Todos los libros un libro os frece la segunda emisión de esta serie dedicada a libros que tienen como protagonistas -en mayor o menor medida- a los animales, coincidiendo con la celebración, hace diez días, el pasado 4 de octubre, de su Día Mundial, una más de las muchas festividades -y Dios me libre de cuestionar estas iniciativas- fruto de este paroxismo actual por recordar causas pretendidamente nobles (recordatorios muy necesarios en la mayor parte de los casos, aunque quizá discutibles en otros). Por poner un ejemplo, hoy, 9 de septiembre, día en que escribo esta reseña, se “festejan” simultáneamente el Día Internacional para Proteger la Educación de Ataques, el de la Belleza, el del Tester de Software (¿?) y el del Sudoku (¡!), además del Día Mundial -desconozco, y no tengo ganas de esclarecer el misterio, la diferencia entre la internacionalidad y la “mundialidad” de una determinada jornada- de la Agricultura, del Vehículo Eléctrico y del Trastorno del Espectro Alcohólico Fetal. Si queréis profundizar en estos sugerentes asuntos no os perdáis la completísima página diainternacional.com).
En fin… Con esta evanescente excusa, presenté aquí, en la anterior entrega del ciclo, un libro excelente, La liebre y yo, escrito por la británica Chloe Dalton y de lectura altamente recomendable. Y con la misma difusa “percha” (el muy habitual término periodístico para esta operación, que sin embargo no he visto recogido en el diccionario de la Real Academia), quiero proponer ahora otro libro espléndido, un clásico de la literatura japonesa y universal, que cuenta ya con más de un siglo de vida. Se trata de Soy un gato, quizá la obra más conocida de un autor, Natsume Sōseki, del que yo recomendé aquí hace ya muchas temporadas, en 2015, otra de sus obras mayores, Kokoro, la historia, resumiendo el argumento en pocas palabras, de un joven estudiante que conoce a un hombre mayor al que respeta por su sabiduría y su conocimiento, un intelectual, un maestro, un sensei, con el término japonés que designa la figura de alguien que merece admiración y respeto. La novela cuenta cómo, de manera progresiva, el joven va a adentrándose en su vida y convirtiéndolo en un referente espiritual y humano. Tan leve y a priori tan poco atractiva trama argumental encierra muchos elementos de interés -y todos muy sugestivos- en su seno: la profundidad en la construcción de sus personajes, tanto los dos principales, el joven narrador y sensei, como los magníficos secundarios; su peculiar técnica narrativa (el doble relato en primera persona -del joven, primero, y del maestro, en una carta que envía a su pupilo, después- que dota de intimismo y profundidad a la historia; sus temas más destacados (singularmente el amor y el sentido de la vida, pero también la muerte, la traición, la culpa, la soledad, el individualismo, el paso de la sociedad tradicional a la moderna); y el estilo sencillo y claro, pleno de lirismo, muy japonés.
Este último asunto -el cambio individual y social que se produce con la entrada de Japón en la modernidad provocando la modificación de las relaciones entre las personas y las generaciones, las costumbres y los valores- está presente también, aunque se trate de una obra muy diferente, en Soy un gato, con la diferencia sustancial -entre otras muchas- de que lo que en Kokoro es contención, gravedad e introspección, se manifestará, en la novela que ahora presento, de una manera humorística, expansiva, satírica, extrovertida en tanto en ella son fundamentales las conversaciones y aparentemente caótica.
Soy un gato cuenta con numerosas ediciones en nuestra lengua, de la que hoy traigo la más consolidada desde hace años, la de la ejemplar editorial Impedimenta (un adjetivo nada “decorativo”; Impedimenta fue Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural en 2008 y, en un muy reciente 2024, Premio al Mejor Proyecto Editorial otorgado por CEGAL, la Confederación Española de Gremios y Asociaciones de Libreros). El libro, que va ya por la edición vigesimonovena, aparece bajo la traducción conjunta de Yoko Ogihara y Fernando Cordobés (que insisten en un recurrente y molestísimo uso de la no muy apropiada expresión “a día de hoy”, e incurren en algunos otros despistes gramaticales y sintácticos).
Soy un gato, aunque todavía no tengo nombre. No sé dónde nací. Lo primero que recuerdo es que estaba en un lugar umbrío y húmedo, donde me pasaba el día maullando sin parar. Fue en ese oscuro lugar donde por primera vez tuve ocasión de poner mis ojos sobre un espécimen de la raza humana. Las primeras palabras del libro ya permiten establecer una diferencia relevante con la anterior propuesta de esta serie “animalesca”. En La liebre y yo el animal protagonista se nos muestra -y ello es perceptible desde el título- desde la mirada de ese “yo” ostensible, el de la autora. Aquí, por el contrario, la primera persona del singular comparece asociada al gato que narra. Dos animales, pues, en el centro de los relatos, pero con una disparidad notable y muy significativa en el enfoque que adoptan ambas obras a partir de la voz que nos habla. La elocuencia de este fragmento que abre la novela -y antes aún, la que deriva del propio e inequívoco título- no solo es percibida por el lector en una muy obvia primera lectura -el protagonista es un gato- sino que le permite inferir además que el extraordinario animal posee otras facultades humanas, pues es capaz de hablar, pensar, recordar, juzgar y escribir. A medida que se avanza en la lectura, muy pronto va haciéndose patente que la auténtica singularidad de la novela no consiste solo en haber convertido a un gato en narrador, sino, como a continuación veremos, en haber utilizado la mirada de un animal para transformar en extraño aquello que los seres humanos consideran normal y, a través de ese procedimiento, de esa percepción gatuna -desprejuiciada, lúcida, perspicaz, atrevida, cáustica, radical, sarcástica y descarnada-, convertir los hábitos de la cotidianidad humana en objeto de una investigación literaria sobre la modernidad, la cultura, la identidad, el conocimiento y la soledad. Porque, en realidad, Soy un gato no es tanto una novela sobre un gato (solo encajaría de un modo superficial en esa descripción) como una narración que ha encontrado en un gato una extraordinario instrumento literario para observar a los seres humanos.
Los dos libros de Sōseki que yo he leído -y en particular el que ahora comento- son, en gran medida, fruto de la personalidad de su autor, cuya biografía intelectual y cuyos planteamientos filosóficos y morales impregnan sus textos. Natsume Kinnosuke -Sōseki es un seudónimo- nació en Tokio en 1867, en las postrimerías del shogunato Tokugawa (el gobierno feudal que extendió su dominio a lo largo de doscientos sesenta y cinco años), y murió en 1916, en una vida que transcurrió en paralelo a las cuatro décadas y media del reinado del emperador Meiji, Mutsuhito. La era Meiji, desarrollada entre 1868 y 1912, fue un período en el que el Japón comenzó un gran proceso modernizador, que llevó consigo sustanciales cambios políticos, económicos y, sobre todo, culturales y de valores. Sōseki, pues, nació en un Japón que todavía conservaba estructuras sociales heredadas del mundo premoderno y murió en un país que se había convertido en una potencia industrial y militar internacional y que empezaba a dejarse penetrar por los referentes culturales de Occidente, una importante transformación que Soy un gato refleja de un modo palmario.
Su trayectoria académica fue -tras un abandonado proyecto de estudiar arquitectura- fundamentalmente literaria y lingüística. Se formó en Literatura inglesa, desarrollando una relación extraordinariamente intensa con la lengua y la cultura británicas. Trabajó como profesor en un entorno complicado y con estudiantes poco proclives a la instrucción (una realidad que recogerá en varios pasajes de la novela) y, en 1900, viajó a Inglaterra para estudiar el idioma gracias a una beca del Gobierno japonés. Permaneció allí hasta 1903. La estancia resultó intelectualmente decisiva (y muy difícil en lo personal: Los dos años que viví en Londres fueron los más infelices de mi vida. Entre los caballeros ingleses, yo era como un perro peludo solitario mezclado con una manada de lobos), contribuyendo a hacer más compleja y enriqueciendo su percepción de las relaciones entre Japón y Occidente. He podido leer un interesante artículo de la profesora Ann-Marie Dunbar sobre la experiencia londinense de Sōseki (del que he entresacado la dolorosa confesión anterior), en que muestra la importancia de aquel período para un escritor enviado a Gran Bretaña como parte del proyecto japonés de modernización y apropiación del conocimiento occidental. Sōseki regresó a Japón con una perspectiva que le permitía contemplar simultáneamente las dos orillas, pues conocía desde dentro algunos de los presupuestos intelectuales de Occidente, pero también podía observar desde fuera la fascinación que esos modelos producían en Japón. Y, de nuevo, todo ello -la muy amplia formación, el conocimiento de los referentes literarios y culturales británicos, y la preocupación por la confrontación entre ambas culturas- aflorará en su libro, en el que, entre otros temas que luego comentaré -la dificultad de las relaciones humanas, la individualidad, la incomunicación, el conflicto entre deseo y obligación, la ansiedad del sujeto moderno, la imposibilidad de encontrar una posición estable en un mundo sometido a transformaciones aceleradas, y muchos más-, se pone de manifiesto la condición de Sōseki como escritor situado entre tradiciones, pues ni es un autor que rechace Occidente desde una posición puramente tradicionalista, ni tampoco un modernizador ingenuo que considere que la occidentalización constituye un progreso automático.
Este carácter dual o de confluencia de dos marcos de referencia en principio opuestos, explicará una de las líneas maestras de Soy un gato, una novela en la que conviven en armoniosa compañía infinidad de referencias a la cultura clásica europea con muy precisos detalles de la vida cotidiana de Tokio; en la que se satiriza la imitación de las fórmulas narrativas occidentales a través de la utilización de recursos literarios aprendidos precisamente de Occidente; un libro que incorpora procedimientos de Laurence Sterne (hay menciones expresas al Tristam Shandy, y la presencia de las digresiones en ambos libros los conectan de modo obvio), Jonathan Swift (cuyo acercamiento desde “fuera” a una determinada realidad humana para dar cuenta de ella es la base de Soy un gato), o E.T.A. Hoffmann (del que el narrador comenta en el libro su Vida y opiniones del gato Murr, una historia felina europea, que el japonés recrea) y, simultáneamente, dialoga con la tradición japonesa del rakugo, las narraciones humorísticas clásicas de la literatura nipona (la edición cuenta con un abundante caudal de notas, muy explicativas de la realidad japonesa y del contexto en que se desarrolla la trama); entre otras muchas manifestaciones de esta ambivalencia.
Soy un gato se publicó por entregas a partir de enero de 1905, en la revista Hototogisu. En el libro, que incorpora con frecuencia “interferencias” -hechos, personajes, situaciones- de la vida real, hay más de una acotación relativa a esta circunstancia, como este fragmento, rezumando ironía: Me contentaría con que cada cual se comprase con su propio dinero la revista en que este relato se publica por entregas, y no cometiese el abuso de pedírsela prestada a un amigo para así leerla sin pagar (no se olvide que es el gato quien habla); o en este otro, en el que el felino despotrica de su amo mientras alude -en una referencia metaliteraria- al libro que leemos (es su peculiar carácter el que le ha convertido durante estos meses en un conocido personaje de una novela cómica por entregas). Sin embargo, lo que inicialmente podía parecer una pieza humorística de extensión limitada terminó convirtiéndose, gracias a su extraordinaria acogida, en una obra mucho más extensa, publicada en once entregas -que acabarán por ser los once capítulos del libro- a lo largo de unos veinte meses. No estamos, pues, ante una novela concebida desde el principio como una maquinaria narrativa perfectamente cerrada, sino ante una obra que fue encontrando progresivamente su forma mientras se desarrollaba la relación entre su autor, sus personajes y sus lectores, una construcción que puede apreciarse, como digo, en distintos pasajes del libro.
La fecha de la publicación inicial de la novela es también muy relevante de cara a su plena comprensión, pues se produjo, como ya he señalado, en un momento especialmente significativo de la historia japonesa. Las importantes transformaciones que la Restauración Meiji estaba introduciendo en las estructuras políticas, económicas, educativas y culturales del país, incorporaban al Japón instituciones occidentales, nuevas formas de conocimiento científico, tecnologías, sistemas educativos y modelos literarios, mientras se intentaba conservar en el proceso la propia identidad tradicional. La elección de un gato como narrador resulta así la opción formal perfecta para dar cuenta de esa situación de cambio. Y es que si la sociedad humana se estaba volviendo extraña incluso para quienes estaban inmersos en ella, nada resulta más apropiado para describir este fenómeno que contemplarla desde fuera. De esta manera, Soy un gato se abre a otro frente esencial, pues además de una en ocasiones hilarante sátira de costumbres, es una novela sobre una sociedad que intenta comprenderse a sí misma mientras cambia.
No obstante, quiero advertir, por si estas menciones a la historia y la realidad social japonesas pueden inducir a confusión, que el lector no se va a encontrar con una obra cuyo interés dependa de conocer previamente la cultura japonesa, o con una vetusta novela que se recupera ahora con la mera finalidad de acceder a una anacrónica muestra de la literatura nipona de hace un siglo. Por el contrario, Soy un gato es un libro absolutamente vivo en el tiempo y en el espacio; su lectura, su planteamiento, su propuesta literaria y sus ideas, están plenamente vigentes y son extrapolables, comprensibles y disfrutables por un lector español contemporáneo. Nos encontramos, pues, ante un clásico, una de esas novelas que utilizan una circunstancia histórica muy concreta para hablar de problemas que no han dejado de ser nuestros, entre otros -en una nueva enumeración que se añade a la ya anticipada líneas atrás- la dificultad de adaptarse a un mundo que cambia demasiado deprisa, la fascinación por lo nuevo, la imitación de modelos extranjeros, la necesidad de aparentar que sabemos más de lo que sabemos, la soledad, el narcisismo, la estupidez de las convenciones sociales, la relación entre inteligencia y vanidad o, en un sentido más amplio, la desconcertante experiencia de vivir en una sociedad que se está convirtiendo en otra, tal y como ya apunté con anterioridad; un asunto muy relevante en un escritor que no solo puede ser visto como representativo de esa etapa de modernización japonesa, sino también como uno de sus grandes críticos.
Pero vayamos ya con el argumento de la novela (denominación algo reduccionista, pues en ella hay, en efecto, elementos novelescos, de comedia, de relato de costumbres, de ensayo, de ficción filosófica y, en determinados momentos, incluso de parodia intelectual), cuyo resumen he postergado a causa de esta larga introducción. Si la comparamos con la amplia extensión del libro -que se acerca a la quinientas cincuenta páginas- su sinopsis resulta extraordinariamente sencilla. La historia se sitúa en 1905 (en un pasaje de la novela se menciona expresa aunque indirectamente la fecha: en el año treinta y ocho de la era Meiji, que, recuérdese, dio comienzo en 1867). El gato sin nombre que enunciaba la primera frase ya referida, es adoptado en la casa de un profesor de inglés de enseñanza media llamado Kushami, un entorno algo descabellado en el que establecerá su residencia. Desde ese momento comienza a observar, con simultáneos indiferencia y apego, afecto y despiadada crítica (parecía un irresponsable integral, como si estuviera aquejado de una enfermedad incurable llamada estupidez, dice de su dueño), a su propietario (Me siento enormemente afortunado de ser el gato de un hombre como el maestro, pues gracias a él mi vida está repleta de momentos intensos e interesantes), a la familia, a los amigos que frecuentan la casa, a los vecinos y a toda una serie de personajes que, directa o indirectamente, permiten que el autor convierta ese pequeño espacio doméstico en una representación de una sociedad entera.
El extravagante y muy singular Kushami (distanciado trasunto del autor), un profesor oscuro y de gustos obsoletos, un individuo mediocre, irritable, enfermizo, vanidoso, bastante ridículo, aunque entrañable en el fondo, tiene una esposa descontenta y resignada y tres hijas caóticas (Tonko, la mayor, aficionada a confundir las palabras, Sunko, la mediana, con predilección por los maquillajes, y la nena, la pequeña, que tenía por costumbre limpiarse la cara con el trapo de fregar el suelo). Entre sus visitantes habituales destacan Meitei, una persona totalmente ajena a las realidades de la vida moderna, carente del más mínimo respeto por las convenciones sociales, totalmente excéntrico y que, encima, se manifestaba como el paradigma de lo caprichoso de acuerdo con una psicología nunca antes observada en criatura humana alguna, un individuo de ingenio extraordinario y dudosa relación con la verdad, siendo eufemístico, y cuyas apariciones en la novela, a cuál más desternillante, provocan la hilaridad del lector; Kangetsu, vinculado al mundo científico, responsable de una serie de investigaciones descabelladas (aspirante a doctor con una improbable tesis sobre “Los efectos de los rayos ultravioleta sobre la acción galvanizada en el globo ocular de las ranas”); Dokusen, el amigo filósofo, habitante de un mundo iluminado repleto de referencias metafísicas; Toito, entusiasta practicante de la poesía modernista; entre otros igual de excéntricos. En sus charlas se abordan cuestiones aparentemente domésticas -visitas, conversaciones, matrimonios, relaciones vecinales, pequeñas rivalidades, cotilleos varios, bromas y pullas entre ellos, triviales disputas de familia y de amigos- que se convierten en la ocasión para discusiones sobre literatura, ciencia, filosofía, dinero, educación, arte, Oriente y Occidente, política, moralidad y costumbres sociales, que se nos presentan a través de la mirada del gato, que traslada al lector, en ocasiones como un mero testigo imparcial -y en la medida de lo posible- lo sucedido en cada escena (Describir todos los acontecimientos que tienen lugar en un periodo de veinticuatro horas y leerlos a continuación exigiría, como mínimo, otras veinticuatro horas por lo menos. A pesar de que soy partidario del estilo descriptivo y realista en la literatura, debo confesar que registrar todo lo que sucede en la casa del maestro durante un día y una noche, sería un auténtico tour de force que superaría con creces las limitadas capacidades de un simple gato. Por eso, y a pesar de que las palabras y actos del maestro merecerían una exhaustiva descripción, reconozco no poseer el talento ni la energía suficientes para presentarlos a los lectores en su justa medida. Es algo que se me podría reprochar, sin duda, pero incluso un gato necesita descanso), pero más a menudo haciendo partícipe al lector de sus particulares puntos de vista y sus cavilaciones -lúcidas y a la vez escépticas- y sin ahorrarse en sus glosas y digresiones (En este punto del relato, lo adecuado sería, según los cánones clásicos de las narraciones, hacer una breve descripción de ese extraño e inesperado visitante. Pido indulgencia a los lectores por esta pequeña digresión que quedará perfectamente justificada una vez exponga su oportunidad y pertinencia. Mi digresión tiene la forma de una declaración, y está basada en mi humilde opinión sobre la naturaleza de lo omnipotente y lo omnisciente) las mordaces, categóricas, muchas veces airadas, destempladas y siempre divertidísimas opiniones sobre el extraño comportamiento de los humanos (Si uno quiere embarcarse, como yo, en un estudio completo sobre el comportamiento de los humanos, ha de saber que éstos son muy dados a entablar peleas, pendencias y a alimentar rencillas). Como me veo obligado a subrayar tantas veces, no hay, pues, una trama en sentido convencional, sino, tan solo, una situación narrativa -un gato que se pasea por la casa dando cuenta de sus observaciones- que es la excusa para presentar diversas conversaciones y, con ellas, distintos asuntos para la reflexión. La continuidad de la novela procede, por tanto, no de la progresión de aventura alguna, sino de la permanencia de la mirada del gato. En algunas críticas se resalta como una limitación este carácter episódico e irregular de la obra -debido, sin duda, a la mencionada publicación por entregas original-, pero a mi juicio, esta circunstancia, por otro lado evidente, constituye por el contrario uno de los logros formales del libro, que va mostrando, en efecto de un modo discontinuo, distintas perspectivas en función del algo errático deambular del gato y de las diversas escenas que presencia (El maestro se levantó y se fue hacia la sala de estar. Yo también me levanté de mi cojín, y le seguí por la galería con el objetivo de continuar recopilando material para este libro, una monografía sobre ese animal de extrañas costumbres llamado ser humano).
En primer lugar quiero subrayar lo portentoso de la creación del personaje principal, ese gato narrador que es, a mi juicio, una maravilla literaria. Por de pronto, y como también ocurría en el caso de La liebre y yo, creo que hay que desechar la lectura simbólica del rol del animal. El gato no es un simple símbolo, no puede ser reducido a esquemas interpretativos obvios, del tipo “el gato representa al escritor” o “el gato opera como el intelectual japonés”. Por supuesto que hay paralelismos y correspondencias, pero el gato es, fundamentalmente, un personaje literario con voz propia, con prejuicios, curiosidad, ironía, orgullo, deseos. Es vanidoso (El maestro carece de cualidades que le hagan destacar sobre los demás, por lo que si yo, que me he erigido en cronista de los hechos de su vida, no me detengo en estos detalles, seguramente no tendría material suficiente para hacer un relato ameno, y todos mis esfuerzos serían en vano), parcial, pretencioso, fatuo y narcisista. Se cree intelectualmente superior a los humanos (A pesar de existir entre nosotros unas diferencias tan obvias, los humanos, con su mirada puesta siempre en el cielo en virtud de lo elevado de sus mentes, o de alguna tontería por el estilo, son simplemente incapaces de apreciar esas diferencias externas; así que no hablemos de nuestro carácter, que trasciende con creces su limitada comprensión) y lo manifiesta de continuo, aunque dependa materialmente de ellos (Viviendo como vivo entre humanos, he de decir que cuanto más los observo más obligado me siento a constatar su egoísmo). Habla con una solemnidad completamente desproporcionada, presentándose a sí mismo con una suerte de altura y dignidad intelectuales y utilizando un lenguaje elaborado para describir acontecimientos muchas veces insignificantes. Con seriedad casi académica analiza las costumbres de su amo y sus allegados produciendo en el lector un efecto de comicidad -como luego veremos- pues su relato se aproxima a un tratado filosófico que discurre sin embargo sobre asuntos triviales: la manera en que los seres humanos se cortan el pelo, beben leche, se cambian de ropa, practican deporte, se enfadan por tonterías o se preocupan por parecer inteligentes. Su “personalidad” intelectual lo lleva a proponernos una “teoría del mundo” (En cada una de mis palabras, en cada una de mis frases, suele ir implícita una filosofía del cosmos, y no es necesario juntar todo eso para crear un sistema completo, claro y consistente, con un principio y un final cuidadosamente planificados, para ofrecer una visión general de toda la creación), una pretendida explicación completa -y errónea muchas veces por sus propias limitaciones en tanto gato- de la realidad (Si la comparaba conmigo, alguien dotado ya de una visión del mundo y de la capacidad de lamentarse del cambio que experimentan las cosas, esa criatura era apenas un proyecto de ser pensante, afirma de una de las hijas del profesor), que nos llega por entre la combinación de su lenguaje refinado, la presunta sutileza de sus razonamientos, la falsa objetividad de sus observaciones y la supuesta agudeza de sus interpretaciones, en una sugerente mezcla de lúcida inteligencia y atrevido disparate. Es, pues, un narrador perspicaz, pero, a la vez, poco confiable, y esta ambigüedad lo acerca a lector y, desde mi punto de vista, representa una de las fuentes de la riqueza de la novela.
También es espléndida y muy eficaz la operación de “extrañamiento” que introduce en el relato la mirada externa del felino. Acostumbrados como estamos a que en los libros un personaje humano nos muestre el mundo desde sus parámetros, el hecho de que sea un gato, que conoce perfectamente el comportamiento de los hombres pero no comparte del todo sus códigos, el que describe nuestra realidad (Hay que decir que mi amo carece totalmente de talento para superar el aprobado raspado en cualquier actividad que emprenda. A pesar de todo, no puede abstenerse de intentar que las cosas le salgan, sea cual sea el precio que tenga que pagar por ello), le permite al animal realizar observaciones que a nosotros nos pasan desapercibidas y formular preguntas que nos resultan consabidas y que, precisamente por ello, hemos dejado de plantearnos. El gato no entiende -y discrepa del comportamiento humano y despotrica de nuestra inconsecuencia- por qué le damos tanta importancia al dinero, a los títulos, a la profesión, al prestigio, a la apariencia; por qué hablamos constantemente de nosotros mismos; por qué consideramos razonable trabajar durante toda nuestra vida para conseguir determinadas cosas que después apenas disfrutamos; por qué continuamente nos vemos en la necesidad de distinguirnos unos de otros; entre otras manifestaciones de la para él absurda normalidad humana.
De esta manera, la perspectiva gatuna, desprovista de las convenciones humanas -y reflejando, por tanto, su incomprensión ante ellas-, convierte la novela en una sátira extraordinariamente inteligente de nuestra sociedad, pues muestra a unos seres humanos que, en su sometimiento acrítico a las costumbres sociales, creen ser razonables mientras, observados desde fuera, resultan ridículos (Si hay algo que odio en los humanos es que tiendan a crecerse en virtud de su extrema tendencia a la autocomplacencia, confiados como están en su fuerza bruta. A menos que aparezcan sobre la tierra unas criaturas más poderosas y crueles que ellos, no podremos saber hasta dónde podrán estirar, y estirar, y estirar su estúpida presunción antes de que se les rompa). Así, el profesor lee, piensa, conversa y pretende poseer una cierta superioridad intelectual; sin embargo, está lleno de pequeñas miserias, frustraciones y contradicciones. Y otro tanto ocurre con los demás personajes, individuos que hablan y opinan y discuten y argumentan de manera incesante, revelando su, en el fondo, escasa comprensión de lo que viven y de lo que hablan (Sólo puedo llegar a la conclusión de que los seres humanos no valen para nada, excepto para el uso estruendoso que hacen de su boca con el fin único y exclusivo de matar el tiempo, contando historias sin gracia y riéndose de cosas que no son divertidas). Y reflejado en todos ellos, el lector se observa desde fuera y puede confrontar así sus propias flaquezas y contradicciones.
En este sentido, una de las cuestiones que atraviesa el libro entero, compareciendo en diversos pasajes, es la obsesión con la inteligencia y sus trampas, un asunto que se puede reducir a una pregunta: ¿qué significa ser inteligente? La mayor parte de los personajes -sobre todo el maestro Kushami y su cohorte de charlatanes, pedantes, frívolos, conformistas y autocomplacientes amigos- quieren parecer inteligentes abismándose en interminables charlas sobre libros, ciencia, arte, filosofía y teorías de diversa índole. Pero a través de la mirada gatuna Sōseki nos muestra su vanidad, su ridiculez, su poca sustancia, su incapacidad para comprenderse a sí mismos y a la vida. Y no se piense que estamos ante un escritor que desprecia la inteligencia y la cultura; al contrario, lo que cuestiona es la inteligencia convertida en instrumento de vanidad (en otro de los frentes actualísimos de la novela). Por otro lado, de las extraordinarias cultura y erudición del autor son reflejo las decenas de referencias de autores y obras de ambas tradiciones, oriental y occidental, que salpican el texto. Hay, así, menciones a personajes históricos, filósofos, textos clásicos, “latinajos” varios (quid aliud est mulier nisi amicitiae inimica), alusiones religiosas, ciencia, arte y cultura popular, desde la Antigüedad clásica hasta la literatura inglesa contemporánea. Entre otros destaco los nombres de William Shakespeare, el ya mencionado Laurence Sterne, Aristóteles, Sócrates, Epicteto, la Odisea, Thomas Carlyle, Thackeray, Nietzsche, Victor Hugo, Robert Louis Stevenson, Henry James; o, en el ámbito de Oriente, alusiones constantes a la poesía china, el confucianismo, el budismo zen, la tradición literaria japonesa clásica, con abundantes menciones a escritores desconocidos para nosotros cuya identidad y contexto histórico nos aclaran, como ya he señalado, los cientos de notas que proporcionan los traductores. Sin embargo, no se piense que tal profusión de referencias se presenta en una avalancha nominal “arrojada” con el fin de abrumar al lector. Al contrario, todas son oportunas y pertinentes, entrelazadas con naturalidad en la digresiva trama de una novela en la que, sin solución de continuidad pueden aparecer en una misma conversación un filósofo griego, un poeta chino, un escritor inglés, una expresión latina, una teoría científica, una anécdota histórica y una cuestión trivial como la forma de comer fideos. Y todo ello puesto al servicio de un propósito último, satirizar la utilización social del conocimiento cuando este no está respaldado por una verdadera comprensión.
Otro muy notable aspecto a comentar, ya en parte esbozado, es ese carácter conversacional del libro. Los personajes, ya se ha dicho, hablan, hablan mucho, con una locuacidad a veces desaforada. Frente a novelas que se construyen en torno a la acción, aquí la acción es la conversación, la palabra. De este modo, la constante logorrea de unos y otros cumple varios fines en la obra. El principal, mostrar la distancia entre lo que se dice y lo que se hace; además, las charlas permiten observar lo sustancial de la personalidad de quienes hablan: cómo circulan las ideas, cómo se construye la autoridad, cómo una persona intenta impresionar a otra, cómo se oculta una inseguridad detrás de una opinión tajante y cómo la cultura puede convertirse en una forma de competición; igualmente, la irrefrenable cháchara refuerza el carácter humorístico del libro, que llega a su paroxismo en cada nueva perorata del inefable Meitei.
Precisamente, la mencionada “extrañeza” de la percepción del gato confluye con su satírica agudeza para convertir la novela en un inteligente y profundo texto filosófico cruzado por infinidad de notas de humor, otro elemento por el que recomiendo su lectura. Soy un gato está llena de ideas, pero no es un ensayo, ni un tratado, ni un libro “conceptual” disfrazado de novela. Las ideas -muchas y muy enjundiosas- aparecen encarnadas en conversaciones, discusiones, situaciones domésticas y comportamientos absurdos, teñidos casi siempre por un divertidísimo ingenio. Mientras avanzamos alborozados por las páginas de su libro, ensimismados y con una sonrisa en la boca, Sōseki va dejando caer -sin subrayados ni énfasis ni enojosos didactismos- interesantes preguntas de alcance universal: qué significa ser inteligente, qué relación existe entre conocimiento y felicidad, hasta dónde llega la libertad individual, qué produce la modernización, qué papel desempeña el dinero, por qué los individuos buscan reconocimiento, qué ocurre cuando las personas pierden sus referencias tradicionales, y tantas otras.
Este muy perceptible tono humorístico, lo amable -pese a la irritación y el enfado que a veces rodean su perplejidad y su desconcierto- del cuestionamiento que el gato hace del universo humano, no impiden que la novela deje en el lector una profunda sensación de melancolía, y ello, a mi juicio, también es remarcable, pues muestra la confusión, la falta de control, la soledad, la ansiedad, incluso la angustia y, sobre todo, el patetismo que reflejan unos individuos que ven cómo el mundo antiguo al que pertenecen se desmorona, aunque no ha desaparecido completamente, mientras que el nuevo, inexplicable para ellos, no se ha asentado todavía.
Por último, un somero repaso al eje principal del libro, lo que supone de reflejo fidedigno del proceso de modernización del Japón de la época. En pocas décadas el país pasó de un orden político, social y cultural heredado del periodo Tokugawa a convertirse en un Estado moderno, “positivista”, que incorporaba instituciones, tecnologías, conocimientos científicos y modelos culturales procedentes de Occidente. Esa transformación no solo significó incorporar a la realidad nipona ferrocarriles, fábricas, universidades o nuevas instituciones, si no también -y sobre todo- abrirse a nuevos valores y, en consecuencia, “obligar” a sus ciudadanos y gobernantes a aprender a vivir de otra manera diferente a la que fijaban los parámetros tradicionales, fuertemente arraigados en la sociedad; un proceso que se tradujo en tensiones de todo tipo. Soy un gato refleja de manera magistral esas tensiones. Sus personajes critican e intentan incorporar ese “positivismo moderno” tan ajeno a su tradición, esas influencias occidentales, aunque imitándolas de manera superficial. A caballo de dos mundos, sin encontrarse -ya o aún- plenamente en ninguno de ellos, su a veces patética ansiedad muestra a las claras, con el filtro distanciado e irónico de la mirada felina, una importante etapa histórica de su país, que aflora así en una obra muy vinculada al Japón (sin los exotismos” que quizá hubiera esperado el lector, en paisajes, ceremonias o formas de espiritualidad, que están en el libro pero no de manera sustancial), pero, a la vez, de indudable valor universal, en tanto nos ofrece una profunda mirada sobre la condición humana, especialmente en uno de sus rasgos de mayor relevancia en la actualidad: la dificultad de vivir en un mundo demasiado cambiante y la sensación que nos acomete a quienes lo habitamos de que todo a nuestro alrededor se transforma a una velocidad más acelerada que nuestra capacidad para asimilar la vertiginosa alteración que nos envuelve.
Magnífico libro, en definitiva, de lectura placentera y propiciadora de sustanciosos temas de reflexión. Cierro mis comentarios con un fragmento, del que el gato está ausente, que explicita ese conflicto entre las dos visiones del mundo que está en el centro del libro. Dejo, además, una canción con los gatos como protagonistas, reales y metafóricos: The Lovecats, de los legendarios The Cure.
Mira, yo creo que en estas cosas nuestros ancestros japoneses actuaban de una manera mucho más sabia que nosotros, influidos por la maneras europeas y por su así llamado positivismo, al que hemos prestado demasiada atención últimamente. El problema principal con el positivismo es que no reconoce límites. Por mucho que insistas en una acción positiva, uno no adquiere ni la perfección, ni la satisfacción completa. ¿Ves esos cipreses de allí? Supongamos que decides que interrumpen tu vista y decides cortarlos. Entonces te darás cuenta de que la casa que hay detrás se ha convertido en un nuevo obstáculo para tu vista. Cuando consigas derribar la casa, el edificio de más allá se convertirá en una nueva molestia. No habrá un final en tu búsqueda de una vista perfecta. Pues bien, esa profunda insatisfacción que sientes reside en la creencia implícita, muy europea, de que existe un continuo progreso hacia un ideal imaginario. Nunca nadie, ni Alejandro Magno, ni Napoleón siquiera, consiguieron sentirse satisfechos con sus conquistas. Piensa en algo más accesible. Te cruzas con alguien, os dais un golpe y os peleáis. Le llevas a juicio y lo ganas, pero si piensas que ése es el final del asunto, estarás cometiendo un lamentable error. El asunto permanecerá en tu cabeza dando vueltas y más vueltas sin parar, y jamás encontrarás la solución definitiva, y morirás sin haberla obtenido. Esa misma verdad se puede aplicar a cualquier asunto que se te ocurra. Imagina que vivimos bajo un gobierno oligárquico que nos desagrada profundamente y conseguimos cambiarlo por una democracia. Tan pronto como se establezca el nuevo régimen, más participativo, volveremos a no estar satisfechos con sus logros, y ante el riesgo de conmoción social volveremos a buscar una nueva forma de gobierno. Otro ejemplo: si encuentras un río, haces un puente; si una montaña te bloquea el paso, construyes un túnel, y si algo está demasiado lejos, plantas una vía para que circule el tren. Una y otra vez intentamos salvar obstáculos, y, aun así, seguimos sin solucionar el verdadero problema de nuestra insatisfacción positivista. Es cierto que un ser humano solo no puede jamás dar satisfacción a todos y cada uno de sus deseos. El positivismo propio de la civilización occidental ha producido, sin duda, muchos y notables progresos, pero al final no ha producido sino una sociedad profundamente insatisfecha, conformada por gente profundamente infeliz. La civilización tradicional japonesa, en cambio, no buscaba el cambio en los otros, no buscaba el cambio fuera, sino en uno mismo. La diferencia principal entre ambas civilizaciones es que la japonesa asumió desde muy al principio que el ambiente exterior no se podía cambiar significativamente, por mucho que uno se empeñara. Constituye una equivocación pretender encontrar un remedio para las tensiones entre los padres y los hijos a la manera occidental, esto es, mediante un acuerdo. En nuestro caso, preferimos dejar las cosas como están, y sufrir con paciencia ese desarreglo hasta volver a encontrar la armonía doméstica. Y así tenemos la misma actitud de calma ante cualquier problema que pudiera surgir, ya sea entre marido y mujer, amo y esclavo, o entre las castas de comerciantes y de guerreros. Solíamos mantener esa actitud para estar en consonancia con la naturaleza y ser un reflejo de ella. Si, por ejemplo, una montaña bloqueaba el paso natural hacia un país vecino que queríamos visitar, no nos empeñábamos en hacer un túnel e ir contra el orden natural de las cosas, sino que nos limitábamos a no visitar a nuestros vecinos.
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Natsume Sōseki. Soy un gato

