Vivo entre muchos libros y extraigo una gran parte de mis ganas de vivir del hecho de que aún leeré la mayoría de ellos. (Elias Canetti)

domingo, 25 de octubre de 2026

JULIAN BARNES. ELIZABETH FINCH
 
Con los ecos, aún recientes, de la presencia de Julian Barnes en nuestro país, a donde acudió, el pasado 23 de octubre, para recibir, en el ovetense Teatro Campoamor, el Premio Princesa de Asturias de la Letras correspondiente a 2026, Todos los libros un libro continúa esta semana el breve ciclo dedicado a recomendar la obra del británico, una serie iniciada hace cuatro días con mi reseña del excepcional Despedidas, la que será, en declaración explícita del autor -manifestada en el propio seno del libro y en infinidad de intervenciones públicas fuera de él-, la última publicación del espléndido escritor. 

Mi propósito en relación con las tres emisiones que aún restan para poner fin a este ciclo “barnesiano” es ofrecer unos apuntes someros sobre algunas otras obras de Barnes, elegidas entre las más recientes de su producción, pues, siendo excelentes la mayoría de su larga veintena de libros (de los que he leído casi todos) son estos últimos los que más recuerdo, conservando de ellos, además, mis notas de lectura (una práctica, la de recoger por escrito mis impresiones de los libros que leo, relativamente reciente en mi vida; apenas quince o veinte años de minuciosa y “productiva” tarea). De este modo, presentaré ahora Elizabeth Finch, dejando para la próxima entrega de la serie mis comentarios sobre El sentido de un final y recuperando asimismo, en el último programa del ciclo, mis notas sobre La única historia y Nada que temer, ya aparecidas de modo sucinto en Buscando leones en las nubes, mi otro espacio en Radio Universidad de Salamanca, y de Arthur & George, que también reseñé aquí en 2013, aunque en un formato de Todos los libros un libro muy distinto al actual y sin presencia en YouTube. Aprovecho la ocasión para sugerir a quien quiera ampliar la información sobre Barnes que se adentre y escuche la larga serie de seis programas de Buscando leones en las nubes que, desde el pasado 12 de octubre hasta el próximo 16 de noviembre, se están emitiendo en Radio Universidad de Salamanca. En cada uno de ellos aparece una selección de textos de la obra del británico acompañados, como de costumbre en el programa, con canciones exquisitas, elegantes, en general intimistas y siempre bellísimas. 

Esas limitaciones de mi memoria a las que me he referido -y las de mi tiempo, y del espacio, tanto radiofónico como bloguero- me impiden comentar libros fundamentales como El loro de Flaubert, que supuso el “descubrimiento” internacional de Barnes en 1984, publicándose en España hace ahora cuarenta años, en 1986, Mirando al sol, Niveles de vida, Antes de conocernos, Hablando del asunto, Inglaterra, Inglaterra o Una historia del mundo en diez capítulos y medio, que me entusiasmaron cuando los leí, en ese personal itinerario de devoción “barnesiana” iniciado hace ahora cuarenta años. 

En un recorrido que sigue, con alguna excepción, un orden cronológico inverso, comienzo recomendando con entusiasmo Elizabeth Finch, la última novela (si aceptamos que, en definitiva, Despedidas no encaja en tal adscripción genérica) de nuestro invitado. Publicada en 2022 en su país y un año después en el nuestro, siempre en Anagrama y con traducción, en este caso, de Inga Pellisa (los restantes títulos los vierte al español su traductor habitual, Jaime Zulaika), el libro es, una vez más (hace siete días yo hablaba, asumiendo mi ignorancia y, por tanto, lo atrevido y probablemente inexacto de mis juicios, de que, en el fondo, Barnes escribe siempre la misma obra), una muestra ejemplar de las preocupaciones temáticas y de los planteamientos y recursos formales de su autor. De entrada, una línea argumental adelgazada al extremo. Neil, un hombre acercándose a la mediana edad (yo ya tenía treinta y tantos años) cuya vida profesional y afectiva relativamente convencional (más allá de dos divorcios y tres hijos de mujeres distintas: un mundo de matrimonios fracasados, niños exitosos y una carrera errática), decide matricularse en un curso, Cultura y civilización, impartido por Elizabeth Finch, una profesora de enorme prestigio entre sus alumnos. La experiencia, deslumbrante por la singular personalidad de la mujer, modificará profundamente su manera de entender la historia, la literatura y el pensamiento y hasta su vida. Años más tarde, tras la muerte de Finch, Neil recibe del hermano de ella, Christopher, parte de sus documentos personales -escritos, cuadernos, agendas, papeles varios- y emprende la tarea de ordenarlos e interpretarlos. Esa investigación lo conducirá de modo más o menos natural hacia la figura del emperador Juliano, objeto principal del interés intelectual de la profesora y uno de los personajes más controvertidos de la Antigüedad tardía, conocido tradicionalmente como “el Apóstata”, cuya trayectoria histórica acabará por ocupar un lugar central en el libro. 

Como puede imaginarse, una sinopsis semejante apenas permite intuir la verdadera naturaleza de la novela. En realidad, Barnes utiliza esa trama mínima para plantear una serie de cuestiones que son las que han venido atravesando toda su obra de madurez, presentes por lo tanto en casi todos los libros en los que me detengo en mis reseñas de estas dos semanas. Entre otras, ¿qué significa comprender realmente a otra persona?, ¿hasta qué punto es posible reconstruir una conciencia desaparecida?, ¿cómo se transmite el conocimiento?, ¿qué diferencia existe entre acumular información y desarrollar una verdadera inteligencia crítica? Todas ellas giran sobre sus temas acostumbrados a los que ya me he referido hace unos días al hablar de Despedidas: La memoria y la difícil reconstrucción del pasado; la incertidumbre de la verdad, que se escabulle entre distintas versiones de lo vivido; la historia como interpretación y como relato que se reconstruye una y otra vez; el azar y la vulnerabilidad de nuestras vidas, sometidas al albur de un destino impredecible; la identidad personal como artificio y, por tanto, la dificultad de conocerse cabalmente a uno mismo; la muerte, la ausencia y la persistencia de los vínculos a lo largo del tiempo; el amor, la amistad y las relaciones sentimentales asimétricas en las que cada parte se vincula en distinto grado; la fragilidad de las relaciones humanas y la fragilidad del matrimonio; la literatura como investigación y como forma de conocimiento; la cultura, la religión y la revisión de las ideas heredadas; el humor que relativiza; la ironía y la desconfianza ante las explicaciones demasiado seguras. 

La novela afronta estos asuntos y responde a estas preguntas no mediante un planteamiento ensayístico (aunque una de sus tres partes, como luego veremos, se acerca claramente al género), ni sosteniendo afirmaciones dogmáticas (un enfoque absolutamente alejado del discurrir tentativo, escéptico, intelectualmente cauteloso y en apariencia vacilante y aproximativo -solo en la superficie; la estructura y el tono de sus novelas están muy trabajadas- habitual en Barnes), sino a través del ejemplo de Elizabeth Finch, un personaje de una compleja e inclasificable naturaleza, de una poderosa inteligencia -y, por ello, de un arrebatador atractivo- y cuya brillante irradiación ilumina la novela entera seduciendo al lector en cuya memoria permanece para siempre. 

Desde su primera aparición, Finch escapa a cualquier estereotipo. Barnes evita cuidadosamente presentarla como una profesora carismática en el sentido convencional del término. No busca deslumbrar a sus alumnos mediante exhibiciones de erudición ni intenta construir una personalidad excéntrica destinada a impresionar a quienes la rodean (No tenía ninguno de esos tics y trucos de los profesores, pensados para seducir, distraer o denotar carácter), aunque lo logre de continuo. Su autoridad nace de un lugar mucho más profundo, su absoluta independencia intelectual. Finch enseña a pensar antes que a opinar. Sus clases no consisten en transmitir respuestas (Estoy aquí para ayudarlos a pensar, a argumentar y a desarrollar un criterio propio), sino en formular preguntas cuya complejidad obliga a reconsiderar las certezas previas de los estudiantes (¿Recuerdas lo que dijo en aquella primera clase? Algo como: «Puede que no sea la mejor profesora para todos ustedes». Lo fue para ti y para mí. Pero no para todos los demás. Querían algo más convencional. Fechas, nombres, hechos, y que eso llevase a ideas más amplias. No ideas más amplias que llevasen a fechas, nombres, hechos. Al principio se sintieron intrigados, claro, pero luego empezó a resultar... perturbadora. –Exacto. Para mí también, y para ti, en el sentido de sacudirme la mente, de hacer que me replanteara las cosas todo el rato, que me estallasen estrellas en la cabeza). El narrador insiste repetidamente en que la característica más llamativa de aquella mujer no era la cantidad de conocimientos que poseía, sino la serenidad con la que suspendía el juicio cuando las pruebas resultaban insuficientes: no se dejen engañar por los valores proclamados de su propia época, síntesis excelente de su posición intelectual y moral ante la existencia. 

Esta actitud constituye uno de los principales ejes filosóficos de la novela. Barnes contrapone constantemente dos formas opuestas de relacionarse con el conocimiento. Por un lado aparece la tentación contemporánea de reducir la historia y la cultura a un conjunto de opiniones rápidas, fácilmente intercambiables y sostenidas con una seguridad desproporcionada respecto de las evidencias disponibles. Frente a esa tendencia, Elizabeth Finch representa una ética de la duda, de la paciencia interpretativa y de la responsabilidad intelectual. No confunde nunca la complejidad con la confusión ni la prudencia con la indecisión. Comprende que las cuestiones verdaderamente importantes rara vez admiten respuestas simples y que la primera obligación del pensamiento consiste precisamente en resistirse a las simplificaciones. 

Este planteamiento, de extraordinaria lucidez y rigor intelectuales, resulta especialmente oportuno en nuestros días en los que la polarización ideológica y la creciente dificultad para sostener conversaciones intelectuales matizadas definen el clima cultural contemporáneo. Desconozco si en Barnes existía o no la voluntad premeditada de establecer, a través de su personaje, un diálogo con esta realidad más inmediata (aunque alude en alguna entrevista a su preocupación por la conversación intelectual, el desacuerdo y el empobrecimiento de la discusión pública), pero es indudable que la insobornable, lúcida, profunda, culta sin asomo de pedantería, firme y desenvuelta, seria pero no adusta (soy consciente de que la estoy pintando muy severa. No lo era. Sí, sí lo era), aguda, sutil, obstinada combatiente -sin alharacas extravagantes, sin énfasis artificiosos- en contra de las ideas recibidas, defensora del espíritu crítico, tenaz e inteligentísima Elizabeth Finch constituye, además de una formidable creación literaria, una magnífica representación de un humanismo liberal -que tanto se echa en falta en la actualidad- que confía todavía en el poder de la lectura lenta, del razonamiento y de la discusión fundamentada, del análisis detenido, sostenido en argumentos sólidos, robustos, que, sin dejarse llevar por reduccionistas apriorismos ideológicos ni por lemas y eslóganes inanes y superficiales, examina los matices, explora los diversos ángulos de un asunto, profundiza y cuestiona, indaga, contrasta y dilucida, estudia, escudriña y descifra, desentraña y esclarece, penetra e ilumina: Si algo nos enseñó EF fue que la historia es un camino largo; más aún, que no es algo inerte y comatoso, ahí tumbado esperando a que nosotros la enfoquemos con un catalejo o un telescopio; que es, por el contrario, una cosa activa, efervescente, volcánica, a veces. 

Esa deslumbrante potencia intelectual enamora al narrador (He dicho que yo amaba a Elizabeth Finch; como mínimo, estoy bastante seguro de que la amaba, y la amo todavía, más allá de la muerte. Fue un amor que nació en el aula, pero no era ese amor juvenil, ese amor adolescente que sienten los niños por sus maestros. A fin de cuentas, yo ya tenía treinta y tantos años), fascinado desde los primeros minutos de la clase inicial, como puede comprobarse en el elocuente fragmento con el que cerraré esta reseña. La admirativa entrega, la subyugada atracción, el embelesado deslumbramiento con los que Neil contempla a EF -como la designa a menudo en su relato-, que arrebata y entusiasma también al lector (en mi caso puede hablarse, exagerando solo un poco, de enamoramiento… ¡de un personaje literario!), se sostiene en las agudas, perspicaces, atinadas y muy apasionadas observaciones que el narrador hace sobre su profesora, mostrándola a través de un conjunto de rasgos que va espigando aquí y allá en su texto y que, juntos, conforman un retrato absolutamente seductor. Barnes la “retrata” no solo en lo intangible, lo que solo se percibe “oyéndola” hablar, siguiendo atentamente la hondura de sus pensamientos, la nada exaltada agudeza de sus réplicas (cuando, ya irremisiblemente enferma, su hermano se indigna frente a la “maldad” del cáncer, ella responde: El cáncer, mi querido Christopher, es moralmente neutral), las tranquilas vueltas de tuerca y las clarividentes rupturas de lo consabido que afloran en sus argumentaciones, sino también -y sobre todo- en las rendidas afirmaciones de Neil, que ponderan su fortaleza, su clarividencia, su pujanza, su genio y su brillantez intelectuales (y también su atractivo humano: conseguía que la bata de hospital pareciese elegante, dirá su hermano de ella, ya en sus últimos días de enfermedad), de las que dejo aquí ahora algunos muy elocuentes ejemplos: 

A Elizabeth Finch le interesaba la «diversión rigurosa», como nos había dicho, pero lo «muy gracioso» le llamaba tanto como el sentimentalismo. 

Lo tenía todo en la cabeza, plenamente desarrollado, plenamente procesado. 

Era noble, independiente, europea. 

Ella manejaba verdades, no de generaciones anteriores, sino de eras anteriores; verdades que mantenía con vida, pero que otros habían abandonado. Y con esto no me refiero a nada en plan «era una tory/progresista/socialista de la vieja escuela». Ella se movía al margen de su época en muchos aspectos. 

Cuando le digo a la gente que era la persona más adulta que he conocido nunca, supongo que a lo que me refiero es a que había unos principios justo detrás de todos sus actos y pensamientos, si no directamente incorporados a ellos; mientras que, en mi caso, en el de la mayoría de la gente, nuestros principios solo afectan más de refilón a lo que decimos y hacemos. 

Mostraba, como siempre, un temple sobrenatural. 
 
Sobrellevaba el dolor implacablemente, y jamás pedía ayuda; ayuda moral, me refiero. 

Percibíamos, en algún sentido, que no estaba hecha para el mundo, y que su nobleza moral tal vez la hiciese vulnerable. 
 
Pero ella, creo yo, era una pesimista romántica. 

Esa ausencia de autocompasión formaba parte del estoicismo con el que afrontaba la vida. Había conocido –y en parte esto es solo una suposición mía– la decepción amorosa, la soledad, la amistad traicionada, incluso la deshonra pública (llegaremos a eso a su debido tiempo), pero afrontaba todo ello con calmosa indiferencia. 

¿Veis lo difícil que era para mí, y para aquellos como yo, llevar las riendas de una conversación con ella, o estar siquiera en igualdad de condiciones? No porque te manipulara –era la mujer menos manipuladora que he conocido en la vida–, sino porque examinaba las cosas desde una perspectiva más amplia, con un foco y un horizonte distintos. 

Sus intereses intelectuales eran atemporales (y prueba de ello es la larga lista de referencias culturales que aparecen en el texto, citadas por el personaje o recogidas de sus notas póstumas, leídas por Neil tras su muerte -Epicteto, del que dejaré también al final de esta reseña un fragmento sustancial en la configuración del carácter, el talante y la disposición humanos, morales e intelectuales del personaje), Voltaire, Montaigne, Gibbon, Hans Sachs, Cavafis, Ibsen, Schiller, Samuel Johnson, Anatole France, Swinburne, Montesquieu, Jules Renard, Gore Vidal, Auden, Erasmo, Lord Byron, entre otros-, y que Barnes incorpora a una bibliografía final). 

En una línea que no creo que sea principal en la novela, aunque sí significativa si quien la lee es un profesor, destaca la seductora personalidad docente de Elizabeth Finch, paradigma del magisterio ideal y emblema de la idea de la educación como transformación intelectual. Como ya he señalado, en un mundo -también el escolar- dominado por las opiniones rápidas, el ruido digital y las respuestas inmediatas, por la superficialidad, la indigencia intelectual y la mediocridad generalizada, la figura de Elizabeth Finch encarna el lujo del conocimiento, de la sabiduría, del pensamiento deliberado, de la exigencia profesoral. No es complaciente, no busca caer bien ni adoctrinar. Por el contrario demanda -y obliga a ello- precisión conceptual, elegancia retórica e independencia mental. El tratamiento que de esa vertiente de su figura hace Barnes es conmovedor porque apela a una experiencia universal, la huella indeleble que deja en nuestra vida aquella persona que, por primera vez, nos enseñó a pensar por nosotros mismos: De niño, nunca tuve uno de esos maestros favoritos a los que recordar para siempre, uno que me descubriera la emoción de las matemáticas, o de la poesía, o de la botánica, y que tal vez abusara sexualmente de mí al mismo tiempo. Así que estaba de lo más agradecido –aunque la palabra es insustancial en comparación con la realidad– por haber encontrado y conocido a Elizabeth Finch. 

Una última anotación en relación con el personaje de Juliano el Apóstata, de tanto peso en la novela. Tras una primera parte en la que se presenta a Elizabeth Finch y se describen los pormenores del encantamiento que suscita en Neil, y antes de la tercera en la que, tras el escrutinio por parte del narrador en los archivos dejados por la profesora después de su muerte, el narrador se lanza a indagar en los muchos extremos desconocidos y ocultos que dejó atrás la fallecida, Barnes intercala un apartado -el más corto de los tres del libro, unas cincuenta páginas- en el que se nos cuenta la historia del filósofo y emperador romano. En el curso que dictaba Elizabeth (y el verbo no es el más adecuado: No era como esos profesores que solo conectan con sus alumnos cuando levantan la vista de los apuntes, porque, como he dicho, no daba la lección siguiendo apuntes. Lo tenía todo en la cabeza, plenamente desarrollado, plenamente procesado), Neil “falla” a su profesora al no entregar un trabajo que debería haber completado. Cuando, investigando en sus papeles después de su fallecimiento, constata el interés de la mujer -ya apuntado durante las clases- por la figura de Juliano, decide saldar su “deuda” con ella escribiendo el breve ensayito del que da cuenta en esa sección central del libro. 

Una presencia, la del personaje histórico, extraña e inexplicable en una lectura superficial, pero que alcanza un pleno sentido si se la examina con detenimiento. Y es que la historia de Juliano el Apóstata constituye el centro intelectual de Elizabeth Finch, yendo su función en la novela bastante más allá de incorporar al relato una digresión erudita, introducir un más o menos ignoto episodio de la historia romana o desarrollar las ideas de una profesora fascinada por la Antigüedad. El ensayo que Neil escribe a partir de los cuadernos de Elizabeth Finch -y que constituye, en cierto modo, una especie de novela dentro de la novela- permite a Barnes adentrarse en una de sus preocupaciones literarias habituales, presentes en más de uno de sus libros: examinar cómo se construye la historia, cómo acaba por imponerse una determinada interpretación del pasado y no otra; qué sucede con las ideas y las personas que quedan del lado de los vencidos; hasta qué punto podemos conocer la verdad sobre alguien o sobre una época cuando lo que nos ha llegado está condicionado por quienes han tenido el poder de contar su historia (volveré sobre estos asuntos el próximo día en relación con la también excepcional El sentido de un final). 

En alguna entrevista que he podido leer, Barnes se refería a cómo las dos grandes líneas del libro -las figuras de Elizabeth Finch y de Juliano- nacieron inicialmente por separado y que solo durante la escritura encontró su punto de unión entre dos personajes que coinciden en una misma actitud de disconformidad con su tiempo. Juliano se enfrentó al orden religioso que estaba transformando el Imperio romano, mientras que Elizabeth, ya se ha dicho, no parece vivir enteramente en el presente y observa las convenciones de su época con muy prudente y sensata distancia. 

Juliano el Apóstata fue emperador romano entre 361 y 363 y el último gobernante que intentó restaurar el paganismo tradicional frente al cristianismo, que había adquirido una posición dominante bajo Constantino y sus sucesores. Educado en un entorno cristiano, Juliano se apartó de esa religión y trató de devolver el protagonismo a los cultos y las tradiciones filosóficas del mundo grecorromano. Lo que atrae a Barnes del disidente personaje es, a mi juicio -conformado a partir de las pautas que ha ido dejando en su novelas y ensayos-, la posibilidad de contemplar la historia europea desde una hipótesis contraria a la interpretación que terminó imponiéndose. La derrota y muerte de Juliano, impidió la existencia de un Occidente que hubiera continuado desarrollándose bajo una cultura religiosa abierta, plural, ilustrada, en la que convivieran distintas divinidades, tradiciones filosóficas y formas de entender el mundo, en lugar de avanzar hacia el predominio de una única verdad religiosa. Su historia permite al escritor poner sobre la mesa -una vez más- algunas de sus tesis favoritas, ya anticipadas: la historia es siempre una reconstrucción limitada e imprecisa; la versión que prevalece lo cuentan los vencedores; el triunfo de una idea no garantiza su verdad; el pasado contiene posibilidades que el presente ha olvidado o desterrado; las narraciones retrospectivas -sean las de la Historia con mayúsculas, sean las que intentan dar cuenta de nuestras modestas existencias- convierten el resultado de un proceso en su destino inevitable (una vez que conocemos el desenlace, fabricamos el relato, reelaborando el pasado para que todo encaje, como si cada acontecimiento hubiera conducido necesariamente hasta él, haciendo desaparecer las alternativas, las contingencias y las voces derrotadas). 

Estas tesis se entrelazan de manera magistral con la figura de Elizabeth Finch, en un paralelismo que constituye un inteligente engarce con el que se integrar el ensayo histórico en la novela. Ambos son figuras que se resisten a ser enteramente de su tiempo; que no aceptan sin discusión las ideas dominantes (la religión en la que fue educado, en el caso del emperador; las ideas y los hábitos intelectuales que su propia sociedad considera normales, en el de la profesora), ni se acomodan con facilidad a las expectativas de quienes los rodean. Igualmente, ambos son, en cierto modo, inaccesibles o, cuanto menos, difíciles de conocer, pues sus personalidades nos llegan a través de interpretaciones ajenas: sus exégetas y detractores, Juliano; las enamoradas impresiones de Neil a partir de sus propios y siempre inestables recuerdos, de los testimonios de otras personas y de los cuadernos de EF. Ambos, también, ejercen una fascinación que depende, en parte, de esa inaccesibilidad, la opacidad de la figura histórica y la extraordinaria reserva de la mujer (Me doy cuenta de que la estoy pintando como una «mujer llena de misterios»). En este sentido, la apasionada investigación de Neil, que estudiando al personaje histórico pretende seguir las huellas esbozadas por Elizabeth, acaba con la constatación de la distancia entre los hechos y su relato, entre una persona y la imagen que conservamos de ella, entre la verdad posible y las interpretaciones que elaboramos para alcanzarla. La certidumbre de que cuanto más investiga, más se le hace evidente la imposibilidad de conocer enteramente la personalidad, las motivaciones, la vida interior de quienes son objeto de su indagación, en lo que resulta ser uno de los ejes sustanciales del libro y de la obra de Barnes: la memoria, la historia, la literatura nos muestran cómo se escribe una interpretación. Neil no accede a una verdad sobre el emperador que ya estaba depositada en los documentos, ni dilucida de manera cerrada y completa la identidad de Elizabeth, tan solo -¡¡tan solo!!- elabora un relato sobre lo que cree haber comprendido de ellos. Tan solo hace literatura, inteligente, admirable, deslumbrante literatura. 

Cierro aquí, pues, esta segunda entrega de la serie sobre Julian Barnes nacida con ocasión de su presencia en nuestro país para recibir el Premio Princesa de Asturias de las Letras. En unos días pondré fin al ciclo, tras mis reseñas de Despedidas y Elizabeth Finch, con dos programas más que incluyen mis comentarios de otras obras del británico. Ahora me despido con los dos fragmentos prometidos de Elizabeth Finch; el primero recoge la deslumbrante presentación de la profesora en su clase inicial ante Neil y sus compañeros. El segundo es la transcripción del fragmento de Epicteto que, en cierto modo, resume el pensamiento y la forma de estar en el mundo de la muy brillante EF. 

Como acompañamiento musical a mis entregadas palabras sobre Barnes, os dejo con una canción, Well, Did You Evah!, escrita por Cole Porter para el musical de Broadway DuBarry Was a Lady, y cuya versión más famosa es la de Bing Crosby y Frank Sinatra en la película musical de 1956 Alta sociedad, que es la que os ofrezco ahora (hay una más que curiosa versión de Blondie e Iggy Pop para un álbum de 1990 de homenaje a Cole Porter). El tema, que ya desde su título muestra su intención satírica (una deformación de Well, did you ever [imagine that]? o Can you believe that? que denota ligera sorpresa, incredulidad o falsa indignación), refleja, en el entorno de una fiesta de la alta sociedad, cómo los personajes utilizan la frase para reaccionar con sarcasmo e indiferencia ante cotilleos absurdos que dan cuenta de noticias terribles -huracanes, avalanchas, canibalismo, un choque con Marte- ante las que oponen ese frívolo “¿puedes creerlo? a la vez que ensalzan los placeres de su party (¡Qué fiesta tan bonita es esta! ¡Qué daiquiris! ¡Qué jerez, por favor! ¡Qué borgoña!). En el libro, en un pasaje en el que se narra la muerte de Juliano, Barnes pone su rotundo punto final: Juliano partió, Juliano murió. «Have you heard, it’s in the stars / Next July we collide with Mars / Well did you evah?» ("¿Lo has oído? Está en las estrellas. El próximo julio chocaremos con Marte. ¿Puedes creerlo?"; en mi traducción aproximada)


Habrán observado que el título de este curso es «Cultura y civilización». No se alarmen. No los voy a acribillar a gráficos circulares. No voy a intentar embucharles datos como a un ganso cebado; lo único que se consigue con eso es una hipertrofia en el hígado, lo cual no sería sano. La próxima semana les proporcionaré una selección de lecturas totalmente opcional; ni perderán nota por ignorarla, ni la ganarán por estudiarla sin descanso. Les daré clase como a los adultos que sin duda son. La mejor forma de educar, como sabían los griegos, es la colaborativa. Pero ni yo soy Sócrates, ni ustedes una clase de Platones, si es que es ese el plural correcto. No obstante, dialogaremos. Por otro lado, dado que ya no están en el colegio, no me dedicaré a dispensar blandos gestos de aliento y flojas palmaditas en la espalda. Para algunos de ustedes, puede que yo no sea la mejor profesora, en el sentido de la más adecuada a su temperamento y mentalidad. Vaya esto por delante para quien corresponda. Lógicamente, espero que el curso les parezca interesante y, de hecho, divertido. Divertido con rigor, claro está. No son términos incompatibles. Y esperaré también rigor por su parte. No bastará con improvisar. Me llamo Elizabeth Finch. Gracias. 

Y volvió a sonreír. 

Nadie había tomado un solo apunte. Le devolvimos la mirada, algunos impresionados, varios con una perplejidad que rayaba la irritación, otros ya medio enamorados. 

No recuerdo qué nos enseñó en aquella primera clase. Pero supe, de un modo difuso, que por una vez en la vida había llegado al lugar correcto. 


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De lo existente, unas cosas dependen de nosotros; otras no dependen de nosotros. De nosotros dependen el juicio, el pulso, el deseo, el rechazo y, en una palabra, cuanto es asunto nuestro. Y no dependen de nosotros el cuerpo, la hacienda, la reputación, los cargos y, en una palabra, cuanto no es asunto nuestro. Y lo que depende de nosotros es por naturaleza libre, no sometido a estorbos ni impedimentos; mientras que lo que no depende de nosotros es débil, esclavo, sometido a impedimentos, ajeno. Recuerda, por tanto, que si lo que por naturaleza es esclavo lo consideras libre y lo ajeno propio, sufrirás impedimentos, padecerás, te verás perturbado, harás reproches a los dioses y a los hombres, mientras que si consideras que solo lo tuyo es tuyo y lo ajeno, como es en realidad, ajeno, nunca nadie te obligará, nadie te estorbará, no harás reproches a nadie, no irás con reclamaciones a nadie, no harás ni una sola cosa contra tu voluntad, no tendrás enemigo, nadie te perjudicará ni nada perjudicial te sucederá.

Videoconferencia
Julian Barnes. Elizabeth Finch

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