Vivo entre muchos libros y extraigo una gran parte de mis ganas de vivir del hecho de que aún leeré la mayoría de ellos. (Elias Canetti)

miércoles, 20 de junio de 2018

SIMON CRITCHLEY. EN QUÉ PENSAMOS CUANDO PENSAMOS EN FÚTBOL
JOSEPH LLOYD CARR. CÓMO LLEGAMOS A LA FINAL DE WEMBLEY

Hola, buenas tardes. Bienvenidos a Todos los libros un libro, el programa de recomendaciones de lectura de Radio Universidad de Salamanca, que esta semana, con los campeonatos mundiales de fútbol ofreciendo a los aficionados partido tras partido de emocionante competición, recala de nuevo en los peculiares territorios del deporte rey con un par de acercamientos distintos a su muy sugerente universo. Se trata de otros tantos libros que nos muestran el fútbol desde una perspectiva filosófica, el primero, y romántica o sentimental, el segundo, dos obras excelentes, muy interesantes, escogidas entre la infinidad de ellas que estos últimos meses, aprovechando la cercanía del muy global y difundido torneo, afloran de continuo en los anaqueles de las librerías. 

La primera de ellas es un ensayo, En qué pensamos cuando pensamos en fútbol, escrito por el filósofo británico Simon Critchley, y publicado por la Editorial Sexto Piso en traducción de Milo J. Krmpotic. Simon Critchley es un pensador poco convencional, que ha centrado el objeto de sus preocupaciones profesionales en asuntos no demasiado trillados por la filosofía académica, con libros como Apuntes sobre el suicidio, El libro de los filósofos muertos o un estudio sobre David Bowie. Futbolero furibundo y entusiasta seguidor del Liverpool, presentó en 2017 la obra que ahora os comento, aparecida en España en este mismo 2018. 

Debo hacer un aviso para navegantes antes de adentrarnos en el análisis del libro. Estamos, sin duda, ante un texto de filosofía que es a veces, por ello, para un lector profano, algo arduo, pues propone ideas que tienen en ocasiones un desarrollo difícil o poco accesible para quien no cuenta con el bagaje teórico mínimo de esa tan abstracta disciplina. Sin embargo, siendo el fútbol el referente último de sus reflexiones, y estando dotado el autor de notables cualidades comunicativas (en su expresión escrita; he escuchado alguna intervención pública suya y sus talentos no sobresalen del mismo modo en esa dimensión oral) y de un afilado y muy británico sentido del humor, la lectura resulta extraordinariamente amena y entretenida, amén de divulgativa, interesante e instructiva, sobre todo para los amantes del balompié -el libro está lleno de referencias que sólo disfrutarán los connaiseurs-, pero también para cualquier lector con curiosidad por explorar las múltiples dimensiones morales, políticas, sentimentales, ideológicas, intelectuales y culturales del formidable fenómeno que representa en el mundo entero el ya inmortal deporte. 

El propósito último que mueve al autor de En qué pensamos cuando pensamos en fútbol no es otro que describir la experiencia viva del fútbol o, dicho de otra manera, poner palabras, nombrar -y por tanto, indagar, intentar comprender y explicar- lo que los seguidores de fútbol entienden naturalmente. En estas formulaciones, expresadas tal y como las ha manifestado el propio Critchley en la presentación en España de su libro, se recogen las dos grandes fuerzas que recorren el texto: la pasión y la razón. 

El filósofo es, ante todo y de manera fundamental, un enfervorizado hincha futbolístico. He sido un apasionado del fútbol durante toda mi vida, declara. Son infinidad los pasajes del libro en los que emerge esa condición arrebatada y casi febril de su existencia que encuentra su manifestación más destacada en su cualidad de incondicional aficionado del Liverpool: los entrañables episodios de la infancia, con el padre llevándolo al estadio de Anfield para ver juntos los partidos del equipo favorito, en una experiencia de iniciación tan común en cuantos disfrutamos del fútbol; el recuerdo de los olores del estadio: la orina de los lavabos, la tinta de los periódicos, el humo de los cigarrillos, el pastel de carne, el Bovril, en mi caso también el linimento que usaban los jugadores, la hierba recién regada; la nostalgia de los privilegiados momentos del pasado vinculados al fútbol (el fútbol es la infancia recuperada, diría yo parafraseando a Savater, como en la tierna y bellísima historia que os dejo como cierre a esta reseña): la fascinada visión de los héroes, la tensión del resultado, las múltiples supersticiones, el regreso a casa llorando tras una derrota de los tuyos, la incontenible emoción de las victorias; el vínculo eterno y sagrado con los rojos colores del equipo elegido: mi único compromiso religioso es para con el Liverpool Football Club, afirma, rotundo; la perdurabilidad de la “obsesión” futbolística en la edad adulta -Tuvieron que refrenarme para que no se la dedicara a Kenny Dalglish, dice Critchley a propósito de su tesis doctoral, que pretendía “ofrendar”, contra el criterio académico, al mito red; la repetición, décadas después, de los mismos rituales de la niñez, acompañando esta vez a su hijo; las dificultades de la relación padre/hijo, allanadas, aligeradas por el fútbol: Diría que el cuarenta por ciento de las conversaciones que he mantenido con mi hijo a lo largo de los años, así como el ochenta por ciento de nuestra comunicación escrita, ha versado sobre el fútbol. Para subrayar este contenido sentimental del libro, el texto aparece salpicado con cerca de cuarenta significativas fotografías (de jugadores, entrenadores, aficionados y estadios) que transmiten esta dimensión mítica y legendaria del deporte rey. 

Desde esta “emotiva” posición de partida se eleva la construcción racional en la que el libro consiste, una operación, de entrada, hasta cierto punto inusitada, teniendo en cuenta los prejuicios que inspira el fútbol, sostenidos sobre todo desde posiciones progresistas, en las que se conceptúa el deporte rey como opio del pueblo, entretenimiento fomentado por el poder para mantener a la gente embrutecida y demás apriorismos reduccionistas y trasnochados. Se solía pensar -apunta, en este sentido, Critchley- que el fútbol apenas era merecedor de un acercamiento filosófico por tratarse de una actividad menor, popular, ciertamente cotidiana y vulgar (…) No obstante, las cosas han cambiado. Y es así como, sumándose a esa tendencia renovadora, en su ensayo se recorren temas de tanta enjundia filosófica como la pasión, el espacio, el tiempo, la razón, la estética, la moral, la política, la identidad, la pertenencia o la religión, cuestiones todas filosóficamente ciertas, pero aún más ciertas en su aplicación futbolística

Con abundante presencia de pensadores clásicos como Gadamer, Sartre, Heidegger o Norbert Elias, y con incontables referencias a mitos del fútbol (dos, en particular, son objeto central de su estudio, Zinedine Zidane y Jürgen Klopp, que pocos meses después de publicado el libro se enfrentarían -¿mera casualidad o perspicacia anticipatoria del autor?- en la última y reciente final de la Champions League), el análisis del filósofo británico asume la contradicción intrínseca que conlleva la afición al fútbol y que, en cierto sentido, lo constituye, para, desde ahí, profundizar en algunos de esos grandes asuntos de alcance humano universal que acabo de enumerar. El fútbol es un juego que nos subyuga y deleita en la misma medida en que nos repele y exaspera, escribe, recogiendo la clave, la esencia de esa contradicción. El fútbol es la exacerbación de las peores facetas del capitalismo, la mercantilización, el colonialismo, el nacionalismo, el uso interesado y opresivo de la psicología de masas, el tribalismo desaforado, los excesos del patriarcado, la codificación legal de la violencia, los horrores del mundo globalizado y neoliberal, aspectos todos que solo pueden provocar repulsión. Pero amo el fútbol, afirma categórico, porque, pese al cinismo, la corrupción y el capitalismo crónico que infectan al fútbol, está también su magia y su capacidad de encantamiento, su fascinación y su belleza, el idealismo y la nostalgia, la esperanza y la ilusión, la fe y el encanto irracional que conlleva. Ser hincha -señala, en este sentido- te obliga a creer en las hadas, a comportarte como un estúpido y a tener un cierto grado de utopismo

El choque frontal y la, pese a ello, sin embargo necesaria coexistencia entre la razón y la fe, entre lo subjetivo y objetivo, entre lo real y lo irreal, entre la forma y el contenido, entre la fea y aburrida cotidianeidad y la excelencia festiva de la realidad transfigurada, entre la libertad y el destino, entre lo bello y lo sublime, entre lo apolíneo y lo dionisíaco, entre la inteligencia y la estupidez, entre la seriedad y el juego, entre la sujeción a las reglas y el hechizo de la libre transgresión, entre la eficacia productiva del resultado y la genialidad artística, entre la tediosa rutina y el esplendor del éxtasis, entre la atracción visceral y el reproche intelectual, forman parte del misterio del fútbol que Critchley intenta desentrañar manejando complejas categorías filosóficas que nos muestran aspectos inusitados del balompié, o mejor aún, ángulos bien conocidos pero presentados desde perspectivas novedosas y originales. Algunos de estos singulares puntos de vista comparecen en fórmulas aforísticas de una formidable contundencia y un inmenso poder evocador: Con el fútbol se despliega una dimensión especial de la experiencia temporal; En el fútbol hay que saber interpretar el espacio; Quizá la analogía más cercana a la intensidad de la experiencia futbolística sea el acto sexual; La esencia del fútbol radica en la repetición; Para mí, el fútbol es un ejemplo profundo de racionalidad discursiva; En mi opinión, el diálogo futbolístico puede llegar a ser un paradigma de comportamiento y discusión de tipo moral; El fútbol es el ballet de la clase trabajadora; El fútbol no sólo consiste en ganar; por lo general, consiste en perder; El deporte es la sublimación de la guerra civil

Estas máximas condensan un pensamiento muy profundo y vivaz que salta de un aspecto del fútbol a otro recorriéndolos todos con inteligencia y lucidez: el éxtasis sensorial, el fútbol como fenómeno “socialista”, la sumisión al destino y la vivencia de la libertad, lo “apotropaico” -la magia que mantiene a raya los malos espíritus y la mala suerte-, la memoria compartida, la pertenencia a una colectividad, la experiencia de la historicidad, el juego y la consciencia del juego, el respeto a las normas y su forzamiento en las trampas, la inteligencia de los hinchas, el drama en el fútbol, análogo al del teatro clásico en Atenas o Epidauro, y como en todo drama, la música, los cánticos en los estadios (los himnos de los hinchas, sus estribillos irónicos o exultantes u ofensivos, el horror que suena por megafonía: We are the Champions debería prohibirse), la esperanza y la decepción, el cóctel horrible de presciencia y esperanza que padecemos los aficionados en cada partido agónico (incluso en los no agónicos y anodinos), la dimensión mítica del fútbol, la necesidad que tenemos de dejarnos seducir -también como en Grecia- por la fuerza de los relatos protagonizados por héroes imperfectos

En fin, no resulta fácil sintetizar las muchas derivadas del fenómeno futbolístico en las que se desenvuelve el pensamiento filosófico de Simon Critchley. Me quedo, a modo de imposible resumen, con una de sus más lúcidas reflexiones, muy ilustrativa con respecto a lo que significa el fútbol para sus seguidores: Estamos inmersos en el momento, viendo el partido, rendidos por completo al presente, aguardando el momento entre momentos, ante un futuro abierto e incierto. Pero en ese instante el pasado se borra, se va borrando continuamente, como la memoria de un pez dorado (…) Durante ese momento entre momentos, de algún modo, nos vemos elevados, transformados. Intentamos recuperar el aliento. “Está pasando”, susurramos para nosotros mismos. Nos encontramos en una de las fiestas de la vida, tal y como lo denomina James; algo parecido a un hechizo que nos arranca de lo cotidiano y nos traslada a un estado de euforia, fugaz y compartido, un sensorio sutilmente transfigurado. Eso es lo que yo llamo un éxtasis sensorial

Para cerrar mis propuestas de esta tarde, quiero hablaros también de una novela emotiva e inspiradora de Joseph Lloyd Carr, de título Cómo llegamos a la final de Wembley y publicada en España este mismo año por la Editorial Tusquets con la traducción de Puerto Barruetabeña, aunque su primera presentación en el Reino Unido es de 1975. 

La rúbrica bajo la que se presenta el libro en su versión original -Cómo el Steeple Sinderby Wanderers ganó la FA Cup- ya es indicativa de lo esencial de la historia que cuenta. Nos encontramos ante un modesto equipo de aficionados, un grupo heterogéneo y más bien disparatado de jugadores de un pequeño pueblo de quinientos cuarenta y siete habitantes, que, eliminatoria tras eliminatoria, dejando en la cuneta a equipos de mayor entidad y categoría, acabará por jugar en Wembley la final de la legendaria y muy prestigiosa FA Cup británica, venciendo en el partido definitivo a otro equipo clásico, el escocés del Glasgow Rangers. Para valorar convenientemente esa dimensión romántica y con ribetes de mito de la novela que os presento, debo señalar -sobre todo para quienes no son aficionados al fútbol- que la Copa de la Football Association, es el torneo más antiguo del mundo de este deporte. Disputada por primera vez en la temporada 1871-1872, debe su encanto y su añejo y entrañable “sabor” no sólo al hecho de su longevidad, sino, sobre todo, a que, a diferencia de la mayor parte de los demás torneos que en el mundo existen, la competición se caracteriza por albergar en su seno a todos los equipos que quieran participar en ella, lo que incluye a escuadras amateurs, grupos de amigos o, como es el caso en la trama del libro, abnegados practicantes futbolísticos en pueblos perdidos, cuyos equipos militan en los últimos escalones del muy vasto organigrama del fútbol británico, que alberga a clubes ingleses, pero también, sobre todo en los primeros años del trofeo, a galeses, escoceses e irlandeses. Además, parte de la secular magia del campeonato reside en que las eliminatorias se resuelven a partido único, que se disputa siempre en el campo del equipo de menor rango, lo que favorece las gestas heroicas y propicia las sorpresas con carácter épico. De la repercusión que la FA Cup tiene en las islas da prueba el que los sorteos de todas sus rondas son retransmitidos en directo por televisión y seguidos con apasionamiento por participantes y seguidores. 

Y, en efecto, el ficticio Steeple Sinderby Wanderers hará historia desde su diminuta aldea minera de Yorkshire, el poblachón situado a diez metros sobre el nivel del mar en la estación seca (las parciales inundaciones de su terreno de juego cuando la lluvia invernal castiga la región constituirán una de las indudables causas -pero ni mucho menos la única- de los inesperados éxitos del equipo), superando una ronda tras otra en una sucesión de emocionantes partidos narrados con sencillez, ternura y humor por un Carr que, jugador aficionado en su juventud, conoce bien la trascendencia simbólica del fútbol y la infinidad de connotaciones sentimentales a las que su práctica y su contemplación se abren. 

Pero más allá de la emoción de los choques, de las acciones deportivas y las vicisitudes de los encuentros, de las peripecias de la competición, Cómo llegamos a la final de Wembley resulta magistral en el retrato del inefable puñado de personajes que transformarán, con su entrega, con su energía, con su ingenio, con su convicción, la vida de la aldea -ese perdido estercolero rural, como lo califican sus oponentes- “embarcándola” en un proyecto inspirador e insensato, ilusionante e imposible que cambiará la existencia de todos ellos para siempre. 

El elenco es admirable e indescriptible. Por de pronto, el narrador, Joe Gidner, que sobrevive malamente escribiendo versos para tarjetas de felicitación -condición ésa, la de escritor, que lo convertirá en cronista oficial de la hazaña- y que recala en el pueblo -tras dejar la facultad de teología por un problemilla que tuve- atraído por la “tentadora” oferta de dos habitaciones en el primer piso de una vivienda exentas de pago, solo a cambio de «ayudar en el cuidado de una persona inválida durante la jornada laboral». La inválida, Diana, es la joven e infortunada mujer de Alex Slingsby, otro de los personajes sobre los que girará la acción. Slingsby, que había llegado a jugar seis partidos con otro club célebre, el Aston Villa, ejerce de entrenador del entusiasta equipo de Sinderby, a donde se ha retirado para cuidar la irreversible enfermedad de su esposa. El presidente del club -y primera autoridad también de cuanta institución surja en el pueblo- es el señor Fangfoss, que domina la vida vecinal desde la placidez de una existencia compartida con dos esposas (la “legítima” y la hermana de ésta, que conviven sin asperezas en el hogar familiar, sabedora cada una de ellas de la pródiga liberalidad de marido y cuñado, respectivamente). Fangfoss, que lo ignora todo sobre el fútbol, no duda sin embargo en apoyar los logros del conjunto con su capital y su voluntariosa perseverancia. El responsable “ideológico”, mentor espiritual y cerebro pensante del plan es el profesor del colegio local, Lazslo Kossuth, un doctor -él rechaza el término para no inducir a error, pues es filósofo y no médico- húngaro, que pone su mucha inteligencia en fundamentar intelectualmente la labor del grupo con sus “siete postulados”, fruto de la observación y el análisis “científico” del deporte, cuya estricta observancia conduciría sin posibilidad de error a la conquista del trofeo. La plantilla de los Wanderers participa de idénticos rasgos de excentricidad que definen a sus promotores: el portero, el “Mono” Tonks, lechero en la vida “civil”, que debe su apodo a la facilidad que manifestaba de niño para trepar a los árboles, guiar de espaldas la bicicleta o encaramarse a la aguja de la iglesia para enderezar la veleta tras las tormentas; el reverendo Giles Montagu, que compagina la labor sacerdotal con las habilidades balompédicas; Sid Swift, la Estrella Fugaz, que tras una única y brillante temporada en la primera división inglesa en la que anotó cincuenta y dos goles, desapareció de las portadas deportivas aquejado de ¡¡¡melancolía!!!, para reaparecer en una vida anónima y sin alicientes en el pueblo, una acedía de la que lo salvará el inusitado y envolvente objetivo; junto a ellos, un conjunto de granjeros y mineros bien rudos que se enfrentarán, tras salvar las primeras fases, a los muy adinerados rivales de los equipos profesionales. Y además, destacan las apariciones de la arriscada periodista Alice “Ginchy” Trigger; de la bella Biddy, estrambótica hermana del reverendo y de la que se enamoran todos los hombres, propios y extraños, que llegan a tratarla; de Maisie Twenlow, “presidenta” del club de fans que integran cuatro o cinco locas, de la atractiva esposa de Kossuth, y tantos otros… 

Otro de los logros de la novela es la verosímil ambientación en el húmedo entorno del villorrio, el paisaje anodino, los interminables campos (una vez le pregunté a nuestro presidente qué había detrás de esos campos y él me contestó: “Más”), el escuálido cultivo de remolacha azucarera, el clima gélido, los escasos y no muy relevantes monumentos, las dudosas glorias del pasado local, los dos pubs en los que los lugareños ahogan en alcohol en tedio existencial, las viviendas poco iluminadas, los excrementos de los animales de granja “flotando” por doquier, un panorama desolador cuyas inclemencias describe, no sin cariño, el narrador: La gente no sabe nada de lo que pasa en la Inglaterra rural entre la última excursión que hicieron para ver el misterioso cambio de color de las hojas en otoño y el siguiente viaje para ver el igualmente misterioso florecimiento de las plantas en primavera. El barro, la niebla, los árboles que gotean, la oscuridad, las inundaciones, las fuertes ráfagas de viento que se cuelan bajo las puertas que ya no cierran bien, los escabeles mojados, las teclas de órgano pegajosas, los suelos de piedra, ese terrible olor a putrefacción... Disculpen esta divagación: es que quiero que me comprendan. Y si algún lector todavía se pregunta cuándo voy a empezar a hablar de fútbol, le diré que no estoy desperdiciando mi tiempo al explicar todo lo que hace falta para conseguir que veintidós gladiadores se lancen a la arena, porque esto que estoy contando ya es fútbol

Esta última apostilla -la interpelación al lector- refleja otro de los encantos del libro: el tono cercano y amable, el carácter entrañable y simpático de la historia que se nos narra, el humor afable, una suerte de inocencia, de bondad en la interpretación de los hechos vividos, la melancolía y la nostalgia que impregnan, en el recuerdo a toro pasado, la rememoración de esos insólitos acontecimientos que alteraron para siempre la vida de esos hombres y mujeres comunes, ordinarios, corrientes, banales incluso si no fuera por el suceso que, en cierto modo, los convirtió en leyenda, tras su humilde aunque heroica gesta. Esas notas elegíacas están presentes en el conmovedor texto con el que cierro esta ya muy larga reseña: 

A veces, los sábados, cuando necesito descansar un poco de los versos que escribo, de la Historia oficial o de la monografía sobre Thomas Dadds y cambiar de aires, voy hasta Front Street a la hora de la cena, cuando todo el pueblo ya tiene las cortinas echadas y está viendo por televisión los resultados del fútbol. Y entonces todo vuelve. 
Y duele. En ocasiones los recuerdos me provocan náuseas y tengo que parar y apoyarme en un muro o en lo que sea. ¡Qué curioso! Esta calle fue una vez una riada de aficionados. Y el huerto de frutales que no dan fruta se vio invadido por una multitud muda y estupefacta. Parson’s Plow, donde nuestros delanteros se pasaban la pelota de un lado a otro, ahora estaba en silencio, como si durmiera. Ya no estaban Alex, ni Sid, ni el resto de los muchachos. 
Y me resulta tristísimo que esos días, tanto los que salíamos victoriosos como los que acabamos derrotados, no vayan a volver. Y que esas caras que recuerdo tampoco vayan a reunirse de nuevo en algún sitio. 
Una de esas veces, un sábado de enero al anochecer, estaba de pie junto a Preaching Cross y de repente me di cuenta de que el señor Fangfoss también estaba allí, a mi lado. 
-Señor Gidner -me dijo-, sé lo que está buscando. Pero ya no está y no va a volver jamás. -Y entonces, durante apenas un instante, nuestro presidente reveló sus sentimientos más profundos- Y no puedo decir que no sea una verdadera lástima, muchacho. 

Entre las muchas opciones posibles para ilustrar musicalmente mis dos propuestas de esta tarde, os dejo con Hey Jude, de los Beatles, que no siendo citada en ninguno de los dos libros, es, sin embargo, uno de los temas que los aficionados de muchos clubes ingleses utilizan como fondo musical, con la letra cambiada y adaptada a las peculiaridades del correspondiente equipo -en este caso son los del Manchester City-, para animar desde las gradas. Una canción de leyenda -que cumple este agosto cincuenta años- para un deporte también legendario. 


Quiero confesar algo que nunca antes había revelado en público. Hará unos siete años fui a ver el derbi de Merseyside entre el Liverpool y el Everton con mi sobrino Daniel y mi hijo. Antes de que comenzara el partido, mientras hacía cola para comprarles algo de comida y bebida a los chicos, y una taza de Bovril bien cargado para mí, a unos cinco metros de mi posición, en una cola paralela, vi lo que me pareció el fantasma de mi padre. Quiero decir que era él. Tuve la seguridad de que lo era. Me quedé observándolo un buen rato, aunque él estaba orientado en la misma dirección que yo y no me devolvió la mirada. Pero la forma de su cara, su nariz, su piel morena picada de viruela, su papada, su pelo, sus andares… 

Todo era idéntico. No dije nada, les di a los chicos sus cosas y vi el partido. Ganamos por 2 a 0 y Steven Gerrard marcó. Salimos de allí felices. En el coche de mi sobrino, de regreso a Birmingham, donde él vivía, con mi hijo durmiendo en el asiento de atrás, le referí tímidamente mi historia a Daniel, que conoció bien a mi padre de pequeño. Él también lo había visto.

  

Simon Critchley. En qué pensamos cuando pensamos en fútbol

miércoles, 13 de junio de 2018

TONI PADILLA. ATLAS DE UNA PASIÓN ESFÉRICA

Hola, buenas tardes. Bienvenidos una semana más a Todos los libros un libro, el espacio de recomendaciones de lectura de Radio Universidad de Salamanca. Mañana, día 14 de junio, empieza el Mundial de fútbol de Rusia, la vigésimo primera edición de unos campeonatos que, desde hace décadas, concitan la atención de millones de personas en el mundo entero. Y es que el fútbol es un fenómeno de repercusión universal que, más allá de su actual condición de espectáculo global, de las desmesuradas cantidades de dinero que mueve, de sus extraordinarias implicaciones de toda índole, no sólo deportiva, sino también sociológica, económica, política, filosófica y hasta religiosa, toca también -por no se sabe qué extraña conjunción de factores, presentes de manera sorprendente en todas las culturas- una vertiente íntima de las gentes, quizá más noble y genuina que las ya citadas, y que se vincula con el placer infantil del juego, con los sueños, las promesas, las aspiraciones y las ilusiones -de realización, de éxito, de reconocimiento- que todos albergamos, con ciertos valores -esfuerzo, superación, sacrificio, entrega, ejemplaridad, abnegación, respeto, dignidad, compromiso, espíritu de equipo, compañerismo, responsabilidad, conciencia y reivindicación de la propia identidad, heroísmo incluso- que constituyen un estímulo en nuestras vidas y en los que cualquier persona aspira a reconocerse, e igualmente con una serie de emociones -pasión, ardor, entusiasmo, también padecimiento o agonía- que nos transportan y nos hacen olvidar durante la corta duración de un partido lo anodino de nuestras existencias cotidianas, para escapar de las cuales el fútbol se ofrece así como un refugio privilegiado de experiencias intensas (aunque sean vicarias).

Yo, ni que decir tiene, soy aficionado -no forofo, no hincha, mucho menos hooligan- al fútbol desde que con seis años mi padre me llevaba cada quince días al vigués estadio de Balaídos para ver jugar al Celta y, muy a menudo, como corolario natural de ese hecho, a sufrir con su por entonces más bien discreta trayectoria deportiva.

Estas tres circunstancias, la inminente celebración del campeonato mundial, el indudable cúmulo de referencias, implicaciones y vínculos a los que el fútbol se abre -su formidable incidencia y su condición metafórica-, y mi nostálgica evocación de aquellos inolvidables días de la infancia, renovada semana a semana con cada nuevo encuentro -ahora ya sólo a través de la televisión- de mi equipo favorito, coinciden en este momento e inducen mi voluntad de que mis próximas propuestas de lectura -la de hoy y las de las dos semanas de junio que nos restan- se centren en libros que, desde enfoques y perspectivas diferentes, tienen al deporte rey como protagonista indiscutible.

En el caso de esta tarde os traigo un libro muy interesante, escrito por Toni Padilla, periodista deportivo catalán, titulado Atlas de una pasión esférica. La obra, publicada en una muy cuidada edición que incluye espléndidas ilustraciones de Pep Boatella, se presentó el pasado 2017 en el sello geoPlaneta, muy centrado en textos relacionados con los viajes -siempre poco convencionales-, los lugares del mundo -a menudo los más insólitos y desconocidos- y los recorridos por paisajes y territorios algo excéntricos - muchas veces simbólicos o meramente literarios.

Lo que finalmente sé con mayor certeza respecto a la moral y a las obligaciones de los hombres se lo debo al fútbol. La muy citada reflexión de Albert Camus, que a principios de la década de los treinta del siglo pasado fue portero de fútbol en su Argel natal antes de que, con apenas diecisiete años, una tuberculosis lo apartara para siempre de los campos de deporte y permitiera -¡bendita enfermedad!- su entrega a la literatura, sirve de inspiración a un libro que conecta, precisamente, con todo ese universo de principios, de valores, de connotaciones morales, políticas, sociales y filosóficas que el fútbol encierra, apelando, pues, a esa cualidad metafórica a la que ya me he referido: “el fútbol como escuela de vida”. En treinta y cuatro breves capítulos, cada uno de ellos acompañado de su correspondiente lámina ilustrativa, se presentan otras tantas “viñetas” que recogen anécdotas reales, obviamente vinculadas con el fútbol, protagonizadas por distintos personajes -los más, anónimos o desconocidos, aunque algunos figuras destacadas y relevantes en el mundo del balompié-, que aparecen así “fijados” en momentos determinados de su vidas en los que su entrega al deporte rey permite iluminar un acontecimiento histórico, explicar determinados hechos de la sociedad de su tiempo, o revelar, de manera literal o simbólica, alguna verdad profunda sobre la esencia del alma humana. Organizado en seis secciones, una por continente más un apartado final dedicado a la Antártida, el volumen -de muy cuidada edición, formalmente muy bella y de manejo muy agradable-, recoge, tras un sucinto y esclarecedor prólogo del propio autor que os dejo como cierre a mi reseña, cinco historias “ambientadas” en África, nueve en América, seis en Asia, once en Europa, dos en Oceanía y el ya referido apartado postrero sobre el gélido territorio austral, en un completo periplo por toda la geografía del planeta que hace, sin duda, honor al título del libro: Atlas de una pasión esférica.

Ante la evidente imposibilidad de glosar aquí todos los relatos, siempre emotivos y conmovedores, me limitaré a comentaros ahora algunos de los más destacados, además de invitaros a mi otro espacio en Radio Universidad de Salamanca, Buscando leones en las nubes, en el que, desde el lunes próximo y coincidiendo con la celebración del campeonato mundial, os ofreceré durante cuatro semanas otras tantas emisiones centradas en sendos capítulos del libro. Comenzando por el apartado centrado en África, en Presidente Gandhi Padilla nos da a conocer la relación del líder hindú con el fútbol, que ya en su etapa como abogado joven en Sudáfrica utilizó como instrumento para la lucha por la igualdad de derechos, creando tres clubes, en Inanda, Pretoria y Johanesburgo, con un mismo nombre, Passive Resisters Soccer Club, Club de Fútbol de los Resistentes Pasivos. Las peripecias de Luciano Vassallo, un mestizo hijo de un italiano y una eritrea, el mejor centrocampista de Etiopía, que vivió una existencia complicada en lo deportivo y lo personal con guerras, cárceles y exilios, para acabar su vida en Roma, entrenando a niños y reparando coches, se nos cuenta en El capitán odiado por todos. Ilunga Mwepu, jugador del Congo, protagoniza El defensa que quería ser expulsado, pues, en efecto, en el mundial de 1974, en Alemania, Mwepu, que defendía los colores de su país, llamado entonces Zaire por el capricho del dictador Mobutu, buscó con fruición la tarjeta roja, con la doble intención de protestar contra la explotación a la que sometía a los jugadores su corrupta Federación y evitar la temible reacción de su presidente que los había amenazado gravemente si perdían por más de cinco goles en el partido de despedida del mundial, con Brasil de rival. Su último intento, en el que acabó lanzando, ante la perplejidad de propios y extraños, una falta que se había señalado en su contra y a favor del equipo brasileño, no le permitió tampoco lograr su objetivo, pues solo vio la cartulina amarilla, pasando a la historia, entre la incomprensión y la burla generales, como hilarante y equivocado ejemplo de lo rudimentario y primitivo del fútbol africano. Conmovedor es el relato Los goleadores sin botas, que gira sobre la figura de Bonor Kargbo, joven víctima de la guerra civil en Sierra Leona. Bonor, junto con otros muchos chicos que perdieron sus piernas por la explosión de las minas en la brutal contienda, llegó a jugar y a ganar, representando a su país, la primera edición de la Copa de África para amputados, una iniciativa que revela los meritorios esfuerzos llevados a cabo no solo por las víctimas de la barbarie sino también por un puñado de voluntarios comprometidos con proyectos solidarios y planes de integración de jóvenes mutilados en país del Golfo de Guinea.

El vasto continente americano es también el escenario de narraciones emocionantes y en algún caso desgarradoras. El suicidio de un jugador uruguayo, que con sólo veinticinco años se quitó la vida en mitad del césped del estadio del club de sus sueños, una muerte que, para la interpretación de sus aficionados, cargada de connotaciones de leyenda, se debió al amor que el joven profesaba a sus “colores”, inspira El irracional amor a una camiseta. En Ojos verdes, rizos africanos, se glosa la figura de Arthur Friedenreich, hijo de un muy blanco alemán y una negra brasileña, que intentó despuntar en el fútbol al margen de los prejuicios raciales de la sociedad paulista del primer cuarto del siglo XX. Muy emotivo es también Mexicanos con chapela, un capítulo en el que entramos en contacto con un grupo de futbolistas vascos -bastantes de ellos con una trayectoria significativa en las competiciones españolas previas a la guerra civil: Lángara, Regueiro- que lograron mantener tras ella su modo de vida, formando parte en un equipo de exiliados -el Euzkadi- en el México de Lázaro Cárdenas, el muy hospitalario para con los derrotados republicanos españoles presidente mexicano. El nostálgico equipo llegaría incluso a ganar la liga del país azteca. Igualmente sugerentes y evocadores, llenos de referencias y connotaciones políticas y sociales son El secuestro de Alfredo Di Stéfano, que reconstruye sucintamente el surrealista rapto sufrido por la figura argentino española en 1963; La corbata roja, con el protagonismo de otro futbolista -éste chileno- que también jugó en la liga española, Carlos Caszely, y su oposición, discreta pero contundente, a la dictadura impuesta por Pinochet en su país; Jugar con rastas, en el que aparece la conocida afición al fútbol de Bob Marley; El pescador que obró milagros, que narra la historia de Tin Ruiz, destacado jugador de fútbol playa salvadoreño, que desde su humilde poblado pescador de La Pirraya acabó por convertirse en el mayor goleador en partidos oficiales del intenso y agotador deporte playero; Volver, con una muy tierna historia sobre los aficionados del San Lorenzo de Almagro argentino que lograron, con su lucha tenaz e indesmayable, recuperar para el equipo los terrenos en que se ubicaba su viejo estadio del Gasómetro, “expropiados” de manera irregular para albergar un anodino centro de Carrefour; o la empecinada odisea de Carla Werden, presentada en Un certificado médico para ser campeonas, quien no se arredró por la injustificada exigencia de las autoridades deportivas norteamericanas -¡¡en 1979!!- de que las aspirantes a futbolistas presentaran un certificado médico que acreditara que sus órganos reproductores no resultarían dañados por la práctica deportiva. La chica acabaría por ganar varios campeonatos del mundo con su país y se retiraría con más de ciento sesenta partidos oficiales en su exitoso currículo.

Asia tiene también su espacio en este Atlas de una pasión esférica, con un puñado de historias ambientadas en Corea -en un relato, Los futbolistas bautizados dos veces, que narra, con un fondo futbolístico, las consecuencias del ancestral enfrentamiento entre el país coreano y Japón-; el propio país del sol naciente -escenario de la apasionante experiencia de Kazu Miura, el jugador más veterano de todos los tiempos en marcar un gol como profesional, a sus voluntariosos cincuenta años-; Bangladés -en un cuento, La selección que nació antes que su país, que enlaza el fútbol con la política, a partir de las andanzas de Saidur Rahman Patel, luchador por la independencia de su país y jugador del Bangladés Independiente FC-; China, en donde se sitúa la crónica de la vida del futbolista Zhao Junzhe, que descendía de la familia del último emperador; o Irak, en donde el clima de terror impuesto por el tirano Saddam Hussein, enmarca En el nombre de la hermana, la historia de Basil Gorgis, que aprovecha sus éxitos deportivos para intentar liberar -infructuosamente- a su hermana, detenida y finalmente ejecutada por el sanguinario régimen del dictador sunita.

Pero es en el continente europeo, lugar de nacimiento del fútbol y zona geográfica en que también se ha desarrollado de manera más organizada y profesional, en el que se recogen las anécdotas, las semblanzas y los sucesos de mayor hondura personal y de significación cercana a la leyenda. Los partidos improvisados en el frente de batalla entre contendientes enemigos, en los raros momentos de tregua -en la Navidad de 1914- en la primera guerra mundial, recordados en Soldados con sonrisas de niño; las chicas de Dick, Kerr & Co, la fábrica británica de balas, que sustituyeron a los hombres movilizados, también durante la Gran Guerra, no sólo en las líneas de producción sino también en los campos de juego, emotivas protagonistas de Las invencibles de Preston; las dificultades de los futbolistas en los equipos del régimen, el Spartak, el Dinamo, el CSKA, en la Rusia staliniana, glosadas en Dormir con el hijo del enemigo; el coraje de Leo Horn, El árbitro más valiente del mundo, imposibilitado de ejercer su profesión por su condición de judío y heroico combatiente de la resistencia contra los nazis en su Holanda natal; El partido de la muerte, celebrado en Kiev en 1942 entre soldados nazis y prisioneros de guerra ucranianos, cuyo relato se ha transmitido desde entonces convertido en leyenda, en una versión, en la que el resultado del encuentro conducía a la libertad o la muerte, que la investigación de Toni Padilla revela inventada o, al menos, no del todo cierta; las brutales consecuencias de la guerra de los Balcanes y el encomiable arrojo del soñador Pedrag Pašić, internacional del equipo de la antigua Yugoslavia y creador y sostenedor, sin desmayo y contra todo obstáculo, de una escuela de fútbol para niños en el Sarajevo permanentemente bombardeado y devastado por el enfrentamiento étnico, una escuela que acogía a chicos serbios, croatas, bosnios, de cualquier origen y condición, a los que se les exigía, como únicos requisitos para su participación, hablar solo de deporte y considerar a cualquier compañero como un hermano, en un relato enternecedor, Esperanza bajo las bombas; la delirante historia de Christos, sacerdote ortodoxo griego y fan acérrimo del PAOK de Salónica, llamado al orden por su arzobispo al ser identificado en una retransmisión televisiva en las gradas del estadio de su equipo, saltando enloquecido entre los hinchas mientras cantaba enfervorizado una canción en la que deseaba la muerte a los seguidores del club rival, el Aris.

Y ya en Oceanía, sorprende el itinerario deportivo y personal de Jaiyah Saelua, un fa’afafine de Samoa con una acentuada vocación por el fútbol. Fa’afafine, en la lengua local, designa a personas biológicamente masculinos, pero que asumen los roles femeninos en su trato social. Saelua sería la primera persona transgénero en ser internacional, obligada, no obstante, por la FIFA a jugar con nombre masculino; Johnny Saelua, se haría llamar. El episodio futbolístico ambientado, por extraño que parezca, en la Antártida, es el muy conocido de los partidos que organizaba Ernest Shackleton, en su frustrada pero humanamente exitosa expedición de 1914, cuando, atrapados entre el hielo de las enormes placas glaciares, se veía obligado a levantar la moral de sus hombres en contiendas futbolísticas a muchos grados bajo cero -Jugar en una prisión de hielo, se titula el capítulo- de las que quedan interesantes testimonios fotográficos.

En fin, sugestivo libro este Atlas de una pasión esférica, que podrán disfrutar no sólo los aficionados al fútbol sino cualquier lector que quiera aprender, emocionarse, vibrar y conocer a una serie de seres humanos formidables que encontraron en el deporte rey un modo de trascender a su prosaica y común biografía convencional.

De entre la muy nutrida muestra de canciones que hablan de fútbol, os dejo ahora con un ejemplo africano, continente en el que nuestro deporte invitado constituye una auténtica pasión. Del legendario músico congoleño Pepe Kallé os ofrezco su clásico Roger Milla, un tema de ritmo irresistible en el que se glosan las hazañas del equipo de Camerún, encabezado por su capitán, cuyo nombre da título a la pieza, en el Mundial de Italia en 1990, una participación de recuerdo inolvidable para los aficionados al fútbol.



En julio de 1969, El Salvador y Honduras se enfrentaron en un conflicto bélico que no duró más de 100 horas. El periodista polaco Ryszard Kapuściński, que cubría aquel incidente, lo bautizó en un artículo como “La guerra del fútbol”. Kapuściński, quien antes de viajar con una cámara y una libreta por todo el planeta había sido portero juvenil del Legia de Varsovia, usó este título porque el conflicto había estallado poco después de una eliminatoria entre las dos selecciones que acabó con incidentes. El nombre hizo fortuna, pero acabó llevando a engaño; durante muchos años, en Europa se pensó que dos países habían ido a la guerra por culpa de un partido de fútbol. En verdad, el partido había sido la mecha que prendió un polvorín geopolítico que venía de lejos, con tensiones en la frontera y movimientos migratorios.

La pelota siempre ha estado ahí. En tierra de nadie, en casa de todos. Nunca protagonista del todo, aunque siempre presente. El fútbol no ha provocado guerras ni grandes cambios políticos, aunque ha sido una herramienta en manos de dictadores, una ventana abierta para gente oprimida, un campo de batalla para combatir discriminaciones por raza, sexo o ideología. Y una forma de expresión para quienes no podían pagarse estudios, pero sí podían patear una pelota. Pese a ser un lenguaje universal que permite poner de acuerdo, o en desacuerdo, a personas con lenguas y culturas diferentes, el fútbol suele ser marginado de los trabajos históricos. Durante mis años en la facultad de Historia, descubrí tratados en que la música, el arte o, cómo no, la religión y la política, eran usados para interpretar acontecimientos históricos. Con el fútbol no sucedía lo mismo, aunque, cuando rascabas un poco, descubrías que una pelota fue clave en las treguas de la Primera Guerra Mundial, volvió aún más loco a más de un dictador africano o provocó la muerte de muchas personas.

El fútbol se ha convertido en un símbolo de nuestros tiempos. Ningún deporte mueve tantas pasiones, tanto dinero y a tanta gente. Pocos rincones del planeta se han sustraído a la pasión por este viejo juego que fue reglamentado por los británicos, grandes responsables de su éxito. El fútbol, menospreciado por muchos intelectuales que no toleran su popularidad, y maltratado por los que sí lo valoran y lo usan en su provecho, también es una forma de viajar por los libros de historia y los mapas del mundo. Nada mejor que un atlas, pues. Y con la mejor de las compañías: las maravillosas ilustraciones de Pep Boatella, para descubrir, con una sonrisa, como la de los niños y niñas cuando marcan su primer gol, algunas de las historias que nos cuentan por qué esta es una de las grandes pasiones del planeta. Un planeta con forma de balón. 



Toni Padilla. Atlas de una pasión esférica

miércoles, 6 de junio de 2018

GABRIELA YBARRA. EL COMENSAL

Hola, buenas tardes. Bienvenidos una semana más a Todos los libros un libro, el espacio de recomendaciones literarias en Radio Universidad de Salamanca. Mi propuesta de esta tarde se mueve dentro de las pautas que ya habíamos sentado hace siete días cuando, como recordaréis nuestros más fieles seguidores, os presentaba un par de libros de Edurne Portela vinculados al universo de la violencia, y en particular al de sus manifestaciones en el País Vasco, en unas fechas, estas de finales de mayo y primeros de junio, especialmente significativas en relación a la trágica historia de la banda terrorista. Y es que hace unas semanas ETA ponía fin -de una manera “oficial” y ciertamente hipócrita, ambigua y más bien renuente- a su sangrienta actividad armada. Además, mañana mismo, 7 de junio, se cumplen cincuenta años del primer asesinato del grupo, que acabó con la vida de una joven víctima, el agente de la guardia civil José Antonio Pardines, acribillado a quemarropa y sin posibilidad de defensa por Txabi Etxebarrieta e Iñaki Sarasketa, que abrieron así, de un modo cobarde y desalmado, una larga lista de pistoleros y asesinos terroristas que se cobrarían, en su infausta historia, ochocientos cincuenta y cuatro muertes más.

Situados, pues, entre el primer crimen y esta forzada disolución de hace unos días, os traigo hoy otro libro excelente en el que la barbarie etarra ocupa un lugar protagonista en su trama argumental. Se trata de El comensal, una novela -aunque una vez más debo llamar la atención sobre lo lábil de las fronteras del género- escrita por Gabriela Ybarra y publicada por la editorial Caballo de Troya en 2015, cuando la autora apenas contaba treinta y dos años. El libro, que pese al carácter novel de su autora y a su aparición en una editorial no demasiado “poderosa” ha conocido un extraordinario éxito de crítica y ventas, ha sido galardonado con el Premio Euskadi de Literatura en 2016, siendo también seleccionado entre los trece títulos finalistas del prestigioso premio Man Booker Internacional. Desde hace unos meses la directora Ángeles González-Sinde, que fue presidenta de la Academia Cine entre 2006 y 2009, y ministra de Cultura desde ese año hasta 2011, acomete los trabajos preliminares que permitirán la traslación a la gran pantalla de la dura historia narrada en la novela.

Gabriela Ybarra cuenta en su libro su particular vivencia de dos muertes familiares. La primera, producida seis años antes de su propio nacimiento, es el asesinato de su abuelo, Javier de Ybarra, el empresario y expresidente de la Diputación de Vizcaya, también alcalde de Bilbao, que fue secuestrado por ETA el 20 de mayo de 1977 y despiadadamente “ejecutado” semanas después, el 18 de junio de ese mismo año. En una segunda parte de la obra -aunque ambos planos se entremezclarán una vez descritas inicialmente las vicisitudes de la desaparición del abuelo-, la joven escritora cuenta, con una sobria mezcla de emoción y distancia, de acercamiento y contención, la muerte fulminante de la madre, Ernestina Pasch, víctima de un cáncer en 2011; un acontecimiento que despertará en ella la preocupación por la muerte y, como corolario natural de este efecto, la necesidad de indagar en los hechos, las causas y las circunstancias de la silenciada en la familia y por tanto casi desconocida para ella (se enteraría, de modo fragmentario, deslavazado e incompleto, a los ocho años) violenta muerte de su antepasado, padre de su padre.

El primer tercio del libro se centra en reconstruir -con conscientes y voluntarias dosis de recreación, de ficción literaria: A menudo, imaginar ha sido la única opción que he tenido para intentar comprender- las aciagas fechas que transcurren entre el algo surrealista secuestro de su abuelo, en su casa de Bilbao, y la aparición de su cadáver, con un tiro en la nuca, en el Alto de Barazar, en la provincia de Vizcaya.

A diferencia de la novela de Edurne Portela, Mejor la ausencia, comentada aquí el miércoles pasado, en la que la margen izquierda de Bilbao (la industrial, la violenta y combativa, la del crecimiento urbanístico caótico, la de la reconversión, el desempleo y la radicalización, la del punk y las herriko tabernas) era el escenario de fondo -no sólo geográfico sino también simbólico- del libro, con su panorama -en la actualidad muy mejorado- de degradación y grisura, de heroína y kale borroka, de conflictividad y deterioro, el mundo de Gabriela Ybarra es el de la otra orilla, el de Neguri, el de las zonas residenciales en que habita la burguesía bilbaína, el puñado de grandes familias que históricamente han dirigido el País Vasco desde, al menos, el siglo XIX; el barrio en una de cuyas mansiones entran una mañana de mayo de 1977 cuatro terroristas -tres hombres y una mujer- que, haciéndose pasar por enfermeros, esposan a la asistenta y a los cuatro hijos del industrial (el padre de la escritora entre ellos, que conservará las esposas que lo atenazaron como recuerdo mudo del horrible momento) y se lo llevan, a punta de metralleta y con una tranquilidad y una sangre fría sorprendentes, hasta lo que acabaría siendo su último encierro antes de su ejecución.

Pese a estas más que ostensibles diferencias en el punto de vista, en ambos relatos, en cambio, destaca la omnipresencia del terrorismo, si bien vivido de una manera muy diferente y hasta opuesta. El clima de violencia cotidiana impregna Mejor la ausencia, con su protagonista femenina experimentando “desde dentro” sus manifestaciones más brutales: las agresiones que sufre la madre por parte de su marido, padre de la chica, el infierno de la droga en que se sume uno de los hermanos, las crispación en la convivencia familiar, los abusos sexuales, las algaradas callejeras, las borracheras, la tempestuosa y virulenta escena del rock alternativo vasco, las pintadas, las pancartas, las palizas, la irrespirable atmósfera general de arrebato y ferocidad, de desmesurada irracionalidad, de aspereza -en el vestir, en el hablar, en el obrar- que caracterizaba la vida cotidiana de tantos jóvenes vascos en los años ochenta del pasado siglo. En el caso de El comensal esa presencia se muestra desde una perspectiva antitética a la del mundo abertzale: los Ybarra se ven obligados -sobre todo tras el asesinato del abuelo- a sufrir las consecuencias de hallarse en el punto de mira de los terroristas etarras, su vivencia de la violenta tensión se produce, por así decirlo, “desde fuera” del propio entorno violento, pues su entorno social y familiar es, por el contrario, plácido y equilibrado. Y así, la narradora, esa Gabriela juvenil “ficcionalizada” en la literatura, da cuenta del angustioso día a día de su familia -padres, tíos, hermanos-, insoportable y opresivo: los paquetes bomba que reciben diversos parientes, entre ellos su propio padre, la necesidad -ya ritualizada- de agacharse para comprobar si bajo el coche se esconde una bomba-lapa, la presencia constante de escoltas, las amenazas permanentes, los extraños -¿chivatos?, ¿delatores?- que se apostan debajo de la casa con su intimidación latente, las actividades normales para cualquier ciudadano ya forzosamente prohibidas para ellos por prudentes razones policiales: sacar dinero del cajero automático, utilizar el transporte público, visitar el quiosco y la librería de nuestra manzana, pagar tickets de aparcamiento y pasear, la asfixiante e insoportable sensación de paranoia, cada encuentro inesperado un motivo para el pánico. También, años después, la honda repercusión psicológica que provoca la detención de los culpables del asesinato, sus caras en los periódicos, sus actitudes chulescas y retadoras en los juicios; la irracional y sin embargo casi compulsiva búsqueda en Google de información sobre los asesinos (La visión de la vida normal del etarra en su canal de YouTube: Sus retratos me provocan sensaciones similares a las imágenes de las células del cáncer. No pienso en la amenaza, sino en la ficción que me sugieren. Las fotos de los tumores parecen galaxias, al verlas fabulo con el espacio); la imposibilidad de la nieta para comprender lo sucedido y, pese a ello, como se ha dicho, la necesidad de hacerlo; la dificultad del perdón (Miro fotos de etarras e investigo sus vidas. Me cuesta aceptarles, porque asumir su humanidad significa reconocer que yo también podría llegar a hacer algo así. Mi conciencia estaba más tranquila cuando imaginaba que eran locos o que no eran personas. Marcianos. Ficción).

Este primer tramo de la novela es magnífico, vibrante y estremecedor. Conocemos los detalles del secuestro -en los que destaca la pulcritud y hasta la educación de los terroristas, que se muestran considerados y atentos (como si hasta en el asesinato los tiempos hubieran cambiado, los criminales ahora zafios y chabacanos, descontadas sus “esperables” atrocidad y barbarie); los avisos y comunicados de la banda, deferente incluso en la notificación de sus siniestros mensajes, con las precisas pistas -no confundir con…- para localizar el cadáver, con el respetuoso -si no resultara cínico- RIP acompañando la noticia de la fría ejecución; la búsqueda familiar algo a ciegas, al margen de las autoridades, con el concurso de brujas y videntes, con un sacerdote que rastrea con un péndulo las zonas de probable localización del lugar de encierro; las claves ocultas que se deslizan en los jeroglíficos y crucigramas de los periódicos para comunicar con los secuestradores; los agotadores y a la postre estériles intentos de conseguir dinero en los bancos (no es posible prestar dinero a un secuestrado, responde la fría lógica financiera). Todo ello resulta humanísimo y rezumando emoción pese a que, como he resaltado, la narración compagina el enfoque íntimo y sentido con la voluntad explícita de la autora -una voluntad, pues, “literaria”- de establecer una cierta distancia, ateniéndose a una a menudo hasta aséptica descripción de los hechos, a lo que contribuye la incorporación al texto de fotos o recortes de prensa y la transcripción de artículos, cartas o comunicados.

No menos conmovedor resulta el relato del proceso del fallecimiento de la madre, partiendo de la inopinada detección de un ligero síntoma cancerígeno hasta el súbito y devastador desarrollo de la enfermedad mortal. Trasladada a un hospital de Nueva York, ciudad en la que residía y trabajaba por aquel entonces su hija Gabriela, la constatación de lo funesto de su mal y de la imposibilidad de cura, llevarán a la familia de nuevo a España en donde, en pocos meses, tendrá lugar la muerte.

La novela se abre en esta segunda parte a dos planos entrelazados. Por un lado, la descripción de la vida de madre e hija en esos últimos días, en una sucesión de episodios muy intensos y llenos de emoción: la entereza de la madre al conocer el diagnóstico definitivo, los muy cuidados protocolos médicos -aunque inevitablemente forzados y por ello algo vacíos- en el magnífico hospital neoyorquino, como los vasos de plástico con un clavel rojo en su interior que se entregan a los pacientes terminales, el terremoto cuyos efectos se superponen al estremecimiento y el temblor provocados por el miedo a la muerte, el innegociable compromiso con la “verdad” del personal sanitario estadounidense, que “obliga” a psicólogos, enfermeras y médicos a una descarnada crudeza en el trato con los enfermos que en ocasiones puede resultar insoportable, la peculiar vivencia de la muerte en una ciudad marcada por los sucesos del 11 de septiembre (En Nueva York la gente habla más de la muerte que en otros sitios). Y entre la “crónica” de esas semanas postreras se abre paso la otra gran vertiente del libro, que acaba por constituirse en su elemento nuclear: el creciente protagonismo de la muerte en la existencia de la narradora: Antes de que a mi madre le diagnosticaran la enfermedad, yo no le prestaba demasiada atención a la muerte, escribe, para, en el mismo sentido, añadir: [Ahora] tomo conciencia de que soy mortal.

Como ya he adelantado, la desaparición de la madre desencadena en la chica su interés y preocupación por la muerte, en particular la olvidada -más exactamente, la preterida- del abuelo: La muerte de mi madre resucitó la de mi abuelo paterno. Hasta entonces, para mí el asesinato eran sólo unas esposas metidas en una vitrina al lado de las llamas de bronce que mis padres trajeron de Perú. El tedio de la enfermedad llamó al tedio de la espera del secuestro. Mi padre empezó a hablar de rosarios manchados con sangre. Yo aún tardaría varios meses en comprender su dolor. A partir de ese momento, la narradora indagará en el pasado familiar para intentar entender ese suceso “originario” que tanto desconsuelo causó entre los suyos -en particular en su padre- y que deliberadamente se mantuvo en la ignorancia y la oscuridad, ocultado por todos, hasta el punto de que la propia Gabriela solo conocerá -lo refiere en el prólogo del libro que os dejo al cierre de esta reseña- versiones disparatadas, aunque dadas por ciertas por la entonces niña, de la muerte de su abuelo.

Cuentan que en mi familia siempre se sienta un comensal de más en cada comida, leemos en un pasaje inicial del libro muy esclarecedor con respecto a su título, y estos espacios vacíos en la mesa del comedor, estas ausencias definitivas (y otras en la familia, como el suicidio del tío Cosme) van imbricándose entre sí (Un mes después de que muriera mi madre, el 20 de octubre de 2011, ETA anunció el cese definitivo de su actividad armada) para acabar vertebrando un relato en el que se conjugarán el realismo y la ficción, lo personal y subjetivo pero a la vez lo colectivo y político, el presente y el pasado (su madre y su abuela yacentes en la misma sala del tanatorio), el muy vívido sufrimiento propio y el “inventado”, el reconstruido e imaginado que habría experimentado su padre casi cuarenta años antes.

Y es que la relación entre la vida de los Ybarra y la política es muy estrecha desde siglos, la familia unida desde siempre -antes y después del atentado- a la realidad histórica del País Vasco: Mi intimidad aún es política. La muerte de mi madre también. El lenguaje, los silencios, las casas, la convivencia, los sentimientos… Todo es política. Incluso la literatura. Es política que uno de mis libros preferidos de niña fuera La vida nueva de Pedrito Andía. Es política la entonación de mi padre al leerme Las encinas de Machado antes de dormir: “Quien ha visto sin temblar/un hayedo en un pinar”. Siempre enfatizaba esos versos.

Biografía familiar, crónica de unos terribles años de la historia de España, profunda y sentida reflexión sobre la muerte, emocionante relato de un intenso amor materno y filial, notable ejercicio literario… todas estas cosas es El comensal, la novela de Gabriela Ybarra que esta tarde os recomiendo con verdadero entusiasmo. No dejéis de leerla.

Y te amaré, una canción de Ana y Johnny de 1976, que suena en la novela en los días del secuestro, emitida una y otra vez en las radios -un éxito de la época- entre los comunicados y las noticias, cierra esta reseña.


Nota previa

Esta novela es una reconstrucción libre de la historia de mi familia, sobre todo la primera parte, que transcurre en el País Vasco en la primavera de 1977, seis años antes de que yo naciera. Durante los meses de mayo y junio de aquel año secuestraron y asesinaron al padre de mi padre: mi abuelo Javier. Escuché por primera vez la historia a los ocho años. Un compañero de clase en el colegio, nieto del fiscal que había llevado el caso, me explicó cómo su abuelo pescó el cadáver del mío en la ría del Nervión con una red traíña, del tipo que usan los gallegos para capturar boquerones. Años más tarde, la nieta de un médico forense, compañera de clase en otro colegio, me confesó que su abuelo había diseccionado el cuerpo del mío después de que lo encontraran atado de pies y manos y arrollado por un tren cerca de la estación de Larrabasterra. Durante muchos años tomé las dos historias por ciertas y las mezclé con conversaciones escuchadas en casa hasta elaborar una versión propia. Pero en julio de 2012 sentí la necesidad de profundizar en los detalles del asesinato de mi abuelo. Mi madre había fallecido hacía casi un año, y a raíz de su enfermedad, mi padre había empezado a hablar de la muerte de forma extraña. Sospeché que el secuestro podía tener algo que ver. Metí el nombre de mi abuelo en Google y visité hemerotecas. Tomé muchas notas sobre lo que leí: transcripciones literales de noticias y reacciones. Pero las escenas que imaginaba terminaron filtrándose en mi crónica. Lo que cuento en las siguientes páginas no es una reconstrucción exacta del secuestro de mi abuelo ni lo que realmente le ocurrió a mi familia antes, durante y después de la enfermedad de mi madre: los nombres de algunos personajes están cambiados y varios pasajes son fabulaciones a partir de anécdotas. A menudo, imaginar ha sido la única opción que he tenido para intentar comprender.


Gabriela Ybarra. El comensal

miércoles, 30 de mayo de 2018

EDURNE PORTELA. EL ECO DE LOS DISPAROS. MEJOR LA AUSENCIA

Este libro surge, en buena medida, a partir de memorias, experiencias y observaciones personales. No dilataré el momento en el que lo personal aparezca en mi aproximación al tema de la «violencia vasca», así que comienzo explicando brevemente dónde me sitúo dentro de esta historia. Pertenezco a una generación nacida durante los últimos coletazos de la dictadura franquista y que vive su niñez y adolescencia durante la época más dura tanto de ETA como de la represión por parte de las fuerzas de seguridad españolas, incluyendo el terrorismo de Estado de los Grupos Antiterroristas de Liberación o GAL. Es una generación que se educó en la cotidianeidad y la convivencia con la violencia, si no directa, sí por lo menos con el discurso de la violencia: los juegos de niños muchas veces reproducían la violencia de los mayores; la música con la que entramos en la adolescencia –el «rock radical vasco»– defendía la lucha armada y en sus conciertos coreábamos, aunque no nos lo creyéramos «gora ETA militarra»; nuestros pueblos estaban plagados de pintadas en las paredes con mensajes políticos y amenazadores porque la política, en Euskadi, era siempre amenaza: nombres de concejales no abertzales dentro de dianas, pintadas de «Independentzia ala hil», «PSOE-GAL berdin da», «ETA mátalos» o «Presoak kalera».

Estas formas de violencia no eran en absoluto excepcionales, sino que venían acompañadas de los hábitos más rutinarios. Por ejemplo, todos los miércoles había manifestación en mi pueblo con la consiguiente represión brutal por parte de la policía, así que salíamos del colegio literalmente corriendo para llegar a casa antes de que la «movida» empezara, ya que bien podías recibir una pedrada de un borroka o una pelota de goma de un txakurra. Era el día a día; no había nada de particular en todo esto. Como no lo había en ir una vez al mes con mi familia a Iparralde a visitar a un familiar vinculado a ETA. Era simplemente lo que la familia tenía que hacer para ayudar a un ser querido, a pesar del riesgo de atravesar tan periódicamente la frontera, a pesar de no estar de acuerdo con sus métodos de lucha, a pesar de saber que durante esos años visitar a la comunidad etarra en Francia suponía correr no pocos riesgos debido a los frecuentes ataques de los GAL. Pero nadie hablaba de estos «a pesares» en mi familia. La única anormalidad de todo aquello era la necesidad de guardar silencio; estas visitas no podían saberse fuera del núcleo familiar. En este libro iré desvelando otras formas en que la violencia ha estado presente en mi vida cotidiana, a veces de forma excepcional, pero para la mayoría de la ciudadanía vasca la violencia ha sido ordinaria, omnipresente y por lo tanto normalizada. Entonces, este proyecto nace de mi preocupación sobre qué significa vivir, entendiéndola, con una herencia de violencia adquirida desde la infancia, cuando esta infancia se ha desarrollado en un contexto como el de Euskadi en los años setenta, ochenta o noventa del siglo XX, en el que la mayoría de los jóvenes sentían más repugnancia hacia y tenían más miedo de la policía nacional o la guardia civil que de los terroristas de ETA, a pesar del rechazo de buena parte de esa juventud a la violencia de la organización e incluso al proyecto nacionalista. Es también un contexto en el que la sociedad en general no se inmutaba ante el asesinato, era –me atrevo a decir sigue siéndolo– una sociedad mayoritariamente indiferente. Intento entender de qué manera vivir en esta cercanía a la violencia afecta nuestra sensibilidad hacia la misma y nuestra presente preocupación –o falta de ella– por la propia responsabilidad en el consentimiento de esta violencia. Desde el punto de vista de la imaginación y de la representación, trato de desentrañar las claves de la participación en el «conflicto vasco» de la misma sociedad en el que tiene lugar: cómo nos hemos imaginado en relación al otro; cómo hemos dirimido, a partir del lenguaje creativo, el vivir en constante contacto con la violencia; cómo hemos justificado o desafiado nuestra complicidad y nuestro silencio, y cómo puede contarse ahora esta sociedad herida, fragmentada y todavía polarizada.


Hola, buenas tardes, bienvenidos un miércoles más a Todos los libros un libro, que hoy comienza así, de un modo tan abrupto y a la vez tan significativo, una emisión especialmente dura, especialmente dolorosa, especialmente delicada. El 7 de junio de 1968, en unos días se cumplirán los cincuenta años, los etarras Txabi  Etxebarrieta e Iñaki Sarasketa -durante mucho tiempo con calle a su nombre en el municipio vizcaíno de Lejona (no he podido comprobar si la complicidad de los políticos nacionalistas la mantiene en la actualidad; aunque una búsqueda en el callejero de Leioa -en la grafía vasca del nombre del pueblo- parece confirmarlo)- acababan con la vida del guardia civil de tráfico José Ángel Pardines Arcay, en lo que se considera el primer asesinato de la trágica historia de ETA (años antes, en 1960, una niña, Beatriz Urroz, moría como consecuencia de una bomba colocada en las vías del tren en San Sebastián, pero en todo el tiempo pasado desde entonces no ha podido dilucidarse la autoría del más que probable atentado etarra). Desde aquella remota fecha, la fanática banda terrorista mató a otras 852 personas en un sangriento delirio asesino que, por fin, parece en estos meses llegar definitivamente a su término con la disolución del grupo de pistoleros tras el anuncio del cese de la violencia en octubre de 2011 y el más reciente, cínico y difuso, hace un par de semanas, de la extinción final de la banda.

Con esta triste efeméride como excusa he querido que nuestro espacio semanal de recomendaciones de lectura en Radio Universidad de Salamanca se ocupe en dos emisiones consecutivas de tres libros que tienen como objeto al universo de ETA, o más exactamente al terrible rastro de extorsiones, chantajes, intimidación, delaciones, violencia, agresiones, sufrimiento y muerte que dejan estas cinco décadas de horror cotidiano sobre todo en el País Vasco y, en menor medida en el resto de España.

El reciente éxito editorial de la excelente Patria, de Fernando Aramburu, de otra de cuyas obras de idéntica temática, Los peces de la amargura, ya os hablé con entusiasmo en estas páginas hace casi ocho años, ha puesto en las listas de libros más vendidos y en los siempre veleidosos intereses del público a la literatura centrada en el sangriento universo de la violencia etarra. Compartiendo unos referentes similares aunque enfocados desde un punto de vista muy distinto, esta tarde quiero hablaros de dos libros, un ensayo y una novela, escritos por Edurne Portela y presentados por la editorial Galaxia Gutemberg, el primero de ellos en 2016, El eco de los disparos, al que pertenece el fragmento que hoy ha abierto el espacio, y Mejor la ausencia, el texto de ficción, que vio la luz el pasado 2017.

Edurne Portela, que nació en el País Vasco y vivió allí su infancia y primera juventud, se formó académicamente como filóloga en la Universidad de Navarra, para instalarse luego en Estados Unidos donde obtuvo un doctorado en Literaturas Hispánicas en la Universidad de Carolina del Norte en Chapel Hill. Durante trece años ejerció como profesora de Literatura Latinoamericana y Española en la Universidad de Lehigh (Pensilvania) a la vez que dirigía el Centro de Investigación para las Humanidades de dicha Universidad. Instalada actualmente en España, está especializada en el estudio de la violencia y en sus representaciones en la cultura contemporánea, particularmente en literatura y cine, habiendo publicado numerosos artículos y algunos ensayos sobre esos temas, que han acabado por desembocar en las dos obras que ahora os comento, centradas, desde distintas aunque complementarias perspectivas, en la violencia, objeto de su interés académico.

El eco de los disparos, que se presenta con el explícito subtítulo de Cultura y memoria de la violencia, parte de su propia implicación emocional en tanto testigo durante muchos años del “problema” de la violencia en el País Vasco. Su planteamiento, en consecuencia, no es estrictamente científico o profesoral, enfoque que requeriría una visión más o menos aséptica u objetiva. Por el contrario, su análisis está teñido de subjetividad, hasta el punto de que los datos, los estudios, las aportaciones teóricas se presentan salteados, imbricados con breves relatos de índole claramente autobiográfica en los que se recrean episodios vividos de niña o adolescente. De esta manera la exposición de sus argumentos y el desarrollo de sus tesis a propósito de los últimos cincuenta años de violencia en su tierra natal encuentran su demostración más convincente, su ejemplificación casi documental, su correlato más vívido en la narración de los sucesos experimentados por ella misma, en sus dolorosas vivencias, algunas de ellas de una brutalidad espeluznante y todas de una dureza, una tensión y una crueldad difíciles de digerir para una sensibilidad no acostumbrada a la ominosa cotidianidad con la que se vio obligada a convivir durante décadas esa sufriente comunidad autónoma.

Portela aborda su investigación a partir del comentario a distintas obras cinematográficas, literarias y fotográficas de este siglo cuya visión creativa se opone a las dinámicas de silencio, complicidad e indiferencia tan propias de la sociedad vasca, en palabras de la autora. Así, cintas como Asier eta biok (Asier y yo), de Aitor Merino, Tiro en la cabeza, de Jaime Rosales, Ocho apellidos vascos, dirigida por Emilio Martínez Lázaro, El negociador, de Borja Cobeaga, Fe de Etarras, del mismo director; novelas y colecciones de cuentos como la mencionada Los peces de la amargura (Patria se publicó después de la presentación de El eco de los disparos), Ojos que no ven, espléndida obra de José Ángel González Sáinz, Letargo, de Jokin Muñoz, Twist, de Harkaitz Cano, Mentiras, mentiras, mentiras, de Iban Zaldua; o la polémica obra fotográfica de Clemente Bernad, entre otros muchos ejemplos, son diseccionados con profundidad y rigor.

En su tratamiento, la autora intenta huir de los lugares comunes, de los apriorismos reduccionistas que no ayudan a avanzar en la comprensión del problema. No hay, pues, en su visión, blancos y negros, certezas y verdades absolutas, sino, por el contrario, puntualizaciones, dudas, interrogantes, matices, incertidumbres, intentos de comprender, que no justificar ni explicar, las distintas facetas de una violencia (y no sólo la de las armas, también la de sus “aliados”, el silencio, la indiferencia y la complicidad) que durante tanto tiempo se ha enseñoreado -y quizá aún lo esté haciendo, en cierta medida- de los pueblos y ciudades vascos. Dejando clara su oposición frontal a la “lucha armada”, su rechazo a cualquier forma de “equidistancia”, su negativa a establecer empatía o compasión hacia el terrorista, su repudio de la perversa y obscena y radicalmente falsa e interesada equiparación entre las víctimas (aunque no sólo se habla de ETA en el libro, también están presentes las torturas policiales y los asesinatos de los GAL), el valiente y también controvertido ensayo elude igualmente las tesis cómodas que ofrecen respuestas fáciles que sólo sirven para tranquilizar conciencias, arriesgándose por el contrario a presentar esquemas más abiertos, más plurales, menos previsibles, que alienten la discusión honesta y permitan un examen crítico. Hace suyas así -citándolas expresamente- las ideas de Kafka -traídas a colación aquí hace unas semanas, al hablar de Contra la lectura- según las cuales la literatura debe perturbar, debe ser el hacha que rompa el mar congelado que llevamos en nuestro interior, o las de Milan Kundera cuando defendía que el espíritu de la novela es el espíritu de la complejidad. Cada novela dice al lector: “Las cosas son más complicadas de lo que crees”, o, también mencionados en el libro, los argumentos de José Ovejero: La literatura debe ser entretenida, afirman con frecuencia los propios escritores […]. El mayor pecado de la literatura, dicen también, es aburrir. […] [L]o que entretiene no exige esfuerzo; es inocuo, anodino, puede ser gracioso e ingenioso, ocurrente e incluso inteligente, quizá, en el mejor de los casos, provocar una emoción estética, pero no debe costar trabajo. La literatura como laxante, que no haya que apretar. La literatura como soma, para que no se nos vaya a ocurrir ocupar la mente con algo desagradable o inquietante; no inquietante como un serial killer de mentirijillas, sino inquietante como algo que no nos deja seguir siendo como éramos antes de leer el libro, que nos saca de la cómoda horma en la que hemos ajustado nuestras vidas.

Y en ese cara a cara polémico y atrevido, nada complaciente, con la dureza de unos hechos terribles, Edurne Portela recorre las obras artísticas seleccionadas rastreando en ellas las miradas de los testigos, víctimas y perpetradores, e identificando en sus disímiles propuestas algunos temas clave para comprender las causas y los efectos, la génesis y la perduración de la violencia: los silencios, el miedo, la apropiación del lenguaje, la indiferencia, la representación del dolor, el fanatismo, la imposibilidad de imaginar al “otro”, el resentimiento y la venganza, la reparación y el perdón…

Pero siendo interesantes su indagación en las novelas, cuentos, películas y fotografías examinados, e igualmente valiosas las reflexiones derivadas de ella, el hecho de que para su total inteligibilidad se necesite el conocimiento profundo de las obras de referencia -y, al menos en mi caso, muchas de ellas no las conocía de antemano- puede provocar un cierto distanciamiento en la lectura -menor: el núcleo central del discurso de Edurne Portela es absolutamente accesible pese a esta dificultad “de origen”- que tiene como benéfico efecto colateral el “refugio” del lector en esos otros pasajes más estrictamente literarios, con la estructura y la potencialidad narrativa de un relato, que puntean el texto ensayístico y en los que la cruda realidad de la violencia se materializa de un modo más intenso y conmovedor, cargado de emoción y -aunque el término quizá chirríe en este contexto- lirismo. Debajo del felpudo (un relato escalofriante y muy revelador); Cipayo: los días que te quedan son una cuenta atrás; Los barbudos (1 y 2); El valor de las anchoas; Herriko Jaiak, julio 1997; Como te sigas chupando el dedo, te lo corto; Una noche por lo Viejo o El conflicto está en otro sitio, son, casi todos, magistrales y, sin excepción, estremecedores y muy elocuentes por sí mismos, más allá de disquisiciones teóricas, en relación a las auténticas vivencias de los ciudadanos vascos en aquellos largos años de plomo de, sobre todo, las décadas de los setenta, ochenta y noventa del pasado siglo.

Esos breves textos suponen, a mi juicio, el inmediato antecedente de Mejor la ausencia, la novela de 2017 en la que Edurne Portela opta abiertamente por “ficcionalizar” esa realidad que tan bien conoce -por experiencia y por dedicación profesional- y en cuyo planteamiento literario he creído percibir una cierta continuidad de estilo con aquéllos. Sin tiempo apenas para algún comentario que vaya más allá de la entusiasta recomendación del libro, dejadme, no obstante, señalar que hallándonos, obviamente, ante una obra novelística, los muchos y evidentes puntos en común de lo narrado con la propia peripecia biográfica de su autora, la similitud -más aún: la identidad- del entorno, de los escenarios, de los paisajes urbanos, de la atmósfera de degradación moral y de violencia, la omnipresencia de la heroína y otras drogas, el paro, el Bilbao oscuro y sucio, la kale borroka, el entorno abertzale, las herriko tabernas, la agresividad del rock radical vasco, el clima de hostigamiento y opresión, el “impuesto revolucionario” las algaradas en las calles, las pelotas de goma y los gases lacrimógenos, los atentados terroristas, los señalamientos de las víctimas, las amenazas, los secuestros, las muertes, la perspectiva ética compleja y poco condescendiente con las ideas dominantes, permiten entender la novela como una ilustración “viva” -al igual que lo son los relatos intercalados en la obra anterior a los que me he referido- de ese ambicioso estudio sobre la violencia en el País Vasco que es El eco de los disparos.

La narración, sigue a su protagonista, Amaia, en dos fases. La primera, que da comienzo en 1979, cuando es una niñita de cuatro años -como entonces la autora-, hasta 1992, en que, al llegar a la mayoría de edad, abandona el ambiente hostil de su conflictiva familia -la madre, abandonada por su marido y peligrosamente entregada al alcohol, el padre siempre ausente, un abogado probablemente implicado en la “guerra sucia” antiterrorista, los hermanos, Aníbal, muerto prematuramente por la heroína, Kepa, militante y, quizá, asesino de ETA, y Aitor, que logra evadirse de ese entorno contaminado “huyendo” a Madrid; y todos formando parte de una realidad hecha de gritos, de agresiones, de insultos, de amenazas, de envilecimiento, de destrucción- para continuar sus estudios fuera del País Vasco. El comienzo de la segunda parte, El regreso, se sitúa en 2009, y en él vemos a Amaia retornando a su pueblo tras completar su formación en el extranjero (en uno más de los muchos rasgos autobiográficos de la obra) para escribir allí el libro en que dé forma a todos sus fantasmas y ponga orden en el caos de su existencia personal y familiar. Su inteligencia natural, su sensibilidad, su ternura, su vulnerabilidad y también su dureza acabarán por salvarla de aquel infierno en el que tantos otros -sus familiares entre ellos- acabarán hundiéndose.

En fin, fuera ya de tiempo, os recomiendo vivamente la lectura de estos dos excepcionales libros, El eco de los disparos y Mejor la ausencia, escritos por Edurne Portela y presentados por la editorial Galaxia Gutenberg.

Para ilustrar musicalmente mi comentario he optado por escapar de las muchas referencias al combativo rock vasco que aparecen en ambas obras, para ofreceros una pieza, la excepcional No surprises, extraída de OK Computer, el gran disco de Radiohead que ocupa un lugar determinante en un cuento de Iban Zaldua -impactante, a partir de su mera sinopsis- que se glosa en El eco de los disparos.



Edurne Portela. El eco de los disparos. Mejor la ausencia

miércoles, 23 de mayo de 2018

MANUEL VILAS. ORDESA

Hola, buenas tardes. Un miércoles más sale al aire Todos los libros un libro, el espacio de recomendaciones literarias de Radio Universidad de Salamanca, que esta semana os trae una propuesta de lectura muy interesante, muy dura también, un libro descarnado, sincero, intenso, crudo, terrible incluso, pero lleno de ternura, de emoción, de belleza, de verdad, de, en definitiva, vida plena. Os hablo de Ordesa, la por ahora última y muy difundida obra -lleva ya varias ediciones- de Manuel Vilas, el escritor aragonés conocido sobre todo por su obra poética, que vio la luz a finales del pasado 2017 en la editorial Alfaguara. En esta dimensión poética del autor os lo presenté en mi otro espacio de la emisora universitaria salmantina, Buscando leones en las nubes. Hace ya seis años, en mayo de 2012, os ofrecí dos emisiones, que podéis rescatar ahora si el personaje os interesa, centradas en Amor. Poesía reunida. 1988-2010, el libro que por entonces recogía toda su producción como poeta. En las entradas correspondientes del blog podréis escuchar los dos programas y leer, además, algunas aproximaciones muy ilustrativas a la personalidad literaria y humana de Vilas, que pueden resultar esclarecedoras, también, para una mejor comprensión de este Ordesa del que hoy quiero hablaros.

El primer comentario que suscita Ordesa -en el “fondo” irrelevante, aunque sí necesario para anticipar al lector con qué tipo de obra se va a encontrar si se decide a abordar el libro- es el de su adscripción a uno u otro ámbito de la creación literaria. ¿Estamos ante un libro de memorias?, ¿una ficción autobiográfica?, ¿es una novela? De todas estas formas lo he visto definido en distintas críticas aparecidas en estos meses desde su presentación. Nos encontramos, de nuevo, ante el cada vez más cargante asunto de la llamada -de un modo algo pretencioso- “literatura del yo”: libros, de difícil calificación genérica aunque casi todos “acomodados” en el inabarcable pero acogedor cajón de sastre de la novela, en los que las fronteras entre la historia que se relata en ellos y la “real” peripecia vital de su autor se difuminan y confunden hasta el punto de que el lector no puede delimitar con nitidez si lo narrado es o no “verdad” (por cierto, ¿qué querrá decir “verdad” en literatura?); libros, pues, en los que, en definitiva, la biografía del autor forma parte del “material” novelesco. En Ordesa, Manuel Vilas habla de -entre otras cosas- su vida, la de sus padres, la de sus propios hijos. Cuánto de estas existencias se corresponde con las vivencias experimentadas por el autor en su cotidianidad o cuánto es recreado, construido o inventado por él (a mitad del libro, los personajes pasan a denominarse -¿recurso literario?, ¿pudor?, ¿metáfora consciente?- con nombres de músicos: Juan Sebastián Bach, Wagner, Brahams, Vivaldi) no solo carece de importancia, sino que jamás será posible, en ningún caso, conocerlo. ¿Se pueden “contar fielmente” los hechos o, por definición, la escritura deforma (en realidad le “da forma”) algo que ya es distinto, necesariamente, de lo en verdad ocurrido en cuanto se elige el punto de vista desde el que se escribe, se selecciona un enfoque de entre los varios posibles, se prefieren ciertas palabras a otras, se subraya o privilegia un determinado aspecto de lo narrado frente al resto de los muchos que cada vivencia encierra? ¿La misma situación “objetiva” -qué decir si hablamos de una vida- no será contada de modos distintos -y hasta opuestos- por personas diferentes? ¿Todas mienten, entonces? ¿No hay, pues, realidad “indiscutible”? Y qué importa en el fondo todo ello -en literatura, claro está; cosa distinta es si nos encontramos en un juicio penal-, si el relato -llámesele como se le llame- conmueve, induce a la reflexión, enseña, propicia el conocimiento de uno mismo y de los aspectos más profundos de nuestras almas, emociona, revuelve, inquieta, perturba, estremece y transmite -como lo hace esta magistral Ordesa, ya lo he anticipado- autenticidad y belleza, verdad y vida. Al parecer fue Borges -y con esta referencia cierro esta ya muy larga digresión- el que se pronunció de manera definitiva e indiscutible sobre el asunto al afirmar: Todo lo que uno escribe es autobiográfico. Sólo que eso puede ser dicho: “Nací en tal año, en tal lugar” o “Había un rey que tenía tres hijos”.

Escribo estas palabras el 9 de mayo del año 2015, señala el narrador al poco de empezar el libro. Hundido en el insoportable dolor de una crisis existencial, incapaz de percibir en su entorno más que señales de sufrimiento, asistiendo desolado al desvanecimiento general de todas las cosas, enfrentado con terror a la ingravidez de su paso por el mundo, la voz que nos habla -y que, de ahora en adelante voy a suponer que coincide con la de Manuel Vilas, al menos el Manuel Vilas personaje literario- confiesa: Me puse a escribir, solo escribiendo podía dar salida a tantos mensajes oscuros que venían de los cuerpos humanos, de las calles, de las ciudades, de la política, de los medios de comunicación, de lo que somos. Y así, en ciento cincuenta y siete breves capítulos, de dos o tres páginas cada uno de ellos, junto con once desgarradores y lúcidos poemas finales, asistimos a la descarnada y casi impúdica descripción -sin confortables arreglos cosméticos- de una suerte de descenso a los infiernos, al total desmoronamiento del novelista a partir de algunos acontecimientos sustanciales en su vida: su propia infidelidad y divorcio (mi divorcio me llevó a lugares del alma humana que jamás hubiera pensado que existían), el recuerdo, vivísimo, de las figuras del padre y de la madre tras sus muertes, uno y diez años atrás, respectivamente, la paulatina desafección -o al menos el desapego- de los dos hijos…

A lo largo de la obra nos encontramos, pues, fuertemente imbricados, dos planos temporales: el triste presente y el recuerdo nostálgico de un pasado, la infancia y la relación con los padres fallecidos, que si feliz, se nos muestra con melancolía por causa de la ya irreparable desaparición y del estado de abatimiento desde el que se rememora ese tiempo pretérito. El Manuel Vilas que nos habla en el libro se presenta a sí mismo como sumido en el miedo (Toda la vida me ha acompañado el temor a volverme loco), el caos, la desesperación, el desamparo, el sufrimiento (En mi vida no han sucedido grandes cosas, y sin embargo llevo dentro de mí un hondo sufrimiento), la pobreza y el fracaso, la soledad y la tristeza (Me hermano con mi tristeza como si procediera de una tercera persona, eso es otra cosa que me inquieta, y que me aplasta, porque pienso que me estoy volviendo loco. Es el hermanamiento con todo lo que salió mal; con eso me hermano, con toda desdicha, con todo sufrimiento; pero aún soy capaz de hermanarme con algo infinitamente superior a la desdicha: me hermano con el vacío de los hombres, de las mujeres, de los árboles, de las calles, de los perros, de los pájaros, de los coches, de las farolas). Con un largo historial de alcoholismo que incluye dos ingresos hospitalarios y una decisión de poner fin a la letal dependencia (Seguir bebiendo o seguir viviendo), tras abandonar la nómina narcótica como profesor de instituto durante más veinte años, viviendo en precario en un modesto apartamento de soltero, el piso desordenado y tomado por el polvo, la cama permanentemente sin hacer, la cocina sucia, recibiendo de vez en cuando las fugaces y algo distanciadas visitas de los hijos, Vilas se adentra en la cincuentena incapaz de comprender la pérdida, el deterioro, el paso del tiempo y la muerte (Me estoy lacerando el alma, porque no entiendo ese taimado movimiento que va de lo que se mueve y habla a lo inmóvil y mudo), que se manifiestan, sobre todo, en la muy vívida conciencia de la desaparición de sus padres, una ausencia que impregnará su vida -sumiéndole en el desvalimiento y la aflicción- y la condenará a la estrechez y la pesadumbre. Lo nuestro -dice para referirse a su familia- fue siempre el establo, la pobreza, el hedor, la alienación, la enfermedad y la catástrofe.

Este cúmulo de circunstancias infelices desencadena los recuerdos, la añoranza, la triste evocación de la vida pasada, esos días en los que la poderosa presencia de los progenitores daba sentido al vivir. El libro entero está así empapado de un tono elegíaco, en un lamento perpetuo por la muerte de aquellos a quienes el autor más quería. Son infinidad las ocasiones en las que ese llanto dolorido aflora entre las páginas de Ordesa, en frases rotundas y tristísimas, que adquieren la cualidad lírica de versos, no en vano Vilas es, sobre todo, un poeta: Sobre la muerte de mi padre va cayendo el tiempo, y ya muchas veces tengo dificultad para recordarlo; Todo mi pasado se hundió cuando mi madre hizo lo mismo que mi padre: morirse; Mis padres ya no existen, pero existo yo, y me marcho en cinco minutos; Solo soy eso: la esperanza de volver a veros; ¿Te has fijado, papá, en la inmensa ruina del universo, en esa soledad del tamaño de los muertos humanos y en esa luz en que te has convertido?

La tristeza y el sinsentido a los que le condena la doble ausencia le llevan a preguntarse quiénes fueron en realidad sus padres, en una indagación lacerante que surge a partir de algunas anécdotas, unos cuantos episodios esenciales, unas pocas, escasísimas, fotografías en las que se les ve muy jóvenes y vitales, en el esplendor de su juventud y madurez: bailando, muy guapos, en una fiesta; el padre solo –pero centro de atención, simpático y popular- en una barra de bar, cuando aún no conocía a la madre y la existencia de Manuel Vilas era, pues, una quimera inconcebible; en la nieve, ataviado el niño con un “humillante” chubasquero, infausto síntoma de la pobreza; cogiendo de la mano al hijo, y vemos tan sólo un fragmento de brazo y un llavero que sobresale del bolsillo, en una foto aparentemente anodina pero repleta de significado. Esa búsqueda justificará el sentido de su escritura (¿Quién fue? Al no decirme quién era, mi padre estaba forjando este libro), en una desconsolada remembranza en la que prevalecen el sentimiento de pérdida y el inmenso amor sentido (Estoy hablando de esos seres, de los fantasmas, de los muertos, de mis padres muertos, del amor que les tuve, de que no se marcha ese amor. Nadie sabe qué es el amor).

Y en el recuerdo afloran relevantes acontecimientos de las vidas de ellos y por lo tanto de la suya propia, en capítulos llenos de ternura, también de desesperación, de exaltación y melancolía, de alegría, de ilusión e inevitable congoja. Los dulces episodios del pasado se suceden: la memoria del pobre Coliflor, compañero de clase en la infancia; la vaga y desvaída reminiscencia de los abusos en el colegio de curas; los distintos coches familiares, el 600, el 1430, un Seat Málaga, instrumentos de trabajo de un padre comercial en el sector textil; la televisión y el Un, dos, tres; los viajes a la playa de Cambrils; la canción del verano; el Dúo Dinámico; las patatas fritas Matutano; las máquinas del millón; la madre aterrada, escondida en el ropero cuando estallaban las tormentas; el belén que progresivamente va deteriorándose, rompiéndose las piezas, pegadas de mala manera con pegamento Imedio; todos esos iconos de una época -los sesenta y setenta de la gris España franquista- que, idénticos o muy similares, recordamos todos los que la hemos vivido. Y por sobre todo ello… ¡tanto amor!: la bata que le lleva la madre a su piso de estudiante en Zaragoza (Nunca más volveré a sentir aquella ternura), el silbido con el que se reconocían los padres cuando jóvenes, si se separaban o perdían entre la multitud de las fiestas (Jamás la he vuelto a oír, esa forma de silbar), la insólita confidencia del padre que provoca la perplejidad y el desconcierto del hijo: Pasó una señora y vi que allí había algo. Cuando se marchó, mi padre me dijo: 'esta habría sido tu madre si no me hubiese casado con tu madre'. Luego supe que había tenido una novia que dejó por mi madre; la visita a Melilla, un Vilas ya adulto, y la súbita conciencia de que el padre no podía saber entonces, cuando paseaba esas mismas calles mientras hacía allí el servicio militar, que su hijo iba a volver al mismo lugar sesenta años después; la estremecedora y palpitante recreación -forzosamente inventada- de la noche en que el narrador fue concebido, en un fragmento magistral que os dejo como cierre a esta reseña.

Y es insoportable la tristeza que deriva de la constatación de la vida huida, esfumada, desaparecida para siempre. La vida, es claro, no tiene sentido, todo se desvanece, todo se desmorona, nada perdura, todo se pierde, se difumina, se destruye, se olvida, nada puede ayudarnos tras la inevitable derrota, tras el irremisible fracaso. Somos apenas el desolado recuerdo del amor perdido, sobre todo del amor más incondicional, el de los padres. Estuve con mi padre cuarenta y tres años de mi vida. No ha estado conmigo una década, y ese es el problema moral más grande de mi vida: la década que llevo vivo sin la contemplación de mi padre, escribe. Y otro tanto en relación a la madre: es con ella con quien quiero estar para siempre. Y surgen, como gritos emocionados, los desesperados plañidos, las atormentadas quejas, la desolación indecible: El hecho de que jamás pueda volver a hablar con ellos me parece el acontecimiento más espectacular del universo, un hecho incomprensible, del mismo tamaño que el misterio del origen de la vida inteligente. O también: Estoy haciendo cualquier cosa y de repente aparece mi padre a través de un olor, de una imagen, a través de cualquier objeto. Entonces me da un vuelco el corazón y me siento culpable. Viene a darme la mano, como si yo fuese un niño perdido. Y todavía más explícito: Mi madre bautizó el mundo, lo que no fue nombrado por mi madre me resulta amenazador. Mi padre creó el mundo, lo que no fue sancionado por mi padre me resulta inseguro y vacío. Como no oigo sus voces nunca más, a veces me niego a entender el español, como si con sus muertes la lengua española hubiera sucumbido y ahora solo fuese una lengua muerta, como el latín. Y esta descripción sobrecogedora: Te has hecho especialista en las cosas que se pierden, te pasas la vida pensando en tu madre muerta y en tu padre muerto, como si no quisieras pasar a otro espacio de la experiencia humana, no quieres pasar porque justamente entre los muertos vive la verdad y lo hace de una forma luminosa. Cómo no temblar, compungidos, con este inmenso dolor: Era el paraíso. Fue mi paraíso. Fueron ellos mi paraíso, mi padre y mi madre, cuánto los quise, qué felices fuimos y cómo nos derrumbamos. Qué hermosa fue nuestra vida juntos, y ahora todo se ha perdido. Y parece imposible.

Y eso es, precisamente, Ordesa, el paraíso, el lugar feliz de un pasado que se dibuja así, en el relato de Manuel Vilas, como el refugio sentimental, el espacio simbólico -aunque también real- en el que se concentran todos los momentos privilegiados de comunión con el padre: Pensé que el estado de mi alma era un vago recuerdo de algo que ocurrió en un lugar del norte de España llamado Ordesa, un lugar lleno de montañas, y era un recuerdo amarillo, el color amarillo invadía el nombre de Ordesa, y tras Ordesa se dibujaba la figura de mi padre en un verano de 1969. E igualmente: Todo se concentró en un nombre, que es un topónimo: Ordesa, porque mi padre le tenía auténtica devoción al valle pirenaico de Ordesa y porque en Ordesa hay una célebre y hermosa montaña que se llama Monte Perdido. Más que morirse, mi padre lo que hizo fue perderse, largarse. Se convirtió en un Monte Perdido.

Ordesa representa, pues, la naturaleza, la vida, la biología, la “verdad”, la inocencia de la infancia, la vida por hacer, el amor, en particular el amor de y a los padres (La verdad es tu padre y tu madre), que se contraponen, en un juego de espejos a mi juicio muy relevante en el libro, a la mentira, a la sociedad, al capitalismo, a las artificiosas convenciones sociales, a una España cainita, un país chapucero, la España del éxito fácil, del odio, de la envidia, del rencor, de la mala leche, la España de la corrupción, de la especulación, del dinero, del materialismo, la España que maltrata a la pobreza, la que olvida lo que fue hace nada, la España de la modernidad contra la que el autor, en su lúcida y extremada conciencia de clase, lanza un bramido desgarrador, impotente y furioso. Una España en la que crecen los hijos, a los que el narrador quiere proteger (dejarles todo resuelto a los hijos) pero que vuelan ante el desconsuelo del padre, en particular en una “escena” tristísima en la que el narrador prepara un desayuno que el hijo, que ya ha abandonado la casa, nunca tomará: Son las galletas más desamparadas del planeta. Me pongo a hacer su cama (del hijo). También está desamparada, la cama. Y hay también, en este sentido, numerosas reflexiones sobre la paternidad (El misterio de la voluntad de ser, de la voluntad de que haya otro distinto a mí: en ese misterio se basan la paternidad y la maternidad), sobre las relaciones entre padres e hijos (No sé si mis dos hijos me amarán tanto como yo he amado a mis padres), sobre la imposible continuidad, todo se acaba, todo se desvanece, nada queda (No reconocería ahora a mis abuelos si volvieran a la vida porque nunca los vi mientras estuvieron vivos y porque no tengo una triste foto de ellos ni me hablaron de ellos (…) No existe tal parentesco. No existe la familia).

En fin, un libro altamente recomendable, este Ordesa que hoy he querido presentaros. Os dejo ya con una canción que habla de los recuerdos del padre: Dance with my father, de Luther Vandross: Cuánto me gustaría volver a bailar con mi padre de nuevo.


Son jóvenes los dos y se disponen a llamarme de entre la oscuridad. No soy. Nunca he sido. Sin embargo, fui presentido por todas las cosas hace millones de años. Todos hemos sido presentidos. Puedo viajar en el tiempo y ver cómo Juan Sebastián acaricia y besa a Wagner y yo estoy allí, esperando a que se me convoque.

En su placer está mi origen, en su melancolía tras el amor está la creación de la insaciabilidad de mi espíritu.

Veo la habitación, es el otoño del año 1961, es mediados de noviembre, no ha llegado el frío, se está bien en la calle, han abierto el balcón de su dormitorio para que entre la luz de la luna, son tan jóvenes, tan inmensamente jóvenes, que se creen inmortales, están allí desnudos, con el balcón abierto.

Hace un poco de fresco ya, dice Juan Sebastián. Y se queda mirando la desnudez de Wagner y yo ya estoy en ese vientre. Wagner se enciende un L&M. La lámpara de la mesilla proyecta una luz tenue. Se respira en esa habitación una felicidad inmensa. Cantan las paredes, las cortinas, las sábanas; la noche canta. En el Año Nuevo de 1962 ya sabrán que Wagner está embarazada. Pero no intuyen la criatura que se acerca. Ni yo sé la clase de criatura que se acerca. Juan Sebastián, en la noche de noviembre, después de haberme invocado dentro de Wagner, sale al diminuto balcón de la casa que sería mi casa y mira la noche, es una noche con hechizos en el aire, mira las casas de enfrente, la calle sin asfaltar, acaban de mudarse a esa casa nueva, con ascensor, huele a barniz la madera del ascensor, la calle está sin hacer, todo es nuevo, las persianas de madera, las baldosas, las paredes, las puertas de las habitaciones, que cierran a la perfección, y que dentro de cincuenta años no cerrará ninguna, se quedarán rotas, desencajadas de sus marcos. Nunca vi ese piso nuevo. Solo vi su deterioro, pero en la noche de mi concepción la casa estaba flamante, recién acabada de construir, oliendo a nuevo.

No puedes despertar a los muertos, porque están descansando.

Pero esa noche de noviembre de 1961 existió y sigue existiendo. Esa noche de amor, ese piso moderno, las paredes recién pintadas, los muebles recién estrenados, las manos jóvenes de los esposos, los besos, el futuro que solo es una idea ilusionante, el poder de los cuerpos, todo eso sigue en mí.

Gran noche de 1961, mes de noviembre, tranquilo, benigno, dulce. Sigues viva. Noche que sigues viva. No te marchas. Bailas conmigo una danza de amor.


Manuel Vilas. Ordesa