Vivo entre muchos libros y extraigo una gran parte de mis ganas de vivir del hecho de que aún leeré la mayoría de ellos. (Elias Canetti)

miércoles, 21 de octubre de 2020

BRUNO PATINO. LA CIVILIZACIÓN DE LA MEMORIA DE PEZ

Hola, buenas tardes. Bienvenidos a Todos los libros un libro. Desde Radio Universidad de Salamanca os saluda Alberto San Segundo en una nueva emisión de nuestro espacio, en el que semanalmente os ofrezco una recomendación de lectura elegida con criterios de interés y calidad. En el caso de esta tarde mi propuesta es una suerte de complemento y corolario de la de hace quince días. Recordaréis nuestros oyentes más habituales que hace tres semanas, y aprovechando, con un cierto retraso, el comienzo del curso, os presentaba una serie educativa de nuestro espacio. Entonces os hablé de La escuela no es un parque de atracciones, el libro de Gregorio Luri sobre los males de la enseñanza en nuestros días y el futuro de la educación en las próximas décadas. Hace quince días era Nuccio Ordine y su planteamiento en pro de la presencia de los clásicos en las aulas, quien protagonizaba la segunda entrega de la serie. En ambos casos ya apuntaba -como lo hacían también las obras comentadas, sobre todo la de Luri- que uno de los problemas que hoy acucia a la profesión docente es el de la falta de atención, la pérdida de concentración, el aburrimiento y la falta de estímulos de un alumnado cuya “formación” social, por así decirlo, más allá de los muros de la escuela, se conforma a partir del uso continuado de pantallas y dispositivos electrónicos que con su poderosa capacidad de atracción “capturan” la voluntad de los jóvenes -y de los que no lo son tanto- imposibilitando, o dificultando extraordinariamente, su adaptación a otros contextos, otras pautas, otros ritmos, más lentos y sosegados, más rigurosos y reflexivos y, en cualquier caso, menos complacientes con sus instintos y deseos superficiales, como son los que “impone” el día a día en los centros de enseñanza en nuestro país. 

Tras el obligado paréntesis de nuestra emisión del lunes pasado, dedicada a festejar el centenario de Miguel Delibes, hoy retomamos ese hilo conductor, el de la influencia que sobre nuestra capacidad de atención ejerce la sobreexposición a los móviles y las redes sociales, aunque esta vez en un enfoque más amplio y general que el meramente educativo. A este respecto quiero hablaros de un pequeño ensayo -breve y de rápida lectura, aunque su estimulante “poso” exige la lenta degustación, el análisis, el debate y el estudio demorados durante días, semanas incluso- muy sugestivo e interesante. Se trata de La civilización de la memoria de pez, que es como se ha traducido en España el título original francés, La civilisation du poisson rouge (La civilización del pez rojo, en su traslación literal). El libro, escrito por Bruno Patino, y que en ambos idiomas cuenta con idéntico significativo subtítulo, Pequeño tratado sobre el mercado de la atención, se presentó en Francia en 2019 y en nuestro país este mismo año, a comienzos del verano, en traducción de Alicia Martorell Linares, dentro del sello Alianza Editorial. A propósito de la traducción, solvente, me gustaría sin embargo comentar un par de, quizá, leves “fallitos”: el uso del término incompletud, que no admite nuestra Real Academia (aunque sí su contrario, completud, por lo que puede disculparse la introducción del neologismo), y la expresión a pesar de que su existencia estaba hecha de ruido y furor, que obvia la doble referencia implícita a Faulkner y Shakespeare -El ruido y la furia- que probablemente el autor haya deslizado en el texto original (de hecho, en otro pasaje del libro surge la misma mención, esta vez “correctamente” citada; pero puede que no haya tal voluntad del autor, y yo me esté “columpiando” abiertamente; mis disculpas anticipadas, en ese caso). 

Bruno Patino es un periodista francés con una amplia trayectoria internacional en los medios de comunicación, tanto en la prensa escrita y la digital como en la radio y la televisión. Entre otras muchas experiencias profesionales, fue director de France Culture, siendo actualmente director editorial de Arte France, la prestigiosa cadena cultural del país vecino. Es también profesor y decano de la escuela de periodismo Sciences Po y autor de numerosos libros sobre la prensa, internet y, en general, el mundo digital. 

El planteamiento de su obra, sustentado en una sesentena de referencias bibliográficas, entre libros y artículos, que se citan a su término, parte de la constatación de un hecho innegable, que cualquiera puede observar en su entorno más inmediato y, sobre todo, en sí mismo y en su propio comportamiento cotidiano: la conexión permanente -día y noche- y la constante “dedicación” a las pantallas -sobre todo táctiles- de los ciudadanos en nuestras sociedades desarrolladas, los que, como nosotros, no pueden dejar de sentir vibraciones en el fondo de sus bolsillos; los que, en el transporte público, avanzan con el ojo clavado en el teléfono, concentrados en el espacio-tiempo de sus pantallas, han producido como consecuencia la reducción de nuestro tiempo de atención y la merma de nuestra capacidad de concentración a unos escasos nueve segundos. A partir de ese momento, sostiene Patino, nuestro cerebro se desengancha. Necesita un nuevo estímulo, una nueva señal, una nueva alerta, otra recomendación. A partir del segundo número diez. Un segundo más que el pez rojo al que alude el título originario, ese solitario y melancólico pez que todos hemos visto -y tenido en nuestras casas, incluso, de pequeños- en sus esféricas peceras, vagando ensimismado en la interminable rutina de su estrecha cárcel e incapaz de recordar más allá de esos ocho segundos “de vida” -lo han calculado los expertos e investigadores de Google- a que lo condenan su biología y el insoportable tedio de su reducido universo. 

Sentada esta premisa -e insisto, no de manera arbitraria o caprichosa, sino con el aval de estudios científicos solventes-, Patino analiza las importantes consecuencias, los muchos efectos perniciosos -las patologías- que lleva consigo, tanto en un plano individual como colectivo, un hecho de tal trascendencia (de orden casi antropológico, pues puede provocar, quizá lo está haciendo ya, un cambio esencial en la naturaleza humana); también sus principales causas (la tesis del autor es que no estamos ante un “mal” implícito a la tecnología o internet en sí, sino a su manipulación interesada por parte de algunos servicios y plataformas digitales, en particular los GAFAM, Google, Amazon, Facebook, Apple y Microsoft); y, por último, las posibles (y deseables, a juicio de Patino, esperanzado y optimista) actuaciones, alternativas y medidas de resistencia para frenar esta inesperada y peligrosa deriva de un “invento” -internet- con unas posibilidades pese a todo formidables. 

Vivimos en un mundo de seres dependientes de las múltiples señales que emiten sin parar nuestros teléfonos móviles, drogadictos hipnotizados por las pantallas, enganchados a las conexiones digitales. Somos -cito de nuevo el libro- como peces, encerrados en la pecera de las pantallas, sometidos al ritmo de notificaciones y mensajes. Nuestra mente da vueltas en redondo, de tuits a vídeos de Youtube, de snaps a correos, de lives a push, de aplicaciones a newsfeeds, de mensajes provocadores escritos por un robot a imágenes filtradas por un algoritmo, de datos manifiestamente falsos a buzz fuera de lugar. Como peces, creemos que vamos a descubrir un universo a cada instante, sin darnos cuenta de la repetición infernal en la que nos encierran las pantallas digitales a las que entregamos nuestro tesoro más preciado: nuestro tiempo. 

Leyendo a Patino conocemos las escalofriantes cifras que “fotografían” esta nuestra lastimosa adicción. Cada uno de nosotros se abalanza, frenético, sobre su dispositivo electrónico, acaricia, febril, con su índice la pantalla deslizante, y se sumerge inquieto, expectante, excitado y vagamente culpable, en el renovado abismo de los avisos y comunicaciones, de las aplicaciones y los mensajes, cada dos minutos, treinta veces por cada hora que está despierto, una vez cada tres horas de sueño, 542 veces al día, 198.000 veces al año. 

Pero eso no es todo. En 2016, fecha a la que se remite el estudio, el tiempo medio que se dedica a diario al teléfono es 4 horas 48 minutos en Brasil, 3 horas en China, 2 horas 37 minutos en Estados Unidos y 1 hora 32 minutos en Francia. Según la fundación Kaiser Family, en Estados Unidos los jóvenes consagran cinco horas y media por día a tecnologías relacionadas con el ocio, videojuegos, vídeos en línea y redes sociales y un total de ocho horas diarias al conjunto de sus pantallas conectadas. Un tercio de sus vidas, considerando además que el 22% no tiene ninguna actividad, ni escolar ni profesional, entre los 22 y los 30 años, una cifra que se ha duplicado en quince años. 

Y aún hay más. Cada minuto, 480.000 tuits alimentan la plataforma del pájaro azul, 2,4 millones de snaps se publican en Snapchat, mientras que 973.000 personas en todo el planeta se conectan a Facebook. De momento, «solo» 174.000 personas consultan Instagram, pero la cifra va aumentando cada mes. La lista de lo que ocupa a los humanos conectados durante 60 segundos da vértigo: 38 millones de mensajes, 18 millones de SMS, 1,1 millones de «swipes» en Tinder (nos referimos al movimiento lateral del índice para pasar de un perfil a otro en este portal de citas), 4,3 millones de vídeos vistos en YouTube, 187 millones de correos electrónicos... 

El escenario, estremecedor, es el de una pandemia (y espero no resultar de mal gusto con la comparación, cuando aún tenemos al coronavirus rondando, destructivo). Y, en efecto, como nos recuerda el pensador francés, un estudio del Journal of Social and Clinical Psychology valora en 30 minutos el tiempo máximo de exposición a las redes sociales y las pantallas de Internet, más allá del cual existe riesgo para la salud mental. La enumeración de esos riesgos, de esas patologías, de esos trastornos de la personalidad y el comportamiento ocupa una parte destacada de La civilización de la memoria de pez. El síndrome de los durmientes centinelas, que renuncian a abandonarse al sueño profundo por si, en ese tiempo, “llega” algún aviso de interés. La nomofobia (no mobile phone phobia), el padecimiento -pánico, ansiedad, temor- que se siente al no poder disponer del móvil durante un tiempo. El phnubbing (contracción de los términos phone, de teléfono, y snubbing, «desprecio»), tan común, que sufren -¿sufren?- quienes son incapaces de dejar de consultar el celular, incluso en mitad de una conversación o cualquier otra actividad (comprendidas las prácticas sexuales). El síndrome de ansiedad, caracterizado por la necesidad permanente de dar cuenta en las redes, y de inmediato, de cualquier suceso, por banal que sea, de nuestras existencias. La esquizofrenia de perfil, que impide a quienes la padecen diferenciar las distintas identidades con las que se presentan en la vida virtual, perdiendo incluso -en los casos más graves- el vínculo con su personalidad “real”. La atazagorafobia, el miedo a la indiferencia ajena, al olvido de los seguidores -o peor aún, a su desaparición-, a la ausencia de respuesta a nuestras intervenciones en las redes, al escaso número de likes, de “amigos”. La atenuación, que consiste en la búsqueda compulsiva, el rastreo enfermizo en internet de datos sobre vidas ajenas. 

Todos estos procesos, que en grados más o menos atenuados padecen quienes usan habitualmente el móvil, “operan” de un modo, ya, totalmente inconsciente, generando reacciones -tolerancia, compulsión, adicción- similares a las que provocan las drogas o el juego. Bruno Patino relata el famoso experimento de Skinner que ofrece una explicación anticipadora -el psicólogo norteamericano murió en 1990, cuando internet tenía solo un año de vida- al fenómeno. Las teorías comportamentales que formuló nacieron de un laboratorio de ciencias del comportamiento en Harvard… ¡en 1931! Encerrado un ratón en un cubo transparente, con un dispositivo que accionado por el roedor le proporciona alimento, el animal acaba por dominar el mecanismo, aprendiendo que si pulsa el botón va a obtener satisfacción inmediata. Hasta ahí nada novedoso en la constatación del rápido aprendizaje del ratón. Lo interesante, de cara a la tesis que sostiene el libro es que, una vez controlado el mecanismo, cuando el ratón “sabe” qué relación causa-efecto existe entre el su movimiento y la “aparición” de comida, se produce un cierto cansancio, un desistimiento por parte del ratón, que “decide” accionar el artilugio solo cuando tiene hambre. Así, el intento de control del animal fracasa, en cierto sentido, pues él mismo acaba por ser el “dueño” del proceso. Ello llevó a Skinner a introducir una variante en el experimento. Pese a que, inicialmente, a los nuevos ratones se les ofrece la misma alternativa -si aprietan el botón obtendrán comida- pronto el sistema empezó a funcionar de manera errática: unas veces, al pulsar, en efecto caía alimento, pero otras no; en ocasiones salía “algo” de comida, en otras, cantidades ingentes. El desconcierto del animal y, sobre todo, la incertidumbre, el desconocimiento de en qué momento iba a obtener su recompensa, mantenía al roedor pegado al mecanismo, apretándolo compulsivamente, desvinculada ya su acción repetitiva de toda necesidad física, de un hambre real. El experimento de Skinner mostró la desviación del comportamiento que producen los sistemas de recompensa aleatoria. En lugar de crear distancias o desánimo, la incertidumbre produce una compulsión que se transforma en adicción. La posibilidad de ganar, por muy pequeña que sea, impide que se puedan alejar del mecanismo. Como la recompensa es irregular, es imposible para el sujeto sometido al experimento elaborar un comportamiento que le sirva para dominar a la máquina. Las reacciones químicas que se producen en su cerebro -en síntesis, una desbordante inyección de dopamina, la molécula del placer, cada vez que aprieta el botón- son las mismas que operan en los humanos y tan poderosas que mantienen indefectiblemente enganchada a la “víctima” a su premio (que es a la vez su castigo). Esos procesos son los que permiten a los casinos y casas de apuestas disponer de todos los recursos psicológicos a su alcance para manipular la voluntad de los jugadores, o, a otra escala y con distintos matices, a los hipermercados “orientar” la compra compulsiva mediante la disposición de los expositores, el tamaño de los carritos, la colocación de los productos, la configuración de las “rutas”, todo ello pensado para “excitar” el deseo de compra. 

Algunas plataformas digitales, señala Patino, aplican mecanismos similares, captando la atención de los usuarios mediante un sistema de recompensas aleatorias cuyo efecto sobre los que se dejan llevar es similar al de las máquinas tragaperras. Y además cuentan con una ventaja adicional frente a los sistemas “clásicos” de explotación de las adicciones, y es que los propios individuos, quienes van a ser manipulados, ofrecen voluntariamente los datos, la información necesaria para personalizar el “ataque” y hacerlo más eficaz. Todos los conocimientos de la psicología comportamental son usados así por las plataformas para, y de nuevo la cita literal es necesaria, la alerta permanente, la explotación de nuestra pasividad, el halago de nuestro narcisismo y el anuncio inmediato de lo que vendrá. No se trata, pues, de una serie de efectos casuales, impensados o sobrevenidos de modo azaroso. Por el contrario, la tesis de La civilización de la memoria de pez es que las grandes empresas de Silicon Valley recurren a ellos de forma deliberada. La dependencia no es un efecto secundario de nuestros hábitos de conexión, es el efecto que persiguen numerosas interfaces y servicios que estructuran nuestro consumo digital. Como nos recuerda la cita inicial de Bill Clinton -¡Es la economía, estúpido!-, nuestro sistema económico, ahora reconvertido en un capitalismo digital, ha encontrado en la audiencia cautiva, y en su corolario, el apetecible filón de los datos que voluntariamente cedemos, su moderno “petróleo” y, lo exprimirá sin límites si no se le opone resistencia. 

Patino se extiende entonces, y no hay ni tiempo ni espacio para desarrollar su brillante exposición -debéis leer el libro-, en infinidad de ideas subyugantes (mis notas de lectura superan el centenar) en relación con su tesis, a algunas de las cuales, las más estimulantes, quiero referirme en un repaso a vuelapluma. He aquí algunas de ellas: La descripción del actual datacapitalismo. Las reflexiones sobre la creciente -e imilitada- hiperproducción que ofrecen las herramientas digitales, su constante crecimiento, y, en consecuencia, su necesidad de “luchar”, afinando las estrategias de captación de la atención, por el siempre reducido tiempo disponible de los consumidores. El círculo vicioso de esa economía de la atención, su paradoja “constitutiva”: Captar el tiempo de los usuarios conectados proponiéndoles ganar tiempo, lo cual, como ya se ha esbozado, solo puede lograrse con el autosometimiento. El consiguiente desarrollo de las tecnologías de la persuasión, activas desde hace más de veinte años -el libro habla de 1998- en los laboratorios de Silicon Valley. El influjo de un curioso personaje, B. J. Fogg, y sus ordenadores carismáticos. Las investigaciones en captología, el arte de captar la atención del usuario, lo quiera o no, a partir de la observación -nada casual y sí muy significativa- de los comportamientos adolescentes. El diseño -el dark design- de interfaces digitales, grafismos y protocolos técnicos de las plataformas, con la intención de generar dependencia en el usuario, mediante la utilización de los conocimientos y los recursos que proporcionan la Psicología y las modernas neurociencias. La producción de efectos para “encadenar” la atención del consumidor (y, a la postre, “consumido”), de los que resulta especialmente interesante la categorización que hace el filósofo Yves Citton y que recoge Patino: 1) los mensajes o alertas que se cuelan de rondón en nuestro paisaje mental son herramientas de creación de atención cautiva; 2) la propuesta de cualquier tipo de recompensa alimenta la atención atractiva; 3) el desarrollo de mensajes entretenidos, chocantes o serios incide sobre la atención voluntaria; 4) la atención aversiva procede del miedo a perderse algo importante (FoMO [Fear Of Missing Out]). El rastreo de los orígenes de internet, que no nació así, con esta actual voluntad depredatoria sino, bien al contrario, como un intento utópico de facilitar la comunicación de la humanidad. Los movimientos libertarios que vieron en la red de redes, anónima e incontrolada, el paraíso de la libertad. Las reacciones actuales de muchos de los inventores y desarrolladores de las modernas tecnologías, que se alejan, arrepentidos, del monstruo que han contribuido a crear (paradigmático el ejemplo de los grandes gurús de Silicon Valley, que envían a sus hijos a colegios en los que se prohíbe el uso de dispositivos electrónicos). El papel de la prensa (con una “cala” en la mítica escena del director del periódico en El hombre que mató a Liberty Valance) y los medios de comunicación tradicionales, aliados primero y enemigos después de sus competidores digitales, al verse superados -y arruinados- por la magnitud de un fenómeno que le arrebata la publicidad de la que viven (Google y Facebook absorben del 75 al 80% de toda la nueva publicidad. En Estados Unidos, por ejemplo, el 44% de los ingresos publicitarios vienen de la economía digital (90.000 millones de dólares de un total de 200.000 millones), y la mitad de estos ingresos queda en manos de Google y de Facebook). El aprovechamiento y la explotación del tiempo -el de ocio, el tiempo muerto, el de los desplazamientos, incluso el sueño- por parte de los gigantes digitales en un estiramiento imposible de nuestras jornadas (En 2018, las 24 horas de un ciudadano estadounidense duran más de 30 horas. El sueño absorbe 7 horas al día; la comida, la limpieza, la vida social, un tiempo similar, 6 h 55, y el trabajo, 5 h 13. A estas 19 h 08 minutos se suman 12 h 04 por día consagradas a las pantallas, los medios de comunicación y el mundo digital. La mitad de una vida. La mitad de una vida es comercializable. La mitad de una vida está comercializada). La hiperexcitación de los sentidos y el bombardeo de estímulos, y la generación de hábitos de ansiedad e impaciencia en los consumidores, incapaces ya de esperar, inquietos ante cualquier demora mínima -en no importa qué ámbito- que “retrase” la satisfacción de su imperioso deseo (el 30% de [los usuarios] no esperan al cuarto segundo de un vídeo de Facebook para pasar a otra cosa, a otras alertas que les llaman la atención, otros vínculos, otros push. La misma impaciencia se da en el ámbito musical. Deezer o Spotify han cambiado la naturaleza de la industria musical: antes se trataba de vender discos, ahora deben conseguir que sus títulos se escuchen al menos durante 11 segundos. Porque es el umbral de la remuneración y los usuarios tienen la misma impaciencia respecto a Spotify que respecto a Facebook cuando se trata de descubrir. Los creadores de música, la que se destina a ser escuchada en estas plataformas, lo saben: los 10 primeros segundos son definitivos para tener una posibilidad de existir. Crear, en este universo, es crear una adicción instantánea). La “desaparición” del deseo, hecho de espera, de anhelo, de inquietud, de incertidumbre, y con él, la muerte de la conversación, del conocimiento profundo, del amor, que exigen tiempo, que “son” tiempo y frustración y renuncia y esperanza e ilusión y expectativa y carencia. La construcción de burbujas, de realidades simplificadas, acordes a nuestros perfiles, elaborados a partir del rastro que dejamos en la red, de modo que las plataformas nos ofrecen una y otra vez lo que “se supone” que nos va a satisfacer, lo que coincide con nuestra propia visión del mundo, en un bucle perverso, un círculo vicioso que nos perpetúa en lo que “somos”, “adoctrinándonos” con nuestras propias opiniones y nuestros sesgos y prejuicios. El caldo de cultivo que este modo de proceder supone para el auge de las teorías de la conspiración. La proliferación de lo fake, que se crea conscientemente mediante robots que inundan el espacio digital de mentiras reiteradas que acaban por conformar la opinión pública, aquejada así de un relativismo generalizado: Humanos falsos, estadísticas falsas, cuentas falsas, sitios web falsos, contenidos falsos unen sus fuerzas para obtener dólares (o euros) verdaderos. Por supuesto, están los bots, esos algoritmos que generan de forma automática conexiones en las redes sociales o crean falsas consultas en sitios web fantasmas para hacer creer a los publicistas que alguien mira sus anuncios o hace clic en ellos. Las estrategias basadas en las emociones, el emotional triggering, disparadores que provocan choques emocionales, conscientes las grandes empresas de que el impacto, las sorpresas, la ira, la rebelión, el escándalo, la risa, las emociones que obnubilan la razón y apelan a las creencias, a las fantasías personales, a las convicciones infundadas, atrapan y, por tanto, “son” dinero. La primacía de lo superficial y lo fútil, de lo irrelevante, lo exagerado, lo extremo, lo ligero y lo banal frente al conocimiento, la sabiduría, el rigor, lo serio o lo profundo. Y tantos otros temas apasionantes. 

Pero ante este panorama apocalíptico, el autor se resiste. No está escrito, afirma, que la economía de la atención sin freno y sin límites deba ser el único modelo de desarrollo de las plataformas. Consciente de la reversibilidad del proceso, y convencido también de que cuestionar y oponerse a esas perversas dinámicas de la atracción no supone anclarse en una trasnochada rebelión antitecnológica que nos retrotraiga a una realidad limitada en la que debiéramos prescindir de las muchas ventajas que internet y sus derivaciones han aportado a nuestras vidas individuales y colectivas, Patino cierra su libro con una propuesta, optimista y positiva -combatir y sanar- que reivindica un uso emancipador y profundamente democrático de los medios digitales. Presenta así, en las páginas finales de su obra, algunas jugosas alternativas y soluciones para salir de la memoria de pez, que aparecen bajo las rúbricas de cuatro combates y cuatro recetas. Se trata, desde el punto de vista de la “batalla”, de combatir las ideas preconcebidas en relación al estado de cosas actualmente vigentes, lo que conlleva, entre otras ideas, la regulación del uso de los mecanismos de captación del tiempo y la atención que utilizan las plataformas, privilegiando las funciones “naturales” de estas y reduciendo sus procedimientos demasiado invasivos; cambiar el marco jurídico de las plataformas, potenciando un modelo -distinto al que, por desgracia, existe hoy día- de irresponsabilidad y obligándolas a responder de lo que albergan o de lo que en ellas sucede; y por último, desarrollar ofertas digitales que se desempeñen con otras lógicas diferentes a las de la economía de la atención. Junto a los cuatro combates, las cuatro “recetas” giran, de un modo u otro, sobre un eje central, la desconexión. En un párrafo muy relevante, con el que no puedo estar más de acuerdo y que operará en mi reseña como el habitual texto de cierre, se concreta esta idea sencilla y, a la vez, en nuestros acelerados días, profundamente revolucionaria: 

No acceso a la música, sino al silencio, no a la conversación, sino a la meditación, no a la información inmediata, sino a la reflexión. Los seminarios de desintoxicación tecnológica se multiplican. Los retiros espirituales en los monasterios han cambiado de naturaleza: antes había que escapar del mundo para encontrar a Dios, ahora hay que escapar de los estímulos electrónicos simplemente para encontrarse con uno mismo. Aislarse de las redes para volver a vivir en el mundo. El reto no está en desaparecer, ni en negar las potencialidades extraordinarias de la sociedad digital. Simplemente tenemos que comprender que la libertad se ejerce desde el control. Y este control no requiere tanto una ascesis como una simple moderación. 

En relación con este postulado elemental, se habla de crear espacios privilegiados -santuarios-, libres de conexión: colegios, reuniones profesionales, ámbitos familiares; de preservar tiempos de pausa, de intimidad, ajenos a la intromisión digital; de realizar tareas de “pedagogía”, de explicación activa sobre el uso correcto de los medios electrónicos y sobre los negativos efectos que la sobreexposición a su tentador influjo puede acarrear; o de, en fin, promover iniciativas de “deceleración” en las conversaciones, en la información, en el consumo, en los hábitos cotidianos, en las prácticas sociales (Patino sugiere, entre otras propuestas, establecer media hora de lectura obligatoria en la escuela). Todo ello con la intención de “reconstruir” entre todos un modelo de sociedad digital -el que intuían originariamente sus creadores, cargado de utopía y humanismo- que aproveche las fecundas oportunidades que propicia la tecnología e impida que las plataformas lo organicen a su depredador antojo. A no ser, concluye el autor, que queramos una vida poblada de humanos de mirada hipnótica que, encadenados a sus pantallas, ya no sean capaces de mirar hacia arriba. 

Una de las citas iniciales del libro recoge un fragmento de la letra, muy apropiada al objeto tratado, de Hotel California, el clásico de los Eagles: Last thing I remember, I was running for the door I had to find the passage back to the place I was before Relax, said the night man, we are programed to receive You can check out any time you like but you can never leave. Ella ha de ser, pues, inevitablemente, la canción que acompañe hoy esta reseña.

Videoconferencia
La civilización de la memoria de pez

miércoles, 14 de octubre de 2020

MIGUEL DELIBES. LA SOMBRA DEL CIPRÉS ES ALARGADA
JAVIER GOÑI. CINCO HORAS CON MIGUEL DELIBES
JESÚS MARCHAMALO. DELIBES EN BICICLETA
 

(Una vez más, la calidad de las grabaciones -en ambos formatos, audio y vídeo- está muy lejos de ser digna. Las dejo aquí, pese a todo, confiando en que la benevolencia de los escasos oyentes que aún siguen el programa pueda disculpar las muchas deficiencias)


Hola, buenas tardes. Bienvenidos a Todos los libros un libro, el espacio de libros que se emite desde los estudios de Radio Universidad de Salamanca. El próximo 17 de octubre, dentro de solo tres días, pues, se cumplirán cien años del nacimiento de Miguel Delibes, uno de los grandes escritores españoles del siglo XX. Delibes dejó a su muerte en marzo de 2010, hace ya una década, una vasta obra literaria, sobre todo novelas, pero también ensayos, artículos periodísticos, libros de viajes y de caza, de la que era un encendido aficionado y un apasionado practicante. Miembro de la Real Academia Española de la Lengua, Premio Cervantes y Príncipe de Asturias de las Letras, Premio Nacional de Literatura, Premio Fastenrath, Premio de la Crítica… por citar solo los principales, Doctor honoris causa por diversas universidades, fue, además de muy respetado por la crítica, un escritor muy leído, con una notable repercusión pública, muy popular incluso, con muchos de sus libros convertidos en best-sellers, favorecidos, bastantes de ellos, por la constante traslación al cine de su obra. Títulos como El camino, Los santos inocentes (reeditados hace unos meses con prólogos de Sergio del Molino y Manuel Vilas, respectivamente), El disputado voto del señor Cayo o Las ratas, entre otros, conocieron un sobresaliente éxito en su doble versión, literaria y cinematográfica. También Retrato de familia, una adaptación de su novela Mi idolatrado hijo Sisí, o La guerra de papá, basada en El príncipe destronado, llenaron en su día las salas. Y de todos son conocidas obras como El hereje, su último gran éxito, Premio Nacional de Literatura en 1988, Diario de un cazador, que obtuvo el mismo galardón en 1955, o Cinco horas con Mario, que en montajes y etapas diferentes se ha representado en los teatros de todo el mundo desde 1979, en que se llevó por primera vez a las tablas con la inolvidable interpretación de Lola Herrera. 

Mi particular celebración del centenario no tendrá, sin embargo, a ninguno de los títulos citados como centro, sino a otra de las obras del vallisoletano, quizá de no tan notorio alcance popular. Hoy voy a hablaros de la primera novela de Miguel Delibes, La sombra del ciprés es alargada, con la que obtuvo el Premio Nadal en enero de 1948. Quiero aprovechar la ocasión para recomendaros también la lectura de otros dos libros de reciente aparición, provocada, claro está, por el aniversario, que tienen a Delibes como protagonista. Cinco horas con Miguel Delibes es una larga entrevista del crítico y periodista cultural Javier Goñi con el autor castellano. Publicada por primera vez en 1985, la editorial Fórcola la reeditó en enero de este año, con alguna ligera incorporación añadida ahora respecto a la versión original. Además, interesa también el librito, delicioso, de Jesús Marchamalo, Delibes en bicicleta, que ha visto la luz hace unos meses en Nørdica Libros con graciosas ilustraciones de Antonio Santos, muy bellas. 

La razón por la que -descartando la opción más previsible, que me llevaría a haber elegido para mi reseña de hoy algunas de las grandes obras de Miguel Delibes, El hereje, El camino, La hoja roja o Los santos inocentes, magistrales y que yo leí con entusiasmo en su momento- he preferido ocuparme ahora de La sombra del ciprés es alargada es un poco azarosa y tiene su origen en el confinamiento impuesto por el coronavirus. Por circunstancias personales tuve que pasar las semanas de aislamiento en Vigo, en la que había sido la casa de mis padres, ahora, desde la muerte de ambos, prácticamente cerrada. En esos días interminables, sin libros que “llevarme a la boca” (hasta que, por fin, pude encargarlos por internet) repasé ansioso los estantes de la biblioteca familiar, exigua pero para mí entrañable, en la que yo me había sumergido en mi adolescencia. Ahí apareció -en realidad reapareció- una selección de los primeros premios Nadal, que mi padre compró puntualmente a finales de los años cuarenta y principios de los cincuenta, como acreditan en sus guardas la fecha y la firma de mi progenitor, por entonces aún entusiasta o voluntarioso lector (aunque tengo la impresión, que ya no podré corroborar, que la destinataria de aquellos libros puntualmente adquiridos era, en realidad, mi madre). El galardonado en 1955, El Jarama, ya no estaba entre los conservados, el interés literario de mi padre ya para entonces decaído o volcado en otras preocupaciones. Sí estaban, en cambio, todos en sus estupendas ediciones de la colección Áncora y Delfín de la barcelonesa editorial Destino, ya un poco ajadas y con las páginas amarillentas, aunque conservando la encuadernación en tela y el amable formato, Nada, de Carmen Laforet, Viento del Norte, de Elena Quiroga, Nosotros, los Rivero, de Dolores Medio, Siempre en capilla, de Luisa Forellad (mujeres todas, ¡y en pleno franquismo!), La muerte le sienta bien a Villalobos, de Francisco José Alcántara, y la ópera prima de Delibes que ahora quiero comentaros, de cuya lectura casi infantil guardo escasos recuerdos. 

La sombra del ciprés es alargada
es, a mi juicio actual de adulto, una muy notable novela, calificación que no dudo en elevar a sobresaliente si consideramos que es el debut literario de un autor que la escribió con solo veintisiete años. Con dos partes bien diferenciadas (Delibes reniega de la resolución que en su momento dio a la segunda, como confiesa en su conversación con Goñi), el libro nos presenta a Pedro, un niño de apenas diez años, huérfano de padre y madre, de los que no guarda recuerdo, que es conducido por su tío, que no puede hacerse cargo de él, a Ávila, en donde quedará a cargo de don Mateo Lesmes, un maestro, con una austera y despojada visión de la vida, que lo acogerá en su casa, con su familia, proporcionándole un hogar y una educación a cambio de una compensación económica que sufragará su pariente, deseoso de librarse del niño. Ambientada en el primer cuarto del siglo pasado (hay, que yo recuerde, dos “dataciones” temporales en el libro, una alusión a un periódico madrileño, el ABC -hace tiempo que sale en Madrid un periódico nuevo-, cuya fundación es de 1903; y la presencia de una guerra -quizá la civil española- en algunos episodios de la segunda parte de la obra, con el muchacho ya en su bien avanzada juventud), la novela nos lleva, siempre de la mano de Pedro, que la narra en primera persona, a conocer, de entrada, el microcosmos abulense del niño -don Mateo, su esposa doña Gregoria, su pequeña hija, Martina, el amigo Alfredo que, a poco de su llegada, arribará también a la sombría (en todos los sentidos) vivienda del maestro en condiciones similares a las de nuestro protagonista-; aunque, sobre todo, nos permitirá introducirnos en la compleja, afligida y temerosa conciencia del chico -precoz para un niño de diez años-, moldeado intelectual y sentimentalmente, a falta de otras influencias, por el recalcitrante pesimismo de su tutor. En la segunda parte, Pedro, que ha abandonado Ávila para completar en Barcelona sus estudios en la Escuela de Náutica, saldrá del estricto caparazón que lo constriñe en la ciudad castellana, comenzará a vivir su vida, viajará por el mundo como capitán de barco, conocerá a una mujer, Jane, en Estados Unidos y… 

Y si dejo en suspenso la continuación de la trayectoria vital del personaje no es solo por evitaros el desentrañamiento de algún hecho sustancial en la trama argumental de la novela, en el fondo no demasiado relevante (pese a que los haya, y de trascendencia) sino, sobre todo, porque, como ocurre tan a menudo, no son los acontecimientos “externos” narrados lo que importa en el libro, sino el transcurrir interior de la personalidad de su protagonista, más aún en una obra marcada por un destacado carácter filosófico, que ahonda en las profundidades del pensamiento, en los vericuetos reflexivos, en los conflictos psicológicos, en la oscura visión del mundo, en la angustia existencial, en las turbulencias intelectuales del malhadado Pedro. 

Dos son los elementos fundamentales del libro sobre los que quiero ahora llamar la atención: lo singular de su estilo, muy depurado ya en un escritor tan joven, y la sugerente propuesta temática, que refleja las tesis del autor. 

 Desde el punto de vista formal, la novela es magnífica aunque ciertamente inusual. Y es que la prosa de Delibes en La sombra del ciprés es alargada es muy literaria, muy culta, estilizada y artificial, muy elaborada y hasta ampulosa, algo anacrónica, lo cual contrasta con los registros coloquiales, el habla popular, la sencillez y el despojamiento, la nitidez y la “limpieza” más presentes en el cuerpo principal de su obra posterior y que constituirán las señas de identidad de su literatura, por las que ha llegado a ser reconocido y valorado. Aquí, en cambio, la voz narradora -y la de todos los personajes, que se mantienen en un registro lingüístico idéntico, extraordinariamente intelectual- es la de un filósofo, la de un profesor universitario, la de alguien que se sitúa -inconscientemente- por encima de su lector, no a su lado, alguien que, en cierto modo, “enseña”, alguien que articula su pensamiento con precisión, adentrándose en los recovecos de las ideas, analizándolas, matizándolas, desmenuzando sus más sutiles pormenores (Nuestra vida en esta época tampoco se caracterizó por la variedad. Alfredo y yo nos movíamos coaccionados por los actos ya vividos. Hallábamos en esta conducta iterativa un encanto superior al hecho de disfrutar lo no frecuente, lo extraordinario, lo excepcional, a no ser que esto, por su carácter relevante y atractivo, nos animase a dejar con gusto la distracción cotidiana). Su adjetivación es ya, pese a su juventud, brillante (Era un vaso de una leche pastosa, sincera, espléndida), su expresión, algo abigarrada, retórica (Encauzado el verano por unas veredas tan uniformes se nos fue como una ilusión, cuando casi no habíamos empezado a saborearlo. Me acordé de mayo y de cómo había pensado entonces que las vacaciones estivales eran una cosa a la que apenas si se les veía el fin. Transcurridas ya, empecé a darme cuenta de que nada hay largo en la vida por muy largo que quiera ser. Había vaciado un año de mi existencia desde el día que mi tío me llevara a casa de don Mateo a bordo de una carretela descubierta. De entonces acá me quedaba la huella de unos cuantos días, muy pocos, que destacaban sobre la uniformidad de los demás con características peculiares. Opiné, para mis adentros, que si la vida normal se componía de otras sesenta unidades como ésta, tenían mucha razón los que afirmaban que la existencia era un soplo, el transcurso fugaz de un instante, una realidad que sólo daba tiempo para meditar que, aun pareciéndonos mentira, ya habíamos vivido la vida que nos correspondía), el léxico erudito, refinado, abundante en vocablos cultos, hoy desusados, probablemente también en 1947: undísono, matrera, bore, mesmedad, desmarrido, lene, acítara, flébil, ínsitas, ostial, desdejado, subitáneo, entre otros muchos (El rigor léxico de Delibes aparece de manera notoria en las conversaciones con Javier Goñi, cuando glosa el uso que él mismo hace de “lúdicra” para señalar: otros dicen lúdica, pero en realidad es lúdrica, es mucho más fea la palabra, pero es así; lo que suscita la inevitable réplica de su interlocutor: Pones cara de académico; y su contrarréplica inapelable: Sí, sí, pero es lúdrica, que conste). Hay usos nominales que aparecen como trasnochados para el lector actual y que al de hace setenta años le provocarían una cierta sensación de distancia, de, insisto, hallarse en presencia de una académica y quizá pedante prosa profesoral: substancia, obscuridad, substraer. Llaman la atención los muy vallisoletanos leísmo y laísmo, constantes en todo el texto (“abracé al animal izándole con cariño”; “sus palabras se habían volcado sobre mi ser, empapándole como si fuese una esponja”; “la advertimos”) y un par de errores ortográficos -en mi edición del 48, aunque corregidos en las actuales- en la insistente acentuación de “fue” y en la uve de “estiva”. El principal problema formal es, no obstante, la ya reseñada uniformidad en la expresión de todos los personajes: los niños de doce años, los adultos con formación, las sirvientas casi analfabetas, los mendigos de la calle, los sencillos marineros embarcados, todos hablan como si fueran catedráticos universitarios. Una evidente limitación objetiva que, sin embargo, no supone un especial hándicap para el lector, al comprender este, muy pronto, que La sombra del ciprés es alargada es una novela de tesis y que, como tantas otras veces sucede en una primera obra, el autor se ve en la “necesidad” de comunicar, por todos los medios, su mundo interior, su personal visión de la existencia, todo lo que, a esas edades, “se lleva dentro” y pugna por brotar. 

Y es que la novela es, en efecto, más allá de su argumento -un leve hilo conductor-, un vehículo para la transmisión de las ideas y opiniones del juvenil Delibes, reflejadas en el a menudo muy sentencioso Pedro. El libro, que podríamos calificar, casi, de “metafísico”, está así repleto de cavilaciones y análisis introspectivos sobre la amistad, el compromiso, la entrega, el deseo, la conformidad y la expectativa, la aceptación y el sufrimiento, la ilusión y la pérdida, la felicidad terrenal y la gloria eterna, la vinculación con el mundo y el “desasimiento” de él, la imposibilidad del amor y la omnipresente realidad de la muerte, cuestiones todas que apelan, claro, al cuestionamiento radical del sentido de la vida por parte del protagonista. Miguel Delibes confiesa reiteradamente -lo hizo en una entrevista de 1966, lo vuelve a subrayar en la conversación con Javier Goñi- que hay una serie de motivos o ambientes que se reiteran en mi producción: muerte, infancia, naturaleza y prójimo; para precisar más adelante: en ellos se centra mi preocupación -muerte, prójimo- o mi vocación -naturaleza, infancia. En el caso de esta su primera novela, son, sobre todo, la muerte, la infancia y la relación con el otro, la dimensión social de nuestra personalidad, los temas que ocupan la mente de Pedro. La presencia de la naturaleza, que en la obra posterior del vallisoletano será una constante, con su combativo mensaje ecologista, es aquí meramente residual o, al menos, lo es en relación con esa vertiente “luchadora” y de abierta y explícita reivindicación de los sencillos valores de una vida natural que se pierde y de la preservación del medio ambiente que aflorará en otras de sus creaciones. 

Pedro es, y a ello contribuye el que desde los diez años reflexione con la gravedad de un académico, un “niño viejo”. Su soledad, su falta de raíces y, ya se ha dicho, la influencia de su mentor, lo hacen obsesionarse con la muerte, no solo en su manifestación física material -la desaparición de la vida biológica, del cuerpo- sino en su expresión simbólica y espiritual: el paso del tiempo y la existencia como pérdida constante, como permanente abandono de lo que nos conforma, el carácter finito de todo lo que nos rodea, las personas, los afectos. Su pensamiento, conformado desde los doce años a partir de las enseñanzas de don Mateo, se resume en una constatación primaria: en tanto que la muerte acecha inexorablemente -más o menos lejana de nuestro acontecer presente-, y con ella el fin de todos nuestros afanes, la consunción de cuanto hemos construido, el olvido, la caducidad, la finitud, la extinción de lo que somos, de nuestros anhelos, de nuestras posesiones, de nuestros logros… lo sensato es, entonces, no crear vínculos con nadie ni con nada, despegarnos de las cosas y de las personas, no “tomar” para así no tener que “dejar”. El desasimiento, la renunciación, el retraimiento, la desconexión del mundo, la ausencia de todo afán, la eliminación del deseo, el aislamiento, la misantropía, la falta de compromiso se constituyen así en el norte que guiará los pasos del protagonista, que aspira a desarrollar su individualidad propia y primitiva sin necesidad de echar mano de recursos extraños a sí. Y para ello Pedro renuncia incluso, y sobre todo, al amor, porque, ¿para qué permitir que brote la atracción que nos lleva hacia otra persona, para qué estimularla, para qué dejarse arrastrar por su tentación, para qué crear una comunidad de sentimientos, para qué la unión con alguien si fatalmente uno de los dos ha de enterrar al otro? Desde muy joven, herido por la experiencia de una muerte cercana -que no quiero desvelar-, construye un cuerpo teórico, y una aplicación práctica, que lo lleva a rehuir las relaciones personales, a evitar profundizar en “el alma” de quienes tiene más cerca y a quienes le unen ciertos afectos, a huir de toda afinidad, a hundirse -y la connotación negativa que entraña el término es voluntaria por mi parte- en una vida autónoma, obscura, huraña. El mundo rebotaba en mí; ni yo pasaba de su costra ni él rebasaba la superficie de mi piel. Delibes conforma así una suerte de metafísica del desasimiento, de cuyos postulados básicos puebla las reflexiones de su personaje. Quedarse en poco; Al tener acompaña el temor a perderlo, que ocasiona tanta intranquilidad como el no poseer nada; No querer nunca a nadie más porque le daba miedo; Vivir es ir perdiendo. 

Detrás de esta vida despojada, de esta visión pesimista y oscura de la existencia (Profundizaba más sobre las cosas y me martirizaba con posibles penas venideras, frecuentemente sin razón alguna), de este nefasto transcurrir de los días en el abatimiento y la desdicha, está, claro, la muerte, el gran tema de La sombra del ciprés es alargada, presente ya en el título (en el libro hay toda una teoría acerca de la innegable relación existente entre los hombres y los árboles; entre el aspecto externo de los árboles y la conformación del alma de los hombres: la sombra del pino es redonda, acogedora, protectora, benéfica, vital; la del ciprés es afilada, corta como un cuchillo, amenaza, hiere, lleva consigo el anticipo de la muerte: Me percaté de que hay temperamentos que parecen agujas y temperamentos que parecen dedales. Temperamentos incisivos y temperamentos receptores. Imaginé que una sombra determinada cobija a los hombres en la vida lo mismo que en la muerte. Adiviné que la sombra que a mí me cruzaba el corazón era alargada y fina como la de un ciprés). 

La vida de Pedro es una estéril lucha por sobreponerse a la lúcida -y a la vez equivocada- visión que lo aflige: Ahora veía que la muerte lo llenaba todo en el mundo con su vacío desolador. Racional hasta el delirio, solitario y fatalista, indiferente y apático, determinista y amargado, escéptico y temeroso de la vida, incapaz para la felicidad (Yo me era a mí un desdibujado misterio, un confuso remolino en el seno del cual giraba vertiginosamente mi propia conciencia. Me poseía un raro sentimiento de nebulosidad que me vedaba conceptuarme de una manera positiva, convincente y radical), la aparición de Jane, el reconocimiento del irracional y poderoso impulso que lo atrae hacia ella, agitará su conciencia y lo llevará a un punto de inflexión en su vida, cuya resolución prefiero no adelantaros. 

De algunos de estos rasgos presentes en la obra primera de Delibes -y de muchos más-, en particular de la obsesión por la muerte que lo angustiaba en su infancia, se habla en Cinco horas con Miguel Delibes, el libro de Javier Goñi que acaba de reeditar Fórcola. En enero de 1985, en cinco horas más o menos estirables, como de reloj daliniano, una por tarde, de lunes a viernes, el periodista mantuvo con el escritor, en su casa de Valladolid, unas sustanciosas conversaciones que presentó en libro, en otoño de ese mismo año, en una pequeña editorial hoy desaparecida, Anjana Ediciones. Con un nuevo prólogo y un nuevo epílogo de 2020, que se añaden a los ya presentes en el volumen primitivo, el libro, que incluye las reproducciones de algunas páginas mecanografiadas de su original, con las correcciones a mano de Delibes, y se cierra con una completa bibliografía del vallisoletano y un índice onomástico de las personas citadas en la entrevista, se organiza en torno a los ejes temáticos que, con una cierta flexibilidad, centraron cada una de las horas de charla. Así, en el jugoso diálogo, seguiremos al escritor en el repaso de su infancia y sus inicios literarios, con los recuerdos del Valladolid de los años veinte, los juegos en el Campo Grande, el padre cazador y el abuelo francés, su inicial interés por el dibujo y la pintura y sus primeros pinitos como caricaturista, sus lecturas adolescentes y juveniles, sus estudios de Comercio, su incorporación como redactor al El Norte de Castilla, la guerra civil, su matrimonio, los hijos, su oposición a la plaza de catedrático de la Escuela de Comercio, la obtención del Premio Nadal y el impulso definitivo a su carrera literaria. En la segunda hora, Con la escopeta al hombro por los campos de Castilla, comparecen la caza y el estrecho vínculo del escritor con el mundo rural, y el comentario sobre sus novelas más conocidas situadas en ese entorno, Diario de un cazador, Los santos inocentes, Las ratas, El disputado voto del señor Cayo. La tercera sección repasa su carrera como periodista, cuya etapa más significativa coincide con su dirección en El Norte de Castilla; en 1976 rechazaría, a causa de la reciente muerte de su mujer, el ofrecimiento que se le hizo para dirigir El País. Sus opiniones políticas, marcadas por su condición de burgués, liberal, progresista y provinciano, como se definía, afloran en el penúltimo capítulo del libro, en el que habla de los temas que preocupaban en el presente en que tuvo lugar la entrevista: la incorporación a la OTAN, su oposición al franquismo, los problemas con la censura, su relación con el Rey Juan Carlos, también sus viajes y los libros que escribió sobre ellos. Por último, la quinta hora, que Goñi titula, muy significativamente, Un ecologista en un mundo que agoniza, recoge la preocupación, muy vigentes aún hoy día, treinta y cinco años después, por el deterioro del medio ambiente, por la destrucción de la naturaleza, por el acelerado modo de vida del ser humano actual que, de continuo, olvida sus raíces, todo ello entre apuntes y explicaciones sobre la presencia de estos temas en sus libros. 

Algunos de los episodios en los que de un modo u otro está presente la bicicleta, que el escritor desgrana en las cinco horas de amistosa charla con Javier Goñi son recreados también por Jesús Marchamalo en Delibes en bicicleta, un muy breve libro -apenas veinticinco páginas de texto en dieciseisavo, descontadas las preciosas ilustraciones de Antonio Santos- que publicó Nørdica hace unos meses. Y así, en un relato amable, entrañable, cercano, muy tierno y afectuoso, Marchamalo, que es el comisario de la exposición sobre el escritor, en la Biblioteca Nacional, dentro del Año Delibes, una iniciativa de la Fundación Miguel Delibes para este 2020, prevista para el mes de marzo y pospuesta a septiembre a causa de la pandemia, repasa algunas reveladoras anécdotas de la vida del autor de La sombra del ciprés es alargada: El Quijote que el padre lee cada verano; los curiosos procedimientos con los que el progenitor enseña a nadar y montar en bicicleta al niño; las enseñanzas del abuelo francés, sobrino lejano del músico Léo Delibes, sobre todo dos rasgos de la educación francesa que heredará Miguel: el amor por la naturaleza y la exaltación de la vida al aire libre; la permanente huida, también en bicicleta y aún de chico, de los guardias de la porra, por la doble irregularidad en la que incurría en sus pedaladas, al viajar tres hermanos subidos al artefacto y al no haber pagado el padre la tasa municipal sobre vehículos de dos ruedas; el enamoramiento de su mujer y la romántica visita a la familia de ella, en un viaje, también en su predilecto y muy ecológico medio de transporte, desde Molledo, en donde veraneaba él, a Sedano, donde lo hacía ella, más de cien kilómetros de abnegado esfuerzo; el inusitado modo en que se enteró de la concesión del Premio Nadal, pues antes de que se diera a la luz pública la decisión del jurado, él lo supo como periodista en la redacción del Norte de Castilla; la visita a Pío Baroja; el discurso de recepción del Premio Cervantes; para terminar, en una despedida conmovedora, con el recorrido que sus hijos y nietos siguen haciendo año tras año, cada verano, por supuesto en bicicleta, entre Sedano y Molledo, recordando aquel viaje del abuelo, cuando no era más que un joven enamorado, delgado y cantarín. Con la primera pedalada todos gritan al unísono, cuenta Marchamalo, poniendo fin a su nostálgica y cariñosa evocación, ¡Aúpa, Delibes! 

Para completar esta ya muy larga reseña, os dejo, no sin antes recordar que hay una película de 1990, de título idéntico al del libro, dirigida por Luis Alcoriza y Emilio Gutiérrez Caba y Fiorella Faltoyano en los papeles protagonistas, con un cuplé, Frou frou, compuesto en París en 1897, y que os ofrezco ahora en la versión francesa de 1930 interpretada por Berthe Sylva. La pieza, en español (Frú, frú, frú, frú, hermosa cupletista… Estoy, frú, frú… loquito por tu amor) la canta y la toca al piano la pequeña Martina en la novela que hoy os he presentado.


Un día pasamos por los Deanes y nos encaminamos al cementerio. La tarde, soleada y tibia, se dejaba mecer por la brisa acariciadora que a soplos fugaces bajaba de la Sierra. Al dejar atrás la ciudad me empapó un frenético deseo de vivir mil años aferrado a este día, a este minuto, a este instante. Seguramente preveía para mi ser un futuro muy amargo cuando con tan poco me conformaba. Los chopos a ambas orillas del paseo prestaban refugio a millares de gorriones que se perseguían entre las ramas. A derecha e izquierda el campo se coronaba de crestas de granito que a veces, en virtud de una casual aglomeración, adquirían la prestancia de arcaicas ciudades destruidas. Conforme disminuía la distancia que nos separaba del camposanto se incrementaba el intenso golpear de los canteros contra la piedra. (Con parsimonia daban forma geométrica a un pedrusco de granito con la luctuosa idea de que en su día sirviese para poner frontera entre un muerto y los que detrás le supervivían. Pensé que son muchos los vivos que viven a costa de los muertos; que sobre sus desechos carnales hay muchas industrias establecidas, aupadas por la fatalidad del desenlace). Al descender una suave ondulación del terreno, que imperceptiblemente habíamos ascendido, me di cuenta de que la ciudad desaparecía de nuestra vista. Diríase que los vivos nada querían saber de los muertos, ni los muertos de los vivos; deseaban ignorarse mutuamente, habitar cada cual su zona de aislamiento. Aprecié en la actitud de los vivos un punto de feroz egoísmo, un comportamiento desaprensivo y suicida. Convenía, a mi entender, a los vivos tener siempre presentes a los muertos para asimilar y aprovecharse de la experiencia acumulada en sus cuerpos en descomposición. Los muertos siempre sabrían algo más por el simple hecho de haber vivido ya. Sus lecciones podrían tener un contenido de escarmiento para los que quedasen detrás. Vi a lo lejos una arboleda surgiendo junto a una tapia, la cual daba acceso a su interior por una alta verja de hierro. Era el cementerio. Contra mi rostro chocó una vaharada de indecible paz; la paz augusta, ininterrumpida, de los muertos. Imaginé la algarabía que existiría detrás de aquel paredón, de ser vivos en vez de muertos los que allí se albergaban. Ya más próximos leí arriba de la verja la inscripción «Cementerio Católico». 

Había ya debajo de la arboleda de la entrada un penetrante olor a pino a pesar de no ser pinos los árboles de la arboleda. Me pasó por la imaginación la idea de que los cuerpos en corrupción podrían exhalar este olor y sentí náuseas. Luego, dentro ya del cementerio, observé que los pinos estaban allí en fraternal camaradería con los cipreses, cobijando bajo sus sombras las losas grises de las tumbas. Era la primera vez que entraba yo en un camposanto y la simétrica manera de esparcirse las moradas de los muertos me llamó poderosamente la atención. No era que yo hubiese supuesto otra cosa, sino que me impresionó que se observase para con los cadáveres una disciplina tan austera, tan rígida, como si el lugar de su descanso fuese un campamento militar. Sobre mis espaldas empezaba a pesarme el calor de la tarde. El camino había sido largo y la temperatura primaveral se hacía excesiva después del ejercicio. Avanzábamos por el paseo principal y a izquierda y derecha se alineaban los panteones y las tumbas. Gravitaba sobre mi ánimo en aquellos minutos una impresión definida que tan pronto me parecía de una paz con ausencia de todo, como de agobio y fatiga espiritual. Algunas tumbas estaban circundadas por combadas cadenas sujetas a unos prismas de granito en las esquinas. No sé qué me daba pensar que allí debajo, entre los primeros estratos de tierra, existiría un osario impresionante de despojos humanos: fémures, tibias, cráneos pelados, cuerpos en semiputrefacción… Y todos aquellos huesos habían un día formado parte de un cuerpo armonioso, pleno de vigor y movimiento. Y seguramente habrían penetrado también alguna vez en el refugio de los muertos anteriores a ellos impregnados del mismo sentimiento, mezcla de repugnancia y respeto, que ahora me invadía a mí. 
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Miguel Delibes. La sombra del ciprés es alargada

miércoles, 7 de octubre de 2020

NUCCIO ORDINE. LA UTILIDAD DE LO INÚTIL; CLÁSICOS PARA LA VIDA

Hola, buenas tardes. Bienvenidos a Todos los libros un libro, el programa de recomendaciones de lectura de Radio Universidad de Salamanca. Hace siete días, y con la innecesaria excusa del convulso comienzo del curso académico, que desde mediados de septiembre ha ido produciéndose sucesivamente en las diferentes etapas educativas, abría en nuestro espacio una serie, que contará con un total de cuatro emisiones -bien que interrumpidas, por muy justificadas razones que por ahora no quiero revelar, por mi propuesta del miércoles próximo-, centrada en libros que, de modo directo y frontal o más oblicuo y tangencial, hablan de la escuela y la educación. 

En la emisión precedente os presentaba el muy sugestivo ensayo de Gregorio Luri, La escuela no es un parque de atracciones, en el que se reflexionaba sobre el abandono o la condición subsidiaria a los que las modernas teorías pedagógicas -y lo que es más grave, las prácticas que de ellas se derivan- relegan los contenidos académicos, los conocimientos profundos y rigurosos, para sustituirlos por una especie de simplista e ineficaz ludismo que privilegia las innovaciones metodológicas en sí mismas, al margen de su más que dudosa eficacia, y entroniza las ahora pomposamente llamadas soft skills, las competencias “blandas”, las cuales, como debería resultar evidente para cualquier observador mínimamente informado, acaban por ser absolutamente ineficientes, irrelevantes y estériles si no cuentan con una base sólida -bien hard- de “saberes” sobre las que asentarse. 

Pues bien, en esa misma lógica, pero con un enfoque, un propósito y un desarrollo distintos, más generales y no tan específicamente centrados en el ámbito educativo -aunque con una importante incidencia en él-, se inscribe mi doble propuesta de esta tarde. Por un lado, un librito apasionante que se publicó por primera vez en 2013 en Italia, el país del que es originario su autor, y también en España, y que desde esa fecha ha conocido innumerables reediciones, más de veinte en este momento en nuestro país, un logro inusitado para tratarse de un texto filosófico. Se trata de La utilidad de lo inútil, inequívoco título que permite anticipar la tesis que en él se defiende, escrito por el muy sabio Nuccio Ordine y presentado entre nosotros por la editorial Acantilado en traducción de Jordi Bayod y con el acompañamiento final de un pequeño ensayo de Abraham Flexner, La utilidad de los conocimientos inútiles, que complementa el texto del italiano. En segundo lugar, y del mismo autor, quiero hablaros también de Clásicos para la vida, que, publicado en la misma editorial y con idéntico traductor, apareció en 2017 cosechando, al igual que su predecesor, un gran éxito entre los lectores, con varias ediciones desde su presentación. 

He calificado a Nuccio Ordine de sabio y el adjetivo es bien pertinente. Nacido en 1958, filósofo, experto en el Renacimiento y en Giordano Bruno, frecuente colaborador en los medios periodísticos, es, y tomo aquí la referencia de la nota biográfica con la que editorial presenta el libro, profesor de Literatura italiana en la Harvard University Center for Italian Renaissance Studies y del Alexander von Humbolt Stiftung, habiendo ejercido también como profesor invitado en diferentes Universidades norteamericanas (Yale, New York University) y europeas (EHESS, Ecole Normale Supérieure Paris, Paris-IV Sorbonne, Paris-III Sorbonne-Nouvelle, CESR of Tours, Institut Universitaire de France, Paris-VIII, Warburg Institute, Eichstätt University). Cuenta además, con un nutrido currículo que incluye infinidad de publicaciones, sobre todo de literatura, filosofía y educación, que han sido traducidas a muy diversos idiomas; con abundantes premios y reconocimientos (entre otros la Orden al Mérito de la República Italiana y la prestigiosa Legión de Honor francesa); y con un buen número de doctorados honoris causa en distintas Universidades de Italia, Francia, Brasil o Chile. Ordine es un pensador con una vastísima cultura, fundamentalmente en lo que se refiere a los clásicos literarios y filosóficos, una circunstancia que puede constatarse de un modo palpable en este La utilidad de lo inútil que ahora os presento. 

La excepcional proclama en que el libro consiste -Ordine encabeza su obra con un explícito Manifiesto- parte de una constatación por lo demás evidente para cualquier observador, y en particular para quienes, como yo, se dedican profesionalmente a la enseñanza: la lógica del beneficio mina por la base las instituciones (escuelas, universidades, centros de investigación, laboratorios, museos, bibliotecas, archivos) y las disciplinas (humanísticas y científicas) cuyo valor debería coincidir con el saber en sí, independientemente de la capacidad de producir ganancias inmediatas o beneficios prácticos. En este mundo productivista y “eficiente”, economicista y utilitario, en el que casi cualquier dimensión de nuestras vidas está, de un modo u otro, subordinada al rendimiento y el dinero, al beneficio y el éxito comercial, al interés y al poder, a lo lucrativo y la rentabilidad, en este brutal contexto que nos asfixia por doquier, resulta necesario -más aún, indispensable- defender la utilidad de los saberes que no producen resultados inmediatos, tangibles, constatables en las cuentas de resultados de gobiernos, empresas e instituciones (en particular las académicas). Y a esa noble tarea se entrega apasionada y rigurosamente el profesor italiano en su ejemplar estudio. Las disciplinas humanísticas, las lenguas clásicas, la música, el arte, la literatura, la poesía, la cultura, la enseñanza liberadora (no la roma y corta de miras de la repetición funcionarial, ni la atrevida y poco consistente que pretende desarrollar competencias para el mercado), la libre investigación, la imaginación, la curiosidad, la reflexión, el razonamiento y el pensamiento crítico, el profundo saber y el conocimiento verdadero, la filosofía, los nebulosos territorios del espíritu y la emoción, el lento fluir del tiempo, la indagación reposada en los ideales que definen la civilización, la dignidad, la verdad, la libertad, el amor, la amistad, la belleza, todos aquellos valores que no se pueden pesar y medir con instrumentos ajustados para evaluar la quantitas y no la qualitas, han de ser preservados, salvaguardados, defendidos, reivindicados; es más, han de constituir el horizonte último de nuestros afanes en la existencia. 

El llamamiento apasionado que encierra La utilidad de lo inútil incorpora, también, una advertencia, un grito de alarma: Si dejamos morir lo gratuito, si renunciamos a la fuerza generadora de lo inútil, si escuchamos únicamente el mortífero canto de sirenas que nos impele a perseguir el beneficio, sólo seremos capaces de producir una colectividad enferma y sin memoria que, extraviada, acabará por perder el sentido de sí misma y de la vida. Y en ese momento, cuando la desertificación del espíritu nos haya ya agostado, será en verdad difícil imaginar que el ignorante homo sapiens pueda desempeñar todavía un papel en la tarea de hacer más humana la humanidad. 

Porque, sostiene Ordine, son precisamente las actividades que no sirven para nada [las que] podrían ayudarnos a escapar de la prisión, a salvarnos de la asfixia, a transformar una vida plana, una no-vida, en una vida fluida y dinámica, una vida orientada por la curiositas respecto al espíritu y las cosas humanas. 

El planteamiento al que se acoge el autor en su breve tratado es fragmentario, hecho de aportaciones diversas, citas, pensamientos, reflexiones recogidas en años de lectura, investigación y docencia. No estamos, pues, ante un texto orgánico. Las tres partes del libro, cuyo contenido y alcance luego detallaré, se organizan en una cincuentena de capítulos muy cortos, alguno de ellos probablemente pensado para -y quizá publicado en- otros contextos; los cuales, en general, giran sobre un determinado autor sobre cuya obra se reflexiona a partir del eje temático principal que unifica el libro: la utilidad de lo inútil. Keynes y Vargas Llosa, Steiner y Foster Wallace, Dante, Petrarca y García Márquez, Stevenson, Baudelaire y Tomás Moro, Platón, Shakespeare y García Lorca… y Neruda y el Quijote y Aristóteles y Dickens y Ionesco y Hegel y Sócrates e Italo Calvino y Cioran y Victor Hugo y Tocqueville y Georges Bataille, entre otros muchos, en un desbordante elenco de destacados representantes de lo mejor de la cultura universal (son doscientas, aproximadamente, las referencias que se recogen en el índice bibliográfico final), pueblan, con una muy bien escogida selección de sus textos, todos muy elocuentes por sí mismos y comentados además con profundidad e inteligencia, un ensayo apasionante. 

El libro, que sin contar el apéndice postrero supera apenas las cien cortas páginas, se estructura en tres grandes partes. La primera está dedicada al tema de la útil inutilidad de la literatura y es en ella en la que comparecen la mayor parte de los autores mencionados, en cuya obra ha espigado Ordine las alusiones a la trascendencia que los saberes aparentemente inútiles tienen en la conformación de una vida plena, guiada por los valores de la gratuidad y el desinterés y por el alejamiento del utilitarismo embrutecedor. En los veintiséis sucintos capítulos de esta sección, cada uno de ellos dedicado casi monográficamente a la glosa de un autor a partir de las muy oportunamente escogidas citas de su obra, se defiende con pasión el gozo del conocimiento en sí mismo, del saber sin propósito utilitario ni aspiración al beneficio, ajeno a las leyes del mercado y del lucro, la necesidad de la cultura, la literatura y las humanidades, de todo aquello que permite el desarrollo de las ideas y los valores que, en fin, nos constituyen y representan la verdadera esencia de lo más noble de la humanidad: democracia, libertad, justicia, laicidad, igualdad, derecho a la crítica, tolerancia, solidaridad, bien común, esos valores, se lamenta el autor, que hoy se consideran contracorriente y pasados de moda. 

La segunda parte centra su atención en el campo de la enseñanza, la investigación y la cultura, indagando en los muy dañinos efectos que en esos dominios ocasiona el sometimiento a la lógica del beneficio, denunciando el intolerable declive de los clásicos, del latín y griego, de las disciplinas humanísticas -también de las correspondientes a la ciencia “no aplicada”-, en los estudios escolares y reivindicando su necesaria presencia en los planes de estudio. Rebate Ordine los míseros argumentos de los nuevos gestores de la enseñanza, preocupados -y el interés en sí resulta noble, aunque sea errado el modo de darle satisfacción- por la inserción laboral de nuestros jóvenes, a los que desde el sistema educativo -sostiene la ortodoxia educativa imperante- habría que proporcionarles las competencias -prácticas, eficaces, productivas- que les permitieran encontrar y conservar un trabajo. ¿Para qué enseñar las lenguas clásicas -se pregunta de modo retórico en relación con el latín y el griego- en un mundo en el que ya no se hablan y, sobre todo, no ayudan a encontrar trabajo?, para responder con un texto de Antonio Gramsci de 1932 que no me resisto a transcribir: En la vieja escuela el estudio gramatical de las lenguas latina y griega, unido al estudio de las literaturas e historias políticas respectivas, era un principio educativo en la medida en que el ideal humanista, que se encarnaba en Atenas y Roma, estaba difundido en toda la sociedad, era un elemento esencial de la vida y la cultura nacional. […] Las nociones aisladas no eran asimiladas para un fin inmediato práctico-profesional: el aprendizaje parecía desinteresado, porque el interés era el desarrollo interior de la personalidad. […] No se aprendía el latín y el griego para hablarlos, para trabajar como camareros, como intérpretes, como agentes comerciales. Se aprendía para conocer directamente la civilización de ambos pueblos, presupuesto necesario de la civilización moderna, o sea, para ser uno mismo y conocerse a uno mismo conscientemente. 

En este apartado del libro, formado por diecisiete capítulos, también muy breves, se defiende la necesidad de que en los institutos y centros universitarios se lean íntegros los grandes textos fundacionales de la cultura occidental; se reivindica el carácter vocacional de la enseñanza, vinculado a la consideración de la educación como una forma de seducción; se sostiene la imprescindibilidad de la pasión y el amor por el conocimiento de los profesores; se responde, con ayuda de una divertida anécdota de Euclides, contada por Estobeo, a la engañosa pregunta ¿Qué se gana con un teorema?; entre otras enjundiosas e interesantes cuestiones. Al cierre de esta reseña os ofrezco un texto de esta sección del libro en el que se alerta sobre la preocupante rebaja del nivel de exigencia de la enseñanza y su consiguiente peligrosa infantilización, debidas, entre otras causas al sometimiento de la educación a intereses financieros. 

En la tercera y última parte, de menor extensión que las dos anteriores, se da la voz a los clásicos, con sus valiosas aportaciones en tres dominios -la dignitas hominis, el amor y la verdad- en los que el dinero, el sometimiento a las leyes del mercado, la obsesión utilitarista y el afán por el poseer pueden resultar devastadores en tanto que los tres constituyen el vivo y fecundo ejemplo de cómo los saberes, las actitudes y los comportamientos desinteresados revelan de manera ejemplar lo mejor de nuestra naturaleza. Aquí podemos encontrarnos, en textos muy significativos, con Séneca y Pico della Mirandola; con Montaigne y Saint- Exupéry; con la ejemplar historia del caballero Rinaldo recogida por Ariosto en el Orlando furioso y recreada por Cervantes en El curioso impertinente, una de las narraciones intercaladas en el Quijote; con Rilke, Diderot y Platón; con Giordano Bruno y con el Decamerón de Boccaccio; también con Demócrito, cuyo retrato, pintado por Velázquez en torno a 1628, se reproduce en la portada del libro; el relato, extraído de una colección de cartas atribuida a Hipócrates, de la supuesta locura del filósofo griego, en el que se “explica” la recurrente propensión a la risa de Demócrito, resulta ejemplar en lo que tiene de defensa de la dignitas hominis. 

Además, y como coda a su exposición, Ordine adjunta un también corto ensayo, de título ya mencionado, La utilidad de los conocimientos inútiles, escrito por Abraham Flexner en 1937 y publicado de nuevo, con retoques, en 1939. Flexner fue un científico y pedagogo, miembro fundador, como Einstein y Oppenheimer, del Institute for Advanced Study de Princeton. En su estudio -muy volcado hacia el ámbito de la ciencia, en una muestra de la absurda oposición entre saberes humanísticos y científicos- explica cómo las grandes investigaciones científicas teóricas, no guiadas por la intención práctica, acaban por derivar en aplicaciones -desde las telecomunicaciones a la electricidad- de fundamental relevancia para el género humano. 

Casi sin tiempo ya, quiero recomendaros de modo entusiasta, sin poder detenerme demasiado en la exposición de las muchas razones que justifican mi enfervorizada propuesta, Clásicos para la vida. Una pequeña biblioteca ideal, otra obra de Nuccio Ordine de lectura indispensable. El libro se abre con un estudio preliminar, de apenas cuarenta páginas, en el que se establecen las premisas que lo guían, similares, en lo esencial, a las ya reseñadas a propósito de La utilidad de lo inútil: la fértil pervivencia de los clásicos, lo aconsejable de su presencia en los planes de estudio, el rechazo a los planteamientos mercantilistas que hoy devalúan el sistema educativo, el radical cuestionamiento de la ciega entrega de la escuela a la nueva pedagogía digital, de su deriva empresarial, el valor insuperable de la figura del profesor, del maestro, capaces -si son excelentes y no meros burócratas desapasionados- de cambiar las vidas de su alumnos mostrándoles la infinita multiplicidad del mundo, entre otras poderosas ideas que constituyen el núcleo central del pensamiento de Ordine sobre estos asuntos. Sus palabras, salpicadas, como en el libro anterior, con numerosas citas de escritores y filósofos (son especialmente conmovedores, entre ellas, la transcripción del intercambio epistolar entre Camus, recién premiado con el Nobel, y su maestro de primaria, o las reflexiones sobre el poema Ítaca, de Cavafis), resultan una vez más, esclarecedoras y estimulantes, y, a mi juicio, debieran constituir lectura obligada para cualquier profesional de la enseñanza, especialmente para quienes tienen la exigencia política de gestionarla. 

El cuerpo principal de la obra lo constituye la selección, impecable, de cincuenta fragmentos de otros tantos grandes autores clásicos, a los que de manera muy sucinta -un par de páginas en la mayor parte de los casos- el antólogo incorpora algunas notas significativas, profundas glosas, interesantes comentarios, en los que su inteligencia y su sensibilidad resaltan enfoques, ideas, explicaciones, siempre sabias, que amplían los ecos de unos textos ya de por sí cautivadores. Confiesa Ordine en su estudio preliminar que durante más de quince años leía en clase a sus estudiantes, una vez por semana, citas de obras en verso o en prosa no necesariamente vinculadas al programa de la asignatura que imparte. Esa experiencia, muy fructífera, se prolongó, por así decirlo, en una columna, de título ControVerso, en el semanario Sette, del Corriere della Sera, en el que fueron apareciendo algunos de esos fragmentos acompañados de las reflexiones del filósofo y profesor sobre los temas evocados en los textos. Clásicos para la vida compila varias decenas de esos textos, los aparecidos en el suplemento entre septiembre de 2014 y agosto de 2015. Hay páginas memorables, como las dedicadas a Ciudadela, de Antoine de Saint-Exupéry, que se relaciona con el amor, la posesión y la violencia contra las mujeres; El mercader de Venecia, de William Shakespeare, un drama en el que una mención a la música encierra una invitación para buscar la esencia de la vida en las actividades -la cultura- que ennoblecen el espíritu; El mercado de piazza Navona, de Giuseppe Gioachino Belli es la ocasión para hablar de la importancia de los libros; el Banquete, en el que Platón nos habla de la relación “erótica” en la que consiste, en gran parte, la educación, así como de la laboriosa conquista que supone el saber, el conocimiento, en un planteamiento opuesto al infantil hedonismo que propugnan algunas nuevas pedagogías; Los Buddenbrook. Decadencia de una familia, la gran obra de Thomas Mann, con su crítica a los empresarios y políticos corruptos que, ávidos de ganancias, falsean las cuentas y estafan y pisotean la justicia; las Memorias de Adriano, la obra maestra de Marguerite Yourcenar, permite a Ordine hablar de la importancia de las bibliotecas; en el fragmento de Los años de aprendizaje de Wilhelm Meister, de Johann Wolfgang Goethe, aflora una vez más la tesis principal de la utilidad de lo inútil; el conmovedor poema Tal vez mi última carta a Memet, del poeta turco Nazim Hikmet encierra un emotivo mensaje de humanidad. 

Y está Mendel el de los libros, de Stefan Zweig; y El hacedor, de Jorge Luis Borges, con el hilarante pasaje del mapa idéntico al territorio que representa; y la archiconocida Canción de Navidad, de Charles Dickens; y de nuevo el Quijote y Las aventuras de Robinson Crusoe, de Daniel Defoe y otra vez Antoine de Saint-Exupéry, ahora con un evocador pasaje de El principito, y Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez. 

Y de La cena de las Cenizas, de un Giordano Bruno en el que Ordine es especialista, se recoge un texto que defiende la importancia del esfuerzo, al margen de la meta; la relación entre las palabras y las cosas se analiza en el comentario a las Poesías juveniles, de Rainer Maria Rilke; Si esto es un hombre, de Primo Levi, nos lleva al horror de Auschwitz y a la cotidianidad de las mujeres que se saben condenadas a las cámaras de gas y que, sin embargo, lavan las ropas de sus pequeños y las tienden al sol y siguen dándoles amorosamente de comer… 

Y cómo dejar de citar a Boccaccio; y a la excepcional Antología de Spoon River, de Edgar Lee Masters; y a Gracián; y a Rabelais y al inevitable Montaigne, tan sabio, tan humano, tan cercano; y a Jonathan Swift y Molière, a Plauto y Homero, a Balzac y Flaubert; y el bellísimo Amor, de Guy de Maupassant; e Italo Calvino y Montesquieu y Pessoa; y el erotismo de El sueño, de John Donne; y Stuart Mill y su precursor texto sobre las mujeres; y el Cyrano de Bergerac, la bien conocida obra de Rostand, de la que se selecciona un magnífico texto sobre el beso; y Campo di Fiori, en el que Czesław Miłosz, evoca, melancólico, la tragedia del gueto de Varsovia; y, por fin, el alegato final de Einstein, Sobre la educación. 

Dos libros, pues, La utilidad de lo inútil y Clásicos para la vida, de lectura absolutamente necesaria. No lo dudéis, compradlos y degustar, lenta, demoradamente, la mucha sabiduría que su autor, el maestro Nuccio Ordine, ha logrado encerrar en ellos. 

Hay alguna explícita referencia musical en los libros, pero he preferido dejaros aquí, como acompañamiento musical a mi reseña, con un tema ajeno a ellos pero que recrea un pasaje de una obra clásica sí mencionada en ambos textos, la Odisea de Homero. Se trata de Calypso, una canción de Suzanne Vega que tiene como protagonista a la ninfa del mismo nombre que acoge a Ulises en una de las etapas de su viaje. 



Antes de pasar a leer algunas páginas de los grandes clásicos de la literatura, quisiera detenerme un momento en los efectos catastróficos que la lógica del beneficio ha producido en el mundo de la enseñanza. Martha Nussbaum, en su hermoso libro Sin fines de lucro, nos ha proporcionado hace poco un elocuente retrato de esta progresiva degradación. En el curso de la última década en buena parte de los países europeos, con alguna excepción como Alemania, las reformas y los continuos recortes de fondos financieros han trastornado —sobre todo en Italia— la escuela y la universidad. De manera progresiva, pero muy preocupante, el Estado ha iniciado un proceso de retirada económica del mundo de la enseñanza y la investigación básica. Un proceso que ha determinado también, en paralelo, la secundarización de las universidades. Se trata de una revolución copernicana que en los próximos años cambiará radicalmente la función de los profesores y la calidad de la enseñanza. 

Casi todos los países europeos parecen orientarse hacia el descenso de los niveles de exigencia para permitir que los estudiantes superen los exámenes con más facilidad, en un intento (ilusorio) de resolver el problema de los que pierden el curso. Para lograr que los estudiantes se gradúen en los plazos establecidos por la ley y para hacer más agradable el aprendizaje no se piden más sacrificios sino, al contrario, se busca atraerlos mediante la perversa reducción progresiva de los programas y la transformación de las clases en un juego interactivo superficial, basado también en la proyección de diapositivas y el suministro de cuestionarios de respuesta múltiple. 

Pero hay algo más. En Italia, donde el problema de los que pierden el curso alcanza dimensiones preocupantes, las universidades que logran el objetivo de graduar un estudiante en los años previstos por la ley reciben el premio de una financiación ad hoc. Los centros que, por el contrario, no satisfacen los protocolos ministeriales sufren sanciones. De este modo, si se matriculan mil estudiantes en el año 2012, mil graduados deberán tener su título al final del trienio. Una aspiración noble y legítima si a los legisladores, además de la quantitas, les interesara también la qualitas. Por desgracia, sin embargo, renunciando a evaluar con qué competencias reales concluyen su ciclo de estudios los nuevos titulados, el mecanismo en acto se transforma en una estratagema que empuja a las universidades —cada vez más comprometidas por la penuria de fondos en la búsqueda poco escrupulosa de subvenciones— a hacer lo imposible para producir nuevas hornadas de titulados.

 

Videoconferencia
Nuccio Ordine. La utilidad de lo inútil 

miércoles, 30 de septiembre de 2020

GREGORIO LURI. LA ESCUELA NO ES UN PARQUE DE ATRACCIONES
  
Buenas tardes. Bienvenidos a Todos los libros un libro, el modesto reducto de Radio Universidad de Salamanca desde el que cada semana os ofrecemos una propuesta de lectura que pueda interesaros. Esta tarde, tras las muy “ecológicas” emisiones de las semanas precedentes, quiero proponeros un libro que más allá de su interés, que sin duda lo tiene, resulta apreciable pues induce en el lector la reflexión sobre infinidad de sugerentes temas relacionados con la educación, uno de los asuntos clave, a mi juicio, del devenir del mundo en las próximas décadas. La propuesta resulta especialmente oportuna en estos días en los que acaban de comenzar las clases en los diferentes niveles educativos, en nuestra universidad y también en secundaria, un inicio de curso condicionado, como lo fue el final del pasado, por los efectos sobre la enseñanza de la pandemia del coronavirus, un fenómeno que al margen de su triste y dolorosa repercusión sanitaria parece haber “convulsionado” y obligado a reconsiderar las estructuras sobre las que se construían hasta ahora aspectos determinantes de nuestra vida como el trabajo, los viajes, el turismo, el comercio, las relaciones personales y, por supuesto, la enseñanza. 

La escuela no es un parque de atracciones es el por ahora último título de un escritor bastante prolífico, Gregorio Luri, que lo ha dado a la luz en marzo de este mismo año en el seno de la editorial Ariel, bajo un subtítulo muy revelador, Una defensa del conocimiento poderoso, toda una declaración de principios. He de advertir, como lo hace el autor, que su análisis se centra, de manera primordial, en la enseñanza obligatoria, pero gran parte de las cuestiones que plantea pueden extrapolarse, con las debidas puntualizaciones, a otros niveles educativos. 

Gregorio Luri, un nombre bien conocido en el mundo del pensamiento pedagógico, presente, de manera combativa aunque ilustrada (un aparente oxímoron en un ámbito en el que proliferan exacerbados y vociferantes “opinadores” sin poso intelectual alguno), en cuanto debate sobre educación ha surgido en la última década en nuestro país, es maestro de profesión, aunque su carrera académica cuenta con una licenciatura en Ciencias de la Educación y un doctorado en Filosofía en la Universidad de Barcelona, titulaciones ambas en las que obtuvo sendos Premios extraordinarios. Ha escrito libros de filosofía e historia, y en su currículo destaca una interesante, controvertida y a veces hasta polémica serie de publicaciones sobre temas de educación, un mundo que conoce bien pues además de ejercer como maestro fue profesor de secundaria y también de la Universidad de Barcelona. Algunos de sus títulos más destacados en este dominio son La escuela contra el mundo, El valor del esfuerzo o Mejor educados, editados, casi todos, en Ariel. 

La primera razón por la que merece la pena leer La escuela no es un parque de atracciones es porque, al margen de la posición teórica -casi me atrevería a decir ideológica, aunque el término está muy contaminado en el universo educativo, como luego veremos- que sustenta en él su autor, discutible, obviamente, en algunos de sus postulados, su planteamiento está sólidamente argumentado y respaldado por una consistente y copiosa bibliografía que ocupa las veinticinco páginas de notas que se incorporan al final del libro. En otras reseñas de textos sobre educación que he presentado en estos años he criticado el hecho de que, con frecuencia, la toma de posición en el debate educativo, a menudo furibunda y agresiva, se haga sin fundamento académico y científico alguno, y el que algunos autores, críticos como lo es Luri con la “ideología dominante” en educación -la de la innovación como dogma, la tecnología como panacea, y la “nueva pedagogía” como leitmotiv-, esgriman sus objeciones (que yo no pocas veces comparto) sin más apoyo que el de su propia experiencia y sus particulares opiniones, obviamente respetables en sí mismas como reflejo de una singular subjetividad, pero pobres si se pretende levantar principios de validez universal sobre tan endeble base. Nada de esto hay en las tesis de Gregorio Luri y sí, por el contrario, un soporte sólido apoyado en ideas, análisis, juicios, experiencias y modelos de consolidada trayectoria doctrinal (lo que no quiere decir, insisto, que ellas constituyan la irrebatible “verdad” sobre tan, a lo que parece, evanescente asunto, la educación). Su consistencia intelectual, no obstante, no le impide incurrir en un desliz menor pero que a mí me resulta lamentablemente significativo, Luri utiliza más de una vez en su texto el neologismo “viejuno” (aprendizaje viejuno, profesores viejunos), tan absurdamente de moda a partir de su “invención” por algunos destacados miembros del humor manchego. Que en un libro de estas características, un ensayo divulgativo en el que se quiere defender y reivindicar, de manera asequible pero con pretensiones más o menos “científicas”, un determinado modelo de educación, se incurra en una “ligereza” de este calibre (aunque sea en tono irónico), una insólita concesión a la jerga televisiva (y por tanto popular y callejera; y uso aquí ambos términos con connotaciones negativas), rebaja, desde mi punto de vista, la fiabilidad de la propuesta entera (si exagero un poco). 

Y es que La escuela no es un parque de atracciones no puede dejar de ser, como casi cualquier libro, artículo, opinión o planteamiento que se refiera en España a la educación, una obra controvertida. En nuestro país, sobre todo en los últimos treinta años, el mundo de la enseñanza -incluso en su dimensión académica; sobre todo en su dimensión académica- está fuertemente ideologizado. El “gran debate educativo”, ese constructo quimérico al que se refieren de continuo políticos y periodistas, profesores e intelectuales, es un imposible ontológico, dada la radicalización de los argumentos enfrentados y lo irreductible de las diversas posiciones sustentadas. A este respecto, resulta muy útil y clarificadora la Cronología de las ideas pedagógicas que incorpora Luri al término de su ensayo, en la que se recogen las distintas tesis, leyes y experiencias relevantes surgidas en el dominio de la pedagogía dese 1806 hasta nuestros días, en una muestra muy elocuente de la heteróclita proliferación de enfoques contradictorios, programas valiosos y ocurrencias disparatadas en que ha consistido la fundamentación teórica de los muchos, cambiantes y en ocasiones delirantes planes educativos que se han ido sucediendo en España y de los que son reflejo las numerosas -y efímeras- leyes de educación con las que los políticos iluminados -valga el pleonasmo- ansían dejar su imperecedera huella -cada diez años, más o menos- en nuestra sociedad. Solo desde la Transición se han sucedido (algunas prácticamente nonatas) la LOECE, LODE, la LOGSE, la LOPEG, la LOCE, la LOE, la LOMCE y ahora, a la vuelta de la esquina, nos espera la LOMLOE, gestada en plena pandemia, en un cóctel de siglas solo equiparable en su confusión al caos pedagógico y organizativo que conlleva. 

Por resumir brevemente, antes de entrar a comentar la visión de los hechos que defiende Gregorio Luri, los dos grandes ejes, las dos grandes líneas de pensamiento en el discurrir sobre el hecho educativo en el mundo entero y, en particular, en los claustros de profesores y en los departamentos universitarios de nuestro país, podríamos hablar de una corriente conservadora y otra progresista, en una dicotomía forzosamente reduccionista y errónea ya desde su denominación, sesgada por cuanto supone, por desgracia, una toma de posición apriorística sobre el objeto del debate. De ambas, la tendencia “de izquierdas” (causa sonrojo escribir esto: ¿hay una pedagogía de izquierdas y otra de derechas?, ¿no cabe una cierta “objetividad” o consenso imparcial, un acuerdo ecuánime, una visión desapasionada y neutral sobre la educación que necesitamos en el siglo XXI?, ¿hasta tal punto la ideología condiciona nuestra percepción de la realidad?, ¿caeremos -caemos- como en la Alemania nazi en el disparate de una “Física aria”?... en fin…), sostendría que en un mundo cambiante y complejo, incierto e imprevisible, volátil y ambiguo como se nos presenta el del siglo XXI, seguir manteniendo prácticas de enseñanza que pueden retrotraerse a Fray Luis de León y su “decíamos ayer” -el dictado, la clase magistral, la escucha pasiva, la repetición memorística, los exámenes, el tedio- resulta un anacronismo culpable pues imposibilita el adecuado desarrollo de la personalidad de los jóvenes y su correcta incorporación a un mercado de trabajo que los excluirá irremisiblemente al no estar dotados de las habilidades y destrezas -trabajo en equipo, resiliencia, inteligencia emocional, creatividad, etc.- que nuestra sociedad y nuestro universo laboral hoy reclaman. Asociados a esta facción “progresista”, y como corolario del antedicho enfoque de partida, aparecen los principales “mantras” que hoy “colonizan” los centros educativos: innovación, énfasis en el aprendizaje y no tanto en la enseñanza, el profesor como guía y facilitador, proscripción de la memoria, subordinación de los contenidos a las competencias, eliminación de las asignaturas, defensa a ultranza de las “nuevas” metodologías (aprendizaje basado en proyectos, clases invertidas, gamificación…), papel central de la tecnología en el aula, flexibilización de los espacios y los tiempos escolares, apuesta por la diversión, el bienestar y la felicidad del alumno, por su soberana libertad, y consiguiente rechazo a la autoridad, la exigencia, el rigor, la “represión” que lleva consigo la escuela tradicional (viejuna, como la calificaría, con socarronería, Luri). Como es obvio, todas estas opciones puramente “técnicas” (soluciones prácticas a estrictos problemas cotidianos de la profesión docente, de índole similar a los que se les plantearían, por ejemplo, a los médicos acerca del mejor modo de llevar a cabo una operación… sin absurdas disquisiciones entre bisturíes de izquierdas o de derechas) se presentan como emblema universal de una determinada interpretación avanzada y moderna de la historia, de una verdad irrefutable que explicaría nuestra posición en el mundo: quien defiende una alternativa democrática, feminista, justa, ecologista, igualitaria, equitativa, comprometida, “rebelde”, y, en definitiva, progresista de la realidad -¿cómo negarse a tal elenco de bondades políticamente correctas?- no puede dejar de “posicionarse” en el lado que, de partida, se define como “ortodoxo”. Lo dicho, la Física aria, la Cirugía de izquierdas, la Filología democrática, la Arquitectura LGTBI, la Gastronomía de progreso. En muchos casos, y hablo desde la trinchera de mis clases en secundaria, enfrentarse a esta que hoy es, sin duda, la ideología preponderante en los centros (otra cosa, bien distinta, son las prácticas cotidianas), sostener que el profesor experto que sabe mucho y es capaz de transmitir aquello que sabe con entusiasmo y pasión sigue siendo una de las más formidables “armas” para el aprendizaje es exponerse al irremisible descrédito profesional. 

Por el contrario, los ciegos defensores -pues de ceguera hablamos, en uno y otro bando, desde mi punto de vista- de la pedagogía conservadora (“de derechas”) enfatizan la importancia del saber, la memoria y los contenidos, abogan por la enseñanza exigente, valoran el esfuerzo y la disciplina, sostienen la relevancia fundamental del papel del profesor y reivindican su autoridad, relativizan la presencia de los artefactos tecnológicos en las clases, apoyan los exámenes y las evaluaciones, aborrecen la evidente rebaja del nivel educativo de los alumnos en aras de una nunca conseguida igualdad, defienden la profundidad y el rigor, el estudio y la laboriosidad en contra de la superficialidad y la ligereza, de la facilidad y el juego que la “nueva pedagogía” ha instaurado en las aulas. Y lo hacen -he aquí una de las grandes paradojas del asunto- por idénticos bienintencionados motivos que los que esgrimen las “huestes” contrarias para sostener su discurso antitético: con la escuela convertida en la apoteosis de lo lúdico (un parque de atracciones) y la depreciación de los conocimientos que conlleva, nuestros estudiantes no podrán crecer plenamente como personas y se verán indignamente explotados -o peor aún, inevitablemente preteridos- en un mercado laboral que contrariamente a los lemas de facilidad y placer que les han inculcado en la escuela sigue rigiéndose por principios de trabajo y esfuerzo, compromiso y diligencia, dedicación y empeño, exigencia y dificultad. Además, y en un efecto también simétrico con la posición enfrentada, desde este enclave ideológico se cree estar en posesión de la verdad indiscutible: la libertad, la justicia, la igualdad, la verdadera democracia, son valores que solo encarnarían quienes consideran que los problemas de la escuela deben resolverse de acuerdo a esos determinados parámetros -precisamente los que se sostienen desde la propia perspectiva-, mientras que quienes defienden tesis contrarias serían pedagogos indocumentados, iluminados sin fundamento, ignaros perpetradores de ocurrencias sin respaldo científico, irresponsables entregados a experimentar disparates usando a los niños como cobayas y, en definitiva, anacrónicos izquierdistas de salón, intelectualmente endebles, deseosos de perpetuar sus provechosas sinecuras subidos a la ola de la innovación subvencionada con cargo al Estado. 

Y lo más sorprendente de esta radicalizada división de posturas con respecto a la enseñanza es que, en cada caso, los argumentos propios se defienden con una en apariencia solvente fundamentación científica (excluyo, claro está, como ya he comentado, las manifestaciones meramente viscerales del debate, aquellas en que se “levantan” principios universales a partir de muy parciales y limitadas experiencias personales, sin análisis ni lecturas ni peso intelectual alguno, en un fenómeno equivalente -la ofuscación acrítica, la vacua repetición de los insulsos lemas de la propia bandería, el desprecio a la razón, el obtuso sostenimiento de los argumentos propios y la correlativa falta de consideración de los ajenos- al que con desgraciada profusión contemplamos de continuo en las sesgadas tribunas periodísticas, en las vociferantes tertulias televisivas y, lo que es más lamentable, en los cada vez más inconsistentes y cerriles escaños parlamentarios), de tal manera que leyendo la bibliografía aportada por el autor del libro al que nos acerquemos en cada caso sabremos de antemano cuáles son las “indiscutibles” verdades científicas en las que se basa y podremos adelantar también la “fragilidad” teórica de las propuestas que se le oponen. 

Gregorio Luri es bien consciente de este pernicioso fenómeno (La ideología tiene en educación más peso que el soporte empírico de las diferentes metodologías, escribe) e intenta superarlo con, como ya he señalado, una argumentación fundamentada e intelectualmente robusta. No lo logra, sin embargo, de manera completa, a mi juicio, pues pese a que es capaz -a diferencia de tantos otros notorios, populares y viscerales combatientes en pro de la escuela “clásica” (Moreno Castillo, Alberto Royo, entre otros de menor fuste)- de entender y hasta, en ocasiones, compartir, los postulados que se le enfrentan, no deja de incurrir en algunos de los más burdos tics recurrentes en este debate. Y no solo porque desde el título mismo de la obra ya está predeterminando su posición -recuérdese: la escuela no es un parque de atracciones-, lo cual resulta obviamente legítimo y hasta necesario, sino porque a lo largo del texto hay más de una alusión despectiva y descalificatoria a los estudios, las investigaciones, las ideas y los razonamientos de quienes sostienen tesis opuestas. Así, se nos habla, algo caricaturescamente, de grupos de padres de izquierda que revientan las reuniones en los centros en que se defiende la disciplina estricta y el alto rendimiento de los alumnos; hay constantes referencias, sesgadas ya desde su misma formulación (la adjetivación es, en Luri, muy elocuente), a los modernos pedagogos despectivos con el conocimiento, a los clarividentes críticos educativos de la escolarización; y es igualmente ostensible el subrayado irónico de las propuestas más disparatadas de los neopedagogos, de los nuevos visionarios y gurús educativos, etc. 

En mi opinión, si ambas partes contendientes defienden de un modo tan apasionado y categórico la verdad de las bases científicas sobre las que construyen sus tesis, y si la necesaria humildad de pensamiento del observador interesado (en este caso -el mío- también actor, pues conozco de primera mano la realidad de la que se me habla) debe llevar al respeto y la valoración de las trayectorias académicas e intelectuales de quienes de un modo tan fervoroso las sostienen, el corolario natural ha de ser, sin duda, la forzosa relativización de las posturas taxativas y excluyentes y la aceptación de que, necesariamente, ambas lecturas de la realidad escolar tienen parte de razón y explican de modo pertinente diversos aspectos de la compleja enseñanza en el siglo XXI; por lo que lo inteligente, a mi juicio, es sostener una visión integradora que recoja, incorpore y opere con “lo mejor de ambos mundos”. 

Gregorio Luri está muy cerca de esa posición pues acepta -como no puede ser de otra manera- que el mundo cambia de un modo progresivamente acelerado y que vivimos en una realidad tecnológica que ha revolucionado los modos de trabajar, producir, viajar, comerciar, relacionarnos, amar, comunicarnos y, claro está, educarnos. Nuestra situación histórica -resume- es la del capitalismo cognitivo. Es decir, una situación en la que el conocimiento valioso es el capital más preciado. La escuela debe ser, por ello, sensible a esa sociedad del conocimiento, por lo que no cabe un anclaje férreo en postulados anacrónicos, en la defensa acrítica (sostenella y no enmendalla) de una tediosa, pasiva y rígida y absurdamente memorística lección magistral (que en esos términos pocos profesores mantienen en la actualidad, todo sea dicho). Muy al contrario, Luri afirma sin reparo la necesidad de variar las estrategias de aprendizaje en el aula, defiende la importancia de desarrollar la inteligencia y alerta del riesgo de tomarse a broma las STEM (el acrónimo con que se designan las materias vinculadas a las Ciencias, la Tecnología, la Ingeniería y las Matemáticas, por sus siglas en inglés). Pero el reconocimiento, aceptado, de que el escenario en que se desenvuelve la educación sea hoy muy distinto al de hace solo unas décadas, no lleva al autor a lanzarse a los brazos de quienes, con, a su juicio, inconsistencia teórica y endeblez intelectual, sostienen la escuela de las buenas intenciones, esa escuela de las innovaciones disruptivas, de la creatividad y de la revolución educativa, del aprender a aprender y de la resolución de problemas, de las inteligencias múltiples, del pensamiento crítico y de la incontinencia emocional, que cree que hay que llenar el corazón en vez de la cabeza. 

En este sentido, La escuela no es un parque de atracciones presenta otro de sus fuertes motivos de interés en el implacable análisis que incluye de los principales dogmas de esa pedagogía “moderna” que hoy prolifera en los centros de enseñanza de nuestro país. No hay tiempo aquí para desmenuzar las argumentaciones que desvelan las falacias científicas con las que se da pábulo a los peligrosos experimentos pedagógicos que con culpable inconsciencia se ponen en práctica actualmente en las aulas de secundaria, aunque sí merece la pena una somera enumeración de los principales mitos que, carentes de toda evidencia que los sostenga, impregnan el pensamiento de gran parte del profesorado y subyacen a los planteamientos de las instituciones y autoridades educativas, empezando por una Ministra de Educación a la que en el libro no se ahorran críticas. A este respecto, Gregorio Luri no deja títere con cabeza: en su diatriba comparecen -para ser convenientemente demolidas- ideas como la importancia del “desaprender”, la irrelevancia de los contenidos, la educación como juego, la anatemización del aburrimiento, el descrédito de la palabra, el papel subordinado del profesor, lo relevante de las emociones, la atención a las inteligencias múltiples, la obligatoriedad de la innovación, el respeto a la “naturaleza” del niño, el carácter frustrante de los deberes, la innecesariedad de exámenes y evaluaciones y tantas otras. Y lo mismo ocurre con la mayor parte de los “nuevos paradigmas” de la educación que, bajo la aguda lupa del autor se revelan huecos y engañosos: Los niños tienen que desarrollar competencias para la vida; en la era de las inteligencias múltiples no tiene sentido examinar, “medir” y evaluar los conocimientos; memorizar es un anacronismo; la escuela debe enseñar a controlar las emociones; la enseñanza no puede ir asociada al esfuerzo, el dolor y el sufrimiento, al malestar o el tedio, ha de ser, por el contrario, fuente de placer; la distribución del espacio del aula, la rígida división en asignaturas, la inflexible ordenación de los tiempos escolares son antipedagógicos; una escuela moderna debe sustituir los libros de texto por pantallas; en el siglo XXI es el alumno el que debe construir su propio conocimiento, adaptado a sus intereses y motivaciones, a su particular “estilo de aprendizaje”; la enseñanza tradicional estresa a los estudiantes; no importan los contenidos, lo relevante es que el alumno tenga pensamiento crítico; en una realidad en la que toda la información está en Google sobra el profesor tradicional transmisor de contenidos... 

Pero, más allá de esta vertiente crítica -ciertamente demoledora-, hay en La escuela no es un parque de atracciones una dimensión propositiva, que constituye su eje principal y es otro de los evidentes motivos de interés del libro, que se manifiesta en las abundantes sugerencias, ideas o prescripciones que se aportan para una educación acorde con el conocimiento poderoso que nuestro mundo, más que nunca en la Historia, requiere. 

Parte el autor de la base, que comparte con sus oponentes, de que la escuela debe constituir una experiencia educativa. Aunque, a diferencia de los pedagogos antagónicos, Luri no cree que esa experiencia sea válida en sí misma, subrayando las premisas que convierten lo que se vive en los centros de enseñanza en una experiencia auténticamente valiosa. Así, la escuela debe ayudar al alumno a trascender los límites de nuestra experiencia natural del mundo; no puede ser un mero entretenimiento, sino que ha de proporcionar conocimientos; y debe ampliar el contexto de la comprensión, abriéndose a distintas dimensiones: el estímulo del saber por el saber; el fortalecimiento de la autodisciplina; la educación de la atención; la concepción diagnóstica del error, y el desarrollo de las virtudes morales asociadas al aprendizaje. A cada una de ella dedicará interesantes reflexiones en su libro. 

Por resumir ahora en una sola idea, habiendo sobrepasado con creces los límites de esta reseña, el núcleo central de las tesis que se proponen en La escuela no es un parte de atracciones, me quedaría con la reivindicación (que yo defiendo al cien por cien, en mi pensamiento y en mi práctica diaria) de la enseñanza explícita, es decir, la explicación directa, clara, bien secuenciada y que tiene continuamente en cuenta el progreso de la comprensión del alumno, enfoque pedagógico que se postula como el método de instrucción más efectivo. 

Os dejo al final de este comentario con un fragmento del libro en el que se detallan los elementos concretos que definen una valiosa instrucción explícita. Ahora ya solo resta recomendaros la lectura atenta de La escuela no es un parque de atracciones, un muy sugestivo libro en el que, además de las cuestiones ya referidas, podréis encontrar también, interesantes calas en otros asuntos y experiencias relativos a la educación: la exitosa experiencia de las escuelas incluidas en la Success Academy, las virtudes de la vieja escuela republicana francesa, los controvertidos pero eficaces paradigmas educativos asiáticos, con una especial mención al libro de la abogada y escritora Amy Chua Battle Hymn of the Tiger Mother (traducido en España como Madre tigre, hijos leones), la reivindicación de figuras señeras de la pedagogía como Daisy Christodoulou, Doug Lemov, Tom Bennett, Katharine Birbalsingh, Michael Young, E. D. Hirsch o Daniel Willingham, cuyas tesis contrarias a las corrientes hegemónicas los hacen no tan conocidos, empero, como los “beatificados” Ken Robinson (lamentablemente fallecido hace solo unas semanas), Mark Prensky, John Holt o Roger Schank; la importancia de la atención, que hoy puede ser considerada como el nuevo cociente intelectual; la radical divergencia entre los discursos teóricos “revolucionarios” y la práctica diaria en los centros de enseñanza, más convencional (afortunadamente, a juicio de Luri); el sorprendente y peligroso absentismo escolar (en las dos semanas previas a las últimas pruebas de PISA el 30% de los alumnos españoles faltó a clase al menos un día completo, y el 42% llegó tarde a alguna clase, en ambos casos por encima de la media de la OCDE); la imperiosa necesidad de cultivar la inteligencia de los alumnos, para lograr su inserción en un mundo cada vez más difícil y exigente y para -el gran valor democrático de la escuela- paliar las desigualdades sociales y económicas con las que los niños llegan a los centros; el énfasis indispensable en la lectura y la escritura, en lograr que los chicos lean y aumenten su léxico (Parece que los hijos de familias con un nivel cultural alto, escuchan en torno a 2.150 palabras por hora, de las cuales treinta y dos son afirmaciones y cinco, negaciones; los de familias con un nivel cultural medio, en torno a 1.250, con doce afirmaciones y siete negaciones; en el caso de los niños que viven en familias dependientes de la asistencia social, la media de palabras oídas por hora se sitúa en torno a las 620. A medida que se reduce el caudal lingüístico, aumentan los adverbios de negación y disminuyen los de afirmación) y hablen y escriban -y por tanto piensen- bien; y tantos otros apasionantes hilos por los que discurre el inagotable ensayo de Gregorio Luri. 

Como cierre musical a mi reseña os ofrezco (y es la segunda vez que lo hago en estas páginas, pero la referencia explícita -y crítica- en el libro hace obligada mi elección) Another brick on the Wall, del grupo Pink Floyd, cuyo reduccionista mensaje último (we don’t need no education) Luri rechaza de plano.


Las principales características de la instrucción explícita son las siguientes: 

1. Está dirigida por un profesor que decide los objetivos y la estructura del currículo, asumiendo su responsabilidad sobre el aprendizaje de los alumnos. Sabe exactamente por qué hace lo que hace en cada momento. Conoce de dónde viene y hacia dónde va. Tiene claramente definidos los objetivos de la instrucción para cada clase y la manera de alcanzarlos. Está convencido de que su responsabilidad es hallar el camino más corto entre la falta de conocimiento y el conocimiento duradero. La eficiencia, para él, es un deber deontológico. 

2. Al planificar la lección, el profesor comienza preguntándose: ¿qué aprenderán los alumnos con esta lección particular? Este es el principio conocido como backward design (diseño inverso o planificación inversa). Comenzar con el final ayuda a organizar la tarea. Si la clase se inicia con una idea clara de lo que se ha de aprender, se cierra con una idea clara que sintetiza lo aprendido. 

3. Los aprendizajes complejos están descompuestos en sus elementos constituyentes, de esta manera se puede avanzar paso a paso reconstruyendo el todo desde sus partes. 

4. El profesor tiene muy en cuenta la carga cognitiva de cada aprendizaje. Sabe que si no logra que un alumno asimile los contenidos de las clases 1-5, tendrá problemas en la 6. Provoca constantemente respuestas para sopesar la carga cognitiva. El feedback es una evaluación en tiempo real. 

5. Maximiza el tiempo de trabajo escolar. No estamos hablando del número de horas de clase, sino del aprovechamiento eficiente de cada momento. La gestión del tiempo es un criterio de profesionalidad. Hay que cuidar las rutinas que permiten ponerse a trabajar en cuanto comienza la clase. 

6. Considera que el error del alumno es siempre una ocasión de aprendizaje. 

7. Identifica con claridad el vocabulario nuevo que ha de aprender el alumno en cada clase. Posee una conciencia clara de la relevancia lingüística del currículo. 

8. Sabe que la mejor manera de prevenir el comportamiento inadecuado es proporcionar actividades estimulantes. 

9. Reduce los focos de distracción externa, reforzando la presencia referencial del maestro. 

10. Los profesores hablan mucho y, sobre todo, hablan bien. 

11. Proporciona conocimientos consistentes que hacen posible otras formas de instrucción (debates, trabajos en grupo, etcétera).

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Gregorio Luri. La escuela no es un parque de atracciones