Vivo entre muchos libros y extraigo una gran parte de mis ganas de vivir del hecho de que aún leeré la mayoría de ellos. (Elias Canetti)

miércoles, 17 de febrero de 2021

RUDYARD KIPLING. EL HOMBRE QUE LLEGÓ A SER REYKIM

Hola, buenas tardes. Bienvenidos a Todos los libros un libro. El espacio de sugerencias de lectura de Radio Universidad de Salamanca sale al aire, una semana más, con nuevas e interesantes recomendaciones de libros. Como sabéis nuestros oyentes habituales, el miércoles pasado iniciábamos una serie, que se prolongará por un total de tres semanas, con el cine como protagonista indirecto de cada emisión, con propuestas de libros, novelas exactamente, que a su indudable valor literario suman lo valioso de sus correspondientes traslaciones cinematográficas. La acostumbrada celebración, en este mes de febrero, de la entrega de los más importantes premios de la industria del cine, retrasada este año, en muchos casos, a causa de la pandemia, justifica esta reiterada dedicación cinéfila del programa, curso tras curso, en este segundo mes del año. 

Si hace siete días nuestro “invitado” fue El paciente inglés, en su dimensión literaria -la novela de Michael Ondaatje- y cinematográfica -la película de Anthony Minghella-, hoy mi “oferta” es cuádruple, con dos libros y sus correspondientes traslaciones a la gran pantalla centrando mis comentarios. Se trata de un conocido cuento y una también muy divulgada novela de Rudyard Kipling, el autor británico nacido en la India en 1865 y muerto en Londres hace ahora ochenta y cinco años, en 1936. El hombre que llegó a ser rey es el nombre del relato en la muy reciente edición de Fórcola, en la que aparece con una nueva traducción de Amelia Pérez de Villar (que, entre otros cambios con respecto a versiones anteriores, introduce uno, muy sustancial, en el título, que abandona el clásico El hombre que pudo reinar, con el que ha sido conocido desde siempre), un prólogo del sabio Eduardo Martínez de Pisón y un epílogo de Ignacio Peyró. La novela, probablemente la mejor del primer Nobel del Reino Unido, es Kim, que llega este 2021 a otro aniversario redondo: ciento veinte años. De las muchas ediciones del libro os traigo la presentada en 2006 por Mondadori, en su colección Grandes Clásicos, con traducción de Verónica Canales. Hoy Mondadori pertenece al grupo Penguin Random House, en donde pueden encontrarse reediciones más actuales del libro. 

De la infinidad de recreaciones de la obra de Kipling en el cine -Gunga Din, Capitanes intrépidos, las muchas de El libro de la selva-, las correspondientes a los dos títulos elegidos para el espacio de hoy son especialmente memorables. Lo es sin duda, mejor incluso -si cabe- que el cuento en el que se basa, El hombre que pudo reinar, dirigida en 1975 por John Huston con la inolvidable presencia de Michel Caine y Sean Connery en sus papeles principales. Antes, en 1950, Victor Saville había dirigido Kim de la India, con Errol Flynn y un jovencísimo Dean Stockwell, perdido en el olvido tras alguna interpretación reseñable en cintas destacadas de los ochenta, como Kim. De ambas os hablaré al término de este comentario, tras la presentación de los respectivos libros. 

Rudyard Kipling nació y vivió los primeros años de su vida -los más felices de su existencia, tal y como él mismo afirmaba- en la India. (Hay una interesante recreación de ciertos aspectos algo insólitos de su biografía en el libro de Javier Marías Vidas escritas, en un capítulo titulado Rudyard Kipling sin bromas). Su padre, oficial del Ejército británico, decidió mandarlo, con solo seis años, en compañía de una hermana, a una institución escolar en Inglaterra para completar su educación. El sentimiento de abandono, la tristeza y el sufrimiento de esos años de formación se reflejarían en su obra. Ante la imposibilidad de continuar sus estudios en la Universidad, viajó de nuevo a la India, con diecisiete años, para trabajar como redactor en un periódico de Lahore y comenzar su carrera de escritor. Con sus primeros relatos (con solo veintidós años publicó El hombre que llegó a ser rey) obtuvo un formidable éxito de público y una fama casi universal, lo que le permitió viajar por medio mundo -Japón, Canadá, Estados Unidos, Brasil, Ceilán, Australia, Nueva Zelanda, Sudáfrica- antes de instalarse, de manera más o menos definitiva, en Inglaterra. Pero es la profunda impregnación en su vida de las fecundas estancias en el vasto país asiático lo que caracteriza su obra literaria más destacada, en la que el entorno, las costumbres, los valores, los personajes, los mitos, la sociedad, las instituciones y los conflictos étnicos, políticos y religiosos de la India Colonial británica, constituyen el marco de referencia de sus historias. 

El hombre que llegó a ser rey refleja de modo paradigmático la experiencia y el conocimiento de Kipling de la realidad de aquellas regiones del Indostán, en un cuento en el que no resulta difícil vislumbrar la figura del propio autor tras el periodista que, en las primeras páginas del libro, recibe la visita, en una noche sabatina de tranquilidad en las rotativas y aburrimiento en la redacción, de los dos extravagantes personajes, los suboficiales británicos Danny Dravot y Peachey Taliaferro Carnehan, a los que había conocido -por separado- meses antes en un confuso episodio en sendos trenes de los muchos que atraviesan el país. Dravot y Carnehan son dos loafers, europeos que pululan por la India sin oficio ni beneficio, buscavidas, truhanes, trotamundos, pícaros, vagabundos, mendigos, rateros, que se presentan ante el narrador con un proyecto descabellado: Hemos recorrido toda la India, casi siempre a pie. Hemos sido caldereros, maquinistas, chapuzantes… de todo. Y hemos decidido que la India no es lo bastante grande para gente como nosotros. Espoleados por el ejemplo de sir James Brooke, un soldado inglés que en 1841 llegaría a ser nombrado rajá de Sarawak, por orden del sultán de Borneo, los estrafalarios amigos deciden convertirse en reyes de Kafiristán, una región inhóspita del noreste de Afganistán, hoy conocida como Nuristán, un lugar casi inaccesible, un amasijo de montañas, picos y glaciares, cuyos bárbaros habitantes estarían dispuestos -al decir de los entusiastas y lunáticos aventureros, curtidos en mil batallas- a aceptar como rey a cualquiera con los suficientes arrestos como para llegar a aquellos territorios, sobrevivir a las múltiples escaramuzas con las muchas tribus de la zona y aprovechar los enfrentamientos entre ellas para levantar un ejército con el que usurpar el trono de algún reyezuelo ignorante. Persuadidos no solo de la legitimidad sino, sobre todo, de la viabilidad de su propósito, firman un contrato el que rubrican su amistad, se comprometen a permanecer juntos y ayudarse ante cualquier dificultad y aceptan no mirar ni a una botella de licor ni a una mujer negra, blanca o mestiza, mientras no alcancen el ansiado reinado. El periodista, al que han acudido en busca de ayuda “logística” -algún mapa, algún libro-, los verá partir hacia su delirante objetivo a la mañana siguiente, disfrazados de sacerdote enloquecido y de criado afanoso, con dos camellos de alforjas cargadas con armas y munición para solventar los más que posibles combates que habrán de arrostrar en su insensata expedición. 

Lo que sucederá en esa aventura lo conoceremos por boca del narrador que, tras una larga elipsis de dos años, escuchará de boca de Carnehan, que vuelve para contarlo, el relato de la trepidante, absurda, disparatada y, en cierto modo, ejemplar, sucesión de proezas y desgracias vividas por los valientes, ilusos, geniales y algo chiflados buscadores de gloria y fortuna. El cuento es una oda a la aventura, con una presencia principal de los temas que, desde siempre, se han asociado a ella: la lealtad, la codicia y el honor, la amistad, la solidaridad fraterna y la camaradería, la alegría, la nobleza, la valentía, la ambición, el pleno disfrute de la vida sin miedo, la dignidad, la derrota, el fracaso, el coraje, la fortaleza, los ideales, el sentido de la justicia, la búsqueda de la gloria, la fatalidad y el destino, el aliento épico. En La infancia recuperada, Fernando Savater evoca -indirectamente- su pasión por estas figuras contradictorias, admirables aunque no siempre moralmente intachables, que pueblan la obra de Kipling: Aunque esta confesión pueda políticamente perjudicarme, debo admitir que siento decidida simpatía por ese tipo de aventurero inglés, dorado hijo del imperialismo, cuyo poético coraje descubrió (o inventó) las maravillas de la India para una Europa fascinada. Es el tipo de soldado o funcionario británico que aparece como protagonista en muchos de los mejores relatos de Kipling: un héroe tan incompatible con el mero respeto a las formas y seres del medio colonial en que se mueve como lo fueron los españoles en América, un héroe cuyo heroísmo consiste en ser lo suficientemente impermeable a lo que le rodea como para no perder jamás su identidad y sus anglovalores, y lo suficientemente sensible a la belleza épica como para fraguar la leyenda del mundo que destruye. 

En el libro se incluyen, además de la maravilla del relato, nuevamente traducido, como ya he señalado, varios otros elementos que aumentan su disfrute. Hay unas breves palabras preliminares del editor, Javier Jiménez, que ensalzan este espíritu de aventura presente ya en la mitología clásica y en las peripecias de sus dioses, y que recogen tanto el cine como la literatura que muchos hemos disfrutado desde niños. Aparecen también una veintena de ilustraciones -carteles de películas, grabados, fotografías, dibujos, mapas- que recrean el universo en el que se desenvuelven nuestros dos “héroes” (más bien antihéroes). Podemos leer, igualmente, el prólogo -Lectura geográfica de la montaña de los infieles- de Eduardo Martínez de Pisón, ya conocido en nuestro espacio, en el que la consabida erudición del emérito catedrático de Geografía corre en paralelo a su entusiasmo viajero y a su entrega apasionada a las historias del género, desde Julio Verne a Tintín, sobre los que ha publicado libros. Y resulta estimable, igualmente, el cierre del pequeño volumen, con el epílogo, La busca y la gloria, de Ignacio Peyró, centrado en el análisis del Imperio británico a partir de su representación en el cuento. 

Todas estas dimensiones del texto de Kipling están presentes en la película El hombre que pudo reinar, a la que nunca podremos cambiarle el nombre con el que nos impresionó hace más de cuarenta y cinco años. Cuatro décadas y media que han hecho mella en ella, sobre todo desde el punto de vista formal. Para la recreación del entorno físico afgano, con las resbaladizas escarpaduras, los valles escabrosos, las peligrosas montañas, las vertiginosas gargantas, las turbulentas cuencas fluviales, se eligieron escenarios reales ubicados en Marruecos y, para las escenas de nieve, las cumbres de… ¡¡Chamonix!!; y algo de esa “artificiosidad” se trasluce en la cinta. Los decorados, los interiores, los patios y las construcciones en los palacios de los jerarcas locales dejan ver, de modo ostensible para un espectador de 2021, la impostura del cartón piedra. Los muchos extras, necesarios para las abundantes escenas multitudinarias, revelan su origen norafricano, especialmente cuando hablan o cantan. Sus vestimentas -en síntesis: pellejos de oveja por doquier- tampoco revelan un exceso de fidelidad a la investigación etnográfica. Del mismo modo, las escenas callejeras, el abigarramiento de los mercados, el bullicio y la turbamulta del paisaje urbano, recuerdan más a los intrincados zocos marroquíes que a las igualmente repletas y coloristas ciudades de la India. Incluso la música de Maurice Jarre resulta en exceso enfática y suena un poco de “baratillo”. Se percibe, en general, un tratamiento formal algo naif, de serie B; una estética como de -exagerando- voluntarioso vídeo casero, al menos con la perspectiva actual, quizá demasiado mal acostumbrada a la exhibición de medios y, en consecuencia, a una casi absoluta perfección en la dirección artística. 

El espíritu de la obra, sin embargo, sigue siendo tan memorable ahora como en las muchas ocasiones en que he visto la película desde su estreno. Los temas principales del relato están en el film, realzados por las espléndidas y muy convincentes interpretaciones de Caine y Connery (también la de Cristopher Plummer, fallecido la semana pasada, como Kipling), convirtiendo la historia de Carnehan y Dravot en el paradigma del “cine de perdedores” que tan buenos exponentes ha dado el largo siglo de vida del celuloide (y, en particular, en la propia obra de John Huston). Hay en la cinta una notoria presencia de algunos aspectos “externos” que, estando presentes -y de manera importante- en la narración original, cobran aquí, quizá, un mayor protagonismo: las referencias a la masonería, la ambigüedad en la representación -crítica y, a la vez, reivindicativa- del fenómeno colonial y de los valores y rituales del Imperio Británico, los vínculos históricos con la figura de Alejando Magno, el tratamiento de la locura megalómana de Dravot, el episodio del matrimonio del sobrevenido rey con una lugareña (que en la película interpreta la esposa de Caine, Shakira Caine, de una exótica belleza). 

Pero es, sobre todo, en la vertiente menos explícita, la que refleja los valores, ya referidos, de la amistad, la camaradería, la persecución de los sueños, la nobleza de los propósitos, las falsas ilusiones, la fortuna y el azar, el desengaño y el fracaso; en definitiva, la vida como aventura irremisiblemente malograda, en donde la película alcanza cimas sublimes. La conversación en que los dos arriesgados soñadores, creyendo la muerte cercana, ateridos de frío en una oscura gruta, incapaces de llegar a Kafiristán a causa de las terribles nevadas, se preguntan si su vida ha tenido sentido y se despiden de ella entre carcajadas, recordando los momentos felices; la secuencia en que, ante el ataque final de las encolerizadas tribus, desarmados y sabiéndose definitivamente derrotados, reavivan su amistad; la secuencia -casi postrera- en el puente de cuerda, con el saludo final entre ambos, cantando The Minstrel Boy (que cerrará esta reseña en un vídeo que contiene un decisivo spoiler), el himno irlandés al que, para la ocasión, Huston cambió la letra por las de otro tema similar, The son of god goes forth to war, de Reginald Heber; las emotivas palabras de un agotado, desvalido, desesperanzado, triste y nostálgico Darnehan a Kipling, cuando clausura el largo flashback en que consiste la película… son escenas, momentos excelsos de la historia del cine. 

Ambientada igualmente en el vasto y colorista país asiático, Kim pasa por ser la obra más importante de Rudyard Kipling. Se trata de una simultáneamente entretenida y compleja, asequible y difícil, mezcla de narración de aventuras, novela picaresca, historia de iniciación, road “movie” literaria y relato de espías, que incorpora elementos de la crónica histórica, del estudio antropológico y hasta del reportaje periodístico, ambientada en la India de “El Gran Juego”, el conflicto entre dos Imperios, el británico y el ruso, por hacerse con el control de las regiones del Asia Central y el Cáucaso a lo largo del siglo XIX. Publicada originariamente en 1901, la novela sigue los pasos de Kimball O’Hara -obviamente, el Kim del título- un muy joven huérfano de un sargento irlandés del ejército indio y una madre inglesa y también blanca. De sus difusos orígenes conserva su partida de nacimiento y un par de raros documentos, con símbolos vinculados a la imaginería masona -como en El hombre que llegó a ser rey-, a los que el chico otorga un valor de amuleto y que guarda en un saquito que siempre lleva colgado al cuello. Su infancia de “niño de la calle”, pobre entre los pobres, se desenvuelve en los bazares de Lahore, en los que sobrevive mendigando, haciendo encargos, llevando recados misteriosos entre amantes, procurándose el sustento de mil maneras, correteando de aquí para allá, en el fondo un niño, jugando entre las callejuelas, trepando por las cañerías, saltando de terraza en terraza, huyendo de las consecuencias de sus pillerías por pasajes oscuros. Su apodo, “Amigo de todo el mundo”, da cuenta de su popularidad en las míseras y abigarradas calles de la ciudad, en las que pasa por ser un lugareño más, casi nadie percibe en él a un blanco. Desarraigado, carente de referencias que le sitúen en una identidad acogedora (¿Qué soy yo? ¿Musulmán, hindú, jaino o budista?, dirá de sí mismo; y también, de un modo aun más explícito: Este es un vasto mundo, y yo soy solo Kim. ¿Quién es Kim? Pensó en su identidad, algo que no había hecho jamás, hasta que la cabeza empezó a darle vueltas. Era un ser insignificante en todo ese torbellino ensordecedor de la India, que se dirigía hacia el sur sin saber qué le deparaba el destino) desconocedor de su lugar en el mundo, se ve obligado a buscarse la vida, a espabilar de modo prematuro, a avivar el ingenio, a endurecerse, a entrar en contacto con los aspectos más sórdidos de la existencia, también con el mal (sabía reconocer lo malo desde que tuvo uso de razón). Muy pronto se encontrará con un viejo lama que busca el río sagrado que según una leyenda tibetana hizo crecer una flecha lanzada por Buda en una conocida ceremonia de iniciación. La búsqueda de ese río será para el monje, y para Kim, que se convertirá en su chela, su discípulo, el motivo último de su existencia, en una de las dimensiones, la iniciática, del libro. En pos de sus aguas salvíficas, que lavan todos los pecados, maestro y aprendiz vagabundean como mendigos aventureros por la India, atravesando la “Gran Vía” (así traduce Verónica Canales The Grand Trunk Road, la gran carretera nacional que une Calcuta y Peshawar -en el actual Pakistán- y que los protagonistas transitan, en distintas idas y vueltas, desde Lahore a Benarés, con diversas desviaciones hacia el Tibet, Cachemira y la cordillera del Karakorum, en las estribaciones del Himalaya). La desenvoltura del muchacho, su inteligencia natural (reflexivo, inteligente y cortés, aunque un tanto pillín, dirá el lama de él), la facilidad de movimientos que le proporciona su constante deambular, su fluido dominio de varias lenguas y un inusitado talento para el disfraz que lo hace pasar desapercibido en distintos ambientes, acaban llevando a Kim, jovencísimo aún, a ser captado por el servicio secreto inglés para colaborar en un plan que pretende desbaratar una conspiración urdida por agentes rusos que alienta la insurrección antibritánica de una de las provincias del norte del estado indio del Punjab. En el curso de ese peregrinaje y tras las múltiples peripecias a las que lo conduce su enigmática y reservada carrera de espía, Kim conocerá a Mahbub Alí, un comerciante afgano de caballos que trabaja para los ingleses, al coronel Creighton, jefe del servicio secreto británico y etnógrafo, a otros espías como Lurgan Sahib y Hurri Babu, y a infinidad de personajes locales con los que trabará relación en su periplo por las muy bulliciosas y pobladas rutas de la península indostánica. En su recorrido, geográfico y vital, íntimo y aventurero, espacial y temporal, Kim crecerá, se hará un hombre y acabará por descubrir su identidad (Yo también soy un buscador […] aunque solo Alá sabe lo que busco) y -en la lectura mística de la obra- acceder a la iluminación. 

En un primer plano, ya se ha dicho, Kim es una novela de aventuras, poblada de lances, de acontecimientos, de episodios, de intrigas, de sorpresas, de mensajes secretos, de documentos escondidos, de incidentes inesperados, de ocultaciones y secretos, de robos, persecuciones y enfrentamientos, de huidas y tiroteos, en un relato en el que brilla el ingenio y la ligereza de espíritu de su autor, que dota a la narración de un carácter vivaz, lleno de atractivo y energía. El entorno en el que se desarrolla la agitada experiencia del chico aparece descrito con sobresaliente verosimilitud como una muy detallada y fidedigna “fotografía” de la India de la época, no en vano Kipling era un profundo conocedor de aquellos lugares. Es en la presentación de este marco -mucho más que un mero telón de fondo- en donde se nos muestran numerosas manifestaciones del intenso colorismo local. La ingente turba de los pasajeros que atestan los trenes y duermen en los andenes, los incontables caminantes en la gran ruta, las familias numerosas, las mujeres no siempre sometidas (¡Los dioses nos ayuden!; qué sería de nosotras, pobres mujeres, si no pudiéramos hablar), los aldeanos con trajes festivos, los vendedores de dulces, los muchos santones, los malabaristas ambulantes, los soldados del Raj, los oficiales del Servicio de Espionaje del Ejército británico, los policías locales, y una turbamulta de ladrones y extorsionadores, presidiarios, brahmanes y chamares, banqueros y rateros, barberos y banianos, peregrinos y alfareros, miembros de todas las castas y clases de hombres (pastunes, sansis, cachemires, akalis, sijs, jainies, santones de toda laya), gentes variopintas hablando en decenas de lenguas y dialectos (urdu, inglés, euroasiático, chino del Tibet, indi y bengalí), el mundo entero que va y viene, constituyen una suerte de tumultuoso río que “inunda” la novela entera y que nos permite conocer la exótica India de hace más de cien años. 

Pero si solo leemos Kim como un relato de aventuras de un muchacho, o como una descripción detalladísima de la vida en la India, no leeremos la novela que Kipling escribió en realidad. Así lo afirma el prestigioso intelectual y reconocido crítico Edward W. Said, fallecido hace ya casi diez años, en el sustancioso, esclarecedor e interesantísimo prólogo que ocupa las cincuenta primeras páginas de la edición de Mondadori y que, como ocurre a menudo con estos muy reveladores preámbulos, yo aconsejo leer -y hasta “estudiar”- tras la lectura del libro. 

En él, Said, que es responsable también del medio millar de notas que aclaran aspectos del texto de difícil comprensión para un lector occidental, se aproxima a la obra desde una perspectiva mucho más rica que la que aflora tras una simple lectura superficial, y resalta en ella elementos de consideración indispensable para una completa intelección de las muchas dimensiones de la novela. Así, la penetrante inteligencia del pensador, su lúcida capacidad de análisis, desvelan el imperialismo subyacente al relato, que es también, obviamente, el del propio Kipling (su autor escribe no solo desde el punto de vista dominante de un blanco en medio de una posesión colonial, sino desde la perspectiva del conjunto del sistema colonial, cuya economía, funcionamiento e historia habían adquirido prácticamente la categoría de un hecho natural); los rasgos principales que explican la compleja situación política de la época y la región, con dos imperios, ambos en el inicio de su declinar, en liza; los cambios sociales y la dinámica de oposición al dominio británico, que acabarían por confluir en la independencia del país en 1947; los tópicos sobre el mundo oriental que impregnan la mirada que el narrador posa sobre la India, como el papel subordinado de los orientales frente a los blancos, su inferioridad “congénita”, la necesidad de que esas razas fueran gobernadas por una civilización superior; los vínculos de Kim con la tradición literaria británica (Thomas Hardy, Henry James, George Eliot, Samuel Butler) y universal (Flaubert, Zola, Proust… y hasta nuestro Quijote), con una breve pero enjundiosa acotación sobre las semejanzas y diferencias entre los personajes de Kim y Jude, el protagonista de Jude el oscuro, de Thomas Hardy, un libro presentado en estas páginas hace años; el optimismo desbordante de Kim, el héroe positivo que viaja disfrazado por toda la India, que cruza cercas y tejados, que se adentra en pueblos y tiendas, con un desparpajo y una seguridad que, a decir del prologuista, son traslación de la suficiencia y hasta la impunidad derivadas de la perspectiva imperialista de Kipling; la relevante consideración que tienen el ámbito espacial y el temporal en los que se desarrolla la novela, reflejo en ambos caso de la visión eurocéntrica, ultrarreaccionaria y cercana al racismo que permea el libro, de nuevo en la interpretación de Said: la lujosa expansión geográfica y espacial de Kim por la Gran Vía india, el mapa de sus movimientos, transmiten la impresión de que el tiempo está de nuestra parte (correspondiendo el posesivo, de modo evidente, al imperio británico), y traslucen la idea de que nada en aquel territorio podía escapar del control del colonizador que “posee” de modo “natural” un espacio que es suyo, que le pertenece por naturaleza o por algún extraño e inmutable designio divino. 

La película de Victor Saville, correcta sin más, resulta sin embargo interesante por la cuidada ambientación, lo cual no resulta de extrañar cuando su director artístico es Cedric Gibbons, uno de los grandes nombres de la historia del cine, miembro fundador de la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas, institución que concede los Oscars, a los cuales fue nominado ni más ni menos que en treinta ocasiones, habiendo obtenido el galardón en once de ellas. El colorista ambiente de la India, las abigarradas escenas en The Grand Trunk Road, las vestimentas (salvo las de Errol Flynn, que parece un galán de opereta), la atmósfera de las callejuelas, trasmiten una sensación de verosimilitud gracias, fundamentalmente, a la labor de Gibbons. Por lo demás, el film tiene, a mi juicio, fallos clamorosos, principalmente la insensata elección de Paul Lukas, un secundario clásico de Hollywood, alejado -a años luz-, por fisionomía y “estilo”, de la pacífica espiritualidad que debía emanar su personaje. A su poca consistencia en pantalla contribuye sin duda la absurda caracterización, con sus ropajes abigarrados y fuera de contexto -no dejéis de observar, si decidís acercaros a la película, su extemporáneo calzado-. 

Por lo demás, la película, que la Metro Goldwin Mayer había querido hacer por primera vez en 1938, con el niño prodigio Freddie Bartholomew como Kim y el guapo Robert Taylor como Mahbub Alí, en un proyecto que truncó el comienzo de la Segunda Guerra Mundial; y que los legendarios estudios volvieron a intentar en 1942, con Mickey Rooney en el papel del niño, y Conrad Veidt (el marido de Ingrid Bergman en Casablanca) como lama, sin que la idea progresara más allá de su planteamiento inicial, esta vez por el miedo a ofender los intereses indios en plena contienda, acabaría por hacerse en 1950, con Dean Stockwell, que entonces tenía catorce años y que borda su interpretación del chico respondón, pillo, descarado, resuelto, atrevido, noble, responsable y sensible que era Kim. La participación de Errol Flynn como Mahbub Alí, amanerado, artificioso, impostado y ceremonioso, no es uno de sus principales papeles. La escena en la que el chico y su mentor “mundano” (el espiritual era, sin duda, el santón), hacen caer una gran roca -de un evidente cartón piedra- sobre sus perseguidores afganos (que huyen de la avalancha ante un muy notorio croma), puede estar sin excesiva dificultad en un catálogo de los más disparatados momentos de la historia del cine. Y otro tanto puede afirmarse de la inenarrable secuencia en el que el lama accede a la iluminación, capaz, por sí sola de provocar las carcajadas del espectador. Pese a ello, la visión de la película -sobre todo si antes se ha leído el libro- puede proporcionar una hora y media larga de entretenimiento. 



El lama no alzaba los ojos del suelo ni un solo momento. No se daba cuenta de que pasaba apresurado el prestamista, montado en su jaca de ancha grupa, para cobrar los intereses vencidos; o la pequeña turbamulta -todavía formada militarmente- de soldados indígenas de permiso, alegres de verse libres de sus calzones y polainas, gritando a voz en cuello y diciendo los requiebros más desvergonzados a las mujeres más respetables con que se cruzaban. Ni siquiera vio al vendedor de agua del Ganges, aunque Kim esperaba que por lo menos compraría una botella de ese precioso líquido; miraba fijamente al suelo, caminando con el mismo paso regular hora tras hora con su alma alejada de aquellos lugares. Pero Kim se encontraba transportado al séptimo cielo. La Gran Carretera, en aquel sitio, está construida sobre un terraplén que la preserva de las crecidas invernales, y el camino resultaba un poco elevado sobre el campo; marchaban, pues, como por una majestuosa galería, viendo ensancharse toda la India a derecha e izquierda. Era hermoso contemplar los carros cargados de grano y algodón, que, arrastrados por varias parejas de bueyes, serpeaban en los caminos vecinales; el chirrido quejumbroso de sus ejes se percibía desde una milla de distancia, e iba acercándose poco a poco, mezclado con gritos, aullidos y blasfemias, hasta que ascendiendo los carros por la inclinada rampa de acceso, se hundían en la avenida central entre mutuos insultos de los carreteros. Era también un hermoso espectáculo ver a los campesinos -pequeñas manchitas de rojo, azul, rosa, blanco y azafrán- regresar a sus aldeas por grupos de en dos y de tres en tres, separándose, dispersándose y haciéndose cada vez más pequeños, a través de la inmensa llanura. Kim devoraba todas estas emociones, aunque no podía expresar con palabras sus sentimientos. Se limitaba a comprar caña de azúcar pelada, y escupía generosamente la médula sobre el suelo. De vez en cuando, el lama tomaba rapé; al fin llegó un momento en que Kim no pudo resistir el silencio. 

- ¡Es una buena tierra..., la tierra del sur! -dijo-. El aire es bueno, el agua es buena, ¿no es cierto? 

- Y todos atados a la Rueda -replicó el lama-. Atados, vida tras vida. A ninguno de éstos les ha sido mostrada la Senda. - Y la agitación lo hizo volver a este mundo. 

- Hemos hecho una buena jornada -dijo Kim-. Seguramente que pronto llegaremos a un parao (lugar de descanso). ¿Nos detendremos allí? Mira, ya se está poniendo el sol. 

- ¿Quién nos alojará esta noche? 

- Es lo mismo. El país está lleno de buena gente. Además -y bajó la voz hasta que no fue más que un susurro-, tenemos dinero. 

La multitud se iba haciendo cada vez más compacta conforme se acercaban al lugar de descanso que marcaba el fin de la jornada. Una hilera de puestos donde se vende tabaco y comistrajos, un montón de leña, una comisaría de policía, un pozo, un abrevadero, un grupo de árboles, y, bajo ellos, un suelo endurecido por las pisadas y manchado con las cenizas blancas de lumbres apagadas. Tales son los principales rasgos que caracterizan a un parao del Gran Tronco, si se añaden los mendigos y los cuervos..., siempre hambrientos. 

A la hora de su llegada, los rayos del sol se filtraban a través de las ramas del mango en anchas franjas de oro; los periquitos y las palomas regresaban a centenares en busca de sus nidos; las parlanchinas siete hermanas 9 de grises espaldas, charlaban sobre las aventuras del día, paseando en grupos de dos y tres arriba y abajo, casi entre los mismos pies de los viajeros; y las sacudidas y agitaciones de las ramas indicaban que los murciélagos se disponían a salir en sus nocturnas cacerías. Rápidamente, la luz pareció replegarse en sí misma y pintó por un momento de intenso rojo escarlata los semblantes, las ruedas de los carros y los cuernos de los bueyes. En seguida se hizo de noche, variando el aspecto del paisaje. Una suavísima niebla a ras de tierra surgió como gasa azulada y sutil que se extendía a través de los campos. Y esta bruma difundía poderosamente el humo de leña, el olor del ganado y el agradable aroma de las tortas de trigo asándose en las cenizas. La patrulla de policía en servicio de tarde se dirigió apresuradamente hacia el puesto, con fuertes toses y reiterando órdenes. La bola de carbón encendido en la cazoleta de un narguile que pertenecía a un carretero situado a la orilla del camino, brilló con bermejo fulgor; los ojos de Kim percibieron los últimos destellos del sol en las pinzas de latón. Traducción de José Luis López Muñoz para Alianza Editorial 

Videoconferencia (de nuevo, con un sonido deplorable y muchas deficiencias técnicas)
Rudyard Kipling. El hombre que llegó a ser rey

miércoles, 10 de febrero de 2021

MICHAEL ONDAATJE. EL PACIENTE INGLÉS 

Hola, buenas tardes. Saludos desde Todos los libros un libro, el programa de propuestas de lectura de Radio Universidad de Salamanca. Respondiendo a una inveterada tradición en nuestro espacio, entre los meses de enero y febrero, en los que se concentran -este año retrasadas, en más de un caso, a causa de la pandemia- las ceremonias de entrega de los principales premios cinematográficos del mundo, los Goya españoles y, sobre todo, los Globos de Oro norteamericanos, los Bafta ingleses, los César franceses y los Oscar hollywoodienses y universales, solemos ofreceros aquí algunas recomendaciones literarias vinculadas de algún modo al cine. Así ocurre con mi sugerencia de hoy, una novela excepcional, que ha sido objeto de traslación a la gran pantalla en una película también extraordinaria, de la cual, por cierto, se cumplen veinticinco años en este 2021. 

La novela, El paciente inglés, del canadiense nacido en Colombo, capital de un Ceilán que hoy es Sri Lanka, Michael Ondaatje, ganó en 1992, año de su publicación, el prestigioso premio Man Booker, que desde 1969 se concede cada año a la mejor novela original escrita en lengua inglesa por un ciudadano de un país perteneciente a la Commonwealth o a la República de Irlanda. Además, el pasado 2018, y ante la entonces inminente celebración de los cincuenta años del galardón, se otorgó el Golden Man Booker Prize, que seleccionó entre las novelas ganadoras de los premios anuales a la más destacada de todas ellas y que fue a parar, también, al libro que esta tarde quiero presentaros con entusiasmo. De Michael Ondaatje ya os había hablado aquí hace unos años, en 2015, a propósito de El viaje de Mina, otra novela espléndida. Hace escasos meses vio la luz, también en Alfaguara, Luz de guerra, su por ahora última y también apasionante novela, que os recomiendo con entusiasmo, una historia de iniciación (El diccionario completo del amor, la guerra, la educación, el crecer y el hacerse mayor), llena de silencios y secretos, ambientada en la Inglaterra de los años posteriores a la Segunda guerra Mundial y narrada con la deslumbrante maestría literaria de su autor. 

Por otro lado, mi proposición es hoy, en cierto modo, triple, pues aparte del libro mencionado, que centrará mi comentario, quiero adelantaros mi consejo de lectura de otra obra muy interesante, que indaga en los hechos reales en que aquella se basa. El oasis perdido, escrito en 2002 por Saul Kelly, profesor de Historia Internacional en el londinense King’s College y que publicó en nuestro país a finales de 2018 Desperta Ferro Ediciones con el subtítulo de Almásy, Zerzura y la guerra del desierto en traducción de Javier Romero Muñoz, es una investigación apasionante, basada en una ingente documentación, sobre el grupo de románticos aventureros (quizá no tanto, su lírico idealismo teñido en algunos casos por los intereses económicos, las inclinaciones ideológicas y la utilidad militar) de diferentes nacionalidades, sobre todo británicos -financiados por la reconocida Royal Geographic Society de Londres-, que en los años treinta del pasado siglo se lanzaron al desierto de Libia, en una aventura arqueológica y geográfica que acabó revistiendo graves connotaciones políticas y bélicas, en busca de ciudades perdidas, yacimientos inexplorados y civilizaciones desaparecidas, sus almas, y también sus pasos, guiados por el magnético influjo de las Historias de Heródoto. El libro es, sin embargo, tan atractivo y tiene tantas líneas de interés que se presta a un comentario más extenso y detallado, por lo que me limito ahora, simplemente, a dar noticia de su existencia, reservándome para más adelante, hasta dentro de tres o cuatro meses, una reseña específica centrada en sus páginas. 

Uno de estos personajes, el conde László Almásy, será el protagonista, bien que “estilizado”, “literaturizado”, conveniente y radicalmente reinventado para la ficción, de la novela de Ondaatje e, interpretado por Ralph Fiennes, el centro de la película, del mismo título que el libro, dirigida en 1996 por Anthony Minghella; una superproducción que, con un reparto magnífico -el mencionado Fiennes, Kristin Scott-Thomas, Juliette Binoche, William Dafoe, Naveen Andrews y Colin Firth en sus papeles principales-, obtendría nueve Oscars esa temporada. De ella os hablaré brevemente al término de mi reseña. 

El paciente inglés -el libro- apareció por primera vez en España en 1995, en la editorial Plaza y Janés. Recientemente, en 2017, Alfaguara lo ha reeditado, manteniendo la traducción originaria de Carlos Manzano y renunciando, sin embargo, por desgracia, a la portada primitiva para poner en su lugar una anodina, poco representativa y reduccionista imagen -aunque imagino que más “productiva” desde el punto de vista comercial- del film. En relación con la traducción quiero apuntar que siendo la misma -aparentemente- que la de la edición de Plaza y Janés, hay sin embargo pequeñas modificaciones poco relevantes, cosméticas podríamos decir, debidas quizá -de nuevo- a criterios empresariales y al margen, probablemente, de la voluntad del traductor. No se han cambiado, no obstante, algunas de las discutibles opciones elegidas por Carlos Manzano para verter al castellano el inglés de Ondaatje. Siendo yo un absoluto profano en las artes de la traducción y aceptando por lo tanto, como es obvio, el mejor criterio sobre el asunto de un experto con una larga y valiosa carrera y un reconocido prestigio en su profesión, no acabo de entender por qué se eligen siempre -de un modo que acaba, casi, por irritar- las alternativas, válidas pero algo anticuadas, de “obscuro” u “obscuridad” para dark o darkness, en vez de las más “convencionales” sin la “b”; por qué aparece “murmurio” en lugar de rumor, susurro o murmullo, para rustle; o por qué se insiste en la reiterada -y de nuevo algo incómoda, precisamente por su omnipresencia- acepción de “carmelita” (como los hábitos frailunos) para dar cuenta en nuestro idioma del color brown. Todo ello contribuye a dotar a la, es cierto, ya muy refinada prosa del autor de un cierto tono preciosista y estetizante, como de distante sofisticación académica, algo atildada, que no sé si está en el texto original. ¿Habrá en el dark inglés la doble opción obscuro/oscuro? De haberla, ¿cuál usa Ondaatje? Y si no la hay, ¿por qué preferir “obscuro”? Son, sin duda, ridículas preguntas de un ignorante en la materia. 

La novela nos presenta, con una estructura compleja aunque muy bien trabada, en una narración poliédrica que se mueve atrás y adelante en el tiempo, que cambia constantemente de escenario, y que superpone voces, relatos objetivos y flujos internos de conciencia, intercalando historias diversas, saltando de una a otra perspectiva, jugando con la elipsis, dejando espacios en blanco o en suspenso que se irán “rellenando” con el avanzar de las páginas, a cuatro personajes “encerrados”, en un par de meses entre la primavera y el verano de 1945, cuando la Segunda Guerra Mundial está llegando a su término, en un antiguo convento de monjas (¿carmelitas?), una espléndida pero desvencijada villa italiana -Villa San Girolamo-, primero baluarte alemán, luego hospital aliado y ahora abandonada y parcialmente destruida, plagada de minas, tras la retirada de las tropas del Reich y el avance del Ejército Britoestadounidense -fuerzas canadienses, británicas y estadounidenses, sobre todo- hacia el norte de la península Itálica. Un enfermo anónimo -el paciente inglés- de imposible identificación pues su deformado rostro -y parte de su cuerpo- está carbonizado tras sufrir gravísimas quemaduras, espera la muerte, al no poder sumarse, por la gravedad de sus lesiones y los dolores atroces que lo asaltan, inmovilizado en su camilla, ni a los convoyes que dejando atrás la Toscana liberada prosiguen su marcha victoriosa, ni a otros pacientes y sanitarios que buscan un lugar seguro en zonas más meridionales. Junto a él, seducida por el enigma que encierra el hermético personaje y progresivamente interesada en cuanto, muy tímidamente, empieza a contar los intensos avatares de lo que fue su vida, se quedará Hana, una enfermera canadiense de apenas veinte años, que lo cuidará con creciente atracción. En el -pese a lo ruinoso de su estado- idílico paraje comparecerá al poco tiempo Caravaggio, un hombre torturado, de pasado difuso, ladrón “por naturaleza” y espía sobrevenido, antiguo amigo de la familia de Hana a la que conoció con solo dieciséis años en Canadá. Semanas más tarde, arribará a la villa Kip, un zapador sij, que llega a la zona rastreando explosivos y desactivando minas, y que instalará su tienda de campaña en los ahora salvajes jardines de la mansión. Los cuatro suman a las heridas, no solo físicas, de la guerra sus propios conflictos internos, la agitación, las turbulencias y la conmoción que perturban sus sueños. El paciente inglés nos mostrará a esos seres golpeados, desvalidos, perturbados, confusos y desconcertados -en mayor o menor medida-, nos permitirá conocer sus oscuros (¿obscuros?) pasados, adentrarnos en sus recuerdos, atisbar sus secretos y asistir emocionados a las relaciones -de amistad, de fraternidad, de amor- que acaban por entablar en ese microcosmos excepcional que se crea en el, por lo demás, casi paradisíaco entorno. 

Villa San Girolamo es un espacio fuera de la realidad, sin electricidad, con gran parte de los muebles destrozados -y los que no lo están convertidos en leña para alimentar el fuego con el que calentar aquel inmenso palacio venido a menos-, con las paredes de muchas de sus habitaciones y aun los muros de la casa derruidos, con los techos agujereados por el impacto de los proyectiles, con la capilla incendiada, con la vasta biblioteca desventrada (¿por qué el Diccionario de la Real Academia no recoge “desventrar”?) por los bombardeos, con los ecos de las explosiones aún cercanas, los libros cuarteados por la humedad y las tormentas nocturnas, con los aposentos convertidos en pajareras, con la presencia constante en las salas magníficas de hojas, excrementos, orina y restos varios de los antiguos ocupantes, con una pila en el huerto anejo por toda fuente de agua. El recinto es un universo ajeno al mundo civilizado, en el que nada hay que perteneciera al mundo exterior. Un ámbito propicio, pues, para que esos cuatro desarraigados (de un modo u otro, y en diferente medida según los casos: El problema de todos nosotros es que estamos donde no debemos. ¿Qué estamos haciendo en África, en Italia?), se entreguen a la remembranza y el olvido, a tirar del hilo de sus propias vidas, a despojarse de la propia piel, a buscar su verdad en los otros, a dar melancólica cuenta de sus sueños insatisfechos, de sus esperanzas frustradas, de su odio y su desesperación, de los perdidos días felices, de sus proyectos truncados, de sus heridas, del impacto de la terrible guerra en sus almas sensibles, del recuerdo del amor exaltado que da sentido a la vida, también del amor que se malogra, del imposible, del que arrasa y desarbola y destruye todo cuanto toca, de los celos y el deseo, de la pasión que ilumina un fugaz instante de la existencia y cuyo tenue y declinante fulgor, apenas un pálido y minúsculo destello, servirá para soportar levemente el dolor, la soledad, el sufrimiento, la desolación y el absurdo de sus días presentes, ya menguantes en el caso del protagonista principal. 

Hana ha perdido a su padre, muerto en la guerra, y está lejos de Clara, su madrastra, con la que tiene una buena relación. Ha perdido también un hijo, muerto antes de nacer (Salí con un hombre que murió [también en la guerra] y el niño murió. La verdad es que el niño no murió precisamente, sino que acabé yo con él). De la chiquilla confiada y llena de ilusión que había sido hasta solo cinco años antes ya no queda apenas nada (aunque en una escena entrañable, que mantiene la película, la vemos jugar a la rayuela, en la tibia oscuridad de la noche, en las inmensas estancias del caserón, apenas iluminadas por las velas). La guerra acabó con la pasión, con la esperanza, ella es ahora una mujer triste, lastimada, vulnerable: Había quedado alterada por los cinco años que habían precedido a aquella noche de su vigésimo primer cumpleaños en el cuadragésimo quinto año del siglo XX. Sin embargo, en San Girolamo construirá un apacible mundo en miniatura: la entrega al enfermo, la búsqueda, entre los restos de la desbaratada biblioteca, de los libros que le leerá para apaciguar su sufriente tortura, el trabajo en el huerto, la preparación de la comida, el deambular por los aposentos, la súbita irrupción de Caravaggio y Kip, mitigarán en parte su dolor y acabarán por curarla. Ella se sentía segura allí, a medias adulta y a medias niña. Después de lo que le había ocurrido durante la guerra, se había trazado sus propias reglas mínimas de conducta. No volvería a acatar órdenes ni cumpliría tareas por el bien general. Iba a ocuparse sólo del paciente quemado. Le leería, lo bañaría y le daría sus dosis de morfina

El paciente inglés parece ser muy probablemente -pero eso solo se desvelará, en un sentido u otro, en el curso de la novela, y yo no quiero destriparla-, bajo el atroz anonimato que le impone su rostro deformado y la ausencia de identificación documental, el conde László Almásy. Por su propio relato, que unas veces aparece como tal, narrando su historia a Hana o a Caravaggio, y otras como una suerte de confusas ensoñaciones que arrebatan su cerebro, sabremos que ha sobrevivido -su cuerpo desgarrado- a un accidente de avión en el desierto libio, de donde fue rescatado, con la cabeza en llamas, por unos beduinos que mitigaron su dolor con ancestrales pócimas, lo mantuvieron con vida con ungüentos y cuidados, y lo trasladaron al oasis de Siwa, en el norte de Egipto. Después aparece en un hospital en Italia, en Pisa, y ahora balbucea sus recuerdos frente a Hana en un duermevela delirante inducido por la morfina que calma sus padecimientos mientras se acerca la inevitable muerte. Unos recuerdos en los que se mezclan las pasadas aventuras, las expediciones del grupo de amigos, alemanes, ingleses, húngaros, italianos, egipcios, que a partir de 1930 buscan apasionadamente, en un territorio en las lindes de Egipto, Libia y Sudán, el mítico oasis de Zerzura (sólo nos interesaban cosas que no podían comprarse ni venderse, carentes de interés para el mundo exterior. Debatíamos sobre latitudes o sobre un acontecimiento sucedido setecientos años atrás), las páginas de Heródoto, los lances de la guerra, el espionaje, la inesperada llegada al campamento en el desierto, en 1936, del aeroplano del joven Geoffrey Clifton, que se suma al proyecto con su bellísima esposa, Katherine, una mujer inteligente, fascinante, el imprevisto e irrefrenable amor, siempre el amor, que refulge entre los jirones de la memoria, las oleadas del dolor y la irreductible soledad. Las páginas que recrean las campañas en el desierto, el ambiente cosmopolita de El Cairo de finales de los años treinta y comienzos de los cuarenta -las fiestas, los clubes nocturnos, los bailes, la música, el tráfago de los diplomáticos, arqueólogos, buscavidas y espías- y la poderosa, irrefrenable, turbulenta historia de amor adúltero, son memorables, de una profunda belleza que conmueve al lector y lo emociona, lo exalta y lo entristece, como solo lo logra la excelente literatura. 

Otro personaje enigmático, con un pasado en sombras, es Caravaggio. De unos cuarenta y cinco años, nacionalidad desconocida, amigo gregario del padre de Hana en el Canadá, desde mucho antes de la guerra, entonces ladrón y siempre mujeriego, feliz y permanentemente enamorado, curioso y reservado, había trabajado para los servicios de inteligencia británicos en El Cairo y en Italia, elaborando mentiras, propalando rumores falsos ente el enemigo, corriendo arriesgadas y secretas aventuras, inventando agentes dobles, hasta que fue capturado por la Gestapo. Cuando lo conocemos, con terribles secuelas físicas del paso por los calabozos nazis, en donde en un cruel interrogatorio se le amputarán los pulgares, yace ahora en su oscuridad, sumido, como el paciente inglés, en las tinieblas de la morfina, vagando por el caserón, cuidando de Hana e intentando confirmar sus sospechas sobre el anónimo enfermo. 

Y por último está Kip, el zapador sij, que se juega la vida de continuo desactivando bombas. Es un hombre muy joven, tranquilo, introvertido y despreocupado de sí mismo, aparentemente conforme con el mundo, concentrado, responsable y comprometido, sumido en sus rituales aunque racional -en sus venas la espiritualidad de la India-, y que, pese a las aflicciones de la guerra -algunos de sus amigos, de sus compañeros, de sus subordinados, volarán por los aires al detonar una mina o un explosivo trampa-, será siempre fuente de sosiego y de luz, sobre todo para Hana, que encontrará en él algo de paz, un ámbito de quietud y placidez en el horror circundante. 

Ondaatje va variando el foco de atención de la narración de uno a otro de los cuatro personajes principales, y mientras fluyen sus historias y se van enlazando, en una arriesgada y deslumbrante sucesión de flashbacks sobre las vidas de cada uno de ellos, aparecen los grandes temas del libro: los pavorosos efectos de la guerra, la muerte, la fraternidad, el amor, la pasión, su verdad y su belleza, también su crueldad y su violencia, el deseo, la amistad, la fuerza y el impulso vitales, las ambiciones, la lealtad y la traición, los sueños, la nostalgia de la felicidad vivida, el peso del pasado y el sostén de los recuerdos, el perdón y las posibilidades de redención, el desarraigo y la búsqueda de identidad, (international bastards, “nómadas del espíritu”, llama en la novela a sus “criaturas”), el absurdo de las patrias, las naciones y las fronteras, la reivindicación de lo híbrido frente a lo supuestamente incontaminado y puro (siendo el propio Ondaatje, nacido en Sri Lanka, educado en Gran Bretaña, viviendo en Canadá, una buena muestra de ello), la atracción del desierto y el ansia romántica de aventura, el colonialismo y las reacciones frente a la opresión que supone (que conocemos a través del pasado de Kip), el espionaje, el rechazo al poder financiero y militar que gobierna el mundo. 

Pero lo que hace ciertamente memorable el libro es su valor literario, lo singular de su estilo, la experimentación, los cambios en la voz del narrador (¿Quién hablaba, entonces?), el lenguaje, el valor de las palabras (Las palabras son, como le dijo un amigo, delicadas, mucho más delicadas que violines), la poesía, la estructura intrincada, la multiplicación de historias subyugantes que brotan desde el núcleo central de la Villa, las oportunas digresiones, los relatos dentro de la novela, el bien afinado cruce de las cuatro vidas, el progresivo desvelamiento de los secretos ocultos, las ya reseñadas -y abismales- vueltas atrás en el tiempo, la sutileza de la escritura, la elegancia, la rica prosa, muy lírica, el ritmo moroso, la envolvente y cautivadora lentitud del relato, la atmósfera densa, de una seductora intensidad. También la infinidad de alusiones literarias, empezando por el ya mencionado Heródoto, uno de cuyos textos, que os dejo en el conmovedor fragmento final, protagoniza el instante clave en que germina la historia de amor, y siguiendo por los distintos títulos que escoge Hana -sin aparentemente ningún criterio premeditado- para leerle al paciente inglés, el Kim de Kipling, El último mohicano, de Fenimore Cooper, Ana Karenina de Tolstói, La cartuja de Parma, de Stendhal, Los Anales de Tácito. También las menciones al arte, con múltiples referencias, muy bien imbricadas en la trama, al humanista Poliziano, a los frescos de Arezzo, a Simonetta Vespucci, a obras de Piero de la Francesca, Botticelli, Leonardo y otros artistas del Renacimiento. En fin, como se puede apreciar estamos ante una maravilla abierta a múltiples y muy fecundas sugestiones de lectura. 

Como lo es también, maravillosa y admirable, la película de Minghella. Con sus ya reseñados nueve Oscars, entre ellos los de Mejor película, Mejor director, Mejor actriz de reparto (para Juliette Binoche), Mejor montaje (excepcional y de una dificultad extrema, en una cinta hecha de constantes flashbacks), más todos los premios “artísticos” relevantes -fotografía, sonido, dirección artística, vestuario, banda sonora-, el film, formalmente irreprochable, de una elegancia, una delicadeza y una pulcritud estética exquisitas, rodado en unos parajes de una belleza deslumbrante, gira, principalmente, en torno a la historia de amor -intensa, arrebatada, convulsa, impetuosa, ardiente, dolorosa, trágica- entre Almásy y la atractiva y seductora Katherine, y aunque los “dramas” de los demás personajes se apuntan y se entreveran con eficacia en la trama principal no alcanzan el grado de desarrollo que se despliega en la novela. Además, por citar otra diferencia sustancial entre ambos medios, el mosaico poliédrico que es el libro, de imposible traslación a la pantalla, se “simplifica” aquí -pese al constante recurso a la mirada retrospectiva- en una narración algo más convencional. En cualquier caso, una obra maestra indiscutible que, como el libro, exige más de una “visita”. 

Entre la mucha música que “suena” en la novela y en la película -tanta como para que, desde el lunes próximo y durante un mes entero, le dedique cuatro programas de mi otro espacio en Radio Universidad de Salamanca, Buscando leones en las nubes- os dejo ahora con How Long Has This Been Going On?, un clásico de 1927, compuesto por los hermanos Gershwin y que ahora os ofrezco, ante la imposibilidad de localizar la versión exacta que se menciona en el libro, de la que solo tenemos un dato (Hana y él se deslizaban hacia la tristeza del saxo. Tenía razón Caravaggio. Un fraseo tan lento, tan prolongado, que Hana tenía la sensación de que el músico no deseaba salir del diminuto vestíbulo de la introducción y entrar en la melodía, quería permanecer y permanecer allí, donde aún no había empezado la historia, como enamorado de una criada en el prólogo), en la interpretación, magistral, pero posterior a la fecha en la que aparece en el texto, de Ben Webster. 


Regresamos una semana después. Habíamos hecho muchos descubrimientos y habíamos atado muchos cabos. Estábamos de buen humor e hicimos una pequeña celebración en el campamento. Clifton siempre estaba dispuesto para celebrar a los demás. Era contagioso. 

Ella se acercó con un vaso de agua. «Enhorabuena, ya he sabido por Geoffrey...» «¡Sí!» «Tenga, beba esto.» Extendí la mano y ella me dejó la taza en la palma. El agua estaba muy fría en comparación con la que habíamos estado bebiendo de nuestras cantimploras. «Geoffrey ha preparado una fiesta en su honor. Está escribiendo una canción y quiere que yo lea un poema, pero a mí me gustaría hacer otra cosa.» «Mire, tenga el libro y échele un vistazo.» Lo saqué de la mochila y se lo entregué. 

Después de la comida y el té de hierbas, Clifton sacó una botella de coñac que había mantenido oculta hasta aquel momento. Había que beber toda la botella aquella noche durante el relato de Madox y la interpretación de la chistosa canción de Clifton. Después ella se puso a leer un pasaje de las Historias: el de Candaulo y su reina. Yo siempre me salto esa historia. Está al principio del libro y tiene poco que ver con los lugares y la época que me interesan, pero es, desde luego, una historia famosa. También era el tema del que ella había decidido hablar. 

Aquel Candaulo se había enamorado apasionadamente de su esposa, por lo que la consideraba más bella, con mucha diferencia, que ninguna otra mujer. Solía describir a Giges, hijo de Daskilo (pues de todos sus lanceros era el que más apreciaba), la belleza de su esposa y la elogiaba sobremanera. 

«¿Oyes, Geoffrey?» 

«Sí, cariño.» 

Dijo a Giges: «Giges, me parece que no me crees, cuando te hablo de la belleza de mi esposa, ya que los oídos de los hombres son menos aptos para creer que sus ojos. Así, pues, idea algún medio para verla desnuda.» 

Se pueden hacer varias observaciones, sabiendo que con el tiempo yo llegaría a ser su amante, de igual modo que Giges sería el amante de la reina y el asesino de Candaulo. Con frecuencia abría yo el libro de Heródoto para aclarar una duda geográfica, pero, al hacer eso mismo, Katharine había abierto una ventana por la que asomarse a su vida. Leía con voz cautelosa. Tenía los ojos clavados en la página, como si, mientras hablaba, estuviera hundiéndose en arenas movedizas. 

«Creo que es, en verdad, la más hermosa de todas las mujeres y te ruego que no me pidas que haga algo ilícito.» Pero el Rey le contestó así: «Ten valor, Giges, y no temas que yo diga estas palabras para ponerte aprueba ni que mi esposa pueda causarte daño alguno, pues idearé de antemano un medio para que no se dé cuenta de que has estado viéndola.» 

Ésta es la historia de cómo me enamoré de una mujer que me leyó determinada historia de Heródoto. Oí las palabras que ella pronunciaba al otro lado del fuego y en ningún momento levanté la vista, ni siquiera cuando importunaba a su marido. Tal vez estuviera leyéndola sólo para él. Tal vez no hubiese un motivo oculto en la selección de aquel pasaje, salvo para ellos. Era simplemente una historia que le había chocado por la similitud con su situación, pero de repente se le reveló una senda en la vida real, aun cuando no lo hubiera concebido —estoy seguro— como un primer paso al azar. 

«Te llevaré a la alcoba en que dormimos, detrás de la puerta abierta, y, después de que entre yo, llegará también mi esposa. Junto a la entrada de la alcoba, hay una silla, sobre la cual deja sus vestiduras, a medida que se las va quitando, una tras otra; de modo que podrás contemplarla con toda tranquilidad.» 

Pero la Reina vio a Giges, cuando abandonaba la alcoba. Entonces entendió lo que había hecho su marido y, pese a sentirse avergonzada, no puso el grito en el cielo... mantuvo la calma. 

Es una historia extraña. ¿No te parece, Caravaggio? La vanidad de un hombre que lo mueve a desear ser envidiado o a ser creído, porque no le parece que le crean. En modo alguno era un retrato de Clifton, pero éste pasó a ser parte de esta historia. El acto del marido resulta muy escandaloso, humano. Nos sentimos movidos a creerlo. 

El día siguiente, la esposa llamó a Giges y lo colocó ante una disyuntiva. 

«Tienes dos opciones y te voy a dejar elegir la que prefieras: o bien matas a Candaulo y tomas posesión de mí y del reino de Lidia o bien recibirás muerte inmediata aquí mismo para que en el futuro no puedas ver, obedeciendo a Candaulo ciegamente, lo que no debes. Ha de morir o quien concebía ese plan o tú, que me has visto desnuda.» 

Conque el rey es asesinado. Comienza una nueva era. Hay poemas sobre Giges escritos en trímetros yámbicos. Fue el primero de los bárbaros que consagró ofrendas en Delfos. Reinó en Lidia durante veintiocho años, pero aún lo recordamos como un simple eslabón en una historia de amor inhabitual. 

Cesó de leer y levantó la vista, fuera de las arenas movedizas. Estaba evolucionando. Conque el poder cambió de manos. Entretanto, con la ayuda de una anécdota, yo me enamoré. 

Así son las palabras, Caravaggio. Tienen poder.

 Videoconferencia (lamentable sonido)
Michael Ondaatje. El paciente inglés

miércoles, 3 de febrero de 2021

MISCELÁNEA ENERO 2021. VARIOS

Hola, buenas tardes. Bienvenidos una semana más a Todos los libros un libro, el espacio de recomendaciones de lectura de Radio Universidad de Salamanca. Hoy cerramos esta atípica serie, que ha venido emitiéndose desde comienzos de año, en la que he abandonado el formato monográfico convencional de nuestro programa, en el que cada edición se centra, normalmente, en un solo libro. Como sabéis nuestros oyentes habituales, en las dos últimas semanas, tres contando con la actual, mis propuestas han sido plurales, presentando cada miércoles una muestra variada de libros, todos interesantes por uno u otro motivo, que he leído a lo largo del ya afortunadamente extinto 2020 y que no han tenido cabida en las emisiones convencionales de Todos los libros un libro. En las entregas precedentes de este ciclo os ofrecí una selección de novelas, el 13 de enero, de clásicos, títulos “mayores” de la literatura, el pasado 20, y de libros de poesía, hace solo una semana. Le toca el turno ahora a un repertorio variopinto de libros, pertenecientes, como veréis, a géneros muy diversos, con los que pretendo abrir el programa a nuevas expectativas -no consabidas, no previsibles- que puedan interesar a nuestra también heterogénea, pese a su reducido número, audiencia. 

En 2012, la editorial Siruela presentó, con un extraordinario éxito de ventas -a estas alturas el libro supera con creces las veinte ediciones, en los diferentes formatos en que se ha publicado-, Biografía del silencio, un libro excelente de un escritor magnífico, Pablo D’Ors. Hace ahora cinco años, a finales de 2015, os ofrecí aquí mi reseña de ese y otros títulos, igualmente atractivos, de D’Ors. Poco tiempo después, en enero de 2016, aparecían en mi otro espacio en Radio Universidad de Salamanca tres programas dedicados al libro, en el que se presentaban cerca de cuarenta fragmentos escogidos de entre sus páginas y arropados por otros tantos temas musicales, todos instrumentales y todos muy recogidos e intimistas, acordes con el “silencioso” motivo principal del muy estimulante ensayo que nace como un intento de describir la experiencia de la meditación, en la que D’Ors se inició años atrás y en la que persiste desde entonces. En cuarenta y nueve muy breves capítulos, el libro nos introduce en los pormenores de ese hábito, pero, más allá de la “técnica”, nos habla -con el sustrato de su propia vivencia- de las muchas e interesantes repercusiones físicas y de índole práctica, pero sobre todo religiosas, filosóficas, espirituales, morales y hasta místicas de la meditación. Os remito a los respectivos blogs de ambos espacios para completar la información sobre la obra.

Hoy quiero, sin embargo, traer de nuevo al programa esa apasionante Biografía del silencio, con ocasión, cierto que algo demorada, de su relativamente reciente reaparición, en noviembre de 2019, en el sello Galaxia Gutemberg. Con el subtítulo de Breve ensayo sobre meditación, el libro se presenta en una edición bellísima, en gran formato, con pastas duras, papel satinado e ilustrada con unas curiosas y a mi juicio algo anodinas acuarelas de un Miquel Barceló que, casi siempre, me interesa como creador. Sea en su versión original, muy acogedora y que cabe en un bolsillo, como un breviario (lo que en cierto modo es), sea en esta más reciente, magnífica, os recomiendo vivamente la lectura de este ensayo luminoso, positivo, entusiasta, optimista, repleto de gozosas afirmaciones de la vida que postula, en estos nuestros acelerados y superficiales tiempos, la búsqueda del despojamiento y la quietud, en un inteligente alegato contra la abundancia de experiencias que sólo pueden aturdirnos, contra el ofuscante espejismo de los sueños, contra el desmedido afán por poseer, contra la irrefrenable pulsión de los deseos que nos encarcelan, contra esa interminable búsqueda de lo que “nos gusta” que acaba por imponer su dictatorial exigencia a nuestras vidas, contra el exceso paralizante de las “cábalas mentales”, contra nuestro mundo demasiado lleno de palabras, demasiado intelectualizante, contra nuestra cobarde huida del dolor, contra lo caprichoso, lo ilusorio y lo ficticio de nuestro siempre desmesurado ego, contra la compulsiva necesidad de vivencias, de emociones, de experiencias y sobresaltos supuestamente intensos, contra las fantasías, las elucubraciones y los problemas, meras distracciones repletas de miedos, enfados y nervios que nos alejan de lo auténtico y primordial, contra la seriedad enfática y pretenciosa, contra la demasía de pensamientos y sentimientos, de imágenes, conceptos e ideas que nos ocultan la verdad más genuina, contra las quimeras que con frecuencia nos hacen vivir en la impostura, contra la felicidad y los enamoramientos, a menudo engañosos, contra el deseo, las aspiraciones y los proyectos, todos ellos “infectados” de irrealidad, ajenos, falsos, contra el pavor a la muerte, contra la posesión y el apego, tal y como escribía hace un lustro -perdonad la autocita- en este mismo blog. 

Yo conocí a Inés Martín Rodrigo, que cuenta con una sucinta obra a sus espaldas, en la que destaca la novela Azules son las horas, a través del suplemento cultural del diario ABC, que yo leo puntualmente cada sábado desde hace ya muchos años. Coordinadora de la sección de libros del periódico, en su faceta periodística, que se corresponde con su formación, son notables sus entrevistas a escritores, en las que destaca por su conocimiento, su talento, su inteligencia y su capacidad para diseccionar la obra de sus interlocutores, a la que se acerca con agudeza e inusual capacidad de penetración. En junio de este pasado 2020, Martín Rodrigo publicó en la editorial Debate una selección de esos encuentros con dos criterios unificadores: el primero, explícito, es la condición de mujer de todas las entrevistadas; el segundo, no expreso pero sí notorio, es el enfoque feminista que guía la obra, una reivindicación de la voz femenina en la literatura y, por extensión, en la vida social en su conjunto. El libro se presenta bajo el título de Una habitación compartida, una inequívoca referencia a Una habitación propia de Virginia Woolf, un texto seminal (¿se me admitirá la connotación masculina del adjetivo?) que desde 1929 ha sido la inspiración de tantas escritoras -de tantas mujeres- en la procura de un espacio literario autónomo y libre. Los muy estimulantes diálogos, que se agrupan bajo la rúbrica Conversaciones con grandes escritoras, cuentan con un entregado prólogo de un cada vez más autorreferencial Enrique Vila-Matas, muy alejado, a mi juicio, de sus mejores logros como escritor. 

Son una treintena las autoras “repertoriadas”, todas muy interesantes, ordenadas según un criterio cronológico que va de la más joven, Carmen Maria Machado, nacida en 1986, a la más mayor, Ida Vitale, de 1923. Entre ambas un amplio elenco de la literatura femenina actual: Zadie Smith, Siri Hustvedt, Vivian Gornick, Margaret Atwood, Gloria Steinem, Nicole Krauss, Cynthia Ozick, Elena Poniatowska, Samantha Schweblin, Svetlana Alexiévich, Julia Navarro, Rosa Montero, Edna O’Brien, Maryse Condé, Anne Tyler, Lydia Davis, algunas de las cuales ha aparecido -o lo harán en los próximos meses- en nuestro espacio. 

Más allá de sus reflexiones sobre el hecho literario, la condición femenina, las trayectorias personales y las vicisitudes de sus carreras profesionales, el libro es interesante -lo ha sido para mí- porque permite descubrir y acercarse a la obra de algunas escritoras que, en el actual maremágnum editorial, poblado de miles de títulos cada año, podrían haber pasado relativamente desapercibidas. Es el caso, singularmente, de Renata Adler, cuya novela Oscuridad total, una obra maestra absoluta, cuya lectura yo había omitido en su momento y ahora, inducido por su conversación con Inés Martín Rodrigo, he leído con alborozo. 

Mi tercera propuesta de esta tarde es un librito -por su tamaño, en octavo; y su extensión, algo más de cien recortadas páginas- que apareció hace un par de años en el sello 5W y que permite al lector adentrarse con provecho en el a menudo conflictivo, con frecuencia desconocido y siempre fascinante universo del continente africano. La barcelonesa 5W es una revista de periodismo narrativo y fotografía lanzada en 2015 por un grupo de periodistas independientes. Con especial interés en temas de contenido social y cultural (Conflictos, Cultura Derechos humanos, Género, Migraciones, Movimientos sociales, Planeta, Poder y Salud) no circunscritos a nuestro entorno más inmediato, pues su red de colaboradores lanza sus “tentáculos” por África, América, Asia, Europa y Oriente Medio, para contar lo que pasa en todo el mundo, las intenciones de sus responsables son evidentes a partir, ya, de las cinco W a las que alude la denominación bajo la que se presentan, que se refieren a Who, what, when, where, why (Quién, qué, cuándo, dónde, por qué), en una explícita declaración de principios: Las 5W son la base del reporterismo: preguntas que no admiten un sí o un no, sino una explicación

Aparte de la publicación periódica -una revista-libro cada año-, el singular proyecto periodístico catalán es responsable también de una interesante colección, Voces 5W, con cinco títulos publicados hasta la fecha, que recogen sendos diálogos entre personajes de diferentes generaciones que intercambian sus opiniones sobre distintos temas muy relevantes en este convulso siglo XXI, aunque -ya se ha dicho- algo alejados del primer plano mediático. La tercera entrega de esta serie, que vio la luz en 2018 con el título de África adentro, ofrece una apasionante y exhaustiva conversación entre Xavier Aldekoa y Alfonso Armada, dos muy buenos conocedores de África. 

Armada, el más veterano de ambos, nacido en Vigo en 1958, es periodista -pero no solo, también ha publicado poesía y teatro- y cuenta con una amplia carrera en los medios, entre ellos El País y el ABC, en los que fue, respectivamente, corresponsal en África y en Nueva York. Su trayectoria como escritor incluye, sobre todo, un buen número de libros de “viajes”, de los cuales son sus Cuadernos africanos, que vieron la luz en 1999, los que han gozado de una mayor repercusión. Xavier Aldekoa, que, pese a su larga experiencia viajera y periodística, no llega a los cuarenta años, es, además de colaborador habitual de La Vanguardia, autor de algunos libros imprescindibles sobre el continente negro, como Océano África, Hijos del Nilo o Indestructibles. En 2010, cuando se cumplieron los cincuenta años de la independencia de un gran número de países africanos, dediqué dos programas al gozoso aniversario, con textos, precisamente, de Aldekoa, en Buscando leones en las nubes, mi otro espacio de Radio Universidad ya mencionado. Y así ocurrirá también con las cuatro emisiones que aparecerán en los próximos meses, centradas en este África adentro que ahora presento. 

Con sucintas, algo conceptuales y anecdóticas ilustraciones de Cintia Fosch, el libro recorre el pasado, el presente y el futuro de África, con reflexiones sobre el olvido al que “Occidente” condena a esa vasta región del mundo; sobre los estereotipos que limitan nuestra comprensión de su realidad; sobre los movimientos sociales emergentes; sobre el impacto de las nuevas tecnologías; sobre las consecuencias del cambio climático y la consiguiente desertificación acelerada de gran parte de su territorio; sobre las potencias emergentes en la zona; sobre las migraciones, internas y externas; sobre el papel de las organizaciones humanitarias; sobre el feminismo y la novedosa aparición de un liderazgo femenino; sobre su belleza y sus contradicciones; sobre las grandes crisis del continente, con mención expresa al genocidio de Ruanda y a las guerras en la República Democrática del Congo, motivo especial de interés y preocupación para el vigués y el catalán, respectivamente; sobre el modo en el que el periodismo cuenta la realidad africana, con el recuerdo inevitable de Ryszard Kapuściński, entre otros temas muy sugerentes para quienes estén interesados en conocer esas muy atrayentes sociedades. 

En las Navidades de 2019 la editorial Salamandra presentó un libro entrañable, muy adecuado para el regalo, bajo una rúbrica muy significativa, como se verá, 100 años, y con un subtítulo también sugestivo, Lo que la vida te enseña. Escrito por una periodista alemana de, que yo sepa, nula trayectoria literaria, Heike Faller, e ilustrado con primorosas estampas del italiano Valerio Vidali, el libro, que se ofrece en traducción del alemán de Susana Andrés, es una delicia, una maravilla delicada y sensible que, pese a carecer de pretensiones literarias, proporciona al lector una experiencia muy grata y emotiva, reveladora y luminosa. 

En un centenar largo de capítulos (uno por cada año de vida hasta los cien, más algunos adicionales intercalados entremedias), Faller y Vidali repasan los grandes hitos -grandes en su significado profundo, íntimo, más allá de su, en el fondo irrelevante, trascendencia “objetiva”- de cualquier existencia humana, resolviendo en un par de frases, que brotan como esclarecedores aforismos, como revelaciones deslumbrantes, como fogonazos extraordinariamente evocadores, las vivencias comunes a todos los seres humanos que se concretan en algunos momentos sustanciales de nuestro breve, intenso, doloroso, emocionante, hermoso, sorprendente, milagroso y estimulante avanzar por la vida. Sonríes por primera vez en tu vida, y los demás te devuelven la sonrisa. Así empieza, con esa “instantánea” del recién nacido, el recorrido, entre poético y filosófico, sencillo y a la vez profundo, que nos proponen los autores por el itinerario “biográfico” de cada uno de nosotros, un camino repleto de experiencias en el que se suceden los descubrimientos, los motivos para la admiración, el aprendizaje, los enamoramientos, decepciones, cambios, logros, propósitos, confidencias, enseñanzas, placeres, sueños, sufrimientos, ilusiones, pérdidas, ocasiones para las pequeñas (y alguna grande) felicidades, afectos, costumbres, hallazgos, recuerdos, sorpresas, renuncias, complicaciones, arrepentimientos… Con su planteamiento en apariencia simple, de una inocente candidez, 100 años provoca en el lector, que avanza por las páginas del libro con la sonrisa en la boca, embargado de nostalgia y una dulce melancolía, una cascada de emociones y un cúmulo de reflexiones sobre el crecimiento y el paso del tiempo, la soledad, la identidad, el amor, la aceptación, la pareja, la paternidad, la familia, el asombro, la amistad, la vejez, la muerte. 

La idea de escribir este libro surgió al observar a mi sobrina recién nacida arropadita en su cuna y mirando al mundo que la rodeaba, confiesa la autora en las palabras finales del libro, en las que explica el origen, la intención y el proceso de creación de su obra. Y añade, dirigiéndose a la pequeña: Qué viaje tan peculiar te espera. Y eso es 100 años, un mágico viaje, lleno de curiosidad, encanto y sensibilidad, por el desbordante proceso de aprendizaje en que consiste nuestro vivir. Para nutrirse de “material” para su libro se entrevistó con infinidad de personas, de edades distintas, de toda clase y condición, desde un antiguo director general de un grupo de empresas de la República Democrática Alemana, con el que habló, en el jardín de su casa, sobre la necesidad de arriesgarse en la vida, hasta la madre de familia de inmigrantes sirios, con seis hijos, con la que conversa en el suelo de cemento de un sótano de Estambul que han convertido en su vivienda, y en el que sobreviven a la triste pérdida de dos sobrinos; desde un joven estudiante nigeriano en Lagos, voluntarioso y motivado en sus estudios, hasta una profesora en la Alta Baviera que había encontrado a su media naranja a los sesenta y cuatro años; desde una pintora berlinesa, muy afectada por la demencia senil de su marido, hasta una escritora de Londres de noventa y cuatro años, que recuerda su infancia con escéptica nostalgia, o una pareja de ancianos, también nonagenarios, que convierten la elaboración y el envasado artesanal de la mermelada de mora un motivo para “filosofar”, de un modo muy bello y sereno, sobre el sentido de la vida. A todos ellos les formuló la misma pregunta: ¿Qué te ha enseñado la vida?, y con sus respuestas, que en ocasiones trasladó íntegramente al texto, y con sus propias ideas y las del ilustrador (a veces el dibujo que le enviaba Vidali era el desencadenante de los pensamientos de Heike), construyó este cautivador y emocionante libro. 

Con mi quinta propuesta de hoy cambio radicalmente de tercio para adentrarme en un universo, el cinematográfico, que a partir de la semana próxima va a protagonizar las emisiones de Todos los libros un libro durante todo el mes de febrero, en esta época del año en que, normalmente se celebran las ceremonias de entrega de los más prestigiosos premios del mundo del cine (este año, la destructiva pandemia ha trastocado también estos rituales consolidados desde hace décadas, y tanto los Oscar como lo Bafta se han pospuesto hasta abril). Quiero hablaros de un espléndido libro, una completísima enciclopedia sobre el tema, que en una edición de Paul Duncan y Jürgen Müller, presentó en 2017, con el título Cine Negro, la editorial Taschen. Con traducción del inglés de Mariona Gratacòs i Grau, la voluminosa obra -más de seiscientas páginas profusa y brillantemente ilustradas- repasa la historia entera del cine policiaco en una oferta desbordante de consulta indispensable para cualquier amante del género. Un libro, por lo demás, capaz por si solo de sembrar en el lector la pasión por las películas policiacas, induciendo en él la urgente necesidad -y no exagero- de hacerse con los DVDs de los filmes y lanzarse a la aventura de verlos, uno tras otro, disfrutándolos en una visión enriquecida por los valiosos análisis del texto. 

La sola enumeración de los títulos de los distintos capítulos ya resulta muy atrayente. Tras una introducción que se presenta bajo la rúbrica ¿Qué es el cine negro?, nos encontramos con secciones llamadas El crimen perfecto, La pesadilla fatalista, La carga del pasado, Las películas sobe grandes golpes, El docu-noir, Amor a la fuga, Violencia masculina, La mujer en el cine negro, El detective privado, Oscuridad y corrupción; y con una coda “final” (que ocupa más de cuatrocientas páginas del volumen) que incluye los cincuenta mejores filmes del cine negro según los autores. Cada apartado cuenta con un breve comentario que sitúa el tema respectivo y, sobre todo, con una desbordante profusión de imágenes, fotogramas, fotos fijas, carteles originales, todos ellos de una extraordinaria calidad, conformando una obra magnífica, predominantemente visual. La misma estructura -análisis sucinto, imágenes clave, pósteres, líneas de diálogo, información sobre actores, directores y guionistas- se sigue en la presentación de cada una de las películas seleccionadas, entre las que están, obviamente, todas las grandes del género, clásicos indiscutibles de la historia del cine en general: Rebeca, El último refugio, El halcón maltés, La sombra de una duda, Obsesión, La dama desconocida, Perdición, Luz que agoniza, Laura, La mujer del cuadro, Historia de un detective, Concierto macabro, Alma en suplicio, El desvío, Que el cielo la juzgue, Gilda, El cartero siempre llama dos veces, El sueño eterno, Forajidos, El callejón de las almas perdidas, Retorno al pasado, La brigada suicida, La dama de Shanghai, Yo creo en ti, Los amantes de la noche, La fuerza del destino, El tercer hombre, Al rojo vivo, El demonio de las armas , Noche en la ciudad, En un lugar solitario, La jungla de asfalto, El crepúsculo de los dioses, Manos peligrosas, La ventana indiscreta, Las diabólicas, Agente especial, Rififi, El beso mortal, La noche del cazador, Atraco perfecto, Chantaje en Broadway, Sed de mal, Vértigo (De entre los muertos), El cebo, Asesinato por contrato, Apuestas contra el mañana, El fotógrafo del pánico, Psicosis y Tirad sobre el pianista

La lista de directores es también inmejorable y aparece encabezada por Alfred Hitchcock, director de hasta cinco títulos de entre los elegidos, seguido por, con dos menciones cada uno, John Huston, Orson Welles, Billy Wilder, Raoul Walsh, Robert Siodmak, Nicholas Ray y Jules Dassin, y, a continuación, por una larga serie que incluye a Luchino Visconti, George Cukor, Otto Preminger, Fritz Lang, Edward Dmytryk, John Brahm, Michael Curtiz, Edgar G. Ulmer, John M. Stahl, Charles Vidor, Tay Garnett, Howard Hawks, Edmund Goulding, Jacques Tourneur, Anthony Mann, Henry Hathaway, Abraham Polonsky, Carol Reed, Joseph H. Lewis, Samuel Fuller, H.G. Clouzot, Joseph H. Lewis, Robert Aldrich, Charles Laughton, Stanley Kubrick, Alexander Mackendrick, “nuestro” Ladislao Vajda, Irving Lerner, Robert Wise, Michael Powell y François Truffaut, grandes nombres todos, en su mayoría con sus películas más representativas estrenadas entre 1940 y 1960, la época dorada del género. 

Los textos corresponden a autores diferentes, citados en el colofón de la obra, bajo la supervisión de Alain Silver, productor, crítico e historiador de cine, con una veintena de libros relacionados con el séptimo arte, y de James Ursini, doctorado en cine y profesor de la materia en universidades americanas, además de colaborador y coeditor de hasta once libros de cine con Alain Silver. Los editores de Cine negro, Paul Duncan y Jürgen Müller, son también, respectivamente, historiador de cine e historiador y crítico de arte, y ambos cuentan con una larga trayectoria de publicaciones para Taschen. 

Mi última referencia de esta semana es un librito delicioso, un clásico menor, pero que hubiera podido aparecer sin desdoro en la anterior emisión del programa. Se trata de Los diarios de Adán y Eva, una obra breve, aunque preciosa, de un Mark Twain más conocido por sus grandes novelas, Huckleberry Finn o Tom Sawyer, que de chicos tanto placer nos proporcionaron a muchos. El libro ha conocido en nuestro país infinidad de ediciones, lo cual no es raro dado que cuenta con más de cien años a sus espaldas, pero la versión que ahora os presento es una relativamente reciente, publicada por la editorial Impedimenta por primera vez en mayo de 2015 y en una segunda reedición a finales de 2019. La obra se ofrece con una nueva traducción a cargo de Gabriela Bustelo Tortella, que cuenta con una amplia y reconocida experiencia profesional, y complementada con magníficas estampas de Sara Morante, artista multipremiada y con una trayectoria consolidada en la ilustración de obras literarias; unos dibujos que, por sí solos, merecen la compra del libro. 


Traduje parte de estos diarios hace años, y un amigo mío imprimió unos cuantos ejemplares, incompletos, que nunca llegaron a ponerse a la venta. Desde entonces, he conseguido descifrar algo más de los jeroglíficos de Adán, y me da la sensación de que ahora, finalmente, se ha convertido en una figura pública de relevancia suficiente para justificar la publicación de este libro. Así, con esta nota introductoria en la que aflora ya la ironía del autor, que impregnará el libro entero, se abre Los diarios de Adán y Eva. Con el conocido recurso del manuscrito encontrado, forzado hasta el límite al ser nuestros “padres primigenios” los supuestos autores de los fragmentos dados a conocer por Mark Twain, en apenas setenta páginas, de las que casi la mitad corresponden a las ilustraciones, nos adentramos en una muestra de breves textos que recogen las ingenuas reflexiones de unos seres que contemplan el mundo que les rodea con una mirada inocente, a caballo de la perplejidad y el entusiasmo, de la admiración y el desconcierto. 

Las notas con las que ese hombre y esa mujer primordiales reflejan los modestos y a la vez sorprendentes avatares de una existencia en la que cada objeto, cada animal, cada planta, cada fenómeno, cada situación, cada nueva experiencia vivida, constituyen un milagro maravilloso y como mágico, se presentan con una prosa sencilla y sin pretensiones, muy simple y, sin embargo, llena de dulzura y sensibilidad, de humildad e inteligencia. Adán, en la parte de los diarios en la que él es el narrador, vive relativamente tranquilo en lo que él mismo ha denominado “El jardín del Edén” hasta la llegada de Eva. La súbita irrupción de ese extraño ser lo desazona: Esta nueva criatura de pelo largo es un verdadero estorbo. Siempre anda merodeando a mi alrededor y me sigue a todas partes. No me gusta nada, porque no estoy acostumbrado a la compañía. Ojalá se fuera a pasar el rato con los otros animales… A partir de ese descubrimiento inaugural, su mundo cambia, ya no hay un yo que mira el mundo, independiente y solitario: Hoy está nublado y el viento sopla del Este. Me da la sensación de que tendremos lluvia… ¡Un momento! ¿Quiénes tendremos lluvia? ¿Nosotros? ¿De dónde habré sacado esa palabra? ¡Ah, sí! La usa la criatura nueva. Twain reescribe su historia con sarcasmo y mordacidad, con emoción y ternura, en un relato que no resistiría el análisis de la corrección política actual (esperemos que a nadie le dé por “cancelarlo). 

Adán se agobia, ve invadido su espacio, desbordado por la actividad de Eva, que lo sigue a todas partes, hablando sin parar -yo adoro hablar-, empieza a poner nombres a los animales y a los lugares (“parque de las cataratas del Niágara”, impondrá, como nueva denominación del “paraíso”), establece reglas -no pisar el césped-. En su relato lo vemos refunfuñar, quiere cambiar de aires, se sube a los árboles para huir de la enojosa presencia de su compañera, acaba por odiar los domingos -Ya pasó, por suerte, es su única anotación en esos días de la semana- desde que ella los ha convertido en jornada de descanso obligatorio, no entiende las absurdas preocupaciones de la mujer por cambiar el estado natural de las cosas. Además, en su afán por experimentar el mundo que la rodea, Eva caerá en la trampa de la serpiente -hilarante el episodio del engaño, el reptil aludiendo a la castaña como fruto prohibido y, en consecuencia, la mujer comiendo la apetitosa manzana- y traerá la muerte a aquel idílico universo (Eva había probado el fruto de ese árbol y la muerte había llegado al mundo). 

Eva, en las páginas que ella misma “escribe”, muestra su distinta visión de los hechos. Frente al pragmatismo de Adán, a su fría practicidad, se preocupa de la belleza, se mira arrobada en el espejo de las aguas, llora y se conmueve, es sensible, contempla extasiada la luna, las estrellas, juega con los animales, admira las plantas, ama las flores, vive en una exaltación permanente: La esencia y el núcleo de mi carácter lo constituye el amor por la belleza, la pasión por la belleza, anotará. 

Y aparece Caín, y más tarde Abel, ella los cuida tierna y maternal, Adán se extraña de su insólita presencia, se asusta, teme por el peligro que puedan representar -¿serán peces, canguros, osos?-. Y pasan los días, los meses, los años, Adán acaba por acostumbrarse a Eva, la echa en falta, la necesita. Y Eva lo extraña, lo echa en falta, lo necesita. Y poco a poco va apareciendo, escondido, sin apenas formularse, el amor, con su misterio, la turbación, la necesidad, el ansia de compañía y el consuelo frente a la soledad, el cariño y la alegría, la nostalgia de la ausencia, el deseo. Vivir sin él no sería vida, escribirá ella, cuarenta años después. Y Adán, en la tumba de ella: Dondequiera que ella estuviera, allí se hallaba el Paraíso

Una obrita inolvidable, deliciosa, un gozo de lectura, una belleza que no deberíais perderos. Os dejo ahora con un emotivo fragmento del diario de Eva, en el que habla, en términos conmovedores, de su sentimiento hacia Adán. Después, y conectando con el libro de Aldekoa y Armada, un tema de una cantante maliense que me entusiasma, Fatoumata Diawara. Kanou es su título. 


Al volver la vista atrás, el jardín me parece un lugar de ensueño. su belleza era para mí insuperable, arrebatadora, y duele saber que jamás volveré a posar mis ojos sobre él. 

He perdido el jardín, pero me siento afortunada de haberlo encontrado a él. Me quiere en la medida en que sabe querer, y yo le quiero a él con toda la fuerza de un carácter apasionado, propio de mi juventud y de mi feminidad, creo yo. Pero si me pregunto por qué le amo, me encuentro con que no sé dar razones, y lo cierto es que me importa bien poco conocerlas. En mi opinión, esta clase de amor no es producto de la razón y de las estadísticas, como lo es el amor por los reptiles y los animales. Y así ha de ser. Adoro a ciertos pájaros por su bello canto, pero a Adán no lo adoro por su manera de cantar, ni mucho menos. Cuanto más canta, menos me acostumbro a oírle. Sin embargo, le pido que cante, porque quiero llegar a apreciar todo lo que a él le interesa. Estoy segura de que eso mismo sucederá con su modo de cantar, porque al principio me resultaba insoportable, pero ahora, al menos, lo aguanto. Su canto agría la leche, pero no importa, me acostumbraré a la leche agria. 

No le amo por su inteligencia, no, se trata de algo bien distinto. A él no se le puede hacer responsable de su cerebro, ni para bien ni para mal, pues no fue cosa suya. Todo él es obra de Dios, y con eso basta. A mi parecer, su existencia obedece a un propósito sabio que se definirá con el tiempo, aunque no creo que se manifieste de golpe. Además, no hay prisa alguna. Por ahora, él está bien como está. 

No le amo porque sus costumbres sean nobles y consideradas. No, porque en cuestión de modales falla bastante, pero está bien como está, y, además, va mejorando con el tiempo. 

No le amo por su destreza manual, no, se trata de algo bien distinto. Creo que la tiene, y no entiendo por qué me la oculta. Me produce un enorme pesar. Por lo demás, ahora se muestra franco y sincero conmigo. Tengo la convicción de que este talento suyo es lo único que me oculta. Me duele que se guarde un secreto, y hay noches en que la idea me quita el sueño, pero estoy resuelta a dejarlo pasar. No será esto lo que enturbie siquiera mi felicidad, que, por lo demás, es completa. 

No le amo porque sea instruido, no, se trata de algo bien distinto. Él ha estudiado por su cuenta y sabe infinidad de cosas, pero ninguna de ellas es correcta. 

No le profeso amor por su caballerosidad, no, se trata de algo bien distinto. Me delató, pero no le culpo. Es una característica típica de los hombres, según creo, y no fue precisamente él quien creó al género masculino. Es evidente que yo no le hubiera delatado, antes me habría dejado matar; pero esta es una característica típica de las mujeres y no puedo presumir de ella, porque tampoco yo creé al género femenino. 

Entonces, ¿por qué le amo? Pues sencillamente porque es masculino, creo. En el fondo es una buena persona, y por eso le quiero, pero, aunque no lo fuese, también sería capaz de quererle. Incluso aunque me pegara o me insultara, seguiría queriéndole. Lo sé. Sospecho que todo gira en torno al sexo, a decir verdad. 

Es fuerte y guapo, y por eso le quiero. Le admiro y estoy orgullosa de él, pero podría amarle aunque no tuviera ninguna de esas cualidades. Si fuese feo, también le amaría. Si fuese un desastre absoluto, le amaría, y trabajaría para él y le atendería con devoción, y rezaría por él y velaría junto a su lecho hasta que muriese. 

Sí. Creo que le amo simplemente porque es mío y porque es masculino. No parece existir otra razón. Por tanto, viene a ser lo que dije al principio: esta clase de amor no es producto de la razón ni de las estadísticas. Simplemente sucede -sin que nadie sepa cómo- y no tiene explicación posible. Ni la necesita. Esto es mi opinión. Pero tan solo soy una jovenzuela, la primera que se dedica a estudiar esta materia, y podría ser que, debido a mi ignorancia e inexperiencia, no haya acertado en mis conclusiones.
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Miscelánea enero 2021. Varios