Vivo entre muchos libros y extraigo una gran parte de mis ganas de vivir del hecho de que aún leeré la mayoría de ellos. (Elias Canetti)

miércoles, 15 de noviembre de 2017

GRAHAM SWIFT. EL DOMINGO DE LAS MADRES

Hola, buenas tardes. Bienvenidos a Todos los libros un libro, el espacio de sugerencias de lectura de Radio Universidad de Salamanca. Esta semana os traigo un libro excepcional de un autor que me entusiasma, pese a lo cual aún no había aparecido en el programa.

A finales de los ochenta, la editorial Anagrama comenzó a publicar en nuestro país los primeros libros de una portentosa generación de escritores británicos, el british dream team de Jorge Herralde, como empezó a ser conocida esta magnífica apuesta del editor catalán. Martin Amis, Julian Barnes, Ian McEwan, Kazuo Ishiguro y Graham Swift “debutaron” en España en la colección Panorama de Narrativas del sello barcelonés, y desde entonces han ido presentando sus nuevas obras en el mismo sello hasta completar en él prácticamente la totalidad de su producción. De los cuatro primeros autores, Amis, Barnes, McEwan e Ishiguro, habéis tenido aquí una reseña sobre alguna de sus obras. No ha sido así en el caso de Graham Swift (y no por absurdas razones “jerárquicas” -todos son escritores excelentes y Swift, en particular, uno de los más destacados de entre ellos, sino por circunstancias meramente azarosas: unos libros aparecen aquí en un momento determinado y otros se postergan sin especial justificación), una carencia que quiero subsanar ahora recomendándoos con pasión El Domingo de las Madres, su, por ahora, última novela. Aprovecho también para sugeriros la lectura del resto de sus libros, singularmente El país del agua -que fue llevada al cine hace veinticinco años, con Jeremy Irons como protagonista y de la que tengo un recuerdo vago de algunas de sus escenas, casi todas las que contaban con la radiante presencia de Lena Heady en pantalla-; Últimos tragos, una novela magistral, emotiva, conmovedora, sobre la vida, la muerte, los sueños; o La luz del día, una falsa novela policiaca que respira la inteligencia y emoción marca de la casa en un escritor genial. El Domingo de las Madres cuenta con la traducción de Jesús Zulaika, que se reparte con Daniel Najmías la traslación al español de las novelas de Swift.

Estamos en Berkshire, Inglaterra, un 30 de marzo de 1924, cuarto domingo de Cuaresma y día en que se celebra en el Reino Unido el Domingo de las Madres, el equivalente británico de nuestro Día de la madre. Jane Fairchild, criada de los Niven, se enfrenta a una jornada inusual. Huérfana, no puede, como el resto del servicio, disfrutar del día libre que, cumpliendo la tradición -tan british-, los señores conceden a la servidumbre para la visita a sus familiares. El matrimonio Niven abandonará su mansión de Beechwood para festejar el día comiendo en Henley, una localidad cercana, con sus vecinos, los Sheringham y los Hobday, que celebran además el próximo enlace de Paul y Emma, sus respectivos hijos. Ante Jane se presenta, pues, un día “vacío” que, en sus planes, piensa ocupar en pasear en bicicleta por la zona, sentarse en el algún banco al sol o leer un libro en el jardín. Una llamada telefónica, sin embargo, lo cambiará todo, sus perspectivas para ese día y su vida entera. Paul, el vástago de los Sheringham con quien Jane mantiene una relación clandestina de años, le propone un encuentro en Upleigh House, la opulenta vivienda familiar, aprovechando la doble circunstancia de la ausencia de sus padres y del servicio y el hecho de que dispone de unas horas libres hasta el almuerzo con su prometida, previo a su inminente boda. No quiero contar más de la trama de una novela que, salvo por un acontecimiento extraordinario que no voy a desvelar, no presenta mayores alicientes. El libro entero, por lo demás muy breve, apenas ciento sesenta páginas, es el relato de unas pocas horas de ese día, aunque entremezclados con la narración principal aparecen, en constantes vueltas atrás y adelante, los años de infancia de la protagonista y los de su muy longeva ancianidad, cuando, con cerca de cien años y convertida en escritora, rememora aquella jornada decisiva vivida cuando solo tenía veintidós.

Y es que, como tantas otras veces en la alta literatura -y El Domingo de las Madres es, a mi juicio, una obra maestra (aun aceptando lo relativo de estas calificaciones)- el argumento resulta casi anecdótico, siendo el estilo, la belleza de la escritura o el genio del autor para abrir la historia a infinidad de evocaciones, sugerencias, ideas, reflexiones y elementos con valor simbólico que desbordan y enriquecen la relativa banalidad del aparente hilo conductor del texto, lo que confiere a la novela su dimensión magistral.

El estilo de Swift es deslumbrante. La sutileza en las descripciones; la exquisita ambientación; la elegancia en el retrato de los personajes; una formidable capacidad de penetración que se logra de un modo leve, mediante alusiones, con ligereza y a la vez densidad; el ritmo, lento y demorado pero atrayente y seductor; la voz en tercera persona que, sin embargo, suena íntima, honda, auténtica; la estructura como de rompecabezas, con -como se ha dicho- avances y retrocesos que se engarzan en la continuidad del relato sin forzarlo; los incisos, las significativas elipsis, las rupturas inesperadas y los giros sorprendentes presentados con naturalidad y sencillez… Todos ellos son recursos que dotan a la novela de una belleza, una emoción, una intensidad, un erotismo, una sensibilidad, una vibración, un lirismo, una pasión, una delicadeza, una melancolía, una ternura, un entusiasmo, un encanto, una complejidad y un magnetismo hipnóticos, inolvidables, magistrales.

La deliciosa recreación de las pocas horas de encuentro sexual entre Paul y Jane y el posterior deambular de ésta, desnuda y en soledad, ensimismada y pensativa, por las lujosas dependencias de una vacía e inmensa Upleigh House, la hace Swift incorporando sutilmente otras “subtramas”, una amplia gama de hilos temáticos que apuntan en distintas direcciones a partir de los recuerdos, las evocaciones y los pensamientos de la chica, dotando así a El Domingo de las Madres, de una riqueza, una profundidad, una ambición literaria y una hondura reflexiva, que van mucho más allá de la mera historia relatada, por más que esa “escena” central sobre la que gravita el libro tenga una fuerza y un poder de seducción innegables.

Por un lado, el autor nos lleva al pasado de la doncella, al confuso origen de su biografía. Nacida en 1901, pero sin que se sepa la fecha exacta, pues Jane es abandonada en un orfanato, siendo, por lo tanto, expósita (condición a la que alude su apellido, fairchild, uno de los habituales en inglés -googdchild, goodboy son otros- para estos niños sin padres), a los catorce años es enviada a servir en distintas casas, y dos después recala en Beechwood con los Niven. Son muchas, en este sentido, las reflexiones sobre la orfandad y la ausencia de la figura materna que aparecen en las disquisiciones de la chica.

Una orfandad que sugiere otra de las claves del libro, una suerte de recreación -muy sui géneris- del cuento de Cenicienta. No es sólo que la frase que antecede a la novela y aparece en su entradilla -¡Vas a ir al baile!- remita al personaje de Perrault, ni que el libro empiece con un significativo Érase una vez, como podréis comprobar en el fragmento que os dejo al término de esta reseña; el vínculo con Cenicienta es aún más claro y explícito en el propio texto de la obra. A partir de la relativa homofonía inglesa entre huérfana y orquídea (orphan/orchid), Swift hace decir a su protagonista: Y si eras huérfana tal vez podías convertirte en orquídea, como Cenicienta se convirtió en una princesa. Y la Jane nonagenaria revelará si, tras la relación con su amante/príncipe, esa conversión tuvo o no lugar.

Porque, en otro de los ejes temáticos del libro, la cuestión de las clases sociales, de las diferencias de origen es también esencial en el relato. Jane es una criada; una criada, además, en la rígida y jerarquizada estratificación social británica -tan presente en series como la clásica Arriba y abajo o la que lleva camino de serlo Downtown Abbey, con las que El Domingo de las Madres guarda muchos paralelismos. Y Paul, su amante, es un “señor” -¿En la cama se funden las diferencias?, se preguntará ella tras el coito-, alguien absolutamente ajeno, por su origen, por su dinero, por su posición, por sus relaciones, por sus expectativas vitales, a su modesta y anónima existencia. Mis años de criada, mis años de servicio, repetirá, obsesiva, la Jane anciana, cuando recupera sus recuerdos, en los que esta conflictiva dicotomía sierva/señor ocupa un lugar preponderante.

También tiene una significativa presencia en la narración la Gran Guerra, esa devastadora primera contienda mundial que, recién terminada cuando se inicia la “acción”, ha dejado el irremplazable hueco de cuatro chicos desaparecidos en los hogares de los Sheringham -Dick y Freddy- y los Niven -Philip y James-, cuatro jóvenes vidas segadas de raíz por el brutal enfrentamiento, una ausencia que, apenas perceptible y sin subrayados, asoma como telón de fondo de los hechos.

Igualmente remarcable resulta el intenso y dulce, el velado pero palpable erotismo de la escena central, con especial mención al recorrido de Jane desnuda por la casa de los Sheringham. El libro entero, pero en particular estas páginas, que ocupan casi la mitad de la novela, rezuma delectación, placer y sensualidad, sensaciones que se trasladan a la lectura de un modo muy etéreo y elegante, contagiando al lector.

Pero la vivencia de Jane en esa jornada particular es, por encima de todo, la excusa -bellísima y muy lograda en sí misma- para que Swift indague en la personalidad de la criada y nos permita conocer cómo ese acontecimiento del domingo 30 de marzo de 1924 cambiará su vida convirtiéndola en la escritora que acabará por ser hasta su ancianidad, tras una larga existencia en la que, según declara ella misma, pudo presenciar dos guerras mundiales y el “paso” de cuatro reyes y una reina.

Esa tarde nace en Jane el deseo y la voluntad de ser escritora. Porque lo vivido en esas horas no es solo lo que realmente ocurrió sino lo que pudo haber sucedido (sobre todo a partir del ese suceso inopinado -que debo mantener oculto por el bien de vuestro disfrute lector- que llevará la narración por derroteros imprevistos. Y es que la protagonista -que juega en tres planos simultáneos: el presente como criada de Beechwood, su infancia y su lúcida senectud- se interroga de continuo sobre el desarrollo de las situaciones que vive, sobre su posible evolución (que luego tendrá lugar o no ocurrirá o lo hará de otra manera a la que se producirá realmente, en un discurso sinuoso y envolvente, muy del “estilo Javier Marías”). Jane escribirá así su propia historia, incorporando en ella el paso del tiempo, lo que pudo llegar a ser: Todas las escenas. Todas las reales y todas las de los libros. Y todas las que, en cierto modo se hallaban en medio, porque se ceñían a lo que uno lograba imaginar y visualizar de la gente normal (…) O sólo lo que uno alcanzaba a suponer que podría haber sido verdad si las cosas un día, hace mucho tiempo, no hubieran tomado un rumbo diferente.

Y esa imbricación de lo real y lo inventado, de lo “verdaderamente” acontecido y lo imaginado, lo proyectado, lo fabulado, lleva, en consecuencia, al, a mi juicio, núcleo central del libro, la reflexión metaliteraria, la difícil separación entre hechos y ficción, entre realidad y literatura: Esa era la gran verdad de la vida: que el hecho y la ficción estaban siempre fundiéndose, intercambiándose. ¿Qué ocurrió realmente aquel día? ¿Qué es novela, relato, invención y qué transcripción de los hechos, historia real? En este sentido afirmará: En relación con esas palabras –cuento, historia, incluso narración– había una suerte de controversia, siempre presente en segundo plano, sobre la cuestión de la verdad, y podía resultar difícil precisar cuánto de verdad había en cada una de ellas. Estaba también la palabra «ficción» –un día llegaría a ser para ella el ingrediente prioritario–, que parecía desdeñar la verdad casi por completo. ¡Algo totalmente ficticio! Sin embargo, algo clara y totalmente ficticio también podía contener –y ahí residía el quid de la cuestión y su misterio– cierta verdad. Jugando de nuevo con las palabras, Jane se pregunta: ¿Y si a los huérfanos se les llamara “orquídeas”? ¿Y si al cielo se le llamara “tierra”? ¿Y si a los árboles se les llamara “narcisos”? ¿Habría alguna diferencia respecto de la naturaleza real de las cosas? ¿O de su misterio?

Adentrarse en ese misterio, intentar desentrañarlo (Nunca sabría [ni siquiera a los setenta u ochenta años] hasta qué punto la gente -la gente no escritora- se interesaba por otras vidas. Era un misterio), será el desencadenante de su vocación literaria: Se convertiría en escritora, y puesto que era escritora, o puesto que era eso lo que la había convertido en escritora, se vería constantemente asediada por la volubilidad de las palabras. Una palabra no era una cosa, no. Una cosa no era una palabra. Pero, de algún modo, ambas -cosas- se habían vuelto inseparables. ¿Era todo una gran invención? Las palabras eran como una piel invisible, una piel que envolvía el mundo y le confería realidad. Pero no podías decir que el mundo no estuviera ahí, no fuera real si quitabas las palabras. En el mejor de los casos parecía que las cosas bendecían las palabras que las nombraban, diferenciándolas, y que las palabras lo bendecían todo.

En su prolífica carrera, escribirá En los ojos de la mente, que recoge esas preocupaciones: era el título de su libro más conocido. ¿Y podía deslindar lo que había visto con ellos de lo que había vivido de verdad? Por supuesto que podía: no era una fantasiosa. Y por supuesto que no podía. En eso consistía ser escritora, ¿no? En abarcar la materia de la vida. El quid de la vida estribaba en abarcarla.

En este recorrido por sus preocupaciones literarias aparece la figura de Joseph Conrad (muerto, precisamente, en 1924; como finaliza en ese año -en este caso mera casualidad, obviamente no algo premeditado por el autor- Downtown Abbey). Sus libros, que Jane lee en la biblioteca de Beechwood y en la librería en la que más adelante empezará a trabajar (La gente leía libros, ¿no?, para huir de sí misma, para escapar de los problemas de la vida), contienen claves que se vinculan con la existencia de la chica. Los secretos (No era extraño en ella tener secretos, dice; el principal el oculto romance con el joven Sheringham) conectan con El agente secreto, del escritor polaco (Mucho después pensaría y a veces diría que todos los escritores eran agentes secretos. Pero lo cierto era que quizá -aunque eso no lo diría nunca- que todos somos agentes secretos, que es eso lo que somos en realidad). Juventud, otra novela de Conrad, la lleva a pensar en la vida de tantos jóvenes cercenada por la guerra: juventud era lo que el siglo había perdido. El exotismo de Conrad, escribiendo de Oriente mientras la gran matanza llena de sangre el orbe entero, suscitan su queja, de nuevo con la guerra presente: ¿es que no sabía en qué se había convertido el mundo? Por último, su propósito vital, superar su pasado de sirvienta sin expectativas y convertirse en escritora, “encontrar su propia lengua”, nos conduce de nuevo, en otra de las fecundas derivaciones abiertas por el talento de Swift, a Conrad, que se acogió a su nueva lengua, el inglés en el que escribió su obra fundamental, dejando atrás su polaco materno.

Jane será así, por fin, escritora, intentando dar cuenta del mundo, intentando explicar lo inexplicable: ¿Qué era exactamente, entonces, lo de contar la verdad? ¡Los lectores quieren siempre que hasta la explicación se explique! Y cualquier escritor que se precie los engatusará, los azuzará, se los llevará al huerto. ¿No era lo bastante obvio? Se trataba de ser fiel a la verdadera materia de la vida, se trataba de intentar capturar, aunque jamás se logre, la percepción misma de estar vivo. Se trataba de encontrar una lengua. Y se trataba de ser fiel al hecho -una cosa se seguía de la otra- de que en la vida hay muchas cosas -muchas más de las que pensamos, ay- que no pueden explicarse.

En fin, no dejéis de leer esta maravilla, esta preciosa joya literaria, El Domingo de las Madres, la última novela de Graham Swift. Pocos años antes de ese 1924 en que transcurre el libro, Antonin Dvorak compone esta Songs My Mother Taught Me -tan cercana al espíritu de la obra, con su triste recuerdo, con su melancólica belleza- que ahora escuchamos en la estremecedora versión de Victoria de los Ángeles


Érase una vez…, antes de que mataran a los chicos y cuando había más caballos que coches, antes de que desaparecieran los sirvientes varones y en Upleigh y en Beechwood tuvieran que arreglárselas con una cocinera y una sirvienta, los Sheringham eran propietarios no sólo de los cuatro caballos de su cuadra, sino también de un ejemplar que podía considerarse un «señor caballo», un caballo de carreras, un purasangre. Se llamaba Fandango, y su caballeriza estaba cerca de Newbury. Nunca había ganado nada de nada. Pero era el pequeño lujo de la familia, su esperanza de fama y gloria en las carreras del sur de Inglaterra. El trato era que Mamá y Papá –conocidos también, en el extraño lenguaje de él, como «los ineptos»– eran dueños de la cabeza y el cuerpo, y Dick y Freddy y él de una pata cada uno.

–¿Y la cuarta pata?

–Ah, la cuarta pata... Ésa ha sido siempre la pregunta.

Durante la mayor parte del tiempo no fue más que un nombre, un nombre que no podía verse, aunque un nombre muy caro dividido en cuatro y perfectamente adiestrado. Se había vendido en 1915, cuando él tenía quince años. «Antes de que tú aparecieras, Jay.» Pero una vez, hace mucho tiempo, una mañana de junio temprano, emprendieron todos una expedición extraña y disparatada sólo para verle, para ver cómo montaban al galope a Fandango, su caballo, por las colinas. Para contemplar desde la valla cómo se acercaba, atronador, con otros caballos y pasaba ante ellos como un rayo. Estaban él y Mamá y Papá y Dick y Freddy. Y –quién sabe– alguna parte interesada y fantasmal, propietaria real de la cuarta pata.

Él tenía la mano en la pierna de ella.

Fue la única vez que ella le había visto con los ojos casi empañados. Y tuvo la visión clara y nítida (la seguiría teniendo a los noventa años) de que podría haber ido con él, de que aún podría –como en una especie de milagro– ir con él, sólo con él, y estar allí ante la valla, viendo cómo pasaba Fandango a galope tendido, levantando barro y rocío de la hierba. Nunca había vivido nada así, pero podía imaginárselo, imaginarlo con claridad. El sol aún naciente, un disco rojo sobre las colinas grises, el aire aún vivificante y frío, mientras él compartía con ella, tal vez, una petaca de tapón plateado, y, con no demasiado sigilo, le agarraba el culo.

Pero ahora ella miraba cómo se movía, desnudo salvo el sello de plata en el dedo, cruzando la habitación bañada de sol. En la vida, más tarde, nunca utilizaría gustosamente –si es que llegó a utilizarla alguna vez– la palabra «garañón» para referirse a un hombre. Pero él era talmente uno. Tenía veintitrés años y ella veintidós. Y podría habérsele considerado un purasangre, aunque ella aún no conocía esa palabra, al igual que aún no conocía la palabra «garañón». Su vocabulario no era muy extenso todavía. «Purasangre» tenía que ver con la «progenie» y el «nacimiento», lo que contaba en los de su clase. Poco importaba con qué finalidad concreta.

Era marzo de 1924. No era junio, pero sí un día que parecía junio. Y debía de ser poco después de mediodía. Se abrió de golpe una ventana, y él, sin ropa, cruzó la habitación llena de sol tan despreocupadamente como cualquier animal desnudo. Era su habitación, ¿no? Podía hacer en ella lo que le viniera en gana. Podía hacerlo, estaba claro. Y ella no había estado en ella nunca, y nunca volvería a estar.

Y también estaba desnuda.

30 de marzo de 1924. Érase una vez... Las sombras de la celosía de la ventana se deslizaban sobre su cuerpo como follaje. Una vez hubo recogido del tocador la pitillera y el mechero y un pequeño cenicero de plata, se volvió, y entonces, bajo la mata de vello oscuro y enteramente bañado por el sol, dejó a la vista su verga, y sus huevos, meros apéndices fláccidos y aún pegajosos. Ella podía mirarlos si quería, a él no le importaba.

Pero también él podía mirarla a ella. Estaba estirada, desnuda, si se exceptuaba su par –su único par de pendientes baratos. No se había tapado con la sábana. Y hasta había enlazado las manos detrás de la cabeza (así podía verle mejor). Pero él podía mirarla a voluntad. Regálate los ojos. Era una expresión que le había venido a la mente. Se le habían empezado a ocurrir expresiones. Regálate los ojos.

Fuera, se estiraba también todo Berkshire, orlada de brillante verdor, pletórica de trinos, bendecida en marzo con un día de junio.

Él seguía siendo un adicto a los caballos. Es decir, seguía malgastando el dinero en ellos. Era su forma de economizar: tirar el dinero. Durante casi ocho años había tenido dinero para tres, en teoría. Él lo llamaba «pasta». Pero demostraría que era capaz de arreglárselas sin él. ¿Y qué es lo que habían hecho ellos dos con el dinero de siete años –como él le recordaba a veces–?: absolutamente nada. Salvo secretismos y riesgos y astucias y la aptitud mutua de ser buenos en ello.

Pero nunca habían hecho nada parecido. Ella nunca había estado en aquella cama –una cama individual, pero espaciosa–. Ni en aquella habitación, ni en aquella casa. Si no costaba nada, era el más maravilloso de los regalos.

Aunque si no costaba nada –ella siempre podría habérselo recordado–, ¿qué pasaba con las veces en que él le había dado seis peniques? ¿O incluso tres peniques? ¿Cuando era sólo el comienzo, antes de que lo suyo llegara a ser algo... –no sabía si era la palabra correcta– serio? Pero jamás se atrevería a recordárselo. Y menos aún ahora. Ni se atrevería tampoco a utilizar la palabra «serio». 

Se sentó en la cama, a su lado. Le pasó la mano por el vientre, como sacudiéndole un polvo invisible. Luego dejó encima de él el mechero y el cenicero, y siguió con la pitillera en la mano. Sacó dos cigarrillos y puso uno entre los labios fruncidos y salientes de ella, que no se había quitado las manos de la nuca. Él le encendió el cigarrillo y luego se encendió el suyo. Después de juntar pitillera y mechero y de dejarlos en la mesilla de noche, se tendió junto a ella cuan largo era, mientras el cenicero seguía a medio camino entre el ombligo y lo que hoy él, sin tapujos, llamaría alegremente el «coño». Verga, huevos, coño. He aquí tres vocablos sencillos, básicos.

Era un 30 de marzo. Domingo. Lo que venía llamándose el Domingo de las Madres.



Graham Swift. El Domingo de las Madres

miércoles, 8 de noviembre de 2017

DAPHNE DU MAURIER. MI PRIMA RACHEL

Hola, buenas tardes. Bienvenidos a una nueva edición de Todos los libros un libro, el espacio de recomendaciones literarias de Radio Universidad de Salamanca. Hoy os traigo una novela excelente de una escritora muy conocida y popular en su tiempo, no solo por el éxito que cosecharon sus libros sino también porque muchos de ellos fueron objeto de traslación cinematográfica, con títulos inolvidables que forman parte de la historia del cine. Es el caso de Rebeca, la adaptación que hizo Hitchcock de su novela homónima, o, sin dejar al director británico, Los pájaros, basado en uno de sus cuentos; también La posada de Jamaica, otro de los libros de Daphne du Maurier, pues de ella os hablo, fue objeto de una interesante versión para la gran pantalla del orondo director inglés. Asimismo, Mi prima Rachel, mi propuesta de esta tarde, ha sido recreada en el cine, con una versión -un clásico- de 1952, dirigida por Henry Korster e interpretada por una siempre atractiva  Olivia de Havilland y un joven Richard Burton; y aún otra, actualísima, estrenada en septiembre de 2017, con Roger Michell en la dirección y Rachel Weisz y Sam Caiflin en los papeles principales. El libro, escrito en 1951 y que ya había visto la luz en España hace décadas en ediciones hoy inencontrables, vuelve al primer plano de actualidad a partir de su reciente publicación en Alba Editorial, en su estupenda colección Rara Avis, traducido por Concha Cardeñoso Sáenz de Miera.

La mención a estas trasposiciones cinematográficas de las obras de Daphne du Maurier, sobre todo Rebeca, es especialmente pertinente por cuanto Mi prima Rachel participa de la atmósfera, inquietante y algo misteriosa, de las películas citadas (he de confesar que no he leído las correspondientes novelas de la autora): el clima de intriga psicológica; los escenarios que la propician, tanto “interiores” (inmensos caserones, dependencias oscuras tenuemente iluminadas por candelabros, sólidos muebles de maderas nobles, decoración abigarrada, paredes pobladas por acechantes retratos de antepasados desconocidos, almuerzos y cenas servidos en vajillas recargadas en enormes mesas atendidas por una troupe de mayordomos y sirvientes a cual más prototípico) como exteriores (un entorno natural de formidable intensidad: grato y acogedor, alegre y plácido en primavera y verano, en jardines coloridos de vistosa vegetación y abundantes flores; sometido a fenómenos meteorológicos extremos, temporales y lluvia, con los caminos embarrados, el mar encrespado y rugiente en los acantilados y el húmedo viento en las ventanas, durante el desapacible invierno); la figura poderosa de una protagonista femenina ambigua, enigmática y que encierra alguna indefinida amenaza, mujeres, como la Rachel del título, como tantas otras en la vida real (y espero que la versión más “estricta” del feminismo políticamente correcto no objete esta apreciación), con una capacidad de atracción irresistible, con un magnetismo simultáneamente placentero y funesto; la construcción del relato en torno a la muy presente “ausencia” -valga el oxímoron- de un personaje, alguien que, sin formar parte de la trama de un modo expreso, sobrevuela la historia con su influjo que podríamos calificar “de ultratumba”.

Todos estos rasgos están presentes en Mi prima Rachel, una magnífica novela de la que no puedo dar cuenta sin desvelar algunos aspectos de su hilo argumental. Philip Ashley es un joven que ha perdido, con solo dieciocho meses, a sus padres. Sin otra familia que pueda acogerle, su primo Ambrose, un peculiar miembro de la aristocracia rural británica, un empedernido solterón -término muy adecuado para calificarlo, pese a contar con solo veinte años más que el protagonista principal- que vive tranquilamente, cultivando su misantropía -en particular su misoginia-, en su extensa hacienda de Cornualles, se hace cargo del niño. Philip crecerá así en un entorno placentero, recibiendo de Ambrose -salvo un breve período de estudios superiores en Oxford- las enseñanzas fundamentales de la vida, siguiendo a su primo en las rutinarias tareas de terrateniente -la administración de sus posesiones, el cobro de rentas, el cuidado de sus arrendatarios y trabajadores, la atención a sus vecinos- y en sus varoniles divertimentos -la caza en invierno, la pesca en verano en los mares cercanos, la iglesia los domingos, las cabalgadas en los caballos de la cuadra familiar, los paseos por el campo, el cuidado de sus huertos y jardines, la lectura ante el fuego con los perros dormitando a sus pies-, y restringiendo sus relaciones -cómodamente instalado en su cerrado aunque agradable entorno- al trato amable pero distante con el servicio doméstico: el mayordomo Seecombe, el cochero Wellington, el jardinero Tamlyn, el criado John; todos hombres por decisión expresa de Ambrose, que con las mujeres se cohibía y desconfiaba de ellas; y a las visitas esporádicas y formales del vicario Pascoe, su cotilla mujer y sus antipáticas hijas, y del bondadoso Nick Kendall, padrino del muchacho, y su hija Louise, de edad similar a la de Philip y con la que éste crecerá en una amistad y camaradería fraternales. Pascoe y Kendall instarán a Ambrose a casarse y formar una familia en vez de dedicarse a los rododendros, pero el excéntrico y nada ortodoxo propietario parece conforme con su destino -más aun, parece entusiasmado con él- y encamina todos sus esfuerzos a la educación de su pupilo, a quien quiere como heredero de su fortuna y posesiones y al que ve como continuador del linaje y fundador -él sí- de una familia. Philip llegará a sus veinte años en este singular y muy estrecho universo, y “conformado”, pues, a la extraña visión del mundo de su tutor, un acercamiento a la realidad del que el absoluto desconocimiento de las mujeres y hasta la prevención, la antipatía y el temor hacia ellas (Algunas mujeres, muy posiblemente buenas, causan desastres aunque no se les pueda imputar culpa alguna. De alguna manera, todo lo que tocan se convierte en tragedia, se dice en el libro) constituyen unos de sus rasgos más determinantes.

Daphne de Maurier nos da noticia de esas dos primeras décadas de la vida de Philip en las primeras páginas de su novela, tras un breve pero formidable capítulo inicial en el que anticipará los derroteros por los que transcurrirá el relato, dando a conocer al lector, desde ese momento inicial, el devenir de los acontecimientos y el trágico destino del protagonista. Pero lo hace -de manera magistral- indirectamente, con leves alusiones, de un modo velado, una pincelada, un mero atisbo, un apunte inacabado, un comentario incompleto y sin desarrollar, hasta el punto de que debemos volver a ese capítulo -así os lo recomiendo para su completa comprensión- al término de la lectura de la obra.

Este escenario, este inalterado -y aparentemente inalterable- estado de cosas, este microcosmos ordenado y cabal, esta existencia metódica y previsible, acomodada y ausente de tensiones, cambiará cuando Ambrose se vea obligado por recomendación médica a pasar largas temporadas en los cálidos ambientes mediterráneos -las playas egipcias, la costa española-, en los que el clima seco y soleado le permitirá combatir los achaques derivados de la constante exposición a la humedad de Cornualles. Tras dos primeros años en los que retornará de sus viajes alegre y feliz, cargado de “exóticas” -en relación a su umbría tierra de origen- especies vegetales para sus jardines, la tercera estancia, esta vez en Italia, traerá consigo los males ya anticipados -un mero esbozo- en el capítulo introductorio. Y es que poco tiempo después de la marcha de su primo, Philip recibirá una carta desde Florencia -el intercambio epistolar tiene una especial relevancia en el libro- en la que Ambrose -que ya había comunicado por vía postal a su cachorro el encuentro con su prima Rachel en tierras italianas y su progresiva fascinación por los encantos y las virtudes de la ahora condesa Sangalletti (él, para quien hasta entonces las mujeres eran un obstáculo que impedía poner los pies encima de la mesa y escupir en la alfombra), una viuda, joven pero mayor que el propio Ambrose, emparentada de modo lejano con los Ashley- comunica a su protegido su reciente boda con la para entonces ya adorada Rachel. Este acontecimiento, que revoluciona radicalmente el sistema de valores y los fundamentos mismos de la existencia de Philip -¡¡¡y la genialidad de la autora nos lo da a conocer cuando apenas llevamos treinta páginas, en un comienzo de la novela de una brillante intensidad!!!-, irá seguido, en una sucesión desasosegante que se prolongará durante meses, de la llegada de nuevas misivas, a cual más inquietante, en las que, con una prosa cada vez más deslavazada y una escritura que se deteriora progresivamente, Ambrose notifica a su primo el repentino empeoramiento de estado de salud y los extraños síntomas de su desconocida enfermedad, funestas noticias que aparecerán entre lamentos, insinuaciones, sospechas y una postrera y escalofriante petición de auxilio: Por el amor de Dios, ven enseguida. Por fin ha podido conmigo, Rachel, mi tormento. Si te retrasas, tal vez sea tarde.

A partir de aquí -insisto, con el libro apenas comenzado y con cerca de cuatrocientas cincuenta páginas por delante- se desenvuelve el núcleo central de la novela. Philip viajará a Italia para, al llegar, saber, a través de un misterioso personaje, Rainaldi, amigo de Rachel, de la muerte de su mentor y la simultánea desaparición de su reciente esposa. Al poco tiempo, y de vuelta a Inglaterra, recibirá la visita de Rachel, y los iniciales despecho y animadversión hacia ella, el odio y el rencor que la mujer le suscita, se trocarán, por mor del innegable atractivo de ella -quizá de sus maquinaciones y sus “mañas”-, en turbación, acercamiento, consideración, encantamiento y, finalmente, pasión amorosa. La novela desarrollará con maestría la ambigüedad de esa desequilibrada relación entre una mujer adulta en posesión de todas sus armas de seducción -la delicadeza, la dulzura, el afecto, la sonrisa- y el atolondramiento de un joven inexperto (veinticuatro adolescentes años tiene Philip cuando ”encuentra” a Rachel), por completo desconocedor -como lo era su tutor- de la naturaleza femenina y, por tanto, de la vida “real” (Pero yo no era así, ni Ambrose tampoco. Éramos soñadores, poco prácticos, reservados, teníamos grandes teorías que nunca pusimos a prueba y, como todos los soñadores, estábamos dormidos en un mundo despierto. No nos complacían nuestros congéneres y ansiábamos afecto, pero la timidez sometía el impulso a un estado de latencia, hasta que el corazón reaccionó. Cuando sucedió se abrieron las puertas del Cielo y ambos nos creímos en posesión de toda la riqueza del universo para regalarla. Si hubiéramos sido de otra forma habríamos sobrevivido los dos), que se ve zarandeado por el vendaval de emociones contradictorias que lo asaltan y desconciertan, debatiéndose -inicialmente- entre el respeto a su primo fallecido y la atracción por Rachel y -en una etapa posterior- entre el amor por su encantadora prima y el recelo ante los más que probables indicios que apuntan a un posible asesinato de Ambrose y a la apropiación por parte de la viuda del patrimonio de éste y el del propio Philip.

Pero, como quizá habréis apreciado, en estos últimos párrafos he repetido términos como “quizá”, “probable”, “posible”. Porque, una vez más, el talento de Daphne du Maurier permite que leamos la historia -que en todo momento se nos narra desde la perspectiva subjetiva de Philip- anegados en un mar de dudas, decantándonos, a medida que avanza la lectura, ora por la versión de los hechos que confía en la inocencia y la bondad, la sinceridad y los nobles sentimientos de Rachel, ora por la que estima la hipótesis de la culpabilidad de la viuda, a la que contribuye la extemporánea aparición de nuevas desgarradoras cartas de Ambrose, que a través de ellas regresa, en cierto modo, del más allá, un muerto muy “vivo”. ¿Qué ha ocurrido en realidad? ¿Quién es Rachel? ¿La fría y calculadora advenediza que utiliza sus artes para encandilar a sus “víctimas” y despojarlas de sus bienes o la deliciosa y arrebatadora mujer, toda ternura y afecto, convertida en un ser maligno por la recalcitrante misoginia y la enfermiza paranoia de Philip, por su desvarío infantil? La sobresaliente dosificación de las “pistas”, la inteligente gradación de los distintos episodios de la acción, la brillantez formal de la narración, la profundidad en la construcción de los personajes, en su retrato psicológico, el admirable dibujo del entorno y los escenarios de la historia, la eficaz creación de un oscuro clima de peligro, de amenaza, de misterio, logran mantener en vilo a lector y permiten que la ambivalencia, la complejidad, la ausencia de evidencias nítidas, la apertura a interpretaciones distintas y hasta opuestas lo acompañen hasta que cierra las páginas del libro sin haber resuelto del todo sus enigmas. En el breve fragmento que os dejo al término de esta reseña se puede apreciar de manera muy reveladora cómo la confusión de Philip, su inseguridad, los oscilantes vaivenes en los que se desenvuelve su alma en el curso de una conversación con la sinuosa Rachel se trasladan al lector, incapaz de hacerse del todo con una idea “cerrada” y definitiva de la verdadera naturaleza de la relación entre ambos personajes.

En definitiva, en Mi prima Rachel están todos los elementos por los que los tocados por el “veneno” de los libros nos acercamos a la lectura con pasión: su capacidad para entretener unas horas de nuestras vidas y escapar así durante un tiempo de la muerte, la fecunda posibilidad de ahondar en conocimiento de nuestra alma y la de nuestros semejantes, la necesidad que tenemos los humanos de escuchar -o leer- historias, transportándonos con ellas a otros tiempos, otros ámbitos, y, sobre todo, el placer, el placer sin coartadas, el inmenso disfrute que proporciona adentrarse de lleno en vidas ajenas y desconocidas y en ampliar y expandir las dimensiones de nuestras a menudo anodinas existencias multiplicando nuestras experiencias a través de las -siempre más intensas- de los personajes de la literatura. El verdadero e incomparable placer de la lectura.

Un libro, pues, altamente recomendable, que os aconsejo con entusiasmo. Os dejo, como acompañamiento musical a mi reseña, con There is a green hill, un himno religioso de 1848 compuesto por Cecil Frances Alexander y que Rachel y Philip cantan en la iglesia, en las últimas páginas de la novela. Aquí suena en la interpretación de Steele Crosswhite and Cheri Magill.


Ese rostro impenetrable, esos ojos entrecerrados, escrutadores. No me extrañaba que Ambrose no se fiará de él. Sin embargo, Ambrose era su marido, ¿cómo podía estar tan poco seguro de sí mismo? Sin duda un hombre sabe si una mujer lo ama. Aunque posiblemente uno no se da cuenta siempre.

-Y, cuando Ambrose cayó enfermo -dije-, ¿dejaste de invitar a Rainaldi a la villa?

-No me atrevía -dijo-. Jamás entenderás en lo que se convirtió Ambrose ni quiero contártelo. Por favor, Philip, no me hagas más preguntas.

-¿Qué sospechaba Ambrose de ti?

-Todo. Que le era infiel y cosas peores.

-¿Qué puede ser peor que la infidelidad?

De repente me apartó, se levantó, se dirigió a la puerta y la abrió.

-Nada -dijo-, nada de nada. Y ahora vete y déjame sola.

Me levanté lentamente y fui a la puerta; me quedé a su lado.

-Lo siento -le dije, no quería que te enfadaras.

-No estoy enfadada -respondió.

-Nunca volveré a preguntarte nada. Estas han sido las últimas preguntas. Te lo prometo solemnemente.

-Gracias -dijo.

Tenía la cara en tensión y estaba pálida. Hablaba con frialdad. -

Tenía motivos para hacértelas -le dije-. Lo sabrás dentro de tres semanas.

-No te he preguntado el motivo, Philip -dijo-; solo te pido que te vayas.

No me dio un beso, ni la mano siquiera.

Yo le hice una inclinación de cabeza y me fui. Sin embargo, un momento antes me había permitido arrodillarme a su lado y abrazarla. ¿Por qué había cambiado de repente? Si Ambrose conocía poco a las mujeres, yo menos. Esa ternura inesperada, que pillaba a un hombre por sorpresa y lo elevaba a las mayores alturas, y de pronto, sin ningún motivo, por un cambio de humor, lo devolvía a donde estaba antes… ¿qué asociación de ideas confusa e indirecta se producía en su cabeza y les nublaba el pensamiento? ¿Qué impulsos se apoderaban de su ser y las llevaban a la furia y a retirarse, o al contrario, a una generosidad repentina? Sin duda los hombres éramos distintos, con nuestra falta de comprensión y nuestra lentitud para orientarnos, mientras que ellas, erráticas e inestables, seguían su camino dejándose llevar por los caprichos de la fantasía.




Daphne du Maurier. Mi prima Rachel



miércoles, 1 de noviembre de 2017

BEN PASTOR. LUMEN

Hola, buenas tardes. Bienvenidos una semana más a Todos los libros un libro que como todos miércoles os trae, desde la emisora universitaria salmantina, una nueva sugerencia de lectura confiando en que pueda despertar vuestro interés. Hoy os propongo hasta cinco libros unidos por un mismo hilo conductor: todos forman parte de una serie de novela negra escrita por la italo-norteamericana Ben Pastor -su nombre original es Maria Verbena Volpi, y nació en Roma aunque escribe en inglés- con un personaje principal formidable, Martin Bora, el oficial del ejército alemán que en distintos escenarios de la segunda guerra mundial se dedica a investigar asesinatos y crímenes diversos en medio de las convulsas turbulencias de la época. Ben Pastor ha publicado nueve libros con Bora de protagonista, de los que sólo cinco han visto la luz en nuestro país, aunque con un ritmo y un calendario de publicaciones bastante disparatado. Así, Lumen, el primero escrito por la exitosa novelista, no apareció en Alianza Editorial hasta 2013 en traducción de Pilar de Vicente Servio, responsable también de la versión española de Cielo de plomo y El camino a Ítaca, editados igualmente por Alianza en 2014 y 2015, aunque estamos ante el noveno y el décimo título de la serie debida a la prolífica autora. Pero antes ya se habían presentado la segunda y la tercera entrega de la colección, aunque en otra editorial, Salamandra: Luna mentirosa, en 2007, traducido por Laura Martín y Verónica Canales, y antes, en 2006, pese a haber sido escrito con posterioridad, Kaputt mundi, que nos ofreció la misma editorial en traducción de Ana Herrera Ferrer. Como podéis apreciar una política de publicaciones ciertamente caótica, un desorden que no invita -ese ha sido mi caso, al menos- a adentrarse con ganas en los libros del interesante oficial nazi.

Sin embargo, y pese a las apariencias, tal desatino en la aventura editorial de la serie de Pastor -que, como digo, no propiciaría a priori el seguimiento de las peripecias del militar e investigador alemán con un mínimo de coherencia y continuidad- no afecta a su lectura, pues el orden temporal en el que se han escrito los diferentes libros no se ajusta a la propia cronología de la vida del personaje, que se presenta, por el contrario, con continuas vueltas adelante y atrás en el tiempo. Así, la acción de Lumen se desarrolla en Cracovia entre octubre de 1939 y enero de 1940; en Luna mentirosa nos trasladamos a Verona y a los últimos meses de 1943; en Kaputt Mundi la narración se inicia en Roma en enero de 1944 y se prolonga hasta la “reconquista” de la ciudad por las tropas americanas, meses después; Cielo de plomo nos lleva a Ucrania, de nuevo en 1943; y, por último, El camino a Ítaca se desenvuelve en la isla griega en 1941. En su trayectoria profesional vemos a Bora ejercer de capitán, mayor, ayudante de campo de un general, teniente coronel y quién sabe qué otros rangos en las novelas no editadas en España. Las aparentes “lagunas” en la historia del oficial se soslayan en cada libro con constantes alusiones a episodios sucedidos en otras novelas que en ese momento no sólo no habían sido aún publicadas en nuestro país, sino que ni siquiera habían sido escritas por su autora. Ello ocurre, significativamente, con experiencias importantes en la existencia del personaje vividas, al parecer, en España o en Rusia, que en los tres primeros libros aparecen referidas con naturalidad, como si el lector conociera unos hechos que, insisto, supuestamente ocurrieron en unos años no novelados -al menos no todavía- por su autora. En consecuencia, pues, no cabe un consejo razonable en relación al orden en que deberíais leer los libros de la serie. Lo más lógico, pienso, sería tratar cada título como una obra autónoma e independiente y no dar importancia a la coherencia temporal, completando los vacíos con intuición y unas mínimas dosis de sensatez.

Desprovistos de estos rígidos corsés cronológicos, los cinco libros que conocemos de la serie de Martin Bora resultan magníficos y muy interesantes por, al menos, dos razones distintas, correspondientes a los dos planos en que se desenvuelven las obras. Por un lado, la mera intriga derivada del transcurso de las investigaciones criminales, que sin ser apasionante sí interesa por los numerosos frentes que afloran en cada caso, con la implicación de las fuerzas de ocupación alemanas, de los distintos departamentos de la burocracia militar nazi, de los núcleos de las resistencias locales, de la población y las autoridades civiles. Aunque, sobre todo, son la hondura y la penetración psicológicas en el retrato del protagonista principal, la poderosa personalidad del complejo personaje de Martin Bora las que constituyen, a mi juicio, los principales atractivos de las cinco novelas.

En lo que tiene que ver con la primera dimensión a resaltar de la creación literaria de Ben Pastor, su notable adscripción al género negro, al largo elenco de novelas de investigación criminal, hay que señalar que en todos los libros que os presento se plantea, como hilo conductor de los diversos relatos, una trama detectivesca -a veces dos simultáneamente- que el peculiar militar nazi debe resolver mientras la guerra se desenvuelve, furibunda y opresiva, devastadora y sangrienta, cruel e inhumana, muy cerca -a pocos metros, en algún caso- del escenario de los hechos. Sea -en Lumen- el asesinato en Cracovia de una monja a la que se le atribuyen numerosos milagros y que tanto puede haber sido provocado como “padecido” por la resistencia antinazi; sea -en el caso de Luna mentirosa- la muerte de un reconocido fascista en Verona, atribuida presuntamente a su bella y joven mujer; sea -en la historia narrada en Kaputt mundi- el supuesto suicidio de una secretaria de la embajada del Reich en Roma, complicado con el asesinato de un cardenal, cuyo cadáver aparece en la cama con el de una guapa mujer; sean -en Cielo de plomo- las muy sospechosas muertes de dos oficiales soviéticos; sea -por fin- en El camino a Ítaca, la muerte de un diplomático suizo en Creta, a donde el militar viajará para atender un extraño encargo que recibe de sus superiores; en todos estos casos Bora deberá -perspicaz e inteligente, reservado y hermético, concienzudo y responsable- averiguar la verdad última que se esconde tras la oscuridad de estos sucesos, desvelar los intereses ocultos tras ellos e identificar y poner a disposición de la justicia a los verdaderos autores de los crímenes. Y todo ello en un contexto de inestabilidad y confusión, en el que proliferan las intrigas, las maquinaciones, los dobles juegos que involucran -como ya se ha dicho- a los distintos cuerpos militares nazis -que muchas veces compiten entre sí-, a la jerarquía católica, a los grupos políticos que revolotean en unas sociedades desestructuradas por el torbellino de la guerra, a las autoridades de los pueblos ocupados -que titubean entre la obligada colaboración con el invasor y el orgullo y la autoafirmación patrióticos-, a las policías locales (en dos de los libros, Bora contacta, en el curso de sus investigaciones, con el inspector Guidi, un secundario de “construcción” formidable, un tipo sensible y tímido, enamoradizo y romántico -capaz de vulnerar la ley por una mujer, piensa de sí mismo-, que vive amedrentado con una madre castradora e inclemente; un hombre honesto e íntegro en el maremágnum de turbios intereses políticos de la época), y, por supuesto, a los civiles de Polonia, Italia, Ucrania o Grecia -según cual sea el escenario de las respectivas novelas- casi siempre rebeldes y poco colaboradores con la soldadesca y la oficialidad germana. Y es en ese complejo entramado de corrupción y venalidad, de envilecimiento y traición, de egoísmo y depravación, de mezquindad y primarias pasiones a flor de piel asociadas a la probabilidad -a la inminencia- de la muerte que la cercanía del frente impone, donde sobresale la figura del encargado de las investigaciones, nuestro Martin Bora, que resulta un tipo honrado, respetuoso, benévolo y -dentro de lo que cabe, dada la posición que representa en la jerarquía militar nazi- relativamente confiable.

Y con ello entramos en el segundo aspecto remarcable de la serie negra de Ben Pastor: la soberbia creación de un extraordinario personaje literario, el excepcional retrato de un individuo profundo e intenso, dotado de una muy honda y rica personalidad, inteligente y atractiva, con múltiples dimensiones psicológicas y morales, así como muy variadas facetas intelectuales, emotivas y anímicas.

Martin-Heinz Bora, una ideación novelística inspirada en Von Stauffenberg, el hombre que trató de matar a Hitler en la operación Valkiria el 20 de julio de 1944, es, en la serie de Ben Pastor, un joven -veintiséis años recién cumplidos en la primera novela- y brillante militar profesional. Aunque nacido en Edimburgo -inglés por parte de madre, de abuela escocesa-, sus orígenes familiares se sitúan en Leipzig, en un hogar aristocrático, hijo del barón Friedrich von Bora, su difunto padre, un director de orquesta reconocido, e hijastro de un general alemán, el cerdo prusiano de Von Sickingen (aunque de esta “segunda” paternidad, de las vicisitudes amorosas de la vida de su madre, de la previsiblemente enrevesada historia familiar, nada se nos dice en las cinco novelas publicadas, más allá de una mera alusión superficial).

Bora es, dentro de la rigidez militar nazi, un hombre mucho menos elemental y previsible que el resto de sus colegas, con una personalidad menos plana, más poliédrica, más plural, más abierta, más fecunda que la del consabido oficial germano fanatizado y amoral al que nos han acostumbrado el peor cine bélico y algunas insufribles, triviales y maniqueas caricaturas literarias. Apuesto y atractivo, genuinamente católico, muy culto, doctor en filosofía con una tesis titulada El averroísmo latino y la Inquisición, en el curso de sus investigaciones lo vemos frecuentar las obras de García Lorca o Thomas Mann, leer a los clásicos griegos, citar la Ética de Aristóteles o las Meditaciones de Marco Aurelio o mostrar su profundo conocimiento de la música religiosa, de las obras de Schubert o Mozart, autor este último al que interpreta al piano (aunque solo en las primeras novelas, por razones que más adelante desvelaré).

Casado con Benedikta, a la que, por sus obligaciones como militar -la ocupación de Polonia, la guerra en España, un invierno en Stalingrado, diversas campañas en Italia- apenas ve, pasando mucho tiempo -años, a veces- separados, vive consumido por la fidelidad hacia su mujer a la que le obligan sus principios y su amor por ella, y la angustia que le provocan la forzosa separación, la gélida frialdad de “Dikta” en los pocos momentos en que cabe un encuentro entre ellos, y -de manera insoportable- los frustrados intentos por asegurar su descendencia en esas inusuales ocasiones. A la tortura de su espíritu contribuyen también sus propios dramas personales (pierde una mano en el norte de Italia -nunca más el piano-, muere su hermano menor, abatido en su avión en Rusia) y, sobre todo, los íntimos conflictos entre su deber y su lealtad como soldado y las exigencias éticas que sus convicciones, sus creencias y su sensibilidad le imponen. Bora es, como se dice de él en una de las novelas, un hombre marcado exteriormente por sus cicatrices, aunque por dentro no lo estaba menos.

Su personalidad resulta ciertamente compleja y hasta contradictoria, y por ello mismo altamente sugestiva. Hombre rígido, disciplinado (soy un soldado, afirma, justificando su rigor), de inquebrantable autodominio, muy estricto (estaba constreñido por su autocontrol como una herida por un vendaje, presta a sangrar si se retiraban las vendas), exageradamente ansioso en su insatisfecha búsqueda la perfección, vive en consecuencia consumido por la culpa. Nuestro oficial es también joven, impulsivo y demasiado directo, honrado y romántico, sensible y no tan seguro de sí como aparenta, tal y como se dice de él en uno de los libros. Martin Bora es un idealista, obligado sin embargo a cumplir con su deber aunque muchas veces le repugne. Estos rasgos tan disímiles en su carácter son percibidos por quienes le rodean: No suda, no se emborracha y es fiel a su esposa, de la que está separado. Sería aburridísimo si no fuera porque es un hijo de puta en el campo de batalla, y eso que va misa cada domingo, dice, reflejando en pocos trazos algunos de los aspectos esenciales de su alma torturada, uno de sus colegas, uno de los altos cargos de las SS con los que vive una inveterada enemistad. O también: parece arrogante pero es convicción, apasionada e intolerante, algo más misionero que militar, más espiritual que la simple firmeza de carácter. Él mismo es consciente de su íntima tragedia, de su temperamento autodestructivo, de su espíritu profundamente desdichado.

Y además, para “complicar” el retrato de tan atormentado personaje, Ben Pastor nos muestra los conflictos que le suscita su posición ética, los dilemas morales que le asaltan en cada una de las novelas y que contaminan su inteligencia y su sensibilidad de miedo y culpa, de aflicción y dudas, de congoja y dolor. Hay numerosos momentos y situaciones en los que el comportamiento del alto oficial hace dudar de su ortodoxia política, tanto en cuestiones meramente formales -jamás utiliza los términos Duce o Führer, negándose a aceptar la absurda e inmoral jerarquía que conllevan; no confraterniza con sus camaradas más obtusos e intolerantes, despreciando incluso a los exaltados y primarios jerarcas nazis; no duda en intentar soslayar o incluso en enfrentarse a las arbitrarias órdenes de sus compañeros de milicia- como, sobre todo, en importantes decisiones de fondo, sustanciales. En cinco de sus últimos siete años como militar había faltado a su juramento como soldado, piensa, algo angustiado, de sí mismo. Y es que Bora, de manera discreta y casi inapreciable, maniobra para denunciar los excesos cometidos por su ejército, paralizar actuaciones “demasiado” inhumanas (y en este matiz, en esta ponderación, en este “demasiado”, reside parte de la atracción que genera la dual y algo esquizofrénica personalidad del militar), o, incluso, impedir el cumplimiento de algunos de los más crueles mandatos de sus superiores. Así, en el curso de los acontecimientos de los que se da cuenta en los diversos libros, lo vemos repudiar los excesos de sus colegas en una oscura acción en la que los SS ahorcan a unos campesinos ucranianos, o rebelarse ante el impune e innecesario fusilamiento -¿cabría hablar de alguno “necesario”?- de inocentes granjeros polacos, o entregar a sus superiores escritos en los que se ponen de manifiesto las vejaciones que cometen los miembros de la Gestapo o de las SS, o proporcionar a las autoridades vaticanas listas de judíos que van a ser represaliados para que la curia romana pueda salvarlos, o, como podréis apreciar en el fragmento que os ofrezco como cierre de esta reseña, salvar a numerosos judíos enviados al exterminio con un subterfugio “técnico” -una supuesta avería del camión en que se les traslada-, facilitando su huída e impidiendo su posterior captura.

Tal comportamiento provoca, como resulta evidente, la animadversión y el odio mutuo de los responsables y oficiales de las organizaciones militares y policiales nazis, que no dudan en amenazarlo (La Gestapo puede abrirle un expediente en veinticuatro horas) pese a saberlo relativamente protegido por su genealogía aristocrática, tal y como también puede constatarse en el significativo texto final.

Bora es testigo -aunque, muchas veces, también disciplinada causa directa- del horror que la asesina política nacionalsindicalista causa por doquier: Ah, lo que había visto, lo que había visto y llevado consigo durante todos esos años: las largas fosas abiertas en el este, con las víctimas preparadas para caer en ellas; las iglesias y los pueblos incendiados, de los que surgía, como de un festín incestuoso y corrompido, el hedor de la carne humana quemada… Moscas azules que asediaban los cadáveres; cadáveres y más cadáveres que mancillaban la primavera e infectaban el aire estival y en invierno se quedaban rígidos por su propia sangre congelada como en un crujiente manto de eternidad. Cómo había atravesado siguiendo las huellas de las SS, sin culpa alguna y sin embargo atormentado por los remordimientos, las regiones Judenfrei, donde durante semanas la sangre se había podrido en los cadáveres hinchados. Al darles la vuelta el nauseabundo olor a sangre putrefacta se elevaba del líquido espeso y negro que rezumaba de la boca y la nariz, y que la primera vez hizo que se tambaleara, a punto de perder el conocimiento. Y es ese conocimiento de las matanzas, de las salvajes masacres, de la aniquilación programada, de la “industrializada” barbarie, junto a la descarnada conciencia de su propia e inevitable, aunque mitigada, complicidad en su perpetración y el rechazo visceral, intelectual y moral que tales acciones le provocan, el que aviva sus dudas y acrecienta su sensación de culpa, de pecado: El bien y el mal, el honor y el deshonor... no son más que palabras, palabras vagas para mí hasta que consiga volver a ponerlos en orden. Nadie puede hacerlo por mí y me da miedo, me da miedo tener que elegir. Tener que decantarme por uno de los términos opuestos cuando son tan vagos y tener que seguir adelante sin saber si he hecho bien, si mi elección fue sabia, cuando ya ni siquiera distingo los perfiles de la sabiduría. Se ha vaciado ante mis propios ojos el gran recipiente de sabiduría al que aspiraba; me engañaba a mí mismo repitiéndome que iba a conseguirlo o que ya había logrado llenar una pequeña parte. Está vacío. Está vacío. (...) Al mundo se le ha caído la máscara (...) y detrás no hay rostro alguno. Siento enfermo el corazón.

En fin, no hay tiempo para detenerse en más detalles de la afligida existencia de Martin Bora, ni en sus muy tempestuosas honradez e integridad, ni en las interesantes investigaciones que encara en una serie de novelas que, pese a la delirante política editorial que hasta ahora ha guiado su publicación, esperamos ver traducidas de modo completo y coherente en los próximos meses.

Mientras tanto, y como complemento musical de mi reseña, una pieza de Zarah Leander, la gran estrella femenina de la Alemania nazi a la que se cita en alguno de los títulos de Ben Pastor. Davon Geht Die Welt Nicht Unter, suena también en Malditos bastardos, la película de Tarantino.



Lasser ya no estaba en su despacho de la segunda planta del cuartel general de las SS, pero su lugar lo ocupaba el anónimo Standartenführer de la cicatriz en el labio.

El hombre lo llamó cuando pasó por delante.

—Aquí tengo su informe, mayor —le anunció sin cerrar la puerta. Bora se dispuso a responder, pero el otro lo interrumpió con rudeza—. No malgaste saliva. Ya sabemos que es usted muy elocuente y que nunca seremos capaces de superarlo en ese terreno, pero ahora no estamos en clase de Filosofía.

Bora se volvió temerario.

—Si ésa es su valoración, espero que no le importe si me voy, tengo mucho que hacer y los cumplidos sobre mi elocuencia no son más que una pérdida de tiempo para ambos. Con respecto al incidente, debería quejarse a las autoridades italianas. Según el artículo siete, ellos eran en última instancia los encargados del transporte y, por tanto, los responsables.

El oficial SS no apartó la mirada de la carpeta que llevaba en la mano. —Usted es Martin-Heinz Bora, recientemente destinado al Sur, y con anterioridad al Este, Tercer Cuerpo del Ejército, ¿verdad?

—Así es.

—Y su zona asignada ¿no se encontraba dentro del radio de operaciones del Einsatzgruppe B en el cuarenta y uno?

—Espero que así fuera. Si no recuerdo mal, el Einsatzgruppe B se extendía desde el norte de Tula hasta el sur de Kursk. Resultaba difícil no caer dentro de su radio.

—¿Le recuerda algo el nombre de Rudnja?

Bora recuperó la suficiente prudencia para no hacer ningún comentario.

—Es el nombre de una localidad —respondió.

—Cercana a Smolensko, ¿no?

—Sí, en efecto. Supongo que no lo pregunta para poner a prueba mi dominio de la geografía soviética.

—Ni mucho menos. Llevo encima una copia del Informe del Estado de Operaciones en la Unión Soviética, número ciento cuarenta y ocho, de fecha diecinueve de diciembre de mil novecientos cuarenta y uno. Hace referencia a la ejecución de cincuenta y dos judíos.

—Entonces no debe de referirse a Rudnja. Allí murieron diez veces más. Esos otros cincuenta y dos fueron capturados en Gomel y ejecutados por hacerse pasar por rusos.

—No fue gracias a usted, mayor.

Era asombroso que alguien sudara en esa habitación gélida.

—No entraba en mis funciones la de ayudar al Einsantzgruppe. Parecían arreglárselas bien solos —se defendió Bora.

—¿No es verdad que le pidieron explicaciones por haberse negado a prestar apoyo militar a las operaciones de las unidades especiales de Rudnja y Gomel?

—No; yo estaba en plena batalla cuando llegaron ambas peticiones; cuando alcancé el campo base, ya habían llevado a cabo las operaciones.

—Pero usted no combatió en Shumjachi.

—No. En Shumjachi me negué, acogiéndome al párrafo cuarenta y siete uno b del Código Penal Militar. Lo hice por motivos relacionados con la moral de mis hombres: la mitad tenían hijos, y una afección cutánea no parecía justificar el fusilamiento del pabellón de pediatría.

—Usted no está cualificado para juzgar las condiciones de salud de nadie.

—Pero sí para juzgar la moral de la tropa.

Era evidente que aquella carpeta contenía mucho más que el informe del incidente del 1 de diciembre. Desde su posición, Bora no podía distinguir los otros documentos, pero aparentaban informes mecanografiados del Departamento Militar de Crímenes de Guerra, como los que él mismo había redactado y firmado.

Al apretar los labios, la cicatriz del SS se tensaba.

—En su informe puede decir lo que quiera, Bora, pero le diré lo que pienso yo: creo que no ha hecho nada para evitar la huida de los judíos ni para garantizar su captura. Por culpa de la precariedad de los medios italianos, no puedo demostrar que usted manipulara el camión, pero sé que alguien había aflojado una tuerca de la rótula del extremo de la barra de dirección. Eligió la peor ruta y dispuso que el traslado se realizase en plena noche. Además, creo que se alió con el clero local al punto de simular el arresto de un sacerdote para que los guiara hasta lugares cuyo acceso nos estuviera vedado. Eso encaja con los informes que hemos recibido del Este acerca de usted, donde su cerebro militar de repente dejaba de funcionar cuando se trataba de judíos. En el puesto de mando de Lago, el campo estaba lleno de madrigueras donde se escondían, y ahora, en cambio, no hay ni una. Alguien los puso sobre aviso ante sus narices, mayor. Me parecen demasiadas coincidencias. Si no tuviera los amigos que sé que tiene, consideraría que está de parte de los judíos.

Al igual que cuando se encontró en la mesa de la sala de urgencias, Bora pensó que era inútil angustiarse.

—No me gusta lo que insinúa —respondió en tono airado.

—Me importa un carajo que le guste o no, aristócrata bocazas. Si no fuera por sus buenas relaciones, haría tiempo que le habríamos dado una lección. Quiero que sepa que voy a ocuparme personalmente de que sus amigos dejen de protegerlo. Ya veremos cuánto le dura entonces la racha de suerte.

PD.- Las emisiones de Todos los libros un libro se acomodan al calendario lectivo de la Universidad de Salamanca. En consecuencia, ni en festivos ni en vacaciones ni fuera de los períodos escolares se radian los programas. En días como hoy, pues, me limitaré a dejar aquí mi reseña escrita. La incorporación al blog de los podcast de las distintas emisiones se reanudará la semana próxima.

miércoles, 25 de octubre de 2017


MARGARET ATWOOD. EL CUENTO DE LA CRIADA

Hola, buenas tardes. Bienvenidos un miércoles más a Todos los libros un libro, el espacio de recomendaciones de lectura de Radio Universidad de Salamanca. Esta tarde os traigo un libro que desde hace meses aparece por doquier en suplementos literarios y revistas especializadas, en internet y en los medios de comunicación tradicionales, con ocasión del estreno el pasado mes de abril en Estados Unidos -y en este planeta globalizado eso es sinónimo de en el resto del mundo- de una serie, una exitosa serie, basada en él. Temo por tanto que vuestro más que probable y exhaustivo conocimiento del fenómeno haga innecesaria esta reseña. Aunque, por otro lado, “temer” no sea quizá el verbo idóneo porque… ¡¡estoy tan acostumbrado al hecho de que el programa y, consecuentemente, mis comentarios sean superfluos y estériles y a nadie le interesen…!!

Yo leí El cuento de la criada -probablemente habéis adivinado que hablo de ella-, la novela de la canadiense Margaret Atwood, hace treinta años, cuando se publicó en nuestro país en la editorial Seix Barral. Más allá de una somera idea general acerca de su argumento y de su futurista ambientación, mis recuerdos sobre el libro eran hasta hace poco más bien difusos y evanescentes, sin que guardase memoria no ya solo de sus aspectos literarios o sus pormenores técnicos, sino incluso del efecto que su lectura pudo haber causado en mí entonces. Cuando, tras la enorme repercusión de la serie, la editorial Salamandra ha vuelto a presentarla en ese mismo mes de abril de su estreno televisivo, la he releído y, ahora sí, la emoción, las impresiones, las apreciaciones, las reflexiones que me ha provocado son muy nítidas e intensas, además de extraordinariamente positivas, por lo que, llevado por el entusiasmo suscitado por este reencuentro, me lanzo a proponeros con pasión la inmersión en el universo creado por Margaret Atwood, tanto en su vertiente literaria como cinematográfica, pues ambos, libro y serie, son excepcionales.

Quiero hacer, antes de adentrarme en el núcleo central de la reseña, un breve (a la postre no lo será tanto) pero importante apunte acerca de la traducción. Elsa Mateo Blanco firma la versión al castellano de ambas ediciones, la primitiva de 1987 y la renovada de este 2017. Aparentemente, y así se menciona en muchos foros y críticas que he podido leer en estos meses, la editorial Salamandra habría mantenido el resultado de la primera traslación, la que podríamos llamar original. Sin embargo no es así ni mucho menos. Partiendo de un esquema general idéntico, la traducción, que ya era muy defectuosa en esa versión inicial (¡¡¡no leáis el libro de Seix Barral de ninguna manera!!!), se ha pulido y ajustado, corrigiéndose y hasta cambiándose radicalmente en algunos casos (un ejemplo menor y sin trascendencia lo constituye la sustitución, de una a otra edición, del anticuado Intelect por el más actual Scrabble), lo que no impide que las objeciones surjan de continuo a lo largo de la lectura. Permitidme resaltar tres muestras destacadas de la sucesión de desatinos a la que puede conducir la lectura de una obra mal traducida (y os hablo desde la experiencia de quien ha leído “simultáneamente” -en la medida en que ello es posible- los dos textos).

Quiero llamar la atención sobre este fragmento del capítulo 39. Así aparece en la versión del 87:

Tu madre es muy limpia, me dijo Moira cuando íbamos a la universidad. Tiempo después: es una descarada. Más tarde aún: es astuta.
No es astuta, respondí. Es mi madre.
Ja, se rió Moira, tendrías que ver a la mía.
Pienso en mi madre recogiendo toxinas letales; así solían acabar sus días las ancianas en Rusia, barriendo mugre. Sólo que esta mugre la matará. No puedo creerlo. Seguramente su descaro, su optimismo y energía, su astucia, harán que se libre de ello. Se le ocurrirá algo.
Pero sé que esto no es verdad. Simplemente es echarle el muerto, como hacen los niños con las madres.
Ya he llorado su muerte. Pero volveré a hacerlo, una y otra vez.

Y así en la nueva:

Tu madre es estupenda, me dijo Moira cuando íbamos a la universidad. Tiempo después: Qué mona es. Más tarde aún: Tiene chispa.
No es mona, respondí. Es mi madre.
Ja, se rió Moira, tendrías que ver a la mía.
Pienso en mi madre recogiendo toxinas letales; así solían acabar sus días las ancianas en Rusia, barriendo mugre. Sólo que esta mugre la matará. No puedo creerlo. Seguro que con su chispa, su optimismo y su energía, su astucia, se librará de ello. Se le ocurrirá algo.
Pero sé que no es verdad. Lo estoy dejando todo en sus manos, como hacen los niños con las madres.
Ya he llorado su muerte, y aun así volveré a hacerlo, una y otra vez.

Las diferencias entre ambas versiones son notables aunque, siendo graves los fallos y alterando el sentido de lo que se dice (“estupenda” por “muy limpia”, “mona” por “descarada”, “con chispa” frente a “astuta”, “dejarlo en sus manos” por “echarle el muerto”), no afectan al contenido esencial de lo que la autora quiere transmitir. No es el caso de este otro fragmento del capítulo 7, en el que la disparatada opción de la traductora escamotea -tanto en su primera como en su segunda interpretación- un elemento fundamental, un concepto clave en la intención de la escritora.

El texto escrito por Margaret Atwood dice:

Now, said Moira. You don’t need to paint your face, it’s only me. What’s your paper on? I just did one on date rape.
Date rape, I said. You're so trendy. It sounds like some kind of dessert. Date Rapé.

Y esta es la aproximación de Elsa Mateo en 1987:

Ahora, dijo Moira. No necesitas maquillarte, estoy sólo yo. ¿De qué es el examen? Vengo de hacer uno y lo terminé en un tris.
Un tris, repetí. Qué original. Parece el nombre de un postre. Tris flambeé.

Y, por último, la opción de 2017 en la que si bien se subsana la absurda omisión de los acosos sexuales -muy relevantes dado el contexto de la novela-, haciendo desaparecer ese incalificable “un tris”, se quiere mantener el rasgo de humor del original con una invención, absolutamente descabellada, relativa al ocaso:

Ahora, dijo Moira. No necesitas maquillarte, sólo estoy yo. ¿De qué va tu trabajo? Yo acabo de entregar uno sobre casos de acosos en primeras citas.
Casos de acoso, repetí. Qué bien hablas. A lo mejor se dan en el ocaso.

El tercer ejemplo del desconcierto que puede llegar a provocar la traducción y de la engañosa visión del libro que puede darnos a quienes no tenemos más remedio, por nuestro incompleto conocimiento de otra lengua, que aceptarla como fidedigna, lo ofrece una frase sustancial en la novela, en cierto modo un emblema del muy peculiar universo que en ella se describe. Nolite te bastardes carborundorum es un lema -que en el mundo entero repiten ahora los “iniciados” y fanáticos de la serie- que introduce un elemento de intriga en la trama argumental y que explica alguna de las líneas de la historia. En la edición de hace treinta años la traductora optó por un literal y poco revelador No dejes que los bastardos te carbonicen. En la revisión de Salamandra nos encontramos con un más explícito No dejes que los cabrones te hagan polvo. No dejes que los hijos de puta te jodan, que he leído en algún artículo, es una traslación más contundente, y para mí más certera, pues capta el sentido figurado que exige el contexto y no el literal, en el fondo prescindible, del Don’t let the bastards grind you down del texto original (grind you down: te muelan, te pulvericen, te hundan).

Por todo ello -y sólo he puesto tres ejemplos de una innumerable serie de ellos que se prestaban al “juego”- la pregunta surge inmediata: ¿En qué medida será más “fiable” esta versión postrera de la novela? Da “miedo” pensar qué leemos “en realidad” cuando nos enfrentamos a un texto traducido, de ahí la importancia que tiene el que las editoriales “refinen” los criterios con los que seleccionan a sus traductores. En fin…

Y “consumido” ya mi escaso tiempo con estas disquisiciones algo maniáticas, entro de manera somera en el análisis del libro. La novela nos sitúa en un Estados Unidos de un futuro no demasiado lejano en el que, tras unos presuntos ataques terroristas y abolidos la Constitución y el Congreso (¿por qué durante la lectura no he podido dejar de pensar en Cataluña?), una suerte de secta religiosa fanatizada y puritana ha tomado el poder y constituido la República de Gilead (una primera referencia bíblica de las muchas que contiene la obra). En ella se han suprimido los derechos fundamentales y, sobre todo, se ha cercenado de raíz la libertad de las mujeres. La excusa de un alarmante descenso de natalidad hace que jóvenes mujeres sean captadas al servicio de un dueño, al que servirán a efectos puramente reproductivos. Así, las “Doncellas” (“Criadas” en la traducción española) serán violadas de manera sistemática y ritual por el “Comandante” al que pertenecen y la gestación de un hijo se convertirá de este modo en el fin primordial de una existencia por lo demás esclavizada. Las que se rebelen serán destinadas a duras tareas de limpieza de residuos tóxicos y radiactivos, en un escenario de vagos contornos posnucleares.

Defred (las doncellas son denominadas en función de su amo: “Of Fred”, “De Fred”), la protagonista, quien narra el “cuento” al que alude el título, relatará, desconcertada y perpleja, su experiencia en el opresivo y extraño mundo de Gilead, describiendo los muchos elementos sobrecogedores de la totalitaria organización social: los edificios deshumanizados y agobiantes, la reclusión carcelaria, el ambiente irrespirable, el aislamiento, las prohibiciones, el adoctrinamiento, el secretismo y la sospecha, la desconfianza generalizada, el clima de delación y paranoia, la vigilancia constante, la imposibilidad de auténticas relaciones personales, la vetada exteriorización de los sentimientos, la rígida jerarquización social (junto a las “Doncellas” y los “Comandantes” están las “Tías”, una especie de tutoras de las criadas; las “Marthas”, que hacen labores domésticas; las “Esposas” que, infecundas y casadas con los Comandantes, esperan el embarazo de las Criadas -a las que sujetan mientras su marido las viola- como única forma de dar sentido a sus vidas; las “Econoesposas”, mujeres no segregadas por sus funciones, compañeras de los hombres sin recursos; las “No Mujeres”, incapacitadas para la procreación y condenadas a su expulsión en las temibles “Colonias”; los “Ojos”, anónimos y omnipresentes espías del Régimen; los “Guardianes”, de funciones inequívocas), los rituales y ceremonias de oscuros simbolismos, la represión, los interrogatorios, las torturas, las ejecuciones sumarias, los borrosos y confusos atisbos de una suerte de resistencia, la extrema dificultad -la casi inviabilidad- de la huida del asfixiante microcosmos (la república de Gilead no tiene fronteras […] Gilead está dentro de ti), y tantos otros rasgos de esa tenebrosa sociedad.

En su relato, Defred intercala numerosos recuerdos del pasado, de una etapa, no muy lejana, en la que la vida aún era “normal”. Y así, afloran de continuo retazos de una existencia perdida (cuando evocamos el pasado, escogemos las cosas bonitas. Nos gusta creer que todo era así): los programas de la televisión, las zapatillas deportivas, los vaqueros (en Gilead todo el mundo va uniformado: de rojo las Criadas, de verde las Marthas, las Esposas de azul, de marrón las Tías, a rayas las Econoesposas…), el jabón, el dinero, las tarjetas de crédito, el béisbol, las bicicletas, las bolsas de plástico del supermercado, las habitaciones de hotel, los libros (prohibidos en la desasosegante república), las frívolas revistas de moda, los periódicos, las fotos… Cualquiera de estos detalles menores supone la irrupción (Suelo padecer estos ataques del pasado; son como desmayos, como una ola que invade mi mente) de episodios pretéritos que se “actualizan” en la rememoración -la despreocupada infancia, la madre enferma, el matrimonio con Luke, la pequeña hijita, la sencilla felicidad de esos días, las primeras sospechas de cambio en el estado de cosas, el intento de huida. Y a través de ellos vamos poco a poco conociendo -de manera incompleta, fragmentaria, elíptica, en uno de los muchos aciertos de la novela- los detalles de la terrible historia, el modo -casi inopinado, de un día para otro- en el que todo cambió y un siniestro “golpe de estado” la condujo -y al lector con ella- a esta irracional y tiránica pesadilla.

Porque Defred es, sobre todo, alguien que cuenta, alguien que, narrando -no se sabe a quién, no se sabe cómo (aunque un último capítulo, titulado Notas históricas, quizá arrojará algo de luz sobre el asunto; pero de nuevo está presente la intención de la autora de dejar cabos sueltos, de meramente apuntar, de sugerir)-, pretende dejar rastro de su vida, quizá salvarla, como en este párrafo dirigido a un Luke desaparecido, probablemente muerto: Me hace daño contarlo una y otra vez. Con una fue suficiente: ¿acaso no lo fue para mí en su momento? Por eso sigo con esta triste, ávida, sórdida, coja y mutilada historia, porque después de todo quiero que la oigáis, como me gustaría oír la tuya si alguna vez se presenta la oportunidad, si te encuentro o si te escapas, en el futuro, o en el Cielo, en la cárcel o en la clandestinidad, en cualquier otro sitio. Lo que tienen en común es que no están aquí. Al contarte algo, lo que sea, al menos estoy creyendo en ti, creyendo que estás allí, creyendo en tu existencia. Porque al contarte esta historia logro que existas. Yo cuento, luego tú existes.

Las palabras de Defred -la novela juega, en un recurso final que no quiero adelantar, con una variante del “manuscrito encontrado”- serán, pues, un testimonio de la comunidad tiránica en la que el mundo puede llegar a convertirse, pero también un intento quizá inútil de aferrarse a la esperanza de la libertad, como se aprecia en este largo pero significativo fragmento:

Me gustaría que este relato fuera diferente. Me gustaría que fuera más civilizado. Me gustaría que diera una mejor impresión de mí, si no de persona feliz, al menos más activa, menos vacilante, menos distraída por las banalidades. Me gustaría que tuviera una forma más definida. Me gustaría que fuera acerca del amor, o de realizaciones importantes de la vida, o acerca del ocaso, o de pájaros, temporales o nieve. Tal vez, en cierto sentido, es una historia acerca de todo esto; pero mientras tanto, hay muchas cosas que se cruzan en el camino, muchos susurros, muchas especulaciones sobre otras personas, muchos cotilleos que no pueden verificarse, muchas palabras no pronunciadas, mucho sigilo y secretos. Y hay mucho tiempo que soportar, un tiempo tan pesado como la comida frita o la niebla espesa; y, repentinamente, estos acontecimientos sangrientos, como explosiones, en unas calles que de otro modo serían decorosas, serenas y sonámbulas. Lamento que en esta historia haya tanto dolor. Y lamento que sea en fragmentos, como alguien sorprendido entre dos fuegos o destrozado por fuerza. Pero no puedo hacer nada para cambiarlo. También he intentado mostrar algo de las cosas buenas. Por ejemplo las flores, porque ¿a dónde habríamos llegado sin ellas?

Totalmente sobrepasadas la duración y la extensión de mi reseña, quiero hacer, no obstante, tres breves apreciaciones finales, sobre otros tantos aspectos del libro que me parecen importantes. En primer lugar, es interesante la afirmación de la autora (en un prólogo escrito este mismo 2017 que incorpora la edición de Salamandra) acerca de las referencias que tuvo presentes en el largo proceso (que le llevó varios años) de escritura de la novela. Y así, en la génesis y la realización de su obra aparecen desde su propia experiencia viajera en los países del Telón de Acero al robo de niños por parte de la dictadura argentina de los generales, desde la historia de la esclavitud y la poligamia en Estados Unidos hasta el programa Lebensborn de las SS, pasando por la larga serie de ejemplos de ejecuciones grupales, violaciones de mujeres, leyes suntuarias, quema de libros y tantos otros desmanes del totalitarismo que ha registrado la historia de la humanidad. También, y ya en el terreno específicamente literario, Atwood cita Los cuentos de Canterbury, de Chaucer o numerosas muestras de literatura testimonial, por no mencionar la obvia presencia de 1984 de Orwell o La naranja mecánica de Anthony Burgess.

Por otro lado, en muchos ámbitos se presenta El cuento de la criada como una novela “anticipatoria”, capaz de haber descrito, con precursora antelación, algunos de los horrores a los que se encaminan -al decir de esos comentaristas- nuestras sociedades autoritarias, regresivas, hipercontroladas, fuertemente tecnologizadas, de fanatismo ideológico, férrea y sutilmente dominadas por el poder anónimo, apenas perceptible pero eficaz, de grupos reaccionarios. Hay quien ha querido ver en el libro un lúcido presagio de las figuras -y de los movimientos que encarnan- de Trump, Le Pen o el siniestro Viktor Orbán. La autora descarta esa opción al afirmar que su libro es una “antipredicción”, en realidad; un aviso, sugiere, una advertencia.

Por último, se subraya el carácter abiertamente feminista de la novela, que, desde esta óptica, estaría retratando de manera fidedigna -aunque algo exagerada- la “actual” opresión que sufre la mujer en nuestro mundo civilizado. Desde mi punto de vista este enfoque resulta disparatado. Más allá de la cruel explotación de la mujer que sigue produciéndose en tantas guerras genocidas, en la “trata de blancas”, en las mafias de la prostitución, en las agresiones machistas, nada hay en nuestro entorno actual que recuerde el espeluznante marco en el que, dramáticamente, se desenvuelve Defred. Habiendo aún, claro está, mucho trabajo por hacer en este terreno, el nivel de igualdad, de libertad, de reconocimiento de derechos, de opciones vitales, de posibilidades de realización personal que tienen hoy las mujeres en nuestras sociedades desarrolladas está en las antípodas de la perturbadora alucinación que refleja la novela.

Os dejo ya con una doble invitación final, la de que veáis la serie televisiva, cuyos diez primeros capítulos -los que integran la primera temporada-, que siguen las pautas del relato novelesco y que no puedo ya glosar aquí (aunque merecerían una entrada específica), son una maravilla, con un tratamiento cinematográfico que altera en parte la estructura del libro (admitiendo por tanto “libertades” varias en situaciones y personajes, en escenas y puntos de vista) y con una estética bellísima, aunque más oscura y claustrofóbica, si cabe, que el relato original. Y os propongo también que escuchéis, como cierre a esta reseña, Heartbreak hotel, el clásico de Elvis Presley, una de las dos canciones -la otra es Amazing Grace- cuya letra -me siento tan solo, cariño, que podría morir- Defred recuerda en uno de sus muy frecuentes flashbacks desde su inquietante reclusión. 


Está sonando la campana que marca el tiempo. Aquí el tiempo se marca con campanas, como ocurría antes en los conventos de monjas. Y, también como en un convento, hay pocos espejos. 

Me levanto de la silla, doy un paso hacia la luz del sol con los zapatos rojos de tacón bajo, pensados para proteger la columna vertebral pero no para bailar. Los guantes rojos están sobre la cama. Los cojo y me los pongo, dedo por dedo. Salvo la toca que rodea mi cara, todo es rojo, del color de la sangre, que es lo que nos define. La falda es larga hasta los tobillos y amplia, recogida en un canesú liso que cubre el pecho, y las mangas son anchas. La toca blanca es de uso obligado; su misión es impedir que veamos, y también que nos vean. El rojo nunca me sentó bien, no es mi color. Cojo la cesta de la compra y me la cuelgo del brazo.

La puerta de la habitación –no mi habitación, me niego a reconocerla como mía- no está cerrada con llave. De hecho, ni siquiera se puede ajustar. Salgo al pasillo, encerado y cubierto con una alfombra central de color rosa ceniciento. Como un sendero en el bosque, como una alfombra para la realeza, me indica el camino. 

La alfombra traza una curva y baja por la escalera; yo la sigo, apoyando una mano en la barandilla que alguna vez fue árbol, fabricada en otro siglo, lustrada hasta hacerla resplandecer. La casa es de estilo victoriano tardío y fue construida para una familia rica y numerosa. En el pasillo hay un reloj de péndulo que marca el tiempo lánguidamente y luego una puerta que da a la sala de estar materna, poblada de sombras. Una sala en la que nunca me siento, sólo me quedo de pie o me arrodillo. Al final del pasillo, encima de la puerta frontal, hay un montante de abanico de vidrios de colores que forman flores rojas y azules. 

En la pared de la sala aún queda un espejo. Si giro la cabeza -de manera tal que la toca blanca que enmarca mi cara dirija mi visión hacia él- puedo verlo mientras bajo la escalera: un espejo redondo, convexo, de cuerpo entero, como el ojo de un pescado, y mi imagen reflejada en él como una sombra distorsionada, una parodia de algo, como la figura de un cuento de hadas cubierta con una capa roja, descendiendo hacia un momento de indiferencia que es igual al peligro. Una hermana, bañada en sangre. 

Al pie de la escalera hay un perchero para los sombreros y los paraguas; tiene barrotes de madera, largos y redondeados, que se curvan suavemente formando ganchos, que imitan las hojas de un helecho. De él cuelgan varios paraguas: uno negro para el Comandante, uno azul para la Esposa del Comandante, y el que me tienen asignado a mí, de color rojo. Dejo el paraguas rojo en su sitio: por la ventana veo que brilla el sol. Me pregunto si la Esposa del Comandante estará en la sala. No siempre está allí sentada. A veces la oigo pasearse de un lado a otro, una pisada fuerte y luego una suave, y el sordo golpecito de su bastón sobre la alfombra de color rosa ceniciento.