Vivo entre muchos libros y extraigo una gran parte de mis ganas de vivir del hecho de que aún leeré la mayoría de ellos. (Elias Canetti)

miércoles, 6 de mayo de 2026


ELIZABETH TAYLOR. PROHIBIDO MORIR AQUÍ; ELIZABETH BOWEN. EL ÚLTIMO SEPTIEMBRE; REBECCA WEST. EL REGRESO DEL SOLDADO

Empezamos el mes de mayo y Todos los libros un libro continúa con su desbordante serie femenina, abierta hace quince días. La muy plural propuesta, prevista inicialmente para ser emitida en marzo, teniendo en cuenta la ciertamente difusa vinculación de ese mes con el Día Internacional de la mujer, y retrasada hasta ahora por circunstancias varias que a menudo afectan al calendario de las emisiones, consiste en traer aquí libros -en su mayor parte novelas; aunque ya es sabida la lábil condición de las fronteras del género- escritos por autoras de diferentes países, con estilos distintos, con planteamientos literarios muy diversos y con temáticas también variadas, no necesariamente vinculadas al universo femenino sino, en su mayor parte, con un enfoque, un interés y un valor universales. El ciclo -por estas tantas veces absurdas exigencias autoimpuestas- consta de veintiséis recomendaciones de lectura, una cifra que he querido hace coincidir -de manera, insisto, algo irracional y rozando el delirio- con el número de años en que nuestro muy moderno siglo avanza inexorablemente, dieciséis de ellos con la presencia, modesta e inapreciable en términos generales, de Todos los libros un libro. Se trata, en todos los casos, de obras que yo he leído -aisladas, sin pretensión “grupal” de ningún tipo- en los últimos meses -en algún caso hace algo más- y que he ido “reservando” hasta este momento para poder “encajarlas” en esta serie que llevo urdiendo desde hace tiempo (con tres o cuatro incorporaciones de libros ya reseñados en otros formatos y planteamientos del espacio). Por otro lado, y en otra constricción sin demasiada justificación racional, he decidido seleccionar textos publicados por diferentes editoriales, dieciséis pues, circunstancia que concebí inicialmente como un mero juego pero que ahora puede servir como muestra reveladora del excelente estado de nuestro mercado editorial, en el que, pese al dominio de los dos grandes grupos del sector y la aparente crisis lectora, surgen por doquier interesantes iniciativas independientes. 

Hace quince días inauguramos la serie con tres novelas de escritoras españolas relativamente jóvenes: Han cantado bingo, de Lara Corujo; Los astronautas, de Laura Ferrero; y Carcoma, de Layla Martínez. El pasado miércoles y con el nexo común de la vejez y sus circunstancias os recomendé con fervor las novelas de otra autora de nuestro país, Eva Díaz Pérez y su espléndida Los viajeros del continente; de la muy reconocida escritora francesa Delphine de Vigan con Las gratitudes, un libro formidable que acumula reediciones; y de la joven argentina Julieta Correa y su bellísimo ¿Por qué son tan lindos los caballos? 

Hoy, el nexo que une a nuestras tres invitadas es el de una cierta “britanidad”, valga el neologismo, pues una de ellas, Elizabeth Taylor (que no es la actriz), es efectivamente británica; otra, Elizabeth Bowen, es angloirlandesa; y por fin la última, Rebecca West, es abiertamente londinense. Las tres son casi de la misma época, nacidas en 1912, 1899 y 1892, respectivamente, y obviamente fallecidas ya hace unos años. Hay, aparte de los reseñados -origen geográfico y contemporaneidad-, otro elemento en común entre ellas, y es que en las tres novelas es sustancial la presencia de la muerte como circunstancia que impregna, de un modo más o menos directo, las vivencias de sus protagonistas. 

Doy comienzo, pues, a mi recorrido por las islas británicas con el último libro de Elizabeth Taylor publicado en España; y lo hago, abrir el programa con él, porque hay una muy evidente conexión de la novela con el hilo que anudaba los tres títulos de hace siete días: la ancianidad y el deterioro, la vulnerabilidad y las limitaciones que lleva consigo. Se trata de Prohibido morir aquí, que vio la luz el pasado 2025 en la editorial Libros del Asteroide con la traducción de Ernesto Montequin. 

Elizabeth Taylor, que odiaba su nombre por la inevitable y muy frecuente confusión con la actriz, fue una escritora (hablo en pasado: nacida en 1912, murió un día antes que Franco, hace ya, pues más de cincuenta años), de la que siempre se destaca su tardía valoración crítica, empezando a ser reconocida por la academia y considerada por los círculos literarios solo tras su muerte. Con una docena de libros publicados, hay traducciones de la mitad de ellos a nuestro idioma al menos desde 1986, cuando la extinta editorial Bruguera presentó la novela que ahora nos ocupa con el título (más acorde con el original, Mrs Palfrey at the Claremont) de El hotel de Mrs. Palfrey y la traducción de la poeta y hoy miembro de la Real Academia de la Lengua Clara Janés. De Taylor yo leí hace años El juego del amor, otra novela magnífica de la que algún día os hablaré en extenso, editada en 2013 por Ático de los libros, con traducción de Claudia Casanova. 

Prohibido morir aquí comienza cuando Laura Palfrey, viuda de un funcionario colonial británico, baja de un taxi bajo una lluvia torrencial, en la tarde de un domingo de invierno, ante el Hotel Claremont de Londres en el que desde ese momento va a alojarse obligada por su viudedad y su relativa escasez de medios. La anciana, que desconoce el hotel (Había descubierto por casualidad el anuncio en el periódico del domingo mientras pasaba unos días en Escocia en casa de su hija Elizabeth. Tarifas reducidas en invierno. Cocina excelente), se muestra inquieta tanto por el profundo cambio al que se ve abocada como por el hecho de que el propio taxista que la lleva ignorase la existencia del hotel (empezaba a preguntarse en qué clase de establecimiento estaba a punto de hospedarse). Asentada, al fin, en su modesta habitación, la inquietud da paso a la angustia (Después de que el portero dejara las maletas en el suelo y se marchara, la señora Palfrey se dijo que así debían sentirse los presos la primera vez que los dejaban solos en su celda: primero se acercarían a la ventana, luego se volverían para mirar la puerta que acababa de cerrarse y, por último, contarían los pasos que separaban las paredes. Se imaginó la escena vívidamente). La austeridad del cuarto (Se parecía bastante a la habitación de una criada), la alfombra gastada, el olor acre del radiador, la cómoda vulgar, la deprimente vista desde la ventana de su habitación trasera -un muro de ladrillos blanco manchado por el agua sucia de la lluvia- la sumen en el desasosiego: El silencio era extraño, el silencio y la extrañeza de una tarde dominical, y por un momento su corazón dio un vuelco, empezó a latir con desesperación horrorizada, como lo había hecho la vez en que de pronto supo, o más bien no pudo no saber, que su marido estaba en el umbral de la muerte y evidentemente se disponía a franquearlo. Restablecida de su congoja, deshecho el equipaje -lo deshizo con la mayor lentitud posible para no dejar mucho tiempo libre antes de la cena; una frase muy elocuente que revela ya desde las primeras páginas no solo el estado anímico de la mujer sino uno de los ejes temáticos del libro: la terrible soledad de la vejez-, la señora Palfrey bajará al comedor para encontrarse por primera vez con los otros huéspedes del hotel, en su mayor parte ancianos que, como ella, pasan sus últimos años, sin demasiada esperanza ni apenas aliciente alguno, en aquel lugar “respetable” pero decadente e indudablemente venido a menos. 

La novela, ambientada en una época sin datación expresa (aunque de coordenadas temporales fácilmente constatables: en una tienda de ropa que visita la anciana suena She's leaving home, la genial canción del Sgt. Peppers de los Beatles, publicado en 1967; el libro, por otra parte, es de 1971), se centra en la señora Palfrey y el peculiar microcosmos que la acoge, un espacio algo desabrido poblado por una “fauna” cuanto menos singular y, en muchos casos, francamente extravagante, de personajes tan solitarios como ella misma y, al igual que ella, necesitados de contacto, reconocimiento y afirmación (En el Claremont, la vida de los huéspedes residentes transcurría en soledad. Cada una de las ancianas se sentaba sola a la mesa y salía a pasear sola). Esa “exigencia” de aceptación y pertenencia, de encontrar un lugar entre los huéspedes, los lleva a impostar, en mayor o menor medida, una existencia plena en la que la soledad, la tristeza, el miedo, el vacío vital, la insatisfacción, los desengaños y el declive físico no son tales, pues todos dicen tener un pasado feliz del que presumen, una existencia lograda a sus espaldas que exponen y lucen y un sinnúmero de amigos y familiares que los arropan y siempre están prometiendo su visita. Ello ocurre también con la protagonista, que en las conversaciones con sus compañeros de residencia aludirá, como muestras de su “anclaje” en la vida normal, de la que la estancia en el hotel resulta una excepción, a su hija Elizabeth, que reside en Escocia y con la que, sin embargo, solo mantiene una fría correspondencia de compromiso (Después de tantos años ya no tenía comunicación alguna con su única hija. Esas cartas que intercambiaban eran una farsa o una mera formalidad). Intentará también, por disimular su soledad ante los residentes, intentar el contacto con alguna lejana amiga de su etapa escolar o de los días en las colonias (cuando, en sus tiempos de recién casada vivía en Birmania con su marido militar), resignada al no obtener respuesta a sus impacientes y desesperadas cartas (aún no había descubierto que los otros huéspedes daban más importancia a las visitas de la que realmente tenían). Su único vínculo con el mundo “real” lo constituye su nieto Desmond, que trabaja en el Museo Británico y ha prometido almorzar con ella en el Claremont algún día. Pero el tiempo pasa y Desmond no aparece. La señora Palfrey ya casi había terminado de tejer el jersey para su nieto y todos en el hotel sabían que él no había pasado a recogerlo. La necesidad de guardar las apariencias -otro de los ejes temáticos del libro, como luego veremos- había constituido una parte importante de su vida en Oriente y resulta un elemento constituyente de su personalidad. Ello la obligará a mentir y a recordar, cada vez con mayor dificultad, sus mentiras. Inventará así enfermedades para Desmond y continuos viajes al extranjero relacionados con su trabajo, justificaciones todas de su persistente ausencia, que el muchacho no explica, sin ni siquiera tomarse la molestia de contestar a las cartas de su abuela ni a sus invitaciones a comer en el Claremont (el joven estudioso y un tanto remilgado del que siempre se había sentido orgullosa no parecía tener el menor interés en ella), lo que agudiza el desconsuelo de su abuela: Empezaba a sentir que la compadecían. Todos los otros huéspedes recibían visitas, incluso los parientes lejanos cumplían con su deber de vez en cuando: se quedaban un rato, elogiaban las comodidades del hotel y se marchaban aliviados. A la señora Palfrey le resultaba inconcebible que su único nieto —su heredero, de hecho— se mostrara tan desconsiderado

Un día, cuando, ya de anochecida, la señora Palfrey regresaba de la biblioteca, a donde acudía de vez en cuando en busca de algún libro, trastabillará en la acera y caerá con el estrepitoso estruendo derivado de su contundente porte (Era una mujer alta, corpulenta, de rostro noble, cejas oscuras y mandíbula de contorno firme. Habría podido ser un hombre apuesto y distinguido y, a veces, cuando se ponía un traje de noche, parecía un general ilustre disfrazado de mujer), dañándose una pierna. Aturdida, sin aliento, con sangre en una dolorida rodilla, envuelta en lágrimas de impotencia y desesperación, consciente de la difícil circunstancia -«Jamás lograré regresar al hotel», pensó-, verá llegar a un joven, surgido del patio de una vivienda cercana, que la auxiliará, la llevará a su casa, le curará sus heridas y, tras prepararle un té y ofrecerle un rato de relajante conversación la enviará en un taxi a su hotel, restablecida y, en cualquier caso, reconfortada por la amabilidad y la atención de las que ha sido objeto. Pocos días después, la anciana, entusiasmada por ese contacto fugaz pero ilusionante, corresponderá a la diligente acción del muchacho, Ludovic Myers -Ludo-, un escritor sin demasiado futuro -ni presente-, con una invitación a cenar en el Claremont. Al plantearle su propuesta y tras ponerle en antecedentes de su delicada situación en el hotel, sometida a las murmuraciones del resto de huéspedes, pactará con el joven que en esa cena él se haga pasar por su nieto. Esa inocente mentira, hará nacer entre ambos un vínculo inesperado, hecho de paciente amabilidad, amistad no del todo desinteresada y, en el fondo, necesidad mutua. Para la señora Palfrey, Ludo supone, sin duda, la posibilidad de compañía y atención, sin desdeñar que la presencia del joven le permite la oportunidad de “mostrar” ante el resto de los residentes del hotel que no está sola; a la vez, Ludo ha encontrado en la anciana un “material” potencialmente literario que le permita completar por fin la novela en la que lleva años atascado (el destino dejó caer a una anciana en mi patio justo cuando la necesitaba, porque se me había ocurrido escribir sobre ancianas. Cuando me dedicaba al teatro de repertorio en Woodbury solía observarlas en la pensión, sentadas como sapos en los rincones oscuros, adormecidas o completamente dormidas o hurgando debajo de los apoyabrazos de los sillones en busca de las agujas de tejer. Para mí es un modo de ejercitar la imaginación, pero por otra parte también me alegró poder estudiar de cerca a una anciana de carne y hueso), además de encarnar una figura humana, cercana, agradecida, entregada incluso, que aporta a su vida -despegada y superficial- y a su personalidad -ligera y algo cínica- una dimensión más auténtica. 

La novela explora esa relación y sus consecuencias, tanto en el ámbito externo -las vicisitudes de la aparición de Ludo en el hotel, la repercusión de su presencia en los otros huéspedes, las circunstancias de la cotidianidad de la anciana tras el encuentro, los cambios en la soledad de Ludo (Estar solo en South Kensington un domingo es el colmo de la soledad) después de la aparición de la señora Palfrey en su vida, el renovado contacto epistolar con su madre alejada, envuelta en una nueva relación (Mi madre tiene un nidito de amor en Putney. Es una mantenida, en cierto sentido)-, como, sobre todo, en los pensamientos, las reflexiones, los sentimientos y las emociones de ambos, especialmente de la ilusionada mujer (de pronto descubrió que estaba bajo los efectos del encanto del muchacho, y el encanto era un nuevo ingrediente en su vida) a partir del equívoco, de la impostura inicial. 

La descripción de la vida en el hotel es, simultáneamente, dramática y por momentos hilarante. Los rituales de las comidas y las cenas, los menús repetidos -Vaya, esta noche nos espera estofado de pollo-, las mesas solitarias, las miradas inquisitivas, las conversaciones esporádicas, los cotilleos en las sobremesas en los salones del recinto, las pequeñas rencillas, las supuestas ofensas enquistadas, las disputas por los sillones favoritos de cada cual, las mujeres absortas en sus labores, en sus novelas de Agatha Christie, las manías de los residentes, sus peculiaridades, sus muy particulares interacciones sociales: el señor Osmond, intemperante, pelma, quejándose de continuo al portero, a los camareros, al director, detestando la compañía femenina, irritado con el mundo, enviando indignadas cartas a los periódicos sobre la aplicación del sistema decimal, la fluorización, la inseminación artificial, la migración de aves, la integración racial, las drogas y el vandalismo; la señora Burton, llamando la atención y ahogando en whisky su desesperación; la señora Arbuthnot, una anciana encorvada por la artritis, despreciativa y rencorosa, culpando a su marido de haber muerto y haberla abandonado a su propia suerte, angustiada por su encierro en el hotel («No puedo morir aquí», pensó en mitad de la noche); la señora Post, tacaña, aburrida, solitaria, amargada al pensar que estaba sentada allí, esperando que fuesen a buscarla por caridad. Los ancianos personajes de Taylor no son meros clichés, sino individuos complejos con sus manías, sus sueños, sus ridículos rituales sociales, sus miserias, sus decepciones, su hastío, su desesperanza, su renuncia, entre resignada y dolorida, a toda ilusión. 

Entre todos ellos la señora Palfrey pasea su soledad, viviendo con melancolía su pérdida de estatus; el declive de su clase social; la actual escasez de recursos; la añoranza de los años en Birmania; el color rosa de Inglaterra que en sus mapas infantiles cubría el mundo entero, en un Imperio ya desaparecido; el desmoronamiento de un mundo, la sociedad británica de posguerra, en el que todo, las costumbres, los ceremoniales, las reglas de cortesía, los prejuicios, han perdido su significado; su juventud; los recuerdos de la felicidad pasada que solo ahora comienza a valorar (Si en aquel entonces hubiese sabido lo feliz que era —se dijo—, lo habría arruinado todo), de los días vividos con su marido; la añoranza de otras vidas no vividas, las pérdidas, todo aquello que ya nunca volverá a ser; el rechazo de su hija, alejada y ajena; el desinterés de sus improbables amigas; los celos, las mentiras, la tiranía de las apariencias, las maledicencias y las rencillas con sus compañeros de “reclusión”; el sentimiento de culpa por su mentira. Y, sobre todo, la ominosa presencia de la vejez, la lentitud, los cambios, las limitaciones, los olvidos, la desmemoria, el pasado omnipresente, la nostalgia, el tiempo que avanza, los achaques (Sostenía la bandeja con manos temblorosas, «como todas las manos en el Claremont», se dijo Ludo), la lucidez de quien percibe su ineluctable declinar. Sin embargo, la mujer no se rinde del todo a la inexorabilidad biológica ni acepta conformista su declive, pese a ser consciente de la dificultad de oponerse a él (se esforzaba por disimular sus olvidos. Ser viejo era un trabajo duro. Era como ser bebé, pero a la inversa. Un niño pequeño aprende algo nuevo cada día; un anciano olvida algo cada día. Los nombres desaparecen, las fechas ya no significan nada, las secuencias se tornan confusas y las caras borrosas. La primera infancia y la vejez son épocas agotadoras). Y en esa tenue resistencia a lo inevitable (La catástrofe de la vejez residía en no atreverse a ir a cualquier parte, en resignarse a perder la libertad), Ludo representa un destello -tenue y débil: ella sabe que todo es un artificio (Aquella noche la señora Palfrey permaneció despierta en su cama un rato largo, saboreando esa frase: «Me refiero a si son lo bastante buenos para usted». A lo largo de su vida le habían dicho cumplidos, de esos que siempre se recuerdan, pero pertenecían a un pasado remoto. «No importa», pensó, «son tesoros que nadie podrá arrebatarme nunca»)- de esperanza, de vida plena (De pronto se sintió exhausta, como ahogada por el amor). Fingir que Ludo es su nieto, creer -o simular que cree- en su afecto desinteresado, no es solo una obvia estrategia social para preservar su dignidad frente a la mirada de otros residentes, no es solo una manipulación levemente maliciosa, sino que estamos ante una ficción existencial -no un autoengaño- que Palfrey construye -y, al necesitarla, persiste en ella- para sentirse a salvo del derrumbe. Ficticia o no -y Taylor aporta información suficiente como para que el lector intente dilucidar los términos del contacto entre ambos, centrando el foco en ocasiones en la personalidad, las relaciones, los pensamientos, las vivencias, la precariedad laboral y económica y el desconcierto vital de Ludo-, la relación del joven y la anciana ofrece muestras de afecto genuino, de cariño desinteresado y ello no solo desde la perspectiva de la mujer. Piensa Ludo: Nunca había habido alguien como ella en la vida de Ludo: ninguna tía que lo mimara, ninguna niñera que lo cuidara, ninguna hermana que lo adorara; habían sido solo su madre y él, apiñados en casas demasiado pequeñas y discutiendo a todas horas

Una historia, pues, entrañable, con muchos elementos de interés más allá de su trama central: la espléndida recreación del universo del Hotel Claremont; las lúcidas reflexiones sobre la vejez, la necesidad de afecto y cuidado, la soledad de los ancianos y del propio Ludo («Me siento como un huérfano», pensó Ludo en el camino de regreso a su casa. «Estoy completamente solo y tengo que asumirlo.»); las difíciles relaciones familiares (el desapego de Elizabeth con su madre, la distancia del muchacho con la suya); la crítica a las convenciones y la hipocresía social; el afilado retrato de un tiempo, unos valores, una forma de estar en el mundo y unas anquilosadas diferencias de clase que se vienen abajo en una Inglaterra, la poscolonial que surge tras la Segunda Guerra Mundial, en transformación y abierta a la modernidad. Quiero, en este repaso a algunos frentes valiosos del libro, aludir también a un cierto juego metaliterario que introduce su autora. La novela que está intentando escribir Ludo, movido por la “inspiración” que supone la irrupción inopinada de la anciana, se titula Prohibido morir aquí. La gerencia del Claremont, preocupada por la imagen pública del establecimiento, procura que los huéspedes se muden a una residencia cuando sus limitaciones, y la cercanía de la muerte, les impida una estancia en el hotel acorde con la “dignidad” que se espera del lugar. En su primera cena con Ludo, la señora Palfrey le transmitirá al joven esa pauta con fórmula rotunda: tenemos prohibido morir aquí. Ludo encuentra en ella la idea central y el título de una novela, de cuyos desarrollo y desenlace solo sabremos en las páginas finales del libro de Elizabeth Taylor. 

Todo ello, esta amplia variedad de temas, se presenta bajo una opción estilística amable, que algún crítico ha denominado “gracia sin crueldad”, con abundantes muestras de ironía y humor no hirientes aunque muy reveladores de la impostura, de la mezquindad, del egoísmo de muchos de sus personajes. Pese a la dureza -al dramatismo incluso- de los asuntos tratados, el lector avanza en el texto con una tenue sonrisa en los labios -que a veces debe congelar-, compartiendo la cotidianidad de la señora Palfrey y sus circunstanciales compañeros de vida, que es mostrada con ternura, con contención, con autenticidad, con cercanía, con comprensión, con afabilidad, sin excluir en absoluto, antes al contrario, la profundidad en la exposición y el tratamiento de algunos grandes temas sociales, filosóficos y morales; como en esta lúcida reflexión de la señora Palfrey con la que cierro mis comentarios a este primer libro del programa: A veces, de recién casada, anhelaba liberarme… liberarme de la crianza de mi hija, liberarme de las obligaciones sociales, liberarme de mis deberes, ¿entiendes? Y liberarme también de las preocupaciones que ocasionan los seres queridos, las enfermedades de la niña y de mis padres que envejecían, de los problemas de dinero. Todo el mundo desea de vez en cuando huir de todo eso, aunque en realidad no deberíamos desearlo... y ahora he comprendido que solo podemos ser libres cuando nadie nos necesita

Con ocasión de las frecuentes visitas que las huéspedes del hotel hacen a la biblioteca en procura de nuevos libros que alivien su solitario tedio, Taylor cita a algunos de los autores bien conocidos cuyas obras eligen las ancianas: Snow, Manning, Durrell, Fleming… y Elizabeth Bowen, mi segunda invitada de esta tarde. 

Elizabeth Bowen, nacida en Dublín en 1899 y fallecida en Kent, Inglaterra, en 1973, fue una escritora destacada, vinculada al círculo de Bloomsbury de las hermanas Virginia Woolf y Vanessa Bell, Edward Morgan Foster o John Maynard Keynes, entre otros. De familia acomodada, perteneciente a la minoría protestante terrateniente británica que había dominado Irlanda durante siglos -circunstancia y contexto histórico de notable presencia en el libro que hoy presento, como luego veremos- vivió a caballo de Irlanda -en donde heredó Bowen’s Court, la propiedad familiar en el condado de Cork- e Inglaterra, país para cuyo Ministerio de Información trabajó durante la Segunda Guerra Mundial como observadora encubierta, redactando informes y artículos sobre la realidad irlandesa en relación con el ancestral conflicto entre ambos países. Con decenas de títulos publicados, entre novelas, ensayos y cuentos, Bowen tiene una cierta presencia en nuestro mercado editorial con cinco novelas aparecidas en PreTextos e Impedimenta, con dos títulos en cada una de ellas, y Acantilado, que presentó en 2013 este El último septiembre, el libro del que esta tarde voy a hablaros. La editorial nos ofrece la novela, la segunda de su autora y escrita en 1929, en la traducción de la reconocida historiadora, espléndida y muy singular ensayista y siempre solvente traductora, María Belmonte, colaboradora habitual del sello Acantilado. Esa constatada competencia como traductora permite suponer que los muchos fallos de la edición le son ajenos, siendo debidos, como parece evidente, dada la naturaleza de los errores, a un intolerable descuido en la edición. Una chirriante “horma” sin hache; la mención -ni más ni menos que en cuatro ocasiones- al personaje de Lady Naylor como Lady Taylor; las reiteradas confusiones en el nombre de un joven primo de la protagonista, que aparece indistintamente como Lawrence o Laurence; o un despiste en la atribución de género (querida/querido) al referirse a un determinado interlocutor, son errores imperdonables en una editorial del prestigio y la calidad del sello barcelonés. 

Resulta difícil anticiparos un breve resumen argumental de la novela; y ello es un elemento relevante, pienso, del planteamiento literario de su autora. Frente a la novela histórica -lo es, en cierto modo, al situarse la acción en el verano de 1920 y en el contexto de los acontecimientos de la Guerra de la Independencia de Irlanda- en la que tradicionalmente los “grandes sucesos” estructuran el relato, en este caso, los hechos decisivos que enmarcan la narración -la mencionada guerra, la presencia en Irlanda de las fuerzas militares auxiliares británicas, la violencia, los incendios, los ataques de los combatientes del IRA, la caída de poder colonial- ocurren “fuera de campo” y el lector tiene noticia de ellos de un modo tangencial a partir del reflejo y la afectación que esos hechos tienen en los personajes. 

La “acción” se sitúa así durante un verano y comienzos de otoño de 1920 en la mansión de Danielstown (trasunto en la ficción del Bowen’s Court real, en uno de los muchos referentes autobiográficos de una novela que, como luego veremos, no lo es -autobiográfica- en términos generales), propiedad de Sir Richard y Lady Naylor y ubicada en el sur de Irlanda. Allí encontramos a Lois Farquar, la joven huérfana sobrina de los Naylor. Lois se encuentra en ese estado de indefinición propio de la juventud: ha dejado de ser una niña, pero no es aún una adulta plenamente integrada en su entorno. La mirada de la chica, vacilante y desconcertada, a través de la que observamos la desconexión entre el mundo aristocrático de los propietarios de la mansión y el entorno que lo rodea, con el conflicto subyacente a la época histórica, será la que configure el núcleo central de la novela. La narración nos muestra ese universo hecho del día a día en compañía de sus tíos y de un amplio elenco de visitantes -jóvenes y adultos-, entre los que se cuentan los militares ingleses acuartelados en la zona, a través de los cuales se colará en aquel ámbito de placidez la cruda realidad del enfrentamiento y la violencia. En el relativamente protegido microcosmos de Danielstown se suceden, sin embargo, flirteos, visitas, cenas, bailes, excursiones, partidos de tenis, paseos en coche. Se insinuarán posibles relaciones sentimentales, coqueteos de las chicas con los oficiales “invasores”, pequeños dramas cotidianos, banales en comparación con lo que se está dirimiendo “extramuros”. 

No hay, por tanto, como ya he señalado, una acción narrativa en sentido convencional. La novela no progresa mediante una sucesión de acontecimientos decisivos, giros dramáticos o conflictos explícitos (aunque hay enamoramientos y rechazos, hay drama y tragedia, hay quebrantos y destrucción y muertes), sino a través de una acumulación de escenas sociales, conversaciones triviales -y algunas más profundas-, desplazamientos mínimos y expectativas que rara vez se cumplen. Esta elección formal no es accidental y parece obedecer al propósito de la autora de, a través de esta estructura narrativa que subraya la inmovilidad, reproducir la experiencia de una clase social atrapada en una ilusión de continuidad, que, como el verano que acaba, como la adolescencia juvenil de Lois, como el statu quo británico en Irlanda, se encamina al “último septiembre”. 

La novela se inscribe así en la Big House novel, un subgénero literario típico de la literatura irlandesa que se centra en el modo de vivir y la decadencia de la clase social llamada Ascendancy, integrada por terratenientes de origen británico de la época colonial (he podido ojear -en un repaso superficial- una interesante tesis sobre el asunto, escrita por Lidia María Montero Ameneiro: Incidencia de la Big House novel en la literatura irlandesa contemporánea). Estas novelas plantean la desintegración de los valores de un estrato social que, en su estancamiento, en su inmovilismo, es incapaz de hacer frente a las demandas de un nuevo orden social, y permanece inconsciente -con tan solo una vaga inquietud- ante un mundo exterior, la Irlanda rural católica, que se opone y se rebela contra los ocupantes británicos, y que permanece en gran medida invisible, aunque cada vez más amenazante. Danielstown es en la novela, pues, la Big House, la Gran Mansión, que representa esa “temporalidad suspendida”, relativamente indiferente a la guerra de guerrillas que se desarrolla entre los irlandeses que luchaban por la libertad y las tropas británicas acuarteladas en el territorio y cuyos oficiales visitaban asiduamente los salones de la residencia de los Naylor y enamoraban a las muchachas del lugar. Por entre el relato de las vicisitudes triviales de los habitantes de la mansión y de su invitados, van aflorando, poco a poco, noticias de emboscadas, detenciones, atentados, robos, capturas e incendios, represalias y “contrarrepresalias”, de los sucesos que en esos años (la guerra de la Independencia de Irlanda se desarrolló entre 1919 y 1921, y finalizó con la constitución del Estado Libre de Irlandés en 1922) mantuvieron al país agitado, atormentado y en tensión, con los británicos patrullando y deteniendo a sospechosos de rebelión y los irlandeses planeando, esperando y asestando golpes. 

A partir de un mínimo conocimiento de la trayectoria vital de la autora o siguiendo el “pálpito” que como lector de décadas uno ha acabado por desarrollar, mientras se avanza en el libro van surgiendo infinidad de elementos, pensamientos, situaciones, condiciones del entorno, que -por la precisión y el detalle con los que se presentan, con el tono verosímil de quien los relata, con el carácter fidedigno que rezuman- parecen directamente extraídos de la propia experiencia vital de la autora, tanto en lo que se refiere al plano íntimo de la vivencia subjetiva de Lois, como en lo relativo al escenario “prebélico” que envuelve la realidad de Danielstown. Y así es, en efecto, aunque con ciertos “reparos”, tal como se apresura a aclarar la propia Bowen en un muy elocuente postfacio con el que cierra, tras la clausura de la narración novelesca, su libro. Confiesa la escritora: Esta novela tuvo un origen profundo, nebuloso y espontáneo. Rebosa experiencias de mi primera juventud que le confieren cierto tono poético, experiencias apenas o nada conscientes, poco o jamás registradas por la mente y que, sin embargo, han permanecido inmunes y puras. (…) Mi adolescencia en el condado de Cork —en la casa llamada Danielstown en la historia— aunque ocasionalmente estuvo marcada por aspiraciones, romances pasajeros o placeres, fue principalmente un periodo de impaciencia, frivolidad, lasitud o aburrimiento. No dejaba de preguntarme qué iba a ser y cuándo. Y puntualiza: Yo soy hija de la casa en la que se inspiró Danielstown. En la vida real la casa ha sobrevivido: ahora es nuestro hogar. (…) Sí, el escenario de la novela es real y el mes desempeña un papel en la historia. Lois, a pesar de no ser yo, proviene de mí a los diecinueve años. El resto de personajes es imaginario y la historia, aunque podría haber sido real, no lo es

Otro tanto ocurre con el marco histórico en que se desenvuelve la novela, vivido igualmente por la escritora en su juventud, como refleja este fragmento: Durante los «Disturbios», la postura de familias angloirlandesas terratenientes protestantes como los Naylor de Danielstown, no sólo era ambigua, sino mucho más desgarradora de lo que eran capaces de expresar. Su heredada lealtad a Inglaterra —país donde sus hijos estudiaban, en cuyas guerras morían y al que debían sus tierras y poder— los empujaba en una dirección; la implícita «sangre irlandesa» que corría por sus venas, en otra. Los Naylor y los de su clase recibían a oficiales británicos porque también ésta era una antigua y encantadora tradición social; no hay más que ver cualquier libro angloirlandés de memorias o cualquier novela antigua. A pesar del peligro (¿o quizás a causa del mismo?) que podía entrañar dicha frecuentación, la pequeña aristocracia seguía dando la bienvenida a «los militares» como siempre

Partiendo de estas premisas la novela se desarrolla en tres planos principales que se entrelazan y superponen: la descripción del mundo burgués decadente de Danielstown, con el estudio caracterológico de los personajes (además de Lois Farquar, los Naylor o el oficial Gerald Lesworth, infinidad de secundarios dibujados con pulso, como el primo Laurence, los Montmorency, Marda Norton, entre otros); el mencionado conflicto entre Irlanda e Inglaterra, que aflora en las conversaciones y discusiones políticas de los habitantes de la mansión, en las visitas de los jóvenes militares en las fiestas y bailes, y, sobre todo, en la cada vez más notoria intromisión en la cotidianidad de la casa de episodios del enfrentamiento que se desarrollaba fuera de ella: patrullas, redadas, detenciones, sospechas de espionaje, incidentes armados, tiroteos y también muertes; y, por último, como centro de gravedad psicológico, como eje que nuclea las peripecias de unos y otros, la exposición, aguda, profunda y penetrante de la personalidad de Lois, de su intimidad, sus dudas, su conciencia en formación, su subjetividad aún inestable, su acercamiento, a la vez fascinado y crítico, al mundo que la rodea, su desajuste y desconcierto ante él, su inadecuación a sus anticuadas reglas y su imposibilidad, todavía, de encontrar su propio espacio, una alternativa viable de futuro. Esta dimensión de la novela como relato de una educación sentimental aún sin resolver (porque casi cada episodio, cada lance -una conversación, un encuentro amoroso, una muestra de interés de alguien hacia ella, un desaire, una noticia que da cuenta de la violencia- deja en Lois una impresión intensa pero inconexa, desconcertante, que no fragua en un crecimiento, en un aprendizaje) me parece lo más destacado de un libro que os recomiendo con entusiasmo. 

Un entusiasmo que, como de costumbre, me lleva a detenerme en demasía en mis comentarios sobre cada libro (¡y eso que me reprimo y dejo fuera muchos de los que he anotado en mis apuntes de lectura!), sin dejar espacio apenas para hablaros de mi última sugerencia de esta tarde, condenada ya a una muy sucinta glosa. Mi tercera propuesta de esta semana es un libro que es, quizá, la obra mayor -al menos la más popular y difundida- de su autora, Rebecca West. El regreso del soldado es una pequeña joya que pese a haber sido escrita ni más ni menos que en 1918 (aunque su autora revisó el texto en 1980, tres años antes de su muerte) no llegó a ver la luz en nuestro país hasta un muy tardío 2008. Os lo traigo en la edición de Herce de ese año, en traducción de Laura Vidal, aunque hay versiones posteriores, como la reciente de Seix Barral, de 2022, con traducción de Andrés Barba y un estupendo epílogo, que deberíais leer para ahondar en el conocimiento de la obra (aunque solo después de terminada la lectura del libro) del recientemente fallecido José María Guelbenzu.

Rebecca West es el seudónimo literario -extraído, al parecer, de una obra de Ibsen- de Cecily Isabel Fairfield. Las distintas notas biográficas que he podido consultar nos la presentan, con machacona reiteración, como escritora, periodista, crítica y feminista, incluyendo esta última condición como una muestra más de sus desempeños profesionales. Londinense nacida a finales del siglo XIX, en 1892, de vida longeva -murió en la capital británica en 1983-, fue, durante largos años, amante de H.G. Wells, con quien llegaría a tener un hijo. De la relación entre ambos ya di cuenta aquí, hace unas semanas, en mi reseña de La pregunta 7, de Richard Harrison, que entre los muchos hilos a los que se abre dedica un espacio sustancial a ambos escritores. En 1930 se casó con un banquero norteamericano, por lo que gran parte de su carrera periodística y de su compromiso político se llevó a cabo en los Estados Unidos. Allí colaboró de modo habitual con distintas publicaciones, como The New Yorker, The New Republic, Sunday Telegraph y el Herald Tribune neoyorquino, además de su constante participación en medios socialistas y feministas, de cuyas causas siempre fue defensora. Combativa y con personalidad, su implicación como partidaria del Frente Popular en la guerra española y sus críticas al comunismo tras la segunda contienda mundial, le granjearon críticas y acusaciones desde posiciones políticas diversas y hasta opuestas (lo que siempre resulta una magnífica señal de libertad, independencia y criterio propio). Viajera impenitente, fue amiga de Doris Lessing y Virginia Woolf y amante, al parecer, de Charlie Chaplin. Tuvo un pequeño papel en Reds, la película de Warren Beatty sobre la revolución rusa. 

El regreso del soldado, una novela muy breve, de apenas ciento cuarenta páginas, aunque intensa y magistral, parte de una anécdota muy simple, casi trivial, podríamos decir, pero que permite a su autora construir, con un tan sencillo germen, una historia llena de evocaciones, que induce a la reflexión sobre el amor, la identidad, las convenciones sociales, la autenticidad, la importancia de las apariencias, los prejuicios de clase, la belleza real y la inventada, y, en definitiva, el sentido último de la vida. 

La novela se abre con una conversación entre Kitty, refinada, elegante y algo snob esposa de Chris Baldry, y la prima de éste, Jenny. Ambas viven en una inmensa y hermosísima mansión en el campo desde la que la mirada abarca kilómetros de pastos esmeralda, húmedos y brillantes al pie de unas lustrosas colinas, azules por la distancia y los bosques distantes. Más cerca se aprecian la agradable corrección del césped y del cedro del Líbano, cuyas ramas son como la oscuridad hecha materia, y la amenazadora aspereza de los pinos más altos del bosque que se extiende hacia el sur desde el estanque hasta los pies de la colina, sus ramas desnudas de una textura tupida de tonos castaños y púrpuras, tal y como se describe en un fragmento del texto. La belleza, el sosiego, la tranquilidad del lugar, perteneciente a la adinerada familia Baldry, contrastan con el mundo que discurre fuera de él. La primera guerra mundial, la Gran Guerra, destroza vidas a unos cientos de kilómetros, en las húmedas trincheras de los campos de Francia, y en ellas, Chris Baldry lucha por su patria mientras su esposa y su prima esperan su regreso acomodando el idílico entorno de manera que el joven pueda reencontrarse a su vuelta con el esplendor de la vida en la campiña inglesa: el brillo multicolor de las maderas barnizadas, el acogedor abrazo de los sillones tapizados, de las pesadas cortinas, de las cálidas telas que recubren las paredes, la luz tenue de los candelabros, el agradable calor de la confortable chimenea, el frescor de los frondosos rincones del jardín, la desbordante luminosidad de los capullos de rosa, las azaleas resplandecientes, los dorados helechos, los oscuros macizos de rododendros, las garzas sobrevolando los sauces, el afable cariño de sus perros, de sus caballos favoritos, y, sobre todo, el amor incondicional de su mujer y la admiración y el cariño fraternos de su prima. 

Sin embargo, toda esta placidez va a quedar truncada a las primeras de cambio cuando en Baldry Court se presenta la señora Gray, de soltera Margaret Allington. Margaret es una mujer ordinaria, desaliñada y muy poco agraciada, que comparece pobremente vestida con ropas baratas y algo desastradas en la lujosa mansión de los Baldry. Su aspecto era terrible, estaba repulsivamente rebozada en abandono y pobreza, como un guante caro que ha caído bajo una cama en un hotel y tras permanecer allí un día o dos resulta repugnante cuando la criada lo rescata del polvo y las pelusas, relata la narradora, la prima Jenny, desde cuya perspectiva se cuenta la historia. La ahora señora Gray (su marido actual, un hombre enfermo e igualmente mediocre), que había estado enamorada de Chris Baldry, un amor correspondido por éste, hace quince años, lleva consigo un telegrama del propio capitán Baldry, dirigido a ella desde un hospital francés. Al parecer, según señalan el telegrama y una carta adicional más íntima remitida de modo personal a Margaret, la explosión de un obús ha afectado a Chris provocándole una pérdida de memoria, de tal manera que todo su ser, su mente, sus afectos, sus recuerdos, se retrotraen quince años atrás. Así, en su cerebro afectado por la explosión, se siente un joven de veintiún años y no un adulto de treinta y seis. Además, no reconoce en Kitty a su mujer y sí, en cambio, experimenta como algo vivo el amor juvenil que hacía tres lustros sintiera hacia Margaret. 

Pocos días después de esta sorprendente aparición, Chris es repatriado y tras su llegada a su antiguo hogar, su amnesia, en efecto, le hace ignorar su matrimonio con Kitty, le permite identificar a su prima Jenny tan sólo como un mero recuerdo de su pasado, le lleva a desconocer los principales cambios ocurridos en el personal y la fisonomía de la mansión y, sobre todo, le hace seguir experimentando por Margaret un amor verdadero e intenso, genuino y pleno, como si su juventud aún floreciera, como si no pudiera ver en ella a esa mujer ajada y vulgar, de feas manos -las manos, un motivo recurrente en el libro-, y sí únicamente a la dulce joven de su pasado, como si su boda con Kitty nunca hubiera tenido lugar, como si la guerra no hubiera perturbado su vida. 

A partir de estos hechos, que se desarrollan en las primeras páginas del relato, de modo que desvelándolos no os descubro nada sustancial de él, nada que no esté recogido en la solapa del libro e incomode su lectura, se inicia el núcleo principal de la novela, en el que, de un modo muy sensible y hermoso, se encierra su más poderoso mensaje. Porque la reacción que la desmemoria de Chris provoca en su mujer y en su prima, el profundo rechazo de aquélla y la progresiva comprensión de ésta ante el hecho de que un amor de juventud, valiente, irreflexivo, sincero, pueda prevalecer pese a las diferencias de clase y educación, pese a la ostensible ausencia de belleza en la burda Margaret actual, esa reacción de perplejidad, de desconcierto, pone de relieve algunas importantes cuestiones que afectan de un modo esencial a nuestras existencias como seres humanos. ¿Somos capaces de reconocer, en una existencia casi siempre artificiosa y mediocre, entre los oropeles de un mundo ficticio que nos construimos sin querer, la más auténtica verdad de nuestra vida? ¿Podemos identificar en la más que probable vulgaridad de nuestras opciones vitales, en las domesticadas rutinas, en los hábitos cobardes, la más profunda dimensión de nuestra existencia? ¿Rodeados por la fealdad de nuestra sociedad consumista y falsa, por la mentirosa apariencia de las cosas, estamos en condiciones de captar la belleza del mundo, de ser sensibles ante los logros del espíritu, de apreciar los valores profundos, de ponderar con generosidad lo que merece la pena? 

De todo ello habla este El regreso del soldado. Y lo hace con una prosa bellísima, conmovedora, sencilla pero no simple, llena de encanto y emoción, que encierra, más allá de su superficie más o menos convencional, mucho sentimiento, mucha verdad, mucha vida. Y, desde un punto de vista más técnico, el libro sobresale por infinidad de razones: el tratamiento simbólico de la memoria; la amnesia no como un recurso sino como base de una cuestión ética (¿recordar o ignorar?); la verdad frente a la felicidad; la presencia de la muerte, en todas sus dimensiones real, simbólica, psicológica; el duelo no resuelto (hay un hijo de Chris y Kitty, el pequeño Oliver, que ha muerto antes de dar comienzo a la acción de la novela), que opera como núcleo invisible que organiza toda la acción psicológica; la Primera Guerra Mundial, que aunque no se narra de modo directo resulta determinante; la identidad y desdoblamiento del yo (Chris es el joven enamorado y el adulto social, incompatibles entre sí); los prejuicios de clase y la pertenencia a un determinado estrato social como condicionantes de la autenticidad emocional; el matrimonio como construcción vinculada a esa jerarquización social; la crítica social (la estructura de clases queda desnudada a través de las relaciones afectivas) planteada sin asomo de apriorismos ni formulaciones panfletarias; el tratamiento de la feminidad; la hondura psicológica y en particular la profunda indagación en “el trauma de guerra”; la elección de una voz narradora, la de Jenny, desde cuya perspectiva el lector conoce los hechos y cuya lucidez le permite percibir que la situación está afectando a algo más hondo que un ataque pasajero de demencia provocado por la pérdida de memoria. En su generosidad, no deja de percibir que para Chris esa historia de un amor perdido que revive por un azar inverosímil es tan verdadera como verdaderos son la belleza del mundo y el entorno de la casa y el hogar que Chris ha creado y al que Jenny también pertenece, en uno de los muchos penetrantes análisis que hace Guelbenzu en su esclarecedor epílogo al libro en su edición de Seix Barral; la economía narrativa, como refleja la ya señalada brevedad de la novela, compatible su densidad conceptual; la complejidad moral con la que se abordan los conflictos expuestos sin que la autora adelante juicios explícitos; la innovadora mirada sobre el sentimiento amoroso, en una relectura radical del amor romántico; el tono elegíaco, que trasciende al relato e impregna el alma del lector. 

En fin, tres novelas excepcionales con cuya recomendación entusiasta cierro esta tercera entrega de la serie de nueve en la que os presentaré un total de veintiséis libros escritos por mujeres y publicados en nuestro país por otros tantos sellos editoriales distintos. Os dejo ahora con un significativo fragmento de El último septiembre que refleja el ansia de vida de su protagonista, la joven Lois Farquar. Tras él un tema musical citado en Prohibido morir aquí. En uno de sus escasos paseos por Londres, la señora Palfrey se acerca a la tienda de ropa en donde trabaja Rosie, la “amiga” de Ludo. De local, repleto de muchachas que se prueban ropa en aquellos días del “swinging London”, salen los acordes de una música melancólica y hermosa: Wednesday morning at five o’clock when the day begins… Son los primeros versos de She’s leaving home, la inolvidable canción de los Beatles que forma parte de su legendario álbum de 1967 Sgt. Pepper's Lonely Hearts Club Band. Ella es la elegida para cerrar musicalmente mi reseña.


¿Has estado ya en el extranjero? 

Desde luego que no había estado, dijo, a causa de la guerra, y claro que le gustaría. Estaba Roma, donde le gustaría permanecer sola en un hotel. Estaba simplemente «el extranjero»: siempre se había preguntado cuánto duraba este sentimiento. Y sobre todo estaba Estados Unidos, pero había que contar con recomendaciones, en caso contrario se corría el riesgo de acabar con tortícolis de tanto levantar la cabeza para verlo todo. Tenía ganas de sentirse real en Londres. Nunca había fijado la mirada al salir de un desfiladero sobre pequeñas ciudades blancas distintas unas de otras y sin chimeneas que echaran humo. No había permanecido nunca más de cinco minutos en un túnel; había oído hablar de túneles en los que una podía prácticamente morir de asfixia. Nunca había visto nada que sobrepasara lo que podía imaginar. Quería ver, precisó, lejanías que estuvieran tapadas aquí y allá por Sagradas Familias; pequeños árboles negros asaltando blancas colinas. Las cosas pequeñas tendrían importancia, se decía: árboles en los que crecían luces eléctricas, le habían contado; sifones de vidrio de colores. Quería ir allá donde la guerra no había llegado. Quería conocer un país indolente donde las personas encontraran la política pesada, donde por las noches se tocara música en la calle y nadie tuviera ganas de dormir. Quería entrar en catedrales sin que nadie la reprendiera y levantar la mirada, sin ideas preconcebidas, hacia esas extrañas profundidades acuosas. Debía de haber ciudades perfectas donde las sombras tenían la solidez de edificios, ciudades secretas sin frialdad, inconscientes sin indiferencia. Le gustaban las montañas, pero no le interesaban las vistas. No buscaba la aventura, pero por una vez en la vida tenía ganas de escapar a la muerte. Quería ver algo de lo que sólo ella pudiera acordarse. ¿Se podía realmente hacer flotar una piedra sobre la lengua de un glaciar? Le gustaban los lugares sin trabas. No quería ver el Taj Mahal o la torre Eiffel (¿podía evitarlo alguien?), o ir a Suiza o Berlín, o a cualquiera de las colonias. Le gustaría conocer a otras personas y ser invitada a cenar en terrazas, y también pensaba que sería una pena perderse el amor. ¿Se podía viajar sola? No le importaría que la miraran por ser mujer, estaba cansada de que no se fijaran en ella por ser una dama. Era incapaz de imaginar no querer tener a alguien con quien hablar a la hora del té. Si iba a Cook, ¿la informarían sobre todos los trenes, en España y en otros lugares? Ella nunca había ido a Cook. ¿Había una ley que prohibía la venta de billetes a los menores de edad? 


Videoconferencia
Elizabeth Taylor, Elizabeth Bowen, Rebecca West

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