Vivo entre muchos libros y extraigo una gran parte de mis ganas de vivir del hecho de que aún leeré la mayoría de ellos. (Elias Canetti)

domingo, 4 de octubre de 2026

ANDREU NAVARRA. PROHIBIDO APRENDER

Todos los libros un libro, fiel a una práctica reiterada que viene repitiéndose con regularidad cada comienzo de curso, presenta, en estas primeras semanas de septiembre, coincidentes con la incorporación a las aulas de los estudiantes de secundaria y universidad, algunas emisiones vinculadas al mundo educativo. Así, hace siete días -y acomodándome a este nuevo esquema del espacio que ofrece más de un programa cada semana, en reseñas más breves que las acostumbradas hasta ahora- os hablé del impacto de la IA en la enseñanza, con dos libros muy interesantes, IA y Educación, de Carlos Magro y Tíscar Lara, y Generación IA, obra de la profesora, experta en el tema, María Lázaro Ávila. Esta semana, dejando de lado, al menos de un modo directo, la reflexión sobre las repercusiones del uso de la tecnología en la docencia, mis dos propuestas se adentran de una manera central en la realidad de las aulas y los centros de enseñanza, en sendos acercamientos a la práctica docente planteados por profesores de instituto, buenos conocedores del día a día -y por lo tanto de los problemas, las necesidades, las dificultades, las exigencias y las expectativas- de la enseñanza media y, en gran medida, la superior en nuestro país. En mi anterior recomendación os sugería la lectura de El aula insurgente, un ensayo magnífico, lúcido y valiente del profesor de Filosofía Carlos Javier González Serrano, que defiende el “realme” de la escuela, esto es, devolver a la experiencia educativa aquello que el generalizado proceso de racionalización económica, de utilitarismo y productividad que invade nuestras sociedades tecnológicas, va expulsando de las aulas, domesticando a los estudiantes y apartando a la enseñanza de la que debiera ser su función esencial, la preservación de un espacio en el que tengan cabida el misterio, el asombro, el descubrimiento, la profundidad, la belleza, el encantamiento, también la duda, la incertidumbre, el ensayo, la prueba, la gratuidad, la pausa, el silencio, la contemplación, el deseo de saber y la pasión por el conocimiento, y que incentive, ya desde los años escolares, la capacidad de conmovernos, de sorprendernos, de plantearnos preguntas, de producir admiración y deseo. 

Para cerrar esta serie educativa, y pese a su poca actualidad editorial (se publicó en junio de 2021), he querido incorporar al ciclo un pequeño librito del profesor Andreu Navarra, al que ya traje al espacio en enero de 2020 con su interesante aunque “objetable” Devaluación continua (os remito a este mismo blog para localizar mi reseña sobre su ensayo). Prohibido aprender, que cerrará por ahora el cupo de lecturas de temática directamente educativa (habrá, probablemente el mes que viene, una coda posterior solo tangencialmente vinculada a dicho universo), es un recorrido por las muchas leyes de educación de la democracia que, pese a que cinco años son un mundo en el cambiante panorama de la enseñanza en España (de hecho, el libro aparece poco después de la aprobación de la última -por ahora- “gran” ley educativa, la LOMLOE, que, por consiguiente queda casi totalmente fuera de su estudio, en tanto que sus normas de desarrollo, sustanciales para entender la deriva que Navarra analiza, no habían sido todavía “perpetradas”; además, las menciones al impacto de la IA en la educación son escasas y ligeras, casi inapreciables, dada la fecha de edición de la obra), continúa estando desgraciadamente vigente en sus tesis, que cuestionan el exceso de legislación -cada vez más enrevesada, compleja, abstrusa y alejada de la verdad última de la enseñanza- y el aumento de la burocracia en que esa “hipernormatividad” y su aplicación “administrativa” en las aulas ha sumido al profesorado; un doble fenómeno que ha distorsionado la práctica docente, degradado el papel de los profesores y devaluado la calidad de la enseñanza secundaria en nuestro país (singularmente en Cataluña, en donde ejerce como profesor Andreu Navarra, como ejemplifica de manera significativa el muy reciente escándalo de las pruebas PISA en esa comunidad, un episodio bochornoso en el que no entraré por no superar los límites del espacio y por no irritar a los seguidores de Todos los libros un libro con mi exaltada indignación). 

El libro, con el explícito subtítulo de Un recorrido por las leyes de educación de la democracia, se publicó en la editorial Anagrama, dentro de su serie “Nuevos Cuadernos Anagrama”, la vistosa y oportuna actualización de los ya legendarios, heterodoxos y combativos “Cuadernos Anagrama” que el sello barcelonés empezó a publicar en los últimos años del franquismo. El breve ensayo -apenas cien páginas en un escueto formato de bolsillo- sigue, en efecto, el itinerario marcado por seis de las principales leyes educativas de carácter general promulgadas en las últimas décadas (LODE, LOGSE, LOCE, LOE, LOMCE y, de manera más ligera, LOMLOE, actualmente vigente), y deja de lado otras normas, al ser de todo punto imposible adentrarse en la inextricable maraña de reglamentos y reales decretos de desarrollo emanados de la Administración central y la no menos inabarcable espesura de órdenes y decretos autonómicos; para, a partir del somero análisis de cada una de ellas, sostener una muy beligerante tesis (coincidente en gran medida con la obra de González Serrano, aunque formulada con mucho menores rigor, profundidad, amplitud de conocimientos, ambición académica y, en definitiva, brillantez): el sistema educativo español ha sufrido durante las últimas décadas un proceso de “desprofesorización”, burocratización y vaciamiento de contenidos que se ha presentado paradójicamente como modernización, innovación y progreso. Bajo una sucesión de constantes reformas legislativas y aceptación bastante acrítica de nuevos paradigmas pedagógicos, programas de innovación y conceptos aparentemente renovadores -atención a la diversidad, competencias, inclusión, digitalización, adelgazamiento del currículo, “hiperaulas”, gamificación, el profesor como mero orientador- el autor percibe una realidad muy distinta, una escuela cada vez más alejada de su función primordial, que debería consistir en enseñar y transmitir conocimientos, formar intelectualmente a los jóvenes y proporcionarles las herramientas culturales necesarias para desenvolverse con autonomía en una sociedad democrática. 

Esta tesis con la que -con la relativa autoridad que me proporciona mi experiencia de cuarenta y cinco años en las aulas de los institutos y de la universidad, y las observaciones que de ella se derivan- coincido casi al cien por cien, se defiende en catorce muy breves bloques ensayísticos -cada uno de ellos con un carácter, un enfoque, un desarrollo y una extensión cercanos a los de un artículo-, en los que, siguiendo el hilo de la referida evolución normativa, se van explorando los diversos ángulos del fenómeno que describe y denuncia. 

El ensayo se abre con cuatro significativas citas -cada una con un tono y un alcance muy diverso, pero coincidiendo todas en recoger, de modo algo escondido u oblicuo en algún caso, la esencia de lo que el lector va a encontrarse a continuación: una preventiva admonición de Ortega y Gasset acerca de los riesgos de la experimentación utópica (El utopista –y esto ha sido en esencia el racionalismo– es el que más yerra, porque es el hombre que no se conserva fiel a su punto de vista, que deserta de su puesto); una atinada -y contradictoria con su obrar- reflexión de Álvaro Marchesi, uno de los principales artífices de la LOGSE y auténtica “bestia negra” de Navarra, que lo fustiga sin contemplaciones a lo largo del libro, como luego veremos (Lo que hoy se valora como un avance, mañana se considera caduco); un elocuente aforismo de John Le Carré, altamente esclarecedor si se lee en clave educativa (La barbarie es fruto de la mediocridad); y un desternillante titular de El Aula Today, el diario satírico que es una versión centrada en la escuela del muy ingenioso El Mundo Today, en el que, sin olvidar la crítica implícita a Isabel Díaz Ayuso (obsesivo caballo de batalla de El País y sus sellos “adyacentes”), ironiza sobre las propuestas renovadoras de la enseñanza, tan en boga en la cotidianidad de las clases (La Comunidad de Madrid sustituirá a los profesores de refuerzo no renovados por carteles con frases motivadoras de Paulo Coelho). 

Ya desde las primeras líneas de su texto, al tono jocoso de esta última referencia se suma la belicosidad habitual en Andreu Navarra en contra de los supuestos “hallazgos” innovadores que durante más de tres décadas llevan perpetrando los ideólogos de la “nueva educación”. En el primer apartado, Destino: la hiperaula, el análisis del autor comienza con este significativo párrafo: El 23 de noviembre de 2020, la ministra de Educación y Formación Profesional del Gobierno de España, Isabel Celaá, en pleno proceso de aprobación parlamentaria de su ley educativa, la LOMLOE (Ley Orgánica de Modificación de la Ley Orgánica de Educación), despertó la hilaridad de los docentes con un tuit que podía muy bien iniciar una antología de la tautología y la vaciedad: «El impulso a la digitalización facilitará el cambio de paradigma educativo, con metodologías más activas y competenciales, y transformando los espacios en hiperaulas interactivas, abiertas y diáfanas.» 

Partiendo de estas palabras, Navarra establece el marco general del ensayo mediante el contraste entre el discurso oficial sobre la innovación educativa y la realidad material de las aulas. El enfático mensaje -la vacua ocurrencia- de la entonces ministra, ejemplo de un lenguaje político que combina tecnificación, modernidad y grandilocuencia sin describir problemas concretos ni ofrecer soluciones reales, se confronta, en la inmediata reflexión del autor, con su propia experiencia como docente en secundaria: mi inefable hiperdepartamento en un instituto público del extrarradio barcelonés: en nuestro despacho se abrió un día un boquete en la pared que empezó a llenarse de hongos que invadieron el techo y las paredes. A través del agujero se podía ver la calle en toda su amplitud. La diafanidad era absoluta, eso es innegable. Un día, la lluvia mojó las lecturas de los grupos de refuerzo de la ESO, estropeándolas sin remedio. Nuestro tesoro más preciado, quizás el único libro que leerían algunos de nuestros alumnos en meses, acababa de convertirse en pasta de papel. Durante un año, nadie vino a tapar el boquete. La contraposición, subrayada por el sarcasmo, permite introducir el que será uno de los conceptos centrales del libro, la distancia entre la innovación proclamada, los inanes eslóganes políticos, rezumantes de ideología e irrealidad, y las necesidades efectivas de la escuela. 

A partir de ahí, el autor desarrolla la noción de “desprofesorización” -sobre la que volveré luego, aportando mi particular y discrepante punto de vista, al menos parcialmente-, asociándola al empeoramiento de las condiciones laborales y a la pérdida de autonomía del profesorado. Los recortes posteriores a 2008, en cuyo análisis se detiene Navarra basándose en los datos, a mi juicio parciales, del escritor y sindicalista Xavier Díez, no aparecen como un fenómeno exclusivamente económico, sino que forman parte, según el texto, de una transformación más profunda que debilita al docente como profesional. La innovación funcionaría entonces como una operación de distracción o maquillaje. Las leyes y programas educativos, con su promesa de modernidad, no afrontan suficientemente la falta de recursos, la sobrecarga laboral o la precariedad de los centros. En este sentido, la sección adelanta también la hipótesis general que recorrerá todo el ensayo y que consiste en denunciar cómo las sucesivas leyes educativas cumplen simultáneamente una función propagandística y encubridora. En vez de mejorar directamente la calidad, producen nuevos lenguajes, programas y estructuras que presentan como progreso lo que no deja de ser una mera transformación burocrática (El objeto del presente libro no es otro que tratar de demostrar de qué forma las leyes de educación que se formulan en nuestro país cumplen una doble función: por una parte, estructurar la propaganda ideologizada del gabinete en el poder, y, por otra, maquillar los pésimos datos educativos con medidas nunca destinadas a la mejora de la calidad educativa, sino al ocultamiento de su mediocridad endémica). 

La chusca y pedantesca referencia a la “hiperaula” es la representación emblemática de este juego perverso, que encubre, bajo una vaporosa jerigonza, supuestamente moderna e innovadora, la ausencia de propuestas concretas y tangibles; una oposición -apariencia frente a realidad, innovación nominal frente a mejora efectiva, propaganda frente a política educativa racional- que cruzará el libro entero. 

Estamos, además, ante un fenómeno -el de la innovación educativa- que tiene poco de novedoso. En La vieja educación nueva, el autor sostiene que buena parte de lo presentado como “Nueva Educación”, con sus pomposos “nuevos paradigmas”, sus promesas de un “mundo mejor”, sus revolucionarias proclamas pedagógicas y sus profecías sobre la escuela ideal, no son más que la actualización acrítica de corrientes -de raíz religiosa y antiilustrada, milenarismo místico de manual- surgidas entre finales del siglo XIX y comienzos del XX, algunas de las cuales se repasan de modo somero en el texto. Según Navarra, la pedagogía contemporánea tiende a presentar la escuela real como algo atrasado que debe ser sustituido por una escuela ideal cuya transición nunca se explica suficientemente. La retórica de la innovación convierte el futuro en un horizonte de redención, mientras las necesidades concretas de las aulas quedan relegadas. El autor identifica en ello una mezcla de futurismo, espiritualismo y confianza excesiva en soluciones metodológicas. En este sentido, Navarra considera que el debate -fuertemente polarizado e ideologizado, al obligar a decidir entre “escuela tradicional” (y por tanto, en lógica simplista, conservadora y reaccionaria) y “escuela nueva”, (avanzada y progresista de manera ineluctable, en esta reduccionista simplificación)-, está mal planteado al formularse en estos términos (como lleva haciéndose en nuestro país, al menos desde la LOGSE, promulgada en 1990). La cuestión verdaderamente urgente sería que se vuelva a enseñar (o al modo en que se recoge en el título del libro, que no se prohíba aprender, sustituyendo la instrucción por un maremágnum de juegos, competencias, “inclusiones”, experiencias emocionales e… hiperaulas). La escuela necesita saber qué contenidos son imprescindibles para una democracia del siglo XXI y cómo conseguir que los jóvenes los aprendan. Navarra rechaza tanto la nostalgia de un pasado idealizado como el futurismo pedagógico (El debate está envenenado o mal planteado: perdemos el tiempo discutiendo sobre si es mejor dar clase como en 1910 o como en 1980 o como en 2005. El problema hoy es que no se está dando clase [la enérgica negrita es mía]). Con enjundiosas calas en la obra de José Antonio Marina y, sobre todo, Marina Garcés, reclama una educación asentada en la realidad, consciente de las limitaciones humanas y sociales y alejada de la pretensión de convertir a los alumnos en seres perfectos, permanentemente adaptables y exitosos. 

La tercera sección, La ley del silencio, introduce una experiencia personal para explicar cómo las reformas educativas generan una cultura de obediencia y silencio profesional. Navarra recuerda cómo tras la entrada en vigor de la LOGSE, cuando él tenía solo nueve años, sus padres, ambos profesores, asistieron a un curso sobre “atención a la diversidad”, una de las nociones novedosas de la ley recién aprobada. El dato que provocó el asombro de sus padres y su propia personal indignación posterior es muy revelador (aunque no sorprendente para quien vivió la profesión docente en aquellos años): el docente que les impartía la preparación para la nueva ley, en un curso de quince horas, había sido formado por la administración en un curso de seis horas. Décadas después, ya convertido él mismo en profesor, experimenta algo semejante en un curso sobre el currículo competencial. El formador presenta las nuevas competencias como el nuevo paradigma, pero admite en conversaciones privadas que considera el planteamiento una “chorrada” (literalmente), al tiempo que reconoce que no se atrevería a poner su dictamen por escrito. La anécdota permite a Navarra aclarar que no rechaza necesariamente las teorías pedagógicas en sí mismas. Atención a la diversidad, competencias o constructivismo pueden servir como orientaciones valiosas para informar la práctica docente. Lo que considera problemático es convertir una teoría en una obligación legal uniforme. Una teoría pedagógica puede inspirar la actuación docente, pero una ley que imponga esa teoría como única elimina la posibilidad de adaptar la enseñanza a situaciones diferentes: En esto consiste el timo: en hacer pasar por democrática una cultura vertical, basada en la imposición y la ausencia de debate. Sin democracia interna en los centros, sin posibilidad de testar y de rendir cuentas de las disposiciones oficiales, actuando de modo dogmático e irresponsable, y ocultando lo que funciona mal, es muy difícil que se solucionen los problemas estructurales que arrastra el sistema educativo español. 

Con LOGSE: la visión marchesiana, Navarra da comienzo a su repaso a las principales normas educativas de la democracia, examinando -en una crítica acerada y demoledora- las ideas de Álvaro Marchesi, secretario de Estado de Educación en 1990, cuando se aprobó la controvertida ley, de la que él fue uno de los principales responsables (sesgos ideológicos, tramposos juegos de manos intelectuales, falta de claridad, doctrinario, profeta revolucionario y hasta cinismo son algunos de los términos que comparecen en su caracterización del personaje y en la de sus ideas). Reconociendo -y en el diagnóstico coincide con el destinatario de su diatriba- que el sistema educativo español partía de una situación de fuerte insuficiencia y que la extensión de la escolarización obligatoria a los dieciséis años constituía un avance, el autor reconstruye la defensa que Marchesi hizo de su propuesta legislativa en su libro de 2000, Controversias en la educación española, para, a partir de él, cuestionar y rebatir sus tesis, centrándose en particular en la singular interpretación que hace el catedrático de Psicología Evolutiva de la Universidad Complutense e ideólogo del PSOE en cuestiones educativas, de conceptos como calidad educativa, igualdad, diversidad y apertura de los centros a la sociedad. 

Lo sustancial de la crítica de Navarra se centra en la mencionada contraposición, absurdamente binaria y maniquea, además de errada en el diagnóstico, que opone la supuesta realidad de una escuela anticuada, decimonónica y regresiva, con otra, moderna y acorde al signo de los tiempos, que se correspondería con una demanda social que Marchesi interpreta de un modo irreal y muy sesgado por su concepción polarizada del mundo. Se introducen así, en el ámbito educativo, una serie de dicotomías acusatorias que han venido funcionando durante los últimos treinta años y según las cuales la sociedad no conecta con el aburrido y tedioso academicismo docente, los contenidos curriculares son intolerantes y antidemocráticos, y únicamente su deconstrucción comprensiva es realmente flexible y dinámica, democrática y progresista. Como consecuencia de todo ello, la LOGSE inició el proceso (que leyes posteriores exacerbarían hasta el delirio y que la volcánica irrupción de la Inteligencia Artificial amenaza con apuntalar) de cuestionamiento y devaluación del rol docente y de deslegitimación de su experiencia profesional, al extender la percepción de que los profesores eran residuales porque sus saberes y sus artes y técnicas estaban obsoletos, incapaces de conectar con la sociedad. Navarra cierra el capítulo proponiendo la reformulación del debate sobre el muy ostensible descenso del nivel académico. Según su planteamiento, no deberíamos preguntar únicamente lo que nuestro alumnado está dejando de aprender, sino lo que los adultos estamos prohibiendo enseñar, esto es lo que es fruto de las decisiones educativas de generaciones anteriores. 

Siguiendo este hilo, el apartado siguiente, La escuela de la banalidad, desarrolla las consecuencias de la reforma anterior. Sin escatimar causticidad en sus comentarios ([Marchesi] fue una figura central en la instauración de una serie de tópicos que han ido conformando, durante los últimos treinta años, la neolengua burocrática y ortodoxa de la educación española. Causa asombro con qué términos califica a quienes ponen reparos a sus concepciones: «conservadores», «inconsistentes» o «abrumados», naturalmente para presentarse a sí mismo como un progresista modélico), Navarra sigue ahondando en su cuestionamiento del tratamiento “marchesiano” de la educación, rechazando de nuevo la acusación de que quienes critican la situación actual sean simplemente esos nostálgicos conservadores a los que el catedrático quiere combatir. Los profesores que añoran determinadas condiciones educativas no estarían reivindicando el injusto sistema franquista, sino, por el contrario, la educación igualitaria de los años ochenta (Deplorar el estado calamitoso de las aulas no significa mantener vivos recuerdos que se acaban convirtiendo en lamentaciones manriqueñas). El autor, entre mandobles a otros ideólogos educativos del “Régimen” (Alejandro Tiana, César Coll), afirma que resulta simplificador presentar toda crítica como conservadurismo, porque la crítica constituye una condición necesaria para corregir las políticas públicas (¿qué hay de malo en la crítica? El docente no puede quedarse en las propuestas infantilizadoras que se trasladan al alumnado y al profesorado. ¿Acaso es mejor mantener una colección de tópicos y obligar a que sean creídos e implantados por plantillas diezmadas por continuos recortes y abandonadas a su propia suerte?). Infantilización, sí, pues la escuela se vuelve banal cuando el lenguaje de la innovación sustituye a la discusión sobre recursos, contenidos, formación docente y resultados. 

Poder y felicidad es una muy breve sección que entronca de manera directa con alguno de los ejes del análisis de González Serrano que veíamos en la anterior entrega de esta serie educativa de Todos los libros un libro. Navarra sostiene que las leyes escolares son, en buena medida, síntomas de problemas sociales más profundos. La educación y sus complejidades no pueden aislarse de las condiciones laborales, económicas y sociales. El paro, la precariedad, el monocultivo del turismo y el ladrillo, la debilidad de nuestra industria y la desigualdad condicionan profundamente las posibilidades educativas. De estos rasgos que caracterizan a nuestra sociedad -en realidad a la modernidad universalizada- el capítulo pone el acento en la exigencia de felicidad como obligación individual impostergable. El texto sostiene que la cultura contemporánea ha convertido el bienestar en una responsabilidad personal y que la psicología positiva, la autoayuda y ciertos discursos sobre la felicidad que dominan el sistema de valores cultural, acaban impregnando la realidad de los centros escolares, provocando unas consecuencias que, siendo el diagnóstico acertado, el autor dibuja con tintes algo apocalípticos: El sistema educativo no permanece ajeno a este sistema cultural de dominio: en la escuela desprofesorizada, la educación se reduce a una adaptabilidad emocional sin objetivos, una individualidad que reclama placer o rechaza las nociones de estudio o madurez. Parece que cuando el Estado ya no puede proporcionar bienestar, reaccione proporcionando dopamina. Parece que, en ausencia de realización futura, lo único a que podamos aspirar sea un simulacro comercializado de felicidad. La comunidad ya no existe: en nombre de la «diversidad» ya no existen clásicos ni obras que leer, solo se gestiona la ausencia de esfuerzo, la inquietud caprichosa, el caos volitivo. 

La contundente demolición de los postulados innovadores que, bajo la inspiración tutelar de Álvaro Marchesi, fueron objeto de traslado a la LOGSE continúa en el apartado siguiente, Magia y chapuzas. Consciente de que la verdadera amenaza para el alumnado español no es un currículo «enciclopédico» o «memorístico» [como sostiene la doctrina “pedagogista” hoy imperante], sino las chapuzas políticas, Navarra pone de manifiesto algunos de los más notorios errores derivados de la implantación de la discutida ley, usando para ello fragmentos literales de la obra de Marchesi. Así, cuando el “padre logsiano” afirmaba que «la educación secundaria debe reducir el fracaso escolar, sin que esto suponga regalar los títulos académicos, abdicar de la exigencia o aburrir a los más capaces», Navarra apostilla: pues bien, esto es exactamente lo que está ocurriendo. Si Marchesi escribe que los institutos no tienen que «seguir los dictados de la “moda” educativa de cada momento», nuestro autor replica: Es lo que ha venido ocurriendo desde que se instaló, procedente de Bruselas, la moda competencial. Marchesi bendijo la difusa teoría de las inteligencias múltiples, actualmente cuestionada cuando no rebatida (Hoy sabemos que las inteligencias múltiples de Gardner son un camelo), lo que provoca el escandalizado rechazo del profesor catalán: Que un mito o un timo de estas características haya podido llegar a moldear leyes o circulares de ordenamiento público causa verdadero pavor. 

El ensayo se adentra ahora en el proceloso territorio de la LOE, aprobada en 2006, en un capítulo de rúbrica elocuente: LOE: el rodillo de la educación competencial. En efecto, esta ley supuso -supone, pues aún está vigente, con modificaciones, algunas muy relevantes, pero que no afectan al núcleo central de esta sección- la incorporación formal de las competencias a la legislación educativa y, en consecuencia, a la vida de los centros. La crítica, furibunda una vez más, apunta a la vacuidad última de muchos de los planteamientos que introduce (especialmente aguda es la expresión del rechazo a la competencia denominada “aprender a aprender”) y subraya la dificultad -rayana en la imposibilidad- de evaluación de tales abstracciones, la fuerte presión burocrática que ha supuesto su inclusión en la práctica docente, la limitación del margen de actuación del profesorado, la reducción de la libertad de cátedra y el vaciamiento definitivo del sistema educativo, porque las competencias se han consolidado en la legislación y ya es totalmente obligatorio evaluar según esta fórmula. El apartado incluye una fogosa invectiva contra el sistema de formación inicial del profesorado (el CAP antiguo y el más moderno Máster que lo sustituyó a partir del curso 2009-2010), una estafa o una impostura, como califica sin ambages el autor, dando cuenta de las razones que sustentan su dura calificación, en particular del argumento según el cual conocer profundamente una materia constituye una condición fundamental para enseñarla bien; si un profesor no sabe explicar algo, la única alternativa posible es necesariamente estudiar más la materia, estudiar más física, matemáticas o latín, no pedagogía. 

Al término del capítulo, la categórica filípica del autor lo lleva a aseverar que no existen diferencias sustanciales entre la LOE, la LOMCE y la LOMLOE: son apuestas casi idénticas por la educación llamada competencial, sin derecho a réplica, sin permitir ni la libertad de cátedra ni la alternativa necesaria adaptada a cada tipo de alumnado. Así se desprende también de la siguiente sección, La LOMCE y las competencias aparentes, en la que el análisis de la ley -la única del PP entre las comentadas en detalle- aprobada en 2013, permite la profundización en la crítica del concepto de competencia mediante la reconstrucción de su origen en las recomendaciones europeas y estadounidenses. Reconociendo que esta ley intentó vincular las competencias con contenidos y conocimientos, la cuestión central reside en cómo es posible enseñar a hacer, aplicar o resolver algo -esencia de la educación competencial- a alguien que no sabe nada. En su interpretación, el modelo competencial nace ligado a objetivos económicos y tecnológicos (que no se explicitan y se ocultan para acabar presentándose como un instrumento educativo neutral) muy ajenos a la realidad de los centros (La mayoría de los alumnos de bachillerato españoles no serían capaces de realizar esas actividades «competenciales» (…). Ni llegan a la mayoría de edad sabiendo redactar un «análisis» de un folio ni comprenden un enunciado normal de cinco líneas. De hecho, ni durante la ESO ni durante el bachillerato se leen apenas libros). 

El capítulo incluye también un breve apunte, hecho al paso, sobre el nivel del profesorado (La decadencia es total. ¿Cómo no va a ser así en un país en el que el 52 % del profesorado declara no dominar la materia que está impartiendo ni la pedagogía correspondiente?, en cita de Gregorio Luri que, junto a José Antonio Marina, dan fundamento teórico a estas páginas). Cuando Navarra habla del profesorado, resalta la merma de poder adquisitivo, su pérdida de libertad docente, las altas ratios que dificultan su trabajo, la desmesurada carga burocrática, su “desprofesorización”, en suma; circunstancias todas que, siendo ciertas -en diferente medida-, parecen dibujar el retrato de un personaje ejemplar, víctima de un sistema corrompido por la ideología y los intereses políticos, en el que sobreviviría precarizado, un islote modélico e intachable en un proceloso océano de mediocridad poblado de criaturas -ideólogos, pedagogos, teóricos distanciados de la realidad de las aulas, gobernantes guiados por mantras a la moda- de una ferocidad amenazante e implacable contra la que luchan con insobornable dignidad. No tengo tiempo ni espacio -ni ganas de ganarme la enemiga de quienes son mis compañeros de profesión- para argumentar debidamente mi oposición a esa lectura sesgada de la realidad docente. Dejaré, pues, un solo dato, altamente revelador. Desde 2008, primer año en el que las oposiciones a los cuerpos docentes cambiaron el formato, los opositores, en el primer ejercicio del proceso, en vez de tener que desarrollar un tema de dos, salidos por sorteo de entre los que constituían la totalidad del temario, como se había venido haciendo hasta ese momento, podían ya -pueden actualmente- escoger un tema de entre los cinco -desde 2023 son cuatro- resultantes de dicho sorteo. Un sencillo cálculo estadístico -que cualquiera que prepare la oposición conoce y realiza desde los instantes iniciales de su preparación- permite concluir que estudiando la mitad del temario las probabilidades de que al menos uno de esos cinco -o cuatro- temas que dependen del albur de la fortuna coincida con los pocos estudiados, ronda -o sobrepasa abiertamente, si son cinco- el 90%. En otras palabras, desde hace casi treinta años, la mayor parte del profesorado ha superado la oposición desconociendo la mitad del temario. Cierto que hay una ejercicio práctico que limita lo contundente de este fenómeno, pero cualquier análisis que obvie las carencias académicas e intelectuales que se dan entre el profesorado de los centros (en una generalización que, evidentemente, admite muchos matices y precisiones) está omitiendo un elemento clave para entender el deplorable estado de nuestra educación. “Desprofesorización”, sí, en efecto, pero no solo por las indudables carencias materiales en el ejercicio de la profesión (cuya existencia permite una reiterada y victimista queja: ¡qué mal nos trata la Administración!), si no también -y en importante medida- por la muy evidente y preocupante bajada del nivel de preparación y conocimientos del profesorado). 

No hay ya apenas ocasión para entrar con una cierta profundidad en mi presentación de los seis últimos capítulos del libro. Me limitaré a señalar (¿seré capaz?) que recogen otras dimensiones interesantes del objeto de su estudio, cuyos planteamientos de fondo se mantienen y se analizan desde perspectivas y afloran bajo ángulos diversos. De este modo, en Competencias y empleabilidad se critica el hecho de que la política educativa se formule en términos de empleabilidad, cualificación profesional y adaptación al mercado, objetivos que contrastan con unas cifras de fracaso escolar, desempleo juvenil y dificultades lectoras que, por sí solas, deberían conllevar el cuestionamiento de la eficacia del modelo. La tesis subyacente es que la educación competencial ha contribuido a desplazar la finalidad cultural de la escuela. Ya no se trataría primordialmente de formar personas cultas, autónomas y críticas, sino de producir individuos adaptables y empleables. Navarra interpreta esta transformación como una reducción de las aspiraciones educativas: una juventud preparada para encajar en el mercado, pero no necesariamente para comprenderlo o cuestionarlo. ¿De qué sirven las competencias? ¿Han conducido a algún éxito palpable, reconocible, tomadas como burocratismos útiles? ¿No habría sido mucho más honrado trabajar a través de «pericias» [noción tomada de Gregorio Luri], es decir, de saber consolidado y movilizado? ¿O a través de un compromiso real para transmitir aquellos conocimientos que convierten a una juventud en más ambiciosa, más inteligente, honesta, trabajadora, informada, rebelde y contestataria? 

La undécima sección, La reforma del currículo, se ocupa, con el experto Alejandro Tiana y la ministra Celaá en el punto de mira, de la cuestión de los contenidos curriculares, adentrándose ya en el territorio -no explorado a fondo, como ya he señalado, dada la fecha de publicación del libro, muy cercana a la promulgación de la norma- de la LOMLOE. Navarra lanza aquí sus denuestos en contra de la necesidad de “adelgazar” el currículo; una expresión -y la idea subyacente a ella- que impregna la ley e inunda, machacona e invasiva, las declaraciones de sus responsables, junto a otras no menos inanes, y lo que es peor, lesivas: Según informó el periódico Público el 24 de julio de 2018, la ministra Celaá «apuntó tres líneas de actuación [en la implantación de la LOMLOE]: revisar y adelgazar los currículos enciclopédicos, “para tener cabezas estructuradas”; reforzar el aprendizaje de competencias que ayuden a resolver problemas, y promover el aprendizaje de varias lenguas». Y todo ello sin precisar qué conocimientos se eliminarán, cuáles permanecerán o qué recursos acompañarán la reforma, una vaguedad que es síntoma, a juicio del autor, de una pérdida de interés por el aprendizaje real. Y así surge en el texto la obvia conexión entre esta indefinida -y algo volátil- palabrería y la pérdida de contenidos académicos que conlleva -y oculta-, con las notorias crisis del léxico y de la atención de unos alumnos que, como evidencian los datos oficiales que se incorporan al estudio y certifica el más reciente informe PISA, avanzan por el sistema educativo mostrando una inquietante disminución de sus conocimientos y capacidades fundamentales, sobre todo las lingüísticas, así como una decadencia evidente en los aprendizajes científicos y matemáticos. Y contrariando uno de los más habituales eslóganes esgrimidos por la “nueva pedagogía” al denostar la enseñanza memorística, la propuesta de Navarra no consiste en regresar a una memorización mecánica (el tópico de la lista de los reyes godos), sino en defender una transmisión normal de conocimientos culturales y científicos, entendiendo que el conocimiento constituye la principal forma de protección frente a la dominación económica y la manipulación, siendo su enseñanza, por tanto, una exigencia democrática. 

El duodécimo apartado, La era del solucionismo, cambia el enfoque. Diagnosticados los males, Navarra se pregunta por cómo solucionarlos. Rehúye lo que llama el “solucionismo”, la idea o la sensación de que una medida radical o rompedora podría regenerar o recomponer el sistema educativo desmantelado desde 1990, para, en respuesta a las preguntas clave que nos acucian - ¿qué hacer?, ¿qué proponer?, ¿cómo pasar del diagnóstico a la acción?, ¿cómo superar el fatalismo, la quejumbre, la morbosidad costista, el determinismo inmovilizador?- abogar por el “borrado” del arbitrismo visionario y el idiolecto místico y su sustitución por una cultura de la educación real, acompañada de una reprofesorización social y un neoacademicismo. Esto es, recuperar el sentido elemental de la enseñanza que resume en una reflexión sencilla y rotunda: a la escuela y al instituto hay que ir a aprender y a enseñar, sin perder más tiempo, sin sofisterías fraudulentas y sin pseudorrevoluciones burocratizadas. 

La unanimidad escenificada, penúltimo capítulo del libro, retoma el espinoso asunto del adelgazamiento del currículo, incidiendo de nuevo en la idea de la supuesta necesidad -que las autoridades educativas consideran aceptada por unanimidad- de cambiar un currículo “obsoleto y enciclopédico” dando definitivo paso al modelo competencial y transversal. Navarro cuestiona ese proclamado respaldo a tal impreciso planteamiento y alerta de que, de proseguir en esa línea apuntada, el panorama que se presenta rozaría, en su aterrador presagio, lo apocalíptico, pues lo que ahora es auxiliar o secundario en los cursos (las redes sociales, los videojuegos, las dinámicas emocionales) tomará el centro y será la base del aprendizaje, si es que se le puede llamar así. El alumnado tendrá tan escasa base académica que no entenderá el contenido de una hoja de papel escrita. De hecho, esto ya ha empezado a ocurrir, porque nos encontramos, ahora mismo, en un contexto «competencial». El análisis textual, los contornos de nuestras comunidades, nuestra historia y nuestras expresiones no serán explicados o se tendrán que deslizar, como ahora, bajo mano, como una herejía vergonzosa. Reflexionar en clase, leer en voz baja, son cosas que han pasado a la historia. Por descontado, la figura del docente será progresivamente borrada para ser sustituida por un mero administrador de actividades vivaces o estimulantes. Aprender será una actividad privada, o semiclandestina. Y habrá que pagar para obtener auténtico conocimiento, por supuesto, fuera de la escuela obligatoria. 

Ese tono dramático, teñido de tintes funestos, preside las conclusiones del libro, recogidas en el capítulo final, Adónde vamos. En él, Navarra extrapola a un futuro que solo puede calificarse de inquietante, las tendencias presentes en la deriva legislativa analizada: maquillajes del abandono escolar prolongando la escolarización obligatoria hasta los dieciocho años, eliminando el título de la ESO, pérdida del carácter formativo del bachillerato, aumento de las desigualdades, digitalización forzada y acrítica de la enseñanza, riesgo de manipulación de unos jóvenes cada vez más pasivos fruto de una pedagogía que reduce el aprendizaje a adaptación, combinada con plataformas digitales, burocracia y actividades espectacularizadas, entre otros deplorables y peligrosos efectos. Frente a todo ello se alza la tesis del libro entero: recuperar la educación significa recuperar simultáneamente al profesor, los contenidos, la autonomía profesional y el derecho de los jóvenes a aprender. 

Una obra interesante, controvertida, polémica pero que presenta múltiples interrogantes e induce a la reflexión sobre numerosas y capitales cuestiones relativas a la educación. Dejo ahora, para clausurar la reseña un nuevo fragmento del libro, representativo del pensamiento de fondo que lo cruza. Dejo también, como de costumbre, una canción, relacionada igualmente con el asunto central del ensayo. No me enseñen la lección es un tema de 1982 del grupo Mecano con el tedio escolar y el ansia de vida juvenil como tópicos referentes: No te aburras más / cierra el libro ya / toda la lección / puede ser mortal / Entra el profesor / te va a preguntar / viene hacia ti / tú vas a estallar / Y gritas no, no, no, / no me enseñen la lección / que no tengo ganas de aprenderlo todo / Tú quieres viajar / en algún avión / tú quieres soñar / con algo mejor.


Nadie propone el camino largo y difícil pero el único posible: la creación de una escuela pública prestigiosa por sus valores académicos, adonde acudiría el alumnado por el orgullo de aprender, por el placer de avanzar y construir la libertad de mañana. Un camino largo y caro, pero el único realmente inclusivo y democrático. Las tiritas y chapuzas e improvisaciones y maquillajes y ridículos pedagogistas ya no sirven. Hay que superar los maniqueísmos actuales y acertar en la propuesta que combine la inclusión con la exigencia académica, sin nostalgias obsesivas ni futurismos místicos. Deberíamos confiar más en la tarea de los docentes, totalmente capaces en general de escoger las metodologías y contenidos más acordes con los grupos asignados, desde una sana pluralidad.

Videoconferencia
Andreu Navarra. Prohibido aprender

miércoles, 30 de septiembre de 2026

CARLOS JAVIER GONZÁLEZ SERRANO. EL AULA INSURGENTE

Todos los libros un libro prosigue esta semana con el breve ciclo que -como suele ser costumbre en las primeras emisiones de cada nuevo curso- dedicamos a obras relacionadas de modo más o menos directo con la educación y la enseñanza. En las emisiones de hace siete días os ofrecía dos interesantes títulos; el primero, IA y Educación, escrito por Tíscar Lara y Carlos Magro, proponía un sugestivo examen de los beneficios y los riesgos que puede introducir la Inteligencia Artificial en el ámbito educativo, sosteniendo en su base, con un criterio que podríamos llamar ponderado (ni sacralizador ni apocalíptico), la idea -de doble frente- según la cual ni la inteligencia artificial va a suponer por sí sola una transformación radical de la enseñanza o una revolución en las aulas, como propugnan sus más acérrimos y entregados “adoradores”; ni debe ser entendida tampoco como una destructiva amenaza con un demoledor impacto en el aprendizaje, las capacidades cognitivas o el equilibrio psicológico de los jóvenes estudiantes, al modo en que proclaman los abonados al pesimista milenarismo cotidiano. El segundo, Generación IA, escrito por María Lázaro y también centrado en el impacto educativo del hoy omnipresente algoritmo, se sustenta sobre premisas similares pero ofrece un enfoque más divulgativo y didáctico que permite al lector (sobre todo el más joven, pero no solo) interesarse, reflexionar y familiarizarse mediante ejemplos y recursos prácticos con el uso responsable, creativo y seguro de la inteligencia artificial.

En la propuesta de esta semana, dejo atrás el “invasivo” territorio de la IA, para presentar otros dos libros también vinculados al mundo escolar. De este modo, mi sugerencia de hoy -la tercera de esta serie sobre la educación- se adentra de lleno en los centros de enseñanza para sostener, en tono de firme denuncia y apasionada crítica, el rechazo a la lógica mercantilista, la infantilización, la superficialidad y, en definitiva, la banalización que en ellos impera. El aula insurgente, obra de Carlos Javier González Serrano, es así una suerte de alegato o manifiesto en contra de esa consideración utilitaria y economicista de la enseñanza y a favor de los valores de pasión, creación, ilusión, libertad y belleza que deben presidir la práctica docente. 

El aula insurgente aparece con un muy elocuente subtítulo, suficiente por sí mismo para que el posible lector se haga una idea más que aproximada de su contenido: Realmar el mundo: contra la domesticación de la escuela. El libro, de marzo de este mismo año, lo publica Destino, un sello de largo y valioso recorrido en el panorama editorial español, englobado hoy bajo el vasto manto de Planeta. Su autor, el relativamente joven Carlos Javier González Serrano (apenas cuarenta años) es profesor en enseñanza secundaria. De formación pluridisciplinar, pues es licenciado en Filosofía y ha cursado másteres en estudios avanzados en filosofía, educación, psicoterapia infantojuvenil y psicología del trabajo y de las organizaciones (siempre según la nota biográfica que proporciona la editorial), su trayectoria profesional también se manifiesta de modo diversificado, con desempeños académicos en universidades, dirección de proyectos culturales, colaboraciones en prensa, radio y televisión, traducciones y estudios varios. Su obra escrita incluye una colección de cuentos infantiles y otro ensayo, Una filosofía de la resistencia, anterior al que ahora comento. 

Dos de las líneas predominantes en el currículum de González Serrano están presentes de una manera singularmente relevante en su libro: su condición de filósofo, que impregna cada una de las páginas de la obra -en su forma de argumentar, en sus planteamientos, en las fuentes que maneja (son decenas las citas, de diversa extensión pero todas oportunas y muy bien imbricadas en el discurso, que pueblan el texto) y, de un modo ostensible, en su léxico (lleno de neologismos, etimologías, contraposiciones y metáforas: “realmar”, “erosclerosis”, “templum mundi”, “narratoplastia”, “hendidura”, “Misterio”, “claro del bosque”, “desasimiento”, “gerundio docente”, “superyoico”, “secuestro amigdalar”)-; y su vínculo profesional cotidiano con los centros de enseñanza, cuya realidad -la de su organización administrativa, la de la normativa que regula los estudios que en ellos se imparten, la de las aulas, la de los alumnos, la de los docentes- conoce de primera mano. Y esta dualidad constituye, ya de entrada, uno de los elementos destacados del estudio, un texto indudablemente filosófico, que se desenvuelve, sin concesiones al lector -aviso para navegantes-, dentro del marco habitual -complejo, riguroso, que fluye entre categorías y conceptos abstractos- de un ensayo de esta disciplina, pero dotado también de una dimensión más “mundana”, podríamos decir (sin que haya demérito alguno en el término), que nace de ese conocimiento directo del entorno escolar que le permite al autor construir -y fundamentar- sus reflexiones a partir de la experiencia vivida. 

Aulas insurgentes, “realmar” el mundo, contra la domesticación de la escuela. Estos tres ejes -que se ofrecen al lector desde la misma portada del libro- dibujan el propósito y el núcleo central de la propuesta que el autor desarrollará en su sugestivo análisis. De manera sintética, su tesis parte de un diagnóstico de la institución escolar, que, en su lectura, aparece dominada por un fuerte vínculo, inapropiado a juicio del autor, con los valores hoy por desgracia dominantes en casi todos los ámbitos -éxito, productividad, consumo, felicidad, emprendimiento, innovación, empleabilidad, rendimiento, competencias- y que se presentan como las pautas o los referentes de inexcusable observancia en el mundo en general y también, en consecuencia, en la educación en particular. Sin embargo, el sometimiento a la Racionalidad Económica, al sistema tecnológico imperante, la adaptación al mercado laboral, la lógica productiva, la “cultura” del consumo, no pueden ser el norte que nos guíe, el criterio último que informe la organización de la enseñanza y la práctica educativa. Una escuela así conformada es una escuela domesticada, sometida a los intereses económicos y empresariales, plegada acríticamente a los parámetros de eficiencia, cuantificación, resultados, objetivos, indicadores, logros, datos, cifras, que demanda una realidad acelerada -la que “construye” nuestra vertiginosa sociedad tecnológica y digital- que nos envuelve y abruma con una sucesión incesante de estímulos y acontecimientos superficiales, de experiencias banales, de distracciones irrelevantes que eliminan -en el frenesí del scroll infinito, entre la vorágine de notificaciones, series, viajes, podcast, redes, planes de bienestar físico y mental, gimnasios y spas e infinidad de otras experiencias acumulables y vacías- cualquier atisbo de pensamiento, de creación, de descubrimiento, de profundidad, de conocimiento, de densidad, de humanidad, de, en definitiva, vida intensa y plena. 

Con el conocimiento directo que le proporciona el ejercicio de su profesión, González Serrano describe esos centros de enseñanza entregados al dominio de “lo-que-hay”, del “siempre-lo-mismo”, en un panorama caracterizado por la necesidad frenética de avanzar en el currículo, la adquisición de competencias, el diseño de situaciones de aprendizaje, la implementación de proyectos. Unas aulas y unos institutos tomados por la gamificación y los entretenimientos digitales, por el énfasis en el cultivo y el desarrollo de las emociones, por los discursos de autoayuda, por las innovaciones de dudosa -y por ahora indemostrada- eficacia, por la invasión de (…) diversos artefactos mercadotécnicos, emocionales y tecnológicos. Unas escuelas agotadas por la burocracia, las reuniones, las evaluaciones, las pruebas estandarizadas, los currículos cerrados, las metas cuantificables. Unos centros educativos convertidos en auténticos invernaderos de almas, laboratorios de conformidad e incluso (…) academias de resignación. Unos espacios, en definitiva, “domesticados”, que reducen, constriñen, eliminan en suma, lo que de imprevisible o indómito habita en nuestros escolares para convertirlo en algo manejable, previsible y funcional, un frío conjunto de contenidos -desprovistos de pálpito, de vida, de alma- que deben ser transmitidos, evaluados, medidos y aplicados en aras de su utilidad y optimización. 

En este desierto desalentador, González Serrano plantea su propuesta de “realmar” el mundo con el fin de permitir al ser humano recuperar su capacidad de vivir en él sin reducirlo inmediatamente a rendimiento, beneficio o conocimiento instrumental. En consecuencia, “realmar” la escuela quiere decir devolverle su espíritu -a ella y al mundo- para recuperar el misterio, el asombro, el descubrimiento, la profundidad, la belleza, el encantamiento, también la duda, la incertidumbre, el ensayo, la prueba, que esta realidad “des-encantada” nos hurta. Volver a dotar al mundo -empezando por las instituciones escolares, por las aulas- de su alma, recuperar la capacidad de conmovernos, de sorprendernos, de plantearnos preguntas, de producir admiración y deseo. Frente a esa escuela utilitarista que pretende y propicia la adaptación al sistema, “realmar” supone devolver a la experiencia educativa aquello que ese ya mencionado y nefasto proceso de racionalización va expulsando: el misterio, la gratuidad, la pausa, el silencio, la contemplación, el deseo de saber y la pasión por el conocimiento. Convertir las clases en la posibilidad del surgimiento de experiencias espontáneas e imprevistas, la pregunta inaudita, la risa compartida, el silencio pertrechado de atención, la indescriptible (por hermosa) complicidad entre alumnado y profesorado, un diálogo improvisado a corazón abierto, la palabra que propicia el descubrimiento, la ilusión del avanzar (más hacia dentro que hacia delante), la connivencia afectiva de un grupo para lograr objetivos comunes, la admiración ante el hallazgo intelectual. Leer un poema, contemplar una obra de arte, formular una pregunta aparentemente inútil, permanecer unos minutos en silencio, discutir sobre una cuestión filosófica que no tiene solución inmediata. “Realmar” la escuela significa ponderar todo aquello que puede parecer improductivo desde la lógica económica. Significa que una obra literaria vuelva a ser algo más que un instrumento para desarrollar competencias lingüísticas, que la filosofía vuelva a ser una experiencia de pensamiento y no únicamente una materia examinable, que la historia no sea una mera sucesión de datos y ayude a comprender el presente, que la ciencia despierte asombro además de proporcionar conocimientos, que el arte enseñe a mirar, que la lectura vuelva a ser una forma de conversación con quienes ya no están, que aprender implique siempre un descubrimiento: Cuando aprendemos se abre un mundo. Otro mundo. Y se agrietan las certezas del nuestro, que nos oprime y fractura. “Realmar” la escuela significa convertirla de nuevo en un lugar donde el mundo no llega ya explicado, clasificado y domesticado, sino donde pueda volver a aparecer como algo extraño, hermoso, problemático e inacabado que merece ser pensado. “Realmar” el mundo y la escuela significa, en definitiva, negarse a aceptar que lo que no produce un beneficio cuantificable carece de valor. 

En esa negativa aflora el tercer gran frente del libro, la insurgencia. El aula insurgente puede leerse así como una obra política, aunque no en sentido convencional, ni entendida como un manifiesto o una proclama que propone una determinada alternativa pedagógica ni mucho menos una propuesta inmediatamente trasladable a un programa electoral partidista. La insurrección, el alzamiento al que aluden el título y el planteamiento mismo del libro tienen que ver con la defensa -que, en el fondo, supone un cuestionamiento de la realidad y es, por tanto, genuinamente política- de una actitud de resistencia frente a los referidos parámetros, fruto de la lógica dominante y los imperativos del sistema, que, como hemos visto, limitan la experiencia educativa e impiden su plena, auténtica, intensa y fértil realización. Insurgencia, pues, contra la escuela convertida en aparato de rendimiento y a favor de su conversión en un espacio que propicie un aprendizaje y un pensamiento libres, sin una finalidad inmediata. Insurgencia contra la aceleración, la rapidez, el estímulo permanente, la respuesta urgente, la inminencia en la gratificación que definen nuestras sociedades, y a favor del silencio, la pausa, la atención, la demora y el sosiego que permiten el minucioso y profundo estudio. Insurgencia contra la domesticación del alumno, como pretende ese actual afán economicista que aspira a que el estudiante se adapte y sea, por tanto, previsible, manejable, funcional; y a favor, en cambio, de lo indómito, lo inesperado, lo imprevisto, de lo discrepante e, incluso, lo impertinente. Insurgencia contra la infantilización pedagógica que hoy impera por doquier en institutos, facultades y cursos de formación del profesorado, peligrosamente contagiados de una perniciosa tendencia que defiende la simplificación de los contenidos, su progresiva sustitución por competencias, la rebaja de las exigencias, el aprobado general, la conversión de la enseñanza en una sucesión de estímulos agradables, “gamificaciones” varias, técnicas pedagógicas asequibles, falsamente facilitadoras del aprendizaje (que, sin embargo, no potencian, distraídos los escolares por la seducción del juego con el que se pretende enseñar); y a favor de la exigencia, de la dificultad, de la aceptación del hecho de que aprender implica esfuerzo y frustración, enfrentarse a problemas, encarar el fracaso; de, en definitiva, la respetuosa consideración del estudiante como un proyecto de individuo adulto. Insurgencia contra la “mercantilización emocional” que aleja a los centros escolares de su función primordial, la enseñanza, y los convierte en dispensadores de apoyo emocional, en guarderías en las que se rehúye cualquier atisbo de incomodidad, de “fricción”, de dificultad, de obstáculo, de la más mínima sospecha de frustración para abrazar “productos psicológicos” hoy en boga -y, en muchos casos, de dudosa conveniencia- como el bienestar, la motivación, la felicidad, la resiliencia, el coaching, la gestión emocional. 

Insurgencia, también, contra la tiranía de lo útil, contra la exigencia de rentabilidad y en defensa del arte, la poesía, la filosofía, las humanidades, la música, la belleza, el pensamiento, la contemplación, el deseo espontáneo de aprender, todo aquello que, para la ideología dominante, “no sirve para nada”. Insurgencia, claro está contra la colonización tecnológica de la atención, convertida en una mercancía secuestrada de continuo por un aluvión de notificaciones, algoritmos, redes sociales, reels, memes, tiktoks, estímulos, respuestas instantáneas y basura viral, que hace de nuestros escolares -de todos nosotros, en realidad- unos autómatas reactivos, indolentes y apáticos, agotados a causa del dañino imperativo de la multitarea y provocando el deterioro de la memoria de trabajo o memoria a corto plazo o (…) el desgaste de la salud mental en términos emocionales (angustia, ansiedad patológica, anhedonia, distimias y depresiones); y a favor de una escuela concebida como núcleo indómito donde se protege lo único que merece ser salvado: un alma despierta, en consciente atención, que se resiste a ser tasada o sometida, en donde se defiende e incentiva la capacidad de mirar, escuchar, leer y pensar sin ser continuamente interrumpido. Insurgencia contra la uniformidad y a favor de la singularidad, la del alumno, del profesor, de la experiencia en el aula, de la búsqueda del conocimiento, de las preguntas, de las tareas de fecunda indagación que la escuela siempre debe propiciar. Insurgencia frente a la inoculación aséptica, burocrática y rígida de fríos contenidos académicos (nombres, fechas, datos, que se memorizan sin “impregnar” el espíritu del estudiante) y a favor de la lectura (¿Es posible explicar a Rosalía de Castro en un aula sin dedicarle una clase a la lectura y escucha de sus poemas? ¿Se puede llegar a entender a Kant sin estudiar pausadamente sus textos?) y de una plena e inteligente alfabetización (Eso y no otra cosa significa «alfabetizar»: ser juicioso en el uso de la palabra. No es suficiente con saber leer y escribir: hay que (querer) interpretar lo que se lee y escribir con plena conciencia de la palabra elegida. Alfabetizar al estudiantado significa esencialmente dotarlo de un elenco léxico con el cual esté en disposición de elegir de manera deliberada, lúcida y meditada las palabras que caracterizan su mundo y el de la comunidad a la que pertenece, de tal forma que se pueda contar con la posibilidad de decir el mundo y decirse a uno mismo a través de la propia palabra. Aún más: es necesario invitar al alumnado a reflexionar sobre la carga semántica que cada palabra encierra. Qué significa lo que digo, a qué hace referencia y cuál es su huella implícita, su contenido oculto o normativizado). Insurgencia, en paralelo, para resistirse a aceptar el discurso dominante plasmado en la abstrusa y profundamente vacía jerga, esa pedante e insufrible “neolengua” -administrativa, “psicologista”, economicista, pedagógica- con la que el “sistema” propaga sus inanes eslóganes, desvelando su vacuidad (La escuela ha de ayudar urgentemente a desaprender el lenguaje del Amo para, a partir de un renovado o reconquistado léxico sentimental, cobrar conciencia de lo invivible y acaso poder llegar a cambiarlo). 
 
Insurgencia, por fin, que, en último término, interpela al profesorado, a unos docentes que no se limitan -funcionariales, burocratizados- a ejecutar aquello que le prescribe el sistema sino que conservan una relación personal con aquello que enseñan, que transmiten entusiasmo, que piensan por sí mismos y que se atreven a introducir en las aulas -y a devolver, por tanto, a las escuelas y al mundo- todo aquello intelectualmente valioso que nuestros agitados y superficiales tiempos han expulsado de ellas. Así lo defiende González Serrano en La docencia como acto de fe, el espléndido último capítulo de su libro: Un profesor no es un mero transmisor de datos —esa categoría técnico-administrativa que tanto gusta a los tecnócratas y a las pedagogías de la eficiencia—, sino alguien que se aventura a contagiar el amor por el conocimiento en un tiempo que lo ignora y vilipendia, que disuelve el pensamiento y la reflexión en la opinión rápida, inmediata, y que finalmente nos arrastra a la lógica del consumo sin fin: consumo de objetos, por supuesto, pero también de emociones, de experiencia, de nosotros mismos. Ante todo, educar es acompañar en el riesgo de formarse un criterio propio, de agitar una conciencia que quiere (pero a veces no puede, porque nunca le enseñaron la posibilidad de hacerlo) mirar el mundo con lucidez. Para no ser consumida. 

Una insurgencia que consiste, en definitiva, en defender el aula como uno de los últimos lugares donde todavía puede ocurrir algo que la “Racionalidad Económica” no haya previsto. Debemos impedir que la escuela se transforme en un páramo administrativo del que se entra y sale como si se tratara de un mercado en el que se comercia con el saber, como si aprender consistiera en un aséptico proceso burocrático para pertrecharse del bagaje adaptativo más adecuado y funcional en pos de amoldarnos al ensamblaje del régimen imperante. 

Este triple eje conceptual, que, desarrollado a partir de las ideas que acabo de resumir, explica el libro, se articula en un discurso estructurado en un esquema que consta de una introducción que podríamos llamar “programática” (Desde el corazón del aula: lo que no se espera que diga un profesor); una primera sección también, en cierto modo, preliminar, como se puede deducir de su título (A modo de pórtico) y que se divide en dos capítulos (Templum mundi: el aula como lugar del suceso y Un realme del mundo); y el núcleo central de la obra (Cartografía (disidente) de la enseñanza) que incluye nueve apartados, en los que se analizan de manera pormenorizada los diferentes frentes en los que se manifiesta de manera principal la domesticación escolar y en los que, en consecuencia, se reflexiona en torno a la conveniencia del rechazo al estado de cosas hoy obscenamente reinante. En el desarrollo de cada una de estas secciones, algunas de las cuales -las, a mi juicio, más relevantes- comentaré muy brevemente a continuación, se cruzan, como ya he señalado, infinidad de citas y referencias de un amplio elenco de pensadores, escritores y filósofos, cuyas obras se recogen en la amplia bibliografía final del libro: María Zambrano, Simone Weil, Juan de la Cruz, Etty Hillesum y Hannah Arendt -que parecen constituir la columna vertebral intelectual del libro y cuyos conceptos, ideas y imágenes y formas de mirar el autor reutiliza repetidamente-, pero también, con diferentes grados de “presencia”, Emile Cioran, Immanuel Kant, Theodor W. Adorno, Aristóteles, Miguel de Unamuno, Platón, San Agustín, Teresa de Jesús, Francisco de Osuna, George Orwell, Karl Marx, Hartmut Rosa, Iván Illich, Chuang Tse (Zhuangzi), Plotino, Cristina Peri Rossi, Claire Marin, Antonio Machado, Susan Sontag, Hegel, Hermann Hesse, Simone de Beauvoir, Lao Tse, Confucio, las Upanishad, la Bhagavad Gītā, el Dhammapada, García Jiménez de Cisneros, Miguel de Molinos, Ángela de Foligno, Maestro Eckhart, Lacan, Massimo Recalcati, Ulrich Beck, Cavafis, Einstein, Spinoza y Rebecca Solnit. 

Parte González Serrano, y así lo confiesa desde las primeras páginas, de la constatación -que tantos profesores podemos compartir- de su fracaso docente, del reconocimiento de sus errores, sus insuficiencias, sus momentos de desconcierto y, sobre todo, de la distancia que tantas veces se abre entre aquello que un profesor querría hacer y aquello que efectivamente sucede en un aula. Ha preparado una clase que no funciona, ha hablado sin ser escuchado, ha tenido que explicar a Kant mientras delante de él había un alumno cuya tristeza reclamaba otra cosa, ha experimentado la sensación de que la estricta observancia del currículo, la obligación de avanzar en el temario, le exigen dar la espalda a la vida. Ese estado de incertidumbre no se traduce, sin embargo, en inacción paralizadora ni en desánimo incapacitante. Por el contrario, incita a su espíritu a preguntarse -e indagar en los interrogantes que su pregunta abre ante él- qué significa enseñar cuando dicha tarea implica enfrentarse diariamente a una realidad humana que desborda cualquier planificación. De aquí nace una de las ideas más estimulantes del capítulo introductorio del libro: la docencia como fracaso sostenido, una noción en la que, una vez más, cualquier docente puede verse reconocido. El profesor fracasa porque nunca puede terminar de enseñar, porque nunca puede llegar completamente a cada alumno, porque ninguna programación consigue contener la complejidad de lo que sucede en un aula. Pero precisamente esa imposibilidad es la que hace fecunda la enseñanza y la que provoca que el profesor persevere, precisamente porque no puede garantizar el resultado. Se sientan así las bases de la tesis principal del libro, la que plantea una concepción de la educación situada en las antípodas de la retórica contemporánea de la eficacia. Frente a la pedagogía entendida como procedimiento susceptible de ser diseñado, medido y evaluado, aparece aquí una pedagogía del gerundio (toda aula es un ente vivo, sucede en gerundio: siendo, comprendiendo, caminando, haciendo). A ser profesor solo se aprende siendo profesor; la enseñanza como proceso transformador y en transformación, despreocupado del estado final (la educación ha de ser un proceso de transformación, y no de exclusiva adecuación, modelado y ajuste). 

Soslayando mis reflexiones sobre el planteamiento general del autor, ya, creo, suficiente explicitado y que se desarrolla sobre este punto de partida que acabo de presentar, anoto a continuación algunas ideas relevantes, presentadas de modo muy sintético, de los nueve apartados en los que se organiza el tronco esencial de su ensayo, Cartografía (disidente) de la enseñanza. 

En El aula contra la domesticación se contraponen dos formas de entender la educación, partiendo de una oposición fundamental tomada de María Zambrano, la que existe entre una razón que pretende apresar, ordenar y dominar la realidad mediante conceptos y una actitud capaz de dejarse afectar por aquello que no puede ser reducido inmediatamente a una explicación. Desde este juego dual, el autor contrapone la palabra filosófica, entendida aquí como afán de conceptualización y dominio, a la palabra poética, que permite que las cosas permanezcan abiertas y que el mundo conserve su capacidad de asombro. La educación debería aproximarse a esta segunda actitud, no clausurar las preguntas, sino mantener abierta la posibilidad de que algo nos sorprenda y nos transforme. Educar significa, así, despertar, renacer, adquirir una nueva mirada y aceptar que el conocimiento no elimina necesariamente el Misterio (que el autor escribe siempre con mayúsculas, enfatizando su condición sagrada). En consecuencia, el aula no debería ser principalmente el lugar de las respuestas, sino el espacio para pensar y dialogar sobre lo irresoluble y en donde se aprende a convivir con aquello que no tiene una solución definitiva. El aula, en suma, ha de ser un lugar de desdomesticación, un territorio -una experiencia- que no acomode al individuo a lo ya establecido, sino que le permita descubrir que puede encontrar un lugar alejado de ello. 

Soledumbre y atención: encender el deseo por aprender, recoge en su título lo esencial de la propuesta que contiene, al reivindicar una forma de soledad interior que no equivale a aislamiento, sino que permite proteger la atención frente a la hiperestimulación contemporánea. El autor cuestiona determinadas prácticas de mindfulness y coaching cuando convierten la gestión del malestar en responsabilidad exclusivamente individual. Frente a ello, reivindica la tarea del maestro como alguien capaz de encender el deseo de aprender. Su función consiste en suscitar curiosidad, sensibilidad ante la belleza, apertura al Misterio y amor por el conocimiento. La educación no se reduce así a adquirir competencias sino que debe despertar en el estudiante el deseo de conocer y de comprender aquello que todavía desconoce. 

El tercer frente de análisis, el que se recoge en Cronopatía: el secuestro de los tiempos educativos. El maestro como promesa, parte de una idea sencilla, la de que nuestra relación con el tiempo no es natural ni neutral, sino culturalmente construida. Medimos, organizamos y administramos nuestra existencia mediante horarios, citas, obligaciones y calendarios, hasta convertir el tiempo en una especie de propiedad que podemos invertir, ahorrar, perder, ganar o desperdiciar. Esta concepción hace que nuestra vida quede sometida a una lógica de rendimiento; incluso el ocio y el descanso se valoran en función de su utilidad para recuperar fuerzas y volver a ser productivos. Frente a esta visión, el capítulo reivindica la posibilidad de vivir de otra manera el tiempo, y encuentra en la vacatio -la vacación entendida literalmente como vaciamiento o ausencia- una imagen de esa ruptura. Trasladada al ámbito educativo, esta reflexión se traduce en que el aula debería constituirse como un espacio temporal distinto del tiempo productivo, sometido a la eficiencia y al rendimiento. En ella debería existir la posibilidad de estudiar, contemplar, leer, conversar o pasear sin que cada actividad tenga que justificarse por su utilidad inmediata. De ahí la idea del aula como “contra-tiempo”, un lugar donde se interrumpe el tiempo del cronómetro y se permite el descubrimiento, la pregunta y el desvío. Ilustrado con su experiencia personal (su abandono de los estudios de Ciencias Políticas para estudiar Filosofía después de descubrir que aquel primer itinerario no respondía a su verdadera vocación y alentado por el apoyo de sus padres y unas estimulantes palabras de Gregorio Peces-Barba, a la sazón profesor de Teoría del Derecho), el capítulo concluye con su idea central: el maestro como promesa, que no asegura un resultado determinado ni garantiza una adaptación eficaz al mundo laboral, sino que representa la posibilidad de que el alumno llegue a ser alguien distinto de quien era. Una promesa que exige tiempo, silencio y apertura; que abre preguntas, acompaña, desvela y sostiene; que, en consecuencia -y siguiendo la línea que enlaza el libro entero-, se opone a la cronopatía reinante, a la obsesión por aprovechar, optimizar y rentabilizar cada instante, a las falsas promesas de la sociedad de consumo, de la publicidad, del coaching y de las propuestas de transformación personal rápida. 

Silentium: la custodia del camino inesperado, la estimulante cuarta sección del libro, desarrolla la idea de que el silencio es una condición previa para la libertad, el pensamiento y el aprendizaje, porque permite detenerse antes de emprender un camino y, por tanto, decidir hacia dónde dirigirse. El autor presenta esa detención inicial como, una vez más, un contra-tiempo, un momento en el que se interrumpe el ritmo impuesto de la existencia para que pueda aparecer una elección verdaderamente propia. En este contexto, el silencio aparece como el espacio que precede y hace posible la acción. Un silencio que no es, por tanto, pasividad, ausencia o mutismo, sino una disposición activa que permite escuchar, pensar y prepararse para lo que todavía no ha acontecido. González Serrano ancla sus reflexiones en los ejemplos de la música y la experiencia religiosa, que se utilizan para mostrar que determinados momentos de especial intensidad solo pueden manifestarse gracias al silencio. En consonancia con el propósito del libro, el capítulo traslada esta concepción teórica al universo escolar. Frente a unos espacios sociales saturados de ruido, estímulos, dispositivos digitales, mensajes publicitarios y condicionamientos algorítmicos, la escuela debería constituirse como un lugar de silencio y de espera. La saturación dificulta la interioridad y convierte al individuo en alguien previsible y reactivo, permanentemente expuesto a estímulos que orientan su comportamiento. El aula, por el contrario, debería ofrecer un espacio donde sea posible detenerse y escuchar lo inesperado. El docente aparece así como custodio del silencio. Su tarea consiste en proteger un espacio en el que el alumno pueda desarrollar sensibilidad, curiosidad y capacidad de elección, en lugar de permanecer sometido a estímulos y respuestas prefabricadas. Pero -y este matiz es decisivo- “guardar silencio” no significa la autoritaria represión del decir del alumno, no significa callar, sino preservar la posibilidad de escuchar y de hablar desde una posición propia, construida de modo autónomo y libre, alejado del impositivo discurso preestablecido. 

El quinto frente de estudio del libro, titulado Ansiedad y producción: el ajuste del alumnado, prolonga la reflexión del anterior sobre el silencio, la detención y el derecho a construir un camino propio, pero centra ahora su atención en la ansiedad que produce la exigencia de adaptación permanente a las demandas del sistema productivo, especialmente entre niños, adolescentes y jóvenes. Manejando novedosas y sugestivas categorías filosóficas como “colonialismo afectivo” (el deseo de apropiarnos del otro y conseguir que responda a nuestras expectativas), “industrialización de la carencia” (la educación concebida como un proceso interminable destinado a proporcionarnos aquello que supuestamente nos falta para ser suficientemente “funcionales”, esto es competencias, habilidades, formación continua, adaptabilidad), “síndrome de la ausencia originaria” (que describe el hecho de que nunca estamos suficientemente preparados porque siempre necesitamos responder a un mandato extenuante, a la obligación de adquirir nuevas capacidades para responder a las exigencias cambiantes del mundo laboral), o “cronocondría” (el miedo o ansiedad ante todo tiempo que no sea productivo, una suerte de cronofobia, de angustiado rechazo hacia todo lo que no conlleve rendimiento), el capítulo reivindica, una vez más y especialmente, las humanidades, las artes y las ciencias básicas, precisamente porque no se justifican únicamente por su utilidad económica. Su valor estaría en que permiten preguntarse por la verdad, la justicia, la belleza, el sentido y los límites del conocimiento. 

El siguiente capítulo ensaya la respuesta a la pregunta que lo encabeza: ¿Es todavía posible la escuela?: la subjetivización de los espacios públicos. Para ello, el autor recurre primero al recuerdo de las novenas a las que, durante su infancia, asistían sus abuelos Pepe y Sole en La Raya de Santiago, un pequeño pueblo en la región murciana. La importancia de aquella experiencia de cara al propósito del libro no reside en su dimensión religiosa, sino en que nos muestra la existencia de un tiempo colectivo que no dependía de las preferencias individuales. Había momentos para jugar, leer, comer o estar solo, pero también había un momento para acudir a la iglesia. Nadie preguntaba si apetecía hacerlo. El rito establecía otra forma de estar, caracterizada por la preparación, el silencio, el recogimiento y la atención. La novena funciona así como ejemplo de un espacio capaz de suspender temporalmente la lógica ordinaria de la utilidad, la prisa y la productividad. El autor interpreta el rito como una “grieta” o un “claro del bosque” dentro de la vida cotidiana, un tiempo distinto que permite al individuo sustraerse momentáneamente de sus deseos y estímulos habituales y participar en una experiencia común. 

Sentadas las bases teóricas del fenómeno, se produce el inevitable y necesario trasvase al espacio escolar, a través de la idea de la “subjetivización de los espacios públicos”. La realidad actual de los centros de enseñanza es opuesta a la que se muestra en el ejemplo de las novenas de los abuelos. La escuela ha experimentado una “revolución pseudopedagógica” que infantiliza tanto a las instituciones como a los estudiantes y convierte lo subjetivo, los intereses y emociones de los jóvenes, en el centro del proceso educativo. En consecuencia, disminuye la capacidad para enfrentarse a la dificultad, interpretar textos complejos, realizar razonamientos y cálculos, formular preguntas o soportar procesos que requieren esfuerzo y demora. El resultado sería una educación concebida cada vez más como dispositivo de adaptación personal y subjetiva al mercado, en la que el aula deja de ser un lugar donde todos deben integrarse en unas reglas comunes para pasar a entenderse como un espacio que debe acomodarse a cada individuo. Desde esta base, González Serrano afronta y responde a la pregunta inicial y a sus diversas formulaciones: ¿Puede desempeñar todavía la escuela una función semejante a la de la “novena comunitaria”? ¿Puede existir como un espacio dedicado al conocimiento por sí mismo, capaz de sustraerse a la exigencia permanente de utilidad y rentabilidad? Frente a la amenaza de su ocupación por las ideas de emprendimiento, competencias laborales o enseñanzas orientadas al mercado, el libro incide de nuevo en la necesidad de dotar de importancia a actividades cuyo valor no puede expresarse inmediatamente en términos económicos: leer, analizar, debatir, detenerse, preguntar, comprender o cultivar las humanidades y las ciencias básicas. 

La nociva farsa de la educación emocional es otro capítulo de una lucidez demoledora. En él, González Serrano formula una crítica radical a la llamada “educación emocional”, entendida no como atención humana a los afectos, sino como uno de los instrumentos mediante los cuales la racionalidad tecno-económica penetra en la escuela y transforma la educación en un mecanismo de adaptación al sistema productivo. El punto de partida es una contraposición entre la filosofía entendida como búsqueda de una vida buena y una pseudopedagogía preocupada por la empleabilidad, la resiliencia, las soft skills y la capacidad de adaptación. Desde este punto de vista, el desplazamiento de las materias humanísticas, que favorecen la duda, la reflexión y el cuestionamiento -Filosofía, Literatura, Historia del Arte, Música, Latín, Griego, Ética o ciencias de base-, en favor del emprendimiento, la gestión y la rentabilidad, resulta especialmente peligroso porque elimina el pensamiento crítico capaz de cuestionar los fines impuestos. La educación emocional aparece así vinculada a una lógica de domesticación que enseña a gestionar el sufrimiento y a desarrollar resiliencia, pero no a preguntarse por las condiciones que producen ese sufrimiento. La adaptación sustituye a la transformación y el individuo aprende a soportar aquello que debería poder cuestionar. 

Un elemento central de este proceso es el lenguaje. Lo que el autor denomina “Cultura-Psi” habría sustituido palabras sencillas para nombrar los sentimientos -tristeza, cansancio, ira, alegría- por un vocabulario especializado -estrés, ansiedad, burnout, depresión- que convierte los malestares en diagnósticos y reclama la intervención de expertos (coaches, consultores y pseudoespecialistas emocionales) en los centros educativos. El problema no sería solamente psicológico, sino político, pues quien pierde la capacidad de nombrar su experiencia pierde también la capacidad de interpretar y transformar el mundo. Frente a la logorrea contemporánea (la incontinente y constante logorrea han provocado un miedo a la gravedad de la palabra responsable), el ensayo reivindica asimismo el silencio y la escucha como condiciones del diálogo y de la comunidad. La escuela debería, así, protegerse de su conversión en espacio terapéutico y recuperar su función intelectual que no es otra que transmitir conocimiento, formar criterio propio y preservar la posibilidad del desacato. De ahí la reivindicación de una escuela que enseñe a hablar, escuchar y pensar, no simplemente a adquirir “competencias comunicativas”. 

El ya mencionado capítulo final, La docencia como acto de fe, opera como síntesis, cierre y rotunda plasmación de las tesis defendidas en el resto del libro. Así, sostiene que la del profesor ha de ser -sigue siendo, de hecho, pese a las imposiciones explícitas de las normas educativas y los reclamos implícitos del mercado- una actividad fundada esencialmente en la espera, la confianza y la esperanza. Educar significa confiar en unos frutos que el profesor no puede ver inmediatamente. La enseñanza, por tanto, no puede reducirse a una operación calculable ni a una relación entre esfuerzo y resultado; la palabra, el conocimiento, la presencia, la mirada o incluso el silencio del profesor pueden producir efectos mucho tiempo después, cuando ya no exista una relación directa entre maestro y alumno. De ahí que enseñar sea definido como un “acto de fe”, una confianza radical en lo que todavía no ha sucedido. Enseñar encierra un mensaje implícito al alumnado: confío en ti, estoy contigo. A tu lado. 

Frente a la cultura contemporánea de la inmediatez, la productividad y la medición, el profesor representa precisamente lo contrario; persevera en aquello cuyo resultado desconoce. Su trabajo consiste en entregarse a la posibilidad de que algo germine, aunque no pueda garantizar que lo haga. Esta concepción convierte la incertidumbre en un elemento constitutivo de la enseñanza; el docente vadea terra incognita, dispuesto tanto al encuentro como al desencuentro. Esta confianza en el otro adquiere además una dimensión ética. Creer en el estudiante tal como es, sin pretender modificarlo constantemente, se presenta como una actitud especialmente valiosa en una sociedad caracterizada por el juicio, la sospecha y la desconfianza. Creer en alguien equivale aquí a prestarle atención y reconocer sus posibilidades. Educar supone también una dislocación, significa sacar al estudiante del lugar que ocupa habitualmente y permitirle experimentar el extrañamiento. Frente a una educación valorada únicamente por su utilidad o aplicabilidad, el aula puede convertirse en un espacio donde sea posible dejar de reproducir lo establecido y descubrir otras posibilidades. 

El profesor es, finalmente, presentado como alguien que permanece. Y lo hace -con un valor que puede parecer testimonial- aun cuando todo invite a desistir. Aun cuando los presuntos especialistas quieran reducir la enseñanza a trámite burocrático, a automatismo tecnológico o a vacuo entretenimiento. El maestro permanece, incluso, a sabiendas de que su palabra puede ser obviada u olvidada. Permanece en la custodia de un fuego que no le pertenece pero que, sin su protección, sería extinguido. Y permanece porque confía. 

Espléndido ensayo este El aula insurgente, repleto de ideas para la reflexión. Os invito a leerlo, sobre todo a aquellos de nuestros oyentes -profesores, estudiantes, pedagogos, autoridades educativas, padres y madres- más directamente interesados en la enseñanza. Dejo ahora, para poner fin a esta, una vez más, desmesurada reseña (está visto que la novedad del programa este curso, que aboga por la fragmentación de mis comentarios para limitar su extensión, tiene pinta de no dar resultado), un esclarecedor fragmento del libro, extraído precisamente de su ilusionante capítulo final. Además, y como correlato musical, sonará Fifteen, una canción de Taylor Swift en la que el escenario escolar -el primer día de la quinceañera protagonista en la High School, los cuatro años por delante de estancia en la institución (equivalentes a nuestros 3º y 4º de la ESO y 1º y 2º de Bachillerato), los nuevos compañeros de clase- se entremezcla con las preocupaciones adolescentes, los amigos, los sueños, el despertar amoroso. 


La tarea esencial del profesorado es estar. Simplemente estar. Habitar un espacio de sentido junto a sus estudiantes, un lugar presidido por el deseo compartido de conocer, comprender, interpretar. Un profesor no es un mero transmisor de datos —esa categoría técnico-administrativa que tanto gusta a los tecnócratas y a las pedagogías de la eficiencia—, sino alguien que se aventura a contagiar el amor por el conocimiento en un tiempo que lo ignora y vilipendia, que disuelve el pensamiento y la reflexión en la opinión rápida, inmediata, y que finalmente nos arrastra a la lógica del consumo sin fin: consumo de objetos, por supuesto, pero también de emociones, de experiencia, de nosotros mismos. Ante todo, educar es acompañar en el riesgo de formarse un criterio propio, de agitar una conciencia que quiere (pero a veces no puede, porque nunca le enseñaron la posibilidad de hacerlo) mirar el mundo con lucidez. Para no ser consumida. 

Educar debería implicar un sacar de sí al alumnado. Un dislocarse del lugar acostumbrado y esperado. En un contexto que únicamente admite réplicas de lo mismo y que tasa el aprendizaje por su aplicabilidad y por su «perfil de salida», esa dislocación es militante, fundamental y pertinente. El aula es uno de los pocos lugares, si no el único, donde puede acontecer la genuina libertad como experiencia de extrañamiento, es decir, como posibilidad de dejar de ser y atender a lo-estipulado. 

Videoconferencia
Carlos Javier González Serrano. El aula insurgente

domingo, 27 de septiembre de 2026

MARÍA LÁZARO ÁVILA. GENERACIÓN IA
  
Continuando con la serie que en estos días de septiembre, coincidentes con el inicio del curso en todos los niveles de enseñanza, Todos los libros un libro está dedicando a ese interesante universo, hoy quiero presentar un libro, de título Generación IA, también centrado, como el anterior del ciclo, en el impacto educativo del hoy omnipresente algoritmo y en el que, sin renunciar a la solidez argumentativa, su autora elige un enfoque divulgativo y práctico que facilite la lectura por parte de los adolescentes y jóvenes, a quienes se dirige fundamentalmente el libro (sin excluir, antes al contrario, a padres, docentes y educadores, ni, en general, a cualquiera interesado en los efectos disruptivos que con vertiginosa aceleración está introduciendo en nuestras vidas la IA) y les permita informarse sobre el uso responsable, creativo y seguro de la inteligencia artificial. 
 
El sustrato teórico de base, las ideas principales, los asuntos sobre los que se pone el acento, las alarmas, los avisos, las llamadas de atención, las sugerencias, muchas de las propuestas, el espíritu en suma, la atmósfera que ya estaban presentes en IA y Educación, mi anterior propuesta sobre el asunto, son también notorios en este Generación IA (de hecho, en la sección de “Agradecimientos” de este segundo libro se menciona, entre otros muchos expertos en la materia, a Carlos Magro, uno de los autores del primero y ya reseñado; prueba palpable, a mi juicio, de la evidente confluencia de intereses, inquietudes y premisas de partida). Hay entre ambos, sin embargo, diferencias notables en el propósito, el enfoque, la intención y el planteamiento, mucho más prácticos y guiados por la aplicabilidad y el uso directo de sus postulados por parte del lector en esta segunda obra, escrita por María Lázaro Ávila y publicada en mayo de este mismo año por el grupo editorial Anaya, incluida en su sello Anaya Multimedia dentro de la línea de textos englobados bajo la rúbrica Social Business, una colección de libros especializados en temas relacionados con la transformación digital, el uso estratégico de las redes sociales, el marketing digital y la gestión empresarial en un mundo conectado. 

El currículo de María Lázaro Ávila es deslumbrante; en consecuencia, su condición de experta y su idoneidad en los asuntos objeto de su libro le otorgan, ya a priori, sin necesidad de avanzar en sus páginas, una indiscutible confianza por parte de los lectores, conscientes, por tanto, de que las ideas con las que van a cruzarse vienen avaladas por el profundo conocimiento y la amplísima experiencia práctica de la autora en el universo -complejo y profundo, en cambio permanente, envuelto en una vertiginosa, acelerada e inagotable vorágine de novedades, y por tanto casi inabarcable- de las innovaciones tecnológicas, principalmente, y de sus repercusiones educativas, en segundo término. Con una trayectoria de más de un cuarto de siglo en marketing online, transformación tecnológica y educación digital -tomo los datos de la biografía profesional que recoge el libro-, es en la actualidad CEO y cofundadora de Mayansi, una consultora especializada en digitalización con impacto sostenible y alfabetización digital. Participa como experta en distintos grupos de asesoramiento institucional en los temas de su dominio. Es docente de marketing digital con inteligencia artificial en distintas universidades, e imparte talleres y cursos de formación en ayuntamientos, fundaciones y centros educativos en relación con el uso responsable y ético de la tecnología -en particular de las redes sociales- por parte de los menores. Ha escrito varios libros y guías sobre la materia, presentado “videopodcast”, codirigido programas educativos de televisión, siendo también responsable de un blog, Hablando en corto, que está considerado uno de los más influyentes del sector digital español. Os recomiendo, por si mi presentación de la autora y, tras este preámbulo, de su libro no resultaran suficientemente convincentes sobre lo valioso del interesantísimo análisis llevado a cabo por una profesional tan competente, que veáis el vídeo que recoge la mesa redonda celebrada recientemente (el 24 de junio de este año) en la Fundación Telefónica, un evento que contó con la participación de la propia María Lázaro, Ainara Zubillaga, directora de Educación y Formación de la Fundación Cotec para la Innovación, y Nieves Ábalos, cofundadora de Monoceros Labs y Women in Voice Spain. La conversación y el debate, moderados por el periodista Alberto Iglesias Fraga, giraron, claro está, sobre el libro del que ahora quiero hablaros y sobre algunos de los apasionantes asuntos a los que se abren sus propuestas. 

El ensayo se abre con un prólogo de Alberto Gago, Director General de la Agencia Española de Supervisión de la Inteligencia Artificial (AESIA) dependiente del Ministerio para la Transformación Digital y de la Función Pública, que desde su posición institucional subraya la importancia del libro para desarrollar en quien lo lea -singularmente los jóvenes, insisto- el espíritu crítico, la capacidad de adaptación, el conocimiento, las habilidades -no solo estrictamente digitales-, los valores y la responsabilidad para aprovechar las muchas potencialidades de una tecnología que está transformando -y a velocidad creciente- la manera en la que trabajamos, aprendemos, nos informamos y hasta gestionamos nuestra vida cotidiana; una herramienta capaz de descubrir fármacos, de hacer frente a retos sociales, de dar respuesta a las emergencias climáticas, entre otras muchas, y fecundas, virtualidades, pero que también entraña indudables -y en algunos casos enormes- peligros. Invitar a entrenar esa mirada crítica es, a juicio del prologuista, la intención última, y en mi criterio el mayor logro, de un libro que se inscribe en el horizonte de una inteligencia artificial que, bien comprendida y gobernada, puede ser una herramienta extraordinaria para el progreso humano. 

María Lázaro plantea las premisas de su trabajo y avanza la estructura bajo la que se va a organizar en un texto introductorio en el que inicialmente examina los antecedentes inmediatos del auge de la inteligencia artificial generativa entre el ciudadano común. Todo empieza el 30 de noviembre de 2022, el día que todo cambió (yo hubiera escrito “el día en que todo cambió”, aunque mi objeción es discutible, pues ambas opciones son válidas. Hay, no obstante, más allá de algún despiste de esta índole (alguno sangrante: las grandes “alaracas” de la página 165), una cierta ligereza expresiva, un tono un punto coloquial, una retórica en exceso informal, un estilo algo conversacional, pues se tutea al lector (“te traigo malas noticias”), se le interpela (“spoiler: si pensabas que siguiendo a tu retoño en redes, lo tenías controlado, te has equivocado”; aquí falla también la disposición de alguna coma, un yerro común en el libro), se le plantean de continuo preguntas retóricas (“¿estás preparado?”, “¿conocías todas las herramientas de IA mencionadas hasta ahora? No te inquietes: de ellas, y otras más, hablaremos con profundidad a lo largo de este libro”); recursos, todos ellos, explicables por esa condición didáctica que sin duda se postula de un texto que, dados sus previsibles destinatarios, es en el fondo divulgativo, pero que, desde mis quizás desmesurados rigor y seriedad, debieran evitarse por su infantil ligereza). En esa importante fecha, el ChatGPT, continuando el trabajo de décadas en ese campo de conocimiento, acabó por dar un impulso decisivo a la investigación -y a su plasmación práctica- que permitía poner al alcance de cualquiera -democratizar, pues- las posibilidades de interactuar, de conversar con un dispositivo de inteligencia artificial. De la aceleración con la que produjo ese proceso que facilita el acceso generalizado de cualquier usuario del mundo entero a una herramienta de esas colosales potencialidades, da cuenta la magnitud de las cifras que, a este respecto, aporta la autora (el libro está plagado de datos, cifras, porcentajes, resultados estadísticos, etc., todos ellos acompañados de su correspondiente fuente de referencia): En cinco días, [el ChatGPT] logró un millón de usuarios. En solo 60 días había sumado ya 100 millones, una cifra que Facebook tardó en conseguir cuatro años y medio, Instagram no alcanzó hasta pasados dos años y medio y a TikTok le costó nueve meses. En solo 17 meses, el chatbot de IA generativa de OpenAI registró 800 millones de usuarios, más rápido que cualquier tecnología anterior. El ritmo frenético con el que se han multiplicado las empresas, modelos, plataformas y ofertas comerciales relacionadas con la IA y, en paralelo, la enfebrecida velocidad con la que se ha disparado el consumo de sus aplicaciones, son fenómenos bien conocidos -y percibidos en su cotidianidad- por cualquiera que no sea un ermitaño. En su prólogo Lázaro se detiene en la Generación Alfa, la “Generación de la IA generativa”, que, habituada ya a los móviles y las redes sociales, convive ahora también, y con relativa familiaridad, con esta realidad emergente, hasta hace un lustro conocida solo por expertos. De esos jóvenes, avanza la autora sustanciosos datos sobre su uso y consumo de la IA que, siendo masivos, no se compadecen con el escaso conocimiento que en la mayoría de los casos tienen acerca de cómo funciona ni de qué impacto está teniendo en sus propias vidas. En ese desconocimiento y en los riesgos que de él derivan -copia y plagio en trabajos escolares, afectación en su carga cognitiva, existencia de sesgos en la información recibida, manipulación subliminal, amenazas debidas al tratamiento “realista” de voces, imágenes y textos falsos, incidencia de delitos sexuales, consultas de dudosa eficacia y peligro probable sobre salud mental, equilibrio emocional o relaciones afectivas, problemas psicológicos, suicidios, etc.- se fundamenta el propósito confesado del libro: permitir que las nuevas generaciones aprendan a comprender, cuestionar, utilizar y diseñar la inteligencia artificial de forma responsable, creativa y segura. En consecuencia, en esa declaración de intenciones prologal, se específica quiénes son los destinatarios principales del libro, un universo de una multiplicidad tal que, en realidad, es casi indiscernible de la totalidad de la población: aquellos que se preguntan cómo abordar la facilidad y, en general, la inconsciencia con la que los jóvenes están accediendo a la inteligencia artificial generativa, cuando aún se desconocen sus peligros; quienes necesitan comprender qué hay en la “caja negra” de la IA (un concepto al que también se aludía de manera relevante en IA y Educación y que podría definirse como el sistema de funcionamiento interno del algoritmo, cómo se construyen los modelos de lenguaje de IA, qué información procesa, cuáles son las pautas con las que se lo entrena, con qué criterios se elige todo ello); los que deben, quieren o tienen que inculcar desde edades tempranas su uso responsable, seguro y creativo; aquellos que consideran que es esencial la educación digital de los menores para que puedan adquirir las competencias necesarias que les permitan aprovechar las oportunidades que ofrece la IA, conociendo sus riesgos y protegiéndose de ellos. En definitiva, un libro para adolescentes, jóvenes, padres, familias, docentes, educadores y profesionales de la enseñanza en general. Para todos, como se ve. 

Lo muy variado de este potencial público lector del estudio condiciona, como es natural, el enfoque que en él se sigue. No estamos, pues, ya se ha dicho, ante un libro técnico, un ensayo teórico o una profunda reflexión filosófica, para uso y consulta por especialistas, aunque algo de todo ello hay en una obra fundamentalmente divulgativa que pretende hacer reflexionar sobre los asuntos mencionados y aportar pistas prácticas (no he señalado aún, y hubiera sido oportuno hacerlo con anterioridad, que el libro se presenta con un elocuente subtítulo: Guía para un uso responsable, creativo y seguro de la inteligencia artificial). Para ello, y con la indispensable inclusión de ciertas informaciones sobre los sistemas y modelos de IA y de algunos datos de índole histórica con los que se ilustra el modo en que “hemos llegado hasta aquí”, esto es, cómo se ha desarrollado la investigación sobre inteligencia artificial en los últimos ochenta años, se recogen las opiniones de expertos en diversas áreas (pedagogía, psicología, salud, tecnología, derecho, educación, entre otras) que completan el muy pedagógico discurrir de la autora. Además, y en una doble pauta altamente significativa del libro, que reafirma ese didactismo que lo inspira, al final de cada capítulo hay siempre una sección, Para recordar: Diez ideas clave, en las que se recapitula, se resume y sintetiza lo esencial de lo tratado en cada sección. Igualmente, y como a continuación comentaré de modo breve, en bastantes de los apartados examinados se incluyen gráficos, imágenes, capturas de pantalla, infografías, presentaciones y figuras varias que ilustran, de manera práctica -casi al modo en que lo haría un tutorial-, diversos pasos de la interacción con distintas “plataformas” de IA: preguntas, diálogos, prompts, resultados, menús de herramientas, procesos, ejemplos de creaciones falsas, exploradores, paneles de configuración, ventanas, ilustraciones, diseños de pantalla, cuadros y numerosas muestras más de esa conversación casi infinita y de las utilidades que hoy permite esta tecnología desbordante. 

De este modo, y en un repaso a vuelapluma, en el capítulo primero, ¿Crecer con o sin tecnología?, se exponen los dilemas que surgen a la hora de definir el papel que debería desempeñar la tecnología durante la infancia, la adolescencia y la primera juventud. Con un planteamiento a mi juicio demasiado equidistante -pero ella es la experta- la autora menciona diversas publicaciones, análisis y estudios que discrepan entre sí a la hora de contestar a las preguntas que preocupan en relación con ese asunto principal (¿Perjudican el uso de la tecnología y la inmersión digital las habilidades socioemocionales y la salud mental de los menores?; ¿Afecta el tiempo que pasan delante de una pantalla a la existencia de problemas de atención, peor calidad de sueño, menor rendimiento académico y aumento de la agresividad y mal comportamiento?; ¿Incrementa esa sobreexposición digital las posibilidades de verse sometidos a contenidos inadecuados?; ¿Pierden privacidad y ven expuesta su intimidad?; ¿Constituye el uso intenso y, con frecuencia, compulsivo de los medios electrónicos una forma de adicción?; ¿Resulta conveniente limitar el tiempo de utilización de la tecnología?), para concluir, en un corolario desde mi punto de vista excesivamente “tecnoptimista” y benevolente, que no existe un consenso absoluto en la comunidad científica sobre cómo impacta la tecnología entre los más jóvenes, por lo que no cabe una respuesta uniforme a dichas cuestiones (aprovecho para recordar desde aquí los libros, reseñados hace años en este espacio, de Michel Desmurguet, categóricos en su fundamentada denuncia de los males derivados del uso constante y masivo de dispositivos electrónicos por parte de los menores). Aporta también la autora datos relevantes sobre los hábitos cotidianos en relación con el “consumo digital” de los menores, de los que un 90 % se conecta varias veces al día a internet, un uso que, confiesan, se produce con habitualidad desde los once años con, incluso, uno de cada tres niños que lo hace antes de haber cumplido los diez. Igualmente, propone unas “recetas” para un uso saludable de la tecnología, entre las que no se encuentra el énfasis en la cuantificación del tiempo en que puede permitirse la utilización de herramientas digitales y sí, en cambio, la atención sustancial al cómo, al por qué y al para qué de las interacciones, que siempre deberían guiarse por su calidad y no tanto la cantidad. Se subrayan también la importancia del ejemplo de los padres, la necesidad de establecer pactos o “contratos informales”, con reglas y compromisos claros, y la conveniencia de tener presentes las llamadas “5 C”, que se corresponden con las iniciales en inglés de Child, Content, Calm, Crowding-Out y Communication, con las que se quiere inducir la reflexión sobre los Chicos (cómo es tu hijo, cómo reacciona ante las pantallas y para qué las usa), los Contenidos (qué le llama la atención), la Calma (cómo calma las emociones o se va a dormir), el Complementar (con qué interfieren las pantallas) y la Comunicación (cómo se puede hablar de las pantallas para criar a un niño inteligente y responsable). En este mismo capítulo hay una breve sección, Navegando en el mar de competencias digitales, que aborda las preocupación de instituciones, gobiernos, organismos y entidades educativas por la repercusión de la irrupción de estas tecnologías entre los jóvenes y por la rápida y desbordante magnitud de su asimilación; singularmente se analiza la labor de la Comisión Europea, que publicó en 2013 el Marco de Competencias Digitales para la Ciudadanía, que recoge un elenco de competencias digitales a desarrollar, particularmente en los menores, un documento que tras varias actualizaciones conoció en 2022 su última versión, ese DigCom 2.2 al que ya se aludía en IA y Educación y que servirá de referencia también en más de una ocasión a lo largo de Generación IA. El capítulo se cierra con un apartado, Entre un tsunami de inteligencia artificial, que refleja la ya incuestionable realidad de la IA (Esta es la primera generación que crecerá y se desarrollará con la inteligencia artificial, y que desde edades tempranas no solo está expuesta de forma pasiva a algoritmos de inteligencia artificial, sino que además interactúa de forma activa y se relaciona con estos sistemas) y, en consecuencia, enfatiza la necesidad de que los jóvenes sean capaces de comprender cómo funciona la IA, su impacto social y cómo utilizarla de forma ética para estar preparados para una sociedad y una economía en la era de la IA, en recomendación de la OCDE y de la propia Comisión Europea. 

El capítulo segundo del libro, Mitos y realidades de la inteligencia artificial, pretende arrojar luz y discernir cuáles de las ideas sobre la IA que aceptamos como ciertas e indiscutibles están respaldadas por evidencias demostradas y cuáles por el contrario constituyen medias verdades o directamente falacias debidas a apriorismos, prejuicios o falta de información. Se analizan, en particular, cuatro grandes mitos imperantes en nuestra sociedad y que condicionan de manera muy peligrosa el modo en que encaramos esta nueva realidad. El primero de ellos tiene que ver con la supuesta novedad de la IA. Sostiene Lázaro que los algoritmos llevan muchos años entre nosotros, en herramientas de uso habitual. En particular, la IA predictiva está presente en muy diversos ámbitos de nuestras vidas, los relativos a desastres naturales, salud, averías o apagones eléctricos. Hay IA también en los robots conversacionales (con la mención del inaugural ELIZA, el primer programa de procesamiento del lenguaje natural creado en el MIT en 1965), en la conducción asistida y en los coches autónomos. El segundo mito alude a la creencia de que la IA es autónoma y funciona por su cuenta; la realidad, por lo demás obvia pero sobre la que no siempre se reflexiona, es que los sistemas se diseñan y entrenan por humanos, por lo que es necesario que se obligue a las empresas desarrolladoras a observar protocolos de transparencia, poniendo a disposición del público la información acerca de cómo funciona el modelo, cómo se entrenó, qué limitaciones tiene y cuáles son sus implicaciones éticas, de modo que el ciudadano pueda hacer de sus “productos” un uso inteligente e informado. Otro mito, que hoy, afortunadamente, es objeto de un cuestionamiento casi general, es el que concede una fiabilidad total a la IA, aceptando, ingenua y acríticamente, que el algoritmo siempre dice la verdad. En el capítulo se desmiente esta apreciación con ejemplos de distintas interacciones con diferentes IA, y se desvela cómo los algoritmos pueden reflejar sesgos y prejuicios (coincidentes con los valores, el modo de pensar y la visión del mundo de quienes los han creado) que llevan a ofrecer resultados erróneos o abiertamente falsos y mantener tópicos, estereotipos o discriminaciones. Por último, el mito de la pretendida infalibilidad de la IA se diluye, como sabe cualquier usuario, al comprobar cómo se equivoca con frecuencia, se inventa informaciones, datos y referencias en sus respuestas y, en terminología ya de uso habitual, se ve sometida a “alucinaciones” (prueba de la magnitud y la peligrosa habitualidad de sus yerros es el hecho de que en 2023 el Cambridge Dictionary hubiera declarado hallucinate (alucinar, en inglés) como “Palabra del año”). 

En el capítulo tercero, la autora procede a “abrir la «caja negra» de la inteligencia artificial”, intentando desentrañar la muy compleja y abstrusa cuestión de qué debemos entender por IA. Se adentra así en los matices entre “imitar”, “simular”, “aprender” o “razonar” para delimitar qué funciones son las que puede llevar a cabo el algoritmo. Diferencia entre inteligencia artificial y automatización. Distingue también ente la IA especializada, débil o estrecha, que ya está plenamente presente entre nosotros (y que muchos expertos minusvaloran y hasta desprecian por su “mera” capacidad de repetir sin comprender -la lingüista computacional Emili Bender llamó “loros estocásticos” a la IA generativa-, y IA general o completa, que alcanzaría potencialidades similares o incluso superiores a las humanas, y cuya llegada -improbable, al decir de algunos teóricos- aún se hará esperar. Incorpora una breve historia de la inteligencia no humana, partiendo de la figura de Alan Turing, a mediados del siglo XX, tan popularizado por el cine; pasando por Marvin Minsky y su limitado perceptrón; los dos “inviernos de la IA”, largas etapas en las que las investigaciones sobre el asunto se paralizaron y olvidaron; el exitoso Deep Blue, bien conocido por sus espectaculares victorias ajedrecísticas; el desarrollo de las redes neuronales profundas; la aparición en 2017 de los transformers, que cambiaron el modo en el que las máquinas entienden y procesan el lenguaje, al detectar cuál es la palabra más importante de un texto y en función de ello entender su significado, sin tener que leerlo entero, permitiendo acelerar la realización de las tareas; la presentación del primer ChatGPT; hasta llegar a los meteóricos y desbocados avances del último lustro con la proliferación de potentes modelos de lenguaje creados por OpenAI, Google, Meta, Anthropic, IBM, Microsoft, Mistral, Amazon, DeepSeek. Al capítulo le pone fin un “Vocabulario rápido de inteligencia artificial” que aclara de manera sucinta algunos de los términos de uso más frecuente en el contexto y que sirve de útil orientación para el lector no demasiado familiarizado con la materia. 

El cuarto capítulo, Biblioteca de aplicaciones de IA generativa preferidas por los jóvenes, es un compendio de las muchas utilidades educativas que ofrecía la inteligencia artificial en el momento de la redacción del libro (a este respecto, quiero compartir una muy elocuente experiencia personal que ilustra de modo significativo la acelerada evolución de esta tecnología. En un curso de IA para docentes al que pude asistir hace unos meses, se enseñaban a los participantes posibilidades del ChatGPT, Gemini o Claude directamente aplicables al aula, que expuestas en la primera de las tres semanas del curso ya habían sido objeto de mejora en la última; este libro es de mayo de 2026, en este dominio, hace una eternidad: Es complicado prever hacia dónde evolucionarán estas y otras aplicaciones de IA multimodales: la carrera no parece tener de momento una meta clara, y con cada nuevo desarrollo, la línea de llegada se desplaza un poco más lejos). Conocemos así las funcionalidades de la IA en relación con el tratamiento de textos, investigaciones en profundidad, creación de imágenes, asistentes de compras, GPT personalizados, aprendizaje guiado, creación de vídeos o páginas web, elaboración de mapas mentales, análisis de información, presentaciones, correcciones gramaticales, programación sin necesidad de código. Hay secciones muy atractivas sobre las conflictivas -por ahora- relaciones entre la IA y el mundo del arte, con ejemplos de las controversias que suscita la utilización del algoritmo en la creación artística y sus repercusiones en el desdibujamiento de los límites del arte y la probablemente necesaria reformulación del concepto de creatividad, la desaparición de empleos en el sector o las dudosas fronteras de la invención y el plagio; sobre las posibilidades que ofrece la inteligencia artificial generativa en la práctica de la pintura o la fotografía (con ilustraciones de algunas imágenes creadas por estas plataformas); sobre la producción de películas sin cámara ni grabación, una experiencia que cuenta ya con festivales especializados; sobre las herramientas de producción de vídeo con IA; sobre los nuevos instrumentos musicales que permiten la composición de canciones por cualquier particular, la creación de grupos musicales “artificiales” y la producción masiva de “hits” musicales (la plataforma francesa Deezer a reconocer en abril de 2025 que el 18 % de todos los temas que por entonces se subían a su sistema estaban ya producidos con esta tecnología, lo que equivalía a unas 20.000 canciones diarias); sobre las ya conocidas como “IA de compañía”, que permiten crear compañeros virtuales -que pueden tomar la forma de un atractivo avatar- para hablar, entablar amistad, consultar problemas íntimos, compartir confidencias sobre las relaciones familiares y sentimentales, establecer relaciones virtuales “muy reales” que propician la creación de vínculos casi “humanos”, con los innumerables riesgos que todo ello conlleva (que la autora disecciona con precisión sus peligros y alerta sobre ellos: Una rápida interacción con ellas puede desembocar en sugerencias sobre consumo de sustancias tóxicas, indicaciones pornográficas, ideas para autolesiones y mucho más). 

El capítulo quinto aborda de manera frontal el asunto de las relaciones entre la educación y la inteligencia artificial. Con un título revelador, Enseñar con IA y sobre la IA, en él se plantean interesantes cuestiones como el debate, tan candente en el mundo escolar, acerca de si la IA es una aliada o una enemiga en el aula (con un ejemplo significativo de las muchas -y a menudo contradictorias entre sí- aristas que muestra la discusión: En enero de 2023, poco después del lanzamiento de ChatGPT, el Departamento de Educación de la ciudad de Nueva York prohibió el acceso a esta herramienta en las escuelas por temor a trampas y desinformación. Más de un millón de estudiantes de colegios públicos se quedaron sin ella. (…) Apenas cinco meses después, en mayo de 2023, Nueva York levantó el veto. «Aunque la cautela inicial estuvo justificada, el miedo y el peligro instintivos pasaron por alto el potencial generativo de la IA para ayudar a los estudiantes y a los profesores», explicó el Canciller de Educación de Nueva York, David Banks, para argumentar el cambio de decisión); la “paradoja del sí, pero no” (La pregunta sobre si la inteligencia artificial debería introducirse o no en las aulas no tiene una única respuesta), una sección en la que la autora muestra, con profusión de resultados de encuestas y ejemplos de iniciativas escolares “en activo” -dos de ellas en nuestra comunidad, en el IES Los Valles de Camarzana de Tera, en Zamora, y el IES Fray Diego Tadeo González de Ciudad Rodrigo, en Salamanca- las discrepancias que se dan en la actualidad sobre la cuestión; el sempiterno problema -en mi opinión casi sistémico; pero justificar tal categórica afirmación excede la naturaleza y los límites de Todos los libros un libro- de la formación de profesorado, la cual, en relación con la IA, es, a juicio de Lázaro, una asignatura pendiente reveladora de importantes carencias (La formación inicial de los docentes no solamente en inteligencia digital, sino en capacitación digital, es absolutamente insuficiente); el reto del apagón mental y la irresuelta disputa intelectual e investigadora acerca de sí el uso por los estudiantes de la IA puede o no provocar descarga cognitiva, dependencia intelectual, delegación del pensamiento o declive cerebral, un problema frente al que la autora opta, una vez más, por una postura de un cierto eclecticismo (El carácter paradójico de la aplicación de la IA en el aprendizaje reside en que puede actuar tanto como un amplificador cognitivo como un inhibidor del esfuerzo mental); o el dilema sobre las habilidades del futuro, en el que la cuestión de fondo -¿cómo educar para un mundo que la IA está modificando de manera radical?- se ilustra con unos datos escalofriantes, extraídos del informe El Futuro del Trabajo 2025, que publicó el World Economic Forum, y según el cual en la próxima década se crearán 170 millones de empleos que hoy ni siquiera existen, pero desaparecerán también 92 millones de roles, y en 2030 habrá cambiado el 40 % de las habilidades que en la actualidad requiere el mercado de trabajo. 

Muy interesante también, aunque en cierto modo redundante, pues muchas de las ideas que en él se vierten ya han sido anticipadas, es el capítulo 6, Mapa de riesgos de la IA, que se acerca a las nuevas formas de ciberacoso (imágenes trucadas con IA, de todo punto indistinguibles de las verdaderas, que presentan desnudos a chicos y chicas; creación de vídeos sexuales falsos; y otras sofisticadas variantes de la manipulación, violencia y explotación sexual mediante creaciones algorítmicas); al grooming, en el que un adulto suplanta la personalidad de un menor -una operación que la IA convierte en trivial- para facilitar el contacto y la interacción con otros menores con fines siempre “perversos” y a menudo delictivos; al fenómeno, que cualquiera que haya usado la IA conoce, por el que el algoritmo se muestra en exceso agradable con su interlocutor, alabándolo, refrendando sus opiniones, validando sus propuestas y ensalzando sus cualidades, un modo de proceder -pretendido conscientemente por sus creadores: estas aplicaciones están programadas para halagar, adular y complacer a quienes les consultan- de nefastas consecuencias para personalidades aún por desarrollar psicológicamente; a los abundantes problemas de salud emocional entre los jóvenes, de creciente incidencia, que la IA propicia; a la cada vez más patente dilución de los límites de la verdad, con la proliferación de la desinformación y el fraude potenciados por los instrumentos de creación artificial -pero verosímil y de un realismo indiscernible de la verdad auténtica- de realidades paralelas: estafas, difusión de contenidos falsos, creación de “clones” de personajes famosos para recomendar inversiones engañosas, propagación, a través de ejércitos de bots, de rumores conspiranoicos o maliciosos sobre salud, seguridad, asuntos de interés político; la tecnovigilancia (control de currículos y seguimiento en las redes de las trayectorias personales y profesionales en los procesos de selección de personal); reconocimiento facial y vigilancia algorítmica con fines policiales; rastreo de identidades para la concesión de créditos financieros, contratación de seguros, acceso a compañías sanitarias o, más directamente para priorizar, establecer preferencias o, de modo más radical, excluir a ciertos perfiles de la atención médica). En todos estos casos prevalece, junto a la lúcida descripción de los peligros, la visión esperanzada de la autora -a mi juicio demasiado esperanzada; rayana, ya lo he comentado con anterioridad, en el “tecnooptimismo”- que vuelve a aportar sus sugerencias (enfáticas, pero -de nuevo en mi opinión- de improbable implementación generalizada) sobre la importancia de tomar conciencia y diseñar los sistemas de IA de forma que eviten (o mitiguen) estos muy nocivos efectos. 

Y en este sentido, el siguiente capítulo, el séptimo, repasa las iniciativas que desde el punto de vista legislativo se están poniendo en marcha en todo el mundo - para supervisar la creación y el uso de la inteligencia artificial por parte de los grandes conglomerados empresariales. Se examinan así las diversas normas ya aprobadas, las muy diferentes estrategias jurídicas seguidas por la Organización de las Naciones Unidas, que ha impulsado un Diálogo, un Panel y un Fondo para reflexionar, debatir, financiar y, en definitiva, hacer frente a los retos que plantea la rápida propagación de esta tecnología; los Estados Unidos, en donde hoy impera esa agresiva “desregulación” que se defiende bajo la excusa de la libertad casi irrestricta; la Unión Europea, sensible ante la gravedad del asunto y capaz, en consecuencia, de haber aprobado el Reglamento de Inteligencia Artificial que entró en vigor en agosto de 2024 (y en cuya elaboración participó la autora del libro); y, por último, España, pionera en supervisión de la inteligencia artificial, una posición destacada en el mundo entero, tal y como reflejan logros como la elaboración de un entramado normativo para la IA que ha fraguado en diversas reglamentaciones y, de manera sustantiva, en la aprobación, este pasado junio, del Proyecto de Ley Orgánica para el buen uso y la gobernanza de la inteligencia artificial; la creación de la Agencia Española de Supervisión de la Inteligencia Artificial (AESIA) con sede en La Coruña; la puesta en marcha el primer sandbox de toda la Unión Europea, un entorno controlado de pruebas para la inteligencia artificial, en el que doce empresas españolas con sistemas de IA clasificados de alto riesgo, iniciaron su adaptación a las obligaciones de la normativa vigente bajo la vigilancia de la AESIA; o la existencia en nuestro país, en el Supercomputing Center de Barcelona y en el Centro de Supercomputación de Galicia de Santiago de Compostela, de dos de las diecinueve «fábricas de inteligencia artificial» aprobadas por la Comisión Europea, espacios en los que se diseñan y se prueban soluciones de inteligencia artificial que necesitan grandes cantidades de datos, ingente potencia informática y la máxima eficiencia energética. El capítulo incluye también un resumen de los cinco Principios de OCDE sobre la IA, que fueron la base del Proceso de IA de Hiroshima, suscrito por los países del G-7 y la Unión Europea para promover una IA segura y digna de confianza en todo el mundo, una iniciativa que se guía por once principios rectores que podemos leer en el texto de María Lázaro. 

El penúltimo capítulo, Guía para una IA responsable, reflexiona sobre las exigencias que, más allá del obligatorio sometimiento a las leyes, debieran cumplir los sistemas de IA. El apartado incluye aproximaciones a cuestiones como la ética esperable de las empresas que tienen a su cargo la creación, la planificación y la aplicación de estas evolucionadas tecnologías; la necesidad de que una inteligencia artificial responsable guíe su proceder por el interés de las personas y el bien común de la humanidad, más allá de la vertiente de negocio que por supuesto conlleva; la obligatoriedad de respetar algunas premisas básicas indiscutibles, como la explicabilidad, la transparencia y la responsabilidad algorítmicas exigibles a sus promotores; el escrupuloso respeto a la protección de datos y la privacidad (la autora ofrece una suerte de sucintos tutoriales para, paso por paso, guiar la configuración de privacidad en ChatGPT, Gemini, Grok y Meta); el espinoso asunto de la autoría y la propiedad intelectual, más que nunca en peligro a causa de la propia naturaleza de los procedimientos con los que se nutre a los algoritmos; la sobrecogedora -pero casi siempre ignorada por la mayoría de los usuarios, consumidores inconscientes de la IA, tan a menudo solo preocupados por sus utilidades- huella energética que la inteligencia artificial supone, dadas sus altísimas necesidades de agua y electricidad, con un muy lesivo impacto en la sostenibilidad; y un bienintencionado desideratum, De consumidores a makers, en el que Lázaro, una vez más, aboga por la alfabetización digital, defiende la necesidad de incentivar las “vocaciones” STEM, sobre todo entre las mujeres, y, en una ilusionante, razonada y -lamentablemente- para mí poco realista vuelta de tuerca, propiciar un cambio de paradigma de modo que los ciudadano dejemos de ser meros usuarios pasivos de la IA para convertirse en agentes activos que resuelvan problemas reales, mediante la creación de un itinerario maker que sume la ideación de producto y negocio, el pensamiento computacional, los datos y la programación. 

El libro se cierra con dos secciones eminentemente prácticas que ocupan más de la cuarta parte de sus doscientas setenta y cinco páginas. En la primera, denominada Cuaderno de proyectos: IA con y para las nuevas generaciones, se explican, paso a paso y haciendo explícita esa voluntad pedagógica que informa la obra entera, cinco proyectos para que cualquier lector pueda entrenar un modelo de aprendizaje automático con imágenes (lo que permite mostrar a las claras, en un juego con manzanas y tomates, cómo la información con la que alimentamos al algoritmo condiciona sus respuestas); crear un GPT personalizado (en este caso uno denominado “Profe clima”) con una base documental propia, lo que permite entender cómo aprende y responde un modelo de lenguaje según el contexto, el conocimiento previo aportado y las instrucciones con las que se le enseña; diseñar una aplicación de filtros para imágenes capaz de transformar las propias imágenes en creaciones artísticas (mediante la herramienta Canvas de Gemini y sin que sea necesario saber programar); desarrollar un juego de cartas online -ActivaMente-, también sin conocimientos previos de programación; o producir una película (un breve corto de animación con personajes de plastilina -simulada- ambientado en un gimnasio). La segunda, de título Recursos, recoge una detallada relación de cursos online gratuitos mencionando el nombre de cada uno de ellos, la organización responsable de su impartición, un sucinto resumen de sus contenidos, duración, estructura y planteamientos, y los enlaces a las páginas web de sus responsables. 

Os dejo ahora ya con mi convencida recomendación de los dos libros que componen la serie de esta semana, IA y Educación, y Generación IA; con un breve texto de este último, la introducción del capítulo dedicado a la ética; y con Blue, un tema, fruto, supuestamente, de una colaboración -que nunca se dio- entre Lana del Rey y Cigarettes after sex. La canción fue publicada en YouTube en 2025, estando actualmente eliminada de la plataforma. Resulta difícil, por ello, asegurar su atribución autoral. Todo apunta a que la parte musical/vocal es una creación artificial muy probablemente mediante IA, mientras que el videoclip utiliza material audiovisual auténtico de Lana Del Rey, modificándolo quizá también con ayuda del algoritmo. 


¿Qué características debería reunir una inteligencia artificial «responsable», más allá de no representar un riesgo ni ser un peligro para la humanidad? ¿Cómo fiarnos de ella, es decir, cómo lograr que sea «confiable»? Esto… ¿está catalogado de alguna manera, o cada cual se inventa su definición según le convenga? 

La pregunta no es baladí, porque en esta configuración de bloques geopolíticos y económicos sobre el futuro de la IA, de la respuesta a estas preguntas depende la visión que se quiera proyectar, y hacia dónde evoluciona la regulación y gobernanza de la inteligencia artificial. Y esto determinará si pasado mañana podrás reclamar si un algoritmo te ha rechazado para un puesto de trabajo, denunciar si un sistema de IA se ha alimentado con tus datos personales sin tu permiso, o reclamar responsabilidades contra quienes manipulan contenidos con inteligencia artificial para intentar engañarte. Parafraseando a Groucho Marx, se trata de evitar su célebre: «Estos son mis principios, y si no le gustan, tengo otros».

Videoconferencia
María Lázaro Ávila. Generación IA