Vivo entre muchos libros y extraigo una gran parte de mis ganas de vivir del hecho de que aún leeré la mayoría de ellos. (Elias Canetti)

miércoles, 28 de enero de 2026

ANNE BRONTË. AGNES GREY; LA INQUILINA DE WILDFELL HALL. PAULINA SPUCCHES. BRONTEANA 

Bienvenidos a un nueva edición de Todos los libros un libro. Como saben nuestros seguidores más habituales, desde el pasado 8 de diciembre, en que se cumplieron los cien años del nacimiento de Carmen Martín Gaite, he querido centrar nuestras emisiones en distintas manifestaciones del universo de la salmantina. Así, dos días después del aniversario os hablé aquí de la que, quizá, es su obra más representativa, Entre visillos, así como de la muy completa biografía de la escritora que el sabio profesor José Teruel presentó en marzo de 2025 en la editorial Tusquets. Tras la obligada pausa navideña, ya en este enero, he querido adentrarme en una vertiente de la trayectoria literaria de Martín Gaite, no tan conocida, aunque, a mi juicio, también muy valiosa, la que tiene que ver con sus traducciones, notables en una autora que se manejaba con solvencia en seis lenguas -inglés, francés, italiano, portugués, gallego y rumano- aparte del castellano materno. Y así, esta circunstancia fue la gozosa excusa para hablaros aquí, en las dos semanas precedentes, de Cumbres borrascosas y Jane Eyre, los dos clásicos de Emily y Charlotte Brontë, traducidos por nuestra centenaria homenajeada, y cuya lectura os sugerí en medio de un desbordante aluvión de referencias, que incluía distintas ediciones de ambos libros, textos complementarios sobre las hermanas y su mundo, alguna propuesta muy original que, a partir de un personaje, lateral pero relevante, de Jane Eyre, construía en torno a él una novela autónoma, y hasta diversas versiones cinematográficas de las que, sin excesivo énfasis, podríamos calificar de obras cumbre de la literatura universal. 

Llegados a este punto de mi ambiciosa serie, se me plantea ahora, en el momento de continuarla, una disyuntiva (meramente formal y atingente al calendario, pues desde el punto de vista del contenido las dos alternativas que en este momento afloran van a ser contempladas por mí en programas sucesivos, el de hoy y el de dentro de siete días; solo debo decidir el orden). Y es que, por un lado parecería razonable mantener en esta reseña la lógica “brontiana” que ha inspirado mis propuestas de este enero, cerrando el ciclo dedicado a las jóvenes escritoras de Haworth con la presentación de la obra de la tercera hermana literata, Anne. Ello supondría dejar de lado el desencadenante “martingaitiano” del ciclo, porque las dos novelas de Anne Brontë cuya lectura también quiero sugeriros, Agnes Grey y La inquilina de Wildfeld Hall, no han sido traducidas por Martín Gaite y no guardan con ella, pues, vínculo alguno que justifique engarzarlas en una serie que la tiene como origen y causa. Pero, por otro lado, si persisto en la conexión con la escritora de Salamanca, y en particular con la dimensión de su obra que atañe a las traducciones, debiera hablaros ahora de la literatura de una escritora que me entusiasma, que he leído con pasión desde hace décadas y que ha sido objeto también del interés de Martín Gaite, que tradujo, igualmente, dos de sus libros. Estoy hablando de Natalia Ginzburg y, por centrarme en sus textos traducidos por “Carmiña”, de Querido Miguel y Nuestros ayeres, dos novelas excelentes. Pero en este caso no me quedaría más remedio que interrumpir esa profunda inmersión en la realidad de las Brontë que nos ocupa desde este pasado 14 de enero. 

Despejo, pues, el dilema -tras haceros partícipes de él y, por tanto, tras adelantar la justificación de la “razonabilidad” de la opción elegida, cualquiera que hubiera sido- eligiendo continuar esta tarde con el intenso y entregado acercamiento a la apasionante existencia -biográfica y literaria, tan entremezcladas ambas- de las hermanas Brontë, a partir de los dos títulos referidos de la menor de ellas, Anne; y dejando para dentro de siete días mi también entusiasta -e igualmente fervorosa y enérgica- aproximación a la novelística de la genial escritora italiana y en la que, anticipo, no me limitaré a las dos obras mencionadas sino que la extenderé a otros libros memorables -casi todos novelas- como Las palabras de la noche, Las pequeñas virtudes, Léxico familiar, El camino que va a la ciudad, Y eso fue lo que pasó o A propósito de las mujeres


Yo no había leído Agnes Grey hasta ahora, cuando me planteé la apertura de este ciclo “brontiano”. Sí lo había hecho, pero hace décadas y sin que en mi memoria quedara recuerdo alguno, con La inquilina de Wildfeld Hall. Su lectura actual -relectura en el segundo caso- me ha resultado altamente estimulante, aunque sin llegar a la apabullante impresión que causan las obras de sus dos hermanas mayores (pero no muy lejos de ellas). Agnes Grey os la presento en una doble edición, en las versiones de Alba y de Cátedra, siendo magníficas e interesantes por distintos motivos cualquiera de las ediciones. La de Alba, traducida por Menchu Gutiérrez, es de 1997. La de la ejemplar editorial Cátedra apareció en el año 2000 en el seno de su inigualable serie “Letras universales”, con la edición y el sustancioso estudio preliminar de María José Coperías y la traducción a cargo de Elizabeth Power. La inquilina de Wildfeld Hall, también en Alba Editorial, se publicó igualmente en 1997 y cuenta con la traducción de Waldo Leirós. De todas ellas hay ediciones más recientes y, como es obvio al tratarse de clásicos, con versiones en otras editoriales. Y aprovechando que con Anne cerramos el repaso a la literatura de las Brontë, quiero señalar que también en Cátedra, y dentro de su “Bibliotheca AVREA”, hay una formidable edición conjunta de las tres obras sustanciales de cada una de ellas, Cumbres borrascosas, Jane Eyre y Agnes Grey, en un único volumen que puede constituir un precioso regalo “posnavideño” (lo sé, ciertamente bastante “aplazado”). 

Antes, no obstante, de adentrarme en el comentario de las dos novelas que centran mi reseña, quiero dejar un breve apunte sobre la personalidad de Anne, cuya biografía, al igual que la de sus hermanas, se entrelaza fuertemente con su literatura, explicando más de un elemento de sus libros. La obra de la menor de las Brontë ha sido, hasta hace relativamente poco tiempo, minusvalorada, opacada incluso por la poderosa sombra de Emily y, sobre todo, Charlotte. Ya desde los primeros momentos de sus carreras literarias Anne aparecía como “la otra hermana” o “la tercera hermana”, como si careciera de personalidad propia, una suerte de Cenicienta oscurecida por la abrumadora presencia de las otras dos. En los diversos estudios sobre las creaciones de las hermanas -muy abundantes en el caso de las dos mayores y significativamente más escasos en relación con las novelas de Anne- se ha esgrimido como una de las causas de este hecho su carácter, tímido, dulce y amable, su naturaleza retraída, que se interpretó en su época como síntoma de debilidad. Anne manifestó, desde su nacimiento, problemas de asma y siempre tuvo una salud frágil. La muerte de su madre, cuando ella contaba poco más de un año, acentuó su indefensión y siendo la pequeña y la más débil fue objeto de la especial protección de su padre, de sus hermanas y, sobre todo, de su tía Elizabeth Branwell, que acudió a Haworth a cuidar de su hermana moribunda y que se encargó del cuidado de los niños cuando Maria Branwell falleció. La severa religiosidad de su tía, la particular atención de esta a su sobrina favorita y la consiguiente mayor influencia sobre ella, las crisis espirituales de la chica en su adolescencia y su primera juventud, el temor a condenarse y el sentimiento de pecado (que explican el consiguiente énfasis moralista de sus novelas), su inseguridad y la conciencia de su escasa valía personal, son factores que contribuyeron a una cierta imagen de debilidad intelectual y de carácter que repercutieron en una menor relevancia de una figura que chocaba con la impresión de fuerza y pasión que transmitían sus hermanas. Sin embargo, así lo afirma la profesora Coperías en su prólogo a Agnes Grey, Anne era una mujer tenaz, decidida y valiente, que suplía con una vigorosa fuerza de voluntad, la pujanza y la energía con las que Emily y Charlotte contaban por naturaleza. Por otro lado, a diferencia, una vez más, de sus hermanas, no hay demasiados documentos -cartas, escritos varios-, más allá de sus novelas y algunos poemas, en que podamos escuchar su propia voz, razón por la cual lo que conocemos de ella nos ha llegado a través de Charlotte, bien de una manera directa, en sus comentarios sobre la obra de su hermana, bien de un modo indirecto, pero igualmente “filtrado”, a partir de las impresiones de Ellen Nussey y Elizabeth Gaskell, amigas ambas, y biógrafa además esta última, de la propia Charlotte. Una Charlotte que, convertida al morir sus hermanas en “embajadora” de sus obras sin posibilidad de que sus comentarios fueran contrastados, alabó la fuerza y la originalidad de Emily frente a la carencia de estas virtudes en Anne, contribuyendo así a consolidar el estereotipo -en el fondo falso, como he apuntado- de su hermana como una persona dulce y frágil pero carente de nervio personal y creativo. Además, fue muy crítica con La inquilina de Wildfell Hall, minimizando el éxito que obtuvo el libro, llegando a afirmar que la elección del tema -controvertido y polémico, como luego veremos- había sido un error y reclamando, tras el fallecimiento de Anne y con el noble fin de proteger su reputación, dadas las críticas que había provocado su aparición, que la novela no volviera a publicarse. Hay un estupendo cómic, publicado hace unos meses que resulta altamente interesante y muy útil para completar, de un modo muy poético, y con una tratamiento gráfico muy brillante y colorista, la biografía de la menor de las Brontë. Su autora es Paulina Spucches, y el libro apareció, bajo el título de Bronteana, en la editorial Garbuix Books, especializada en cómics. La traducción de los textos corresponde a Carme Roselló. 

Intentando, como de costumbre, aunque no siempre con éxito, no destripar en demasía el argumento de la obra, la trama de Agnes Grey, por otro lado bastante sencilla y sin episodios o lances sobresalientes -en esto muy distinta al pasional y turbulento drama de Cumbres borrascosas y a la intensidad y el misterio de Jane Eyre-, nos presenta, en una narración en primera persona, a Agnes, una joven de origen modesto y piadoso (su padre un clérigo y su madre la hija de un caballero con fortuna, que la desheredará, no obstante, tras su matrimonio, al preferir ella vivir en una casa rústica con Richard Grey que en un palacio con cualquier otro hombre del mundo), a la que la necesidad económica tras la ruina familiar (fruto de una nefasta inversión económica de un padre que nunca se recuperaría del fracaso), obliga a buscar trabajo como institutriz. Agnes da cuenta de su paso por dos hogares que encarnan formas distintas de degradación social. La primera casa, la de los Bloomfield, ofrece la caricatura de la negligencia aristocrática: niños malcriados, padres ausentes y una posición profesional ambigua -y en cualquier caso angustiosa y sufriente- para la institutriz, cuya profesión la situaba a medio camino entre una cierta respetabilidad esperable, derivada de la formación y cultura exigidas para el desempeño de su trabajo, y el habitual desprecio con el que era tratada por los miembros la familia, para los que representa poco más que una sirvienta. La segunda, la de los Murray, reflejo de un nivel social, económico y cultural más alto, cuyo supuesto refinamiento se revela sin embargo como jactancioso, superficial y carente de convicciones morales (yo era la única persona en la casa que profesaba sólidos principios, que habitualmente decía la verdad y que en general tenía sentido del deber), sitúa a la protagonista en escenario similar, en el que vive un idéntico clima de vejaciones, indignidad, humillación y hasta hostilidad. El relato de ambas experiencias, rico en escenas y detalles de esa cotidianidad amarga y frustrante (sentía que mi inteligencia se deterioraba, que mi corazón se endurecía, que mi alma se empequeñecía, y temblaba al pensar que mis principios morales podrían tambalearse, que mi percepción del bien y del mal podría verse debilitada, y que mis mejores facultades podrían quedar enterradas bajo la malsana influencia de aquella forma de vida), avanza entre manifestaciones de la fortaleza, la resistencia, la constancia moral, los valores éticos, la religiosidad, el espíritu crítico y el afán pedagógico de la protagonista con los que a duras penas logra sobreponerse a su languideciente reclusión, a su afligida y pesarosa existencia, que más de una vez la sumen en el desaliento y el desánimo: He vivido casi veintitrés años, he sufrido mucho y apenas he conocido la alegría. ¿Es posible que mi vida continúe siempre siendo tan sombría? ¿No existe la posibilidad de que Dios haya escuchado mis oraciones, que aparte las sombras que se ciernen sobre mí y me conceda algunos rayos de su luz divina? ¿Me negará esa bendición que otros reciben sin pedirla ni agradecerla? ¿No tengo derecho a mantener la esperanza? 

Durante la estancia en el hogar de los Murray, Agnes se cruzará con otro clérigo -el enésimo en las obras de las hermanas; y en general en la literatura victoriana-, Edward Weston, ayudante del vicario local, cuyas cualidades de sobriedad, inteligencia, sensatez, humildad, reflexión, bondad, coherencia y sensibilidad moral, lo harán aparecer, a ojos de la muchacha, como la estrella matutina que podía salvarme del terror de una oscuridad completa. Weston aporta a una Agnes sufriente pero por fin esperanzada un atisbo de ilusión en un hilo de la trama novelesca cuyo desarrollo, como es obvio, no desvelaré. 

La narradora abre su relato con una afirmación reveladora: Todas las historias verdaderas contienen una enseñanza aunque en ocasiones el tesoro sea difícil de encontrar y, una vez encontrado, resulte tan insignificante que el fruto seco y arrugado apenas compense el trabajo de romper la cáscara; para añadir pocas líneas después: protegida por mi propia oscuridad, por el paso de los años y por algunos nombres ficticios, me arriesgo sin miedo a exponer abiertamente ante el público lo que no me hubiese atrevido a revelar al amigo más íntimo. Por más que pueda tratarse de un recurso literario, por lo demás muy frecuente, estas afirmaciones invitan a llevar a cabo el cotejo entre la vida de Agnes y la de su creadora, en un escrutinio que ofrece más de una muestra del carácter fuertemente autobiográfico de su libro (un hecho que aparece reforzado, además, por otra significativa frase que encontramos casi al término de la obra: Aquí me detengo. Mi diario, del cual he extraído estas páginas, continúa aún un poco más). Hay, en efecto, un paralelismo notorio entre muchas circunstancias de ambas existencias, la real de Anne y la ficticia de Agnes: la formación de la joven autora en música, canto, dibujo, francés, latín, alemán, historia, lengua, aritmética y geografía, indispensable para su ejercicio profesional; su desempeño como institutriz en varias familias; los sentimientos de inseguridad y falta de autoridad en su trabajo derivados de su juventud e inexperiencia; las dificultades provocadas por el insoportable despotismo de los niños a su cargo y la simultánea y ciega condescendencia hacia ellos de sus propios padres, llegando hasta el cuestionamiento y el rechazo de la tutora; el duro golpe que supone para ambas la muerte de algún familiar (la del padre para Agnes y la de su tía Elizabeth para Anne); la figura de un clérigo que despierta el interés y la atracción de las muchachas, el citado Edward Weston en la ficción y William Weightman, joven vicario de Haworth, en la realidad de la autora; entre otros muchos. 

En este contexto relativo al peso de lo biográfico de la literatura de Anne pueden situarse también los muchos “guiños” que remiten al universo personal de las hermanas Brontë. Así, las abundantes coincidencias -más que casuales- en los topónimos y los nombres de los personajes de las novelas de las tres. La profesora Coperías resalta en su muy informado estudio la identidad de iniciales entre Wuthering Hights (Cumbres Borrascosas) y Wildfeld Hall, entre Heathcliff, Hareton y Hindley, por un lado, y Huntingdon, Hattersley, Hargrave y Halford, por otro, que constituyen un vínculo -menor pero explícito e indudablemente consciente- entre las obras de Emily y Anne. Otro tanto ocurre con las parejas Jane-Rochester, en Jane Eyre y, como luego veremos, Helen-Huntingdon, en La inquilina de Wildfeld Hall

Pero, más allá de estos detalles anecdóticos, entre las novelas “brontianas” hay también -y ello se aprecia de un modo muy evidente cuando, como ha sido mi caso, uno se sumerge en ellas durante varias semanas- temas comunes e ideas concordantes. Así, siempre acaban por aflorar, en mayor o menor medida y con distintos matices en las novelas de cada una de ellas, el conflicto entre pasión y moralidad o emoción y razón (resuelto de manera muy distinta en el arrebato de Cumbres Borrascosas; la contención del deseo, embridado por las pautas morales, en Jane Eyre; y la orientación pasional hacia un horizonte de integridad y justicia en Agnes Grey); la presencia de un personaje femenino que rema a contracorriente y desafía las convenciones dominantes; la crítica social, manifestada en la denuncia -moderada y tímida, dada la época- de los abusos del poder, que se ejemplifica en los personajes masculinos autoritarios, en la constatación de la injusta estructura de clases y, sobre todo, en la notoria descripción de la condición femenina, del sometimiento, la sujeción y la subordinación de las mujeres, con la explícita queja y la consiguiente reivindicación de su justo lugar en la educación, el empleo, el matrimonio y el propiedad; los personajes intensos, solitarios y profundamente introspectivos, en cierto modo marginales y rebeldes, que no encajan del todo en la jerarquía social y los parámetros morales de su tiempo; la poderosa y enfática reivindicación del derecho al juicio propio, a la autonomía y la dignidad individuales, sobre todo en el caso de la mujer, siempre preterida en estos ámbitos. 

Y, en otro plano, no relativo a las ideas sino vinculado a los escenarios de las tramas y a ciertos asuntos argumentales, llama la atención la recurrencia -de nuevo en distinto grado en cada una de las tres-, de la presencia de la infidelidad conyugal; las referencias a los excesos en la afición a la bebida y las costumbres disipadas; la violencia de algunos caracteres masculinos; la aparición, siempre evanescente, de lo sobrenatural; las constantes menciones a pasajes bíblicos (muy abundantes en las novelas de Anne); la común ambientación en espacios cerrados y sofocantes, símbolos de la opresión y la desigualdad: orfanatos, internados, mansiones góticas, casas apartadas, escuelas coercitivas, entornos familiares insensibles y carentes de la mínima empatía; y, en significativa contraposición, la importancia de la naturaleza, abiertamente salvaje en Cumbres borrascosas, relativamente más disciplinada en Jane Eyre, o mucho más doméstica y sin excesos en Agnes Grey, pero que funciona siempre como espejo psicológico y con connotaciones morales. 

Como especial singularidad de Agnes Grey destacan dos rasgos en los que quiero detenerme brevemente: la detallada exposición, casi documental, de las condiciones de trabajo y de vida de las institutrices, y el énfasis pedagógico y aleccionador del discurso de su protagonista y narradora. En lo que atañe al primero de los frentes, la novela plasma con elocuencia y minuciosidad la situación de las preceptoras domésticas y, por extensión, la de las mujeres de la época. Una vez más, el análisis de la profesora Coperías a este respecto es magnífico. En una sociedad en la que las muertes en las guerras napoleónicas y los desplazamientos provocados por la revolución industrial supusieron una evidente escasez de hombres (con una media de 1.053 mujeres por cada 1.000 hombres), una de las dos opciones relativamente “decentes” que en aquel tiempo se ofrecían a las mujeres para lograr un cierto desarrollo vital e incluso la mera subsistencia, el matrimonio, revestía en muchos casos y por esa circunstancia una especial dificultad. La otra alternativa, la necesidad de un empleo que permitiera salir del hogar sin perder la respetabilidad que entonces ese hecho suponía, era la enseñanza, el trabajo de institutriz, que mantenía un suerte de apariencia de vida familiar, ofreciendo además la posibilidad de obtener ciertos ingresos, siempre muy modestos. En mi reseña de hace siete días ya adelantaba el muy relevante dato de las 25.000 mujeres trabajando como institutrices en la Inglaterra de 1851 (con su lógico reflejo en la literatura: entre 1814 y 1835, se llegaron a publicar ciento cuarenta novelas -melodramas, moralizantes, religiosas- con la presencia en ellas de institutrices). Las Brontë no escaparon a esta tendencia y también Anne las incorporó como personajes, aunque en su caso con un enfoque singular y característico. Y es que Agnes -y la propia Anne- quiere ser institutriz, de modo que en lo que en las obras de otras autoras se expresa como queja o desprecio, en la suya se manifiesta como un reflejo fiel de la situación de estas mujeres, reivindicando su identidad profesional y el derecho a su trabajo con dignidad y sin menosprecio. Hay así, un recorrido circunstanciado por los pormenores de su empleo: el escaso salario, el maltrato, las humillaciones y el desprecio, los desaires, las crueldades infantiles, la exclusión de las conversaciones familiares, el aislamiento y la soledad, la indiferencia del entorno, las alusiones despectivas, el abierto rechazo, la pérdida de identidad social -desubicadas en un terreno de nadie por entre los roles de criada, familiar, invitada o, raramente, una igual-, los niños caprichosos y tiránicos, desconocedores de límite alguno, las madres complacientes y permisivas, los padres indiferentes u hostiles, los criados que las odian porque, viendo a las jóvenes formar parte como ellos de la servidumbre, se las supone en un estatus superior por su actividad, la dificultad para hacer amistades, ajenas a cualquiera de los círculos sociales en los que deben desenvolverse. En su lúcido relato, Agnes denuncia la violencia doméstica, siempre dentro de los reducidos márgenes que la época permite, y reivindica la libertad femenina, aprovechando este pormenorizado registro de los detalles cotidianos para convertirlo en pequeñas lecciones éticas que guían su juicio y su conducta. Hay críticos que han visto en Agnes Grey, y yo no puedo estar más de acuerdo (siendo esta circunstancia la que, a mi juicio, hace desmerecer su valor), una suerte de informe, una novela documental y testimonial. Y es que, sin duda, la novela cuestiona las estructuras de autoridad doméstica sin dejarse llevar por la indignación retórica y confiando en que la mera exposición paciente -y algo plana- de la realidad de los hechos, despierte la conciencia del lector. 

Y ello entronca con el otro elemento distintivo de la novela que he denominado más arriba el “énfasis pedagógico”, revelador del propósito moral, de la voluntad de instruir. Para el personaje -y para su autora- la educación supone siempre una transformación moral más que la mera instrucción académica. El didactismo de su propuesta es indudablemente ético: se educa para formar el carácter, para cultivar las capacidades de comprensión del otro, de compasión con él, no para la ostentación social. Por el contrario, las familias que emplean a Agnes, ignoran cualquier atisbo de valor auténtico en la educación (caso de los Bloomfield) o confunden, como los Murray, educación con refinamiento superficial (conciertos, lecciones de piano, modales), y ante esa inversión de valores, la protagonista reacciona con convicción. 

Autoridad moral, integridad, honradez, ejemplaridad, respeto y prudencia enfrentados a la apariencia, el artificio y la impostura social, he ahí el mensaje principal de la jovencísima institutriz que, teñido de un fuerte componente religioso (fruto probable de la influencia de su tía Elizabeth, de rígidas convicciones metodistas) y manifestado con un estilo claro y sencillo, en una primera persona testimonial y cercana (aderezada con frecuentes interpelaciones al lector, con unas sobresalientes economía léxica y precisión descriptiva), comparece, nítido, en una novela estimable. 

Releída ahora, décadas después de mi primer encuentro con ella, La inquilina de Wildfell Hall, publicada, como he dicho, por Alba editorial en 1997 en traducción de Waldo Leirós, me ha parecido más interesante que su antecesora, por su complejidad estructural, por su temática, más ambiciosa que en Agnes Grey, e incluso por su visión, adelantada y en cierto modo anticipatoria, de la “cuestión femenina”. La novela se abre, en un texto introductorio previo a su primer capítulo (hay un prefacio de la autora que comentaré más adelante), con una carta que Gilbert Markham, un hacendado caballero que vive con su madre y sus dos hermanos en Linden Car, a cargo de las tierras de su padre, ya muerto, en una comunidad rural provinciana, escribe a su amigo -y quizá algo más, pero esa circunstancia solo se desvela en la última de las quinientas setenta y cuatro páginas del libro- Jack Halford. La última vez que ambos se habían encontrado, Gilbert había desatendido, con una cierta falta de educación, una pormenorizada narración de Jack sobre ciertos episodios de su juventud. El incidente tensó su amistad, por lo que ahora, Gilbert, para reconducirla, expiar su posible culpa pasada y mitigar cualquier sentimiento herido de su amigo, le escribe enviándole un esbozo —no, no un esbozo—, un relato completo y fiel de ciertas circunstancias relacionadas con el hecho más importante de mi vida —al menos de mi vida anterior a mi relación con Jack Halford—. En esta carta inicial Gilbert advierte a Jack de que para confeccionar su extenso relato se servirá de un viejo y descolorido diario mío, que menciono para asegurarme de que no cuento sólo con la memoria —por muy tenaz que ésta sea— para apoyarme en mi relato, con el fin de no abusar demasiado de tu credulidad cuando me sigas a través de los pequeños detalles de la narración

En su correspondencia con un Halford receptor pasivo y sin voz, mero sustituto del lector, Gilbert, que se retrotrae varios años atrás (la carta aparece fechada, ahora en la última línea de la novela, el 10 de junio de 1847) hasta el otoño de 1827 (Yo era joven entonces, recuerda —tenía sólo veinticuatro años, le dice a su corresponsal), le informa de la llegada entonces a la vecindad de Helen Graham, una viuda joven, reservada y económicamente independiente, que acaba de instalarse en Wildfell Hall, una solitaria mansión, hasta hace poco semiabandonada, en donde vive con su pequeño hijo y una anciana criada. La curiosidad de las gentes de la zona hacia la extraña, aderezada con los rumores y prejuicios propios de la pacata sociedad rural de la época, despiertan también el interés de Graham por la atractiva y misteriosa inquilina, hasta el punto de que, poco a poco, la recién llegada acaba por desplazar sobre sí la titubeante atención inicial del joven hacia su vecina Eliza Millward -poco consistente, en cualquier caso, entre otras razones por la escasa confianza de la señora Markham, madre de Graham, en las virtudes de la muchacha. El acercamiento de Gilbert hacia Helen, percibido por esta como inapropiado, por razones en ese momento inexplicadas, queda interrumpido cuando la viuda, deseosa de dar razón de su comportamiento, entrega al joven su diario personal, en que revela su propia historia y el enigma que se encierra tras su reserva, su circunspección y su aislamiento. Lo tengo ahora ante mí, escribe Gilbert a su amigo, y aunque no podrías leerlo con la mitad del interés con que yo lo hice, sé que no te contentarías con un resumen de su contenido; así que lo tendrás todo, salvo, quizá, algunos pasajes aquí y allá que sólo tenían un interés pasajero para quien lo escribió, o aquellos que sólo servirían para embrollar la historia más que para aclararla. Comienza de un modo un poco brusco, así… pero dejaremos su comienzo para otro capítulo

Estamos en el capítulo décimo quinto y desde él hasta el cuadragésimo cuarto (de un total de cincuenta y tres) las palabras de Helen, recogidas, en su propia voz, en ese diario constituirán el núcleo de la novela. En ellas - ¡y anticipo aquí un revelador espóiler! - Helen relata su matrimonio, ciegamente enamorada, con Arthur Huntingdon; la gradual erosión del hogar por los excesos (el alcohol, el libertinaje, el adulterio y la depravación moral) de su esposo; y la atrevida y valiente y escandalosa para la época decisión de la mujer de abandonarlo para proteger a su hijo y preservar su propia integridad. La relación de episodios, felices inicialmente y, sobre todo, dramáticos, de los seis años y medio del matrimonio (el diario da comienzo el 1 de junio de 1821 y termina el 3 de noviembre de 1827) concluye con la devolución de las riendas de la narración a Gilbert Markham que reanudará la historia para su corresponsal hasta su desenlace que, por razones evidentes, no quiero desvelar. 

El libro, pese a la inusitada descripción de las desgracias y los abusos conyugales y a la insólita presentación del abandono matrimonial por parte de la esposa, tuvo una notable repercusión y un apreciable éxito entre los lectores de su tiempo. No obstante, igualmente por las mismas razones, recibió críticas muy ásperas, en las que se lo denostaba por ser demasiado explícito y moralmente peligroso; por justificar el desafío a la autoridad marital y la violación flagrante de los deberes conyugales; y por presentar, con un realismo “impropio de una dama”, cuestiones de gran crudeza como el alcoholismo, la violencia en el seno del matrimonio, la degradación y los vicios de los hombres (hay críticas que consideran la obra como misándrica). Se le reprochaba también a su autora su predilección morbosa por lo grosero, cuando no por lo brutal. Anne Brontë sale al paso de las críticas en su prefacio a la segunda edición de la novela, fechado el 22 de julio de 1848 e incluido en la edición de Alba. Quejosa por el hecho de que se hubiera criticado en Agnes Grey su excesivo realismo (la historia de Agnes Grey fue acusada de cargar las tintas en aquellos pasajes que eran precisamente una copia exacta de la realidad, en los que se evitó escrupulosamente toda exageración), reacciona ahora ante las recriminaciones que le echaban en cara su exagerada distorsión de esa realidad. Con su ya mencionada y recurrente inspiración religiosa defiende con convicción el propósito y el planteamiento de La inquilina de Wildfell Hall: cuando sienta que es mi deber decir una verdad desagradable, con la ayuda de Dios, la diré, aunque sea perjudicial para mi nombre y vaya en detrimento del placer inmediato del lector y del mío propio. A continuación, aporta una puntualización conciliadora en la que deja clara, sin embargo, su consabida voluntad moralizante: No se debe suponer, a la vista de las actuaciones del desgraciado calavera y el pequeño grupo de libertinos que aquí se presentan, que son un ejemplo de las prácticas comunes de una sociedad: se trata de un caso extremo, como espero que a nadie se le escapará; pero sé que semejantes personajes existen, y si he prevenido a un solo joven temerario sobre las consecuencias de seguir su camino, o he impedido que una sola muchacha caiga en el mismo error natural de mi heroína, el libro no habrá sido escrito en vano. La convincente defensa de su novela la lleva también a escribir, en el prefacio citado, una aclaración sobre la identidad del Acton Bell que figuraba como autor de la novela, en unos párrafos que incluyen esta valiosa reivindicación de las obras literarias sea cual sea el sexo de quien las escriba. Los transcribo íntegros por su relevancia y significatividad: 

Respecto a la identidad de quien ha escrito el libro, me gustaría dejar meridianamente claro que Acton Bell no es Currer ni Ellis Bell y, por tanto, no deben atribuirse a ellos sus errores. En cuanto a si su nombre es real o ficticio, poco puede importarles a quienes sólo conocen de tal persona sus obras. Como bien poco, creo yo, puede importar que semejante nombre esconda la personalidad de un hombre o una mujer, tal como uno o dos de mis críticos afirman haber descubierto. Tomo la imputación por su lado bueno, como un cumplido a la descripción justa de mis personajes femeninos; y aunque no tengo más remedio que atribuir buena parte de la severidad de mis censores a esta sospecha, no me molestaré en refutarla, porque, en mi opinión, si un libro es bueno, lo es independientemente del sexo de quien lo ha escrito. Todas las novelas se escriben, o deben ser escritas, para que las lean hombres y mujeres, y no puedo concebir que un hombre se permita escribir algo que sea realmente vergonzoso para una mujer, o que una mujer sea censurada por escribir algo que sea conveniente y adecuado para un hombre. 

Estas palabras preliminares de Anne Brontë me permiten enlazar con mis comentarios sobre algunos temas fundamentales de su novela, singularmente el ya resaltado carácter autobiográfico de sus ficciones y, sobre todo, el anticipador y muy adelantado a su tiempo tratamiento de la cuestión femenina. En relación con el primero de los asuntos, ya he hablado aquí, en las entregas anteriores de esta extensa e intensa serie sobre el universo “brontiano”, de los fuertes lazos entre la vida y la obra de las tres hermanas, a partir del magnífico libro de Deborah Lutz que os presenté hace quince días. Esa imbricación entre la realidad personal y la ficción novelesca no puede defenderse de un modo rígido y acrítico, entendida como una mera trasposición literal de las particularidades biográficas a las tramas literarias, sino como una inspiración y una atmósfera que se revelan en infinidad de detalles -sustanciales unos y meramente circunstanciales otros- que pueblan las peripecias de sus protagonistas. Así, en La inquilina de Wildfell Hall, el referente más conspicuo de estas conexiones lo encontramos en la figura de Huntingdon, cuya tendencia a la bebida, la disipación y la infidelidad es, quizá, fiel reflejo de Branwell, el hermano de Anne, que tras el rechazo de la señora Robinson, madre de los niños de los que era tutor y de la que se había enamorado, se entregó al alcohol y a las drogas, con el consiguiente deterioro físico y psíquico y su previsible y dramático final. En las cartas de Charlotte a su amiga Ellen Nussey se manifiesta el resentimiento de las jóvenes hacia él por su falta de control y por el coste económico y emocional que su comportamiento conllevaba para la familia. Heathcliff y Rochester, los personajes masculinos de Cumbres borrascosas y Jane Eyre, presentan un modelo de hombre, apasionado y enigmático, torturado, intenso y violento, decidido, de férrea determinación, simultáneamente luminoso y oscuro, el romántico héroe “byroniano”, en definitiva, totalmente alejado de la debilidad patética de su hermano, aunque sí coinciden en el modo en que encarnan la desesperación y el fracaso amorosos. Desde otra perspectiva, en La inquilina de Wildfell Hall, Anne, quizá proyectando el rechazo moral que también a ella le suscitaba la conducta de Branwell, desprovee a su personaje del menor rastro de carisma y atractivo, de misterio y profundidad, presentándolo como el frívolo y desconsiderado, el marido borracho y maltratador, frívolo aunque con encanto, espiritualmente vacío, incapaz de concebir la responsabilidad afectiva y, sobre todo, cruel responsable del sometimiento de su mujer, encerrada en la cárcel de una relación violenta. 

Por lo demás, la obra está plagada de pequeñas muestras de los objetos, los hábitos y los signos de la cotidianidad de las escritoras que tan bien se examinaban en El gabinete de las hermanas Brontë: la presencia de los libros, indispensables en Haworth y que afloran también en los escenarios de la historia (una vieja librería a uno de los lados de la chimenea, ocupada por una mezcla heterogénea de libros, en la deteriorada mansión de la señora Graham; o el refugio en ellos de Helen en las crisis matrimoniales; los libros como emblema de la elevación de espíritu y de la vida guiada por altos principios morales); la entrega de las mujeres a las labores de costura, cargada también en las ficciones de un alto valor simbólico: en La inquilina de Wildfell Hall, las hermanas Mary y Eliza Millward se ocupan de esas tareas de un modo significativamente distinto: Mary, que se nos presenta nimbada de un halo de simpatía, remienda medias o cose el dobladillo de una sábana, ocupaciones “útiles”; su hermana, en cambio, más “ligera” y muy mentirosa, se afana en el bordado o en reborde de encaje de un pañuelo, actividades más frívolas. Y está el valor que las hermanas dan al amor a los animales, ejemplificado en la brutalidad de Huntingdon hacia Dash, su cocker (su dueño agarró un pesado libro y se lo arrojó a la cabeza. El pobre perro soltó un aullido lastimero y corrió hacia la puerta), y en el trato afable y bondadoso de Markham con Sancho, su apacible perdiguero, en un nuevo ejemplo del carácter metafórico con el que Anne -y en general sus hermanas- “transforma” los elementos de su entorno real. Y es relevante también la presencia de la pintura, aquí presente en la ocupación artística de Helen y muy común en la dedicación y un cierto talento para el dibujo de las Brontë. Otro tanto ocurre con el recurso argumental del escritorio cerrado con llave, un espacio personal que preserva los secretos, trascendental en la vida de las muchachas (no se olvide cómo Charlotte accederá al escritorio de sus hermanas, cotilleando sus poemas, en un “fisgoneo” culpable pero al que debemos el que, en último término, sus obras se hayan llegado a publicar). En La inquilina de Wildfell Hall, el violento marido se entera de los planes de fuga de su desesperada esposa leyendo su diario, en una violación flagrante de su privacidad, agravada por el hecho de que le arrebata las llaves de su escritorio, un mueble, esencial para Helen, al que recurre en diversas ocasiones del libro, como cuando, al no poder dormir, relata: Me acerqué al escritorio y me senté en bata a referir los acontecimientos de la noche pasada

El elemento más singular, también el más destacado, y probablemente el más actual de la novela tiene que ver con el tratamiento de la condición femenina, la crítica a “lo masculino” y, con todas las cautelas en el uso del término, el feminismo anticipador. En ella Anne muestra, con todos los matices que impone la época, un discurso que alguna crítica ha calificado de “subversivo”. El poso de las historias fantasiosas que las hermanas escribían en su infancia y que afloraba de manera evidente en los argumentos de Cumbres borrascosas y Jane Eyre, aquí es prácticamente imperceptible, en un enfoque más realista (ya no hay la ornamentación gótica y el exceso romántico de aquellas), que puede leerse como una descripción casi documental de la violencia conyugal, una crítica en contra de las leyes que sometían a las mujeres, sobre todo en el seno del matrimonio, y una reivindicación de la libertad personal, laboral, social, económica y sentimental de sus contemporáneas. He leído algún artículo que alude al “realismo ético” victoriano para definir la obra, a la que considera una pieza clave para entender la emergencia de una conciencia feminista en la narrativa inglesa. 

Los temas principales que atraviesan la novela entrelazan, sin estridencias ni subrayados explícitos, la historia personal y su dimensión colectiva, lo privado y lo público. Por entre la narración, en particular a lo largo del relato de Helen Graham en su diario, el lector “es llevado” a reflexionar sobre el matrimonio y el poder en aquella sociedad, sobre el alcoholismo y la entrega a los placeres físicos como metáfora de la corrupción moral, sobre la maternidad y la injusta regulación de los derechos parentales, sobre la (inexistente) autonomía económica femenina, sobre la ciega imposición de la ley y la hipocresía social. Anne Brontë no solo denuncia la violencia doméstica, sino que, en un salto no tan común en su tiempo, problematiza la institución legal del matrimonio que protege los vicios masculinos con el manto de la propiedad conyugal. El abandono del hogar de su protagonista ante la degradación del matrimonio, es un acto revolucionario -uno de los momentos más audaces de la narrativa del siglo XIX en Inglaterra, ha escrito la crítica- con el que rechaza de modo frontal la sumisión que la sociedad victoriana esperaba de una esposa; una liberadora manifestación de independencia, pues refleja su deseo de preservar su integridad espiritual y moral, sin sujeciones ni ataduras; y una expresión de responsabilidad ética, pues está movido por el deber de proteger a su hijo. A la vez, ofrece un ejemplo vivo de la capacidad de una mujer para, con su trabajo (pintar cuadros y venderlos), lograr una autonomía económica que subvierte la consabida expectativa del sometimiento femenino. Por otro lado, la novela plantea la maternidad como un ejercicio ético activo, pues Helen no sólo preserva a su hijo de la devastadora influencia paterna, sino que lucha por educarlo convenientemente y transmitirle valores. En términos temáticos, pues, La inquilina de Wildefell Hall desmonta tres pilares de la cultura victoriana: el matrimonio como contrato sagrado (que la valiente huida de Helen resquebraja), la autoridad masculina como modelo moral (destrozada por el lúcido y atrevido retrato que la protagonista hace de su marido), y la domesticidad femenina como destino natural (puesta en solfa por la independencia económica a la que la mujer accede mediante la pintura). 

Unas palabras finales ya, para apuntar lo interesante de la apuesta estilística y la singular estructura de la novela, originalidad que, al decir de alguno de los estudios que he consultado, corre en paralelo a su atrevimiento temático (un ejemplo de cómo la forma -la decisión sobre quién habla y cómo se registra la verdad- puede ser una estrategia ética). En este sentido, la particular organización del relato al modo de las “cajas chinas” (una novela que escribe Acton Bell, que no es sino Anne Brontë, que pronto da paso a una carta de Gilbert Markham, que, a su vez, se aparta para que “hable” el diario de Helen Graham; y todo ello en una narración retrospectiva), la alternancia de voces (Gilbert, Helen y de nuevo Gilbert), la incorporación de dicho diario para ofrecer la visión femenina de la historia, son operaciones literarias anticipatorias del uso de recursos narrativos comúnmente aceptados en nuestra contemporánea modernidad. En concreto, la multiplicación de las voces muestra que la verdad no es un dato unívoco sino resultado de una confrontación entre percepciones, de modo que el lector debe recomponer la historia partiendo de ángulos distintos, de subjetividades que se cruzan, de divergencias entre percepción y realidad, en un ejercicio de polifonía narrativa no muy común dentro del contexto victoriano. Por otro lado, la elección del diario como eje central no es un simple artificio, convencional en tantas novelas epistolares, sino que, a mi juicio, es un recurso deliberado pensado para legitimar la subjetividad femenina en un marco en el que la mujer tenía pocas vías de autorrepresentación (como revela, por otro lado, el hecho, ya referido, de que las tres hermanas se vieran obligadas a “ocultarse” tras un seudónimo masculino). Helen escribe su diario para explicar sus actos transgresores para la moralidad y la legalidad de su tiempo, y para, por tanto, justificarse y exculparse frente a una sociedad que, en términos legales, la considera culpable y las castiga por abandonar a su marido. 

En fin, termino aquí mi desbordante inmersión en el mundo de las hermanas Brontë. Espero que la multiplicidad de referencias que os he ofrecido durante estas tres semanas, y, sobre todo, el núcleo central sobre el que todas ellas giran, las novelas Cumbres Borrascosas, Jane Eyre, Agnes Grey y La inquilina de Wildfell Hall, os hayan interesado y despertado el “apetito” por adentraros en su mundo. Dentro de siete días volveremos con un nuevo y último “coletazo” de mi homenaje a Carmen Martín Gaite, con mis comentarios sobre una autora cuya obra, al igual que las Emily y Charlotte Brontë, también fue traducida por la salmantina. 

Ahora os dejo con un muy significativo fragmento de Agnes GRey y con la acostumbrada canción como acompañamiento. Hay un tema, Country Lassie, citado en la novela y basado en un precioso poema de Robert Burns, del que no he encontrado su versión musical. En su lugar os dejo una bella pieza de autor e intérprete innominados (o cuya autoría, en mi torpeza, no he logrado averiguar), en la que se canta un poema de Anne Brontë, The soul is awakening (os dejo el poema en su traducción algorítmica) 

Mi alma despierta 

Mi alma despierta, mi espíritu se eleva, 
llevado en las alas de la brisa; 
porque, sobre mí y a mi alrededor, el viento salvaje ruge, 
despertando para arrebatar la tierra y los mares. 

La hierba larga y marchita brilla al sol, 
los árboles desnudos agitan sus ramas en lo alto; 
las hojas muertas bajo ellos danzan alegremente, 
las nubes blancas se deslizan por el cielo azul. 

Ojalá pudiera ver cómo azota el océano, 
la espuma de sus olas en remolinos de rocío, 
ojalá pudiera ver cómo se estrellan sus orgullosas olas, 
y oír el rugido salvaje de su trueno hoy.

...

Es absurdo desear ser bella. Las personas inteligentes nunca lo desean para sí mismas, ni se preocupan de la de los demás. Una mente bien cultivada y un corazón bien dispuesto nunca se interesan por el aspecto externo. 

Eso nos decían nuestros maestros de la infancia y eso mismo repetimos nosotros hoy a otros niños. Todo muy juicioso y muy acertado, sin duda, pero ¿acaso estas palabras se apoyan en la experiencia? 

Instintivamente nos sentimos inclinados a amar lo que nos proporciona placer, y ¿qué mayor placer que el de una cara bonita, al menos cuando no sabemos nada del daño que quien la posee puede hacernos? 

Una niña ama a su pajarito... ¿Por qué? Porque vive y siente; porque no puede defenderse, ni puede causar daño. Sin embargo, un sapo vive y siente, tampoco puede defenderse, ni causar daño; y aunque la niña nunca haría daño al sapo, no puede amarle como ama a su pajarito... tan bonito, de plumas tan suaves y ojos brillantes y habladores. 

Si una mujer es bella y amable, es elogiada por ambas cualidades, pero especialmente por la primera; si, por el contrario, es desagradable de rostro y de carácter, su fealdad se considerará como un crimen, porque para el observador común ésta es una grave ofensa; mientras que si es de aspecto vulgar y de buen corazón, siempre y cuando lleve una vida retirada, nadie, salvo los que la tratan íntimamente, parece advertir su bondad. Otros, en cambio, se inclinarán a formarse una opinión desfavorable sobre su inteligencia y su carácter, aunque solo sea para excusarse a sí mismos por la instintiva repulsión que sienten ante una persona tan poco favorecida por la naturaleza; mientras que sucede lo contrario cuando el exterior angelical oculta un corazón perverso o proyecta una suerte de hechizo engañoso sobre defectos y flaquezas que en otra no se tolerarían. 

Las que poseen belleza, que se sientan agradecidas y hagan un buen uso de ella, como de cualquier otra cualidad; las que no la posean, que se consuelen y hagan lo que puedan sin ella... La belleza, aunque susceptible de ser sobrevalorada, es un don de Dios y no debe despreciarse. 

Esto será fácil de comprender para aquellos que han sentido que podían amar, o para aquellos cuyo corazón les dice que son dignos de ser amados, cuando la falta de esta o de cualquier otra aparente insignificancia les impide dar y recibir esa felicidad que parecen destinados a sentir y a ofrecer. 

De la misma forma, mal haría la humilde luciérnaga en despreciar ese poder de dar luz, sin el cual la mosca pasaría una y mil veces por su lado sin detenerse nunca junto a ella. La luciérnaga oiría en torno a ella el zumbido de las alas de la mosca y la buscaría en vano, como en vano intentaría dar a conocer su presencia, sin voz para llamarla, sin alas para perseguirla...; la mosca buscaría otra compañero, y la luciérnaga viviría y moriría en soledad.

Videoconferencia
Anne Brontë. Agnes Grey
 

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