Vivo entre muchos libros y extraigo una gran parte de mis ganas de vivir del hecho de que aún leeré la mayoría de ellos. (Elias Canetti)

miércoles, 28 de diciembre de 2011

CARSTEN JENSEN. NOSOTROS, LOS AHOGADOS

Hola, buenos días. A veces, me asalta aquí, en Todos los libros un libro, la tentación de obviar mis comentarios sobre una obra. Quiero decir que hay casos en los que el libro que quiero recomendaros es tan inmenso, en todos los sentidos, tanta su extensión, tanta su riqueza, tantas las historias que encierra, tantos y tan sugestivos sus personajes, tantas las enseñanzas y la sabiduría sobre la vida humana que contiene, tanta la sensibilidad con la que está escrito, tanta la emoción que nos transmite, tanto lo que nos conmueve, tan apasionantes sus tramas, tan intenso, en fin, el acto de su lectura, que uno mismo piensa de antemano en renunciar a cualquier tipo de glosa, de interpretación, de exégesis, por entender que todo ello, todas las reflexiones, todos los análisis, todas las aclaraciones que yo pueda haceros aquí, resultarán superfluas, estériles y de ninguna manera podrán dar siquiera mínima cuenta de la enormidad de la obra reseñada. A veces, pues, sólo me veo capaz de dar paso de un modo emocionado e irreflexivo a los adjetivos que se agolpan en mi boca tras una lectura deslumbrante: genial, magnífico, espléndido, conmovedor libro. A veces sólo tengo estos recursos casi animales, meras expansiones guturales: "¡qué maravilla!", me digo, "¡qué novela impresionante!", casi sólo puedo gritarlo de modo irracional, pareciéndome desmesurada o incluso imposible la tarea de intentar reducir a frases completas, con sujeto verbo y predicado, esa sobrecogedora experiencia vivida, de intentar poner un poco de racionalidad en el temblor que la lectura me ha provocado y de sistematizar unas cuantas ideas acerca de lo que ese libro y mi existencia entre sus páginas durante días han supuesto para mí, para ofrecéroslas de modo convenientemente ordenado e ilustrativo para vosotros.

Todo ello es, exactamente, lo que me sucede en este momento, cuando me veo obligado a resumiros en escasos diez minutos la desbordante magnitud de Nosotros, los ahogados, la excepcional y voluminosa novela -setecientas páginas- escrita por el danés Carsten Jensen que la editorial Salamandra publicó en 2010 en traducción, directamente del idioma original, de Juan Mari Mendizábal. (Es por ello que ahora mismo, mientras escribo estas palabras, desisto de emitir esta reseña en su edición radiofónica, imposible ceñirme a ese escaso tiempo; dejaré este comentario en las ediciones navideñas del blog, que no serán radiadas). Dejadme deciros, para empezar, que mientras avanzaba entusiasmado en el libro, he ido recogiendo en él hasta un total de sesenta notas de lectura, de una lectura gozosa, pese a lo que la frialdad algo distanciada de las notas pueda hacer suponer, sesenta citas muy significativas que contienen algunas de las claves, que ejemplifican distintos aspectos esenciales de la novela. Y dejadme avanzaros también, impotente, que la sola mención de cuatro o cinco de ellas ya ocuparía por completo el espacio de una reseña habitual. Me conformaré, pues, con comentaros los rasgos más destacados del libro, sin agotar su estudio, confiando en que lo poco que pueda deciros de él sea lo suficientemente sugestivo para que os decidáis a leerlo y completar por vosotros mismos todos esos aspectos que yo no puedo ni esbozar siquiera.

Nosotros, los ahogados narra cien años, de 1848 a 1945, de la vida de Marstal, un pueblo danés en el que nació el propio autor, que de esta manera relata, a través de la novela, la historia más reciente de su lugar de origen. Para llevar a cabo su ingente tarea, la de dar cuenta de las vidas enteras, a lo largo de un siglo, de decenas de sus conciudadanos, en realidad de todo un país, el no demasiado literaturizado Dinamarca, Jensen rastrea en los archivos de las instituciones de la ciudad e investiga en ellos y en periódicos y revistas de la época para ambientar los episodios narrados, se sumerge -y el término nunca puede resultar más apropiado- en una abundante y muy atractiva bibliografía de la que nos da cuenta al término del libro, para dotar a éste de una riqueza de lenguaje, el lenguaje específico y tan rico del universo marinero, de una precisión, de un realismo y de una verosimilitud que constituyen uno de los grandes atractivos de la obra. Llega incluso a tomar prestados, para la composición de sus personajes, rasgos de algunos auténticos habitantes de su ciudad, usa para ellos los apellidos tradicionales en la zona, menciona las verdaderas calles y los monumentos de Marstal, también sus paisajes, su orografía y sus accidentes geográficos, fotografía, en suma, con acentuada minuciosidad, cien años de la vida de su pueblo. Pero, no os equivoquéis, pese a la muy sólida y claramente perceptible base histórica y documental del libro, este es una novela, pertenece al cien por cien al fecundo territorio de la ficción. Los variados y complejos y extraordinarios personajes que surcan el libro, sus múltiples peripecias, la infinidad de episodios que viven, los innumerables relatos que nos trasladan desde los gélidos ámbitos nórdicos a las transparentes aguas de los Mares de Sur, escenarios de sus aventuras vitales, a los convulsos tiempos en los que se desarrolla la novela, son un prodigio de inventiva, seducen con la encantadora magia de las mejores fabulaciones, nos encandilan y atrapan como sólo ocurre con los cuentos más imaginativos, más inspirados, más apasionantes, como sólo ocurre con la Literatura de mayor calado, la más lograda.

Marstal es un pueblo de marineros que ha vivido durante siglos por y para el mar, y es por ello por lo que la novela nos remite constantemente -hay, además, citas explícitas a esas referencias- a escritores que han hecho del mar el objeto de su obra, como Joseph Conrad, Robert Louis Stevenson, Herman Melville, e incluso Mark Twain y hasta el propio Homero. A lo largo del relato se nos cuenta, como os digo, la historia de la ciudad a través del eje central -aunque plagado de sustanciosas derivaciones- que conforman las tres generaciones (y una cuarta incipiente y por venir) de una familia del pueblo. Laurids Madsen, que estuvo en el cielo pero volvió a bajar gracias a sus botas, es el primer referente de la saga, a mediados del siglo XIX. Su hijo Albert prolonga la existencia de la familia hasta las postrimerías de la primera guerra mundial. Por último, Knud Erik, una suerte de hijo adoptado de Albert, continúa la trayectoria de los Madsen hasta el final de la segunda gran guerra. Los tres son marinos, los tres viven existencias intensas, tanto en el plano exterior, podríamos decir, con viajes, aventuras, empresas, sucesos extraordinarios, conflictos bélicos, desgracias y hazañas marineras sin cuento, como en el íntimo, con la apasionada vivencia de amores, mujeres, amistades, afectos, pérdidas, despedidas, logros, lágrimas, retos, apegos, renuncias, fracasos, enfrentamientos, derrotas...

La novela se desarrolla en dos niveles simultáneos que se entremezclan y superponen, el colectivo y el individual. La narración de la fabulosa y en algunos casos con visos de legendaria experiencia vital de la familia Madsen es sólo la excusa para describir la historia de todo el pueblo. De tal manera que en este primer nivel el narrador es colectivo, un nosotros (la novela se cuenta aquí desde la primera persona del plural, en un recurso literario para mí novedoso y en cualquier caso eficacísimo), un nosotros, digo, que representa a todos los ciudadanos de Marstal: Todos los del pueblo tienen una historia, pero no son ellos quienes la cuentan. Su autor son los mil ojos, mil oídos y quinientas plumas que toman nota sin cesar, cuenta este narrador múltiple en un momento del libro.

Y la vida de este ‘nosotros’ es el mar, el mar es el destino de los hombres y la angustia de las mujeres que padecen la ausencia de sus maridos e hijos, la pesca y el transporte marinos son sus fuentes de subsistencia, hacerse a la mar su voluntad desde niños, navegar su ansia única, los barcos su pasión, su afán primero la libertad del vasto océano, su empeño colectivo doblegar al mar, resistirse a su potencia incalculable, a la enormidad de su poder, su esperanza improbable volver una vez más a casa tras meses o años embarcados, su previsible futuro morir ahogados. Esta dimensión trascendente, fatalista, épica de la vida de una nación impregna toda la novela y está presente en el muchas veces aciago sino de casi todos los personajes, seres con una dimensión trágica abocados a una misión superior a sus limitadas fuerzas de simples humanos. Seres perdidos más allá de la inmensidad de los mares. Yo era un marino con experiencia. Había cruzado los grandes océanos, pero en aquel momento me sentía nuevo en el mundo, no porque no conociera sus activas y atiborradas ciudades portuarias, sus costas orladas de palmeras o sus escollos azotados por el viento, sino porque aún sabía muy poco acerca de mi alma. Sabía navegar siguiendo una carta marina. Sabía establecer mi posición con la ayuda de un sextante. Me encontraba en un lugar desconocido del Pacífico en un barco sin capitán, y aún así era capaz de encontrar el rumbo. Pero no tenía ningún mapa de mi interior, ni rumbo alguno en la vida.

Y esta compleja y apasionante historia colectiva se relata a partir de infinidad de relatos parciales que se desarrollan en múltiples escenarios y con numerosos personajes fascinantes que conforman un friso completísimo en el que vemos reflejada, como os digo, la vida entera de una nación durante un siglo. Y viajamos así al Callao y a la isla de Lobos, un islote cubierto de guano justo al sur del Ecuador, nos enrolamos en una corbeta en Nueva Escocia, desembarcamos en Nueva York, ponemos rumbo a Samoa, acompañamos al capitán Cook en su funesto final frente a la costa de Kealakekua, en Hawaii, escapamos por los pelos del acoso de caníbales polinesios en las legendarias islas de Stevenson y de la amenaza de una navaja traicionera en Laguna, México, nos adentramos en la bahía de Apia a través de los peligrosos desfiladeros de Malinuu y Matautu, y combatimos a muerte en los mares bálticos, y somos ametrallados por aviones y torpedeados por submarinos y bombardeados desde buques de guerra en mitad del Atlántico, y sufrimos cautiverio en gélidos poblachos germanos, y arribamos a mil puertos para disfrutar de las acogedoras mujeres en todos los barrios de putas del mundo, en Flensburg y en Amberes, en Rotterdam y Liverpool y Cardiff, en Nueva Orleans, San Francisco o Valparaíso, y organizamos fletes y mandamos cables comerciales a Tánger y Bridgewater, Riga y Lisboa, Argel, Sidney y Dunquerque, y nos embarcamos en goletas, fragatas, bergantines, remolcadores, lanchas y botes y decenas de navíos más. Y de nuestros viajes nos traemos, como recuerdos vivísimos, mandíbulas de tiburón, peces erizo y hocicos de pez sierra, una pinza de bogavante del mar de Barents tan grande como una cabeza de caballo, flechas envenenadas, trozos de lava y coral, pieles de antílope de Nubia, cimitarras de África Occidental, un arpón de Tierra de Fuego, calabazas de Río Hash, un bumerán de Australia, fustas de Brasil, pipas de opio, armadillos de La Plata y caimanes disecados...

Y conocemos las apasionantes vidas de decenas de hombres y mujeres excepcionales. Laurids, a quien la explosión de una bomba hizo saltar por los aires hasta la verga mayor de una goleta de tres palos, para reaparecer, milagrosamente salvado gracias a sus pesadas botas, cuando todos lo daban por muerto. Y Albert, que buscó por todo el pacífico a su padre desaparecido y al final volvió a casa con la cabeza reducida, jibarizada, del Capitán James Cook. Y Knud Erik, el chico que puso algo de sosiego en la solitaria vejez de Albert, y al que éste inició en los secretos marinos pese a la radical oposición de la madre del niño. Y esta madre, la viuda Klara Friss, obstinada en su lucha contra el mar, empecinada en salvar Marstal alejándola del mar que se ha llevado a su marido y que se llevará al resto de sus hombres. Y el maestro Isager, cuyos alumnos quisieron quemarlo vivo en su casa, y Anthony Fox, el insidioso expresidiario que urde sus oscuras tramas detrás de la barra del Hope and Anchor, en la antigua colonia penitenciaria de Hobart Town, y el traficante de carne humana Jack Lewis, y la viuda Anna Egidia Rasmussen, la primera que llega, con su gastado vestido de seda negro, a consolar a las familias tras la muerte de un marinero. Y el gordo Lorenz, objeto en su infancia de las vejaciones de los demás niños y administrador del puerto y creador del seguro naval en su madurez, un buda gordo y contento sentado en la silla giratoria de su despacho, desde el que ejerce de protector oculto de los hombres de Marstal. Y el propio James Cook, el mayor cartógrafo del Pacífico, con su vida aventurera y finalmente desgraciada. Y Giovanni, mucho más que un simple cocinero de barco, malabarista y prestidigitador, lanzador de cuchillos y, sobre todo, valiente y honrado. Y el maldito y diabólico y mezquino primer oficial O’Connor, carcelero brutal y malvado de sus marineros, que planean matarlo mientras se someten a su terror. Y el atildado Heinrich Krebs, una especie de cónsul alemán en Samoa que tras su fachada de educada civilización esconde algo oscuro, algo más secreto y misterioso. Y la hermosa china Cheng Sumei, de orígenes inciertos -se la había visto, se dice, en Sidney y en Bangkok, en Bahía y Buenos Aires, ofreciendo su deslumbrante belleza, quizá, en algún burdel-, pero dueña ahora de una naviera, férrea negociante, refinada en el amor, sobreviviendo a sus maridos, a sus amantes, todos riquísimos en gran parte gracias a la inteligencia y la sagacidad de esa mujer espléndida. Y la fascinante Miss Sophie Smith, decidida, independiente, irrenunciablemente libre. Y Anders Norre, al que todos tienen por cretino, permanentemente impávido e incapaz de expresar sentimiento alguno, el tonto del pueblo, y que, dotado de una memoria prodigiosa, repite letra por letra, desde su existencia miserable, los sermones del pastor de Marstal, convertido en una especie de oráculo de la aldea. E Irina, la silenciosa y retraída y tristísima y a la vez impasible asesina rusa, que mata sin piedad y llora por sus muertos. Y el cantero Petersen, el Coleccionista de Cadáveres, que talla en madera pequeñas figuritas de los recién fallecidos, operando así al modo de la memoria inconsciente del pueblo. Y Anton, de niño el terror de Marstal, que acabará convertido en Old Funny, un despojo humano ahogado en alcohol pero capaz aún de imponer su ley. Y el niñito Bluetooth, Harald Dienteazul, nacido literalmente en el mar, cortado el cordón umbilical en medio de un naufragio, con las olas amenazando con ahogar a su madre, la bella y enigmática Miss Smith. Y el todopoderoso Markussen, y el tartamudo Vilhjelm, y Kristian Stark y el siniestro episodio del asesinato de la gaviota, y la señorita Kristina y su amor imposible el bello Ivar, y el pequeño Clausen, y Kresten, el desgraciado con el agujero en la mejilla, y las muchas sacrificadas mujeres que sostienen las vidas de las demediadas familias de los navegantes y pescadores, y tantos y tantos otros, todos daneses, todos de Marstal, todos marineros, todos ahogados.

No os la perdáis, hacedme caso, no dejéis de leer esta inmensa novela, Nosotros, los ahogados, del danés Carsten Jensen, que publica Salamandra, estoy seguro de que, como a mí, os entusiasmará. Os dejo ya, para ilustrar musicalmente el ambiente marino de la novela y después de los dos significativos fragmentos con los que cierro esta reseña, con una canción espléndida de los Antonio Carlos Jobim en la voz de Paula Morelembaum, As praias desertas. Hasta la semana que viene.

Entonces la suerte del combate pareció cambiar. La batería del norte recibió andanada tras andanada, y vimos a los minúsculos soldados huir corriendo por la playa. ¡La batalla estaba casi ganada! Pero los cañones permanecían intactos, porque llegaron corriendo más soldados y apenas hubo descanso en la refriega. Repartieron otra ración de aguardiente. El intendente iba de un lado a otro con el cubo que lo contenía. Recibimos la taza que nos ofrecía con la solemnidad con la que íbamos a comulgar a beber del cáliz. Afortunadamente, el barril de cerveza no había recibido ningún impacto, y lo visitábamos con frecuencia. Nos sentíamos terriblemente desconcertados. El cañoneo constante y el azar con que la muerte había realizado su cosecha entre quienes estábamos en cubierta nos dejaron agotados, aunque apenas llevábamos dos horas de combate. Resbalábamos sin parar en los charcos de sangre viscosa, y continuamente teníamos cuerpos mutilados ante los ojos. Sólo la sordera, que llevaba tiempo asentada a consecuencia del estruendo continuo de los disparos, evitaba que oyéramos los gritos de los heridos.
Apenas nos atrevíamos a mirar alrededor, por miedo de ver el rostro de algún amigo y quedar atrapados por aquellas miradas que imploraban un alivio, pero que de pronto también podían expresar odio, como si los heridos nos reprocharan a quienes seguíamos en pie nuestra suerte y sólo desearan intensamente cambiar su destino con nosotros. No podíamos dirigirles palabras de consuelo, porque entre el estrépito de los cañonazos nadie las oiría. A lo sumo, ponerles la mano en el hombro. Pero ya entonces era como si quienes seguíamos ilesos prefiriéramos la compañía de nuestros iguales y evitáramos a los heridos, a quienes no les habría venido mal algo de consuelo. Los vivos nos conjuramos contra los marcados ya por la muerte.
Una vez más cargamos los cañones y apuntamos, tal como nos ordenaron los jefes de pieza, pero no pensábamos ya en la victoria ni en la derrota. Nuestra lucha más encarnizada era por evitar mirar a los muertos, porque en nuestras cabezas resonaba una pregunta, como un eco de la destrucción que nos rodeaba: ¿Por qué ellos y no yo? Pero no queríamos oírla. Queríamos sobrevivir, y veíamos el mundo como si se encontrara al final de un oscuro túnel de hierro. Teníamos la visión limitada por el tubo del cañón.
El aguardiente había surtido su efecto benéfico. Ya estábamos borrachos, y se adueñó de nosotros una despreocupación embriagadora en cuyo fondo bullía el miedo. Navegábamos en un mar negro y nuestro único objetivo era no bajar la mirada y hundirnos en él.




Nos despedimos de nuestras madres. Habían estado allí siempre, pero no las habíamos visto hasta entonces. Estaban inclinadas sobre los calderos de la colada o los pucheros, con la cara enrojecida e hinchada a causa del calor y la humedad. Cuando nuestros padres estaban en el mar, ellas se encargaban de todo. Por las noches se derrumbaban sobre el banco de la cocina con la aguja de zurcir en la mano. Nosotros veíamos algo, pero no las veíamos a ellas. Veíamos su perseverancia. Veíamos su cansancio. Nunca les preguntábamos nada. No queríamos importunar.
Era nuestra manera de mostrar amor: con el silencio.
Siempre tenían los ojos enrojecidos. Cuando nos despertaban por la mañana, se debía al humo de la estufa. Por la noche, cuando nos daban las buenas noches, aún vestidas, al cansancio.
A veces sus ojos estaban enrojecidos porque habían llorado por alguien que jamás volvería a casa.
Que nos pregunten por el color de los ojos de una madre.
No son pardos. No son verdes. No son azules ni grises. Son rojos.
Eso es lo que respondemos.
Ahora están en el muelle despidiéndose. Aún reina el silencio entre nosotros. Nos escrutan con los ojos.
“Volved”, dice su mirada.
“No nos dejéis”, dicen sus ojos.
Pero nosotros no queremos volver. Queremos marcharnos. Irnos lejos. Cuando están en el muelle despidiéndose, nos clavan un puñal en el corazón. Así es como estamos unidos. Por las heridas que nos hacemos mutuamente.



miércoles, 21 de diciembre de 2011

ÁLVARO CUNQUEIRO. LAS HISTORIAS GALLEGAS

Hola, buenos días, sed bienvenidos a Todos los libros un libro, el espacio de recomendaciones literarias de Radio Universidad de Salamanca. Permitidme que hoy sea especialmente breve pues quiero leeros, como colofón a mi reseña, un texto algo más extenso de lo habitual pero que describe mejor que mis muy pobres palabras el espíritu del libro que quiero presentaros esta semana. De modo que vayamos al grano. El libro escogido para hoy se titula Las historias gallegas, su autor es el genial Álvaro Cunqueiro, uno de los nombres mayores, si no el mayor, de la literatura gallega de todos los tiempos, y me atrevo a decir que una de las figuras señeras de la literatura española en general. El libro está publicado por la editorial Paréntesis, en una edición que, más allá del enorme interés de los textos, resulta ser bastante descuidada, con innumerables erratas, fallos tipográficos y hasta de ortografía, pero, insisto, la calidad de los textos nos permite sobreponernos a tanta deficiencia.

Álvaro Cunqueiro nació el 22 de diciembre de 1911, celebramos ahora su centenario. Y murió en 1981, hace unos meses se cumplieron los treinta años, y ello, quizá -lo lejano de su muerte-, pueda ser la explicación, nunca la justificación, de que su impresionante estatura literaria no resulte suficientemente apreciada en estos días en los que sólo se valora el presente, en estos días de ‘rabiosa actualidad’, como señala el tópico periodístico. Pero ni siquiera en vida fue considerado como se merece, pues sus ideas políticas abiertamente derechistas, su cercanía al régimen de Franco, le supusieron la repulsa y el descrédito de los intelectuales y del mundo de la cultura de la época, clara y razonablemente antifranquistas. Y qué tendrá que ver la política con la calidad literaria, podréis decir, pero ya veis, como decía Andrés Trapiello de los escritores del bando nacional en nuestra contienda civil, ellos ganaron la guerra pero perdieron su sitio en la historia de la literatura. Cunqueiro era un escritor cultísimo, profundo conocedor de la literatura universal, amante de la buena vida, de la gastronomía, de los viajes, de la historia; escribió novelas, teatro, poesía, miles de artículos, libros misceláneos; un hombre renacentista en su cultura, dueño de una imaginación portentosa, con una obra polifacética llena de humor y erudición, de sabiduría y magia, de inteligencia y melancolía; un portento estilístico incluso en sus piezas menores, como lo son, sin duda, ¡pero que enorme pieza menor!, estas historias gallegas.

El libro recoge sesenta y siete semblanzas de personajes gallegos imaginarios, pero muy reales en tanto Cunqueiro supo captar y concentró en ellos el espíritu esencial de la galleguidad, por decirlo así. Son individuos muy tiernos, humildes, sencillos, desbordantes sin embargo de sabiduría popular. Son gentes de una Galicia que ya no existe (de hecho, de una España que ya no existe), de un mundo rural en el que conviven con naturalidad paisanos de las aldeas, vacas que ahuyentan el mal de ojo porque se llaman Teodora, meigas que haberlas haylas, mirlos que resuelven pleitos de lindes, tesoros ocultos que hablan y cuentan su emplazamiento a quien quiera escucharlos, fadas, mitos y ritos ancestrales, mujeres que permiten a las futuras madres escoger el color de ojos de sus niños por el sencillo expediente de hacerlas dormir con un ojo de cristal sobre el ombligo, animales prodigiosos, espíritus caprichosos, fantasmas traviesos. Unos gallegos que son, a la vez, creedores y escépticos, mágicos pero racionalistas, supersticiosos y espirituales… En definitiva, un mundo lleno de magia, el mundo de lo fantástico, de los sueños, aunque anclado en un paisaje físico y humano muy reconocible hasta hace pocos años en el interior de Galicia. El hombre necesita, como quien bebe agua, beber sueños, dice Cunqueiro en el prólogo. ¡Qué gran verdad!

Publicados originariamente en febrero de 1981, pocos días antes de la muerte de su autor, fueron emitidos en la radio ese mismo verano, tras su muerte. Cierro aquí ya mi reseña para que podáis comprobar, precisamente, la enorme potencia radiofónica de esos cuentos, pues quiero que disfrutéis del texto íntegro de uno de ellos, un ejemplo extraordinario de una de esas semblanzas, la historia sorprendente y muy triste, muy tierna también, de Tristán García. Espero que disfrutéis con ella. Volveré otro día, con más paciencia, a la inmensa obra, que os recomiendo íntegramente, de este escritor magnífico: sus novelas repletas de fantasía, sus eruditos artículos periodísticos, sus sorprendentes obras teatrales, sus líricos poemas. Empezad, quizá, por esta obra relativamente menor, Las historias gallegas, publicada por Editorial Paréntesis, seguro que os entrarán ganas de abordar todos sus escritos. Música gallega también para cerrar el espacio tras el texto leído: Luar na lubre interpreta Camariñas, una preciosa delicia (aunque el vídeo presenta un sonido por momentos deficiente).

Este Tristán del que cuento, nunca supo por qué le habían puesto Tristán en el sacramento el bautismo, ni conocía a nadie que se llamara como él. Un tío suyo de Soutomaior, que trabajaba como camarero en un restaurante muy famoso de Lisboa, le decía que en Portugal conocía a dos o tres Tristanes, y todos ellos eran de la aristocracia. Tristán fue a cumplir el servicio militar a León, y allí, en un quiosco compró La verdadera historia de Tristán e Isolda con los amantes muy abrazados en la portada, por una peseta y cincuenta céntimos. Al fin iba a saber quien era aquel Tristán cuyo nombre llevaba. Cuando llegó al terrible final de la historia, con la muerte de ambos enamorados, Tristán García no pudo evitar las lágrimas. Y dio en imaginar que andando por el mundo encontraba a una mujer llamada Isolda, y ambos se gustaban, se hacían novios, se casaban, y vivían muy felices en la aldea cercana a Viana do Bolo de donde Tristán era natural. A todos sus compañeros del Regimiento de Burgos 38 les preguntaba si había en sus pueblos una muchacha que se llamase Isolda. No la había. Había alguna Isolina suelta, pero Isolina no era lo mismo que Isolda. Tristán se lamentaba consigo mismo de no dar con una Isolda, porque si no la encontraba en León, donde había tanta familia, ya no la encontraría nunca, dedicado a la labranza en su aldea de Viana do Bolo.
Un día lo mandó llamar un sargento que se llamaba Recuero.
-¿Tú eres el que anda buscando una Isolda? Pues en Venta de Baños hay una viuda de este nombre.
-¿Joven o vieja?, preguntó Tristán emocionado.
-No lo sé. Es churrera, le comentó el sargento.
Tanto tenía metida en su magín la novela famosa nuestro Tristán, que no pudo dudar un instante de que aquella Isolda de Venta de Baños fuese joven y hermosa, y si era churrera, podía seguir con el negocio en Viana, o en Orense capital, donde servían chocolate con churros en los cafés. También consideraba Tristán que si la viuda era vieja, lo más seguro era que tuviese una hija o sobrina joven que se llamase como ella. Tuvo un permiso, y con veinte duros que tenía ahorrados, tomó en León el tren para Venta de Baños. Ya en aquel empalme, preguntó por la churrería de la señora Isolda. Estaba allí al lado, y la señora Isolda despachando churros a un señor cura. Era la señora Isolda una anciana con el pelo blanco, con hermosos ojos negros, la piel tersa, las manos muy graciosas echando azúcar y envolviendo los churros en papel de estraza. Tristán vaciló en dirigirse a ella, pero ya había gastado cincuenta y cuatro pesetas en el billete de ida y vuelta.
-Buenos, días. ¿Es usted la señora Isolda?
-¡Servidora!, respondió la amable viejecita sonriendo. -¿Cuántos le pongo?
-¡Es que yo soy Tristán! ¡Venía a conocerla!
La viejecita cerró los ojos, y se agarró al mostrador para no caer. Gruesas lágrimas rodaban por sus mejillas.
-¡Tristán!¡Tristán querido!, pudo decir al fin. ¡Toda mi juventud esperando a conocer a un mozo que se llamase Tristán, como el de Isolda! ¡Y como no venía me casé con un tal Ismael!
Tristán saludó militarmente y se retiró hacia la estación, a esperar el primer tren para León. Cuando llegó y subía al vagón de tercera, apareció la señora Isolda, quien le entregó un paquete de churros. No se dijeron nada. Cosas así sólo pasan en los grandes amores.

miércoles, 14 de diciembre de 2011

THOMAS BERNHARD. RELATOS AUTOBIOGRÁFICOS

Hola, buenos días. Esta semana quiero recomendaros, a través de un libro relativamente reciente, que a su vez reúne cinco novelas autobiográficas de su autor, la obra completa de Thomas Bernhard, fallecido hace algo más de veinte años y que en los quince anteriores a su muerte, en los últimos setenta y primeros ochenta, conoció un extraordinario y sorprendente éxito en nuestro país, en el que se tradujo prácticamente toda su obra novelística, su poesía, su abundante producción teatral, e incluso, dada la fascinación que provocó en un amplio número de lectores, se publicaron obras misceláneas, recopilación de entrevistas, estudios varios. Y aún de manera relativamente reciente, en el pasado 2009, Alianza Literaria presentó algunos escritos inéditos bajo el título de Mis premios, una colección de comentarios del escritor austríaco en torno a las circunstancias que rodearon la concesión, la entrega y las ceremonias de recepción de los galardones literarios recibidos por él en vida. Sin embargo, el libro que me sirve de excusa para esta operación más general de recuperación de Bernhard que hoy quiero hacer en Todos los libros un libro, se titula Relatos autobiográficos y recoge los cinco tomos de su autobiografía que fueron editados por separado y presentados en España por la editorial Anagrama en magnífica traducción de Miguel Sáenz, entre 1984 y 1987, con los títulos de El origen, El sótano, El aliento, El frío y Un niño.

Y hablo de sorprendente éxito porque pese a que, a mi juicio, y al más autorizado de sus entusiastas introductores en España -aún recuerdo los apasionados artículos escritos aquellos días por Javier Marías y Félix de Azúa-, Thomas Bernhard es un escritor magnífico, uno de los grandes nombres de la literatura universal en la segunda mitad del siglo XX, es también, sin duda, un escritor difícil. Adentrarse en su obra requiere paciencia, dedicación, voluntad y esfuerzo, aunque superada esa inicial dificultad los réditos son incalculables: innumerables horas de disfrute, de belleza y de placer. Si mi ejemplo y mi palabra os sirven de algo, sabed que rebuscando en mi biblioteca mientras preparaba esta reseña he encontrado cerca de treinta libros de Thomas Bernhard. Espero que mi entusiasmo por su obra pueda resultaros contagioso.

La escritura de Thomas Bernhard es musical, hipnótica, está hecha de repeticiones, de variaciones; de términos, de expresiones, de frases enteras, de grupos de palabras que aparecen y reaparecen una y otra vez a lo largo del texto; un texto siempre sinuoso, un río que fluye poderoso e imparable, con recodos y meandros, un caudal interminable de palabras que no respeta párrafos, ni puntos y aparte, que nos sumerge en una avalancha expresiva, un eterno soliloquio, enloquecido y paranoico, extremadamente lúcido y a la vez delirante, con una minuciosidad y un afán de precisión que, paradójicamente, resultan fuertemente magnéticos en una narración que nos empuja y nos arrasa, que nos desarbola y arrebata, cuya lectura nos deja, literalmente, sin respiración. En Corrección, para mí su obra mayor, una novela que publicó Alianza en 1983, nos asaltan trescientas veinticinco páginas de letra apretada sin un sólo punto, un desmesurado flujo de conciencia, una corriente infatigable y alucinada de pensamientos repetidos una y otra vez con pequeñas fluctuaciones y ligeros cambios al modo de las composiciones musicales minimalistas.

Y si formalmente la prosa de Thomas Bernhard resulta muy singular y atrevida, muy arriesgada y sin embargo muy eficaz, otro tanto ocurre con el objeto de sus narraciones. La locura, el sinsentido de la vida, la soledad, la maldad, la violencia, el absurdo, la crítica de la uniformidad y el gregarismo, el odio furibundo a los nacionalismos, al poder, a la irracionalidad de las iglesias, el pesimismo desesperanzado y nihilista están presentes en todas sus obras, tocadas, sin embargo por un perceptible y sutil humor negro, muy cáustico y corrosivo. Ya sus títulos resultan reveladores de las obsesiones ‘bernhardianas’: El malogrado, Helada, Trastorno, Los locos, Los reclusos, Hambre grande, inconcebible, El ignorante y el demente, entre otros.

Y estos rasgos distintivos de la literatura de Thomas Bernhard están singularmente presentes en cada uno de los cinco libros de sus Relatos autobiográficos. Con el brillante y descarnado estilo que caracteriza su radical propuesta literaria, Bernhard nos cuenta en El origen su educación adolescente en Salzburgo marcada por el nacionalismo y el catolicismo, dos enfermedades, como señala el autor, destructoras de la dignidad humana; en El sótano, el protagonista abandona el colegio y comienza a trabajar en una sórdida tienda de ultramarinos y se inicia en sus estudios de música. En El aliento es una dolencia pulmonar contraída a los dieciocho años la que centraliza su existencia, en contacto permanente con la enfermedad y la muerte. Ese sombrío paseo por hospitales, casas de reposo y sanatorios continúa en El frío, cuarto volumen de una serie que finaliza con El niño, síntesis, resumen y cierre de su desgraciada y traumática infancia. Y en los cinco, apasionadas e intransigentes diatribas contra los educadores y los curas, contra la clase médica, contra el mundo del arte y la cultura que él ve como artificial e impostado, contra los restos del nacionalsocialismo que perdura en los distintos estratos de la burocracia y el poder, contra su ciudad, ese Salzburgo mediocre, mezquino, hipócrita, lesivo para el espíritu que denostó hasta su muerte.

De Salzburgo, precisamente, habla el fragmento con el que quiero despedir mi reseña de hoy. No lo dudéis, leed todo Thomas Bernhard. Adentraos en su obra a través de estos magistrales Relatos autobiográficos que ahora reedita Anagrama, y, estoy seguro, no querréis perderos ninguno de sus libros, pues su narrativa -me interesan menos su poesía y su teatro- es envolvente y adictiva, la escritura genial de uno de los escritores esenciales de la literatura contemporánea universal. Como colofón musical a mi propuesta de hoy, un pequeño fragmento de las Variaciones Goldberg, de Bach, interpretado por Glenn Gould. La pieza es una de las obras favoritas de Thomas Bernhard: su novela El malogrado gira enteramente sobre ella y sobre el propio Glenn Gould. Hasta la semana que viene.

La ciudad, poblada por dos clases de personas, los que hacen negocios y sus víctimas, sólo es habitable para el que aprende o estudia, de forma dolorosa, una forma que turba a cualquier naturaleza, con el tiempo la disturba y perturba y, muy a menudo, sólo de forma alevosa y mortal. Las condiciones meteorológicas extremas, que irritan y debilitan continuamente y, en cualquier caso, enferman siempre a las personas que viven en ella, por una parte, y la arquitectura salzburguesa, que en esas condiciones produce unos efectos cada vez más devastadores en la constitución de las personas, por otra, ese clima prealpino, que oprime a todas esas personas dignas de compasión, de forma consciente o inconsciente pero, en sentido médico, siempre dañina y, en consecuencia, que las oprime en su mente y en su cuerpo y en todo su ser, al fin y al cabo a merced de esas condiciones naturales, y con brutalidad increíble produce una y otra vez esos habitantes irritantes y debilitantes y enfermantes y humillantes e insultantes y dotados de una gran vileza y abyección, engendran una y otra vez a esos salzburgueses de nacimiento o llegados de fuera que, entre sus muros fríos y húmedos, amados con predilección por el aprendiz y estudiante que fui hace treinta años en esa ciudad, pero odiados por experiencia, se entregan a sus estúpidas terquedades, absurdidades, barbaridades, asuntos brutales y melancolías, y constituyen una inagotable fuente de ingresos para todos los médicos y empresarios de pompas fúnebres posibles e imposibles.

miércoles, 7 de diciembre de 2011

PHILIP KERR. VIOLETAS DE MARZO

Hola, buenos días, bienvenidos a una nueva emisión de Todos los libros un libro. Hoy os traigo no uno sino seis libros, los cuales me atrevo a aseguraros, pues estoy convencido de ello, que van a resultaros extraordinariamente interesantes y sugestivos. El novelista británico Philip Kerr ha publicado una serie, que empezó siendo una tetralogía, aunque se ha prorrogado ya con un quinto y un sexto libros, ambientada en la Alemania nazi con el título común de Berlín Noir, de la que ahora quiero daros cuenta. Los seis libros admiten una lectura autónoma, pero existe un evidente orden, no sólo cronológico, en ellos, por lo que yo os recomiendo su lectura sistematizada siguiendo esta lógica natural. Es por esta razón por lo que mi reseña de hoy, sin obviar las referencias generales a toda la serie, se va a centrar de modo principal en el primero de todos ellos que con el título Violetas de marzo publicó en 2007 la editorial RBA, responsable igualmente del resto de los volúmenes de la sexalogía (¿se dirá así?). La traducción de los tres primeros libros, el citado Violetas de marzo, el segundo, Pálido criminal y el tercero, Réquiem alemán, corresponde a Isabel Merino. Por desgracia, en una desafortunada opción editorial, el cuarto, Unos por otros, que ha sido vertido al castellano con más de un incorrecto y molestísimo giro catalán, el quinto, Una llama misteriosa, y el sexto, Si los muertos no resucitan, se ofrecen en la versión española de distintos traductores. En fin, demasiadas interpretaciones para una misma voz.

Con el nombre genérico de Berlin Noir Philip Kerr escribe una serie de novelas de intrigas policiacas, las clásicas novelas de investigaciones detectivescas, pero con la peculiaridad de que sus tramas se desenvuelven, en general, como he señalado, en la Alemania nazi (aunque la quinta novela de la serie lleva la acción a Buenos Aires). Philip Kerr, un licenciado en Derecho nacido en Edimburgo, que se ha dedicado a la publicidad antes de centrarse de modo exclusivo en la literatura, ha creado, como protagonista de sus investigaciones, un personaje literario de primera magnitud, uno de esos detectives geniales que se asocian de modo indefectible a una obra, que la definen y diferencian, que identificarán a su autor en los manuales de literatura del futuro, que pasarán con él a la posteridad. Del mismo modo que Carvalho va unido a Vázquez Montalbán, o como ya he señalado aquí Marco Didio Falco a Lindsey Davis, o, si nos remitimos a los clásicos, Sam Spade o Philip Marlowe nos traen a la mente a Raymond Chandler o Dashiell Hammet; del mismo modo que todos ellos pertenecen ya a la memoria colectiva no sólo de los amantes del género policiaco sino de varias generaciones de ciudadanos del mundo, como iconos que han trascendido sus meras apariciones en libros y películas, la creación de Philip Kerr, Bernie Gunther, el expolicía alemán que abandona su puesto como Kriminalinspektor, hastiado de la progresiva presencia nazi en la policía, para convertirse primero en detective del Hotel Adlon y para ejercer luego como investigador privado en el Berlín de los años previos a la segunda guerra mundial, es también una figura así, de ese calibre, con, además de una excelente caracterización literaria, un valor añadido en tanto emblema ejemplar de la independencia insobornable, de la resistencia frente a los poderosos. Bernie Gunther encaja en ese prototipo consabido de investigador cínico, solitario, sarcástico, frío, valiente, íntegro, con un humor cáustico, capaz siempre de ofrecernos réplicas aceradas y contundentes, frases cortantes y rotundas como aforismos: En estos tiempos, la única mujer en la que puedes confiar es en la esposa de otro, afirma. O esta otra: Salvo por aquellos tacones altos, Lotte Hartmann estaba tan desnuda como la hoja del cuchillo de un asesino, y probablemente era igual de mortífera. Un hombre duro, arriesgado, que ha visto crímenes horribles, que también los ha perpetrado, que pasó un tiempo en un campo de concentración, que es capaz por ello de desenvolverse con éxito en un hábitat tan tortuoso, tan propenso a las traiciones, tan despiadado, tan brutal, tan sórdido como el de los entresijos del poder hitleriano. Alguien aparentemente sin principios, pero caracterizado en el fondo por un modo muy libre de encarar la existencia, por una personalidad que no admite sobornos ni componendas, que no se pliega a los tentadores y económicamente sustanciosos cantos de sirena que llegan desde el poder; una personalidad que no respeta otros referentes morales que no sean los propios y por ello no sujeta a los dictados de quienes mandan, sean quienes sean, nazis dementes o rusos despiadados, fanáticos palestinos o judíos vengativos. No está a la sombra de nadie y no teme decir lo que piensa, lo definen sus enemigos. Un hombre, también, y ése es otro de sus atractivos, con zonas grises, con ambivalencias, con contradicciones: ha ofrecido sus servicios a unos y otros, él mismo ha sido nazi, ha pertenecido a las SS, ha espiado, ha matado, pero es sensible, honrado pese a su cinismo, y esa honradez es la que le impide ocultarse ante la imagen que recibe al plantarse frente el espejo. ¿Cómo pudimos dejar que pasara?, se interroga respecto a la tolerancia y la complicidad de sus conciudadanos y la suya propia ante la barbarie nazi, a menudo me hago la misma pregunta y no encuentro respuesta. No creo que ninguno de nosotros encuentre jamás una respuesta, afirma descreído, sin engañarse, sin perdonarse, sin paños calientes, sin autoconmiseración, sin esperanza alguna. Un hombre además, como manda el tópico del género, con un extraordinario encanto para las mujeres, a muchas de las cuales seduce con aparente facilidad en sus aventuras a lo largo de la serie.

En Violetas de marzo, el personaje aparece, como os digo, en Berlín, en el año 1936, para investigar, contratado por un rico industrial, la muerte de la hija de este, asesinada junto a su marido en un oscuro incidente, así como la desaparición de un valioso collar de diamantes, sustraído de la caja fuerte de la casa del matrimonio en la que aparecieron los cadáveres. Pero los acontecimientos se van enrevesando y lo que inicialmente en un caso relativamente rutinario en la práctica habitual de un detective privado, acaba ramificándose y llenándose de implicaciones que afectan a miembros de la Gestapo, a oficiales nazis y hasta a altos mandos del Reich como Himmel o Goering. Las tramas en las novelas de Philip Kerr son siempre muy complejas, se imbrican, se dispersan, se entremezclan. Ya sea, como en esta primera novela, la investigación de un robo; ya sean, como en Pálido criminal, la segunda, las brutales muertes de algunas jovencitas que representan el ideal nazi de la raza aria, debidas a la acción de un supuesto asesino en serie en 1938, con la guerra a las puertas de Alemania; ya sea, en Réquiem alemán, el juego múltiple del espionaje y contraespionaje alemán, ruso, estadounidense y británico en la Viena post bélica de 1947; o bien como en la cuarta novela de la serie, ambientada en Munich en 1949, los intentos fraudulentos de antiguos militares nazis por ocultar su pasado y rehacer con normalidad su vida, preferentemente en Sudamérica, las novelas de Philip Kerr nunca pueden reducirse a una única línea argumental, sino que se hunden en un mar de referencias, de implicaciones, de descubrimientos, se abren a múltiples perspectivas, conducen a infinidad de repercusiones que permiten mostrar la sociedad alemana de los años treinta y cuarenta.

Y este es, precisamente, otro de sus grandes logros: la recreación fiel de una época. Los libros de Philip Kerr son una lección de historia, conocemos la vida cotidiana de la Alemania nazi con una extraordinaria precisión, que necesariamente habrá exigido al autor una ingente labor documental: los bajos fondos, el estraperlo, los cupones de racionamiento, las prostitutas, los cafés y los cabarets, los pasillos de los edificios gubernamentales, las dependencias administrativas, los hoteles, los monumentos, las calles, los cascotes, los escombros, los tranvías, los modelos de coches, los itinerarios de los trenes, los actores que copaban las carteleras de los cines, las canciones de moda, los hábitos más comunes de los ciudadanos anónimos, sus ropas, sus comidas, las marcas de tabaco, los vinos, sus diversiones, también sus miserias, sus traiciones, sus ilusiones casi siempre frustradas, su pasividad ante el horror del que a veces ni siquiera son conscientes, o que toleran, si lo son, porque en ello les va la vida. Me siento como un pintor puntillista o al menos intento seguir esa técnica: trazo pequeños puntos de color que parecen tener importancia cuando estás cerca pero que cobran significado cuando te separas. Contienen muchos detalles; la mayor parte de los escritores que abordan este periodo de la historia se concentran en grandes temas y hacen que se pierda claridad. Personalmente intento concentrarme en pequeñas cosas que quizás tengan mayor sentido para la novela, ha afirmado en este sentido Philip Kerr en alguna entrevista. Otto Dix y George Grosz son, precisamente, dos pintores que uno tiene en mente al leer las detalladas descripciones de la Alemania por la que deambula el detective.

En fin, os dejo ya con un breve fragmento del libro. Leed este Violetas de marzo y el resto de la extraordinaria serie protagonizada por Bernie Gunther, publicada por RBA, seguro que va a atraparos. Como complemento musical a mi recomendación de esta semana, y hablando del nazismo, os ofrezco The partisan, la canción de la resistencia francesa en la segunda guerra mundial que popularizó Leonard Cohen.

Detrás de mi oficina, hacia el sudeste, estaba la Comisaría Central de Policía, y me imaginé todo el duro trabajo que se estaría llevando a cabo allí para tomar enérgicas medidas contra la delincuencia de Berlín. Infamias como hablar del führer de forma irrespetuosa, exhibir un cartel de ‘Agotadas las existencias’ en el escaparate de una carnicería, no hacer el saludo hitleriano o ser homosexual. Eso era Berlín bajo el gobierno nacionalsocialista: una casa enorme y llena de fantasmas, con rincones oscuros, escaleras tétricas, sótanos siniestros, habitaciones cerradas y toda una buhardilla llena de poltergeists sueltos, arrojando libros, cerrando puertas de golpe, rompiendo cristales, gritando en medio de la noche y aterrorizando a los propietarios hasta tal extremo que había veces que estaban dispuestos a vender su casa y escapar. Pero la mayor parte del tiempo sólo se tapaban las orejas, se cubrían los ennegrecidos ojos y trataban de hacer como si no pasara nada malo. Acobardados por el miedo, hablaban muy poco, ignorando que la alfombra se movía bajo sus pies, y su risa era esa clase de risa nerviosa que siempre acompaña a los chistes del jefe.








miércoles, 30 de noviembre de 2011

CUCA CANALS Y JOSÉ CASTRO. EN POCAS PALABRAS. JOSÉ MARÍA ECHEVERRÍA ECHEPARE. TÍTULO DEL LIBRO

Hola, buenos días. Aquí estamos, un miércoles más, en la sintonía de Radio Universidad Salamanca, para recomendaros un nuevo libro con la esperanza de acertar, de que nuestra propuesta pueda interesaros. Hoy os traigo no uno, sino dos libros que tienen un evidente nexo unificador, aunque pertenecen a autores diversos, parten de propuestas distintas y están editados en ámbitos diferentes y por editoriales independientes entre sí. Pero son libros, y eso tienen en común, que rezuman creatividad, espíritu festivo, diversión, distracciones visuales, juegos verbales y gráficos; libros que tienen a las palabras como protagonistas, pero las palabras en su condición física, material, viva, las palabras desde el punto de vista formal, más allá del significado que transmiten, el cual, siendo importante, alcanza una dimensión secundaria frente a la disposición espacial de los fonemas, frente a la imagen, frente al signo, frente a la potencia significativa de los iconos.

Pero vayamos con las referencias de ambas obras. La primera es En pocas palabras, escrito en colaboración por Cuca Canals y José Castro, y publicado por El Aleph Editores en 2008. La segunda se debe a Josemaría Echeverría Echepare, el título del libro es, de un modo redundante pero muy descriptivo de lo que nos vamos a encontrar en su interior, Título del libro, y lo publicó, también en el pasado 2008, la palentina Ediciones Cálamo.

En pocas palabras es una obra conjunta debida a la capacidad inventiva y a la imaginación de Cuca Canals, novelista, guionista de cine, pintora, y a la pericia técnica y la pulcritud en el grafismo de José Castro, diseñador gráfico e ilustrador. Como guionista, Cuca Canals ha colaborado en algunas de las más destacadas películas de Bigas Luna, entre otras Jamón, Jamón o Huevos de oro. Ha publicado también cuatro novelas, en las que siempre afloran los juegos de palabras, los retos verbales, la poesía visual, como en el libro del que os hablo esta mañana.

Resulta difícil describir a través de la radio las características de una obra que tiene en la imagen a su protagonista principal, como si mi pretensión fuera explicaros con palabras la esencia de La Gioconda, por ejemplo, pero dejadme deciros, en un intento algo vano de dar cuenta de la naturaleza de este libro singular, que En pocas palabras contiene una serie de aproximaciones visuales al mundo del arte; a sus principales movimientos, el minimalismo, el dadaísmo o el puntillismo, entre otros; a algunos destacados pintores, Goya, Miró, Picasso, Dalí, Modigliani o Toulouse Lautrec, por citar unos pocos; al universo cinematográfico, a través de sus actores y actrices, Robert Redford, Jack Nicholson o Angelina Jolie, a modo de ejemplo, y de algunas conocidísimas películas, sirvan de muestra American Beauty, Carros de fuego, Batman, Mujeres al borde de un ataque de nervios, Dr. Jekill y Mr. Hyde, El exorcista o Cantando bajo la lluvia; a la literatura, con menciones a Cien años de soledad, El Quijote, Cumbres borrascosas, Shakespeare, Dostoiesvski, Pessoa y hasta Ruíz Zafón; a la música, tanto la clásica, Mozart, la ópera, Fausto, Montserrat Caballé, como la más actual, con U2, Marilyn Manson, los Beatles, Pink Floyd o los Rolling Stones.

Pero lo excepcional del libro, lo que resulta casi imposible de trasladaros por este medio con mis palabras, es que cada uno de estos motivos que acabo de mencionaros es presentado con un juego gráfico, con un recurso iconográfico, con un fogonazo expresivo hecho de imágenes y textos muy breves, al modo de la publicidad, en un contraste muy llamativo, inesperado, siempre sorprendente, algo mágico, lleno de humor, repleto de imaginación y creatividad, hasta conformar una obra muy vistosa, muy rica formalmente, muy innovadora, una auténtica delicia. Pensad, por ejemplo, que una página contiene el título del libro de José Saramago, Ensayo sobre la ceguera, escrito con la tipografía que utiliza habitualmente la ONCE en sus campañas. Otra presenta repetida la palabra ‘mar’ infinidad de veces, creando un océano verbal, en cuyo centro, aislado, surge el nombre ‘Robinson Crusoe’. Una tercera incluye todas las letras del alfabeto, en su orden natural, en un color negro uniforme del que sólo se separa la letra P, dibujada en rojo. El título de la página, es, no tan obviamente, ‘Actriz’.

El segundo libro del que quiero hablaros supone también una propuesta sorprendente y algo arriesgada por insólita y poco convencional, al tiempo que participa de estas características de juego, de ejercicio lúdico que podíamos encontrar en la obra de Canals y Castro. Imaginad -una vez más debo recurrir a vuestra capacidad de evocación, ante la imposibilidad de mostrar con exactitud un libro predominantemente visual-, imaginad, digo, un libro en el que cada página hablara y contase su peripecia vital, llamémosla así. La primera, la página en blanco, la que contiene el título, la que recoge los créditos, la que da cuenta de la impresión, la que incluye la dedicatoria, la de agradecimientos, la que da cobijo a las citas iniciales, la que presenta alguna nota al pie, la del periódico, las pares, las impares, las imposibles, la página 12 y media, la 6.198.314, la 13,53. Y cada una de ellas descolocada o con saltos en la numeración o invertida o boca abajo o escrita al revés obligando al lector a replantearse las convenciones de la lectura, el arbitrario orden de los textos habituales, la rígida estructura de cualquier volumen al uso; invitando al lector a transgredir la adusta respetabilidad del libro, a alterarlo, a modificar irreverentemente su esencia, a jugar con él; exigiendo al lector el abandono de su muy triste seriedad adulta, el aburrido tedio de lo ya dado y repetido desde siempre; descubriendo en el lector su vena infantil, su inocente entusiasmo, su libertad sin restricciones. Incluso la portada participa de este caos provocador: el título del libro es Título del libro. Su autor es Autor, aunque en la solapa interna se dé noticia de su auténtico padre.

No tengo ya tiempo para detenerme más en el análisis de ambas obras. Consultadlas, leedlas, jugad con ellas, seguro que pasaréis un rato entretenido y muy placentero a la par que ilustrativo e interesante. En pocas palabras, de Cuca Canals y José Castro, y Título del libro, de Josemaría Echeverría, con una de cuyas páginas os dejo por hoy, no sin antes presentaros mi propuesta musical. Dado que el libro es el protagonista último de mis recomendaciones de esta semana, os ofrezco una canción que habla de ese mundo: Jonathan Rundman cantando Librarian. Hasta la semana que viene.

No sé si el libro te estará gustando. Nosotras es que somos así. Si has llegado a este punto supongo que no te caemos del todo mal. Pero quizá estés buscando una explicación. A tanto no me atrevo, porque quizá no exista sólo una, sino varias. A mí me parece una especie de fiesta o algo así. Lo que sí te diré es que las páginas no tenemos, según dicen, un futuro demasiado claro. Algunos visionarios de salón afirman que los libros pueden desaparecer. Que no seremos necesarias a causa de Internet, los ordenadores y todas esas maquinitas. No lo sé. Aunque a veces es fantástico no ser imprescindible, porque puedes hacer lo que te dé la gana. No es que yo sea una libertaria empedernida, pero me gusta esta nueva sensación. Dicen que lo mejor de la pintura o la fotografía llegó cuando se libraron del rollazo de representar y reproducir. No sé si me explico. Si para transmitir la información ya no fueran necesarios los libros, quizá estos podrían divertirse un poco más. Pasarían a ser un objeto valioso en sí mismo, una suerte de capricho u obra de arte. Tampoco me hagas mucho caso, que no pretendo ser una página profética. Al fin y al cabo ignoro si esto es el comienzo de una nueva vida, el canto del cisne o una solemne tontería. Pero... ¿qué más da?

miércoles, 23 de noviembre de 2011

JOHANN WOLFGANG GOETHE. LAS AFINIDADES ELECTIVAS

Hola, buenos días. Con ocasión de la reseña número cincuenta de las aquí publicadas vuelven los clásicos a Todos los libros un libro. ¡Y qué vuelta! Ni más ni menos que con una auténtica obra maestra, una de esas referencias indispensables (o casi) en cualquier historia de la Literatura universal. Se trata de Las afinidades electivas, una de las obras mayores de Johann Wolfgang Goethe, el genio alemán, y la publica, en un excepcional volumen que merece la pena y exige un comentario por sí mismo, incluso al margen del texto, La Oficina Ediciones, que recoge la antigua traducción de Helena Cortés Gabaudan para Alianza Editorial y que además, en una afortunadísima opción editorial, encomienda a la propia traductora la edición, una decisión con un resultado espléndido como tendréis ocasión de comprobar por mis palabras dentro de un momento. Pero permitidme que os hable primero y brevemente de la novela, que imagino por otro lado suficientemente conocida, para centrarme luego en la primorosa edición que multiplica los motivos de interés de un libro ya de por sí extraordinariamente sugestivo.

Las afinidades electivas es, como sabéis, el paradigma de la novela romántica, de la que ya otra obra de Goethe, Las desventuras del joven Werther, se presentaba como destacado antecedente. Escrita a principios del siglo XIX, la novela recoge los conflictos entre el amor sosegado, razonable y sólido, maduro, fecundo, equilibrado que se desenvuelve en el seno de un matrimonio feliz, y la enloquecedora presencia del amor pasión, el desatado torrente de emociones y sentimientos, la locura irrefrenable, el torbellino de plenitud e intensidad que siempre suponen los enamoramientos arrebatados y febriles. Eduardo y Carlota son ese matrimonio armonioso y estable. Amantes desde la infancia, casados en segundas nupcias tras haber soportado, en ambos casos, sendos matrimonios de conveniencia afortunadamente extinguidos, su unión es tranquila y plácida, cómoda, placentera e incluso estimulante, y se desenvuelve en su rica mansión campestre con una satisfacción y una confortabilidad envidiables. La llegada a la residencia de Otilia, la joven hija adoptiva de Carlota, y del capitán, un viejo amigo de Eduardo, removerá los cimientos de la vida conyugal y constituirá el inicio de una pasión que, como exigen las normas ímplicitas en estas narraciones románticas, se revelará a la postre trágica. Eduardo, impulsivo, débil, algo infantil, se enamora irremisiblemente de Otilia y está dispuesto a arriesgar su existencia entera por tenerla. El Capitán y Carlota, ésta más reflexiva y sensata, se aman igualmente, pero son capaces de refrenar sus impulsos.

Pero más allá de esta en cierto modo consabida trama argumental la novela se abre a infinidad de subtemas, de reflexiones filosóficas, morales y hasta científicas (las afinidades electivas del título aluden a ciertas cualidades de los compuestos químicos que los asemejan en su comportamiento a los cuerpos e incluso a las almas humanas y que Goethe, con su vastísima cultura, con su proverbial inteligencia capaz de llegar al extremo de cuantas materias le interesen, vincula, en una lectura simbólica, al destino de sus protagonistas). Y así, los dilemas que plantea el adulterio, la presión de las convenciones morales, el desmesurado y casi siempre frustrado anhelo de totalidad, de libertad en el hombre, los deleites pero también las muchas desgracias que acarrea la exaltada vivencia de la pasión, el horizonte inexcusable de la muerte, aparecen como temas de fondo de una novela que se presenta revestida de toda la parafernalia romántica: cementerios y capillas, la naturaleza incontrolable, las oscuras aguas de los lagos, los bosques ominosos, la luna encantadora y sin embargo amenazante, los arroyos caudalosos y las colinas arboladas, las escarpadas rocas y los pavorosos abismos en las hondonadas, los senderos que se pierden sin destino, los parterres y los jardines, los viveros e invernaderos, los arbustos y la multiplicidad de variedades florales, los crisantemos como presagio oculto del trágico final, la muerte inesperada, la sombra del suicidio, la muerte, la muerte, siempre la muerte.

Y es en este terreno de los símbolos donde cobra importancia, tanta que se conforma como uno de los encantos esenciales del libro, la maravilla de la edición que nos ofrece Helena Cortés. Por de pronto, el texto se presenta acompañado de varias decenas de reproducciones de cuadros (óleos, dibujos, acuarelas) de Caspar David Friedrich, el visionario pintor romántico alemán, uno de mis favoritos ya desde mi lejana etapa de estudiante. Y he dicho ‘acompañado’ y pienso que la expresión es correcta porque la inteligente aportación de la editora consiste, aparte de en la propia y excelente labor de traducción, en establecer un diálogo, muy fecundo, entre la obra del pintor y el mismo texto de la novela. Es tan extraordinario el trabajo, están tan bien buscadas las ilustraciones, se ajustan de un modo tan adecuado al texto literario, que a lo largo de su lectura uno tiene la impresión de que los cuadros se hubieran pintado expresamente para completar el texto, para dotar de presencia física a unos parajes, a unas situaciones, a unos personajes, que las palabras, pese a su precisión, pese a su capacidad de evocación, no logran plasmar del todo.

El libro, pues, ya resultaría una delicia por el doble motivo de la mera belleza del texto y de la deslumbrante maravilla de los cuadros representados en él. Además, ese juego de imbricaciones recíprocas, tan sugerentes y tan bien apuntadas por la editora, entre el argumento de la obra de Goethe y su representación pictórica en los cuadros de Friedrich, multiplica las posibilidades de disfrutar de un volumen indispensable. Pero aún hay más, hay todavía un cuarto elemento para el goce entusiasta, para la lectura exaltada, y es el penetrante estudio introductorio de Helena Cortés (un análisis que, a mi juicio, debe ser leído después de haberlo hecho con el libro, pues gana entonces en hondura y significatividad, engrandeciendo y mejorando la interpretación del texto). En este revelador preámbulo, la editora desmenuza con criterio y rigor, con profundidad y acierto, con irresistible argumentación, las interrelaciones entre la novela y la pintura de ambos maestros alemanes y con ellas el conjunto de símbolos, los signos, las claves, la multiplicidad de planos ocultos en la obra. Partiendo de la base, incuestionable, tras los lúcidos razonamientos de Helena Cortés, de que la Naturaleza constituye el elemento central de Las afinidades electivas y de la mayoría de los cuadros de Friedrich, se presentan las conexiones entre los personajes de la novela, los distintos estamentos sociales (aristocracia, alta burguesía y joven burguesía) y los diferentes tipos de naturaleza reflejados en la obra (el jardín francés, el inglés y la naturaleza salvaje y romántica), por un lado, con un tipo de ideología (la ilustración, el clasicismo y el romanticismo) y una forma de entender las relaciones sentimentales, los matrimonios de conveniencia, los matrimonios elegidos y las relaciones adúlteras, por otro.

No puedo daros cuenta de las muchas líneas de análisis, de muy atractivo y aun fascinante análisis, que se recogen en este excelente estudio introductorio del libro Las afinidades electivas, de Johann Wolfgang Goethe, ilustrado con los magníficos cuadros de Caspar David Friedrich que, por tantos motivos, os recomiendo. Como acompañamiento musical al romanticismo de mi propuesta literaria de hoy os ofrezco el Nocturno op. 9 número 1 en si bemol menor, una pieza de Frédéric Chopin interpretada -cre- por el pianista chileno Claudio Arrau, en un vídeo que recoge numerosos cuadros de Friedrich. Hasta la semana que viene.


Pero Mittler sabía muy bien que un corazón enamorado siente la necesidad imperiosa de desahogarse y de contarle a un amigo todo lo que siente, así que, tras varios intentos fallidos, permitió por una vez que le sacaran de su papel de mediador para hacer de simple confidente.

Cuando, después de escucharle, criticó amistosamente a Eduardo por la vida solitaria que llevaba en aquel lugar, éste le respondió:

-¡Oh, no sabría pasar el tiempo de modo más agradable! Siempre estoy pensando en ella, siempre estoy a su lado. Tengo la ventaja inestimable de poder imaginar dónde se encuentra, qué hace, a dónde va, dónde descansa. La veo delante de mí, actuando y haciendo sus cosas del modo acostumbrado, aunque bien es verdad que la imagino sobre todo ocupándose de las cosas que más me halagan. Pero no para ahí la cosa, pues ¡cómo podría ser feliz lejos de ella! Así que mi fantasía trabaja imaginando lo que debería hacer Otilia para aproximarse a mí. Escribo en su nombre cartas para mí, dulces y llenas de íntima confianza, a las que también respondo para luego juntarlas todas. He prometido no dar ni un paso para tratar de verla y quiero mantener mi promesa. ¿Pero qué promesa la vincula a ella, qué le impide dirigirse a mí? ¿Acaso Carlota ha tenido la crueldad de exigirle la promesa y el juramento de no escribirme ni darme noticia alguna? Parece natural y probable y sin embargo me parece inaudito e insoportable. Si me ama, como creo, ¿por qué no se decide, por qué no se atreve a huir y a arrojarse en mis brazos? A veces pienso que debería hacerlo, que podría hacerlo. Cuando noto que algo se mueve en la entrada, miro hacia las puertas y pienso ¡va a entrar! Eso pienso, eso espero. ¡Ay! Y como lo posible es imposible, me imagino que lo imposible acabará siendo posible. Cuando despierto por la noche y la lámpara arroja una sombra incierta por el dormitorio, pienso que su figura, su espíritu, algún efluvio de ella tienen que pasar ante mí, tienen que entrar y hacer presa en mí, sólo un instante, lo suficiente para que yo tenga una suerte de seguridad de que ella piensa en mí, de que es mía.

-Sólo una alegría me queda. Cuando estaba a su lado no soñaba con ella, pero ahora que estoy lejos estamos juntos en sueños y lo que es más raro: desde que he conocido a otras amables personas en el vecindario su imagen se me aparece en sueños como si quisiera decirme: "¡Mira a tu alrededor! No verás a nadie más hermoso ni más digno de amor que yo". Y así es como su imagen se mezcla en todos mis sueños. Todo lo que de algún modo la vincula a mí, se entrecruza y se superpone. Unas veces escribimos un contrato y aparecen su escritura y la mía, su nombre y el mío; después se borran mutuamente y se confunden. Pero estos juegos de la fantasía también provocan dolor. A veces ella hace algo que ofende la pura idea que me he forjado de ella y entonces es cuando siento cuánto la amo, porque me siento angustiado hasta un punto que no se deja describir. A veces ella me pincha y me atormenta, justo al revés de como es ella realmente, pero entonces se transforma su imagen y su bella carita redonda y celestial se alarga: es otra. Y, sin embargo, me siento atormentado, descontento y destrozado.

-¡No se sonría, mi querido Mittler, o sonríase si quiere! No me avergüenzo de mi amor, de esta inclinación que tal vez le parezca insensata y furiosa. No, hasta ahora nunca había amado; sólo ahora me doy cuenta de lo que esto significa. Todo lo que había vivido hasta ahora era tan sólo un preludio, un compás de espera, tiempo pasado y tiempo perdido hasta que la conocí, hasta que la amé y la amé por completo y de verdad. Aunque nunca me lo han dicho a la cara, sé que han murmurado a mis espaldas reprochándome que siempre estropeo todo porque todo lo hago a medias. Es posible. Pero es que todavía no había encontrado aquello en lo que podía demostrar mi maestría. Ahora me gustaría ver quién me supera en el talento de amar.

-Puede que sea un talento lamentable, lleno de sufrimiento y de lágrimas, pero me doy cuenta de que me resulta tan natural, tan propio, que seguramente me será difícil volver a renunciar a él.


miércoles, 16 de noviembre de 2011

NICHOLAS CARR. SUPERFICIALES. ¿QUÉ ESTÁ HACIENDO INTERNET CON NUESTRAS MENTES?

Hola, buenos días. Recordaréis quizá quienes nos escucháis que la semana pasada iniciábamos aquí, en Todos los libros un libro, un ligero, pero a mi juicio interesante, experimento, que consistía en mostraros dos enfoques contrapuestos sobre una misma cuestión, dos libros que defienden posturas casi antagónicas (aunque mantienen ciertos elementos en común) sobre un tema controvertido, como parece obvio pues si no no habría ocasión para la disputa. La abrumadora e imperialista, podríamos decir, presencia en nuestras vidas de Internet con su emblema más conspicuo, Google, a la cabeza, las enormes dimensiones que ha alcanzado la red en todos los extremos de la vida cotidiana, empresarial, social de este siglo XXI, hasta el punto de convertir la poderosa herramienta en imprescindible, su, en cierto modo, necesidad, de manera que no puede imaginarse siquiera la existencia actual sin esta tecnología, es un fenómeno aparentemente incontrovertido que, sin embargo, ha suscitado también furibundas reacciones contrarias, que cuestionan las ventajas de este cambio radical en el modo de organizarse y vivir los seres humanos en esta nueva era. Si la semana pasada encarábamos los aspectos más optimistas del asunto, con el magnífico libro Y Google, ¿cómo lo haría?, de Jeff Jarvis, claramente volcado sobre los benéficos efectos de Internet, hoy, en cambio, adoptaremos la postura enfrentada, a partir de otro libro excepcional (que a mí, personalmente, me ha interesado más) titulado Superficiales. ¿Qué está haciendo internet con nuestras mentes?, escrito por Nicholas Carr y ofrecido al público español por la editorial Taurus en traducción de Pedro Cifuentes.

La tesis principal que el libro sostiene postula que las tecnologías, los medios que empleamos para comunicarnos, informarnos, entretenernos, comprar, aprender en este comienzo de siglo no son neutrales. No son meras herramientas que usamos a nuestro antojo y sobre las que ejercemos un soberano control, no son instrumentos pasivos que, llevados por las riendas de nuestra voluntad y nuestro cerebro inteligente, se ‘dejan hacer’, sirven obedientes a nuestros fines, son simples envoltorios inocuos que cobijan en su interior aquello que nos resulta útil. Por el contrario, y partir de las tesis de Marshall McLuhan, el autor defiende que, pese a que cuando hablamos de internet solemos debatir sobre los contenidos que a través de la red fluyen (datos, entretenimiento, educación, conversación), el contenido de un medio importa menos que el medio en sí mismo a la hora de influir en nuestros actos y pensamientos. Los efectos de la tecnologìa no se dan en el nivel de las opiniones o los conceptos, que pudieran modificarse como consecuencia de esos contenidos que transmiten, sino que más bien alteran los patrones de percepción continuamente y sin resistencia. Nuestra capacidad de concentración, de contemplación, de reflexión, nuestra atención, nuestro modo de pensar, nuestro cerebro, incluso, están cambiando por el uso continuado de estas tecnologías que propician lo fragmentario, lo inconexo, lo fugaz, lo discontinuo, lo superficial, lo interrumpido, lo simultáneo. Acostumbrados, sobre todo las jóvenes generaciones, a estar todo el día conectados viendo vídeos en Youtube, mandando sms en el móvil, consultando el propio muro en Facebook, hablando por Skype, dando cuenta al mundo en Twiter, en ciento cuarenta caracteres escritos con prosa balbuceante y sincopada, de la última banalidad de nuestras existencias permanentemente expuestas, jugando a videojuegos, consultando las noticias de prensa en nuestro iPad, mirando fotos en Flickr, descargando películas y series de televisión, enlazando páginas y más páginas en un imparable carrusel de vínculos en los que apenas nos detenemos, en una apoteosis de la multitarea virtual, llega un momento en que nuestra mente se acostumbra a estos ritmos febriles y, como cuenta el propio Nicholas Carr en un paréntesis autobiográfico del libro, las sinapsis aúllan en demanda de sus dosis online. Desconectado radicalmente de internet para entregarse en cuerpo y alma a la redacción de su libro, el autor constata en carne propia que le embarga la ansiedad, que se descubre a sí mismo haciendo clic a escondidas en busca de correo nuevo, que se levanta a cada poco, interrumpiendo la actividad en la que estuviera inmerso, en demanda de estímulo electrónico, por llamarlo así, que sus patrones de atención, cognición y memoria estaban cambiando, no de modo irreversible, pues en el fondo, por edad y trayectoria personal, él es aún un habitante del universo preinternet, pero sí de una manera patente y grave, lo que lleva a temer por los efectos que puede producir ese uso compulsivo de la red en los más jóvenes, nacidos prácticamente en su seno. El modo en que leemos, en que escribimos, en que descansamos, en que nos concentramos se ve irremisiblemente afectado por el uso de una tecnología que, lejos de ser neutral, nos conforma a su imagen y semejanza y dirige, pues, nuestras vidas, tal y como lo hacía HAL, aquel ingenio informático sagacísimo y con pretensiones totalitarias que era uno de los personajes principales de 2001, una Odisea del espacio, la anticipadora obra maestra de Stanley Kubrick a la que Carr se refiere también en el libro.

Y para fundamentar sus tesis Nicholas Carr hace un recorrido muy interesante por la historia, por la ciencia, por la sociología, presentando argumentaciones muy convincentes y muy amenas también, pues el libro se lee de un tirón pese a que sus planteamientos requieran relecturas y reflexión y pausa. El estudio de los avances en la cartografía y la medición del tiempo, de los mapas y los relojes y su influencia en la conformación de las nociones de tiempo y espacio por parte del ser humano es apasionante. Del mismo modo nos atrapa el análisis de la historia del libro y de las consecuencias que para la mente humana tuvo el paso de la lectura en silencio a la producida en voz alta, o del papiro o las tablillas romanas al inmenso invento del libro. Deslumbrantes también las muchas páginas dedicadas a la descripción del funcionamiento del cerebro, de la actividad de sus distintas áreas, de las conexiones neuronales, de los grandes avances de las neurociencias y de las conclusiones que dicho desarrollo científico permite extraer sobre la influencia de las modernas tecnologías en nuestras mentes. Se nos cuentan así infinidad de esclarecedores experimentos hechos por científicos de diversas universidades sobre los procesos mentales que acompañan el aprendizaje, la memorización, la comprensión, y de cómo estos procesos se están viendo modificados por la omnipresencia de internet en nuestras vidas. De la riqueza del estudio de Nicholas Carr dan cuenta tres decenas largas de páginas finales de citas y referencias bibliográficas de muy diversa índole, desde la filosofía al periodismo, desde la ciencia a la ingeniería.

Debéis leer este libro, Superficiales. ¿Qué está haciendo internet con nuestras mentes?, escrito por Nicholas Carr y publicado por Taurus. Os asegurará unas jornadas de intensa y agradable lectura, y os permitirá conocer, desde más enfoques que los que habitualmente manejamos, un fenómeno como el de internet, que ya permea, con nuestra aceptación acrítica, todos los espacios de nuestra realidad, dejando en nosotros, en nuestros cerebros, en lo más profundo de nuestra conformación como seres humanos, un poso, un lastre, de efectos quizá irreparables.

La propuesta musical parte de la referencia a la película de Kubric que contiene el libro y que acabo de comentar: El Danubio azul, asociado para siempre a la danza de los astros en 2001, una odisea del espacio, con la música de Johann Strauss interpretada por la Orquesta Filarmónica de Viena, dirigida por Daniel Barenboim en el concierto de Año Nuevo de 2009. Hasta la semana que viene.


 
Durante los últimos años he tenido la sensación incómoda de que alguien, o algo, ha estado trasteando en mi cerebro, rediseñando el circuito neuronal, reprogramando la memoria. Mi mente no se está yendo -al menos, que yo sepa-, pero está cambiando. No pienso de la forma que solía pensar. Lo siento con mayor fuerza cuando leo. Solía ser muy fácil que me sumergiera en un libro o un artículo largo. Mi mente quedaba atrapada en los recursos de la narrativa o los giros del argumento, y pasaba horas surcando vastas extensiones de prosa. Eso ocurre pocas veces hoy. Ahora mi concentración empieza a disiparse después de una página o dos. Pierdo el sosiego y el hilo, empiezo a pensar qué otra cosa hacer. Me siento como si estuviese siempre arrastrando mi cerebro descentrado de vuelta al texto. La lectura profunda que solía venir naturalmente se ha convertido en un esfuerzo.

Creo que sé lo que pasa. Durante más de una década ya, he pasado mucho tiempo online, buscando y navegando y a veces añadiendo contenido a las grandes bases de datos de internet. La Web ha sido un regalo del cielo para mí como escritor. Investigaciones que anteriormente requerían días por las estanterías de hemerotecas o bibliotecas pueden hacerse ahora en cuestión de minutos. Unas pocas búsquedas en Google, algunos clics rápidos en hipervínculos, y ya tengo el dato definitivo o la cita provechosa que estaba buscando. No podría ni empezar a contabilizar las horas o los litros de gasolina que me ha ahorrado la Red. Resuelvo la mayoría de mis trámites bancarios y mis compras en la Web. Utilizo mi explorador para pagar facturas, organizar mis reuniones, reservar billetes de avión y habitaciones de hotel, renovar mi carné de conducir, enviar invitaciones y tarjetas de felicitación. Incluso cuando no estoy trabajando, es bastante posible que me encuentre escarbando en la espesura informativa de la Web: leyendo y escribiendo e-mails, analizando titulares y posts, siguiendo actualizaciones de Facebook, viendo vídeos en streaming, descargando música o sencillamente navegando sin prisa de enlace a enlace. La Web se ha convertido en mi medio universal, el conducto para la mayoría de la información que fluye por mis ojos y oídos hasta mi mente. Las ventajas de tener acceso inmediato a una fuente de información tan increíblemente rica y fácilmente escrutable son muchas, y han sido ampliamente descritas y justamente aplaudidas.

Los beneficios son reales. Pero tienen un precio. Como sugería McLuhan, los medios no son sólo canales de información. Proporcionan la materia del pensamiento, pero también modelan el proceso de pesamiento. Y lo que parece estar haciendo la Web es debilitar mi capacidad de concentración y contemplación. Esté online o no, mi mente espera ahora absorber información de la manera en la que la distribuye la Web: en un flujo veloz de partículas. En el pasado fui un buzo en un mar de palabras. Ahora me deslizo como un tipo sobre una moto acuática.

miércoles, 9 de noviembre de 2011

JEFF JARVIS. Y GOOGLE, ¿CÓMO LO HARÍA?

Hola, buenos días, aquí estamos de nuevo en Todos los libros un libro, fieles a nuestra cita semanal de los miércoles. Hoy os quiero recomendar un libro muy interesante y muy polémico también que sostiene tesis con las que, en principio, no parece haber dificultad en coincidir pero que, a su vez, son altamente discutibles y permiten un debate intelectual interesante y sugestivo. De manera que para respetar esa ambivalencia teórica del texto que esta mañana os presento quiero proponeros un juego novedoso en nuestro espacio. Y es que si ahora me presto a hablaros de los indudables motivos de interés de mi recomendación de esta semana, ya os anticipo que dentro de siete días os aconsejaré otro libro que parte de unos postulados radicalmente distintos y hasta opuestos de los que se  ofrecen a continuación.

Pero vayamos por partes e introduzcamos el libro de hoy. Se trata de Y Google, ¿cómo lo haría?, escrito por Jeff Jarvis, un reputado periodista estadounidense, analista de medios, innovador y líder de opinión en relación a los medios de comunicación. El libro fue publicado por Gestión 2000, un sello editorial del Grupo Planeta, en el pasado 2010. Dejadme resaltaros también, antes de hablar del libro en sí mismo, que la edición es bastante defectuosa, pues aparece surcada por numerosas erratas, siendo francamente mejorable también la traducción de Silvia Cobo Juárez. En cualquier caso, lo sustancial de la propuesta de Jarvis nos llega nítidamente, más allá de estas deficiencias importantes pero en el fondo menores.

Cuando hablamos de la edad de Google nos referimos a una nueva sociedad. Las reglas exploradas en este libro, las reglas de Google, son las normas de esta nueva sociedad, construida sobre las conexiones, los enlaces, la transparencia, la apertura, lo público, la escucha, la confianza, la sabiduría, la generosidad, la eficiencia, los mercados, los pequeños colectivos, las plataformas, las redes, la velocidad y la abundancia. Esta nueva generación y su nueva visión del mundo cambiarán nuestra forma de ver e interactuar con el planeta y la manera en que los negocios, el gobierno y las instituciones interactúan con nosotros. Y no ha hecho más que empezar.

He aquí, en estas pocas líneas entresacadas del libro, su postulado general, su idea nuclear. El mundo del siglo XXI es, al decir de Jeff Jarvis, el mundo de Google, y si no lo es aún al cien por cien, lo será dentro de muy poco tiempo, pues los modos de operar del gigante tecnológico estadounidense son fiel reflejo del modo en el que el ser humano se mueve, actúa, se relaciona, piensa y hasta, me atrevería a decir, siente en este hipertecnologizado comienzo de siglo que es también el inicio de una nueva era para el ser humano.

En un mundo en el que las instituciones, las empresas, las marcas, las distintas organizaciones, los productos se revelan efímeros y se extinguen por doquier, en un mundo en crisis permanente en donde la fugacidad y la obsolescencia resultan ser un signo de la época, Google perdura y crece, amplía los límites de sus dominios e incrementa sus retos en una apuesta sin fin que parece conducir a la identificación final, a la superposición literal con ese mismo mundo. Google va camino de ser la única realidad. En la gestión, en el comercio, en las noticias, en los medios de comunicación, en las manufacturas, en el marketing, en los servicios, en la inversión, en la política, en el gobierno, en la educación, en la religión, los modos de proceder tradicionales se revelan anticuados y defectuosos, inútiles en una realidad que cambia a cada instante. Un mundo contradictorio, complejo, confuso, en el que sólo Google parece haber dado con las teclas de la superviviencia y la prosperidad.

El libro de Jeff Jarvis parte de esta premisa e intenta analizar la realidad, tanto la presente, la actual, la que ya se está produciendo, como la por venir, la que se avecina, la que algunos esclarecidos pioneros son capaces de entrever entre las enrevesadas y no siempre nítidas señales que envía este universo incomprensible; intenta examinar esta realidad cambiante con los ojos y el cerebro, podríamos decir, de Google.

Google, señala el entusiasta y entregado aunque crítico Jarvis, opera con unas nuevas reglas que no ha necesitado imponer sino que, muy al contrario, ha captado de la realidad circundante en un sutilísimo ejercicio de intuición social. Estas nuevas reglas, auténticas leyes no escritas para organizar esta nueva sociedad en red, determinarán el acontecer de nuestras vidas en las próximas décadas. Los clientes tienen el poder en sus manos, la gente puede quedar para encontrarse en cualquier parte y unirse para defender a alguien o ir en contra de él, el mercado de masas no existe, los mercados son conversaciones, vivimos en la economía de la abundancia y de lo pequeño, los valores imperantes son la autonomía y la independencia, la sencillez, la velocidad y la transparencia, la rapidez, la instantaneidad y la inmediatez, la innovación y la creatividad, los clientes deben colaborar en la creación, la comercialización y la distribución de los productos, las empresas con éxito son redes, ser el rígido propietario de la infraestructura, de los productos, de la propiedad intelectual e instalarse en esa cerrazón no garantiza el éxito empresarial, sí en cambio lo hace la apertura, ceder poder, equivocarse, aprender de los errores; éstos son los nuevos mandamientos del universo Google, y a su examen dedica el libro el analista norteamericano a partir de numerosos ejemplos tomados de la vida real de nuestros días en infinidad de campos. Y así, en capítulos muy sugerentes, con títulos ya de por sí significativos -una nueva relación, una nueva arquitectura, una nueva esfera pública, una nueva economía, una nueva realidad de los negocios, una nueva actitud, una nueva ética, una nueva velocidad-, en las primeras ciento cincuenta páginas del libro se estudian en profundidad estas reglas y su reflejo en los novedosos mecanismos de actuación de Google. La segunda parte del libro analiza las repercusiones que está teniendo y que aún tendrá con más intensidad en el futuro la aplicación de las premisas fundamentales del universo Google a los medios de comunicación, los periódicos, la industria del entretenimiento, el mundo editorial, la publicidad, el comercio, los restaurantes, las tiendas, los bienes de servicio, las compañías eléctricas, las telefónicas, la fabricación, los automóviles, la hipotética Google Cola -un icono que ya desde la portada del libro refleja el poderoso e imparable avance de Google-, las aerolíneas, las inmobiliarias, los bancos, el dinero, los hospitales, las mutuas y los seguros, la educación, las universidades, los poderes públicos. Incluso -aunque aparecen en un irónico apartado final en el que se presentan como discutibles excepciones-, las relaciones públicas, los abogados, Dios y Apple -por este orden- que, por ahora, parecen sustraerse al potente influjo de la filosofía de Google.

Casi al final de la obra, Jeff Jarvis da voz -en breves páginas, de modo tenue y claramente desequilibrado con respecto al resto del libro- a las objeciones, a los detractores de esta visión idílica de un mundo regido por las leyes googleanas. Entre ellas, aparece una ligera mención a Nicholas Carr, cuyo libro Superficiales, ¿qué está haciendo internet con nuestras mentes? será el centro de mi reseña de la semana próxima.

Entretanto, no dejéis de leer este Y Google, ¿cómo lo haría?, de Jeff Jarvis, publicado por Gestión 2000. Es un libro interesante y, como todas las propuestas atrevidas, discutible. Leyéndolo comprenderéis mejor, como lo he hecho yo mismo, algunas de las líneas por las que se desenvolverán nuestras sociedades en las próximas décadas. Como correlato musical a mi recomendación de esta semana, una canción de Black Eyed Peas, Now generation, que alude -obviamente de modo indirecto- a la realidad que describe el libro. Hasta la semana que viene.

Muchas de las empresas que explotaron en la web 2.0., Digg y Facebook, por nombrar sólo dos, fueron iniciadas por veinteañeros. Las cosas más interesantes que he visto este mes y este año son creaciones de unos chicos que apenas se afeitan, escribió Fred Wilson, un importante inversor norteamericano, preocupado por el fenómeno emprendedor, en su blog. Esto, argumentó, no es casual. Es muy difícil pensar en nuevos paradigmas cuando has crecido leyendo el periódico cada mañana. Pero tenemos en estos momentos una generación rozando la mayoría de edad que nunca ha contado con los periódicos, la televisión o las revistas para informarse ni entretenerse. Ellos son nativos de internet. Ellos han crecido en los chats de AOL, conectados a servicios de mensajería instantánea con sus amigos durante horas después de la cena y yendo al colegio con una cuenta en Facebook. Internet es su medio y nos muestran cómo la red debe ser utilizada. Ellos están ayudando a construir el futuro de la red.

El principal atractivo que tiene un joven empresario de alta tecnología es que no sabe muchas cosas. En casi todos los casos, esto sería una desventaja, pero no aquí y no ahora... Cuando en realidad el mundo ha cambiado de la noche a la mañana, cuando nuevas cosas salvajes son posibles, si no tienes ningún sentido de cómo las cosas solían ser, entonces es la gente que llegó aquí hace cinco minutos quienes entienden esa nueva posibilidad, y lo entienden precisamente porque, para ellos, no es nuevo.
Pertenezco a una generación que encuentra música en las tiendas, se prueba pantalones antes de comprarlos y encuentra empleo y conoce las noticias leyendo el periódico. He tenido que desaprender cada una de esas cosas y un millón de otras. Ese me hace ser un analista mediocre, porque tengo que explicarme a mí mismo primero esa nueva tecnología. Soy demasiado mayor para entenderlo como un nativo.