EVA DÍAZ PÉREZ. LOS VIAJEROS DEL CONTINENTE; DELPHINE DE VIGAN. LAS GRATITUDES; JULIETA CORREA. ¿POR QUÉ SON TAN LINDOS LOS CABALLOS?
Buenas tardes a todos. Todos los libros un libro os ofrece esta semana la segunda entrega de nuestra singular serie dedicada a la literatura femenina que casi hasta el final de la presente temporada del espacio os propondrá la lectura de hasta veintiséis libros, todos novelas escritas por mujeres de países, edades y planteamientos literarios muy diversos. Una escritora española, una francesa y una argentina protagonizan la emisión de esta tarde, con tres obras espléndidas que tienen en común, más allá de esa condición femenina de sus autoras, el protagonismo de personajes de mucha edad, ancianos en casi todos los casos, y el hecho de que sus tramas giren, de modo más o menos directo en cada libro, en torno a la vejez y sus circunstancias: la enfermedad, el deterioro, la fragilidad, el agotamiento del tiempo y la cercanía de la muerte, el miedo, la lucidez, la dignidad, la valentía ante el fatal tránsito, la memoria y los recuerdos. Tres libros conmovedores, muy emotivos, rezumando sensibilidad y belleza, y que, por encima de todo, son tres obras formidables, cada una con sus singularidades estilísticas y sus particulares planteamientos literarios.
Empiezo mis recomendaciones con Los viajeros del continente, la última novela de la andaluza Eva Díaz Pérez, una periodista sevillana de dilatada carrera profesional, con colaboraciones, siempre especializadas en temas culturales, en el desaparecido Diario 16, El Mundo, El País y ABC, y en las revistas Andalucía en la Historia y Mercurio, habiendo obtenido galardones como el Premio Andalucía de Periodismo, el Unicaja de Artículos Periodísticos o el Francisco Valdés de Periodismo Cultural; de amplia trayectoria literaria, con media docena de novelas (finalista una de ellas del Nadal de 2008, y premiadas, otras dos, con el Premio Málaga de Novela, el Andalucía de la Crítica y el Miguel de Unamuno) y otros tantos ensayos, de temática andaluza en su mayor parte; y una también destacada presencia institucional, como miembro de la Real Academia Sevillana de Buenas Letras y de la Real Academia Hispanoamericana de Ciencias, Letras y Artes de Cádiz, siendo también directora, entre 2019 y 2022, del Centro Andaluz de las Letras, según refiere en su nota de presentación Galaxia Gutenberg, la editorial en la que publicó su novela en 2023.
Pese a tan notable currículum, yo no conocía a una escritora que con este Los viajeros del continente me ha deslumbrado, razón por la que aprovecho para reseñar el libro en esta serie “ómnibus” del espacio (en tanto acoge en su seno propuestas bastante heteróclitas; ya estamos acostumbrados a esta acepción del término a partir de su utilización en la política para describir estrategias legislativas ciertamente tramposas y abusivas). Además, su presencia en este ciclo de literatura femenina me parece especialmente oportuna pues su ejemplo pone de manifiesto algunas de las incertidumbres que me asaltan al examinar el dudoso sintagma que lo preside y de las que ya me ocupé someramente hace siete días. Y es que la novela gira sobre un personaje principal masculino, inglés por más señas, y cuya voz en primera persona podemos escuchar en gran parte de la obra; circunstancias todas que nos permiten plantearnos no solo qué significa lo femenino en la literatura, sino que también propician la reflexión sobre la idea de la creación literaria como invención marcada -o no- por las circunstancias, el sexo, la edad, el origen, la nacionalidad o cualquier otra condición o circunstancia personal o social, en expresión, esta última, recogida literalmente del sustancial artículo 14 de nuestra Constitución (y lo cito íntegro porque, al margen de su naturaleza jurídica y de que acude a mi cerebro al hablar de los politiqueos varios que padecemos, pienso que puede ser pertinente en el debate que ahora me ocupa: Los españoles son iguales ante la ley, sin que pueda prevalecer discriminación alguna por razón de nacimiento, raza, sexo, religión, opinión o cualquier otra condición o circunstancia personal o social). ¿Para escribir de un anciano inglés de ochenta años, aquejado de un cáncer terminal hay que ser hombre?, ¿viejo?, ¿británico?, ¿padecer un cáncer? Como parece obvio que responder afirmativamente a alguna de esas preguntas resulta disparatado, surge de inmediato otra cuestión ¿Es “literatura femenina” cualquier libro escrito por una mujer? De ser así, cualquier obra firmada por un hombre sería necesariamente “masculina”, con lo cual la distinción no resultaría relevante, más allá de una mera taxonomía marcada por el sexo de su autor. En consecuencia, ¿una novela es femenina en cuanto permite traslucir una especial sensibilidad, un particular modo de leer y contar la realidad, una singular mirada que solo poseen las mujeres? ¿Y cuál sería entonces esa peculiar perspectiva? ¿No es posible por lo tanto que un hombre invente una criatura femenina, piense como ella, sienta como ella, padezca, ame, odie, sufra como ella, vea el mundo desde su óptica? Y a la inversa, ¿no puede una escritora crear una figura masculina y dar cuenta de sus vivencias, de sus padecimientos, de sus recuerdos, de sus emociones, de sus alegrías y sus sinsabores, de sus anhelos y sus decepciones, de sus sueños, de sus miedos, de sus esperanzas, sus decisiones, de su alma y de su mente? ¿Qué es la literatura más que la creación de universos “irreales” que nos permiten penetrar en los secretos de nuestras vidas, arrojando luz sobre ellas, sea a través de la imaginación de una posible existencia humana en Marte, la invención de un hombre que vuelve a su hogar tras una guerra de años, de una mujer que intenta huir de la insatisfacción de su gris realidad de su vida provinciana entregándose al adulterio, de una joven que cuestiona el obligado horizonte del matrimonio para las mujeres de su época, de un marino obsesionado por la venganza de una ballena que lo mutiló, de un hombre que se despierta convertido en un repugnante insecto, de un caballero enloquecido que recorre el mundo persiguiendo sueños?
Por supuesto que una mujer puede escribir desde la mente y la personalidad de un hombre, como resulta evidente, y la prueba palpable e inequívoca es esta magnífica novela, Los viajeros del continente, que leída sin conocer su autoría no permitiría a la inmensa mayoría de sus lectores determinar si detrás de su muy interesante propuesta, de su prosa bellísima hay un hombre o una mujer. Ni falta que hace. Insisto de nuevo en las tesis que llevo años sosteniendo sobre este asunto. Hay literatura y punto. Libros que te emocionan, te conmueven, te hacen pensar, crean belleza, te remueven por dentro, te exaltan, te entristecen, te proporcionan placer, te informan, amplían tus horizontes, te seducen, te transportan… sea cual sea la condición, el sexo, el origen, la raza, la religión o la ideología de quien los escribe. La presencia de Eva Díaz Pérez en Todos los libros un libro obedece, exclusivamente, a la maravilla que es su libro. Su inclusión en una serie de literatura femenina es debida, también de modo exclusivo, a meros criterios organizativos, como ha habido en el espacio ciclos centrados en la Segunda Guerra Mundial, Ucrania, los clásicos, el cine, las Brontë, los viajes, el western o tantos otros agrupados por su temática, la nacionalidad de sus autores o, en este caso, la condición de mujer de quien los ha escrito.
Dejando claro mi planteamiento sobre el asunto y al hilo de la ya adelantada personalidad masculina del personaje principal de la novela, paso a resumir, brevemente, su argumento. El libro se abre con dos citas altamente reveladoras: y no hallé cosa en que poner los ojos / que no fuese recuerdo de la muerte, de Francisco de Quevedo, y La muerte más voluntaria es la más hermosa. La vida depende de la voluntad ajena; la muerte, de la nuestra, de Montaigne. La omnipresencia de la muerte atravesando nuestra visión de la realidad y la decisión de poner fin a la vida por la propia mano son, en efecto, los dos ejes principales de Los viajeros del continente. Hugh de Galard, un escritor inglés fascinado por la historia y la cultura, erudito y bibliófilo, coleccionista de cuadernos de viajeros ingleses de todas las épocas, autor de libros de viajes (sobre un recorrido de Europa en tren, sobre rutas históricas, sobre los caminos de herradura europeos, sobre lugares literarios franceses), diagnosticado de un cáncer en su estadio terminal (Metástasis, estadio IV. Así llamaron los médicos al paisaje interior de su enfermedad), consciente de la cercanía de su muerte, harto de los terribles efectos secundarios de una estéril quimioterapia que solo promete un sombrío y doloroso horizonte de seis meses de agonía (Godzilla -como llama al tratamiento- alteró su vida y solo postergó el curso de los acontecimientos, le cambió el sabor de las comidas, lo despojó de su pelo, lo mantuvo en un cansancio constante, le provocó violentas erupciones en la piel e hizo que la boca se le acartonara. También aumentó su mal humor (…) era un monstruo que solo aplazaría lo inevitable, un proceso en el que, poco a poco, entrarían en escena el dolor, la agonía y lo que más temía: la contemplación de su propia destrucción, el deterioro progresivo, la anulación y la desaparición de sí mismo en un garabato de dolor y desesperanza), decide viajar a Suiza, en donde el suicidio asistido es legal, para poner un relativamente plácido fin a su vida, cerrando la puerta con educación, lentamente y sin dar portazos. Con dignidad. Acompañado de su mujer, Violet, también mayor, setenta años, saldrán de Porstmouth siguiendo el itinerario que recorrieron en 1816, dos siglos antes del momento en que se data la acción del libro, Percy y Mary Shelley, y que esta reflejó en su obra Historia de un viaje de seis semanas, el diario de su propio periplo por Francia hasta llegar a Ginebra. Hugh acababa de entregar a su editorial un ensayo dedicado a ese diario, ilusionado con la publicación y la consiguiente gira de presentaciones, cuando el funesto diagnóstico interrumpió sus proyectos. Resolverá entonces dedicar sus últimas semanas de vida a recrear esa aventura de la pareja romántica cuando atravesó una Europa en ruinas tras las guerras napoleónicas, con la que tantas similitudes encuentra con la devastación del continente cien años después, devorado por la carnicería de la Gran Guerra; con el declive actual (una Europa también en decadencia, en crisis, una Europa que vuelve a caminar sin rumbo cierto, cuestionada, habiendo dejado hace mucho su papel hegemónico en el mundo); y con su propio deterioro y su inevitable e inminente aniquilación. Atravesarán así los lugares de aquel periplo clásico, Honfleur, Le Havre, Rouen, París, Auxerre, Dijon, Besançon (Díaz Pérez castellaniza, con buen criterio, algunos topónimos franceses: Ruán, Dijón, Besanzón) y por fin Ginebra, fin del camino en todos los sentidos. La narración alterna la voz en primera persona (Tengo miedo de haberme perdido), con la tercera (Acaban de salir del Museo de Bellas Artes André Malraux) y todo ello permeado por la presencia del estilo indirecto libre, bien explícito (¿Fue así en realidad o solo es un nuevo y turbador engaño de sus recuerdos?) o menos perceptible (Es duro tener que estar despidiéndose constantemente de todo. Qué gozo sería no saber cuándo se va a morir, toparse por sorpresa con el final, no tener que decir adiós por abandonar otra estancia), recursos todos que permiten la identificación del lector con el narrador/protagonista, creando una suerte de intimidad entre ambos e induciendo a que la dramática experiencia del anciano sea vivida con cercanía y hasta compenetración por quien, conmocionado, no puede sino compartirla con interés y emoción.
El libro da cuenta, pues, de un viaje con múltiples dimensiones (física, en el tiempo, en la memoria de un continente) y siguiendo el hilo “objetivo” de esa postrera ruta la autora entremezcla la descripción de ciertos momentos y lugares del viaje “espacial” con las referencias históricas y culturales -museos, cuadros, libros- que salpican su presencia en las ciudades que visitan; con las consideraciones sobre el pasado y la presente deriva de esa Europa convulsa que atraviesan (Los viajeros del continente puede ser leído como una reivindicación de una Europa inventora de la democracia, defensora de la razón, culta, ilustrada y creativa, esperanzada y optimista, pese a hallarse ahora en una encrucijada crítica, enferma, en peligro); con los recuerdos de Hugh sobre la vida que ya deja atrás, con un peso relevante de los de su infancia en el Londres del blitz, la campaña de bombardeos a cargo de la aviación nazi que sufrió la capital británica entre 1940 y 1941 y el consiguiente blackout, el apagón, el oscurecimiento de las calles para proteger a la población (unos hechos con los que la autora establece un vínculo metafórico con el oscuro declinar de la vida del protagonista); con la remembranza de su historia de amor con Violet, iniciada a mediados de los setenta en Le Havre (varias etapas de su recorrido están asociadas a su propia biografía personal, sentimental y profesional, además, ya se ha dicho, de a la peripecia de los Shelley), cuando Hugh, que participa en un congreso en Normandía sobre viajeros románticos ingleses, asiste a un concierto en el que una joven Violet Harper era la concertino, la violinista primero de la orquesta. Y todo ello cruzado por las reflexiones, los pensamientos íntimos, afligidos, lúcidos, atribulados, pesarosos (a veces impregnados de un algo descarnado humor), de su protagonista -en ocasiones también conocemos las de Violet- sobre la enfermedad, la muerte, la discreta forma de suicidio hacia la que se encamina, el dolor, la tristeza, el sufrimiento, la soledad, el abandono, la vejez, el amor, la esperanza, la fugacidad de nuestro tiempo, el valor del arte y la cultura, la importancia de los libros, la pena por la vida que se deja atrás, la añoranza por todo aquello que ya no se vivirá, el sentido de la existencia, los efímeros destellos de felicidad que alberga, la belleza y a menudo también la pesadilla en que consiste. Unos pensamientos que, con frecuencia, se diluyen en una niebla evanescente, por la que afloran unos como sueños o alucinaciones, mezclados con fantasmales episodios del pasado, con la conciencia de sabores y olores -la presencia de lo sensorial es sobresaliente en el libro- que se desvanecen en una bruma inaprensible, con figuras, momentos o vivencias que se muestran con perfiles difusos para esfumarse al instante, apariciones fugaces en una tierra de nadie, entre la vigilia y el sueño o entre la vida y la muerte. En su relato Hugh va saltando de un tema a otro, enlazando estos hilos diversos que brotan al modo de apuntes extravagantes de su vida, notas sueltas, hojas perdidas, capítulos sin orden, como si su memoria no hubiera sabido muy bien dónde archivarlos. Y ahora -continúa el narrador dando cuenta del planteamiento último del libro- había que recoger las cosas, comenzar a ordenar y guardar las vivencias dispersas.
La devastación íntima del personaje, consecuencia de la destrucción física infligida por la enfermedad y que se refleja en la soberbia descripción de sus taciturnos estados de ánimo, corre en paralelo con el derrumbe de los escenarios -reales o soñados- que recorre en su periplo: lugares desolados, balnearios olvidados, parques acuáticos embrujados, instalaciones ultramodernas a medio construir, museos solitarios, estaciones de tren abandonadas, cementerios clausurados y urbanizaciones habitadas por fantasmas.
Por todo ello, el tono y la atmósfera dominantes en el libro son melancólicos. Haciendo suya la cita inicial de Quevedo, el viajero ya no puede poner los ojos en nada sin que le sobrevenga el recuerdo de la muerte. Sus pensamientos reflejan, por tanto y como no puede ser de otra manera, una mirada amarga, desencantada y doliente, aunque muy serena; afligida, desconsolada y triste, nostálgica pero a la vez gozosa y hasta exultante (si exagero un poco) tras el inventario de una vida plena, tras la rememoración de la belleza que se escapa, tras la memoria de la felicidad perdida. El ritmo es demorado, lento, pausado (lo cual es compatible con la “agilidad” de la narración del viaje, que se narra con dilatadas elipsis), trasladando tanto la limitación física de su protagonista como su deseo de degustar esos días finales, la complacencia en los recuerdos, el deleite de las comidas, la afortunada convicción del valor de la escritura, de la literatura, de la cultura, la satisfacción del reencuentro con los lugares, las lecturas, las vivencias del pasado, el placer del sexo, aunque sea ya premioso y languideciente.
Un libro bellísimo sobre la muerte, que, a la vez, es una espléndida celebración de la vida. Como lo es, y también precioso y magistral y emocionante e inolvidable, mi segunda propuesta de esta tarde, Las gratitudes, de Delphine de Vigan, publicado por la editorial Anagrama en 2021 con traducción de Pablo Martín Sánchez, que suma ya -acabo de comprobarlo en una librería- más de veinte ediciones en nuestro país, especialmente revivido ahora el libro por el reciente estreno de una obra teatral, del mismo título y basada en la novela, en el madrileño Teatro de la Abadía.
De Vigan es una escritora francesa de sesenta años, autora de una docena de novelas, la mayor parte de ellas aparecidas en nuestro país, siempre en el sello barcelonés que también presenta el título del que hoy quiero hablaros. Su literatura -al menos la parte de ella que yo he leído- se desenvuelve en un universo de gran intensidad emocional, en el que rastrea con lucidez y sensibilidad las fracturas íntimas, la identidad, la fragilidad psicológica y los mecanismos sociales de exclusión, a menudo con cierto componente autobiográfico. Así ocurre en la que, quizá, es su obra más conocida, Nada se opone a la noche, una novela conmovedora en la que reconstruye la vida y la enfermedad mental de su madre y por la que, traducida a varias lenguas, ha recibido también numerosos premios literarios. Estos mismos rasgos generales de su literatura -delicadeza, lirismo, sobriedad y economía estilísticas, tratamiento de los vínculos afectivos, reflexión ética, atención a quienes se sitúan en los márgenes sociales, indagación en los profundos recovecos de la intimidad emocional, exposición de la fragilidad y la vulnerabilidad humanas, importancia del lenguaje, aproximación a algunos grandes temas universales: la identidad, la pérdida, la muerte, están presentes también, y de manera destacada, en esta soberbia Las gratitudes.
La protagonista, centro sobre el que gravita la historia, Michka Seld, es una mujer mayor, nacida en 1935, independiente, culta, solitaria, en la que el deterioro cognitivo que conlleva la edad se manifiesta con los síntomas de una afasia progresiva que desorganiza su relación con las palabras (Significa básicamente que te cuesta encontrar las palabras. A veces no lo consigues y a veces dices otras en su lugar. Depende también del momento, del estado de ánimo, del cansancio…). Ante el avance de la enfermedad, la imposibilidad de valerse por sí misma, pese a su total autonomía hasta pocas semanas antes, y el miedo a no poder hacer frente a su día a día, la anciana se ve obligada a abandonar el apartamento en el que vivía sola e ingresar en una residencia geriátrica. Allí la atenderá Jérôme, un logopeda joven, atento, cariñoso y muy profesional, que mediante ejercicios de rehabilitación intenta frenar los estragos que causa el trastorno del habla. Muy cercana a la mujer está también la que fuera su vecina Marie, a la que años atrás, cuando era una niña y su madre, de vida complicada, no podía hacerse cargo de ella, Michka acogió en su casa, cuidándola y educándola como a una hija. La novela alterna capítulos narrados por Marie, que visita a la anciana, se preocupa por ella, revive -a veces con dificultad- episodios de su estrecha relación de años, íntima, casi familiar; y otros en los que la voz corresponde a Jérôme, que, pese a que no comparte un pasado con la mujer y a que su trato es inicialmente profesional, poco a poco va construyendo vínculos de afecto, convirtiéndose también en una suerte de confidente de la entrañable Michka. Este rasgo de la estructura del libro -dos voces que cuentan la historia de otra- es fundamental en su planteamiento, como luego veremos, pues las dos miradas externas permiten reconstruir lo que el personaje central va perdiendo.
La “trama” -si podemos hablar en estos términos- avanza a partir de las incidencias del día a día en la residencia (el personal que la atiende, los fragmentos de conversación con otros ancianos, los rituales de las comidas) a través del contacto con sus dos interlocutores, salpicadas con los pensamientos, los sueños y las cada vez más enrevesadas manifestaciones de la anciana. De Vigan da cuenta de los esfuerzos de la mujer por recuperar las palabras que deforma, confunde o mezcla y por preservar su capacidad verbal; de su ansiedad y su frustración por la dificultad del empeño; de su progresiva aceptación de la imposibilidad de la tarea; de la conciencia de la irremisible pérdida. En su lucha, inteligente, lúcida, valiente, Michka mantiene su ironía, su carácter, su resistencia. Consciente de su degradación, de los avances de la enfermedad, de la profundización de la afasia, brota en ella el deseo final de agradecer a una pareja, de remoto pero vivo recuerdo en su memoria, que cuando era niña -una niña judía- la protegió y la salvó de una muerte segura durante la Segunda Guerra Mundial. Urgida por el miedo a perder del todo las palabras -una urgencia que también es moral, por la necesidad de agradecer, ahora que su existencia llega a su fin, a aquellos a quienes debe la vida- involucrará a Marie y a Jérôme en la búsqueda, casi imposible dado el tiempo transcurrido, de aquellos que arriesgaron la suya para salvarla. De manera que el lector asiste a la simultánea exposición de la gradual evolución de la “derrota” de Michka, de su combate íntimo entre la voluntad de decir y la imposibilidad física de hacerlo, e, igualmente, al relato de la reconstrucción de la terrible experiencia vivida en su infancia. Como es obvio, no adelantaré el desenlace de ninguna de las dos líneas argumentales del libro, por más que, al menos en uno de los casos, el final pueda ser previsible.
Son muchos los aspectos de interés de una novela emotiva y deliciosa, adjetivo este último procedente pese a la dureza de su tema principal. Me detendré brevemente en algunos de ellos, los que me han parecido más relevantes o los que, simplemente, han sobresalido en mi lectura. Está, en una primer impresión obvia, la presentación de los claroscuros -y pienso que la dualidad que encierra el término está desequilibrada, con un mayor peso de lo sombrío- que entraña la vejez. En este sentido, en la figura de Michka el libro refleja la degradación, el quebranto, el deterioro físico, el declive cognitivo, la autopercepción de la propia inutilidad, la soledad, el agotamiento, la conciencia de la cercanía de la muerte, de la desaparición y de la finitud, el desvalimiento, el desconcierto y la impotencia (Sí, es que resulta que… Pierdo mucho… A toda prisa. Tengo la sensación de estar perdiendo algo todo el rato, pero no sé qué es… y me da miedo. Me gustaría decir más, pero… estoy incapaz, ¿sabes lo que te quiero decir?), el miedo (el terror); pero también -y esto es un logro de la autora, que ni convierte en tragedia la senectud ni, claro está, tampoco la idealiza- la lucidez, el deseo de autonomía, la dignidad, la profunda vivencia de los recuerdos, la inteligente perspicacia, el tierno humor, el hondo conocimiento de la vida y la absoluta libertad para expresarse -más allá de las limitaciones que impone la afasia- sin respetar los férreos límites de las convenciones sociales (la anciana “ve” la realidad íntima de sus dos interlocutores -el conflicto de Jérôme con su padre, las dificultades de Marie con sus novios, sus miedos ante su embarazo primerizo- e indaga sobre ellos y pregunta con naturalidad sin siquiera ser consciente de las costumbres esperables en el trato social). Este carácter ambivalente de la ancianidad, el hecho de que, por debajo de la fragilidad, la dependencia y la vulnerabilidad externas haya un ser humano pleno, que piensa, siente, sufre, ríe y se emociona como cualquiera, se pone de manifiesto en una línea de pensamiento de Michka (a la que voy a referirme, para su aplicación al trato con ancianos en nuestra cotidianidad, con Cómo hablamos a los viejos) que aflora tanto en su relación con su cuidador como con su “hija adoptiva”. La mujer se niega al degradante trato eufemístico con el que nos relacionamos con la “tercera edad” y, por ello, responde a Jérôme cuando este le propone unos ejercicios pensados específicamente para la “gente mayor”: ¿Por qué dices «la gente mayor»? Deberías decir «los viejos». No está mal «los viejos». (…). ¿No dices «los jóvenes»? ¿No dices «la gente joven»? Del mismo modo, y sobre esta misma idea de la manera en que nos dirigimos y consideramos a los viejos, es reveladora la reflexión de Marie: Pongo todo mi empeño, pero no funciona, siempre acabo hablándole como si fuera una niña y se me rompe el corazón, pues sé muy bien qué tipo de mujer ha sido, sé que ha leído a Doris Lessing, a Sylvia Plath y a Virginia Woolf, que aún está suscrita a Le Monde y que sigue leyendo el diario de cabo a rabo todos los días, aunque solo sean los titulares. Una apunte en apariencia menor, pero que refleja una indiscutible verdad -de la que no siempre somos conscientes-, expresada, además, con inteligencia y lucidez, con belleza y emoción, como ocurre de continuo en el libro.
En relación con esa representación de la vejez, la novela nos hace reflexionar también sobre lo que podríamos llamar la ética de los cuidados, tan de actualidad en nuestro mundo envejecido y dependiente. La idea comparece en sus dos vertientes, la institucional y profesional, que encarnaría la figura del logopeda, y la afectiva que refleja Marie; aunque ambas versiones acaban por confluir. Mientras la residencia aparece como un espacio administrado, normado, práctico, un lugar que en aras de la necesaria eficiencia reduce la vida, en el que las rutinas sustituyen la libertad (hasta el punto de que Michka tiene unos sueños terribles en los que la administradora de la institución la interpela de forma abrupta, le riñe, la examina, la degrada; pese a que la directora real es una mujer afable y hasta cariñosa), Jérôme, en cambio, no es un profesional eficiente pero frío, movido por el rigor clínico pero ajeno al trato humano. En un retrato que, en cierto modo, puede ser leído como una reivindicación y un desiderátum -“así deberían ser las cosas”-, el joven reconoce la dimensión humana de la mujer a quien ayuda, en él hay empatía, hay compromiso, hay acercamiento afectivo, hay implicación emocional. Otro tanto ocurre con Marie, a la que el vínculo previo con la anciana liga de manera más intensa -y también más difícil-, en una relación en la que afloran el afecto, el amor, la entrega, la paciencia, el justo sostenimiento de quien antes te sostuvo, la culpa, la frustración, el desgaste, la vulnerabilidad personal, incluso, a veces, una cierta violencia emocional. Lo más hermoso de esta vertiente del libro reside en la constatación de que ambos “cuidadores” acabarán transformados por su entrega, la idea de que el cuidado, entregado, agradecido, abnegado, generoso, al margen del beneficio indudable que supone para quien lo recibe, transforma también a quien lo ejerce, en un refrendo de la tesis, profundamente cristiana, del “dad y se os dará”. Apunto también que, entrelazada con este hilo de la novela, parece evidente la presencia, siquiera tangencial -o quizá algo más que eso- de las relaciones intergeneracionales, interesante cuestión en estos días de supuesto -e interesado- conflicto entre boomers y mileniales.
Sin embargo, los tres ejes temáticos principales del libro son otros. El primero, evidente desde el título, es el de la gratitud, que entronca de modo obvio con la idea de los cuidados. Michka, ya se ha dicho, quiere dar las gracias a quienes la ocultaron cuando era niña durante la guerra y evitaron su deportación. Este frente de la novela no se presenta de modo explícito y central, ni convierte este episodio en un documento histórico ni en una aproximación melodramática al horror del Holocausto. Hay, solo, una insinuación discreta, unos hechos que marcaron su existencia y que por diversas circunstancias ella nunca logró agradecer plenamente. Su afasia acentúa la urgencia, al intuir que su tiempo, su voz y sus palabras se agotan. Debe encontrar a esas personas -o a sus descendientes- para decir lo que lleva décadas pospuesto y, en esa tarea, Marie y Jérôme se convertirán en sus mediadores. El mensaje subyacente sería, en fórmula reduccionista y, por ello, empobrecedora de la intensidad de la novela, antes de morir, hay que decir gracias, que suena a estereotipado lema de autoayuda, no siéndolo en absoluto. La gratitud, poner en palabras el agradecimiento, es algo que Michka solo podrá hacer cuando ha perdido casi totalmente la facultad del habla, en una paradoja nuclear del libro. Los jóvenes, en cambio, recibirán la postrera enseñanza de la mujer y dotados del lenguaje, del tiempo y también de la valentía, expresarán abiertamente su gratitud a quien la deben. En un mundo como el nuestro, acelerado -y en relación con la vejez medicalizado y burocratizado-, el gesto de agradecer aparece como un acto casi contracultural. En el caso de la novela, la gratitud devuelve humanidad al final de la vida, reabre vínculos, rescata historias que de otro modo podrían desaparecer sin dejar rastro. Otra muestra palpable de la emoción que recorre el libro.
Poner en palabras, he escrito. Las palabras, el lenguaje, están en el centro de otro de los temas sustanciales de la novela. Aquí la intervención de la autora es sobresaliente, mostrando cómo a medida que avanza la novela, progresa también de manera inexorable la enfermedad. Vigan es magistral en la graduación de esa pérdida. Al principio hay solo ligeras confusiones, letras que se trastocan, palabras que se confunden, frases levemente desordenadas (me importa un “cochino”, por “comino”, a modo de ejemplo). La degradación es, sin embargo, imparable y se manifiesta en anacolutos (Para mi falaral [por funeral]. Una abreviación [por incineración]…, unos canapés y se acabó), inconsecuencias (Sí, los que están al lado del ref… del com… del comendador…, ya lo verás, encima de la puerta hay un… una especie de… de cosa blanca… que lanza un… pshiiiiit cada vez que entramos. ¿Sabes? Yo creo que nos están gaseando) y construcciones disparatadas (Es por culpa de las palabras, ya te lo he dicho. De noche se… se agazapan… se pierden, cuando no consigo dormir se enfugan, se desfuman, es justo en ese momento, estoy segura, pero no hay nada que hacer, vagones enteros a toda velocidad, no puede hacerse nada contra eso, ya te lo digo yo, ni siquiera el loco… el gogo… el logo…), que contrastan con la lúcida conciencia de su situación por parte de la anciana (El fin se acerca, Marie, aceptémoslo. Me refiero al fin de la mente, a que se me vaya la cabeza, fiuuu, a que las palabras echen a volar. El fin del cuerpo no sé cuándo llegará, claro, pero el fin de la mente ya ha empezado, las palabras se las pitan, chimpón). Entre paréntesis, hay que subrayar la espléndida la labor de Pablo Martín Sánchez como traductor, trasladando con éxito el convincente juego de la autora entre el caos verbal de la protagonista y la necesaria claridad que exige el lector. La fragilidad del lenguaje, el derrumbe de la identidad, las palabras como prisión, el deterioro verbal como metáfora de la fragilidad humana, la lengua como vehículo de comunicación y, por tanto, de reconocimiento del otro, y en consecuencia, como canal que permite el agradecimiento, la intacta memoria emocional prevaleciendo frente a la desbaratada memoria léxica, son otros de los aspectos laterales de este gran tema principal del libro.
Y la soberbia traslación literaria de la afasia de la protagonista, que combina la fidelidad a los rasgos clínicos de la enfermedad (por lo que he podido leer, de Vigan se documentó con profundidad sobre el asunto), la legibilidad de su narración pese a las constantes irrupciones de errores lingüísticos, incongruencias y sinsentidos, y el tono poético con el que se representa la privación y el daño de la mujer, me permite mencionar otros elementos estilísticos relevantes. El lenguaje claro, sobrio, contenido, sin excesos de sentimentalidad, reflejando, sin sombra de empalago, la verdad de los pensamientos y las emociones de Michka. La ya mencionada estructura dual del relato, que dota de intimidad y cercanía a los personajes. El humor sutil, que aparece en las expresiones disparatadas de la anciana, en sus réplicas vivísimas, que la autora recoge con ternura, delicadeza y un triste ironía. El uso de la evocación, del silencio, de las elipsis, de los pasajes oníricos, que aportan al relato, en ocasiones, una atmósfera evanescente, de contornos difusos, que concuerda con la neblinosa limitación de la anciana.
Otra gran novela que no deberíais perderos. Y tampoco deberíais dejar pasar otra propuesta espléndida, muy original y singular, la que nos ofrece la joven escritora argentina (nació en 1989) Julieta Correa, con fuertes vínculos con nuestro país, y que presentó en España hace unos meses la editorial Comisura. Se trata de ¿Por qué son tan lindos los caballos?, publicado en la Argentina en 2024, en la editorial Rosa Iceberg, y un año después en Chile en edición del sello Montacerdos.
El libro es clara e inequívocamente autobiográfico, una condición expresamente declarada por su autora (aparte de deducible de manera obvia a partir del texto). En un momento determinado de su vida, que Correa cifra en el 5 de octubre de 2020, su madre, Sari, traspasó un significativo punto de inflexión en un hasta entonces leve y apenas perceptible proceso de deterioro cognitivo: En El año del pensamiento mágico, Joan Didion dice que la vida cambia en un instante. En este caso, no hubo instante. Fue todo demasiado lento. No esperábamos cambios, aunque la habíamos visto cambiar tantas veces. ¿O es que no podemos ponernos de acuerdo en cuando fue que cambió? ¿O es que no importa? Yo sigo marcando en mi memoria el 5 de octubre de 2020, el día del brote. Pero si tengo que pensar cuando empezó, diría que no empezó. Fue siempre. A partir de esa fecha, la vida de Sari y, en consecuencia, la de su hija Julieta, cambian por completo, a causa del progresivo y devastador avance de la enfermedad neurodegenerativa de la madre. ¿Por qué son tan lindos los caballos?, la única obra no estrictamente novelesca en este largo ciclo de literatura femenina, es el relato -una crónica, un documento, una suerte de diario, una semblanza, una desgarrada, sincera y bellísima confesión- de ese terrible proceso, contado con ternura, sensibilidad, talento literario, honestidad intelectual, agilidad narrativa, conmovedora emoción y hasta un muy apreciable punto de humor.
El libro, muy breve (no tanto por sus casi trescientas páginas, como porque el formato es muy reducido -11,5 x 17 centímetros-; porque está organizado en capítulos muy cortos de escasos párrafos; porque estos son, casi siempre, de pocas frases; y porque la redacción de cada una de ellas es sencilla, precisa, austera, con, a veces, solo una o dos palabras), se compone de dos partes, muy descompensadas en extensión y en planteamiento. En la primera de ellas, La parte de Sari, que llega hasta la página 41 y que no está en las anteriores ediciones latinoamericanas, se recogen fotografías, dibujos, bocetos, anotaciones, bosquejos, notas en cuadernos, todos “rescatados” de los archivos de la madre y presentados de modo desperdigado, sin que se aprecie en ellos una estructura o un orden determinados. Se trata de unos documentos que complementan e ilustran el contenido del libro que leeremos a continuación y que aportan un especial correlato gráfico a la descripción del universo deshilachado y fragmentario en que se convierte la mente de Sari en el curso de la devastadora evolución de su trastorno neuronal. El núcleo central de libro, La parte de Julieta, constituye el texto en sí de la obra y se centra en la narración de esos años, lentos, angustiosos, tristes, agotadores, en los que Sari va consumiéndose.
Julieta explica, al principio de su libro y a lo largo de sus numerosos y escuetos capítulos, las razones que la han llevado a escribirlo y el propósito que la mueve: la voluntad de testimoniar el deterioro de su madre (Trato de dejar un registro de cómo se fue apagando, cómo fue perdiendo las palabras); el intento de entender qué es lo que ella está viviendo, cuándo empezaron su quebranto y menoscabo (Tengo que tratar de entender); la pretensión de documentar las fases de la degeneración de cara a un posible uso propio en el futuro (Tengo que dejar esta hoja de ruta para cuando yo también me ponga así. Una guía para cuando los médicos pregunten si hay antecedentes); el afán por recordar a su madre, por recuperar momentos de su pasado (Releo estos apuntes que (...) me ayuden a acordarme de cómo era antes y me ayuden a acordarme de cómo fue cada momento del derrumbe); el deseo, poderoso y emocionante, de tener presente a Sari, de mantenerla “viva”, de poder seguir conversando con ella (¿Pero esta es su historia, entonces es la mía? Tengo la idea un poco forzada de que se la debo. Es lo más parecido a conversar. Mientras escribo estos apuntes, seguimos conversando); la necesidad de contar una enfermedad que priva a quien la padece de la posibilidad de describirla, de narrarla (La demencia es una enfermedad que no se puede contar a sí misma. No hay un relato posible cuando faltan las palabras coma solo se puede contar desde afuera. Esa es mi misión. Un texto testigo. Un texto que se va quedando sin palabras); la determinación de recuperar la memoria familiar, que la madre atesoraba (La que guarda los recuerdos de esta familia perdió la memoria, y desde entonces nos encontramos todos en una especie de pausa que es como una meseta, o una pared blanca); la aspiración de “reconstruir”, siquiera de manera aproximada (Estos apuntes no son verdaderos, están llenos de huecos, de pintura y de fantasmas), la figura de Sari, de buscarla en el territorio neblinoso y evanescente en el que ahora habita (Ahora está perdida en algún lado dentro de su cabeza. Creo que sigue ahí. Esta es mi manera de buscarla).
Para llevar a cabo todos estos fines Correa construye su texto sobre una estructura fragmentaria hecha de escenas de la cotidianidad de su madre, su familia y suya propia en los largos meses de enfermedad; de recuerdos de primera mano, de sus vivencias personales, o resultantes de la evocación de cuentos, anécdotas y relatos transmitidos por Sari sobre sus padres, su infancia, su juventud y su edad adulta; de citas literarias, transcripción de notas y apuntes escritos en hojas sueltas o periódicos, de fragmentos de los diarios y los cuadernos de Sari (que incluyen perfiles, frases de libros, ensayos de escritura, versiones de una autobiografía, reproducciones de diálogos, el relato de cada día, reflexiones sobre la situación política, comentarios de algún libro leído, descripciones de capítulos de series y de programas de actualidad: Escribía sobre todo lo que le llamaba la atención y lo que no, pero en general le interesaba todo; y de la corriente interna de su propio pensamiento (del de Julieta), plagada de reflexiones sobre el lenguaje, sobre la enfermedad, sobre la responsabilidad, sobre la culpa, sobre la dificultad de los cuidados, sobre la relación madre-hija.
El retrato de Sari que hace Juli es el de una mujer fascinante. Nacida en Buenos Aires en 1963, con tres hijos de dos hombres distintos, su hija nos la presenta como una fuerza de la naturaleza (…), graciosa, ocurrente, filosa, mordaz, amante de las palabras -las intercambiaba, les daba vuelta- y espléndida contadora de cuentos, chistes, anécdotas, disparates, una notable capacidad, cuya ausencia a causa de su enfermedad; se hace aún más dolorosa: un fuego que de repente se apagaba y no podía salir de la cama. Esa dimensión “literaria” aflora en los textos de cuadernos y diarios de los que da cuenta su hija. Pintora en su juventud -Sari-, Julieta recuerda y describe sus retratos, dibujos, pinturas al óleo de personas, de pájaros, también de Théo, el chihuahua al que adora y cuya ya muy larga edad hace sufrir a la hija por el impacto que su cercana desaparición pueda tener en su madre (yo pensaba con terror en el momento en el que Teo se muriera de viejo), pero sobre todo de caballos.
Hay remembranzas bellísimas de su pasión ecuestre, su amor por los caballos (Tranquila, no hacen nada, me dijo (…) Se acercan porque son curiosos. No nos van a hacer nada), su conocimiento de la “psicología” de los animales (Se hacen entender con total claridad. Son excelentes observadores y aprenden muchas cosas), las manchas en la frente de los potrillos, su galope elegante, la familiaridad con sus rituales, su cercanía cariñosa (Siempre les hablo. Los saludo con alegría, o con tranquilidad. Como si me dirigiera a seres humanos o a los perros), su singularidad, inapreciable para un profano (Los caballos cuentan con diecisiete expresiones faciales).
El libro se abre con unas frases de Sari de las que surge el título: ¿Por qué son tan lindos los caballos? ¿Por qué hay tanta belleza en el mundo? ¿Por qué lo olvidamos a veces? Pues yo no lo olvido. Y es que los caballos tienen, pese a su presencia episódica en el texto, una significación primordial en él, con un indudable valor simbólico y metafórico: como figura de la imaginación y la creatividad de Sari, de su mundo interior, de su universo íntimo y personal; como representación de la vida exultante, del movimiento, de la libertad, de la expansión y la energía vitales, que contrastan con el deterioro físico y cognitivo de Sari; como imagen de la belleza, del enigma que siempre encierra la perfección, la plenitud estética, en otro evidente contraste con el declive de la mujer; como expresión -en sus dibujos y fotografías- de la única comunicación posible cuando el lenguaje, las palabras, fallan; como metáfora, por fin, de la memoria, los únicos retazos que subsisten de unos recuerdos hechos jirones (yo no lo olvido).
Y como ejemplos -ya a vuelapluma- de esos otros diversos “ámbitos” que se entrecruzan en el libro, están los pormenores clínicos de la enfermedad, síntomas desatendidos en el pasado y ahora tardíamente reveladores, los informes médicos, las consultas, los internamientos hospitalarios (hasta diez “internaciones”, como las llama la autora, se cuentan en el libro), los contradictorios diagnósticos de los especialistas, las muy variadas hipótesis técnicas -Alzheimer, demencia frontotemporal, ACV, un tipo de Parkinson-, la búsqueda compulsiva en internet por parte de Julieta de información sobre problemas neurológicos, tratamientos (estudios del cerebro: tomografía, resonancia, evaluación cognitiva, electro y algo del equilibrio), cuidados paliativos, pérdida de la memoria, herencia genética, psiquiatría, neurología, demencias, sobre los síntomas que manifiesta su madre: alteraciones en el comportamiento, conductas sociales inapropiadas, pérdida de empatía, falta de interés, pérdida de la inhibición, falta de juicio, conductas compulsivas, repetidas, cambio en los hábitos de higiene y alimentarios, a veces deseos compulsivos de llevarse cosas a la boca, trastornos del habla, del lenguaje, dificultades para entender el lenguaje escrito y hablado, problemas para encontrar la palabra apropiada o entender el significado de las mismas.
Se describen también, con minuciosidad, cariño y humor, las muestras del desgaste progresivo y la pérdida neurológica: la gradual ininteligibilidad de los mensajes en el móvil, los estados de desorientación, las repeticiones, los olvidos, el desconcierto, las lágrimas frecuentes, la falta de reconocimiento de sus allegados (Cuando llegamos a la casa está más calmada y me dice que soy muy alta, como su hija Juli), las llamadas telefónicas constantes (Me desperté a las cinco, setenta notificaciones en el teléfono), la confusión en el uso de las palabras (las mezcla, dice la mitad de una y la mitad de otra. El efecto es gracioso. Es gracioso, nos reímos, un poco gracioso pero desconcertante. No es gracioso, es un bajón), la incapacidad para construir un discurso articulado (cómo puede ser que una persona que anotó durante tantos años detalles precisos, observaciones singulares, ahora no sume veinte frases coherentes en un día).
Pero, a mi juicio, y ya para concluir, lo más interesante del libro está, no tanto en las descripciones “externas” -síntomas, vivencias, hechos, anécdotas pequeños sucesos, incidentes más o menos relevantes- sino en el modo en que la autora los relaciona en su relato con lo que he llamado su “corriente interna de pensamiento”. No hay, pues, solo una descripción de lo que ocurre, sino que todo está impregnado de las reflexiones, de las ideas, de las consideraciones, de la expresión y comunicación del sentir, de la intimidad de Julieta ante las circunstancias que está viviendo, la repercusión que en su mente, sus emociones y su vida cotidiana provoca la tragedia de su madre. Recorren el libro, así, infinidad de temas de interés vinculados, de un modo u otro, a la experiencia extrema de su madre. Hay, de entrada, al igual que veíamos en Las gratitudes (Correa cita de modo expreso Nada se opone a la noche, la otra gran novela de Delphine de Vigan sobre el mismo tema), un muy interesante planteamiento general sobre los cuidados, que recoge con elocuencia este fragmento que, pese a su extensión, quiero citar íntegro: Cuidar a alguien enfermo significa pensar todo el tiempo en la muerte. La propia: No me puedo morir ahora, hay que ocuparse de muchas cosas. Y la otra, la que se espera, se teme, con la que se especula y fantasea. En esa muerte pensamos todo el tiempo. Cuando suena el celular o cuando no suena. Cuando nos despertamos tarde o si tenemos insomnio o si lo soñamos. Si tenemos que viajar. Si aparece algo que podría ser una señal en una película, un libro, una conversación. Nos vamos preparando para lo que no tiene preparación. Están, también, algunas apreciaciones sobre la escritura, sobre la necesidad de dar cuenta, de dejar constancia, de ejercer de notaria de esos meses desconcertantes y dolorosos (Y escribimos. No porque esta sea más triste que otras historias, o más valiosa, sino para hacer que el tiempo pase de otra forma. Son horas y horas al lado de una cama tratando de sacar conversación. Imaginando conversaciones. Tratando de no recordar algunas coas. Horas de días, semanas, meses y años. Pasaron cuatro años. Si tuviera imaginación, de todas estas horas podría haber sacado una novela. Si tuviera disciplina, podría haber estudiado. Si tuviera el ánimo. Escribo estos apuntes). Están las apreciaciones sobre la imposibilidad de comunicación real, de “llegar” a su madre (Pero ella está en otro lado y me mira asustada. ¿Qué es este lugar?). Hay preguntas insondables sobre la identidad (¿Quién soy yo?). Hay manifestaciones del cansancio (Estoy cansada (…). El duelo de lo que perdimos, de lo que no va a volver, el agotamiento y la tristeza de verla mal, y los distintos tratamientos, y las terapias paliativas, y hablar con las cuidadoras, y resolver los problemas de la casa), del abatimiento (Es tan, tan largo el día), de la tristeza y el desconsuelo que la asaltan (Esos meses, es verdad, fueron muy difíciles para todos. Yo había agarrado un segundo trabajo y tenía poco margen. Sobre todo por la tristeza. Los chicos, lo mismo. Y también el desconcierto. Y casi pongo el desconsuelo, que lo dejo porque sirve también). Está la responsabilidad por las decisiones terapéuticas que la familia debe tomar (¿Fuera de la clínica, vuelve a nosotros la responsabilidad médica? Como cada vez que sale de una internación, sentimos alivio, pero sobre todo vértigo. La posibilidad del error nos abruma, dudamos y vamos a dar varios pasos en falso). Están las dudas, la incertidumbre, el miedo (Después me pareció que había dicho: me voy a morir. O me quiero morir. Y se me ocurrió por primera vez que capaz no quiere seguir viviendo. ¿Cuánto más se pueden aguantar estos días exactamente iguales mirando una pared? ¿Qué hago ahora con este pensamiento?). Está la complejidad de la relación con su madre, la dificultad de encontrar el tono, la manera, el enfoque adecuados para tratar a ese ser ausente (Tengo que aprender a formular las frases con otro verbo, para que no sea todo, te acordás, te acordás, te acordás), el lenguaje idóneo (Hablar en plural. ¿Nos lavamos los dientes, tomamos el remedio? ¿Vamos a bañarnos?).
Está la añoranza de los rituales gradualmente abandonados, desvanecidos (Esas son las cosas que extraño. Todas las cosas de la nueva serie a las que me había acostumbrado, y que ahora tenemos que dejar. No las conversaciones de antes, la frescura y la originalidad, sino los pasitos lentos y arrastrando los pies. La mirada atenta, la concentración para comer el dulce de leche, ir a ver chiquitos jugar en la plaza. Cuando me peinaba con la mano. La alegría lenta. Me la paso haciendo listas de recuerdos, algunos me cuestan más que otros. Y a muchos ya no me los acuerdo más). Está el deseo teñido de culpa por recuperar el tiempo perdido, de hacer por su declinante madre lo que no pudo hacerse antes (Aprovechar el tiempo. Llevarla a lugares, que disfrute antes de que sea tarde. Como si ya no fuera tarde. Como si no fuera tarde siempre). Está la culpa sin “teñir”, abrupta, descarnada (una lista imaginaria de cosas de las que me arrepiento, que podría ser una lista de cosas que me dan culpa y una pena enorme). Está, por fin y sobre todo, el amor: pasar tiempo con ella me encanta. La acaricio, le agarró la mano. Le corto las uñas, le pongo crema, le doy besos, le pido besos. Le preparó mate, que tomamos en silencio porque lo único que sigue pudiendo hacer es dar besos y tomar mate. Tiene toda la razón. Revisa los cajones, abro puertas, miramos fotos, dibujos. En fin, una belleza, una sensibilidad, una ternura enormes.
No dejéis de leer ninguno de los tres libros que hoy os recomiendo. Los viajeros del continente, de Eva Díaz Pérez, Las gratitudes, de Delphine de Vigan y ¿Por qué son tan lindos los caballos?, de Julieta Correa son tres novelas espléndidas que os aseguran muy gratificantes experiencias lectoras. Os dejo ahora con un fragmento de Las gratitudes, en el que, con esa delicadeza que impregna los tres libros, Jérôme reflexiona sobre sus pacientes y la vejez. Tras él, Ficelles, una canción bellísima, muy triste, elegante y exquisita, plena de melancolía, de Ingrid St-Pierre, un complemento muy oportuno a los tres libros reseñados. En ella, la compositora y cantante canadiense nos habla de la fragilidad de la memoria y de los recuerdos, del vínculo amoroso que perdura a pesar del olvido, en un tema escrito a partir de la amarga enfermedad de su abuela, aquejada de Alzheimer, en una expresión muy lírica, íntima y estremecedora de su amor por ella, reflejado de manera emotiva en estos conmovedores versos:
Ficelles
Je nouerai des ficelles
À tes souvenirs qui s'étiolent
Et le jour où ils s'envoleront
Moi j'en ferai des cerfs-volants
Mais oublie pas mon nom
Je t'écrirai que je t'aime
Partout dans la maison
Et si tu m'oublies quand même
Juste en-dessous y'aura mon nom
Et je serai là pour de bon
Et je serai là pour de bon
Je nouerai des ficelles
À tes souvenirs qui s'étiolent
Et le jour où ils s'envoleront
Moi j'en ferai des cerfs-volants
Mais oublie pas mon nom
Hilos
Ataré hilos
A tus recuerdos que se desvanecen
Y el día en que ellos vuelen
Los convertiré en cometas
Pero no olvides mi nombre
Escribiré que te amo
En toda la casa
Y si aun así me olvidas
Justo debajo estará mi nombre
Y estaré aquí para siempre
Y estaré aquí para siempre
Ataré hilos
A tus recuerdos que se desvanecen
Y el día en que ellos vuelen
Los convertiré en cometas
Pero no olvides mi nombre
Cuando los veo por primera vez, siempre busco la misma imagen: la imagen de antes. Tras sus miradas borrosas, sus gestos inseguros, sus cuerpos encorvados o doblados por la mitad, busco al muchacho o a la muchacha que fueron como quien pretende descubrir el esbozo original de un dibujo repasado torpemente con rotulador. Los observo y me digo: ella también, él también amó, gritó, gozó, nadó, corrió hasta perder el aliento, subió las escaleras de cuatro en cuatro, bailó toda la noche. Ella también, él también cogió trenes, metros, paseó por el campo, por la montaña, bebió vino, se levantó tarde, discutió sobre el sexo de los ángeles. Me conmueve pensar en ello. Voy en busca de la imagen e intento resucitarla, no puedo evitarlo.
Me gusta ver fotos suyas de cuando miraban al objetivo sin tener la menor idea del deterioro que iban a sufrir —o era una idea puramente teórica—, de cuando se mantenían en pie sin necesidad de ninguna ayuda. Me gusta descubrirlos en la flor de la vida, pero ¿qué edad es esa? ¿Los veinte? ¿Los treinta? ¿Los cuarenta?
A veces me resulta imposible ver la relación entre la muchacha o el muchacho de la foto y la persona que tengo sentada enfrente. Ni haciendo gala de la mayor perspicacia, del mayor discernimiento, consigo establecer un nexo de unión entre ambos cuerpos: el cuerpo liviano, arrogante de la juventud, y el cuerpo mermado, deforme del geriátrico.
Acabo tirando de tópicos y digo: «¡Está usted igual, señora Ermont!» O bien: «¡Hay que ver qué guapo era, señor Terdian!»
Al principio, una voz bramaba en mi cabeza: «Pero ¿qué ha ocurrido? ¿Cómo es posible? ¿Esto es realmente lo que nos espera a todos, sin excepción?» ¿No hay un desvío, una bifurcación, un itinerario paralelo que nos permita evitar el desastre?
Empecé trabajando con personas de todas las edades: niños, adultos, ancianos. Luego, poco a poco, fui pasando la mayor parte de mi jornada laboral en residencias geriátricas. No tengo claro que fuera una decisión, ni una elección. Sucedió así, simplemente. Por conveniencia. Acabé rindiéndome en cierto modo a la evidencia y ahora distribuyo mi tiempo entre varios centros, he conseguido hacerme un sitio en el sector.
Estoy a gusto. Estoy donde debo estar.
Videoconferencia
Eva Díaz Pérez. Delphine de Vigan. Julieta Correa



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