MARK TWAIN. LAS AVENTURAS DE TOM SAWYER; LAS AVENTURAS DE HUCKLEBERRY FINN
Bienvenidos, tras la presentación de hace siete días, a una nueva temporada de Todos los libros un libro, que hoy os ofrece una nueva, estimulante y plural recomendación de lectura. En el último programa del curso pasado, y con ocasión de la celebración, el 4 de julio, de los doscientos cincuenta años de la independencia de los Estados Unidos, elegí Lo que el viento se llevó, el gran clásico de Margaret Mitchell, como libro representativo de la historia, joven, vigorosa y, en general, coronada por el éxito, del vasto país norteamericano. Antes de la decisión final había barajado otros posibles títulos, obras también espléndidas, significativas de un modo u otro del alma de esa sociedad pujante, del espíritu independiente y emprendedor de sus gentes y de los formidables logros alcanzados en solo dos siglos y medio por la hoy poderosa nación estadounidense (también de sus muchas contradicciones, desde el exterminio de las poblaciones indígenas y las execrables etapas de la esclavitud, pasando por el imperialismo depredador, y llegando, en otro orden de cosas, hasta el desaforado individualismo que ha desembocado en los peores excesos capitalistas). Manejé entonces, entre otras posibilidades, obras como Hojas de hierba, los poemas de Emily Dickinson, Walden, Moby Dick, El gran Gatsby, Las uvas de la ira, Mientras agonizo, El guardián entre el centeno, En el camino o Adiós a las armas. También mencioné, en aquella reseña postrera de la temporada anterior, el Huckleberry Finn, de Mark Twain, que aparece citado de manera reiterada en estas algo volátiles -y en el fondo poco relevantes- encuestas que, a menudo, obligan a quienes participan en ella a establecer absurdos rankings siempre discutibles. Mi búsqueda del libro idóneo coincidía en esas semanas con mi relectura de la novela, Las aventuras de Huckleberry Finn y de la que la precede, Las aventuras de Tom Sawyer, su antecedente en tanto presenta los personajes y el entorno en que se desarrollará la trama, manteniendo una temática narrativa relativamente similar. La razón por la que en aquellos días yo revisitaba ambos libros, que había leído de pequeño en ediciones juveniles, tenía que ver con mi reciente y entusiasta lectura de otra gran novela, James, de Percival Everett, que, entre otros premios, obtuvo el Pulitzer de ficción en 2025 y que recrea la historia de Huck pero contada desde la perspectiva del negro Jim, el otro personaje esencial, junto al independiente y rebelde protagonista, del relato de Twain.
De tal manera que mi propuesta de esta semana incluye esos tres títulos (dos en la entrega de hoy y el tercero en la de mañana), girando sobre otros tantos nombres Tom Sawyer, Huckleberry Finn y James, aunque, en el caso de las obras centradas en los dos primeros, os daré también referencia de varias ediciones distintas, con diferentes traductores y también diversos e ilustrativos y bien informados prólogos. Como es natural, la plena comprensión del sentido y el mayor disfrute de la lectura de James, exige tener “fresco” en la memoria el contenido del Huckleberry Finn, y este, a su vez, requiere la familiaridad con los personajes que ya aparecían en Tom Sawyer. Un paquete completo, pues, en una experiencia lectora apasionante.
Vayamos, pues, con un breve comentario sobre Las aventuras de Tom Sawyer. Mark Twain publicó su libro en 1876, el año del primer centenario de la Independencia de los Estados Unidos, hace ahora, pues, ciento cincuenta redondos años. Como resulta previsible en una obra ya clásica, el libro ha conocido infinidad de ediciones en nuestro país (y fuera de él, traducido a más de sesenta idiomas), muchas de ellas en colecciones de literatura juvenil, como la que yo leí en mi infancia (y aún recuerdo -vagamente, eso sí- una adaptación televisiva en los años sesenta, que hoy no he podido encontrar). De las más recientes quiero destacar dos: la de Penguin Random House de 2016, con una entusiasta y muy sugestiva introducción de R. Kent Rasmussen, doctor en historia y reconocido experto en Mark Twain, y con las traducciones de Simón Santainés y Neus Nueno, responsables de las versiones a nuestro idioma de la novela y de su prólogo, respectivamente; y la que hoy traigo como referencia, la espléndida de Sexto Piso, publicada también en 2016, en su colección de novela ilustrada, con traducción de Mariano Peyrou y magníficas láminas de Pablo Auladell, reconocido dibujante y autor de las ilustraciones de diversos libros y novelas gráficas, con muchos premios en su haber.
El Tom Sawyer que protagoniza la obra es un niño -aunque no hay una datación expresa en el texto, podemos situar su edad entre los doce y los trece años- de imaginación desbordante; fascinado por los juegos de aventuras, los piratas y los bandidos, los exploradores y los héroes románticos; soñador, capaz de transformar cualquier circunstancia cotidiana en un acontecimiento extraordinario; feliz habitante de ese territorio infantil que participa simultáneamente de la realidad y la fantasía; y, sobre todo, muy espabilado, desvergonzado incluso, travieso y algo granuja, aunque de buen corazón, valiente, impulsivo, rebelde y con una irrefrenable tendencia a desobedecer las normas y convenciones de la comunidad y a desafiar la autoridad de los adultos. La acción transcurre en la ficticia localidad de San Petersburgo, traslación transparente de Hannibal, una población de Missouri situada a orillas del río Mississippi en la que el propio Twain residió con su familia las dos primeras décadas de su vida (siendo el pueblo, el río, los paisajes y las circunstancias de ese marco biográfico del autor, referentes obvios también de las dos novelas, como luego comentaré). Tom vive con su tía Polly, su hermanastro Sid, su prima Mary y Jim, el esclavo negro al servicio de la familia, en un entorno en el que se cruzan otros muchos personajes, singularmente Huckleberry Finn, el joven paria del pueblo, el hijo del borracho local, compañero de aventuras del muchacho y protagonista, con el negro Jim, de la segunda de las novelas que hoy presento.
El libro, en puridad, no tiene argumento o, mejor, lo tiene pero difuso, acomodado a una estructura relativamente peculiar, sin un desarrollo lineal que siga una única trama perfectamente organizada y desarrollada de manera continua desde el principio hasta el desenlace. Por el contrario, las correrías del muchacho se presentan como una sucesión de episodios autónomos, enlazados, claro, por la presencia constante del protagonista y, obviamente, por la coherencia del planteamiento narrativo de su autor. Sin afán alguno de desvelar nada relevante y consciente de que la popularidad de la obra hace que la mayor parte de ellos sean bien conocidos, cito algunos de los más memorables: las trastadas que el díscolo muchacho hace a su tía Polly, cuando inventa cualquier subterfugio para esquivar las obligaciones que la mujer le impone; el muy famoso episodio del pintado de la valla (al que alude, incluso, la portada de la edición de Penguin); la rutilante aparición de Becky Thatcher, que provoca el encantamiento inmediato de Tom y sus primeras emociones sentimentales; las rivalidades escolares, en las que siempre descuella el ingenio del chico; las aventuras nocturnas con Huck Finn; el asesinato en el cementerio del que los chicos son testigos; el juicio de Muff Potter y el personaje del indio Joe, grabados para siempre en mi memoria desde hace más de sesenta años a partir de la mencionada adaptación televisiva; la escapada a la isla Jackson y la “conversión” de los chicos en piratas, con la búsqueda del tesoro y la exploración de una laberíntica cueva; entre otros.
La mera enumeración de estas peripecias y el vívido aunque impreciso recuerdo de mi disfrute de todas ellas en mi infancia, resultan acordes con la acostumbrada consideración de la novela como un texto de literatura infantil. Y es que, quizá por el protagonismo y la presencia constante de niños en su trama (o, cuando se trata de adultos, “vistos” desde la perspectiva infantil) y por el tono frecuentemente humorístico del relato, Las aventuras de Tom Sawyer ha sido considerada durante décadas como una obra destinada a los niños. De hecho, todavía hoy suele encontrarse en las colecciones juveniles y forma parte habitual de los programas escolares, sobre todo en Estados Unidos (más allá del reciente fenómeno, que ya comentaré más adelante, de la “limpieza” -la cancelación- de las obras “inconvenientes”, en esa ola de corrección política hoy imperante que ha conseguido eliminar las andanzas de Tom y Huck de colegios y bibliotecas).
Sin embargo, ello no es así en absoluto -o no lo es del todo-, pues no estamos ante una obra simple y aparentemente transparente y elemental, dirigida a lectores apenas iniciados, si no que, por el contrario, constituye en realidad un texto con mayor enjundia de la que puede suponerse inicialmente. Desde este punto de vista, el libro admite diversas lecturas, siendo simultáneamente una novela humorística, un relato de aventuras, una reflexión sobre el paso de la infancia a la vida adulta, una sátira social y, en su fondo pero claramente perceptible, un retrato de los Estados Unidos de mediados del siglo XIX (la acción se sitúa en torno a 1840). Bajo la superficie de las aventuras de un muchacho travieso aparecen cuestiones decisivas para comprender la cultura estadounidense e incluso universal: la construcción de la masculinidad; la tensión entre libertad e integración social, entre independencia crítica y respeto gregario a las convenciones; las contradicciones morales de una sociedad en apariencia respetable, de un mundo provinciano que se presenta a sí mismo como ordenado, virtuoso y civilizado, pero en cuyo interior laten la superstición, la intolerancia, la hipocresía y los prejuicios raciales; la nostalgia por una América anterior a la industrialización; la violencia latente en la frontera; el peso de la religión protestante; y el complejo proceso de formación de la identidad nacional. Son ya muchos los estudios académicos y críticos que, sin desdeñar las cualidades de la obra como lectura idónea para los jóvenes, subrayan esta dimensión cultural e ideológica de la novela, que anticipa, en germen, lo que, como luego veremos, es notorio y sustancial y alcanza una profundidad mayor en Las aventuras de Huckleberry Finn, que pasa por ser la obra mayor de su autor y, sin duda, una de las grandes novelas norteamericanas.
Esta mayor ambición de la novela, que trasciende el ámbito infantil y juvenil, es confesada por Twain desde su prólogo, en el que advierte: Aunque el objeto principal del libro es divertir a la gente joven, espero que no por ello será rechazado por hombres y mujeres, ya que entró en mis propósitos el recordar a los adultos, de una manera agradable, cómo eran en su juventud, cómo se sentían, pensaban y hablaban, y qué empresas tan raras acometieron a veces (cito a partir de la traducción de Simón Santainés). Y de un modo aún más categórico, en una carta a su amigo y confidente literario William Dean Howells: No es un libro juvenil, en absoluto. Solo será leído por adultos. Solo está escrito para adultos, como recoge R. Kent Rasmussen en el mencionado estudio preliminar a la edición de Penguin.
El universo y los personajes principales de Las aventuras de Tom Sawyer, que reaparecerán casi una década después (en 1884 en Inglaterra y en 1885 en Estados Unidos) en Las aventuras de Huckleberry Finn, con distinta trama argumental y, sobre todo, con mayor hondura, son un evidente reflejo del entorno sureño y de determinadas circunstancias de la biografía del autor. En su Prefacio al libro, fechado en 1876, Twain subraya ese vínculo al afirmar: La mayor parte de las aventuras que se cuentan en este libro ocurrieron realmente; una o dos fueron experiencias propias, y el resto de muchachos [sic por la ausencia del artículo, opción del traductor] con quienes fui a la escuela. Huck Finn está sacado de la vida real; Tom Sawyer también, pero no de un solo individuo; es un conjunto de las características de tres muchachos que traté y, por tanto, pertenece al orden arquitectónico compuesto. Las extrañas supersticiones que aparecen se las creían al pie de la letra los chiquillos y los esclavos del Oeste durante la época en que se desarrolla la historia, es decir, hace treinta o cuarenta años.
Samuel Langhorne Clemens (su verdadero nombre, que cambió a los veinticuatro años por el de Mark Twain, alusivo, al parecer, a una expresión de la navegación fluvial para medir el calado de los barcos en proporción a la profundidad de las aguas: mark twain, mark three, mark four…), nació en 1835 en Florida y pasó la mayor parte de su infancia en Hannibal, pequeña localidad ribereña de Missouri, situada junto al río Mississippi. Aquel entorno acabaría convirtiéndose en el principal depósito de recuerdos para buena parte de su producción literaria. Twain conoció desde muy joven los paisajes, los tipos humanos y las costumbres que más tarde poblarían sus libros. La vida en las orillas del legendario Mississippi, el Old man River, el padre de todas las aguas, una de las grandes arterias -reales y simbólicas- de la nación americana, con su incesante tráfico fluvial, sus aventureros, sus comerciantes, sus buscavidas y sus personajes pintorescos, también las tensiones raciales, la mezcla de violencia, humor y superstición de los pueblos ribereños, dejó una huella imborrable en su imaginación. También lo hicieron las correrías infantiles, las excursiones por bosques y cuevas, las travesuras escolares, los juegos improvisados y ese sentimiento de libertad casi absoluta que caracterizaba la existencia de muchos muchachos en las pequeñas localidades del Medio Oeste estadounidense de mediados del siglo XIX. Su vida adulta, también aventurera y llena de experiencias (fue aprendiz de impresor, periodista, buscador de fortuna en el Oeste, piloto fluvial en el Mississippi, conferenciante, empresario, editor y, por supuesto, escritor de una obra extraordinariamente amplia que incluye libros de viajes, relatos humorísticos, novelas históricas, sátiras políticas y obras autobiográficas), dejó igualmente su poso en las dos obras. Twain se alimenta de aquellos recuerdos, pero lo hace, como señalaba en su preámbulo, sin limitarse a reproducirlos mecánicamente, transformándolos y convirtiendo en creación literaria de valor universal esas experiencias personales.
Este marco, como he señalado, reaparece en Las aventuras de Huckleberry Finn, en cuyo análisis me adentro ya. Sin embargo, el propósito, el planteamiento y la intención literaria del autor ya son otros, más ricos y complejos, más exigentes y ambiciosos. Ya desde la elección de la voz narrativa se percibe un cambio sustancial, con el relato en tercera persona de Tom Sawyer, que acentuaba la visión teñida de nostalgia del propio autor recreando sus días infantiles, trocado ahora en la primera persona y la voz de un Huckleberry Finn, con la capacidad de ironía, de ingenuidad, de ternura, a veces incluso de crueldad y de lucidez con que ese muchachuelo tan naturalmente inteligente, aunque académicamente analfabeto, es capaz de hacernos contemplar desde su peculiar punto de vista el mundo que le rodea, su época, el viejo Sur en los Estados Unidos, el anterior a la guerra civil, en palabras de Juan José Coy, responsable de una de las tres ediciones del libro que he consultado para esta reseña.
La primera de ellas, la que he leído ahora tras mis iniciales contactos juveniles con la novela (en la edición de 1967 de la colección Historias, de Bruguera; y en la película de Richard Thorpe, con Mickey Rooney como protagonista, que yo vi en Televisión Española en mi adolescencia), es la de Sexto Piso, una suerte de continuación del Tom Sawyer, publicada también en 2016, con, al igual que en el libro anterior, la traducción de Mariano Peyrou y las espléndidas ilustraciones de Pablo Aubanell. La segunda es la de Penguin Random House de 2016, traducida por José A. de Larrinaga, con un comentario previo, una vez más muy interesante, de R. Kent Rasmussen, y que incluye un apéndice final, El episodio de la balsa, que es uno de los muchos que fue eliminado o corregido o depurado por el propio autor antes de la publicación definitiva del libro, circunstancia constatable a partir del descubrimiento, a principios de los años 90 del pasado siglo, del manuscrito original del Huckleberry Finn, escrito de su puño y letra por Twain. De las muchas y controvertidas vicisitudes que experimentó la larga vida de la novela desde su publicación, con su considerable éxito popular, el reconocimiento académico, su consideración de clásico de la literatura norteamericana, pero también con la profusión de críticas acerbas, censuras, cancelaciones, prohibiciones, acciones de expurgado o reescritura de algunas de sus páginas, eliminación de vocablos polémicos o líneas “inapropiadas”, da cuenta el espléndido prólogo de esta edición. Como lo hace también el que firma el profesor Juan José Coy Ferrer, destacado profesor e investigador de literatura norteamericana en la Universidad de Salamanca, hoy jubilado, para la edición de 2015 en Cátedra, mi tercera referencia editorial para Las aventuras de Huckleberry Finn, que cuenta con la traducción de Doris Rolfe y Antonio Ferres. Ese texto preliminar, de setenta y cinco enjundiosas e instructivas páginas, no es el único valor añadido de esta edición académica. Destacan, además, un puñado de ilustraciones que salpican la obra, tomadas de distintas versiones del libro en la época; varias decenas de aclaratorias notas; una copiosa bibliografía; y la incorporación del Aviso y la Explicación previos con los que el propio Twain encabezó su texto. El Aviso aparece en las tres ediciones manejadas, aunque con matices en cada una de las versiones: Las personas que intenten encontrar un motivo en esta narración serán procesadas; las que intentan encontrarle una moraleja serán desterradas; las que intenten descubrirle una trama serán fusiladas, con la siguiente rúbrica: Por orden del autor, per G.G., jefe de intendencia, en la publicación de Cátedra. El traductor de Penguin elige: Las personas que intenten encontrar un motivo en esta narración serán perseguidas. Aquellas que intenten hallar una moraleja serán desterradas. Y las que traten de encontrar un argumento serán fusiladas, firmando la advertencia, Por orden del autor, el jefe de órdenes. La traslación que hace Peyrou para Sexto Piso reza así: Quien intente hallar un objetivo en esta narración, será llevado a juicio; quien intente encontrar una moraleja, será desterrado; quien intente encontrar un argumento, será ejecutado. Por orden del autor, G.G. COMANDANTE DE ARTILLERÍA.
La singularidad de la edición de Cátedra, en relación con estas indicaciones previas de Twain, reside, sin embargo en la referida Explicación que no se encuentra en las de Sexto Piso y Penguin, siendo, por lo demás, sustancial para la lectura y la plena comprensión de la obra, por desgracia imposible -o muy difícil- si no se lee en su idioma original. Este es su texto:
UNA EXPLICACIÓN
En este libro se emplean varios dialectos, a saber: el de los negros de Missouri, la forma dialectal exagerada del sudoeste atrasado y apartado; el dialecto corriente del condado Pike; y cuatro variedades modificadas de este último. Los matices no se han conseguido al azar ni por adivinación, sino con sumo cuidado, y con la guía fiable y el apoyo de un conocimiento personal de estas varias formas de habla.
Les doy esta explicación porque, sin ella, imaginarían muchos lectores que todos estos personajes trataban de hablar igual, sin conseguirlo.
Ninguna de las traducciones consultadas -Peyrou, Larrinaga, Rolfe y Ferres- recoge esta amplia variedad dialectal, por otro lado muy relevante pues, como subraya Coy en su estudio, la pretensión de Twain de ser fiel al habla popular con la utilización de estas distintas variantes coloquiales y diversos registros lingüísticos aporta complejidad a su narración, funciona como un poderoso mecanismo literario, otorga verosimilitud al relato y, sobre todo, introduce en la novela un elemento sustancial para entender el marco esclavista y racista en el que se ubica su trama, pues el diferente modo en que hablaban los blancos y los esclavos constituye uno de los reflejos más notorios de la dominación de los unos y la discriminación de los otros. Este tratamiento del lenguaje será uno de los aspectos nucleares -por su interés literario y por su potencia simbólica- de James, como luego veremos, con la traducción de Javier Calvo. Por el contrario, cualquiera de las ediciones del Huckleberry Finn que hoy comento se “limitan” a versiones sobrias, por supuesto completas y relativamente fieles al texto original, pero que, no obstante, pierden valiosos matices a causa de la fundamental circunstancia mencionada.
Pese a que, según los estrictos cánones de Twain, me expongo a ser fusilado (o ejecutado, según sea la opción elegida) me atreveré a esbozar algo parecido a un argumento del libro. Ambientada en la época de la esclavitud, antes de la guerra de Secesión (aunque fue publicada en la década de 1880, la acción transcurre aproximadamente entre 1835 y 1845, es decir, en los años anteriores al conflicto civil que acabaría destruyendo el sistema esclavista del Sur), la novela retoma el personaje de Huckleberry Finn (el capítulo inicial se abre con un recordatorio de la obra anterior, en cuyo marco general esta se incardina: No sabéis quién soy como no hayáis leído un libro titulado Las aventuras de Tom Sawyer, pero eso no importa. Ese libro lo hizo el señor Mark Twain, y en él dijo la verdad poco más o menos. Exageró algunas cosas; pero, en general, dijo la verdad. Eso no es nada. Jamás conocí a nadie que no mintiera alguna vez, como no sea tía Polly, o la viuda, o tal vez Mary. Tía Polly (es la tía Polly de Tom), y Mary, y la viuda Douglas, de todas habla el libro, que es un libro que dice la verdad en general, con algunas exageraciones, como ya he observado), que había aparecido en uno de los primeros capítulos de Las aventuras de Tom Sawyer, presentado allí como un romántico proscrito y definido de manera rotunda en su inicial presencia en aquel libro: Huckleberry era cordialmente odiado y temido por todas las madres del pueblo, porque era vago, ordinario y malo, vivía al margen de la ley, y todos sus hijos lo admiraban, disfrutaban de su compañía prohibida y deseaban atreverse a ser como él. Tom era como el resto de los chicos respetables en lo de envidiar a Huckleberry su deslumbrante condición de proscrito, y había recibido órdenes estrictas de no jugar con él. En consecuencia, jugaba con él cada vez que tenía oportunidad.
Este poco convencional Huck, del que el lector se encariña al poco de conocerlo, narra su propia historia, la de un niño de trece o catorce años, o algo así, que se une a un esclavo prófugo, el Jim de la novela anterior, en su común búsqueda de la libertad. Huck escapa de las restricciones de la sociedad respetable que le imponen su virtuosa madre adoptiva, la viuda Douglas, y la hermana de esta, la señorita Watson (La viuda Douglas me adoptó, diciendo que me civilizaría; pero era duro vivir en casa todo el tiempo, teniendo en cuenta el orden y cuidado que la viuda ponía en todas sus cosas; de modo que, cuando no pude aguantar más, me largué) y también de los malos tratos de su padre, violento y alcohólico, que irrumpe en el relato con su presencia amenazante. Jim, por su parte, “propiedad” de la señorita Watson, huye también ante la sospecha de ser vendido de manera inminente y enviado más al Sur, río Mississippi abajo, alejándolo para siempre de su mujer y sus hijos, en una escapada que afronta con la esperanza de llegar a un estado libre donde ganar dinero suficiente para redimir a su familia. Los fugitivos traban una compleja amistad (lo era -prohibida, problemática e imposible en esos días- la que pudiera surgir entre un niño blanco y un esclavo negro) mientras descienden en una balsa hacia Cairo, en Illinois, lugar en que se cruzan el Mississippi y el Ohio, el río, este último, que corre hacia el norte opuesto a la esclavitud y en el que Jim cifra su esperanza de libertad. Sin embargo, las muchas y peligrosas eventualidades de su viaje, que se desarrolla habitualmente por las noches para evitar ser descubiertos, les hacen dejar atrás Cairo y adentrarse aún más en territorio esclavista. La historia de correrías juveniles, coherente inicialmente con el “clima” de Las aventuras de Tom Sawyer, pronto se transforma en un relato más propio de adultos, en una exploración mucho más ambiciosa de los conflictos morales del chico y, por extensión, de la sociedad estadounidense, a medida que Huck intuye, sin comprender del todo, las implicaciones de su experiencia, pues, en realidad, está ayudando a un esclavo negro a escapar de su legítima propietaria, con todas las consecuencias -nefastas sobre todo para Jim- que el hecho conlleva. En su larga navegación, los huidos vivirán mil y una peripecias, casi todas amenazantes, y se encontrarán con infinidad de personajes, muchos de ellos hostiles, y su viaje va avanzando mientras el muchacho relata los distintos lances vividos entreverados con sus consideraciones morales sobre la libertad, la esclavitud y la dignidad humana, que lo llenan de dudas e incertidumbre, perturban su atribulada conciencia y, en definitiva, lo hacen crecer, dejando atrás la infancia en su camino hacia la madurez.
No hay tiempo en el programa ni espacio en este blog (salvo que esté dispuesto a agotar la paciencia de nuestros abnegados seguidores, puesta a prueba en más de una ocasión) para desarrollar los muchos elementos temáticos de interés, más allá de la propia historia narrada, de una obra que en su siglo y medio de vida ha suscitado infinidad de estudios, publicaciones, tesis doctorales, artículos académicos y reseñas varias, que han escudriñado con perspicacia y acierto hasta los más mínimos detalles de su texto. Me limitaré a apuntar, pues, de manera breve y sintética, algunos de los más relevantes. Por ejemplo, la ya adelantada elección de la voz narrativa, siendo el relato en primera persona de Huck un indudable logro, literario y estructural, pues su lenguaje aparentemente ingenuo muestra, por un lado, su pobre y defectuosa comprensión del mundo, pero, por otro, subraya la distancia entre lo que Huck dice y lo que realmente ocurre, acentuando el carácter irónico y distanciado, en el fondo reprobador, de la narración. El espíritu burlón y humorístico habitual en el autor, que aquí aflora como sátira de la autoridad y las instituciones: la religión, la justicia, la educación y la aristocracia sureña son objeto de los “dardos”, a menudo explícitos, del escritor, y ridiculizadas a través de personajes que reflejan la corrupción y la impostura. La crítica, implícita, pero frontal, de la civilización del Sur, que, por distintas razones, Huck y Jim detestan y de la que huyen, encontrando en la vida errante del río una forma de autenticidad menos rígida y encorsetada y más honesta y libre. El protagonismo del Mississippi no solo desde el punto de vista real, como marco y entorno de la trama, sino en su dimensión simbólica, como espacio -siempre frágil, siempre precario, siempre encerrando peligros y amenazas- de libertad, de rebeldía, de suspensión de las normas sociales y de cuestionamiento de las categorías instituidas, la propiedad, la raza, la ley. La construcción del personaje de un Jim a través del cual Twain pone en solfa la lógica esclavista del mundo que lo rodea, aunque de manera tímida y con frecuencia criticada (la caracterización de Jim ha sido interpretada, según las épocas y los analistas, tanto como estereotipo racial, como figura paternal o como noble encarnación de la dignidad humana). El conflicto racial con sus ambigüedades, reflejando el contexto del sur de Estados Unidos, con un tratamiento de la raza ciertamente controvertido desde la lógica actual (como más adelante comentaré), al cuestionar la legitimidad de la esclavitud “humanizando” a Jim y subrayando su dignidad, pero manteniendo ciertos estereotipos lingüísticos y culturales propios de su época. La doble condición del libro como relato de viajes y novela de formación, en la medida en que su eje argumental se articula sobre la navegación por el río en una travesía en la que las dificultades que los personajes han de arrostrar, las situaciones dramáticas que les acaecen, los circunstancias y los individuos, con frecuencia adversos, a los que se enfrentarán, les harán -sobre todo a Huck- reconfigurar en parte su visión del mundo, constituyendo por tanto el viaje una experiencia de desarrollo moral.
Todas estas dimensiones se recogen en el estudio introductorio a la edición de Cátedra, en el que se analizan también, en secciones muy interesantes, la figura de Mark Twain, su biografía, su época, lo que el prologuista llama su “sentimiento trágico del humor” y, sobre todo, y ya en estricta relación con su Huckleberry Finn, siete elementos básicos sobre la novela que orientan al lector en su plena intelección del libro (recuérdese mi consejo reiterado según el cual estos comentarios académicos -también los míos, pese a estar a años luz en la profundidad explicativa de los de los expertos- deberían consultarse tras la lectura del libro). Así, el profesor Coy analiza la polémica actual sobre la supuesta incorrección política de la novela; la recurrente consideración del libro como una obra infantil o juvenil; el fecundo juego entre el “sabor local” y la universalidad inconsciente que impregna la novela entera; el “aliento utópico” del viaje, con amplia tradición en la literatura norteamericana y sustancial en la peripecia de Huck; los matices lingüísticos intraducibles (con una mención, por lo demás previsible, a los paralelismos, que al lector le asaltan de continuo, entre la obra de Twain y el Lazarillo de Tormes; hay, también un vínculo, en este caso explícito, con el Quijote, en estas expresivas palabras de Huck: Yo no vi ningún diamante y así se lo dije a Tom Sawyer. Me contestó que, a pesar de todo, los había allí a carretadas; y dijo que también había árabes y elefantes y cosas. Yo le pregunté, entonces, por qué no podíamos verlos. Me contestó que, si yo no fuese tan ignorante y hubiera leído un libro llamado Don Quijote, lo sabría sin preguntarlo); la repercusión posterior de la novela, en particular en la obra maestra de Salinger, El guardián entre el centeno; y las inesperadas derivadas del sorprendente descubrimiento, ya señalado, del manuscrito original de Las aventuras de Huckleberry Finn.
La mayor parte de estos grandes ejes de análisis ya han sido anticipados por mí, siquiera de un modo sumario, en los comentarios que anteceden. Quiero detenerme ahora, con una relativa mayor amplitud en uno de ellos, a mi juicio especialmente significativo. Es el caso de la larga historia de objeciones y críticas que la novela ha vivido en estos ciento cincuenta años de existencia. Contrapone el profesor Coy algunas reacciones que se dieron tras la publicación del libro, cuando fue excluido del catálogo de algunas bibliotecas, cuando se lo calificó de inmoral, rudo, grosero e inelegante, cuando se lo proscribía por tratar de una serie de experiencias nada edificantes y cuando se lo consideraba más propio de barriobajeros que de gentes inteligentes y respetables. Louisa May Alcott, la autora de Mujercitas, llegó a escribir: Si este es el tipo de libro que Mark Twain piensa que deben leer los niños y niñas norteamericanos, mejor que deje de escribir. Sorprende entonces -o no tanto, dados los tiempos que corren- que transcurrido más de un siglo, la vieja polémica se reanude, esta vez desde planteamientos ideológicos supuestamente distintos, aunque coincidentes en su estrechez de miras, puritanismo, voluntad censoria, afán de imponer los valores propios pretiriendo los ajenos, ignorancia y, en el momento presente, anacronismo delirante. En la novela Twain utiliza de continuo el término nigger, despectivo, claramente racista y de obvia y dolorosa recepción por la población negra actual. Además, el bienintencionado Huck gasta a su compañero de aventuras más de una broma pesada y diversas jugarretas de dudoso gusto, en actitudes que, aunque de manera sutil e implícita, denotan condescendencia, un punto de superioridad y un talante algo desdeñoso; lo que no impide el que, a la vez, dé muestras constantes de compañerismo, dedicación, interés y hasta amistad hacia él, insólitas en aquel tiempo. Pretender, subraya Coy -y no puedo estar más de acuerdo-, que una novela ambientada en la América profunda de la primera mitad del siglo XIX, en un contexto en el que la esclavitud, el racismo, el atraso y la crueldad tienen su asiento, en donde todo el Mundo utiliza a todas horas no solo la palabra nigger, sino que se palpan esas características racistas e incluso inhumanas, se rija por códigos expresivos y pautas morales entonces desconocidos, reflejando una sensibilidad, imposible en aquel tiempo, ante costumbres y reglas de conducta ya superadas, es un absoluto sinsentido. Y sin embargo, la novela vuelve a estar prohibida en cientos de escuelas y universidades norteamericanas y ha sido retirada igualmente de cientos de anaqueles de bibliotecas educativas y públicas en el país de la libertad, la tolerancia y el respeto a los derechos cívicos e intelectuales. Quede aquí expuesto, una vez más, el discutible asunto de la relectura y “deconstrucción” de los clásicos desde perspectivas y siguiendo reglas de conducta de nuestro tiempo; cuestión sobre la que ya he dejado clara mi posición: negativa rotunda a la cancelación, a la reescritura, a la censura y, a la vez, necesidad de proporcionar contexto, referencias académicas, científicas (no lemas, eslóganes, dogmas reduccionistas que indican cuál es el pensamiento idóneo, la explicación correcta), para favorecer un entendimiento y una visión críticos de libros, películas, obras de arte y, en general manifestaciones culturales del pasado.
Contrariamente a lo manifestado en la emisión radiada -y en su versión para el canal de YouTube-, dejo aquí un elocuente fragmento de Las aventuras de Huckleberry Finn y una de las muchas versiones de Ol' Man River, el clásico de Kern y Hammerstein que cumplirá cien años en 2027 y que tiene al río Misisipi como protagonista. Os ofrezco la interpretación original de Paul Robeson en la película Slow Boat, dirigida por James Whale en 1936.
Decía que tener la libertad tan cerca le hacía temblar de pies a cabeza y tener fiebre. Bueno, pues puedo aseguraros que yo también temblaba de pies a cabeza y estaba febril al escucharle, porque había empezado a darme cuenta de que sí que estaba casi libre. ¿Quién tenía la culpa de ello? Pues yo. No podía quitarme eso de la conciencia de ninguna manera y en forma alguna. Empezó a preocuparme hasta el punto de no permitirme descansar; no podía estarme quieto en un sitio.
Hasta entonces no había tenido una clara idea de lo que estaba haciendo. Pero ahora sí, y no podía desterrar la idea y cada vez me quemaba más. Traté de convencerme de que no era mía la culpa, porque no fui yo quien obligó a Jim a huir de su legítima dueña, pero era inútil; mi conciencia se alzaba y decía siempre: «Pero tú sabías que huía para recobrar la libertad y podías haber ido a tierra y avisar a alguien». Eso era cierto, no podía zafarme de la idea de ninguna manera. Ahí era donde me apretaba. Mi conciencia me decía: «¿Qué te había hecho la pobre señora Watson para que pudieras dejar que su negro se escapara en sus mismísimas narices sin decir una palabra? ¿Qué te hizo esa pobre vieja para que la trataras tan ruinmente? ¡Si intentó enseñarte el libro! ¡Si intentó enseñarte modales! ¡Si intentó ser buena contigo de todas las maneras que supo! Eso fue lo que hizo».
Empecé a sentirme tan vil y tan desgraciado que casi quería morirme. Me paseaba impaciente de un lado a otro de la balsa insultándome para mi coleto, y Jim se movía de un lado para otro, con no menos impaciencia, cruzándose conmigo. Ninguno de los dos podíamos estarnos quietos. Cada vez que se volvía y gritaba «¡Ahí está Cairo!», era como si me diesen un tiro y pensaba que, si era Cairo, me iba a morir de angustia.
Videoconferencia
Mark Twain. Las aventuras de Tom Sawyer. Las aventuras de Huckleberry Finn



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