Vivo entre muchos libros y extraigo una gran parte de mis ganas de vivir del hecho de que aún leeré la mayoría de ellos. (Elias Canetti)

miércoles, 25 de octubre de 2023

NUCCIO ORDINE. LOS HOMBRES NO SON ISLAS
  
Hola, buenas tardes. Bienvenidos a Todos los libros un libro, el programa de reseñas literarias de Radio Universidad de Salamanca. Esta tarde quiero hablaros de un excelente libro que comparece aquí por una doble razón de oportunidad. En primer lugar porque, como sabéis quienes nos seguís habitualmente, en este mes de octubre, y coincidiendo con la celebración de la ceremonia de entrega de los Premios Princesa de Asturias correspondientes a 2023, que tuvo lugar en Oviedo hace unos días, el pasado 20 de octubre, estamos dedicando nuestras emisiones a autores premiados tanto en convocatorias anteriores como en la actual. Así, iniciábamos el mes con el recordatorio de Fred Vargas, la espléndida escritora francesa, que obtuvo el galardón, en su categoría de Letras, en el año 2018. Continuábamos la serie, hace quince días, con Leonardo Padura, que lo consiguió, en el mismo apartado, en 2015. Y cerrábamos el repaso en nuestro programa del miércoles pasado con Haruki Murakami, al que se le concedió, siempre en la misma sección literaria de los premios, en la edición de este mismo año. Esta tarde, y siguiendo la pauta marcada, clausuramos el ciclo trayendo aquí a otro premiado de 2023, aunque esta vez en la categoría de Comunicación y Humanidades, el infortunado Nuccio Ordine. Y la presencia del crítico, ensayista, erudito y muy sabio profesor de Calabria obedece también a una segunda razón, además de la ya referida, y es mi voluntad de homenajear desde aquí a una figura muy querida por mí, que, por desgracia, falleció en junio de este año, cuando ya se le había concedido el Premio, que se falló en mayo, por lo que, como es obvio, no pudo recibir los muy merecidos honores que se le tributaron, lamentablemente “in absentia”, en la capital asturiana. 

Nuccio Ordine ya “estuvo” en Todos los libros un libro hace ahora tres años, en octubre de 2020, cuando presenté dos de sus obras más conocidas, sin duda las más divulgadas y traducidas, la magistral La utilidad de lo inútil, y la también espléndida Clásicos para la vida, ambas publicadas en nuestro país en la editorial Acantilado en traducción de Jordi Bayod. Ahora quiero recomendaros la lectura de su, por ahora, último libro aparecido en España, en la misma editorial y con idéntico traductor, Los hombres no son islas. Acantilado acaba de poner en las librerías otro libro del italiano, unas en apariencia muy sugestivas conversaciones con el filósofo George Steiner, que han visto la luz con el título de George Steiner, el huésped incómodo, que aún no he podido leer. Además, desde hace diez días y en tres lunes consecutivos, os estoy ofreciendo en mi otro espacio de Radio Universidad de Salamanca, Buscando leones en las nubes, una serie de programas centrados en cada uno de los libros de Ordine que acabo de mencionar. Así, fragmentos de La utilidad de lo inútil, envueltos en la absorbente música de Cassandra Wilson, constituyeron el centro de la primera emisión, que salió al aire el 16 de octubre. Anteayer, día 23, fue Clásicos para la vida el que protagonizó el espacio, con mi lectura de trece textos extraídos del libro y complementados con la música de Stacey Kent, otra formidable cantante de jazz. Kent es la responsable también de la banda sonora del tercer programa del ciclo, que se emitirá el próximo lunes 30 de octubre y en el que os presentaré doce breves fragmentos de Los hombres no son islas, mi propuesta de esta tarde, aquí, en Todos los libros un libro

Nuccio Ordine, nacido en Diamante, un pequeño pueblo calabrés, fue profesor en numerosas universidades, incluyendo Yale, la Universidad de Nueva York, la Sorbona, el Instituto Warburg, la Universidad Católica de Eichstätt-Ingolstadt y, por supuesto la de su Calabria natal. Fue miembro honorario también del Instituto de Filosofía de la Academia Rusa de Ciencias y miembro de la Académie Royale de Belgique. Responsable de una muy nutrida obra ensayística y de pensamiento, se hizo acreedor a una treintena de prestigiosos premios, le fueron concedidos numerosos doctorados honoris causa y fue nombrado Comendador y Caballero de diferentes Órdenes, la del Mérito de la República Italiana y la Legión de Honor francesa entre otras. Fue, igualmente, colaborador habitual en las páginas culturales de El País y el Corriere della Sera, periódico este último que le brindó una columna semanal en la que vieron la luz por primera vez los textos de Clásicos para la vida, del que os hablé hace tres años y con el que este Los hombres no son islas que hoy quiero recomendaros guarda muchas concomitancias. Pero no solo con él, también hay muchos vínculos con La utilidad de lo inútil porque las tres obras mencionadas tienen bastantes puntos en común. 

La tesis de fondo de La utilidad de lo inútil, que aflora en muchos de los capítulos de Los hombres no son islas, es que en este mundo productivista y “eficiente”, economicista y utilitario, en el que casi cualquier dimensión de nuestras vidas está, de un modo u otro, subordinada al rendimiento y el dinero, al beneficio y el éxito comercial, al interés y al poder, a lo lucrativo y la rentabilidad, en este brutal contexto que nos asfixia por doquier, resulta necesario -más aún, indispensable- defender la utilidad de los saberes que no producen resultados inmediatos, tangibles, constatables en las cuentas de resultados de gobiernos, empresas e instituciones (en particular las académicas). Las humanidades, el arte, la literatura, la filosofía, la poesía, la historia, la música, las ciencias no aplicadas, la cultura, la imaginación, la curiosidad, la reflexión, el razonamiento y el pensamiento crítico, el profundo saber y el conocimiento verdadero, el cultivo del espíritu, en fin, deben formar parte de las enseñanzas que se imparten en las aulas y, obviamente, “impregnar” la vida de todos los ciudadanos. 

Pero es en relación con Clásicos para la vida en donde las confluencias con el libro que nos ocupa resultan más evidentes. El cuerpo principal de Clásicos para la vida lo constituye la selección, impecable, de cincuenta fragmentos de otros tantos grandes autores clásicos, a los que de manera muy sucinta -un par de páginas en la mayor parte de los casos- el antólogo incorpora algunas notas significativas, profundas glosas, interesantes comentarios, en los que su inteligencia y su sensibilidad resaltan enfoques, ideas, explicaciones, siempre sabias, que amplían los ecos de unos textos ya de por sí cautivadores. En el estudio preliminar del libro Ordine confiesa que durante más de quince años leía en clase a sus estudiantes, una vez por semana, citas de obras en verso o en prosa no necesariamente vinculadas al programa de la asignatura que impartía. Esa experiencia, muy fructífera, se prolongó, por así decirlo, en una columna, de título ControVerso, en el semanario Sette, del Corriere della Sera, en el que fueron apareciendo algunos de esos fragmentos acompañados de las reflexiones del filósofo y profesor sobre los temas evocados en los textos. Y, como ya he señalado, algunas de esas colaboraciones, las publicadas entre septiembre de 2014 y agosto de 2015, integraron su libro, del mismo modo y con idéntico esquema que este Los hombres no son islas, que consiste, tras un largo estudio preliminar, en la selección de otros cincuenta textos clásicos, cuyos comentarios aparecieron en el Corriere en la temporada siguiente a aquella, esto es entre septiembre de 2015 y agosto de 2016. En ambos casos estamos ante una categórica reivindicación de la lectura de los clásicos, por la belleza, la inteligencia y la sensibilidad intrínsecas a las diferentes obras, pero también por su “perdurabilidad”, es decir por su capacidad, tantos siglos después, para sugerir, enseñar, iluminar, interpelarnos y hacernos reflexionar sobre algunos asuntos esenciales de la vida humana de hoy en día: la libertad, la sencillez, la dignidad, la honradez y el desapego de los bienes materiales, la igualdad y la justicia, la lucha contra la discriminación, la solidaridad y el compromiso, la fraternidad, el paso del tiempo, la fragilidad de la existencia, la sabiduría y el afán de conocimiento, la enseñanza, la educación y la institución escolar, la lectura y sus dones, la importancia del esfuerzo y el trabajo, el rechazo al egoísmo y el repudio de la hipocresía, las peligrosas pulsiones identitarias y nacionalistas, la búsqueda del bienestar, de la paz, de la convivencia civil, el valor del humanismo, de la ciencia, de la cultura, el amor y el sexo, la reivindicación del papel de la mujer en sociedad, el racismo, la inmigración, la violencia, la muerte. 

Los clásicos nos ayudan a vivir es el explícito y significativo subtítulo de un libro que se abre con un amplio estudio preliminar en el que se parte de un muy célebre fragmento de Devociones para circunstancias inminentes, la obra de John Donne, el poeta inglés de finales del XVI y comienzos del XVII: Ningún hombre es una isla, ni se basta a sí mismo; todo hombre es una parte del continente, una parte del océano. Si una porción de tierra fuera desgajada por el mar, Europa entera se vería menguada, como ocurriría con un promontorio donde se hallara la casa de tu amigo o la tuya: la muerte de cualquier hombre me disminuye, porque soy parte de la humanidad; así, nunca pidas a alguien que pregunte por quién doblan las campanas; están doblando por ti. En este largo preámbulo, que ocupa cien de las casi trescientas páginas del libro, Ordine reflexiona sobre los temas mencionados partiendo de una muy bien hilvanada trabazón entre las ideas de los autores que luego recogerá en su selección (y de algunos otros que no aparecen en ella pero sí han tenido un espacio en Clásicos para la vida, como por ejemplo Walt Whitman, Antoine de Saint-Exupéry, Montaigne, Baudelaire o Tolstói, entre otros). Según confesión propia -no del todo fácil de creer-, Ordine no escogió los textos siguiendo una pauta establecida, ateniéndose a cánones, categorías, jerarquizaciones o cualquier otra preocupación clasificatoria, sino dejándose llevar por los intereses de sus estudiantes, las lecturas y relecturas que le ocupaban en cada momento o en los temas de la actualidad más inmediata. Explica también el profesor italiano en su introducción la oportunidad de un texto como el suyo, teniendo en cuenta lo que ocurre en Europa y en el mundo en estos momentos: se construyen muros, se levantan barreras, se extienden cientos de kilómetros de alambre de púa, con el despiadado objetivo de cerrar el paso a una humanidad pobre y sufriente que, arriesgando la vida, intenta escapar de la guerra, del hambre, de los tormentos de las dictaduras y del fanatismo religioso. Miles de personas sin voz, privadas de toda dignidad humana, desafían la aridez de los desiertos, los mares embravecidos y la nieve de las montañas buscando desesperadamente un refugio, un lugar seguro, un cobijo donde poder cultivar la esperanza de un futuro digno. El Mediterráneo—que durante siglos había favorecido los intercambios de mercancías, de lenguas, de cultos, de obras de arte, de manuscritos y de culturas—se ha convertido, en los últimos años, en un féretro líquido en el que se acumulan miles de cadáveres de migrantes adultos y de niños inocentes. Hoy, el Mare Nostrum—y esto vale para cualquier extensión de agua, dulce o salada—es percibido por los partidos xenófobos europeos como una frontera natural y no como una oportunidad para facilitar tránsitos y comunicaciones de un territorio a otro. Perdóneseme la extensión de la cita en aras de su elocuente clarividencia. En esas palabras se puede atisbar también la, a mi juicio, única leve limitación del libro, constatable de continuo a lo largo de sus páginas: la toma de partido por una determinada opción ideológica que, más allá del carácter universal -y por tanto incuestionable- de la mayor parte de sus propuestas, se revela deudora de una muy particular interpretación de la realidad social y política. Peccatta minuta, en cualquier caso, si el lector se logra deshacerse de esas no tan relevantes adherencias ideológicas y se centra en la validez de unas ideas que, en el fondo, no representan otra cosa que los más sustanciales valores de la noble humanidad. 

Más allá de esta introducción, el libro interesa fundamentalmente por el medio centenar de fragmentos seleccionados y comentados, de manera breve pero enjundiosa, por el autor italiano. Unos textos, con extraordinario interés en sí mismos, pues encierran valiosas enseñanzas que la inteligencia, la sabiduría y la lucidez de su “intérprete” saben descubrir, sino que, a la vez, constituyen una formidable invitación y una espléndida puerta de entrada para la lectura completa de las obras de las que están entresacados. Por citar solo alguno de ellos, el que abre la antología es un apólogo de Ludovico Ariosto, que aparece en sus Sátiras, publicadas póstumamente en 1534. En él reelabora la fábula del zorro y la comadreja, narrada por Horacio. En cinco tercetos nos cuenta cómo el asno famélico que se cuela por una grieta en un almacén de grano y come en exceso ante la desbordante tentación que se le presenta, imposibilitado de salir por el hueco con la barriga hinchada como un tonel, se encuentra a un ratoncillo que le aconseja vaciar la tripa, vomitar lo tragado y enflaquecer si quiere volver a atravesar la grieta. Ordine interpreta el apólogo subrayando el alto precio que siempre se paga en el trato con los poderosos y el contacto con la corte y el dinero, y defendiendo una vida libre de ataduras, pues quien quiere conservar su libertad, debe saber renunciar a dones y privilegios. Un texto de la Metafísica de Aristóteles introduce la reflexión sobre el deseo de conocer y la búsqueda del saber a partir del asombro, un afán de sabiduría que no tiene utilidad alguna pues el auténtico conocimiento «no sirve», porque no es servil, porque nos ayuda a hacernos mujeres y hombres libres. De la Nueva Atlántida de Francis Bacon, una obra utópica publicada, también tras la muerte de su autor en la primera mitad del siglo XVII, escoge Ordine un fragmento en el que se relata cómo una nave inglesa, que viaja rumbo a la China y al Japón, se extravía tras una tempestad en el Océano Pacífico. Al borde de la desesperación, los marineros llegan a la pequeña isla de Bensalem, son recibidos con extrema amabilidad por sus autoridades. Cuando, agradecidos por la buena acogida y queriendo demostrar su amabilidad, los náufragos ofrecen regalos a los funcionarios que los atienden se encuentran con que éstos los rechazan, pues el rigor de sus reglas morales impide que quien ya recibe un salario del Estado lo vea incrementado sin necesidad, porque al hombre dos veces pagado se le mira con suspicacia. La mirada humanista de Ordine se detiene en la idea de conjugar humanidad y política, en una concepción del estudio, de la ciencia y del comercio independientes de la política y la religión, y puestos al servicio de los hombres y de su bienestar. La presencia en el libro de El Jardín de senderos que se bifurcan, el ensayo/relato de Jorge Luis Borges presente en Ficciones, su libro de 1944, es la excusa para la introducción de comentarios sobre la naturaleza del tiempo y sobre la relación entre literatura y ciencia, resaltándose los vínculos entre el cuento borgiano y las teorías de dos científicos premios Nobel, Richard Feynman e Ilya Prigogine. Una de las preocupaciones más frecuentes del escritor italiano, el abusivo dominio del dinero en nuestras modernas sociedades comparece en el texto de La ópera de cuatro cuartos, escrita por Bertold Brecht y representada en Berlín en 1928. Bajo una provocadora rúbrica, paráfrasis de las palabras de Brecht, ¿es mejor fundar un banco o desvalijarlo?, el comentario resalta la injusticia que supone la siniestra codicia de bancos y financieros explotando la pobreza de los trabajadores honrados o el drama de los inmigrantes. 

Un texto de la Expulsión de la bestia triunfante, de Giordano Bruno, de cuya obra Ordine era experto sirve al autor para criticar la hipocresía religiosa, que privilegia las ceremonias y rituales de las iglesias frente a la ayuda a los débiles. Los dioses de Bruno, nos dice, se opondrán a un alcalde corrupto, a un político vendido a la mafia, a un prelado que se enriquece con fraudes o a un empresario que oculta cuentas en un paraíso fiscal y no a los cónyuges divorciados, a las parejas que conviven sin matrimonio, a personas del mismo sexo que se aman, o a quien elige la eutanasia cuando ya no puede vivir una vida digna. También contra la corrupción, las ganancias injustas, la venalidad de los gobernantes, la avidez del comercio y los beneficios, clama el profesor italiano en su comentario a los versos de Los Lusiadas, de Luís Vaz de Camões, seleccionados para el libro. E igualmente, en su análisis del soneto de Tommaso Campanella, No es rey quien posee un reino, sino quien sabe reinar, su diatriba se vuelve contra la hipocresía del gran teatro de mundo, contra el oropel y las apariencias que encubren la ignorancia: Podemos llamarnos pintores, monjes o reyes sólo si sabemos mostrar nuestras cualidades pintando, siguiendo la virtud divina y reinando como se debe (…) no cuentan los hábitos, los privilegios de sangre o la herencia: sólo nuestra obra debería permitirnos conquistar prestigio y estima. De la conocida carta de Albert Camus a su maestro de la infancia Louis Germain, enviada cuando el escritor recibió el premio Nobel de Literatura, una misiva emotiva y bellísima que ya había aparecido en Clásicos para la vida, resalta ahora Ordine las que, a su juicio, deben ser las virtudes del buen profesor, alguien capaz de descubrir el talento de sus alumnos y ayudarlos en la búsqueda de su propia verdad, defendiendo a ultranza de la escuela laica. Una defensa, la de la razón y la libertad frente al fanatismo y la intolerancia, que brota de nuevo en el capítulo dedicado a Sebastián Castellion y su panfleto Contra el libelo de Calvino, cuya tesis principal se recoge en el fragmento seleccionado: Afirmar la propia fe no es quemar a un hombre, sino más bien quemarse en ella […] Matar a un hombre no es defender una doctrina, es sólo matar a un hombre. Cuando los ginebrinos mataron a Servet no defendieron una doctrina: mataron a un hombre

Hay una valiosa enseñanza, la que tiene que ver con la humildad intelectual, en el breve párrafo de El jardín de los cerezos, de Antón Chéjov, que Nuccio Ordine elige para integrar su libro, y es que ni en el teatro ni en la vida podemos pretender la evidencia de lo absoluto, el mismo personaje puede ser negativo o positivo, tal y como la misma escena puede ser considerada tragedia o comedia. Todo depende del punto de vista desde el que se observa. Y los valores humanistas afloran también en Fuga de la muerte, el famoso poema escrito en 1945 por Paul Celan y que es un testimonio dramático del brutal exterminio de millones de judíos y, precisamente por ello, un contundente alegato en pro de la palabra frente a la negación de las pruebas, frente al silencio de los exterminadores. El fragmento de El orador, la última obra de una trilogía de Marco Tulio Cicerón dedicada a la retórica, subraya cómo un discurso que se quede en la mera apariencia seductora, en el ornamento, en el maquillaje, sin llevar detrás argumentación, pensamiento y filosofía, no será nunca elocuente. Junto al arte de decir se hace necesario el arte de pensar, reflexión que Ordine traslada al ámbito educativo, en su particular y muy estimable cruzada en contra de la actual banalización de la enseñanza: En contraste con la preeminencia de la didáctica (por desgracia, vigente hoy en las escuelas y universidades), el conocimiento de la disciplina es anterior a todo manual que enseñe a enseñar. La alerta ante, una vez más, la intolerancia y la barbarie, las tentaciones totalitarias de algunas posiciones que, setenta años después del nacismo y el estalinismo, vuelven a amenazar a una Europa extraviada e inhumana, resuena, totalmente vigente en nuestros días, en las palabras de Joseph Conrad en El corazón de las tinieblas que avisan de los peligros de la fuerza bruta: Se apoderaban de todo lo que podían sólo porque podían. Aquello no era más que un robo con violencia, asesinatos con agravantes cometidos a gran escala, y los hombres entregándose ciegamente a ello, como suele suceder con quien se enfrenta a una oscuridad. La conquista de la tierra, que en realidad significa arrebatársela a los que tienen otro color de piel o narices más chatas que las nuestras, no es algo muy bello si lo mira uno de cerca

Entre las muchas referencias que Los hombres no son islas contiene en relación con el valor de los libros y la importancia de la lectura, destacan unos bellísimos versos del canto V del Infierno de Dante en los que los amantes, Francesca da Polenta y Paolo Malatesta, cuñados, adúlteros y asesinados por causa de su amor prohibido, leen una novela francesa en la que se relata el enamoramiento de Lanzarote y Ginebra. Arrebatados por las palabras leídas, se abandonan a su propia pasión y Paolo besará a Francesca bajo el influjo del libro. La literatura puede inspirar a la vida, igual que la vida inspira a la literatura, concluye Ordine, que añade: Lo han enseñado, en contextos muy diferentes, también don Quijote (ávido lector de libros de caballería) y madame Bovary (enamorada de los relatos de amor). El dictamen final es categórico: Un libro puede cambiar la vida. El precioso poema de Emily Dickinson Ninguna fragata, que se glosa en el libro, establece un elocuente paralelismo entre la lectura y el viaje, No hay fragata como un Libro / Para llevarnos por esos Mundos. Y es que, en efecto, la lectura, los libros, la poesía, la escritura, nos transportan y, a un precio muy asequible -Esta Travesía la puede realizar el más pobre / Sin la presión del Peaje-, nos permiten acceder a los más recónditos rincones del alma humana. Una muy juiciosa diatriba contra las absurdas cadenas que impone el matrimonio a la libertad del individuo se halla en un convincente párrafo del Suplemento al viaje de Bougainville, de Denis Diderot que Nuccio Ordine pone ante nuestros ojos: ¿No te parece que nada es más insensato que un precepto que proscribe el cambio que hay en nosotros, que impone una constancia que no puede existir, y que viola la libertad del varón y la mujer, encadenándolos para siempre el uno al otro, que una fidelidad que limita el más caprichoso de los placeres a un mismo individuo, que un juramento de inmutabilidad de dos seres de carne, ante un cielo que no es ni por un instante el mismo? De la obra de John Donne, Devociones para circunstancias inminentes, que constituye la base, como ya se ha señalado, desde la que se levantan las tesis del libro y que da explicación de su título, el profesor italiano subraya el famoso “por quién doblan las campanas” para reflexionar acerca de la fraternidad, pues, como rezan las palabras del poeta isabelino, ningún hombre es una isla, ni se basta a sí mismo; todo hombre es una parte del continente, una parte del océano. (…) la muerte de cualquier hombre me disminuye, porque soy parte de la humanidad. Un nuevo poema muy bello, Las antigüedades de Roma, de Joachim du Bellay, en que se ponen en contraste lo efímero de lo que en su tiempo fue sólido y firme, las murallas, los palacios, las estatuas, los monumentos de Roma, hoy destruidos y en ruina, con la tenaz persistencia de las aguas del Tíber que aún siguen fluyendo hacia el mar, suscita las consideraciones acerca de la fragilidad de las construcciones humanas y la terca resistencia del tiempo. Y del tiempo hablan también, de la eterna circularidad de las estaciones, de la vida y de la muerte, de la luz y de las tinieblas, del renacimiento y la permanencia y la exploración y la experiencia, los versos de los Cuatro Cuartetos de T. S. Eliot que se recogen en el libro. Y ya desde el título de la obra que las acoge, Lamento de la paz, de Erasmo de Róterdam, queda clara la voluntad de su autor, que Ordine comparte, de rechazar el egoísmo, buscar el bienestar de la humanidad, combatir el fanatismo y favorecer la paz y la convivencia civil, frente a las guerras que, por el contrario, solo destruyen a vencidos y vencedores. La figura de Galileo Galilei, en un texto de su Carta a Cristina de Lorena, sirve para poner de manifiesto el conflicto entre los mitos de la religión y las verdades de la ciencia, subrayando que no se debe confundir una afirmación metafórica con una demostración científica. La ciencia, apostilla Ordine, no se estudia en los libros sagrados

El poder de la palabra, instrumento de vida y de muerte, es el tema subyacente al fragmento de Encomio de Helena, del filósofo grecorromano Gorgias. Y otro filósofo, el marxista Gramsci, formula su iracunda soflama contra la indiferencia y el conformismo. En Oda contra los indiferentes clama contra quienes no se implican, no participan, no “ven”: Quien realmente vive no puede no ser ciudadano, no tomar partido. La indiferencia es apatía, es parasitismo, es cobardía, no es vida. El relato más popular de Ernest Hemingway, El viejo y el mar, es leído por Ordine en términos de defensa del esfuerzo, del aliento, de la lucha personal, del coraje, del sufrimiento con dignidad, frente a la espera perezosa de la suerte: La fortuna no se compra (…), sino que se conquista. El agónico combate entre un viejo pescador y un gigantesco marlín en las aguas frente a La Habana conforma un extraordinario himno a la valentía, a la obstinación, al honor, a la piedad, a la esperanza, a la vida como perpetuo teatro de inevitables agonismos. Como el clásico de Hemingway, Siddhartha, de Herman Hesse, fue para mí también una lectura impactante en mi primera juventud. Los hombres no son islas recoge un fragmento del libro, en el que se destaca la importancia de la búsqueda de la sabiduría, del viaje al encuentro con lo esencial de uno mismo, de la errancia intelectual y vital: Sólo estoy en camino. Soy un peregrino. El anticipatorio discurso feminista de Nora, la mujer que en Casa de muñecas, el drama de Ibsen de 1879, abandona, contra los dictados y las costumbres de la época, a su mezquino marido, que la engaña entre vacías declaraciones de amor, escenifica, en la lúcida interpretación de Ordine, escenifica las hipocresías del matrimonio, la duplicidad de las relaciones humanas, el trágico destino de las mujeres condenadas a hacer felices a los hombres, la autoconciencia como opción de libertad. El muy conocido Discurso sobre la servidumbre voluntaria, del gran amigo de Montaigne Étienne de la Boétie, al que ya me referí en Todos los libros un libro en las emisiones dedicadas a Azahara Alonso y Byung-Chul Han, tiene también un capítulo en el libro de Ordine, a partir de un fragmento que sirve al italiano para denunciar las modernas formas de la tiranía y la opresión y enaltecer los valores de la libertad y la rebeldía, frente a la sumisión y el sometimiento que, tantas veces, aceptamos de manera voluntaria. El análisis de La Princesa de Clèves, de Madame de Lafayette, que forma parte de un trabajo más extenso del autor sobre la figura de la aristócrata del siglo XVII francés, se detiene en los temas de la verdad, de la confesión y de los celos. En el amor, en el matrimonio y la pareja, a veces, el no saber, la disimulación honesta, el refrenar la curiosidad, el mantener zonas de sombra puede resultar útil de cara a la recíproca tolerancia

La presencia de “nuestro” Fray Bartolomé de las Casas y su indispensable aunque hoy controvertida Brevísima relación de la destrucción de las Indias, la implacable aunque, insisto, hoy en parte cuestionada denuncia del fraile dominico -exageraciones, datos falsos, cierta generosa inventiva-, en la que, muy pronto, a mediados del siglo XVI, cuando la “conquista” estaba en su pleno apogeo, puso por escrito las masacres que los españoles estaban cometiendo entre los pueblos nativos, permite poner de relieve los abusos del colonialismo, de la explotación, de la codicia asesina y depredadora que, por desgracia, siempre reaparece, en tiempos y lugares distintos, a lo largo de la historia de una Humanidad que con dramática frecuencia no hace honor a su nombre. Por el contrario, la tolerancia, el respeto a todas las creencias, la pacífica convivencia de las distintas religiones, el rechazo a los abusos y las imposiciones, al fanatismo basado en las ideas excluyentes, asoman en el fragmento de una obra y un autor para mí desconocidos, Nathan el sabio, de Gotthold Ephraim Lessing, escritor de la Ilustración alemana del XVIII. Una nueva vuelta al mundo grecolatino se produce con Alejandro o el falso profeta, de Luciano de Samósata, que encierra valiosas enseñanzas sobre la impostura y los falsos profetas, que explotan la esperanza y el miedo de los hombres, siempre temerosos ante la incertidumbre del futuro y proclives, por tanto, a aceptar los engañosos discursos de los embaucadores profesionales, tantas veces hoy encarnados en pensadores y periodistas, en líderes de opinión, en gurús religiosos y dirigentes políticos. Otro libro que también tuvo su espacio en nuestro programa, el Viaje alrededor de mi habitación, de Xavier de Maistre, propicia las reflexiones sobre el silencio, la lentitud, el sosiego y la quietud, también sobre la imaginación, la filosofía y la lectura. De esta última, de, un vez más, la importancia de los libros, habla el fragmento escogido de Recomendaciones para la formación de una biblioteca, escrito por el libertino y erudito francés Gabriel Naudé en 1627. Su texto sobre el contenido y la apariencia externa de los libros provoca la contundente, aunque acertada, afirmación de Ordine: Se precisan muchos siglos para formar una biblioteca. Pero se necesita muy poco para dejarla morir en el silencio y la indiferencia. E igualmente, el “buen leer”, lento y reposado, el aprendizaje con calma y morosidad, con detenimiento y profundidad, tan alejado de la prisa superficial, de la ansiosa celeridad de nuestros tiempos, protagoniza los comentarios en torno al texto extraído de Aurora. Pensamientos acerca de los prejuicios morales, obra de Friedrich Nietzsche. Las reflexiones de Blaise Pascal sobre la objetividad en el arte, presentes en un fragmento de sus Pensamientos, lleva a Ordine a contraponer al filósofo francés y su pesar por no poder hallar un centro absoluto desde el que contemplar el mundo con seguridad, con el enfoque ilusionado de Giordano Bruno que ve en este hecho una fuente de entusiasmo y de gozo: es propiamente la imposibilidad de establecer un centro absoluto, eliminando toda rígida jerarquía, lo que hace de todo ser viviente el verdadero centro del universo. Y son ahora las Cartas familiares, de Francesco Petrarca, las que se traen a colación para reivindicar, como tantas otras veces a lo largo de la obra que hoy os presento, el silencio y el esfuerzo como presupuestos indispensables para la lectura y el estudio, en abierta oposición de las modernas y hedonistas teorías pedagógicas: Un texto, un cuadro, una pieza musical requieren silencio, concentración, dedicación. Sólo las «bellezas fáciles», aquellas que no dejan huella, pueden consumarse en medio del ruido y de la distracción. El rechazo al poder omnímodo del dinero, al lujo superfluo que inútilmente pretende disimular con oropeles la estulticia, a la obscena ostentación y la zafia ordinariez del nuevo rico, aparece en el muy caricaturesco retrato de un patán enriquecido e ignorante, que protagoniza un episodio de la cena de Trimalción, que recoge Petronio en El Satiricón

Del poder de la música, la educación y la cultura para luchar contra la violencia y la intolerancia, ejemplificado en la labor de Claudio Abbado en los barrios de chabolas venezolanos y en el trabajo de Daniel Barenboim con su orquesta de músicos palestinos e israelíes, nos habla Ordine en un capítulo en el que el desencadenante de sus reflexiones es un elocuente fragmento de La música, de Plutarco. Y, siguiendo con el clásico latino, en un texto, esta vez, de su Teseo, aflora la defensa del carácter flexible y dúctil de la identidad, un complejo conjunto de mutaciones y permanencias, de continuas ósmosis entre lo idéntico y lo diverso, y no un rígido, estático e incontaminado conjunto de valores que se esgrimen para discriminar al “otro”, al diferente, al extranjero. Con una nueva cala en el ámbito educativo, tan querido a su autor, el libro nos presenta ahora unos párrafos de las Cartas a un joven poeta, en los que el maestro Rainer Maria Rilke alienta en su interlocutor la búsqueda de la dificultad y la necesidad de “mantenernos en lo difícil”, pues solo así sabremos que nuestra voluntad, nuestros propósitos, nuestros deseos e intenciones, están guiados por una fuerza genuina que no se arredra ante los obstáculos. La apostilla final de Ordine es magistral: ¡Es una lástima que las pedagogías modernas de lo fácil y lo rápido estén corrompiendo a las nuevas generaciones! Sin sacrificio, sin lo «difícil», ¿cómo puede uno conocer y conocerse? Igualmente interesante resulta también el apartado en el que se glosan un muy breve texto de El gallo de oro, de Juan Rulfo, en el que el profesor italiano encuentra valiosas apreciaciones sobre la soledad, la repetición, el destino, las mutaciones repentinas de la fortuna, la miseria, la esperanza, el amor, la arrogancia del dinero y del poder, la muerte, el sedentarismo y el nomadismo. 

No podía faltar, en este exhaustivo repaso por los grandes temas que afectan al ser humano, la presencia del amor, que se muestra, en la dimensión apasionada y turbadora, exaltada e incontenible del enamoramiento, en el bellísimo poema -e inconcluso como tantas otras veces en la poetisa helena- de Safo de Lesbos. En su muy manifiesta voluntad de celebración de los valores democráticos y los derechos universales, Ordine aprovecha los versos de Safo para reivindicar el amor plural, las uniones entre personas del mismo sexo y la sexualidad no necesariamente vinculada a la función reproductiva, frente a la intolerancia de quienes solo conciben una única visión -limitada y represora- de las relaciones afectivas y sexuales. En el mismo orden de cosas, el pronunciamiento contra el fanatismo, la censura, las prohibiciones, esta vez con los libros como protagonistas, está presente en la nota en torno a Sobre la función de la inquisición, el ardiente alegato del fraile del XVII Paolo Sarpi, contrario a la Contrarreforma y el poder clerical, que en su texto fustiga la labor de los censores, inútil a la postre, pues las llamas podrán aniquilar los libros, pero no la fuerza de las palabras. Como parece inexcusable en una antología de este género, las palabras de Séneca están también presentes en la compilación. En concreto, un breve texto de sus Epístolas morales a Lucilio, en el que se nos habla del error -que pasados veinte siglos de la desaparición del filósofo cordobés el ser humano sigue cometiendo- de juzgar a los demás no por quienes son realidad, “desnudos”, sino por su apariencia: a nadie valoramos por lo que realmente es, sino que le añadimos también sus atavíos. Como parece también evidente, en este intenso y muy completo repaso por los clásicos sería imperdonable la ausencia de Shakespeare. En los versos del Rey Lear seleccionados, en los que el monarca, privado de sus privilegios regios, pobre y castigado por la locura, percibe por primera vez en su vida, la carne famélica, la pelada cabeza y los andrajos rotos y raídos de los pobres, la lúcida lectura de Ordine entrevé una enseñanza sustancial: la caída en la pobreza material ayuda a hacerse rico en el espíritu, de la misma manera que la pérdida de la autoridad regia ayuda a conquistar la autoridad moral, y aboga por el despojamiento y la eliminación de lo mucho superfluo de nuestras vidas para así contribuir a la construcción de un mundo más equilibrado y más justo. La Defensa de la poesía de un para mí desconocido Philip Sidney, publicada póstumamente en 1595, una década después de la muerte de su autor, constituye una apasionada apología de la imaginación, de las artes en general y de la función moral de la literatura, a partir de la diferenciación entre el poeta “burócrata”, el mero versificador, que compone con gélida inanidad versos y rimas, y el poeta verdadero, que asienta sus creaciones en la búsqueda del conocimiento. Precisamente esa idea, la que defiende el afán por el saber, la razón y la instrucción, el enciclopedismo, el cuestionamiento crítico de los dogmas, el “impulso heroico” en pro de la verdad y la felicidad del género humano, está en la base del discurso Sobre la mente heroica, que Giambattista Vico dirigió a los estudiantes universitarios en 1732, en Nápoles, con motivo de la inauguración del año académico. El último fragmento presentado está extraído de Las olas, una de las obras mayores de Virginia Woolf. En las palabras de la escritora británica se explicita la gran metáfora que permea Los hombres no son islas: al modo en que las olas reafirman su individualidad en cada nueva acometida de la marea para, luego, reincorporarse al universo común del mar al que pertenecen, y al igual que, siguiendo a John Donne, ningún hombre es una isla sino que forma parte de una entidad múltiple, un “pedazo de continente”, así la lectura que hace Ordine del texto de Woolf subraya el ”mensaje” esencial de su obra con el que ahora, tras su muerte, recordamos al sabio profesor italiano: de la misma manera que el individuo es a la humanidad y la ola al océano, aquí, una ola muere mientras que en otro sitio, de aquella misma agua, nace otra

En fin, cincuenta interesantes motivos, cincuenta textos fundamentales, cincuenta apreciables excusas para adentrarse en otras tantas obras clásicas y, también, para leer este Los hombres no son islas, de un Nuccio Ordine al que esta emisión quiere homenajear con ocasión de su prematura y triste muerte. Os dejo con un fragmento de las notas para el discurso de aceptación del Premio Princesa de Asturias que Ordine había escrito y que no pudo revisar por culpa de su muerte prematura. Este muy avanzado esbozo de conferencia fue distribuido por su viuda y su hermana entre los invitados al acto. Como complemento musical os ofrezco un tema que me ha venido a la memoria a partir de la presencia central de John Donne en el libro comentado. Se trata de una canción magnífica de Van Morrison, Rave on, John Donne, de su álbum de 1983, Inarticulate Speech of the Heart, cuya letra el poeta londinense aparece acompañado de otros grandes nombres de la poesía universal Walt Whitman, Omar Khayyam, William Butler Yeats, Kahlil Gibran.


En abril, al haber sido invitado a la Feria del Libro de Bogotá, tuve la oportunidad de visitar los míticos lugares de la infancia de Gabriel García Márquez: en Aracataca, en Cartagena de Indias, en Barranquilla y en las fincas bananeras de Prado Sevilla redescubrí muchas piezas que ayudaron a componer el rompecabezas de las mágicas Macondo relatadas por Gabo en sus extraordinarias novelas. Allí viví una experiencia humana e intelectual inolvidable: con la ayuda de mis colegas de la Universidad del Magdalena en Santa Marta, visité un pequeño pueblo palafito en la laguna de Ciénaga. A dos horas en barco de tierra firme, muchas familias de pescadores viven en Buenavista. Entre las casas coloridas, suspendidas sobre el agua, se encuentra también la escuela pública. El encuentro con los niños en esas aulas austeras y soleadas, pero rebosantes de vida, me resultó especialmente conmovedor. Vi en los destellos de sus miradas y en sus sonrisas festivas las esperanzas y los miedos, los sueños y las dificultades de quienes se preparan para afrontar la aventura de la vida. Me trajeron a la memoria mis primeros años en la escuela primaria cuando, en mi pueblo natal, al no haberse construido aún la escuela, unos maestros habían convertido unas habitaciones de sus propias casas en improvisadas aulas. Desde 1964 hasta 1967, la escuela pública se reducía a una habitación en la vivienda de mi maestra Ofelia Brancati. Aquellos escasos metros cuadrados encerraban casi toda mi vida: mi profesora, mis libros, mi compañero de pupitre y mis compañeros de clase. Fue allí donde, por primera vez, experimenté la alegría de aprender, la pasión de mis primeros amores, el misterio y el carácter indispensable de la amistad. Allí empecé a cultivar mis sueños: a planificar mis primeros viajes físicos e imaginarios y a pensar en una vida más allá de los estrechos confines de mi lugar de nacimiento. Al haber nacido en un pueblo sin librerías ni bibliotecas, en una casa sin libros y de padres que no habían tenido la oportunidad de cursar estudios de secundaria, sin la escuela pública, sin la Universidad pública y sin mis profesores, seguramente no habría llegado a ser lo que soy hoy en día. La fundación en la década de 1970 de la Universidad de Calabria en una de las regiones más pobres de Italia permitió a miles de jóvenes estudiantes locales acceder a una educación superior de la que nunca habrían podido disfrutar.

Videoconferencia
Nuccio Ordine. Los hombres no son islas

miércoles, 18 de octubre de 2023

HARUKI MURAKAMI. 1Q84

Hola, buenas tardes. Todos los libros un libro, el espacio de propuestas lectoras de Radio Universidad de Salamanca sale a vuestro encuentro una semana más para ofreceros la tercera entrega de la serie de cuatro que durante el mes de octubre estamos dedicando a celebrar los Premios Princesa de Asturias que dentro de un par de días, el próximo 20 de octubre, entregará los galardones correspondientes a 2023. En las dos emisiones precedentes a esta de hoy he “rescatado” mis comentarios de años atrás sobre la obra de otros dos premiados, ambos en la modalidad correspondiente a las Letras, Fred Vargas, que recibió la distinción en 2018, y Leonardo Padura, que la obtuvo en 2015. Son solo dos muestras, aunque bien representativas, del interés que para nuestro programa tienen los originarios Premios Príncipe -hoy Princesa- de Asturias, cuyo palmarés ha estado representado aquí por Mario Vargas Llosa, Miguel Delibes, Gonzalo Torrente Ballester, Emmanuel Carrère, Bob Dylan, Woody Allen, Juan Mayorga, Margaret Atwood, Paul Auster, Leonard Cohen, Antonio Muñoz Molina y John Banville, además de Haruki Murakami y Nuccio Ordine, los dos nombres indiscutibles de la literatura y las humanidades que, premiados este mismo año, protagonizarán la emisión de hoy y la de dentro de siete días con la que cerraremos el ciclo. 

Vayamos, pues, con Murakami. El jurado del Princesa de Asturias, prestigioso y repleto de nombres sobresalientes de la cultura en español (Xosé Ballesteros Rey, Blanca Berasátegui Garaizábal, Anna Caballé Masforroll, Gonzalo Celorio Blasco, Jesús García Calero, José Luis García Delgado, Pablo Gil Cuevas, Francisco Goyanes Martínez, Lola Larumbe Doral, Juan Mayorga Ruano, Carmen Millán Grajales, Leonardo Padura Fuentes, José María Pou Serra, Fernando Rodríguez Lafuente, Ana Santos Aramburo, Jaime Siles Ruiz, Anne-Hélène Suárez Girard, Juan Villoro Ruiz, Santiago Muñoz Machado, director de la Real Academia Española de la lengua y presidente del jurado, y Sergio Vila-Sanjuán Robert, que ejerció de secretario), un elenco insuperable de novelistas, poetas, dramaturgos, críticos, académicos y premiados con anterioridad, concedió por unanimidad el galardón al escritor japonés resaltando la singularidad de su literatura, su alcance universal, su capacidad para conciliar la tradición japonesa y el legado de la cultura occidental en una narrativa ambiciosa e innovadora, que ha sabido expresar algunos de los grandes temas y conflictos de nuestro tiempo: la soledad, la incertidumbre existencial, la deshumanización en las grandes ciudades, el terrorismo, pero también el cuidado del cuerpo o la propia reflexión sobre el quehacer creativo. Su voz, expresada en diferentes géneros, ha llegado a generaciones muy distintas. Haruki Murakami es un gran corredor de fondo de la literatura contemporánea, como reza el acta que recoge la decisión del jurado. 

Haruki Murakami es un escritor de presencia reiterada en Todos los libros un libro. El controvertido autor japonés -sus lectores se cuentan por millones, pero tiene, igualmente, un buen número de detractores; y ambas circunstancias resultan fácilmente entendibles- no fue, inicialmente, un escritor de mi agrado, hasta el punto de que, durante varios años, me resistí con firmeza a leerlo. El universo onírico, el simbolismo algo disparatado, el misticismo cercano a la autoayuda, la ruptura de la lógica convencional, la inverosimilitud de gran parte de sus historias y la presencia de fenómenos sobrenaturales, de episodios que desafían las reglas de la racionalidad no constituían para mí alicientes demasiado sugestivos para adentrarme en sus evanescentes territorios. Fue un azar, como tantas veces en la vida, relativamente tardío -hablo, creo, de 2006-, el que depositó Kafka en la orilla en mis manos, fruto de un inesperado regalo de una amiga. El entusiasmo que me provocó su lectura, expandido por un muy estimulante viaje a Japón en esas fechas, me llevaron a “devorar” (no cabe otro verbo) la mayor parte del resto de su obra novelística (y aún la de otros géneros, como el relato, en Sauce ciego, mujer dormida, o el ensayo, como De qué hablo cuando hablo de correr, una práctica a la que es aficionado el novelista y a la que aluden, velada, innecesaria y algo frívolamente, a mi juicio, las últimas palabras del jurado asturiano). Así ocurrió con Tokio blues, Al sur de la frontera, al oeste del sol, Sputnik, mi amor, Crónica del pájaro que da cuerda al mundo o After dark, encandilado en todos ellos por unas tramas que, pese a que repiten una y otra vez aquellos parámetros que, inicialmente, me resultaban más ajenos (lo excéntrico y hasta “anormal”, lo imprevisible, lo oculto, lo inexplicable, el abierto surrealismo, los enigmas y secretos, la existencia de otros mundos que se entrecruzan con el más tangible que nos rodea, lo fantástico), acabaron por subyugarme hasta estimarlas arrebatadoras y fuertemente adictivas (hay críticos que hablan de “hipnosis colectiva” para referirse al fuerte impacto que provocan las historias de Murakami en sus lectores, y algo así sucede al acceder a sus seductoras narraciones). En julio de 2012, traje aquí Tokyo Blues, el libro que en 2005 fue, en cierto modo, el desencadenante de la actual fiebre Murakami en todo el mundo y en particular en nuestro país. Más recientemente, hace apenas diez meses, en diciembre de 2022, os hablé de su por ahora última y ambiciosa novela, La muerte del comendador (hay otra, más reciente, La ciudad y sus muros inciertos, no traducida aún al español y que aparecerá, previsiblemente, en la primavera de 2024). 

Y esta tarde, ante mi voluntad de homenajear al escritor con ocasión de su presencia en Asturias para recibir su distinción, he decidido ceder el espacio a 1Q84, otra voluminosa novela (más de mil cien páginas) que la editorial Tusquets, responsable de la difusión en España de las creaciones del japonés, publicó en un ya lejano 2011. En febrero de ese año, aparecieron, en un solo tomo, los llamados Libro 1 y 2 de la vasta obra. En octubre de ese mismo 2011, vio la luz el Libro 3 y último. Hay, además, una edición posterior que recoge los tres tomos, presentados en un vistoso estuche. A propósito de las distintas ediciones de los libros de Murakami, y en relación, más en particular, con sus traducciones, ya comenté en este mismo espacio la errática política, cuyas razones, obviamente, se me escapan, que sigue Tusquets a la hora de “dar voz” en español al escritor japonés. “Desaparecida” de Tusquets Lourdes Porta -¡lástima!-, que fue la eficaz responsable de las versiones españolas desde el comienzo de la peripecia editorial de la literatura “murakamiana” en nuestro idioma, se han sucedido los traductores, siendo los últimos Yoko Ogihara y Fernando Cordobés, que se han encargado de La muerte del comendador, y Juan Francisco González Sánchez, que traduce Primera persona del singular, la, por el momento, postrera colección de relatos de Murakami, de 2021. Gabriel Álvarez Martínez, uno de los más “consolidados” traductores del nipón, con hasta cinco de sus libros en su haber, firma la traducción de 1Q84 en la que, siempre desde mi punto de vista de profano desconocedor de la lengua japonesa y de los más elementales secretos de la traducción, llaman la atención algunas opciones elegidas para verter a nuestro idioma expresiones y vocablos que, probablemente, en la obra original, tienen un carácter abiertamente coloquial. Siendo consciente de la dificultad de trasladar términos conversacionales, informales, del lenguaje corriente y hasta popular, conjugando la preservación de las peculiaridades y la particular idiosincrasia de la sociedad en la que surgen, con el mantenimiento de su espíritu, su tono y su estilo en la lengua de destino, lo cierto es que chocan bastante -sin molestar ni entorpecer la lectura- opciones como “disfruté de sus clases como un enano” (página 424 del primer tomo), “fueron a un bar a tomarse unas cañas” (página 452), “y encima se tiene que comer el marrón” (página 543) o “escondo el parné entre el somier y el colchón” (página 570, siempre del volumen primero), puestas en boca de tokiotas “de pura cepa”. Errónea -y no solo discutible- es, abiertamente, la locución “punto y final”, que nos “agrede” en la página 426 de ese primer libro. En fin… 

Adentrarse en las obras de Murakami exige aceptar algunos apriorismos básicos si no se quiere salir “escaldado” a las pocas páginas, irritado el lector por el disparatado universo en el que el talento del autor lo ha introducido, una sucesión de desatinos, situaciones absurdas, despropósitos, sucesos inconcebibles, personajes estrafalarios y, en general, episodios desconcertantes desde la lógica convencional. La portentosa imaginación del escritor lo lleva, en más de una ocasión, al exceso, por lo que hay que estar preparado para lo que uno se va a encontrar si se decide a “conocer” las pintorescas peculiaridades de su mundo literario. La primera de estas premisas inexcusables es la suspensión de la incredulidad. El concepto, con raíces, al parecer, en Aristóteles, fue acuñado por el poeta y filósofo Samuel Taylor Coleridge en 1817 para referirse a la necesidad -que a menudo no requiere de un acto explícito de voluntad, operando con frecuencia de modo automático- de que el lector acepte como ciertos -por descabellados, fantásticos o imposibles que puedan resultar- los fundamentos desde los que se construye un texto literario, siempre que la narración se presente de modo consistente y con una apariencia de verdad. Si, por el contrario, leemos 1Q84 -o cualquier otra obra de Murakami- amparados en el más sensato cartesianismo, bien pertrechados de los recursos racionales con los que acostumbramos a interpretar la realidad, el escepticismo ante tamaña sucesión de dislates y extravagancias nos hará abandonar, enojados, la lectura. A este respecto, a lo largo de la novela hay más de un inciso en los que Murakami parece estar haciendo un guiño a sus propios lectores, como esta reflexión, referida a La crisálida de aire, un libro que ocupa un lugar central en su trama: La gente considera “La crisálida de aire” [vale decir 1Q84, si en efecto se trata de un guiño] una simple novela del género fantástico (…), una inofensiva fábula escrita por una imaginativa estudiante de instituto. De hecho, muchos la han criticado por su inverosimilitud, adelantándose, quizá, a la percepción crítica de quien pueda estar leyendo su libro. E incluso, cuando lo extraño y enrevesado del relato al que la fecunda inventiva del japonés lo ha llevado puede hacer zozobrar el interés del lector, hace decir a uno de los personajes: Toda esta historia avanza demasiado rápido para mí […]. No consigo encontrarle la coherencia, anticipando, quizá, la perplejidad de quien está leyendo y poniendo la venda “autojustificatoria” antes de la más que probable herida de la incomprensión de la audiencia. 

La segunda exigencia para una, a mi juicio, “eficaz” lectura del japonés es una suerte de corolario de la anterior: la fe, la entrega confiada e incondicional al magisterio de Murakami, la concesión al autor de carta blanca para que pueda urdir cuanta historia sorprendente, absurda e improbable se le antoje, en la creencia de que lo importante en la lectura no es tanto la verosimilitud de lo que se cuenta como la eficacia narrativa de la obra. En esta dimensión metaliteraria que siempre incluye el escritor en sus novelas, de nuevo Murakami parece prever la reacción de sus lectores, cuando incluye en su texto un fragmento de una canción, It’s only a paper moon, muy presente en la novela, avisándoles de cuál es el espíritu con el que deben encarar el contacto con su fantasioso universo: Es un mundo circense/falso de principio a fin/pero todo sería real/si creyeses en mí. E incluso, de un modo algo más larvado, yo encuentro una referencia a esta disposición de ánimo que se exige para entrar al “planeta” Murakami: Si no crees en el mundo o si careces de amor, todo será una mera falsificación. En ambos mundos, o estés en el mundo que estés, la línea que divide las hipótesis de los hechos es, en la mayoría de los casos, imperceptible. Esa línea sólo se puede observar con los ojos del corazón. Los ojos del corazón, la fe poética. Y hay en Murakami una voluntad explícita, una recurrente insistencia, en dejar claras sus premisas y en apelar a esa credulidad aceptada por el lector, que se manifiesta en los guiños referidos, en constantes “declaraciones de principios”: Tiene que haber «algo especial». Por lo menos tiene que incluir algo que no pueda predecir. Con respecto a las novelas, eso es lo que yo más valoro. Las cosas predecibles no me interesan. Naturalmente. Son demasiado simples, hace decir a un personaje. Y también: Lo que deseo es burlarme de los círculos literarios. Quiero troncharme de risa de esa banda que no sabe más que reunirse en sótanos lúgubres y farfullar tonterías sobre la misión de la literatura, mientras se hacen la pelota, se lamen las heridas y se hacen la zancadilla los unos a los otros. Voy a burlarme del sistema y ridiculizarlo por completo. ¿No te parece divertido? E igualmente: En lo referente al significado de la crisálida de aire y la Little People, bastantes de los críticos estaban desconcertados o eran incapaces de tomar una decisión. Uno de ellos afirmaba: «La historia es apasionante y arrastra al lector hasta el final, pero el significado de la crisálida de aire y de la Little People permanece en un misterioso mar de preguntas hasta el final». Y aún más: En aquel momento veía la crisálida de aire y a la Little People como si fueran partes de sí mismo. Francamente, no sabía qué significaban, pero eso no le importaba. Lo más importante era si podía aceptarlos o no como algo real

La tercera condición previa para el disfrute de las creaciones del japonés, consecuencia natural de las dos anteriores, es olvidar cualquier hábito de lectura adquirido, obviar la necesidad de explicaciones, de entendimiento, de comprensión que a todos nos acomete ante un producto literario y dejarse llevar por el caudaloso y ciertamente irrefrenable torrente narrativo, ante el encantamiento, la atracción hipnótica, el deslumbramiento maravillado, la fascinación algo alucinógena que transmiten sus historias (otro tanto ocurre, a menudo, con la poesía: ¿qué “quiere decir” un determinado poema, en apariencia ininteligible?). Desde este punto de vista, las novelas de Murakami son arrebatadoras y desde sus primeras páginas atrapan al lector en una vorágine que lo arrastra y zarandea, que lo envuelve en su impetuoso y agitado flujo para, tras cientos de páginas de aglomeración confusa de sucesos, de gente o de cosas en movimiento (en la tercera acepción de “vorágine” en el diccionario de la Real Academia), depositarlo de nuevo, algo desconcertado pero exultante, feliz aunque no del todo indemne tras el “ajetreo”, en la por fin estable, convencional, plácida y consabida orilla de su cotidianidad. ¿A qué responde, en definitiva, la literatura, más que a esa ancestral necesidad humana de escuchar historias, de contarlas y de que nos las cuenten? ¿Alguien se cuestiona, por poco verosímil, la presencia en un relato de una alfombra voladora, de un individuo repentinamente convertido en cucaracha, de un lugar que es el centro del universo y concita en él de manera simultánea todo lo que existe, de una lujuriosa lluvia de flores, de un orate que confunde los molinos con gigantes? ¿Alguien ha dejado de leer, por esa misma razón, Las mil y una noches, La metamorfosis, El Aleph, Cien años de soledad o el Quijote? Adentrémonos, pues, en la obra de Murakami, encarándola con ingenuidad, con inocencia lectora, con ausencia de prejuicios, con rendida predisposición, con voluntad bien determinada de disfrutar de la magia de sus narraciones. 

Unas historias -y hablo ya de 1Q84- de las que resulta imposible dar cuenta, más allá de por el hecho de que muchos pasajes no parezcan tener ni pies ni cabeza, debido a la complejidad del hilo conductor que las articula, a la infinidad de subtramas que se entrecruzan, a la multiplicidad de personajes singulares, a la ingente cantidad de sugerencias, citas, referencias, digresiones, relatos entrelazados, episodios extraordinarios, elementos sorprendentes, giros inesperados que encierran sus -ya se ha dicho- más de mil “multifacéticas” páginas. Son centenares -no exagero- las notas de lectura que conservo de mi primera aproximación al libro (que he releído ahora para completar esta reseña), y su mera consulta revela la imposibilidad de la tarea de dotarlas de un cierto orden y proporcionar a quien sigue nuestro espacio un resumen medianamente coherente de algo que puede parecerse a una trama argumental razonable, cuyo planteamiento pueda despertar en el oyente el interés por leer el libro. Me atreveré, no obstante, pese a la casi segura inviabilidad del intento. 

Estamos en Tokio, en 1984 (las resonancias “orwellianas” de la fecha son explícitas en todo momento a lo largo de la novela, ya desde su mismo título: en japonés, la letra Q y el número 9 son homófonos, ambos se pronuncian kyu, de modo que Murakami deja que Orwell nos “salude” ya antes de abrir el libro). Una chica, Aomame, atrapada en un atasco en una autopista de circunvalación de la capital nipona, se ve obligada, por la urgencia del compromiso al que debe presentarse, a abandonar el taxi que la lleva, usar unas inesperadas escaleras de emergencia que le permiten una insólita salida de la carretera y la depositan en un inhóspito paraje del extrarradio, tomar desde allí el metro, incorporarse a su actividad normal y cumplir la también inusitada obligación profesional hacia la que se dirigía. En paralelo, un joven, Tengo, profesor de matemáticas y escritor en ciernes, recibe el encargo de una editorial para corregir -reescribir, en realidad- una fantasiosa novela, La crisálida de aire, creación de una misteriosa muchacha, Fukaeri, de apenas diecisiete años, con una imaginación y un talento natural para la invención literaria deslumbrantes, pero carente de las habilidades técnicas necesarias para articular una novela que llegue a los lectores. Ambos personajes, Aomame y Tengo, son jóvenes, en torno a los treinta años, solteros, independientes, moviéndose en ámbitos profesionales discretos, ella instructora en un gimnasio y él dando clases en una academia. Cada uno de los dos primeros libros de la trilogía -que en su origen se presentaron por separado mientras que, recuérdese, en España aparecen en un solo tomo- se organizan en veinticuatro capítulos protagonizados en alternancia por uno y otro, en peripecias aparentemente autónomas que se narran en paralelo aunque con vínculos entre ambas que, de modo sutil inicialmente y más explícito a medida que avanza la novela, acaban por entrelazarse (en el tercer libro, las líneas por las que discurre el relato son tres, incorporándose a la narración Ushikawa, un agudo investigador que se suma a la trama, que acentúa en esta tercera entrega los aires de thriller que ya estaban, larvados, en las dos primeras). De hecho, la conexión entre los dos jóvenes -desvelada en las primeras páginas- se retrotrae a veinte años atrás, pues Aomame y Tengo conservan un vívido recuerdo de una leve experiencia que los unió en el pasado, un hecho trivial sucedido en la escuela infantil que compartieron a los diez años: niños algo excéntricos y solitarios, poco integrados entre los demás alumnos, en una ocasión -única, fugaz, en apariencia irrelevante, sin continuidad en un muy escaso, inexistente trato posterior entre ellos durante dos décadas-, en un determinado momento sin especial significación, ella, inopinadamente, cogió de la mano al chico. Ese incidente insustancial dejaría, al parecer, una huella imborrable en ambos. Aquella niña de diez años me agarró la mano y cambió por completo algo que había en mi interior. No sé explicar de manera lógica cómo pudo suceder algo así. Pero en ese momento nos comprendimos uno al otro y nos aceptamos de manera natural. Por completo, casi de forma milagrosa. Esas cosas no ocurren muchas veces en la vida. No, probablemente sólo ocurran una vez, pensará Tengo. Y Aomame, a propósito del incidente: Sí que me acuerdo (…) Aquel año había agarrado la mano de un niño y había jurado seguir amándolo de por vida

El descenso por las extrañas escaleras y la tarea de reescritura de la enigmática novela suponen, en la vida de cada uno de ellos, unos insólitos puntos de inflexión, tras los cuales se abren grietas en la normalidad, se registran sucesos sorprendentes y se producen desajustes en el ordinario desenvolvimiento de sus respectivas existencias, que se ven alteradas por fenómenos desconcertantes (El sistema del mundo empezaba a enloquecer por alguna parte). En síntesis, Tengo y Aomame se adentran en otro mundo, simultáneo al del 1984 en el que “en realidad” viven, un 1Q84 que se “hace notar” en infinidad de detalles que solo ellos dos -cada uno por separado y sin posibilidad de contacto alguno entre sí- pueden percibir (Era igual que el juego de las siete diferencias. Había dos dibujos. Al colgarlos de la pared uno al lado del otro y compararlos, parecían exactamente el mismo dibujo. Sin embargo, inspeccionando cada detalle con atención se percibían algunas pequeñas diferencias): la existencia de dos lunas, unas raras variaciones en el uniforme y el arma reglamentaria de la policía, un cartel publicitario en el que puede advertirse una sutil modificación, los singulares personajes de una novela que parecen tomar carta de naturaleza real, y, sobre todo, los cambios en el interior de sus almas (El mundo ha cambiado y algo está a punto de ocurrir): pálpitos iluminadores, percepciones extrasensoriales, presentimientos y corazonadas reveladores, enigmas de imposible solución, remembranzas nítidas de episodios de improbable recuerdo, desajustes en el transcurrir del día a día, situaciones en las que la lógica no tiene validez, experiencias que les hacen dudar de la realidad que habitan (¿Es ésta la verdadera realidad? ¿No me habré colado en la realidad equivocada?) e incluso de su propia cordura. De vez en cuando tenía la impresión de estar desubicada. «¿Será esto real?», se dirá Aomame. Y, en el mismo sentido, Tengo: ¿Me estaré volviendo loco? No, no puede ser. Mi mente es como un clavo de acero novísimo: sólido, recto e imperturbable. Se clava con precisión y en el ángulo correcto en el núcleo de la realidad. A mí no me pasa nada. Estoy en mi sano juicio. Es el mundo que me rodea el que ha enloquecido. 

En consecuencia, muy pronto empiezan a moverse las aguas bajo la apacible superficie de las cosas. Aomame es, en realidad -¡hay que atarse los machos para escribir esta palabra cuando hablamos de una novela de Murakami!-, una eficaz y justiciera asesina -aunque noble y bienintencionada en las causas que la mueven- que se “desembaraza”, con un sutil, ingenioso y mortífero artilugio, una suerte de refinado y minimalista picahielos, de hombres que han maltratado y abusado sexualmente de niñas y mujeres. Por otro lado, la aparentemente inocua labor de “negro” literario de Tengo se complica, pues, tras su “reelaboración” de La crisálida de aire, el libro alcanza una repercusión sobresaliente, se convierte en un best-seller y despierta el interés de los medios de comunicación por el precoz genio de su supuesta autora, la asocial, jovencísima y muy bella -circunstancias todas que alimentan la atracción mediática- Fukaeri, complicando la existencia de su fraudulento -aunque también recto y generoso- “cocreador”. En ambos casos, la expeditiva, muy profesional y furtiva dedicación de Aomame y las cada vez más problemáticas derivaciones del también oculto desempeño de Tengo, acaban por coincidir en un extraño vínculo con una especie de secta, una congregación religiosa laica, secreta e impenetrable, de nombre Vanguardia, una comuna alternativa, con desconocidas fuentes de financiación, evanescente adscripción ideológica, velados propósitos y prácticas cotidianas delictivas (entre las que se cuenta la presumible explotación sexual de menores), de difícil comprobación al ser sus dominios inaccesibles y objeto de unas férreas condiciones de seguridad de imposible superación para quienes no son miembros de la en exceso prudente colectividad. Fukaeri, que ha huido de la forzada reclusión, es hija del líder de Vanguardia, el cual -y no quiero anticipar nada sustancial; sáltese este párrafo quien quiera obviar la más mínima información que pueda desvelar el encanto del descubrimiento virginal de la trama- será también una de las potenciales víctimas de Aomame, enlazando así, más allá del sorprendente episodio de la infancia, las dos trayectorias. Un lazo que, por cierto, el talento de Murakami va estrechando a medida que avanzan los capítulos alternativos, dejando en uno y otro retazos de la vía paralela que sigue el otro protagonista: el padre de Tengo, cobrador de la NHK, la organización pública de radio y televisión japonesa, que, quizá (todo es ambiguo en Murakami) aparece en una noticia de un periódico que lee Aomame; la Sinfonietta de Janáček, motivo musical recurrente en ambas historias; Chéjov y su relato sobre la isla de Sajalín; las dos lunas que flotaban en el cielo y que perciben Tengo y Aomame, cada uno en su realidad de 1Q84 que solo ellos habitan; entre otras “conexiones”. 

A partir de este frágil y vaporoso entramado argumental -por llamarle algo- la fantasiosa creatividad de Murakami fluye a su antojo y convierte la novela de un encadenamiento de sucesos disparatados, empezando por la inconcebible existencia de las dos lunas: La falta de coherencia se debe a las dos lunas, (…) Son ellas las que lo vuelven todo incoherente, vuelve a avisarnos el autor. Y así, incoherencia tras incoherencia, el libro nos pone en contacto con una novela -la ya mencionada La crisálida de aire- algunos de cuyos personajes -la Little People, unos individuos diminutos que recuerdan a los enanitos de Blancanieves aunque a más pequeña escala- cobran vida saliendo de la boca de una cabra muerta para fabricar, a partir de improbables hilos de aire, una crisálida dentro de la cual la protagonista, inexplicablemente, se desdobla y se convierte en mother y daughter (móter y dóter, en ocasiones). Dicha protagonista es, supuestamente, Fukaeri, la jovencísima muchacha, autora inicial de la novela, que afectada de dislexia apenas es capaz de articular una frase completa, no puede leer en condiciones un libro, escribe de manera rudimentaria, formula las preguntas sin signos de interrogación (no solo gramaticales, en el texto, sino en su expresión oral), parece haber perdido una parte de sus recuerdos, vive recluida en su mundo íntimo y es dueña de una especial clarividencia que le permite acceder a extrañas percepciones. Y hay también un cuervo que habla y aporta sus opiniones a sus interlocutores; y un perro pastor alemán al que le gustan las espinacas; y la habitual y muy “murakamiana” presencia de gatos (que en un relato, intercalado en la historia principal y que os dejo como cierre a esta reseña, habitan “humanizados” una ciudad); y el gran gurú de Vanguardia es un profeta con poderes inconcebibles, capaz de mover un reloj con la fuerza de su mente. Y Tengo identifica a los autores de las llamadas telefónicas por el modo en que suena el teléfono (¡estamos en 1984, no hay tonos personalizados en unos entonces inexistentes móviles!). Y hay un personaje que carece de un cuerpo real; que no era más que la forma de un concepto. Y Aomame se queda embarazada sin haber mantenido relaciones sexuales con ningún hombre y sin haber recurrido, obviamente, al auxilio de la ciencia (como no llamemos ciencia al hecho de que un coito entre otros dos personajes a kilómetros de distancia sea la causa última de su estado de gravidez). Y, en otro orden de cosas, menos delirante pero también bizarro, hay un hombre que encuentra placer en violar a niñas antes de su primera regla, un robusto guardaespaldas gay, creyentes que rechazan la transfusión de sangre y se mueren por voluntad propia, una embarazada de seis meses que se suicida con una ingestión de somníferos, una mujer que asesina a hombres problemáticos mediante una punzada en la nuca con una aguja afilada, hombres que odian a las mujeres, mujeres que odian a los hombres, en enumeración a vuela pluma que se recoge en la novela. 

Instalados en este marco mental y dejada de lado la pregunta “natural” -¿Qué sentido tiene todo esto?-, los lectores están ya preparados para encontrarse con el resto de los motivos habituales, con las “obsesiones” acostumbradas en el muy singular ámbito literario de Murakami, con la extravagancia del mundo que dibuja para nosotros, fruto todo ello de su portentosa imaginación, de su peculiar y surrealista visión de la existencia. ¿Cómo, si no, puede “entenderse” -y es uno solo de los centenares de ejemplos posibles- un párrafo como el siguiente?: Esta cosa pequeñita reacciona de manera tangible ante la escena en la que la Little People y la niña protagonista crean la crisálida de aire dentro del almacén. Dentro de mi útero hay un calor suave pero palpable que desprende una tenue luz anaranjada. Como la propia crisálida de aire. ¿Querrá decir que mi útero funciona como una crisálida de aire? ¿Seré yo la mother y esa cosa pequeñita, mi daugther? ¿Ha tenido la Little People algo que ver en el hecho de que concibiese un bebé de Tengo sin haber mantenido relaciones sexuales? ¿Se han valido arteramente de mi útero para aprovecharlo como crisálida de aire? ¿Estarán intentando utilizarme para conseguir una nueva daughter?, unas reflexiones de Aomame que describen de modo ejemplar el “clima” de la novela. 

“Murakamiana” es la constante ruptura de la causalidad (La causa y el efecto parecen haberse entremezclado (…) No sé qué viene primero y qué después) y de la razón (He llegado al polo norte de la razón), el misterio y los secretos, la labilidad de las fronteras entre el sueño y la vigilia (¿qué tiene de extraño dormirse en ese mundo, soñar y ser incapaz de distinguir si es un sueño o si es real?), la disolución de la realidad y la alusión continua al “otro lado” (Es un mundo ficticio. Un mundo que no existe en la realidad (…) Estoy aquí y, al mismo tiempo, no estoy. Me encuentro simultáneamente en dos lugares), los reiterados “juegos” duales, las confrontaciones, los contrastes (dos lunas, realidad y ficción, sueño y vigilia, 1984 y 1Q84, vida y muerte, racionalidad e imaginación). Y están también los pasajes, las conexiones, los extraños vínculos entre esos dos mundos paralelos, fronteras, intersticios, pasadizos, anomalías, revelaciones, diferencias sutiles, pequeñas quiebras, conductos, circuitos, oscuros agujeros, imperceptibles puntos de contacto, espacios de conexión, códigos ocultos, que comunican la realidad convencional y su misteriosa otra cara. La Sinfonietta de Janáček, la boca de la cabra muerta, una tormenta con truenos y aguaceros, la crisálida de aire, un tobogán en un parque infantil, la propia Fukaeri, la clarividencia del líder de la secta, una mirada imposible que se cruza entre dos seres que no pueden verse, las escaleras de emergencia de la autopista metropolitana, son puertas para el acceso al otro lado, a ese otro mundo de cuyo cielo penden dos lunas, una grande y otra pequeña; a este año de 1Q84, repleto de enigmas

Y aparecen, igualmente, las historias intercaladas -las de los guiliacos “chejovianos”, la de la ciudad de los gatos ya reseñada, entre otras-; y los héroes significados por alguna rareza no ostensible, algún defecto visible, no obstante (las sorprendentes convulsiones faciales de Aomame, el trauma infantil de Tengo) que los hacen profundamente humanos; y el sexo, que aflora en escenas de un erotismo ritualizado, algo frío, como corresponde a individuos solitarios, otra constante de las novelas del nipón. Como lo es también el humor, con detalles sutiles, que el escritor deja caer al paso, sin énfasis especiales, como en los siguientes ejemplos que no me resisto a transcribir: 

Los gruesos pelos rizados de color negro que le quedaban, aferrados alrededor de la cabeza chata y deforme, se extendían más de lo necesario cubriéndole las orejas sin ton ni son. La forma de aquel cabello probablemente haría pensar, a noventa y ocho de cada cien personas, en un pubis. Qué les evocaría a las otras dos personas no le incumbía a Tengo. 

—¿Diga? —preguntó Tengo todavía con la mente espesa. Parecía que, en vez de sesos, tuviera una lechuga congelada dentro de la cabeza. Hay quien no sabe que no se puede congelar la lechuga; una vez descongelada, deja de ser crujiente, con lo que pierde una de sus cualidades más atractivas. 

El siglo XX se aproxima a su fin. Una época muy distinta de aquella en la que Chéjov vivió. Por las calles no corren carruajes ni las señoras llevan corsé. De algún modo, el mundo ha sobrevivido al nazismo, a la bomba atómica y a la música contemporánea. 

Personas que dominen la técnica de patear testículos, como Aomame, seguro que se pueden contar con los dedos de una mano.

Y, como de costumbre, proliferan las comparaciones desconcertantes (todo es una cosa y otra -muy distinta- a la vez): 

Aquel hombre de mediana edad simplemente observaba con la boca cerrada la interminable fila de coches que se extendía ante él, como un pescador veterano que, erguido en la proa, lee la aciaga línea de convergencia de las corrientes marinas. 

Cuando acababa de hablar, un pequeño fragmento de silencio locuaz se quedaba flotando en el estrecho espacio del vehículo, como la miniatura de una nube imaginaria. 

Le vino a la mente la escena del director de orquesta sonriendo y haciendo reverencias hacia el público puesto de pie. Alzaba la cabeza, alzaba los brazos, le daba un apretón de manos al concertino, se daba la vuelta, levantaba ambos brazos, aplaudía a los miembros de la orquesta, se volvía hacia el público y, una vez más, hacía una profunda reverencia. Al cabo de un buen rato de aplausos grabados, éstos empezaron a enmudecer. La sensación era semejante a escuchar con atención una interminable tormenta de arena en Marte. 

Esa niña posee algo valioso. No sé qué, pero lo tiene. Estoy seguro de ello. Tú lo sabes y yo también. Cualquiera puede percibirlo claramente, como el humo de una hoguera en una tarde sin viento.

A veces, los ojos le centelleaban, como una estrella que titila en el cielo nocturno de invierno. Una vez que se callaba, por cualquier motivo, permanecía callado, como una roca en la cara oculta de la Luna. 

Al acercar el auricular al oído, oyó como una ráfaga de viento. Una racha caprichosa que soplaba en un valle angosto, erizando ligeramente el pelaje de unos bellos ciervos que, agachados, bebían del agua cristalina de un arroyo. Pero no era viento. Era la respiración de una persona amplificada por el aparato telefónico. 

—El premio Akutagawa —repitió Tengo, como si trazara aquellas palabras en la arena húmeda con un palo, en grandes caracteres. 

Le había pedido claramente que dejara de llamarlo por teléfono en plena noche. Como un campesino que le implora a Dios que no envíe una plaga de langostas a sus tierras antes de la cosecha. 

La línea de nacimiento del cabello retrocedía al fondo de la frente, y el poco pelo que le quedaba hacía pensar en una pradera a finales de otoño cubierta de escarcha. 

Fukaeri volvió a quedarse callada. Pero esta vez no era un silencio intencionado. Simplemente no entendía el objetivo de la pregunta de Tengo, la idea a la que remitía. La pregunta no llegó a tomar tierra en el terreno de su percepción. Parecía superar los límites de lo significativo y perderse para siempre en el interior de un vacío. Como un solitario cohete de exploración espacial pasando de largo al lado de Plutón. 

Ella tomó asiento en la silla de enfrente. Hiciera lo que hiciese, apenas producía ruido. Como una zorra astuta atravesando el bosque. 

Los medios de comunicación se le echarán encima, como una bandada de murciélagos al anochecer. 

Tal y como iba vestido, con una sudadera gris, unos pantalones a juego y unas zapatillas de deporte gastadas para correr, y con la complexión fuerte que tenía, más que un médico de una clínica parecía el entrenador de un club deportivo universitario que, por más que lo intentaba, era incapaz de pasar de segunda división. 

Y abundan las descripciones minuciosas, los nombres de marcas comerciales, que se detallan con precisión, la infinidad de referencias musicales, la sobreabundancia de citas cultas: Dickens, El clave bien temperado, los Heike-monogatari, Chéjov, Akira Kurosawa, Los hermanos Karamázov, Carl Jung, La rama dorada, de Frazer (del que se resalta el mismo mito que está presente en Apocalyse now y, antes, en El corazón de las tinieblas de Conrad), Proust, Wittgenstein, Isak Dinesen, Memorias de África, Macbeth, 2001: Odisea en el espacio, Sean Connery, el Crimental de un 1984, el clásico de George Orwell, omnipresente (magnífica fuente de citas, leemos). 

Y está también, como es obvio, la temática más “seria”, más filosófica, frecuente también en la literatura del último Premio Princesa de Asturias: las reflexiones sobre la escritura, la metaficción, la búsqueda del sentido de la existencia en una vida sin él, el amor, la confianza, la soledad en las ciudades deshumanizadas, la violencia, en particular la ejercida contra los niños y las mujeres, aunque estas a menudo son libres, fuertes, independientes, “empoderadas”, el tiempo, la identidad (durante un tiempo no supe quién era. Pero es natural, porque en realidad no soy nadie). 

En fin, una vez más, son muchos los motivos para volver a acercarse a una novela de Murakami. La concesión del galardón asturiano, que se le entregará el próximo viernes es una muy buena ocasión para que quien aún no conozca su obra se decida a leerla. Os dejo ahora con La ciudad de los gatos, el cuento intercalado en la narración y, tras él, con uno de los muchos temas musicales que pueblan la novela, y quizá el de mayor significatividad: It's Only a Paper Moon. Aquí os lo dejo en la versión de Nat King Cole que aparece citado en la novela, aunque, que yo recuerde, no directamente en relación con la canción.


Entre ellos había una historia sobre un joven que viajaba a un pueblo dominado por gatos. Se titulaba «El pueblo de los gatos». Se trataba de una historia fantástica escrita por un autor alemán de quien nunca había oído hablar. En el libro se explicaba que había sido escrita en algún momento entre la primera y la segunda guerra mundial. 

El joven viajaba solo, a su gusto, con una única maleta como equipaje. No tenía un destino. Se subía al tren, viajaba y, cuando encontraba un lugar que le atraía, se apeaba. Buscaba alojamiento, visitaba el pueblo y permanecía allí cuanto quería. Si se hartaba, volvía a subirse al tren. Así era como pasaba siempre sus vacaciones. 

Desde la ventana del tren se veía un hermoso río serpenteante, a lo largo del cual se extendían elegantes colinas verdes. En la falda de aquellas colinas había un pueblecillo en el que se respiraba un ambiente de calma. Tenía un viejo puente de piedra. Aquel paisaje lo cautivó. Allí quizá podría probar deliciosos platos a base de trucha de arroyo. Cuando el tren se detuvo en la estación, el joven se apeó con su maleta. Ningún otro pasajero se bajó allí. El tren partió inmediatamente después de que se hubiera bajado. 

En la estación no había empleados. Debía de ser una estación poco transitada. El joven atravesó el puente de piedra y caminó hasta el pueblo. Estaba completamente en silencio. No se veía a nadie. Todos los comercios tenían las persianas bajadas y en el ayuntamiento no había ni un alma. En la recepción del único hotel del pueblo tampoco había nadie. Llamó al timbre, pero nadie acudió. Parecía un pueblo deshabitado. A lo mejor todos estaban echando la siesta. Pero todavía eran las diez y media de la mañana. Demasiado temprano para echar una siesta. O quizá, por algún motivo, la gente había abandonado el pueblo y se había marchado. En cualquier caso, hasta la mañana del día siguiente no llegaría el próximo tren, así que no le quedaba más remedio que pasar allí la noche. Para matar el tiempo, se paseó por el pueblo sin rumbo fijo. 

Pero en realidad aquél era el pueblo de los gatos. Cuando el sol se ponía, numerosos gatos atravesaban el puente de piedra y acudían a la ciudad. Gatos de diferentes tamaños y diferentes especies. Aunque más grandes que un gato normal, seguían siendo gatos. Sorprendido al ver aquello, el joven subió deprisa al campanario que había en medio del pueblo y se escondió. Como si fuera algo rutinario, los gatos abrieron las persianas de las tiendas, o se sentaron delante de los escritorios del ayuntamiento, y cada uno empezó su trabajo. Al cabo de un rato, un grupo aún más numeroso de gatos atravesó el puente y fue a la ciudad. Unos entraban en los comercios y hacían la compra, iban al ayuntamiento y despachaban papeleo burocrático o comían en el restaurante del hotel. Otros bebían cerveza en las tabernas y cantaban alegres canciones gatunas. Unos tocaban el acordeón y otros bailaban al compás. Al poseer visión nocturna, apenas necesitaban luz, pero gracias a que aquella noche la luna llena iluminaba hasta el último rincón del pueblo, el joven pudo observarlo todo desde lo alto del campanario. Cerca del amanecer, los gatos cerraron las tiendas, ultimaron sus respectivos trabajos y ocupaciones y fueron regresando a su lugar de origen atravesando el puente. Al amanecer los gatos ya se habían ido y el pueblo se había quedado desierto de nuevo, entonces el joven bajó, se metió en una cama del hotel y durmió todo cuanto quiso. Cuando le entró hambre, se comió el pan y el pescado que habían sobrado en la cocina del hotel. Luego, cuando a su alrededor todo empezó a oscurecer, volvió a esconderse en lo alto del campanario y observó hasta el albor el comportamiento de los gatos. El tren paraba en la estación antes del mediodía y antes del atardecer. Si se subía en el de la mañana, podría continuar su viaje, y si se subía en el de la tarde, podría regresar al lugar del que procedía. Ningún pasajero se apeaba ni nadie cogía el tren en aquella estación. Y sin embargo el ferrocarril siempre se detenía cumplidamente y partía un minuto después. Por lo tanto, si así lo deseara, podría subirse al tren y abandonar el pueblo de los gatos en cualquier momento. Pero no quiso. Era joven, sentía una profunda curiosidad y estaba lleno de ambición y de ganas de vivir aventuras. Deseaba seguir observando aquel enigmático pueblo de los gatos. Quería saber, si era posible, desde cuándo habían ocupado los gatos aquel pueblo, cómo funcionaba el pueblo y qué demonios hacían allí aquellos animales. Nadie más, aparte de él, debía de haber sido testigo de aquel misterioso espectáculo. 

A la tercera noche, se armó cierto revuelo en la plaza que había bajo el campanario. «¿Qué es eso? ¿No os huele a humano?», soltó uno de los gatos. «Pues ahora que lo dices, últimamente tengo la impresión de que huele raro», asintió olfateando uno de ellos. «La verdad es que yo también lo he notado», añadió otro. «¡Qué raro! Porque no creo que haya venido ningún ser humano», comentó otro de los gatos. «Sí, tienes razón. No es posible que un ser humano haya entrado en el pueblo de los gatos.» «Pero no cabe duda de que huele a uno de ellos.» 

Los gatos formaron varios grupos e inspeccionaron hasta el último rincón del pueblo, como una patrulla vecinal. Cuando se lo toman en serio, los gatos tienen un olfato excelente. No tardaron mucho en darse cuenta de que el olor procedía de lo alto del campanario. El joven oía cómo sus blandas patas subían ágilmente por las escaleras del campanario. «¡Esto es el fin!», pensó. Los gatos parecían muy excitados y enfadados por el olor a humano. Tenían las uñas grandes y aguzadas y los dientes blancos y afilados. Además, aquél era un pueblo en el que los seres humanos no debían adentrarse. No sabía qué suerte le esperaría cuando lo encontraran, pero no creía que fueran a permitirle irse de allí habiendo descubierto el secreto. 

Tres de los gatos subieron hasta el campanario y se pusieron a olfatear. «¡Qué extraño!», dijo uno sacudiendo sus largos bigotes. «Aunque huele a humano, no hay nadie.» «¡Sí que es raro!», comentó otro. «En todo caso, aquí no hay nadie. Busquemos en otra parte.» «¡Esto es de locos!» Movieron extrañados la cabeza y se fueron. Los gatos bajaron las escaleras sin hacer ruido y se esfumaron en medio de la oscuridad nocturna. El joven soltó un suspiro de alivio; a él también le parecía de locos. Los gatos y él habían estado literalmente a un palmo de distancia en un lugar angosto. No habría podido escapárseles. Y sin embargo, parecían no haberlo visto. El joven examinó sus manos. «Las estoy viendo. No me he vuelto invisible. ¡Qué raro! En cualquier caso, por la mañana iré hasta la estación y me marcharé de este pueblo en el primer tren. Quedarme aquí es demasiado peligroso. La suerte no puede durar siempre.» 

Pero al día siguiente, el tren de la mañana no se detuvo en la estación. Pasó delante de sus ojos sin disminuir siquiera la velocidad. Lo mismo ocurrió con el tren de la tarde. Se veía al conductor en su asiento y los rostros de los pasajeros al lado de las ventanillas. Pero el tren no dio señales de que fuera a pararse. Era como si la silueta del joven que esperaba el tren no se reflejara en los ojos de la gente. O como si fuera la estación la que no se reflejara. Cuando el tren de la tarde desapareció a lo lejos, a su alrededor se hizo un silencio absoluto, como nunca antes había sentido. Entonces, el sol empezó a ponerse. «Va siendo hora de que los gatos aparezcan.» El joven supo que se había perdido. «Éste no es el pueblo de los gatos», se dio cuenta al fin. Aquél era el lugar en el que debía perderse. Un lugar ajeno a este mundo que habían dispuesto para él. Y el tren jamás volvería a detenerse en aquella estación para llevarlo a su mundo de origen.
  Videoconferencia
Haruki Murakami. 1Q84 

miércoles, 11 de octubre de 2023

LEONARDO PADURA. LA TRANSPARENCIA DEL TIEMPO; PERSONAS DECENTES

Hola, buenas tardes. Bienvenidos una semana más a Todos los libros un libro que como todos los miércoles sale al aire en Radio Universidad de Salamanca ofreciéndoos una propuesta de lectura que pueda interesaros. En apenas diez días, el próximo 20 de octubre, tendrá lugar en Oviedo la ceremonia de entrega de los Premios Princesa de Asturias correspondientes a este año, unos galardones que en su rama de Letras -pero no solo- han tenido una constante presencia en nuestro espacio, por el que han pasado, en los trece cursos de nuestra ya dilatada presencia en las ondas -y, a través de este blog, también en internet- algunos de los premiados, como Mario Vargas Llosa, Miguel Delibes, Gonzalo Torrente Ballester, Emmanuel Carrère, Bob Dylan, Woody Allen, Juan Mayorga, Margaret Atwood, Paul Auster, Leonard Cohen, Antonio Muñoz Molina, John Banville, Fred Vargas y Leonardo Padura, además de Haruki Murakami y Nuccio Ordine, ganadores este año en las modalidades de Letras y Comunicación y Humanidades, respectivamente. Para festejar nuestros “aciertos” -en la mayor parte de los casos, su protagonismo en Todos los libros un libro es previo al reconocimiento por parte de los distintos jurados asturianos; y muy anterior, incluso, si me refiero a la lectura de sus obras por mi parte-, he querido que todas las emisiones de este mes de octubre en el que se enmarca la formal, protocolaria y sin embargo entrañable ceremonia que tiene lugar cada año en el ovetense Teatro Campoamor se dediquen a celebrar a alguno de los autores “laureados” en los más de cuarenta años de vida de los prestigiosos premios. Así, la semana pasada, recuperaba aquí el programa centrado en Fred Vargas, que presenté originariamente en 2018 con ocasión de su reconocimiento de entonces y que, al no haber visto la luz en la actual fórmula de nuestro espacio, con su grabación en vídeo y su difusión en mi canal de YouTube, merecía, creo, dada la indiscutible brillantez de la escritora francesa y la enorme calidad y el gran interés que encierran sus obras, el que pudiera estar disponible también para quienes nos siguen por ese medio. Dejando para las dos emisiones finales del ciclo, las de los miércoles inmediatamente anterior y posterior a la citada fecha del 20 de octubre, la celebración de las muy sugestivas obras de Haruki Murakami y Nuccio Ordine, premiados, como se ha dicho, en este 2023, el programa de esta tarde se dedica, al igual que en el caso de Vargas, a una suerte de singular “rescate”. 

Y es que nuestro invitado de hoy, Leonardo Padura, que obtuvo el Princesa de Asturias de las Letras por el conjunto de su obra en 2015, ya protagonizó ese mismo año la correspondiente emisión de nuestro espacio, que, del mismo modo que en lo señalado para la novelista francesa, solo salió al aire en su versión radiofónica, ya que, en aquellos lejanos días, Todos los libros un libro no se había abierto todavía al formato de videoconferencia. Por ello lo traigo hoy aquí, de nuevo, aunque con un elemento diferenciador con respecto a la reseña “resucitada” de Fred Vargas. En el caso de esta última, la muy brillante autora parisina no cuenta con ninguna novela nueva desde la fecha de su presencia en el programa, por lo que mis comentarios de hace siete días han sido, en efecto, “repetidos”, a partir de la base de lo sobre ella escribí en su momento. Por el contrario, desde 2015, Leonardo Padura, un autor cubano de novela negra, creador de una serie protagonizada por Mario Conde, un muy particular investigador cuya compleja personalidad es -a mi juicio- uno de los principales alicientes de las historias de las que es el personaje principal, ha dado a la luz dos novelas más de su serie, hasta completar la decena que hasta ahora la integran. Por ello, os contaré algunas generalidades sobre el autor y su personaje que ya estaban en mi reseña de hace ocho años, centrada en su entonces último libro, Herejes, y, a continuación, os dejaré unos breves apuntes sobre los dos más recientes, La transparencia del tiempo y Personas decentes, que, con tramas detectivescas diferentes, como es obvio, se ajustan totalmente a las pautas más representativas de la obra entera del cubano. 

No obstante, mi recomendación no se limitará a los títulos mencionados, sino que se extiende a la serie entera, cuya lectura no es imprescindible (cada libro es autónomo y Padura aporta pistas suficientes como para ubicar al personaje y su entorno), aunque sí aconsejable para la cabal comprensión de las distintas tramas y, sobre todo, para degustar la muy bien “dibujada” atmósfera en la que se enmarcan. Así, desde mi punto de vista, lo apropiado sería empezar por los cuatro primeros, que constituyen una tetralogía cerrada en sí misma, Cuatro estaciones, centrada, obviamente, en las distintas temporadas del año: Pasado perfecto, Vientos de cuaresma, Máscaras y Paisaje de otoño; leyéndola conoceréis los rasgos más destacados del interesante expolicía e investigador privado y podréis familiarizaros con su particular universo. Leonardo Padura es autor también de otros innumerables libros, al margen de esta serie policiaca: novelas, cuentos, ensayos o libros de viaje o de entrevistas. 

Mario Conde, un comemierda con dos doctorados, en expresiva definición del propio personaje, es, como digo, una creación literaria muy poderosa e interesante. Con evidentes concomitancias con otros detectives literarios, Conde es un tipo melancólico, desencantado, escéptico y algo triste que, sobrepasados ya -ahora, en esta última aventura- los sesenta años (viejo y pobre y pesimista, piensa de sí mismo; y también: Sus más de sesenta años ya le pesaban a un organismo sujeto a múltiples y tan prolongados maltratos: alcoholes, desvelos, nicotina y alquitrán, ayunos mal resueltos), pasea su ausencia total de expectativas vitales -al margen de las relacionadas con la vulgar supervivencia-, la irreversible derrota de sus sueños, su abandono de perro apaleado, por las calles de La Habana, una ciudad cuyo deterioro, cuya decadencia corren en paralelo a la del desengañado personaje. En las más recientes entregas de la serie, nuestro protagonista, que hace décadas ha dejado la policía, a la que perteneció durante diez años, moviéndose en el difuso y ambiguo (sobre todo en la Cuba estatalista de las últimas décadas) territorio de la investigación privada, recurre, como tabla de salvación ante la penuria reinante, a la muy delicada pero por entonces todavía jugosa actividad de la compra y venta de libros de segunda mano [en la que] Conde había practicado todas las modalidades en las que se podía ejecutar el negocio. En Personas decentes, hasta esa actividad ha quedado arrumbada, por imposible dadas las condiciones económicas del país, en los recuerdos del pasado y Conde alternará una labor de discreto controlador de excesos en un local nocturno, una esporádica colaboración con la policía en el desentrañamiento de algunos crímenes y, en paralelo, y de ello hablaremos más adelante, su vocación no del todo frustrada de escritor de novelas. 

De su precariedad económica y su desamparo existencial lo salvan unos cuantos amigos entrañables, una amante acogedora e incondicional, algunas rutinas apacibles y la persistencia en un puñado de sueños casi todos inalcanzables. Los amigos son, entre otros, con una fidelidad que desafía el paso del tiempo, el Conejo, Andrés, Candito el Rojo y, sobre todo, el Flaco Carlos, atado a una silla de ruedas, del que cuida con mimo su novia Dulcita. Con ellos -en los que el transcurrir de los años, a medida que se suceden las novelas, el tiempo va haciendo sus inclementes estragos- se reúne cada poco tiempo en unas comidas inenarrables preparadas -con un virtuosismo tanto más llamativo si se conoce la penuria en la que se desenvuelve la sociedad cubana- por Josefina, la amorosa madre del Flaco. En esos encuentros -en los que las muy propicias brumas del alcohol envuelven confidencias, recuerdos, lamentaciones y añoranzas- los amigos filosofan (hablan mierda, como se dice en Herejes) sobre sus vidas y la de su país, sobre las expectativas perdidas, los sueños rotos, las existencias abocadas al fracaso. Los sucesivos perros Basura -a partir de Herejes ya es Basura II el acompañante, y está casi sordo en Personas decentes-, tan desangelados y solitarios y libres como su dueño, forman parte -indudablemente- de este elenco de amigos, así como los parroquianos del bar de los Desesperaos (insisto en que el paso del tiempo hace desaparecer algunas de las personas y escenarios habituales; así ocurre con los Desesperaos, que no comparece en la entrega por ahora postrera de la serie), en los que la cuadrilla se aprovisiona de bebedizos alcohólicos muchas veces intragables si no francamente nocivos para la salud. 

La maternal amante es Tamara, que en una de las primeras novelas del ciclo era la mujer de un corrupto dirigente local que muere asesinado en uno de los casos investigados por Conde. Desde entonces la casa de Tamara es un refugio al que el expolicía acude para encontrar ternura y compañía y complicidad y comprensión y algo parecido a la estabilidad y sexo ya no encendido y pasional aunque sí demorado y recogido y dulce. La relación, en la que cada uno entregaba al otro lo mejor que tenía, sin ceder sus últimos espacios de individualidad, aporta a ambos sosiego, calidez y fuerza para resistir la dura soledad del día a día. En Personas decentes, la mujer, mayor ya, como el propio Conde, se plantea la marcha a Italia, en donde viven su hermana, su hijo y, atracción irresistible, Raffaello, un pequeño nieto de dos años, perspectiva que sume a nuestro protagonista en la tristeza. 

Las rutinas a las que el detective se ancla para sobrellevar la devastación del tiempo, son unos cuantos libros, por encima de todos los de Salinger, también Chandler o Hemingway -del que, sin embargo, acabará “alejándose”-; algunas películas, Chinatown, El halcón maltés, Cinema Paradiso, también, en Herejes, Blade Runner; ciertas músicas de hace cincuenta años, los Beatles, Credence Clearwater Revival, Blood, Sweet and Tears, Elvis, The Mamas and The Papas, Chicago, The Four Seasons y hasta el añejo y para muchos de vosotros desconocido y absolutamente kitsch grupo español de los sesenta ¡Cristina y los Stop!, presente en Herejes. También están, aunque Conde mantiene con ellos una “relación” ambivalente, los Rolling Stones, esenciales en el planteamiento que articula Personas decentes, que sucede en los días de la visita a Cuba de Barack Obama y del concierto en La Habana del legendario grupo de Mick Jagger y Keith Richards. 

Y todo, amigos, amante y rutinas conforman una existencia en la que la constatación de la mediocre realidad -mediocre en lo individual y también en lo social; aunque de esta segunda vertiente, de la ruina económica, política, sociológica y hasta moral de Cuba os hablaré luego- sólo puede combatirse con los sueños, unos sueños que el paso del tiempo y la lucidez de los personajes acaban por convertir en quimeras inaccesibles. ¿Cuántos sueños de futuro acariciados por él y sus amigos, mientras bajaban por aquella misma calle, se habían hecho mierda en el choque brutal contra la realidad vivida? Demasiados…, piensa Conde en un momento del libro. O más adelante: ¿Le preocupaba que él y todos sus amigos se estuvieran poniendo viejos y siguieran sin nada en las manos, como siempre habían estado, o con menos de lo que antes habían estado, pues se les habían perdido incluso las ilusiones, la fe, muchas de las esperanzas prometidas por años y, por descontado, la juventud? Y de entre todos sus sueños, la literatura, escribir una novela parecida a las de Salinger, es el más recurrente y escurridizo (o no tanto, pues resulta evidente que Conde es “muy” Padura, el personaje se asemeja mucho -así me lo parece- a su creador, que sí ha podido escapar de la inhóspita monotonía circundante escribiendo sus propios libros). En los dos últimos títulos por ahora publicados esa aspiración literaria de Mario Conde fragua por fin en una historia narrada por él e imbricada en los hechos que investiga en el “presente” (en La transparencia del tiempo) y en un intento de novela que, como luego veremos, forma parte del texto de Personas decentes, incorporada al libro en capítulos alternos a la trama que en él se cuenta. 

Esta descripción somera del mundo de Conde aparece reflejada en este breve y significativo fragmento de Herejes: Todavía él poseía cuatro tesoros que, en su magnifica conjunción, podía considerar los mejores premios de la vida. Porque tenía buenos libros para leer; tenía un perro loco e hijo de puta del cual cuidar; tenía unos amigos a quienes joder, abrazar, con quienes se podía emborrachar y soltarse a recordar otros tiempos que, en la benéfica distancia, parecían mejores; y tenía una mujer a la que amaba y, si no se equivocaba demasiado, lo amaba a él. Gozaba de todo aquello en un país donde mucha gente apenas tenía nada o iba perdiendo lo poco que le quedaba: porque demasiadas personas con las que cada día se topaba en sus afanes callejeros y le vendían sus libros con la esperanza de salvar sus estómagos, ya habían perdido hasta los mismísimos sueños

Y aquí aparece otro de los elementos muy destacados de las novelas del autor cubano: la triste y muy dura realidad del país caribeño que aflora en ocasiones de modo deliberado y que, en cualquier caso se impone muy a menudo como telón de fondo inevitable, más allá o a pesar de la reflexión consciente del investigador. Padura vive en Cuba, aunque tenga la doble nacionalidad, cubana y española, y viaje con frecuencia a congresos y encuentros de escritores, y, este hecho -su asentamiento en La Habana- revela, en consecuencia (aparte de su amor por la ciudad y su belleza y por sus gentes y su afabilidad), una cierta conformidad (sin duda matizable) con la dictadura castrista, con la que colaboró abiertamente en sus inicios profesionales en los que se desempeñó como periodista en distintas revistas y periódicos afines al Régimen. Sin embargo, en sus libros, la cruda realidad habanera y por extensión cubana, no se nos hurta a los lectores, que podemos conocer así -insisto, no sólo con las reflexiones de expolicía sino con las meras descripciones del marco en que se desenvuelven las tramas de las novelas- la dimensión más verdadera de la vida en Cuba. La pobreza, las limitaciones económicas, los “asentamientos” de aluvión -territorios sin ley-, los centenares de chabolas sin los equipamientos más elementales, los edificios en ruinas (las costras de una ciudad que, bien vista, parecía afectada de lepra, leemos en La transparencia del tiempo), los jardines convertidos en basureros, las mansiones devastadas, los automóviles destartalados, la ausencia de bienes de consumo básico, la carestía de la vida, la precaria sencillez de muebles, menaje y ropa, los vetustos electrodomésticos, lo reducido de la oferta cultural (sin publicaciones literarias recientes o con menos de cuarenta años, con un cine anclado en el pasado, un acervo discográfico congelado en la década de los sesenta; con algunas contadas excepciones en cada caso), la ya reseñada ausencia de expectativas vitales (el exilio, la emigración, la estéril lucha de las gentes por abandonar el país, en una huida liberadora vetada para la mayoría, un sueño imposible -en la isla la gente decía que lo importante era tener FE: familiar en el extranjero-, es otro de los motivos recurrentes de las novelas), dibujan un panorama social muy alejado de la imagen que desde las jerarquías políticas quiere transmitirse del “paraíso socialista”. Pero es que, además, Conde no se frena al mostrarnos -y criticar- la corrupción, la venalidad, la hipocresía y la inmoralidad reinantes en esas mismas jerarquías que imponen a su pueblo una somera y “revolucionaria” austeridad mientras se enriquecen, disfrutan de privilegios de toda clase, acceden a viviendas, restaurantes y objetos de lujo, viajan sin limitaciones, ajenos al sufrimiento de su pueblo. Incluso, prueba significativa de esta posición crítica del autor, una de sus novelas, Máscaras, se desenvuelve en un ambiente homosexual, un entorno, como se sabe, no especialmente querido por el régimen de los Castro, que condena a la clandestinidad, la represión y la cárcel cualquier “diferencia”, también la que suponen las opciones sexuales “no convencionales” (el poder “barbudo” las califica de “depravadas” y “decadentes”). También en La transparencia del tiempo y Personas decentes, la “cuestión homosexual” está presente, de modo abierto y explícito, en más de un personaje y en distintos episodios. Esta contradicción entre la quimera oficial y la muy cruda realidad se explicita en un fragmento de Herejes, en que puede leerse: había descubierto hacía tiempo, con una clarividencia siempre capaz de asombrar al Conde, que el país donde vivían quedaba muy lejos del paraíso dibujado por los periódicos y discursos oficiales

Ante este panorama poco esperanzador, Mario Conde se sabe integrado en un sistema que no puede cambiar, pero no escatima críticas o, cuando menos, no se priva de “fotografiar” de modo lúcido y descarnado el mundo que ve: A sus 54 años cumplidos -se nos cuenta en Herejes, pero la reflexión sigue siendo válida casi diez años después, y así se explicita en Personas decentes- Conde se sabía un pragmático integrante de la que años atrás él y sus amigos calificaran como la generación escondida, los cada vez más envejecidos y derrotados seres que, sin poder salir de la madriguera habían evolucionado, (involucionado, en realidad) para convertirse en la generación más desencantada y jodida dentro del nuevo país que se iba configurando. Sin fuerzas ni edad para reciclarse como vendedores de arte o gerentes de corporaciones extranjeras, o al menos como plomeros o dulceros, apenas les quedaba el recurso de resistir como sobrevivientes. Así, mientras unos subsistían con los dólares enviados por los hijos que se habían largado a cualquier parte del mundo, otros trataban de arreglárselas de algún modo para no caer en la inopia absoluta o en la cárcel: como profesores particulares, choferes que alquilaban sus desvencijados autos, veterinarios o masajistas por cuenta propia, lo que apareciera. Y, llevado sobre todo del amor a su tierra, Conde -que quizá así “explica” a su autor- opta por sobrevivir en una Cuba que, pese a todo, encierra muchos motivos -además de los personales de cada uno de sus ciudadanos- para la felicidad: aquella capacidad cubana de vivir cada situación como si se tratase de una fiesta le parecía, incluso desde la perspectiva de su ignorancia y desesperación, un modo mucho más amable de pasar por la tierra y obtener de ese tránsito efímero lo mejor que pudiera ofrecer. Allí todo el mundo reía, fumaba, bebía cerveza, incluso en los velatorios; las mujeres, casadas, solteras o viudas, blancas y negras, caminaban con una cadencia perversa y se detenían en plena calle a conversar con conocidos o desconocidos; los negros gesticulaban como si bailaran y los blancos se vestían como proxenetas. Las personas, hombres y mujeres, se miraban a los ojos. Y aun cuando la gente se moviera con frenesí, en realidad nadie parecía apurarse por nada. (...) Los cubanos afrontaban también sus propios dramas, sus miserias y sus dolores, aunque a la vez (...) lo hacían con una levedad y un pragmatismo que sorprenden al observador externo -uno de los personajes de Herejes- que pronuncia esas palabras. Y ese atmósfera expansiva y vitalista, resistente a la adversidad, aflora también en Personas decentes: la ciudad seguía sudando su fiebre de lujuria, gula, diversión, derroche, como si se vivieran los días finales de la existencia planetaria. O los primeros de otra era... histórica

Y delimitados ya algunos de los rasgos más significativos de la obra de Leonardo Padura, dejadme presentaros muy brevemente ya sus dos últimas novelas a las que también, como es obvio, les son de aplicación las reflexiones precedentes. En relación con Herejes me remito a lo ya comentado en mi reseña de hace ocho años. La transparencia del tiempo repite la estructura -aunque esta vez dual y no organizada en tres frentes- de aquel libro, con una narración en paralelo que alterna los episodios correspondientes a la investigación que lleva a cabo Mario Conde, que, ya fuera de la policía, se ve implicado en la búsqueda de una vieja talla de una virgen negra robada a un amigo de juventud, Roberto Roque Rossell, Bobby, con el que compartió estudios en el “pre” y del que había perdido la pista desde sus días universitarios, y, por otro lado, en un relato paralelo, la historia, que se narra a través de una estructura muy singular que luego comentaré, de las peripecias de la estatua a lo largo de un tiempo que se retrotrae al siglo XIII y las Cruzadas. 

En el primero de los planos, la investigación de Conde se complica en una trama en la que se suceden asesinatos, un criminal violento, intentos de estafa, tráfico de obras de arte a cargo de galeristas y coleccionistas sin escrúpulos, delincuentes de poca monta y negociantes de alto nivel, todo ello en el marco habitual de las aventuras del singular expolicía habanero, con el muy particular modus operandi del protagonista (un investigador heterodoxo y sin reglas, alérgico a las armas y a la violencia, que leía demasiado, pretendía escribir y decía funcionar con corazonadas, prejuicios, premoniciones: un compendio antológico de lo que no podía ser un policía), con la intervención de su antiguo subordinado, ascendido ahora a “mayor”, Manuel Palacios; con la incorporación de un nuevo policía, Miguel Duque, con el que, desde el primer momento, no habrá sintonía y con el que volveremos a toparnos en Personas decentes; con los encuentros regulares con los amigos de costumbre en reuniones fraternales en las que corren parejos el alcohol y la nostalgia; y con la irrupción de algunos personajes nuevos, como la exuberante Karla Choy o el mencionado Bobby, un homosexual excesivo y de personalidad ambigua, que permite a Padura despotricar de la hipocresía del Régimen (una sociedad empecinada en regir todos los comportamientos éticos, políticos, sociales, y en reprimir, con rigor y hasta con saña, cualquier manifestación de diferencia), que durante años purgó -el siniestro Proceso de Profundización de la Conciencia Revolucionaria- a quienes manifestaban su condición sexual “distinta”, reprimiendo, castigando y destrozando las vidas de tantos inocentes (yo fui un enmascarado..., como casi todos -se lamentará Bobby- A mí me tocó esconder toda mi vida que era maricón de la cabeza a los pies, y que creía en Dios y en la Virgen Santísima... Y me pasé los primeros cuarenta años de mi vida fingiendo, reprimiéndome, torturándome, para que mis padres, para que ustedes, mis compañeros, para que todo el mundo en esta patria machista-socialista creyera que yo era lo que debía ser y no me ripiaran la vida: un joven ejemplar, varón y militante, ateo y obediente... Tú no te imaginas lo que fue mi vida). Esta vertiente de la novela se alimenta también -mientras la pesquisa detectivesca avanza en un plano secundario; de menor interés, a mi juicio, que la caracterización de Conde, de su entorno, de la atmósfera de La Habana-, con las ordinarias críticas, ya referidas, a la injusticia y la represión constitutivas del poder “revolucionario” vigente (El país estaba cerrado a cal y canto y la llave la tenían otros, los que decidían quién viajaba y cómo, los que determinaban qué era lo bueno y lo malo para ti, qué libros debías o no debías leer, cómo pelarte y qué música oír. Para nosotros siempre ha sido así, sigue siendo así: alguien decide por nosotros, para cuidarnos y salvarnos) y a las profundas desigualdades de una sociedad supuestamente exenta de discriminaciones (Conde se dijo que en realidad había dos ciudades invisibles dentro de la ciudad visible: el hormiguero hirviente de los desafortunados y los recintos brillantes de los afortunados políticos y económicos). Y como siempre en las novelas de la serie, el centro de interés lo ocupa la figura de un Mario Conde, a unos días de cumplir sesenta años (se estaba convirtiendo en un viejo de mierda), languideciendo desesperanzado y escéptico en su hábitat consabido, en el límite siempre del abandono de los sueños y las ilusiones de la juventud, impregnando la novela del clima de melancolía que es una de las notas distintivas de las novelas de Padura y uno de los elementos de mayor interés para el lector. En esa caracterización de Conde como un individuo descreído, pesimista y desengañado, aflora una vez más su indeclinable vocación de escritor y sus pocas veces probado talento para realizar lo que más hubiera deseado: escribir historias escuálidas y conmovedoras, que aquí fragua -y atención al destripe- en lo que acabará por constituir la segunda vertiente del libro, el relato de la trayectoria histórica de la escultura de la Virgen negra. 

En capítulos organizados en un orden cronológico inverso, de lo más reciente a lo más remoto en el tiempo, Padura intercala entre las peripecias de Conde, las vidas de un Antoni Barral, al que, siendo y no siendo el mismo, en una extraña configuración del tiempo (Antoni Barral tuvo la nítida sensación de estar penetrando en una dimensión diferente del tiempo, un espacio opresivo, circular, carcelario que lo acosaba y lo acosaría, una pátina distorsionante pero traslúcida, como el agua de los arroyos de la montaña, a través de la cual se veía a sí mismo haciendo y rehaciendo una y otra vez sus caminos, con la persistencia de lo eterno y lo inapelable, como una criatura vagante dentro y fuera del tiempo), vemos en 1989, 1936, 1472, 1314, 1308 y 1291, en una narración -vuelvo a incidir en el spoiler: escrita por el propio Conde- en la que se da cuenta, con una indudable y muy documentada base histórica pero con también evidentes dosis de ficción, de la llegada de la estatua de la Virgen a Cuba, en una sucesión de acontecimientos que se desarrollan a lo largo de siete siglos y en los que se entremezclan la Guerra Civil española, la aldea inventada de Sant Jaume de la Vall, las Cruzadas, San Juan de Acre, los templarios, Roger de Flor, el Templo del rey Salomón y el Arca de la Alianza, Francesc Macià, el independentismo catalán, la chipionera y habanera Virgen de la Regla, la Moreneta, Yemayá y otros orishas de los ritos yorubas afro-cubanos, el sincretismo de una virgen negra como la Osiris de los antiguos egipcios de los faraones, y es negra como la Madre Tierra de las viejas sagas celtas de mi país..., y nosotros, los cristianos, decimos que es María. Todo mezclado en una bella talla de madera, en una pauta, la dimensión histórica de sus novelas, que se entremezcla e imbrica con la pesquisa policial en los escenarios de La Habana actual, seña de identidad de la literatura de Padura. 

Para cerrar esta ya muy extensa reseña, os hago un resumen apresurado de la trama y los principales motivos de interés de Personas decentes. Como he anticipado, en el libro se nos cuentan también dos historias paralelas, ambientadas en épocas distintas y protagonizadas por personajes diferentes, aunque entrelazadas por sutiles lazos que las vinculan. Contadas en capítulos alternos, en la primera de ellas vemos a Mario Conde en, ya se ha dicho, la extraña primavera cubana de 2016 (aunque, en la nota final del libro, Padura confiesa haber de alterado levemente las cronologías y fechas reales) con La Habana convulsionada por la llegada de Obama, el concierto de los Rolling Stones, la celebración de una pasarela de Chanel y el “desembarco”, a su estela, de una larga serie de personajes, conspicuos “representantes” del vecino capitalista. ¿Te imaginas cómo se va a poner esto, men? Obama, los Rolling, Chanel, los de Rápido y furioso. Una pila de yumas con pasta y con ganas de gastarla... Hasta Rihanna y las Kardashian andan por aquí... (Aprovecho el inciso que supone el texto transcrito para comentar que los libros de Padura están escritos en un cálido, colorido y muy jugoso cubano, en lo que constituye otro de los alicientes -y no de los menores- de su literatura). La dimensión popular de la presencia del presidente norteamericano, que incluye una cena en un restaurante privado del centro de la ciudad, varias reuniones con representantes de la sociedad civil, ajenas al Gobierno, y la asistencia a un partido de béisbol en el gran estadio de La Habana (Obama en Cuba. La Habana hierve. Ejércitos de periodistas, empresarios, turistas, curiosos. Entusiastas, optimistas, nihilistas. Ofendidos y esperanzados. Y muchos policías, todos los policías. La gente pegada al televisor. Se sabe que Obama habla con disidentes, con emprendedores, se le ve reunido con los dirigentes cubanos), altera la dinámica de la ciudad, no solo desde el punto de vista práctico -la intendencia de los actos obliga a un inusitado despliegue policial (Las calles de La Habana parecían el desfile del carnaval de disfraces de la policía. Patrullas, camiones, motos de agentes del tránsito y muchos uniformados de a pie de distintas fuerzas y colores (verde olivo, azul, negro, boinas rojas, tropas especiales y otras gamas del espectro) se alternaban e, incluso bajo una lluvia intempestiva, prácticamente cubrían cada esquina de la ciudad), pues el rígido Régimen teme las manifestaciones antigubernamentales de los muchos disconformes con la dictatorial represión que impera en la isla, aprovechando esos días en los que Cuba está en la portada de todos los periódicos y noticiarios de todo el mundo- sino que también remueve las inquietudes y aviva las esperanzas de los cubanos que ven en la visita del mandatario estadounidense, por un lado, un acontecimiento significativo que puede suponer una avance en las relaciones con su “belicoso” enemigo tradicional, una relajación en las tensiones entre ambos gobiernos, la superación de los resquemores históricos entre los dos países, la definitiva eliminación del bloqueo y, en consecuencia, la mejora de las condiciones de vida de los ciudadanos (¿Algo va a cambiar? Cada día es más evidente: la gente lo desea, lo necesita, casi que lo ruega, y espera, confiada o desconfiada. Cansada de tanta historia, necesitada de esperanzas y espacios. Aire, hace falta aire...); aunque, por otro, sigue prevaleciendo -en particular en el pesimista visceral Mario Conde- la duda y el escepticismo ante lo que, desde este punto de vista desencantado, se percibe como un mero paréntesis, una transitoria apariencia de libertad que, por tanto, acabaría por resultar, una vez más, decepcionante (tenía la sensación de que el país solo estaba disfrutando de unas vacaciones que en un momento terminarían y volvería el rigor en el cual él había vivido más de cincuenta de sus sesenta años de existencia). En este contexto, la aparición del cadáver mutilado de Reynaldo Quevedo, la encarnación del Maligno para los medios artísticos del país, una suerte de siniestro comisario político, con mucho poder, estalinista confeso, avieso y retorcido, de maldad genéticamente codificada, es el desencadenante de la vuelta de Conde a sus labores policiales, esta vez como mero colaborador, ya fuera de las instituciones oficiales. Quevedo había sido el perro de presa, el abanderado de la pureza ideológica, al que las autoridades del país le habían conferido el arbitrio absoluto de decidir los destinos de los habitantes de la República de las Artes cubanas, responsable por tanto del proceso de persecución, hostigamiento y marginación que sufrieron demasiados escritores y artistas cubanos durante los años en que ejerció su compacto reinado. A partir de su muerte, y tras algún otro crimen posterior a él vinculado, se desarrolla una trama en la que comparecen los sistemáticos abusos de poder; la corrupción estructural de los dirigentes “revolucionarios”; las recurrentes purgas políticas, ideológicas, sociales y hasta sexuales que exigía el mundo feliz habitado por el Hombre Nuevo comunista, infaustas -mortales a veces- para sus víctimas; las miserias de un sistema cerrado, opresivo, dogmático, infame, que se basa en la censura, la represión, el acoso, la desaparición de los pocos opositores que se atrevían a desafiarlo y la humillación, la marginación, el olvido, el silencio, el sometimiento, la infelicidad y el miedo de quienes no tenían otra alternativa que la resignada aceptación. La investigación, que se centra inicialmente, de manera obvia, en las posibles connotaciones de venganza política de los crímenes, pronto se abre a otros frentes, como un oscuro negocio de incautación y venta de obras de arte, plagado de sobornos, cohechos y corruptelas varias perpetradas por miembros del “aparato” del Régimen e, incluso, una vía, algo forzada, que introduce en la historia un raro y muy valioso sello napoleónico, robado en 1832 y “reaparecido” en Cuba en el presente de la novela, cuya incorporación al relato (con parada obligada en el afamado Museo Napoleónico de La Habana) permite a Padura desarrollar esos excursos históricos, con la exigencia de documentación que conlleva, en los que tan a gusto se siente y que, por tanto acaban por comparecer, aunque sea de un modo mitigado, en sus obras. En resumen, y como podemos leer en un pasaje del texto, una historia sórdida, hecha de odio, crueldad, abusos, miedos, desesperaciones, venganzas, frustraciones, corrupción, depravaciones

En paralelo, el lector se encuentra con otra narración, con el protagonismo de Arturo Saborit Amargó, un joven policía nacido en Cienfuegos en 1886 y que en 1908, recientes aún los efectos de la guerra hispanoamericana y la independencia -tutelada- de Cuba, deja su pueblo para desplazarse a La Habana en donde pronto entra a trabajar a las órdenes de Alberto Yarini y Ponce de León, un controvertido personaje de la época, con contrastada presencia histórica (en esa misma dimensión, ya mencionada, de la literatura de Padura que amplía los ecos de la mera investigación detectivesca, enriqueciéndola con otros frentes de interés). En este sentido, y a través de la figura de ese Alberto Yarini y Ponce de León, el Gallo de San Isidro, un joven político, aristócrata, proxeneta reconocido, con una extraña capacidad para atraer, para imantar la voluntad de la gente, muy querido por todos -salvo por quienes le disputaban la supremacía en el negocio de la prostitución habanera-, un Saborit fascinado por el magnetismo del personaje, por la vanidad, el orgullo, los brillos del poder, la droga de la fama que su tutela le prometía, nos traslada a La Habana de principios del siglo XX, en la que, desde la privilegiada atalaya de su ambivalente posición como, simultáneamente, inspector de policía y protegido del líder, contempla las luchas de poder, la guerra de clanes, con asesinatos de por medio, entre los “apaches” y los “guayabitos”, entre los franceses de Louis Lotot, que tienen en su nómina al jefe superior de la policía, que veta cualquier intervención punitiva contra su lucrativo comercio de explotación del juego, la droga y la prostitución, y las fuerzas locales cubanas que, encabezadas por un Yarini cuyo carisma le asegura el éxito en cualquier empresa en la que se implique, pretende hacerse con el dominio del sector, tradicionalmente en manos del francés. Con la excusa del muy cruento asesinato de la prostituta Margarita Alcántara, Saborit se verá involucrado en ese juego de rivalidad comercial, de intereses mafiosos, de afán de lucro, de medro económico, de egos masculinos desatados, de aprovechamiento y utilización de las mujeres, meros objetos en manos de los hombres, que se las ceden e intercambian como si fueran mercancías, y de, claro está, ambiciones políticas. Y este singular escenario permite a Padura evocar una época histórica de su país que acaba por revelar ciertos vínculos con el presente en el que se desenvuelven las “andanzas” de Mario Conde, al que aquel estado de cosas resulta extrapolable. 
 
El modo en el que Padura estructura este doble relato paralelo, aunque, a la postre, entrelazado, es muy inteligente y resulta otro de los muchos logros de la novela. Porque la historia que Saborit cuenta en primera persona y que se presenta como un relato personal que aparece fechado el 21 de noviembre de 1965, es, a la postre -y aquí incluyo una vez más un cierto spoiler, que debe ser obviado por quien prefiera desconocer cualquier indicio que, siquiera levemente, adelante elementos de la trama-, la novela que Conde, con esa afición literaria a la que ya me he referido, está escribiendo y que, finalmente, acaba por conectar con los crímenes que investiga en el presente, en un juego de muñecas rusas (Padura que escribe de Conde que escribe de Saborit) muy interesante. 

A ello contribuye, además, otro recurso que el autor elige para esta vertiente del libro: en los capítulos del pasado, la narración se produce en la primera persona del propio Saborit, mientras que las “peripecias” de Conde en el otro frente de la novela se narran en tercera. Hay, sin embargo, algún sorprendente desliz, como el que se esconde en la página 102: “dispuesto a acompañarlo en la cama en el viaje al reino de Morfeo, como vulgarmente suele decirse [la negrita es mía, ASS]”. Un inciso a mi juicio poco consistente cuando el texto está redactado en tercera persona, lo cual, sin embargo, no desentonaría si la voz que habla es la del personaje/narrador. Que éste diga, por poner otro ejemplo: Y ya verán en su momento por qué doy todos estos detalles o interpele al lector: ¿No les parece?, como en ambos casos hace Saborit, tiene pleno sentido; que lo afirmara un narrador objetivo que narra la vida de Conde carece de lógica. Pareciera, es mi hipótesis obviamente discutible, que Padura entremezcló las voces de una y otra parte de manera inadvertida. 

Aparte de los leitmotivs habituales en la obra del cubano, el “tema” central en Personas decentes es, precisamente, el de la decencia, como en Herejes sobresalía la idea del libre pensamiento, la disidencia, el desarraigo, la herejía, el individuo libre frente a los dictados del grupo, de la uniformidad colectiva y en La transparencia del tiempo su eje principal, menos explícito, era, a mi juicio, el de la fe y la (im)posibilidad de los milagros. En la última novela de Padura hay una muy destacada insistencia -algo, por lo demás, implícito en el resto de sus novelas- en la integridad moral, la dignidad, la ética y la nobleza, la honestidad, el honor y la vergüenza como faros que deben guiar nuestro paso por el mundo, sobre todo en sociedades, como la cubana, en las que la corrupción, la hipocresía, el cinismo, el envilecimiento y la descomposición son la base del funcionamiento del poder y sus tentáculos. Conde “rescata” a Saborit por considerarlo un hombre decente, pese a sus ambigüedades, pese a su fiel entrega al servicio de un personaje que, al margen de su magnetismo y de su indudable encanto, es un implacable explotador de mujeres. 

En fin, hasta aquí llega por hoy Todos los libros un libro, con una propuesta múltiple de tres novelas, Herejes, La transparencia del tiempo y Personas decentes que por todos los motivos señalados son altamente recomendables como muchas otras de las de su autor. Os dejo, como ambientación musical de mi reseña, con Satisfaction, el clásico de los Rolling Stones que se “canta” en la última novela de Padura. La versión del vídeo que aparece en este blog está grabada en La Habana, el 25 de marzo de 2016, en el marco de la estancia en Cuba de Mick Jagger y los suyos de importancia capital en el libro. Los Rolling están también presentes en el texto con el que cierro mi reseña, un fragmento de Personas decentes que describe fielmente el clima de entusiasmo y exaltación, de esperanza y sueños de libertad, de nostalgia y previsible decepción que se respiraba en la capital cubana y en el país entero en los días del concierto de sus satánicas majestades.

Las calles de la ciudad parecían un hormiguero alterado. Cientos de personas de todas las edades y fachas imaginables avanzaban por las avenidas, entorpeciendo el tráfico de vehículos que a duras penas conseguía organizar y hacer fluir el ejército de policías, también de todas las fachas y edades posibles. Desbordados por el gentío convocado solo por la música y el júbilo, los agentes canalizaban los ríos humanos, siempre oteando con suspicacia hacia un lado y otro, como nerviosos ventiladores giratorios. Sin embargo, los vigilantes uniformados y los cientos de cancerberos mal disfrazados de civiles solo conseguían ver carteles con fotos de los músicos, con la imagen de la lengua irreverente que los identificaba, pancartas con corazones y símbolos de la paz y el amor sesenteros, y banderas de decenas de orígenes: enseñas cubanas, británicas, norteamericanas y de medio mundo, incluida una de la extinta Unión Soviética con la que arrambló algún nostálgico o desinformado. Carteles mejor o peor hechos que proclamaban la simpatía por el diablo, que todo era solo rock and roll y, sobre todo, que tú nunca consigues lo que quieres. Bienvenidos a Cuba socialista, compañeros Rolling, proclamaban otros. 

Se decía que en la explanada de la Ciudad Deportiva, donde en unas horas se celebraría el concierto, por demás, también histórico, y en varias cuadras a la redonda, se congregaban ya varios miles de personas, muchas de las cuales, incluso, habían acampado desde la tarde y la noche anterior para procurarse un lugar de privilegio desde donde escuchar a Mick Jagger decir por enésima vez «I can’t get no satisfaction...». Las hordas de entusiastas cantaban, tocaban guitarras, se pasaban trozos de pan, buches de café, tragos de ron y botellas de agua, confraternizaban con un espíritu de solidaridad espontánea, no programada ni ordenada por nadie. Abuelos y hasta bisabuelos, hombres y mujeres de las mismas edades provectas de los músicos que los convocaban, insiliados voluntarios y exiliados recién regresados se abrazaban y besaban allí con hijos y nietos, propios y desconocidos, como si la concordia entre los hombres fuera posible, quizás hasta más potente que el odio. Frente a un escenario para un concierto se condensaba la posibilidad de la mejor convivencia, gracias a la música, la nostalgia, la realización de un sueño, tardía pero catártica. Una prodigiosa epifanía habanera. Y todos los arrastrados por aquel magnetismo benéfico disfrutaban a plenitud de las vacaciones concedidas, y algunos hasta se atrevían a soñar con más, porque no todo era o debía ser rock and roll y alguna vez, alguna vez, debías conseguir lo que querías, ¿no? 

A bordo del auto que lo trasladaba, conducido por el agente famélico y mal dentado, Conde observaba el espectáculo que se desarrollaba en la ciudad y se preguntaba dónde estarían en ese preciso momento sus amigos, cuán cerca del Santo Grial lograrían ubicarse, qué pestes estarían hablando de él, el disidente, el empecinado o el renegado, según se viera. Y no pudo dejar de sentir envidia por los que disfrutaban del momento, muchos sabiendo que participaban de un evento singular, irrepetible, hasta poco antes inimaginable, y otros tantos creyendo que ya vivían en una era histórica diferente —y vuelta con la bendita historia— en la que se recuperaban deseos, sueños, goces y posibilidades. 

Esa tarde allí estarían bien representados todos los bandos posibles, superados los antagonismos: el de los pragmáticos y el de los soñadores, el de los curiosos y el de los ilusos, el de los nostálgicos y el de los esnobs. Viéndolos y entendiéndolos, el sexagenario Mario Conde sintió la marginación sideral de pertenecer a un partido en esos precisos momentos minoritario aunque de vasta experiencia en las derrotas y decepciones: el de los escépticos. Porque él estaba convencido de que, como los acordes de las guitarras de los Rolling, todo aquel ambiente festivo y leve solo se reducía a eso, a rock and roll, y a notas musicales colocadas sobre un tiempo efímero que pronto sería barrido por el viento de la realidad, por el inmovilismo programado. Y detrás quedaría apenas el recuerdo y la emoción, la breve satisfaction conseguida, ya inerme sobre una tierra baldía, agrietada, agobiada por la sed de los manantiales segados.

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Leonardo Padura. Personas decentes