JULIAN BARNES. DESPEDIDAS
El próximo viernes, 23 de octubre, el escritor británico Julian Barnes recibirá en Oviedo el Premio Princesa de Asturias de las Letras. Un jurado integrado por María Sheila Cremaschi, María Dueñas Vinuesa, Marcos Giralt Torrente, Raquel Lanseros Sánchez, Lola Larumbe Doral, Antonio Lucas Herrero, Inés Martín Rodrigo, Sergio del Molino Molina, Berta Piñán Suárez, Marisol Schulz Manaut, Sergio Vila-Sanjuán Robert y Jorge Volpi Escalante, presidido por Santiago Muñoz Machado y actuando como secretario Fernando Rodríguez Lafuente, ha reconocido en el escritor británico su condición de extraordinario narrador y ensayista, dotado de humor, ironía y de un «optimismo melancólico y un pesimismo alegre», según sus propias palabras. El acta que suscriben los destacados representantes de nuestra cultura que acabo de mencionar también subraya que Barnes ofrece una visión lúcida, cálida y compasiva del género humano, y emplea la memoria como configuradora de identidad sin renunciar a la imaginación, con el amor como principio esencial. Su obra reelabora, con mirada europeísta, la historia de la literatura, el arte, la música e incluso la gastronomía, hasta alcanzar un estilo único, que lo singulariza dentro de una generación de autores británicos especialmente brillantes, que ha marcado la literatura contemporánea.
Aparte de este obvio reconocimiento general y objetivo, el que supone el refrendo de un galardón de la trayectoria y el prestigio del asturiano, Barnes tiene para mí -hablo, pues, ahora, desde mi particular subjetividad- un extraordinario interés personal, habiendo leído casi toda su obra novelística publicada en España. Un repaso somero a mi cada vez más desordenada biblioteca me permite constatar la presencia en ella de hasta quince libros del escritor ahora premiado, todos en la editorial Anagrama, en donde “desembarcó” a principios de los ochenta junto al resto del “dream team” de la ficción británica del momento, el Nobel Kazuo Ishiguro, Ian McEwan, Martin Amis, Graham Swift, Hanif Kureishi, Vikram Seth o, ya fuera del sello catalán, Salman Rushdie. Esta inclinación por Barnes -extensible a casi todos sus compañeros de generación, que también he leído con profusión y enorme placer- se ha manifestado en su aparición aquí, en Todos los libros un libro, en donde presenté, en enero de 2013, su novela Arthur & George; y por los tres programas que le dediqué en mi otro espacio en Radio Universidad de Salamanca, Buscando leones en las nubes, con dos emisiones dedicadas a finales de 2011 a Nada que temer, una suerte de ensayo autobiográfico, y otra, centrada en su por entonces última novela, La única historia, que se emitió en enero de 2021. Desde mediados de octubre estoy recuperando en Buscando leones en las nubes esos tres programas en un ciclo “barnesiano” que se prolongará durante el mes de noviembre con, al menos, tres entregas más centradas en la que, según declaración del propio autor, será su última y definitiva obra, Despedidas, publicada en el Reino Unido el 20 de enero de 2026, un día después de su octogésimo aniversario, y al poco tiempo en nuestro país en traducción de Jaime Zulaika para la editorial barcelonesa.
En estos días, pues, será Barnes el invitado de honor del espacio, con tres de emisiones en las que empezaré por comentar este Despedidas, espléndido libro al que dedicaré el primer programa de la breve serie, y otras tres entregas, que verán la luz aquí en las próximas semanas, con mis recomendaciones de algunos otros libros del escritor, escogidos entre los más recientes de su trayectoria, pues son los que más recuerdo y de los que conservo notas de lectura. Es el caso de Elizabeth Finch, El sentido de un final y los referidos La única historia, Nada que temer y Arthur & George. Dejo fuera, por tanto, novelas tan espléndidas como El loro de Flaubert, que supuso su “descubrimiento” internacional en 1984, publicándose en España hace ahora cuarenta años, en 1986 (semanas antes de la entrega del Premio Princesa de Asturias se pudo ver a la reina Letizia con un ejemplar de bolsillo de dicha novela -la edición “normal” estará descatalogada-, probablemente documentándose, dados su rigor y su exigencia “profesionales”, antes del encuentro con el autor), Mirando al sol, Antes de conocernos, o Hablando del asunto, que me subyugaron hace décadas.
Si exagero un poco podría afirmar que Barnes pertenece a una categoría -no tan infrecuente- de escritores que a lo largo de su vida escriben un único libro compuesto por variaciones sucesivas sobre unas pocas obsesiones fundamentales. En el caso del británico, la memoria, la fragilidad de la verdad y la distancia que media entre la experiencia vivida y el relato que posteriormente construimos de ella, la naturaleza del amor y del recuerdo, la identidad, la “conversación” intelectual, el tiempo y la muerte, comparecen una y otra vez, tanto en sus novelas como en sus libros más ensayísticos o en aquellos que se mueven a caballo de géneros diversos. Despedidas es la expresión paradigmática de este rasgo, pues es algo más que una nueva -y postrera- ¿novela?, al tratarse, pienso, de la explícita recapitulación de una trayectoria intelectual y artística de casi medio siglo, presentada como una meditación lúcida, inteligente y a veces desgarradora sobre el final de la existencia y sobre la propia literatura. Y todo ello envuelto en las habituales señas de identidad formales del autor, como son la elegancia de la escritura; la aparente aunque muy trabajada simplicidad de la narración; el uso recurrente de la digresión, los desvíos, los paréntesis; la prosa conversacional; la interlocución con el lector; los juegos literarios, plasmados en referencias y conexiones con la obra de otros escritores; la ironía contenida pero claramente perceptible; el humor autocrítico; la extraordinaria capacidad para convertir cuestiones filosóficas en experiencias narrativas; y la consabida dilución de las fronteras entre novela, autobiografía, comentario literario, ensayo y memoria personal. Por otro lado, estando en las vísperas del Día de Difuntos, la presencia del libro en nuestro espacio de hoy es especialmente oportuna, al ser también Despedidas una suerte de larga meditación sobre la muerte en la que cada uno de sus grandes temas -la memoria, el amor, la enfermedad, la escritura, la amistad, el tiempo- termina convergiendo en una misma pregunta: ¿qué permanece cuando una existencia llega a su término?
Pero antes de adentrarme en mis comentarios sobre estas y otras pautas temáticas y estilísticas que caracterizan la literatura de nuestro invitado de esta semana, quiero adelantar brevemente el argumento (en tanto que se pueda hablar en esos términos) del libro (como siempre tratando de soslayar los “destripes”, y como siempre fracasando probablemente en el intento). En Despedidas Julian Barnes construye una historia que parte de una situación aparentemente sencilla: un escritor que se adentra en su ancianidad (En cuanto a mí, tengo ahora setenta y ocho años y este será definitivamente mi último libro, mi despedida oficial, mi postrera conversación contigo; en frase que encierra algunas claves de la obra: los paralelismos entre narrador y autor, la idea de despedida, el texto como una larga interlocución con el lector) y que, afectado por una grave enfermedad, mira hacia atrás y trata de reconstruir algunos episodios de su vida, al mismo tiempo que observa el deterioro del cuerpo, la proximidad de la vejez y la perspectiva de un abandono definitivo de la escritura, o al menos de su difusión pública. Pero, como sucede tantas veces en Barnes, lo que parece al principio una reflexión personal termina abriendo una historia mucho más amplia sobre el amor, la amistad, la muerte, el tiempo y las vidas que podrían haber sido de otra manera.
En el centro del libro aparecen Jean y Stephen, dos de sus amigos de sus años de estudiante en Oxford. La remembranza de aquellos días permite al lector conocer cómo el propio narrador había propiciado entonces el primer contacto entre ellos y cómo, a partir de ese encuentro, ambos acabarían por enamorarse. Eran jóvenes, inteligentes y estaban viviendo ese momento de la vida en que todavía parece posible elegir entre opciones y futuros por hacer. Sin embargo, su relación no saldría adelante. Después de separarse, cada uno seguiría su propio camino y durante muchos años sus vidas transcurrirían alejadas la una de la otra. Barnes queda también apartado de ellos, aunque conserva el recuerdo de aquella primera relación. Aquí comienza una de las singularidades más atractivas del argumento, que tiene que ver con el hecho de que la historia de Jean y Stephen contenga un enorme vacío temporal. Han pasado cerca de cuarenta años y el lector sabe muy poco de lo que ha ocurrido durante todo ese período. Barnes no intenta rellenar inmediatamente esa laguna, sino que hace de ella uno de los misterios de la narración. ¿Qué hicieron Jean y Stephen durante esas décadas? ¿Con quién vivieron? ¿Qué relaciones tuvieron? ¿Qué quedó de aquel amor juvenil? Y, sobre todo, ¿qué puede significar reencontrarse con una persona después de haber vivido prácticamente otra vida entera?
Pasadas esas cuatro décadas, Stephen reaparece en la vida de Barnes y le pide ayuda para volver a ponerse en contacto con Jean. El escritor se convierte así, casi sin proponérselo, en intermediario entre sus dos antiguos amigos. La situación tiene algo de sentimental y algo de cómico (el humor sutil e inteligente del escritor como siempre presente en sus libros), pues quien años atrás los presentó y propició su relación, vuelve a intervenir ahora para facilitar un nuevo encuentro. A partir de ahí, Jean y Stephen recuperan la relación que habían dejado atrás en su juventud y descubren qué posibilidades ofrece una segunda oportunidad cuando ya no se es joven y el tiempo perdido forma parte inseparable de la propia historia. Ese “nuevo” vínculo se desarrolla mientras el propio Barnes reflexiona sobre su vida, sobre sus recuerdos y sobre la dificultad de saber hasta qué punto aquello que recordamos coincide con lo que realmente sucedió, pues esos recuerdos, lo que figura en nuestros diarios, las anécdotas que repetimos durante años y las versiones que otras personas conservan de nosotros pueden ofrecer relatos diferentes de una misma existencia. De esta manera, el protagonismo de la memoria da paso al cuestionamiento de nuestra propia identidad ya que al rememorar el pasado surge la duda -legítima, inevitable- acerca de si estamos recuperando nuestra vida tal y como fue o estamos reconstruyéndola y “fabricando” una nueva versión de ella.
En paralelo a la historia de sus amigos, el narrador contempla su propia existencia desde una edad avanzada y se pregunta qué queda finalmente de una vida. ¿Son los acontecimientos, los recuerdos, las personas que hemos amado, las historias que otros cuentan sobre nosotros o, por el contrario, las meras palabras con las que intentamos ordenar todo ello? El resultado es un libro en el que una historia amorosa concreta sirve de hilo narrativo para hablar de algo mucho más universal: la dificultad de saber qué ha sido realmente importante en nuestra existencia y la necesidad, inevitable al final del camino, de aprender a despedirnos.
La obra se organiza en tres grandes “ejes” claramente diferenciados (o no tan claramente, porque, hilando más fino, podríamos hablar de hasta cinco, tantas como los capítulos del libro), aunque íntimamente relacionados, en un juego de aproximación y alejamiento entre la ficción y la experiencia personal que creo elegido de manera voluntaria por un autor que tiende a disfrazar de sencillez y ligereza unas construcciones literarias de minuciosa y hasta férrea estructura. El primero, en el que Barnes se recrea en la descripción del proceso de su enfermedad entre atinadas reflexiones sobre En busca del tiempo perdido y la figura de Marcel Proust, está dedicado a la memoria y al envejecimiento; el segundo desarrolla la referida historia de Stephen y Jean; el tercero vuelve a la voz autobiográfica para reflexionar sobre la enfermedad, la escritura y la muerte, en lo que constituye propiamente la despedida del autor. Lo más relevante de este esquema es que al lector esas tres partes no se le aparecen como compartimentos estancos, sino que, por el contrario, se muestran fuertemente imbricadas, hasta el punto de que a medida que se avanza en la lectura se puede apreciar cómo cada una modifica retrospectivamente la percepción que se tuvo en las anteriores. Así -y de nuevo sin voluntad alguna de enojosos destripes-, cuando el lector llega al desenlace comprende que el relato de Stephen y Jean nunca fue una simple historia interpolada, sino un recurso que permitió al narrador examinar algunas interesantes cuestiones que afectan directamente a su existencia (y de las que más adelante daré cuenta de modo somero) y que, además, operará a la postre como una suerte de síntesis simbólica de la ¿novela? (Nuestras vidas, en otras palabras, se reducirían a una historia con un gran agujero en el centro).
El primer frente gira sobre dos grandes ejes, el así llamado “IAM” y la figura y la obra de Marcel Proust. El capítulo primero se titula, precisamente, “El gran I AM”, y el traductor se ve en la obligación (por otro lado pertinente pese a que el propio texto aclara, pocas líneas después, el aparentemente oculto sentido) de incorporar una nota al respecto: En el doble sentido de «el Gran Yo Soy», en alusión a Dios y al nombre con el que se presenta a Moisés en Éxodo 3:14, y de las siglas en inglés de Recuerdo Autobiográfico Involuntario. Entre otras referencias científicas, Barnes recoge un informe clínico de la revista Neurology Clinical Practice que exponía el extraño caso de un hombre de cuarenta y cinco años que había sufrido un ictus hemorrágico en el tálamo posterior izquierdo. Tras el incidente, el paciente experimentó un curioso fenómeno consistente en que la degustación de una tarta de manzana desencadenaba en él recuerdos de todas las tartas que había probado en su vida, siendo capaz de evocarlas en un preciso y riguroso orden cronológico y todas ellas aflorando a su mente como una cascada. En eso consiste el IAM, en los recuerdos involuntarios de los más nimios detalles de la propia biografía (al modo de Funes el memorioso, el protagonista del famoso cuento de Borges), esos como “fogonazos” del pasado que no buscamos deliberadamente y que, de pronto, irrumpen provocados por una sensación, un olor, un sabor, un sonido o cualquier detalle aparentemente insignificante. Se trata de un suceso -el experimentado por el hombre de las tartas- en sí mismo inquietante, capaz de suscitar la alarma del narrador por sus complejas repercusiones en la identidad personal (imaginemos que unos recuerdos olvidados nos asaltan a una velocidad semejante, una avalancha histórica que atraviesa retumbando nuestra percepción del presente y desgarra la conciencia que tenemos de nosotros mismos) y, llevado a su extremo, de despertar su vena irónica: ¿y si, como señaló un amigo mío, la experiencia desencadenada no fuera tan inspiradora como comer una tarta? ¿Y si te tirabas un pedo, dijo él, por leve que fuese, y se te aparecía en orden cronológico cada ventosidad que habías expulsado a lo largo de toda tu vida? Y así sucesivamente: no es nada difícil imaginar otros ejemplos. Representémonos la idea –o la visión– agotadora de miles de bocadillos de beicon aflorando en nuestra memoria (¿y reviviríamos también su textura y sus diferencias, amén de nuestras reacciones al respecto?)
Conjugando esa información científico/cómica acerca de la súbita irrupción de los recuerdos con su experiencia de septuagenario adentrándose en la vejez (Actualmente me encuentro en mitad de la setentena, y como la mayoría de la gente mayor a veces estoy cansado de mí mismo; y con eso me refiero a que me repito recordando pensamientos, hechos y, en especial, opiniones), Barnes recupera el conocido episodio de la magdalena de Proust (que no es exactamente como la que podríamos tener en mente, sino un bizcochito esponjoso con la forma acanalada de una vieira, apostilla, en una nueva muestra de humor cuando aún no hemos llegado a la quinta página del libro), en el que el narrador de En busca del tiempo perdido vuelve de golpe a su infancia al mojar el dulce en el té, para adentrarse en una fascinante cadena de reflexiones sobre la memoria, la identidad, la escritura biográfica y, en definitiva, la posibilidad misma de la literatura. Recordamos cosas, pero no sabemos exactamente qué estamos haciendo cuando recordamos. ¿Estamos recuperando algo que permanecía intacto dentro de nosotros? ¿O estamos reinventándolo cada vez? Recordamos, sí, aunque, en realidad, solo “creemos” que lo hacemos, confiados en la verdad de aquello que nos contamos y transmitimos a los demás, aunque el proceso sea, sin embargo, una reelaboración, una reconstrucción algo artificiosa que cuantas más veces repetimos, cuantas más veces evocamos y narramos más se aleja de la verdad. Y ello pese a que nosotros nos creamos más convencidos de la fidelidad de nuestra rememoración. Y es que la memoria está lejos de ser un archivo en el que guardamos acontecimientos y al que podemos acudir años después para recuperar una copia exacta. Por el contrario, la memoria es cambiante, selecciona los recuerdos, los transforma, los borra, los revuelve, los difumina u oscurece, los mezcla, completa o simplifica, añadiendo detalles, incorporando matices, prescindiendo de pasajes enteros. ¿Qué dijo T. S. Eliot del recuerdo? Que por mucho que lo envuelvas en alcanfor las polillas se colarán igualmente.
¿Y si fuera posible acceder -dominando esa recuperación a nuestro antojo- a todas las veces que hemos contado ese recuerdo, de modo que nuestro cerebro nos demostrara cómo, gradual pero sistemáticamente, nos hemos ido desviando del relato original? ¿No sería extraño y desconcertante? Y, sin embargo, útil: difícilmente podríamos desautorizar a nuestro tálamo, ¿no? ¿Y si pudiésemos extrapolar el incidente de las tartas de manzana o la magdalena proustiana a todas nuestras acciones, nuestras omisiones y nuestras decisiones con entidad moral, sentimental, intelectual, emocional? ¿Cómo afrontaríamos el historial –el historial cronológico– de todas nuestras mentiras, hipocresías, crueldades evitables y (aparentemente) inevitables, acerbos olvidos, fingimientos, promesas incumplidas, deslealtades de obra y palabra? No solo las flaquezas reales, sino también las imaginadas y las deseadas. Aquí el escritor recuerda la famosa entrevista del presidente Jimmy Carter en la revista Playboy, en la que confesó, literalmente: “En mi pensamiento he cometido adulterio muchas veces”. Y apostilla Barnes: Casi todos lo hemos hecho, pero tendemos a conservar en la memoria consciente solo las fantasías más deliciosas y las que menos sentimiento de culpa nos producen. Pero ¿qué hay de esos adulterios de corazón, más vergonzosos, más sucios e inadmisibles, que hemos preferido reprimir?
Esta primera parte del libro, que se completa con una serie de enjundiosas exégesis del episodio de Proust, los análisis de otros casos clínicos relativos a los IAM y las calas en las obras de Virginia Woolf, Nietzsche, Bergson y hasta John Le Carré, pretende indagar en esos aspectos ocultos que el recuerdo distorsiona, a la vez que deja abierta una pregunta cuya respuesta centrará, en cierto modo, el libro entero: ¿y si existiera una manera de producir IAM sin que el paciente –tú, yo– tenga que sufrir un ictus catastrófico? Y claro que existe esa manera, se llama escritura, se llama narración, se llama literatura. Y así, tras ese preámbulo que podríamos calificar de erudito, el autor se entrega al recuerdo “autoinducido” -la memoria cuenta historias, construye relatos- describiendo -o inventando- la andadura de sus amigos Stephen y Jean, en el segundo gran frente del libro que recoge una muy sugestiva historia de amor o, más exactamente, la narración sobre cómo recordar una historia de amor.
Advierte Barnes al iniciar esta segunda línea de la obra, cuál es el “estatuto” de su relato: Lo que sigue es una historia verídica, aunque con ciertas salvedades. Estos matices suponen, de entrada, una opción “técnica”, que obedece a lo que podríamos llamar los “presupuestos profesionales” del escritor, las pautas estructurales y formales a las que el autor quiere acomodar su narración; pero a mi juicio son, sobre todo, una toma de postura literaria, un modo de desarrollar sus planteamientos en relación con la escritura, la ficción y la (im)posibilidad de la verdad en el ejercicio de la literatura (o, en general, y como ya he señalado, en cualquier intento de recuperación fidedigna del pasado). De hecho, el narrador desafía al lector a buscar en Google los datos biográficos que proporciona para verificar la veracidad de su relato (Sea como fuere, estudié en Oxford entre 1964 y 1968 (y se puede comprobar en Google)), pero inmediatamente después desliza sutiles pistas que sugieren que todo el andamiaje podría ser una soberbia y sofisticada fabulación, un “juego de novelista” refinado y melancólico. Así por ejemplo, confiesa haber cambiado el nombre de los dos personajes principales, operación justificada en la promesa que le habría hecho a ambos por separado de que nunca escribiría sobre ellos. Pero esa declaración, que apuntaría a la fidelidad de su historia (más allá del detalle menor de la modificación onomástica) va seguida de su cuestionamiento cómplice (Y sí, veo por dónde vas: si he roto ese juramento, ¿en qué medida es fiable mi promesa de autenticidad?). Señala también que entrar en el “meollo” de su relato, lo que le interesa de cara a lo que sería su tesis principal, exige “decorarlo” con ciertas informaciones más o menos superfluas: Para contar la historia, cualquier historia, tengo que aportar cierto número de antecedentes. Lo de siempre: quién, dónde, cuándo, por qué; qué tiempo hacía y si es relevante; quiénes son los personajes y cómo hablan; sus raíces sociales y su historial educativo; las profesiones que ejercen. Quién se está quedando prematuramente calvo, a quién le han suavizado quirúrgicamente las patas de gallo; cuáles eran sus hábitos onanistas en diferentes etapas de la vida.
En relación con esta nota, surge la tercera salvedad, consistente en el largo vacío temporal -las cuatro décadas ya referidas- transcurridas entre el comienzo y el final de la historia de los dos amantes (La historia consta de dos partes porque aconteció en dos partes, con un largo lapso entre ambas), en las que Barnes no tuvo contacto con ninguno de sus protagonistas (Ni uno ni otro hizo más que darme unas pinceladas de la parte que me había perdido) Y, como apunta con sorna, puesto que ninguno de nosotros había sufrido nunca un ictus hemorrágico en el tálamo posterior (…) para ser fidedigno, recurro a nuestros tres recuerdos superpuestos, con todos sus cotidianos errores fortuitos. Surgen, pues, de nuevo, las dudas, la memoria titubea, imprecisa, la remembranza se difumina, las fronteras se diluyen, ¿hasta dónde llega la verdad?, ¿dónde empieza la ficción? O, en las propias palabras del escritor: si tuviéramos acceso por medio de los IAM a lo que «sucedió realmente» en nuestra vida, ¿sería más fácil o más difícil escribir una autobiografía (y una obra de ficción)? Yo sospecho que sería más difícil. Además, y por cerrar las advertencias preliminares que Barnes sitúa como preámbulo a su historia, la base “fáctica” (siento el tecnicismo jurídico-forense) sobre la que ésta se levanta es también algo evanescente. La evocación del primer encuentro oxoniense entre Stephen y Jean se va revelando a partir de un muy borroso sustrato (En la primera mitad recurro por entero a los recuerdos y a una o dos fotografías), mientras que de la segunda parte, pese a ser más cercana al presente del escritor, tampoco cabe afirmar su condición de verdad incontestable. He aquí la explicación -extensa aunque clara, muy significativa y representativa, en suma, del enfoque último del libro-que proporciona Barnes: En la época de la segunda mitad yo ya era escritor, desde hacía muchos años. Así que guardaba apuntes –por lo general simultáneos con los sucesos– y llevaba diarios, normalmente escritos al cabo de varios días o semanas. Cabría suponer que esta documentación fuese más fidedigna que los recuerdos apolillados de tiempo atrás. Pero no estoy tan seguro (hoy en día estoy seguro de cada vez menos cosas). Lo que documento es lo que quiero recordar –y en consecuencia hago una especie de criba– y/o lo que podría servirme en algún texto futuro –es decir, otra especie de criba–. Pero sería insensato deducir que esas anotaciones detalladas representan lo que ocurrió realmente. A menudo paso por alto u olvido cosas importantes: el afán de certeza puede extraviarnos.
Con todas estas cautelas, la historia de Jean y Stephen, cuyas vicisitudes no voy a desvelar -pese a que no son sus detalles circunstanciales lo relevante sino las reflexiones que ellos inducen en el narrador-, se nos muestra en su duración, en la exaltada fase de iniciación y en la tardía que renace con las personalidades ya formadas; en su complejidad, pues en ella conviven afecto, costumbre, deseo, cariño, frustración, incomprensión, fidelidad y distancia; en su desequilibrio y desigualdad, ya que Stephen y Jean no parecen experimentar ni interpretar siempre de la misma manera lo que les ocurre; en su realismo, alejado de la idealización romántica (¿Puede recuperarse una relación perdida tantos años atrás?); en su fragilidad y vulnerabilidad; en sus reservas y enigmas (¿Somos las mismas personas que fuimos cuando teníamos veinte años?); en su melancolía, que nace de la conciencia del paso del tiempo y de la pérdida que conlleva (¿Puede el amor sobrevivir a cuarenta años de separación?); en su desconcierto, su incertidumbre y su dolor; también -ya en la etapa del reencuentro- en su declive, que se desarrolla bajo la sombra del deterioro físico, las traiciones acumuladas del pasado y la constante compañía de Jimmy, un anciano perro (Jimmy tiene dieciséis años, el equivalente, me dicen, a ciento doce años humanos, conque me lleva mucha ventaja en decrepitud) de raza jack russell (que en la novela se escribe en minúscula y sin cursiva) que, lejos de ser un recurso decorativo opera como paralelismo simbólico del propio envejecimiento del autor. Su figura, representando la mortalidad inconsciente, sirve para mostrar la trascendental diferencia con los humanos, atrapados en la dolorosa autoconsciencia del fin que se aproxima, ya que el perro sufre el envejecimiento de manera puramente física (Barnes describe sus muchas carencias -artritis, sordera y ceguera, dolores varios, pérdida de dientes- en pasajes conmovedores), ajeno sin embargo a la angustia existencial. Todas estas dimensiones relativas a la relación amorosa entre Jean y Stepehen están presentes en los fragmentos del libro que integrarán la sexta y última emisión de la serie que en Buscando leones en las nubes estoy dedicando a Barnes, la tercera centrada en Despedidas, que se emitirá el próximo 16 de noviembre.
El cierre del libro -pero, insisto, estos diversos frentes se imbrican y entremezclan de continuo- acentúa la interlocución con el lector que se había venido manteniendo desde el inicio. Aquí, el anciano escritor se dirige a quien lo lee para despedirse de él. Pero no solo.
Las despedidas a las que hace referencia el título son, claramente, múltiples (el original inglés se presenta bajo la rúbrica “Departure(s)”, que hace aún más explícita esa pluralidad, pues encierra la obvia alusión al adiós a la literatura, pero se abre también a otras posibilidades). Barnes tiene ochenta años, habla de su enfermedad y ha anunciado que este será su último libro. Parece evidente que estamos ante una despedida del escritor. Pero, a medida que avanzamos en el libro, somos conscientes de que el autor está planteando también la despedida del amor (la historia de Stephen y Jean muestra que incluso cuando el amor vuelve, no puede devolvernos aquello que perdimos); la del cuerpo (reflejada en el envejecimiento, su propia enfermedad, la presencia en el texto de médicos, tratamientos, cansancio, accidentes, deterioro físico); la del pasado y la memoria (que se va difuminando poco a poco, en un desvanecimiento progresivo, primero desaparecen las personas, después olvidamos detalles, luego se nos borran acontecimientos completos, finalmente nos queda un leve jirón, impreciso y vago, de una sensación, un atisbo inaprensible de algo que no sabemos concretar); las despedidas de personas, de lugares, de versiones de uno mismo, de convicciones, de ilusiones, de determinadas formas de entender la literatura; y, en definitiva, la de la vida (que se nos escapa, nos rehúye, nos va abandonando mientras vemos aproximarse el funesto final: “la muerte tiene una orden de captura”, como reza una triste y preciosa canción, Death’s got a warrant, de Patty Griffin). Vuelvo a remitiros a Buscando leones en las nubes, mi otro programa en Radio Universidad de Salamanca para comentar que esta vertiente “mortuoria” de Despedidas protagonizará las dos emisiones que los días 2 y 9 de noviembre dedicaré al libro.
Y sin embargo, y contra lo que pudiera parecer, Despedidas no es un libro especialmente triste. La reflexión última de Barnes alude a la felicidad. No a una felicidad permanente ni a la de una vida resuelta, sino a la que se encierra en los momentos de poderosa exaltación y en los de placidez lograda y plena, en la amistad (también la de los perros), en el amor, en los libros, en las conversaciones, en los recuerdos, en las pequeñas cosas que, mientras ocurren, quizá no parecen extraordinarias aunque, a la postre, puedan convertirse en lo que acabaremos por conservar de toda una vida. En las últimas palabras del último capítulo -A ninguna parte- de esta su última obra, Julian Barnes se dirige al lector, en un fragmento bellísimo, emotivo, conmovedor y que refleja el sentido último de su largo proyecto literario además de concentrar varios de sus recursos estilísticos habituales -el humor, las referencias literarias, los temas que le preocupan, el juego realidad/ficción, la escritura, la interlocución con el lector-. Os lo dejo íntegro, pese a su extensión, como complemento final a mi reseña. Tras él, una canción citada en el libro. En una conversación entre Jean y el narrador, éste le dice: ¿Cómo es esa canción de Sondheim? ¿Marry Me a Little? Cásate conmigo un poco. Pues bien, Marry Me a Little, en la espléndida versión de Cyrille Aimée, una cantante muy querida por mí, con abundantes apariciones y un futuro programa monográfico en Buscando leones en las nubes, pone el punto final a esta primera entrega de la serie de dos dedicada a Julian Barnes con ocasión de la recepción por su parte, hace solo unos días, del Premio Princesa de Asturias de las Letras en su edición de este año.
«Te echaré de menos», signifique lo que signifique eso. La muerte debilita y socava cada palabra de esta frase: el verbo en futuro carece –o carecerá– de sentido. Y ahora, en el final, no tengo grandiosas declaraciones que ofrecer, ni unas famosas últimas palabras que pronunciar. (Aunque topé hace poco con un buen ejemplo: el urgente, agonizante mensaje del primer lord Grimthorpe a su mujer: «Nos queda poca mermelada».) En su lugar, deja que te dé las gracias por tu sólida presencia, invisible pero latente, como mi cáncer. Cuando alguna vez me han preguntado cómo veo nuestra relación, respondo que no soy un escritor didáctico. No te digo cómo pensar ni cómo vivir. No escribo ex cathedra: los novelistas no deberían hablarles a sus lectores desde una presunta sabiduría superior. Prefiero la imagen de escritor y lector en la terraza de un café de una ciudad indefinida y un país indefinido. El clima es templado, y tenemos una bebida fría frente a nosotros. Sentados uno al lado del otro, contemplamos las numerosas y diversas expresiones de vida que desfilan ante nosotros. Observamos y reflexionamos. De vez en cuando yo murmuro algo como: «¿Qué piensas tú de esa pareja, casados o están teniendo una aventura?». «Mira a esas víctimas de la moda, tan ufanas de ser ellas mismas que es casi conmovedor.» «¿Adónde va tan deprisa ese cura?» «¿Qué significa ese beso?» «Una pareja de ancianos cogidos de la mano siempre me enternece.» «¿Tú crees que ese de ahí es un vagabundo o un artista?» «¿Se están peleando, o es una broma juguetona entre amantes? Tiene un punto chejoviano.» «Mira, un jack russell, eso sí que es un buen presagio.» «No parece que vaya a llover, ¿no?» «¿Tú crees que existe un Dios? Ya sabes que yo no.» «¿Y por qué de repente nos miran a nosotros ?» Murmullos de una conversación cotidiana, uno de los cuales (o ninguno) podría metastatizarse en un relato. Veo con el rabillo del ojo que observas tan atento como yo. Pero rara vez oigo tus respuestas; me temo que te has sentado en mi lado sordo.
Aun así, espero que hayas disfrutado de nuestra relación a lo largo de los años. Yo desde luego sí. Tu presencia ha sido un placer; de hecho, no sería nada sin ti. Así que voy a descansar un momento la mano en tu antebrazo –no, no dejes de mirar– y después me esfumaré. No, no dejes de mirar.
Videoconferencia
Julian Barnes. Despedidas

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