Vivo entre muchos libros y extraigo una gran parte de mis ganas de vivir del hecho de que aún leeré la mayoría de ellos. (Elias Canetti)

miércoles, 17 de octubre de 2018

TANA FRENCH. INTRUSIÓN

Hola, buenas tardes. Un miércoles más os damos la bienvenida a Todos los libros un libro, el espacio de Radio Universidad de Salamanca en el que semanalmente os ofrecemos una propuesta de lectura. Hoy os traigo una novela de una escritora que yo no conocía antes de haber leído su libro, pese a que, con anterioridad a este Intrusión que ahora quiero recomendaros ya había publicado otros cinco, todos en RBA, la editorial catalana especializada en el género negro. Y es que Tana French, la norteamericana afincada en Irlanda que protagoniza nuestro programa esta tarde, lleva una década larga centrada en la novela policíaca, de la que Intrusión, editada en 2017 por Alianza Editorial en su colección Alianza de Novelas con la traducción de Julia Osuna Aguilar, es un exponente brillantísimo. Tanto como para que, aún bajo el influjo de su apasionante lectura, me disponga a hacerme con el resto de sus obras. (El "estropicio" técnico que convierte habitualmente el espacio radiado en una lamentable sucesión de insoportables fallos de sonido provoca, esta semana, la suspensión de la emisión radiofónica del programa. Confiemos en que en ediciones posteriores podamos volver a retomar la fórmula retransmitida. En fin...).

La detective Antoinette Conway y su compañero Steve Moran, de la Brigada de Homicidios dublinesa, reciben de su jefe el encargo de investigar la muerte de una guapa joven, Aislinn Murray, que ha aparecido en su hogar con el rostro deformado, en apariencia a causa de un puñetazo, y el cráneo hundido por un golpe provocado por la caída subsiguiente. Una llamada anónima de madrugada ha alertado del suceso. Cuando los investigadores llegan al lugar encuentran a la mujer en un charco de sangre, vestida con sus mejores galas, la mesa preparada para una cena romántica, la vivienda en impecable estado y la puerta de la casa cerrada sin llave y con la cerradura sin forzar. Un somero registro del móvil de la víctima confirma la existencia de una cita de la chica, pocas horas antes, con su reciente novio, Rory Fallon, al que todas las pistas señalan como autor, en una nueva aparente muestra de violencia de género. Las más de quinientas adictivas páginas que se abren a partir de este hecho inicial permitirán al lector seguir minuto a minuto -y la expresión es casi literal- la carrera de los agentes por resolver las muchas incógnitas del caso y descubrir al responsable del asesinato. 

Con lo dicho hasta aquí, Intrusión aparece como una más de las habituales intrigas detectivescas propias de la serie negra; sin embargo hay algunos elementos distintivos frente a otras obras similares que convierten la novela en una creación literaria singular, muy estimable e incluso sobresaliente, hasta el punto de haberla hecho merecedora de numerosos galardones, algunos de ellos muy relevantes: el BGE Irish Book Award 2016, al mejor thriller del año en Irlanda, y los premios a la mejor novela negra de 2016 otorgados por dos diarios de tanto prestigio como el Time y el Washington Post. 

En primer lugar, quiero resaltar que yo nunca había leído una novela policiaca que me transportara con tal verosimilitud a los ambientes policiales ocupados de la persecución del delito como lo hace la obra de Tana French. La descripción del entorno policial es magnífica, precisa, minuciosa y detallista. Avanzamos en la lectura y seguimos a los protagonistas por las distintas dependencias, las oficinas, los despachos, las salas de reuniones o los locales de interrogatorio, “vivimos” con ellos la atmósfera de las comisarías, conocemos los diversos personajes que intervienen en las investigaciones (comisarios, inspectores, detectives, agentes de refuerzo, administrativos), llegamos, incluso, a formar parte de la cotidianidad a medio camino entre la vulgaridad burocrática y la alta intensidad de las pesquisas criminales: el papeleo, los expedientes, los documentos, el mobiliario, los falsos espejos, las mesas de trabajo repletas de notas y escritos, las carpetas, los cuadernos, los bolígrafos, la “infraestructura” técnica (cámaras de vídeo, grabadoras, ordenadores), los cafés, los bocadillos, las rencillas, las bromas, las rivalidades profesionales, la lucha por el poder en el grupo. La “inmersión” en las interioridades de las rutinas policiales lleva incluso al conocimiento de los procedimientos, las estrategias, los protocolos del día a día de los representantes de la ley, que se nos ofrecen con sencillez y naturalidad, sin especial énfasis pero aun así con exactitud y todo lujo de detalles. 

En el mismo sentido, otro aspecto a mi juicio novedoso del libro lo constituye el hecho de que el avance de las investigaciones no solo se produce, como en tantas otras obras del género, a partir de la visita a los lugares del crimen, el análisis de las pruebas o la búsqueda y aparición de evidencias, pese a que todos estos elementos, como ya he dicho, se reflejan también aquí con sorprendente autenticidad. En Intrusión la trama se va desarrollando, los enigmas desenredándose, la información fluyendo y la acción progresando sobre todo a través de los interrogatorios de sospechosos y testigos, que ocupan buena parte de la novela y cuya recreación literaria es, además de muy creíble, absolutamente genial. Estas dos vías de acceso a la resolución del asesinato se recogen -con un balance final a favor de la segunda- en este significativo texto: Antes íbamos tendiendo redes y cribando lo que nos llegaba con la esperanza de haber pescado algo bueno. Ahora vamos de caza. Tenemos la presa en el objetivo y estamos cerrado el cerco, y todo lo que hacemos es con miras al momento en que podamos arrinconarlo para el tiro de gloria. Y ese “arrinconamiento” se produce, en general, mediante unos interrogatorios cuyas tácticas nos transmite la narradora -la propia detective Conway- en este largo pero revelador fragmento: 

Tenemos tantas armas… Vas cosechándolas de ver a otros detectives, las cribas de historias de la sala de la brigada, te inventas las tuyas propias y las pones en práctica; y vas almacenándolas todas en un lugar seguro para tiempos de necesidad. Cuando consigues entrar en Homicidios, ya posees todo un arsenal con el que podrías pulverizar la ciudad. 

Apareces en un interrogatorio con una montaña de cinco kilos de papeles para que el sospechoso crea que tienes todo eso contra él. Plantas una cinta de vídeo encima, para que piense que son pruebas grabadas. Hojeas los papeles, bajas un dedo y empiezas a decir algo. Te paras –“Ah, no, eso mejor lo dejamos para luego”- y sigues, para que se agobie pensando en qué estás dejando para luego. Sacas una grabadora –“Tengo una letra horrible, ¿le importa si utilizo esto?”- para que después, cuando la apagues y te inclines en confianza, se crea que le hablas extraoficialmente, y ni se acordará de las grabadoras de la propia sala, que estarán funcionando con su runrún. Lees textos imaginarios en el teléfono e intercambias con tus compañeros comentarios crípticos (“Por fin, los buscadores han tenido suerte”). Haces el falso test del detector de mentiras, hoy en día con una aplicación del móvil: le cuentas al tipo una patraña sobre campos electromagnéticos y que si tiene que presionar el pulgar sobre la pantalla del móvil cada vez que responda, y cuando llegas a la pregunta en la que miente, mueves tu dedo y se disparan unas rayas rojas en el visor y un MENTIRA MENTIRA MENTIRA. Le dices que la víctima viva está muerta y ya no puede contradecirle, o que la muerta está viva y hablando. Le cuentas que no puedes dejarlo marchar hasta que entre los dos lo solucionéis, pero que si te dice lo que pasó, puede estar de vuelta en el sofá de su casa con una taza de té a tiempo para ver Downtown Abbey. Le dices que no fue culpa suya, que la víctima se lo había buscado, que cualquiera habría hecho lo mismo. Le cuentas que hay testigos que lo oyeron hablar sobre lo mucho que le gustaba el porno infantil, que el forense dice que se lo hizo con el cadáver hasta desnucarlo, lo machacas con la mierda más enfermiza que se te ocurra hasta que no puede evitar gritarte que es todo mentira, que no fue así como pasó; y luego arqueas una ceja y dices: “¿Ah, sí? Entonces ¿cómo pasó?”, y ya solo tienes que cruzarte de brazos mientras te lo cuenta. 

Pero a veces no vale ninguna de estas armas, y entonces entran en juego la pericia de los investigadores, el juego de roles entre ellos, los diálogos solo en apariencia improvisados en una sintonía intuitiva entre los policías que semeja una acción orquestada, muy exactamente afinada para desarbolar al testigo o al sospechoso. La propia autora confiesa que hizo que un detective amigo, un hombre de natural apacible y encantador, la interrogase “profesionalmente” y pudo entonces comprobar cómo la personalidad de su “oponente” se transformaba por completo, acorralándola y poniéndola contra las cuerdas. Esta experiencia se traslada a la novela en algunos pasajes que son de lo mejor del libro. 

Llama la atención también otro aspecto que, pese a ser suficientemente conocido a poco que se piense en ello, no deja de sorprender al verlo expuesto de un modo tan nítido en una obra literaria. Y es lo que tiene de tentativa toda investigación: la policía -salvo casos obvios de delitos flagrantes- desconoce casi todo de los hechos a examinar y, más allá de los recursos de los que dispone, de los medios tecnológicos que hoy día tanto facilitan las indagaciones, de las prácticas rutinarias que permiten eliminar elementos superfluos, de, en definitiva, las posibilidades que aporta la “técnica” policial, bracea en un mar desconocido, viéndose obligada a formular hipótesis, esto es, a “inventar” historias sin parar, relatos plausibles que puedan explicar las cuestiones a aclarar hasta que encajen -versión y realidad- y no quepan cabos sueltos. Antoinette y Steve “construyen” de continuo posibles interpretaciones de lo sucedido (como hace la madre de la detective -contar cuentos- para explicar la ausencia del padre, tal y como se lee en el prólogo de la obra, que os dejo como cierre a esta reseña), las exploran hasta el final, las adornan con todo tipo de detalles, las creen verosímiles y actúan en consecuencia, hasta que un nuevo giro argumental las desmorona, viéndose entonces obligados a formular una nueva teoría, una nueva versión de los hechos, igualmente creíble y probable… hasta que acaban por dar, al fin, con ¿la última y definitiva? Cuadra, y tanto que cuadra, dice la protagonista a propósito de una de estas “conclusiones provisionales”. Igual que la historia de McCann, la de Rory y la de Lucy. Tantas historias… Las noto zumbar por las esquinas del techo como avispones del tamaño de puños, describiendo círculos ociosos, ahorrando energías. Me dan ganas de sacar la pistola y matarlas una a una, poco a poco, vaporizarlas hasta convertirlas en espirales de polvo negro que caigan en picado y desaparezcan en contacto con el suelo. En esto la pesquisa policial se asemeja al acto de creación literaria: en ambos casos, intentos de acceder a la verdad a través de la elaboración de ficciones. 

Un último rasgo destacado de la novela es la construcción del personaje principal, Antoinette, una mujer muy fuerte, decidida, sin complejos, de personalidad marcada por la ausencia del padre (circunstancia que se recoge en el prólogo de la obra, ya mencionado), una policía joven (treinta y dos años), novata en la Brigada de Homicidios, en la que es la única detective y en la que es objeto de todo tipo de bromas de mal gusto, ofensivas y hasta siniestras (constitutivas de un auténtico acoso laboral) por algunos de sus compañeros. Es, pese a ello -o quizá por ello-, muy dura, muy franca, directa, lenguaraz y borde, impasible externamente ante el qué dirán (Yo vivo dentro de mi propia piel; todo lo que pasa fuera no cambia quién soy), capaz de no arredrarse y enfrentarse y luchar contra el machismo implícito -y muchas veces expreso- de su entorno. Su paranoia (Abordas todas tus interacciones como si la otra persona fuera tu enemigo, le dice un superior), más que justificada en ocasiones, dadas las constantes zancadillas y provocaciones de sus colegas, la convierten en una profesional problemática (Nadie quiere a una detective que da problemas), lo que en ocasiones repercute en su labor policial, aunque ella se mantiene incólume, sin que este escenario hostil la disminuya (Llevo treinta y dos años pasando como de la mierda de lo que digan los demás). 

Quiero hacer una mención postrera al escenario urbano en el que se desarrolla la trama novelesca, un Dublín que, aunque no es demasiado notorio pues lo sustancial del libro se desarrolla en las oficinas policiales, aparece cuando lo hace descrito con elegancia y significatividad. Esa ciudad siempre sombría, de días oscuros, niebla espesa, ventanas a cualquier hora iluminadas, farolas mortecinas. Esa ciudad algo difusa, con su luz gris plomizo, con el frío que se cuela entre las ropas, con la lluvia persistente, que tan bien ha reflejado en sus novelas Benjamin Black, ya glosadas aquí. 

En fin, no os perdáis Intrusión, esta excelente novela negra de Tana French que presenta Alianza Editorial. Estoy seguro de que aparte de interesaros y de proporcionaros una cuantas horas de placentera lectura va a despertar en vosotros, como lo ha hecho en mí, el ansia de leer el resto de las obras de la escritora estadounidense radicada en Irlanda. 

Con unos protagonistas no demasiado refinados musicalmente, que mientras investigan escuchan o cantan a Kate Perry o populares temas de Los Miserables, os dejo con una canción espléndida, Magic moments, en la versión, citada en el libro, de Perry Como. 


Mi madre solía contarme historias sobre mi padre. En la primera que recuerdo, era un príncipe egipcio que quiso casarse con ella y quedarse en Irlanda para siempre, pero su familia lo obligó a volver a su país para desposar a una princesa árabe. Mi madre sabía contar historias. Anillos de amatistas en sus largos dedos, ellos dos bailando bajo luces parpadeantes, su olor a especias y pino. Y yo, tendida en cruz bajo la colcha, cubierta de sudor como si me hubieran mojado en algo —era invierno, pero el Ayuntamiento regulaba la calefacción para el bloque entero y las ventanas de las plantas altas no se abrían—, me guardé la historia lo más hondo que pude y allí la atesoré. Era muy pequeña. Aquello me mantuvo con la cabeza bien alta durante unos años, hasta que a los ocho se lo conté a Lisa, mi mejor amiga, que se partió el culo de risa. 

Una tarde meses después, cuando el escozor se hubo disipado, entré decidida en la cocina, me planté con los brazos en jarras ante mi madre y exigí la verdad. Ella ni se lo pensó: estrujó el bote de Fairy y me contó que mi padre era un estudiante de medicina de Arabia Saudí. Lo había conocido cuando ella estaba en la escuela de enfermería… y ahí siguieron todo tipo de detalles: las guardias interminables, las risas agotadas y ambos salvando a un chiquillo al que había atropellado un coche. Para cuando descubrió que yo estaba en camino, él ya había regresado a su país sin dejar ni una dirección. Y mi madre tuvo que abandonar los estudios de enfermería para criarme. 

Esa historia me valió durante otra temporada. Me gustaba; incluso empecé a hacer planes secretos para ser la primera del colegio en llegar a médico: para algo lo llevaba en la sangre y esas cosas. Me duró hasta los doce, cuando me castigaron por no sé qué y tuve que aguantar la bronca de mi madre diciéndome que no pensaba dejar que acabase como ella, sin graduado ni esperanzas de aspirar a algo que no fuera trabajar de limpiadora por el salario mínimo durante el resto de mi vida. Había oído esa monserga cientos de veces, pero hasta ese día no había caído en la cuenta de que para estudiar enfermería se necesita el graduado escolar. 

El día de mi décimo tercer cumpleaños, la tarta en la mesa entre mi madre y yo, le dije que esa vez hablaba en serio: quería saberlo. Con un suspiro, reconoció que ya tenía edad para oír la verdad y pasó a contarme que mi padre era un guitarrista brasileño con el que estuvo saliendo unos meses hasta que, una noche en su piso, él le dio una paliza de muerte. En cuanto se durmió, mi madre le robó las llaves del coche y volvió a casa como alma que lleva el diablo, las carreteras sin luces, lloviendo, vacías, y el ojo dolorido latiéndole al compás de los limpiaparabrisas. Cuando él la llamó llorando y disculpándose, podría haberlo perdonado —tenía veinte años—, pero para entonces ya sabía que estaba en estado. Le colgó. 

Ese día decidí que me haría policía en cuanto terminara el instituto. Y no porque quisiera dármelas de Catwoman con todos los maltratadores sueltos, sino porque mi madre no sabe conducir. La academia de policía estaba en el sur del país: era la manera más rápida de largarme de casa de mi madre sin pasar por el callejón sin salida del trabajo de limpiadora. 

En mi certificado de nacimiento pone desconocido, pero siempre hay formas: amigos del pasado, ADN, bases de datos… Y también podría haber seguido presionando a mi madre, subiendo cada vez más la tensión, hasta sacarle algo que se pareciera siquiera remotamente a la verdad, un mínimo punto de partida. 

No volví a preguntarle. Con trece años, porque la odiaba con toda mi alma por el tiempo que me había hecho perder moldeando mi vida en torno a sus mentiras. De mayor, cuando entré en la academia, porque creía saber lo que había hecho y supe que no se había equivocado. 

 

miércoles, 10 de octubre de 2018


MARY KARR. EL CLUB DE LOS MENTIROSOS

Hola, buenas tardes. Bienvenidos a Todos los libros un libro, el espacio de recomendaciones literarias de Radio Universidad de Salamanca. Hoy quiero proponeros (en una emisión radiada que, como viene siendo habitual, presenta una pésima calidad técnica; un hecho, como es obvio, ajeno a mi voluntad) un estupendo libro de memorias, publicado por su autora hace ya más de veinte años pero que sólo ha visto la luz en nuestro país a finales de 2017. Se trata de El club de los mentirosos, escrito por la norteamericana -de Texas, más exactamente, en un dato relevante- Mary Karr en 1995 y presentado en España en 2017 por el esfuerzo conjunto -que ha dado otros excelentes resultados de edición, algunos de los cuales han tenido reflejo en nuestro programa en temporadas anteriores- de las editoriales “hermanas” Periférica y Errata Naturae. El libro se presenta en la traducción de Regina López Muñoz, con un interesante prólogo que la autora escribió para la reedición de 2005 en su país, y con un igualmente ilustrativo epílogo escrito en 2015 por Lena Dunham, la reconocida creadora de la ya mundialmente famosa serie Girls. Desde su aparición, El club de los mentirosos ha cosechado infinidad de premios, algunos muy prestigiosos -los otorgados por The New York Times Book Review o el New Yorker, por ejemplo-, y obtenido un amplísimo respaldo de los lectores, que la situaron en su momento en todas las listas de libros más vendidos, en alguna de las cuales se mantuvo durante más de un año.

Mary Karr cuenta “sin retoques” (y subrayo la expresión por razones que luego explicaré) la historia de su vida y, sobre todo, la de su estrambótica familia, a partir de tres etapas significativas fechadas en 1961, 1963 y 1981, respectivamente. La escritora, nacida en 1955, se presenta a sí misma, pues, con seis, ocho y veintiséis años en cada uno de los tres capítulos del libro, que se desarrollan en Texas, Colorado y Texas otra vez, siendo el entorno, como también más adelante veremos, fundamental en los hechos que se nos relatan. La voz narradora es la de una mujer adulta, pero el protagonismo principal en las dos primeras partes del libro, que ocupan más de cuatrocientas páginas de las cien más que tiene el libro, es para la niña, a través de cuya mirada vemos el mundo, en una elección muy relevante para entender el espíritu -sincero y desprejuiciado, inocente y a la vez descarnado, terrible pero lleno de humor- que rezuma el texto. En la sección tercera Karr nos ofrecerá la narración retrospectiva de la entonces joven mujer, ya con veintiséis años, y con ella la razón de ser de las peculiares memorias. 

Poco antes de que muriera mi madre, el tipo que le estaba reformando la cocina sacó de la pared un azulejo con un agujerito redondo bastante sospechoso. Se sentó de rodillas y levantó el azulejo de manera que el sol filtrado por las cortinas amarillas y añosas pareció perforar el agujero igual que un láser. Nos guiñó un ojo a Lecia y a mí y a continuación se volvió hacia mi canosa madre, concentrada en su volumen de Marco Aurelio y en un cuenco de chiles picantísimos. 
-Señora Karr, ¡esto parece un agujero de bala! 
Lecia, que no dejaba pasar una, intervino: 
-¿Eso no es de cuando le disparaste a papá? 
Y mamá entornó los ojos, bajo un poco las gafas por su nariz patricia y dijo con displicencia: 
-No, eso es de cuando Larry. -Se giró y señaló otra pared-. A tu padre le disparé allí. 

Así da comienzo El club de los mentirosos, un inicio muy revelador de lo que nos vamos a encontrar a medida que avancemos en sus páginas y que explica, además, el tono elegido por su autora para narrarnos la historia de su familia. En este sentido, continúa Karr: Sirva esta anécdota para explicar por qué me decidí a escribir El club de los mentirosos como unas memorias y no como novela: cuando el destino te pone en bandeja unos personajes así, ¿para qué inventar nada? El texto pone de manifiesto uno de los principales motivos del libro: el juego verdad/mentira, que se corresponde con otros tantas veces recogidos en este espacio: ficción/realidad, novela/documento o invención/memoria. Karr, que, además de poeta, es en la actualidad profesora de Literatura en la Universidad de Siracusa y dirige diversos talleres de escritura en los que transmite sus ideas sobre la cuestión, es firme defensora de la autoficción descarnada, sin paliativos, sin edulcorantes, sin mentiras embellecedoras, algo que choca, en apariencia, con el título de su obra. Memorias, pues, y no novela (Así como la novela se apropió de las experiencias de una sociedad urbana e industrializada que no cabían en sermones, epístolas ni poemas épicos, las memorias -con voz única y profundamente personal- se enfrentan a los problemas personales de una manera que magnetiza a los lectores, explica en la presentación), ya que todo lo que se cuenta en El club de los mentirosos es verdad (sin comillas relativizadoras), por muy dramático, escandaloso, conflictivo, trágico, desolador, violento, horrible o doloroso que puedan resultar tanto los acontecimientos que se muestran como el hecho mismo de mostrarlos. Comprobamos que las heridas cicatrizaban mejor si las dejábamos al aire, escribe; para añadir: Las historias le habían salvado la vida. Contar lo vivido, narrarlo, escribir, recordar, es sacar fuera los demonios, opera como un exorcismo, como una catarsis, al igual que ocurre en el psicoanálisis (Mary Karr visita a un analista desde los veinte años, lo cual no sorprende a quien haya leído el libro, dadas las muy duras experiencias vividas en su infancia). Dice, a este respecto, Lena Dunham en su comentario final al libro: Contar la verdad te conserva enteramente joven (…) No sólo la verdad te hará libre a ti, sino que también abrirá el camino para que otros hagan lo propio. 

Cualquier familia con más de un miembro es una familia disfuncional, afirma la autora en su preámbulo; y la suya, pronto lo comprueba el lector, lo es en grado sumo, siendo el libro un fidedigno documento que da prueba de esa delirante y enfermiza anormalidad al describir la caótica vida familiar indagando en los muchos misterios que encierran sus padres; aunque a la postre resulte ser, también, una cariñosa y conmovedora carta de amor a su imperfectísimo clan. Y es que los Karr son, en efecto, un grupo singular. El padre es un rudo obrero texano, con una pizca de sangre indígena, que consume su vida en la dura actividad de las empresas petrolíferas del Golfo de México -la Gulf, la Texaco-. Con buena planta, algo bruto, es sensible y a la vez violento, un pobre e inculto camorrista montapiquetes, bebedor y jugador empedernido, que encarnaba en igual medida al proscrito y al honrado ciudadano, entrañable al fin, en el recuerdo de la niña. La madre, Charlie -el auténtico núcleo central del libro-, constituye una personalidad excepcional, “definida” por un pasado enigmático y secreto del que la autora va ofreciendo leves indicios, con maestría y talento literario, a lo largo del relato, y que sólo desvelará a su término; marcada por una total ausencia de expectativas y horizontes vitales en un declive progresivo que en el transcurso de quince años [la había llevado] de una casa de campo en Connecticut a un camping para caravanas en Leechfield; sumida en el desorden -el caos- amoroso y profesional, con siete matrimonios a sus espaldas, dos con el padre de Mary (Mi madre no se echaba novios, directamente se casaba); arrastrada por la consiguiente desesperación y autodestructiva rebeldía ante esa “cárcel” que es su existencia, lo cual conllevará la tendencia a la depresión, el alcoholismo y, en cierto modo, la locura (mal de los nervios era el eufemismo para designar sus brotes psicóticos); y, pese a todo ello, dotada de un cierto refinamiento intelectual, movida por el anhelo de cultura, la frecuentación de libros (leía mucho y sin criterio, yoga, macramé, alimentación macrobiótica, pero también literatura, Sartre, Camus, Tolstoi), el amor por el arte, la ópera, el blues, la música en general. La hija mayor, Lecia, es estable, racional, rígida, responsable, decente, sensata, futura votante conservadora del Partido Republicano. Es dueña, también, de una feroz causticidad que se manifiesta en réplicas y comentarios corrosivos (Cinta diez, rollo mil: feliz cumpleaños de mierda, caricaturiza, como si se tratara del rodaje de una toma cinematográfica infinidad de veces repetida, la miseria de sus vidas). Su relación con la pequeña Mary es simultáneamente de protección y rechazo, de cariño y distancia, pues tanto la cuida y la defiende como se convierte en cruel perpetradora de incontables perrerías que la tienen como víctima, desempeñando con respecto a ella una adultez forzada y prematura. Y está Mary, la propia autora, la niña tímida e insegura -¡¡tiene seis años!!-, aunque crecida también de modo algo salvaje en aquel maremágnum familiar (Ya con siete años hacía mis primeros pinitos con el alcohol), sin noción alguna de la decencia o la corrección, insolente, deslenguada, capaz de las palabrotas más escabrosas y los más obscenos gestos que reparte con naturalidad a diestro y siniestro. Ambas hermanas son, resulta inevitable, muy adelantadas para su edad, descaradas, irreverentes (la bruja ha muerto, dice Mary, tras el fallecimiento de su abuela, la abuela Moore, otro personaje memorable, una gran hija de puta, con su doloroso cáncer, su pierna amputada, su control sobre la educación -o la falta de ella- de sus nietas, su intransigencia, su papel de detective aficionada escrutando la vida de todas las familias de la zona). Frente a la inocencia de los demás niños, Mary -pero también su hermana- se las sabe todas (la muerte atacaba a ciegas, reflexión ciertamente madura para una niña), es ya, a su muy tierna edad, muy consciente de la muerte (No dejo de darle vueltas a la cantidad de muertes y amagos de muertes a los que me he enfrentado últimamente), y vive unas experiencias impropias de sus pocos años. Pero pese a su adelantado desarrollo las hermanas no dejan de ser también dos niñas pequeñas que juegan con sus Barbies en medio de aquel escenario dantesco. 

Porque la vida de los Karr es una desoladora locura hecha de idas y venidas: hay padres que huyen, amantes que aparecen y se esfuman -el italiano Paolo, Héctor, el camarero mexicano, el vaquero que “cabalga” a la madre en el salón familiar ante la mirada atónita de Mary, entre otros-, hay viajes inopinados en los que la insensata madre lleva a las niñas de un lado a otro en escapadas o fugas imprevistas, y el día a día es una sucesión de discusiones y enfrentamientos, separaciones y reencuentros, palizas en la pareja, borracheras y resacas, intentos de incendiar la casa, amenazas con cuchillo (de madre a hijas), episodios con armas, algunas zurras poco convincentes con el matamoscas. Y más alcohol -en infinidad de mezclas y variantes- y barbitúricos y pastillas varias, y la conducción temeraria bajo los efectos de la bebida y accidentes de coche y una inacabable sucesión de hombres. Y hay también una desoladora -y el adjetivo es idóneo, aunque limitado- violación y un insoportable episodio de abusos infantiles. Comen los cuatro en la inmensa cama matrimonial, cada uno mirando una pared de la habitación que ocupa en su totalidad el lecho, de fabricación casera. Y todos se pasean por la casa desnudos, ante la curiosidad y el escándalo de los vecinos. Nuestro nudismo tenía su origen en el insomnio, cuenta Mary, en uno de los muy frecuentes rasgos de humor de un libro que, pese a la tragedia, resulta divertidísimo: como en esa desorbitada existencia ninguno era capaz de dormir, se mantenían desnudos para que si les entraba el sueño pudieran aprovecharlo en el momento yéndose a la cama sin las enojosas interrupciones que suponía el desvestirse (Nuestros cuerpos desnudos eran invitaciones andantes a que nos asaltara un sueñecito). Y el padre hace números, cuadrando inútilmente las cuentas del hogar, y su mujer lee Anna Karenina con, en la mano, su enésimo vodka, mientras suena Bessie Smith. Y más peleas, la madre conducida a un sanatorio con una camisa de fuerza. Un espantoso desorden vital, una pesadilla cotidiana, una devastación permanente, una temible iniciación a la vida para esa pequeña niña que rememora la hoy adulta. 

Y sin embargo, sin eludir todas esas connotaciones negativas de su infancia, en el relato de Mary Karr hay una mirada capaz también de transformar la realidad que describe, no ocultando u omitiendo episodios difíciles o mitigando su crudeza, sino utilizando el lenguaje, su dominio de la palabra y su muy notable virtuosismo literario, para recubrir de humor el relato de sus experiencias y para encontrar en el recordatorio de esos días motivos para la satisfacción, en una visión optimista -dentro de lo que cabe- y entrañable, algo triste y envuelta en nostalgia pero conmovedora y bellísima, de su muy dura experiencia. Y así, un libro que podría resultar trágico se lee en muchos de sus pasajes con la sonrisa en los labios y, en todos, con el corazón encogido y arrebatado por la emoción. Más adelante, confesará la niña, descubriré que las elegías se estructuran justo así: lamento, consolación; malas noticias seguidas de buenas noticias. Y eso es El club de los mentirosos, una elegía, un lamento por un tiempo perdido, con sus dolorosas heridas y sus gozosos motivos de felicidad. Y sin desestimar las primeras, ni mucho menos, la autora no escatima la presentación de estos últimos. Aparte de esos momentos en que necesitábamos un adulto en sus cabales y nos quedábamos con las ganas, nos sentíamos bastante protegidas, dirá, relativizando su pesar. Es cierto que la familia era rara -y disfuncional, por seguir con la nomenclatura de la escritora-, pero esa rareza, ese carácter excepcional, contiene también elementos valiosos. La niña, que añora una existencia “normal”, con los frigoríficos sin escarcha, ordenados y despejados, en un emblema del orden cotidiano de las familias comunes, reconoce igualmente el horror de la vida convencional y lo mucho rescatable de su condición de anomalía: Por primera vez sentí el poder que la singularidad de mi familia nos atribuía sobre nuestros vecinos. Aquellos adultos tenían miedo (…) Tuve la impresión de que la mismísima Muerte habitaba las casas de los vecinos

Il faut souffrir, sufrir es necesario, escribe Albert Camus en El mito de Sísifo, del que la madre lee fragmentos a su hija. Pero Charlie apostillará -y su hija con ella-: Las personas inteligentes sufrían; los idiotas, no. Y de ahí la necesidad del humor y la visión optimista y distanciada como formas de luchar contra el sufrimiento (Claro que el mundo cría monstruos, pero la bondad prolifera igual de silvestre); de ahí el enfoque memorialista: la superación de la experiencia a través de la palabra que no rehúye la verdad, que desvela los secretos, que desmonta el mecanismo de sustituir la realidad mediante el lenguaje, la práctica habitual en la familia Karr. Las mentiras, las historias, la literatura. Las mentiras como metáfora última de la novela, las mentiras y, frente a ellas, la luz que desvela, la memoria que ilumina el pasado, la verdad que desentraña los enigmas, sin permitirse trampas ni engaños. 

Y el lugar por excelencia de esa poderosa metáfora será el club de los mentirosos, que albergará los momentos más dignos de remembranza en esa problemática infancia, los que despertarán las evocaciones más intensas y agradables en la autora. He aquí la descripción que hace Mary Karr del subyugante círculo: Mi padre me contó tantas anécdotas de su niñez que en ciertos aspectos las suyas me parecen más vívidas que las mías propias. Las repetía una y otra vez ante un público compuesto por los borrachos con los que jugaba al dominó los días de libranza. Se reunían en el bar de la Legión americana o en la trastienda del local de artículos de pesca cuando sus mujeres los hacían pagando facturas o en la sede del sindicato. La cabreada esposa de alguno de ellos acabó por bautizar al grupo como “el club de los mentirosos”, y con ese nombre se quedó. Y es cierto que, técnicamente hablando, no se contaban muchas verdades en esas reuniones. En el club de los mentirosos, escuchando las disparatadas y divertidísimas historias que cuenta su padre, Mary, que lo acompaña desde sus cuatro años, encuentra algo parecido a un refugio en la sórdida realidad de su vida: el club me revelaba mi identidad, me proporcionaba solidez, señala, en un rasgo que vincula la obra -en un nexo que me ha asaltado en distintos momentos de la lectura- con otra novela autobiográfica, El bar de las grandes esperanzas, reseñada hace poco en Todos los libros un libro. Lo que yo más quería en el mundo, recordará, era oír a mi padre contar una historia, desenrollarla como un recio sedal que me trasladara a otros tiempos que yo jamás había conocido y otros lugares donde jamás había estado salvo por cortesía de su voz

Y es que de todos los miembros del club de los mentirosos, mi padre era el que contaba mejores historias. Entre sus amigotes, Pete Karr se encuentra a sus anchas inventando anécdotas imposibles: imita a los protagonistas de sus relatos, pone caras, se aleja de la narración inicial y retoma el hilo tras digresiones sin cuento, suelta palabrotas, cuenta chistes, hace reír, y acaba por persuadir -con reticencias, claro- a sus oyentes, poseedor del don de la credibilidad, pese a lo disparatado de sus historias, algunas magistrales: cuando salió de casa con un dólar para comprar café por encargo de su propio padre, y por un impulso súbito se subió a un tren, para volver, tras increíbles aventuras, un año después encontrándose con la pregunta del padre, impasible pese al paso del tiempo: “¿has traído el café?”; la del tío Lee y su tormentosa relación conyugal, que acaba por resolverse cuando los amigos sierran la casa familiar separándola en dos mitades; la desopilante anécdota de los pedos congelados; la de la muerte de su padre (que está vivito y coleando). Un Pete que cuando desplumaba a un matón en una partida de póquer y temía la posterior represalia, recurría al humor y con un chiste desarmaba al agresivo contrincante, en una nueva muestra, que Mary resalta en alguna entrevista, de esa idea nuclear de su libro: el humor como salvación frente al sufrimiento, las historias como defensa frente a los males del mundo, como noble barrera frente al dolor: Papá nunca confesó la mentira (la falsa muerte de su padre). Permaneció como una fortaleza que hubiera levantado entre él y los demás para impedir que lo conocieran mejor

Las historias del padre permanecen vivas en la hija, que en el libro sólo puede dar cuenta de ellas en presente -con una sobresaliente capacidad (un fino oído, ha dicho la crítica) para recrear los diálogos y las conversaciones de los amigos: La escena me parece tan real aún hoy que no puedo evitar relatarla en presente. Y en la memoria, el club aparece así también como la representación de la infancia, una infancia que queda atrás cuando el encantamiento y la magia de las narraciones del padre dejan de tener sentido: Tan pronto como me compré mi primer sujetador deportivo (…) dejé de asistir a las reuniones del club de los mentirosos

La figura del padre emerge así en sus cualidades positivas, su sensibilidad (se echará a llorar cuando recupere a sus hijas tras habérselas llevado Charlie, o la presumible emoción en él, que Mary intuye cuando encuentra, tras su muerte, entre sus papeles personales, el único boletín de notas del instituto en que ella había sacado sobresaliente en todas, o el primer poema que publicó), su condición de salvaguarda frente a las amenazas y el horror de la existencia (Quedar suspendida del universo entre las manos grandes de papá, como cuando me enseñó a mantenerme a flote en la piscina del pueblo), su previsible seguridad frente a la locura materna. Una persona cien por cien fiable, dirá la hija, mientras la madre encarnaba en cambio para las niñas una amenaza implícita constante; su “normalidad”, disfrutando con las pequeñas cosas, frente a la angustia existencial, a la convulsión e insatisfacción permanente de la madre (Dios, qué ignorancia tan feliz, suspirará desesperada). 

Sin apenas tiempo ya para más comentarios, quiero resaltar la importancia del entorno en que se desenvuelve la historia de los Karr, sobre todo el que representa el pequeño pueblo de Leechfield, en Texas. Business Week, comenta Mary en su libro, lo incluyó en la lista de los diez pueblos más feos del planeta. Y, en efecto, poco de atractivo hay en ese poblacho que vive del petróleo, con sus tanques blancos de almacenamiento, las torres gigantes en llamas, las inmensas plataformas de extracción; un lugar a sólo un metro por encima del nivel del mar, con el agua salobre de los bayous, los infectos arroyuelos que surcan la zona, las ciénagas, el omnipresente fango del Golfo de México, el calor asfixiante, las constantes inundaciones, los tornados, la suciedad y la contaminación -La localidad encarnaba uno de los puntos más negros del mapamundi del cáncer. (Y ahí sigue, junto con Bophal y Chernóbil)-, el polvo y las serpientes, las casas baratas y el malvivir del proletariado encadenado a las industrias petrolíferas, en un pertinente paralelismo entre la decrepitud del entorno y la de la familia que lo habita. En cambio, la estancia en Colorado, opera como contrapunto, una vez más, entre “las buenas y las malas noticias”: la naturaleza salvaje, los osos surcando el paisaje, los paseos a caballo, los arroyos de agua fresquísima, la pesca en los riachuelos, los bosques, los campos, la nieve… que no impedirán, sin embargo, el deterioro familiar. 

De entre las muchas piezas musicales que aparecen en el libro, os dejo ahora con Misery, en la voz de Esther Phillips. Put no headstone on my grave. All my life I been a slave. ‘Que no le pongan lápida a mi tumba. He sido una esclava toda la vida’; la letra tendría que haberme dado una pista de lo que se avecinaba, comentará Mary, cuando recordando el texto de la canción que escuchaba su madre, evoca el desastre que acabará por ser su cumpleaños (y, en general, su infancia entera).  


Mamá estaba sentada en el sofá curvo del salón, frente a la chimenea donde se amontonaba la ceniza. El destornillador que estaba bebiendo se había aguado. Llevaba pantalones de chándal negros y una de las camisas blancas de Sears que le regalábamos a papá todas las Navidades. Había estado doblada hasta hacía bien poco, se notaba. Sobresalía una etiquetita de cartón que parecía el alzacuellos de un cura. La baraja nueva de cartas estaba intacta encima de la mesa, con el precinto. 

No recuerdo cómo anunciaron que se divorciaban. Papá se sentó pesadamente en el extremo del sofá y se inclinó apoyando los codos en las rodillas, con las manos huesudas colgando hacia el suelo. Agachaba la cabeza igual que los toros al final de una corrida, cuando han perdido mucha sangre y les han clavado tantas banderillas que ya no pueden levantar la testa para atacar. De los ojos de papá caían lagrimones que iban a dar en el suelo. Ni siquiera se molestaba en enjugárselos. Cada tanto se pasaba el dorso de la mano por la burbuja de mocos que se le formaba en la nariz. Las lágrimas dejaron unos goterones oscuros en la madera del suelo. Yo estudié largo rato aquellas salpicaduras con tal de no verlo llorar. Formaban una especie de dibujo unido por puntos cuyo sentido no lograba descifrar. 

En el otro extremo del sofá mamá no derramaba ni una lágrima. Aunque esto no es indicativo de nada, ojo. Puede que estuviera conteniendo un torrente de dolor, o puede que no. Lógicamente, no estaba del todo a lo que estaba. El inmenso vodka con naranja, cumpliendo su propósito, la había transportado. Nos preguntaron sin preámbulos con quién queríamos vivir. Mamá se quedaba en Colorado; papá tenía que volver a casa. Nos expusieron los hechos como si nos dieran a elegir entre dos sabores de un helado. ¿Qué preferíamos: un padre o una madre? También podíamos separarnos, si queríamos, y que cada una se quedase con uno. 

Lecia me convocó en la cocina para celebrar una asamblea. Me advirtió que, si me veía alguna lágrima, me dejaría inconsciente a base de guantazos. Pero yo estaba muy lejos de echarme a llorar. Lo que quería era hacerme un ovillo. 

Echamos un vistazo al salón a través del vano de la puerta. Las nucas de nuestros padres asomaban por encima del respaldo del sofá. No hablaban, parecían dos desconocidos en un vagón de metro. Me resultaba inconcebible que uno de los dos fuera a desaparecer para siempre. Me representé mentalmente el globo terráqueo dividido por los meridianos. Yo sabía la distancia que separaba Texas de Colorado. Pero no era sólo una elección ligada a la distancia. Por un instante hice pito, pito, gorgorito pasando de una cabeza a otra. Me planteé jugarlo a cara o cruz. Me debatía internamente entre la ciénaga y las montañas, entre un calor insoportable y un fresco azulado. Seguía queriendo tumbarme en el suelo, con la mejilla caliente en contacto con el azulejo italiano y dejarme vencer por el sueño hasta que nos despertaran los osos. Mientras a mí me reconcomían las dudas, la mirada de Lecia se volvió neutral, como si hubiera visto venir el dilema surcando los cielos, igual que un frente meteorológico. 

Fue ella quien finalmente tomo la decisión. Si la dejábamos sola, mamá se metería en problemas con mayúsculas. Papá, en cambio, volvería a trabajar en la Gulf, de modo que siempre sabríamos dónde encontrarlo. Me pareció una lógica razonable. “Vamos al salón y se lo decimos”, ordenó mi hermana.



Mary Karr. El club de los mentirosos


miércoles, 3 de octubre de 2018

JOAQUÍN PÉREZ AZAÚSTRE. CORAZONES EN LA OSCURIDAD

Hola, buenas tardes. Bienvenidos a Todos los libros un libro, el espacio de recomendaciones de lectura de Radio Universidad de Salamanca. Esta semana, en la que por fin se reanudan las emisiones radiadas de nuestro espacio (podéis encontrar el podcast del programa al término de esta reseña. Aviso para navegantes: por desgracia, en esta ocasión la grabación es técnicamente lamentable), os traigo una espléndida novela, de un autor joven pero, a tenor de sus logros, muy prometedor. Se trata de Corazones en la oscuridad, la segunda novela de Joaquín Pérez Azaústre, publicada por la editorial Anagrama a principios de 2016, una obra más que estimable y que estoy seguro que os va a interesar. 

La historia que narra de manera central el libro tiene por protagonista a Águeda, una anciana que, a causa de un fuerte golpe tras una caída en el baño, ve cómo se acelera el proceso de deterioro cognitivo del que ya había sufrido algún síntoma previo, para hundirse, desde entonces, en el terrible abismo de la demencia senil y la enfermedad de Alzheimer (un tema, al que ya hemos dedicado alguna otra emisión en Todos los libros un libro, que se presenta con una relativa actualidad al haberse celebrado, el 21 de septiembre pasado, su Día internacional). La mujer permanece postrada en una cama, sin manifestar signo alguno de conexión consciente con el mundo, hasta el punto de no reconocer siquiera a sus dos hijas, Susana y Nora. Poco antes del suceso, Águeda parecía decidida a contarles a ambas algún importante secreto de su vida, una confidencia que, por culpa del imprevisto incidente, no podrá producirse. Las hijas, mientras ordenan las pertenencias de su madre y revisan sus objetos personales con el fin de organizar la intendencia para la nueva etapa a la que la devastadora dolencia la condena, encuentran entre ellos distintos documentos, cartas, álbumes, fotos, cuadros, que contienen indicios que parecen apuntar a ese relevante acontecimiento del pasado que la madre apenas tuvo ocasión de anunciar y, ni mucho menos, explicar o detallar. El esqueleto argumental de Corazones en la oscuridad se estructura en torno a la indagación -casi detectivesca- que llevan a cabo las hijas en el pasado de su madre, y en su intención de encontrar en él, quizás, la clave escondida de una etapa ignorada de su vida. Sin embargo este resumen apresurado de la trama o el hilo conductor de la narración es groseramente reduccionista, pues en el transcurso de esa personal investigación de la que da cuenta el libro, el relato se abre en muchas otras direcciones, centradas, fundamentalmente, en el retrato -de una honda complejidad psicológica- de un puñado de personajes memorables. 

Está, en primer lugar, la hija menor, Nora, una mujer de cuarenta y pocos años, en el pasado practicante profesional de taekwondo y actualmente encargada de la vigilancia nocturna de un garaje, que vive apartada del mundo -escondida de la vida-, en un aislamiento, también físico pero sobre todo emocional, en el que subsiste -no cabe otro verbo- desde que, diez años atrás, enviudó de Paul, un buen hombre con el que mantuvo un gratificante matrimonio. Nora, que nos es presentada en el primer capítulo de la novela en un inicio -una turbia escena de ambientación “moderna”, nocturna y urbana, en un oscuro episodio de alcohol y violencia sexual- que resulta algo engañoso y confunde inicialmente al lector, pues poco tiene que ver con el “clima” que envolverá al resto de la obra, abandonará su trabajo para cuidar de su madre en su obligado encierro domiciliario en el hogar de la otra hija, Susana, que acogerá a ambas tras el fatal accidente. 

Por otro lado, Susana es una profesora universitaria, especialista en Historia del Arte, diecisiete años mayor que su hermana y, como ella, también sola, después de que su marido, Ernesto, la abandonara tras largo tiempo de enojosos desencuentros. Tiene una hija, Ode, que vive en Bruselas, en donde empieza su carrera profesional como arquitecta. Susana, que siempre ha vivido en la misma ciudad costera que su madre -el mar tiene una sutil aunque importante significación en la novela- y que ha tenido un contacto más fluido con ella -Nora reside en otra ciudad, en el interior, y hasta el agravamiento de la degeneración neuronal de Águeda apenas hablaba con ella por teléfono-, será la que tome la iniciativa en la pesquisa sobre el pasado de su madre. 

En paralelo a las mujeres de la familia, sobresale la presencia de Claudio y Josefina, una pareja de ancianos actores cuya trayectoria artística apenas alcanzó relevancia más allá de su protagonismo en una serie televisiva de poca entidad que les dio, hace ya algunos años, una cierta fama. La pareja, amiga de Águeda desde hace sesenta años, cuando los tres formaban parte de un grupo de teatro universitario y coincidieron en una gira en Bruselas, acaba de abandonar la vida de errancia asociada a la farándula para pasar sus últimos días retirada en una desoladora urbanización, nacida con ilusionantes pretensiones capaces de despertar los sueños de quienes pensaban en ella como un apacible refugio para la jubilación, pero convertida ahora en una deprimente realidad de edificios semivacíos, locales abandonados y calles solitarias (un mundo cerrado, sin apenas habitantes, del que resulta imposible escapar, una especie de islote rodeado por corrientes de arena), al paralizarse el proyecto a causa de la crisis económica. 

Y en torno a todos ellos, y desbordándolos con su irresistible magnetismo, con la irradiación de su poderosa fuerza, con su intensa energía natural, con su fascinante personalidad, la propia Águeda, ahora languideciente y casi vegetal, pero arrebatadora y vitalista, atractiva y carismática en los recuerdos de sus hijas, en la evocación de sus amigos, en la recreación de un pasado, hace seis décadas, que aflora en las fotografías y en las cartas halladas; una mujer espléndida, inteligente y decidida, bellísima, de la que se enamoran todos los que la conocen -hombres y mujeres-, capaz de generar su propio culto; un ser deslumbrante, viva imagen de la actriz María Félix, en aquellos tiempos con un impacto universal, y también -radiante con su frondosa melena rojiza- de la espléndida Rita Hayworth. 

Salvo el citado Claudio, una creación literaria presentada con empaque y solidez, con profundidad y carácter bien delineados, las presencias masculinas en el libro son, en realidad, ausencias: el marido de Águeda, Sixto, un hombre anodino, sin entidad, una sombra; el misterioso Jérôme, de decisiva trascendencia en la vida de Águeda pero de paso fugaz por la novela; el abuelo arquitecto, Eladio Halffter, que, sin embargo, se perfila, en su cariñosa relación con su hija, con algo más de entidad. 

Pero, insisto, serán las mujeres las que llenarán esta historia triste pero hermosísima, capaz de despertar las emociones del lector y de hacerle reflexionar, también, sobre algunos de los grandes temas la existencia humana: la ancianidad y el paso del tiempo, el deterioro y la enfermedad, la memoria y los recuerdos, los secretos, la esperanza y los sueños (No se reconoce en sus recuerdos de aquellos días, cuando pensaban que cualquier existencia podía decidirse, porque era el eco de su puesta en escena: entonces todavía se sentían dueños de una sustancia tan indeterminada como definitiva, tan imaginada como real, que les hacía sobreponerse a cualquier limitación y creer que su tiempo les pertenecía), el esplendor y la miseria, la irrefutable verdad de la belleza, la soledad, las oportunidades malogradas, los ideales perdidos (Trata de recordar sus propios ideales. Fueran los que fuesen, los perdió hace mucho), el azar y el destino, el amor y la muerte. 

Pero como tantas otras veces hemos resaltado en Todos los libros un libro, lo fundamental en un buen libro -y la novela de Azaústre sin duda lo es: excepcional literatura- es que no se agota ni en el interés de la trama, ni en la solvencia en la construcción de los personajes, ni siquiera en la hondura o la oportunidad de los temas tratados, sino que es el estilo de un escritor lo que convierte la conjunción de todos esos elementos -valiosos en sí- en una unidad de mayor valor. Así ocurre también en el caso de este Corazones en la oscuridad en el que la condición de poeta del autor se aprecia en cada párrafo, repletos todos de inspirados fogonazos líricos, de imágenes de alta potencia simbólica, de hallazgos metafóricos de una lucidez resplandeciente. Dicho lo cual, y valorando sobremanera esta cualidad poética del libro, es también cierto que en más de una ocasión, la riqueza léxica, la brillantez formal, la profusión y la originalidad de las metáforas, la voluntad de estilo de Azaústre, le hacen menguar su potencia expresiva, y el lector tiene la impresión de perderse en un texto que en ocasiones se oscurece hasta dificultar o incluso impedir la captación del significado. En todo momento se perciben, como digo, la precisión, la agudeza y el refinamiento propios de la mejor poesía, y, en este sentido, la sonoridad, el ritmo, la musicalidad, son sin duda valores estimables en la novela. Pero en ese elegido -y hasta subrayado- aliento lírico hay algo también -al menos a mi juicio- de engolamiento, de afectación, de fuego de artificio, de esteticismo rimbombante e impostado -y por lo tanto inauténtico y vacío-; algo que, y no quiero desviar el objeto de mi comentario, recuerda -así me ha ocurrido de continuo durante la lectura- a la habitual forma de expresión -tanto en el ámbito literario como en el personal- de un entregado valedor de Azaústre, un poeta que, más allá de su “parece” que indiscutible valía objetiva, a mí me desagrada profundamente en ambos planos, como escritor y como ser humano: José Manuel Caballero Bonald. Aunque es bien cierto que en el joven cordobés yo no aprecio los irritantes rasgos de orgullo, suficiencia y desprecio, de superioridad y mesianismo que impregnan la obra y la vida del gaditano -leed sus, por otro lado, excelentes memorias, La novela de la memoria. (Y, escrito el párrafo precedente, reconsidero el calificativo de “entregado”. Me resulta difícil creer que una personalidad tan ensoberbecida y autocomplaciente como la de Caballero Bonald -con Juan Goytisolo, dos de los egos más insoportables de un universo, el de los escritores, tan bien nutrido de ellos- pueda olvidarse ni un momento de sí para admirar a otro). 

Fuera ya de mi extemporáneo desahogo, no me resisto a ofreceros un par de ejemplos -de los muchos que inundan el texto- de este efecto -un cierto esteticismo intransitivo y superfluo- que más de una vez convierte en “inextricable” el discurso narrativo: 

Tampoco puede ocultarse que, incluso sabiendo que era bastante improbable, tras inclinarse sobre ella y ponerle la instantánea delante de sus ojos, ha esperado alguna reacción en su madre, aunque fuera mínima: un leve parpadeo, el ligero escorzo de una ceja saliendo del letargo de su frente dormida. Cuando volvió a la tienda, el muchacho no disimuló su orgullo por el trabajo bien hecho, con esa delicadeza del nuevo cromatismo desprendiendo una vivacidad atractiva y vibrante, aunque sin hacerle perder su veracidad: porque a pesar de esos sesenta años transcurridos no parece coloreada, y sigue apreciando una estación total en el dinamismo de los cuerpos, con su recuperado volumen, concentran la inclinación de los actores en su propia secuencia, hacia una nueva hondura más difuminada en la ensoñación del escenario, con una turbiedad de légamo creciente al fondo del primer plano. 

Absorta en el vaivén de la cinta transportadora, con ese traqueteo simultáneo de láminas seriadas, Susana se va adentrando en la profundidad del sonido llegado del subsuelo, como largas cadenas de montaje desde un abismo con accidentados montículos de maletas enormes, bolsas y paquetes embalados, aguardando a la expulsión del primer bulto a la luz halógena desde la sala de recogida de equipajes, igual que una palabra que pudiera ofrecer su timbre más allá del pozo, toda una expresión desde su hondura artificial, en la que permanece sepultada, porque se congeló cuando debiera haberse pronunciado y ahora, al reclamarse, solo podrá volver a remontar la vida arrancada del tubo digestivo, saliendo del esófago a jirones abiertos por el alambre cortado de su voz

Del mismo modo, y por resaltar, ya al término de esta reseña que se ha extendido demasiado, otra deficiencia del libro -siempre según mi particular criterio- que, en ningún caso, disminuye mi muy positiva valoración general, no resultan demasiado convincentes los artificios en los que el autor debe incurrir para resaltar el carácter cíclico que quiere dar a su historia: las constantes referencias a los cuadros de Magritte, en los que la continuidad de tiempos y espacios, del día y la noche, de lo onírico y lo real, tiene un correlato en el texto, en el que también se mezclan planos y corrientes de pensamiento; la omnipresencia de Ibsen, que comparece a través de su obra El pato salvaje -cuyas claves explican algunas de las de la novela-, una pieza que representaban Águeda, Claudio y Josefina en su gira de juventud por Francia y Bélgica, y que reaparece cuando la urbanización que habitarán los ancianos se llamará -casualidad demasiado forzada- ¡¡El pato salvaje!!; la coincidencia en Bruselas como escenario de los significativos hechos del pasado, revividos por la actual presencia de Ode en la capital belga; la Taberna Greenwich que “renace”; el restaurante mexicano y el retrato de María Félix; los azares en la aparición de cuadros y cuadernos reveladores; el insólito y altamente improbable episodio de la galería de arte; las cartas del padre… todos estos detalles van aflorando en el libro de manera un tanto impostada, como si obedecieran a la necesidad de forzar la historia para que se cierren ciclos y se consumen paralelismos, para que todo encaje en una estructura de la que -de esta manera- acaban por verse los hilos. 

Lo mejor del libro son, pues, los aspectos menos “intervencionistas”, en los que el autor no enfatiza su voluntad de hacerse notar, en los que no se hace demasiado presente su condición de escritor, sus recursos “profesionales”, su “necesidad” de exhibir su evidente y sobresaliente dominio del lenguaje, de mostrar la arquitectura de la obra, de hacer patente su cultura o su amplio bagaje de referencias. Es la emotiva humanidad de sus personajes y no la indudable pericia técnica lo que hace de Corazones en la oscuridad una novela inolvidable: la triste historia de las mujeres, de sus soledades y sus miedos, de su desvalimiento y, a la vez, de su entereza; el conmovedor tratamiento de la vejez y el deterioro; la delicadeza con que se narra el amoroso cuidado con el que las hijas atienden a su madre y que podréis apreciar en el breve fragmento con el que cierro la reseña; la compasiva mirada sobre la soledad de la pareja de ancianos… 

En fin, leed esta bellísima Corazones en la oscuridad. Estoy seguro de que os entusiasmará. Como acompañamiento musical a mi comentario de hoy os dejo con El jinete, la canción, interpretada por Jorge Negrete en la película del mismo título, que tararea Claudio en uno de los muchos momentos del libro en que evoca nostálgico la belleza de Águeda y su parecido con María Félix, actriz también de la cinta. 


La enfermera ha traído el preparado de la farmacia. Se lo dan por la sonda y Nora la desviste. Extiende las manos por el cuerpo, aparentemente calmado, mientras su madre la mira con una hondura casi nebulosa, como si pudiera abismarse en los ojos de su hija y mirarse a sí misma, mientras Nora le lava los pechos por primera vez, con la piel esparcida bajo los pezones hundidos, entre las estrías y las arrugas, y levanta la llave dorada, que mantiene cogida unos segundos, levantándola del cuello, más brillante al contacto con el sol a través del cristal, para pasarle la esponja, ya escurrida. Susana asiente, en silencio, ante sus movimientos. Sabía de su delicadeza, pero no esperaba esa naturalidad. En el rostro de Águeda aparece un atisbo de sonrisa cuando Nora le enjabona el vientre, en pasadas circulares, y de pronto tiene la impresión de que su madre la está mirando con atención, alertándola de una importancia grave, instantánea, presentada con más intensidad cuando la ven levantar la ceja izquierda. A Nora siempre le han gustado sus cejas, tan expresivas, de un tono más caoba que el cabello, con una extensa gama postural de sorpresa o cariño, de indignación o gusto, de súbito rechazo o comprensión. Lleva tanto tiempo sin alzar, siquiera mínimamente, ninguna de las dos, que cuando Susana la descubre no puede evitar hablarle: Mamá, le dice. Nora vuelve a coger la llave minúscula, tan pequeña que podría ocultarla entre los dedos, y la pone al alcance de su vista, por si puede repetir el estímulo. Pero Águeda relaja el gesto y pierde la mirada por el espacio vacío entre las dos, en sus ligeras partículas de polvo.
 

miércoles, 26 de septiembre de 2018

ISRAEL YEHOSHUA SINGER. LOS HERMANOS ASHKENAZI. LA FAMILIA KARNOWSKY

Hola, buenas tardes. Bienvenidos una semana más a Todos los libros un libro, el espacio de recomendaciones de lectura de Radio Universidad de Salamanca. Hoy os traigo un par de novelas de un escritor no demasiado conocido, Israel Yehoshua Singer, nacido en Polonia a finales del siglo XIX y muerto en 1944 en Nueva York, en donde se había instalado una década antes. Hasta adentrarme, hace pocos meses, en los dos libros de los que hoy voy a hablaros yo desconocía la existencia de “este” Singer, pero no la de su hermano, Isaac Bashevis Singer, Premio Nobel de Literatura en 1978 y a quien yo leí bastante a mis veinte años. Israel, casi diez años mayor que su hermano, fue siempre un referente para éste, hasta el punto de agradecerle su influencia literaria en su discurso de aceptación del galardón. 

Aunque la editorial Acantilado, responsable en ambos casos de la edición, no ha respetado el criterio cronológico en las fechas de su publicación en España, yo sí he acomodado mi lectura al orden de aparición de los originales. Así, leí en primer lugar Los hermanos Ashkenazi, escrito en 1937 y presentado en nuestro país en 2017, y a continuación La familia Karnowsky, que aunque se escribió en 1943 vio la luz en nuestra lengua en 2015. Las dos novelas han sido traducidas -del yiddish primigenio- por Rhoda Henelde Abecasís y Jacob Abecasís Hachuel. 

Quiero centrar mi reseña en esta segunda novela, no sin antes dejaros un breve comentario sobre Los hermanos Ashkenazi aunque solo sea porque hay una suerte de continuidad entre las dos, toda vez que en la primera la historia narra la vida de varias generaciones de una familia judía con el fondo histórico de la Polonia -y por extensión la Europa- que va desde la Revolución industrial hasta la Gran Guerra, mientras que en la segunda se reitera el relato generacional y familiar -sin que los personajes se repitan-, extendiendo la “fotografía” del Viejo continente hasta la Segunda Guerra Mundial en un marco que se desenvuelve ahora -siempre en el entorno de la comunidad judía- en Berlín y Nueva York. 

Los hermanos Ashkenazi son Simja y Yánkev, dos gemelos de personalidades, caracteres y planteamientos vitales absolutamente opuestos. Uno, Simja, es poco agraciado físicamente pero ambicioso, inteligente, decidido, un “macho alfa”; el otro, Yánkev, más atractivo pero también más débil, más sensible y menos dotado intelectualmente, está poco interesado en el poder y la influencia que su hermano ansía y persigue. Nacen y viven la mayor parte de sus vidas en una familia de la clase dominante, prósperos empresarios, en Łódź, cuyas calles se constituyen así en el tercer gran protagonista del libro, pues la historia de las vidas divergentes, e incluso enfrentadas por el odio, de los hermanos -con algunos, escasos, momentos de coincidencia- se desarrolla en paralelo a la evolución de la ciudad, capital de la industria textil polaca y gran urbe fabril de todo el imperio ruso en general, primera en instalar las máquinas de vapor en su ámbito, centro y ejemplo emblemático de los grandes conflictos del siglo: el crecimiento industrial y la evolución del capitalismo, la prosperidad económica de la burguesía -sobre todo judía-, la despoblación del campo y la inmigración a las ciudades, el movimiento obrero y la lucha de clases, las ansias de expansión de los imperios, el desmembramiento de dos de ellos, el austro-húngaro y el ruso, la revolución soviética, los enfrentamientos étnicos y raciales entre colectividades divididas, la persecución a los judíos en Europa, el caldo de cultivo, en fin, de la Primera Guerra Mundial. 

Todo este escenario histórico, que pasa ante nuestros ojos de manera verosímil, fidedigna y precisa, se recrea no solo con el enfrentamiento entre los hermanos, sino también a través de otra pareja de protagonistas -estos secundarios, aunque también relevantes-, Nissan y Tevye, que, pertenecientes a otro estrato social, desclasado hijo de un rabino uno de ellos y sencillo tejedor el segundo, dan voz en el libro a las aspiraciones sociales y reivindicaciones laborales de los proletarios, de los pobres hombres explotados en las fábricas, esclavizados en sus indignas condiciones de vida y trabajo. 

A lo largo de casi setecientas páginas, que se leen en un arrebatado suspiro, Singer nos traslada a un momento esencial de la historia de la humanidad y, con su mirada, nos permite conocerlo e identificar en él algunas de las claves que explicarán la barbarie del siglo XX, quizá el más brutal de nuestra existencia como especie supuestamente civilizada. 

Idéntico contexto, aunque tratado desde otra perspectiva, subyace en La familia Karnowsky. La condición judía, de siempre compleja definición y difusa identidad (¿raza?, ¿religión?, ¿tradición?, ¿ideología?, ¿nación?, ¿pueblo?), sus conflictos y padecimientos, su doloroso deambular por la Historia, en particular a lo largo del siglo pasado, vuelven a estar en la base de esta otra novela de Singer. En esta ocasión el hilo conductor lo constituye la trayectoria de tres generaciones de una familia, la que da título al libro, “fotografiada” en un segmento temporal que abarca aproximadamente los cincuenta años que preceden al estallido de la Segunda Guerra mundial. El libro se articula en tres capítulos cada uno de cuales gira en torno a uno de los miembros del linaje Karnowsky, David, Georg y Yegor, respectivamente abuelo, hijo y nieto. 

Los Karnowsky de la Gran Polonia eran conocidos como hombres obstinados y polemistas, aunque también estudiosos y cultivados, sin duda unas mentes de hierro. Así empieza el primer capítulo de la novela, de título David, en el que vemos al “primer” Karnowsky en Melnitz, en su Polonia natal, en donde se desenvuelve con éxito como comerciante en el sector de la madera, ascendiendo imparable en la escala social tras el matrimonio con Lea Milner, hija de otro próspero empresario maderero. Muy culto, estudioso de las tradiciones y las escrituras hebreas, su terquedad y rigor intelectuales lo llevan a enfrentarse con la comunidad judía de su localidad, anclada en una visión tenebrosa y oscurantista de la religión, el jasidismo, muy alejada de la concepción “científica” del judaísmo que él defiende. No permaneceré ni un día más entre estos salvajes e ignorantes, profiere tras un desagradable incidente en la sinagoga y, contra la voluntad de su familia, decide abandonar esa Polonia “oriental” y atrasada (atrasada “por” oriental, a su juicio), sumergida en la oscuridad, símbolo de las tinieblas, de la cerrazón y la ignorancia, para instalarse en Berlín, en una Alemania que, a sus ojos, era el país de donde procedía todo lo bueno, lo luminoso y lo inteligente; una Alemania que era Occidente, la luz, la Ilustración, la cultura. En Berlín, David seguirá progresando como empresario y, en cierto modo ajeno a la vida social pese a estar casi totalmente integrado en su nación adoptiva, cultivará su pasión por el estudio, profundizando en el conocimiento de la Torá. Erudito y elitista, su obstinación y su exigencia se cebarán en Georg, su primogénito, al que intentará convertir en un alemán perfecto, indistinguible de sus conciudadanos, borrado -al menos en público- cualquier rastro de la pobreza e ignorancia que asocia a sus orígenes polacos y a ese judaísmo tradicional y anticuado del que ha huido. Su propósito, que exigirá con severidad y dureza, será conseguir que su hijo crezca siendo judío en casa y alemán en la calle. La infancia y la primera juventud de Georg, las discrepancias con el padre, cada vez más inflexible en sus ideas, su rebeldía, sus inicialmente descuidados estudios y sus amores marcarán el hilo conductor de esta primera sección de libro que llega a su término con el joven, recién licenciado en Medicina, movilizado en la Primera Guerra mundial. 

En el segundo capítulo, titulado Georg, éste, de vuelta a Berlín, protagoniza la narración. Es ya un médico reputado, un ginecólogo con prestigio y éxito social, y mantiene su independencia frente a los planteamientos y la visión del mundo, siempre rígidos y anquilosados, de su padre. Casado en contra de los criterios familiares con Teresa Holbek, una joven católica, de la que tendrá un hijito, Yegor, de naturaleza débil, difícil carácter y acomplejada personalidad, su vida transcurriría por los consabidos derroteros de la normalidad si no fuera por los problemas que suscita el indisciplinado y problemático crecimiento del hijo y, sobre todo, las primeras manifestaciones -aún larvadas pero ya ominosas- de la locura nazi. En cuanto las amenazas contra los judíos empiezan a hacerse patentes y las perspectivas económicas, profesionales y hasta personales se oscurecen, los Karnowsky lograrán embarcarse hacia Nueva York dejando atrás todo su pasado y gran parte de su patrimonio. 

El tercer y último capítulo se centra en Yegor, que ya en Norteamérica sigue dando muestras de su torturada forma de ser, debatiéndose entre sus raíces judías, que aborrece, y su entusiasmo -arraigado ya en Alemania- por el ideal ario que defiende el cada vez más agresivo nacionalsocialismo. En un marco magníficamente descrito, el de la Nueva York de finales de los años 30, tan recreado en la literatura y el cine, la ciudad de aluvión, acogedora y plural, un fecundo melting pot de razas, orígenes, lenguas y religiones, una nueva sociedad llena de vida y energía, rezumando libertad (una libertad que se evoca en el fragmento que os dejo al cierre de este comentario, en el que vemos los primeros pasos de la familia en la gran urbe, recién desembarcados), asistiremos a las, pese a todo ello, atormentadas vivencias del último de los Karnowsky. 

Más allá de la trama argumental, a través de la cual Singer compone una narración formidable, una novela-río repleta de historias, de sucesos, de experiencias, de acontecimientos, en una magnífica representación de la vida humana, destaca la soberbia construcción de personajes (aparte de los tres principales, son espléndidos los retratos de Lea Milner y Teresa Holbeck, los del humanitario doctor Landau y su luchadora hija Elsa, el del comerciante Salomón Burak, el del fanático Hugo Holbeck, y tantos otros), seres, presentados con hondura psicológica, complejos, llenos de contradicciones, que se equivocan, que rectifican, pero muy humanos, con sus profundidades, sus emociones, sus dudas, sus ilusiones, sus fracasos, sus miedos. Y quiero resaltar también el estilo, con una escritura bellísima, atractiva en sí misma al margen de la historia, los personajes o el fondo histórico del libro. 

En fin, os recomiendo con entusiasmo estos dos espléndidos libros que seguro os proporcionarán horas de lectura apasionante. Os dejo, como complemento musical a mi reseña, con Alles Schwindel, una canción de cabaret popular en el Berlín de los años 30. Su intérprete, cómo no, la genial Ute Lemper. 


Un sol implacable abrasaba el puerto de Nueva York, del que emanaban acres olores a pescado, a alquitrán derretido y a frutas en descomposición. 

Las cimas de los rascacielos brillaban en la plateada bóveda celeste. Los trabajadores negros del puerto se habían quitado la camisa, y en los músculos refulgían las gotas de sudor. El asfalto vibraba bajo la carga de los enormes camiones que atronaban el aire con sus tubos de escape y escenificaban una especie de frenético estallido de cólera, dispersando nubes de humo y vapores de gasóleo. Desde lejos se oía el sordo ruido de los trenes elevados del metropolitano, interrumpido por el penetrante chirrido de las ruedas que, al entrar velozmente en una curva, mordían los raíles. El estruendo que producían los trenes al pasar sobre los puentes resonaba en los oídos. Porteadores, viajeros, marineros, policías, funcionarios del puerto, mensajeros de la compañía Western Union y conductores de taxis iban y venían, entrechocaban, sudaban, discutían y arrojaban fardos y maletas. De pronto, desde la sucia orilla, comenzó a soplar una inesperada y leve brisa que removía el asfixiante aire y levantaba polvo y trazos de papel contra los rostros; luego, igual que había llegado, desapareció. La humedad envolvía a las personas como una pegajosa toalla y se infiltraba en cada pliegue y hendidura de los cansados cuerpos, hasta convertir la respiración y el caminar en un denodado esfuerzo. La familia Karnowsky, después de soportar diez días el frío aire del océano, desembarcó en el abarrotado y tumultuoso bullicio del puerto de Nueva York y se encontró inmersa en esa ola de calor tórrido y húmedo. Las verdes tarjetas de desembarque se convirtieron en húmedos trapos en sus manos. 

Lo primero que hizo el cabeza de familia, David Karnowsky, en la abrasadora tierra fue lavarse las manos en una fuente y pronunciar la bendición Shehejeyanu, para agradecer al Creador haberles traído hasta el nuevo país. El doctor Georg Karnowsky, tras quitarse el sombrero, recorrió lentamente, con la intensa mirada de sus ojos negros, el panorama de la nueva ciudad, desde las agudas cimas de los rascacielos hasta el asfalto fundido a sus pies. Con el talón del zapato golpeó repetidamente el suelo, como para comprobar su firmeza y estabilidad. Sin saber por qué, tomó del brazo a Teresa para dar un corto paseo con ella de un lado a otro del muelle, algo que al otro lado del océano evitaba hacer desde hacía mucho tiempo. A nadie se le ocurría mirar al hombre moreno de cabello negro y la mujer rubia que lo acompañaba. Sólo el pensamiento de que aquí pudiera pasear con su mujer sin temor a ser acosado por unos vándalos lo llenó de desbordante satisfacción. 
 

miércoles, 19 de septiembre de 2018

J.R. MOEHRINGER. EL BAR DE LAS GRANDES ESPERANZAS

Hola, buenas tardes. Bienvenidos una semana más a Todos los libros un libro, que como cada miércoles sale al aire en la frecuencia de Radio Universidad de Salamanca para ofreceros una recomendación de lectura que pueda resultaros “apetecible”. Estoy seguro de que así va a ser sin duda en esta ocasión, porque esta tarde os traigo un libro espléndido, emotivo y conmovedor, que alcanzó hace un par de años un éxito extraordinario en todo el mundo. Se trata de El bar de las grandes esperanzas, primera novela -aunque una vez más, como tantas otras en este espacio, no sé si es correcta la atribución de género, como luego veremos- del periodista J.R. Moehringer, que presentó su obra en 2005, tras haber obtenido el Premio Pulitzer por un reportaje publicado en Los Angeles Times sobre las familias descendientes de esclavos que, muchos años después, seguían viviendo en los mismos lugares, cercanos a las plantaciones, en que sus antepasados habían trabajado sometidos a los “amos” blancos. Más tarde, en 2008, Moehringer puso su sapiencia literaria para dar forma a los recuerdos de André Agassi, el extenista norteamericano. Open, que así se tituló esa autobiografía a dos manos, acabó convirtiéndose en un fenómeno mundial, y su excepcional acogida llevó a su editorial en España, Duomo, a publicar en nuestro país, diez años después de su redacción originaria, este El bar de las grandes esperanzas, en traducción de Juanjo Estrella. (Por cierto, un breve comentario acerca de la edición. La editorial subraya reiteradamente su compromiso con el medio ambiente, la procedencia del papel de bosques gestionados de manera sostenible, la impresión hecha con la energía del sol y la ausencia absoluta de carbón en el proceso, pero… las erratas son cuantiosas, hay algunos fallos léxicos y ortográficos (como -entre otros, no quiero resultar pesado- un tentativamente no reconocido por la Academia) y, en general, el libro en tanto objeto es -al menos el ejemplar que yo he adquirido- más bien precario y de una calidad formal cercana a las más endebles ediciones de bolsillo). 

En más de una entrevista con el autor, sus interlocutores, periodistas culturales en todos los casos, le preguntaban, a propósito de este libro, por sus “memorias”, cuestión sobre la que Moehringer no planteaba, en sus respuestas, objeción alguna. Y es que El bar de las grandes esperanzas es, en efecto -y el escritor, por si cupieran dudas a lo largo del texto, lo pone de manifiesto abiertamente en los Agradecimientos finales de su libro-, el relato autobiográfico de sus entonces -en el momento de la escritura- cortos cuarenta años. Y sin embargo, si desconociéramos que el protagonista se llama como el autor, sus familiares y amigos son los “auténticos” familiares y amigos del periodista, las peripecias y el espacio físico en que se desarrolla su existencia idénticos a los del propio Moehringer, el libro podría pasar perfectamente -sin sospecha alguna ni siquiera en el más avezado lector- por una magnífica ficción novelesca, una poderosa y formidable construcción literaria, hasta tal punto son difusas, en numerosas ocasiones, las fronteras entre realidad e invención, entre “verdad” documentada y fantasía “construida”. 

Y así, la historia empieza en 1972, cuando JR tiene solo siete años (por cierto, esta algo extraña denominación -JR- es uno de los elementos claves del libro, pues, siendo el nombre auténtico del chico John Joseph, como su padre ausente, su madre, que no quiere soportar en la vida de ambos ni el menor rastro de la presencia de su exmarido, decide llamarle JR, por Junior; a lo largo de su vida profesional el periodista se verá obligado a introducir los puntos -J.R.- que denotan unas supuestas e inexistentes iniciales. En cualquier caso, la falta del padre, circunstancia esencial en la vida del niño -y aun del adulto- queda así subrayada -inscrita- en su propio nombre). JR vive en Manhasset, un pequeño pueblo relativamente cercano a Nueva York. Su madre, que intenta sobrevivir y sacar adelante a su hijo en una desasosegante sucesión de empleos precarios, se ve obligada a volver de continuo -cuando las deudas se hacen insoportables- al hogar familiar, una destartalada casa (la Casa Mierda) en donde viven sus padres -los algo estrafalarios abuelos del niño-, su hermano -el inefable tío Charlie, del que luego hablaré-, y otra de sus hermanas, la tía Ruth, que también se ve en la necesidad de escapar de las agresiones de su marido recluyéndose con sus hijos -de todos ellos, el primo McGraw será el mejor amigo de JR- en la casa paterna. 

Sin un referente masculino a su lado, el joven Moehringer, siempre muy sensato y consciente, sensible y responsable, crece y avanza en la vida superando dificultades, busca esa figura paterna que le ha sido hurtada, encuentra desde muy pequeño en el bar del título ese espacio de acogimiento y protección, de formación y refugio que le falta, y cultiva, concienzudamente, su vocación de escritor. El libro que leemos es la apasionante narración -en la que cada capítulo gira sobre un personaje relevante en su desenvolvimiento personal- de esa intensa existencia, con, a mi juicio, esos cuatro ejes mencionados como elementos más significativos. 

La descripción de la vida -y especialmente de la infancia- de JR es el retrato, melancólico y tierno (el título original del libro es The Tender Bar), de su lucha -y sobre todo la de su madre- por prosperar y alcanzar un futuro mejor, que en los sueños de ambos se vislumbra bajo la forma del acceso del muchacho a la Universidad de Yale para convertirse en abogado (y poder pagar entonces la frustrada carrera universitaria de su progenitora). Hay un fragmento del libro muy relevante, que da cuenta de este afán de madre e hijo por mantener una vida normal en unas circunstancias muy difíciles o incluso hostiles: Cuando un cactus empieza a inclinarse hacia un lado -me explicó-, le crece un brazo en el otro lado, para equilibrarse. Entonces, cuando empieza a decantarse hacia ese otro lado, le crece otro en el lado contrario. Y así sucesivamente. Por eso vemos algunos con dieciocho brazos. Los cactus siempre intentan mantenerse derechos. Y cualquier cosa que se esfuerza tanto por mantener el equilibrio es digna de admiración. Para apostillar más adelante: Llegué a la conclusión de que aquello era lo que estábamos haciendo mi madre y yo. Ojalá dejaran de caérsenos los brazos

La figura de la madre es, en este sentido, esencial, con su fuerza, con su tacto, con su valentía, con su comprensión y su sutileza en el trato con el hijo, que escribe de ella: ¿Cómo lo conseguía? Sin educación, sin dinero, sin perspectivas, ¿cómo conseguía mi madre parecer tan valiente? Acababa de sobrevivir a mi padre, que le había puesto una almohada en la cara y había apretado hasta que no podía respirar, mientras la amenazaban con una navaja de afeitar, y aunque debía de sentirse aliviada por haber podido huir, también debía de ser consciente del futuro que le aguardaba: soledad, problemas económicos, la Casa Mierda. Pero al mirarla no se lo notabas. Era una mentirosa extraordinaria, una mentirosa brillante, y también conseguía mentirse a sí misma, lo que me llevaba a percibirla bajo una luz totalmente nueva. Entendí que debemos mentirnos a nosotros mismos de vez en cuando, decirnos a nosotros mismos que somos capaces y fuertes, que la vida es buena y que el trabajo trae recompensas, y que después debemos intentar que nuestras mentiras se hagan realidad. Ésa es nuestra misión, nuestra salvación, y ese vínculo entre mentir e intentar era uno de los muchos regalos que me había hecho mi madre, la verdad que siempre asomaba bajo sus mentiras

En este escenario de dificultades, e imbuido de una visión del mundo como la que acabo de mostraros, en la que el esfuerzo y el trabajo resultan primordiales, JR no deja de tener inquietudes ni ceja en su empeño de formarse. Desde pequeño encuentra en los libros un espacio de equilibrio y orden en el caos de su vida. Yo buscaba algo que fuera más verdadero que la verdad, afirma, y en seguida se familiariza -se apasiona, en realidad- con algunos títulos: David Copperfield y Grandes esperanzas, de Dickens (así, Dickens, se llamará, en una primera fase, el bar de referencia, protagonista principal de la obra), El libro de la selva de Kipling, una antología, Biografías relámpago, de breves semblanzas de grandes personajes de la historia, Las aventuras de Huckleberry Finn, El guardián entre el centeno y, algo más mayor, los cuentos de John Cheever, cuyos relatos parecían ambientados en Manhasset -y uno, efectivamente, lo estaba- o El Gran Gatsby, que también se desarrolla en la zona. Muchos de los libros del sótano eran demasiado avanzados para mi nivel, pero a mí no me importaba. Me conformaba reverenciándolos antes de poder leerlos, dice, animoso. En este universo libresco hay dos personajes, los entrañables Bill y Budd, de muy fugaz aparición en el texto, pero de importancia decisiva en la vida del muchacho, cuyo fervor lector estimularán con reflexiones como esta: Cada libro es un milagro (…). Cada libro representa un momento en el que alguien se sentó en silencio (y ese silencio forma parte del milagro, no te engañes) e intentó contarnos a los demás una historia. O este otro comentario, también muy revelador: Decía que no era casualidad que un libro se abriera igual que una puerta. Además, decía, intuyendo una de mis neurosis, los libros podían usarse para poner orden al caos. A mis catorce años, era más vulnerable que nunca al caos. Mi cuerpo estaba creciendo, le salía pelo por todas partes, se agitaba con unos deseos que yo no comprendía. Y el mundo, más allá de mi cuerpo, parecía igualmente volátil y caprichoso. Mis días estaban controlados por profesores, mi futuro estaba en manos de la herencia de mi sangre y la suerte. Sin embargo, Bill y Bud me prometían que mi cerebro era mío y que siempre lo sería. Decían que al optar por los libros, por los libros adecuados, y al leerlos despacio, cuidadosamente, siempre podría mantener, al menos, el control de aquello

Pero en donde JR encontrará su “espacio” vital, el lugar en el que su personalidad se irá desarrollando es en el bar, el bar Dickens o Publicans, como se llamará después. A los ocho años empecé a soñar con ir al Dickens como otros sueñan con ir a Disneylandia, dice, a partir de sus primeras experiencias con su tío Charlie, un personaje entrañable, que lo lleva por primera vez a ese lugar que llegará a alcanzar, para el solitario sobrino, aún un niño pequeño, una dimensión casi mítica. El Dickens es el típico bar de Estados Unidos que hemos visto tantas veces representado en el cine o en las series de aquel país (la primera imagen que nos acude a la mente, y que lo ejemplifica de manera espléndida, es el entrañable Cheers televisivo, inolvidable éxito de los ochenta), con una clientela fija mayoritariamente constituida por hombres solitarios, que acuden al bar cada día para encontrar en él amistad, comprensión, bromas y risas, camaradería, pacientes interlocutores para las confesiones, remedio para la soledad, fugaz paliativo para la tristeza y, sobre todo, cantidades ingentes de alcohol. El chico se obsesiona con el bar y lo “encuentra” en todas partes: en los noctámbulos personajes del Nighthawks de Edward Hopper, en los versos de Yeats (Un borracho está muerto, y todos los muertos son borrachos) o de Lorca (La muerte entra y sale, y sale y entra la muerte de la taberna) -¿Era casual -piensa- que mis dos poetas favoritos representaran la muerte como una clienta habitual de un bar?-, en sus lecturas infantiles (La euforia que sentía era la misma que había experimentado cuando leía la Ilíada. De hecho, el bar y el poema se complementaban mutuamente, como anexos. Los dos rezumaban verdades atemporales sobre los hombres), en el cine (desde que ve, muy niño, Casablanca, piensa que el Dickens es el Rick’s Café, y su tío Humphrey Bogart), en los cuadros de los museos (Muchas veces me pasaba todo un día en los museos de Yale, sobre todo en el Centro de Arte Británico, donde me sentaba y me dedicaba a contemplar los retratos que John Singleton Copley había hecho a la gente de la América colonial. Sus rostros, iluminados por cierta inocencia, cierta pureza, pero también llenos de malicia, me recordaban a las caras que poblaban el Publicans. No podía ser casualidad, pensaba yo, que Copley pintara a algunos de sus modelos en tabernas, o eso me parecía. Me quedaba sentado mucho rato frente a un cuadro de Hogarth del siglo XVIII, Una conversación moderna de medianoche, en la que aparecía la mesa de una cervecería y un grupo de bebedores que reían, hacían piruetas y se caían al suelo). 

Pero el principal atractivo del Dickens/Publicans son, sobre todo, sus pobladores (Allí había todo tipo de personas —agentes de Bolsa y ladrones de bancos, atletas e inválidos, madres y supermodelos—, pero todos éramos uno. A cada uno le había herido algo, o alguien, y todos acudíamos al Publicans porque a la tristeza le gusta la compañía, pero lo que busca, realmente, es el gentío), una acogedora “fauna” de buenas gentes -algunas no tanto- como el dueño Steve y su permanente sonrisa de gato de Cheshire; el tío Charlie -ese personaje memorable- y su enigmática hiperactividad; el cariñoso Joey D. hablando en susurros, como si se dirigiera a un ratón que llevara en el cuello de su camisa; Cager y su inseparable visera; Fast Eddie y su peculiar manera de dejarse caer sobre un taburete, como si llevara paracaídas; el Poli Bob, marcado por un dramático incidente en su carrera profesional; y el ininteligible Fuckembabe y Colt y Bobo y el General Grant y Smelly y tantos otros. 

Hombres casi todos, como he dicho, niños en realidad, con sus juegos infantiles, sus locuras de adultos-adolescentes: el pulso a vida o muerte entre dos parroquianos (a vida o muerte: el que pierde tiene que llevar la gorra del equipo contrario en cancha ajena durante todo un partido: Ya no sabremos nada más del tipo ese); el robo de un camión de una panadería y la posterior y desenfrenada guerra de tartas entre clientes; las competiciones con coches trucados cargados de hormigón y con las puertas soldadas para no poder salir. 

Y, por encima de todo, las historias. El Publicans estaba lleno de narradores, afirma JR, y, en efecto, desde que se traspasa la puerta todo el mundo cuenta, dice, habla, relata, refiere, expone, narra. Steve era un hombre de palabras. Se notaba en el cuidado que había puesto al elegir un nombre para su bar, y un apodo para cada uno de nosotros, y en el tipo de público que su bar congregaba: cuentacuentos con pico de oro, maestros de la labia, floridos narradores. Ese reducto mágico atrae al niño porque, entre otros factores a los que luego me referiré, la charla chispeante podía pasar de las carreras de caballos a la política, de la política a la moda, de la moda a la astrología, de la astrología al béisbol, del béisbol a las grandes historias de amor de la Historia, y todo en lo que tardaba en consumirse una cerveza, y así, entre infinidad de historias, se educa y se forma y crece y se hace adulto. 

Por todo ello, JR encuentra en el Dickens/Publicans el perfecto cobijo para su infancia desamparada. El bar es un refugio (Yo siempre me había aferrado a la idea romántica de que en el Publicans nos refugiábamos de la vida), un confesonario, una vía de escape (Siempre había visto el bar de Steve metafóricamente, como un río, un mar, una balsa, un barco, un tren que me llevaba a alguna ciudad lejana), un espacio cómplice de hábitos compartidos (El bar entero era un sistema intrincado de esos gestos y rituales), un lugar para la distracción (Me contó que el bar le había ayudado a salir de muchos malos momentos de su vida, que había sido especialmente importante para él hacía unos años, después de su divorcio, cuando la distracción era la mejor barrera contra la depresión), un ámbito de acogedora seguridad (Tras los atentados del 11 de septiembre, sentía una inmensa gratitud por todos y cada uno de los minutos que había pasado en el bar, incluso por los que lamentaba. Sabía que era una contradicción, pero no por ello era menos cierto. Los atentados complicaban mis ya contradictorios recuerdos del Publicans. Como los lugares públicos se habían convertido de pronto en blancos sensibles, yo no sentía más que cariño por un bar que se había creado con la idea, ya anticuada, de que uno se siente más seguro rodeado de otra gente), un apoyo frente a las dificultades de la existencia (¿Que estaba solo y tenía hambre el día de Acción de Gracias? En el Publicans me daban de comer. ¿Qué me sentía deprimido por ser Mr. Salty? El Publicans me distraía. Siempre había pensado en el Publicans como en un refugio, pero ahora creía que era otra cosa totalmente distinta), llegando hasta tal punto su adicción al lugar (A veces el bar me parecía el mejor sitio del mundo, y otras creía que era el mundo entero) que en algún momento de su vida llega a afirmar: Me hundí en el bar, me atrincheré en él, me convertí en un mueble más del bar, como la jukebox, como Fuckembabe. Comía en el Publicans, pagaba mis facturas en el Publicans, llamaba por teléfono desde el Publicans, celebraba mis días de fiesta en el Publicans, leía y escribía y veía la tele en el Publicans. En las cartas, a veces, anotaba la dirección del Publicans en el remitente. Lo hacía en broma, pero no era mentira

Pero, por encima de todo, el bar es el privilegiado reducto en el que la masculinidad campa a sus anchas, y eso, la figura del hombre, del padre, es lo que busca el niño sensible que es JR. El padre -locutor en diferentes emisoras de radio- desaparece siendo el chico muy pequeño, dejando unos cuantos discos de Sinatra, el rastro intangible de su voz -La Voz- en las ondas, y el hueco de su vacío en la vida del muchacho, que a partir de esa desaparición se obstina en encontrar las huellas de su ausencia, sintonizando obsesivamente la radio hasta localizar La Voz (yo sentía La Voz como mi única conexión con el mundo masculino […] era el antídoto contra toda la discordancia que me rodeaba), lanzando al mundo sus lastimeros reclamos en procura de una figura protectora. Cuando entre por primera vez en el Dickens, trasladará a sus parroquianos, a todos aquellos hombres desenfadados y muy cariñosos con él, esa función paterna que aquellos ejercerán “in absentia”, por así decirlo. Iba convirtiendo a los hombres en mis mentores, afirma, siendo en particular el tío Charlie -que cultiva su parecido con el idolatrado Bogart, otro hombre “de verdad”- el que finalmente sustituya (La masculinidad es mímesis, como también sostiene) la figura del padre ausente. De todos ellos recibe consejos y enseñanzas de vida (Tienes que hacer todo lo que te asuste, JR. Todo. No digo que pongas en peligro tu vida, pero todo lo demás, sí. Piensa en el miedo, decide ahora mismo cómo vas a enfrentarte al miedo, porque el miedo va a ser la gran cuestión de tu vida, eso te lo aseguro. El miedo será el combustible de todos tus éxitos, y la raíz de todos tus fracasos, y el dilema subyacente de todas las historias que te cuentes a ti mismo sobre ti mismo. ¿Y cuál es la única posibilidad que tienes de vencer el miedo? Ir con él. Pilotar a su lado. No pienses en el miedo como en el malo de la película. Piensa en el miedo como en tu guía, en tu explorador de caminos), afecto y autoafirmación, orientación (La gente no entiende que se necesitan muchos hombres para crear a un hombre bueno. La próxima vez que vayas a Manhattan y veas que construyen uno de esos poderosos rascacielos, fíjate en cuántos hombres hay implicados en la operación. Pues el mismo número se necesita para construir un hombre sólido que para construir una torre) y respeto. Pero la nostalgia del padre no admite paliativos del todo eficaces, y el niño arrastrará esa añoranza casi toda su vida, para acabar descubriendo en su adultez que todas las virtudes que yo asociaba a la masculinidad —dureza, persistencia, determinación, fiabilidad, honestidad, integridad, agallas— las ejemplificaba mi madre

El melancólico poso de la falta del padre, la temprana atracción por la lectura, su extrema sensibilidad, el extraordinario impacto de las narraciones del Dickens llevan al niño a interesarse desde muy pronto por la escritura. Toma notas de continuo en su libreta sobre los relatos de los habituales del bar (Estoy intentando adquirir el hábito de escribir las cosas que me dicen las personas inteligentes) mientras fragua en su interior la voluntad de ser escritor. Fascinado por las historias (¿Sabes por qué Dios inventó a los escritores? Porque le encantan las buenas historias) y consciente de la trascendental función de los libros (No soporto que la gente pregunte de qué va un libro. La gente que lee buscando una trama, la gente que chupa las historias como si fueran la nata de una galleta Oreo, debería quedarse con los cómics y las telenovelas. ¿Que de qué va? Todos los libros que merecen la pena van de emociones y de amor y de muerte y de dolor. Va de palabras. Va de un hombre que se enfrenta a la vida. ¿Te vale así?), concibe en su juventud escribir una novela sobre el bar, y encantado con la metáfora de Aladino y la lámpara maravillosa (—El Publicans es la lámpara de Aladino de Long Island —dije—. Pides un deseo, frotas un poco el bar, y listos. Aladino, alias el Publicans, provee) piensa que tal vez Aladino pudiera ser la clave de mi novela sobre el Publicans, y que la titularía Mil y una noches en el Publicans. Y ese libro, ese magnífico libro, es el que ahora, décadas después, tiene el lector entre sus manos. 

Os recomiendo vivamente este El bar de las grandes esperanzas; su primera mitad, la que se centra en la infancia del niño (No cumplas más. Hagas lo que hagas, no pases de los once. No crezcas) roza la genialidad. Os dejo como cierre una canción de Frank Sinatra, Guess i’ll hang my tears out to dry, que suena, entre otras muchas en el libro. Sinatra es otra poderosa metáfora en la obra, quizá su emblema, el núcleo central de la intención narrativa de Moehringer, pues es un claro prototipo de la masculinidad (La voz de Sinatra, le dije, es la voz que la mayoría de hombres oye en el interior de su cabeza. Es el paradigma de la masculinidad. Tiene el poder al que los hombres aspiramos, y la confianza. Y, aun así, cuando Sinatra está herido, afectado, su voz cambia. No es que desaparezca la confianza, pero por debajo aparece un atisbo de inseguridad, y oyes los dos impulsos guerreando por su alma, oyes toda esa confianza y esa inseguridad en cada nota porque Sinatra te deja que las oigas, se expone desnudo, algo que los hombres rara vez hacen), es, él también, La Voz, sus discos son el único legado del padre al hijo y, además, su carrera se desarrolló -cómo no- en los bares: Los bares, las salas de fiesta, los salones, eran el lugar de nacimiento de su voz, dijo. Aquellos salones eran la pista de despegue de su identidad. A aquellos salones lo llevaba su madre cuando era niño y lo sentaba en la barra para que les cantara a todos los hombres. Miré a mi alrededor. ¿Aquella gente entendía lo que les estaba diciendo? ¡Frank Sinatra se había criado en un bar! Nadie parecía demasiado sorprendido, pero yo me golpeaba el muslo con el puño




Íbamos para todo lo que necesitábamos. Cuando teníamos sed, claro, y cuando teníamos hambre, y cuando estábamos muertos de cansancio. Íbamos cuando estábamos contentos, a celebrar, y cuando estábamos tristes, a quedarnos callados. Íbamos después de una boda, de un funeral, en busca de algo que nos calmara los nervios, y siempre antes, para armarnos de valor tomando un trago. Íbamos cuando no sabíamos qué necesitábamos, con la esperanza de que alguien nos lo dijera. Íbamos a buscar amor, o sexo, o líos, o a alguien que estuviera desaparecido, porque tarde o temprano todo el mundo se pasaba por allí. Íbamos, sobre todo, cuando queríamos que nos encontraran. 

En mi caso, mi lista de necesidades era larga. Hijo único, abandonado por mi padre, necesitaba una familia, un hogar. Y hombres. Sobre todo hombres. Los necesitaba para que me sirvieran de mentores, de héroes, de modelos, y como una especie de contrapeso masculino de mi madre, mi abuela, mi tía y las cinco primas con las que vivía. El bar me proporcionaba a todos los hombres que necesitaba, más dos o tres que no me hacían ninguna falta. 

Mucho antes de servirme copas, el bar me sirvió la salvación. Me devolvió la fe cuando era niño, cuidó de mí de adolescente, y me acogió cuando me convertí en un hombre joven. Aunque me temo que nos sentimos atraídos por aquello que nos abandona, y por lo que parece más probable que vaya a abandonarnos, finalmente creo que nos define lo que nos acoge. Yo, naturalmente, correspondí al bar y lo acogí también, hasta que una noche el bar me rechazó y, con ese acto de abandono final, el bar me salvó la vida. 

Siempre había habido un bar en esa esquina, con un nombre u otro, desde el principio de los tiempos, o desde el final de la Prohibición, lo que en mi pueblo —Manhasset, Long Island—, en el que tanto se bebía, era lo mismo. En la década de 1930, el bar era una escala para las estrellas de cine que iban camino de sus clubes náuticos y sus urbanizaciones exclusivas frente al mar. En la de 1940, el bar era un refugio para los soldados que regresaban de las guerras. En la de 1950, un lugar de encuentro para chicos engominados y novias con falda de capa. Pero el bar no se convirtió en referente, en terreno sagrado, hasta 1970, cuando Steve compró el local, le cambió el nombre y le puso Dickens. Sobre la puerta, Steve colgó la silueta del escritor, y debajo el nombre, escrito con caracteres de inglés antiguo: Dickens. Tan descarada profesión de anglofilia no sentó bien a todos los Kevin Flynn y todos los Michael Gallagher de Manhasset. Si se lo pasaron por alto fue sólo porque, en cambio, consideraron acertadísima la Regla de Oro del Bar: la tercera copa corre a cuenta de la casa. También ayudó que Steve contratara a siete u ocho miembros del clan O’Malley para atender las mesas, y que hiciera todo lo que estaba en su mano para que pareciera que el Dickens había sido trasladado piedra a piedra hasta allí desde el condado de Donegal. 

Steve pretendía que su bar tuviera el aspecto de un pub europeo pero que, a la vez, encarnara la quintaesencia de América, una auténtica casa para el público. Su público. En el corazón de Manhasset, suburbio campestre de ocho mil habitantes situado a veintisiete kilómetros de Manhattan. La intención de Steve era crear un refugio en el que sus vecinos, sus amigos y otros bebedores, y sobre todo sus compañeros de instituto que regresaban de Vietnam, pudieran saborear cierta sensación de seguridad, de retorno. En todos los proyectos que emprendía, Steve se mostraba seguro del éxito; aquella confianza era su cualidad más atractiva, y su defecto más trágico. En cualquier caso, el Dickens había superado con creces sus más grandes esperanzas. Manhasset no tardó en considerar el Dickens como El Bar. Así como decimos, simplemente, la Ciudad para referirnos a Nueva York, y la Calle cuando hablamos de Wall Street, siempre decíamos el Bar, por defecto, y nunca había confusión posible sobre a cuál de ellos nos referíamos. Y después, de manera imperceptible, el Dickens se convirtió en algo más que en el Bar. Pasó a ser el Sitio, el refugio preferido frente a todas las tormentas de la vida. En 1979, cuando el reactor nuclear de Three Mile Island se fundió y el temor a un apocalipsis barrió el noreste del país, muchos habitantes de Manhasset telefonearon a Steve para reservar sitio en el sótano estanco construido bajo su bar. En todas las casas había sótano, por supuesto. Pero el Dickens tenía algo. Cuando el Día del Juicio acechaba, la gente pensaba primero en él. 

Además de proporcionar un refugio, Steve impartía, todas las noches, lecciones sobre democracia, o sobre esa pluralidad especial que propicia el alcohol. De pie, desde el centro del local, veías a hombres y mujeres de todos los estratos de la sociedad educándose unos a otros, maltratándose. Oías al hombre más pobre del pueblo conversar sobre la «volatilidad de los mercados» con el presidente de la Bolsa de Nueva York, o al bibliotecario local darle una clase a uno de los mejores beisbolistas de los New York Yankees sobre la conveniencia de agarrar el bate desde más arriba. Oías a un porteador de escasas luces decir algo tan descabellado y a la vez tan sensato que el profesor universitario de filosofía se lo apuntaba en una servilleta y se metía esta en el bolsillo. Oías a camareros que, mientras cerraban apuestas y preparaban cócteles, hablaban como reyes filósofos. 

Steve creía que la barra de un bar era el punto de encuentro más igualitario de todos los que existían en América, y sabía que los americanos siempre habían venerado sus bares, sus salones, sus tabernas y sus «gin mills», una de sus expresiones favoritas. Sabía que los americanos dotan a sus bares de significado y que acuden a ellos para todo, en busca de glamur y de auxilio y, sobre todo, para hallar alivio contra el azote de la vida moderna: la soledad. No sabía que los puritanos, a su llegada al Nuevo Mundo, construyeron un bar antes incluso que una iglesia. No sabía que los bares americanos eran descendientes directos de las posadas inglesas que aparecen en los Cuentos de Canterbury de Chaucer, que a su vez descendían de las casas de cerveza sajonas, que a su vez descendían de las tabernae que poblaban las calzadas de la antigua Roma. El bar de Steve podía remontarse hasta las cuevas pintadas de la Europa occidental, donde los más viejos de la Edad de Piedra iniciaban a los muchachos y las muchachas en las costumbres de la tribu hace quince mil años. Aunque Steve no sabía esas cosas, las notaba en la sangre, y las representaba en todo lo que hacía. Más que muchos otros, Steve valoraba la importancia de los lugares, y sobre la piedra angular de aquel principio logró crear un bar tan raro, tan inteligente, tan querido, tan en sintonía con sus clientes, que llegó a ser conocido mucho más allá de Manhasset.