Vivo entre muchos libros y extraigo una gran parte de mis ganas de vivir del hecho de que aún leeré la mayoría de ellos. (Elias Canetti)

miércoles, 9 de junio de 2021

SAUL KELLY. EL OASIS PERDIDO 

Hola, buenas tardes. Todos los libros un libro, el veterano espacio de recomendaciones de lectura de Radio Universidad de Salamanca, inaugura hoy, en este último mes del curso 2020-2021, una breve serie de cuatro emisiones dedicadas al viaje. Como es habitual en nuestro programa, cuando se acerca el verano, con su promesa de días interminables y jornadas ociosas, solemos incluir entre nuestras propuestas algunos libros que, casi literalmente, nos transporten a otros lugares o que, al menos, alienten ese afán viajero que atraviesa en estas fechas a muchos de nosotros. Y así, ahora, durante las cuatro semanas que nos quedan antes de cerrar la temporada, voy a ofreceros otras tantas sugerencias que tienen como centro textos que refieren viajes singulares, ciertamente especiales, insólitos incluso la mayor parte de ellos, y todos, sin excepción, muy sugestivos e interesantes. 

La opción que he elegido para mi comentario de esta tarde ya la había apuntado hace unos meses cuando os hablé aquí de El paciente inglés, la gran novela de Michael Ondaatje, y de su correlato cinematográfico, la película, de igual título y también espléndida, de Anthony Minghella. El personaje principal de ambas obras, el conde húngaro László Almásy, que en su doble aparición “artística” aparecía revestido de una personalidad en gran parte inventada, construida para la ficción, convenientemente “estilizada” para encajar tanto en el propósito literario del escritor como en el planteamiento fílmico del director, existió realmente y sus verdaderas peripecias en el norte de África estaban en el germen de la creación del autor canadiense, primero, y de su reformulación, después, por el realizador británico. A partir de esa referencia, pues, hoy os hablaré de un formidable libro que indaga en los hechos reales en que se basaron, ciertamente con mucha libertad artística, novela y película. 

El oasis perdido, escrito en 2002 por Saul Kelly, profesor de Historia Internacional en el londinense King’s College y que publicó en nuestro país en diciembre de 2018 Desperta Ferro Ediciones con el subtítulo de Almásy, Zerzura y la guerra del desierto en traducción de Javier Romero Muñoz, es una investigación apasionante, basada en una ingente documentación, sobre el grupo de románticos exploradores (quizá no tanto, su lírico idealismo teñido en algunos casos por los intereses económicos, las inclinaciones ideológicas y la utilidad militar), amigos entre sí, de diferentes nacionalidades, aunque sobre todo británicos pero también alemanes, neozelandeses, italianos o egipcios, que en los años treinta del pasado siglo, financiados por la reconocida Royal Geographic Society de Londres, se lanzaron al desierto de Libia, en una aventura arqueológica y geográfica que acabó revistiendo graves connotaciones políticas y bélicas, buscando la localización del mítico oasis de Zerzura y rastreando también ciudades perdidas, yacimientos inexplorados y civilizaciones desaparecidas; sus almas, y también sus pasos, guiados por el magnético influjo de las Historias de Heródoto. 

El libro, de una exhaustividad y una abundancia de fuentes apabullantes, se presenta con algunos complementos muy atractivos: el interesante prefacio de su autor a la edición original, firmado en Cambridge en 2001; un sucinto pero necesario elenco de los protagonistas principales, que aparecen en una sección preliminar encabezada por la obvia rúbrica de Dramatis personae; un par de mapas, minuciosos y detallados, indispensables para moverse con soltura -y con placer- en la multitud de escenarios de la obra, en su mayor parte ubicados en las vastas zonas desiertas situadas entre Egipto, Libia, Sudán y el Chad, un laberinto de oasis, pozos, desfiladeros, dunas, lechos secos de ancestrales ríos, esporádicas colinas, interminables mares de arena, pistas polvorientas, grandes construcciones geológicas, rastros difusos de visitantes pretéritos y grutas de imposible acceso; y una oportuna cronología que recoge, ordenados en el tiempo entre los años 1930 y 1952, los principales acontecimientos que se narran en el ensayo. El volumen cuenta además con diversos enjundiosos apéndices: un listado de los abundantes acrónimos que afloran de continuo en sus trescientas cincuenta páginas; un elemental glosario de palabras árabes; una bibliografía con más de doscientos títulos, entre libros, revistas, documentos de archivos, correspondencia, entrevistas o películas; y un exuberante índice analítico, con cerca de mil entradas, que por sí solo da idea del rigor, propio de un muy solvente historiador de reconocida “extracción” académica, que guía en todo momento la redacción de la obra. Aparecen también, salteadas entre las páginas del libro, setenta y una fotografías registradas por los propios participantes en las distintas operaciones referidas, que ayudan aún más al lector -por si la potencia del relato no fuera por sí misma suficiente- a trasladarse a los convulsos años y los exóticos “decorados” en los que tienen lugar los apasionantes episodios de los que el libro da cuenta (Por cierto, la impresionante majestuosidad de la región queda reflejada de manera admirable en la película de Minghella, pese a que, paradójicamente, está rodada en Túnez.) Como curiosidad, el volumen reproduce también un menú de una cena del Club Zerzura (que integra a los apasionados exploradores y al que luego aludiré), celebrada el 25 de junio de 1935, que junto a la lista de los platos incorpora las firmas de los asistentes. 

Comenta Kelly en su prólogo que la “atracción de Zerzura” no ha estado solo en el origen de El paciente inglés, que, como se ha dicho, hace revivir, en un ámbito de ficción y con una consciente y no escondida voluntad de creación literaria, a alguno de los personajes, singularmente Almásy, de la historia “real”, sino que son muchas las manifestaciones artísticas y, en general, culturales -sobre todo novelas y películas, pero también biografías, ensayos y libros de historia- que desde la Segunda Guerra Mundial se han dejado llevar por el irresistible magnetismo que despiertan los inhóspitos paisajes del desierto libio; por la audacia y la intrepidez, por el añejo y hoy desusado “espíritu deportivo” de los arrojados hombres que lo surcaron; también por las traiciones, el doble juego y la ambigüedad moral de algunos de ellos; y, claro está, por el siempre hechizante reclamo que encierran las historias bélicas, mucho más las que, como las que se vivieron en el norte de África en los días de la segunda contienda mundial, están naturalmente revestidas de un componente de leyenda. Pero, por más informativos y amenos que sean estos relatos, ficticios y no ficticios -apunta el autor, que antes ha citado una veintena de ellos- ninguno explica la verdadera historia: la de la búsqueda, emprendida por Almásy y el resto de exploradores del desierto, del legendario oasis de Zerzura. El oasis perdido nace, pues, con esa pretensión, muy ambiciosa y, a mi juicio, a la postre lograda, de contar esa verdadera historia, en un sobresaliente esfuerzo de investigación tras el que el autor consigue reconstruirla a partir de entrevistas con los supervivientes, así como con la consulta de una ingente cantidad de fuentes, primarias y secundarias, tanto británicas como alemanas, tanto húngaras como egipcias. 

Zerzura “operó” durante siglos como un mito. La vibrante indagación de Kelly recoge algunos de sus antecedentes. Durante toda la Edad Media muchos textos hablaban de un oasis escondido. El nombre Zerzura, que parece significar “oasis de pajarillos” (siendo “zarzar”, la palabra árabe para estorninos o gorriones), había sido mencionado por primera vez en el siglo XIII por el gobernador sirio de El Fayún, que aludía a él para referirse a una aldea abandonada al sudoeste del citado oasis. El libro de las perlas ocultas, un tratado de magia del siglo XV, en el que se señalaban los lugares en que están ocultos los tesoros de Egipto, se prevenía de la presencia de los yinn o espíritus que los custodian y se indicaba la manera de vencerlos por medio de encantamientos e incienso, situaba a Zerzura en un wadi (valle o cauce seco) cercano a la ciudad de Wardabaha y la describía blanca como una paloma, en su puerta hay grabada un ave. Coloca con tu mano la llave en su pico y abre la puerta de la ciudad. Entra y hallarás grandes riquezas, y al rey y la reina durmiendo en su castillo. No te acerques a ellos y llévate el tesoro

La primera referencia europea a Zerzura figura en un libro escrito en 1835 por una figura también legendaria, el explorador y pionero de la egiptología sir John Gardner Wilkinson, quien tuvo noticia de un oasis denominado Wadi Zerzura, situado en el suroeste de Egipto, cerca de su frontera occidental con Libia y de la meridional con Sudán, aunque en esos días ninguno de los dos países existía formalmente como tal. Wilikinson recogía una información, más bien evanescente, según la cual el lugar habría sido “descubierto” en 1826 por un árabe, de los muchos magrebíes que se acercaban a esos parajes sureños “a la caza” de esclavos, que buscaba un camello extraviado. Con estas difusas connotaciones de enigma, con el halo de misterio y vaguedad que lo rodeaba, el oasis -del que se conocía su fehaciente existencia en algún momento del pasado, pero había “desaparecido” en el presente de la época- siguió despertando, ya en el siglo XX, el irrefrenable interés de viajeros y exploradores, de geógrafos y arqueólogos, seducidos todos por el reto del desvelamiento de sus coordenadas y el acceso a los secretos que pudiera encerrar. Así, en el libro conocemos, por citar solo tres antecedentes significativos de los conspicuos miembros del Club Zerzura, al aventurero alemán Gerhard Rohlfs, antiguo soldado de la Legión Extranjera francesa y primer europeo en cruzar África, desde el Mediterráneo al golfo de Guinea, que en 1874 trató de alcanzar Kufra, el referente más cercano por el oeste del Gilf Kebir, la inmensa meseta, entonces aún sin nombre, en cuyo enclave debía encontrarse el soñado destino. Incapaz de avanzar entre los imponentes cañones de arena, debió desistir de su búsqueda. También llama la atención la peripecia del funcionario egipcio Ahmed Hassanein Bey, un experto esgrimista que había participado en los Juegos Olímpicos de París en 1924, exponente destacado de la clase dirigente turca en Egipto que, tras diversas vicisitudes, hubo de abandonar el proyecto, enfermo, ante las muchas penalidades que suponía. Y resulta igualmente curiosa la presencia en la zona de la megalomaníaca Rosita Forbes, una escritora de viajes británica, hija de un terrateniente de Lincolnshire e intrépida amazona, que, para consolarse por el fracaso de su primer matrimonio con un coronel gruñón y adúltero, había marchado a Oriente en busca de aventuras y romances. Rosita acompañaría a Hassanein Bey para continuar sola tras la enfermedad del egipcio, el cual, no obstante, más serio y riguroso, sería el que a la postre obtendría logros geográficos más consistentes al reincorporarse a la expedición. Los electrizantes lances vividos en el desierto por la bella y alocada exploradora -estuvo a punto de morir de sed, se salvó en varias ocasiones de ser asesinada, recibió amenazas y fue objeto de emboscadas a cargo de las tribus locales, tuvo que ser rescatada in extremis en varios incidentes, sufrió caídas del camello, se fracturó una clavícula, se perdía de continuo en aquellos arenales ilimitados y sin referencias; episodios todos debidos, en gran medida, a su absoluta falta de pericia, a la carencia de los mínimos conocimientos necesarios para desenvolverse en empresas de ese calibre y a su lamentable manejo de la brújula-, discurrían paralelos a sus hazañas en la vida social cairota, y unas y otros, correrías entre las dunas y triunfos en los salones mundanos, seguro que darían para alguna sugestiva película. Zerzura persistía, no obstante, en preservar su hermético misterio. Sus “perseguidores” multiplicaban las expediciones, ampliaban su radio de acción, se arriesgaban en trayectos más y más amplios, buscaban pistas por doquier, interrogaban a los nativos, inquirían a unos y otros, arrancaban testimonios de los miembros de los clanes locales, rastreaban tradiciones, consultaban antiguos textos árabes y buceaban en las fuentes de la Grecia clásica, singularmente en los explícitos pasajes de Heródoto, que ya se refería, hacia el año 450 antes de Cristo, a la inhóspita vastedad del desierto libio y a los paréntesis de frescor que representaban sus oasis escondidos. La mayor parte de ellos se habían convertido en detectives del desierto, obsesionados por encontrar huellas de su ambicioso y quizá inexistente ideal. 

Pero Zerzura no acababa de aparecer. Tan pronto como un explorador revelaba una pista prometedora en un número de la revista de la Royal Geographical Society, que parecía relacionar Zerzura con un lugar concreto, en el número siguiente aparecía otro artículo, escrito por algún otro explorador, que le contradecía y citaba una fuente que situaba el oasis en otro punto. A mediados de los años treinta, para muchos la existencia del “oasis perdido” de Zerzura no [era] más real que la de la piedra filosofal. Y en este mismo sentido, otro documento de la época se alude a Zerzura como el recuerdo de las viejas historias de un anciano

En cualquier caso, y como se puede apreciar, en torno a 1935 la zona hervía de expedicionarios y buscadores (en muchos momentos de la lectura del libro me ha asaltado aquella frase de Anatole France, tantas veces repetida, que reza: hubo un tiempo en el que el desierto estaba lleno de anacoretas; cámbiese anacoretas por aventureros, aristócratas, bellezas demi-mondaines, espías, agregados comerciales, hombres de negocios, sensuales bailarinas de la danza del vientre, empresarios, cazadores, diplomáticos, militares, vividores, turistas varios y, obviamente, lugareños de toda condición, y se tendrá una imagen aproximada de la turbamulta que atravesaba en aquellos días esos rincones “despoblados”).

Este fascinante microcosmos, este palpitante estado de cosas, se describe…¡¡solo en las primeras veinte páginas del libro!!, cuyo núcleo central, que se extenderá durante otras trescientas, empieza exactamente el 8 de abril de 1935, fecha en la que el Daily Mail publicó el siguiente anuncio: «El rey ha aprobado la concesión de la medalla de fundador de la Royal Geographical Society al comandante R. A. Bagnold, jefe de la expedición de 1929-1930 en busca del “oasis perdido” de Zerzura, en el sur del desierto de Libia». Otro diario, el Daily Telegraph, más allá del dato objetivo alusivo al reconocimiento al explorador, añadía un comentario en que señalaba, de un modo significativo, que en el transcurso de sus viajes Bagnold nunca halló el oasis perdido de Zerzura. Incluso pone en duda su existencia. Aunque, por otro lado, existen pruebas de que sí existe […] Vastas extensiones del imponente mar de arena no han sido nunca contempladas por ojos humanos. ¡He aquí una oportunidad para el joven aventurero! El aura romántica de Zerzura ejercía, como refleja el apunte periodístico, un considerable atractivo sobre el público británico, pues a la natural inclinación de las gentes por los secretos milenarios y las gestas heroicas, se unía una suerte de compensación, aunque fuera vicaria, por la deprimente realidad de la vida cotidiana: escasez y desempleo en Gran Bretaña a causa de la Gran Depresión e inseguridad en el extranjero provocada por los grandes dictadores

En este contexto aparece Ralph Bagnold, que era en ese momento el explorador más importante del desierto libio. Proveniente de una familia de militares (su abuelo había servido en la Compañía Británica de las Indias Orientales y su padre, coronel, llevó a cabo parte de su carrera profesional en Chipre, Sudáfrica, Egipto y Sudán), él mismo con una amplia trayectoria viajera, con escalas en Jamaica, en los países de destino de su padre, en Francia durante la Gran Guerra, en la India y muy pronto en Egipto, era también militar e ingeniero de profesión y como tal se desempeñó en El Cairo, lo que le permitió dar rienda suelta a su espíritu aventurero entre pirámides, restos arqueológicos, riscos pedregosos, dunas infranqueables y yermas y polvorientas planicies sin horizonte. Ese carácter inquieto y activo (era delgado y comedido, siempre estaba en forma), aventurero y decidido, lo había llevado, aparte de a involucrarse en infinidad de expediciones y empresas en el extremo nororiental de África -logros por los que se haría acreedor a la condecoración de la Real Sociedad Geográfica-, a fundar el Club Zerzura con algunos de sus colegas de profesión y compañeros de fatigas en las áridas pistas del desierto. El Club - nunca lo fue en el sentido estricto de la palabra, con sede, estatutos, cuotas de ingreso, etc.- era, más bien, una comunidad indefinida de individuos que para ser considerados miembros debían cumplir un requisito muy general: haber tomado parte activa en la búsqueda del oasis perdido de Zerzura o en la exploración general del desierto libio. Con esas premisas, un día de 1930, en un bar griego de Wadi Halfa, una escala obligada en la ruta que combinaba barco y ferrocarril entre Asuán, en Egipto, y Jartum, en Sudán, el grupo de amigos constituyó “formalmente” el Club. Los componentes, gentlemen cosmopolitas entusiastas de la aventura, acostumbrados a desenvolverse casi con igual soltura embutidos en un smoking y disfrutando del sofisticado ambiente de los clubes nocturnos como cubiertos de polvo en pantalones cortos y salakot desatascando un camión hundido en un mar de arena, solían encontrarse en Londres una vez al año, coincidiendo con la reunión y cena anuales que celebraba la Royal Geographical Society en la última semana de junio. El Club se reunía en el Café Royal tras las sesiones oficiales para compartir sus hazañas en el desierto, intercambiar fotografías y películas de sus aventuras y proyectar nuevas iniciativas. Aparte del propio Bagnold, en la historia narrada en el libro alcanzarán un especial protagonismo el comandante Pat Clayton, que topografió gran parte del desierto libio, Orde Wingate, aventurero y soldado, un individuo excéntrico que atravesaba el desierto en bicicleta, el aviador Penderel, Teddy Mitford, Rupert Harding Newman, del Real Cuerpo de Tanques, Bill Kennedy Shaw y Guy Prendergast, ambos omnipresentes en mil y un proyectos en la zona, Sir Douglas Newbold, Sir Robert y lady Dorothy Clayton-East-Clayton, la pareja que inspiraría los personajes de Geoffrey y Katherine Clifton en la novela de Ondaatje, entre los británicos; el Barón Von der Esch, los agentes Klein y Mühlenbruch, espías, John Eppler, también llamado Hussein Gaafar, hijo ilegítimo de una mujer alemana que más tarde se casaría con un egipcio llamado Gaafar y criado en Alemania y en Egipto, y Peter Sandstette, que según le conviniera escondía su auténtica identidad bajo el nombre de Peter Muncaster, entre los alemanes; el comandante Lorenzini, el “león del Sáhara”, y el también comandante Rolle, oficial de la Compañía Auto-Sahariana, de la parte italiana… y, descollando sobre todos ellos, el conde László Almásy, aristócrata húngaro, amante y experto practicante de la caza mayor, aventurero, aviador, entusiasta del motor, dominador del inglés, el alemán, el italiano y, obviamente, su lengua materna magiar. Su vida agitada y turbulenta incluye el descubrimiento -al menos en su propia versión de los hechos- del oasis de Zerzura y el desempeño como oficial de inteligencia húngaro en Egipto durante la década de 1930, como oficial del Abwehr, el servicio de inteligencia alemán en la segunda guerra mundial, labor que parece compatibilizó con la entrega de información estratégica a los británicos. Tras la contienda, fue capturado en la Hungría ocupada por los soviéticos y liberado en 1947 por el espionaje británico, para acabar siendo el responsable del Instituto del Desierto egipcio poco antes de su muerte. Las ambigüedades de su figura, su don de gentes, su “homosexualidad depredadora” ejercida sobre muchachos y adultos, su oscura atracción por la nigromancia, el ocultismo, la astrología (con los explícitos vínculos de estos “saberes” con Egipto) y los rituales homoeróticos, su cercanía al fascismo, su más que probable condición de espía doble, lo alejan totalmente del personaje “romantizado” que encarnó Ralph Fiennes en la película de Anthony Minghella. 

Los integrantes de esta suerte de amistoso clan fueron los responsables de infinidad de aventuras geográficas y arqueológicas y de destacados logros de esa misma índole en los años previos a la Segunda Guerra Mundial. El primer gran eje del libro recoge esas apasionantes peripecias y permite al lector conocer los intentos de apertura de nuevas rutas; el trazado de mapas de territorios ignotos; el rastreo de las huellas del ejército del rey Cambises y otras hazañas legendarias recogidas por Heródoto; el descubrimiento de pinturas rupestres en gargantas excavadas en su tiempo por las lluvias, con grutas que albergan dibujos e imágenes de nadadores, pues el hombre de la Edad de Piedra había utilizado las cisternas naturales de agua de lluvia para nadar en esa hoy desértica zona; el hallazgo de vasijas y cerámicas de siglos pretéritos, de restos geológicos y vestigios del Paleolítico (cristales de sílice de veintiocho millones y medio de años, procedentes quizá de la cola de un cometa que no llegó a impactar contra la tierra), de fósiles de animales (pues muchos de los wadis son los lechos secos de ríos que ocho mil años atrás fluían impetuosos dando albergue en sus proximidades a una fauna hoy inimaginable de jirafas, elefantes y cocodrilos). En coches, camiones, avionetas, aeroplanos y hasta a pie o, como se ha señalado, en bicicleta, los inquietos viajeros se adentraron valientemente en ese otro mundo, un mundo sin árboles, ni plantas, ni agua, ni hombres, y casi sin rasgo alguno, guiados por el noble afán de descubrir los miles de “tesoros” que se escondían bajo su arenosa superficie. 

Pero el supuesto romanticismo de sus intenciones encubría, en realidad, otras motivaciones y otros fines, más oscuros, que, además, ocultaban a sus socios, disimulando entre ellos el verdadero objetivo de sus viajes. Cuando los movimientos de tropas en la región, de un extraordinario valor geoestratégico y, por tanto militar, comenzaron a ser ostensibles en la última mitad de la década de los treinta, en los años inmediatamente anteriores al comienzo de la Segunda Guerra Mundial, las primitivas finalidades, viajeras, culturales y “deportivas”, que los movían -unidos en un afán común, compañeros todos, al fin, al margen de sus nacionalidades diversas- cedieron paso a propósitos más prosaicos y menos desinteresados. Con el oasis de Zerzura situado en el triple punto de unión de Egipto, Sudán (ambos bajo el protectorado británico; aliado, pues) y Libia (dominada por Italia y las fuerzas del Eje), enclave nuclear de conflicto, en consecuencia; con las tropas italianas “inundando” la región para convertir en realidad el sueño de Mussolini de crear un imperio en África; con el Afrika Korps del Mariscal Irwin Rommel, el Zorro del Desierto, intentando dominar el frente mediterráneo de la guerra, como nueva vía de ataque sobre el sur europeo y oriente medio; con los británicos pretendiendo asegurar su control sobre el canal de Suez, decisivo para el devenir de la contienda, defendiendo las posibles rutas de invasión enemiga a través de lo más profundo del desierto en Egipto y Libia, el conocimiento que nuestros protagonistas tenían de la zona, su facilidad para desenvolverse con soltura en aquellos desoladores paisajes, sus relaciones y sus contactos, su familiaridad con el idioma, las gentes, los lugares, los convirtieron, cada en su bando, en elementos indispensables y decisivos en la batalla que se desarrolló en ese inmenso y muy difícil territorio. El oasis perdido se adentra así, en la mayor parte de sus páginas, y siguiendo a los miembros del Club, fundamentalmente al voluble y ambiguo Almásy, en ese escenario bélico, en el que se describe el clima de sospechas mutuas, desconfianza y paranoia de quienes hasta hacía poco habían sido amigos -y muchos, aunque adversarios, continuaban siéndolo- y ahora combatían bajo banderas enfrentadas, y también, en una sucesión electrizante de episodios, las operaciones de las diferentes fuerzas militares por hacerse con el gobierno de esa importante -para el resultado final de la conflagración- parte de África. 

El grueso, por tanto, del libro se centra en dar cuenta, con una precisión, un detalle y una exhibición de datos sobresalientes por parte de su autor, de esa turbulenta década -entre 1935 y 1945, más o menos- en el convulso noreste africano, y de los movimientos -de gentes, de tropas, de armas, de ejércitos, de vehículos blindados, de carros de combate, de avionetas y aeroplanos, de espías, de gobernantes, de diplomáticos- y las operaciones -incursiones, dobles juegos, maniobras de distracción, engaños, avances y retrocesos, conexiones radiotelegráficas, bombardeos, ametrallamientos, batidas, expediciones, razzias y toma de poblados, interrogatorios, intrigas, redadas, detenciones, secuestros- que, antes y durante la guerra, perturbaron ese cardinal escenario militar. Convertidos por el terrible destino bélico en miembros de ejércitos rivales, los integrantes del Club, obligados a romper los lazos que los unían y tomar partido, protagonizarán en esos años una larga serie de emocionantes -y, en algunos casos, terribles- episodios (Kennedy Shaw escribiría que la nueva situación lo llevaba a hacer en serio lo que antes hacía por placer). Y así, se suceden -en un muchas veces complicado encadenamiento de nombres, siglas, fechas, datos, que dificultan ligeramente una lectura por lo demás arrebatadora- las operaciones del LRGD, el Long Range Desert Group (Grupo del Desierto de Largo Alcance), creado por Bagnold, para boicotear, detrás de las líneas italianas y alemanas en el extremo occidental del desierto libio, el despliegue de sus ejércitos; las réplicas germanas, con la Abwehr llevando a cabo acciones de espionaje, especialmente destacadas la Salam y la Kondor, organizadas por un Almásy, escurridizo y ambiguo, que conspira para llenar El Cairo de espías nazis. Y surgen nombres de leyenda en la historia de la Segunda Guerra Mundial -popularizados con mucha frecuencia en el cine, con su carga épica-: la batalla de El Alamein, punto de inflexión decisivo en la contienda en el frente norteafricano; Tobruk, de tanta resonancia fílmica; y las peripecias del grupo de Bletchley Park y Enigma y el desciframiento de códigos secretos nazis, que recientemente vimos reflejadas en la pantalla; Rebeca, la novela de Daphne du Maurier que la que se basaría la excepcional película homónima de Hitchcock, y que se usaba como libro de claves para la transmisión y desencriptado de mensajes ocultos; y el propio Rommel, de connotaciones míticas; y un jovencísimo “activista” proclive al Eje, Anouar el Sadat; en un marco, el exotismo de Egipto, el Nilo, la naturaleza desoladora, la inmensidad del desierto, las tormentas de arena, el calor, la sed, el frío, la lluvia y la fatiga, la benéfica excepción de los oasis, también legendario. 

En fin, muchos son, pues, los motivos para viajar a Zerzura con este El oasis perdido de Saul Kelly. De todos ellos, subrayo ahora, como cierre a esta reseña, la dimensión romántica del libro, transcribiendo las palabras de Bagnold para describir su sueño: 

Me gusta pensar en Zerzura como una idea que no podemos describir con una palabra, algo que espera a ser descubierto en algún lugar remoto e inaccesible, si uno es lo suficientemente arrojado como para intentar su búsqueda. Algo indefinido, con contornos diferentes según el individuo que lo piense; para un árabe, puede ser un oasis o un tesoro oculto, para un europeo, un yacimiento arqueológico, una nueva planta o mineral o, simplemente, el anhelo de encontrar algo todavía desconocido

Como complemento musical de mi comentario os dejo con la romántica versión del clásico Where or when que en la película El paciente inglés interpreta la Shepheard´s Hotel Jazz Orchestra. 


El antiguo historiador griego Heródoto fue uno de los primeros en referir, hacia 450 a. C., la inhóspita vastedad del desierto libio: «[…] la parte interior más allá de la costa y de los pueblos de que está sembrada es madre y región de fieras propiamente, a la cual sigue un arenal del todo árido, sin agua y sin viviente que lo habite» Este desierto sin vida, el más extenso sobre la Tierra, se extiende desde las orillas del Nilo hacia el oeste a lo largo de 1200 kilómetros y en dirección sur por la misma distancia desde la costa del Mediterráneo. El desierto de Libia tiene, aproximadamente, la misma forma y tamaño que el subcontinente indio. En esta inmensa región, las lluvias son muy infrecuentes y la superficie es demasiado estéril como para que pueda crecer vegetación que permita sostener vida animal o humana. El sol brilla la mayor parte de los días, ardientemente caluroso en verano, pero apenas templado con los vientos del invierno. Las temperaturas invernales pueden ser bajo cero y de 50 ºC a la sombra las estivales. Un antiguo proverbio árabe dice: «Cuando Dios creó Sudán, se echó a reír». Millones de años de temperaturas extremas han quebrado y triturado los depósitos de rocas calizas y arenisca. El viento ha barrido los restos para dejar un paisaje extraño, desolado, lunar, con imponentes mesetas de rocas melladas que se alzan sobre inacabables planicies de pedregales pardos. Se han formado grandes sistemas arenosos, de largas vetas que cubren amplias porciones del territorio, el mayor de los cuales es el Gran Mar de Arena. Dispersas a intervalos irregulares, con frecuencia de varios centenares de kilómetros, se hallan las depresiones de los oasis, por lo general rodeadas de acantilados y lo bastante profundas como para acceder a la cuenca artesiana, la única fuente de agua permanente en este territorio. La mayoría de oasis son pequeños – poco más de un kilómetro cuadrado, o menos, de vegetación– y carece de presencia humana. Pero permiten la vida a unos cuantos animales: zorros y jerbos o ratas del desierto, varios lagartos y alguna que otra serpiente. En los inmensos espacios que separan los diminutos oasis no hay vida en absoluto y nada, excepto las dunas, se mueve. 
 
Videoconferencia
Saul Kelly. El oasis perdido

miércoles, 2 de junio de 2021

 
ROXANA ROBINSON. GEORGIA O'KEEFFE

Hola, buenas tardes. Todos los libros un libro sale al aire un miércoles más, en esta primera semana de junio, el mes que cerrará nuestras emisiones por este curso. Desde hace quince días, y con la excusa de la celebración, el pasado 18 de mayo, del Día internacional de los museos, estoy ofreciéndoos aquí algunas propuestas de lectura relacionadas, desde distintos enfoques, con el arte. De este modo, presenté hace dos semanas El jardín del Prado, el interesante libro de Eduardo Barba sobre la “flora” presente en los cuadros de la pinacoteca madrileña. Tras él, os hablé el miércoles pasado de La larga espera del ángel, una apasionante novela de la italiana Melania G. Mazzucco centrada en la vida y la obra de Tintoretto. Hoy cierro esta breve serie con una tercera propuesta pictórica, que traigo al hilo de una espléndida exposición, que por culpa de las limitaciones de movilidad que impone la pandemia aún no he podido visitar, que se inauguró en Madrid, en el Museo Nacional Thyssen-Bornemisza, el pasado 20 de abril. Esta primera retrospectiva en España sobre Georgia O’Keeffe, pues de ella se trata, está programada para mantenerse abierta en un período de tres meses y medio, por lo que confío en que el aligeramiento de las restricciones nos permita, en este largo plazo hasta su cierre el 8 de agosto, contemplar en vivo los cuadros de la gran artista norteamericana, considerada una de las máximas representantes del arte de su país en el siglo XX. 

La muestra, que el museo español organiza conjuntamente con el Centre Pompidou y la Fondation Beyeler, que cuenta con la colaboración del Georgia O'Keeffe Museum de Santa Fe y que tras su paso por Madrid viajará a París y Basilea, presenta una selección de 90 cuadros de la pintora y nos brinda una ocasión magnífica no sólo para conocer la obra de la muy longeva (murió en 1986, con cerca de cien fecundos años) creadora, sino que permite también aproximarse a su intensa vida y a su muy singular personalidad. La dificultad, hasta hace algunas semanas, de la visita física al museo no impide otros acercamientos a la exposición, pues los organizadores han programado diferentes actividades a las que puede asistirse -casi todas previo pago- virtualmente. Hay, así, un interesante ciclo de conferencias, tres a cargo de los especialistas estadounidenses Cody Hartley (director del Museo Georgia O’Keeffe de Santa Fe), ya celebrada el pasado 26 de mayo, Roxana Robinson (biógrafa de la artista, de la que luego os hablaré), que dicta su ponencia hoy mismo, en paralelo a nuestra emisión, y, en el resto de miércoles del mes de junio, Wanda Corn (historiadora del arte y la cultura estadounidenses), y otras tres con ponentes españolas, Marta Ruiz del Árbol (comisaria de la exposición), Clara Marcellán (comisaria técnica) y Susana Pérez y Marta Palao (restauradoras), todas ellas del equipo del Museo Thyssen, que exploran diferentes ángulos del atrayente mundo personal y la poliédrica figura artística de O’Keeffe. La página web de la Fundación Thyssen alberga también un vídeo explicativo de presentación, sucinto pero iluminador, propone experiencias multidisciplinares, como los “Encuentros Georgia O’Keeffe”, invita a visitas virtuales guiadas y, en fin, permite la contemplación de algunos de los cuadros seleccionados. Por cierto, y a propósito de vídeos, pueden verse muchos muy interesantes en Youtube -protagonizados por la propia artista, recorridos por su entorno personal, entrevistas, conferencias, charlas académicas, repertorios de cuadros- que garantizan horas de apasionante inmersión en el “territorio” O’Keeffe. 

En paralelo, en otro ámbito menos “tangible” como es el radiofónico, y para abrir boca a los previsibles placeres derivados de la contemplación de las obras expuestas, os traigo ahora hasta cuatro libros relacionados con Georgia O’Keeffe, una pintora que, desde hace muchos años, y sobre todo en la vertiente “floral” de su obra, me ha entusiasmado. Haré primero una presentación general de los cuatro textos para, a continuación, y a partir de ellos, comentar la dimensión pictórica y la trayectoria personal de la artista. 

En primer lugar, os propongo una voluminosa y muy detallada biografía, la que publicó en 1989 la ya mencionada Roxana Robinson con el título Georgia O’ Keeffe: A life, y que vio la luz en España en 1992 en la editorial Circe, especializada en biografías femeninas. Traducido por Ángela Pérez, el libro apareció en nuestro país bajo una rúbrica más escueta, un simple Georgia O'Keeffe. Hace un par de años, la novelista y biógrafa norteamericana presentó una edición revisada de su obra, que por desgracia no se ha traducido, que incluye un prólogo de la autora “resituando” la figura de O’Keeffe en el contexto artístico de las últimas décadas e incorpora además medio centenar de páginas de cartas inéditas entre la pintora y Arthur Macmahon, un personaje importante en los primeros años de su vida adulta. La biografía, impresionante por la minuciosa indagación que supone, un examen al que no parece escapársele ni la menor circunstancia de la existencia de la artista, se sustenta en una ingente documentación que aflora en las más de doscientas referencias bibliográficas -entre artículos, libros y otros documentos- que se recogen al término del libro, el cual incluye, igualmente en una sección final, un índice alfabético con cerca de mil entradas. Acompañan también al texto varias decenas de fotografías que facilitan al lector “corporeizar”, poner una concreción “física” a los episodios narrados. 

Con ocasión de la muestra madrileña, el Museo Thyssen y la bilbaína editorial Astiberri, especializada en cómics y novelas gráficas, se han unido una vez más -hay algunos otros libros conjuntos, sobre Balthus o Caravaggio, por ejemplo- para ofrecernos Georgia O’Keeffe, una recreación muy singular de la vida y la obra de la pintora a cargo de la ilustradora María Herreros. El libro, bellísimo, en una edición muy acogedora en cartoné, se abre con el saludo y la breve presentación de Marta Ruiz del Árbol, conservadora de Pintura Moderna del museo y, como ya he señalado, comisaria de la exposición. La autora de los dibujos, María Herreros, es licenciada en Bellas Artes por la Universidad Politécnica de Valencia. Su carrera profesional se centra en la ilustración, el muralismo y el cómic. Ha colaborado con marcas como Coca-Cola y Reebok, ha ilustrado diferentes libros -de Rosa Montero y Màxim Huerta, entre otros- y ha expuesto en galerías de Barcelona, Madrid, Berlín, Hong Kong, Los Ángeles, Nueva York o Seúl. Su particular aproximación a la figura de Georgia O’Keeffe es, aparte de una delicia repleta de cercanía, emoción, sensibilidad y poesía, un fiel y también muy documentado muestrario de las diversas facetas de un personaje muy atractivo. Jugando con las múltiples posibilidades que ofrece la técnica del cómic, combinando el número, el tamaño y la disposición de las viñetas en la página, recreando cuadros y fotos “reales” -algunos muy conocidos-, seleccionando momentos y episodios sustanciales en la carrera vital y profesional de la creadora e incorporando la transcripción de frases entresacadas de diarios o cartas de la pintora a su amiga Anita Pollitzer y a su amante, marido y figura esencial en su vida, el fotógrafo Alfred Stieglitz, Herreros logra un retrato deslumbrante y entregado, muy tierno y conmovedor, de O’Keeffe, que amplía los ecos de la más “canónica” biografía de Robinson. 

Para un mejor seguimiento de los principales hitos biográficos que aportan los dos libros ya comentados es aconsejable que el lector avance por sus páginas complementando los textos con la detallada observación de los cuadros a los que, en muchas ocasiones, ambas obras se refieren. Para dar satisfacción a esa exigencia indispensable (lo es si se quiere “penetrar” con profundidad en la personalidad de la biografiada) resulta muy útil, aparte de muy satisfactoria, la consulta de mi tercera propuesta de esta tarde, el catálogo de la exposición que, coincidiendo con su inauguración, ha publicado el Museo. Asequible en distintos formatos -rústica y tapa dura, en español y en inglés- el libro selecciona unas ochenta de las noventa obras expuestas y permite, por tanto, un recorrido muy completo por el universo pictórico de esta artista, con obras que van de la década de 1910 hasta las pinturas finales en su retiro de Nuevo México, en una significativa representación de las diferentes etapas de su trayectoria: el carboncillo, la pintura negra y el papel de sus orígenes; la abstracción inicial (nunca abandonada); los paisajes y las representaciones de la naturaleza salvaje de su país; las imágenes de Nueva York, con sus icónicos rascacielos; las deslumbrantes, recurrentes, ambiguas y controvertidas flores, quizá las composiciones más reconocidas de la artista (Estramonio/Flor blanca nº1, de 1932, que se puede ver en la muestra, es la obra de una mujer más cara jamás vendida: 44 millones de dólares en 2014); la despojada simplicidad de su producción en Santa Fe, en la que se reflejan la poderosa presencia del desierto, las abigarradas formaciones geológicas de aquel paisaje lunar, las casas de adobe y madera de los pobladores indígenas, las iglesitas de arcilla, los huesos y calaveras de animales, blancos y descarnados por la aridez del territorio y el implacable sol que nunca frenó, sin embargo, sus expediciones por la zona; las obras creadas a partir de sus innumerables viajes; todo ello está en la exposición y en su formidable catálogo que incluye, aparte de las magníficas reproducciones de los cuadros, comentadas y analizadas al detalle, ensayos de Ariel Plotek, Didier Ottinger, Marta Ruiz del Árbol, Catherine Millet y Dale Kronkright, textos técnicos a cargo de Susana Pérez, Andrés Sánchez Ledesma, Ubaldo Sedano y Marta Palao, y una cronología y unas fichas de los cuadros expuestos debidas a Anna Hiddleston-Galloni. 

Siendo las referidas flores la manifestación más destacada y representativa del arte de Georgia O’Keeffe, al menos para mí, que albergo en mi casa desde hace años diversas reproducciones -carteles, postales- de algunos de los más conocidos cuadros florales de la creadora, no podía dejar de proponeros un espléndido libro, no traducido al español (aunque lo esencial en él son las imágenes), de título Georgia O'Keeffe: One Hundred Flowers, publicado en Nueva York en 1989 por el prestigioso sello editorial Alfred A. Knopf Inc., que recoge, como su explícita rúbrica indica, cien imágenes de una excepcional calidad de otros tantos cuadros en los que la vertiente “botánica” -llamémosla así- de la pintora es protagonista absoluta. En un formato muy amplio, que presenta el inconveniente de su complicado transporte y su algo difícil disponibilidad para la consulta, el libro goza en cambio de una obvia ventaja, derivada del gran tamaño de las reproducciones, lo que permite apreciar con minuciosidad los cuadros y disfrutar de sus detalles. El volumen se “limita” a presentar las reproducciones de cien flores de O’Keeffe, sin aparato teórico alguno, que queda relegado a un breve estudio final de Nicholas Callaway, experto en la obra de la artista. Pese a ello estamos ante una aportación muy completa, y por ello muy valiosa, al conocimiento de esta faceta trascendental en la producción de O’Keeffe, pues casi un cuarto de su obra pictórica, cerca de doscientos lienzos -lo señala Callaway en su apunte final al libro- giran sobre el “universo floral”, siendo muy numerosos los cuadros que no se han visto nunca, por estar dispersos en colecciones particulares o en poder de familiares o galerías privadas, y, en ningún caso, se han podido contemplar como en el libro, presentados con una voluntad sistemática, que permite relacionar unos con otros, apreciar las influencias mutuas, las reiteraciones, las pequeñas variaciones, en una suerte de apasionante ensayo iconográfico. 

La vida de Georgia O’Keeffe es muy interesante (pienso, de un modo un tanto optimista, que la de casi cualquiera lo sería, de ser examinada con la minuciosa -y entusiasta- mirada con la que recorre Roxana Robinson a su biografiada). En su infancia están ya las claves de casi todos los aspectos relevantes de su vida y de su obra artística. Robinson se retrotrae a la primera mitad del siglo XIX para dar cuenta de sus orígenes en la hacienda familiar en Wisconsin. En 1837, el grupo de Charles Bird, una caravana de pioneros en carretas de camino hacia el oeste se asentará en aquellas praderas interminables, fundando un pequeño poblado de nombre Sun Prairie. A él llegarán Pierce O’Keeffe y su familia, irlandeses, que se habían ganado la vida con un negocio de lana y que habían viajado de Liverpool a Nueva York en 1848. Por otro lado, George Victor Totto, un conde húngaro, exiliado por razones políticas a mediados de los cincuenta de ese siglo, acabará siendo vecino de los O’Keefe en Sun Prairie, en 1872, tras distintas vicisitudes en el país americano. Los jóvenes vástagos de ambas familias, Frank O’ Keefe e Ida Totto, vecinos y compañeros de juegos desde muy pequeños, se casarán en 1884. Tres años después nacerá Georgia, la segunda de los siete hijos del matrimonio. 

En estos primeros capítulos del libro de la novelista norteamericana se nos dan a conocer los rasgos definitorios del carácter de la pequeña Georgia: Tenía poder innato, leemos, y apreciamos su autoridad natural, su libertad e independencia. Es, desde muy pronto, una chica seria, atenta, reservada, voluntariosa, sensata, imprevisible (más ideas absurdas de Georgia, recuerdan sus allegados), audaz, impetuosa, observadora, animosa. No es rebelde por naturaleza, no necesita afirmarse en la oposición, pero sí es muy independiente (toda su vida ignoró las reglas que consideraba absurdas y se divirtió escandalizando a los pacatos, pero consideraba el enfrentamiento un medio hacia un fin y no un fin en sí mismo). Detesta la escuela, descree, desde muy pequeña, de la idea de Dios y de los valores de las maestras. Es concienzuda, (lo hace todo con atención plena) y solitaria (no le resultaba fácil estar con la gente). 

Y, tan importante como el “retrato” de la personalidad, aparece el entorno ambiental que marcará su existencia y su producción artística. Una vida natural, sencilla, austera, sin apenas dinero, los niños educados en la idea de que las ambiciones materiales no son lo importante; una vida plena en la granja (El granero es una parte saludable de mí misma), al aire libre, en contacto con una naturaleza austera, difícil, de grandes extensiones de tierra, con el horizonte ilimitado y el cielo inmenso. Crece rodeada de mujeres fuertes, las tías, sobre todo la madre. Ésta lee libros a sus hijos, toca el piano, transmite a sus hijos con el ejemplo el gran placer y gozo que proporcionaban la música, la literatura, las ideas, la imaginación y la vida intelectual. Los chicos, exigidos, aprenden (Georgia afirmará que no recordaba la época en que no sabía leer música, dudó incluso en si dedicarse a ella). La familia respira valores nobles, elementales: el culto romántico al individuo, la importancia de luchar, de esforzarse, de superar la adversidad en aquella dura vida rural, muy exigente, que conlleva responsabilidades y obligaciones, pero gozosa y feliz. Georgia es una muchacha activa, enérgica y eficaz, una niña y una adolescente fuerte, autosuficiente… rasgos en los que se intuye el germen de su feminismo, no militante, posterior. En ese ambiente “inquieto” y riguroso empieza a tomar clases de dibujo con apenas cuatro años, fascinada por el color. Su primer recuerdo -siete u ocho meses- era el brillo de la luz, luz por todas partes. Y avanzamos en las primeras experiencias de la adolescencia y primera juventud. Por cuestiones familiares y de salud la familia se traslada en 1903 a Virginia, en el sudeste, y allí se le plantea uno de los muchos dilemas o juegos de dualismos que serán comunes en su vida. El Wisconsin abandonado -y añorado- es la encarnación ejemplar del Medio Oeste norteamericano, en donde la existencia se rige por el esfuerzo, la abnegación, la lucha, el sudor, el sentimiento de pertenencia a la comunidad. Por el contrario, en Virginia prevalecen el dinero, la clase, la posición social, los “méritos” derivados de la sangre y el parentesco, pautas que Georgia aborrece desde muy pequeña. El paisaje virginiano es, además, demasiado verde, demasiado exuberante, ella siempre preferirá el de su infancia en Sun Prairie, despejado, claro y extenso. En consonancia con sus inclinaciones, en el Instituto episcopaliano de Chatham, en el que comienza sus estudios, se muestra como una chica de aspecto desmañado, despreocupada por la ropa y los adornos de las jovencitas, rechaza la consideración de la mujer como “ornamento”. Ya entonces es conocida por todos como “artista aspirante”, pues empieza a construir un “personaje mítico” (en la ceremonia de graduación, mientras las compañeras se preocupan por los novios, las fiestas, los bailes, el galanteo, ella se “recluye” en su opción austera e independiente: Llevaré una vida distinta a la vuestra, chicas. ¡Renunciaré a todo por mi arte!). Una vez terminada la etapa escolar, enlazará estudios de arte en Chicago y en Nueva York, en donde se producirá un primer contacto, fugaz, con Alfred Stieglitz, pintor y fotógrafo, que acabará por ser la “presencia” más importante de su vida. En Nueva York la deslumbra -y la apabulla-, el efervescente ambiente cultural, intelectual, también mundano, algo muy alejado de sus postulados, de sus valores austeros, de su férrea vocación por la pintura. Surge otro dilema moral: elegir entre ser una joven atractiva o una artista seria (podía bailar, posar y dejarse mimar… o pintar). Esa disyuntiva, ganarse la vida posando como modelo, estar por tanto sometida a los dictados y la voluntad de un hombre, ser una segundona, eterna aspirante… o pintar, labrar su propia carrera, es resuelta a favor del arte. Se alejará de la gran urbe, alternando su formación con diversos trabajos como profesora de dibujo en distintas localidades de Estados Unidos, llevada por su espíritu inquieto. Acepta una oferta de empleo en una escuela en Amarillo, en el estado de Texas. El Oeste resulta un descubrimiento, las llanuras, el viento helado, el sol abrasador, las extensiones inabarcables, los espacios abiertos, el cielo nítido, la infinita línea del horizonte, la luz deslumbrante, la belleza agreste, su refugio, como el paisaje de su infancia, de poderosa presencia en su obra. Refuerza los aspectos más individualistas de su personalidad, la soledad, la libertad, la resistencia a acatar las normas sociales, una cierta excentricidad, la heterodoxia, la seguridad en sí misma, su carácter combativo (se niega a usar los libros de texto que las autoridades imponen para enseñar a los niños), es obstinada, inflexible, convincente, rezuma inteligencia, energía interior, magnetismo. 

Son los años de la apasionada y a la vez confusa relación (nunca tonteamos ni se puso sentimental) con Arthur Macmahon, un profesor mayor que ella, del que Georgia, pese a sus reticencias “teóricas” ante el romanticismo (No me digas que amas a nadie -escribe a su amiga Anita Pollitzer-. Es una cosa extraña, Anita, no permitas que te pase si en algo estimas tu tranquilidad mental; te absorberá y te devorará por completo), se enamorará, aunque rompiendo los previsibles estereotipos “exigidos” a la mujer: será ella la que tome la iniciativa, quien le escriba, sin aceptar el sólito papel pasivo que le estaba destinado por su sexo, asumiendo riesgos emocionales, expresando abiertamente sus sentimientos, exponiéndose a la crítica y al rechazo, en otro rasgo esencial de su personalidad como mujer y como artista. 

El 2 de enero de 1908 habla por primera vez con Stieglitz. Ella tiene 20 años, él 44. La inicial y cautelosa distancia encierra también una indudable fascinación ante la personalidad arrebatadora, vital, ante el encanto, la fuerza y la energía del artista, que la reclamará para exponer en la galería de su propiedad, la desde entonces legendaria, y ahora desaparecida, “291”. Stieglitz impulsará su carrera profesional y cambiará para siempre su vida personal. Georgia, sin embargo, no se doblega a sus postulados artísticos, se resiste a la atracción sentimental, quiere evitar a toda costa la pasión, pero la reconoce en ella misma, una pasión tan fuerte que podría dominar y destrozar el resto de la propia vida. En primavera de 1917 Alfred organiza la primera exposición individual. El encantamiento mutuo se plasma en cientos de fotografías que Stieglitz le hace delante de los cuadros, las manos ágiles y expresivas, estilizadas, angulosas, afiladas. Cuando hago una fotografía, hago el amor, dirá él. El cuerpo desnudo, las manos, los brazos, el rostro se muestran en unas fotos -cerca de trescientas en toda su vida- en las que se expone trágica, fantasmagórica, misteriosa, erótica y rezumando sexualidad, primitiva y soñadora, triste y reconcentrada, seria, pensativa, silenciosa, ardiente, segura, natural, con su fuerte carácter, su integridad moral, su voluntad y su talento, rompiendo el esquema victoriano de mujer sumisa, pasiva, idealizada. Georgia siempre preferirá, en otra manifestación significativa de su personalidad, el rol de monstruo mejor que el de ángel. La exposición de las fotos en 1921 resulta un acontecimiento provocador que convulsiona y entusiasma a un público deslumbrado. Hay un libro, que yo no he podido conseguir, que recoge gran parte de esas fotografías, muchas de las cuales son accesibles en internet (y hay alguna recogida en el catálogo de la muestra del Museo Thyssen). 

Alfred y Georgia se casarán en 1924, tras una dolorosa ruptura del matrimonio de él. La pareja se asentará en Nueva York, con estancias frecuentes en una residencia de la familia Stiegliz en Lake George. La trayectoria artística de Georgia se acelera, multiplicándose las obras, las exposiciones, los períodos de creación febril, también los cursos y los estudios académicos. Se debate -otro dilema- entre dos corrientes contrarias: la necesidad profunda, instintiva e inexpresada de realizarse, y el deseo igualmente intenso de atenerse a los planteamientos de la institución que había elegido, y recibir elogios por su docilidad

Decantada hacia la indagación y el desarrollo de su mundo propio, decide entregarse a su universo personal, ajena a los criterios comerciales, a la necesidad de reconocimiento y a la aceptación social. ¿No crees que necesitamos conservar las energías, emociones y sentimientos para las cosas importantes de nuestra vida en vez de desperdiciar tantas a diario en insignificancias?, escribirá. En consecuencia, rehuirá progresivamente la vida social, acabará por aborrecer el permanente bullicio de Lake George, la siempre agitada familia de Alfred, muy sociable, las conversaciones incesantes, el ruido. Pese al amor que ambos sienten, ella se aleja una y otra vez, no soporta a la gente. Quiere tener un hijo de él, pero Stieglitz se niega. Buscará, cada vez, con mayor frecuencia, su reclusión en el campo, en Texas, en el mar de Maine, en Santa Fe, el pueblito de Nuevo México que había conocido por azar en 1917 y que tendrá una importancia capital en su obra, además de constituir el escenario de las últimas décadas de su vida, instalada en Ghost Ranch y en Abiquiú, dos sobrias propiedades adquiridas en aquellos parajes desérticos y a las que se trasladará a partir de 1934, tras repetidas estancias veraniegas desde 1929. Entonces agudiza -sin despreciar las relaciones, las amistades, los “amores” con otros hombres, en particular Paul Strand, fotógrafo amigo de la pareja- su riguroso ascetismo, su férrea disciplina (La disciplina es maravillosa. Creo que debemos evitar incluso sentir demasiado, muchas veces, si queremos conservar la cordura y ver con lucidez e imparcialidad), su apasionada entrega a la pintura, que le permiten alcanzar gran pericia técnica sin abandonar, antes al contrario, las emociones, el arrobamiento sentimental. Su apartamiento del mundo -no solo en la lejanía rural- acentúa la excéntrica libertad en la forma de vestir, líneas rectas, recurrente color negro, sin encaje ni puntillas ni blusas, lazos o pliegues “femeninos”, cómoda ropa de hombre, que no oculta, sin embargo, un indefinible atractivo. 

Su primera gran exposición individual, con gran éxito, es en 1923. Siempre severa, se preocupa por el riesgo de destrucción que entraña la popularidad, el someterse a los dictados del público. Sufre una gran crisis a principios de los años 30, acuciada por problemas económicos, distanciada de Alfred, llega a ser internada con un diagnóstico de psiconeurosis. Sin apenas fuerzas, deja de pintar, no contesta a las cartas de su marido. Tras dos años de “silencio” creativo vuelve a Nuevo México en 1934. Se instala en Ghost Ranch, en donde se encontrará a sí misma, y también su estilo y su personalidad artística. Ha encontrado su lugar. Escribe: Es el lugar más maravilloso que puedas imaginar, bellísimo, es increíble. Hay algo diferente en el aire, el cielo es diferente, las estrellas son diferentes. Es para mí. Y también: Nunca me he sentido en casa estando en Nueva York. Aquí sí. Y me gusta. La vida de Georgia se acomoda entonces, de manera definitiva, a un estilo de vida sencillo y austero, aunque rodeado de belleza, coherente con su obra. Robinson -también María Herreros- nos describe su entorno, su actividad cotidiana, las excursiones a lugares cercanos, las montañas, el Oeste, la libertad, su aprendizaje de la conducción, el Ford A que compra y al que le retira los asientos para poder transportar sus útiles de trabajo y pintar en él, sus perros, sus gatos siameses, la visita de sus amigos, el cariño del personal del rancho, la dedicación al huerto, la cocina, sus colecciones de piedras, de huesos, de objetos (que aflorarán de continuo en su obra): Estoy flotando en el aire. Esto te deja sin aliento. El Río Bravo, las montañas, las formas de los cauces, el campo abierto… Una paleta fascinante de marrones como una maravillosa alfombra con estampados, como una pintura abstracta. El mundo simplificado y precioso, dibujado en formas, como el tiempo y la historia simplificarán y dibujarán nuestros tiempos

En 1946 muere Alfred en Nueva York. Su relación profunda, su vínculo intenso, su fuerte entendimiento mutuo han quedado plasmados en decenas de miles de cartas de las que han sobrevivido unas cinco mil. Tras quedarse tres años en la gran urbe para organizar el legado de su esposo, vuelve a Nuevo México en 1949, y se instala en su nueva casa de Abiquiú, que ha adquirido y restaurado gracias a unos éxitos comerciales que, pese a todo, detesta: Tampoco me importa la aprobación del mundo del arte. Apesta a especulación y a política. No le doy importancia. Yo voy a seguir aquí. ¿Cuál es la diferencia si tengo éxito o no? Solo soy un pequeño momento en el tiempo. En ese lugar ideal, la realización de un sueño, vivirá hasta su muerte en 1986, rodeada de los recuerdos de sus viajes, que en esos años -los cincuenta y sesenta del siglo- se multiplican: Japón, India, Líbano, Italia, España, Perú. 

La última etapa de su vida es triste, dolorosa, sumida en la ceguera y la confusión. Sigue pintando, pese a su pérdida progresiva de vista. Su ancianidad intensifica su carácter solitario, vive alejada de todo. Me gusta mi vida aquí. Este mundo casi no está tocado por los humanos. Está tan desnudo… con una sensación ancestral de muerte, pero cálida y suave. Nunca me encuentro a nadie ahí fuera. Estoy casi siempre sola. Me encanta mi vida aquí. Aparece la ambigua figura de Juan Hamilton, un joven, sesenta años menor que ella, de vida agitada, que la “cuida” y del que, quizá, se enamora, mientras, ostensiblemente, él se aprovecha de la desequilibrada relación. Los episodios postreros de su existencia son lamentables. Cercana a los cien años, pierde la cabeza, rehace una y otra vez su testamento, deja su obra y sus bienes a Juan, hay pleitos con la familia, enfrentamientos, litigios judiciales, en un penoso declinar. 

Una vida intensa y formidable, que Robinson y Herreros, cada una a su manera, nos muestran de un modo apasionante. Apenas queda tiempo ya para un breve comentario sobre la obra, a la que podéis acercaros a través de los dos últimos libros reseñados, además del siempre seguro recurso a internet y con la esperada visita a la exposición. Una muestra en la que están representadas todas las etapas, todos los estilos, los distintos materiales... Los dibujos a carboncillo y las acuarelas, los óleos y el trabajo sobre papel, alguna escultura, la abstracción y la figuración, los colores muy vivos y el austero uso del negro, las despojadas líneas geométricas y las curvas sensuales. Y están presentes también, obviamente, todos los motivos principales de su trayectoria artística, que constituyen auténticas series unidas por hilos recurrentes: los infrecuentes pero apreciables desnudos; la peculiar visión de los rascacielos neoyorquinos, siempre “perturbados” por fenómenos atmosféricos, nubes, destellos solares, rompiendo así, en una representación poco convencional de la más “ortodoxa” visión de un Nueva York urbano, tecnológico, masculino, vertical (No se puede mirar Nueva York como es, sino como se siente); los paisajes, reflejo de su entorno cercano en Texas o Nuevo México, espacios abiertos, llanuras, carreteras polvorientas, la tierra roja, las iglesias de adobe, las montañas arrugadas, la grandiosa inmensidad del cielo y la tierra infinitos, sin límites, metáfora, al decir de su biógrafa, de su propio ir más allá de las convenciones, en lo artístico, pero también en lo personal; las puertas, las terrazas, los patios de las viviendas indígenas y de las suyas propias, en un progresivo afán de depuración que los reduce a un minimalista juego geométrica de cuadrados y rectángulos de colores vivos, unos cuadros que anticipan a Mark Rothko; los huesos, los cuernos, y las calaveras de animales, trasladados al lienzo con una pintura eléctrica, vibrante, a partir de las “piezas” que recogía en sus paseos por el desierto, reflejo de su árida y descarnada belleza; los orificios y agujeros, en cráneos y conchas, que pueden leerse como metáforas de la apertura y el hermetismo, de la accesibilidad y la exclusión; las piedras y los leños, los palos, las ramas secas y los objetos extraños que recoge aquí y allá, y lleva a casa y luego pinta; las cruces que coronan las pequeñas iglesitas de arcilla de los pueblos y las de “los penitentes”, de madera, que planean sobre el desierto como abrumadoras siluetas contra el cielo del crepúsculo; las máscaras y las muñecas -las kachina- de los indios hopi y zuñi de la zona, de las que rescata el valor sagrado y místico que tenían para los nativos, convirtiéndolas en una suerte de iconos totémicos; las imágenes pintadas “desde el cielo”, en las que afloran ríos y campos parcelados, en composiciones prácticamente abstractas, fruto de la despierta mirada de la artista cuando, a partir de sus viajes por todo el mundo, veía desde las ventanillas del avión una tierra en miniatura, los cauces serpenteantes, el colorista mosaico de los sembrados; también los árboles, las hojas, las plantas, las frutas, las abstracciones orgánicas, en un ejemplo más de su fuerte vínculo con el mundo natural… 

Y claro está, no podían faltar las flores (cinco de los cuadros de esta serie temática forman parte de la colección permanente del Museo Thyssen), las singulares, exquisitas, magníficas flores que se representan con colores diluidos, mezclados, en imágenes fuertes, vigorosas, pintadas a una escala enorme, como ampliaciones desmesuradas que las acercan al espectador, con recortes, zooms, fundidos, encuadres parciales, planos de detalle y otros recursos técnicos fotográficos y casi cinematográficos (y creo que sobra el casi). Como ya he señalado, una parte significativa de la obra artística, singularmente la desarrollada entre 1918 y 1932, cuenta con el protagonismo de las flores, que, a menudo, se nos muestran de frente, en primer plano, abiertas de par en par, con sus pétalos y sus pistilos teñidos de connotaciones sexuales y sus formas aterciopeladas y superpuestas que recuerdan las del cuerpo, en palabras de Anna Hiddleston-Galloni, en las fichas del catálogo de la exposición. 

Son muchas las interpretaciones que, ya en su momento, se han hecho de este microcosmos floral de O’Keeffe, en una sucesión de evocaciones que asaltan de un modo poderoso a quien contempla los cuadros. Así, hay quien ve en ellas la respuesta femenina a la rapidez, la agitación, el maquinismo, lo industrial de los acelerados tiempos de un comienzo de siglo XX vertiginoso y frenético, oponiendo a ese apresuramiento masculino lo bello, lo frágil, el reposo, la naturaleza, el detalle, más propios de la mujer. En su biografía y en el mismo sentido, Robinson apunta a la relación con el mito patriarcal, las mujeres y la delicadeza, la fragilidad, la pureza, la belleza doméstica. Resultan muy ostensibles, para cualquiera que contemple los lienzos, las connotaciones de carácter sensual, erótico, sexual, de unas imágenes evanescentes, ambiguas, perturbadoras; y, a partir de esta visión, el vínculo con la psicología freudiana. O’Keeffe se quejará de estas interpretaciones reduccionistas de sus cuadros: Hice que os tomarais tiempo para mirar lo que yo veía y cuando os tomasteis tiempo para observar realmente mi flor, volcasteis todo lo que asociáis con las flores en mi flor, y escribís sobre mi flor como si yo pensara y viera lo que pensáis y veis vosotros de la flor… y yo no

En fin, no hay ya tiempo para más. Os invito, a través de los cuatro libros reseñados y de la exposición del Museo Thyssen, a adentraros, a sumergiros, en la intensa vida y la apasionante obra de Georgia O’ Keeffe. Como acompañamiento musical a mis comentarios os dejo ahora con Wild Man’s Dance, compuesta en 1913 por Leo Ornstein, provocador pianista de vanguardia. En una carta a Anita Pollitzer de finales de 1916, Georgia comenta a su amiga su arrobamiento ante el magnético atractivo, simultáneamente genesíaco y destructivo, de Stieglitz: Anita, es admirable. Pero me alegro de no poder verle. Disfruto tanto de sus cartas, aprendiendo a conocerle, como te conocí a ti. Y qué cartas maravillosas, Anita. A veces pone en ellas tanto de sí mismo que casi no puedo soportarlo, es como oír demasiado la Wild Man’s Dance de Ornstein, te volverías loca si la oyeras dos veces, o como la luz demasiado intensa, cierras los ojos y te los cubres con una mano mientras buscas con la otra un asidero para sostenerte. Esa perturbadora pieza cierra nuestro espacio por hoy, en la interpretación de Marc-André Hamelin. 


O’Keeffe había dedicado sus energías al trabajo. Georgia era por naturaleza más ascética que libertina. Expresaba su abundantísima sensualidad en la pintura. 

Esto correspondía a una pauta iniciada en 1915, cuando descubrió que se estaba enamorando de Arthur Macmahon. Separada de él, transmutó su temeraria e inoportuna pasión, creando su primera gran serie de dibujos. La pauta del amante ausente persistió: Georgia escribió cartas tiernas e íntimas a Arthur durante casi un año, después de haberse trasladado deliberadamente a tres mil kilómetros de él. Admitió que quizá estuviera mejor sin él para experimentar la emoción de Texas. Probablemente tuviera razón: en vez de centrar su amor en el hombre en persona, lo expresó en acuarelas espléndidas y originales. Cuando conoció a Paul Strand ocurrió exactamente lo mismo. Sus cartas a Paul están llenas de referencias a emoción y caricias, aunque le había visto brevemente en la primavera de 1917 y no volvieron a verse hasta la primavera del año siguiente. Le confesó su resistencia a aceptar compromisos afectivos y las probables consecuencias de tal actitud: “cierta soledad”. Cuando empezó a escribir a Stieglitz, admitió que creía que seguramente estaban mejor separados. Esto no tiene que ver con la capacidad de ambos para seguir adelante, sino a la de ella para trabajar mejor sola, lejos del ser amado. Aunque vivió de forma continuada con Stieglitz de 1918 a 1929, incluso en aquel período le dejó de vez en cuando, yéndose sola a Maine a recuperar el sentido de la identidad, el equilibrio, la concentración. Los años de Nuevo México no supusieron una ruptura sino la continuación de la pauta establecida hacía mucho, una pauta de separación y alejamiento del ser amado. 
 Videoconferencia
Roxana Robinson. Georgia O'Keeffe

miércoles, 26 de mayo de 2021

MELANIA G. MAZZUCCO. LA LARGA ESPERA DEL ÁNGEL

Hola, buenas tardes. Desde los estudios de Radio Universidad de Salamanca os saludamos, un miércoles más, en Todos los libros un libro, el espacio de recomendaciones literarias que desde hace ya más de diez años os ofrece cada semana una nueva sugerencia de lectura. Con la referencia de la celebración, el pasado 18 de mayo, del Día internacional de los Museos he querido que los tres programas emitidos tras esa fecha tuvieran se centraran en el universo museístico. Así, la semana pasada os hablaba de El jardín del Prado, el ensayo divulgativo de Eduardo Barba en el que se rastreaba con conocimiento y amenidad la presencia de la flora en medio centenar de cuadros de la gran pinacoteca española. En el caso de hoy, os traigo una novela en la que los museos no aparecen más que de manera tangencial, aunque sí el Arte, a través de un personaje real, el pintor Jacomo -o Jacopo- Robusti, Tintoretto, de alcance universal y bien representado, por otro lado, en el museo madrileño, en donde pueden verse hasta veintiséis cuadros de su autoría. En febrero de 2011 la editorial Anagrama presentó, en traducción de Xavier González Rovira, La larga espera del ángel, una estupenda novela de Melania G. Mazzucco que, en síntesis apresurada, narra los últimos días del pintor en los que, a las puertas de la muerte -un suceso ocurrido el 31 de mayo de 1594, hace ahora, pues, 427 años- el personaje rememora su vida entera, muy agitada y apasionante. 

Melania Gaia Mazzucco, nacida en Roma en 1966, es una destacada escritora italiana con cerca de diez novelas en su haber, de las que bastantes de ellas han visto la luz en España: Ella, tan amada, Eres como eres, Estoy contigo, Limbo, Un día perfecto, Vita -que me parece espléndida y quiero recomendaros igualmente- y la que constituye el motivo central de la emisión de esta tarde, la mencionada La larga espera del ángel, todas ellas en Anagrama; y las dos primeras, de los años noventa del pasado siglo, El beso de la medusa y La habitación de Balthus, ambas en Seix-Barral y de difícil localización, salvo en librerías de viejo. Con una especialización universitaria en cine, parte de su dedicación profesional se desarrolla -más allá de la escritura de novelas- en ese medio, y algunas de sus obras han tenido su correspondiente traslación a la gran pantalla. Hay, en concreto, un interesante documental de 2019, Tintoretto, un rebelde en Venecia, dirigido por Giuseppe Domingo Romano y con guion de Mazzucco, que resulta un complemento indispensable a la lectura del libro. Igualmente, es conveniente, a mi juicio, avanzar en las páginas de La larga espera del ángel cotejando las muchas referencias a los cuadros del pintor italiano con sus reproducciones. Ante la evidente dificultad de viajar a Venecia para leer el libro in situ, os sugiero otra obra, La obra pictórica completa de Tintoretto, en la añeja colección de Noguer-Rizzoli, con las legendarias portadas negras en pasta dura, el acostumbrado rigor de sus análisis y la proverbial calidad de sus imágenes. Por desgracia, también es casi inencontrable salvo en el “circuito” de libros de segunda mano. 

La larga espera del ángel, título tomado de un verso de Sylvia Plath que se ofrece como colofón a la obra, se presenta como un extenso monólogo, más de quinientas páginas de apretada letra, en que un Tintoretto entre la lucidez y el delirio, consciente de que sus días se acaban (la novela se organiza en quince capítulos, cada uno centrado en estas jornadas postreras, las que van desde el 17 al 31 de mayo de 1594, en todos los casos con la apostilla: primer día de fiebre, segundo día de fiebre… y así hasta el decimoquinto día de fiebre), se “enfrenta” a su Señor (Envíame fiebre, arráncame las fuerzas, átame al lecho, Señor: te esperaré despierto, con el cerebro lúcido y terrible que quisiste darme) -un Dios del que no se ha ocupado demasiado a lo largo de su existencia- con el cuerpo cansado y los frágiles huesos de la vejez, afligido por las penalidades de la vida que se escapa, pero irreductible en su identidad, en lo profundo de su alma, rebelde ante todos y ante todo, aunque satisfecho al fin, lleno de gratitud por haber nacido, por haber amado, por haber sido amado, por haber creado, por haber disfrutado de las cosas que nos complacen y por haber soportado las que causan dolor: por haber vivido

En su larga “rendición de cuentas”, repasará su vida, recorrerá su trayectoria artística, revivirá sus amores, recordará a su extensa familia, rememorará sus escasos momentos de felicidad, se disculpará por sus errores, mostrará sus contradicciones, su difícil carácter, su ambición, su soledad, sus logros y sus fracasos, y, sobre todo, pondrá de manifiesto la intensidad de su pasión artística y, en paralelo, el poderoso sentimiento hacia su hija ilegítima Marietta, gran protagonista en la sombra (una luminosa sombra, valga el oxímoron) de una novela en la que resulta ostensible el feminismo -nada panfletario o “invasivo”- de su autora, como luego veremos. 

Son numerosos los puntos de interés que afloran en el extenso recorrido que nos propone Mazzucco por la biografía de un Tintoretto cuya vida se superpone casi en su totalidad con la del siglo XVI, el del fecundo y desbordante cinquecento italiano: la convincente presentación de la personalidad del pintor, de su agrio carácter, de su frecuente intemperancia, de su difícil trato, también de su ternura y su sensibilidad, de su nada resignada aceptación de la vejez y la muerte, de sus ideas y sus valores, de su ambigua relación con ese Dios al que acaba por consagrarse, de sus dudas y vacilaciones, de su radical independencia y su ansia de libertad; la vívida evocación de su infancia como hijo de un tintorero (de donde le vendrá su nombre artístico); la recreación de su vida familiar, en un matrimonio con hasta ocho hijos, fuente esencial de alegrías y padecimientos en su existencia; la poderosa presencia de las mujeres (la amada Cornelia, la esposa Faustina, la deslumbrante Marietta, las muchas otras anónimas, prostitutas y amantes ocasionales) y las apreciaciones sobre el papel que ellas desempeñaban en la sociedad y en el mundo del arte; la descripción exhaustiva y detallada, muy bien documentada -en un rasgo fundamental del libro, la ingente labor de investigación que ha debido suponer para su autora-, de la carrera profesional del pintor, que se muestra en sus distintas etapas y a través del comentario de diversos cuadros y de las referencias a las relaciones con otros pintores de la época, singularmente Tiziano, también de la explicación de las motivaciones y el propósito que movieron a su autor en su vocación artística y de los recursos técnicos empleados en sus obras, así como en la presentación de las reflexiones del propio Tintoretto -el libro está, obviamente, narrado en primera persona- sobre la importancia, la función y el valor del arte, sobre su propio estilo, sobre su concepción de la pintura; la fidedigna “fotografía” de la sociedad de su época, de sus cambios, de sus coordenadas históricas, sociales y hasta filosóficas, en particular las de una Venecia memorable, descrita con un rigor, una precisión y una verosimilitud portentosas, sin duda uno de los grandes alicientes del libro… 

La larga espera del ángel es así, en primer lugar, una magnífica indagación en la personalidad del artista, un hombre arisco, duro, brusco (Sigues siendo el puercoespín de siempre, le dice uno de sus colaboradores), despreocupado de las convenciones sociales e indiferente al juicio ajeno (A estas alturas, nada me importa lo que los demás piensen de mí), por lo que no rehúye los conflictos (Yo necesito el ruido, el movimiento, el conflicto y la batalla), con los colegas, con las autoridades; amante insobornable de una libertad por cuya consecución acepta la miseria y el anonimato durante parte de su vida; anclado en su Venecia al margen del mundo (Mi prisión ha sido Venecia, mi vida y mi nombre), reticente a los cambios, a los viajes; insensible ante los estímulos triviales del dinero (Nunca he entendido el lenguaje del dinero. Cuando he pintado una obra que era verdaderamente importante —ya fuera una historia, un ábside o un techo— no he querido ser pagado. Fuera cual fuera el gasto realizado para llevarla a cabo, fuera cual fuera el esfuerzo que me hubiera costado, ninguna cifra habría podido ser equivalente. El tiempo, las ideas, la pasión, la fantasía no tienen ni precio ni valor en el mercado), aunque no a los del reconocimiento y la fama, cuya ausencia, durante años, lo tortura; independiente e insensible a los engañosos cantos de sirena de los poderosos, a sus banales prebendas, a sus honores vacuos (Soy un caballo salvaje y no soporto una silla en la grupa. Mi libertad me es querida y no la vendería para pintar los rasgos deformes de un Habsburgo); realista y soñador, vanidoso y genial; enfático, confuso, con demasiada imaginación, prolífico, pletórico, desaliñado y negligente, al decir de sus muchos enemigos, pero también trabajador hasta el delirio, arrebatado e inconformista, apasionado y excesivo, movido por un amor ilimitado por la vida, desobediente e indócil a las convenciones de su entorno (Yo he desquiciado sus certezas, he saboteado su sistema, rechazado su horizonte), reacio al servilismo y el disimulo; empecinado en su lucha personal y, simultáneamente, resignado ante la inevitabilidad del destino. Un hombre, en definitiva, radicalmente libre, como demuestra esta significativa “declaración”: Creo que no poseo nada que pueda serme arrebatado. No tengo ni riquezas, ni cuentas acumuladas en algún banco, no tengo cargos públicos. El honor que he conquistado sólo yo puedo perderlo. He vivido a mi manera. Mi norma es el exceso. Nunca me ha preocupado parecer extravagante y disconforme. Incluso me han calificado de loco y amoral: que digan lo que crean, que cuenten lo que quieran. Si he sido una persona respetable es únicamente por lo que he pintado, no por la forma en que he vivido, ni por la forma de rezar, pensar y creer en ti

Pese a esta apariencia de firmeza y seguridad, a menudo airado e intemperante (demasiadas cosas me indignan, pocas me emocionan), el retrato que de él hace Mazzucco nos lo muestra como un ser también titubeante y con atisbos de fragilidad, con dudas en su declinante vejez, consciente de sus equivocaciones y errores, de sus contradicciones, de su estéril vanidad (Y mientras todos me veneran, yo tan sólo veo mis carencias, lo que no he alcanzado y ya nunca voy a alcanzar; la verdad que siempre se escapa tras la sonrisa elusiva de un viejo, en las arrugas del contorno de sus ojos, en la incomparable tez de un muerto, detrás de la última colina, y que se esconde detrás de otro horizonte), angustiado por su pasado, por sus recuerdos, cansado de vivir, cansado de todo, temeroso de la derrota y de la soledad finales, de la muerte y del postrer juicio divino. 

En ese muestrario de la compleja personalidad de Tintoretto cobra una especial relevancia la dimensión artística de su vida, que el libro explora con profundidad: sus inicios, de niño, ofreciéndose a los pintores consagrados para trabajar, sin paga, en sus talleres, para adquirir experiencia; sus primeros trabajos, sin contrato, sin salario, sin nombre; los pequeños retratos vendidos por la calle, a los dieciocho años, echando, descarado, el lazo a los clientes; el regalo de sus obras a quienes podían mostrarlas en sus palacetes, en sus capillas, multiplicando su fama; sus prácticas atrevidas e “irregulares” (un “pirata” del arte, como lo define el profesor Tom Nichols en el ya mencionado documental sobre el pintor), bajando el precio de los cuadros, o incluso entregándolos gratuitamente, para darse a conocer; el abrupto y frustrante menosprecio por parte de un celoso y hostil Tiziano -el hombre que para mí era la pintura misma-; la construcción de una identidad pictórica propia (soy el hijo y el discípulo de mí mismo. Me he alumbrado a mí mismo); el repudio de lo establecido, de lo esperado, de lo consabido, y el gusto por el asombro, por desconcertar, sorprender y provocar; los sueños de grandeza (Yo soñaba con el día en que la gente dijera Jacomo, como decía Rafael, Tiziano y Miguel Ángel); el ansia desmesurada por conocer y aprender de los mejores (Con mis primeras ganancias me procuré los grabados y las copias en yeso de las obras maestras de los mejores artistas. ¿Para qué las quieres?, me decían. Mejor sería que te compraras un gabán de lana y alquilaras un taller decente, vives como un pescador. Me alimento, respondía. Los demás comen carne de buey. Yo como obras. Las digiero y me sacio); los constantes proyectos, rechazos, encargos, propuestas, desprecios, provocaciones, desaires, escándalos; la enfebrecida pasión por la pintura (Vivía para pintar. Solamente eso me importaba); los postulados en los que sostener su arte: la libertad, la alegre creatividad, la necesidad de conocer, digerir, enfrentarse y superar la tradición (Es necesario, por tanto, violar la regla, distorsionar la costumbre, defraudar las expectativas), y, en consecuencia, su condición de revolucionario, de precursor, de visionario; sus teorías sobre el arte, sobre la trabajosa búsqueda de la naturalidad, sobre la pintura como sentimiento, como emoción, como transporte arrebatado, como inspiración, como mágico frenesí (Una tela es como una persona. A veces prende la chispa, otras veces no. La pintura es manía, posesión, hechizo; llámala, si así te parece, amor); los principales rasgos estilísticos: la maestría en la composición de las figuras, los escorzos, las perspectivas, la importancia de los colores, el juego de la luz y las sombras (como cazador de sombras he llegado a ser más bien hábil), la búsqueda de la belleza; los muchos cuadros (He pintado seiscientas cincuenta telas en más de sesenta años), rehaciendo una y otra vez los mismos temas y argumentos sin repetirse, con menciones expresas y destacadas a La presentación de la Virgen en el templo, en los postigos de la Madonna dell’Orto, La Deposición en el sepulcro, El milagro del esclavo, La tentación de San Antonio, La Visión de Jacob, Elías alimentado por el Ángel, Retrato de Mancio Ito, Muerte de Clorinda (debida, quizá, a su hijo Dominico), El Paraíso, las pinturas para la capilla de San Rocco (su particular capilla Sixtina), entre otras. 

Y en ese retrato del personaje destaca, y es otro de los ejes del libro, el amor por la familia. Casado con Faustina Episcopi, hija de un gran amigo, que se la “reservará”, conforme a los parámetros de la época, desde que la chiquilla tiene siete años, tendrá con ella ocho hijos y, sobre todo, pese a las desavenencias, encontrará en su compañía el bienestar y una suerte de felicidad. Yo no habría podido vivir sin ella, ni ella sin mí, concluirá al término de sus días. El libro nos permite conocer las interioridades de la pese a todo difícil relación con ella, lastrada por la obsesiva dedicación al arte, por la presencia de otras mujeres -singularmente la alemana Cornelia-, por el desinterés del pintor por los aspectos materiales de la vida, por la falta de tiempo para los hijos y las deficiencias de su complicada paternidad. Se describen con detalle las vicisitudes del trato con los hijos: el fiel Dominico, que permanece a su lado hasta el final, el despechado Marco, el soñador Zuane, el pequeño e infortunado Ottavio, las chicas, Lucrezia, Perina, Ottavia y Laura, entregadas al servicio del Señor, monjas las cuatro, y se resalta cómo, pese a sus notorias ausencias y sus carencias como padre, rebaja sus pretensiones artísticas, acepta cualquier trabajo, se arrastra ante las autoridades, suplica y adula, para criar decentemente a su prole (habría hecho lo que fuera para defender a mi familia). 

Pero el centro de la vida y de la obra de Tintoretto (la pintará en numerosas ocasiones, ya desde pequeña, como una Virgen niña, ascendiendo las escaleras, luminosa, en La presentación en el Templo) es Marietta, hija de Cornelia, ilegítima, pues. La relación entre ambos es intensa, desbordante, apasionada. Jacopo moldeará a la chiquilla a su antojo, se entregará a ella, la amará, y será correspondido con una devoción recíproca e igualmente fervorosa. No consigo divertirme cuando tú no estás. El mundo sin ti es una ensalada sin aceite ni sal, unos ñoquis sin salsa, una almohada sin plumas, confesará Marietta, ya adulta, en una declaración propia de enamorados. El vínculo es genuino y profundo, aunque no exento de tentaciones, incluso las carnales. El pintor, posesivo y celoso, “encerrará” a su hija durante gran parte de su vida, la preservará del mundo, aislándola en su estudio, haciéndola pasar por un chico, alejando su indudable encanto de sus muchos admiradores (Era una especie de unicornio, y aun los que nunca lo han visto están dispuestos a creer que existe, y a querer que sea para ellos) e intentando hacer de ella una artista a su imagen y semejanza (No sería como las demás mujeres. Iba a ser especial. Yo no permitiría que tuviera un destino banal y mediocre. Yo haría de ella algo. Era mía). Las vicisitudes, los altibajos, los muchos matices de esa relación poderosa y enfermiza, exagerada e impetuosa, exaltada y fecunda, enardecida y dolorosa, feliz y torturante, impregnan la narración entera, constituyendo, en cierto modo, el núcleo central, el auténtico hilo conductor de la trama argumental. 

En los momentos finales de su vida, cuando da cuenta de su ya decreciente transcurrir por el mundo, un desanimado y escéptico Tintoretto aceptará la imposibilidad de ofrecer la verdad de los hechos vividos, siempre discutibles, siempre relativos y variables según quién sea el biógrafo, y salvará, tan solo, su arte y su amor por una Marietta ya irremisiblemente perdida (morirá cuatro años antes que él). He aquí su declaración, emotiva y sincera, que explica, en gran parte, el libro entero, constituyendo, además, una suerte de justificación de la propia Melania Mazzucco en relación con las posibles libertades tomadas en su relato, ficción a la postre: 

No me importa lo que vaya a quedar de mí, qué anécdotas relatarán mis discípulos a mis biógrafos, si alguno de ellos sabrá reconocerme o me confundirá con el artista que cree querer ser él. Es el anzuelo el que elige el pez, no puede uno pescar una ballena con una mosca. La vida relatada es una red de elogios y de errores, y en las anchas mallas de la memoria lo esencial se pierde. Es una red de secretos, de censuras, mejoras, omisiones, inventos y mentiras, y la vida vivida no lo es menos. Ahora sé que es completamente inútil intentar ahogar las voces, corregir las opiniones, rectificar las mentiras: es como aprisionar el viento. Pero es una certeza que he adquirido demasiado tarde. Mi vida auténtica está donde todos pueden verla: en las iglesias, en las casas, en las fachadas de los edificios, en los palacios de los soberanos, en la Scuola di San Rocco. Es allí donde quien quiera encontrarme podrá hacerlo. Pero ella, en cambio, ¿dónde está? 

El personaje de Marietta, una construcción literaria excepcional, es también la “excusa” para que la autora deslice las numerosas reflexiones de naturaleza feminista que trufan su relato. La posición de subordinación de la mujer en la época (Un viejo proverbio veneciano dice que una mujer debe poseer tres cualidades: agradar, callar y quedarse en casa, sostiene el artista), ejemplificada en la figura de una sumisa -aunque quizá no tanto- Faustina, entregada a una ininterrumpida labor de reproducción y cuidado de su ocho hijos, es cuestionada -dentro de los parámetros y los límites que permitían las costumbres y los valores de los tiempos- por una Marietta de fuerte personalidad, independiente y decidida, que rechaza el matrimonio, que se introduce en los talleres de los maestros pintores, proscritos para las mujeres, disfrazada de muchacho, que hace caso omiso a las maledicencias y las críticas de la sociedad veneciana por lo extraño de la unión con su padre (Éramos la comidilla de Venecia), que desafía las convenciones, que rechaza el mandato de la época según el cual las mujeres no puedan ser pintoras, no puedan vivir sin un hombre (No puedes vivir en el mundo sin un hombre, […] Eso no está previsto. Si quieres seguir en la sociedad, como una mujer respetable, o te casas o te haces monja. Si quieres vivir en los márgenes, y divertirte algunos años, y dejarte utilizar y luego que te tiren igual que un zapato viejo, entonces hazte puta. No queda otro camino), mostrando las posibilidades de desarrollo de una mujer (La Tintoretta es la prueba de que si un padre criara a una hembra igual que a un varón, si le ofreciese la misma educación, las mismas posibilidades, en nada serían las mujeres inferiores a los hombres), entonces casi inimaginables, apenas entrevistas, paradójicamente, en el mundo conventual (Este minúsculo convento es un Estado independiente en el que las mujeres votan, piensan, estudian, trabajan e incluso llegan a ser jefes de Estado). 

Sin tiempo ya para más, quiero mencionar otro extraordinario valor del libro, ya apuntado: la minuciosa y muy convincente ambientación de la novela. Tanto en los detalles de la vida cotidiana e incluso íntima, en las vestimentas, las comidas, las costumbres y los rituales hogareños (Faustina se daba aire con el abanico y charloteaba vivazmente sobre la nueva sustancia para depilarse que le han vendido unas comadres, a base de cal viva, goma arábiga y huevos de hormiga que deja las piernas, las axilas y el bigote lisos como un cliente de ajo recién pelado, a modo de significativo ejemplo), como en la recreación de los escenarios externos, sencillamente prodigiosa. Destacan, en este segundo frente, la evocación de la infancia del pintor, hijo de un tintorero (de donde le vendrá su nombre artístico), que traslada al lector al abigarrado, colorista, maloliente, embriagador y deslumbrante entorno de obradores, curtidurías, astilleros, tintorerías y talleres varios. Pero es sobre todo la representación de Venecia, de la próspera, corrupta y decadente República, la Venecia cosmopolita (Porque en Venecia se ven turcos y circasianos, alemanes, flamencos e ingleses, daneses, españoles y lusitanos, armenios y albaneses, eslavos, croatas, bosnios, morlacos y tártaros, griegos, polacos, húngaros, persas, beréberes, indios, moros, negros africanos y hasta chinos), la ciudad sin raíces, peligrosa y secreta, el laberinto inconsistente, la Venecia “contaminada” en la que coinciden los nobles y los barqueros, los especieros y los mozos, las monjas y las meretrices (la contaminación enriquece y esta mezcla le da sabor a la vida), flotando en las aguas, hundida en su estatismo cuando Europa y el mundo entero cambian de modo vertiginoso, la que Mazzuco borda en su relato: las fiestas populares en los barrios, la desbordante presencia del arte, el comercio pujante, la profusión de mercancías, las prácticas especuladoras de los funcionarios, de los políticos, de los diplomáticos, de los administradores de la República, de los poderosos, las guerras y sus consecuencias de carestía y crisis económica, las desigualdades sociales, la riqueza y el lujo ostentosos y la vergonzosa miseria, la degradación y el terror de la peste. Las páginas dedicadas a la gran epidemia de 1575, que mató, en menos de dos años, a un tercio de los ciento cincuenta mil habitantes de la ciudad, son memorables, y con “nuestra” experiencia del coronavirus aún tan reciente, extraordinariamente “reconocibles”, salvando la mucha distancia de los siglos. Os ofrezco un significativo fragmento de ellas al término de esta reseña. 

Cierro ahora mi comentario con algunas apreciaciones sobre la soberbia película a la que aludí en mi presentación. Tintoretto, un rebelde en Venecia, dirigido por Giuseppe Domingo Romano y con guion de Mazzucco, es un formidable documental de 2019 que permite ahondar en la personalidad y la obra artística del veneciano. En la cinta, de hora y media de duración, se suceden, entre planos bellísimos de la ciudad, escenario del pintor veneciano por excelencia, los análisis de profesores, directores de museos e historiadores del arte como Kate Bryan, Tom Nichols, Matteo Casini o el cineasta Peter Greenaway, junto a la de la propia Melania G. Mazzucco. Hay también una intervención destacada de restauradores, curadores y expertos en los entresijos técnicos del arte, que nos permiten apreciar detalles relativos a la preparación de los cuadros, con el examen mediante radiografías que identifican, bajo la apariencia definitiva de una tela, los bocetos y diseños previos, y distinguir, en la pintura final, los más pequeños matices de pigmentos, pinceladas, trazos, etc… 

La voz de Stefano Accorsi, un actor italiano, y la de Helena Bonham Carter, en la versión inglesa, nos hacen avanzar, siguiendo un itinerario cronológico, por la biografía del artista y, sobre todo, por su deslumbrante obra pictórica. Se recrean así los orígenes familiares en la tintorería paterna, las distintas etapas de su carrera artística, sus esfuerzos, violando muchas veces las reglas y convenciones establecidas, por abrirse camino en el duro ambiente artístico veneciano, la abierta hostilidad personal con Tiziano y la rivalidad profesional con Veronese, su reconocimiento tardío y su “admisión”, por fin, en los más prestigiosos círculos institucionales de la ciudad, su relación con Marietta, la peste, la lucidez final ante la muerte. Y están también, comentadas de un modo profundo y ameno, muy estimulante, muchos de sus cuadros, las distintas aproximaciones a la vida de San Roque, las muchas “Última cena” (hasta doce llegó a pintar), Las bodas de Caná, Susana y los viejos, el Hallazgo del cuerpo de San Marcos en Alejandría, la impresionante Crucifixión de 1565, la recreación de la fabricación del becerro de oro y tantas otras. 

Y en todo ello, sobresalen los comentarios en torno a su estilo pictórico, enérgico, teatral, lleno de dinamismo y acción; su dominio del claroscuro; su cercanía, en ambientes y ropajes, a los humildes, a los pobres, frente a la proximidad de Tiziano a los reyes y al vínculo de Veronese con la aristocracia; su técnica que hoy llamaríamos cinematográfica -Sartre lo calificó de primer director de cine de la historia-: la profundidad de campo, el cinemascope, la división de la pantalla en partes, la imagen congelada, el enfoque (algunas de sus obras remiten a Orson Welles, por el lugar en donde pone la “cámara”, que permite ver los techos); su cosmopolitismo y, en terminología de hoy, multiculturalidad, con la presencia en sus cuadros de africanos, árabes, judíos, de turbantes y vestimentas orientales; la significativa presencia de las mujeres, analizada brillantemente a partir del cuadro la Presentación de María en el Templo; su rebeldía y su agrio carácter, sus contemporáneos lo llamaban Il Furioso, también por su vigoroso trazo, su velocidad al pintar, su fuerza, su nervio. 

En fin, no hay tiempo para más. De entre las varias referencias musicales presentes en el libro, elijo para acompañar este comentario Madonna per voi ardo, un madrigal de Philippe Verdelot que canta Marietta y cuya partitura aparece en su autorretrato de 1580 en el que se detiene, en una descripción exhaustiva, Melania G. Mazzucco. Aquí, la interpretación es de Clare Wilkinson. 


Marietta me conquistó poco a poco, como todas las mujeres que quieren durar en la vida de un hombre. Todavía no había aprendido a caminar y ya venía a buscarme, gateando adelante y atrás por los suelos. Porque algunas mañanas, cuando dejaba el lecho de mi amante, y la niña para impedir que me marchara me agarraba por el tobillo y se dejaba arrastrar hasta la puerta, yo no conseguía separarme de ella y me la llevaba conmigo. Era tan pequeña, tan conmovedora con su camisola blanca, y yo estaba tan orgulloso de que fuera mía, que me parecía un delito no verla durante tantas horas. Hasta un solo día es una eternidad, en la vida de un niño. 

Me tiraba de los calzones, me hacía muecas, me sonreía parpadeando, encantada. Es desconcertante descubrir cuán seductora puede ser una niña que todavía no sabe hablar, que ni siquiera conoce su nombre y ya sabe ganarse la atención de un hombre. Aquella pequeña criatura maliciosa e inocente me divertía inmensamente. Con ella todo era nuevo, sorprendente, irrepetible. Yo mismo me convertía en alguien nuevo, descubría en mí dotes nunca antes sospechadas. Descubría la paciencia, la disponibilidad, la ternura. Era capaz de meterme ese bulto caliente y oloroso de jabón en la bata y acunarlo mientras, colgado de las vigas del techo, entrelazado con las cuerdas, balanceándome con las piernas en el vacío, extendía con el pincel vastas áreas de color sobre mis telas. El balanceo la calmaba. El bulto se me dormía sobre el corazón. Os vais a partir la crisma, decía mi criado, observando con desconfianza las deterioradas sogas colgadas de vigas no menos deterioradas y chirriantes. Eso no va a ocurrir, respondía, nosotros sabemos volar. 

Fabriqué una cuna para ella. Teñí con mis manos las sábanas de seda donde dormía. Nunca lo había hecho. Hice hervir yo el índigo en el caldero. Preparé yo la barca de madera en el taller de mi padre, removí yo la paleta en el tinte, puse yo mismo a secar los paños en el telar: los trabajadores me miraban aturdidos. Elegí para ella el azul más profundo. Un color que provocó el pesar de mi padre. Qué tintorero más admirable habría sido, si hubiese continuado con su profesión. Fundí yo en cera su primera muñeca. Formé sus piernas, los brazos, la boca y el pelo con mis dedos. Modelé para ella un zoo entero de animales de cera: leones, elefantes, jirafas, camellos, cebras, hipogrifos, unicornios. Ni siquiera la hija del Dux tuvo nunca un serrallo semejante. 

Tuve otros hijos. Me temo incluso que no podría contarlos. Nunca he podido encontrar de nuevo el placer que sentí con la primera. Cuando Marietta dijo por primera vez mi nombre, cuando le salieron los dientes, cuando mondó su primera manzana, cuando rezó su primer Pater noster, cuando empezó a chapurrear y yo no la entendía porque su madre le hablaba en alemán y en alemán me hablaba a mí, y sus palabras sonaban prometedoras como un desconocido sortilegio; cuando trepaba sobre mis rodillas y me chupaba el pelo, con los labios húmedos me besaba la barba y la boca. Tu hija es una gran puta, bromeaba Cornelia, que se divertía viéndome cautivado por las zalamerías de Marietta. Ha aprendido de ti, bromeaba yo.

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Pero la muerte se iba extendiendo. Fue exactamente como en el Apocalipsis de Juan. Miré y he aquí un caballo amarillo, y el que lo montaba tenía por nombre Muerte y el Hades le seguía. Por la noche, barcas pintadas de blanco se deslizaban silenciosas en la oscuridad para ir a recoger los cadáveres. Los cargaban unos sobre otros, apilándolos como si fueran troncos. Los quemaban. Quemaban las cosas de los muertos: camas, colchones, sábanas, mobiliario, todo lo que los apestados habían tocado o que les había pertenecido. Parecerá absurdo, pero nunca se quemaron los zapatos, las ropas de valor, ni los cuadros tampoco. Tal vez las cosas útiles o valiosas no se convierten en vehículos de la muerte; quién sabe: todo artista en el fondo lo cree. Todo lo demás acabó en la hoguera. Por la noche, en las islas de la laguna, veíamos arder inmensas hogueras. El viento traía hasta la ciudad un acre olor a cenizas. Durante horas y horas, semanas, meses, la reverberación de las llamas tiñó el cielo de rojo. A veces, esas llamas eran de color negro y el aire olía a ropa y carne quemada. 

Blanca era en cambio la bandera izada sobre la gabarra que venía a recoger a los enfermos. El sonido metálico de una campanilla avisaba de su llegada, y de repente sobre los canales y sobre las fondamenta se hacía el vacío. Venecia parecía desierta. Pero estábamos ahí, y de qué manera. Metidos en nuestras madrigueras igual que las ratas. Por entonces salíamos únicamente para procurarnos las provisiones: ninguno de nosotros tenía ya criados. Yo mismo había hecho que se marchara mi fiel Schila, quien no obstante se negaba a alejarse. Lo había obligado a marcharse, poniéndole en la mano el dinero necesario para ir con sus parientes entre las blancas montañas de Istria. El enano se habría dejado matar por nosotros, pero yo tenía miedo de él, como tenía miedo de todo el mundo. Ya no hablábamos con los desconocidos. Sospechábamos de nuestros amigos, de nuestros parientes. Nos encontrábamos y seguíamos recto, sin detenernos, renegábamos unos de otros como traidores. Cada uno de nosotros podía ser el sicario del otro. 

Las fiestas cesaron. Las compañías de actores ambulantes interrumpieron sus representaciones. Desaparecieron también los charlatanes y las gitanas que pedían limosna y leían la mano delante de las iglesias, con sus niños colgados del cuello. Las autoridades todavía se mostraban reacias a admitir la epidemia, pero todo se vino abajo igualmente. Empezó a escasear la comida: de las campiñas de tierra firme dejaron de llegar los suministros. Los forasteros huyeron. Los alemanes se protegieron del otro lado de las fronteras o se atrincheraron en el Fondaco. Hasta los judíos del Gueto interrumpieron todos sus negocios. Nuestras galeras permanecían fondeadas, con la tripulación diezmada en las bodegas. Las mercancías se pudrían en los almacenes. Ya nadie compraba seda, por miedo a que, al proceder de Oriente, estuviera contaminada. Todo lo que era extranjero se convirtió en sospechoso. Pero el mal —como todo lo que es extranjero— se había habituado a Venecia y había echado allí profundas raíces. Durante todo el siglo Venecia había sido el arca de Noé: la puerta y la patria para los desterrados, los prófugos y los refugiados de todas las procedencias. Ahora se había convertido en la puerta de la peste. 

Hubo alborotos y tumultos. Se buscaba con desesperación al culpable de tanta ruina: se le identificó sucesivamente con unos mercaderes de seda de Córdoba y Argel, que querían ocupar el lugar de los nuestros y habían contaminado nuestras naves; con los vagabundos sin domicilio fijo que en los últimos años se habían multiplicado en la ciudad, ocupando todos los pórticos con sus harapos; con los picaros que habían venido desde el campo; con la blasfemia, con la sodomía, con la lujuria desenfrenada que imperaba en todas las casas de esta corrupta ciudad; con el pecado secreto que cada uno de nosotros en su corazón sabía que había cometido. Nadie osó difundir el rumor de que había sido cosa de los judíos, porque en el Gueto se moría más que en cualquier otra parte, y la peste no diferenciaba al judío o al hereje del cristiano. La peste ni siquiera diferenciaba entre los viejos y los niños, las mujeres y los hombres, los justos y los pecadores. Todos morían. Como nosotros, Dios también se había quedado ciego. 

Cerraron las tiendas de los vendedores de dulces, de los vendedores de aceite y de jabón, y de los que vendían diamantes. Cerró el mercado de Rialto, cerraron las vaquerías, las pescaderías, luego también los bancos. Hasta los juzgados dejaron de funcionar, porque los jueces habían huido. El Senado no tenía quórum, filas y filas de asientos permanecían vacíos, los cargos más importantes se quedaban sin cubrir, ni siquiera se juzgaba a los criminales. Todo se detuvo. Hasta yo tuve que cerrar. Ya nadie me encargaba más cuadros, nadie venía a recoger los que ya estaban listos. Pasábamos el tiempo en casa, confinados nosotros también, como los parientes de los contagiados y los propios contagiados. Era como si toda la ciudad tuviera la peste. 

Esperábamos, impacientes, el final de ese asedio, listos para escuchar cualquier voz de esperanza. Algo que, pese a todo, no llegaba. Las semanas pasaban y el caballo amarillo montado polla Muerte y seguido por el Hades seguía cabalgando sin ser molestado por entre medio de todos nosotros. Un día apareció en la orilla un desconocido vestido de negro, con una cruz en la mano. Corría por toda la ciudad gritando que era el esperado Mensajero: Dios lo enviaba para decirnos que la peste había terminado. Los confinados en las casas tenían que salir y los enfermos levantarse de nuevo, porque la ira del Señor se había aplacado. Retuve a mi esposa y a mis hijos en casa por la fuerza. Fueron cientos, sin embargo, los que siguieron al desconocido, llorando, rezando y dando gracias por la gracia recibida. Pero nada de aquello era verdad, es más, la peste era la dueña de Venecia y ninguna disposición, remedio o cura parecía poder detenerla. Ese mensajero era tan sólo un extranjero que estaba loco. Nadie supo nunca su nombre. A veces me pregunto si de verdad tú lo enviaste, Señor, y para decirnos qué.
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Melania G. Mazzucco. La larga espera del ángel