YAA GYASI. VOLVER A CASA; MAYRA MONTERO. LA TARDE QUE BOBBY NO BAJÓ A JUGAR; ADDA RAVNKILDE. JUDIT FÜRSTE; MARIA JUDITE DE CARVALHO. LOS ARMARIOS VACÍOS
Hola, buenas tardes. La séptima y antepenúltima emisión de la serie que Todos los libros un libro lleva dedicando desde finales de abril a libros escritos por mujeres viene muy apretada pues son cuatro nuestras invitadas de esta tarde, con las que haremos un singular viaje literario, tan oportuno, en estas semanas inmediatamente anteriores a las vacaciones veraniegas, que nos va a llevar a Ghana, Cuba, Dinamarca y Portugal, a través de otras tantas novelas muy distintas entre sí, con temáticas y planteamientos estilísticos también muy diferentes, pero coincidiendo todas en su indiscutible calidad y su extraordinario interés, así como en su capacidad para proporcionar al lector horas interminables de placer y disfrute.
Empezamos, pues, sin más dilación, pues el tiempo apremia, con mi invitación a que leáis Volver a casa, la formidable primera novela de la norteamericana de origen ghanés Yaa Gyasi, que publicó en 2017 la editorial Salamandra en traducción de Maia Figueroa Evans. Más allá de su calidad objetiva, de su interesante contenido y su trabajada estructura, de la oportunidad de los temas que trata y, en definitiva, de sus valores literarios, de los que luego os hablaré, hay en el texto -e imagino que la responsabilidad no puede achacarse a la traducción- algunos fallos (al menos a mi juicio, que, obviamente, puede no ser acertado) que quiero mencionar de entrada relativos al uso -que se detecta en más de una ocasión- de términos comunes en nuestro léxico actual pero difícilmente admisibles si se quiere dar cuenta de una realidad de hace doscientos cincuenta años. Que la voz del narrador, que se “oye” a través de la tercera persona en que está escrito el texto, describa las emociones que experimenta un personaje que vive en la selva africana a mediados del siglo XVIII diciendo "la adrenalina le recorría el cuerpo", o subraye la rapidez con la que se produce un hecho con la expresión "en cuestión de milisegundos", por poner solo dos ejemplos, provoca en el lector un cierto -ligero- desajuste, por tratarse de vocablos -adrenalina, milisegundos- tan científicos, tan “modernos”, tan, por lo tanto, anclados a nuestro presente, que alejan a los personajes -y con ellos a quienes, leyendo, siguen sus vivencias-, del escenario en el que se desenvuelven. Detalles menores, en cualquier caso, que no impiden el disfrute de un libro espléndido.
Yaa Gyasi es una ya no tan joven -treinta y nueve años; veintiocho cuando escribió su novela- escritora nacida en Ghana, país que abandonó a los dos años con su familia para instalarse en Estados Unidos. Esta duplicidad de raíces -la ancestral africana, podríamos decir, y la adoptiva norteamericana- permea toda la obra, en la que distintas manifestaciones de ese juego de dualismos cobran un papel esencial. El libro obtuvo el muy prestigioso Pen Prize a un debut literario de ficción. En 2021, Salamandra publicó Más allá de mi reino, también apreciable.
Las protagonistas “iniciales” (y luego se descubrirá el porqué de esta locución) de Volver a casa, son dos hermanas, Effia y Esi, nacidas en un poblado ghanés a mediados del siglo XVIII de la misma madre y distinto padre. Las chicas no llegarán a conocerse, pues una permanecerá en su país de origen, casada a la fuerza con James Collins, el gobernador inglés de Costa del Cabo, el puerto desde el que los británicos controlan el negocio de esclavos, y la otra será capturada en el interior por las fuerzas del propio Collins y enviada como esclava a Estados Unidos. A partir de estos hechos germinales la novela nos pone en contacto con doce personajes más pertenecientes a seis generaciones de las dos ramas familiares. La narración avanza así, articulada en torno a las vidas de estos individuos singulares que, además, representan metafóricamente a su raza, por la etapa histórica en la que la autora los sitúa, viviendo momentos decisivos en la dramática trayectoria de los negros, africanos o emigrados, en los últimos dos siglos y medio.
Son, pues, catorce las “viñetas”, una por capítulo, aparentemente autónomas pero sin embargo unidas por numerosos vínculos, en particular la pertenencia de sus protagonistas al mismo grupo familiar y, sobre todo, su común identidad de raza, las que hacen avanzar la acción, en la que Gyasi nos muestra en paralelo las vicisitudes de la vida de sus criaturas y ciertos relevantes acontecimientos de especial notoriedad en la microhistoria de la raza negra aunque también sobresalientes con carácter general para la humanidad entera. En cada caso se eligen momentos significativos de esas existencias particulares, en una discontinuidad estructural en la que el recurso a la elipsis permite ir desarrollando la historia sin necesidad de contar íntegras todas las biografías, que no obstante se enlazan mediante una serie de motivos recurrentes -la simbólica piedra negra que pasa de una generación a otra, las historias familiares, las tradiciones, el intangible legado (espiritual, cultural, moral) de los antepasados- que permiten ver esa sucesión de vidas como parte de un conjunto superior, que las aglutina y da sentido, un personaje colectivo -la raza, la tribu, la familia- que es el protagonista último del libro. Lo que quería captar con su proyecto -escribe uno de los personajes dando, a mi juicio, la clave de la propia voluntad de la autora, del propósito último de este Volver a casa- era la sensación del tiempo, de haber formado parte de algo que se remontaba hasta tan atrás en el pasado y tenía tal magnitud que se hacía fácil olvidar que ella y él y todos los demás existían dentro de ese algo.
De este modo, y siguiendo a los descendientes de Effia y Esi, por la novela discurren la ¿plácida? vida en la selva de los pueblos africanos antes de la colonización, las guerras tribales (una de las dos ramas familiares pertenece a la etnia fante y la otra al grupo asante, enfrentadas entre sí), la brutal “conquista” blanca (sobre todo británica y estadounidense), la esclavitud (que es el tema principal del libro y que se muestra en sus diversas manifestaciones: las crueles y descarnadas del tráfico de seres humanos y la explotación en las minas y las plantaciones de algodón, y las más sutiles pero igualmente despreciables derivadas de la opresión de los negros en la sociedad norteamericana actual), el negocio del cacao, la tantas veces intolerante y despiadada labor de los misioneros, la dolorosa e injusta realidad de las plantaciones de algodón del sur de Norteamérica, la difícil vida en las ciudades del Norte tras la emigración masiva de negros después de la Guerra de Secesión, la asesina Ley de Esclavos Fugitivos, la segregación y los guetos, Harlem y el jazz, las primeras independencias de países africanos, los movimientos reivindicativos en defensa de los derechos civiles y por el reconocimiento de la dignidad e identidad afroamericana, la devastadora aparición de la droga entre la población urbana negra o los conflictos raciales contemporáneos, en un completísimo retrato del trágico devenir de esa raza desde su primer contacto con el hombre blanco. Y todo este recorrido lo plantea la autora llevando a sus personajes por diferentes “localizaciones”: Ghana, tanto en su costa (la citada Costa del Cabo) como en los poblados del interior, Inglaterra y Estados Unidos, y en este último caso, deteniéndose en escenarios variados como Alabama, Baltimore, la terrible Pratt City o Nueva York, algo más que meros telones de fondo descritos con convicción y verosimilitud, con precisión y rigor históricos, y con una indudable y sobresaliente labor de documentación.
El principal nexo común a todas las historias es el de la esclavitud. Desde 1764 hasta nuestro presente, Volver a casa nos muestra sucesivamente, en las dos orillas del Atlántico, la connivencia de algunas etnias africanas con los blancos, combatiendo contra los suyos para proveer de “material” a los barcos negreros, el despiadado hacinamiento de seres humanos en el fuerte del castillo de Costa del Cabo antes de su traslado al otro lado del océano, las duras condiciones del viaje a América, en el que perdían la vida miles de esclavos, la explotación en los campos de algodón sureños, el sometimiento laboral y humano -de facto- de los negros liberados aún después de la abolición -solo de iure- de la esclavitud, la discriminación racial en la sociedad estadounidense del presente y, en general, el miedo, el dolor, el sufrimiento, la relegación y la injusticia que todavía padece esa raza en nuestros días.
Y el sobrecogedor desvelamiento de esta terrible realidad lo lleva a cabo Gyasi sin maniqueísmo ni molestos subrayados. No hay negreros maléficos ni angélicos héroes negros. Los personajes se construyen con profundidad y hondura, son ambiguos, presentan claroscuros, están -como todos nosotros- llenos de contradicciones y sufren por ello, como queda de manifiesto en esta reflexión de un africano: En la costa de la tierra de los fante hay un lugar que se llama el castillo de Costa del Cabo. Allí es donde metían a los esclavos antes de enviarlos a Aburokyire: América, Jamaica. Los comerciantes asante llevaban allí a los cautivos. Había intermediarios fante, ewe y ga que los tenían presos un tiempo y después los vendían a los británicos, a los holandeses y a quien pagase el mejor precio en aquel momento. Todo el mundo tenía su parte de responsabilidad. Todos la teníamos… y la tenemos.
Esta inteligente propuesta moral, compleja y llena de matices, se corresponde con el dual juego de espejos al que antes aludía. En mi aldea hay un dicho sobre las hermanas separadas: son como una mujer y su reflejo, condenadas a vivir en lados opuestos de un mismo estanque, se dice en un momento del texto. Las dos hermanas que sostienen de este modo especular la genealogía familiar operan como metáfora de otros dualismos que afloran en la obra, de otras realidades que a la vez se enfrentan y complementan, se entremezclan y confunden, se separan y superponen: blancos frente a negros, África frente América, los fante frente a los asante, las “abiertas” poblaciones de la costa frente al interior más cerrado en sí mismo y sus tradiciones y rituales, los hombres frente a las mujeres (la novela es claramente feminista -aunque sin reduccionismos simplistas-, con un poderoso dibujo de los personajes femeninos, más fuertes, más resistentes, más enteros, más coherentes con su misión en el mundo), bondad frente a maldad, y, sobre todo, peripecia individual frente a conciencia colectiva.
Porque precisamente esta última noción, la de la relevancia del intemporal sentimiento comunitario por encima de las perecederas existencias personales, configura otro de los temas destacados del libro, el de la identidad y el sentimiento de pertenencia, otro hilo conductor que anuda las vidas de los personajes, tanto los que logran participar en algún momento de esa conciencia -los menos- como los que carecen de ella o la han perdido, desarraigados y extraños ya en todas partes, incapaces de volver a casa. No podemos regresar, no podemos volver a un lugar en el que jamás hemos estado. Ese lugar ya no es nuestro, dice uno de los miembros de la familia. Y Marjorie, el último eslabón de una de las ramas familiares, estudiosa, posgraduada en Estados Unidos, señala cuando visita una Ghana que apenas conoce: En cuanto bajo del avión, la gente se da cuenta de que soy como ellos, pero que también soy distinta. No encajo aquí ni allí.
Por último, quiero destacar otra “línea de fuerza” de la novela, la que enfatiza la importancia de las narraciones, del contar, del relato. La historia es contar historias, leemos; y también ¿De quién es la versión que no me han contado? ¿Qué voz fue silenciada para que ésta se oyese? La Historia es, pues, el relato que cuenta el que tiene el poder, y la voluntad de Yaa Gyasi es dar voz -y dar, por tanto, poder- a quien no lo tiene ni lo ha tenido, a quien ha sido silenciado, al que sufre, al paria, a las víctimas, a los sacrificados en el cruel torbellino de esa Historia oficial que desprecia a quienes “pierden”.
En fin, por esta multiplicidad de focos de interés y, sobre todo, por tratarse de una narración arrebatadora, llena de emoción, apasionante, conmovedora, estimulante y hermosísima, os recomiendo Volver a casa de Yaa Gyasi, la primera de mis propuestas de esta tarde.
Cruzamos ahora el Atlántico, de las costas ghanesas a las cubanas, para adentrarnos en la sorprendente, controvertida y muy apreciable historia que narra Mayra Montero en La tarde que Bobby no bajó a jugar, una novela, de corte absolutamente autobiográfico según declaración expresa de su autora, publicada en mayo de 2024 por Tusquets, un sello que no podía faltar en este repaso simultáneo a veintiséis escritoras y otras tantas editoriales en que he querido convertir Todos los libros un libro a lo largo de un par de meses.
Mayra Montero, nacida en La Habana en 1952, aunque residente en Puerto Rico desde sus diecisiete años, es una escritora con una amplia y muy sólida carrera literaria. Con cerca de una veintena de títulos publicados, de los cuales ya solo en el catálogo de Tusquets aparecen ocho o nueve, es una destacada autora de libros de contenido erótico (una circunstancia nítidamente perceptible en la novela que hoy os presento), en particular La última noche que pasé contigo y Púrpura profundo, que ganó el Premio Sonrisa Vertical, un clásico del género, en el año 2000. La tarde que Bobby no bajó a jugar es, por ahora, su última obra publicada. Periodista durante décadas, la crítica resalta cómo en sus novelas -yo solo he leído un par de ellas- es frecuente que hechos reales, personajes históricos y episodios verificables se entrelacen con la ficción sin que el lector pueda separar con comodidad ambas capas. Ese modo de proceder alcanza en La tarde que Bobby no bajó a jugar una formulación particularmente lograda, como veremos.
La base de la novela es, pues una historia real, vivida en primera persona por la propia autora (conveniente aunque muy poco eficazmente “disimulada” en la ficción: su joven protagonista se llama Miriam Marrero; no parece que haya una especialmente decidida voluntad de ocultamiento). En una entrevista con Berna González Harbour, periodista de El País, publicada hace un par de años, confiesa sin ambages que los hechos narrados son, efectivamente, los vividos por ella en 1966. Cuando tenía catorce años, y por una serie de circunstancias que se detallarán en la novela, Mayra/Miriam, acabará “visitando”, en la habitación del hotel en que está alojado, a Bobby Fischer, entonces un muchacho de veintitrés años y ya cerca del apogeo de su fama mundial, desplazado a la Habana al frente del equipo norteamericano para participar en la XVII Olimpiada Mundial de Ajedrez. En su encuentro, esporádico y fugaz, apenas unas horas en una noche, Mayra quedaría deslumbrada ante la belleza y la singularidad de aquel joven, muy diferente a los chicos que frecuentaba en su cotidianidad. La experiencia, que por su parte fue plenamente consciente, intensa y enamorada, tuvo también una dimensión íntima y abiertamente sexual, en una controvertida derivada del episodio que lo hace hoy especialmente actual, en estos años en los que en la sociedad -y también en la literatura; piénsese en el mediático caso de Vanessa Springora, entre otros- se debate y polemiza sobre las relaciones entre adultos y menores, en el marco del análisis jurídico, social, científico, psicológico y, sin duda, también político sobre el consentimiento. Volveré sobre el asunto más adelante.
Estamos, pues -y ya me adentro en la novela- en octubre de 1966. Bobby Fischer está a punto de llegar a la isla, que se prepara, en un clima de ilusionada exaltación, para el gran torneo: un evento apoteósico, en el que jugaba la crema y nata de todas partes del mundo, pues estaba previsto que se rompiera el récord de asistencia de cincuenta países que se había establecido en la Olimpiada de Tel Aviv, dos años antes. A Cuba llegarían nada menos que cincuenta y dos delegaciones, siendo la de Estados Unidos, si no la más nutrida, al menos la más esperada: cinco jugadores y un capitán. Sin embargo, toda la expectativa se concentraba en Fischer. La relación de Bobby con Cuba se remonta a diez años atrás, cuando en 1956, con apenas trece años y ya un insolente, caprichoso, consentido e insoportable niño prodigio del ajedrez, había visitado La Habana, acompañado de su madre, Regina Wender (Fischer por matrimonio) en una gira del club de ajedrez Log Cabin, creado por el millonario, medio mafioso y filonazi Elliot Lauks, un “tour” que lo enfrentaría en partidas simultáneas contra los mejores jugadores cubanos. Además, solo un año antes del momento en que se desarrolla la historia, en 1965, y con ocasión del torneo Capablanca in Memoriam, de homenaje a la gran figura cubana del ajedrez, Fischer ya había vivido otra situación, en este caso más o menos conflictiva, con Cuba, pues, en plena Guerra Fría, las autoridades estadounidenses no le permitieron viajar a la isla y tuvo que jugar su partidas desde el Marshall Chess Club, en Nueva York, la confrontación transmitida, jugada a jugada, a través del teletipo.
La curiosidad y la expectación que suscitó la llegada del muy popular genio del ajedrez, fueron especialmente notables entre los muchos aficionados, entendidos y expertos del juego existentes en un país muy vinculado a ese deporte intelectual. Uno de ellos, el relojero Mario Gorski, que será el otro gran protagonista de la novela, junto a Miriam y, en un segundo plano, aunque como desencadenante de la trama, el propio Fischer, está muy interesado, por razones que la novela expone al lector y que luego desvelaré, en que el gran maestro le firme -y dedique- un tablero de ajedrez. Ante la dificultad que para él, un hombre adulto, de porte y presencia anodinos, supone el acceso a la muy protegida suite del campeón -estamos en el punto álgido de la lucha de poder entre Estados Unidos y la Unión Soviética, y en la Olimpiada Fischer iba a enfrentarse a las grandes figuras soviéticas-, se pone en contacto con un grupito de atolondradas escolares, de las que conoce su práctica en la petición de autógrafos y su condición de jovencitas más o menos “espirituales”, en sus propias palabras, por lo que no tendrían problema alguna en acceder a un americano que era puro cerebro y sensibilidad. Pacta con ellas las condiciones de la encomienda, bien sencillas y tentadoras: si, en el escaso tiempo que Fischer pasará en Cuba, consiguen que les firme el tablero, les entregará, sin estrenar, con su carátula impecable, el disco Rubber Soul, el espléndido elepé de finales de 1965 de los Beatles, entonces un mito en la sociedad cubana (y aún ahora, como reflejan las novelas de Leonardo Padura, que ya presenté en Todos los libros un libro en dos diferentes ocasiones). Las cinco inquietas, atrevidas e inseparables muchachas (Un profesor de historia nos había bautizado como las Oritías, por ser escurridizas y taimadas como la princesa griega raptada a plena luz del día por el dios del viento), absolutamente desconocedoras de los entresijos del abstruso juego y no tan espirituales como el cincuentón relojero aislado en su pequeño universo creía percibir, aceptan entusiasmadas el encargo, juran mantenerlo en secreto hasta que llegue el día señalado para evitar que nadie pueda acceder a la codiciada presa (el disco, obviamente, y no el ajedrecista) y delegan en una de ellas, Miriam Marrero (una muchacha tímida, delgaducha, que tenía un padre escritor y bohemio, y una madre retraída, para todos los efectos desequilibrada), la más alta y la única que chapurreaba el inglés, la puesta en práctica de la arriesgada misión. Tras solventar, no sin la conjunción de azares diversos, complicados problemas de intendencia (guardias de paisano, policías, servicios de espionaje, que custodian el acceso al reducto del joven prodigio), una renuente y poco convencida Miriam acabará, provista del tablero sobre el que Fischer debía estampar su firma, en la habitación de un Bobby (Era un nene que parecía de mi edad, aunque él tenía 22 o 23 años. Era como un niño. Los muchachos de 15 y 16 con los que yo me relacionaba eran más maduros que él. Era raro, muy raro, pero cariñoso a la vez, falto de cariño, en palabras de la Mayra actual) ante el que, tímida, desconcertada, sobrepasada por la situación, se presentará con un nombre falso y confesando unos dieciséis años que sobrepasan con creces los catorce recién cumplidos que en realidad tiene.
Este “acontecimiento” es el núcleo alrededor del cual Montero construye una ficción que no pretende ofrecer un acercamiento a la figura del genio, sino contar dos historias -en las que el amor ocupa un lugar esencial- que acaban por entrecruzarse en la tarde en la que Bobby no baja a jugar y en la que Miriam vive su aventura en su suite en el hotel: la de la propia peripecia de la chica, enmarcada en la descripción de su entorno familiar y social, y la del relojero Mario Gorski, que se retrotrae a principios del siglo XX, cuando la familia, los padres y los tres hermanos, la mayor, Aniela, y los gemelos Marek (el propio Mario, que adoptará en Cuba su nuevo nombre) y Emanuel, dejan Brodnica, su aldea natal en Polonia, para emigrar a un Estados Unidos al que nunca llegarán pues su estancia en La Habana, que se presentaba como provisional, acabaría por ser definitiva, tras la pronta muerte de la madre, Danuta, y Aniela y después de que los tres varones encontraran la oportunidad para continuar en la capital cubana la trayectoria de tres generaciones de relojeros. A su vez, ambos relatos permiten a la autora explorar el clima moral, político y emocional de una ciudad y de una generación en un país que pasa de la dictadura de Fulgencio Batista a la revolución de los “barbudos” liderados por Fidel Castro.
Del primero de los frentes, el que tiene por centro a Miriam, más allá de la interesante recreación del contexto de la familia -la difícil relación con Greta, la madre conflictiva, exigente, controladora y afectivamente distante, víctima de sus ataques de nervios, de su ansiedad, de sus continuos sollozos y desmayos, de sus constantes cambios de humor, de los cortes que se autoinfligía en los brazos; el padre a menudo ausente, entregado siempre, según su enajenada esposa, a alguna “”guaricandilla” de costumbres “ligeras”; las permanentes riñas, los gritos, las discusiones y la violencia entre ambos-, quiero resaltar, por encima de las demás vertientes de ese eje del relato, la experiencia amorosa de la niña -iniciática en más de un sentido: pérdida de la virginidad, paso a la edad adulta, descubrimiento del “mundo”, conciencia de una realidad muy alejada de la limitada y opresiva que impone el régimen revolucionario, estatalista y filosoviético-, su desconcierto y su simultánea emoción, su súbito enamoramiento, el sexo intenso (descrito, en dos o tres pasajes, de un modo que el lector entiende congruente con las conocidas incursiones de la escritora en la literatura erótica) y, en particular, la espinosa cuestión del consentimiento.
Tanto la Miriam novelesca como la Mayra real, afirman de modo explícito su plena libertad, su voluntad soberana, su consciente responsabilidad en la, insisto, hoy controvertida relación. Declara, de manera explícita e inequívoca, el personaje: Dentro del cariñoso torbellino en que nos empezamos a buscar, superado aquel primer momento de confusión y angustia, de dolor punzante y de remordimiento, cada partícula de mi cerebro consintió, desde entonces para siempre hasta hoy. Y cuando, pasado el tiempo, Mario, recordando su propia experiencia (que ahora resumiré brevemente), aconseja a la muchacha: no te hagas mayor sin tener historias que contar, ella responde: Ya tengo una (…) La mejor de mi vida, subrayando el carácter voluntariamente elegido de su fugaz, aunque profunda e inolvidable, vivencia adolescente, casi infantil. Igualmente, en su entrevista de mayo de 2024 para el diario madrileño, Mayra ante la insistencia -cargada de apriorismos- de la periodista sostiene con reiteración y rotundidad: Lo recuerdo con mucha ternura. Sé que me criticarán mucho porque es una novela a contrapelo de las reivindicaciones actuales. Es una historia agradable y positiva de ese tipo de relación que se daba entre una niña y un adulto (…). Yo vi muy natural lo que pasó. Jamás sentí violencia (…) No me pareció un caso de abuso, de violación, en que el tipo te parece siempre asqueroso y te está forzando. No. Yo quedé deslumbrada por aquel chico tan bello, era bellísimo, y tan distinto a todos los cubanitos que yo conocía. Era como que me había caído Dios del cielo. Y así lo recuerdo: ¡Qué suerte tengo! (…). ¿Consentí, no consentí? En aquel contexto de aquellos años uno no se planteaba eso. Para mí era haber estado con un muchacho, no con un abusador viejo, baboso, que te manosea, que te entrampa. No hay tiempo ni es la ocasión para avanzar más en este muy delicado asunto, que concierne al campo minado del deseo y el consentimiento. Apunto tan solo este foco adicional del libro -no el único ni el más importante-, como posible desencadenante de un, a mi juicio, muy interesante debate.
Estas mismas limitaciones de tiempo me obligan a esbozar apenas otros elementos sugestivos de la novela. Por ejemplo, la ya mencionada segunda gran historia de amor, que corre en paralelo a la primera y con la figura de Fischer como nexo entre ambas. El apocado, triste, melancólico y solitario Mario, inexperto en el trato con las mujeres, encerrado en el taller de relojería compartiendo con su padre una existencia modesta y sin expectativas ni apenas horizontes vitales (un hombre que ha dedicado su vida a ver correr el tiempo), frente al cosmopolitismo viajero y la exitosa búsqueda de experiencias -laborales, sexuales, sentimentales, empresariales- de su hermano Emanuel, este de personalidad decidida y poderosa, se enamorará perdidamente -y el adverbio es más que un tópico- de Regina Wender, la madre de Bobby, en su visita a Cuba de 1956, acompañando -cuidando- a su entonces hijo “treceañero”. Esa también efímera pasión -pasajera en su vertiente “tangible”, los cortos días de la estancia de la mujer en La Habana; pero imperecedera en el recuerdo del hombre-, será la que, tras diez años sin contacto alguno, Mario aspira inútil y desesperanzadamente a revivir en la nueva visita del ajedrecista -esta vez sin su madre- a la isla caribeña. Y es ese afán de recuperar un vínculo ya del todo perdido lo que explicará su iniciativa para hacerle llegar al genio el tablero para su firma, ofreciendo a las Oritías el disco de los Beatles que él posee gracias a la carrera como marino de Waldemar, hijo de su hermano Emanuel y visitante de todos los puertos del mundo. La presentación de la figura de Mario, de su sensibilidad, de sus anhelos, de su ilusión, de su deseo, de su soledad, de su dolor, de su emotiva y patética necesidad de amor, de sus fantasmas (lo atormentaban otros fantasmas: los de la edad, los de la incertidumbre, los de la vida dilapidada a solas, carroñeras que ahora se abatían sobre su cuerpo herido), de la nobleza de su descabellada e improbable y muy tardía pasión (esas inesperadas pasiones que redimen a los tristes, a los indefensos, a los que han nacido destinados al pozo de la vacuidad, y en él se resignan a morir), resulta conmovedora y constituye uno de los alicientes principales de la novela.
Además, un elemento sustancial de la novela deriva de la ambientación de ambas historias en una Cuba cuya evolución política, económica y social aflora, ya se ha dicho, de un modo elocuente, fidedigno y muy interesante en el libro. La tarde que Bobby no bajó a jugar constituye así, también, un magnífico reflejo de la realidad y la vida de la isla y sus habitantes, en esos años -los cincuenta y sesenta del pasado siglo- que contemplaron los estertores de la dictadura de Batista, las acciones violentas de los revolucionarios y, por fin, el cambio de régimen el 1 de enero de 1959. Son constantes en el libro las referencias a ese convulso estado de cosas, tanto en la descripción de las circunstancias de la cotidianidad de los personajes -la escasez y la pobreza (Volví apesadumbrada a casa, mi madre tenía mala cara y anunció que solo había espaguetis para cenar, pues ya no le quedaba ni un grano de arroz); la carne enlatada que mandan los rusos; la falta de libertad, la desesperanza de las gentes (Esto no puede durar mucho, ¿no te lo parece a ti? Ya verás que Batista se va. —¿Y qué sabes tú lo que va a pasar después que se vaya, si es que se va? —Al menos no va a ser peor); los programas de radio con la prohibición de la música moderna (Vivíamos esperanzadas en que colaran una canción de los Beatles); los pocos fumaderos de opio, dos o tres clandestinos, que sobrevivían a la Revolución- como en las alusiones a elementos más abiertamente políticos -los atentados (La calle está en candela y no es para menos, ¿te imaginas lo que es meterle seis balazos al jefe de la Inteligencia Militar?) y las bombas (A finales de 1958, una bomba estalló cerca de la relojería); la Policía Secreta de Batista; la presencia, tras el cambio de régimen, de personal soviético y el frecuente rechazo que provocaba (En la calle solo hay rusos que no saben lo que es un desodorante); las asambleas revolucionarias incluso entre escolares; las menciones a China y al presidente norteamericano Johnson; la censura y la represión, conducirán al ostracismo al padre de Miriam (Poco a poco, mi papá había dejado de ser un bohemio rodeado de guaricandillas, para convertirse en un libretista antisocial, repudiado y sancionado por la Revolución. El origen de su caída en desgracia, como era de esperar, fue su carácter guasón, que lo llevó a soltar un chiste que le costaría muy caro) e impedirían a Miriam el acceso a la Universidad; los planes quinquenales, las zafras patrióticas, el Año del Esfuerzo Decisivo, el Año de los Diez Millones… Y, con una relevancia muy especial en el desarrollo de la trama, el señalamiento y la hostilidad ante los “gusanos”, aquellos que no colaboraban con la revolución, “marcados” como enemigos de la patria. La familia de Miriam, vive, ya en los días de la dictadura castrista, esperando la autorización para salir de Cuba, la llegada del “telegrama” liberador (Vivía para el telegrama), reservando la ropa que vestirían en ese momento crucial (teníamos ropa reservada para el gran día en que por fin pudiéramos subir al avión que nos sacaría de Cuba), recibiendo ilusionados, al fin, la llegada a la casa del militar encargado de realizar el “inventario”, el recuento de los bienes familiares que habrían de ser abandonados en el país a su marcha, preámbulo seguro, o casi seguro, del permiso de salida.
En un plano menor, y ya para terminar, resulta sugestivo también, y apreciable por la indudable labor de documentación de la autora (que menciona, en la sección final de agradecimientos del libro, entre otros, a Leontxo García, el gran experto español en ajedrez), la recreación fidedigna del ambiente ajedrecístico, competiciones, partidas, jugadores, anécdotas de las grandes figuras de la época, interioridades de ese universo desconocido para la mayor parte de los lectores y, sobre todo, los muchos apuntes sobre la personalidad de Bobby, sobre su biografía y la de su madre, sus antecedentes familiares y, también, los convulsos días futuros de Fischer, los hitos de su carrera profesional, las muchas veces dramáticas incidencias de una vida extrema -problemas mentales, detenciones, estancias en la cárcel- hasta su muerte en Reikiavik el 17 de enero de 2008.
La tercera etapa de nuestro femenino recorrido literario por el mundo nos lleva a Dinamarca, con una autora que yo presenté aquí hace casi una década cuando era para mí desconocida, habiendo nacido además en un país cuya literatura tiene, en general, una muy escasa repercusión en nuestro mercado editorial. Se trata de Adda Ravnkilde, una escritora danesa, nacida en 1862 y fallecida a los veintiún años, tras un recalcitrante suicidio, valga la expresión para describir un acto en el que, obstinada en su resolución, ingirió veneno, se cortó las venas y se disparó un tiro. Su libro, su única obra más allá de algunos otros esbozos preliminares, tímidos y finalmente descartados, de título Judith Fürste, fue publicado tras su muerte y después de una algo rocambolesca historia de la que más adelante os hablaré brevemente, viendo la luz en nuestro país en 2015 en la estupenda serie de la editorial Alba -que no podía faltar en nuestro representativo repaso al universo editorial español- que se presenta bajo una elocuente rúbrica, “rara avis”. La traducción es de Blanca Ortiz Ostalé y en la edición se desliza algún despiste menor como un chirriante “ostinaba” que hubiera merecido una revisión más atenta por parte de los responsables del sello editorial.
La historia, sin duda novelesca, de los orígenes del libro y de la intensa y torturada existencia de su autora, nos la relata en el prólogo el crítico y catedrático de literatura Georg Brandes, que recibió el manuscrito de su autora en 1883, siendo finalmente su editor y el responsable de su publicación un año después, cuando la joven Adda Ravnkilde ya se había quitado la vida. El experto profesor detectó enseguida el talento de la chica, inusualmente madura para su edad -algo que resulta palmario en su novela, en la que nos sorprende a cada instante la profundidad y capacidad de penetración de la narradora en la descripción y el análisis de los sentimientos-, le planteó una serie de objeciones y propuestas de mejora sobre esa su redacción original y la alentó a pulir esos defectos detectados y a encontrar la veta más genuina y personal de su escritura, manifiesta en gran parte de su relato. Al poco tiempo, Adda le remitió un nuevo manuscrito en el que depuraba esas imperfecciones y desarrollaba uno de los ejes -el del amor infructuoso, vencido, angustiado y pletórico de una joven por un atractivo y superficial hombre maduro- de su texto primero dándole más hondura y eliminando los elementos superfluos. Las obligaciones de Brandes le hicieron demorar su juicio sobre esta nueva propuesta de la jovencísima escritora. Transcurrido más de un mes sin recibir respuesta, Adda acudiría a una clase de su mentor y, a las pocas horas, acabaría con su vida. La vi dos horas antes de su muerte, el 29 de noviembre, leemos en el prólogo. Ese día, cuando subí a mi cátedra de la universidad, reparé en ella. Ocupaba uno de los primeros bancos de la sala, justo frente a mí; parecía exaltada, llena de vida, sus ojos tenían un brillo extraordinario, sonreía y rio en varias ocasiones durante mi intervención. Lo que menos imaginaba en esos momentos era que fuese digna de compasión.
Adda Ravnkilde, natural de Jutlandia, se había trasladado a Copenhague desde su pueblo de origen para formarse como maestra. Su entusiasmo juvenil no era incompatible con un espíritu algo atormentado, una pobre niña genial que había dejado atrás sus fértiles fantasías y sus audaces planes de futuro para adentrarse en la gran oscuridad, como la describe su mentor, influido, quizá, por su trágico destino final. Algunos de los rasgos de su personalidad, oscilante entre la exaltación y el desánimo, a caballo del entusiasmo y la decepción, se reflejarán en el personaje principal de su novela, siendo apreciados también por Brandes, que la dibuja con precisión en el prólogo: En el curso de nuestra conversación, pude hacerme una idea más clara de su personalidad: un espíritu con aspiraciones que había visto frustrada una gran esperanza y que llevaba impresa la huella de años de opresión, atormentado por la mezquindad de las relaciones mezquinas y por la necedad de los seres necios. Un alma valerosa y exaltada que conocía la tentación de perder el coraje para siempre, pero que aún conservaba frescas sus energías; sedienta de vida y, sin embargo, muy familiarizada con la idea de la muerte, deseosa del trato con hombres y mujeres librepensadores, necesitada de intercambiar impresiones, de dotar a su vida de un contenido espiritual más pleno; moderna, tremendamente moderna en su esencia a pesar de los resabios convencionales de su presentación; ambiciosa, sí, pero con una ambición que a diario debía enfrentarse a una melancolía que preguntaba en un susurro: ¿vale la pena conquistar la gloria? ¿Vale la pena vivir la vida?
Judith Fürste, la heroína del libro, tras una serie de infaustas peripecias personales (la muerte prematura del padre, la nueva boda de su madre con un hombre adinerado, mezquino e insensible al que la mujer se somete, el desamparo de la chica en el hogar familiar sobrevenido), accede, ante la imposibilidad de abandonar su casa y abrirse a los estudios, al trabajo y, en definitiva, a la vida independiente, a contraer matrimonio con un aristócrata de vida disipada y mucho mayor que ella, al que no ama y a cuya irresistible capacidad de seducción, probada de continuo en infinidad de conquistas, el orgullo de la joven se resiste. La dolorida obstinación del esposo (Cientos de muchachas se habrían arrastrado de rodillas hasta sus tierras para conquistar su favor y ella lo rechazaba) y el tozudo empecinamiento de la chica se miden en una permanente esgrima sentimental, que condenará a ambos contendientes a una vida de humillaciones y sufrimientos mutuos que no solo no se atemperarán sino que se verán gélida y cruelmente acentuados con el nacimiento de su único hijo. La imposible convivencia acabará evolucionando en un giro que pese a lo previsible no debo desvelar si quiero mantener un mínimo respeto por vuestro interés como posibles lectores.
El personaje del marido está perfilado con brillantez, un hombre que se ha entregado a los placeres de la vida, que ha disfrutado de experiencias y mujeres sin cuento pero que ahora está decidido, por un lado, a retirarse a la placidez de una existencia sin demasiados sobresaltos (Ahora quería pasar el resto de sus días en una paz sin pasión) y, por otro, a descansar de su a la postre infructuosa búsqueda de la satisfacción de sus deseos (Hay personas que se condenan a sí mismas a una eterna persecución de sus deseos; yo me cuento entre ellas. No consiguen nada. Si al menos una vez lograsen amar a alguien más que a sí mismas, creo que se salvarían, pero no pueden), para acabar dándose cuenta de que el carácter es, como dijo el presocrático, nuestro destino irremisible y que no podemos escapar a nuestra naturaleza (Había salido huyendo de deseos y apetitos y ahora se encontraba con que no los había burlado), al caer furibundamente encaprichado de su renuente esposa.
Es, sin embargo, en el “dibujo” de la figura de la joven en donde la maestría de la autora resulta sobresaliente. Judith es una mujer orgullosa y obstinada, dotada de un contumaz amor propio, inconformista y rebelde, rígida y atormentada, obcecada e inflexible en sus transacciones con el mundo y, en particular, con los hombres, a los que se niega a someterse, como era propio en la época, incapacitada para una existencia en paz (su conciencia se resistía a encontrar la paz), viviendo en conflicto permanente con la realidad y consigo misma, atada a una insensata ansia de dar con algo grandioso y absorbente que llenara su vida. Ese dilema en el que se desenvuelve, por un lado el riguroso mantenimiento de su propia independencia, su severa integridad, su incontaminada pureza, su rotunda negativa a aceptar el papel que las normas sociales imponen a su sexo, y, por otro, la necesidad de plegarse a las convenciones sociales (el amor, el matrimonio, la “normalidad”) con la consiguiente añoranza de una existencia convencional y mediocre pero tranquila y sin sobresaltos, permea su vida, un agotador y permanente combate interno, emocional y afectivo, sentimental e intelectual. Soy pura, no me he dejado tentar, me he ganado la vida y no me he vendido. Sí, vendido, pues eso es lo que me dispongo a hacer, afirma resignada y sin ilusión cuando, después de sus muchas cuitas, se aviene a contraer matrimonio.
Esa persistencia -ese empecinamiento- en mantener sus severas pautas de comportamiento, que apaga los aspectos más vitales y libres, más fecundos y auténticos de su personalidad, la aíslan, la hacen sufrir y la condenan a la infelicidad (Toda su vida no había sido sino un castigo por haber acumulado obstinación tras obstinación y no haberse postrado jamás) hasta que, por fin, acabe descubriendo la verdad de la vida: el amor, la entrega, el olvido de uno mismo y de las exigencias que el propio egoísmo impone; una verdad que Judith cifrará en el lema que, a la postre, puede resumir la esencia del libro: Más dichoso es quien da que quien recibe. Y es así como, transformada, reconocerá: Entonces comprendió que su pena y su tedio ante la vida, su sensación de desamparo y su amargura, su envidia, sí, hasta su odio y su dureza, todo eso no era otra cosa que amor, o que al amor se debía. Había empezado a amarlo, aun sin saberlo, desde su primer encuentro, y la semilla que su recuerdo había sembrado en el alma germinó y luchó hasta abrirse camino por la tierra en medio de la oscuridad y la desesperación, a través del deseo y la añoranza, por un suelo pedregoso y una tierra abrasada por el sol. Incansable, su amor había conseguido abrirse paso, y cuando, doblegada por la pena y presa del arrepentimiento, reconoció su culpa y su falta, entonces ese sentimiento brotó y creció más y más fuerte hasta eclipsarla por completo.
Estupenda novela, lúcida, sensible, intensa y desasosegante, que recomiendo con vehemencia. Lo hago también, aunque ya de un modo acelerado, con mi última propuesta de hoy, que nos lleva a Portugal, a partir de la breve y excepcional Los armarios vacíos, de María Judite de Carvalho, publicada en 2023 por la editorial Errata Naturae con traducción de la siempre solvente y por ello muy reconocida Regina López Muñoz.
Yo no conocía a la autora portuguesa antes de leer, hace tres años, esta formidable novela y ello a pesar de que cuenta con una obra copiosa en su lengua, con cerca de veinte títulos, en su mayor parte colecciones de relatos. En nuestro país, que yo sepa, solo está publicado, también por Errata Naturae, Tanto tiempo, Mariana, un libro de cuentos, su debut literario, en 1959. Nacida en 1921 y fallecida en 1998, son datos relevantes de su biografía sus estudios de Filología Alemana e Inglesa; su matrimonio con el escritor Urbano Tavares Rodrigues; su exilio en Francia durante la dictadura de Oliveira Salazar; y los muchos e importantes reconocimientos a su literatura, al recibir los más destacados premios literarios del país vecino. Sorprende así el desconocimiento que, de este lado de la frontera, tenemos de una autora a la que la reciente traducción al inglés de Los armarios vacíos ha puesto en el primer plano internacional, con traslaciones a numerosos idiomas, griego, neerlandés, sueco, turco, italiano y, obviamente, español. En todas las críticas que he podido leer para preparar esta reseña, incluso en las portuguesas, se destaca esta condición de escritora infravalorada e injustamente olvidada, hasta su “redescubrimiento” actual, veinticinco años después de su muerte.
Los armarios vacíos es, probablemente, una de las novelas más femeninas de este extenso ciclo. Los papeles principales corresponden en su totalidad a mujeres, la narradora, una Manuela cuyo nombre no se desvela hasta que han transcurrido un centenar de páginas y que, desde su posición inicial de mera observadora -circunstancia que lleva al lector a preguntarse por su identidad y por la razón de su presencia en el libro-, va incorporándose progresivamente a la historia; Dora Rosário, la protagonista; su hija Lisa; su suegra Ana; la desdichada tía Júlia, hermana de su marido. Los dos caracteres masculinos con una cierta presencia, Duarte Rosário, el esposo de Dora, ya fallecido al inicio de la novela, que se nos aparece como un buen hombre, íntegro aunque egoísta, algo cicatero, acomodaticio y conformista, carente de ánimo y fuerza vital, y Ernesto Laje, un individuo superficial, narcisista y voluble, resultan emocionalmente frágiles y dependientes y están muy por debajo, en el terreno moral, de Manuela y Dora, con las que sus existencias corren en paralelo.
Dora Rosário es la viuda de un hombre, Duarte, de escasas ambiciones vitales y profesionales, incapaz de luchar e involucrarse en los afanes cotidianos, de procurarse -a sí mismo y a los suyos- una mínima estabilidad económica (Ni unos ahorros, ni un seguro de vida); que siempre se había dejado llevar (Quizá fue justo ésa la única ocupación digamos activa a la que Duarte se dedicó por placer durante toda su vida: no ser nada); que había abandonado sus estudios para colocarse de chupatintas en una empresa de jabones; que decepcionó las esperanzas de su madre -que siempre había dicho que su hijo daría que hablar- y que durante su matrimonio impuso a su mujer -el libro es de 1966 y refleja las condiciones de la relación conyugal en aquella época- esa desesperante falta de aspiraciones, esa inacción, esa ausencia de estímulos. Duarte se había negado a que ella trabajara fuera de casa, había limitado hasta anularlas las inquietudes culturales y vitales de Dora (Con la llegada de Duarte se había operado no una ampliación de sus intereses, sino una sustitución total. Su aparición había expulsado automáticamente todo aquello que hasta entonces había ocupado la vida de Dora, así como a todas las personas que colmaban su existencia. Antes iba a ver exposiciones de pintura, asistía a conferencias, bailaba, iba a casas de amigas. (…) Duarte, sin embargo, volvió mediocre todo aquello. Las exposiciones empezaron a parecerle puro esnobismo (lo cierto es que no sabía nada de pintura), las conferencias una autoflagelación de la que era fácil huir, y las amigas, a las que aún veía de tarde en tarde, hipócritas y aburridas sin excepción), lo que había provocado en ella la sombra de un leve desencanto existencial que había soportado, sumisa -también cobarde- por el amor que le profesaba (pensaba en estas cosas sin amargura, o con una amargura leve, casi dulce, y hasta con secreta satisfacción, porque lo amaba). Tras enviudar y a cargo de su pequeña hija, carente de toda fuente de ingresos, Dora encontrará un trabajo como responsable de una tienda de antigüedades, que, al solucionar sus problemas económicos y proporcionarle incluso una vida acomodada, le permitirá su propósito de entregar su vida a la educación y a la preparación del futuro de Lisa y a mantener vivo el recuerdo, mitificado, ennoblecido, idealizado, incuestionable, del fallecido en un duelo prolongado que durará diez años durante los cuales limitará su existencia, anulará su personalidad manteniendo viva su dependencia psicológica de Duarte (La gente se quedaba mirándola, en ocasiones con una sonrisa. Sin embargo, a Dora Rosário la traía sin cuidado, porque la imagen de Duarte la había acompañado desde bien temprano, había viajado con ella en el metro, había entrado en casa a su lado), desatenderá su propio cuidado (Era una mujer de facciones correctas que nunca había hecho nada por ayudar a la naturaleza. Nunca. Más bien parecía empecinada en entorpecerla, aunque no deliberadamente), romperá casi todos los vínculos sociales, sumiéndose en una suerte de páramo existencial, una viudez material y externa (Al cabo de diez años seguía vistiendo de luto, y con esas faldas anchas y largas que usaba y el zapato plano parecía más una monja de paisano que lo que era en realidad: una viuda profesional) y también emocional y sentimental, una existencia suspendida, resignada, sin alicientes, sin propósito, en un universo oclusivo, gris, cerrado (sin duda una trasposición narrativa de la sombría dictadura del Estado Novo “salazariano”), anclada en la memoria del marido y en la insustancial rutina cotidiana, diez años de soledad voluntaria e involuntaria (había optado por una soledad ya existente, al fin y al cabo), estableciendo una frontera rigurosa y obsesiva entre ella y Lisa, y el resto del mundo: Por un lado estaban Lisa y ella, y por el otro todos los demás. «Los demás» encarnaban el enemigo incapaz de proporcionar nada bueno y que probablemente acarreara todo lo malo.
En la fiesta del decimoséptimo cumpleaños de Lisa (han pasado los años y el cambio de los tiempos se aprecia en la figura de la chica, abierta, esperanzada, decidida, soñadora e ilusionada en construir un futuro personal y profesional luminoso; en la fiesta suenan los Beatles, que operan como emblema de la modernidad que envuelve a los personajes y a la sociedad portuguesa, una ligera ráfaga de aire fresco en aquella cárcel íntima y colectiva), Ana, la suegra y abuela, revelará de manera inopinada a Dora (Llevo diez años pensando en hablar con usted sobre un asunto importante, pero siempre lo voy postergando) un secreto familiar que atañe a Duarte y que cambiará de manera radical la percepción que la mujer tenía del pasado con su esposo, constituyendo un esencial punto de inflexión en la vida de Dora y, en consecuencia, en la novela. Desde su tienda de antigüedades, el Museo, como ella la llama, Dora encontrará en la inusitada revelación el impulso suficiente para dejar atrás el fúnebre retraimiento del duelo, preocuparse de nuevo por su apariencia personal e interesarse de un modo más activo por su entorno.
La historia se cuenta a través de la narración de una amiga, Manuela, testigo de los acontecimientos (no siempre cercano y de primera mano: en alguna ocasión surgen ciertas inconsistencias -muy leves y disculpadas de antemano por el personaje (Imagino esta escena, que Dora Rosário no me contó porque no estuvo presente)- al detallar con muy fiel precisión episodios que ella no vivió directamente y que, conocidos por el relato de un tercero, probablemente no hubieran permitido tal meticulosidad en los detalles, como en este ejemplo significativo: Dora Rosário pensó: «A Manuela no le importa; por lo demás, no se enterará de nada, porque nadie va a sacarlo de su paisaje»); una voz que observa y relata, conectando acontecimientos con reflexiones sobre la acción o la pasividad de las protagonistas, en un recurso “técnico” original, muy interesante y eficaz en tanto introduce distancia, objetividad y reflexión crítica en los episodios que describe (Pero no estoy aquí para hablar de mí). La narradora se dirige al lector, “habla” con él (Como ya he dicho, no soy celosa), manteniéndose inicialmente al margen de los hechos de los que da cuenta, innominada incluso, hasta el punto de suscitar dudas sobre quién pueda ser y a qué puede obedecer su presencia en la historia (Yo no formo parte de la historia —si es que podemos denominarla historia—, soy una mera comparsa, de esas que no tienen siquiera nombre propio ni lo tendrán, tampoco en episodios posteriores, por una falta absoluta de vocación dramática), para, gradualmente, ir adquiriendo entidad, complementando su rol de observadora externa con su participación en los hechos, desvelando su identidad, aclarando qué vínculo la une a Dora y compartiendo, al fin, con ella, en paralelo, el protagonismo de la novela.
Independientemente de la propia historia y de la profundidad con la que se refleja la complejidad psicológica de Dora y Manuela, la novela interesa -y apasiona y entusiasma- por muchas otras razones, entre ellas el muy completo desarrollo del resto de los personajes, Lisa, la suegra Ana, la tía Júlia, de presencia episódica pero relevante, el, a mi juicio, despreciable Laje, el “ausente” y no menos reprobable Duarte; y, sobre todo, por la atención, no explícita sino reflejada a partir del desarrollo de los hechos, a temas como la dependencia emocional y económica de las mujeres y su papel en la sociedad portuguesa de mediados del siglo XX (tan fácilmente extrapolable al caso español); la soledad femenina y su invisibilidad social en aquellos años; el vacío y la ilusión como metáforas de la existencia, ejemplificados en el título del libro, tomado de unos versos de Paul Éluard que abren la novela (J’ai conservé de faux trésors / dans des armoires vides. He conservado tesoros falsos / en armarios vacíos) y finalmente la explican; la forma en que los vínculos familiares y las convenciones sociales condicionan y hasta construyen las identidades, en particular las femeninas; el cambio generacional reflejado en las diferentes costumbres de la abuela, la madre y la nieta, que muestran las transformaciones culturales de su tiempo y la evolución en las formas tradicionales de ser mujer; entre otros muchos hilos de interés de una novela muy apreciable.
Hasta aquí la apretada presentación de estas cuatro novelas formidables, a cuya lectura os invito fervorosamente. Os dejo ahora con un breve fragmento de La tarde que Bobby no bajó a jugar, en el que se muestra la agitación de Miriam, mezcla de esperanza y desesperación, tras su encuentro con el ajedrecista. La doble presencia de los Beatles en las novelas de Mayra Montero y Maria Judite de Carvalho, me facilita la elección del tema musical que cerrará la reseña. Una de las canciones del álbum Rubber Soul mencionadas en la novela de la cubana, I’m Looking Through You, pone el punto final por hoy a mis comentarios.
Siguiendo la tradición familiar de al menos dos mujeres que habían enloquecido al día siguiente de la boda, mi propia abuela entre ellas, yo había caído en un vacío. Mi desesperación, entonces, me llevaba a clavarme las uñas en las palmas de las manos, pues era la única forma en que recuperaba el aire cuando me faltaba. De noche esperaba despierta a que mi madre se durmiera y marcaba a tientas el teléfono del Habana Libre, que me sabía de memoria. Pedía que me comunicaran con la habitación de Bobby Fischer, y la telefonista respondía que no eran horas de pasar llamadas, o colgaba sin darme explicaciones. Esperaba unos minutos para volver a llamar, pendiente de cualquier ruido, señal de que Greta me había sentido y aparecería por detrás de mí, agitando el cascabel de su demencia, dispuesta a llevarme a rastras a la cama. No era solo una suposición, ya esa escena de horror la conocía.
Videoconferencia
Gyasi, Montero, Ravnkilde, de Carvalho




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