Vivo entre muchos libros y extraigo una gran parte de mis ganas de vivir del hecho de que aún leeré la mayoría de ellos. (Elias Canetti)

miércoles, 13 de noviembre de 2013

RAFIK SCHAMI. EL LADO OSCURO DEL AMOR 

Hola, buenas tardes. Bienvenidos a una nueva edición de Todos los libros un libro, el espacio de Radio Universidad de Salamanca que, como todos los miércoles, os trae una apasionada propuesta de lectura con el fin de despertar en vosotros el interés por una obra literaria de calidad. Esta semana os recomiendo una novela muy atractiva -y muy voluminosa también: más de ochocientas páginas- surgida en un ámbito literario bastante poco usual, pues su autor es de nacionalidad siria, aunque haya desarrollado toda su carrera como escritor en Alemania. Os hablo de Rafik Schami y de su libro El lado oscuro del amor que publicó la Editorial Salamandra en 2008 en traducción del alemán de Carlos Fortea. En estos días en que Siria vive jornadas dramáticas, inmerso el país en una muy cruenta guerra civil -con una aun más preocupante dimensión internacional-, traer a este espacio un texto que -más allá de su mero interés en el ámbito de la literatura; que lo tiene, obviamente, y grande- nos pone en contacto, en el transcurso de su trama argumental, con la historia, la política, las costumbres, las vivencias de sus ciudadanos, se me antoja una opción especialmente oportuna, por lo que creo -con más razones que otras veces- que el libro podrá interesaros. Mientras tanto, mientras decidís si lo leéis o no, no olvidéis la triste situación de los refugiados sirios, cientos de miles de desplazados, sobre todo niños, víctimas inocentes de una guerra cruel.
 
El lado oscuro del amor es, en una primera instancia y tal y como indica su nombre, una novela de amor, un amor prohibido, un amor aparentemente imposible, un amor condenado al sufrimiento y al dolor. Un amor, desarrollado en un país del Oriente Medio, pero con muchas afinidades con el ideal romántico que la literatura ha consagrado en Occidente, con la tragedia de Romeo y Julieta como ejemplo paradigmático.
 
Farid y Rana son dos jóvenes que se aman desde niños y que deben arrostrar los inconvenientes de ese sentimiento, pues pertenecen a dos familias, los Mushtak y los Shahin, que se odian, enfrentadas desde tiempo inmemorial. A lo largo de los años, durante décadas, los protagonistas viven su pasión de manera limitada, entre grandes temporadas de distanciamiento y clandestinidad provocados por la oposición, la hostilidad incluso, de sus respectivos clanes. Los escasos momentos de felicidad se alternan con separaciones frecuentes, con sufrimiento indecible, con violencia e incomprensión. El sometimiento a anquilosadas costumbres ancestrales, que han prevalecido hasta hace poco tiempo en Siria -y que sin duda siguen existiendo actualmente en el mundo árabe-, impedía las relaciones entre sexos basadas en el amor. Bárbaras exigencias tribales, irracionales motivos religiosos, absurdos intereses familiares, anacrónicas tradiciones ancladas en un pasado brutal obligaban a los matrimonios concertados y frustraban las manifestaciones espontáneas del amor romántico. En Europa una pareja es feliz o no, vive junta o se separa según los dictados del amor. Aquí te casas o te separas por cien motivos, y ninguno de ellos se llama amor, se lee en un momento del libro.
 
Farid es un Mushtak, una familia fiel a la Iglesia católica y romana, mientras que Rana pertenece a los ricos Shahin, que siguen la ortodoxia grecorromana, de tal manera que el conflicto que rodea a los amantes no tiene que ver sólo con ciegas rivalidades de siglos entre estirpes que presentan rasgos cercanos a la leyenda, sino también con intereses religiosos, culturales, étnicos. El autor, en el último e ilustrativo capítulo del libro, da cuenta de un suceso, vivido por él en 1962, que acabará conformando -transformado literariamente- un importante episodio de la novela, y que pone de manifiesto este sometimiento de los sentimientos al fanatismo religioso: una joven musulmana fue asesinada ante mis ojos y los de todos los vecinos -escribe- porque había transgredido los límites religiosos y se había enamorado de un varón cristiano. Y más adelante: cuando yo era un chico de dieciséis años que veía el mundo como una infinita cadena de historias, pensé que había que escribir una novela sobre todas las formas de amor prohibido en Arabia, y lo deseé con toda la ingenuidad de un amante. De manera que por el libro, en paralelo e intercaladas entre la historia principal de Farid y Rana, aparecen infinidad de historias menores -en una construcción que apunta a las teselas que conforman un mosaico- que recogen estas variantes del amor que lucha -y muchas veces pierde- contra las exigencias de “la tribu”.
 
Pero más allá de la(s) historia(s) de amor, la novela de Schami interesa también desde ese punto de vista de la multiplicidad de relatos que se entrecruzan en el libro, en un esquema narrativo -las historias dentro de historias- que entronca con la tradición literaria árabe. En este sentido, El lado oscuro del amor remite a Las mil y una noches, pues está surcado de cuentos, leyendas, mitologías, en una suerte de realismo mágico a la oriental: de nuevo el mundo como una infinita cadena de historias. La del gigantesco pene de Elías Mushtak, la de la fantástica colección de ojos de cristal, las que nacen de la desbordante fantasía con la que un hijo cuenta a su padre las películas que ve en el cine, recreándose en la atmósfera como de cuento de un fenómeno que el relato tiñe de tintes mágicos, las aventuras, siempre sorprendentes, del loco Gibrán, el encantamiento de los imaginativos juegos de los niños que se describen en un momento del libro, las fascinantes clases de caligrafía árabe, la descripción de la multitud de peripecias sexuales de los personajes, siempre risueñas y procaces, el cuento de las gallinas y su memoria, las experiencias vividas en el hammam, la historia del cadáver que aparece en una cesta, la del hombre sabio que lee impertérrito mientras los gatos suben por su cuerpo, la del chico que al saber que su abuelo ha muerto y ha sido enterrado sin sus gafas espera la muerte de su abuela para que ésta se las lleve y así pueda leer en el cielo... y decenas de ellas más en una sucesión que fluye incansable en los trescientos cuatro capítulos de una novela repleta de cuentos, de fábulas, de invenciones, de anécdotas. Capítulos que se organizan en libros: el de la risa, el del amor, el de la muerte, el del infierno, el del devenir, el de la soledad, el de la estirpe, el de los colores,... ¡¡el de las mariposas!! Libros que van surgiendo aparentemente deslavazados a lo largo de la narración, pero que ayudan a articularla, a ordenarla, a darle estructura, a dibujar en ella ocultas líneas de fuerza, secretas relaciones, hilos sutiles que enlazan las historias.
 
Pero este mundo de “fantasía”, imaginativo y colorista, se complementa con innumerables calas que la narración hace en la historia de Siria: las convulsiones, los escándalos y los excesos de la política, el poder siempre corrupto, los muchos golpes de estado, las sucesión de militares siniestros, a cual más depravado y venal, que ocupan el palacio presidencial desalojando -muchas veces de manera cruenta- al protagonista de la anterior sublevación armada mientras cuentan los días que faltan para ser depuestos a su vez por el enésimo líder iluminado que por las armas asalta las instituciones del Estado con ficticias -e insensatas- promesas de cambiar para siempre la vida de sus conciudadanos, en realidad sus súbditos. Censura, arbitrariedad política, regímenes despóticos, tortura despiadada, burocracia estatal, opositores desaparecidos, raptados o asesinados, represión sistemática, intrigas de los servicios secretos, luchas entre minoritarios grupúsculos políticos, disturbios varios, permanente enfrentamiento civil, dirigentes que amasan sus fortunas esquilmando a sus pueblos... todos los componentes paradigmáticos que definen las dictaduras y sus innobles crímenes aparecen en el libro, y no desde una perspectiva inventada sino desgraciadamente real, con personajes de existencia histórica, documentada, con nombres y apellidos que forman parte de la vida siria de los últimos setenta años, con escenarios y lugares, con calles y edificios reconocibles de un Damasco que se dibuja con colores de leyenda hasta constituirse así, igualmente, en protagonista principal del libro. Novela política, pues, también, este El lado oscuro del amor, un libro cuya lectura nos permite conocer algunas de las claves que explican el actual conflicto que vive el país árabe. Especialmente significativas, en este sentido, las páginas dedicadas a los Hermanos Musulmanes, con tanta -y tan controvertida- presencia en la crisis actual, y de cuyos orígenes, evolución y fanáticas posiciones fundamentalistas se nos da cuenta en la novela.
 
Ambas dimensiones, la íntima, sentimental, amorosa, y la objetiva, política y hasta sociológica, aparecen marcadas por un fuerte tono autobiográfico. Durante la lectura del libro todo apunta a este carácter “vivido” de las experiencias que se narran, lo cual se confirma en el -insisto- muy esclarecedor último capítulo donde Rafik Schami desvela la “cocina” de su escritura y nos da las claves del proceso creador que condujo -tras más de cuarenta años de “cocción”- a la publicación de su magna obra. Comunista perseguido por sus ideas, huido de su país ante la amenaza de tres años de servicio militar al servicio de un régimen despótico, exiliado en Alemania, la vida pública del autor -y probablemente también su personal vivencia amorosa- corre en paralelo a la de Farid, su principal personaje masculino, y los dos polos -el íntimo y el político- se anudan en un relato complejo y lleno de encanto que participa -como he señalado- de esa desbordante imaginación de la literatura árabe -sobre todo oral- que constituye el tercer pilar sobre el que se construye el libro.
 
Y todo ello con un mensaje de fondo ilustrado y progresista, democrático y liberador, un mensaje de tolerancia, convivencia y modernidad. Como se recoge en un momento del libro: En Damasco hay frases que se dicen sólo para saber si un interlocutor desconocido pertenece a la misma religión que uno. Cuando un musulmán exclama de pronto: “Que Dios bendiga a nuestro profeta Mahoma”, el otro, si es musulmán, repite: “Que Dios bendiga a nuestro profeta Mahoma”. En cambio, si es judío o cristiano, responde: “Que Dios bendiga a todos los profetas”. O, más adelante, en lo que quizá pueda entenderse como la clave central de la novela: Musulmanes y cristianos pueden luchar juntos, comerciar, guardar luto, celebrar fiestas, trabajar, vivir y morir, pero no pueden amarse. Y si una pareja se atreve, la respuesta es la muerte. Una propuesta, pues, que enfatiza las virtudes del amor, de la belleza, de la alegría, de la sensibilidad, de la comprensión, de la solidaridad, de, en definitiva, la vida, por encima de credos y etnias, de ideologías y religiones, de identidades y clanes, de culturas y estirpes.
 
Interesantes momentos de lectura, pues, los que nos depara El lado oscuro del amor, de Rafik Schami, que publica Salamandra. La ilustración musical de mi reseña de hoy la aporta Um Kulthum (en la grafía empleada en la novela; yo siempre había utilizado Om Kalsoum, aunque son muchas las versiones “admisibles” del nombre de la diva de la música egipcia), cuyas canciones escuchan los protagonistas de la novela, como podréis apreciar en el fragmento con el que cierro este entrada. Ahmad Rhami, el autor de la letra de Hagartak, la pieza que os ofrezco, escribió, enamorado, los versos de más de trescientos temas interpretados por la excepcional cantante, una figura casi mítica en el mundo árabe, sin que su amor, plasmado en tantos poemas cantados por su amada, nunca fuera correspondido. Aquí os dejo su triste y apasionada  letra, traducida del árabe a un inglés que por falta de tiempo no puedo verter al español:
 
I left you maybe I forgot your love
and say goodbye to your cruel heart
And said I can for a day pass
and get empty from the cruel love
I found my soul in the beginning of your pain
thinking of you and have been forgetting
 
My soul got angry on the loss
and your love is running in my blood
And I kept thinking of forgetting you
when forgetting have been my own rule
If your love ever came to my mind
or your shadow visited my imagination
I tried running away from the thoughts t
hat turns on the fire of my love
And I preferred and my mind is lost
in the love between my mind and heart
And leaving was to forget you
and say goodbye to your cruel heart
I found my soul in the beginning of your pain
thinking of you and have been forgetting
 
I feel sorry for your pain
after what I saw in your love
I could not forget your acceptance
the days of your longing and convenience
But what can I do
and my heart is still bothering me
I am bothered to wish
for the blessings of your love
And you watered it back from
the rejection the cup of desertion
And the days pass after you
witnessing and deprivation
And it was a wish for me to forget you
and say goodbye to your cruel heart
I found my soul in the beginning of your pain
thinking of you and have been forgetting
 
So many times I tried forgetting you
and forget the nights of your desires
And forget the beauty that I have
seen in the existence with you
I denied my soul from every community
that walked between me and you
I denied my soul from every grace
that was sweet with you in my eyes
And said that I would live without the
memories to make my heart ripe for you
I have no single idea
except that I forget to think of you
And you became between my mind
and heart lost and puzzled
I say to my soul from outsmarting t
hat I should forget the forgotten
As long as I am deserting only to forget you
and say goodbye to your cruel heart
And see my soul in the beginning of your pain
thinking of you and have been forgetting
 
 
 
-¿Y tú crees en serio que nuestro amor tiene alguna posibilidad?
 Farid no lo preguntaba para recordar a Rana la sangrienta enemistad que enfrentaba a sus familias, sino porque se sentía desdichado y no veía esperanza alguna.
Tres días atrás, la policía secreta había asaltado y secuestrado a su amigo Amín cuando éste salía de su casa. Desde la unión de Siria y Egipto en la primavera de 1958 se había iniciado una cacería de comunistas. El año 1959 había sido especialmente malo. El presidente Satlán había pronunciado furiosos discursos contra el régimen del dictador Damián en Irak y contra los comunistas. Tampoco al terminar el año había habido un respiro; incluso en plena noche los jeeps del Servicio Secreto circulaban por las calles de la capital con sus víctimas. Las familias quedaban atrás, entre lágrimas de miedo. Se habló de "Nochevieja sangrienta". Un susurro corría de boca en boca y suscitaba aún más miedo del Servicio Secreto, que parecía tener espías en todos los hogares.
 
Ese día, para Farid el amor era algo parecido a un lujo. Había pasado unas horas tranquilas con Rana en casa de su fallecida abuela. Allí, en Damasco, cualquier encuentro con ella era un oasis en medio del desierto de su soledad. Muy al contrario que las semanas pasadas en Beirut, donde se habían escondido ocho años atrás. Allá, cada día había empezado y terminado en los brazos de Rana. Allá, el amor había sido un dulce y extenso paisaje fluvial.
La casa de su abuela aún no había sido vendida. Claire, su madre, le había dado la llave la mañana anterior.
-Pero déjate puestos los calzoncillos -había bromeado.
Brillaba el sol, pero hacía un día gélido. Una humedad mohosa le había salido al paso al entrar en la casa. Abrió las ventanas, dejó pasar el fresco y por último encendió las estufas de la cocina y el dormitorio. No había nada que Farid odiara más que el olor del frío húmedo y asentado.
Cuando Rana llegó, poco antes de las doce, las estufas ya estaban al rojo.
Ella bromeó:
-¿Estamos en el hammam o en casa de tu abuela?
Farid la vio tan arrebatadoramente hermosa como siempre, pero no consiguió librarse de la sensación de un peligro amenazador. Mientras la besaba, pensó en el indio que en una inundación había buscado la salvación encaramándose a un tejado y se había ido sumergiendo poco a poco en la húmeda muerte. Se abrazó a Rana como si estuviera ahogándose y notó el corazón de ella contra su pecho. Tenía frío, a pesar del calor, y su sonrisa sólo lo alivió del miedo durante unos segundos.
-Hoy eres un modelo de decencia -lo provocó ella cuando salieron de la casa al cabo de unas horas.-. Como si mi madre te hubiera encargado que cuidaras de mí. Ni siquiera te has quitado los pantalones...
Y rió alegremente.
-Esto no tiene nada que ver con tu madre -dijo él, y quiso explicárselo, pero las palabras se le quedaron atravesadas.
En silencio, caminó junto a ella por los callejones hasta el parque de Sufaniya, cerca de BabTuma. Cada jeep que pasaba suponía un sobresalto. De las radios de los cafés salían las palabras del presidente, que prometía una lucha encarnizada contra los enemigos de la República. Satlán poseía una voz hermosa y masculina que cautivaba a los árabes. La radio era su caja mágica. Con más de un ochenta por ciento de analfabetos, la oposición carecía de la menor oportunidad. Quien domina la radio tiene al pueblo de su parte.
Y el pueblo amaba a Satlán; tan sólo una ínfima y desesperada oposición lo temía y, tras la despiadada ola de detenciones, un extraño miedo envolvía la ciudad. “Pero pronto los damascenos lo habrán olvidado todo y volverán a ocuparse riendo de sus negocios”, pensó Farid cuando llegaron al parque.
Su miedo era una rapaz que devoraba su tranquilidad. Pensaba sin cesar en Amín, el solador, que ahora tendría que soportar los tormentos de la tortura. Amín no sólo era su amigo. También había sido el contacto entre las juventudes comunistas, que Farid presidía desde hacía unos meses, y la dirección del partido en Damasco. Apenas unos días atrás le había asegurado que se había encerrado y cortado todos los hilos que conducían hasta él. Amín era un experimentado luchador clandestino.
Hacía unas semanas, mientras tomaban café una mañana, la madre de Farid le había dicho de pronto que la muerte de sus padres, tías y tíos la dejaba a un tiempo triste y desnuda; el muro protector de los mayores desaparecía y uno quedaba más expuesto al abismo. Ahora, él mismo contemplaba desnudo ese abismo. Todo parecía tambalearse. Su amigo Josef defendía ciegamente a Satlán y despotricaba contra los “agentes de Moscú”, como el presidente llamaba a los comunistas. Farid estaba en el partido equivocado, era el único ser humano entre seres sin corazón, y ya era hora de que lo dejara. ¿Cómo podía Josef hablar así?
Rana era la mayor felicidad para Farid. La amaba tanto que casi deseaba separarse de ella para protegerla del riesgo de una persecución. Miró su oreja. Sólo por eso, por aquella pequeña e inocente oreja, tenía que amarla. Rana llevaba un buen rato en silencio. Parecía observar a los niños que jugaban en el parque, pero una chiquilla al margen del grupo le llamó la atención. La niña bailaba y giraba en círculo, se quedaba rígida de repente y luego se arrojaba al suelo, como alcanzada por una bala. Al cabo de unos instantes volvía a incorporarse y bailaba de nuevo, para volver a dejarse caer al poco.
Hacía tiempo que Damasco no disfrutaba de semejante clima: la bendición de las lluvias invernales había sido anulada por el frío primaveral; las flores y los capullos se habían helado.
Era el primer día soleado después de una eternidad húmeda. Los habitantes de la ciudad vieja salían, pálidos y tosiendo, de sus casas de adobe, que no conseguían mantener el frío a raya, y buscaban los parques y jardines fuera de las murallas de la ciudad. Los adultos hacían barbacoas, tomaban té, jugaban a las cartas, contaban historias o fumaban sus narguiles con la mirada perdida. Los hijos se entretenían con juegos bulliciosos: los chicos con pelotas, las chicas con aros de hula-hop, recién llegados de América, que habían conquistado Damasco en un abrir y cerrar de ojos. Meneando las caderas, las chicas trataban de mantener en movimiento circular los aros de plástico. La mayoría aún eran torpes, pero algunas ya lograban mover los aros durante unos minutos.
El frío parecía no importar a la muchacha que bailaba apartada de los demás. Sus movimientos tenían una extraña calma veraniega. Rana observó el cuello de la muchacha y se preguntó qué signo trazaría la sangre en el aire si realmente una bala alcanzase a la pequeña. En el caso de su tía Yasmín, el chorro de sangre había pintado en la pared el símbolo del infinito, un ocho horizontal. De eso hacía ya diez años. Yasmín, la hermana menor del padre de Rana, había regresado de Beirut, donde se había escondido durante largo tiempo de la ira de su familia junto a su esposo musulmán. Echaba de menos Damasco, su ciudad, y a su madre. Una sonrisa afloró a los labios de Rana, pero sólo para volver a perderse enseguida. Pensó: “Debe de ser el destino de la familia que todos los enamorados huyan a Beirut.”
Un día de verano, la tía Yasmín la había invitado a la famosa heladería Bakdash, en el zoco Al Hamidiya. Allí dijo, en tono alegre e intrascendente: -Desde tiempo inmemorial, la vida en Arabia se mueve entre dos enemigos irreconciliables: el amor y la muerte, y yo he optado por el amor.
Pero la muerte no aceptó su decisión.
Samuel, el sobrino de Yasmín, la mató a la entrada de un cine; su acompañante huyó sin sufrir daño alguno. Samuel no disparó sobre él, sino que se quedó de pie junto a su tía ensangrentada y gritó a los transeúntes:
-¡He salvado el honor de mi familia cristiana, porque mi tía lo había arrastrado por el barro al casarse con un musulmán!
Muchos de los presentes habían aplaudido.
Samuel, el malcriado hijo de la tía Amira, tenía por entonces dieciséis años, y no se lo consideraba mayor de edad. Pasó un año en la cárcel y luego quedó en libertad. Sus parientes lo llevaron a hombros por las calles, cantando a voz en cuello, hasta casa de sus padres. Allí, más de cien personas festejaron su acto de heroísmo hasta el amanecer. Sólo Basil, el padre de Rana, se mantuvo al margen de la celebración. Le resultaba demasiado primitiva, pero también él comprendía el asesinato de su propia hermana, quien había acarreado la vergüenza a la familia.
Tan sólo Samia, la abuela, hizo saber a Samuel y a la madre de éste que lo maldeciría todos los días al levantarse y todas las noches antes de acostarse. Yasmín había sido su hija predilecta. Probablemente por eso se murmuraba que Samuel -por encargo de quien fuere- había matado a su tía cargando con el odio de su propia madre, que siempre se había sentido relegada.
Desde entonces, Rana no había vuelto a dirigirle la palabra a su primo. Siempre que éste visitaba a su hermano Jack, ella se encerraba en su habitación. Tampoco volvió a pisar jamás la casa de su tía Amira. En cambio, la foto de la tía Yasmín colgaba en su cuartito junto a la imagen de la Virgen María.
Esa fría mañana de marzo, Rana siguió guardando silencio y apretó con fuerza las cálidas manos de Farid.
La niña volvió a caer, esta vez con enorme elegancia, y se quedó tumbada un rato, antes de que sus manos empezaran a aletear como una mariposa, como signo de que la vida había regresado al cuerpo tendido.
A lo lejos, alguien cantaba complacido unos versos colmados de melancolía y desesperación: “Me obligué a separarnos/para olvidarte.” Eran un fragmento de la última canción de la cantante egipcia Um Kulthum. Ahmad Rami, el tímido y sensible autor de los versos, en los años cincuenta había plasmado su devoción por ella en más de trescientas canciones, sin que su amor llegara nunca a colmarse.
-Necesito tiempo para encontrar una respuesta -dijo Rana.

miércoles, 6 de noviembre de 2013

ROSA MONTERO. LA RIDÍCULA IDEA DE NO VOLVER A VERTE

Hola, buenas tardes, bienvenidos a una nueva emisión de Todos los libros un libro, el espacio de recomendaciones literarias de Radio Universidad de Salamanca. Hoy, seis de noviembre, con el recuerdo reciente del pasado Día de difuntos, quiero dedicar la emisión a la presentación de un libro que tiene a la muerte como protagonista (aunque su autora lo niega explícitamente en sus primeras páginas; y es cierto que en el libro comparecen también el amor, la infancia, el paso del tiempo, la soledad, el sexo, la relación entre hombres y mujeres, la aventura de la ciencia, la inmensa potencia que la literatura tiene para permitirnos encajar los innumerables golpes de la existencia, la vida en suma). Se trata de La ridícula idea de no volver a verte, un libro que presentó Seix Barral en este mismo 2013, y que está conociendo un importante éxito editorial con numerosas reediciones en los escasos ocho meses que han pasado desde su publicación.
 
Debo empezar por confesar que no me gusta Rosa Montero, su literatura, su “personaje” público. Acepto, claro, que en estas cuestiones de filias y fobias hay mucho de irracional, y así ocurre en este caso porque, de hecho, las causas cívicas por las que se mueve la periodista, sus razonables denuncias que tantas veces ponen de relieve situaciones injustas sobre las que a menudo no reparamos, sus principios morales cercanos a lo más valioso del pensamiento de izquierdas, me parecen interesantes y oportunos. Pero lo atinado de sus juicios, lo acertado de sus críticas, lo ejemplar de sus posturas ante cuestiones de interés social no impiden que haya algo en su modo de manifestarse, en su escritura, un estilo presuntamente ligero, aparentemente sencillo y sin pretensiones, que se quiere voluntariamente desprovisto de pedantería, de aderezos inútiles, pero a la vez demasiado infantil, simplón, como de recatada colegiala de internado “progresista” y cool, que me estomaga (prefiero decirlo así, abiertamente, con el verbo rotundo y, lo confieso, un poco influenciado por el léxico trivial de la escritora).
 
Es cierto que estas impresiones que admito exageradas y algo absurdas, nacidas de mi contacto habitual durante más de treinta años con la obra periodística de la escritora, no tendrían que mezclarse con la valoración de su literatura, que debería merecer un análisis neutro, aséptico, desprovisto de estos quizá infundados apriorismos, libre de prejuicios. Es por ello por lo que, armado de una voluntad de hierro, hice intentos de leer a Rosa Montero en su primeras y aclamadas novelas, acabé con esfuerzo Crónica del desamor, volví a tentar a la suerte, esta vez infructuosamente, con Te trataré como una reina, que no logré finalizar, hasta que dejé de interesarme por su producción literaria aunque seguí siendo relativamente fiel -con un seguimiento racional, objetivo, casi siempre indiferente desde el punto de vista de la emoción- a sus colaboraciones periodísticas.
 
Por desgracia, todos sus vicios literarios (o, por ser más ecuánime, los aspectos de su escritura que particularmente me desagradan) están presentes también en esta su última publicación, La ridícula idea de no volver a verte, que, sin embargo, me ha interesado y que por ello quiero recomendaros por razones que os detallaré más adelante. Y es que aunque la propia autora confiesa en su texto que sólo en su juventud había aspirado a la grandeza literaria, a escribir la gran obra sobre la condición humana, mientras que ahora sólo pretendería la libertad, una escritura liberada de las imposiciones -las ajenas y las del propio yo-, sin ambiciones, sin miedos ni dudas, sencilla y “desposeída”, el libro parece, pese a todo, nacer con elevadas pretensiones pues tiene a la muerte como núcleo central, la muerte -ni más ni menos- de la persona amada, del hombre con el que la propia Rosa Montero ha convivido durante más de veinte años, y se centra en el vendaval de pensamientos y emociones que tras esa dolorosísima desaparición la asaltan y la obligan a plantearse la existencia, el sentido de la vida, la razón última de nuestro paso por el mundo. Y el problema, a mi juicio, no es que el enfoque de partida sea más o menos ambicioso o enfático o profundo o hasta grave sino que cuando desde esa perspectiva “de altura”, algo solemne e impostada, uno se encuentra de continuo a lo largo del texto con términos como morrocotudo o periquete o cocorota, con “guauus” constantes, con expresiones como “fría como un pez”, “rechoncha cual manzana”, “se había enamorado como una becerra”, cuando se describe ese enamoramiento “becerril” de Marie Curie -que como veremos luego desempeña un papel esencial en el libro, siendo, en cierto modo, su personaje principal- con esta vergonzosa descripción: “saltaron chispas ante sus ojos, tintinearon ensordecedoras campanillas en sus orejas y las estrellas se pusieron a bailar”, cuando la obra entera está trufada de muchas otras muestras de esta cursilería repulsiva y bienintencionada, impregnada de este tono para mí insoportable de supuestas familiaridad y cercanía, de campechanía y “colegueo”, que interrumpen insistente y despiadadamente la lectura, la verdad, llamadme intransigente, pero ganas dan de abandonar todo intento de avanzar en el libro y depositarlo sin compasión en el incinerador de basuras más cercano.
 
Pero es que, además, Rosa Montero no parece tener “de verdad” una voz literaria propia... Muy a menudo da la impresión de superficialidad, de acogerse a esquemas ajenos, de “forzar la máquina” de la originalidad de un modo siempre algo impostado, muy ligero, sin autenticidad aunque en apariencia quiera dar la impresión de que se está desnudando emocionalmente. En este caso, en el caso de La ridícula idea de no volver a verte, la fórmula que la escritora parece tantear es la de la cada vez más reiterada -y por ello cada vez más falsa- novela-miscelánea, una novela cajón de sastre que admite en su interior retazos autobiográficos y reportajes periodísticos, fotos y documentos, citas literarias y anécdotas y divagaciones más allá de la trama; una trama que, por lo demás, no existe en absoluto. Las interesantes digresiones de W.G. Sebald mientras viaja por Europa en su Austerlitz, las penetrantes reflexiones, trufadas de referencias a cuadros y libros y episodios de la historia, con las que Antonio Muñoz Molina anuda su excepcional Sefarad, los vaivenes de la memoria, las peripecias de la investigación histórica, la mezcla casi indiscernible entre ficción y realidad entre los que se desenvuelve la muy reconocida Soldados de Salamina de Javier Cercas, son tres ejemplos notables de esta forma de novelar que en su momento apareció como muy novedosa y original, pero que ahora -después de decenas de epígonos de dudosa calidad- resulta algo trillada y fatigante; y es precisamente esta fórmula casi agostada -al menos en manos de escritores no demasiado dotados- a la que Montero pretende incorporarse con su libro en una nueva manifestación de su superficialidad literaria.
 
Pero -más allá de estos aspectos negativos, fundamentales pero espero que no demasiado disuasorios para quienes escucháis mis palabras- el libro tiene interés y a mí su lectura me ha aportado una experiencia valiosa. En La ridícula idea de no volver a verte se entremezclan dos “temas” principales. Por un lado está el diario que Marie Curie, la conocida científica Premio Nobel de Física junto a su marido, Pierre, en 1903, y de Química, en solitario, en 1911, escribió a la muerte de Pierre tras un desafortunado accidente en el que este fue atropellado por un coche de caballos. Los textos del diario, de poco más de veinte páginas y que se incorpora al final de la edición del libro de Rosa Montero, confluyen en el pensamiento y la sensibilidad de la autora con las emociones, aún en carne viva, despertadas por la muerte de su propio esposo, el periodista Pablo Lizcano, fallecido de un cáncer tras veintiún años de convivencia con la escritora. Como se señala en un momento del libro, la lectura del diario despierta en la periodista numerosos ecos, coincidentes con las reflexiones, las ideas que recurrentemente la asaltaban desde la desaparición de su marido y que tienen como centro a la ausencia, el duelo, la pérdida, el dolor, la soledad.
 
A partir de un encargo editorial en el que se le propone escribir el prólogo al diario de Madame Curie, Rosa Montero, atascada tras la pérdida de su pareja en la redacción de una novela que se le resiste, abandona su voluntad de avanzar en ella y se lanza a estudiar a fondo al personaje de la científica polaca, a investigar en su vida y en su obra y a dejarse llevar por el flujo de pensamientos que esa indagación le suscita; un caudal de reflexiones en el que se entreveran el análisis de la propia peripecia vital de los esposos Curie, sus descubrimientos, su carrera profesional, la cala en la personalidad íntima de Marie -repleta, esa profundización, de conjeturas aporte de la autora-, con anécdotas, vivencias, recuerdos, experiencias vividas por la escritora con su marido ya difunto. Y por entre estos dos ejes, como ya he señalado, citas, alusiones, comentarios, fotos -muchas de ellas irrelevantes, innecesarias, absolutamente prescindibles (insisto, no he podido evitar mi impresión al toparme con algunas de estas manifestaciones de lo que he llamado novela-miscelánea: “Cada vez más autores de prestigio” -he pensado, poniendo una voz ficticia a Rosa Montero, inmersa en su proceso creador- “incluyen fotos en sus libros, yo también espolvorearé unas cuantas en mi obra”)-, disquisiciones varias, poemas, noticias sobre descubrimientos científicos de dudosa relevancia (¡¡¡el tamaño de índice y anular en hombres y mujeres!!!), arrebatos feministas no demasiado bien engarzados en el discurrir de la obra, fragmentos de cartas, de otros libros, e incluso... ¡¡¡¡hashtags!!!!
 
Hashtags, sí, y siento volver a manifestarme de modo algo cáustico. Y es que cada vez que a lo largo del texto aparece un concepto más o menos “elevado”, una idea general, una noción de entidad pretendidamente “filosófica”, la autora le antepone la conocida “almohadilla”, sin una explicación que justifique la operación y sin más efectos aparentes que poder, al cierre de la obra, agrupar todos esos términos en un índice final (a no ser que uno deba entrar en internet -disculpadme mi ignorancia- para continuar allí, en un rasgo, de nuevo, de "desatada" modernidad, para continuar la novela). Términos -que desde mi punto de vista no tienen más finalidad que apuntalar la idea de la entidad última, pese a la declaración de ausencia de pretensiones “nobles”, de la altura y el “rigor” de la propuesta literaria de la autora que, a la postre, parece no haber dimitido de esa voluntad, supuestamente arrumbada en los pasados días del inicio de su carrera, de escribir la gran obra sobre la condición humana-; términos, decía, como culpa -de la mujer o a secas-, debilidad -de los hombres-, ambición, honrar al padre -y a la madre, y a ambos-, intimidad, ligereza, lugar de la mujer -y del hombre, claro; las cuotas, ya se sabe-, raros, mutantes, palabras, felicidad, hacer lo que se debe, coincidencias.
 
Y pese a todo, pese a todo este arsenal de “noñeces” seudoprogresistas, hay vida y emoción y sentimiento en este libro, y yo me he conmovido leyéndolo y se me han saltado las lágrimas en más de una ocasión; sobre todo cuando, desprovista su autora de toda pretensión “intelectual”, narra su dolor, sus momentos de ternura, el amor por su esposo, como en la delicada y enternecedora glosa a una foto infantil de Pablo, en la que, con sólo diez años, ya están todos los rasgos de su intensa personalidad adulta, o como cuando, ya en el hospital, en las horas finales, asiste emocionada a las últimas e inconscientes palabras de su marido en un capítulo, Aplastando carbones con las manos desnudas, de una belleza que estremece, y del que os dejo un fragmento como cierre de esta reseña, que pese a todo, pese a la apariencia de crítica demoledora, es favorable y pretende invitaros a la lectura de La ridícula idea de no volver a verte, el estimable último libro de Rosa Montero.
 
Os ofrezco, como complemento musical a mi comentario de hoy, una canción que también habla, claro está, de la muerte: Never dead, una preciosa pieza de Emily Jane White.
 
 
Para vivir tenemos que narrarnos; somos un producto de nuestra imaginación. Nuestra memoria en realidad es un invento, un cuento que vamos reescribiendo cada día (lo que recuerdo hoy de mi infancia no es lo que recordaba hace 20 años); lo que quiere decir que nuestra identidad también es ficcional, puesto que se basa en la memoria. Y sin esa imaginación que completa y reconstruye nuestro pasado y que le otorga al caos de la vida una apariencia de sentido, la existencia sería enloquecedora e insoportable, puro ruido y furia. Por eso, cuando alguien fallece, como bien dice la doctora Heath, hay que escribir el final. El final de la vida de quien muere, pero además el final de nuestra vida en común. Contarnos lo que fuimos el uno para el otro, decirnos todas las palabras bellas necesarias, construir puentes sobre las fisuras, desbrozar el paisaje de maleza. Y hay que tallar ese relato redondo en la piedra sepulcral de nuestra memoria.
 
Marie no pudo hacerlo, claro está, y por eso escribió ese diario. Yo tampoco pude, y quizá por eso escribo este libro. Aunque la enfermedad de mi marido se prolongó durante varios meses, no logramos construir nuestro relato por diversas razones, entre ellas el carácter extremadamente estoico y reservado de Pablo (sé bien que detestaría este libro que ahora estoy haciendo: aunque al Pablo que me sujeta cuando tropiezo no le desagrada). Pero hay una causa que me parece esencial, y es que desde el principio ya tenía metástasis en el cerebro y terminó perdiendo por completo su maravillosa, original, inteligentísima cabeza. Y así, yo, que me he pasado toda la existencia poniendo palabras sobre la oscuridad, me quedé sin poder narrar la experiencia más importante de mi vida. Ese silencio duele.
 
Sin embargo, hubo una palabra. Una noche estábamos en el hospital, ya muy cerca del fin. Habíamos ingresado por urgencias porque Pablo se encontraba violentamente agitado, confuso, incoherente. Yo había decidido llevármelo a casa al día siguiente y eso hice; una semana después estaba muerto. Esa noche, muy tarde, tras suministrarle todo tipo de drogas, consiguió quedarse tranquilo. Me incliné sobre él para comprobar que estaba bien. Era ese momento de la alta madrugada en el que la noche está a punto de rendirse al día y hay un tiempo que parece estar fuera del tiempo. Un instante de pura eternidad. Imagínate esa habitación de hospital en penumbra, los niquelados brillando con un destello oscuro como de nave espacial, el peso del aire y el silencio, la soledad infinita. Éramos los dos únicos habitantes del mundo y me parecía notar bajo los pies la pesada y chirriante rotación del planeta. En ese momento Pablo abrió los ojos y me miró. “¿Estás bien?”, susurré, aunque para entonces ya resultaba prácticamente imposible hablar con él y trabucaba todo y decía esmeraldas cuando quería decir médicos, por ejemplo. Y, en ese minuto de serenidad perfecta, Pablo sonrió, una sonrisa hermosa y seductora; y con una ternura absoluta, la mayor ternura con que jamás me habló, me dijo: “Mi perrita”.
 
Fue una palabra rebotada por su cerebro herido, una palabra espejo sacada de otra parte, pero creo que es lo más hermoso que me han dicho en mi vida.
 
¡Y ahora escucha! Lo que acabo de hacer es el truco más viejo de la Humanidad frente al horror. La creatividad es justamente esto: un intento alquímico de transmutar el sufrimiento en belleza. El arte en general, y la literatura en particular, son armas poderosas contra el Mal y el Dolor. Las novelas no los vencen (son invencibles), pero nos consuelan del espanto. En primer lugar, porque nos unen al resto de los humanos: la literatura nos hace formar parte del todo y, en el todo, el dolor individual parece que duele un poco menos. Pero además el sortilegio funciona porque, cuando el sufrimiento nos quiebra el espinazo, el arte consigue convertir ese feo y sucio daño en algo bello. Narro y comparto una noche lacerante y al hacerlo arranco chispazos de luz a la negrura (al menos a mí me sirve). Por eso Conrad escribió El corazón de las tinieblas: para exorcizar, para neutralizar su experiencia en el Congo, tan espantosa que casi le volvió loco. Por eso Dickens creó a Oliver Twist y David Copperfield: para poder soportar el sufrimiento de su propia infancia. Hay que hacer algo con todo eso para que no nos destruya, con ese fragor de desesperación, con el inacabable desperdicio, con la furiosa pena de vivir cuando la vida es cruel. Los humanos nos defendemos del dolor sin sentido adornándolo con la sensatez de la belleza. Aplastamos carbones con las manos desnudas y a veces conseguimos que parezcan diamantes.

miércoles, 30 de octubre de 2013

JHUMPA LAHIRI. TIERRA DESACOSTUMBRADA

Hola, buenas tardes, bienvenidos una semana más a Todos los libros un libro. Desde que esta sección de recomendaciones literarias de Radio Universidad de Salamanca comenzó a emitirse, hace ya varios años -más de diez, si incluimos la primera etapa en Onda Cero- ya advertí -aunque más que de una advertencia se trataba fundamentalmente de una declaración de intenciones- de la imposibilidad (algo que a poco que se reflexione resulta obvio) de seguir en este espacio el irrefrenable ímpetu, el ritmo imposible del mercado editorial español. Pues aunque yo pueda llegar a leer una media de dos o tres libros por semana (del orden de cien a ciento veinticinco cada temporada, de los que elaboro unas cincuenta reseñas anuales), si descontamos las cuatro semanas de obligado parón agosteño, son cuarenta y ocho las propuestas de lectura que os ofrezco cada año, mientras que en ese mismo plazo el sector ofrece al mundo setenta mil nuevos títulos. Disculpadme esta prolija y tediosa contabilidad, pero quiero reflejar con ella, aún más, quiero justificar con tantos áridos datos, por un lado, el hecho de que, como es evidente, no he podido leer infinidad de libros a priori interesantes y que muchos de vosotros quizá podáis echar en falta en el programa, esperando inútilmente mi reseña (en el improbable supuesto de que alguien pueda llegar a ansiar leerme o escucharme); y por otro, que algunos de mis comentarios se refieren forzosamente a obras publicadas -y leídas por mí- tres, cuatro y hasta muchos más años atrás, en un tiempo pasado en el que, bastantes de ellas, aparecían en la portada de los suplementos culturales, inundaban los escaparates de las librerías y eran recomendadas en todos los foros vinculados a la lectura, por lo que quizá ahora, años después, ya resulten sobradamente conocidas para quienes seguís Todos los libros un libro.

Y este último es precisamente el caso de Tierra desacostumbrada, el magnífico volumen de relatos (sólo en apariencia; en el fondo, y como luego intentaré demostraros, se trata de una auténtica novela) de la escritora nacida en Londres pero de origen indio -más exactamente, bengalí- aunque residente en Estados Unidos, Jhumpa Lahiri. El libro lo publicó la Editorial Salamandra en un ya lejano 2010 -“lejano” dada la vorágine editorial que acabo de comentar- en traducción de Eduardo Iriarte. Su aparición fue muy destacada entonces en los medios de comunicación, en las críticas de los expertos -periodistas, académicos, escritores- habituales de las secciones culturales de la prensa, y sobre todo en las estanterías de novedades de los principales dispensadores del para mí vivificante “alimento libresco”.

Tierra desacostumbrada es, en efecto, de entrada, una colección de cuentos. Dividido en dos partes, el libro reúne en la primera de ellas -que carece de título- cinco relatos con escenarios, temática, argumentos y personajes totalmente independientes y diferenciados, sin conexión aparente alguna. En la segunda parte, bajo la rúbrica de Hema y Kaushik, nos encontramos con otros tres cuentos, también autónomos, pero en los que la Hema y el Kaushik del título, sus familias, los principales detalles de sus existencias, afloran una y otra vez proporcionando continuidad a las historias y configurando una suerte de verdadera -y espléndida- novela corta de poco más de cien páginas. Pero es que, a mi juicio, hay un nexo, hay una conjunción, hay un sutil hilo conductor que enlaza unos relatos y otros, hasta el punto de que podamos hablar de una obra unitaria, de un todo cerrado y completo en sí mismo, no sólo en estos tres últimos cuentos en los que los protagonistas comparten los mismos nombres e idénticas experiencias de vida, sino también en el resto -los cinco primeros-, pese a que en ellos los personajes tengan nombres, edades, sexos, profesiones, amistades, parejas, circunstancias familiares y personales, aconteceres vitales bien distintos. En todos los casos, Jhumpa Lahiri nos cuenta la misma historia, un retrato coral, armado al modo de una figura poliédrica de la que cada narración breve constituiría una faceta, un mero fragmento del cuerpo final, de la vida de los bengalíes emigrados a Estados Unidos, una novela pues -una unidad coherente, con una estructura global y plenamente clausurada en sí misma (y ello pese a que algunos de los cuentos hayan sido publicados por separado en revistas literarias)-, con un presumible acento autobiográfico, además, en la que, casi a cada página, emergen las vivencias norteamericanas de esta peculiar comunidad a la que la autora pertenece, sus problemas de adaptación, las dificultades de integración, la confrontación -en ocasiones el enfrentamiento- con los nuevos valores, el conflicto de hábitos, costumbres y rituales, el difícil encaje de los distintos ritmos de vida, el contraste entre la tradición de la India de origen y la modernidad desatada del país de acogida, el desarraigo y la soledad, la nostalgia del pasado de los adultos recién llegados -en muchos casos aún anclados a sus raíces bengalíes, y siempre con añoranza de ellas- y la vida emancipada y sin ataduras de las segundas generaciones. La naturaleza humana no dará fruto, al igual que la patata, si se planta una y otra vez, durante demasiadas generaciones, en la misma tierra agotada. Mis hijos han tenido otros lugares de nacimiento y, hasta donde alcance mi control sobre su fortuna, echarán raíces en tierra desacostumbrada, reza, en este sentido, la significativa cita de Nathaniel Hawthorne con la que se abre el libro.

En unas declaraciones realizadas por la autora hace algunos años, en la gira promocional de su libro, Jhumpa Lahiri reconocía que identidad, familia y amor eran los tres grandes temas de su obra. La identidad, porque, como acabo de señalar, en las historias de la mayor parte de los personajes -casi todos indios con un alto nivel de formación, científicos, profesores universitarios- se manifiestan las dificultades que supone el profundo cambio cultural que lleva consigo el trasvase de una India todavía en gran parte ancestral, ritualizada, consuetudinaria, rural, embebida en sus tradiciones, “antigua” -pese a su evolución y el altísimo grado de desarrollo intelectual de sus élites, a las que sin duda pertenecen los protagonistas de los relatos-, y el informal desapego de una sociedad, como es la norteamericana, sin demasiados anclajes en el pasado, que se inventa día a día, exenta, independiente. Por los cuentos de Tierra desacostumbrada desfilan numerosos representantes de este microcosmos bengalí en los Estados Unidos -sobre todo los pertenecientes a la primera generación de emigrantes- que todavía mantienen sus vestimentas coloridas, la desbordante desmesura de sus comidas, el contacto casi exclusivo con la comunidad india, la aceptación de los valores tradicionales, el respeto a la autoridad natural de los padres, la fortaleza de los lazos familiares, los matrimonios concertados, las costumbres que han conformado y aglutinado sus sociedades originarias durante siglos; y ello pese a que se trata de gentes cosmopolitas que, en la mayor parte de los cuentos, han viajado, han vivido en la India y en Londres, en Nueva York y Berlín, en Australia o Suiza. Pero, poco a poco, con el paso del tiempo y el nacimiento de sus hijos ya plenamente “americanos”, esa sensación de pertenencia va diluyéndose, empieza a resquebrajarse, casi siempre de un modo tenue y pausado, aunque en ocasiones con sobresaltos, con rupturas, con desgarramiento. Las viviendas en aisladas e intercambiables áreas residenciales, la obligada dependencia del automóvil, las ropas informales y deportivas, las copas de Johnny Walker tras la cena, los donuts, las pizzas y los McDonald’s, la aparición progresiva en las familias de novios y parejas y cónyuges americanos constituyen sutiles manifestaciones de esta progresiva impregnación de lo occidental en la vida de esta “sociedad” india en Estados Unidos, una sociedad que así, poco a poco, va “desnaturalizándose”. Sus padres siempre habían sido ciegos a todo aquello que atormentaba a sus hijos: que les tomaran el pelo en el colegio por el color de la piel o las cosas tan raras que a veces les ponía su madre en la fiambrera del almuerzo, sándwiches de patata al curry que tenían de verde el pan Wonderbread. ¿Qué razones podrían tener para ser desdichados?, habrían pensado sus padres. “Depresión” era una palabra extranjera, algo americano. En su opinión sus hijos eran inmunes a las penalidades e injusticias que ellos habían dejado atrás en la India, como si las vacunas que les había puesto el pediatra cuando eran pequeños les hubiesen garantizado una existencia ajena al sufrimiento. Pero más allá de este valor “documental”, podríamos decir -absolutamente irrelevante desde el punto de vista literario-, de fidedigna fotografía que describe con precisión un grupo humano, el libro de Lahiri interesa -en este plano de la identidad- porque es capaz de trascender la experiencia singular de los miembros de esa comunidad india para hacernos reflexionar sobre algunas de las interesantes dimensiones que lleva consigo la humana preocupación por la pertenencia y la identidad, sobre todo en este siglo XXI globalizado en el que la movilidad y consecuentemente el desarraigo -o una nueva forma, aún desconocida o todavía incipiente, de echar raíces- serán dos de sus rasgos más significativos. Y todo ello narrado en un tono leve pero intenso, con una extraordinaria capacidad de sugerencia, repleto de alusiones indirectas, como contadas al paso, sin especiales énfasis -como puede apreciarse en el breve fragmento anterior-, con una formidable habilidad para mostrar los entresijos del alma humana a través de silencios significativos, de lo no dicho, de lo sólo insinuado.

Y este conflicto entre lo viejo y lo nuevo -otra formulación para referirse al asunto identitario-, cobra especial carta de naturaleza en el libro a partir del retrato de las innumerables familias que lo surcan. Los ocho relatos están repletos de relaciones familiares, padres e hijos, matrimonios, hermanos, amantes, amigos. En Tierra desacostumbrada, el primer cuento del libro, Ruma, que vive en Seattle con su marido estadounidense, Adam, y su hijo Akash, recibe la visita de su padre que, jubilado y solitario tras la muerte de su esposa, viaja por el mundo haciendo turismo. En Cielo e infierno, la narradora, hija de indios en Cambridge, Massachusetts, da cuenta de la fascinación que desde su infancia provocó en ella misma y sobre todo en su madre la presencia de Pranab Kaku, un joven algo excéntrico, bengalí de Calcuta, de asidua presencia en la familia. En Sólo bondad, las divergentes trayectorias juveniles de dos hermanos, Shuda y Rahul, y sus distintas formas de relacionarse con sus padres y desarrollar las expectativas de vida que estos han depositado en ellos, centran el relato. Y, por supuesto, las tres historias de Hema y Kaushik giran sobre dos jóvenes, cuyas familias se conocen en la infancia de ambos -siendo esenciales para ellos-, que volverán a encontrarse en distintos momentos de sus vidas. Y en todos estos casos -e igualmente en el resto de los cuentos- la magnífica literatura de la autora nos permite adentrarnos en los espacios más íntimos de sus protagonistas para que así podamos conocer los pensamientos, los modos de sentir, las perplejidades, los desgarramientos, las afinidades, los enfrentamientos, los conflictos que viven esos personajes en sus relaciones familiares: un viudo que intenta olvidar a su esposa muerta creando nuevos lazos con su hija expatriada y su casi desconocido nieto; una mujer casada -su vida no era feliz, pero tampoco infeliz- secretamente enamorada del joven amigo del matrimonio; una pareja que recupera parte del calor conyugal perdido en la fiesta de aniversario de la graduación del marido; un muchacho que añora a su joven madre prematuramente fallecida. Pero, de nuevo, lo esencial no son los aspectos externos, los “argumentos” -de los que se puede dar cuenta aquí en pocas palabras- de las vidas familiares de estos seres humanos, sino el modo íntimo, que atañe a las emociones, en el que viven esos vínculos de parentesco: el sentimiento de pérdida y desarraigo de jóvenes que se niegan a cumplir las expectativas de sus progenitores y que se construyen un futuro ajeno al universo familiar; el desconcierto de padres que asisten al resquebrajamiento -patente en la vida de sus hijos- de su sistema de valores tradicional (con el tiempo encontró empleo de encargado de una lavandería en Wayland tres días a la semana. Sus padres compraron un coche barato de segunda mano para que su hijo fuera al centro. Sudha era consciente de que aquel trabajo avergonzaba a sus padres. No les había importado que fregara los platos en el pasado, pero ahora vivían con miedo a que un día algún conocido viera a su hijo pesando sacos de ropa sucia en una balanza. Otros bengalíes cotilleaban sobre él y rezaban para que sus hijos no echaran a perder sus vidas de la misma manera. Así que se convirtió en lo que todos los padres temían: un descrédito, un fracaso, alguien que no contribuía al inmenso círculo de logros que estaban obteniendo por todo el país muchachos bengalíes, como cirujanos, abogados y científicos, o autores de artículos de primera página en el New York Times); las torturantes dudas de chicas -como es el caso de la treintañera Sang, en No es asunto de nadie- que se debaten entre el ansia de independencia y el desarrollo de un proyecto de vida propio en lo personal, lo profesional y lo sentimental, y la exigencia de sometimiento a los dictados de la familia, con la institución de los matrimonios concertados, paradigmática de ese conflicto, presente de modo elegante e indirecto en el relato.

Y es que éste, el del amor, es el tercer gran eje del libro. Fascinación infantil por el adulto atractivo, enamoramientos platónicos de juventud, amores imposibles, encuentros esporádicos, parejas que flotan en un mar de aburrimiento, esposos entregados a la felicidad de sus cónyuges, esposas sumisamente acomodadas a sus matrimonios pactados, hombres y mujeres que se quieren, jóvenes “adaptadas” -y por ello alejadas, una vez más, de las pautas tradicionales de sus familias- a la promiscuidad -sin connotaciones peyorativas- signo de la época, ancianos que añoran a sus esposas muertas, segundos emparejamientos, matrimonios interraciales, añoranzas, decepciones, romanticismo, expectativas, felicidad, tristeza... y también soledad (¿Acaso desde el nacimiento de Monika buena parte de su energía y de la de Megan no estaba dedicada a hacer cosas juntos sino a concebir el modo de que cada uno dispusiera de un poco de tiempo para sí, ella llevándose a las niñas para que él pudiera ir a correr al parque en sus días libres, o viceversa, de manera que ella pudiera ir a hojear libros en una librería o hacerse la manicura? ¿Y no era terrible lo mucho que ansiaba él esos momentos, tanto que a veces un trayecto en metro a solas era lo mejor del día? ¿No era terrible que después de todo el trabajo que invertía uno en buscar a una persona con quien pasar la vida, tras tener familia con esa persona, a pesar incluso de echar de menos a esa persona, como Amit echaba de menos a Megan una noche tras otra, esa soledad era lo que más ansiaba uno, lo único que, aunque en dosis fugaces y reducidas, le permitía mantener la cordura?), el universo entero del amor, en todas sus facetas, aparece en este Tierra desacostumbrada, el espléndido e inolvidable libro de Jhumpa Lahiri que ha editado Salamandra y que hoy os recomiendo. Os dejo, como cierre de esta reseña, con Billie Holliday, cuya música escucha con reiteración la protagonista de uno de los cuentos. The man I love es la magnífica pieza elegida.


Nuestras madres se conocieron cuando la mía estaba embarazada. Aún no lo sabía; de pronto se sintió mareada y se sentó en un banco en un parquecillo. Tu madre estaba encaramada a un columpio, meciéndose suavemente mientras tu planeabas por encima de ella, cuando reparó en una joven bengalí con sari que llevaba bermellón en el pelo. “¿Se encuentra usted bien?”, le preguntó tu madre con una fórmula de cortesía. Te dijo que te bajaras del columpio y luego ella y tú acompañasteis a mi madre a casa. Fue durante aquel paseo cuando tu madre sugirió que tal vez la mía estuviese embarazada. Se hicieron amigas de inmediato y empezaron a pasar el día juntas mientras nuestros padres estaban trabajando. Hablaban de la existencia que habían dejado atrás, en Calcuta: la hermosa casa de tu madre en Jodhpur Park, con hibiscos y rosales que florecían en la azotea, y el modesto piso de mi madre en Makiktala, encima de un mugriento restaurante punjabí, donde vivían siete personas en tres habitaciones pequeñas. En Calcuta probablemente hubiesen tenido pocas ocasiones de coincidir. Tu madre iba a un colegio de monjas y era hija de uno de los abogados más importantes de la ciudad, un anglófilo que fumaba en pipa y era miembro del Saturday Club. El padre de mi madre trabajaba en Correos, y ella no comió en una mesa ni se sentó en un inodoro hasta que vino a América. Esas diferencias carecían de importancia en Cambridge, donde las dos estaban solas por igual. Aquí iban a hacer la compra juntas y se quejaban de sus maridos y cocinaban en nuestra cocina o la vuestra, dividiendo los platos para nuestras respectivas familias una vez que habían terminado. Hacían punto juntas y se intercambiaban las labores cuando una de las dos se aburría. Al nacer yo, tus padres fueron los únicos amigos que fueron a la maternidad. Me dieron de comer en tu antigua trona, me paseaban por las calles en tu viejo cochecito.


miércoles, 23 de octubre de 2013

ANTONIO MUÑOZ MOLINA. LA NOCHE DE LOS TIEMPOS

Hola, buenas tardes, bienvenidos un miércoles más a Todos los libros un libro, el breve espacio de recomendaciones literarias en Radio Universidad. Pasado mañana, 25 de octubre, Antonio Muñoz Molina recibirá en Oviedo el Premio Príncipe de Asturias de las Letras correspondiente a este 2013. Siendo un autor que me entusiasma, y del que he leído casi toda su obra, puede resultar sorprendente que hasta ahora no hubiera aparecido en nuestra sección. Sí ha tenido, en cambio, una presencia muy destacada en mi otro programa en la radio universitaria salmantina, Buscando leones en las nubes, en el que ha protagonizado al menos cinco emisiones, dos centradas en El viento de la luna, la novela -teñida con tintes autobiográficos, en una trayectoria literaria repleta de ellos- en la que Muñoz Molina recupera sus días de infancia, narra su paso a la adolescencia y homenajea, de paso, a su padre y al tipo de vida modesto y austero de sus primeros años en su Úbeda natal, la Mágina inventada de su territorio literario; una más a partir de Ventanas de Manhattan, el estremecedor -pero caben muchos más adjetivos- paseo por el Nueva York posterior a los atentados del 11 de septiembre; y, más recientemente, los programas de los dos últimos lunes se han ocupado de Sefarad, la excepcional crónica del extrañamiento, el desarraigo y el exilio que, en mi opinión, constituye la obra mayor del escritor y académico jienense. Todos ellos podéis recuperarlos en el blog del programa, cuya dirección ya conocéis: buscandoleonesenlasnubes.blogspot.com.
 
Pero, más allá de las obras aparecidas en esta peripecia radiofónica en Radio Universidad de la que acabo de daros cuenta, podría recomendaros con igual pasión casi cualquier otro libro de nuestro escritor invitado. Recuerdo el primero que leí, deslumbrado, en 1987, Beatus Ille. También El invierno en Lisboa o Beltenebros, con sus correspondientes -y a mi juicio fallidas- traslaciones al cine. Igualmente Ardor guerrero, Plenilunio, u otra gran novela, El jinete polaco, con la que ganó el Planeta. Interesan también -aunque en mi caso en menor medida- sus ensayos, o la recopilación de sus artículos, los tomos de sus diarios: los primeros, El Robinsón urbano y Diario del Nautilus, excelentes, los devoré en los ochenta en ediciones, creo recordar -mi natural pereza no me invita a levantarme hasta la biblioteca a consultarlo-, de Pamiela, la espléndida editorial navarra.
 
Hoy, con ocasión de su merecidísimo premio y como homenaje y celebración de la literatura de Antonio Muñoz Molina -y no sólo de ella: también de su posición moral en el mundo-, quiero hablaros de otra de las cimas de su narrativa, la excepcional La noche de los tiempos, casi mil páginas de prosa adictiva publicada por Seix Barral en 2009.
 
La trama argumental de La noche de los tiempos -si es que de algo así puede hablarse en una novela introspectiva, llena de reflexiones, de digresiones, un largo y complejo y muy elaborado flujo de conciencia (pese a que esté redactado casi siempre en tercera persona; aunque de ello hablaremos más adelante)- se desarrolla en Madrid en los primeros días de la guerra civil española -un escenario este, el de nuestra trágica contienda, muy presente en la obra de Muñoz Molina-, aunque en realidad su “acción” comienza en Pennsylvania en octubre de 1936. Ignacio Abel es un arquitecto español al que vemos en esos días llegando a Estados Unidos, un país en el que ha sido contratado como profesor asistente por el Wellesley College y donde también se le reclama para el diseño y la construcción de la Biblioteca del Burton College. Abel huye de España, del horror y la sinrazón, del dramatismo y el desconcierto, del miedo y la crueldad que ya se adivinan en esos primeros meses de la guerra. Dividido entre sus ideas socialistas y la consiguiente adhesión a la República, por un lado, y, por otro, su crítica posición ante la cortedad de miras, los excesos, la sordidez, la barbarie y los crímenes de los que es testigo en su teórico propio “bando”; oscilando entre la irresistible pasión por Judith Biely, su joven amante, una estudiante norteamericana a la que el estallido del conflicto sorprende en España, y el sentido del deber para con su mujer Adela -a la que no ama- y sus dos hijos, los tres finalmente abandonados en la casa de la sierra, alejada aparentemente de la primera línea de fuego; debatiéndose entre sus humildes orígenes de hijo de una portera y su éxito profesional como arquitecto de renombre y elevada posición social; torturado por sus dudas existenciales, por su egoísmo individualista, por su conformismo burgués, por su dolorosa traición conyugal, por su amor clandestino y prohibido y contrariado y quizá imposible, Abel deja atrás España y, tras un largo y azaroso viaje, que lo lleva a Valencia, París, Saint-Nazaire y Nueva York, llega, por fin, a su destino en la plácida universidad norteamericana.
 
Pero, obviamente, la novela no se agota -ni mucho menos- en este levísimo hilo conductor descrito. La noche de los tiempos es, de entrada, en una primera aproximación, una hondísima cala en la personalidad de un hombre complejo cuyos ideales, cuyo rigor intelectual, cuyo profundo desgarro vital, cuyas incertidumbres y perplejidades, cuyos miedos, cuyo sentido de culpa, cuya cobardía, cuya intensa vivencia del amor, cuyo desconcertado enfrentamiento con la realidad convulsa que lo rodea, cuyas contradicciones podrían ser las de cualquiera de nosotros, ciudadanos normales, ni héroes ni villanos, aunque capaces, quizá, en situaciones extremas, de las más nobles acciones y las peores vilezas. El libro es, además, por supuesto, una historia de amor, un amor apasionado, transgresor, irrefrenable, un amor fou que todo lo desbarata, destructor de barreras y convenciones, del que se nos da cuenta con los rasgos de intensidad y dulzura, de emoción e impulso erótico, de ternura y sexualidad que estas extremas aventuras sentimentales siempre conllevan. Un amor, el de Ignacio Abel por Judith Biely, que, aunque luminoso en sus manifestaciones más felices, responde a fuerzas tan atávicas y oscuras, tan poderosas e incógnitas como las que mueven la brutal contienda, mortífera y destructiva, que le sirve de fondo. Eros y Tánatos, al fin, las terribles pulsiones que nos arrastran en nuestro paso por el mundo, se presentan así, en paralelo, en una confrontación casi imperceptible aparentemente pero, a mi juicio, muy notable y decisiva en el libro entero.
 
Cuatro son los aspectos, aparte de los ya citados, que me gustaría resaltar para trasladaros lo que en mi lectura me ha parecido esencial de La noche de los tiempos: la formidable ambientación del Madrid -de la España- de la época; la elaborada, compleja, muy bien urdida estructura de la obra; el inteligente, atrevido y poco complaciente análisis de los sucesos que se vivieron en nuestra guerra civil; y la lúcida propuesta moral que el libro nos traslada, un aspecto -el compromiso último de Muñoz Molina con la verdad, sus profundas convicciones democráticas (profundas en sentido literal: capaces de llegar a la raíz), su opción permanente por las causas de los débiles, de los desfavorecidos, de los que siempre pierden- esencial en la obra del autor jienense y que ha sido resaltado por el jurado del Premio Príncipe de Asturias.
 
Resulta deslumbrante el talento del autor para “situarnos” en el Madrid de aquellos infaustos días del 36. La novela está trufada de noticias extraídas de la prensa del momento, de canciones de la época, de datos objetivos, verdaderos, de minuciosas descripciones de calles, de lugares, de edificios y monumentos, de cafés, de espectáculos, de festejos, de la trivial normalidad del día a día que se desarrolla de modo simultáneo a la locura de la guerra, en una elección, desde mi punto de vista, claramente “ideológica” o moral del autor (hombres comunes que corren al frente a matar enemigos, a matar a sus iguales, tras pasear con las novias, tras beber unas cervezas, tras haber entrado a contemplar el espectáculo circense de la mujer barbuda en la verbena veraniega, en una manifestación ejemplar de la reiterada tesis, tan “de moda” en estos días, tras el estreno de Hanna Arendt, la película de Margarethe Von Trotta, de la banalidad del mal). Y, con el mismo efecto de dotar de verosimilitud a lo escrito, en el relato cobran un papel muy principal y significativo algunos nombres de la España real, personajes históricos, pues, de aquellos días: Juan Negrín, que llegó a ser Presidente de la República, o José Moreno Villa, importante miembro de la generación del 27 no tan conocido como sus compañeros de grupo, o Alberti, Bergamín, Azaña, Azorín, Pedro Salinas y tantos otros. Igualmente, en procura de esa fidedigna ambientación, Muñoz Molina elige -es una opción voluntaria, tal y como ha resaltado en alguna entrevista- trasladarnos con la mayor fidelidad posible al mundo en el que se desenvuelve su narración: taxis, farolas, ropas y vestidos, postales, fotografías, maletas, la detallada enumeración del contenido de los bolsillos de Ignacio Abel: fichas telefónicas, billetes de tren, monedas varias, sellos y entradas de cine, cajas de cerillas, servilletas y posavasos, todo ello permea de continuo el relato y contribuye de modo tenue pero muy eficaz, como en sordina, como acaba empapándonos una lluvia fina casi inapreciable, a hacernos vivir la vida de sus protagonistas, a desproveer al relato de grandes pretensiones abstractas y a circunscribirlo al ámbito en verdad importante, el de la realidad cotidiana de unos seres que, sin quererlo, se ven envueltos en la simultánea vorágine del Amor y de la Historia (así, con mayúsculas, en ambos casos). Ello exige, resulta indudable, el manejo de mucha documentación, de una ingente información previa, la realización de infinidad de lecturas. Todo ello se nota en el libro de Muñoz Molina pero, como digo -y ese es otro de sus logros-, la maestría del autor nos lo resalta sin énfasis, sin molestos subrayados, de un modo discreto y sutil, inteligente y eficaz.
 
Ambos adjetivos, inteligente y eficaz, pueden ser aplicados también a la trabajada estructura de la novela. Por un lado, contribuye a ello el que, pese a que la mayor parte del libro está contada en tercera persona omnisciente, en muchos momentos se “inmiscuye” la muy subjetiva voz del autor, que habla en primera persona y que introduce en el relato la percepción de los hechos narrados desde la perspectiva -un tanto afantasmada- de nuestros días. “Lo veo primero de lejos”, escribe Muñoz Molina ya en la tercera línea del texto, para referirse a la figura de Ignacio Abel en el andén de la estación de la que saldrá el tren que lo llevará a su destino universitario americano. Este juego de enfoques diversos amplía el eco de lo relatado, le da profundidad, hondura. Pero no son solamente esas dos voces las que suenan en La noche de los tiempos. Algún crítico -o quizá el propio autor en alguna entrevista, ahora no recuerdo- ha hablado del “yo discontinuo” para referirse a la multiplicidad de voces distintas, nacidas de diferentes personajes: hablan Judith y Adela y Negrín y Moreno Villa y el profesor Rossman y tantos otros... y sus respectivos relatos complementan la visión del narrador, la multiplican, la diversifican, la enriquecen. Y hay además, resaltando esa construcción compleja y muy atractiva, constantes idas y venidas en el tiempo (pues aunque la novela empieza, como he señalado, en octubre de 1936, se mueve desde unos meses anteriores al infausto 18 de julio del comienzo de la guerra hasta un año después, aunque hay también indagaciones en la infancia de los personajes) y el espacio (la narración comienza en Pennsylvania pero se desarrolla sobre todo en Madrid, con calas en Nueva York, París...). Por otro lado, interesa también el juego, tan actual, entre objetividad e imaginación, entre realismo y ficción, entre la ya mencionada recuperación de la época sobre la base de los muchos datos objetivos y personajes reales que el autor presenta, junto con los detalles ficticios fruto de la invención minuciosa, de la visión personal de Muñoz Molina.
 
El análisis de la guerra y de España que el escritor nos ofrece en su novela no es tampoco usual ni nada complaciente y sí valiente y atrevido. La noche de los tiempos no es, como tantas obras centradas en nuestra guerra -como tantas otras obras, en general-, una novela con tonos blancos y negros, con una toma de postura fácil y maniquea; muy al contrario, Muñoz Molina indaga con penetración y ausencia de prejuicios en las causas que desencadenaron el salvaje enfrentamiento fratricida, describe con ecuanimidad el sectarismo, la ceguera, la torpeza y las atrocidades de ambos bandos y, desde una postura claramente ilustrada, cívica, progresista, de izquierdas, no duda -sin necesidad de procurarse coartadas ideológicas- en arremeter -en ocasiones muy duramente- contra las mezquindades, la crueldad, la estupidez, el egoísmo y la estulticia de políticos y sindicalistas, de militares y periodistas, de tantos “iluminados” que con su cerril obcecación en mediocres posturas ideológicas obtusas y fanatizadas llevaron al país a una guerra atroz y absurda. En este sentido, Azorín, Pedro Salinas, Bergamín, Ortega y Gasset y, sobre todo, Rafael Alberti, aparecen descritos bajo un enfoque claramente negativo que resalta en muchos casos su frivolidad, su cobardía, su ambigüedad, su falta de coherencia, su distancia -desde la torre de marfil de su “compromiso” como intelectuales- de los auténticos y sangrantes padecimientos de sus contemporáneos. Más benévola sino claramente laudatoria es la valoración con la que se refleja a Negrín y Moreno Villa, lo cual ha merecido controvertidos comentarios de alguna parte de la crítica. El propio personaje de Ignacio Abel, lleno de dudas y contradicciones, puede ser reflejo de esa ambigüedad de tantos protagonistas de la historia a los que una lectura unilateral o sesgada, partidista, ha convertido en héroes en cada uno de sus respectivos bandos. Una lectura engañosa, profundamente equivocada -e inmoral- que la mirada crítica -nada “equidistante”, por otro lado- de Muñoz Molina desenmascara, al modo en que ya lo hiciera, en otro ámbito, el ensayístico, Andrés Trapiello con su ejemplar, inicialmente cuestionado y hasta denostado y actualmente indiscutible Las armas y las letras.
 
Y he escrito “nada equidistante” porque en La noche de los tiempos -y en el resto de las manifestaciones de su carrera, literaria o “civil”- el académico andaluz siempre ha defendido tanto -en el ámbito nacional- una propuesta moral de modernidad y regeneración, la que propugnó el sueño ilustrado de la República, como -desde un enfoque más universal- una muy nítida y democrática opción por las causas de los débiles, de los que sufren injusticias, de los castigados por los excesos del poder, de los abandonados en los márgenes de la Historia, una tesis que sostienen hoy en día las más lúcidas mentes -y las almas más libres- del pensamiento universal. Muñoz Molina no es sospechoso de nostalgia del pasado, ni de ser un abanderado de una añeja concepción del mundo paralizadora y reaccionaria, aunque, igualmente, descree de las fórmulas simplistas de los izquierdistas de salón, de los progresistas profesionales, y ve en ellas, casi tanto como en los crueles atavismos de clase que movieron a los facciosos rebeldes, una de las causas de nuestro desastre de hace casi ochenta años.
 
En concreto, y con respecto al primero de los frentes a los que acabo de referirme -el local-, en la novela que nos ocupa Muñoz Molina tiene palabras muy duras, muy críticas, implacables, acerca del atraso de siglos de la España del 36, para la que propugna una alternativa democrática y moderna, civilizada y laica, republicana y de progreso, emancipadora y racional, que la saque del atraso de siglos y la aproxime al desarrollo que entonces ya conocía el resto de Europa -y ello pese a que en Alemania la “serpiente” nazi incubaba el huevo de la segunda guerra mundial-. Una Europa avanzada y libre a la que el arquitecto Abel pretende incorporar nuestro país con su proyecto -por él diseñado- de Ciudad universitaria, cuya construcción interrumpirá la guerra, con su España del futuro que tan bien encarna la Residencia de Estudiantes, una España de inteligencia y reflexión, de conocimiento y salud, una España tolerante y abierta al mundo, educada y rigurosa, una España de debate y participación, de solidaridad y compromiso, de cultura y ciencia, tan distinta de esa España salvaje y primitiva, subdesarrollada y casi tribal que aflora con rudeza en algunos fragmentos memorables que, pese a su extensión, quiero transcribiros:
 
Ahora el profesor Rossman ya no esperaba nada, sepultado junto a varias docenas de cadáveres cubiertos a toda prisa con cal en una fosa común de Madrid, contagiado sin motivo ni culpa por la gran plaga medieval de la muerte española, difundida a mansalva con los medios más modernos y los más primitivos, con fúsiles máuser, pistolas ametralladoras y bombas incendiarias, y también con las rudas armas ancestrales, navajas, arcabuces, escopetas de caza, garrochas de ganaderos, guijarros, quijadas de animales si fuera preciso, con retumbar de motores de aeroplanos y relinchos de mulos, con escapularios y cruces y con banderas rojas, con rezos de rosarios y clamor de himnos en los altavoces de los aparatos de radio. (...). Si en el restaurante barato donde iba a comer en París escuchaba cerca una conversación española mantenía una expresión neutra y procuraba no mirar, como si eso lo salvara del contagio. En los periódicos españoles la guerra había sido un escándalo diario de tipografías, titulares enormes y triunfales y colosalmente embusteros, impresos de cualquier manera en papel malo, sobre hojas escasas, difundiendo noticias falsas sobre batallas victoriosas mientras el enemigo seguía acercándose a Madrid. En los periódicos de París, solemnes y monótonos como edificios burgueses, sujetos por sus bastidores de madera bruñida en la penumbra confortable de los cafés, la guerra de España era un asunto exótico y con frecuencia menor, noticias de barbarie en una región lejana y primitiva del mundo. Recordaba la melancolía de sus primeros viajes fuera del país: la sensación de salto en el tiempo nada más cruzar la frontera; revivía la vergüenza que había sentido de joven al ver en un periódico francés o alemán ilustraciones de corridas de toros: caballos miserables con los vientres abiertos por una cornada pataleando en la agonía sobre un lodazal de vísceras, de arena y de sangre; toros con la lengua fuera vomitando sangre, con un estoque atravesando el testuz convertido en una pulpa roja por las tentativas fracasadas de descabello. Ahora no eran toros o caballos muertos los que veía en las fotos de los periódicos de París o en los noticiarios de un cine en el que añoró sin consuelo la cercanía de Judith Biely, sus manos en la penumbra, su aliento en el oído, la saliva de sus besos con un sabor de carmín y un aroma tenue de tabaco: eran hombres esta vez, hombres matándose los unos a los otros, cadáveres tirados como guiñapos en las cunetas, jornaleros de boina y camisa blanca y manos levantadas conducidos como reses por militares a caballo, soldados renegridos, con uniformes grotescos, en actitudes de crueldad o jactancia o entusiasmo insensato, de un exotismo tan siniestro como el de los bandoleros de los daguerrotipos y las litografías de un siglo atrás, tan ajenos al digno público europeo que asistía desde lejos a la masacre como esos abisinios con escudos y lanzas a los que habían ametrallado y bombardeado desde el aire durante meses y con perfecta impunidad los expedicionarios italianos de Mussolini.
 
Y también: Un país entero, un continente entero infectados de literatura mediocre, beodos de músicas chabacanas, de marchas de zarzuela y pasodobles taurinos. Pensaba de pronto, en la taberna con pobre luz eléctrica y olor a vino malo, con el suelo sucio de serrín mojado y colillas, que no sentía en el fondo de su alma demasiada simpatía hacia sus semejantes.
 
O aún más nítidamente: El automóvil avanza por una carretera estrecha, flanqueada de árboles enormes, más allá de los cuales ve deslizarse bosques otoñales, praderas en las que pastaban caballos, granjas aisladas y vallas pintadas de blanco, relumbrando en la claridad declinante de la tarde. Sobre las ondulaciones de los prados la luz oblicua revela un vapor tenue de tierra humedecida y fertilizada por la lluvia, abrigada bajo la capa de las hojas del otoño que se irán pudriendo lentamente hasta convertirse en abono. Se acuerda de sus primeros viajes por las llanuras fértiles y lluviosas de Europa, amaneceres de niebla desde la ventanilla de un tren, la luz del día revelándole arboledas rectas en las orillas suntuosas de ríos, campos de cultivos. Qué injuria venir de los páramos españoles, de las llanuras de secano, de las serranías de roca desnuda, habitadas por cabras y por seres humanos que se refugiaban en cuevas, que tenían, hombres y mujeres, la piel tan renegrida y áspera como el paisaje en el que malvivían arañando la tierra, las caras deformadas por bultos de bocio, los ojos estrábicos, la injusticia encorvándolos como una maldición sin remedio. “No hay que desesperar, amigo Abel, como esos señores cenicientos del 98, Unamuno y Baroja, todos ellos”, decía Negrín, riéndose; “bastarán dos generaciones para mejorar la raza, y nada de eugenesia, ni de planes quinquenales. Reforma agraria y alimentación saludable. Leche fresca, pan blanco, naranjas, agua corriente, ropa interior limpia; si nos dejaran tiempo, los otros y los nuestros…”
Pero no nos lo han dejado. Nunca hubo tiempo, tal vez; nunca existió la posibilidad verdadera de eludir el desastre; el porvenir que parecía abrirse por delante de nosotros el año 31 era un espejismo tan insensato como nuestra ilusión de racionalidad.
 
Y sobre todo, este texto esclarecido y revelador, este alegato incontestable en favor de la acción racional y liberadora de la política que pone de manifiesto los males que asolaban a nuestro país en los aciagos días de la guerra: Nos odian, amigo Abel. No me extraña que quiera usted irse. Nos odian a usted y a mí. Nos odian en nuestro partido y fuera de él. Nos odian los reaccionarios que aún no se acostumbran a haber perdido las elecciones en febrero y muchos de los que creíamos que eran de los nuestros porque apoyaban al Frente Popular. Odian a la gente que es como nosotros. Los que no creemos que arrasando el mundo presente se vaya a hacer posible otro mucho mejor, ni que con la destrucción y el asesinato pueda traerse la justicia. No es una cuestión de ideas, como piensan algunos, en nuestro lado y en el de los otros. Usted y yo sabemos que las grandes ideas generales no sirven de mucho en la vida práctica. Nos enfrentamos en cada caso a problemas específicos, y no los resolvemos con ideas gaseosas, sino con nuestro conocimiento y nuestra experiencia. Yo en mi laboratorio, usted en su tablero de dibujo. Si bajamos de la estratosfera de las ideas las cosas están bastante claras. ¿Qué hace falta para que un edificio no se caiga? ¿Qué necesitan nuestros compatriotas? No hay más que salir a la acera del café y mirar a la gente que pasa. Necesitan estar mejor alimentados. Necesitan mejor calzado, tomar más leche de niños para que no se les caigan los dientes. Necesitan tener más higiene y no traer tantos hijos al mundo. Necesitan buenas escuelas y trabajos pagados decentemente, y a ser posible calefacción en invierno. ¿Sería tan difícil de conseguir una organización racional del país que facilitara todo eso? Una vez que todo el mundo coma a diario, y que haya electricidad y agua corriente saludable, digo yo que sería el momento de ponerse a discutir sobre la sociedad sin clases o sobre las glorias de la raza española, o el esperanto, o la vida eterna, o lo que haga falta. Fíjese que no hablo del socialismo, ni de la emancipación, ni del fin de la explotación del hombre por el hombre. Yo no hago profesiones de fe, y creo que usted tampoco. Entre peregrinar a Moscú y peregrinar a La Meca o al Vaticano o a Lourdes yo no veo grandes diferencias. Al creyente de una religión lo que más le fastidia no es el creyente de otra, ni siquiera el ateo, sino alguien peor, el escéptico, el tibio. ¿Ha observado usted que en los discursos y en los artículos de fondo la palabra tibio se ha convertido en un insulto? ¡Pues claro que yo soy tibio, aunque se me suba de vez en cuando la sangre a la cabeza! No quiero quemarme y no quiero que quemen a nadie ni que arda nada. Bastantes hogueras tuvimos con la Santa Inquisición. Ahora veo a mucha gente que dice que ha perdido la fe en la República. ¡La fe en la República! ¡Como si le hubieran rezado a un santo o a una virgen pidiendo un milagro que no se les ha concedido! Le rezan al Frente Popular para que traiga no sólo la amnistía, sino también la reforma agraria, el comunismo, la felicidad sobre la tierra, y como han pasado unos meses desde las elecciones y el milagro no se ha producido, pierden la fe y quieren acabar con la legalidad de la República, como si quisieran tirar al pilón al santo que no les trajo la lluvia después de la rogativa… Por no hablar de los otros, que andan en algo más que rezos y motines. A Dios rogando y con el mazo dando. Ahí los tiene usted, conspirando con más descaro que nunca, a la vista de todo el mundo, salvo del gobierno, que hace como que no se entera de nada. Los señoritos monárquicos van a Roma a que los bendiga el Papa, presentan sus respetos a su majestad don Alfonso XIII y a continuación cobran el cheque que les da Mussolini para que compren armas. Dispuestos a la Reconquista de España, como ellos mismos dicen. Enloquecidos. Furiosos porque la República les ha expropiado unas cuantas fincas estériles o no les deja predicar en las escuelas nacionales o ha permitido que un hombre y una mujer que llevan toda la vida odiándose puedan irse cada uno por su lado. Agraviados a muerte porque esta pobre República que no tiene ni para pagar los salarios de los maestros jubiló con su paga íntegra a todos los millares de oficiales que haraganeaban en los cuarteles y tuvieron a bien solicitar el retiro, sin exigirles nada a cambio, ni siquiera un juramento de lealtad.
 
Pero la lúcida y ejemplar propuesta moral de Muñoz Molina no se circunscribe a la España del 36 sino que se constituye en una apuesta -una más- en pro de la causa de quienes a lo largo de la Historia han sufrido reiteradamente el peso de los totalitarismos, la opresión de los poderes omnímodos (casi todos lo son). La noche de los tiempos continúa, a mi juicio, la línea trazada en Beatus Ille, El jinete polaco y, sobre todo, en Sefarad y su incontestable denuncia de los efectos devastadores de los dos grandes totalitarismos del siglo XX, el nazismo y el comunismo, y su irrenunciable defensa de sus víctimas (que en la novela que ahora os comento personifica el profesor Karl Ludwig Rossman, que sufre, hasta su trágico final, las locuras sucesivas de Hitler, Stalin y nuestra guerra). Los exiliados, los desarraigados, los que nada tienen, los desesperanzados, los que sufren, los que huyen, los que son perseguidos, los que “pierden”, los que padecen, los mal afeitados, los que llevaban maletas sujetas con cuerdas, los que manoseaban nerviosamente carteras de documentos, son los “elegidos” por Muñoz Molina en su ejemplar alegato humanista. En definitiva y en metáfora poderosa, los que calzan alpargatas: Los zapatos de los señores, tan llamativos y sin duda insultantes para el que calza alpargatas. "Usted no entiende la lucha de clases, don Ignacio, le había dicho Eutimio, el capataz que cuarenta años atrás había sido aprendiz en la cuadrilla de su padre: La lucha de clases es que caigan cuatro gotas y a uno se le mojen los pies."
 
Por todos estos motivos -y lamento la extensión, ya desmesurada, con la que he querido resaltarlos- merece la pena leer La noche de los tiempos, y de paso el resto de la obra de Antonio Muñoz Molina, a quien esta mañana hemos querido homenajear con ocasión de la próxima entrega del merecidísimo Premio Príncipe de Asturias de las Letras.
 
Os dejo, como ilustración musical de mi reseña, con una canción, Ay, Carmela, muy conocida y extraordinariamente representativa de la guerra civil española.