Vivo entre muchos libros y extraigo una gran parte de mis ganas de vivir del hecho de que aún leeré la mayoría de ellos. (Elias Canetti)

miércoles, 12 de septiembre de 2018

GEORGES SIMENON. PEDIGRÍ

Abre los ojos y durante unos instantes, varios segundos, una eternidad silenciosa, nada ha cambiado en ella ni en la cocina a su alrededor; por otra parte, ya no es una cocina, es una mezcla de sombras y de reflejos pálidos, sin consistencia ni significado. ¿Tal vez el limbo? 

¿Ha habido un instante preciso en el que los párpados de la durmiente se han entreabierto? ¿o acaso las pupilas se han quedado enfocando el vacío como el objetivo del cual un fotógrafo ha olvidado bajar la cortinilla de terciopelo negro? 

Fuera, en algún lugar—simplemente en la rue Léopold—, discurre una vida extraña, sombría porque ya ha oscurecido, ruidosa, apresurada porque son las cinco de la tarde, mojada, viscosa porque llueve desde hace varios días, y los globos lívidos de las lámparas de arco parpadean frente a los maniquíes de las tiendas de confección, y los tranvías pasan arrancando con el extremo del trole unas chispas azules, aguzadas como relámpagos. 

Élise, con los ojos abiertos, aún está lejos, en ninguna parte; sólo esas luces fantásticas de fuera penetran por la ventana y atraviesan las cortinas de guipur con flores blancas cuyos arabescos proyectan en las paredes y en los objetos. 

El runrún familiar de la cocina de carbón es el primero que renace, y el pequeño disco rojizo de la puertecilla a través de la cual se ven caer de vez en cuando carbones incandescentes; el agua empieza a silbar en el hervidor de hierro esmaltado blanco con un desportillado cerca del pitorro; el despertador, sobre la chimenea negra, vuelve a hacer tictac. 

Sólo entonces Élise nota una molestia sorda en el vientre y se ve a sí misma; sabe que se ha dormido, sentada en la silla en una postura incómoda, delante del fogón, sin soltar el trapo de secar los platos. sabe dónde está, en el segundo piso del edificio Cession, en medio de una ciudad muy activa, no lejos del pont des Arches, que separa esa ciudad de los suburbios, y siente miedo, se levanta temblorosa y jadeante, y después, para tranquilizarse con gestos cotidianos, echa carbón al fuego. 

—Dios mío…—susurra. 

Désiré está lejos, en el otro extremo de la ciudad, en su oficina de la rue des Guillemins, y tal vez ella dé a luz, sola, mientras los paraguas de centenares, miles de transeúntes seguirán entrechocando por las aceras relucientes. 

Su mano hace el gesto de coger las cerillas junto al despertador, pero no tiene paciencia para retirar el globo lechoso de la lámpara de petróleo, y luego el cristal, levantar la mecha; está demasiado asustada. no tiene ánimos para guardar en el armario los pocos platos que hay en la cocina, y sin mirarse al espejo se pone el sombrero de crepé negro, el que aún le queda del luto de su madre. se enfunda el abrigo de cheviot negro, que también es un abrigo de luto y ya no le cierra, que tiene que sujetar para cruzarlo sobre su vientre abombado. 

Tiene sed. Tiene hambre. Algo le falta. siente como un vacío, pero no sabe qué hacer, huye de la habitación, mete la llave en el bolsito. 

Estamos a 12 de febrero de 1903. 


Hola, buenas tardes. Bienvenidos a Todos los libros un libro que hoy empieza así, echando la mirada atrás a ese 12 de febrero de 1903, día del nacimiento en Lieja de Georges Simenon, el muy prolífico escritor belga, autor de decenas de libros de géneros diversos -setenta y ocho de ellos novelas policiacas protagonizadas por su más grande creación, el inspector Maigret- y que en la obra que esta semana os presento narra su infancia a través de la figura de Roger Mamelin, su alter ego literario y protagonista de Pedigrí, la interesante novela -pese a que el uso de este término exigirá una aclaración posterior- publicada en nuestro país el pasado 2015, aunque había sido publicada originariamente en 1948 y reeditada en 1957 con un significativo prólogo que se incluye en esta edición española de Acantilado que ahora quiero comentaros. El libro, en traducción de Núria Petit y con algunos pequeños fallos que quizá no le son atribuibles (un “a parte” que debiera ser “aparte”; alguna confusión en el nombre del personaje principal, que llamándose Roger aparece en alguna ocasión como Robert; ciertos descuidos en las concordancias como, entre otros, “la ventana y la puerta abierta”), se inscribe en la decidida política de la estupenda editorial catalana de ofrecer al público español, en ediciones impecables y dignas traducciones, el núcleo central de la obra del fecundo y no siempre valorado escritor belga. 

La historia de la escritura y publicación de Pedigrí es curiosa y merece un breve comentario. En el antedicho prólogo del libro, Simenon relata la peripecia que condujo a su creación. En 1941, en una revisión rutinaria y ante una radiografía sospechosa, un médico le anunció que le quedaban como mucho dos años de vida. Por aquel entonces -escribe el autor- yo sólo tenía un hijo de dos años, y pensé que cuando fuera mayor no sabría casi nada de su padre ni de su familia paterna. Para colmar en parte esta laguna, compré tres cuadernos con tapas de cartón jaspeado y, renunciando a mi habitual máquina de escribir, empecé a contar en primera persona y en forma de carta una serie de anécdotas de mi infancia al muchacho que un día me leería. En el curso de su frecuente correspondencia con André Gide, éste le pidió que le enviara las primeras páginas de ese relato biográfico, y una vez leídas, le aconsejó que retomase la narración, no ya en primera sino en tercera persona, “objetivando” la perspectiva y acercándolo a un planteamiento novelesco, pues consideraba que podía tener un interés para el público en general, más allá de su infantil destinatario. Y así, las cien páginas iniciales de ese texto se publicaron en 1945 con el título de Me acuerdo. El desarrollo posterior de esos fragmentos originarios, que llega hasta los dieciséis años de su protagonista -ese Roger Mamelin tras el que se esconde el propio escritor-, constituirá Pedigrí, la novela que debiera haber sido solo la primera de una serie -el segundo tomo debía narrar su adolescencia, el tercero sus inicios en parís y su aprendizaje de lo que en otro lugar he denominado “el oficio de hombre”, como señala en el preámbulo del libro- que nunca llegó a escribirse, disuadido el autor por los muchos conflictos judiciales suscitados por esa entrega inicial, al acudir indignadas a los tribunales algunas de las personas que creyeron reconocerse en los personajes del libro, encontrándose a disgusto con sus “retratos" literarios. 

Sin embargo, pese a este origen biográfico y al evidente paralelismo entre los sucesos, los escenarios y los individuos que surcan el libro y los que constituyeron la verdadera realidad de su creador, Simenon defiende taxativamente el carácter novelesco de Pedigrí, que es por lo tanto una obra en la cual predominan la imaginación y la recreación, aunque admito que Roger Mamelin tiene muchos rasgos en común con el niño que yo fui

Los primeros capítulos de la obra se retrotraen más allá del momento del nacimiento del niño -cuyos “preliminares” habéis podido leer en el fragmento con el que he abierto esta reseña-, para adentrarse en las historias de las muy numerosas familias de la depresiva y enfermiza Élise y el bondadoso y optimista Désiré, los padres de Roger. A través de ellas conocemos las convulsiones de una Europa, la que se mueve a caballo de los siglos XIX y XX, que cambia rápida y sustancialmente y en la que todo aboca al dramático estallido de la Gran Guerra, algunas de cuyas manifestaciones -el reclutamiento de los jóvenes, la “desaparición” de los hombres, el estremecedor estallido de las bombas, la ominosa presencia del ejército ocupante, las estrategias de supervivencia de una parte de la población que opta por el colaboracionismo, la carestía y el hambre- aparecen como telón de fondo de los capítulos postreros. 

Pero esta dimensión “externa” que observamos en la novela de Simenon, el escenario histórico y un punto grandilocuente de los grandes acontecimientos sociales y políticos (las manifestaciones del 1º de mayo, el terrorismo anarquista de comienzos de siglo, el eco de los episodios bélicos), no es su aspecto más destacable. Sí lo es, en cambio su fiel y magistral retrato de la vida de las ciudades, de la cotidianidad de sus pobladores, la oscuridad de las calles apenas iluminadas por desvanecidas farolas, el auge de los comercios y la incipiente burguesía de tenderos y burócratas, las siniestras y humeantes fábricas, el paisaje urbano surcado de amenazantes tranvías y parsimoniosos carros de caballos, de lecheras de otro tiempo que llegan de sus granjas cada mañana, puntuales, con su blanco cargamento, de sufridos obreros que reivindican condiciones laborales dignas, de grises oficinistas con bombín y bigotes de guías engominadas, en un panorama que tantas veces hemos visto recreado en los cuadros de otro belga notable, el pintor René Magritte, al que es imposible no tener en mente mientras avanzamos en las páginas del libro. 

Excelente es también la recreación de los personajes, tanto los principales como los meramente episódicos o circunstanciales: la madre, Élise, siempre sufriente, siempre insatisfecha, siempre lamentándose; su padre, Désiré, conformista, apocado, aceptando pasivo y sin rebelarse su mediocre existencia; sus múltiples tíos y tías, los Peters maternos y la abigarrada fauna de los Mamelin del progenitor, con sus variados destinos: el desdichado y solitario Léopold, la infortunada Cécile, la desahogada aunque infeliz vida familiar de Félicie, los muy pudientes y sin embargo también insatisfechos Schroefs; la variada panoplia de amigos y conocidos de un ya adolescente Roger, las pobres chicas sin futuro que “comercian” con sus tristísimas efusiones sexuales, los “niños bien”, atildados e inútiles, a los que Roger quiere parecerse, los palurdos campesinos cuya compañía lo avergüenza, y tantos otros.

Y, claro está, Pedigrí interesa, sobre todo, porque nos permite conocer esos primeros años de la vida de Simenon que conformarán su personalidad adulta. Desde su primera conciencia del mundo, la visión de una plaza en la que juega, de pequeño, ante la atenta mirada de su madre, vestida de negro en su recuerdo, por el libro desfilan multitud de vivencias del niño que, dos ojos y dos oídos que todo lo registran, verá cómo el mundo se agrandará insensiblemente, imagen tras imagen, calle tras calle, pregunta tras pregunta. 

Curioso y desconcertado ante el lenguaje de los adultos, el joven Roger va dejando atrás una infancia gris, un barrio horrible, una familia opresiva, una existencia mediocre, y va construyendo una identidad, que en los años que recoge el libro se define por vía negativa: el odio a la mezquindad de su entorno, la férrea voluntad de labrarse un espacio propio y alejado de unas raíces que aborrece de un modo furibundo: Odia su infancia, odia la rue de la Loi, la rue Pasteur, el Institut Saint-André y el colegio Saint-Servais, odia al hermano Médard y a la señora Laude, y odia todas las pequeñas fealdades, las pequeñas cobardías cotidianas que lo hacen sufrir. Está decidido a vengarse, aún ignora cómo, pero se vengará, lo sabe. A medida que el relato se acerca a la juventud de su protagonista y deja oír, por tanto, su desencantada voz, se multiplican las muestras del despecho, de la aversión, del rencor incluso del muchacho hacia el paisaje de su niñez: Mira con asco el mundo sin alegría que lo rodea y que siente que es como él. Y también: Toda esa ciudad negra y viscosa, por la que vaga como en un laberinto

Roger escapa, impetuoso y desorientado, a la plácida y protectora, pero limitada y asfixiante envoltura familiar: se rebela contra la inocencia de su infancia, descuida los estudios, devora ávidamente los folletones de Rocambole pretiriendo las lecturas obligatorias del colegio, practica pequeños y repetidos hurtos en los establecimientos comerciales de sus parientes, malgasta su escaso dinero en ropas caras que le permitan encubrir su envidia de clase hacia los compañeros de colegio más privilegiados, busca el contacto con prostitutas, se lanza a frustrantes escarceos amorosos con chicas anodinas, frecuenta la noche (Son las nueve de la mañana, la hora preferida de Roger, cuando las calles se acicalan y el sol aún tiene toda su ligereza prometedora. Eso sí, en cuanto oscurece, Roger se siente atraído por el ambiente equívoco de la ciudad mal iluminada, y por más que se haya jurado no salir, le basta ver por la ventana el halo azulado de una farola, una pareja anónima que pasa rozando las casas, para perderse durante horas en recorridos inconfesables) y, en todo su acontecer vital, chapoteando en la basura, inundado por la repulsión y el asco, por la zozobra y el miedo (Ha escogido otro camino y a veces se asusta, pues ignora adónde conduce. En ese camino, al que una fuerza desconocida lo empuja -su madre diría que son sus malos instintos- no habrá nadie para aprobarlo, para ayudarlo, nadie para consolarlo en caso de catástrofe), tantea a ciegas su lugar en el mundo, pues su vida está en otra parte, aún no sabe dónde, la busca fuera y seguirá buscándola

En fin, leed este espléndido aunque repleto de melancolía texto autobiográfico -pese a que el autor rechace el término- que es Pedigrí, una obra de Georges Simenon alejada de su pauta habitual, la que marcan sus novelas detectivescas con el comisario Maigret como protagonista. Grand Saint Nicholas, una canción navideña que suena en el libro, asociada a los recuerdos infantiles de su protagonista, cierra esta reseña en la voz de Anne Sylvestre.

 

miércoles, 5 de septiembre de 2018

GARY SHTEYNGART. PEQUEÑO FRACASO

Un año después de licenciarme trabajé en la parte baja de Manhattan, bajo las sombras gigantescas del World Trade Center, y en mi relajada pausa del almuerzo, que duraba cuatro horas, comía y bebía entre esos dos gigantes, subiendo por Broadway o bajando por Fulton Street, y me iba a la sucursal de la librería Strand. En 1996 la gente aún leía libros y la ciudad podía permitirse tener una sucursal de la legendaria librería Strand en el Distrito Financiero, lo cual significaba que en aquellos años se suponía que los agentes de bolsa, las secretarias y los funcionarios del gobierno —en una palabra, todo el mundo— tenían algo de vida interior.

El año anterior había intentado ser pasante en un despacho de abogados especializado en derechos civiles, pero aquello no funcionó. El trabajo me exigía centrarme en un sinfín de detalles, y eso era demasiado para un joven nervioso que llevaba coleta, había tenido un pequeño problema por consumo de sustancias prohibidas y lucía una insignia con una hoja de marihuana en su corbata de quita y pon. Ese trabajo fue lo más cerca que estuve de alcanzar el sueño de mis padres de que me hiciera abogado. Como muchos judíos soviéticos, y como muchos inmigrantes llegados de los países comunistas, mis padres eran muy conservadores y nunca se tomaron muy en serio los cuatro años que pasé en mi colegio universitario de artes liberales, el Oberlin College, en el que estudié marxismo y escritura creativa. El día que visitó Oberlin por vez primera, mi padre se detuvo sobre una gigantesca vagina pintada en el suelo del patio central por el grupo de gais, bisexuales y lesbianas del campus, y sin prestar atención a los gestos y a la pronunciación amanerada de la gente que se iba congregando a su alrededor, empezó a explicarme las diferencias entre los cartuchos láser y los de inyección por tinta, centrándose sobre todo en los distintos precios de los cartuchos. Si no me equivoco, mi padre creía haberse detenido sobre un melocotón.

Me licencié con honores summa cum laude, y eso mejoró mi reputación ante mamá y papá, pero cada vez que hablaba con ellos me hacían saber que les había decepcionado. Cuando era niño (y también ahora que soy adulto), solía estar enfermo con frecuencia y me resfriaba a menudo, así que mi padre me llamaba Soplyak, es decir, Mocoso. Mi madre, por su parte, había ido creando una curiosa fusión del inglés y del ruso y se inventó el término Failurchka, o lo que es lo mismo, Pequeño Fracaso. Un día, aquel término surgió de sus labios y fue a posarse sobre el voluminoso manuscrito de la novela que yo estaba escribiendo en mi tiempo libre, y cuyo capítulo inicial estaba a punto de ser rechazado por el famoso departamento de Escritura Creativa de la Universidad de Iowa. Así fue como me enteré de que mis padres no eran las únicas personas que me consideraban un desastre.


Hola, buenas tardes. Así, con las primeras palabras de Pequeño fracaso, la autobiografía novelada -si es que puede hablarse en estos términos- de Gary Shteyngart, empieza esta tarde -y este curso- Todos los libros un libro, el espacio semanal de recomendaciones de lectura en la parrilla de Radio Universidad de Salamanca. Hoy abrimos una breve serie, que se prolongará a lo largo de este mes de septiembre, en la que todas mis propuestas se moverán en este algo indefinido ámbito de la literatura testimonial, y pongo el acento en los dos términos: “testimonial”, por cuanto los libros que voy a ofreceros en la presente emisión y en las de los miércoles venideros se presentan bajo la forma, más o menos indisimulada, de memorias, de confesiones, de recuerdos de una vida. Pero, a la vez, hablo de “literatura”, pues en todos los casos, sin excepción, el tratamiento de la información, el modo de presentarla, la estructura de la obra, la expresión, el modo de narrar, la voluntad de estilo, responden a un criterio alejado de la mera crónica periodística, del austero ensayo divulgativo o del aséptico documento biográfico, siendo por el contrario los propios de las obras de ficción de mayor enjundia. En otras palabras, no esperéis, pues, en mis consejos de lectura de estas próximas semanas el convencional relato con el que el cantante de turno cuenta su vida o el del personaje de actualidad que aprovecha su fama para infligirnos la historia de su por otro lado insulsa existencia o la recopilación de anécdotas supuestamente interesantes vividas por el adusto político que se recrea en enumerar sus encuentros con celebridades internacionales tras una larga vida de desprendida entrega a su patria. No, por el contrario, en los libros a cuya lectura quiero invitaros a lo largo de este mes, será la calidad literaria la que prime, son libros -novelas, testimonios, memorias- que narran la vida de sus autores, sí, pero que al margen de esa información, desconociendo ese carácter autobiográfico, resultarían igualmente estimables, sobresalientes por sus cualidades en tanto literatura, por su capacidad de presentar -de un modo creativo, poético, artístico, literario- la vida de unos personajes que no son enteramente ficticios y sí “reales” y coincidentes en sus trayectorias existenciales con las de los propios autores.

En el caso de mi sugerencia de hoy, Pequeño fracaso, el libro del norteamericano de origen ruso Gary Shteyngart, que publicó, en traducción de Eduardo Jordá, la Editorial Libros del Asteroide en 2015, el autor/protagonista evoca los primeros siete años de vida en la Unión Soviética (así se llamaba aún, en 1972, fecha de nacimiento de Shteyngart, la actual Rusia), su posterior traslado a Estados Unidos con su familia, su adolescencia como inmigrante en el ”enemigo” tradicional de su país de origen, su juventud y su iniciación como escritor, una vocación que había despuntado en él desde muy joven, para detenerse en 2011, ya en su madurez, en que cierra el ciclo con un viaje a Rusia con sus padres, que regresan después de veinte y treinta años -madre y padre, respectivamente- al entorno en el que pasaron la mitad de su vida. El libro se nutre, como no puede ser de otra manera dado su carácter, de los recuerdos de su autor, pero también de conversaciones retrospectivas con sus progenitores, presentándose el relato a partir de un hilo conductor naturalmente cronológico -por más que haya en el texto algunas vueltas atrás y adelante- y organizándose cada capítulo en torno a una idea principal que se ilustra con una fotografía -retratos de niño, estampas familiares, fotos de juventud- que lo encabeza y que, en cierto modo, representa el núcleo de su propuesta.

La vida “rusa” del niño Igor -el posterior cambio a Gary es, obviamente, fruto de la estancia en Norteamérica- nos permite conocer todos los lugares comunes de la sociedad de la URSS en las décadas de la más opresiva y rígida cerrazón soviética. En un apartamento mínimo, de austera decoración, con el explosivo televisor Signal en blanco y negro, el destartalado “Sofá Cultural”, la escalerilla de madera que llega hasta el techo y que el padre manda construir para que el niño pierda el miedo a las alturas, como precarios elementos significativos, que nos trasladan al más consabido y depauperado “estilo” del realismo socialista, viven el chico y su familia. La madre, que tiene veintiséis años cuando Gary nace, da clases de piano en un jardín de infancia, y representa la vertiente responsable del matrimonio, entregada incansable al trabajo, envuelta siempre en cálculos incesantes, en presentimientos, en preocupaciones, acechada por el temor a equivocarse, por el miedo a la autoridad, por el cuidado y la inquietud por quienes están a su cargo, rasgos que, en su mayoría, heredará el hijo. El padre, con treinta y tres años al tener a su hijo, es ingeniero mecánico y ofrece, en cambio, una visión hastiada de la vida, repleta de bromas, de sarcasmo, pero también de dureza y rigor (te llamo hijito pero te estoy pegando, tienes que aguantar los golpes, piensa el niño). Están, además, las entrañables abuelas, Polia y Galia, las hermanas de la madre, la guapa prima Victoria… La familia es judía, y los rituales, las costumbres, los signos distintivos de esa religión impregnan también la vida de esos primeros años. La narración, en alguno de estos capítulos iniciales, se retrotrae -El pasado me persigue, leemos en la novela- a los orígenes familiares (abuelos y hasta bisabuelos), con las distintas pautas y las diferentes clases sociales de cada rama familiar, pero todos con una común condición de víctimas del exterminio, en sus diversas formas: el paso por los campos de concentración, la guerra, el cerco de Leningrado… Conforme hago avanzar a mis familiares sobre las páginas de este libro, recuerden por favor que también los estoy haciendo avanzar hacia sus tumbas, y que la mayoría de ellos van a morir de la peor manera imaginable, escribe.

La familia, y en particular la figura del padre, con su doble condición de vínculo protector que acoge y conforta y de férreo corsé que limita, será uno de los ejes del libro, que aparece salpicado de continuo de referencias a esa realidad: Para mí, el sentimiento de vivir en familia consiste en llorar mientras se trama la venganza. La atracción/rechazo hacia el padre (Mis personajes suelen ser hijos en busca de un padre), la tristeza y la culpa por defraudar a los progenitores (al no cumplir sus sueños -de ellos- de llegar a ser abogado), son algunos de esos elementos clave a los que me refiero.

En esos días infantiles vemos también los rasgos definitorios de la personalidad del niño que luego aflorarán en su juventud y adultez y que marcarán su vida. Gary es un niño muy inteligente, con curiosidad natural, que se interesa -sus intentos, frustrados- por tocar el violín y la balalaika. Es problemático, tierno, bajito, feúcho, con complejos; hay en él ya antecedentes del raro, el marginal, el chico apesadumbrado y doliente, con vida interior convulsa (Por fuera soy un niño tranquilo y pensativo, y también parlanchín y divertido, pero… [también hay en mí] rabia, crispación, violencia) que será en su adolescencia y juventud. Es delicado y sensible, tiene miedo a todo, al teléfono, al frío, al calor, al fotógrafo, al ventilador, a las alturas (‘¿Por qué le tenía miedo a todo?’, preguntará cuarenta años después. Porque naciste judío, responde categórica su madre). Enamoradizo (Tengo cinco años y ya estoy completamente enamorado), arrastrará su “desgracia” hasta la universidad, cuando llegará a afirmar: Me enamoro indiscriminada y abiertamente.

La huida a Estados Unidos (propiciada por acuerdos oficiales entre la administración soviética y la Norteamérica de Jimmy Carter, que permitió la salida de judíos rusos a cambio de ayudas comerciales), supone el “desmantelamiento” de la ficción vivida en la infancia: Todo era mentira, escribe, para a continuación detallar todos los referentes, esas ciegas creencias de sus primeros años de vida que se resquebrajan: El comunismo, el Konsomol, los pioneros, la estatua de Lenin, el Canal Uno, el glorioso Ejército soviético, los bolcheviques, la perrita Laika y la falsa conquista de la luna por los soviéticos, hasta el jamón con demasiada grasa y la visión de un Estados Unidos paupérrimo en el que la gente sufre padecimientos y carencias, citando elementos reales, tangibles, y otros metafóricos. Estamos en el mundo maniqueo de los dos bloques, de la guerra fría. El padre llega a su nueva patria cargando con los apriorismos de su pasado -el republicanismo acérrimo, el fanatismo de extrema derecha, los prejuicios raciales-, que transmitirá a su hijo (otra pesada losa de la que deberá liberarse cuando crezca). Hay, a la vez, nostalgia de Rusia, de su cultura -la cultura de una superpotencia que fue arrojada al estercolero de la Historia- y, sobre todo, de los recuerdos -felices pese a la falta de libertad y las condiciones materiales precarias- de la primera infancia.

En Queens, donde residirá la familia, se produce el mágico descubrimiento de un mundo soñado, la libertad, el colorido del consumo, los supermercados llenos, los ojos rojos de ver tanta televisión, el encantamiento de las series -La isla de Gilligan, Star Trek-, los primeros juegos en los muy limitados ordenadores de la época, la revelación que supone conocer Manhattan y su permanente exhibición de emoción desinhibida.

El paso por la escuela judía estadounidense nos muestra de nuevo al “distinto”, al marginado, al chico que busca sin éxito la atención de las chicas. Los niños le pegan -en unos entornos por ruso, en otros por judío, en todos por raro-, no se integra, ni se siente interesado por los rituales religiosos. Un friki odioso, dice de sí mismo. Deja la escuela hebrea y -alumno inteligente y dotado- pasa a un instituto más “abierto” con exigente nota de corte, en el que coexisten chicos de orígenes diversos: la provincia china de Fujian, el estado indio de Kerala y el distrito de Leningrado se hallan situados en tres rincones distintos de la misma masa terrestre. El chico más brillante del Instituto proviene de una familia palestina trasplantada a Sudáfrica, la chica más guapa es de Puerto Rico, las “masas” que lo acompañan a clase no son blancas. El racismo que hay en mí agoniza, dice, iniciando tímidamente la renuncia al mundo paterno.

Relativamente anónimo, vive la indiferencia hacia de él de sus compañeros como una estimable forma de felicidad. Sin embargo, en las fiestas escolares, observa con envidia a las familias norteamericanas perfectas, integradas, conformes y aparentemente felices en su adecuado “lugar en el mundo”. A nosotros, los judíos soviéticos, nos invitaron a la fiesta equivocada. Y siempre estuvimos demasiado atemorizados por nuestra nueva situación para abandonar el colegio. Porque no sabíamos quiénes éramos. En este libro intento explicar quiénes éramos. Uno más entre tantos “expatriados”, su pasado se borra (Descubro que en realidad ya no soy ruso) y su presente no adquiere consistencia (La tristeza de quien no es capaz de comunicarse con los demás), pese a sus intentos de llamar la atención, siempre ingenioso, siempre brillante (Un mamífero que no tiene rival a la hora de calcular los efectos de sus palabras para atraer la atención de los demás).

El paso por la Universidad reproduce las mismas pautas de comportamiento. Llora porque su crecimiento le aleja del pasado familiar, la rusicidad, llora por el desconcierto ante el nuevo mundo, porque no sabe crecer y hacerse adulto, porque tampoco encaja en los valores dominantes en la Facultad, el marxismo, lo alternativo, porque no acaba de encontrar su sitio (Allí [en la escuela hebrea]- se burlaban de mí porque no era un americano auténtico, pero ahora [en su literatura] se me acusa de no ser un ruso auténtico, para añadir: esta paradoja es el tema primordial de toda la literatura escrita por inmigrantes). Llora por su falta de aceptación por las chicas -la primera novia a los veinte años-, siempre llorando porque me muero de ganas de que alguien me quiera por el fondo más profundo que hay en mí. Y vuelve a catalogarse, sin piedad: Soy rarito.

Recordad el fragmento inicial, recordad que Pequeño fracaso es el título del libro. Y esa idea -insertada desde la muy primera infancia en su cerebro- impregna la existencia del muchacho, tanto en el ámbito personal (Sigo operando con la base teórica de que voy a fracasar en todo lo que haga), en el que sus excesos con la marihuana y el alcohol lo hunden cada vez más en una patética autoconmiseración (Cada medio litro de alcohol me va arrastrando más y más lejos de los sueños que ya no soy capaz de cumplir), como en el plano colectivo (En aquellos tiempos todos estábamos conectados por los fracasos, y de hecho toda la Unión Soviética estaba fundiéndose en negro). El panorama final es el de alguien desgraciado que se lamenta constantemente de su propia frustración: Si pudiera evocar todo el amor no correspondido de estos últimos veinte años, es posible que llegara a alcanzar algo parecido al arte. O también: Lo que yo he sido toda mi vida: una persona desdichada que intenta pasarlo lo mejor posible.

Y la “salvación”, llamémosla así, llegará de la mano de la escritura y del humor. Desde muy pequeño lee con fruición (Me estoy convirtiendo en un lector patológico, afirma, con muy pocos años). Por feliz iniciativa de su abuela Galia (¿por qué no escribes tú mismo una novela?, le dice; y él añade: Y así empieza todo) e iluminado por la lectura de un libro deslumbrante e iniciático: El maravilloso viaje de Nils Holgersson, de la primera mujer premio Nobel, la sueca Selma Lagerlöf, empieza a escribir un relato infantil, Lenin y el ganso mágico (un delirio -pero el chaval tiene cinco años- en el que se entremezclan el libro de Nils, los cuentos que inventaba su padre para él, lo que ve en las calles, las no del todo entendidas conversaciones de los adultos). Algo después -sigue siendo un niño- escribe también su primera novela: El desafío, un remedo de Star Trek pasado por la experiencia judía y los radicales prejuicios racistas del padre, admirador de Ronald Reagan, con apuntes del pasado comunista, en un batido desternillante. Escribo para mi abuela, dice, con un único mensaje: Abuela, por favor, quiéreme.

Y así será también en los años de su adolescencia y juventud: escribir para ser querido. Lenin no funcionó; ingresar en la organización juvenil del Konsomol no funcionó; ni tampoco funciona mi familia (mi padre me pega) ni la religión (mis compañeros de clase me pegan), dice, pero las historias que inventa y que lee a sus compañeros y tienen éxito entre ellos, acaban por darle un cierto estatus, una cierta -leve- sensación de pertenencia, de reconocimiento. Estoy haciendo que los niños olviden mi rusicidad y me asocien con la narración de historias. Y para no perder esa estima se obliga a escribir todos los días. Y al final, llegarán la profesionalización, el éxito (también las novias, dicho sea entre paréntesis), el Gary Shteingart que ahora leemos, capaz de transformar la experiencia del dolor (el infligido a sus padres, insatisfechos con la imagen que de ellos aparece en sus novelas, y el suyo propio, el chico desubicado y permanentemente afligido) en literatura (Un escritor o cualquier ser sufriente que quiera ser artista es un instrumento excesivamente bien sintonizado a la condición humana).

El hecho de que en esta reseña que se encamina ya a su fin yo haya puesto un cierto énfasis en estos aspectos pesarosos o melancólicos de la obra, podría llevaros a pensar que Pequeño fracaso es un libro que se desenvuelve en un tono quejumbroso, lastimero, dolorido y lacrimoso, un libro oscuro y pesimista, amargo y desesperanzado… pero nada más lejos de la realidad. Sus más de cuatrocientas páginas rezuman ironía inteligente, ingenio y gracia, humor genial. La aparentemente sombría visión de la existencia de nuestro protagonista se resuelve casi siempre -más allá de las lágrimas, reales o metafóricas, que se vierten en la novela- en agudísimos chistes, en comentarios sarcásticos, en chispeantes salidas, en ocurrencias disparatadas y cómicas que relativizan el sufrimiento y ayudan a sobrellevarlo. Soy una especie de broma ambulante, afirma de sí mismo, y así es en realidad, sin que haya revés o contratiempo, calamidad o percance, motivo de dolor o desgracia -en la vida y en el libro- que no tenga su inmediata vuelta de tuerca hilarante. El espíritu de Woody Allen flota por la obra, esa tradición judía que hace a los miembros de ese “pueblo” especialmente dotados para reírse de las propias desgracias, del propio sufrimiento, de la propia mediocridad, esos rasgos de desenfadada lucidez que tantas veces hemos visto en el cine, la literatura o la televisión (pienso también ahora en Seinfeld, otro personaje divertido y brillante ante la existencia vulgar, con el que cabe también un ligero paralelismo). El humor es el último recurso del judío acosado, escribe, de modo certero, el narrador, avanzando una explicación del tono desternillante de su texto.

Un libro, este Pequeño fracaso de Gary Shteingart, que os recomiendo con entusiasmo y que no deberíais dejar de leer. De entre las muchísimas referencias musicales que lo surcan y que ilustran las diferentes etapas por las que pasa su protagonista, una banda sonora en la que están grandes canciones de esas décadas, os dejo ahora con Road to nowhere, el clásico de los Talking Heads, con un cierto valor metafórico en el libro.

miércoles, 25 de julio de 2018

A.S.A. HARRISON. LA MUJER DE UN SOLO HOMBRE

Hola, buenas tardes. Un miércoles más llega a vuestro encuentro Todos los libros un libro, el espacio de Radio Universidad de Salamanca en el que semanalmente os ofrecemos una recomendación de lectura que siempre pretendemos interesante. Esta tarde, la última por este curso, os traigo una novela de intriga policiaca, aunque el de las etiquetas y las taxonomías es en literatura, ciertamente, un asunto bastante evanescente, resultando difícil, como tantas otras veces, circunscribir una obra literaria a un determinado género. Es indiscutible que el libro se presenta en la serie black de la editorial Salamandra, y es verdad también que en él hay un asesinato y su consiguiente investigación más o menos detectivesca, pero estos aspectos de la trama sólo acontecen -y no creo desvelar ningún dato relevante que arruine o siquiera perjudique la lectura- en las últimas cincuenta páginas de un texto que supera las trescientas, de manera que será preciso matizar esta inicial adscripción de La mujer de un sólo hombre, pues así se llama mi propuesta de hoy, a la categoría policial. Pero empecemos por el principio... 

La mujer de un sólo hombre es el absurdo título con el que ve la luz en España The silent wife, (La esposa silenciosa) -expresión que, aparte de su literalidad, resulta más ajustada al personaje y a la situación que describe-, la primera y única y última novela -pues su autora falleció poco antes de verla publicada- de A.S.A. Harrison, una para mí desconocida escritora de obras de no ficción. Presentada en 2013 en su Estados Unidos natal con un inesperado éxito de ventas, la editorial Salamandra la ofreció a los lectores de nuestro país a finales de 2014 en traducción de Gemma Rovira Ortega. 

Con cuarenta y cinco años, Jodi todavía se considera una mujer joven. No piensa en el futuro, sino que vive el presente, concentrada en el día a día. Da por hecho, sin habérselo planteado siquiera, que las cosas continuarán así siempre, de forma imperfecta y, sin embargo, completamente aceptable. Dicho de otro modo: ignora que está en el mejor momento de la vida, que su juvenil capacidad de recuperación (que los veinte años de matrimonio con Todd Gilbert han ido erosionando poco a poco) se acerca a una etapa final de desintegración, y que sus conceptos de quién es y cómo debería comportarse son menos estables de lo que cree, dado que bastarán unos pocos meses para que se convierta en una asesina. En la primera página del libro nos encontramos con esta desconcertante afirmación, que pese a lo inusual -la autora nos da a conocer el asesino, la asesina en este caso, desde el inicio, cuando apenas nos hemos “ubicado” ante el texto- nos sitúa de entrada en el ámbito de la novela negra, tal y como he mencionado. Lo singular del enfoque que guía la historia que se nos va a narrar tras esta llamativa declaración es que no conoceremos hasta doscientas sesenta largas páginas después la identidad de la víctima -aunque sí serán abundantes las sospechas-, ni sabremos cuándo o cómo el asesinato tendrá lugar, ni siquiera si llegará a producirse; tampoco los motivos últimos, profundos, de la decisión que desencadenará la acción delictiva. 

La novela se organiza en torno a dicho crimen, que se constituye así en un eje o bisagra que la divide en dos partes. Antes del mismo, la primera parte del libro, que aparece bajo la rúbrica de Ella y Él, nos describe con agudeza y penetración psicológicas notables, la vida de los mencionados Todd y Jodi, a los que en capítulos alternos -de título explícito: Ella, Él, Ella, Él, y así sucesivamente-, y siempre en tercera persona, conoceremos en su vida de pareja -y no matrimonial en sentido estricto pues, contrariamente a lo leído en el párrafo precedente, los protagonistas no están casados-, tanto en lo que se refiere a su existencia en común como a los numerosos espacios de individualidad que la singular relación que mantienen deja a cada uno de ellos, incluidas las frecuentes rememoraciones de sus algo convulsos pasados individuales, que nos llevan a sus respectivas infancias y, en ellas, a sus como mínimo “complejas” y hasta turbulentas experiencias familiares. Nada -“apenas” nada, siendo estricto, pues la idea y la sensación de intriga quedan asentadas en el lector a partir de la “confesión” inicial- en la lectura de esta primera “sección” del libro apunta siquiera al hecho de que nos hallemos ante un thriller. En la segunda parte, en cambio, habiendo acontecido ya el asesinato, la obra se acomoda más al esquema de una indagación policial al uso, aunque pese a ello nos ofrece una vuelta de tuerca final auténticamente inesperada y de gran brillantez y que, como es obvio, no desvelaré. 

Todd Gilbert y Jodi Brett son una pareja aparentemente perfecta. Con un alto nivel económico que la novela subraya salpicando aquí y allá referencias de marcas de lujo -el Porsche deportivo, los trajes de Armani, los bolsos de Fendi, los zapatos de Jimmy Choo-, con una casa espléndida, su vida en Chicago, en donde ambos desarrollan su labor profesional, roza lo idílico, o al menos lo convencionalmente tenido por ideal. Sin embargo, las dos décadas de envidiable convivencia cuasi marital esconden, bajo esa capa de apacible armonía y de logros materiales, más de un foco de tensión. 

Todd es un hombre hecho a sí mismo, lo que hoy llamaríamos un emprendedor, con ese término tan manido que yo aborrezco, aunque me vea obligado a usarlo más de lo que quisiera. Es, así, el prototipo del más reconocible espíritu americano, ese que ensalza a quienes partiendo de la nada o de muy poco alcanzan las más altas cimas del éxito, que en ese esquema trivial es sinónimo de dinero. Dedicado a la construcción y la compraventa inmobiliaria, podría afirmarse que a sus cuarenta y seis años tiene todo lo que ha soñado, holgura económica, una mujer atractiva y fiel que, entregada y solícita, le prepara el martini o el bourbon de turno y cocina exquisiteces culinarias para él cuando llega cada día al deslumbrante apartamento tras la jornada laboral… Pero todo ello no parece colmar sus deseos, pues acaba de salir de un episodio de intensa depresión, necesita la frecuentación de prostitutas de lujo y mantiene alguna amante más o menos habitual, de las cuales la última, Natasha, una joven veinteañera hija de su mejor amigo, amenaza con quebrar la consolidada armonía familiar. 

Jodi, que conoce las infidelidades de su marido pero, consciente de la importancia de las apariencias, prefiere no darse por enterada, siendo el silencio, la evitación de incidentes y el no plantear problemas las estrategias más habituales en su comportamiento (así razona, y discúlpeseme la larga cita: Sin embargo, nada de todo eso [los reiterados engaños de Todd] importa. No importa, sencillamente, que una y otra vez él revele el juego, porque él sabe y ella sabe que la engaña, y él sabe que ella lo sabe, pero lo fundamental es que la fachada, la importantísima fachada se mantenga, la ilusión de que todo va bien y no pasa nada. Mientras los hechos no sean declarados abiertamente, mientras él hable con ella con eufemismos y circunloquios, mientras las cosas funcionen sin contratiempos y prevalezca una apariencia de calma, podrán seguir viviendo como siempre, pues todo el mundo sabe que una vida tranquila requiere una serie de acuerdos basados en la aceptación de las personas que te rodean, con sus necesidades individuales y sus idiosincrasias, que no siempre podemos adaptar a nuestros gustos ni constreñir para que encajen con normas sociales conservadoras), es inteligente y refinada. Psicóloga de formación, tiene además un doctorado y varios másteres, aunque sólo se dedica a tiempo parcial a su profesión, más por entretenimiento que por necesidad, lo que le permite obtener un dinero extra con el que pagar sus selectos caprichos personales y sus distinguidas actividades de ocio. 

Asumidas las discutibles premisas que dan forma a su estabilidad, la relación de la pareja y, sobre todo, la existencia de Jodi se verán convulsionadas por su descubrimiento de la presencia de Natasha -que ya no es sólo una mera aventura extraconyugal “asumible”, disculpable- en la vida de Todd, lo que, tras su inicial negativa ciega a aceptar el hecho hará aflorar en ella una serie de sentimientos desconocidos no siempre controlados por su parte. Surgen así el miedo, la mezquindad, los celos, la traición, la venganza, el deseo de asesinato... 

El mayor logro de esta primera sección de la novela y donde el libro brilla a gran altura es, como se ha dicho, el penetrante análisis de las relaciones de pareja y la profunda indagación en las vidas y las personalidades de los dos personajes a través del rastreo en sus conflictivas infancias. La condición de psicoterapeuta de Jodi proporciona la excusa necesaria para que la presencia de autores (Adler, Freud, Jung), teorías y enfoques pertenecientes al dominio de la Psicología afloren de continuo en el libro, siendo una idea-fuerza básica en esa disciplina, la de la importancia de la infancia en la configuración de nuestra personalidad, la que encierra, a mi juicio, una de las claves de la obra: Quienquiera que seas y de dondequiera que vengas, creciste hasta adoptar tu forma actual en tu primera infancia. Dicho de otro modo: tu adaptación a la vida y al mundo que te rodea (tu marco psicogénico) ya existía antes de que fueras lo bastante mayor para salir de tu casa sin supervisión paterna. Tus inclinaciones y preferencias, dónde te atascas y dónde destacas, cómo circunscribes tu felicidad y dónde sientes tu dolor, todo eso te precede en el camino a la edad adulta, porque cuando eras muy pequeño, cuando eras un ser en desarrollo, impresionable e ingenuo, valorabas tus experiencias y las usabas para tomar decisiones relacionadas con el lugar que ocupabas en el mundo, y esas decisiones echaron raíces y se convirtieron en actitudes, hábitos mentales, un estilo de expresión, ese “tú” tuyo con el que has acabado identificándote profunda y firmemente. Y así, un oscuro incidente en la niñez de Jodi, con el protagonismo de sus dos hermanos, y el ambiente de caos, violencia y alcohol generado por su padre en la infancia de Todd, acaban mostrándose determinantes en la conformación de carácter de cada uno de ellos y explicando, en cierto modo, las vacilaciones, la fragilidad, las dudas, los miedos o el desconcierto que les asaltan cuando estalla la perfecta burbuja en la que se desenvolvían sus días. 

Más allá de esta componente psicologista del libro -su excelente núcleo central-, la trama criminal en sí está formulada con ingenio y originalidad, y se desarrolla con eficacia y muy notables dosis de intriga y suspense, haciendo de su lectura una experiencia apasionante. Una vez más, me veo obligado a silenciar los elementos más destacados de esta segunda parte del libro por no privaros del placer de su descubrimiento... 

Espero que este interés del libro pueda ser apreciado también por vosotros si os decidís a adentraros en sus páginas. Con Smells like teen spirit, el ya clásico de Nirvana, extraído de su disco Nervermind, y que aparece significativamente mencionado en la novela, os dejo hasta el próximo septiembre. Os deseo unas muy felices vacaciones agosteñas. 


Hubo un tiempo en que Jodi decía de Todd: “Es mi debilidad. Tengo debilidad por él”. Se lo decía a sí misma y a sus amigas a modo de justificación. Perder los papeles por un hombre no está bien visto hoy en día, y desde luego no es una forma progresista de abordar una relación. Sacrificar tus valores en el altar del amor ya no se sostiene como ideología. La tolerancia, más allá de cierto punto, no se predica mucho; pese a que, cuando dos personas se codean a diario, cuando inhalar la forma de ser del otro se convierte para ambas en una premisa vital, tiene que haber inevitablemente algún tipo de sacrificio. No eres la misma persona cuando sales de una relación que cuando entraste en ella. Pero al principio Jodi no lo entendía así. Cuando le plantaba cara, cuando él le pedía perdón, cuando lloraban los dos, cuando reafirmaban su amor, cuando hacían todo eso una y otra vez, ella no percibía la renuncia que estaba produciéndose en su interior, porque al fin y al cabo él era Todd, y ella lo quería muchísimo. Hasta sus traiciones podían ser valiosas, su forma de seguir siendo consecuente consigo mismo. Todd nunca fue cruel ni desagradable. Nadie habría podido decir que Todd fuera malo. Más bien todo lo contrario. Si enojabas a Todd, él te daba otra oportunidad, y si lo enojabas cien veces, él te daba cien oportunidades. Pero Todd estaba decidido a vivir su vida y, al final, lo único que ella podía hacer era aceptarlo, aun sabiendo que se había convertido en una versión de su madre. Pese a haber hecho distintas elecciones, pese a haber vivido en épocas diferentes, pese a estar advertida por sus estudios de Psicología, que le habían enseñado que en las familias la historia siempre se repite, había acabado precisamente en la situación que se había propuesto evitar.

miércoles, 18 de julio de 2018

JOHN D. MACDONALD. ADIÓS EN AZUL. PESADILLA EN ROSA


Iba a ser una velada tranquila y hogareña. 
El hogar es el Busted Flush, una casa flotante tipo gabarra de dieciséis metros de eslora, amarre F-18, Bahía Mar, Lauderdale. 
En el hogar es donde encuentro intimidad. Corres todas las cortinas opacas, cierras las escotillas y con el susurrante zumbido del aire acondicionado amortiguando todos los ruidos del mundo exterior, consigues olvidarte de que tienes pegados a los de la embarcación vecina. Podrías estar en un cohete viajando más allá de Venus o bajo el casquete polar. 
A bordo dispongo de un espacio que llamo el salón y allí es donde paso la mayor parte del tiempo. 
Estaba tumbado en el ángulo en curva del sofá esquinero, estudiando las cartas náuticas de los cayos, intentando reunir el entusiasmo y la energía suficientes para planificar el traslado del Busted Flush a un nuevo amarre durante algún tiempo. El barco lleva un par de motores diésel Hércules de 58 caballos cada uno, que me permitirían mantener una velocidad media de seis nudos. Nunca se me había pasado por la cabeza trasladarlo. Me gusta Lauderdale. Pero desde hace algún tiempo le doy vueltas a la conveniencia de hacerlo. 
Chookie McCall estaba ensayando una alocada coreografía. Venía porque aquí disponía de intimidad y espacio suficientes. Había apartado los muebles y había colocado estratégicamente un par de espejos del camarote principal y su pequeño pero estruendoso metrónomo. Llevaba unas viejas y descoloridas mallas color teja, zurcidas en un par de sitios con hilo negro. Y el cabello recogido con un pañuelo. 
La chica estaba trabajando duro. Repetía los pasos una y otra vez, retocando algún pequeño detalle en cada nuevo ensayo, y cuando quedaba satisfecha, se acercaba a toda prisa a la mesa y escribía unas notas en las hojas de su sujetapapeles. 
Las bailarinas trabajan tan duro como lo hacían los mineros. Chookie saltaba, resoplaba y contorneaba su espléndido y perfectamente proporcionado cuerpo. Pese al aire acondicionado, el salón se había llenado de ese tenue olor penetrante y dulzón que emiten las chicas cuando sudan mucho. Para mí tenerla allí era una distracción bienvenida. Bajo la luz del salón, la película de sudor resplandecía sobre sus largas y torneadas extremidades. 
—¡Maldita sea! —dijo, mientras repasaba sus anotaciones con el ceño fruncido. 
—¿Qué pasa? 
—Nada que no pueda arreglar. Tengo que visualizar de manera muy clara dónde se va a colocar cada bailarina, o acabarán dándose patadas en la cara unas a otras. A veces me armo un lío. 
Garabateó algunas anotaciones más. Yo seguí consultando la profundidad de la marea baja en las zonas menos profundas al noroeste de los cayos exteriores. Ella continuó trabajando duro otros diez minutos, tomó sus notas y se apoyó contra el borde de la mesa, con la respiración acelerada. 
—Trav, cariño… 
—¿Sí? 
—¿Me tomabas el pelo aquella vez que hablamos sobre… sobre cómo te ganas la vida? 
—¿Qué te conté? 
—Sonaba muy raro, pero supongo que te creí. Me dijiste que si X tenía algo valioso y aparecía Y y se lo quitaba, y no había ni la más remota posibilidad de que X pudiera recuperarlo, entonces aparecías tú y acordabas con X que si lograbas recuperarlo te quedabas con la mitad. Y entonces… vivías de lo que habías ganado hasta que se te empezaban a agotar esos fondos. ¿Es esto lo que realmente haces? 
—Es una simplificación, Chook, pero razonablemente cercana a la realidad. 
—¿No te metes en demasiados líos? 
—A veces sí, a veces no. Normalmente Y no está en situación de armar mucho jaleo. Como soy una especie de último recurso, mi tarifa es del cincuenta por ciento. Para X resulta mucho más interesante que quedarse sin nada. 
—Y siempre con discreción. 
—Chook, no voy por ahí con tarjetas de visita. ¿Qué pondría en ellas? ¿Travis McGee, cobrador? 
—Pero por el amor de Dios, Trav, ¿cuántos trabajos de este tipo puedes encontrar por ahí cuando empiezas a estar tan apurado que necesitas pasta? 
—Tantos que puedo permitirme elegir. Este es un país complicado, cariño. Cuanto más compleja se hace la sociedad, más sistemas semilegales de robo aparecen. A veces algún antiguo cliente le sugiere mi nombre a alguien. Y si coges una pila de periódicos y los lees atentamente, entre líneas puedes localizar a un orondo y sonriente Y y a un pobre X retorciéndose las manos desesperado. Me gusta perseguir a peces gordos. Tengo muchos gastos. Y puedo acabar comiéndome parte de mis ahorros para la jubilación. En lugar de poder retirarme a los sesenta, voy perdiendo fondos por el camino. 
—¿Y si ahora mismo te saliese uno de esos trabajos? 
—Cambiemos de tema, señorita McCall. ¿Por qué no te tomas unos días libres y así sacas de quicio a Frank, reunimos a un grupito, montamos una pequeña fiesta en la barcaza y ponemos rumbo a Marathon? Digamos cuatro caballeros y seis damas. Nada de borrachos, nada de quejicas, nadie ya emparejado, nadie sexualmente ambiguo, nadie demasiado aficionado a las cámaras, nadie que se queme con el sol, nadie que no sepa nadar, nadie que… 
—Por favor, McGee. Estoy hablando en serio. 
—Yo también. 

Hola, buenas tardes. De este modo tan sugerente empieza hoy Todos los libros un libro, el programa de recomendaciones literarias de Radio Universidad de Salamanca. Así comienza nuestro espacio y así se abre también Adiós en azul, la novela de John D. (Dann) MacDonald que inaugura la serie que su autor dedicó a este irresistible personaje que es el magnético detective -por llamarle algo que describa aproximadamente su profesión- Travis McGee cuya voz acabáis de conocer, pues es él el que narra sus peripecias en los libros. 

MacDonald, nacido en 1916 y muerto setenta años después, fue un escritor prolífico, con más de setenta novelas en su haber, muchas del género negro. De éstas, veintiuna forman parte de la serie protagonizada por el inefable McGee, un tipo singular, una especie de investigador privado que se desenvuelve profesionalmente en Florida. La editorial Libros del Asteroide parece dispuesta a recuperar la colección completa, en una estimulante iniciativa que comenzó en 2015 con Adiós en azul, continuó en 2016 con Pesadilla en rosa y que quizá pueda proseguir en unos meses con A purple place for dying, los tres primeros libros escritos y publicados originariamente en Estados Unidos en un mismo año, 1964, en un espectacular y desbordante “lanzamiento” de un personaje que repetiría en nuevas compulsivas entregas, todas con algún color en su título. Los dos primeros libros que hasta ahora han visto la luz en nuestro país se presentan en la traducción de Mauricio Bach, una versión que permite apreciar y disfrutar de la prosa fácil, el ritmo ágil y el tono desprejuiciado de las novelas, aunque en el debe -un debe menor- hay que criticar que se le haya colado (a él y a los correctores de la editorial) un chirriante la onceava planta, que aparece, de modo agresivo y doloroso (exagerando), en Pesadilla en rosa

Las novelas de McGee, al menos las dos que yo he leído, no son novelas policiacas en sentido estricto. La atmósfera oscura de los clásicos del género, las incursiones en los sinuosos territorios de los bajos fondos, el habitual elenco de tipos turbios -hampones, traficantes, proxenetas, delincuentes-, y su correlato, la variopinta fauna de inspectores, policías, investigadores, detectives y periodistas que, por distintos medios, persiguen el crimen, tan representativos de las obras de Chandler y Hammett de los años 30 y 40 del pasado siglo, no afloran en ellas, que se desarrollan en los ambientes más cálidos, más soleados, más alegres y “brillantes” de la Florida tropical y abierta, resplandeciente y colorida, aunque, como es obvio -la capacidad humana para el mal aflora por doquier-, los crímenes, la corrupción y el chantaje, los robos y las estafas, siguen produciéndose. El mundo ha cambiado, no en vano estamos a mediados de los sesenta, y la dura realidad del período de entreguerras, el clima de depresión y crisis de esa etapa por la que se movían Sam Spade o Philip Marlowe, los héroes canónicos del género, han sido sustituidos ya por el optimismo y la fe en el futuro de una sociedad norteamericana que vive en esos días de la década prodigiosa una etapa de expansión, de progreso, de modernidad, de ilusiones colectivas, unos años luminosos en los que Estados Unidos se constituye en la gran potencia universal; los libros de MacDonald reflejan esa sociedad que, aún con el recuerdo cercano de la segunda gran contienda mundial -McGee es un excombatiente-, sufre las tensiones derivadas del crecimiento y el desarrollo: la especulación, la codicia, la violencia, también la aventura de las drogas. En este contexto, los libros protagonizados por nuestro sin par personaje nacen en el marco de la literatura popular de la época -el pulp-, en algunos de cuyos rasgos determinantes coinciden: tanto la inusitada fecundidad del autor y su elevado ritmo de publicación, como lo asequible y fácil de sus narraciones, caracterizadas por lo entretenido, ágil y divertido de las tramas, la intriga y el suspense bien graduados, las inevitables dosis de intensa acción, un más que patente uso de un erotismo algo primario (en la narración de las peripecias de McGee, en cuanto aparece una mujer, es inevitable leer algún turgentes), poco sofisticado y, para los tiempos que corren, light, y, especialmente en el caso que nos ocupa, un protagonista atractivo, con ribetes de héroe, con el que resulta fácil la identificación, aunque sólo sea simbólica, idealizada. En consecuencia, puede deducirse que, a mi juicio -que no coincide esta vez con la mayoría de la crítica, que ve en John MacDonald una figura esencial de la literatura negra-, los libros que esta tarde os recomiendo me parecen, tan sólo, un digno entretenimiento, capaz de arrastrarnos al placentero torbellino de la lectura durante unas horas -lo que no es poco, obviamente-, pero sin otros valores que dejen un poso más duradero en la memoria del lector. 

McGee no es siquiera un detective, sino un vividor. Cómodamente instalado en el Busted Flush, su desvencijado barco de dieciséis metros de eslora amarrado en las aguas de Florida, una antigualla que ganó jugando al póker, disfruta de una existencia tranquila viviendo de las rentas que le proporcionan los casos en los que interviene; unos casos que solo se procura cuando el dinero falta. Entonces, aporta su inteligencia, su convencimiento moral, su saber estar, sus buenos contactos y sus recursos de investigador para recuperar, a cuenta de algún cliente, joyas, bienes o dinero, corriendo con los gastos y quedándose con la mitad de lo obtenido en concepto de honorarios. Estamos ante un tipo íntegro y exageradamente honesto, escéptico y con una visión descreída del mundo. Demasiado errante e inquieto, como lo definen en una ocasión, se lanza a resolver los encargos que le solicitan a bordo de su Miss Agnes, un Rolls Royce de 1936, reconvertido en camioneta, de color azul eléctrico y que recibe su nombre por una profesora que tuvo en cuarto y que usaba la misma tonalidad de azul en su pelo, y se implica en ellos hasta el final, jugándose la vida en numerosas ocasiones (Mi espejo refleja sistemáticamente la campechana imagen de un joven ingeniero que logra construir el puente sobre el río superando enormes dificultades, incluida la flecha envenenada que acaba haciendo diana en su heroico hombro), sin dejar, entretanto, de divertirse, pues en sus aventuras conoce y seduce a numerosas mujeres; aunque como aborrece el compromiso (Yo no estaba hecho para poseer, ni para poner empeño en nada duradero) acaba por volver a su oscilante refugio tras dejar a su subyugante paso a más de una enamorada llorosa, favorablemente dispuesto a encarar una nueva temporada ociosa gracias a los réditos de sus “operaciones”. Esta apariencia frívola del personaje no confunde al lector, pues su conciencia siempre le hace tomar partido, de modo inequívoco y con empeño, en las causas que defiende y así enfrentarse a un “mal” que a su rotundo juicio existe en el mundo, existe porque sí, la pustulosa herencia de la bestia, tan inexplicable como Bergen-Belsen, el campo de concentración nazi. 

Lo mejor de ambas novelas, más allá de unas tramas como he dicho bien urdidas y contadas con el grado de tensión y misterio necesario para hacerlas atractivas, es, a mi juicio y sin ninguna duda, la creación de este personaje inefable al que el autor gusta describir de continuo, tanto en su irreprochable apariencia física (Soy alto y delgado. Parezco un tipo desgarbado y larguirucho de ochenta kilos. Pero quien se tome la molestia de mirar con atención el tamaño de mis muñecas se hará una idea mucho más clara de mi constitución física; Es usted espectacularmente fornido, luce un bronceado tan intenso que casi resulta vulgar y emana una especie de correoso y mortecino encanto adolescente; Portento de ojos grises y gran sonrisa de anuncio) como, sobre todo, en su peculiar, independiente, a menudo desapegada y siempre algo misántropa actitud ante la vida (No funciono demasiado bien cuando me dejo arrastrar por motivaciones emocionales. Recelo de ellas. Igual que recelo de otras muchas cosas, como las tarjetas de crédito, las deducciones de la nómina, los seguros, las rentas para la jubilación, las cuentas corrientes, los cupones de ahorro, los relojes, los periódicos, las hipotecas, los sermones, los tejidos milagrosos, los desodorantes, las listas de cosas pendientes, los créditos, los partidos políticos, las bibliotecas, la televisión, las actrices, las cámaras de comercio para jóvenes empresarios, los desfiles, el progreso y la predestinación). Disculpad la extensión de las citas, pero las creo indispensables para mostraros un retrato fidedigno de la personalidad y el fascinante atractivo de esta formidable, aunque algo estilizada y sin mácula, creación literaria: Ese tipo de ojos claros y cabello encrespado al que le gusta ligar; ese tipo corpulento y bronceado, bohemio, que vive en un barco y da paseos por la playa, se enfrenta como pescador a feroces peces de pequeño tamaño, se carga algunos mitos menores, discute, sonríe y es descreído; ese indiferente desecho de la sociedad biempensante lleno de cicatrices, que espera a que disminuyan sus reservas de dinero y entonces sale a buscar más y se lo coge al que se lo ha robado, se queda la mitad y le devuelve el resto a la víctima. Un tipo de asuntos que, sin embargo, se manejan mejor si no hay implicación afectiva. Y también: Ese holgazán cuyo hogar era un enorme barco destartalado, ese seductor de ojos claros y cabello rizado, ese asesino de pececillos, ese tipo al que le gusta caminar por la playa, beber ginebra, bromear, vivir tranquilo, ser iconoclasta y descreído, llevar la contraria, ser empecinado, de nudillos protuberantes, lleno de cicatrices, que vive al margen de la sociedad establecida

Pero en donde el encanto de Travis McGee resplandece especialmente y se hace arrollador es en la relación con las mujeres. Dice de sí mismo: Soy bastante bueno en camelarlas. Tengo uno de esos rostros que se prestan a ese juego. Un apuesto americano bien bronceado. Ojos resplandecientes y dientes blanquísimos que lanzan destellos desde el centro de una cara ancha, de facciones marcadas y tostada por el sol. Unas apropiadas arrugas de caballero juicioso en la comisura de los párpados, y esa sonrisa tímida y seductora que dibujo cuando es necesario. Sin embargo, de nuevo esta apariencia de ligereza y superficialidad engaña, pues nuestro héroe, en una primera instancia un seductor de manual, es por el contrario un romántico incurable que considera que las relaciones entre un hombre y una mujer no deberían convertirse en un concurso para ver si nos ponemos a la altura de los conejos. Honesto hasta forzar y reprimir su natural atracción por las mujeres si cree que la situación es desequilibrada y puede propiciar el aprovechamiento o la manipulación, hace ostentación de su respeto a las féminas (Resulta que las considero personas. No objetos bonitos. Considero que el hecho de que la gente haga daño a otra gente es el pecado original. Seducir como deporte degrada al hombre. No puedo respetar a una mujer que no se respeta a sí misma. Este el credo de McGee), de su genuino interés por sus personalidades y de su capacidad de escucharlas (Un buen oyente es menos habitual que un amante que sepa estar a la altura), lo cual es compatible con sus innumerables ligues (Un placer sin compromiso. Para gente liberal, a prueba de magulladuras sentimentales, capaz de jugar con la ficción de un romance), siempre planteados con honradez y transparencia, con sinceridad y respeto, aunque no sé si su desinhibido comportamiento sexual y su concepción última de las mujeres, no sería hoy, en estos días de corrección política exacerbada, objeto de crítica y censura. El universo femenino de McGee se reparte entre tres tipos de mujeres: las despampanantes y de buenas intenciones, siempre algo indefensas y necesitadas de protección y aleccionamiento (el discurso del detective está plagado de incisos “morales”, en los que nos espeta -a sus novias y a los lectores- unos a modo de sermones o reprimendas sobre el modo de comportamiento debido en cada situación particular y en la vida en general); las muy atractivas y ligeras de cascos, las conejillas que engatusan a los hombres para conseguir regalitos y acabar, con el paso del tiempo y el avance de la edad, tristes y solas; y el resto, en las que -sin senos turgentes, labios húmedos, curvas sinuosas ni camisas parcialmente desabotonadas (no se olvide que estamos en la calurosa Florida)- no repara con excesivo detenimiento: secretarias, camareras, dependientas o recepcionistas más o menos anodinas. 

En este marco general se inscriben las historias que centran ambos libros. En Adiós en azul, Cathy, una chica que ha sido maltratada y robada por su expareja, se dirige a McGee para recuperar su dinero. En su búsqueda, nuestro protagonista acabará encontrando a otras víctimas destrozadas física y psicológicamente por el siniestro Junior Allen, que así se llama el desalmado agresor, lo cual acrecentará su voluntad y su obligación moral de perseguirlo y capturarlo. La segunda novela transcurre en Nueva York, ciudad que odia McGee, con la fealdad de sus rascacielos impersonales, con la gente corriendo sin sentido por la calle, con sus trabajadores embrutecidos y las reivindicaciones laborales de sus mezquinos sindicatos, la antítesis de su despreocupado dolce far niente de Florida. Un antiguo compañero de armas y amigo del investigador, gravemente enfermo e inmovilizado a consecuencia de las heridas de guerra, le solicita ayuda para averiguar si el marido de su joven hermana, fallecido en un aparentemente azaroso atraco en la calle, ha muerto en realidad por ese motivo o si su desaparición obedece a causas más oscuras. McGee, siempre impecable en su proceder ante cuestiones con “filo” ético, dejará su hábitat natural para desplazarse a la gran urbe y desentrañar el asunto tras diversas arriesgadas peripecias, un desasosegante episodio “lisérgico” muy deudor de la época y, en justa compensación a tanto fatigoso afán, el encuentro, en el curso de sus pesquisas, con media docena de mujeres deslumbrantes, joven hermanita incluida, todas entregadas, de una u otra manera, a los varoniles encantos del apuesto galán, que ni se inmuta por las “víctimas” que va dejando a su paso, pues está persuadido de que las mujeres se recuperan de un desengaño amoroso comprando un visón… 

En fin, entretenidas e interesantes novelas estas dos primeras entregas de la serie escrita por John MacDonald en los años sesenta. Su lectura os hará disfrutar de unas horas ligeras y agradables. 

En uno de los episodios vividos por McGee, éste canta Love is a many splendored thing, la estupenda canción, con música de Sammy Fain y letra Paul Francis Webster, que aparece en la banda sonora de La colina del adiós, dirigida por Henry King en 1955 y protagonizada por William Holden y Jennifer Jones. Aquí os la dejo en la interpretación de Andy Williams.

 

miércoles, 11 de julio de 2018

RICHARD CROMPTON. LA HORA DEL DIOS ROJO

Hola, buenas tardes. Bienvenidos un miércoles más a Todos los libros un libro, el espacio de recomendaciones literarias de Radio Universidad de Salamanca. Esta semana continuamos con nuestra propuesta estival, centrada en libros del género negro, de lectura quizá más propicia para estos días de ligera holganza vacacional. La propuesta de hoy es, sin embargo, algo singular dentro del ámbito policiaco pues se trata de un libro, La hora del Dios Rojo, que se desarrolla en un espacio de escasa tradición literaria detectivesca como es Kenia, más exactamente Nairobi, su capital, y cuyo autor es un británico, Richard Crompton, que conoce bien el mundo que describe, pues vive en el África oriental desde 2005, primero en Tanzania y desde entonces, a partir de 2007, en la propia Nairobi, escenario de esta su muy interesante primera novela. La hora del Dios Rojo ha sido publicada en España en 2015 en una edición a cargo de la Editorial Siruela, que presentó posteriormente otra novela de la misma serie, Las puertas del infierno, que aún no he podido leer. La traducción desde el inglés originario es obra de Dora Sales, en una labor en general solvente pese a un par de errores de bulto”: un chirriante “atronan” en vez “atruenan” y un no por frecuente menos injustificable “iros a la mierda”, en el que el horrísono tiempo verbal nos asalta en lugar del preceptivo -aunque ciertamente inusual- “idos” (recientemente la Academia se ha plegado al uso vulgarizado, admitiendo ambas opciones). 

El libro del que hoy os hablo es, como digo, una novela policíaca cuya trama se desenvuelve dentro de los habituales parámetros del género, más allá de la relativa extrañeza que puede suscitar su ubicación en África. A partir de la aparición del cadáver de una mujer en un parque de Nairobi, el detective Mollel, que con algunas importantes singularidades que luego comentaré se acomoda también a los más reconocibles estereotipos que definen a estos personajes de la ficción detectivesca, se encarga de la investigación del crimen -pues todo, la violencia de la muerte, lo escondido del lugar, la ausencia de pistas, apunta a un asesinato- a partir de la presumible condición de prostituta de la víctima. 

Este Mollel, que protagoniza también Las puertas del infierno y otras nuevas aventuras en novelas ya publicadas en inglés aunque no en nuestra país, en una serie de la que La hora del Dios Rojo constituye la primera entrega, es una creación literaria muy atractiva, un personaje complejo, que además de la sagacidad, la perspicacia, el “olfato”, el instinto, el arrojo o la independencia que se presuponen a quienes se dedican a la investigación criminal -al menos en la ficción-, presenta una personalidad ciertamente especial que lo distingue de otras figuras de la novela negra. Por de pronto, Mollel es un masái, la muy conocida etnia local, tan universalmente identificable -incluso, para quienes no hayan visitado Kenia ni Tanzania, en películas y reportajes- por el colorido de su vestimenta -la shuka-, la belleza de sus individuos, su extraordinaria altura, sus vistosas dilataciones en las orejas, sus ceremonias tribales, en particular sus célebres y sorprendentes saltos, y su generalizada condición de pastores, mezclada ya -en una visión acepto que algo drástica y muy escéptica de quien sí los ha podido ver in situ- con una muy mercantilista propensión a aprovecharse de los beneficios -es dudoso que, en último término, lo sean- del turismo. Cierto es que Mollel es un masái en cierto modo desarraigado (una vez, fuiste masái -le dice una de las protagonistas de la novela-. Pero la forma en que vistes, la forma en que hablas... Ahora eres un hombre de ciudad. Lo has dejado atrás), pero que conserva, pese a llevar casi cuarenta años en Nairobi -había abandonado su poblado de muy niño- numerosos recuerdos de las vivencias de su infancia, de su padre y de su abuelo, de las historias que su madre le contaba, de su actividad infantil como pastor, de los rebaños de ovejas y cabras, acarreando el ganado de las secas llanuras a los pastos exuberantes, de los ritos y las leyendas del pueblo al que íntimamente sigue perteneciendo. 

La vida de Mollel cambia cuando el 7 de agosto de 1998, en el atentado terrorista contra la embajada estadounidense en Nairobi, que provocó más de doscientos muertos y miles de heridos, pierde a su mujer, Chiku. En su desesperado e infructuoso intento por encontrar su cuerpo entre los escombros, acaba -ignorante entonces de que no volverá a verlo hasta su reconocimiento, días más tarde, en el depósito de cadáveres- salvando a un centenar de personas de entre los restos derruidos de la embajada, hecho que lo convierte en un héroe en su país, reconocido y valorado; pero acabará dilapidando los positivos efectos de su efímera fama cuando aprovecha su repentina “visibilidad” para denunciar injusticias y corrupciones en el departamento de policía. Ello le hace ser degradado y perder su puesto, aunque, temerosas las autoridades de que condenar al ostracismo a un héroe popular pudiera ser una decisión repudiada por los ciudadanos, se le mantiene en un destino inane, bien lejos de cualquier parte en que pueda causar problemas. El asesinato de Lucy, la prostituta de cuya muerte se nos da cuenta al comienzo del libro, resulta ser la ocasión para su reaparición -bien que polémica y controvertida- como responsable de un caso relevante. 

Su singular origen étnico no es la única particularidad de nuestro detective. Destaca en él, también, una personalidad torturada, todavía bajo la influencia -casi diez años después del suceso; la acción se desarrolla en diciembre de 2007- del horrible trauma sufrido. Permanentemente medicado, consumiendo opiáceos y antipsicóticos y padeciendo algunos efectos -pérdida de memoria y alucinaciones, entre otros- de una suerte de locura, Mollel parece condenado a una visión oscura de la existencia (He estado rodeado de muerte -le oímos en un momento del libro- desde que era un bebé. Encontré el cuerpo de mi abuelo en lo alto de una montaña cuando estaba arreando a las ovejas. Treinta años después saqué el cuerpo de mi esposa de la embajada americana). Es, además, responsable de un hijo, Adam, un pequeño, fruto de su matrimonio, al que por su trabajo no puede dedicar mucho tiempo, viéndose obligado a “delegar” su educación en Faith, su suegra, con la que no congenia especialmente. 

A los “conflictos” derivados de sus raíces culturales, de los padecimientos de su salud mental y de los problemas de su difícil situación familiar, se unen las complicaciones que su rectitud e integridad le ocasionan en el trato con sus superiores. Mollel es un policía honesto, insobornable, que defiende la justicia (eres el primer compañero que he tenido que de verdad cree en el auténtico trabajo de investigación, le dice un colega) frente a las presiones del poder, y estas valentía y dignidad se mostrarán en el caso en que se ve envuelto, que pronto deja de limitarse a un mero asesinato, más o menos “habitual”, de una prostituta para mostrar infinidad de conexiones con lo más corrompido de la vida política de Kenia, lo que abrirá innumerables ocasiones de enfrentamientos y contrariedades al decente investigador.

Y aquí aparece el segundo de los elementos -el interesante perfil del detective es el primero- especialmente destacados del libro: el hecho de que su lectura nos pone en contacto con algunos aspectos muy significativos de la auténtica realidad de Kenia, la que permanece oculta a la mirada -siempre superficial- del turista ávido de naturaleza y fauna salvaje, aquel que no tiene ojos para nada que no sea el inexcusable -y por otro lado deslumbrante- safari. Y es que el fondo de la acción se imbrica, como digo, en la vida de la efervescente y compleja capital africana. Ambientada la novela entre los días 22 al 29 de diciembre de 2007, las cruciales elecciones de ese día 27 impregnan absolutamente la peripecia narrada. Las acusaciones de fraude electoral por las dos partes contendientes, la flagrante manipulación de los votos por el partido en el poder, las tensiones étnicas que afloraron con la tenue excusa de los problemas políticos, las protestas, los disturbios y la violencia que provocaron entre 800 y 1.500 muertos en los días postelectorales, no sólo constituyen el importante telón de fondo de la pesquisa policiaca sino que terminan por ser uno de los ejes esenciales del libro, junto a otros destacados rasgos de la sociedad keniana que el profundo conocimiento que demuestra Crompton de la vida del país hace surgir con pericia: la mutilación genital femenina, las ya mencionadas luchas tribales, con más de cuarenta grupos étnicos conviviendo no siempre de modo pacífico, las ventas de niños recién nacidos, las adopciones ilegales, las omnipresentes corrupciones políticas y policiales -la justicia es un lujo, el orden una necesidad-, la modernización ultrarrápida de la sociedad, los conflictos inherentes al abandono de las tradiciones, la devastadora presencia del sida, la convulsa historia del país, su muy costosa, en muchos sentidos, independencia del Imperio Británico en los años 50, son “subtemas” que permean -con inteligencia y sutileza, sin “despistar” al lector en el seguimiento de la intriga detectivesca- toda la obra. 

Igualmente, la pertenencia de Mollel a la etnia masái permite al autor recrear algunas de sus principales leyendas y tradiciones: la divertida, aunque trágica, historia de la pequeña honeyguide, el pajarillo que guía a la niña perdida; los relatos de la madre, repletos de leones y búfalos y gusanos y animales varios, rezumando ternura y sabiduría; el cuento de Ntemelua, recreación masái del nacimiento de Cristo en un pesebre, aunque eso sí, mucho más excesiva e hilarante; y, sobre todo, el relato del Dios Rojo, Enkai Nanyokie -clave del título y clave, en definitiva, del “mensaje” de la novela-, el ser caprichoso y vengativo, lleno de celos e ira, que según la mitología masái en ocasiones impone un tiempo de locura que lo invade todo y en el que la violencia resulta ser el único instinto humano. 

Si la presencia de África en el libro no fuera ya sustancial por todos los aspectos que hasta aquí he comentado hay aún una última razón que justifica con creces la lectura de la novela. Se trata de las múltiples muestras de “color local” que acompañan -sin forzar el desenvolvimiento de la historia, con absoluta naturalidad- la pesquisa del policía y sus colegas (especialmente destacado el personaje de Kiunga, que conforma el habitual contrapunto del protagonista principal, una figura casi “obligada” en la novela negra). Algunos ejemplos de este convincente “decorado” keniata son la abundancia de términos de los dialectos locales (sobre todo maa -la lengua masái-, kikuyu y swahili) que se recogen en un glosario final; la descripción de los mercados -llegando al detalle de consignar la presencia en un puestecito de los Al-Qaeda’s Greatest Hits, un DVD musical muy cotizado-; la extraordinariamente precisa “fotografía” de los alrededores de la morgue, con una abigarrada multitud de familiares de los muertos, comerciantes de ataúdes, mendigos, vendedores de amuletos y baratijas; los matices en acentos y tatuajes, escoriaciones y peinados que diferencian cada etnia; los atestados matatus, inenarrables autobuses colectivos; la presencia ominosa de los marabús, con su metro y medio largo de altura, sus picos afilados, caminando entre las gentes, por las calles, en busca de alimento entre los desechos de la urbe; la caótica locura del tráfico en la ciudad, sin más norma para salir indemne de él que las propias pericia e intuición y la concurrencia indispensable de la suerte; las precarias casuchas de tapa de cinc que albergan vetustas pantallas de televisión en las que los niños se embelesan en añosos videojuegos; las terminales de autobuses, un furor de revendedores, puestos de comida, hombres que anuncian destinos a voz en grito, furgonetas atestadas, mercancías imposibles, niños y animales arrastrados por sus “dueños” (cualquier cosa que viaje sobre tu regazo lo hace gratis); la terrible pobreza, la suciedad, la degradación, lo harapiento de Kibera, un distrito marginal cuya existencia y condiciones de vida son una ofensa a la humanidad; la, en hiriente contraposición, escrupulosa pulcritud de los barrios residenciales para wazungu, los blancos, espacios en los que prevalece el sosiego, con mansiones aisladas por bien podados setos, ornamentadas verjas de hierro forjado, relucientes anuncios de colegios privados y clubes de campo; las casuchas precarias, hechas con tablas de madera y tejados confeccionados con planchas de cualquier material y los rascacielos -algo opulentos- del nuevo Nairobi, todo el paisaje urbano de esta ciudad inmensa e inabarcable se recoge en La hora del Dios Rojo, una muy estimable novela de Richard Crompton que publica Siruela. 

Os dejo ya con un cierre de música, obviamente keniana. En este caso se trata de Ayub Ogada, un intérprete que escapa del omnipresente soukous o rumba africana que suena por doquier en todo el país. Conocido en Europa sobre todo tras su presentación en las filas de Real World, el ejemplar sello de Peter Gabriel, su música, más delicada e intimista, como podréis comprobar en Kothbiro, es un excelente contrapunto al libro comentado. 


El sol se está poniendo. Los rascacielos del centro de la ciudad solo se ven en el horizonte como siluetas púrpura oscuro contra el cielo carmesí. El primer plano es un panorama de casas y depósitos de agua, un paisaje de chapas de cinc, cemento y tejados de juncos makuti. Cada centímetro cuadrado parece habitado. Las antenas de televisión brotan como plantas de semillero, las parabólicas como hongos. Los repetidores para los móviles y los minaretes de las mezquitas rompen la monotonía, alzándose como si tratasen de escapar de la humanidad que hay por debajo. Y donde el cielo oscurece, lejos de la ciudad, las obras se elevan iluminadas con halógenos y fósforos, echando humo y supurando polvo: una ciudad de luna blanca, polvorienta, en contraste con el Nairobi bañado por el sol, empapado en sangre, hacia el noroeste. 

El ruido es constante: golpes mecánicos de las obras, el ruido sordo del tráfico en la carretera, música, rezos, gritos, chillidos, risas, vida. Mollel puede oír cientos de voces humanas, pero aparte de la mujer que está a su lado, no ve a ningún ser humano hasta que baja la vista. Y entonces la calle se abre ante él con todo su latido vital. La gente recorre su extensión moviéndose como un reguero de hormigas, cada cual siguiendo su propio camino pero sin dejar de formar parte del flujo de doble sentido. Mollel alcanza a ver a Kiunga apoyado sobre el mostrador de un puesto de nyama choma al otro lado de la calle; está comiendo un muslo de pollo y charlando con la chica que le ha servido. Más lejos en la calle está su coche, los dos chicos de la casucha de vídeo holgazanean como si fuesen los amos y señores, apoyados contra un guardabarros. Familias acicaladas con sus mejores ropas de los domingos, las niñas pequeñas con voluminosos vestidos de satén y los niños con réplicas de trajes; un vendedor de salchichas empuja su brasero; vendedores ambulantes ofrecen fruta y matamoscas y revistas; los revendedores de billetes de matatu pregonan sus ofertas; cabras y pollos pastan con toda tranquilidad en la basura donde quiera que haya un pedazo de suelo libre. 

-¿Sabe? -dice Honey-, esta ciudad ni siquiera existía hace cien años. Entonces era nuestra tierra. N’garan’airobi. El lugar de los manantiales frescos. Toda esta gente, estos kikuyu, luo, meru, embu, kalenjin, luhya, y cualquier otro, están aquí porque el hombre blanco vino un día y dijo: “Esta zona del país es agradable, fresca, fértil. Construiré mi ciudad aquí”. Mira la calle ahí abajo. ¿Cuánta gente calculas que hay? 

-¿Quinientos, seiscientos? -tantea Mollel. 

-Y es una pequeña calle lateral. Hay veinte, treinta calles así en Kitengela, y Kitengela es solo un distrito. Están Mlolongo, Athi, South B, South C, Embakasi, Donholm, Pipeline, Industrial Area. Todos tienen calles como esta, llenas de gente. Y solo estamos hablando de los distritos de esta parte de la ciudad. ¿Qué es eso, una cuarta, una octava parte de la ciudad? 

Mollel se encoge de hombros. La escala del lugar parece incognoscible. Mareante. 

-Están todas las zonas ricas, Karen, Hardy, Lavington, Westlands. Los distritos indios. Luego la zona somalí: Eastleigh. Y ni siquiera he mencionado Mathare, Kibera, Kawangware, Dagoretti; si piensas que esto está abarrotado, aquellas zonas hacen que este sitio parezca el Masai Mara. 

Mollel siente una pequeña opresión en el pecho, una respiración superficial. Es un recuerdo físico de su llegada a esta ciudad: un muchacho que había crecido en un pueblo de dos docenas de habitantes, cuya única experiencia en cuanto a las multitudes había sido un rebaño de cabras o un día de mercado con doscientas o trescientas personas dando vueltas. Nairobi le pareció abrumador, aterrador, excitante, estimulante: lo había odiado y amado, y se había dado cuenta, con alegría y miedo de que esta era la jungla en la que esperaba perderse. 

-Ya no es nuestro lugar -dice.