Vivo entre muchos libros y extraigo una gran parte de mis ganas de vivir del hecho de que aún leeré la mayoría de ellos. (Elias Canetti)

miércoles, 11 de marzo de 2026


DENNIS LEHANE. GOLPE DE GRACIA
  
Hola, buenas tardes. Bienvenidos a una nueva emisión de Todos los libros un libro. Esta semana traigo el último libro publicado en España de un autor muy prolífico que, dado lo abundante de su obra -y, obviamente, también de su calidad-, ya ha estado presente con anterioridad en el espacio. Se trata de Golpe de gracia, una novela formidable de Dennis Lehane que se inscribe, aunque de un modo tan singular como otras suyas, en el género policial. 

Dennis Lehane es un autor estadounidense de novela negra, bostoniano -y el dato no es irrelevante, pues Boston es un elemento central en sus libros-, y que, como digo, cuenta con una larga trayectoria que ha dado algunos frutos muy estimables en los que se pone de manifiesto su maestría literaria, muy apreciada por crítica y público. Desde 2009, la editorial RBA ha albergado la “hexalogía” de Patrick Kenzie y Angela Gennaro, dos detectives que se desenvuelven en el sórdido mundo criminal de Boston y que protagonizan Un trago antes de la guerra, Abrázame, oscuridad, Lo que es sagrado, Desapareció una noche, Plegarias en la noche y La última causa perdida, seis apasionantes novelas. Lehane es autor también de otros títulos espléndidos presentados de forma independiente, ajenos al formato serial y, por lo tanto, con carácter autónomo, aunque coincidiendo en escenarios y atmósfera cada uno de ellos, como es el caso de La entrega, Mystic River o Shutter Island. Estos dos últimos han sido llevados al cine por, respectivamente, Clint Eastwood y Martin Scorsese en dos películas magníficas. Con menor calidad, cuestionadas por la crítica, pero, a mi juicio, también interesantes, son las traslaciones cinematográficas, ambas a cargo de Ben Affleck, de Vivir de noche, una novela de la que luego hablaré, y Desapareció una noche; esta exhibida en España bajo el título de Adiós, pequeña, adiós. Por último, nuestro invitado de esta tarde ha escrito el guion de algún capítulo de The Wire o de Boardwalk Empire, dos prestigiosas series de culto de la factoría HBO. 

Hoy, antes de adentrarme en el análisis de la excepcional Golpe de gracia, quiero recuperar mis palabras de hace unos años, cuando presenté la estupenda trilogía protagonizada por diversos miembros de una familia, los Coughlin, que se mueven en los aparentemente opuestos ambientes de la policía y el crimen organizado en la ciudad norteamericana en el primer tercio del siglo XX. Una serie que dio comienzo en 2010, cuando pudimos leer la primera entrega, Cualquier otro día, publicada en RBA; continuó en 2013, en el mismo sello, cuando vio la luz Vivir de noche; para cerrarse en 2017, cuando, ya en Salamandra, que desde entonces difunde la obra del bostoniano, de la que ha recuperado algunos títulos anteriores, apareció Ese mundo desaparecido. Una vez más, pues, con la excusa de mi sugerencia de lectura de un libro que ocupa el lugar central de mi reseña, mi recomendación se hace plural, ampliándose hasta más de una decena de obras literarias, películas y series, de tal manera que, de estar interesados en “agotar” la variopinta producción de su autor (algo que, sin duda, os aconsejo), deberíais “entregar” a la tarea (placentera, pero rozando lo imposible) varios meses de intensa y apasionada dedicación en exclusiva. 


Vayamos, por tanto, para “acotar” hasta hacerla manejable mi desbordante propuesta, con la trilogía de los Coughlin. La primera de las obras que la integran, Cualquier otro día, premio del gremio de libreros español a la mejor novela del año 2010, presenta, en traducción de Carlos Milla e Isabel Ferrer, más de setecientas excitantes páginas en un híbrido de géneros que solo de modo residual y “condicionados” por la influencia de la trayectoria literaria de su autor incluye al negro y criminal pues, aun sin olvidar esa dimensión policiaca -como digo accesoria en este caso-, nos hallamos ante un libro que es principalmente un texto de ficción histórica y social, y sobre todo -ya sin etiquetas reduccionistas- una gran obra literaria, de sobresaliente calidad. 

La novela, ambientada en la ciudad natal del autor entre 1918 y 1920, se desarrolla en dos líneas principales que corren inicialmente en paralelo pero que acabarán por confluir. Por un lado, la narración sigue las tristes y esforzadas peripecias de Luther Laurence, un joven negro que se ve envuelto, por la fuerza de un inexorable destino y casi al margen de su voluntad, en el mundo del hampa, del que huye para acabar en un Boston en el que la segregación racial lo introduce de nuevo en un universo de violencia. El otro eje de la trama se desenvuelve en torno a Danny Coughlin, un joven policía irlandés, hijo de emigrantes católicos -su padre, Tommy, ha llegado a ser, desde la pobreza de sus orígenes, una alta y férrea autoridad en la policía bostoniana-, que busca su lugar en el mundo debatiéndose entre la fidelidad a los valores familiares y la continuidad de la carrera de su progenitor, movida por principios conservadores y hasta ferozmente reaccionarios, y su recién adquirida conciencia de las injusticias y los fraudes, de los abusos, los atropellos, la corrupción y la profunda inmoralidad de ese entorno que le rodea. Ambos personajes -con sus contradicciones: los dos serán capaces de ejercer la violencia y hasta de matar- son íntegros, valientes, de torturada existencia, sensibles, románticos y sentimentales, esperanzados y a la vez escépticos buscadores del amor y, en suma, perdedores. Como un sutil hilo conductor, Lehane recurre a la figura -esta con base real, con presencia histórica- del jugador de béisbol Babe Ruth, uno de los grandes nombres del para mí inextricable deporte norteamericano, cuyos avatares profesionales y personales puntean la novela en un segundo plano, en apariencia tangencial, enmarcando la acción. 

El libro, más allá de la profundización en la personalidad y el itinerario vital de sus dos grandes protagonistas, interesa por su valor documental. Cualquier otro día podría ser calificada de novela histórica, por cuanto “funciona” como fidedigna fotografía de una época. A partir del microcosmos bostoniano, el lector asiste al crecimiento de los Estados Unidos como sociedad de aluvión en el siglo XX, un país por hacer al que arriban, entre millones de inmigrantes, dos jóvenes, Thomas, el padre de los Coughlin, y su mejor amigo Eddie, que se enfrentan a la despiadada lucha por sobrevivir y prosperar en las calles de su ciudad de acogida. Los dos chicos, recién llegados desde su Irlanda natal a principios de siglo, reciben el mensaje que el inmenso país manda a todos los que acceden al nuevo mundo en procura de más amplias expectativas de vida: Este país es vuestro, chicos, pero tenéis que apoderaros de él. Años después, ya convertidos en el estricto capitán Coughlin y el despiadado teniente McKenna -devenido en relevante inspector de policía y padrino de Danny- constatarán el éxito de su tarea: Y tanto que nos apoderamos, muchacho, y tanto. Pero el protagonismo directo recae en Danny y Luther, y a través de sus vidas, en un Boston que puede “leerse” como trasunto de los Estados Unidos (La Atenas de América, cuna de la Revolución americana y de dos presidentes, sede de más universidades que ninguna otra ciudad de la nación, el centro del universo), conocemos la realidad de una ciudad abigarrada, poblada de emigrantes de todas las partes del mundo y de toda condición (italianos, irlandeses, negros, lituanos, anarquistas, comunistas, judíos), de niños dickensianos que trabajan en condiciones infrahumanas (como en las testimoniales fotografías de Lewis W. Hine), de obreros que se desempeñan en oficios varios, todos duros y todos míseros; una caótica locura de calles enfangadas por las que transitan camiones y coches de caballos, ríos de gente y fruta y verdura y cerdos nerviosos resoplando entre la paja en el adoquinado, en un ambiente general de miseria y enfermedad, de infecciones y contagiosas epidemias, en el que la adictiva prosa de Lehane se detiene para plasmar los pequeños detalles reveladores: el chirrido de las poleas de los tendederos entre edificios, el sonido de un organillo en la calle, las madres llamando a sus hijos, los colchones en las escaleras de incendios en las calurosas noches del verano. 

Esta dimensión de crónica de la novela se enriquece, además, por una innegable voluntad de crítica social. En unos Estados Unidos que viven los últimos días de la Gran Guerra y el nacimiento de la revolución bolchevique, con una paranoia generalizada en la que el miedo al terrorismo, al anarquismo, al comunismo, a la sovietización del país, impregna las conciencias de sus ciudadanos, Cualquier otro día nos muestra -como telón de fondo de la ”acción”- la terrible situación de las masas de individuos que acceden a las costas orientales de Norteamérica en busca de una vida mejor: los trabajadores, los parias, los desheredados, los desprotegidos, los que nada tienen (Para la mayoría de la gente, cuando tropieza, no hay red. Nada. Simplemente nos caemos), las pobres gentes que, explotadas en fábricas y astilleros, en industrias y manufacturas, en empresas y talleres, “asaltan” las ciudades reivindicando sus derechos. Es la época del nacimiento del Derecho del Trabajo, y las calles de Chicago, Detroit o Boston son un turbión de sucesos en los que afloran el sindicalismo, el movimiento obrero, las huelgas, los disturbios callejeros; una etapa en la que los cambios y los sufrimientos que llevan consigo son los protagonistas (los cambios duelen), en la que nace un mundo nuevo, una nueva sociedad, dejando a su paso miles de víctimas, arrolladas por la inusitada fuerza de la vida que se impone devorando a los más débiles: Era como si todos cruzaran este mundo de locos intentando seguir el ritmo pero sabiendo que eran incapaces de hacerlo, sencillamente incapaces. Así que parte de ellos aguardaba, en un segundo intento, a que el mundo los alcanzara de nuevo por detrás, y entonces simplemente los arrollaba, enviándolos, por fin, al otro mundo

Y de ese universo convulso, el talento de Lehane -y su explícita voluntad, en la que yo creo ver una intención moralizante- nos deja ver dos “frentes”; no solo, como se ha dicho, el de los desgraciados de la fortuna, sino el de quienes se benefician y sacan partido de tanta miseria y tanta degradación, de tanta explotación y tanta iniquidad: los políticos venales, los banqueros corruptos y una policía connivente con el poder que contribuye, en beneficio de las privilegiadas élites, a la destrucción y el sometimiento de los desamparados. 

El lugar de encuentro “natural” de ambos mundos -y un “topos” clásico de la literatura negra- es el que acaba por constituir el núcleo último de la obra de Lehane, que se adentra así en el cuarto de los ejes principales de su libro (tras la indagación en la personalidad de sus “criaturas”, el documento histórico y el retrato social): el ambiente, la atmósfera, el “clima” policiaco, el de los bajos fondos, las tabernas, los tahúres y la lotería clandestina, el de la prostitución, las drogas y el alcohol (la acción se desarrolla cuando está a punto de empezar la prohibición, con una Ley Seca que se aprobará a comienzos de 1920). El sinuoso y despiadado McKenna, mangoneando a su antojo el DPB (Departamento de Policía de Boston), y el más aparentemente discreto Thomas Coughlin, siempre al servicio del bien, dirigen una mafia policial, con distintas brigadas especiales repletas de informantes, timadores, infiltrados, espías callejeros y revienta huelgas que, en un mar de violencia y siendo capaces de llegar -en ocasiones y en nombre de unos pomposos honor, lealtad y dignidad- a la tortura y el asesinato, reprimen cuanto grito demandante de libertad resuena en las calles. 

Cuando da comienzo Vivir de noche, segunda entrega de la serie, traducida a nuestro idioma por Ramón de España, han pasado algunos años -la historia se retoma en 1926- y el foco del relato se centra ahora en Joe, el menor de los Coughlin (solo un adolescente en Cualquier otro día). Sin perder de vista esa dimensión histórica y social (en las tres novelas del ciclo abundan los personajes y los sucesos reales; la sombra del nazismo y del ascenso hitleriano, por ejemplo, asoma en el horizonte al término de esta segunda), el libro puede adscribirse de un modo más “natural” al género negro. Ambientada en su primera parte en Boston (recreado de nuevo con precisión y brillantez; con unos capítulos “carcelarios” auténticamente magistrales) y, sobre todo, en Tampa, Florida, y en una coda final en Cuba, la novela se desarrolla en los años de plena vigencia de la Ley Seca (que se derogó en 1933, aunque la novela continúa hasta 1935) y da cuenta de las luchas sangrientas entre bandas mafiosas por el control del tráfico clandestino de alcohol y el dominio de los circuitos de las drogas, la prostitución y el juego. Con una narración trepidante, que nos hace avanzar con fruición en la lectura, se multiplican las encerronas y las traiciones, los tiroteos y los asesinatos, las torturas y las ejecuciones, como en las mejores manifestaciones literarias y cinematográficas del género negro. Y ello sin que la dimensión humana de los protagonistas, sobre todo Joe y Graciela, pero también Emma Gould o Maso Pescatore o Loretta Figgis, se descuide, antes al contrario: todos tienen hondura y se dibujan con sutileza y variedad de matices. 

Ese mundo desaparecido cierra la trilogía, en traducción esta vez de Enrique de Hériz (es una lástima que cada libro se vierta al español con una voz distinta; cada una de ellas, aunque de modo leve y aparentemente inapreciable, introduce su particular estilo, diferente al de los demás y con efectos, por ello, ligeramente incómodos en la lectura). Siete años después de los episodios que ponían fin a la novela anterior, Joe Coughlin ha abandonado, aparentemente, la “primera línea de fuego” y es ahora un influyente hombre de negocios de Tampa, aunque sigue manejando -en un segundo plano, de un modo no tan notorio- los hilos de todos los asuntos sucios de la ciudad (prostitución, drogas, usura, juego ilegal, tráfico de seres humanos, asesinatos). En el escenario ya conocido de Florida y Cuba, ahora avanzada ya la primera mitad de los años cuarenta y con la Segunda Guerra mundial destrozando Europa, se mantienen -al igual que en Vivir de noche- las pautas del más duro género negro: traiciones, ajustes de cuentas, delaciones, encarnizados enfrentamientos entre facciones rivales, dobles juegos, sospechas, clanes mafiosos, sangrientas luchas por el poder, innumerables tramas que se entremezclan, gánsteres, forajidos despiadados pero con preocupaciones humanísimas, y todo ello narrado con virtuosismo, en un relato rebosante de “escenas” vibrantes, de una tensión casi inaguantable. 

Pero hay también -y sobre todo- una sólida construcción de los personajes, en especial de un protagonista que la capacidad de penetración psicológica de Lehane nos muestra con emoción y lirismo, con poesía y profundidad. Aquel hombre emanaba más dolor, amor, poder, carisma y maldad potencial que cualquier otro con quien se hubiera cruzado, se dice de él en un momento del texto. Asistimos así a las reflexiones, las vacilaciones morales, la perplejidad existencial, la imposible aceptación de un fatal destino, previsible pero inexorable, en un Joe Coughlin que, cuidando de un hijo pequeño, con solo treinta y seis años y tras veinte de vida al límite, encara sus fantasmas. Y es que el temible gánster, siendo un sanguinario criminal que vive una vida de codicia y castigo, sufre por la imparable deriva de su existencia, analiza sus pecados, se enfrenta a sus remordimientos, reflexiona sobre su código ético y, en definitiva, sacrifica su paz mental torturado por las muchas dudas que le asaltan ante las brutales repercusiones de sus actos. En este sentido, Ese mundo desaparecido es, de nuevo, como la primera obra de la serie, una magistral novela que trasciende el marco del género negro y puede ser leída con gran literatura. 

Tras estos apetitosos preliminares, os hablo ya de la última y excepcional novela de Lehane. Golpe de gracia, que ha visto su título cambiado en nuestro país (Small mercies, pequeños consuelos o gracias o misericordias, en el original), se publicó en España, de nuevo en la editorial Salamandra, el pasado 2024, en versión de Aurora Echevarría, traductora con amplia trayectoria en la profesión, pese a lo cual, y humildemente, le opongo unas muy subjetivas objeciones, que tienen que ver, sobre todo, con ciertos giros, ciertos particularismos del catalán que, no siendo incorrectos en sentido estricto, sí que pueden chirriar a lectores con el español como lengua primera (sobre todo a aquellos tan tiquismiquis como yo mismo). Es el caso del uso del verbo adelgazar en su forma pronominal (válida, pero muy inusual en nuestro idioma: Te sobran unos kilos, Michael. ¿No crees que debería adelgazarse un poco, Bridge?) o la reiteración de las muy forzadas locuciones “ya le está bien”, “ya le va bien” y similares (No se ve volviendo a trabajar pronto, y duda [de] que su puesto esté esperándola cuando esté lista para volver, y ya le está bien). Me ha sorprendido también la referencia al Ejército Simbionés de Liberación, de nuevo aceptable (Symbionese Liberation Army, su nombre original), pero que quizá pueda extrañar al usarse en el contexto histórico de la novela, el verano de 1974, cuando en nuestro país el muy bizarro (en la tercera acepción de diccionario), aunque criminal, grupo terrorista era conocido como Ejército Simbiótico de Liberación, apareciendo así en los medios de comunicación tras su insólita irrupción a partir del secuestro de Patty Hearst, nieta del magnate William Randolf Hearst, y de su posterior entregada afiliación a la banda y a sus causas. 

El libro se abre con una cita de Joseph Conrad, que, leída tras haber completado la novela, se entiende referida a la dificultad de salir del marco social que nos constriñe (Es imposible apartarse por completo de los demás. Para vivir en el desierto hay que ser un santo), un elemento decisivo para la completa comprensión de la obra; y con una Nota histórica de interpretación menos equívoca y muy reveladora de los hechos que van a narrarse: 

El 21 de junio de 1974, W. Arthur Garrity Jr., el juez de distrito estadounidense encargado del caso «Morgan contra Hennigan», resolvió que el Comité Escolar de Boston había «perjudicado de manera continuada a los estudiantes negros» del sistema de enseñanza pública. El único remedio, concluyó, era poner en marcha un plan de transporte escolar entre los barrios predominantemente blancos y los predominantemente negros a fin de erradicar la segregación en los institutos públicos de la ciudad. 
El instituto con mayor población afroamericana era el Roxbury High School, y el que tenía más población blanca, el South Boston High School; por tanto, se decidió que ambos intercambiarían una parte significativa de su alumnado. Esa orden debía entrar en vigor al iniciarse el curso escolar, el 12 de septiembre de 1974, así que alumnos y padres disponían de menos de noventa días a partir de que se dictara la sentencia para prepararse. 
Aquel verano, en Boston hizo mucho calor y casi no llovió. 

En esos agobiantes días estivales cercanos a la previsiblemente conflictiva fecha, Lehane nos presenta a Mary Pat Fennessy en su desestructurado hogar en el complejo de viviendas de protección oficial Commonwealth, en el distrito de South Boston. La escena inicial en la vivienda de los Fennessy es muy descriptiva y sitúa de inmediato al lector en el caótico universo de quien será el personaje central de la novela. Las luz y el gas cortados por falta de pago, los ventiladores y la nevera consecuentemente apagados en ese calor sofocante, el intenso olor que desprende el ladrillo del marco de las ventanas, ardiente por el sol, la papelera del salón repleta de latas de cerveza, los ceniceros atestados de colillas desperdigados sobre los muebles, la misma Mary Pat enlazando un cigarrillo tras otro mientras ve reflejada su imagen en el televisor desconectado (una mole sudorosa de pelo enmarañado e incipiente papada vestida con camiseta de tirantes y pantalones, una criatura que no cuadra con la imagen de sí misma a la que se ha aferrado). A sus cuarenta y dos años, su vida está echada a perder, enlaza trabajos precarios y dobles turnos en empleos de subsistencia (auxiliar de enfermería en una residencia de ancianos, obrera en una fábrica de zapatos) para sacar adelante a su hija Jules, que ahora yace tumbada encima de las sábanas de su habitación, resoplando sudorosa y dormida. Jules es guapa y solo tiene diecisiete años, pero está haciéndose mayor de manera acelerada por crecer en Commonwealth (no es la clase de lugar del que salen reinas de belleza ni modelos, por muy guapas que sean al irse); por haber perdido a su hermano, Noel, excombatiente en Vietnam, destrozado por la heroína a su vuelta a casa tras la experiencia bélica; por tener que soportar la marcha de su padrastro Ken justo cuando parecía que podría asentarse la relación de éste con su madre, tras siete años de convivencia; por verse ahora obligada, a causa de la orden del juez federal, a cursar su último año en un instituto diferente situado en un barrio donde nadie ha visto pasear a un chico blanco después del atardecer; y porque su conflictivo entorno -pobreza, desempleo, conflictividad social, ausencia de expectativas vitales, peleas, agresiones, tiroteos- la hace probable destinataria del tráfico de drogas -marihuana, ácido, alcohol- con el que la delincuencia organizada introduce en el consumo a la población juvenil del barrio (en South Boston; en Southie, como lo llaman; la mayoría de los niños salen del vientre materno con una cerveza Schlitz y una cajetilla de Lucky Strike en las manos). El sonido del timbre interrumpe los estériles esfuerzos de Mary Pat por ordenar el desbarajuste del piso. Tras la puerta aparece Brian Shea, un pulcro miembro del grupo que trabaja para Marty Butler, una suerte de capo local del clan irlandés, que llega cargado con folletos y pancartas para movilizar a la población del barrio en contra de la decisión judicial que obliga al intercambio escolar. Los hombres de Butler operan como una mafia que ofrece protección a los habitantes del barrio (Cada vez que la pandilla de Butler acude a pedir algo, lo que está ofreciendo en realidad es protección, aunque nunca lo digan abiertamente. Siempre lo disfrazan de algún motivo noble: el IRA, los niños hambrientos de donde coño sea, las familias de los veteranos de guerra, y hasta es posible que parte del dinero vaya a parar a eso), unidos todos por sus orígenes irlandeses, por su sentimiento de clan, por sus prejuicios raciales, sociales y étnicos, y, en su mayoría, por un estado permanente de desencanto y desesperanza vitales y de un muy intenso odio de clase contra los putos ricos que viven en sus mansiones de las afueras, alejados de la pobreza y la depauperación que a ellos les rodea. Mary Pat participa de esa visión crítica y combativa, también racista y segregacionista, de sus correligionarios, y comparte la causa contra la polémica orden del juez local (es una de las “hermanas” del MSCTEF, las Mujeres de Southie contra el Transporte Escolar Forzado), una causa que esta vez le parece plenamente legítima, aunque sólo sea porque no han pedido ni un céntimo a los residentes de Commonwealth, sólo ayuda con los preparativos, por lo que se compromete a acudir con pasquines y carteles a la manifestación del próximo 30 de agosto -a escasos doce días de la ejecución de la sentencia judicial- en la plaza del ayuntamiento. 

Esa misma noche, Jules, que ha salido con su desastroso novio, Ron Collins, y su mejor amiga, Brenda Morello, no vuelve a casa. Mary Pat acude preocupada la mañana siguiente a su trabajo, con una inquietud que se acrecienta cuando la ausencia de la chica se prolonga por varios días, mientras ni sus amigos, ni sus familias, ni conocidos de unos y otros, ni la misma policía pueden dar pistas sobre su desaparición. Simultáneamente, en una de las ediciones de un periódico local se da cuenta de la muerte de un joven de veinte años, fallecido por causas hasta ese momento desconocidas, en el andén de llegada del metro de una estación cercana. El diario detalla el nombre del muchacho, Augustus Williamson, y los múltiples traumatismos craneales que presentaba, a causa, probablemente, de haber sido golpeado por algún tren. El chico, de raza negra, es hijo de Calliope, compañera de trabajo de Mary Pat. En el enrarecido ambiente de esos días, los rumores que hacen del joven un traficante de drogas que se habría adentrado en un barrio blanco para robar algún coche, avivan aún más las tensiones raciales, exacerbadas también por la falta de noticias de Jules. 

Todos estos elementos, que se nos presentan en las primeras páginas de la novela, abren sugerentes hilos que corren simultáneos y que a medida que la narración avanza van entrelazándose y confluyendo, unidos todos ellos por el protagonismo de Mary Pat. La línea central, conectada con la adscripción genérica principal de la literatura de Lehane, la novela negra, tiene que ver con la investigación de la inexplicada ausencia de Jules. Ante la inacción de las fuerzas vivas -las oficiales, pues en los casos de desaparición de adolescentes, la policía no se moviliza hasta pasadas setenta y dos horas, considerando probable la huida voluntaria de esos jóvenes habitualmente conflictivos y rebeldes; y las “oficiosas”, encarnadas en los líderes del poder mafioso “paralelo”, que prefieren no llamar la atención sobre el barrio-, será la propia Mary Pat la que interrumpa temporalmente su desidia y su abandono existenciales y se lance a la indagación del paradero de su hija. Su pesquisa la llevará a conocer algunos hasta entonces ignorados aspectos de la vida de la chica, aún una niña pero a la que el marco social y lo desestructurado de la vida familiar han disparado hacia ciertos hábitos y entornos sórdidos. La mujer deberá enfrentarse también a las oscuras, poderosas e implacables fuerzas de la organización criminal que, bajo su superficie protectora, somete y exprime en beneficio propio a las muy zarandeadas gentes del barrio. Por el camino, Lehane da cuenta de las vicisitudes de la muerte del muchacho negro, que pronto se sospecha no accidental y sí debida a la probable violencia de una pandilla de jóvenes blancos entre los que podría encontrarse la propia Jules. En su búsqueda, llevada a cabo bordeando de continuo los límites de la legalidad y poniendo en cuestión también los códigos implícitos de la banda de Butler, entrará en contacto con el sargento Michael Coyne, al que todo el mundo llama Bobby, un detective del Departamento de Homicidios de la Policía de Boston, un hombre honrado, que intenta dignamente preservar el imperio del derecho y de la ley en aquel entorno salvaje (Lo único que nos separa del reino animal es el Estado de derecho, dirá). 

En el desarrollo puramente novelesco de estos ejes principales -la averiguación del destino de Jules, las siniestras interioridades de la organización mafiosa, las claves de la muerte de Augustus, el desarrollo de la movilización frente al dictamen judicial-, la intención y la maestría del autor nos muestran otros aspectos de más hondura -o que al menos superan el mero relato de lances, sucesos o episodios- que conectan con algunas de las preocupaciones ya reveladas en otras de sus obras, en particular en las ya reseñadas. Es el caso del penetrante análisis, de alta hondura psicológica, en la personalidad de Mary Pat (de la que el libro nos ofrece un retrato magistral), de su trayectoria biográfica y del conflictivo clima de desesperanza, ausencia de ilusiones y limitado horizonte vital que enmarcan su existencia. También la acertada y fidedigna descripción de las condiciones sociales, económicas, ideológicas y políticas de South Boston, de su atmósfera de pobreza y estrechez, de necesidad y violencia, de conflictividad y falta de futuro, de miseria y mediocridad y renuncias y rencor acumulado y sometimiento obligado y resentido conformismo hecho de inquina, odio y encono. Igualmente resulta sustancial el tratamiento de la, por así llamarla, “cuestión racial”, con apuntes valiosos sobre sus probables causas y sus principales manifestaciones. Del mismo modo, y en relación con algunos de los sucesos narrados, de indudable conexión con acontecimientos históricos, bien datados y documentados, en el libro afloran ciertos episodios, ciertos personajes, ciertos hechos relevantes de la vida norteamericana de hace medio siglo, constituyendo un escenario, un marco para la historia que se relata, que, al saberse verdadero, acentúa el carácter profundamente realista de la obra, pese a que el lector no dude, en ningún momento, de hallarse ante una ficción. Por último, nos interesa la muy iluminadora mirada que se nos ofrece sobre el ambiguo universo de las organizaciones criminales, de esas mafias irlandesas, con vínculos con los poderes públicos, las instituciones, la policía, los representantes políticos, las fuerzas vivas, la “respetabilidad”, en suma, unos lazos que Lehane conoce muy bien y que ha hecho aflorar de manera habitual en sus novelas. Quiero analizar brevemente algunas de estas descollantes dimensiones de Golpe de gracia

El retrato de Mary Pat Fennessy es espléndido y se nos presenta con todos los matices de una personalidad compleja. Nacida en el entorno cerrado, tradicionalista y retrógrado de su linaje irlandés (todos eran irlandeses y todos se casaron sólo con irlandeses desde que Damien y Mare Flanagan desembarcaron en Long Wharf en 1889), en un vínculo imperceptible que da un sentido oculto a su historia personal y que la conecta con una parte de sí misma que parece mucho más auténtica que la real, con una Mary Pat original, una Mary Pat Eva, una Mary Pat tan remota que podría haber exhalado su último aliento en una turbera del pueblo de Tully Cross, en el municipio de Gorteenclough, allá por el siglo XII; crecida en un ambiente familiar violento con agresiones de los padres y entre hermanos, riñas y peleas constantes, brutalidad y palizas (Desde que tiene uso de razón, ella ha recibido bofetadas; unas veces flojas, otras fuertes. Ha recibido puñetazos, zancadillas, golpes con perchas, palos de escoba, bates de wiffle, con aquellas cucharas de madera, con el zapato de su madre, con el cinturón de su padre); saliendo adelante en un contexto social en el que la fuerza bruta es la única forma de imponerse (En la calle peleaba con grupos de chicos, de chicas, mixtos. Cada vez que una persona la atacaba, ella se defendía de todas las que, a lo largo de su vida, le habían pegado o retorcido el pelo, la oreja o el pezón, de cualquiera que le había gritado, gruñido o golpeado con un cinturón o un zapato, de todos aquellos que alguna vez la habían hecho sentir como una niña que se preguntara asustada en qué clase de infierno ha nacido), Mary Pat se ha endurecido en contacto con una realidad áspera, pero la sucesión de desgracias que ha sido su vida -el abandono de un primer marido, Dukie, agresivo y violento; la partida del segundo, Ken, un buen hombre con inclinaciones intelectuales avergonzado de la cortedad de miras, el fanatismo ideológico y el odio que respira el círculo social al que pertenece su mujer; la muerte de su hijo mayor, Noel, víctima de las drogas tras su paso por Vietnam, como ya he señalado-; todo ello ha hecho de ella una mujer devastada, perdida, derrotada, sumida en un abandono, una frustración y una soledad acentuados ahora por la desaparición de su niña (Se vuelve para mirar su apartamento: está vacío, infinitamente más que cuando se fueron Dukie, Ken Fen o incluso Noel. Está vacío como los cementerios, llenos a rebosar de los restos de lo que nunca volverá a ser). Sin embargo, el dolor que le provoca la aciaga suerte de Jules y la impotencia derivada de la inacción de quienes debían protegerla, generan en ella una rabia y una furia indecibles, con las que se rebela ante la interminable sucesión de desventuras y la flagrante injusticia que ha de soportar. Y es que su inicial pasividad no nace del conformismo que es corolario de la desesperación de quien simplemente ha perdido la esperanza, sino [de] la del que se siente abandonado; la primera es debilidad, la segunda, el filo de un cuchillo: los que renuncian a la esperanza son víctimas, pero los que se sienten abandonados se vuelven vengativos. Su tragedia la hace “despertar”, revivir, tomar las riendas de su vida y enfrentarse a todo y a todos hasta averiguar el destino de su hija y hacer pagar a los responsables de su sufrimiento. Su dolorosa y terrible experiencia constituirá para ella una suerte de iniciación de la que saldrá transformada (sin que yo pueda aquí avanzar nada más sobre el sentido último de su evolución). 

El drama íntimo, personal y familiar de la protagonista se inscribe en un marco social también magníficamente descrito por Lehane: la pobreza y la marginación del barrio, la precariedad de las condiciones de vida de sus habitantes, su dura supervivencia en una limitación estructural y en apariencia irremediable, que se impone a la cada vez más resignada voluntad de aquellos a quienes el destino ha castigado (Todo el mundo se esfuerza mucho en Southie en general y en Commonwealth en particular. No son pobres porque no se esfuercen, porque trabajen poco o no se merezcan algo mejor. Allí donde mire, Mary Pat no ve más que gente luchadora, tipos duros y exigentes que manejan cargamentos de diez toneladas como si fueran una pelota de golf, que van a trabajar día tras día y hacen jornadas de diez horas, regalándoles dos a sus desagradecidos patrones. No son pobres porque holgazaneen, eso está claro. Son pobres porque en este mundo hay una cantidad limitada de buena suerte y a ellos simplemente no les ha tocado). Muchos de los personajes con los que se relacionan los protagonistas tienen existencias conflictivas, con pasados delictivos, carcelarios, alcohólicos (Mary Pat salió una vez con un tipo que vivía allí. Paul Bailey se llamaba, y lo último que supo de él fue que cumplía entre ocho y diez años en Walpole). Hay también, en bastantes de ellos, altas dosis de resentimiento social y odio de clase contra quienes tienen una posición privilegiada en la vida, los dueños del dinero, del poder, los ricos que rechazan el sistema escolar público, que se oponen a que las líneas de metro o autobús lleguen a sus acomodadas y confortables y exclusivas zonas, que aborrecen la mezcla, la integración, la igualdad, el “ascensor social” y la fluidez en el trato entre clases, que desprecian la miseria, la falta de cultura, la ausencia de estilo y elegancia de quienes no son como ellos (Pensaba que iba elegante y arreglada pero, a juzgar por las miradas de reojo que le lanzan los mocosos y los hippies de Harvard Yard, se hace notar porque luce precisamente como lo que es: una mujer de clase trabajadora que se ha colado en su mundo con un ridículo atuendo sacado del catálogo de Sears. Suponen que se ha equivocado de metro y ha acabado merodeando por el campus de Harvard como una niña perdida en un supermercado, y que volverá a su mugriento mundo para contarles a sus mugrientos hijos todas las cosas brillantes que ha visto y que no le han dejado tocar). La mayoría de ellos, sin embargo, no se plantean siquiera cuestionar sus propios prejuicios frente a etnias y razas distintas, y reproducen los reduccionistas, injustos y abusivos estereotipos frente a los negros. 

Y es que, muy estrechamente relacionado con esta desigualdad social, un eje central del libro tiene que ver con el conflicto y el enfrentamiento racial. La necesidad, la pobreza, las muchas carencias de esas vidas sin futuro convierten a South Boston en un hervidero de racismo, en una línea argumental que, como se percibe ya desde la nota introductoria, atraviesa la novela entera. El barrio irlandés, degradado y paupérrimo, es también un excelente caldo de cultivo para el racismo, el fanatismo integrista, el fundamentalismo blanco, el extremismo radical que canaliza el odio nacido de la propia frustración vital para convertirlo en aversión, aborrecimiento y rencor frente al “otro”, a los negros aún más pobres que ellos, los únicos ante los que pueden esgrimir la absurda creencia en una relativa superioridad. Solo Mary Pat, en un raro momento de lucidez, logra vislumbrar la más honda verdad de las cosas, que unos y otros son por igual víctimas: En ese instante siente una afinidad con los negros que le sorprende: ¿no son víctimas de lo mismo? La novela nos introduce con solvencia en este escenario social hecho de fronteras, de antagonismos tribales (cada vez que cruza la frontera de ese lugar tiene la impresión de que acaba de entrar en la selva tropical donde habita una tribu desconocida, no especialmente hostil ni peligrosa por naturaleza, pero en el fondo incomprensible), de guetos de cerrazón irreductible, de calles prohibidas, de barrios de imposible acceso para los enemigos seculares (A ver, si no habláis como nosotros y no os gusta nuestra música, nuestra ropa, nuestra comida ni nuestras costumbres, ¿por qué venís a nuestro barrio?), a pesar de compartir, unos y otros, idénticas carencias, idéntica opresión, idéntica pobreza. Como ocurre con los dos Institutos objeto del intercambio que se apunta en la nota introductoria: El Southie High School es igual de desastroso que el Roxbury High School: allí también se desbordan los retretes y se revientan las tuberías de la calefacción, hay humedades, moho y pintura desconchada en las paredes, y se utilizan libros de texto anticuados con las páginas sueltas

Otra destacada vertiente del libro es la que refleja el microcosmos de los clanes mafiosos, de sus capos poderosos e intocables, la protección pagada a precio de silencio y sumisión, los sucios negocios de drogas, chantajes, prostitución. La novela está así cruzada por oscuros gerifaltes cuyo carisma los hace impunes entre unas gentes que los adoran (Marty no es sólo el protector de Southie, es el hijo favorito de Southie, el rebelde que se burla de la clase dirigente... Marty es Southie, y creer que es malo (no un simple delincuente, un payaso y un chanchullero que dirige un submundo que, al fin y al cabo, alguien tiene que dirigir) es creer que Southie es malo), camellos de poca monta, matones de pacotilla, delincuentes varios, brutales subordinados, criminales y asesinos, agentes de policía comprados, políticos corruptos, adolescentes sin futuro y con apenas cerebro que se venden a las bandas a cambio de alguna dosis estimulante para sus venas o para su ego, chicos que salen pavoneándose de las salas de interrogatorio de las comisarías y de su fugaz estancia en las dependencias judiciales, exculpados gracias a la siempre oportuna intervención de abogados que no podrían permitirse pagar ni aunque ganaran la lotería todos los días durante un mes seguido

Este marco que podríamos llamar sociológico de Golpe de gracia se inscribe a su vez en un contexto social e histórico general del que se dejan abundantes muestras en el transcurso del desarrollo narrativo. Aflora así la guerra de Vietnam que, pese a que los Estados Unidos habían abandonado el país asiático un año antes, aún está presente en el sentimiento colectivo y, obviamente en el particular, de Mary Pat, no solo a partir de la trágica experiencia de su hijo sino también a causa de su amarga conciencia de clase: 

—¿Sabe qué barrio envió a más chicos a Vietnam? 
—¿Southie? Ella niega con la cabeza. 
— Charlestown, pero Southie fue el segundo, seguido de Lynn, Dorchester, Roxbury. Tengo una prima que trabaja en la junta de reclutamiento, ella me lo dijo. ¿Y sabe cuál no envió a casi ninguno? 
— Puedo imaginarlo — responde él con una amargura tan antigua que se confunde con apatía. 
— Dover. En Wellesley, Newton y Lincoln, los jóvenes se esconden en las universidades y las escuelas de posgrado, o conocen a médicos que les hacen certificados diciendo que tienen tinnitus, los pies planos, espolones óseos o cualquier otra chorrada que se les ocurra. Son exactamente las mismas personas que quieren que un autobús escolar lleve a mi hija al Roxbury, pero que no dejarían que un negro diera dos pasos en su barrio una vez que han podado el césped y se pone el sol. 

Están presentes, también, las manifestaciones crepusculares de la rebeldía juvenil y del “hippismo”, igualmente denostadas por la protagonista: 

Sale de la estación de Harvard y entra en Harvard Square, que es tan horrible como sospechaba que sería: hay hippies por todas partes, el aire huele a porro y a sobaco, y cada seis metros más o menos hay alguien tocando una guitarra y canturreando sobre el amor, tío, o sobre Richard Nixon, tío. Nixon abandonó el jardín de la Casa Blanca en helicóptero casi tres semanas atrás, pero a los ojos de estos cobardes sobrecualificados y consentidos que escaparon al reclutamiento sigue siendo algo así como el hombre del saco. Mary Pat pierde la cuenta de cuántos corretean descalzos por las sucias calles con sus raídos pantalones acampanados, sus camisas multicolores, sus collares de cuentas y sus melenas; las chicas sin sujetador y con las nalgas asomando de sus vaqueros cortados, llenando el aire de humo de tabaco y marihuana. Qué vergüenza para sus padres, que gastaron una infame cantidad de dinero para enviarlos a los mejores colegios del mundo (colegios en los que ningún pobre podría entrar jamás, ésa es la puta verdad) para que ellos se lo agradezcan caminando por ahí con los pies mugrientos y cantando canciones folk de mierda sobre el amor, tío, el amor. 

Y hay menciones a Nixon, como hemos visto, y a Edward -Ted- Kennedy, en un episodio muy relevante del libro, y a sus hermanos el presidente John y el fiscal general Robert, ambos asesinados, como es sabido; entre otras referencias del día a día político y social de la época. 

Ya para terminar, quiero subrayar la presencia de una tenue, aunque perceptible, fuente de luz y esperanza que ilumina el “mensaje” final de Lehane, representada no solo en el coraje -a la postre dramático- de Mary Pat, sino también en la figura del detective Coyne, cuyo retrato, lejos de circunscribirse a su mero acontecer profesional como policía, nos muestra también su origen y sus circunstancias personales y familiares. Bobby nació y creció en un barrio irlandés, confortable, blanco, cerrado, endogámico. Sus padres participan de ese clima, pero aborrecen por igual la autocompasión victimista y el estúpido racismo. Tiene un hijo de nueve años que vive con su madre, aunque los fines de semana los pasa en la casa de estilo victoriano de Tuttle Street y pasa cuarenta y ocho horas con su padre, cinco tías locas y cariñosas, y el tío Tim, el cura fallido, amable y taciturno, en un hogar bien estructurado pese a la no siempre convencional personalidad de los hermanos. Estuvo en Vietnam, y aún le tortura el recuerdo de los muchos “enemigos” a los que tuvo que matar; coqueteó con la heroína; se hizo policía y pasó largas jornadas patrullando en el corazón de las comunidades negras de la ciudad. Conoce, pues, de primera mano, la realidad en la que debe ejercer su profesión, la irracional pulsión identitaria, el odio y la rabia inmotivados, pero es noble, íntegro, honrado, cree en la ley y el orden, en el estado de derecho y, sobre todo, es alguien que, en ese ámbito de férrea cerrazón ideológica, duda. Duda de las supuestas verdades incontestables, del ciego fanatismo, de los rígidos prejuicios, de los apriorismos incuestionables. Es inteligente, lúcido y consciente de las injusticias: Si cuatro chicos negros hubieran perseguido a uno blanco forzándolo a tirarse delante un tren, se enfrentarían a cadena perpetua; con suerte, declarándose culpables cumplirían como mínimo veinte años de cárcel. Pero los chicos que persiguieron a Auggie Williamson no pasarán más de cinco años, si acaso, y él lo sabe

La súbita irrupción de Mary Pat en su vida, de su fuerza y su determinación, de su voluntad y su coraje, lo impresionan: 

A Bobby lo impresiona comprobar que en el interior de aquella mujer hay algo irremediablemente roto que, al mismo tiempo, es del todo inquebrantable. Esas dos cualidades no pueden coexistir: una persona rota no puede ser inquebrantable, y viceversa. Y sin embargo, allí está Mary Pat Fennessy, rota pero inquebrantable. 

Le viene a la mente la imagen de Mary Pat Fennessy en el depósito de cadáveres. «He ahí una persona que cree que hay que “hacer algo” sin importar las consecuencias. Dios mío.» 
Se sorprende pensando de nuevo en Mary Pat Fennessy, una mujer a quien le han arrebatado a sus dos hijos. «Dios mío», piensa, «¿de dónde ha sacado la fuerza para levantarse de la cama cada día?». 
De la ira. 
De la angustia. 
De la rabia. 

En la sórdida y desesperanzada atmósfera a la que nos traslada la novela, al lector le quedan, indelebles, las figuras de estos dos personajes que, pese a sus muchas diferencias, representan la confianza y la promesa de un cierto futuro mejor. 

En fin, leed estos espléndidos libros de Dennis Lehane -y todos los demás que ha escrito, y ved las películas y las series en las que ha intervenido-, os aseguro horas de entretenimiento y disfrute, de intensidad y emoción. Os dejo ahora con Don’t Let the Sun Go Down on Me, el éxito de Elton John en ese 1974 en que se desarrolla la acción de Golpe de gracia. La acompaño, como fragmento final de la reseña, de un breve texto en el que Mary Pat se refiere a su letra y a la relativa correspondencia que tiene con su fracasada vida. 

Toda su vida ha sido fiel seguidora de los 40 Principales; nunca ha sido fan de ningún grupo en particular, simplemente le han gustado las canciones del momento. Ese verano, Rock the Boat, Billy Don’t Be a Hero y su favorita, Don’t Let the Sun Go Down on Me. Pero ahora todas esas canciones le parecen una tontería porque no se han compuesto pensando en alguien como ella. Incluso esa letra: «... losing everything is like the Sun going down on me» se le queda corta, porque no es cierto que perderlo todo sea como si el sol se ocultara para ella, sino más bien como si una bomba atómica estallara en su interior y su cuerpo, convertido en un millar de partículas que viajan en todas direcciones, pasara a formar parte de una nube en forma de hongo.

 
Videoconferencia 
Dennis Lehane. Golpe de gracia

No hay comentarios: