Vivo entre muchos libros y extraigo una gran parte de mis ganas de vivir del hecho de que aún leeré la mayoría de ellos. (Elias Canetti)

miércoles, 26 de mayo de 2021

MELANIA G. MAZZUCCO. LA LARGA ESPERA DEL ÁNGEL

Hola, buenas tardes. Desde los estudios de Radio Universidad de Salamanca os saludamos, un miércoles más, en Todos los libros un libro, el espacio de recomendaciones literarias que desde hace ya más de diez años os ofrece cada semana una nueva sugerencia de lectura. Con la referencia de la celebración, el pasado 18 de mayo, del Día internacional de los Museos he querido que los tres programas emitidos tras esa fecha tuvieran se centraran en el universo museístico. Así, la semana pasada os hablaba de El jardín del Prado, el ensayo divulgativo de Eduardo Barba en el que se rastreaba con conocimiento y amenidad la presencia de la flora en medio centenar de cuadros de la gran pinacoteca española. En el caso de hoy, os traigo una novela en la que los museos no aparecen más que de manera tangencial, aunque sí el Arte, a través de un personaje real, el pintor Jacomo -o Jacopo- Robusti, Tintoretto, de alcance universal y bien representado, por otro lado, en el museo madrileño, en donde pueden verse hasta veintiséis cuadros de su autoría. En febrero de 2011 la editorial Anagrama presentó, en traducción de Xavier González Rovira, La larga espera del ángel, una estupenda novela de Melania G. Mazzucco que, en síntesis apresurada, narra los últimos días del pintor en los que, a las puertas de la muerte -un suceso ocurrido el 31 de mayo de 1594, hace ahora, pues, 427 años- el personaje rememora su vida entera, muy agitada y apasionante. 

Melania Gaia Mazzucco, nacida en Roma en 1966, es una destacada escritora italiana con cerca de diez novelas en su haber, de las que bastantes de ellas han visto la luz en España: Ella, tan amada, Eres como eres, Estoy contigo, Limbo, Un día perfecto, Vita -que me parece espléndida y quiero recomendaros igualmente- y la que constituye el motivo central de la emisión de esta tarde, la mencionada La larga espera del ángel, todas ellas en Anagrama; y las dos primeras, de los años noventa del pasado siglo, El beso de la medusa y La habitación de Balthus, ambas en Seix-Barral y de difícil localización, salvo en librerías de viejo. Con una especialización universitaria en cine, parte de su dedicación profesional se desarrolla -más allá de la escritura de novelas- en ese medio, y algunas de sus obras han tenido su correspondiente traslación a la gran pantalla. Hay, en concreto, un interesante documental de 2019, Tintoretto, un rebelde en Venecia, dirigido por Giuseppe Domingo Romano y con guion de Mazzucco, que resulta un complemento indispensable a la lectura del libro. Igualmente, es conveniente, a mi juicio, avanzar en las páginas de La larga espera del ángel cotejando las muchas referencias a los cuadros del pintor italiano con sus reproducciones. Ante la evidente dificultad de viajar a Venecia para leer el libro in situ, os sugiero otra obra, La obra pictórica completa de Tintoretto, en la añeja colección de Noguer-Rizzoli, con las legendarias portadas negras en pasta dura, el acostumbrado rigor de sus análisis y la proverbial calidad de sus imágenes. Por desgracia, también es casi inencontrable salvo en el “circuito” de libros de segunda mano. 

La larga espera del ángel, título tomado de un verso de Sylvia Plath que se ofrece como colofón a la obra, se presenta como un extenso monólogo, más de quinientas páginas de apretada letra, en que un Tintoretto entre la lucidez y el delirio, consciente de que sus días se acaban (la novela se organiza en quince capítulos, cada uno centrado en estas jornadas postreras, las que van desde el 17 al 31 de mayo de 1594, en todos los casos con la apostilla: primer día de fiebre, segundo día de fiebre… y así hasta el decimoquinto día de fiebre), se “enfrenta” a su Señor (Envíame fiebre, arráncame las fuerzas, átame al lecho, Señor: te esperaré despierto, con el cerebro lúcido y terrible que quisiste darme) -un Dios del que no se ha ocupado demasiado a lo largo de su existencia- con el cuerpo cansado y los frágiles huesos de la vejez, afligido por las penalidades de la vida que se escapa, pero irreductible en su identidad, en lo profundo de su alma, rebelde ante todos y ante todo, aunque satisfecho al fin, lleno de gratitud por haber nacido, por haber amado, por haber sido amado, por haber creado, por haber disfrutado de las cosas que nos complacen y por haber soportado las que causan dolor: por haber vivido

En su larga “rendición de cuentas”, repasará su vida, recorrerá su trayectoria artística, revivirá sus amores, recordará a su extensa familia, rememorará sus escasos momentos de felicidad, se disculpará por sus errores, mostrará sus contradicciones, su difícil carácter, su ambición, su soledad, sus logros y sus fracasos, y, sobre todo, pondrá de manifiesto la intensidad de su pasión artística y, en paralelo, el poderoso sentimiento hacia su hija ilegítima Marietta, gran protagonista en la sombra (una luminosa sombra, valga el oxímoron) de una novela en la que resulta ostensible el feminismo -nada panfletario o “invasivo”- de su autora, como luego veremos. 

Son numerosos los puntos de interés que afloran en el extenso recorrido que nos propone Mazzucco por la biografía de un Tintoretto cuya vida se superpone casi en su totalidad con la del siglo XVI, el del fecundo y desbordante cinquecento italiano: la convincente presentación de la personalidad del pintor, de su agrio carácter, de su frecuente intemperancia, de su difícil trato, también de su ternura y su sensibilidad, de su nada resignada aceptación de la vejez y la muerte, de sus ideas y sus valores, de su ambigua relación con ese Dios al que acaba por consagrarse, de sus dudas y vacilaciones, de su radical independencia y su ansia de libertad; la vívida evocación de su infancia como hijo de un tintorero (de donde le vendrá su nombre artístico); la recreación de su vida familiar, en un matrimonio con hasta ocho hijos, fuente esencial de alegrías y padecimientos en su existencia; la poderosa presencia de las mujeres (la amada Cornelia, la esposa Faustina, la deslumbrante Marietta, las muchas otras anónimas, prostitutas y amantes ocasionales) y las apreciaciones sobre el papel que ellas desempeñaban en la sociedad y en el mundo del arte; la descripción exhaustiva y detallada, muy bien documentada -en un rasgo fundamental del libro, la ingente labor de investigación que ha debido suponer para su autora-, de la carrera profesional del pintor, que se muestra en sus distintas etapas y a través del comentario de diversos cuadros y de las referencias a las relaciones con otros pintores de la época, singularmente Tiziano, también de la explicación de las motivaciones y el propósito que movieron a su autor en su vocación artística y de los recursos técnicos empleados en sus obras, así como en la presentación de las reflexiones del propio Tintoretto -el libro está, obviamente, narrado en primera persona- sobre la importancia, la función y el valor del arte, sobre su propio estilo, sobre su concepción de la pintura; la fidedigna “fotografía” de la sociedad de su época, de sus cambios, de sus coordenadas históricas, sociales y hasta filosóficas, en particular las de una Venecia memorable, descrita con un rigor, una precisión y una verosimilitud portentosas, sin duda uno de los grandes alicientes del libro… 

La larga espera del ángel es así, en primer lugar, una magnífica indagación en la personalidad del artista, un hombre arisco, duro, brusco (Sigues siendo el puercoespín de siempre, le dice uno de sus colaboradores), despreocupado de las convenciones sociales e indiferente al juicio ajeno (A estas alturas, nada me importa lo que los demás piensen de mí), por lo que no rehúye los conflictos (Yo necesito el ruido, el movimiento, el conflicto y la batalla), con los colegas, con las autoridades; amante insobornable de una libertad por cuya consecución acepta la miseria y el anonimato durante parte de su vida; anclado en su Venecia al margen del mundo (Mi prisión ha sido Venecia, mi vida y mi nombre), reticente a los cambios, a los viajes; insensible ante los estímulos triviales del dinero (Nunca he entendido el lenguaje del dinero. Cuando he pintado una obra que era verdaderamente importante —ya fuera una historia, un ábside o un techo— no he querido ser pagado. Fuera cual fuera el gasto realizado para llevarla a cabo, fuera cual fuera el esfuerzo que me hubiera costado, ninguna cifra habría podido ser equivalente. El tiempo, las ideas, la pasión, la fantasía no tienen ni precio ni valor en el mercado), aunque no a los del reconocimiento y la fama, cuya ausencia, durante años, lo tortura; independiente e insensible a los engañosos cantos de sirena de los poderosos, a sus banales prebendas, a sus honores vacuos (Soy un caballo salvaje y no soporto una silla en la grupa. Mi libertad me es querida y no la vendería para pintar los rasgos deformes de un Habsburgo); realista y soñador, vanidoso y genial; enfático, confuso, con demasiada imaginación, prolífico, pletórico, desaliñado y negligente, al decir de sus muchos enemigos, pero también trabajador hasta el delirio, arrebatado e inconformista, apasionado y excesivo, movido por un amor ilimitado por la vida, desobediente e indócil a las convenciones de su entorno (Yo he desquiciado sus certezas, he saboteado su sistema, rechazado su horizonte), reacio al servilismo y el disimulo; empecinado en su lucha personal y, simultáneamente, resignado ante la inevitabilidad del destino. Un hombre, en definitiva, radicalmente libre, como demuestra esta significativa “declaración”: Creo que no poseo nada que pueda serme arrebatado. No tengo ni riquezas, ni cuentas acumuladas en algún banco, no tengo cargos públicos. El honor que he conquistado sólo yo puedo perderlo. He vivido a mi manera. Mi norma es el exceso. Nunca me ha preocupado parecer extravagante y disconforme. Incluso me han calificado de loco y amoral: que digan lo que crean, que cuenten lo que quieran. Si he sido una persona respetable es únicamente por lo que he pintado, no por la forma en que he vivido, ni por la forma de rezar, pensar y creer en ti

Pese a esta apariencia de firmeza y seguridad, a menudo airado e intemperante (demasiadas cosas me indignan, pocas me emocionan), el retrato que de él hace Mazzucco nos lo muestra como un ser también titubeante y con atisbos de fragilidad, con dudas en su declinante vejez, consciente de sus equivocaciones y errores, de sus contradicciones, de su estéril vanidad (Y mientras todos me veneran, yo tan sólo veo mis carencias, lo que no he alcanzado y ya nunca voy a alcanzar; la verdad que siempre se escapa tras la sonrisa elusiva de un viejo, en las arrugas del contorno de sus ojos, en la incomparable tez de un muerto, detrás de la última colina, y que se esconde detrás de otro horizonte), angustiado por su pasado, por sus recuerdos, cansado de vivir, cansado de todo, temeroso de la derrota y de la soledad finales, de la muerte y del postrer juicio divino. 

En ese muestrario de la compleja personalidad de Tintoretto cobra una especial relevancia la dimensión artística de su vida, que el libro explora con profundidad: sus inicios, de niño, ofreciéndose a los pintores consagrados para trabajar, sin paga, en sus talleres, para adquirir experiencia; sus primeros trabajos, sin contrato, sin salario, sin nombre; los pequeños retratos vendidos por la calle, a los dieciocho años, echando, descarado, el lazo a los clientes; el regalo de sus obras a quienes podían mostrarlas en sus palacetes, en sus capillas, multiplicando su fama; sus prácticas atrevidas e “irregulares” (un “pirata” del arte, como lo define el profesor Tom Nichols en el ya mencionado documental sobre el pintor), bajando el precio de los cuadros, o incluso entregándolos gratuitamente, para darse a conocer; el abrupto y frustrante menosprecio por parte de un celoso y hostil Tiziano -el hombre que para mí era la pintura misma-; la construcción de una identidad pictórica propia (soy el hijo y el discípulo de mí mismo. Me he alumbrado a mí mismo); el repudio de lo establecido, de lo esperado, de lo consabido, y el gusto por el asombro, por desconcertar, sorprender y provocar; los sueños de grandeza (Yo soñaba con el día en que la gente dijera Jacomo, como decía Rafael, Tiziano y Miguel Ángel); el ansia desmesurada por conocer y aprender de los mejores (Con mis primeras ganancias me procuré los grabados y las copias en yeso de las obras maestras de los mejores artistas. ¿Para qué las quieres?, me decían. Mejor sería que te compraras un gabán de lana y alquilaras un taller decente, vives como un pescador. Me alimento, respondía. Los demás comen carne de buey. Yo como obras. Las digiero y me sacio); los constantes proyectos, rechazos, encargos, propuestas, desprecios, provocaciones, desaires, escándalos; la enfebrecida pasión por la pintura (Vivía para pintar. Solamente eso me importaba); los postulados en los que sostener su arte: la libertad, la alegre creatividad, la necesidad de conocer, digerir, enfrentarse y superar la tradición (Es necesario, por tanto, violar la regla, distorsionar la costumbre, defraudar las expectativas), y, en consecuencia, su condición de revolucionario, de precursor, de visionario; sus teorías sobre el arte, sobre la trabajosa búsqueda de la naturalidad, sobre la pintura como sentimiento, como emoción, como transporte arrebatado, como inspiración, como mágico frenesí (Una tela es como una persona. A veces prende la chispa, otras veces no. La pintura es manía, posesión, hechizo; llámala, si así te parece, amor); los principales rasgos estilísticos: la maestría en la composición de las figuras, los escorzos, las perspectivas, la importancia de los colores, el juego de la luz y las sombras (como cazador de sombras he llegado a ser más bien hábil), la búsqueda de la belleza; los muchos cuadros (He pintado seiscientas cincuenta telas en más de sesenta años), rehaciendo una y otra vez los mismos temas y argumentos sin repetirse, con menciones expresas y destacadas a La presentación de la Virgen en el templo, en los postigos de la Madonna dell’Orto, La Deposición en el sepulcro, El milagro del esclavo, La tentación de San Antonio, La Visión de Jacob, Elías alimentado por el Ángel, Retrato de Mancio Ito, Muerte de Clorinda (debida, quizá, a su hijo Dominico), El Paraíso, las pinturas para la capilla de San Rocco (su particular capilla Sixtina), entre otras. 

Y en ese retrato del personaje destaca, y es otro de los ejes del libro, el amor por la familia. Casado con Faustina Episcopi, hija de un gran amigo, que se la “reservará”, conforme a los parámetros de la época, desde que la chiquilla tiene siete años, tendrá con ella ocho hijos y, sobre todo, pese a las desavenencias, encontrará en su compañía el bienestar y una suerte de felicidad. Yo no habría podido vivir sin ella, ni ella sin mí, concluirá al término de sus días. El libro nos permite conocer las interioridades de la pese a todo difícil relación con ella, lastrada por la obsesiva dedicación al arte, por la presencia de otras mujeres -singularmente la alemana Cornelia-, por el desinterés del pintor por los aspectos materiales de la vida, por la falta de tiempo para los hijos y las deficiencias de su complicada paternidad. Se describen con detalle las vicisitudes del trato con los hijos: el fiel Dominico, que permanece a su lado hasta el final, el despechado Marco, el soñador Zuane, el pequeño e infortunado Ottavio, las chicas, Lucrezia, Perina, Ottavia y Laura, entregadas al servicio del Señor, monjas las cuatro, y se resalta cómo, pese a sus notorias ausencias y sus carencias como padre, rebaja sus pretensiones artísticas, acepta cualquier trabajo, se arrastra ante las autoridades, suplica y adula, para criar decentemente a su prole (habría hecho lo que fuera para defender a mi familia). 

Pero el centro de la vida y de la obra de Tintoretto (la pintará en numerosas ocasiones, ya desde pequeña, como una Virgen niña, ascendiendo las escaleras, luminosa, en La presentación en el Templo) es Marietta, hija de Cornelia, ilegítima, pues. La relación entre ambos es intensa, desbordante, apasionada. Jacopo moldeará a la chiquilla a su antojo, se entregará a ella, la amará, y será correspondido con una devoción recíproca e igualmente fervorosa. No consigo divertirme cuando tú no estás. El mundo sin ti es una ensalada sin aceite ni sal, unos ñoquis sin salsa, una almohada sin plumas, confesará Marietta, ya adulta, en una declaración propia de enamorados. El vínculo es genuino y profundo, aunque no exento de tentaciones, incluso las carnales. El pintor, posesivo y celoso, “encerrará” a su hija durante gran parte de su vida, la preservará del mundo, aislándola en su estudio, haciéndola pasar por un chico, alejando su indudable encanto de sus muchos admiradores (Era una especie de unicornio, y aun los que nunca lo han visto están dispuestos a creer que existe, y a querer que sea para ellos) e intentando hacer de ella una artista a su imagen y semejanza (No sería como las demás mujeres. Iba a ser especial. Yo no permitiría que tuviera un destino banal y mediocre. Yo haría de ella algo. Era mía). Las vicisitudes, los altibajos, los muchos matices de esa relación poderosa y enfermiza, exagerada e impetuosa, exaltada y fecunda, enardecida y dolorosa, feliz y torturante, impregnan la narración entera, constituyendo, en cierto modo, el núcleo central, el auténtico hilo conductor de la trama argumental. 

En los momentos finales de su vida, cuando da cuenta de su ya decreciente transcurrir por el mundo, un desanimado y escéptico Tintoretto aceptará la imposibilidad de ofrecer la verdad de los hechos vividos, siempre discutibles, siempre relativos y variables según quién sea el biógrafo, y salvará, tan solo, su arte y su amor por una Marietta ya irremisiblemente perdida (morirá cuatro años antes que él). He aquí su declaración, emotiva y sincera, que explica, en gran parte, el libro entero, constituyendo, además, una suerte de justificación de la propia Melania Mazzucco en relación con las posibles libertades tomadas en su relato, ficción a la postre: 

No me importa lo que vaya a quedar de mí, qué anécdotas relatarán mis discípulos a mis biógrafos, si alguno de ellos sabrá reconocerme o me confundirá con el artista que cree querer ser él. Es el anzuelo el que elige el pez, no puede uno pescar una ballena con una mosca. La vida relatada es una red de elogios y de errores, y en las anchas mallas de la memoria lo esencial se pierde. Es una red de secretos, de censuras, mejoras, omisiones, inventos y mentiras, y la vida vivida no lo es menos. Ahora sé que es completamente inútil intentar ahogar las voces, corregir las opiniones, rectificar las mentiras: es como aprisionar el viento. Pero es una certeza que he adquirido demasiado tarde. Mi vida auténtica está donde todos pueden verla: en las iglesias, en las casas, en las fachadas de los edificios, en los palacios de los soberanos, en la Scuola di San Rocco. Es allí donde quien quiera encontrarme podrá hacerlo. Pero ella, en cambio, ¿dónde está? 

El personaje de Marietta, una construcción literaria excepcional, es también la “excusa” para que la autora deslice las numerosas reflexiones de naturaleza feminista que trufan su relato. La posición de subordinación de la mujer en la época (Un viejo proverbio veneciano dice que una mujer debe poseer tres cualidades: agradar, callar y quedarse en casa, sostiene el artista), ejemplificada en la figura de una sumisa -aunque quizá no tanto- Faustina, entregada a una ininterrumpida labor de reproducción y cuidado de su ocho hijos, es cuestionada -dentro de los parámetros y los límites que permitían las costumbres y los valores de los tiempos- por una Marietta de fuerte personalidad, independiente y decidida, que rechaza el matrimonio, que se introduce en los talleres de los maestros pintores, proscritos para las mujeres, disfrazada de muchacho, que hace caso omiso a las maledicencias y las críticas de la sociedad veneciana por lo extraño de la unión con su padre (Éramos la comidilla de Venecia), que desafía las convenciones, que rechaza el mandato de la época según el cual las mujeres no puedan ser pintoras, no puedan vivir sin un hombre (No puedes vivir en el mundo sin un hombre, […] Eso no está previsto. Si quieres seguir en la sociedad, como una mujer respetable, o te casas o te haces monja. Si quieres vivir en los márgenes, y divertirte algunos años, y dejarte utilizar y luego que te tiren igual que un zapato viejo, entonces hazte puta. No queda otro camino), mostrando las posibilidades de desarrollo de una mujer (La Tintoretta es la prueba de que si un padre criara a una hembra igual que a un varón, si le ofreciese la misma educación, las mismas posibilidades, en nada serían las mujeres inferiores a los hombres), entonces casi inimaginables, apenas entrevistas, paradójicamente, en el mundo conventual (Este minúsculo convento es un Estado independiente en el que las mujeres votan, piensan, estudian, trabajan e incluso llegan a ser jefes de Estado). 

Sin tiempo ya para más, quiero mencionar otro extraordinario valor del libro, ya apuntado: la minuciosa y muy convincente ambientación de la novela. Tanto en los detalles de la vida cotidiana e incluso íntima, en las vestimentas, las comidas, las costumbres y los rituales hogareños (Faustina se daba aire con el abanico y charloteaba vivazmente sobre la nueva sustancia para depilarse que le han vendido unas comadres, a base de cal viva, goma arábiga y huevos de hormiga que deja las piernas, las axilas y el bigote lisos como un cliente de ajo recién pelado, a modo de significativo ejemplo), como en la recreación de los escenarios externos, sencillamente prodigiosa. Destacan, en este segundo frente, la evocación de la infancia del pintor, hijo de un tintorero (de donde le vendrá su nombre artístico), que traslada al lector al abigarrado, colorista, maloliente, embriagador y deslumbrante entorno de obradores, curtidurías, astilleros, tintorerías y talleres varios. Pero es sobre todo la representación de Venecia, de la próspera, corrupta y decadente República, la Venecia cosmopolita (Porque en Venecia se ven turcos y circasianos, alemanes, flamencos e ingleses, daneses, españoles y lusitanos, armenios y albaneses, eslavos, croatas, bosnios, morlacos y tártaros, griegos, polacos, húngaros, persas, beréberes, indios, moros, negros africanos y hasta chinos), la ciudad sin raíces, peligrosa y secreta, el laberinto inconsistente, la Venecia “contaminada” en la que coinciden los nobles y los barqueros, los especieros y los mozos, las monjas y las meretrices (la contaminación enriquece y esta mezcla le da sabor a la vida), flotando en las aguas, hundida en su estatismo cuando Europa y el mundo entero cambian de modo vertiginoso, la que Mazzuco borda en su relato: las fiestas populares en los barrios, la desbordante presencia del arte, el comercio pujante, la profusión de mercancías, las prácticas especuladoras de los funcionarios, de los políticos, de los diplomáticos, de los administradores de la República, de los poderosos, las guerras y sus consecuencias de carestía y crisis económica, las desigualdades sociales, la riqueza y el lujo ostentosos y la vergonzosa miseria, la degradación y el terror de la peste. Las páginas dedicadas a la gran epidemia de 1575, que mató, en menos de dos años, a un tercio de los ciento cincuenta mil habitantes de la ciudad, son memorables, y con “nuestra” experiencia del coronavirus aún tan reciente, extraordinariamente “reconocibles”, salvando la mucha distancia de los siglos. Os ofrezco un significativo fragmento de ellas al término de esta reseña. 

Cierro ahora mi comentario con algunas apreciaciones sobre la soberbia película a la que aludí en mi presentación. Tintoretto, un rebelde en Venecia, dirigido por Giuseppe Domingo Romano y con guion de Mazzucco, es un formidable documental de 2019 que permite ahondar en la personalidad y la obra artística del veneciano. En la cinta, de hora y media de duración, se suceden, entre planos bellísimos de la ciudad, escenario del pintor veneciano por excelencia, los análisis de profesores, directores de museos e historiadores del arte como Kate Bryan, Tom Nichols, Matteo Casini o el cineasta Peter Greenaway, junto a la de la propia Melania G. Mazzucco. Hay también una intervención destacada de restauradores, curadores y expertos en los entresijos técnicos del arte, que nos permiten apreciar detalles relativos a la preparación de los cuadros, con el examen mediante radiografías que identifican, bajo la apariencia definitiva de una tela, los bocetos y diseños previos, y distinguir, en la pintura final, los más pequeños matices de pigmentos, pinceladas, trazos, etc… 

La voz de Stefano Accorsi, un actor italiano, y la de Helena Bonham Carter, en la versión inglesa, nos hacen avanzar, siguiendo un itinerario cronológico, por la biografía del artista y, sobre todo, por su deslumbrante obra pictórica. Se recrean así los orígenes familiares en la tintorería paterna, las distintas etapas de su carrera artística, sus esfuerzos, violando muchas veces las reglas y convenciones establecidas, por abrirse camino en el duro ambiente artístico veneciano, la abierta hostilidad personal con Tiziano y la rivalidad profesional con Veronese, su reconocimiento tardío y su “admisión”, por fin, en los más prestigiosos círculos institucionales de la ciudad, su relación con Marietta, la peste, la lucidez final ante la muerte. Y están también, comentadas de un modo profundo y ameno, muy estimulante, muchos de sus cuadros, las distintas aproximaciones a la vida de San Roque, las muchas “Última cena” (hasta doce llegó a pintar), Las bodas de Caná, Susana y los viejos, el Hallazgo del cuerpo de San Marcos en Alejandría, la impresionante Crucifixión de 1565, la recreación de la fabricación del becerro de oro y tantas otras. 

Y en todo ello, sobresalen los comentarios en torno a su estilo pictórico, enérgico, teatral, lleno de dinamismo y acción; su dominio del claroscuro; su cercanía, en ambientes y ropajes, a los humildes, a los pobres, frente a la proximidad de Tiziano a los reyes y al vínculo de Veronese con la aristocracia; su técnica que hoy llamaríamos cinematográfica -Sartre lo calificó de primer director de cine de la historia-: la profundidad de campo, el cinemascope, la división de la pantalla en partes, la imagen congelada, el enfoque (algunas de sus obras remiten a Orson Welles, por el lugar en donde pone la “cámara”, que permite ver los techos); su cosmopolitismo y, en terminología de hoy, multiculturalidad, con la presencia en sus cuadros de africanos, árabes, judíos, de turbantes y vestimentas orientales; la significativa presencia de las mujeres, analizada brillantemente a partir del cuadro la Presentación de María en el Templo; su rebeldía y su agrio carácter, sus contemporáneos lo llamaban Il Furioso, también por su vigoroso trazo, su velocidad al pintar, su fuerza, su nervio. 

En fin, no hay tiempo para más. De entre las varias referencias musicales presentes en el libro, elijo para acompañar este comentario Madonna per voi ardo, un madrigal de Philippe Verdelot que canta Marietta y cuya partitura aparece en su autorretrato de 1580 en el que se detiene, en una descripción exhaustiva, Melania G. Mazzucco. Aquí, la interpretación es de Clare Wilkinson. 


Marietta me conquistó poco a poco, como todas las mujeres que quieren durar en la vida de un hombre. Todavía no había aprendido a caminar y ya venía a buscarme, gateando adelante y atrás por los suelos. Porque algunas mañanas, cuando dejaba el lecho de mi amante, y la niña para impedir que me marchara me agarraba por el tobillo y se dejaba arrastrar hasta la puerta, yo no conseguía separarme de ella y me la llevaba conmigo. Era tan pequeña, tan conmovedora con su camisola blanca, y yo estaba tan orgulloso de que fuera mía, que me parecía un delito no verla durante tantas horas. Hasta un solo día es una eternidad, en la vida de un niño. 

Me tiraba de los calzones, me hacía muecas, me sonreía parpadeando, encantada. Es desconcertante descubrir cuán seductora puede ser una niña que todavía no sabe hablar, que ni siquiera conoce su nombre y ya sabe ganarse la atención de un hombre. Aquella pequeña criatura maliciosa e inocente me divertía inmensamente. Con ella todo era nuevo, sorprendente, irrepetible. Yo mismo me convertía en alguien nuevo, descubría en mí dotes nunca antes sospechadas. Descubría la paciencia, la disponibilidad, la ternura. Era capaz de meterme ese bulto caliente y oloroso de jabón en la bata y acunarlo mientras, colgado de las vigas del techo, entrelazado con las cuerdas, balanceándome con las piernas en el vacío, extendía con el pincel vastas áreas de color sobre mis telas. El balanceo la calmaba. El bulto se me dormía sobre el corazón. Os vais a partir la crisma, decía mi criado, observando con desconfianza las deterioradas sogas colgadas de vigas no menos deterioradas y chirriantes. Eso no va a ocurrir, respondía, nosotros sabemos volar. 

Fabriqué una cuna para ella. Teñí con mis manos las sábanas de seda donde dormía. Nunca lo había hecho. Hice hervir yo el índigo en el caldero. Preparé yo la barca de madera en el taller de mi padre, removí yo la paleta en el tinte, puse yo mismo a secar los paños en el telar: los trabajadores me miraban aturdidos. Elegí para ella el azul más profundo. Un color que provocó el pesar de mi padre. Qué tintorero más admirable habría sido, si hubiese continuado con su profesión. Fundí yo en cera su primera muñeca. Formé sus piernas, los brazos, la boca y el pelo con mis dedos. Modelé para ella un zoo entero de animales de cera: leones, elefantes, jirafas, camellos, cebras, hipogrifos, unicornios. Ni siquiera la hija del Dux tuvo nunca un serrallo semejante. 

Tuve otros hijos. Me temo incluso que no podría contarlos. Nunca he podido encontrar de nuevo el placer que sentí con la primera. Cuando Marietta dijo por primera vez mi nombre, cuando le salieron los dientes, cuando mondó su primera manzana, cuando rezó su primer Pater noster, cuando empezó a chapurrear y yo no la entendía porque su madre le hablaba en alemán y en alemán me hablaba a mí, y sus palabras sonaban prometedoras como un desconocido sortilegio; cuando trepaba sobre mis rodillas y me chupaba el pelo, con los labios húmedos me besaba la barba y la boca. Tu hija es una gran puta, bromeaba Cornelia, que se divertía viéndome cautivado por las zalamerías de Marietta. Ha aprendido de ti, bromeaba yo.

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Pero la muerte se iba extendiendo. Fue exactamente como en el Apocalipsis de Juan. Miré y he aquí un caballo amarillo, y el que lo montaba tenía por nombre Muerte y el Hades le seguía. Por la noche, barcas pintadas de blanco se deslizaban silenciosas en la oscuridad para ir a recoger los cadáveres. Los cargaban unos sobre otros, apilándolos como si fueran troncos. Los quemaban. Quemaban las cosas de los muertos: camas, colchones, sábanas, mobiliario, todo lo que los apestados habían tocado o que les había pertenecido. Parecerá absurdo, pero nunca se quemaron los zapatos, las ropas de valor, ni los cuadros tampoco. Tal vez las cosas útiles o valiosas no se convierten en vehículos de la muerte; quién sabe: todo artista en el fondo lo cree. Todo lo demás acabó en la hoguera. Por la noche, en las islas de la laguna, veíamos arder inmensas hogueras. El viento traía hasta la ciudad un acre olor a cenizas. Durante horas y horas, semanas, meses, la reverberación de las llamas tiñó el cielo de rojo. A veces, esas llamas eran de color negro y el aire olía a ropa y carne quemada. 

Blanca era en cambio la bandera izada sobre la gabarra que venía a recoger a los enfermos. El sonido metálico de una campanilla avisaba de su llegada, y de repente sobre los canales y sobre las fondamenta se hacía el vacío. Venecia parecía desierta. Pero estábamos ahí, y de qué manera. Metidos en nuestras madrigueras igual que las ratas. Por entonces salíamos únicamente para procurarnos las provisiones: ninguno de nosotros tenía ya criados. Yo mismo había hecho que se marchara mi fiel Schila, quien no obstante se negaba a alejarse. Lo había obligado a marcharse, poniéndole en la mano el dinero necesario para ir con sus parientes entre las blancas montañas de Istria. El enano se habría dejado matar por nosotros, pero yo tenía miedo de él, como tenía miedo de todo el mundo. Ya no hablábamos con los desconocidos. Sospechábamos de nuestros amigos, de nuestros parientes. Nos encontrábamos y seguíamos recto, sin detenernos, renegábamos unos de otros como traidores. Cada uno de nosotros podía ser el sicario del otro. 

Las fiestas cesaron. Las compañías de actores ambulantes interrumpieron sus representaciones. Desaparecieron también los charlatanes y las gitanas que pedían limosna y leían la mano delante de las iglesias, con sus niños colgados del cuello. Las autoridades todavía se mostraban reacias a admitir la epidemia, pero todo se vino abajo igualmente. Empezó a escasear la comida: de las campiñas de tierra firme dejaron de llegar los suministros. Los forasteros huyeron. Los alemanes se protegieron del otro lado de las fronteras o se atrincheraron en el Fondaco. Hasta los judíos del Gueto interrumpieron todos sus negocios. Nuestras galeras permanecían fondeadas, con la tripulación diezmada en las bodegas. Las mercancías se pudrían en los almacenes. Ya nadie compraba seda, por miedo a que, al proceder de Oriente, estuviera contaminada. Todo lo que era extranjero se convirtió en sospechoso. Pero el mal —como todo lo que es extranjero— se había habituado a Venecia y había echado allí profundas raíces. Durante todo el siglo Venecia había sido el arca de Noé: la puerta y la patria para los desterrados, los prófugos y los refugiados de todas las procedencias. Ahora se había convertido en la puerta de la peste. 

Hubo alborotos y tumultos. Se buscaba con desesperación al culpable de tanta ruina: se le identificó sucesivamente con unos mercaderes de seda de Córdoba y Argel, que querían ocupar el lugar de los nuestros y habían contaminado nuestras naves; con los vagabundos sin domicilio fijo que en los últimos años se habían multiplicado en la ciudad, ocupando todos los pórticos con sus harapos; con los picaros que habían venido desde el campo; con la blasfemia, con la sodomía, con la lujuria desenfrenada que imperaba en todas las casas de esta corrupta ciudad; con el pecado secreto que cada uno de nosotros en su corazón sabía que había cometido. Nadie osó difundir el rumor de que había sido cosa de los judíos, porque en el Gueto se moría más que en cualquier otra parte, y la peste no diferenciaba al judío o al hereje del cristiano. La peste ni siquiera diferenciaba entre los viejos y los niños, las mujeres y los hombres, los justos y los pecadores. Todos morían. Como nosotros, Dios también se había quedado ciego. 

Cerraron las tiendas de los vendedores de dulces, de los vendedores de aceite y de jabón, y de los que vendían diamantes. Cerró el mercado de Rialto, cerraron las vaquerías, las pescaderías, luego también los bancos. Hasta los juzgados dejaron de funcionar, porque los jueces habían huido. El Senado no tenía quórum, filas y filas de asientos permanecían vacíos, los cargos más importantes se quedaban sin cubrir, ni siquiera se juzgaba a los criminales. Todo se detuvo. Hasta yo tuve que cerrar. Ya nadie me encargaba más cuadros, nadie venía a recoger los que ya estaban listos. Pasábamos el tiempo en casa, confinados nosotros también, como los parientes de los contagiados y los propios contagiados. Era como si toda la ciudad tuviera la peste. 

Esperábamos, impacientes, el final de ese asedio, listos para escuchar cualquier voz de esperanza. Algo que, pese a todo, no llegaba. Las semanas pasaban y el caballo amarillo montado polla Muerte y seguido por el Hades seguía cabalgando sin ser molestado por entre medio de todos nosotros. Un día apareció en la orilla un desconocido vestido de negro, con una cruz en la mano. Corría por toda la ciudad gritando que era el esperado Mensajero: Dios lo enviaba para decirnos que la peste había terminado. Los confinados en las casas tenían que salir y los enfermos levantarse de nuevo, porque la ira del Señor se había aplacado. Retuve a mi esposa y a mis hijos en casa por la fuerza. Fueron cientos, sin embargo, los que siguieron al desconocido, llorando, rezando y dando gracias por la gracia recibida. Pero nada de aquello era verdad, es más, la peste era la dueña de Venecia y ninguna disposición, remedio o cura parecía poder detenerla. Ese mensajero era tan sólo un extranjero que estaba loco. Nadie supo nunca su nombre. A veces me pregunto si de verdad tú lo enviaste, Señor, y para decirnos qué.
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Melania G. Mazzucco. La larga espera del ángel

miércoles, 19 de mayo de 2021

EDUARDO BARBA GÓMEZ. EL JARDÍN DEL PRADO

Hola, buenas tardes. Todos los libros un libro, el espacio de sugerencias de lectura de Radio Universidad de Salamanca, os da la bienvenida, un miércoles más, y os invita a acercaros con nosotros a un nuevo libro, que escojo semanalmente con la intención de suscitar vuestro interés. La obra que hoy quiero recomendaros es, sin duda, muy atractiva y sugerente, y estoy seguro de que si os decidís a leerla vais a disfrutar de unas horas apasionantes que, además, os van a abrir todo un mundo de posibilidades y alternativas también muy sugestivas. 

Ayer, 18 de mayo, se celebró en todo el mundo el Día internacional de los Museos. Con esa excusa he querido que tres programas, a partir del de hoy, tuvieran como centro el universo del arte, con los museos y, en particular -de manera directa en el caso de esta tarde y algo más tangencial en la del próximo miércoles- con el Museo del Prado, de cuya inauguración se cumplieron doscientos años hace poco tiempo, en 2019 exactamente. Esta serie “artística” de Todos los libros un libro tendrá aún una tercera entrega, vinculada además a una exposición formidable que, fuera del Prado, pero en otro museo, el Thyssen-Bornemisza, puede verse estos meses en Madrid (para quien, con las limitaciones pandémicas ya diluidas, pueda desplazarse a la capital de España). 

El libro del que ahora quiero hablaros es una rareza, un singular acercamiento al universo museístico. Se trata de El jardín del Prado, escrito por Eduardo Barba Gómez, y publicado en la editorial Espasa el pasado 2020. Eduardo Barba, para mí desconocido hasta la aparición del libro, es jardinero, investigador botánico en obras de arte, paisajista y profesor de jardinería. Ha colaborado, nos dice la nota con la que la editorial presenta el libro, con el Museo Lázaro Galdiano y con el Museo de Bellas Artes de Bilbao, y ha sido responsable de la implantación y mantenimiento de plantas y jardines en diversos países además de España, como Bélgica, Francia, Italia, Países Bajos, Estados Unidos o Australia, algunos de los cuales aparecen en las numerosas referencias “viajeras” que afloran en su obra. Entre sus muchos intereses y conocimientos, que también de modo entusiasta tienen su reflejo en el libro, hay dos fundamentales que son los que nuclean la obra y explican y justifican su propósito y su estructura: la jardinería, obviamente, y el arte. De esta manera, conjugando ambos mundos, El jardín del Prado, que significativamente se subtitula Un paseo botánico por las obras de los grandes maestros, consiste en un recorrido por cerca de cincuenta especies vegetales -contando solo las que se “estudian” de un modo principal; en total, mencionadas, aparecen más de doscientas- presentes en otros tantos cuadros expuestos en el Museo del Prado (Barba ha catalogado, al margen del libro, las 1.050 obras del Museo, entre pintura, escultura y artes decorativas, en las que aparece algún rastro identificable de vegetación). El libro, que cuenta con un ilustrativo prólogo del autor, acompaña el análisis de Barba sobre cada planta con una reproducción del cuadro de referencia y otra que recoge un plano de detalle de la especie glosada, además de unos minuciosos dibujos botánicos de Juan Luis Castillo (lo que no excluye, al contrario, el que la lectura deba hacerse, a mu juicio, con la “visita” simultánea a la formidable página web del Museo, que alberga reproducciones de los cuadros en formatos muy amplios y de gran calidad, lo que facilita la apreciación detallada de sus matices; y ni que decir tiene que una visita “botánica” al Prado se revela, tras leer el libro, como una aventura altamente estimulante). Hay, también, una bibliografía final que incluye una treintena de obras de consulta, y un glosario de plantas en el que se enumeran todas las citadas en el texto. 

Es curioso, y el autor lo comenta en el examen de una de las flores elegidas, la dalia, en el cuadro de Madrazo Sabina Seupham Spalding, que sus dos pasiones primordiales puedan desarrollarse, en Madrid, en un entorno de proximidad tan estrecho (Me fascina que el Jardín Botánico y el Museo del Prado estén separados tan solo por unos pocos metros. Se debe tardar un minuto en salir por la puerta de Murillo del Prado y entrar por la puerta del jardín, atravesando esa plaza tan llena de belleza y anhelo para mí. Es un lujo de vecindad del que pocos museos de arte y jardines del mundo se pueden vanagloriar), en una poderosa imagen metafórica del sentido del libro: un lento discurrir por los encantos de dos mundos aparentemente ajenos para el ciudadano medio pero que se muestran, sin embargo, muy cercanos, no solo desde la casi inexistente distancia física, sino también en la aguda percepción y la fresca sabiduría de las que hace gala Eduardo Barba. 

Ya desde el prólogo quedan claros el desencadenante y la intención que mueven al autor en el desarrollo de su obra: interesado desde su infancia por las plantas y las flores, “dirigido” hacia ellas por el benéfico influjo de su madre (mi madre era una persona que, a mis ojos de niño, era capaz de crear vida también con sus propias manos. Una rama tirada en el suelo se convertía unas semanas después en una nueva planta y, cuando florecía, la sorpresa cerraba un círculo de admiración en mis ojos bien abiertos. Era imposible no caer rendido ante el sencillo embrujo del ciclo de la vida atrapado en una pequeña maceta de terracota bajo el sol), su avivada curiosidad le hace descubrir pronto el encantamiento de las formas y los colores vegetales: Los contornos de las hojas, las tonalidades de las flores, la manera que tenían las plantas de expresar su personalidad, tan diferentes unas de otras, con tal intensidad que, confiesa, una primavera decidí hacerme jardinero. En el ejercicio de su profesión, su inquietud por el arte y por la cultura en general y su “descubrimiento” del Museo del Prado lo llevaron a ser consciente de que también había un mundo botánico que se derramaba y florecía en las pinceladas de los cuadros, en los golpes de cincel de las esculturas. A partir de ahí se abrió en su vida otro frente -al que ha dedicado mucho tiempo y trabajo- centrado en el análisis de las plantas en la historia del arte, del que el libro que ahora os presento es una espléndida muestra. 

Apela Barba en su texto preliminar a su voluntad de impregnar su recorrido por el “jardín del Prado” no solo de botánica -que, obviamente, comparece por doquier en el libro-, sino también de otras componentes más “personales”: el recuerdo y la memoria, tan unidos, desde su infancia, al universo vegetal; su lado femenino, vinculado al hecho innegable de que siempre han sido madres y abuelas las que, tradicionalmente, se ocupaban de las plantas; la importante presencia de los aromas, la luz y el color, en un enfoque vivo, sin la frialdad academicista, de la realidad estudiada; incluso la dimensión “práctica” de su atenta mirada, forzosamente obligada a elegir solo unas pocas de entre los centenares de especies representadas en los cuadros, y decantada, a la postre, en muchos casos, por aquellas que permitieran llevarse una parte viva del cuadro a casa, aquellas que pudieran ser plantadas en un balcón, un alféizar o una terraza. 

Todo ello tiene una traducción directa en el libro, pues los comentarios “técnicos” sobre cuadros y plantas se entremezclan con anécdotas de su propia vida y de sus muchos viajes -todos “marcados”, de una y otra forma, por la “obsesión” jardinera y la pasión artística-, consejos para cultivar las plantas en casa, posibles usos gastronómicos o medicinales, reflexiones sobre la existencia suscitadas por la práctica de la jardinería y, en definitiva, infinidad de informaciones curiosas surgidas de la exhaustiva observación de las imágenes analizadas. Algunos de estos “frentes” están presentes, entre otros muchos ejemplos, en sus palabras sobre la borraja, que aparece en el Tríptico de El jardín de las delicias, de El Bosco: 

Un par de características curiosas de esta planta nos pueden llevar a elegirla para su cultivo en maceta. La primera es que se trata de una planta que atrae a muchos insectos polinizadores. Es todo un espectáculo quedarse un rato contemplando el ir y venir incesante de muchos de estos trabajadores impenitentes. La segunda característica es que se trata de una planta enteramente comestible, si bien con moderación, ya que puede no ser del todo beneficiosa para nuestro hígado. Pero la parte comestible más interesante y segura son sus flores, consumidas crudas, ideales para decorar platos como las ensaladas. Tienen un ligero gusto a pepino, y a mí siempre me recuerdan esos sabores de Grecia y de Oriente, esos viajes, lugares, albergues. 

En el mismo sentido, sirve de muestra esta apreciación sobre la Rosa de boticarios, presente en el cuadro de Antonio Moro, María Tudor, reina de Inglaterra, segunda mujer de Felipe II

Se supone que se trata de la rosa roja de boticarios, una variedad que estaba presente habitualmente en los jardines y huertos de castillos y monasterios, al atribuírsele muchas propiedades medicinales, desde analgésica hasta antiséptica, desde cardiotónica hasta hipnótica. 

Antes de enumerar algunos de los cuadros y las flores y plantas “repertoriados” (en descriptivo verbo de Andrés Trapiello, no recogido en el diccionario de la Real Academia), quiero resaltar tres de las grandes enseñanzas que, con carácter general, nos ofrece el trabajo de Eduardo Barba. Por un lado, el deseo constante de aprender, de los cuadros, de las plantas, de la vida. La curiosidad del autor es inagotable, nada humano -ni vegetal, ni animal, ni mineral- parece serle ajeno. Viaja a una capital para ver un museo, visita un jardín botánico o un invernadero en pos de una determinada especie, se desplaza por Europa en autostop, se pasea por una ciudad, se aloja en casa de unos amigos… y todo ello lo vive en permanente “estado de alerta” -botánico y artístico, pero fundamentalmente vital-, presto a sorprenderse por una minúscula flor entre las grietas de un muro, por una especie desconocida encontrada en un vivero, por un detalle aún no apreciado tras horas de contemplación de un cuadro, por el canto de un pajarillo, por la limpidez del aire, por el olor en el ambiente tras la lluvia . Resulta envidiable esa voluntad inagotable, ese formidable interés por las cosas, ese indesmayable afán por saber más. Hay algo infantil -gozosamente infantil- en ese estado de permanente admiración en el que parece vivir Barba, deslumbrado de continuo por la fecunda variedad del mundo. 

Pero, sobre todo, en donde El jardín del Prado resulta ejemplar, combativa y valientemente ejemplar, es en la reivindicación implícita -aunque se explicita en más de una ocasión- de la observación, de la capacidad de mirar, del examen demorado, atento, profundo y reposado del mundo que nos rodea, en particular de cuadros y plantas (y de su muy frecuente y afortunada conjunción). En estos tiempos veloces, apresurados y superficiales, en los que nuestra capacidad de atención salta, insatisfecha, de un estímulo fugaz a otro, sin detenerse en ninguno, sin concentrarse, picoteando migajas sin valor de cada nuevo “fogonazo”: un tuit, un meme, un titular, un chiste, una declaración altisonante, un eslogan publicitario, un lema vacío, un insulso selfie (según estudios recientes, el treinta y cinco por ciento de los visitantes de museos se hacen fotos ante las obras de arte conocidas sin dedicar ni un solo instante a admirarla, siendo nueve segundos la media de tiempo de contemplación de los que sí lo hacen) en una suerte de visión fragmentaria e inevitablemente superficial de la existencia, no puede sino celebrarse el que desde un libro como el de Barba se nos hable de la necesidad de detenerse durante dos horas ante un cuadro, embeberse sosegadamente de su magia, escrutar sus más mínimos detalles, reconocer minuciosamente cada aspecto no ya de su “tema” principal, sino de sus elementos accesorios, como son en muchos casos un matorral que aparece en una esquina, unos árboles disimulados en un fondo, unas flores que decoran una escena lateral de la pintura (Es una obra perfecta en la que quedar atrapado observando las tonalidades de las distintas piedras que conforman las hojas, pétalos y tallos de muy distintas especies vegetales: alhelíes, granado, lirio de los valles, aguileña, tulipanes…, escribe, al comentar el Bufete del Nuncio Massimo). En particular, y a propósito del eje central de su libro, la relación botánica/arte, Barba nos informa de un llamativo -aunque por lo demás bien reconocible, incluso en nuestra propia experiencia personal- fenómeno, para el que se ha acuñado ya una expresión definitoria: plant blindness. Surgido en Estados Unidos a finales de los años 90 el término indica cómo no somos conscientes, no detectamos siquiera, la desbordante riqueza vegetal que nos rodea, incluso cuando estamos en el campo o en un bosque. Nuestra mirada superficial es ciega a las plantas, que o no vemos o, de hacerlo, percibimos en mucha menor medida que la que requeriría su inmensa variedad. Cuenta el autor que algunos de sus amigos y conocidos coincidían en considerar El Descendimiento de Van der Weyden como una de sus obras favoritas de todo el arte occidental, pero que cuando ante esa afirmación él les preguntaba si también apreciaban las plantas que aparecen en el cuadro, siempre se encontraba con la misma respuesta: “no había ninguna planta”. Pues bien, más de una docena de especies vegetales están ahí, esperando a que les prestemos atención, para cerrar, pedagógico, el relato de la elocuente anécdota. Se trata, en definitiva, de mirar un cuadro -y la vida- “de verdad”, con genuina aplicación, con paciencia, con pausa y con lento placer, con atención… 

… Y con entusiasmo. Porque el tercer rasgo valioso del libro es la pasión y el entusiasmo que rezuma. Pese a su juventud, apenas cuarenta y dos años, la vida de Barba parece haber contenido veinte más, tan grande son el ardor, el interés, el voluntarioso afán con que describe cada acontecimiento vivido, incluso los más nimios. “¿Cómo es posible” -se dice el lector, perplejo y hasta algo enfadado consigo mismo- “que a mí la vida solo me dé para este tibio discurrir cotidiano, cuando el bueno de Barba no para de vivir experiencias exultantes?” Pero la pregunta es, a la postre, retórica, porque la respuesta está ante sus ojos, en El jardín del Prado: la vida se multiplica si eres capaz de apreciar y disfrutar con la apacible disposición de un ramo de rosas en un búcaro que se esconde en un plano alejado de la figura principal de un cuadro, o extasiarte con la nota de color, que aleja la grisura de los días, de una flor, apenas entrevista, prendida del pecho de un personaje representado en una pintura, o deleitarse con el suave olor de una ramita de lavanda que se lleva en el bolsillo, o gozar de la leve caída de un pétalo sobre la hierba de un parque urbano, o detener tu acelerado paso “laboral” para observar, en tu rutinario “trasladarte” por la ciudad, el encanto de una maceta florecida en un pequeño balcón. Todo eso lo hace de continuo Eduardo Barba y nos lo cuenta en su libro y nos contagia su optimismo y su fervorosa alegría de vivir. 

No quiero cerrar mi reseña sin dejar siquiera un esbozo de imposible muestrario -imposible por la dificultad de seleccionar, todos son valiosos; hay que leer el libro- de algunos de los comentarios sobre los cuadros y las plantas analizados. Así, la malva real, que aparece en Jardín de la casa de Fortuny, de Mariano Fortuny y Raimundo de Madraza, es la excusa para hablar de lo perdurable de las sensaciones que se experimentan ante un jardín (de Fortuny es también el magnífico Los hijos del pintor en el salón japonés, que propicia la explicaciones sobre el popular geranio); la búgula, que está presente en Los desposorios de la Virgen, de Robert Campin, permite el comentario sobre la tarea del jardinero, en el pasado y actualmente; de Luis Paret y Alcázar, coetáneo de Goya, se resalta que es el gran amante de las rosas en el Museo del Prado, pues en los once óleos de su autoría que se conservan en el museo, solo uno, el de su autorretrato, no contiene una rosa; ante el diente de león, que puede observarse en el Tríptico de la Redención: Adán y Eva expulsados del Paraíso, el autor evoca el juego infantil de soplar el fruto de la planta pidiendo un sueño y recuerda los suyos propios cuando visita la muy artística Florencia y quiere “verlo todo”; de Patinir, con dos “apariciones” en el libro, destaca también dos plantas, el azulejo, la planta viajera, un arqueófito, una planta que ha sido introducida y asilvestrada en la flora de una región antes del descubrimiento de América, que puede percibirse en el Descanso en la huida a Egipto, y la azucena, que está en el que quizá es el cuadro más conocido del maestro flamenco, El paso de la laguna Estigia, en el que la posición de la barca de Caronte lleva al curioso investigador a indagar entre los gondolieri venecianos su probable deriva, ¿hacia el cielo?, ¿hacia el infierno? 

El Bosco está representado por dos plantas, ambas en el inagotable, en todos los sentidos -también en el botánico-, Tríptico del jardín de las delicias: la aguileña, llamada también palomilla, por su parecido a estas aves en vuelo, de la que se resalta su poder como afrodisíaco masculino, y el drago, ocasión para rememorar los muchos jardines visitados (Ni yo mismo sé cuántos jardines habré visto a lo largo de mi vida). Los Brueghel aparecen tres veces, una el Joven, cuyo desbordante La Abundancia hace coincidir en la misma pintura flores de distintas estaciones, lo que lleva una vez más a Eduardo Barba a “perderse” en bosques, campos y paseos por el sur de Francia, los alrededores de Sevilla, la meseta castellana, los almendrales malagueños o los olivares andaluces; y las otras dos el Viejo, junto con Rubens, en El Olfato (con más de sesenta plantas representadas, de las que se nos comenta en particular el lilo, del que se destaca que con sus ramas se “fabrican” flautas) y La Virgen y el Niño (con el protagonismo de la vincapervinca, que lleva al narrador a su remembranza de su primera visita al Metropolitan de Nueva York, en el que sufre una suerte de mezcla del síndrome de Stendhal y un muy artístico pero igualmente estresante FOMO (fear of missing out, pavor a no poder verlo todo). También de Rubens (y su taller), se selecciona el tulipán, que sirve para explicar el mito recogido en el cuadro El rapto de Proserpina

Fra Angelico es uno de los pintores favoritos de Barba, y ello tiene su reflejo en la elección de dos de sus cuadros en el libro, su obra maestra, La Anunciación, con la higuera que delimita la escena de la Virgen y el ángel, en el lado derecho de la tabla, y la expulsión del Paraíso, en el izquierdo; y La Virgen de la granada, en cuyo estudio podemos leer que en la religión cristiana el granado es un símbolo de la esperanza en la inmortalidad y la resurrección, además de conocer los lugares -viviendas, pero sobre todo paisajes- que conoció el propio pintor en Vicchio. 

El interesante “catálogo” no podía obviar a otros pintores fundamentales en la historia del Arte, que constituyen, igualmente, la muestra más destacada de la inigualable oferta del Museo del Prado. Aparecen, así, Velázquez y su San Antonio Abad y san Pablo, primer ermitaño, en el que la mirada se posa en las malvas y la imaginación viaja con ellas a la infancia del escritor; Francisco de Goya y El columpio, en el que se interpreta la presencia de sus muchos protagonistas y, a propósito de un clavel, del que casi podemos oler su fragancia, que retrotrae a Barba, una vez más, a su infancia y al recuerdo agradecido a todas las mujeres que en mi familia cuidaron plantas, a las que conocí y a las que no, todas ellas unidas en el perfume de una sola flor; Zurbarán y la caléndula, que encontramos en el cuadro Santa Isabel de Portugal, de la que se cuenta su leyenda de la trasmutación de monedas en rosas. Y está Claudio de Lorena, con la palmera datilera en Moisés salvado de las aguas; y Sandro Botticelli, con el modesto pino piñonero, significativo fondo de La historia de Nastagio degli Onesti, que permite la evocación de Segovia y nos trae la conocida frase de Lawrence Durrell, en El cuarteto de Alejandría: Una ciudad es un mundo cuando amamos a uno de sus habitantes; y Tiziano, por dos veces: en la Ofrenda a Venus, en la que pinta, entre otras plantas, una trinitaria, también llamada pensamiento salvaje o, en algunos de sus nombres en inglés: salta y bésame, nadie tan linda, la delicia de Cupido, beso en la puerta del jardín, acaríciame. Incluso atendiendo al misterioso lenguaje de las flores de la época victoriana, hallamos otro significado apasionado: «amor a primera vista», sin que nos sorprenda, por tanto, que se trate de una flor dedicada a los amantes; y en La bacanal de los andrios, con muchas violetas desperdigadas por el cuadro, unas flores que se usaban en Roma para curar las resacas; y está también Nicolas Poussin, con el laurel, símbolo de virtud y de recompensa, destacado en El Parnaso

Y aparece la hiedra, junto a la rosa, la planta más representada en los cuadros de El Prado, aquí presente en el magnífico La siesta o Escena pompeyana, de Lawrence Alma Tadema. Y el limonero en un espléndido Bodegón de caza, hortalizas y frutas de Juan Sánchez Cotán. Y la chirivita, el dondiego de día, la gardenia, el roble, el narciso de los poetas y el jacinto, la cimbalaria, la arañuela y el jazmín, el alhelí encarnado y el amarillo, el abrótano, macho y hembra, el lirio… que hallamos en obras de Juan de Flandes, Mariano Salvador Maella, Juan de Arellano, Meissonier, Juan van der Hamen, Jean Ranc, Hans Memling, Robert Campin, Frans Snyders. Todo ello entre referencias a los sombreros en las carreras del hipódromo de Ascott, anécdotas de mi vecina Mari en Marbella, reflexiones sobre el olivo como símbolo de la unión de las naciones, apuntes sobre las singulares denominaciones de las flores, curiosidades en torno al lenguaje de las plantas, jugosas apreciaciones sobre la flor urbana, y hasta algún comentario humorístico, como el que vincula a Clark Gable y un mono comedor de fresas en el Bodegón con sirvienta del citado Snyders. 

Y no quiero cerrar mi reseña sin mencionar a la única mujer presente en el libro (la única artista; ya se ha dicho que “las mujeres de Barba” desempeñan un papel principal en su vida y en su vocación profesional): Clara Peeters, de la que pudimos ver en el Prado una formidable exposición antológica, El arte de Clara Peeters, hace tres o cuatro años. Su Bodegón con flores, copa de plata dorada, almendras, frutos secos, dulces, panecillos, vino y jarra de peltre propicia el análisis de los magistrales juegos con los reflejos en vasos, jarras y otras superficies de cristal, típicos de la pintora flamenca; una breve digresión sobre los significados simbólicos del romero, vinculados al amor, la vida, la muerte y la sexualidad; y hasta la agradecida evocación de la figura de otra mujer, Clara Quintanilla, restauradora del Museo del Prado durante tres décadas y media. 

En fin, son decenas, como veis, los motivos por los que merece acercarse a este El jardín del Prado, el más que interesante ensayo de Eduardo Barba Gómez. Con mi encarecida recomendación de su lectura os dejo ya con una canción obviamente relacionada con el universo floral. The secret life of plants, el clásico -con más de cuarenta años ya a sus espaldas- de Stevie Wonder. 


Trébol blanco, Taller de Jan van Eyck. La Fuente de la Gracia 

«¿Podrías identificar esta planta?». Un amigo muy querido me planteó esta cuestión, así de sencilla, y me propuse responderla. No lo sabía entonces, pero algo cambió en mi vida a partir de ahí. Hay preguntas que te llevan a otros lugares sin ni siquiera proyectarlo. Y así fue con aquella. Siempre le estaré agradecido con todo mi corazón por exponerme su duda, que fue savia nueva para mis días jardineros. La enigmática planta aparecía en una xilografía del Hortus Sanitatis, un tratado de historia natural del siglo XV. La especie nunca pude adivinarla, por la tosquedad con la que está diseñada, pero el descubrimiento me llegó de otra manera. Empecé a pensar en identificar todas las plantas que crecían en los cuadros, dibujos, esculturas y objetos diversos de artes decorativas que estaban expuestos en el Museo del Prado, como una manera más de aprender de la colección, de ampliar mi mirada. No tenía muy claro en qué jardín me estaba metiendo en ese momento. 

Una mañana fui al museo y me compré un pequeño cuaderno con el manzano de la laguna Estigia de Patinir en la portada, y comencé mi labor precisamente por la sala donde cuelgan los cuadros de este artista. El Descanso en la huida a Egipto fue una de las primeras obras donde me detuve. Al ir apuntando especie tras especie, no podía creer la grandísima cantidad de botánica que el pintor había reunido en su tabla. Se trataba de un ecosistema completamente autónomo, y era como si yo estuviera sentado también al lado de ese pequeño estanque, rodeado de un biotopo tan real como uno pudiera imaginar, oyendo alguna rana mofletuda escondida entre ese cancel de las ninfas, que es un ranúnculo acuático de pequeñas flores blancas. De repente estaba en Bélgica, en la provincia de Namur, y Patinir me enseñaba la riqueza de su tierra a través de sus ojos. 

Y aquello fue solo el comienzo. Obra tras obra y sala tras sala completaba la tarea. Me llevó varias semanas, meses, observar y catalogar todo el museo. Para cuando hube terminado, me di cuenta de que podía apreciar la caligrafía botánica de los artistas un poquito mejor que como lo había hecho al principio, así que comencé una segunda vuelta completa para apreciar detalles que se me hubieran podido escapar. Y vaya si los había. Los inestimables vigilantes de sala del Prado, que se desvelan por la seguridad de nuestras obras de arte, se asustaban viendo mi proximidad a las pinturas. Y con razón, porque a veces estaba tan cerca de ellas que, si sacaba la lengua, podía probar alguna de las frutas de sus bodegones, y me llevé más de una reprimenda mientras salivaba con algún jugoso descubrimiento. Así que entonces, por recomendación de una amiga, me compré un monóculo para aumentar esas plantas en ocasiones de tamaño minúsculo, con lo que amplié mis observaciones a la escala ínfima del detalle pequeño. ¿Qué más podía ocurrir? Pues que mi cultivo en el museo poco a poco se fue conociendo, y me convertí en la persona «que buscaba las plantas en los cuadros».
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Eduardo Barba. El jardín del Prado

miércoles, 12 de mayo de 2021

PATRICK RADDEN KEEFE. NO DIGAS NADA
  
Hola, buenas tardes. Un miércoles más, os saluda Alberto San Segundo, responsable de Todos los libros un libro, el programa de sugerencias de lectura de Radio Universidad de Salamanca. En las dos últimas semanas nuestro espacio os ha ofrecido sendas recomendaciones de libros de género híbrido, que participan simultáneamente de los rasgos del reportaje periodístico, el ensayo de investigación, la crónica histórica, la narración novelística, el true crime y el relato policial, una propuesta literaria, en auge en los últimos años, algunos de cuyos más destacados practicantes -Emmanuel Carrère, David Gann, incluso Javier Cercas, entre otros muchos- han encontrado acomodo en Todos los libros un libro en ediciones emitidas en temporadas precedentes.

Tras dos títulos muy interesantes, Arthur Conan Doyle, investigador privado, de Margalit Fox, y Los amnésicos, de Géraldine Schwarz, le llega el turno esta tarde a No digas nada, una apasionante y a la vez estremecedora muestra de historia, biografía, política y periodismo narrativo, presentada a finales del pasado 2020 por Patrick Radden Keefe, un escritor y periodista norteamericano de origen irlandés, con una amplia trayectoria como articulista en cuyo transcurso ha obtenido diversos premios por sus crónicas y reportajes. El libro, publicado por la editorial Reservoir Books, aparece en traducción de Ariel Font Prades, al que se le escapan un par de “fallitos” subsanables: allí faltaba un miembro del comando: el onceavo [sic] componente; siniestros [de nuevo sic] credenciales. No digas nada fue elegido mejor libro del año 2019 por The New York Times, The Washington Post, The Times y Time Magazine. Además, ganó el National Book Critics Circle Award y el Premio Orwell, y fue finalista del National Book Award. Por otro lado, escritores tan prestigiosos, y de criterio siempre fiable, como Javier Marías, John Banville, Guillermo Altares o Enric González, no han ahorrado elogios y, en algunos casos, no han dudado en calificar de obra maestra el libro de Radden Keefe. 

Una noche de diciembre de 1972, en Belfast, Jean McConville, una viuda de clase trabajadora, que en sus treinta y ocho muy católicos años había dado a luz a catorce hijos, de los que sobrevivían diez, entre los seis y los veinte años, vio irrumpir en su casa, humilde y austera, en un edificio destartalado, a un grupo de personas en actitud violenta. Los diez o doce “asaltantes”, hombres y mujeres, todos con la cara cubierta por pasamontañas o medias de nylon, uno de ellos empuñando un arma de fuego, conminaron a Jean, que, recién salida de la bañera, aún en bata, intentaba calmar a los niños asustados, a que se vistiera (Ponte el abrigo) y los acompañara. Ante la reacción espantada de los chicos, que se negaban a dejar que los intrusos se llevaran a su madre, los encapuchados, que se dirigían a los menores por su nombre de pila (el pequeño Michael, de solo once años, se dio cuenta, con horror, de que las personas que se llevaban a su madre no eran gente desconocida: eran vecinos suyos), acabaron por convencerles de que se trataba tan solo de una conversación de un par de horas y de que, tras ella, la devolverían a su casa. 

Jean nunca volvió a aparecer. En el barrio, un “reducto” católico” en un entorno mayoritariamente protestante, los rumores responsabilizaban al IRA del secuestro, una represalia por una supuesta colaboración de la mujer con el ejército británico, que el republicanismo católico veía como “fuerzas de ocupación”. En aquel clima bélico -los Troubles, el trágico período de treinta años que ensombreció Irlanda con su violencia etnicista- en que discurría la vida de los habitantes de Belfast una desaparición o una muerte más no llamaban especialmente la atención (fueron cerca de 3.500 los muertos entre 1969 y 1998, cuando se firmó el acuerdo de paz, el Acuerdo del Viernes Santo; otras fuentes hablan de 3.700; en nuestro país, ETA no “llegó” a los mil), por lo que, pese al interés de los hijos por averiguar lo sucedido, los hechos permanecieron sin aclarar hasta que, en 2003, los restos mortales de McConville fueron desenterrados en una playa solitaria. 

En este siniestro episodio se encuentra el origen del libro de Radden Keefe. Simultáneamente subyugado y horrorizado por el suceso, el periodista empezó en 2014 la investigación de los hechos, de sus causas y sus consecuencias, un trabajo ingente -aunque previsiblemente apasionante- que le obligó a indagar en las raíces sociales, religiosas, morales, políticas y hasta étnicas, que sustentaron las siniestras décadas de violencia en Irlanda del Norte, y que acabaría por desembocar en el libro que ahora tenemos entre manos. En la nota que cierra el volumen, el autor explica el proceso de creación y el desarrollo de su estudio, que le ocupó cuatro años (el libro apareció en Estados Unidos en 2018). En ese tiempo hizo siete viajes a Irlanda del Norte y se entrevistó con más de cien personas, aunque muchas más se negaron a colaborar -o accedieron inicialmente para, más adelante, reconsiderar su decisión-, dada la naturaleza muy “sensible” de las cuestiones examinadas. Destaca la significativa ausencia -pero de ello hablaré más adelante, pues es sustancial en el enfoque y el propósito del libro- de la voz “directa” de Gerry Adams, el controvertido líder del Sinn Féin, brazo político del IRA, y una de las figuras fundamentales para entender los episodios narrados, que se negó a hablar con Keefe. Éste, además, como es exigible en un trabajo de esta índole, consultó una ingente cantidad de documentación, un extremo que dota de fiabilidad al texto y que puede apreciarse en las casi cien páginas de notas (de un total de quinientas cincuenta), el centenar y medio de referencias bibliográficas y el copioso índice onomástico del voluminoso libro. 

Esto no es un libro de historia sino una obra de no-ficción narrativa, declara su autor. Nada -o apenas nada- en el libro es inventado. Si se describen los pensamientos de algún personaje, se recogen tal y como el propio interesado los manifestó al propio Radden Keefe o a algún otro interlocutor. Al analizar un tema tan controvertido -en esencia, la tortuosa historia del IRA en los últimos sesenta años-, sobre el que los protagonistas, los testigos, los observadores externos, los especialistas y los expertos mantienen interpretaciones divergentes y aun radicalmente opuestas, el escritor, en su pretensión de ofrecer un retrato fidedigno de los episodios narrados y en su voluntad paralela de no someter al lector a un relato abierto de continuo a digresiones, puntualizaciones y desarrollos y planteamientos alternativos que entorpecerían la lectura, se vio obligado a optar por la versión más plausible de los hechos en el texto principal, dejando para las notas las versiones alternativas y otros matices. En estas notas, que no son necesarias, por lo tanto, para la estricta comprensión del texto, se mencionan las referencias de las muchas fuentes de información manejadas por el cronista: noticias aparecidas en la prensa contemporánea, además de cartas, emails inéditos, documentos del gobierno recientemente desclasificados, autobiografías publicadas e inéditas, propaganda, declaraciones juradas, deposiciones, informes de pesquisas, informes forenses, testimonios de testigos, diarios personales, imágenes de archivo y grabaciones de conversaciones telefónicas. En este vasto elenco destaca una de las entrevistas recogidas en las cintas de lo que se ha llamado el Proyecto Belfast, una iniciativa del Boston College dirigida a principios de los 2000 por el periodista Ed Moloney y el antiguo miembro del IRA Anthony McIntyre. La Universidad norteamericana ofreció a destacados protagonistas de ambos bandos del conflicto irlandés -en su mayoría pistoleros y terroristas involucrados en “hechos de sangre”- expresarse con libertad sobre sus experiencias, con la promesa, a la postre traicionada, de no difundirlas hasta una fecha futura en la que los participantes hubieran muerto, y con la intención de que solo en ese momento -apagado ya el “fragor de la batalla”- sirvieran para la investigación académica sobre la convulsa etapa histórica de la que los declarantes habían sido personajes principales. De las decenas de conversaciones y los cientos de horas registradas, Radden Keefe solo pudo acceder a la transcripción de las palabras de Brendan Hughes, un siniestro cabecilla del IRA, asesino confeso, cuyas sangrientas peripecias, que ocupan un lugar destacado en la obra, se recogían en el libro póstumo Voces desde la tumba, que firmó Moloney en 2010. El resto de los testimonios, que acabaron convirtiéndose en armas políticas, siendo usadas como pruebas en juicios, probablemente sean ya inaccesibles para siempre. 

No digas nada está estructurado -vagamente- por dos ejes que corren en paralelo, aunque en su recorrido se imbrican muchos otros, con infinidad de historias, personajes y temas que se relacionan con los desarrollos argumentales principales, constituyendo su conjunto un formidable mosaico que refleja con verosimilitud la tragedia que supusieron aquellos años de guerra tribal en cierto rincón olvidado de Europa, en palabras de John Banville. Las vicisitudes de la familia McConville, antes y después de la desaparición de la madre, su afán por conocer la verdad de su siniestro destino, el establecimiento de la identidad de quien acabó con su vida (dato que el periodista proporciona, en una información inédita hasta el momento, en las páginas finales del libro), constituyen el hilo conductor central -bien que en muchos momentos se difumina y permanece oculto, casi, en la narración- que articula la investigación de Radden Keefe y el asunto de su libro. A su lado, atraviesa el texto la agitada trayectoria vital de Dolours Price, una icónica miembro del IRA, de extraordinario atractivo personal, que, junto a su hermana Marian (a la que los británicos llamaban “fabricante de viudas”, por las muchas víctimas que causó entre los soldados destacados en el Ulster), perpetró atracos, secuestros, colocación de bombas y asesinatos -llamados ejecuciones, en la eufemística jerga militar de su organización-, pero que, guapas ambas (Dolours era una joven de una belleza arrebatadora, con sus cabellos cobrizos, sus chispeantes ojos turquesa y sus pestañas claras), aparecían rodeadas de un aura de fascinación y encanto, un “look rebelde” muy apreciado en la época -finales de los sesenta y principios de los setenta (Dolours había nacido en diciembre de 1950)-, lo que la llevó, incluso, a posar para un reportaje periodístico en Paris Match. Los itinerarios de ambas familias -McConville y Price- se acercan y se alejan en numerosos pasajes del texto, cruzándose una y otra vez para acabar convergiendo finalmente. 

En torno a esas dos líneas “nucleares” se construye el cuerpo fundamental del libro, que recoge el análisis del conflicto de Irlanda del Norte, la problemática composición sociológica de la sociedad irlandesa, el contencioso entre católicos y protestantes, la convulsa relación histórica ente Irlanda y Gran Bretaña, los primeros enfrentamientos agresivos entre grupos, la creación del IRA y la profesionalización de las milicias republicanas, la lucha armada y la represión del Estado británico, la progresiva y dramática escalada de violencia, la proliferación de grupos paramilitares “antiterroristas”, el papel de las mujeres en la iconografía de la revolución, las discrepancias y escisiones entre diversas facciones del IRA, el clima permanente de desconfianza y sospecha, de paranoia y delaciones, de secretismo y silencio, las explosiones y las bombas, los atentados, los secuestros, los asesinatos, los juicios, las cárceles, las huelgas de hambre, y más bombas y más crímenes y los miles de víctimas, también las actuaciones políticas, las negociaciones, los acuerdos, las dudas gubernamentales, el estado actual de la cuestión, el Brexit y su paradójica repercusión sobre la sociedad irlandesa, pues hay quien aventura -el historiador Liam Kennedy, por ejemplo, experto en el tema- que la salida británica de la Unión Europea puede poner en peligro la paz en Irlanda. Y en otro plano, complementario al de la “fotografía” de esa realidad social “enferma”, se muestra la esfera íntima de algunos de sus protagonistas, su fanatismo, su locura sanguinaria, sus convicciones ciegas, su crueldad y su ausencia de compasión, su odio, su exaltada intolerancia, sus -en algunos casos- dudas y vacilaciones, sus contradicciones internas, su evolución ideológica, su premeditación y sus cálculos, su -en muchos casos, también- inquietante normalidad, las tragedias personales que vivieron (de muy diferente dimensión: unos como víctimas, los otros como verdugos), las existencias destrozadas, los desequilibrios mentales, los traumas psicológicos, el alcoholismo, los suicidios… 

En su presentación del entorno sociológico en el que se perpetró el secuestro de Jean McConville, Radden Keefe subraya el conflicto religioso de base. La isla de Irlanda es de población originaria y mayoritariamente católica. La llegada, ya a comienzos del siglo XVII, de colonos escoceses e ingleses, protestantes, sirvió de caldo de cultivo a un conflicto que se mantuvo vivo, y cruento, durante siglos. La “ocupación” británica nada pudo hacer frente a la pujanza del nacionalismo católico que desembocó en la creación, en 1922 y tras dos años y medio de guerra civil, del Estado Libre de Irlanda, independiente del poder de Londres, que agrupaba a veintiséis de los treinta y dos condados de la isla. Los otros seis, el Ulster, en el norte, en los que la población, al contrario que la tendencia dominante en el resto del territorio, era de religión anglicana, y cercana, pues, a los británicos, se mantuvieron como “unionistas”, vinculados a Gran Bretaña aunque con un cierto grado de autonomía política. Desde la independencia del sur, los católicos, minoritarios en el norte -apenas el treinta y cinco por ciento- y partidarios de una república irlandesa unida, persuadidos de que la partición entre ambas “regiones” era artificiosa e ilegal, y convencidos del carácter democrático y legítimo de sus reivindicaciones, manifestaron su oposición y comenzaron un enfrentamiento, que pronto sería armado y llegaría a la violencia contra el “unionismo opresor”. El IRA, Ejército Irlandés Republicano, en sus siglas en inglés, que había nacido en la mencionada guerra de la Independencia y que, sin dimitir de su voluntad de lograr la emancipación por la fuerza de las armas, se había mantenido en un relativo segundo plano durante cuarenta años, volvió a la carga a finales de los sesenta canalizando el malestar general de la población católica frente al poder central londinense. 

Este marco de referencia general impregnaba la vida cotidiana de los irlandeses del norte y en particular la de los habitantes de Belfast. Keefe describe con maestría la atmósfera de reticencias, sospechas, enemistades, antipatías, desprecios, ofensas enquistadas, bulos, recelos, afrentas, traiciones, amenazas, aversión, odio, paranoia, hostilidad, enfrentamientos y agresiones en el que convivían ambas comunidades. Los dos grupos se cerraban en compartimentos estancos, con fronteras -también físicas: alambradas, empalizadas, vallas, muros que aislaban a unos y otros como animales en un zoológico; pero sobre todo ideológicas- infranqueables. La no pertenencia al “clan” dominante en cada entorno resultaba una categórica causa de exclusión de ese respectivo ámbito -personal, profesional, social, mercantil-. Los colegios segregaban en función de la fe religiosa. Los lugares de ocio y esparcimiento se regían por lógicas de una férrea endogamia. Las paradas de autobús “eran” católicas o protestantes. El marido de Jean, Arthur, que moriría pronto tras una larga y dura enfermedad, había perdido su trabajo en cuanto sus jefes descubrieron que era católico. Las familias anglicanas ocupaban las viviendas de los católicos obligados a abandonarlas por la presión social, los señalamientos, las delaciones, las ostensibles manifestaciones reprobatorias en las puertas de sus casas. Y el fenómeno se repetía a la inversa, en un clima social insoportable. Era, leemos en el libro, una limpieza étnica al por menor: Paisley [un reconocido ultra anticatólico] iba soltando direcciones: el 56 de Aden Street, el 38 de Crimea Street, los dueños de la heladería; y desde ese momento, la vida de esa familia se volvía un infierno. Fruto de este estado de cosas, miles de personas se habían convertido, de un día para otro, en refugiados en su propia ciudad. Michael McConville recordaría esos días con horror, convertidos en forasteros en tierra extraña. Expulsados de East Belfast por ser demasiado católicos, en West Belfast los consideraban intrusos por ser demasiado protestantes

Los constantes malentendidos, los roces inevitables, los incidentes menores en un día a día muy convulso, alimentados por las absurdas creencias en mitos fundacionales y por las delirantes interpretaciones de un pasado histórico construido a voluntad, llevados al extremo por la histeria colectiva imperante acabaron por convertir los iniciales movimientos pacíficos por los derechos civiles en una guerra sangrienta, impregnada de connotaciones etnicistas y tribales (con un protagonismo relevante de lo simbólico, las banderas, los carteles, las pintadas: KAT, siglas de «Kill all Taigs», un término ofensivo para llamar a los católicos; KAH, siglas de «Kill all Hunes», en alusión a los protestantes, los «hunos»). Llama la atención, y se trata de hechos anecdóticos que, sin esfuerzo, pueden ser elevados a una categoría que revela esta componente primitiva, irracional, prelógica, absurda e inhumanamente fanatizada de los comportamientos de la época, cómo los terroristas, una vez detenidos, juzgados y encarcelados, rezaban juntos en sus celdas, íntimamente convencidos de la bondad de sus comportamientos; o cómo, en alguna de sus ejecuciones sumarias, extraían de sus propios bolsillos el rosario que demandaba en sus últimos instantes el supuesto chivato o espía o colaborador británico al que estaban a punto de fusilar. 

Esa vertiente exaltada, intransigente, obstinada y fanática, se manifiesta de modo emblemático en la creación del fenómeno conocido como whataboutery, un sintagma que designa la cerrazón intelectual y moral, la ausencia de empatía, la ciega sinrazón y la cerril intolerancia de quienes vivían acomodados en sus encastilladas posiciones, inflexibles, tozudos, rígidos, incapaces de la menor concesión. Así ilustra el fenómeno Radden Keefe en un breve e iluminador párrafo: Bastaba pronunciar el nombre Jean McConville para que alguien dijera: «¿Y el Domingo Sangriento, qué?». A lo que uno podía responder: «¿Y el Viernes Sangriento, qué?». A lo que otro podía decir «¿Y lo de Pat Finucane, qué? ¿Y el atentado a La Mon, qué? ¿Y la masacre de Ballymurphy, qué? Bueno, ¿y lo de Enniskillen, qué? ¿Y lo del bar McGurk, qué?¿Y lo otro, qué? ¿Y lo de más allá, qué?»

Es imposible entrar, aunque solo fuera de manera breve, en las muchas dimensiones hacia las que se abre este muy estimulante -también muy duro- libro. Mencionaré tan solo, en estos párrafos finales de mi reseña, un par de ellos, el primero de presencia constante en casi cada una de las páginas de la obra, el segundo no explícito en ella, aunque ha aflorado de continuo en mi mente durante su lectura. 

Más allá de los análisis históricos, de la indagación en las raíces culturales y religiosas del conflicto, de la consideración de las tesis políticas esgrimidas por los distintos protagonistas, No digas nada interesa y sobrecoge al lector por la nítida, veraz, fidelísima y atroz fotografía de una época (muy próxima en el tiempo y muy cercana en el espacio a nuestra satisfecha normalidad de vida en las “desarrolladas” sociedades occidentales; en un fenómeno similar al que, con otra magnitud, ocurrió en los Balcanes hace poco más de treinta años), brutalmente marcada por el permanente clima de violencia, la atmósfera opresiva, el miedo, las mafias terroristas, los juicios sumarísimos, el espionaje y el contraespionaje, en una locura febril que convertía los consabidos hábitos de una existencia convencional (el desplazamiento al trabajo, las compras, los juegos de los niños en el parque, la diversión en los espacios públicos), en una lotería sangrienta en la que cada nueva jornada encerraba una amenaza cierta de muerte. Conocemos así los diarios disturbios con lanzamiento de ladrillos, piedras, cócteles molotov, réplicas de armas de fuego; las diversas facciones armadas -militares, civiles y paramilitares- patrullando amenazantes en cada esquina; las noches tenebrosas con las luces de las casas apagadas y el implacable repicar de los tiroteos en las calles; los gritos desesperados de los heridos; el miedo de las familias ante el estallido de una nueva bomba y la angustiosa espera de la vuelta a casa de los hijos, por esta vez afortunadamente indemnes; los señalamientos de quienes aparecían como sospechosos de colaborar con “el enemigo” (si de una mujer se rumoreaba -bastaba con esto, la mera presunción- que había confraternizado con un soldado británico, una turba rodeaba a la «culpable», le rapaba la cabeza, la untaba con alquitrán caliente, luego le tiraba por encima toda una funda de almohada llena de sucias plumas, y finalmente la ataba por el cuello a una farola, como se haría con un perro, para que su vejación sirviera de espectáculo a toda la comunidad. «¡Follasoldados!», la escarnecía la chusma); las delaciones basadas en conjeturas y sus consiguientes secuestros, desapariciones o asesinatos; las implacables -e igualmente delictivas- acciones de la contrainsurgencia británica, con el general de brigada Frank Kitson, el especialista en acciones militares “de baja intensidad” y responsable del MRF (una unidad de élite tan turbia y clandestina que la gente ni siquiera se ponía de acuerdo en algo tan básico como el significado del acrónimo en sí. Tal vez Fuerza Móvil de Reconocimiento. O tal vez Fuerza Militar de Reconocimiento. O quizá Fuerza Militar de Reacción), conocido por sus inicuas -e ilegales- técnicas de interrogatorio y por sus inhumanas y degradantes acciones de contraterrorismo; el Bloody Sunday, que protagoniza la canción de U2 que cierra el programa (en un vídeo sesgado ideológicamente, aviso para navegantes), una fecha tristísima de la historia de Irlanda, un domingo de enero de 1972 en el que una multitudinaria manifestación, en principio pacífica, acabó con los disparos de los soldados del ejército británico respondiendo al lanzamiento de piedras -hay fuentes que hablan también de tiros- de grupos violentos de manifestantes, en una jornada aciaga que provocó catorce muertos y decenas de heridos; y tantas otras manifestaciones del horror. 

Y, como corolario de esta atmósfera “externa” invivible, sobresalen también las aportaciones de Radden Keefe sobre el “precio” psicológico pagado por la población civil. Se hablaba del “síndrome de Belfast” para designar una dolencia resultante de vivir en un estado de terror constante, donde el enemigo no es fácil de identificar y la violencia es indiscriminada y arbitraria. Los médicos recetaban sedantes y tranquilizantes para combatir lo que hoy se diagnosticaría como un persistente estado de estrés postraumático. Los cuchicheos, los comentarios de la gente, las miradas aviesas, las pintadas de advertencia o abiertamente conminatorias, los mensajes anónimos intimidantes, formaban parte del día a día de gran parte de los habitantes de Belfast, constituyendo una suerte de “veneno” cotidiano. Como consecuencia, y con idéntico desgaste psicológico, se imponía la cultura del silencio (el título de libro alude a un poema, Digas lo que digas, no digas nada, de Seamus Heaney, Premio Nobel de Literatura en 1995, un católico irlandés muy “implicado” en el conflicto), en la que la reserva y el ocultamiento, el disimulo y el doble juego, el miedo inoculado por las insinuaciones y los avisos, por el chantaje y la coacción, trastornaban las mentes de la población civil. 

Todo ello me permite traer a colación, para cerrar ya mi comentario, la constante “presencia” del País Vasco, revoloteando en mi mente durante la lectura del libro. Con unas dosis algo menores de violencia explícita -el clima bélico imperante en Irlanda, con dos facciones enfrentadas en las calles a tiros, en muchas ocasiones, no se alcanzó, por fortuna, en los peores días de la sangrienta trayectoria de ETA, que sin embargo sembró de cadáveres cuatro largas décadas de la vida en España-, el “universo” que se describe en No digas nada nos resulta fácilmente reconocible a quienes hemos vivido con espanto y repulsión la más cruenta versión del anacrónico nacionalismo vasco -todos lo son, desfasados y “antiguos”, trasnochados y tribales-, que representó ETA y sus complacientes corifeos que, sin mancharse las manos, explotaban los réditos políticos que proporcionaban los asesinatos (recuérdese el siniestro unos mueven el árbol y nosotros recogemos las nueces, del viscoso Arzalluz). El fanatismo étnico; la deliberada invención de ficciones históricas que reconstruyen el pasado para adecuarlo a los propios intereses; la interpretación unívoca y supremacista de una realidad sociológicamente compleja; la repulsiva connivencia de la Iglesia con la “lucha armada”; las proliferación de facciones y escisiones entre los terroristas, capaces de “ajusticiarse” entre sí; la comprobada existencia de grupos y acciones contraterroristas amparadas, en mayor o menor medida, por el Estado; los debates sobre la conveniencia o no del abandono de las armas; los controvertidos intentos de negociación con los asesinos por parte de diversos grupos políticos, son rasgos “macro” que están en nuestra historia reciente e impregnan, también, el relato de Radden Keefe. Desde este punto de vista, la figura de Gerry Adams, reconocido dirigente terrorista, más que presunto responsable de la orden que acabó con la vida de la viuda McConville, con muchos probables delitos de sangre a sus espaldas, incapaz de reconocer siquiera su pertenencia al IRA, artero político del Sinn Féin presentado como adalid de la paz, tachado de cobarde y falaz por sus compañeros de crímenes condenados a pudrirse en las cárceles, con sus vidas destrozadas, mientras el “prestigio” de su “camarada” crecía en una existencia regalada, ese Gerry Adams que es, en la sombra, el auténtico protagonista negativo de la historia de la que se nos da cuenta en No digas nada, recuerda en tantos de los rasgos de su trayectoria vital a su, en cierto modo, álter ego español, el para mí despreciable Arnaldo Otegi. 

Pero es, sobre todo, en el ámbito “micro”, el apegado a la realidad cotidiana de las gentes, en el que el paralelismo “vasco/irlandés” nos asalta reiteradamente y de un modo más notorio en el libro que os comento. La perversa fascinación que ejercía la violencia entre los jóvenes, las calles y plazas tomadas por la “iconografía” terrorista, el odio y el fanatismo, las agresiones, las palizas, los linchamientos, las amenazas, el señalamiento del “enemigo”, la exclusión, el miedo constante, los atentados, las bombas, la imposibilidad de una vida normal para gran parte de la población, esa asfixiante atmósfera en la que hubo de desenvolverse la existencia para muchos vascos en aquellas ominosas décadas, todo ese cúmulo de referencias bien reconocibles para quienes, como es mi caso, se han sentido interesados intelectualmente y estremecidos en su sensibilidad, por los viles efectos de la repugnante y criminal dictadura del terrorismo nacionalista, están también muy presentes en el espléndido libro de Radden Keefe cuya lectura, por tantos motivos, os recomiendo vivamente. 

Os dejo ya con el prometido Sunday Bloody Sunday, una canción magnífica, uno de los grandes éxitos de U2, en un vídeo que, ilustrando los acontecimientos de ese sangriento domingo de enero de 1972, carga las tintas, a mi juicio, sobre una de las dos versiones enfrentadas de los hechos. Dejo, obviamente, a vuestra libertad la búsqueda de información y la formación de un criterio propio sobre el terrible suceso. 


En la playa de la península de Cooley, las máquinas estuvieron excavando durante cincuenta días hasta dejar un cráter del tamaño de una piscina olímpica. Los McConville seguían reuniéndose allí a diario, aferrados a la esperanza de que la tierra pudiera proporcionar alguna pista: un botón, un hueso, una zapatilla, el imperdible que su madre llevaba siempre. Algunas noches se encerraban todos en el coche de uno de ellos y contemplaban el mar de Irlanda y el romper de las olas en la playa. Al final, sin embargo, la búsqueda se dio por terminada. Por lo visto, al dar las coordenadas de la tumba de Jean, el IRA se había equivocado. «Nos pusieron en ridículo», cuando secuestraron a Jean, dijo Agnes, el rímel corrido por las lágrimas. «Y ahora nos ponen en ridículo otra vez.» 

Los hermanos se separaron y cada cual se fue a su casa, pero en todas partes había cosas que les recordaban a su madre. Tal vez no supieran quién había ordenado asesinar a Jean o quién fue el encargado de cumplir esa orden, pero recordaban muy bien aquella noche de diciembre en que unos jóvenes vecinos de Divis habían irrumpido en su piso y se habían llevado a Jean. Los integrantes del comando se habían hecho mayores, se habían casado, tenían familia. De las vueltas que da la vida, esta era cruel: varios McConville ya no recordaban la cara de su madre, dejando aparte la única foto que quedaba de ella, pero sí la cara de los que la secuestraron aquella noche. Una vez, Helen llevó a sus hijos a un McDonald’s y reconoció a una de las mujeres que formaban parte del grupo. Estaba allí con su propia familia. Le gritó a Helen que la dejara en paz. 

En otra ocasión, Michael paró un taxi negro en Falls Road y una vez dentro vio que el hombre que iba al volante era uno de los raptores de su madre. El taxi arrancó. Hicieron el trayecto en silencio. ¿Qué podía decirle Michael? Cuando llegaron a la dirección indicada, pagó la carrera sin decir palabra y se apeó del taxi.
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Patrick Radden Keefe. No digas nada