Vivo entre muchos libros y extraigo una gran parte de mis ganas de vivir del hecho de que aún leeré la mayoría de ellos. (Elias Canetti)

miércoles, 16 de mayo de 2018

MIGUEL ALBERO. ROBA ESTE LIBRO

Hola, buenas tardes. Todos los libros un libro, el espacio de Radio Universidad de Salamanca en el que semanalmente os ofrecemos una recomendación de lectura sale a vuestro encuentro un miércoles más con una propuesta relacionada, como en semanas precedentes, con el mundo de los libros. Ya sabéis que con mucha frecuencia, coincidiendo con el Día del libro o con la celebración de la Feria del libro en nuestra ciudad, el programa suele centrarse en obras que tienen al propio libro como protagonista, en la creencia, quizá equivocada, de que quienes aman la lectura también están interesados en textos que reflexionan sobre ella, sobre el acto de leer y sus protocolos y ceremoniales, sobre la pasión libresca, sobre las ventajas e inconvenientes de vivir entre las páginas de un libro, sobre, en definitiva, las diversas manifestaciones de la bibliofilia, ese vasto territorio en el que no sólo caben los libros en tanto transmisores de conocimiento, sino también las librerías y bibliotecas, los incunables, los manuscritos y las primeras ediciones, las tipografías, las encuadernaciones, las dedicatorias y las muy variadas colecciones de elementos adyacentes a los libros (bibelots, abrecartas, lupas, marcapáginas, separadores, “sujetalibros”, etc.).

A este apasionante universo de los libros sobre libros nos aproximamos hace unas semanas desde una perspectiva sentimental, a partir de Este libro te alegrará la vida, escrito por el británico Daniel Gray, en el que se enumeraban cincuenta placeres asociados a los rituales del leer. El miércoles pasado nuestro enfoque fue más abiertamente argumentativo y racional, con el interesante alegato de Mikita Brottman en favor de la lectura inteligente y con criterio, de título en apariencia paradójico, Contra la lectura. Y hoy, sin rechazar -ni mucho menos- la dimensión afectiva que la relación con los libros entraña ni la profundidad del análisis llamémosle científico, el punto de vista escogido es, sin embargo, predominantemente humorístico, con un “tratado” provocador y desternillante -aunque también erudito, riguroso, sistemático, profundo y exhaustivo-, Roba este libro. Introducción a la bibliocleptomanía, que publicó el pasado 2017 Miguel Albero en la madrileña editorial Abada.

Miguel Albero Suárez es un diplomático español, licenciado en Derecho (circunstancia que aflora de modo evidente en su libro), que actualmente se desempeña como embajador de nuestro país en la República de Honduras. Su carrera literaria, cultivada en paralelo a su profesión principal, cuenta con una veintena de títulos, entre novelas, poemarios y ensayos, algunos de los cuales (Instrucciones para fracasar mejor: una aproximación al fracaso y Godot sigue sin venir. Vademécum de la espera, que vieron la luz en 2013 y 2016, respectivamente, también en Abada, el primero, y en Páginas de espuma, el segundo) me he lanzado a leer -y estoy haciéndolo en estos días con auténtica delectación- a raíz del enorme placer que me ha proporcionado Roba este libro, la deliciosa monografía de la que hoy quiero hablaros.

La primera referencia inspiradora del ensayo de Albero es Steal this book, un pequeño clásico de 1971, un panfleto antisistema del activista Abbie Hoffman, un manual de referencia de la contracultura en el que, sin la ironía ostensible del diplomático español y sí con una combativa literalidad, se dan consejos prácticos para la lucha contra la propiedad privada -no sólo la de los libros- y el sistema capitalista. Nada hay, sin embargo -más allá de la categórica fórmula del título-, en el estudio de nuestro diplomático que pretenda incentivar el robo de libros, la apropiación ilegal de volúmenes ajenos o cualquier otra práctica fuera de la ley para privar de sus posesiones bibliográficas a sus legítimos propietarios. Por el contrario, el sarcasmo notorio, la sorna palmaria de Roba este libro, encierran una implacable defensa de los libros, una indisimulada justificación de su valor y, en consecuencia, una categórica repulsa a su expolio o su incautación: Ésa y no otra es nuestra invitación, compren y no roben, paguen y no sustraigan, sería el inevitable y moralizante corolario, afirma en el ya divertidísimo prólogo.

La segunda fuente de la obra es otro texto del propio autor, Enfermos del libro: breviario personal de bibliopatías propias y ajenas, que publicó la Universidad de Sevilla en dos ediciones, en 2009 y 2013, y en el que Albero analizaba las distintas bibliopatías, los trastornos mentales relacionados con los libros, partiendo de su autoinculpación como víctima de una de ellas, la bibliofilia. En dicho volumen había un capítulo dedicado a la bibliocleptomanía, Lectores en libro ajeno, la bibliocleptomanía, sus partidarios y practicantes, que fue creciendo con los años gracias al obsesivo acopio por parte del escritor de materiales diversos relacionados con el robo de libros, hasta que la magnitud de lo acumulado exigió un tratamiento monográfico autónomo que es el que aparece ahora en Roba este libro.

Antes de entrar en el núcleo central de mi reseña, el comentario sobre el contenido y la estructura del libro, quiero dejar aquí constancia de una cierta incomodidad y un ligero desagrado sufridos durante su lectura a causa de la abundancia de errores ortográficos que lo salpican -sobre todo numerosísimas tildes ausentes o incorrectamente presentes, así como fallos de concordancia-, expresiones inexactas (se insiste una y otra vez en doler en prendas), también la profusión de erratas tipográficas varias, así como una puntuación a ratos desmañada, el desaliño de una redacción algo embarullada y confusa, con incisos reiterativos, con ejemplos y explicaciones que se repiten de un modo a veces enojoso, con comentarios recurrentes que pudieran haber sido abreviados o simplificados, con una oscura y algo caótica presentación de los diferentes modelos, pautas o patrones clasificatorios con los que el muy loable -y a mi juicio sobresaliente- afán taxonómico del autor estructura sus planteamientos. Nada, no obstante, que imposibilite la lectura ni tampoco, en lo sustancial, los motivos para su disfrute.

En las primeras páginas de la obra Albero lleva a cabo una somera aproximación conceptual sobre el objeto de su ensayo. Así, analiza con detenimiento las distintas acepciones a las que apunta la voz clepto, inscrita en el neologismo que recoge su título: robo, hurto, apropiación indebida, cualquiera de las variantes que, sean cuales sean los matices jurídicos o sociológicos de asunto, puedan usarse para referirse a un hecho esencial e indiscutible: te llevas un libro de alguien sin su consentimiento y te lo quedas, lo vendas o no, lo regales o lo quemes en la hoguera de San Juan, lo tires a la basura o desde el campanario de la iglesia, eso es un robo, y ladrón serás para nosotros aunque no te metan en la cárcel. Con la misma intención clarificadora, circunscribe a los libros -lo exige el prefijo biblio- la noción del título, el robo antedicho, la sustracción de un volumen, aunque haya fórmulas intermedias en las que el ladrón sustituye el libro robado por otro que deja en su lugar o mutila un texto privándolo de algunas de sus páginas, mapas, grabados, etc.; ambas formas híbridas del latrocinio que examinará en un capítulo posterior centrado en la periferia de la bibliocleptomanía. Por último, disecciona también la componente derivada del sufijo manía, que alude sin género de dudas a la compulsión, a la pulsión irrefrenable de robar libros, lo cual le permite diferenciar -aunque en muchas ocasiones se presenten asociadas- entre bibliofilia (el bibliófilo ama los libros), bibliomanía (si se pasa de rosca en ese amor, si es tal pasión que deviene locura, entonces pasa a ser bibliómano) y bibliocleptomanía (término que opta por asociar, en una operación metonímica de la que se avisa desde el inicio, a todos los que roban libros, no solo a aquellos que no pueden dejar de robar).

A partir de esta precisión nominal previa, el estudio se organiza en cinco grandes ejes, surcados por infinidad de referencias bibliográficas e ilustrados con ejemplos literarios pero también de la vida “real”. En el primero de ellos, Valoración de la bibliocleptomanía, se espigan las distintas posturas “morales” y jurídicas en torno al robo de libros. Desde la buena prensa de la que goza la práctica entre bienintencionados intelectuales que esgrimen argumentos peregrinos: robar libros no es robar; robar un libro es una ofensa elegante; robar libros no es robar si después no se venden; un libro robado es un libro leído; robar un libro no es robar, es tomar prestado, y una larga sarta de sandeces, todas, eso sí, muy cool, hasta, por fortuna, los beligerantes detractores como, entre otros destacados, Javier Cercas, el mítico librero François Maspero o el contundente Samuel Johnson: La única cosa peor que un ladrón de libros es el germen de la sífilis. Considerando el punto de vista punitivo, el capítulo recoge castigos variopintos para los bibliocleptómanos: las sanciones económicas que prescribe la Torah, las amputaciones de las manos culpables en el Corán, las excomuniones católicas o, ya en un plano más temporal, las leves condenas -dictadas por jueces benevolentes e imbuidos de afán pedagógico- a leer, a escribir o a sufrir el reproche público para los afortunados infractores.

En la ya mencionada sección centrada en la periferia de la bibliocleptomanía, se examinan -también con altas dosis de humor- las peculiaridades del préstamo sin retorno -experiencia frecuente, a la que casi nadie ha conseguido escapar-, con una simpática enumeración de razones para no prestar libros: no perder un amigo, mantener incólume tu biblioteca, evitar el deterioro del libro o impedir su no devolución; el robo parcial, esto es la mutilación, la profanación de libros, incluyendo ejemplos llamativos, como el del innombrable César Ovidio Gómez Rivero, mutilador hispano que se fue de rositas, Farhard Hakimzadeh, el mutilador millonario, o Forbes Smiley III, tercero sólo en la saga familiar, pero primero en el escalafón de ladrones de mapas; y, por último, el robo del contenido no del continente, con oportunas acotaciones sobre el plagio (se nos informa de que en Roma se condenaba a recibir latigazos -ad plagas- a los que vendían como esclavos a hombres libres; plagiarios, pues), la piratería y los (quienes en el siglo XIX pirateaban los libros entre Gran Bretaña y Estados Unidos, aprovechando los vacíos que dejaba la incipiente legislación de la época).

El apartado principal del ensayo (casi la mitad de su extensión) lo constituye el de la clasificación minuciosa y sistemática de las distintas tipologías de los ladrones de libros. Comparecen así, en una taxonomía a veces difusa, con categorías que se ramifican y con grupos y subgrupos que se desgajan una y otra vez del tronco principal entremezclándose y confundiéndose, las divisiones en función del motivo del robo -que será la seguida con carácter principal en el estudio-, del tipo de libro robado, del lugar del robo o del destino final de los frutos robados, propio o ajeno. Pero, como digo, entre estas ramas principales surgen otras menores que, en muchas ocasiones, llevan al lector, perdido en el marasmo clasificatorio, a renunciar a toda idea de seguir el cada vez más embarullado orden prescrito y a abandonarse sin más complicaciones ni afanes ordenancistas, feliz y placenteramente, a la amenidad de las historias que relata la exageradamente estructurada mente del autor.

Siguiendo, no obstante, el hilo principal, el que nos lleva a fijarnos en las razones que conducen a alguien a robar libros, nos encontramos en primer lugar con quienes roban para consumir, un sustancioso apartado dedicado al ladrón lector y al ladrón escritor, que roban por dotar de intensidad a unas vidas inanes o para nutrir con experiencias “al límite” el imaginario de sus obras; también aparecen los ladrones literarios, con los ejemplos destacados de Roberto Bolaño y Rodrigo Fresán, que no se consideran escritores de verdad si nunca han robado un libro o, como es el caso del escritor/editor Abelardo Castillo, si sus propios libros nunca han sido robados. Hay, también, ladrones de amplio espectro, que no circunscriben a los libros el objeto de su pulsión: Rimbaud, el poeta beat Gregory Corso, James Ellroy, “nuestro” César González Ruano o el más destacado de todos, Jean Genet, con su vida de delincuencia, entrando y saliendo de la cárcel de continuo. Por una erudita sección llena de referencias históricas, Yo robo para atesorar cuanto amo, desfilan varios especímenes de ladrones bibliófilos que llevan al extremo su amor por los libros. De este modo asistimos, intrigados, a las peripecias de Stanislas Gosse, el ladrón de Sainte-Odile, que robó decenas de valiosos libros en el convento alsaciano del mismo nombre, usando un pasadizo secreto y una puerta oculta -¡cómo no!- en una biblioteca; también nos suscita curiosidad la historia de Bartolomé Gallardo, quien fuera diputado por Badajoz en el Congreso, en 1834, un ladrón que no lo fue y que mereció la atención de Menéndez Pelayo en su Historia de los heterodoxos españoles; y, sobresaliendo por encima de todos ellos, Guglielmo Brutus Icilius Timoleone Libri-Carucci dalla Sommaja, el Conde Libri, el más fascinante, más completo y más inverosímil ladrón de libros, que, quizá predestinado por su apellido, llego a robar, refinado y genial, más de 30.000 libros.

Hay también un espacio en el ensayo, presentado bajo la rúbrica Yo robo para comerciar, en el que se detallan distintos supuestos de ladrones “emprendedores”, quienes se apropian por encargo o, más habitualmente, por negocio, de libros valiosos custodiados (¿?) en instituciones privadas o públicas: universidades, monasterios, iglesias, bibliotecas, museos... No podía faltar la mención al electricista de la catedral de Santiago de Compostela, que, de modo chapucero y carente del glamur que el cine ha asociado a este tipo de “operaciones”, robó en 2011 el Códice Calixtino, el libro más valioso de la Historia de España, en opinión del catedrático García de Cortázar, gran autoridad en la materia. En el mismo capítulo se describen el robo más hermoso, una obra de arte del latrocinio, con “ambientación” veneciana, y el más “tonto”, un disparate perpetrado por cuatro universitarios norteamericanos, “inspirados”, para llevar a cabo su desatino, en la visión reiterada -y estéril, como demostrará el fracaso de su intento- de Ocean’s eleven, el éxito cinematográfico de Steven Soderbergh. Conocemos aquí también a Daniel Spiegelman, al que su desmesura delictiva lleva a una condena ejemplar y permite a la justicia estadounidense sentar jurisprudencia, pues por primera vez se determina que el valor del robo en estos casos no es la mera suma de las cantidades que puedan obtenerse en una subasta por cada uno de los libros sustraídos, sino mucho más, un valor incalculable, si se considera el daño irreparable que se hace a la Humanidad, al privarla de valiosos tesoros, impedir el desarrollo del conocimiento o imposibilitar la consulta y estudio por los investigadores de los volúmenes robados.

El análisis específico de la bibliocleptomanía en su sentido literal se aborda en Yo robo porque no puedo dejar de robar, otro de los desopilantes epígrafes de la obra. Partiendo del ejemplo de Winona Ryder -meramente ilustrativo, pues, que se sepa, la “pulsión” de la actriz se circunscribía a las joyas y la ropa-, se nos narran las entretenidas historias de Edward Fitzgerald, sobrino del primer ministro británico en la época y pillado en París robando… ¡¡una Biblia políglota!!; de Duncan Jevons, cuarenta mil libros en su haber en solo quince años; de John Gilkey, que ni siquiera sabe por qué roba y cuya singularidad lo llevará a protagonizar una especie de biografía novelada de un cierto éxito, El hombre que amaba los libros demasiado, título genial; y, por fin, Stephen C. Blumberg, obsesionado por robar para batir récords y salir en el Guinness, lo cual logró gracias al ilegal acopio de ingentes cantidades de libros cuya auténtica magnitud podréis comprobar en el fragmento que os dejo al término de esta reseña, muy significativo, también, del “tono” jocoso de la obra.

Hay, para finalizar esta vertiente taxonómica del libro, una interesante aproximación al muy frecuente caso de los bibliotecarios ladrones. En Yo robo por proximidad se nos dan a conocer muchos de estos supuestos, ladrones cautos, ladrones imprudentes, ladrones impunes, ladrones torpes que, cinco minutos después de perpetrarlo, venden el fruto de su robo en eBay; con la mención final de Massimo de Caro, genio falsificador, ladrón innoble, mentiroso compulsivo y bibliotecario a nuestro pesar, como lo califica el autor, capaz de robar un opúsculo de Galileo, de 1610, Sidereus Nuncius, reproducirlo a la perfección con minuciosa pulcritud técnica -en tintas, papel, impresión y encuadernación- e incorporarle unas acuarelas, que encarga a un pintor argentino, para devolverlo, embellecido, guardándose algunas copias para su enriquecimiento.

Los dos capítulos finales, Intrabibliocleptomanía y Mecanismos para evitar el robo, recogen, respectivamente, el robo de libros dentro de los libros y las estrategias para proteger los libros y prevenir su hurto. En el primero de ellos nos encontramos con la mención de episodios bibliocleptómanos en tramas de ficción (El Quijote, Las aventuras de Augie March, de Saul Bellow, Los detectives salvajes, del ya citado Bolaño, El club Dumas, de Arturo Pérez-Reverte, o El nombre de la rosa, de Umberto Eco, entre los ejemplos más conocidos) o con la apasionante leyenda del librero asesino, una ficción periodística ambientada en Barcelona y difundida en la francesa Gazette des Tribunaux en octubre de 1836, y que alcanzó una notable difusión durante décadas como si de un hecho real se tratara. El apartado “preventivo” final incluye -tras aceptar la imposibilidad de ponerle puertas al campo- las prevenciones consistentes en amenazas (maldiciones, excomuniones y anatemas, trabajos forzados, amputaciones, horcas y castigos varios, previsiones de males y enfermedades sin cuento), las físicas (cadenas, “jaulas” protectoras, arcones más o menos blindados, grilletes y barrotes) y también los muy eficaces bibliopolicías, los guardianes del libro, celadores puntillosos, bibliotecarios concienzudos, perseguidores profesionales -auténticos sabuesos- de los ladrones de libros.

En fin, una delicia este estupendo Roba este libro, de Miguel Albero -que con su otra personalidad, Gabriel Lumeo, aporta unas cuantas citas al amplio conjunto de las que recoge en su obra-. Compradlo y leedlo, os aseguro unas cuantas horas de lectura entretenida y feliz.

De una de las referencias mencionadas en el libro, la película La ladrona de libros, dirigida por Brian Percival sobre la base de la novela del mismo título de Marcus Zusak, os dejo el tema principal de su banda sonora, creada por el maestro John Williams: The book thief.


Stephen C. Blumberg es considerado por muchos como el gran ladrón de libros del siglo XX, y es sin duda el primero del escalafón en cuanto al número de libros robados se refiere. Habrá pues que estudiarlo con algo de detalle, y veremos primero las magnitudes de su gesta, para luego analizar su condición de bibliocleptómano, su manera de actuar, y dejar para el final, para introducir algo de suspense, las vicisitudes de su detención y juicio, aunque el suspense se limite al cómo, ya saben quién es el asesino, perdón, el ladrón de libros, de no haberlo pillado no sabríamos ni su nombre.

Blumberg fue detenido en 1990 y condenado a 7 meses de cárcel en 1991, además de a pagar la suma de 200.000 dólares. Pero estos datos pueden no impresionar al lector, acostumbrado ya a estas alturas a ladrones de peso. Habrá pues que poner encima de la mesa sus atributos, las cifras que lo acreditan como el número uno, algo que les encanta a los americanos, los reyes de la estadística. Porque para ser el número uno necesitas destacar en todos los aspectos de la actividad en cuestión, no vale con ser el mejor en algo. Si fuera un jugador de baloncesto, Blumberg sería un extraterrestre, estará en la misma puerta del Hall of Fame, porque lideraría los registros históricos en todas las facetas del juego. Sería el número uno en rebotes, lo que suele ser patrimonio de los pívots, en puntos, donde mandan los aleros, y en robos de balón y asistencias, el territorio reservado a los bases. Y es que el amigo Blumberg robó al menos 19 toneladas de material, la friolera de 20.000 libros y 10.000 manuscritos, todo ello por un valor de 20 millones de dólares, en 45 estados de EE.UU. y dos provincias de Canadá, y en un total de 327 instituciones, entre bibliotecas y museos. Como se lo cuento. Nadie ha robado tantos libros que valgan tanto, en tantos lugares y en tantas instituciones. Si le hubieran dado un poco más de tiempo, se habría ido a Alaska a robar algo para poner allí una chincheta, o más bien en su mapa mental, y habría acabado en Puerto Rico, para que ni los estados libres asociados quedaran sin robo.

Se trata, sin duda, de un bibliocleptómano, porque hablamos de una persona que no puede parar de robar, y se trata sin duda de un bibliótafo, porque escondió todos sus libros, guardados en su casa los encontró el FBI y no en una subasta en Sotheby’s. Pero a esas dos patologías, que suelen venir juntas como las malas noticias, Blumberg suma una tercera, y es esa ambición por ser el primero, esa voluntad decidida de convertirse en el campeón de la especialidad. Estaríamos aquí ante una variante de la bibliocleptomanía, de una versión agravada de la misma, donde a la pulsión de robar se une la de ser el que más roba, como si un asesino en serie, además de asesinar a pelirrojas, ése es el patrón de la serie, quisiera batir el récord y ser el mayor asesino de pelirrojas de la Historia, superando así a un colega hoy felizmente retirado. Y es que vivimos en un mundo donde, desgraciadamente, ésa no es una pulsión menor: el mal del Guinness podríamos llamarlo, que conduce a gente aparentemente cuerda a invertir su tiempo en ser el número uno en escribir la Biblia en una lenteja, en hornear la empanada más grande, en ser, por qué no, el mayor ladrón de libros de la Historia. Destacar, de eso se trata, conseguir ser el primero en algo, y si no soy el más dotado para los estudios, ni el capitán del equipo de baloncesto, me entrego al mundo Guinness, mis hijos podrán estar orgullosos de mí, el apartado relativo al puzle con nubes de más piezas es patrimonio familiar, aunque me cueste mi empleo, aunque tengamos que sacrificar vacaciones, nadie dijo que fuera fácil.

Y, en efecto, eso le contó Blumberg al FBI, que quería ser el más grande, superar el récord de David Shin, ésa era su referencia, ser el mejor; luego en su manía hay una cierta megalomanía, la hybris, la desmesura, esa idea de ser el mejor en algo, y está claro que lo consiguió. Y entiendo que dentro de este esquema, y como sucede con los asesinos en serie, también de alguna manera él quería al final ser detenido, porque, quien elabora esa empanada gigante lo hace para salir en el Guinness, para tener su cachito de gloria, si nadie se entera me quedo con la empanada y con su muy difícil digestión, de nada me sirve. Igual esperaba en efecto a cubrir todos los Estados de la Unión para entregarse, y convocar a la prensa y anunciarles dichoso las muy federales dimensiones de su hazaña.




Miguel Albero. Roba este libro

jueves, 10 de mayo de 2018

MIKITA BROTTMAN. CONTRA LA LECTURA

Hola, buenas tardes, bienvenidos una semana más a Todos los libros un libro, vuestra cita habitual con las recomendaciones de lectura para las tardes de los miércoles en la emisora universitaria salmantina.

Hace quince días, el pasado 23 de abril, con la excusa de la celebración del Día internacional del libro, os proponía una curiosa obra, Este libro te alegrará la vida, en la que su autor, el británico Daniel Gray, presentaba en cincuenta breves capítulos otras tantas razones por las que quienes amamos la lectura y los libros disfrutamos apasionadamente de ellos. El enfoque desde el que se partía en el muy entusiasta texto era, como quizá recordaréis -y como resulta por lo demás evidente-, necesariamente optimista y positivo, sin que el escritor escocés fuera capaz de ofrecernos -ni, en realidad, lo pretendiera- más que benéficos argumentos para su acercamiento al fenómeno lector.

Para equilibrar un tanto una balanza tan volcada del lado bibliófilo, mi sugerencia de hoy -que nace también condicionada por la presencia en Salamanca de la trigésimo octava edición de la Feria del libro- surge desde un planteamiento casi opuesto, pues antes que defender ciega y acríticamente el hecho de leer, Mikita Brottman sugiere en su interesante Contra la lectura que ahora os recomiendo una visión del asunto algo más matizada, que no se entrega de un modo convencional a los consabidos lugares comunes sobre la lectura ni rehúye tampoco los aspectos más discutibles o controvertidos -que los tiene- de la actividad lectora.

El libro, que en su edición española vio la luz este pasado febrero en la barcelonesa editorial Blackie Books, aparece en nuestro país diez años después de su publicación en Estados Unidos, en traducción de Lucía Barahona -que “catalaniza”, en ejemplos y expresiones, la versión original-, con una sugerente ilustración de cubierta de Cristóbal Fortúnez, y con un muy breve pero interesante prólogo de la autora, escrito expresamente para la ocasión.

La editorial define a Mikita Brottman como una académica peculiar, erudita pero personalísima. Psicoanalista, doctora en Lengua y Literatura Inglesa en Oxford y profesora en diversas universidades europeas y estadounidenses, escribe sobre distintos aspectos de la cultura contemporánea en publicaciones variopintas, tanto periódicos serios y “formales” como en otros ámbitos menos convencionales. De lo singular de sus intereses dan prueba algunos de los cursos que dicta -y que cita en su libro-: “Investigación crítica”, impartido en facultades de Arte y en el que explora, de manera creativa, las relaciones entre textos escritos y planteamientos visuales; “Entender el suicidio”, donde rastrea y analiza obras literarias centradas en el perturbador fenómeno autodestructivo; o “Cultura del apocalipsis”, cuyo objeto es la presencia del fin del mundo en la literatura y las artes.

El carácter algo excéntrico de sus preocupaciones académicas y el tono abiertamente provocador del Contra la lectura del título, podrían hacernos pensar que nos hallamos ante una “dinamitera” de la cultura, alguien que rechaza los libros y la lectura y que, consciente de sus perniciosos efectos, defiende su eliminación de nuestras vidas. Muy al contrario: resulta evidente que Mikita Brottman no solo no es una iletrada analfabeta sino que es una intelectual cuya formación universitaria y personal se ha basado, como es obvio, en los libros (basten como prueba los más de doscientos títulos que incluye como bibliografía final en la obra reseñada). No estamos, en consecuencia, ante una antisistema que odia los libros y “milita” en pro de su desaparición. Ella misma lo aclara en las primeras líneas de su preámbulo “español”: Cuando Contra la lectura se publicó por primera vez en Estados Unidos, hace diez años, nunca se me ocurrió pensar que hubiera quien se tomara el título de manera literal. Por eso, en el caso de que penséis que realmente estoy en «contra» de la lectura, signifique esto lo que signifique, permitidme dejar claro que no es así. Soy profesora de Literatura. Leo cada día, y lo hago por múltiples razones, tanto profesionales como personales, pero sobre todo por la gran satisfacción que me produce.

El enfoque del que el libro parte no es, pues, el de una supuesta impugnación de la lectura, sino, sobre todo, el de una lúcida oposición a su sacralización, el de la inteligente refutación de esas ideas, hoy imperantes por doquier, según las cuales el acto de leer, por sí mismo, aparece revestido de un cierto misticismo “noble” y exento de cualquier posibilidad de cuestionamiento, el del clarividente rechazo a la prejuiciosa consideración de las bondades de la lectura como una suerte de dogma, en virtud del cual leer nos haría a todos brillantes, inteligentes, sensibles, atractivos, buenas personas, ciudadanos ejemplares, en definitiva, cómodamente instalados, satisfechos y complacidos, en el lado “correcto” de la vida (quienes no leen -siempre los “otros”: veinteañeros, nativos digitales, personas sin estudios universitarios, con ingresos bajos o que viven fuera de las ciudades- representarían así la desacreditada “escoria” intelectual, la incultura, la sociedad deshumanizada, el germen del apocalipsis). Brottman contradice esa visión de las cosas, con rigor y profundidad y también con un acerado sentido del humor: En lo que a los hábitos respecta [leer] es mejor que fumar, comprar zapatos o consumir metanfetaminas. Supongo que la principal diferencia consiste en que no suele asumirse que alguien que colecciona zapatos sea necesariamente un gran caminante, pero algunos sí que tenemos la concepción equivocada de que poseer gran cantidad de libros equivale a ser un gran lector o tener grandes conocimientos, cuando la realidad, claro está, es que el amor por la presencia física de los libros no constituye en sí mismo ninguna forma de perspicacia cultural, de la misma manera que llevar una bata blanca no proporciona conocimientos de medicina.

En definitiva, los libros, sus supuestas bondades, no son intocables (Un ensayo dedicado a los lectores que no creen que los libros sean intocables, reza el subtítulo de la obra) y lo importante no es en sí mismo el hecho de leer como la relevancia que tiene el qué, el cómo y el por qué se lee. Más allá de apriorismos vacuos y bienintencionados lemas preconcebidos (¡¡leer es sexy!!) -casi todos, no obstante, ciertos en una u otra medida (consúltese, por si se dudara, Siempre imaginé que el Paraíso sería algún tipo de biblioteca, el libro de Bart Van Aken publicado por la editorial Gustavo Gili al que estoy dedicando en las últimas semanas varios programas en Buscando leones en las nubes, mi otro espacio en Radio Universidad de Salamanca)- la pregunta clave que deberíamos hacernos antes de formular cualquier juicio de valor sobre el asunto es “qué significa [realmente] leer un libro”.

Partiendo de esa premisa, la autora indaga en el objeto de su estudio en tres grandes capítulos -más una introducción y una conclusión- organizados en secciones más breves, todas encabezadas por el título de alguna obra literaria. En ellos, de un modo mixto, a caballo del ensayo académico y el relato autobiográfico, interpelando al lector, al que siempre tutea, cercana y amigable, hilando sus argumentos a través de su propia experiencia lectora desde la infancia hasta la edad adulta, y dejando claro desde el inicio su indudable reconocimiento de la lectura, que claramente aprecia y valora, se ocupa de cuestionar los principios establecidos acerca de los libros, que en nuestros días se repiten como mantras irrefutables, de rebatir los prejuicios presumiblemente incontestables sobre la lectura y de mostrar, de manera convincente aunque discutible, polémica y atrevida, los principales riesgos que entraña la entrega excesiva y ciega a los encantos de la letra impresa.

Por de pronto, y en contra de la recurrente denuncia sobre el “descenso de la lectura”, Brottman opone datos contundentes. Más allá de que, hoy en día, no sólo se leen libros (Lo cierto es que la gente sigue leyendo, y siempre lo hará. Leer puede adoptar diversas formas, y éstas pueden diferir de aquellas con las que nos encontramos más cómodos; el hecho de que la gente lo haga en el teléfono móvil o en la pantalla del ordenador más que en hojas de papel no augura la llegada del apocalipsis), el supuesto declive en la lectura y la alfabetización es falso de toda falsedad. En el año 2002, en Estados Unidos se publicaron cerca de ciento cincuenta mil libros, de los cuales unos cien mil (¡¡100.000!!) fueron novelas. En España, las cifras más recientes -2016- hablan de cerca de noventa mil publicaciones al año. Ello hace unos cuatrocientos nuevos títulos al día en el país americano y algo menos de trescientos en el nuestro. Tomando como referencia una semana con cuarenta horas de lectura -cita Brottman al crítico John Sutherland-, cuarenta y seis semanas por año de actividad y tres horas por novela, necesitaríamos 163 vidas para leerlas todas.

¿De verdad hoy día se lee menos que nunca? No parece ser así, y otra buena muestra de ello es la proliferación en los anaqueles de las librerías -un hecho que la autora destaca con profusión de ejemplos del ámbito anglófono- de volúmenes que tienen a los libros como núcleo central (un nuevo género, cuyas enfáticas propuestas empiezan a resultar tediosas: los libros sobre libros), obras -de toda índole, muchas estimables, otras rozando peligrosamente la autoayuda- que ponderan las virtudes de la lectura y la presentan como una suerte de panacea universal. 1001 libros que hay leer antes de morir, de Peter Boxall; Una historia de la lectura, de Alberto Manguel; Nadie acabará con los libros, colaboración entre Umberto Eco y Jean-Claude Carriére; o el ya referido Este libro te alegrará la vida, de Daniel Gray, entre decenas de otros parecidos, forman parte -a menudo de manera no pretendida- de una benevolente aunque fatigosa cruzada de fomento del hábito lector (en la que yo mismo participo de buena gana: tres de los libros citados han sido recomendados por mí, junto a otros muchos similares, en estas ocho temporadas de Todos los libros un libro). Si la lectura fuera tan fundamental como les gusta afirmar a sus partidarios, señala, provocadora, Mikita Brottman, ¿por qué necesitamos toda esta presión organizada para animarnos a coger un libro?

En esta lógica de rechazo a la sospechosa y casi unánime “consagración” de la lectura, en las primeras páginas de la obra se documentan las críticas que, en todos los tiempos, se han vertido sobre los libros, desde Sócrates o Platón, hasta Jane Austen, Jeremy Bentham, William Morris o Stuart Mill, autores todos que, desde una perspectiva ilustrada y sabia, afecta sin duda a la literatura, han denostado los usos espurios de los libros. Y precisamente por ello, a modo de aviso para navegantes, Contra la lectura nos previene frente a algunos de esos perniciosos efectos.

Y es que son muchos los “riesgos” a los que se someten los lectores, ya que la lectura -escribe Mikita Brottman- no conduce más que a problemas. El principal de ellos lo constituyen las muy diversas variantes en que se manifiesta el conflicto entre literatura y realidad. Están, por un lado, las decepciones que experimenta quien vive absorto en las páginas de un libro cuando contrasta el correlato “real” de las maravillas representadas en los textos. Es el caso, que recoge la profesora británica, de Jean-Paul Sartre y el desengaño sufrido de niño al visitar los Jardines de Luxemburgo, un pálido reflejo del asombroso universo con el que estaba familiarizado tras “frecuentarlo” en la Enciclopedia Larousse. Igualmente, puede resultar traumático constatar la imposibilidad de sentir en la vida cotidiana emociones -sobre todo las vinculadas al amor romántico, a las pasiones sentimentales- de tal calibre como las reflejadas en los libros. Afirma Brottman, con su humor cáustico, a propósito del ardoroso enamoramiento de Catherine y Heathcliff en Cumbres borrascosas: Yo ni siquiera había conocido a nadie por quien mereciera la pena bajar las escaleras (así que olvidaos de lo de morir por). También es reseñable el efecto “bucle” que se produce cuando, por ahuyentar los males del mundo, nos recluimos entre libros, pues esa clausura, de prolongarse, acabará por inhabilitarnos para una existencia normalizada y ello volverá a arrojarnos a los acogedores “abismos” de la ficción, perpetuando el sufrimiento: Cuanto más me decepcionaba la vida real, más me sepultaba entre libros; y cuanto más tiempo pasaba leyendo, más remota se volvía la posibilidad real de escapar. Por otro lado, tomar como modelos de referencia -sobre todo en la adolescencia y primera juventud- los libros inadecuados puede ocasionar daños irreparables, pues el desajuste entre una existencia magnífica en la ficción, y por tanto de imposible cumplimiento, y un día a día convencional y mediocre, pero tremendamente “real” y constatable, resulta difícil de superar. Debería haber leído libros sobre los peligrosos efectos de una educación inadecuada en una mente impresionable, sobre las confusiones y las predilecciones adquiridas por una lectura excesiva. Pero no los leí, dice nuestra algo heterodoxa autora, para, a continuación, pasar a referirnos los clásicos que sí leyó y los muchos males que de ello se derivaron. Ninguno se resiste a su incisivo y demoledor análisis: ni los aburridos “ancianos” greco-latinos, ni los tediosos y “vetustos” autores anglosajones medievales, ni -aún en la tradición británica- Tom Jones o Tristram Shandy, ni -y los “zarpazos” saltan ahora las fronteras- el mismísimo Quijote, ni Tolstói, Chejov o Dostoievski, ni Jane Austen o las Brönte o George Eliot, ni Dickens o Virginia Woolf, ni Henry James ni, por supuesto James Joyce. De todos ellos -lecturas más o menos obligadas en la formación de cualquier estudiante medianamente culto- hace una despiadada -aunque en el fondo irónica- interpretación pro domo sua.

Por el desafiante ensayo vemos discurrir también otros padecimientos a los que condena la lectura: los numerosísimos suicidios en bibliotecas, la ruina a la que tienden a condenar su vida los bibliómanos y bibliófilos, con constatables pérdidas de salud, hacienda, familia y amigos (hilarante el caso de Art Garfunkel, cuyos disparatados hábitos lectores Brottman despelleja sin contemplaciones), los delirantes rituales asociados al amor por los libros (en los que caben tanto los de quienes exhiben sus voluminosas bibliotecas como signo de estatus y autoridad como los de los que compran los libros como meros elementos decorativos para rellenar estanterías: todos son machacados por el inexorable martillo pilón de la crítica profesora).

Los libros, en fin, nos llevan fuera del mundo, y si bien nos enseñan a apreciar los sutiles matices del pensamiento, la emoción y el lenguaje, también -por ello mismo- hacen que nos alejemos de nuestras planas y vacías circunstancias, lo que acabará por hacernos deambular por nuestras tristes existencias llevando siempre un libro con nosotros, para poder escaparnos a él cuando las cosas pinten mal. He ahí la rotunda moraleja que concentra todos los padecimientos que la lectura puede ocasionarnos: Los libros pueden llevarnos a lugares maravillosos, pero también pueden dejarnos allí varados, alienados e inútiles, solos y desclasados, aislados de otros seres humanos, incluso de nuestros propios recuerdos, de nuestra propia experiencia de nosotros mismos.

Y es por ello que el “ejemplo” crítico de los clásicos, junto a la dramática enumeración de los perjuicios que acarrean los libros, parecen dar fuerza a la autora para atreverse, sin temor alguno, a romper prejuicios, comportamientos intelectuales heredados y lugares comunes sobre la lectura, con una serie de desinhibidos consejos. Para ello, ofrece un cuestionario con once preguntas básicas -¿cómo decides qué libro vas a leer?, ¿siempre terminas los libros?, ¿relees libros que te encantan?, ¿puedes leer en algún lugar con ruido?, ¿cuánto gastas anualmente en libros?, y otras de este tenor- para objetar algunos de los más comunes hábitos lectores. Así, y en contra de las corrientes cultas dominantes, aboga por abandonar un libro si os aburre, no lo pilláis, os resulta soporífero u os provoca dolor de cabeza, para concluir: ¡dejadlo y pasar a leer otra cosa!, llegando incluso a aconsejar crearse una regla personal, una cifra, que mida el número máximo de páginas que conviene leer antes de “desembarazarse” de un libro -en su propio caso son sesenta-; ver las películas antes -¿por qué no “en vez”?- de leer las tediosas obras literarias en que se basan; romper con la idea -que se nos inculca desde la escuela- de que hay libros que se deben leer, y, por el contrario dejarse llevar por su opuesta: Sólo deberíais leer libros con los que disfrutéis.

Y sin embargo, y algo contradictoriamente con esta defensa a ultranza del disfrute y del placer lectores (pero ya se ha dicho que uno de los elementos de interés de Contra la lectura es su carácter controvertido y polémico, su provocadora capacidad para suscitar el debate y la discusión), en sus conclusiones finales, la aparente iconoclastia de la autora se complace en detenerse en glosar las virtudes que sí acompañan a la lectura, entre las cuales muchas de ellas tienen que ver con alguna forma de esfuerzo o disciplina, de sufrimiento, inquietud o perturbación, exigencias opuestas, a priori, a las que conlleva la gratificación inmediata, la fácil satisfacción por las que se abogaba en los capítulos precedentes. Hacernos acceder a los aspectos más graves de la existencia; cuestionar las ideas preconcebidas sobre el mundo; mostrar los rincones ocultos de la vida; iluminar nuestra desdicha real o potencial; indagar en las grandes claves de la experiencia humana -la inevitabilidad de la muerte, la definitiva soledad, la ausencia de cualquier sentido obvio de la vida-; pensar en las consecuencias éticas y morales de nuestro comportamiento; entender y transformar nuestra identidad, nuestra personalidad y nuestro espíritu; profundizar, en definitiva, en los insondables abismos del alma humana como pretende -y logra- la buena literatura, son fines muy alejados de esa lectura divertida, confortable, agradable, sencilla y amena a la que parecía aludir la tesis básica de Contra la lectura. De este modo, Brottman hace suya la convicción expresada por Franz Kafka en una cita clásica, tantas veces repetida: En general, creo que solo debemos leer libros que nos muerdan y nos arañen. Si el libro que estamos leyendo no nos despierta como un golpe en el cráneo, ¿para qué nos molestamos en leerlo? ¿Para que nos haga felices, como dices tú? Cielo santo, ¡seríamos igualmente felices si no tuviéramos ningún libro! Los libros que nos hacen felices podríamos escribirlos nosotros mismos si no nos quedara otro remedio. Lo que necesitamos son libros que nos golpeen como una desgracia dolorosa, como la muerte de alguien a quien queríamos más que a nosotros mismos, libros que nos hagan sentirnos desterrados a los bosques lejanos, lejos de toda presencia humana, como un suicidio. Un libro debe ser el hacha que quiebre el mar helado de nuestro interior. Eso es lo que creo.

Esa lectura exigente es, pues, el horizonte último hacia el que apunta este estimulante alegato de Mikita Brottman, Contra la lectura, en el que deplora la interpretación superficial de la lectura que hoy constituye el recurrente leitmotiv de quienes abogan por leer a cualquier precio, ponderando unas bondades de los libros que no existen por sí mismas, por el solo hecho de leer, sino en la medida en que la profundidad, el rigor, la seriedad, la disciplina, la atención, el discernimiento, la reflexión y el criterio formen parte de nuestro acercamiento a los muy preciados tesoros que albergan.

Para ilustrar el conflicto entre los libros y la realidad al que se refiere Brottman en su obra, aunque resuelta esta vez de un modo radicalmente opuesto al planteado por la profesora de Sheffield, os dejo con un muy breve tema de Vincent Delerm, Dans tes bras, en el que, entre el aburrimiento de los libros (y del cine y la televisión y el deporte…) y el confort de los brazos de la amada, el narrador elige, sin dudarlo, el amor. 


Lo cierto es que la lectura desempeña un papel muy reducido en el modelo capitalista; casi podría decirse que es opuesta al consumo capitalista, en cuanto a que no produce nada, no genera ningún dinero ni tampoco nos hace parecer más jóvenes, sentirnos mejor o ser más rápidos. Quienes promueven campañas de que la lectura es “buena para ti” y algo “básico y divertido” necesitan, si de verdad quieren tener algún éxito, dar forma a una idea de “bueno” y “genial” que no esté ligada a lo que la mayoría considera como los logros más importantes de su vida -ganar dinero, ser atractivo y popular, tener buena salud y una familia feliz y amorosa-, puesto que ninguno de éstos nos exige leer, al menos no de una manera reflexiva y seria.

¿Puedo incluso atreverme a sugerir, queridos lectores, que lo contrario podría ser cierto: que, dejando a un lado la alfabetización básica, cuanto más tiempo dediquemos a la lectura menos probable es que alcancemos alguna de estas cosas?

¿Y si la lectura no nos hiciese sentir mejor?

¿Y si fuera más probable que nos INDUJERA a la depresión en lugar de al alivio?

Como pronto descubriréis, en realidad NO voy a ofreceros una “cruzada contra la lectura” (esto no era más que para llamar vuestra atención). Tengo que decir que los libros me han ofrecido un placer más consistente y puro que casi cualquier otra cosa en mi vida, y estoy segura de que cualquiera que hay comprado este libro, o que lo haya recibido como regalo, ya es de entrada un lector bien informado y reflexivo. Simplemente quiero sugerir que no hay nada digno o respetable de manera intrínseca en el acto de leer en sí. Simplemente me pregunto si en realidad leer podría no ser todo lo que se anuncia que es. Si lleváis toda la vida leyendo, podéis haceros las siguientes preguntas:

¿Os ha llevado a ser los primeros de la clase?

¿Os ha hecho felices?

¿Os ha hecho “mejores personas”?

¿Os ha llevado a “lugares maravillosos”?

¿Os ha llevado a algún sitio?

En este libro recomiendo que, si tenéis que leer, o seguir leyendo, deberíais hacerlo reflexivamente, con cuidado y criterio. No os dejéis guiar por vuestros prejuicios. No leáis libros solo porque sintáis que “debéis hacerlo”, porque puedan ser “buenos para ti”. Hacedlo solo porque no podéis evitarlo.

Leed con atención y notaréis la diferencia.



Mikita Brottman. Contra la lectura


miércoles, 2 de mayo de 2018

JOSÉ LUJÁN ALCARAZ. EL DERECHO DEL TRABAJO EN EL CINE. EL DERECHO DEL TRABAJO EN LA LITERATURA

Hola, buenas tardes. Bienvenidos un miércoles más a Todos los libros un libro, el espacio de recomendaciones de lectura de Radio Universidad de Salamanca. Esta semana os traigo un par de propuestas vinculadas, como bastantes otras veces en nuestro programa, a la actualidad más inmediata.

Y es que, como todos sabéis, ayer, 1 de mayo, se celebró el Día internacional del trabajo -o de los trabajadores, en su denominación más exacta- que, con distintas consideraciones y en una aceptación más tardía en algunos países que en otros, lleva conmemorándose en todo el mundo desde hace más de un siglo como recordatorio de las siempre justas reivindicaciones de obreros y asalariados. Con ocasión de esta festividad, arraigada también en nuestro país desde hace décadas, he querido que mi sugerencia de esta tarde gire sobre el mundo del trabajo, sobre los derechos de los trabajadores, sobre la compleja realidad laboral en un mundo tan cambiante como el que vivimos, a partir de un par de libros muy interesantes aunque -es obligado el aviso previo para quienes, tras esta reseña, pudierais pensar en leerlos- planteados desde un enfoque algo técnico, si bien este carácter académico y hasta científico no los hace menos accesibles a cualquier lector convencional con una cultura básica y, eso sí, una mínima preocupación por profundizar en la importante dimensión laboral de nuestras vidas.

Os presento, pues, dos libros misceláneos, que ya desde sus títulos, inequívocos, dejan a las claras su propósito y sus planteamientos, sus pretensiones y su enfoque. El Derecho del trabajo en el cine y El Derecho del trabajo en la literatura son dos volúmenes, publicados, en 2015 y 2017 respectivamente, por la murciana editorial Laborum, especializada en textos jurídicos en general y iuslaboralistas en particular, que recogen, cada uno de ellos, una cuarentena de artículos, escritos, sobre todo, por profesores de Derecho del Trabajo de distintas universidades españolas y que giran sobre la presencia en películas y obras literarias de los principales temas de esa dinámica rama jurídica.

Antes de analizar en detalle y por separado ambos libros (que más allá de su evidente interés intrínseco presentan notables deficiencias formales, como un cierto desmaño en la redacción y abundantes errores ortográficos y de tipografía), quiero adelantar algunas notas sobre lo que tienen en común: la iniciativa que ha propiciado su publicación, los expertos intervinientes y las características principales de sus respectivas ediciones.

El cine y la literatura rebosan de informaciones sumamente precisas acerca de los niveles de vida y fortuna de los diferentes grupos sociales, escribe Thomas Piketty en su exitoso El capital en el siglo XXI, en cita recogida en el prólogo del primero de los dos libros. En efecto, el mundo del trabajo, de los conflictos sociales, de los padecimientos y las luchas de los trabajadores, de, en definitiva, las relaciones laborales, ha estado, desde siempre, muy presente tanto en el cine como en la ficción novelística y hasta en la creación poética. Y ese hecho, por lo demás bien conocido no sólo por los especialistas sino por cualquier amante de ambas artes, literaria y fílmica, es el desencadenante que propicia la elaboración y presentación de los dos títulos de los que esta tarde os hablo.

Así, un grupo de expertos en Derecho laboral nucleado en torno a Antonio Vicente Sempere Navarro, catedrático de la especialidad en la Universidad Rey Juan Carlos y actualmente Magistrado de la Sala de lo Social del Tribunal Supremo, viene reuniéndose desde hace años en el seno de los Encuentros Interuniversitarios de Derecho del Trabajo y la Seguridad Social, proyecto del que es promotor el multifacético catedrático. En las jornadas que en cerca de veinte ocasiones se han celebrado -siempre en lugares con un encanto natural que permite complementar la sesuda y a veces árida actividad intelectual: Jarandilla, Jaca, Altea, Mecina Fondales, El Escorial, Leyre, San Leonardo de Yagüe y tantos otros preciosos pueblos de atractivos entornos- se reúnen personas de todas las categorías docentes (profesores de las Universidades de Murcia, Politécnica de Cartagena, Alicante, León, Navarra, Zaragoza, Jaume I de Castellón, Extremadura, Santiago de Compostela, Granada, Oviedo, San Pablo-CEU, Rey Juan Carlos, Complutense, Carlos III, Castilla-la Mancha, entre otras), de ámbitos judiciales, forenses, sindicales o empresariales, para examinar en profundidad diferentes asuntos relativos a su dominio profesional, en ponencias, comunicaciones, análisis, estudios y trabajos varios que, más adelante, se reúnen en obras colectivas, de las que estos El Derecho del trabajo en el cine y El Derecho del trabajo en la literatura que centran ahora mi interés son ejemplos destacados.


Dada la procedencia “intelectual” y la adscripción académica de los autores, resulta inevitable -como ya he anticipado- que el enfoque desde el que se redactan los textos sea forzosamente jurídico y teñido, por tanto, de un cierto grado de complejidad -en el léxico, en las referencias normativas, en las categorías teóricas manejadas, en las fuentes que se utilizan y citan, en la visión última de los temas- que hacen a los dos libros especialmente recomendables -y provechosos y, por tanto, interesantes- para quienes están familiarizados -profesores, abogados, estudiantes de Derecho, operadores jurídicos- con, al menos, los rudimentos de la disciplina iuslaboralista o los entresijos del ordenamiento laboral. Sin embargo, y fundamentalmente porque el mundo del trabajo a todos concierne -distinto hubiera sido el caso si las obras se desenvolvieran entre los tecnicismos del Derecho Procesal o el Administrativo-, las cuestiones por las que discurren las reflexiones de los teóricos e investigadores forman parte de la vida cotidiana de cualquier ciudadano y son, por ello, conocidas -de una u otra forma- por todos: la deshumanización del trabajo, la precariedad en el empleo, el paro y sus consecuencias, los conflictos y las huelgas, la conciliación de la vida laboral y familiar, las desigualdades y discriminaciones en el trabajo, la vulneración de los derechos de los trabajadores, las condiciones laborales y el impacto en ellas de la tecnología, la jornada y el salario, los despidos, la participación y la representación de los trabajadores, los sindicatos, los riesgos laborales y su prevención, la acción protectora de la Seguridad social, el futuro de las pensiones, las nuevas formas de trabajo, los efectos de la globalización sobre las relaciones laborales, la inmigración…

Precisamente por ello -y también por la vocación pedagógica que inspira a casi todos los autores- ambos volúmenes resultan -ya se ha dicho- accesibles a casi cualquier lector y admiten diferentes niveles de lectura: cabe una consulta con efectos meramente informativos; es factible también un uso de los libros como desencadenantes del interés por las películas y las obras literarias reseñadas que provoque su posterior lectura o visionado; pueden utilizarse, igualmente, como guía orientativa en el análisis de las obras citadas; y es pertinente, claro está, su empleo como manuales capaces de aportar pautas para el estudio y, sobre todo, la docencia en las disciplinas afectadas: Derecho del Trabajo, Seguridad Social, Derecho Sindical, Seguridad y Salud en el Trabajo. Desde esa multiplicidad de perspectivas, los libros satisfarán a muy distintos lectores: juristas y docentes, sin duda, pero también amantes del cine o la literatura, así como a quienes muestren interés y curiosidad por la cultura, y, en general, a cualquier persona preocupada por algunas de las grandes cuestiones que condicionarán la vida de la humanidad en las próximas décadas y que tienen que ver con esta vertiente laboral de nuestras sociedades.

En particular, en El Derecho del trabajo en el cine se recogen treinta y ocho breves estudios -de una extensión, cada uno de ellos, de en torno a diez páginas, contando la sinopsis argumental y el comentario en sí- sobre otras tantas películas que, de un modo directo y principal o de manera más secundaria y tangencial, tratan del mundo del trabajo en su metraje. Con un interesante prólogo del Catedrático Emérito de Derecho del Trabajo y actual Magistrado del Tribunal Constitucional, Alfredo Montoya Melgar, y bajo la coordinación de José Luján Alcaraz, profesor de la Universidad de Murcia, y Ángel Arias Domínguez, que lo es en la de Extremadura, en el libro comparecen casi todos los clásicos del cine social, ese “género” cinematográfico que nació con las primeras películas (no se olvide que una de las filmaciones iniciales de los hermanos Lumière, en 1895, fue la Salida de los obreros de la fábrica); además de muchos otros films que no alcanzan dicha categoría -con una sustancial presencia de títulos de la cinematografía española, casi un tercio del total-, analizados con profundidad y rigor técnico-jurídicos pero también con claridad expositiva y afán didáctico por un nutrido grupo de representantes de las instituciones académicas iuslaboralistas de nuestro país.

Siendo imposible dar cuenta de todos los títulos que aparecen en la obra, por citar tan sólo algunos de los más representativos quiero dejar constancia, entre los clásicos, de Metropolis, la anticipadora película de 1927, dirigida por Fritz Lang, de la que Ángel Arias, uno de los coordinadores del volumen, ofrece una interesante visión a propósito del trabajo forzoso y la esclavitud; La ley del silencio, otro hito del cine “laboral” -y no solo-, que dirigió Elia Kazan en 1954 y que presenta numerosos frentes vinculados con la disciplina jurídico laboral, singularmente, el del sindicalismo y temas adyacentes; ¡Qué bello es vivir!, la gran creación de Frank Capra, realizada en 1945, en la que el profesor Fernández Orrico estudia, de un modo original, la figura del trabajador autónomo; las dos obras maestras de John Ford, Las uvas de la ira, de 1940, ya comentada en estas páginas hace años, a partir de la reseña de la novela del mismo título de John Steinbeck, y Qué verde era mi valle, de 1941, ambas con abundante presencia de “categorías” laborales; no podía faltar tampoco Tiempos modernos, una de las mejores películas de la historia del cine, dirigida por Charles Chaplin en 1936 y en la que afloran infinidad de aspectos laborales aún vigentes y oportunos en la actualidad: los efectos de la tecnología en el trabajo, la organización empresarial, la explotación laboral, los agotadores ritmos y tiempos en el trabajo, los riesgos laborales y tantos otros…

En un plano de menor entidad cinematográfica, sin llegar a la maestría de las cintas ya comentadas, destacan también los análisis sobre otras películas estimables, como las tres que se “diseccionan” de Ken Loach, una presencia recurrente -y valiosa- en el cine social: Pan y rosas, de 2000, con la inmigración como tema subyacente, La cuadrilla, de 2001, crítica demoledora de la flexibilización liberal de las relaciones de trabajo, y En un mundo libre, una nueva aproximación, esta vez en 2007, a los problemas laborales de los inmigrantes. También interesan los someros “ensayos” sobre Billy Elliot, La sal de la tierra, En tierra de hombres o Up in the air, dirigidas, respectivamente, por Stephen Daldry en 2000, Herbert J. Biberman en 1954, Niki Caro en 2005 y Jason Reitman en 2009, en los que se tratan asuntos como las huelgas y los conflictos laborales, la siniestralidad en el trabajo y las penosas condiciones de trabajo, el acoso sexual o las reestructuraciones de empresas y la gestión de los despidos.

Y en lo que se refiere a nuestro entorno más inmediato, son reseñables los análisis sobre Síndrome laboral, la película de Sigfrid Monleón, discretamente estrenada en 2004, centrada en el significativo caso Ardystil, el envenenamiento tóxico al que se veían abocadas -en muchos casos con resultado de muerte- las trabajadoras de la industria textil en Alcoy y su comarca, todo un hito -lamentable, por desgracia- en la regulación jurídica de las enfermedades profesionales en España; El corazón de la tierra, que dirigió Antonio Cuadri en 2007, basada en una novela, que ya presenté en este mismo espacio hace años, de Juan Cobos Wilkins, en la que los conflictos laborales y la contaminación medioambiental causada por la imprudente acción de una empresa puntean, con una base histórica comprobable, una trama romántica y sentimental; El Método, dirigida en 2005 por Marcelo Piñeyro, un director argentino para una cinta en la que la obra teatral en la que se basa, parte de la producción y la mayoría de su reparto eran españoles, y en la que un deshumanizado proceso de selección de personal ocupa el núcleo central de su trama; la muy premiada Los Santos inocentes, que dirigió Mario Camus en 1984 sobre la obra homónima de Miguel Delibes, en la que la temática social impregna de manera estremecedora el metraje entero; Los lunes al sol, el indispensable título de Fernando León de Aranoa, que abordó en 2002, de un modo controvertido aunque valiente, las consecuencias humanas de la reconversión industrial; también Smoking Room, de Gual y Wallovits y El efecto Iguazú, de Pere Joan Ventura, ambas de 2002, o la más reciente, 2014, La isla mínima, del realizador Alberto Rodríguez, son objeto de esclarecedores artículos.

El Derecho del trabajo en la literatura sigue una pauta similar a la del volumen centrado en el cine, además de compartir bastantes de sus colaboradores. Con prólogo del propio Antonio Vicente Sempere Navarro, son esta vez Inmaculada Baviera Puig, Francisco Javier Hierro Hierro y el mencionado José Luján Alcaraz, coordinador también del primer proyecto, los responsables de la edición, en la que se repasan cuarenta y una obras literarias desde la ya subrayada perspectiva del Derecho laboral.

El libro recoge una muy variada muestra de textos -novelas en su mayoría- espigados de la literatura de diferentes ámbitos temporales y geográficos, e incluye tanto títulos indiscutiblemente clásicos como otras obras menores o no tan relevantes. En la primera de las categorías se incluyen, entre otras, El proceso y La metamorfosis, de Franz Kafka, de las que los respectivos comentaristas subrayan el tratamiento de la presunción de inocencia -más bien la presunción de culpabilidad- y de las relaciones empresario-patrón, respectivamente; en Germinal, la revolucionaria y sobrecogedora novela de Émile Zola, destaca la fidedigna descripción de las inhumanas condiciones de explotación laboral de los mineros en la Francia de finales del siglo XIX; de Thomas Mann se recogen dos obras mayores, Los Buddenbrook y La montaña mágica, en cuyos análisis se rastrea la presencia del espíritu emprendedor y la empresa familiar, en la primera de ellas, y del tratamiento jurídico laboral de las enfermedades, en particular la tuberculosis, en la segunda; Charles Dickens está representado también por dos novelas magistrales, Oliver Twist, con el Londres victoriano como tétrico escenario del deambular de centenares de niños marginados, víctimas dolorosas del terrible trabajo infantil en los años de la Revolución industrial, y Casa desolada, con altas dosis también de crítica social; puede sorprender la presencia en el listado de Don Quijote de La Mancha, pero el clásico cervantino admite -y ha sido objeto- de infinidad de aproximaciones, como, en este caso, la que se detiene en las peculiaridades laborales de la relación entre el disparatado hidalgo y su escudero.

Hitos literarios son, igualmente, La madre, de Máximo Gorki, Rebelión en la granja, de George Orwell y la ya mencionada, por su vínculo con el cine, Las uvas de la ira, de John Steinbeck, novelas repletas de referencias a las miserables condiciones de vida de los trabajadores y las injusticias sociales. Asimismo ocupan un lugar destacado en la historia de la literatura Utopía, de Tomás Moro, en la que la “construcción” de un nuevo orden social igualitario que suprime las diferencias entre los seres humanos, trabajadores y patrones inclusive, hace innecesario el Derecho del trabajo; Matar a un ruiseñor, de Harper Lee, ya reseñada en estas páginas, con su tratamiento de la discriminación racial, y El primo Basilio, de Eça de Queiroz, con la destacada presencia del trabajo doméstico.

Distinta consideración, en cuanto a valores literarios se refiere, tienen la interesante El niño con el pijama de rayas, de John Boyne, la notable La tregua, de Mario Benedetti, o la desternillante La conjura de los necios, de John Kennedy Toole, novelas en las que la lucidez y la capacidad de penetración intelectual de los expertos responsables de sus comentarios detectan la presencia de la movilidad funcional y geográfica, el trabajo autónomo, el servicio doméstico, las horas extraordinarias o los ascensos, entre otras instituciones laborales.

Ya para terminar, y en el ámbito de la literatura española, sobresalen Los gozos y las sombras, de Gonzalo Torrente Ballester; Miau, de Benito Pérez Galdós; La colmena, del Premio Nobel Camilo José Cela; La verdad sobre el caso Savolta, de Eduardo Mendoza; dos novelas de Delibes, Las ratas y la ya citada, por su traslación cinematográfica, Los santos inocentes; y, más reciente en el tiempo, La mano invisible, de Isaac Rosa, de la que hace unos años os presenté aquí su reseña. En los capítulos en los que se analizan, llama la atención, de nuevo, la agudeza de sus autores, que encuentra en estas novelas valiosas literariamente motivos para serlo también desde el punto de vista del Derecho Laboral: el movimiento obrero, la prestación de servicios para las Administraciones públicas, la merma de derechos sociales, la huelga, el trabajo infantil, el ejercicio de los derechos fundamentales en el trabajo o la alienación laboral, entre otros muchos.

En fin, son abundantes, como veis, los motivos para acercarse con gozo a estos dos estimulantes libros, El Derecho del trabajo en el cine y El Derecho del trabajo en la literatura, publicados por Ediciones Laborum en 2015 y 2017, respectivamente. Os dejo, como cierre a mi comentario, con un fragmento del primero de ellos, un breve texto extraído del análisis que hace Belén de Mar López Insúa, de la Universidad de Granada, sobre la película Pan y rosas. En mi transcripción me he tomado la libertad de corregir los numerosos fallos de concordancia, de redacción, de sintaxis y tipográficos, impropios de una publicación vinculada al ámbito académico.

La ilustración musical de mi reseña la pone una canción relacionada con esta misma película: Bread and roses, la versión musical que hace Judy Collins de un estremecedor poema de James Oppenheim que inspira la cinta de Ken Loach.

La ciudad de Lawrence (situada en el Estado de Massachusetts en EEUU) constituyó a mediados del siglo XIX el centro fabril del sector textil de un grupo de empresas que, con la finalidad de abaratar los costes salariales, contrataron a personal especializado procedente de Rusia, Europa oriental y países árabes. La introducción de maquinaria en las industrias, talleres y fábricas textiles provocó que, alrededor del año 1905, apenas hubiera personal especializado por lo que se comenzaron a contratar, a bajo coste, a trabajadores emigrantes de distintas nacionalidades. La mayoría eran mujeres inmigrantes que vivían en barracones que eran propiedad de la empresa.

En este contexto, las condiciones laborales a las que se encontraba sometida la clase trabajadora eran extenuantes: jornadas interminables que provocaron un gran número de accidentes laborales, salarios insuficientes para poder sobrevivir (los trabajadores compraban sus víveres y mercancías en tiendas y economatos de las mismas empresas) y condiciones de trabajo inhumanas. Esta situación provoca que miles de trabajadoras acudan a la huelga como medida de presión frente a las deplorables condiciones de trabajo a las que se encontraban sometidas. Como antecedente, cabe destacar la marcha que el 8 de marzo de 1857 tuvo lugar en la ciudad de Nueva York y que fue protagonizada por cientos de mujeres del sector. Estas trabajadoras denunciaban los bajos salarios y las condiciones inhumanas a las que eran sometidas. El lema de la protesta estaba encabezado bajo una idea clave: las manifestantes no se conformaban con el pan sino que reclamaban también las rosas (la dignidad)


Mientras vamos marchando, marchando a través del hermoso día
Un millón de cocinas oscuras y miles de grises hilanderías
Son tocados por un radiante sol que asoma repentinamente
Ya que el pueblo nos oye cantar: ¡Pan y rosas! ¡Pan y rosas!

Mientras vamos marchando, marchando, luchamos también por los hombres
Ya que ellos son hijos de mujeres, y los protegemos maternalmente otra vez
Nuestras vidas no serán explotadas desde el nacimiento hasta la muerte
Los corazones padecen hambre, al igual que los cuerpos
¡dennos pan, pero también dennos rosas!

Mientras vamos marchando, marchando, innumerables mujeres muertas
Van gritando a través de nuestro canto su antiguo reclamo de pan
Sus espíritus fatigados conocieron el pequeño arte y el amor y la belleza
¡Sí, es por el pan que peleamos, pero también peleamos por rosas!

A medida que vamos marchando, marchando, traemos con nosotras días mejores
El levantamiento de las mujeres significa el levantamiento de la humanidad
Ya basta del agobio del trabajo y del holgazán: diez que trabajan para que uno repose
¡Queremos compartir las glorias de la vida: pan y rosas, pan y rosas!

Nuestras vidas no serán explotadas desde el nacimiento hasta la muerte
Los corazones padecen hambre, al igual que los cuerpos
¡pan y rosas, pan y rosas!




José Luján Alcaraz (coord.). El Derecho del trabajo en el cine

miércoles, 25 de abril de 2018

DANIEL GRAY. ESTE LIBRO TE ALEGRARÁ LA VIDA

Hola, buenas tardes. Bienvenidos a Todos los libros un libro que como todos los miércoles en Radio Universidad de Salamanca sale a vuestro encuentro con una nueva recomendación de lectura. En el caso de esta tarde, nuestra propuesta surge al amparo de la reciente celebración, anteayer, del Día del Libro, que como es sabido, se festeja en el mundo entero el 23 de abril.

Quienes venís siguiéndonos desde hace años sabéis que en nuestro espacio somos muy dados a mostrar aquí, en el modesto escaparate del programa, y en fechas cercanas a las conmemoraciones, ferias y festejos que con puntualidad primaveral se organizan en torno a los libros, textos que giran sobre los propios libros y que contienen aproximaciones de diversa consideración sobre la lectura, las bibliotecas, la escritura y, en general, el universo bibliófilo. Así ocurre también este año, tanto en Buscando leones en las nubes, mi otra emisión en la radio universitaria salmantina, en la que desde el pasado lunes y durante cuatro semanas, os estoy ofreciendo una serie dedicada al libro, como aquí, en donde hoy mismo, pero también dentro de unas semanas, cuando la Feria municipal del libro invada la ciudad y la llene de interesantes publicaciones, aparecerán obras dedicadas a reflexionar -desde ángulos distintos y a veces controvertidos- sobre los encantos y las desgracias que la lectura lleva consigo.

En concreto, esta tarde me decanto por la vertiente optimista del asunto con una obrita -el diminutivo, amable y cariñoso, es también descriptivo: no nos hallamos ante una lectura inolvidable ni ante un logro trascendental de la literatura- que resalta de un modo entusiasta y apasionado, con fervor y hasta emoción contagiosos, los muchos placeres -cincuenta, en particular- que su autor experimenta leyendo. Se trata de Este libro te alegrará la vida, un no muy extenso volumen, obra del escritor británico Daniel Gray, colaborador habitual de diversos periódicos en el Reino Unido, y presentado en 2017 por la editorial Ariel en traducción de Gemma Deza Guil y con simpáticas ilustraciones -de nuevo el calificativo es menor- de J. Mauricio Restrepo. 50 placeres íntimos de la lectura es el explicativo subtítulo con el que se rubrica la obra que, por si las intenciones del autor no se mostraran de este modo nítidas, se abre con una breve justificación introductoria: Esta obra es una carta de amor a los libros y las librerías, a los amantes de los libros, a las muchas y a la vez universales formas de leer y a todas las delicias que sólo los buenos lectores conocen. 50 momentos de felicidad relacionados con la lectura para celebrar el placer que nos une, para perderse y encontrarse; a la que sigue una dedicatoria también inequívoca: Para la niña que no duerme si no le cuentan un cuento; y, por fin, un muy sucinto prefacio -O la búsqueda de solaz en las páginas de un libro-; textos que, tras su lectura, casi harían innecesaria esta reseña dado lo explícito de sus formulaciones, que dejan bien a las claras qué nos vamos a encontrar al adentrarnos en sus páginas.

Y es que, en efecto, Este libro te alegrará la vida nos propone medio centenar de momentos felices, de circunstancias placenteras, de ocasiones para el deleite, de gozosas posibilidades de disfrute, que a quien vive infectado por el benéfico virus de la lectura le brindan los libros. Estamos, como parece obvio, ante una entusiasta celebración de la lectura, un homenaje a los libros en tanto siguen constituyendo, más allá de estériles discusiones sobre el impacto en ellos de las novedades tecnológicas, uno de los pilares de la sociedad, de la educación y la cultura. Pero el enfoque con el que Daniel Gray encara su apasionado homenaje al libro no es el clásico alegato más o menos académico, de índole ensayística, en el que se “argumentan”, sobre la base de un solvente y sesudo aparato teórico, las ventajas que aporta la lectura a nuestras vidas, sino que el autor opta por una aproximación, llamémosle poética o, en cualquier caso, relacionada con las emociones, en la que se identifican esos cincuenta pequeños “oasis” de felicidad que, entre el vertiginoso tráfago de la vida moderna, pueden proporcionarnos los libros. En este sentido, confiesa Gray en su prólogo, el desencadenante del proceso creativo que condujo a la publicación de su texto fue el hallazgo fortuito y la consiguiente lectura de otro libro, Deleite, de J.B. Priestley, en el que se recogía un largo centenar de motivos para alimentar la dicha en una sociedad -la británica inmediatamente posterior a la segunda gran contienda mundial- hundida en el desánimo y la pesadumbre de la posguerra. Por mi parte, recuerdo igualmente otra obra, penetrada de idéntico afán de exaltado vitalismo y vehemente regocijo por los muchos dones que el mundo ofrece, en la que el francés Philippe Delern reivindica una existencia plena hecha de detalles aparentemente menores aunque sustanciales, capaces, en su plácida y agradable pero también vigorosa insignificancia, de dotar de sentido a nuestro paso por la tierra. El primer trago de cerveza y otros pequeños placeres cotidianos, publicado en 1997, fue objeto de un programa en Buscando leones en las nubes, mi otro espacio, ya mencionado, en Radio Universidad de Salamanca; una emisión que podéis recuperar acudiendo a su blog, buscandoleonesenlasnubes.blogspot.com.

Pues bien, la antología de “instantes” que presenta Daniel Gray y que ahora os comento parte de un planteamiento idéntico a los dos citados que le lleva a recopilar un elenco de situaciones y oportunidades para el solaz y la alegría, para el encantamiento y la distracción, para la satisfacción y la plenitud, todas ellas relacionadas con los más comunes y hasta triviales -y quizá por ello no demasiado ponderados normalmente- hábitos lectores. Como resulta evidente, ni es posible ni tendría demasiado sentido que yo glosara aquí todos los ejemplos que se recogen en el libro. Me contentaré, pues, consciente de las limitaciones que el tiempo, el espacio y la propia lógica imponen, a comentaros brevemente algunos de los más significativos en los que, por lo demás, casi cualquier lector puede reconocerse.

Hay, por un lado, capítulos (todos los del libro son, por cierto, muy cortos y raramente superan las tres o cuatro páginas) que tienen que ver con los libros y la lectura en general, con las emociones, las sensaciones, los sentimientos que nos asaltan, por ejemplo, al empezar un nuevo libro, una mezcla de expectativa e impaciencia, de esperanza e ilusión por ver qué nos depara el volumen recientemente adquirido. Igualmente, hay un texto sobre las fuerzas contrapuestas que nos impelen a, simultáneamente, abandonar una lectura que no ha logrado hechizarnos y perseverar en el intento de profundizar en sus misterios, conscientes muchos lectores -y yo entre ellos- del sacrilegio que supone “despreciar” así los esfuerzos de un escritor, rechazar algo tan noble como un libro. Se ocupa Gray, también, de las novelas que hacen llorar y de las que provocan la sensación opuesta: morirse de risa leyendo. A esta vertiente más íntima y emotiva pertenecen también secciones sobre la zozobra que conlleva la espera de la siguiente entrega de una serie o el nuevo libro de nuestro autor favorito; sobre el cosquilleo que en ocasiones nos induce la poesía; sobre la incontenible excitación que sentimos cuando la identificación con lo leído es tal que “sabemos” -o queremos convencernos erróneamente de ello- que un libro parece estar escrito expresamente para nosotros; sobre los efectos -tanto exultantes como de decepción- que nos causa releer, años después, uno de nuestros libros favoritos. Y entre esos placeres ambiguos -a caballo del alborozo y la melancolía- aparecen también los que suscita la lectura de un libro sobre un lugar que nunca podremos visitar; o la incapacidad de «entender» por completo un libro del que todo el mundo habla maravillas y que a nosotros no acaba de subyugarnos, desajuste que nos permite subrayar nuestra individualidad, nuestra innegociable libertad de criterio; o, a la inversa, la resplandeciente epifanía que tiene lugar cuando, tras centenares de páginas transitadas en una perpleja oscuridad, el argumento de un libro -a menudo una novela policiaca- acaba por cobrar sentido; o la desesperada y jubilosa ansiedad que nos invade al descubrir un autor hasta entonces desconocido para nosotros que nos deslumbra y nos “obliga” a ponernos al día con su inmensa obra; o el ambivalente impacto de las adaptaciones al cine y la televisión de nuestras novelas más queridas, que nos permite reafirmarnos en nuestra algo esnob predilección por la literatura (ese recurrente “es mejor el libro” que escuchamos, casi sin excepción, en esos casos); la vaga nostalgia que sentimos cuando, inopinadamente, un libro de nuestra infancia, largo tiempo olvidado, reaparece en nuestro recuerdo; la inocente petulancia que nos lleva a fingir conocer un libro que se “debería” haber leído y cuya “indispensable” lectura, sin embargo, hemos preterido hasta ahora, sin que nos agobie en exceso una en el fondo benévola sensación de culpabilidad; o el capricho al que nos entregamos al comprar una cara y voluminosa edición de lujo que apenas hojearemos y que ni siquiera cabe en la estantería.

He creído encontrar, espigando entre las páginas de la obra de Daniel Gray, otra pauta, un cierto hilo conductor, en una serie de apartados que se refieren a las muchas satisfacciones de las que nos proveen los libros más allá de su contenido, en su sola dimensión material, contemplados como meros objetos: el feliz e inesperado descubrimiento de dedicatorias manuscritas en libros viejos que hemos adquirido en un rastro o en una librería antigua o que llegan a nuestras manos sin saber cómo; también las firmas de los autores, pergeñadas de modo apresurado, junto a algunas frases inanes, en alguna feria del libro; la aparición en un volumen, que recuperamos de nuestra biblioteca tras años sin consultar, escondido en ella, de puntos de lectura en su momento improvisados: billetes varios, facturas o recibos, envoltorios diversos, postales, con suerte una foto, o extraños documentos cuya presencia inexplicable entre las páginas de un volumen nos hacen repensar nuestro pasado, una determinada etapa ya olvidada de nuestra vida, los amigos que frecuentábamos, la pareja de entonces; los borrones, manchas y otros recordatorios de dónde y cuándo se leyó un libro, que operan igualmente como desencadenantes de la memoria; esa otra algo pesarosa confrontación con quien fuimos años atrás, “revivido” ahora a partir de las indicaciones, los subrayados, las notas al margen, los comentarios entre líneas, que nos dan noticia -tantas veces ininteligible- de cómo pensábamos, cómo sentíamos, cómo éramos en otra época; la capacidad de evocación que acompaña al olor de los libros, los viejos, con sus notas de madera y humo, de hongos y óxido, de polvo e infancia, y los nuevos, frescos, fragantes, como de plástico.

Hay una suerte de continuidad, también, entre capítulos que se recrean en lo que podríamos denominar “los lugares del libro”: la cama que, para tantos lectores, es la obligada última etapa de la lectura en el día, la envolvente y acogedora hospitalidad del lecho como entorno favorable -aunque muchas veces estéril, los párpados cerrándose tras la larga jornada de trabajo- para adentrarse leyendo en el sueño; la obstinada lectura en una tienda de campaña, otro residuo recuperado de la adolescencia y la juventud; el empecinado empeño -tan frecuente y a menudo tan estéril- de leer en el transporte público, abstraídos -lector y libro aislados del mundo- en una burbuja que nos evita el trasiego y el bullicio de autobuses y vagones de metro, de trenes y aviones; la lectura en espacios singulares, marcada por las peculiaridades de los respectivos entornos: el sosiego y la quietud de las bibliotecas, el frenético ajetreo del comercio en las grandes librerías, la lentitud y el demorado paso del tiempo en las librerías de viejo, el ensordecedor alboroto de bares y establecimientos públicos; el encuentro azaroso con libros olvidados o abandonados a propósito en “bibliotecas” de hoteles, hostales y casas rurales.

Desperdigados por el libro, encontramos también fragmentos referidos a algunos privilegiados “momentos” de la lectura: la magia, el encantamiento que nos embarga al leer a un niño, y el arrobamiento, el “transporte”, la felicidad del pequeño; igualmente, el embeleso al observar cómo aprende a leer un niño; la aparente pérdida de tiempo -una tarde que vuela- mientras organizamos las estanterías de nuestra biblioteca; el desamparo que nos acucia tras concluir la lectura de un libro con el que hemos convivido durante días, también las estimulantes reflexiones en las que nos sumergimos tras terminar un libro, dejarlo sobre la mesa y evocar, en una satisfecha ensoñación, sus personajes, las acciones relatadas, los acontecimientos recién “vividos”; el viaje vicario, y aun así, placentero, que realizamos al deslizar un dedo por un atlas, y ese otro, algo más real, con su inminente promesa de realización, que llevamos a cabo cuando elegimos las lecturas para las vacaciones.

Y afloran, también, en esta improvisada y muy simple taxonomía de ejes temáticos que me parece detectar en el libro de Daniel Gray, algunos exponentes muy significativos de lo que la lectura y los libros tienen de experiencia compartida, de las relaciones que los libros descubren o inducen o propician: las visitas a las casas ajenas que nos llevan a los amantes de los libros a, no bien llegados, inspeccionar las bibliotecas y extraer de ese apresurado arqueo conclusiones “irrebatibles” sobre la personalidad de sus dueños; el constante “espionaje” -en playas y lugares públicos, en un parque o en el trabajo, en la espera del dentista o en un aeropuerto- de las lecturas de quienes nos rodean, una curiosidad patológica, compulsiva aunque benigna, que nos atenaza a los enfermos del libro; el entusiasmo al hablarle a alguien de una obra que nos apasiona (un capítulo que os dejo como cierre a esta reseña); las siempre imprevisibles reacciones tras el regalo de un libro -¿habremos acertado?-; las muy fecundas relaciones entre libros y amor: irse a vivir con alguien y descubrir, tras la mudanza, libros duplicados; la decisión sobre si mantener, en el nuevo “estado civil”, la separación de libros o su mezcla en una amalgama enamorada y optimista -¡nunca nos separaremos!- pero, ciertamente, algo desasosegante; la ocultación a tu pareja de que has comprado más libros, has caído una vez más, indefectiblemente, en tu incontrolable adicción; el amor “vivido” -con envidia, con deseo, con esperanza, con desazón, con emoción, con dolor- en las novelas, cuando los amantes se reúnen.

En fin, son muchos, como veis los motivos por los que os resultará agradable leer Este libro te alegrará la vida, la estimulante reivindicación de los placeres que proporcionan los libros que publicó Daniel Gray en la editorial Ariel el pasado 2017. Os dejo ahora, cómo no, con una canción que habla de las virtudes de la lectura y que formó parte de la campaña institucional italiana Io leggo perchè (Yo leo porque…). Samuele Bersani y Francesco Guccini cantan Le storie che non conosci.


Entusiasmarse al hablarle de un libro a alguien

La verdad es que los libros nunca acaban del todo. Permanecen contigo tanto los buenos como los malos, y pueden irrumpir entre tus pensamientos sin aviso previo. Años más tarde, las leves ascuas de una frase atraviesan tu conciencia, o inesperada y fugazmente te viene a la cabeza un lugar que sólo has visitado en palabras impresas. El nombre de un personaje merodea por tu cerebro como el de un compañero de clase de la escuela primaria. Los libros arraigan. Un libro te altera, de una forma menor y a veces efímera, pero, cuando lo hayas acabado, ya nunca volverás a ser la misma persona que eras cuando leíste la primera página.

Esta sensación se da en su forma más cruda e intensa durante los días inmediatamente posteriores a haber devorado un libro que te ha encantado. Acecha tus pensamientos y te hace suspirar y desear volver atrás en el tiempo y no haber concluido aún su lectura. Se ha infiltrado en tu conciencia y sus ritmos aún te acompañan. Necesitas una válvula de escape y hablarle de él con entusiasmo a alguien te ayuda a aliviar el desasosiego posterior a la lectura que bulle en tu interior. Se trata de una terapia a toro pasado, de una oportunidad de jalear a voz en cuello palabras que hasta ese momento habían supuesto sólo un júbilo privado.

Conviene escoger con suma precisión al destinatario de tu desahogo. Es preferible un amigo que creas que puede entender tu fervor y su causa que el anciano que hace cola delante de ti en el supermercado. Al menos, debes fingir que tu entusiasmo es en su beneficio, que eres un misionero venido a difundir el Evangelio, armado con un ejemplar de ese magnífico libro en las manos. Existen bastantes posibilidades de que si optas por hacer un alegato comedido derive en un balbuceo sin sentido, pero, a fin de cuentas, de lo que se trata ahora es de realizar una defensa apasionada, completamente sesgada, no una evaluación crítica. Un “es absolutamente impresionante” suena más cierto que un centenar de reseñas tibias en la prensa escrita. Puedes describir mal el argumento, cambiar la época y hacer proclamas extravagantes, pero es tal tu fanatismo que, cuando finalmente coges aire para respirar, encuentras al oyente dispuesto a adoptar el libro que le ofreces. Tu chispa ha prendido y ahora el peso de las expectativas descansa sobre sus hombros; más vale que le guste o vuestra amistad quedará tocada. Con todo, la necesidad de compartir, de convertir a un nuevo creyente, se ha satisfecho.

La cadena puede continuar, tu ejemplar pasar de mano en mano, con las esquinas cada vez más dobladas y desgastadas. Por fin puedes reflexionar acerca de la historia que mora en tu interior, al tiempo que constatas, reconfortado, que tu pasión por la lectura no se ha marchitado con el paso del tiempo.




Daniel Gray. Este libro te alegrará la vida