Vivo entre muchos libros y extraigo una gran parte de mis ganas de vivir del hecho de que aún leeré la mayoría de ellos. (Elias Canetti)

miércoles, 19 de julio de 2017

JANE AUSTEN. ORGULLO Y PREJUICIO

Hola, buenas tardes. Bienvenidos a una nueva emisión, la penúltima por este curso 2016/2017, de Todos los libros un libro. Como sabéis nuestros seguidores más habituales, en este mes de julio estamos proponiéndoos algunas lecturas que por su extensión o por su capacidad de abrirse a otros libros o a películas o a distintas manifestaciones artísticas relacionadas, y que por ello también debemos -y sobre todo queremos- conocer, requieren una considerable dedicación en tiempo, algo que quizá solo cabe en estos meses veraniegos, en los que coinciden las jornadas interminables y una holganza vacacional, que ahora, cuando apenas da comienzo, parece que no vaya a tener fin.

Este es sin duda el caso de mi propuesta de hoy, aunque, como veréis, resulta absurdo hablar de ella en singular. Porque esta tarde no os aconsejo la lectura de un libro sino una muy amplia variedad de ellos, complementada, además, con varias películas y hasta alguna serie televisiva. En realidad, lo que ahora os propongo es una invitación -una incitación- a adentraros en una experiencia global: una completa y feliz inmersión en lo que podemos denominar el “universo Jane Austen”.

Y es que Jane Austen, la ya clásica escritora británica, murió hace ahora doscientos años, el 18 de julio de 1817, en Winchester, capital del muy inglés condado de Hampshire, y este aniversario, celebrado en todos los medios en nuestro país (y obviamente en el suyo), es la excusa perfecta para plantearos mis apasionados consejos de lectura de su obra y de otras adyacentes.

Fundamentalmente quiero centrar el espacio en Orgullo y prejuicio, una de las grandes novelas de Austen, cuya relectura ha sido para mí una de las vivencias más felices en estos últimos meses. Luego, y siempre con el mismo motivo principal, os hablaré también de algunas secuelas actuales del libro, más o menos interesantes, en particular La muerte llega a Pemberley, de la escritora policiaca P.D. James; Sin compromiso, de Curtis Sittenfeld; o la insólita Orgullo y prejuicio y zombis, escrita por Seth Grahame-Smith. También son muy estimables la película, con el mismo título del libro, dirigida en 2005 por Joe Wright, con una Keira Knightley muy joven y brillante (en todos los sentidos, sobre todo el de esplendorosa), y la magnífica serie de la BBC, también bajo la rúbrica de la obra original, presentada en tres capítulos en 1995, con Jennifer Ehle y Colin Firth en los dos papeles principales.

Pero el que el eje central de mi reseña sea la formidable historia de las deliciosas hermanas Bennett no impide, antes al contrario, que amplíe mi propuesta a otras novelas magníficas de Jane Austen que yo no había leído hasta hace pocas semanas, como Sentido y sensibilidad, Mansfield Park, Persuasión o Emma, muchas de ellas con su más que digna traslación cinematográfica. Se trata, como podéis deducir de esta somera enumeración, de una enardecida llamada por mi parte para que abandonéis durante algunas semanas todas vuestras obligaciones -si es que en este período de asueto mantenéis viva alguna- para pasar a convivir en cuerpo y alma con los personajes de las obras mencionadas compartiendo sus peripecias en las impresionantes mansiones georgianas y los apacibles paisajes de la campiña inglesa en los que se desenvuelven sus tramas. Si os decidís a hacerlo, os recomiendo igualmente la indispensable página Jane Austen en castellano, completísima y repleta de información interesante. Excelente también, e inabarcable, Hablando de Jane Austen.

Pero vayamos de entrada con Orgullo y prejuicio, la más popular, quizá, de las novelas de nuestra invitada de hoy. El libro cuenta con varias ediciones en castellano, con formatos y traducciones diversas (son significativas y llaman la atención las discrepancias, a propósito de las muchas versiones al castellano de la obra, en las diversas formulaciones de la muy famosa frase inicial de la novela: Es una verdad universalmente aceptada que todo soltero en posesión de una gran fortuna necesita una esposa, que se recrea de unos libros a otros con una generosa variedad de interpretaciones). Yo os recomiendo la publicada en 2009 por Alba Editorial, en su colección Clásica Maior, una edición primorosa, bellísima, con una traducción impecable desde el punto de vista del profano, complementada con enjundiosas notas, de Marta Salís (hay un interesante trabajo de una experta, la profesora Nieves Jiménez Carra, de la Universidad Pablo de Olavide de Sevilla, acerca de las traducciones de Orgullo y prejuicio, que incluye un interesante análisis del modo en que se han vertido al castellano algunos términos de frecuente aparición en la obra de Jane Austen: abilities, accomplishments, manners y mind). El texto utilizado para la traducción es el de la primera edición de la obra, que vio la luz de forma anónima en 1813. Las ilustraciones, magníficas, que se entreveran en las páginas del libro y encabezan los distintos capítulos, son las de Hugh Thompson para la edición de 1894.

El hogar de los Bennet, una propiedad en Hertfordshire que por diversas consideraciones legales deberá pasar a manos ajenas tras la muerte del padre de familia, y por el que revolotean sus cinco jóvenes y casaderas hijas (Jane, Elizabeth -Lizzy-, Mary, Kitty y Lydia), se ve sacudido por la noticia, con la que se abre el libro, de que un rico y agraciado hombre soltero, el Sr. Bingley, ha alquilado una mansión vecina, la finca Netherfield. La Sra. Bennet ve en el acontecimiento la ocasión para que alguna de sus hijas pueda lograr una buena boda que resuelva tanto su propia vida como la del resto de la familia. Bingley aparecerá con sus hermanas y con un amigo, el Sr. Darcy, también atractivo e igualmente poseedor de una considerable fortuna, que despertará junto a su compañero el interés de las chicas. Enseguida se suceden los actos sociales -bailes, almuerzos, visitas, paseos- en cuyo curso aflorará la atracción recíproca entre el joven Bingley y la mayor de las jóvenes Bennet, la muy bella Jane. Por el contrario, el contacto entre Darcy y Elizabeth nace marcado desde muy pronto por los malentendidos -y aun más, la antipatía, la animadversión y la franca hostilidad- que provocan simultáneamente el carácter aparentemente orgulloso del varón, cuyos comentarios humillan a la chica, y las reticencias y prejuicios que ésta alberga sobre él a partir de la información que recibe de otras personas y que corroboran esa personalidad arrogante, altiva, proclive al desprecio y la altanería de un joven que desde el primer momento parece dejar claro que las notorias diferencias de clase con la familia Bennet lo enojan e irritan, lo aburren y alejan del inconveniente trato con sus miembros. Las otras hermanas, la muy seria Mary y las infantiles y frívolas Kitty y Lydia, tienen una menor presencia en el libro, aunque un controvertido comportamiento de esta última sí incidirá en la línea central de la trama. Un hilo argumental que se desarrollará dándonos cuenta de las vicisitudes por las que atraviesan las dos relaciones principales, singularmente la de Lizzy y Darcy, con sus vaivenes, lances, incidencias, idas y vueltas, acercamientos y separaciones, aproximaciones y rechazos, esperanzas y deseos, tropiezos y errores, hasta llegar a una conclusión que pese a ser previsible y bien conocida no voy a divulgar.

Pero como tantas otras veces nos encontramos en las obras maestras de la literatura, no es el desarrollo de la historia que se nos cuenta -su contenido: estamos, en el fondo, ante una magnífica novela de amor- lo esencial del libro, sino su estilo, la tensión narrativa que le imprime su autora y también la capacidad de ésta para la indagación en la psicología de sus personajes; su perspicacia y talento para la observación del comportamiento humano; la multiplicidad de temas que subyacen al relato; el talento de Jane Austen para ofrecer una precisa radiografía social de una época y de un ambiente, el de las clases media y alta en la sociedad rural de su tiempo, que aparecen descritos de un modo nítido aunque indirecto a través de los bailes, las visitas entre familias, las cartas y los mensajes, las invitaciones y los almuerzos, los pequeños detalles que marcan las diferencias de clase, las costumbres domésticas y, sobre todo, las ceremonias y los protocolos, los valores y rituales, las formalidades y la liturgia -también sus expectativas y sus afanes- del matrimonio, la institución que ocupa un lugar central en todas sus novelas (casarse había sido siempre su objetivo; era la única forma respetable de que una joven educada y de escasa fortuna se asegurara el porvenir y, aunque no garantizara su felicidad, era el mejor modo de no pasar privaciones).

En particular, y sin poder ahondar más en el asunto, destaca por encima de todos el personaje de Elizabeth, una chica inteligente, romántica sin caer en el empalago y racional, con personalidad propia, dotada de un ingenio vivísimo y una lengua afilada, valiente y atrevida, respondona e inconformista, por todo ello adelantada a su tiempo y en consecuencia muy moderna, hasta feminista avant la lettre, por esa su negativa a someterse a los dictados de las conveniencias y las formalidades sociales, por su radical insistencia en pensar por sí misma, por su lúcida obstinación en rechazar el papel que la época exige de una joven dama de su clase. Una figura literaria inolvidable.

Toda esta amplia variedad de referencias, significados e interpretaciones a los que se abre el libro no admite de ninguna manera una fidedigna traslación al cine, siempre más -forzosamente- reduccionista. Hay, al parecer, más de sesenta adaptaciones o desarrollos o recreaciones cinematográficas de las obras de Jane Austen, de las que yo quiero hablaros ahora de dos. En primer lugar, me ha interesado Orgullo y prejuicio, una película de 2005 dirigida por Joe Wright que cuenta con un reparto formidable, en el que destacan dos grandes nombres de la escena británica, la siempre solvente Brenda Blethyn en el papel de la Sra. Bennet y Judi Dench, que brilla en una aparición secundaria de lujo. También son reseñables, desde otra perspectiva más “mundana”, Carey Mulligan, en su primera presencia en un film en el rol de Kitty, una de las hermanas pequeñas, y la guapísima -y casi solo eso- Rosamund Pike como Jane Bennet, iluminando las escenas en que aparece. Y por encima de todos ellos, un como casi siempre genial Donald Sutherland, recreando al sarcástico, escéptico y socarrón Sr. Bennet, en una interpretación conmovedora en algunos momentos, como la conversación final con su hija Lizzy. Además, y, sobre todo, destaca una jovencísima y entonces aun por hacer Keira Knightley de la que su irresistible atractivo -y no hablo solo del físico- nos impide apartar los ojos de la pantalla.

La película, vista inmediatamente después de la lectura del libro, transmite una sensación de rapidez y aceleración tales que uno duda de si será posible la cabal comprensión de la historia por un espectador que no la conociera previamente en su versión literaria. Los brillantes planos secuencia, los laberínticos movimientos de cámara, las elipsis continuas, la sucesión de episodios que hacen avanzar la acción en sus elementos principales sin distracciones ni tiempos muertos, contrastan con la lentitud, la premiosidad, la detallada presentación de los personajes, la detenida exposición de sentimientos, el concienzudo análisis de los comportamientos que afloran en el libro. Sin embargo, la cinta resulta entrañable, deliciosas las hermanas, amable la madre, magníficos los actores secundarios (salvo el a mi juicio ostensible fallo de casting en la elección del actor que encarna a Bingley), reseñables las soluciones técnicas, sobresaliente la fotografía de exteriores, de una formidable pulcritud -como es costumbre en el cine británico- el mobiliario y la decoración, el vestuario y la ambientación (sorprende, por cuanto “inventa” lo que en el libro solo se apunta, el naturalismo en la recreación de la propiedad de los Bennet, las vacas, los cerdos, el lodo de los patios, la modestia del entorno, los muchos rasgos que subrayan la desigualdad de clase de la familia con sus acaudalados vecinos).

Y aún más apreciable que la película es la serie que, en seis capítulos, ofreció la BBC en 1995. Dirigida por Simon Langton, estamos ante cinco horas -aquí sí que la fidelidad al libro es más ostensible, la larga duración de la cinta permite disfrutar de los tiempos lentos, de la intensa indagación en las interioridades de los distintos caracteres, de la demorada recreación de los distintos episodios de la novela- de magnífica televisión -o cine, qué importa el medio- con, de nuevo, el acostumbrado rigor británico en la dirección artística, unos más que solventes actores, empezando por el extraordinario elenco de secundarios y terminando por un muy joven y algo excesivamente hierático Colin Firth, y, por último, una ejemplar traslación a la pantalla del rico universo de la obra literaria. Todas esas cualidades proporcionaron a la serie numerosos premios, sobre todo técnicos, aunque Jennifer Ehle, estupenda en su rol de Elizabeth Bennet, también consiguió el prestigioso BAFTA a mejor actriz.

Ya sin tiempo para más, un breve apunte para comentaros otros libros relacionados con Orgullo y prejuicio y para aconsejaros fervientemente el resto de la obra de Jane Austen. En La muerte llega a Pemberley, que publica Bruguera, escrita por la reconocida escritora de novela policíaca P.D. James, la acción comienza en 1803, seis años después del final del libro en el que se inspira. Elizabeth y Darcy, casados y con dos hijos, viven felices en la inmensa mansión de los Darcy en Pemberley. En la víspera de un baile de gala en la casa, el asesinato de un oficial en un bosque cercano desencadena la trama policial. El libro, deudor de la admiración de su autora por la literatura de Jane Austen, mantiene, más allá de los pormenores “criminales”, una línea de continuidad con la “obra-madre” -en el estilo, en el lenguaje, en la ambientación, en los principales rasgos y el carácter de los personajes-, resultando así una novela entretenida e interesante, que se lee con agrado como una suerte de prolongación de la novela principal y que representa, pues, en definitiva, un logro literario -ese “ensamblaje” de obra clásica y novela detectivesca- más que digno.

En Sin compromiso, novela de Curtis Sittenfeld de éxito en Estados Unidos y publicada hace unos meses en España por Siruela, nos encontramos con los personajes de Orgullo y prejuicio aunque reencarnados en modernos profesionales urbanos en Cincinnati. El lema con el que la editorial publicita el libro: “Un delicioso encuentro entre Orgullo y prejuicio y Sexo en Nueva York” resulta decisivo para no arriesgarse a perder el tiempo entre sus páginas.

Una tercera “secuela” -más bien una obra autónoma que traslada a nuestros días parte de las preocupaciones, pero no los personajes ni los escenarios, latentes en Orgullo y prejuicio- es La trama nupcial, una espléndida novela, esta sí muy recomendable- de Jeffrey Eugenides. De ella os hablé aquí hace un par de años.

Por último, la crítica ha valorado también la insólita Orgullo y prejuicio y zombis, escrita por Seth Grahame-Smith y publicada hace unos años por Umbriel. Se trata, al parecer (pues pese a las entusiastas valoraciones no la he leído por no encajar demasiado en mis preferencias), de una recreación del universo del clásico desde una perspectiva gore, repleta de cadáveres putrefactos, muertos vivientes, canibalismo, guerreras ninja, violencias varias y sangre por doquier. La visión irónica que impregna el libro se manifiesta desde el principio en la peculiar interpretación del ya mencionado inicio de la novela: Es una verdad universalmente reconocida que un zombi que tiene cerebro necesita más cerebros. Hay también, creo, versión cinematográfica.

Por último, quiero destacar también algunas otras novelas de Jane Austen, en algunos casos de tanta calidad como Orgullo y prejuicio y de lectura igualmente arrebatadora y placentera. Yo conozco -y he disfrutado- Juicio y sentimiento, Mansfield Park y Emma, teniendo pendiente de lectura Persuasión, todas en Alba Editorial y todas compartiendo parecidos referentes estilísticos y literarios y similares preocupaciones y temáticas. Volveré sobre alguna de ellas en otras reseñas el curso próximo.

De casi todas hay también adaptaciones fílmicas, entre las que destacan Sentido y sensibilidad (la traducción para el cine de Juicio y sentimiento), que dirigió en 1995 Ang Lee, con Emma Thompson, Kate Winslet, Hugh Grant y el recientemente fallecido y siempre espléndido Alan Rickman; y, menos interesante, Emma, con Gwyneth Paltrow en el papel protagonista a las órdenes de Douglas McGrath, en una película de 1996.

En fin, la lista de ramificaciones literarias y cinematográficas de la obra de Jane Austen es interminable y la propia imposibilidad de abarcarlas todas me lleva a cerrar aquí esta reseña. Os dejo, pues, con una aproximación más, ésta musical, al universo de la escritora inglesa. La cantante neozelandesa Holly Cristina nos habla de su experiencia como lectora de Jane Austen en una canción del mismo título.


A pesar de todas las preguntas que hizo la señora Bennet, ayudada por sus cinco hijas, no sonsacó a su marido una descripción convincente del señor Bingley. Las cinco le atacaron de diversos modos: con preguntas directas, con suposiciones ingeniosas y con vagas conjeturas; pero él logró eludir el asedio, y ellas no tuvieron más remedio que contentarse con la información de segunda mano de su vecina lady Lucas. Las palabras de ésta fueron muy elogiosas. Sir William estaba encantado con el nuevo inquilino de Netherfield. Era muy joven, y extraordinariamente apuesto y amable, y, por si fuera poco, pensaba asistir a la próxima fiesta con un numeroso grupo de amigos. ¡Las noticias no podían ser mejores! La afición al baile era en cierto modo un primer paso hacia el amor; y más de una joven abrigó la esperanza de conquistar el corazón del señor Bingley.

—Si pudiera ver a una de mis hijas felizmente instalada en Netherfield —dijo la señora Bennet a su marido—, y a las otras cuatro igual de bien casadas, todos mis deseos se verían colmados.

A los pocos días el señor Bingley devolvió la visita al señor Bennet, y pasó diez minutos con él en su biblioteca. Había ido con la ilusión de ver a sus hijas, pues había oído hablar de su belleza; pero sólo vio al padre. Las jóvenes fueron algo más afortunadas, ya que, desde una ventana del piso superior, tuvieron ocasión de comprobar que el nuevo vecino vestía una casaca azul y montaba un caballo negro.

No tardaron en enviarle una invitación para cenar; y la señora Bennet había elegido ya los platos que le permitirían lucirse como ama de casa cuando llegó una respuesta que lo demoró todo. El señor Bingley tenía que trasladarse a Londres al día siguiente, por lo que, lamentándolo profundamente, etcétera, no podía aceptar la amable invitación. La señora Bennet se quedó muy desconcertada. Era incapaz de imaginar qué asunto podía llevar al joven a la ciudad nada más instalarse en Hertfordshire; y empezó a temer que se pasara la vida yendo de un lugar a otro, sin hacer lo que debía: fijar su residencia en Netherfield. Lady Lucas consiguió tranquilizarla un poco al sugerir que tal vez viajara a Londres en busca del grupo de amigos que le acompañarían al baile; y no tardó en circular el rumor de que el señor Bingley asistiría con doce damas y siete caballeros. A las jóvenes les disgustó aquel número tan elevado de señoras; pero se consolaron al oír la víspera del festejo que sólo habían llegado de Londres seis mujeres: sus cinco hermanas y una prima. Y, cuando el grupo entró finalmente en el salón de baile, lo componían únicamente cinco personas: el señor Bingley, sus dos hermanas, el marido de la mayor y otro caballero.

El señor Bingley era un joven apuesto y distinguido; tenía un rostro muy agradable, y maneras sencillas y afables. Sus hermanas vestían con auténtica elegancia, a la última moda. Su cuñado el señor Hurst, que de caballero tenía sólo la apariencia, pasó casi inadvertido, pero su amigo, el señor Darcy, llamó en seguida la atención de los presentes por su elevada estatura, hermosas facciones y porte aristocrático; y porque a los cinco minutos de su llegada corrió el rumor de que tenía una renta de diez mil libras anuales. Los caballeros reconocieron su atractivo, y las damas dijeron que era más guapo que el señor Bingley, y todo el mundo le contempló con admiración durante la primera mitad de la velada, hasta que sus modales indignaron a todos y dieron un vuelco a su popularidad; pues se hizo patente que era un hombre orgulloso, que se sentía superior a los demás y no se contentaba con nada. Y ni siquiera su extensa heredad de Derbyshire impidió que le consideraran una persona desagradable y antipática, indigna de ser comparada con su amigo.

El señor Bingley no tardó en conocer a todos los vecinos ilustres allí congregados; era un joven alegre y expansivo, bailó todas las piezas, lamentó que la reunión terminara tan pronto, y prometió organizar un baile en Netherfield. Semejantes cualidades hablan por sí mismas. ¡Qué contraste entre él y su amigo! El señor Darcy se limitó a bailar una vez con la señora Hurst y otra con la señorita Bingley, no quiso que le presentaran a ninguna dama, y pasó el resto de la velada dando vueltas por el salón y hablando de vez en cuando con algún miembro de su grupo. Todos se formaron la misma opinión de él. Era el hombre más orgulloso y desagradable del mundo, y ojalá no volviera a aparecer por allí. Entre sus críticos más feroces estaba la señora Bennet, que, además de censurar su conducta en líneas generales, se sentía indignada por el hecho de que hubiera desairado a una de sus hijas.

miércoles, 12 de julio de 2017

RICHARD RUSSO. NI UN PELO DE TONTO; TONTO DE REMATE

Hola, buenas tardes. Bienvenidos a una nueva edición de Todos los libros un libro, el espacio de recomendaciones de lectura de Radio Universidad de Salamanca. Como sabéis, a lo largo de este mes de julio las emisiones radiofónicas se suspenden en tanto no se reanude el curso académico, pero yo sigo hablándoos aquí, en el blog del programa, de libros que creo interesantes para vosotros, nuestros seguidores más habituales.

Recordad también que en este paréntesis veraniego mis propuestas pretenden brindaros experiencias lectoras intensas y también “extensas”, que se acomodan muy bien a los vastos períodos de tiempo de ocio de los que casi todos podemos disponer en vacaciones. Así, en las cuatro reseñas de estas semanas de julio comparecerán -lo están haciendo ya- obras de gran extensión, con un elevado número de páginas, que aseguran interminables horas de disfrute; sugerencias que agrupan varios títulos -como es el caso de las que os haré hoy-; e incluso -y ello ocurre también esta tarde- referencias que se abren a otros territorios no estrictamente literarios, singularmente el cinematográfico, con libros que han sido objeto de traslación a la gran pantalla y que permiten por tanto completar -multiplicándola- la siempre fecunda y placentera inmersión en la lectura.

Partiendo de estas premisas, ahora os traigo dos libros y una película que os van a permitir adentraros en el entrañable y divertido, en el melancólico y arrebatador, en el profundamente adictivo universo de Richard Russo, el estupendo escritor norteamericano. La editorial Navona publicó en octubre de 2016 Ni un pelo de tonto, que ya había visto la luz hace años (el original es de 1993) en la editorial Anagrama, en una reedición que mantiene la traducción primera de Maribel de Juan. Dos meses después, la misma editorial presentó la “continuación” de ese libro, Tonto de remate, que en versión de Enrique de Hériz aparece por primera vez en nuestro mercado casi al tiempo de su publicación en Estados Unidos. Los mayores de entre vosotros quizá recordéis la película que con el mismo título de la primera novela, dirigió Robert Benton en 1994, con el protagonismo de un Paul Newman casi crepuscular pero espléndido bordando el papel del tierno Sully sobre el que gravitan las novelas, y con la aparición en roles secundarios de Jessica Tandy, Melanie Griffith, Bruce Willis y Philip Seymour Hoffman, algunos de ellos ya desaparecidos. De las tres obras quiero hablaros a continuación para recomendároslas con apasionado entusiasmo.

Ni un pelo de tonto nos sitúa a mediados de los ochenta en North Bath, un pueblo sin especial atractivo en el nordeste de Estados Unidos. Con un pasado reciente de relativo esplendor, a causa de un turismo que llega atraído por la existencia de unos manantiales de aguas minerales en su demarcación, el agotamiento de esas fuentes acabó también con las posibilidades de expansión del lugar, que ahora languidece, dejándose ir en su insignificancia, ajeno al paso del tiempo, al margen del progreso que pasa a escasos kilómetros por la autopista interestatal que une, desde el sur, a Nueva York con la cercana, por el norte, Canadá, una ruta que hace prosperar, por el contrario, a la vecina -y encarnizada rival- Schuyler Springs, beneficiada por los caprichosos designios de una naturaleza que hace emerger ahora en su circunscripción las benéficas aguas.

En este escenario vulgar, la trama transcurre en una semana larga cercana a la nevada Navidad y gira en torno a Donald Sullivan, Sully, un cascarrabias pero simpático sesentón que, divorciado, con un hijo al que apenas ha visto desde que lo abandonó, hace casi treinta años, junto a su madre, amante clandestino -en la medida que el secreto es posible en una comunidad tan pequeña y cerrada en sí misma- de una mujer casada, sin empleo y sin ingresos regulares, medio lisiado a causa de una caída que le destrozó la rodilla, rabiosamente independiente pero en el fondo solitario y perdido, deambula de una chapuza a otra, de una barra de bar a otra, de una timba a otra, de un lío a otro, en una serie de incidentes triviales y anodinos -como lo es la vida en la reducida ciudad-, casi todos muy divertidos, en los que aflora la ironía burlona, la nobleza, la integridad, el alto sentido de la amistad, pero también el desconcierto, la irresponsabilidad, la íntima tristeza de un personaje formidable al que resulta imposible no coger cariño.

Tres son los aspectos por los que, a mi juicio, la lectura del libro es indispensable, aparte de por la extraordinaria maestría del autor, por la potencia de su narración, por su magnífico talento para los diálogos, por su ingenio y su acerado sentido del humor, por su sobresaliente capacidad para retratar la vida “verdadera”: la inmensa creación de Sully, una figura inolvidable, perfilada con hondura y verdad, con autenticidad, con verosimilitud, un pícaro ingenioso y burlón pero atractivo y humanísimo, con sus conflictos internos, con su pasado tortuoso y su futuro improbable (pese a que en la segunda novela, como luego veremos, pierde parte de su protagonismo y su presencia es más “lateral” aunque siempre primordial); la soberbia galería de secundarios, hombres y mujeres del común, con sus frustraciones y sus esperanzas, con sus existencias mediocres, con sus ilusorios sueños que ellos mismos saben imposibles desde su encierro en aquel oscuro rincón del mundo; y, por último, la genial descripción -casi podría decir la fotografía- del villorrio, un microcosmos, representativo de tantos pueblos de Estados Unidos -y por extensión de esa enorme parte del país, la que no se concentra en las grandes urbes (la que hace unos meses mayoritariamente votó a Trump)-, que tanto hemos visto en el cine y que, en su “fauna” variopinta, y al margen de opciones políticas, tan bien reflejan las vidas humanas sin relieve (en realidad, la gran mayoría de nuestras vidas de gentes anónimas y sin importancia).

Sully es, sin duda, en esa tipología tan común en la sociedad norteamericana, un perdedor. Marcado por una infancia difícil, con una relación conflictiva con un padre autoritario y bebedor que sometía a la familia -empezando por la esposa y siguiendo por los hijos- a abusos físicos y verbales (significativo, en este sentido, el largo fragmento que os dejo al término de esta reseña), pronto abandona los estudios y una incipiente carrera deportiva y huye de su opresivo hogar para alistarse en las tropas americanas que combatirán a Hitler en la segunda guerra mundial. A su vuelta, los padres fallecidos mientras él luchaba en Europa, su vida va dando tumbos, sin propósito ni aparente destino. Pero su pasado no aflora en la novela más que de un modo indirecto, en las escasas rememoraciones a las que se entrega muy de vez en cuando. Su presente, ya con sesenta años, nos lo muestra viviendo modestamente en el alquilado piso superior de la casa de su antigua maestra, la señorita Beryl Peoples, que le acoge por el afecto que le profesa desde niño. Sully sobrevive trampeando con su desvencijada camioneta en pequeños trabajos que van surgiendo aquí y allá, casi siempre bajo la despótica autoridad de su jefe, el cínico pero afectuoso Carl Roebuck, arreglando una barandilla, cargando unos bloques de hormigón, levantando la tarima de una casa derruida, limpiando la nieve que se acumula en las puertas de los vecinos, sumido en un mar de deudas, acumulando multas impagadas, apostando, sin demasiada confianza, a la triple gemela semanal de las carreras de caballos, engañando -sin malicia- a unos y otros, encontrándose, furtivo, con su amante Ruth -veinte años de apagada y desesperanzada relación adúltera- en moteles escondidos, metiéndose en líos, pasando breves temporadas en la acogedora cárcel del pueblo por diversos incidentes en que -borracho o no- aflora su condición de antiguo camorrista, eligiendo siempre las alternativas menos recomendables (De hecho, Sully estaba en la mitad de una de esas emocionantes rachas de estupidez que tanto habían caracterizado su vida adulta), equivocándose -en el amor, en la paternidad, en el trabajo, en las opciones de vida-, fracasando en su existencia mediocre, envejeciendo sin darse cuenta, indiferente al correr del tiempo en sus rituales cotidianos, limitados, insignificantes, grises. Su vida era como el rodaje de una película de bajo presupuesto, se dice en un momento del libro que, sin embargo, nos lo presenta también como un tipo aún atractivo a su edad, consciente de su encanto, simpático, cariñoso y despegado, cachazudo y paciente, escéptico y cáustico, tozudo, olvidadizo e irresponsable. Sully, el hombre menos digno de confianza de Bath, leemos en un momento de la novela. Y también: Un dinosaurio que consumía su tiempo pacientemente hacia la extinción. Y aun con más énfasis: Un hombre condenado al olvido en vida, un hombre que había llegado a la cumbre a los dieciocho años y desde entonces había estado hundiéndose en un merecido olvido.

Sully, simplemente, ha desperdiciado su vida, tal y como le augurara su maestra: ¿No lamentas no haber hecho más con la vida que Dios te dio? -se pregunta- Ni siquiera en ese momento podía estar seguro. ¿Tenía que lamentarlo? ¿Disfrutar tanto de la manera más dura de hacer las cosas había sido un error? ¿Y rechazar las dudas y los lamentos antes de que llegaran a arraigar? ¿Había sido egoísta por su parte asegurarse de que, al final del día, su destino estuviera en un taburete de barra de bar, entre hombres que, igual que él, hubieran escogido jurar fidelidad a sus instintos, y no a sus familias, o a la convención, o siquiera a algo que ellos mismos hubieran prometido con anterioridad? Su único consuelo -si llega a serlo-, su único atisbo de felicidad, se produce cuando cierra sus caóticas jornadas dando muestras de su humor mordaz en el Hattie’s, en The White Horse o en Jennie’s Pizza, los deplorables y grasientos lugares de encuentro de Bath, mientras bebe cervezas con su cohorte de amigos, a cual más patético. Así lo reconoce, con desalentada lucidez: Y al dejarte caer en un taburete del Horse, al cabo de una hora… la perfección. Los esfuerzos del día, resguardados ya a salvo en el pasado, contribuían a que la cerveza estuviera más fría. Y si la cerveza estaba bien fría no te importaba tanto que fuera barata o, más exactamente, que te hubiera tocado una vida de cervezas baratas. Y al llegar el viernes, perseguir a Carl Roebuck y obligarlo a hundir la mano en el bolsillo del pantalón para sacar su rulo de billetes de veinte y cincuenta y mirarlo mientras el muy hijoputa iba pelando un billete tras otro a regañadientes hasta quedar en paz, hasta que pagaba el último maldito dólar que te habías ganado, bueno, ¿podía haber algo más satisfactorio? Esa había sido la vida de Sully hasta hacía bien poco y no, no se había hartado de ella; lo que pasa es que la edad y la enfermedad lo habían echado a la cuneta, como le ocurre, admitámoslo, a todo el mundo. Simplemente le había llegado la hora.

Y en su sombrío y conmovedor periplo por la vida, encerrado en las reducidas dimensiones del poblacho, acompañan a Sully una serie de personajes tan tristes y carentes de expectativas como él mismo, y como él adorables. El elenco es admirable, una enternecedora sucesión de fracasados, conmovedores en su incapacidad para encontrar la más mínima posibilidad de realización vital, todos retratados por la maestría de Richard Russo con hondura y verosimilitud. Y así, nos familiarizaremos -y llegaremos, en mayor o menor medida, a quererlos- con la jubilada señorita Peoples, la antigua maestra y actual casera de nuestro protagonista, que habla con su marido muerto y recibe consejos de una máscara africana, mientras mantiene con Sully una entrañable relación de afecto; el vividor Carl Roebuck, que pese a estar casado con la chica más guapa del condado, se acuesta con cuanta mujer se pone a tiro mientras arruina el negocio familiar para el que trabaja esporádicamente el bueno de Sully, con el que mantiene una ambigua pero cordial relación de rechazo y amistad; la citada Toby, la esposa de Carl, sufriente y soñadora, una joven inocente y atractiva de la que Sully está enamorado sin esperanza; Rub Squeers, de limitado intelecto, afable y bonachón, que depende emocionalmente -hasta la obsesión- de su amigo y compañero de tareas Sully; Wirf, el afable abogado de nuestro héroe, enfermo y cojo, un letrado que no gana un pleito desde hace años, capaz de apostar su pierna ortopédica en las inefables timbas de strip poker con su cliente y sus inefables amigotes; el irónico y punzante juez Barton Flatt; Ruth, la amante ocasional de Sullivan, desengañada en su existencia sin horizontes; Zack, su comprensivo y bondadoso marido; la exmujer de Sully, Vera, que ha olvidado -no del todo- a su caótico primer cónyuge con su nuevo esposo, Ralph, que ejerce de “padre” de Peter, el hijo biológico de nuestro protagonista, un profesor universitario que reaparecerá en la vida de su verdadero progenitor inopinadamente tras décadas de alejamiento; Cass, otra mujer frustrada, agostándose tras la barra del Hattie’s, saliendo en pos de su madre -la Hattie que da nombre al bar- cada vez que esta -perdida la razón- huye de casa adentrándose en la nieve en zapatillas y camisón; el agente Douglas Raymer, un deplorable policía, acomplejado e inseguro, cuyo estricto sentido del orden choca con la disparatada espontaneidad del inconsciente y testarudo Sully; el hijo de Beryl Peoples, Clive, al que Sully denomina con sarcasmo Banco (Finanzas en la versión cinematográfica), un banquero de mediana edad, desdichado e inseguro, que ha depositado todas sus esperanzas vitales en la puesta marcha de un proyecto inversor -La última escapada- que revitalizará la pequeña ciudad; y tantos otros, todos caracteres muy logrados, muy creíbles, hasta reales podríamos decir, fácilmente reconocibles en su corriente vulgaridad.

Todos ellos pululan -sin parar de hablar, soltando ocurrencias divertidísimas, en diálogos chispeantes, agudísimos, rezumando sorna y sentido del humor- arrastrando su ausencia de perspectivas vitales, su melancólico desencanto, hecho a medias de ironía y aceptación, de desengaño y frustración, por los reducidos escenarios del pueblo, un North Bath emblema, como he dicho, de todos los pueblos de Estados Unidos (y hasta diría de todos los pueblos del mundo), comunidades opresivas, cerradas, endogámicas, cortas de miras, llenas de secretos, de prejuicios, hervidero de rumores, de ambiente irrespirable aunque en el fondo acogedor y confortable, pues favorecen una existencia acomodaticia y sin demasiados problemas. Las gentes de Bath necesitaban creer -se dice en el libro- que la suerte regía el mundo y que a ellos les había tocado la mala y así seguiría por los siglos de los siglos, amén, un credo que los liberaba y les brindaba la excusa para no comprometerse de verdad con el presente, y mucho menos con el futuro. Gentes -y pueblos- conformistas, conservadores en el peor sentido de la palabra, mediocres, vulgares, simples pero complejos -valga el oxímoron- y a la vez -quizá por ello- muy humanos, muy normales, muy auténticos, de ahí el extraordinario valor de la novela como notable y fiel reflejo de la realidad, esa realidad que aflora en su máxima expresión y podemos constatar en los momentos -innumerables en ambos libros- en que los vecinos se encuentran, se entristecen y bromean sentados en los taburetes de una barra de bar.

El mismo escenario e idénticos personajes, con alguna salvedad -la señorita Peoples ha muerto, Toby ha huido de su matrimonio infortunado, Vera ha perdido la cabeza y permanece recluida en una residencia, el juez Flatt acaba de fallecer y su entierro abre la novela- comparecen en Tonto de remate, cuya trama se desarrolla diez años después de la del primer libro. El protagonismo recae esta vez en Douglas Raymer, que ha llegado a ocupar el cargo de jefe de la policía local y que, más allá de su lamentable presencia en la historia inicial, es ahora un personaje más hecho, con más facetas, más poliédrico e interesante. Sully, con sus mal llevados y achacosos setenta años, permanece fiel a sus rasgos característicos y, solventados sus problemas económicos por una herencia y el inesperado acierto en las apuestas hípicas, mantiene sin embargo su indefinición vital, su capacidad para meterse en líos, su falta de compromiso (aunque quizá se trate solo de una pose), su mirada irónica y su personalidad cariñosa y triste. La trama argumental es disparatada, llena de peripecias regocijantes, pero con ese poso melancólico que hace muy emotiva e irresistible la lectura. Una lectura que, con entusiasmo, también os recomiendo.

Como lo hago también con la película de 1994 en la que un impecable Paul Newman -en quien Richard Russo pareciera que hubiese pensado mientras escribía la novela, hasta tal punto “es” Sully- vive bastantes de los episodios del libro que, no obstante, ha sido “depurado”, por obvias razones de concentración temporal, de algunos de sus elementos (ni rastro del conflictivo pasado familiar de Sully, ni de la figura del padre; desaparecida también Ruth y la relación adúltera con el protagonista, entre otras “omisiones” no tan llamativas; sí lo es, sorprendente, una especie de atisbo final feliz alternativo, en nada semejante al del libro). El filme, al que se le nota -sobre todo en aspectos estéticos y formales- el paso del tiempo -veintitrés años son una eternidad cuando se está reflejando la vida cotidiana, tan cambiante a estas alturas del siglo- es más que digno, provoca nuestra emoción y nos mantiene atados a la pantalla con una sonrisa agridulce. Contribuyen a ello, claro está, no solo la base literaria de la que procede, cuyo espíritu, en general, se conserva, sino también el muy bien elegido elenco, empezando por el espléndido Paul Newman, siguiendo por la añorada Jessica Tandy, y finalizando por el resto de secundarios -todos tan jóvenes, dos décadas y media atrás: Melanie Griffith en el papel de Toby Roebuck; Bruce Willis como Carl, su marido; el malogrado Philip Seymour Hoffman, en su episódica aparición como el policía Raymer; y otros actores menos conocidos -sus nombres, no sus caras, que seguro os sonarán si revisáis la película-, como Pruitt Taylor Vince, inmenso en el rol de Rub, o Philip Bosco encarnando al socarrón juez Flatt.

En fin, entrad en el “tonto” universo de Richard Russo, os aseguro horas de inmenso placer, aparte de la oportunidad de vivir una profunda inmersión en los entresijos más íntimos del alma humana. If I could, la recreación que hicieron Simon & Garfunkel de la pieza del folclore tradicional andino El cóndor pasa, y que suena en un momento de la segunda novela, cierra esta muy larga aunque espero que estimulante reseña.



De niño, en la mesa de su padre, con frecuencia, aunque involuntariamente, Sully había enfurecido a su padre, hombre de prodigioso apetito que había conocido e hambre y consideraba los remilgos de Sully como una afrenta a la comida y a su proveedor. En tales ocasiones la mesa se convertía en un campo de batalla. El Gran Jim no podía comprender que ciertos alimentos que Sully encontraba ofensivos pudiesen provocarle el reflejo de la náusea, que el niño había aprendido a controlar tomando bocados muy pequeños y masticándolos hasta que prácticamente no quedaba nada, momento en el que le era posible, con gran esfuerzo de voluntad, tragarlos. Pero el proceso llevaba mucho tiempo, y mientras masticaba y masticaba el bocado, la ira de su padre ardía en rescoldo. Sully siempre lo notaba sin tener que levantar la vista del plato, y saber que su padre estaba a punto de estallar en llamas no facilitaba la tarea de masticar. Intentaba apresurar el renuente pedazo de cartílago, tragarlo antes de que fuera posible, y entonces el pedazo de carne se le quedaba atascado en el fondo de la garganta hasta que le daban arcadas y lo escupía en la servilleta. Entonces su padre cogía la servilleta, la abría y obligaba a Sully a examinar lo que no había querido bajar por su garganta. Visto a la dura luz amarilla de la cocina, a Sully siempre le sorprendía lo pequeño que era el bocado que había en la servilleta en un charco de mucosidad. En su garganta le había parecido diez veces más grande.

-¿Es esto lo que me dices que no puedes tragar? -decía su padre con las manos temblándole por la ira.

Luego se lo enseñaba a la madre de Sully, y a veces su negativa a mirarlo hacía que parte de su cólera se transfiriera a ella, por lo cual Sully siempre estaba agradecido.

Había algo en su padre -y Sully lo había intuido incluso cuando era niño- que siempre le impulsaba a hacer las cosas mal.

-Déjale en paz -le aconsejaba la madre de Sully sabiamente-. Al asustarle, lo único que haces es empeorar las cosas.

-¡Asustarle! -aullaba siempre el Gran Jim-. ¡Dios Santo, todo le asusta! Un pedazo de zanahoria le asusta. ¿Qué pasará cuando tropiece con algo realmente temible? ¿Qué pasará entonces?

-Lo único que digo -decía su madre en voz baja, sabiendo bien que era mejor no levantar la voz cuando su marido estaba en aquel estado- es que come mejor cuando le dejas en paz. Si le gritas seguro que no comerá- Lo sabes.

-Te diré lo que sé -decía su padre, volviéndose a Sully-. Se va a comer este estofado. Hasta el último bocado. Aunque tengamos que estar sentados aquí hasta el martes. Si vomita, le pondremos otro plato, y en ese habrá más cantidad de estofado. Cada vez que vomite, le pondremos más estofado, hasta que se le quede dentro.

Así que permanecían sentados en la diminuta cocina, siempre la habitación más caliente de la casa, después que habían retirado todos los platos de la mesa excepto el pequeño plato sopero de Sully, lleno de estofado de cordero; Sully se atragantaba con las lágrimas y con el estofado durante lo que parecían horas, mientras su madre y su hermano permanecían exiliados en el porche por orden de su padre. Estaban únicamente ellos dos, solos con sus pensamientos y la comida, que desaparecía grano a grano al tiempo que Sully tragaba sollozos de miedo con cada bocado. Hacía una pausa cuando sentía que se le revolvía el estómago hasta que estaba seguro de que aceptaría el próximo bocado, todo bajo la firme mirada de su padre. Creía la amenaza de su padre de que continuaría dándole más estofado, razón por la que no se atrevía a vomitar lo que ya se había forzado a tragar. Hubiese preferido morirse antes de volver a empezar.

-Ya está -decía su padre cuando Sully había tragado la última porción y dejaba caer la cabeza, que le latía a causa del esfuerzo.

Cuando terminaba, se sentía exhausto, capaz de ponerse a dormir allí mismo, sentado muy erguido en la silla de la cocina, durante días. Después de depositar el plato en el fregadero, el Gran Jim se volvía a Sully.

-Te lo has comido, ¿ves? -decía, y Sully se daba cuenta de que su padre seguía furioso, que su ira no había disminuido por el logro de Sully.

Incluso sospechaba que su padre estaba secretamente decepcionado de que la prueba hubiese terminado. Había esperado que su hijo devolviese la comida y había deseado tener la oportunidad de cumplir su amenaza de obligarle a comerse otro plato. Comprender eso era más difícil de tragar que el cordero y casi le hacía vomitar, pero Sully se las arreglaba para conseguir mediante un acto de voluntad que la comida se quedase donde estaba.

-¿Has aprendido algo esta noche? -preguntaba su padre.

Sully adivinaba que lo que quería su padre que aprendiera era quién era el amo en el número 12 de Bowdon Street, así que asentía.

-Porque podemos hacer esto todas las noches hasta que aprendas quién es el amo aquí. -Su padre permanecía de pie fulminando a Sully con la mirada-. Puedes pelear conmigo todo lo que quieras, pero no vas a ganar.

Pero resultó que su padre se equivocaba. La noche siguiente, Sully, en un estado de excitación nerviosa y miedo aún mayor, tuvo que ser llevado a la mesa por su madre cuando su padre se negó a aceptar la afirmación del niño de que estaba enfermo. Le habría convenido aceptarla. Sully tomó un bocado de los humeantes macarrones de su madre, que los había hecho precisamente porque eran blandos y no necesitaban mucha masticación, y devolvió el almuerzo de la escuela sobre la mesa. Por alguna razón esto no había enojado a su padre tanto como la masticación de la noche anterior, la incapacidad del niño para tragar. Y Sully se dio cuenta, con sorpresa y alivio, de que su padre había estado faroleando la noche anterior. No tenía ninguna intención de entablar un largo combate todas las noches. Aquella noche, por ejemplo, su padre sentía una urgencia particularmente fuerte de marcharse de casa para ir a la taberna de la esquina, así que cuando vio el desastre que Sully había producido en la mesa, se levantó tranquilamente, le lanzó a su esposa una mirada de desprecio y salió por la puerta. No volvió hasta muy tarde, después de que cerraran la taberna, y entonces la tomó con la madre de Sully, no con él. Sully, que no había podido dormir, lo oyó todo, primero a su padre vociferando, luego la bofetada que resonó por toda la casa, el grito de sorpresa de su madre y luego el silencio. Sully recordaba haber sonreído para sí en la oscuridad. Había ganado, después de todo.

miércoles, 5 de julio de 2017

ANNIE PROULX. EL BOSQUE INFINITO

Hola, buenas tardes. Bienvenidos a Todos los libros un libro, el espacio de recomendaciones literarias de Radio Universidad de Salamanca, que abre hoy las emisiones del mes de julio con la primera de cuatro sugerencias de lectura que he reservado especialmente para este mes veraniego en el que, como ya he señalado en numerosas ocasiones, nuestra disponibilidad de tiempo para dedicar a los libros suele ser mayor, tanto por la más larga duración de estos días estivales como porque este hecho suele coincidir con las vacaciones para muchos de nosotros, que podemos encarar así las muy extensas y luminosas y descansadas y apacibles jornadas de julio con la estimulante expectativa de nuevas apasionantes lecturas. Y apasionantes son sin duda las cuatro propuestas que os ofreceré antes de que finalice nuestra temporada radiofónica por este curso, empezando por la de hoy, una monumental novela, de casi ochocientas cincuenta páginas, que estoy seguro os proporcionará unos cuantos días de entregada, entusiasta y enfervorizada lectura.

Se trata de El bosque infinito, el último libro de Annie Proulx, una autora muy conocida, que alcanzó un notable éxito cuando uno de sus cuentos, Brokeback Mountain, fue la base de la película del mismo título que, dirigida por Ang Lee, cosechó numerosos premios hace ahora una década. El bosque infinito vio la luz en la Editorial Tusquets el pasado 2016 traducida por Carlos Milla Soler en una versión que, sobre todo en sus cien primeras páginas -a partir de ahí acabas por acostumbrarte-, resulta hasta irritante por la presencia de anacronismos y fallos varios, no sé si debidos a limitaciones del texto original o a opciones léxicas de su traductor. Así por ejemplo, el uso de la expresión “alta tecnología” para referirse a un sin duda entonces novedoso modo de encender el fuego con un espejo, utilizado por los indios nativos americanos a finales del siglo XVII, fechas “sospechosas” para tan sofisticada denominación. Igualmente chirrían la constante reiteración del término “cafetería” (¡¡a principios del siglo XVIII!!) para aludir a las que quizá más convenientemente hubieran debido ser llamadas “casas de café” (el vocablo “cafetería” no se registra como tal en castellano hasta el siglo XX) o la alusión al “colectivo” de médicos de barco en las Compañías de las Indias, un uso, este de “colectivo”, parece que deudor de nuestra contemporaneidad más reciente. Del mismo modo, llama la atención la errónea construcción “el municipio incautó las tierras”, en vez del correcto “el municipio se incautó de las tierras”, un fallo bien común en nuestros ignaros periodistas. Por último, en esta muestra a vuelapluma, el catalanismo “desboscar” -no reconocido en el Diccionario académico de la lengua española- aparece con inusitada frecuencia en un texto en el que el protagonismo recae, de manera principal y ya desde su título, en los bosques. Pero más allá de estos enojosos obstáculos que, como digo, entorpecen al principio la lectura, pero no impiden su disfrute, El bosque infinito es una novela espléndida que merece vuestra atención.

Estamos en 1693. Charles Duquet y René Sel desembarcan en Nueva Francia, en los inmensos espacios del nordeste de América colonizados por el país europeo. En su condición de engagés (figura que alude a una suerte de sujeción laboral a la que se sometía la mano de obra inmigrante francesa en las explotaciones del nuevo mundo), han llegado al casi inexplorado continente para trabajar a las órdenes de un amo despótico y bestial, Monsieur Trépagny, un colono francés que rige una plantación en el territorio de los mi’kmaq, una tribu india originaria de la zona, en una vasta región lacustre coincidente con la actual provincia de Québec. Las condiciones de esa relación de servidumbre con su seigneur los condenan a trabajar para él, abriendo claros en los bosques, desbrozando las espesas extensiones de follaje, talando árboles, desramando y descortezando los troncos, arrastrándolos hasta los desbordantes cursos fluviales, construyendo edificaciones, cultivando “rábanos y nabos”, cazando animales de la fecunda fauna del lugar y pescando en los inagotables ríos y lagos de la zona, secando y curtiendo pieles… y todo ello con la esperanza, avalada por un difuso acuerdo contractual de más que dudoso cumplimiento, de poder convertirse en propietarios de una porción de tierra tras tres años de sometimiento a la órdenes de su amo, sin recibir de él en ese tiempo nada a cambio, más allá de la mera expectativa de una futura liberación. Son, pues, prácticamente esclavos, carecen de posesiones, de bienes, de libertad y -al margen de sus ensoñaciones legales- de perspectivas de futuro. Han dejado atrás su desgraciada vida en Francia y se enfrentan a una existencia terrible, en un entorno inhóspito y en unas condiciones inhumanas, rodeados de una naturaleza feraz y ubérrima, pero también despiadada y cruel, un universo de temperaturas extremas, nieves heladoras, humedad asfixiante y opresiva, en el que se ven sometidos a las picaduras de ingentes nubes de mosquitos, ataques de lobos, pumas y osos, y también de bárbaros indígenas, que aun cuando se ven obligados a someterse al poder del hombre blanco, continúan oponiéndose con ferocidad a la invasión, a la explotación, a la devastación que traen los brutales colonos.

Desde esa situación inicial, y a lo largo de más de trescientos años (los episodios que el libro narra se cierran en 2013), la novela seguirá la evolución de la estirpe de estos dos desheredados sin fortuna que sobrevivirán pese a estar aparentemente condenados a la extinción en las durísimas condiciones de la plantación, en un relato surcado de peripecias, con infinidad de personajes, todos con genes Duquet o Sel, en diferente medida descendientes de aquellos Charles y René, cuyos linajes se perderán por momentos entre las vicisitudes de la Historia, reaparecerán una y otra vez, saltando de un país a otro, de un continente a otro (los Países Bajos, China, Nueva Zelanda, Australia, Estados Unidos, la propia Canadá), encontrándose y alejándose, aproximándose y separándose, abriéndose a cruces con otras familias -con los mi’kmaq incluso, en un mestizaje, el que enriquece la rama Sel, que mezclará sangres de procedencias muy diversas- e imbricándose entre sí, viviendo etapas de miseria y otras de prosperidad, medrando o fracasando, enriqueciéndose y arruinándose, haciendo negocios y engañando, perpetrando infamias y venganzas, multiplicándose o rozando la extinción, protegiendo y cuidando, amando y destruyendo, vinculándose a la tierra de origen o destrozándola y huyendo de ella, naciendo y muriendo, viviendo aventuras sin cuento en una fascinante panorámica de tres siglos de la vida de dos familias (aunque quizá el término, que incluye connotaciones que aluden a vínculos, sentimiento de pertenencia, espíritu de grupo, conciencia de comunidad, sea, en algunos casos, excesivo), decenas de individuos que recorren el libro sucediéndose -de un modo algo apresurado, que a veces dificulta la cabal comprensión de lo leído, pese a la inestimable ayuda de los no obstante enrevesados árboles genealógicos que se incorporan al término de la obra- generación tras generación.

Y en todos los casos, son el negocio y la industria de la madera, y los oficios relacionados con ella, el nexo común a todos los protagonistas, que a lo largo de la historia viven y mueren en tareas vinculadas a la explotación forestal o derivadas de ella: leñadores, hacheros, carpinteros, operarios de aserraderos, toneleros, desbrozadores, carboneros, fabricantes de cestos, ebanistas, torneros, agrimensores y topógrafos, jardineros, gancheros y almadieros, ingenieros, constructores de barcos, proveedores de buques, navieros, comerciantes de muebles, pero también cazadores, agricultores, pescadores, recolectores, en un exhaustivo recorrido por las mil y una derivaciones de la larga marcha del ser humano por someter la incontrolable naturaleza -ejemplificada en el libro en los interminables, los infinitos bosques- e instaurar una organización social supuestamente racional y civilizada.

Porque, más allá de los propios personajes -en algunos casos, y por la propia amplitud del período histórico narrado, de aparición fugaz y meramente superficial-, son los bosques, su inabarcable variedad, su profusión, su feracidad, su impenetrabilidad, su frondosidad, su misterio, su oscuro atractivo, su riqueza, su palpitante vida, los auténticos protagonistas del libro. Cientos de especies surcan la novela, enriquecida por infinidad de descripciones de hojas y raíces, de troncos y ramas, de colores, aromas, texturas, grados de dureza, solidez y ductilidad de las maderas, que se nos muestran en parajes casi edénicos situados en los cuatro puntos cardinales del globo. Alisos, pinos, abedules, píceas y árboles del caucho, cedros blancos y abetos balsámicos, arces estriados, tsugas y hayas, robles, fresnos y castaños, sauces y alerces de Nueva Francia, Nueva Escocia y Nueva Inglaterra; enebros y yin-kuos, sándalos y bambúes de la China; las exóticas especies neozelandesas: totara, haya, kahikatea, rimu, matai y miro, manuka y kanuka, las palmeras nikau y los enormes kaurieer; castañares de Francia; secuoyas californianas; bosques boreales en Escandinavia; eucaliptos australianos; fresnos, robles y alisos de Irlanda y Gales, leer El bosque infinito permite, además de apasionarse con los episodios de una formidable saga familiar, sumergirse en un excitante tratado de silvicultura y, guiados por la maestría de la autora, adentrarse, casi literalmente, en multitud de espacios naturales, rodeados de una exuberante naturaleza progresivamente degradada por la destructora acción de la mano del hombre.

Y aquí comparece el último eje de la novela que quiero resaltaros para cerrar mi reseña, el que podríamos denominar -de modo algo reduccionista- el “mensaje ecologista” del libro. Porque El bosque infinito es, además de los aspectos ya mencionados y sobre todo, un furibundo alegato contra la destrucción, el expolio, el arrasamiento del mundo forestal -y de la naturaleza en general- que, sin pensar en el futuro, lleva a cabo el ser humano desde su aparición en la tierra. En este sentido, son constantes las apelaciones a la aparente infinitud de los bosques y a su, sin embargo, constante degradación y disminución como consecuencia de la avaricia humana. Desde el comienzo de la acción, cuando los protagonistas se enfrentan a las vastas extensiones de interminables bosques en Nueva Francia, asistimos a una lucha -por desgracia claramente desigual y fatalmente predestinada- entre la acción depredadora del hombre, que guiado por la codicia solo ve en las inagotables poblaciones de millones de árboles la riqueza material que potencialmente encierran, el negocio, el dinero, y la voluntad, minoritaria y a contracorriente, de quienes, como los indígenas americanos, viven en unidad con los bosques y saben -con una sabiduría ancestral- que su destrucción es la de la propia especie humana (de la que, no por casualidad, su propia extinción es, en cierto modo, emblema y representación). El bosque estaba allí, enorme e ilimitado. La labor de los hombres era someter su exuberancia, domesticar la tierra en la que crecía, dice, en un momento del libro, alguno de los madereros. Y otro de los personajes constata que en el Nuevo Mundo existía un bien imperecedero del que Europa carecía: el bosque, un bosque que estaba allí solo para ellos. Y así, siglo a siglo, generación tras generación, los Duquet -y en menor medida los Sel, emparentados con los mi’kmaq y, por consiguiente, más respetuosos con su entorno- se lanzan, ávidos, en pos del enriquecimiento, de la fortuna que los bosques proporcionan: Son como tigres -señala otro personaje- que han probado la sangre. Y como tigres, transmiten su voraz anhelo de tierra a sus hijos y nietos, que siguen creyéndose con derecho a adueñarse de todo lo que hay en esta tierra de abundancia.

Aunque junto a esta pulsión -tan humana, tan desgraciadamente humana- de irresponsable aniquilamiento y ambiciosa destrucción, de inconsciente exterminio (Estos bosques no podían desaparecer. En Nueva Francia eran inmensos y eternos), la novela va dando cuenta también, como digo, de algunas fuerzas opuestas, más tímidas, más débiles, que constatan (En otro tiempo un bosque ilimitado se extendía hasta el horizonte. Ahora había docenas de calles, y el bosque era una mancha difusa y lejana) la suicida y terrible irracionalidad de un comportamiento que hipoteca el futuro de nuestra especie y de nuestro planeta en aras de un beneficio económico inmediato y perecedero. El bosque empezaba a mutar en pequeños detalles. Aún estaba vivo, pero no era lo que había sido. Pocos se daban cuenta. Y el espantoso dictamen -Nada es eterno. Nada. Ni los bosques ni las montañas- se alza, impotente, frente a la furia destructora, frente a la disparatada locura, frente a la furibunda e insensata ambición de los voraces comerciantes.

Desde esta perspectiva, El bosque infinito puede ser leído como una descarnada historia del capitalismo -con el foco centrado en este contexto de la explotación maderera-, esa loca carrera sin fin en la que seguimos envueltos y que amenaza con destruirnos. La esperanzadora presencia de la mitología y las leyendas mi’kmaq, de su cosmovisión y su pensamiento prelógico (para ellos, los árboles son personas), de sus costumbres, de su religiosidad, de su sagrada concepción de la vida y la muerte (el fragmento en el que se narra la muerte de Kuntaw, uno de los más significados descendientes de los Sel, con sus poéticas últimas palabras -nuestro viento llega a mí-, es de una rara belleza), no es más que un tenue rayo de luz -¡los bosques, los árboles pueden cambiarlo todo!- en un panorama por lo demás desolador (y no quiero resultar oportunista, pero quién sabe si la funesta figura de Donald Trump no es la última manifestación -quizá la definitiva- de un proceso que parece irreversible: El bosque, el principio y el probable final).

En fin, leed, por todos estos motivos, esta muy interesante novela, El bosque infinito, de Annie Proulx, que publica Tusquets. Rocky Mountain High, el clásico de John Denver que es una reivindicación de la vida en la naturaleza, en la tranquilidad de las praderas, los bosques y los arroyos norteamericanos, cierra por hoy esta reseña.



Monsieur Trépagny se detuvo. Con ayuda del bastón, rompió unas ramas de pícea al pie de un árbol. Sacó de debajo de la capa un chisquero y encendió una pequeña fogata. Acuclillados alrededor, tendieron las manos amoratadas. Monsieur Trépagny desplegó un paño que envolvía un trozo de carne de alce y cortó un pedazo para cada uno. Famélico, René, que esperaba sólo pan, hincó el diente en la carne. Los mosquitos grises zumbaban junto a sus oídos. Duquet miró por las rendijas de sus párpados hinchados e, incapaz de masticar, se contentó con chupetear la carne. Percibían desprecio tras la generosidad de monsieur Trépagny. 

Continuaron avanzando a través de un caos de árboles caídos, víctimas de un gran vendaval. Monsieur Trépagny no seguía ningún camino distinguible, pero miraba a lo alto con frecuencia. René vio que se orientaba por incisiones hechas en algunos árboles, incisiones a tres metros del suelo. Más tarde averiguaría que alguien los había marcado así en invierno, caminando por encima de la tierra calzado con raquetas, como una suerte de hechicero ingrávido. 

El bosque tenía muchas facetas, como un retablo. Su lúgubre penumbra se atenuaba en los claros. Reclamaban su atención plantas desconocidas y flores raras, fúnebres píceas y tsugas, resplandecientes y algodonosos renuevos en las puntas de las ramas de los pinos, sauces plateados, el verde menta de los abedules nuevos: un lugar donde incluso la luz del sol era verde. Cuando se aproximaban a un espacio abierto, oyeron un tableteo irregular, como de palos entrechocándose. Procedía de unos huesos grises atados a un árbol que el viento agitaba. Monsieur Trépagny dijo que a menudo los sauvages colgaban los huesos de un animal muerto después de dar gracias a su espíritu. Guiados por él, circundaron embalses de castores protegidos por alisales de densidad impenetrable. Les advirtió que las veredas angostas eran sendas de alces. Atravesaron zonas pantanosas. Hondonadas rebosantes de agua de lluvia de color té. El esfagno tembloroso, salpicado de plantas carnívoras, les succionaba los pies a cada paso. Aquellos dos jóvenes jamás habían imaginado una región tan agreste y húmeda, un bosque tan espeso. Duquet ahogó un juramento cuando una rama de aliso le rompió la chaqueta. Monsieur Trépagny lo oyó y le dijo que nunca debía maldecir a un árbol, y menos a un aliso, que poseía facultades medicinales. Bebían en los torrentes, cruzaban rápidos poco profundos que se curvaban como hojas de cimitarra damasquinadas. «¿Hasta cuándo durará esto?», masculló Duquet con una mano en la mejilla. 

Llegaron nuevamente a un bosque despejado, donde era más fácil avanzar entre los árboles. Los sauvages quemaban la maleza, explicó su nuevo amo con tono desdeñoso. Ya entrada la tarde, monsieur Trépagny exclamó: «Porc-épic!», y de pronto arrojó su bastón. Éste giró una vez y alcanzó a un puercoespín en pleno hocico. El animal cayó como una estrella fugaz, seguido de un rastro de gotas de sangre. Monsieur Trépagny encendió una gran fogata, y cuando las llamas quedaron reducidas a varas moradas, colgó sobre las brasas el animal destripado. Las púas chamuscadas apestaban, pero cuando retiró el cuerpo del fuego, la carne que había bajo la costra ennegrecida sabía bien. De sus bolsillos sin fondo, monsieur Trépagny sacó una bolsa de sal y dio una pizca a cada uno. Envolvió la carne sobrante con un paño grasiento.

El amo avivó el fuego, se arrebujó en su capa, se tumbó al pie de un árbol, cerró aquellos ojos de mirada intensa y se durmió. René tenía las piernas acalambradas. El frío, los silbidos del viento entre los pinos, el zumbido de los mosquitos y el ulular de las lechuzas le impedían conciliar el sueño. Habló en voz baja a Charles Duquet, que no contestó, y después se quedó callado. En plena noche algo lo medio despertó. 

La mañana empezó con una fogata. Pese a que era ya finales de la primavera, el frío arreciaba más que en la fría Francia. La claridad se filtró subrepticiamente en la penumbra. Monsieur Trépagny, royendo sobras de carne, dio un puntapié a Duquet y bramó: «Levé!». René se levantó para no dar ocasión a monsieur Trépagny de patearlo también a él. Echó una mirada a la carne que sostenía su amo. El hombre arrancó un trozo y se lo lanzó; arrancó otro y se lo lanzó a Duquet, como podrían echarse restos de comida a un perro. Luego se puso en marcha con su incansable andar a bandazos, orientándose por las incisiones practicadas a gran altura en los árboles. Los nuevos sirvientes veían sólo oscuridad por todas partes salvo a sus espaldas, donde la fogata abandonada titilaba tentadoramente. 

Era un día frío pero seco. Monsieur Trépagny avanzaba bamboleante por un sendero poco marcado, pero al mediodía empezó a llover otra vez. Sumidos en un estado de estupor consecuencia de la fatiga, llegaron a un cauce rumoroso, un río negro y sin embargo transparente como pedernal oscuro. En la margen opuesta, vieron un claro donde había trozas apiladas y el opresivo bosque omnipresente. Se elevaba humo de una chimenea oculta. No veían la casa, sino sólo montañas de maderos y las dependencias exteriores. 

Monsieur Trépagny dio una voz. Una mujer que vestía una túnica de piel de alce decorada con sinuosos dibujos salió de detrás de la pila de madera más cercana, exclamó: «Kwe!» y se dio media vuelta. René Sel y Charles Duquet cruzaron una mirada. Una india. Une sauvage!

Vadearon el gélido río tras los pasos de monsieur Trépagny. René resbaló en una roca redondeada del lecho y a punto estuvo de caer, acordándose de Achille y de las frías aguas del Yonne. Los peces giraban en torno a ellos, pasaban como exhalaciones, en tal cantidad que el río parecía hecho de duro músculo. En la orilla lodosa atravesaron un huerto cercado invadido por las malas hierbas. Monsieur Trépagny empezó a cantar: «Mari, Mari, dame jolie...». Los engagés permanecieron en silencio. Duquet tenía los labios tan apretados como si el aire quemara, y los ojos casi cerrados de tan hinchados. Más allá de las pilas de troncos, alcanzaron a ver la casa de monsieur Trépagny. Era la primera vez que tenían ante sus ojos el estilo de construcción de madera pièces-sur-pièces, el tejado a cuatro aguas, los aleros acampanados habituales en Francia. Pero toda ella era de madera excepto por tres pequeñas ventanas provistas de un caro cristal francés. Recortada contra los árboles, vieron la silueta de un wikuom, que, como averiguaron al día siguiente, era la casa de corteza de árbol de la sauvage, a la que se retiraba con sus hijos por la noche. 

Monsieur Trépagny los llevó al almacén. Dentro apestaba a patatas podridas, heno de pantano y bosta de vaca. Un extremo se hallaba aislado por medio de un tabique, y detrás se oía la respiración de un animal. Vieron el hoyo ennegrecido de una fogata, una forja. Monsieur Trépagny, prendado de su propia voz, siguió cantando, encendió el fuego en el hoyo y los dejó allí. Fuera, su voz se alejó: «Ah! Bonjour donc, franc cavalier...». Empezó a llover de nuevo. René y Duquet se sentaron en aquel espacio a oscuras salvo por la luz de la fogata moribunda. El edificio no tenía ventanas, y cuando Duquet abrió la puerta para que entrara la luz, los asaltaron de pronto enjambres de atroces jejenes y mosquitos. Se quedaron sentados en la semipenumbra. Duquet habló. Dijo que padecía mal de dents —dolor de muelas— y que a la mínima ocasión se fugaría y regresaría a Francia. René permaneció callado.

Al cabo de un rato la puerta se abrió. Entraron la sauvage y dos niños, los tres cargados. La mujer dijo: «Bien, bien», y entregó una capa de castor a cada uno. Se señaló a sí misma y dijo: «Mali», porque, como a la mayoría de los mi’kmaq, le costaba pronunciar la erre. René dijo su nombre, y ella lo repitió: «Lené». El niño mayor dejó un cuenco de madera con gachas de maíz calientes. Luego desaparecieron. René y Duquet se comieron la papilla del cuenco con los dedos. Se arrebujaron en las capas y se durmieron.



miércoles, 28 de junio de 2017

MARCELINE LORIDAN-IVENS. Y TÚ NO REGRESASTE

Así que, en Drancy, tú sabías bien que no se me escapaba en absoluto el aire grave que teníais los hombres, reunidos en el patio, ligados por un murmullo, por el mismo presentimiento respecto de los trenes que partían hacia las lejanas regiones del Este de las que habíais huido. Yo te dije: «Trabajaremos en ese lugar y volveremos a encontrarnos el domingo.» Tú me respondiste: «Tú sí volverás porque eres joven, pero yo no regresaré.» Esa profecía la llevo grabada dentro de mí tan violenta y definitivamente como el número de serie 78750 que grabaron sobre mi brazo izquierdo, algunas semanas más tarde.

Muy a mi pesar, tu profecía se convirtió en una temible compañera. En ocasiones me aferraba a ella, adoraba sus primeras palabras cuando, una tras otra, desaparecían mis amigas y también aquellas que no lo eran. Otras veces la rechazaba, detestaba aquel «pero yo no regresaré» que te condenaba, que nos separaba y parecía ofrecer tu vida a cambio de la mía. Yo todavía estaba viva, ¿y tú?

Hubo aquel día en el que nos cruzamos. Mi comando había sido enviado a picar piedra, a remolcar vagonetas y a cavar zanjas a lo largo de la nueva carretera que llevaba al crematorio número 5; marchábamos como siempre en fila de a cinco, de regreso al campo, eran más o menos las seis de la tarde. ¿Sabes que ese momento, que sólo nos pertenece a nosotros, figura en los recuerdos y en los libros de todos los que sobrevivieron? Porque en los campos de la muerte a escala industrial se disparaba toda clase de fantasías sobre reencuentros, y los cuerpos de todos aquellos que todavía se mantenían en pie se estremecieron cuando nos vimos y salimos de nuestras filas y corrimos el uno hacia el otro. Yo me arrojé a tus brazos, me arrojé con todo mi ser, tu profecía era falsa, estabas vivo. Podían haberte declarado inútil al llegar, tenías poco más de cuarenta años, una mala hernia en la ingle que te obligaba a llevar cinturón y una larga cicatriz en el pulgar, herencia de una herida que te hiciste en la fábrica, pero todavía estabas lo bastante fuerte para ser su esclavo, como yo. Tu papel era el de vivir, no el de morir, ¡me sentía tan feliz de verte! Habíamos recuperado nuestros sentidos, el tacto, el cuerpo querido; aquel instante nos costaría caro, pero interrumpió durante algunos preciosos segundos el implacable guión escrito para todos nosotros. Un SS me golpeó, me trató de puta, porque las mujeres no debían comunicarse con los hombres. «¡Es mi hija!», gritabas tú, sosteniéndome todavía. Shloïme y su querida niña. Los dos estábamos vivos. Tu razonamiento no se sostenía, allí la edad no significaba nada, no existía ninguna lógica en el campo, sólo contaba la obsesión de ellos por los números, se moría de inmediato o un poco después, no había escapatoria. Yo tuve el tiempo justo de decirte el número de mi barracón: «Estoy en el 27B.»

Me desmayé debido a los golpes, y cuando recobré el sentido ya no estabas allí, pero tenía en mi mano un tomate y una cebolla que me habías pasado con disimulo, seguramente tu almuerzo; los escondí enseguida. ¿Cómo era posible? Un tomate y una cebolla. Aquellas dos hortalizas, escondidas junto a mi cuerpo, restablecían todo, yo era de nuevo la niña y tú el padre, el protector, quien traía la comida, la sombra de aquel empresario que hacía prendas de punto en su fábrica de Nancy, la sombra de aquel hombre un poco loco que compró para nosotros un pequeño palacio en el sur, en Bollène, y un día me llevó allí con aire misterioso, en una carreta tirada por un caballo, tan contento con su sorpresa, y me preguntó: «¿Qué es lo que más deseas en el mundo, Marceline?»


Hola, buenas tardes. Con este explícito texto empezamos hoy Todos los libros un libro, el espacio de recomendaciones literarias de Radio Universidad de Salamanca. Se trata de un significativo fragmento de un libro que hoy traigo al programa a partir de su vínculo con dos de los ejes temáticos en los que hemos centrado nuestras emisiones de las últimas semanas. Por un lado, con Y tú no regresaste, pues este es el título de la obra que ahora os presento, cerramos la serie que a lo largo del mes de junio hemos dedicado a libros con un fuerte contenido autobiográfico, más cercanos así a la mera descripción casi documental de las vivencias de sus autores que a la creación novelesca; muy lejos por tanto de la reelaboración literaria de esas experiencias vitales, recreadas en un texto de ficción en el que esa base real aparece transformada y hasta disuelta en una invención imaginaria (una pauta muy frecuente, por otro lado, en tantas obras literarias recientes). Además, y como parece obvio a partir de los párrafos leídos, el libro entronca con mis reseñas de hace dos meses, que giraban en torno a Auschwitz, a partir del septuagésimo aniversario de la ejecución, el 17 de abril de 1947, después de los juicios posteriores al fin de la guerra, de Rudolf Höss, el cruel comandante del campo de concentración.

Y tú no regresaste, que presentó la editorial Salamandra en 2015 en traducción de José Manuel Fajardo, es un intenso y conmovedor, un interesante y emotivo libro de la francesa Marceline Loridan-Ivens, una casi nonagenaria escritora y realizadora cinematográfica, superviviente de distintos campos de exterminio, de concentración y de trabajo, a los que había sido conducida por su condición de judía -Rozemberg es su apellido de soltera, antes de adoptar los de sus dos sucesivos maridos- en el transcurso de la segunda guerra mundial.

A los quince años, en marzo de 1944, Marceline es arrestada junto a su padre en Bollène, en el sur de Francia, al optar por la espera en la mansión familiar -una noche de más- en vez de escapar de la previsible detención, un error de funestas consecuencias. Tras diversas vicisitudes que la llevarán, junto a otros cientos de judíos, a Marsella y desde allí, en un vagón de tercera clase, a Drancy, un campo de internamiento francés, padre e hija forman parte del contingente de mil quinientas personas deportadas en el siniestro convoy 71 rumbo a Auschwitz-Birkenau.

Al llegar al campo, y por consejo de otro desterrado, miente sobre su edad (Diga que tiene 18 años), hecho que salvará su vida al superar así la separación por edades y resistencia física que hacían los militares nazis en la perversa selección inicial (un SS me hizo abrir la boca tres veces seguidas para ver mi dentadura). Separada muy pronto de su padre, inicia su trágico itinerario que la llevará de Birkenau (el campo colindante a Auschwitz en el que está internado su progenitor) a Belsen-Bergen, luego a Raguhn, en un terrible periplo por diversos centros de confinamiento y exterminio, hasta acabar cavando zanjas en Theresienstadt, otro campo en el que será liberada el 10 de mayo de 1945.

El libro se articula como una larga carta al padre, cuya presencia, evocada a partir de esa imagen inicial que se muestra en el texto que os he ofrecido en la introducción -la oscura, y sin embargo acertada, profecía en la que el adulto anticipa la salvación de la niña y su propia muerte: Tú sí volverás porque eres joven, pero yo no regresaré-, impregna la obra entera. El padre, una figura con un poderosísimo influjo en la vida de su hija -un mago, el hombre que me hacía abrir los ojos como platos-, un personaje cercano al mito al que la chica ama sin límite -Te quería tanto que estaba feliz de ser deportada contigo-, aflora, pues, de continuo en el libro a través de infinidad de recuerdos de la infancia, de los juegos, las inocentes peleas, la admiración, las innumerables pruebas de un amor intenso al que ni la dureza de las separación ni el paso del tiempo logran vencer: Todavía hoy, cuando escucho decir «papá» me sobresalto, aunque hayan pasado setenta y cinco años, aunque lo diga alguien a quien ni siquiera conozco. Esa palabra salió de mi vida tan pronto que me hace daño; sólo la puedo decir en mi fuero interno, pero de ningún modo articularla. Y sobre todo, no puedo escribirla.

Tras el fugaz encuentro recogido en el fragmento que antecede a esta reseña, el padre lograría hacer llegar una breve nota a su chiquilla. La joven conseguirá leerla para perderla después sin saber cómo. Las escasas líneas recordadas serán también el desencadenante de su memoria, que saltará desde la descripción de algunas de las horribles condiciones de su cautiverio hasta la no menos trágica vivencia de su liberación y su posterior existencia marcada para siempre por los dramáticos episodios vividos y por la desaparición de la figura paterna.

Son numerosas -y aterradoras y escalofriantes- las “escenas” que Marceline logra rememorar de los trenes en que es trasladada de un encierro a otro y también de su malhadada vida en los campos: el hambre y la desnutrición; el desesperado robo de pan del bolsillo del abrigo de una muerta; las masas de desplazados enfermos de tifus; los inevitables contagios; las “descargas” de los convoyes; los hornos crematorios, las cámaras de gas; la tierna y a la vez espeluznante imagen de una niñita abrazada a su muñeca, desconcertada e indefensa; la de otra niña que es abatida a culatazos porque no resiste el trabajo de carga que deben hacen juntas (y la culpa consiguiente -Yo la maté- por no haber podido “sostenerla” en su debilidad); los recuentos obsesivos; la ejecución de Mala, nuestra heroína, que intentó fugarse y fue fatalmente capturada; las chicas que se arrojan a las alambradas eléctricas o que caen bajo ráfagas de metralleta mientras huyen inútilmente; las inclemencias del tiempo y las plagas de parásitos (para matar las pulgas y calentarme rodaba desnuda sobre la nieve); la amistad con Simone Anne Jacob -que acabará siendo Simone Veil, la destacada intelectual francesa-, un sostén durante la reclusión; los ingenuos y bienintencionados intentos de disimular la tragedia: Vamos a Pitchipoï, dicen los adultos, usando la palabra yidish que alude a un destino desconocido, un eufemismo infantil para entretener a los niños y ocultarles su inexorable camino a la muerte; la jerga de los campos: México, la zona en que sitúan los estacionados al lado de los crematorios, sinónimo de muerte próxima, Canadá, el lugar en que se clasifica la ropa, un trabajo cómodo pese a que al afanarse con los vestidos de los muertos, el olor de carne quemada no me abandonaría jamás.

Y ante todas estas penalidades, la ataraxia (Uno se congelaba por dentro para no morir), la pérdida de las referencias de amor y sensibilidad (Yo estaba al servicio de la muerte; ya no había humanidad en mí), el extremo endurecimiento (Me había hecho tan dura… Sobrevivir hace que las lágrimas de los otros se vuelvan insoportables), la insufrible -pero en esas circunstancias también liberadora- presencia de la muerte (Desde niños conocíamos la muerte y sus ritos, la bandera negra, el coche fúnebre que pasa lentamente por la calle, nos lo cruzábamos y respetábamos, éramos mucho más fuertes que la gente de hoy, si tú supieras cuanto miedo le tienen a la muerte…)

Pero -escribe más adelante dirigiéndose al fantasma del padre- no fue la muerte quien te llevó. Fue un gran agujero negro, del que yo vi el fondo y el humo. Y de ese agujero negro da cuenta la autora en la última parte de su libro, centrada, tras el fin de la guerra, en su difícil intento de recuperar una cotidianidad normalizada en un París liberado que da la espalda a la tragedia, aparentemente ajeno al drama vivido por tantos de sus habitantes.

El 10 de mayo de 1945, Marceline es liberada en el campo de Theresiendstadt (Yo nací ese día, dice; desde entonces, su hermana Jacqueline le regala flores cada año). La joven recuerda, casi insensible, a los ciudadanos cantando la Marsellesa por las calles; la relativa indiferencia de la familia, desmantelada, afectada también por el drama, por el padre desaparecido (No había familia sin ti); la estéril investigación sobre el destino del progenitor, todo conjeturas, salvo el Acta de Desaparición, el impreciso documento oficial que llegará en 1948; la inalcanzable normalidad; los varios intentos -fallidos- de suicidio; los tristemente logrados de sus hermanos Michel y Henriette (Murieron de tu desaparición); la irremisible desdicha (Una se siente casi feliz al saber hasta qué punto puede ser desdichada); la imposibilidad de arrancar los recuerdos; la incapacidad para la vida (Una vez regresada al mundo era incapaz de vivir); las muchas secuelas físicas (los pies helados y entumecidos para siempre, los círculos en brazos y piernas por las infecciones, las huellas de los bastonazos en la nuca) y psicológicas (temblando en los vestíbulos de las estaciones, no pudiendo soportar los cuartos de baño con ducha de los hoteles ni la visión de las chimeneas de las fábricas).

El campo permanece en todos nosotros. Lo llevamos todos en la cabeza y hasta la muerte, escribe, y así aflorará en los actos más triviales de su vida corriente: duerme en el suelo al no poder soportar el confort de un lecho, tras tantos meses de duros camastros; se mantiene flaca y menuda porque debo mantenerme delgada y esbelta para que no me envíen al gas la próxima vez; no soporta desnudarse, aborrece su cuerpo, la desnudez asociada a la mirada gélida de Josef Mengele, que en el campo señalaba a las víctimas con su bastón y decidía en el acto quién viviría y quién no; le tiene horror a la carne y a su elasticidad. En aquel lugar vi deformarse las pieles, los senos, los vientres, vi a las mujeres doblarse, arrugarse, vi el deterioro acelerado de los cuerpos, descarnados hasta el esqueleto, hasta la náusea, hasta el crematorio; su amiga Simone, ya abogada, continúa acumulando cucharillas de café sin valor para no tener que beberse a lengüetadas la horrible sopa de Birkenau.

Y poco a poco -me dejé llevar por mi generación-, las fuerzas resurgen -sentía palpitar en mí las ganas de vivir-, la vida sigue, accede a algo parecido a una existencia ordinaria, milita en la clandestinidad, aboga en favor de las causas de los argelinos, de los palestinos, de los vietnamitas y los chinos, la izquierda revolucionaria de los años sesenta y setenta, comparte el canon progresista de la época, se casa por dos veces, abandona el Rozenberg familiar y conserva los apellidos de sus dos maridos, el último el cineasta Joris Ivens, treinta años mayor que ella, “Él”, la figura del padre perdido (A fin de cuentas, te casaste con tu padre, le dice Henri Cartier-Bresson) pero nadie podía ocupar su puesto, porque toda la vida, sus muchos años posteriores, continuará buscando su recuerdo en las líneas de la carta perdida: Yo sé todo el amor que ellas contienen, las he buscado durante toda mi vida.

Al fin, escribe en 2015 a modo de resumen forzosamente desesperanzado: Tengo ochenta y seis años, el doble de la edad que tenías tú al morir. Hoy soy una señora vieja. No tengo miedo a morir, no siento pánico. No creo en Dios ni en que haya algo después de la muerte. Soy una de los 160 que todavía viven de entre los 2.500 que regresaron. Fuimos 76.500 los judíos de Francia que partimos hacia Auschwitz-Birkenau. Seis millones y medio murieron en los campos.

En fin, son muchos y muy convincentes los motivos para leer este escalofriante y lúcido y valiente testimonio de Marceline Loridan-Ivens: Y tú no regresaste, publicado por la Editorial Salamandra. Espero que os decidáis a hacerlo. Otro escritor francés, Pascal Quignard, escribió a propósito de los campos de concentración: Hay que oír esto temblando: los cuerpos desnudos ingresaban en las cámaras de gas inmersos en música. Una pieza de la obra Rosamunde de Schubert está en el recuerdo de Primo Levi, que la oyó, con aterrado desconcierto, en la entrada de Auschwitz; os ofrezco ahora un fragmento en la interpretación de la Concertgebouw-Orchester Amsterdam dirigida por George Szell.

miércoles, 21 de junio de 2017

HENRY MARSH. ANTE TODO NO HAGAS DAÑO

Hola, buenas tardes. Bienvenidos un miércoles más a Todos los libros un libro, el espacio de recomendaciones literarias de Radio Universidad de Salamanca. Esta tarde continuamos con la breve serie que recoge títulos en los que el componente documental -podríamos decir- resulta sustancial, ya que todas las obras seleccionadas se presentan bajo la forma de confesión, diario, testimonio o hasta autobiografía, siendo esa componente de crónica o reportaje realista, cercana al periodismo, lo que prevalece en unos textos que, pese a estar dignamente escritos, no destacan, en general, por sus pretensiones literarias.

En el caso de esta semana, mi propuesta es Ante todo no hagas daño, un excelente relato en el que el neurocirujano británico Henry Marsh, con una trayectoria reconocida y valorada en todo el mundo, repasa su vida profesional adentrándose con inusuales sinceridad y honradez intelectuales en los difíciles pormenores del ejercicio de una especialidad médica fascinante y muy compleja, difícil y, en ocasiones, controvertida. El libro, en traducción de Patricia Antón de Vez, lo publicó la editorial Salamandra a principios de 2016.

Ante todo no hagas daño es una sentencia, atribuida a Hipócrates, que encabeza el libro y que condensa lo esencial de la delicada sensibilidad con la que el humanista doctor Marsh ha guiado su proceder como cirujano a lo largo de varias décadas de intenso y apasionante ejercicio profesional. Neurocirujano de éxito, con una carrera plagada de reconocimientos, contando con más de quince mil operaciones a sus espaldas, siendo invitado para intervenir a pacientes en hospitales de dentro y fuera de Gran Bretaña (son especialmente significativos en el libro los episodios relativos a su colaboración con los precarios sanatorios ucranianos, en condiciones paupérrimas, con medios deplorables e instrumental e instalaciones rudimentarias), creador de una larga escuela, formador de numerosos discípulos, con un magisterio reconocido y extraordinariamente influyente en su disciplina, Marsh acomete, recién jubilado, con sus sesenta y cinco años apenas cumplidos pesando en sus cansadas espaldas, la escritura de un conmovedor volumen en el que da cuenta de su carrera, entre multitud de anécdotas y muy sustanciosas reflexiones en las que se vislumbran las claves que resumen lo esencial de su enrevesada y prodigiosa profesión.

Su narración, centrándose en la dimensión técnica -y también filosófica y hasta espiritual- de su oficio, se entrevera de numerosas referencias a su vida privada, y así, a partir de una afirmación radical y sorprendente (Me había convertido en médico no porque tuviera una gran vocación, sino a causa de una crisis vital), nuestro prestigioso doctor nos relata su bachillerato en una privilegiada escuela privada, con especial dedicación a las materias humanísticas, sus años sabáticos -en significativo plural- de búsqueda personal y diversas ocupaciones laborales, su voluntariado en África occidental como profesor de literatura inglesa, sus posteriores estudios de política, filosofía y economía en Oxford, su abandono, todavía muy joven, de la actividad académica por un desengaño sentimental, su nuevo voluntariado colaborando como camillero en un hospital del norte de Inglaterra, y por fin, desesperado por su fracaso amoroso y su soledad vital adolescente y fascinado por la labor de los cirujanos a los que veía operar en su día a día como sanitario, su definitivo retorno a la universidad, a la única facultad de Medicina, en Londres, que admitía a estudiantes sin currículum científico. Después, tras una trascendental cirugía de aneurisma a la que asiste y que despierta su atracción por la arriesgada y emocionante especialidad, viviremos su obsesión con la neurocirugía y entre la descripción de las largas jornadas laborales asistiremos al fin de su primer matrimonio, al problema en el cerebro de su hijo de tres meses, a la muerte de la madre (en un capítulo emotivo, estremecedor, que rezuma ternura y sensibilidad), a su propia condición de paciente, él mismo operado de un problema en un ojo (siempre había temido convertirme en un paciente), y el relato se salpicará de alusiones a las plácidas costumbres de su tranquila vida privada, los tres panales de miel que entretienen su paciencia en el patio trasero de su casa, el deporte, los habituales desplazamientos en bicicleta, su relajante trabajo en el jardín.

Pero lo sustancial de libro lo constituye -contrapunteado por las leves referencias a la vertiente personal de su vida- la “fotografía”, minuciosa y detallada, del desempeño profesional de un experto -y reflexivo y analítico y lúcido y autocrítico- neurocirujano. En capítulos con títulos de enfermedades: pineocitoma, hemangioblastoma, meningioma, leucotomía, papiloma de plexos coroideos, glioblastoma, neurotmesis, y tantos otros ominosos y amenazadores términos, Marsh describe infinidad de casos clínicos en narraciones que giran en torno a un doble eje, el científico y el humano. Por el libro desfilan todo tipo de enfermos, niños y ancianos, jóvenes y personas maduras, mujeres guapas, hombres recién casados, fornidos deportistas, gentes aparentemente saludables y otras desahuciadas, ostensibles candidatos a una muerte inmediata, individuos solitarios y otros -los más- con familias devastadas por el impacto de la enfermedad de su querido allegado, con entristecidos cónyuges, con desconsolados padres, con inocentes e indefensos hijos pequeños.

Y entre las sentidas y no siempre felices y sí a menudo terribles anécdotas en relación con esta dimensión humana y personal de las patologías cerebrales, y en medio de innumerables y sobrecogedores datos técnicos que acentúan la menor tendencia hipocondríaca del lector, el autor se adentra en el estudio del cerebro, el misterioso sustrato de todos los pensamientos y sentimientos, de todo lo importante en la vida del ser humano; un misterio tan grande, me parecía, como las estrellas en la noche y el universo que nos rodea, un enigmático órgano cuya inconmensurable capacidad suscita la sorprendida reflexión del cirujano en la pausa de una operación: ¿De verdad mis pensamientos están hechos de lo mismo que este bulto sólido de proteínas grasas cubierto por vasos sanguíneos que tengo ante mí?, en uno más de los enfoques -el filosófico, que contempla la resonancia trascendental, metafísica incluso, que conlleva la frecuentación quirúrgica de ese pequeño e ilimitado universo alojado en nuestro cráneo- a los que se abre Ante todo no hagas daño.

Sin tiempo apenas ya para más comentarios quiero, sin embargo, resaltar otros cuatro aspectos de interés en la obra. En primer lugar, destaca la deslumbrante descripción de las interioridades cerebrales, de una belleza fantástica, acrecentada por la inconcebible potencia de los modernos microscopios. Tras arriesgadísimas hendiduras, tenebrosas incisiones, estremecedoras tajaduras, perforaciones y agujereamientos escalofriantes, (especialmente sorprendentes cuando conocemos que, en ocasiones, se opera con el paciente despierto, para que las respuestas de éste en el curso de las intervenciones permitan al doctor orientarse de manera inmediata sobre las consecuencias que produce en el enfermo el contacto con determinadas regiones cerebrales manipuladas en la operación), aflora, inusitado, un universo en miniatura, lleno de colorido, de profundidad, de claridad, de paisajes insólitos, de acontecimientos singulares, remolinos, torbellinos, miríadas de vasos sanguíneos con hermosas ramificaciones semejantes a los afluentes de un río vistos desde el espacio, en una representación, la que descubre la maravilla tecnológica -el llamado GPS del cerebro, que propicia la neuronavegación-, que tiene algo de mágica, más clara, nítida y brillante que el mundo de ahí fuera.

Otra de las líneas de fuerza relevantes en la narración de nuestro comprensivo doctor tiene que ver con las constantes consideraciones sobre la responsabilidad de su tarea, sobre la precisión, la destreza y la experiencia que exige -aunque la suerte es cada vez más importante- y, por lo tanto, sobre el enojoso y en ocasiones obstaculizador estrés, la permanente tensión, no solo la que deriva de las intrínsecas dificultades profesionales sino también la causada por la burocracia, por el trato con los aterrados y desvalidos pacientes, por las inflexibles exigencias que reclaman las familias. La posición del doctor Marsh ante tal cantidad de escollos es, como ante la mayor parte de acontecimientos de su vida, humilde y moderada -Un famoso cirujano inglés comentó en cierta ocasión que un cirujano debe tener nervios de acero, el corazón de un león y las manos de una mujer. Yo no tengo ninguna de esas cosas-, estando siempre dispuesto a relativizar la trascendencia de su personal protagonismo, admitiendo sin ambages que la labor del neurocirujano precisa de un equilibrio de riesgos, tecnología sofisticada, experiencia y destreza… y un poco de suerte.

En consecuencia, el libro está plagado de abundantes momentos en los que el autor reconoce sus frecuentes errores profesionales (No son los éxitos lo que recuerdo, o eso me gusta creer, sino los fracasos) y las responsabilidades, a veces dramáticas, que de ellos se han derivado (Yo he hecho muy felices a multitud de pacientes con intervenciones que han salido bien, pero ha habido también demasiados fracasos terribles, y en la vida de la mayoría de neurocirujanos hay muchos períodos de profunda desesperanza), con un capítulo entero, el décimo tercero, dedicado a la enumeración de los más significativos. Son constantes las reflexiones acerca de esta cuestión, que aparecen en el texto una y otra vez: Ahora que me acerco al final de mi carrera, siento la creciente obligación de dar testimonio de las equivocaciones que he cometido en el pasado, con la esperanza de que mis discípulos aprendan a no repetirlas. E igualmente: Es imprescindible que los médicos rindan cuentas, puesto que el poder corrompe. Debe haber procedimientos de reclamación y litigios, comisiones de investigación, condena y compensación. Al mismo tiempo, si no ocultas ni niegas tus errores cuando las cosas salen mal, y si los pacientes y sus familias saben que estás afectado por lo ocurrido, quizá, con un poco de suerte, recibirás el valioso regalo del perdón. O también: Una de las dolorosas verdades de la neurocirugía es que uno sólo llega a ser bueno en los casos realmente difíciles gracias a muchísimas horas de práctica, pero eso significa cometer montones de errores al principio y dejar atrás a un buen número de pacientes discapacitados. Sospecho que hay que ser un poco psicópata para seguir adelante, o por lo menos llevar puesta una buena coraza. Si uno es un médico bonachón, lo más probable es que abandone y deje que la naturaleza siga su curso, y que se limite a los casos más sencillos.

Esta realidad ambigua y con claroscuros de una muy delicada actividad profesional conduce, como resulta evidente, a un estado de permanente duda -por fortuna no paralizadora, en el caso de nuestro venerable protagonista-, que se refleja también en muy variados fragmentos del texto: Casi todos los neurocirujanos se vuelven más conservadores a medida que se hacen mayores, lo que significa que recomiendan la cirugía en menos pacientes que cuando eran más jóvenes. Desde luego ése es mi caso, pero no sólo porque tengo más experiencia que en el pasado y soy más realista con respecto a las limitaciones de la cirugía, sino también porque ahora estoy más dispuesto a aceptar que dejar morir a alguien puede ser una opción mejor que operarlo cuando sólo hay una posibilidad muy pequeña de que esa persona pueda volver a valerse por sí misma. El problema consiste en que muy a menudo no sé hasta qué punto es pequeña esa posibilidad de que el paciente tenga una buena recuperación, porque en este tipo de casos el futuro siempre es incierto. Sea como sea, resulta mucho más sencillo operar en todos los casos y volver la espalda al hecho de que llevar a cabo un tratamiento como aquél tendrá como resultado que la gente sobreviva con terribles lesiones cerebrales.

Por ello, Marsh reitera que lo difícil de su trabajo no es operar, sino tomar decisiones, como queda de manifiesto en el fragmento que os dejo como cierre a esta reseña. Como la mayoría de los médicos, soy un cobarde, confiesa, para señalar a continuación: Tan irresistible resulta intentar salvar una vida como difícil decirle a alguien que no puedo hacerlo, en especial si el paciente es un niño enfermo con padres desesperados. Y el problema se convierte en un dilema todavía mayor si no tengo una certeza absoluta. Poca gente ajena a la medicina comprende que la mayor tortura para los médicos es la incertidumbre, más que el hecho de tratar a menudo con gente que sufre o que va a morir. Es bastante fácil dejar que la enfermedad siga su curso y alguien muera si uno sabe sin la menor duda que no puede hacer nada por evitarlo; si eres un médico decente, serás comprensivo y delicado, pero la situación está clara. La vida es así, y todos tenemos que morir tarde o temprano. Pero si uno no está seguro de si puede ayudar o no, o de si debería ayudar o no, las cosas se vuelven cruelmente difíciles. O esta algo amarga consideración acerca del dilema sobre operar o no: Mientras recorría el pasillo del hospital en penumbra volví a maravillarme por la forma en que nos aferramos a la vida y me dije que habría mucho menos sufrimiento si no lo hiciéramos. La vida sin esperanza es tremendamente difícil, pero con cuánta facilidad consigue la esperanza, en definitiva, volvernos necios a todos. ¿Seré yo tan valiente y digno cuando me llegue la hora?

Otro de los frentes de interés en el libro es el que tiene que ver con los pacientes, sus padecimientos, su frecuente estado de devastación anímica, su afectación psicológica, las razonables y torturantes dudas que a menudo albergan sobre la competencia del médico que va a operarlo, las difíciles relaciones del experto con las familias, la dificultades inherentes a la comunicación, a unos y otros, de las casi siempre trágicas noticias de muy problemática aceptación (Tengo que elegir mis palabras con muchísima cautela). En este sentido, resultan inquietantes las disquisiciones sobre la necesaria deshumanización del paciente para que de este modo -convertido en un objeto neutro, aséptico (Tienen que someterse a unos rituales que los despersonalizan, consistentes en que los ingresen, los etiqueten como pájaros o criminales cautivos y los metan en la cama como si fueran críos, con esas batas de hospital)-, resulte más fácil operarlo: rasurar al cero al enfermo -y no sólo la zona afectada- para “homogeneizarlo” desproveyéndolo de sus rasgos, ocultar su rostro con amplias tiras de esparadrapo, de modo que se produzca la metamorfosis de persona a objeto, constatando entonces que el miedo se esfuma y se ve reemplazado por una feroz y alegre concentración. Y en el horizonte último de este panorama espantoso, la irremisible presencia de la muerte (La muerte está acechándoles, y yo trato de esconder a esa figura oscura que se acerca lentamente hacia ellos, o al menos de disfrazarla), que revolotea por el libro con su desasosegante sombra.

Por último, Henry Marsh aprovecha su confesión para despacharse a gusto, en un último hilo conductor de su libro, contra la burocracia sanitaria, contra los distintos poderes del Estado, tan abstractos e inhumanos, contra los a menudo estúpidos gobiernos. Son constantes los ejemplos de las nefastas repercusiones sobre los enfermos de la improvisación o, por el contrario, el exceso de rígida planificación: la sólita falta de camas y el exceso de pacientes a los que hay que “colocar” como en una versión macabra del juego de las sillas; la lentísima y absurda aparición de dos taxis para cubrir el “papeleo” que requiere una urgencia, en uno viaja el CD con el escáner cerebral del enfermo y en otro un sobre con la contraseña cifrada que permitía abrirlo, desmesura que la administración de turno justifica por la necesidad de preservar el carácter confidencial de los datos; la infructuosa búsqueda de pacientes por los pasillos, ante el caos inducido por los protocolos sanitarios; los absurdos de la arquitectura hospitalaria, con profusión de dependencias sin utilizar, con diseños delirantes que no promueven la eficacia, con espacios construidos en un “estudio” sin considerar su imposible aplicación práctica. Como temas adyacentes a esta furibunda queja -que llega, en alguna ocasión, al exabrupto (Que se joda la dirección del hospital, el gobierno y los patéticos políticos y sus chanchullos, y a la mierda los putos funcionarios del puto departamento de Sanidad. Que se joda el mundo entero, exclama indignado ante la enésima traba burocrática generadora de daños en los pacientes)-, Marsh alude también a las cada vez más frecuentes -y en bastantes casos infundadas- cartas de reclamación, a la ya rutinaria judicialización de la medicina, a las presiones mediáticas, nacidas del nocivo afán de espectacularidad, a las administrativas (dejar camas libres, ahorrar gastos de seguro), a las ostensibles y discriminatorias diferencias entre la asistencia sanitaria privada y el seguro público, a los engolados abogados de los pacientes (Pensé en todos los objetivos gubernamentales, políticos interesados, titulares sensacionalistas, escándalos, fechas límites, funcionarios del Estado, follones clínicos, crisis financieras, grupos de presión de pacientes, sindicatos, litigios, reclamaciones y médicos engreídos a los que debía enfrentarse un director general del Servicio Nacional de Salud), para acabar despotricando de la insensibilidad de la fauna directiva y la administración de los hospitales, ridículos burócratas, parapetados tras un ejército de mayúsculas: Director de Estrategias Corporativas, director interino de Desarrollo Corporativo, consejero de Administración, directivos de Planificación Empresarial o Riesgos Clínicos, Departamento de Reclamaciones y Mejoras (ahora llamado Reclamaciones y Opiniones Positivas). Este sitio no me gusta, y no siento la más mínima lealtad hacia él, concluye, categórico y sincero.

Por encima de todo ello sobresale la profunda humanidad, la irreprochable bonhomía, la honradez y la dignidad de un médico ejemplar, que en su humildad y su responsable autocrítica llega a cuestionar su poco “profesional” abrazo final a un paciente moribundo: Sentí vergüenza, una profunda vergüenza, no por haber fracasado en salvarle la vida –había tenido el mejor tratamiento posible-, sino por la pérdida de mi impasibilidad profesional y por un pesar que me pareció de lo más vulgar en comparación con su serenidad y el sufrimiento de su familia, de los que sólo podía ser testigo impotente.

Leed, pues -salvo casos de lectores exageradamente aprensivos, para los que el contacto con tanto dolor y enfermedad pueda resultar insufrible- este interesantísimo Ante todo no hagas daño del doctor Henry Marsh. Os dejo ya con In the midnight hour en la versión de B. B. King, músico citado en el libro e intérprete de algunos de los “blues moviditos” que el equipo del cirujano elegía como “música de cierre” mientras suturábamos la cabeza de un paciente, al término de sus operaciones.



El trabajo que desempeñaba tenía una intensidad un tanto sombría y estimulante a la vez, y no tardé en dejar atrás el sencillo altruismo de cuando era estudiante de Medicina. Entonces me había costado muy poco sentir compasión por los pacientes, porque yo no era responsable de lo que les ocurriera. Pero la responsabilidad entraña el miedo al fracaso, y los pacientes se convierten en una fuente de ansiedad y estrés, aunque ocasionalmente uno pueda sentirse orgulloso ante los éxitos.

Me enfrentaba de manera cotidiana a la muerte, que a menudo venía precedida por los intentos de reanimación o de la lucha por evitar que los pacientes se desangraran a causa de una hemorragia interna. La reanimación cardiopulmonar en la vida real es muy distinta a lo que nos muestran en la televisión o el cine. En la mayor parte de los intentos de llevar a cabo un masaje cardíaco, se producen escenas deprimentes y violentas, que pueden suponer la rotura de las costillas de pacientes ancianos a quienes más habría valido dejar morir en paz.

Así que, poco a poco, me fui endureciendo, de ese modo tan peculiar en que deben hacerlo los médicos, y llegué a considerar a los pacientes como una raza completamente distinta a la de los profesionales de la medicina como yo, importantísimos e invulnerables. Ahora que me acerco al final de mi carrera, esa distancia ha empezado a desdibujarse. Tengo menos miedo al fracaso: he llegado a aceptarlo y a sentirme menos amenazado por él, y confío en haber aprendido algo de los errores cometidos en el pasado, de modo que puedo arriesgarme a ser un poco menos objetivo. Además, cuanto mayor me hago, menos capaz me siento de negar que estoy hecho de la misma carne y la misma sangre que mis pacientes, y que soy igual de vulnerable que ellos. Así que ahora puedo volver a sentir lástima por ellos, cuando empezaba. Sé que también que yo, tarde o temprano, acabaré postrado en una cama en una abarrotada sala de hospital, temiendo por mí vida, como hoy lo hacen ellos.

Cuando acabé aquel primer año como interno, volví a mi hospital clínico en el norte de Londres para trabajar como médico en prácticas en la UCI. Aunque con una convicción cada vez menor, había decidido intentar formarme como cirujano y trabajar en intensivos se consideraba un primer paso necesario para conseguirlo. Mi cometido consistía sobre todo en rellenar formularios, poner vías para el suero, extraer sangre y, en ocasiones, en llevar a cabo procedimientos invasivos –como suelen llamarse- un tanto más emocionantes, como poner un catéter pectoral o administrar algún tratamiento por vía intravenosa en las grandes venas del cuello. Toda la instrucción práctica corría a cargo de los residentes especialistas con mayor experiencia. Fue en aquella época, al empezar a trabajar en la UCI, cuando bajé a los quirófanos y presencié aquella operación de aneurisma que provocó mi epifanía quirúrgica.

Desde el momento en que supe con exactitud lo que quería hacer, mi vida se volvió mucho más fácil. Unos días después, fui en busca del neurocirujano al que había visto hacer el grapado y sellado del aneurisma para contarle que quería dedicarme a la neurocirugía. Me dijo que cursara una solicitud para la plaza de interno en prácticas de su departamento, que no tardaría en publicarse. También hablé con uno de los cirujanos jefes de servicio, en cuya “sociedad” había trabajado de estudiante. Era un hombre extraordinariamente generoso, la clase de maestro cirujano que uno llega casi a idolatrar, y organizó de inmediato una visita para que pudiera entrevistarme con dos de los neurocirujanos más eminentes del país, tanto para darme a conocer como aspirante a cirujano en esa disciplina como para planear bien mi carrera. El de la neurocirugía era un mundo pequeño en aquellos tiempos, con menos de un centenar de especialistas en todo el Reino Unido. Uno de los afamados especialistas que fui a ver trabajaba en el Royal London, en el East End. Un hombre muy afable. Lo encontré en su consulta fumando un puro. Las paredes estaban cubiertas con fotografías de coches de Fórmula 1, y, según averigüé poco después, él era el especialista responsable del servicio médico de las carreras de esa disciplina. Le hablé de mi profundo deseo de convertirme en neurocirujano. 

-¿Qué opina su mujer al respecto? –fue su primera pregunta.

-Creo que le parece buena idea, señor –contesté.

-Bueno, pues debe saber que mi primera esposa no podía soportar esa vida, de modo que la cambié por otro modelo –soltó-. La vida del médico que se está formando para la neurocirugía es dura, ¿sabe?

Unas semanas después, me dirigía en coche a Southampton para visitar al otro prestigioso neurocirujano que me habían recomendado. Fue tan simpático conmigo como el primero. Medio calvo, pelirrojo y con bigote, ofrecía la viva imagen de un granjero jovial, nada que ver con la idea que yo tenía de un neurocirujano. Estaba sentado ante un escritorio cubierto de montones de historias clínicas de pacientes, que casi me impedían verlo. Le hablé de mi ambición de convertirme en neurocirujano.

-¿Qué opina su mujer al respecto? –quiso saber.

Le aseguré que todo iría bien en ese sentido. Estuvo unos segundos sin decir nada.

-Operar es la parte más fácil, ¿sabe? –dijo finalmente-. Cuando uno llega a mi edad, se da cuenta de que todas las dificultades tienen que ver con la toma de decisiones.