Vivo entre muchos libros y extraigo una gran parte de mis ganas de vivir del hecho de que aún leeré la mayoría de ellos. (Elias Canetti)

miércoles, 16 de enero de 2019

JOAQUÍN BERGES. LOS DESERTORES

Hola, buenas tardes. Bienvenidos un miércoles más a Todos los libros un libro, que hoy os trae una recomendación de lectura que, en cierto modo, “arrastramos” aún del año pasado, de ese 2018 recién terminado. Y es que, con el frenesí editorial que inunda de publicaciones nuestras librerías y la consiguiente imposibilidad de leerlas todas -además en el momento supuestamente “oportuno”-, siempre quedan libros condenados a aparecer aquí con retraso. Aunque, como tantas veces he dicho en este mismo espacio, ¿desde cuándo un libro que se precie debería tener fecha de caducidad? El valor de la buena literatura se muestra, entre otros rasgos, en su permanente vigencia, en su capacidad para ser leída y para tocar nuestra inteligencia y nuestra sensibilidad años, décadas, hasta siglos después de su escritura. 

Sin embargo, la novela -si es que, como tantas otras veces, puede llamarse novela a una obra híbrida, a caballo entre la ficción y la realidad- que esta tarde quiero proponernos está anclada, al margen de esa indudable calidad intemporal a la que me he referido, a una efeméride acontecida en los últimos días de 2018. Como seguro sabréis, pues el hecho fue objeto de atención por los medios hace un par de meses, el 11 de noviembre pasado se cumplieron cien años de la firma del armisticio que ponía fin a la Gran Guerra, la devastadora Primera Guerra Mundial. La brutal contienda, sus absurdas causas, sus terribles efectos, su desgraciada repercusión en las gentes de una Europa destrozada por los combates, sus millones de muertos, ya habían sido el centro de atención en 2014, cuando se celebró el centenario de su inicio, de hasta ocho emisiones de nuestro espacio, en las que os presenté una decena de libros de distintos géneros, sobre todo novelas pero también textos ensayísticos, poesía y hasta obras de fotografía, cómics o alguna muestra de escritura epistolar con la “primera guerra moderna” como eje principal. Con títulos nacidos desde “bandos” diferentes del conflicto -Francia, Alemania, Gran Bretaña o Estados Unidos-, escritos por Louis Barthas, Florian Illies, Jean Echenoz, John Dos Passos, Edlef Köppen, Pierre Lemaitre, Joe Sacco, Adam Hochschild, Chloe Dewe Mathews o Brian Gardner, la larga serie constituye, a mi juicio, una muy significativa representación de la abundante literatura que el acontecimiento lleva suscitando desde los mismos días en los que el mundo entero se jugaba su futuro en las innumerables e inmundas trincheras que cruzaban el viejo continente. Podéis encontrar las correspondientes reseñas aquí, en este mismo blog. Algunas de ellas son, además, como luego podréis comprobar, un casi forzoso complemento para adentrarse en el libro del que esta tarde quiero hablaros. 

Mi sugerencia de lectura de hoy enlaza, pues, con esa trágica vivencia, y aparece ahora en Todos los libros un libro a escasos meses de su primera edición; una publicación que la editorial, Tusquets, ha querido simultanear -o eso parece- con ese mes de noviembre coincidente con el redondo aniversario. Se trata de Los desertores, un formidable libro de un escritor espléndido, Joaquín Berges, del que, por desgracia -de nuevo la vorágine de publicaciones impide hacer frente a todas las ofertas interesantes que van surgiendo-, solo he podido leer otra novela de las seis o siete con las que ya cuenta en su haber. A principios de 2012 presenté también aquí Vive como puedas, una divertidísima novela de planteamiento y estilo radicalmente diferentes a los que inspiran el libro que constituye mi invitación de hoy. No deberíais dejar de leer ninguna de las dos. 

Pero vayamos ya con Los desertores, un libro ambicioso que además de su propuesta narrativa compleja, que se desarrolla en diversos niveles que se imbrican entre sí, invita -por “debajo” de la trama argumental- a una reflexión sobre las siempre difusas relaciones entre realidad y ficción, entre invención y documento, entre la verdad novelesca -fruto de la imaginación- y la, por así llamarla, verdad “factual” -que recogería hechos auténticos, que “han tenido lugar”-, o, lo que es lo mismo, entre Literatura e Historia. El motivo último del libro es la batalla del Somme, que tuvo lugar en el frente francés de esa primera gran guerra entre el 1 de julio y el 8 de noviembre de 1916 y en la que murieron o resultaron heridos más de un millón de soldados de ambos bandos, pero el planteamiento literario con el que presenta Berges ese dramático suceso se articula en dos ejes complementarios que a su vez se abren a planos distintos en un enfoque muy original, interesante y atractivo. Tenemos, por un lado, la historia de Jota -Jacinto- un sesentón recién jubilado, casado con Magda, a la que nunca quiso y con quien convive en una fría y aséptica distancia, y enamorado en cambio de Rosa, su cuñada, un amor en el fondo inalcanzable (y cuando leáis el libro veréis que en esa frase la expresión clave es “en el fondo”). Tiene también una hija y un nieto, ambos de presencia episódica en el libro, y una hermana, Carol, y un amigo, Hache, con un mayor protagonismo, como ocurre también con Julen, el marido de “su” Rosa. El ámbito familiar lo completa Juana, una madre ausente, aislada del mundo durante años a causa de una extraña enfermedad mental que la “obliga” a confinarse en su lecho. Tras la muerte de su padre, del que llevaba años separado y al que no llegó a ver antes de morir, Jota se interesa hasta la obsesión por la batalla del Somme, y en concreto por dos de sus protagonistas, Albert Ingham y Alfred Longshaw, dos jovencísimos desertores de las trincheras, fusilados por ello y enterrados en un pequeño cementerio en el norte de Francia; siendo ambas experiencias, la colectiva de la guerra y la individual de los dos muchachos, objeto de sus pesquisas e investigaciones en archivos y bibliotecas. Intrigado por la inscripción que figura en la lápida de Albert (Fusilado al amanecer. Uno de los primeros en alistarse. Un digno hijo de su padre) que ha leído en alguno de los textos consultados, abandonará sus rutinas cotidianas y, sin anunciar a nadie su propósito, se encaminará hacia los escenarios de la guerra en un viaje improvisado (No era un acto premeditado ni producto de ninguna fe. Tal vez solo fuera un modo de sobrevivir) en busca de las desconocidas tumbas. La segunda gran vertiente del libro será, precisamente, la que, partiendo de la existencia real de los dos soldados, nos pondrá en contacto con las circunstancias, tantas veces glosadas en la literatura pero aun así capaces de suscitar emoción, de las aciagas jornadas vividas por ellos y por cientos de miles de desgraciados más en aquellos dantescos barrizales -los lugares de la muerte- en medio de la campiña francesa. 

La primera de las dimensiones del libro, que pertenece claramente al territorio de la ficción y es por ello más reconocible en tanto “novela”, es la que gira en torno a Jota, a su vida, sus sentimientos, sus preocupaciones, su derrota, sus frustraciones, su debilidad, su “deserción” existencial (de su mujer, de su hija, de su amor, de, sobre todo, su padre) y, claro está, a su sorprendente búsqueda, una suerte de peregrinaje, en realidad. Jota, que en su vida profesional -licenciado en Derecho- había pasado sus jornadas laborales en la gestión de Mercamadrid, con su constante tráfico de camiones de carga y descarga de frutas, se dirigirá a primera hora de la mañana hacia su antiguo lugar de trabajo, escogerá un camión casi al azar y pondrá rumbo a su destino. Berges da cuenta de las vicisitudes de su viaje, de sus escuetas conversaciones con Geike, la comprensiva camionera belga, mientras en el relato afloran las muchas facetas de la historia familiar, en un constante ir y venir en un tiempo que se retrotrae hasta el matrimonio de sus padres. Y así conocemos a Jacinto, el padre delineante; a Juana, su mujer, que poco a poco va hundiéndose en su enfermedad obsesiva que la llevará a rehuir definitivamente el mundo, encerrada en vida en el cada vez más corto espacio de una casa, un cuarto, una cama; a Lorena, la chica contratada como asistenta para suplir la “ausencia” de la enferma en las tareas domésticas y de la que se enamorará y con la que acabará por “escapar” el padre -otra deserción, de las numerosas que encierra el libro; más allá de las bélicas-. Y está Coral, que cuidará a Juana mientras alimenta su odio al padre, su silencio con su hermano, su rechazo a todo y a todos; y Magda, recluida en una insensata convivencia con Jota en la que solo hay hastío e indiferencia, desapego y soledad; y Rosa, profundamente infeliz en su vida de ama de casa “mantenida”, rodeada de comodidades y bienestar material, que le proporciona un Julen brillante, decidido, triunfador, aparentemente seguro de sí mismo pero que acabará por mostrar su fragilidad, algún atisbo de sensibilidad, ciertas aristas en su impecable fachada. Todos ellos son, merced al talento literario de Berges, personajes con profundidad, con hondura, alejados -incluso en las “apariciones” de menor entidad- del esquematismo de cartón piedra que convierte en monigotes, en caricaturas, a tantas otras creaciones novelísticas. Y en todos ellos hay emoción, hay dolor, hay ilusiones perdidas, hay anhelos y miedos y deseos y renuncias y brega y esperanza y soledad, sentimientos narrados con verosimilitud por la convincente pluma del autor, en una trama muy bien hilada cuyos detalles -alguno quizá un tanto forzado- evito por no descubrir sucesos relevantes de la novela. 

Pero siendo conmovedora y sugestiva la historia familiar de Jota, es en el relato “objetivo” de la batalla del Somme y sus derivaciones, en la vertiente “documental” del libro, en donde Los desertores consigue, a mi juicio, sus mayores logros literarios. En paralelo al hilo argumental que nuclea el libro -el periplo de su protagonista en busca de la tumba de Albert- la novela intercala distintos capítulos en los que se describe la realidad de la muy cruenta batalla junto con otros en los que se “transcriben” las cartas que el joven soldado remite desde el frente a su padre y su familia, cada una de las cuales -hasta completar veintitrés- incorpora un fragmento de un poema escrito por alguno de los War Poets, el infortunado grupo de jóvenes -algunos con una prometedora carrera literaria ya iniciada y otros absolutamente ajenos al universo de las letras- que sobrecogidos por la atroz experiencia en los campos de batalla nos legaron sus versos para dejar en nosotros, los lectores, su poético, lírico y bellísimo testimonio del horror que llevaría a la muerte a la mayor parte de ellos. Los tres planos fundamentales de esta dimensión histórica del libro -hechos documentados, cartas desde las trincheras y emocionantes poemas- constituyen, como digo, el elemento distintivo de una novela que, gracias a esa triple aportación, alcanza la categoría de excepcional. Hay que decir también que la conexión última entre la vertiente personal y la histórica (¿por qué Jota se obsesiona con el Somme?) se revelará al término del libro y, obviamente, no voy a adelantarla aquí. 

El Somme fue una barbaridad sin sentido, una absurda carnicería (Las guerras no son fortuitas. No son una enfermedad o un accidente. Son una forma deliberada y gratuita de matar a los hombres). Durante cuatro interminables meses, centenares de miles de soldados aliados -en su mayor parte franceses y británicos- plantaron sus trincheras ante las defensas alemanas intentando el ataque definitivo que debía quebrar las líneas del ejército enemigo y provocar el final de la guerra. Los combatientes eran tanto veteranos que habían participado en otras batallas como oficiales profesionales, soldados regulares o batallones de camaradas. De esta manera se denominó a una fórmula de reclutamiento que las autoridades inglesas se inventaron y que consistía en prometer a las familias, a los grupos de amigos, a los compañeros de trabajo que si se alistaban conjuntamente se entrenarían y combatirían juntos. Doscientos mil ingenuos jóvenes aceptaron una invitación que les proponía una experiencia trivial y “deportiva”, muy sencilla, casi anodina, una suerte de vacaciones pagadas en el continente, en la que se limitarían a certificar una aplastante victoria propiciada por la poderosa artillería del ejército británico, capaz por si sola de destrozar la resistencia “boche”. La realidad que los inocentes chicos se encontraban al cruzar el canal y llegar a las tierras europeas era, sin embargo, muy distinta. Hacinados en sus puestos, hundidos en el barro, comidos por las ratas y las pulgas, atenazados por el frío, hambrientos, agotados por el cansancio y la falta de sueño, consumidos por las enfermedades, sufriendo atrozmente el dolor de sus heridas, aterrados -en ocasiones hasta la locura- por la siempre inminente posibilidad de la mutilación o la muerte, esperaban las órdenes que, una y otra vez, los lanzaban prácticamente inermes hacia un enemigo que, a pocos metros, sufría idénticas privaciones y una similar indefensión en la firme salvaguarda de sus posiciones. Las tropas de ambos bandos permanecieron meses frente a frente en una casi total inmovilidad, pues tras ganar unos metros en una jornada, se veían obligados a retroceder otros tantos en las posteriores, dejando entre las filas de ambos ejércitos a un millón doscientos mil jóvenes de varias nacionalidades que allí quedaron, muertos o heridos, tras ser ametrallados, bombardeados, gaseados, o pasados a cuchillo en esa pavorosa Tierra de Nadie, una monumental fosa común en la región francesa de Picardía, en el norte de Francia colindante con Bélgica. Fue como construir una nueva civilización en medio de la campiña francesa con el único objetivo de destruir al enemigo, que a su vez se había dedicado durante ese mismo tiempo a construir su propia civilización al otro lado de la Tierra de Nadie con idéntico propósito, leemos en el libro. 

El Somme acabó con una generación entera, perdida para siempre en los campos de batalla. Muchachos franceses, británicos, alemanes, pero también de Nueva Zelanda, Sudáfrica o Canadá, que, sometidos a los irracionales dictados de sus superiores, se citaron en la campiña francesa para morir. El soldado más joven, leemos en Los desertores, tenía catorce años, el más viejo, sesenta y siete. Todos fueron tratados como piezas de un ajedrez viviente; algunos, los afortunados supervivientes, pudieron regresar a sus casas convertidos en muertos en vida, autómatas enajenados, víctimas de la neurosis de guerra, brutalmente mutilados. 

Ese horror de una guerra inútil (No mereció la pena. Ninguna guerra merece la pena. Ninguna guerra vale un par de vidas, no digamos miles. No merece la pena… La Primera Guerra Mundial, si lo simplificas, ¿qué fue aquello? Solo una bronca familiar. Eso la provocó. No merece la pena, como afirmaba Harry Patch, el último superviviente de las trincheras de la gran guerra, muerto en 2009 a los ciento once años y cuyas declaraciones se incorporan a un capítulo de la novela), las vicisitudes de la estrategia militar, las distintas acciones de campaña, los ataques prácticamente suicidas y los repliegues inmediatos, las bandas de desertores campando entre cadáveres (como puede leerse en el fragmento que os dejo como cierre a esta reseña) y, sobre todo, la sangre, las amputaciones, el hedor, los gritos, la desesperación, las lamentaciones, la insoportable espera, el miedo atroz, todo ello aflora en los diecinueve capítulos que Berges presenta imbricados en la ficción novelesca y unidos por un hilo conductor cronológico que nos lleva desde la planificación de la batalla a finales de 1915 hasta agosto de 2006, cuando el secretario de Defensa inglés, Des Browne, concede el indulto a título póstumo a los trescientos seis soldados SAD (shot at dawn, fusilados al amanecer, como se les conoció en la jerga burocrática de la época), en un tardío intento de reconocer su, pese a la huida, valor. 

Y eso, fusilados al amanecer, serán Albert y Alfred, cuya dramática experiencia conocemos a través de las cartas que el primero envía a su padre y su familia y que el autor también incluye, oportunamente salpicadas, a lo largo de la novela: su llegada al frente junto con sus compañeros del Regimiento 18 de Manchester, su optimismo e ilusión iniciales, su entrenamiento militar, sus ardorosas expectativas de entrar en combate, sus primeros desesperanzados atisbos de la cruda e inhumana y, sobre todo, insensata matanza que allí se estaba perpetrando, sus padecimientos en distintos episodios bélicos, su convencimiento de la inminencia de la muerte (Es evidente que vamos a morir con el cuerpo lleno de metralla. Lo que no sabemos es si será al avanzar o al retroceder), su decisión de huir hacia el canal de la Mancha e intentar cruzar de vuelta a Inglaterra, las angustiosas jornadas de fuga, agazapados en los bosques, aprovechando las noches sin luna, su, por fin, exitosa escapada a Suecia (en un giro novelesco inesperado que más adelante comentaré). 

Y como colofón a cada una de las cartas, ya se ha dicho, Albert transcribe unos pocos versos de algunos de los malhadados combatientes, poemas que Berges presenta en su doble versión, la original inglesa y la española. Los poetas de la guerra escriben a partir del horror vivido en la batalla, y sus versos, recogidos de cartas o publicados en periódicos o, muy frecuentemente, encontrados en los bolsillos de los propios cuerpos destrozados, rezuman todo el dolor, la amargura, la rebeldía, la tristeza, la nostalgia, la desesperación de quienes han contemplado cara a cara el sufrimiento, la locura y la salvaje barbarie de la experiencia bélica. Todos están recogidos de Up the Line to Death. The War Poets 1914-1918, una antología publicada en 1964 en el Reino Unido, a cargo de Brian Gardner, que cita Berges en una sucinta pero apreciable bibliografía final. Hay, en español, una selección más somera, un texto imprescindible que os presenté en 2014 en este espacio: Tengo una cita con la muerte, publicada en 2011 en nuestro país, con el subtítulo de Antología de poetas muertos en la Gran Guerra, en una edición de Linteo a cargo de Borja Aguiló y Ben Clark. Por estos capítulos epistolares del libro desfilan autores reconocidos como Siegfried Sasoon, Wilfred Owen (ambos combatientes), J.R. Tolkien (en El Señor de los Anillos muchas descripciones -algunas incorporadas a la novela- son muy vívidas recreaciones de los horrores de las trincheras, pues su autor también estuvo en el Somme), Alec Waugh, hermano del novelista Evelyn Waugh, o Rudyard Kipling. 

Por “debajo” de los poemas que se incluyen en el texto y de la recreación “objetiva” de las atroces condiciones del frente, también por entre las vivencias de sus personajes “ficticios”, palpita una reflexión esencial, que es, a mi juicio, otra de las claves del libro: todos somos desertores, todos, en algún momento de nuestra vida, rehuimos la realidad, escapamos de ella, abandonamos nuestros sueños, nuestras ilusiones, incluso, a veces, nuestras obligaciones. ¿Somos por ello censurables? ¿Los desertores del Somme fueron valientes o cobardes? No era innoble, concluirá Jota al término de su viaje, desertar de una batalla tan cruenta y absurda como la del Somme, en la que murieron inútilmente cientos de miles de jóvenes. A. Ingham no era un cobarde ni un desertor sino todo lo contrario: era uno de los pocos soldados con el valor suficiente para retar a las autoridades militares en su último intento de salvar la vida por la libertad y el futuro, y también por ese país al que estaban defendiendo en un juego de estrategia tan primario e inútil como cavar dos líneas de trincheras y matarse en el espacio que quedaba entre ellas. Una interesante aproximación al fenómeno de los desertores de la Gran Guerra lo podéis encontrar en Shot at Dawn, una publicación primorosa, salida de los talleres de Ivorypress, la prestigiosa y elitista editorial promovida por Elena Ochoa y Norman Foster, que recoge una serie de impresionantes fotografías de Chloe Dewe Mathews en las que la artista nos muestra los mismos espacios -y en la mayor parte de los casos a las mismas horas- en los que tuvieron lugar los fusilamientos y las ejecuciones de esos pobres desgraciados que, por diversas circunstancias, se negaron a combatir. 

Tras el breve y triste paso por el mundo de estos desertores, una vez rehabilitada oficialmente su memoria, nos quedan sus tumbas, las que busca y encuentra Jota, lápidas austeras con un apellido y la inicial de su nombre de pila para recordar que una vez fueron hombres de carne y hueso con sus virtudes y sus defectos, sus proyectos de futuro, sus sueños incumplidos y sus ganas de vivir

Fuera ya de tiempo, esbozo un breve apunte sobre otra de las cuestiones relevantes que plantea la lectura de Los desertores, la de las relaciones entre la literatura y la verdad histórica, el juego -tan practicado en las últimas décadas por numerosos escritores- de la ficción y la realidad. Subraya Berges en cuanta entrevista he podido leerle que sus libros anteriores podían acogerse al lema “cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia”, pues su opción literaria se decantaba claramente hacia el territorio de la ficción, ya que la imaginación, la invención, la creación de historias constituía el paradigma último de la verdad literaria, también de la cinematográfica: las novelas o las películas como “fábricas de sueños”. Sin embargo, como ya hemos reseñado aquí en muchas ocasiones, hoy se impone la realidad, el “basado en hechos reales”, lo documental, lo biográfico -o autobiográfico-, los relatos en los que, supuestamente, todo lo narrado es “verdadero”. Berges confiesa haber tomado parte en ese debate actual con una propuesta que participa de ambas opciones, al presentar esas dos dimensiones imbricadas en su historia: Jota y su vida personal y familiar, por un lado, y la tragedia del Somme por otro. Esta reflexión teórica desde la que parte el autor no solo se percibe en este premeditado y ostensible carácter “dual” del texto, hay también un par de elementos “inscritos” en la narración que permiten ejemplificar esta preocupación “conceptual”. En un momento del relato, Jota reconoce en un paisaje francés, cercano ya al cementerio que busca, un escenario “idéntico” al de un cuadro de Van Gogh. Se pregunta entonces si habría el pintor anticipado, con un muy lúcido presentimiento, que en un lugar así se extinguiría una generación entera de jóvenes, o, por el contrario, si fue al revés, si quienes diseñaron la estrategia de guerra y levantaron la línea del frente occidental en la batalla, quisieron imitar el preexistente cuadro del holandés. ¿Puede el arte determinar los límites de un campo de batalla?, piensa. ¿Dónde está la realidad y dónde la ficción? 

Con idéntico propósito -establecer un sutil nexo entre verdad novelesca y verdad histórica-, haciendo reflexionar al lector sobre el rico juego de interrelaciones entre ambas ideas, Berges incluye, entre las cartas que Albert dirige a su padre, cuatro finales en las que el muchacho da cuenta del éxito de su huida, de su efectivo paso a Suecia, de su feliz integración en la pacífica rutina en Gotemburgo, y hasta del nacimiento de su primer hijo que, según Alfred, se parece al propio Albert. “Sabemos”, sin embargo, que ambos han sido detenidos y fusilados (¿o no es así?), que sus huesos permanecen para siempre en el pequeño cementerio de Bailleulmont. ¿La correspondencia entera, ha sido, pues, como sospechábamos desde el inicio y parece obvio (es imposible que Albert incluya en sus cartas unos poemas que no se conocieron hasta algún tiempo después) una invención del autor? Dónde están, insisto, los límites entre realidad y ficción. He aquí la respuesta del autor en una entrevista promocional: Yo, lo que necesito, ya no es ni la realidad ni la ficción, sino la verdad. Entendiendo por verdad algo que sea coherente. Lo digo porque a veces la realidad, con todo lo real que es, no es coherente y, sin embargo, la ficción tendría que serlo siempre. Por eso busco una ficción de verdad, verosímil, que sería la novela. La realidad a veces tiene una falta de coherencia tremenda, por eso hay que refugiarse en la ficción verosímil. Yo me pongo en la piel de los personajes, me disfrazo de cada uno de ellos, guardo mucho silencio interior para escuchar qué diría cada uno de ellos

Albert y Alfred, pero también Jota, y su padre, y la amada Rosa, y tantos otros “personajes”, viven ya, para siempre, en nuestro espíritu, en nuestras almas, en nuestras mentes, esto es, en el infinito y eterno espacio de la literatura. All your friends, una preciosa canción de Coldplay sobre la Primera Guerra Mundial, acompaña musicalmente esta reseña.


Después de varias semanas de batalla, la Tierra de Nadie se había llenado de cráteres producidos por la artillería, restos de metralla y cadáveres pudriéndose lentamente. Por las noches, todo quedaba en calma y solo debería haberse oído el lamento de los heridos, pero no era así. Hasta las trincheras llegaba un rumor de voces susurrando palabras en distintos idiomas. Si se prestaba atención podían oírse pasos, ruidos metálicos, siseos de ropa y algún disparo aislado. 

No tardó en correr el rumor de que la Tierra de Nadie estaba habitada por bandas de desertores fugitivos que aprovechaban la noche para robar armas, municiones y raciones de comida de los cadáveres. Eran grupos integrados por soldados de varias nacionalidades, aliados y alemanes colaborando para salvar la vida. Por el día se escondían en trincheras y túneles abandonados. Por las noches salían al exterior, armados y hambrientos. 

La Historia apenas se ha ocupado de estas bandas organizadas. Es un tema tabú. Aun así, pueden encontrarse testimonios aislados de algunos supervivientes, como el del teniente coronel Ardern Beaman en su libro de memorias The Squadroon [El escuadrón], publicado en 1920. “Nos advirtieron de que si insistíamos en ir tras ellos no dejásemos que ningún hombre fuera solo, sino en grupos numerosos, porque el Golgotha estaba habitado por salvajes, desertores británicos, franceses, australianos, alemanes, que vivían debajo de la tierra, como fantasmas entre los muertos enmohecidos, y que solo salían de noche para saquear y matar.” 

Osbert Sitwell, que combatió en las trincheras de Ypres, también los menciona en su autobiografía Laughter in the Next Room [Risas en la habitación de al lado], de 1949. “Durante cuatro largos años… el único internacionalismo, si es que existió, fue el de los desertores de todas las naciones beligerantes: franceses, italianos, alemanes, austriacos, australianos, ingleses, canadienses. Proscritos, estos hombres vivían -al menos lo hacían- en cuevas y grutas bajo la línea del frente. Cobardes y desesperados… que no reconocían ningún derecho y no tenían más reglas que las propias, saldrían de sus escondites después de cada interminable batalla para robar a los moribundos sus pocas posesiones -tesoros como botas o raciones de comida-, y dejarlos morir.”



Joaquín Berges. Los desertores

miércoles, 9 de enero de 2019

NIKITA HARWICH VALLENILLA. HISTORIA DEL CHOCOLATE

Hola, buenas tardes. Bienvenidos un miércoles más, un año más, a Todos los libros un libro, el espacio de recomendaciones de lectura de Radio Universidad de Salamanca. Empezamos hoy nuestro decimoprimer año, con una propuesta anclada aún, en cierta manera, en la reciente Navidad. Y es que las fiestas que acabamos de dejar atrás tienen en la comida uno de sus componentes esenciales, con las familias reunidas a la mesa ante viandas exquisitas que se disfrutan casi exclusivamente en estas fechas, el inalcanzable marisco, los lechones y los cabritos, el pavo infrecuente, las pulardas rellenas, y claro está, el cierre de los banquetes con una exagerada profusión de postres y dulces, turrones y mantecados, mazapanes, polvorones y, sin que pueda faltar en ninguna de sus formas, el delicioso chocolate. 

Y precisamente del chocolate vamos a hablar hoy, con el regusto aún en nuestros labios de los excesos gastronómicos y de la muy venial y disculpable gula que suponen, a partir de un libro muy interesante que constituye ya, desde su publicación originaria en Francia en 1992, una referencia inexcusable sobre la materia. Se trata de Historia del chocolate, una obra del historiador franco-venezolano Nikita Harwich Vallenilla, que ha visto la luz en nuestro país el pasado 2018 en la Editorial Pensódromo, en una versión “construida” sobre la base de la segunda edición francesa revisada y actualizada. El libro, que aparece dentro de la colección Biblioteca de cultura histórica, se presenta con la traducción del francés -revisada por el propio autor- de Juan Luis Delmont y José Daniel Avilán. La edición está patrocinada por un clásico de nuestra repostería, Chocolates y Dulces Matías López, familia de la que uno de sus descendientes, Manuel de Cendra y Aparicio, V Marqués de Casa López, firma el entusiasta prólogo. 

Nikita Harwich Vallenilla, nacido en Nueva York en 1951, es, a partir de la biografía que distribuye su editorial, un personaje singular, cosmopolita y polifacético. Licenciado en Historia por la Universidad de Duke, en Estados Unidos, doctor en Economía por la prestigiosa London School of Economics, fue profesor universitario en Venezuela, además de trabajar en periodismo, radio y televisión y en la gestión empresarial en dicho país. Radicado en Francia desde 1994, se ha desempeñado como profesor en muy distintas áreas -siempre relacionadas con la Historia- de diversas universidades francesas (París X Nanterre o Ruán). Investigador en los principales centros de referencia del país galo (CNRS, École des Hautes Études en Sciences Sociales, Universidad de París I, Universidad de París Nanterre), ha publicado numerosos textos sobre América latina, en particular sobre Venezuela y, singularmente, sobre el chocolate, de cuyas Academias francesa y europea es miembro desde hace años. Recientemente, en 2015, coordinó la Encyclopédie du chocolat et de la confiserie, obra colectiva presentada bajo el patrocinio de la mencionada Academia francesa del chocolate y de la confitería

Esta Historia del chocolate que hoy os presento ofrece más de trescientas páginas de exhaustiva y apasionante indagación en las que se repasan cerca de tres mil años de la vida del apetitoso alimento. Siguiendo un hilo conductor cronológico -aunque, en ocasiones, hay derivaciones y saltos atrás y adelante-, el libro examina todas las dimensiones imaginables de la presencia del cacao y el chocolate en nuestro mundo: las que tienen que ver con la historia, obviamente, pero también las que aluden a la botánica y a la dietética, a la industria y la tecnología, al comercio, a la cultura, a las artes y las letras, a la economía o la política, en un trabajo que, salvo en algunos capítulos más técnicos y áridos, se lee con enorme placer, dado el tono ameno y la profusión de anécdotas y curiosidades que inundan el relato. Del carácter bien documentado y riguroso de la obra dan cuenta una bibliografía de más de trescientos títulos que se adjunta al texto y un sustancioso índice onomástico final con centenares de significativas referencias. Hay también una veintena de ilustraciones, en color y de extraordinaria calidad, que complementan en imágenes algunas de las interesantes informaciones que proporciona el autor. 

El cacao era conocido en América mucho antes de la llegada de los españoles. La hipótesis más probable acerca de su origen sitúa su “cuna natural” en las selvas tropicales de América del Sur, en la región del Alto Orinoco y de la cuenca amazónica. Harwich investiga en documentos de distinta índole para afirmar, siguiendo a Michael Coe, historiador de la Universidad de Yale, que el primer hombre en la historia que probó el chocolate fue probablemente un olmeca que vivió hace unos tres mil años en las selvas pantanosas del sureste de México. Hasta tan lejos se retrotrae la investigación del profesor venezolano en la vertiente histórica del libro, su dimensión principal. El rastro del cacao puede seguirse entre los olmecas de Tabasco, la excepcional cultura del Golfo de México (os recomiendo, si tenéis ocasión de visitarlo alguna vez, el Parque-Museo La Venta, en Villahermosa, un recinto al aire libre que recoge impresionantes muestras escultóricas de los olmecas en un paraje natural desbordante de flora y fauna autóctonas), hacia el año 1000 antes de Cristo; más tarde, en el siglo VII, siempre antes de nuestra era, hay vestigios entre los mayas, hasta que, trescientos años después, el cacao y el chocolate ya estaban plenamente integrados en dicha cultura, como demuestran significativas pruebas lingüísticas (palabras como kakaw y otras similares en distintas lenguas mesoamericanas: cacauatl para designar el árbol, xocoatl, para la bebida) y arqueológicas. Estas, sin embargo, no son muy numerosas en el continente americano: una jarra de piedra de la actual Honduras con dibujos en relieve que representan mazorcas de cacao; una tumba del siglo VI en la que, tras los análisis, aparecen residuos de teobromina y cafeína (algunos de sus componentes químicos); un bajorrelieve maya en Guatemala en el que la víctima de un sacrificio lleva un collar que parece hecho con semillas de cacao; una vasija de arcilla, también en Guatemala, réplica de una mazorca, fruto que quizá sirvió de molde en la confección de la pieza; la Joya de Cerén, cerca de lo que hoy es El Salvador, una próspera plantación de esos primeros siglos, que fue cubierta por las cenizas de una erupción volcánica en el 590 después de Cristo, encontrándose cultivos de cacaoteros en sus ruinas así preservadas. El declinar de la civilización maya a partir del siglo IX de nuestra era, permite que el florecimiento del cultivo y el uso del cacao crezca entre los aztecas. 

Las frutas, los granos, la bebida tienen una notable presencia en numerosos códices autóctonos -que se recogen entre las imágenes del libro-, como el Chilam Balam de Chumayel, y por supuesto, más tarde, en las crónicas de misioneros y conquistadores españoles, que refieren figuras, relieves, esculturas, ceremonias alusivas al cacao. El libro cita tres esenciales, la Verdadera Historia de la Conquista de la Nueva España, de 1632, obra mayor de Bernal Díaz del Castillo, la Historia General de las cosas de la Nueva España, escrita en náhuatl y luego traducida al castellano por el fraile franciscano Bernardino de Sahagún, formado en la Universidad de Salamanca; y la Historia general y natural de las Indias, escrita en 1535 por Gonzalo Fernández de Oviedo. 

En todas ellas se resaltan los usos y costumbres de los indígenas en relación con el cacao; así por ejemplo, cómo las gentes consumían la pulpa y chupaban los granos, una práctica que permanecerá aún en los inicios del siglo XIX, siendo recogida en sus escritos por el explorador Alexander von Humboldt. También la doble función del cacao, como moneda e instrumento de cómputo y como alimento. Desde el primer punto de vista llama la atención el que las mejores semillas se usaran como sustitutos del dinero, mientras que otras variedades de peor calidad quedaban para los intercambios y los contratos. También el que los mayas se sirvieran de los granos para el cálculo (otras culturas prehispánicas operaban sobre la base de las unidades de peso, pero en la cultura maya se hacía por unidad de volumen) lo que contribuyó al desarrollo de la aritmética y el conocimiento astronómico, y repercutió en su cosmogonía, en la concepción del tiempo y en la confección de calendarios. En el uso del cacao como recurso alimenticio sorprende lo sofisticado de un proceso que supone la transformación de una materia prima poco prometedora -granos amargos envueltos en una pulpa dulzona y pegajosa- en una sustancia compleja como el chocolate, a través de un procedimiento muy elaborado que incluye la fermentación, el secado, la torrefacción y la posterior trituración. 

Además, las crónicas, de las que el autor da cuenta con sobresaliente erudición, trufando su texto de abundantes ejemplos extraídos de ellas, reflejan los rituales, las ceremonias, los usos simbólicos del cacao, que a menudo aparece asociado a acontecimientos relevantes de la vida diaria: ofrendas tras el nacimiento de un niño; cultos de pubertad con el embadurnamiento de los cuerpos de los jóvenes; donaciones en las pedidas de matrimonio; regalos que se intercambian los novios; acompañamiento al difunto en su viaje al más allá; ritos de iniciación; purificación de las parturientas; fuente y estímulo para la fertilidad (los sembradores debían abstenerse de acercarse a las mujeres en el proceso de selección de los granos, mientras que, con un simbolismo similar, algunas parejas se entregaban al acto sexual en el momento en que las semillas eran colocadas en la tierra). 

Estos capítulos iniciales, de lectura apasionante, centrados en la realidad prehispánica del chocolate, desembocan, como es natural, en la llegada de Colón a América. El primer “encuentro” de los europeos con el cacao tiene lugar en julio de 1502 durante el cuarto viaje del hoy denostado y perseguido almirante -víctima de la absurda corrección política retrospectiva (la no retrospectiva es igualmente ridícula)-, cuando unos indígenas que llegan en piragua hasta su barco portando diversas ofrendas incluyen entre ellas el exótico y entonces desconocido fruto. En 1519 lo menciona también Hernán Cortés, que lleva los primeros granos a España en 1528. A partir de esas fechas, el chocolate se expande en nuestro país, en donde alcanza un éxito inusitado. 

Son incontables las curiosidades y anécdotas que sobre esta etapa podemos leer en el texto. El reconocimiento “oficial” que hace Pedro Mártir de Anglería, que forma parte de la comisión encargada por Carlos V para la administración de las Indias Occidentales, de la doble función, como moneda y como bebida, del cacao. En el primero de los ámbitos, se constata, por ejemplo, su uso para el pago de la prostitución, “ocho o diez almendras por una carrera”. También se resaltan sus propiedades curativas y terapéuticas, eficaz, al parecer, contra la diarrea y las hemorroides, la timidez o la “apatía mental”. Se ve en él su condición de elixir afrodisíaco, útil “para tener acceso con mujeres”. El cacao aparece citado en las comedias de Calderón de la Barca o Tirso de Molina y Quevedo. El “néctar de Indias” se consume en nuestro país, en un proceso de creciente “sofisticación” gastronómica, aderezado con leche, huevos o azúcar. 

De inicial producto de lujo reservado a una élite, el consumo del chocolate acaba por generalizarse. Los españoles ven las inmensas posibilidades de negocio que hay en él y desarrollan las explotaciones multiplicando sus beneficios, hasta acabar por convertirlo en fuente de tributos. La producción de cacao pasa a ser uno de los ámbitos en los que resulta más notorio el afán de lucro sin límites de los “conquistadores”. Cita Harwich el ejemplo de Soconusco, en la actual Chiapas, uno de los centros principales de cultivo, transformación y exportación de cacao. Morirán muchos indios por las enfermedades y las extremas condiciones de trabajo en las plantaciones. De los 30.000 que vivían en la región inicialmente, a la llegada de los españoles, solo quedan 1.600 apenas sesenta años después. Menciona también el autor la execrable figura de Diego de Guzmán, un sátrapa, y, en general, los abusos de los dueños de los cacaotales. En consecuencia, a finales del siglo XVI, la “edad de oro” del cacao en México era ya solo un remoto recuerdo

Crecen, en paralelo, las explotaciones en las Antillas, Cuba, Jamaica, Martinica, Guadalupe, Surinam. El libro da cuenta de la aparición de mano de obra africana, la dolorosa esclavitud (los esclavos se compran, a menudo y paradójicamente, con granos de cacao). Es la época del comercio fraudulento, de los desembarcos clandestinos, de las restricciones en los circuitos de distribución para que el codiciado bien no caiga en manos holandesas o inglesas. El texto se llena de corsarios, piratas y contrabandistas. En 1670 Venezuela alcanza el primer lugar como abastecedor de cacao de la Nueva España. En Guayaquil, en todo Ecuador, el cacao es la pieza esencial de las luchas de poder e influencia de las oligarquías. 

La popularidad española del cacao se extiende a Europa entera en siglo XVII. El chocolate se propaga como símbolo del mundo nuevo y desconocido, del vasto y en gran medida ignoto continente americano, como se pone de manifiesto en una espléndida lámina, que recoge el libro, Obsequio de América al mundo, de 1631, en la que una rozagante América ofrece a Neptuno, embajador del Viejo Mundo, una caja de chocolate. En una sucesión de etapas frenéticas, el volumen viaja, siguiendo el preciado brebaje, a Perugia, Livorno, Nápoles, Venecia y Esmirna. Nos adentramos en Francia, cuando el matrimonio en 1615 de Ana de Austria, hija de Felipe II, y Luis XIII, contribuye a su conocimiento y expansión en el país galo. Y luego serán Londres y Ámsterdam. Y se multiplican las anécdotas: los versos que ensalzan las cualidades “libertinas” del bebedizo (Con que sólo prueben el chocolate/se tornarán jóvenes y lozanas las ancianas/Y con nuevos ardores de la carne/Que las harán anhelar ya saben qué, como rezaba un poema de James Wadsworth, a mediados del XVII), la prohibición del rey Carlos II, que acaba por cerrar en 1675 “las casas de café y chocolate” por el juego ilegal que albergaban, pero también a causa de las licenciosas costumbres a las que inducen las bebidas. 

Y avanzando en el tiempo, el Siglo de las Luces será el de la consagración del chocolate en Europa. Viajamos a Viena y Dresde, recorremos numerosas obras de arte y textos literarios con presencia “chocolatera”: Cyrano de Bergerac o La Encyclopédie, en Francia, las comedias de Goldoni en Italia, los cuadros de Hogarth en Inglaterra. Y Daniel Defoe. Y Balzac. 

España acaba por ser el primer consumidor mundial a partir de 1700 con la llegada de los Borbones. Los viajeros que llegan a nuestro país se asombran al ver cómo lo consumen todas las clases sociales sin distinción, sólo el tipo de recipiente permite distinguir unos estratos de otros. Astorga, al estar en el camino de Santiago, ser una diócesis muy extensa y contar con muchos monasterios y conventos chocolateros, cobra una destacada y sorprendente importancia. En 1777, en Barcelona se crean los primeros bombones, obra de un tal Fernández, por lo demás desconocido. 

Los logros de la revolución industrial afloran también en la producción del chocolate a partir del siglo XVIII. Las manufacturas se extienden por doquier -Berlín, Hannover, Múnich, Praga, Coblenza- y el autor describe su crecimiento, las innovaciones, las novedosas maquinarias, los complejos procesos, los inventos: la prensa de Van Houten, los ingenios que mejoran la selección, la torrefacción, la trituración y la molienda, los complejos motores, las nuevas creaciones -la hoy usual tableta-, los últimos perfeccionamientos en la producción -el conchado, el refinado, el estofado-. Aparecen en la industria nombres hoy ya legendarios, como los de los suizos Suchard y Lindt. El delicioso alimento llega también a Estados Unidos, donde lo introduce, en Massachusetts, John Hannon, un maestro artesano irlandés. Proliferan las coffee y las chocolate houses, algunas de las cuales acabarán por convertirse en clubes privados, en Inglaterra y Francia. 

A mediados de ese siglo XVIII el chocolate se abre a nuevos horizontes, y el libro los repasa con secciones dedicadas a Ecuador, que llega a ser primer exportador mundial, Venezuela, Trinidad, Brasil, con las plantaciones desplazándose del Alto Amazonas al delta de Belén, en la desembocadura del inmenso río, para ocupar el segundo lugar en el ránking de producción mundial. También el salto a África, primero en las islas aledañas a las costas, Santo Tomé y Príncipe, y luego el interior continental, con las compañías europeas ávidas de una mercancía capaz de sustituir el lucrativo negocio de la esclavitud, abolida la trata en esos días. Así prosperan los cultivos en la Costa de Oro, la actual Ghana, Costa de Marfil, Nigeria, Camerún, el Congo belga. Y luego, estamos ya en el siglo XIX, Ceilán, Java y el resto de Indonesia, y hasta Samoa, en donde Robert Louis Stevenson recogería en su obra su condición de plantador de cacao. Son los años de otros nombres míticos del universo chocolatero: Fry y Cadbury. 

Llegado el siglo XIX España mantiene su posición de dominio en el universo chocolatero, provocando, una vez más, la admiración y la sorpresa de los viajeros que nos visitan: El chocolate es para el español, lo que el té es para el británico, escribía Richard Ford en su Guía de viaje de 1845. Y Teófilo Gautier en su Viaje a España, coincide en la misma idea. Nacen “casas” que aún perduran en nuestros días, en la citada Astorga, Aragón, Barcelona, Madrid, con un lugar destacado para los Chocolates y Dulces Matías López que patrocinan el libro. El XIX trae también las innovaciones suizas, con nombres ahora míticos en este ámbito como los del farmacéutico y químico alemán Henri Nestlé o el de Theodor Tobler, chocolatero en Berna, del que se relata en el libro una jugosa curiosidad sobre la peculiar forma triangular del hoy popular Toblerone, que obedecería, al parecer, a la forma igualmente triangular del símbolo de la masonería a la que su creador pertenecía o quizá al perfil sinuoso de las montañas suizas. Y el chocolate prospera en EEUU, y el mundo sigue conociendo novedades como los huevos de Pascua o la tarta Sacher en Austria, que debe su nombre a Franz Sacher, que se desenvolvía como aprendiz de pastelero en la casa del Canciller Imperial, en torno a 1830. 

El libro nos informa también del inmenso crecimiento de la producción y consumo del chocolate en los días que llegan hasta la primera guerra mundial, con una caída de cotizaciones del cacao durante la contienda y un repunte espectacular tras ella. En 1921 África reemplazará a América como primer continente productivo. Franklin Clarence Mars funda su firma en USA y lanza sus exitosas barras chocolatadas rellenas, y pronto aparecen el Kit-Kat y los Smarties. La Segunda guerra mundial consolida el éxito del chocolate, y son bien conocidas y divulgadas -llegando al mundo entero- las imágenes de los soldados americanos repartiendo desde sus Jeeps chocolatinas a las multitudes en los pueblos liberados de Europa. 

Y desde entonces, la expansión en África, y el papel estelar de Ghana, Camerún o Nigeria, con Costa de Marfil como primer productor mundial, actual responsable del 40 por ciento de la producción mundial. Harwich no nos ahorra datos, estadísticas, análisis de las políticas económicas, de los conflictos de intereses, de las luchas de poder, de los enfrentamientos étnicos que la riqueza “cacaotera” lleva consigo. Y también apuntes sobre Malasia e Indonesia (el actual “El Dorado”), sobre el “retorno” de Ecuador, sobre los nuevos productores, Perú, Vietnam… En las etapas postreras de esta evolución histórica aparecen interesantes secciones que incluyen sustanciosos análisis económicos del presente, con los intereses comerciales y financieros que hoy mueven a los cuatro grandes grupos del mercado mundial, los datos de producción y consumo (en el mundo se producen diariamente más de cuatro millones y medio de toneladas de cacao al día), las fluctuaciones bursátiles vinculadas al negocio chocolatero, la evolución de los precios, la concentración industrial y otras informaciones -cierto que algo más áridas que las que pueblan el resto de los capítulos del libro- en cualquier caso pertinentes. 

Hay, igualmente, una sección final que se ocupa de la evolución futura del comercio chocolatero: sus incertidumbres, entre ellas las catástrofes ecológicas que su explotación sin límites está causando en algún caso (en Costa de Marfil, y esta información no procede del libro, hay preocupación por la creciente deforestación del territorio para ganar espacio al cultivo cacaotero, un fenómeno que ha provocado, aparte del evidente daño forestal, la práctica extinción de los elefantes en el país); los nuevos mercados potenciales (Grecia, Rusia, China, gran parte de Asia, América Latina y la, por ahora, escasamente consumidora África); las nuevas tendencias (agricultura biológica y comercio justo, el chocolate con denominación de origen, el “cacao fino aromático”); los nuevos ámbitos de utilización (productos de belleza o farmacéuticos, alimentación del ganado); o los sucedáneos del chocolate que, pese a las legislaciones proteccionistas, ganan terreno para rebajar el coste o hacer frente a una eventual bajada de la producción. 

Imbricadas en este largo desarrollo de la evolución de histórica del chocolate, en el magnífico libro de Nikita Harwich se recogen infinidad de otras informaciones relativas a los más diversos ámbitos de la cultura y el conocimiento. Es el caso, por ejemplo, de los furibundos debates -sobre todo en el siglo XVII- acerca de las ventajas y los inconvenientes del producto. En este sentido el volumen glosa los diversos tratados y publicaciones científicas de la época en las que tanto se constatan las propiedades del producto (bajar la regla, cortaduras de los pezones, estreñimiento, cálculos de los riñones), como su capacidad para engendrar todo tipo de males físicos -la obesidad como perjuicio recurrente- pero también “causar paroxismos y desmayos, unas profundas ansias, y melancolías, y saltos de corazón, que parece al que le ha comido que el alma se le sale”. Llega incluso a leerse una tesis de Medicina en la Sorbona en 1684, con el significativo título de ¿Fortifica la salud el consumo de chocolate? En esta misma lógica vinculada a la salud hay una breve sección “nutricionista” donde se refieren los debates dietéticos más actuales sobre las bondades y maldades del chocolate: estimula el sistema nervioso, facilita el esfuerzo muscular, aumenta la resistencia a la fatiga, disminuye la depresión -en el haber-, pero también -en el debe- eleva el colesterol, dificulta la digestión, daña el hígado o, una vez más, provoca obesidad. De manera categórica, la bióloga Élise Gaspard-David subraya sus mejores efectos fisiológicos: El chocolate, por el placer que proporciona, hace secretar endorfinas cuyo efecto euforizante es comparable al del opio

Otro de los ejes de reflexión hacia los que apunta el libro tiene que ver con el simbolismo del cacao, potenciado en parte por esa su naturaleza híbrida: una bebida sana y fortificante cuyo aspecto es, sin embargo, parecido a las heces, tal y como se resalta en algún texto mencionado por el autor. Sus cualidades euforizantes que exaltan y dinamizan se contraponen con la peligrosa dependencia que provoca el desmesurado delirio y el frenesí a los que induce su adictiva ingesta (escribe Jean Maurice Bizière, un “psicohistoriador” francés: [el chocolate es] una victoria de la libido sobre el instinto de muerte, una victoria de la luz sobre la noche, un impulso para seguir adelante). Surgen así, durante los primeros siglos de su expansión, las discusiones morales, al asociarse su consumo al mal por la atmósfera sensual y libertina que conlleva, por las pasiones arrebatadas que despierta, por sus propiedades estimulantes, propias para excitar los ardores de Venus. Se cuentan anécdotas muy llamativas desde este punto de vista, centradas la mayor parte de ellas en el siglo XVIII: Madame Pompadour, acusada por Luis XV, su amante real, de “ser fría como una negreta boreal”, recurriendo al mágico brebaje numerosas veces al día. Madame du Barry proporcionándoselo a sus amantes para reanimar su ardor antes y después de cada nueva batalla amorosa. Giacomo Casanova encontrando la bebida más estimulante que el champaña o las ostras. Y con ese mismo sentido transgresor aparece en las obras del Marqués de Sade. Conocemos también las estériles disquisiciones religiosas: al tratarse de una bebida, ¿su consumo rompe el ayuno? Liquidum non frangit jejunum, dictaminará la ortodoxia. 

Estas connotaciones de provocación y pecado hacen que durante muchos siglos tomar chocolate sea considerado un acto adulto, del que se excluye a los niños, que sólo tienen derecho a un disfrute controlado y una tímida “posología”: la sucinta cucharadita que les proporciona su madre, como en Le déjeuner, un cuadro de François Boucher que está en la National Gallery de Londres. Será a finales del XVIII cuando el chocolate alcance también el dominio de la infancia, al democratizarse el consumo, gracias a la personalidad de algunos de los más afamados productores. Los Fry, los Cadbury, los Rowntree -los grandes nombres del chocolate en esos días- son cuáqueros que ven en las virtudes del chocolate la perfecta ejemplificación de las rígidas prescripciones morales de sus creencias: sustituto del alcohol y de sus excesos, emblema de la vida familiar recogida y armónica, alimento y nutrición vigorosos y salutíferos. La deslumbrante publicidad se llena entonces de niños, en cajas, carteles o paquetes decorados con escenas familiares, los pequeños rebosantes de salud, con las mejillas rojizas y los labios embadurnados del goloso bebedizo. La presencia publicitaria del chocolate tendrá también su espacio en un breve epígrafe del libro. 

Como lo tendrán también las proporciones y la composición química de sus componentes, las distintas regulaciones legales sobre aditamentos, las expresiones que constatan la popularidad del chocolate (Fare la figura del cioccolataio es, en italiano, quedar mal, hacer el ridículo; tomar el cacao es tomar el pelo en alemán; hacer chocolate es, para un francés, ser cómplice en una estafa; un chocolate se utiliza en distintos ámbitos lingüísticos como modo de referirse a un negro). Y también los fraudes y falsificaciones, los aditivos -almendras, arroz, harina, lentejas, guisantes, grasas, goma, yema de huevo-, las mezclas -con leche, con azúcar, con especias-. 

Hay un interesante apartado dedicado a la Botánica, que incluye las peculiaridades de la planta: la fragilidad del árbol y de su cultivo, necesitado permanentemente de “árboles madre” que proporcionen una sombra protectora del sol y del viento; la adecuada irrigación; la a menudo imposible defensa frente a los “depredadores”: monos, ardillas, murciélagos y hasta loros; los parásitos y las enfermedades; la detallada descripción del árbol, de las flores, de los frutos, de las distintas variedades y su pervivencia actual. Y conocemos igualmente los elementos químicos que integran el cacao, y su denominación científica, theobroma cacao, adjudicada por Linneo a finales del XVIII, resaltando su naturaleza “divina” (theobroma es literalmente, en griego, alimento de los dioses). 

Se nos informa también de curiosidades relativas al cultivo y la recolecta, el tratamiento posterior, en particular el “baile” con los pies, removiendo los granos, al que alude el brasileño Jorge Amado en una de sus imprescindibles novelas. Y aparecen los instrumentos, la vajilla del chocolate, las dos jarras con las que se trasvasaba el líquido para facilitar su oxigenación y la formación de espuma, los molinillos, las chocolateras, las jícaras, las tazas, los diversos utensilios de porcelana o metálicos que se muestran en algunas de las imágenes. Y conocemos también los distintos modos de utilización, la posología, el número de veces al día en que, según los expertos, debe consumirse, los métodos de preparación, las recetas, con menciones de Brillat-Savarin y su ya canónico Fisiología del gusto, de principios del siglo XIX. 

Ya muy fuera de tiempo, merece la pena mencionar que hay apartados dedicados a la inspiración que el cacao ha supuesto para innovadores, artistas y escritores, Marcel Duchamp, Dalí, Goethe, Manzoni, Stendhal, Anatole France, Thomas Mann y hasta Marcel Proust y James Joyce, con rastros de chocolate en En busca del tiempo perdido o el Ulises. Y hay espacio para los récords y las manías del chocolate, para el estudio de su consumo en función del sexo (más las mujeres), la edad, el clima o el nivel de vida. 

En fin, un jugoso y estimulante libro este Historia del chocolate de Nikita Harwich Vallenilla, que no deberías perderos a poco que os sintáis atraídos por la dulce tentación que encierra el “alimento de los dioses”. 

Son decenas, como podéis imaginar -dada la repercusión mundial que el producto tiene en el mundo entero-, las canciones alusivas al chocolate. He escogido, para complementar esta reseña, un evocador tema cantado por Doris Day, A Chocolate Sundae On A Saturday Night.


Relato de la leyenda tolteca del dios rey Quetzalcóatl y de la edad de oro a la cual se asocia su nombre, según fuera recogido por el misionero franciscano Bernardino de Sahagún (1499-1590), en las páginas de su Historia general de las cosas de la Nueva España. 

Quetzalcóatl fue estimado y tenido por dios, y lo adoraban de tiempo antiguo en Tulla, y tenía un cu [templo] muy alto con muchas gradas y muy angostas que no cabía un pie. Y estaba siempre echada su estatua y cubierta de mantas, y la cara que tenía era muy fea, y la cabeza larga, y barbudo. Y los vasallos que tenía eran todos oficiales de artes mecánicas y diestros para labrar las piedras verdes que se llamaban chalchihuites, y también para fundir plata y hacer otras cosas. Y estas artes todas hobieron origen del dicho Quetzalcóatl. Y tenía unas casas hechas de piedra verdes preciosas que se llaman chalchihuites, y otras casas hechas de plata, y más otras casas hechas de concha colorada y blanca, y más otras casas todas hechas de tabla, y más otras casas hechas de turquesas, y más otras casas hechas de plumas ricas […] 

Y hay una sierra que se llama Tzatzitépetl, hasta agora así se nombra, en donde pregonaba un pregonero para llamar a los pueblos apartados, los cuales distan más de cient leguas, que se nombra Anáhuac, y desde allá oían y entendían el pregón, y luego con brevedad venían a saber y oír lo que mandaba el dicho Quetzalcóatl. 

Y más dicen, que era muy rico, y que tenía todo cuanto era menester y necesario de comer y beber, y que el maíz era abundantísimo, y las calabazas muy gordas […]. Y más tenía el dicho Quetzalcóatl todas las riquezas del mundo de oro y plata y piedras verdes que se llaman chalchihuites, y otras cosas preciosas, y mucha abundancia de árboles de cacao de diversos colores, que se llaman xochicacáhuatl. Y los dichos vasallos del dicho Quetzalcóatl estaban muy ricos y no les faltaba cosa ninguna, ni había hambre ni faltaba maíz. […] 

Vino el tiempo que ya acabase la fortuna de Quetzalcóatl y de los tultecas. Vinieron contra ellos tres nigrománticos llamados Huitzilopuchtli y Titlacahuan y Tlacahuepan, los cuales hicieron muchos embustes en Tulla. Y el Titlacahuan comenzó primero a hacer un embuste, que se volvió como un viejo muy cano y baxo, el cual fue a casa del dicho Quetzalcóatl diciendo a los pajes del dicho Quetzalcóatl: Quiero ver y hablar al rey Quetzalcóatl. […] Y entrando el dicho viejo, dixo: […] Señor, veis la medicina que os traigo. Es muy buena y saludable, y se emborracha quien la bebe. Si quisiéredes beber, emborracharos ha y sanaros ha y ablandárseos ha el corazón, y acordáseos ha de los trabajos y fatigas y de la muerte, o de vuestra ida […] a Tullan Tlapallan […] en donde […] después de vuestra vuelta estaréis como mancebo. Aun os volveréis otra vez como muchacho. […] Y el dicho Queltzalcóatl, oyendo estas palabras, moviósele el corazón […] Y bebió […] de que se emborrachó y comenzó a llorar tristemente, y se le movió y ablandó el corazón para irse […] 

Y el dicho Quetzalcóatl […] hizo quemar todas las casas que tenía hechas de plata y de conchas, y mandó enterrar otras cosas muy preciosas dentro de las sierras ó barrancos, y convertió los árboles de cacao en otros árboles que se llamaban mízquitl. Y más desto, mandó á todos los géneros de aves de pluma rica [ ], que se fuesen delante, […] y comenzó a tomar el camino y partirse de Tullá, y así se fue. Yéndose de camino, el dicho Quetzalcóatl, más adelante al pasar entre las dos sierras del Vulcán y la Sierra Nevada, todos sus pajes, que eran enanos y corcovados, que le iban acompañando, se le murieron de frío. Y el dicho Quetzalcóatl sintió mucho lo que le había acaecido de la muerte de dichos pajes. […] Y ansí, en llegando á la ribera de la mar, mandó hacer una balsa formada de culebras, que se llama coatlapechtli, y en ella entró y asentóse como en una canoa, y ansí se fue por la mar navegando [hacia el sol naciente], y no se sabe de qué manera llegó a Tlapallan.


Nikita Harwich Vallenilla. Historia del chocolate

miércoles, 19 de diciembre de 2018

MARTA SALÍS (antóloga). CUENTOS DE NAVIDAD

Hola, buenas tardes. Bienvenidos a la última emisión radiada de Todos los libros un libro por este año 2018. Con las vacaciones de Pascua a las puertas, hoy os traigo un espléndido libro que tiene precisamente a la Navidad como motivo central. Se trata de Cuentos de Navidad. De los hermanos Grimm a Paul Auster, una muy sustanciosa antología de relatos en los que las celebraciones y el espíritu navideño desempeñan un papel protagonista. El libro, compilado por Marta Salís para Alba Editorial, que lo presenta en su colección Clásica Maior, recoge treinta y ocho cuentos, pertenecientes a tradiciones literarias diversas -la anglosajona, la germánica, la nórdica, la mediterránea o la eslava-, debidos a algunos de los más destacados nombres de la literatura universal. Siguiendo un orden cronológico, y tal y como se apunta en el subtítulo de la obra, nos encontramos con narraciones que van de los hermanos Grimm, que abren el libro con una publicación de 1812, hasta Paul Auster, que lo cierra con un conocido cuento de 1990, en un arco temporal que abarca casi dos siglos y por el que pasan, además de los ya citados, E.T.A. Hoffmann, Nathaniel Hawthorne, Hans Christian Andersen, Fiódor M. Dostoievski, Charles Dickens, Theodor Storm, Bret Harte, Zacharias Topelius, Alphonse Daudet, Anthony Trollope, Guy de Maupassant, August Strindberg, Nikolái S. Leskov, Robert Louis Stevenson, Amalie Skram, Antón P. Chéjov, Thomas Hardy, Gustav Wied, Sarah Orne Jewett, Arthur Conan Doyle, Léon Bloy, Wladyslaw Reymont, Clarín, Saki, Ramón María del Valle Inclán, Grazia Deledda, O. Henry, G. K. Chesterton, James Joyce, Emilia Pardo Bazán, Dylan Thomas, Ray Bradbury, Dino Buzzati y Truman Capote, en un elenco en el que sobresalen muchos grandes nombres de la literatura universal. 

El lector que se asome a la recopilación va a encontrarse desde cuentos bien conocidos, clásicos ya en el ámbito de la literatura referida a estas fiestas, como Canción de Navidad de Dickens o La niña de los fósforos de Hans Christian Andersen, hasta piezas inéditas o apenas difundidas en nuestro país, como ocurre con la mayor parte de los relatos seleccionados. Dentro de la temática navideña, son muchos y muy diversos los asuntos tratados. Como señala la antóloga en el breve texto que antecede a la selección, hemos intentado reflejar la alegría, el sentido de comunidad, la excitación espiritual, la nostalgia e incluso el rechazo que estas fechas despiertan en muchos de nosotros, pero entre las interpretaciones a las que se abren los textos están también otros enfoques vinculados al universo de tópicos -en el mejor sentido del término- asociados a la Navidad: las leyendas y las muestras del folklore y la tradición que envuelven los ritos navideños; las historias, algo mágicas, de transformación personal y enseñanzas morales que encuentran su “ambientación” más propicia en estos días jubilosos; las visiones optimistas y esperanzadas de la Navidad como oportunidad para el cambio, la regeneración y el renacimiento moral; el canto al amor y la amistad, la generosidad, la hospitalidad y la tolerancia, la compasión y el perdón que tantas veces van unidos a las celebraciones navideñas; también el pecado, la mezquindad, la tentación del mal, la crueldad, la insensibilidad y el egoísmo que, en sentido contrario, se resaltan a veces en estos festejos supuestamente entrañables; igualmente, la presencia de la infancia como el privilegiado territorio -en la vivencia intensa y, sobre todo, en el recuerdo y la evocación nostálgica- en el que el espíritu de la Navidad ejerce sus más poderosos efectos. 

Del mismo modo, son también muy variados los estilos, propósitos y planteamientos de los distintos cuentos: la perspectiva religiosa; la sobrenatural; los episodios mundanos, más “terrenales”; el tratamiento detectivesco de las historias, o el fantástico o, incluso, el de la ciencia ficción; la visión humorística, la complaciente, la escéptica y descreída; la tragedia y la comedia; la anécdota hilarante y el drama; la fábula simbólica; las propuestas ejemplarizantes o vagamente pedagógicas; la crítica social… 

La lectura del libro permite transportarnos a escenarios de lo más dispares: gélidos paisajes nórdicos, confortables y cálidas estancias en mansiones decimonónicas, agrestes parajes del Far West, extensos y desolados ranchos en Nueva Zelanda, espacios de leyenda, envueltos en una atmósfera evanescente e irreal, inhóspitos pueblos mineros, acogedoras tabernas, nevados campos en los que arrecia una lluvia o una nieve inclementes, entornos urbanos o rurales, Londres y Berlín, Munich y Estocolmo, Nueva York y Oslo, Finlandia, Polonia, Rusia, también Italia y Francia y España y tantos otros lugares en los que la Navidad se celebra con más o menos parecidos ritos. Por último, en una prueba más de la feliz pluralidad que caracteriza la obra, por sus páginas pasan las distintas festividades navideñas: Nochebuena y Navidad, ciertamente, pero también San Silvestre y el Año Nuevo, San Esteban y los Reyes Magos, en un recorrido completo por el excepcional encantamiento que suscitan las principales efemérides de los días pascuales. 

Esta fecunda heterogeneidad de temática, enfoques, estilos, procedencias y épocas, puede apreciarse sin más que apuntar un breve esbozo argumental de algunos de los cuentos más significativos de la antología. Así, Los táleros de las estrellas, de los hermanos Jacob y Wilhem Grimm, el primer relato recopilado, de 1812, es la típica historia navideña, bienintencionada y entrañable, en la que una niña compasiva y angélica hace el bien de modo desprendido, siendo recompensada por una divinidad generosa. 

La aventura de la noche de San Silvestre, de E.T.A. Hoffmann, de 1815, es un relato de fantasmas, fantasioso y presumiblemente aterrador, lleno de referencias y símbolos, vinculados a la tradición literaria alemana. 

En Las hermanas, un cuento de 1839 de Nathaniel Hawthorne, ofrece, también en clave simbólica, un diálogo entre dos personajes, Año Viejo y Año Nuevo, ambos con personalidad femenina, que se encuentran, la una desesperanzada por el inminente final de su ciclo, marcado por la imposibilidad de alcanzar los logros pretendidos, y la otra llena de ilusión por su vida que comienza, en esas horas fronterizas del Tiempo. 

De Charles Dickens se ofrecen dos cuentos. El primero de ellos, ya mencionados, es el clásico Canción de Navidad, escrito en 1843, al que dedicamos un programa en mi otro espacio de Radio Universidad de Salamanca, Buscando leones en las nubes, a finales de diciembre de 2012, en una emisión que podéis recuperar en el blog del mismo nombre para disfrutar allí de las peripecias del ya inmortal Mr. Scrooge. El segundo, El cuento del pariente pobre, es de 1852, y resulta conmovedor en su descripción de la esperanza y la ilusión -casi siempre ficticias, construidas en una suerte de mecanismo de bienintencionado autoengaño- que constituyen la esencia del espíritu navideño. 

La colección recoge también -no podría no hacerlo- La niña de los fósforos, conocido también como La pequeña cerillera. El tristísimo cuento de Hans Christian Andersen, publicado en 1845, es un motivo recurrente en cualquier Navidad, y su enternecedor personaje forma parte del ambiente de estas épocas en infinidad de países, en los que la tristeza y desolación de su historia tiñe de melancolía los festejos navideños. 

Un árbol de Navidad y una boda es un relato, para mí desconocido, de Fiódor M. Dostoievski, escrito en 1848. La historia, terrible, de un mezquino y calculador personaje que se “abalanza”, en un depredador acto de posesión demorado en el tiempo, sobre una inocente niñita heredera de una sustancial dote, es, pese al contexto navideño, desasosegante y hasta turbador. 

En Bajo el abeto, los protagonistas, un matrimonio ya maduro, rememora, de manera muy tierna y emotiva, los días de su primer encuentro infantil y el posterior enamoramiento en la juventud, en la noche del 24 de diciembre. El cuento, bellísimo, rezumando nostalgia y sensibilidad, es obra de Theodor Storm y vio la luz por primera vez en 1862. 

Un inusual tono humorístico permea las páginas de De cómo Santa Claus visitó Simpson’s Bar. Escrita en 1872 por el legendario escritor y cronista del Oeste americano Bret Harte, la historia, que se desenvuelve en el conocido entorno del Far West que tan de moda pondría el cine décadas después, incorpora un elemento de entrañable cordialidad navideña en ese mundo abrupto y rudo de vaqueros, trabajadores de las minas y obreros del ferrocarril, hecho de pobreza y privaciones, de padecimientos y dificultades. 

Zacharias Topelius escribió en 1873 Ojo de estrella, también conmovedor y bellísimo, lleno de magia y calidez, muy dulce, muy tierno, muy triste. Las notas de comicidad afloran también en Las tres misas rezadas, un cuento de 1875 de Alphonse Daudet en el que un capellán algo glotón “liquida” de modo acelerado las tres misas preceptivas que en el día de Navidad debe celebrar el mismo oficiante, ante la suculenta perspectiva -que le hace salivar de gula durante la ceremonia- de la cena posterior a la que invita el señor del que el reverendo cobra su sueldo. El desenlace, que se desarrolla ante el Juez Supremo en las implacables sesiones del Juicio Final, mantiene la atmósfera jocosa de todo el relato. 

Un cuento espléndido, aunque muy poco navideño, es el que firma, en 1878, Anthony Trollope, Catherine Carmichael, o el paso de tres años. Un matrimonio contrariado, un amor secreto y aparentemente imposible, y una mujer de honestidad ejemplar son los ingredientes de una historia que el autor nos narra en tres momentos decisivos correspondientes a tres días de Navidades consecutivos, aunque pudieran haber sido tres diecisiete de febrero o cualquier otra fecha sin vinculación alguna con las festividades del Natal, ajenas absolutamente a la trama del relato. 

El Cuento de Navidad de Guy de Maupassant, un autor que constituye una indiscutible referencia en el género cuentístico, es, en el fondo, terrible, en sus connotaciones telúricas y simbólicas. Una mujer se ve poseída por unas fuerzas desconocidas que la arrebatan y desquician, que la enloquecen y enajenan, tras cenar, en una Nochebuena, un extraño huevo que su marido encontró por azar en la nieve, una inexplicable aparición en un paisaje helado desde hacía días. Los intentos de explicaciones vagamente científicas no mitigan el carácter poderosamente perturbador del relato. 

Pål y Per es una perturbadora historia de August Strindberg, la figura más destacada de la literatura sueca, que presentó en una antología de relatos de 1882 este cuento, la antítesis del espíritu navideño, en el que dos hermanos, los Pål y Per del título, acomodado burgués urbano el primero y rudo campesino rural el segundo, exteriorizan sus muchas diferencias -su odio incluso-, enquistadas durante años, a partir de una Nochebuena de supuesta reconciliación en la que, además, habría de concertarse el matrimonio de sus respectivos hija e hijo. 

Excelente es también La fiera, una narración de Nikolái S. Leskov, publicada en 1883, en la que la figura de un pobre oso, de cualidades casi humanas en su desvalimiento y su docilidad, es el eje sobre el que gira una historia de crueldad y redención, de castigo y arrepentimiento, tan acordes a la esencia de la Navidad. 

La muestra escogida de la obra de Robert Louis Stevenson es un relato, Markheim, que entronca con otros textos del escritor de Edimburgo. La eterna lucha entre el bien y el mal, la predestinación y la culpa, protagonizan una pieza que sólo tiene de navideña la fecha en la que se produce el oscuro asesinato que desencadena las reflexiones filosóficas y morales de su perpetrador. 

En La Navidad de Karen, escrito por una para mí desconocida Amalie Skram en 1885, aflora la temática social, al mostrarnos la desoladora, terrible, peripecia de una pobre chica y su pequeño hijo, abandonados ambos, sin refugio alguno -no sólo material- al que acudir en una heladora Nochebuena. Lacrimógeno -dignamente lacrimógeno- y tristísimo es Vanka, el cuento de 1886 de un maestro del relato, Antón Chéjov. En él, un niño, un pobre huérfano que malvive en un régimen de semiesclavitud sometido a la despiadada autoridad de un patrono inhumano, escribe una conmovedora carta a su abuelo en la que imagina la feliz realidad que sería su vida bajo su amparo y le solicita que vaya en sus imposibles búsqueda y rescate. 

La Nochebuena de la señora Parkins bebe, casi cincuenta años después, de las fuentes de la Canción de Navidad de Dickens. Lydia Parkins es una viuda avarienta y roñosa que, pese a contar con propiedades y fortuna suficientes, vive de manera austera y mezquina, incapaz de establecer vínculos sólidos con sus allegados, negando su ayuda a los vecinos necesitados y hasta a sus propios familiares, aislada sentimentalmente del mundo por su miseria moral. Al igual que el Scrooge dickensiano, un suceso acontecido en la época navideña -en este caso, la salvación de una casi inevitable muerte por el pastor religioso del pueblo, que la rescatará de la congelación tras perderse en una tormenta de nieve- cambiará su percepción de la existencia y operará en ella una regeneración espiritual que la hará dadivosa y espléndida, caritativa y generosa para con sus semejantes, en la más tópica y ejemplarizante pauta -dicho sea sin connotaciones despectivas- de los relatos de este género. 

Thomas Hardy, a cuya obra novelística dedicamos nuestra última entrega, la pasada semana, de Todos los libros un libro, firma El despiste de una orquesta parroquial, un hilarante relato breve de 1891 en el que un grupo de músicos devotos del ron con sidra y con tendencia a la juerga, exhaustos por los muchos festejos a los que se los invita en la semana navideña, acaban por quedarse dormidos cuando, después de encadenar noche tras noche sin pegar ojo por las continuadas parrandas, tienen que interpretar los himnos religiosos en la misa vespertina del día de Navidad. Despertados bruscamente por el párroco y desorientados tras tantas actuaciones en un sitio y otro, se creen en una de las muchas tabernas frecuentadas y entonan, para escándalo de los devotos fieles, El diablo entre los sastres, una enloquecida giga más bien profana y de dudoso carácter sagrado. 

El inequívoco título, Noche de paz, noche de amor…, del cuento de Gustave Wied, de 1891, permite anticipar su clima sentimental y navideño, bienintencionado y compasivo. El protagonista, atribulado por una deuda de juego que vence el primero de enero, encontrará en una Nochebuena compartida la generosa solución a sus agobios. Y otro tanto ocurre -la presencia de un espíritu de solidaridad y de comunión entre gentes distintas e incluso enfrentadas y hostiles entre sí- en Navidad prusiana, que escribió Léon Bloy en 1893, aunque en este caso el planteamiento del relato no es tan primario y elemental, presentando en cambio más aristas y ambigüedades. En un pequeño pueblo francés, ocupado por las fuerzas alemanas en la guerra franco-prusiana, el reverendo Courtemanche se ve obligado a celebrar la Misa del Gallo para un regimiento enemigo -violento y sanguinario, responsable de pillaje, incendios, masacres, violaciones, blasfemias y profanaciones- ante la amenaza de su coronel de que, en caso de negarse, a las doce y cinco daré la orden de incendiar el pueblo. La desigual presencia en la en otras circunstancias entrañable ceremonia de los silenciosos y aterrorizados lugareños y las bien alineadas compañías armadas se constituye en la imagen más poderosa de un cuento que suscita muy distintas reflexiones. 

En la excelente antología hay un hueco también para Sherlock Holmes, que comparece en un cuento de su creador, Arthur Conan Doyle, ambientado, cómo no, en las fiestas navideñas. La aventura del carbunclo azul es, como siempre en el personaje, una demostración de la displicente agudeza intelectual del detective, en una singular pesquisa -con un ganso y un diamante de por medio- en la que afloran tanto su consabida capacidad analítica y su sorprendente habilidad para encontrar indicios insospechados en donde nada hay en apariencia, como una menos frecuente vena sentimental y compasiva, deudora evidente de la benéfica atmósfera de la Navidad. 

De entre los varios Premios Nobel que aparecen en el libro destaca Luigi Pirandello, con un relato, Navidad en el Rin, en el que convergen las previsibles referencias a la armonía, el amor y la bondad de estas fechas y las también comunes evocaciones -más amargas y dramáticas- al paso del tiempo, la desaparición de los seres queridos, la muerte y el inexorable y fatal ciclo de la vida. Nobel también -aunque mucho menos conocido que el italiano- es Wladyslaw Reymont, autor del último cuento del siglo XIX que se recoge en la recopilación. Felices es una historia bellísima en la que la triste soledad de su protagonista, su existencia estéril y anodina, su insustancial aislamiento del mundo, se verán transformados en una Nochebuena emotiva y sentimental, gracias a la promesa y la ilusión encarnadas en una muchacha rebosante de juventud y vitalidad. 

El primer cuento del siglo XX seleccionado es, también, el primero de un autor español. El rey Baltasar, escrito por Leopoldo Alas Clarín en 1901, nos pone en contacto con el dilema moral que se le plantea a un honrado y modesto funcionario cuando, para poder comprar el regalo de Reyes a uno de sus hijos, se ve obligado a ceder ante una corruptela menor pero que arruinará su carrera y, aún peor, destruirá irremisiblemente su honra. 

Otra para mí desconocida premio Nobel, la sarda Grazia Deledda, firma Mientras sopla el Levante, ambientado en su Cerdeña natal y con muchas referencias locales -el dialecto, las costumbres, los rituales- en un texto que refleja los intentos de dos jóvenes por dar “rienda suelta” a su amor, en un ámbito muy estricto de rígidas y conservadoras tradiciones ancestrales. 

O. Henry, uno de los grandes cuentistas norteamericanos, ambienta en el lejano Oeste un cuento de 1903, Un regalo de Navidad en el chaparral. En él, la bondadosa generosidad navideña evita que la enemistad entre dos vaqueros que codician a la misma mujer acabe en tragedia. Del mismo año es Nochebuena, un relato de Ramón María del Valle-Inclán en el que, en un entorno gallego -y por tanto teñido de melancolía- se hace mofa de la libertad de costumbres de un arcipreste, sospechosamente cercano a su sobrina. 

El tono irónico -e incluso más: la franca y sarcástica crítica de las costumbres y las convenciones sociales- impregna La fiesta de Navidad de Reginald, debida a Saki, el inclasificable humorista británico de comienzos del siglo XX. Británico también, e igualmente dotado para la agudeza y el ingenio -aunque de menor causticidad-, Gilbert Keith Chesterton es conocido, sobre todo, por su principal creación literaria: el inefable padre Brown, un cura católico, bonachón y candoroso, que resolverá complicados casos policiacos. Uno de los cuentos protagonizados por el personaje, Las Estrellas Voladoras, publicado en 1911, forma parte de la selección que ahora reseño, en un relato en el que, aprovechando la atmósfera navideña, el intuitivo y desconcertante curita, resuelve -como de costumbre de manera casi inexplicable- un enojoso robo de diamantes. 

La última contribución española a la antología la aporta Emilia Pardo Bazán. La prolífica escritora gallega ofrece en La estrella blanca una inusual visión, rezumando exotismo y sensualidad, también sentimentalismo y emoción, de la leyenda de los Reyes Magos. 

En 1914 se publicó en Londres Dublineses, la magistral colección de quince relatos de James Joyce, de un calibre literario equiparable a su obra mayor, Ulises. De entre todos sobresale Los muertos, un cuento excepcional que dio lugar a una de las mejores películas que yo he visto jamás, la cinta del mismo título de John Huston. Hace años, dediqué una emisión en Buscando leones en las nubes a esta deslumbrante maravilla. Podéis escucharlo en el blog del espacio. Idéntico protagonismo en dicho espacio tuvo cuatro cursos atrás, La Navidad de un niño en Gales, un cuento de Dylan Thomas conmovedor y muy tierno con abundantes elementos autobiográficos, que también podéis recuperar en la página del programa. 

Dino Buzzati es el autor de Cuento de Navidad, un relato entrañable, con un enfoque religioso y hasta metafísico, aunque muy tierno, sensible y sentimental. Otro nombre esencial de la literatura del siglo XX, Ray Bradbury, un clásico de la ciencia ficción, con dos títulos fundamentales del género, Crónicas marcianas y Fahrenheit 451, comparece en la antología con El regalo, una narración en donde se ambientan en un futurista 2052 los convencionales rituales de nuestra Navidad. 

Los dos cuentos más “contemporáneos” de la antología, los dos últimos recopilados, son Una Navidad, escrito en 1982 por Truman Capote, y el que cierra el libro, El cuento de Navidad de Auggie Wren, de 1990, obra de Paul Auster. En el primero de ellos, un niño acostumbrado a la vida libre y algo salvaje de Alabama, en donde vive con tíos y primos mientras sus padres, separados, rehacen sus existencias en Nueva Orleans y Nueva York, respectivamente, se ve obligado a pasar una Navidad con su progenitor en la ciudad sureña, en donde aquel lleva una vida hecha de riqueza, placeres, diversión y mujeres. El contraste entre la pobreza y la sencillez que definen el cotidiano entorno rural del chico y el lujo y la frivolidad que envuelven la realidad de su casi desconocido padre, marca un relato en el que afloran la inocencia del pequeño y su primer tímido atisbo del mundo adulto, en un episodio con -cómo no- una notoria aunque algo mundana presencia del espíritu navideño. El magnífico cuento de Paul Auster narra una historia emotiva y bellísima que es, además, una suerte de metarrelato que encierra una interesante reflexión sobre la literatura navideña. Un breve fragmento de su texto acompaña a esta reseña. El relato dio origen a una película, también estupenda, de Wayne Wang, Smoke, con un Harvey Keitel magistral. Su texto es la base del programa que el día 24 de diciembre dedicaré a la Navidad en mi otro espacio en Radio Universidad de Salamanca, Buscando leones en las nubes y que, aunque suene petulante, no deberíais dejar de escuchar. 

Un clásico villancico de la tradición norteamericana, Christmas song, en la espléndida versión del dúo She & Him, formado por el músico M. Ward y la cantante y actriz Zoey Deschanel, cierra nuestra emisión de esta tarde, con la que nos despedimos ya hasta el próximo 9 de enero. ¡Felices navidades a todos!

A principios de esa misma semana me había llamado un hombre del New York Times y me había preguntado si querría escribir un cuento que aparecería en el periódico el día de Navidad. Mi primer impulso fue decir que no, pero el hombre era muy persuasivo y amable, y al final de la conversación le dije que lo intentaría. En cuanto colgué el teléfono, sin embargo, caí en un profundo pánico. ¿Qué sabía yo sobre la Navidad?, me pregunté. ¿Qué sabía yo de escribir cuentos por encargo? 

Pasé los siguientes días desesperado; guerreando con los fantasmas de Dickens, O. Henry y otros maestros del espíritu de la Natividad. Las propias palabras “cuento de Navidad” tenían desagradables connotaciones para mí, en su evocación de espantosas efusiones de hipócrita sensiblería y melaza. Ni siquiera los mejores cuentos de Navidad eran otra cosa que sueños de deseos, cuentos de hadas para adultos, y por nada del mundo me permitiría escribir algo así. Sin embargo, ¿cómo podía nadie proponerse escribir un cuento de Navidad que no fuera sentimental? Era una contradicción en los términos, una imposibilidad, una paradoja. Sería como tratar de imaginar un caballo de carreras sin patas o un gorrión sin alas. 


Marta Salís. Cuentos de Navidad