Vivo entre muchos libros y extraigo una gran parte de mis ganas de vivir del hecho de que aún leeré la mayoría de ellos. (Elias Canetti)

miércoles, 26 de abril de 2017

ANGELIKA SCHROBSDORFF. TÚ NO ERES COMO OTRAS MADRES

Hola, buenas tardes. Bienvenidos un miércoles más a Todos los libros un libro, el espacio de recomendaciones de lectura de Radio Universidad de Salamanca. Hoy os traigo una novela espléndida, aunque el fortísimo carácter autobiográfico del texto puede hacernos dudar -como tantas otras veces en nuestro programa- de si la adscripción a un determinado género tiene sentido en literatura, pues qué importa, en el fondo, de cara al interés y la calidad de una obra, que la historia que en ella se nos narre haya sucedido en la vida “tangible” o sea una invención sólo presente en la imaginación -¿acaso menos “real”?- de su autor (y de cualquier forma: ¿cómo sabremos -salvo excepciones muy notorias- si estamos ante una u otra situación?).

En el caso de mi propuesta de esta tarde, la escritora Angelika Schrobsdorff cuenta abiertamente y sin disimulo ni intento alguno por camuflar el origen verídico de su relato, la intensa peripecia existencial de su madre y por extensión la suya propia y la del resto de su familia, en una obra en la que todo -el marco general y los detalles, los protagonistas principales y los personajes secundarios, los acontecimientos históricos y las pequeñas y triviales anécdotas cotidianas- existe o ha existido, ha sucedido efectivamente, aunque, igualmente, todo, sin excepción, aparece revestido de tal carga dramática, tal hondura sentimental, tal fascinante exaltación emocional, siendo a la vez tan fidedigna la recreación de los hechos -y especialmente del espíritu- de una época, que, paradójicamente, el resultado final hubiera podido ser presentado como una excepcional ficción novelesca. Y así -imbuidos de la arrebatada pasión que transmiten las mejores narraciones, aunque emocionados también por la vívida conciencia de la dimensión real, histórica, de aquello de lo que se nos da cuenta- leemos Tú no eres como otras madres, el libro escrito por la alemana Angelika Schrobsdorff en 1992 y presentado en España en 2016, gracias al esfuerzo conjunto de las ejemplares editoriales Periférica y Errata Naturae, en traducción de Richard Gross.

El libro nos pone en contacto con la vida de Else Kirschner, madre de la autora. La narración de la hija preserva ese tono “ficcional” al que acabo de referirme, pues casi siempre escribe en tercera persona, salvo -y no siempre- cuando se refiere a ella misma, en que redacta en primera, contribuyendo así, con la opción narrativa predominante, a mantener un cierto tono de distanciamiento que “objetiviza” el texto y permite su presentación “disimulada” bajo la forma novelística.

Angelika Schrobsdorff, nacida en 1927, y viva aún -una anciana de mirada entrañable y triste en las fotografías, esposa de Claude Lanzmann, el director de cine francés, autor de Shoah, la obra cumbre cinematográfica sobre el holocausto judío-, parte de los años finales del siglo XIX -Else había nacido en 1893- para mostrarnos la intensa experiencia vital de su madre, la gran protagonista del libro -ya desde su título-; una mujer de arrebatadora personalidad cuya existencia transcurre en paralelo a la del convulso siglo XX, de modo que ambos ejes (el íntimo que se recrea en la descripción del alma de la extraordinaria mujer, y el “externo” que fotografía el agitado panorama de Alemania, y por extensión de Europa entera, en una época -la madre morirá a finales de 1948- que albergará dos grandes guerras), constituyen el doble núcleo central del apasionante relato.

El personaje de la madre llena la obra. Nacida en una acomodada familia judía que no hace bandera de su judaísmo (y este hecho, el anteponer -ingenuamente- su condición de alemanes a la supuesta singularidad de su raza, les provocará a todos sus miembros desgracias sin cuento), Else recibe en su infancia una formación convencional, con clases de piano y violín, también de francés, frecuentando desde niña la ópera y el teatro, acostumbrada desde sus primeros años a la lectura de los clásicos alemanes. Niña casi modélica, apreciada y querida por profesores y compañeros, aprende con facilidad, siendo considerada un dechado de desenvoltura, franqueza e impulsividad. Pronto comprende que es distinta al resto de los niños del jardín de infancia, atraída -contra la voluntad de sus padres- por los ritos católicos en un ambiente fuertemente judío. Llevada por su energía y vitalidad, por su fuerza y su carisma, por su desprecio de las convenciones, los cálculos, las pretensiones, elige desde muy joven lo “completamente distinto”, persuadida de que tiene que vivir según sus propias leyes.

Y así, arrastrada por su vitalidad, por su inteligencia, por su autenticidad, por su pensamiento mucho más ágil, rápido e independiente que las mujeres de su época, por su autonomía (es una adelantada a su generación) y su tozuda decisión, bien provista de cualidades (cara bonita, inteligente, ingeniosa, desbordante en su amor, su vitalidad y su generosidad. Tenía un carisma que no se explica con dotes físicas, humanas o intelectuales […] su cercanía, su calor, su amor, su amistad), pertrechada además con el encanto de un cierto exotismo que emana de su condición de judía, se lanza a vivir la vida sin cortapisas, buscando la revelación de la vida verdadera, eligiendo siempre el amor y la alegría.

Esa valiente disposición de ánimo la lleva a experimentar las muchas vivencias que permitía la desenfrenada ausencia de límites que caracterizó a los locos años veinte berlineses (como queda de manifiesto en el significativo texto con el que cierro esta reseña). Su vida se convierte así en un carrusel de experiencias sentimentales, amorosas, sexuales, artísticas, culturales, intelectuales. En ese frenesí vital, bohemio y ajeno a las convenciones, se zambulle en el placer, encadena un amante tras otro, tiene tres hijos de distintos padres -la última, nuestra narradora, Angelika-, pues sostiene de modo categórico que hay que tener un hijo con cada hombre que se ama, se salta los preceptos morales de su tiempo (como mujer de mi generación yo era algo nuevo, insólito y sospechoso. Me salía del marco, por así decir, tenía que ser muy fuerte y hacer mis propias leyes) y, en definitiva, se entrega a una existencia libérrima en la que ni siquiera la maternidad actúa como freno.

Toda esta exaltación de la primera mitad de la existencia de esta Else impulsiva y alocada y algo inconsciente -muy poco, en realidad; en todo momento conoce los riesgos de sus atrevidas elecciones vitales- se produce de modo simultáneo a la génesis -tímida y larvada- del engendro nazi, de cuyas ominosas muestras muy pocos quieren enterarse -o al menos apreciar su gravedad y su potencial carga destructiva y asesina- y menos que cualquiera nuestra entusiasta y alegre y arrolladora y apasionada protagonista, de tal manera que cuando la barbarie hitleriana ya constituye un proceso imparable que ha provocado una guerra y el exterminio de millones de judíos (su propia madre, la abuela de la narradora, entre ellos) y el sufrimiento y el dolor a muchos otros millones (entre los que se cuentan, esta vez, muchos de los allegados de la atrevida Else), la degradación que el Reich instaura en la vida social acaba afectando también a la ahora frágil mujer.

Exaltación frente a deterioro, vida libre y descuido de la maternidad frente a fracaso y culpabilidad; quizá sean estos dos juegos de “dualismos” los que mejor explican la esencia del libro. Sus desbordadas experiencias en la intensa y embriagadora juventud acaban dejando su huella, su dolorosa huella, y la Else brillante y vital de la primera mitad del libro se convierte en sus últimos años en una mujer enferma, malhumorada, incapaz de digerir lo que a sus ojos se revela ahora como fracaso vital.

Obligada, en un muy último momento, con la amenaza nacionalsocialista a las puertas, a abandonar Alemania e instalarse en un precario pero protector refugio en Sofía, Bulgaria, la existencia de nuestra protagonista va degradándose paulatinamente; todo a su alrededor -amigos, amantes, maridos, hasta hijos- desaparece o va diluyéndose, condenándola a una inusitada soledad, mientras su carácter se agría y el libro se puebla de reflexiones apagadas, pesimistas, mortecinas: Había tenido tres hombres, y ahora no tenía ninguno. Había tomado la vida por un prado de recreo, que ahora se convertía en un campo de batalla. Sólo había conocido la lucha y la victoria en el terreno del amor, del placer y de la diversión, no en el de la vida cotidiana. No estaba preparada, no estaba armada para esa vida. O también: ¿Cómo maneja uno el miedo y el dolor sin reventar? ¿Cómo vive en un país extranjero, con personas extranjeras cuyo idioma, cultura y costumbres desconoce? ¿Cómo protege a sus hijos de daños psíquicos de por vida? ¿Cómo sobrelleva el adiós a sus padres sabiendo que los deja en el infierno y que, con gran probabilidad, no volverá a verlos? ¿Cómo comprenderá jamás los instintos bestiales que se manifestaron en el sumamente culto y sumamente civilizado pueblo alemán, cómo asimilará jamás esa realidad?, una conexión, esta que se establece entre el destino del pueblo alemán y el suyo propio, que constituye otra de las claves del libro.

En el capítulo postrero de la obra, cincuenta espléndidas páginas integradas en su totalidad por la transcripción -¿o la libertad novelística de la autora se ha consentido la invención?- de las cartas enviadas por Else a distintos allegados tras la guerra, en los últimos años de su vida (son documentos de un país destruido, un pueblo destruido y una persona destruida), afloran las vertientes más tristes y desesperanzadas de una mujer rendida y que cuestiona retrospectivamente -aunque no del todo, conservará hasta el final algún átomo de valentía- los excesos de su existencia pese a todo feliz: Por todas partes hay horror, toda la vida es un horror. Nuestra equivocación consiste en que cuando somos jóvenes pensamos que la vida es bella, escribe. Y también: ¿No ha sido mi vida más que una cadena de locura, superficialidad, egoísmo, ansia de placer, delirio erótico? (…) Yo sólo veo mis errores y nada, absolutamente nada, en lo que pueda sostenerme, de lo que pueda decir que estuvo bien y fue decente. No obstante, a veces ni siquiera me arrepiento. Fue, a pesar de todo, bello. E igualmente: La vida pasa tan deprisa, y cuando se acerca a su término, uno se pregunta: ¿por qué la he dilapidado así? El relato se impregna entonces de una alicaída nostalgia del pasado (las cosas nunca volverán a ser como antes) y un negativo escepticismo lo envuelve todo: Creo que el único sentido generado por este mundo es el sinsentido.

A lo largo del libro la voz de la narradora no muestra -quizá sorprendentemente- una voluntad de cuestionar ni mucho menos juzgar a una mujer que desatendió en numerosas ocasiones -y en perjuicio de sus hijos, singularmente la propia Angelika- las obligaciones como madre. El relato es, ya se ha dicho, objetivo y casi neutro, describiéndose con idéntico énfasis y la misma ausencia de reproches morales, tanto los momentos de feliz frenesí en los que Else pretería a sus hijos, como los destructivos en los que su visión oscura de la vida irritaba a esa hija con la que mantuvo siempre una tensa relación (El amor de madre siempre es un amor infeliz, afirma).

En fin, no hay ya tiempo para más. Os recomiendo esta espléndida Tú no eres como otras madres de Angelika Schrobsdorff, cuya lectura sin duda vais a disfrutar. La voz de Dean Martin cantando Goodnight sweetheart till we meet tomorrow, un tema que acompaña a Angelika en un momento determinante del libro (fui a su casa y conocí la plenitud del amor en forma de violación) cierra por hoy nuestro espacio.


Imagino los años veinte como un cometa que, en una noche breve y sin estrellas, deja un rastro ancho y luminoso entre dos guerras mundiales.

Nacida en las postrimerías de aquella década, es decir, en un momento en que el cometa ya se estaba extinguiendo, sólo oí hablar de su esplendor y grandeza. Quienes lo hicieron -fueron muchos, tanto en Alemania como en Israel- parecían hallarse todavía bajo su embrujo. Hablaban de aquellos años con voz de contador de cuentos, con sonrisa soñadora o maliciosa, con nostalgia o súbita excitación. Un señor anciano, al que ya le flaqueaban las piernas y que meditaba bien cada paso, hasta se puso, para preocupación mía, a bailarme el charlestón. En aquel entonces lo había ejecutado en el Jockey Club con una muchacha de vestido verde y pelo a lo garçon, y el recuerdo debió de poner alas en sus piernas. Una dama, no menos anciana, me cantó las canciones de éxito de la época, y su voz rejuvenecía con cada melodía. Fue aquí, en Jerusalén, y los dos ya no existen. Han dejado de existir casi todos aquellos felices que vieron el cometa, y los dorados años veinte, nacidos en los estertores de la Primera Guerra Mundial y muertos de mala manera en el bestial exordio de la Segunda, se han convertido en leyenda.

Yo todavía me crié con muchas de las cosas emanadas de aquellos años veinte, y no cabe duda de que influyeron en mi persona. Pero sólo décadas después, cuando levanté la barrera que me separaba del pasado, volvieron a mí para entreverarse con lo que había oído, visto o leído. El rompecabezas nunca ha cuajado en una imagen. Por mi memoria rondan cual fantasmas los nombres de literatos y críticos, pintores y arquitectos, compositores y directores de orquesta, actores y directores de cine; de teatros y palacios cinematográficos, clubes nocturnos y salas de baile, restaurantes y cafés, periódicos y editoriales; se me pegaron aires de La ópera de tres centavos, estribillos de canciones de éxito, jirones líricos, fragmentos de textos y poemas de Mehring, Tucholsky, Kästner, Ringelnatz, Klabund y Brecht; impresiones de cuadros, de dibujos, de caricaturas que vi aquí, allá y acullá.

Por mi madre nada supe acerca de aquel período. Nunca habló, en nuestro exilio búlgaro, del pasado. Seguramente temía inquietarme y despertar en mí de nuevo los lobos dormidos de la nostalgia de la patria. Sólo en una ocasión, cuando se presentó en Sofía Labios soñadores, con Elisabeth Bergner, rompió el tabú. La Bergner había sido para ella, como para muchas mujeres de su generación, un ídolo, y ya había visto la película en Berlín varias veces. Cuando salimos hacia el cine, estaba tan nerviosa como una chica que se dirige a su primera cita.

-No me perdía obra de teatro en la que saliera la Bergner -me confió-. ¡Era la más grande! Todavía la veo haciendo de Puck en Sueño de una noche de verano montado por Max Reinhardt. Qué suerte por haber podido conocer todavía todo aquello… ¡nadie podrá quitármelo, nadie!

-¿Y cuándo fue eso? -pregunté.

-En los años veinte, que llaman los “años locos”.

-¿Realmente los veinte fueron tan locos? -interrogué más tarde a Enie.

-Fueron fantásticos, desde luego -dijo-. El preludio de una época nueva, moderna, emancipada, que no tuvo oportunidad. ¡Una grandiosa danza de la muerte! La cantidad de gigantes del arte y del intelecto que el Berlín de entonces escupió de la noche a la mañana es simplemente increíble. La mitad eran judíos. Y bien, conseguimos matarlo todo: a los judíos, al arte y al intelecto.

Y se lo llevó todo: la cultura y el vicio. La corta y eruptiva época de esplendor, una mezcla de renovación y decadencia que a menudo precede al cataclismo, transformaba la ciudad tanto en una metrópoli del arte y del intelecto como en una Sodoma y Gomorra.

Berlín había dejado de ser la residencia imperial de rígida etiqueta, costumbres gazmoñas y disciplina prusiana; era el corazón, la preferida, el patrimonio de sus habitantes, quienes por fin, liberados de las presiones, configuraban la ciudad a su gusto y le imprimían su cara y carácter. Una cara audaz y un carácter cosmopolita. Se abrían camino formas nuevas y puras, líneas nuevas y compactas, costumbres nuevas y liberales, un tono nuevo y desenvuelto. El estilo Bauhaus era considerado chic, lo mismo que el fox-trot, el club nocturno, la novela por entregas de las revistas ilustradas, la carrera de seis días en el Palacio de Deportes, el sex-appeal importado de los Estados Unidos. Nació el berlinés ágil y de réplica pronta y la berlinesa sobria y salada, poseedora de cierto no sé qué. Era la gran época de las mujeres, quienes, liberadas de repente de las cadenas y convertidas en individuos autónomos, podían participar del mundo de los hombres y manifestar sus sentimientos, sus pensamientos, sus expectativas y necesidades, antes reprimidas o rechazadas. Se deshacían de sus delantales y sus corsés, de su feminidad azucarada, su docilidad asexual, para presentarse con vestidos sueltos y vaporosos, las rodillas al aire, boquitas maquilladas en forma de corazón, y corte de pelo varonil: seductoras chavalas, aligeradas de muchas cosas en el doble sentido de la palabra.

Fumaban y bebían en los bares, cantaban frívolas canciones en los escenarios de los cabarets, bailaban ligeras de ropa en los teatros de variedades, saltaban al agua en bañadores ceñidos, se dejaban ver en establecimientos de dudosa fama, pasaban la noche flirteando, se entusiasmaban con la bailarina Josephine Baker, negra y con los pechos al aire, y el boxeador de peso pesado Max Schmeling. Y si un hombre les gustaba, no decían que no.

Else, en aquel mundo sacado de quicio, se sentía como pez en el agua. Ya no nadaba contra corriente, sino que nadaba al frente de una bandada de correligionarios. Su encanto se había vuelto provocador; su inteligencia, agua; su vitalidad, agitada; su alegría, subida de tono. Ella marcaba el compás, arrebataba, imponía.

miércoles, 19 de abril de 2017

WILLIAM STYRON. LA DECISIÓN DE SOPHIE

Hola, buenas tardes. Bienvenidos un miércoles más, un trimestre más, a Todos los libros un libro, vuestra cita habitual con la literatura en el dial de Radio Universidad de Salamanca. Con la emisión de hoy -la que hace la número trescientos de nuestro espacio- iniciamos una breve serie, que se prolongará a lo largo de tres semanas -transcurrida una Semana Santa que hubiera sido especialmente propicia, por sus pretendidos recogimiento y meditación, al motivo principal que nos ocupará en ellas- centradas en un tema, el del terror absoluto que encarnó el campo de concentración de Auschwitz, que recorre -de modo directo y explícito o de una manera más lateral o meramente alusiva- los tres libros que quiero recomendaros en estas próximas entregas del programa.

El 16 de abril de 1947 -hace ahora, pues, setenta años- fue ahorcado, en cumplimiento de la sentencia que lo condenó a muerte en el juicio celebrado en Polonia tras el fin de la guerra, Rudolf Höss, el siniestro comandante del campo de concentración de Auschwitz, en cuyas instalaciones, ya “liberadas” tras la victoria aliada de su funesta misión, se instaló el patíbulo. Hace un par de años, en marzo de 2015, ya os hablé aquí del despiadado Höss, en relación al espléndido libro biográfico de Thomas Harding, de título Hanns y Rudolf.

El sobresaliente oficial nazi -sobresaliente en tanto manifestación excepcional y paradigmática de la maldad humana- está muy presente también en la novela -con una importante base, sin embargo, de “realidad” documentada- de la que quiero hablaros esta tarde como significativa apertura a nuestra inmersión en la tragedia que el abominable campo de exterminio representó; y ese hecho explica la elección de la fecha de su muerte como “desencadenante” de este corto ciclo de lecturas que de un modo u otro giran en torno al terror nazi. Este primer libro con el que abrimos la serie es La decisión de Sophie, la obra maestra de William Styron que desde su publicación en 1979 se ha convertido en un clásico que han leído con devoción y congoja, con entusiasmo y consternación, millones de personas en todo el mundo. La decisión de Sophie, que ya había aparecido en España hace años, se reeditó en nuestro país el pasado 2016 en la formidable colección Los ineludibles de la editorial Navona, con traducción de Antoni Pigrau a partir de la primera edición norteamericana de 1979 y con un epílogo del escritor Javier García Sánchez. La obra es también conocida a través de su homónima versión cinematográfica, una gran película dirigida en 1982 por Alan J. Pakula e interpretada por Meryl Streep en el papel protagonista.

Auschwitz -y tomando el todo por una de sus partes, también Rudolf Höss, su desalmado responsable- constituye, por desgracia, el emblema del horror, de la atrocidad, de la monstruosidad que puede llegar a albergar en su interior el ser humano. Auschwitz -y su espeluznante extensión, el campo de exterminio anejo, Birkenau- es el mal absoluto, un mal que aparece en el mundo no solo por la acción de la personalidad retorcida de algunos dementes movidos por el ansia de poder, o como consecuencia de la depravación congénita de ciertos espíritus afectados por destructoras patologías, o fruto de la enceguecida voluntad de unos fanáticos decididos a llevar a cabo sus sanguinarios y descabellados propósitos a cualquier precio. No, Auschwitz es, sin duda, el resultado de algunas de estas fuerzas mencionadas, pero es algo más, bastante más. Porque si la cruel labor de aniquilación que llevaron a cabo los nazis en el transcurso de la segunda guerra mundial, y que solo en el terrible complejo concentracionario polaco se cobró más de un millón de víctimas, hubiera obedecido exclusivamente a la delirante intención de unos cuantos dirigentes, por mucho poder que acumularan, mucha capacidad de seducción o mucha violenta intimidación que hubieran podido ejercer sobre sus conciudadanos, su oscura y trágica tarea jamás hubiera podido realizarse. Auschwitz -y Rudolf Höss- ejemplifican lo que Hannah Arendt denominó -en expresión acertada y sin embargo polémica, pues no siempre ha sido bien entendida- “banalidad del mal”: los crímenes, las ejecuciones, las torturas, las violaciones, los perversos experimentos, la barbarie, las atrocidades, el sufrimiento y el dolor que se multiplicaron en los campos de exterminio, no fueron obra de seres monstruosos, de eslabones perdidos de una primitiva especie prehomínida, de entes animaloides incapaces de albergar la más mínima sensibilidad, no; por el contrario, se debieron a personas normales y corrientes, individuos comunes, ciudadanos convencionales que, incapaces de reflexionar -por ignorancia o cobardía- sobre el sentido de sus actos, obedecieron -burócratas funestos- las órdenes emanadas de instancias superiores mientras, ajenos -o indiferentes- a la feroz brutalidad que ejercían, se retiraban cada día, tras el cumplimiento de sus fatigosas aunque anodinas jornadas “laborales”, a sus hogares, a sus dormitorios, a su vida familiar, para descansar y solazarse tranquilamente, inmunes al remordimiento o la culpa, desentendidos del sufrimiento causado. Y Rudolf Höss es una de las figuras más “ilustrativas” de ese insoportable fenómeno, con su meticulosa y exigente eficiencia en la realización de su fatal cometido, con su insensible y despreocupado -moralmente- rigor administrativo en la puesta en práctica de la “solución final”, con su acogedora y confortable vivienda en las instalaciones del propio campo, con su mujer y sus hijos disfrutando de una existencia privilegiada -asistidos en las labores de la casa por presos del lager cuya ominosa sentencia final se postergaba en aras de su función- a pocos metros de la espantosa máquina de destrucción y terror, de aniquilamiento y muerte que era Auschwitz/Birkenau.

Y aunque mi reflexión pueda exceder los límites “naturales” de una reseña literaria, permitidme que os recomiende la visita al emplazamiento -una especie de inolvidable, conmovedor y muy interesante museo del horror- que alberga ambos recintos colindantes. Yo estuve en Oświęcim -el nombre, en polaco, del pueblo en el que se ubicaron los campos- hace tres o cuatro años, y la experiencia, dramática e intensa, muy triste aunque inolvidable, resulta no solo altamente recomendable -que lo es- sino indispensable para conocer un fenómeno que toca a lo más esencial de nuestra existencia como seres pensantes y supuestamente racionales. Pasear entre los barracones, pisar los andenes a los que llegaban los trenes repletos de prisioneros, recorrer las instalaciones, ver los camastros de madera, las cámaras de gas, los crematorios, examinar las muestras de documentación tras cuya aséptica frialdad se vislumbran infinidad de tragedias humanas, contemplar las dramáticas fotos, detenerse, espantado, ante las pilas de gafas, zapatos, maletas, enseres varios y hasta pirámides de cabellos que pertenecieron a las víctimas y que el Memorial de Auschwitz muestra como necesario recordatorio de aquel espanto, sobrecoge y emociona, consterna y hace reflexionar (más allá de tener que soportar la por desgracia siempre esperable frivolidad, la inaguantable ligereza de quienes son capaces de hacerse selfies en ese recinto infernal). Os aconsejo también la lectura de algunos grandes libros escritos por afortunados -aunque no sé si ese es el término más apropiado- supervivientes de aquella monstruosidad: Si esto es un hombre, la trilogía de Primo Levi, Sin destino, de Imre Kertész o El hombre en busca de sentido -ya reseñado en estas páginas-, de Viktor Frankl, entre otras muchas.

En La decisión de Sophie, la presencia “real” del campo y su Obersturmbannführer son muy menores -poco más de cincuenta páginas en un total de setecientas treinta (y de ellas os dejo un breve fragmento, el comienzo del terrible y dramático momento crucial del libro, como cierre a mi reseña)-, pero, pese a ello, la devastadora experiencia vivida por su protagonista femenina en su recinto y frente a su comandante irradia toda la obra, impregnando sutilmente el libro entero, una novela ambientada en Nueva York en 1947, solo dos años después del fin de la guerra. El narrador, Stingo, es un joven -veintidós escasos años- aprendiz de escritor -indudable trasunto del autor- que llevado por su firme vocación se instala en Brooklyn, en una singular casa de huéspedes, para, con la apacible seguridad que le proporciona una discreta suma de dinero fruto de una muy especial “herencia”, dedicar sus días a su incipiente carrera literaria. El núcleo central del libro radica en el relato de su apasionada y controvertida amistad con una deslumbrante y atractiva pareja, Sophie y Nathan, a la que conoce en esta residencia del barrio neoyorquino.

Sophie es una mujer polaca, unos años mayor que Stingo, que ya desde el principio de la novela deslumbra y enamora -no solo al protagonista- a la vez que deja numerosos indicios del terrible misterio que encierra su vida pasada (el número tatuado en su brazo, prueba inequívoca de su estancia en los campos, es solo uno de ellos). Su relación con Nathan, un excesivo y carismático joven judío, se desenvuelve entre la atracción exaltada y el desbordante entusiasmo amoroso, por un lado, y el enajenado enfrentamiento y una trastornada violencia por otro. El narrador da cuenta de las vicisitudes de este tortuoso vínculo, mientras sucumbe al encanto irresistible de la chica, la cual, entre secretos y verdades disimuladas, entre versiones parciales y ocultaciones, va ofreciendo progresivamente -al modo en el que se abren las distintas capas de una cebolla-, diferentes relatos, cada vez más completos, de su enigmático y a la postre espeluznante pasado.

Pero esa explicación última no llega hasta los momentos postreros de la novela, en unos capítulos estremecedores. Antes, conocemos la propia vida de Stingo, sus orígenes sureños, la relación con su padre, sus preocupaciones -casi obsesiones- sexuales, sus fallidos escarceos amorosos, sus tibios progresos en la escritura y, sobre todo, su amistad con sus intensos vecinos, en un relato palpitante en el que coinciden la narración novelística clásica -caudalosa e incontenible-, la metaficción, el humor, la transcripción literal de documentos, la reflexión filosófica o la mención de datos históricos relativos a la realidad del nazismo y también -en un paralelismo buscado que da profundidad al libro: la esclavitud de los negros como correlato del exterminio judío- al conflicto racial entre unionistas y confederados, de tanta trascendencia en la corta existencia de los Estados Unidos y que, persistente en el presente narrativo, puntea la novela entera. Y en todo ello, en la descripción del ahora neoyorquino del trío y en la del pasado polaco y alemán de Sophie, en los abundantes excursos aparentemente ajenos a lo sustancial de la historia, la niebla de la tragedia vivida por la chica ensombrece el relato, que, pese a todo es optimista y vital, con abundantes manifestaciones de un espíritu -el que corresponde a un chico de veintipocos años- vigoroso y enérgico, ilusionado y romántico, entusiasta y positivo.

No hay tiempo ya para otra cosa que mi encarecida recomendación de que leáis, por todos estos motivos, La decisión de Sophie, una obra maestra imperecedera; una novela, por otro lado, repleta de música, de la que os dejo ahora una muestra, la Sinfonía concertante de Mozart, muy significativa en la vida de la protagonista principal, en la interpretación de Ann-Sophie Mutter.


Sophie no sabía su nombre ni lo sabría nunca. Lo he bautizado así -Fritz Jemand von Niemand [Literalmente, Fritz Alguien de Nadie (N. del T.)]- porque me parece un nombre muy apropiado para un médico de las SS, para un tipo que apareció ante Sophie como salido de la nada y desapareció para siempre de su vista al cabo de unos instantes, pero que dejó tras de sí algunas huellas interesantes. Una de ellas: la impresión de una relativa juventud -de treinta y cinco a cuarenta años- junto a un inoportuno e inesperado buen aspecto bastante perturbador. Sí, el doctor Jemand von Niemand, con su físico de hombre bien parecido, su voz, sus maneras y otros atributos, dejaría para siempre más de una huella en la mente de Sophie. Las primeras palabras que le dijo: “Ich möchte mit dir schlafen”. Lo que significa, del modo más brusco y más falto de seducción: “Me gustaría meterme en la cama contigo”. Unas palabras toscas, pronunciadas desde una intimidante posición de ventaja, sin clase ni finura, casi con crueldad, una expresión que habría podido esperarse perfectamente de una película procaz sobre las marranadas de los nazis. Pero estas fueron solo, según Sophie, las palabras que dijo en primer lugar. Modo de hablar indigno de un caballero (quizás incluso de un aristócrata), pero disculpable hasta cierto punto por el hecho de que el hombre estaba visiblemente borracho. Lo que, a primera vista, hizo pensar a Sophie que podría tratarse de un aristócrata -tal vez prusiano o de origen prusiano- fue su gran parecido con un oficial hijo de nobles que era amigo de su padre y a quien ella vio una ve cuando era una muchacha de dieciséis años en una visita a Berlín durante el verano. De apariencia nórdica, atractivo, de labios delgados, austero y rígido, el joven oficial de otros tiempos la trató fríamente durante su breve encuentro, casi con desprecio; sin embargo, no pudo por menos de sentiré fascinada por su impresionante atractivo que -sorprendentemente-, aunque no podía decirse que fuera el de un hombre afeminado, destacaba en su rostro por una peculiar sedosidad femenina. Era algo así como un Leslie Howard militarizado, actor del que se sintió algo enamorada desde El bosque petrificado. A pesar del desagrado que le inspiró el joven oficial de Berlín y de su satisfacción por no tener que volver a verlo, más tarde pensó alguna vez en él de modo perturbador. Según me dijo ella, era el tipo de persona de la que, de haber sido una mujer, yo mismo me habría enamorado perdidamente. Y allí, en el polvoriento andén de Auschwitz, a las cinco de la tarde, estaba su contrapartida, casi su réplica, con uniforme de las SS, enrojecido a causa del vino, el coñac o los licores, pronunciando unas palabras impropias de un patricio con el indolente acento de un patricio berlinés: “Me gustaría meterme en la cama contigo”.

miércoles, 5 de abril de 2017

ELLA FRANCES SANDERS. LOST IN TRANSLATION

Hola, buenas tardes. Bienvenidos a Todos los libros un libro, el programa de Radio Universidad de Salamanca en el que semanalmente os ofrecemos una propuesta de lectura que pueda interesaros. Hoy, nuestra emisión llega a su última entrega por este trimestre y queremos cerrar esta etapa, dejando el invierno atrás y adentrándonos en esta primavera que apenas comienza, con una sugerencia que quizá pueda parecer algo ligera, menor o incluso superficial, pero que resulta también muy estimulante y llena de interés, una obra que, como corresponde a la estación que ahora se inicia, rebosa frescura y sencillez, inocencia y candor, pero no por ello deja de ser sugerente y abierta a múltiples evocaciones.

Un libro que, además, he querido presentaros -con dos enfoques diferentes aunque complementarios- simultáneamente aquí y en mi otro espacio en la emisora universitaria salmantina. Y es que anteayer, tres de abril, el programa de Buscando leones en las nubes se centraba también en este Lost in translation del que ahora os hablo, un curioso librito editado el pasado 2016 por Libros del Zorro Rojo, un destacado sello que se abre paso entre las pequeñas editoriales de más reciente creación por su muy cuidada política de publicaciones. El libro, escrito y dibujado por Ella Frances Sanders, que vive y trabaja en Bath, en el Reino Unido (escritora por necesidad, ilustradora por casualidad, dice de sí misma), y traducido por Sally Avigdor, aparece con el significativo subtítulo de Un compendio ilustrado de palabras intraducibles de todas partes del mundo.

Haciendo honor a la rúbrica bajo la cual ve la luz, Lost in translation -que no tiene nada que ver con la estupenda película del mismo título de Sofia Coppola- recoge más de cincuenta palabras, escogidas entre el léxico de una treintena de idiomas (japonés, noruego, alemán, sueco, neerlandés, malayo, árabe, yidis, finés, tagalo, griego, ruso, francés, galés, urdu, sánscrito, indonesio, farsi, coreano, húngaro, portugués, hawaiano, hindi, inuit, gaélico escocés, islandés y los más exóticos wagiman -lengua australiana casi extinta-, tulu -que se habla en una región del suroeste de la India-, yámana -originario de la Tierra del Fuego- o el africano bantú nguni) que no tienen una traducción exacta en el inglés en el que se redacta el texto original (ni tampoco en el castellano en que nosotros leemos el libro). Tras un interesante prólogo en el que la autora da cuenta del propósito y la intención última de su obra y que os transcribo en su integridad como colofón a esta reseña, Elle Frances Sanders presenta cada uno de los vocablos elegidos desde un triple tratamiento.

Por un lado, cada término se traduce de manera aproximada -se trata, en realidad de una paráfrasis-; así, y a modo de ejemplo, de la palabra árabe gurfa se nos dice que significa “la cantidad de agua que cabe en la palma de la mano”, o la japonesa tsundoku se vierte a nuestro idioma como sinónimo de “comprar un libro, no leerlo y dejarlo apilado sobre otros libros no leídos”. Este sentido más o menos literal se acompaña siempre de una glosa de la voz escogida, un breve comentario que Sanders envuelve en un tono poético, sencillo e ingenuo, rezumando ternura, sensibilidad, también ironía y humor. De este modo, a propósito de trepverter, un sustantivo yidis, que literalmente significa “palabras de escaleras” y metafóricamente se aplica para referirse a aquella frase o respuesta ingeniosa que se te ocurre cuando ya es demasiado tarde para usarla, escribe la autora: Es tan frustrante que las mejores frases te vengan siempre a la cabeza cuando te has alejado. Como siempre, esas réplicas sarcásticas y mordaces tan divertidas llegan solo cuando has dado la vuelta a la esquina o has bajado las escaleras.

Por último, y complementando los distintos textos, aflora la faceta de dibujante de quien firma el libro. De nuevo, las notas de simplicidad y sencillez caracterizan las ilustraciones, todas ellas con un indudable punto de naturalidad y un tono naïf y hasta infantil, con colores puros, líneas claras, imágenes algo planas y elementales, muy primarias, pero con mucho encanto y un notorio poder de fascinación, tal y como puede comprobarse en la que se recoge en la portada del libro, la representación gráfica del término inuit iktsuarpok, “el acto de salir continuamente para comprobar si alguien a quien esperas está llegando”.

Pero, más allá del interés intrínseco que ofrece la lectura de los textos y la contemplación de las inocentes viñetas, el libro resulta atrayente por cuanto, en paralelo al disfrute de las poéticas interpretaciones de los curiosos y evanescentes vocablos seleccionados, permite plantearnos los problemas, las dificultades, también los misterios, que siempre encierra la traducción, el imposible acto de verter a un idioma no ya las palabras, sino las ideas, las emociones, los valores, las visiones del mundo o los modos de entender la realidad por parte de una determinada cultura. La expresión lost in translation alude, en su sentido literal, al hecho de que en toda traducción perdemos algo del significado primitivo del texto original, en la medida en que traducir -como sabe cualquiera mínimamente interesado en el tema- no consiste tan solo en encontrar una palabra o una frase que diga en otro idioma lo mismo que en el inicial, sino en buscar, efectivamente, ese decir “lo mismo”, esto es, la voluntad de trasladar fielmente a otra lengua el “espíritu” de lo que decimos o escribimos, todo ese conjunto de evocaciones, vivencias, sobreentendidos, derivaciones, sugerencias, alusiones, implicaciones, resonancias, sentimientos, emociones, subtextos, intenciones, sentidos ocultos o latentes, elementos del contexto, referencias implícitas, y también ritmo, cadencia o musicalidad, que siempre lleva consigo nuestro modo de expresarnos; una tarea condenada, por naturaleza e irremisiblemente, al fracaso; una tarea que necesariamente debe llevarse a término contentándose el traductor con la transmisión de una idea aproximada -pero no fiel al cien por cien, ¿cómo podría serlo?- de ese rico universo, hecho de decenas de ramificaciones, que constituye siempre la expresión de la que se pretende dar cuenta a los hablantes o lectores de otro idioma. En definitiva, somos nosotros, es nuestro profundo e íntimo mundo personal, los que somos realmente intransmisibles, tal y como afirmaba Walt Whitman en unos versos que cierran el libro: Yo también soy indomable/Yo también soy intraducible.

Estamos, pues, ante un problema, clásico entre los expertos y profesionales de esa dificilísima ocupación -la de los traductores e intérpretes- que desde siempre se ha formulado -en paralelo a este “lost in translation” que ahora nos ocupa- con el muy acertado proverbio italiano traduttore, traditore -traductor, traidor- que refleja de un modo muy acertado, sea cual sea la metáfora escogida -la pérdida, la traición-, la radical inviabilidad del acto de traducir. Por escoger una sola muestra más del libro, ¿qué palabra equivaldría en nuestro idioma al conocido término portugués, saudade, que Ella Frances Sanders presenta como “un vago y constante deseo por algo o alguien que no existe, o que alguna vez quisimos y perdimos”? ¿Nostalgia, melancolía, tristeza, añoranza, deseo, evocación, remembranza, extrañamiento, pena, languidez, recuerdo, depresión? ¿Todas estas acepciones juntas? ¿Cómo sustituimos en un texto, en un poema, en una canción, este fecundo “arsenal” de significados que encierra esta polisémica voz?

Hace casi veinte años, en 1999, en el número monográfico que la revista Litoral dedicó a Cavafis, se incluía una breve sección titulada Cavafis polifónico, en la que se presentaban hasta ocho versiones en castellano de uno de sus poemas, de título griego έπήγα. No me resisto ahora a dejaros aquí, para ilustrar esta noción, la de la imposibilidad radical de la traducción que se encuentra en el fondo de este Lost in translation del que hoy os hablo, cinco de esas aproximaciones a los versos cavafianos, todas ellas a cargo de renombrados poetas y excelentes profesionales, ninguna idéntica a la otra, cada una con sus múltiples variantes léxicas, rítmicas, e incluso ortográficas y de puntuación:

FUI (trad: José María Álvarez)
Nada me retuvo. Me liberé y fui
hacia placeres que estaban
tanto en la realidad como en mi ser,
a través de la noche iluminada.
Y bebí un vino fuerte,
como sólo los audaces beben el placer

ME FUI (trad: Pedro Bádenas)
Nada me ató. Me liberé de todo y me fui.
A placeres que, medio reales,
medio soñados, rondaban en mi alma,
me fui en la noche iluminada.
Y de los más fuertes vinos bebí, como
del que beben los héroes del placer.

FUI (trad: José Ángel Valente)
No me ligué.
                        Por entero me liberé y me fui.
Hacia goces que estaban
parte en la realidad, parte en mi ser,
en la noche iluminada fui.
Yo bebí un vino fuerte,
como sólo el audaz bebe el placer.

AVANCÉ (trad: Alfonso Silván)
A nada me até. Me abandoné por completo y avancé.
Hacia los goces que mitad reales,
mitad imaginados en mi mente eran,
avancé en la noche iluminada.
Y bebí de fuertes vinos, como
beben los valientes del placer.

ANDUVE (trad: Juan Ferrater)
No estaba atado. Me solté del todo
y anduve hacia adelante.
Hacia goces que eran mitad reales,
mitad tumultos de mi ánimo,
anduve por la noche iluminada.
Y bebí el vino fuerte que consumen
en el placer los bravos.

Y desde otra perspectiva, incluso en los casos en los que “captar” el sentido del texto originario resulta relativamente fácil -por su simplicidad o por su carácter más o menos “plano” y carente de significados implícitos-, la traslación a otro idioma siempre deja fuera -siempre pierde- algo de la expresión que se quiere traducir. Pienso ahora, por citar un único ejemplo cuando el tiempo se nos hecha encima, en la frase inglesa A man, a plan, a canal: Panamá (que algunas fuentes sitúan en el epitafio del constructor de la conocida obra de ingeniería), que puede ser volcada al español sin especiales dificultades (Un hombre, un plan, un canal: Panamá) en una versión que mantiene el sentido de la frase de partida pero que abandona por el camino -lost in translation- el hecho de que, en inglés, ese breve texto es palindrómico.

En fin, con estas muy evidentes muestras de la complejidad que toda traducción encierra y de los muchos significados que quizá se nos escapan cuando leemos obras literarias traducidas, cierro esta reseña en la que he querido presentaros un estupendo librito, Lost in traslation, de Ella Frances Sanders, que recoge cincuenta muestras en diversos idiomas de palabras notoriamente intraducibles, abiertas pues a infinidad de evocadoras sugerencias. Una veintena de ellas, con sus ricas alusiones y su indudable aliento poético aparecen, rodeadas de sugerente y deliciosa música, en las dos emisiones de Buscando leones en las nubes, mi otro espacio de Radio Universidad de Salamanca, dedicadas al libro. La primera se emitió el pasado 3 de abril. La segunda lo hará el próximo día 17 de este mismo mes. Ambas podréis encontrarlas, en su momento, en el blog del programa: buscandoleonesenlasnubes.blogspot.com.

Aprovechando la homonimia de libro y película, y en una conexión que reconozco algo forzada, os dejo con More than this, la estupenda canción de Roxy Music que suena en la cinta de Sofia Coppola.


¿Cómo presentar lo intraducible?

En un mundo tan conectado e intercomunicado como el nuestro, tenemos más medios que nunca para expresarnos, para explicar a los demás cómo nos sentimos, y para compartir lo importante y lo trivial de nuestros días. Sin embargo, la inmediatez y la frecuencia de nuestros intercambios dan lugar a tantos malentendidos que, ahora más que nunca, lo que realmente queremos decir queda muchas veces lost in translation. La habilidad de comunicar más rápidamente y con mayor asiduidad no ha eliminado las lagunas entre significado e interpretación, por lo que las emociones y las intenciones se malinterpretan constantemente.

Las palabras de este libro pueden ser respuestas a preguntas que nunca imaginaste hacer, o quizá a otras que alguna vez te hiciste. Pueden concretar emociones y experiencias que parecían imprecisas o indescriptibles, e incluso hacerte recordar a alguien a quien habías olvidado hace mucho tiempo. Si algo puedes sacar de este libro, más allá de unas cuantas buenas formas de romper el hielo, es la reafirmación de que, como ser humano, estás fundamental e intrínsecamente unido a cada una de las personas de este planeta a través del lenguaje y de los sentimientos.

Por más que queramos ser diferentes, sentirnos como individuos, y nos entusiasmemos con la expresión, la libertad y las experiencias que nos hacen únicos, todos estamos hechos de la misma sustancia. Reímos y lloramos de forma similar, aprendemos palabras para después olvidarlas y, cuando conocemos a personas de culturas y lugares distintos a los nuestros, de alguna forma comprendemos cómo viven sus vidas. El lenguaje nos une a través de sus significados, tentándonos a cruzar fronteras y ayudándonos a comprender las preguntas terriblemente difíciles que la vida, implacable, nos arroja.

Aunque a veces muestren un falso aspecto de permanencia, los idiomas no son inmutables. Evolucionan, y en ocasiones hasta llegan a morir, e independientemente de que conozcas unas pocas palabras de alguno o miles de muchos, sirven para moldearnos: nos permiten dar forma a una opinión, expresar amor o frustración, e incluso cambiar el punto de vista de otra persona.
Para mí, hacer este libro ha sido más que un proceso creativo. Me ha hecho considerar la naturaleza humana de una manera totalmente nueva, y ahora me encuentro a mí misma reconociendo estos sustantivos, adjetivos y verbos en las personas con las que me cruzo por la calle. Veo boketto en los ojos de un anciano sentado a la orilla del mar, y percibo el resfeber que se apodera del corazón de unos amigos que se preparan para cruzar el mundo. Espero que este libro te ayude a recuperar partes de ti mismo que habías perdido, que te traiga a la memoria recuerdos hermosos, o que te permita transformar en palabras ideas y sentimientos que antes no podías expresar con claridad.
El escritor Eckhart Tolle dijo: «Las palabras reducen la realidad a algo que la mente humana puede comprender, lo cual no es mucho». No estoy de acuerdo. Las palabras nos permiten comprender en una medida extraordinaria. Por supuesto, todos los idiomas pueden tomarse por separado y reducirse a unas cuantas vocales, símbolos o sonidos, pero la habilidad que el lenguaje nos confiere es increíblemente compleja. Puede que haya algún vacío en tu lengua materna, pero no temas: puedes recurrir a otras lenguas para definir lo que sientes, y estas páginas serán tu punto de partida.

Así que... ¡a perderse en la traducción!

miércoles, 29 de marzo de 2017

NATALIA GINZBURG. Y ESO FUE LO QUE PASÓ; A PROPÓSITO DE LAS MUJERES

Hola, buenas tardes. Bienvenidos a Todos los libros un libro que esta semana cierra la serie de recomendaciones de lectura vinculadas a la literatura femenina, un elemento común a todos los programas de este mes de marzo que ahora termina, “marcado” por la celebración, el pasado 8, del Día Internacional de la Mujer.

Nuestra propuesta de hoy es especialmente ajustada al tema de referencia, pues Natalia Ginzburg, ya que de ella hablo, ha escrito una y otra vez sobre el universo femenino, siendo en general las mujeres las protagonistas de sus novelas y relatos, también de los ensayos, mostrando en toda su obra una voluntad decidida de dar voz a quienes, sobre todo en su época, apenas la tenían, esas mujeres de vida anodina, gris, casi siempre mal casadas, solitarias, encerradas en sus deprimentes casas y en sus tediosos matrimonios, de triste y vacío deambular por la existencia. El profundo y dramático, el significativo y deslumbrante texto con el que cerraré esta reseña da buena muestra de esas recurrentes preocupaciones de la formidable escritora italiana.

La Ginzburg, de cuyo nacimiento se cumplieron cien años el pasado 2016, es bien conocida en España, en donde sus libros han sido traducidos desde hace décadas con distintas versiones en muy variadas editoriales. De hecho, yo podría sugeriros ahora con pasión la lectura de cualquiera de sus títulos, que he venido leyendo desde hace más de treinta años: Las pequeñas virtudes, que me regalaron en su momento en la antigua edición de Alianza de 1966; El camino que va a la ciudad, su primera novela, que publicó Bassarai en el 97; Nuestros ayeres, que pude leer en la hoy inencontrable versión de Debate, traducido por Carmen Martín Gaite; Sagitario, que tradujo  Félix Romeo, en la edición de Espasa Calpe también descatalogada; la autobiográfica (aunque, de una manera u otra, casi todos sus libros lo son) Léxico familiar, una obra maestra y quizá su novela más conocida, en Ediciones del Bronce; la genial Las palabras de la noche en la preciosa edición de la primera etapa de Pre-textos, con traducción de Andrés Trapiello; Querido Miguel, en Acantilado; La ciudad y la casa, su última novela, que apareció también en Debate y con traducción de Mercedes Corral, que ha vertido al castellano muchas de sus obras. La mayor parte de estos títulos están siendo reeditados en los últimos años por Acantilado y, más recientemente, por la editorial Lumen, que lleva meses ofreciéndonos su “Biblioteca Ginzburg”, con ediciones nuevas, muy cuidadas, punteadas por dibujos e ilustraciones y con prólogos de Elena Medel, pero manteniendo en casi todos los casos las traducciones de la mencionada Mercedes Corral.

Siendo, como digo, todas estas referencias altamente recomendables, esta tarde quiero hablaros de Y eso fue lo que pasó, una novela corta que fue la segunda publicación de la italiana y que no había visto la luz aún en nuestro país, y de A propósito de las mujeres, una recopilación de relatos, no conocidos tampoco hasta ahora en su versión en castellano. Y eso fue lo que pasó apareció en 2016 en la editorial Acantilado con prólogo de Italo Calvino y traducción de Andrés Barba. A propósito de las mujeres la presenta este mismo año la Editorial Lumen en traducción de María Pons Irazazábal y con láminas de Oscar Tusquets Blanca, prologada -un preámbulo francamente prescindible, desde mi punto de vista, como lo son también los dibujos- por la mencionada Elena Medel, la ya veterana aunque todavía muy joven poeta cordobesa.

Le pegué un tiro entre los ojos. No llevamos ni diez líneas del libro cuando se desvela, así, súbita y bruscamente, su desenlace. La narradora mata a su marido, huye en un estado de confusión y oscuridad hasta un parque cercano y, sentada en un banco, rememora su vida para dar cuenta de su historia a las pocas horas de su crimen en lo que será el relato que tenemos entre manos.

La mujer, una joven maestra (Leía a Ovidio a dieciocho niñas en una enorme clase helada) de personalidad rozando lo insustancial, vive su existencia anodina entregada a sus rutinas en la ciudad, las insulsas clases, los viajes en tren los fines de semana para visitar a sus padres en el pueblo, la tibia amistad con su prima Francesca (que intenta escapar al hastío multiplicando los viajes, las diversiones y el número de sus amantes), la agotadora monotonía de la pobreza, del poco dinero en el bolso, de los guantes viejos, las solitarias horas dilapidadas en una pensión tétrica, entre horrendas tapicerías de flores, gritos de los vecinos y olores deprimentes. Su profundo aburrimiento, su tedio existencial (mi vida me parecía totalmente vacía y melancólica), su ausencia de expectativas vitales (no conseguía que se despertara en mí interés por nada ni por nadie), la hacen “inventarse” un sucedáneo de historia de amor cuando en su horizonte sin alicientes aparece un hombre, Alberto, en el que cree vislumbrar una suerte de enamoramiento. Se trata de un individuo muy normal, sin especial interés, mayor -un viejo, dice su prima-, nada interesante y que no le atrae físicamente. Como aquello era algo que no me había sucedido hasta ese momento -afirma-, que un hombre se enamorara de mí, decide, sin demasiado convencimiento (me preguntaba si estaba enamorado de mí o si yo estaba enamorada de él y me daba la sensación que ya no entendía nada) alimentar ese sentimiento y dotar a su vida de una pátina de intensidad (había sido una vida de lo más mediocre e insulsa hasta el día en que le conocí) más imaginaria que real.

En una época en la que el matrimonio aparece como la única liberación posible para una mujer, la protagonista fantasea en la cama de la pensión con una unión que la hará dejar atrás su insípida realidad sin futuro (Lo bonito que sería estar casada y tener una casa para mí sola) y disfrutar de algún ligero atisbo de alegría y placer (aquella era la primera vez que un hombre me hacía regalos y se preocupaba por mí): un paseo junto al río, un café, un helado con chocolate caliente, algún obsequio, un libro, el cálido cariño -o su apariencia- de un hombre, modestas falsas esperanzas para soportar el cansancio vital.

Pero la tibieza del hombre y su propia estólida indefinición la hacen dudar: Aquella noche, cuando me desnudé y me metí en la cama en la que había dormido de pequeña me vino de pronto una especie de miedo y de repulsión al pensar que dentro de poco íbamos a ser marido y mujer e íbamos a hacer el amor. Me decía a mí misma que a lo mejor era porque nunca había hecho el amor, pero me preguntaba también si le quería de verdad porque también sentía un poco de rechazo cuando me besaba. Me decía a mí misma que siempre es muy difícil saber verdaderamente lo que nos pasa por dentro, porque cuando me había dado la sensación de que él se alejaba de mi vida sin remedio yo había sufrido tanto que por un momento pensé que ya no iba a poder vivir más, y cuando por fin estaba dentro de mi vida y hablaba con mi madre y con mi padre sentía aquel miedo y aquel rechazo. Pensé que tal vez era algo que les pasaba a todas las mujeres jóvenes y que hace falta valor y que si una se adentra en los pequeños senderos de sus sentimientos y pasa mucho tiempo escuchando las cosas que suceden en su interior al final se termina equivocando y perdiendo las ganas y la alegría de vivir; pese a lo cual acaba por lanzarse al matrimonio para disolverse entonces en una realidad aún más triste y desesperada. Alberto ama a otra mujer, casada y por ello imposible, y la relación con su ahora esposa se convierte en un páramo hecho de insensibilidad y desventuras mutuas, de desesperanza y miedo. Miedo de ella -es la voz de la mujer la que habla siempre- a no ser querida, al paso del tiempo y la vejez, al deterioro, al abandono, a la soledad. Su discurso interior se puebla de reflexiones apagadas, mortecinas, llenas de desaliento y angustia: Tenía una especie de vacío en mi interior; Me sentía más sola que nunca; Pensaba en lo pobre que era mi vida. Con un marido progresivamente ausente -física y sobre todo espiritualmente-, con una hija en común de corta y trágica existencia y atada a una supervivencia sin estímulos, la protagonista se hunde (A mí me daba la sensación de que yo nunca había sido capaz de vivir y de que ya era demasiado tarde como para aprender, pensaba que en mi vida no había hecho otra cosa que mirar fijamente en aquel pozo oscuro que había en mi interior), se abandona a la infelicidad (Me parecía que ya era demasiado tarde para empezar cualquier cosa de nuevo, un nuevo amor, un nuevo niño, me daba la sensación de que era demasiado trabajo y que yo estaba demasiado cansada) y sin énfasis, sin una especial motivación, con la misma apatía que caracteriza su vida toda pone fin a su desventurada desdicha: Le pegué un tiro entre los ojos.

Salvo este matiz -el disparo- más melodramático que el resto de su obra (la propia autora se declaraba infeliz y sin fuerzas en la época en que escribió el libro), en Y eso fue lo que pasó están todos los rasgos que definen la escritura de Natalia Ginzburg, una maestra de la introspección, de la realista indagación en el interior de sus personajes, capaz de ahondar en los recodos más inaccesibles, más oscuros, más complejos y confusos de la personalidad femenina. La memoria, las emociones, la incomunicación, los secretos, los deseos irrealizados, el fracaso y las frustraciones, los sueños postergados, las expectativas malogradas, la complejidad del amor, el devastador paso del tiempo, la angustia existencial, la vejez y la muerte, las decepciones, la mentira y los engaños, los silencios, la incomprensión, el matrimonio, el adulterio y la infidelidad, la familia, lo pequeño, lo cotidiano, lo trivial y las banalidades de la vida diaria, lo que sucede de puertas adentro, “entre visillos” (la cercanía con el mundo de Carmen Martín Gaite es innegable, habiendo la salmantina traducido varias de las obras de la italiana, como ya he señalado), el tono intimista, la sencillez, la capacidad de observación de las vidas comunes, el enfoque humanísimo, la melancolía y la tristeza, pero también la ternura, la ironía y a veces el humor, y todo ello contado siempre con extraordinaria fluidez y una muy difícil naturalidad desde el interior del alma femenina, caracterizan las historias de la Ginzburg, de una gran y adictiva belleza pese a su amargura.

Además, quiero resaltar la importancia que tiene en las obras de Natalia Ginzburg la descripción del ambiente, de la atmósfera, del contexto en que sus protagonistas desarrollan sus casi siempre tristes existencias. Un escenario de fondo, el de los años cuarenta y cincuenta del pasado siglo, descrito con la deprimente fidelidad del neorrealismo: el clima de posguerra, las ciudades vacías, las afueras, la soledad de los domingos, las ropas modestas y oscuras, la grisura de unas vidas sin futuro, como en este fragmento, en el que nada relevante parece describirse y en el que yo veo, en cambio, toda la tristeza de aquella vida de la Italia que apenas dejaba atrás la horrible guerra: Se sentía [un fallo de traducción, un “falso amigo”: sentire en italiano -y en este contexto- es oír, no sentir] a lo lejos el silbido de los trenes y las fábricas y también el tranvía tintineando y dejando unos pequeños destellos de chispas entre los árboles verdes de la calle. A caballo de las películas de Rosellini (el paisaje urbano, la pobreza, el frío, el desvalimiento) y Antonioni (el despojamiento, el vacío existencial, la angustia), Y eso fue lo que pasó es, a mi juicio, en sus escasas cien páginas, una excepcional muestra de la magnífica narrativa de la italiana.

Como lo son, aunque, a mi juicio, en un tono menor, los ocho cuentos de A propósito de las mujeres, ocho brillantes ejemplos del universo estilístico y temático de Natalia Ginzburg. La Anna huida de Una ausencia; la madre que coquetea con el adulterio en Los niños; la chica que en Giulietta interfiere en la relación de dos hermanos; las dos chicas, también hermanas, con las que juega y a las que engaña el protagonista de Traición; la Vilma de La casa frente al mar, perdida, desconcertada, confusa en sus patéticas “escenitas familiares”; la mujer casada de Mi marido, encerrada en un a la postre trágico matrimonio de dos personas que no tenían nada en común, que no tenían nada que decirse, que se sentaban en silencio largo rato una junto a la otra; las jóvenes que se marchitan en el pueblo, solas, en espera de un marido, secándose poco a poco mientras el ajuar va amarilleando, en Las muchachas; y la viuda del último cuento, el magistral La madre, quejosa y cansada, dubitativa y tímida, libre pero profundamente desdichada, todas ellas son mujeres típicas en la obra de Natalia Ginzburg, mujeres infelices, mujeres solitarias, mujeres hastiadas, aburridas, desesperadas, enamoradas, hartas, engañadas, soñadoras, ilusionadas, llorosas, arrepentidas, sufrientes, atenazadas por la culpa… mujeres con una presencia poderosa aunque el protagonismo de muchos de los relatos, la voz narradora, recaiga en los hombres, hombres también ahogados en matrimonios insustanciales, en vidas sin esperanza, desconcertados (Tampoco yo sé lo que quiero, dice el amargado Walter de La casa frente al mar), perdidos, indecisos, desorientados, buscando inútilmente escapar de la apagada mediocridad de sus monótonos días.

En fin, leed cualquiera de los libros de Natalia Ginzburg, estoy convencido de que encontraréis en ellos numerosos motivos de interés. Os dejo ahora para completar esta reseña una desgarradora canción de Mina, Domenica sera, con su atmósfera de desesperanza y violencia soterrada, tan cercana al clima de Y esto fue lo que pasó.


A una muchacha le produce tanto placer pensar que un hombre se ha enamorado de ella que aunque no esté enamorada es un poco como si lo estuviera y se pone más guapa y le brillan los ojos y se le vuelve el paso más ligero y también la voz se le vuelve más ligera y más dulce. Antes de conocer a Alberto yo había pensado que me iba a quedar sola para siempre porque me sentía totalmente sosa y sin gracia, pero cuando le encontré y me dio por pensar que tal vez se había enamorado de mí me dije que si le había gustado a él no había razón para que no le gustara también a otros, tal vez a uno que me hablara con aquella voz entre irónica y tierna que oía dentro de mí. Ese hombre a veces tenía una cara y otras veces otra, pero siempre tenía la espalda ancha y fuerte y las manos rojas y un poco bastas y tenía una forma maravillosa de burlarse de mí cuando volvía a casa por la noche y me encontraba tirada en el sofá bordando pañuelos.

Cuando una muchacha está demasiado sola y lleva una vida demasiado monótona y agotadora, cuando se ve con poco dinero en el bolso y los guantes viejos, se le va la imaginación a diario detrás de tantas cosas que al final se encuentra indefensa frente a todos los errores y trampas que pone la fantasía. Yo, víctima fácil de mi propia imaginación, leía a Ovidio a dieciocho niñas en una enorme clase helada y comía en el tétrico comedor de la pensión mirando a través de aquellas ventanas con cristales pintados de amarillo esperando que viniese Alberto a buscarme para ir a un concierto o a dar un paseo. La tarde del sábado cogía el tren correo de Porta Vittoria e iba a Maona. Regresaba el domingo por la tarde.

Mi padre es un médico que se trasladó a Maona hace ya más de veinte años. Es un viejo alto, gordo y un poco cojo que camina apoyándose siempre en un bastón de cerezo. En verano lleva un sombrero de paja con una cinta negra y en invierno una gorra de castor a juego con un abrigo bordado también de castor. Mi madre es una señora pequeña con una gran mata de pelo blanco. A mi padre le llaman ya poco porque está viejo y se mueve con desgana, por eso la gente suele llamar más bien al médico de Cavapietra, que tiene una motocicleta y estudió en Nápoles. Mi padre y mi madre se pasan el día entero en la cocina jugando al ajedrez con el veterinario y el concejal del ayuntamiento. Yo, cuando llegaba a casa el sábado, me sentaba junto a la estufa y me pasaba allí sentada todo el domingo hasta que llegaba la hora de marcharme. Me arrullaba junto a la estufa y me adormilaba hinchada de polenta y menestra sin decirle una sola palabra a mi padre, que no paraba de jugar una y otra partida de ajedrez con el veterinario y de decirle que las muchachas modernas habían perdido totalmente el respeto a sus padres y ya ni siquiera les decían una sola palabra de lo que hacían.

Cuando me encontraba con Alberto le hablaba de mi padre y de mi madre y le contaba que había vivido en Maona antes de venir a enseñar a la ciudad, que mi padre me pegaba en las manos con el bastón y yo me encerraba a llorar en la carbonera y que una vez robé Esclava o reina y lo escondí debajo del colchón para leerlo de noche y también que se iba mucho al cementerio, yo, mi padre y la criada del concejal, siempre por la calle que baja hacia el cementerio entre los campos y los viñedos y le contaba también las ganas de escaparme lejos de allí que me daban cuando contemplaba aquellos campos y aquella colina desierta.

miércoles, 22 de marzo de 2017

EILEEN CHANG. UN AMOR QUE DESTRUYE CIUDADES

Hola, buenas tardes. Bienvenidos un miércoles más a Todos los libros un libro, el espacio de Radio Universidad de Salamanca en el que cada semana os ofrecemos una propuesta de lectura, siempre variada y de calidad, con la intención de facilitar vuestra elección si os decidís a abriros paso entre el ingente arsenal de publicaciones -en torno a setenta mil nuevos títulos cada año- que inundan nuestras librerías sin cesar, de un torrencial modo que hace imposible el seleccionar con tranquilidad y, sobre todo, criterio, una obra literaria estimable.

Más bien en desacuerdo con la aplicación al ámbito literario de la política de cuotas que tan necesaria parece en otros dominios, incurro sin embargo, cada mes de marzo y sin refunfuñar demasiado -al menos en público- en esa un tanto simplista práctica que consiste en repartir igualitariamente -como si en literatura tuviera sentido la igualdad- la presencia de uno y otro sexo en cualquier lista o elenco o registro o enumeración de destacados o favoritos. Y así, con ocasión de la celebración del Día Internacional de la mujer, todas mis recomendaciones de estas semanas marceñas se dedican a libros no solo escritos por mujeres si no que centran sus planteamientos, su trama, sus personajes, su intención, su enfoque, en una perspectiva femenina, aunque no necesariamente teñida de un feminismo reivindicativo, militante o combativo.

Tras Maylis de Kerangal, Adda Ravnkilde y Lucia Berlin, que han comparecido aquí en las semanas precedentes, esta tarde le toca el turno a la para mí hasta ahora desconocida Eileen Chang, una singular escritora china, fallecida hace más de veinte años, de cuya, al parecer, prolífica obra la Editorial Libros del Asteroide ofreció en nuestro país el pasado 2016, una muestra, la novela corta Un amor que destruye ciudades, traducida por Anne-Hélène Suárez y Qu Xianghong y de la que ahora quiero hablaros. (Un par de breves incisos a propósito de la versión al castellano: ¿resultan congruentes con el modo de hablar de una joven y medianamente refinada mujer china en los años cuarenta expresiones como “no me metas en el mismo saco” o “de perdidos al río”? En el mismo sentido, que del fondo gris de un muro sobre el que resaltan la blanca y bella cara, los labios rojos y los ojos brillantes de la protagonista, se diga que “pone en valor” su rostro, resulta un chirriante anacronismo).

Las referencias que la editorial proporciona de la existencia de la propia Eileen Chang la sitúan en un entorno vital muy cercano a aquel en que se desenvuelve la protagonista de su libro. Nacida como Zang Ailing en Shanghai en 1920 en el seno de una familia acomodada, educada por su padre tras la ruptura de su matrimonio y el consiguiente divorcio, Eileen vivió en Hong Kong, en cuya universidad estudiaba, la ocupación japonesa en la Segunda Guerra mundial (algunos de cuyos episodios se reviven en el libro y son fundamentales en su desenlace). De vuelta a una China entregada al comunismo maoísta, las raíces burguesas de su familia y su cosmopolitismo e independencia ante la obligada afiliación a la causa revolucionaria la llevaron, tras un primer matrimonio, a abandonar el país. Radicada en Estados Unidos, en donde volvió a casarse, continuó con la carrera literaria ya iniciada en China, ejerciendo de profesora en diversas universidades y muriendo en Los Ángeles en 1995.

Un amor que destruye ciudades, escrita en 1943, narra la historia de una ya no tan joven -para los parámetros orientales en aquella época- Liusu. Sus veintiocho años y su inesperado divorcio de un esposo indeseable suscitan el rechazo de su familia, los Bai, un clan que vive conforme a pautas tradicionales y bajo cuya férula -hecha, sobre todo, de insinuaciones y sobreentendidos, de murmuraciones y una sutil animadversión de hermanos y cuñadas- se ve obligada a “recogerse”. Imposibilitada, por falta de medios y de preparación profesional, para independizarse y buscar una vida propia alejada de la opresiva atmósfera familiar, Liusu acabará encontrando su oportunidad cuando una casamentera amiga de los Bai, la amigable señora Xu, presenta a Fan Liuyuan, un rico heredero, educado y seductor, de personalidad fascinante, a una de las hermanas menores de la chica con la intención de concertar el matrimonio entre ambos. El atractivo joven, sin embargo, caerá deslumbrado irremisiblemente por Liusu. El relato da cuenta de la intensa -pero no simple ni elemental ni mucho menos previsible- relación entre Fan y Liusu, que se desarrolla, inicialmente, en una anticuada y asfixiante Shanghai, para pasar, al cabo de poco tiempo, a una Hong Kong mucho más mundana, abierta y moderna, a donde la pareja huye y en donde vivirá su profundo y contradictorio idilio, que se verá sorprendido, el 7 de diciembre de 1941, por el ataque japonés a Pearl Harbour y los posteriores bombardeos nipones sobre Hong Kong, seguidos de la ocupación de la posesión británica en las semanas inmediatas, acontecimientos todos que harán cambiar sustancialmente el sentido y la evolución de su amor, en una dirección que no quiero desvelar.

Lo mejor del libro, desde mi punto de vista, está en la presentación de los dos mundos -uno que muere y otro que apenas comienza a nacer- en los que se desarrolla la existencia de Liusu. Por un lado, está el ambiente tradicional de la oscura mansión de la familia Bai (un día en ella equivalía a mil fuera, como se resalta en el significativo fragmento con el que cerraré esta reseña). Un microcosmos -reflejo de toda una sociedad- opresivo, sin libertad, en el que la mujer debe someterse a un estrecho y castrante rol, exigido e impuesto por las rígidas convenciones. Un tiempo detenido (tantas veces reflejado en las películas de Zhang Yimou: los fanales con sus tenues lucecitas, las costumbres seculares, la sujeción femenina, la ciega autoridad del pater familias, los bisbiseos de los sirvientes) que, no por casualidad, se nos muestra -real y metafóricamente- en la primera imagen de la novela, que resalta este atraso en que la joven vive encerrada: En Shangai para "ahorrar con luz natural", como se suele decir, todos los relojes se adelantaron una hora, salvo en la mansión de los Bai. Pero, paulatinamente, la “acción” nos lleva a una China que se abre a la modernidad: un mundo en el que afloran la libertad, el cosmopolitismo, la sofisticación, poblado de deslumbrantes hoteles, de elegantes restaurantes, de cafés y tiendas exclusivas, el universo -tan cinematográfico- del lujo, la ópera, los bailes, el jazz, la vida galante, los clubes nocturnos, también del opio y la refinada prostitución, una sutil y fascinante mezcla de la exquisita elegancia de Oriente y la distinción occidental, que tiene al Hong Kong de aquellos años como escenario perfecto para una singular historia de amor. (Entre paréntesis, yo estuve en Shanghai en los noventa y, con los muchos cambios que el tiempo lleva consigo, pude apreciar -hoy, imagino, nada de eso será posible- ese atractivo contraste, tan propicio a la melancolía, entre un mundo que muere y otro que se abre paso, entre, en ese caso, los restos aún perceptibles de un languideciente régimen comunista que daba sus últimos estertores entre los gastados despojos de la imponente arquitectura colonial de la primera mitad del siglo XX, y un futurista siglo XXI que se adivinaba en los primeros rascacielos que despuntaban en un horizonte plagado de grúas y edificios en construcción, delimitando un espacio urbano por el que la moda de Occidente ya empezaba a inundar el paisaje… y, entre ambos escenarios, alguna pequeña calleja, una casa a punto de desmoronarse, una esquina oscura en la que un anciano jugaba al mahjong o sorbía su sopa de fideos mientras el devastador y frenético fluir del tiempo acababa con los escasos vestigios de lo que había sido su vida, en su entorno solo mínimos atisbos de aquella perdida ciudad de entreguerras).

En este marco de mudanza y transformación Liusu y Fan viven su historia de amor, un amor que no se hace explícito, que se alimenta de simultáneos atracción y rechazo, reserva y entrega, un amor que brota y estalla entre suspicacias, dudas, escepticismo, sospechas, ocultación, silencios, expectativas, espera, pruebas. Este planteamiento aproxima el relato a otra película, cuya presencia en nuestra mente resulta inevitable a lo largo de toda la lectura: Deseando amar, de Wong Kar Wai, con la que Un amor que destruye ciudades guarda muchos paralelismos.

La guerra, al fin, precipitará el desenlace de esa algo atascada relación, la destrucción de la ciudad durante los bombardeos propiciará la máxima expresión del amor: la caída de Hong Kong -piensa Liusu- le había permitido salir victoriosa. Pero en un mundo ilógico, ¿quién podía decir cuál era la causa y cuál el efecto? ¿Para que ella pudiera realizarse, una gran ciudad había tenido que caer?, dando explicación del porqué del título de la obra.

El amor frente a las fuerzas del mundo, pues, como en el poema que Fan recita a su amada: “En la vida, en la muerte, en la distancia, de todo corazón yo te prometo. Tomados de la mano viviremos, unidos hasta el fin, los dos ancianos”. No sé mucho de chino antiguo, ignoro si lo recito bien. Pero para mí es uno de los poemas más tristes que conozco; dice que la vida, la muerte y la separación son grandes vicisitudes que están fuera de nuestro control. En comparación con las fuerzas del mundo, los seres humanos somos insignificantes. Aun así, nos empeñamos en decir: «Me quedaré contigo para siempre, no nos separaremos jamás en la vida». ¡Como si fuera algo que pudiéramos decidir!

El breve librito se cierra con un también sucinto relato, Bloqueados, fechado en agosto de 1943, y con el mismo trasfondo de la guerra entre China y Japón como contexto a la historia narrada. Un tranvía que circula por las calles de Shanghai se detiene, bloqueado de improviso en una fantasmagórica operación militar. En ese ámbito clausurado y como onírico, y entre la perplejidad de los atrapados pasajeros, una profesora universitaria y un oscuro y anodino contable, extraños entre sí hasta ese momento, entablan conversación y viven una conmovedora y fugaz relación sentimental, llevados de la intensa magia que provoca la inusual situación. Cuando, tras solucionarse el episodio que impedía el avance del tranvía, éste reanuda su trayecto, los esporádicos y obviamente platónicos amantes, se van cada uno por su lado, el recuerdo de su experiencia diluyéndose en las brumosas fronteras entre sueño y realidad. Concentrado y emotivo, el cuento es muy bello y participa de la misma atmósfera delicada y evanescente, romántica y sugerente de Un amor que destruye ciudades.

Como acompañamiento y clausura a esta reseña os ofrezco ahora Yumeji’s Theme, un tema de la banda sonora, compuesta por Shigeru Umebayashi, de Deseando amar, la película de Wong Kar Wai, tan cercana estilísticamente, como he señalado, a mi recomendación de esta semana.


En la penumbra se distinguían baúles de libros de diferentes tamaños apilados contra la pared: hileras de estuches de palo rosa, tallados con inscripciones lacadas en verde. Frente a la puerta de entrada, sobre la consola, se erguía un carillón de cloisonné protegido por un fanal. El mecanismo del reloj se había averiado hacía años y llevaba mucho tiempo parado. Colgados en la pared, a ambos lados, había sendas caligrafías en papel bermellón decorado con florones dorados que representaban el carácter shou de la «longevidad». Cada florón tenía en su centro un gran carácter escrito en tinta tan abundante que parecía a punto de gotear. En la penumbra esas grafías parecían flotar en el aire, lejos del papel. Liusu se sentía como ellas, ingrávida y fluctuante. La mansión de los Bai semejaba hasta cierto punto una morada de inmortales: al cabo del vagaroso transcurrir de un día allí, habían volado mil años en el mundo real. Y mil años en esa casa eran como un único día interminablemente monótono y tedioso. Liusu se rodeó el cuello con las manos. Siete, ocho años habían pasado en un abrir y cerrar de ojos. ¿Que todavía era joven? No importaba, en un par de años habría envejecido; y, de todos modos, allí la juventud no era nada del otro mundo. Había jóvenes de sobra. Los niños nacían uno detrás de otro, con sus ojos nuevos, resplandecientes, sus bocas nuevas, tiernas y rosadas, sus inteligencias nuevas. Año tras año, el paso del tiempo los desgastaba; les embotaba los ojos, las mentes. Nacía entonces una nueva generación; la anterior era absorbida por el espléndido fondo bermellón salpicado de oro, y las diminutas motas de oro deslucido eran los ojos apocados de sus predecesores.

Súbitamente, Liusu lanzó un grito, se cubrió la cara y corrió, titubeante, escaleras arriba... Ya en su habitación, encendió la luz, se precipitó hacia el espejo de vestir y se examinó detenidamente. Menos mal, todavía no había envejecido mucho. Las figuras esbeltas como la suya, de cintura eternamente grácil y pechos incipientes como los de una adolescente, eran las que menos delataban la edad. Su rostro, cuya blancura era antaño la de la porcelana, poseía ahora el matiz del jade claro y translúcido. Sus redondas mejillas habían ido afinándose en los últimos años, por lo que su pequeño rostro parecía aún más menudo y encantador. Pese a la estrechez de su óvalo, el entrecejo era despejado, y sus ojos, preciosos y seductores, eran límpidos como agua clara.

miércoles, 15 de marzo de 2017

LUCIA BERLIN. MANUAL PARA MUJERES DE LA LIMPIEZA

Hola, buenas tardes. Bienvenidos una semana más a Todos los libros un libro. Cada miércoles, en Radio Universidad de Salamanca, nuestro espacio os ofrece una recomendación de lectura en la confianza de que pueda interesaros. Nuestras propuestas, que elijo con criterios de calidad y guiado de mi propio gusto personal, no siempre se someten a razones de oportunidad, no siendo ni el éxito ni la actualidad del libro reseñado argumentos suficientes para la presencia aquí de un determinado título. No obstante, ambas circunstancias, la extraordinaria y positiva repercusión en crítica y público, y la relativa novedad, sí se dan en el caso de mi sugerencia de hoy, un libro espléndido pero muy publicitado, muy premiado, muy vendido, muy recomendado, muy regalado… hasta el punto de que uno se cuestiona si tiene objeto que os hable de él, partiendo de la casi absoluta seguridad de que ya lo conocéis, de que probablemente ya lo habréis leído, mis palabras, pues, innecesarias (tantas veces lo son…). Y sin embargo, me ha entusiasmado tanto, ha sido tan grande el placer derivado de su lectura que no puedo dejar de compartir mi emoción y sumarme al aluvión de elogios con mi apasionada reseña.

Os hablo de Manual para mujeres de la limpieza, la deslumbrante colección de cuentos de la norteamericana Lucia Berlin, que publicó el pasado marzo la editorial Alfaguara y que multiplica sus ediciones desde entonces. El libro se presenta en traducción de Eugenia Vázquez Nacarino, a la que solo puede oponerse -a mi juicio- una objeción muy menor: el hecho de que no aclare -y bastaría con una mera nota a pie de página- el significado de “AA”, fórmula que con reiteración aparece en el libro y cuya identificación con las siglas de “Alcohólicos Anónimos” no es tan obvia -al menos en las primeras ocasiones en que se menciona- como para hacer innecesaria la acotación. Los relatos (cuarenta y tres de un total de setenta y siete escritos por la autora en toda su vida) vienen precedidos por un esclarecedor e ilustrativo prólogo de Lydia Davis, otra excepcional cuentista, y por una introducción de Stephen Emerson, escritor y amigo personal de la autora. Emerson es responsable también de la edición y de una sucinta nota biográfica que cierra el volumen. Permitidme un consejo personal a propósito de estos “estudios” complementarios: la comprensión y el provecho que se obtienen de las atinadas notas preliminares de Lydia Davis aumentan si accedemos a su preámbulo al finalizar la lectura del libro; del mismo modo, el disfrute de los cuentos es mayor si se lee la biografía final de la autora antes de adentrarse en ellos.

Y es que la vida y la obra de Lucia Berlin se confunden hasta extremos que, en ocasiones -así me ha ocurrido de continuo mientras leía sus relatos- pareciera que leyendo este Manual para mujeres de la limpieza estamos accediendo a una particular variante de autobiografía. No procede aquí detallar las vicisitudes concretas de sus cerca de setenta años, pues nació en 1936 (el 12 de noviembre de este pasado año hubiera cumplido ochenta) y murió en 2004. Baste decir que la literatura no fue su principal ocupación ya que aunque siempre escribió no publicó su primer libro hasta muy tardíamente, con casi cuarenta y cinco años. Hasta entonces, variados escenarios vitales, tres divorcios, cuatro hijos de padres diferentes y trabajos muy diversos para mantenerlos son los rasgos más destacados de una existencia como mínimo agitada e “intensa”. No obstante, y como digo, podemos conocer su vida real a través de sus cuentos, en los que las protagonistas -que en ocasiones llevan su nombre, reforzando este carácter de ficción autorreferencial- dan cuenta de sus sucesivas parejas, sus fracasos sentimentales, sus tres matrimonios fallidos, los cuatro hijos, la madre alcohólica y finalmente suicida, a la que odia y con la que apenas trata, el cáncer de la hermana -siempre Sally, en los muchos relatos en que aparece-, el abuelo dentista, el excéntrico tío John, tuerto -el ojo de cristal- por un disparo de su padre -el brutal dentista-, la escoliosis padecida desde la infancia, la necesidad de usar corsé y la relativa marginación que ello conlleva siendo niña, las propias crisis alcohólicas, los abundantes episodios de delírium trémens, el peregrinaje por distintos centros de desintoxicación, la sucesión de empleos: mujer de la limpieza, sanitaria (urgencias, pediatría: hijos del crack, heridas de bala, bebés con sida. Hernias y tumores, pero sobre todo las heridas de los pobres de la ciudad, desesperados y llenos de rabia, dice en un significativo fragmento de un cuento, recogiendo uno de los “tonos” más notables de vida y obra), recepcionista, operadora telefónica, profesora en colegios, algunos religiosos, y hasta en cárceles, el jazz y sus músicos, los muchos lugares de su vida, la residencia temporal en una caravana, la itinerancia: Chile, Oakland, El Paso, México… E insisto, estoy hablando tanto de los personajes como de la propia Lucia Berlin, todos esos elementos coincidentes.

Hasta tal punto es atinada esta percepción que si juntamos todos los cuentos, hacemos abstracción de sus “fronteras” formales (“aquí se acaba un historia, aquí empieza otra”), los organizamos cronológicamente y los consideramos por tanto como un todo unitario -una operación que de manera inconsciente y casi inevitable llevamos a cabo mientras los leemos- nos encontraremos con una muy completa fotografía de la vida (externa, pero sobre todo interior) de su autora. Yo he tenido en todo momento la sensación de estar leyendo una novela en la que lo autobiográfico -presente en formas diversas, con personajes que se llaman de modos distintos, en situaciones que se retoman desde ángulos diferentes- es el hilo conductor de la narración.

Y como digo, las concomitancias entre la vida de la autora y la de sus “criaturas” no se refieren solo a los hechos vividos, los sucesos o los acontecimientos experimentados, los lugares visitados o las anécdotas protagonizadas, sino a las vivencias interiores, sentimientos y emociones: esperanza, decepción, dolor, amargura, desorientación, felicidad, tristeza, desesperación, tedio, amor, también humor. Vemos siempre en la narradora a una mujer algo neurótica, alcohólica, insegura, tierna, melancólica, sensible, sufriente y a la vez vividora, simultáneamente desencantada y feliz, vibrante y tranquila, inteligente y valiente, radicalmente libre, tal y como, al parecer, era la propia Lucia.

Las claves de la literatura de Lucia Berlin, muy bien analizadas por Lydia Davis en el prólogo, no están, no obstante, en sus historias, casi todas comunes, sin mayor notoriedad, sino en lo que la brillantez literaria de su autora nos deja entrever tras ellas: los desastres de la existencia, la fealdad y el deterioro, la marginalidad, la sordidez y el desarraigo, la enfermedad y la vejez, en definitiva, el fracaso que, en cierto sentido, es toda vida… Desde esta perspectiva, vienen a nuestra memoria Raymond Carver o Anne Sexton, con universos literarios y personales relativamente similares. También, aunque desde enfoques casi opuestos, hay coincidencias con Emma Reyes, cuya excepcional Memoria por correspondencia acabo de leer y os presentaré en fechas próximas.

En un breve repaso a algunos de sus cuentos pueden apreciarse todas estas notas mencionadas (y dejad de leer aquí quienes prefiráis adentraros en los relatos sin conocimiento previo alguno de sus tramas). Así, en Lavandería Ángel, que os dejo íntegro al final de esta reseña, un suceso anodino muy repetido en sus cuentos -la espera en una lavandería- permite ver un trozo de realidad y, con alusiones, silencios y elipsis, contar mucho de la vida de la protagonista. En Doctor H.A. Moynihan -siendo ese el apellido “real” de su rama materna-, la vemos (en realidad a la protagonista, pero de ahora en adelante la identificaré con la propia autora, por las razones ya comentadas) en Texas, de niña, ayudando a su abuelo -estrafalario, autoritario, racista- en la clínica, en un episodio sanguinolento y surrealista. En Estrellas y Santos está, desde el punto de vista de la historia, su infancia en colegios religiosos, su primera experiencia escolar en El Paso, la relación con las monjas, la vivencia de la religión (siendo ella protestante, alumna en un colegio católico). En el plano formal, se produce una “intromisión” explícita de la personalidad de la autora en la voz de la narradora del relato. En el cuento que da título al libro, Manual para mujeres de la limpieza, está su vida, las anécdotas con las diferentes personas y en las casas para las que trabaja, y ello punteado por los trayectos de autobús a cada casa y por hilarantes consejos para mujeres de la limpieza. Entre medias, meros apuntes de, en ocasiones, una sola frase, con el recuerdo de su relación con un hombre, Terry, Ter, que ha muerto y deja a la protagonista al borde de unas lágrimas que nunca brotan y que solo se desencadenan al final a causa de un suceso -ni siquiera eso- trivial. En Mi jockey, un cuento genial de solo cinco párrafos, no hay historia apenas: un jockey, una caída del caballo, múltiples fracturas y la protagonista, que trabaja en Urgencias, se hace cargo del dolorido y aterrado enfermo, lo cuida, lo protege, lo acuna (Un hombre en mi regazo. ¿Un hombre de ensueño? ¿Un bebé de ensueño?), apenas una página de emoción y ternura… y una cita culta de Mishima.

Los rasgos autobiográficos vuelven a aparecer en El Tim. En él, la narradora da clase de español a hispanos en un colegio de monjas. El Tim es un chico conflictivo, insolente, desafiante, que distorsiona las clases y plantea un duelo sutil a su profesora, que se resuelve -si es que lo hace, la ambigüedad y la “apertura”, los cortes súbitos al final de un cuento son notas dominantes en la escritura de Berlin- de un modo elusivo, indirecto, con muchas líneas de fuerza soterradas y no mencionadas expresamente. Punto de vista, que menciona expresa y significativamente Tristeza, un cuento de Chéjov, plantea también el juego autora/narradora, con reflexiones iniciales acerca del planteamiento de un cuento, pero es, sobre todo, una magistral descripción de los rituales en los que se desenvuelve el tristísimo domingo de una mujer solitaria de cincuenta y tantos años. El relato entero es genial, pero el final, presentado con leves pinceladas incompletas con la habitual sutileza de la autora, es estremecedor y prodigioso. En Su primera desintoxicación, vuelven a apreciarse de modo notorio los rasgos autobiográficos. Otro cuento desolador en el que la protagonista, profesora, con cuatro hijos y sin marido, lleva al extremo sus problemas con el alcohol hasta el punto de estrellar su coche contra una tapia y tener que ser internada en un centro de desintoxicación. En Dolor fantasma -una metáfora sugerida a partir del que cree sentir un personaje del cuento, un paciente sin piernas que comparte habitación con el padre de la protagonista en la residencia de ancianos en que ambos están internados- se entreveran las conversaciones entre padre e hija en la residencia con los recuerdos de la infancia de la niña, en las distintas minas del mundo -Idaho, Arizona, Colorado, Bolivia, Chile- en las que su progenitor trabajaba. Dentelladas de tigre nos pone en contacto con la extravagante familia del personaje principal, en una historia con el aborto como tema de fondo. Por Apuntes de la sala de urgencias, 1977, desfila la deprimente serie de visitantes, frecuentadores y usuarios de las urgencias, en un clima -común en el “territorio Berlin”- de soledad, vejez, desolación, desamparo e intentos de suicidio. El miedo, la pobreza, el alcoholismo, la soledad son enfermedades terminales. Urgencias, de hecho. Y ante todo ello, la protagonista: Mis lágrimas eran por mi propia soledad, mi propia ceguera. En Carpe diem reaparece una lavandería, y en ella la narradora vive un incidente menor que se narra mientras la presencia implícita de la llegada de la menopausia impregna el relato. También en Toda luna, todo año volvemos encontrar a una mujer madura, solitaria después de la muerte de su marido. Estamos en Zihuatanejo, México, escenario real de la vida de Berlin. Se narra con pasión, alegría y vitalidad, una formidable experiencia de submarinismo -que surgirá en más cuentos- y la existencia, modesta y esencial pero magnífica e intensa en unas palapas sobre el mar.

Los elementos de carácter autobiográfico vuelven a estar en Buenos y malos: el colegio, Chile, el padre ingeniero, una cierta maldad inocente en la niña, la culpa. Melina es otro cuento memorable, con una estructura de relato más convencional, aunque incluye las peculiaridades algo excéntricas de la vida de Berlin: los exmaridos, los hijos, el ambiente bohemio, la música de jazz, pero con un final imprevisto -y prodigioso- que lo acerca a la lógica del cuento breve clásico. Otro tanto -el esquema relativamente “convencional”, aunque espléndido- se da en Amigos, con la entrañable pareja de ancianos que lo protagoniza y el inesperado punto de vista final. Inmanejable vuelve a traer el tema del alcoholismo, los hijos, la desorientación vital (más exactamente, la doble vida: normalidad/adicción). Contiene la frase -con la precisión y la belleza, con la profundidad y la lucidez de un haiku- que la editorial ha escogido para la portada: En la profunda noche del alma las licorerías y los bares están cerrados.

En Paso nos vemos de nuevo ante un incidente en un centro de desintoxicación, en el que un combate de boxeo que los pacientes contemplan en la televisión “funciona” como metáfora de la deriva de la propia vida, en un final melancólico y tristísimo, aunque lleno de hermoso lirismo. El mismo escenario -un sórdido centro de desintoxicación- aparece en Perdidos: El mundo sigue girando. Nada importa mucho, ¿no? Me refiero a importar de verdad. Sin embargo, a veces, de pronto, durante apenas un segundo, se te concede la gracia de creer que sí, que importa muchísimo. Penas presenta a dos hermanas que están juntas en un hotel en México, de vacaciones; hablan de sus penas, los divorcios, el cáncer, la muerte de la madre (Su mayor temor, ser como su madre […] era cruel, una borracha), el alcoholismo (tengo una enfermedad letal. Estoy aterrorizada). En Macadán, el asfalto del título se carga de valor metafórico para hija, madre y abuela, en un cuento cortísimo e intenso. Querida Conchi cuenta, a través de cartas que la narradora escribe desde Nuevo México a su amiga Conchi en Chile, sus primeros meses en la universidad, en un relato una vez más autobiográfico.

Triste idiota conecta con Penas, de nuevo el protagonismo de las dos hermanas, el cáncer -ahora ya terminal-, y recrea episodios de la infancia de la narradora y de su madurez con 54 años, recorre una vida entera. Como siempre, y por encima de la anécdota contada, aparece el detalle revelador, la mirada de dolor del hijo en un incidente trivial, la misma que he visto después en todos mis hijos a lo largo de su vida. La herida de un accidente, un divorcio, un fracaso. Mi deseo feroz de protegerlos. Mi impotenciaLuto nos trae de nuevo a una protagonista encargada de la limpieza de casas, en este caso la de un muerto, y la conversación con los hijos del difunto. Una ocasión más para hablar de la muerte, la familia, la pena, el dolor. Pude ver que la muerte empezaba a ablandarla. La muerte cura, nos dice que perdonemos, nos recuerda que no queremos morir solos. La dura historia familiar reaparece en Panteón de Dolores: la madre cruel y loca, sus prejuicios racistas, su incapacidad para escuchar. También el cáncer de la hermana y una suerte de desesperación, al menos de desconcierto: No hay ninguna guía para la muerte. Contiene un significativo autorretrato: Mi naturaleza es oscura. He conocido la muerte, la violencia. Estaba completamente sola. Hasta la vista recrea la vida con su hermana, en uno más de los cuentos en los que el cáncer de Sally, la muerte, los recuerdos de la infancia -los felices y los más dolorosos- son protagonistas. Cuando te estás muriendo es natural volver la vista atrás, recapitular sobre tu vida, arrepentirte. Están también el amor, el adulterio, la vida: ¿Qué es el matrimonio, a fin de cuentas? Nunca lo he sabido muy bien. Y ahora es la muerte lo que no entiendo.

A ver esa sonrisa es también autobiográfico, un relato genial de una aventura amorosa de la protagonista con un amigo de uno de sus hijos. Narrada -por primera vez en el libro- en dos voces, la propia de la protagonista habitual y la de un abogado que la asesorará en un conflicto jurídico, vuelven a aflorar el alcohol, el lado destructivo, y algunos “escenarios” habituales de vida y cuentos: sexo rabioso y peleas, botellas rotas. Gente vomitando y gritando. Mujeres abofeteadas. La policía y gruñidos, golpes. También el suicidio, tan presente en otros cuentos (y en la vida real de la autora): ¿Qué te parece? ¿Nos casamos o nos suicidamos? Y de nuevo la figura a terrible de la madre llena Mamá, de título explícito, un cuento en que se nos muestran los rasgos más crueles de su personalidad: Mamá odiaba la palabra “amor”. La decía con el mismo desprecio que la gente dice la palabra “furcia”; al igual que el odio a los niños, a los mexicanos, en el fondo a sus propias hijas. Pero, a la vez, se recuerda con añoranza su sentido del humor, cáustico y escalofriante, las surrealistas notas de suicidio.

Carmen habla, una vez más, de adicciones, de modesto tráfico de drogas, de un aborto espontáneo y tristísimo. Eso es lo asqueroso de las drogas, pensé. Funcionan. En Silencio volvemos a la infancia, a los distintos colegios, en anécdotas ya aparecidas en otros cuentos: el placer de niña en la biblioteca, los problemas con la madre y con las profesoras y compañeras: Mal en casa, mal en la escuela. La amistad con una niña vecina, siria, a los siete años. La indescriptible -y dolorosísima, al tratarse de una niña- soledad. Mijito -otra obra maestra- es terrible y tristísimo, conmovedor y bellísimo, una historia de abusos sexuales, con miseria, pobreza y hambre, pero contada con ternura y emoción, un cuento precioso, genial, enternecedor. Narrado también en dos planos, oímos la voz de una joven mexicana analfabeta que acaba de tener un hijo de un hombre ahora encarcelado por largo tiempo, y la “habitual” de la trabajadora de la clínica pediátrica que la atiende en sus esporádicas consultas con cariño y ternura pero que nunca mira a los ojos a los padres de los niños enfermos (Si miras a los ojos de los padres compartirás, confirmarás el miedo y el agotamiento y el dolor). Contiene un fragmento memorable, magistral y estremecedor en el que la adolescente, que en su vida de golpes y errancia con su hijo enfermo y lloroso apenas ha aprendido algunos términos en inglés, resume su vida a través de las palabras que conoce en ese idioma: Empecé a repasar todas las palabras que sabía: Juzgado, Kentucky Fry, hamburguesa, adiós, grasiento, negro, imbécil, ajá, pañales, ¿cuánto?, hay que joderse, niños, hospital, basta, cállate, hola, lo siento, General Hospital, All My Children, hernia inguinal, preoperatorio, posoperatorio, Geraldo, cupones de alimentos, dinero, coche, crack, policía, Miami Vice, José Canseco, indigente, preciosa de verdad, ni lo sueñes, discúlpeme, lo siento, por favor, por favor, basta, cállate, cállate, lo siento. Santa María madre de Dios reza por nosotros.

En Y llegó el sábado, otra historia durísima, la narradora es profesora en una cárcel. El tono es desesperanzado: El dolor está en la conciencia de que la felicidad no durará. Espera un momento retoma la enfermedad de Sally, la hermana de la narradora. Es un cuento muy triste, impregnado por la presencia de la muerte y por los recuerdos que la protagonista evoca (Todos tenemos nuestro álbum de recuerdos mentales, afirma, en una muy buena definición, a mi juicio, del planteamiento último del libro) siete años después de la desaparición de su hermana. Y sin embargo rezuma belleza, ternura, vida. B.F. y yo nos presenta a la protagonista ya mayor, con setenta años, al final de su existencia, impedida y enferma. Es una historia crepuscular, en la que la narradora, de vuelta de todo, contempla la vida con tranquilidad e ironía. Ese mismo tono terminal, de clausura de una vida, languideciente y mortecino, respira Volver al hogar, un cuento en el que la voz que habla recuerda su vida en la cercanía ya de la muerte, especulando con lo que hubiera podido ser su existencia si hubiera tomado ciertas decisiones o las circunstancias hubieran sido otras. Con una imagen que sirve de desencadenante, los cuervos que al atardecer ve llegar en grandes bandadas y poblar el árbol que contempla cada día frente al porche delantero de su casa, poco antes de que anochezca, pero que por la mañana, misteriosamente, han desaparecido, sin que ella tenga conciencia de cuándo han abandonado el árbol, la mujer se pregunta: ¿Qué más me he perdido? ¿Cuántas veces en mi vida he estado, digámoslo así, en el porche de atrás y no en el de delante? ¿Qué me habrían dicho que no alcancé a escuchar? ¿Qué amor pudo haberse dado que no sentí?

En fin, espero que con tan exhaustivo repaso a una amplia muestra de los cuarenta y tres cuentos de Lucia Berlin que recoge su Manual para mujeres de la limpieza, queráis atender mi recomendación de esta tarde y os lancéis decididos a la librería más cercana para comprarlo y empezar a paladearlo. Estoy seguro de que os entusiasmará.

En un libro repleto de referencias musicales, he elegido como complemento a mis comentarios Polka Dots and Moonbeams, la melancólica balada interpretada por Lester Young que suena en el inmejorable final de esa maravilla que es el cuento Punto de vista.


Lavandería Ángel

Un indio viejo y alto con unos Levi’s descoloridos y un bonito cinturón zuni. Su pelo blanco y largo, anudado en la nuca con un cordón morado. Lo raro fue que durante un año más o menos siempre estábamos en la Lavandería Ángel a la misma hora. Aunque no a las mismas horas. Quiero decir que algunos días yo iba a las siete un lunes, o a las seis y media un viernes por la tarde, y me lo encontraba allí. Con la señora Armitage había sido diferente, aunque ella también era vieja. Eso fue en Nueva York, en la Lavandería San Juan de la calle 15. Portorriqueños. El suelo siempre encharcado de espuma. Entonces yo tenía críos pequeños y solía ir a lavar los pañales el jueves por la mañana. Ella vivía en el piso de arriba, el 4-C. Una mañana en la lavandería me dio una llave y yo la cogí. Me dijo que si algún jueves no la veía por allí, hiciera el favor de entrar en su casa, porque querría decir que estaba muerta. Era terrible pedirle a alguien una cosa así, y además me obligaba a hacer la colada los jueves. La señora Armitage murió un lunes, y nunca más volví a la Lavandería San Juan. El portero la encontró. No sé cómo. Durante meses, en la Lavandería Ángel, el indio y yo no nos dirigimos la palabra, pero nos sentábamos uno al lado del otro en las sillas amarillas de plástico, unidas en hilera como las de los aeropuertos. Rechinaban en el linóleo rasgado y el ruido daba dentera. El indio solía quedarse allí sentado tomando tragos de Jim Beam, mirándome las manos. No directamente, sino por el espejo colgado en la pared, encima de las lavadoras Speed Queen. Al principio no me molestó. Un viejo indio mirando fijamente mis manos a través del espejo sucio, entre un cartel amarillento de PLANCHA 1,50 $ LA DOCENA y plegarias en rótulos naranja fosforito. DIOS, CONCÉDEME LA SERENIDAD PARA ACEPTAR LAS COSAS QUE NO PUEDO CAMBIAR. Hasta que empecé a preguntarme si no tendría una especie de fetichismo con las manos. Me ponía nerviosa sentir que no dejaba de vigilarme mientras fumaba o me sonaba la nariz, mientras hojeaba revistas de hacía años. Lady Bird Johnson, cuando era primera dama, bajando los rápidos. Al final acabé por seguir la dirección de su mirada. Vi que le asomaba una sonrisa al darse cuenta de que también yo me estaba observando las manos. Por primera vez nuestras miradas se encontraron en el espejo, debajo del rótulo NO SOBRECARGUEN LAS LAVADORAS. En mis ojos había pánico. Me miré a los ojos y volví a mirarme las manos. Horrendas manchas de la edad, dos cicatrices. Manos nada indias, manos nerviosas, desamparadas. Vi hijos y hombres y jardines en mis manos.

Sus manos ese día (el día en que yo me fijé en las mías) agarraban las perneras tirantes de sus vaqueros azules. Normalmente le temblaban mucho y las dejaba apoyadas en el regazo, sin más. Ese día, en cambio, las apretaba para contener los temblores. Hacía tanta fuerza que sus nudillos de adobe se pusieron blancos. La única vez que hablé fuera de la lavandería con la señora Armitage fue cuando su váter se atascó y el agua se filtró hasta mi casa por la lámpara del techo. Las luces seguían encendidas mientras el agua salpicaba arcoíris a través de ellas. La mujer me agarró del brazo con su mano fría y moribunda y dijo: «¿No es un milagro?». El indio se llamaba Tony. Era un apache jicarilla del norte. Un día, antes de verlo, supe que la mano tersa sobre mi hombro era la suya. Me dio tres monedas de diez centavos. Al principio no entendí, estuve a punto de darle las gracias, pero entonces me di cuenta de que temblaba tanto que no podía poner en marcha la secadora. Sobrio ya es difícil. Has de girar la flecha con una mano, meter la moneda con la otra, apretar el émbolo, y luego volver a girar la flecha para la siguiente moneda. Volvió más tarde, borracho, justo cuando su ropa empezaba a esponjarse y caer suelta en el tambor. No consiguió abrir la portezuela, perdió el conocimiento en la silla amarilla. Seguí doblando mi ropa, que ya estaba seca. Ángel y yo llevamos a Tony al cuarto de la plancha y lo acostamos en el suelo. Calor. Ángel es quien cuelga en las paredes las plegarias y los lemas de AA. NO PIENSES Y NO BEBAS. Ángel le puso a Tony un calcetín suelto húmedo en la frente y se arrodilló a su lado. —Hermano, créeme, sé lo que es... He estado ahí, en la cloaca, donde estás tú. Sé exactamente cómo te sientes. Tony no abrió los ojos. Cualquiera que diga que sabe cómo te sientes es un iluso. La Lavandería Ángel está en Albuquerque, Nuevo México. Calle 4. Comercios destartalados y chatarrerías, locales donde venden cosas de segunda mano: catres del ejército, cajas de calcetines sueltos, ediciones de Higiene femenina de 1940. Almacenes de cereales y legumbres, pensiones para parejas y borrachos y ancianas teñidas con henna que hacen la colada en la lavandería de Ángel. Adolescentes chicanas recién casadas van a la lavandería de Ángel. Toallas, camisones rosas, braguitas que dicen «Jueves». Sus maridos llevan monos de faena con nombres impresos en los bolsillos. Me gusta esperar hasta que aparecen en la imagen especular de las secadoras. «Tina», «Corky», «Junior». La gente de paso va a la lavandería de Ángel. Colchones sucios, tronas herrumbrosas atadas al techo de viejos Buick abollados. Sartenes aceitosas que gotean, cantimploras de lienzo que gotean. Lavadoras que gotean. Los hombres se quedan en el coche bebiendo, descamisados, y estrujan con la mano las latas vacías de cerveza Hamm’s.

Pero sobre todo son indios los que van a la lavandería de Ángel. Indios pueblo de San Felipe, Laguna o Sandía. Tony fue el único apache que conocí, en la lavandería o en cualquier otro sitio. Me gusta mirar las secadoras llenas de ropas indias y seguir los brillantes remolinos de púrpuras, naranjas, rojos y rosas hasta quedarme bizca. Yo voy a la lavandería de Ángel. No sé muy bien por qué, no es solo por los indios. Me queda lejos, en la otra punta de la ciudad. A una manzana de mi casa está la del campus, con aire acondicionado, rock melódico en el hilo musical. New Yorker, Ms., y Cosmopolitan. Las esposas de los ayudantes de cátedra van allí y les compran a sus hijos chocolatinas Zero y Coca-Colas. La lavandería del campus tiene un cartel, como la mayoría de las lavanderías, advirtiendo que está TERMINANTEMENTE PROHIBIDO LAVAR PRENDAS QUE DESTIÑAN. Recorrí toda la ciudad con una colcha verde en el coche hasta que entré en la lavandería de Ángel y vi un cartel amarillo que decía: AQUÍ PUEDES LAVAR HASTA LOS TRAPOS SUCIOS. Vi que la colcha no se ponía de un color morado oscuro, aunque sí quedó de un verde más parduzco, pero quise volver de todos modos. Me gustaban los indios y su colada. La máquina de Coca-Cola rota y el suelo encharcado me recordaban a Nueva York. Portorriqueños pasando la fregona a todas horas. Allí la cabina telefónica estaba fuera de servicio, igual que la de Ángel. ¿Habría encontrado muerta a la señora Armitage si hubiera sido un jueves? —Soy el jefe de mi tribu —dijo el indio. Llevaba un rato allí sentado, bebiendo oporto, mirándome fijamente las manos. Me contó que su mujer trabajaba limpiando casas. Habían tenido cuatro hijos. El más joven se había suicidado, el mayor había muerto en Vietnam. Los otros dos eran conductores de autobuses escolares. —¿Sabes por qué me gustas? —me preguntó. —No, ¿por qué? —Porque eres una piel roja —señaló mi cara en el espejo. Tengo la piel roja, es verdad, y no, nunca he visto a un indio de piel roja. Le gustaba mi nombre, y lo pronunciaba a la italiana. Lu-chí-a. Había estado en Italia en la Segunda Guerra Mundial. Cómo no, entre sus bellos collares de plata y turquesa llevaba colgada una placa. Tenía una gran muesca en el borde. —¿Una bala? No, solía morderla cuando estaba asustado o caliente. Una vez me propuso que fuéramos a echarnos en su furgoneta y descansáramos juntos un rato. —Los esquimales lo llaman «reír juntos» —señalé el cartel verde lima, NO DEJEN NUNCA LAS MÁQUINAS SIN SUPERVISIÓN.

Nos echamos a reír, uno al lado del otro en nuestras sillas de plástico unidas. Luego nos quedamos en silencio. No se oía nada salvo el agua en movimiento, rítmica como las olas del océano. Su mano de buda estrechó la mía. Pasó un tren. Me dio un codazo. —¡Gran caballo de hierro! —y nos echamos a reír otra vez. Tengo muchos prejuicios infundados sobre la gente, como que a todos los negros por fuerza les ha de gustar Charlie Parker. Los alemanes son antipáticos, los indios tienen un sentido del humor raro. Parecido al de mi madre: uno de sus chistes favoritos es el del tipo que se agacha a atarse el cordón del zapato, y viene otro, le da una paliza y dice: «¡Siempre estás atándote los cordones!». El otro es el de un camarero que está sirviendo y le echa la sopa encima al cliente, y dice: «Oiga, está hecho una sopa». Tony solía repetirme chistes de esos los días lentos en la lavandería. Una vez estaba muy borracho, borracho violento, y se metió en una pelea con unos vagabundos en el aparcamiento. Le rompieron la botella de Jim Beam. Ángel dijo que le compraría una petaca si iba con él al cuarto de la plancha y le escuchaba. Saqué mi colada de la lavadora y la metí en la secadora mientras Ángel le hablaba de los doce pasos. Cuando salió, Tony me puso unas monedas en la mano. Metí su ropa en una secadora mientras él se debatía con el tapón de la botella de Jim Beam. Antes de que me diera tiempo a sentarme, empezó a hablar a gritos. —¡Soy un jefe! ¡Soy un jefe de la tribu apache! ¡Mierda! —Tú sí que estás hecho mierda —se quedó sentado, bebiendo, mirándome las manos en el espejo—. Por eso te toca hacer la colada, ¿eh, jefe apache? No sé por qué lo dije. Fue un comentario de muy mal gusto. A lo mejor pensé que se reiría. Y se rio, de hecho. —¿De qué tribu eres tú, piel roja? —me dijo, observándome las manos mientras sacaba un cigarrillo. —¿Sabes que mi primer cigarrillo me lo encendió un príncipe? ¿Te lo puedes creer? —Claro que me lo creo. ¿Quieres fuego? —me encendió el cigarrillo y nos sonreímos. Estábamos muy cerca uno del otro, y de pronto se desplomó hacia un lado y me quedé sola en el espejo. Había una chica joven, no en el espejo sino sentada junto a la ventana. Los rizos de su pelo en la bruma parecían pintados por Botticelli. Leí todos los carteles. DIOS, DAME FUERZAS. CUNA NUEVA A ESTRENAR (POR MUERTE DE BEBÉ).

La chica metió su ropa en un cesto turquesa y se fue. Llevé mi colada a la mesa, revisé la de Tony y puse otra moneda de diez centavos. Solo estábamos él y yo. Miré mis manos y mis ojos en el espejo. Unos bonitos ojos azules. Una vez estuve a bordo de un yate en Viña del Mar. Acepté el primer cigarrillo de mi vida y le pedí fuego al príncipe Alí Khan. «Enchanté», me dijo. La verdad es que no tenía cerillas. Doblé la ropa y cuando llegó Ángel me fui a casa. No recuerdo en qué momento caí en la cuenta de que nunca volví a ver a aquel viejo indio.