Vivo entre muchos libros y extraigo una gran parte de mis ganas de vivir del hecho de que aún leeré la mayoría de ellos. (Elias Canetti)

miércoles, 16 de marzo de 2022

REBECCA WEST. LA FAMILIA AUBREY; LA NOCHE INTERRUMPIDA; LA PRIMA ROSAMUND

Hola, buenas tardes. Sed bienvenidos a Todos los libros un libro, el programa de reseñas literarias de Radio Universidad de Salamanca. Esta semana continuamos con la serie femenina que, durante el mes de marzo y con ocasión de la celebración, la pasada semana, del Día internacional de la mujer, centra nuestro espacio con propuestas de libros escritos y, como ocurre en mi triple recomendación de esta tarde, también protagonizados por mujeres. 

Hoy os traigo a una autora que ya ha estado presente en nuestra emisión. Hace ahora casi once años, en mayo de 2011, os hablé aquí de Rebecca West y de la que, quizá, es su obra mayor -al menos la más popular y difundida-, El regreso del soldado, una maravilla que pese a haber sido escrita ni más ni menos que en 1918 (aunque su autora revisó el texto en 1980, tres años antes de su muerte) no llegó a ver la luz en nuestro país hasta un muy tardío 2008. Rebecca West es el seudónimo literario -extraído, al parecer, de una obra de Ibsen- de Cecily Isabel Fairfield. Las distintas notas biográficas que he podido consultar nos la presentan, con machacona reiteración, como escritora, periodista, crítica y feminista, incluyendo esta última condición como una muestra más de sus desempeños profesionales. Londinense nacida a finales del siglo XIX, en 1892, de vida longeva -murió en la capital británica en 1983-, fue, durante largos años, amante de H.G. Wells, con quien llegaría a tener un hijo. En 1930 se casó con un banquero norteamericano, por lo que gran parte de su carrera periodística y de su compromiso político se llevó a cabo en los Estados Unidos. Allí colaboró de modo habitual con distintas publicaciones, como The New Yorker, The New Republic, Sunday Telegraph y el Herald Tribune neoyorquino, además de su constante participación en medios socialistas y feministas, de cuyas causas siempre fue defensora. Combativa y con personalidad, su implicación como partidaria del Frente Popular en la guerra española y sus críticas al comunismo tras la segunda contienda mundial, le granjearon críticas y acusaciones desde posiciones políticas diversas y hasta opuestas (lo que siempre resulta una magnífica señal de libertad, independencia y criterio propio). Viajera impenitente, fue amiga de Doris Lessing y Virginia Woolf y amante, al parecer, de Charlie Chaplin. Tuvo un pequeño papel en Reds, la película de Warren Beatty sobre la revolución rusa. 

Su obra está bastante presente en nuestro mercado editorial, con una decena de libros traducidos, entre los que se cuentan El regreso del soldado, ya mencionado, un par de notables ensayos, Un reguero de pólvora y El significado de la traición, que editó Javier Marías en su Reino de Redonda, y, por supuesto, la trilogía que ahora os presento. De corte claramente autobiográfico, el ciclo centrado en la familia Aubrey se compone de tres novelas, The fountain overflows, publicada en 1956, This Real Night, que apareció en 1984, tras la muerte de su autora, y Cousin Rosamund, también póstuma, de 1985. En nuestro país los tres libros aparecen, con títulos distintos, La familia Aubrey, La noche interrumpida y La prima Rosamund, en 2019, 2020, 2021, respectivamente, todos en Seix Barral y con la traducción de Andrés Barba y Carmen Mercedes Cáceres, los dos primeros, y Andrés Barba en exclusiva, el tercero. 

No quiero dejar de hacer aquí un apunte acerca de un par de aspectos relativos a la edición, accesorios, pero, también, con una cierta significación. Con respecto a la traducción, se deslizan, en ocasiones -escasas y que no desmerecen el trabajo ni entorpecen la lectura-, ciertas deficiencias. A modo de único ejemplo, este párrafo extraído del tercer volumen: había cometido un ligero error, apenas visible, en el bordado, un error que amenazaba con hacer que la prenda no fuera perfecta, y ella había salido y pagado de su bolsillo un nuevo material para hacer el trabajo de vuelta [la negrita es, obviamente, mía]. Traducir de modo literal un previsible to do the work back por “hacer el trabajo de vuelta”, en vez de “volver a hacer el trabajo” o “recuperarlo” o “rehacerlo” no parece, ciertamente, la opción más “elegante” (y debo hacer constar, aunque me lloverán las críticas de los escasos entusiastas que me lean, que no he podido acceder a la edición inglesa original ni, de haberlo hecho, me hubiera servido de mucho, dado que mi conocimiento de la lengua de Shakespeare es sólo ligeramente superior al que tengo de la escritura cuneiforme, que, a su vez, es idéntico al del swahili, en donde no paso del hakuna matata). 

Mi segunda consideración preliminar tiene, en cambio, un alcance de mayor calado, pues afecta al actual debate sobre los límites de la libertad de expresión, las estrecheces intelectuales que impone la corrección política, la revisión del pasado con criterios ideológicos presentes, y todas sus derivaciones en forma de petición de perdón por presuntos crímenes cometidos por nuestros supuestos antepasados, destrucción de estatuas de próceres de trayectoria “no intachable”, borrado de obras literarias, rechazo de las inconcebibles “apropiaciones culturales” o cancelación de aquellos aspectos de la creación artística que no encajan en los puritanos parámetros que imponen las visiones reduccionistas de unos fanáticos “nuevos sacerdotes” guiados por la angostura de su reaccionaria moral. En este caso la sangre no llega al río, aunque sí resulta revelador del estado de cosas dominante sobre estos asuntos en nuestros días el que la editorial española, por su cuenta y riesgo, se considere obligada a incluir, al comienzo de La prima Rosamund, una nota a pie de página (“N. del e.”, nota del editor, figura en ella; doy por hecho que su responsable es, pues, Seix Barral) que, literalmente, reza (no se me ocurre verbo más apropiado) así: Ni las hermanas Aubrey ni otros personajes de este volumen escapan al racismo, el sexismo y a la homofobia de la época: Rebecca West los mostrará, en ocasiones, aferrados a sus prejuicios en un mundo cambiante, si bien en su escritura pervive inequívocamente la defensa de las libertades y su sensibilidad feminista. ¿De verdad cree el editor que algún lector de Rebecca West carece de la inteligencia y la sensibilidad, del espíritu crítico y la independencia intelectual suficientes como, para por su cuenta y sin “dirigismos” ni tutelas, poder formarse su propia opinión acerca de la visión del mundo de la autora (defensa de las libertades y sensibilidad feminista, claro está, comme il faut)? ¿La estulticia y el infantilismo generalizados han llegado hasta tal punto que nos vamos a ver obligados, a cada paso, a tener que leer -o peor aún, que formular nosotros mismos- disculpas anticipadas que se adelanten a la más que probable furibunda reacción de algún ignaro “ofendidito”? ¿Es indispensable que todo el mundo -en este caso el editor- tenga que poner la venda antes de la previsible herida -mero “postureo” narcisista para que uno mismo quede bien ante el espejo- infligiendo al resto del universo -aquí, el lector- la tortura que supone soportar el que se nos diga, con insufrible insistencia, cuál es el “modo correcto” de pensar (ponderando, de paso, el hecho de que el que habla o escribe se sitúa, obviamente, en ese lado “cool” de la vida; insisto: defensa de las libertades y sensibilidad feminista)? ¿Va a ser necesario que los autores, creadores, editores, empresarios teatrales o cinematográficos, distribuidores y tutti quanti, nos prevengan (en el fondo: se excusen de modo pueril) cada vez que un personaje -en el cine, en el teatro, en el arte, en la literatura- defienda unos postulados o se exprese en unos términos o muestre un enfoque de la realidad que no encaje en las mojigatas prescripciones que exige la ridícula modernidad? Y luego nos extraña que hasta el debate sobre las canciones de Eurovisión dé paso a una controversia pública -y hasta política- en la que reivindicativos apéndices mamarios e identitarias lenguas autóctonas interfieren en el juicio meramente musical. En fin, simplemente estomagante. 

Al margen de los apriorismos ideológicos y pese a los dictados de la corrección política, la serie de la familia Aubrey es una obra sobresaliente. Los Aubrey son una familia singular. Mis padres siempre habían sido incapaces de hacer ciertas cosas que suelen resultarle sencillas a la gente corriente. Mi padre no consiguió dar a su mujer y a sus hijas un hogar que no estuviera permanentemente amenazado por la ruina. Mi madre era incapaz de vestirse de una manera convencional, casi podría decirse que ni siquiera lo bastante pulcra como para no llamar la atención al salir a la calle. Pero al mismo tiempo los dos hacían cosas que sobrepasaban la capacidad de la gente corriente, afirma Rose, una de las hijas, la voz que narra en las tres novelas. 

El padre, Piers, es filósofo, periodista, escritor, un pensador inteligente, un aventurero objeto de admiración (había atravesado los Andes a lomos de una mula, había cruzado el cabo de Buena Esperanza en cuatro ocasiones y había vivido todo un verano bajo el Pike’s Peak), pero incapaz para la “vida normal”, para la cotidianidad convencional que impone el compromiso con una esposa y cuatro hijos. Papá era valiente, cruel, deshonesto, amable […]. A esa lista de paradójicas cualidades podría añadir que no tenía un céntimo, que estaba desacreditado. Despilfarrador, proclive al juego -y a la ruina que conlleva-, siempre ausente, poco fiable, inconstante, especulador, irresponsable, no tendrá reparo alguno en vender los muebles de la familia, hipotecar sus bienes y esfumarse dejando un interminable rastro de deudas y abocando a los suyos a una vida de ruina y pobreza. De nuevo Rose: Desde hacía mucho sabía que papá era un hombre maravilloso, pero no tan maravilloso como progenitor. Y también: Tenía un padre glorioso y a la vez ningún padre en absoluto

La madre, Clare, fue una famosa pianista de éxito internacional (la gran Clare Keith, una intérprete que se había retirado demasiado pronto y que había tocado el Concierto en do menor de Mozart y el Carnaval de Schumann mucho mejor que ninguna otra mujer en el mundo), retirada de su carrera para dedicarse al cuidado de sus hijos (Cordelia, Mary, Rose y Richard Quin). Esplendorosa y radiante en el pasado, avejentada ahora (envejezco y cada vez soy más fea), sobrevive, cansada, con poco ánimo, entre deudas y preocupaciones, con sus torturados nervios, agostada prematuramente por las desgracias y oscilando de continuo entre la difusa esperanza de recuperar a su veleidoso marido y la constatación de su pobreza, de su triste e inestable presente, del que solo la salva la entrega a su prole, la lucha por sacar a flote a la familia y la confianza en que la aptitud musical heredada por Rose y Mary, sus talentosas gemelas, pueda fructificar en una carrera artística estimable que las libere del sometimiento a un marido. 

La hija mayor, Cordelia, tiene dos años más que sus hermanas, de las que la alejan un carácter superficial, un acusado egoísmo y un absurdo empecinamiento en convertirse en una virtuosa del violín, tarea en la que no hereda las aptitudes de su madre y que excede sus muy limitadas cualidades y su nula capacidad de emoción. La común coexistencia es un fastidio atroz, y ella una plaga doméstica con la que teníamos que convivir, apuntará, de nuevo, la narradora. Mary y Rose son, pese a su corta edad, pianistas prodigiosas que participan de la general excentricidad familiar, manifestada en ellas por su rechazo al mundo exterior, ajeno, extraño, de una fealdad incomprensible y hostil. Urgidas, por tradición familiar y por vocación, a un destino extraordinario, todo en ambas es extravagancia, inconformismo, singularidad, diferencia. Por fin, el pequeño Richard Quin, se manifestará desde muy chico como un genio, de sabiduría y sensibilidad acentuadas (Vivía para el placer, un placer delicado: la tranquila explotación de su mente y su cuerpo), con un excepcional don musical, un ser único, privilegiado, dotado de un carismático magnetismo. 

Hay, además, un cuadro de personajes construidos con solvencia y verosimilitud, entre los que destacan Kate, la fiel criada, el siempre cercano señor Morpugo, la extraña señorita Beevor, “enamorada” de Cordelia, la prima de la madre, Constance, y su arrebatadora hija Rosamund, la tía Lily y su problemática hermana, la señora Philllips, la hija de ésta, Nancy, el tío Len, su esposa Milly. 

La primera novela nos presenta a la familia -siempre desde la perspectiva subjetiva de Rose- en los últimos días del siglo XIX y primeros del XX. Las niñas son pequeñas y West borda el retrato de su muy especial infancia, recién llegadas a Londres tras una estancia en Edimburgo, viviendo en la casa de Lovegrove unos años extraordinarios, convulsos y felices, marcados por la austeridad y las carencias, por la intermitente presencia del huidizo progenitor, por el mágico influjo de la madre, por la extravagancia de sus costumbres y la conciencia de su propia singularidad, por su despreocupada libertad (En nuestro horario doméstico sin relojes, el tiempo, más que decirse, se deducía, basándonos con frecuencia en premisas incluso menos sólidas que aquélla), por su vivencia apasionada de la vida (Estábamos unidos, por regla general, por la fascinación ante las cosas que nos pasaban), por la entrega a la música. 

En La noche interrumpida, las chicas han crecido, son ya adolescentes. El padre parece haber desaparecido para siempre, aunque, para desahogo de Clare, la situación económica mejora por la venta de algunos cuadros valiosos, propiedad, hasta entonces desconocida, de los Aubrey. Rose y Mary siguen concienzudamente entregadas a su formación como pianistas. Cordelia abandonará sus insensatas aspiraciones artísticas para ocuparse en el estudio de un marchante de arte, mientras Richard Quin encamina su destacada inteligencia en dirección a Oxford. No obstante, la Primera Guerra Mundial irrumpirá en el mundo y en la novela, con sus trágicas repercusiones. 

La prima Rosamund nos presenta a las dos hermanas convertidas ya en exitosas pianistas profesionales. Viajan por el mundo entero y, pese a desenvolverse en ambientes refinados y cosmopolitas, no logran liberarse de los recuerdos de su particular y sobresaliente pasado. El tiempo ha transcurrido, llegan los años veinte, la Gran Depresión, son ya adultas, ha habido importantes pérdidas en su vida, han alcanzado una suerte de madurez, pero, en el fondo, siguen siendo unas niñas, algo alocadas, que buscan, todavía, colmar la ausencia de sentido de sus existencias. 

La presentación del ambiente familiar en la primera de las tres novelas es memorable. La vida infantil es desordenada y algo caótica, pero libre y, pese a las limitaciones, feliz. Éramos como piedras sin desbastar. Realmente era cruel tener que tocar tanto el piano, y que mamá tuviera que hacer las compras y ayudar con las labores domésticas y gestionar las preocupaciones de papá, de tal modo que nunca podía arreglarse y estar bien vestida como las otras madres. Cuando íbamos a la escuela siempre llamábamos la atención de nuestros profesores por lo desatendidas y apresuradas que íbamos, resume Rose su situación. Acostumbradas desde pequeñas a la “vida salvaje” en Escocia, son valientes y decididas, rebeldes e independientes, por lo que cuando se reincorporan a la “civilización” londinense son percibidas como raras, provocan el rechazo de sus compañeras por su inteligencia y su espíritu libre. Carentes de prejuicios, son imaginativas, construyen fantasías e historias quiméricas, fabulan, hablan con animales inexistentes (y desprecian a quienes no lo hacen: Nunca se había inventado un animal en su vida, lo que nos parecía casi terrible), viven entregadas a sus aventuras mentales (salvo Cordelia, sensata y, ya, adulta), ajenas a las convenciones sociales, sin conciencia del tiempo y las costumbres “reales”. Son aún niñas en acelerado camino hacia la madurez y son, sobre todo gracias a la música, insensatamente felices, en contra de lo que podría suponer la austeridad de su vida (Agradeced esa rareza que os ha mantenido a salvo durante estos años terribles). 

Ese apasionante retrato de la infancia bebe claramente de las fuentes de la propia biografía de Rebecca West. La madre pianista, la incompetencia financiera y el abandono del padre, las tres hermanas, ciertas peripecias familiares, el ambiente intelectual y culto de su hogar, son, indudablemente, rasgos autobiográficos, de modo que no resulta difícil asociar la primera persona de la Rose narradora con la voz de la propia autora. A ello contribuye, también, el recurso técnico con el que West presenta su historia. La primera novela del ciclo se publica en 1956, cuando Rebecca tiene ya sesenta y cinco años. Su mirada al pasado, con la sabiduría y la madurez retrospectivas que da la edad, coinciden con la de la propia narradora que, de continuo, hace acotaciones aludiendo a la época y los episodios descritos como remotos desde su presente contemporáneo. Todas estas cosas sucedieron hace más de cincuenta y cinco años, dirá. Y también: Ni siquiera los Phillips tenían teléfono, hasta ese punto era distinto aquel mundo del actual. Hay, igualmente, alguna referencia expresa al proceso de construcción de la memoria -que es el juego central de la literatura- que conlleva todo recuerdo (según lo reconozco ahora con ayuda de la literatura de la época). No es, pues, una niña precoz, adelantada y prematuramente madura la que habla, sino una mujer adulta, bien traspasada ya la frontera media de su vida, inteligente y segura, experimentada y reflexiva, juiciosa y lúcida. Por el libro pasan entonces, fruto de la penetrante sutileza de West, algunos de los temas esenciales de cualquier vida, universales, por tanto. La infancia y la familia, claro está, con sus encantos y sus complejidades, con sus claroscuros, sus contradicciones y sus ambigüedades, el peso del pasado, los recuerdos, la libertad, la vida como aventura y experimentación, el paso del tiempo, la muerte, el marco social, el feminismo, la función salvadora de la música. 

La descripción de la infancia y la vida familiar es, ya se ha dicho, uno de los mayores alicientes de la trilogía, singularmente de su primera entrega. La ambivalente influencia de la madre (Tener a una madre que era un genio era la maldición y la bendición de mi vida. Que hubiese puesto sobre mí sus talismánicas manos era mi único motivo para tener esperanza de que podía sobrevivir a pesar de mi debilidad en aquel mundo hostil; pero como era tan inferior a ella sentía que si el mundo me destruía iba a acabar perdida), el dolor por la ausencia (y por la distraída presencia, cuando se da) del padre (sabía de todo, había viajado por el mundo entero, hasta a China, sabía dibujar y tallar madera y hacer figuritas pequeñas para las casas de muñecas. A veces jugaba con nosotras y nos contaba cuentos y entonces era casi imposible de soportar, cada instante nos producía un placer tan intenso, tan impredecible, que no se podía estar preparada para eso. También es cierto que a veces no nos prestaba atención durante días y que aquello también era insoportable), la poderosa e imborrable impronta de ambos, las dificultades económicas (Nosotras éramos niñas y éramos pobres, por lo que éramos víctimas por partida doble) y, por encima de todo, la alegría, la felicidad, la luz, la rebeldía y el ansia de explorar, la fuerza de la vida, se abren paso en una infancia plagada de pobreza, milagros y música, contada a través de la voz madura y escéptica, perspicaz y crítica, curiosa e indagadora, profunda y sabia, también -claro está- infantil, de la niña. 

El universo particular de los Aubrey, encarnado en las maravillas que encierra Lovegrove, está hecho de rebeldía (Mary y yo sentimos una punzada de rebeldía frente a nuestros destinos), de rechazo a las costumbres sociales (Mary pensaba que las personas que íbamos a conocer allí serían tan aburridas como el resto de las niñas y las profesoras de Lovegrove), de soledad fecunda y de complaciente aceptación de la propia marginalidad (a esas personas las acabaríamos conociendo de todas formas porque estarían al margen, como nosotras. Mary decía que aun así no debíamos tenerle miedo a la soledad porque en casa ya había bastante gente como para darnos la compañía que necesitábamos […] Para qué queríamos más gente, decía Mary. Pero yo replicaba que merecía la pena explorar un poco el terreno fuera de Lovegrove, porque tenía que haber gente como los personajes de las novelas y las obras de teatro. Los escritores no se los podían haber inventado de la nada), de imprevisible excentricidad (Kate llevaba la consecuente mirada pétrea que manifestaba su creencia de que la familia para la que trabajaba había llegado demasiado lejos en su camino hacia la locura y que tenía la obligación de llamarlos al orden), de imaginación y juego y creatividad (Ese mismo día nos dimos cuenta de que no había ninguna razón por la que —igual que hacíamos con los animales— no pudiéramos inventarnos también las flores, y después de aquello hubo para nosotras un árbol de fuego junto al lago, al fondo del paseo de hierba, no lejos de las azaleas y las magnolias, y también un conjunto de altos lirios dorados, más altos que un hombre no lejos del jardín rocoso; los recordaba tan bien durante mi vida adulta que me costaba creer a los botánicos cuando afirmaban que no se conocía ninguna especie con esas características, señala Rose, comentando sus paseos por los Kew Gardens).

Hay en ellas, sin embargo, pese a su excepcionalidad, pese a sus rasgos de genio, un ansia de normalidad (Lo dejaría todo por servirlo y no me supondría ningún sacrificio, porque sería una vida ordinaria y con eso sería suficiente, no había ninguna necesidad de tener un destino extraordinario), un rechazo de esa mirada ajena que etiqueta y estigmatiza (No me había molestado tanto su ignorancia de nuestra pobreza como el comentario de que Mary y yo no nos parecíamos a nadie. Odiaba que compartiera esa obstinada convicción del mundo de que había algo extraño en nosotras), en los que se aprecia el deseo de reconocimiento (No sabemos cómo vivir solas […] seguimos siendo niñas abandonadas) y la aceptación de su condición en el fondo infantil (Se parecían a los niños de los libros infantiles, realmente distintos de los adultos y preocupados por otros intereses, justo lo opuesto de lo que había sido nuestra familia). Esta ambivalencia del universo familiar y, por encima de todo, de la sensibilidad y la inteligencia de Rose (el desconcierto, la extrañeza, la ansiedad, y, a la vez, la pertenencia, la alegría y el amor: Todo en nuestras vidas era como esa conversación, agradable pero impregnado de angustia) se ponen de manifiesto en el significativo texto que os dejo como cierre a mi reseña. 

Ya sin tiempo para más profundidades, sí quiero mencionar brevemente la presencia de la “cuestión” femenina y la defensa del poder transformador de la música como elementos destacados de la obra. En un entorno familiar en que el feminismo estaba en el aire, y desde la cuna, en un momento en que el feminismo se expandía como un bosque en llamas, la sutil y aguda mirada de Rose pone de manifiesto, incluso en el primer libro, cuando la perspectiva es la de una niña, las contradicciones de la condición femenina de la época. Las novelas están pobladas así de lúcidas apreciaciones sobre la distinta consideración que se daba a la valentía en niños y niñas, sobre la sujeción a la encorsetada moda imperante como una forma de humillación de la mujer (Cuando Rosamund bajó llevaba colgando del brazo una nube de tafetán blanco y nos dijo que tenía que terminar de bordar una enagua. Yo di un grito de angustia, porque ése era el tipo de prenda femenina que mis hermanas y yo odiábamos con más amargura, la considerábamos un insulto a nuestra fuerza natural. En aquella época, las colegialas se vestían con bastante sensatez y nosotras éramos felices con nuestras blusas y faldas y nuestros cinturones de lazo con hebillas de plata, pero el traje adulto propio de nuestro sexo nos esperaba a la vuelta de la esquina como una especie de estorbo y de humillación, pesado, paralizante, cargado de hileras de botones, corchetes, ojales que no paraban de abrirse y que había que volver a coser una y otra vez y varillas en todas las partes posibles donde puede romperse una varilla. Me daba la sensación de que Rosamund había abrazado la esclavitud antes de lo necesario), sobre la esclavitud que suponía el matrimonio, sobre el rechazo que suscitan a la narradora las inalterables condiciones que favorecen al hombre, hasta el punto de que Rose apele a una gallarda protesta feminista. Además, en unos libros en los que el telón de fondo de la época queda reflejado en un Londres en el que vemos los primeros vehículos a motor, las farolas de gas, los conciertos benéficos, las huelgas, el impacto de la Gran Guerra, no puede sorprender que comparezcan también, si bien de modo tenue y tangencial, la literatura propagandista o el movimiento sufragista. 

De mucha mayor entidad y con un papel más relevante aún en la estructura de la trilogía, la música se configura como la clave de la existencia de Mary y Rose (también, desde otra lógica, de la de Cordelia) y, por supuesto, aunque ya, quizá, sólo en el pasado, para la madre, Clare. Agradeced esa rareza -les dirá esta- que os ha mantenido a salvo durante estos años terribles, pero no penséis que se lo debéis a ninguna virtud personal. Se lo debéis exclusivamente a vuestro talento para la música. La música que os he enseñado a tocar os ha hecho comprender que hay una buena parte de la vida a la que no afecta lo que a una le pase. También la técnica os ha resultado de más ayuda de lo que pensáis. Si no sois unas blandas es precisamente gracias a esa técnica que habéis dominado, os ha endurecido

La música -en este juego de ambigüedades y contradicciones que recorre las novelas- es, a la vez, la felicidad y la angustia, la plenitud y la limitación, la libertad y la cárcel, la posibilidad de realización e individualidad, y la asfixiante e imborrable “marca” de los padres, como en estos dos largos fragmentos con los que pongo fin a mi reseña: 

Fue en ese momento, lo recuerdo bien, cuando mi felicidad llegó a un punto tan extático que volví a sentir el deseo de vivir lentamente, igual que se puede tocar un instrumento con lentitud. Lo que ocurría allí era un episodio de lo más difuso en realidad, una materia compuesta por leves sonrisas y semitonos de ternura; una mujer al final de su mediana edad, cuatro muchachas y un colegial que miraban dos parterres de flores corrientes sin hablar demasiado, apenas cruzándose unas palabras amistosas, como niños que se pasan una caja de bombones. No entendía por qué me zumbaba la sangre en los oídos y sentía que aquello era exactamente de lo que hablaba la música, pero el momento pasó antes de que pudiera explicarme su importancia; alguien nos llamó desde la casa. Nos volvimos con desgana, molestas de que hubieran roto aquel círculo. 

Eché un vistazo a esa habitación cubierta de libros de música y me sentí como si estuviera en una cárcel, me habían encerrado en un cubo de música y ni siquiera podía moverme por mi celda, ya que la mayor parte de ella estaba ocupada por aquel piano enorme que ya no me parecía el instrumento que había estudiado con un resultado exitoso hasta la fecha, sino una máquina que a lo largo de todos esos años había ejercido un poder tiránico sobre mi vida y que ahora imponía, y seguiría imponiendo ya para siempre, hasta mi destrucción total. 
Por eso era estúpido que tratara de convertirme en música. No tenía más talento musical que aquel que me había transmitido mi madre y además había disminuido dolorosamente en la transmisión. Yo era muy poca cosa comparada con ella. Si tocaba bien alguna pieza era sólo porque mamá me había enseñado, y yo sabía que mis interpretaciones, incluso si se las consideraba reproducciones de las suyas, estarían siempre llenas de defectos. No quería ser música. No quería crecer. No podía afrontar la tarea de convertirme en un ser humano, porque no existía plenamente. Los que existían eran mi padre y mi madre. Los veía como dos manantiales que brotaban de un risco pedregoso, bajaban por la ladera de una montaña en un torrente y se unían para fluir por el mundo como un gran río. Yo era tan inferior que no importaba que fuera prudente y huyera de la ruina a la que se había entregado mi padre. Entendía ahora que su ruina estaba más cerca de la salvación de lo que nunca podría estar mi pequeña seguridad. Deseé ser yo, en lugar de Cordelia, quien se hubiera metido en la cama, y entendí que su retirada no era simple cobardía, es más, que su terquedad la había llevado hasta la cima de una valiente autodefensa al haber renunciado a la imposible tarea de vivir en la misma escala que nuestro padre y nuestra madre. 
—Me gustaría escapar —le dije a Mary. 

En unas páginas repletas, como resulta evidente, de música, no ha resultado difícil seleccionar alguna pieza como cierre para mi comentario de esta tarde. Será uno de los Nocturnos de Chopin, que suenan en varios pasajes de las novelas el que acompañe ahora mi reseña. Se trata, en concreto, del Nocturno Opus 9, No. 2 en mi bemol interpretado por Arthur Rubinstein.

Sabíamos que no gustábamos a la gente en la escuela, y sin duda hubiésemos deseado que las cosas fueran de otro modo, yo incluso había comentado aquella desgracia con Rosamund, pero también pensábamos que parte de ese desagrado en realidad hablaba bien de nosotras. Gracias a mamá y a papá conocíamos el significado de muchas palabras largas, íbamos muy avanzadas en francés y tratábamos de hablarlo con un acento apropiado y reconocíamos los cuadros que la profesora de arte colgaba en la pared. Por supuesto que las chicas a las que se les daba bien la gimnasia y el hockey pensaban que éramos tontas y también había muchas profesoras que habían nacido de mal humor. Sabíamos que parte de nuestra falta de popularidad era culpa nuestra. Con frecuencia nos comportábamos de modo extraño o nos tropezábamos con las cosas, nos sumíamos en nuestros pensamientos y al despertar nos dábamos cuenta de que se esperaba algo de nosotras, pero no sabíamos qué, y entonces todo el mundo prorrumpía en una carcajada. Claro que es gracioso cuando todo el mundo se sienta y sólo dos personas se quedan de pie, aunque también es posible que se rieran más de la cuenta, porque, si es verdad que es gracioso, tampoco es para tanto. Pero lo que entonces decía Cordelia era que, si no gustábamos a la gente, la responsabilidad de ese veredicto tenía que ver con unas faltas graves por nuestra parte, no era sólo que fuéramos despistadas, sino que había un defecto real, algo molesto y censurable en nuestro comportamiento.

No la creímos. Sabíamos que siempre había sido tonta y que siempre lo sería. Lo acababa de demostrar ahí mismo con todas aquellas tonterías sobre el dinero. Nunca sería capaz de ayudarnos en ese sentido y tampoco habría necesidad, porque ganaríamos cuanto necesitáramos cuando creciéramos, pero tampoco podíamos dejar de creerla completamente porque sabíamos que estaba mucho más cerca que nosotras de la gente de la escuela, y al fin y al cabo los números también cuentan: no es tan natural que cientos de personas se equivoquen y sólo dos estén en lo cierto. Aquello provocó que desde ese día Mary y yo nos sintiéramos con menos fuerza que nunca para hacer amigos. Hasta entonces habíamos pensado que la frialdad que nos mostraban los extraños podía invertirse si éramos amables con ellos, pero desde ese momento nos sentimos limitadas en el trato con cualquier persona que no fuera conocida, temíamos que cuanto más supieran de nosotras, menos les gustaríamos.
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Rebecca West. La familia Aubrey

miércoles, 9 de marzo de 2022

REGINA PORTER. LO QUE SEMBRAMOS
  
Hola, buenas tardes, bienvenidos un miércoles más a Todos los libros un libro, el espacio de sugerencias de lectura de Radio Universidad de Salamanca. Tras las recomendaciones de las últimas semanas, que se han movido, como quizás recordáis nuestros seguidores más asiduos, en el ámbito de la novela policial retomamos ahora el planteamiento que abríamos el miércoles pasado, vinculados a la literatura femenina con la excusa del Día internacional de la mujer, que celebrábamos ayer mismo, con una muy interesante novela, de lectura simultáneamente atractiva y difícil, como luego veremos, que es la primera de su autora, la norteamericana Regina Porter, que contaba hasta el momento con una podríamos decir que consolidada carrera profesional en el mundo del teatro. Lo que sembramos, que esa es la muy particular rúbrica con la que se ha presentado en español el título original, The Travelers, ha sido finalista en su país del premio PEN/Hemingway al mejor debut literario del año. Por cierto, y a propósito de la extraña traslación del título, he podido leer una reseña en el diario francés Libération, en la que se valora el buen criterio del editor galo, Gallimard, por haber elegido para presentar la obra en el país vecino el encabezamiento Ce que l’on sème (Lo que sembramos), el mismo que el de la edición de Seix Barral en España, al considerar que contiene un apreciable vínculo fonético con Ce que l’on s’aime (Lo que amamos), un juego que, obviamente, no puede argüirse como explicación de la insólita “adaptación” en el caso de nuestro idioma. El libro está vertido al español por Javier Calvo Perales, escritor él mismo y reconocido traductor. 

En síntesis -y debo anticipar que resulta difícil resumir una obra de estructura tan compleja, con un copioso número de personajes cuyas vidas se entrecruzan y mezclan, con tramas que se desenvuelven en distintos planos cronológicos, en un constante ir y venir en el tiempo, a lo largo de un par de generaciones-, la novela cuenta la historia de dos familias, una negra y otra blanca, aunque ambas “sangres” se unirán con el paso de los años, cuyas peripecias se inscriben en un “arco” de seis décadas, desde los primeros cincuenta del pasado siglo, con el recuerdo aún cercano del fin de la guerra mundial, hasta la llegada de Obama a la Casa Blanca. El relato se abre así a tres planos de interés: en primer lugar, la narración de las propias vicisitudes personales de sus protagonistas, contada con una sobresaliente fuerza literaria, que provoca una lectura, en muchos casos, apasionante; por otro lado, el recorrido que la autora hace por la evolución de la sociedad norteamericana de la época, con un particular énfasis en la guerra de Vietnam, la lucha por los derechos civiles y la cuestión racial (Regina Porter es una muy militante afroamericana de Savannah, en la sureña e históricamente esclavista Georgia), la plaga del sida en los ochenta y los daños que causó el crack, años después, entre la población negra, conformando un escenario social que no opera como un mero telón de fondo sino que aflora con una presencia significativa y poderosa, permeando el libro entero; y, por último -en una vertiente, a mi juicio, no menos importante-, la dimensión universal de las vivencias narradas, por cuanto las existencias de los personajes, en su núcleo esencial, son, más allá del particular contexto en que se inscriben, las de cualquier ser humano. 

El libro sorprende, de entrada, por su peculiar estructura, una intrincada malla, un rompecabezas complejo en el que, en un deliberado desorden cronológico, se nos presentan unos como flashes de las vidas de los protagonistas, los cuales, además, se van entremezclando en sus distintas edades, en lugares diferentes y en cambiantes contextos sociales, compareciendo aquí y allá, ahora en un episodio aislado en los sesenta, más adelante, ya ancianos, a finales de la primera década de los dos mil, y luego un retazo suelto de treinta años atrás, y después cruzándose en la vida de otro personaje, casándose con un tercero del que habíamos tenido noticia varios capítulos antes, encontrándose azarosamente con un cuarto que fue crucial en su vida juvenil… y así de continuo, conformando un todo al que resulta ciertamente complicado dotar de una cierta unidad. Se me dirá que así es la vida, espontánea y caótica, y que solo la ingenua necesidad de controlarla y reducirla a dimensiones manejables impone a nuestras mentes la ficción de un orden, un relato que dé coherencia al desconcierto. Pero, ¿qué es, en último término, la narrativa más que la creación de un significado asible? Al término de la lectura -por otro lado, insisto, casi siempre subyugante-, se puede tener la impresión -ese ha sido mi caso- de que la autora, llevada por una, por otra parte, valorable intención experimental, hubiera creado en su imaginación esa tupida red de vidas, un cuadro completo que recogiera el transcurso de las existencias de una treintena de seres humanos, para, una vez conformado el marco general, romperlo en pedazos, con un punto de arbitrariedad (no estamos ante cuadriculadas teselas de un mosaico uniforme, impecablemente geométrico, sino, más bien, frente a jirones independientes unidos en un patchwork algo heteróclito), presentándolo en piezas sueltas, inconexas -o conectadas por un sutil y muchas veces enrevesado hilo conductor-, lo que provoca, en primer lugar, que haya que estar interrumpiendo constantemente la lectura para consultar el elenco de personajes que se ofrece en las páginas preliminares, perdido el lector (y no solo yo, esa percepción la han tenido también los autores de las distintas recensiones, francesas y británicas, de la novela que he podido leer) en esa confusa turbamulta de nombres (como prueba indiscutible de la validez de mi juicio os dejo, aquí en el blog, un gráfico que aparece en la página web de la propia Regina Porter en el que se muestra la nebulosa pléyade de personajes del libro y los inextricables lazos que los unen). Y hay, además, una segunda consecuencia, también, a mi juicio, negativa, de la opción estructural elegida por la autora, y es que la trama y, lo que resulta aún más grave, la propia lógica que anima a Porter acaba por hacerse difícil de seguir, en ocasiones, imposibilitando, por tanto, la adecuada comprensión de su propósito último. 

Ello no quiere decir que el artificio literario que se nos ofrece en Lo que sembramos no sea, sin duda, atractivo en sí, pues nos obliga a reflexionar sobre algunos asuntos de interés: la superposición de “capas” en la narración, en la que cada nuevo “reencuentro” con el personaje aporta un elemento inédito -o conocido bajo otra óptica- lo que nos ayuda a completar su retrato, como en tantas ocasiones sucede en la realidad; la discontinuidad en el tiempo, fenómeno tan común en nuestras vidas, hechas de momentos de intensidad que una y otra vez reaparecen en nuestra memoria con recurrente insistencia, y largos períodos vacíos de inapreciables y olvidadas lagunas; el desorden natural de la existencia, con gentes que entran y salen del “escenario” y llenan y dotan de sentido a nuestros días para, poco después, por el contrario, no significar nada para nosotros, hundidos en una niebla difusa y evanescente en la que apenas sobreviven como sombras; las profundas conexiones entre el pasado y el presente, siendo como somos, todos, una amalgama de secretos y omisiones, de recuerdos y pérdidas, de evocaciones y olvidos, de la poderosa huella del ayer y de las muchas veces irrelevantes, paradójicamente, señales que nos deja el huidizo momento actual. También resultan apreciables ciertas intromisiones del narrador en su relato, proyectando con anticipación el futuro de sus personajes en comentarios ajenos al episodio que se cuenta, contribuyendo a ese evidente propósito de la autora de cuestionar la cronología lineal y ampliando el eco de los hechos descritos (Por entonces Jimmy no podía saberlo, pero el B-52 de Lukas Fall sería abatido durante una misión en Vietnam; Durante el último año de Hank en la universidad, Charles Pierre Camphor moriría en un accidente de navegación), o la incorporación de párrafos en los que, de una línea a otra, cambia la voz que habla y, en consecuencia, la perspectiva desde la que se narra; así como otras interesantes rupturas de las convenciones narrativas más previsibles que consiguen expandir los límites de la obra de manera sobresaliente. 

Pero siendo ello cierto, es, a la vez, legítimo, creo, plantearse si esa opción estilística no es también algo superfluo, innecesario, un mero fuego de artificio, algo impostado, sin “peso” real en aquello que se quiere comunicar. ¿Era indispensable este planteamiento? ¿Nada de lo que se ha querido contar hubiera podido transmitirse sin utilizar esta fórmula? ¿Obedece el esquema elegido a una genuina voluntad expresiva o es, tan solo, un ejercicio “acrobático” que revela la destreza y el virtuosismo de quien lo emplea sin ir más allá, sin mayor trascendencia? Y todas estas preguntas resultan aún más pertinentes cuando la proliferación de recursos “técnicos” utilizados lleva consigo el que la lectura pueda hacerse muy ardua, hasta el punto -estoy seguro, ya hay ejemplos en mi entorno, por otro lado buen lector- de disuadir a quien en él pretende adentrarse. 

Pero es que, además, este “juego” va acompañado de otras demostraciones “rupturistas” que me han parecido algo vacías, superficiales, mera “parafernalia” profesional, retóricas en el peor sentido del término, y que más de una vez dan la impresión de haber sido introducidas en el texto por obligación, como exigencias que los tiempos imponen al escritor experimental, como prescripciones “innovadoras” que cualquier novelista “rompedor” debe incorporar a su obra. En este sentido, creo que es revelador el hecho de que Regina Porter se haya graduado en el prestigioso programa de Escritura Creativa de la Universidad de Iowa, como se recoge en la nota con la que la editorial presenta el libro, pues muchos de estos tics son típicos de los “recetarios” al uso en estas instituciones que enseñan la creatividad literaria. Al igual que un actual estudiante de Bellas Artes ve preterida la instrucción convencional -el dibujo, la copia de modelos, las proporciones, la reproducción de la realidad, el dominio de la perspectiva, la maestría en el trazo- en favor del experimento, la modernidad y lo original, de modo que los egresados, al poco de salir de las Facultades con el título bajo el brazo, se lanzan a la práctica de extravagantes performances e inundan el mundo de ladrillos apilados y rodaballos envasados y paraguas envueltos en radiografías y plátanos pegados a las paredes de las salas de exposiciones y muy transparentes vasos de agua reposando en un estante de la galería de arte, así, algunos de sus “colegas” literarios se ven obligados a poblar sus novelas de todo tipo de novedades (que a estas alturas del siglo ya no lo son en absoluto). Y así, Regina Porter encabeza cada capítulo con una foto -ya lo hizo, hace más de veinte años, W.G. Sebald, entonces con más coherencia-, de presencia prescindible (¿qué aporta -literariamente- una foto de unas patatas para acompañar un texto en el que se habla… de patatas? ¿o un marinero blanco y otro negro compartiendo el camarote de un submarino en un capítulo en que se nos cuenta que un negro y un blanco compartieron camarote en un submarino?), pero que refuerza, quizá, como ilustración gráfica, aquello de lo que se hablará en él. Y también así, cada nueva sección se abre con la mención de una serie de años -todos juntos; por citar solo los que abren el capítulo primero: 1946, 1954, 1964, 1971, 1986, 2000, 2009, de los que este último aparece misteriosamente en negrita- en los que, supuestamente -pero el vínculo resulta difícil de discernir y confunde al lector (yo, llamadme ignorante, no he sido capaz de averiguar la clave oculta)- tendrá lugar el episodio relatado o transcurrirá la vida de su protagonista o se producirán en ella hechos significativos. Y de nuevo así, se intercalarán cartas, páginas de cuadernos escolares, fragmentos de obras de teatro (la pieza dramática, de raíz shakespeariana, Rosencrantz y Guildenstern han muerto, de Tom Stoppard, desempeña un importante papel en la novela), insólitos listados -desconcertante el de la página 147-, menús, recetas (algunas de las cuales se detallan en la página web de la autora, para que se elaboren en los clubes de lectura que se ocupan de la novela), transcripciones de definiciones del diccionario, ejercicios de escritura de una aspirante a dramaturga, poemas, juegos tipográficos, un diagrama con el alfabeto húngaro y toda suerte de ingeniosas muestras de la muy acusada voluntad “creativa” de la autora, como ocurre, por ejemplo, con el reconocimiento explicito del carácter inventado de algunas afirmaciones que el narrador ha presentado como ciertas en el texto pocas páginas atrás, queriendo ilustrar así con ello, quizá, la soberanía del autor, su absoluto dominio sobre su obra y la capacidad de “engañar” a su antojo al lector, o siendo exponente también, quizá, de la relativización del valor de la verdad literaria, un “constructo” en el fondo irrelevante. Hay una manifestación muy notable de esta “trampa” metaliteraria -otro fuego fatuo, en realidad- en un pasaje en el que se nos refiere -en tercera persona- un incidente ocurrido en un desierto, en algún punto de la carretera entre Memphis y Porsmouth, para, al término del “lance” afirmar: En el camino de Memphis a Portsmouth no hay desierto, pero así es como se cuentan las trolas. Así es como la ficción se vuelve verdad y los recuerdos falsos se vuelven leyendas

Hay, por último, otra, a mi juicio enojosa señal de esta artificiosidad impostada: la asumida “obligación” -decretada por la pacata y puritana moral de la época y de la que se hace obediente eco la autora- de que en el elenco de personajes de un libro estén representados los diferentes colectivos postergados -es obvio que de modo injusto- en la vida social. Lo que sembramos se nos muestra de este modo -esa ha sido mi sensación al leerlo- como una apoteosis de la corrección política, con su dosis requeridas -las cuotas- de pobres, negros, mujeres o personas LGTBI… En fin…
Y sin embargo la novela es muy apreciable y a mí me ha resultado muy atrayente en los tres frentes ya mencionados: las propias vidas de los protagonistas, repletas de episodios, sucesos y vicisitudes de interés; el correlato histórico, que puntea la narración, a través de, ya se ha dicho, algunos grandes hitos de la historia reciente de los Estados Unidos; y por fin la “resonancia” universal de los sentimientos y las emociones de los personajes, pues sus preocupaciones, sus dudas, sus secretos, sus pasiones, sus afanes, sus temores, sus expectativas, sus frustraciones, sus culpas, sus esperanzas, sus arrepentimientos, son, a la postre, comunes a muchos seres humanos. 

Las dos grandes líneas familiares que vertebran el libro son la de los Vincent y las de los Christie. A los primeros, blancos, los conocemos inicialmente a través de la figura de su “patriarca”, James Samuel Vincent Hijo, que llegará a ser un prestigioso abogado de Manhattan, y al que la autora nos lo presenta en unas primeras páginas en las que de un modo vertiginoso, formidable, concentrado e intenso, se recorre su existencia entera (¿de ahí el juego de los años introduciendo el capítulo?; pero las fechas no encajan). El largo fragmento que, pese a todo, se “devora” en un muy elocuente suspiro, es un magnífico ejemplo de las distintas claves, formales y estilísticas pero también de contenido, por las que la novela resulta sobresaliente. Os lo dejo íntegro para su disfrute al cierre de esta reseña. Los Christie, negros, surgen de la unión de Agnes, una muchacha que en su juventud vivirá un cruel episodio de violencia racista que la cambiará para siempre, y Eddie, un veterano de la marina norteamericana, con una experiencia dolorosa en Vietnam. El que algunos de los personajes, complejos, bien perfilados, con hondura y densidad psicológica, acarreen en las profundidades de su alma las huellas de hechos traumáticos que condicionarán sus vidas es otro de los elementos relevantes del libro, que incide así en cuestiones como el recuerdo, la culpa o los secretos. El relato de las trayectorias vitales de las dos familias -que acabarán por unirse con la boda de un hijo de James y una hija de Agnes-, de sus ramificaciones y de las de otros personajes con ellas relacionados, es muy sugestivo y, como digo, constituye una de las razones fundamentales del atractivo de Lo que sembramos

Como lo es el repaso de la época histórica en la que los hechos se desenvuelven, con dos ejes destacados: la guerra de Vietnam y los movimientos por los derechos civiles con las protestas y la lucha contra las discriminaciones raciales. Hay capítulos “ambientados” en puertos asiáticos, en Filipinas o Vietnam, que logran transmitir, sin recurrir a aparatosos “efectos especiales”, los aspectos más crudos de la vida lejos del frente en aquella contienda desquiciada: en los opresivos submarinos, en los burdeles de los puertos, en los bares nocturnos. La presencia bélica se hace también patente en las destrozadas vidas de los excombatientes, almas en pena incapaces de acomodarse a la normalidad, afectados por dolencias físicas y, sobre todo psíquicas, sin cuento. 

El asunto de la raza es nuclear en el libro pues, de una u otra forma, todos los personajes viven las consecuencias de la intolerable segregación. La acción se desplaza -entre otros escenarios: la Bretaña francesa, Berlín, Los Ángeles y la costa oeste californiana- del Manhattan neoyorquino al profundo y racista sur de Buckner County, en Georgia, y en todos esos escenarios el conflicto racial impregna la “acción”. La muerte de Martin Luther King o la reivindicación de los Panteras Negras se incorporan al relato, que está penetrado de un tono abiertamente militante, con numerosas referencias a la causa negra, presentes también en un significativo número de fotografías de las que acompañan al texto. 

Confiesa la autora -así he podido leerlo en alguna entrevista- su necesidad de investigar y documentar la época de la que da cuenta, no solo por la obvia exigencia de dotar de verosimilitud “histórica” al libro, sino para poder “levantar” al personaje en toda su complejidad. En este sentido, resulta muy elocuente la presencia de la música que comparece en numerosas referencias que permiten repasar los últimos sesenta años de la historia norteamericana. Oigamos, en relación con este asunto, a Regina Porter: ¿Cómo se mueve este personaje a través de la Historia? ¿Es consciente de cómo la Historia lo está afectando? Algunas veces lo son y otras no. Pero mientras escribía, a menudo me detenía y decía "¿cuánto costaba una botella de leche en 1966?" ¿Y qué más estaba sucediendo ese año?” Y lo buscaba y pensaba cómo integrar eso en la vida de ese personaje. Y creo que eso me ayudó a situarme, al igual que lo hizo la música. Pensé que un personaje como Jebediah, bueno, Jeb, escucharía “What’s going on” de Marvin Gaye. Creo que sería una canción que le encantaría. Y digamos que a James padre le encajaría "It was a very good year" de Frank Sinatra. Estas canciones permiten situarte. Quiero decir que la música es fabulosa para anclar una historia y también para poder acceder al punto de vista del personaje. Yo creaba el personaje y luego me detenía y pensaba: "¿qué es lo que ocurre con la vida de este personaje y su contexto histórico?" Pero nunca quise que la vida de un personaje fuera eclipsada por los elementos históricos del relato. Muy a menudo no damos sentido a la historia mientras está sucediendo, solo lo hacemos de manera retrospectiva

Destacan, además, el tratamiento, muy abierto y desprejuiciado, de las “escenas” de sexo, la reivindicativa presencia -como ya he comentado- de la homosexualidad, la muy documentada ambientación de los distintos entornos en los que se desarrolla la trama: Vietnam, los buques de la Armada, las fuerzas aéreas de Estados Unidos, los escenarios berlineses y bretones, la vida cotidiana en distintas poblaciones de Norteamérica en épocas y entornos diferentes; y en todos los casos la autora revela un minucioso conocimiento de la presencia en ellos de los afroamericanos, de las dificultades para su integración. 

La novela, en fin, esta surcada por abundantes menciones literarias -la ya citada de Shakespeare, Joyce, Strindberg, Mark Twain o Robinson Crusoe- y artísticas -Jackson Pollock, Lee Krasner-, pero también de referencias de la cultura popular, series televisivas, infinidad de discos de éxito o películas conocidas, lo que también la abre a dimensiones más universales, capaces de interesar a un número mayor de lectores. 

En fin, una lectura muy aconsejable, la de este Lo que sembramos, de Regina Porter, pese a sus muchos elementos a mi juicio discutibles. De entre las muchas citas de canciones que pueblan el libro, me quedo, para ilustrar musicalmente esta reseña, con Bye Bye Baby, aquí en la voz de una energética Mary Wells en una grabación de hace sesenta años.

PÁSALO 

1946 1954 1964 1971 1986 2000 2009 

Cuando el niño tenía cuatro años, le preguntó a su padre por qué la gente necesitaba dormir. Su padre le dijo: «Para que Dios pueda arreglar todo lo que la gente jode». 
Cuando el niño tenía doce años, le preguntó a su madre por qué se había marchado su padre. La madre le dijo: «Para poder follarse todo lo que se mueve». 
Cuando el niño tenía trece años, quiso saber por qué había vuelto su padre a casa. Su madre le dijo: «Porque tengo cuarenta y un años y no me apetece salir a buscar a alguien con quien follar». 
A los catorce años, cuando las palabrotas parecían manar de las bocas de sus amigos como el agua de una tubería rota, al chico ya no le atraía decirlas. En absoluto. Ni por asomo. 
A los dieciocho, el chico (Jimmy Vincent Hijo) abandonó su pueblo natal, Huntington, Long Island, para asistir a la Universidad de Míchigan. Por lo que cuenta todo el mundo, Jimmy era muy buen estudiante y tan apuesto que no te dejaba concentrarte. Podría haber conseguido a cualquier chica que hubiera querido, pero, como suele pasar, acabó decantándose por una muchacha maravillosamente insulsa llamada Alice. Jimmy se convenció a sí mismo de que amaba a Alice y durante el primer curso disfrutaron de un sexo encandilado y acrobático. Encantada de su buena fortuna, Alice abrazaba a Jimmy muy fuerte con agradecimiento y decía: «Oh, Dios. Oh, yo. ¿Yo? Joder, joder, joder». 
Después de Míchigan, Jimmy regresó a la Costa Este. Encontró trabajo de asistente jurídico en un bufete de abogados de alto copete y conoció a una chica alta de Nueva Inglaterra. Jane era estudiante de Medicina, pero podría haber pasado por modelo de pasarela. No decía palabrotas y cada vez que entraban juntos en algún local la gente se los quedaba mirando. Era una chica con la que Jimmy no sólo podría haberse casado, sino a la que podría haber querido, incluso a la tierna edad de veintidós años. Y se la llevó a casa de sus padres en Nochebuena, que daba la casualidad de que también era su primer aniversario como pareja. 
Después de una encantadora cena que la madre de Jimmy se había pasado el día entero cocinando con su libro de recetas favorito, el padre de Jimmy entró tranquilamente en el salón y se sentó entre Jimmy y Jane. Se puso a dar sorbos de Madeira y a rememorar su infancia en el Maine rural. «La patata caliente cura el orzuelo. La patata cruda en el sobaco funciona mejor que el desodorante. Métete una patata en el zapato y ya te puedes despedir del resfriado. Os presento el diccionario del joven granjero. Cambié una sarta de campos de patatas por otra. Long Island solía estar llena de patatales, por si no lo sabíais.» Cuando Jane se fue a la cocina para ver cómo iba la madre de Jimmy, su padre se giró hacia él y le dijo: «Hijo, ¿te estás tirando a esa? No la dejes marchar. No la cagues, Jimmy, ya la querría yo para mí». Jimmy, a quien siempre habían llamado Jimmy Hijo, decidió en aquel instante que prefería que lo llamaran James. Cuando a James lo admitieron en la Facultad de Derecho de Columbia, se distanció de Jane. 

                                         El menú de Navidad de Nancy Vincent 
                                            «Capricho de costillas asadas» 
Costillar asado de ternera, patatas al horno, aros de cebolla fritos, brócoli con salsa holandesa, ensalada de aros de manzana, bollos dorados con forma de abanico, pastel en forma de vela, café caliente, tazones de leche. 
Better Homes and Gardens: Special Occasions (Meredith Press, Nueva York, 1959) 

Cuando James tenía treinta y un años, lo hicieron socio del bufete. Tenía bastante dinero, aunque no era escandalosamente rico. James había visto cómo sendos ataques al corazón habían dado pasaporte a dos socios del bufete no mucho mayores que él, de manera que reservaba tiempo para viajar, tanto a su pueblo natal como al extranjero. Se dio el gusto de salir con un surtido impresionante de mujeres. Se casó con una guapa chica de Middlebury, en una colina de Vermont poblada de arándanos azules cerca de la universidad donde ella estudiaba. James y Sigrid se compraron un apartamento de tres dormitorios con vistas a Central Park. Su encantadora esposa tenía un defecto, una cicatriz en la nariz, regalo de un transeúnte desconocido que la había tirado de su bicicleta Schwinn rosa cuando iba pedaleando con sus padres por Prospect Park. «Aparta, coño», le había dicho aquel desconocido vestido con ropa de licra cuando había pasado zumbando junto a ella con unos patines de ante. James le veía algo profético a esta historia. Quería a Sigrid tanto como ella lo quería a él. Sigrid le hacía reír de buena gana. Tuvieron un hijo. Lo llamaron Rufus. Y lo apodaron Ruff. Sigrid le dijo a James que no quería tener más. Después de un año de baja por maternidad, Sigrid volvió a su trabajo de correctora. 
Cuando tenía cuarenta años, nada emocionaba a James. Había leído en alguna parte que la gente a los cuarenta no era feliz, pero James se conformaba con llevar a su Ruff a ver partidos de béisbol en el estadio de los Yankees y a aparcar el aburrido pero provechoso trabajo del bufete de viernes a lunes. Se encontró a sí mismo dando clases en su alma mater, Columbia, y descubrió que le gustaba más que ejercer la abogacía. 
Cuando tenía cuarenta y dos años, a James sí se le despertaron emociones: sobre todo cuando vio a su anciano padre enterrado en la tumba familiar que tenían en Cabot, Maine. Un colega del bufete se llevó aparte a James antes del funeral y le dijo: «Tienes suerte de haber conocido a tu padre de adulto. No todos llegamos a los ochenta y uno». A James le entraron ganas de decirle: «Vete a la mierda. No conocí a mi padre para nada». Pero lo que dijo fue: «Gracias por viajar hasta Maine. Muchas gracias». 
Cuando James tenía cuarenta y cinco años, Sigrid le dijo que pasaba demasiado tiempo sola en su apartamento y que le hacía falta un cambio. Estaban en su viaje anual a Vermont, a un tiro de piedra del centro de esquí que había en la misma colina poblada de arándanos donde él le había pedido matrimonio. Resultó ser un fin de semana anodino. James consultó al mismo colega que había asistido al funeral de su padre. «La menopausia es un problema —le dijo su colega—. Es hora de cambiarla por una nueva.» A James le pareció un poco prematuro y le preguntó a su madre. Ella le mandó una receta de Better Homes and Gardens. Mientras cenaban un plato de risotto de setas que él se había pasado la mayor parte de la tarde cocinando, James le dijo a Sigrid: «El cambio vital puede ser tu enemigo o puede ser tu mejor amigo». Sigrid cogió a su hijo, Rufus, y se mudó a la otra punta del país, a un apartamento de estilo colonial español en Los Ángeles. En la actualidad corre casi todas las mañanas por la playa y bebe cerveza Sapporo por las noches con su novio. 
Cuando James tenía cincuenta años y se estaba acostando con Akemi, su asistenta japonesa mucho más joven que él, Rufus lo llamó un día llorando desde Venice Beach. «Papá, acaba de pasarme algo muy chungo. ¿Puedes venir a Los Ángeles a recogerme, por favor?» James no estaba preparado para la mala noticia de su hijo. Le colgó el teléfono, pero no sin antes decirle: «Lo siento, Ruff, pero estoy intentando dormir para poder arreglar todo lo que Dios ha jodido». Akemi, que significa «gran belleza» en japonés, vio que James echaba mano de la caja de pizza de V&T que tenía en la mesilla de noche. Se había fijado en que últimamente había empezado a picar comida en la cama. Se tapó hasta los hombros con las sábanas y se negó a fingir que lo amaba. «Aquí no sabéis envejecer.» James le dijo que necesitaba estar un tiempo a solas. Y cuando Akemi se marchó, llamó a Rufus. 
Cuando James tenía cincuenta y ocho años y estaba felizmente casado con Adele, de cincuenta y seis, a quien amaba porque ninguno de los dos necesitaba hablar mucho, fue a visitar a su anciana madre al complejo residencial para la tercera edad que ella ahora consideraba su casa. Su madre tenía el pelo blanco y dentadura postiza blanca y a James le asombraba lo vibrante que era su sonrisa falsa. Nunca le había dicho a su madre que era hermosa. Era la clase de mujer que no habría agradecido el cumplido. —¿Cómo te va, mamá? Su madre lo miró y dijo: —Ya no aguanto más. A James le pareció una declaración necesaria pero poco clara. Se preguntó si su madre estaría planteándose marcharse de allí. Era una salida de cobardes, pero él mismo no la descartaría. Su madre señaló a un viejo con batín raído de seda que estaba a dos mesas de ellos. El carcamal estaba enfrascado conversando con una visitante gordita de mediana edad que quizá fuera su hija o quizá una esposa mucho más joven que él. —No tengo ni un momento de paz. Ese viejo siempre me está tirando los trastos. —Todavía estás de buen ver —dijo James. Su madre sonrió y le pellizcó la mejilla. No era lo mismo que decirle que era hermosa. Pero era suficiente. Echó su silla hacia atrás y le dijo a James que esperaba verlo el domingo siguiente. 
Cuando James tenía sesenta años y Rufus, ahora casado desde hacía tiempo y con gemelos, lo llamó para preguntarle: «¿Cómo puedo salvar mi matrimonio, papá?», James se limitó a decirle: «No divorciándote». Rufus se había casado con una mujer negra llamada Claudia Christie, lo cual significaba que los nietos de James, Elijah y Winona, eran multirraciales, birraciales, parcialmente negros. Allá donde James fuera en Manhattan, se encontraba con gente que era mitad y mitad. Una vez había cometido el error de usar el término mulatos. Rufus lo llevó aparte y le explicó a James que aquella palabra estaba prohibida. Como la dijera una vez más, no volvería a ver a sus nietos. Aun así, cuando James caminaba por la calle con Elijah y Winona, sentía unas emociones tan mezcladas como el color de la piel de los niños. «Son espectacularmente guapos», decía la gente. «Pero no se parecen en nada a mí», le confesó James a Adele. 

Una tarde soleada de agosto, James estaba lanzando pelotas de sóftbol en el jardín con Elijah. Ahora pasaba la mayor parte de los meses de verano y otoño con Adele en su casa de la playa en Amagansett. Rufus y Claudia estaban en un simposio sobre Joyce en Dublín y los habían dejado una semana a cargo de sus nietos. A James y a Adele les gustaba tomarse unos martinis a mediodía. Los martinis de mediodía se habían convertido en un ritual en Amagansett, a diferencia del golf. Nada de golf. A James le preocupó ver que Adele salía de la cocina con un bañador de los años cuarenta estilo Mildred Pierce y depositaba a Winona en el vetusto flotador. El flotador era azul y blanco y estaba decorado con cangrejos rojos, pero se notaba que era más viejo que Matusalén porque los cangrejos ya estaban de un color rosa oxidado. James dividió su atención entre Winona en la piscina y Elijah, que estaba tirando la pelota de sóftbol con un efecto tremendo. El chico tenía buen brazo. Y según como lo miraras —menuda gracia tenía esto, ¿no?—, se le parecía un montón. 
—Abuelo —dijo Elijah, preparándose para otro lanzamiento, un lanzamiento que golpeó la palma de la mano de James y le arrancó una punzada de dolor—. ¿Por qué la gente necesita dormir? 
Estaban en el caro césped del jardín. Los dos en bañador. Los dos bañadores eran del mismo color aguamarina. A Adele le gustaba que todos los colores de su casa de la playa hicieran juego y fueran luminosos, como el Caribe. La idea de que en una casa de la playa todo tuviera que ser blanco era obscena. Y hablando de Adele. ¿Dónde se había metido Adele? Winona estaba en el flotador, cantando. Pataleando y cantando. Chapoteando y pataleando. Por un momento James se sintió confundido. A veces intentaba retroceder mentalmente hasta 1942, el año en que había nacido.
 —¿Qué has dicho, Elijah? 
—¿Cómo es que todos necesitamos dormir, abuelo? 
James vio a Adele por la ventana del patio. Se estaba sirviendo otro martini. Estaba hablando por teléfono, seguramente decidiendo con alguna de sus amigas artistas adónde iban a llevar a los niños a cenar por la noche. Ahora que todos tenían nietos, la cena formaba parte de su rutina. La cena y los martinis.
—Elijah —dijo James, girándose hacia la piscina. Winona estaba dormitando. Winona estaba dormida. Su cuerpo estaba desplomado sobre el flotador y el agua se la estaba llevando al lado profundo de la piscina. 
—Nadie sabe por qué la gente necesita dormir —se oyó a sí mismo decirle a su nieto—. El sueño es un misterio.

Videoconferencia
Regina Porter. Lo que sembramos

miércoles, 2 de marzo de 2022

S. J. BENNETT. EL NUDO WINDSOR

Hola, buenas tardes. Bienvenidos a Todos los libros un libro, el espacio de recomendaciones de lectura de Radio Universidad de Salamanca. En esta primera emisión del mes de marzo quiero ofreceros una sugerencia lectora que, por un lado, entronca con la serie policíaca que nos ha mantenido “ocupados” desde finales de enero y, por otro, sirve de apertura a un nuevo ciclo, a desarrollar en las próximas cinco semanas -incluyendo la presente-, que recogerá obras escritas, y en casi todas las ocasiones también protagonizadas, por mujeres que, como es costumbre en nuestro programa, aparecerán aquí con la innecesaria excusa de la celebración marceña del Día Internacional de la mujer. 

Desde esta lógica, el título elegido como especial bisagra entre ambos enfoques, es El nudo Windsor, la entrañable primera novela publicada en nuestro país de S. J. Bennett, una autora inglesa nacida en 1966 y que cuenta con varios libros en su haber, algunos de ellos en el ámbito de la literatura infantil y juvenil. Con el que ahora os comento, que presenta en nuestro país la editorial Salamandra en traducción de Patricia Antón de Vez, parece haber inaugurado una serie, bajo la rúbrica genérica de "Su Majestad, la reina investigadora", de la que a finales de 2021 ya ha visto la luz en su país la segunda entrega, “A Three Dog Problem: The Queen investigates a murder at Buckingham Palace”, que no dudo veremos en España en los próximos meses. Como se deduce de modo obvio de ambos títulos, es Isabel II, la nonagenaria reina de Inglaterra, quien, en un perfil insólito, pero no descabellado, ejerce de sagaz detective en las novelas, ambientadas en el palacio de Windsor, la primera, y en el de Buckingham, la más reciente. 

S.J. Bennett es una experta conocedora de la corte “isabelina”. Su padre, militar, frecuentaba, al parecer -imagino que por razones profesionales-, a la reina, de modo que la escritora tuvo ocasión de acceder, de modo casi directo, a la información sobre sus hábitos, su personalidad, las interioridades de sus residencias, sus costumbres cotidianas (muchas muy divulgadas por los medios y, por tanto, casi de dominio público). Así lo pone de manifiesto en los agradecimientos finales del libro, en los que la autora se acuerda de sus padres, Marie y Ray, por hacerme dos valiosos regalos: el amor por la novela policíaca y una vida entera de anécdotas sobre la familia real británica, y también, como resulta natural y obligado, de la propia reina Isabel II, por haber sido una fuente constante de inspiración, tanto literaria como de otra clase. Cosmopolita y viajera, estudió y vivió en distintas ciudades, Berlín, Hong Kong, París, Roma, Florencia o Venecia. Doctorada en Literatura Italiana por la Universidad de Cambridge, trabajó como consultora, simultaneando su actividad laboral con la escritura de libros. El éxito internacional de este El nudo Windsor, la ha lanzado al “estrellato” literario y mediático, aunque ya antes alguna de sus obras había alcanzado una cierta repercusión (Love song, su novela de 2016, había obtenido un premio de literatura romántica). 

El libro se abre con Isabel II pasando unas semanas en el Palacio de Windsor. De entre todas sus residencias, ésta -el castillo habitado más grande y más antiguo del mundo (levantado a finales del siglo XI)- es la favorita de Ia reina, que la prefiere frente a las demás por nostálgicas razones vinculadas a su infancia, pues fue en Windsor donde, de pequeña, se había refugiado en los aciagos días de la Segunda Guerra Mundial (Ni el palacio de Buckingham —que era como vivir delante de una rotonda en un bloque de oficinas bañado en pan de oro—, ni Balmoral, ni Sandringham, por mucho que las llevara en el corazón. Windsor era su hogar, ni más ni menos. Aquí había pasado los días más felices de su niñez —el Royal Lodge, las obras de teatro en Navidad, los paseos a caballo—, y aquí venía todos los fines de semana para descansar de las extenuantes formalidades de la ciudad). Estamos en la primavera de 2016, una semana después de Pascua (la reina tiene por costumbre pasar un mes en el castillo de Windsor, llamado por ello la Corte de Pascua). El carácter más recogido e informal del lugar le permite organizar encuentros y reuniones, más “familiares”, en los que poder invitar a solo una veintena de personas frente a la larga centena habitual en las estrictas ceremonias de Buckingham. Su hijo Carlos se ha apropiado de una de esas invitaciones especiales, que incluyen cena y pernocta, para sacar adelante uno de sus proyectos, necesitado de un aporte de capital, que involucra a unos millonarios rusos. Al encuentro asistirá una fauna variopinta de invitados: el magnate Yuri Peyrovski y su esposa, la joven, bellísima, deseada e inaccesible Masha Peyrovskaya; Jay Hax, un gerente de fondos de inversión de alto riesgo especializado en los mercados rusos y con fama de ser un verdadero plomo (en un recurso técnico, la voz indirecta de la reina, que la narradora, que “habla” en tercera persona, aprovecha a menudo para deslizar las agudas e irónicas reflexiones de la soberana, impregnadas, siempre, de un muy inteligente humor); el muy popular sir David Attenborough, naturalista y divulgador científico, conocido sobre todo por sus documentales televisivos (en otra muestra significativa del “tono” de la obra: la mezcla de personajes reales y de ficción; y así el lector se topará con Vladimir Putin, el matrimonio Obama, cuya visita es inminente, Angela Merkel, Peter Cameron o Shinzō Abe, no demasiado conforme con el Brexit; y en otro ámbito no político, aparecen también la fotógrafa Annie Leibovitz o las cantantes Kylie Minogue, Shirley Bassey, entre otros); el caballerizo mayor de Su Majestad, encargado de los caballos de competición de la reina; el arzobispo de Canterbury; el último embajador británico en Moscú, recién regresado a su país; una escritora y su marido guionista, cuyas películas tiernas y divertidas eran un maravilloso compendio de arquetipos británicos; el rector de Eton y su mujer, que vivían a la vuelta de la esquina y nunca se perdían estos encuentros; una oscarizada actriz de ascendencia rusa; Meredith Gostelow, arquitecta, que en esos días estaba construyendo un ostentoso edificio anexo en un museo ruso; una catedrática de literatura rusa y su marido; una pareja de muy esbeltas bailarinas de danza clásica que interpretaran en la sobremesa, con música pregrabada, fragmentos de El lago de los cisnes al estilo del ballet imperial ruso. 

De entre todos ellos, en el acto había descollado un joven protegido de Peyrovski, Maksim Brodsky, talentoso pianista, que “entretuvo” a los asistentes tras la cena con un exaltado concierto. Con veintipocos años, guapo, sensible y arrebatado, su interpretación había entusiasmado a los presentes, en particular a las mujeres, que habían caído rendidas, embelesadas, ante su atractivo, siendo objeto de atención de todas, deseosas de bailar con él, cuando, ya avanzada la velada, el reposado piano dio paso a la agitada danza. Hasta la reina, que se retiraría pronto a sus aposentos, bailó una pieza con él, cautivada por su encanto. 

A la mañana siguiente, Brodsky aparecerá sin vida en su cama, en un fallecimiento debido, en una primera aproximación, a causas naturales. Pronto, sin embargo, el secretario personal de la reina, sir Simon Holcroft, comunicará a su “jefa” las extrañas circunstancias en las que se encontró el cadáver, desnudo, en el interior de un armario, ahorcado con el cordón de su batín, con ropa íntima femenina en el cuarto, indicios todos que apuntan a algún ritual de “asfixia autoerótica” y que modifican la calificación del deceso, que habría sido así un infortunado y no pretendido accidente. No obstante, el rápido informe de la patóloga forense cambiará de nuevo el “diagnóstico” de lo ocurrido en la estancia palaciega ocupada por el carismático pianista: la disposición del nudo que, supuestamente, ahorcó a Brodsky indica a las claras que no fue el extraño juego sexual la causa de la muerte, sino que el joven fue asesinado y, con posterioridad, el asesino “construyó” el escenario, colgando el cadáver en el ropero, atando el cordón al picaporte al que apareció enlazado y “decorando” la escena con pistas falsas que pudieran inducir en los investigadores una impresión de acto fortuito. 

A partir de este germen inicial, que se nos presenta en las primeras páginas de la novela, entrarán en acción los responsables de seguridad del palacio: el inspector jefe de Homicidios David Strong, que dirige el equipo policial en el castillo, Ravi Singh, experimentado y competente comisario de la Policía Metropolitana, y Gavin Humphreys, recién nombrado director general del MI5, el servicio de inteligencia británico, un gris y anodino tecnócrata al que la reina no puede soportar por la condescendencia y el aire de superioridad con que se dirige a ella (en una explícita manifestación del sutil tono feminista del libro, que la propia Isabel II encarna, en este caso al denostar el recurrente ejercicio del mansplaining -la Real Academia sugiere el uso en castellano del horrible “machoexplicación”- por parte del infatuado personaje). 

La investigación oficial pronto se adentra en hipótesis geopolíticas, encabezada por el inefable Humphreys que ve en el suceso extrañas conexiones con el espionaje ruso y, tras ellas, la mano en la sombra de Putin (que, es sabido, está detrás de muchas sospechosas muertes “reales” de ciudadanos rusos, periodistas, opositores, críticos con su corrupción y su despiadado poder, algunas en territorio británico). Humphreys cree que todos trabajamos para el Kremlin, afirma un personaje. Y así, con las anteojeras de esta interpretación apriorística, se buscan los vínculos entre el personal de palacio y la siniestra influencia del Kremlin y se detiene a un camarero y un archivero de Su Majestad en virtud de lejanísimos nexos con Rusia (uno de los sospechosos lo es porque estudió Historia y Lengua Rusa en la universidad, y su pareja se dedica a la compraventa de arte ruso). Los disparatados derroteros por los que se desenvuelve la indagación policial llevan a la reina -curiosa, inteligente, intuitiva, perspicaz- a interesarse por su cuenta en el esclarecimiento de los hechos, abriéndose entonces la trama a otros frentes, otros personajes, otras interpretaciones y, por desgracia, otros cadáveres. Sin perder de vista el enfoque geopolítico -aflora así China, su “Iniciativa de la Franja y la Ruta” (el grandioso plan de China para conectar Asia, África y Europa. Conceptos tremendamente confusos, en realidad, puesto que «franja» se usa para las zonas terrestres, que a menudo son rutas, y «ruta» para las marítimas, que nunca lo son), el afán expansionista de su presidente Xi-, la madeja se enreda, pues la noche del crimen Windsor había albergado también una reunión de expertos, analistas, académicos, altos funcionarios y agentes secretos especializados en el país asiático, para compartir información clasificada sobre cómo están actuando los chinos y hacer recomendaciones de alto nivel sobre la respuesta del Reino Unido, incrementando así la lista de posibles asesinos. 

Pero más allá de los apasionantes recovecos de la trama, que tiene también evidentes ecos de la novelística clásica británica, con Agatha Christie como referente inequívoco (espacios cerrados, ambientes refinados y hasta aristocráticos, elenco limitado de sospechosos, resolución no violenta de los crímenes), El nudo Windsor resulta sobresaliente, a mi juicio, por la poderosa y convincente construcción literaria de su personaje principal, la entrañable Isabel II, y de su singular ayudante, que supondrá su vínculo con el “mundo” ajeno al palacio, la excepcional Rozie Oshodi. 

La reina, que en los días en que se desarrolla la historia está a sólo dos semanas de cumplir noventa años (nació el 21 de abril de 1926; accediendo a la Corona el 6 de febrero de 1952, por lo que hace unos días, ya con noventa y cinco, se convirtió en la primera monarca británica que alcanza los setenta años de reinado), se nos presenta como una mujer compleja, profunda e interesante, culta y bien informada, lúcida, inquieta intelectualmente, también apacible y comprensiva, aunque exigente y, en general, bienhumorada. La vemos preocupada por seguir “dando la talla” al comienzo de esa muy avanzada década; molesta por el hecho de que la imagen pública que proyecta no se corresponda con su realidad (La gente daba por hecho que no leía: Dios sabría por qué, pues probablemente leía más periódicos en un mes que la mayoría de gente en toda su vida, y nunca le hacía ascos a una buena historia de espías); sabedora de que provoca “terror” en sus súbditos, pero orgullosa porque, casi sin excepción, la respetan e incluso la aman (todos le tenían terror, pero su adoración era más poderosa que el miedo); consciente de su inevitable soledad (Para tratarse de alguien que siempre estaba recibiendo a gente, llevaba una vida muy solitaria). La reina de Bennett, sin embargo, refulge, resplandece, irradia carisma, cercanía, afabilidad. Rodeada de sus perros, corgis y dorgis, a menudo su mejor compañía (Gracias a Dios, sus perros la acompañaban); disfrutando de los esporádicos paseos con sus amados caballos; soportando con “profesionalidad” las tediosas obligaciones de su cargo (con profesionalidad y la inestimable ayuda de una reconfortante bebida que siempre tiene a mano: Sir Simon la esperaba con un delgado fajo de papeles que firmar. A su lado, un lacayo sostenía una bandeja con un vaso, hielo y limón, una botella de Gordon’s y otra de Dubonnet. La reina miró los documentos con expresión de enérgica eficacia y la bandeja con una punzada de añoranza. Cinco minutos más y, durante un ratito al menos, podría relajarse); aceptando en apariencia un papel subordinado (con tanto hombre brillante a su alrededor, la reina debería quedarse ahí sentada y mostrarse agradecida, y aunque es una de las mujeres más poderosas del mundo […] se pasa todo el maldito tiempo viéndose obligada a escucharlos y a que ellos no la escuchen); tolerando, con afable condescendencia e indisimulado amor, a su muy singular marido, Felipe de Edimburgo, muerto hace apenas un año (en nuestra realidad, no en la novelesca), que se nos dibuja como un desprejuiciado e insustancial bocazas, políticamente incorrecto, ingenioso, cáustico, independiente, poco sensible, nada tierno, aunque, a su manera, pese a su lenguaje malsonante y sus frecuentes meteduras de pata, solícito y cariñoso (además de uno de los hombres más guapos que había conocido). La reina, sin embargo, rechaza muy sutilmente ese rol secundario, pasivo, esa condición de “florero” inane, de sumisa solvencia institucional. Por el contrario, piensa y actúa por sí misma, con independencia, personalidad, cordura, buen juicio y muy atinado criterio propio. La reina resuelve misterios -dirá una antigua cercana colaboradora, introduciendo así la dimensión investigadora de la soberana y “fundamentando” de este modo, el planteamiento de fondo de la serie novelesca de Bennett-. Resolvió el primero cuando apenas tenía doce o trece años, o al menos eso es lo que me contaron en su día. Y lo hizo sola. Es capaz de ver cosas que otros no ven, a menudo porque la están mirando a ella. Sabe muchísimo sobre multitud de cosas. Tiene ojos de lince, olfato para las sandeces y una memoria prodigiosa. Su personal debería confiar más en ella. Hasta el punto de que, en un ejemplo más del humor que impregna el libro, esa misma asistente la calificará como la verdadera reina del crimen

El problema que impide a la reina canalizar su innegable talento detectivesco viene dado por las limitaciones que le impone su responsabilidad institucional, por las exigencias de su cargo, por las restricciones de movilidad a las que obliga una posición pública expuesta de continuo al escrutinio de decenas de colaboradores, asistentes, ayudantes, doncellas, edecanes, mayordomos y demás “fauna” palaciega. Ella ha tenido que averiguar por sí misma lo que se le da bien, lo que es capaz de hacer. Y lo que hace bien es reparar en las cosas, ver cuándo algo «no cuadra». Descubrir por qué y deshacer el entuerto. De hecho, es genial haciendo eso. Pero suele necesitar ayuda

Y aquí es donde entra en acción el segundo gran personaje del libro, Rozie Oshodi, secretaria personal adjunta de la reina y colaboradora principal “externa” en las pesquisas que su “jefa” necesitará hacer fuera de palacio para resolver los enigmas que su reflexión y sus intuiciones le van planteando. Rozie es negra, de Nigeria, nacida en una familia humilde (su abuelo, llegado a Inglaterra a principios de los sesenta, había empezado lavando cuerpos en el depósito de cadáveres; su padre, trabajador del metro de Londres; su madre, comadrona y voluntaria en la comunidad local), criada en un modesto apartamento de dos habitaciones en Notting Hill. Rosemary Grace Oshodi, su nombre completo, se pagó los estudios con trabajos ocasionales cuidando los caballos en los establos de la “gente rica”. Inteligente, acostumbrada a la exigencia, la universidad le pareció coser y cantar. Se alistará en el Cuerpo de Entrenamiento de Oficiales, hará carrera en el ejército como soldado de las Fuerzas Armadas de Su Majestad, se incorporará a un banco de inversiones desde donde accederá a su actual puesto, en el que sólo lleva seis meses. Pese a su solvente trayectoria, Rozie es incapaz de entender el que se confíe en ella para las delicadas tareas, en algún caso bordeando la ilegalidad, que le exige -le sugiere- la reina (¿Por qué se las confiaba a una joven empleada como ella, con sólo tres años de experiencia en la Real Artillería Montada y apenas unos meses como asesora bancaria? La reina podía recurrir al MI5 y a la Policía Metropolitana. Incluso al primer ministro. O si prefería que la cosa quedara más en casa, al propio sir Simon o a su caballerizo mayor. «¿Por qué recurre a mí?»). La exótica apariencia de la muchacha (su radical corte de pelo […] sus inmaculadas cejas […] las curvas de su atlético cuerpo enfundado en una estrecha falda de tubo y una chaqueta entallada […] los zapatos de tacón alto) la pone en el disparadero de la prensa sensacionalista, pero Rozie, orgullosa de sus orígenes humildes y sus innegables logros, desempeñará sus funciones con eficacia y discreción y acabará por crear, más allá de su labor profesional, unos sutiles pero firmes vínculos personales con su superiora. 

En fin, por distintos motivos merece la pena adentrarse en la excelente novela que os he presentado en esta ya muy larga reseña. No dejéis de leerla, os procurará horas de inteligente esparcimiento. Como acompañamiento musical a mi propuesta, os dejo con Celos, un tango que se baila en la fiesta posterior a la cena en palacio que desencadenará la acción en El nudo Windsor. La pieza, muy conocida, fue compuesta por el violinista danés Jacob Gade, y aquí aparece en la versión del argentino Sexteto Mayor. 


Durante el resto del día, la reina pudo percibir cómo la sombra del miedo y la incertidumbre se posaba inexorablemente sobre el castillo. Ella y el personal de su casa se regían por un código de lealtad absoluta, y esa lealtad era mutua. Ellos no cotorreaban, no vendían historias al The Sun o al Daily Express, no pedían ni esperaban los exorbitantes salarios que habrían exigido a gente como Peyrovski, no hacían preguntas impertinentes ni permitían que las inevitables fricciones o los problemas personales de los de abajo afectaran en lo más mínimo a la gestión fluida de los asuntos de su soberana, o por lo menos no muy a menudo. A cambio, ella los respetaba y protegía, valoraba sus sacrificios y recompensaba su servicio de toda una vida con medallas y otros honores que para ellos representaban un tesoro más valioso que el oro. 

Dignatarios, presidentes y príncipes extranjeros quedaban maravillados ante la precisión y profesionalidad de esos hombres y mujeres, siempre atentos a todos los detalles durante el tiempo que durase la visita. Los familiares de la reina le tenían mucha envidia, y de cuando en cuando trataban de robarle alguno de los más excepcionales, y a veces lo conseguían. De Balmoral al palacio de Buckingham, de Windsor a Sandringham, el ejército de miembros del personal a su servicio, varios cientos, era de hecho su familia. Ellos la habían cuidado durante casi noventa años muy complicados, habían amortiguado el embate de las mareas de desafecto que a veces se daban el gusto de mostrar sus súbditos, y trabajaban incansablemente para conseguir que una tarea en ocasiones muy difícil pareciera no requerir esfuerzo alguno. Actuaban sobre la base de la confianza mutua, y ahora el servicio de inteligencia estaba minando esa confianza con sus insidiosos interrogatorios.
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S. J. Bennett. El nudo Windsor