Vivo entre muchos libros y extraigo una gran parte de mis ganas de vivir del hecho de que aún leeré la mayoría de ellos. (Elias Canetti)

miércoles, 10 de junio de 2026

KATE CHOPIN. EL DESPERTAR; JANET LEWIS. LA MUJER DE MARTIN GUERRE; ELIZABETH HARDWICK. NOCHES INSOMNES

Hola, buenas tardes. Todos los libros un libro sale a vuestro encuentro una semana más con una nueva propuesta de lectura “femenina” (aunque yo no sepa muy bien qué quiere decir esa expresión, como no sea lo que literalmente significa, el mero dato objetivo: libros escritos por mujeres, sin más connotaciones). Estamos ante el octavo programa de un total de nueve que conforman una serie condicionada por algunas premisas básicas: los veintiséis títulos que al término del ciclo os habré ofrecido (aunque al final serán veintiocho o quién sabe si veintinueve) se deben, en efecto, a la inspiración, la creatividad y el talento de otras tantas escritoras. Además, todos ellos son, en diferente grado de “pureza genérica”, novelas, cada una publicada en una editorial diferente, sin que al completar la serie se haya repetido ninguna. Diversos son también los países de origen, las épocas históricas, los temas que abordan, los planteamientos literarios y los recursos estilísticos de sus autoras, las cuales, sin embargo, coinciden en la calidad, el interés, la belleza y la emoción que impregnan sus creaciones, como espero que hayáis podido comprobar en las emisiones que llevo ofreciéndoos desde mediados del mes de abril y en las que aún restan hasta finales del presente mes de junio. 

En el caso de esta tarde el lazo que une a las tres novelas que os presento es el de la nacionalidad de sus tres autoras, los Estados Unidos de América (espero que así sigan llamándose al término del infortunado mandato del delirante Trump, tan amigo, en su persistente y obsceno delirio narcisista, de renombrar el mundo pro domo sua). Se trata de Kate Chopin, que vivió entre 1850 y 1904, y de cuya novela El despertar ya hablé aquí, en un formato del programa muy distinto al actual, hace siete años; de Janet Lewis, nacida en 1899 y fallecida casi un siglo después, en 1998, con su trilogía Casos de pruebas circunstanciales, reseñada en Todos los libros un libro hace más de ocho años, cuando el espacio era de menor duración y no se emitía por YouTube; y Elizabeth Hardwick, nacida en 1919 y fallecida en 2017, de la que os traigo su espléndida Noches insomnes, un libro de 1979, publicado en España treinta años después de su aparición en su país, que yo leí hace diez y del que ahora os hablaré por primera vez. 

Empiezo, pues, mis sugerencias de hoy, aconsejando la lectura de una novela espléndida, un texto de finales del siglo XIX que, pese a lo crudo y hasta lo hostil de su recepción por parte de sus contemporáneos, ha llegado a nuestros días rezumando frescura y mostrando una vigencia, una actualidad y una pertinencia en sus propuestas que lo hacen extraordinariamente atractivo para el lector de hoy. Me estoy refiriendo a El despertar, el título de la norteamericana Kate Chopin, que presentó en 2018 la editorial Mármara en su colección La balsa de piedra, con traducción de Esther García Llovet y un ilustrativo epílogo del poeta, profesor, crítico y también traductor Jorge Urrutia. 

El despertar ya había sido objeto de anteriores ediciones en nuestro país. Especialmente destacada es la de Cátedra de 2012, una versión presentada por Eulalia Piñero Gil, profesora de clara militancia feminista, que acompaña su traducción de un interesante estudio -marcado por su “adscripción ideológica”- sobre la autora, su tiempo y su obra. También merece la pena la publicada en 2011 por Alba Editorial, en un volumen titulado El despertar y otros relatos que incluye diecisiete cuentos más y cuenta con la solvente traducción de Olivia de Miguel que, a su vez, había ofrecido una primera versión del texto en 1986, en la editorial Hiperión. Podéis buscar en internet un más que curioso trabajo de la propia de Miguel -una traductora de reconocido prestigio- en el que se “disecciona”, con rigor y meticulosidad, cada una de sus dos distintas versiones, con explicaciones acerca de las opciones elegidas para -con veinticinco años de diferencia entre ambas- trasladar al castellano el original de Kate Chopin, en un estudio que imagino debe constituir un auténtico deleite para quien se dedique profesionalmente a la traducción. 

La presente edición de Mármara, muy agradable como objeto, aparece en un acogedor y muy manejable formato de bolsillo que, casi minúsculo, hace honor, en efecto, a su nombre y puede llevarse en la americana o el abrigo y “esconderse” -casi- en el hueco de las manos. El encanto “exterior” no se corresponde, sin embargo, con la falta de pulcritud formal que padece el texto, plagado de errores tipográficos cuando no directamente de faltas de ortografía. La ama de llaves (en una alternativa algo errática, pues en otros pasajes se dice, adecuadamente, el ama de llaves); ¿qué noche le biene mejor? (hasta el corrector de Word refunfuña cuando transcribo el salvaje barbarismo); dieron rienda suelta a un buen humor y alegría que no decayó en toda la noche (una concordancia al menos dudosa); cualquier comienzo, en especial los de un universo propio, son siempre imprecisos, confusos, caóticos, y extremadamente perturbadores (otro poco disculpable error de correspondencia); no le gustaba que el olor a humo y a vino permanecieran en la sala (de nuevo, una poco afortunada concordancia); cuando una noche Arobin la llamo (una tilde que se esfuma), son, entre otros muchos, algunos de los disparates que trufan el texto e incomodan su pleno disfrute. El recurrente descuido no es achacable en exclusiva, pienso, a la traductora, pues aflora también en el epílogo del profesor Urrutia: en una en el fondo jocosa errata allí se habla de una relación extramatrimonial que se hace púbica (lo cual, si se me permite el inciso y el sarcasmo, es lo mínimo a lo que debe aspirar una relación adúltera que se tenga por tal). 

Kate Chopin nació en 1850 en St. Louis, Missouri, aunque pasó una parte esencial de su vida en Louisiana, en concreto en Nueva Orleans. Esta condición de “sureña”, de miembro de una sociedad mestiza, se percibe en su novela, centrada en ese espacio algo híbrido -en razas y lenguas, en costumbres y valores- del territorio criollo del golfo de México. Formando parte -por nacimiento y por matrimonio- de los círculos más relevantes de la sociedad, sus ideas, siempre independientes y libérrimas, se alejaron del “tono” conservador, religioso y hasta puritano de su entorno, a cuyo moralismo pacato se opuso con rebeldía. Feminista adelantada a su tiempo, su negativa a aceptar el papel subsidiario de la mujer en una sociedad encorsetada por las convenciones sociales y sometida a unos rígidos esquemas morales que ahogan su individualidad la lleva a adoptar una postura vital que trasciende su existencia cotidiana (bastante convencional y mundana, aunque tras la muerte de su marido, con cinco hijos y solo treinta y cuatro años, se alejará del mundo recluyéndose en la lectura y la escritura) y que aflorará en El despertar, como luego veremos. 

La breve novela que ahora os traigo es la gran obra maestra de su, como se ha dicho, controvertida carrera literaria. Resumiendo hasta el esquema su trama argumental, el relato narra un año de la vida de Edna Pontellier, una joven mujer -solo veintinueve años; no tan joven para la época- casada con un rico y algo anodino comerciante de Nueva Orleans, que un verano, en su estancia con su marido y sus dos hijos frente al mar de Grand Isle -un enclave de vacaciones que la propia Kate Chopin frecuentaba-, se enamorará de Robert, hijo de una amiga, madame Lebrun, y avezado y presumiblemente frívolo amante de mujeres casadas. La descripción de la pasión amorosa, de los encontrados sentimientos -ardor y culpa, anhelos y frustración- que durante un año -el círculo de la historia referida se cierra un verano después- atenazan a la joven, la exposición del encantamiento y las dudas que acompañan su “despertar” a una vida que se abre a la emoción sentimental, al deseo y la ilusión, rompiendo los aburridos límites de una cotidianidad insustancial, constituye uno de los dos ejes principales de un libro que tiene en el feminismo, en las, por así decirlo, “tesis” sobre el papel de la mujer, sobre su liberación frente a un rol conyugal y social, intelectual y sexual restrictivo, otro de sus núcleos esenciales. 

El despertar al que de modo explícito alude el título y que Edna experimentará es, pues, doble: el de las emociones y los sentimientos, el de la sexualidad y el deseo, por un lado; y el del pensamiento y la conciencia, el de la inteligencia y las ideas por otro, en una propuesta de mayor ambición y complejidad que los consabidos folletines románticos de la época, quizá más simples, más romos, que solían limitarse a la mera descripción del arrebato amoroso. 

La protagonista vive, desde esos primeros días de intensa sensibilidad estival, una suerte de descubrimiento y apertura a una realidad nueva que hasta entonces le resultaba desconocida y, por ello, le estaba negada. El texto recoge en numerosas ocasiones la mención a esta epifanía profana a través de metáforas inequívocas, distintas aunque compartiendo un campo semántico directa o indirectamente conectado con la “revelación”: una voz que surge en su interior y le habla de otra vida posible; una presencia que, casi literalmente, la despierta de un sueño de largos años sin sentido; la acuciante necesidad de que algo, no se sabe qué, ocurra, un suceso, algún hecho, una aparición, que rompa la insulsa monotonía de sus planos días conyugales. 

El elemento decisivo, el desencadenante que propicia esta revelación es, claro está, el amor, que de un modo inicialmente tímido y casi imperceptible, acaba por convertirse en una pasión romántica de irrefrenable potencia. Habituada casi desde jovencita a distintos enamoramientos apasionados -que nunca la habían hecho, sin embargo, perder su compostura- Edna se ve ahora, tras los años de gris matrimonio, envuelta en un marasmo de emociones, arrastrada por las pasiones como las olas lo hacían al encontrarse con su espléndido cuerpo, en una de las muchas referencias marinas del libro, al operar el mar, con su calidez y su peligro simultáneos, acogedor y amenazante a la vez, como metáfora de la locura de un amor que, ciego, atrae y atemoriza, seduce y amedrenta a la par. Un mar que por todo ello será, en un segundo plano no obvio, uno de los “personajes” esenciales de la novela. 

Cualquiera que haya experimentado en su vida -siquiera una vez- la impetuosa vivencia del impulso amoroso, sobre todo cuando este se produce en circunstancias difíciles o con obstáculos que entorpecen su libre desenvolvimiento (“barreras” materiales, distancia, oposición familiar, rechazo, prejuicios u hostiles convenciones sociales, diferencias de clase o de edad, relaciones adúlteras, etc.), identificará en El despertar los síntomas de ese dulce padecimiento, pues Edna los sufre todos, sin excepción, y Kate Chopin los describe con sutileza y precisión, con elegancia y belleza, tanto los más gratos, los que tienen que ver con la exaltación y el fervor, con el hechizo y el deleite, con el deseo y la plenitud que acompañan siempre a ese “torbellino” amoroso, como los menos amables, los que generan sufrimiento y dolor: las dudas, el miedo, la confusión, la culpa. Así, la protagonista pasará por las distintas fases de ambos “frentes emocionales”. En el primero de ellos, podemos observar su nerviosismo e inquietud al coincidir en público con el amado (aún no “reconocido” como tal); su difuso anhelo -ni siquiera formulado- ante la posibilidad de un nuevo encuentro; la añoranza y nostalgia en su ausencia; los episodios de una tenue obnubilación mental, con la imagen de Robert “colonizando” su cerebro cada minuto del día; su necesidad -con manifestaciones físicas de la adicción: ahogos y lágrimas- de su presencia constante; sus repentinos raptos de deseo; y tantos otros ejemplos -siempre expresados de un modo contenido y sutil, como corresponde a la época y la clase social del personaje- del ansia amorosa cuando esta se presenta en circunstancias que hacen complicada su realización. 

Igualmente, la vemos -en especial al inicio de la novela- desorientada y revuelta, desazonada y perpleja, consciente (aunque no acobardada por ello) de las graves consecuencias, matrimoniales, familiares, económicas y sociales, a las que la conduce su pasión: el miedo a perder la confortable placidez de una vida en el fondo lograda, el terror de lo prohibido, el vértigo del abismo, la culpabilidad ante un marido cariñoso y entregado, ante unos hijos de los que, sin embargo, la separa un cierto creciente desapego. Atracción y rechazo, deleite y pavor, inclinación y huida, ilusión y temor, disfrute y arrepentimiento pueblan, pues, el universo emocional de una protagonista que conmueve por cuanto nos reconocemos en su humanidad, en sus ambivalentes y a menudo contradictorios sentimientos. 

Pero esta ambivalencia en el fondo no es tal, pues más allá de su sorpresa y ofuscación iniciales, Edna comprende pronto cuáles son sus auténticas necesidades, cuáles sus convicciones más genuinas, cuál su voluntad esencial, y esas certezas, en tanto aluden al rechazo de las convenciones y la reivindicación de la propia individualidad, convierten El despertar en una novela de una vigencia y una actualidad palpitantes, en estos tiempos en los que la causa feminista copa las portadas de los periódicos impregnando la vida social entera. 

La protagonista vive el deslumbramiento amoroso como una especie de liberación, comienza a darse cuenta de que la sujeción a las pautas que la sociedad ha creado para ella -en realidad para ellas, las mujeres todas- es un pesado lastre que debe dejar atrás si quiere ser feliz. El “hechizo” del amor opera como un filtro que le desvelará la auténtica realidad de su entorno gris, el cual, gracias a la transformación que el deseo induce, se coloreará y avivará vislumbrando a través de él la posibilidad de una existencia plena, fecunda, alegre, lograda. Kate Chopin describe con verosimilitud ese tortuoso proceso de cambio, ese despertar a la conciencia de una protagonista que, arrebatada por la impetuosa energía de su pasión, cuestionará los principios y valores admitidos, prescritos y normalizados por la sociedad burguesa, en relación con el amor, el matrimonio y la familia, las relaciones conyugales, la fidelidad y el adulterio, la maternidad, la sexualidad y el deseo femeninos, y, en definitiva, con el papel que las mujeres deben desempeñar en el mundo. 

Así, avanzando más y más con el transcurrir del tiempo en su determinación, Edna empezará por experimentar en su interior una fortísima sensación de independencia, ahogada por los estrechos límites de su reducida existencia. Más adelante, cuestionará y rechazará -todavía en su fuero interno- los códigos -sociales, económicos, sentimentales, familiares, sexuales- que ha heredado y que marcan sus días. Por último, en este acelerado curso de aprendizaje vital, en este arduo parto a una nueva vida, acabará por hacer suyas, en la práctica, las decisiones fruto de la profunda reflexión suscitada por su turbulenta vivencia: Había tomado la firme decisión de no volver a pertenecer a otra persona jamás en la vida, leemos. 

La joven y convencional muchacha que encontramos al inicio de la novela, sumisa, sometida, plegada de modo inconsciente a los dictados que imponen los valores de su tiempo, se convertirá al término de la obra -para bien y para mal (y no puedo profundizar en un análisis que me llevaría a desvelar un elemento esencial de la trama)- en una mujer que adquiere la plena condición de individuo sin limitaciones; una mujer que gobierna su vida, que ya no necesita las opiniones o la estimación ajena, que dice lo que piensa sin miedos, sin frenos impuestos, que abandona el ridículo disfraz con el que hasta ese momento debía presentarse ante el mundo; una mujer que domina, que vuela alto, que no necesita de nadie, que es dueña de su propia conciencia, que lleva las riendas en su atribulado paso (cuáles no lo son) por la existencia, que acabará incluso por trasladarse a un domicilio particular, independiente, dejando atrás la casa conyugal (en busca de una “habitación propia”, la misma, desde un punto de vista abstracto y general, que la que reivindicará Virginia Woolf treinta años más tarde). Una mujer que, también en el terreno sexual, accede a su más radical emancipación: Yo ya no soy una posesión del señor Pontellier de la que pueda disponer a su antojo. Yo me entrego a quien yo decida

Desde su nueva posición, Edna se compadece de aquellas otras mujeres, sus amistades de apenas unos meses atrás, que todavía no han “despertado” -y quién sabe si lo harán alguna vez- ni, por tanto, conocido esa feliz metamorfosis que ella experimenta: Sintió lástima -pensará- por madame Ratignolle, conmiseración por una existencia gris que nunca iría más allá de la ciega conformidad, una vida en la que ningún momento de angustia perturbaría su alma, en la que nunca conocería el salvaje sabor del delirio

Pero su atrevimiento, su valiente apuesta tiene riesgos. Edna será feliz en su “liberada” condición recién adquirida, pero también sufrirá la incomprensión de su mundo, de su marido, de sus amistades, y conocerá el aislamiento social y la soledad. En consecuencia, su estado emocional oscilará entre extremos casi radicalmente opuestos: la alegría exacerbada y el desánimo con ribetes de depresión: Había días -reflexiona- en que era muy feliz sin saber por qué. Feliz de estar viva, de respirar (…). Otros días se sentía triste sin saber por qué, cuando no merecía la pena estar alegre o animada, viva o muerte, cuando la vida no le parecía más que un grotesco sinsentido y los seres humanos gusanos sin más objetivos que luchar inútilmente contra la aniquilación final

Del mismo modo, la propia Kate Chopin será objeto, en su vida real, de numerosas críticas descalificadoras por parte de quienes veían en El despertar un ataque a la tradición, a la moral, a los principios y valores establecidos. Tachada de transgresora, de subversiva -también de “feminista”, escandalosa y hasta obscena-, la novela fue retirada de las bibliotecas públicas y su autora proscrita en los círculos sociales que frecuentaba. La obra no sería reeditada hasta algunos años después de la muerte de Chopin, con una extraordinaria recepción. Solo en los años setenta El despertar obtendría el reconocimiento que actualmente se le prodiga, considerándose desde entonces una de las grandes obras de la literatura norteamericana del XIX. 

Ya para terminar quiero llamar la atención sobre el estilo, una escritura que rezuma belleza literaria, sencillez y elegancia, expresividad, delicadeza y emoción, en una narración que consigue transmitirnos, con sutileza y sensibilidad, la ensoñación y el deleite que embriagan a la joven mujer, también su fortaleza y su convicción, su decisión y su fuerza. La presencia metafórica del mar, ya apuntada; las escenas en la playa, en las que es imposible no encontrar referencias -no explícitas, no pretendidas- a la pintura impresionista; la descripción del entorno, los balnearios, las flores, los actos sociales, los conciertos; la importancia de la música, que puntea las escenas más dramáticas, las más románticas y sensibles también, convierten la lectura del libro, más allá de la valoración que suscitan sus distintas propuestas “intelectuales” -psicológica, política, social-, una experiencia deliciosa. 

Mi segunda recomendación de esta tarde recupera a una autora y unos libros (pues se trata de una trilogía agrupada bajo un único título) que, tal y como he señalado en la introducción, ya en 2018 habían protagonizado este espacio en una emisión que, sin embargo, se ofrecía bajo un esquema algo diferente al actual y que, en cualquier caso, no tenía ni la extensión ni la difusión a través de YouTube que son habituales en Todos los libros un libro desde la pandemia, razones por las que me permito su rescate ahora, ocho años después. En 1941, 1949 y 1959 la norteamericana Janet Lewis escribió tres novelas magníficas que integran una suerte de serie o proyecto global reunido bajo la rúbrica conjunta de Casos de pruebas circunstanciales, un título muy elocuente, que revela el nexo que anuda las tres obras. Se trata de La mujer de Martin Guerre, El juicio de Sören Qvist y El fantasma de Monsieur Scarron, en el orden de su inicial publicación en Estados Unidos y que aparecieron en nuestro país, en el seno de la editorial Reino de Redonda, ya extinta tras la muerte de su promotor y factótum, Javier Marías, en los años 2016, 2017 y 2015, en una cronología que no respeta, como se observa fácilmente, la de su escritura original. Las tres obras aparecen, con la acostumbrada exquisitez formal del sello, en la traducción de Antonio Iriarte, a la que sólo se le puede achacar el uso excesivo de “el mismo”, “la misma” y locuciones equivalentes en oraciones en las que a mi juicio -aunque quizá no estemos ante un hecho objetivo y se trate exclusivamente de una preferencia personal- cabe una opción más sencilla y “natural”, como ocurre en estos dos casos, bien ejemplificativos de otros numerosos que trufan el texto y acaban por irritar al lector: rodeando con sus fachadas idénticas y elegantes la plaza, y en el centro de la misma (¿por qué no “de ella” o “en su centro”?); o su último pensamiento (…) fue para las dos monedas que había dejado (…) ¿Qué habría sido de las mismas? (¿no suena mejor “de ellas”?). Los libros cuentan con ilustrativos prólogos (que yo aconsejo leer tras finalizar las novelas) de Manuel Rodríguez Rivero, en el caso del Martin Guerre, José Carlos Llop, en el del Sören Qvist, y el propio Antonio Iriarte en el volumen postrero. 

Janet Lewis encaró la redacción de sus tres novelas principales a partir de la lectura de Famous Cases of Circunstancial Evidence, una obra póstuma del jurista británico Samuel March Phillips, nacido en 1780 y muerto en 1862, en la que se recopilan, comentados por el autor, procesos de diferentes épocas (los sucesos sobre los que se construyen las tres novelas ocurren en los siglos XVI, XVII y XVIII) relevantes porque en ellos se produjeron notorios errores judiciales y porque todos concluyeron con la condena de personas inocentes sobre la base de la toma en consideración por jueces y tribunales de presunciones plausibles, de pruebas circunstanciales aparentemente consistentes y fidedignas pero en el fondo falsas y que, interpretadas de modo precipitado y erróneo, arrastrados los implicados (jueces, testigos, declarantes, acusadores, abogados) por la persuasiva fuerza de unos hechos que se presentan como irrefutables, acaban condicionando el destino de un inocente, una persona honesta que así perderá su vida -la dureza punitiva del Derecho en esas épocas pretéritas era, habitualmente, terrible- mientras se arruinan las de sus familiares y amigos. Trocito a trocito, nada de lo expuesto se podía negar, pero la imagen resultante no se la creía en absoluto, señala un personaje de la segunda de las novelas dudando de una sentencia basada en unas evidencias que por separado parecen ciertas, pero que, en su conjunto, arrojan un resultado inconcebible y contrario a la justicia, y ofreciendo así -“encriptada” de modo casi imperceptible en el texto- una de las claves de este singular proyecto literario de la autora. 

Como puede deducirse, una compilación de esta naturaleza encierra en sí misma abundantes motivos de interés histórico, filosófico, sociológico, político incluso y, claro está, literario. Y es por ello por lo que Janet Lewis encontrará en ella el germen para, con esa referencia inicial, elaborar, con su enorme talento y su muy perceptible inteligencia, sus magistrales novelas. Lewis toma tres de esos relatos -cuyo texto original puede consultarse en internet, tal y como se señala en más de una ocasión en la edición- y levanta sobre ellos sendas refinadas construcciones literarias en las que -más allá de dar cuenta de unas historias con una indudable potencialidad narrativa- trata muchos otros temas sugestivos como la imposible búsqueda de la verdad “objetiva”, el conflicto entre la moral y las creencias, la identidad, el valor de la individualidad frente a las convenciones de la tradición, de la tribu, las limitaciones de la justicia, los prejuicios que nos ciegan, la presencia del mal en el mundo, la fidelidad a las propias convicciones, el respeto de valores que sobrepasan y trascienden el egoísmo personal, y tantas otras interesantes cuestiones. 

La autora defiende su fidelidad a las historias subyacentes, remarcando el carácter casi documental de lo narrado: He intentado ser tan fiel a los acontecimientos históricos como permite la lejanía en el tiempo y en el espacio, escribe en el prólogo a Martin Guerre. Y en Sören Qvist: Estoy segura de que la historia (…) constituye en los hechos fundamentales y en muchos de sus detalles, incluso en lo tocante a los discursos de algunos personajes principales, narración histórica antes que ficción. Sin embargo, no niega -y a ojos del lector ésta resulta una verdad evidente- su labor de creación pues resultaría imposible, además de disparatado, intentar ofrecer una versión arqueológicamente correcta de la leyenda, tal y como señala en el prólogo a la segunda de las novelas. 

En esa labor de sutilísima orfebrería literaria, sobresale la brillantez de la prosa poética de Lewis (con una fundamental trayectoria como poeta); la precisión de su escritura; su estilo sencillo y transparente; el lenguaje con un punto arcaizante para así transportar mejor al lector a la época descrita en cada caso; el leve trasfondo histórico, logrado con datos que aparecen en meras pinceladas, reveladoras pero en absoluto “invasivas”, que informan y sitúan en su contexto la acción sin alterar el muy fluido ritmo de la narración; la abundante pléyade de personajes secundarios, todos con entidad, muy “vivos” y de caracterización psicológica muy bien perfilada; la prodigiosa recreación de los paisajes y el entorno natural, en descripciones bellísimas que permiten dar cuenta de manera imperceptible y sutil del paso de las estaciones, del discurrir del tiempo. A destacar también la importancia de los personajes femeninos, pues no siendo ellas las protagonistas de los hechos relatados, las figuras de Bertrande de Rols, Anna Sörensdottir o Marianne Larcher, son creaciones excepcionales con un fascinante magnetismo que las convierte en el núcleo central de sus respectivas novelas. Por las habituales limitaciones de espacio y tiempo me limitaré a comentarios el primero y más conocido de los tres títulos, remitiéndoos al blog del programa si queréis consultar mi reseña de los otros dos. 

La historia de La mujer de Martin Guerre (como digo, bien conocida, pues la obra ha sido objeto de otras traslaciones novelísticas -debidas a Alejandro Dumas o Rubén Darío, entre otros- y cinematográficas, de entre las que sobresalen dos películas: El regreso de Martin Guerre, dirigida en 1982 por Daniel Vigne, con Gérard Depardieu y Nathalie Baye como intérpretes principales, y Sommersby, a cargo de Jon Amiel, que dirigió en 1993 a Richard Guere y Jodie Foster) comienza una mañana de enero de 1539, fecha de la boda concertada entre los muy jóvenes -apenas once años- hijos de las familias Guerre y De Rols, Martin y Bertrande. Tras la boda y después de unos años en los que los niños permanecen en sus particulares hogares familiares, llega por fin la convivencia marital, que se revela -pese a que a su inicio los jóvenes son dos desconocidos- pacífica y agradable, capaz de hacer nacer en la chica un apasionado amor por su joven marido, por más que en éste, en general cariñoso, afloren rasgos de la autoritaria severidad de su padre, el respetado, y temido, “patriarca” del clan. Precisamente el enésimo enfrentamiento entre el sanguíneo padre y el rebelde hijo provoca que Martin, para apaciguar a su progenitor, abandone el pueblo, dejando atrás a su entregada mujer y a su recién nacido hijo Sanxi por lo que inicialmente va a ser una breve semana. Por razones desconocidas para los suyos la ausencia se prolongará durante largo tiempo, sumiendo a Bertrande en la incertidumbre, el dolor y hasta en un incipiente resquemor ante el irrespetuoso comportamiento para con ella de su desaprensivo marido. Cuando, ocho años después, un Martin adulto y curtido, sin apenas rastro en él del joven desaparecido, vuelve a casa entre la entusiasta alegría de sus allegados y los vecinos del pueblo, Bertrande no podrá compartir con plenitud el gozo general, debatiéndose en cambio entre la satisfacción esperanzada por el tan deseado retorno del marido ya casi olvidado y una torturante duda, pues no puede identificar del todo en el recién llegado a aquel muchacho, adorado padre de su hijo, que la dejó hace casi una década. Incapaz de aceptar con placidez el nuevo estado de cosas, y pese a que el “nuevo” Martin Guerre -con unos rasgos físicos en todo semejantes al del “antiguo” esposo- resulta ser más cariñoso y comprensivo que el de años atrás, hasta el punto de despertar en Bertrande un renovado amor y hacerla concebir un nuevo hijo, la mujer se ve acuciada por las sospechas, devorada por la incertidumbre y angustiada por la inseguridad, mientras los vaivenes de su pensamiento -que roza la locura- saltan entre la convicción acerca de la identidad única de ambos personajes, el huido y el recuperado, y la certeza de que ha admitido en su hogar -y en sus afectos, en su lecho y en su cuerpo- a un impostor. Conforme pasaba el tiempo, se vio cada vez más y más abocada a la obligación de admitir que desvariaba sin remedio, o de reconocer que estaba aceptando de forma consciente como marido a un hombre al que creía un impostor, dice. 

Desbordada por la situación, dramáticamente abismada en infinidad de dudas de toda índole -moral, religiosa, sentimental, psicológica- (Estoy acosando a un hombre hasta la muerte, a un hombre que ha sido muchas veces bueno conmigo, el padre de mi hijo pequeño. Estoy destruyendo la felicidad de mi familia, ¿y por qué? Por el bien de la verdad, para librarme de un engaño que estaba consumiéndome, matándome, piensa, angustiada), confundida por la presencia de indicios contradictorios (¿será Martin Guerre, en realidad, el inesperadamente aparecido Arnaud du Tilh como afirman algunos testigos?), decide acudir a la justicia. Es entonces cuando la narración penetra de lleno en el territorio de los documentos jurídicos en los que se basa, sucediéndose los distintos episodios de un proceso judicial que deberá dilucidar, con los precarios medios y los estrictos y puritanos valores de la época, la verdadera identidad de Martin Guerre. La novela dará cuenta de las vicisitudes de ese procedimiento en el que se producirán giros inesperados, de los cuales, así como del resultado final del juicio, no quiero desvelaros ningún pormenor. 

Por debajo de la narración de los hechos, en el relato aparecen de un modo muy nítido la mayor parte de los temas, que ya he anticipado, recurrentes en la serie entera: la conformación de la propia identidad, la imposibilidad de una auténtica justicia, la colisión entre apariencia y realidad, entre verdad e impostura, la lucha entre las íntimas creencias y los valores admitidos, la aceptación de los hechos objetivos y su negación y el autoengaño (la interpretación que parece cierta, afirma un personaje, solo es verdad a tus ojos), la autoridad incuestionable y el relativismo moral, la pertenencia y el respeto a la tradición y la familia frente a la búsqueda de un espacio de pensamiento libre y personal; conflictos todos que Bertrande -elemento central de la novela ya desde su mismo título- vive con desgarro, sabedora de que el solo hecho de planteárselos llevará consigo el abandono de la confortable seguridad del hogar -en todos los sentidos, también el metafórico- y que el precio a pagar será la infelicidad y la muerte, la desgracia para sí y los suyos. Dejando atrás el amor que había rechazado porque estaba prohibido y el amor que la había rechazado a ella, caminó hasta la salida a través de un gran vacío, y salió a las calles de Toulouse sabiendo que el regreso de Martin Guerre en modo alguno compensaría la muerte de Arnaud, pero sintiéndose al fin libre, en su amarga y solitaria justicia, de ambas pasiones y ambos hombres, dirá, cuando todo acabe. 

Mi tercera y última propuesta de hoy es, como he señalado, otra escritora norteamericana, Elizabeth Hardwick, y la que pasa por ser su obra maestra, Noches insomnes, una novela -¿lo es?- de la que, desafortunadamente, y a causa, como de costumbre, de mi enfermiza propensión a extenderme, solo podré dejaros algunas pinceladas. Hardwick, nacida en 1916 y fallecida en 2007, fue una figura prominente en la literatura estadounidense del siglo XX, no tanto como novelista sino, sobre todo, como crítica literaria, cofundadora de The New York Review of Books, y autora de ensayos sobre figuras como Herman Melville, Henry James, Simone de Beauvoir, Edith Wharton, Virginia Woolf o Sylvia Plath, que marcaron un hito en la crítica feminista y cultural de su época. Este “peso” académico y ensayístico de su obra se percibe en Noches insomnes, plagada de referencias literarias, como luego veremos. La escritora era originaria del sureño Kentucky y asentada desde joven en Nueva York, circunstancias ambas con presencia relevante en su novela, como ocurre también con su matrimonio, turbulento y finalmente roto, con el poeta Robert Lowell, nacido en Boston y, durante algún tiempo, profesor allí; siendo la ciudad el tercer “escenario” significativo de Sleepless nights. Con Lowell, con una larga y penosa trayectoria de problemas mentales, depresiones e internamientos en clínicas psiquiátricas, tuvo una hija, Harriet -a la que dedica el libro, junto a su amiga e igualmente escritora Mary McCarthy-, y de él tuvo también que soportar innumerables infidelidades en las dos décadas largas de su relación, llena de altibajos. Tras la muerte del poeta en 1977, ocurrida en un taxi que lo llevaba de regreso a su esposa después de haberla abandonado por una mujer más joven, en 1979 y con sesenta y tres años Hardwick publicó Noches insomnes, que acabaría por ser reconocida por la crítica como su gran hito narrativo. 

La edición española que os presento es la de Navona con traducción de Marta Alcaraz. La editorial barcelonesa publicó el libro en 2018 con un entusiasta y, como siempre en sus textos periodísticos, divulgativos o ensayísticos, clarificador prólogo de Antonio Muñoz Molina. Sin embargo, en la segunda edición, ya de 2021, Navona suprimió dicho texto preliminar por expreso deseo de los herederos de Elizabeth Hardwick, que han preferido que la novela se presente sin mayores preámbulos. Con anterioridad, en 2009, la editorial Duomo había ofrecido la novela al público español -creo que por primera vez en nuestro país- en la misma traducción de Marta Alcaraz que se ha mantenido en las publicaciones más recientes y con una también espléndida introducción del poeta, editor, crítico literario y cinematográfico, traductor e historiador cultural estadounidense, Geoffrey O’Brien, que aporta numerosas claves para un aproximación más rica y un entendimiento mayor de esta obra densa, compacta y singular (en palabras del propio O’Brien) incrementando, en consecuencia, el disfrute del lector. 

Noches insomnes no es una novela. O sí lo es, si admitimos la labilidad de las fronteras del género, tal y como he venido subrayando en Todos los libros un libro desde hace años. O, todavía, en una interesante vuelta de tuerca sobre el asunto, lo es y no lo es, si seguimos el atinado criterio del mencionado O’Brien para quien Noches insomnes, señala en su prólogo, podría considerarse una exploración del problema de la novela como género, del problema de distinguir la ficción de eso que se conoce con el burdo término de «no ficción», si no fuera porque este libro es, en realidad, una demostración de que ése es un problema ilusorio. El lector debe situarse, pues, en el espacio entre la “autoficción” y el ensayo autobiográfico, aderezado con pinceladas de la crónica, el poema en prosa y el diario. A esta dificultad para categorizar el texto se unen las propias dudas de la autora, que, admitiendo que la base se corresponde con su vida, no todo lo narrado mantiene un paralelismo estricto con su propia realidad. 

En cualquier caso, y más allá de las siempre algo estériles disquisiciones taxonómicas, estamos ante un libro que carece totalmente de un argumento tradicional y lineal. Su estructura, fragmentaria, dispersa y heteróclita, se asemeja más a un mosaico de recuerdos, cartas, retratos, aforismos, deseos, reflexiones y pequeñas escenas sin demasiada conexión entre sí, que a una novela convencional con trama y conflicto central. La “protagonista”, identificada simplemente como Elizabeth, y que es, sin duda, un alter ego de la autora, es, a su vez, una narradora en primera persona que recorre su vida desde la infancia en Kentucky hasta su soledad y su lúcido ejercicio de reflexión en Nueva York a lo largo de varias décadas. Pero su narración no ofrece una cronología estricta de hechos, eventos o episodios. Más bien, la obra se despliega como un cuaderno íntimo en el que cada entrada -ya sea un retrato de una figura conocida, una escena vivida o una carta dirigida a personas del pasado- funciona como un hilo suelto de la memoria. Este ensamblaje de fragmentos ni siquiera se organiza a través de un hilo conductor, un orden o una sistemática fácilmente identificables por el lector. Las escenas se van sucediendo, sin engarce aparente, sin conexión causa-efecto entre ellas, sin una progresión temporal clara (hay textos fechados -no todos lo están de manera expresa- en 1940, 1962, 1954, 1973, 1951, 1943, pero se presentan aislados, sin engarce secuencial, sin linealidad alguna, sin respetar la cronología convencional). Por el contrario, el movimiento de la narración -en un relato, en general, pausado, introspectivo y demorado, con un ritmo no marcado por la “acción”- obedece a asociaciones de la memoria, a la lógica interna de los recuerdos y a la conciencia subjetiva del paso del tiempo, hecha de relaciones no siempre racionales ni acomodadas a un discurrir sucesivo: un recuerdo evoca otro, una observación conduce a una reflexión, sin, como digo, orden aparente alguno. 

El resultado de todo ello es una narrativa que se aproxima más a una novela-ensayo o a una prosa poética (reflejada en la densidad de las metáforas, la profundidad de las alusiones, la riqueza de la adjetivación, la inteligencia, desbordante y a veces oscura, con la que se muestran estados de ánimo, se describe la psicología de los personajes o se formulan los pensamientos, reflexiones e ideas de la voz que cuenta) que a la ficción tradicional. Hay, claro, como luego veremos, escenas y personajes memorables, pero no un arco dramático convencional. Hay, también, un tupido -en el sentido de compacto, pero también de espeso y en ocasiones intrincado- tapiz de experiencias, reflexiones y observaciones que, acumuladas, configuran una vida humana compleja y muy singular. 

Ya desde el mismo inicio del libro, Hardwick anticipa esta singularidad de su obra: la narración “desestructurada” de una vida: Esto es lo que he decidido hacer con mi vida en este preciso momento: me entregaré a este ejercicio de memoria transformada, distorsionada incluso, y viviré esta vida, la que vivo hoy. Y pocas líneas después, señala: Si pudiéramos saber qué debemos recordar o fingir que recordamos… Que bastara con tomar una decisión y, de todas las que se han perdido, volvieran a aparecer las cosas que deseamos. Y que pudiéramos cogerlas como cogemos una lata de la estantería. Tal vez. La etiqueta de una podría rezar «Rand Avenue, Kentucky», y habría quien la recordaría como real. Dentro de la lata, los porches invernales cada vez más oscuros, la rejilla del gas, el hormigueo, en un texto magnífico que explica el planteamiento que seguirá en su relato y que muestra también de modo significativo los rasgos de la muy bella -y a veces abstrusa, lo que obliga al lector a inferir, a interpretar, a deducir, a completar, con su lectura demorada y exigente, las alusiones no siempre explícitas ni evidentes- prosa poética que definen su estilo. En este sentido vuelve a resultar iluminador el acertado prólogo de Geoffrey O’Brien: [Noches insomnes] es un libro que se siente más cómodo -que sólo puede sentirse cómodo- entre las incertidumbres, las insuficiencias, los puntos de vista bloqueados o insatisfactoriamente parciales. Y ello, apostillo, obliga a acercarnos a él con un ritmo lento que permita degustar cada frase y captar -a menudo con dificultad no siempre coronada por el éxito- el sentido último de las alusiones, los significados de las metáforas, la interpretación de los espacios en blanco, de las referencias más o menos veladas; un modo de leer, detenido, sosegado y sin prisas, muy alejado del que suele ser habitual cuando nos adentramos en las páginas de tantas novelas, en las que avanzamos desbocados siguiendo el vértigo de narraciones ágiles, vivaces -en ocasiones frenéticas-, en las que la acción progresa de un modo claramente perceptible, que el lector casi puede “sentir” desde su sillón. En Noches insomnes no hay nada de esto -y ello puede ser una objeción pertinente a su propuesta, que he podido leer en alguna crítica-, no hay apenas cohesión narrativa, ni rastro de una trama a la que vincularnos en la lectura. Y así, una semblanza -excepcional la de Billie Holiday- puede extenderse durante varias páginas para dar paso a continuación a un breve apunte introspectivo; una vida matrimonial de años puede despacharse en una frase (como la magistral Entonces yo era un nosotros) o un par de párrafos mientras las circunstancias particulares de la existencia oscura de una mujer que sirve en la casa de la escritora pueden merecer un desarrollo mucho más amplio y detallado; la figura de la madre puede evocarse en un par de notas sobre su físico (Su cara, la de mi madre, no me resulta nítida. Una belleza suave y blanda, pequeños ojos castaños y unas cejas prácticamente imperceptibles que oscurece con lápiz de mina) o su personalidad (Nunca conocí a nadie a quien el pasado le resultara tan indiferente como a ella; parecía que no supiera quién era) y una vecina, la anciana señorita Cramer, aparecer retratada con cierta minuciosidad en su declive desde una vida de glamour hasta su actual solitaria vejez. 

Dicho lo cual, la sucesión de escenas y temas recogidos en las evanescentes remembranzas (Palabras y ritmos, una cascada de frases, luces azules, ojos ambarinos, el mar bajo un lago ardiente. ¿Debo recordar la perfección de una barbilla puntiaguda y el denso y espinoso halo de apasionado cabello levantino? ¿O a mi rival, la chica del papel de carta verde pálido?) de Elizabeth Hardwick ofrece pasajes memorables: recuerdos de la infancia en Kentucky, los caballos, las carreras, un depredador sexual, el peso de la religión (los días en que ir a la iglesia era emocionante; luego llegaron los catorce y con ellos la escarcha de la apostasía); la intensa feminidad materna (La feminidad de mi madre era absoluta, inmemorial, y revestía una peculiar firmeza impotente); las relaciones amorosas (Siempre, durante toda mi vida, he buscado la ayuda de un hombre. Muchas veces ha llegado y otras muchas más me ha fallado. No tuve que esperarla mucho), un marido que se muestra de manera tangencial, amantes y encuentros sexuales; los días universitarios y su formación intelectual; los amigos -tanto cercanos como marginales-, las amigas -cultivadas, brillantes, siempre algo excéntricas, a menudo infelices, soportando traiciones, mentiras, engaños, sustos, infidelidades y rechazos-; las muertes tempranas (Bebió hasta matarse: podría nombrar a varios que no llegaron a los veinticinco); los solitarios (Me gusta recordar la paciencia de las viejas solteronas); la irresistible atracción de Nueva York, que emerge desde el telón de fondo como otro protagonista del libro, espacio de esperanzas y decepciones, de anhelos y fracasos (Toda gran ciudad es un Lourdes donde esperas poder arrojar tus muletas; entretanto, sin embargo, no te queda más remedio que avanzar a trompicones apoyado en ellas, renqueando bajo la protección del altar); el muy alternativo Hotel Schuyler, en la neoyorquina calle Cuarenta y cinco Este, con su sordidez y su fauna marginal (El descontento de la gente del Hotel Schuyler era bastante diferente: aunque la mayoría eran fracasados, vivían en una euforia de deseos inverosímiles y planes atropellados. Bebían, luchaban, fornicaban. Acumulaban facturas sin pagar, mentían y combatían la confusión con un desenfreno contenido. No eran miserables; lo que pasaba era que no estaban al día con sus pagos, eso era todo. Desarraigados, inquietos, poco de fiar, volubles, desleales. No eran solteronas, sino divorciadas; no eran solteros, sino sórdidos bon vivants, desertores de la vida de familia, prófugos de pensiones compensatorias y pensiones alimenticias, de hipotecas que hacía mucho tiempo que habían borrado de su memoria. Pasaban tres días bebiendo y otros tres para recuperarse de la borrachera. Eran gente con carné de artista: acróbatas, parejas de baile); las tristes pensiones, la señorita Lavore y sus aún más tristes sueños; Manhattan y sus acusados contrastes (El centro de Manhattan: mira hacia el este, hacia todas las cosas bonitas y brillantes que están en venta. Vuelve los ojos al oeste: un ortigal lleno de borrachos, actores, jugadores, camareras, gentes que pasaban el día durmiendo sin quitarse una ropa interior que ya empezaba a virar al gris); las pequeñas tiendecitas de discos, los clubes de jazz, los artistas (El vestíbulo del hotel: músicos cansados, gafas de sol, insomnio ceniciento, gabanes agobiantes y las esposas de los músicos, rubias y cansadas. Cansadas criaturas del saxofón, la trompeta, bajos; managers sudorosos tumbados, esperando. La «vocalista» con un montón de vestidos largos colgados del brazo) y, por encima de todos ellos, Billie Holiday, presentada en páginas espléndidas, memorables (Su vida entera había transcurrido en la oscuridad. En un café, el foco iluminaba el círculo negro y acallado; la luna se deslizaba lentamente entre las nubes. De noche: trabajar, sonreír, maquillarse, ponerse vestidos largos y sedosos, cantar y volver a cantar y cantar otra vez. Y el objetivo: terminar rendida en la cama cuando los primeros rayos de la luz del sol empiezan a amenazar los histriónicos párpados); los viajes, Holanda, Verona, Estambul, Honolulú y Rusia… 

Y hay mucho más: Nueva York, ciudad de mujeres, Marie, Judith, Louisa (Nadie más ducha que ella en las confesiones de un insomne, explicación, quizá, del título del libro); J., el amigo homosexual, con el que convive en un mariage blanc; el aborto y las consultas mugrientas de West End Avenue; las fiestas glamurosas con intelectuales, artistas, “modernos” (Ha llegado la hora de los cócteles, el momento por el que Nueva York entera trabaja, miente, corre, hace ejercicio, se apresura y se viste); los divorcios y las separaciones en su entorno de triunfadores; las relaciones sentimentales atípicas, poco convencionales -el trío del doctor Z.; los vagabundos, los sin hogar (criaturas de las trincheras acostumbradas a las calles de noche, a la inclemencia del tiempo, al dolor de las piedras y el picor de la suciedad); Nueva York no es una ciudad para pobres; la pasión política, el comunismo, el marxismo, los exiguos círculos de izquierda, el compromiso, los panfletos, los lemas del marxismo-leninismo, los dogmas del Partido, la plusvalía, la superestructura, las reuniones más o menos conspirativas (Alrededor de la mesa del comedor de mi casa hay más gente que en el Partido Comunista del Estado de Kentucky); la separación matrimonial; la soledad (A menudo pienso en los solteros: una vida de decisión pura, de cálculos ponderados y de inclinaciones, todas, satisfechas. Suelen andar solos, amablemente acompañados en su singularidad por la posibilidad. ¿Acaso no puede un hombre, joven o viejo, rico o pobre, doblar unas cuantas esquinas y toparse con el matrimonio?); el muy atractivo Alex; el sexo; Boston; las mujeres de la limpieza, Josette, Ida, Angela, heroínas que por la mañana hacen girar su llave en la cerradura de la puerta y llegan como si de una medicina muy esperada se tratara o aparecen como si fueran la felicidad perfecta; el esbozo fugaz del padre (No era muy culto, pero era muy inteligente y leía muchas revistas de detectives y muchos periódicos. Cantaba muy bien y se sabía la letra de muchísimas canciones. Trabajaba de jornalero, trabajaba lo menos posible. De fontanero, de vendedor de cocinas, de algo en el departamento de salud del tribunal, de algo en el aparato del partido Demócrata)… 

Y todo ello en un texto cruzado por infinidad de referencias cultas: Darwin, Goethe, Nietzsche, Borges, Shakespeare, Pasternak, Leconte de Lisle, Heine, Thomas Mann, Marcel Proust y Henry James, Flaubert, Dostoievski, Beethoven, Voltaire, el Doctor Samuel Johnson, T. S. Eliot, Kafka, John Donne, Rousseau, Delacroix, Valéry Larbaud, Ovidio, Yeats y Baudelaire, Pushkin, Rilke, los hermanos Goncourt. 

Cierro ya aquí esta desbordante reseña. No dejéis de leer ninguno de los tres libros que en ella os propongo: El despertar, de Kate Chopin; La mujer de Martin Guerre, de Janet Lewis y, en general, su trilogía Casos de pruebas circunstanciales; y Noches insomnes, de Elizabeth Hardwick. De este último título os dejo el fragmento y el tema musical con los que pongo fin a mis comentarios. Ambos, texto y canción, tienen a Billie Holiday como protagonista. Una descripción del primer encuentro de la escritora con la intérprete y uno de los grandes clásicos de la artista, la formidable Don’t explain, en una grabación de 1958.


Hacia 1943. De noche, a la fría luz de la luna de invierno, se desarrollaba un espectáculo urbano bastante benigno. Los adolescentes dormían y la amenaza no flotaba más que por el paisaje; una amenaza estética. Nieve fangosa y sucia en las alcantarillas, un chanclo negro perdido, un par de bragas blancas, quién sabe si arrojadas desde un coche. Acompañando a la música, como uña y carne, un libertinaje letal. Y, siempre, la luminosa autodestrucción de Billie Holiday. 

Cuando la vi por primera vez era gorda, grande, maravillosamente hermosa, gorda. Durante aquel instante que nunca volvió, casi llegó a parecer una matrona, alguien auténtico y sensato que ingresaba dinero en el banco, firmaba papeles, tenía cortinas a juego, los vestidos colgados y pares de zapatos —dorados y plateados, blancos y negros— siempre listos. Qué aparición más traicionera, aquélla, aquella locura, porque nunca hubo mujer menos madre y menos esposa, menos apegada a nada; costaba imaginar, incluso, que pudiera ser una hija. Ya quedaba poco que recordara la lastimosa dulzura de una jovencita. No. Era rutilante, lúgubre y solitaria, aunque, por supuesto, nunca estaba sola; nunca. Majestuosa, siniestra y decidida. 

Los labios seductores, los párpados aceitosos, el perfume violento; y en su voz, las eles y las erres del trópico. Su presencia y su voz creaban una ansiedad inmensa, creciente. Uñas largas y rojas y sonido de guitarras eléctricas. He aquí una mujer que no había sido cristiana jamás.

Videoconferencia
Chopin, Lewis, Hardwick 

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