CARYS DAVIES. DESPEJADO; OESTE
Bienvenidos a Todos los libros un libro. Esta tarde quiero recomendaros dos libros espléndidos, los dos únicos traducidos en nuestro país de la escritora galesa Carys Davies, que cuenta en su haber con solo tres novelas así como un par de colecciones de cuentos publicadas antes de su deslumbrante y muy premiado debut novelístico con Oeste, una obra de la que yo os hablé aquí hace casi siete años, en mayo de 2019, y cuya reseña recuperaré esta tarde para una emisión que, a diferencia de la de entonces, aparecerá ahora, aparte de en su versión radiada, en el formato de videoconferencia a través de YouTube. Además, quiero proponeros la lectura de la tercera de sus novelas (la segunda, The Mission House, de 2020, en su momento libro del año para The Sunday Times, no ha sido traducida aún a nuestro idioma, aunque esperemos que lo haga pronto, pues se trata de una autora formidable). Despejado, pues ese es su título, vio la luz en 2025 en la editorial Libros del Asteroide en traducción de Gabriel Insausti.
Oeste se publicó a mediados de 2018 en nuestro país presentado por la editorial Destino traducido por Lorenzo Luengo. Premiada escritora de cuentos y de ensayos, Carys Davies sorprendió entonces al mundo literario con una exquisita obra de orfebrería, una maravilla luminosa e intensa, emotiva y bellísima, concentrada en menos de doscientas páginas que se leen en un arrebato de exaltación, extasiado el lector, absorbido, hipnotizado, por la fuerza, la ternura, la tristeza, la energía, el sufrimiento, la voluntad, el sentimiento, la melancolía, en definitiva, la profunda humanidad que rezuma la historia que se nos narra.
El libro nos traslada a América, a los Estados Unidos más concretamente, una nación cuyo origen y cuya historia están marcados por una gran aventura, la de la conquista del Oeste, que centra -bien que de un modo no demasiado convencional- lo esencial de la novela. Las legendarias caravanas hacia el interior del continente y, más allá aún, hacia las costas del Pacífico, la valiente exploración de territorios desconocidos, la arriesgada “dominación” de las nuevas tierras, la desigual lucha contra la naturaleza y las dificultades e inclemencias climatológicas, el brutal enfrentamiento con los sorprendidos indígenas -y su exterminio-, la atracción de lo desconocido, la decidida e irrefrenable voluntad de encontrar un asentamiento, un espacio vital propio en esos vastos espacios casi infinitos por parte de miles de familias de pioneros, el posterior sueño de California y la fiebre del oro, están en la mitología fundadora de los Estados Unidos desde que un puñado de “peregrinos” ingleses que habían partido de Plymouth desembarcaron del Mayflower en lo que hoy es Massachusetts, creando en sus costas la colonia que acabarían por denominar con el mismo nombre que el de su ciudad de origen. A ese “universo” de leyenda -más allá de sus constatables y bien documentadas coordenadas históricas-, tan representado en la literatura y el cine -con el western como expresión paradigmática-, no conduce Oeste.
El relato nos sitúa en Lewiston, en el condado de Mifflin, Pensilvania, poco antes de 1820. John Cyrus Bellman es un hombrón alto, robusto, con pelo y barba rubicundos, de manos y pies enormes, que se gana la vida criando mulas. Con treinta y cinco años cuida de su hija Bess, de solo diez, tras la muerte de Elsie, su esposa, fallecida repentinamente ocho años antes de comenzar la “acción”. Bellman vive una vida modesta y sencilla, entregado a sus rutinas en el campo, ocupado de sus caballos y sus mulos. Es un hombre solitario, de escasas relaciones sociales: su hermana Julie, llegada desde Inglaterra junto con Elsie y John, algún tiempo atrás; su vecino Elmer Jackson; algunos, pocos, lugareños. Provisto de una mínima educación, por encima, sin embargo, de la media en la época -sabía escribir, aunque no siempre era capaz de poner las letras en su sitio. Leía despacio pero bastante bien, y había enseñado a hacer lo propio a Bess-, un día descubre en un periódico local una noticia sorprendente que lo obsesionará: la aparición en Kentucky de unos restos fósiles desconcertantes. Unos huesos monstruosos, dientes del tamaño de calabazas, unos colmillos de longitud interminable, unos omóplatos prodigiosos, unas mandíbulas gigantescas... El animal mitológico (un animal incognitum, como se refiere en el libro) al que apuntan esos misteriosos restos invadirá su imaginación despertando su curiosidad. ¿Existirán todavía esas criaturas fabulosas? ¿Habrá aún, vagando por las praderas y los bosques, en la falda de las colinas o las cimas de las montañas de su inmenso país, algunos ejemplares de tan formidables especímenes? Inquieto, obcecado, sugestionado por tan irracional preocupación, fraguando en su interior una insensata voluntad de indagación y búsqueda, perturbado por la formidable presencia en su mente de esos seres antinaturales, se entrega durante meses a la consulta de mapas -llenos de huecos, espacios vacíos y signos de interrogación, como corresponde a lo muy elemental del conocimiento de la geografía del continente en esos días-, y a la atenta lectura de los diarios de la expedición del viejo presidente (el viaje de los capitanes Lewis y Clark entre 1804 y 1806, más de doce años antes del momento en que se sitúa la novela, encargado por Thomas Jefferson para explorar y cartografiar el territorio de las inabarcables regiones del ilimitado territorio, diez mil kilómetros recorridos en dos años y medio de aventura, atravesando Estados Unidos casi en su integridad, de costa a costa), que no hacen sino acrecentar la obstinada agitación despertada por el inopinado hallazgo de la noticia sobre los enigmáticos animales. Y un buen día, incapaz de sustraerse al compulsivo afán que lo trastorna, decide abandonar su hogar, dejando a su hijita -a la que ama profundamente- al cuidado de la tía Julie, y lanzarse a la quimérica búsqueda de esos seres fascinantes. Haciendo caso omiso de las advertencias de sus allegados, que lo tachan de loco y le auguran un destino funesto (pues no verán tus ojos mayor necio que él. A partir de hoy lo cuento en el número de los dementes y de los perdidos. No esperes volver a verlo, y no levantes la mano para despedirlo, eso sólo servirá para envalentonarlo y hacer que piense que se ha ganado tus buenos deseos. Vamos, niña, entra, cierra la puerta, y olvídalo, le dice su tía a la pobre y apenada Bess), sin arredrarse ante las evidentes dificultades de la expedición -los obstáculos del camino, lo desconocido de la ruta, las penalidades del clima, las amenazas de los indios y de cuantos buscadores acechan en los senderos una oportunidad de lucro criminal-, sin considerar lo objetivamente absurdo e inútil de perseguir una fantasía de consecución imposible, un delirio alucinado sin finalidad razonable alguna, hace acopio de algunos mínimos pertrechos -una brújula, un cuchillo, un hacha, dos pistolas, unos anzuelos, una lima, algunos abalorios y baratijas para comerciar con los indios, un dedal y una camisa de rayas que fueron de su mujer, un tintero que sujeta en la solapa de su abrigo para poder escribir desde su montura, entre otros objetos a cual más precario e insensato- y, austero y pobre, sin dinero ni apenas pertenencias, con su fantasmagórica apariencia -inmenso, hirsuto, con un deslucido abrigo de lana marrón y un estrambótico sombrero de copa negro, una especie de chistera que se compra para la ocasión-, monta en su caballo y parte, decidido y paciente, a la aventura.
La descripción de esta pulsión obsesiva que nace meses antes de su viaje y se mantiene durante todo su trayecto hasta el final (que no desvelaré) constituye uno de los ejes de interés del libro. Lo que había leído en el periódico le había producido un furioso palpitar en el pecho, una especie de picazón en el borde de su ser (…) ahora no había nada que ansiase más que ver con sus propios ojos a aquellas enormes criaturas, reflexiona. Y aún más: Lo único que puedo decirte es que sólo hay una cosa en la vida que quiero hacer ahora mismo y es ir allí, al oeste, y encontrarlos. Cuando, en mitad de su sacrificada aventura, Bellman rememora el desencadenante de su inconcebible inquietud, dará con una de las pistas esenciales de su irracional proceder: Sentía que perdía el equilibrio, de igual manera como le ocurrió cuando, allá en su casa, leyó por primera vez acerca de aquellos enormes huesos: cuando la mera idea de todo cuanto ignoraba le había hecho tambalearse y ser consciente de que ya no podía permanecer en su hogar. Se había visto completamente incapaz de explicárselo a nadie, ni a Julie, ni a Elmer, ni siquiera al nuevo bibliotecario, que le había ayudado a encontrar los mapas y los diarios. Ahora se preguntaba si no sería porque, a través de tan gigantescos animales, posiblemente se le había abierto como una puerta a los misterios del mundo. Y es que los monstruosos fósiles representan -para John y para la autora que los crea- precisamente eso, un atisbo de lo desconocido, de lo insondable, de lo mucho que ignoramos y quizá nos explica, el posible sentido último, pues, de una vida carente de él.
Este sentimiento, el de superar nuestros límites, la necesidad de abandonar la plácida grisura de una existencia limitada y sin alicientes en busca de “algo” que desconocemos, que ni siquiera somos capaces de intuir, permea la obra entera, que se constituye así en una muy convincente descripción de los anhelos y esperanzas, de las ilusiones y los afanes que, superando cualquier análisis racional, mueven nuestras vidas. Más allá de la idea que uno pudiera tener del mundo conocido, siempre había cosas ahí fuera con las que no había soñado, pensará el protagonista. Y también: Ya entonces tenía un poco de esa hormigueante sensación, el vértigo; echar en falta lo que nunca había visto y tampoco conocía.
Pero como un Ícaro del Oeste, abducido por un sueño imposible, empieza a comprender, quizá demasiado tarde, que el sol quema y derrite nuestras fuerzas, y que el fracaso -la caída- es la condición sustancial de nuestra naturaleza. Y así, en Bellman surgirán las dudas, que dotan de dramatismo a su aventura y la hacen hondamente humana: Sentía de nuevo el mareante peso de todo el misterio de la tierra y cuanto había en ella y más allá de ella. Sentía el resurgir de su curiosidad y de su anhelo, y al mismo tiempo sentía un temor cada vez mayor a no encontrar jamás aquello que había ido a buscar, a que los monstruos, después de todo, pudieran no estar allí. Y más adelante: Comenzaba a sentir que podía haber echado a perder su vida en aquel viaje, que tendría que haberse quedado en casa con lo pequeño conocido en lugar de ir por ahí en busca de lo inmenso por conocer.
Este noble -e imposible- intento de trascender nuestra limitada y mísera y triste condición humana es despreciado por el mundo, que condena el atrevimiento de quienes no se pliegan a un conformista y convencional deambular por la vida. Los hombres, dirá una vecina en un reduccionismo simplista y tranquilizador para “explicar” la “anomalía” que Cyrus representa, sienten una especie de insatisfacción infantil hacia todo cuanto tienen, que se manifiesta al acercarse a los cuarenta años. Les hace pensar que merecen mucho más de lo que la vida les ha otorgado. Por mi experiencia diría que muchos de ellos se van con otras mujeres, o se compran un nuevo caballo o un bonito sombrero.
Solo la infantil Bess, la niña inocente y esperanzada, sin filtros “convenientes” en su visión ingenua de la realidad, continuará confiando en su padre, y ello tras años de espera inútil de su retorno; su padre, un héroe casi sobrenatural, acorde a la inmensa dimensión de su grandiosa tarea, su “misión”: En su opinión, parecía grandioso, resuelto, valeroso. En su opinión parecía inteligente y romántico y audaz. Parecía un hombre embarcado en una misión personal que lo hacía diferente del resto del mundo, y Bess decidió que, mientras su ausencia se prolongase, guardaría esa imagen que de él tenía en la mente: allá en lo alto de su caballo, con sus bolsas y sus bultos y sus armas, allá enfundado en su largo abrigo y tocado con su chistera, perdiéndose rumbo hacia el oeste. No tenía la menor duda de que lo vería de nuevo.
Los sueños, la aventura, la pasión por trascender la “necesidad”, lo servil de la condición humana, la fortaleza ante la vida, la intensa presencia de la naturaleza, el sentido de la existencia, el amor, la ausencia, la fraternidad, la muerte, la esperanza, las quimeras, la locura, son algunos de los temas, pues, que afloran en esta narración sorprendente y espléndida.
Excepcional es también la recreación de la vida en la naturaleza, del entorno salvaje del Oeste americano en el siglo XIX. Cyrus sigue el curso del Misisipi desde Sant Louis (como hiciera la expedición de Lewis y Clark), alejándose de él, no obstante, y desviándose hacia el interior en su infructuosa búsqueda del monstruo. Viviremos con él el paso de las estaciones, la esperanzada primavera, el acogedor verano, el difícil otoño, el aterrador invierno. Lo seguiremos por planicies y cañadas, por bosques y desfiladeros, por paisajes nevados y montañas infranqueables, por ríos caudalosos y secarrales inhóspitos. Lo veremos sobrevivir en ese medio hostil, aplicando un denodado esfuerzo para salir adelante en una naturaleza inclemente; lo veremos pescar, cazar, recoger fruta, dormir al raso, hacer fuego para, inútilmente, calentarse en infinidad de gélidas noches. Lo acompañaremos también en sus encuentros con las diversas gentes “del camino”, compañías más o menos fugaces en su peregrinaje: un soldado, un fraile español, un administrador de fincas holandés, el práctico de una chalana, Devereux, el vendedor de pieles. A los que van en dirección opuesta les entregará las cartas que, incesantemente, escribe a su hija (unas treinta en los primeros mil ochocientos kilómetros de su viaje). De todos estos personajes episódicos hay uno, entrañable, que lo acompañará en gran parte de su itinerario: Anciana de allá lejos, un joven indio de la etnia shawnee, de solo diecisiete años, que con sus hombros estrechos, sus piernas estevadas, su físico poco agraciado, su enigmático silencio (ninguno de los dos habla la lengua del otro, en una clave del libro), representa a la vez la resignación y la rebeldía de su pueblo estafado y “comprado” con baratijas, expulsado de sus tierras, perdidas sus raíces, su cultura, sus valores, su modo de estar en el mundo, pues todo lo habían entregado a cambio de nada.
Esta dimensión épica de la novela junto a la recreación del paisaje y de las gentes de la América de aquel tiempo, aspectos que remiten al western, a la gran epopeya americana, también a la Odisea, el héroe que “debe” abandonar un hogar en el que se le espera -la pequeña Bess oficiando de joven Penélope-, aporta un extraordinario valor al libro y se convierte en otro de sus alicientes.
Por último, quiero subrayar también la estructura y el estilo con los que Carys Davies presenta la extraordinaria aventura del malhadado Bellman. El relato, centrado en lo sustancial en la peripecia del protagonista, se ofrece sin embargo en una suerte de “montaje” en paralelo, con capítulos -casi todos muy cortos- que alternan distintas perspectivas: la de Elmer Jackson, que aprovecha la ausencia del vecino para urdir sus siniestros propósitos con respecto a Bess; la de Anciana de allá lejos, que asiste impertérrito a las desmesuradas y para él inexplicables andanzas del extraño hombre “rojo”; la de la viuda del herrero, que en el pueblo recuerda a Bellman con añoranza; la del bibliotecario libidinoso, acechando también el crecimiento de la joven y guapa Bess; la de la tía Julia y sus marchitas esperanzas; la de Devereux y su contradictoria mezcla de honradez e interesada astucia; y, sobre todo, los pensamientos, los presagios, la ilusión y la confianza, los deseos, la añoranza y los temores de la tierna Bess.
Y todo ello contado con un tono de fábula, lleno de ritmo, con una prosa sencilla y que transmite una sensación de falsa ligereza, porque el planteamiento final es muy serio, denso, profundo, rebosante de emoción, sensibilidad y tristeza. Recuerda, dirá el chico indio en una suerte de corolario implícito de la novela, no existen los dioses. Sólo nos tenemos a nosotros mismos y nada más. Así, con esa melancolía, nos despediremos de unos personajes cercanos, entrañables, cuya presencia optimista y a la vez desesperanzada pero siempre cálida y casi íntima, nos ha proporcionado unas horas espléndidas.
Hay en Despejado mucho del universo de Carys Davies ya mostrado en Oeste, hasta el punto de que podemos hablar de una suerte de profunda continuidad tanto en temas (la desposesión, el lenguaje como lazo y como barrera, la precariedad de los vínculos humanos, el aislamiento y la soledad); la estructura narrativa (el viaje como centro, el montaje en paralelo, la pluralidad de voces); la precisión léxica, la pulcritud y el despojamiento de la prosa; el tratamiento del paisaje, que en ambos casos comparece con una cualidad protagonista; la representación histórica a través de sendos contextos históricos reales (aunque situados en los márgenes de los “grandes personajes” o los “acontecimientos memorables”), entre otros que iré analizando en el curso de mi reseña, tras daros cuenta antes, muy brevemente, de lo esencial de su argumento.
La novela, altamente recomendable, bellísima, emotiva, inolvidable, da comienzo cuando uno de sus protagonistas, John Ferguson, que ha abandonado el Lily Rose, el barco desde el que había zarpado de Aberdeen, en el noreste de Escocia, a bordo de una barca precaria que acaba de zozobrar, recala sobre una estrecha franja de playa arenosa bajo la ominosa sombra de unos colosales y amenazadores acantilados en una pequeña isla del archipiélago de las Shetland, perdida ya muy al norte, relativamente cerca de Noruega. Empapado y aterido, con, por toda pertenencia, un morral y una caja con algunas escasas provisiones, ciertos documentos y algunos útiles, se encuentra por fin a salvo. Estamos en 1843, John es un clérigo que ha dejado su puesto en la parroquia de un pueblo escocés, tras la Gran Ruptura en la Iglesia de Escocia, una fractura que se produjo en ese año, cuando un número significativo de ministros se rebelaron contra un injusto sistema de patronazgo por el que los terratenientes de Escocia podían designar a los eclesiásticos que se harían cargo de sus parroquias. Estos ministros rebeldes se escindieron de la institución principal para formar la nueva Iglesia Libre, renunciando a sus emolumentos y a sus viviendas para empezar un nuevo y esperanzado aunque difuso proyecto pastoral. Empobrecido, pues, sin ocupación ni fuente de ingresos, casado desde hace cuatro años con Mary, se ve en la necesidad de conseguir un trabajo para hacer frente a los gastos cotidianos y, sobre todo, para subvenir a la compleja financiación de la nueva Iglesia, de muy difícil consolidación. Así, por la mediación de un familiar de su esposa, John aceptará una oferta laboral, muy bien retribuida, que le exigirá desplazarse por un mes a una isla remota, propiedad de los Lowrie, terratenientes locales, para, una vez allí, llevar a cabo una tarea ingrata pero, a priori, sencilla. Su misión consistía en ponerse en contacto con el único habitante de aquellos desolados parajes y realizar un informe sobre la situación de ese apartado rincón de las posesiones de Lowrie que sirviera de base para cambiar el destino de la poco productiva explotación -algunas gallinas y un pequeño rebaño de escuálidas ovejas autóctonas, una vaca ciega que no valía para nada aparte de para que le dieran de comer a la boca grandes cantidades de la mejor hierba de la isla, y una yegua con mal carácter- y dar paso a las ovejas, de mayor y más segura “productividad” (La tierra no estaba produciendo ningún dinero; las rentas no se correspondían en modo alguno con los gastos, y al final (…) se había convencido con el ejemplo de otros terratenientes que simplemente se habían decidido a sustituir a las personas por las ovejas y, al hacerlo, aprovechaban mejor lo que ya poseían). La operación llevaba consigo, por tanto, el desalojo del solitario responsable de la “gestión” de la isla, un engorroso obstáculo para el éxito del proyecto (No podemos permitir que nuestras tierras estén ocupadas por habitantes que reciben (…) pero no pueden permitirse dar; ni ahora ni en el futuro. Si un día se vendiese la isla, o se transfiriese el arrendamiento, deberá venderse, o transferirse, despejada) y principal dificultad del encargo de Ferguson.
Recién llegado a la isla y en un incidente que conocemos cuando apenas han pasado diez páginas del libro, el hombre caerá por un acantilado y será encontrado, semihundido en el mar, inconsciente, con múltiples heridas y al borde la muerte por Ivar, ese último ocupante del despoblado lugar. Desconocedor del funesto destino que para él supone la presencia del desconocido, Ivar lo rescatará de las aguas, lo acogerá en su muy elemental vivienda, lo curará y, en silencio, primero por la postración de John y más adelante, una vez relativamente recuperado el recién llegado, por la incapacidad de ambos para comunicarse en una lengua común (el aislamiento del lugar convierte a su morador en el único hablante del casi extinto dialecto local), iniciar junto a él una convivencia inicialmente desconfiada y luego amistosa. Entre las detalladas descripciones del paisaje, extremo, pintoresco y de presencia rotunda; los minuciosos apuntes de la cotidianidad de los dos compañeros de fatigas, sus tareas, sus ocupaciones, las modestas prácticas de subsistencia, la procura de alguna pieza de caza y pesca, la preparación de las comidas, la atención a los escasos animales domésticos, sus descansos, su ocio; y las profundizaciones en sus pensamientos más íntimos, los recuerdos, las añoranzas, los temores, las expectativas, Despejado gira sobre el que, a mi juicio, es su eje principal: los intentos, pormenorizadamente ejemplificados con un desbordante inventario léxico que cruza la narración convertido en un personaje más (John registra y colecciona las palabras de Ivar, y la autora incluye un glosario final de las más relevantes), de encontrar un puente común entre dos lenguas ajenas, reflejando la muy humana necesidad de compartir, el afán de comunicación, la voluntad de pertenencia, el deseo de huir de la soledad.
Esta extraña relación entre dos hombres que no pueden comprenderse verbalmente acaba por constituirse en el núcleo sustancial de una novela que en su mayor parte se muestra al lector bajo una estructura dramatúrgica (en una impresión muy subjetiva uno no deja de pensar, mientras lee, en las posibilidades, de compleja pero sugestiva puesta en práctica, de traslación del texto a los escenarios bajo la forma de obra teatral). Y es que Davies no recurre a la narración sustentada en una voz que, al modo del narrador omnisciente decimonónico, conoce todos los extremos de la historia, el acontecer de acciones y las interioridades de los personajes, a los que juzga, explicando el mundo desde una posición superior. Nada de ello hay en la novela, que nunca deja comentarios morales explícitos o interpretaciones cerradas. Por el contrario, en Despejado, y en consonancia con el propósito que podríamos llamar moral de la obra y que luego analizaré, se juega con una “arquitectura narrativa” a la vez sofisticada y sobria, que combina diversas perspectivas en la voz que relata. La novela está narrada en tercera persona, pero no de manera uniforme o neutra, sino focalizada, pues la “historia” avanza presentada principalmente con la sucesión del punto de vista de Ivar, ese último y muy solitario habitante de la isla, y el de Ferguson, el clérigo enviado para convencerlo de que debe abandonar su entorno, en capítulos que se van alternando; aunque, en ocasiones, este juego equidistante se rompe para dar paso al enfoque de Mary, también destacado pero que no voy a comentar para no arruinar ciertos acontecimientos que atañen al argumento de la novela. Estas voces suenan a través del estilo indirecto libre, pues se adhieren estrechamente a la conciencia de cada personaje en cada uno de los tramos que los tienen como centro. Unas voces que conocen y reflejan los pensamientos, asociaciones, recuerdos, juicios y percepciones del personaje que en cada momento ocupa el eje del relato. La voz del narrador “objetivo” se funde con la conciencia y la subjetividad de cada protagonista, reproduciendo la forma en que cada uno de ellos percibe el mundo, con su vocabulario, sus silencios, sus limitaciones, sus dudas, sus anhelos.
La elección de este enfoque narrativo, en el fondo plural, en el que nadie tiene una visión completa, nadie posee la verdad absoluta, y todo conocimiento del otro es parcial, tentativo y frágil, un hecho que se ve acrecentado por la referida incapacidad de conocer la lengua del otro, es esencial para “acompañar” el propósito de la obra, centrada -en la presentación de los personajes, en su desarrollo argumental, en su correlato histórico y en su propuesta ética- en la idea de desalojo, de desposesión, de incomunicación, de lenguaje y silencio. Y todo ello está ya en el título, el muy polisémico y ambiguo semánticamente “clear” del original inglés, a cuyas múltiples interpretaciones me ha abierto un muy sugestivo artículo sobre el libro, escrito por Stuart Kelly y que he podido leer en The Scotsman.
La novela se sitúa en lo que se conoce en la historia escocesa como las Highland Clearances, los Desalojos, que, como recoge la propia Davies en una oportuna y esclarecedora Nota final del libro, dieron comienzo en las Tierras Bajas de Escocia a mediados del siglo XVIII y continuaron en las Tierras Altas y en las Islas hasta la segunda mitad del siglo XIX (etapa que refleja la novela). El fenómeno, que produjo grandes convulsiones sociales en Escocia, supuso que comunidades enteras de la población rural más pobre fueran arrancadas a la fuerza de sus hogares por los terratenientes, mediante un programa implacable de desahucios coercitivos y sistemáticos, para dar paso a las cosechas, a las vacas y —cada vez más, según avanzaba el tiempo— a las ovejas. Es en el seno de ese programa en donde se inscribe la misión de un Ferguson ingenuo y en parte ignorante, al menos en el inicio la novela, de las consecuencias de su llegada a aquel remoto lugar. Los Desalojos provocaron el abandono de las viviendas, el vaciado de las tierras, la ruina y la decadencia de las familias, el desplazamiento de las gentes a emplazamientos marginales, depauperados y económicamente deficitarios, lo que provocó pobreza generalizada, carencias varias, hambrunas y muertes o, en muchos casos, la emigración masiva a finales del siglo XIX a los Estados Unidos, Australia o Canadá. Miles y miles de personas, entre 1750 y 1860, fueron desalojadas, o empujadas por la hambruna a dejar sus casas.
En este contexto, el clear del título remite a una de las acepciones del verbo inglés to clear, desalojar, expulsar. Estamos, pues, ante un eufemismo que legitima la expulsión sin necesidad de violencia explícita, que encubre la acción de despojar, de vaciar la tierra de personas, por la fuerza, con coerción, bajo un manto de eficiencia, de orden, de “limpieza” (pues clear es también limpio, transparente, claro). Y es que para la bondad natural de Ferguson, para su religiosidad y sus convicciones, su presencia en la isla se le aparece como correcta, noblemente civilizatoria, justificada moralmente, pese a que en el transcurso de su corta estancia y tras el “intenso” contacto con Ivar, en su conciencia se instale, poco a poco, la opacidad, la duda, el conflicto y el sentimiento de culpa.
Y esta idea de la incertidumbre y el cuestionamiento de las propias ideas que gradualmente aflora en John, conecta aún con otra de las acepciones del verbo: to make something clear remite a aclarar, a comprender; lo que, a su vez, nos lleva al ya referido gran núcleo temático del libro, el lenguaje. Antes de su llegada a la isla, John se había embarcado en lo que él llamaba el “Gran Proyecto”: su propia traducción de los Evangelios al escocés, porque quería ofrecer al menos parte de la Biblia en el idioma que en realidad hablaba la mayoría de la gente que acudía a su iglesia; una Biblia que lo acompaña de continuo. En una breve escala en el pueblo de Kirkwall del barco que lo llevaba a su destino, visita al maestro de lugar para hacerse con un puñado de palabras y frases útiles en la casi extinta lengua del lugar hacia el que se dirige, con las que poder resumir el mensaje de desahucio y hacer comprender su situación al entonces aún desconocido solitario habitante del islote. Estos textos, arruinados por el agua del mar tras su peligroso desembarco, ya reflejan, desde el principio del libro y, luego, punteando la narración, la preocupación por la conservación del lenguaje, por la traslación de las palabras, por la preservación de un idioma, por la comprensión de la lengua del “otro”. John empieza a “ver claro” cuando comienza a aprender la lengua de Ivar, cuando se hace consciente de que no todo es traducible, cuando “padece” la inseguridad que siempre conlleva el hallazgo de un vocablo que no sabe a ciencia cierta si significa lo que él cree que significa, cuando, por tanto, relativiza las certezas -religiosas, históricas, éticas- que constituyen su identidad.
El libro es magistral -en una sola de las vertientes por las que merece el calificativo- en la descripción de la progresiva, minuciosa y decidida labor del recién llegado por encontrar un espacio compartido de comunicabilidad. En las frases cortas del poco locuaz Ivar empieza a identificar (con muchas dudas, sin apenas seguridad, meras intuiciones) algunas palabras sencillas (había unas pocas palabras que John Ferguson creyó reconocer —un puñado que sonaban como «pescado», «turba», «oveja», «día», «mira», «mí», «yo»—, pero pronunciadas con un acento que hacía imposible que uno estuviese seguro). La mayor parte, no obstante, le resultan incomprensibles, reduciendo esas “conversaciones” iniciales a un mero señalar con el dedo un paraje, una roca, una planta, un tejido (Las más fáciles eran las que se referían a las aves y los peces y la vegetación, porque Ivar podía señalarlos mientras caminaban), un color (también los colores eran fáciles porque estaban ahí, ante sus ojos, en los animales y las plantas: emskit era «un gris oscuro y azulado»; dombet era «gris oscuro»; broget era «pinto, diverso»), un objeto, a los que va asociando, de manera tentativa, su supuesto nombre. A pesar de que se ve obligado a ir rellenando las lagunas en el todavía inconexo discurso de Ivar según su propia esperanzada y optimista interpretación, su vocabulario va aumentando (le proporcionaba una gran satisfacción ver cómo su glosario crecía día a día), pudiendo reflejar ya, aunque sin demasiadas certezas, movimientos de los animales, variaciones en el clima y el viento, estados del “comportamiento” del agua, acciones de más difícil concreción (una nube podía ser ga o glob, homek o benker, elin o glodrek. El viento podía ser binder o gas, asel o geul, y un sinfín de palabras que no lograba recordar). Así, entusiasmado (Algunas palabras le maravillaban), logra hacerse con el vocablo que describía el estado de un ovillo de lana, por ejemplo, cuando acaba de empezar a formarse, o con el que alude a un pedazo de turba deteriorada por la helada en la parte más externa, que era diferente de la palabra que se utilizaba para designar un pedazo de la parte más interna, que no estuviese dañado por la helada. Muchos otros, en cambio, se le resisten (la niebla podía ser skump o gyolm, o un blura, o ask o dunk, salvo, por supuesto, que se tratase de la bruma, en cuyo caso era syora o mirkabrod o groma, o rag o nombrastom, o dalareek, o himna, o yema, o dom, y cada vez que utilizaba uno de esos términos para describir lo que tenía ante sus ojos (incluso cuando estaba seguro de que se trataba del denso viento negro, cuyo nombre conocía), al parecer era una palabra errónea).
Su tarea de “recoger” el léxico de Ivar (aquellas [palabras] de las que empezaba a sentirse razonablemente seguro empezó a anotarlas a lápiz (tal y como sonaban en su oído) en las páginas lavadas y borrosas por el mar, que antes habían albergado sus Evangelios, el discurso del maestro de escuela y la orden de desalojo de Lowrie) se convierte en el motor simbólico de la novela: la reclamación de un idioma para nombrar un mundo que otros -que él mismo, sin pretenderlo explícitamente- quieren borrar; la “recreación” de un lenguaje compartido como forma de reparación y de resistencia frente al despojo; la palabra común como antídoto de la soledad.
Y es que, a través de ese pormenorizado registro de palabras, en dos columnas paralelas de su cuaderno azul, en una la transcripción fonética de los vocablos de la lengua de Ivar y en otra su supuesta traducción al idioma de John, la distancia primera entre ambos se va acortando hasta desaparecer. Y no solo eso, también su posición moral, sus convicciones, en cierto modo su identidad, se transforman (y también las de Ivar). El “lugareño” vive inicialmente la inesperada aparición del extraño con sensaciones de desconfianza, de recelo, de misterio, de aislamiento, de introspección, de culpa también (entre las pertenencias de Ferguson rescatadas de las aguas, Ivar ha encontrado un retrato de Mary, que esconde y contempla fascinado una y otra vez, ocultando su existencia al hombre que ha acogido en su modesta casa). Del mismo modo, en el John malherido y convaleciente de las primeras páginas hay incomprensión, difuso agradecimiento, extrañeza, suspicacia y también miedo ante las consecuencias que puede traer el que su compañero descubra el verdadero motivo de su arribada a la isla. Pero el nexo, tenue, impreciso, inexacto, todavía confuso que crea el peculiar idioma que van “construyendo”, los aproxima, haciendo crecer en ellos una realidad hecha de experiencias compartidas (Después de dos semanas, su huésped alto y de rostro enjuto siempre tenía preparado un relato sobre lo que había hecho mientras Ivar había estado fuera. Todavía muy cargado de inglés, lo que recitaba era una mezcla excitada de palabras y gestos, con la que John Ferguson le contaba que había ido hasta el o a lavar sus calcetines, o que se había quedado en el interior de la casucha porque afuera estaba gruggy, o que había llenado la lámpara con el aceite del bunki y había limpiado el greut; que había flinter toda la mañana, barrido los flogs de snyag y metido el skerpin, o que había recogido algunas snori que había visto que crecían en una for, que había escaldado las flodreks y las había escurrido y conservado el flingaso para hacer jabón, y que llevaba ya un rato sentado a la tur, repasando lo que de momento llevaba escrito en las páginas de su glosario), de aproximación y cercanía, de conexión, de vínculo emocional, de comprensión del otro y de su particular realidad, de, en definitiva, vida plena e intensa entre ambos (Todo había adquirido bastante vida desde que habían empezado a añadir verbos y adverbios a los sustantivos en el improvisado diccionario azul). También, quizá, de amor: Era como si nunca hasta ahora hubiese entendido su soledad del todo; como si, con la llegada de John Ferguson, se hubiese convertido en algo que no había sido nunca, o que no había sido en mucho tiempo: en parte hermano y en parte hermana, en parte hijo y en parte hija, en parte madre y en parte padre, en parte marido y en parte esposa.
Este frente de la novela que, en sí mismo y en sus muy perceptibles connotaciones sentimentales, espirituales y morales, de alta intensidad emocional, la hace inolvidable, tiene también un referente histórico, comprobado, que Davies documenta en la ya mencionada nota final. Se refiere en ella al ya desaparecido nórnico, el idioma que se hablaba en las islas Orcadas y en las Shetland, declinante ya desde que, en la segunda mitad del siglo XV, el territorio pasó del dominio danés al escocés. Al parecer, el último hablante nativo conocido fue Walter Sutherland, quien murió en 1850 en Unst, la más septentrional de las islas Shetland, aunque es posible que subsistiese un tiempo más en la isla más remota, Foula. La isla que constituye el escenario principal de Despejado no existe, es invención de la autora, que la ha situado entre las Shetland y Noruega, preservando así su carácter simbólico como una suerte de “fin del mundo”. El dialecto que habla Ivar y aprende Ferguson, cercano a esos orígenes nórnicos, cumple también con ese papel metafórico de lengua en trance de desaparición, con un solo y probablemente último hablante, representación de un universo que se extingue, que se borra, que se “despeja”.
Más allá de esta línea central que atraviesa el libro -el léxico convertido en personaje, las palabras y su fascinación, el lenguaje como identidad, pertenencia y reivindicación- hay otros temas también interesantes que quiero mencionar. La relevancia del contexto histórico, ya comentada. El impacto de los cambios sociales y económicos en la realidad individual de las personas. La soledad, el aislamiento, la búsqueda de compañía, la convivencia, el reconocimiento mutuo, el cuidado y la atención al otro, la pertenencia y la necesidad de conexión. El encuentro y la creación de vínculos entre diferentes, a pesar de las barreras culturales e idiomáticas. La resistencia y la capacidad de adaptación frente a las duras y constantes inclemencias de la vida. La transformación personal y el cuestionamiento de las propias creencias. El amor como entendimiento y comprensión, en una vertiente del libro, la que afecta al personaje de Mary -aunque no únicamente- que de manera voluntaria he querido omitir para no destripar aspectos relevantes de la novela. El paisaje no solo como marco o escenario de la historia sino como actor que condiciona los comportamientos: los del gobierno y los terratenientes, con su pretensión de “desalojarlo”; los de Ivar, que lo habita en su soledad algo primitiva; los de Ferguson, que lo explora en busca de seguridad. El valor metafórico de esos parajes isleños: su carácter áspero, desnudo, improductivo, como símbolo de la desposesión que el utilitarismo administrativo quiere aprovechar; su aislamiento geográfico como metáfora de otra forma de vida, que cuestiona las falsas certezas de la “civilización”; la crudeza de la intemperie y el clima que muestra la vulnerabilidad humana y la necesidad de lazos para sobreponerse a ella.
El libro me ha entusiasmado también por su estilo y por ciertos aspectos meramente literarios. La prosa contenida, minimalista y precisa, aunque emocionalmente densa y muy musical, hecha de frases cortas, en una muestra ejemplar de economía léxica, capaz de condensar, en su sencillez, emociones complejas. El ritmo lento, los saltos en la perspectiva, la introducción de voces, topónimos y vocablos del sustrato nórdico, la sutil incorporación de datos y referencias ajenos a la historia principal (los desahucios, la crisis de la Iglesia), la inclusión de recuerdos y remembranzas de episodios del pasado (la vida anterior de Mary, el encuentro y la boda con John, los familiares de Ivar, desaparecidos en el mar los unos, emigrados a América los otros) que completa y profundiza el perfil de los personajes, son otros motivos por los que el libro me parece sobresaliente.
Y, ya para cerrar, quiero resaltar algunos de los muchos paralelismos -en los temas, en las ideas, en el estilo, en la construcción de los personajes- que he podido observar entre Oeste y Despejado, que, más allá de la curiosidad que puedan suscitar, son reflejo, a mi juicio, de unas pautas de estilo definitorias de la literatura de Carys Davies (espero que se traduzca de The Mission House, para poder verificar si, en efecto, estamos ante unos rasgos “marca de la casa”). Así, y desde el punto de vista de las ideas y los temas principales, en ambas obras está la idea de la desposesión y el desplazamiento de comunidades (la expansión colonial y la errancia de los pueblos indígenas, en Oeste; y en Despejado, las expulsiones en el marco de las Highland Clearances); está la exploración de la identidad y el sentido de pertenencia, con los protagonistas viéndose obligados a redefinir sus creencias y hasta su personalidad al confrontarse con culturas y espacios distintos; están la soledad, el aislamiento, la separación de los seres queridos y la dificultad de la construcción de conexiones humanas (en el viaje de Bellman y la desolada isla de Ivar); está la crisis de fe (religiosa o no), de creencias o de visión del mundo de los personajes (las dudas de Ferguson que cuestionan sus ideas teológicas y lo llevan a reformular la moralidad de su misión, y el agrietamiento de las convicciones del propio Bellman sobre la naturaleza de la aventura y la conquista); está la importante presencia de grandes fuerzas históricas, de contextos reales que, pese a que los dos libros se centran en experiencias humanas íntimas, operan más allá de la voluntad de los individuos, condicionando sus trayectorias vitales; está, en relación con esta última idea, la visión del colonialismo, que se pone en solfa no a través de mensajes explícitos sino mediante la confrontación, sutil, tangencial, implícita, de la narrativa oficial del colonizador y los relatos, cartas, historias, versiones, “voces” de los colonizados; están los dilemas éticos complejos, sobre la justicia, sobre el deber, sobre la moral, que no admiten respuestas simplistas e interpelan al lector; está la exploración de la lengua como herramienta de conocimiento, comprensión y construcción de la comunidad, mostrada de modo explícito en Despejado, a través del voluntarioso afán de John por aprender el dialecto de su compañero, y de modo inverso en Oeste, mediante el silencio y la imposibilidad de comunicación de Anciana de allá lejos; está el peso de la familia y la separación de sus miembros, que funciona como motor que impulsa la narración (la ausencia y la añoranza de Bess, en Oeste, y los mismos sentimientos de John hacia Mary y de esta por su marido en Despejado).
En lo que se refiere al estilo y al uso de determinados recursos literarios, no resulta difícil constatar la existencia de una misma “mano” detrás de ambas novelas: la economía y el lirismo en la prosa; su densidad emocional y su belleza poética, que conmueven y emocionan; lo que al comienzo de mi reseña he denominado “montaje en paralelo”, la estructura narrativa en capas, fragmentaria, alternando las perspectivas de Bellman y Bess en Oeste, de John, Ivar y Mary en Despejado, generando tensión narrativa y amplificando los ecos de la historia narrada; el uso del paisaje no como mera ambientación sino como un personaje más, que marca el ritmo del relato y condiciona la experiencia de los protagonistas, conformando su destino y su carácter (la inmensidad del oeste; las rocas y el mar, en una y otra novela); en el mismo sentido, la elección de ambientes extremos y remotos, la frontera americana y su naturaleza vasta, inmensa y hostil, y el islote perdido, con su clima insoportable y su casi inexistente población.
Hay también ciertas correspondencias en los personajes, en sus planteamientos, en su modo de comportarse. Es el caso de los encuentros culturales a los que se ven enfrentados, bien que con resultados disímiles: Bellman no aprenderá el idioma de su acompañante shawnee, mientras que John se esfuerza por aprender la lengua de Ivar. Igualmente, los protagonistas entablan relaciones que alteran, cuestionan y hasta subvierten los roles esperados. Hay también, una relativa correlación en el esquema triangular de los personajes principales (el aventurero Bellman, el “salvaje” Anciana de allá lejos y, en segundo plano, la mujer, Bess; frente al viajero John, el “primitivo” Ivar y, en otro nivel, Mary).
En fin, no dejéis de leer estas dos magníficas novelas, y no le perdáis la pista a su autora, que estoy seguro aún nos deparará agradables y muy interesantes sorpresas literarias. Ahora, y como cierre a mi reseña os dejo, en mi habitual complemento musical, con un tema relacionado, en cierto sentido, con ambas propuestas literarias. Se trata de Shenandoah, una canción tradicional norteamericana de principios del siglo XIX. Vinculada a los viajeros que atravesaban en canoa el río Missouri, con referencias también a la cultura de los pueblos indígenas, lo que la conecta a Oeste, el tema se hizo popular entre marinos del mundo entero, singularmente británicos e irlandeses a mediados de ese siglo, cuando se desarrolla la acción de Despejado. Aquí os la ofrezco en la magnífica versión de la soprano noruega Sissel Kyrkjebø junto al legendario músico irlandés Paddy Moloney, líder de los Chieftains y fallecido hace cuatro años, y el músico sueco Kalle Moraeus.
Antes, un texto de Despejado en el que de un modo poético y muy bello se describe el estado de intensa conmoción emocional que supone en Ivar la cercanía de John Ferguson, y que ejemplifica también el muy relevante papel que desempeña el lenguaje en la novela.
Antes de la llegada de John Ferguson nunca había pensado en realidad en las cosas que veía u oía o tocaba o sentía como palabras. En los viejos tiempos, el ministro les había leído partes de la Biblia, en un idioma que ellos no entendían, y luego les había gritado en algo que se acercaba a su lengua. Pero era extraño pensar en una hermosa bruma, por ejemplo, o en el frío viento del nordeste que llegaba en primavera y estropeaba el maíz, como cosas sólidas sobre un papel que se pudiera tocar. Se preguntaba, mirando las columnas de palabras, ninguna de las cuales podía leer —ni las de la izquierda, en el idioma de John Ferguson, ni las de la derecha, en el suyo—, si había una palabra en la lengua de John Ferguson para la emoción que sentía cuando deslizaba su dedo a lo largo de la línea entre ambas columnas de palabras, que le parecía que conectaba sus vidas del modo más intenso que cabía imaginar: palabras para aludir a la leche o al arroyo o al escarabajo de alas azules que no sabía volar, que vivía en el prado de la colina; palabras para «fletán» y «establo», y para el nudo que utilizaba en el ronzal de la vaca; palabras para «casa» y «mantequilla», para «hogar» y «suero de leche», para «algas» y para «gallinas».
Era como si nunca hasta ahora hubiese entendido su soledad del todo; como si, con la llegada de John Ferguson, se hubiese convertido en algo que no había sido nunca, o que no había sido en mucho tiempo: en parte hermano y en parte hermana, en parte hijo y en parte hija, en parte madre y en parte padre, en parte marido y en parte esposa.
Videoconferencia
Carys Davies. Despejado

