Vivo entre muchos libros y extraigo una gran parte de mis ganas de vivir del hecho de que aún leeré la mayoría de ellos. (Elias Canetti)

miércoles, 17 de enero de 2018

VICTOR KLEMPERER. LTI. LA LENGUA DEL TERCER REICH

Hola, buenas tardes. Bienvenidos una semana más a Todos los libros un libro, que hoy sale a vuestro encuentro con una interesantísima propuesta de lectura que surge con una doble excusa vinculada a acontecimientos de nuestra realidad más cercana. Y es que LTI. La lengua del Tercer Reich, el magnífico ensayo de Victor Klemperer que publicó la Editorial Minúscula en 2001 con traducción de Adam Kovacsics, tiene mucho que ver, por un lado, con una formidable exposición, de visita inexcusable, que desde el 1 de diciembre y hasta el próximo 17 de junio puede verse en Madrid, en el Centro de Arte Canal, bajo la rúbrica Auschwitz. No hace mucho. No muy lejos; y, por otro, aunque en este caso la conexión no es tan inmediata, la obra puede relacionarse con el funesto próces separatista catalán que desde hace años -fenómeno intensificado en los últimos meses, con la reciente celebración de elecciones autonómicas aún en la memoria- lleva sembrando su insidiosa semilla en la vida catalana en particular y en la del resto de España en general. Desde este último punto de vista, mi reseña de hoy surge como una suerte de continuación de la de hace siete días, en la que presenté el furibundo Contra el separatismo, el estupendo, corrosivo, inteligente y necesario panfleto de Fernando Savater.

El libro, el que hoy comento, lleva ya ocho ediciones en nuestro país y ello pese a no que no se trata de una novela y a que se presenta con un subtítulo que para muchos puede resultar disuasorio: Apuntes de un filólogo. No obstante, estamos ante un texto que, además de su complejidad y su interés objetivos, de su pertinencia académica, de la validez me atrevería a decir que científica de sus postulados, se lee de un modo ameno, convirtiendo el lento y demorado avance por sus páginas en una experiencia apasionante. Victor Klemperer, nacido en Alemania a finales del siglo XIX, judío, pensador y, ya se ha dicho, filólogo, catedrático de literatura francesa en Dresde, padeció los horrores del nazismo -aunque no los más crueles- en su propia carne. Casado con una mujer aria, no abandonó su país cuando las huestes de Hitler comenzaron su atroz misión a principios de los años treinta del pasado siglo. Expulsado de su cátedra, su matrimonio lo preservó de los efectos más terribles de la persecución nazi. LTI fue publicado después del fin de la guerra, en 1947, nutriéndose del abundante material y los detallados apuntes tomados desde 1933, cuando de manera clandestina sobrevivía malamente trabajando en una fábrica y alejado de cualquier actividad académica oficial.

En su estudio, Klemperer mezcla dos planos, que aparecen sólidamente imbricados en el relato. Por un lado estamos ante un análisis, con una sólida base filológica y lingüística, del depurado sistema por el que el nazismo manipuló el lenguaje para, a través de la apropiación del idioma, dominar también las mentes y las almas de sus súbditos, conduciéndoles -en una especie de locura criminal consentida- a perpetrar o al menos colaborar en las atrocidades ideadas por su infernal delirio. Entre sus pertinentes y bien fundamentadas reflexiones, vamos conociendo las humillaciones e indignidades, las iniquidades y el sufrimiento, la persecución y las injusticias, los registros domiciliarios, las detenciones, los golpes, las crueldades y las torturas, los malos tratos, las agresiones y hasta las muertes que el propio autor, sus familiares y amigos, y, en general, el pueblo judío, sufrieron como consecuencia de la irracional política nacionalsocialista, tolerada y hasta amparada por el mediatizado fervor de los ciudadanos alemanes, cuyo pensamiento y emociones sucumbieron a la sutil propaganda del Reich. Es esta segunda vertiente de la obra, originariamente escrita bajo la forma de notas personales en los diarios del autor -los “apuntes” del subtítulo-, la que vincula el libro con la exposición madrileña, en la que -de manera descarnada y directa, pero también alusiva aunque altamente evocadora- el espectador puede conocer -y estremecerse ante ella- la monstruosa barbarie nazi, cuya manifestación paradigmática la constituye el campo de concentración y exterminio de Auschwitz que con tanta fidelidad se reconstruye parcialmente en las instalaciones del Centro de Arte Canal. Pero de Auschwitz y de la imprescindible exposición os hablaré con más detalle en mi comentario de la semana próxima.

Vayamos ahora con la LTI y con la burda pero a la vez eficaz falsificación del lenguaje que Hitler -y todos los totalitarismos que en el mundo han sido, supremacismo independentista catalán incluido- tan reiteradamente han utilizado para conseguir sus fines criminales (también en el caso de Cataluña, en la primera acepción de crimen como delito grave).

Las siglas LTI se corresponden con Lingua Tertii Imperii, la lengua del Tercer Reich. Con este acrónimo irónico Victor Klemperer designa el particular modo de emplear el lenguaje por las autoridades del nazismo, un retorcimiento del idioma en que, en su experiencia cotidiana y desde su privilegiada condición de experto filólogo, se concentra -como metáfora- la esencia de esa época infausta de la historia de Alemania en particular y de toda la humanidad en su conjunto. A menudo -escribe en el primer capítulo del libro- se cita la frase de Talleyrand según la cual el lenguaje sirve para ocultar los pensamientos del diplomático (o de la persona astuta y de dudosas intenciones). Sin embargo, la verdad es precisamente lo contrario. El lenguaje saca a la luz aquello que una persona quiere ocultar de forma deliberada, ante otros o ante sí mismo, y aquello que lleva dentro inconscientemente. El régimen hitleriano construye así, en cierto modo, un idioma propio, un alemán maliciosamente retorcido, ambiguo, neutro en apariencia, en el que palabras, expresiones y estructuras sintácticas conocidas pierden su valor consabido, convencional, y se envuelven en nuevos significados falaces y engañosos, a través de los cuales se inocula en la ciudadanía la ideología dominante, que impregna de manera sutil pero decisiva, imperceptible aunque irrefrenable, el modo de pensar y sentir de millones de individuos. Ninguno era nazi, pero todos estaban intoxicados, señala, al constatar esa inocente aceptación por las gentes del común -¡¡¡incluso por los propios judíos que estaban siendo exterminados!!!- de las fórmulas -y con ellas de las nefastas ideas, de la aciaga visión del mundo- usadas por sus despiadados dirigentes.

Así, en el libro se recogen infinidad de estos términos adulterados, desprovistos de su sentido originario, utilizados para “edificar” desde el lenguaje una realidad ficticia -valga el oxímoron- que sostiene y alienta los intereses de sus impulsores. Vocablos como “valiente”, “combativo”, “heroico”, “entregado” o “constante”, caracterizan al individuo ario de moral impecable. El “judaísmo internacional”, las personas “ajenas a la raza”, practican la “propaganda difamatoria”, cometen “atrocidades”, propias de “extranjeros”. El “pueblo” -como es obvio, el “elegido”, el previamente segregado de sus “impurezas”- comparece por doquier: fiesta del pueblo, camarada del pueblo, comunidad del pueblo, cercano al pueblo, ajeno al pueblo, surgido del pueblo… Las palabras que se omiten forman parte también de esta labor de “fabricación” de una realidad alternativa: en los partes de guerra no aparecen nunca huida, derrota, retirada; sí, en cambio, reveses o irrupciones.

Pero no son sólo los nombres comunes los que se falsean; la siniestra operación por la que se disfraza la verdad alcanza a los nombres propios: los judíos porque desaparecen de los títulos de las obras literarias, de los anuncios, de los cursos académicos; los de raigambre germánica porque se refuerza su “alemanidad” -Dieter, Uwe, Ingrid- con guiones que la “duplican”: Dietmar-Gerhard, Bernd-Walter. Incluso los signos ortográficos son objeto de interesada deformación, como ocurre con el uso irónico del entrecomillado, con el que se pone en duda la verdad de la cita transcrita o el valor de la acción narrada o del personaje mencionado: el “mariscal” Tito, el “científico” Einstein, la “estrategia” rusa… También las cifras: en un ilustrativo capítulo, bajo la rúbrica de “Superlativos”, se presentan abundantes casos de la exagerada utilización de los números por la LTI, cifras que siempre se utilizan con malevolencia deliberada, buscando el engaño y la intoxicación, exacerbando el superlativismo: cientos de miles de prisioneros, decenas de miles de carros de combate, destrucción inimaginable en las filas enemigas, cantidades innumerables de muertos.

En el libro, más allá de los ejemplos concretos de estas obscenas e intencionadas prácticas de tergiversación, destacan también algunos acercamientos teóricos, más generales y abstractos, a las claves del proceder del Reich con el habla. Y así, se analizan la pobreza y la vacuidad de la lengua oficial, la manipulación sentimental con el fin de influir y sugestionar a las masas, la preterición de la razón, la ocultación de la verdad y la desacomplejada y consciente exhibición de notorias mentiras, la limitada uniformidad de la lengua, la adopción de fórmulas que refuerzan la pertenencia al grupo -y en consecuencia el señalamiento y la exclusión de quienes no las utilizan-, la terquedad irracional y la ausencia de dudas de los nazis, la creación de un “enemigo”, el “otro”, a quien culpar de todos los males, y tantos otros mecanismos de la psicología colectiva capaces de mantener durante largos años una delirante y sanguinaria concepción del mundo.

De la desgraciada vigencia e indeseada contemporaneidad de estos siniestros procedimientos de creación y difusión de falacias da cuenta la estrategia seguida -ideada, predeterminada, concertada y aplicada durante décadas por sus perpetradores, con el viscoso Jordi Pujol (y su inefable esposa) a la cabeza- por el independentismo catalán en la insoportable -en todos los sentidos- deriva del separatista, sectario, xenófobo, excluyente, egoísta, insolidario, supremacista, doctrinario y antidemocrático procés (como antes lo hizo -en la desgraciada etapa del furor etarra- su equivalente vasco, con el cruel añadido de la violencia física, el asesinato y el terror). ¿Qué son sino patrañas, inventos, falsedades, mendaces dobles sentidos, cuentos, embustes, “posverdades” (esa ridícula y eufemística denominación actual), meras locuciones vacías que apuntan a un engañoso significado ajeno a la realidad… qué son sino mentiras evidentes disfrazadas de supuestas obviedades, nociones como “derecho a decidir”, “diálogo”, “lengua propia”, “presos políticos”, “España nos roba”, “hecho diferencial”, el “conflicto”, “Cataluña frente a España”, “exigencia democrática”, “régimen franquista” (para referirse a la España actual), “desconexión”, “votar es democracia”, “mandato de las urnas”, “países catalanes”, “represión del Estado”, “violencia policial”, “fuerzas de ocupación”, “llenar las calles de muertos”, “gobierno en el exilio”… e incluso otros conceptos más rotundos, más “sagrados” como “el pueblo catalán” (el poble catalá)”, “la democracia” o ese insoportable “nosotros” (els carrers seran sempre nostres) con el que los golpistas de toda época y condición (en tantos casos fascistas irredentos: recuérdese el la calle es mía de Fraga en los estertores de la dictadura) reclaman su consideración de élite privilegiada frente a un resto del mundo supuestamente ignorante, inculto, embrutecido, subdesarrollado y, en definitiva, inferior? Alex Grijelmo lo ha puesto nítidamente de manifiesto en un reciente artículo en El País, del que se deriva como corolario evidente que la propaganda, ganar la batalla del “relato” -ese vocablo de abusiva presencia en los medios de comunicación actuales-, ha sido siempre la primera finalidad del poder.

Y ante la imposibilidad de glosar debidamente todas estas falsificaciones, subrayo aquí ahora sólo una de ellas, muy significativa porque entronca además de un modo patente con el universo descrito por Kemplerer y revela lo que Josep Borrell ha denominado la “división etnolingüística” que encierra la ideología independentista. La inmensa mayoría de los apellidos más comunes entre los catalanes lo son también entre el resto de españoles: López, Pérez, García, Sánchez, Rodríguez, Martínez. Para encontrar uno “genuinamente” catalán hay que ir, en Barcelona, al número trigésimo cuarto de la lista; en las otras tres provincias, apenas aparecen tres o cuatro entre los veinticinco primeros. Y sin embargo -la deformación de la realidad del nacionalismo llega a esos extremos- los candidatos electorales de los partidos independentistas, los consellers, los diputados -con la excepción de Rufián, ese vivo ejemplo del síndrome de Estocolmo-, los altos cargos del Govern, los funcionarios de libre designación en la Generalitat, demuestran todos en sus “impolutos” patronímicos su pureza de sangre genealógica (el chiste sobre los ocho apellidos catalanes o vascos resulta no serlo). Es más, al igual que en la taimada práctica nazi analizada en La lengua del Tercer Reich, cualquier “catalán” que se precie -y que aspire a hacer carrera en su profesión dentro del “nacionalismo obligatorio” de aquella comunidad autónoma- ha de unir sus dos primeros apellidos con esa “i” -aparente símbolo de la impecable catalanidad, aunque hábito tomado del castellano en el siglo XVI- que aflora por doquier en quienes copan las primeras planas y las portadas de periódicos y telediarios: Carles Puigdemont i Casamajó, Artur Mas i Gavarró, Oriol Junquera i Vies, Carme Forcadell i Lluís… y así tutti quanti, en una demostración palpable de que en las filas del independentismo prosperan el esnobismo, la cursilería, la estupidez, el afán de distinción y el complejo de inferioridad más rancios, que nos llevarían a la carcajada si el hecho no fuera la punta del iceberg de una burda y muy dañina manipulación, urdida además con el control absoluto de los medios de comunicación, el adoctrinamiento escolar, la deformación de la historia, la corrupción política, las subvenciones a los afines, la condena a la marginalidad de los “disidentes”, la ocupación total del espacio público, la propaganda institucional, la rotulación de comercios y, en definitiva, la instauración de un poderoso “régimen” de tentáculos omnipresentes, que oprime o anula o hace la vida imposible -eso sí, de manera muy “simpática” y “pacífica” y “democrática”, de nuevo la tramposa utilización de las palabras- a quien discrepa.

Las palabras pueden actuar como dosis mínimas de arsénico: uno se las traga sin darse cuenta, parecen no surtir efecto alguno, y al cabo de un tiempo se produce el efecto tóxico, leemos en La lengua del Tercer Reich. Y así es: inocular ese veneno, conformar, mediante el uso torticero del lenguaje, la visión de la mayoría hasta lograr acomodarla a la interpretación -a menudo interesada, falaz, sesgada- que sostienen sus dirigentes es el ancestral fenómeno -parece que, por desgracia, indisociable de la naturaleza humana- que describe en su formidable libro Victor Klemperer, cuyo mensaje, escrito hace setenta años, no parece haber calado en unas sociedades europeas, tan desarrolladas, tan autosatisfechas, tan modernas, que, sin embargo, parecen condenadas a repetirlo una y otra vez, como prueba esta triste Cataluña, ejemplo vivo de las más altas cotas de bienestar que el hombre ha sido capaz de alcanzar en sus muchos siglos de historia y hundida en la indignidad, la miseria y el atraso morales a los que la han condenado sus mezquinos políticos. Sic transit gloria mundi.

Una de las destacadas “víctimas” -una más- de los engaños independentistas, Joan Manuel Serrat, señalado, proscrito, objeto de persecución en su propia tierra, cierra hoy nuestro espacio con uno de sus himnos más “clásicos”, Para la libertad, en el que recrea los versos de Miguel Hernández.



¿Cuál era el medio de propaganda más potente del hitlerismo? ¿Eran los discursos individuales de Hitler y de Goebbels, sus declaraciones sobre este o aquel tema, su agitación contra el judaísmo, contra el bolchevismo?

Por supuesto que no, pues muchas cosas no resultaban inteligibles para las masas o las aburrían por su eterna repetición. Cuántas veces en las fondas, cuando aún podía franquear su umbral sin la estrella, cuántas veces durante las alarmas aéreas en la fábrica, donde los arios disponían de un cuarto y los judíos de otro, y la radio se encontraba en el cuarto de los arios (como la comida y la calefacción)…, cuántas veces oí allí los naipes golpear las mesas y las conversaciones en voz alta sobre las raciones de carne y de tabaco y sobre el cine proseguir mientras el Führer o uno de sus paladines pronunciaban sus monótonos discursos, y eso que los diarios decían al día siguiente que todo el pueblo los escuchaba. 

No, el efecto más potente no lo conseguían ni los discursos, ni los artículos, ni las octavillas, ni los carteles, ni las banderas; no lo conseguía nada que se captase mediante el pensamiento o el sentimiento conscientes.

El nazismo se introducía más bien en la carne y en la sangre de las masas a través de palabras aisladas, de expresiones, de formas sintácticas que imponían repitiéndolas millones de veces y que eran adoptadas de forma mecánica e inconsciente. El dístico de Schiller sobre la “lengua culta que crea y piensa por ti” se suele interpretar de manera puramente estética y, por así decirlo, inofensiva. Un verso logrado en una “lengua culta” no demuestra el talento poético de quien ha dado con él; no resulta muy difícil darse aires de poeta y pensador en una lengua altamente cultivada.

Pero el lenguaje no sólo crea y piensa por mí, sino que guía a la vez mis emociones, dirige mi personalidad psíquica, tanto más cuanto mayores son la naturalidad y la inconsciencia con que me entrego a él. ¿Y si la lengua culta se ha formado a partir de elementos tóxicos o se ha convertido en portadora de sustancias tóxicas? Las palabras pueden actuar como dosis mínimas de arsénico: uno se las traga sin darse cuenta, parecen no surtir efecto alguno, y al cabo de un tiempo se produce el efecto tóxico. Si alguien dice una y otra vez “fanático” en vez de “heroico” y “virtuoso”, creerá finalmente que, en efecto, un fanático es un héroe virtuoso y que sin fanatismo no se puede ser héroe. Las palabras “fanático” y “fanatismo” no fueron inventadas por el Tercer Reich; éste sólo modificó su valor y las utilizaba más en un solo día que otras épocas en varios años. Son escasísimas las palabras acuñadas por el Tercer Reich que fueron creadas por él; quizá, incluso probablemente, ninguna. En muchos aspectos, el lenguaje nazi remite al extranjero, pero gran parte del resto proviene del alemán prehitleriano. No obstante, altera el valor y la frecuencia de las palabras, convierte en bien general lo que antes pertenecía a algún individuo o a un grupo minúsculo, y a todo esto impregna palabras, grupos de palabras y formas sintácticas con su veneno, pone el lenguaje al servicio de su terrorífico sistema y hace del lenguaje su medio de propaganda más potente, más público y secreto a la vez.



Victor Klemperer. LTI. La lengua del Tercer Reich

miércoles, 10 de enero de 2018

FERNANDO SAVATER. CONTRA EL SEPARATISMO

Hola, buenas tardes. Bienvenidos un miércoles más, un año más, a Todos los libros un libro, el espacio de recomendaciones de lectura de Radio Universidad de Salamanca, que os saluda en este comienzo de 2018 deseándoos un feliz año y confiando en que gran parte de esa felicidad proceda de la lectura de muchos y muy interesantes libros.

En lo que depende de mí esa pretensión no va a verse frustrada, pues fiel a mi propósito desde el inicio del espacio -desde octubre de 2001 en Onda Cero Salamanca; desde el mismo mes de 2010 en esta emisora universitaria- voy a seguir ofreciéndoos propuestas de lectura que resulten sugerentes y atractivas. Sin duda lo es esta de hoy, la primera del año, un año en el que espero -sin demasiada convicción, todo sea dicho- que la estupidizante y peligrosa pesadilla independentista en Cataluña deje de ejercer su insidioso influjo sobre la política y, en general, sobre la vida de la sociedad española, cuyas preocupaciones, cuyos intereses, cuyos focos de atención permanecen desde hace años aletargados, suspendidos, bloqueados, encerrados en un aburrido y estéril bucle cuyo movimiento circular y sin salida llevan dictando durante décadas los constructores de esa delirante, disparatada y aberrante utopía que es la independencia catalana. Mi acentuado pesimismo en relación a este asunto no me hace presumir, lamentablemente, que la evolución de la situación tras las supuestamente clarificadoras elecciones de hace unas semanas vaya a mejorar a corto ni a medio plazo, pero, como digo, habrá que esforzarse por mantener una escéptica esperanza...

Precisamente por ello, el libro que he elegido, que explica este algo improcedente exabrupto con el que doy comienzo a mi comentario de hoy, gira en torno a esta recurrente imposición separatista. Y es que así, de un modo inequívoco, Contra los separatismos, se titula la última publicación de Fernando Savater, un alegato furibundo contra la injusta, narcisista, xenófoba, supremacista, antidemocrática, racista, reaccionaria, manipuladora, falaz, desleal y mentirosa ideología separatista y contra las desgraciadas consecuencias de su aplicación práctica en la comunidad autónoma catalana en estas cuatro décadas de -con todas sus carencias- impecable democracia española tras la muerte de Franco.

Antes de entrar a fondo en la presentación de la estructura del libro y de las tesis en él defendidas, quiero hacer una breve mención -un mero recordatorio, más exactamente- a la figura de su autor. Fernando Savater, a quien yo llevo leyendo sin desmayo y con entusiasmo desde su primer y ya revelador libro -¡¡en 1970!!-, es, a mi juicio, uno de los pensadores más profundos, libres, críticos, inteligentes, lúcidos, penetrantes, ejemplares, provocadores, apasionados, estimulantes y… divertidos, de los últimos cincuenta años. Su radical independencia, su agudeza y profundidad, su amplia erudición complementada con un genuino talento divulgativo, su formidable capacidad intelectual y una visión siempre “adelantada” de las cosas, que le han permitido anticipar ideas, líneas de fuerza, pautas de pensamiento que acabarían por ser de “uso común” lustros más tarde, lo han convertido en un referente indispensable -desde mi punto de vista, sin duda el más influyente- de la cultura española de la democracia. Hace ahora algo más de un año ya hice en Todos los libros un libro una extensa glosa de su inabarcable figura, cuando os presenté el libro quizá más entrañable para mí, el inexcusable La infancia recuperada, y ya entonces os hablé de un aspecto de su vida muy apreciable y notorio en sus últimas manifestaciones públicas, también en las bibliográficas. En marzo de 2015 murió su mujer, Sara Torres, sumiendo a su compañero de treinta y cinco años de vida en una tristeza, una aflicción, una desolación y un cierto desánimo muy perceptibles en su vida y en su obra. Incluso en este reciente libro, nada “íntimo” y en apariencia “neutro” emocionalmente, aparece ese dolor, tanto en la dedicatoria (la chica lista de Hospitalet: libre, cosmopolita y española, es, claro, ella), como en el muy emotivo prólogo y en más de uno de sus capítulos, en particular el postrero, la transcripción de su discurso en la conmemoración, a la que el filósofo fue invitado hace escasos meses, de las primeras Cortes democráticas de España, las de Cádiz de 1810, y de su principal fruto, la ejemplar Constitución de 1812. Os remito a esa reseña, que podéis leer en este mismo blog, para completar la información sobre el autor.

El librito -poco más de noventa bien “aireadas” páginas”- se organiza en tres ejes nítidamente diferenciados. Tras un breve y belicoso preámbulo de tono admonitorio -Quedan advertidos-, nos encontramos con el núcleo central de la obra, en el que, también en escasas veinte páginas, se desarrolla el alegato antiseparatista al que alude su título. Por último, en la larga mitad final del libro, bajo la rúbrica de Estocadas -muy nítida e igualmente combativa-, se recoge una decena de artículos -siempre con la misma idea vertebradora: el independentismo y sus inconsistencias- que Savater había publicado con antelación en el periódico mexicano La Crónica de Hoy y en el español El País entre junio y octubre de 2017, más un texto que vio la luz en el diario italiano La Repubblica en agosto de 2016.

El autor no se anda con ambages ni disimula su posición de partida, desde la primera línea deja clara su voluntad beligerante: No se llamen a engaño: esto es un panfleto. Y en su introducción, Savater explica la necesidad de enfrentar al separatismo sin medias tintas y sin condescender a argumentaciones ligeras y políticamente correctas. La cuestión del separatismo no es un tema para escribir una tesis o mostrar que estamos al tanto de la última bibliografía, sino una flecha envenenada que ha hecho diana en el centro mismo de nuestra convivencia nacional, escribe. Y en consecuencia, no cabe oponérsele sólo con tratados, estudios académicos o eruditas refutaciones de sus propuestas (acciones todas que también ha acometido el filósofo en tantas ocasiones). De modo que ante la perturbadora amenaza reivindica -y ejerce- su papel de desahogado provocador presentando -y las “definiciones” son suyas- un libelo difamatorio, un opúsculo de carácter agresivo, las dos acepciones de panfleto en las que se encuentra más cómodo. Cuando algo goza de una fama conseguida por medios inmundos, es lícito difamarlo, justifica.

Y así, desde esa corajuda y desprejuiciada posición, presenta sus tesis que, en esencia, se reducen a la defensa de quienes quieren vivir iguales y libres frente a quienes abogan por proyectos políticos y sociales disgregadores y que provocan el enfrentamiento civil. Savater no reniega al cien por cien del nacionalismo, sino de su versión más intransigente, el separatismo. En su sustanciosa introducción distingue entre ambos “ismos” para admitir las manifestaciones más light del fenómeno nacionalista que no conllevan, necesariamente, la ruptura, la desunión, el desgarro. Así, acepta que un legítimo y pacífico amor por la propia tierra y sus habitantes, por los paisajes y las costumbres, por las peculiaridades y la cultura que nos son más cercanos, más “nuestros”, el “natural” apego por aquello que nos resulta más familiar, constituye incluso un rasgo de estimable sensatez y razonable humanidad (aunque incluso este nacionalismo “civilizado” incurre en lo que Ferlosio -citado por el autor- denomina “moral del pedo”: ese hálito que no nos molesta salvo cuando es ajeno). Nada que objetar, pues, a esa dimensión romántica y algo trasnochada, aunque legítima, de exaltación sentimental de lo propio en la que, en último término, reposa toda argumentación nacionalista.

La arrebatada diatriba “savateriana” se dirige, en cambio, contra quienes hacen del aborrecimiento, el odio, la exclusión, la discordia y la segregación, el núcleo central de su discurso político. En el caso de Cataluña, se trata del aborrecimiento de lo español, el odio a los no nacionalistas, la exclusión de quienes no comparten la “sagrada” visión del “pueblo” catalán, la discordia entre los catalanes a partir de no se sabe qué supuestas diferencias ancestrales -genéticas, históricas, psicológicas, culturales-, y, en definitiva, la segregación entre “nosotros”, los elegidos, los ungidos por una suerte de gracia atemporal y preexistente, y el “otro”, el enemigo, el distinto, el ajeno, el charnego, el botifler, el español… ¡¡¡el franquista!!!

En Contra el separatismo podemos leer una sucinta historia de esa pulsión identitaria, al parecer irrefrenable -tan humana, tan animal-, que nos lleva a preferir lo nuestro, arropándonos en la confortabilidad y la seguridad que proporciona el grupo, la tribu, la etnia, en círculos cada vez menos cercanos, en oposición a la amenaza exterior, de la cual el extranjero siempre ha sido su representación más conspicua. El autor repasa los hitos de ese proceso, que avanza en paralelo a la evolución de la sociedad, de superación progresiva de los límites de la propia colectividad y de apertura hacia formas de organización social más inclusivas, más abiertas, más integradoras y por ello más, consiguientemente, democráticas. La civilización, la democracia, representan así la preterición de las muchas diferencias que nos constituyen -el legado biológico, el origen étnico, la raza, el sexo, la lengua, el nombre, la religión, las creencias, las peculiaridades culturales, las tradiciones, los mitos fundacionales- y la construcción de espacios sociales en los que no es ninguno de esos rasgos sino la condición de ciudadano lo relevante de cara al ejercicio de los derechos cívicos. Es la aceptación de una ley común a todos, que subraye lo que nos une, lo que permite el libre "cultivo” de esas identidades particulares que en ningún caso pueden resquebrajar el consenso general ni permitir que nadie sea discriminado por los elementos que definen su peculiar diversidad.

El separatismo es, así, a juicio de Savater, literalmente diabólico, pues dia-bolum, en su origen etimológico, es el que desune y rompe los lazos establecidos, y eso es lo que ocurre en Cataluña, cuando el independentismo antepone las leyendas ancestrales, el arraigo local, las peculiaridades regionales, la lengua específica, las versiones autónomas de la historia -en su mayor parte inventadas- a la ciudadanía democrática, que no distingue entre orígenes, raigambres, credos o cosmovisiones, idiomas o apellidos. El corolario natural de ese “corte” entre el catalán comme il faut y quien no encaja en ese fantasioso estereotipo es la discriminación y hasta la expulsión de quien no comparte las notas de esa imaginaria “pureza de sangre”.

Como es natural, una tarea de tal amplitud -la construcción de una identidad nacional excluyente- no se lleva a cabo de la noche a la mañana y de un modo sencillo. Savater pone el acento también en el largo proceso -varias décadas- que desde el mesianismo de Jordi Pujol -solo ahora desenmascarado- nos ha conducido a la actual situación. La taimada estrategia nacionalista; las sucesivas concesiones -y por lo tanto la necesaria connivencia- de los gobiernos populares y socialistas que vendieron su apoyo al pujolismo por mezquinos platos de lentejas presupuestarios; la inexplicable tolerancia -y hasta comprensión- de la izquierda de un fenómeno en esencia reaccionario y contrario, por lo tanto, a los postulados progresistas; el control de los medios de comunicación, convertidos en eficaces máquinas de propaganda; el descarado adoctrinamiento escolar; la política de subvenciones y sinecuras diversas para quien abraza, defiende y proclama la causa nacionalista; la asfixiante -y corrupta- red clientelar en los contratos públicos, los cargos de libre designación, las oportunidades de medro político y social; todas esas manifestaciones -supuestamente sutiles pero, a la luz del presente, descaradas- tienen su espacio en la reflexión del autor.

Además de por todos estos motivos ya esbozados, Savater se opone al separatismo por siete razones finales con las que cierra su opúsculo. Es antidemocrático, puesto que los poseedores de derechos son los ciudadanos, no los territorios, por lo que “Cataluña” no es dueña de una parte del territorio español sobre la que reivindicar su soberanía. Es retrógrado, al plantear un regreso al caciquismo hispánico que creíamos arrumbado en los siglos más aciagos del pasado, planteando una ciudadanía basada en la identidad étnica, la lengua única, las “raíces” de dudosa verosimilitud histórica. Es antisocial, pues defiende los privilegios regionales y las prerrogativas locales frente a la solidaridad, la redistribución y la igualdad entre territorios. Es dañino para la economía, como corrobora la generalizada huida de empresas desde el funesto comienzo del procés. Es desestabilizador, pues propicia la inseguridad jurídica e institucional y fomenta el cuestionamiento y la desobediencia a las bases democráticas del Estado de Derecho: leyes, tribunales, fuerzas de orden público. Crea amargura y frustración, pues su potencia disgregadora deshace y traumatiza, enfrenta y desune, crea odio y resentimiento entre conciudadanos, familias, amigos, rompiendo lazos sociales fuertemente consolidados desde hace siglos. Por último, constituye un peligroso precedente que, de ser consentido, alentaría las pretensiones de bretones y corsos, de bávaros y vascos, de padanos, valones y tantos otros (véase el caricaturesco y provocador ejemplo de esa desternillante -si el fenómeno no fuera dramático-Tabarnia tan incómoda -un espejo cruel- al nacionalismo), convirtiendo Europa en una ingobernable amalgama de noventa y ocho estados, como afirmó recientemente Jean-Claude Juncker, el presidente de la Comisión Europea.

Siguiendo la estela de su argumentación principal, los artículos seleccionados en la sección postrera del libro reflejan diversos aspectos del problema separatista que han requerido la atención del filósofo en sus colaboraciones periodísticas de los últimos años. La errónea impresión que tienen los corresponsales extranjeros sobre lo que ocurre en Cataluña, los paralelismos -al margen de la violencia, “formalmente” inexistente en el caso catalán- entre el procés y la dramática y asesina imposición etarra en las pasadas décadas del País Vasco, las nefastas consecuencias del problema lingüístico que el independentismo niega, el adoctrinamiento educativo, la manipulación informativa, la cobardía de los intelectuales, el absurdo mantra del diálogo, la interesada apropiación del concepto de democracia por quienes atentan de continuo contra ella, las mentiras sobre la supuesta violencia policial y el cuestionamiento implícito que desde el separatismo se hace del uso legítimo de la fuerza (en un texto que os dejo como cierre a esta reseña), las diversas sandeces proferidas por los “golpistas” y el recordatorio de la actualísima vigencia del espíritu de la Constitución de 1812, son algunos de los temas que afloran en esos artículos, de extraordinario interés, que amplían y completan la visión del asunto de fondo estudiado en el corrosivo panfleto previo.

En fin, no dejéis de leer este estimulante y aleccionador Contra el separatismo, de Fernando Savater. Os aseguro la apertura a muchas y muy sugestivas ideas sobre uno de los fenómenos más relevantes -negativamente relevantes- de estos tiempos convulsos que nos ha tocado vivir. Os dejo ahora con un interesante fragmento del libro y con una significativa canción como acompañamiento musical. Cadillac solitario, uno de los grandes himnos de Loquillo, la antítesis de la cortedad de miras separatista, viva representación del carácter cosmopolita de la Cataluña plural, mestiza, abierta e integradora que el independentismo oculta e incluso persigue.


Publicado en La Crónica de Hoy, el 18 de octubre de 2017
(El episodio de la supuesta violencia desproporcionada de policía nacional y Guardia Civil —ante los Mossos contemplativos— en la jornada del 1-O ha sido uno de los casos de manipulación más cruda y desvergonzada de la opinión pública que hemos visto en muchos años. Da idea de hasta dónde pretende llegarse para utilizar el victimismo espurio como instrumento para victimizar a los no nacionalistas y al resto del orden democrático de España).

Horror Story

Si les gusta a ustedes la comedia española del Siglo de Oro, deben ir en Madrid al teatro de Bellas Artes, donde se representa una pieza de Cervantes titulada El Rufián dichoso. Pero si prefieren el esperpento más desabrido, procuren asistir a las Cortes, donde actúa en sesiones de mañana y tarde el dichoso Rufián, que ayer mostraba dos fotografías de rostros ensangrentados, mientras acusaba al Gobierno de haber enviado a Barcelona a “salvajes” de la policía y la Guardia Civil. En la misma jornada, otro diputado catalán sumamente excitado, con muestras preocupantes de alteración psíquica, acusaba a las intervenciones policiales el día del dizque referéndum del 1-O de haber causado 893 heridos. Como la afirmación fue acogida por rumores de incredulidad y alguna risa, repitió a voces la cifra añadiendo luego “¡heridos!” en un berrido de gallo degollado capaz de resucitar a los caídos en la batalla de Maratón. “¡Toda Europa lo sabe ya!” decía, agitando una portada de The Economist, en la que “Spain” perdía su inicial, que resbalaba desmayadamente hacia un toro banderilleado en la parte inferior de la página, dejando sólo “pain” en la parte superior. Impresionante, claro, lástima que fuese de 2012 y se refiriera al plan europeo de austeridad y no a los antidisturbios...

Fotos de otros años y otras situaciones, incluso de otros países, o descaradamente trucadas... Declaraciones de “víctimas” como aquella señora de Esquerra a la que los represores le habían roto uno tras otro todos los dedos de la mano, mientras le manoseaban las tetas. Llevaba un aparatoso vendaje en la extremidad herida... ¡ah, no, en la mano contraria! Vaya con las prisas. Y a los dedos no les pasaba nada, gracias a Dios, salvo uno que tenía una leve contusión. Espero que lo del magreo de tetas resultase al menos verdad, para que no se le fuera de vacío el día... Más de ochocientos heridos pero sin hospitalizados ni partes clínicos alarmantes. Vamos, todo pura trola. Pero en Europa los medios aceptaron con hipocresía el escándalo, como si nunca hubiesen visto utilizar las porras y bastantes métodos coactivos más contundentes en manifestaciones contra el G8, en Francia, en Alemania, en todas partes... De los USA llegó una reconvención sobre los males de la violencia policial. ¡De Estados Unidos, donde la policía mata a un negro por saltarse el semáforo todos los meses! Ah, pero es que en Barcelona se trataba de gente pacífica que sólo quería votar. Aceptemos que la mayoría eran no violentos, aunque no pacíficos: porque la gente pacífica no se moviliza para realizar un simulacro democrático expresamente prohibido, que desafía a leyes fundamentales del país y agrede los derechos de sus conciudadanos. La gente pacífica no desobedece a los jueces ni a la policía y obstaculiza masivamente el orden democrático sólo porque no le gusta, poniendo eso sí a niños y ancianos como escudos para ver si ocurría algo gordo. ¡Y luego atribuirán a Donald Trump la patente miserable de la posverdad!



Fernando Savater. Contra el separatismo

miércoles, 27 de diciembre de 2017

PHILIP LARKIN. UNA CHICA EN INVIERNO

Hola, buenas tardes. Sed bienvenidos un miércoles más a Todos los libros un libro, el pequeño reducto desde el que Radio Universidad de Salamanca os ofrece interesantes recomendaciones literarias en una programación por otro lado repleta de música, literatura, cine y, en general, cultura. En estos días navideños, y en una reseña que sólo verá la luz en nuestro blog, os ofrezco una obra que ya desde su título se aviene de un modo idóneo con el ambiente invernal que nos rodea, además de constituir una lectura formidable para estos muy cortos días del año.

Y es que esta semana os traigo un libro espléndido, una maravilla de emoción y lirismo, de intensidad y poesía, de belleza y verdad, obra de un poeta, según todos los expertos -y en la medida en que caben tales rankings en literatura- el más grande de la Inglaterra de los últimos setenta años, pero que comenzó su andadura como escritor publicando novelas (cinco en total, al parecer, de las cuales tres habrían sido destruidas por el propio exigente autor, insatisfecho con los resultados). Se trata -y con la anterior información quizá su nombre ya haya acudido a vuestras mentes- de Philip Larkin, siendo Una chica en invierno el título del libro que ahora quiero proponeros con fervoroso entusiasmo. Presentada por la magnífica editorial Impedimenta, en traducción formidable de Marcelo Cohen, que también había vertido al castellano, esta vez en la editorial Lumen, Jill, la primera novela de su autor, Una chica en invierno, escrita en 1947, apareció en nuestro país a finales de 2015.

La historia que narra la novela es, en sí, relativamente sencilla. Katherine Lind es una chica, probablemente alemana -aunque ese dato solo puede deducirse a partir de algunas ligeras alusiones y no se menciona expresamente en el texto-, que se desempeña en un modesto empleo de ayudante en la biblioteca de un pequeño pueblo, también innominado, cercano a Londres, en los años finales de la Segunda Guerra Mundial. Con solo veintidós años, la joven lleva dieciocho meses de rutinaria existencia en Inglaterra, país al que ha vuelto -se desconocen los motivos, pero todo apunta a la contienda como desencadenante- desde su hogar “continental” seis años después de una estancia veraniega de tres semanas en el muy british hogar de los Fennel, tras un escolar y adolescente intercambio epistolar con el mayor de los hijos de la familia, Robin.

La novela se articula en tres partes, obviamente conectadas entre sí. La primera y la tercera transcurren en torno a una jornada -algo particular- de la anodina vida de Katherine. En el bloque inicial seguimos a nuestra protagonista que, en un gélido día invernal, debe abandonar transitoriamente su trabajo para, por mandato de sus superiores, acompañar a su casa a una asistente de la biblioteca, la señorita Green, que se encuentra indispuesta. La “acción” se interrumpe a mediodía, con la joven enferma ya en su domicilio tras un algo extraño paso por la consulta de un singular dentista. En el tercero y último se retoma el relato en el punto en el que se había abandonado, con el retorno de Katherine a su puesto de trabajo, la continuación y el término de su jornada laboral, la solitaria vuelta a casa, la llegada de la noche y el inesperado suceso, que no desvelaré, con el que finalizará el día. En ambas partes -el tiempo de la narración no llega a las doce horas- los acontecimientos se suceden con gris normalidad sin episodios especialmente destacados, más allá de las dosis de excitación e intensidad que hace nacer en la joven la perspectiva de la visita -de realización difusa y, en su caso, previsiblemente fugaz- de Robin, su indefinido y extraño amor adolescente, de permiso ahora el chico en un paréntesis de treinta y seis horas tras su movilización como soldado de Artillería y en lo que supondría el reencuentro de ambos tras seis años sin contacto. Los recuerdos del idílico -al menos en la memoria- verano en la mansión de los Fennel y las expectativas -ilusionadas pero confusas- de la inesperada cita puntean el día de una melancólica y desconcertada Katherine.

En la segunda parte, núcleo central del libro, y que encierra la clave más profunda del carácter, la personalidad y el sentido de la existencia de la joven, Larkin nos convierte en espectadores de los sucesos de aquel verano germinal, trasladándonos a las tres soleadas y pletóricas semanas -no solo en lo climatológico; la inminente guerra ni siquiera se vislumbraba en el despreocupado horizonte de los británicos- en las que Katherine, eufórica pero a la postre decepcionada, entusiasmada y triste, exultante y frustrada (dualismos todos a los que me referiré más adelante, junto a otros muy significativos en la obra), vivió -o quiso o creyó o soñó vivir- su primer amor en el acogedor entorno de la bella casa inglesa de Robin, ante la atenta y enigmática mirada de la hermana de éste, Jane, y la distanciada pero acogedora y cariñosa presencia de los amables padres de ambos.

Y esto es todo: unas pocas horas, unas escasas semanas… pero en ellas, y gracias a la maestría del autor, una vida entera, un ser humano complejo descrito con profundidad e inusitada capacidad de penetración psicológica. Y no solo ella, Katherine, sino el resto de los personajes son creaciones consistentes y verosímiles, caracteres complejos, poliédricos, de los que se muestran, con hondura y en muchos casos con breves “pinceladas”, sus misterios, sus afanes, sus monótonas ocupaciones, sus esperanzas, sus pequeños fracasos, su soledad: el señor y la señora Fennel, Robin -claro está-, la misteriosa Jane -fascinante su retrato-, pero también, en el entorno laboral, el señor Anstey, el jefe estricto e insoportable pero finalmente sensible en una faceta por desgracia oculta, la insustancial señorita Green, la desconsolada y patética señorita Parbury…

Como tantas otras veces, pues, en la gran literatura, la clave no reside estrictamente en los aspectos más superficiales de los hechos narrados, sino en lo que estos permiten entrever y en la belleza del modo en el que nos son presentados. Por el libro desfilan algunos temas de importancia esencial en la existencia de cualquier ser humano: el peso del pasado, la memoria y el recuerdo, junto a la capacidad de feliz invención que conllevan como salvaguarda frente a la mediocridad de nuestras vidas, la soledad (fuera quedaba la llanura, la ausencia de la luna, la enemistad total de las sombras, dice el narrador en una muestra, de las innumerables que pueblan el texto, de su poético estilo), la esperanza ilusionada y, simultáneamente, la realista desesperanza, los sueños, en su doble sentido, como ideaciones quiméricas y como fantasmagorías oníricas (Estaba la nieve, y el tictac del reloj. Tantos copos, tantos segundos. Y a medida que pasaba el tiempo los copos parecían mezclarse con los pensamientos, acumulándose en un vasto montículo que bien podía ser un túmulo funerario, o la punta de un iceberg cuyo cuerpo no se veía. En esa sombra derivaban los sueños, plenos de intuiciones y escalofríos, como bloques de hielo deslizándose por un canal nocturno. Se movían en una procesión lenta y ordenada, pasando de la oscuridad a la oscuridad, impidiendo cualquier suposición de que el orden pudiera romperse, o de que algún día, por lejano que fuese, la oscuridad cediera el paso a la luz. Y sin embargo no era un tránsito triste. Sueños frustrados se alzaban y caían entre bloques, protestando contra su inflexibilidad pero en el fondo contentos de que existiera aquel orden, semejante destino. Recostados en esa certeza, corazón, voluntad y todo cuanto elevara una protesta podían al fin dormirse), la tristeza, el insulso sinsentido de la vida, la desoladora necesidad de las rutinas, la salvífica posibilidad del amor...

Katherine, que tanto en su adolescencia -cuando con inocentes dieciséis años deja su país en las tres semanas de intercambio y se enfrenta a la experiencia de otras costumbres, de otros seres, de otro mundo, en la casa de los Fennel- como en su juventud -en el hastío de una grisura laboral y vital que la ahogan- se refugia en la ficción de su construido -y más deseado que real- amor por Robin para, a la postre, desencantada al comprobar la triste realidad que esconde su evanescente ficción, por el burdo prosaísmo que ocultaba su pretendida y transformadora emoción, perdida la capacidad de sentir, privada ya no solo del amor, sino siquiera de su posibilidad (Robin había sido la fuerza capaz de poner en movimiento aquel día extraordinario, una fuerza que se había ido acelerando hasta hundirla a ella misma, a algunos azares y a otra gente en un remolino de aire), resignarse (Toda persona debía esforzarse en aceptar sus desgracias con ecuanimidad) al tedio, la desgana y el aburrimiento de una vida sin expectativas ni horizontes al sentirse expulsada una vez más a la intemperie de su propia vida. Y ese conflicto, decantado en su caso por el lado negativo, el de la desilusión y la renuncia, el del fracaso y la frustración, se expresa con clarividencia en este fragmento que, pese a su extensión, no me resisto a transcribir:

No habría más Robins. Y cuando al fin recostó el pensamiento en ese nombre, comprendió todo lo que significaba. Estaba en el umbral de un tiempo en que, recién llegada a ese mismo país, ella había sido recibida por extraños y acogida en su casa. Vestida de blanco, había entrado en un mundo que bien podría haber sido el de una fiesta campestre, y había tomado las manos del de amarillo, el de verde, el de lavanda y el de rosa jaspeado. Se vio primero con uno, luego con otro, llena de emociones que podían cogerse como flores, solo para que la próxima cosecha fuese aún más exuberante. Y pensó que de algún modo él habría podido llevarla allí de nuevo. Qué idea más hermosa, y qué falsa. Había sospechado que podía ser cierta. Y porque lo sospechaba había frenado el impulso de escribir al poco de haber llegado, y cuando por fin le había escrito a Jane lo había hecho desesperada, casi como borracha, aferrándose a la posibilidad más remota de huir de la desolación que la aplastaba. Incluso aquella tarde la sospecha había estado en el fondo de su vacilación. De otro modo era inexplicable que no hubiese tomado todas las precauciones posibles para no perderlo.

Ahora que lo había perdido lo comprendía bien. Mejor tarde que nunca. Y con las fuerzas que le quedaran tendría que afrontar lo que viniese. No se atrevía a formularlo claramente, sabía de sobra cuál era la cuestión. La vida sería alegre mientras ella estuviera alegre, triste si ella estaba triste. Su felicidad dependería de la juventud y de la salud, y a nadie serviría de ayuda. Cuando estuviese enferma se extinguiría, como la llama de un quinqué que se apaga. Cuando envejeciera, se volvería tenue e infrecuente. Y en todas esas situaciones no podría ayudarla nadie, por muy sinceramente que lo intentara, por muy sinceramente que ella lo desease. Pues ni siquiera podrían tocarse, como dos personas separadas por diez metros no pueden tomarse las manos. Realmente había hecho mucho más que ir a vivir a Inglaterra. En esos dieciocho meses se había internado en una tierra que ni siquiera en sueños hubiese concebido antes, de modo que al principio le había parecido irreal. Solo ahora se iba volviendo ligeramente verdadera.

La plenitud del amor (vivido o meramente imaginado) como motor capaz de dotar de sentido a una vida que sin él se revela insulsa y carente de propósito, o las dos caras -pasión/vacío- de una misma moneda que en la novela se presenta bajo otras parejas de dualismos: el esplendoroso verano y el helador invierno; la ligereza alegre y desenfadada de la paz, radiante y luminosa, y la oscura y opresiva “pesadez” de la guerra, amenazante y ominosa; la apacible y cálida normalidad del hogar y el frío y desgarrador exilio; la irrefrenable pulsión de la vida y -a la vez- la irrefrenable pulsión de la muerte…

Y todo ello contado con la sencillez, la prosa poética, la concisión, el inteligente y casi inapreciable uso de la elipsis, el brillante recurso a la mera alusión, al “fogonazo”, a un leve detalle que sirve para describir un estado de ánimo (Le repugnaba tanto como una maraña insalubre de gusanos en una grieta), a los deslumbrantes rasgos que definen el estilo magistral de un precoz Larkin que escribió el libro con solo veintidós años. En particular, las descripciones del paisaje y sobre todo del clima, son bellísimas y operan como poderosas metáforas de los estados de ánimo (la frialdad, la gelidez de la nieve es siempre reflejo de la tristeza, de la soledad, del desánimo; la luz solar del interludio veraniego nos trae la vida, la energía, la esperanza, la ilusión). Una muestra sobresaliente es este fragmento, en el que la presencia del invierno -con la terrible realidad de la guerra que aparece tenuemente velada en una muy sutil indicación final- es recreada con reminiscencias de Joyce y el monólogo final de esa obra maestra que es su cuento Los muertos: La ciudad entera se había metido en sí misma. Las puertas y las ventanas estaban cerradas y las cortinas corridas para que no se escaparan la luz ni el calor. Fuera no había nadie. Tampoco luna que mostrase con su brillo cómo la escarcha lo cubría todo. La oscuridad pesaba como la presencia de una catedral, como una ceguera. Se extendía sobre la ciudad y los yermos helados donde las casas empezaban a distanciarse en el campo, luego sobre la hierba crujiente, luego sobre los bosques. Por la carretera pasaban flotas de camiones con cadenas, pero nada más. Katherine pensó que la oscuridad cubría no solo los kilómetros de calles que la rodeaban sino también las costas, las playas y las millas de mar ondulante que ella había cruzado y que la separaban de su verdadero hogar. Al menos su tierra y la acera por la que avanzaba compartían la misma noche, aunque las separaran cientos de kilómetros vacíos. Y allí también la gente estaría en su casa, y no pensaría mucho más que en el fuego, pues el mismo invierno caía rígidamente sobre todo el continente.

En fin, leed, por todos estos motivos, Una chica en invierno, el conmovedor relato de Philip Larkin que publica Impedimenta; estoy seguro de que lo disfrutaréis. Pese a que Larkin fue también un solvente, algo excéntrico, a menudo furibundo y siempre controvertido crítico de jazz -sus críticas, con el título All What Jazz, se publicaron en España hace unos años-, aprovecho una ligera mención a un tango -indefinido- que suena en la radio en un momento del libro, para acompañar esta reseña con Volvió una noche, un clásico de Carlos Gardel.


Durante la noche había dejado de nevar, pero, como seguía helando y los copos no se derretían, la gente comentaba que aún nevaría más. E incluso cuando la nieve empezó a fundirse, no les quitó la razón, porque no se veía el sol, sino una vasta y única capa de nubes sobre el campo y los bosques. En contraste con la nieve, el cielo era marrón. Sin la nieve, en realidad, la mañana habría parecido un anochecer de enero, pues la luz daba la impresión de surgir directamente de ella. 

Llenaba las zanjas y las depresiones del campo, donde solo se aventuraban los pájaros. En algunos caminos, el viento la había acumulado impecablemente sobre los setos. Los pueblos permanecían aislados, hasta que cuadrillas de hombres pudieran abrir senderos; en los campos resultaba imposible trabajar, y en los aeropuertos cercanos a esos pueblos se habían cancelado los vuelos. Desde sus camas, los enfermos contemplaban el brillo reflejado en los techos de sus cuartos, y algún cachorro que lo veía por primera vez lanzó un gemido y se escondió bajo el lavabo. A barlovento, las casas estaban violentamente espolvoreadas de nieve, y las vallas, semisumergidas como espigones. El paisaje entero era tan blanco e inmóvil que parecía un cuadro abstracto. La gente no tenía ganas de levantarse. Mirar la nieve demasiado tiempo producía un efecto hipnótico, anulaba todo poder de concentración, y trabajar se hacía más duro y desagradable con ese frío que entumecía los huesos. De todos modos, había que encender las velas, picar el hielo de las jarras, descongelar la leche; había que preparar el desayuno a los hombres para que marcharan al trabajo. La vida tenía que continuar, por limitada que fuese, y aunque uno no pudiera ir más allá de la ventana, en casa había muchas tareas esperando un día así. 

Pero, por brechas abiertas a lo largo de los terraplenes, corrían ya los trenes y, aunque vacíos, iban hacia el norte y el sur con la intención de unirlos, pasando por fábricas que habían trabajado toda la noche, por los interiores de las casas tras cuyas cortinas brillaban luces, y llegaban a ciudades donde la nieve no tenía importancia, ciudades que la helada, amargamente, solo podía sitiar durante unos días.


miércoles, 20 de diciembre de 2017

DAVID WAGNER. COSAS DE NIÑOS

Hola, buenas tardes. Bienvenidos a Todos los libros un libro. Esta semana, desde el espacio de propuestas de lectura de Radio Universidad de Salamanca, quiero recomendaros un libro, de difícil adscripción genérica, como luego veréis, pero de indudable atractivo, pese a que no se trate de una obra excepcional o con unos valores literarios sobresalientes por los que pueda pasar a la historia de la literatura. Sin embargo, este Cosas de niños del que hoy quiero hablaros es un libro más que estimable en el que podemos encontrar numerosos motivos para la reflexión y el conocimiento, y con el que, por encima de todo, nos aseguraremos muchos momentos de emoción, pues todo él rezuma sensibilidad y ternura, deliciosa dulzura y amable melancolía, sutil sentido del humor y apreciable, aunque sin enojosos énfasis, alegría vital. El libro, escrito por el alemán David Wagner, se presentó en España a finales de 2015 en la editorial Errata Naturae, en traducción de Esther Cruz Santaella. Hace unos meses, la editorial publicó también otra obra de Wagner, una recopilación de artículos y ensayos sobre Berlín, ciudad en la que actualmente reside.

Cosas de niños consiste en ciento once breves textos, a veces de menos de una página, en los que el narrador describe -con intensidad poética- distintos momentos de la relación con su pequeña hija, escenas significativas de los primeros años de la niña, comentarios sorprendentes de ésta, ocurrencias, preguntas, reacciones inesperadas y desconcertantes nacidas de su infantil inocencia. Estas situaciones operan como el desencadenante de las evocaciones del padre, en las que afloran episodios de su propia infancia, aspectos del trato con sus padres e incluso con sus abuelos, y reflexiones sobre la paternidad, sobre la admiración y el encantamiento cotidianos, sobre la responsabilidad y los temores que entraña el ejercicio de la condición de padre, también sobre el aprendizaje y el hecho de hacerse mayor, sobre el significado de la madurez, sobre el paso del tiempo y el sentido de la vida. Se trata de experiencias y apreciaciones en las que cualquier lector -padre o no- que haya tenido contacto con niños de esas edades tan pequeñas encontrará motivos para el común reconocimiento; un hecho -el carácter “universal” de lo narrado- subrayado voluntariamente por el autor, que opta por no “individualizar” a sus protagonistas, al no nombrarlos -son el padre, la niña-, huyendo así, pienso, de lo específico de las anécdotas relatadas y dotando por tanto a su obra de una dimensión más general con la que cualquiera pueda identificarse.

La estructura del libro, planteado como un agregado de “escenas” aisladas, que pueden leerse con autonomía y en las que no hay sucesión ni progreso ni evolución de los supuestos “personajes”, lo aleja de la novela -aunque solo a priori, pues ya hemos señalado aquí en bastantes ocasiones cómo son de flexibles las fronteras del género-, estando el resultado final más cerca, quizá, del diario o de algún otro tipo similar de obra de no ficción, siendo a mi juicio patente la naturaleza autobiográfica del libro. Este esquema fragmentario -y la belleza y la capacidad evocadora de muchos de los textos- me ha llevado a dedicar a Cosas de niños tres programas en mi otro espacio de Radio Universidad de Salamanca, Buscando leones en las nubes; tres emisiones, que podéis escuchar en el blog del mismo título, en las que se recogen cerca de cuarente de estas “instantáneas”, pequeños cuentos, en cierto modo, o microrrelatos, todos muy bellos, llenos de ternura y sencillez.

Con la narración habitual del padre -aunque en algunas ocasiones aparecen también las voces del abuelo o de la propia niña; la madre ha muerto y su ausencia impregna gran parte de la obra- y en capítulos encabezados por títulos a menudo escuetos pero siempre muy descriptivos, por el libro discurren una gran cantidad de estas “escenas”, experiencias consabidas de la infancia, muchas de las cuales están en nuestra memoria porque, de una u otra forma, todos las hemos vivido. Así, en una enumeración no exhaustiva y forzosamente incompleta, conocemos los problemas que ocasionan el constante cambio de los cochecitos del bebé y la compra de ropa, el tamaño de unos y la talla de la otra siempre inadecuados frente al crecimiento de la niña (las tallas de ropa infantil son una unidad de tiempo); las rutinas del mutuo peinado matinal (ahora tienes el pelo bien, dice la hija, después de repasar de mil formas el pelo de su padre); las peripecias en las zonas de juegos en los parques; las preguntas ante las retransmisiones deportivas en el televisor (¿Por qué están corriendo ahí?); el desconcierto de la niña cuando, en el tranvía, lo que se ve por la ventanilla parece en movimiento (todo se va, dice); las canciones infantiles; la exigencia paterna de recoger y ordenar los juguetes tras el juego (la niña, que lo deja todo revuelto, se pasea por su cuarto repitiendo sin embargo, inconsciente, la fórmula que ha oído al padre: ¡Organización! ¡Organización!); el aprendizaje de los códigos luminosos de los semáforos (Los lobos que vienen a la ciudad no saben, claro, que tienen que esperar cuando está en rojo, explica con un para ella evidente razonamiento); los cuentos y las historias que hay que repetir una y otra vez (¡lee más!, ¡lee bien!, reclama la niña cuando el padre, agotado, se adormece ante el libro); los primeros avances en la escritura; la simulación de conversaciones telefónicas, imitando a los mayores; las muy imaginativas formas -un castillo, una cabeza, una ballena- que construye con la ropa de cama, escultora de edredones, como la llama el padre; la lamparilla que ilumina la penumbra y ahuyenta los temores nocturnos; el encantamiento que provoca la visión de la luna (en el bello fragmento que dejo como cierre a esta reseña); las discusiones familiares en la atribución de parecidos (mi padre dice que le recuerda a su madre); la bella impostura navideña; la fascinación de los abuelos por su nieta; la consciente aceptación por el menor de su “papel” de niño y su consiguiente “actuación” conforme a lo que esperan de él los mayores; la nostalgia de la madre ausente; el particular léxico familiar inventado (pantalonzotes, croco, infinidad de onomatopeyas); la constante insistencia en las repeticiones: de cuentos, gestos, formas, palabras; las imitaciones de las actitudes y expresiones adultas (“en realidad” quiero un helado); el rápido aprendizaje como por ósmosis; los geniales hallazgos lingüísticos, auténticas greguerías surgidas de la ingenua mente infantil (El cojín es un ravioli gigante; un charco es una pizza grande); la necesidad de nombrar el mundo (esto es una azada, esto es una paleta, esto es una pala) y poner palabras a cualquier situación; los besos sonoros y marcados (besarse sólo lo pueden hacer quienes se entienden muy bien); las primeras, inocuas, palabrotas traídas de la escuela (soplagaitas, oveja mala, lamecacas); la relativización que impone a la seriedad adulta la mirada desprejuiciada del menor (la lentitud del coche que les precede en la carretera y que provoca la irritación del padre, induce el comentario de la niña que desactiva esa ansiosa ira: a lo mejor el coche está roto); la incómoda y a veces provocadora sinceridad de los niños (esa mujer tiene el pelo enredado); la despótica actitud de la hija, que establece, estricta, las exigentes reglas en los juegos, el escondite y el pillapilla, el mono y el cocodrilo; la incomodidad de la pequeña en los viajes en coche; las cambiantes preferencias de la niña en relación a su profesión de mayor (quiero ser vendedora… estudiante… bailaora de flamenco); la “construcción” de una vivienda propia en cualquier rincón, debajo del escritorio del padre, en un cartón vacío, bajo el asiento del piano; los interrogantes ante su imagen en el álbum de fotos (¿dónde estaba yo ahí?); la curiosidad ante las pertenencias paternas y el consiguiente rebuscar en sus cajones, en su escritorio; la atracción por lo escatológico y lo que suscita asco (pizza de pipí con salsa de araña, sopa de cera de oídos, ensalada de uñas); las imprevisibles y absurdas filias y fobias gastronómicas; los interminables baños en la piscina (¿tengo ya la piel de gallina?, ¿tengo ya los labios morados?); las madres, las tías, las abuelas que, generación tras generación, indefectiblemente, empapan de saliva los pañuelos para frotar, inclementes, las sucias caras de los pequeños; los abrazos entregados, desprendidos, incondicionales, estrechos, apretados, de los niños; la permanente protección del hijo por su padre, su preocupada vigilancia (De vez en cuando, parece como si fuera la niña la que lleva al padre, como si la niña tuviese cogido al padre de la mano); la alegría, el constante asombro, la risa; las inquietantes preguntas sin respuesta (¿Dónde estaba yo cuando no estaba aquí? ¿Estaba en el cielo? ¿Qué hacía allí?; ¿Por qué las parejas se ponen los brazos alrededor del cuello? ¿Ya no saben andar solos?; ¿Los niños salen de la barriga? ¿Hay también comida dentro? ¿O solo está el bebé?); el orgullo con el que se lucen las cicatrices, las postillas, los moratones, los esparadrapos; las curas milagrosas de los golpes, las heridas, los rasguños (¿soplo?); las inconsolables lágrimas; los secretos; los enternecedores y espontáneos regalos de la niña al padre (una concha, una piedra, dos castañas, una colilla, una flor, un chicle y una piruleta que ya no le gusta); la felicidad sin condiciones del baño, de la ducha, del chapoteo en la bañera, el alborozo con los muñecos y juguetes en el agua, el pelo mojado, el posterior “hundimiento” en el acogedor albornoz con capucha… y tantos otros ejemplos de este arsenal de vivencias conmovedoras que es la infancia.

Y en la presentación de todas estas entrañables experiencias se superponen, como se ha podido comprobar en el rápido elenco reseñado, los inocentes y por ello imaginativos comentarios de la niña, que “entiende” la realidad desde ángulos insólitos para un adulto, con las impresiones casi siempre sorprendidas y a la vez cariñosas y comprensivas pero también melancólicas del padre. Por un lado, el comportamiento y las expresiones de la niña permiten constatar la genialidad de la infancia, que encierra en su ingenuidad otra forma de ver la vida, más sencilla y auténtica, sin las muchas veces absurdas y reduccionistas constricciones que conlleva la madurez. En este sentido, el padre relata los pequeños acontecimientos de la vida con su hija desde una posición de apertura y humildad, aprendiendo de la niña, siendo consciente de que su supuesta ignorancia infantil constituye otra forma de sabiduría, aprovechando las muchas enseñanzas que de ella se derivan. Porque, a partir del concreto suceso narrado, el padre se sume en consideraciones y análisis provocados por la ruptura de la normal lógica de las cosas que desvela el comportamiento infantil. De este modo, el adulto se abisma, nostálgico, en sus propios recuerdos (Me acuerdo, tengo esa impresión, de cada momento de mi infancia cubierto de polvo en otro continente, o emigré hace mucho, y no me acuerdo, o cada segundo, cada hora, cada día me desvié de él una distancia minúscula. Cada año, uno o dos centímetros más. Y con el tiempo pasaron a ser cuatro o cinco o seis mil años o kilómetros. De repente, un Atlántico entre nosotros, querida infancia), constata el inexorable paso del tiempo (Sólo he girado la cabeza y se me han ido diez, quince, veinte años. La niña se ha bebido el tiempo. Y aún sigue teniendo sed. La niña siempre tiene sed), se plantea el cambio vital que la hija supone, la aparición de una nueva forma, más intensa, incomparable, de responsabilidad (Desde que la niña está aquí, yo también estoy siempre aquí), es consciente de la continuidad, biológica, de especie, casi cósmica, que la aparición de un nuevo ser entraña (A veces me da la impresión de que soy simplemente la continuación que mis padres, sus padres y todos los otros antes concibieron. Me da la impresión de que no tengo vida propia. De que estoy compuesto simplemente por un programa que se ejecuta por sí solo, como siempre se ha ejecutado y desarrollado y, si no sobreviene nada, sigue ejecutándose y desarrollándose, otras cien o mil veces, igual que ha funcionado durante miles de generaciones antes que yo), y, en definitiva, se reconcilia con la condición mortal que a todos nos angustia al entender que un día la niña estará en mi lugar, como yo estoy donde mis padres, abuelos y bisabuelos estuvieron, y que, por lo tanto, en la progresiva sucesión de generaciones superamos a la muerte, pues nos perpetuamos en los hijos, y estos en los suyos, y estos en… Y así, en una cadena sin fin, podemos creernos -triste consuelo- inmortales. Desde que está la niña, ya no temo más a la muerte. Sé positivamente que permaneceré.

Y está, además, la necesidad de contar, de comunicar, de transmitir esta revelación que la presencia de la niña descubre. Otro eje destacado del libro lo constituye la “justificación” de esa necesidad, de la importancia de contar historias. Cuando el padre recuerda el cuartillo, una especie de despensa con una alacena en la que su abuela almacenaba alimentos, los biscotes, las galletas, las compotas, el flan de semolina solidificado, todos postres antiguos que ya no están de moda, a cada uno de los cuales la abuela asociaba una historia, comenta: A veces, esa habitación, el cuarto oscuro, me rodea de repente. Y como me parece tan vacía, pienso que debería llenarla, poner historias en las estanterías, hacer conservas con relatos, hacer pasteles, poner anécdotas y restos de comida en conserva y macerar vivencias. E insiste: Cuartillo. Noto como si pudiera entrar en esa palabra, cerrar la puerta tras de mí y empezar a llenar todo en mi interior, como si pudiera comerme todas las historias y todas las palabras conservadas. Como si pudiera llenar todo en mi interior, comérmelo todo y conservarlo.

En fin, os recomiendo vivamente que entréis en el cuartillo de las muy tiernas historias de este Cosas de niños, el estimulante libro de David Wagner. Cierro ahora esta reseña con una canción que la complementa musicalmente. Un tema, como resulta evidente, que habla de la relación padre/hija: Father and daughter, de Paul Simon.


Papel de pared

No enciendas la luz, no, por favor, dice la niña en mitad de la noche, está despierta, viene a mi cama y dice: Ahí está la Luna. Y se refiere a las ventanas iluminadas de la casa de enfrente.

Ha salido la Luna, canta la niña, es la canción más triste que conozco y, de repente, por supuesto estoy dormido ya, me parece que está cantando mi madre. La niña vuelve a dormirse y yo estoy totalmente despierto.

En todo lo que digo o canto, me parece que la voz de mi madre está cantando por detrás. Como si no fuese más que el intento de volver a oír otra vez su voz, que ya no logro recordar en absoluto. Se marchó de repente.

Puedo ver el Sol, dice la niña, está menos oscuro de lo normal, la Luna llena está detrás de las ramas y brilla a través de la ventana, sobre el papel de la pared. Otras noches dice que la Luna parece roída. ¿No dicen lo mismo casi todos los niños a esta edad? ¿No ha dicho también que la Luna podría ser un queso? ¿Y nosotros los gusanos?

Veo la Luna, dice la niña, veo la Luna. La Luna siempre está con nosotros. Sí. La Luna está siempre ahí. Un par de días después, quiere subir con un cohete a la Luna. No sé de dónde ha sacado la palabra cohete.

Y me veo, a la luz de la Luna, en mi habitación de cuando era niño, en mi antigua habitación de niño, la primera, que sólo conozco ya por fotos, delante de un armario empotrado en el que están los juguetes, en una casa de los años veinte. La niña está de repente ahí y se ríe, la niña está ahí, la niña vive ahora allí, ha tomado la habitación.

A veces doy vueltas en duermevela y palpo el papel de la pared de esta casa hace tiempo desvencijada, el papel que cubre el yeso del muro, el tabique de carga, que ya no existe. Lo único que queda es el tiempo entre ese muro y yo.

En este recuerdo, en la pared aún hay pegado un papel con dibujos de payasos y forzudos, el papel de pared del circo de mi segunda habitación de niño, que más tarde, como ya no me gustaba, se tapó con un papel de fibra gruesa que amarilleó.



David Wagner. Cosas de niños

miércoles, 13 de diciembre de 2017

JANE AUSTEN. EMMA

Hola, buenas tardes. Bienvenidos una semana más a Todos los libros un libro. Esta tarde, con el año 2017 languideciendo, no quiero desperdiciar la ocasión de reincidir en un consejo de lectura que ya os hice -desde otro enfoque- hace unos meses, aprovechando entonces la conmemoración del bicentenario de la muerte de Jane Austen, la excepcional escritora británica. El pasado mes de julio os presenté aquí mi reseña de Orgullo y prejuicio y os hablaba también de otras novelas de la inglesa -Juicio y sentimiento, Mansfield Park-; una reseña -en la que os invitaba igualmente a ver algunas de las películas y series basadas en su espléndida obra- que podéis recuperar ahora en el blog del programa. Desde entonces he tenido una nueva -y muy interesante- ocasión de acercarme a la figura de Jane Austen, razón por la que me decido a volver a hablaros de ella, en este caso proponiéndoos otra de sus novelas mayores, Emma.

Hace unas semanas realicé un breve pero intenso viaje literario -llamémosle así- que quiero recomendaros y que me llevó durante cuatro días a recorrer parte de los escenarios principales de la vida de la escritora. Un pequeño grupo de “devotos austenianos” -y creo que no exagero con el término- visitamos la bellísima ciudad de Bath, en donde se ubican varias de las casas en las que vivió Jane con su familia; también Chawton, el encantador pueblito que alberga la que fue su residencia en los últimos ocho años de su existencia y en cuyo precioso cementerio se hallan las tumbas de su madre y su amada hermana Cassandra; y por último Winchester, a donde fue trasladada en las semanas postreras de la enfermedad que acabaría con su vida y en cuya impresionante catedral están enterrados sus restos. En el apasionante periplo pude entrar en algunas de sus viviendas, pasear por las dependencias que la acogieron, observar detenidamente sus pertenencias, las plumas, los cuadernos, los libros, los muebles, las ropas, los objetos de uso cotidiano, los diversos enseres, contemplar sus retratos, ojear sus manuscritos, deambular por los apacibles jardines que ella misma frecuentó, conocer su entorno más inmediato -calles, plazas, tiendas, casas de té, salones de baile-, recrear las condiciones de su vida y empaparme, en fin, de su intimista y sensible universo. Liderado por Espido Freire, autora de un libro, Querida Jane, querida Charlotte, en el que se acerca a la biografía y la obra de Jane Austen y Charlotte Brönte, el grupo se “entretenía” cada noche en unas apacibles y muy jugosas veladas en las que, al término de las andanzas del día, se diseccionaban los libros de la protagonista y motivo principal de la “excursión”.

Estimulado por la experiencia, pues, y con la doble excusa del cierre del año del bicentenario y de las propuestas viajeras a las que lleva entregándose Todos los libros un libro en estas jornadas pre-vacacionales, aprovecho la ocasión para, además de persuadiros de la conveniencia de visitar los lugares mencionados -una experiencia difícilmente olvidable-, invitaros a leer Emma, una estupenda novela, objeto también de varias traslaciones cinematográficas. (Por cierto, y en relación con la dimensión literaria de ese reciente recorrido, en él he conocido -además de los “lugares” de Jane Austen- otros dos enclaves que han sido escenario de otras tantas formidables novelas: Stonehenge, el imponente monumento megalítico del siglo XX antes de Cristo, que aparece en las escenas finales de Tess de los d’Urberville, la magistral novela de Thomas Hardy de la que os hablaré aquí dentro de unos meses, y las termas de Bath, marco en el que se desenvuelve Un cadáver en los baños, la décimo tercera entrega de la serie de veinte protagonizada por la genial creación de Lindsey Davis, Marco Didio Falco, el inteligente y divertido investigador de la Roma del siglo primero de nuestra era, a cuya figura ya dediqué una emisión en nuestro espacio hace varios años, y sobre el que os prometo volver, indirectamente, a partir del nuevo personaje de la Davis, Flavia Albia, hija adoptada de Falco y protagonista de otra serie que cuenta hasta ahora con cinco novelas).

La versión de Emma cuya lectura quiero aconsejaros ahora es la publicada por Alba Editorial en 2010, en la muy atractiva colección Alba Maior que dirige Luis Magrinyà. El libro, que aparece en estupenda traducción de Sergio Pitol, con los sugestivos dibujos de Hugh Thompson recogidos de la edición de 1896 y con una original portada que muestra algunas cartas diseñadas por Matthias Backofen en el siglo XVIII, se puede encontrar también en otros sellos de reconocido prestigio en nuestro país. A destacar las publicaciones de Alianza Editorial, con traducción de José Luis López Muñoz, y la de Penguin, trasladada al castellano por José María Valverde. Esta última edición presenta un erudito y sin embargo interesante prólogo, que no deberíais perderos, a cargo de Fiona Stafford, catedrática de lengua y literatura inglesa en la Universidad de Oxford.

Aparecida en 1816 de forma anónima (“por el autor de Orgullo y prejuicio”) en una edición en tres volúmenes según la tradición de la época, Emma fue la última obra de Jane Austen publicada en vida. Tras su muerte aún verían la luz La abadía de Northanger y Persuasión, también interesantes aunque no tanto como sus obras mayores, las mencionadas Orgullo y prejuicio, Juicio y sentimiento, Mansfield Park y la que hoy os comento, esta Emma que, aunque pertenece sin duda al territorio literario de la autora y participa de su atmósfera más reconocible, presenta, sin embargo, algunas sustanciales diferencias que paso a comentaros.

Por de pronto, y en el terreno de las similitudes con el resto de los títulos de Jane Austen, en Emma están sus temas recurrentes, de manera singular el del matrimonio (aunque aquí en menor medida que en otros textos), y también las muestras reveladoras de los principales rasgos que caracterizan su época, los rituales y los valores, los principios y las pautas de comportamiento de la sociedad de su tiempo. En el mismo sentido, en la novela -como ocurre en las demás citadas- tienen una muy notoria presencia, expresa pero también indirecta y latente, las costumbres sociales, las diferencias de clases, los hábitos cotidianos de la aristocracia rural británica, reflejadas en la descripción de las propiedades y las mansiones, y perceptibles también en las diversiones y el ocio, las charadas y los chismes, los juegos de cartas, las visitas entre familias, las misivas y los mensajes, las invitaciones y los almuerzos, las formalidades, las ceremonias y los protocolos, los bailes y los paseos por una naturaleza, la de la campiña inglesa, de una poderosa presencia. En estos escenarios de fidedigno realismo afloran las ilusiones y los afanes, las emociones y las dudas, las esperanzas y los titubeos de sus protagonistas, presentados todos -incluso los numerosos secundarios- con una excepcional fuerza de penetración psicológica “marca de la casa” en la autora de Hampshire.

Con este mismo marco de referencias, Emma, sin embargo, se escapa al prototipo de las restantes heroínas “austenianas”. Y es que la joven señorita Woodhouse, inteligente, bella y rica, con un hogar cómodo y una predisposición a la felicidad, tal y como se la describe en el conocido comienzo del libro (un fragmento inicial que os dejo al término de esta reseña), no busca marido desesperadamente, y ello marca una nota distintiva fundamental con el mundo de Lizzie Bennett o Marianne Dashwood, protagonistas de Orgullo y prejuicio y Juicio y sentimiento respectivamente. Emma no tiene problemas de dinero, es económicamente independiente (o tan sólo dependiente de un padre mayor de cuyo patrimonio será heredera) y no se ve urgida, pues, por especiales preocupaciones materiales (había pasado casi veinte años en este mundo sin conocer grandes trastornos ni padecimientos). El matrimonio, que para tantas mujeres de la época era, fundamentalmente, la solución a un problema económico, le parece, por lo tanto, una cuestión irrelevante.

La ausencia de anhelos matrimoniales y una inusitada soledad consecuencia de la muerte de la madre y de la boda y consiguiente alejamiento del hogar familiar de su institutriz y amiga -la generosa señorita Taylor- parecen condenarla a una apacible y tediosa existencia en la que la sola compañía de su anciano padre no puede paliar el inmenso aburrimiento de su vida por lo demás perfecta. Y es entonces -y es por ello- cuando la inocente joven se entregará a la “apasionante” tarea de “arreglarle la biografía” a su nueva reciente amiga, la humilde, sencilla y poco agraciada -en todos los sentidos- Harriet Smith, desatendiendo las advertencias de su cuñado, el serio, inteligente, ponderado y muy racional señor Knightley.

A partir de estos acontecimientos iniciales, la novela entera es una sucesión de los muchos despropósitos en los que incurre esta en el fondo entrañable antiheroína, pues fuertemente imaginativa como es, influida por sus casi siempre absurdas ideas preconcebidas, por su irracional buenismo, por su torpeza y falta de intuición, Emma mete la pata de continuo, se confunde constantemente y no para de proporcionar consejos sentimentales que acabarán por revelarse a cual más errado. Estamos, por tanto, en cierto modo, ante una novela de corte humorístico, en la que la impericia, la desmaña de su personaje principal no dejan de provocar desconcierto y confusión que, aun siendo sombríos y hasta dolorosos en su origen, se resuelven en muy benévolos enredos y en leves y embarazosos malentendidos, en un final que, obviamente, no voy a desvelar.

En las novelas de Jane Austen siempre conocemos a los personajes -y nos hacemos una idea de ellos- a través de la mirada de la protagonista, pero en el caso de Emma este recurso resulta especialmente notorio, pues son muchos los que sólo se describen “por alusiones”, por decirlo así. Además, aquí el “fenómeno” es singularmente chocante porque, llevado de la mano por la errónea percepción de la joven, la impresión que el lector se hace de sus “compañeros de reparto” es a menudo desacertada, pues cuando Emma analiza o juzga o infiere o deduce se equivoca inevitablemente, yendo de error en error, casi siempre descaminada y confundida (en unos cambios de perspectiva que tienen un correlato en el estilo elegido, pues el relato en tercera persona cambia una vez tras otra con la constante irrupción de un estilo libre indirecto, a través de diálogos, cartas, citas o referencias literarias). Con el paso del tiempo y la reiteración en sus desacertadas apreciaciones, Emma se nos muestra cada vez más apesadumbrada y perpleja, más contrita y abrumada. Con una vanidad increíble, había creído estar en el secreto de los sentimientos de los demás; con arrogancia imperdonable, se había propuesto arreglar el destino de todos. Y no había habido caso en que no se hubiera equivocado. Además, había sido dañina: había hecho daño a Harriet, a sí misma y, según temía, al señor Knightley, termina por reconocer. Y todavía, aún más categórica: Me temo -se dijo- que tengo muy poco que ver con el buen juicio. O esta afligida confesión final: Tenía la impresión de haber arriesgado la felicidad de su amiga por motivos del todo inconsistentes.

En la película dirigida en 1996 por Douglas MacGrath y protagonizada por una jovencísima Gwyneth Paltrow, con Ewan McGregor, Tony Collette, Greta Scacchi y Jeremy Northam, un elenco que constituye sin duda un insuperable error de casting, apenas queda rastro de los muchos motivos de interés de la obra en que se inspira. La complejidad estructural de la novela se diluye en una rápida sucesión de escenas encadenadas que impide disfrutar de la profundidad de los caracteres dibujados en el libro. Se trata, tan sólo, de un digno entretenimiento, una comedia frívola y algo insustancial, hecha de enredos y cotilleos, que no se salva ni por la presencia luminosa de su actriz principal.

En fin, no hay ya tiempo para más. Espero que mi doble recomendación de hoy, la de viajar a Bath y recorrer la geografía de Jane Austen en los condados de Somerset y, sobre todo, Hampshire, y, claro está, la de leer sus excepcionales novelas, en particular esta entrañable Emma de la que hoy os he hablado, os pueda interesar. Como cierre musical a mi comentario os dejo con una pieza incluida en la película referida, Silent worship, una adaptación, hecha en 1928 por Arthur Somervell, del aria Non lo dirò col labbro de la ópera Tolomeo compuesta por Handel en 1728. La interpretación es de Gwyneth Paltrow y Ewan McGregor que la cantan a dúo en la cinta.



Inteligente, bella y rica, con un hogar cómodo y una predisposición a la felicidad, Emma Woodhouse parecía reunir algunos de los bienes más preciosos de la existencia; y, en realidad, había pasado casi veinte años en este mundo sin conocer grandes trastornos ni padecimientos.

Era la menor de las dos hijas de un padre afectuoso e indulgente, y desde muy pequeña, a raíz del matrimonio de su hermana, reinaba en la casa como ama y señora absoluta. Su madre había muerto hacía ya demasiado tiempo para que le quedara más que un vago recuerdo de sus caricias, y su lugar había sido ocupado por una excelente mujer, su institutriz, quien por el afecto que le brindaba era casi como una madre.

La señorita Taylor había pasado dieciséis años en casa de la familia del señor Woodhouse, menos como institutriz que como amiga, muy encariñada ambas hermanas, sobre todo con Emma. Existía entre ellas una intimidad fraternal. Aun antes de que abandonara el cargo de institutriz, la dulzura de su carácter le había impedido imponer una disciplina rígida, y más tarde, desvanecida cualquier sombra de autoridad, habían vivido juntas como amigas devotas. Emma hacía lo que se le antojaba y, aunque estimaba en mucho el juicio de la señorita Taylor, se guiaba predominantemente por el propio.

En realidad, los verdaderos males, en el caso de Emma, eran la posibilidad de actuar demasiado a su arbitrio personal y cierta tendencia a pensar demasiado bien de sí misma; estas imperfecciones amenazaban turbar sus muchos placeres. Sin embargo, el peligro era tan poco advertido que de ninguna manera se podía decir que la felicidad de Emma estuviera amenazada.

Un pesar se presentó -un dulce pesar-, aunque no del todo en forma de sensaciones desagradables: la señorita Taylor contrajo matrimonio. La pérdida de la señorita Taylor le ocasionó el primer dolor de su vida, y fue el día de la boda de aquella amiga querida cuando Emma se sintió por primera vez asaltada por sentimientos sombríos. Una vez celebrada la boda y después de haberse marchado los cónyuges, su padre y ella reunieron para almorzar, sin la perspectiva de una tercera persona que alegrara la velada. Después de la comida, el padre se retiró, como era su costumbre, a sus habitaciones y a ella no le quedó sino sentarse a meditar en lo que había perdido.

Aquel acontecimiento ofrecía a su amiga todas las promesas de felicidad. El señor Weston era un hombre de carácter intachable, fortuna regular, edad adecuada y modales agradables; y Emma experimentaba cierta satisfacción al reflexionar en el desinterés, en la generosa amistad con que siempre había deseado y favorecido aquel enlace; sin embargo, aquel fue un día negro para ella: la ausencia de la señorita Taylor se haría sentir de un modo mayor cada nuevo día. Emma recordaba su antigua bondad, -su afecto de dieciséis años- y cómo, desde que tenía cinco años, le había impartido lecciones y jugado con ella, cómo había hecho todos los esfuerzos imaginables para divertirla y entretenerla, cuando estaba bien de salud, y cómo la había asistido en las distintas enfermedades de la infancia. Había en aquella relación una gran deuda de gratitud: pero el recuerdo más querido y más tierno era el de la amistad de los últimos siete años, la vida en común en una relación de igualdad y sin reservas que siguió al matrimonio de Isabella. La señorita Taylor había sido una amiga y compañera como muy pocas se encuentran en la vida, inteligente, bien informada, servicial, amable, conocedora de todos los hábitos familiares, preocupada por todos sus problemas y especialmente atenta a su alegría, a sus proyectos; una amiga a quien se le podían confiar todos los pensamientos tan pronto como éstos nacían, y que tenía por ella tanto afecto que nunca podía encontrarle la menor falta.

¿Cómo iba a poder soportar el cambio? Era cierto que su amiga se establecería a menos de un kilómetro de distancia; pero Emma podía darse perfectamente cuenta de que existía una gran diferencia entre una señora Weston a menos de un kilómetro de distancia y una señorita Taylor en casa; y a pesar de todos sus privilegios naturales y domésticos, la joven corría el riesgo de sufrir de soledad intelectual. Amaba tiernamente a su padre, pero éste no era suficiente compañía para ella, y, en la conversación, seria o jocosa, no tenía la posibilidad de estar a su altura.



Jane Austen. Emma