Vivo entre muchos libros y extraigo una gran parte de mis ganas de vivir del hecho de que aún leeré la mayoría de ellos. (Elias Canetti)

miércoles, 10 de junio de 2015

CARLOS ZANÓN. NO LLAMES A CASA; YO FUI JOHNNY THUNDERS
 
Hola, buenas tardes. Sed bienvenidos, una semana más, a Todos los libros un libro, el espacio de Radio Universidad de Salamanca en el que cada miércoles os ofrecemos una propuesta de lectura, os recomendamos un libro a mi juicio siempre interesante. Hoy os traigo a un autor catalán, nacido en Barcelona, una ciudad que ocupa un lugar destacado, y no sólo como telón de fondo sino con un papel protagonista, casi como un personaje más, en sus novelas. Se trata de Carlos Zanón, que se desenvuelve sobre todo en el género policíaco, ámbito en el que ya ha presentado tres libros, Tarde, mal y nunca, que no he podido leer, y los dos de los que quiero hablaros brevemente, No llames a casa, que vio la luz en 2012, con extraordinario éxito entre lectores y críticos y habiendo obtenido significativos premios literarios, y Yo fui Johnny Thunders, el último, aparecida hace año y pico, a comienzos de 2014. En los tres casos ha sido la editorial RBA, en su colección de novela negra, la que los ha acogido en su seno.
 
Y he escrito novela negra aunque, en realidad, estamos ante muestras “raras” del género, porque en los libros de nuestro invitado de esta tarde no hay detectives, ni crímenes ostensibles, ni investigadores más o menos sagaces, ni tramas delictivas por desentrañar, como corresponde a los tópicos habituales del thriller. Hay, sí, delitos, robos, estafas, chantajes, agresiones, violencia, hay, incluso, asesinatos, pero todo ello aparece sólo de un modo difuminado, como una mera anécdota en el transcurso de la acción, pasando -casi- desapercibido en el transcurrir de la historia narrada. Podríamos decir que los atracos, las muertes, los episodios violentos, no son hechos excepcionales que rompen la norma de la pacífica y civilizada convivencia entre humanos y que por ello destacan, sobresalen, llaman la atención, sino que, muy al contrario, parecen no importar, no “contar”, el lector no los procesa en cuanto quiebras en la anodina rutina de la vida “de orden” sino, tan sólo, como episodios previsibles, como hechos esperables, como acontecimientos “naturales” -y triviales, y no remarcables, por tanto- de unas existencias que se desenvuelven en un clima general de fracaso, sordidez, marginalidad y miseria moral. Hace unos años leí en los magníficos diarios de Iñaki Uriarte, de los que ya he hablado en Buscando leones en las nubes, mi otro espacio en esta emisora universitaria salmantina, una interesante reflexión, recogida por el diarista vasco de la obra de Franz Kafka, en la que se incide en esta condición de “normalidad” del crimen y que me parece singularmente pertinente para interpretar los libros de Carlos Zanón: En la novela policiaca -escribía, al parecer, Kafka, según Uriarte- se trata siempre de descubrir secretos ocultos detrás de acontecimientos extraordinarios. Pero en la vida sucede exactamente lo contrario. El secreto no está escondido en segundo plano. Se encuentra, por el contrario, absolutamente desnudo delante de nuestros ojos. Es lo más evidente. Por eso no lo vemos. Lo corriente de todos los días constituye la novela de ladrones más grande que existe.
 
Lo corriente de todos los días, sí, esta parece una expresión muy ajustada para definir las novelas de las que os hablo esta tarde, unos libros en los que esta cualidad “sociológica”, esta capacidad de retratar la vida cotidiana -si bien, como luego veremos, se trata de la cotidianidad de un sector muy particular, muy reducido también, de la sociedad- constituye -junto con las virtudes literarias de su autor- uno de los principales alicientes de unas obras por lo demás incómodas y perturbadoras.
 
En No llames a casa, tres delincuentes, Bruno, Raquel y el hermanastro de ésta, Cristian- se dedican a extorsionar a parejas que viven relaciones extramatrimoniales, haciéndose con pruebas de sus infidelidades y chantajeándolas bajo la amenaza de revelar a sus traicionados cónyuges la verdad oculta de sus vidas. Las situaciones se complican y enrevesan y acaban desembocando en violencia y muerte. Yo fui Johnny Thunders nos pone en contacto con Francis -Mr Frankie-, un músico acabado que, ya cuarentón, vuelve a su barrio para intentar dar en él con un atisbo de vida digna, tras años de disipación, adicciones varias y fracaso sentimental, profesional y personal. Su padre, anciano y derrotado, su hermanastra Marisol, bellísima pero que se vende al dinero de diversos protectores a cual más desaconsejable, su hijo Víctor, perdido y viviendo con su exmujer con la que no mantiene contacto, camellos, macarras, gente del hampa local, le acompañan en su intento -frustrado intento- de recuperar una existencia pasada que la añoranza recuerda idílica, una juventud colmada en la que destaca el gran hito, que reverbera en su memoria, de una actuación como telonero de Johnny Thunders, el símbolo del punk de finales de los setenta y comienzos de los ochenta, excelente ejemplo él mismo, con su vida de alcoholismo, drogadicción y prematura muerte a los 38 años, de la realidad que describe Zanón en esta novela muy musical, plagada de referencias a canciones y grupos siempre combativos, siempre rebeldes, siempre agresivos o violentos.
 
Desde mi punto de vista la principal virtud de No llames a casa y Yo fui Johnny Thunders es la formidable capacidad de su autor para “fotografiar” con fidelidad la vida de un puñado de personajes desarraigados, y con ellos el estrato social al que pertenecen. Los mundos de la drogadicción, la marginalidad, la violencia, la prostitución, la pequeña delincuencia, el crimen de poca monta -si cabe la expresión, rozando el oxímoron-, pero también el lumpen sórdido y “cutre”, los anodinos representantes de un clase media-baja hoy aún más depauperada tras la crisis, los seres perdidos y sin esperanzas, la carne de cañón de una sociedad depredadora e injusta que, inclemente, destruye sin perdón a quienes no logran el éxito, se constituyen en protagonistas de las historias narradas, por lo demás surcadas por proxenetas, meretrices, chantajistas, traficantes, mafiosos de medio pelo, guardaespaldas siniestros, sicarios brutales, jubilados “preagonizantes”, ancianas solitarias, maridos engañados, jóvenes sin la menor formación básica movidos por instintos primarios; repletas de peleas, secuestros, ataques sexuales, palizas y agresiones salvajes; rezumantes de vómitos, sangre, alcohol, drogas, sudor y lágrimas, semen… Las noches en esta parte del mundo son torrentes desbocados de agua sucia y ella, se sincera, preferiría dejarse llevar y meterse heroína, se lee -en una descripción significativa del “universo Zanón”- en un momento de su última novela. Una panoplia de seres marginados que se revela cuando, algo más adelante, la mirada certera y precisa del autor se detiene en la “fauna” que pulula por las dependencias de los juzgados, vivo ejemplo del ámbito de la realidad que le interesa: También andaba por allí la gente justiciable, algunos con trajes y pinta de tener posibles, pero también los ciudadanos en chándal de colorines, gitanos rumanos o autóctonos con sus familias, jerséis de mercadillo, niñatas con sus héroes quinquis, gente de los desahucios, víctimas de los accidentes de tráfico, los que trapichean, los que se quieren divorciar y los que aún esperan una segunda oportunidad. Las viejas locas, los hijos de puta oscuros y los de chaleco amarillo, cumpliendo los servicios sociales.
 
Seres patéticos, perdedores, fracasados todos, porque es el fracaso, del que es espejo este contexto sórdido -verosímil y admirablemente reflejado por el autor- en el que se desenvuelven sus personajes, el gran tema central de sus novelas. Hay por doquier infinidad de líricas recreaciones de la poesía de los sueños rotos, de las esperanzas e ilusiones desvanecidas: hartos todos del fracaso, de haber llegado tarde, de no haber sido lo suficientemente listos o lo suficientemente egoístas. Hartos y desesperados de no tener dinero, de dormir en sofás prestados, habitaciones siempre enmoquetadas y muertas, los músicos sueñan con motines, atracos a bancos, regreso a Penélope. O también: Sólo quiere regresar al país donde se enamoraba como en las canciones. Donde las canciones no mentían. Donde uno era inmortal porque deseaba y era deseado y alguien a mil kilómetros de allí había escrito y cantado una canción especialmente para eso, para pasarla en tu cine particular. En el fondo de conformaría con poder regresar a la última vez que fue generoso.
 
Y sin embargo, reconociendo esta innegable capacidad que el autor posee para trasladarnos con fidelidad y convicción a ese mundo aparentemente oculto pero reconocible, a unas calles, a unos barrios, a unas gentes que no suelen mostrarse en las primeras planas de los periódicos, pese a sus indudables logros, no puedo evitar confesar -así, tajantemente- que, siendo interesantes, leer los libros de Zanón no me resulta una experiencia demasiado placentera ni agradable.
 
Es verdad que escribe muy bien (aunque hay infinidad de fallos relevantes: “acerbo indígena”, “habían rasgos”, “pudiéndolo haber matado” y muchos más, en Yo fui Johnny Thunders, y bastantes otros, algunos de los cuales ya enumeró Ricardo Senabre en su elogiosa crítica en El Cultural de El Mundo, en No llames a casa), las frases cortas y ágiles, el ritmo musical, la prosa poética; es verdad que describe con fidelidad muy estimable -insisto- un mundo muy triste y brutal, muy sombrío y oscuro, muy marginal, pero ni esa realidad es la mía ni, sinceramente, tengo demasiado interés en conocerla.
 
Y es verdad que uno avanza en las obras, en una primera instancia, con interés, movido el lector por ese afán que he llamado sociológico, de conocimiento de un universo ignoto -para mí casi tanto como si las novelas se hubieran ambientado en Corea del Norte-, pero esa estimable cualidad documental no resulta suficiente para compensar el malestar de adentrarse en ámbitos tan oscuros, tan duros. La lectura se convierte así, en muchas ocasiones, en una experiencia desasosegante.
 
Y es verdad también que los personajes de Zanón sueñan, y eso los hace cercanos, los hace -podríamos decir- humanos. Y que si nos elevamos de ese plano neutro conformado por la mera descripción fotográfica de la realidad encontraremos pautas más universales, más generales, y aparecerán algunos de los grandes temas que perturban nuestro paso por el mundo: la imposibilidad de alcanzar los sueños, el fracaso consustancial a la existencia humana, la pérdida de la inocencia, el anhelado regreso a la infancia feliz que opera como idílica Arcadia, el mito de Penélope -la madre que espera y arropa-, el deseo de ser otro, lo inexorable de un destino que reparte sus cartas y entonces unos ganan y otros pierden y otros pierden y otros pierden..., la inevitabilidad de la derrota. La vida es un largo proceso de demolición, recordad el conocido dictum de Francis Scott Fitzgerald, cuyo mundo está en los antípodas del de Zanón y que, sin embargo, coincide con él en la lúcida constatación de la condena irremisible que define nuestra existencia mortal. Y es verdad que, al final, parece vislumbrarse un ligero atisbo de esperanza: a alguien ha de importarle que los vencidos se levanten, una y otra vez, para luchar sin esperanza ni Dios, solo con su fe (…) A alguien ha de importarle la mala suerte de todos los que eligen mal. Pero esa poesía de los perdedores (Pudiste tocar el terciopelo de las nubes paro caíste y ahora ni quejarte puedes. Vamos a recordarte a todas horas que el gran pecado es la ambición de los que, al parecer, no tienen derecho ni a estar de pie. El intentarlo. El ser distinto. El no querer el mismo menú que comen los demás. El soñar a todas horas con noches y cuerpos como acordes menores, trastes y melodías titilando en el aire) se me presenta casi siempre rodeada de un malditismo soberbio, de una exaltación absurda del fracasado: fui osado mientras todos los demás se conformaron con la misma sopa recalentada, con oler a sus mujercitas con las mismas bragas apestando a col de sus mamás. Hay, en sus protagonistas, mucho dolor y mucha frustración -y ello, la vulnerabilidad, sería tolerable, sería elogiable, sería valiosa- pero yo he percibido también mucho resentimiento, mucho rencor, mucho odio. Un zombie baboso, un tipo sin casa, un mierda abandonado por todos… (y el tono, creedme, es vengativo, rezumando -como en el resto de su obra- agresividad, frustración, deseo violento, destrucción).
 
No hay mucho más tiempo para profundizar en estos dos libros, por lo demás, interesantes. Os dejo como cierre sendos fragmentos de ambas novelas en los que se pueden vislumbrar algunas de las claves de la literatura de Zanón. El marido aburrido en su cotidianeidad rutinaria que opta por el deseo y la aventura -siempre los sueños- para destruirse y fracasar en No llames a casa, y el músico acabado que repasa su juventud y constata desesperanzado su presente de perdedor en Yo fui Johnny Thunders.
 
Un Johnny Thunders que, cómo no, protagoniza nuestro cierre musical con un explícito Born to lose, mencionado en este último libro y tan descriptivo de la atmósfera general del mismo.
 
 
Te diré quién soy. Soy un tipo al que le han roto el corazón. Nada muy original. Alguien que tenía una casa, unos hijos, una mujer, un sitio donde volver y refugiarse. Un lugar en el que poder extraer las fuerzas necesarias para sentirse fuerte y digno de estar vivo. Alguien que llegaba a casa después del trabajo y sus hijos corrían por el pasillo y se colgaban a su cuello. Y una mujer con la que ya no te acostabas pero que te hablaba de sus cosas, te mecía con una rutina cariñosa y confiada. Te pedía que le arreglaras esa cerradura, que te acordaras de comprar leche y pan, que la llevaras en coche a casa de su madre. Pero también soy alguien que un día se enamoró de una mujer. Y se dio cuenta de que hay una realidad paralela en cada persona con la que te cruzas por la calle. Y amó a esa mujer y la deseó, y supo que era ella quien tenía que estar en aquella casa y ser la madre de sus hijos, pero los dados no habían venido bien. Mala suerte. De haberla conocido antes, estaría con ella. Sin duda. Así de claro. Pero ella también se equivocó y está casada. Y tiene hijos que corren por el pasillo para colgarse del cuello de otro hombre que la lleva en coche a casa de su madre, le arregla esa cerradura, le compra leche y pan. Y que igual no se acuesta con ella. Y bueno, abren una brecha en los días para vivir su amor y se refugian bajo las sábanas, donde tiempo y espacio no existen. Soy alguien que cuando entraba dentro de esa mujer entendía a Dios, entendía la vida, lo entendía todo. Alguien que, llegado el momento, eligió, y eligió el amor. Habló con el corazón, como indican las canciones y las películas. Y el precio fue quedarse solo. Y ser desdichado. Pobre como las ratas. Y ya no tuvo hijos colgados del cuello. Ni cariño, ni compasión, ni un hogar. Todo enloquecido, difícil, arrancado del hueso, ¿me entiendes? Pero cuando ella, su amante, tuvo que elegir, eligió al otro y no a él. Y fin de la historia. Ése soy yo. Un hijo de puta imbécil que se muere de rabia, de celos, de estar solo y engañado.
 
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Los recuerdos le asaltan, se le meten apelotonados en el camarote de los Marx. Si hubiera podido parar y ver y pensar, pero fue todo tan rápido. No había ni un momento para hacerlo y disfrutar. Sufrir la pérdida o, al menos, alegrarte de las victorias. O pensar qué hacer a continuación. Dinero que entraba y salía rápido. Piernas de mujeres enlazadas a tu cuello. La cohorte del Rey Loco. Noches líquidas, madrugadas blancas. Resacas, ceniceros, botellas, huidas, colores y prisa, mucha prisa. Y todo tan poco y tan lejos desde que había empezado. El típico grupo de amigos encerrados en una sala de ensayo forrada con hueveras de cartón. Viéndose a todas horas todos los días. Dibujando guitarras en libros y cuadernos. Los nombres de tus bandas favoritas en pupitres y lavabos. Robando acordes de la tele, vomitando la frustración de estar fuera de todo: de ser inglés, de ser guapo, de ser rico, de tener coche, de no ser otro. Todo cenas recalentadas, dormitorios compartidos con hermanos pequeños, padres embrutecidos por el trabajo, el fútbol por la radio y la resignación, madres frustradas, divertidas, presas y carceleras de todo y para todos. Chicas que te rompían en corazón. Chicas a las que rompías el corazón. Y el rock’n’roll como una emisora que te conectaba con todos los distintos del mundo. Que te hacía, en cierta manera, trascendente, mítico, otra cosa. El rock’n’roll que te venía a salvar. Que te mostraba cuál era tu Misión. Que con el latido en el fondo de aquellas voces arrogantes y un pelín desesperadas te decían: “Eres de los nuestros. No estás solo. No nos decepciones”. No querías trabajar como tus padres. No querías vivir como tus padres. No querías amar u odiar como ellos. No querías sus sábados, sus programas de televisión, sus vacaciones en el camping. No querías nada de ellos. Había una conspiración en el barrio. En la ciudad. Nacida en habitaciones diminutas como la tuya, con tocadiscos baratos y paredes atestadas de pósteres de tipos pálidos con consignas de Muerte o Gloria. ¿Y qué? ¿Ahora qué? No pasó nada, no sucedió absolutamente nada y ni los camareros recuerdan que hubiera revolución alguna.

miércoles, 3 de junio de 2015

ROSA RIBAS. SABINE HOFMANN. DON DE LENGUAS. EL GRAN FRÍO

Hola, buenas tardes. Bienvenidos una semana más a nuestro espacio, el programa de recomendaciones literarias de Radio Universidad de Salamanca. Antes de comenzar esta primera emisión de junio quiero comentaros brevemente cuál será el “plan” de mis propuestas de lectura para estos dos meses que restan para completar la temporada de Todos los libros un libro. Y es que, con el verano ya a las puertas, con los días que se desperezan y aumentan poco a poco su extensión, con el sol que abandona su timidez y empieza a calentar suavemente, con el campo exultante de coloridas flores, con el aire cada vez más limpio poblado de pajarillos que revolotean entre trinos enamorados (y frenaré aquí mi algo cursi recreación veraniega antes de que la peor inercia poética me lleve a hablar de fragantes aromas y canícula agosteña, de coloridas mariposas e industriosas abejas), he decidido -como tantas otras veces- acomodar mis consejos de lectura a las características más notables -que son también las más tópicas- de la cálida estación que asoma por doquier. Y así, todas las obras que voy a presentaros en junio y julio, giran en torno a dos “ejes” que a mi juicio constituyen sendos rasgos significativos del estío en general y del verano lector en particular: la simplicidad y la aventura.

La estival es una etapa que “naturalmente” parece más propicia para la lectura, con sus largos días de ocio, con su ausencia de afanes y preocupaciones, con su atmósfera -no sólo climatológica- amable y serena, con sus interminables jornadas de asueto en las que casi resulta obligado el plácido aposentarse ante el mar o bajo un árbol con un libro entre las manos. Y precisamente por esta menor “densidad” de los días veraniegos, por su ligereza, por su levedad, por la invitación que contienen al relajado descanso, a la vida sencilla, al lento y tibio y apenas consciente dormitar frente a los días que pasan demoradamente, es por lo que mis propuestas del mes de junio se centrarán en un género como el policíaco que, en la mayor parte de los casos, no impone exigencias lectoras tan rigurosas como otras obras de mayor “enjundia” o profundidad, y es por ello especialmente compatible con el lento transcurrir de un tiempo que se nos aparece como placenteramente interminable. A lo largo de este mes, pues, Todos los libros un libro va a ofreceros cuatro emisiones dedicadas monográficamente a la novela negra, con la peculiaridad adicional de que en todos los casos se tratará de obras escritas en castellano.

Os anticipo igualmente que, en consonancia con el otro aspecto destacado del período vacacional -su condición de espacio favorable para el viaje-, mis últimas sugerencias lectoras del curso, las que se corresponden con los cinco miércoles de julio, os llevarán -de la mano de la literatura- a territorios que podríamos llamar “exóticos” -Nigeria, Japón, Vietnam, Ghana y China-, con la doble intención de ofreceros recomendaciones de lectura literariamente sugerentes e inducir en vosotros la pasión viajera, invitándoos a visitar los países en los que se desarrollan los libros reseñados. Pero eso será a partir del próximo uno de julio, por lo que hoy, de acuerdo con el otro de los “ejes temáticos” marcados, me centraré ya en mi primera “proposición criminal”.

En realidad, se trata de dos novelas las que esta tarde os recomiende pues las peripecias de Ana Martí, la joven periodista barcelonesa que las protagoniza, han dado ya para dos entregas, Don de lenguas y El gran frío, ambas publicadas por la editorial Siruela en 2013 y 2014 respectivamente. Sus autoras son la también barcelonesa Rosa Ribas y la alemana Sabine Hofmann, unidas en una muy peculiar experiencia de escritura “a cuatro manos”, ciertamente insólita en nuestro panorama narrativo. Ambas son filólogas -condición que aflora de un modo notorio en las novelas- y se conocieron en Fráncfort, en donde vive la española y en cuya Universidad fue docente la germana. En algunas entrevistas que he podido leer con Rosa Ribas, la novelista catalana declara que el proceso previo a la escritura es conjunto, con horas de discusiones en torno a la elección del argumento, la estructura, los personajes, la documentación previa, aunque la fase posterior, la que implica la redacción, ya la hacían en paralelo, en castellano y alemán, pues cada una escribía en su propia lengua y se encargaba de traducir a la otra su parte correspondiente. Así, no es de extrañar que los libros vieran la luz simultáneamente en España y Alemania.

Estamos en 1952. Ana Martí es una periodista principiante que en Don de lenguas se desempeña como cronista de sociedad -moda y eventos, efemérides sociales, recepciones y actos benéficos, bodas y natalicios, entrevistas a gentes del mundo del espectáculo y otros asuntos “ligeros”- en La Vanguardia, el principal diario -hoy nacionalista, entonces muy cercano a la dictadura de Franco, o tempora, o mores- de la ciudad condal. Por diversas circunstancias se ve obligada a cubrir para su periódico el asesinato de Mariona Sobrerroca, una viuda perteneciente a la clase alta barcelonesa. Tímida y un punto ingenua, aunque también inteligente, rigurosa, decidida y valiente, Ana se irá adentrando en las interioridades de un caso que la llevará desde los oscuros y siniestros ambientes policiales de la época -machistas, mezquinos, torturadores, violentos- y los reductos más sórdidos de aquella España mediocre y mísera -prostitutas desvalidas, estafadores de medio pelo, ladronzuelos de poca monta, proxenetas benévolos, porteras cotillas, derrotados varios- hasta las bienpensantes e hipócritas, a menudo corrompidas, muchas veces criminales y siempre impunes altas esferas del poder franquista, pobladas de abogados venales, jueces vendidos, fiscales conniventes con quienes mandan y ajenos a la búsqueda de la verdad, gobernadores civiles represores, falangistas viscosos, damas presuntamente respetables, personalidades taimadamente influyentes, serviles directores de periódico y altos cargos del régimen, a cual más miserable. Ana, hermana de un joven fusilado en la guerra, hija de un periodista represaliado por los “vencedores” de la contienda, deberá desenvolverse en un mundo hostil -por sus orígenes, por sus ideas, por su condición de mujer- para, con ayuda de su interesante prima Beatriz -una destacada filóloga (probable trasunto de las autoras), intelectualmente brillante, profesora reconocida en el extranjero aunque condenada también a la opacidad civil por la mediocridad reinante en el país-, intentar resolver el crimen al margen -y en contra- de la versión oficial.

En El gran frío la acción salta al invierno de 1956, y el escenario se traslada de la urbana Barcelona a un perdido pueblo del Maestrazgo aragonés, Las Torres. La chica, ya consolidada en su profesión, trabaja ahora para El Caso, el semanario especializado en sucesos, escándalos, crímenes y, en general, acontecimientos trágicos o, simplemente, insólitos, que fue tan popular y tanto éxito alcanzó (con tiradas de hasta cien mil ejemplares, una cifra considerable para la época) en la España de las décadas de los cincuenta a los ochenta. Obligada por las limitaciones ya reseñadas -mujer en un mundo rabiosamente (y el término es casi literal) masculino, hija y hermana de “rojos”, inteligente y capaz- a firmar con seudónimo -Sabino Rivas, Periquito Pérez- sus reportajes en el truculento periódico -no así en Mujer Actual, la revista en la que sus crónicas sociales sí admitían un nombre femenino-, Ana es enviada por su director a la remota aldea turolense para informarse y escribir sobre el extraño caso que el párroco del pueblo, Don Benito, ha comunicado al rotativo: los sorprendentes e inexplicables estigmas -milagrosos al decir del cura- que han brotado en pies y manos de Isabelita Castán, una niña de la localidad. Una vez más, su labor periodística la lleva -tras algunos asesinatos ocurridos durante su estancia en el pueblo, aislado por la nieve- a profundizar más allá de la mera y aparentemente simple superficie de los hechos para acabar desvelando los oscuros juegos de intereses del empalagoso cura, la egoísta madre de la niña, el no tan poderoso alcalde, los cerriles vecinos y el cultivado aunque algo siniestro cacique de la zona.

No son, no obstante, las tramas argumentales ni la resolución estrictamente detectivesca o policial de los casos los mayores logros de ambos libros. De hecho, pese a que las novelas están muy “trabajadas” para no dejar cabos sueltos y se leen con el interés y la intriga consustanciales al género, que nos hacen progresar en las páginas queriendo desentrañar los crímenes y dar con sus autores, el esquema -y ello ocurre en las dos novelas- es, a mi juicio, algo simple y hasta previsible, sin demasiada densidad, con una acción que llega a avanzar en ocasiones a partir de descubrimientos por parte de la “investigadora” aficionada que parecen ser frutos del azar, de inesperadas casualidades más que de una coherente y racional explicación de los hechos. Desde este punto de vista, pues, el relativo a los parámetros de exigencia que se le suponen a la novela policíaca, no hay nada deslumbrante ni novedoso ni reseñable ni innovador en la propuesta del tándem hispano-germano, que ofrece en cambio solvencia, buen hacer, profundidad en la creación de sus personajes principales, abundante y rigurosa documentación previa y, en definitiva, suficiente -aunque no subyugante- oficio.

Donde las dos obras de Rosa Ribas y Sabine Hofmann sí resultan sobresalientes -y hasta únicas, pioneras- es, en cambio, en la ambientación -sin duda fruto de una ingente labor de documentación-, en la descripción del mundo en el que se desarrolla la acción, esa España franquista, sórdida, mísera, clasista, tremendamente pobre, rezumando miedo y represión, violencia soterrada, prejuicios, odios latentes, mezquindades ancladas en un pasado, el de la guerra civil, que todavía en 1952 -en las ciudades- y hasta en 1956 -en el mundo rural- permanecía vivo no sólo en las memorias sino en el día a día de las gentes. El franquismo ya tiene novela negra contemporánea, ha escrito el experto Juan Carlos Galindo a propósito de los libros que ahora os comento. Y es que, en este sentido, las dos novelas contienen sendas magníficas "fotografías" -verosímiles, fidedignas, reveladoras, implacables- de la sociedad española de los años cincuenta. Ello ocurre sobre todo en Don de lenguas, en donde el tratamiento de este aspecto resulta magistral y permite al lector -así me ha ocurrido a mí mismo desde sus primeras páginas- trasladarse a la dura, cerrada, injusta, agobiante y muy triste vida de aquella época. Son abundantísimos los detalles que de un modo casi inapreciable nos permiten “vivir” la Barcelona de 1952; y ese es otro de los aciertos de las autoras, la ausencia de énfasis o subrayados innecesarios, la capacidad de transmitir el núcleo central de la realidad de aquellos días oprobiosos con un mero apunte, una simple frase, un gesto menor, una breve observación, una ligera apreciación al paso. Y así, se multiplican los elementos narrativos que “decoran” de un modo muy realista y convincente el relato de los hechos. El escenario de la acción aparece a través de menciones a los objetos de entonces, los muebles, los electrodomésticos (como la descripción de una moderna nevera a la que aspira -soñadora- Encarni, la asistenta de la prima Beatriz, para sustituir al armatoste -un cajón con hielo en su interior- que apenas refresca los alimentos de la casa), las vestimentas, los peinados, los anuncios de las calles, los tranvías que ven interrumpido súbitamente su trayecto por un corte eléctrico, habitual en aquellos años de penuria, las farolas con su luz escasa, las carteleras, los artistas de cine, los seriales y concursos radiofónicos, las canciones que se escuchan en los patios de vecindad, las revistas del momento, los premios que incluyen los botes de La Lechera, las tres pesetas de la entrada del cine, las novedades editoriales de esos días (Nada, El Jarama, la primera obra de un joven Juan Goytisolo, entre otras), las tétricas oficinas, el repiqueteo de las máquinas de escribir en las redacciones, las penumbrosas dependencias policiales, el torvo pelaje de los miembros de la Brigada de Investigación Criminal y de la Brigada de Investigación Social, dos muy cutres -pero trágicamente eficaces- puntales de la represión franquista, la sordidez del Barrio Chino -que aún no era El Raval-, el lujo algo casposo de las mansiones de la alta burguesía, los palcos del Liceo, el ambiente de los cócteles y la fiestas privadas. Incluso la reiteración en el texto de un algo anacrónico y desusado -aunque admisible para la Real Academia de la Lengua- “quilómetros” parece obedecer al propósito de las autoras de envolvernos en la atmósfera de aquel tiempo.

Y otro tanto ocurre -aunque aquí, a mi juicio, el resultado es menos logrado, cayendo más en el tópico- con la recreación del opresivo entorno rural de nuestro país en El gran frío. En el libro aflora una España primitiva, bárbara, casi medieval, salvaje, un entorno clausurado, animal, enfermizo, que reúne todas las manifestaciones de un atraso de siglos: las beatas bisbiseantes, el cura sinuoso, la religión potenciando la irracionalidad y la ignorancia, los terroríficos números de la Guardia Civil, los maquis fantasmales y huidizos, el babeante -y feliz- tonto del pueblo, el humilde maestro, el señor feudal dueño de vidas y haciendas.

Pero el interés del planteamiento de Ribas y Hoffman no reside sólo en una representación exacta y fiel pero en el fondo puramente “estética” de los aspectos externos, “ambientales”, de nuestra sociedad en los años cincuenta sino que son las interioridades más siniestras del poder franquista las que se desvelan en el curso de las investigaciones a las que se enfrenta la joven Ana. Y así, la valiente e insobornable voluntad de la periodista permite poner de manifiesto -en especial en la primera novela- las oscuras tramas de intereses delictivos que con una apariencia de legalidad favorecieron a los más desalmados de los “vencedores” y permitieron mantener un sistema basado en la iniquidad y la injusticia, la delación, las represalias, la represión y la muerte civil -y tantas veces el asesinato- de cualquier potencial “enemigo del régimen”, mientras los adictos a la causa del “Caudillo” medraban, obtenían prebendas y se lucraban a costa del esfuerzo y las vidas de sus sufrientes conciudadanos.

Un par de breves apuntes más para cerrar este ya muy largo comentario. Quiero llamaros la atención sobre otros dos aspectos destacados de Don de lenguas y El gran frío. Por un lado, la abundante utilización, como recurso que acompaña y complementa la pesquisa periodística y policial, de referencias cultas, sobre todo literarias. En este sentido, el personaje de Beatriz, la intelectualmente brillante prima de Ana, permite trufar el texto de citas de libros, versos, sentencias de autores clásicos que constituyen una aportación novedosa e interesante al género, aunque en ocasiones pueda aparecer impostada o traída por los pelos. Por otro lado, destaca -y en la condición femenina de las autoras está sin duda la causa de tal opción narrativa- el muy relevante papel que las mujeres desempeñan en las dos historias, algo más sorprendente -más positivamente sorprendente- cuando la consideración social de la mujer en aquellos años la relegaba -con escasas excepciones- a las interioridades del hogar familiar (en una de las novelas, no recuerdo ahora en cuál, se menciona el hecho -insólito desde nuestra perspectiva actual- de que la legislación de la época permitía al marido negar la posibilidad de que su mujer desempeñara un trabajo). En efecto, son femeninos los personajes más “activos” de los libros, los que toman decisiones, los que asumen riesgos, también los más complejos, los que eligen y se responsabilizan de sus actos, aquellos sobre los que recae el peso de la acción. La propia Ana, sin duda Beatriz, incluso la difunta Mariona o la malograda Encarni, en Don de lenguas; la viuda Aurelia, la niña Eugenia, incluso la criada Cándida, en El gran frío, son personajes profundos, con peso, con enjundia, con -como digo- una muy atractiva complejidad.

En fin, leed estos dos interesantes libros que os proporcionarán estupendas horas de disfrute literario junto a la oportunidad de conocer mejor una etapa de nuestra historia muy triste y desgraciada pero en la que residen las raíces de gran parte de lo que somos actualmente. Os ofrezco como cierre musical a mi reseña un fragmento de una obra que desempeña un papel primordial en Don de lenguas. Se trata de la escena final de El caballero de la rosa, la ópera de Richard Strauss, que encierra alguna clave que ayudará a explicar el asesinato de Mariona.
 
 
¿Y si el jefe se había equivocado?
Se bajó del tranvía en la Plaza de España con la certeza de que, por primera vez en los tres años que llevaba trabajando para él, el señor Rubio se equivocaba. Echó un primer vistazo a los urinarios públicos en la esquina de la calle Cruz Cubierta, hacia los que se dirigía un hombre quitándose ya los guantes.
Un error. Era un error enviarla a ella al lugar de los hechos. Ninguno de los implicados le contaría nada. No solo porque fuera mujer; tampoco nadie estaría muy dispuesto a hablar del asunto con un hombre, ni las trabajadoras de la fábrica de bombillas ni los tipos con los que la detenida les organizaba encuentros.
En los asuntos con muertos de por medio era más fácil. La muerte hace locuaz a la gente, sobre todo a los que no llega a golpear de cerca, sino solo roza desde el parentesco lejano, la vecindad o la casualidad. Como el hambre voraz después de los entierros, la presencia de un muerto provocaba ansiosas verborreas, aunque la persona con quien hablara no hubiera visto más que la punta del zapato del cadáver.
Pero en un caso como el de la lotera alcahueta todos preferirían no saber nada. ¿Acaso creía su jefe que a ella se le sincerarían las chicas de la fábrica que ganaban un dinero extra con las citas amorosas que les concertaba la enana? ¿Cómo se imaginaba que se dirigiría a ellas?
–Hola. ¿Tú eres una de las que…? Ya me entiendes, ¿no?
Tampoco podía esperar que merodeara cerca de los urinarios públicos y abordara a los hombres, a los posibles clientes, cuando se aproximaran a la puerta con mal disimulada prisa, o peor, que encarara a los que salían con paso tranquilo, alguno todavía con los últimos movimientos de cerrarse la bragueta, y aprovechara esos segundos de alivio masculino para sorprenderlos con la pregunta:
–Disculpe, caballero, ¿no será usted cliente de Paulina Sánchez?
Lo más probable sería que el hombre saliera huyendo. Unos, incómodos al verse abordados justo en ese momento por una mujer joven que preguntaba por un nombre desconocido. Otros porque, si bien era conocida como «la lotera» o «la enana de los ciegos», sabían quién era Paulina Sánchez, sobre todo sus clientes, y la tomarían por una chivata de la policía.
A la mujer la habían detenido hacía tres días por una denuncia anónima de una de las trabajadoras de la fábrica de bombillas Z, en la cercana calle México. Se sentaba todas las mañanas con sus números de lotería de los ciegos, pegada a la pared de los urinarios públicos. La llamaban «la enana de los ciegos» porque medía poco más de un metro treinta. Tenía la espalda muy encorvada; el torso parecía casi del mismo tamaño que la enorme cabeza. Apenas le llegaban los pies al suelo desde el asiento de la silla de enea.
Ana la había reconocido en la foto policial que le había mostrado Rubio. La había visto muchas veces en ese lugar, con las tiras de cupones colgadas del pecho, siempre rodeada de hombres. Ahora sabía que no se trataba de compradores de números de lotería.
Paulina Sánchez llevaba tiempo ejerciendo de alcahueta y todo parecía funcionar bien: los hombres se dirigían a ella para que los pusiera en contacto con alguna mujer de la fábrica. La lotera tanteaba las preferencias de edad, complexión o color del pelo del mismo modo que los compradores de números de lotería los pedían acabados en ocho, o impares, o que no contuvieran cincos. Ella concertaba día y hora y les daba la dirección del meublé.
Un mecanismo que había funcionado sin contratiempos hasta que, por lo visto, alguna pieza había fallado y había dado al traste con el negocio. No podían haber sido las mujeres, a ninguna de ellas le interesaba que se hiciera público, y no acababa de creerse la versión oficial de que una de las trabajadoras nuevas en la fábrica la hubiera denunciado porque se sintió ofendida cuando la lotera le ofreció sus servicios.
Aunque no esperaba poder averiguar nada nuevo para su artículo, llevaba un rato yendo y viniendo desde la esquina en la que estaban los urinarios públicos hasta el bar La Pansa. De vez en cuando miraba su reloj de pulsera para fingir que estaba esperando a una cita que se retrasaba. Algo, no sabía qué, si era el instinto periodístico, la tozudez o la experiencia que había adquirido en cuatro años de profesión, le impedía marcharse a decirle al señor Rubio que en esa ocasión pisar la calle, «mancharse los pies de barro», no había servido para nada.
No se los había manchado, pero se le estaban quedando helados por el frío. Decían los periódicos que las temperaturas de ese invierno estaban siendo las más bajas que se registraban en años. Los más exagerados hablaban de «la nueva glaciación del 56». Tal vez fuera cierto. El viento húmedo y cortante de finales de enero ya había encontrado los resquicios por los que colarse en su abrigo. «Cinco minutos más y me marcho», se repitió varias veces mientras recorría la acera de un lado a otro con los brazos cruzados. «Cinco minutos. Los últimos», se dijo una vez más. Entonces, mientras decidía si buscar una cafetería en las calles cercanas para tratar de entrar en calor delante de un café con leche o volver a su casa, distinguió a un vendedor de cupones que se acercaba por la calle Cruz Cubierta. Apoyaba la mano derecha en el hombro de una niña que le hacía de lazarillo, cuyas trenzas negras eran más gruesas que sus brazos. Caminaban a buen paso, la gente con la que se cruzaban se apartaba al verlos y la niña esquivaba con presteza todos los obstáculos en el camino, ya fueran personas, perros u objetos.
El ciego aparentaba unos cuarenta años. Si no era el padre de la niña, por lo menos tenían que ser parientes, sus brazos y piernas eran también en extremo delgados. Con el viento, los pantalones de pana raída se le pegaban a unas pantorrillas que parecían carecer de carne. La tez del hombre, curtida por la intemperie, era tan oscura que los globos oculares resaltaban como si estuvieran iluminados por dentro.
Pasaron al lado de Ana. El hombre llevaba las tiras de cupones prendidas con pinzas a la solapa del abrigo. La niña lo guio hasta la pared en la que daba el sol, el mismo lugar en el que se sentaba la enana, comprobó que llevara todos los botones abrochados y se despidió de él. El ciego le dio unos cachetes en las mejillas.
La niña se alejó. Antes de subirse a un tranvía en dirección al Paralelo, se volvió un par de veces como si quisiera cerciorarse de que había dejado al hombre en el lugar correcto.
Tal vez fuera porque habían ganado experiencia a fuerza de pisar calle, o tal vez porque los tenía helados, pero sus pies tomaron la iniciativa. La cabeza empezó a urdir el plan cuando ya casi había llegado delante del ciego.


miércoles, 27 de mayo de 2015

DARÍO JARAMILLO AGUDELO. MEMORIAS DE UN HOMBRE FELIZ
 
Créame. Soy un hombre feliz y en las páginas que siguen me propongo contarle cómo alcancé la felicidad.
En otras palabras, ésta es la historia de cómo asesiné a mi esposa, si bien aquí no se trata de una confesión y en términos oficiales no puede hablarse de asesinato. Es más, existe un certificado médico que explica las causas naturales que la llevaron a la tumba. Allí la acompañé, con cara y dignidad de viudo, sin lágrimas públicas pero insinuando sin insinuar, con pudor, los llantos privados que nunca ocurrieron. Nadie sospechó, nadie sospecha, que urdí un plan tan perfecto que, gracias a él, Regina García, mi esposa por más de veinticinco años, abandonó este mundo. Ya le contaré.
Estas memorias tienen tanto de confesión como que se trata del relato de unos hechos por su protagonista. Hay confesión porque se oye la voz de una primera persona, un yo, el único que conozco, pero no porque tengan el carácter de expiación. No me siento culpable, no me remuerde la conciencia, ni percibo en mí la mancha del pecado. Al contrario, cuando pienso en cómo me deshice de Regina, me invade el placer de cierta justicia cumplida, de un precio que cobré, de una especie de rescate de mí mismo. Fue el crimen perfecto, guarde el secreto, sellado con la firma del médico que la trató durante las enfermedades, certificando la muerte natural de Regina. Mi historia puede ser leída como la experiencia de un marido liberado, como una fábula cruel pero con final feliz.
Una fábula útil, no una novela -si bien está determinada a adquirir su forma-, pues no pretendo poseer imaginación -todo lo contrario-, de manera que no soy idóneo para inventar una ficción.
Ni novela ni confesión, tal vez memoria científica, informe de caso, mi empeño es producir un libro útil, escueto, que vaya al grano, de manera que me limitaré a los hechos: cómo era yo antes de alcanzar la felicidad, qué obstáculos me impedían adivinar que lograría esa plenitud, de qué modo descubrí que estaba obligado a suprimir a mi esposa y cómo lo planeé y ejecuté. Tal es el contenido de estas memorias.
 
 
Hola, buenas tardes, bienvenidos a Todos los libros un libro. Estaréis de acuerdo conmigo en que después de haber escuchado la lectura de un texto como el precedente es imposible que no os hayan asaltado las ganas de acudir de inmediato a una librería y haceros con un ejemplar del libro cuyo primer capítulo contiene párrafos tan atrayentes. Pues bien, os aseguro que de ser así, de haberos dejado llevar por el prometedor estímulo que proporciona un inicio tan poderoso y provocador, no os sentiréis decepcionados, pues el resto de la novela, de esta magnífica novela que hoy os presento, es tan sugestivo e interesante, tan lleno de humor e inteligencia como el fragmento con el que he abierto hoy nuestra pequeña sección.
 
Se trata de Memorias de un hombre feliz, su autor es el colombiano Darío Jaramillo Agudelo y lo publicó en 2010 la valenciana Editorial Pre-textos. Escrita en primera persona, el narrador, Tomás, un ingeniero nacido en 1940, cuenta retrospectivamente la historia de su acceso a la felicidad, una felicidad que pasa necesariamente, como acabáis de escuchar, por la muerte de su esposa. No sé quién soy, de eso tengo certeza, escribe nuestro esquivo protagonista, que una y otra vez reflexiona sobre los límites de realidad y ficción en su relato: disfrazo esta historia como una novela porque me es útil la coartada de la ficción y porque en el empaque de novela, está visto, cabe cualquier cosa. Este análisis lateral pero presente en varios momentos de la obra, estas elucidaciones sobre la confusión de los géneros, memoria y crónica, autobiografía o narración novelada, forman parte sustancial del libro que se abre con una, a este respecto, significativa cita de John Barth que es toda una declaración de intenciones literarias: Definir la ficción como una especie de representación verdadera de la distorsión a que todos sometemos la vida.
 
De manera que hay metaliteratura en esta estimable novela, y hay filosofía también con las disquisiciones sobre el tiempo y su transcurrir, sobre los enigmas de la propia identidad, sobre lo que nos hace felices, sobre, en último término, el sentido de la existencia, hay divertidos sofismas con los que el protagonista intenta justificar su voluntad, este certero deseo de asesinar a su esposa, pero sobre todo hay una novela, una narración formidable, un agilísimo y muy fluido relato que da cuenta de casi treinta años de la vida de su peculiar, de su muy singular personaje principal. Por ello, inventada o auténtica, ficticia o real, la historia de nuestro feliz Tomás resulta, como os digo, muy interesante y merecedora de nuestra atención que no desfallece en ningún momento de la lectura. Una lectura que se ve interrumpida, no obstante, en la página 158, por un fallo imperdonable: el castigo que Dios infringió a Adán, con ese terrible infringir en lugar del adecuado infligir. En fin, ello no obstaculiza el disfrute pleno de este estupendo libro.
 
Tomás es un científico, de mente racional, odia la improvisación, detesta el apresuramiento, la agitación, lo espontáneo. Desde joven trabaja con máquinas, que lo fascinan y a las que ama porque en ellas sólo hay rutina, previsibilidad, monotonía, idéntica repetición de lo mismo, siguen siempre un ritmo constante, sin prisas ni dilaciones, fieles a los rigurosos mecanismos que las gobiernan. Descree, por tanto, en su búsqueda de la felicidad, de los sentimientos, del amor. Dice: entre los caminos que no conducen a la felicidad, acaso el más equivocado es el amor, que tiene la apariencia engañosa de ser una vía rápida hacia la dicha. Mentira. Doy fe de que es mentira.
 
Casado por mera inercia con Regina, su jefa en la empresa de instalaciones industriales en la que trabaja, conviviendo con ella -anulado por ella- durante más de veinticinco años movido tan sólo por un cómodo ‘dejarse llevar’, su ideal, su paraíso, son sus máquinas, los relojes a los que es tan aficionado, la empresa a la que dedica doce horas diarias durante seis días a la semana, sin vacaciones. Trabajar mucho, amar el trabajo, hacerlo cada día mejor, señala, ése es el secreto de la felicidad.
 
El 27 de enero de 1990, a las diez de la noche y dos minutos, como registra con minuciosidad propia de su carácter estricto, en la fiesta posterior a la boda de su hija, Tomás constata, al recibir de su esposa un plato de comida en el que ésta había seleccionado por él ‘las cosas que más te gustan’, una austera mezcolanza de lomo de cerdo frío, repollo agrio y puré de patatas, constata, digo, que su vida entera es una impostura, una creación de su mujer. Viendo los platos de sus amigos, repletos de langostinos humeantes y bañados al curry, exóticas ensaladas y apetitosos aguacates, Tomás ‘cae del caballo’ y enlaza definitivamente los muchos indicios de dominio irracional y férreo de su esposa que, desperdigados, su vida le había mostrado con anterioridad, y cuya descripción detallada puntea la novela: las dietas de Regina, la falsa cultura de Regina, las superficiales amigas de Regina, los temas manía y los temas tabú de Regina, las modas de Regina, ‘lo que se usa’ en expresión recurrente de ésta. En ese momento iniciático de la cena en la boda de su hija, descubre que el Tomás de Regina era un invento de ella y que por debajo de él, existía otro Tomás, latente y oculto durante tantos años de opresión, de dictadura de su esposa. Entonces determina, no sin arduos y divertidísimos razonamientos y componendas, librarse definitivamente de ella acabando con su vida.
 
Memorias de un hombre feliz, de Darío Jaramillo Agudelo, publicado por la editorial Pre-Textos es, en definitiva, un libro muy interesante que os recomiendo vivamente porque encontraréis en él momentos francamente entretenidos además de, por debajo de esa apariencia fácil y hasta ligera, auténticas cargas de profundidad contra muchas absurdas ideas dominantes, en forma de sugestivos temas de reflexión sobre el sentido de nuestras vidas, sobre nuestra impostergable aspiración de la felicidad y sobre la casi siempre desgraciada ausencia de ésta.
 
Como contrapunto al tono humorístico con el que en el libro se tratan las relaciones conyugales, la canción elegida para complementar mi comentario, Behind the Wall, de Tracy Chapman, narra la cara amarga de la convivencia marital a través de un episodio de violencia doméstica.
 
Os ofrezco también -como cierre a mi reseña- otra manifestación de la obra literaria de Darío Jaramillo, su poesía. Extraído de Poemas de amor, el bello libro del colombiano que publicó la editorial Visor en 2013, os dejo Primero está la soledad, un poema relacionado, en cierto modo, con el motivo principal de la novela que acabo de comentaros.
 
 
Primero está la soledad.
En las entrañas y en el centro del alma:
ésta es la esencia, el dato básico, la única certeza;
que solamente tu respiración te acompaña,
que siempre bailarás con tu sombra,
que esa tiniebla eres tú.
Tu corazón, ese fruto perplejo, no tiene que agriarse con tu sino solitario;
déjalo esperar sin esperanza
que el amor es un regalo que algún día llega por sí solo.
Pero primero está la soledad,
y tú estás solo,
tú estás solo con tu pecado original -contigo mismo-.
Acaso una noche, a las nueve,
aparece el amor y todo estalla y algo se ilumina dentro ti,
y te vuelves otro, menos amargo, más dichoso;
pero no olvides, especialmente entonces,
cuando llegue el amor y te calcine,
que primero y siempre está tu soledad
y luego nada
y después, si ha de llegar, está el amor.
 
 

miércoles, 20 de mayo de 2015

LUIS LANDERO. HOY JÚPITER; ABSOLUCIÓN; EL BALCÓN EN INVIERNO
 
Hola, buenas tardes. Bienvenidos un miércoles más a Todos los libros un libro. Hoy, como cada miércoles, queremos proponeros una nueva recomendación de lectura que pueda resultaros de vuestro agrado. Esta tarde quiero hablaros de tres novelas muy difundidas, muy ‘publicitadas’, de un autor también bastante reconocido y hasta popular. Se trata de Hoy, Júpiter, Absolución y El balcón en invierno, tres de las últimas entregas novelísticas de Luis Landero, publicadas, como prácticamente toda su obra, por la editorial Tusquets.
 
Luis Landero debutó con la excepcional Juegos de la edad tardía en 1989, con la que fue Premio de la Crítica y Premio Nacional de Narrativa en 1990, y desde entonces ha mantenido una muy sólida carrera literaria centrada, con ligeras excepciones, en una serie de temas que han constituido las grandes preocupaciones de su obra desde aquella aparición fulgurante. El valor de la imaginación, el placer de las lecturas y el encantamiento que los libros proporcionan, la capacidad de transformación de nuestras vidas a través de la literatura, la búsqueda de la felicidad, el afán de todos los seres humanos por vivir otras existencias más logradas a las que casi nunca alcanzamos, el fracaso, la imposibilidad de realizar los sueños, el amor, sus gozos y sus frustraciones, la infancia, la anodina realidad cotidiana de cualquiera de nosotros, pobres hombres, oscuros y mediocres, son los leitmotivs recurrentes de la escasa media docena de novelas que nos ha ofrecido Landero desde entonces. De todo ello se ocupaba en ese Juegos de la edad tardía deslumbrante y también en magníficas obras posteriores como Caballeros de fortuna o El mágico aprendiz. Y ese es también el universo en el que se desenvuelven estas tres novelas, de 2007, 2012 y el pasado 2014, respectivamente, de las que hoy quiero hablaros.
 
En la primera de ellas, Hoy, Júpiter, aparecen, además de los temas reseñados, otros menos habituales en la producción literaria de Luis Landero: el odio, las venganzas y los enfrentamientos familiares, la alargada sombra de los padres sobre la vida de los hijos, sobre todo cuando se trata, como ocurre con uno de los protagonistas de la novela, de un chico sensible y algo frágil.
 
En el libro se narran dos historias paralelas en capítulos alternos; dos historias que sólo hacia el final de la novela acaban confluyendo. Por un lado, asistimos a la infancia, la adolescencia, la juventud, a la vida en suma de Dámaso Méndez, un hombre marcado por el influjo negativo y castrador de un padre que traslada a su hijo todos sus anhelos de realización que él mismo no ha logrado completar, hasta provocar en el niño un odio, una frustración, un resentimiento y un afán de venganza que le acompañarán en todo su periplo vital. Por otro lado, se nos muestra la existencia de Tomás Montejo, un profesor de literatura en un instituto de secundaria. Tomás es un apasionado de la escritura, de los libros, de las palabras, de la creación literaria y de su enseñanza. Escribe también con el deseo de lograr el éxito y el reconocimiento, de seducir y conquistar a las mujeres, a sus mujeres, Marta primero y Teresa más tarde. Su vida, como la de casi todos los personajes de la obra de Landero, es una vida mediocre, roma, en la que los mayores logros se producen en la imaginación. Ambos personajes viven sus oscuras existencias, que transcurren entre diversas peripecias para, como digo, acabar entrelazándose al final en un desenlace común que incorpora elementos, incluso, de una novela de intriga.
 
Absolución, elegida mejor novela del año 2012 por los críticos del diario El País, abunda en la temática habitual de Landero a partir de la historia de Lino, que un jueves de mayo, un día de primavera a escasas horas de su boda, repasa su existencia desde su infancia insatisfecha aunque llena de sueños hasta el momento en que conoce a Clara, la mujer de su vida, con la que va a casarse el próximo domingo y que le aportará esa felicidad que ansía y a la que lleva aspirando toda la vida. ¿Será posible que, al fin, hayas logrado ser feliz?, se dice, incrédulo, en vísperas del esperado acontecimiento. El relato de la trayectoria vital de Lino se articula en torno tres capítulos, de los cuales los dos primeros son formidables, mientras que el último decae, a mi juicio, al adentrarse el autor por vericuetos algo estrambóticos, poco creíbles -por más que en las novelas todo esté permitido y los lectores aceptemos la convención que nos obliga a suspender durante su lectura el juicio de verosimilitud- y, en cualquier caso, algo disonantes con el tono del resto de la obra. La narración de la infancia, la adolescencia y la juventud insatisfactorias y estériles del pobre Lino es espléndida y remite a las mejores páginas de Landero. La humilde y triste vida familiar, la condición de inválido del padre, el segundo plano anodino y resignado, apagado y vencido, de la madre, el aburrimiento del chico en los días escolares, su deambular, solitario y sin rumbo, por los descampados de la ciudad, refugiado en las palabras (tedio, contingencia, absurdo, ironía, destino, cobardía, valor) que moldean su manera de ser y pensar, su vagabundeo vital y laboral, su permanente necesidad de huir, siempre y de cualquier lugar o situación en que se encontrara; y, como contrapunto, las visitas a un lejano pariente, Don Gregory, que languidece en una residencia de ancianos y que abre para él y para sus progenitores, con la perspectiva de una herencia difusa, un sueño a la postre frustrado, el anhelo quimérico de una vida mejor encarnada en una Australia exótica, lejana y de perfiles casi míticos, completan un primer capítulo emotivo e intenso en el que aflora, con toda su crudeza, el sinsentido y el asco, el fracaso y el tedio existenciales del muchacho. Examinó su vida y vio que sólo quedaba de ella, tras el saqueo, el orgullo y la furia, y por supuesto el desprecio hacia el mundo, piensa Lino en un momento de la obra. O también esta otra significativa descripción de los “demonios” interiores del personaje: Como el animal enfermo o herido, que se esconde en la espesura y gruñe a los intrusos, también él buscó amparo en el fondo de su madriguera. Allí, huraño y lastimado, conoció el placer de entregarse incondicionalmente a la fatalidad, la añoranza de lo no vivido, la alegre y grata servidumbre, la enajenación y plenitud de los sentidos, el vivir en la contradicción como pez en el agua, la furia, la desesperación, la dejadez y el ansia, los celos, la esperanza y el miedo…
 
En el segundo capítulo, el joven se incorpora al mundo laboral y en él, pese a su escepticismo y desesperanza, encuentra el amor. Lino abandona su aislada madriguera y se abre a la vida -porque el amor todo lo cambia, nos hace sabios, alegres, generosos- gracias a Clara, una mujer magnífica, inteligente y bella. Y surge entonces, pletórica y vital, incandescente, radiante, como un obsequio del destino, la felicidad. Una felicidad que, sin embargo, se va a ver amenazada -y no quiero adelantar ningún elemento sustancial de la novela- por un confuso incidente en el que el joven se ve envuelto cuando ese primaveral jueves de mayo se encamina, tan ágil y feliz, tan emprendedor, tan dueño de sí mismo y del futuro, hacia la comida en la que despedirá su soltería con su familia y la de Clara. A partir de este inquietante acontecimiento, la narración cambia radicalmente, la trayectoria de Lino también, al verse envuelto en una serie de peripecias insólitas que Landero nos describe -con un enfoque muy distinto a los anteriores- en ese para mí muy discutible y no logrado capítulo tercero.
 
Por último, en El balcón en invierno, Landero parece cambiar el registro habitual de su obra literaria, deslizándose de la ficción a una suerte de narración autobiográfica. Pero ello es así sólo en apariencia, pues las novelas del extremeño siempre han contado con una significativa presencia de elementos extraídos de la propia vida del escritor, aunque convenientemente ficcionalizados hasta el punto de parecer meras referencias secundarias casi ocultas por la poderosa capacidad de invención del autor. En este caso, con los mismos parámetros temáticos y estilísticos que de costumbre, cambia, tan sólo, la “proporción”, el peso de dichos elementos biográficos en la trama final; unos rasgos vinculados a la personalidad “real” del propio Landero que adquieren esta vez un lugar central, destacado, primordial -empezando por la fotografía de un joven Landero con su abuela que se nos ofrece en la portada- en este conmovedor El balcón en invierno, una obra espléndida aunque, a mi juicio, menor, en la deriva literaria del muy sensible escritor.
 
El libro narra la infancia y la adolescencia del autor, una infancia que se desarrolla en Alburquerque, el pueblo extremeño del que es originario Landero, y una adolescencia en la que un traslado familiar lleva al joven a Madrid y, en concreto, al entonces muy humilde y casi marginal barrio de Prosperidad. Moviéndose en torno a una estructura temporal oscilante, que salta de continuo hacia adelante y hacia atrás, retrotrayéndose hasta los años de la guerra para dar cuenta de la biografía de su padre, y con significativas calas en las décadas de los sesenta y los setenta del pasado siglo así como en los días del presente, Landero nos presenta su vida, en un relato -que alterna la primera y la tercera persona- en el que destacan la recreación del entorno familiar, la fidedigna descripción de la atmósfera de una época -la España de la posguerra- y, sobre todo, el acercamiento a una biografía, la del propio escritor, un joven soñador y sentimental, atrapado por la poesía y el encantamiento de los libros, romántico y fabulador, enormemente sugestiva tanto por sí misma como por lo que tiene de significativo emblema de la vida de nuestro país en aquellas décadas del franquismo que, vistas desde el presente, y pese a lo ominoso y aborrecible de aquel régimen, el autor no puede dejar de percibir sino con nostalgia.
 
Los Landero proceden de un familia judía de hojalateros ambulantes que se instala en Alburquerque en el siglo XV. La pobreza, el miedo difuso (a la autoridad, a las tormentas, a las cosechas arruinadas, a las mudanzas, a las enfermedades, a los rayos, a las lluvias, a los curas, a los cambios), la precariedad de la vida, marcan la infancia del niño en el pueblo extremeño, una infancia, empero, feliz, hecha de libertad, de embelesado encantamiento por las historias mágicas de la abuela Frasca, de días interminables bañándose en la alberca, trepando a los árboles, cazando ranas, corriendo por los campos, en contacto con contrabandistas y guardias civiles, músicos ambulantes y vendedores de sardinas, curanderos y merchantes, personajes habituales en aquella zona fronteriza con Portugal.
 
En esta evocación de la infancia destacan la poderosa figura del padre, que hizo parte de la guerra con los nacionales y parte con los republicanos, su elemental autoritarismo (espléndida la rotunda imagen de la garrota del progenitor -que está ya presente en Absolución-, su brusco golpe al colgarla en la percha cuando volvía de la calle -hubiera querido ser cariñoso, pero todos le teníamos miedo-), su muerte en verano de 1964, tras el ilusionado traslado de la familia a Madrid, la madre trabajando en casa con sus hijas, afanadas ante la tricotosa, el permanente runrún de la máquina, el único libro -El calvario de una obrera o Los mártires del amor, de León Montenegro- del que disponía la familia (probablemente ya estaba en la casa cuando los padres la compraron), el trasiego del chico por distintos oficios -aprendiz en un taller mecánico, dependiente en comercios varios, oficinista- a los que le llevaba el padre, que pretendía que su hijo se convirtiera en un hombre de provecho (el sueño paterno: que sea abogado, para darle en la cara a la “gente gorda”), su evolución posterior, sus voluntariosos aunque oscuros estudios en academias nocturnas y algo siniestras, sus peripecias como guitarrista flamenco, frecuentador de la vida nocturna, de festivales y programas televisivos (magnífico el relato del encuentro -quizá sólo soñado- con Sofía Loren).

Y con este escenario de fondo, la España rural y el Madrid aún castizo aunque abriéndose tímidamente a la modernidad en el tercer cuarto del siglo pasado, El balcón en invierno nos cuenta, sobre todo, la educación sentimental de su protagonista, el propio Landero, un chico fantasioso, un mentiroso que inventa historias de continuo (el piano tan largo que se necesitaban veinte músicos para tocarlo, el cabezazo de Di Stéfano -desde fuera del área- que partió un larguero, el cielo de Madrid lleno de globos aerostáticos), un joven que -ya se ha dicho- quiere ser poeta, pues a los quince años, dejé de creer en Dios, afirma, y me encontré creyendo en Gustavo Adolfo Bécquer, atrapado por la magia que encerraba su primer libro propio, Las mil mejores poesías de la lengua castellana. Un chaval arrebatado por los sueños que lo alejan de su aparentemente irremisible destino: yo no quería ser oficinista, ni casarme, ni echar barriga sentado ante una mesa, yo quería ser vagabundo y poeta, o marino mercante, o maquinista de tren; impulsado por sus aspiraciones de intensidad y belleza, por sus anhelos de amor y libertad (siempre, siempre, el viejo, el incansable afán, el particular leitmotiv del extremeño, presente en toda su obra); atrapado por el encanto de las palabras, una vez más las palabras: añoranza, inefable, heliotropo, taciturno, iridiscente, madreselva, plenitud, doliente; fascinado por el fervor de la lectura, que lo llevaría hasta los cuatro o cinco mil libros que atesora en su presente adulto (quién me iba a decir a mí que iba a tener tantos y tantos libros).

Y en ese dibujo detallado de su personalidad juvenil comparecen los amores frustrados, el desdén de las rubias, las mujeres prohibidas e inalcanzables, las catástrofes sentimentales, las canciones románticas, la timidez y la tristeza y la soledad y el desarraigo y el dolor. Y también las dudas: ni de ciencias ni de letras; en el fútbol, ni atacante ni defensor, no sabiendo si crear o destruir, no figurando ni como titular ni como suplente; y hasta la vivencia del dilema entre el inocente misterio del campo y la naturaleza y la moderna ebullición de la civilizada ciudad. El signo de mi vida, escribe, la ambigüedad, el desarraigo, el merodeo, la vaguedad de los contornos, la indefinición de las tareas.

Y todo ello evocado desde la memoria y la nostalgia: También en la vida real la memoria funciona así, con pasajes subrayados y notas marginales, con detalles cargados de sugerencia, a veces convertidos en símbolos. Hay épocas de nuestra vida de las que apenas recordamos nada. Años que, por intrascendentes y rutinarios, que son casi todos, la memoria ha ido abandonando hasta entregarlos al más atroz de los olvidos. ¿Qué hice yo cuando tenía treinta y cuatro, veintiséis, cuarenta y ocho años? Imposible saberlo, fuera de algún episodio excepcional o del vago contorno de las tareas habituales, de las costumbres fuertemente arraigadas. Fuera de eso, y salvo que se escriba, porque lo que no se escribe se pierde sin remedio, recordamos si acaso un olor, un sabor, un gesto, un rostro, la pesadumbre de una lejana tarde de lluvia, y a menudo queda tan solo una sensación casi inefable, una sensación que es la experiencia destilada en el alma y hecha ya sentimiento. Y los sonidos, cómo no, la banda sonora de la memoria, porque a veces del pasado no nos llegan tanto las palabras y las cosas como las voces, los ruidos -el golpe de una garrota en la percha-, las risas, los murmullos, la honda significación del silencio en ciertos momentos definidos precisamente por las pausas, como ocurre a menudo en la música, en el teatro o en el cine.

Voy a dejaros con un par de fragmentos significativos de Hoy, Júpiter y El balcón en invierno. En el primero de ellos, entre otras cosas, se incorpora una explicación de su título. En el segundo, la atmósfera de nostalgia y melancolía, la presencia de los sueños, de la escritura como superación de la siempre chata realidad, la irreprimible añoranza de lo que no se ha vivido, constituyen un excelente resumen de toda la obra de Landero. Yesterday, el clásico de los Beatles, que el protagonista escucha en la novela en sus días de adolescencia, cierra por hoy esta reseña.


En el silencio de la madrugada, tumbado en la hierba fresca de una arboleda, recuerdo que se veían entre el ramaje las estrellas, ya débiles y lejanas, y que entonces me acordé de una cosa que me había contado mi socio René allá en la cárcel, y fue que una vez estuvo en Santiago de Chile y que, en una placita, vio una noche a un viejo vestido pobremente que tenía instalado un telescopio de latón, aún más viejo y pobre que él, y un cartelito de cartón al lado donde ponía con mala letra: ‘Hoy, Júpiter’. Cobraba sólo la voluntad, y cada algunas noches, según las órbitas o a saber qué, cambiaba de astro. Según René, apenas se veía un resplandor difuso, pero el viejo, muy serio, decía: ‘Ése es Júpiter’, o ‘Ésa es la Hidra’, o ‘Ése es Tucán’, o ‘Ése es Venus’, y el que quería se lo creía y el que no, no. Y allí, tumbado bajo las estrellas, pensé: ‘Ya está, se acabó. Ya no soy abogado ni músico ni nada’, y me pareció que en ese momento despertaba de un sueño que empezó en la niñez. ‘Hoy, Júpiter’, me decía en alto, y en vez de dolor me sentía liberado y feliz, como si flotara, o al menos así es como lo recuerdo.

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De pronto se me representó con total y desolada nitidez lo que habría de ser mi vida en los próximos años. Dos, tres, cuatro, quizá hasta cinco años, sentado en esta mesa, ante este atril —las cervicales—, rodeado de plumas y lápices, de cuadernos, agendas, cartulinas, folios para sucio, papelitos con notas tomadas al vuelo, latas aplastadas de Mahou, rachas de júbilo y momentos de angustia, y siempre a vueltas con el jubilado y sus andanzas, mientras afuera, tras el balcón, florecería y se marchitaría la acacia, perdería sus hojas, y el viento arrastraría alguna hasta mi mesa como advertencia más que como ofrenda, y enfrente, en el inmueble del otro lado de la calle, la vertiente de un tejado con chimeneas y claraboyas y bohardillas, algún gato, balcones con bombonas de butano y alegres macetas de geranios, y a veces una violinista que se mece de pie ante un atril con gracia de arlequín, al compás de la música. Eso es todo, ese es el panorama que llevo viendo durante años desde mi puesto de trabajo.

Y, mirándolo ahora una vez más, me pregunté, o más bien acudió en tropel un cúmulo de sensaciones que podría verbalizarse más o menos así: ¿Qué vida absurda es esta?, ¿qué vas a hacer con los años, quizá no muchos, que te quedan por vivir? Porque llevo escribiendo desde la adolescencia y ahora soy casi viejo, ya pueden verse las primeras sombras del crepúsculo al fondo del camino. Pronto empezarás a oler a viejo, pensé. Estás en una edad en que las balas pasan cerca y, con suerte, podrás escribir aún otros dos, tres, cuatro libros quizá. Y siempre aquí, junto al balcón, junto a la acacia, y al fondo la estampa inalterable del inmueble vecino. Por si fuese poco, a veces caigo en la tentación de pensar que a mí en realidad no me gusta escribir, que a mí lo que me hubiese gustado es una vida de acción, y que todo esto de la escritura es el fruto de un espejismo, de un malentendido vocacional que se originó allá en la adolescencia, y que por tanto he equivocado mi vida y, a fin de cuentas, la he desperdiciado. La literatura me ha llevado además a estudiar filología y a ser profesor de literatura, a casarme con una filóloga, también profesora de literatura, a tener amigos filólogos, a abarrotar la casa de libros literarios, a rodearme de un modo casi enfermizo de plumas, de lápices, de sacapuntas, de cuadernos de todos los estilos y tamaños, de ingentes cantidades de papel. De adolescente soñaba con haber sido pistolero en el Lejano Oeste. Ahora cambio los cartuchos de tinta de la estilográfica con la misma rapidez y destreza que si recargara el revólver en una refriega contra los comancheros. Esto es lo que pienso en algunos momentos, mientras me quedo con los ojos suspensos en el aire.

Ya al anochecer, a veces se enciende la ventana de la violinista, tan joven, tan esbelta, y la enmarca en su rectángulo de luz como si fuese algo mágico, la silueta traviesa de un duende proyectada sobre el espacio irreal de un ciclorama. Cuando se cansa de tocar o hace una pausa, apaga la luz de la habitación y sale a fumar al balcón.

Entonces, al ver desde mi sillón de viejo enardecerse y palidecer en la oscuridad la brasa del cigarro, a veces siento una nostalgia llena de hondos pesares. Es nostalgia y pesar de la juventud, de la belleza, de la acción, de todo cuanto sucumbió al tiempo, pero también de lo que no llegó a vivirse, de los alegres decires nunca dichos, de las correrías nunca emprendidas, de los amigos que no tuve, del amor apenas entrevisto, de la vida dilapidada en vano, y de lo breve e ilusorio de los ahoras, de los mañanas y de los entonces, y de todo este pobre negocio de años y de afanes de que está hecha la vida.

miércoles, 13 de mayo de 2015

ALBERTO MANGUEL Y ÁLVARO ALEJANDRO. PARA CADA TIEMPO HAY UN LIBRO; AA.VV. LOS LIBROS EN THE NEY YORKER; GOFFREDO FOFI (ED.) ESCRITORES
 
 
El autor del Eclesiastés nos enseña que para todas las cosas “hay sazón” y que todo tiene su tiempo determinado; igualmente, sabemos que cada ocasión tiene su libro. Pero no todo libro, por supuesto, conviene a cualquier momento de nuestra vida. Compadezco al pobre lector que se halla con el libro equivocado en un percance difícil, como le ocurrió al pobre Amundsen, descubridor del Polo Sur, cuyo bolso de libros se hundió en los hielos y se vio obligado a leer, noche tras helada noche, el único volumen que pudo rescatar, un indigesto tratado del Dr. Gaudens titulado Retrato de Su Sagrada Majestad en Sus soledades y sufrimientos.
 
Es que hay libros para leer después de hacer el amor y libros para armarse de paciencia en el aeropuerto, libros para la mesa del desayuno y libros para el cuarto de baño, libros para las noches de insomnio en casa y para los días de insomnio en el hospital, y no pueden ser intercambiados.
 
Nadie, ni siquiera su propio lector, puede explicar cabalmente cuáles libros convienen a cierto momento y cuáles no. De manera misteriosa, algo inefable hace que ocasiones y libros se acuerden o se opongan.
 
La lista de libros que Oscar Wilde pidió para acompañarlo en la cárcel de Reading incluyeron La isla del tesoro y un manual de conversación franco-italiano. Alejandro Magno partía a sus campañas con un ejemplar de la Ilíada de Homero. El asesino de John Lennon consideró que un buen libro para tener en el bolsillo al cometer un crimen es El guardián entre el centeno de J. D. Salinger. No sé si los astronautas se llevan a bordo las Crónicas marcianas de Ray Bradbury o si, por el contrario, prefieren Los alimentos terrestres de André Gide. El risueño Bernard Madoff, condenado a la prisión, ¿pedirá acaso La pequeña Dorrit de Dickens para enterarse de cómo el señor Merdle, ese sutil estafador, incapaz de soportar la vergüenza al ser descubierto, acaba cortándose el cuello con una navaja prestada? El papa Benedicto XIII ¿se retirará a su studiolo en el Castel Sant’Angelo con Bubu de Montparnasse de Charles-Louis Philippe, para estudiar cómo la falta de preservativos ocasiona una epidemia de sífilis en el París fin-de-siècle? Prosaico, G. K. Chesterton imaginó que, si estuviese naufragado en una isla desierta, desearía tener consigo un Manual de construcción de embarcaciones. No sé cuáles libros me serán permitidos en mi último viaje.
 
Hola, buenas tardes. Con este esclarecedor preámbulo (que incluye sin embargo, a mi juicio, dos errores flagrantes) y con ocasión de la trigésimo quinta edición de la Feria del Libro que se celebra estos días en nuestra ciudad, Todos los libros un libro, el espacio de recomendaciones literarias en Radio Universidad de Salamanca, aprovecha el festivo acontecimiento que ilumina nuestra Plaza Mayor para proponeros algunas obras que tienen a los libros como protagonistas. Tres serán, pues, nuestros consejos de esta tarde, que os presentaré de manera sucinta para permitir un mínimo acercamiento a cada uno de ellos.
 
El primero de los libros escogidos, del que está extraído el fragmento con el que he abierto el programa de hoy, es Para cada tiempo hay un libro, una publicación de 2014 de la Editorial Sexto Piso en la que el argentino-canadiense Alberto Manguel incluye doce breves reflexiones sobre la lectura -de la que la leída es la primera de la serie- que se presentan complementadas con más de sesenta fotografías -también con los libros como centro- del joven artista mexicano Álvaro Alejandro.
 
Los textos de Manguel -lector furibundo y autor de numerosas obras sobre el tema, recuerdo ahora su excepcional e imprescindible Una historia de la lectura- abordan el fenómeno literario desde diferentes ángulos, todos extremadamente interesantes y sugestivos: la relación del autor con sus lectores, también con sus editores (entre otros enfoques, resalta la mezquindad de unos y la avaricia de los otros); los libros paganos y los profanos; la comparación entre las sociedades que han basado su relación con la palabra y el pasado en la tradición oral y las que lo hacen a partir del libro; la posibilidad que el libro abre, en cuanto objeto de fácil transporte, para la difusión de la cultura, contribuyendo así a que los rasgos particulares (los paisajes y los ritos, las costumbres y los saberes, las religiones, las mitologías y los dioses) trascendieran su entorno y devinieran universales, conocidos -compartidos- por todos; el “nomadismo literario”, el afán que lleva a los lectores a hacernos acompañar en nuestros viajes, nuestros exilios, nuestras trashumancias, de nuestros libros predilectos (en el siglo X, cuenta, Abdul Kassem Ismael, gran visir de Persia, para sentirse por doquier en casa, viajaba con su biblioteca de 117.000 obras cargadas a lomo de 400 camellos entrenados a marchar en orden alfabético); la secular e inicua obsesión -tan reiterada en el tiempo- que ha llevado al poder, a todos los poderes, a la destrucción de libros, y, simultáneamente, el espíritu heroico de quien pone en peligro su vida por preservar la de un libro sagrado o mágico o fundacional; los lectores enamorados, que buscan en las palabras decir lo indecible; la lectura de los clásicos y sus diversas vicisitudes en función de la edad del lector: el acercamiento apasionado de la adolescencia, la lectura filosófica y sabia de la vejez; la extraña vinculación entre el contenido de los libros y su continente, portadas, cubiertas, tipografías, evocada a partir del genial apotegma de Oscar Wilde: sólo la gente superficial no juzga por las apariencias; el, en fin, placer de la lectura y del contacto con la diversidad de los libros que atraviesan nuestras vidas, también la variedad de emociones que suscitan en nosotros, sus siempre apasionados lectores.
 
Las fotografías de Álvaro Alejandro complementan las distintas facetas de la lectura que afloran en las reflexiones teóricas de Manguel. Con los libros como protagonistas, se trata de imágenes inquietantes algunas, provocadoras otras; artificiosas y “construidas” las más, vagamente “documentales” y hasta realistas las excepciones; todas llamativas, sorprendentes, surrealistas, imaginativas, con un punto onírico, poéticas, abiertas a múltiples interpretaciones, todas también evocadoras y muy sugerentes.
 
Mi segunda propuesta de esta tarde tiene también un esencial componente iconográfico pues está integrada exclusivamente por imágenes, en concreto viñetas humorísticas. Los libros en The New Yorker es una selección de chistes gráficos, publicados originariamente en la prestigiosa revista norteamericana, que Miguel Aguayo, responsable también de la traducción de los textos que acompañan las ilustraciones, presenta en la editorial Libros del Asteroide.
 
En sus noventa años de existencia, y con un intenso ritmo de casi cincuenta números por año, The New Yorker ha publicado por entregas numerosas obras literarias, infinidad de críticas y reseñas, centenares de cuentos. A lo largo de su historia, la influyente revista ha prestado su espacio a algunos de los escritores más destacados de la literatura en lengua inglesa, y autores como Woody Allen, Hannah Arendt, Julian Barnes, Truman Capote, Raymond Carver, John Cheever, Roald Dahl, Joan Didion, E. L. Doctorow, Dave Eggers, Malcolm Gladwell, Dorothy Parker, J. D. Salinger, Anne Sexton, Susan Sontag, John Updike o Richard Yates, por citar sólo a unos pocos de los más conocidos, han aparecido en su sección de ficción.
 
Igualmente, en el ámbito del dibujo humorístico, son decenas de miles las viñetas que han visto la luz en sus distintas entregas, y nombres tan significativos en el universo del cómic o del humor gráfico como Robert Crumb, Otto Soglow (al que yo recuerdo con inmenso cariño desde su aparición en los TBO de mi infancia) o Art Spiegelman han sido asiduos visitantes de sus páginas.
 
En el caso de la obra que ahora os presento, su subtítulo, La literatura en viñetas, pone claramente de relieve que el objeto del ingenio de los más de sesenta dibujantes cómicos escogidos son los libros, que aparecen en cerca de doscientas viñetas agrupadas en cuatro secciones temáticas -autores, editores, lectores y libreros- repletas de inteligencia e ironía, agudeza y espíritu crítico, humor y causticidad. Os ofrezco, en paralelo a esta reseña, alguna de ellas.

Por último, para poner fin a mis recomendaciones de hoy y ya casi fuera de tiempo, Escritores. Grandes autores vistos por grandes fotógrafos, es una cuidada y voluminosa publicación -quinientas páginas- de la editorial Blume que recoge una antología, realizada por el ensayista y crítico cinematográfico italiano Goffredo Fofi, de doscientos cincuenta retratos -de los que algunos son debidos a los más importantes fotógrafos de la historia del género- de otros tantos escritores de relevancia universal, que se presentan acompañados de los correspondientes comentarios de presentación de cada uno de ellos, traducidos por Alfonso Rodríguez Arias, escritos por ocho autores, seis mujeres y dos hombres, también italianos y desconocidos por mí. Henri Cartier-Bresson, Robert Doisneau, Lord Snowdon, Elliott Erwitt, Inge Morath, Richard Avedon, Man Ray, Gisèle Freund, Sebastião Salgado o Robert Capa, entre otros muchos grandes artistas de la fotografía logran, con sus agudísimas cámaras, penetrar en las almas, descubrir la personalidad y hasta hacernos entender mejor, en cierto modo, la obra de autores como Martin Amis, Javier Marías, Italo Calvino, Haruki Murakami, William Faulkner, Sylvia Plath, Franz Kafka, Anna Ajmátova, Fernando Pessoa, Patricia Highsmith, Wislawa Szymborska, Pablo Neruda, Marcel Proust, Philip Roth, Zadie Smith, Antonio Muñoz Molina, José Saramago, Virginia Woolf o Jacques Prévert, por citar sólo algunos de los muchísimos -y muy variados en estilos, orígenes y épocas- escritores antologados. Os dejo como cierre el doble retrato, literario y fotográfico, de Samuel Beckett, debidos, respectivamente a Maria Baiocchi y al gran Cartier-Breson, para que, a partir de ellos podáis haceros una idea de lo muy interesante y atractivo que resulta el libro. Además, y aprovechando la mención a Prévert, cuyos poemas fueron frecuente objeto de versiones musicales, completo esta reseña con la emocionante versión que hace Yves Montand de su ya clásico Les feuilles mortes.
 
 
Samuel Beckett por Henry Cartier-Bresson
París 1964
 
La noche de la Epifanía de 1938, Samuel Beckett fue apuñalado en una calle de París por un proxeneta que había intentado en vano ofrecerle los servicios sus pupilas. El cuchillo le atravesó la pleura y le rozó el corazón y un pulmón. Una vez fuera de peligro, el escritor le preguntó al hombre por qué lo había agredido, y aquel le respondió: “No lo sé, señor. Lo siento”.
 
Aunque la víctima había decidido retirar la denuncia, el proceso continuó y el resultado fue, como escribiría un Beckett asombrado, que el señor Prudent (así se llamaba el sujeto en cuestión) pasó sólo dos meses en la cárcel, a pesar de ser reincidente, y en la prisión fue cuidado por sus pupilas, en tanto que él perdió su traje (cuerpo del delito) y corrió el riesgo de pasar por agresor al haber rechazado a empujones la oferta del proxeneta.
 
Misterios dolorosos del existir, de los que se convertirá en un símbolo Esperando a Godot, obra maestra absoluta del teatro del absurdo, fruto de un interés obsesivo por el lenguaje y, al mismo tiempo, metáfora de heridas insensatas.
 
Nacido en un suburbio de Dublín en 1906, en el seno de una acomodada familia protestante, Samuel, genial en los estudios pero de una naturaleza esquiva y muy tímida, es intelectual en extremo en un contexto burgués y contrario a lo intelectual. Huyendo del Dublín de la buena sociedad y de una relación tormentosa con su madre, hará de París su patria y del francés su lengua. En París empieza a escribir, inspirado, por lo menos inicialmente, por Joyce, de quien fue asistente. Pero, a diferencia de Joyce, Beckett procede por sustracción, llega a la desertificación, a la afasia, y trabaja sin red, en el vacío, sobre lo negativo, sobre los silencios, sobre la desintegración de la palabra, reducida a sonido, a balbuceo, a gritos.
 
En este célebre retrato de Henri Cartier-Bresson, Beckett queda desplazado a la derecha del encuadre, presto a salir de la imagen, con su piel marcada como un mapa, los ojos penetrantes, inquietos, los cabellos híspidos. Parece un ave de rapiña dispuesta a emprender el vuelo para caer sobre una presa que no nos es posible ver.
 
Maria Baiocchi