Vivo entre muchos libros y extraigo una gran parte de mis ganas de vivir del hecho de que aún leeré la mayoría de ellos. (Elias Canetti)

miércoles, 9 de octubre de 2019

JOHN WILLIAMS. BUTCHER'S CROSSING

Hola, buenas tardes. Bienvenidos un miércoles más a Todos los libros un libro, el programa de recomendaciones de lectura de Radio Universidad de Salamanca. Con mi reseña de hoy abrimos una serie de cinco propuestas literarias que os llevarán -las cinco- a los vastos y tantas veces inacabables territorios de Estados Unidos, un espacio de dimensiones físicas pero también “existenciales” casi míticas, objeto de atracción para muchas generaciones desde aquellos primeros arriesgados viajeros que, a bordo del Mayflower, desembarcaron en sus costas orientales pronto hará ya cuatrocientos años (los colonos anglosajones llegaron a lo que entonces denominaron “colonia de Plymouth” exactamente el 11 de noviembre de 1620). Una referencia, esta de los pioneros del Mayflower, especialmente apropiada a nuestro libro de hoy, como luego veremos.

El pasado mayo, en otro breve “ciclo” de viajes en nuestro espacio, ya habíamos recalado en las tierras estadounidenses, también desde una perspectiva rozando lo legendario, a partir de Oeste, la fenomenal novela de Carys Davies, que nos ponía en contacto, a través de un personaje formidable, el soñador e iluminado, el obstinado y decidido Cy Bellman, con los más reconocibles “tópicos” de la conquista del Oeste. Idénticas connotaciones épicas, idéntica atmósfera de leyenda, idéntica consideración de epopeya caracterizan también esta excepcional novela de la que ahora quiero hablaros, una maravilla que no deberíais perderos de un autor consagrado, John Edward Williams, que ya apareció en nuestro espacio años atrás con otra de sus novelas esenciales, quizá su obra mayor, Stoner. En este caso es Butcher’s Crossing, el título, con casi sesenta años a sus espaldas, cuya lectura os recomiendo vivamente. El libro, publicado en nuestro país en 2013, vio la luz, en traducción de Luis Murillo Fort, en la editorial Lumen.

Estamos en 1873. William Andrews, estudiante del tercer curso en la Universidad de Harvard, decide, movido por no se sabe qué extraña pulsión y contrariando la voluntad familiar, abandonar su previsible trayectoria profesional y personal en Boston y durante dos largas semanas, dando tumbos en diligencia y ferrocarril por medio país -Albany, Nueva York, Baltimore, Filadelfia, Cincinnati, Saint Louis (en su recuento apresurado)-, dirigirse hacia el Oeste, hacia Butcher’s Crossing, un poblacho perdido en medio de ninguna parte, un anodino lugar de paso en Kansas condenado a la extinción. Con la sola referencia de un nombre, el del señor McDonald, un crepuscular personaje, dedicado a la compraventa de pieles de bisonte, al que el padre del muchacho conoció esporádicamente doce o catorce años atrás y para el que le ha dado una carta de recomendación, Will desciende del tren en el inhóspito poblado con la intención de conocer la región y abrirse a experiencias nuevas. Pero el contacto con McDonald y con el desolado villorrio -un desvencijado hotel, una taberna, un burdel, una herrería, un almacén, cuatro precarias construcciones de madera, ardiente sol y asfixiante polvo, en una iconografía bien conocida para el lector actual a partir de los westerns de Hollywood- lo mantienen en una algo decepcionante, aunque breve, espera. Movido por su necesidad de acción, por la energía de la juventud, por la voluntad -el ansia- de experiencias, trabará conocimiento con un individuo singular, de dimensiones heroicas y atractivo irresistible, Miller, un avezado cazador, de rasgos y carácter shakesperianos, que acaba implicando al joven Andrews -a su persona y a su capital- en un proyecto atrevido, desorbitado, rozando la locura: una expedición de caza a un valle casi inaccesible en Colorado, al pie de las Montañas Rocosas. Diez años atrás Miller había descubierto el lugar, una suerte de universo aislado por los abruptos accidentes orográficos que lo limitaban, en el que se desenvolvían pacíficamente miles de bisontes -siempre en el recuerdo del adusto cazador- en una despreocupada existencia ajena al ser humano; un blanco fácil, pues, dada la práctica imposibilidad física de escapatoria -el valle clausurado para los animales salvo por un estrecho desfiladero que lo cerraba-, para cualquier cuadrilla de tiradores, por muy inexpertos que fuesen. Miller logra persuadir al chico de la conveniencia de embarcarse en un plan que en su cálculo -no exento de ribetes de delirio- prevé breve y sencillo, saliendo a principios de otoño y volviendo en solo un par de meses cargados de valiosas pieles de bisonte, miles de dólares que compensarán con creces la inversión inicial del joven bostoniano. Y así, tras algunos días de preparación y avituallamiento, de acopio de material y organización de la intendencia, dejarán atrás las llanuras de Kansas camino de su destino, quién sabe si feliz o aciago, en una expedición para la que han reunido una partida que incluye, además de a ellos dos, el inexperto y permanentemente asombrado Andrews, y el muy seguro, sapiente, confiado y rebosante de autoridad natural, Miller, líder indiscutible del grupo, a las dos incorporaciones adicionales que éste ha impuesto: Charley Hoge, eficaz en muchos aspectos prácticos de la empresa -caza, gobierno del campamento, control de los animales, despensa y cocina- pese a carecer de una mano, perdida en otra “correría”; un borrachín, protegido del máximo responsable de la aventura, siempre aferrado a su Biblia y sus cánticos religiosos, un hombre hosco, que irá ganando en ensimismamiento e introspección con el paso de las semanas; y Fred Schneider, el desollador alemán, eficaz despellejador de bisontes, otro tipo arisco, huraño, gruñón, retraído, solitario.

Butcher’s crossing es la descarnada e intensa descripción de esa atrevida y a la postre arriesgada empresa, en una narración espléndida que es a la vez un apasionante relato de aventuras, un western, una muy fidedigna crónica histórica, una novela de iniciación y, también, un profundo texto de índole filosófica en el que podemos encontrar un alegato ecologista en favor de la vida natural con referencias a las obras de Thoreau y Emerson y a los versos de Walt Whitman, un elogio, lleno de claroscuros, de la libertad individual frente a las convenciones de la vida social, una fábula metafísica en la que resuenan ecos del Moby Dick de Melville, y una penetrante indagación, de alcance universal, sobre el sentido último de nuestras vidas.

En primer lugar, la novela puede leerse como una arrebatadora y palpitante historia de aventuras. El recorrido de los cuatro esforzados expedicionarios a través de las extensas, inabarcables praderas de Kansas, de las inmensas llanuras de inalcanzable horizonte, de las abruptas estribaciones de las Montañas Rocosas, su lucha contra las inclemencias del tiempo y la a menudo hostil naturaleza, el “enfrentamiento” -desigual para desgracia de los animales- con las manadas de bisontes, la sufrida supervivencia en un entorno despiadado, la convivencia y los conflictos entre personalidades disímiles e incluso opuestas, el espíritu de curiosidad y asombro -aún felizmente infantil- que mueve al protagonista en su muy ardua peripecia, atrapan al lector y se disfrutan con el entusiasmo y el deleite que uno asocia a las primeras y emocionantes lecturas juveniles. Contribuye al logro de este benéfico efecto la muy sólida descripción de las personalidades de los cuatro protagonistas principales -e incluso de los dos secundarios, que no participan en el viaje, el comerciante MacDonald y la sensible prostituta Francine- muy bien caracterizados en su contorno físico y su dimensión íntima. Por encima de todos un Miller capaz de provocar unas simultáneas atracción y repulsa, un individuo enérgico, confiado, sapiente, seguro, y que representa la autoridad, la confianza, el liderazgo natural, también la enajenación, la locura, la obnubilación; pudiendo encontrarse en él la sombra del capitán Ahab, con la insensata persecución de la casi mitológica ballena blanca transformada aquí en la ciega y bárbara y desalmada caza de bisontes. [Veía] la matanza de bisontes, no como un ansia de sangre, de pieles o de lo que pudieran reportar, y ni siquiera al final como una descarga de la furia que anidaba en el interior de Miller; acabó viendo la matanza como una fría y ciega respuesta a la vida en la que Miller se había metido de lleno, leemos acerca de él en un momento de la novela. Y también: un autómata, un mecanismo puesto en marcha por el discurrir de la manada. Confundido con el paisaje, rudo, greñudo, sucio, negro por la mugre y el ardiente sol y la falta de aseo, envuelto en pieles de bisontes, arisco, convertido en algo tan intrínseco al paisaje que ya no era posible distinguirlo, la “iconografía” con la que nos lo presenta Williams lo dota de una poderosa significación de formidable alcance simbólico. Pero también nos interesa Charles Hogey, tan débil, tan necesitado de apoyo y protección, siempre muerto de frío, con sus ojos desenfocados, algo alocados, perdido el sentido en los episodios más duros de la terrible vivencia que envolverá a los aventureros. Y el inestable Schneider, irascible, obstinado, individualista, malhumorado, silencioso -o hablando solo-, soportando el paso del tiempo al margen de los compañeros, anhelando en todo momento el retorno, el dinero, el cuerpo de las mujeres, imaginado, ardientemente deseado en su áspera y opresiva soledad. Y está, claro, el propio Will Andrews, observador de todo y de sí mismo, valiente, convencido, empecinado incluso, ansioso de experiencias, lleno de energía y decisión -Se sentía recorrido por la corriente de una fuerza sin nombre-, creciendo, madurando, abierto a la vida y al mundo.

Todo ello, el paisaje, pero también los personajes y sus andanzas extremas, remiten al mundo del western y, en general, a la “conquista” del Oeste, a ese fenómeno expansivo de los pioneros norteamericanos que atravesaron el continente de costa a cosa ampliando los límites de su país en busca de oportunidades, de una vida mejor, de, en definitiva, un sueño dorado, mientras por el camino domeñaban la naturaleza, esquilmaban a las poblaciones indias y devastaban la ubérrima fauna local. El libro ofrece así una muy interesante faceta documental, sirviendo, en su microcosmos minuciosamente descrito, de singular, y a la vez universal, crónica histórica. El paralelismo, subrayado de manera recurrente, con los navegantes y exploradores del Mayflower y, en general, con cualquier explorador que desafía los límites de lo conocido (Pensaba en las historias que había oído entonces sobre aquellos primeros exploradores que se aventuraron en el mar. Recordó haber oído hablar de la superstición según la cual llegarían al final del océano y caerían a un espacio y una oscuridad sin fin. Sabía que esas leyendas no los habían detenido, pero aun así se preguntaba cuántas veces, en su solitario navegar, habrían tenido el presentimiento de que caerían al vacío, y cuántas veces habrían soñado con ese momento. Al observar el horizonte, vio que la línea temblaba por efecto del calor a medida que avanzaba el día; a media tarde, al levantarse viento, la línea perdía nitidez y se fundía con el cielo, y hacia el oeste había una región imprecisa cuyos límites y extensión quedaban sin definir. Luego, cuando la noche se abría paso desde la claridad hundida como una tea en la bruma de poniente, el pueblecito donde se encontraba parecía contraerse a medida que la oscuridad se expandía; y por momentos, cuando su vista perdía el punto de referencia, tenía la impresión de estar cayendo, como debió de ocurrirles a los navegantes en sus pesadillas oceánicas); la pormenorizada y exhaustiva exposición de las características de los bisontes, de su anatomía y hasta de su olor, de sus hábitos gregarios, del deambular y las maniobras de las manadas, de su significativa “coreografía”, de las estrategias de defensa y protección de las crías, de su progresivo exterminio -podría decirse “industrial”- a manos de un hombre blanco depredador (Dentro de un par de años, aquí en Kansas no habrá nada que cazar), de las terribles matanzas de los indefensos -pese a su gigantez- bóvidos; el esmerado conocimiento de los rituales y protocolos de la caza, de las armas empleadas, de la munición, de las rutinas del despellejamiento y la evisceración, la precisión extrema en la descripción de los restos óseos de los miles de cadáveres dejados a su cruel paso por los expedicionarios; el muy atinado y fidedigno relato de las costumbres de los cazadores, del manejo de los animales de carga, de las carretas, de la travesía de las praderas y el paso de los ríos, de los mil y un detalles de los usos de la supervivencia, conservación de alimentos, estrategias de protección frente al frío, prácticas de caza y pesca; la solvente recreación de los escenarios naturales; son, todos, elementos que transportan al lector a un espacio y un tiempo realistas y bien reconocibles pese a la condición novelística y por tanto “ficticia” de la obra.

Y es este, el de la muy verosímil ambientación de la aventura narrada, otro gran eje del excepcional interés que despierta la novela. A lo largo de su periplo, que previsto inicialmente -como se ha dicho- para un par de meses acaba desarrollándose a lo largo de ocho o diez, los cuatro esforzados expedicionarios, atraviesan los desiertos parajes de un entorno aún prácticamente inexplorado sometidos a las veleidosas y cambiantes condiciones de unas estaciones que se manifiestan de modo extremo, riguroso y exigente en una naturaleza a menudo adversa cuya poderosa presencia se constituye en otro de los protagonistas, quizá el principal, del libro. Desde las inequívocas citas iniciales -de unos muy significativos y abiertos a infinidad de sugerencias Emerson y Melville- en Butcher’s Crossing se suceden las reflexiones sobre dicha naturaleza (En la naturaleza existía un sutil magnetismo, que, si inconscientemente se dejaba llevar, lo guiaría por el buen camino) con, sobre todo, constantes descripciones del impresionante entorno natural, tanto en su vertiente más acogedora y amable, encendida y vital: los verdes valles, la quietud y el clima apacible en primavera, los otoñales ríos de agua transparente, la abundancia de comida, el sustento al alcance de la mano, la calidez del sol, los territorios aún vírgenes, desconocedores de la destructiva mano del hombre; como en su faceta más terrible, inhospitalaria y cruel: el calor inclemente, las distancias imposibles, el frío desmedido, el viento helado, la nieve que sepulta cualquier vislumbre de vida, la congelación que aniquila toda existencia. Es espléndido el dibujo de los cambios estacionales, de las variaciones del paisaje, de los accidentes geográficos -ríos, llanuras, riscos, laderas, valles-, de los colores de campos y montañas, como en este bellísimo fragmento que no me resisto a transcribir: La montaña era un sinfín de tonos y matices: el verde oscuro de las ramas de pino se volvía amarillo verdoso en las puntas, allí donde crecían retoños; en las matas de bayas silvestres empezaban a abrirse capullos encarnados y blancos; y el verde claro de los brotes nuevos en los álamos temblorosos centelleaba más arriba de la blanquísima corteza de sus troncos. A ras de tierra la hierba reflejaba la luz del sol hacia los rincones en sombra bajo los grandes pinos, dando un leve resplandor a sus troncos, como si la luz proviniera del núcleo mismo de los árboles. Andrews creyó ser capaz de escuchar el crecimiento. Una brisa suave agitaba las ramas, y las agujas de pino susurraban como si alguien frotara las unas contra las otras. De la hierba ascendía un murmullo, el que producían innumerables insectos allí escondidos realizando sus invisibles tareas; en el interior del bosque crujió una rama bajo la pata de un animal. Andrews respiró hondo aquel aire fragante que le traía el olor especiado del borrajo y el aroma almizcleño de la lenta descomposición de la tierra a la sombra de los grandes árboles. Y están también, como se puede apreciar, los olores, no sólo los muy perfumados y aromáticos de las plantas, también los de la descomposición de los cadáveres, las tripas de los animales, el cuero de las pieles.

Esa naturaleza desbordante y excesiva es, para Will, el epítome de lo salvaje (Lo que había visto por la mañana -el vacío de la planicie, aquel mar amarillo de inmaculada hierba- era tan solo la premonición de lo salvaje, dirá al comienzo de su viaje). Frente al bullicio inhumano del Boston del que huye, con las calles apretadas, la mugre urbana y la multitud afanosa, la pradera despoblada y misteriosa, el vigor primigenio de unos animales que rozan lo mitológico, la inexorable intensidad de los fenómenos atmosféricos, su inevitabilidad, le muestran lo que quizá, sin saberlo, había venido a buscar: Eso que él trataba de encontrar: lo salvaje. Era una libertad y una bondad, una esperanza y un vigor que parecían subyacer en todo cuanto había sido su vida hasta entonces, una vida que no era buena ni libre ni esperanzadora ni vigorosa. La profunda -y con frecuencia tremenda- verdad que encierra la naturaleza (Una gran quietud parecía emanar del valle; era la quietud, la inmovilidad, la calma absoluta de una tierra no hollada por pies humanos) se presenta así como la metáfora de la libertad que el joven ansía, una libertad a la vez fascinante y aterradora, a la que accederá dejando atrás la ciudad, la civilización, lo previsible, lo ordenado, las convenciones, las leyes de los hombres, atravesando un río, simbólico último límite del mundo “civilizado”, un río al que, mentalmente, atribuía proporciones de amplia frontera entre él y lo salvaje y la libertad que perseguía. El valle será para él, pues, un microcosmos, metáfora de la vida: El mundo exterior le venía a la mente de manera repentina y borrosa, como si lo estuviera soñando. Una parte muy importante de su vida estaba transcurriendo en aquel valle de montaña; y cuando lo contemplaba -el lecho llano, la exuberante hierba de un verde pajizo, las murallas donde crecían pinos de ramaje verde oscuro entreverado del dorado rojizo de los álamos temblones, los picos y las crestas rocosas, todo ello bajo la cúpula intensamente azul de aquel cielo parco de aire-, le parecía que los contornos del lugar fluían bajo su mirada, que eran sus ojos los que daban forma a cuanto veía, dando al mismo tiempo forma y lugar a su propia existencia. Andrews no se concebía ya a sí mismo fuera de aquel entorno.

El relato accede de esta manera a otras dimensiones si cabe más ambiciosas, que permiten caracterizarlo tanto de novela de iniciación como filosófica. El viaje de Andrews es un tránsito, de la juventud a la madurez, de la perplejidad al asombro, de las certidumbres al escepticismo, de la ignorancia al conocimiento. Viaja, pues, para hallar el sentido de su vida, para encontrarse a sí mismo, para “saber”; y se cuentan por decenas los ejemplos -reflexiones, dudas, intuiciones, pensamientos, pálpitos- en los que la agotadora y exigente peripecia “física”, crudamente “real”, encuentra su correlato en la aventura existencial. La extremosidad de las condiciones materiales, el hambre, la congelación, las jornadas enteras durmiendo en una forzada y heladora hibernación llevan en ocasiones al personaje a una suerte de lúcido delirio, en un relato por momentos onírico en el que parece que alcance una especie de reveladora clarividencia. Se miraba (piensa, mientras Miller se embriaga en la matanza de bisontes) y no era capaz de reconocerse ni de entender qué hacía allí. Y también: Era incapaz de verse a sí mismo. Una vez más, pensaba en el Andrews de unos meses atrás en Butcher’s Crossing como en un desconocido. ¿Qué había pensado entonces, cuando miraba desde el otro lado del río hacia la región donde ahora se encontraba? ¿Qué era? ¿Cómo se sentía? Ahora se consideraba una especie de ente sin forma que no hacía nada, que carecía de identidad. O aún de modo más nítido: Pensaba que ese era el principal significado que podía encontrarle a la vida, y le pareció que todo lo acaecido en su niñez y en su juventud había sido un preámbulo para el preciso instante en que ahora se encontraba, como un pájaro antes de alzar el vuelo. Miró otra vez el río. A este lado está la ciudad, pensó, y a ese otro lo salvaje. Y aunque tengo que volver, ese regreso es también otro medio que tengo de dejar atrás la ciudad, más todavía.

Y a partir de esta intensa experiencia de profundo descubrimiento íntimo, surge la lectura que podríamos llamar “metafísica” del libro, en tanto se refiere a lo que de universal tiene la indagación en el sentido último de la propia vida. Quiénes somos, qué otorga significado a nuestro paso por la tierra, para qué vivimos, cuál es, en realidad, nuestro lugar en el mundo; he ahí algunas de las preguntas que el joven (ahora ya no tanto, tras su vivencia casi un viejo) se formula y que salpican la última parte del libro: Le invadió una tristeza ambigua, como un anticipo de la pena; se puso a pensar en su padre, y aquella figura enjuta y austera pasó como un desconocido ante los ojos de su mente para desvanecerse, intangible, en una niebla gris. Un espasmo de pesar y compasión le hizo cerrar los ojos, y con aquel ligero movimiento de los párpados, la oscuridad se manifestó bruscamente. Supo que no iba a volver. No volvería (…) a la región que lo había visto nacer y crecer, que le había dado la forma en que se reconocía y el fondo en que apenas empezaba a reconocerse ahora, y que lo había puesto a merced de un territorio salvaje donde había creído encontrar una faceta más verdadera de sí mismo. No, nunca volvería. E igualmente: Pues no hay nada, ¿entiendes? Naces, mamas mentiras, te crías en casa con mentiras, aprendes otro tipo de mentiras en la escuela. Toda una vida llena de mentiras, y luego, cuando ya vas a morir, tal vez te des cuenta de que no hay nada, nada salvo tú mismo y lo que podrías haber hecho. Pero, claro, no lo hiciste porque esas mentiras decían que había algo más. Y entonces te das cuenta de que habrías podido tener el mundo entero, siendo el único que conoce el secreto… Pero ya es demasiado tarde. Te has vuelto viejo y no hay vuelta atrás. O aún con mayor desesperanza: Desperdicias todo un año de tu vida por tener fe en el sueño de un necio. ¿Y qué consigues? Nada.

En fin, no dejéis de leer esta magistral novela, Butcher’s Crossing, de John Williams. Estoy seguro de que os va a entusiasmar. Una canción tradicional del folklore norteamericano, The buffalo skinners, que ha conocido diferentes versiones -Bob Dylan, Woody Guthrie, Pete Seeger, Roger McGuinn, Ramblin’ Jack Elliott- en sus muchas décadas de existencia, ilustra musicalmente esta reseña. Van Wagner es su intérprete, elegido por el muy ilustrativo vídeo que acompaña a la canción en Youtube. 


Se sintió invadido por una extraña tristeza, una especie de presentimiento o de nostalgia. Contempló la pequeña fogata que ardía alegremente y luego desvió la vista hacia la oscuridad. Allí estaba el valle que había acabado conociendo como la palma de su mano; no podía verlo ahora, pero sabía que estaba allí; y estaban también los cadáveres corrompidos de los bisontes cuyas pieles tantos sudores, tiempo y energías les había costado reunir. No podía ver tampoco los almiares de aquellas pieles, pues estaban asimismo en la oscuridad; por la mañana los cargarían en el carromato y abandonarían el lugar. Tuvo la sensación de que jamás volvería -aun sabiendo que debía regresar con los otros para recoger las pieles que no pudieran llevarse-, la vaga sensación de que dejaría algo atrás, algo tal vez muy valioso de haber sabido de qué se trataba. Aquella noche, una vez la lumbre se hubo extinguido, Andrews se tumbó en el suelo, solo, fuera del refugio, y dejó que el frío le calara a través de la ropa; al final se quedó dormido, pero durante la noche se despertó varias veces y al hacerlo vio un cielo oscuro y sin estrellas.




John Williams. Butcher's Crossing

miércoles, 2 de octubre de 2019

GAËL FAYE. PEQUEÑO PAÍS

Hola, buenas tardes. Bienvenidos a Todos los libros un libro, el espacio de reseñas literarias de Radio Universidad de Salamanca, un programa en el que, desde hace nueve años, os ofrecemos semanalmente una recomendación de lectura para despertar vuestro interés por algún libro elegido siempre con criterios de calidad. En el caso de esta tarde mi propuesta llega, con un cierto retraso, asociada a un triste aniversario, los veinticinco años, que se cumplieron este verano que apenas hemos dejado atrás, de un acontecimiento terrible y que resulta inexplicable que haya podido tener lugar hace tan sólo dos décadas y media, como si el ser humano no hubiese aprendido nada -no lo ha hecho- de la sucesión de atrocidades y de la barbarie que marcaron todo el siglo XX. 

Entre el 7 de abril y el 15 de julio de 1994 en Ruanda se llevó a cabo una brutal y sangrienta matanza organizada, un genocidio, como resultado del ancestral enfrentamiento entre hutus y tutsis, dos de las etnias del país -la tercera, la de los pigmeos twa, se mantuvo al margen del conflicto- que desde al menos el inicio del siglo XIX habían venido enfrentándose a causa, como casi siempre, de cuestiones relativas al reparto de poder, la influencia económica y la jerarquía social. En poco más de tres meses, radicales hutus, casta dominante en la población y el gobierno ruandés, asesinaron al setenta y cinco por ciento de los tutsis y de los hutus moderados, cerca de un millón de personas en total, en venganza y represalia por la muerte, el 6 de abril, de los primeros ministros -ambos hutu- de Ruanda y Burundi, países limítrofes, asesinados al caer derribado por misiles tierra-aire el avión en que viajaban, en un atentado provocado por autores desconocidos que la etnia dirigente atribuyó al activismo tutsi. La excelente novela cuya poética, estimulante, conmovedora, aunque también dolorosa lectura quiero sugeriros hoy tiene este reciente y espantoso episodio histórico como centro principal, aunque va mucho más allá en su propuesta literaria de la mera descripción o el simple recordatorio de unos hechos sobrecogedores. 

Se trata de Pequeño país, la primera novela -con mucho de autobiográfico, como podréis comprobar a lo largo de esta reseña- de su autor, el joven Gaël Faye, nacido en Burundi de madre ruandesa y padre francés, y que vive en Francia desde 1995, cuando con escasos trece años tuvo que salir huyendo de su tierra a causa, precisamente, de la locura colectiva desatada entre los dos pueblos enfrentados. Faye, que compagina su dedicación literaria con una destacada carrera como músico de rap, ha conocido un éxito internacional incuestionable con su opera prima, traducida a treinta idiomas y validada con distintos premios en su país de adopción. El libro vio la luz en Francia en 2016, apareciendo en España a principios de 2018 en la editorial Salamandra, con traducción del francés a cargo de José Fajardo González. Aprovecho para adelantar ahora que la confluencia entre música y literatura en la trayectoria del autor me ha llevado a organizar un par de emisiones centradas en las dos vertientes de su obra, que se radiarán dentro de un mes, aproximadamente, en mi otro espacio en la emisora universitaria salmantina, Buscando leones en las nubes. Atentos, pues, a la parrilla de la radio y al blog del programa si estáis interesados en conocer con más profundidad los textos y la música de Gaël Faye, un autor, por cierto, al que yo me decidí a leer gracias a la entusiasta recomendación de José Luis López Rodríguez, al que desde aquí quiero agradecer su estupenda sugerencia (y tantas otras). 

La novela nos presenta al narrador en dos etapas distintas de su vida. Lo vemos en primer lugar en Francia, en el día de su trigésimo tercer cumpleaños, abatido en un bar nocturno, con un whisky en la mano, mientras un televisor emite imágenes de pobres seres humanos arriesgando sus vidas en el Mediterráneo para huir del hambre, de las persecuciones, del infierno. Gabriel -Gaby-, el protagonista y voz que relata la historia, había abandonado Burundi hacía veinte años, con sólo trece, como consecuencia de la guerra civil referida y desde entonces no ha vuelto a su país. Relativamente asentado en la región parisina, aunque existencialmente desubicado (Ya no habito en ninguna parte), oscila entre la voluntad decidida de dejar atrás y olvidar un pasado que sólo aflora en su vida como dolor y sufrimiento (Tengo miedo a encontrarme con verdades enterradas, con pesadillas dejadas en el umbral de mi país natal. Durante la noche, en sueños; de día, con el pensamiento; hace veinte años que regreso a mi barrio, a aquel tiempo suspendido en el que vivía feliz con mi familia y mis amigos. La infancia me ha dejado marcas con las que no sé qué hacer. En los días buenos me digo que es de ellas de donde nacen mi fuerza y mi sensibilidad. Cuando he llegado al fondo de la botella, veo en ellas la causa de mi inadaptación al mundo), y la nostalgia de esa infancia despiadada y cruel, pero aun así apacible, inocente y libre, elemental y feliz. Ese permanente dilema en el que vive envuelto en sus dos décadas de “exilio” se resuelve un día cuando una misteriosa llamada telefónica desde Burundi -una señal del destino-, cuya autoría, contenido y significado sólo conoceremos al término de la novela, le “obliga” a decantarse por volver a su tierra de origen -debo regresar allí, aunque sólo sea para aligerarme el corazón. Para zanjar de una vez por todas esta historia que me persigue. Cerrar la puerta tras de mí para siempre

Tras este breve preámbulo parisino, el núcleo central del libro nos lleva a África, a ese Burundi de la infancia en el que se concentran las dos grandes líneas maestras de la novela, ya esbozadas en la “escena” preliminar: la espontánea alegría de la inocente niñez (muy vivamente recogida en el fragmento que os dejo como cierre a este comentario) y el abrupto paso a una suerte de madurez acelerada por las atrocidades y el horror que el muchacho tendrá que contemplar y padecer. Hay, a lo largo de todo el texto, un continuo juego de contrastes entre esos dos “mundos”, que Faye contrapone en una suerte de permanente ejemplificación del “antes” y el “después”: la vida idílica de una familia y una sociedad aparentemente tranquilas y dichosas, afortunadas y hasta alegres, y, casi de la noche a la mañana, su tenebroso y sombrío envés, la violencia y la ferocidad, la brutalidad y la sanguinaria cólera que afloran tras el inicio del salvaje conflicto. 

Gaby vive en Buyumbura, la antigua capital de Burundi, con su madre, una bellísima exiliada ruandesa de etnia tutsi, Yvonne (No había mujeres con el porte de mamá, juncos de agua dulce de silueta torneada, bellezas de piel negra como el ébano y grandes ojos de vaca watusi, esbeltas como rascacielos); su padre, David (Papá era un francesito del Jura, llegado a África por casualidad para realizar el servicio civil), un empresario francés al frente de una fábrica de aceite de palma y genuinamente satisfecho en su vida africana rodeada por un confort y un desahogo económicos imposibles en Europa; y una hermana menor que él, la pequeña Ana. En el domicilio familiar se desenvuelven también Donatien, el capataz zaireño; el joven Innocent, tutsi altanero y malhumorado, algo mafioso, que además de chófer de la empresa ejerce de hombre para todo de David; y Prothé, el cariñoso cocinero hutu, gran partidario de la democracia, a quien conocemos orgulloso por las elecciones presidenciales que se celebran en el país. 

El matrimonio vive días de intensa y despreocupada exaltación (la felicidad tenía ritmo de chachachá bajo un cielo salpicado de estrellas. ¡Todo estaba claro! ¡No había nada más! Amar. Vivir. Reír. Existir. Siempre adelante, sin detenerse, hasta el final de la pista e incluso un poco más allá). El niño es feliz en su vida familiar, corriendo libre en la naturaleza (Observo mis zapatos lustrados -dirá, nostálgico, desde su vida convencional en Francia-, brillan, me devuelven un reflejo desalentador. ¿En qué se han convertido mis pies? Se esconden. Nunca he vuelto a verlos pasearse al aire libre. Me acerco a la ventana. El cielo está cubierto. Cae una llovizna gris y viscosa, no hay ningún árbol de mango en el pequeño parque encajonado entre el centro comercial y las vías del ferrocarril), disfrutando con sus amigos de “la banda del callejón”: los gemelos mestizos, de padre francés y madre burundesa, que al ser sus padres dueños de una tienda de vídeos aseguraban al grupo de chavales la provisión de comedias americanas, películas de amor indias y, a veces, cintas porno; Armand, el único totalmente negro de la pandilla, su padre un muy rígido diplomático de Burundi en los países árabes; Gino, el mayor del grupo, hijo de un profesor belga en la Universidad de la capital y de una madre, también ruandesa como la de Gaby, aunque siempre ausente, un enigma; más adelante llegará Francis, enemigo primero e integrado después, no sin conflicto, en la cuadrilla. La descripción de esos días paradisíacos es entrañable, llena de ternura: la candorosa correspondencia con Laure, la niña francesa con la que se cartea, las efímeras peleas entre amigos (Los cinco nos pasábamos el tiempo discutiendo, no se puede negar, pero nos queríamos como hermanos), los juegos en la calle, corriendo descalzos y con el torso desnudo, las excursiones para robar mangos en los jardines vecinos, los baños en el río, las reuniones furtivas en la furgoneta Volkswagen Combi abandonada, fumando, conspirando, disfrutando sin sombra alguna de pesar, la vida sin explicaciones, la existencia tal como era, tal como siempre había sido y como a mí me gustaría que siguiera siendo. Un dulce sopor, apacible… Y la maravilla del entorno: los intensos olores de la naturaleza, el colorido, lo extremoso del clima, las noches ardientes, las lluvias caudalosas y repentinas. En resumen, recordará Gaby, en nuestro escondite del terreno baldío del callejón estábamos tranquilos y éramos felices

Pero este idílico escenario encierra ya, oculta, apenas perceptible salvo en algunos escasos signos, la semilla del mal. Primero entre los padres, cuya relación va deteriorándose en cuanto la realidad, la ruda presencia de la cotidianidad (los hijos, los impuestos, las obligaciones y los problemas llegaron pronto, demasiado pronto, y con ellos las dudas y los cortes de carretera, los dictadores y los golpes de Estado, los programas de ajuste estructural, la renuncia a los ideales, las mañanas en las que resultaba difícil levantarse) se impone al ardiente deseo inicial, al amor, a la ilusión, al brillante sol, metafórico y real, a la fervorosa entrega a la vida; luego en la sociedad entera, con el señalamiento y la discriminación al diferente, con el odio, la crueldad, los primeros atisbos de violencia, las matanzas, la guerra larvada. No me resisto a transcribir, pese a su extensión, las primeras frases del prólogo de la novela, que, en su aparente inocencia, encierran una de sus claves: 

La verdad es que no sé cómo comenzó esta historia. 
Papá, sin embargo, nos lo había explicado todo un día en la camioneta. 
— Mirad, en Burundi sucede como en Ruanda. Hay tres grupos diferentes, se llaman etnias. Los hutus son los más numerosos, son bajitos y tienen la nariz ancha. 
— ¿Como Donatien? — le pregunté yo. 
— No, él es zaireño, no es lo mismo. Como nuestro cocinero, Prothé, por ejemplo. También están los twa, o sea, los pigmeos. Ellos, bueno, dejémoslo, sólo son unos pocos, digamos que no cuentan. Y luego están los tutsis, como mamá. Son mucho menos numerosos que los hutus; son altos y flacos, con la nariz fina y nunca se sabe lo que se les pasa por la cabeza. Tú, Gabriel — añadió mi padre señalándome con el dedo—, eres un auténtico tutsi, nunca se sabe lo que piensas. 
Tampoco yo sabía qué pensar. Al fin y al cabo, ¿qué podía pensar uno de todo aquel lío? Así que le pregunté: 
— ¿La guerra entre los tutsis y los hutus es porque no tienen el mismo territorio? 
— No, no es eso, están en el mismo país. 
— Entonces... ¿no hablan la misma lengua? 
— No, la lengua que hablan es la misma. 
— Entonces, ¿es porque no tienen el mismo dios? 
— Sí, sí tienen el mismo dios. 
— Entonces... ¿por qué están en guerra? 
— Porque no tienen la misma nariz. La conversación se detuvo ahí. De veras que aquel asunto era muy extraño. Creo que papá tampoco lo entendía muy bien. A partir de aquel día, empecé a fijarme en la nariz y en la estatura de la gente por la calle. Cuando íbamos de compras al centro de la ciudad, con mi hermana pequeña, Ana, intentábamos adivinar discretamente quién era hutu y quién tutsi. Murmurábamos: 
— Ese del pantalón blanco es un hutu, es bajito y tiene la nariz ancha. 
— Ajá, y el de allí, con sombrero, es altísimo, muy delgado y con la nariz muy fina, ése es un tutsi. 
— Y ese de ahí, el de la camisa a rayas, es un hutu. 
— Qué va, míralo, es alto y flaco. 
— Sí, pero ¡tiene la nariz ancha! 
Ahí fue cuando empezamos a dudar de aquella historia de las etnias. Y además papá no quería que habláramos de eso. Para él, los niños no debían entrometerse en política. Pero no podíamos evitarlo. Aquella extraña atmósfera crecía de día en día. Hasta en la escuela los compañeros de clase comenzaron a pelearse en el patio tildándose de hutus o de tutsis. Durante la proyección de Cyrano de Bergerac, incluso se oyó a un alumno decir: «Mirad, con esa nariz, es un tutsi.» Algo diferente flotaba en el aire. Tuvieras la nariz que tuvieras, podías olerlo. 

Y así fue. En el relato del niño Gaby aquella extraña atmósfera crecía de día en día, casi imperceptiblemente, con sus leves signos de oscuridad y desastre, de desasosiego y amenaza, de degradación y miedo. La cotidianidad se envuelve en siniestras señales: lejanos sonidos de disparos, noticias de la barbarie ruandesa, con la trágica experiencia vivida por la familia materna, el detonante burundés a punto de estallar también, centinelas en las casas de los occidentales, habitaciones a oscuras para no llamar la atención de los comandos que vagan a sus anchas sin control, niños que van a la escuela bajo la protección de chóferes oficiales, informaciones dispersas de inminentes carnicerías, rumores que anticipan la hecatombe, cadáveres abandonados en las calles, agitadas conversaciones telefónicas, secretos y ocultaciones de los adultos, agresiones, peleas, palizas y linchamientos, inesperadas visitas nocturnas, un clima general de peligro y alarma, de sobresalto y conmoción. Una atmósfera inquietante, sobrecogedora, como se revela en este fragmento, de nuevo extenso y de nuevo indispensable: Tres jóvenes que iban delante de mí atacaron de súbito a un hombre, sin razón aparente. A pedradas. Desde la esquina de la calle, dos policías miraban la escena sin moverse. Los peatones se detuvieron un momento, como para disfrutar del espectáculo gratuito. Uno de los tres agresores fue a buscar una gran piedra que estaba debajo del franchipán, sobre la que los vendedores de cigarrillos y de chicles tenían la costumbre de sentarse. El hombre estaba intentando levantarse cuando el pedrusco le reventó la cabeza. Se derrumbó cuan largo era sobre el asfalto. Su pecho se hinchó tres veces bajo su camisa. Rápidamente. Buscaba aire. Luego, nada. Los agresores se fueron tan tranquilamente como habían llegado, y los peatones continuaron su camino, evitando el cadáver como se rodea un cono de tráfico. La ciudad entera se agitaba, proseguía con sus actividades, con sus compras, con su trajín. La circulación era densa, sonaban los cláxones de los minibuses, los vendedores ambulantes ofrecían bolsitas de agua y de cacahuetes, los enamorados esperaban encontrar cartas de amor en sus buzones, un niño compraba rosas blancas para su madre enferma, una mujer vendía latas de concentrado de tomate, un adolescente salía del peluquero con un corte a la moda y, desde hacía algún tiempo, unos hombres asesinaban a otros con total impunidad, bajo el mismo sol de mediodía de antaño. De nuevo, la banalidad del mal, ese recurrente leitmotiv presente en todas las inconcebibles tragedias el siglo XX, el nazismo, el estalinismo, la guerra fratricida en los Balcanes. 

Como en gran parte del continente negro la tierra había temblado bajo nuestros pies, imperceptiblemente. Es lo que hace todos los días en ese país, en ese rincón del mundo. Vivíamos sobre el eje de la gran falla, en el mismísimo lugar donde África se fractura, afirmará Gaby; y también: ¡África, qué desastre! Y se suceden las matanzas, se reavivan los ancestrales enfrentamientos tribales, las venganzas, los golpes de Estado, en tentativa o logrados (con la consiguiente emisión de música clásica en las radios: El 28 de noviembre de 1966, durante el golpe de Estado de Michel Micombero, fue la Sonata para piano n.º 21 de Schubert; el 9 de noviembre de 1976, durante el de Jean-Baptiste Bagaza, la Séptima sinfonía de Beethoven, y el 3 de septiembre de 1987, cuando el de Pierre Buyoya, el Bolero en do mayor de Chopin), las milicias dispuestas para la lucha, las tropas del ejército preparando sus armas, las ráfagas de metralleta, los obuses, los misiles, los bombardeos, la guerra declarada, feroz, descarnada, la rapiña, los asesinatos perpetrados a la luz del día y con total impunidad, las violaciones, los saqueos. Y se reparten machetes por doquier, y hay armas ocultas en manos de la población, y se distribuyen listados de personas a las que asesinar en cada barrio, y se informa de un proyecto organizado para acabar con mil tutsis cada veinte minutos, y se anticipa el exterminio generalizado de los “enemigos”, de los “otros”, de todos los que tienen una nariz diferente. Conforme pasaban las horas, los días, las semanas, las noticias que llegaban de Ruanda confirmaban lo que Pacifique había predicho unas semanas antes. En todo el país, los tutsis eran sistemática y metódicamente masacrados, liquidados, eliminados (…). Ruanda se había convertido en un inmenso terreno de caza en el que las presas eran los tutsis. Un ser humano culpable de haber nacido, culpable de ser. Un insecto a los ojos de sus asesinos, una cucaracha que había que aplastar.

Y en medio de todo ello, del desconcierto y el espanto, un niño, tierno y sensible, aterrado (Todavía me pregunto cuándo mis amigos y yo comenzamos a tener miedo), incapaz de entender el odio, incapaz de entender el distanciamiento entre iguales y los bandos (¿Y si uno no quiere escoger bando?), incapaz de entender la muerte y el horror (No tenía una explicación sobre la muerte de unos y el odio de otros. La guerra quizá fuera eso, no entender nada). Un niño normal que hacía lo que podía en un mundo que no le daba opciones; un niño perplejo obligado a luchar, a robar, a tener enemigos; un niño ocupado absurdamente en seguir siendo niño, lidiando inútilmente con la idea de morir en cualquier instante; un niño que se refugiará, que se esconderá en los libros que le proporciona su vecina, la amable señora Economopoulos (Me tapé la cabeza con la almohada. No quería saber. No quería escuchar nada. Quería meterme en un agujero de ratón, refugiarme en una madriguera, protegerme del mundo al final de mi callejón, perderme entre recuerdos hermosos, habitar en tiernas novelas, vivir dentro de los libros); un niño que vivirá gracias a los libros (Gracias a las lecturas, derribé los límites del callejón, respiré de nuevo, el mundo se extendía a lo lejos, más allá de las vallas que nos encerraban en nosotros mismos con nuestros miedos. Ya no iba al escondite, ya no tenía ganas de ver a mis amigos, de oírlos hablar de la guerra, de ciudades muertas, de hutus y tutsis); un niño, por fin, que efectuará así, de la manera más dramática imaginable, el paso a la edad adulta: La muerte ya no era una cosa lejana y abstracta. Tenía el rostro banal de lo cotidiano. Vivir con esa lucidez termina por destruir el resquicio de infancia que se lleva dentro

Porque esta es otra de las dimensiones del libro, la del adios a la infancia y el paso a la edad adulta, la de la pérdida de la inocencia y el aprendizaje del mal (El genocidio es una marea negra: quienes no se ahogan van cubiertos de petróleo durante toda la vida), la de la violencia y de la muerte como necesarios ritos de iniciación. Y es que la muerte había venido, furtivamente, hasta nuestro callejón. No había refugio en la tierra. Y atrás queda entonces la pureza del niño engullida por un miedo devorador que todo lo transforma en maldad, en odio, en muerte. En lava. Atrás quedan sus recuerdos felices (Me decía que la guerra terminaría tarde o temprano, un día alzaría la mirada de las páginas, abandonaría mi cama y mi habitación y mamá habría vuelto, con su bonito vestido de flores y la cabeza apoyada en el hombro de papá, Ana dibujaría de nuevo casas de ladrillo rojo con chimeneas humeantes, árboles frutales en los jardines y grandes soles brillantes, y mis amigos vendrían a buscarme para descender por el río Muha como antes, sobre una balsa de troncos de banano, navegar hasta las aguas turquesa del lago y terminar la jornada en la playa, riendo y jugando como niños). Atrás quedará, en definitiva, una infancia truncada, como constatará, ya adulto, desde su melancólico exilio francés: Pensaba que estaba exiliado de mi país. Al regresar sobre las huellas de mi pasado, he comprendido que lo estaba de mi infancia, lo que me parece todavía más cruel

Y en torno a estos elementos centrales del libro -la infancia, la guerra- aparecen otros temas principales en la novela. En primer lugar, la noción de patria perdida -el “pequeño país”- y la idea de la familia destruida (Mamá, la abuela y Rosalie partieron de inmediato hacia Ruanda en busca de tía Eusébie y de sus hijos, de Jeanne, de Pacifique, de la familia y los amigos. Regresaban a su país después de treinta años de exilio. Habían soñado con ese regreso, sobre todo la anciana Rosalie. Querían acabar sus días en la tierra de sus ancestros. Pero la Ruanda de leche y miel había desaparecido. Ahora era una fosa común a cielo abierto). Gabriel alude de continuo a un país que ya no existe (La vieja se aferraba a su pasado, a su patria perdida, y el joven le vendía su porvenir, un país nuevo y moderno para todos los ruandeses sin distinción. Sin embargo, los dos hablaban de lo mismo. Del regreso al país. Una pertenecía a la Historia, y el otro debía hacerla), a un por lo tanto imposible pero necesario sentimiento de pertenencia: releo el poema de Jacques Roumain que me regaló la señora Economopoulos el día de mi partida: “Si se es de un país, si se ha nacido allí, si se es como quien dice nativo-natural, uno lo lleva en los ojos, en la piel, en las manos, con la cabellera de sus árboles, la carne de su tierra, los huesos de sus piedras, la sangre de sus ríos, su cielo, su sabor, sus hombres y sus mujeres...” 

La pertenencia conecta con el espinoso asunto -dramático en ese contexto- de la identidad, de las diferencias reales o inventadas que constituyen la inconsciente mecha que hará estallar el incendio: las alusiones y sobreentendidos en la escuela en relación a los distintivos de raza (blancos/negros, hutus/tutsis), el malestar creciente entre alumnos y profesores, entre amigos y compañeros de trabajo, entre el personal al servicio de la familia de Gaby, progresivamente enfrentados entre sí por su vinculación a un grupo, a un bando, a una facción (la infranqueable línea de demarcación que obligaba a cada cual a estar en un bando u otro. Uno cargaba con ese bando desde que nacía, igual que se recibe un nombre, y eso lo perseguía para siempre. Hutu o tutsi. Se era una cosa u otra. Cara o cruz. Como un ciego que recupera la vista, empecé entonces a comprender los gestos y las miradas, los sobrentendidos y las actitudes cuyo sentido siempre se me había escapado), la necesidad -casi podría decirse que innata en el ser humano; véase, a otro nivel, por fortuna incruento, el absurdo acontecer de la política española- de “construir” un enemigo (Sin que se le pida, la guerra se encarga siempre de procurarnos un enemigo. Yo, que quería permanecer neutral, no pude serlo. Había nacido con aquella historia. Me corría por dentro. Le pertenecía). 

Pequeño país nos habla también, para cerrar ya esta reseña, del muy triste emblema de todas las guerras, de todas las infancias perdidas, de todos los países abandonados, de todos los fracasos y las derrotas en los que la codicia y la maldad humanas sumen a millones de personas en el mundo entero: el dramático sino de los refugiados, que inundan las pantallas de los noticiarios en el presente parisino de Gabriel, jugándose la vida en el Mediterráneo, y que invaden también sus recuerdos de esa infancia terrible: ruandeses que habían abandonado su país para escapar de las matanzas, masacres, guerras, pogromos, depuraciones, destrucciones e incendios, de las moscas tse-tsé, los pillajes, las segregaciones, las violaciones, los asesinatos, los ajustes de cuentas y no sé cuántas cosas más. Como mamá y su familia, habían huido de todos esos problemas, pero habían encontrado otros nuevos en Burundi: la pobreza, la exclusión, las cuotas, la xenofobia, el rechazo, los chivos expiatorios, la depresión, la añoranza del país, la nostalgia. Problemas de refugiados. Y también, en un retrato por desgracia extrapolable a tantos otros lugares en nuestros acomodados días: En circunstancias normales, Bukavu es un auténtico desastre, pero ahora no creerías lo que ven tus ojos, Michel, ahora es algo que está más allá de lo imaginable. Un vertedero humano. Puestos miserables en cada centímetro cuadrado. ¡Cien mil refugiados por las calles! Es asfixiante. No hay un pedazo de acera libre. Y el éxodo continúa, cada día llegan miles de personas. Una verdadera hemorragia. Ruanda se nos desangra encima; dos millones de mujeres, niños, ancianos, cabras, paramilitares de Interahamwe, oficiales del antiguo ejército, ministros, banqueros, curas, lisiados, inocentes, culpables, todo lo que se te ocurra... Cuanto la humanidad tiene de gente normal y de grandes cabrones. Han dejado atrás perros carroñeros, vacas mutiladas y un millón de muertos sobre las colinas, para venir a nuestro hogar con hambre y cólera. ¡Me pregunto cómo va a salir Kivu de esta mierda! 

En fin, leed, por los muchos motivos reseñados, este Pequeño país de Gaël Faye, un libro conmovedor, que, desde un tono, pese a su dureza, intimista, rezuma belleza, poesía, lirismo, melancolía, tristeza, dulzura, ternura, desgarro y emoción. No os lo perdáis. 

Del propio autor, de su faceta como músico y extraído de su primer álbum, Pili-Pili sur un croissant au beurre, editado en 2013, os dejo con el tema Pequeño país, claramente asociado a su novela.


Pasado el incidente, la fiesta se reanudó aún más animada. Estaba en su apogeo cuando, de pronto, se cortó la electricidad. El centenar de invitados paró de bailar en seco y profirió un «Ooooh» de fastidio. Cubiertos de sudor, reclamaban que volviera la música y golpeaban con manos y pies, gritando mi nombre: «¡Gaby! ¡Gaby!» Todos estaban disfrutando de la gran fiesta y un corte de luz repentino no iba a calmar sus furiosos deseos de divertirse. Alguien lanzó la idea de continuar la celebración con instrumentos de verdad. Entonces, sin pensárselo dos veces, Donatien e Innocent salieron a toda velocidad en busca de tambores en el barrio, los gemelos trajeron la guitarra de su padre y uno de los franceses sacó una trompeta del maletero de su Renault 4. Había empezado a soplar una agradable brisa de lluvia. A lo lejos, por encima de las orillas del lago, se oyó un gruñido sordo; la tormenta se acercaba. Eso inquietó a algunos, sobre todo a los más mayores, que querían anticiparse al chaparrón metiendo sillas y mesas en la casa. Donatien cortó el debate improvisando a la guitarra una melodía de brakka music. Tímidamente, la gente comenzó a moverse de nuevo bajo el pelaje rayado de aquella noche de relámpagos. Los grillos callaron cuando los borrachos comenzaron a hacer tintinear las botellas de cerveza con tenedores y cucharillas para acompañar la melodía. La trompeta se unió a la guitarra y fue recibida con silbidos y gritos de júbilo. Los invitados bailaban de nuevo con ardor multiplicado. Los perros, asustados, se refugiaron con el rabo entre las patas debajo de las mesas, segundos antes de que el cielo explotara en sonidos, luz, rachas de viento y restallidos. Los tambores entraron en escena y aceleraron el ritmo. Nadie pudo resistirse a la llamada de aquella música desenfrenada que tomaba posesión de nuestros cuerpos como si fuera un espíritu benévolo. Bien que mal, el trompetista, sin aliento, intentaba seguir la cadencia de la percusión. Prothé e Innocent golpeaban al unísono las pieles tensas de los tambores, con el rostro crispado por el esfuerzo y una espesa transpiración goteando de sus frentes relucientes. Los invitados daban palmas siguiendo el ritmo y con los pies marcaban el compás, levantando una densa polvareda en el patio. La música iba tan rápida como las pulsaciones en nuestras sienes. El golpeteo de una y otras se amontonaba. El viento soplaba, movía las copas de los árboles del jardín, se podía percibir la vibración de las hojas y el crujido de las ramas. La electricidad flotaba en la atmósfera. El aire tenía olor a tierra mojada. La lluvia cálida estaba a punto de abatirse sobre nosotros, tan violentamente que todos echaríamos a correr para recoger mesas, sillas y platos, antes de ir a refugiarnos bajo el porche y contemplar cómo la fiesta se diluía en la confusión de la tromba de agua. Eso pondría fin a mi cumpleaños y yo disfrutaba ese minuto antes de la lluvia, ese momento de felicidad suspendida en el que la música aunaba nuestros corazones, llenaba el vacío entre nosotros, celebraba la existencia, ese instante, esa eternidad de mis once años, allí, bajo el ficus catedralicio de mi infancia, y supe entonces, en lo más profundo de mi ser, que la vida acabaría por encauzarse. 



Gaël Faye. Pequeño país

miércoles, 25 de septiembre de 2019

DAVID GROSSMAN. LA VIDA ENTERA; GRAN CABARET

Hola, buenas tardes. Bienvenidos a Todos los libros un libro. Esta semana, nuestro espacio os trae un par de libros espléndidos de un autor israelí, eterno candidato al Nobel, David Grossman. Quiero hablaros, en primer lugar, de su última novela publicada en España, Gran Cabaret (en realidad, hay un libro posterior, La princesa del sol, pero se trata de un texto para niños), que en 2017 ganó el prestigioso Man Booker International Prize al mejor libro traducido al inglés en el año anterior. Su traductora al castellano, Ana María Bejarano, gran experta en la obra de Grossman, obtuvo igualmente en 2016 el Premio Nacional a la Mejor Traducción por su traslación del libro del hebreo originario a nuestro idioma. La relativamente reciente aparición de este nuevo título, me brinda la ocasión para presentaros también otra novela, ésta magistral, La vida entera, de publicación muy anterior en España, en 2010. Ambos libros vieron la luz en la editorial Lumen, en los dos casos con la traducción de la ya mencionada Ana María Bejarano. 

Gran Cabaret centra su trama en un peculiar espectáculo en un local nocturno -un cabaret, como resulta obvio- de Natanya, una localidad de la costa de Israel. En el garito, oscuro y lleno de humo, pasan la noche un conjunto de gentes variopintas que, entre gritos, risas y los habituales excesos que el alcohol propicia, asisten, en principio interesados, estupefactos luego y seriamente indignados al final, a la actuación de un excéntrico personaje, un cómico, que con un aspecto algo desastrado y estrafalario -ropa vieja, tirantes rojos, gafas negras de concha: un payaso- protagoniza una sesión humorística al estilo de las clásicas stand-up comedy norteamericanas que tanto éxito tienen en todo el mundo, incluso en España, en los últimos lustros. Como es habitual en este tipo de comedias, el intérprete aúna en su intervención, normalmente un monólogo que se combina con la participación frecuente del público, reflexiones sarcásticas sobre sucesos de la vida pública; una crítica ácida de la política, la sociedad, las costumbres o los valores dominantes; agrias sátiras de las convenciones sociales; sangrantes muestras de incorrección política; interpelaciones irónicas, cuando no directamente ofensivas, a los asistentes; y, sobre todo y en todo momento, ingeniosidades, humoradas, bromas y chistes. Así ocurre en el caso de nuestro protagonista, el genial pero inquietante Dóvaleh, que, sin embargo, pronto hace que el esperable desarrollo de la función -un modo amable de cerrar la noche para los distintos grupos de espectadores, ciudadanos medios representativos de un amplio espectro social de su país: estudiantes, militares, empresarios, jóvenes, mujeres maduras- se vaya deslizando hacia otra situación, más compleja, con mayor calado, más seria, con una dimensión casi filosófica y existencial, que acaba por resultar incómoda y desasosegante para quienes, sentados entre el público, se sentirán cuestionados en los principios que fundamentan sus vidas y, por ello, irritados por el atrevimiento de un comediante que les está arruinando la velada. Los espectadores se miran unos a otros y se remueven inquietos en los asientos. Cada vez entienden menos cuál es su papel en esta actuación en la que participan a su pesar. No me cabe la menor duda de que hace ya rato que se habrían levantado para marcharse, o que lo habrían echado a él del escenario a abucheos, si no fuera por la tentación a la que tantísimo nos cuesta resistirnos, la tentación de asomarnos al infierno de los demás

No obstante, este “juego” entre artista y concurrencia no es más que el telón de fondo de la historia que Gran Cabaret relata, pues, de entre todos los presentes, será un juez, viudo y jubilado, antiguo amigo de la infancia del humorista -al que no ve desde hace décadas- el que se constituirá en el destinatario final de la actuación del cómico, al haber sido misteriosamente convocado por éste para que, muchos años después del último contacto entre ellos, registre los pormenores del acto con no se sabe qué desconocidos fines. El magistrado, reticente inicialmente ante tan descabellada pretensión, acaba por implicarse en la representación, tomando nota de los hechos a los que asiste en unos apuntes que, probablemente, desemboquen en el libro que tenemos entre manos. 

Con este espectador privilegiado, Dóvaleh, entre -como se ha dicho- decenas de muy hilarantes chistes de un cáustico humor judío (esta vertiente “divertida” del libro, tan “woodyallenesca”, aflora ya desde su título en hebreo: Un caballo entra en un bar), se desnuda (un hombre que se vacía de tal manera de todo lo que lleva dentro) ante un público perplejo, sin dudar en mostrar sus intimidades, incluso las más descarnadas, sin refrenar en ningún momento su crudeza, exhibiendo hasta los episodios más crueles, en un ejercicio de atrevida, dolorosa, brutal, desacostumbrada (al menos en ese contexto) e impúdica -y por ello insoportable- sinceridad. Así, el monologuista recuerda su triste infancia (soy, dice, un niño de cincuenta y siete años reflejado en un viejo de catorce), las humillaciones infligidas por sus compañeros de colegio, el sufrimiento por el acoso y la vergüenza constantes, el dolor, la vida humilde. Especialmente significativa, pues en cierto modo operará como metáfora central de libro, es la remembranza de su habilidad infantil para caminar con las manos, haciendo el pino, andando “del revés”, una manifestación de la radical “rareza” del niño -y ahora del adulto-, un modo de oponerse, de singularizarse (la vida boca abajo), también de defenderse, ante la hostilidad del mundo (¿Quién me puede encontrar mientras esté del revés? ¿Quién me puede atrapar?). 

En su relato -un irrefrenable caudal de palabras- y entre constantes menciones a la “realidad externa” (las circunstancias históricas del pueblo judío, las vicisitudes políticas del Estado de Israel), comparecen también la figura de su padre, un barbero que saca adelante a su familia con infinidad de extravagantes chanchullos, y, sobre todo, la amada madre, superviviente del holocausto, un personaje evocado con ternura e indecible emoción, como en este fragmento revelador que os dejo pese a su larga extensión: También estoy yo, a su lado, haciendo los deberes, como siempre, mientras ella le coge los puntos a las medias, y cada tantos puntos se para, se queda en blanco mirando al tendido, ajena a nuestra presencia. ¿En qué pensará cuando está así? Nunca se lo he preguntado. Mil veces he estado a solas con ella y nunca se lo pregunté. ¿Qué sé, en realidad? Prácticamente nada. Que tuvo unos padres ricos. Eso lo sé por papá. Y que fue una buenísima estudiante que tocaba el piano tan bien que ya hablaban de los conciertos que iba a dar, pero todo quedó en nada porque cuando escapó del Holocausto tenía ya veinte años y durante medio año, en plena guerra, estuvo escondida en un tren, ya os lo he contado. Seis meses la tuvieron escondida tres maquinistas polacos en el cuartucho de un tren que hacía siempre el mismo recorrido, ida y vuelta. Se turnaban para vigilar, me contó, con una risa que jamás le había oído. Yo tendría unos doce años y estábamos solos en casa. Estando yo a media actuación de las mías, me interrumpió y me lo contó así, sin más, de golpe, y entonces se le torció la boca y estuvo unos segundos sin poder volver en sí, con la mitad de la cara torcida hacia un lado, como si huyera de ella. Durante medio año, hasta que se hartaron de ella, no sé por qué; no tengo ni idea de por qué un buen día, cuando el tren llegó al final del trayecto, aquellos cabrones la lanzaron al andén directo a la rampa

Imbricadas en el indesmayable torrente verbal del cómico, el talento de Grossman intercala las reflexiones del juez, que ofrece, con su singular mirada, desde otro ángulo, una perspectiva distinta del humorista, a partir de la memoria -que despierta progresivamente a medida que avanza la función- de los días de juegos infantiles conjuntos. El magistrado es también un personaje conmovedor, sufriente él mismo por la reciente muerte de su amada mujer. Tampoco me resisto a transcribir aquí, de nuevo pese a su extensión, una de esas emotivas digresiones: En estos momentos ya casi todos los que están en la sala gritan y aplauden siguiendo el ritmo, incluso yo, por lo menos por dentro. ¿Por qué no podré exteriorizarlo? ¿Por qué no puedo? ¿Por qué no me tomo, aunque solo sea por un momento, unas vacaciones de mí mismo, de la cara avinagrada que se me ha puesto durante estos últimos años, de los ojos siempre enrojecidos de tanto contener las lágrimas? ¿Por qué no subirme de un salto a la silla y gritar a pleno pulmón un aplauso para la muerte? A esa muerte que consiguió arrebatarme en solo seis semanas, maldita sea, a la única persona que he amado de verdad, con toda mi alma, con ansias y con alegría, desde el momento en que la vi, en que te vi, con tu carita redonda y radiante, y esa frente tan hermosa de la que crecía tu espesa y fuerte cabellera que yo, en mi estupidez, creí que era signo de que estabas aferrada por completo a la vida, y tu cuerpo, ancho, grande, danzarín… No se te ocurra, amor mío, borrar ni uno solo de estos adjetivos, porque tú fuiste mi medicamento, tú fuiste la medicina que me curó de la árida soltería en la que vivía encerrado, de «la templanza judicial» que casi me había agriado el carácter, el medicamento contra todos los anticuerpos que se me habían ido acumulando en la sangre durante todos los años que estuviste sin venir, hasta que llegaste, a raudales. Tú —todavía me niego, porque me duele físicamente, a darles a estas palabras una caducidad por escrito, aunque sea solamente en una servilleta—, que eras quince años más joven que yo, que ahora ya son dieciocho, y así, cada día más y más. El día que pediste mi mano me prometiste que siempre me verías con buenos ojos. Con los ojos de un testigo favorable que ama, dijiste, y nunca me habían dicho algo tan bonito

El amor y la muerte son, sin duda, dos de los temas centrales de la novela, impregnada de un humor con ribetes de negrura que, mientras ejerce su disipadora misión, consigue aplazar la tragedia que, en esencia, es toda vida. 

De amor y muerte habla también La vida entera, una voluminosa novela de una intensidad y una emoción por momentos sobrecogedoras. El libro se abre con una extensa escena -más de cien de un total de ochocientas largas páginas- de tintes oníricos que nos muestra a tres chicos israelíes, Ora, Abram e Ilan, que permanecen recluidos en un fantasmagórico hospital aislado en una ciudad extraña, en el que han sido abandonados a cargo de una única enfermera árabe a causa de lo contagioso de sus enfermedades y de la generalizada huida del personal sanitario como consecuencia de la guerra, la fugaz pero trascendental Guerra de los Seis Días. La cercanía forzosa entre los jóvenes, la fragilidad -física y anímica- de su situación y las naturales “pulsiones” de la adolescencia, hacen nacer entre ellos sentimientos de interés, de amistad, de atracción incluso, que Grossman cuenta con maestría en una narración construida casi íntegramente a base de diálogos. 

Más de treinta años después nos reencontramos con los tres personajes. Ora -que será en la mayor parte del texto la voz que cuenta- está ahora separada de Ilan, con el que se casó y con el que tiene dos hijos en común, Adam y Ofer. Abram, tras una trágica experiencia, detenido y torturado por las tropas egipcias en una de las muchas experiencias bélicas vividas por israelíes y árabes en la zona, retoma la vida civil en un estado de absoluta devastación psicológica y permanece apartado de sus amigos -casi ilocalizable- desde hace años. El pequeño de los hijos de Ora, Ofer, que acaba de cumplir los tres años del servicio militar obligatorio habitual en su país, se apunta a su término como voluntario, no obstante, para hacer frente durante tres largas semanas a un nuevo estado de emergencia que conlleva medidas de presión y control del ejército sobre una población árabe en la que cualquier niño que se dirige al colegio con una mochila puede esconder un potencial terrorista. El espanto que provoca en Ora, sola tras la marcha de Ilan y Adam a un viaje por América Latina, el riesgo de muerte de su hijo en alguna escaramuza militar en la arriesgada operación, la lleva a abandonar su hogar, ahuyentando así -al menos en un plano simbólico- la imaginada y temida escena en la que los responsables del ejército llaman al timbre de su casa para comunicar la infausta noticia: si ese hecho no se produce, si no hay nadie en casa en ese momento irreversible, su hijo estará a salvo, la muerte no le alcanzará, piensa. Así, y tras localizar sorprendentemente a Abram, inicia con éste un viaje sin rumbo fijo, sin móviles ni contacto con la realidad de la guerra, atravesando a pie el país, que recorren de un extremo a otro, voluntariamente ajenos al acontecer de la contienda e inmunes, pues, a las malas nuevas que la guerra pudiera generar. 

En su recorrido, que constituye el núcleo central de la novela, Ora -y, en menor medida, el propio Abram- habla sin parar para así tener presente y proteger a Ofer; y así cuenta la vida entera (Ora está un poco turbada por el hecho de estar hablando tanto, pero no es capaz de interrumpirse, porque eso es precisamente lo que tiene que hacer ahora, eso es lo que siente, tiene que describírselo con todo detalle): la suya propia y la de su familia, la de su marido y sus hijos, la de la fuerte imbricación vital -con episodios inesperados y sorprendentes que no quiero revelar aquí- de los tres amigos, la de Israel, con sus vicisitudes políticas y sus innumerables guerras, con el conflicto irresoluble entre árabes y judíos. Y su relato, que fluye incontenible, lleno de emoción, de melancolía, de vida -de nuevo la vida entera (Miles de momentos, de horas, de días, miles de hechos, infinidad de acciones, de intentos, de errores, de palabras, de pensamientos, todo para poner a una persona en el mundo)- será una forma de exorcizar el temor a la muerte del hijo, expuesto en cualquier momento a la amenaza de una bomba, de un disparo, de un atentado, pero preservado de todo riesgo mientras se mantenga vivo en el discurso de su madre. Lo que yo quiero es contártelo todo sobre él, hasta el más mínimo detalle, su vida entera, todo, aun a sabiendas de que eso es imposible, imposible, pero es lo que ahora tengo que hacer por él, explica a Abram. 

Pero ¿cómo puede contarse una vida entera? Para eso no bastaría toda una vida. El genio de David Grossman lo logra y es por eso que el torrencial flujo verbal de Ora, un personaje inolvidable, transporta al lector a las interioridades del alma de la protagonista; un lector que “conviviendo” con ella, inmerso, embebido, en su relato, se conmoverá, se emocionará, llorará, se estremecerá, se apasionará, reirá, se entusiasmará -Ora, mi semejante, mi hermana- con esa vida puesta a su alcance. 

Sin tiempo ya para más comentarios, quiero señalar -pues resulta esencial para la completa comprensión del libro- que la escritura de La vida entera, que Grossman inició en 2003, se cierra en diciembre de 2007, un año y medio después de que Uri, el menor de sus dos hijos varones, muriera -su tanque alcanzado por un misil- en las horas finales -el 12 de agosto de 2006- de la segunda guerra del Líbano, en un muy relevante paralelismo con la situación de fondo que “revolotea” por la novela. Apenas diez días después, el 21 de agosto, publicó en El País (entre otros importantes periódicos de todo el mundo) una tristísima pero esperanzadora y muy valiente carta que hoy quiero dejaros como cierre a mi reseña, a la que acompaña también la versión que hace Joan Baez -un clásico- de Dona, Dona, una canción folclórica judía -originariamente en yidis- que suena en el libro. 


Mi querido Uri: 

Hace tres días que prácticamente todos nuestros pensamientos comienzan por una negación. No volverá a venir, no volveremos a hablar, no volveremos a reír. No volverá a estar ahí, el chico de mirada irónica y extraordinario sentido del humor. No volverá a estar ahí, el joven de sabiduría mucho más profunda que la propia de su edad, de sonrisa cálida, de apetito saludable. No volverá a estar ahí, esta rara combinación de determinación y delicadeza. 

Faltarán a partir de ahora su buen juicio y su buen corazón. 

No volveremos a contar con la infinita ternura de Uri, la tranquilidad con la que apaciguaba todas las tormentas. No volveremos a ver juntos Los Simpson o Seinfeld, no volveremos a escuchar contigo a Johnny Cash ni volveremos a sentir tu fuerte abrazo. No volveremos a verte andar y charlar con tu hermano mayor, Yonatan, gesticulando con ardor, ni volveremos a verte besar a tu hermana pequeña, Ruti, a la que tanto querías. 

Uri, mi amor, durante tu breve existencia todos aprendimos de ti. De tu fuerza y tu empeño en seguir tu camino, incluso aunque no tuviera salida. Seguimos, estupefactos, tu lucha para que te admitieran en los cursillos de formación de jefes de carros de combate. No cediste a la opinión de tus superiores, porque sabías que podías ser un buen jefe y no estabas dispuesto a dar menos de lo que eras capaz. Y cuando lo lograste, pensé: he aquí un chico que conoce sus posibilidades de manera sencilla y lúcida. Sin pretensión, sin arrogancia. Que no se deja influir por lo que dicen los demás de él. Que saca la fuerza de sí mismo. Desde que eras niño, eras ya así. Vivías en armonía contigo mismo y con los que te rodeaban. Sabías cuál era tu sitio, eras consciente de ser querido, conocías tus limitaciones y tus cualidades. Y, la verdad, después de haber doblegado a todo el ejército y haber sido nombrado jefe de carros de combate, se vio claramente qué tipo de jefe y de hombre eras. Y hoy oímos hablar a tus amigos y tus soldados del jefe y el amigo, el que se levantaba antes que nadie para organizar todo y que sólo se iba a costar cuando los otros ya dormían. 

Y ayer, a medianoche, contemplaba la casa, que estaba más bien desordenada después de que cientos de personas vinieran a visitarnos para ofrecernos consuelo, y dije: tendría que estar Uri para ayudarnos a recoger. 

Eras el izquierdista de tu batallón, pero te respetaban porque mantenías tus posiciones sin renunciar a ninguno de tus deberes militares. Recuerdo que me habías explicado tu "política de controles militares" porque tú también habías pasado bastante tiempo en esos controles. Decías que, si había un niño en el coche que acababas de detener, lo primero que hacías era tratar de tranquilizarle y hacerle reír. Y te acordabas de aquel niño, más o menos de la edad de Ruti, y del miedo que le dabas, y lo que él te odiaba, con razón. Pese a ello, hacías todo lo posible para facilitarle ese momento terrible, pero siempre cumpliendo tu deber, sin concesiones. 

Cuando partiste hacia Líbano, tu madre dijo que lo que más temía era el "síndrome de Elifelet". Teníamos mucho miedo de que, como el Elifelet de la canción, te lanzases en medio de los disparos para salvar a un herido, de que fueras el primero en ofrecerse voluntario para el reabastecimiento de las municiones largo tiempo agotadas. Temíamos que allí en Líbano, en esta guerra tan dura, te comportases como lo habías hecho toda la vida en casa, en la escuela y en el servicio militar, que te ofrecieras a renunciar a un permiso porque otro soldado lo necesitaba más que tú, o porque aquel otro tenía una situación más difícil en su casa. 

Para mí eras un hijo y un amigo. Y lo mismo para tu madre. Nuestra alma está unida a la tuya. Vivías en paz contigo mismo, eras de esas personas con las que uno se siente bien. No puedo ni decir en voz alta hasta qué punto eras para mí "alguien con el que correr" [título de una de las últimas novelas del autor].Cada vez que volvías de permiso, decías: ven, papá, vamos a hablar. Normalmente, íbamos a sentarnos y conversar a un restaurante. Me contabas un montón de cosas, Uri, y yo me enorgullecía y me sentía honrado de ser tu confidente, de que alguien como tú me hubiera escogido. 

Recuerdo tu incertidumbre, una vez, por la idea de castigar a un soldado que había infringido la disciplina. Cuánto sufriste porque la decisión iba a indignar a los que estaban a tus órdenes y a los demás jefes, mucho más indulgentes que tú ante ciertas infracciones. Castigar a aquel soldado, efectivamente, te costó mucho desde el punto de vista de las relaciones humanas, pero aquel episodio concreto se transformó después en una de las historias fundamentales del batallón, porque estableció ciertas normas de conducta y respeto a las reglas. Y en tu primer permiso me contaste, con un tímido orgullo, que el comandante del batallón, durante una conversación con varios oficiales recién llegados, había citado tu decisión como ejemplo de comportamiento por parte de un jefe. 

Has iluminado nuestra vida, Uri. Tu madre y yo te criamos con amor. Fue muy fácil quererte con todo nuestro corazón, y sé que tú también viviste bien. Que tu breve vida fue bella. Espero haber sido un padre digno de un hijo como tú. Pero sé que ser el hijo de Michal quiere decir crecer con una generosidad, una gracia y un amor infinitos, y tú recibiste todo eso. Lo recibiste en abundancia y supiste apreciarlo, supiste agradecerlo, y no consideraste nada de lo que recibías como algo que te fuera debido. 

En estos momentos no quiero decir nada de la guerra en la que has muerto. Nosotros, nuestra familia, ya la hemos perdido. Israel hará su examen de conciencia, y nosotros nos encerraremos en nuestro dolor, rodeado de nuestros buenos amigos, arropados en el amor inmenso de tanta gente a la que, en su mayoría, no conocemos, y a la que agradezco su apoyo ilimitado. Me gustaría mucho que también supiéramos darnos unos a otros este amor y esta solidaridad en otros momentos. Ése es quizá nuestro recurso nacional más especial. Nuestra mayor riqueza natural. Me gustaría que pudiéramos mostrarnos más sensibles unos con otros. Que pudiéramos liberarnos de la violencia y la enemistad que se han infiltrado tan profundamente en todos los aspectos de nuestra vida. Que supiéramos cambiar de opinión y salvarnos ahora, justo en el último instante, porque nos aguardan tiempos muy duros. 

Quiero decir alguna cosa más. Uri era un joven muy israelí. Su propio nombre es muy israelí y muy hebreo. Era un concentrado de lo que debería ser Israel. Lo que está ya casi olvidado. Lo que muchas veces se considera casi una curiosidad. 

A veces, al observarle, pensaba que era un joven un poco anacrónico. Él, Yonatan y Ruti. Unos niños de los años cincuenta. Uri, con su absoluta honradez y su forma de asumir la responsabilidad de todo lo que sucedía a su alrededor. Uri, siempre "en primera línea", con el que se podía contar. Uri, con su profunda sensibilidad respecto a todos los sufrimientos, todos los males. Con su capacidad para la compasión. Una palabra que me hacía pensar en él cada vez que me venía a la mente. 

Era un chico que tenía unos valores, ese término tan vilipendiado y ridiculizado en los últimos años. Porque en nuestro mundo loco, cruel y cínico, no es cool tener valores. O ser humanista. O sensible al malestar de los otros, aunque esos otros fueran el enemigo en el campo de batalla. 

Pero de Uri aprendí que se puede y se debe ser todo eso a la vez. Que debemos defendernos, sin duda, pero en los dos sentidos: defender nuestras vidas, y también empeñarnos en proteger nuestra alma, empeñarnos en protegerla de la tentación de la fuerza y las ideas simplistas, la distorsión del cinismo, la contaminación del corazón y el desprecio del individuo que constituyen la auténtica y gran maldición de quienes viven en una zona de tragedia como la nuestra. 

Uri tenía sencillamente el valor de ser él, siempre, en cualquier situación, de encontrar su voz exacta en todo lo que decía y hacía, y eso le protegía de la contaminación, la desfiguración y la degradación del alma. 

Uri era además un chico divertido, de un humor y una sagacidad increíbles, y es imposible hablar de él sin mencionar algunos de sus "hallazgos". Por ejemplo, cuando tenía 13 años, le dije: imagínate que puedas ir con tus hijos un día al espacio, como vamos hoy a Europa. Y él me respondió sonriendo: "El espacio no me atrae demasiado, en la tierra se encuentra de todo". 

En otra ocasión, en el coche, Michal y yo hablábamos de un nuevo libro que había despertado gran interés y estábamos citando a escritores y críticos. Uri, que debía de tener nueve años, nos interpeló desde el asiento de atrás: "¡Eh, los elitistas, recordar que lleváis detrás a un inculto que no entiende nada de lo que decís!". 

O, por ejemplo, una vez que tenía un higo seco en la mano (le encantaban los higos): "Dime, papá, ¿los higos secos son los que han cometido un pecado en su vida anterior?". 

O cuando me resistía a aceptar una invitación a Japón: "¿Cómo puedes decir que no? ¿Tú sabes lo que es vivir en el único país en el que no hay turistas japoneses?". 

En la noche del sábado al domingo, a las tres menos veinte, llamaron a nuestra puerta y por el interfono se oyó la voz de un oficial. Fui a abrir y pensé: ya está, la vida se ha terminado. 

Pero cinco horas después, cuando Michal y yo entramos en la habitación de Ruti y la despertamos para darle la terrible noticia, ella, tras las primeras lágrimas, dijo: "Pero seguiremos viviendo, ¿verdad? Viviremos y nos pasearemos como antes. Quiero seguir cantando en el coro, riendo como siempre, aprender a tocar la guitarra". La abrazamos y le dijimos que íbamos a seguir viviendo, y Ruti continuó: "Qué trío tan extraordinario éramos, Yonatan, Uri y yo". 

Y es verdad que sois extraordinarios. Yonatan, Uri y tú no erais sólo hermanos, sino amigos de corazón y de alma. Teníais un mundo propio, un lenguaje propio y un humor propio. Ruti, Uri te quería con toda su alma. Con qué ternura te hablaba. Recuerdo su última llamada de teléfono, después de expresar su alegría por el alto el fuego que había proclamado la ONU, insistió en hablar contigo. Y tú lloraste después. Como si ya lo supieras. 

Nuestra vida no se ha terminado. Sólo hemos sufrido un golpe muy duro. Sacaremos la fuerza para soportarlo de nosotros mismos, del hecho de estar juntos, Michal y yo, nuestros hijos, y también el abuelo y las abuelas que querían a Uri con todo su corazón -le llamaban Neshumeh (mi pequeña alma)-, y los tíos, tías y primos, y todos sus amigos del colegio y el ejército, que están pendientes de nosotros con aprensión y afecto. 

Y también sacaremos la fuerza de Uri. Poseía una fuerza que nos bastará para muchos años. La luz que proyectaba -de vida, de vigor, de inocencia y de amor- era tan intensa que seguirá iluminándonos incluso después de que el astro que la producía se haya apagado. Amor nuestro, hemos tenido el enorme privilegio de haber estado contigo, gracias por cada momento en el que estuviste con nosotros. 

Papá, mamá, Yonatan y Ruti. 

 

miércoles, 18 de septiembre de 2019

TOINE HEIJMANS. EN EL MAR

Hola, buenas tardes. Desde los estudios de Radio Universidad de Salamanca, un miércoles más, sale a vuestro encuentro Todos los libros un libro, el espacio semanal de recomendaciones de lectura que nuestra emisora ofrece desde hace ya casi diez años. Hoy os traigo un breve librito, de escasas ciento cincuenta páginas, que sin ser ni mucho menos alta literatura sí resulta una propuesta interesante y sugestiva -también, algo controvertida en su planteamiento y enfoque, que han sido objeto de algunas críticas, como luego veremos-, y que, en cualquier caso, merece las pocas horas de atención que exige recorrer su reducida extensión. Se trata de una novela, la primera de su autor, el holandés Toine Heijmans, un periodista y escritor para mí desconocido hasta ahora, que la presentó en 2011 con el título de En el mar, muy expresivo, como puede imaginarse, de su contenido. El libro fue publicado en España en 2018 en la editorial Acantilado, en la traducción del neerlandés de Goedele de Sterck. 

Donald, un hombre de en torno a cuarenta años -aunque en el libro no se nos precisa su edad-, casado con Hagar y con una hija en común, la pequeña María, de siete años, sumido en una crisis personal considerable que le lleva a cuestionar su profesión, su relación de pareja y su vida familiar, su lugar en el mundo y, en realidad, su propia existencia, obtiene en su trabajo una suerte de trimestre sabático que decide dedicar a lo que ha sido su sueño durante largo tiempo: navegar en solitario con su viejo pero sólido velero por el mar de Frisia, el del Norte y el Atlántico, rodeando las islas Británicas y dejando atrás por un tiempo todas las preocupaciones que le abruman en su vida cotidiana. Resuelve también que en la última etapa de su periplo, cuando arribe a Thyborøn, un pequeño puerto danés, cercano ya a su residencia en los Países Bajos, recogerá a su hijita -a la que su madre llevará en avión a su encuentro- para, con ella sola (Hagar rechaza sumarse a la aventura náutica), completar en un par de días el recorrido que lo traerá de vuelta a Harlingen, donde se encuentra el hogar familiar y, de nuevo, a la normalidad. En el mar es la narración de esas cuarenta y ocho horas y de las intensas experiencias vividas en su transcurso. Unas vivencias que, como parece evidente, no tendrán que ver sólo con las dificultades encontradas en el viaje en sí mismo, con los problemas meteorológicos y de navegación -que los habrá, y notables-, sino también con las que podríamos denominar incidencias existenciales, de las que las materiales sufridas por el barco son luminosa metáfora. 

El libro -y quizá este apresurado resumen ya os haya permitido apreciarlo- remite en su ambientación en el entorno marinero a otras obras bien conocidas -algunas citadas expresamente en el texto- que se desenvuelven en ese mismo ámbito. Así, es directa la presencia de Moby Dick, no sólo porque Ismael es el nombre del velero de Donald, sino porque, además, Heijmans establece en todo momento un paralelismo temático entre la peripecia de su protagonista y la narrada en el clásico de Melville: el Ismael del clásico es un superviviente (lo es también el de la Biblia, el hijo mayor de Abraham, como apunta el narrador) y esa condición puede aplicarse, en cierto modo, al personaje de En el mar y a su pequeño barco; el vagabundo borracho que, en Moby Dick, advierte a Ismael que no le conviene enrolarse y acaba, profético, teniendo razón, se corresponde con el pescador que en el puerto de Thyborøn interpela al padre: daugthers in Thyborøn never go to sea, never go to sea); la noción de búsqueda es fundamental en ambos relatos, también la de la potencia del destino y las fuerzas de la naturaleza y la fragilidad humana frente a ellas. Por otro lado, los conflictos morales, la responsabilidad y la culpa, de los que también os hablaré más adelante, conectan con algunas de las obras marineras de Joseph Conrad. Está también Ulises y su accidentada vuelta a casa. Y hay igualmente una referencia recurrente -de alcance más local y, por tanto menos conocida para el lector español-, la del poeta J.J. Slauerhoff -predilecto del autor-, de quien, entre otras menciones dispersas por la obra, se transcriben unos versos muy bellos y reveladores del espíritu de la novela: Bajo la toldilla, arrobado por la brisa / me siento muy dichoso / El destino es caprichoso / pero nada queda que me ate a la vida

Asimismo, durante la lectura del libro han venido a mi cabeza otros textos que se refieren a este especial vínculo entre padres e hijos pequeños -con o sin el mar de por medio-, como La isla, de Gianni Stuparich, Agua salada, de Charles Simmons, Cosas de niños, de David Wagner, o, de modo más lejano, Sukkwan Island, de David Vann o La carretera, de Cormac McCarthy, las cinco reseñadas en Todos los libros un libro. Porque el motivo último de En el mar, quizá el principal de los muchos asuntos sobre los que pone el foco de atención, es el de la paternidad. 

En las críticas negativas al libro que he podido leer se recrimina a su autor el haber urdido un planteamiento falaz, repleto de trampas injustificadas y trucos falsos sin otro fundamento que confundir al lector, de trufar su texto de fáciles y engañosas argucias de difícil explicación y casi imposible verosimilitud que, en definitiva, volverían incoherente el relato e invalidarían toda posible legitimidad literaria en la propuesta de su creador. Y es que, en efecto -y no puedo aclarar más los hechos sin revelar aspectos cruciales de la trama-, la historia que inicialmente se nos narra se verá sometida a constantes cambios, desviaciones inesperadas en el enfoque elegido, alteraciones sustanciales en la perspectiva desde la que se está contando la acción (con un reflejo en la técnica literaria: la voz narrativa pasa de la primera persona de Donald a la tercera que describe el punto de vista de Hagar), de tal manera que cuando el lector cree que el relato discurre siguiendo un determinado rumbo (al que Heijmans, operando como experto capitán de barco, le va dirigiendo), una sorpresa imprevista le hará pensar que la verdadera historia que se le cuenta es otra, muy distinta de la que creía estar leyendo. Y, pocas páginas después, un nuevo suceso, repentino e inopinado, lo llevará hacia otra deriva aún menos previsible. Y al rato el fenómeno volverá a ocurrir, hasta que sólo al final del libro pueda quizá encontrar la “versión” definitiva de lo que en esa navegación ha ocurrido (y ni siquiera entonces lo sucedido quedará claro del todo, pues el final abierto permite sostener hipótesis diversas… o tal vez no, tal vez la lectura de los hechos sea finalmente unívoca). 

Siendo esto así, sin duda, pues es obvio que el autor de En el mar juega con su lector, lo manipula, lo zarandea, lo engaña -admitamos el término- sin clemencia, haciendo desaparecer, una y otra vez, el suelo bajo sus pies y con él la noción misma de seguridad en la lectura, confieso que no puedo entender las objeciones de esta parte de la crítica. ¿Cuál es el problema? ¿No es la literatura siempre un juego que suspende, mientras se avanza en un libro, el juicio de veracidad? ¿No cae siempre -¡siempre!- el lector en la urdimbre tramada “impunemente” por el autor y acepta como válida la visión de los hechos que éste le muestra? ¿No queda “absorbido” por el encantamiento de las palabras dando por buena la “realidad libresca” sin importar su mayor o menor coherencia con la “realidad real”, la externa al libro? ¿Qué es la literatura sino un sueño, un espejismo, una fantasía, una ficción? (Y entre paréntesis: ¿qué es, por cierto, el mar sino la ausencia de tierra firme, la imposibilidad de encontrar un asidero seguro en esa enorme masa sin límites que nos lleva y nos trae, que nos arrastra e invade, que nos empuja y desplaza, que nos desequilibra y desconcierta y priva de referencias, que nos atrapa y envuelve y revuelca y somete, que nos hunde y ahoga? ¿No es así el mar una metáfora de la literatura?). La novela o el cine negros, por ejemplo -En el mar es también, entre otras muchas cosas, una suerte de thriller-, ofrecen abundantes muestras (afloran a mi mente en este momento dos ejemplos notables entre cientos de ellos: El sueño eterno, el clásico de Raymond Chandler -y su traslación cinematográfica en el clásico de Howard Hawks- o, también en la pantalla, Sospechosos habituales, la genial película de Bryan Singer con un magistral -y hoy proscrito- Kevin Spacey) de obras sembradas de pistas falsas con las que sus creadores construyen con eficacia una “verdad” que pocos capítulos después desmantelarán, provocando primero la perplejidad o el enfado y después la rendida admiración de sus deslumbrados destinatarios). 

Dejando a un lado esta discusión “conceptual” sobre lo permitido o no en literatura, sí merece la pena resaltar que En el mar presenta en su desarrollo una serie de asuntos de interés para el lector; fundamentalmente, a mi juicio, tres sobresalientes y muy relacionados entre sí: en primer lugar, el juego clausura/libertad, con la necesidad que todo ser humano siente de encontrar su lugar en la vida, el sentido a su existencia, algo que, en ocasiones, no proporciona la tediosa rutina del trabajo, la estabilidad de la pareja y los hijos, obligándonos a buscarlo en la huida, en la aventura, en la escapada, en los cambios, en las rupturas; por otro lado, la reflexión sobre la familia y, en tanto el punto de vista del libro es el de un hombre, sobre la paternidad, sobre la identidad masculina, la madurez y la responsabilidad, sobre qué significa hoy ser un hombre “verdaderamente” adulto; y por último, la presencia ineludible del mar, tanto en sí mismo, aflorando en la belleza de las descripciones de sus interminables y cambiantes paisajes, como simbólicamente en cuanto metáfora de la vida humana que, como el mar, puede ser plácida, cálida y feliz, y a la vez furiosa e ingobernable, desarbolada en cualquier momento por las poderosas fuerzas de la naturaleza o el destino. 

Con respecto al primero de los ejes temáticos, el conflicto entre normalidad y aventura, la novela pone de manifiesto la sensación de opresión y agobio que experimenta Donald en su realidad cotidiana y la consiguiente ansia de evasión y fuga. Lo insulso de su trabajo, reflejado, entre otras muchas muestras, en un párrafo aparentemente neutro pero demoledor (El correo electrónico del management team, la calidad del café de la máquina expendedora, el posicionamiento con respecto a la competencia, la nueva página web, el tráfico generado por ella y los business cases que vaticinaban un tráfico mucho mayor. Los números. Las cifras de ventas, las horas trabajadas, las dietas. Las conversaciones con los clientes), sus problemas laborales, la decepción tras quince años postergado, preterido en los ascensos y superado por sus compañeros más jóvenes, su desgana y su falta de ambición, serán algunas de las causas de su escapada, movida por la voluntad de dejar atrás esa realidad tediosa y poco estimulante, los ingredientes inútiles de la vida,  tal y como se expresa en este párrafo: Así fue como mi barco de vela se convirtió en el centro del mundo. Me perdí por el mar de Frisia, el mar del Norte y el Atlántico, y al cabo de tres meses sólo me acordaba de Hagar y María. Todo lo demás se había disipado en una fina bruma: la oficina, los tratos comerciales, las evaluaciones, los ingredientes inútiles de la vida. En sus reflexiones en el mar, al menos las que se refieren al comienzo de su viaje, antes de recoger a la niña, Donald subraya una y otra vez el placer que le proporciona su “evasión” de esa aborrecible cotidianidad: Recuerdo sobre todo -dice a propósito de ese momento inicial de su singladura- que fue el primer día de mi vida que transcurrió como quisiera que transcurriesen todos mis días. Y también: El tiempo ya no tenía importancia. Lo habíamos dejado en el embarcadero de Thyborøn. O de modo aún más explícito: Me gustaría apagar el teléfono para no tener que acordarme de casa, ese lugar donde no se hace otra cosa que intercambiar sms, correos y mensajes de voz, donde parpadean millones de lucecitas en millones de teléfonos móviles

El “trato” con el mar, la profunda atracción de su navegación en solitario que lo habría puesto en contacto con la “verdad” de la existencia (llega a sentenciar, categórico: Me he encontrado a mí mismo en el mar), contribuye a reafirmar en él la valoración de la iniciativa elegida, la fecunda opción por el viaje y el descubrimiento -de sí mismo y del mundo- frente al mantenimiento de la seguridad que proporciona el consabido y previsible y por ello poco sugestivo correr de los días en una apacible pero mortecina rutina. Empecé a amar la soledad. Las noches, las luces, las horas frías entre las doce y las cuatro de la madrugada. Las calas sin otras embarcaciones a la vista. Las conversaciones conmigo mismo y con mi velero. El resto de mi vida se difuminó

Sin embargo, en cuanto la pequeña sube al barco -y con ella comparece también la necesidad de cuidarla, de protegerla, la responsabilidad de velar por ella, de “hacerse cargo”- y al incrementarse la dureza de la hasta entonces relajada experiencia marina, la angustia, la ansiedad y el sufrimiento padecidos en su singladura acabarán por hacerle dudar (La gente normal huye de las aventuras, y con razón, dirá), hasta llegar a relativizar el valor del riesgo (La intrepidez ya no les hace falta, piensa a propósito de los habitantes de Thyborøn, felices en su ausencia de expectativas, les va razonablemente bien sin aventura). Y es que elegir la transgresión, el experimento, soltar amarras (Habíamos soltado amarras, y no sólo en sentido literal), lleva consigo siempre unas consecuencias que a menudo no se miden de manera ajustada. He leído libros y diarios de navegantes en solitario que volvieron distintos a como eran antes. Algunos enloquecieron (…) El mar tenía un poder enorme, reconoce, adelantando ese valor metafórico del mar al que luego me referiré.

En el mar echaba de menos la tierra y en la tierra echaba de menos el mar, señala Donald sobre el poeta J.J. Slauerhoff, ejemplificando de modo nítido la difícil conciliación de los términos de una disyuntiva -¿sosegada y algo insulsa estabilidad o enloquecida y con frecuencia destructiva pasión?- que permea el libro entero. ¿Dónde estoy yo?, llega a preguntarse, metafísico, el protagonista. 

Pero la crisis que ahuyenta a Donald de su vida en tierra no es sólo laboral, sino también conyugal, familiar y -ya se ha dicho- existencial. En un momento de la convulsa aventura de su marido e hija, en su propia angustiosa espera, Hagar reflexiona sobre la paternidad y nos ofrece una curiosa tipología de padres, distinguiendo entre los estables, que no quieren saber nada de los niños, que no los comprenden ni les dedican tiempo, padres que ven a la familia como algo que hay que mantener, lo mismo que a una casa o un coche, y que por tanto se preocupan de modo frío y “profesional” de la educación de sus hijos, razón por la que suelen tener éxito en su labor; y, por otro lado, los “enrollados”, que se concentran en sus hijos, se esmeran a más no poder y presentan a sus retoños un escenario igualitario, de complicidad y cercanía que, sin embargo, muestra una mayor propensión al fracaso en la educación, pues los niños -afirma- necesitan claridad y jerarquía, orden y no caos. Donald pertenece claramente a los padres enrollados, piensa; para añadir, pesarosa: Qué se le va a hacer. A ojos de su mujer, su marido es aún una criatura infantil e irresponsable, y Donald tiene fuertemente interiorizada esa apreciación negativa. Ha decidido llevarse a la niña -con la que mantiene una relación entrañable, cuya descripción constituye otro de los encantos del libro- para, en cierto modo, probarse (Quiero enseñarle algo a mi hija (...) Quiero hacerle ver que se puede vivir de otro modo. Que nadie tiene por qué convertirse en una marioneta. En un muñeco movido por los demás, las circunstancias, el decoro o lo políticamente correcto. O lo que sea. Quiero mostrarle que existe otro mundo, regido por otras reglas. Quiero enseñarle cómo se vive en el mar). A lo largo de su tortuoso viaje no cesará de cuestionar su propia madurez, su capacidad para responder “como un hombre” a los retos de la navegación que son, en ese desplazamiento metafórico al que ya he aludido, los de su rol como esposo y padre. Y así, ante la adversidad, se dice: Debo portarme como un adulto. Hagar me suele decir: “Cómo me gustaría que actuaras como un hombre adulto. Un hombre que toma decisiones”. Soy un hombre adulto, Hagar. Y te lo demostraré. Cualquier nuevo golpe del inclemente mar aviva en él el recuerdo de su “misión”: Debo controlarme. ¡Fuera desesperación! Hay que hacer las cosas bien. Debo demostrar lo que soy: un padre. El viaje en barco se convierte así en una representación simbólica, en una suerte de correlato de la paternidad. Donald decide zarpar porque, en el fondo, teme la madurez, el compromiso, la responsabilidad, la toma de decisiones, la paternidad adulta, y su viaje es un intento de buscar y encontrar en el mar, en soledad primero y haciéndose cargo de su hija después, todo aquello de lo que carece. Supuestamente libre, único dueño de sí y de su destino (Yo era el hombre que lo controlaba todo) en su viaje en solitario (A bordo de un barco el capitán es quien manda. Esa condición lo convierte en una figura solitaria. Aunque no deberían, los capitanes también se equivocan. Bien mirado, entre un padre y un capitán no hay mucha diferencia), espera superar en el mar sus limitaciones como padre; o al menos eso cree, sin considerar las superiores fuerzas de la naturaleza que el mar encarna también. En el mar será así igualmente el relato de una experiencia iniciática, el paso -algo tardío- de la titubeante juventud a la plenamente consciente edad adulta, a través de una serie de pruebas que acabarán por conformar, por curtir, por endurecer el carácter del protagonista y hacerle volver, renovado y convertido en otro, a los brazos cálidos que le esperan en el hogar -¿llegará a volver en realidad?-, como ocurre con las figuras literarias ya mencionadas de las que es reflejo por la explícita voluntad del autor, tal y como éste ha afirmado en numerosas entrevistas. 

Pero está el mar, el mar inexplicable y poderoso, incontrolable y enigmático, despiadado y cruel. Hasta entonces no nos habíamos dado cuenta de lo pequeño que era el barco y de lo grande que era el mar. Ni de lo pequeñitos que éramos nosotros: dos personas diminutas en el agua, indefensas. No somos nadie, recapacita. Poco a poco irá cayendo en la cuenta de que el mar -la vida, en suma- no puede controlarse, que siempre nos supera y desarbola (Mi suerte está en manos del mar. ¿Acaso le importa al mar que yo fracase? Hasta ahora lo consideraba mi socio, un amigo con quien compartir experiencias. Tenía tres amigos: Hagar, María y el mar. Pero el mar no es amigo de nadie. El agua no tiene sentimientos ni historia, simplemente existe, se dice en un fragmento cuyo texto completo os ofrezco como cierre a esta reseña), hasta acabar por reconocer su radical impotencia en esa lucha desigual (El problema del ser humano es que lo humaniza todo. El ser humano cree que el agua tiene un plan. Quiere ser más fuerte que el agua, mientras que el agua es lo que es: agua, sin pensamientos, sin segundas intenciones). A este respecto, el propio Toni Heijmans ofrece, en una entrevista a El Mundo, una clave bien reveladora: Donald no encuentra la libertad que tanto anhela. Se encuentra con el mar, un mar que tiene unas normas todavía más estrictas que las de la oficina o su vida familiar. No puedes jugar con las leyes del océano, o de la naturaleza en general, porque te puede costar la vida. Creo que eso es lo que aprende: al final, las personas que te rodean son las que te salvan, aunque no los percibas así. 

Las personas que te rodean son las que te salvan: la vuelta a casa y a la familia, cultivar los afectos cercanos, estrechar los lazos conocidos son, parece decirnos el libro, la solución sensata a las dudas, la respuesta correcta al final de la escapada, el más cálido refugio frente a la soledad y la muerte. 

Un libro interesante este En el mar de Toine Heijmans, de lectura apasionante y abierto, como veis, a estimulantes reflexiones. Os lo recomiendo vivamente. Quiero acompañar ahora mi comentario con una canción que recoge todo el valor metafórico que encierra el mar: This is the sea, el algo enfático pero magnífico himno de The Waterboys. Aprovecho para sugeriros, también, una película recién estrenada y con muchos vínculos que el libro que hoy os he reseñado. Se trata de Un océano entre nosotros, dirigida por James Marsch y con Colin Firth y Rachel Weisz en el reparto, que relata la odisea de Donald Crowhurst, a quien se cita en la novela de Heijmans, que entre 1968 y 1969 intentó circunnavegar el mundo entero sin paradas y en solitario. Con el título original de The mercy, la cinta, que en su primera media hora describe el entusiasmo del atrevido Crowhurst, un marino aficionado sin apenas cualificación para una empresa de ese calibre, en su preparación del viaje, resulta desasosegante en cuanto su trimarán abandona el puerto de Teingmouth, y ello a pesar de que la claustrofóbica soledad del encierro en el barco, la desesperación del protagonista ante el funesto encadenamiento de situaciones aciagas, se muestra con insertos constantes de planos -que permiten “respirar” a la película y al espectador- de la vida familiar pasada, de la prudente y temerosa espera de su mujer y sus tres hijos. Sin grandes motivos de excelencia cinematográfica, cercana a un digno telefilm de sobremesa, el propio interés de los hechos reales en los que se basa, la intimista música de Jóhann Jóhannsson, la estupenda ambientación en la Inglaterra de finales de los sesenta y las interpretaciones de Colin Firth y de una Rachel Weisz que se come la pantalla cada vez que aparece, justifican su visión.


Yo mismo me lo he buscado. Quería lanzarme a la aventura. Los libros de aventuras suelen contar historias heroicas. El hombre contra el mar. El contra la montaña. El hombre contra la selva. El hombre contra la naturaleza. Sin embargo, la aventura en la que me he embarcado yo no tiene nada de romántico. La mía es fría como una piedra. 
La gente normal huye de las aventuras, y con razón. El montañero sabe que su suerte está en manos de la montaña. ¿Acaso le importa a la montaña que el montañero se despeñe? 
Mi suerte está en manos del mar. ¿Acaso le importa al mar que yo fracase? Hasta ahora lo consideraba mi socio, un amigo con quien compartir experiencias. Tenía tres amigos de verdad: Hagar, María y el mar. Pero el mar no es amigo de nadie. El agua no tiene sentimientos ni historia. No hace nada, simplemente existe. Si asesina o ahoga a alguien, lo hace por la propia estupidez de uno mismo. El mar no es amigo ni enemigo. 
Si yo acabo dentro del agua, es lo que hay. Si de ello depende todo mi futuro y el de otras personas, no es culpa del agua. Al agua le importa un comino todo eso. 
El problema del ser humano es que lo humaniza todo. El ser humano cree que el agua tiene un plan. Quiere ser más fuerte que el agua, mientras que el agua es lo que es: agua, sin pensamientos, sin segundas intenciones. 
Nado hasta la proa. Me cuesta mantener la cabeza a flote. De la barandilla cuelga un cabo de amarre que María adujó al salir de Thyborøn. El extremo está suelto. Sobresale de la barandilla hasta a mitad del casco; cada vez que la proa cae en picado el cabo toca el agua. Si solo pudiera agarrarlo. Podría ser mi salvación. Quizá. 
Observo el movimiento del barco, que es también el del cabo de amarre. Arriba. Abajo. Elijo una ola y agarro el cabo con la mano derecha -¡qué dolor, ¡cómo me duele la mano!-, me lo acerco, espero la llegada de la ola siguiente, una muy grande, la más grande hasta ahora. La proa se hunde debajo del agua, vuelve a levantarse conmigo colgando del cabo y entonces paso la pierna derecha por encima de la barandilla. Cuelgo del barco con la mano ensangrentada apoyada en la barandilla y un pie en el pasillo lateral. 
Y ahora arriba. Aún no lo he conseguido del todo. Aúpo mi cuerpo. Se me abren las ampollas de las manos. Me aúpo a mí mismo. A bordo. Me dejo caer por encima de la barandilla y aterrizo en el pasillo. Podría quedarme aquí tumbado. Un león marino medio muerto. Pero no me concedo ni un solo minuto. Me levanto con ayuda del estay y, tambaleante, voy hasta la bañera, donde todo sigue como cuando he saltado al bote de goma. Hace mucho tiempo. 
Consulto el sistema de navegación para comprobar dónde estoy. La posición apenas ha variado. El viento ha apartado el barco y la corriente lo ha devuelto a su sitio. Por eso me he encontrado el barco en el lugar donde lo había dejado, como cuando está fondeado. Ni que me hubiera estado esperando, a modo de un perro fiel. A mí, y a María. 
Estoy de pie en la bañera, junto al timón, con la ropa empapada. O lo que queda de ella: una camiseta y mi pantalón de agua. 
Son las cinco de la tarde.