Vivo entre muchos libros y extraigo una gran parte de mis ganas de vivir del hecho de que aún leeré la mayoría de ellos. (Elias Canetti)

miércoles, 20 de septiembre de 2017

ANDREW SEAN GREER. HISTORIA DE UN MATRIMONIO

Hola, buenas tardes. Bienvenidos a Todos los libros un libro. Hoy os traigo una estupenda novela, muy interesante y original pero de la que os confieso sin reparo que me va a resultar muy difícil y costoso haceros la reseña. Quizá debiera limitarme a deciros, leed Historia de un matrimonio, escrita por Andrew Sean Greer y publicada por la Editorial Salamandra el pasado 2009 en traducción de Ana Mª de la Fuente. Es un libro excelente, he disfrutado extraordinariamente leyéndolo y creo que mi experiencia puede ser compartida por aquellos de vosotros que os decidáis a adquirirlo y degustar sus páginas. Como veis, estoy refiriéndome, indirectamente, a que creo que en este caso sólo cabe una opinión subjetiva, en la que, en el fondo, os hable de mí, de mi interés por el libro, más que referirme a las virtudes del texto. Y quizá os preguntaréis qué es lo que hace tan complicado el que yo pueda hablaros durante unos minutos de este libro y aconsejaros su lectura, cuál es el obstáculo que impide que hoy, a diferencia de las anteriores recomendaciones -y ya sobrepasamos ampliamente las trescientas en nuestros ya largos años de contacto con la audiencia salmantina-, pueda haceros, en pocas palabras, una breve semblanza del libro, de su trama, de sus personajes, de los aspectos que me parecen más significativos y con los que podréis, quizá, disfrutar; es decir, por qué veo ardua la posibilidad de hacer un comentario ‘objetivo’ de la novela, un comentario que se adentre en ella y vaya más allá de mis propias sensaciones al leerla.

El problema, si podemos llamar así a lo que no es más que una dificultad en el fondo subsanable, es que el elemento decisivo del libro, la clave última de esta Historia de un matrimonio, reside en una información trascendental, tanto que cambia nuestra percepción de la historia que hasta ese momento estábamos leyendo, en un suceso que sólo tiene lugar en la página sesenta del libro. La historia del matrimonio que cuenta Andrew Greer hasta ese momento es una, y a partir de la sorprendente revelación de la página sesenta, resulta ser otra diametralmente opuesta. Y entenderéis que no puedo permitirme, sin provocar un daño irreparable a la posible lectura que vayáis a hacer de la novela, desvelar ese dato fundamental. De manera que mi dilema en este momento es qué es lo que puedo contaros para, por un lado, interesaros suficientemente en el libro, que es magnífico, sin desvelar su podríamos llamar ‘misterio fundacional’.

Veamos. Pearlie Ash es una joven que, en 1953, vive en el este de los Estados Unidos ocupada de su marido, Holland Cook, un también joven profesional, un hombre apuesto con el que se ha casado a su vuelta de la reciente guerra mundial. Un retorno, el de Holland, que tiene lugar entre algunas difusas secuelas físicas y psicológicas. Su esposa cuida de él y del hijo de ambos en su hogar burgués situado en Ocean Beach, una zona residencial de San Francisco. Un San Francisco, un país entero, que crece empujado por el poderoso impulso de los soldados que volvían del frente, deseosos de iniciar una nueva vida. La existencia en la vivienda familiar respira placidez y armonía, hasta que, inopinadamente, la llegada de un desconocido, que resultará ser Buzz, un antiguo amigo de Holland durante la contienda, alterará para siempre la pacífica vida del matrimonio. Escribe la narradora, la propia Pearlie, Holland Cook me besaba al marcharse por la mañana a las ocho y luego por la tarde al llegar a casa a las seis, algo tan bonito y regular como las fases de la luna. Yo sacaba el hielo para sus bebidas de nuestro ruidoso frigorífico, tendía su ropa y planchaba nuestro mundo dejándolo muy liso y almidonado. Él me tomaba la mano y me sonreía con la ternura de un viejo enamorado, mientras yo le devolvía la sonrisa. Si embargo, nada de aquello era real. Tras la revelación de Buzz, nuestros movimientos eran como los de los autómatas cuando se echa la moneda en la ranura. O mejor, como los de los personajes de un sueño.

Historia de un matrimonio da cuenta, a través de la historia de esta pareja, de los enigmas que siempre encierran las relaciones personales, de la multitud de capas que encontramos tras la rutinaria apariencia de la trivial normalidad, e indaga con reveladora lucidez en los insondables misterios de la naturaleza humana. Pero hay también una dimensión externa o pública en la novela, más allá de la penetración fascinante en los abismos de nuestra última intimidad. Hay una descripción magnífica del Estados Unidos de los años cincuenta, con el fondo casi documental de la guerra de Corea, de los problemas raciales, de la paranoia maccarthysta.

En fin, una novela excelente esta Historia de un matrimonio de Andrew Sean Greer, publicada por la Editorial Salamandra. No dejéis de leerla. Os dejo ahora, para finalizar esta algo inusual reseña, el sugerente inicio del libro. También, la estupenda versión que hace Diana Krall del clásico de Billy Joel, Just the way you are, que describe una relación bastante más plácida que la reflejada en la novela.


Creemos conocer a quienes amamos.

Al marido, a la esposa. Los conocemos, somos ellos; a veces, por separado en una fiesta, nos sorprendemos expresando sus opiniones, sus preferencias respecto a comida o libros, contando una anécdota que no nos sucedió a nosotros sino a ellos. Observamos su manera característica de hablar, conducir y vestirse; cómo acercan el terrón de azúcar al café y lo ven pasar de blanco a marrón y entonces, satisfechos, lo dejan caer en la taza. Observaba cómo mi marido hacía eso mismo todas las mañanas; era una esposa atenta.

Creemos conocerlos. Y amarlos. Pero lo que amamos resulta ser una mala traducción, hecha por nosotros, de un idioma que apenas dominamos. Con ella tratamos de llegar al original, aunque jamás lo conseguimos. Lo hemos visto todo. Pero ¿qué hemos entendido de verdad?

Una mañana despertamos. Junto a nosotros duerme ese cuerpo familiar; en cierto modo, un desconocido. A mí me ocurrió en 1953, el día que vi en mi casa a una criatura que, por una especie de hechizo, de mi marido sólo conservaba la cara.

Será, quizá, que un matrimonio no puede verse. Que es como esos grandes cuerpos celestes, invisibles al ojo humano y que sólo se localizan por su gravedad, por la atracción que ejercen en todo lo que les rodea. Así lo imagino. Y me digo que he de mirar cuanto hay alrededor, las historias ocultas, las partes que no se ven, para que al fin se revele lo que se halla en el centro, gravitando como una estrella oscura.

miércoles, 13 de septiembre de 2017

HENRY DAVID THOREAU. WALDEN

Hola, buenas tardes. Bienvenidos un miércoles más a Todos los libros un libro, el espacio de recomendaciones de lectura de Radio Universidad de Salamanca. Esta tarde os traigo un clásico, un libro que en sus dos siglos de vida ha influido a varias generaciones de ciudadanos en todo el mundo, que han leído con pasión los optimistas y revolucionarios planteamientos que defiende su autor, el pensador y filósofo -entre otras muchas ocupaciones- norteamericano Henry David Thoreau, de cuyo nacimiento, el 12 de julio de 1817, se cumplieron doscientos años hace algunas semanas. En el último lustro, pero sobre todo en estos meses cercanos al aniversario, se han multiplicado las ediciones de la obra de Thoreau. En particular, la editorial Errata Naturae presenta una decena de sus libros, de los cuales he seleccionado para mi reseña de hoy el que quizá es su título más relevante, el más conocido también, Walden, su esencial propuesta vital, iluminada y utopista, vigorosa y llena de energía, entusiasta y contagiosa.

En estas semanas, coincidiendo con el aniversario, podéis encontraros también con algunos programas dedicados a Thoreau en mi otro espacio en la emisora universitaria salmantina, Buscando leones en las nubes. Las emisiones, que podéis escuchar en el blog del programa, del mismo título, se centran en aforismos y pensamientos del autor extraídos de Todo lo bueno es libre y salvaje, una estimulante recopilación de reflexiones del escritor de Boston, que ofrece una panorámica muy completa de la filosofía del autor y que gira en torno a una amplia variedad de temas, entre los que destacan -y cito la nota de la editorial- la belleza y el azar, la aurora y el crepúsculo, la amistad y la imaginación, la moda y la dieta, la libertad y la insumisión, la música y el silencio, los indios y la sabiduría, la simplicidad y el dinero, los viajes y la soledad, los árboles y los pájaros, el trabajo y el amor, la muerte y lo que nos salva, lo salvaje en la naturaleza y en nosotros mismos, los libros y el inextinguible deseo de leer, lo sagrado en el cielo y en la tierra, la felicidad de las marmotas y de los humanos, los paseos por el bosque y también por la ciudad, la estaciones y el ciclo interminable de la vida, en un muy sugerente elenco de apasionantes motivos de estudio e indagación, de meditación y análisis.

Puede resultar sorprendente este repentino “desembarco” en nuestras librerías de la producción literaria de un autor muerto hace casi dos siglos y que no forma parte del canon “ortodoxo” de la cultura española. No llama tanto la atención, sin embargo, si pensamos que, en nuestros días, el mercado editorial es precisamente eso, una de las manifestaciones más destacadas del comercio, un negocio que, obviamente, se mueve por criterios mercantilistas. Un clásico -pues ésa es sin duda la consideración que merece Thoreau- que venía siendo traducido con relativa normalidad en nuestro país (sus principales obras aparecen en España desde hace años; de Walden en concreto, hay traducciones en castellano desde 1945, y hasta la “académica” editorial Cátedra cuenta en su indispensable catálogo, desde hace ya diez años, con una edición anotada) pero que no tenía una presencia principal en los anaqueles de las librerías, invade, de súbito, expositores y escaparates, páginas de periódicos, monográficos de suplementos culturales y hasta programas de televisión… y todo por mor de la muy azarosa circunstancia del acaecimiento de una determinada fecha, coincidente con una cifra redonda. Pero así son las modas literarias, y estas son sus ventajas e inconvenientes. Por un lado -el negativo- se despierta un interés artificial, espurio, por un libro o un autor; en unos meses todo el mundo habla de ello, y acabamos por comprar y leer -esto en el mejor de los casos- lo que quiere el mercado, los críticos reconocidos, los prescriptores “oficiales”. Pero, a la vez, estos “lanzamientos” inopinados nos permiten descubrir clásicos, libros en los que -de no ser por el torbellino comercial- quizá no habríamos reparado o nunca habríamos leído. ¿Será éste un último estertor de tiempos pasados y de ahora en adelante la difusión de los libros se producirá de modo radicalmente distinto, por cauces ni siquiera imaginables hoy día? ¿Acabará internet -con las consecuencias que en este ámbito conlleva (facilidad de publicación, auge de la autoedición, acceso ilimitado a la obra literaria de cualquier autor, desaparición de las jerarquías)- con las editoriales clásicas? ¿Constituiría ello -de producirse- una victoria de la libertad triunfante sobre el siempre sospechoso capital, que solo mira por el cálculo de rentabilidad, el rendimiento, la ganancia, ampliando las posibilidades de que grandes obras literarias que no encajan en los parámetros de las empresas de edición puedan llegar a ser difundidas, conocidas y disfrutadas por todos… o, por el contrario, al eliminar los filtros de calidad que suponen los editores, los lectores profesionales, los expertos, los críticos especializados, todo nos lleva a un universo literario sin criterio, a un totum revolutum en el que nadie podrá discernir, con parámetros objetivos, la auténtica valía de un autor, la verdadera importancia de una obra? En fin…

El Walden de Errata Naturae vio la luz por primera vez en 2013, en traducción de Marcos Nava. Con ocasión del citado bicentenario de su autor, este mismo año el sello ofrece una edición especial que mantiene la versión al español de aquella primera entrega. El libro cuenta con un interesante prólogo de Michel Onfray, el sobresaliente filósofo francés, que aparece en traducción de Silvia Moreno Parrado. El precioso volumen incluye también las espléndidas ilustraciones de Michael McCurdy, el grabador norteamericano, fallecido hace año y medio, del que os hablé aquí a propósito de las magníficas estampas que acompañaban el texto de El hombre que plantaba árboles, de Jean Giono, publicado por José J. de Olañeta. La edición cuenta con una innumerable cantidad de notas del traductor, todas muy explicativas y aclaratorias, las cuales, aunque ralentizan y hasta entorpecen en ocasiones la lectura, en general son útiles y enriquecen la comprensión de los aspectos del texto más difíciles de interpretar por un lector actual (el libro original se había publicado en 1854, poco antes de la muerte de su autor, que tuvo lugar en 1862, antes de que hubiera llegado a cumplir 45 años).

El 4 de julio de 1845, Thoreau se traslada a vivir en la cabaña que él mismo había construido en Walden Pond, un lago cerca de Concord, Massachusetts, su lugar de nacimiento. Durante dos años, dos meses y dos días vivirá en los bosques, observando la naturaleza y explorando su entorno y a sí mismo, en un “experimento” de honda significación personal pero también de extraordinario valor social, económico, político, ecológico -aunque el término, obviamente, aún no se había inventado- y también, en tanto el autor plasma en un libro, este Walden, el proceso seguido, el resultado de su experiencia y sus reflexiones sobre lo vivido, de enorme calidad poética y literaria. Hacia finales de marzo de 1845 pedí prestada un hacha, me dirigí a los bosques cercanos a la laguna de Walden (…) y comencé a derribar algunos pinos blancos, escribe. A mediados de abril se encontraba ya en condiciones de levantar la casa. A principios de mayo estaba armada la estructura de la vivienda. Se instalará, como se ha dicho, el 4 de julio de 1845. Para antes del invierno tendrá terminada la chimenea y el revestimiento protector de la casa. Fui a los bosques porque quería vivir deliberadamente, enfrentándome solo a los hechos esenciales de la vida, y ver si podía aprender lo que la vida tenía que enseñar; no fuera que cuando estuviera por morir descubriera que no había vivido. No quería vivir nada que no fuera la vida, pues vivir es algo muy valioso, ni tampoco practicar la resignación, a no ser que fuera absolutamente necesario. Quería vivir intensamente y extraer el meollo de la vida, vivir de manera tan dura y espartana como para apartar todo lo que no fuera la vida, surcar una divisoria y llevar la vida hasta un rincón y reducirla a sus elementos básicos y, si resultaba mezquina, obtener entonces toda su genuina mezquindad y hacerla pública al mundo; y si fuera sublime, saberlo por experiencia y poder dar cuenta de ello en mi próxima excursión. Con este breve fragmento, que brota, significativo, en las primeras páginas de la obra se resume lo esencial del propósito de la atrevida experiencia de Thoreau.

En un capítulo primero -el más extenso del libro- de título Economía se nos presentan las razones que justifican su ilusionado proyecto. En él, y contra los valores dominantes de su época (La mayor parte de las cosas que mis vecinos consideran buenas yo la creo mala para mí), Thoreau se manifiesta en contra de las necesidades ficticias, de los hábitos consabidos, de las comodidades entendidas como lujos innecesarios (podría arreglármelas fácilmente sin correo, por poner un solo ejemplo), de lo superfluo que tiene como fin el enriquecimiento de unos pocos, de la moda, de la ropa como ornamento prescindible más allá de las mínimas exigencias de abrigo y protección, de las propiedades, de las viviendas y su sobreabundancia de objetos y bienes inútiles, de la educación tradicional (su tesis en esta cuestión sostiene las ventajas de aprender realizando el experimento de la vida), en contra también de las novedades y el progreso, de los viajes, de las prisas, del trabajo (con infinidad de furibundos y consistentes ataques sobre la “venta” de la vida que siempre lleva consigo), de la arquitectura, del superávit de comida y de tantos otros elementos que definen la vida convencional de principios del XIX (en uno más de los rasgos anticipatorios de los postulados de Thoreau: ¡¡¡qué escribiría de vivir en el opulento siglo XXI de las sociedades desarrolladas!!!).

Frente a esta acostumbrada vida de “excesos” -que es también la nuestra-, y con su “huida” a los bosques, el pensador americano reivindica las enseñanzas de la Grecia clásica, defiende la importancia de una sabiduría primordial, del pensamiento abstracto y de la poesía, mientras aspira a construir una nación de filósofos, caracterizada por la sencillez, la austeridad y hasta la pobreza (pobre en riquezas externas, rico en posesiones internas) y el ascetismo. A lo largo del capítulo -y, en general, en todo el libro- afloran los principios básicos de su visión del mundo: simplicidad, independencia, magnanimidad y confianza; sencillez, sinceridad, verdad, fe e inocencia. Su “ensayo” aboga por la conveniencia de dotar a nuestras vidas de una superior dimensión, intelectual y filosófica, espiritual y moral, reclamando la importancia del ser, más que la del hacer o el cómo hacer.

La mayoría de los hombres vive vidas de tranquila desesperación, señala, y también: Aún no he conocido a ningún hombre que estuviera completamente despierto. Estar despierto es estar vivo. Y es por ello, por lo que, partiendo de estas premisas y rechazando la alienación consustancial a la existencia en las sociedades avanzadas, se lanza a su aventura en la que plantea una forma de vida más auténtica, más coherente, más “esencial”, más “despierta” y atenta al fluir de la naturaleza; un plan que conllevará construir con sus propias manos la cabaña que le alojará, dotarse de escasos muebles, ajustarse, en su sencilla existencia, a una dieta simple -tan sencilla y limpia que no ofenda a la imaginación- para la que plantará las especies que constituirán su alimento, evitando comer animales, siguiendo hábitos saludables, levantándose al amanecer (debemos aprender a despertarnos de nuevo), bañándose en el lago, pescando en el río, bebiendo en él, llevando unas minuciosas y comedidas cuentas de ingresos y gastos (Durante más de cinco años me mantuve así, sólo con el trabajo de mis manos, y descubrí que podía pagar todos mis gastos trabajando unas seis semanas al año). Y, en todo caso, guiado por un lema esencial: ¡Simplicidad, simplicidad, simplicidad! Que vuestros asuntos sean dos o tres, y no cien o mil.

A partir de este extenso “dibujo” inicial, en el que quedan planteadas las líneas maestras de su proyecto, se suceden los capítulos en los que, en un relato autobiográfico (Hablaré sobre mí mismo, dice, con la influencia de Montaigne como telón de fondo), da cuenta de muy distintos aspectos de su cotidianidad en Walden. Así, en Leer se resalta la importancia de la lectura de los clásicos, la necesidad de leer bien, con profundidad, con espíritu verdadero, condenando las malas lecturas, las ligeras, de mero entretenimiento. Aboga también por la escuela inusual, hecha de genio, saber, buen juicio, libros... Sonidos nos traslada a su idílico entorno, al ambiente de tranquilidad y calma perfectas en el que vive, absorto en la ensoñación, sin hacer nada, sin exigencias ni obligaciones, escuchando los mil y un sonidos del bosque, asistiendo al paso de las estaciones y disfrutando de los cambios y novedades que cada una de ellas produce en los parajes que rodean su refugio. Creo que es saludable estar solo la mayor parte del tiempo es la idea que guía el capítulo titulado Soledad, un elogio del aislamiento y la vida retirada. Una soledad no incompatible con el trato social y las relaciones (Creo que disfruto de la compañía tanto como la mayoría de las personas, y me aferro como una sanguijuela a cualquier hombre de buena sangre que se cruce en mi camino), como queda de manifiesto en Visitantes, un apartado en el que da cuenta de las muchas personas que lo frecuentan en su cabaña: un rudo leñador, algunos pobres hombres, retrasados, con los que congenia, también pesados visitantes indeseables y, en una enumeración significativa, niños que venían a recoger bayas, trabajadores del ferrocarril que en la mañana del domingo daban un paseo con sus camisas limpias, pescadores y cazadores, poetas y filósofos; para abreviar, toda clase de honestos peregrinos que salían a los bosques en busca de libertad.

El campo de judías se abre a la enumeración de las ventajas del trabajo manual (El trabajo con las manos […] ofrece una lección moral constante e imperecedera), una actividad que realiza escuchando música en todo lo que le rodea. En La ciudad Thoreau relata sus “salidas” a la cercana población (Al igual que paseaba por los bosques para ver a los pájaros y las ardillas, paseaba por la ciudad para ver a los hombres y a los muchachos), unas excursiones despreocupadas en las que no teme dejar su vivienda “desprotegida” (en mi casa no había cerradura ni candado; cualquiera puede entrar y disfrutar de la comida que allí hubiera o dormir o calentarse) ni abandonarse al encanto de la noche cuando retorna a su hogar desde la ciudad (Perderse en los bosques es una experiencia tan sorprendente y memorable como valiosa). En Las lagunas se recoge con detalle la atmósfera que impregna el libro. En las tardes cálidas me sentaba con frecuencia en el bote a tocar la flauta y veía las percas, que parecían hechizadas, rondando a mi alrededor, escribe. El autor cuenta sus paseos por las distintas lagunas de la zona, la quietud de los distintos enclaves, los peces, las aves, las aguas, sus distintas tonalidades, el paisaje... Un parecido afán por inventariar guía Vecinos animales, en donde podemos conocer las decenas de especies que acompañan su plácido aislamiento. Es sorprendente la cantidad de criaturas que viven en los bosques de manera libre y salvaje. Por último, Leyes superiores, por cerrar aquí el repaso de alguno de los capítulos del libro, presenta una de las pautas esenciales que rigen su vida, movida por un intento de alejamiento de la naturaleza animal, inferior, bastarda y guiada por el apetito, para acercarse a un estadio más puro del ser, colindante con la divinidad: Encontraba en mí mismo, y aún encuentro, un instinto dirigido hacia una vida superior o, como se suele decir, espiritual, común a la mayoría de los hombres y otro hacia un estado primitivo y salvaje, y siento el mismo respeto por ambos, aunque -pese a la aparente dicotomía- el capítulo entero es un elogio de la pureza y refutación de la sensualidad.

Y en cada uno de estos capítulos, y más allá de la precisa descripción de la “intendencia”, de las condiciones en que se desarrolla su experimento, el relato aparece salpicado de interesantes reflexiones en las que se concentra su particular filosofía de vida, algunas de las cuales integran los programas de Buscando leones en las nubes de los que os hablé al comienzo de esta reseña y que podéis descargaros y escuchar en el blog del mismo título.

En fin, una lectura apasionante y de extraordinario interés, la de este Walden de Henry David Thoreau que presenta Errata Naturae. Para acompañarla os dejo con una pieza musical que, al parecer, era la favorita del autor norteamericano. Se trata de Tom Bowling, también conocida como The Sailor’s Epitaph, interpretada en el vídeo que cierra esta reseña por el tenor galés Ben Davies.


Cuando consideramos cuál, por utilizar las palabras del catecismo, es la finalidad principal del hombre, y cuáles son sus auténticas necesidades y medios de vida, parecería que los hombres han elegido deliberadamente esta forma de vivir porque la prefieren a cualquier otra. Sin embargo, ellos piensan sinceramente que no existe elección. Sólo las naturalezas activas y saludables recuerdan que el sol se alza con claridad. Nunca es demasiado tarde para renunciar a nuestros prejuicios. No se puede creer sin pruebas en ningún modelo de pensamiento o de acción, por antiguo que éste sea. Lo que hoy todo el mundo repite o acepta como verdadero puede convertirse mañana en mentira, en una opinión hecha de humo que algunos pensaron que era una nube y que traería agua fertilizadora para los campos. Tratad de hacer lo que los ancianos consideran imposible, y veréis que es posible. Lo viejo para los ancianos, lo nuevo para los jóvenes. Quizás los ancianos no sabían lo suficiente como para obtener combustible y mantener el fuego; los jóvenes colocan un poco de leña seca bajo una caldera y ahí están, girando alrededor del globo tan rápido como las aves, siendo tal vez capaces, según se dice, de acabar con los ancianos. La vejez no está más preparada que la juventud para enseñarnos nada, al fin y al cabo ha perdido más de lo que ha ganado. Se podría dudar incluso de que el más sabio de los hombres, por el mero hecho de vivir, haya aprendido algo con valor absoluto. En la práctica, los ancianos no pueden dar consejos demasiado importantes a los jóvenes, porque sus propias experiencias han sido parciales y sus vidas han resultado miserables fracasos -siempre por razones coyunturales, según creen ellos-; es posible que les haya quedado algo de fe con la que disfrazar esa experiencia, y que finalmente sólo sean menos jóvenes de lo que eran antes. Hace unos treinta años que vivo en este planeta y todavía estoy esperando la primera palabra de un consejo valioso o serio de mis mayores. No me han dicho nada, ni creo que puedan decírmelo. Aquí está la vida, un experimento que aún debo realizar, y de nada me sirve lo que otros hayan hecho

miércoles, 6 de septiembre de 2017

GUILLERMO BALMORI. EL UNIVERSO DE LOS HERMANOS MARX

Hola, buenas tardes, bienvenidos una temporada más a Todos los libros un libro, el espacio de Radio Universidad de Salamanca en el que cada semana desde hace ya siete cursos -hoy empezamos el octavo- os ofrecemos una recomendación de lectura.

Esta tarde comenzamos, como digo, una nueva etapa con un libro cuya actualidad está vinculada a una efeméride reciente. El pasado 19 de agosto se cumplieron cuarenta años de la muerte de Groucho Marx, el actor y genial humorista norteamericano. Para celebrar su muy relevante figura artística, su enorme talento, su ingenio y su desbordante comicidad, anteayer inicié en mi otro espacio en la emisora universitaria salmantina, Buscando leones en las nubes, una serie de programas en los que presento algunas de las más chispeantes e inteligentes muestras de su agudeza, esas frases cáusticas y mordaces, iconoclastas e irreverentes, de un humor corrosivo y burlón aunque en el fondo inocente, que trufaban sus hilarantes películas. Os remito al blog del programa si queréis escuchar las divertidas emisiones.

Con la misma finalidad, homenajear al inigualable Groucho y, por extensión, a sus no menos brillantes hermanos, quiero presentaros ahora un extraordinario libro, El universo de los hermanos Marx, que constituye una completísima enciclopedia sobre la personalidad de los cómicos, su producción cinematográfica y los principales referentes que definen su carrera profesional. El volumen, publicado por Notorious, una editorial de libros de cine en la que José Luis Garci desempeña un papel principal junto a los fundadores, Guillermo Balmori y Enrique Alegrete, mantiene los rasgos que identifican todos los lanzamientos del sello: conocimiento y rigor en el tratamiento de los diversos temas estudiados -casi siempre monográficos sobre algún actor o director-, calidad literaria, primoroso cuidado en la presentación, excelentes fotografías y, en general, brillantez en los textos y exquisitez formal.

En el caso del título que nos ocupa, veintiún expertos (Ramón Alfonso, David Felipe Arranz, Víctor Arribas, Guillermo Balmori -responsable último de la edición-, Joan Bassa, Quim Casas, Luis Alberto de Cuenca, Ramón Freixas, Juan Carlos Laviana, Fernando R. Lafuente, Carlos Marañón, Miguel Marías, Alejandro Melero Salvador, Diego Moldes, Moisés Rodríguez, Oti Rodríguez Marchante, Adrián Sánchez, Gerardo Sánchez, Eduardo Torres-Dulce, Joaquín Vallet y Juan Carlos Vizcaíno), críticos cinematográficos en su mayor parte, se acercan desde distintos ángulos a la biografía personal y a la carrera profesional de la disparatada y desopilante familia Marx en una extensa obra -trescientas sesenta páginas en vasto formato-, en la que se entrelazan jugosos análisis de todas sus películas -incluso las rodadas en solitario por cada uno de ellos- con sus correspondientes fichas técnicas, cientos de fotografías, carteles, tiras animadas, programas de mano y fotogramas de los films (¡¡impagable la recreación, en sus imágenes esenciales, de la archiconocida escena del camarote en Una noche en la ópera!!) junto con decenas de breves pero sabrosísimos y bien documentados comentarios sobre los propios hermanos y los actores y actrices, productores, directores y colaboradores varios de sus películas, obras teatrales, radionovelas y programas de televisión, así como un amplio elenco de “entradas” referidas a elementos, conceptos clave o líneas de fuerza teóricas que constituyen el “ideario” -si es que puede hablarse en tales términos de una “pandilla” tan anárquica y caótica- de los inefables Hermanos Marx. Lamentablemente, tal ingente cantidad de material no resulta fácilmente manejable, pues más allá de un somero índice temático final que recoge los capítulos principales, no hay forma de localizar las muchas citas referidas a una película, un actor o un productor en particular como no sea abriendo al azar el libro y dejándose llevar por los ciegos designios de la fortuna. Sorprende tal limitación en un libro que, fundamentalmente, está pensado para la consulta y no para su lectura continuada de principio a fin.

Los Hermanos Marx son parte esencial de mi vida. Tengo un recuerdo vago, de mis seis o siete años, del pase de Los hermanos Marx en el Oeste en el cine de La Cañiza, el pueblo del que procede mi familia materna en el que pasábamos los veranos. Y desde entonces resuena en mí el ¡¡Más madera, que es la guerra!! de aquellos chiflados que quemaban los vagones para dotar de combustible al tren. Algo después, con diez u once años, es más nítida la imagen del niño que se asombra con las películas de los Marx en algún ya entonces añejo cine de Vigo (el Niza, el Cinema Radio, hoy desaparecidos; como casi todos los demás, por cierto, antiguos o recientes), y de la presencia protectora de mi madre, que conocía bien a los Marx, incluso a los menos “notorios” (Zeppo y Gummo), y que tocaba en casa al piano Barrilito (The Barrel Polka), como Chico en más de una película. Y luego, adolescente, disfrutando ante el televisor y hasta el paroxismo de su descarado humor (y no exagero: en una ocasión, las desorbitadas carcajadas provocadas por alguna de las insuperables salidas de tono de Groucho me provocaron una gozosa congestión en la que ríos del Cola-Cao de mi cena salían por boca y nariz salpicándolo todo). Eran aquellos tiempos en los que la indignidad de un régimen como el de Franco -en la que el niño que yo era no podía reparar y mucho menos condenar- permitía, no obstante, una televisión española que hasta bastantes años después de la muerte del dictador seguía ofreciendo -en prime time- la filmografía casi completa de Hitchcock o Humphrey Bogart, de Truffaut o Cary Grant, de Eisenstein o Carl Dreyer y, por supuesto, íntegra, la de los delirantes cómicos. Me vienen a la cabeza también, ya en la Universidad, en Santiago de Compostela, los ciclos de cine en la Facultad, en los que entre áridas películas de comprometido e inextricable cine búlgaro o checoeslovaco siempre había un espacio para los Marx, de los que el progresismo juvenil que nos envolvía a todos destacaba su vertiente iconoclasta y ácrata. Y esos mismos valores eran los que apreciaba a los veinte años, cuando en los veranos del festival de Aviñón despreciábamos -mi amigo Carlos y yo- los más sesudos e “izquierdistas” montajes teatrales de rigor (en todos los sentidos) para deslizarnos en alternativas salas de cine para reír hasta la extenuación con las ocurrencias geniales de la troupe “marxista”, en particular con las salvajes réplicas de Groucho al muy sufrido personaje que invariablemente representaba una no siempre impávida Margaret Dumont (que tantas veces, saltándose el guion, era incapaz de contener la risa en pantalla ante los extravagantes requiebros de su peregrino, egoísta y divertidísimo pretendiente). Y rememoro también ahora las cintas de vídeo en las que, ya de adulto, grababa sus películas, con sus fichas escritas prolijamente a máquina y los recortes de las críticas y artículos periodísticos. Y también la regocijada lectura de algunos de los entretenidísimos libros -Groucho y yo o Memorias de un amante sarnoso, entre otros- del descabellado Groucho. En fin, una vida entera punteada por la regular aparición de la obra de los absurdos comediantes.

Y es por ello por lo que la consulta del libro que ahora os recomiendo me ha provocado un fervoroso entusiasmo, tanto por las magníficas reseñas de cada una de sus películas como, sobre todo, por las entradas en las que se desentrañan con ingenio y agudeza, con conocimiento y pasión, las principales claves de su peculiar universo. Siguiendo el criterio alfabético por el que se ordenan, en El universo de los Hermanos Marx podemos leer breves textos sobre temas tan diversos y tan representativos del cine “marxista” como abogados, absurdo, alta sociedad (un fragmento que os dejo al término de esta reseña), animales, armarios, arpa, barcos, bocinas, caballos, camas, caos, chistes, confusión, crímenes, dinero, familia, guerra, instituciones, musicales, negociación, payasos, peleas, pensamiento filosófico, pianos, piernas, robos, romances, sátira, satiriasis, surrealismo, trampas, vamps, vaudeville o velocidad… por mencionar solo los más destacados, en una enumeración que, por si sola, describe con precisión el mundo de los Marx.

Intercaladas entre estos interesantes análisis, aparecen, como he señalado, otras apetitosas entradas sobre infinidad de personajes del planeta cinematográfico, entre los que quiero destacar -junto a numerosos otros, menos conocidos o solo al alcance de cinéfilos- los nombres de Frank Sinatra, Marilyn Monroe, Irving Berlin, Louis B. Mayer, Carmen Miranda, Buster Keaton, Jackie Gleason, Lucille Ball. Jane Russell, Raymond Burr, Leo McCarey, Maureen O’Sullivan y, claro está, la incomparable Margaret Dumont, víctima favorita de las inconvenientes pero en el fondo benévolas humillaciones grouchianas. Todos ellos guardan, en mayor o menor medida, una remarcable relación con la filmografía de los descabellados cómicos judíos.

En fin, no deberíais dejar de leer este El universo de los Marx, una formidable publicación que, a cargo de Guillermo Balmori, presenta la editorial Notorious. Como acompañamiento musical a mi reseña, y eligiendo con dificultad entre las decenas de temas que aparecen en las cintas de los Marx, he escogido el para mí entrañable Barrilito en la original versión de Chico en Una noche en Casablanca. Debo confesar que en mi infancia las “interrupciones” musicales en las películas de los hermanos Marx me exasperaban y a duras penas podía contener la impaciencia por retomar pronto el jugoso caudal de insensateces de Groucho. No obstante, ahora, escuchadas con detenimiento en la distancia, hay que reconocer que casi todos esos interludios tienen valor en sí mismos y pueden disfrutarse por más que siga resultando algo artificiosa su inclusión en las tramas.


Alta sociedad

La pompa, el snobismo, la cursilería, la apariencia, la pretenciosidad… todo aquello que los Marx en general desprecian concentrado en un solo concepto esotérico; inaprensible y al tiempo, cristalino, definido. Paradoja, los Marx, en especial Groucho, están constantemente intentando acceder a ella; siempre, por supuesto, por métodos que incluyen el engaño y la picaresca. Pero su objetivo final no es medrar en esa alta sociedad, sino destruirla desde dentro, dinamitar sus convenciones, cortar los bigotes y palmear sus sombreros, mirar lascivamente a las mujeres y ridiculizarlo todo mientras Groucho realiza brutales propuestas de matrimonio (interesado) a Margaret Dumont, Harpo roba lo que puede y Chico confunde a todo el mundo hasta llevarlos a la enajenación. Les gusta deslumbrar a una clase social que todo lo cree y que cualquier cosa compra, una clase ignorante del mundo exterior. En las películas para la Paramount, más agresivas, más ideológicas, más políticas, los Marx arrasan con los espacios de la alta sociedad, pasando como torbellinos anarquistas por las mansiones de El conflicto de los Marx, los trasatlánticos de Pistoleros de agua dulce o la Universidad de Plumas de caballo para, en su sátira, total, llevarse por delante un país (que son dos) en Sopa de ganso. En su otra etapa larga, la de la MGM, resultan más moderados, si bien no pueden evitar ridiculizar ese pináculo de las apariencias que es la ópera. El motivo de la escala social no desaparece en la MGM, pero sus objetivos se refinan. Así, Chico y Harpo prefieren reservar sus habilidades musicales para las clases populares, tanto da los emigrantes de Una noche en la ópera que los negros de las afueras de la ciudad de Un día en las carreras. Los Marx posicionan su arte: junto a unos, frente a otros. Groucho ocupa, progresivamente, un lugar intermedio. Es el único que suele partir de una posición social elevada (a veces incluso detentando una descabellada autoridad como en Plumas de caballo o Sopa de ganso) y su objetivo es primero (en la Paramount) demostrar que cuando uno llega a esa situación puede ser todo lo irrespetuoso que quiera, y luego (en la MGM) concentrarse en no perder esa posición o recuperarla. Groucho es un trepa, todo palabrería y caradura que con ese ansia por infiltrarse en la alta sociedad la ridiculiza aún más que sus hermanos, tan ajenos a ella. En Groucho, todo es fachada: “Hijo mío -dijo, y su voz se estremeció ligeramente-, un anciano muy sabio dijo una vez que hay dos cosas que el dinero no puede comprar: la nostalgia y la amistad. Murió en un asilo de pobre. No olvides pagar esa cuenta al salir.” Me estrechó la mano con fuerza y se fue, galante filibustero que tenía una cita con el destino. Mientras su figura remolona y predatoria se perdía de vista, envuelta en trapacerías, yo incliné la cabeza en señal de homenaje. “Adieu, Quackenbush -susurré-. Adieu, Capitán Spaling. Ningún hombre fanfarroneó mejor”, escribía S.J. Perelman.

miércoles, 26 de julio de 2017

DENNIS LEHANE. CUALQUIER OTRO DÍA; VIVIR DE NOCHE; ESE MUNDO DESAPARECIDO

Hola, buenas tardes. Bienvenidos a la última emisión de Todos los libros un libro por este curso 2016/2017. Con mi propuesta de esta tarde os decimos adiós hasta el próximo septiembre, dejándoos, como hemos hecho a lo largo de todo este mes de julio, con una recomendación de lectura que no puede formularse así, en singular, ya que se abre a múltiples libros e incluso a otras obras no literarias como películas o series televisivas. Quienes habéis seguido el espacio en estas últimas semanas sabréis que, como en otras temporadas, he querido aprovechar el tiempo de holganza y vacación que siempre acompaña a estos días veraniegos para sugeriros libros de gran extensión o que se encuadran en proyectos más plurales, que incluyen varios títulos o se presentan en distintos volúmenes y que, por ello, nos obligan a disponer de un tiempo amplio -como el que se nos ofrece ahora, en este inminente agosto- para afrontar su casi inacabable aunque muy gozosa lectura.

Así sucede también en el caso de hoy, con una trilogía -que puede ampliarse, como pronto veréis, a seis o hasta diez libros más- de un escritor que ha visto trasladadas al cine algunas de sus obras y que incluso ha firmado el guion de algunos episodios de muy conocidas series de tal manera que, de estar interesados en “agotar” la variopinta producción de su autor (algo que, sin duda, os aconsejo), deberíais “entregar” a la tarea (placentera pero rozando lo imposible) no ya un mes sino un año de intensa y apasionada dedicación en exclusiva.

Dennis Lehane es un autor estadounidense de novela negra, bostoniano -y el dato no es irrelevante, pues Boston es un elemento central en sus libros-, que ha presentado hace pocos meses en España su último libro, con el que cierra una serie de tres protagonizados por diversos miembros de una familia, los Coughlin, que se mueven en los aparentemente opuestos ambientes de la policía y el crimen organizado en la ciudad norteamericana en el primer tercio del siglo XX. Ese mundo desaparecido se edita en nuestro país este mismo año, en Salamandra, en un sorprendente cambio de firma editorial del autor, que siempre había publicado en RBA, sello -del que procede la actual responsable de la exitosa Salamandra- en el que pudimos leer en 2010 el primer libro de la serie, Cualquier otro día, y también el segundo, Vivir de noche, que vio la luz en 2013.

Mi reseña de hoy se centrará en estos tres libros, aunque no quiero dejar de recomendaros el resto del muy estimable fruto de la maestría literaria de Lehane. Desde 2009, la citada RBA ha albergado la hexalogía de Patrick Kenzie y Angela Gennaro, dos detectives que se desenvuelven en el sórdido mundo criminal de Boston y que protagonizan Un trago antes de la guerra, Abrázame, oscuridad, Lo que es sagrado, Desapareció una noche, Plegarias en la noche y La última causa perdida, seis apasionantes novelas. Lehane es autor también de otros títulos espléndidos presentados de forma independiente, ajenos al formato serial y, por lo tanto, con carácter autónomo, aunque coincidiendo en escenarios y atmósfera cada uno de ellos, como es el caso de La entrega, Mystic River o Shutter Island. Estos dos últimos han sido llevados al cine por, respectivamente, Clint Eastwood y Martin Scorsese en dos películas magníficas. Con menor calidad, cuestionadas por la crítica, pero, a mi juicio, también interesantes son las traslaciones cinematográficas, ambas a cargo de Ben Affleck, de Vivir de noche y Desapareció una noche; ésta exhibida en España bajo el título de Adiós, pequeña, adiós. Por último, nuestro invitado de hoy ha escrito el guion de algún capítulo de The Wire o de Boardwalk Empire, dos prestigiosas series de culto de la factoría HBO.

Cualquier otro día, premio del gremio de libreros español a la mejor novela del año 2010, presenta, en traducción de Carlos Milla e Isabel Ferrer, más de setecientas excitantes páginas en un híbrido de géneros que solo de modo residual y “condicionados” por la influencia de la trayectoria literaria de su autor incluye al negro y criminal pues, aun sin olvidar esa dimensión policiaca -como digo accesoria en este caso-, nos hallamos ante un libro que es sobre todo un texto de ficción histórica y social, y sobre todo -ya sin etiquetas reduccionistas- una gran obra literaria, de sobresaliente calidad.

La novela, ambientada en la ciudad natal del autor entre 1918 y 1920, se desarrolla en dos líneas principales que corren inicialmente en paralelo pero que acabarán por confluir. Por un lado, la narración sigue las tristes y esforzadas peripecias de Luther Laurence, un joven negro que se ve envuelto, por la fuerza de un inexorable destino y casi al margen de su voluntad, en el mundo del hampa, del que huye para acabar en un Boston en el que la segregación racial lo introduce de nuevo en un universo de violencia. El otro eje de la trama se desenvuelve en torno a Danny Coughlin, un joven policía irlandés, hijo de emigrantes católicos -su padre, Tommy, ha llegado a ser, desde la pobreza de sus orígenes, una alta y férrea autoridad en la policía bostoniana-, que busca su lugar en el mundo debatiéndose entre la fidelidad a los valores familiares y la continuidad de la carrera de su progenitor, movida por principios conservadores y hasta ferozmente reaccionarios, y su recién adquirida conciencia de las injusticias y los fraudes, de los abusos, los atropellos, la corrupción y la profunda inmoralidad de ese entorno que le rodea. Ambos personajes -con sus contradicciones: los dos serán capaces de ejercer la violencia y hasta de matar- son íntegros, valientes, de torturada existencia, sensibles, románticos y sentimentales, esperanzados y a la vez escépticos buscadores del amor y, en suma, perdedores. Como un sutil hilo conductor Lehane recurre a la figura -esta con base real, con presencia histórica- del jugador de béisbol Babe Ruth, uno de los grandes nombres del para mí inextricable deporte norteamericano, cuyos avatares profesionales y personales puntean la novela en un segundo plano, en apariencia tangencial, enmarcando la acción.

El libro, más allá de la profundización en la personalidad y el itinerario vital de sus dos grandes protagonistas, interesa por su valor documental. Cualquier otro día podría ser calificada de novela histórica, por cuanto “funciona” como fidedigna fotografía de una época. A partir del microcosmos bostoniano, el lector asiste al crecimiento de los Estados Unidos como sociedad de aluvión en el siglo XX, un país por hacer al que arriban, entre millones de inmigrantes, dos jóvenes, Thomas, el padre de los Coughlin, y su mejor amigo Eddie, que se enfrentan a la despiadada lucha por sobrevivir y prosperar en las calles de su ciudad de acogida. Los dos chicos, recién llegados desde su Irlanda natal a principios de siglo, reciben el mensaje que el inmenso país manda a todos los que acceden al nuevo mundo en procura de más amplias expectativas de vida: Este país es vuestro, chicos, pero tenéis que apoderaros de él. Años después, ya convertidos en el estricto capitán Coughlin y el despiadado teniente McKenna -devenido en relevante inspector de policía y padrino de Danny- constatarán el éxito de su tarea: Y tanto que nos apoderamos, muchacho, y tanto. Pero el protagonismo directo recae en Danny y Luther y, a través de sus vidas, en un Boston que puede “leerse” como trasunto de los Estados Unidos (La Atenas de América, cuna de la Revolución americana y de dos presidentes, sede de más universidades que ninguna otra ciudad de la nación, el centro del universo), conocemos la realidad de una ciudad abigarrada, poblada de emigrantes de todas las partes del mundo y de toda condición (italianos, irlandeses, negros, lituanos, anarquistas, comunistas, judíos), de niños dickensianos que trabajan en condiciones infrahumanas (como en las testimoniales fotografías de Lewis W. Hine), de obreros que se desempeñan en oficios varios, todos duros y todos míseros; una caótica locura de calles enfangadas por las que transitan camiones y coches de caballos, ríos de gente y fruta y verdura y cerdos nerviosos resoplando entre la paja en el adoquinado, en un ambiente general de miseria y enfermedad, de infecciones y contagiosas epidemias, en el que la adictiva prosa de Lehane se detiene para plasmar los pequeños detalles reveladores: el chirrido de las poleas de los tendederos entre edificios, el sonido de un organillo en la calle, las madres llamando a sus hijos, los colchones en las escaleras de incendios en las calurosas noches del verano.

Esta dimensión de crónica de la novela se enriquece, además, por una innegable voluntad de crítica social. En unos Estados Unidos que asisten a distancia a los últimos días de la Gran Guerra y el nacimiento de la revolución bolchevique, con una paranoia generalizada en la que el miedo al terrorismo, al anarquismo, al comunismo, a la sovietización del país, impregna las conciencias de sus ciudadanos, Cualquier otro día nos muestra -como telón de fondo de la ”acción”- la terrible situación de las masas de individuos que acceden a las costas orientales de Norteamérica en busca de una vida mejor: los trabajadores, los parias, los desheredados, los desprotegidos, los que nada tienen (para la mayoría de la gente, cuando tropieza, no hay red. Nada. Simplemente nos caemos), las pobres gentes que, explotadas en fábricas y astilleros, en industrias y manufacturas, en empresas y talleres, “asaltan” las ciudades reivindicando sus derechos. Es la época del nacimiento del Derecho del Trabajo, y las calles de Chicago, Detroit o Boston son un turbión de sucesos en los que afloran el sindicalismo, el movimiento obrero, las huelgas, los disturbios callejeros; una etapa en la que los cambios y los sufrimientos que llevan consigo son los protagonistas (los cambios duelen), en la que nace un mundo nuevo, una nueva sociedad, dejando a su paso miles de víctimas, arrolladas por la inusitada fuerza de la vida que se impone devorando a los más débiles: Era como si todos cruzaran este mundo de locos intentando seguir el ritmo pero sabiendo que eran incapaces de hacerlo, sencillamente incapaces. Así que parte de ellos aguardaba, en un segundo intento, a que el mundo los alcanzara de nuevo por detrás, y entonces simplemente los arrollaba, enviándolos, por fin, al otro mundo.

Y de ese universo convulso, el talento de Lehane -y su explícita voluntad, en la que yo creo ver una intención moralizante- nos deja ver dos “frentes”; no solo, como se ha dicho, el de los desgraciados de la fortuna, sino el de quienes se benefician y sacan partido de tanta miseria y tanta degradación, de tanta explotación y tanta iniquidad: los políticos venales, los banqueros corruptos y una policía connivente con el poder que contribuye, en beneficio de las privilegiadas élites, a la destrucción y el sometimiento de los desamparados.

Y el lugar de encuentro “natural” de ambos mundos -y un “topos” clásico de la literatura negra- es el que acaba por constituir el núcleo último de la obra de Lehane, que se adentra así en el cuarto de los ejes principales de su libro (tras la indagación en la personalidad de sus “criaturas”, el documento histórico y el retrato social): el ambiente, la atmósfera, el “clima” policiaco, el de los bajos fondos, las tabernas, los tahúres y la lotería clandestina, el de la prostitución, las drogas y el alcohol (la acción se desarrolla cuando está a punto de empezar la prohibición, con una Ley Seca que se aprobará a comienzos de 1920). El sinuoso y despiadado McKenna, mangoneando a su antojo el DPB (Departamento de Policía de Boston), y el más aparentemente discreto Thomas Coughlin, siempre al servicio del bien, dirigen una mafia policial, con distintas brigadas especiales repletas de informantes, timadores, infiltrados, espías callejeros y revienta huelgas que, en un mar de violencia y siendo capaces de llegar -en ocasiones y en nombre de unos pomposos honor, lealtad y dignidad- a la tortura y el asesinato, reprimen cuanto grito demandante de libertad resuena en las calles.

Cuando da comienzo Vivir de noche, segunda entrega de la serie, traducida a nuestro idioma por Ramón de España, han pasado algunos años -la historia se retoma en 1926- y el foco del relato se centra ahora en Joe, el menor de los Coughlin (solo un adolescente en Cualquier otro día). Sin perder de vista esa dimensión histórica y social (en las tres novelas del ciclo abundan los personajes y los sucesos reales; la sombra del nazismo y del ascenso hitleriano, por ejemplo, asoma en el horizonte al término de esta segunda), el libro se adscribe de un modo más “natural” al género negro. Ambientada en su primera parte en Boston (recreado de nuevo con precisión y brillantez; con unos capítulos “carcelarios” auténticamente magistrales) y, sobre todo, en Tampa, Florida, y en una coda final en Cuba, la novela se desarrolla en los años de plena vigencia de la Ley Seca (que se derogó en 1933, aunque la novela continúa hasta 1935) y da cuenta de las luchas sangrientas entre bandas mafiosas por el control del tráfico clandestino de alcohol y el dominio de los circuitos de las drogas, la prostitución y el juego. Con una narración trepidante, que nos hace avanzar con fruición en la lectura, se multiplican las encerronas y las traiciones, los tiroteos y los asesinatos, las torturas y las ejecuciones, como en las mejores manifestaciones literarias y cinematográficas del género negro. Y ello sin que la dimensión humana de los protagonistas, sobre todo Joe y Graciela, pero también Emma Gould o Maso Pescatore o Loretta Figgis, se descuide, antes al contrario: todos tienen hondura y se dibujan con sutileza y variedad de matices.

Ese mundo desaparecido cierra la trilogía, en traducción esta vez de Enrique de Hériz (es una lástima que cada libro se vierta al español con una voz distinta; cada una de ellas, aunque de modo leve y aparentemente inapreciable, introduce su particular estilo, diferente al de los demás y con efectos, por ello, ligeramente incómodos en la lectura). Siete años después de los episodios que ponían fin a la novela anterior, Joe Coughlin ha abandonado, aparentemente, la “primera línea de fuego” y es ahora (como puede apreciarse en el fragmento que cierra esta reseña) un influyente hombre de negocios de Tampa, aunque sigue manejando -en un segundo plano, de un modo no tan notorio- los hilos de todos los asuntos sucios de la ciudad (prostitución, drogas, usura, juego ilegal, tráfico de seres humanos, asesinatos). En el escenario ya conocido de Florida y Cuba, ahora avanzada ya la primera mitad de los años cuarenta y con la Segunda Guerra mundial destrozando Europa, se mantienen -al igual que en Vivir de noche- las pautas del más duro género negro: traiciones, ajustes de cuentas, delaciones, encarnizados enfrentamientos entre facciones rivales, dobles juegos, sospechas, clanes mafiosos, sangrientas luchas por el poder, innumerables tramas que se entremezclan, gánsteres, forajidos despiadados pero con preocupaciones humanísimas, y todo ello narrado con virtuosismo, en un relato rebosante de “escenas” vibrantes, de una tensión casi inaguantable. Pero hay también -y sobre todo- una sólida construcción de los personajes, en especial de un protagonista que la capacidad de penetración psicológica de Lehane nos muestra con emoción y lirismo, con poesía y profundidad. Aquel hombre emanaba más dolor, amor, poder, carisma y maldad potencial que cualquier otro con quien se hubiera cruzado, se dice de él en un momento del texto. Asistimos así a las reflexiones, las vacilaciones morales, la perplejidad existencial, la imposible aceptación de un fatal destino, previsible pero inexorable, en un Joe Coughlin que, cuidando de un hijo pequeño, con solo treinta y seis años y tras veinte de vida al límite, encara sus fantasmas. Y es que el temible gánster, siendo un sanguinario criminal que vive una vida de codicia y castigo, sufre por la imparable deriva de su existencia, analiza sus pecados, se enfrenta a sus remordimientos, reflexiona sobre su código ético y, en definitiva, sacrifica su paz mental torturado por las muchas dudas que le asaltan ante las brutales repercusiones de sus actos. En este sentido, Ese mundo desaparecido es, de nuevo, como la primera obra de la serie, una magistral novela que trasciende el marco del género negro y puede ser leída como gran literatura.

En fin, leed estos tres espléndidos libros de Dennis Lehane -y todos los demás que ha escrito, y ved las películas y las series en las que ha intervenido-, os aseguro horas de entretenimiento y disfrute, de intensidad y emoción. Os dejo ahora con Where Did You Sleep Last Night?, una tristísima canción, aquí interpretada por Leadbelly, que Tomas, el hijo de Coughlin, con solo cinco o seis años le canta, en la última novela de la serie, a su padre, embargados ambos por el recuerdo de su madre y esposa, respectivamente. Con esta recomendación me despido hasta dentro de poco más de un mes, hasta el miércoles 6 de septiembre, exactamente, en que volveremos con una nueva temporada, la octava ya, de Todos los libros un libro. Pasad unas muy buenas vacaciones. Adiós.


Diciembre de 1942

Antes de que su guerra pequeña los separase, se juntaron para recaudar fondos para la guerra grande. Había pasado ya un año desde lo de Pearl Harbor cuando se vieron en el salón de baile Versalles del hotel Palace de Bayshore Drive, en Tampa, Florida, con la intención de recaudar dinero para las tropas desplegadas en el escenario bélico europeo. Era una cena con catering, había que llevar corbata negra, hacía una noche seca y apacible.

Seis meses después, una tarde húmeda de principios de mayo, un periodista del Tampa Tribune especializado en sucesos se iba a encontrar con unas fotografías tomadas en esa reunión. Se llevó una sorpresa al ver la cantidad de asistentes a esa cena de recaudación de fondos que habían acabado saliendo en las noticias locales, ya fuera por asesinar a alguien o por morir asesinados.

Le pareció que ahí había una historia; su redactor jefe no estaba de acuerdo. «Pero mira — insistía el periodista— , fíjate. Ese que está en la barra con Rico DiGiacomo es Dion Bartolo. ¿Y este de aquí? Estoy casi seguro de que ese pequeñajo del sombrero es Meyer Lansky en persona. Y aquí... ¿Ves ese que habla con una embarazada? Terminó en la morgue el pasado marzo. Y ahí tienes al alcalde y a su mujer hablando con Joe Coughlin. Otra vez Joe Coughlin, en ésta, estrechándole la mano a Montooth Dix, el gángster negro. A Boston Joe casi no le han sacado fotos en toda su vida, pero esa noche salió en dos. ¿Ese tío que fuma junto a una mujer vestida de blanco? Está muerto. Y éste también. ¿El de la pista de baile, con esmoquin blanco? Mutilado.»

«Jefe — decía el periodista— , esa noche estaban todos juntos.»

El redactor jefe comentó que Tampa era un pueblo que se hacía pasar por una ciudad mediana. La gente no hacía más que cruzarse. La cena pretendía recaudar dinero para la guerra; una de las causes de rigueur para los ricos y ociosos; atraían a cualquiera que fuera alguien en la ciudad. Señaló a su joven y entusiasta reportero que a la cena había asistido muchísima gente — dos cantantes famosos, un jugador de béisbol, tres actores de los seriales radiofónicos más populares de la ciudad, el presidente del First Florida Bank, el director general de Gramercy Pewter y P. Edson Haffe, dueño precisamente del diario en que ambos trabajaban— que no tenía ninguna conexión con el derramamiento de sangre que, en el mes de marzo, había manchado el buen nombre de la ciudad.

El periodista siguió protestando un poco más, pero al ver que el redactor jefe se negaba a ceder en ese asunto retomó la investigación de los rumores que hablaban de unos espías alemanes infiltrados en el litoral de Port Tampa. Al cabo de un mes lo reclutó el ejército. Las fotos seguían en la morgue fotográfica del Tampa Tribune cuando ninguno de los que aparecían en ellas vivía ya en este mundo.

El periodista, que murió dos años después en la playa de Anzio, no tenía manera de saber que el redactor jefe — que vivió treinta años más que él, hasta que se lo llevó una enfermedad coronaria— había recibido órdenes de poner fin al seguimiento de cuanto tuviera que ver con la familia criminal de los Bartolo, con Joseph Coughlin o con el alcalde de Tampa, un valioso joven de una valiosa familia local. Bastante se había ensuciado ya, según le dijeron, el nombre de la ciudad.

Por lo que a ellos concernía, los asistentes a aquella reunión de diciembre habían participado en una reunión absolutamente inocua de gente que apoyaba a los soldados de ultramar.

Joseph Coughlin, el hombre de negocios, había organizado el acontecimiento al ver que muchos de sus antiguos empleados pasaban a engrosar las filas del ejército, ya fuera porque los reclutaban o porque se alistaban de manera voluntaria.

Vincent Imbruglia, que tenía a dos hermanos en la guerra — uno en el Pacífico y el otro en algún lugar de Europa que nadie le sabía precisar— dirigió la rifa. El premio principal eran dos entradas de primera fila para un concierto de Sinatra en el Paramount de Nueva York a finales de mes, con dos billetes de primera clase en el tren Tamiami Champion. Todo el mundo compró ristras enteras de boletos, pese a dar por hecho que el bombo estaba trucado para que ganara la esposa del alcalde, gran fan de Sinatra.

El gran jefe, Dion Bartolo, exhibió los bailoteos que le habían servido para ganar unos cuantos premios en la adolescencia. De paso, proporcionaba a las madres e hijas de algunas de las familias más respetables de Tampa historias que contar a sus nietas. («Un hombre capaz de bailar con esa elegancia no puede ser tan malo como dicen algunos.»)

Rico DiGiacomo, la estrella más brillante del submundo de Tampa, apareció con su hermano Freddy y su adorada madre, y su peligroso glamour sólo se vio superado al llegar Montooth Dix, un negro de altura excepcional que aún parecía más alto por el sombrero de copa que coronaba su esmoquin. La mayor parte de los miembros de la elite de Tampa nunca había visto a un negro en sus fiestas, salvo que llevara una bandeja en la mano, pero Montooth Dix se desenvolvía entre aquella muchedumbre de blancos como si diera por hecho que eran ellos quienes debían servirle.

La fiesta tenía el grado de respetabilidad suficiente para poder asistir a ella sin remordimientos, y la peligrosidad suficiente para merecer comentarios durante el resto de la temporada. Joe Coughlin tenía un talento especial para poner en contacto a los próceres de la ciudad con sus demonios y lograr que pareciese una pura juerga. A ello contribuía el hecho de que el propio Coughlin, de quien se rumoreaba que en otro tiempo había sido gángster, y bien poderoso, hubiera evolucionado luego para salir de la calle. Era uno de los mayores contribuyentes de las obras de beneficencia en toda la zona central del oeste de Florida, amigo de numerosos hospitales, sopas bobas, bibliotecas y refugios. Y si eran ciertos los otros rumores — según los cuales no había abandonado del todo su pasado criminal— , bueno, no se puede culpar a nadie por mantener cierta lealtad con quienes lo han acompañado a la cumbre. Desde luego, si algunos de los magnates, dueños de fábricas o constructores allí presentes necesitaban serenar la agitación entre sus trabajadores o desatascar las rutas de aprovisionamiento, sabían a quién llamar. En aquella ciudad, Joe Coughlin era el puente entre lo que se proclamaba en público y el modo de conseguirlo en privado. Si te invitaba a una fiesta, acudías aunque sólo fuera para ver quién se presentaba.

Ni siquiera el propio Joe daba a esas fiestas un significado mayor que ése. Cuando alguien celebraba una en la que lo más granado de la ciudad se mezclaba con los rufianes, y los jueces charlaban con los capos como si nunca se hubieran visto — ni en el juzgado, ni en algún reservado— , cuando el pastor del Sagrado Corazón aparecía y bendecía la sala antes de zambullirse en ella con tanto afán como los demás, cuando Vanessa Belgrave, la esposa del alcalde, bella pero gélida, alzaba el vaso hacia Joe en señal de gratitud y un negro tan imponente como Montooth Dix era capaz de entretener a un grupo de carcamales blancos con el relato de sus proezas en la Gran Depresión sin que nadie presenciara una mala palabra, ni un solo tambaleo de borracho, bueno, esa fiesta era algo más que un éxito, posiblemente era el mayor éxito de la temporada.

miércoles, 19 de julio de 2017

JANE AUSTEN. ORGULLO Y PREJUICIO

Hola, buenas tardes. Bienvenidos a una nueva emisión, la penúltima por este curso 2016/2017, de Todos los libros un libro. Como sabéis nuestros seguidores más habituales, en este mes de julio estamos proponiéndoos algunas lecturas que por su extensión o por su capacidad de abrirse a otros libros o a películas o a distintas manifestaciones artísticas relacionadas, y que por ello también debemos -y sobre todo queremos- conocer, requieren una considerable dedicación en tiempo, algo que quizá solo cabe en estos meses veraniegos, en los que coinciden las jornadas interminables y una holganza vacacional, que ahora, cuando apenas da comienzo, parece que no vaya a tener fin.

Este es sin duda el caso de mi propuesta de hoy, aunque, como veréis, resulta absurdo hablar de ella en singular. Porque esta tarde no os aconsejo la lectura de un libro sino una muy amplia variedad de ellos, complementada, además, con varias películas y hasta alguna serie televisiva. En realidad, lo que ahora os propongo es una invitación -una incitación- a adentraros en una experiencia global: una completa y feliz inmersión en lo que podemos denominar el “universo Jane Austen”.

Y es que Jane Austen, la ya clásica escritora británica, murió hace ahora doscientos años, el 18 de julio de 1817, en Winchester, capital del muy inglés condado de Hampshire, y este aniversario, celebrado en todos los medios en nuestro país (y obviamente en el suyo), es la excusa perfecta para plantearos mis apasionados consejos de lectura de su obra y de otras adyacentes.

Fundamentalmente quiero centrar el espacio en Orgullo y prejuicio, una de las grandes novelas de Austen, cuya relectura ha sido para mí una de las vivencias más felices en estos últimos meses. Luego, y siempre con el mismo motivo principal, os hablaré también de algunas secuelas actuales del libro, más o menos interesantes, en particular La muerte llega a Pemberley, de la escritora policiaca P.D. James; Sin compromiso, de Curtis Sittenfeld; o la insólita Orgullo y prejuicio y zombis, escrita por Seth Grahame-Smith. También son muy estimables la película, con el mismo título del libro, dirigida en 2005 por Joe Wright, con una Keira Knightley muy joven y brillante (en todos los sentidos, sobre todo el de esplendorosa), y la magnífica serie de la BBC, también bajo la rúbrica de la obra original, presentada en tres capítulos en 1995, con Jennifer Ehle y Colin Firth en los dos papeles principales.

Pero el que el eje central de mi reseña sea la formidable historia de las deliciosas hermanas Bennett no impide, antes al contrario, que amplíe mi propuesta a otras novelas magníficas de Jane Austen que yo no había leído hasta hace pocas semanas, como Sentido y sensibilidad, Mansfield Park, Persuasión o Emma, muchas de ellas con su más que digna traslación cinematográfica. Se trata, como podéis deducir de esta somera enumeración, de una enardecida llamada por mi parte para que abandonéis durante algunas semanas todas vuestras obligaciones -si es que en este período de asueto mantenéis viva alguna- para pasar a convivir en cuerpo y alma con los personajes de las obras mencionadas compartiendo sus peripecias en las impresionantes mansiones georgianas y los apacibles paisajes de la campiña inglesa en los que se desenvuelven sus tramas. Si os decidís a hacerlo, os recomiendo igualmente la indispensable página Jane Austen en castellano, completísima y repleta de información interesante. Excelente también, e inabarcable, Hablando de Jane Austen.

Pero vayamos de entrada con Orgullo y prejuicio, la más popular, quizá, de las novelas de nuestra invitada de hoy. El libro cuenta con varias ediciones en castellano, con formatos y traducciones diversas (son significativas y llaman la atención las discrepancias, a propósito de las muchas versiones al castellano de la obra, en las diversas formulaciones de la muy famosa frase inicial de la novela: Es una verdad universalmente aceptada que todo soltero en posesión de una gran fortuna necesita una esposa, que se recrea de unos libros a otros con una generosa variedad de interpretaciones). Yo os recomiendo la publicada en 2009 por Alba Editorial, en su colección Clásica Maior, una edición primorosa, bellísima, con una traducción impecable desde el punto de vista del profano, complementada con enjundiosas notas, de Marta Salís (hay un interesante trabajo de una experta, la profesora Nieves Jiménez Carra, de la Universidad Pablo de Olavide de Sevilla, acerca de las traducciones de Orgullo y prejuicio, que incluye un interesante análisis del modo en que se han vertido al castellano algunos términos de frecuente aparición en la obra de Jane Austen: abilities, accomplishments, manners y mind). El texto utilizado para la traducción es el de la primera edición de la obra, que vio la luz de forma anónima en 1813. Las ilustraciones, magníficas, que se entreveran en las páginas del libro y encabezan los distintos capítulos, son las de Hugh Thompson para la edición de 1894.

El hogar de los Bennet, una propiedad en Hertfordshire que por diversas consideraciones legales deberá pasar a manos ajenas tras la muerte del padre de familia, y por el que revolotean sus cinco jóvenes y casaderas hijas (Jane, Elizabeth -Lizzy-, Mary, Kitty y Lydia), se ve sacudido por la noticia, con la que se abre el libro, de que un rico y agraciado hombre soltero, el Sr. Bingley, ha alquilado una mansión vecina, la finca Netherfield. La Sra. Bennet ve en el acontecimiento la ocasión para que alguna de sus hijas pueda lograr una buena boda que resuelva tanto su propia vida como la del resto de la familia. Bingley aparecerá con sus hermanas y con un amigo, el Sr. Darcy, también atractivo e igualmente poseedor de una considerable fortuna, que despertará junto a su compañero el interés de las chicas. Enseguida se suceden los actos sociales -bailes, almuerzos, visitas, paseos- en cuyo curso aflorará la atracción recíproca entre el joven Bingley y la mayor de las jóvenes Bennet, la muy bella Jane. Por el contrario, el contacto entre Darcy y Elizabeth nace marcado desde muy pronto por los malentendidos -y aun más, la antipatía, la animadversión y la franca hostilidad- que provocan simultáneamente el carácter aparentemente orgulloso del varón, cuyos comentarios humillan a la chica, y las reticencias y prejuicios que ésta alberga sobre él a partir de la información que recibe de otras personas y que corroboran esa personalidad arrogante, altiva, proclive al desprecio y la altanería de un joven que desde el primer momento parece dejar claro que las notorias diferencias de clase con la familia Bennet lo enojan e irritan, lo aburren y alejan del inconveniente trato con sus miembros. Las otras hermanas, la muy seria Mary y las infantiles y frívolas Kitty y Lydia, tienen una menor presencia en el libro, aunque un controvertido comportamiento de esta última sí incidirá en la línea central de la trama. Un hilo argumental que se desarrollará dándonos cuenta de las vicisitudes por las que atraviesan las dos relaciones principales, singularmente la de Lizzy y Darcy, con sus vaivenes, lances, incidencias, idas y vueltas, acercamientos y separaciones, aproximaciones y rechazos, esperanzas y deseos, tropiezos y errores, hasta llegar a una conclusión que pese a ser previsible y bien conocida no voy a divulgar.

Pero como tantas otras veces nos encontramos en las obras maestras de la literatura, no es el desarrollo de la historia que se nos cuenta -su contenido: estamos, en el fondo, ante una magnífica novela de amor- lo esencial del libro, sino su estilo, la tensión narrativa que le imprime su autora y también la capacidad de ésta para la indagación en la psicología de sus personajes; su perspicacia y talento para la observación del comportamiento humano; la multiplicidad de temas que subyacen al relato; el talento de Jane Austen para ofrecer una precisa radiografía social de una época y de un ambiente, el de las clases media y alta en la sociedad rural de su tiempo, que aparecen descritos de un modo nítido aunque indirecto a través de los bailes, las visitas entre familias, las cartas y los mensajes, las invitaciones y los almuerzos, los pequeños detalles que marcan las diferencias de clase, las costumbres domésticas y, sobre todo, las ceremonias y los protocolos, los valores y rituales, las formalidades y la liturgia -también sus expectativas y sus afanes- del matrimonio, la institución que ocupa un lugar central en todas sus novelas (casarse había sido siempre su objetivo; era la única forma respetable de que una joven educada y de escasa fortuna se asegurara el porvenir y, aunque no garantizara su felicidad, era el mejor modo de no pasar privaciones).

En particular, y sin poder ahondar más en el asunto, destaca por encima de todos el personaje de Elizabeth, una chica inteligente, romántica sin caer en el empalago y racional, con personalidad propia, dotada de un ingenio vivísimo y una lengua afilada, valiente y atrevida, respondona e inconformista, por todo ello adelantada a su tiempo y en consecuencia muy moderna, hasta feminista avant la lettre, por esa su negativa a someterse a los dictados de las conveniencias y las formalidades sociales, por su radical insistencia en pensar por sí misma, por su lúcida obstinación en rechazar el papel que la época exige de una joven dama de su clase. Una figura literaria inolvidable.

Toda esta amplia variedad de referencias, significados e interpretaciones a los que se abre el libro no admite de ninguna manera una fidedigna traslación al cine, siempre más -forzosamente- reduccionista. Hay, al parecer, más de sesenta adaptaciones o desarrollos o recreaciones cinematográficas de las obras de Jane Austen, de las que yo quiero hablaros ahora de dos. En primer lugar, me ha interesado Orgullo y prejuicio, una película de 2005 dirigida por Joe Wright que cuenta con un reparto formidable, en el que destacan dos grandes nombres de la escena británica, la siempre solvente Brenda Blethyn en el papel de la Sra. Bennet y Judi Dench, que brilla en una aparición secundaria de lujo. También son reseñables, desde otra perspectiva más “mundana”, Carey Mulligan, en su primera presencia en un film en el rol de Kitty, una de las hermanas pequeñas, y la guapísima -y casi solo eso- Rosamund Pike como Jane Bennet, iluminando las escenas en que aparece. Y por encima de todos ellos, un como casi siempre genial Donald Sutherland, recreando al sarcástico, escéptico y socarrón Sr. Bennet, en una interpretación conmovedora en algunos momentos, como la conversación final con su hija Lizzy. Además, y, sobre todo, destaca una jovencísima y entonces aun por hacer Keira Knightley de la que su irresistible atractivo -y no hablo solo del físico- nos impide apartar los ojos de la pantalla.

La película, vista inmediatamente después de la lectura del libro, transmite una sensación de rapidez y aceleración tales que uno duda de si será posible la cabal comprensión de la historia por un espectador que no la conociera previamente en su versión literaria. Los brillantes planos secuencia, los laberínticos movimientos de cámara, las elipsis continuas, la sucesión de episodios que hacen avanzar la acción en sus elementos principales sin distracciones ni tiempos muertos, contrastan con la lentitud, la premiosidad, la detallada presentación de los personajes, la detenida exposición de sentimientos, el concienzudo análisis de los comportamientos que afloran en el libro. Sin embargo, la cinta resulta entrañable, deliciosas las hermanas, amable la madre, magníficos los actores secundarios (salvo el a mi juicio ostensible fallo de casting en la elección del actor que encarna a Bingley), reseñables las soluciones técnicas, sobresaliente la fotografía de exteriores, de una formidable pulcritud -como es costumbre en el cine británico- el mobiliario y la decoración, el vestuario y la ambientación (sorprende, por cuanto “inventa” lo que en el libro solo se apunta, el naturalismo en la recreación de la propiedad de los Bennet, las vacas, los cerdos, el lodo de los patios, la modestia del entorno, los muchos rasgos que subrayan la desigualdad de clase de la familia con sus acaudalados vecinos).

Y aún más apreciable que la película es la serie que, en seis capítulos, ofreció la BBC en 1995. Dirigida por Simon Langton, estamos ante cinco horas -aquí sí que la fidelidad al libro es más ostensible, la larga duración de la cinta permite disfrutar de los tiempos lentos, de la intensa indagación en las interioridades de los distintos caracteres, de la demorada recreación de los distintos episodios de la novela- de magnífica televisión -o cine, qué importa el medio- con, de nuevo, el acostumbrado rigor británico en la dirección artística, unos más que solventes actores, empezando por el extraordinario elenco de secundarios y terminando por un muy joven y algo excesivamente hierático Colin Firth, y, por último, una ejemplar traslación a la pantalla del rico universo de la obra literaria. Todas esas cualidades proporcionaron a la serie numerosos premios, sobre todo técnicos, aunque Jennifer Ehle, estupenda en su rol de Elizabeth Bennet, también consiguió el prestigioso BAFTA a mejor actriz.

Ya sin tiempo para más, un breve apunte para comentaros otros libros relacionados con Orgullo y prejuicio y para aconsejaros fervientemente el resto de la obra de Jane Austen. En La muerte llega a Pemberley, que publica Bruguera, escrita por la reconocida escritora de novela policíaca P.D. James, la acción comienza en 1803, seis años después del final del libro en el que se inspira. Elizabeth y Darcy, casados y con dos hijos, viven felices en la inmensa mansión de los Darcy en Pemberley. En la víspera de un baile de gala en la casa, el asesinato de un oficial en un bosque cercano desencadena la trama policial. El libro, deudor de la admiración de su autora por la literatura de Jane Austen, mantiene, más allá de los pormenores “criminales”, una línea de continuidad con la “obra-madre” -en el estilo, en el lenguaje, en la ambientación, en los principales rasgos y el carácter de los personajes-, resultando así una novela entretenida e interesante, que se lee con agrado como una suerte de prolongación de la novela principal y que representa, pues, en definitiva, un logro literario -ese “ensamblaje” de obra clásica y novela detectivesca- más que digno.

En Sin compromiso, novela de Curtis Sittenfeld de éxito en Estados Unidos y publicada hace unos meses en España por Siruela, nos encontramos con los personajes de Orgullo y prejuicio aunque reencarnados en modernos profesionales urbanos en Cincinnati. El lema con el que la editorial publicita el libro: “Un delicioso encuentro entre Orgullo y prejuicio y Sexo en Nueva York” resulta decisivo para no arriesgarse a perder el tiempo entre sus páginas.

Una tercera “secuela” -más bien una obra autónoma que traslada a nuestros días parte de las preocupaciones, pero no los personajes ni los escenarios, latentes en Orgullo y prejuicio- es La trama nupcial, una espléndida novela, esta sí muy recomendable- de Jeffrey Eugenides. De ella os hablé aquí hace un par de años.

Por último, la crítica ha valorado también la insólita Orgullo y prejuicio y zombis, escrita por Seth Grahame-Smith y publicada hace unos años por Umbriel. Se trata, al parecer (pues pese a las entusiastas valoraciones no la he leído por no encajar demasiado en mis preferencias), de una recreación del universo del clásico desde una perspectiva gore, repleta de cadáveres putrefactos, muertos vivientes, canibalismo, guerreras ninja, violencias varias y sangre por doquier. La visión irónica que impregna el libro se manifiesta desde el principio en la peculiar interpretación del ya mencionado inicio de la novela: Es una verdad universalmente reconocida que un zombi que tiene cerebro necesita más cerebros. Hay también, creo, versión cinematográfica.

Por último, quiero destacar también algunas otras novelas de Jane Austen, en algunos casos de tanta calidad como Orgullo y prejuicio y de lectura igualmente arrebatadora y placentera. Yo conozco -y he disfrutado- Juicio y sentimiento, Mansfield Park y Emma, teniendo pendiente de lectura Persuasión, todas en Alba Editorial y todas compartiendo parecidos referentes estilísticos y literarios y similares preocupaciones y temáticas. Volveré sobre alguna de ellas en otras reseñas el curso próximo.

De casi todas hay también adaptaciones fílmicas, entre las que destacan Sentido y sensibilidad (la traducción para el cine de Juicio y sentimiento), que dirigió en 1995 Ang Lee, con Emma Thompson, Kate Winslet, Hugh Grant y el recientemente fallecido y siempre espléndido Alan Rickman; y, menos interesante, Emma, con Gwyneth Paltrow en el papel protagonista a las órdenes de Douglas McGrath, en una película de 1996.

En fin, la lista de ramificaciones literarias y cinematográficas de la obra de Jane Austen es interminable y la propia imposibilidad de abarcarlas todas me lleva a cerrar aquí esta reseña. Os dejo, pues, con una aproximación más, ésta musical, al universo de la escritora inglesa. La cantante neozelandesa Holly Cristina nos habla de su experiencia como lectora de Jane Austen en una canción del mismo título.


A pesar de todas las preguntas que hizo la señora Bennet, ayudada por sus cinco hijas, no sonsacó a su marido una descripción convincente del señor Bingley. Las cinco le atacaron de diversos modos: con preguntas directas, con suposiciones ingeniosas y con vagas conjeturas; pero él logró eludir el asedio, y ellas no tuvieron más remedio que contentarse con la información de segunda mano de su vecina lady Lucas. Las palabras de ésta fueron muy elogiosas. Sir William estaba encantado con el nuevo inquilino de Netherfield. Era muy joven, y extraordinariamente apuesto y amable, y, por si fuera poco, pensaba asistir a la próxima fiesta con un numeroso grupo de amigos. ¡Las noticias no podían ser mejores! La afición al baile era en cierto modo un primer paso hacia el amor; y más de una joven abrigó la esperanza de conquistar el corazón del señor Bingley.

—Si pudiera ver a una de mis hijas felizmente instalada en Netherfield —dijo la señora Bennet a su marido—, y a las otras cuatro igual de bien casadas, todos mis deseos se verían colmados.

A los pocos días el señor Bingley devolvió la visita al señor Bennet, y pasó diez minutos con él en su biblioteca. Había ido con la ilusión de ver a sus hijas, pues había oído hablar de su belleza; pero sólo vio al padre. Las jóvenes fueron algo más afortunadas, ya que, desde una ventana del piso superior, tuvieron ocasión de comprobar que el nuevo vecino vestía una casaca azul y montaba un caballo negro.

No tardaron en enviarle una invitación para cenar; y la señora Bennet había elegido ya los platos que le permitirían lucirse como ama de casa cuando llegó una respuesta que lo demoró todo. El señor Bingley tenía que trasladarse a Londres al día siguiente, por lo que, lamentándolo profundamente, etcétera, no podía aceptar la amable invitación. La señora Bennet se quedó muy desconcertada. Era incapaz de imaginar qué asunto podía llevar al joven a la ciudad nada más instalarse en Hertfordshire; y empezó a temer que se pasara la vida yendo de un lugar a otro, sin hacer lo que debía: fijar su residencia en Netherfield. Lady Lucas consiguió tranquilizarla un poco al sugerir que tal vez viajara a Londres en busca del grupo de amigos que le acompañarían al baile; y no tardó en circular el rumor de que el señor Bingley asistiría con doce damas y siete caballeros. A las jóvenes les disgustó aquel número tan elevado de señoras; pero se consolaron al oír la víspera del festejo que sólo habían llegado de Londres seis mujeres: sus cinco hermanas y una prima. Y, cuando el grupo entró finalmente en el salón de baile, lo componían únicamente cinco personas: el señor Bingley, sus dos hermanas, el marido de la mayor y otro caballero.

El señor Bingley era un joven apuesto y distinguido; tenía un rostro muy agradable, y maneras sencillas y afables. Sus hermanas vestían con auténtica elegancia, a la última moda. Su cuñado el señor Hurst, que de caballero tenía sólo la apariencia, pasó casi inadvertido, pero su amigo, el señor Darcy, llamó en seguida la atención de los presentes por su elevada estatura, hermosas facciones y porte aristocrático; y porque a los cinco minutos de su llegada corrió el rumor de que tenía una renta de diez mil libras anuales. Los caballeros reconocieron su atractivo, y las damas dijeron que era más guapo que el señor Bingley, y todo el mundo le contempló con admiración durante la primera mitad de la velada, hasta que sus modales indignaron a todos y dieron un vuelco a su popularidad; pues se hizo patente que era un hombre orgulloso, que se sentía superior a los demás y no se contentaba con nada. Y ni siquiera su extensa heredad de Derbyshire impidió que le consideraran una persona desagradable y antipática, indigna de ser comparada con su amigo.

El señor Bingley no tardó en conocer a todos los vecinos ilustres allí congregados; era un joven alegre y expansivo, bailó todas las piezas, lamentó que la reunión terminara tan pronto, y prometió organizar un baile en Netherfield. Semejantes cualidades hablan por sí mismas. ¡Qué contraste entre él y su amigo! El señor Darcy se limitó a bailar una vez con la señora Hurst y otra con la señorita Bingley, no quiso que le presentaran a ninguna dama, y pasó el resto de la velada dando vueltas por el salón y hablando de vez en cuando con algún miembro de su grupo. Todos se formaron la misma opinión de él. Era el hombre más orgulloso y desagradable del mundo, y ojalá no volviera a aparecer por allí. Entre sus críticos más feroces estaba la señora Bennet, que, además de censurar su conducta en líneas generales, se sentía indignada por el hecho de que hubiera desairado a una de sus hijas.