Vivo entre muchos libros y extraigo una gran parte de mis ganas de vivir del hecho de que aún leeré la mayoría de ellos. (Elias Canetti)

miércoles, 20 de marzo de 2019

MARIA VAN RYSSELBERGHE. HACE CUARENTA AÑOS

Hola, buenas tardes. Todos los libros un libro os recibe una semana más, en los estudios de Radio Universidad de Salamanca, para ofreceros una recomendación de lectura que pueda llegar a interesaros. No hay duda, esta tarde, del éxito de nuestra pretensión porque Hace cuarenta años, el breve librito -poco más de sesenta páginas- de Maria Van Rysselberghe que presentó en nuestro país la editorial Errata Naturae en 2012 es una maravilla de calidad indiscutible. El libro tiene ya más de ocho décadas, pues algunos de sus fragmentos aparecieron por primera vez en una revista literaria en 1934 y 1935, publicados bajo el seudónimo de Maria Saint-Clair. Su edición completa, de 1936, y la reedición que la popularizó, en 1968, se presentaron también bajo esa misma identidad simulada. La edición española, que traduce Regina López Muñoz, incluye una ilustrativa nota previa de los editores y un también sustancioso y muy penetrante epílogo de Natalia Zarco. 

Maria Van Rysselberghe había nacido en Bruselas -su verdadero nombre era Maria Monnom- en 1866 en el seno de una familia culta vinculada al mundo del arte y de la edición. Casada con el pintor Théo Van Rysselberghe, del que tomó el apellido, e íntima amiga de André Gide, su destacada presencia en la historia de la literatura le viene dada por el hecho de que durante tres décadas fue tomando apuntes sobre diversos aspectos de la vida y la obra del escritor, llegando a completar hasta diecinueve cuadernos de notas en torno a su figura. El resultado de esa minuciosa labor casi notarial, Notas para la historia auténtica de André Gide, fue publicado y es conocido como Los cuadernos de la “Petite Dame” -Maria era de muy baja estatura- que tradujo en España para Alianza Editorial una de las grandes figuras de la traducción de nuestro país, prematuramente fallecida hace casi veinte años, Esther Benítez. De la estrecha relación entre Maria y Gide da cuenta el sorprendente hecho de que el Nobel francés, homosexual reconocido, guardando las apariencias ante el mundo con un matrimonio blanco con una prima, hubiera elegido a la hija de su amiga, Elisabeth, como madre de su única descendiente. Otros datos biográficos de la escritora significativos en relación con el libro del que esta tarde quiero hablaros son la amistad de la pareja con otro pintor y poeta de la época, Émile Verhaeren (que editaba sus poemas en el sello familiar de Maria), y con su mujer, la pintora Marthe Massin. Además, el gusto por los balnearios del Mar del Norte con sus inmensas playas solitarias, en una de las cuales tendría una residencia el matrimonio, aflorará igualmente en la novela. 

Hace cuarenta años cuenta la historia de un amor adúltero no consumado (una suerte de oxímoron que explicaré a lo largo de esta reseña) que tiene lugar un verano, precisamente en una casita en la playa, la casita de la duna, en la que residen los largos meses estivales la narradora, su marido Antoine y la pareja amiga compuesta por Hubert y Agnés; pintor el marido, pintor y poeta el amigo y escritora la esposa de éste. Estamos, como puede deducirse por estos datos, ante un texto biográfico en el que la autora “esconde” la realidad atribuyendo nombres inventados a sus protagonistas, para narrar, “cuarenta años después”, la historia, la verdadera historia, de la apasionada atracción mutua que surge entre ella y Hubert en los días en que los otros dos cónyuges están ausentes por motivos diversos. En este sentido, el relato de una inolvidable y fugaz -inolvidable, en gran medida, por fugaz- “aventura” amorosa vivida en verano conecta con otros dos títulos, posteriores en el tiempo, que aparecerán en nuestro espacio en meses venideros: el entrañable Agua salada, de Charles Simmons y el igualmente excepcional Un verano en el campo, de James Lloyd Carr. 

Maria Van Rysselberghe dio a la luz su libro cuando los principales protagonistas ya habían fallecido y no podían, por tanto, sufrir con la verdad revelada en él. Las últimas frases de la novela, intensas y llenas de emoción como lo son casi todas en una obra que rezuma lirismo y aliento poético, aluden a este hecho: 

El corazón sobre el que tan hondo marcaste tus pasos, amplia sombra, consiguió reverdecer de nuevo; sin duda, tanto o más que antes. Pero nadie logró ocupar el espacio del que tú te adueñaste. Nadie estuvo a la altura; nadie tenía ni la exigencia ni la generosidad necesarias. 
Puesto que sólo yo sobrevivo; puesto que, después de tantos años, mis recuerdos pueden ver la luz sin herir ya a nadie a mi alrededor, te los regalo, querida sombra. Es lo más hermoso que he cosechado para regalarte, y la sed que me dejaste sigue siendo tuya. (29 de julio de 1894 - 29 de julio de 1934). 

La autora abre su novela -pues novela es, al “ficcionalizar” la realidad- con una cita de su amigo André Gide: Me gustaría que el recuerdo de mi felicidad perdurara más allá del tiempo, situando así el núcleo del libro -o al menos uno de ellos, esencial- en la idea del recuerdo. El vibrante amor que experimenta la pareja protagonista, al ser contenido, al ser refrenado, al -de algún modo- no “realizarse” hasta el final, permitirá alimentar en la memoria la remembranza de lo vivido con unas cualidades de exaltación, de fuerza, de entusiasmo, de pasión que no comparecerían si las vicisitudes del siempre aburrido acontecer de la vida cotidiana hubieran desgastado, afeándolo, el recuerdo de tan arrebatado idilio. Y en la mirada retrospectiva, el episodio evocado aparece como glorioso y revestido de una suerte de encantadora magia, no sólo -como ahora veremos- por la propia calidad y el vigor de la vivencia mientras ella tuvo lugar, o por lo efímero de su transcurso, un tiempo breve, pasajero y por ello palpitante; también por su circunscripción a un ámbito espacial limitado -la ya mencionada casita de la duna-, que aparecerá como el territorio de leyenda en el que lo excepcional, el “milagro”, pudo ocurrir. La narradora, al comienzo de su texto y en distintos momentos del mismo, interpela a la casa, se dirige a ella como otra protagonista principal de su relato, estableciendo, ya desde las primeras páginas, un paralelismo entre ella misma, entre su alma -su entero ser- transfigurada por la experiencia amorosa y el privilegiado espacio que le dio refugio: Es a ti a quien debo evocar en primer lugar, casita de la duna. Todos tus sonidos han quedado dentro de mí como el del mar en las caracolas; tu escalera de madera gemía bajo los pasos más ligeros, el viento marino hacía temblar todos tus aparejos, el molino de enfrente daba vueltas con crujidos de carruaje y, en las noches de luna, sus aspas rayaban tu blancura con amplias sombras que oscilaban. Te confundo a ti, frágil refugio vibrante como una criatura sobresaltada, conmigo misma: somos el melancólico espacio de esta historia, la historia de un breve instante, de un acorde cuya resonancia se ha prolongado a lo largo de toda una vida

El núcleo central del libro lo constituye la narración, demorada y profunda, exaltada y ardiente, refinada y elegante, del amor que surge entre Maria y Hubert. En las semanas en que conviven en la casa de la playa -algunas en absoluta y cómplice soledad, otras “soportando” la presencia de Antoine o Agnés por separado o de ambos conjuntamente, e incluso compartiendo transitoriamente el lugar con alguna amiga en visita repentina- se despierta entre ambos un sentimiento -que ya se apuntaba desde mucho antes del encuentro veraniego- de irresistibles arrebato y fascinación mutuos. Conscientes, sin embargo, de su situación, casados ambos e imbuidos de una férrea voluntad de no dañar a sus cónyuges, de no mentirles (¡Ah! ¡Si pudiera contárselo todo...! ¡Si pudiéramos contárselo todo a los dos...! Pero sembraríamos demasiado dolor a cambio de nuestro alivio), de mantenerse fieles a ellos, a la por otro lado fecunda y valiosa normalidad de sus respectivos matrimonios, deciden rehuir las alternativas egoístas (Lo que estamos haciendo es miserable, y me siento totalmente responsable. Estaría bien que tratáramos de comportarnos, lejos de ellos, como si estuvieran aquí... No cambiaría nada de lo que palpita dentro de nosotros) y reducir el terreno de su enloquecedor afecto, “desviándolo” hacia las conversaciones, la lectura de libros y poemas -Flaubert, Baudelaire, los propios versos de Verhaeren, entre ellos-, el arte, la cultura, las ideas, la contemplación del otro, el feliz reconocimiento de su estado alterado de conciencia, de su sensibilidad hipertrofiada, la formulación de sus deseos, de sus ardorosos anhelos, la entrega a sutiles juegos de seducción, la construcción de una “burbuja” de potencia cegadora -acotada, como se ha dicho, en el tiempo y en el espacio- que nutra su memoria el resto de sus días con el recuerdo de un amor impecable y eterno, de una perfección sin mácula. 

Girando, pues, sobre esa “constricción” voluntariamente aceptada por los amantes -se amarán como en un sueño, por así decirlo-, la descripción de su éxtasis pasional es deslumbrante, contagiando al lector con la excitación y la vehemencia de la perturbadora conmoción que los invade. Resultaría temerario por mi parte pretender glosar la gracia y la sutileza de la prosa de Van Rysselberghe, si bien no hacerlo, no intentar ofreceros al menos una aproximación a la belleza con la que se dibuja el ímpetu y la emoción del enamoramiento en este libro único podría hacerme reo de omisión culpable. Recurro por ello a la solución fácil, dejaros aquí algunas de las frases con las que los enamorados alimentan su embriagadora enajenación: ¿Acaso podía yo saber la forma que el amor tomaría en ti, y que tendrías esos ojos tan tiernos y acerados a la vez, pequeño corazón intenso?; Conforme se iba aproximando, notaba un batir de alas en el pecho que me ahogaba; Todo lo que mirábamos juntos, hasta el cielo estrellado, me parecía más grande, más preñado de significación. Una vez me dijo: «Elijamos una estrella, y cuando estemos separados la buscaremos a la misma hora»; ¿Acaso sabe uno lo que ama de las personas?; La calidez espiritual a la que me tenía acostumbrada, para la que parecía estar hecha y que me revelaba mi más profunda vocación, despertaba en mí una necesidad devastadora… 

En fin, ante la imposibilidad de dar cuenta de la infinidad de pasajes en donde se expresa ese irrefrenable y poderoso encendimiento, os traslado ahora una muestra somera del léxico empleado por la autora en la descripción de su pasión: embriaguez, fuego, instante sagrado, abandono irreparable, temblar, corazones fragorosos, dulzura, intenso, se rompen las barreras, quisiera morir, confusión, abismo, desfallecer, radiante, felicidad, luz brillante, ola de ardor, ahogo, jadeantes, voluptuosidad, gracia, fervor, fuerza, necesidad, devastación, vacío, desamparo, lágrimas… Un elenco suficientemente representativo, como puede deducirse, del inflamado “clima emocional” de la novela. 

Algunos de estos términos, por lo demás reiterados -radiante, ola de ardor, luz brillante-, enlazan metafóricamente con el entorno -la playa, la arena, el mar, el sol-, que se presenta así como el correlato “natural” de la pulsión amorosa, como, por otro lado, ocurre en tantas experiencias similares -y con ello no rebajo en absoluto la nobleza de la vivencia de la protagonista- que cualquiera -casi cualquiera- ha podido vivir en un estío que es siempre propicio para las efusiones románticas (y hablo -espero que se me entienda- de los “amores” de verano, no de las aventurillas, ligues o meros amoríos transitorios y superficiales). Véanse algunos relevantes ejemplos de este protagonismo del paisaje (el más destacado y explícito, el que os ofrezco como cierre a esta reseña): El tiempo era el más apropiado para espolear mi valor. El aire tenía algo de enaltecedor: el viento y el sol parecían disputarse el mar; las olas transparentes se fruncían en una espuma brillante y rompían despacio con un sonido explosivo. O también: A nuestro alrededor todo era intolerablemente apacible: el azul del cielo, el agua con su fluidez irisada, la cadencia muelle de las olas, el dulce calor

Pero más allá de la exposición del inusual y encendido idilio, y de la recreación del también palpitante paisaje, la lectura de Hace cuarenta años interesa por cuanto recoge y explicita algunas cuestiones relevantes que suelen “revolotear” sobre los amantes mientras se deleitan -o padecen- este tipo de experiencias. Me refiero a una serie de ideas que afloran siempre que el amor se manifiesta no solo como gozoso placer sino también como opresivo conflicto. Así, la noción del amor sin límites, sin dimensiones, brotando de profundidades ignotas, una permanente renovada invención, en la que todo está por hacer y cada suceso, cada detalle, cada minucia representan un descubrimiento inesperado, una emoción nueva, frente al carácter clausurado del matrimonio, acotado, restringido siempre a lo previsible, a lo consabido; también, la urgencia del amor (La urgencia me dolía; mis pasos, mi sangre, todo se aceleraba; y para cuando caí en sus brazos esa tensión descontrolada estaba en su cénit), su inusitada lucidez, pues quienes aman “saben” con un modo superior, más agudo, de conciencia (Nuestras miradas eran terriblemente lúcidas; pero de nuevo nos exaltábamos de manera imperiosa, pues al saberlo sin quimeras veíamos nuestro amor de forma más clara y urgente); el disfrute de la espera del amado (Saberse esperada: ¡qué auténtico deleite!) y la simultánea angustia por su imaginada pérdida (La descarnada verdad de las cartas de Flaubert nos calaba hasta los huesos; y cuando me leía, mientras me estrechaba contra él, “Te habré amado mucho antes de dejar de quererte”, me lo decía a mí también, con una angustia infinita; la misma con que lo escuchaba yo); la experiencia del amor como quimera, como sueño que los enamorados viven en su interior, transportados, elevados a un ámbito ajeno a la realidad (¡Ah! ¡Lo que uno sueña...! ¡Y la realidad!, exclama Hubert. Y más adelante, Maria: Había perdido el sentido de la realidad. Tuve la sensación, no obstante, de que todo transcurría con normalidad); la voluntaria aceptación de la entrega, del ofrendarse obediente en manos del amante, del libre sometimiento a una sumisa y placentera disponibilidad y, a la vez, la exigencia de mantener la libertad que fundamenta nuestra individualidad (Carezco de esa voluntad que querrías ver en mí; pero bien sabes que haré lo que quieras, porque el único pecado para mí sería defraudarte); el reconocimiento del carpe diem, de la fugacidad inevitable del momento, de lo imposible de su durabilidad (Mira, estamos tan plenamente colmados como quienes más seguros están de su porvenir. Nosotros sólo tenemos el presente. ¡Piensa en todo lo que en él depositamos! Sé que puedes soportar ese peso sin flaquear. No dejemos que nada se pierda, ni de nosotros ni de la vida; aceptémosla tal y como viene; todo puede ser muy hermoso, hasta las lágrimas que nos guardamos de derramar... Nada puede hacer que esto no exista; nunca nada podrá hacer que esto no haya existido. Me gustaría dejarte de este momento un recuerdo que te elevara por encima de ti misma y te transportara... durante mucho tiempo); la consecuente exigencia, a partir de la conciencia del término (Todo esto ya nunca volverá a existir), de preservar en la memoria lo excepcional del acontecimiento vivido (habrá que conservar todo esto intacto en lo más hondo de nosotros. Los corazones se robustecen con semejantes recuerdos), “construyendo” deliberadamente los recuerdos que sostendrán a los amantes cuando la “agitación” se haya disipado (¡Cuán dulce fuiste para nosotros, tibia noche de verano!); el ambivalente atractivo de la tentación, del saberse “jugando con fuego” y, en consecuencia, el peso de los remordimientos, de la culpa; las dudas ante la necesidad de poner fin a la tortura y la imposibilidad de sustraerse al embeleso que conlleva (¿Dónde está la cobardía: en marcharse, en quedarse...?); la melancolía -hecha de añoranza y felicidad, de alegría y soledad, de ternura y triste nostalgia- cuando, retrospectivamente, se examinan los hechos de un pasado que ya nunca volverá (Aquí termina «nuestra» historia; después ya sólo tuve la mía). 

Esto es, también, Hace cuarenta años, una suma de emociones, de sentimientos, de impresiones, de sensaciones… una fascinante recreación del hipnótico encantamiento del amor. No deberíais dejar de leerlo. 

Os dejo ahora, antes del elocuente fragmento final elegido como muestra representativa de la atmósfera que se respira en la novela, con el barítono austríaco Bernd Weikl interpretando el himno de Hans Sachs en la ópera Los maestros cantores de Nuremberg de Richard Wagner, que cobra protagonismo en una breve escena del libro. 


Nuestra vida había perdido su hermoso orden. Hubert sufría arrebatos repentinos y violentos: «Vamos, salgamos a pasear al aire fresco de la mañana. Me siento como si acabara de nacer». Caminaba con los brazos abiertos y los dedos muy separados, el pelo claro revuelto; y cuando se volvía hacia mí ofreciéndome las manos, me quemaba como una llama. O bien, de repente, ordenaba: «Ven, vamos a mirarnos en el espejo». Y ambos mirábamos nuestros rostros muy juntos y alumbrados por la misma felicidad. Decía que nunca debíamos olvidar aquello. A veces me pedía la toquilla o el pañuelo, pero enseguida se corregía: «No, ¿qué haría yo con eso? No tengo ningún lugar secreto. Para nosotros todo debe quedar aquí». Con el dedo índice muy estirado tocaba su corazón y el mío, luego su frente y la mía, y afirmaba: «Hay que pensar lo que uno ama». 

Algunas noches, en medio de una lectura, se levantaba: «Ven, ven —siempre me llamaba de manera imperiosa, irresistible—. Ven, salgamos a la noche». Tiraba de mí, me arrebujaba en su abrigo. Caminábamos deprisa, tropezando con los hoyos y las piedras. A menudo hacíamos una parada en el pequeño cementerio que olía a boj y a manzanilla, y volvíamos por caminos flanqueados de viejos sauces que de noche adoptaban formas extrañas. 

Pero siempre preferíamos el mar y su llanura de arena: arena húmeda, elástica bajo nuestros pies, en la cual su bastón trazaba mi nombre. Dorada arena que pisábamos sin dejar huellas, y sobre la cual nuestras sombras fundidas se volvían livianas. Materia viva y mullida, menos severa que la tierra. Cuando caminábamos, en silencio, solía detenerse en seco para volverse hacia mí y estrecharme el brazo: semejante dulzura me desbordaba de tal modo que notaba cómo el corazón se me dilataba dolorosamente, formando unas ondas que tardaban en atenuarse. Cuando nos cansábamos de andar atravesábamos el primer repliegue de la duna. Había allí algunas depresiones que habíamos tomado para nosotros, profundas y vastas como alcobas. A menudo las buscábamos durante largo rato antes de dar con ellas. Los momentos que allí pasábamos eran cambiantes como el mar: unas veces llenos de risas y frescura; otras, turbios e incómodos. Él me decía entonces: «Vete, siéntate lejos de mí». Y así, mudos y abrumados, dejábamos de manera mecánica que la arena se escurriera entre nuestros dedos, provocándoles un desgaste abrasador. 

Le gustaba calentar entre sus manos mis pies helados por el oleaje. Y tus pies se dormían en mis manos fraternales, recitaba mientras los abrazaba. 

Conforme se ponía el sol, colmando de azul los surcos de la arena, volvíamos a casa por los caminos de tierra firme en los que la vida nos parecía más real, más insalvable. Pero ese instante, despojado de todo lo accesorio, era tan hermoso que nada daba motivo a las sombras.

 

miércoles, 13 de marzo de 2019

LIUDMILA ULÍTSKAIA. DANIEL STEIN, INTÉRPRETE

Hola, buenas tardes. Bienvenidos a Todos los libros un libro. Un miércoles más, desde el espacio de recomendaciones literarias de Radio Universidad de Salamanca, os ofrecemos algunas propuestas de lectura seleccionadas, en la mayor parte de los casos, con criterios de calidad (aunque algunas veces, sin rebajar en exceso esas exigencias de elevada condición, nos acogemos también a razones de otra índole menos estricta, más prosaicas, como la vinculación con la actualidad o la repercusión mediática de una obra). En el caso de mi consejo de esta tarde no son, por desgracia, lo popular o lo novedoso de mis sugerencias lo que las trae hasta nuestra emisión (ojalá fueran más conocidos autora y libros), sino la indudable calidad literaria, la solidez y el rigor, la valía, la importancia y también la belleza que rezuman las dos novelas de Liudmila Ulítskaia (o Ulítskaya, que de ambas formas aparece transcrito en castellano su apellido, como más adelante os comentaré) que he leído en los últimos meses y que me han interesado grandemente, motivo por el que ahora quiero sugeriros su lectura. Se trata, en el orden en que yo las he “devorado”, no en el cronológico de la fecha de su creación, Daniel Stein, intérprete y Sóniechcka, presentadas respectivamente por Alba Editorial, en su colección Contemporánea, y la Editorial Anagrama, en 2013 y 2007, aunque su publicación originaria en el ruso natal de la autora se remite a 2006, la primera, y 1992, la segunda. Los dos libros, como la mayor parte de la obra conocida en España de Ulítskaya, han sido vertidos al español por Marta Rebón, gran experta en literatura rusa que ya había aparecido en nuestro espacio por su traslación de Vida y destino de Vasili Grossman. 

A propósito de Marta Rebón, he de decir que ella ha sido la “responsable” de mi acercamiento a la figura de Liudmila Ulítskaia (así se cita en Daniel Stein…) o Ulítskaya (como consta en Sóniechcka). Hace unos meses, la revista Jot Down incluía entre sus páginas una entrevista con Marilena de Chiara, traductora italiana, y la propia Rebón, en la que yo leí por primera vez el nombre de la escritora rusa. El entusiasmo con el que Marta Rebón se refería a Daniel Stein, intérprete, de la que afirmaba: Es una obra grandiosa y compleja, con muchos escenarios y diferentes épocas… Ulítskaya es una de las grandes, me llevó a leerla y, más adelante, a proseguir con Sóniechcka la tarea de conocer el resto de las novelas de una autora que cuenta con un formidable reconocimiento en su país y con una larga sucesión de premios literarios también fuera de él, especialmente en Francia, Italia y Alemania. 

Daniel Stein, intérprete es un libro inicialmente insólito -o al menos singular- al centrarse en la vida -de existencia real, aunque la autora la presente “novelada”- de un sacerdote católico, carmelita descalzo, de origen judío, que funda una pequeña congregación en Israel. Aunque mi afirmación pueda denotar un prejuicio absurdo, nuestros oyentes reconocerán que, así descrito, el eje sobre el que gravita la obra no resulta, de entrada, altamente estimulante como núcleo principal de una ficción literaria. Y sin embargo, tal negativa opinión apriorística -si alguien la sostuviera- se muestra muy pronto, en cuanto el lector se adentra en las más de quinientas páginas del libro, absolutamente injustificada, pues el personaje es fascinante y su biografía -aunque el texto es mucho más que una mera semblanza de un individuo, por excepcional que éste sea- ejemplar y altamente aleccionadora. 

Daniel Stein es la recreación novelística de Shmuel Oswald Rufeisen, un judío polaco que tras sobrevivir a la invasión nazi de su país y después de numerosas y con frecuencia desgarradoras experiencias en el transcurso de la segunda guerra mundial, entrará en la Orden del Carmelo, ordenándose como sacerdote e instalándose en Haifa, Israel, en donde, siendo conocido como “Padre Daniel” -Hermano Daniel, lo llama la autora en diversas entrevistas-, creará el convento Stella Maris y vivirá en dicha comunidad más de cuarenta años entregado, expresado de una manera sintética que luego desarrollaré, al muy cristiano servicio al prójimo. 

Liudmila Ulítskaia, que durante décadas se había interesado y acercado al cristianismo, de modo incluso clandestino en una Unión Soviética muy represora con el ejercicio de las religiones, conoció -lo cuenta al final de su libro- a Daniel Rufeisen, como ella lo denomina, en agosto de 1992, cuando el monje la visitó en su casa de Moscú. Desde ese momento, deslumbrada por su personalidad, indagaría en su vida y en su obra, se entrevistaría con quienes lo conocieron y leería infinidad de libros sobre su figura para acabar, en 2006, tras más de trece años de preparación, publicando la novela de la que ahora os hablo. 

La historia resumida del Daniel Stein personaje coincide en lo esencial con la de su referente real. Nacido en 1922 en un pequeño pueblo cercano a Auschwitz, en ese territorio central de Europa que durante el siglo XX cambiaría de manos, en función de los albures de las guerras y el poder y los intereses dominantes, formando parte, en diferentes momentos, de Polonia, Alemania, Ucrania, Bielorusia o la Unión Soviética. Sin haber viajado, hasta los diecisiete años, más allá de cuarenta kilómetros de casa, en 1939 deberá abandonar su país ante la invasión nazi. El libro recoge el relato de las vicisitudes de esa huida atravesando media Europa con las tropas hitlerianas acechando a poca distancia. Entre los episodios más destacados de ese desgarrador periplo se incluyen la dolorosa separación de los padres que, ancianos, son incapaces de mantener el ritmo de la marcha y se ven obligados a retroceder a su domicilio, acabando sus días en un campo de exterminio; su colaboración con la Gestapo, a la que logra ocultar su origen judío, actuando como intérprete -Daniel hablaba varias lenguas- entre la gendarmería alemana, la policía bielorrusa y la población local, condición que aprovecha para salvar de la muerte a centenares de inocentes; su nueva huida, al ser finalmente descubierto por las SS, para acabar escondido en un convento de religiosas, las Hermanas de la Resurrección; su refugio entre los partisanos en los bosques rusos cuando la protección de las monjas se revela insuficiente; su posterior captación, de nuevo en funciones policiales, por la NKVD, antecedente de la KGB, cuando, tras la derrota nazi, la Unión Soviética “libera” las devastadas poblaciones ocupadas en las que los judíos han sido exterminados. Finalizada la guerra, volverá a Polonia en donde ingresará en un monasterio y recibirá las órdenes sagradas para, poco tiempo después, volar por fin a Palestina en donde, como ya he señalado, vivirá más de la mitad de su vida y hasta su muerte. 

Pero siendo destacado el mero relato -muy novelesco en sí mismo- de las dificultades padecidas por su protagonista en los años de la guerra, lo más destacado de Daniel Stein, intérprete, no reside en esa narración “bélica” que desperdigada por la obra no ocupa en su conjunto, por otro lado, ni cincuenta páginas del libro, sino en, al menos, otros tres elementos sobresalientes. De entrada, el modo en que esa vida se cuenta, esto es la compleja y bien trabada estructura de la obra; en segundo lugar, su virtualidad divulgativa, podríamos decir, al poner en conocimiento del lector la destacada personalidad de un ser humano admirable y cuyo rastro e influencia son ignorados por la mayor parte de la gente (entre la que, es claro, yo me encontraba antes de leer el libro); y, por último, las muchas materias de interés que se abordan en el transcurso de su largo desarrollo, cuestiones morales, religiosas, metafísicas y hasta teológicas que aflorarán, casi todas, en la larga parte del texto en que se narran los muchos años vividos por el monje en Israel. 

Cuenta Liudmila Ulítskaia que en una primera aproximación a la figura de su personaje su planteamiento literario era convencional, un relato lineal en el que los distintos episodios de la vida del sacerdote iban apareciendo de un modo cronológico y con una voz narrativa única. No obstante, la riqueza de la biografía, de la obra y de la personalidad de Rufestein acabó por imponerse exigiendo una “arquitectura” más compleja, más abierta, más poliédrica. Así, el libro se organiza al modo de un rompecabezas muy bien “construido” (No soy una verdadera escritora y este libro no es una novela, sino un collage. Recorto con tijeras pedazos de mi vida y de la vida de otras personas y pego “sin pegamento/una novela viva sobre los jirones de los días”), hecho de recortes, crónicas, diarios, testimonios, cartas, artículos de prensa, transcripciones de conversaciones y charlas, informes y documentos oficiales diversos que se van sucediendo en el texto, engarzados con esmero y muy buen pulso narrativo (El trabajo de montaje es de una complejidad exasperante. Una enorme cantidad de material se agolpa, todos piden la palabra y me resulta difícil decidir a quién dejar emerger a la superficie, a quién hacer esperar y a quién pedirle simplemente que se calle), haciendo de esta manera avanzar una acción que, sin embargo, vuelve una y otra vez hacia atrás y hacia adelante, alternando tiempos y lugares, en una polifonía de voces -muy rica (los “hablantes” sobrepasan la veintena) y eficaz literariamente- que, desde Moscú o Haifa, Berkeley o Cracovia, Vilna o Jerusalén, no se refieren expresamente a Daniel Stein sino que cuentan sus propias trayectorias vitales, sus experiencias, sus pensamientos, sus preocupaciones, sus vivencias, en las que siempre, de algún modo, siquiera residual, menor, acaba apareciendo el personaje que motiva el libro. 

Entre ese material heterogéneo -pero, como señalo, hilado con coherencia y criterio- la autora intercala, al final de cada una de las cinco partes del libro, sus propias cartas a una amiga, Elena Kostiukóvich, traductora y ensayista. En ellas -una suerte de metanovela- le da cuenta de los avances y dificultades de su proceso creativo, de los problemas que le surgen en la elaboración de la obra, en su escritura, conteniendo, aparte de noticias personales y familiares, apuntes sobre el enfoque elegido, la estructura u otros asuntos técnicos. Se trata de unos capítulos breves pero altamente ilustrativos para entender la génesis y la realización de la novela. Transcribo a continuación algunas citas extraídas de estos textos (a los que pertenecen también las dos recogidas más arriba), por su interés intrínseco y por su relevancia a la hora de entender cabalmente la propuesta estilística de este espléndido Daniel Stein, intérprete: Había comenzado a escribir una novela, o como quiera que se llame, sobre un hombre de hoy en aquellas circunstancias y enfrentado a los mismos problemas; He estudiado todos los libros, los documentos, las publicaciones y los recuerdos de cientos de personas hasta aprendérmelos de memoria; He llevado a cabo la penosa lectura de todos los libros sobre el exterminio de los judíos durante la Segunda Guerra Mundial, de todos los tomos de historia medieval, incluida la historia de las cruzadas y la de los primeros concilios, los padres de la Iglesia desde San Agustín hasta Juan Crisóstomo, todas las disertaciones antisemitas escritas por hombres muy eruditos y santísimos; He renunciado por completo a un enfoque documental; estoy liberándome de la presión de los documentos; Estoy cambiando los nombres, intercalando personajes míos inventados o seiminventados, cambiando el lugar y el tiempo de la acción

Sin embargo, pese a lo aparentemente artificioso, del -como es obvio- carácter “fabricado” de la novela, por debajo de la técnica resplandece (Solo estoy interesada en la veracidad absoluta de lo que expreso) la inmensa figura humana de Daniel Stein, el motivo principal, sin duda, del interés que el libro suscita en el lector. Sin apenas tiempo ya para recrear la enorme dimensión de su personalidad, su magnitud como ser humano excepcional, baste decir ahora que estamos ante un “santo”, un hombre justo, cuyo itinerario vital, siempre en zonas de conflicto y hecho de confluencias y de mezclas -su padre alemán, su madre polaca, sus vivencias en la Europa convulsa de la primera mitad del siglo pasado, sus “colaboraciones” con el nazismo y el estalinismo, su condición de judío, su conversión al catolicismo, su nacionalización “incompleta” de Israel, disponiendo de los documentos oficiales pero sin poder llamarse judío ante sus conciudadanos por su “cambio” de religión, su contacto con gentes de todo tipo y condición, de creencias y visiones del mundo diversas-, lo convirtieron en la más genuina representación de la tolerancia, la misericordia, el amor al prójimo, la sencillez y la bondad frente a los dogmas, frente al poder y la fuerza y los totalitarismos de todo signo, defendiendo al débil, al desamparado, al que nada tiene, al que sufre -en un “radical” cumplimiento del mensaje cristiano más original y verdadero- por encima de razas, de credos, de ideologías, de iglesias, de reduccionistas “pertenencias”. El fragmento que os dejo como cierre a esta reseña recoge algunas de estas vertientes del pensamiento del monje. 

Y ese “dibujo” de Stein como personaje “a contracorriente”, protagonista directo de alguno de los más terribles momentos del siglo pasado, permite a la autora permear su texto de innumerables ideas y motivos de reflexión de índole, como se ha dicho, filosófica, moral, antropológica y, como es natural, religiosa o teológica. Entre otros, en un repaso a vuelapluma, el recurrente tema del mal, de su proliferación y su banalidad, asunto que siempre aflora al hablar del nazismo y su espejo, el estalinismo; la existencia o no de Dios (Por qué Dios, si existe, ha creado el mal, y si no existe, cuál es el sentido de la vida); la necesidad de la memoria, pues si decidimos borrar el pasado de nuestros recuerdos y protegemos la memoria de nuestros hijos de los horrores de esos años, estaremos faltando a nuestro deber para con el futuro; el problema de la identidad de los pueblos y la lacra del nacionalismo; la cuestión judía, en un debate que va desde el deseo que mueve al personaje de escribir una historia de Yiddishland, el sufriente pueblo judío diseminado entre Polonia, Bielorrusia, Ucrania, Rusia, Letonia y Lituania, y el aborrecimiento de todo cuanto suponga un privilegiado “mirarse el ombligo”: ¡Odio la cuestión judía! (…) Es la cuestión más repugnante de la historia de nuestra civilización, preguntándose la autora si es que esa preocupación egocéntrica se debe a que Dios ha maltratado a los judíos más que a otros pueblos; las dificultades y contradicciones inherentes a la creación y el desarrollo del estado de Israel; las absurdas disputas de religión (tantas iglesias, tantos altares); o, en un elenco aportado por la propia autora, el valor de una vida reducida a barro bajo los pies; la libertad que parece necesitar muy poca gente; Dios, que cada vez está más ausente en nuestra vida; los esfuerzos por hacer emerger a Dios con palabras arcaicas, toda la basura eclesiástica y la vida encerrada en sí misma… 

Frente al carácter “intelectual” -podría decirse- de Daniel Stein, intérprete, una novela “de pensamiento”, lo que no excluye su notable potencialidad narrativa, Sóniechcka, mi segunda recomendación de esta tarde, sin carecer de estos atributos de reflexión y raciocinio, de análisis de ideas y exposición argumentativa, es, sin embargo, un libro más emotivo, más “sentimental”, presidido por la dulzura, la sensibilidad y una suerte de melancólico romanticismo. La novela, muy breve -escasas cien páginas-, nos cuenta la pequeña historia de una vida, la de una mujer normal, que atraviesa la existencia sin demasiado énfasis, sin momentos o acontecimientos notables, una vida común, como lo son, en último término, casi todas. Conocemos a Sonia Iósifova cuando es una niña grande, feúcha y desgarbada que, desde los siete a los veintisiete años, se refugia en la lectura de modo compulsivo para escapar de la negativa percepción de su propia insignificancia y de su correspondiente incapacidad para desenvolverse con soltura en el mundo. Sóniechcka no parece distinguir entre ficción y realidad, en una huida obstinada al reino de la fantasía donde todo lo que quedaba fuera perdía el sentido y la sustancia. El carácter sagrado que para ella tiene la escritura le permite sobrellevar las humillaciones que los otros adolescentes le infligen a causa de su “rareza”. Obtiene el título de bibliotecaria y empieza a trabajar en la biblioteca de Sverdlovsk (la actual Ekaterimburgo). Allí conocerá a un pintor, bastante mayor que ella, Robert Víktorovich, que ha paseado su condición de artista por la Europa bohemia y que acaba de liberarse de varios años de confinamiento en un campo de reclusión soviético. Y surgirá el improbable amor y se casarán y vivirán en Bashkiria y se instalarán luego en Moscú y tendrán una hijita, Tania, y la joven idealista amante de los libros se transformará en una pragmática ama de casa, y apenas será consciente de su felicidad, y pasarán los años, y Robert se enamorará de una chica joven, y Tania abandonará el hogar, y Robert ha muerto, y la vemos ahora ya vieja, por la noche, colocándose unas ligeras gafas suizas sobre su nariz en forma de pera (mientras) zambulle la cabeza en profundidades deliciosas, alamedas umbrías y aguas primaverales. Por fin, puede volver a los libros. 

Como puede verse, nada notable, nada especial, nada demasiado relevante, tan solo una vida. Pero una vida que se nos muestra con enorme sutileza, de un modo tenue y delicado, con meras pinceladas, con atención a los detalles, con lirismo y poesía, en un relato intenso, rebosando emoción y sensibilidad, también una dulce tristeza, que nos habla -entre guiños literarios y con un telón de fondo por el que transcurre la Rusia entera del siglo XX- de la familia, el amor, la infidelidad, la maternidad, la amistad, los sueños, el paso del tiempo, las esperanzas, las decepciones. Un libro altamente recomendable para adentrarse de una manera apacible y encantadora en la obra de Liudmila Ulítskaia. 

Os dejo ahora con Lomir Ale Eeynem, una pieza clásica del folklore judío, compuesta en 1911 por el lituano (de Vilna, precisamente) Mordkhe Rivesman. El tema, que se “canta” en Daniel Stein, intérprete, suena aquí en la voz de George Zvyagin, un cantante judío (de Ekaterimburgo, precisamente). 



¡Feliz cumpleaños, querido Alon! Has cumplido dieciséis y has realizado tu primer acto adulto yéndote de casa para irte a vivir con tu hermana. Tarde o temprano todo el mundo deja la casa de sus padres, pero tú lo has hecho de una forma un tanto particular, no porque te hayas casado y decidieras formar una familia ni porque fuera preciso por trabajo o estudios. Te has ido porque creías que tus padres no te entienden y porque no compartes la manera en que ellos ven el mundo. ¿En qué situación has puesto a tu hermana? Ella te quiere, por supuesto, te ha dado un lugar donde quedarte, pero se encuentra en una situación incómoda con respecto a tus padres. Parece como si ella te hubiera animado a hacerlo. 

¿Sabes una cosa? Tienes razón. Es difícil vivir con una familia que no te comprende. Pero el tema, querido Alon, es que es un proceso mutuo. Ellos no te comprenden a ti y tú no les comprendes a ellos. En nuestro mundo hay muchos problemas debido a la incomprensión. Por lo general, nadie entiende a nadie. Pero incluso diría que muy a menudo las personas no se entienden a sí mismas. ¿Podrías explicar, por ejemplo, por qué dijiste a tu madre que solo era capaz de entender a las gallinas de la granja? ¿Por qué dijiste a tu padre que tenía una comprensión mecánica de la vida, limitada a la estructura de los carburadores y las cajas de cambios? ¿Era necesario decir semejantes tonterías? Sí, Milka entiende a las gallinas. Sí, Milka sabe lo que necesitan. Cuando hubo una epidemia en el distrito murieron todas, ¡pero las suyas sobrevivieron! Durante siglos la gente creyó que solo la brujería podía proteger a los animales de estas epidemias, pero tu madre, gracias a su comprensión, salvó a cinco mil aves. El tipo de comprensión que tiene Milka es un don escaso. 

¿Y los carburadores y las cajas de cambios? Son mecanismos complejos y tu padre los conoce en profundidad. Incluso ha inventado gran cantidad de mecanismos pequeños, ¡todos esos dispositivos extraños que instala en sus tractores! Si fuera un comerciante y supiera venderlos, hace tiempo que sería rico. Tiene una mente aguda para las cuestiones técnicas y parece que tú piensas que carece de importancia. Con este entendimiento los humanos nos vinculamos con el mundo de las plantas y de los animales e incluso con el universo. ¡Es una comprensión de primer orden, no de segunda categoría! 

Para serte sincero, me has dado donde más me duele. Me he pasado la vida preguntándome por qué hay tanta falta de comprensión en el mundo, a todos los niveles. Los mayores no comprenden a los jóvenes, los jóvenes no comprenden a los mayores, los vecinos no se entienden entre sí, los profesores no comprenden a sus alumnos, los superiores no comprenden a sus subordinados, Estados no comprenden a sus pueblos o los pueblos a sus dirigentes. No hay comprensión entre clases. Fue Karl Marx quien se inventó la idea de que unas clases están destinadas a odiar a las otras. La realidad es que no se entienden. ¡Incluso las personas que hablan el mismo idioma! ¿Y cuándo hablan lenguas distintas? ¿Cómo puede un pueblo comprender a otro? La gente se odia por falta de comprensión. No te pondré ejemplos, me ponen enfermo y estoy cansado de ellos. 

El hombre no comprende la naturaleza. (Tu madre es una excepción… ¡Entiende a las gallinas!). El hombre no comprende el lenguaje con el que la naturaleza le está diciendo lo más claramente posible que está lastimando la Tierra, hiriéndola, y antes de que se dé cuenta ya la habrá destruido por completo. Y lo más importante, el hombre no comprende a Dios, no comprende lo que trata de inculcarle mediante los textos que todos conocemos, mediante los milagros, las revelaciones y los desastres naturales que periódicamente azotan a la humanidad. 

No sé por qué es así. Tal vez porque al hombre moderno no le importa tanto “comprender” como “conquistar”, “poseer”, “consumir”. Al fin y al cabo, la confusión de las lenguas se produjo cuando los hombres decidieron construir una torre hasta el cielo: a todas luces no habían comprendido que se habían obcecado en una empresa inútil, equivocada e imposible…



Liudmila Ulítskaia. Daniel Stein, intérprete

miércoles, 6 de marzo de 2019

KATE CHOPIN. EL DESPERTAR

Hola, buenas tardes. Bienvenidos a Todos los libros un libro, el espacio de recomendaciones de lectura de Radio Universidad de Salamanca. Esta semana, y con el inminente 8 de marzo en el horizonte, abrimos aquí una serie que se desarrollará durante cuatro emisiones, todas las del mes, dedicadas a festejar el día internacional de la mujer, con otras tantas sugerencias centradas en la literatura femenina. Libros escritos y protagonizados por mujeres que, en la mayor parte de los casos, dan cuenta de los sentimientos, las emociones, las preocupaciones y, en general, la condición de la mujer a través de diversos enfoques, de muy distinto propósito e intención, nacidos de geografías, épocas y planteamientos teóricos también muy heterogéneos. 

En el caso de esta tarde os aconsejo la lectura de una novela espléndida, de cuya publicación se cumplen este 2019 los ciento veinte años, un texto de finales del siglo XIX que, pese a lo crudo y hasta lo hostil de su recepción por parte de sus contemporáneos, ha llegado a nuestros días rezumando frescura y mostrando una vigencia, una actualidad y una pertinencia en sus propuestas que lo hacen extraordinariamente atractivo para el lector de hoy. Os hablo de El despertar, el título de la norteamericana Kate Chopin, que presentó el pasado año la editorial Mármara en su colección La balsa de piedra, con traducción de Esther García Llovet y un ilustrativo epílogo del poeta, profesor, crítico y también traductor Jorge Urrutia. 

El despertar ya había sido objeto de anteriores ediciones en nuestro país. Especialmente destacada es la de Cátedra de 2012, una versión presentada por Eulalia Piñero Gil, profesora de clara militancia feminista, que acompaña su traducción de un interesante estudio -marcado por su “adscripción ideológica”- sobre la autora, su tiempo y su obra. También merece la pena la publicada en 2011 por Alba Editorial, en un volumen titulado El despertar y otros relatos que incluye diecisiete cuentos más y cuenta con la solvente traducción de Olivia de Miguel que, a su vez, había ofrecido una primera versión del texto en 1986, en la editorial Hiperión. Podéis buscar en internet un más que curioso trabajo de la propia de Miguel -una traductora de reconocido prestigio- en el que se “disecciona”, con rigor y meticulosidad, cada una de sus dos distintas "recreaciones" del texto, con explicaciones acerca de las opciones elegidas para -con veinticinco años de diferencia entre ambas- trasladar al castellano el original de Kate Chopin, en un estudio que imagino debe constituir un auténtico deleite para quien se dedique profesionalmente a la traducción. 

La presente edición de Mármara, muy agradable como objeto, aparece en un acogedor y muy manejable formato de bolsillo que, casi minúsculo, hace honor, en efecto, a su nombre y puede llevarse en la americana o el abrigo y “esconderse” -casi- en el hueco de las manos. El encanto “exterior” no se corresponde, sin embargo, con la falta de pulcritud formal de la que adolece el texto, plagado de errores tipográficos cuando no directamente de faltas de ortografía. La ama de llaves (en una alternativa algo errática, pues en otros pasajes se dice, adecuadamente, el ama de llaves); ¿qué noche le biene mejor? (hasta el corrector de Word refunfuña cuando transcribo el salvaje barbarismo); dieron rienda suelta a un buen humor y alegría que no decayó en toda la noche (una concordancia incorrecta); cualquier comienzo, en especial los de un universo propio, son siempre imprecisos, confusos, caóticos, y extremadamente perturbadores (otro poco disculpable error de correspondencia); no le gustaba que el olor a humo y a vino permanecieran en la sala (de nuevo, un inexplicable fallo en la concordancia), cuando una noche Arobin la llamo (una tilde que se esfuma), son, entre otros muchos, algunos de los disparates que trufan el texto e incomodan su pleno disfrute. El recurrente descuido no es achacable en exclusiva, pienso, a la traductora, pues aflora también en el epílogo del profesor Urrutia: en una en el fondo jocosa errata allí se habla de una relación extramatrimonial que se hace púbica (lo cual, si se me permite el inciso sarcástico, es a lo mínimo a lo que debe aspirar una relación adúltera que se tenga por tal). 

Kate Chopin nació en 1850 en St. Louis, Missouri, aunque pasó una parte esencial de su vida en Louisiana, en concreto en Nueva Orleans. Esta condición de “sureña”, de miembro de una sociedad mestiza, se percibe en su novela, centrada en ese espacio algo híbrido -en razas y lenguas, en costumbres y valores- del territorio criollo del golfo de México. Formando parte -por nacimiento y por matrimonio- de los círculos más relevantes de la sociedad, sus ideas, siempre independientes y libérrimas, se alejaron del “tono” conservador, religioso y hasta puritano de su entorno, a cuyo moralismo pacato se opuso con rebeldía. Feminista adelantada a su tiempo, su negativa a aceptar el papel subsidiario de la mujer en una sociedad encorsetada por las convenciones sociales y sometida a unos rígidos esquemas morales que ahogan su individualidad la lleva a adoptar una postura vital que trasciende su existencia cotidiana (bastante convencional y mundana, aunque tras la muerte de su marido, con cinco hijos y solo treinta y cuatro años, se alejará del mundo recluyéndose en la lectura y la escritura) y que aflorará en El despertar, como luego veremos. 

La breve novela que ahora os traigo es la gran obra maestra de su, como se ha dicho, controvertida carrera literaria. Resumiendo hasta el esquema su trama argumental, el relato narra un año de la vida de Edna Pontellier, una joven mujer -solo veintinueve años- casada con un rico y algo anodino comerciante de Nueva Orleans, que un verano, en su estancia con su marido y sus dos hijos frente al mar de Grand Isle -un enclave de vacaciones que la propia Kate Chopin frecuentaba-, se enamorará de Robert, hijo de una amiga, madame Lebrun, y avezado y presumiblemente frívolo amante de mujeres casadas. La descripción de la pasión amorosa, de los encontrados sentimientos -ardor y culpa, anhelos y frustración- que durante un año -el círculo de la historia referida se cierra un verano después- atenazan a la joven, la exposición del encantamiento y las dudas que acompañan su “despertar” a una vida que se abre a la emoción sentimental, al deseo y la ilusión, rompiendo los aburridos límites de una cotidianidad insustancial, constituye uno de los dos ejes principales de un libro que tiene en el feminismo, en las, por así decirlo, “tesis” sobre el papel de la mujer, sobre su liberación frente a un rol conyugal y social, intelectual y sexual restrictivo, otro de sus núcleos esenciales. 

El despertar al que de modo explícito alude el título y que Edna experimentará es, pues, doble: el de las emociones y los sentimientos, el de la sexualidad y el deseo, por un lado; y el del pensamiento y la conciencia, el de la inteligencia y las ideas por otro, en una propuesta de mayor ambición y complejidad que los consabidos folletines románticos de la época, quizá más simples, más romos, que solían limitarse a la mera descripción del arrebato amoroso. 

La protagonista vive, desde esos primeros días de intensa sensibilidad estival, una suerte de descubrimiento y apertura a una realidad nueva que hasta entonces le resultaba desconocida y, por ello, le estaba negada. El texto recoge en numerosas ocasiones la mención a esta epifanía profana a través de metáforas inequívocas, distintas aunque compartiendo un campo semántico directa o indirectamente conectado con la “revelación”: una voz que surge en su interior y le habla de otra vida posible; una presencia que, casi literalmente, la despierta de un sueño de largos años sin sentido; la acuciante necesidad de que algo, no se sabe qué, ocurra, un suceso, algún hecho, una aparición, que rompa la insulsa monotonía de sus planos días conyugales. 

El elemento decisivo, el desencadenante que propicia esta revelación es, claro está, el amor, que de un modo inicialmente tímido y casi imperceptible, acaba por convertirse en una pasión romántica de irrefrenable potencia. Habituada casi desde jovencita a distintos enamoramientos apasionados -que nunca la habían hecho, sin embargo, perder su compostura- Edna se ve ahora, tras los años de gris matrimonio, envuelta en un marasmo de emociones, arrastrada por las pasiones como las olas lo hacían al encontrarse con su espléndido cuerpo, en una de las muchas referencias marinas del libro, al operar el mar, con su calidez y su peligro simultáneos, acogedor y amenazante a la vez, como metáfora de la locura de un amor que, ciego, atrae y atemoriza, seduce y amedrenta a la par. Un mar que por todo ello será, en un segundo plano no obvio, uno de los “personajes” esenciales de la novela. 

Cualquiera que haya experimentado en su vida -siquiera una vez- la impetuosa vivencia del impulso amoroso, sobre todo cuando este se produce en circunstancias difíciles o con obstáculos que entorpecen su libre desenvolvimiento (“barreras” materiales, distancia, oposición familiar, rechazo, prejuicios u hostiles convenciones sociales, diferencias de clase o de edad, relaciones adúlteras, etc.), identificará en El despertar los síntomas de ese dulce padecimiento, pues Edna los sufre todos, sin excepción, y Kate Chopin los describe con sutileza y precisión, con elegancia y belleza, tanto los más gratos, los que tienen que ver con la exaltación y el fervor, con el hechizo y el deleite, con el deseo y la plenitud que acompañan siempre a ese “torbellino” amoroso, como los menos amables, los que generan sufrimiento y dolor: las dudas, el miedo, la confusión, la culpa. Así, la protagonista pasará por las distintas fases de ambos “frentes emocionales”. En el primero de ellos, podemos observar su nerviosismo e inquietud al coincidir en público con el amado (aún no “reconocido” como tal); su difuso anhelo -ni siquiera formulado- ante la posibilidad de un nuevo encuentro; la añoranza y nostalgia en su ausencia; los episodios de una tenue obnubilación mental, con la imagen de Robert “colonizando” su cerebro cada minuto del día; su necesidad -con manifestaciones físicas de la adicción: ahogos y lágrimas- de su presencia constante; sus repentinos raptos de deseo; y tantos otros ejemplos -siempre expresados de un modo contenido y sutil, como corresponde a la época y la clase social del personaje- del ansia amorosa cuando esta se presenta en circunstancias que hacen complicada su realización. 

Igualmente, la vemos -en especial al inicio de la novela- desorientada y revuelta, desazonada y perpleja, consciente (aunque no acobardada por ello) de las graves consecuencias, matrimoniales, familiares, económicas y sociales, a las que la conduce su pasión: el miedo a perder la confortable placidez de una vida en el fondo lograda, el terror de lo prohibido, el vértigo del abismo, la culpabilidad ante un marido cariñoso y entregado, ante unos hijos de los que, sin embargo, la separa un cierto creciente desapego. Atracción y rechazo, deleite y pavor, inclinación y huida, ilusión y temor, disfrute y arrepentimiento pueblan, pues, el universo emocional de una protagonista que conmueve por cuanto nos reconocemos en su humanidad, en sus ambivalentes y a menudo contradictorios sentimientos. 

Pero esta ambivalencia en el fondo no es tal, pues más allá de su sorpresa y ofuscación iniciales, Edna comprende pronto cuáles son sus auténticas necesidades, cuáles sus convicciones más genuinas, cuál su voluntad esencial, y esas certezas, en tanto aluden al rechazo de las convenciones y la reivindicación de la propia individualidad, convierten El despertar en una novela de una vigencia y una actualidad palpitantes, en estos tiempos en los que la causa feminista copa las portadas de los periódicos impregnando la vida social entera. 

La protagonista vive el deslumbramiento amoroso como una especie de liberación, comienza a darse cuenta de que la sujeción a las pautas que la sociedad ha creado para ella -en realidad para ellas, las mujeres todas- es un pesado lastre que debe dejar atrás si quiere ser feliz. El “hechizo” del amor opera como un filtro que le desvelará la auténtica realidad de su entorno gris, el cual, gracias a la transformación que el deseo induce, se coloreará y avivará vislumbrando a través de él la posibilidad de una existencia plena, fecunda, alegre, lograda. Kate Chopin describe con verosimilitud ese tortuoso proceso de cambio, ese despertar a la conciencia de una protagonista que, arrebatada por la impetuosa energía de su pasión, cuestionará los principios y valores admitidos, prescritos y normalizados por la sociedad burguesa, en relación con el amor, el matrimonio y la familia, las relaciones conyugales, la fidelidad y el adulterio, la maternidad, la sexualidad y el deseo femeninos, y, en definitiva, con el papel que las mujeres deben desempeñar en el mundo. 

Así, avanzando más y más en su determinación con el transcurrir del tiempo, Edna empezará por experimentar en su interior una fortísima sensación de independencia, ahogada por los estrechos límites de su reducida existencia. Más adelante, cuestionará y rechazará -todavía en su fuero interno- los códigos -sociales, económicos, sentimentales, familiares, sexuales- que ha heredado y que marcan sus días. Por último, en este acelerado curso de aprendizaje vital, en este arduo parto a una nueva vida, acabará por hacer suyas, en la práctica, las decisiones fruto de la profunda reflexión suscitada por su turbulenta vivencia: Había tomado la firme decisión de no volver a pertenecer a otra persona jamás en la vida, leemos. 

La joven y convencional muchacha que encontramos al inicio de la novela, sumisa, sometida, plegada de modo inconsciente a los dictados que imponen los valores de su tiempo, se convertirá al término de la obra -para bien y para mal (y no puedo profundizar en un análisis que me llevaría a desvelar un elemento esencial de la trama)- en una mujer que adquiere la plena condición de individuo sin limitaciones; una mujer que gobierna su vida, que ya no necesita las opiniones o la estimación ajena, que dice lo que piensa sin miedos, sin frenos impuestos, que abandona el ridículo disfraz con el que hasta ese momento debía presentarse ante el mundo; una mujer que domina, que vuela alto, que no necesita de nadie, que es dueña de su propia conciencia, que lleva las riendas en su atribulado paso (cuáles no lo son) por la existencia, que acabará incluso por trasladarse a un domicilio particular, independiente, dejando atrás la casa conyugal (en busca de una “habitación propia”, la misma, desde un punto de vista abstracto y general, que la que reivindicará Virginia Woolf treinta años más tarde). Una mujer que, también en el terreno sexual, accede a su más radical emancipación: Yo ya no soy una posesión del señor Pontellier de la que pueda disponer a su antojo. Yo me entrego a quien yo decida

Desde su nueva posición, Edna se compadece de aquellas otras mujeres, sus amistades de apenas unos meses atrás, que todavía no han “despertado” -y quién sabe si lo harán alguna vez- ni, por tanto, conocido esa feliz metamorfosis que ella experimenta: Sintió lástima -pensará- por madame Ratignolle, conmiseración por una existencia gris que nunca iría más allá de la ciega conformidad, una vida en la que ningún momento de angustia perturbaría su alma, en la que nunca conocería el salvaje sabor del delirio

Pero su atrevimiento, su valiente apuesta tiene riesgos. Edna será feliz en su “liberada” condición recién adquirida, pero también sufrirá la incomprensión de su mundo, de su marido, de sus amistades, y conocerá el aislamiento social y la soledad. En consecuencia, su estado emocional oscilará entre extremos casi radicalmente opuestos: la alegría exacerbada y el desánimo con ribetes de depresión: Había días -reflexiona- en que era muy feliz sin saber por qué. Feliz de estar viva, de respirar (…). Otros días se sentía triste sin saber por qué, cuando no merecía la pena estar alegre o animada, viva o muerte, cuando la vida no le parecía más que un grotesco sinsentido y los seres humanos gusanos sin más objetivos que luchar inútilmente contra la aniquilación final

Del mismo modo, la propia Kate Chopin será objeto, en su vida real, de numerosas críticas descalificadoras por parte de quienes veían en El despertar un ataque a la tradición, a la moral, a los principios y valores establecidos. Tachada de transgresora, de subversiva -también de “feminista”, escandalosa y hasta obscena-, el libro fue retirado de las bibliotecas públicas y su autora proscrita en los círculos sociales que frecuentaba. La novela no sería reeditada hasta algunos años después de la muerte de Chopin, con una extraordinaria recepción. Sólo en los años setenta El despertar obtendría el reconocimiento que actualmente se le prodiga, considerándose desde entonces una de las grandes obras de la literatura norteamericana del XIX. 

Ya para terminar quiero llamar la atención sobre el estilo, una escritura que rezuma belleza literaria, sencillez y elegancia, expresividad, delicadeza y emoción, en una narración que consigue transmitirnos, con sutileza y sensibilidad, la ensoñación y el deleite que embriagan a la joven mujer, también su fortaleza y su convicción, su decisión y su fuerza. La presencia metafórica del mar, ya apuntada; las escenas en la playa, en las que es imposible no encontrar referencias -no explícitas, no pretendidas- a la pintura impresionista; la descripción del entorno, los balnearios, las flores, los actos sociales, los conciertos; la importancia de la música, que puntea las escenas más dramáticas, las más románticas y sensibles también, convierten la lectura del libro, más allá de la valoración que suscitan sus distintas propuestas “intelectuales” -psicológica, política, social-, una experiencia deliciosa. 

Mademoiselle Reisz, una anciana pianista, un personaje secundario pero muy relevante en El despertar, interpreta un Impromptu de Chopin en una escena fundamental del libro. Ante la imposibilidad de saber -el texto no lo menciona- cuál es de entre los cuatro compuestos por el músico polaco, os ofrezco ahora la pieza Fantasía Impromptu, Op. 66 como complemento musical a mi reseña, en la interpretación de Valentina Igoshina. 


—Si yo fuera joven y estuviera enamorada —dijo mademoiselle, girándose en el taburete y apretando sus manos sarmentosas entre las rodillas mientras miraba a Edna, que estaba sentada en el suelo leyendo la carta—, creo que tendría que ser de un hombre de un grand esprit; con ambiciones superiores y el talante para llevarlas a cabo, un hombre por encima de sus pares, lo bastante como para llamar la atención. Creo que si yo fuera joven y me enamorase, no sería de un hombre de un calibre inferior a la devoción que le dedicara. 

—Ahora es usted quien miente y pretende engañarme, mademoiselle, o es que nunca se enamoró y no sabe nada del amor. Si no, dígame —prosiguió Edna, agarrándose las rodillas y levantando los ojos, mirando la cara torcida- ¿por qué cree usted que una mujer sabe el motivo de amar? ¿Cree que escoge a quien ama? ¿Cree que se dice a sí misma: “¡Adelante! He aquí un distinguido caballero, un futuro presidente, voy a enamorarme de él”, o “voy a entregar mi corazón a este músico tan famoso que está en boca de todos”, o “voy a enamorarme de este financiero que controla el mercado mundial”? 

—Está usted tergiversando mis palabras, ma reine. ¿Está enamorada de Robert? 

—Sí —dijo Edna. Era la primera vez que lo admitía y su rostro se iluminó hasta el rubor. 

—¿Por qué? —preguntó su compañera—, ¿por qué lo ama si no debería? 

Edna se dejó resbalar hasta el suelo donde acabó de rodillas frente a mademoiselle Reisz, quien tomó su cara radiante entre sus manos. 

—¿Por qué? Porque su pelo es castaño y su frente despejada, porque abre y cierra los ojos, porque tiene dos labios y la barbilla cuadrada y un meñique que no puede enderezar porque se lo dobló jugando de niño, porque... 

—Porque sí, en resumen— rio mademoiselle—. ¿Qué piensas hacer cuando vuelva? -preguntó. 

—¿Hacer? Nada. Alegrarme y ser feliz por estar viva. 

Ya se encontraba feliz por estar viva con la sola idea de su retorno. El cielo húmedo y gris, tan deprimente hacía un rato, le parecía ahora vibrante, estimulante; mientras volvía a casa empapada de lluvia. 

Se detuvo en una confitería para encargar una gran caja de bombones para sus hijos, que estaban en Iberville. Les escribió una nota mandándoles miles de besos y todo su amor. 

Por la tarde, antes de cenar, escribió una encantadora carta a su marido en la que le comunicaba sus intenciones de mudarse temporalmente a la casita de la esquina, y su idea de dar una cena de despedida. Se lamentaba de que él no fuera a estar ahí para compartir el momento, ayudarla con el menú y entretener a los invitados. Su carta era de un entusiasmo contagioso.

  
Kate Chopin. El despertar

miércoles, 27 de febrero de 2019

E.M. FORSTER. HOWARDS END

Hola, buenas tardes. Termina febrero y con él acaba también esta breve serie que durante cinco semanas Todos los libros un libro ha dedicado al cine a partir de las distintas celebraciones que en estas últimas fechas han tenido al séptimo arte como protagonista en el mundo entero. Los Goya españoles, los César franceses, los Bafta británicos y los hollywoodienses y universales Oscar se han entregado a lo largo de este mes, razón por la que nuestro espacio os ha propuesto recomendaciones literarias que giran sobre el cine o que han sido objeto de traslación a la pantalla.

Así ocurre, y de manera notable, con nuestra sugerencia de hoy, una magnífica novela con dos más que estimables versiones en imágenes. Se trata de Howards End, quizá el título más reconocido de su autor, Edward Morgan Foster, un brillante escritor británico cuya obra ha sido adaptada al cine casi en su totalidad. Es el caso, entre otros textos, de Donde los ángeles no se aventuran, con su correlato cinematográfico de 1991 dirigido por Charles Sturridge; de la espléndida Pasaje a la India, convertida en película en 1984, de la mano de David Lean; y de Una habitación con vistas, de 1985, Maurice, de 1987, y Regreso a Howards End, de 1992 -esta última obviamente basada en la novela que hoy os presento-, las tres con James Ivory en la realización. Howards End ha “saltado” también a la televisión, en una miniserie de la BBC, magnífica como es norma en la cadena inglesa, que recrea en cuatro capítulos excepcionales el universo del muy interesante libro de Forster, publicado en 1910.

Pero vayamos primero con el comentario de la obra literaria dejando para el final de esta reseña las dos sobresalientes adaptaciones. La novela había visto la luz en España en el sello Planeta hace más de cuarenta años, concretamente en 1975, con el título de Regreso a Howards End. La editorial rescató en 1993, tras el éxito de la película homónima, esa misma edición, con idéntica traducción de Eduardo Mendoza, aunque con otro título, La mansión. Más de cuatro décadas después de su primera aparición en nuestro país es ahora la editorial Navona la que, el año pasado, volvió a presentar la obra en su colección Ineludibles; una edición que bajo la rúbrica de Howards End, coincidente esta vez con el original de Forster, y sin cambiar una coma de la primitiva traducción de Mendoza se ofrece con la acostumbrada pulcritud formal “marca de la casa”: encuadernada en tela, pliegos cosidos, buen papel, tipo de letra amplio con márgenes razonables -rasgos ambos estos últimos muy apropiados para quienes ya tenemos una cierta edad- y un, en definitiva, acogedor diseño.

El libro nos presenta, en la primera década del siglo XX, a tres familias bastante distintas entre sí que se interrelacionarán en el transcurso de la trama novelística en una sucesión de peripecias y vicisitudes de muy diversa índole -que luego comentaré- cuyo relato se imbrica con reflexiones, comentarios y apuntes varios en los que un narrador muy “intervencionista” deja su impronta, tras la que se reflejan las ideas del propio Forster. Tenemos, en primer lugar, a las huérfanas hermanas Schlegel, Margaret (Meg) y Helen -reflexiva y racional la primera, la mayor; más impulsiva y “emocional” la joven y atractiva Helen-, que provienen de una desahogada familia de origen alemán, culta, intelectual, entregada al arte y la literatura, a la música, a la poesía y la belleza, a las grandes ideas, a un socialismo algo utópico, al incipiente sufragismo, a la existencia “interior” y recogida del espíritu, en suma. Enfrente están los Wilcox, ricos capitalistas con fructíferas inversiones en las colonias británicas en África y la India, pragmáticos, materialistas, cargados de prejuicios, clasistas, ocupados en los negocios y las cuestiones prácticas, entregados al dinero, al rendimiento, a lo que es sólido y tangible, al orden, a la eficacia, al éxito, al reconocimiento social, a las convenciones, en definitiva, a la vida “externa”. Por diferentes azares de la vida, los miembros de ambas familias coincidirán, primero -antes de que la historia dé comienzo- en unas vacaciones en Alemania; luego, cuando la menor de las Schlegel sea invitada a Howards End, la mansión de los Wilcox; más adelante, en diversos encuentros fortuitos. Estas relaciones provocarán efectos imprevisibles: Helen “padecerá” -y el verbo es adecuado- un fugaz enamoramiento hacia el más joven de sus anfitriones, Paul; Margaret mantendrá una también breve aunque genuina e intensa amistad con Ruth, la encantadora y muy desprejuiciada señora Wilcox; y en el escenario aparecerán también, con distintos grados de protagonismo, el singuar Tibby, hermano de las Schlegel y la bondadosa tía Juley, por un lado, y, por el otro, Henry, el severo aunque sensible patriarca del clan; su hijo mayor Charles, que encarna los “valores” de su clase; la hija Evie de episódica presencia, todos girando en torno a un centro inspirador y esencial en la novela, Howards End, la bella aunque modesta residencia que opera en el libro con una condición metafórica. En un plano menor, aunque de importancia decisiva en el relato, están también los Bast, él, Laurent, un modesto oficinista de inestable vida laboral, y ella, Jacky, un personaje discreto y de muy escasa aparición en la novela, pero dueña de un secreto que afectará a su desarrollo. Siendo el matrimonio pobre y de clase media-baja, el afán “redentor” de las Schlegel las llevará a intentar “salvar” al apocado Bast, mejorando su posición social. Los sucesivos encuentros y desencuentros entre los personajes se resuelven en amores, enfrentamientos, amistades, emociones, expectativas, desengaños, ilusiones, desapego y envidias, rencores y despecho, malentendidos, dramas, atisbos de tragedia, e incluso secretos o algún misterio por resolver que proporcionan al libro una tenue nota de intriga y ligero suspense.

No procede, sin embargo, desvelar todos estos aspectos de la trama, por no arruinar el disfrute del lector. No obstante, el placer que proporciona la lectura de la novela no reside tan solo en el desenvolvimiento de las peripecias argumentales de las bienintencionadas hermanas y el clan de los Wilcox (pese a que el relato es ágil y fluido, ameno y estimulante, en una progresión de episodios sugestivos e interesantes lances), sino en el original planteamiento literario, con ese narrador entrometido que aflora de continuo inmiscuyéndose en medio de la descripción objetiva de los hechos, y, sobre todo, con los muchos temas de interés -relativos a la moral, la política o la filosofía- que se suscitan en su transcurso: el materialismo y la vida espiritual, el movimiento y la quietud, el desarrollo tecnológico, el progreso y sus consecuencias, el progresivo deterioro del campo y el acelerado crecimiento de las ciudades -espléndidas las abundantes reflexiones sobre el desarrollo desmesurado de Londres, una más de las poderosas metáforas del libro-, los cambios sociales, las desigualdades de clase, la naturaleza y la cultura, los impulsos y la razón, el dinero y la poesía, la igualdad entre los sexos y el feminismo, el sufragio femenino y el papel de la mujer en la sociedad.

En lo que respecta al intervencionismo del autor son muchas y muy variadas sus “apariciones” en el texto. Ya desde el inicio -Esta historia podría empezar con una carta de Helen a su hermana- notamos su presencia, que se hará ostensible para apostillar la acción, comentar sus alternativas, introducir reflexiones más o menos metafísicas, hacer consideraciones diversas, puntualizar algún suceso (Aquí es cuando debe intervenir el comentarista), anotar algún pensamiento humorístico, aventurarse en digresiones, mostrar abiertamente los entresijos metaficcionales de su relato o, incluso, apostrofar al lector (si el lector considera esto ridículo, debe recordar…) al que de esta manera acerca e implica directamente en la narración, invitándole, en cierto modo, a un diálogo con el autor.

Pero Forster, además de aprovechar la crónica de las “andanzas” de sus idealistas heroínas para dejar constancia de su punto de vista como narrador y demostrar su profundo conocimiento de la psicología y la sensibilidad femeninas, quiere “participar” también usando la voz de sus criaturas para transmitirnos sus postulados vitales, sus ideas sobre la existencia. El escritor británico defiende una vida basada en el amor, la cultura, el conocimiento, el arte, la creación, la belleza. En este sentido, Howards End es un permanente juego de contrastes, un formidable debate entre estas distintas visiones de la realidad encarnadas en las dos familias: las relaciones personales y la vida privada, el valor del individuo, el sentimiento, los ideales nobles, el alma, el infinito y lo invisible, la literatura y la palabra de las muy intelectuales y sensibles mujeres, frente a la mediocridad, la estupidez, la hipocresía, la ausencia de miras, el comercio y los valores bursátiles, la organización y la vida pública, lo romo de un mundo que progresa acelerado, despreciando el espíritu mientras cabalga a lomos del dinero y el materialismo que, metafóricamente, representan sus opuestos, los dueños de Howards End. Sirvan como ejemplo estos dos breves fragmentos de entre infinidad de ellos de un tenor similar: Por ejemplo, yo conozco todos los defectos de míster Wilcox. Tiene miedo de las emociones. Da mucha importancia al éxito, poca al pasado. Sus sentimientos carecen de poesía; no son realmente sentimientos. Y también: Mi vida es grande y la suya, pequeña —dijo Helen acalorándose—. Yo sé cosas que ellos ignoran, y tú también las sabes. Nosotras sabemos que existe la poesía. Nosotras sabemos que existe la muerte. Ellos solo lo saben de oídas. Nosotras sabemos que esta es nuestra casa, porque es algo que se siente. Ah, sí, ya sé que pueden enarbolar sus títulos de propiedad y sus llaves, pero por esta noche, estamos en casa (una casa, Howards End, más cercana -en su espíritu- a las sentimentales e inteligentes jóvenes Schlegel que a la nuda propiedad de sus legítimos dueños: Para ellos, Howards End era una casa. No podían saber que para ella había sido un espíritu para el que anhelaba un heredero espiritual. Y, avanzando un paso más en esta neblina, ¿no habían decidido mejor, tal vez, de lo que suponían? ¿Es posible legar las posesiones del espíritu? ¿Tiene descendencia el alma? ¿Puede transmitirse la pasión por un olmo, una parra, una gavilla de trigo cubierta de rocío, cuando no existen lazos de sangre?).

Las hermanas viven, en su acogedora casa de Wickham Place, al margen, en cierto modo, del mundo real. Su vida es, ya se ha dicho, la del espíritu: charlas, reuniones públicas, conciertos y debates, actividades culturales guiadas todas por principios muy nítidos -la templanza, la tolerancia y la igualdad entre los sexos eran sus estandartes-, ajenas casi por completo al devenir de la Historia, de la política, de los negocios, de las muchas circunstancias -el imperio de los hechos- que hacen avanzar la cotidianidad más prosaica. Y es cierto que su angelical desprecio a la mezquina realidad las convierte en una especie de anomalía extraña -el mundo sería gris y desangelado si se compusiera exclusivamente de Schlegels- pero también lo es, como señala el narrador, que siendo el mundo como es, probablemente las dos hermanas brillaban como dos luceros. El sistema de valores de sus “opuestos” queda bien reflejado en este otro significativo párrafo (que en el texto se aplica a otros destinatarios, pero que puede extrapolarse sin forzar la interpretación): Solo os preocupáis de las cosas que podéis utilizar y, por ende, las colocáis en el orden siguiente: dinero, utilidad máxima; inteligencia, bastante útil; imaginación, sin utilidad alguna.

Sin embargo, el contraste, el juego de espejos entre las Schlegel y los Wilcox no se plantea de manera rígida y estricta, en un dualismo maniqueo -el bien, el mal-, sino con fronteras lábiles y difusas, con fecundas interrelaciones, pues las de estas y aquellos son posturas enfrentadas solo en apariencia porque ambas familias serán capaces de despertar la atracción de los “otros”: la seguridad, la precisión, el realismo, los firmes argumentos racionales y la serena indiferencia con la que los Wilcox rebaten las avanzadas ideas de las jóvenes maravillarán a la ingenua Helen y harán tambalear sus inocentes y románticas “certezas”; la apertura de mente de Margaret, su libertad, despertarán la admiración de Ruth Wilcox, cuya serena madurez deslumbrará a la propia Margaret, fascinada a su vez -aunque sin ceder un ápice en sus principios, su personalidad o su determinación- por el serio pragmatismo de Henry Wilcox. La precariedad económica de los Bast, servirá, por otro lado, como desencadenante y ejemplo de los conflictos “ideológicos” entre ambas visiones del mundo, la espiritual y “comprometida” de las Schlegel y la más práctica y positivista de los Wilcox.

Son numerosas las ocasiones en las que, en el libro, se manifiesta esta ambivalente relación de atracción/repulsa entre ambos “bandos”: Pero la confrontación le estimulaba, dirá Margaret acerca de su enfrentamiento con la familia Wilcox, sentía un interés que bordeaba la atracción, incluyendo en este fenómeno al propio Charles. Deseaba protegerlos y sentía a veces que ellos podían protegerla, sobrados como estaban de lo que a ella le faltaba. Una vez pasado el escollo de la emoción, sabían perfectamente qué hacer, a quién acudir; siempre tenían las riendas en la mano. Y añadirá: Llevaban otra vida, una vida que ella no podía llevar; la vida exterior, de «telegramas y furia» (…) En esa vida florecen virtudes como la precisión, la decisión y la obediencia, virtudes de segunda categoría, sí, pero virtudes que han forjado nuestra civilización; virtudes que forjan también el carácter, Margaret no lo ponía en duda, impidiendo que el alma se ablande. ¿Cómo se atreverían los Schlegel a menospreciar a los Wilcox, cuando unos y otros son necesarios para construir un mundo? 

Frente a la obstinada rebeldía de Helen, su juvenil empecinamiento en sus rígidos ideales, Margaret es comprensiva, sirve de puente entre los dos universos: La verdad es que existe una vida exterior con la que ni tú ni yo tenemos contacto y en la que cuentan los telegramas y la furia. En cambio las relaciones personales, a las que nosotras damos una importancia preeminente, no la tienen en ese mundo. Ahí, el amor equivale a compromiso matrimonial; la muerte, a funeral. Tengo ideas claras al respecto, pero mi duda estriba en si esa vida exterior, que me parece a todas luces horrible, no será la vida real. Tiene, ¿cómo te diría?, tiene entidad, carácter… Y si, a la larga, las relaciones personales no conducirán a una especie de ñoñez sentimental. Margaret duda en su genuina búsqueda de la verdad: En cada frase salía la realidad y lo absoluto. Quizá Margaret se había vuelto vieja para la metafísica o quizá Henry le había hecho perder parte de su primitivo interés, pero creyó que había algo desequilibrado en una mente que con tanta facilidad hacía añicos lo visible. El hombre de negocios presupone que la vida lo es todo, el místico afirma que no es nada; ni uno ni otro dan en la verdad. «Sí, querida, ya veo: la verdad está en el medio», habría aventurado la tía Juley unos años antes. No; la verdad, como todo lo que está vivo, no está a mitad de camino de nada. Hay que encontrarla mediante continuas excursiones a uno y otro reino, porque, si bien la proporción es la clave final, partir de ella es garantía de fracaso. ¿Adónde nos conduciría una vida exclusivamente espiritual?; y la propia Meg responde: Si los Wilcox no hubiesen trabajado y muerto en Inglaterra durante miles de años, ni tú ni yo podríamos sentarnos aquí sin que alguien nos cortara la cabeza. No habría trenes, ni barcos para transportarnos a nosotros, las personas literarias. Ni campos siquiera. Solo salvajismo. No, ni siquiera eso, quizá. Sin su coraje, tal vez la vida no habría pasado del protoplasma. Cada vez me niego más a retirar mi renta y a despreciar a los que la garantizan.

La “obsesión” principal de Forster -que impregna su pensamiento y que traslada en la obra a sus protagonistas- es la de la “conexión”: el sentido de la vida es conectar, vincularse con lo esencial, con lo más genuino de la existencia, con el amor, con las verdades interiores, con la belleza, con el espíritu. Margaret se enfrenta a Henry -en un momento decisivo del libro, cuyas interioridades no puedo desvelar- achacándole su ceguera, su incapacidad para acceder a esa dimensión esencial de la vida, en un alegato contra la oscuridad interior que reina en las altas esferas, contra la oscuridad de esta era comercial. Henry, dirá, había rehusado conectar en la ocasión más clara que puede planteársele a un hombre, y su amor debía pagar las consecuencias. No es casual, en este sentido, que la novela se abra, antes aún de comenzar su capítulo primero, con un en ese momento enigmático Simplemente conectados… 

En definitiva, esta “conexión” primordial acaba por encarnarse en Howards End, el núcleo metafórico del libro, el auténtico centro de la novela, el lugar por excelencia para “estar conectados”, la casa, la tierra (El triunfo de la tierra sobre el tiempo, leemos), lo sólido y auténtico, lo que permanece y se transmite de generación en generación, como queda reflejado, casi al término de la obra, en un párrafo muy esclarecedor: —Porque una cosa ocurra ahora inexorablemente, no tiene por qué ocurrir siempre inexorablemente —dijo Margaret—. Esta locura por el movimiento solo se ha puesto en marcha en los últimos cien años. Quizá la siga una civilización que no engendre el movimiento, que descanse en la tierra. Todos los signos parecen contradecirme por ahora, pero no puedo evitar la esperanza y de madrugada, en el jardín, siento que nuestra casa es el futuro al mismo tiempo que el pasado.

Sin llegar a la muy fecunda gama de implicaciones y derivaciones que encierra la novela, sus adaptaciones para la pantalla -cinematográfica o televisiva- son también excelentes. Con el título de Regreso a Howards End, James Ivory, asiduo “traductor” en imágenes de la obra de Forster, dirigió en 1992, con guion de su habitual colaboradora Ruth Prawer Jhabvala (con quien coincidió en las “forsterianas” Una habitación con vistas y Maurice y en la “jamesiana” Las bostonianas), una formidable película que obtuvo tres Oscars de entre nueve nominaciones, además de diversos premios en los Globos de Oro, los Baftas y el festival de Cannes. Protagonizada por Emma Thompson, Helena Bonhan-Carter, Anthony Hopkins y Vanessa Redgrave en sus papeles principales, la cinta es espléndida, con la sobriedad reconocida en los actores y actrices británicos y la detallista recreación de los ambientes. Hay -probablemente por la imposibilidad de concentrar en sólo dos horas largas la muy extensa novela- variaciones con respecto al texto original y modos singulares y algo “libres” de presentar algunos episodios del libro, pero el resultado es magnífico.

Sin embargo, su indudable belleza, el impacto emocional que provoca, resultan menores que los de la miniserie de cuatro episodios dirigida por Hettie Macdonald, que con el título de Howards End presentó el pasado 2017 la BBC. Muy fiel al libro en lo esencial -aunque obligada su directora, claro está, a aligerar su contenido, lo cual se logra con un en ocasiones genial uso de la elipsis, fundamentalmente en el tramo final, cuando la acción se acelera-, destaca la pulcritud formal, como siempre en los montajes televisivos de la ejemplar cadena británica; más aún la brillantez técnica que sobresale en la dirección artística, en la belleza de la fotografía de los paisajes y los interiores, en el rigor en la ambientación, en el muy cuidado casting, en el que destacan, junto a la conocida Julia Ormond, que sólo aparece en el primer capítulo, dos magnéticas actrices cuya trayectoria ignoraba hasta ahora. Philippa Coulthard como Helen y, sobre todo, Hayley Atwell en el papel de Margaret, poseen un atractivo irresistible y su presencia ante las cámaras hechiza y enamora, constituyendo un motivo suficiente -si no hubiera muchos otros- para ver la serie (y siento la posible incorrección política de mis palabras: pero sí, así es, la belleza -y no hablo exclusivamente del físico- atrae irremisiblemente). Las hermanas Schlegel tendrán ya siempre, en mi recuerdo, el rostro de estas dos guapísimas mujeres. Hablando de corrección, sorprende que, sin razón aparente, dos personajes, uno de paso fugaz por el largo metraje de la obra -una criada de las Schlegel, Annie- y otra de mayor entidad -Jackie Bast-, sean interpretados por actrices negras, circunstancia que no está en la obra original. También es cuestionable la “juventud” del actor que encarna a Henry Wilcox, Matthew Macfadyen; Anthony Hopkins, casi cuarenta años mayor, en el mismo papel en la película de Ivory, “encaja” mejor en la figura creada por Forster. En cualquier caso, la serie es una maravilla que no deberíais dejar de ver.

Me permito una última sugerencia en relación al universo “Howards End”. Zadie Smith, la brillante escritora británica, publicó en 2005 Sobre la belleza, una estupenda novela en la que la trama se hila -paso por paso- en torno a los episodios del libro de Forster. Ambientada en Boston y Londres, en su desarrollo dos familias, los Belsey y los Kipps, reproducen -con las muchas diferencias que supone, entre otros hechos, la ubicación de la acción en nuestros días y el que se trate de muy concienciadas gentes de raza negra que se desenvuelven en los ambientes universitarios norteamericanos- el “juego” de relaciones, de influencias, de temas de referencia, de implicaciones que está presente en el texto original del que tan abiertamente se nutre la recreación de la escritora afrobritánica. Por cierto, del texto de esta novela extraigo una cita que -sin pretenderlo, obviamente- ilustra de modo nítido mi anterior y quizá controvertida opinión sobre el atractivo de las Schlegel de la BBC: Es verdad que los hombres… son sensibles a la belleza… es una constante en ellos, este… interés por la belleza como realidad física en el mundo… y eso es algo que los condiciona e infantiliza… pero es la realidad.

Os dejo ahora, tras un bello y representativo fragmento de la novela de Forster -que, aviso, contiene una información sustancial sobre su desarrollo-, con un pasaje de la Quinta sinfonía de Beethoven (el ruido más sublime que haya penetrado jamás en el oído humano, como leemos en uno de sus capítulos) que los tres vástagos Schlegel escuchan en un concierto que tendrá una influencia decisiva en sus vidas y, consiguientemente, en la trama del libro. Su primer movimiento, en la interpretación de la Orquesta Filarmónica de Berlín, dirigida por Herbert Von Karajan, suena aquí, en un concierto de 1966. 


Margaret siempre se había maravillado de los disturbios que se producen en las aguas del mundo cuando el amor, que parece un guijarro, se hunde en ellas. ¿A quién le importa el amor, salvo al amado y al amante? Y, sin embargo, su impacto inunda cientos de orillas. Este disturbio procede sin duda del espíritu de las generaciones, que saluda a la nueva generación y eleva su protesta contra el destino, que sostiene todos los mares en la palma de la mano. Pero el amor no lo entiende, incapaz de captar el infinito ajeno y consciente solo del suyo: rayo de sol que surca el aire, losa que cae, guijarro que busca un dulce asiento tras el juego coordenado y convulso del espacio y el tiempo. Sabe que sobrevivirá al fin de los tiempos, que será recogido por el destino como una joya del fango y mostrado con admiración a la asamblea de los dioses. «Los hombres produjeron esto», dirán y al decirlo concederán al hombre la inmortalidad. Pero, entre tanto, ¡cuánta agitación! Los fundamentos de la propiedad y el decoro quedan al desnudo, rocas gemelas; el orgullo familiar pugna por salir a la superficie resoplando y rehusando el consuelo; la teología, vagamente ascética, se agita en oscuro mar de fondo. Entonces se requiere la presencia de los abogados —fría raza— que salen arrastrándose de sus agujeros. Hacen lo que pueden: asean la propiedad y el decoro, tranquilizan a la teología y al orgullo familiar. Se arrojan montones de medias guineas a las aguas turbulentas, los abogados se retiran a rastras y, si todo ha ido bien, el amor une a un hombre y una mujer en matrimonio. 

Margaret esperaba este trastorno y no se incomodó. Para ser una mujer sensible, tenía los nervios firmes y podía soportar lo incongruente y lo grotesco. Además, no había nada excesivo en su episodio sentimental. El buen humor era la nota dominante en sus relaciones con míster Wilcox o, como ya podemos llamarle, con Henry. Henry no era hombre dado al romanticismo y Margaret no era tan niña como para reclamar un capricho semejante. Un amigo se había convertido en novio y podía convertirse en marido, pero sin perder lo que había en el amigo. El amor debía confirmar una vieja relación en lugar de crear una nueva. 

En este estado de ánimo, Margaret prometió casarse con él. 
  
E.M.Forster. Howards End