Vivo entre muchos libros y extraigo una gran parte de mis ganas de vivir del hecho de que aún leeré la mayoría de ellos. (Elias Canetti)

miércoles, 30 de junio de 2021

MARTA SALÍS (ANTÓLOGA). VIAJEROS

Hola, buenas tardes. Bienvenidos a Todos los libros un libro, el espacio de propuestas de lectura de Radio Universidad de Salamanca que esta tarde, en el último día de junio, el último del trimestre y el también postrero de la temporada, despide el curso 2020-2021 con la entrega final de la serie de cuatro que durante este mes hemos dedicado a libros relacionados, de un modo u otro, de manera directa o de forma algo más tangencial, con los viajes. Mi sugerencia de esta tarde, voluminosa y excesiva, se aviene de maravilla, además, con el propósito explícito del ciclo, que no es otro que avivar el espíritu viajero de nuestros oyentes, para todos lamentablemente apagado en estos largos meses pandémicos, recomendando libros que inciten al viaje al mostrar, a través de su presencia literaria, los muchos alicientes y las muchas posibilidades que ofrecen a nuestras siempre rutinarias vidas las expediciones y el nomadeo, los peregrinajes y las trashumancias, los paseos, las travesías y las navegaciones, las andanzas y las aventuras, las correrías y las giras, las visitas, las evasiones, las migraciones y los exilios, las fugas, los traslados y los vuelos, los periplos y los desplazamientos, las excursiones, las caminatas, las marchas, los recorridos, las huidas, los vagabundeos y el lento y libre deambular por territorios desconocidos… todas esas casi siempre apetecibles manifestaciones de la curiosidad y el ansia de descubrimiento del ser humano. 

Y es que todas estas variantes -y muchas más- del fenómeno viajero están presentes en la magnífica antología que con el título Viajeros presentó Marta Salís el pasado 2020 en de la colección Clásica Maior de la incomparable y muy querida en el programa Alba Editorial. Con el muy elocuente y algo confuso –por las razones que luego veremos- subtítulo, De Jonathan Swift a Alan Hollinghurst (1726-2017), el libro recoge, en sus cerca de novecientas apretadas páginas, presentados por orden cronológico, sesenta y seis relatos de viaje de otros tantos autores, en su mayor parte nombres bien conocidos de la literatura universal. Con diversos traductores, entre los que se cuenta, en varios casos, la propia Marta Salís, por el precioso volumen, editado con la exquisitez habitual en Alba, desfilan, entre otros muchos, Jonathan Swift, Voltaire, Nathaniel Hawthorne, Julio Verne, Charles Dickens, Mark Twain, Guy de Maupassant, Antón P. Chéjov, Edith Wharton, Ramón María del Valle-Inclán, Katherine Mansfield, Cesare Pavese, Jane y Paul Bowles, Flannery O’Connor, Langston Hughes, Juan Rulfo, Clarice Lispector, Richard Ford y Maggie O’Farrell, que pone fin a la selección de un modo algo equívoco (el referido subtítulo parece fijar el extremo del arco temporal en que se mueve el libro en 2017, año de publicación, efectivamente, de Todo el cuerpo, el relato de la irlandesa que clausura la obra; sin embargo, la mención a Allan Hollinghurst en el epígrafe que encabeza la publicación es errónea, pues su cuento, Reflejos, de 2007, es el penúltimo de una compilación que tampoco se abre, en honor a la verdad, con el relato de 1726 de Jonathan Swift; la editora aclara, no obstante, el aparente misterio, al señalar en el prólogo que hemos querido empezar y terminar el volumen con sendas historias «reales» [de “no ficción”, por lo tanto]: la primera –un pasaje de las memorias de un colono que naufragó en 1610− porque ilustra perfectamente buena parte de todo lo que la literatura, a partir de entonces, recreará, en la imitación o en la parodia; la segunda –un fragmento de un libro de memorias publicado en 2017−, como ejemplo de lo que aún se conserva, tal vez más interesante que lo que ya ha desaparecido, de la forma y el espíritu original de la narración de un viaje). La primorosa edición se ve realzada también por la muy atractiva portada, un póster de 1937 de la compañía Intourist, obra de Nikolái Zhukov, con un título que por sí solo constituye una estimulante invitación a la aventura: De Shepetovka a Bakú. La ruta más corta, barata y cómoda entre Irán/Persia y Europa occidental vía la URSS

Marta Salís es una prestigiosa traductora, sobre todo del inglés, aunque también del francés, que ha vertido a nuestro idioma, en su larga carrera profesional a, entre otros muchos, Charlotte Brontë, George Eliot, Charles Dickens, Elizabeth Gaskell, Jack London, William Faulkner, James Joyce, Joseph Conrad, Thomas Hardy, Henry James, Edith Wharton, Willa Cather, Edgar Allan Poe, Mark Twain, Francis Scott Fitzgerald, Oscar Wilde, Mary Shelley, Robert Louis Stevenson, Rudyard Kipling, Guy de Maupassant, Alphonse Daudet, Voltaire, Marcel Schwob, o Gérard de Nerval. Como compiladora es responsable también de varias antologías de relatos, todas en Alba Editorial y todas altamente recomendables: Cuentos de amor victorianos, Cuentos de la nueva mujer, Relatos del mar, Cuentos de Navidad (ya presentado aquí hace unos años) o Relatos de música y músicos, algunos de los cuales aparecerán aquí en emisiones futuras. 

En su indispensable prólogo a este Viajeros, Salís nos proporciona una breve historia de la literatura viajera, aporta una sucinta tipología de viajes, viajeros y medios de transporte, resume las líneas maestras de su obra, planteando el propósito y la estructura de la compilación, y adelanta los temas centrales sobre los que giran los relatos. Así, se señala cómo, a juicio de la antóloga, la literatura nace en las historias de sus viajes que el nómada compartía en torno al fuego al regresar a su hogar (El relato del viajero está seguramente en el origen de la ficción narrativa), afirmación que se sustenta con, entre otros, los ejemplos de Heródoto, Plutarco o Rustichello de Pisa, narrador de las peripecias de su compañero de celda Marco Polo, que decoraban sus relatos, como el viajero de vuelta a casa, con mil y una peripecias insólitas, aventuras sorprendentes y sucesos prodigiosos, muchos de ellos fabulosos o meramente inventados, para conseguir la atención o despertar la admiración de sus oyentes y lectores. En el mismo sentido, menciona Salís las crónicas viajeras de los siglos XV y XVI, citando expresamente la Relazione del primo viaggio intorno al mondo, de Antonio de Pigafetta, de la que os hablé aquí hace un par de semanas. En su repaso de los grandes hitos de la literatura viajera afloran obras de diversos géneros -epopeyas, novelas, poemas y cuentos- y bien conocidas, como Gilgamesh, el Éxodo, la Odisea, la Divina Comedia, Los cuentos de Canterbury, el Lazarillo de Tormes, Don Quijote, El progreso del peregrino (un clásico menos conocido en nuestros días; recuerdo ahora que era el “libro de cabecera” de las protagonistas de Mujercitas), La isla del tesoro, o, mucho más recientemente, En el camino, la influyente obra de Jack Kerouac (influyente para toda una generación, la de los sesenta del siglo pasado, de hippies, moteros y autoestopistas, que veían en la carretera una experiencia en cierto modo iniciática y, en consecuencia, un aprendizaje de vida). 

Sentadas, muy someramente, las bases del vínculo entre literatura y viaje, el texto preliminar se detiene en la enumeración de diferentes clases de viajes (los viajes forzados, los no deseados, el destierro, la emigración, el exilio, los de conquista, de exploración, de turismo, de peregrinación, de trabajo, de guerra, de huida, los viajes sin vehículo, los viajes inmóviles -del que se desarrolla alrededor de la habitación hablamos aquí hace quince días, a propósito de libro de Xavier de Maistre-, los viajes mentales, los inducidos por drogas, los que sólo ocurren en la fantasía, los deseos o las ensoñaciones, los viajes interiores, anímicos, espirituales, los que conllevan dilemas de identidad, tribulaciones psíquicas, conflictos sociales, relativización de valores culturales, visiones políticas); de las muy variadas personalidades de los viajeros (entusiastas, curiosos, indolentes, asombrados, observadores, renuentes, circunspectos, soñadores, obligados, esforzados, atrevidos, los que no viajen, los que simulan su aventura, los que nunca llegan a partir, los que no saben a dónde se dirigen); de las casi innumerables maneras de viajar (a pie, en burro, a caballo, en barco, en globo, en carreta, en diligencia, en tren, en motocicleta, en coche, en canoa, en avión y hasta en nave espacial), categorías todas que cuentan con relevantes ejemplos en la antología. 

El libro presenta, ya se ha dicho, sesenta y seis relatos. Se ofrecen ordenados en función de su fecha de publicación, siguiendo, al decir de la autora de la selección, una línea cronológica evolutiva (tesis-antítesis-síntesis) en el tratamiento y la consideración del viaje como tema. Hay un fragmento de novela, hay algún relato corto que, en algún caso, se aproxima a la nouvelle, hay alguna narración con tintes autobiográficos, pero hay, sobre todo, cuentos. En cualquier caso, ficciones. 

Cada uno de ellos viene precedido de una breve nota biográfica de su autor y de una aproximación general a los temas del relato y a sus particulares enfoques del viaje. Entre estos temas centrales resalta Salís la presencia de los diversos motivos y propósitos que impulsan al viajero: por placer o por trabajo, por motivos económicos, por asuntos de dinero, de amor o de guerra, o por alguna firme promesa, grande o pequeña, como recoge Grace James en uno de los cuentos de la antología, La mujer de Hielo; también el deseo de cultura, el ansia de liberación (de ataduras reales o imaginarias), la necesidad de ocio, el cumplimiento de un rito amoroso, la luna de miel… También, las muy variadas circunstancias que rodean el desplazamiento o la aventura, la expedición o el tránsito: los preparativos, la despedida y la partida, el trayecto, los azares, los encuentros inesperados, los compañeros de viaje, las incomodidades, las inclemencias del tiempo y del camino, el aburrimiento, los desencuentros, los peligros y accidentes inesperados (…), la decepción de las propias expectativas, los hallazgos, los imprevistos, y el retorno, la llegada, la acogedora recepción en el confortable entorno cotidiano. 

El prólogo se cierra con una reflexión de Margaret Drabble, presente en uno de los cuentos antologados, Un viaje a Citera. La autora británica inicia su relato con una afirmación en la que la antóloga cifra la esencia del espíritu del libro: Hay cierta gente que es incapaz de montarse en un tren sin imaginar que está a punto de emprender un viaje cargado de significado hacia lo desconocido, como si la misma noción de movimiento estuviese ligada indisolublemente a la noción de descubrimiento, como si cada traslado del cuerpo fuese también un traslado del alma

Partiendo de este marco referencial, el libro se abre con Tempestad, un fragmento de Relación auténtica del naufragio y salvación de sir Thomas Gates, caballero, una carta escrita en 1610 por William Strachey narrando su propia experiencia como náufrago. El relato, que Shakespeare conoció y del que se sirvió para escribir, un año después, La tempestad, anticipa, al decir de la antóloga, la posterior literatura viajera, al introducir algunos de sus tópicos más recurrentes: los peligros que asaltan al viajero, las connotaciones épicas y, en este caso, las alusiones mitológicas y religiosas. Tras él, Desembarco en Brobdingnag, de Jonathan Swift, está extraído -y es el único caso en el libro de un texto no autónomo, que forma parte de otra obra- de Los viajes de Gulliver, que más allá de su actual vinculación a la literatura infantil, refleja las preocupaciones de su autor y su época -el libro es de 1726-, con su crítica a la sociedad de aquel tiempo, sus reflexiones filosóficas y su condición de sátira política. Esas notas de acusación y reproche, de reprobación y parodia acerba, de alegato corrosivo, están también en Historia de los viajes de Escarmentado escrita por él mismo, de Voltaire, que a mediados del siglo XVIII, recorre el mundo en su texto, recogiendo, en contraposición a sus contemporáneos que viajaban por España, Italia, el Mediterráneo disfrutando de la delicias de sus civilizadas sociedades, diversas terribles muestras de la intolerancia, la tortura, el horror y las ejecuciones por motivos, sobre todo, religiosos.

Curioso paseo, de Johann Peter Hebel -y con él nos adentramos en el siglo XIX- es una fábula, muy conocida, sobre un padre, un hijo y un asno, en el que, con tierno sarcasmo -valga el oxímoron- se nos alecciona sobre los males de dejarse llevar por la opinión ajena. Wakefield es también una narración muy difundida, un cuentecito de Nathaniel Hawthorne, que introduce en el libro por primera vez “el viaje no viaje”, al contar la historia de un hombre que, sin motivo aparente y sin explicación previa, sale un día de su casa para no volver a ella hasta veinte años después, sumiendo en la incertidumbre y en la angustia a sus allegados, en particular a su mujer. En ese autodestierro, como lo califica el protagonista, el marido se instalará en una vivienda cercana desde donde contempló a diario su casa, y vio con frecuencia a la afligida señora Wakefield. Una obra maestra de la que os dejo un pasaje al término de esta muy larga reseña. El escritor viajero por excelencia, Julio Verne no podía faltar en una antología del género. Aquí comparece con un relato angustioso, Un drama en los aires, sobre un viaje en globo, que recorre la historia de la navegación aerostática y que envuelve al lector en una atmosfera opresiva y perturbadora. Publicado en 1851, el cuento es un claro antecedente de Cinco semanas en globo, la popularísima novela del francés. 

El cuento del niño, de Charles Dickens, es una maravilla, un conmovedor relato alegórico. Un hombre emprende un viaje y en su camino va encontrando, sucesivamente, a un niño, un muchacho, un joven, un adulto y a un anciano. De todos aprende y a todos va dejando atrás. Su viaje, a su término lo sabremos, es el de la vida, con sus etapas, sus descubrimientos y sus despedidas. De Dinamarca procede un escritor para mí desconocido, Carl Bernhard, que firma, en 1852, El vellocino de oro, también emotivo y con una cierta voluntad didáctica. Un joven ambicioso abandona a su madre, a su amada y a sus amigos en su pequeña aldea danesa para lanzarse al mundo y a la obsesiva consecución de la riqueza, que ejemplifica simbólicamente en mitológico el vellocino de oro. Ausente de su tierra durante más de veinte años, las cosas, a su vuelta, serán bien distintas, como pone de manifiesto un relato espléndido que transmite una valiosa lección moral. Apenas diez años posterior, Un viaje a caballo por Palestina es un cuento -uno de los más largos de la antología- de Anthony Trollope que, a través de la anécdota que recoge su título, nos presenta a dos personajes que recorren los parajes de Tierra Santa, en un periplo que, probablemente, hoy no resistiría la tiranía de la corrección política, pues la visión colonial, ofensiva y racista, permea una historia por lo demás magnífica, con la presencia de muchos de los elementos clásicos de la literatura viajera y una sorpresa final desconcertante. El carruaje fantasma, de Amelia Edwards, escritora y egiptóloga, en cierto modo una adelantada a su época, es un relato de 1864, en el que su protagonista, perdido en la nieve en una noche inclemente, acaba haciendo un viaje siniestro, entre el sueño y el delirio de ultratumba, cuyos ecos, con distintas variantes, resuenan en muchas narraciones actuales del género de terror. 

El explícito y revelador título del cuento de Mark Twain seleccionado, Canibalismo en el tren, refleja, en efecto, el suceso al que apunta, aunque el tratamiento de la historia narrada, irónico y humorístico, lo convierte en una parodia de los protocolos políticos en la asamblea legislativa norteamericana. Idéntico tono jocoso, aunque algo menos abiertamente mordaz, comparece en El viaje circular, un relato de Émile Zola publicado en 1877 en el que una pareja de recién casados logra consumar su amor, en una algo atribulada luna de miel con final feliz. De Guy de Maupassant, uno de los grandes cuentistas franceses, la antología recoge el que, quizá, es su relato más conocido. Bola de sebo, de 1880, reúne en una diligencia a una decena personas pertenecientes a distintos estamentos sociales, que huyen del terror de la guerra franco-prusiana, en un viaje por una Francia ocupada por los ejércitos enemigos en el que se ponen de manifiesto los prejuicios de clase, la hipocresía social, y con un personaje central entrañable, la prostituta Bola de sebo, que dará lecciones de moralidad a sus cobardes y miserables acompañantes burgueses y de las “altas esferas”. El cuento, que está en la base remota del clásico de John Ford The stageacoach -La diligencia-, es inolvidable. 

El brevísimo Un viaje en vapor, de Meïr Aron Goldschmidt, impregnado de un aire simbólico, onírico, de película de Bergman (aunque su autor es danés, no sueco), con la presencia de la muerte apuntando al final de la travesía, es, pese a ello, un relato precioso, algo triste e inquietante. Bellísimo es también, rezumando nostalgia y melancolía, América, de Arthur Schnitzler, un cuento en el que el continente aludido en el título opera en el plano real y en el metafórico, en la extrañeza del presente y el bello recuerdo que se desvanece. Desde otra perspectiva radicalmente distinta, Cortejo de invierno, es una humorada ligera, escrita por una para mí desconocida Sarah Orne Jewett. El cuento, de 1889, narra, dejando en su transcurso al lector con una sonrisa en la boca, el invernal viaje de una viuda y su cochero, dos solitarios que lo serán menos al término de su helador trayecto. 

A continuación, el libro presenta dos relatos consecutivos con la muerte como motivo final. En el primero de ellos, El judío errante, de Rudyard Kipling, un hombre, aterrorizado por el inexorable fin que a todos nos espera encadena un viaje tras otro, siempre en dirección al este, convencido de que, como le habían dicho “los hombres de ciencia”, si das la vuelta al mundo hacia el este, ganas un día. Su insensata búsqueda de la salvación -su, en realidad, descabellada huida del tiempo- concluirá tras décadas de frenéticos desplazamientos, ya anciano, los labios resecos, las manos temblorosas y los ojos que se volvían eternamente hacia el este, en un austero bungaló de Madrás, aún corriendo contra la eternidad y con un inútil cronómetro en la mano. De “nuestro” Clarín, la antología recoge el magistral -aunque muy triste- El dúo de la tos. Dos enfermos de tuberculosis, un hombre y una mujer que viajan de continuo huyendo de la muerte, coinciden en un gran hotel frente al mar, al que han llegado buscando un lugar propicio para afrontar su mal. Tras una noche en que la, sin llegar a conocerse, su dolorosa soledad se rompe levemente al percibir el sonido apagado de sus respectivas toses en habitaciones cercanas, los viajeros, solos, débiles, angustiados, melancólicos y declinantes, abandonarán el hotel, cada uno por su lado -dos existencias que apenas se han rozado por azar en un encuentro tan solo imaginado, deseado, intuido, en su insomnio nocturno- en busca de consuelo en alguna otra ciudad, en alguna otra posada, en alguna otro hospital, en algún último sepulcro. Conmovedor es también El polizón, de Emilia Pardo Bazán, de la que conmemoramos este año los cien de su muerte. El viaje que aquí comparece es el de la emigración, en un relato que de desarrolla en el momento de la dramática partida de cientos de aldeanos y campesinos gallegos que se disponen a iniciar, en un vapor atracado en los muelles de la bahía coruñesa (la Marineda literaria de la autora), su forzada y a la vez llena de esperanza travesía a una promisoria América. Al territorio de la costa atlántica, aunque al otro lado de la frontera, pertenece también el portugués José Maria Eça de Queirós, que en La perfección retoma el personaje de Ulises y lo recrea desde una perspectiva singular que encuentra un ángulo novedoso desde el que explorar el relato clásico. Ulises, que durante ocho años ha vivido plácidamente en la isla de Ogigia, retenido por los infinitos placeres de la diosa Calipso, añora su Ítaca natal, no tanto por la necesidad de volver al hogar y reunirse con Penélope y Telémaco como por, hastiado de tanta divina perfección, reencontrarse con normalidad de su ser mortal, hacia la que zarpará surcando los mares en pos de los trabajos, las tormentas, las miserias… ¡el deleite de las cosas imperfectas! Una joya literaria. 

Como lo son también los dos cuentos recogidos en la antología de sendos nombres mayores de la literatura universal, Anton Chéjov y Joseph Conrad. Del primero podemos leer En la carreta, un relato lleno de melancolía en el que una maestra, que ve como quedan atrás la lozanía y las ilusiones de su juventud, que se consume en una vida solitaria, estéril, rutinaria, anodina, sin otro futuro que no fuera la escuela, el camino de ida y vuelta a la ciudad, y de nuevo la escuela, de nuevo el camino, que añora una intensidad de vida que le está, ya, definitivamente negada (Tenía ganas de pensar en unos ojos bonitos, en el amor, en esa felicidad que nunca llegaría), percibe fugazmente, tras un encuentro casual en el curso de uno de sus acostumbrados y desganados viajes en carreta, la esperanza de una existencia lograda, un vano atisbo de emoción, un sentimiento de alegría y felicidad con el que evoca el recuerdo de sus primeros años, joven, bonita y elegante, en una habitación cálida y luminosa, entre sus familiares queridos. Juventud, uno de los cuentos más destacados de Conrad, se desarrolla en el ambiente marino que caracteriza lo mejor de la literatura del polaco. En una reunión de cinco amigos unidos por un fuerte vínculo con el mar y una común trayectoria en la Marina mercante, uno de ellos, Marlow, recuerda su primer viaje por los mares de Oriente -también su primera travesía como segundo de a bordo-, en el que, con apenas veinte años y con toda la ilusión propia de la etapa vital que da nombre al cuento, se enfrentará a una azarosa y accidentada aventura, toda una experiencia iniciática, a bordo del Judea, un barco desvencijado que a duras penas soportará los embates de unas desatadas fuerzas de la naturaleza. Un relato épico y memorable, uno de los más destacados de un libro repleto de maravillas. 

Tras él, la selección nos ofrece tres cuentos con el tren como medio de transporte. Un viaje, de Edith Wharton, es el último relato publicado en el siglo XIX de los que se recogen en el libro. Se trata de un trayecto “de vuelta”, un regreso a Nueva York de un matrimonio en el que el entusiasmo inicial ha dado paso a un final, imprevisible y dramático, que se sustanciará en los compartimentos del ferrocarril. Corazones y manos, consecuentemente el primer cuento del siglo XX, obra del muy popular en su tiempo O. Henry, nos sitúa en un vagón de un tren en el que, casualmente, acaban coincidiendo una joven mujer y un antiguo conocido que viaja, en su condición de alguacil, esposado a un delincuente. Con un tono ligero y festivo, un previsible giro final introduce en la historia, sin embargo, leves notas de ternura y melancolía. A Willa Cather, de la que ya presenté en este espacio, hace algunos años, su apreciable novela Mi Antonia, se debe Una muerte en el desierto, ambientada en una casa aislada en el polvoriento desierto de Wyoming, en unos paisajes habituales en la obra de la norteamericana, a la que llega -y de la que partirá-, en un tren que “enmarca” el relato, un hombre que revivirá, con una joven mujer que agota sus últimos días, un amor de juventud oscurecido por la sombra afantasmada, lejana aunque persistente, del hermano del viajero. 

En Santa Baya de Cristamilde, un cuento brevísimo de 1904, Ramón María del Valle-Inclán nos lleva a un escenario gallego, el del santuario mencionado en el título para mostrarnos un peculiar viaje, muy común en las tierras galaicas: el de las romerías, en este caso, un modesto y telúrico peregrinaje en el que seres deformes, mendigos, enfermos varios -ciegos, leprosos, tullidos, apestados- y, sobre todo, endemoniadas, avanzan en una escena esperpéntica hacia la ermita que alberga la imagen de la santa de la que esperan la curación de sus males. El rezo cristiano se combina, para reforzar quizá las posibilidades sanatorias de la experiencia con la brusca inmersión en las rugientes aguas del mar cercano. Fantasmal es, también, Una voz en la oscuridad, de William Hope Hodgson, relato fantástico en un mar nebuloso y con la inquietante y sobrecogedora presencia de un extraño y terrorífico hongo. De un momento esencial en el viaje, la despedida, trata el intenso y muy bello Aloha Oe, de Jack London, ambientado en los muelles de Honolulu, en los que Dorothy Sambrooke, la joven hija -sólo quince años- de un senador norteamericano, embarcada de regreso a su país tras un mes en Hawái, a donde ha viajado acompañando a su padre en misión comercial, se despide de su fulgurante y episódico amor tropical, un muchacho con rastros de sangre nativa en las venas, del que lo separarán para siempre el barco que zarpa y, sobre todo, los prejuicios raciales. Aloha Oe es, además de la rúbrica que encabeza el cuento, el título de una canción que tiene un especial valor para los enamorados, que la cantarán a lo largo del relato. Ella constituirá el acompañamiento musical a mi reseña. 

El premio Nobel Thomas Mann nos traslada, en El accidente ferroviario, a un viaje en tren -uno más de los que muchos que aparecen en la selección- en el que todo -los distintos compartimentos, la variedad de equipajes, el diferente trato recibido de los revisores y los mozos, y especialmente las reacciones ante un leve descarrilamiento- sirve al escritor para enfatizar las ostensibles diferencias de clase entre los viajeros. La Mujer de Hielo, escrito por la británica, nacida en Tokyo, Grace James, participa de las notas de exotismo, atmósfera tenuemente afantasmada e irreal delicadeza que asociamos a la singular cultura japonesa, en cuyo folklore se basa la autora. Un cuento triste, pero muy bello. Ambos rasgos, belleza y melancolía, están presentes en El viaje, de Luigi Pirandello. Una joven viuda, que a sus escasos treinta y cinco años -no tan pocos para la época, el relato es de 1910- lleva trece encerrada en la soledad sombría de una vida de luto en un oscuro pueblo siciliano, en la que se agosta tras la muerte de su marido, que la redujo a una existencia anodina y opresiva y al que nunca quiso, tendrá la ocasión de hacer un viaje, en compañía de su cuñado, saliendo del angosto espacio en el que consume sus días. Pese a lo dramático de la circunstancia que motiva el viaje, la mujer vivirá una experiencia embriagadora, exultante y feliz. Una joya espléndida de otro de los premios Nobel incorporados a la selección. 

En otro registro bien diferente, La docena del fraile, de Saki, es un despropósito humorístico en el que dos antiguos amantes que, tras años de separación, se reencuentran en la cubierta de un vapor con destino a Oriente, y fantasean de modo disparatado con una boda a la que cada uno acudiría cargado de hijos de sus respectivos matrimonios. Y humor hay, pero no sólo, en La potestad de la viuda, de la escritora feminista norteamericana Charlotte Perkins Gilman. Tras el funeral de su marido y la consiguiente lectura del testamento, la esposa, merced a una inesperada vuelta de tuerca en la historia, dejará con un palmo de narices a sus tres desapegados hijos e iniciará una nueva y liberadora vida camino de Australia, Nueva Zelanda, Madagascar y la Tierra del Fuego. 

En el libro tiene cabida también la experiencia metafísica de Fernando Pessoa, en un cuento, Viaje nunca hecho, que participa de los rasgos más significativos de su obra: la reflexión existencial, los límites de la identidad, el cuestionamiento del sentido de la vida, el absurdo de nuestro paso por el mundo, el conflicto con la realidad, en un relato entresacado del inagotable Libro del desasosiego. Uno de los pocos autores españoles presentes en la recopilación, “nuestro” Miguel de Unamuno, es el autor de Mecanópolis, que nos traslada, en una especie de distopía desasosegante, con tintes oníricos, a un universo deshumanizado en el que las máquinas llevan el control del mundo. Y otro nombre mayor de la literatura universal, James Joyce, comparece también con un relato extraído de Dublineses, su excepcional colección de cuentos. Se trata de Eveline, otro de los mejores logros del libro, en el que su protagonista, una joven cuyo nombre da título a la narración, se debate entre la fuga con un enamorado que le permitirá conocer una nueva y liberadora vida, y la permanencia en el hogar familiar, previsible y anodino, rutinario y mediocre, pero al que lo une un poderoso y magnético vínculo, hecho de conformidad y miedo. En A la deriva, del uruguayo Horacio Quiroga, un hombre, tras haber sido mordido por una serpiente venenosa, se lanza, impotente y angustiado, a un viaje desesperado y febril en canoa por el río Paraná en busca de un imposible remedio que detenga los efectos de la letal ponzoña. 

De nuevo en el fecundo universo ferroviario, En la estación. Esbozo del natural, es un cuento trágico de Isaak E. Bábel, con trenes, guerra, muerte y alcohol, el letal vodka ruso. Con notas humorísticas, pero en el fondo también triste, El pasajero perpetuo, del ucraniano Stefan Grabiński, nos presenta a un hombre enajenado que vive sus tristes días entre su insulsa profesión de escribiente y funcionario judicial, y una suerte de viajes simbólicos o sucedáneos de viaje que “emprende” cada día, acudiendo puntualmente a la estación del ferrocarril para remedar los gestos y rituales del viajero, la (ficticia) compra de billete, la impaciente expectativa de la sala de espera, el paseo nervioso en el andén, el arduo abrirse paso entre los viajeros, el difícil acomodarse en el compartimento, la conversación con el revisor, la charla informal con los demás pasajeros… para, a la postre, en el último momento y con el tren a punto de partir, renunciar al viaje, descender apresuradamente del vagón y volver, maleta en mano y arrastrándose por las estrechas callejuelas de su ciudad, volver a casa para dormir algunas horas antes del amanecer, porque a la mañana siguiente le estaría esperando la oficina, y a partir de las tres, como hoy, como ayer, como hacía ya años inmemorables, su viaje simbólico. La gran Katherine Mansfield, cuentista magistral, es la autora de El viaje, una travesía algo misteriosa de una niña y su abuela. El gran cazador de Aluk a quien se le rompió el corazón al ver el amanecer sobre su poblado, del escritor y explorador danés, de madre inuit, Knud Rasmussen, cuenta una historia, con aires de leyenda, del folclore del pueblo inuit, en la que un padre, que nunca ha abandonado su aldea, y su hijo, ansioso por conocer mundo, viajarán en busca de nuevas tierras y nuevos horizontes, para acabar volviendo al poblado en un emotivo retorno que provocará una insoportable conmoción en el progenitor. El caos reptante, del norteamericano H. P. Lovecraft, el maestro del terror gótico, que me gustó mucho en mi juventud y que ahora leo con indiferencia, resultándome incluso tedioso, relata un viaje alucinante, provocado por una sobredosis de opio, en el que el lector se transporta a un universo muy habitual en sus libros: misterio y espanto, atmósfera onírica, ambientes mórbidos, extraños parajes, sonidos y efectos diabólicos, terror agazapado, moradas malditas, belleza perversa, fétidas excrecencias y vapores nauseabundos, horror y muerte, pesadilla y destrucción. De Hermann Ungar, el algo retorcido escritor checo, Marta Salís elige para su antología El viaje de Colbert, un nuevo ejemplo de aventura imposible, frustrada, irrealizable, en un cuento con un oscuro fondo de lucha de clases, que aflora en la relación entre un estirado burgués y su rencoroso criado. Checo es también, y como él, judío y escritor en alemán, Franz Kafka, del que podemos leer La partida, un “fogonazo” brevísimo, apenas quince líneas, en el que un hombre parte con la única meta de “marcharme de aquí”, en un planteamiento muy acorde con el inexplicable absurdo que envuelve la literatura del autor de La metamorfosis -o La Transformación, como rezan algunas de sus más recientes traducciones-. La marcha al exilio, un título bien explícito sobre su contenido, es un relato de una tristeza sobrecogedora sobre la emigración. Escrito por el irlandés Liam O’Flaherty, es, a mi juicio, uno de los momentos culminantes del libro. En él asistimos a la sombría fiesta de despedida de dos de los ocho hijos del matrimonio Feeney, Mary y Michael, que viajarán a Estados Unidos, a causa de la pobreza y en busca de unas expectativas de vida imposibles en su tierra. 

Un para mí desconocido Premio Nobel danés, Johannes V. Jensen firma ¿Llegaron al ferry?, un acelerado viaje en moto con un final trágico que incluye ciertas reminiscencias mitológicas. Premio Nobel también, e igualmente ignoto, es el ruso Iván A. Bunin. Su aportación a la antología, Insolación, es magnífica, la descripción de una fugaz, perturbadora, intensa e inolvidable historia de amor en el curso de un viaje en barco que dejará una huella indeleble en uno de sus protagonistas. Dos de los más extensos relatos del libro corresponden a dos figuras mayores de la literatura universal, William Somerset Maughan y Cesare Pavese. Del británico podemos leer P&O, nombre de la compañía naviera a la que pertenece el trasatlántico en el que se desenvuelve la peripecia narrada, un viaje desde Yokohama hasta Europa, que se desarrolla sobre todo frente a las costas de Singapur, Java y Adén, y que reúne a personajes de diferentes clases sociales en un periplo marcado por la presencia de la muerte. En el caso del italiano, su cuento se mueve en las coordenadas pesimistas habituales de su obra. Viaje de bodas nos presenta una pareja pobre, de vida precaria pero envuelta aún en la ilusión romántica de la juventud, que recupera de modo algo tardío, el viaje de casados que en su momento no pudieron realizar. El fracaso, la angustia existencial, la incomunicación, la soledad, la insatisfacción y la profunda infelicidad, consustanciales a la literatura de Pavese, acabarán marcando la experiencia. Otro nombre fundamental de la historia literaria, esta vez norteamericano, Tennessee Williams, es el autor de Una manzana regalada, con el protagonismo de un joven de diecinueve años que se mueve por su país en autostop, una modalidad de viaje que no había comparecido aún en el volumen. El cuento se detiene en un inesperado encuentro entre el muchacho y una mujer negra, en el que una difusa pulsión sexual entre ambos acaba por resolverse en frustración. De una extraordinaria dureza, La refugiada Conchita Mosquera, del de nuevo para mí desconocido Mogens Klitgaard, un escritor danés muy comprometido con las causas de la izquierda, resistente contra el nazismo invasor de su país en la segunda guerra mundial, nos presenta a la muchacha del título, una chica española de apenas diecinueve años, que, con un hijo a sus espaldas, huye del país en los días finales de la guerra civil, en una larga caminata -su falta de medios la obligan a desplazarse a pie- que la lleva desde su pequeño pueblo de Huesca hasta una despreocupada Niza, en donde la aparente felicidad de los habitantes de la desahogada Costa Azul contrasta con la infelicidad, las privaciones, el hambre, la indefensión y la ausencia de expectativas de la infortunada joven. En La vida secreta de Walter Mitty, un título clásico de James Thurber, que ha sido la base de alguna conocida película, el viaje es el de la fantasía, el de las quimeras, el de los sueños. Walter Mitty es un hombre anodino, de existencia aburrida y vulgar, sometido por su impositiva mujer, que conjura inútilmente el gris tedio de su vida con la invención de aventuras formidables en las que se imagina como héroe de formidables peripecias, arriesgadas y atrevidas, muy distintas a las que protagoniza en el discreto transcurrir de sus días. 

El poeta negro americano, Langston Hughes, muy activo en la defensa de las justas causas de su raza en los Estados Unidos durante la primera mitad del siglo XX, es el autor de Desayuno en Virginia, un cuento moral, optimista y aleccionador, en el que dos jóvenes negros, soldados de permiso en los días de la segunda guerra mundial, sufren en un viaje en tren el trato discriminatorio de los responsables del vagón restaurante que se niegan a servirles por la prescripción legal que limita al uso del local a personas blancas. En su desagradable incidente encontrarán el inesperado apoyo de un hombre blanco que los invitará a su propio compartimento. El matrimonio Bowles, Jean y Paul, tiene una presencia contigua en la selección, pues Idilio guatemalteco, el cuento de Jane, y Un episodio distante, un título mayor de su marido, son relatos de 1944 y 1947, respectivamente, y comparecen de modo consecutivo debido al orden cronológico de la antología. En el primero de ellos, un viajero algo estirado, se ve envuelto en una poco atrayente experiencia erótica en el curso de una estancia en Guatemala. El cuento de Paul Bowles, desasosegante y lleno de violencia, nos traslada a un territorio habitual de su obra, Marruecos, a donde un lingüista acude en su estudio de inexploradas variantes del magrebí. Su imprudencia, su insensatez y un comportamiento irracional lo llevarán a verse envuelto en una serie de incidentes siniestros que cambiarán de modo dramático su vida. Inquietante es también el clima que envuelve El estallido de un trueno, un magnífico cuento de Ray Bradbury, una historia opresiva, angustiosa y magistral. Ambientado en un 2055 en el que la ciencia permite los viajes al pasado, su protagonista retrocede sesenta millones de años en una aventura fatal que permite al autor, aparte de recrear la amenazante presencia de los dinosaurios, mostrar todas las posibilidades metafísicas que conlleva la vuelta atrás en el tiempo y el riesgo de alterar irremisiblemente, a partir del apenas perceptible cambio en el aleteo de una mariposa pretérita, el curso entero de la existencia por venir. Y lo perturbador está presente también, ¡y de qué manera!, en Un hombre bueno es difícil de encontrar, una pieza sobrecogedora de Flannery O’Connor en la que afloran los rasgos más reconocibles de la escritora norteamericana: tortuosos escenarios sureños, asfixiantes entornos familiares, la aflictiva e inevitable presencia del mal, almas torturadas, personajes desequilibrados y funestos, oscuras connotaciones religiosas, dolor, sufrimiento y muerte. El cuento de Juan Rulfo, el gran clásico de la literatura mexicana, nos lleva, ya desde su título, Paso del Norte, a la trágica vivencia de la migración desde México a Estados Unidos. Fechado en 1953, su lectura resulta, sin embargo, absolutamente vigente, pues la realidad descrita sigue estando, por desgracia, de muy triste actualidad. El relato, que ya había aparecido en la prestigiosa colección El llano en llamas -con la novela Pedro Páramo, las dos obras mayores de Rulfo-, es un espléndido exponente de su literatura, el uso del lenguaje, la presencia del mundo indígena, el protagonismo sufriente de los débiles, de los desfavorecidos, la exposición de la injusticia del mundo, el fatalismo y la tristeza. El viaje que en El planeta imposible propone Philip K. Dick, otro gran nombre de la ciencia ficción, junto a Ray Bradbury, es intergaláctico. En una nave espacial, unos visitantes del futuro se acercan a un planeta Tierra devastado (Un globo rojo y sin brillo, suspendido entre pálidas nubes; los restos coagulados de antiguos mares bañaban su quemada y corroída superficie. Sus acantilados, agrietados y erosionados, se elevaban imponentes. Las llanuras habían sido excavadas y despojadas de toda vegetación. Grandes pozos horadaban la superficie, una infinidad de úlceras abiertas) para que uno de los viajeros, una anciana con trescientos cincuenta años a sus espaldas, antigua habitante terrícola, recupere sus recuerdos en vísperas de su muerte. La aparición en la antología de Un viaje a Citera, de la para mí desconocida Margaret Drabble, ha sido un auténtico descubrimiento. El encuentro entre una mujer y un desconocido en un compartimento de tren abre una serie de expectativas inesperadas en una historia que opera como metáfora de algunos de los elementos más significativos del viaje: la huida de la soledad, la apertura a lo imprevisible, la febril excitación que conlleva el movimiento, la aventura de lo desconocido, las ilusiones, la tenue -a veces intensa- pulsión erótica que acompaña al desplazamiento (De joven –le contó–, pensaba que habría una mujer esperándome en cada compartimento de tren, en cada avión, en cada hotel), los encuentros fugaces, la sorpresa, el misterio. El tren, esta vez cargado de un fondo de opresiva amenaza, es también el escenario de El idioma de la «f», de la brasileña Clarice Lispector. La inquietud y el desasosiego de su protagonista, que sufre el acoso de dos hombres en la estrechez de un vagón, la llevarán a forzar su comportamiento, en una estrategia desesperada que la conducirá, primero, a dejar el tren, después a la cárcel y, finalmente, y por un oscuro azar, a salvar su vida, sustituida por otra infortunada viajera. 

Otra historia magnífica es la que relata Richard Ford, Premio Princesa de Asturias de las Letras en 2016, en el espléndido Rock Springs. Un hombre, fracasado, desafortunado en la vida, delincuente de poca monta y perseguido por la justicia, robará un coche, un vistoso Mercedes, para emprender en él, con su amante y su hija, un viaje, lleno de ilusión y esperanzas, pero a la postre frustrado y decepcionante, en busca de una vida mejor en Florida. Un muy significativo exponente de la corriente literaria -el realismo sucio- que tiene en Ford uno de sus más destacados representantes. El antepenúltimo cuento seleccionado es Vuelta a casa, de la escritora de Rabat Laila Lalami. Como apunta su título, estamos ante un retorno al hogar, en concreto el de Aziz, un joven marroquí que, tras cinco años en España, a donde llegó atravesando en patera el estrecho de Gibraltar, regresa a Casablanca. El reencuentro con su madre, con su mujer, con su mundo familiar y, sobre todo social, le provocan sensaciones de extrañeza, extranjero ya en todas partes, desarraigado y precario trabajador, explotado y anónimo, en Madrid y ya definitivamente ajeno y desubicado entre los “suyos”, en lo que fue su hábitat natural, del que lo separa su experiencia de emigrante. Reflejos, de Alan Hollinghurst, es, que recuerde, la primera narración del libro de temática abiertamente homosexual, y en ella la pareja protagonista, un cincuentón más bien aburrido y su muy joven (veinticuatro años menor) y desapegado amante, pasa un malogrado fin de semana en Roma durante el cual las irreconciliables diferencias de planteamiento y expectativas de vida entre ambos, ya presentes antes de la partida, se hacen notorias e irremediables. Por fin, en Todo el cuerpo, un cuento aparentemente autobiográfico de la irlandesa Maggie O’Farrell, la voz narradora -la de una muchacha que, decepcionada por las inesperadas malas notas en su último curso en Cambridge, acepta sin pensarlo demasiado una invitación de un amigo y vuela a Hong Kong sin ningún propósito definido- da cuenta de su trayectoria académica malograda antes de su comienzo, describe su juvenil confusión vital y relata las convulsas vicisitudes de su viaje transoceánico, mientras muestra el germen de su incipiente carrera como escritora. 

Y con este exhaustivo repaso al inabarcable contenido de este Viajeros, editado por Marta Salís, os dejo ya hasta el próximo curso. Espero que en septiembre, cuando Todos los libros un libro se reencuentre con sus oyentes en una nueva temporada, todos hayáis podido acrecentar vuestra experiencia viajera, ampliando así los límites de vuestra habitual cotidianidad. Como despedida de la emisión y del curso, y después del breve fragmento prometido del Wakefield de Nathaniel Hawthorne, os ofrezco Aloha Oe, la canción que suena en el cuento del mismo título de Jack London y una de cuyas estrofas, muy oportunas para la ocasión, reza Mi amor por ti. Mi amor quedará contigo hasta que volvamos a vernos. Aquí la oímos en la interpretación de The Rose Ensemble. 


Recuerdo haber leído en algún viejo periódico o revista la historia, que aseguraban verídica, de un hombre –llamémoslo Wakefield– que se ausentó una larga temporada del hogar conyugal. El caso, contado de manera tan abstracta, no es muy extraño, ni puede considerarse malo o descabellado sin aclarar debidamente las circunstancias. Sea como sea, y aunque diste mucho de ser el más grave, quizá sea el atropello conyugal más insólito del que se haya tenido noticia, amén de una monstruosidad digna de hallarse en el catálogo de las rarezas humanas. El matrimonio residía en Londres. El marido, fingiendo que se marchaba de viaje, alquiló unas habitaciones en la calle contigua a su domicilio; y, sin que su mujer ni sus amigos supieran nada de él, y sin el menor motivo para autodesterrarse, vivió allí más de veinte años. Durante este tiempo, contempló a diario su casa, y vio con frecuencia a la afligida señora Wakefield. Y, después de tan largo paréntesis en su felicidad conyugal –cuando todos le daban por muerto, su herencia se había repartido, nadie recordaba su nombre y su mujer llevaba mucho tiempo resignada a una viudez otoñal–, entró una noche tranquilamente por la puerta, como si llevara un día ausente, y fue un amante marido hasta su muerte. 

En líneas generales es lo único que recuerdo. Pero este incidente, aunque lleno de originalidad, sin precedentes y probablemente irrepetible, me parece de los que despiertan la simpatía del género humano. Cada uno sabe en su fuero interno que no cometería semejante locura, pero tiene la sensación de que otros podrían cometerla. Yo, al menos, he pensado a menudo en esta historia, con asombro siempre, pero convencido de su veracidad, imaginando el carácter de su protagonista. Cuando un asunto nos causa tanta impresión, merece la pena dedicar algún tiempo a meditar sobre él. Si el lector lo desea, puede hacer su composición de lugar; y, si prefiere recorrer conmigo los veinte años que duró el capricho de Wakefield, le doy la bienvenida; confío en que habrá unos principios y una moraleja, aunque no logremos encontrarlos, expresados con claridad y concisión en la frase final. Siempre es bueno reflexionar, y cualquier episodio sorprendente encierra una enseñanza
Wakefield. Nathaniel Hawthorne
  Videoconferencia
Marta Salís. Viajeros

miércoles, 23 de junio de 2021

DAVID BARRIE. LOS VIAJES MÁS INCREÍBLES
 
Hola, buenas tardes. Bienvenidos un miércoles más a Todos los libros un libro, el añejo espacio -llevamos más de diez años en antena- de propuestas de lectura en Radio Universidad de Salamanca. Esta tarde continuamos con una recomendación apasionante, aunque ciertamente insólita, dentro de nuestra serie viajera, con la que ocuparemos todas las emisiones de este junio prevacacional en el que contemplamos con una cierta -relativa- esperanza las posibilidades de viaje que, quizá, pueda ofrecernos el verano. Mi consejo de hoy es Los viajes más increíbles, un libro escrito por el británico David Barrie, un hombre polifacético del que luego os ofreceré una breve semblanza biográfica, y presentado el pasado año, en traducción al español de Joan Lluís Riera, por la editorial Crítica, uno de los sellos absorbidos por el gigante Planeta. El volumen, en una edición muy cuidada, con pastas duras y papel de calidad, incluye las ilustraciones originales de Neil Gower. Por si el lector alberga algún tipo de duda acerca de cuáles son los increíbles viajes a los que alude el nombre del interesante ensayo queden todas resueltas en cuanto se sepa su subtítulo, Maravillas de la navegación animal, que encierra, de manera inequívoca, las claves de su sugerente contenido, del que sus protagonistas son, en efecto, decenas -centenares, incluso- de muy viajeras especies animales. 

David Barrie estudió Psicología y Filosofía en la Universidad de Oxford. Como nos informa la editorial en la solapa del libro, creció en la costa sur de Inglaterra, donde se enamoró del arte de la navegación. Con numerosas experiencias en ese dominio, del Reino Unido a las Azores, de Hong Kong a Manila, en las islas Hébridas, Noruega, el Caribe y la Columbia Británica, forma parte del Royal Institute of Navigation y del Royal Cruising Club. Su trayectoria profesional, ya se ha dicho, es variada y se ha desenvuelto en terrenos muy heterogéneos: marinero en un ferri, diplomático, analista de inteligencia, gestor cultural y activista. Además, proviene de una estirpe literaria, pues es sobrino bisnieto del dramaturgo J. M. Barrie, el autor de Peter Pan. 

Desde mi ventana veo volar un grajo. Parece decidido, entregado a una misión que solo él conoce. También veo un abejorro que realiza sus metódicas visitas a las flores del jardín. Una mariposa bate deprisa sus alas por la pared, se desplaza con presteza, se para un instante y luego sigue volando. Un gato camina por el sendero y se desliza bajo los arbustos. Por encima de todos ellos, un avión a reacción lleno de gente inicia su descenso hacia Heathrow. 

Basta con mirar a nuestro alrededor para ver animales, grandes y pequeños, humanos y no humanos, en marcha hacia algún lugar. Quizá estén buscando comida o pareja, tal vez migrando para huir del frío del invierno o del calor del verano, o simplemente volviendo a su casa. Algunos realizan viajes que dan la vuelta al mundo, otros apenas se entretienen por el vecindario. Pero tanto si se trata de un charrán ártico que vuela de un extremo a otro de la Tierra, como de una hormiga del desierto que corre de vuelta a su hormiguero con una mosca muerta entre las mandíbulas, tiene que saber orientarse y encontrar su camino. Es, simple y llanamente, cuestión de vida o muerte. 

Así, de este modo subyugante, que imposibilita abandonar la lectura, comienza el prefacio de Los viajes más increíbles. La constatación de que el movimiento es la clave de la supervivencia de los animales suscita en el muy curioso autor infinidad de preguntas a las que este libro pretende dar respuesta. ¿Cómo encuentran las avispas sus colmenas después de deambular horas y horas por los campos? ¿Y las aves sus nidos? ¿Cómo vuelven las tortugas de un extremo a otro de los océanos, para depositar sus huevos en las mismas playas en las que nacieron? Y los pueblos indígenas, ¿cómo se desplazan por mar o por tierra sin perder en ningún momento las referencias que los sitúan en el espacio? He aquí la cuestión fundamental que aborda el estudio de Barrie: ¿Cómo se orientan y navegan los animales, incluidos los humanos?; y junto a ella, algunos corolarios referidos al modo en que establecemos mapas mentales en nuestros desplazamientos cotidianos, a la utilidad de la memoria, de la observación minuciosa y también de la intuición a la hora de tomar decisiones que guíen nuestros movimientos, a la posible y quizá grave renuncia a algunas habilidades básicas de orientación que hemos utilizado durante siglos y que los avances tecnológicos actuales están dejando en el olvido. 

Estructurado en tres grandes partes, el divulgativo ensayo analiza, en la primera de ellas, La navegación sin mapas, que ocupa diecisiete capítulos y más de la mitad de la extensión del libro, el modo en que se mueven y orientan los animales (sin, obviamente, usar GPS). En la segunda, El santo grial, y en ocho capítulos, se estudia la utilización por distintos animales de algo parecido a los mapas, de diferentes tipos, así como los indicios de la existencia de representaciones del mundo afines a mapas en el cerebro. En la parte final, ¿Por qué es importante la navegación?, se recogen, en dos breves apartados, las implicaciones que tienen para el ser humano las investigaciones sobre la navegación animal. Cada capítulo se organiza en torno a una anécdota central, que hila la argumentación que se desarrolla en el texto y que permite la presentación de las contrastadas tesis científicas que se defienden en él y que se recogen en las cerca de cuarenta referencias bibliográficas y en la treintena de páginas de citas finales. Un breve pasaje en cursiva que presenta algún ejemplo de navegación animal, por lo general enigmático y que no acaba de encajar cómodamente en el discurso principal, sirve de estimulante separación entre capítulos. 

Cierra David Barrie esta presentación introductoria con un triple aviso al lector. En primer lugar, aclara que no nos encontramos ante un texto científico ni exhaustivo. Contando con unos destinatarios que no son especialistas, ha aligerado el contenido, sin perder rigor, pero minimizando la presencia de terminología técnica, aunque, en ocasiones, la complejidad de los razonamientos, a veces algo abruptos, puede llegar a obstaculizar la lectura (puedo entender que al lector le dé vueltas la cabeza, afirma, en un pasaje particularmente intrincado). Además, subraya que más allá de la inevitable subjetividad de sus tesis, que reflejan sus propios intereses, los numerosos “encuentros”, personales y bibliográficos, con los muchos científicos que recorren el libro -entre ellos varios Premios Nobel- permiten dotar a su texto de un carácter objetivo que explora tesis solventes, plausibles, y por ello relevantes. Por último, aclara su voluntad y su convicción de que la experimentación científica con animales debe hacerse siempre con la premisa indiscutible de no infligir sufrimiento, un principio que, en el terreno de las ideas, admite legítimas razones a favor y en contra (Exactamente de qué modo decidimos qué experimentos con animales están justificados no es una cuestión sencilla, pero como mínimo deberíamos hacer todo lo que esté en nuestras manos para asegurarnos de no infligir dolor. Para ser franco, no estoy para nada seguro de que sepamos lo bastante sobre animales como los crustáceos y los insectos como para confiar en nuestro juicio sobre estas cuestiones). Consciente, sin embargo, del hecho de que no toda la comunidad científica respeta dicho postulado, no tiene reparo en aceptar la validez y la utilidad de las investigaciones llevadas a cabo -con resultados apreciables y valiosos- sin atender a ese imperativo “moral”. Sería erróneo suponer, afirma de modo autoexculpatorio, que los científicos responden a estándares más altos que el resto de la gente. El libro está poblado así de descripciones de diferentes experimentos en los que se somete a los animales a infinidad de “perrerías” a mi juicio disculpables: mariposas a las que se raspan las escamas de sus alas para insertar en ellas minúsculos marcadores de posición, palomas con lentes de contacto esmeriladas que las “ciegan” para comprobar así la influencia de la falta de vista en sus desplazamientos, insectos desprovistos de sus antenas, hormigas a las que se las engaña cambiándoles la representación externa de su territorio y confundiéndolas, por tanto, para observar su muchas veces desconcertada reacción, aves a las que se anestesia para privarlas de referentes externos y a las que, en esas condiciones, se las traslada a miles de kilómetros de distancia para verificar si siguen manteniendo las pautas de movilidad acostumbradas, gaviotas a las que se secciona el nervio trigémino para verificar cómo la pérdida afecta a su detección de los campos magnéticos; finos electrodos insertados en el cerebro de animales vivos para registrar las tenues señales eléctricas, de apenas una diezmilésima de voltio, que producen sus neuronas individuales, verificando así la actividad cerebral durante los procesos de orientación; tortugas hembra a las que se lija la dura coraza de su caparazón para incorporar en él, con fuertes pegamentos dispositivos de seguimiento, que los machos destrozan con sus embestidas en sus furiosas coyundas; y tantas otras intervenciones practicadas en interés de la ciencia. 

En el primer gran bloque del libro se expone una larga lista de ejemplos de fascinante “movilidad” animal. Conocemos así a la mariposa monarca, que un David niño, con apenas siete años, descubre tras su iniciación al mundo de los lepidópteros a cargo de un maestro excepcional, Mr. Steadman. El enorme insecto -sus alas pueden alcanzar diez centímetros de envergadura- aparecía de vez en cuando en Inglaterra desde su hábitat originario en Norteamérica, fenómeno sorprendente que despertó la imaginación del muchacho y lo llevó a plantearse la gran pregunta -¿cómo demonios encontraba el camino?- que, a la postre, lo conduciría a escribir el libro que ahora os presento. A partir de ese momento iniciático, y en su larga investigación de décadas, comparecen las pioneras de la navegación animal, las primeras bacterias que, hace 3.900 millones de años, y necesitadas del movimiento para sobrevivir, utilizaban asombrosos mecanismos para acercarse al alimento indispensable para su pervivencia y para alejarse de lo que puede suponerles un peligro (como el exceso de calor, acidez o alcalinidad). Entre esos recursos cita a los flagelos, que mueven motores microscópicos; el magnetismo, que en las bacterias magnetotácticas permiten la orientación a través de unas minúsculas partículas magnéticas que operan como agujas de brújula microscópicas, un “dispositivo” que más adelante podremos encontrar en organismos bastante más complejos, como las aves; o formas simples de memoria, como las que usan los mohos mucilaginosos, que se desplazan, sin repetir lugares que ya han explorado, hacia las fuentes de glucosa que les permitirán sobrevivir. En experimentos de laboratorio -el libro está repleto de ensayos e investigaciones inauditas, como mágicas- este portentoso moho es capaz de abrirse paso entre montañas de copos de avena organizados según pautas que reproducen la estructura de las ciudades de los alrededores de Tokio, construyendo una red de túneles para acceder y distribuir los nutrientes que extrae de los copos, una malla que acaba asemejándose al verdadero sistema de ferrocarriles de las cercanías de la capital nipona. Y está el Caenorhabditis elegans, un gusano que parece usar el campo magnético de la Tierra para guiarse. Y los tritones, que encuentran el camino de vuelta a sus estanques desde distancias de hasta doce kilómetros, sirviéndose también de una suerte de brújula magnética. Y las cubomedusas o avispas de mar, unos animales de los mares tropicales australianos de dolorosa picadura, que carecen de cerebro, pero tienen, al menos, veinticuatro ojos de cuatro tipos distintos con los que se orientan a partir de referencias que localizan por debajo y por encima de la superficie del agua. 

La mención a las estrategias de orientación ocular permite a Barrie hablarnos de la memoria visual de los seres humanos, capaces de reconocer 10.000 imágenes, aunque sólo las hayamos visto breve y fugazmente. Y ello le lleva a presentar supuestos en los que nuestra orientación se fundamenta en un sistema de reconocimiento de puntos de referencia. Cita el libro el caso, recogido de la película Apolo13, en el que su protagonista, el astronauta Jim Lovell, encarnado en el film por Tom Hanks, recuerda un episodio de su pasado como piloto naval en el que, en la más absoluta oscuridad, con los dispositivos electrónicos de su avión apagados por una avería, logró localizar a ciegas su portaviones a partir de una alfombra de plancton bioluminiscente que seguía la estela de la nave. También es reseñable -y bien conocida- la experiencia de los inuit, que en las vastas extensiones heladas de Groenlandia, construyen figuras simbólicas que dejan en la nieve y que, junto a las montañas, los acantilados, los fiordos o los glaciares naturales, les permiten dirigir sus pasos en la dirección pretendida. Y los pueblos marineros del Pacífico, que se guían por el Sol y las estrellas. Y los aborígenes australianos, que, desentrañan las pistas de un paisaje aparentemente uniforme gracias a largas y complejas canciones que los ayudan a ubicarse en sus desplazamientos. Y, de entre ellos, es igualmente curiosísimo el caso de los Guugu Yimithirr, de Queensland, que, necesitados de manejarse de continuo en su vida diaria con pautas de orientación, acaban por borrar de su léxico términos “neutros” como izquierda y derecha, para impregnar su lenguaje cotidiano con vocablos relativos a la dirección y el movimiento: si uno de ellos está leyendo un libro orientado al norte y otro hablante le pide que avance varias páginas en la lectura, la expresión utilizada será que «vaya al este», porque las páginas se pasan en ese sentido. 

Partiendo de esta consabida experiencia humana, aflora en el libro un nuevo elenco de animales que se mueven, como nosotros, a partir de puntos de referencia preestablecidos. Las hormigas rojas y las avispas excavadoras que estudió el entomólogo francés Jean-Henri Fabre (1823-1915) en experimentos sencillos pero interesantísimos adoptan pautas de movilidad regidas por elementos visuales, desmontando las tesis primeras que basaban en el olor la facilidad para encontrar el camino del hormiguero o la colmena. Sus argumentos, demostrados de modo ingenuo pero eficaz mediante el uso de instrumentos que modificaban el color o la apariencia del camino utilizado habitualmente por los insectos, se han revelado consistentes. Y hay un espacio para las abejas del sudor, que deben su nombre a que les gusta lamer la transpiración humana, que se desplazan a oscuras por las selvas de la América tropical beneficiándose de su desmesurada sensibilidad a la luz (pueden detectar un solo fotón de luz); y otro para peces como la sardinita ciega mexicana, que, gracias a unos ultrasensibles poros en sus costados, se aprovecha de las ondas de presión que genera su propio movimiento en el agua para localizar objetos en su entorno, o la perca trepadora, que, habitante de los poco movedizos estanques, utiliza elementos estáticos como puntos de referencia visuales, o anguilas, tiburones y peces elefantes, sensibles a campos eléctricos que les permiten guiarse en la más absoluta oscuridad. 

Es apasionante el caso del cascanueces, una especie de cuervo que pasa por ser extraordinariamente inteligente. Sobrevive a los crudos inviernos del noroeste americano en el que vive, gracias a que hace acopio de semillas durante los meses de verano. Para asegurarse de que nadie se las robe, las guarda en lugares distintos -valles, bosques, cimas de montañas-, que se localizan en una extensión de 260 kilómetros cuadrados. Una sola ave puede llegar a esconder más de 30.000 semillas en hasta 6.000 escondites distintos, y, con una memoria prodigiosa, recuerda todos esos emplazamientos durante meses partiendo de -la ciencia no lo sabe aún con certeza- características sobresalientes que identifican cada escondrijo -árboles o bloques de piedra- o registrando algún tipo de panorámica «instantánea» del lugar. Algo similar ocurre con las palomas, y Barrie se detiene en analizar su larga historia de eficaces mensajeros, que se remonta al tiempo de los romanos. 

La utilización del Sol como señal de referencia para el movimiento, permite al autor presentar la brújula solar compensada, un invento que corrige las desviaciones de la posición del astro en función de la latitud y el momento del año, del que es responsable el mismo Ralph Bagnold del que hablábamos aquí hace quince días en relación con las aventuras del conde László Almásy y su legendario club Zerzura. El mecanismo opera también en los animales, como pudo demostrar Sir John Lubbock (1834-1913), aristócrata y, en calificativo de Barrie, polímata británico, en sus estudios con hormigas negras, a las que “acompañaba” en su búsqueda del camino de vuelta al hormiguero sustituyendo el papel del sol con velas que servían a su misma función orientadora para los insectos. De un modo similar, el, al parecer, excéntrico médico suizo Felix Santschi (1872-1940), sometía a “sus” hormigas a idénticas “trapisondadas”, aunque de muy valiosa relevancia científica: les colocaba una pantalla que impedía que pudieran ver el Sol, y les presentaba mediante un espejo la imagen del astro reflejada desde la dirección opuesta, provocando que las hormigas cambiaran la dirección de su recorrido en 180 grados y consolidando de paso la tesis de la brújula solar “natural”. Con métodos similares pudo “dirigir”, igualmente, el movimiento nocturno de los insectos. 

Karl von Frisch, que con Konrad Lorenz y Niko Tinbergen fundó la etología, el estudio científico del comportamiento animal en el medio natural, y ganó con ellos en 1973 el Premio Nobel, centró una de sus exitosas investigaciones en el comportamiento de las abejas melíferas, de las que descubrió el lenguaje de su danza, con el que se comunican entre ellas y se transmiten información imprescindible para su supervivencia. Las abejas de la miel se ven obligadas a explorar los alrededores de su colmena en busca del néctar y el polen de los que depende la subsistencia del enjambre, en unos viajes de aprovisionamiento que las llevan, en ocasiones, a más de veinte kilómetros. Von Frisch descubrió, con un ingenioso experimento en que las dirigía con un plato aromatizado, cómo las abejas “expedicionarias” revelaban al resto de la comunidad, por medio de sus “meneos”, las coordenadas de sus fuentes de alimento o de los lugares idóneos para establecer una nueva colmena. Asimismo, pudo comprobar cómo la velocidad y los movimientos de su danza aportaban información sobre la calidad de los hallazgos localizados y sobre la distancia y la dirección desde la colmena a la que se encontraban. Los códigos utilizados por los insectos permitían inferir una especial sensibilidad a la polarización del sol. Y es que, durante estas maratonianas sesiones de danza, la orientación de los meneos de las exploradoras cambia de acuerdo con el cambio gradual en el acimut del Sol, incluso cuando se encuentran en el interior de una colmena dentro de una habitación oscura. 

Hay numerosas alusiones en el libro a la navegación en sentido estricto, al desplazamiento por el mar. Resulta sorprendente cómo, durante mucho tiempo, los marineros se lanzaban a sus arriesgados viajes por océanos desconocidos en épocas en las que, como es obvio, se carecía de instrumentos de navegación. La determinación de la latitud resultaba relativamente factible gracias a la posición de la Estrella Polar y el Sol, pero la longitud, en alta mar y a miles de kilómetros de tierra, resultaba absolutamente imposible. Barrie analiza algunos de las imperfectas herramientas -la corredera, la brújula magnética y la sonda- que permitían el arte de la navegación por estima con el que lograban una cierta aproximación en sus cálculos (las distintas estimaciones de la anchura del océano Pacífico, hechas por los navegantes españoles en el siglo XVI, diferían en miles de kilómetros). El libro se puebla entonces de numerosos ejemplos de expediciones perdidas a causa de los errores en unos cálculos desmesuradamente imperfectos. Cuando no son dramáticas, algunas anécdotas resultan hilarantes, como el episodio, extraído de la obra autobiográfica de Mark Twain, Pasando fatigas, en el que una expedición en el desierto se eterniza en un bucle permanente de vueltas en círculos. La divertida historia, es la excusa perfecta para digresiones técnicas sobre la navegación inercial, los desplazamientos de los submarinos, la tendencia del ser humano al movimiento en espiral (con el experimento de Souman con individuos obligados a caminar a ciegas) o nuestra dificultad para regir nuestros pasos por señales únicamente “internas”, sin puntos de referencia exteriores. 

Hay un capítulo apasionante sobre sobre la hormiga del desierto, el caballo de carreras del mundo de los insectos, un animalillo extraordinariamente dotado para la orientación, que logra usando diferentes mecanismos: la sensibilidad a la luz polarizada, la utilización del flujo óptico que les permite calcular cuánto se han alejado de su colonia, la memorización de puntos de referencia espaciales, el aprovechamiento de “señales” como la dirección del viento, las minúsculas vibraciones del entorno o el olor, las poderosas potencialidades de un cerebro diminuto -“sólo” unas 450.000 neuronas frente a los 85.000 millones de los humanos- pero muy eficiente. En Cómo guiarse por la forma del cielo, una vez conocido el escalofriante dato según el que más del 80 % del mundo y más del 99 % de la población de Estados Unidos y Europa viven bajo cielos con contaminación lumínica, se nos pone en contacto con los pueblos primitivos de Polinesia y Micronesia, que, aún en la actualidad, se orientan en alta mar siguiendo la posición de las estrellas y del Sol, el color de las aguas, la forma de las olas, la densidad de las nubes y el reflejo de la luz en ellas. Algunas estas misteriosas formas de fijar la posición y de tutelar los desplazamientos, una suerte de GPS natural, se dan también en el mundo animal. Así, en otro apartado apasionante, Cómo encuentran las aves el norte verdadero, nos informamos de la singular aventura de una cigüeña que, en 1822, apareció en el campanario de una iglesia alemana, atravesada por una flecha inequívocamente africana. Marcadas, originariamente, con cintas, hilos de plata o, más adelante, etiquetas de aluminio, las aves han mostrado a los investigadores los insólitos desplazamientos de los que son capaces. En la actualidad, el desarrollo tecnológico permite una geolocalización y un seguimiento preciso de sus increíbles vuelos, permitiendo a la ciencia averiguar con gran exactitud los mecanismos que rigen sus peregrinajes. Barrie se detiene en el comentario de las sorprendentes hazañas voladoras de especies capaces de atravesar continentes como el charrán ártico, el tordo charlatán, el busardo chapulinero o la barnacla carinegra, e. incluso. Sobrevolando el mar, como el cernícalo del Amur, que protagoniza el récord de kilómetros sobre el agua de entre todas las rapaces, 4.000 kilómetros en su viaje desde el suroeste de India hasta el África Oriental. Experimentos con cucos y azulejos confirman la orientación a partir de las estrellas, mediante una suerte de brújula interior que albergan en sus minúsculos cerebros. 

Resulta imposible dar cuenta de las muchas portentosas maravillas de las que se da cuenta en el libro. Los asombrosos escarabajos peloteros, que no pierden la línea recta en su fatigosa tarea de “sísifos” animales, guiados por la Luna y la Vía Láctea. Las pulgas de mar, que todos hemos visto en las orillas de las playas, obligadas por su constitución -si se secan, mueren, pero si se sumergen en agua salada, se ahogan- a acertar en sus infatigables saltos en busca del grado de humedad necesaria, para los que se rigen por el Sol y la Luna. Los grandes pavones, mariposas gigantescas cuyos machos perciben el olor sexual despedido por una pareja potencial a una distancia de kilómetros y pueden seguirlo hasta su fuente, lo que lleva a Barrie a reflexionar, en páginas deslumbrantes, sobre el valor del olfato en los salmones… y también en los humanos, para lo que traerá a colación el conocido párrafo de Proust y la magdalena de su tía Leoncia. Las capacidades olfativas son también esenciales en el movimiento de las palomas, los albatros, los fulmares, los patos petreles y las pardelas, especialmente sensibles a un compuesto, el sulfuro de dimetilo, que, reconocido en el aire, las ayuda a localizar su destino. Incluso en mar abierto, el olfato, junto a las señales magnéticas de la tierra, resulta decisivo en la orientación. El sonido, en cambio, es el referente principal que guía los desplazamientos de los murciélagos, dotados, como es sabido, de un sonar prodigioso. Otro tanto parece ocurrir con los delfines, las marsopas y las ballenas, también, de nuevo, con las palomas. El capítulo en el que se refieren los pormenores de la navegación por el sonido es deslumbrante, en una sucesión de informaciones asombrosas: los viajes de los inuit por el mar de Groenlandia, reconociendo su destino entre la niebla a partir de los singulares cantos de los escribanos nivales, cuyos machos marcan el territorio con sus dulces melodías, o calculando su posición en función del ruido de las olas al romper; los pescadores de Ghana que logran encontrar los peces introduciendo el remo en el agua, al actuar la pala plana del remo como una antena direccional que recoge los imperceptibles ruidos de los peces bajo el agua, lo que permite al pescador localizar su posición poniendo la oreja contra el puño del remo; las extrañas pérdidas de rumbo en las palomas mensajeras cuyos recorridos coincidían con la trayectoria de los aviones Concorde, que en tanto potentísimos generadores de infrasonidos, inutilizaban la sensibilidad natural de los alados a los sonidos de muy baja frecuencia; o el caso de Brian Borowski, un canadiense de cincuenta y nueve años, que nació ciego pero muy pronto aprendió por su cuenta a “medir” el espacio haciendo chasquidos con la lengua o con los dedos para determinar así la posición -mediante el sutil eco de los sonidos emitidos- de los obstáculos que surgían en su camino. 

Con una mayor complejidad técnica, pero igualmente subyugante es el capítulo en que se explica la “sensibilidad” de infinidad de animales -moscas y termitas, caracoles y tiburones, abejas y aves- a la intensidad del campo magnético de la Tierra. Todos están dotados de una llamada “brújula de inclinación”, que les permite, una vez convenientemente calibrada, fijar el rumbo en la dirección que elijan. Es también fascinante el mecanismo de orientación de las ya mencionadas mariposas monarca, sus viajes interminables, su hibernación en el norte de Michoacán, en México, a donde llegan por millones, en un itinerario lleno de peripecias, que parte en los Estados Unidos y en el que se alternan la excitación sexual propiciada por la primavera, las cópulas frenéticas, la posterior puesta de huevos, y la sucesiva repetición -en otros individuos, pero del mismo grupo- que afectan varias generaciones en desplazamientos de miles de kilómetros en apenas setenta y cinco días. Las muchas investigaciones realizadas sobre los fabulosos insectos nos hablan de cerebros prodigiosos, muy complejos y sofisticados, que, a partir de las entradas sensoriales de sus antenas, pueden “medir” la posición del Sol y “construir” patrones para guiar sus movimientos en función de la polarización de la luz. Idéntica admiración suscitan otros lepidópteros, como la vanesa de los cardos, la gamma y la increíble mariposa bogong. La bogong, la señora oscura de las montañas nevadas, que cría en el sur de Queensland, en Australia, ve cómo su progenie, recién salida de la pupa, migra en poblaciones de mil millones de individuos hacia las montañas Snowy, de Nueva Gales del Sur, siendo capaces de ubicar, llegadas a su destino, una diminuta hendidura en una montaña a más de mil kilómetros de distancia cruzando un territorio que les es desconocido hasta localizar un sitio en el que nunca antes han estado. Y todo eso lo hacen por la noche, con unas pocas gotas de néctar por combustible y con la ayuda de un cerebro del tamaño de un grano de arroz

Descritos de este modo, exhaustivo y pormenorizado, los distintos procedimientos que siguen los animales para orientarse sin la ayuda de mapas, son precisamente estos los que protagonizan la segunda gran sección del libro, pues muchos de ellos se mueven siguiendo una especie de representaciones mentales equivalentes, en esencia, a la que reflejan planos y documentos cartográficos similares. En un capítulo muy ilustrativo, Barrie nos habla de los distintos modos de orientación -la egocéntrica y la alocéntrica- que seguimos humanos y animales en nuestros desplazamientos. Cuando navegamos de modo egocéntrico -y el autor pone el ejemplo del turista que llega a una ciudad desconocida-, buscamos las relaciones con los objetos del entorno que nos servirán de pistas para encaminar nuestros pasos en la vuelta al hotel o en recorridos similares en jornadas posteriores. Nuestro cerebro procesa referencias cercanas, edificios, locales, objetos del mobiliario urbano, dirección de giro, anuncios o señales de tráfico. Ese modo de navegación, extrayendo información “útil” sobre la distancia, el espacio y el tiempo transcurrido, es compartido, como hemos visto, por muchos de los animales hasta aquí mencionados. Por contra, cuando, como en alta mar o en el desierto, no hay puntos de referencia que nos ofrezcan datos fiables acerca de nuestra posición, necesitamos mapas para situarnos, y en ello consiste, precisamente, la navegación alocéntrica, de la que esta sección del libro proporciona infinidad de muestras en el mundo de los seres “irracionales”. Y es que muchos animales pueden fijar su posición cuando se encuentran en un lugar que no les resulta familiar, donde no tienen a su disposición ningún punto de referencia que puedan reconocer, pudiendo también determinar el rumbo y la distancia hasta su objetivo. Las distintas señales olfativas y acústicas, astronómicas y geomagnéticas que perciben y procesan pueden resultar indispensables para situarlos y guiarlos a su destino. Y el libro se abre así a la descripción de experimentos con albatros, estorninos, palomas, gorriones de corona blanca, carriceros, salmones, tortugas marinas. Y hay historias increíbles como resultado de los estudios combinados de la física cuántica y la química, la geofísica, la biología celular y molecular, la electrofisiología, la neuroanatomía y, naturalmente, la biología del comportamiento: la presencia de la magnetita en el interior de diversos órganos de los seres vivos, un minúsculo magnetorreceptor que facilita la ubicación a partir del campo magnético de la Tierra, que es perceptible en las narinas de truchas y salmones o en el pico de las palomas; la brújula magnética, ya referida, localizada, según otras tesis, en los ojos de algunos pájaros, de la mosca del vinagre o las cucarachas; la influencia del hipocampo en la orientación de las ratas o los perros, y también de los humanos, con el increíble caso de Henry Molaison, un joven canadiense epiléptico para el que ni la medicación más potente resultaba eficaz por lo que, como último recurso, sus médicos decidieron, con su aprobación, realizar una operación que implicaba la resección de buena parte de sus dos lóbulos temporales y de las dos partes de su hipocampo, con interesantes consecuencias científicas que pusieron de manifiesto el conflicto al respecto entre el conductismo y las más modernas teorías de la neurociencia, que defienden la existencia de mapas cognitivos en el cerebro animal, y en el humano. 

Con la “excusa” del experimento de Molaison, el texto de Barrie se adentra en el estudio de la navegación en el cerebro de los humanos, la sección postrera del libro. En páginas admirables surgen la conexión entre orientación -o más exactamente desorientación- y enfermedad de alzheimer; el mayor tamaño del hipocampo de los taxistas de Londres, que tienen que memorizar miles de rutas distintas por la ciudad para obtener una licencia, frente al de los conductores de autobús de la misma ciudad, que repiten una y otra vez la misma ruta; el vínculo entre navegación geográfica y conceptual; el corolario de este descubrimiento, aún por demostrar: prescindir del GPS y habituarse a buscar las rutas sin ayuda electrónica puede, a la vez que estimular la capacidad estrictamente orientativa, desarrollar nuestra creatividad, facilitar nuestras relaciones sociales y prevenir la demencia (Durante mucho tiempo se ha creído que el pensamiento y nuestra inteligencia, tan sumamente flexible, dependían del funcionamiento de la corteza prefrontal, pero hoy sabemos que esta no se basta por sí sola. Actividades tan dispares como llevar una conversación, gestionar las relaciones sociales, tomar decisiones sensatas, manejar ideas, hacer planes para el futuro o incluso ejercer nuestra propia creatividad son imposibles sin un hipocampo sano). 

Y es de aquí, de esta interesante conexión entre la capacidad de orientación y las habilidades intelectivas, emocionales y sociales, de donde surge la derivación final del libro, que ocupa su sección postrera. A partir de las reflexiones acerca del “sentirse perdido”, el “pavor al bosque” o “el terror de la desorientación” extraídas de la obra de Primo Levi o Rebecca Solnit, Barrie plantea, con tintes algo apocalípticos, el aciago futuro que espera a nuestra especie si, a causa de la omnipresencia de dispositivos electrónicos, de la dependencia tecnológica, de nuestra incapacidad de observar y mirar con detenimiento nuestro entorno, ensimismados ante el magnetismo de las pantallas, de nuestra confianza ciega en los programas informáticos, en los que “delegamos” las tareas “operativas” e incluso, muchas veces, las decisorias, perdemos nuestras más básicas habilidades para la navegación de las que hacen uso, de manera tan eficaz como sorprendente, el resto de animales. En particular, llama la atención el lamento del autor ante el auge del GPS, instrumento formidable, uno de los grandes logros tecnológicos de los tiempos modernos, pero cuyo indiscriminado auge nos está apartando del mundo natural. E incluso, en una propuesta ciertamente combativa, anima a los lectores a dejar a un lado nuestros móviles y sistemas electrónicos de navegación siempre que podamos, a no ser que queramos perder del todo nuestros talentos para la navegación

Y, en una dimensión complementaria, el tono admonitorio con el que Barrie concluye su ensayo, lo lleva a analizar las dramáticas consecuencias y los efectos perniciosos del progreso sobre la natural evolución de muchas especies animales, incluida la nuestra. El uso generalizado de herbicidas, la contaminación lumínica, las derivadas del cambio climático, los cambios en la circulación de las grandes corrientes oceánicas y en los sistemas de vientos, la destrucción de ecosistemas, provocan alteraciones fundamentales en los mecanismos de orientación de tortugas y ballenas, de aves e insectos. Y ello llevará consigo pérdidas irreparables para nuestras existencias. El libro se cierra, así, con un alegato en contra del antropocentrismo que rige nuestro culpable paso por el mundo (El antropocentrismo es una fuerza destructiva y peligrosa que debemos superar si realmente queremos dar los pasos necesarios para limitar los daños que estamos causando al mundo en el que vivimos), capaz de conducirnos -lo está haciendo ya- a un holocausto biológico de lóbregos, amenazantes, funestos, indeseables y fatales resultados. 

Interesante propuesta, pues, la de este Los viajes más increíbles, de David Barrie, que vio la luz hace ahora un año en la editorial Crítica y cuya lectura os recomiendo. Como lo hago también con la canción que complementa musicalmente mi reseña. Forzando un poco el nexo con el tema del libro, o propongo un tema que interpretan The All Seeing I con la impagable colaboración del simpar Tony Christie. Escrita en 1998 por, entre otros, Jarvis Cocker, Walk Like A Panther es una canción sobre el abandono amoroso, la aceptación del fracaso y la dignidad en la derrota, que sólo se vincula a los viajes animales por algunas de las estrofas de su estribillo: camina como una pantera, salta como un salmón, vuela como un águila, merodea como un león en África… ¡camina como un hombre! Un pequeño clásico contemporáneo. 


El gran misterio magnético 

Se ha abierto la caza de los sensores que permiten a los animales detectar el campo magnético de la Tierra. Durante la última década, más o menos, este desafío ha concitado científicos de campos tan dispares como la física cuántica y la química, la geofísica, la biología celular y molecular, la electrofisiología, la neuroanatomía y, naturalmente, la biología del comportamiento, y es posible que haya que reclamar la ayuda de otros campos. La recompensa para quien finalmente halle las respuestas bien podría ser un premio Nobel. 

Cuando los científicos hablan de la navegación visual, auditiva, inercial u olfativa lo hacen con un buen conocimiento de los mecanismos sensoriales implicados. Saben cómo son los ojos, los oídos y los olfatos, y cómo funcionan, aunque obviamente los detalles varíen enormemente entre distintos grupos de animales. Tanto las pardelas como los escarabajos peloteros usan los ojos para ver, pero ven cosas distintas; un salmón puede percibir en el agua sustancias químicas que no le dirían nada a un ave o una mariposa, y los murciélagos hacen cosas con el oído que pocos animales pueden hacer. Para algunas especies, los científicos también tienen un buen conocimiento de cómo se procesan las señales procedentes de los órganos sensoriales en el sistema nervioso central, incluso hasta detalles como los patrones de activación de neuronas individuales. 

Cuando se trata de la navegación geomagnética, sin embargo, la imagen es mucho más borrosa. A día de hoy hay tres teorías radicalmente distintas, y cualquiera de ellas, o incluso las tres, podrían resultar ser correctas. Además, tampoco podemos descartar algún otro mecanismo totalmente distinto que hasta el momento ni siquiera hemos imaginado. 

Este es un tema tan complejo y técnico que no puedo ofrecer aquí más que una sucinta descripción del estado de nuestro conocimiento. 

Uno de los problemas al que se enfrentan los científicos interesados en cómo perciben los animales el campo magnético de la Tierra es que este penetra fácilmente los tejidos vivos. Eso significa que un magnetorreceptor no tiene por qué estar en la superficie del animal (como en el caso de la vista, el oído y el olfato), sino que puede estar sepultado en su interior. Y tampoco tiene que ser grande. Incluso es posible que no se encuentra en un único lugar: el sistema podría basarse en células individuales dispersas por todo el cuerpo, literalmente de la cabeza a la cola. Así pues, es posible que no exista una estructura que podamos identificar como responsable. 

Pero hay esperanza. Sabemos cómo responden a los campos magnéticos las bacterias magnetotácticas, y también sabemos que habitan en la Tierra desde hace muchísimo tiempo. Llevan en su interior unas microscópicas cadenas cristalinas de magnetita que les permiten alinearse con el campo magnético que las rodea de una forma completamente pasiva, igual que la aguja de una brújula. Si la capacidad de detectar el campo magnético de la Tierra mejora sus expectativas de crecer y reproducirse, es posible que muchos o quizá todos los animales hayan heredado un mecanismo basado en la magnetita. Pero ¿cómo funcionaría eso en un organismo multicelular? 

Por lo que sabemos, una retícula de unos cuantos millones de células con magnetita podría bastar para detectar pequeños cambios en la intensidad del campo magnético de la Tierra. No es fácil obtener indicios fiables de la presencia de magnetita en un animal porque es muy fácil contaminar las muestras de tejido (hasta las partículas de polvo volcánico que flotan en el aire pueden causar problemas); con todo, se ha encontrado en insectos, aves, peces e incluso humanos.
 
Videoconferencia
David Barrie. Los viajes más increíbles

miércoles, 16 de junio de 2021

ANTONIO PIGAFETTA. LA PRIMERA VUELTA AL MUNDO; XAVIER DE MAISTRE. VIAJE ALREDEDOR DE MI HABITACIÓN 

Hola, buenas tardes. Sed bienvenidos a Todos los libros un libro, ese singular reducto en Radio Universidad de Salamanca en el que, cada miércoles desde hace ya más de diez años, Alberto San Segundo se empecina en su muy agradable labor de afrontar las inclemencias del mundo ofreciéndoos interesantes recomendaciones de lectura. Y el plural es especialmente apropiado porque nuestra semanal propuesta, centrada de modo habitual en un libro, a menudo se abre a sugerencias complementarias, en mi indisimulado afán de multiplicar en la escasa audiencia que nos sigue las posibilidades de disfrute lector. Así ocurre también esta tarde, con dos muy atractivas referencias, ambas girando sobre el tema viajero, en una pauta que inaugurábamos hace siete días con El oasis perdido, el apasionante libro de Saul Kelly que nos llevó a los exóticos parajes del desierto libio, tan propicio a la aventura, y que, tras la emisión de hoy, tendrá su continuación en los dos próximos programas, los últimos por este curso. 

Y es que, pese a las forzosas limitaciones que nos impone la pandemia, el ansia de viajar sigue bien presente en mi ánimo, e imagino que en el de la mayoría de nuestros oyentes. Por ello, siendo junio, con las vacaciones veraniegas avizorándose en el horizonte, muy cercanas ya (toda la noche oyeron passar páxaros, en una cita muy oportuna, dada el asunto que nos concierne), un mes singularmente propicio para avivar ese espíritu viajero, me sumo de nuevo ahora a ese propósito con dos libros formidables que constituyen otras tantas manifestaciones diametralmente opuestas entre sí pero, en ambos casos, especialmente reveladoras de la esencial naturaleza del viaje. Se trata de, podríamos decirlo así, los dos grandes polos de la experiencia viajera: el excesivo, el agitado, el que transcurre repleto de peripecias y sucesos e incidentes y avatares, el que ejemplifica “el viaje” por excelencia, el, en cierto modo, paradigma de la aventura, representado en la vuelta al mundo; y, por otro lado, el extremo más modesto, más aparentemente limitado, más tranquilo y sosegado, el viaje inmóvil, el “no-viaje”, el que hacemos, con la fecunda y poderosa fuerza de nuestra mente, con nuestra desbordante imaginación, sin salir de nuestro cuarto. Como emblema de la opción inicial traigo hoy aquí la crónica de la primera circunnavegación del planeta, contada por uno de sus más conspicuos participantes, Antonio Pigafetta, y publicada por Alianza Editorial en 2019, en una magnífica edición a cargo de la muy sabia Isabel de Riquer, con el título de La primera vuelta al mundo. El libro que ilustra la perspectiva opuesta es, quizá ya lo habéis adivinado, pues ha sido muy mencionado en estos pesarosos días de confinamientos y restricciones de movilidad, Viaje alrededor de mi habitación, la excepcional y muy singular obra de Xavier de Maistre que vio la luz en la colección de “Grandes clásicos” de la Editorial Funambulista en 2007. 

En junio de 2019, hace ahora, pues, dos años, ya traía aquí La primera vuelta al mundo, el libro que, con el mismo título con el que se presenta el de Pigafetta, publicó el prestigioso historiador, docente en varias universidades y catedrático emérito en la de Sevilla, José Luis Comellas. Entonces, cuando se cumplían los quinientos años del inicio de la expedición de Magallanes y Elcano que, partiendo de Sanlúcar de Barrameda y a lo largo de tres años, recorrería entera, por primera vez, la circunferencia de la Tierra, yo os proponía la lectura de una obra, la del sabio profesor, que publicada en 2012 por la editorial Rialp, constituía un deslumbrante acercamiento a la aventura de los arriesgados descubridores, con apasionantes capítulos que incluían agudos análisis sobre el estado del mundo en la época y los presupuestos geográficos, técnicos, políticos y económicos que propiciaron el viaje; las semblanzas de sus principales protagonistas; la relación de los preparativos, gestiones e incidencias previas a la partida; la descripción de las muchas sufridas peripecias de la navegación: el paso del Atlántico, el recorrido por las costas de Sudamérica, el muy dificultoso pasaje por los enrevesados y caprichosos meandros del estrecho austral, la interminable travesía del mal llamado océano Pacífico, la llegada a los primeros territorios asiáticos, el encuentro con los deseados tesoros de las Molucas, la muerte de Magallanes y el ascenso de Elcano a la dirección del proyecto, el nuevo y fatigoso recorrido por el Atlántico, evitando las acogedoras costas africanas para eludir la presencia portuguesa; la arribada a Sevilla mil ciento veinticinco días después (uno menos para los expedicionarios, a cuenta de la rotación terrestre) y la gloria final; cerrándose el volumen con los comentarios sobre la imperecedera huella en el mundo entero -imperecedera en sentido literal: sigue viva cinco siglos después- de la inusitada y fecunda aventura. 

En ese libro, Comellas se refería, en distintas ocasiones, a Antonio Pigafetta, italiano de Vicenza, que formaba parte de la expedición y que en su transcurso redactó una suerte de diario: la “Relación” o el Primer Viaje en Torno del Globo. Es ese relato original de Pigafetta el que se recoge en las cerca de trescientas páginas de La primera vuelta al mundo. Relación de la expedición de Magallanes y Elcano (1519-1522), que así reza el título completo del libro. De ellas, las noventa iniciales constituyen el soberbio estudio preliminar de Isabel de Riquer, que también traduce el texto y lo anota con muy interesantes aclaraciones. Entre las muchas versiones que el diario de Pigafetta ha conocido en nuestro país (de Riquer consigna una larga docena, desde la primera de 1522, de Francisco López de Gómara, hasta la postrera, de Martín Casariego para Espasa-Calpe en 2004) se cuenta otra en Alianza Editorial, de 1999, casi idéntica en contenido, salvo actualizaciones y cambios menores, a esta de 2019, aunque aquella es formalmente más modesta, en la clásica edición de bolsillo de Alianza, y la que ahora os recomiendo es más ambiciosa (como corresponde a su aparición en el año del quinto centenario de la gesta) y se ofrece en un formato más voluminoso, con tapas duras, cinta separadora, papel de gran calidad, tipografía muy acogedora y excelentes ilustraciones de mapas de la época y de algún instrumento de navegación. Al apetitoso ensayo inicial, rezumando erudición, y a la posterior transcripción íntegra del texto del italiano se suman un par de apéndices finales en los que se recogen el Itinerario de la primera vuelta al mundo y un Índice de personajes europeos de la Relación de Pigafetta, ordenados por su inclusión en cada una de las cinco naves que protagonizaron la expedición, la Trinidad, la San Antonio, la Concepción, la Victoria y la Santiago, junto a otros no presentes en los barcos. Como curiosidad, en un dato de importancia menor pero significativo del cuidado que se ha puesto en la edición conmemorativa, la obra se cierra con un colofón en el que, junto a un bello dibujo de un navegante abismado en el manejo de sus instrumentos de medición, se informa al lector de que el libro se terminó de preparar el día 3 de octubre de 2019, quinientos años después de que Pigafetta viera tiburones y peces voladores junto a la nave en la que viajaba, circunstancia que, en efecto, se hace constar en la entrada correspondiente a ese día del diario del, por una vez, no excesivamente “imaginativo” italiano que, por lo demás y como luego comentaré, era bastante dado a la exageración. 

No quiero entrar en la presentación de mis impresiones sobre la fascinante crónica marinera sin antes adelantar una muy breve semblanza de la responsable de la edición. Isabel de Riquer Permanyer (hija del escritor y filólogo Martí de Riquer, nombre indispensable de la cultura catalana y española) es doctora en Filología Románica y profesora emérita de Literatura Románica Medieval de la Universidad de Barcelona. Con una trayectoria académica brillantísima, en la que se suceden la docencia en diversas universidades, los ensayos, los estudios de literatura comparada, las traducciones, los premios, los proyectos de investigación y la pertenencia a diversas sociedades científicas, su sabiduría y su conocimiento de los textos épicos, líricos y narrativos medievales escritos en diferentes lenguas románicas afloran de continuo en su brillante edición de la Relación de Pigafetta, a cuya plena comprensión y disfrute contribuye con un análisis riguroso, detallado, profundo y esclarecedor que ilumina y enriquece la lectura del texto al que precede. 

La edición se abre con la transcripción de las palabras de García Márquez a propósito del relato del italiano, pronunciadas el 8 de diciembre de 1982 cuando, ante el rey de Suecia y la familia real, la Academia Sueca, los premiados aquel año y los embajadores de todo el mundo, recibía el Premio Nobel de Literatura: 

Antonio Pigafetta, un navegante florentino que acompañó a Magallanes en el primer viaje alrededor del mundo, escribió a su paso por nuestra América meridional una crónica rigurosa que sin embargo parece una aventura de la imaginación. Contó que había visto cerdos con el ombligo en el lomo, y unos pájaros sin patas cuyas hembras empollaban en las espaldas del macho, y otros como alcatraces sin lengua cuyos picos parecían una cuchara. Contó que había visto un engendro animal con cabeza y orejas de mula, cuerpo de camello, patas de ciervo y relincho de caballo. Contó que al primer nativo que encontraron en la Patagonia le pusieron enfrente un espejo, y que aquel gigante enardecido perdió el uso de la razón por el pavor de su propia imagen. Este libro breve y fascinante, en el cual ya se vislumbran los gérmenes de nuestras novelas de hoy, no es ni mucho menos el testimonio más asombroso de nuestra realidad de aquellos tiempos. 

La declaración del escritor colombiano pone de manifiesto las dos grandes dimensiones de la obra que ahora os presento: su condición de documento histórico, de testimonio fidedigno, de crónica puntual de las muchas incidencias habidas en ese viaje excepcional; y, a la vez, dada la innegable tendencia a la fantasía del narrador, su “valor” novelesco, su consideración de imaginativa ficción, capaz de recrear y embellecer, con excesos y deformaciones, con exageraciones y aportaciones “creativas”, la realidad, ya de por sí sorprendente para ellos, con la que los expedicionarios se encontraron en su muy largo periplo. 

En su estudio introductorio, Isabel de Riquer nos ofrece, en primer lugar, una somera descripción del estado de cosas que propiciaría la colosal aventura náutica: con comentarios sobre el importante papel que desempeñaban las especias en la medicina, en la cocina, en la sociedad de la época; la consiguiente necesidad de abrir la llamada “Ruta de la Especiería”, una vía marítima hacia el sudeste asiático que ahorrara los muchos costes y las frecuentes dificultades y peligros que conllevaba la ruta terrestre de las caravanas; el enfrentamiento de poder entre las dos potencias coloniales de aquellos tiempos, España y Portugal; los tratados político-geográficos -singularmente el de Tordesillas de 1494- en virtud de los cuales ambos países se repartían el mundo a un lado y otro de “La Raya”, el meridiano situado a 370 leguas al oeste de Cabo Verde (todo lo conquistado hacia el este de dicha línea, pertenecería a Portugal, para España lo descubierto en dirección opuesta). Hay, también, una igualmente breve semblanza de los dos protagonistas principales de la gesta, Magallanes y Elcano. 

Tras la descripción de los preparativos del viaje, cuyas vicisitudes resume en apenas dos páginas, de Riquer estudia la figura de Pigafetta, examina con agudeza las Relaciones de viajes, con esa doble -o triple- vertiente ya reseñada por García Márquez, su valor histórico y científico, verídico y realista, por un lado, y literario, fabulado y abiertamente inverosímil, por otro. El análisis del diario del italiano, del que luego quiero hablaros, da paso al de otras Relaciones de la primera vuelta al mundo, al que sigue su presentación de los diversos manuscritos -no se ha conservado ninguno autógrafo- y primeras ediciones impresas del libro de Pigafetta, para concluir con una oportuna bibliografía a la que se incorporan las ya reseñadas traducciones españolas, las ediciones italianas modernas consultadas, algunos libros sobre los aspectos lingüísticos del texto original y una decena de referencias relativas a lo que la profesora catalana denomina “el nuevo mundo de Pigafetta”, con publicaciones más o menos recientes -Chatwin, Theroux, Zweig- en torno a los viajes y los descubrimientos relacionados con el objeto del texto glosado. Pero, más allá de toda esta información, valiosa y en sí misma apasionante, sobre los “alrededores” del relato del vicentino, es en dicha narración, es en el extraordinario diario de Pigafetta, que la experta filóloga escruta, desmenuza, comenta y anota de manera exhaustiva, en donde reside el interés fundamental del libro. 

Pigafetta, que aparece dos veces en el elenco de los tripulantes de las naves magallánicas conservada en el Archivo General de las Indias de Sevilla (como Antonio Lombardo, en la lista de hombres de armas que en caso de necesidad reemplazaban a otro, y en una segunda ocasión, con el mismo nombre, pero esta vez en condición de criado de Magallanes), no era el escribano oficial del viaje y se desconocen sus tareas en la expedición, aunque él afirma haber realizado alguna misión diplomática. Durante el propio transcurso de la aventura fue cumplimentando su diario, que entregó al rey de España, Carlos V, a su término. En su retiro en Italia, y durante ocho años, en Vicenza, Roma y Venecia, fue redactando su libro, a partir de las anotaciones del viaje, pero comprobando las fechas de cada etapa, consignando el santo del día, dando minuciosa cuenta de datos y coordenadas geográficas, de la bonanza del clima o de las tempestades, (…) de los enfrentamientos y de los acuerdos con los indígenas y de las características de cada planta, de cada animal o de cada isla, embarullándose a veces en el itinerario indonesio, en palabras de la prologuista. En esa “reconstrucción” de unas vivencias no siempre recordadas con absoluta precisión, se colaron, obviamente, elementos de su subjetividad, sus emociones personales, su patente voluntad de omitir aquellos detalles que, conscientemente, quería ocultar. Además, es notorio, al parecer de los expertos, el eco en el texto de otros libros de viajeros y navegantes italianos, portugueses y españoles, que habían referido por escrito sus experiencias, de manera que el resultado final entremezcla personajes históricos y acontecimientos reales con elementos librescos provenientes de las modas narrativas de los relatos de descubrimientos

Escrito en su lengua italiana -no la hablada sino la que se utilizaba literariamente-, la crónica de Pigafetta es una permanente fuente de asombro y disfrute para el lector, pues el narrador describe aquel universo sorprendente que se presenta a sus ojos, con minuciosidad y exactitud primorosas, deteniéndose en infinidad de detalles, contados con una mezcla de inocencia primigenia y racionalidad “protocientífica”, que aún en nuestros días resultan apasionantes: la exuberancia de las islas y las playas, la sencillez edénica de la vida primitiva (Los pueblos que la habitan no son cristianos y no adoran nada; viven según los usos de la naturaleza y llegan a vivir ciento veinticinco o ciento cuarenta años), la insólita desnudez de los indígenas (Van desnudos tanto los hombres como las mujeres, viven en casas muy grandes llamadas boíi y duermen en redes de algodón atadas por cada punta a troncos gruesos dentro de la misma casa, que se llaman hamacas) y sus desprejuiciados hábitos sexuales, escandalosos para un texto de la época, que él describe con naturalidad (Los habitantes de todos estos pueblos van desnudos, tan sólo llevan una tela de palma en torno a sus vergüenzas. Los hombres y los niños llevan un hilo de oro o de estaño, del grosor de una pluma de oca, que les atraviesa de parte a parte la punta del miembro. En los extremos de este hilo, algunos llevan una especie de estrella con puntas y, otros, algo parecido a la cabeza de un clavo. Muchas veces quise ver [los miembros de] los ancianos y de los jóvenes porque no podía creerlo. En mitad del hilo de metal hay un agujero por el cual orinan. El metal y las estrellas están fijos y ellos dicen que son sus mujeres las que quieren esto porque, si no fuera así, no querrían tener relaciones con ellos. Cuando ellos quieren tener relaciones con las mujeres, y aún no están dispuestos, lo cogen cuando no está erecto y empiezan muy despacio a introducir primero una estrella y luego la otra. Cuando ya están dentro y el miembro se pone a punto, lo dejan allí hasta que se ablanda, pues de lo contrario no podrían sacarlo fuera. Tienen esta costumbre porque su naturaleza es débil. Pueden tener todas las mujeres que quieran, pero sólo una es la esposa principal; y también: cuando los jóvenes de Java se enamoran de alguna bella muchacha se atan un hilo con ciertos cascabeles entre el glande y el prepucio. Se colocan bajo la ventana de su enamorada y, haciendo como si orinaran, se sacuden el miembro haciendo tintinear los cascabeles hasta que la joven los oye. Enseguida ella se acerca y consiente a sus deseos, siempre con el sonido de los cascabeles, porque a estas mujeres las excita oír dentro de ellas este sonido. Cuanto más escondidos llevan los cascabeles más fuerte es el sonido que hacen), sus costumbres “aberrantes” (Estos hombres y mujeres tienen el mismo aspecto que nosotros. Comen carne humana, la de sus enemigos, no porque sea buena sino por cierta costumbre), sus rituales, sus tatuajes y sus adornos, sus alimentos, sus embarcaciones, sus viviendas, sus armas, sus usos medicinales y sus prácticas curatorias (Cuando a esta gente le duele el estómago en vez de purgarse se meten en la garganta dos palmos o más de una flecha y vomitan una sustancia de color verde mezclada con sangre, porque comen cierta clase de cardos. Cuando les duele la cabeza se hacen un corte transversal en la frente y lo mismo se hacen en los brazos, en las piernas o en cualquier parte del cuerpo perdiendo gran cantidad de sangre. Uno de los prisioneros que estaba en la nave explicaba que esto pasaba porque la sangre no quería estar en aquella parte del cuerpo y por esto producía el dolor), sus ceremonias mortuorias (Cuando muere uno de ellos [dicen que] aparecen diez o doce demonios llenos de tatuajes bailando muy alegres alrededor del muerto. Hay uno que es más alto que los otros que grita y alborota más que ninguno. Entonces todos se pintan igual que el demonio: al demonio grande le llaman Setebós y a los otros Cheleule. El prisionero, siempre con señas, nos dijo haber visto a los demonios con dos cuernos en la cabeza y pelos largos hasta cubrirles los pies y echando fuego por la boca y por el culo). Y el relato se detiene en una fauna desconocida, extravagante y fantástica: pingüinos (Continuamos costeando por la misma ruta hacia el polo antártico hasta encontrar dos islas llenas de patos y de lobos marinos en tan gran número que no se puede explicar; en una hora llenamos las cinco naves. Son de color negro y las plumas son iguales en el cuerpo y en las alas; no vuelan y se alimentan de peces. Estaban tan gordos que no pudimos desplumarlos sino que tuvimos que desollarlos. Su pico es como el de los cuervos. Los lobos marinos son de diferentes colores, gordos como terneras y con la cabeza igual a la de éstas, las orejas pequeñas y redondas y los dientes largos. No tienen piernas sino que las patas están unidas al cuerpo y se parecen a nuestras manos con uñas pequeñas y con la misma piel que tienen las ocas entre los dedos. Serían muy temibles si pudieran correr; nadan y viven de los peces), mejillones (En este puerto hay una gran cantidad de conchas alargadas que se llaman missiglione [mejillones], no son comestibles y tienen dentro unas perlas muy pequeñas), extrañas especies de pájaros (Vimos muchas clases de pájaros, entre ellos uno que no tenía culo. Hay otros que cuando la hembra quiere poner los huevos se coloca sobre la espalda del macho y éste los empolla; estos pájaros no tienen patas y viven siempre en el mar. Hay otros que sólo viven de los excrementos de los otros pájaros, como el llamado cagasella al que vi volar detrás de otros pájaros hasta que éstos se ven obligados a expulsar sus excrementos y enseguida el pájaro los agarra. También vi muchos peces que volaban y otros en grupos, tan juntos que parecían una isla), aves del paraíso (Estos pájaros son del tamaño de los tordos, con la cabeza pequeña y el pico largo, sus patas miden un palmo y son delgadas como una pluma de escribir. No tienen alas sino que en su lugar tienen plumas muy largas de muchos colores y grandes penachos. La cola es también como la del tordo y todas las plumas del resto del cuerpo son de color oscuro. Sólo vuelan cuando hace viento. Aquí cuentan que estos pájaros vienen del paraíso terrenal, por esto les llaman bolon divata, que significa «pájaros de Dios»), llamas o guanacos (Este animal tiene cabeza y orejas de mula, cuerpo de camello, patas de ciervo y cola de caballo; relincha como este último), distintos tipos de peces (En este mar Océano se puede pescar abundantemente. Hay tres clases de peces más largos que un brazo que se llaman doradi, albacori e bonniti [doradas, albacoras y bonitos]. Estos últimos van detrás de unos peces que vuelan y que se llaman colondrini [golondrinas de mar], son más largos que un palmo y muy buenos para comer. Cuando alguno de estos peces que vuelan se encuentra con un pez de aquellos tres que he dicho antes, salta inmediatamente fuera del agua y vuela mientras tiene las alas mojadas, más allá de un tiro de ballesta. Mientras vuela va siguiendo la sombra que hacen bajo el agua los otros peces; en el instante en que los peces voladores caen al mar los atrapan y se los comen. Es un espectáculo bellísimo de ver) y tantos otros, que suscitan la admiración y el pasmo de todos. 

Y otro tanto ocurre con la flora, ubérrima y copiosa, sobrecogedora: el drago canario (en una de estas islas de Gran Canaria no se encuentra ni una gota de agua de manantial, a no ser cuando al mediodía baja una nube del cielo que rodea un gran árbol de dicha isla cuyas hojas y ramas destilan gran cantidad de agua; y al pie de este árbol hay una zanja a manera de estanque a donde cae toda el agua de la que los hombres y los animales, tanto los domésticos como los salvajes, se sacian abundantemente cada día), el árbol del clavo (El árbol es alto y grueso, más o menos como el cuerpo de un hombre. Las ramas se alargan hacia el centro y tienden a unirse en la copa; las hojas parecen las del laurel y la corteza es de color aceitunado. Los clavos nacen en la punta de las ramitas en grupos de diez o de veinte), el coco (Los cocos son los frutos de la palmera; y así como nosotros tenemos pan, vino, aceite y vinagre, estos pueblos sacan cada una de estas cosas de estos árboles. Fabrican el vino de la siguiente manera: primero hacen una incisión en el corazón de la palmera que llaman palmito, de donde sale un licor blanco y dulce aunque un poco agrio, como el mosto. Lo recogen por la noche con cañas tan gruesas como una pierna y aún más, para beberlo por la mañana y lo mismo por la mañana para beberlo por la noche. Esta palmera da un fruto que se llama coco y es grande como la cabeza de un hombre, más o menos), el betel (Esta gente siempre está mascando una fruta a la que llaman areca que se parece a la pera. La dividen en cuatro partes y luego la envuelven en las hojas del mismo árbol, que llaman betrel y que se asemejan a las hojas de morera, mezclándolo con un poco de cal. Cuando las han mascado bien las escupen y la boca se les pone rojísima. Todos los pueblos de esta parte del mundo hacen lo mismo porque es beneficioso para el corazón y si dejaran de hacerlo se morirían). 

La enumeración de prodigios es interminable, deslizándose en ocasiones hacia el territorio de la leyenda: enanos de orejas enormes (El piloto viejo que nos trajimos del Maluco nos dijo que cerca de allí había una isla llamada Arucheto en la que los hombres y las mujeres tienen la altura de un codo y las orejas del mismo tamaño y así una les sirve de colchón y la otra de manta); demonios benefactores (Nos explicaron que cuando van a cortar el sándalo se les aparece el demonio bajo diferentes aspectos y se ofrece para ayudarles en cualquier cosa. Después de estas apariciones los hombres caen enfermos durante algunos días); gigantes patagones (Era tan grande, aunque bien proporcionado, que nuestras cabezas llegaban apenas a su cintura; tenía la cara completamente pintada de rojo, amarillo alrededor de los ojos y en las mejillas llevaba pintados dos corazones. Los pocos pelos que tenía en la cabeza estaban teñidos de color blanco); pájaros de dimensiones desmesuradas (cerca de Java Mayor, en dirección al norte, en el golfo de la China, que antiguamente era llamada Signo Magno, crece un árbol enorme en el que viven ciertos pájaros llamados garuda que son tan grandes que pueden transportar un búfalo o un elefante), hombres descabezados (Por la noche daban vueltas por allí algunos de sus hombres que se ponían ciertos ungüentos y parecía que no tenían cabeza), decoración corporal imposible (Cerca de esta isla viven unos hombres que tienen unos agujeros en las orejas tan grandes que pueden meter los brazos a través de ellos), aves de extrañas costumbres (en las orillas de los ríos de este reino viven grandes pájaros que no comen ningún animal muerto si antes otro pájaro no le come el corazón), mujeres de evanescente sexualidad (en la isla de Ocoloro, al sur de Java Mayor, sólo viven mujeres a las que fecunda el viento). 

Como es natural, en la crónica de Pigafetta también hay espacio para la exposición de las duras circunstancias de la travesía (pienso que nadie más se atreverá nunca a cruzar este Océano), con referencias a los sucesos que se desenvuelven en el interior de las naves, aunque no tan frecuentes ni descritas con tanta intensidad como las que aluden a las maravillas del “exterior”. Así, podemos conocer detalles sobre el itinerario de las naos, las rivalidades y enfrentamientos entre la tripulación, los altibajos de la navegación, el contacto con los indígenas, el sobresaliente papel de Magallanes como capitán (en un relato “sesgado” en su favor, dada la devoción que el cronista le profesa; y buen ejemplo de ello es que Elcano no aparece citado ni una sola vez), la procura de especias, los sufrimientos a bordo -el hambre, la sed, las muertes (de los cerca de trescientos hombres que iniciaron el viaje apenas dieciocho, los más flacos y destrozados que podía ser, volvieron, tres años después, al puerto de partida)-, los conflictos con los reyezuelos locales… 

Analiza Isabel de Riquer, y con su mención cierro esta parte de mi reseña, tres aspectos especialmente destacados de la narración del italiano: su preocupación por las lenguas de las gentes con las que se topa, hasta el punto de incorporar a su relación diversos ejemplos del vocabulario indígena (el de los habitantes del Verzín -Brasil-, el de los indios patagones, el de la lengua bisaya de Filipinas, el de estos pueblos moros -Malasia-); su similar interés por los gestos y por la comunicación mímica con sus interlocutores, que se refleja en un texto plagado de muestras de los esforzados y, a la postre, eficaces, intentos de los expedicionarios por hacerse entender con los indígenas (un hombre de aspecto gigantesco se presentó ante nosotros. Estaba sobre la arena casi desnudo, cantaba y danzaba al mismo tiempo, echándose polvo sobre la cabeza. El capitán envió a tierra a uno de nuestros marineros, con orden de hacer los mismos gestos que él en señal de paz, y los hizo); y, por fin, el extraordinario uso que los exploradores hacen de los regalos como modo de ganarse la confianza de las gentes con las que topan, como medio para pagar rescates y, claro está, como útil expediente para obtener valiosas riquezas a cambio de un puñado de baratijas. Como recoge la catedrática en su texto preliminar: Al regresar los supervivientes del viaje alrededor del mundo habían dejado, casi dos mil leguas atrás, decenas de tijeras, sillas de cuero, gorros de terciopelo y cientos de anzuelos, cuchillos, clavos de hierro, cascabeles, y cuentas de vidrio que habían servido para comprar especias y alimentos frescos, para pagar rescates y para evitar muertes

Como puede deducirse, pues, son muchas las razones por las que merece la pena acercarse a esta excepcional edición de la Relación de la expedición de Magallanes y Elcano, que no puedo comentar ya con más detalle por nuestras habituales limitaciones de tiempo. 

En las antípodas del portentoso muestrario de vicisitudes, sucesos, accidentes, prodigios y arriesgadas aventuras que recoge el relato de Pigafetta, Viaje alrededor de mi habitación representa en cambio la versión más mesurada, más juiciosa, menos esforzada y atrevida de la práctica viajera. Su autor es Xavier de Maistre, militar, pintor, escritor y hermano de Joseph de Maistre, el conocido filósofo contrarrevolucionario. Exiliado de su Saboya natal cuando la región fue anexionada a Francia, vivió en distintos países europeos, sobre todo Rusia e Italia, siendo en Turín en donde se ubica el “referente externo” del libro que ahora comento. La edición original de su obra es de 1795 (aunque una nota a pie de página habla de una interrupción de cinco años en su escritura, y menciona la fecha de 1794, lo que hace pensar que quizá la redacción se hubiera llevado a cabo en distintas etapas, a causa de los graves acontecimientos de la Revolución de 1789, a la que se alude en más de una ocasión en el texto: la verdad, cayendo en medio de nosotros como una bomba, ha destruido para siempre el palacio encantado de la ilusión), y es la que sirve base a la traducción de Puerto Anadón, que incorpora las notas de otra posterior, de 1839. Con numerosas recepciones en nuestro país (hay una destacada de Austral, de 1950, con traducción de Nicolás Salmerón y García, entre otras muchas), la versión que ofrece la editorial Funambulista incluye los magistrales grabados del conocido ilustrador decimonónico francés Gustave Staal, y un epílogo, Semblanza de Xavier de Maistre, del crítico Sainte Beuve, otra destacada figura de la cultura gala del siglo XIX, traducido por Juan Max Lacruz Bassols, que firma también un ilustrativo postfacio, El falso viajero inmóvil. Como un elemento más que relaza el atractivo de una edición espléndida, la portada, bellísima, recoge un detalle de El rincón tranquilo de la sala de estar, un cuadro de 1899 de Carl Larsson, un pintor sueco que vivió a caballo de los siglos XIX y XX, que permite evocar el “clima” en el que se desarrollará la obra. 

En 1790, de Maistre, que da cuenta del lance en el libro, narrado en una primera persona inequívocamente autobiográfica, se bate en duelo en Turín -motivado por un affaire amoroso-, como consecuencia del cual es arrestado y condenado al “confinamiento” forzoso en su vivienda durante cuarenta y dos días, justo al comienzo del carnaval, lo que acrecienta aún más, la, en principio, incómoda molestia que supone su forzada reclusión. Lejos de desesperarse e insultar al cielo por su aciaga suerte, el escritor ve en la restrictiva circunstancia una ocasión propicia para reflexionar sobre la experiencia, refiriéndola en el libro: He emprendido y ejecutado un viaje de cuarenta y dos días alrededor de mi habitación. Las interesantes observaciones que he hecho, y el placer continuo que he experimentado a lo largo del camino, me impulsaban a hacerlo público; la certeza de ser útil me ha decidido a ello

Desde muy pronto revela de Maistre el porqué y el propósito de su obra: No querría, por nada en el mundo, que se sospechase que he emprendido este viaje únicamente por no saber qué hacer, y forzado, de alguna manera, por las circunstancias: aseguro aquí, y juro por todo lo que amo, que deseaba emprenderlo mucho tiempo antes del suceso que me ha hecho perder la libertad durante cuarenta y dos días. Este retiro forzoso fue sólo una ocasión para ponerme en camino más pronto. Y así, persuadido de que cualquier hombre sensato se sentirá interesado por la nueva manera de viajar que introduzco en el mundo, decide ofrecer a los lectores un recurso asegurado contra el aburrimiento y un alivio a los males que soportan. Unos lectores entre los que se encuentran los enfermos, que ya no tendrán que temer las inclemencias del aire y de las estaciones; los cobardes, que estarán al abrigo de los ladrones, y no encontrarán precipicios ni barrancos; los perezosos y los indolentes, a los que su propuesta les proporcionará un placer que no les costará ni esfuerzo ni dinero; los anacoretas y los hastiados del universo, que por diversos motivos han renunciado al mundo; y todos los que posean al menos un cuartucho donde poder retirarse y esconderse de todo el mundo, a todos los cuales propone entregarse a su peculiar viaje de la imaginación, siguiéndola por todas partes a donde le plazca conducirnos

Para ello, decide recoger en su diario, con minuciosidad admirable, todo cuanto pequeño “acontecimiento” se desarrolla entre las paredes de su habitación. Y advierte: Que no se me reproche ser prolijo en los detalles, es la costumbre de los viajeros. Cuando se parte para subir al Mont-Blanc, cuando se va a visitar la ancha abertura de la tumba de Empédocles, nunca falta la descripción exacta de las mínimas circunstancias, el número de personas, el de los mulos, la cantidad de provisiones, el excelente apetito de los viajeros, en fin, todo, hasta los traspiés de las monturas, todo queda cuidadosamente registrado en el diario, para la instrucción del universo sedentario

A partir de ahí, en efecto, de Maistre registra todos los extremos de su inusitado periplo. Y así el lector conoce las coordenadas de su habitación, los “itinerarios” de sus recorridos (la atravesaré a menudo a lo largo y ancho, o bien en diagonal, sin seguir ni regla ni método alguno. Incluso haré zigzags y recorreré todas las líneas posibles en geometría), los diferentes muebles con los que se topa, la butaca (Me deslicé hasta el borde de mi butaca, y, poniendo los dos pies en la chimenea, esperé pacientemente la comida. Es ésta una postura deliciosa, y sería, creo, muy difícil encontrar otra que reuniese tantas ventajas y que fuese tan cómoda para las paradas inevitables de un largo viaje); la cama (¿Existe un escenario más propicio a la imaginación, que despierte ideas más enternecedoras que el mueble en el que me abandono algunas veces?); los cuadros (y entonces aparecen Rafael, y Correggio y alguno de su autoría, en una pauta muy notoria del libro, las referencias cultas, artísticas, literarias y filosóficas); el espejo (una de las maravillas del paraje por donde me paseo); la silla de la que se caerá, en uno de los episodios narrados en los que aflora el humor, perceptible en todo el texto; el escritorio que guarda las cartas en cuya lectura se deleita (¡Cómo goza tristemente cuando mis ojos recorren las líneas trazadas por un ser que ya no existe!); una rosa seca que decora una estancia; el busto del padre muerto; la biblioteca, compuesta sobre todo de novelas (y entonces comparecen el joven Werther, de Goethe, y Milton, Sterne, Racine). Y nos son presentados también el criado Joannetti, que está acostumbrado a los frecuentes viajes de mi alma, la perrita Rosina, ese ser cariñoso que no ha dejado jamás de amarme desde la época en que comenzamos a vivir juntos, y se alude a alguna visita, y se evoca a la amada, la señora de Hautcastel. 

En este escenario “físico”, el narrador echa a volar su imaginación: cada objeto, cada situación, cada nueva mínima circunstancia aviva un recuerdo, induce a la reflexión, es la causa de una digresión. El “traje de viaje” con el que se atavía para estar en casa, es la excusa para una disquisición sobre la su influencia de la vestimenta sobre el espíritu de los viajeros; la contemplación de los cuadros lo lleva a una “discusión” sobre la preeminencia entre el arte y la música; el recuerdo de su amante permite comentar la realidad, la fuerza y la duración del afecto de las damas hacia sus amigos, también meditar sobre los encantos y las turbulencias, las palpitaciones y la melancolía del amor; la visión de Rosina lanza su mente a ponderar la fidelidad animal; y la imagen reflejada en el espejo despierta su ironía sobre la coquetería femenina (He visto mil veces a damas e incluso donceles olvidar en el baile a sus amantes, el baile y todos los placeres de la fiesta, para contemplar, con una gran complacencia, ese cuadro encantador, e incluso honrarlo de vez en cuando con un vistazo en medio de la contradanza más animada); la visión de su biblioteca permite un inciso sobre la lectura, un país mil veces más delicioso que el Edén, un mundo imaginario que acoge desde la expedición de los Argonautas hasta la Asamblea de los Notables, desde los últimos confines de los infiernos hasta la última estrella fija más allá de la Vía Láctea, hasta las lindes del Universo, hasta la puerta del caos, he aquí el vasto campo por el que me paseo de arriba abajo, sin prisas y con toda tranquilidad, pues tengo tiempo y espacio de sobra. Es ahí donde transporto mi existencia, en pos de Homero, Milton, Virgilio, Ossian. Y hay excursos sobre Satán y su caída (uno de los viajes más bellos que nunca hayan sido hechos, después del viaje alrededor de mi habitación), sobre la inevitable muerte (El hombre no es nada más que un fantasma, una sombra, un vapor que se disipa en los aires), sobre la medicina, sobre la horrible disonancia entre los pobres que piden en la calle y su propia vida regalada, su lujo inútil

De continuo asaltan al ocioso personaje apreciaciones sobre el divagar, sobre el encantador país de la imaginación, sobre el placer de entregarse a la meditación, al lento discurrir de las horas, al gozoso descubrimiento de nimiedades, mientras se atiza el fuego o se hojea un libro. Me han prohibido recorrer una ciudad, un punto, llega a afirmar, pero me han dejado el universo entero: la inmensidad y la eternidad están a mis órdenes, dueño de una libertad que hace recorrer a su alma cien millones de leguas en un instante

Ese desdoblamiento entre la limitación que impone la estrechez del espacio y la poderosa amplitud de la imaginación permea toda la obra, en lo que quizá constituye su núcleo esencial: la dualidad entre lo que el narrador llama el alma y la bestia. Son muchas las ocasiones en los que se pone de manifiesto esa separación entre la potencia animal de los rayos puros de la inteligencia, entre las tentaciones del cuerpo, deseoso de moverse en el mundo, y los transportes del espíritu, que vaga, etéreo, por sus nebulosas estancias. Transcribo a continuación, para cerrar ya esta reseña, algunos de esos pasajes, los más significativos, en los que está la clave de este muy peculiar viaje interior que el autor nos propone y que encierra una valiosa enseñanza para nosotros en estos tiempos de pandemia, que nos obligan a alejarnos de la realidad exterior y encerrarnos -espero que con provecho y hasta con disfrute- en nuestra naturaleza íntima. 

¿Existe un gozo más adulador que el de ampliar así la existencia, ocupar a la vez la Tierra y los cielos, y desdoblar por así decir su ser? ¿No es el deseo eterno y nunca satisfecho del hombre el de aumentar su poder y sus facultades, el querer estar donde no está, recordar el pasado y vivir en el futuro? Quiere ordenar ejércitos, presidir academias, quiere ser adorado por las bellas, y si posee todo esto, añora entonces los campos y la tranquilidad, y envidia la cabaña de los pastores: sus proyectos y esperanzas se topan sin cesar contra las desgracias reales inherentes a la naturaleza humana; no sabría encontrar la felicidad. Un cuarto de hora de viaje conmigo le mostrará el camino hacia ella. 

No se crea que en lugar de mantener mi palabra, dando la descripción del viaje alrededor de mi habitación, divago para salir adelante: sería un error, ya que mi viaje continua realmente, y mientras mi alma, replegándose sobre sí misma, recorría, en el capítulo precedente, los recovecos tortuosos de la metafísica, yo estaba en mi butaca sobre la que me había recostado, de manera que las dos patas anteriores se habían levantado dos pulgadas del suelo, y balanceándome a derecha e izquierda, ganando terreno, había llegado inconscientemente muy cerca del muro. Es el modo en que viajo cuando no tengo prisa. Allí mi mano había cogido mecánicamente el retrato de la señora Hautcastel, y la otra se entretenía limpiando el polvo que lo cubría. Esta ocupación le procuraba un tranquilo placer, y ese placer se transmitía a mi alma, aunque estuviese perdida en las vastas llanuras del cielo: pues está bien observar que, cuando el espíritu viaja así por el espacio, se mantiene unido a los sentidos por no sé qué lazo secreto, de suerte que, sin desatender sus ocupaciones, puede tomar parte de los gozos tranquilos de la otra; pero si ese placer aumenta hasta un cierto punto, o si se conmueve por un espectáculo inesperado, inmediatamente el alma retoma su lugar con la rapidez del rayo. 

Sin embargo, nunca sentido más claramente que soy “doble”. Mientras echo de menos mis goces imaginarios, me siento consolado por fuerza: un poder secreto me arrastra; me dice que tengo necesidad del aire, del cielo, y que la soledad se parece a la muerte. Heme aquí dispuesto; mi puerta se abre; vago errante bajo los espaciosos pórticos de la calle del Po; mil fantasmas agradables revolotean ante mis ojos. Sí; he aquí aquel hotel, aquella puerta, aquella escalera; me estremezco por anticipado. Así es como se siente, antes de catarlo, un gusto ácido al cortar un limón para comerlo. ¡Oh, mi bestia, mi pobre bestia, cuidado con lo que haces! 

Os dejo, para cerrar esta segunda sesión viajera de Todos los libros un libro en este junio esperanzado, con un tema musical cercano, en su letra, al asunto que nos ocupa. Stephen Heller, músico del siglo XIX, compuso Voyage autour de ma chambre, Op.140, que aquí interpreta al piano Andreas Meyer-Hermann
 
Videoconferencia
Antonio Pigafetta. La primera vuelta al mundo