar, con sus silencios, secretos y revelaciones parciales, construye una narrativa humana común, donde lo individual se inscribe en lo colectivo; sobre el marco geográfico y cultural en el que se desarrolla la historia, con el paisaje del Cantal y del sur de Francia que comparece no como un mero simple fondo geográfico, sino como un territorio que es también emocional, pues Lafon es capaz de captar la luz, los olores y la textura de ese mundo rural, que en su quietud contiene matices de profundidad y visión poética vinculados a la identidad, a la pertenencia, a la tradición, al sentido de comunidad, contrapuestos a la vida urbana que se refleja en algunos fragmentos en los que la “acción” se desplaza a París.
Una semana más, tres novelas que os recomiendo con fervor, Veinticuatro horas en la vida de una mujer sensible, de Constance de Salm, La trilogía de París, de Colombe Schneck, y esta Historia del hijo, Marie-Hélène Lafon, cuya lectura os va a proporcionar, estoy seguro, muchas horas de disfrute y placer. Os dejo ahora con un revelador fragmento de la primera de ellas, que representa con elocuencia el tono del libro. Como acompañamiento musical, entre varias opciones muy sugestivas, me quedo con una canción que cita Colombe Schneck: Escucho otra canción de Marissa Nadler titulada We Are Coming Back. Su voz es más suave, no se arriesga. Admiro su belleza, es cautivadora, casi fascinante. Es una canción feliz, su voz es menos vibrante. Ella cerrará, pues, el programa de esta tarde.
Os atormento, me doy cuenta de ello; estoy celosa, ridículamente celosa; no transcurre casi ni un sólo día sin que un nuevo objeto se convierta, para mí, en la fuente de un nuevo dolor. La Señorita de L…, la Señorita de C…, han llevado, una tras otra, la desesperación a mi seno. Hoy, es el turno de la Señora de B… ¿Me equivoco, estoy en lo cierto? No lo sé; no quiero saberlo. Os justificaréis sin duda esta vez como en las demás ocasiones, con ello me basta. Os creeré, me digáis lo que me digáis. ¡Guárdeme el cielo de poner en duda las palabras del hombre al que he entregado mi corazón! Pero si esta serie de recelos tuviera que alterar vuestro amor, me moriría; me moriría por la pena, tan sólo, de haberme granjeado una desdicha tan terrible. No puedo, sin embargo, vencer lo que siento; no me es posible, en verdad. Y no os dejo ver más que una pequeñísima parte de mis tormentos. Estas violentas emociones tienen un algo de pudor que impide mostrarlas a plena luz del día. Conocéis por fin todo el exceso de mi debilidad.
Yo os amo, amigo mío, más de lo que nunca se ha amado; pero no transcurre ni un minuto de mi vida sin que una secreta ansiedad venga a entremezclarse con el encantamiento de mi pasión. Cuando estamos juntos en sociedad, la mínima frase o palabra que las normas de la buena educación os llevan a decir a otra mujer desata ya una sombría tormenta en mí. Si no me ofrecéis a mí la mano para ir de un salón a otro, mi inquieta mirada os persigue en medio de la muchedumbre; el más nimio azar que os hace desaparecer de mi vistas, me da temblores. Si estáis un rato sin aparecer, una nube me turba la mirada; no oigo nada, apenas me tengo en pie, y tan sólo recobro la conciencia cuando el dulce sonido de vuestra voz ha sonado de nuevo en mis oídos. Si elogiáis los ropajes o afeites de alguna mujer, un gesto involuntario me lleva al instante a echar una mirada a los míos. Su extrema simplicidad me deja consternada, y entonces me da por pensar (¡qué locura, la mía!) que tan miserable ventaja puede desposeerme de una parte de vuestra ternura. La libertad de estos juegos con los que se divierte la buena sociedad provoca en mi espíritu un desorden aún mayor; preveo con gran antelación qué cosa pueda dar pie, en ese círculo, a la mínima familiaridad, y como estos pensamientos se adueñan totalmente de mi persona, conservo apenas la porción de inteligencia necesaria para poder compartir esas frívolas distracciones. La mera palabra “baile” me deja helada. El vals me parece la más horrenda profanación del amor. Me lo prohíbo con todo el mundo y, docenas de veces, la imagen de la mujer feliz que he visto así en vuestros brazos, y casi sobre vuestro pecho, me ha perseguido durante noches enteras.
Videoconferencia
Constance de Salm. Colombe Schneck. Marie Hélène Lafon




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