LANA CORUJO. HAN CANTADO BINGO; LAURA FERRERO. LOS ASTRONAUTAS; LAYLA MARTÍNEZ. CARCOMA
Hola, buenas tardes. Esta semana comenzamos un ciclo, que pensado inicialmente para las semanas de marzo, he tenido que posponer hasta ahora por diversas circunstancias. Cuando llega el 8 de marzo, Día internacional de la mujer, nuestras emisiones suelen poner el foco en libros escritos por mujeres. Y es que en esas fechas, en la que ya se atisba en el horizonte la primavera, colorida, luminosa y floreciente, se da un algo extraño vínculo simbólico entre la condición de la mujer y la muy optimista estación, coincidentes ambas en representar la generación y la renovación de la vida; la tierra a punto de germinar y la hembra embarazada como metáforas primordiales. Por ello, y jugando con esa innecesaria excusa, algo más material y prosaica, de la celebración de esa efeméride, acostumbro a dedicar todos los programas de ese mes, desde sus primeros días, cercanos a la festividad, hasta los últimos, con la templada y vibrante etapa ya iniciada, a la literatura femenina, aceptando por ahora una denominación tan ambigua. Como digo, este año, por motivos diversos, me he visto obligado a retrasar la serie que ahora totalmente reconvertida, como luego veremos, comparecerá en nuestro espacio durante nueve semanas.
Debo decir de entrada que yo no tengo demasiado claro a qué nos referimos cuando hablamos de literatura femenina. ¿Lo es cualquier obra escrita por una mujer? ¿La categoría solo admite textos de temática específicamente femenina? De ser así, ¿cuál sería esa temática: los cuidados, el embarazo, la maternidad, lo emocional, lo conmovedor? ¿Es la mirada, el particular punto de vista de una mujer lo que convierte sus libros en “femeninos”? ¿Y cuál sería esa mirada privativa de ese sexo -ese género- en particular: una sensible, delicada, más vinculada a la emoción que a la razón, receptiva, tierna y sentimental, afectiva y empática? ¿Un hombre carece -por principio- de esa mirada? ¿Anna Karenina, Madame Bovary, Fortunata y Jacinta, Molly Bloom, La Regenta serían diferentes si las hubiera creado una mujer? Y Heathcliff, Atticus Finch, Tom Ripley, el Newland Archer de La edad de la inocencia, ¿serían otros si sus autores hubiesen sido hombres? Y, sobre todo, ¿nos habríamos dado cuenta del “cambio”? ¿Podemos “detectar” el sexo de quien escribe si desconocemos su identidad? ¿Leíamos a Carmen Mola con una lógica derivada del hecho de que la sabíamos mujer, y esa lectura se nos desbarata al conocer que en realidad tras ese nombre se “esconden” tres hombres? ¿Nos parecería más o menos femenina Elena Ferrante si conociéramos su identidad real y, por tanto, su sexo?
En un artículo reciente, la siempre espléndida y muy lúcida e inteligente María José Solano escribe: La llamada «literatura femenina» se ha convertido en una especie de parque temático emocional con tres o cuatro atracciones fijas: los traumas de la infancia que afloran en la madurez, la soledad del divorcio, la épica de mirar cómo se abulta un vientre en el embarazo o el parto místico. En un texto, significativa y “hichtcockianamente” titulado “El enemigo de las rubias”, en el que analiza los personajes femeninos de diversas películas -Rebeca, Los pájaros, Extraños en un tren (y otras previas a su éxito mundial y, por tanto menos conocidas, como El inquilino, The lady vanishes, Inocencia y juventud, Asesinato o Sabotaje)- del orondo y genial director británico, acusado, precisamente, de misoginia, de machismo impenitente, de perversidad y retorcimiento en la construcción de los personajes que hacía interpretar a sus casi siempre blondas actrices, a partir del hecho -¡gran sorpresa!- de que todos esos títulos se basaron en relatos, novelas, ficciones escritos por mujeres: Marie Belloc Lowndes, Ethel Lina White, Daphne du Maurier, Patricia Highsmith, Josephine Tey, Helen Simpson o Clemence Dane. ¿Las muy acertadas descripciones de la culpa, el crimen, la maldad, la ambigüedad moral, el miedo, el deseo, que atribuimos al muy insultantemente masculino Alfred Hitchcock son invenciones de mujeres? ¿Qué es pues, en el cine, en el arte, en la literatura, la creación femenina?
Dejando, por tanto, la cuestión de fondo sin resolver, concretaré la particular taxonomía que une los ocho programas del ciclo algo delirante, por planteamiento e intención, señalando que en ellos os voy a presentar libros -todos novelas- escritos por mujeres. En muchos casos sus protagonistas lo son también aunque, insisto, no estoy seguro de que el punto de vista pueda ser tipificado siempre como específicamente femenino. Además, junto a esta constricción de partida, he decidido imponerme tres más. En primer lugar, en cada uno de los espacios voy a comentar tres o cuatro novelas que he ido leyendo en este último año (con algunas, escasas, excepciones más antiguas y ya emitidas en etapas y formatos anteriores del espacio) y que he “reservado” hasta ahora para conformar con ellas esta particular serie. Estamos hablando, pues, no ya de una oferta plural, como tantas veces ocurre en Todos los libros un libro, sino simple y llanamente de una propuesta extraordinariamente ambiciosa, desmesurada y desbordante, con veintiséis obras -todas, en distinta medida, magníficas, desde mi punto de vista- con las que os aseguro largas horas de lectura en las ya cercanas vacaciones veraniegas. Ni que decir tiene que mi presentación de cada una de ellas será mucho más breve de lo habitual, limitándome a apuntar algunos elementos de sus tramas argumentales, subrayar los temas que subyacen a las historias narradas, mencionar las singularidades estilísticas y propiamente literarias de cada propuesta y, sobre todo, transmitir el fervoroso entusiasmo con el que he disfrutado, casi sin excepción, de todas ellas.
La segunda exigencia autoimpuesta, y aquí el “juego” se refina hasta extremos que yo mismo no dudo en calificar como delirantes, consiste en que cada una de esas veintiséis novelas está publicada en una editorial distinta, en una prueba, por un lado, de la amplia variedad del “emprendimiento literario”, si se le puede llamar así, de nuestro país, y, por otro, de mi explícita voluntad de homenajear a tantos sellos menores, que difícilmente pueden competir en un mercado monopolizado por los dos grandes grupos editores, pero que son capaces de resistir y hasta crecer permaneciendo firmes en su loable intención de ofrecer al lector autores jóvenes, títulos nuevos, textos y proyectos literarios alternativos y, en cualquier caso, libros valiosos.
La tercera limitación de partida afecta a la elección de la cifra exacta, esas veintiséis que refiere y cuantifica el número de escritoras, novelas y editoriales seleccionadas. Aquí la excusa es más frágil, banal incluso, y tiene que ver con el guarismo que identifica los años que llevamos ya cumplidos de este intenso siglo XXI. En fin, trivialidades rozando lo supersticioso.
Además, y solo hoy, en esta primera entrega del ciclo femenil, se da una circunstancia que también podríamos llamar restrictiva, pues todas las novelas de las que voy a hablaros son de autoras españolas, de edades distintas pero todas jóvenes (desde los 31 años de la menor a los 42 de la más veterana), de orígenes geográficos diversos (una canaria, una catalana y una madrileña) y con unas muy dispares y variadas propuestas literarias (pero con bastantes puntos en común, al menos en las obras que hoy presento).
Abro, pues, mis sugerencias con la más joven de todas ellas, Lana Corujo, nacida en Lanzarote en 1995. Formada en ilustración y diseño (una circunstancia que aflora en el singular tratamiento tipográfico de su libro), con una, pese a su juventud, ya consistente trayectoria en la creación artística, la gestión cultural y hasta en el dominio de la literatura, con un par de poemarios publicados y su inclusión en una antología de relatos, su primera novela, Han cantado bingo, que apareció en 2025 en el seno de la editorial Reservoir Books, supuso una irrupción volcánica (nunca mejor dicho, como luego veremos) en el panorama literario español, con una recepción clamorosa por parte de la crítica y una aceptación no menos entusiasta de los lectores, que han hecho correr de boca en boca las excelencias de una novela excepcional.
El libro se organiza en ciento seis capítulos muy breves, en muchos casos de una sola página, a veces de algunas -pocas- líneas. No hay en ellos un desarrollo narrativo lineal sino que la trama se construye a partir de pasajes fragmentarios de la infancia de la narradora, que constituyen el núcleo sustancial de la novela, cruzados por leves apuntes, tenues referencias -una frase, una reflexión- a etapas posteriores -los diecinueve años, los veintidós- de su joven vida.
En Lanzarote, dos niñas, la narradora y su hermana dos años menor, Alejandra -Aleja-, viven con su abuela y unos padres en más de un modo ausentes. Cada sábado, después de cenar, Abuela (así se la denomina en el texto) se va a al garaje de una de las vecinas a jugar al bingo. Desde que se va y hasta que el Tío Félix vuelve de faenar las pequeñas están solas unos minutos que aprovechan para entregarse a su juego favorito. Salen por la puerta de atrás de la casa, saltan el muro y caminan por la arena volcánica hasta llegar a El Ahorcado, un volcán de formas redondeadas y vagamente humanas (La silueta de El Ahorcado, magnífica y redonda. La luz de la luna dibuja su figura como el azúcar glas. Parece la barriga embarazada de mi prima cuando está tumbada bocarriba. Imagino un ser ¿alado, quizás? revolviéndose dentro de esa panzavolcán). Una vez ante él, lo miran con una mezcla de encantamiento y aprensión. Entonces dan comienzo a un juego de normas sencillas: 1. No podemos usar la linterna a la vuelta. 2. Corremos de la mano. 3. Contamos hasta tres. 4. Si El Ahorcado alcanza a una de las dos, la otra sigue jugando sola.
Así empieza la novela, situando el escenario y, sobre todo, el clima emocional en que se desenvolverá la historia entera. Entre episodios de esa vida infantil, hecha de magia y encanto, de temores y misterio, de curiosidad y desconcierto, de ternura, estremecimientos, descubrimiento y dolor, un acontecimiento trágico, que no se explicita abiertamente -se intuye, se deduce, se supone- y al que durante la mayor parte del libro solo se alude de manera indirecta, desvelándose gradualmente con uso magistral de la elipsis y la sugerencia velada, vendrá a poner fin para siempre a ese tiempo -a ese universo- inocente y candoroso, a la vez feliz y vulnerable, del que una narradora de voz sensible y emotiva, muy cálida y poética, lúcida, melancólica y de una belleza arrebatadora, nos da cuenta.
La singularidad de esa voz, su tono, la opción estilística elegida por la autora es, con diferencia, el elemento más destacado del libro, el que lo hace especialísimo e inolvidable. El relato de la hermana mayor, el recuerdo de los días y años infantiles, la evocación, a medias memoria, a medias recreación, del tiempo vivido con su hermana, está repleto de emoción, de sensibilidad, de ternura, de cercanía e intensidad. Es imposible avanzar por el libro sin detenerse a cada poco, fascinado el lector por el modo en que se nos cuenta la historia, conmovido por la emotividad de la prosa, exaltado por la maravilla de los muchos hallazgos léxicos, subyugado por la genialidad de ciertos recursos tipográficos, deslumbrado por la hondura y la belleza de las metáforas, por la potencia simbólica de ciertas imágenes (el Ahorcado, el volcán, el Mundo Adulto, el bingo, los monstruos), exultante y también perturbado por la recurrencia de ciertos elementos que desbordan su realidad y se abren a significaciones ocultas que describiendo los sentimientos, los miedos, los afectos, las sensaciones, los anhelos, las inseguridades de las niñas, los trasciende para tocar profundamente el alma del lector.
Son decenas los ejemplos de esta innovadora peculiaridad formal, de tal brillantez que yo ahora, extasiado e impotente ante la dificultad de transmitir siquiera medianamente el exultante entusiasmo que la lectura me ha provocado, querría compartirlos todos. En realidad, lo único que debería hacer para completar esta reseña es transcribir, palabra por palabra, el libro entero o, en su defecto, limitarme a enunciar con pasión ¡¡Leedlo!! y callarme después. Sirva, no obstante, mi selección de alguna elocuente -aunque por desgracia escasa- muestra. Una niña que habla como tal: ¿Tú piensas que puedes conocerlo todo todo todo todo de alguien? Unos símiles rezumando poesía: Si pienso en la palabra «deseo», siento como si comiese miel. Unas descripciones en las que predomina lo sensorial, ampliando el sentido de lo narrado: El ruido me asusta como si tuviera dientes; El miedo nos sube por las piernas como hormigas que muerden; Me mira con sus dos volcanes negrísimos. Un lenguaje que trasciende la mera exposición de los hechos: La voz de mi padre ya no es tambor, ahora es una flauta (…). La voz de mi madre. Un piano. Tin. Tin. Unas observaciones que se abren a mil inesperadas ramificaciones: La palabra «muerte» me sabe a los bombones de licor que tomas cuando los confundes con los de leche. Esos bombones y la muerte deberían ser solo para los adultos. Unos títulos de los capítulos llenos de ambigüedades, de misterios, de densidad lírica: no sé por qué te gusta tanto; pajarito degollado; hoy las estrellas están de mi parte; mi secreto te lo cuento; mira este monstruo; una cartita para el alma. Una desbordante, riquísima, encantadora, entrañable y muy fecunda utilización del léxico canario que obliga al lector, encandilado y gozoso, a consultar una y otra vez el diccionario (perretosa, chinija, picón, enchumbado, piche, enraladas, catchup, rofe, lambiarlos, fisquito, perenquén, fulas, jodelones, sarantontones, salvajienta, gentina, morrúa, traquinienta, veroles, jable, chaplón, me alongo, un soco, ceras manchonas, lambuzada). Un uso muy original de los recursos tipográficos, que no se queda en una mera exhibición de las habilidades y la formación en diseño de la autora, sino que responden a una voluntad narrativa: las palabras de Aleja aparecen subrayadas; las de la narradora cuando no forman parte del propio relato en primera persona sino que se refieren a intervenciones en hechos o momentos “externos” de los que se da cuenta, en cursiva; las del resto de los personajes, entre llaves. La inserción de algunos dibujos infantiles. Una configuración muy especial de alguna página, como en este caso:
¿Puedes dormir?
No.
¿Te puedo hacer una pregunta?
Sí.
¿Cuál es el animal más peligroso?
No lo sé.
¿Estás enfadada conmigo?
Sí.
O en este otro capítulo, muy revelador de las innovaciones formales y también del tono, la atmósfera y hasta la temática del libro:
conversaciones con un perro muerto
NIÑA: Me encanta tu pelo.
PERRITA AURORA : ¡Brilla!
NIÑA: ¿Te acuerdas del día que llegaste a casa? Te dio miedo el sonido del viento.
PERRITA AURORA : ¡Sí! Yo aún era muy pequeña y todo de pronto era grande. Pero tú y tu hermana me acariciaron y empecé a mover el rabo de un lado a otro.
NIÑA : Mis padres no te dejaban, pero tú te subías a la cama de mi hermana por las noches.
PERRITA AURORA : No me gustaba verlas tan tristes.
NIÑA : ¿Tú fuiste feliz?
PERRITA AURORA : Sí. Y tú, ¿lo eres?
NIÑA : Mucho.
PERRITA AURORA (Mueve el rabo de un lado a otro).
NIÑA : ¿Tú recuerdas cómo pasó?
PERRITA AURORA : ¿Cómo pasó el qué?
NIÑA : ¿Cómo te moriste?
PERRITA AURORA: No. Solo te recuerdo a ti rascándome la pancita.
NIÑA : Yo tampoco lo vi, pero las dos lloramos mucho. Papá nos lo contó. Pero luego apareciste y mi hermana no me cree. ¿Por qué ella no puede verte?
PERRITA AURORA : Porque tú eres la persona a la que más quiero, Alejandra.
En este mismo sentido, en algún capítulo se transcriben correos electrónicos:
De: Mamá
Enviado: Hace dos años
Para: Alejandra
Asunto: mi niña cgjfuiquitita sigo tan enfafafsa y triste piendfdo que daria lo jre fuera de nmi vida lo quer fuera 5 años f10 toda mi vida entergra con tafnr de abrazarte slo una vrez masdff
Mensaje:
…………….::Lgbd
Y todavía dese el punto de vista formal, quiero destacar el uso de los tiempos, con el juego combinado de la redacción en presente (Papá y mamá nos dan el culito de refresco que dejan en el fondo de la botella cada vez que se sirven sus bebidas) y en pasado (Pienso en la noche de hace años, en la que atravesé el jable por su carretera infinita. Caminaba con la angustia de no volver a verla nunca más. De que hubiese muerto para mí también. Pero allí estaba, junto a El Ahorcado, cazando estrellas que solo existían bajo su mirada. Yo tenía quince años, ella diez. Yo volví a ser la niña de doce y ella continuaba siendo la de diez. Nos reencontramos sintiéndonos en la noche de la verbena). En una alternativa que tiene que ver con el núcleo esencial del libro y que no puedo desvelar, aunque sí, tangencialmente, apuntaré: Me tumbo en la litera de abajo y miro las tablas de arriba, donde dormía Aleja.
Por entre todas estas particularidades estilísticas y aflorando entre la leve trama argumental, hecha de fragmentos, de distintos episodios, de momentos, algunos relevantes, otros banales, pero todos significativos, la evocadora historia escrita por Lana Corujo acaba por configurar un mosaico en el que la conjunción final de sus teselas muestra una lúcida, delicada, tierna, preciosa, y también trágica, terrible y dolorosa, representación de la infancia, hecha simultáneamente de realidad y fantasía, de reflexión y memoria, en una conmovedora reconstrucción de una niñez marcada por un suceso dramático. En ella apreciamos, como he señalado, la inocencia, la ternura, la difícil relación con los padres, el dolor, el miedo, el juego, el asombro, el amor, las inseguridades, las dudas, la incomprensión, la extrañeza del mundo adulto (las mayúsculas con las que se presenta esta locución en el libro -el Mundo Adulto- reflejan ya la ininteligibilidad para la niñas de ese territorio inaccesible e ignoto), el misterio, los afectos, la amistad, el deseo y la angustia del crecimiento, el miedo a elegir y equivocarse, los recuerdos y el olvido, la sombra de la muerte, las lágrimas, la tristeza, la culpa, las expectativas. La inteligente mediación de todos esos recursos expresivos contribuye a dibujar una fotografía de la infancia en la que comparece su dimensión más realista -los rituales de la cotidianidad; los silencios y ocultamientos familiares; la ambigüedad de las relaciones entre hermanas, con su entrañable intimidad, su cariño incondicional y también sus enfados y tensiones; el alejamiento de unos padres a menudo distantes; la amorosa complicidad de la abuela; las amistades adolescentes a la vez fervorosas y despegadas- y, sobre todo, el universo mágico y simbólico que siempre forma parte de esos años infantiles y que Corujo presenta con brillantez inusual en infinidad de manifestaciones de un lirismo conmovedor: los monstruos, los temores nocturnos, las apariciones fantasmales, los singulares ceremoniales de la niñez, los conjuros, las cartas del tarot, las conversaciones con los muertos, la misteriosa herencia que afecta a ciertos miembros de la familia ({En esta familia ocurre algo a lo que nadie da explicación. Lo llamamos «herencia». Cuando una persona muere, se presenta a su ser querido más cercano. Eso quiere decir, mi niña…} Sé que se dirige a Aleja, aunque no sepa dónde mirar para ubicarla. {… que estás…} Abuela va a romperse. {… estás muerta}).
Una novela maravillosa, en todos los sentidos de la palabra, que os recomiendo vivamente. Como lo hago también con mi segunda propuesta de hoy, que siendo muy distinta en tono, estilo y planteamiento literario, guarda, no obstante, más de una concomitancia con Han cantado bingo. Se trata de Los astronautas, que apareció en el seno de la editorial Alfaguara en el año 2023, siendo su autora la inteligentísima Laura Ferrero. Siento resaltar esta condición, cuyo subrayado por mi parte estoy casi seguro de que no le gustaría a la autora, pese a que en Los astronautas hay muchas referencias a esa ostensible superdotación intelectual; pero no puedo dejar de hacerlo pues, aparte de otras muchas cualidades apreciables en sus libros, su inteligencia me deslumbra cada vez que leo alguno de sus textos. Nacida en 1984, Ferrero, periodista cultural (con colaboraciones en diversos medios de comunicación), también guionista (y muchas ocupaciones más, si la asociamos -no es descabellado, como luego veremos- a su personaje: Fui recepcionista, asistente, atendí al teléfono en lenguas que apenas entendía, fui la chica que regaba las plantas y preparaba las tazas de café. Fui editora, camarera, repartidora de folletos a la salida del metro, azafata de congresos, scout, redactora de una revista universitaria, redactora de libros que firman otros, es decir, negra, clown, actriz de videoclip, pero podría haber sido cronometradora de aplausos en un festival, la que apaga las velas en las iglesias ortodoxas, la que pasa la mopa motorizada en el aeropuerto, la que prepara los discursos en las funerarias sin conocer al fallecido), cuenta con una trayectoria literaria bastante consolidada, con un par de colecciones de relatos, una novela previa a la que hoy comento, Qué vas a hacer con el resto de tu vida, que no he leído, y un libro misceláneo, de difícil clasificación, El amor después del amor, del pasado 2025, que va a protagonizar la temporada próxima algunas emisiones de Buscando leones en las nubes, mi otro espacio en Radio Universidad de Salamanca. En él presenté, en junio de 2025, otro programa centrado en un precioso artículo periodístico de la escritora catalana, de título Que vengan a buscarte. En buscandoleonesenlasnubes.blogspot.com podéis encontrar el podcast ya emitido y, en unos meses, los correspondientes a su muy especial libro sobre el amor. Anticipo, además, que, también para el curso próximo, Los astronautas también tendrá presencia, en planteamiento y estructura todavía por perfilar, en Buscando leones en las nubes.
La narradora del libro, también su protagonista, además de, según todas las evidencias, la propia Laura Ferrero -estamos ante una obra claramente autobiográfica-, encuentra una foto, hasta entonces desconocida para ella, de sus padres biológicos con su pequeña hija (una pareja joven sonríe a cámara y, en la falda de la mujer, descansa una niña con un peto azul agarrada a un trozo de pan. La niña no tendrá más de un año, un año y medio a lo sumo). Hasta ese momento, treinta y cinco años después de su nacimiento, Laura nunca había visto una fotografía en la que ella apareciera con sus padres juntos. Su padre se había marchado de casa dejando a la pequeña con apenas año y medio. La madre de Laura, Clara, con la que vivió hasta los dieciocho años, se volvió a casar, con Miquel, teniendo con él otro hijo, Marc. Por otro lado, el padre biológico, Jaume, se casó también, con otra Clara, siendo padre de otra chica, Inés. Las dos familias, pese a vivir ambas en Barcelona y separadas por apenas dos kilómetros de distancia, mantuvieron existencias ajenas, más allá de algún esporádico y casi obligado encuentro con ocasión de alguna inevitable ceremonia “formal”. Este distanciamiento -Clara, la madre biológica, borró de su vida y de la de su hija cualquier rastro de la presencia de su exmarido, que se limitaba a ver a la niña dos veces al mes- situó a Laura en un terreno de nadie, extraña -salvo el vínculo con su progenitora- a la nueva familia de esta, e igualmente apartada del sobrevenido entorno familiar de su padre.
El descubrimiento de esa foto constituye el desencadenante de una novela que podríamos resumir como el relato de una doble investigación -externa, a través de las conversaciones con sus padres biológicos, las parejas de estos, sus tíos, algunos conocidos, del rastreo de otras fotos en álbumes familiares; e interna, mediante la exploración de sus propios recuerdos, muchos de ellos difusos y evanescentes- y de una búsqueda, también doble, la de su hasta entonces inexistente núcleo familiar y la de su propia identidad.
En su exhaustiva y dolorosa pesquisa, en la que afloran las emociones, los traumas, la confusión y el íntimo desgarro en la reconstrucción de su pasado, Ferrero establece un paralelismo entre su propia experiencia y la de los astronautas y las aventuras espaciales. El libro está repleto de menciones a distintos episodios -algunos de su propia biografía; otros, la mayoría, bien conocidos y con valor histórico- relacionados con ese universo: la invención infantil de un padre astronauta, circunstancia con la que la pequeña justificaba la ausencia de su progenitor en las reuniones con los profesores de la escuela o su no comparecencia a la puerta del colegio para recoger a su hija; la camiseta de la NASA; el ingeniero escocés James Nasmyth que se “inventó” su llegada a la Luna el 12 de marzo de 1874; Christa McAuliffe, la maestra enviada al espacio en la misión Challenger y que moriría con sus compañeros de expedición cuando la nave explotó a los setenta y tres segundos de despegar; otra mujer, Ann Druyan, que envió sus pensamientos y sentimientos en forma de onda al espacio, en una suerte de mensaje en una botella que tanteaba la posibilidad de que otra civilización pudiera entender nuestro lenguaje; Michael Collins, el único tripulante de los tres del Apolo 11 que no pisó la Luna; los setecientos noventa y seis objetos de procedencia humana que reposan sobre la superficie del satélite; el desconcertado Sergei Krikalev que partió desde la Unión Soviética en la nave Soyuz para una misión en la estación Mir y que, diez meses después, regresó a otro mundo. No tenía patria y el mítico centro de lanzamiento de cohetes enclavado en la estepa de Tyura Tam, en Baikonur, desde donde había salido, pertenecía ahora a la república independiente de Kazajistán. Su sueldo, de seiscientos rublos, no alcanzaba ni para comprar un kilo de carne; su ciudad natal ya no se llamaba más Leningrado sino San Petersburgo y su carné de miembro del Partido Comunista carecía de toda validez porque esa agrupación estaba proscrita. Se fue de la URSS y regresó a Rusia, en una de las historias en las que la metáfora espacial describe mejor el limbo en el que vivía la propia Laura, perdida entre dos familias (Sergei Krikalev soy yo, escribe). Un eje metafórico que cruza la novela de principio a fin, en un recurso cargado de simbolismos, singularmente la idea de la exploración de lo desconocido, que se recoge ya en la apertura del primero de los tres capítulos del libro:
El 1 de enero de 2019 la sonda espacial de la NASA New Horizons divisó Ultima Thule, el objeto celeste más lejano que la humanidad ha explorado nunca, situado en el Cinturón de Kuiper, una colección de cuerpos helados a unos seis mil quinientos millones de kilómetros de distancia del Sol.
En latín, Ultima Thule significa «un lugar más allá del mundo conocido». Después de aquí no hay nada, indica, o no hay nada que nosotros podamos conocer.
O peor.
Quizás, como se decía en la Antigüedad, hic sunt dracones. Es decir, a partir de aquí, dragones.
Pero, en esta misma línea, en la inclusión de estas expediciones espaciales y de sus protagonistas, hay, de manera evidente, una alusión a la búsqueda de respuestas a los grandes interrogantes de la humanidad, a la exploración, de tintes existenciales, más allá de su dimensión científica o armamentística, de los enigmas fundamentales de la especie, que se asemeja al intento de Laura por despejar las incógnitas constituyentes de su vida. Y están también las ideas del alejamiento y la soledad de los viajeros espaciales, que equivalen al aislamiento de los personajes, el padre distante, la madre negando el pasado, la hija borrando el recuerdo doloroso, perdidos en el espacio e incapaces de volver a la Tierra; de la distancia, el silencio y la dificultad comunicativa de los astronautas encerrados en sus cápsulas; del imprevisible viaje galáctico hacia el exterior del planeta y del interior, no menos arriesgado, hacia los abismos más recónditos de la propia intimidad; de la dificultad del retorno a un mundo que ya se vive como distinto tras la experiencia cósmica extrema; de la desubicación de quien desconoce su situación real en el universo; entre otros. Muestras todas de esa correlación que vertebra el libro, de ese juego de simbolismos que forma parte del muy identificable estilo literario de la muy talentosa escritora que es Laura Ferrero (que pese a ello incurre, no obstante, ni más ni menos que en cuatro ocasiones, en la horrorosa locución “a día de hoy”, que, aunque aceptada por la Real Academia, remite a los muy acomodaticios hábitos expresivos de políticos y periodistas), pródiga -en lo que yo le he leído- en el establecimiento de conexiones, vínculos, ecos y resonancias, nodos simbólicos, nexos muy bien trenzados entre elementos diversos, ajenos al relato principal, referencias culturales, canciones, citas literarias, alusiones a la mitología…
Unos lazos -estos no pretendidos, obviamente, dadas las fechas de publicación de ambas novelas- que, por otra parte, unen a Los astronautas con Han cantado bingo. La familia, la infancia, los recuerdos, la memoria y el olvido, la muerte, son temas comunes al libro de Lana Corujo, también un episodio infantil traumático que no voy a desvelar, que en la pesquisa de Ferrero aparece sumido en la oscuridad, inaprensible, olvidado más allá de ciertos atisbos difusos, de imposible rememoración y que acabará por representar la médula del libro y de la experiencia vital de la autora, como lo es el drama familiar en la novela de la canaria.
Con la inevitable aceleración a la que obliga el somero repaso a las variadas propuestas de cada una de las entregas de mi ambicioso ciclo, ya solo puedo señalar, con carácter muy general, algunas ideas, ciertas líneas temáticas reflejadas en Los astronautas que lo hacen altamente recomendable. La complejidad de la niñez, de la infancia, del proceso de hacerse mayor; los tortuosos caminos del crecimiento; la aproximación y el desvelamiento de la figura paterna; las repercusiones de la ausencia del padre, de su “no estar” (No estar implica una decisión, pero también una negligencia, un olvido permanente, un despiste, una imposibilidad, una vagancia, una incapacidad, una pereza extrema, una laboriosa e intrincada manera de estar en el mundo, una desafección, una estrategia, un desapego, una renuncia); el difícil papel de la madre, sus silencios y omisiones en la educación de su hija; la memoria como reconstrucción y como reinvención; la educación sentimental; la configuración de la identidad; la importancia de los vínculos; las carencias de la familia como institución y el cuestionamiento de sus perfiles más consabidos: la alegría y las celebraciones, los rituales; la dificultad de penetrar, de llegar al fondo, de comprender a los padres, a los hijos; los secretos, los olvidos, las ocultaciones y las mentiras que apuntalan la frágil imagen de nosotros mismos; el ansia de reconocimiento; el valor de la imaginación, de la fantasía, de la invención; el peso del pasado en nuestras vidas; la imposibilidad de acceder a la verdad de los hechos, a la verdad de uno mismo (cualquier historia no cuenta la verdad, sino una verdad); los traumas, los trastornos psicológicos; la superdotación y la hipersensibilidad; la tiranía de la belleza, del buen aspecto físico, que se impone a las mujeres; la soledad y el aislamiento, la incomunicabilidad; la búsqueda de un lugar en el mundo; la complejidad del amor, su encanto, sus aristas, sus amenazas (Toda historia de amor contiene dentro de sí misma la semilla de su destrucción y a veces esa semilla duerme por los siglos de los siglos en un coma profundo y casi irreversible); el enamoramiento y el desamor, el abandono, la ruptura; el peso de la culpa; la necesidad de la escritura y las palabras para crear sentido, para dotar de significado a la realidad (Es difícil saber cuántos detalles hacen falta para crear la imagen de algo, y si no será que la vida al final se reduce al cúmulo de detalles inconexos y casuales que solo mediante la escritura se ordenan, se convierten en imagen); la voluntad y la urgencia de escribir; el deseo de ser otro (Durante años repetí con precisión a quien me lo preguntaba que de mayor sería actriz, cantante, neurocirujana, astronauta. Hablaba indistintamente de aquella pasión mía por los escenarios, por la música, por la interpretación, por el espacio. En realidad, todas esas pasiones no se relacionaban con las disciplinas en sí mismas, sino con ese hondo deseo de ser Carlota Casiraghi. Se trataba de un anhelo de desaparecer, para reaparecer luego bajo otra identidad. Disfrazarme para obtener un reconocimiento, puesto que las calificaciones del colegio no servían); las pérdidas, las ausencias, la enfermedad, las muertes; los infrecuentes momentos intensos, felices, que hacen pensar que la vida puede ser una repetición de inocencia, placidez, pureza, descubrimiento; los más numerosos que nos traen el dolor, el sufrimiento, la pena, el vacío, las lágrimas; el miedo: a la intemperie, al abandono, al paso del tiempo, a las heridas, al dolor.
Y todo ello contado con brillantez, con cercanía, con emoción y sentimiento aunque sin sentimentalismo fácil ni dramatización excesiva, con un tono contenido incluso en los momentos más duros, con una sobresaliente capacidad para convertir lo íntimo en una experiencia compartida; con una escritura hecha de fragmentos, de asociaciones, retornos y repeticiones, de cambios temporales frecuentes, con la inserción de historias paralelas (no solo las de los astronautas) y el entrelazamiento de testimonios directos, pensamientos, reflexiones. En definitiva, otra obra espléndida, de lectura indispensable, que recomiendo con fervor.
Excelente es también mi tercera sugerencia de la tarde, Carcoma, una novela de Layla Martínez publicada hace ya cinco años, en 2021, por la malagueña Editorial Amor de Madre. Y quiero llamar la atención de entrada sobre el elogioso adjetivo, todavía más significativo cuando mi visión de la vida, mi modo de pensar acerca de la realidad, mi posición ante los conflictos sociales y las intolerables injusticias y desigualdades que permean nuestra sociedad están a años luz, presumiblemente, de las que puede sostener su autora y, en cualquier caso, de las que, de manera descarnada, se reflejan en la novela. Un enfoque político, una toma de postura ideológica, una concepción de las relaciones colectivas -los de la escritora- muy radicales, muy combativos, nada cómodos ni complacientes, nada conciliadores ni comprensivos, casi totalmente opuestos a mi forma de estar en el mundo e intentar descifrarlo. Y pese a todo ello, el libro me ha gustado mucho (aunque “gustar” quizá no sea el verbo adecuado para una obra muy dura, presidida por la violencia, el odio, la rabia, la venganza) y lo recomiendo con entusiasmo, limitados sin embargo mi pleno disfrute de su lectura y mi valoración final por esa discrepancia con sus tesis de fondo y por mi profunda falta de sintonía con su muy cruda y descarnada mirada sobre la existencia.
Pero vayamos por partes, con la presentación de la escritora y de su trayectoria profesional. Layla Martínez, con un origen conquense que aflora levemente en su novela pero nacida en Madrid, en 1987, es licenciada en Ciencias Políticas y de la Administración por la Universidad Complutense y máster en Ciencias Sexológicas por la Universidad de Alcalá de Henares. En 2020 publicó Utopía no es una isla, un libro a medio camino entre el ensayo y la narrativa. Su editorial resalta también su condición de editora en el sello independiente Antipersona y de colaboradora habitual en el periódico El Salto, un medio de comunicación que se define como “autogestionado, horizontal y asambleario”. Martínez, siempre según la nota editorial, ha coordinado e impartido talleres de literatura, ciclos de cine y charlas sobre historia de las mujeres e historia de los movimientos sociales. Este enfoque que podríamos denominar “activista”, coincide con el de Amor de Madre, que se define como un proyecto que se dedica a “crear un microcosmos literario donde la visibilización de los colectivos LGBTQ+ y los movimientos feministas son la norma y no la excepción. Un espacio seguro donde encontrar literatura que nos represente”. Subrayo estas muy elocuentes declaraciones de principios porque ayudan al potencial lector de la novela a situar el marco en el que se inscribe y las pautas ideológicas que identifican a su autora, aunque insistiendo una vez más -y son muchas en los largos años de existencia del programa- en que los apriorismos, los sesgos cognitivos, los prejuicios políticos no me parecen demasiado relevantes a la hora de disfrutar y valorar una obra literaria.
En 2021 Layla Martínez publicó Carcoma, concitando un fulgurante éxito de lectores, con decenas de miles de libros vendidos. Hasta este momento la novela suma ya sesenta y cuatro reimpresiones, ha sido traducida a dieciséis idiomas y publicada en más de veinte países, encontrándose en proceso de adaptación al teatro en México y en España y al cine en Irlanda. Su edición en los Estados Unidos fue nominada al prestigioso premio National Book Award de 2024. Antes, había sido seleccionada y premiada en distintos certámenes y en categorías diversas: de ciencia ficción y fantasía, de novela corta, de obras revelación.
Resulta difícil sintetizar el argumento del libro. Podría decir que una de sus protagonistas -quizá la principal- es una casa, una casa que respira (la casa contenía el aliento), que oprime (La casa entera se contrajo alrededor de la habitación, expectante), que padece (La casa está inquieta desde que has vuelto), que odia (la casa entera rezumaba rencor en cuanto él atravesaba el umbral. Podía sentirse en la humedad de las paredes, en los crujidos de los escalones, en los chirridos de las puertas), que encierra secretos, que sobrecoge y amenaza, que espanta y aterra, ocupada por fantasmas, por ángeles como insectos gigantes, como mantis religiosas, por santos que queman las sábanas con sus halos, por sombras que están en cada ladrillo, debajo de cada baldosa, tras la cal de las paredes, mezcladas con la argamasa. Aparecían cada vez que mi madre abría la alacena de la cocina, cada vez que descorría las cortinas de la habitación. Surgían de la oscuridad del aljibe, reptaban por debajo de la mesa, se arrastraban por los pasillos. Mi madre las oía respirar junto a la cama, acechar detrás de cada puerta. Una casa en la que los muertos viven demasiado tiempo y los vivos demasiado poco. Las que estamos entre medias, como nosotras, no hacemos ni una cosa ni la otra. La casa no nos deja morir pero tampoco vivir fuera de ella.
Quienes la habitan son dos mujeres, una abuela y su nieta, también con algo de espectral y con mucho de siniestro, de odio y resentimiento. Las dos viven aisladas en su oscuro universo de muertos y espíritus, siendo objeto del desprecio y el rechazo del pueblo, a partir, sobre todo, de la desaparición de un niño de una familia adinerada del lugar (las desapariciones, pues hay varias en la novela, son también relevantes en su trama). La narración intercala las voces de nieta y abuela que en capítulos alternos, normalmente breves, y cada una desde su particular perspectiva, rememoran las trágicas existencias de hasta cuatro generaciones de mujeres -bisabuela, abuela, madre e hija- en una familia marcada por secretos, silencios, sucesos traumáticos, muertes, sufrimiento y violencia estructural. En sus relatos se mezclan dos dimensiones. La primera es más o menos realista, con referencias a la guerra civil -otra protagonista del libro; en segundo plano pero aun así ostensible-; a episodios de la cotidianidad del pueblo, marcada por la explotación laboral, las desigualdades sociales, los enfrentamientos seculares, el rencor ancestral, las ofensas enquistadas; a las vivencias de los personajes -sus amistades, noviazgos, matrimonios, hijos, trabajos, disputas y muertes-; a la crudeza del entorno rural, a la represión y la brutalidad (una suerte de Puerto Hurraco algo más “estilizado”. La segunda vertiente se vincula a lo fantástico y la literatura de terror, con la presencia de la brujería, la superstición, los mitos y rituales ominosos, los conjuros, las apariciones, lo siniestro, lo oculto, lo soterrado, lo inexplicable, lo gótico, lo sobrenatural: Mi madre decía que esta casa hace que se te caigan los dientes y se te sequen las entrañas, pero mi madre se fue de aquí hace mucho y yo no me acuerdo de ella. Sé que decía eso porque me lo ha contado mi abuela, aunque no hubiese hecho falta porque yo ya lo sé. Aquí se te caen los dientes y el pelo y las carnes y a la que te descuidas te andas arrastrando de un lado para otro o te echas en la cama y no te levantas más.
A medida que avanzan los dos relatos, se van revelando, en una gradación muy bien medida por la autora, que oculta y muestra, apunta y esconde, y que dota a su libro de un apreciable punto de suspense, los secretos de la familia y los traumas del pasado, que aparecen entrelazados, unidas su realidad histórica, constatable, con las en apariencia enajenadas visiones de las protagonistas, rozando lo onírico, el delirio, el terror psicológico. Layla Martínez construye, así, un eficaz clima de tensión emocional que le permite exponer de modo muy original e inteligente los principales temas que explora su novela. El primero de ellos -y a mi juicio el sustancial, y el que suscita mis principales objeciones- es el del conflicto -la lucha- de clases sociales. Con la presencia germinal de la guerra civil como foco irradiador de la división fratricida que, no obstante, extiende sus efectos mucho más allá de su término (la novela hunde sus raíces en aquellos años ruines, pero alcanza, en la realidad de la nieta, a un mundo de móviles, conexiones a internet, ruedas de prensa mediáticas y periodistas de radios y televisiones agolpados a la puerta de la casa en busca de impúdicas primicias), el libro entero está cruzado por la división, el enfrentamiento, la confrontación y la hostilidad, el odio ancestral, feroz, furioso y airado entre pobres y ricos, en una concepción de las relaciones sociales que teniendo, muy probablemente, pleno sentido para describir aquel pasado ominoso, ni sirve como explicación del juego de fuerzas en nuestro tiempo, ni mucho menos constituye la fórmula -la venganza, el recurso a la violencia- para superar las injusticias y las desigualdades, económicas, culturales, sociales, que aún, por desgracia, perviven. En este sentido, resulta muy significativo -al menos para mí, que quizá me equivoque de medio a medio en mi interpretación de las tesis últimas del libro- que en la sección final de Agradecimientos de la novela, entre el reconocimiento -muy ilustrativo acerca del tono la obra- a su abuela materna, por dejarme contar la historia de su casa y de su familia (…) explicarme las vidas de los santos y enseñarme a escucharlos (…) [y] hablarme de los muertos que se aparecen en una esquina de la alcoba, dé las gracias también a su madre, por creer en la venganza.
La venganza, he ahí otro eje sustancial de Carcoma. La vida de las mujeres de la obra es una vida de pobreza, de sacrificio, de pesares, de desdichas, de injusticia, de sometimiento y sumisión. Han padecido -y siguen padeciendo- la violencia de la guerra (las súbitas irrupciones nocturnas de los sublevados, los “paseos”, los hombres escondidos en “zulos” para evitar la represión, los fusilamientos, los cadáveres aparecidos al pie de los muros de los cementerios); la violencia estructural que nace de la desigualdad social, del abismo entre la riqueza y la indigencia, entre la obscena abundancia y la prosperidad ofensiva y la escasez, la miseria y el hambre (la explotación salvaje por parte de los Jarabo, una familia burguesa tópica, con sus empresas y tierras y rentas, que esclaviza a sus trabajadores y abusa de las mujeres del servicio doméstico, la nieta entre ellos; que utiliza y exprime, que humilla y desprecia, desde sus privilegios, a sus “siervos”); la violencia hoy llamada patriarcal (noción que yo discuto, aunque estos no son ni el lugar ni la ocasión para hacerlo; me limito a recomendaros un libro que me ha parecido valioso, al margen, ya lo he dicho, de mi discrepancia ideológica), la de los hombres, todos en la novela estereotipadamente machistas, brutales, déspotas, proxenetas incluso, en algún caso, que utilizan, violan, se aprovechan y agreden a las mujeres (Había criado sola a un niño que vino tarde y flojo y que lloraba todo el día y toda la noche, a ratos de hambre, a ratos de frío y a ratos de una soledad monstruosa que se arrastraba por la casa como una gallina a medio degollar). Y ni la nieta ni la abuela aceptan esa opresión secular (Cómo no iba a pudrirme por dentro viendo aquello cómo no se me iban a reventar las tripas en aquella casa cómo no iba a entenderlo todo), no se someten, resisten y se rebelan (Como si yo no fuese a cobrarme la deuda), deciden pasar a la acción (Pero nos detestan igual a todos nos tienen el mismo asco a todos y ese asco se nos mete dentro y nos envenena y lo llevamos tan hondo que al final pensamos que es nuestro pero no lo es. Y entonces me dormí y al despertar tenía una carcoma dentro que no sé si las sombras me la metieron entre susurros por la noche o me vino a mí sola a la cabeza pero eso no importa porque igual supe que esa carcoma tenía que sacarla y que todavía no podía despedirme del trabajo que me quedaba algo por hacer). Anegadas por el rencor, por el resentimiento y el odio se vengan con crueldad, con saña, con brutalidad de sus “verdugos”.
Carcoma se presenta así -en uno de sus frentes- como una novela política que impugna el relato oficial de la memoria histórica en España; que niega la reconciliación y al olvido pretiriendo la justicia; que sostiene el carácter estructural de la desigualdad, la opresión y la pobreza; que propugna un enfoque combativamente feminista y antipatriarcal de la existencia. Más allá de lo radical de su planteamiento, yo no he podido dejar de pensar, mientras leía el libro, en Los santos inocentes, de Miguel Delibes, aunque en la novela del vallisoletano no hay odio de clase, pero sí indignación y conciencia de la desigualdad; no hay un discurso de resentimiento, encono o inquina, aunque sí evidencia obscena de la injusta desigualdad; no hay una postura activista, fuertemente ideologizada, agresiva, bastante maniquea, sino un enfoque humanista, ético, en el fondo cristiano, pero que no rehúye la denuncia devastadora, ni se instala en una equidistancia sospechosa y, menos aún, culpable. Esa referencia, muy clara a mi juicio, se ve refrendada por las palabras de la propia Layla Martínez, que en una entrevista confiesa que uno de los libros que más recuerda de su adolescencia es, precisamente, Los santos inocentes, que leí con dieciséis o diecisiete años y que encontré así, por una recomendación de la biblioteca. Me impactó muchísimo, recuerdo releer algunos fragmentos hasta cuatro y cinco veces.
Los temas, pues, de “las violencias”, del trauma de la guerra, de la memoria histórica, de las desigualdades sociales, entre otros, están en la base de una novela que alude a ellos a través de un tratamiento literario muy singular -en mi opinión el aspecto más destacado del libro- que algunas veces los explicita de manera directa y otras permite apreciarlos de manera tangencial. Veamos algunas manifestaciones de ambos formidables recursos estilísticos. En primer lugar, el clima de ferocidad, de primitivismo salvaje, de ira y rencor atávicos que impregna la novela no se percibe solo en los pensamientos, las actitudes y la voluntad vengativa de las narradoras, sino, sobre todo, en el lenguaje. El léxico que atraviesa sus relatos está dominado por una sucesión de vocablos y locuciones muy crudos, agresivos, belicosos, de una intensidad tremendista. He aquí una muestra no exhaustiva, que empieza en el propio titulo del libro, muy revelador, carcoma (conozco esa carcoma que tiene, esa comezón en el pecho como de caballo a punto de encabritarse pero que no acaba, no acaba, y al final no se desboca), y se completa con mugre, suciedad (Tenía siempre el pelo más cochino que la freidora de un bar de carretera), bilis, odio, ansia, pena, vieja de mierda, rabia, envidia, frustración, desprecio, soberbia, asco (¡que se repite 110 veces!), cara de idiota, peste, maldición, dolor, miedo, saña, vomitar, repugnancia, desgana, llantos, tristeza, desgarro, heridas, venganza, pueblo de mierda, derrumbe, abatimiento, zarandeos, desaliento, golpes, desesperación, rencor, resentimiento (En el pasillo la niebla había desaparecido, solo quedaba el rencor y el resentimiento de siempre pegado a las paredes y a los suelos como postilla como costra), alimaña, escalofrío, negrura, maldecidora, desencajada, raquítica, contrahecha, llaga, miserables, mezquinas, pudridero, esmirriada, moridero, endemoniarse, malnacido, envenenarse, ruina, reventar, la familia estaba torcida, sombras, desgracia, frío, mala sangre, psicópatas, babosos (esa lengua que tiene de baboso y arrastrado que si se la muerde se envenena. No había dicho nada porque en este pueblo además de arrastrados son cobardes y aquí a la cara no te dicen nada a no ser que se junten cuatro o cinco), espasmos, echando espuma por la boca.
Martínez utiliza además otros recursos estilísticos como la fragmentación del tiempo, los saltos de perspectiva y el uso de un lenguaje poético en momentos de gran tensión, de modo que su novela se enriquece, admitiendo lecturas como relato de terror, como crítica social y como análisis psicológico de los personajes. Destacan, desde este punto de vista, la ya reseñada alternancia entre las voces de la abuela y la nieta, que refuerza la tensión, conecta el pasado y el presente, permite profundizar en la psicología de los personajes y amplía la mirada del lector. También la elección de la casa como espacio simbólico de la represión y el dominio, de la asfixia, del conflicto, de los sucesos traumáticos, del derrumbe, de la oscuridad y la muerte de un régimen, de una sociedad, de un pueblo. Igualmente, la presencia de los sobrenatural, del terror, aparte de conectar con la tradición neogótica, que tanto se explota en la literatura actual -pienso en Mariana Enríquez y sus muchos seguidores/imitadores-, apunta al horror, a lo inquietante que aflora tras la memoria, de los secretos familiares, por entre las grietas de la aparente normalidad social.
En fin, tres novelas altamente recomendables, coincidentes en el sexo de sus autoras, su relativa juventud, la confluencia en algunos de los temas tratados -la familia, el trauma infantil, la memoria-, la singularidad de sus propuestas literarias y la muy notable recepción por parte de los lectores. Han cantado bingo, Los astronautas y Carcoma, ¡no dejéis de leerlas!
Os dejo ahora con un muy bello y elocuente fragmento de la novela de Laura Ferrero. Como acompañamiento musical acudo, en cambio, al libro de Lana Corujo, que se abre con una cita de una canción del grupo español La Bien Querida: Siempre que cierro los ojos me entra / mucho miedo de no volver a verte. Dinamita es su título y os la dejo para cerrar esta primera entrega de la serie de nueve que Todos los libros un libro va a dedicar a la literatura femenina en las próximas semanas.
Queda un único tiovivo en las calles de Barcelona, el de la plaza Alfonso X el Sabio. Entre sus figuras, a cuyas barras de aluminio se agarran los niños desde hace cuarenta años, se cuentan caballitos de madera, un coche de bomberos, un autobús en miniatura y una taza de chocolate que da vueltas sobre la base en un doble giro, el giro dentro del giro.
Hace unos años, cuando se reformó la plaza, los vecinos del barrio temieron que las obras resultaran en una explanada moderna, pero sin ese viejo tiovivo que durante décadas había dado vueltas a la sombra del viaducto del Guinardó. A lo largo de aquellos meses, el tiovivo desapareció, e imagino que las figuras se esfumaron amontonadas en un remolque oscuro y quién sabe dónde vivieron, en la más absoluta quietud, durante todo aquel tiempo.
Finalmente, el tiovivo volvió, aunque remodelado. Hoy, expuesto a las asperezas de la intemperie, sobrevive y, al caer la tarde, sus luces de colores relampaguean e hipnotizan a esos niños que se agarran a la barra, conectados a través de huellas invisibles en el aluminio a los que fuimos niños treinta años atrás.
Cuando era pequeña, mi padre y mi madre me llevaban hasta ahí. Ya se habían separado, de manera que iba con uno de ellos cada vez. Misteriosamente, como si solo ellos fueran capaces de ver una marca invisible en el suelo, se situaban exactamente en el mismo lugar. Pegados a la fuente, de brazos cruzados.
Mareada, a los mandos de una taza de chocolate que giraba y giraba, yo los buscaba inquieta. Una y otra vez los veía aparecer y, de repente, los perdía.
A cada vuelta del tiovivo, llegaban de nuevo la fuente y mi padre y mi madre, sus manos diciendo adiós, transformados en pequeñas figuras que se despiden a través de los años. Ya de adulta, cogí la costumbre de ir paseando hasta el tiovivo una vez al año.
Entonces ya era yo la que miraba a los niños, que giraban rodeados de padres cansados, y, aunque no los conociera, sentía el impulso de agitar la mano, de decirles que los veía, que los estaba observando. Que no estaban solos y que yo no me iba a mover de ahí.
Videoconferencia
Lana Corujo. Laura Ferrero. Layla Martínez




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