Vivo entre muchos libros y extraigo una gran parte de mis ganas de vivir del hecho de que aún leeré la mayoría de ellos. (Elias Canetti)

miércoles, 11 de noviembre de 2015

ANGEL WAGENSTEIN. EL PENTATEUCO DE ISAAC

Hola, buenas tardes. Bienvenidos a una nueva emisión de Todos los libros un libro, el espacio de Radio Universidad de Salamanca desde el que cada miércoles os ofrecemos una propuesta de lectura entresacada de la infinidad de publicaciones que inundan el mercado editorial de nuestro país. Hoy quiero hablaros de una novela que se presentó por primera vez en 2008 y que ha alcanzado una decena de ediciones, pese a lo cual yo, asiduo frecuentador de librerías y suplementos culturales (¡¡horror!!), desconocía totalmente su existencia así como la de su autor. En el presente año, la editorial Asteroide, en la que vio la luz originariamente, y coincidiendo con la celebración del décimo aniversario del sello, ha vuelto a sacarla al mercado en una reedición algo distinta, con tapas duras y en un volumen muy cuidado y de mayor calidad formal que la ya habitualmente amable presentación de los libros de su estupendo y muy escogido catálogo. Os hablo de El Pentateuco de Isaac, una excelente novela de Angel Wagenstein, nacido en una familia sefardí de Bulgaria y autor de otros dos libros, con los que el que ahora os comento forma una trilogía, Lejos de Toledo y Adiós, Sanghai, que también pueden encontrarse en la misma editorial. Guionista y realizador de cine, Wagenstein escribió este El Pentateuco de Isaac muy tardíamente, con casi setenta años, obteniendo un general reconocimiento y un merecido éxito de ventas.
 
La novela, traducida del búlgaro por Liliana Tabákova, aparece con un significativo subtítulo, que nos anticipa de manera bastante elocuente la historia con la que nos encontraremos al adentrarnos en sus páginas: Sobre la vida de Isaac Jacob Blumenfeld durante dos guerras, en tres campos de concentración y en cinco patrias. Y es que, en efecto, este Isaac Jacob Blumenfeld que protagoniza la obra es un sastre judío originario de Kolódets, cerca de Drohobych, en expresión que una y otra vez se reitera en el texto cada vez que aparece el topónimo, un pueblito realmente existente en la región de Galitzia que en 1900, fecha de nacimiento del personaje, pertenece al Imperio Austrohúngaro para luego, fruto de las vicisitudes que afectaron al centro de Europa durante el, desde el punto de vista del belicismo nacionalista, infausto siglo XX, pasar a manos de Polonia tras la primera guerra mundial, pertenecer a Alemania en el curso de la segunda, caer bajo el dominio de la Unión Soviética después de la finalización de la contienda, para acabar -¿acabar?- formando parte de la actual Ucrania. Todos esos cambios afectan a un Isaac al que las convulsiones políticas le obligan a mudar de patria una y otra vez para terminar siendo austríaco de nuevo, en un proceso lleno de violencia y dolor, de sufrimiento y tragedia, del que se nos da cuenta en el libro.
 
El Pentateuco de Isaac se articula en cinco largos capítulos que coinciden, metafóricamente, con los cinco libros del texto sagrado judío: el Genésis, el Éxodo, el Levítico, los Números y el Deuteronomio. El primero de ellos -hablo, obviamente, de la novela- recoge la infancia y primera juventud del protagonista en el shtetl de Kolódets, perteneciente al distrito austrohúngaro de Lemberg, y se desarrolla hasta la incorporación a filas del muchacho con ocasión de la primera guerra mundial. En el segundo, tras un fugaz y pacífico paso por las trincheras (en realidad por la más cómoda retaguardia) y asentado el chico en su lugar de origen, que ahora ya es un voivodato polaco, Lwów, asistimos al noviazgo y matrimonio de Isaac con Sara, la bella hermana del joven rabino Samuel Bendavid, con el que el joven crea una fraternal amistad que se mantendrá a lo largo de toda su vida y que aflorará en los diversos avatares narrados en la novela. La placidez de la vida lugareña acaba con un nuevo llamamiento militar de nuestro protagonista, que se ve desplazado hacia los escenarios de la segunda guerra mundial movilizado por el ejército soviético, que ha ocupado su pueblo, ahora Kolodetz, en la provincia nuevamente bautizada como Drogobych. Antes de su efectiva participación en la guerra, que como en el caso anterior tampoco llegará a producirse, Isaac, que ha dejado a su mujer y sus tres hijos en su hogar, es capturado por los alemanes y con el nombre de Hendryk Brzegalski trasladado a Leópolis, que es cómo ahora se llama la capital regional. De todo ello se nos da cuenta en el tercer capítulo. En el cuarto, Itzik -apelativo cariñoso de Isaac- es recluido en una base secreta nazi, en los bosques de Brandeburgo, una detención más soportable que la que deberá aguantar en el campo de concentración de Flossburg, en donde las fiebres tifoideas lo dejan al borde de la muerte. Tras un paso por el gulag siberiano, condenado a un doloroso ostracismo, al que la irracional dictadura soviética lo ha enviado por un supuesto espionaje y una no menos ficticia -e imposible en un judío que pierde a toda su familia en el inhumano genocidio- colaboración criminal con los nazis, en el último capítulo, por fin, nos lo encontramos de nuevo en Viena, en el declive de su vida, cuando Isaac Blumenfeld, antaño un modesto sastre judío, es ahora un próspero comerciante que vive sin embargo rodeado de amargura y melancolía, perdidos su pueblo, su esposa y sus hijos en los absurdos y sangrientos vaivenes que conmocionaron al mundo en ese siglo XX delirante.
 
El relato -del que el autor dice haber sido un mero transcriptor, pues confiesa haberlo escuchado de manera íntegra y casi literal del propio Isaac en una larga conversación iniciada en Sofía y finalizada en ese ocaso del personaje en Viena, en un recurso literario muy habitual en tantas obras- nos es narrado con numerosos meandros, rodeos, elipsis, saltos en el tiempo y digresiones que enriquecen el texto, repleto así de historias laterales, anécdotas secundarias y reflexiones añadidas que aparecen de manera tangencial a la trama principal. Mi relato perderá sus cabriolas, viñetas y pizzicatos característicos para extenderse como los caminos polvorientos y uniformes de nuestros Precárpatos: un poco para arriba y un poco para abajo, otra vez para arriba y de nuevo para abajo; y así, hasta el horizonte, sin precipicios ni cumbres vertiginosas, expone el autor en un momento del libro. O también, he pasado por Odesa para llegar a Berdichev, repite, con el dicho judío (una especie de “irse por los cerros de Úbeda” de nuestro castellano), en más de una ocasión, para añadir una explicación del torrencial caudal de su discurso: Vale, pero dime, hermano, ¿acaso se puede cambiar lo que nos ha sido dado por el Señor, lo que llevamos en la sangre? ¿Acaso puedes obligar a un tigre a que paste hierba o a un pez a que anide en el álamo de enfrente? ¡Jamás le impedirás a un judío que se desvíe del recto camino de su relato: siempre irá a cortar una flor amarilla o simplemente a echar un vistazo a su alrededor, aspirará el aire fresco y compartirá contigo su entusiasmo por este ancho mundo de Dios, o te contará una anécdota o un chiste! El judío se desvía para mirar un rato un rebaño de vacas y aconsejarle algo al pastor, aunque en su vida haya ordeñado una sola vaca. Le gusta, se muere por dar consejos, esto lo lleva en la sangre. Existe al respecto una explicación dada por los antiguos talmudistas del sanedrín de Babilonia de por qué Yahvé creó al hombre y a la mujer sólo al final, apenas en el séptimo día. La explicación de los sabios salta a la vista: ya que Adán y Eva eran judíos, si hubieran sido creados desde el principio, habrían vuelto loco al Creador con sus consejos. Dicen incluso, aunque no sé si será verdad, que durante las hostilidades en el Sinaí, en las trincheras habían puesto rótulos que rezaban: «DURANTE EL ATAQUE QUEDA TERMINANTEMENTE PROHIBIDO A LOS SOLDADOS DAR CONSEJOS A LOS OFICIALES».
 
Esta presencia constante del mundo judío -que resulta notoria en el texto anterior- es una característica esencial del libro. La “ambientación” judía aparece en los innumerables detalles de la vida cotidiana, las costumbres, los rituales, las conversaciones, las ceremonias, descrito todo ello de una manera formidable, fidedigna pero llena de fantasía e imaginación, en una especie de realismo mágico “a la judía”, que emparienta esta vertiente del libro con el universo del pintor Chagall, al que se cita expresa y significativamente en los últimos párrafos de la novela (sus enamorados que vuelan por sobre la iglesia ortodoxa, las mujeres ucranianas, la yegua preñada, el poblado entero, hacia un futuro mejor para todos, en una imagen de extraordinario valor metafórico). Pese a su extensión, no me resisto a ofreceros esta desternillante descripción de las reuniones familiares de un sabbat festivo en la que queda de manifiesto esa espléndida recreación que se hace en la novela de la existencia de una típica familia hebrea: En las tardes del sabbat que, como ya te he aclarado, eran los viernes, después de la cena y todo lo que correspondía al ritual de rigor, comíamos pipas: de calabaza y no de girasol. En las pipas de girasol estaban especializadas las ucranianas: las pelaban con una rapidez supersónica, realizando todas las operaciones técnicas únicamente con la lengua, y eran capaces de darte con la cáscara, al escupirla, en medio de la frente a dos verstas de distancia. Nosotros, los judíos, comemos pipas de calabaza cuando nos sentamos a la mesa del sabbat: las comemos lentamente y con dignidad, concentrados en nuestras conversaciones sobre las cosas de la vida. Me es difícil calcular la cantidad de información que se intercambiaba en una sola tarde del sabbat en torno a las mesas festivas de todo Kolodetz, mientras se pelaban las pipas. Los pocos instantes de silencio se llenaban del chasquido ensimismado de las cáscaras entre los dientes, como si se escuchara el quedo crepitar de la leña en una chimenea. A las pipas de calabaza algunos las llaman «periódico de los judíos», pero a mi modo de ver se trata de un vil empobrecimiento, porque tal cantidad de noticias, chismes e informaciones de toda clase —empezando por los sucesos políticos en la Rusia de los soviets hasta llegar al cometa que según los videntes se acercaba a la tierra a tal velocidad que la catástrofe era inminente—, no se podía encontrar en ningún periódico del planeta. Si a todo esto añadimos las anécdotas que servían para levantar la moral de los judíos y que, por regla general, iban ornamentadas con fantásticos e inverosímiles detalles, fruto de la rica imaginación de los habitantes de Kolodetz —por ejemplo, sobre el banquero Rothschild, lord Disraeli o León Blum, de quien se suponía que era judío—; o al revés, para frenar un poco el orgullo desmedido —de aquel antisemita, comparable al rey Nabucodonosor y a todos nuestros enemigos juntos, que estaba a punto de llegar al poder en Alemania (a pesar de ser un simple sargento austriaco o algo así), Adolfo Schicklgruber— comprenderás que para nada estoy exagerando al comparar el intercambio de ideas y opiniones en la tarde del sabbat, mientras se pelaban pipas de calabaza, con la biblioteca de Alejandría, con todos sus códices, rollos de pergamino y tablillas de escritura cuneiforme. Una tragedia no menos trascendente que la pérdida de la biblioteca de Alejandría sobrevino un viernes, la tarde del sabbat, cuando cierto pan polaco, llegado de la ciudad de Tarnuv, dio un puntapié a la cesta de Golda Silber porque se le cruzó en el camino, y las pipas se dispersaron en el fango. Ante las miradas de consternación de los habitantes de Kolodetz, cerca de Drogobich, desaparecieron centenares de códices, miles de rollos de pergamino y toneladas de papel árabe hecho a mano, llenos de noticias, chismes y sabiduría; montañas de tablillas de escritura cuneiforme que contenían anécdotas y chistes; kilómetros de cinta telegráfica con noticias de la Rusia soviética, informaciones sobre el cometa que se precipitaba a toda mecha contra la Tierra, sobre el barón Rothschild o sobre aquel matón y filisteo, Adolfo Schicklgruber. Todo ello se encerraba en las a primera vista insignificantes pipas de calabaza, llamadas «periódico de los judíos», que se esparcieron por el fango ante la desesperación de Golda.
 
Pero la peculiar idiosincrasia del pueblo judío se revela, sobre todo, más allá de esta ambientación “externa”, en el constante recurso, que impregna el libro entero, a su proverbial humor, cáustico y autocrítico, ingenioso y mordaz, capaz de cuestionar -de un modo que roza el masoquismo- su propio lugar en el mundo, riéndose de sus desgracias e ironizando sobre ellas en medio de las mayores adversidades. Son decenas los chistes -muchas veces protagonizados por un mismo personaje, un ficticio Mendel que creo que “opera” como paradigma del judío medio- que encontramos en El Pentateuco de Isaac (de hecho Wagenstein agradece, en su introducción al libro, a todos los que han rescatado, redactado, sistematizado y editado anécdotas y chistes judíos, gracias a los cuales, en los momentos más trágicos de su existencia, su tribu convirtió la risa en una coraza protectora, en una fuente de ánimo y de confianza), convirtiendo su lectura en una experiencia gozosa y divertidísima, desopilante a veces, pese a lo terrible de los hechos narrados.
 
El humor contribuye así, con su paradójico distanciamiento crítico, a subrayar de modo más intenso el mensaje del libro, un alegato -no dramático, no severo, no árido, sino emotivo y hasta feliz, pese al tono melancólico y triste de tantas de sus páginas- en contra de los fanatismos y a favor de la convivencia pacífica entre culturas y razas y religiones y pueblos diversos. La novela resulta, así, a través de esta “vía amable”, una furibunda diatriba contra las supuestas “verdades eternas” que “justifican” guerras y exterminios y muertes y destrucción, y que se ven condenadas al olvido en una generación (me tengo por un pecador que por pura casualidad ha sobrevivido al desastre de Sodoma y Gomorra, me recuerda más bien a un anillo de Saturno. Porque, ¿qué será este anillo sino los restos de mundos antiguos, de asteroides y planetas, hechos añicos como antiguos objetos de barro?; ¿o mitos nacionales, clarividencias y verdades «eternas», que han resultado menos duraderos y más venenosos que una lata de sardinas podridas?; reichs que se suponía permanecerían mil años y no llegaron ni a doce; imperios desmenuzados, convertidos en raquíticos estados y enanos crueles y maniáticos que se autoproclamaron emperadores, padres de las patrias, dictadores, grandes caudillos y profetas, que se cagarían de miedo si pudieran leer después de su muerte qué es lo que dicen sobre ellos los manuales de Historia de primaria. Todos estos cascajos del pasado giran no sólo en torno a Saturno sino también alrededor de mi cabeza para hacerme comprender que desde los tiempos del opresor de los judíos Nabucodonosor hasta la fecha nada ha cambiado, o como decía aquel malnacido genial que firmaba con el seudónimo de Eclesiastés: «Vanidad de vanidades, todo es vanidad [...] lo que fue eso será; lo que se hizo, eso se hará [...]. He observado cuanto sucede bajo el sol y he visto que todo es vanidad y atrapar vientos...»), un severo discurso contra la nefasta irracionalidad de las guerras (Tampoco busques lógica en los acontecimientos históricos que determinaron mi destino, pues no la tienen, pero quizá tengan algún sentido secreto. Sin embargo, ¿acaso le es dado al ser humano conocer el secreto de las mareas, de las protuberancias solares, del temprano florecer de la nevadilla, del amor o de los mugidos de las vacas? No me hagas, hermano, empezar la explicación de los acontecimientos políticos por aquel archiconocido disparo en Sarajevo, del que estoy hasta la coronilla, cuando un alumno de secundaria con el curioso apellido de Principio mató a nuestro inolvidable, querido, adorado archiduque Francisco Fernando, porque la primera guerra mundial ya había madurado como un absceso en el vientre de Europa, sin principios, es decir, sin el estúpido disparo del Principio este. Si algún diplomático alemán, pongamos por caso, hubiera resbalado con la cáscara de un plátano tirado en Estocolmo por el representante de la empresa francesa Michelin, hubiera sido lo mismo. No busques, por favor, lógica en mi querida patria austrohúngara, cuyo ejército invencible, dirigido sabiamente por el general Konrad von Hotzendorf se metió de cabeza en el conflicto justo cuando hasta el más tonto entre los tontos se daba cuenta de que ya habíamos perdido la guerra. ¿Acaso puede haber lógica alguna en que todos los fieles ciudadanos austrohúngaros desearan con fervor que el Imperio de los Habsburgo se disgregara en varios Estados diminutos, en uniones étnicas dudosas y en federaciones tectónicas y alzaran las banderas nacionales, limpiándose los mocos y las lágrimas al son de la cancioncilla «¡Eh, eslavos!» mientras que ahora gimotean viendo los platos rotos y recuerdan el Imperio Austrohúngaro como «los buenos tiempos de antaño»? Dime, hermano, si hay lógica en todo esto. Fíjate en la broma macabra de cuando Serbia y Grecia, cual un par de hermanitas, se cogieron de la mano al lado de la Triple Entente, mientras que Turquía, el eterno agente británico, sabe Dios por qué se alineó contra Inglaterra. Bulgaria se hermanó con sus opresores seculares, los turcos, y se arrojó a la guerra contra sus libertadores, los rusos, quienes por su parte..., etcétera), una amarga invectiva contra la insensata división del mundo entre “nosotros”, el pueblo elegido, los poseedores de la verdad, y “ellos”, el otro, el enemigo, el mal, la viva ejemplificación de todos los errores (la situación en los frentes... —Está bien para nosotros. —¿Para nosotros? —preguntó mi tío Jaimle. —¡He dicho para nosotros, no para vosotros! Sabíamos perfectamente que pan Woitek era polaco y que las nociones de «nosotros», «vosotros» y «ellos» en el Imperio Austrohúngaro eran terreno resbaladizo y era mejor no adentrarse en él, mucho menos si se era judío, por eso mi padre y mi tío se miraron, movieron la cabeza y asintieron a la vez. —Sí, claro que sí, es evidente. Bueno, yo me quedé con la impresión de que nada era evidente), una lúcida soflama contra la tantas veces arbitraria -y sangrienta- convención de las fronteras y su causa última, la manipulación de la historia (Ya no existe Austrohungría, a ver si entendéis lo que quiere decir esto. Este otoño los maestros de escuela no podrán contar con fluidez la historia de nuestro gran imperio, sino que van a tartamudear cada vez que tengan que enseñar a los alumnos por dónde exactamente pasan las fronteras entre Hungría y Checoslovaquia, o explicarles la razón secreta o si, de hecho, ha habido razón alguna para que Eslovenia, Bosnia y Herzegovina, Croacia y Montenegro hayan pasado del puñetero imperio de los Habsburgo al de los Karageorgevich. Los maestros rusos de geografía tendrán que perder la costumbre de hablar de Polonia como de «nuestros territorios occidentales». En los países del Báltico van a bajar las banderas de Rusia, porque hasta los propios rusos están embrollados en largas discusiones sobre si su bandera ha de ser roja o tricolor. Los viejos profesores se estrujarán la sesera cuando les pregunten a qué estado pertenecen el Tirol meridional, Dobrudzha, Siebenbürgen o Galitzia, o en qué país viven los moldavos y los finlandeses. La historia, cual hábil croupier, ha barajado los naipes y los ha repartido una vez más. Todo empieza de nuevo, se reinicia el juego, las apuestas se han hecho y está por ver quién tiene escondido el as en la manga, a quién le tocará un póquer de damas y a quién un triste siete. Es una ley natural: los fuertes se comen a los débiles, pero su apetito suele ser demasiado grande para su capacidad digestiva, por eso les dan diarreas y ardores que se curan con revoluciones. Estas uútimas crean el caos y del caos nacen mundos nuevos; ojalá el mundo de mañana nos salga menos cagado que el de ahora. Así, hasta el próximo reparto de los naipes, o sea, hasta la próxima guerra), una clarividente develación, en fin, del ciego y fanático espejismo en el que vienen envueltas tantas grandes causas (Yo veía con gran cariño a estas dos personas ya maduras, que habían dedicado sus mejores años y lo mejor de sí mismos a los demás, que desperdiciaron su juventud buscando con abnegación mesiánica las grandes verdades por los caminos laberínticos de los cielos y de la tierra, cuando estas verdades eran, en la mayoría de los casos, espejismos efímeros en el desierto o falsas monedas de oro que precisaban un solo invierno húmedo para oxidarse).
 
Y frente a todo ello, como propuesta optimista y esperanzada, Wagenstein propugna la defensa y exaltación de la mezcla, de la armónica convivencia entre quienes son distintos, la solidaridad entre pueblos, razas y religiones, reflejada en la coexistencia pacífica y fecunda entre multiplicidad de lenguas que hablan los pobladores de la región (Se pusieron a conversar en aquella lengua rara, acuñada en mi querido Imperio Austrohúngaro, de la que la gente se servía para sus contactos multiétnicos: una especie de esperanto federal. Su base, o mejor dicho, su esqueleto, era alemán, en el que descaradamente se introducían un montón de préstamos de origen eslavo, húngaro, judío y aun de turco o bosnio y se cometían bárbaros desmanes con los géneros y los casos, con los modos y los participios. Cada grupo étnico, sin embargo, hablaba en su propio idioma, pero en él, claro, aparecían de visita altos representantes de lenguas de todas partes. Incluso los propios austríacos hablaban entre sí en algo que con ligereza decían que era alemán, pero si el pobre Goethe pudiera escucharlos, se ahorcaría en la primera farola de gas que tuviera a mano. Mucho más tarde, cuando la vida me obligó a estrechar los contactos con la población local del país alpino, me era mucho más fácil pagar un impuesto por ejercer el oficio de odontólogo, que explicarle al respectivo inspector fiscal que yo no era ningún dentista. Era como cuando le preguntaron a Abrámovich si había tenido dificultades con el francés mientras estuvo en París. Él contestó: «Personalmente, ¡ninguna! ¡Pero si vieras lo difícil que les fue a los franceses que hablaron conmigo!». Mientras el húngaro trajinaba por el cuarto en busca de las botellas, los vasos, etcétera, mi tío me dio unas palmaditas en el hombro: —¿Qué me dices, joven? —Que me estoy meando... —confesé con desesperación. Eran las primeras palabras que pronunciaba desde que llegamos al mundo de mármol del Astoria. Lo dije en puro yídis, si la noción de pureza puede ser válida para esta amalgama de alemán, eslavo y hebreo y arameo), o en la sensata tolerancia entre credos (El 12 de mayo de ese mismo año nos encontrábamos formados, vestidos todavía de civil, con las maletitas a los pies, en el patio de tierra del cuartel. Ya no éramos los de antes —muchachos conocidos y desconocidos de los pueblos y aldeas de nuestra Galitzia querida: polacos, ucranianos, judíos y sabe Dios qué más—, éramos la nueva leva que Su Majestad reunía bajo su bandera. Al fondo y un poco aparte, también con las maletas a los pies, estaban los sacerdotes movilizados. Conociendo el revoltijo religioso del imperio, me creerás si te digo que allí el único que faltaba era un lama tibetano).
 
El sentido final de la obra -si es que cabe hablar en estos términos- es el de la noble aspiración de la paz (todos fuimos creados por Dios, bendito sea Su nombre, para que nos quisiéramos y no para que lucháramos los unos contra los otros. Éste era el verdadero final de mi guerra y el principio de la gran paz que firmé en mi corazón con todos los seres humanos, ojalá les alcance la bendición de Él, llenándolos de sabiduría y bondad), un ecuménico propósito de bondad universal que nos permita, pese a que a la postre seamos meras hormigas insignificantes, sobreponernos felizmente a los juegos omnipotentes e irreversibles del destino.
 
Novela altamente recomendable, pues, esta El Pentateuco de Isaac de Angel Wagenstein, que publica Libros del Asteroide, que quiero recrear también, para terminar estos comentarios, con música judía, que podría haber sido escuchada por nuestros personajes en su Kolódets natal. Daniel Ahaviel interpreta el conocido tema principal de El violinista en el tejado, la popular película de 1971 dirigida por Norman Jewison.
 
 
A modo de introducción
 
Aparte del título de esta, digamos, «obra» (porque no es más que una transcripción fiel y concienzuda de recuerdos y consideraciones ajenas), yo no he aportado nada, porque toda intervención de mi parte en la narración sería como un litro de vinagre que se vertiera en un tonel de buen vino y todo adorno, una pizca de levadura y sal que profanaran el pan sagrado de la Pascua. Lo que sigue, mi querido lector desconocido, incluso los más inverosímiles vericuetos y cabriolas del destino de Isaac Blumenfeld, me fue contado por él mismo: inició su relato en el Club Ruso —un famoso restaurante en la ciudad de Sofía— y lo terminó más tarde en Viena, en su casa de la Margarethenstraße, 15.
 
El señor Blumenfeld importaba máquinas de coser para una empresa búlgara y toda clase de enseres para la fabricación de prendas de vestir. Me buscó él mismo, porque dijo haber visto en la televisión de algún país occidental una película sobre el destino de los judíos basada en un guión mío. Agradezco al Azar este encuentro, que me ha enriquecido con una amistad más: ¿a qué riquezas puede aspirar uno, si no es a la amistad, el amor y la sabiduría?
 
También le estoy profundamente agradecido al propio Isaac Jacob Blumenfeld —a quien el interés que mostré por su vida jamás dejó de extrañarle— por proporcionarme los escasos restos de cartas, diarios, documentos y fotografías que sobrevivieron y que testimonian la bajeza y mezquindad de una época; pero también porque en este planeta nunca ha escaseado la buena gente de mirada inteligente y triste. Así, por ejemplo, se ve a Sara Blumenfeld, en la pequeña y vieja foto, en la que, junto con sus hijos, emprende el viaje a un balneario para acabar en las cámaras de gas de Auschwitz. Tal es la mirada del buen rabino Samuel Bendavid, que asoma desde una foto probablemente despegada de algún documento. Y así habrá sido la de muchos más vecinos del pueblito de Kolódets, cerca de Drohobych: judíos, polacos y ucranianos, que se esfumaron por las chimeneas de los crematorios y ahora sacan a pastar los rebaños de nubes blancas en las inmensas praderas azules del Señor. Tengo en mi poder un documento en inglés, expedido por el Octavo Cuerpo del Noveno Ejército de EE.UU., en que se certifica que Isaac Jacob Blumenfeld ha sido dado de baja del campo de concentración de Flossenbürg (Alto Palatinado, Alemania) y se le permite ir a Viena con los escuadrones norteamericanos. Y también un papelillo, algo así como el recibo de la facturación de un equipaje, escrito con tinta violácea y con el sello de la Fiscalía de Yakutsk, que certifica que el ciudadano Fulano de Tal ha sido puesto en libertad el día 7 de octubre de 1953 del campo de concentración de Nizhni Kolimsk, en el noreste de Siberia, y ha de considerarse completamente rehabilitado y eximido de sus cargos por falta de pruebas. En mis manos tengo también cinco documentos, según los cuales Isaac Jacob Blumenfeld ha sido sucesivamente ciudadano del Imperio Austrohúngaro, de Rzeczpospolita (o sea de la República de Polonia), ciudadano soviético, persona de origen judío residente en los territorios orientales del Reich, privada de ciudadanía y de derechos civiles y, finalmente, ciudadano de la República Federal de Austria.
 
Miro con cariño el retrato de este hombre rollizo, de cara llena de pecas, con una corona de pelos rojizos alrededor de la calva, quien me hizo prometer que no publicaría ni una sola línea de esta biografía hasta su muerte. Y he aquí el telegrama desde Viena. Enmarcado en negro; lo leo con los ojos anegados en lágrimas y juro que no voy a callar ni añadir nada al nuevo Tanach o, dicho en vuestras palabras, al Pentateuco de Isaac Jacob Blumenfeld.

miércoles, 4 de noviembre de 2015

MIGUEL DE CERVANTES. EL INGENIOSO HIDALGO DON QUIJOTE DE LA MANCHA
 
Hola, buenas tardes, bienvenidos a Todos los libros un libro, el espacio de recomendaciones literarias en Radio Universidad de Salamanca. Nuestra propuesta de esta semana no necesita demasiado énfasis ni entusiasmo por mi parte, puesto que se trata de un clásico -el clásico por excelencia- tan leído, tan ensalzado, tan estudiado, tan indiscutible, tan unánimemente valorado que cualquier comentario que yo pueda hacer ahora resulta, sin duda, superfluo.
 
Y es que El Quijote, pues como quizá habréis intuido de él se trata, El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, la fundacional novela de Miguel de Cervantes, no necesita ni presentación, ni recordatorio, ni glosa, ni sugerencia ni consejo alguno que puedan aportar un ápice de valor a la ingente cantidad de escritos y textos y reflexiones e ideas ya vertidos a lo largo de sus más de cuatrocientos años de vida sobre el gran título de referencia de la literatura española y aun de la universal. Sin embargo, y aprovechando el cuarto centenario de la publicación de la segunda parte del libro, cuya dedicatoria al Conde de Lemos aparece fechada el último día de octubre de 1615, he querido traer hoy aquí la incuestionable obra maestra a partir de una llamémosla versión -y dudo ya de inicio sobre la pertinencia del uso del término- que ha visto la luz hace muy pocos meses, en una iniciativa a mi juicio muy interesante y elogiable aunque a la vez extraordinariamente controvertida, muy polémica, discutida de un modo acalorado, y que ha producido, en consecuencia, ríos de tinta en los círculos periodísticos, culturales y literarios, que no siempre son del todo endogámicos o cerrados, también en blogs y redes sociales. Y tanto debate y tantas opiniones sobre el asunto hacen, quizá, superflua esta reseña -¿cuáles no lo son?-, pues ya conoceréis la mayor parte de los términos de la discusión.
 
Andrés Trapiello, que a lo largo de su ya dilatada carrera como escritor -y no creo que él acepte el deportivo y fatigoso término para describir su experiencia literaria- ya había dado muestras de un enorme interés, un profundo conocimiento y una apasionada dedicación a la obra cervantina, con numerosas publicaciones de inspiración quijotesca, ya sea directa -con, entre otras, dos novelas “continuación” del Quijote: Al morir don Quijote y El final de Sancho Panza y otras suertes-, ya indirecta -por ejemplo, Las armas y las letras, uno de sus ensayos más sugestivos, es un título nacido del Quijote-, ya “mediopensionistas”, con infinidad de referencias a la obra de Cervantes “infiltradas” en su poesía, ensayos, novelas y diarios, Andrés Trapiello, decía, nos ofreció el pasado junio en una edición espléndida de la editorial Destino su “traducción” de Don Quijote de la Mancha a nuestra lengua de hoy (puesto al castellano actual íntegra y fielmente, en la expresión del autor… ¿autor?). De ella, de su arriesgada y sugestiva propuesta (y no de la maravilla de la obra en sí, ya, como digo, suficientemente analizada e interpretada y comentada; doctores tiene la Iglesia literaria -y en particular la cervantina y aún la quijotesca- mucho más competentes que este lector aficionado), de su audaz propósito y su original planteamiento, de sus benéficas intenciones y sus considerables logros, de sus muchas aportaciones positivas y sus escasos aspectos discutibles, quiero hablaros esta tarde.
 
¿Cuántos, de entre vosotros, habéis leído “de verdad” el Quijote? Es sabido que en cualquier ámbito medianamente ilustrado suena a blasfemia confesar que no se conoce esa obligada referencia de la literatura universal, es sabido también -precisamente por ello- que son -¿somos?- innumerables los españoles que afirmamos haberlo leído sin, en realidad, habernos adentrado en sus páginas más allá de una mirada epidérmica. Es por eso que quiero contaros, para facilitar vuestra respuesta sincera -y silenciosa-, mi propia aventura personal -quizá “aventura” sea un término excesivo- con el gran clásico. Yo “leí” por primera vez el Quijote en el colegio, en aquella entrañable -y revisada hoy ilegible- edición de Austral. Ilegible por el tipo de letra, por la mala calidad del papel y, sobre todo, por el ininteligible -para un adolescente- castellano en que estaba escrita. Sobra decir que me salté numerosas páginas, que prescindí de todos aquellos pasajes que no lograba entender -una infinidad-, que me quedé con los aspectos más superficiales -y reconocibles- de la historia y que, en definitiva, ni comprendí ni disfruté casi nada del libro (y con estas premisas ¿puede afirmarse, realmente, que lo haya leído?). Creo, además -pero esta es, probablemente, una reflexión elaborada a posteriori y, en consecuencia, quizá falsa-, que esa nefasta experiencia inicial creó en mí una no diré antipatía, pero sí una especie de temor reverencial, de respeto solemne, hacia el Quijote, hasta el punto de que no volví a “enfrentarme” a él hasta varias décadas después.
 
Ello ocurrió cuando con ocasión de su cuarto centenario, en 2005, Francisco Rico publicó la que entonces parecía edición definitiva del libro, patrocinada por la Real Academia de la Lengua, un inabarcable volumen, repleto de erudición, que además del texto íntegro de la novela recogía numerosas notas, diversos apéndices, un completo glosario e interesantes artículos de académicos sobre la lengua de Cervantes y el Quijote y también otras aproximaciones a la novela, sus personajes y el autor, de Vargas Llosa, Francisco Ayala, Martín de Riquer y el propio Francisco Rico. La apabullante edición cumplió en mí -sin duda- su pretendida finalidad didáctica, pero no logró despertar el placer de su lectura, interrumpida esta constantemente por la consulta de las ingentes notas, las aclaraciones terminológicas, las muy frecuentes visitas al diccionario. No estoy del todo seguro, pues, de que tampoco en esta ocasión pueda decirse que “leí” el Quijote, pues como había ocurrido más de treinta años atrás fueron muchos los fragmentos preteridos, muy abundantes los saltos, continuas las omisiones, considerables las lagunas, frecuentes las exclusiones y, lo más importante, intensa la sensación de no haber “penetrado” en el libro, mucho menos disfrutado de él. (Por cierto, esta edición a la que me refiero ha sido la base de la que ahora, en este 2015 del centenario de la segunda parte, aparece como “definitivamente definitiva”, también a cargo del ubicuo profesor Rico: dos voluminosos tomos, de 1.345 y 1.967 páginas, respectivamente, que incluyen por un lado el texto íntegro profusamente anotado, y por otro grabados, mapas, anexos y estudios de decenas de especialistas que incorporan los nuevos hallazgos de la investigación sobre el clásico, revisan el texto a partir de sus incontables ediciones, corrigen las erratas y confusiones que se han mantenido a lo largo de los siglos y, en cierto sentido, esclarecen y “fijan” el contenido de la obra maestra).
 
Y entonces, ¡¡por fin!!, aparece la versión de Trapiello. Andrés Trapiello, cervantinista confeso, que ha “compartido” gran parte de su existencia con el Quijote, entrega -bien que simultaneándolos con otras, muchas, notables actividades: diarios, novelas, ensayos, poemas- catorce años de su vida a verter el libro al castellano actual. Un castellano que mantiene los rasgos estilísticos, los juegos literarios, las referencias, el humor y todas las claves de la obra originaria, así como la voz genuina de los personajes, pero haciéndolos comprensibles, accesibles, al lector de nuestros días. No se olvide que, como indica en la obra Sansón Carrasco, la historia que el Quijote narra es tan clara que no hay nada en ella que resulte difícil: los niños la manosean, los mozos la leen, los hombres la entienden y los viejos la celebran, y esa claridad no era perceptible hasta ahora más que para el académico y el experto, el estudioso, el investigador y el erudito. El trabajo del “traductor”, minucioso y lleno de rigor, le ha llevado a manejar decenas de posibilidades en cada caso antes de dar con el término preciso que conciliara la fidelidad al espíritu primigenio del libro con la adecuación a la lengua de hoy (de esa espléndida “conciliación” da cuenta, por cierto -y de manera admirable-, la magnífica portada del libro, obra de un Guillermo Trapiello probablemente hijo del autor, reconocible tras esa G. tan reiterada en sus diarios). A modo de único ejemplo -no hay tiempo para más- destaca la opción escogida para sustituir, en el conocido comienzo del libro: En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, esta última expresión “lanza en astillero” (colgada en una percha para lanzas, en el sentido que le da el diccionario académico) desconocida para cualquier lector medio, entre los que me encuentro. Las alternativas manejadas fueron: en astillero, en su astillero, en su astilero, en un perchero, en una percha, en un trastero, en el trastero, polvorienta, ya embotada, arrinconada, en un rincón, ya herrumbrosa, ya oxidada, en el desván, en un desván, en el armero, ya en olvido, vieja y sucia, de otro siglo, ya a trasmano, ya en desuso, en la reserva, en su retiro, retirada, licenciada, hasta llegar, tras consultas, conversaciones, estudios e indagaciones varias a ese ya olvidada que le pareció la opción finalmente más ajustada.
 
Como puede deducirse, el proyecto -aparte de arduo y casi interminable- es arriesgado y discutible, lo es en sí -¿había necesidad de “traducir” el Quijote?- y lo es en sus resultados -¿son oportunas todas las propuestas ofrecidas por el “intérprete”?-, pero ni yo soy un experto ni son estos el lugar ni el tiempo adecuados para hacerlo. Además, como al término de esta reseña os dejo el esclarecedor prólogo escrito por el propio autor -junto a las palabras preliminares de Mario Vargas Llosa- en el que presenta “algunas razones” que justifican su a mi juicio meritoria y elogiable y sobresaliente y, sobre todo, necesaria labor, no tiene tampoco sentido el que me detenga yo ahora en ellas.
 
Os diré tan sólo -y vuelvo de nuevo a mi experiencia personal- que, por fin, he leído de cabo a rabo y en un arrebato entusiasmado el Quijote, el Quijote de Trapiello, sí, pero sobre todo -así lo creo- el Don Quijote de la Mancha de Miguel de Cervantes Saavedra que resuena aquí con toda su frescura, con todo su ingenio, con toda su profundidad, con todos sus registros, con toda su “música”, con toda su sabiduría -libresca y vital-, con toda su humanidad, con todos los rasgos que han hecho de él una magna creación del espíritu humano. La experiencia, creedme, ha resultado inolvidable: no se puede imaginar la ilusión con la que he gozado -y no exagero en el verbo- de una inconmensurable obra maestra, con la que me he lamentado -un lamento en el fondo alegre- por no haber podido hacerlo antes, y con la que me lanzado a releer el texto “auténtico”, el originario Quijote escrito en el fecundo castellano del siglo XVI. Mi enhorabuena ferviente, pues -una vez más-, a Andrés Trapiello por su valiente y necesaria propuesta y, sobre todo, por sus deslumbrantes logros.
 
Pero como dice también el bachiller Sansón Carrasco al comienzo de la segunda parte del Quijote, es grandísimo el riesgo al que se expone el que imprime un libro, siendo de toda imposibilidad imposible componerlo tal que satisfaga y contente a todos los que lo lean, y así ha ocurrido en este caso, con un apasionado debate -furibundo en ocasiones, os invito a entrar en el blog de otro poeta, José Luis García Martín, para comprobarlo- entre entusiastas y detractores de la iniciativa de Andrés Trapiello. Fernando Aramburu, Félix de Azúa, por un lado, y el citado José Luis García Martín o Alberto Manguel por otro han sido algunos de los nombres que han terciado en la polémica, muy instructiva aunque inexplicablemente agria en algunos casos (mis intenciones siempre las enderezo a buenos fines, que son hacer bien a todos y mal a ninguno, dice don Alonso Quijano, y uno ve a Trapiello guiándose por idénticos propósitos, que excluirían el tono ofensivo de algunas intervenciones en la controversia).
 
En fin, no hay tiempo para más. Os recomiendo vivamente este Quijote de Andrés Trapiello que pone a nuestro alcance toda la belleza y la genialidad de la obra originaria. Os dejo con una breve pieza musical, de las muchas que -como en tantos otros campos del arte- ha generado la obra cervantina. Se trata de  tres de las célebres canciones de Maurice Ravel, en la obra Don Quichotte á Dulcinèe, interpretadas en este caso por el afamado barítono alemán Dietrich Fischer-Diskau.
El Quijote, hoy. Mario Vargas Llosa. Madrid, febrero de 2015
 
En los años sesenta, cuando yo viví en París, André Malraux, ministro de Asuntos Culturales del general De Gaulle, provocó una ruidosa polémica con su decisión de limpiar las fachadas de todos los grandes edificios clásicos que albergaba Francia. Hubo violentas protestas de eruditos y académicos según los cuales era una verdadera herejía privar a los grandes monumentos históricos de la reverente pátina con que los habían recubierto los siglos. Sin embargo, tiempo después, cuando los tiznados y las manchas de polvo y mugre que los envolvían fueron desapareciendo y las maravillas arquitectónicas de Notre Dame, el Louvre, la Tour Saint-Jacques, los puentes sobre el Sena, aparecieron con su cara limpia y todos pudieron admirar en su esplendor primigenio la delicadeza de sus detalles, los logros y bellezas de esas joyas intemporales, prevaleció una suerte de unanimidad respecto a la sabia decisión del autor de Las voces del silencio de actualizar el pasado cultural y volverlo presente.
 
No me sorprendería que hubiera una polémica semejante en el mundo de la lengua española con la audaz empresa de Andrés Trapiello de la cual es resultado este libro. La suya ha sido una obra de tesón y de amor inspirada en su conocida devoción por el gran clásico de nuestra lengua. A lo largo de catorce años, a medida que leía y releía El Quijote, ha ido también, de manera cuidadosa y reverente, buscando equivalentes contemporáneos de palabras y expresiones a las que, por haberse distanciado de nosotros en el tiempo y el uso, el lector contemporáneo común y corriente no tenía ya acceso. En la versión de Trapiello la obra de Cervantes se ha rejuvenecido y actualizado, como el Louvre o Notre Dame, sin dejar de ser ella misma, poniéndose al alcance de muchos lectores a los que el esfuerzo de consultar las eruditas notas a pie de página o los vocabularios antiguos disuadía de leer la novela de Cervantes de principio a fin. Ahora podrán hacerlo, disfrutar de ella y, acaso, sentirse incitados a enfrentarse, con mejores armas intelectuales, al texto original.
 
______________________________
 
Algunas razones. Andrés Trapiello Madrid, 20 de febrero de 2015
A la memoria de la Institución Libre de Enseñanza y de las Misiones Pedagógicas
 
Durante los catorce años que he tardado en pasar el Quijote de su castellano original al nuestro, me he acordado a menudo de la Institución Libre de Enseñanza y de las Misiones Pedagógicas. Los días que resultaba una tarea demasiado quijotesca, me decía por alentarme algo: «Ánimo, esto es lo que habría querido don Francisco Giner, en esto trabajaron las Misiones Pedagógicas; alguien ha de devolver a tantos lectores lo que es suyo, la savia y espíritu no sólo de la literatura, sino de nuestra propia vida». Y recordaba a una gran parte de esos lectores, españoles e hispanohablantes, que, a diferencia de los de cualquier otra lengua a la que esté traducido, no han podido leer el Quijote, obligados a hacerlo en un castellano del siglo XVII que ni hablamos ni a menudo entendemos cuando lo leemos. «Cuántos de esos lectores -me decía también- habrán empezado su lectura una y mil veces, y para cuántos el mismo Quijote ha sido uno de esos molinos de viento cuyas aspas, quiero decir, cuyos hipérbatos, tiempos verbales y léxico arcaicos los descabalgan en cuanto se le acercan, rematándolos luego con alevosía las cuchilladas de mil notas a veces enfadosas y poco claras».
 
Lo dice muy bien Vargas Llosa en las palabras que abren esta edición, y antes Juan Ramón Jiménez, el amigo de Giner: «Cervantes es nuestro Homero, y al mismo tiempo, nuestro mar de lenguas, olas y ondas que hablan, como sirenas, en español, y para siempre, como habla el mar, para él mismo, siempre del mar, que también cambia de lengua, como cambia la lengua de los libros por transformación natural y la lengua de las bocas; y que un día, cuando acaso se haya transformado el español en otra lengua y tenga que traducirse como hoy el latín o el arábigo español, habrá que traducirla como un poeta pudiera traducir el mar, la lengua misteriosa del mar que parece tan clara y tan corriente».
 
Como a Pierre Menard, el personaje de Borges, me habría gustado que después de haberlo aderezado de nuevas, el Quijote siguiera aquí tal y como Cervantes lo escribió, sin haber cambiado ni una coma. Pero no se puede hacer una tortilla sin romper los huevos, habría dicho Sancho Panza. No se puede pasar el Quijote de ayer al de ahora sin dejar algunas cosas por el camino; unas no se echarán de menos, pero cómo no recordar aquel fabuloso «¡No milagro, milagro, sino industria, industria!».
 
El sino del Quijote es haber sido, desde su origen, un libro traducido. Cervantes cedió a un proscrito, a un autor arábigo, Cide Hamete, la gloria de escribirlo, y le pidió a otro que encontró en el alcaná de Toledo que lo tradujera «a nuestro vulgar castellano». Vulgar no por zafio, sino por hablarlo la gente, el vulgo, en una época en la que el vulgo tampoco era vulgar, o al menos como lo es ahora. Y a eso vamos, a que ha habido que traerlo de aquel «castellano vulgar» al de ahora, acaso no tan expresivo como el de Cervantes, pero con el que hemos de vérnoslas para decir lo nuestro como él dijo lo suyo.
 
¿Hablamos aún la lengua de Cervantes? Sí y no. Por suerte estamos mucho más cerca de ella que un griego actual del de la Ilíada, o que lo están del latín, del que proceden, las lenguas romances. Pero en estos cuatro siglos el idioma español, siempre vivo, se ha movido, y ese ha sido precisamente uno de los escollos de mi trabajo, enfrentarme al deslizamiento de significado de no pocas palabras, tiempos verbales y giros. Ejemplo de esas palabras es discreto, en época de Cervantes juicioso, inteligente, agudo, prudente, sagaz, y también discreto. El lector de entonces sabía interpretarla, acentuarla, diríamos, conforme al contexto, de una manera o de otra, y lo mismo ocurre con muchas más que usamos en sentido muy distinto (liberal o puntual, por ejemplo). Algunas incluso ni siquiera existían en tiempos de Cervantes y una errata en el Quijote, libro sobre el que se estableció la norma de nuestra lengua, les dio carta de naturaleza; fue el caso de lercha, que pese a la oportuna restitución de Francisco Rico como percha, aquí sigue apareciendo como lercha, usada desde entonces, porque después de cuatro siglos esta palabra se ha ganado el indulto, siquiera como fantasma del majestuoso castillo que es el Quijote.
 
Los tiempos verbales, principalmente los subjuntivos, hoy desusados en buena medida, no son tampoco trabas menores que tiene que sortear un lector actual, al igual que el empleo de las preposiciones o el de un hipérbaton que tanto tiene de laberinto para nosotros. En cuanto al infinito número de refranes, giros y locuciones populares, en buena parte olvidados, siguen y seguirán siendo fuente de eternas controversias.
 
Yo sé que es muy difícil poner el Quijote en castellano actual al gusto de todos sus lectores, porque cada uno de nosotros trae un Quijote y un castellano propios en la cabeza. Si me hubiera sido posible, habría tenido en cuenta la opinión de todos, porque pensar que sólo yo iba a tener las soluciones más atinadas sería de tontos. Por eso mismo no es una tarea que pueda acabarse nunca.
 
Cuántas vueltas habré dado a muchos pasajes de este libro, cuántas lo habré reescrito. Durante unos meses tal o cual frase me parecía bien de una forma, pero tras consulta con dos o tres amigos, acababa cambiándola y, pasado el tiempo, la volvía a cambiar. Sólo sus doce primeras palabras, esas que se saben de memoria incluso los que no han leído el Quijote («En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme»), siguen tal cual, y si he vencido la tentación de traducir, como debiera, lugar por pueblo o aldea, o no quiero por no llego a, ha sido sólo por comprender que en ese comienzo memorable, como en el Partenón, está excusado cualquier arreglo.
 
El Quijote es, como tantos clásicos, más un libro estudiado que leído, pero si queremos que vuelva a ser una historia leída como lo fue en su tiempo («porque es tan clara que no hay nada en ella que resulte difícil: los niños la manosean, los mozos la leen, los hombres la entienden y los viejos la celebran», dice el bachiller Sansón Carrasco), ha de tenerse muy en cuenta a quienes la han estudiado y editado concienzudamente. Sin ellos no es probable que nadie hubiera podido entenderlo cabalmente.
 
Yo he tenido presentes unas cuantas ediciones, como es natural; citaré sólo tres: Hartzenbusch (una especie de Sherlock Holmes dotado de un finísimo instinto), Rodríguez Marín (monumental siempre) y Rico (que tanto ha hecho para fijar el texto original). Aunque a veces no haya podido seguirla todo al pie de la letra que me habría gustado, ha sido la de este último la que me ha servido de pauta.
 
Los estudiosos del Quijote se han debatido siempre entre estos dos extremos: lo que está escrito (conforme a lo que se publicó en las principes y ediciones significativas) y lo que pudo haber querido decir Cervantes.
 
Esto último no es fácil de dilucidar en nadie; en Cervantes, menos que en ningún otro.
 
El Quijote es una novela tan hablada como escrita, y aunque a menudo lo primero que se marchita sea el habla, no invalida aquel «quien escribe como se habla irá más lejos y será más hablado en lo porvenir que quien escribe como se escribe», que decía Juan Ramón y que le viene a Cervantes como anillo al dedo. De modo que traducir el Quijote es devolverlo al habla nuestra, en la medida de lo posible, tratando de que vuelva a ser un libro tan hablado como escrito.
 
En la imprenta en la que entra don Quijote en Barcelona, le es presentado alguien que acaba de traducir un libro del italiano, y don Quijote cruza con él unas palabras, para acabar diciéndole: «Traducir de una lengua a otra, como no sea de las reinas de las lenguas, griega y latina, es como quien mira los tapices flamencos por el revés, que aunque se ven las figuras, están llenas de hilos que las oscurecen y no se ven con la claridad y color del derecho; y traducir de lenguas fáciles ni requiere ingenio ni buen estilo, como no lo requiere el que copia ni el que calca un papel de otro papel. Y no por esto estoy diciendo que no sea loable este ejercicio de traducir, porque en otras cosas peores se podría ocupar el hombre que le trajesen menos provecho».
 
En esto último lleva razón, siempre hay cosas peores. Lo otro, el propio don Quijote se encarga de matizarlo dos o tres líneas después.
 
Ni que decir tiene que yo he dado a la lengua de Cervantes, a tenor de la dificultad de entenderla muchas veces, el tratamiento de una de las lenguas reinas. Quien pueda leer el Quijote en la suya original, a costa incluso de un pequeño esfuerzo, debe hacerlo. Le esperan sutilísimos matices, palabras y giros arcaicos con su sabor genuino y complejos usos verbales y modulaciones y fraseos que no podrá apreciar quien haya de leerlo en otro idioma. Por suerte, nuestro castellano es el más próximo al de Cervantes, y eso nos permite quedarnos muy cerca de él, sin tener que ir a las Chimbambas, adonde ha visto uno que han tenido que irse todas las traducciones para hacerlo inteligible, a costa, claro, de la fidelidad y de su embrujo. Pero si queremos seguir hablando la lengua de Cervantes, es necesario hacer que Cervantes hable nuestra lengua.
 
Aunque esta no es la traducción de un filólogo, he procurado respetar el original, si no como un filólogo, al menos como un poeta. Quién sabe si alguno de mis vislumbres puedan servirle a alguien. Nada me gustaría tanto. El Quijote es una gran partitura en la que cada lector interpreta, y eso ha hecho uno, con el mayor respeto, desde luego: poner en ella mis propias cadencias. El ideal sería haber encontrado para cada línea soluciones como aquellas que Tomás Segovia y Carlos Pujol, excelentes poetas, excelentes traductores, encontraron al célebre «to be, or not to be, that is the question» de Shakespeare y al «Victor Hugo, hélas!», respuesta de Gide a la pregunta de quién era el mejor poeta francés. Segovia tradujo: «Ser o no ser, de eso se trata», y Pujol: «Victor Hugo, ¡qué le vamos a hacer!». Hasta llegar a esas traducciones de suma excelencia, cuántos tanteos, cuántas aproximaciones insuficientes.
 
¿Los criterios de esta traducción? Ni son pocos, ni es sencillo exponerlos, ni probablemente interesen mucho. El principal ha sido siempre el de detenerse a tiempo. Habrá quienes se pregunten: ¿por qué ha traducido tal palabra o giro, y no tales otros; por qué aquí, y no allí? Por expresarlo al gusto de Cervantes, buen conocedor de naipes: en una traducción se corre siempre el riesgo de las siete y media, o te pasas o no llegas.
 
Los lectores en los que he pensado mientras traducía este libro se parecen mucho a esos que vemos en el metro, abismados en la lectura, como don Quijote en las suyas, de lo que puede ser el último best seller, un libro de aventuras o un tomo de En busca del tiempo perdido. Todos ellos tienen derecho a leer el Quijote de la misma manera fluida y sin tropiezos. ¿Cómo proceder entonces? He procurado hacerlo con tiento y de una manera orgánica, atendiendo al instinto cuando no había nada más fiable a mano. De ahí que no sea en absoluto infrecuente que una misma palabra (nos hemos referido a discreto, pero hay muchos más casos: ciencia, razones, voluntad, cojín, sabio, huésped, admirar, humor, mohíno, correrse, excusar...) haya sido traducida de manera distinta según el pasaje, mientras otras han quedado sin traducir por intraducibles (busilis), o por significativas (esos fechos y fazañas que siguen en boca de don Quijote por contribuir con ello a conservar los rasgos trasnochados del personaje), o por específicas (ferreruelo, saboyana), como específicas son cabrestante o jarcia en una novela de Salgari, Stevenson o Conrad. Para refranes, interjecciones y dichos ha hecho uno lo que todos los traductores del Quijote, buscar equivalencias vivas («pedir cotufas en el golfo», cuyo sentido pocos conocen ya, ha pasado a refranes en uso, «pedir peras al olmo» y «naranjas de la China») o tantear una reconstrucción aproximada («castígame mi madre y yo trómpogelas», tan hermético, ha quedado en «ríñeme mi madre, por un oído me entra y por otro me sale»).
 
Algunas veces, también, se han corregido errores del autor o de los impresores, no la famosa pifia del rucio, sino minucias que Cervantes habría corregido de haber tenido sosiego, ganas y tiempo. Si dice él, en un desliz tan patente como insignificante, que «la primavera sigue al verano», ¿por qué no poner «a la primavera sigue el verano», saltándose el exceso de celo?; y si se dice que ha sido don Quijote quien ha dicho lo que dijo Sancho, ¿por qué no hacer que cada cual diga lo que dijo?
 
En cambio he dejado algunos «entró dentro», «salió fuera», «se apartó a una parte» o «los sucesos que allí me han sucedido», y unos pocos de esos «descuidos» que, a juicio de los entendidos, le afean tantísimo el estilo a Cervantes. ¿Por qué conservarlos? Por recordar a todos aquellos que ponen tanta ilusión en descubrírselos y afeárselos a los escritores de ahora que de menos nos hizo Dios.
 
Decía al principio de este prólogo que me había acordado muchas veces de los viejos institucionistas y de los jóvenes de las Misiones Pedagógicas que llevaban, en un camión, por los pueblos de la España republicana, las copias del Museo del Prado. No eran las pinturas originales, pero sirvieron para que muchas gentes conocieran por primera vez lo mejor de nuestra cultura y lo más noble del espíritu humano. Quiero creer que miles de lectores podrán venir por fin a encontrarse en este libro con el talante libérrimo y valiente de don Quijote, la socarronería y buen juicio de Sancho, la compasión con la que Cervantes miraba a todo el mundo y la discreción con la que todos ellos tratan de mejorarse y mejorarnos.
 
Es posible también que algunos pocos que presumen de leer el Quijote «en su prístino estado» encuentren que aquí se rebaja el original, y traten ellos de rebajar este sin resignarse a compartir con todo el mundo una finca, quiero decir un libro, que acaso creían de su exclusiva propiedad. «Felizmente ponen en duda cuál es la traducción o cuál el original», dice don Quijote en aquella imprenta barcelonesa de ciertas traducciones de Cristóbal de Figueroa y Juan de Jáuregui. Algo me dice, sin embargo, que a los descontentadizos también les habría disgustado la traducción de este libro hecha por el mismísimo Cervantes, y se la hubieran leído con una lupa en una mano y la cimitarra de cortar pelos en tres en la otra.
 
Toca ya a su término este prólogo, pero no quiero dejarlo sin decirte esto. En el episodio de las aceñas o molinos de río, en el que una vez más don Quijote acaba no sólo molido sino pasado por agua, el de la Triste Figura dice para sus adentros: «¡Basta! Convencer aquí a esta canalla de que por ruegos hagan algo virtuoso será predicar en el desierto. Y en esta aventura se deben de haber encontrado dos valientes encantadores, y el uno estorba lo que el otro intenta: el uno me deparó el barco, y el otro hizo que me atravesara. ¡Dios lo remedie!, que todo este mundo son intrigas y apariencias, contrarias unas de otras». A continuación Cervantes le hace decir a don Quijote: «Yo no puedo más». Es evidente que lo que don Quijote quería decir, y a Cervantes se le pasó por alto, era esto otro, bien diferente: «Yo más no puedo».
 
Sólo por esa restitución doy por bien empleados estos catorce años de trabajo, que cierro también con un «yo más no puedo», contento y deseando se le den a uno alabanzas no por lo que tradujo, sino por lo que he dejado de traducir.

miércoles, 28 de octubre de 2015

EDGAR LEE MASTERS. ANTOLOGÍA DE SPOON RIVER

Hola, buenas tardes. Un miércoles más, como todas las semanas, sale a vuestro encuentro Todos los libros un libro, el espacio de recomendaciones literarias de Radio Universidad. La obra que quiero proponeros esta tarde viene a nuestra sección por una doble razón de oportunidad. En primer lugar porque este 2015 se han cumplido cien años de su publicación originaria y avanzado ya como está el año no quería que llegara a su fin sin su recordatorio y mi entusiasta propuesta de su lectura. Por otro lado, y siendo los “habitantes” de un cementerio los por así decirlo protagonistas del libro, la próxima celebración del Día de difuntos supone una excusa más que oportuna para vincular la obra a estas fechas.
 
Mi sugerencia de esta tarde es, quizá algunos de vosotros habéis podido intuirlo, Antología de Spoon River, la obra maestra, el clásico indiscutible de Edgar Lee Masters. De entre las distintas ediciones que han visto la luz en España, yo he manejado dos: una, más clásica y “ortodoxa”, que publicó en 1993, primero, y en sucesivas ediciones revisadas después, en 2004 y 2007, la editorial Cátedra, en una muy documentada presentación, con cincuenta páginas de análisis introductorio, una completa bibliografía y numerosas, ilustrativas e imprescindibles notas del profesor, novelista, poeta y ensayista Jesús López Pacheco, que fue responsable también de la traducción, conjuntamente con su hijo Fabio L. Lázaro; y una segunda, más reciente -en todos los sentidos también más “actual”-, que presentó en 2012 la editorial Bartleby con traducción, prólogo y notas de Jaime Priede. Cualquiera de ellas es altamente recomendable, aunque “mi” Spoon River será siempre, inevitablemente, el primero de los libros citados, por ser el que leí inicialmente; aun admitiendo que algunas de las opciones elegidas en la traducción de Jaime Priede “suenan” más frescas, más fluidas, más “naturales” a nuestros oídos. Os aconsejo también, y encarecidamente, la lectura de los mencionados estudios preliminares de López Pacheco y Priede, respectivamente; proporcionan infinidad de claves que contribuyen a la mejor inteligibilidad y por consiguiente al mayor disfrute del texto, sitúan en su tiempo al autor y su obra de una manera muy conveniente y oportuna para el lector y aportan mucha otra información valiosa para conocer los antecedentes y las repercusiones del ya entonces exitoso y hoy universalmente conocido libro. Una versión abreviada del prólogo de Jaime Priede para la edición de Bartleby, presentada con el título de Murmullos de Spoon River en un artículo en la asturiana revista El Cuaderno, incluida en un número de la segunda quincena de noviembre de 2012, aparece al término de esta reseña como complemento a mis palabras. Igualmente, y cerrando esta introducción, aunque en otro plano mucho más modesto, me permito sugeriros la escucha de un par de emisiones de mi otro programa en Radio Universidad de Salamanca, Buscando leones en las nubes. En las ediciones de los dos últimos lunes, que podéis escuchar íntegras en el blog del programa, se presentan una veintena de los más de doscientos cincuenta poemas que integran esta Antología de Spoon River de la que ahora quiero hablaros con fervor.
 
Y es que, en efecto, el libro que os presento es un poemario, un tanto singular, muy cercano a la prosa -el verso libre, el léxico, que oscila desde el coloquial al forense, desde el romántico al científico- pero, en definitiva, un conjunto de poemas (y no una antología en sentido estricto, como luego veremos, pese a la aparente obviedad de su título). Edgar Lee Masters da voz, en su recopilación, a cerca de doscientos cincuenta personajes, todos ellos, menos uno, originarios de Spoon River, un pueblo ficticio, fruto de la libre creación de su autor, aun cuando sus coordenadas imaginarias lo vinculen a la realidad del poeta, que vivió su adolescencia en Illinois, en un pueblo llamado Lewiston, bañado por el río Spoon. Quienes hablan son hombres y mujeres que ya han fallecido y permanecen enterrados en el cementerio local, en La colina, The hill, que da título al primer poema de la serie. En realidad, lo que leemos en el libro son los epitafios de estos ciudadanos, el texto -el breve texto- que figura en sus lápidas mortuorias y en el que los hablantes se presentan, muestran aspectos significativos de su existencia, desvelan secretos que habían permanecido ocultos, se rebelan contra la visión convencional o consabida de sus personalidades, confiesan sus miserias o las de sus conciudadanos, acusan o se vengan de manera póstuma de quienes les han dañado o perjudicado en vida, gritan, suspiran, protestan, ironizan, se indignan, dialogan entre sí, insultan, denuncian, profieren alegatos o refutan lo que consideran enfoques subjetivos y parciales de sus vecinos. Escuchamos, pues, las voces de los muertos dirigidas a nosotros, los aún vivos, y al resto de los pobladores de Spoon River, y en ellas, en la libertad que deriva de lo inexorable de su acabada condición, detectamos los diversos registros de la inteligencia, la sentimentalidad y la emoción humanas, lo que convierte a Antología de Spoon River en un microcosmos -y ese, el llamémosle metafísico, es uno de sus más fecundos niveles de lectura, y quizá el mayor de sus destacados logros- que refleja la esencia de la naturaleza humana: la rabia, el sarcasmo, la ternura, la pesadumbre, el lamento, la amargura, el amor, la desesperación, la nostalgia, el dolor, la esperanza, la impotencia, la melancolía, la denuncia, el odio, los celos, la tristeza...
 
Edgar Lee Masters fue un abogado laboralista en Chicago -los principales detalles de su vida y su obra pueden ser leídos, como he dicho, en los prólogos de las dos ediciones españolas referidas- que en su experiencia profesional había conocido muchos casos conflictivos que llegaron a los tribunales y que le pusieron en contacto con todo tipo de gentes, tanto individuos sencillos, del común, como prebostes y potentados cuyos privilegios se sustentaban sobre el sufrimiento de la mayor parte de sus conciudadanos. Muchos de ellos aparecerán luego en sus poemas, publicados por entregas en la prensa antes de acabar “antologizados” en un libro. Además, las frecuentes remembranzas que de su pasado en Lewiston hacía con su anciana madre le proporcionaban también “material” para su obra, con historias e individuos que, convenientemente modificados, pasaban a poblar su lírico camposanto. Masters era también frecuentador del cementerio de su pueblo y de los de los alrededores y allí -y en los documentos oficiales del estado de Illinois, que también manejaba- encontraba extraños nombres y datos singulares de las biografías en las lápidas de los muertos, que también eran alterados o combinados para dotar luego de “realismo” a las vidas de sus protagonistas. Con todos estos referentes, Lee Masters conforma un fresco de ese pueblo inventado que está ya entre las grandes creaciones de territorios ficticios de la historia de la literatura: el Macondo de García Márquez, el Comala de Juan Rulfo, el Yoknapatawpha de Faulkner, la Santa María de Onetti o, por qué no, la Mágina de nuestro Muñoz Molina, entre otros.
 
Los poemas, que se leen como una novela, con sus interrelaciones, las historias que se imbrican y se completan, sus personajes reiterados, que se citan en distintos epitafios precisando y enriqueciendo el perfil de los difuntos, encuentran su inspiración en la Antología griega, más exactamente la Antología Palatina, pues Masters, como hace notar el profesor López Pacheco en su estudio, contaba con una sólida formación en lenguas clásicas y conocía bien los epigramas que la conformaban. Rebosantes de humanidad -en sus vertientes más positivas y también en las más acerbas-, como se ha dicho, los poemas son excelentes y, en consonancia con esa tradición clásica, la mayor parte de ellos giran en torno al tópico literario del Ubi sunt, junto a algunos otros motivos en los que quiero detenerme antes de despedir mi comentario.
 
Ubi sunt qui ante nos in hoc mundo fuere, ¿dónde están los que en el mundo, antes de nosotros, han sido?, ¿dónde ha quedado la vida que rebosaban, su alegría y sus placeres, sus afanes y sus deseos, sus preocupaciones y su ilusión? ¿De qué ha servido tanto esfuerzo, tanta dedicación, tanto ahínco, tanta voluntad, borrados todos, irremediablemente, por la guadaña igualatoria de la muerte? Este tema medieval, con honda raigambre en el mundo latino, que aparecerá también en nuestro ámbito en las Coplas a la muerte de su padre, de Jorge Manrique, es una de las claves de la Antología de Spoon River, pues detrás de la mayor parte de los parlamentos de las almas difuntas subyace la reflexión -a veces no formulada como tal sino tan sólo presente como emoción entre líneas, escondida en el tono triste de las palabras del muerto- acerca de la inutilidad de la vida, de la fugacidad de nuestro paso por el mundo, del inexorable transcurso del tiempo, de lo superfluo de nuestros anhelos y pretensiones, de la inevitable soberanía de la muerte que a todos nos iguala, ricos y pobres, desdichados y favorecidos por la fortuna, seres anónimos o individuos que dejan un fulgurante rastro en su existencia terrenal. Este “lugar común” aparece con diversos matices, en formulaciones variadas, con acentos distintos según las diferentes disertaciones de los hablantes: la irrisoria ridiculez de la hueca retórica, de las falsas crónicas de las lápidas, la imposibilidad de vencer al ogro monstruoso de la vida, el profundo desconocimiento de lo que hacen los vientos y las fuerzas invisibles que rigen la vida, el amargo reproche a Dios por haber creado un sol para al día siguiente tener gusanos deslizándose por entre sus dedos, la despreocupada ligereza con la que vivimos nuestro tiempo y de la que sólo cabe lamentarse cuando la muerte nos alcanza (Ahora lo sé), y tantos otros ejemplos.
 
Pero junto a este motivo clásico, que conforma lo que he llamado hace unas líneas la vertiente metafísica del libro, aparecen otros destacados que se desenvuelven en planos más “realistas”. Antología de Spoon River es también una furibunda denuncia de la corrupción del poder, de la venalidad de los políticos, del clasismo y la injusticia de quienes mandan, personificados en la figura de Thomas Rhodes, el máximo emblema de las fuerzas vivas locales en el poemario -aludido en sus palabras por muchos de sus conciudadanos y responsable él mismo de un cínico parlamento-, pero también la huella de la injusticia, los abusos, los privilegios y los atropellos, puede verse en abogados inmorales, presidentes de bancos ávidos de dinero, pastores de la Iglesia, reverendos y predicadores, a cual más fariseo, miembros de asociaciones reaccionarias (El Club de la Pureza Social), directores de periódicos, propietarios de fábricas y millonarios, alcaldes y jueces federales, funcionarios comprados, receptores de sobornos, evasores de impuestos, perpetradores de injusticias, capitostes de toda condición, los que ganamos y atesoramos el oro. Contra todos ellos escribe también su libro Edgar Lee Masters, que opta por el bando de los desfavorecidos, de los desheredados, de los fracasados, de los simples, de los perdedores, de los humildes, en otra de sus dimensiones notables, la política y social, que emparenta su obra a la de Walt Whitman o a la del Steinbeck de Las uvas de la ira, con las que mantiene muy claras concomitancias.
 
Y está también el enfoque histórico, pues en muchos de los versos se nos da cuenta de episodios emblemáticos de la corta vida de Estados Unidos: la guerra de la Independencia, la de Secesión, sus distintos presidentes, singularmente Abraham Lincoln, los ideales románticos de libertad, la defensa de la igualdad y los valores democráticos, la aspiración algo ilusoria de la felicidad, todos esos referentes de lo mejor de la cultura y la tradición liberal estadounidense. Y no debe olvidarse, y ya el tiempo me impide desarrollar más mis criterios, la faceta sociológica, pues el Spoon River de Masters es fotografía fiel de un pueblo cualquiera -y de ahí su añadido valor universal- de la Norteamérica rural de principios del siglo XX.
 
En fin, leed y disfrutad de los poemas de la Antología de Spoon River, una obra maestra de la literatura universal que he querido traer a Todos los libros un libro cuando se acaba este 2015 en el que se cumple el centenario de su publicación. Os dejo con una interpretación musical en italiano de The hill, el primer poema del libro. La Antología de Spoon River ha tenido desde hace años una magnífica recepción en Italia, con traducciones desde los primeros años cuarenta. La collina suena ahora en la voz de Fabrizio de André.
 
Murmullos de Spoon River. Jaime Priede

En la primavera del año 1914 aparece el embrión de este libro en una revista literaria de San Luis, Misuri. El nuevo Congreso empezaba a lanzar las leyes de la New Freedom. Eran tiempos propicios para la ciencia avanzada y una renacida libertad moral se expandía por las principales ciudades. Edgar Lee Masters, un conocido abogado laboralista local, se implicaba activamente en la lucha por esas nuevas libertades. Por encargo de su sindicato, defendía diariamente ante el tribunal a las camareras en huelga, procesadas por reclamar en sus hoteles y restaurantes el derecho a un día libre semanal. Un fin de semana de esa misma primavera había recibido la visita de su madre. Dieron largos paseos alzando la vista al endeble andamiaje que se perdía en las alturas mientras evocaban las pequeñas cosas de un pueblo con olor a establo llamado Lewistown. "Era domingo y tras dejarla en el tren de la Calle 53, volví andando a casa intensa, extrañamente pensativo. La campana de la iglesia estaba tocando, pero la primavera flotaba en el aire. Fui a mi cuarto e inmediatamente escribí La colina y dos o tres de los poemas de Spoon River Anthology.

La primera edición en libro de Spoon River Anthology tiene lugar en Nueva York, un año después, en 1915. En 1940 iba ya por las setenta ediciones. Ha sido traducido a una veintena de lenguas y se han hecho versiones en teatro y ópera. Spoon River Antologhy ha sido, hasta el momento, el único libro de poesía que ha alcanzado la categoría de bestseller en Estados Unidos. Su autor logró situarse en la pole del ranking literario, pasando a la historia como una de las figuras centrales del movimiento llamado renacimiento de Chicago. Poco después se lo reconocería también como pionero de la revolt from the village, que pronto se extendería a la narrativa.

De todos modos, Edgar Lee Masters confiesa en su autobiografía no saber muy bien lo que estaba haciendo cuando escribió este libro. Lo que hacía, probablemente, era divertirse, sin mayores ambiciones. Inventaba personajes a partir de los nombres que leía en las lápidas de los cementerios; elaboraba luego monólogos de esos personajes desde el más allá que ajustaban cuentas y decían lo que no resultaba políticamente correcto decir en vida; jugaba entonces con diferentes registros de voces… Sin proponérselo, animado por el resultado, poco a poco va dando forma al retrato de una sociedad rural, la suya, en el que no escatima detalles y resonancias que adviertan de su corrupción y su doble código moral. Masters disfrutó inventándose un microcosmos que se ajustaba como un guante a la realidad de las cerradas comunidades campesinas de su entorno. Sin embargo, la utilización del verso libre, las acusaciones de prosaísmo, de vulgaridad, de obsesión por los temas sexuales y de inmoralidad general no se lo pusieron fácil a un libro que, a pesar de ello, supo beneficiarse del escándalo como factor publicitario entre la sociedad puritana de su tiempo. Masters se las sabía todas por entonces. Pasaba ya de los cuarenta y tenía una amplia experiencia laboral como abogado a pie de calle.

Para lograr una mayor libertad de acción y con ella una mayor eficacia de su realismo, Masters se inventa una población con unas coordinadas verificables. Traza la cartografía de una comunidad inspirada en la mezcla de dos poblaciones situadas al sureste de Chicago, ya en la zona de las grandes praderas. Pasó su infancia en Petersburg, a orillas del río Sangamon, y su adolescencia en Lewistown, cuarenta millas más al norte, cerca del río Spoon. En ellas, todo el mundo conoce a todo el mundo. Todos saben de las ramificaciones ocultas de las familias, de las oscuras relaciones sentimentales, de los éxitos y fracasos que la fortuna reparte sin miramientos por cada granja. Ambas aparecen fusionadas en una sola comunidad, y tal fusión provoca una especie de estrabismo que resulta caricaturesco, divertido y a la vez profundamente crítico. No obstante, su ficticia selección de voces admite una lectura de mayor alcance. Su particular microcosmos acaba por reflejar la realidad social de un país entero.

Spoon River Anthology comienza con un plano general de «La Colina» y continúa con un travelling de primeros planos resueltos en forma de flashback. Este primer poema recrea el tópico ubi sunt, pregunta retórica a la que Masters da respuesta a través de una segunda voz que le hace perder al tópico su vocación ascética para situarse en un contexto más terrenal, alejado de la perspectiva clásica. Extrae los nombres de distintos cementerios de la zona, combinando nombres de pila de unos con apellidos de otros, sirviéndose también de los archivos del estado de Illinois, utilizando en algún caso nombres reales y nombres de personajes históricos con ligeras variaciones en el apellido. Este sistema combinatorio no obedece a ningún plan previo, lo que hace el abogado es improvisar, dar rienda suelta a la imaginación con las cosas que se va encontrando en las lápidas.

Edgar Lee Masters, como deja de manifiesto en Spoon River Anthology, siempre sintió simpatía por los hombres y las mujeres que se complican la vida, que suben tan pronto como bajan, que mantienen entre sí relaciones destructivas, víctimas de sus propias ambiciones, deseos e impulsos. Incluyéndose a sí mismo en el último epitafio, ellos son los protagonistas del libro de poesía más leído de todos los tiempos en Estados Unidos.

Spoon River Anthology: cada uno ve la vida a su manera. Y a eso es a lo que llamamos vida.

miércoles, 21 de octubre de 2015


JEFFREY EUGENIDES. LA TRAMA NUPCIAL

Hola, buenas tardes. Bienvenidos a Todos los libros un libro, el espacio de recomendaciones literarias en Radio Universidad de Salamanca. Esta tarde os traigo una espléndida novela de un escritor norteamericano cuyas dos anteriores obras -sólo ha escrito tres en veinte años de carrera- eran también excelentes. Se trata de Jeffrey Eugenides, autor en 1994 de la exitosa Las vírgenes suicidas, que llevó al cine en una magnífica película la siempre interesante Sofia Coppola, y de Middlesex, una gran novela, de lectura arrebatadora, premiada con el Pulitzer en 2003. El libro que ahora os presento, el tercero, como os digo, de su exigua producción literaria, es La trama nupcial y lo publicó en 2013 la Editorial Anagrama, responsable también de los dos anteriores. La traducción corresponde a Jesús Zulaika, excelente profesional pero que ha permitido que la presente edición aparezca con infinidad de errores. Por resaltar sólo algunos de los más notorios, destaca el “bello” sin depilar de unas piernas en la página 188; un “de manos a bruces”, en la 243, más bien dudoso -e imposible según el DRAE, aunque al parecer hay documentado en Cela algún uso de la expresión-; una tilde escamoteada en “una cuadrilla de operarios limpio y reformó el vestíbulo”, en la 305; un absurdo fallo de concordancia en la 335, “ni su padre ni su madre cogió un avión para ir a verlo”; una muestra, disculpable, de desconocimiento musical en la 357: “puso a las Violent Femmes en el radiocasete” (“los” Violent Femmes, pese a su nombre, son cuatro chicos estadounidenses con un cierto éxito en la escena alternativa -y no sólo- de los 80); o, por fin la utilización, en la página 376, del verbo pergeñar en una muy forzada forma reflexiva que no sé -y admito aquí mis propias dudas-, si es admisible: “Gould se había pergeñado su propio tratamiento experimental”…

La trama nupcial debe su título al que fue el gran tema de la novela del siglo XIX: el matrimonio. Madeleine, la protagonista principal del libro, es una estudiante universitaria que dedica gran parte de sus investigaciones en la facultad a estudiar los antecedentes y el momento de esplendor de la novela victoriana: la obra de, entre otros, George Elliot, Jane Austen, Henry James, en muchas de cuyas novelas las jóvenes se definían por su condición de casaderas, esto es, centraban sus existencias en la búsqueda de un marido. En cierto modo, y como luego veremos, La trama nupcial constituye un intento de trasladar a la actualidad el planteamiento de algunas de aquellas obras maestras. Disculpad la extensión del fragmento que ahora os ofrezco en aras de su muy significativo sentido: En el penúltimo año de carrera, Madeleine se había matriculado en el seminario “La trama nupcial”: novelas escogidas de Austen, Eliot y James, impartido por K. McCall Saunders. El tal Saunders era un nativo de Nueva Inglaterra de setenta y nueve años, de cara larga y caballuna y una risa húmeda que exhibía abiertamente sus llamativos trabajos de ortodoncia. Su método pedagógico consistía en la lectura en voz alta de trabajos que había redactado veinte o treinta años atrás. Madeleine no desertó de su clase porque el profesor Saunders le daba lástima y porque la lista de lecturas recomendadas era buena de verdad. En opinión de Saunders, la novela había alcanzado su apogeo con la trama nupcial y nunca se había recuperado de su desaparición. En los días en que el éxito en la vida dependía del matrimonio, y el matrimonio dependía del dinero, los novelistas dispusieron de un tema sobre el que escribir. Las grandes epopeyas cantaban la guerra; la novela, el matrimonio. La igualdad sexual, buena para las mujeres, había sido mala para la novela. Y el divorcio la había desbaratado por completo. ¿Qué importaba con quién se casaba Emma si luego podía presentar una demanda de divorcio? ¿Cómo se habría visto afectado el matrimonio de Isabel Archer con Gilbert Osmond si hubiera existido un acuerdo prenupcial? En opinión de Saunders, el matrimonio ya no significaba gran cosa, y la novela tampoco. ¿Dónde podía uno encontrar hoy día una trama nupcial? En ninguna parte. Tendría que recurrir a la narrativa del pasado. Tendría que leer novelas no occidentales sobre sociedades tradicionales. Novelas afganas, novelas indias. En lo que se refiere a la literatura, tendría que retroceder en el tiempo. El último trabajo de Madeleine en el seminario se titulaba “El modo interrogativo: las propuestas de matrimonio y la (estrictamente limitada) esfera de lo femenino”. Saunders se había sentido tan impresionado que había pedido a Madeleine que fuera a verle. En su despacho -en el que flotaba un olor a “abuelidad”-, Saunders le expresó a Madeleine su opinión de que ésta debía desarrollar ese trabajo hasta convertirlo en su tesis de fin de carrera, y su disposición para oficiar de tutor. Madeleine sonrió con cortesía. El profesor Saunders estaba especializado en los períodos que a ella le interesaban, la Regencia que habría de desembocar en la época victoriana. Era un hombre cariñoso, y erudito, y era evidente -por la cantidad de horas lectivas en las que no hacía nada- que nadie más lo quería como tutor. Así que Madeleine dijo que sí, que le encantaría trabajar con él en su tesis.

Su plan -continúa el texto- consistía en empezar con Jane Austen. Después de un breve examen de Orgullo y prejuicio, Persuasión y Sentido y sensibilidad, todas ellas, en esencia, comedias que acababan en boda, Madeleine iba a pasar a la novela victoriana, donde las cosas se complicaban y se hacían considerablemente más oscuras. Middlemarch y Retrato de una dama no acababan en boda. Empezaban con los pasos tradicionales de la trama nupcial -los pretendientes, las proposiciones, los malentendidos-, pero después de la celebración de la boda la historia continuaba. Estas novelas seguían a sus heroínas valerosas e inteligentes, Dorothea Brooke e Isabel Archer, en sus decepcionantes vidas de casadas, y es aquí donde la trama nupcial alcanza su más alta expresión artística. En 1900 la trama nupcial había dejado de existir. Madeleine planeaba terminar con una breve reflexión sobre su defunción. En Nuestra hermana Carrie, Dreiser hace que Carrie viva adúlteramente con Drouet, contraiga matrimonio con Hurstwood en una ceremonia inválida y se fugue para ser actriz (¡Y sólo estamos en 1900!). Para concluir, Madeleine pensaba citar el intercambio de parejas en Updike. Era el último vestigio de la trama nupcial: la persistencia de llamarlo “intercambio de esposas” en lugar de “intercambio de maridos”. Como si la mujer siguiera siendo propiedad del marido y éste pudiera cederla a otros. El profesor Saunders sugirió a Madeleine que buscara las fuentes históricas. Así que ésta, obedientemente, estudió en profundidad el auge de la industrialización y la familia nuclear, la formación de la clase media y la Ley de Causas Matrimoniales de 1857.

Esos pasos tradicionales de la “trama nupcial” a los que se refiere Eugenides en el largo fragmento anterior -los pretendientes, las proposiciones, los malentendidos- y también la boda y la vida matrimonial posterior se recogen en la novela a partir de la historia de Madeleine Hanna, la joven, incorregiblemente romántica e inocente, ilusionada y soñadora, que finaliza sus estudios en la Universidad de Brown en Providence, Estados Unidos, a principios de los años ochenta. Con una “acción” que comienza en la jornada en la que se celebra la ceremonia de graduación y con saltos en el tiempo que nos llevan a conocer su historia familiar, asistimos al crecimiento y la iniciación de la chica a la vida adulta, a sus aventuras amorosas, a su ingenuidad emocional e intelectual, a sus proyectos de vida -que incluyen el matrimonio en un lugar principal-, en un escenario juvenil de residencias universitarias, pisos de estudiantes, fiestas, música, también alcohol y drogas, en el que se desenvuelve nuestra protagonista, aunque ella es comedida y discreta, responsable y estudiosa. El ambiente estudiantil, con sus jóvenes llenos de energía, de ganas de vivir, de inocencia primordial, con su compulsiva búsqueda del amor y el sexo, con su fresca curiosidad por el mundo, por el saber, con su incipiente y disculpable esnobismo, con sus pedantes discusiones teóricas, con su seguimiento ciego de las modas académicas (el abrupto estructuralismo y la árida teoría de la literatura, la deconstrucción y la semiótica), aparece descrito con convicción y verosimilitud y contribuye a dotar de interés a la novela.

En su estancia en la universidad, Madeleine conoce a dos chicos, Leonard y Mitchell, que formarán el triángulo sobre el que girará el hilo argumental de esta novela sobre la juventud. Aunque sus vidas están muy relacionadas entre sí, en los seis capítulos del libro se nos contarán, alternándose, las existencias de los tres protagonistas. En el primero de ellos, Un loco enamorado, se nos da cuenta del enamoramiento y los primeros momentos de la relación entre Madeleine y Leonard Bankhead, un chico inteligente, muy brillante, atractivo y que entusiasma a las chicas. Por el medio aparece Mitchell Grammaticus, de origen griego como el propio Eugenides, un joven singular, algo excéntrico, preocupado por el sentido de la vida, estudiante de teología, vinculado intelectualmente al mundo de la mística, a la filosofía oriental... y enamorado platónicamente -o quizá no sólo- de Madeleine. Su aventura personal de indagación religiosa y profundización espiritual guía el capítulo segundo, Los peregrinos. En Una jugada brillante, el tercer capítulo, empezamos a descubrir los problemas psicológicos de Leonard y la afectación de Madeleine, que lo ama con intensidad. Descansa en el Señor, Y veces estaban muy tristes y, por fin, Kit de supervivencia de la soltera, los tres capítulos finales, nos muestran, respectivamente, a Mitchell en su búsqueda espiritual que lo lleva a la India y al trabajo con la Madre Teresa en Calcuta, el turbulento avance de la relación entre Madeleine y Leonard y la perspectiva de una nueva vida para ésta en el capítulo final.

Pero no quiero destriparos la novela, aunque, como casi siempre, el argumento en sí -aunque lo desvelara- no resulta lo esencial del libro, sino el relato apasionante, que fluye impetuoso arrastrado por la formidable potencia narrativa de su autor y que aparece lleno de implicaciones y referencias y altura literaria e intelectual, de un año en las existencias de los tres veinteañeros, tres jóvenes que se abren a la vida, que están confusos, que tantean, que se equivocan, que se desconocen a sí mismos, que no saben interpretar sus emociones; tres jóvenes que se sorprenden, que indagan, que sufren, que se enamoran, que aman, que son rechazados, que estudian, que sueñan.

En realidad, los tres están, a mi juicio, perdidos -como quizá corresponde a su edad- en su transición al mundo adulto. Como piensa Mitchell observando Atenas desde el Partenón (a donde ha llegado en su periplo de iniciación que lo llevará a la India): mientras miraba hacia abajo desde aquella antigua montaña, consagrada a Atenea, le vino a la cabeza un pensamiento revolucionario: que él y todos sus amigos ilustrados no sabían nada de la vida.

Madeleine es el prototipo de heroína romántica, que vive su amor moviéndose entre el espejo algo quimérico de las referencias de sus apreciadas obras literarias y la difícil realidad de su trato con el complejo Leonard. Nutriéndose de fragmentos de El discurso amoroso de Roland Barthes -incluso regodeándose en ellos-, Madeleine examina su experiencia del amor, aplicando lo leído a sus propias vivencias, como puede comprobarse en estos fragmentos, de nuevo esclarecedores para captar la esencia del personaje: Y fue en este período cuando Madeleine entendió cabalmente que el discurso del amante era de una soledad extrema. La soledad era extrema porque no era física. Era extrema porque la sentías mientras estabas en compañía de la persona que amabas. Era extrema porque estaba en tu cabeza, el más solitario de los lugares. Cuanto más se alejaba Leonard, más ansiosa se sentía Madeleine. O este otro: Desde que había roto con Leonard, Madeleine no había dejado prácticamente de llorar. Se dormía llorando por la noche. Lloraba por la mañana, lavándose los dientes. Trataba con todas sus fuerzas de no llorar delante de sus compañeras de apartamento, y la mayoría de las veces lo lograba. O aún de un modo más explícito: El discurso amoroso era la perfecta cura para el mal de amores. Era un manual de reparación del corazón, y su única herramienta era el cerebro. Si utilizabas la cabeza, si llegabas a ser consciente de cómo el amor ha sido construido culturalmente y empiezas a ver sus síntomas como puramente mentales, si reconoces que estar «enamorado» es sólo una idea, entonces quizá puedas liberarte de la tiranía del amor. Madeleine sabía todo esto. El problema era que no funcionaba. Podía leer las deconstrucciones del amor de Barthes durante todo el día sin que su amor por Leonard disminuyera lo más mínimo. Cuanto más leía El discurso amoroso, mas enamorada se sentía. Se reconocía en cada página. Se identificaba con el «yo» impreciso de Barthes. No quería liberarse de sus emociones, sino ver confirmada su importancia. He aquí un libro dirigido a los amantes, un libro sobre el hecho de estar enamorado que contenía la palabra «amor» en casi cada una de sus frases. Y ¡oh, cuánto adoraba ella aquel libro!

Leonard, por el contrario -y frente a la frescura inocente de Madeleine-, es un chico problemático. Extraordinariamente inteligente, es también un maníaco-depresivo, afectado por un trastorno bipolar que no sólo destruye su propia vida sino que contamina todas las de quienes se relacionan con él, la estupenda Madeleine en primer lugar. La relación entre ambos, ambivalente y convulsa, se ve perturbada -aparte de por las tendencias autodestructivas del muchacho-, por las ostensibles diferencias de clase: Mientras avanzaban por la Route 6, bajo un cielo bajo del mismo tono anodino de gris que las viejas casas autóctonas diseminadas por el paisaje, Leonard estudiaba a Madeleine por el rabillo del ojo. Al estar inmersos en el proceso de igualación social de la universidad, le había sido posible hacer caso omiso de la diferencia de cuna. Pero la visita de Phyllida había cambiado aquello. Leonard entendía ahora de dónde venían las particularidades de Madeleine: por qué decía «rum» en lugar de «room»; por qué le gustaba la salsa Worcestershire; por qué creía que dormir con las ventanas abiertas —incluso en las noches más gélidas— era saludable. Los Bankhead no eran gente que durmiera con las ventanas abiertas. Preferían las ventanas cerradas y las persianas echadas. Madeleine era partidaria de la luz del sol y contraria al polvo; estaba a favor de la limpieza de primavera, de golpear las alfombras sobre las barandillas del porche, de mantener la propia casa o el propio apartamento tan libres de telarañas y mugre como uno mantenía su mente libre de indecisiones y cavilaciones sombrías. El modo confiado en que Madeleine conducía el coche (a menudo insistía en que los atletas eran mejores conductores) revelaba una sencilla confianza en sí misma que Leonard, pese a su inteligencia y a la originalidad de su intelecto, no poseía en absoluto. Si salías con una chica al principio era porque con sólo mirada le temblaban a uno las piernas. Luego te enamorabas y deseabas desesperadamente no perderla. Y, sin embargo, cuanto más pensabas en ella menos sabías quién era. Tenías la esperanza de que el amor trascendiera todas las diferencias. Ésa era tu esperanza. Y Leonard no estaba dispuesto a tirar la toalla. Aún no.

Por último, Mitchell es un chico inseguro (A partir de la lectura de la literatura inglesa, había empezado a caer en la cuenta de lo ignorante que era. El mundo se había formado a base de creencias de las que él no sabía nada), perdido entre el deseo y las inclinaciones naturales de su cuerpo juvenil y las aspiraciones ascéticas nacidas de sus estudios. Sus incertidumbres, su perplejidad vital, su curiosidad algo angustiada, lo llevan al ya mencionado viaje iniciático en el que recorre Europa y acaba conviviendo con el dolor y la enfermedad, con la miseria y el sufrimiento de los más desfavorecidos, ancianos y enfermos, en los hospitales de la Madre Teresa en la caótica y contradictoria e impactante y sufriente Calcuta.

El libro está repleto, en un juego permanente entre realidad literaria y realidad “real”, de reflexiones sobre la literatura, las escritoras victorianas, los libros, la lectura, la escritura, el conflicto entre la deconstrucción del estructuralismo y la narración limpia de las autoras del diecinueve, siendo esta opción, la de la claridad, la de la fluidez, la del avanzar feliz entre las páginas de un texto que habla de la vida y no de otros libros, que habla de emociones, de sentimientos, de pasión y entusiasmo y ternura y aspiraciones y compromiso y sueños y deseo y anhelo… y no de “textos”, palabras y teorías, la que subyuga a Madeleine, que se desmarca así de las corrientes imperantes entre sus muy pedantes e intelectualoides profesores y los muy influenciables alumnos.

Y en último término -y correspondiéndose con esta opción por la “frescura” literaria frente a la aridez de la teoría-, La trama nupcial es -pese a todo, pese a las indecisiones y la confusión, pese a los sinsabores y las equivocaciones de los chicos- un optimista canto a la vida, al amor, al erotismo, a la energía y el entusiasmo de la juventud, como puede verse en la fábula de Tolstoi que se recoge en fragmento del libro y que transmite de modo evidente esta opción vitalista y alegre en ambos planos, el literario y el “existencial”: Había libros que se abrían paso a través del ruido de la vida y te agarraban del cuello de la chaqueta y te hablaban sólo de las cosas que encerraban más verdad. Una confesión era un libro de ésos. En él, Tolstoi relataba una fábula rusa sobre un hombre que, perseguido por un monstruo, se tira a un pozo. Cuando está cayendo, sin embargo, ve que en el fondo hay un dragón que lo está esperando para devorarlo. Entonces, el hombre ve una rama que sobresale de la pared del pozo, y se agarra a ella, y se queda colgando. Ello impide que el hombre caiga en las fauces del dragón, o que se lo coma el monstruo de arriba, pero resulta que surge un pequeño problema. Dos ratones, uno negro y otro blanco, corretean por la rama, y la mordisquean. Sólo es cuestión de tiempo que en algún momento lleguen con los dientes al corazón de la rama, y ésta se parta y el hombre caiga al abismo. Mientras el hombre contempla su inexorable destino, advierte algo más: del extremo de la rama a la que se aferra se desprenden unas cuantas gotas de miel. El hombre saca la lengua para lamerlas. Ésta —nos dice Tolstoi— es la fatal condición humana: somos el hombre que se agarra a esa rama. La muerte nos aguarda. No hay escapatoria. Y, así, nos distraemos lamiendo cualquier gota de miel que se nos ponga al alcance.

Hay muchos otros puntos de interés en La trama nupcial, pero ya no hay tiempo ni siquiera para su mero esbozo. Os dejo, como cierre de esta reseña, con Once in a lifetime, una espléndida canción de los Talking Heads, una parte de cuya letra es recogida por Jeffrey Eugenides en las citas que abren el libro.


Podría debatirse si Madeleine se había enamorado o no de Leonard desde el primer instante en que lo vio. Entonces ni siquiera lo conocía, y por tanto lo único que sintió fue atracción sexual, no amor. Incluso después de haber ido a tomar un café juntos, Madeleine no podía saber si lo que estaba sintiendo era algo más que un encaprichamiento. Pero desde la noche en que volvieron paseando hasta la casa de Leonard después de haber visto Amarcord y empezaron a estar juntos, y Madeleine descubrió que en lugar de enfriarse ante el aspecto físico de la relación —que era lo que solía pasarle con los chicos—, en lugar de soportarlo o de tratar de pasarlo por alto, se pasó toda la noche temiendo que era ella quien enfriaba a Leonard, y que su cuerpo no era lo bastante deseable, o que el aliento le olía a la ensalada César que tan desacertadamente había pedido para cenar; preocupándose, también, por haber sugerido que pidiesen unos martinis, ya que Leonard había dicho sarcásticamente: «Claro, martinis. Podemos hacer que somos unos personajes de Salinger»; después de, a causa de toda esta ansiedad, no haber obtenido mucho placer sexual, pese a la más que respetable sesión que ambos habían dedicado a este fin; y después de que Leonard (como todos los chicos) se hubiera quedado dormido de inmediato, dejándola a ella despierta en la cama, acariciándole la cabeza y esperando vagamente no haber contraído ninguna infección del tracto urinario, Madeleine se preguntó si el hecho de haberse pasado toda la noche preocupada no era, de hecho, una señal inequívoca de que estaba enamorándose. Y, ciertamente, después de haberse pasado los tres días siguientes en el cuarto de Leonard haciendo el amor y comiendo pizza, después de haberse relajado lo bastante para ser capaz de correrse al menos de vez en cuando, y de finalmente haber dejado de preocuparse por alcanzar el orgasmo, ya que su hambre de Leonard se veía satisfecha en cierto modo con la satisfacción de éste; después de haberse permitido estar sentada desnuda en su vasto sofá y caminar hasta el cuarto de baño sabiendo que él estaba mirando su (imperfecto) trasero; registrar su asqueroso frigorífico en busca de comida, leer el brillante medio folio de filosofía que sobresalía de su máquina de escribir y de oírle hacer pis con la fuerza de un toro en la taza del inodoro, ciertamente, al final de esos tres días Madeleine supo que estaba enamorada.

miércoles, 14 de octubre de 2015

CORMAC MCCARTHY. NO ES PAÍS PARA VIEJOS. LA CARRETERA
 
Hola, buenas tardes. Un miércoles más, aquí estamos en Todos los libros un libro dispuestos a ofreceros una nueva propuesta de lectura que, como es habitual, queremos que os resulte interesante y sugestiva. Esta tarde os traigo dos obras que más allá de su interés intrínseco, que lo tienen y muy alto, pues ambas son formidables, encuentran acomodo en una propuesta quizá más “asequible” de Todos los libros un libro -a mi juicio todas lo son- primero porque se trata de libros que se publicaron hace casi diez años y por ello quizá ya hayan llegado a vuestras manos, y además porque los dos han sido objeto de traslación cinematográfica (un hecho reiterado en la larga carrera literaria de su autor), de modo que siempre os cabe -para aquellos de vosotros más “agotados” por el frenético ritmo de publicaciones que inundan nuestras librerías-, recurrir al socorrido (y sí, lo sé, me ha podido la aliteración) “prefiero ver la película” y abandonar aquí mismo la lectura de este comentario.
 
Hoy os traigo, pues, dos novelas de Cormac McCarthy, el inmenso escritor norteamericano, No es país para viejos y La carretera, ambas traducidas por Luis Murillo Fort y publicadas en Mondadori, editorial que alberga también gran parte de la obra traducida al castellano de nuestro protagonista. En ella destaca su Trilogía de la frontera, compuesta por Todos los hermosos caballos, En la frontera y Ciudades de la llanura, que le proporcionó el reconocimiento público en 1992, con la versión cinematográfica del primer libro y cuando su autor contaba ya con casi sesenta años. Otras obras reseñables son la difícil Suttree, Meridiano de sangre o la más reciente, El consejero.
 
Con ochenta y dos años recién cumplidos, McCarthy es celebrado por la crítica mundial como uno de los grandes autores norteamericanos vivos, muy a su pesar, pues su tendencia natural (que presenta, no obstante, múltiples excepciones) es la soledad, la desaparición, el anonimato, lo cual ha alimentado su leyenda, que lo asocia a una suerte de icono del espíritu americano: fuerte, íntegro, insobornable, apartado del mundo y sus engañosos encantos, excesivo y genial…
 
La obra de McCarthy se mueve siempre (y, de los libros que hoy os presento, ello es especialmente notorio en No es país para viejos) en el territorio de la mitología clásica de Estados Unidos: grandes extensiones deshabitadas, desiertos, fronteras, hombres solitarios, pioneros, violencia desmedida, cowboys de virilidad incuestionable… Y todo ello en un paisaje actual, con autopistas y todo terrenos, moteles y gasolineras, desayunos con huevos y bacon, ranchos modernizados, tráfico de drogas y armas automáticas, errantes vagabundos, prostitutas y asesinos a sueldo, soledad e incomunicación.
 
En No es país para viejos McCarthy sigue dos líneas narrativas en paralelo, que se suceden en capítulos alternos. Por un lado, el viejo sheriff Bell cuenta en primera persona, al término de su vida profesional, al borde de la retirada, sus impresiones, su parecer sobre un mundo demasiado distinto del que conoció en su juventud y madurez. La sociedad norteamericana, piensa Bell, se ha degradado en las últimas décadas, han desaparecido los valores, la integridad, la honradez, la dignidad, el honor, el respeto que eran norma en los días de antaño. El sheriff Bell certifica la omnipresencia del mal, de la violencia, de la brutalidad, en un mundo que ha perdido todo referente moral.
 
Un mundo deshumanizado, de salvaje crudeza, de violencia desatada que aflora en el segundo gran eje de la novela. En él se narra, ahora contada en tercera persona, la historia de un pobre hombre, Llewelyn Moss, que encuentra por azar (por desgraciado azar) un maletín con más de dos millones de dólares procedentes de un ajuste de cuentas entre narcotraficantes. Moss va a ser por ello objeto de una persecución frenética y aterradora que provoca una extraordinaria inquietud en el lector. La policía, los cárteles de la droga y, sobre todo, Anton Chigurh, un desalmado, un asesino gélido e impasible, una auténtica bestia humana, la verdadera encarnación del mal que no repara en muertos para lograr su fin, se encadenan en una sangrienta caza al hombre magistralmente narrada, con un ritmo acelerado, con frases cortas e hirientes como disparos, con diálogos acerados como cuchillos…
 
No es país para viejos ha sido trasladada al cine por los hermanos Cohen, en una película exitosa (con cuatro Oscars en el año 2008: mejor película, mejor director -los hermanos Cohen-, mejor guión adaptado -también los Cohen- y mejor actor de reparto para nuestro Javier Bardem -unido también así en el universo de Cormac McCarthy a su mujer, Penélope Cruz, que figuraba en el elenco de All the pretty horses)- en el papel de Chigurh, el asesino implacable y sin escrúpulos).
 
Al final de esta reseña os ofrezco un fragmento de esta novela de lectura arrebatadora con el que quiero, en cierto modo, ‘meteros en ambiente’, adelantaros su clima, abriros una puerta, aunque sea pequeña, a su fascinante y algo desasosegante atmósfera.
 
La carretera, mi otra propuesta de hoy, es una novela genial, Premio Pulitzer en 2006, una obra mayor en la trayectoria de un escritor que cuenta en su biografía literaria, vuelvo a repetirlo, con un buen puñado de logros magistrales. En un mundo apocalíptico, en las ruinas de una civilización devastada tras lo que pudo ser un holocausto nuclear o una guerra total o alguna otra desmesurada catástrofe planetaria (aunque en el libro no se menciona expresamente la causa de tal terrible destrucción), un padre y su hijo deambulan por un territorio inhóspito y desolado, sin apenas rastro de vida, en busca de una salvación que parece imposible de imaginar. Con un carrito de supermercado en el que hacen acopio de unas cuantas latas de comida, de pobres restos de alimentos que encuentran entre los edificios derruidos, de algunas mantas viejas, de prendas de ropa recogidas aquí y allá, de rudimentarias herramientas confeccionadas de manera artesanal, ambos supervivientes se encaminan hacia el sur, hacia el mar, atravesando el espacio quemado y vacío de lo que quizá algún día fue Estados Unidos, con la esperanza de hallar -entre tanta desolación- vestigios de alguna comunidad de hombres buenos que mantenga viva la memoria de una sociedad libre y feliz; una sociedad -previa al holocausto- que en sus recuerdos aparece como algo difuso y perdido, un sueño evanescente en el que, entre retazos de una niebla densa, aparecen episodios de la infancia, ríos transparentes en los que truchas de cuerpos musculosos agitaban sus aletas entre fresco musgo, días felices en una playa, la sombra fugaz y huidiza de una esposa muerta, la intuición de un amor olvidado…
 
En su caminar, padre e hijo recorren un paisaje mortecino y gris, entre árboles carbonizados, notoria ausencia de vida y el impreciso recuerdo de especies animales borradas de la faz de la tierra. El aire, envuelto en un humo ceniciento, es irrespirable, obliga al uso de elementales mascarillas fabricadas con telas burdas. El hollín, la ceniza cubren con una capa densa los pocos restos de edificios, de mobiliario, de las construcciones que permanecen en pie. La lluvia permanente, los temblores de tierra, el horizonte siempre oscuro, dibujan un escenario apocalíptico, que induce a la desesperanza, hostil. Bandas de saqueadores aparecen de entre las sombras, amenazantes, cubiertos de harapos, demacrados, mutilados, dispuestos a todo por conseguir un alimento que escasea. Impera el canibalismo, un cuerpo joven ofrece la posibilidad de una comida sustanciosa en una realidad en la que los escuálidos supervivientes se despedazan por una vieja lata de judías o un frasco de zumo encontrados milagrosamente entre los restos de alguna vivienda ya muchas veces arrasada.
 
En ese entorno inhumano y salvaje, padre e hijo encarnan la fe, el amor, la compasión. Pese a tanta desolación, pese al horizonte de muerte que acompaña la peripecia de los protagonistas, pese a que cada página rezuma dolor y sinsentido, brutalidad y barbarie, la novela nos transmite un impulso vitalista. El fatigoso caminar de los protagonistas, su sufrimiento, su padecer, su enfermedad, su búsqueda doliente nos muestran, sin embargo, la esperanza, el afán del hombre por encontrar sentido a una existencia tantas veces desprovista de él. Porque La carretera es, también, una novela metafísica, a mí me ha recordado en muchos momentos a Samuel Beckett, un Beckett más narrativo, menos austero, más optimista. Pero en ella están también el absurdo, el sinsentido, el silencio, la espera. La carretera es una novela que nos habla del lugar que el ser humano ocupa en el mundo, de la búsqueda de sentido; es también, por ello, en cierto modo, una novela religiosa, en la que, en algún momento, los protagonistas manifiestan la añoranza de un Dios.
 
Dejadme, antes de terminar, que me detenga brevemente en un elemento esencial de la novela, más allá de su argumento, de las reflexiones que suscita, de su propuesta ideológica. Se trata de la escritura, la prosa envolvente, austera, concisa, brillantísima de Cormac McCarthy. Diálogos cortantes, descripciones poderosas, frases precisas… una maravilla, da gusto leerlo; incluso aunque discrepáramos de sus tesis, incluso aunque no nos interesara la historia, el ritmo de su escritura te lleva, te hace seguir leyendo, te conduce suavemente de una frase a otra, de un párrafo a otro en una estructura muy trabajada, perfecta…, en verdad una obra maestra.
 
John Hillcoat trasladó la novela al cine en 2009, con Viggo Mortensen en el papel principal, Charlize Theron, Robert Duvall y Guy Pearce en apariciones menores, y el español Javier Aguirresarobe como director de fotografía.
 
A la banda sonora de esta última película pertenece The road, su tema principal, compuesto, como el resto de la música del film, por Nick Cave y Warren Ellis. Os lo dejo aquí como ilustración musical a mi comentario de esta tarde.
 
Quiero ofreceros también, como cierre a esta reseña, un significativo párrafo de libro en el que encontrareis algunas de las claves de su opresiva atmósfera.
 
 
Mandé a un chico a la cámara de gas en Huntsville. A uno nada más. Yo lo arresté y yo testifiqué. Fui a visitarlo dos veces. Tres veces. La última fue el día de su ejecución. No tenía por qué ir, pero fui. Naturalmente, no quería ir. Había matado a una chica de catorce años y os puedo asegurar que yo no sentía grandes deseos de ir a verle y mucho menos de presenciar la ejecución, pero lo hice. La prensa decía que fue un crimen pasional y él me aseguró que no hubo ninguna pasión. Salía con aquella chica aunque era casi una niña. Él tenía diecinueve años. Y me explicó que hacía mucho tiempo que tenía pensado matar a alguien. Dijo que si le ponían en libertad lo volvería a hacer. Dijo que sabía que iría al infierno. De sus propios labios lo oí. No sé que pensar de eso. La verdad es que no. Creía que nunca conocería a una persona así y eso me hizo pensar si el chico no sería una nueva clase de ser humano. Vi cómo lo ataban a la silla y cerraban la puerta. Puede que estuviera un poco nervioso pero nada más. Estoy convencido de que sabía que al cabo de quince minutos estaría en el infierno. No me cabe duda. Y he pensado mucho en ello. Era de trato fácil. Me llamaba ‘sheriff’. Pero yo no sabía qué decirle. ¿Qué le dices a un hombre que reconoce no tener alma? ¿Qué sentido tiene decirle nada? Pensé mucho en ello. Pero él no era nada comparado con lo que estaba por venir.
 
______________________________
 
Empezaron a encontrar junto a la carretera algún que otro mojón de piedras. Eran señales en idioma gitano, pateranes perdidos. El primero que veía en bastante tiempo, comunes en el norte a medida que salías de las ciudades saqueadas y exhaustas, mensajes sin esperanza para seres queridos desaparecidos o muertos. Todas las provisiones de comida se habían agotado ya y el asesinato reinaba en la región. El mundo al poco tiempo poblado mayormente por hombres que se comían a sus hijos ante tus propios ojos y las ciudades en poder de bandas de atezados saqueadores que abrían túneles en las ruinas y salían reptando de los escombros, blancos de dientes y ojos con bolsas de malla repletas de latas chamuscadas y anónimas como compradores salidos de los economatos del infierno. El blando talco negro barría las calles cual tinta de calamar desparramándose por un lecho marino y el frío se pegaba al suelo y oscurecía temprano y los carroñeros al pasar con sus antorchas por los escarpados desfiladeros dejaban en la ceniza hoyos como de seda que se cerraban silenciosamente a su paso como ojos. En las carreteras los peregrinos se derrumbaban y caían y morían y la tierra yerma y amortajada iba rodando hasta el otro lado del sol y regresaba sin dejar huella y tan inadvertida como la trayectoria de cualquier mundo hermano sin nombre en las inmemoriales tinieblas de más allá.