Vivo entre muchos libros y extraigo una gran parte de mis ganas de vivir del hecho de que aún leeré la mayoría de ellos. (Elias Canetti)

miércoles, 23 de diciembre de 2015

SIMON LEYS. LOS NÁUFRAGOS DEL BATAVIA
 
Hola, buenas tardes, bienvenidos un nuevo miércoles a Todos los libros un libro, el programa de recomendaciones literarias de Radio Universidad de Salamanca. Hoy continuamos -aunque con una pequeña modificación o trampa, como podréis comprobar dentro de un momento- con la serie que iniciamos hace unas semanas centrada en libros de reducida extensión cuya aparición en nuestro espacio hemos hecho coincidir con estos días ya invernales, los más cortos del año, en los que las escasas horas de luz resultan propicias para degustar textos también muy sucintos. ¿Aunque qué importa el número de páginas de un libro cuando su calidad es muy alta y cuando elevadas son también las posibilidades de entretenimiento, de disfrute, de conocimiento, de placer que nos proporcionan? Así ocurre, sin duda, con mi propuesta de hoy, un excelente libro que, sin embargo, respeta sólo en parte la constricción inicial de la que partimos: la brevedad. Lo hace, se acomoda a nuestras premisas de estas últimas fechas, porque se trata de un librito de poco más de ochenta páginas, presentadas además en un formato mínimo, con un tamaño poco mayor que la palma de una mano. Sin embargo, la disculpable y benévola trampa en la que voy a incurrir -rompiendo con ella esta por otro lado algo arbitraria exigencia de partida- consiste en que, con la excusa de mi consejo “principal” de esta tarde, aprovecharé para recomendaros hasta tres libros más que se abren a partir del inicial, de tal manera que, sumadas en conjunto, las sugerencias que ahora oS ofrezco alcanzan casi... ¡¡¡las mil páginas!!! Lectura abundante, pues, para estas ya inminentes vacaciones navideñas.
 
Pero vayamos ya con el desencadenante de mi plural reseña de hoy. Se trata de Los náufragos del Batavia. Anatomía de una masacre, un breve ensayo -¿lo es en realidad?; ya está aquí, una vez más, la resbaladiza cuestión de las etiquetas y el género al que se adscribe una obra literaria- escrito por Simon Leys y presentado por la editorial Acantilado en traducción de José Ramón Monreal.
 
Simon Leys es un escritor de origen belga, fallecido hace poco más de un año, que desde muy joven se interesó por las culturas y las civilizaciones orientales hasta el punto de estudiar lengua, literatura y arte de China, viajando e instalándose desde muy joven en Asia, en Taiwan, Singapur, Hong Kong y la misma China. Traductor, crítico, ensayista y experto sinólogo, la publicación en los primeros setenta de un libro en que denunciaba con crudeza la sangrienta experiencia -que el ciego progresismo del mundo entero ensalzaba- de la Revolución Cultural de Mao Zedong le llevó -para evitar represalias- a tener que cambiar su nombre auténtico, Pierre Ryckmans, y adoptar el seudónimo de Simon Leys por el que hoy lo conocemos. A partir de 1970 se estableció en Australia para dar clases de literatura china, y fue allí, en Canberra, en donde murió en verano de 2014.
 
Antes de entrar en el libro que constituye el núcleo central de mi comentario de hoy quiero mencionaros brevemente otros dos de los muchos que escribió, también muy interesantes y que os recomiendo con entusiasmo. En la misma editorial, Acantilado, y traducido igualmente por José Ramón Monreal, vio la luz, unos meses antes de la publicación del texto sobre el Batavia del que a continuación os hablaré, La felicidad de los pececillos, una colección de artículos, tampoco demasiado extensa -no llega a la treintena la cifra de los escogidos-, en donde a partir de anécdotas de escritores y con numerosas referencias a la cultura china, se presentan profundas y muy sugestivas reflexiones, plagadas de una sabrosa erudición (aunque el autor rechaza el término), nada pedante, antes al contrario, estimulante y alegre, sobre temas variopintos de los que os dejo ahora una muestra en un catálogo un tanto heteróclito: la literatura y el arte, las mentiras, las palabras y la ausencia, el gusto, la fealdad, el talento y la belleza, la nostalgia, la autoridad y la imaginación, la inteligencia y la perfección, la pereza y el éxito, el dinero, el tabaco y la lectura, y muchos más apasionantes asuntos. Por el libro, como digo altamente recomendable, desfilan infinidad de autores: William Golding, Kipling, Voltaire, Flaubert, Henry James, Rainer María Rilke, Baudelaire, Cyril Connolly, Goethe, Orwell, Somerset Maugham, Oscar Wilde, Proust, Sartre, y tantos otros, algunos de ellos, cómo no, chinos.
 
Con el mismo enfoque misceláneo, hace unos meses, en la salmantina editorial Confluencias, apareció Ideas ajenas (recopiladas idiosincráticamente por Simon Leys para el divertimento de los lectores ociosos). Traducido por Teresa Lanero, y tras un sustancioso prólogo dedicado a la crítica literaria, en el libro se recoge una amplia variedad de citas de poetas, novelistas, filósofos y pensadores (casi doscientos nombres integran su poblado índice final), agrupadas por temas en un orden más o menos alfabético -amor, bambú, certeza, dios, espada, fracaso, gusto, honestidad, intelectual, juventud, Kierkegaard, libertad, matrimonio, no, optimismo, pobreza, realidad, sexo, tiempo, Unamuno, Wittgenstein, vejez, yo, Zhuang Zi, por mencionar un solo ejemplo de cada letra, ausente la q-, y seleccionadas no solo por su elocuencia, su profundidad, su chispa o su belleza, pues de ser así, dice el antólogo, la “colección” correría el riesgo de ser aburrida, interminable e incoherente. Su unidad interna -continúa Leys- no debe provenir más que de la personalidad y los gustos del compilador, y ofrecer una especie de reflejo de ellos, de acuerdo con el principio que Alexandre Vialatte captó con precisión y que hace suyo el propio autor en su prólogo: El mayor servicio que nos brindan los grandes artistas no consiste en ofrecernos su verdad, sino la nuestra. Y así, para mejor dibujar el “retrato” del recopilador, las distintas citas no aparecen en orden cronológico, sino que se mezclan de forma caprichosa para provocar contrastes, paralelismos o sensación de variedad. Una considerable y significativa muestra de citas extraídas de estos dos libros apareció hace menos de un mes en sendos programas de mi otro espacio en Radio Universidad de Salamanca, que podéis escuchar en el correspondiente blog, buscandoleonesenlasnubes.blogspot.com.
 
Pero vayamos ya con Los náufragos del Batavia. Anatomía de una masacre, pues si interesantes y valiosos son los textos ya mencionados, en el caso de este libro insólito el adjetivo aplicable es, sin duda, el de magistral. La noche del 3 al 4 de junio de 1629, el Batavia, un gigantesco y modernísimo barco (el equivalente de su época, en capacidad, dimensiones y valor simbólico, al Titanic) perteneciente a la VOC, la poderosa Compañía Holandesa de las Indias Orientales, fletado meses antes en Ámsterdam para incorporarse al próspero negocio de la importación de especias desde la entonces llamada Insulindia, en particular desde la actual Java, zozobró al chocar contra un arrecife de los Houtman Abrolhos, un grupo de islotes coralinos, escondidos, agazapados casi, a ochenta kilómetros mar adentro de la costa australiana. La casi totalidad de sus trescientos veintidós pasajeros, entre los que se encontraban algunas mujeres y unos cuantos niños, sobrevivió al horrible naufragio; de ellos, la mayor parte se refugió como pudo en una de las islas -una precaria y despojada superficie de coral, sin agua ni vegetación- del archipiélago; otro grupo, compuesto sobre todo por soldados y marineros, permaneció en los restos encallados del barco hasta su hundimiento, sumidos todos en una desesperada orgía de alcohol y vino; un tercer contingente, entre ellos el comendador Francisco Pelsaert, representante de la Compañía, el patrón, Ariaen Jacobsz, y unas decenas de oficiales y miembros de la élite de la tripulación, intentó llegar a Java en un bote, un pequeño velero, para buscar ayuda. Los más de doscientos supervivientes que quedaron en tierra, repartidos entre el árido peñasco que los salvó inicialmente y otros islotes cercanos, algo más acogedores, asistieron aterrorizados e impotentes a la férrea y sangrienta tiranía a que los sometió Jeronimus Cornelisz, un antiguo boticario arruinado y perseguido por la justicia que, arropado por un número considerable de indeseables, primitivos y brutales miembros de la soldadesca y la marinería, a los que con anterioridad al naufragio ya había captado como acólitos en un intento de motín a bordo que el hundimiento abortó, instauró en aquellos muy reducidos e inhóspitos islotes un régimen de terror y violencia inimaginables que acabó en tres meses -el tiempo que tardó en llegar desde Java un navío con auxilios- con dos tercios de su infortunada población, víctimas de una “política” -permítaseme el término, que luego explicaré- programada y metódica de torturas, violaciones y despiadados asesinatos de los que no escaparon ni mujeres ni niños.
 
En su preciosa “miniatura”, una joya de concisión y sobriedad, redonda y elegante -si caben tales términos para referirse al relato del horror-, Simon Leys nos da cuenta de esta sobrecogedora historia, partiendo de las circunstancias en las que se desenvolvía la navegación de la época (que se muestran en el espléndido fragmento que cierra esta reseña), y centrándose sobre todo en las terribles condiciones del infausto viaje, en la personalidad de sus principales protagonistas, en la brutalidad del naufragio, en la atroz dictadura impuesta por el monstruoso -aunque a la vez muy lúcido- Cornelisz, un personaje que hoy calificaríamos de siniestro psicópata, que asesina sin motivo y por puro entretenimiento, y, por fin, en el esperado desenlace con el proceso, la condena y la ejecución, conforme a la ley holandesa, del diabólico instigador y su caterva de cómplices.
 
Siendo interesante en sí la historia real, que más allá de su espanto y su crueldad es fascinante y sugestiva y por sí sola despertaría el interés del lector, lo que destaca en la genial obrita de Leys es, superando la crónica fidedigna de lo acontecido aunque sin obviarla ni mucho menos, su lucidez y su capacidad de penetración en las más siniestras honduras del alma humana; su maestría al interpretar los espantosos hechos desde una perspectiva y con un planteamiento muy actuales; su talento, por lo tanto, para dotar de contemporaneidad, de vivísima contemporaneidad a un episodio ocurrido hace cuatro siglos.
 
Y es que en el ensayo de Leys, las lúcidas reflexiones con las que el autor glosa los salvajes acontecimientos vividos hace casi cuatrocientos años por los náufragos del Batavia resultan extrapolables a nuestros días, en particular a ese mundo moderno que en cierto sentido se abrió hace setenta años con el descubrimiento de otro horror, el de los campos de exterminio nazis en la segunda guerra mundial, esa bárbara experiencia que mostró de modo despiadado a la humanidad los aspectos más crueles, más brutales de nuestra bestial naturaleza en ocasiones sorprendentemente cercana a la animalidad. En efecto, en el comportamiento de Cornelisz, en la monstruosa gratuidad de sus crímenes, en su demoníaca capacidad para la manipulación psicológica de sus subordinados, en el silencio, la pasividad y la cooperación necesaria del individuo medio (para que triunfe el mal sólo hace falta que la buena gente no reaccione, reza la cita de Edward Burke que abre el libro), en la metódica y eficacísima organización por él creada con un único propósito, la aniquilación del otro, podemos reconocer -y la esclarecedora mirada de Simon Leys es la que nos lo hace ver- la asesina irracionalidad de la maquinaria del Tercer Reich -para esto no hay un porqué, responden los verdugos de Auschwitz a las pobres víctimas que conducen a las cámaras de gas, recuerda Leys-, su premeditada y atroz y genocida política de destrucción, la inevitable presencia del mal en el mundo y su banalidad (por utilizar otra noción ya “canónica” a propósito de estas cuestiones), la criminal e inconcebible ausencia de empatía que son capaces de experimentar algunos seres humanos, la desmesura del espanto que en la actualidad nos es dado contemplar, aterrorizados, en la fría truculencia del DAESH (al que incorrectamente denominamos Estado Islámico) cortando cabezas de supuestos enemigos ante las omnipresentes cámaras, en la heladora e implacable determinación de quien lanza un avión contra un edificio acabando con miles de seres humanos inocentes e indefensos, en la ignominiosa felicidad de De Juana Chaos -ejemplo al que alude Félix de Azúa en su reseña del libro que nos ocupa- celebrando con ostras y champán un nuevo asesinato perpetrado por sus infames correligionarios. Solo por la iluminadora mirada de Simon Leys sobre los hechos narrados merece la pena esta obra excepcional cuyo prólogo -breve y sustancioso- os transcribo a continuación pues constituye el desencadenante de mi última propuesta de la tarde.
 
¿Se os ha ocurrido una idea magnífica con la que soñáis escribir un libro? No corráis en llevarla a la práctica; no hace falta, pues podéis estar seguros de que, tarde o temprano, a algún otro se le ocurrirá la misma idea… y hará de ella un uso perfecto.
Hablo por propia experiencia. Hace dieciocho años que yo acariciaba el proyecto de escribir la historia de los náufragos del Batavia. Coleccioné casi todo lo que se publicaba sobre el asunto; luego pasé una temporada en las islas Houtman Abrolhos, emplazamiento del naufragio. A lo largo de los años, continué acumulando notas, pero sin decidirme nunca a escribir la primera página de esta famosa obra en gestación que, en la imaginación cada vez más sarcástica de mis allegados, comenzó poco a poco a adquirir una dimensión mítica. De tiempo en tiempo, me enteraba de que acababa de aparecer un nuevo libro sobre mi asunto; me entraba un sudor frío, y corría a por él temblando. Pero no, no era más que una falsa alarma; no tardaba en darme cuenta, con alivio, de que el autor había errado una vez más su objetivo, lo que reforzaba mi falso sentimiento de seguridad. Una o dos veces, sin embargo, sentí que me rozaba la ráfaga de aire de la bala, pero no supe sacar la debida lección de ello.
Finalmente, llegó Mike Dash. Con su Batavia’s Graveyard (Weidenfeld & Nicolson, Londres) este autor dio en la diana, y no me queda ya nada que decir. Dash desenmaraña y organiza claramente los complejos hilos de los personajes y de los acontecimientos; los sitúa en su contexto histórico, y sobre todo ha llevado a cabo un asombroso trabajo de detective en los archivos holandeses de la época. Tras haber leído y releído esta síntesis definitiva, he guardado definitivamente toda la documentación y las notas, las fotos y los croquis que había espigado sobre este asunto en las bibliotecas y sobre el terreno: ya no los necesitaré nunca más. Y ahora, al publicar las pocas páginas que siguen, mi único deseo es que ellas puedan inspiraros el deseo de leer su libro.
 
Esta genial Advertencia preliminar de la obra de Simon Leys, junto a la posterior lectura del libro íntegro, cumplió en mí su propósito despertando la curiosidad -y quien me conozca imaginará que me puse en movimiento en escasos minutos- de acercarme a la obra de Mike Dash en ella mencionada. Inencontrable en librerías -pese a tratarse de un título de sólo hace una década-, pude hacerme con un ejemplar gracias al espléndido catálogo y la pulcra eficacia de la Biblioteca de la Casa de las Conchas de Salamanca. Leído con entusiasmo y febril apasionamiento quiero cerrar con su recomendación este postrero -y ya muy extenso- comentario de 2015.
 
La tragedia del Batavia, pues ese es el título en castellano del libro de Mike Dash, se publicó en 2003 en la editorial Lumen en traducción de Nuria Salinas y con un subtítulo significativo: El motín más cruel de la historia. En más de cuatrocientas cincuenta apasionantes páginas, a las que siguen ciento cuarenta de exhaustivas notas y un largo centenar y medio de referencias bibliográficas muy trabajadas, el excepcional historiador británico narra, sin aditamentos subjetivos ni comentarios personales extraños a la “acción”, la “verdad de los hechos” ocurridos, en un excelente trabajo de investigación histórica que se lee con el alma en vilo, sobrecogido el lector por la mera potencia de los sucesos reales.
 
Nutriéndose, en un riguroso trabajo de indagación científica, de la información recogida en las actas del proceso, en las minutas de los interrogatorios, en las deposiciones de los testigos, en los informes internos de la VOC, en las memorias redactadas por dos de los principales supervivientes de la tragedia al poco tiempo de haberse producido -singularmente la del comendador Pelsaert-, documentos todos convenientemente conservados desde el siglo XVII en distintos registros y archivos holandeses; enriqueciendo su pesquisa a partir de las novedades aportadas por el descubrimiento en 1963 de los restos del naufragio; alimentándose su estudio de las constantes investigaciones producidas desde entonces, de los hallazgos proporcionados por numerosas tesis doctorales y trabajos académicos en distintas disciplinas (psicología forense, geografía, arqueología, historia, filosofía, religión, derecho), de los aportes de infinidad de artículos y libros, de la consulta de incontables monografías (que se ocupan de los más variados temas relacionados -aunque fuera mínimamente- con los trágicos episodios relatados: armamento y enseres de la época, nutrición, análisis genético, navegación y comercio, costumbres, genealogía, animales y plantas), reportajes periodísticos e -incluso- de algunos aislados pero llamativos intentos de adaptaciones teatrales y cinematográficas de la sobrecogedora “aventura”; y dando cuenta del ingente material consultado con precisión y minuciosidad dignas de los mejores estudios universitarios, pero también con notable pulso literario y palpitante vigor narrativo, Mike Dash nos ofrece un ensayo documental espléndido, un testimonio histórico formidable y un relato absorbente y profundo, emotivo e inolvidable que se lee con la fluidez y el encantamiento de una novela. Para hacerse una idea del exhaustivo y muy profesional trabajo del autor -que en ocasiones se aproxima a una apasionante labor detectivesca- baste citar como ejemplo que la mera mención en el libro a un cráneo, presumiblemente de una de las víctimas de Cornelisz, que aparece entre los esqueletos encontrados en el archipiélago a finales del siglo XX, lleva al autor a consultar a expertos y a leer publicaciones sobre anatomía, violencia criminal y medicina judicial, con el fin de corroborar si las lesiones en él encontradas se compadecen con la visión de los hechos descrita en las memorias de Pelsaert, llegando incluso, a partir del cotejo de unos y otros datos, a poner nombre -¡¡¡¡cuatrocientos años después!!!!- al que podría haber sido el infausto propietario de los destrozados restos óseos.
 
No hay tiempo ya para más comentarios. Leed cualquiera de las cuatro obras que hoy, en estas vísperas navideñas tan propicias para disfrutar del encantamiento de los libros, he querido presentaros. Estoy convencido de que vais a disfrutarlas. Como correlato musical a mis recomendaciones de hoy os dejo un tema perteneciente a un disco doble muy curioso e interesante. Son of Rogue’s gallery: pirate ballads, sea songs & chantey es una antología de canciones marinas y de piratas cuya temática se aviene de maravilla con el asunto central de los libros mencionados. De entre el amplio elenco de piezas incluidas en la recopilación he escogido por razones evidentes The cruel ship captain, interpretada por Bryan Ferry.
 
 
Durante tres siglos —desde finales del siglo XV hasta las postrimerías del XVIII— los navegantes occidentales exploraron el mundo y permitieron el desarrollo de inmensos imperios comerciales; pero es asombroso constatar que llevaron a cabo estas prodigiosas empresas sin disponer, para calcular su navegación, más que de unos medios primitivos e irrisorios; hoy día, cualquier marino que tuviera que hacer ruta guiado únicamente por una información tan rudimentaria estaría espantado, no sin razón. Practicaban aproximaciones a la costa desconocidas y peligrosas sin cartas náuticas ni pilotos, y atravesaban los océanos literalmente a ciegas. No podían determinar nunca su posición con certeza, pues siempre les faltaba la mitad de las coordenadas: aunque les fuera relativamente fácil calcular su latitud (con tal de que el sol y el horizonte resultaran visibles, esta información puede obtenerse mediante una observación bastante elemental), en lo concerniente a la longitud, en cambio, se veían reducidos a unas estimaciones peligrosamente imprecisas. (Esta ignorancia no se vio finalmente disipada hasta la invención inglesa del cronómetro de marina, pero el uso de este instrumento esencial no empezó a extenderse hasta las postrimerías del siglo XVIII).
 
Durante sus doscientos años de existencia, la Compañía Holandesa de las Indias Orientales (Verenigde Oostindische Compagnie, VOC en abreviatura), verdadero Estado dentro del Estado, con sus colonias, sus gobernadores, sus diplomáticos, sus magistrados y su ejército, constituyó la más poderosa organización comercial del mundo. La prosperidad de la Compañía estaba basada en las especias que su flota transportaba desde sus establecimientos de Insulindia. Los navíos de la VOC eran unos pesados y poderosos buques de tres palos de doble casco de castaño que los astilleros holandeses producían sin tregua, con una celeridad que apenas podía responder a una insaciable demanda (el Batavia, gigante de su época, fue acabado en seis meses). Pese a su robustez, estos buques no tenían generalmente sino una vida bastante breve: incluso los que escapaban a los peligros del mar raramente podían sobrevivir al desgaste de más de una media docena de viajes de ida y vuelta a Oriente. La travesía de quince mil millas marinas hasta Java (más de dos tercios de la circunferencia del globo) duraba en torno a ocho meses, y ello cuando se desarrollaba sin mayores dificultades. Estos macizos veleros de panza redonda, lentos y escasamente maniobrables (respondían mal al timón, y se hacía necesario utilizar todos los recursos del velamen para conseguir hacerlos virar de bordo), se desplazaban a una velocidad media de dos nudos y medio (4,5 km/h). Pero como, en los mercados occidentales de especias, el tiempo era oro, la VOC imponía a todos sus capitanes un itinerario que había perfeccionado la experiencia, y que comportaba ciertos rodeos —pues, a vela, la ruta más rápida raramente coincide con el camino más corto: se trata sobre todo de evitar las zonas de calma chicha y de buscar las regiones en las que se puede contar con vientos constantes y favorables—. Así, tras el cabo de Buena Esperanza (la única escala prevista, para renovar las provisiones de agua y embarcar víveres frescos), en lugar de dirigirse directamente hacia Java pasando por el norte de Madagascar, los navíos descendían primero hacia el sur, casi hasta el límite del océano Antártico, para aprovechar los fuertes vientos del oeste que giran alrededor del globo a partir del paralelo 40 —«los rugientes 40»—. Empujados rápidamente por el viento y la corriente, hacían ruta hacia el este, hasta que consideraban que casi habían alcanzado la longitud del estrecho de la Sonda; llegados a este punto hipotético que nada, en medio de un océano vacío, les permitía situar con certeza, cambiaban de rumbo y, con los vientos alisios del sudeste entonces a favor, navegaban por alta mar, rumbo al norte, para ganar Java, distante aún unas dos mil millas. No obstante, si este cambio de rumbo se producía demasiado tarde—y los errores de cálculo eran frecuentes, pues la fuerza del viento y de la corriente llevaba a algunos navíos a cubrir una distancia a menudo muy superior a aquella que su modesta velocidad aparente habría podido hacer suponer—, las consecuencias eran a veces fatales, pues entonces se veían enfrentados a una de las costas más inhóspitas que existen, la de la Australia occidental, que opone a lo largo de cientos de millas, sin interrupción ni abrigo natural alguno, sus abruptos paredones a la violencia del océano Índico. Todo barco que se acerca de noche a este tierra, o que se ve empujado hacia ella por una fresca brisa marina, corre el riesgo de no poder alejarse de ella a tiempo; con más razón, esos pesados veleros de aparejo de vela cangreja, incapaces de virar con rapidez, se veían entonces implacablemente arrastrados contra los acantilados. Por eso la consigna de seguridad que la VOC daba a todos sus capitanes era evitar absolutamente las inmediaciones de esa Terra Australis Incognita de perfiles todavía inciertos. Los holandeses, que habían sido los primeros navegantes occidentales en descubrir la existencia de esta costa hostil, no intentaron nunca conocerla mejor, tras llegar enseguida al convencimiento de que no había nada bueno que sacar de ella: no sólo aproximarse suponía un peligro, sino que además sus recursos parecían nulos -ni siquiera había manera de hacer escala en ella para hacer aguada- y, por otra parte, su población, atrasada, miserable y diseminada, no habría podido alimentar nunca la actividad del más mísero de los establecimientos.
 
Pero a pesar de las instrucciones que habían recibido, mientras los navegantes continuaron siendo incapaces de calcular su longitud, siguieron estando expuestos al peligro de un choque involuntario con el continente australiano. En doscientos años, de todos los navíos que partieron para Insulindia, una de cada cincuenta no llegó nunca a destino (y, a la vuelta, uno de cada veinte no regresó nunca a Holanda). La mayor parte de estos desaparecidos no dejaron rastro alguno, sólo cabe suponer que muchos se perdieron en la costa australiana, pero es imposible determinar su número exacto, ya que sólo algunos de estos naufragios han podido ser localizados e identificados con precisión, a veces con siglos de retraso.

 

miércoles, 16 de diciembre de 2015

PABLO D'ORS. BIOGRAFÍA DEL SILENCIO. ANDANZAS DEL IMPRESOR ZOLLINGER. CONTRA LA JUVENTUD
 
Hola, buenas tardes. Bienvenidos como cada miércoles a nuestro espacio de recomendaciones literarias, aquí, en Radio Universidad de Salamanca. Todos los libros un libro sale a vuestro encuentro en la emisora universitaria salmantina para ofreceros una propuesta de lectura con la intención de despertar vuestro interés y estimular en vosotros la voluntad y aun el deseo de leer un libro que escojo siempre con criterios que pretendo de calidad. Esta tarde, y continuando con la pauta que hemos venido manteniendo en las últimas ediciones y que nos lleva a aprovechar la cortedad de estos días ya casi invernales asociándola a lo sucinto de los libros reseñados, os traigo un par de obras caracterizadas, en efecto, por su brevedad, escritas por un autor español no demasiado conocido pese a que al menos uno de sus libros sí que ha disfrutado de un cierto éxito de ventas.

Yo conocí la literatura de Pablo D’Ors, pues de él quiero hablaros, hace bastantes años, en 2000, cuando presentó su libro de relatos El estreno. En 2003 fue finalista del premio Herralde de novela, con Las ideas puras, un libro, publicado como el anterior en Anagrama, que también leí con agrado. Pese a ello, y sea porque ambos textos no dejaron una especial huella en mí -ahora, quince años después, no recuerdo apenas nada de ellos-, sea porque la abundancia de publicaciones “atractivas” me llevó a escoger otras opciones de lectura, sea por cualquier otra circunstancia de la vida no necesariamente voluntaria o elegida o determinada racionalmente, el caso es que no volví a adentrarme en las numerosas obras, ocho o diez, entre novelas y ensayos, que el escritor dio a la luz en este largo lapso de tiempo. Dejé incluso pasar, aunque en ese caso sí fui consciente de mi omisión, Biografía del silencio, que conoció una extraordinaria acogida entre los lectores (al margen de las ventas, la crítica siempre ha valorado con entusiasmo la singular obra de nuestro invitado de esta tarde), multiplicando sus reediciones desde su presentación originaria en 2012.

Este verano pasado, rompiendo con esta tendencia, y de nuevo sin especial razón para ello, volví a encontrarme con los libros de Pablo D’Ors; y así leí y disfruté con Andanzas del impresor Zollinger, que había reeditado la Editorial Impedimenta en 2013, y decidí “encarar” -y me felicito de ello, pues la experiencia ha sido deslumbrante- ese Biografía del silencio al que me he referido, que Siruela ofreció por primera vez hace tres años y que ahora, a finales de 2015, supera ya las diez ediciones. Son estos dos los libros que quiero presentaros esta tarde, indicándoos también que, llevado de lo satisfactorio de mi feliz reencuentro con D’Ors, acabo de leer Contra la juventud, su última novela, ambientada en Praga y llena de referencias a Kafka y Kundera, que participa de los principales rasgos del universo “d’orsiano” y que también me ha interesado grandemente.

Quiero detenerme un minuto, antes de iniciar mis comentarios sobre las dos obras presentadas, en las peculiaridades de la trayectoria vital y profesional de Pablo D’Ors. Nieto de Eugenio D’Ors, nacido y crecido en un ambiente intelectual y artístico, con una formación vinculada al pensamiento y la cultura alemanes, se gradúa en Nueva York y realiza estudios de Teología y Filosofía en Roma, Praga y Viena. Sacerdote católico, ha ocupado numerosos puestos en misiones varias, ha ejercido como capellán universitario, profesor, crítico literario y, por supuesto, escritor. Recientemente ha aparecido en las páginas de los periódicos por motivos ajenos a la literatura, al haber sido tachado de hereje (¡¡en pleno siglo XXI!!) por dos obispos españoles y también -sin que a priori haya vínculo alguno entre ambos hechos- por su nombramiento como consejero cultural del Vaticano, una designación hecha “directamente” por el papa Francisco. Como puede verse, se trata de una biografía ciertamente inusual, muy distinta de las más convencionales de la mayor parte de escritores, y que he querido resaltar porque, a mi juicio, esos rasgos de espiritualidad -llamémosla así- que se deducen de su itinerario intelectual y personal, afloran en su obra y ayudan a entenderla.

Andanzas del impresor Zollinger apareció por primera vez en 2003. Diez años después, la editorial Impedimenta volvió reeditarla, en una edición, como es habitual en el pulcro sello madrileño, muy cuidada y atractiva. Con un esclarecedor prólogo del también escritor y crítico Andrés Ibáñez, el libro podría parecer una creación de menor entidad, aparentemente ligera y hasta banal; sin embargo en su trasfondo último, en su planteamiento esencial -más allá de su sorprendente trama argumental, que a continuación os referiré-, discurre por cauces muy similares a su intensa obra mayor Biografía del silencio, en la que, a mi juicio, se concentra el núcleo del “ideario” del autor. Podríamos decir que las reflexiones, planteamientos, enfoques, postulados o premisas que constituyen la propuesta literaria, moral y hasta vital de Pablo D’Ors se muestran aquí de una manera tamizada, no abierta, directa y frontal, de manera que tras la lectura del libro quedará en el lector un clima, una atmósfera, un espíritu que aparecerán luego de manera desarrollada, estructurada -su pensamiento en cierto modo sistematizado- en Biografía del silencio. Me atrevería a resumir ese “mensaje” que impregna los libros de D’Ors que he podido leer -un mensaje forzosamente reduccionista, puesto que son muchísimas las vías a las que se abre una obra muy rica y profunda, y que ya habrá ocasión de explicar- con una expresión que él mismo utiliza: la aventura de lo ordinario, una idea que aflora en el fragmento -extraído de Biografía del silencio- que os dejo como cierre a este comentario.

Andanzas del impresor Zollinger es la historia de un ferroviario que, antes de conseguir su sueño, pasa por ser oficinista, zapatero y ermitaño, como define la obra un personaje de Contra la juventud, en un recurso muy típico del autor, que relaciona unos libros y otros, introduce en sus novelas personajes que ya han aparecido en anteriores títulos, se incluye a sí mismo en la trama de sus obras, y mezcla, confunde, cita y alude constantemente -en un atractivo juego autorreferencial- a figuras y hechos de su personalísimo universo literario y personal, el cual acaba así por trascender el mero texto que el lector tiene entre manos en cada caso.

En efecto, August Zollinger decide, a los veintisiete años y sin haber desarrollado ninguna profesión en toda su vida, convertirse en impresor en su pequeño pueblo de Romanshorn. Sin embargo, pasará mucho tiempo hasta que logre conseguir su propósito, pues durante años vagará de un lugar a otro, de un oficio a otro, de una actitud vital a otra, en una sucesión de peripecias algo estrambóticas y casi siempre muy divertidas. El libro nos dará cuenta de esa singular y estrafalaria trayectoria, en la que, sucesivamente, se convierte en ferroviario y se enamora de la voz de la muchacha que escuetamente le transmite por teléfono las instrucciones a seguir para tutelar el infrecuente paso de los trenes por su puesto; en soldado que camina sin sentido en las largas y absurdas marchas e interminables desplazamientos a los que la condición militar le obliga, conociendo simultáneamente el alcohol y la amistad; en ermitaño en un bosque en el que los árboles hablan y le comunican sus inquietantes mensajes; en insulso burócrata condenado a estampar su sello en abstrusos documentos oficiales, en una rutinaria operación que repite durante inacabables jornadas; en excepcional zapatero, admirado y solicitado por las gentes de la región entera por un virtuosismo artesanal que lo hará rico; hasta acabar, por fin, seis años después de su partida, encontrando su verdadero lugar en el mundo. Zollinger será, al término de sus andanzas, un apasionado impresor, y así llegará al final de sus días, con la conciencia de haber cumplido su destino.

Pero esta sucesión de descabaladas vicisitudes (insisto: ferroviario que cambia agujas, bebedor del tercero de caballería, ermitaño que teje cestas en el bosque de St. Heiden, anónimo funcionario de segunda, afamado zapatero e impresor en su pueblo natal) no es más que la apariencia externa -original y entretenida- de una obra en la que lo esencial es el caudal de reflexiones que sustentan un conjunto de valores que, como he señalado, reaparecerán más adelante, estructurados y por así decirlo “racionalizados” sin el soporte de la ficción, en Biografía del silencio. Y de este modo afloran en el libro, entre otras muchas, las nociones básicas en las que a juicio de D’Ors -pienso yo- residiría la “verdad” de una existencia lograda: la lentitud y la morosidad, el silencio, la carencia y el despojamiento, la simplicidad y la errancia, la percepción profunda del fluir del tiempo, el reconocimiento y la valoración de los pequeños detalles, el asombro ante el milagro de la vida, el contento y la alegría que derivan del elemental disfrute de los dones y las maravillas que ella nos ofrece, el agradecimiento ante su belleza y su exuberancia, el amor en cualquiera de su formas -no sólo el romántico o el erótico, sino también el universal a objetos y animales y, claro está, a personas-, la amistad, la sabia acomodación a los dictados del destino, a su “olor” que nos acompaña desde niños, el alto coste que siempre supone aceptar lo más elemental, lo más genuino, la necesidad de la melancolía, la desbordante vida que exhala la naturaleza, la importante presencia de lo sagrado en nuestra, por otro lado, nada anodina existencia.

Todo ello está presente -de un modo más patente que en la novela, como ya he señalado, más “crudo”, más directo- en Biografía del silencio, un ensayo testimonial -en expresión del propio autor- que nace como un intento de describir la experiencia de la meditación, en la que D’Ors se inició años atrás y en la que persiste desde entonces. En cuarenta y nueve muy breves capítulos, el libro nos introduce en los pormenores de ese hábito, pero, más allá de la “técnica”, nos habla -con el sustrato de su propia vivencia- de las muchas e interesantes repercusiones físicas y de índole práctica, pero sobre todo religiosas, filosóficas, espirituales, morales y hasta místicas de la meditación.


Son innumerables los aspectos a destacar en una obra llena de sugerencias y planteamientos muy atractivos, e imposible concentrarlos en esta reseña que, por otro lado, debe llegar ya a su fin. Os enumero a vuela pluma algunos de ellos, invitándoos -para completar la información- a escuchar tres programas que dedicaré al libro el próximo mes de enero en Buscando leones en las nubes, mi otro espacio en Radio Universidad, a los que podréis acceder en buscandoleonesenlasnubes.blogspot.com.

Así, Biografía del silencio, en su radical -y absolutamente contraria al signo de nuestros acelerados tiempos- búsqueda del despojamiento y la quietud, contiene un inteligente alegato contra la abundancia de experiencias que sólo pueden aturdirnos; contra el ofuscante espejismo de los sueños; contra el desmedido afán por poseer; contra la irrefrenable pulsión de los deseos que nos encarcelan; contra esa interminable búsqueda de lo que “nos gusta” que acaba por imponer su dictatorial exigencia a nuestras vidas; contra el exceso paralizante de las “cábalas mentales”; contra nuestro mundo demasiado lleno de palabras, demasiado intelectualizante; contra nuestra cobarde huida del dolor; contra lo caprichoso, lo ilusorio y lo ficticio de nuestro siempre desmesurado ego; contra la compulsiva necesidad de vivencias, de emociones, de experiencias y sobresaltos supuestamente intensos; contra las fantasías, las elucubraciones y los problemas, meras distracciones repletas de miedos, enfados y nervios que nos alejan de lo auténtico y primordial; contra la seriedad enfática y pretenciosa; contra la demasía de pensamientos y sentimientos, de imágenes, conceptos e ideas que nos ocultan la verdad más genuina; contra las quimeras que con frecuencia nos hacen vivir en la impostura; contra la felicidad y los enamoramientos, a menudo engañosos; contra el deseo, las aspiraciones y los proyectos, todos ellos “infectados” de irrealidad, ajenos, falsos; contra el pavor a la muerte; contra la posesión y el apego. Vivimos, sí, pero muy a menudo estamos muertos. Nos hemos sobrevivido a nosotros mismos: hay bio-logía, pero no bio-grafía, escribe D’Ors, apuntando una de las claves del libro.

Podría pensarse, tras este listado de “repulsas”, que Biografía del silencio se lee desde la rebeldía, desde la crítica, desde la destrucción y la negatividad, y nada más alejado de la verdad. Estamos ante un libro luminoso, positivo, entusiasta, optimista, vital, repleto de gozosas afirmaciones de la vida (todo sin excepción puede ser una aventura), como puede deducirse, insisto, del breve texto que acompaña esta reseña. En él -en el libro, y también en el texto- se defienden -se enaltecen- las vertientes más fecundas de la existencia, casi todas alejadas -opuestas- al exceso que caracteriza nuestro mundo occidental: el despojamiento, la quietud, el abandono, el desprendimiento, la introspección, el misterio, el mero “estar”, el sufrimiento creador, la profundización y el conocimiento de uno mismo, la ligereza, la alegría, la aceptación, el dominio de sí, la benevolencia, el cuidado de los demás, la atención, la humildad, la confianza, la serenidad, la paciencia, la solidaridad, la constancia, la lentitud y, por fin, ese océano oscuro y luminoso que es el silencio.

En fin, no hay tiempo para más. Os recomiendo con pasión la obra de Pablo D’Ors, singularmente este excepcional y revelador Biografía del silencio. Vuelvo a remitiros a buscandoleonesenlasnubes.blogspot.com en donde tendréis el mes que viene dos programas centrados en el libro. Os dejo ahora con una pieza instrumental de Keith Jarrett, que ha publicado la mayor parte de sus discos en el sello ECM, cuyo lema, El sonido más bello después del silencio, se acomoda a la perfección al motivo central del libro comentado. Shenandoah, un tema tradicional que aparece en el extraordinario álbum The melody at night with you, despide mi reseña por hoy.


Vivimos vidas que no son las nuestras; respondemos a interrogantes que nadie nos ha formulado; nos quejamos de enfermedades que no padecemos; aspiramos a ideales ajenos y soñamos los sueños de otros. No hay exageración, es así: casi todos nuestros proyectos de felicidad son quiméricos. Las ideas que decimos acariciar no son nuestras; nuestras aspiraciones son las de nuestros padres, y hasta nos enamoramos de personas que en verdad no nos gustan. ¿Qué nos ha pasado para sucumbir a semejante impostura? Persigo algo que en el fondo no deseo. Lucho por algo que me es indiferente. Tengo una casa intercambiable con la de mi vecino. Hago un viaje y no veo nada. Me voy de vacaciones y no descanso. Leo un libro y no me entero. Escucho una frase y soy incapaz de repetirla. ¿Cómo es posible que no me conmueva ante un necesitado, que no responda cuando me preguntan, que siempre mire hacia otra parte y que no esté donde de hecho estoy?

Ante esta absurda situación, yo voy a pararme, voy a pensar, a respirar y a nacer, si es posible, por segunda vez. No estoy dispuesto a no bailar si suena la flauta, o a no comer si me ofrecen un manjar, o a almacenar para mañana cuando hay quien no tiene para hoy. Tampoco estoy dispuesto a creerme el ombligo del mundo, ni a suponer que lo mío es lo mejor, ni a martirizarme con problemas diminutos o dolores imaginarios. Resulta lamentable haber llegado a este punto de inconsciencia, de idiotez, a este punto de insensibilidad, a este extremo de avaricia, de soberbia, de pereza... El mundo no es un pastel que yo me tenga que comer. El otro no es un objeto que yo tenga que utilizar. La Tierra no es un planeta preparado para que yo lo explote. Yo no soy un monstruo depredador. Por eso he decidido ponerme en pie y abrir los ojos. He decidido comer y beber con moderación, dormir lo necesario, escribir únicamente lo que contribuya a hacer mejores a quienes me lean, abstenerme de la codicia y no compararme jamás con mis semejantes. También he decidido regar mis plantas y cuidar de un animal. Visitaré a los enfermos, conversaré con los solitarios y no dejaré que pase mucho tiempo sin jugar con algún niño. De igual modo he decidido recitar mis oraciones todos los días, postrarme varias veces ante lo que considero sagrado, celebrar la eucaristía: escuchar la Palabra, partir el pan y repartir el vino, dar la paz. Cantar al unísono. Y pasear, que para mí es fundamental. Y encender la chimenea, lo que también es fundamental. Y hacer la compra sin prisa; saludar a los vecinos, aunque no me guste su cara; llevar un diario; llamar por teléfono regularmente a mis amigos y hermanos. Y hacer excursiones, y bañarme en el mar al menos una vez al año, y leer solo buenos libros, o releer los que me han gustado.
 

miércoles, 9 de diciembre de 2015

WILLIAM KOTZWINKLE. EL NADADOR EN EL MAR SECRETO
 
Hola, buenas tardes. Bienvenidos a Todos los libros un libro, el espacio de recomendaciones literarias de Radio Universidad de Salamanca. Como sabéis aquellos de vosotros que nos seguís habitualmente, en estas últimas semanas otoñales, en las que los días languidecen en jornadas cada vez más breves, he decidido seleccionar para vosotros libros de extensión también más reducida que se acomodan, con sus cortas -aunque intensas y concentradas- páginas, a las escasas horas de luz a las que nos aboca la proximidad del ya inminente solsticio de invierno.
 
Así ocurre sin duda con mi propuesta de esta tarde, un librito que no llega a las noventa páginas pero que es, como el resto de los aconsejados en estas semanas, excepcional, y que sobresale entre tantas publicaciones “convencionales” que nos invaden desde los expositores de las librerías. Se trata de El nadador en el mar secreto, una novela del norteamericano William Kotzwinkle, que publicó en 2014 la editorial Navona en su estupenda colección Los ineludibles. El libro, bellísimo como objeto en sí, con sus cubiertas enteladas, su atractivo formato, su impecable edición, se presenta en traducción de Enrique de Hériz al que, quizá, le sea achacable un incorrecto “porqué” que se “cuela” en la página 27.
 
William Kotzwinkle es un para mí desconocido autor de libros infantiles, novelas de género fantástico y de intriga y también guionista cinematográfico. En su momento, al parecer, “noveló” el guión de E. T. El extraterrestre, a raíz del éxito de la película en las salas. El nadador en el mar secreto se había publicado originariamente en 1975 en los Estados Unidos, en donde llegó a ser galardonado con el National Magazine Award Fiction de ese años. Luego, y durante largos años, desapareció “de escena” como ocurre tan a menudo con infinidad libros, perdidos entre el irrefrenable torbellino de publicaciones que nos asaltan por doquier. Casi cuarenta años después, una mención indirecta en Operación Dulce, la penúltima novela de Ian McEwan -la pareja protagonista comparte su admiración por el libro- relanzó el interés por la obra que volvió a ser puesta en el mercado y que, ahora sí, ha empezado a alcanzar un notable éxito, con varias reediciones en España.
 
La principal dificultad que me asalta al iniciar esta reseña nace del hecho de que resulta casi imposible hablaros del libro sin contar la historia que narra, pero es justamente esa información, la de su -llamémosla- trama argumental, la que, a la vez, pretendo obviar aquí pues creo que daros cuenta de ella, aunque sea someramente, os puede privar del enorme placer -lo ha sido para mí- que se deriva de abordar, sin referentes previos y con crecientes gozo y emoción, un texto sorprendente, insólito por la aparente trivialidad de su núcleo narrativo, pero deslumbrante y hasta sobrecogedor. No obstante, casi todas las críticas -por no decir todas- del libro que han aparecido y he podido leer en periódicos, revistas y suplementos culturales, refieren sin ambages -y en algunos casos con todo lujo de detalles- su núcleo temático. Y aunque siempre he sostenido que en las grandes obras literarias el argumento es en cierto modo irrelevante y conocerlo no impide -ni siquiera limita- el placer de su lectura (y este principio es también cierto en esta ocasión), sin embargo pienso que esta vez una cierta “virginidad” del lector con respecto al motivo central que se relata en la obra puede resultar fecundo, gratificante y enriquecedor.
 
Así, mencionaré tan solo que El nadador en el mar secreto -el mar y sus metáforas ocupan un lugar central en el planteamiento del libro, lleno de oleadas, mareas, algas, resacas, torbellinos, reflujos, orillas y profundidades- cuenta un hecho como digo muy simple y hasta banal, el nacimiento del primer hijo (el nadador del mar secreto) de una joven pareja desde los momentos inmediatamente anteriores -las primeras contracciones, los iniciales temblores, la rotura de aguas-, pasando por los dolores del parto, la esforzada dificultad que conlleva la entrega a la vida de un nuevo ser, hasta el nacimiento, la casi siempre milagrosa aparición de un niño que desde ese acontecimiento iniciático se enfrentará de manera autónoma al mundo.
 
Basado en una experiencia personal de su autor, vivida semanas antes de la escritura del libro, el relato, muy sencillo y bellísimo, lleno de ternura y sensibilidad, cargado de poesía y lirismo, emotivo y conmovedor hasta las lágrimas, es una deslumbrante historia de amor narrada por el joven padre, Laski: amor inmenso por su mujer, Diane (Mientras la sostenía -cuenta- su amor se expandía a cada temblor del cuerpo de su mujer), amor desbordante por la presencia sólo presentida de su criatura en camino (El corazón de Laski se convirtió en un océano de amor mientras lo invadían nueve meses de recuerdos y el bebé se volvió real de nuevo, tan real como la noche en que Laski había notado unos piececillos que daban patadas por dentro de Diane. Nuestro bebé, nuestro amiguito, está naciendo), y amor, en fin, por la formidable maravilla de la vida, por la inagotable existencia que fluye, por la naturaleza que se perpetúa (Y ésta, pensó Laski, es la razón de nuestro esfuerzo, que pueda venir el amor al mundo).
 
Intercalando recuerdos de su enamoramiento de Diane y de sus primeros días juntos, la narración que hace Laski de esas horas inefables en que su hijo llega al mundo, surge dulce y delicadamente entre inspiradas metáforas y nos habla de las grandes verdades de la vida, de la pérdida, del sufrimiento y del dolor, de la entrega y la belleza, de la esperanza y la desesperación, del asombro y del miedo, de la comunión con la naturaleza y de los proyectos compartidos, de los nobles sentimientos y de la paz de espíritu, de la sabiduría y de la experiencia, del deseo y la inocencia, de la fortaleza y la debilidad humanas, de los sueños, de su realización y también de su imposibilidad, de la aceptación del destino y de lo inexorable de la muerte, y sobre todo, como ya se ha dicho, del amor, del dulce amor, del noble amor, del tierno amor, del silencioso y entregado e incondicional amor, del infinito amor entre dos seres a los que la vida ha reunido para crear más vida.
 
No hay mucho más que decir que pueda aportar algo valioso que añadir a la lectura de este libro memorable. Leedlo, sí, emocionaos con él, apasionaos, enterneceos y entusiasmaos, estremeceos con él, llorad sin freno, sobran mis palabras, como sobran las explicaciones que vanamente intenten dar cuenta de un poema bellísimo.
 
Eat for two, una espléndida canción de Natalie Merchant con una letra vinculada al embarazo y la maternidad, complementa esta reseña, en un vídeo de hace veinticinco años, con su intérprete jovencísima.
 
 
Llegó la contracción y él volvió a levantarla, con el rostro pegado al suyo. La frente arrugada y los ojos apretados conformaban un rostro con el que jamás había soñado. Perdida toda su belleza, la mujer parecía una criatura asexuada que luchaba con todas sus fuerzas, alumbrando con gran esfuerzo el principio del mundo. Sus risas, sus pequeñas alegrías, sus planes, todo lo que alguna vez habían conocido, parecía devorado por aquel esfuerzo, un trabajo que de pronto deseó no haber emprendido nunca, al verla tan reconcentrada, tan distinta a la mujer que él conocía. Tenía la cara roja, un latido en las sienes, y parecía un hombre de mediana edad empeñado en defecar con un dolor mortal. Esto es humanidad, pensó Laski, al tiempo que se replanteaba el sentido de una raza que busca perpetuarse por medio del dolor, pero la contracción llegó a su fin sin darle tiempo a encontrar una respuesta, y se ocupó de apoyar el cuerpo de su mujer de nuevo en la almohada.
 
Cogió el paño, volvió a empaparlo y le enjugó el rostro sudoroso.
 
-Ahora, relájate a fondo. Recupera la energía. Estira las piernas, relaja los brazos.
 
Hablaba con suavidad y le iba acariciando las extremidades, que aún no habían dejado de temblar, hasta que ella quedó al fin quieta, con los ojos cerrados.
 
Regresó de nuevo la ola para llevárselos al mar del dolor, donde otra vez se preguntó porqué habría llegado la vida al mundo. El encanto de la noche en la carretera, donde le había parecido que todas las estrellas los miraban, estaba ahora ahogado en sudor. El rostro más hermoso que había visto en su vida le parecía ahora una masa bulbosa, roja y feúcha.
 
La corriente que los había llevado hasta las aguas turbulentas remitió de nuevo y perdió fuerza y les permitió regresar flotando lentamente para descansar en torno a un minuto antes de arrastrarlos de nuevo. Él la sostuvo mientras ella se contraía y empujaba por dentro en un esfuerzo por abrir los pétalos de su cuerpo floreciente. Él había creído que esa apertura tan milagrosa se iba a producir de un modo más espléndido. Pero ahí estaba ella, sudando como el caballo de un leñador después de acarrear troncos una mañana de verano.
 
La incorporó, como si pudiera liberarla de la carga que tantos esfuerzos le exigía, pero la mujer se estaba dando contra un muro, no avanzaba en ninguna dirección, tenía en los ojos la mirada de un caballo de tiro: perpleja, frustrada, esclavizada. Laski notaba la tensión que latía en sus sienes enrojecidas, igual que la había notado en los caballos de carga cuando le parecían a punto de morir de un infarto, avanzando de aquella manera por el bosque, arrastrando a su paso unos troncos gigantescos que de pronto se atascaban en un tocón, con las riendas a punto de romperse de tan tirantes y su poderosa musculatura llena de nudos por el esfuerzo de superar el obstáculo. ¿Quién escogería eso?, pensó Laski. Ese trabajo, esa desgracia. La vida nos esclaviza, nos hace desear descendencia, nos genera mil ilusiones sobre el amor y lo que haga falta, con tal de lograr reproducirse.
 
Sintió la supremacía de la vida, supo que la fuerza de la vida era mayor que su propia voluntad. Yo sólo quería estar contigo, Diane, los dos viviendo juntos sin problemas, y aquí nos tienes, tú jugándote la vida.
 
Ella bajaba la escalera para salir de un edificio de ladrillo visto. Llevaba una capa larga, morada, con cuello vuelto. La capa flameó tras ella cuando salió a la acera y él se quedó clavado y estúpido, incapaz de hablar. Ella debió darse cuenta, porque se volvió para mirar en su dirección.
 
Volvió a contraer la cara, apretó con fuerza los párpados y curvó la boca en una máscara conformada por el dolor que de nuevo la invadía. Él la sostuvo, sintió la tensión de sus músculos y la fiebre de la piel. Los pequeños rizos de pelo en el cuello estaban empapados y brillaban. Una mancha húmeda se extendía por toda la espalda.
 

miércoles, 2 de diciembre de 2015

 
JESÚS CARRASCO. INTEMPERIE
 
Hola, buenas tardes. Desde Radio Universidad, la emisora universitaria salmantina, os saludamos un miércoles más en Todos los libros un libro, el espacio de recomendaciones literarias que cada semana os propone una nueva sugerencia de lectura. Hoy os traigo un libro que cuando se publicó hace casi tres años fue saludado con entusiasmo por la crítica, traducido a numerosos idiomas, objeto de una extraordinaria campaña de difusión en los medios y, en consecuencia, muy vendido -y supongo que también muy leído- por lo que, quizá, mi comentario de esta tarde no sólo no os descubra nada nuevo sino que, incluso, os resulte prescindible pues ya conozcáis sobradamente la obra. Se trata de Intemperie, la primera novela -y su condición primeriza hace aun más significativos los elogios con los que fue recibida- de Jesús Carrasco, publicada por la editorial Seix Barral, que ya ha presentado una treintena de ediciones del libro desde que vio la luz por primera vez en enero de 2013.

Un niño permanece escondido en un húmedo agujero de arcilla. Asustado, se encoge en el hoyo, con angustia, intentando no ser descubierto por los hombres del pueblo -el padre, el tabernero, los arrieros, el maestro, el temible alguacil- que se afanan en su búsqueda. Aguza el oído para percibir sus voces, el ladrido de los perros de caza, los casi imperceptibles sonidos de los pequeños roedores que olisquean las ramas con las que ha disimulado su escondrijo. Por fin, todo pasa, se hace el silencio, cae la noche y luego sale el sol y más tarde vuelve a ponerse, en un tiempo que transcurre confuso y tenso y que el niño atraviesa entumecido y somnoliento. Cuando la precaria tapadera que ha protegido su refugio se diluye de nuevo en la oscuridad, cansado pero decidido, rescata su morral con los escasos alimentos que se ha procurado, sale del agujero y huye hacia el norte, hacia la inmensa llanura -que en el inhumano estío elegido para su escapada se le presentará infinita y árida, ardiente y seca- que hasta ese momento había constituido el límite de su infantil existencia. Pensó que se encontraba en el lugar más alejado del pueblo en el que se había estado en toda su vida. Lo que se extendía frente a las plantas de sus pies era para él, sencillamente, tierra incógnita.

Intemperie es el relato de esta huida, un relato descarnado, muy duro, crudo y violento, primitivo y bestial, en el que el estilo, el lenguaje, la calidad de la prosa se imponen -y ello ha dado lugar, paradójicamente, a la única crítica negativa que yo he podido leer, como luego comentaré- a la historia narrada, a los acontecimientos o vicisitudes -todos trágicos, intensos- que vivirá el niño en su terrible experiencia. Y es que en su desesperada fuga -pues quienes rastrean el campo en su busca son, en realidad, sus perseguidores- encadenará contratiempos y desgracias, padecerá hambre, sed y enfermedad, será hostigado y traicionado, sufrirá odiosas vejaciones, ejecutará -sintiéndose culpable- venganzas, y conocerá también (como podréis apreciar el breve fragmento que dejo como cierre a esta reseña) el dulzor de la ternura y algunos atisbos de una noble humanidad, en una acción dramática que se desarrolla en un paisaje polvoriento y desolador, inclemente y hostil, y de la que formarán parte muy escasos personajes: un viejo y bonancible cabrero, un tullido siniestro, un alguacil brutal, sus obedientes y obtusos ayudantes...

La novela trascurre en un espacio indefinido dotado de una dimensión cercana a lo mitológico, y ese es uno de sus mayores logros, en cuanto la ausencia de concreción permite una lectura más universal, arquetípica, del libro, a lo que contribuye también el valor simbólico que se atribuye a los personajes: la inocencia del niño, la justicia y la compasión del pastor, la ferocidad del poder encarnada en el atroz alguacil. No hay un lugar reconocible, no hay referencias reales, no hay nombres, no hay fechas, no hay ninguna indicación que nos permita situar el relato en un tiempo o un espacio determinados (Recordó el globo terráqueo de cartón que había en la escuela. Una esfera grande que apenas se mantenía en pie de tanta holgura como tenía su peana de madera. Mirándola resultaba fácil saber el lugar en el que estaba el llano, porque los dedos de varias generaciones de niños habían ido desgastando, año tras año, el punto donde se encontraba el pueblo, hasta borrar el país entero y el mar que lo rodeaba). Cierto es que algunos detalles apuntados sin demasiado énfasis, sin obvios subrayados, pueden aludir, quizá, a la España terrible de los primeros años del franquismo, pero todo ello es conjetural y, en cualquier caso, no limita el valor de la obra circunscribiéndolo a la sólita denuncia social ni mucho menos política de un régimen agobiante y represor, autoritario y asesino. El niño luchará en su escapada contra las fuerzas de la naturaleza, contra el terror, contra la miseria, contra el mal, contra la mezquindad, contra la violencia, en definitiva contra los hombres. Hablamos de funestas categorías morales, pues, eternas acompañantes del ser humano en su tantas veces triste deambular por la tierra, y no ceñidas por tanto -aunque en ocasiones sí exacerbadas por ellos- a determinados regímenes políticos o a concretos momentos históricos. Desde este punto de vista, como ha resaltado su autor en cuanta entrevista televisiva o periodística con él he podido leer, dentro de su carácter esencialmente metafórico el libro gira en torno a la idea de la dignidad (que consiste -nos dice Carrasco- en ser capaz de mantener la postura después de sufrir las inclemencias de la vida), en una propuesta de un valor ético indudable.

Novela, también, de iniciación, Intemperie da cuenta del despertar a la vida de un niño que debe crecer en un entorno de una hostilidad desmesurada hasta encontrar su propio espacio a través del sufrimiento y la violencia, también de la entrega y la bondad, para poder, por fin, regresar a casa transformado y ya del todo adulto, en una línea argumental reconocible en algunos grandes clásicos de la literatura. Esta idea profunda de “aprendizaje vital” impregna el libro entero, aflorando en numerosos pasajes: Se estaba marchando y eso le bastaba. Sabía que manteniendo invariable el rumbo, tarde o temprano se cruzaría con alguien o con algo. Era sólo cuestión de tiempo. Como mucho, daría la vuelta al mundo para volver a toparse con el pueblo. Entonces ya daría igual. Sus puños serían duros como la roca. Es más: sus puños serían de roca. Habría vagado casi eternamente y, aunque no hubiera encontrado a nadie, habría aprendido de sí y de la Tierra lo suficiente como para que el alguacil no pudiera someterle más. En su doloroso periplo, el niño parece en muchas ocasiones al borde de la rendición, de la renuncia, decidido a abandonar su desesperante lucha contra la naturaleza y los hombres y regresar a casa. Al final completa su muy onerosa evolución, como refleja este párrafo que nos desvela, además, el sentido último del libro y de su título: Entendió que el viejo no sería quien le entregara la llave del mundo de los adultos, ese en el que la violencia se empleaba sin más razón que la codicia o la lujuria. Él había ejercido la violencia tal y como había visto hacer siempre a quienes le rodeaban y ahora, como ellos, reclamaba su parte de impunidad. La intemperie le había empujado mucho más allá de lo que sabía y de lo que no sabía acerca de la vida. Le había llevado hasta el mismo borde de la muerte y allí, en medio de un campo de terror, él había levantado la espada en lugar de poner el cuello. Sentía que había bebido la sangre que convierte a los niños en guerreros, y, a los hombres, en seres invulnerables. Y así, al término de su experiencia el niño comprende el implacable sinsentido de nuestro doloroso paso por el mundo (Ningún reconocimiento, ninguna recompensa. La ley del llano), mientras agradece una breve tregua del destino (Allí permaneció mientras duró la lluvia, mirando cómo Dios aflojaba por un rato las tuercas de su tormento).

Y si la propuesta temática de Intemperie ya resulta sobresaliente, lo es más en cuanto se articula a través de un lenguaje muy rico, pues Carrasco maneja un léxico excepcional, quizá algo anacrónico en cuanto vinculado a un mundo rural en trance de desaparición (las gozosas consultas al diccionario se hacen obligadas y constantes), pero en cualquier caso infrecuente, deslumbrante y soberbio. Además, la prosa es sobria, escueta, despojada (quitar, quitar y quitar, es el mantra que mueve la escritura del autor que aspira, según confesión propia, a ser el rey de la poda), acomodándose con coherencia a la descarnada brutalidad de la historia narrada. Todo en el tratamiento formal de la novela, la amplitud y la precisión del lenguaje, el ritmo pautado por frases cortas, la elegancia en la descripción de las escenas más crudas y violentas, la voluntaria indefinición en la que se dejan los elementos que desencadenan la fuga del chico y que sólo irán desvelándose de un modo sutil e indirecto a través de alusiones (sugerir, dejar interpretar a los demás, es, para el propio Carrasco la intención última de su tarea literaria), aparece traspasado por una muy notoria voluntad de estilo, lo cual ha provocado, como anticipé al comienzo de mi comentario, algunos reproches de la crítica. Es el caso de la reseña que José María Pozuelo Yvancos hizo del libro en el suplemento cultural del ABC, al considerar su autor que la brillantez estilística opera como pantalla que distrae, por exceso de significante, de la correcta comprensión del significado, en un severo dictamen que, valorando la novela y su escritura (nadie de su generación escribe hoy como lo hace Jesús Carrasco), subraya sin embargo el formalismo excesivo, el ensimismamiento autocomplaciente y el forzado alarde estilístico del novel escritor.

Un último apunte, antes de la despedida, a propósito de las múltiples referencias que pueden encontrarse en Intemperie, una novela llena de resonancias, con infinidad de ecos de otras obras. Ya he hablado del libro como novela de iniciación, pero algo hay en él también de western o de desgarrada tragedia clásica. El Cormac McCarthy de La Carretera, que comenté aquí hace unas semanas, se hace presente de continuo en la lectura, como también el Delibes profundo retratista del campo castellano. Igualmente, hay claras concomitancias con David Vann y su Sukkwan Island, reseñada tiempo atrás en este espacio. Se trata de curiosos “parecidos razonables” que no merman la originalidad de la propuesta de este interesantísimo y muy recomendable Intemperie que hoy os he querido proponer con entusiasmo.

Como acompañamiento musical indirectamente alusivo al universo del libro os dejo una canción de Neil Young, que en estos días cumple setenta años y al que he dedicado un doble homenaje en Buscando leones en las nubes, mi otro espacio en Radio Universidad de Salamanca. Are you ready for the country?, con sus menciones al campo, a un verdugo, a Dios, resulta apropiada para ilustrar mi comentario sobre Intemperie.


Encontró el equipaje del pastor en el mismo lugar en el que lo había dejado, pero su lecho estaba vacío. Se agachó junto al ropón y pasó una mano por encima tratando de confirmar lo que sus ojos veían. La tensión que traía se evaporó y él la sintió elevarse hasta unirse con la corriente térmica que ascendía junto al muro. Se sentó al lado del lecho del viejo y, con los codos sobre las rodillas, se tapó la cara y comenzó a llorar. La escapada infantil, el sol abrasador, el llano incapaz de inclinarse a su favor. Sintió la inmutabilidad de lo que le rodeaba, la misma calidad inerte en todo cuanto podía tocar o ver y, por primera vez desde que inició su huida, tuvo miedo de morir. Le estremecía la posibilidad de seguir su camino solo y, como un fogonazo rojizo, se le aparecieron las siluetas de su casa, al borde de la vía del tren, y del silo. Regresar por decisión propia. Abandonar su desesperante lucha contra la naturaleza y los hombres y regresar a casa. No al hogar, sino al simple cobijo. Volver en peores condiciones de las que tenía antes de partir. No era el hijo pródigo. Era él quien había repudiado a su familia y quien debía enfrentarse a su veredicto. Pensaba así porque el llano le había erosionado de una manera que ni tan siquiera concebía cuando vivía bajo techo. Le agotaba el desamparo y, en momentos como aquél, hubiera cambiado lo más preciado de su ser por un rato de calma o por satisfacer sus necesidades más básicas de una forma tranquila y natural. Protegerse del sol, arrancarle a la tierra cada gota de agua, autolesionarse, deshacer su propio cautiverio, decidir la vida de otros. Cosas todas ellas impropias de su cerebro todavía plástico, de sus huesos por estirar, de sus músculos hipotónicos, de sus formas a las puertas de un molde mayor y más anguloso. Imaginó el cuerpo exánime del viejo siendo arrastrado por la moto del alguacil. Los ayudantes riendo en sus caballos.

En la penumbra, colocó las manos como un recipiente para su cara. Un lugar pequeño y caliente en el que recluirse. Un cubículo desde el que no asistir por obligación a la visión eterna y fútil del llano. En su recogimiento encontró una mano sucia y la otra envuelta en una servilleta polvorienta. La pelota que escondía su pulgar desgarrado y palpitante. Ni siquiera allí había descanso para él.

-Levántate, chico.

La voz del cabrero, fofa y picuda, y su mano huesuda sobre el hombro. El niño se incorporó como un muelle y, sin mirar siquiera al pastor, abrazó su cuerpo enclenque. Se hundió entre sus jirones para fundirse con él, para penetrar en la estancia serena que sus manos acababan de negarle. Era la primera vez que se encontraba tan cerca de alguien sin estar peleando. La primera vez que enfrentaba sus poros con los de otra piel y dejaba fluir por ellos los humores y sustancias que lo conformaban. El pastor le recibió sin decir palabra, como quien acoge a un peregrino o a un exiliado. El chico se abrazó al torso hasta hacer bufar al pastor, molesto. “Las costillas”, dijo, y automáticamente se deshizo del nudo y se separaron. Lo que vino a continuación no fue vergüenza. Acaso una distancia más acorde con las leyes de esa tierra y de ese tiempo. La semilla, en todo caso, estaba echada.

miércoles, 25 de noviembre de 2015

 
DENIS JOHNSON. SUEÑOS DE TRENES
 
Hola, buenas tardes. Una semana más os “asalta” desde Radio Universidad de Salamanca Todos los libros un libro, el breve espacio de recomendaciones literarias que cada miércoles os presenta una sugerencia de lectura que pretendemos siempre variada, interesante y, por encima de todo y aun siendo conscientes de lo relativo de estas calificaciones, de calidad. Con mi propuesta de esta tarde inauguramos, con la leve excusa del otoño ya avanzado, con sus días tan breves, con su vida declinante, una larga serie, que nos llevará hasta el próximo enero, de reseñas centradas en libros de extensión también reducida -sin superar, en la mayor parte de los casos, las ciento cincuenta páginas-, muy propicios pues para estas jornadas de luz languideciente. Pareciera, a propósito de este extraño -y en el fondo infundado e irracional y artificioso y un tanto absurdo- vínculo que acabo de inventarme entre el “tamaño” de una obra y la estación del año, que la primavera o el verano, con sus días interminables, invitaran a la lectura de libros voluminosos en los que se cuentan epopeyas que se extienden durante siglos, sagas que transitan entre generaciones, historias desbordantes por las que pululan centenares de personajes, complejos entramados narrativos poblados de conflictos psicológicos y repletos de amor y celos, odios y venganzas, amistad y heroísmo y secretos y misterio y aventuras y peripecias y crímenes que se desarrollan en cientos de páginas, como si la presencia del sol en el cielo durante tan largas horas nos “obligara” a “escapar” mediante la lectura del contacto con las altas -y por ello insoportables- dosis de “realidad” que acarrea el dominio absoluto y constante de su diurna e implacable claridad. El final del otoño y el inacabable invierno, mientras tanto, aconsejan el adentrarse, fugaz pero intensamente, en estas miniaturas literarias, por darles un nombre poético, en donde todo, el paso del tiempo y las vicisitudes de las existencias de los personajes pero también sus impulsos y sus reflexiones, la sensibilidad, las emociones, la inteligencia, la vida misma, se nos ofrece de un modo concentrado y pulido, ajustado y preciso, como un diamante de dureza extrema que condensa en su reducida dimensión una energía acumulada durante milenios.
 
Estas notas de brevedad y, por así decirlo, “orfebrería”, aparecen sin duda en Sueños de trenes, la novela, en realidad una nouvelle -su autor, el norteamericano Denis Johnson, hace acompañar su título de la expresión: A novella-, con la que quiero abrir esta serie de sucintas y preciosas maravillas literarias. El libro, en traducción de Javier Calvo, fue publicado en enero de este mismo año por el sello editorial Random House Mondadori.
 
Denis Johnson pasa por ser uno de los grandes escritores norteamericanos de las últimas décadas, elogiado por la crítica en cada una de sus obras, reconocido como maestro por bastantes de sus colegas, venerado como autor de culto en los círculos literarios, premiado reiteradamente con importantes galardones de su país y, en definitiva, “ubicado” por todos los “expertos” en lo más alto del escalafón del particular Olimpo de la literatura de Estados Unidos... Y, pese a todos estos antecedentes -o quizá, en parte, por ellos- confieso que siempre me he resistido a leerlo, aunque los principales de sus libros ya han sido traducidos y publicados en España, entre otros Árbol de humo, Hijo de Jesús, El nombre del mundo o Que nadie se mueva. Y no lo he hecho, no he querido leerlo -con una cierta obstinación que, por fin, ha cedido ante este interesante Sueños de trenes del que hoy, brevemente, voy a hablaros y cuyo benéfico influjo quizá pueda llevarme a adentrarme en alguno de sus otros títulos- porque el modo en que ha sido presentado -sobre todo en las reseñas de los suplementos literarios que habitualmente sigo- me muestra un personaje y una literatura que no encajan demasiado (y eso que mis “tragaderas” en este terreno son enormes, casi ilimitadas) en mis particulares, aunque -como digo- generosas preferencias lectoras. Al repasar, en la preparación de este comentario, algunas críticas publicadas años atrás en diferentes ámbitos periodísticos y culturales me he topado con determinadas “descripciones” de su obra que siendo supuestamente elogiosas operaron en su momento en mí con una potencia disuasoria casi insuperable, provocando un apriorístico y furibundo rechazo y dando razón del porqué de mis prevenciones y reticencias. Gótico californiano, distopía post-apocalíptica, farsa-noir, vodevil de espías, thriller metafísico, Vietnam alucinatorio, road-novel delictiva, yonqui-novela-en-cuentos, fantasmagoría de campus, historia serpenteante con efectos alucinógenos, nihilismo mágico, forman parte de la panoplia de comentarios que se han vertido sobre los libros de Johnson y que, al menos desde mi punto de vista, no invitan precisamente a su lectura, antes bien -y así ha sido mi caso- obligan a rehuirlos para siempre. Si además se nos habla -en una crítica a propósito de Urgencias, uno de los relatos recogidos en Hijo de Jesús, al parecer una de su obras mayores- de uno de los mejores relatos jamás escritos en la lengua inglesa, para añadirse a continuación que es una alucinada road movie que empieza con un hombre que llega a la sala de emergencias de un hospital con un cuchillo en el ojo y acaba con un autoestopista que huye del servicio militar, cerrando el círculo con una última línea demoledora. Dentro de ese círculo, una secuencia de pequeños accidentes atraviesa el universo. Y es un universo fragmentado, pero no en el sentido filosófico, sino porque sus dos protagonistas, dos sanitarios del hospital, han robado un puñado de fármacos y están drogados hasta las trancas, entonces no queda más remedio que concluir que habiendo tantas maravillas como las que permanecen sin abrir en bibliotecas y librerías (incluyendo las estanterías de mi propia casa), no resulta demasiado costoso evitar para siempre tales discutibles “joyas” johnsonianas y ocupar el tiempo en disfrutar de cualquier otra obra maestra presumiblemente menos bizarra y tarantiniana. Aunque también es cierto, dicho sea entre paréntesis, que los referentes con los que se relaciona a nuestro “visionario” autor -Cormac McCarthy, Raymond Carver, Flannery O’Connor, Nathaniel Hawthorne o Herman Melville- son casi todos estimables y muy apreciados por mí (aunque otros, como Bukowski, Richard Thompson o William Burroughs, escritores también citados al hablar de Johnson y que he leído -y mucho, en el caso del primero de ellos-, no me interesan especialmente).
 
Y sin embargo, pese a tan pocos propicios antecedentes, Sueños de trenes es una novelita (publicada inicialmente, en 2002, en las páginas de una revista, y más tarde en alguna antología, para aparecer como libro autónomo en 2011) muy interesante que, más allá de su sencilla trama, de la que ahora os hablaré, permite atisbar genuinos valores -literarios y humanos- en la sencilla historia, insisto, que nos narra. Y ello aunque en su transcurso nos encontremos con una significativa muestra de elementos más o menos “delirantes” que parecen ser marca de la casa de su autor: un jornalero chino que escapa de un apresurado e insensato intento de linchamiento -estamos en la Norteamérica de 1917- escabulléndose de quienes pretenden ultimarlo entre las vigas de un puente ferroviario en una escena -con la que cerraré esta reseña- digna del más reconocible slapstick, hombres que aúllan solitarios en los bosques, perros que disparan a sus dueños, un singular indio kootenai que acabará despedazado por un tren, difuntos que se aparecen, fantasmagóricos, a los vivos, una chica-lobo, el Hombre Más Gordo del Mundo o un joven y extraño artista rural llamado Elvis Presley, entre otros llamativos ejemplos de la singular imaginación de su autor.
 
Sueños de trenes cuenta la historia de Robert Grainier, nacido en 1886 y fallecido en 1968, cortador de árboles en los aserraderos de los bosques vírgenes del Oeste americano y esporádico trabajador en las líneas ferroviarias que abren camino al progreso -los trenes a los que se alude en el título, omnipresentes en el libro, tienen un importante valor simbólico en él, como emblemas del desarrollo y la modernización- en aquellas zonas remotas casi inexploradas y habitadas aún -estamos en los primeros años del pasado siglo- por pueblos indios inexorablemente condenados a la extinción. Un hombre común, pobre y modesto, uno de tantos pobladores de la América profunda y rural, llena de silenciosos granjeros, arriscados cazadores, recios vaqueros, valientes colonos y solitarios leñadores, que ve cómo transcurre su existencia sin que nada excepcional reluzca en su oscura y muy áspera vida. Con orígenes familiares imprecisos o más bien desconocidos, nacido quizá en Utah o tal vez en Canadá, con seis o siete años apareció en Idaho -ni que decir tiene que en un tren, uno de los muchos que puntearán su trayectoria vital- con el nombre de su localidad de destino escrito en el dorso de un recibo de banco sujeto con un imperdible a su pechera. Abandona la escuela muy joven, encadena un trabajo tras otro y, reservado, austero, muy serio y sin especiales ambiciones, permanece relativamente ajeno al mundo hasta que, pasados los treinta años, conoce a Gladys, de la que se enamorará y con la que acabará por casarse, siendo padre de la pequeña Kate al poco tiempo. Un incendio en su casa cuando él está ausente, como siempre ocupado en alguna construcción relacionada con el ferrocarril, acaba años después con la vida de sus dos mujeres, un hecho terrible que aniquilará su mundo y cambiará su existencia de modo radical. En una soledad por momentos casi de anacoreta, vivirá desde entonces su frugal existencia en la cabaña que construye en el lugar en que murieron su esposa y su hija, intentando inútilmente recuperar allí la fugaz felicidad de aquellos días, hasta su muerte -el final de una época, en la metáfora más expresiva del libro- con más de ochenta años, cuando ya consumido por la artritis y el reumatismo parecía haber renunciado a su propósito de una vida colmada de sentido.
 
Y esta vida ordinaria se nos narra con conmovedores momentos de belleza y emoción, aunque, como digo, en todo momento esta sencilla linealidad de una existencia más o menos anodina se ve interrumpida por la aparición de lo misterioso, lo sobrenatural, lo mágico... aunque también lo estrambótico, lo desmesurado o lo absurdamente humorístico, en infinidad de sorprendentes episodios que no quiero desvelar.
 
Emotiva evocación a pequeña escala de la epopeya de los pioneros norteamericanos, sugerente interpretación en tamaño reducido del gran relato fundacional de los Estados Unidos, vigorosa apología de la libertad y la naturaleza salvaje, iluminadora metáfora, como se ha dicho, del fin de una época (Y aquella época desapareció para siempre, son las últimas palabras del libro), Sueños de trenes es una novela estimable cuya lectura os recomiendo.
 
Os dejo, para complementar este comentario, con una canción “ferroviaria” de las varias que sobre el tema escribió Johnny Cash. I've Got A Thing About Trains es una estupenda ilustración musical al universo recogido en el libro.
 
 
En el verano de 1917 Robert Grainier participó en el intento de matar a un jornalero chino al que habían pillado robando, o al menos lo acusaban de haber robado, en los almacenes de la compañía ferroviaria Spokane International, en el corredor septentrional de Idaho.
 
Tres empleados del ferrocarril sujetaron bien fuerte al ladrón y lo arrastraron por el largo terraplén que llevaba al puente que se estaba construyendo dieciséis metros por encima del río Moyea. El chino emitía voluminosas ráfagas de una rápida cantinela. Se bamboleaba y se retorcía como una comadreja metida en un saco, golpeando hacia atrás con el puño que le quedaba libre al hombre que lo iba arrastrando por el cuello. Cuando el grupo pasó frente a él, Grainier, viéndolos en apuros, fue a prestarles su ayuda y se encontró a sí mismo agarrando al culpable por un pie descalzo. El hombre que caminaba por delante de él, el señor Sears de la dirección de la Spokane International, llevaba agarrado casi inútilmente al prisionero por el sobaco y era el único de todos, además del ininteligible chino, que iba hablando mientras todos se las veían y se las deseaban.
 
—¡Muchachos, no tengo ni puñetera idea de cómo vamos a hacer esto!
 
¿Acaso lo tenemos que llevar hasta allí?, tuvo ganas de preguntar Grainier, pero le pareció mejor guardarse el aliento para el forcejeo. A Sears se le escapó la risa, con la cara pálida de fatiga y horror. Todos se desplomaron en el polvo, se levantaron y volvieron a caer, con el chino hablando en jerigonza y aterrándolos a los cuatro hasta el punto de que ya daba igual lo que hubieran tenido en mente inicialmente, ahora sí que era hombre muerto. Ya no les quedaba más opción que tirarlo desde el puente de caballete.
 
Alcanzaron al resto, una cuadrilla de una docena de hombres que estaban descansando al sol, apoyados en sus herramientas, secándose el sudor y contemplando el espectáculo. Grainier aferraba convulsamente el pie calloso del chino, asombrándose de sí mismo, cuando el hombre que llevaba el otro pie lo soltó, se sentó jadeando en el suelo de tierra y recibió una patada en el ojo antes de que Grainier pudiera sujetar la pierna que ahora pataleaba libre.
 
—Ha sido una broma. Una broma —dijo el hombre sentado en la tierra, y al aliado que tenía allí le dijo—: Venga ya, Jel Toomis, dejémoslo correr.
 
—No lo puedo soltar —dijo aquel tal señor Toomis—. ¡Soy el que lo tiene agarrado del cuello!
 
Y se rió mientras una ráfaga de confusión le cruzaba el rostro.
 
—¡Yo lo tengo bien cogido! —dijo Grainier, agarrando con más fuerza en sus brazos los dos pies del pequeño demonio—. ¡Lo tengo yo, al cabrón, y yo me encargo!
 
El grupo de verdugos llegó a la mitad del último tramo de puente completado, veinte metros por encima de los rápidos, y se puso al límite de sus fuerzas para tirar al chino al vacío. Pero él pudo con ellos, se dedicó a aferrarse a sus brazos y piernas y a lloriquear en su jerigonza hasta que de pronto se soltó y se agarró con un brazo a la viga que tenía debajo. Se quitó de encima con facilidad a sus captores, que de todas maneras ya se estaban intentando deshacer de él, y saltó al otro costado, suspendido sobre el abismo y descolgándose con una mano detrás de la otra por la silueta esquelética del tramo siguiente, pasando por encima del río. El compañero del señor Toomis corrió hasta allí, haciendo equilibrios sobre una viga y pisoteándole los dedos al tipo. El chino se fue descolgando de una viga a la siguiente, como si fuera un artista de circo, descendiendo por la estructura de barras entrecruzadas. Un par de trabajadores de la cuadrilla vitorearon su fuga, mientras que otros, aunque no tenían ni idea de por qué lo estaban persiguiendo, gritaron que había que detener al villano. El señor Sears se sacó de la funda que llevaba al cinto un viejo y enorme revólver de pólvora negra de cuatro balas y disparó las cuatro, sin resultado. Para entonces el chino ya se había esfumado.

miércoles, 18 de noviembre de 2015

CHICO BUARQUE. LECHE DERRAMADA. EL HERMANO ALEMÁN 
 
Hola, buenas tardes. Bienvenidos una semana más a Todos los libros un libro. Hoy os traigo, como de costumbre, una novela, el género más habitual en nuestras recomendaciones literarias. He de confesaros que, siendo también lector de ensayo y poesía, soy un adicto a las historias, me entusiasma -aún diría más: necesito- transportarme a otros mundos, conocer otros paisajes, otros territorios, otros países, otras vidas, adentrarme en las existencias de otras personas; y ese prodigioso viaje a las interioridades de otros seres humanos, ese conocimiento siempre algo mágico de las peripecias de nuestros congéneres es especialmente atractivo, no sólo eso, es subyugante, es mágico, es iluminador, es fascinante, es, por otro lado, muy fácil y cómodo cuando se hace a través de las páginas de una buena novela. Basta un sillón acogedor, silencio, buena luz, unas cuantas horas libres... y la vida entera aparece a nuestro alcance con sólo internarse en las primeras frases de un estupendo libro. Y creedme que el que hoy os traigo, la novela que hoy quiero aconsejaros, lo es, es un libro excelente, de amena y entretenida lectura, y que, además, nos permite acceder a todos esos placeres que acabo de enumeraros, porque por sus páginas discurren personajes espléndidos, historias conmovedoras, pasiones intensas y, de propina, la historia entera de un país de fábula, el Brasil de los dos últimos siglos.
 
Vayamos pues con la referencia. Leche derramada es el título de la octava novela publicada (aunque creo que en España sólo han visto la luz tres, ésta, la anterior, Budapest, que, por cierto, a mí no me atrajo demasiado, y la última, una también formidable El hermano alemán, de la que os dejaré alguna breve pincelada al término de esta reseña), del genial Chico Buarque de Holanda, una de las grandes figuras de la música popular brasileña y, por extensión, de la escena artística mundial, dado el enorme impacto de su obra en todo el orbe, su excepcional calidad y su indiscutible prestigio como músico y compositor. Seguro que muchos de vosotros recordáis canciones legendarias como La banda, Olhos nos olhos, Mulheres de Atenas y tantas otras. El libro lo presenta, en traducción de Rita da Costa, la editorial Salamandra.
 
Eulálio Montenegro d’Assumpçao es un anciano centenario, nacido en 1907, que desde la austera habitación de un hospital algo cochambroso y sumido en la más absoluta ruina económica, pero también física y hasta psíquica, rememora su vida, su larga vida, y la de su familia, una estirpe aristocrática que dominó el país durante más de doscientos años. Su tatarabuelo había llegado de Europa, a comienzos del siglo XIX, con Pedro IV de Portugal, el rey que proclamó la independencia de Brasil y se convirtió, con el nombre de Pedro I, en el primer emperador del inmenso territorio brasileño. Los orígenes de la familia del anciano son aún más remotos pues, en otro momento del libro, el protagonista recapitula y constata la existencia, allá por mil cuatrocientos y pico, de un tal doctor Eulálio Ximenez d’Assumpçao, alquimista y médico particular de don Manuel I de Portugal.
 
El libro entero es un extenso monólogo de Eulálio en el que va desgranando los recuerdos de su larga y compleja existencia. Un monólogo que no parece tener un destinatario muy preciso, pues en ocasiones son distintas enfermeras del hospital, o diversos compañeros de habitación, o incluso su hija octogenaria los que supuestamente reciben el desbordante fluir de su memoria. Confundido de continuo por los efectos de la morfina y los calmantes, alterada su percepción de la realidad por los estragos del tiempo y los padecimientos sufridos, el curso de la remembranza del personaje se convierte en una mezcla indiscernible de experiencias vitales realmente vividas hace ochenta años con percepciones distorsionadas del momento presente, en un solapamiento delirante de la evocada presencia de parientes y amigos con la aparición deformada y fantasmal de las personas decisivas de su vida, en una sucesión continua de digresiones, inventos de la imaginación, ensoñaciones, breves fogonazos de lucidez, intuiciones, desvaríos.
 
Éste, precisamente, es uno de los aciertos de la novela, esta capacidad para transmitir la degradación de la memoria en la vejez, los dolorosos meandros por los que transcurre el pensamiento de los ancianos, la fragmentación de la conciencia en las etapas postreras de la vida. La memoria es verdaderamente un pandemonio, pero en su interior está todo. Por poco que hurgue, su dueño podrá encontrar cualquier cosa, dice el protagonista en un momento del libro. Y ese pandemoniun se compone a parte iguales de recuerdos desvaídos y alucinaciones, de ensoñaciones y de borrosos atisbos de momentos del pasado. Qué raro, se asombra Eulálio, esto de tener recuerdos de cosas que todavía no han pasado. Y también: A los viejos nos da por repetir anécdotas antiguas, pero nunca con la misma precisión, porque cada recuerdo es ya un remedo del recuerdo anterior. Y así, vemos pasar la vida entera del personaje, la real y la inventada, la vivida y la soñada, la auténtica y la meramente deseada. Si con la edad nos da por repetir ciertas historias no es por demencia senil, aclara, con lucidez extraordinaria, sino porque algunas historias no paran de ocurrir en nosotros hasta el final de la vida. Y también: Si con la edad nos da por repetir episodios antiguos, palabra por palabra, no es por cansancio del alma, es por esmero. Es para sí mismo que el anciano repite siempre la misma historia, como si así sacara copias de la misma por si se extraviara.
 
Y el centro, el eje vertebrador de esa memoria dañada por la irresistible devastación del tiempo, es Matilde, la joven de diecisiete años con la que Eulálio se casó, enamorado y enardecido, ochenta años atrás y que desde su desaparición, poco tiempo después del matrimonio, en circunstancias que los recuerdos del anciano confunden y distorsionan (no es culpa mía si los hechos vienen a la memoria fuera del orden en que se produjeron, dice), esa Matilde, sentido último de su vida, se convierte en su obsesión y en una de las causas de su decadencia. Y esa misma Matilde espléndida en la lozanía de la juventud, aparece entre jirones de recuerdos, en breves fulguraciones instantáneas, en evocaciones a veces muy nítidas, casi siempre apagadas y mortecinas. Un día comprendí, señala desolado, que empezaba a olvidar la propia fisonomía de Matilde, y fue como si volviera a abandonarme. Era una agonía, cuanto más tiraba de la memoria, más se desdibujaba su imagen. No me quedaban de ella más que colores, algún que otro destello, un recuerdo fluido; mi pensamiento de Matilde tenía formas vagas, era pensar en un país y no en una ciudad. Una lírica, enamorada, poderosa e intensa rememoración de esa Matilde fascinante aflora también en el fragmento que os dejo como cierre de esta reseña.
 
El recuerdo y la invención, aunque tratados aquí desde otra perspectiva, están presentes también en El hermano alemán, la muy exitosa última novela de Chico Buarque que presentó en España hace unos meses el sello editorial Penguin Random House en traducción un tanto “cuestionable” de Mercedes Vaquero (¿o no merece cuestionamiento que la voz narrativa, que surge en algunos capítulos del libro de las profundidades del Brasil de los años sesenta del pasado siglo, hable de “movida”, “guiris”, “pasarse de frenada”, “un curro”? Aunque quizá, tales recursos léxicos, un tanto “desajustados” y fuera de lugar -de tiempo, más exactamente-, ya estén en la obra original).
 
La ficción, pues de ficción novelesca se trata, tiene, no obstante una importante y decisiva base real. Chico Buarque conoció -un tanto tardíamente, a sus veintidós años- el rumor sobre la existencia de un hermano, nacido, al parecer, de una fugaz relación de su padre con una joven alemana en el convulso Berlín de 1930, en el que Sergio de Hollander, el progenitor del escritor y cantante, se desempeñaba como corresponsal de un diario brasileño. Envuelta en la bruma de las conjeturas y en ese silencio impreciso al que los hábitos familiares condenan a ciertas informaciones “delicadas”, la sorprendente noticia permaneció “inexplorada” durante años, y la muerte del padre, tiempo después, cerró cualquier posibilidad de indagación y explicaciones.
 
Pasados los años, en 2012, Buarque retoma su interés por el asunto y lo plasma en su novela, en la que, como he dicho, entremezcla libremente elementos inventados y reales -siendo estos mucho más abundantes que los primeros-, y cuya trama se desencadena a partir del descubrimiento por parte del protagonista -un Ciccio de Hollander en todo trasunto del propio autor- de una carta enviada el 21 de diciembre de 1931 desde Berlín, en la que una tal Anne Ernst da cuenta a su padre de la existencia de un hijo habido tras su estancia berlinesa poco más de un año atrás. A partir de ese hecho Chico Buarque narra su persistente investigación y obsesiva búsqueda -con el telón de fondo de la situación política y social del Brasil de los sesenta y en un relato aliñado con elementos detectivescos, mucho humor y desbordante imaginación (Ciccio fabula constantemente con posibles e inventadas alternativas a la historia)- de ese hermano alemán que, supuestamente, debe vivir en algún lugar de Alemania. Muy interesante en su versión literaria y fascinante en la vivencia real -de la que Buarque da cuenta en las numerosas entrevistas que ha prodigado tras la publicación del libro- la narración avanza en una lectura muy sugestiva y arrebatadora que también os recomiendo.
 
Siendo lo obvio recurrir a una canción del propio Chico Buarque para ilustrar este comentario, renuncio a la idea primera y os dejo en cambio con Marlene Dietrich y una muy conocida pieza de El ángel azul, el clásico de Josef von Sternberg que tan destacado papel desempeña en El hermano alemán.
 
 
No me hagas caso, no todo lo que digo es verdadero, ya sabes que a veces se me va la cabeza. De buen grado volveré a hablarte exclusivamente de los buenos momentos que viví con Matilde, y por favor corrígeme si me equivoco en esto o lo otro. A los viejos nos da por repetir anécdotas antiguas, pero nunca con la misma precisión, porque cada recuerdo es ya un remedo del recuerdo anterior. Un día comprendí que empezaba a olvidar la propia fisonomía de Matilde, y fue como si volviera abandonarme. Era una agonía, cuanto más tiraba de la memoria, más se desdibujaba su imagen. No me quedaban de ella más que colores, algún que otro destello, un recuerdo fluido, mi pensamiento en Matilde tenía formas vagas, era pensar en un páis y no en una ciudad. Era pensar en el tono de su piel, intentar aplicarlo a otras mujeres, pero con el tiempo también he ido olvidando mis deseos, me he cansado de las revistas ilustradas, he perdido la noción del cuerpo femenino. Ya no recibía a tu madre en sueños, ya no rodaba mientras dormía para despertarme en el lado derecho de la cama, donde el colchón permaneció cóncavo tras su partida. Y cuando nos mudamos a las afueras, pude compartir contigo mi cama de matrimonio sin arriesgarme a llamar a Matilde, Matilde, Matilde, o pronunciar palabras inconvenientes e media noche. Incluso viviendo en una casa de una sola estancia, en un barrio de gente corriente, en la calle más ruidosa de una ciudad dormitorio, incluso viviendo en las condiciones de un intocable, en ningún momento perdí la compostura. Usaba pijamas sedosos con el monograma de mi padre y no olvidaba el batín de terciopelo para salir al porche que daba al patio, donde me aseaba en un lavabo con paredes de mortero y suelo de cemento. Mis baños eran trabajosos, pues a modo de ducha había un tubo caprichoso, que tan pronto dejaba caer el agua con cuentagotas como la soltaba a chorro sobre la letrina. Y en tales circunstancias tuve precisamente una tardía y quizá última visión de Matilde, a modo de la fugaz mejoría que precede a la muerte. Debajo de un hilillo de agua, me transportaba a nuestro balo del chalet, soñaba con su copiosa ducha. Delante de una pared sin enyesar, soñaba con azulejos decorados con caballitos de mar, con los snaitarios ingleses de nuestro antiguo baño, cuando sin esfuerzo alguno recordé a Matilde de la cabeza a los pies. Se me apareció con su cuerpo de diecisiete años bajo el chorro de agua caliente, alisándose el pelo hacia atrás y cerrando los ojos con fuerza para que no le entrara jabón. La recordé envuelta en vapor, abriendo los ojos negros para mí, recordé su sonrisa dibujada en los labios, su modo de encogerse de hombros y llamarme con el dedo índice, y llegué a creer que me llamaba hacia el otro mundo.
 
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Siento el ruido de una llave en la cerradura y veo cómo gira el pomo. Paralizado frente a la puerta por donde entrará mi hermano alemán, repaso en la memoria las ideas más fantasiosas que concebí sobre él desde que supe de su existencia. Recuerdo cuántas veces soñé con él, cada sueño con una cara diferente, rostros que se transfiguraban en el acuario del sueño, seres que se desvanecían con la luz de la mañana, durante los años en los que ansié este encuentro. Y ahora ya no quiero que la puerta se abra; si por mí fuera, ese pomo podría girar a perpetuidad en falso. Prefiero continuar viendo a mi hermano en sueños, con su cara aún por definir. Pienso que verlo así, a quemarropa, con excesiva nitidez, será como ver en la pantalla del cine al personaje de una novela que imagino palabra a palabra, mientras la leo. Será como el haz de un foco sobre el protagonista de una obra que leía a la luz de una vela, porque sus facciones se perfeccionaban al tiempo que se volvían más imprecisas. Si pudiese, imploraría a mi hermano que me esperase allá fuera, para ser de nuevo el bulto nocturno que vislumbré de paso. Pero la puerta rechina, el pomo deshace su giro, y a quien tengo delante de mí no puede ser mi hermano alemán.