Vivo entre muchos libros y extraigo una gran parte de mis ganas de vivir del hecho de que aún leeré la mayoría de ellos. (Elias Canetti)

domingo, 1 de noviembre de 2026

JULIAN BARNES. LA ÚNICA HISTORIA; NADA QUE TEMER; ARTHUR & GEORGE
 
Desde hace dos semanas y enmarcando la fecha del 23 de octubre en que tuvo lugar la entrega a Julian Barnes del Premio Princesa de Asturias de la Letras correspondiente a 2026, Todos los libros un libro está dedicando al escritor británico un breve ciclo de cuatro emisiones -de las cuales la de hoy es la postrera- centrado en diferentes obras -salvo alguna excepción las más recientes- de la vasta obra del premiado. Así, en la primera entrega, recomendé con entusiasmo Despedidas, la que va a ser la última publicación del espléndido escritor, que abandona así la literatura, tal y como reflejan el propio libro y también las palabras de su autor en cada entrevista que ha concedido a lo largo del proceso de promoción de dicho título. En el segundo capítulo de esta serie mi propuesta, también apasionada, fue Elizabeth Finch, la última novela de su autor (Despedidas no es, en puridad, un texto novelesco), publicada en nuestro país en 2023. Hace unos días, hablaba aquí de otra novela excepcional, El sentido de un final, que ganó el prestigioso que ganó el prestigioso Man Booker Prize en 2011. 

En esta emisión de clausura quiero ofrecer mis sugerencias sobre otras tres obras de Barnes, que he seleccionado por su relativa proximidad en el tiempo, pues aunque he leído casi todas las suyas publicadas en España solo conservo notas de lectura de las más recientes, guardando de los restantes un muy vago recuerdo, más allá de la impresión general sobre lo estimulante que resultó en su momento su lectura. Las tres ya aparecieron en los dos espacios que mantengo en Radio Universidad de Salamanca. La única historia y Nada que temer protagonizaron dos emisiones en Buscando leones en las nubes; y la tercera, Arthur & George, la reseñé en Todos los libros un libro en 2013, aunque el formato del espacio era muy distinto al actual y no contaba, además, con presencia en YouTube. Recupero ahora, pues, algo ampliados, mis comentarios sobre las tres. 

Vuelvo a recordar, como he hecho a lo largo de este ciclo “barnesiano” y por si alguien puede sentirse interesado, que en Buscando leones en las nubes estoy presentando seis programas dedicados a Barnes, en una propuesta que, iniciada el pasado 12 de octubre, se extenderá hasta el próximo 23 de noviembre. En ellos recojo una selección de fragmentos de la obra del británico acompañados con canciones, siempre bellísimas, relacionadas de modo más o menos directo con los textos. 

La única historia, publicada entre nosotros en 2019 en Anagrama con la traducción, habitual en todas sus obras, de Jaime Zulaika, se sitúa en los años sesenta del pasado siglo para narrar la historia de amor, tortuosa y emotiva, entre Paul, un joven de diecinueve años, y Susan, una mujer treinta años mayor, casada y con dos hijas, ambas mayores también que el muchacho. A primera vista, el argumento parece extraordinariamente sencillo. Paul Roberts, estudiante universitario, conoce durante un torneo de tenis a Susan Macleod. Entre ambos surge una relación amorosa que desafía todas las convenciones sociales de la Inglaterra suburbana de comienzos de los años sesenta. Con el paso del tiempo, Susan abandona a su marido y la extraña pareja comienza una convivencia destinada, sin embargo, a deteriorarse lentamente conforme el alcoholismo de ella -una circunstancia de peso fundamental en el libro- se va acentuando. La novela, pues, rezumando ternura y sensibilidad, también lucidez e inteligencia, da cuenta no solo de ese acontecimiento iniciático en la vida del muchacho, sino de sus repercusiones posteriores a lo largo de su vida, pues la pareja vivirá su relación durante más de diez años, en un vínculo, de una extraordinaria intensidad sentimental y vital, que marcará sus vidas de manera simultáneamente feliz y dolorosa. Y todo ello aparece en la narración de un Paul que, décadas después, convertido ya en un anciano, reconstruye aquella historia intentando comprender qué significó realmente para su vida. 

Como ya he comentado en las anteriores reseñas de otros libros de Barnes, el verdadero asunto de sus novelas no se ciñe a sus más bien austeros esqueletos argumentales sino que el autor aprovecha esas sucintas tramas para abrirse a muchos otros hilos -digresiones, historias paralelas, reflexiones varias, apuntes históricos- relacionados con sus preocupaciones habituales: la memoria y los recuerdos, el fugacísimo transcurrir del tiempo, las dificultades que entraña la reconstrucción del pasado, el envejecimiento, la muerte, la inocencia, el paso a la madurez, la búsqueda de la felicidad, el deseo, la atracción sexual, la degradación de los sentimientos, el arrepentimiento, el dolor, el sexo y el placer, las heridas que nos inflige el trato con los demás y, por encima de todos ellos, el amor, que, en La única historia, se nos muestra en varias de sus diferentes manifestaciones: el enamoramiento, el primer amor, la pasión amorosa, la desgana matrimonial, la ilusión y el sufrimiento amorosos, el encantamiento y la pérdida, el éxtasis y la derrota, el inicial frenesí y la plácida normalidad posterior, la exaltación y el tedio, entre otras muchas vertientes de la experiencia amorosa. 

Un amor que comparece desde la primera frase del libro -¿Preferirías amar más y sufrir más o amar menos y sufrir menos? Creo que, en definitiva, esa es la única cuestión- sugiriendo el tono y marcando, de modo inequívoco, el núcleo central de la novela que vamos a leer. Esta interrogación inicial plantea una disyuntiva que parece abstracta, pero que anticipa el conflicto entero de Paul. ¿Es preferible vivir un amor intenso, aun a costa del sufrimiento que pueda traer consigo, o protegerse mediante una experiencia sentimental menos absoluta, pero también menos destructiva? La respuesta de Paul, indiscutible como probablemente lo sería la de cualquiera de su edad (¿Quién puede controlar cuánto ama? Si se puede controlar, entonces no es amor. No sé cómo podemos llamarlo, pero no es amor), es la de la entrega apasionada a esa vivencia, la del incontrolable amor, aunque eso signifique un mayor sufrimiento: El amor, por su propia naturaleza, era perturbador, cataclísmico; y, si no, no era amor. En este sentido, La única historia puede leerse como el examen retrospectivo de esa elección: La mayoría de nosotros solo tiene una historia que contar. No quiero decir que solo nos sucede una vez en la vida: hay incontables sucesos que convertimos en incontables historias. Pero solo hay una que importa, solo una que a la postre vale la pena contar. La que cuento aquí es la mía. 

Esa narración, sin embargo, se hará desde dos frentes, sutilmente diferenciados, en enfoque y en planteamiento literario. El joven cree que el amor es una experiencia que justifica por sí misma cualquier sacrificio y, por lo tanto, lo vive con un valor iniciático, fundacional, de revelación y descubrimiento; por el contrario, el hombre que, en su relato retrospectivo, reconstruye su vida desde la distancia se pregunta si aquella convicción fue una forma de lucidez, una ilusión romántica o una mezcla de ambas. Desde el primer punto de vista, el del joven, la novela reproduce el optimismo casi ilimitado propio de la juventud. Paul cree sinceramente que el amor lo explica todo, se basta para reorganizar el mundo, por lo que su confianza en la fuerza transformadora de los sentimientos resulta absoluta (Yo tenía diecinueve años y sabía que el amor era incorruptible, a prueba del tiempo y del deterioro). Sin embargo, la voz narrativa del anciano, que conoce perfectamente el desenlace de aquella aventura, es más escéptica y desapasionada. La novela entera está así atravesada por una tensión constante entre la ingenuidad del joven que actúa (Es mejor haber amado y perdido que no haber amado nunca) y la lucidez dolorosa del anciano que recuerda; en una divergencia en la forma de mirar que se refleja en lo que será el principal rasgo estilístico de la obra, la significativa y muy relevante alternancia de personas gramaticales -la primera, la segunda y la tercera, en cada una de las tres partes del libro- que luego comentaré. 

Barnes no adopta una posición moral simplista ante esta alternativa, como si el hecho de que un desenlace negativo, finalmente fracasado, invalidara necesariamente la intensidad inicial. El amor de Paul por Susan es real, y su importancia no desaparece porque la relación pueda, a la larga, zozobrar (En alguna parte, en alguna novela que leyó posteriormente, había tropezado con esta frase: «Se enamoró como un hombre que se suicida.» No era totalmente así, pero en un sentido no tenía elección. No podía vivir con Susan; no podía emprender una vida independiente sin ella). El núcleo de la cuestión es, a mi juicio -y pienso que al de cualquiera que haya experimentado una relación así-, que ni el amante -en este caso Paul- puede, con el paso del tiempo, reducir su historia a un error del que habría sido preferible librarse, porque hacerlo supondría negar una parte constitutiva de su identidad; ni tampoco seguir idealizándola indefinidamente, porque eso significaría confundir la fidelidad al pasado con la obligación de conservar intacta la imagen que construyó de él. Después, con el paso de los años, a medida que se desarrollaba su vida y la cautela y la prudencia empezaban a prevalecer, comprendió que él (…) había vivido su historia de amor y que quizá no llegara otra. Ahora, por tanto, comprendía mejor por qué las parejas se aferraban a su propia historia amorosa —cada cual, con frecuencia, a una parte diferente de la misma— hasta mucho después de que se hubiese enfriado, incluso hasta el punto de no estar seguros de que pudiesen soportar otra. El mal amor conservaba el vestigio, el recuerdo del buen amor, en algún lugar muy profundo donde ninguno de los dos tenía ya ganas de excavar. 

Y aquí surge otro de los ejes más queridos -y por tanto más transitados- por Barnes a lo largo de su trayectoria literaria, tal y como he venido comentando en los anteriores “episodios” de esta serie: el de la memoria como reconstrucción -no como recuperación fiel de lo vivido- y la imposibilidad de conocer del todo el pasado, que comparece en nuestro presente como una sucesión de capas, interpretaciones, reelaboraciones (en las que intervienen el olvido, la selección, la culpa y la necesidad de dotar de sentido a lo vivido), en definitiva como ficción, como relato, como literatura. En particular, La única historia explora así la diferencia entre el amor como acontecimiento y el amor como interpretación. Una cosa es lo que Paul experimentó junto a Susan; otra, la explicación que elabora años después para comprender aquella experiencia. La primera pertenece al pasado; la segunda se modifica a medida que cambian la edad, los conocimientos y la perspectiva de quien recuerda. De esta manera, el título del libro adquiere su sentido más profundo, pues no alude de modo exclusivo a la historia de amor que, de modo evidente, ocupa el centro de la obra, sino también a la posibilidad de que cada uno de nosotros acabemos (re)organizando nuestra existencia alrededor de un relato privilegiado, el de aquella experiencia que, por su intensidad, por sus consecuencias o porque encaja en la complaciente imagen que muestra de nosotros mismos, parece explicar de una manera “conveniente” todas las demás y merece, por tanto, convertirse en la versión definitiva, “fidedigna” de lo que hemos sido y, en consecuencia, de lo que ahora somos. Escribe Barnes en un extenso fragmento que dejo aquí por su trascendencia: Si se trata de tu única historia, entonces es la que has contado y vuelto a contar más veces, aunque sea —como es mi caso— principalmente a ti mismo. Así que la cuestión es la siguiente: ¿todas esas narraciones te acercan a la verdad de lo que sucedió o te alejan de ella? No estoy seguro. Una prueba podría ser si, a medida que pasan los años, sales mejor o peor parado de tu historia. Salir peor podría indicar que estás siendo más veraz. Por otro lado, existe el peligro de ser retrospectivamente antiheroico: fingir que te comportaste peor puede ser una forma de autobombo. De modo que tengo que ser cuidadoso. Bueno, andando el tiempo he aprendido a serlo. sentido a una vida o si esa unicidad es una construcción retrospectiva, una manera de imponer orden a un pasado mucho más ambiguo. 

La memoria -y esta idea es, insisto, nuclear en la novelística del británico y decisiva en la magistral El sentido de un final, de la que hablé aquí hace unos días- no funciona como un archivo que conserva intactos los acontecimientos, sino como una actividad que los reorganiza. El relato de Paul está condicionado por lo que sabe ahora, por lo que ha llegado a comprender y, también, por aquello que quizá nunca consiga explicarse. Como el protagonista (y esta identificación del lector con lo que se describe en las novelas -experiencias y emociones, situaciones y sentimientos- es lo que las dota de valor universal, como ocurre, en general, con la obra entera de Barnes), podemos recordar una escena de nuestro pasado con extraordinaria precisión y, al mismo tiempo, no entender su verdadero significado; podemos reconstruir palabras, gestos y circunstancias, pero no acceder con certeza a los sentimientos que experimentamos entonces ni, mucho menos, a los de aquellos con quienes los vivimos en su momento; podemos, en cierto modo, conocer y desconocer lo que hemos vivido años atrás. La memoria y los recuerdos son inciertos, difusos, evanescentes. El Paul joven no comprende plenamente a Susan; pero el Paul anciano tampoco puede asegurar que haya llegado a comprenderla. El pasado permanece abierto a nuevas interpretaciones, sin que ninguna pueda reclamar una autoridad definitiva. 

La memoria y los recuerdos son, también, selectivos, cada uno de nosotros tiende a conservar aquellos episodios que sostienen una imagen soportable de uno mismo, mientras que otros quedan relegados, deformados o adquieren un significado distinto. Paul debe enfrentarse a esa dimensión “interesada” de la memoria y de la que su lucidez lo hace ahora consciente: la posibilidad de que el relato que ofrece sea, al menos parcialmente, una defensa de su comportamiento, una manera de justificar sus decisiones o de reducir su responsabilidad. 

El tercer eje de interés del libro -además del amor y la memoria- es, desde mi particular perspectiva, el que aporta el personaje de Susan, como representación del paso de la pasión a la dependencia y, finalmente, al deterioro. Si la primera parte de la novela presenta el amor como una fuerza que permite a Paul y Susan imaginar una existencia distinta, el desarrollo posterior muestra cómo esa promesa se transforma en una experiencia progresivamente dolorosa. Para Paul, ya se ha dicho, la aventura supone el aprendizaje, la iniciación, el descubrimiento, la emancipación; amar a Susan -con su mayor edad y su compleja situación familiar- significa desafiar las expectativas de sus padres y de su comunidad, apartarse de la vida prevista para él y afirmar su independencia. Su experiencia, clandestina, secreta, ilegítima, es, por tanto, excepcional, transgresora y consecuentemente de una magnitud y una intensidad excitantes. Pero la novela avanza y describe lo que sucede cuando desaparece la condición anómala del amor oculto, inusual, desafiante de las convenciones sociales y la pareja debe afrontar la rutina, el tedio, la normalidad de la vida cotidiana en la que la convivencia no conserva la intensidad de los primeros encuentros. Y aquí, el alcoholismo de Susan, que inicialmente puede parecer un rasgo secundario de su comportamiento, termina ocupando un lugar determinante en la relación. Su dependencia transforma la vida compartida y obliga a Paul a asumir una responsabilidad que desborda sus recursos emocionales. La mujer a la que amaba deja de ser únicamente la compañera de una aventura amorosa para convertirse en alguien cuyo sufrimiento exige una atención constante. Barnes describe este proceso de manera magistral, sin recurrir a una estructura melodramática, pues va mostrando cómo la destrucción se produce gradualmente, a través de comportamientos repetidos, pequeñas renuncias y situaciones que van estrechando el margen de libertad de ambos. Y es que, entonces, para Paul el amor cambia su significado, de plenitud gozosa a doloroso problema moral, que lo interpela en torno a cuestiones decisivas, de importancia vital en su joven existencia: ¿Qué significa amar a una persona cuando el amor ya no parece capaz de mejorar su vida? ¿Cuánto sufrimiento puede asumir alguien en nombre de la fidelidad? ¿En qué momento la voluntad de permanecer junto al otro deja de ser una forma de generosidad y se convierte en una incapacidad para abandonar una situación destructiva? La experiencia de Paul queda comprometida por el deterioro de Susan y por la dificultad de separar el destino de ambos. La imagen de uno intentando sostener al otro, con el riesgo de caer también, expresa la ambigüedad de una relación en la que salvar y hundirse pueden llegar a parecer la misma acción. Y, más allá de la situación concreta de ambos personajes, la novela se abre, una vez más, a un asunto de alcance universal: la distancia entre el amor como sentimiento y el amor como práctica sostenida en el tiempo. La intensidad emocional no garantiza la capacidad de mantener la relación; lo que no significa que el “fracaso” de Paul y Susan venga necesariamente a demostrar que su amor fuera falso, sino, tan solo, que la verdad, la potencia, la autenticidad, la fortaleza de un sentimiento no asegura el éxito de la vida que se construye a partir de él. 

Cierro ya mis comentarios sobre el libro con un breve apunte sobre la ya mencionada singular estructura, con la progresiva modificación de la voz narrativa. La única historia se divide en tres apartados, identificados sencillamente como uno, dos y tres, y cada uno modifica la perspectiva desde la que Paul cuenta su vida. Sin embargo, conforme la historia avanza y la relación comienza a deteriorarse bajo el peso del alcoholismo de Susan y de las tensiones derivadas de la convivencia, el narrador abandona gradualmente esa primera persona y adopta la segunda y, finalmente, la tercera. Lejos de constituir un simple alarde técnico, este desplazamiento posee una profunda coherencia psicológica. 

Barnes inicia el relato en primera persona, permitiendo que el lector se identifique plenamente con el entusiasmo juvenil del protagonista (el primer amor siempre acontece en la aplastante primera persona). Ese “yo” ingenuo e ilusionado produce intimidad, da al relato una apariencia de inmediatez y, sobre todo, vincula al lector con el personaje, cuyas “cuitas” vive como propias y, a la vez, le permiten recordar las personales vivencias de amores similares. A la vez, la identificación con el joven, ensimismado en su vivencia, sitúa a quien lee en el entorno limitado y egotista del muchacho, en el que el mundo queda circunscrito a lo que él mismo ve, siente y comprende en ese momento (Me limitaba a someterme al primer amor en todos sus aspectos, desde esa caricia en que se rozan las pestañas hasta el absolutismo. Todo lo demás no importaba. Naturalmente, existía «el resto de mi vida», tanto presente (mi licenciatura) como futura (empleo, sueldo, posición social, jubilación, pensión, muerte). Podría decirse que postergaba esa parte de mi vida. Solo que no era así: Susan era mi vida, lo demás no lo era. Todo lo demás podía y debía sacrificarse, sin saberlo o a sabiendas, como y cuando fuera necesario). 

La segunda persona que domina la parte central introduce un cambio notorio y trascendente, el “yo” (yo viví aquello, yo amé a Susan) se convierte en “tú”. Paul parece hablar de sí mismo desde fuera, como si necesitara tomar distancia de sus decisiones para observarlas con mayor claridad. Cuando la relación se deteriora, la segunda persona nos permite ver a Paul contemplándose como si fuera otro, como si pudiera describir lo que hizo sin identificarse por completo con quien lo hizo. Ese desplazamiento resulta especialmente significativo cuando aparecen el alcoholismo de Susan, los intentos de Paul por ayudarla y, finalmente, su incapacidad para continuar a su lado. El texto se puebla entonces de frases con “crees”, “piensas”, “vuelves”, “tienes”, “estás”: Estás solo. Aún no tienes teorías sobre la vida, solo conoces algunos de sus placeres y sus penas. El narrador se distancia así del joven que fue porque ya no consigue reconocerse plenamente en él. La transformación gramatical refleja, en realidad, un proceso de extrañamiento respecto de la propia biografía. El hombre anciano contempla al muchacho enamorado casi como si perteneciera a otra existencia, y ese alejamiento constituye una de las representaciones literarias más sutiles del efecto que el tiempo ejerce sobre la identidad personal. La segunda persona tiene, además, una ambigüedad característica. Puede servir para universalizar la experiencia, en tanto parece interpelar al lector, invitándolo a reconocerse en una situación que inicialmente pertenece a Paul. 

En la tercera parte, la narración se distancia todavía más. Paul aparece contemplado desde una perspectiva que ya no coincide de manera constante con la conciencia inmediata del protagonista, convirtiéndose así en espectador de su propia vida. La tercera persona permite considerar su vida como una trayectoria, con sus repeticiones, sus renuncias y sus consecuencias, y no únicamente como la sucesión de experiencias que él recuerda haber vivido. La secuencia de personas gramaticales puede leerse, por tanto, como una representación formal de la transformación del protagonista de la implicación emocional a la distancia y, finalmente, a una suerte de extrañamiento de sí mismo. En alguna crítica que he podido leer se subraya como especialmente interesante este procedimiento, con el que Barnes logra convertir un recurso formal aparentemente discreto en una representación extremadamente precisa del funcionamiento de la conciencia retrospectiva. El narrador no cambia de persona gramatical por capricho estilístico, sino porque el recuerdo modifica inevitablemente la relación que mantenemos con nuestro propio pasado. El “yo” de la juventud acaba transformándose en un “él” contemplado desde la distancia de los años. La novela demuestra así que el tiempo no solo altera nuestros recuerdos, altera también la persona que recuerda. Y aquí aparece de nuevo el leitmotiv recurrente de Barnes: ¿cómo puede alguien conocerse a sí mismo si el “yo” que recuerda no es exactamente el “yo” que vivió y si, por tanto, nuestros recuerdos son, en parte, una invención? Por un lado, como he señalado de continuo en esta serie, Barnes desconfía continuamente de la memoria y sus narradores repiten una y otra vez en que ningún recuerdo permanece intacto e insisten en que recordar significa inevitablemente deformar, seleccionar, reinterpretar. Sin embargo, esa misma memoria imperfecta constituye el único acceso posible al pasado. El resultado es una narrativa donde la incertidumbre no destruye el sentido, sino que lo convierte precisamente en objeto de investigación y, a la postre, en alta literatura. 

Vayamos ya, de manera muy breve, con los dos libros restantes. La recomendación de Nada que temer, aparecido en 2011, resulta especialmente oportuna hoy, víspera del Día de Difuntos, una obra que gravita sobre el tema principal de la muerte, esa muerte en relación con la cual dice el autor que, al menos en principio, nada habría que temer. Como habrá podido apreciarse, me he refugiado, en la frase precedente, en el genérico ‘una obra’ sin adentrarme en vericuetos clasificatorios más intrincados porque Nada que temer se resiste a la fácil simplificación de los géneros. Teóricamente, podríamos adscribirlo a lo que los británicos han llamado, en expresión también importada en nuestro país, literatura de ‘no ficción’ (así lo hace la Wikipedia). Pero teniendo en cuenta de que en esa rúbrica caben tanto las abracadabrantes memorias de un famosillo de la televisión como un compendio de recetas de cocina, tanto el último disparate más o menos esotérico de Paulo Coelho como un delirio iluminado sobre la guerra civil, se puede comprender que deba afinar más mis planteamientos si quiero situar con precisión el libro. En realidad, este Nada que temer es un híbrido, una mezcla de géneros: ensayo, autobiografía, memorias, reflexiones literarias. Pero en fin, una vez más, qué nos importan las etiquetas, no es el continente y sí el contenido lo relevante, y en este caso -como siempre en el británico-, el caudal de información, de reflexiones, de humor, de brillantez literaria que se encierra en las doscientas cincuenta páginas del libro resulta altamente estimulante, sea cual sea la clasificación taxonómica en la que lo inscribamos. 

En el año 2006 Julian Barnes cumplió sesenta años y la entrada en esa decisiva década de su existencia le llevó a recoger por escrito sus pensamientos, sus meditaciones, su indagación en los vericuetos de su propia identidad, su perplejidad, su desconcierto, sus certidumbres (pocas), sus emociones (también pocas en un escritor tan aparentemente racional), en fin, sus miedos, ante la muerte. Escribir sobre la muerte no aumenta o disminuye el miedo que le tengo, confiesa. Como se ve, esta voluntad de recopilación y clausura, de balance y sumario y selección e inventario, coincide con la que, ahora ya de manera más intensa y definitiva, inspiró su conclusivo y en apariencia irrevocable Despedidas, que comenté aquí hace diez días. 

El libro se plantea como una larga e ininterrumpida divagación en la que comparecen los temas esenciales del universo literario del inglés: la familia, la obra de otros escritores, la literatura en general, la religión, el arte, la filosofía, Dios (No creo en Dios, pero le echo de menos; así da comienzo, significativamente, el libro), y las consabidas preocupaciones acerca de la memoria (que comparecen en torno a una cuestión clave: hasta qué punto es posible confiar en los recuerdos de la infancia cuando incluso los miembros de una misma familia discrepan sobre los acontecimientos que todos han compartido). Y todos esos asuntos aparecen enlazados en un envolvente hilo narrativo, en un discurso muy fluido que va y viene, que vuelve sobre los temas una y otra vez, que se reitera, que incide en algunos elementos que se repiten, al modo de una pieza musical en la que se reconocen ciertas frases, ciertas notas, ciertos acentos, que surgen aquí y allá, y que hacen discurrir muy eficazmente el relato, que avanza entre digresiones y desvíos, dotándolo de una agilidad y una apariencia de sencillez que son marca del autor, pero que esconden, sin embargo, una compleja arquitectura. 

En Nada que temer Julian Barnes habla de la vida de su familia, de su infancia, de su hermano filósofo, al que introduce como interlocutor, y por tanto como personaje literario, en la obra, de sus recuerdos de sus padres (comprensivo con su progenitor, despiadado a veces en lo que afecta a la memoria de la madre), pero el libro no es una autobiografía. Por cierto, escribe, esto no es mi autobiografía. Tampoco es la búsqueda de mis padres (...). Lo que estoy haciendo, en parte -y que puede parecer innecesario-, es intentar comprobar hasta qué punto están muertos. 

Más allá de la intrahistoria familiar, sus meditaciones sobre la muerte se anclan también en la obra de escritores que tuvieron a nuestra condición mortal como objeto de sus reflexiones e incluso de sus obsesiones. El libro, interesantísimo también aunque sólo fuera por este enfoque, aparece trufado de infinidad de citas de numerosos autores que aportan sus visiones de la muerte: Stendhal, Montaigne, Flaubert, Somerset Maughan, los hermanos Goncourt, Alphonse Daudet, y, sobre todo, Jules Renard, de cuyo diario se hacen abundantes y sustanciosas transcripciones. 

Y en este entramado de falsa autobiografía, historia familiar, referencias literarias y pensamientos personales del autor, surge también el muy sutil y divertido humor británico de Barnes, de tal manera que la distancia irónica con la que de un modo demoledor relativiza cualquier sombra de grandilocuencia en el tratamiento de temas potencialmente tan dramáticos, convierte la lectura del libro en una distendida y gozosa delicia. A modo de ejemplo, cuenta en un momento del libro que cuando cumplió los sesenta años se negó a recibir regalos de sus amigos, a los que aleccionó para que evitaran ese enojoso trámite. Sin embargo, una amiga, que desoye las reiteradas advertencias en ese sentido del escritor, le envía un paquetito que contiene una insignia de solapa, provista de una pila, que emite destellos rojos y azules que dicen HOY 60. Su inicial irritación al recibirlo, se transmuta en inmediato buen humor cuando lee las palabras del fabricante impresas en la parte posterior del envoltorio: AVISO, puede causar interferencias con los marcapasos. Barnes en estado puro. 

Arthur & George, un libro publicado entre nosotros en 2006, es una novela formidable, de las que se leen con fruición, de esas que no queremos abandonar, no queremos que terminen mientras, paradójicamente, avanzamos impulsivos y entusiasmados a través de sus páginas, atrapados sin remisión en las historias narradas. En capítulos intercalados, la novela cuenta, con algunas escasas excepciones en las que el protagonismo recae sobre otros personajes, las vidas paralelas (que acabarán por cruzarse a causa de un proceso judicial), narradas desde sus infancias, de Arthur, que no es otro que Arthur Conan Doyle, el creador de Sherlock Holmes, el escritor de éxito en la Inglaterra de fines del siglo XIX y principios del XX, el hombre de prestigio, el referente moral, el elegante y distinguido icono de una época, el notable jugador de cricket, el político ocasional; y, por otro lado, de George Edalji, un gris abogado, hijo mestizo de piel oscura de un vicario de origen parsi, un ser anodino, torpe y retraído, un solterón solitario que deambula sin notoriedad alguna por una existencia anónima y sin alicientes. 

En febrero de 1903 -y los hechos que narra Julian Barnes parten de una base real, aunque recreada y convertida en ficción por su magistral talento- se producen, en el pequeño pueblo de Great Wriley, una serie de extraños crímenes. Numerosos animales, caballos, ponies, ovejas, vacas, son apuñalados y mutilados salvajemente, en una orgía de sangre sin aparente explicación que perturba la tranquilidad no sólo de la región, sino del país entero. La limitada e imperfecta maquinaria policial y judicial de la Inglaterra eduardiana se pone en marcha y en su afán de dar con un culpable de modo rápido y transmitir a la población una imagen de eficiencia encuentra en George el sospechoso perfecto. El joven abogado es encausado, juzgado y condenado, sin apenas pruebas y en un proceso extraordinariamente irregular, a siete años de cárcel, de los que acabará cumpliendo tres. Liberado, su inhabilitación para ejercer la abogacía persistirá, por lo que su vida queda destrozada para siempre. Años después, Arthur Conan Doyle conoce el caso y movido por un espíritu generoso y por un afán rebelde que le lleva a enfrentarse a los poderes de su tiempo y hacer prevalecer la justicia acomete, como si de una nueva investigación de su Sherlock Holmes se tratara, la tarea de demostrar la inocencia de George y de devolverle su buen nombre. 

Ésta es la historia, que combina, por entre su apasionante trama argumental, la reconstrucción histórica con una reflexión sobre los prejuicios, la justicia y los límites de la investigación biográfica. Durante más de quinientas páginas, Julian Barnes, fundándose en una documentación exhaustiva obtenida de archivos y hemerotecas, pero haciéndola crecer, dándole altura narrativa por su excelente pulso literario, nos sumerge en las peripecias de ambos personajes de un modo muy convincente y deslumbrante, con un estilo más narrativamente tradicional, y, por tanto, algo alejado de los singulares planteamientos de la literatura de Julian Barnes que, pese a todo, están presentes aunque de un modo menos ostensible y principal que en otras de sus obras (y en todas las reseñadas en este ciclo). 

De esta manera doy por terminado el ciclo de cuatro programas dedicados a Julian Barnes, que han aparecido aquí, en este formato ciertamente inusual por su extensión, enmarcando la presencia en España del escritor, llegado a nuestro país para recibir, el pasado 23 de octubre, el Premio Princesa de Asturias de las Letras correspondiente a este 2026 que ya declina. Cierro ahora mi reseña con un fragmento, revelador y bellísimo, de La única historia, y con una canción relativa al tema subyacente -no el principal, que es, sin duda, el de los claroscuros, la felicidad y la desdicha, que casi siempre conlleva el amor- de la novela: el de las relaciones sentimentales entre un chico joven y una mujer madura. Se trata de Mrs. Robinson, el clásico de Simon & Garfunkel, un clásico indiscutible extraído de la banda sonora de El graduado, la inolvidable película dirigida por Mike Nichols en 1967. 


Podrías preguntarme lo profunda que era mi comprensión del amor a los diecinueve años. Un tribunal quizá considerase que se basaba en unos cuantos libros y películas, conversaciones con amigos, sueños embriagadores, dolorosas fantasías sobre determinadas chicas en bicicleta, y una cuarta parte de mi relación con la primera mujer con la que me había acostado. Pero el ego de mis diecinueve años corregiría al tribunal: se «comprende» el amor más tarde, la «comprensión» del amor bordea el sentido práctico, se «comprende» el amor cuando el corazón se ha enfriado. El amante, en su rapto, no quiere «comprender» el amor, sino experimentarlo, sentir la intensidad, la clarificación de las cosas, la aceleración de la vida, el egoísmo totalmente justificable, el descaro lascivo, la vociferante alegría, la seriedad serena, el anhelo ardiente, la certeza, la simplicidad, la complejidad, la verdad, la verdad, la verdad del amor.
 
Verdad y amor, este era mi credo.

Videoconferencia
Julian Barnes. La única historia

miércoles, 28 de octubre de 2026

JULIAN BARNES. EL SENTIDO DE UN FINAL

Julian Barnes, un escritor que me entusiasma -y el término no es exagerado- desde que irrumpió de manera exitosa y desbordante en el mundo entero con El loro de Flaubert, la extraordinaria novela aparecida en Inglaterra en 1984 y dos años después en nuestro país, esta siendo el protagonista de una inusual serie de cuatro emisiones consecutivas en Todos los libros un libro (extraña porque nunca había presentado tantas obras de un mismo autor con esta desmesurada continuidad). Mi voluntad de abrir ahora este excepcional ciclo nace tanto de mi deseo de compartir esa pasión por la obra de Barnes, que ha ido creciendo en paralelo a mi constante y fiel devoción lectora por sus libros, de los que he leído, desde aquella fecha remota, casi todos los publicados en España (cerca de una veintena), como en una razón de oportunidad -una innecesaria excusa-, derivada de la presencia del británico entre nosotros, pues, como es sabido dada la enorme repercusión del evento en los medios de comunicación, el pasado 23 de octubre viajó a Oviedo para recibir el Premio Princesa de Asturias de la Letras correspondiente a 2026. 

Tras las dos entregas precedentes, emitidas la semana pasada y centradas respectivamente en Despedidas, la obra autobiográfica con la que, en este mismo año, Barnes dio por clausurada su trayectoria literaria, y Elizabeth Finch, que apareció en 2023 en Anagrama, la habitual editora de sus libros en España, quiero dedicar el programa de hoy a otra novela formidable, El sentido de un final, publicada en 2011, año en el que obtuvo el muy prestigioso Premio Booker, y un año después en el mencionado sello barcelonés y con su más conspicuo traductor a nuestro idioma, Jaime Zulaika. Dejo para la emisión postrera mis comentarios sobre otras tres obras que ya habían aparecido en mis dos espacios de Radio Universidad de Salamanca: La única historia, a la que dediqué dos programas en 2021, y Nada que temer, con otro en 2011, ambos en Buscando leones en las nubes; y Arthur & George, reseñada en Todos los libros un libro en el año 2013, aunque en una versión de mis propuestas muy distinta, más breve en su extensión y más ligera en su tratamiento, sin YouTube como medio de difusión complementario al radiofónico y a este del blog. 

Quiero, antes de adentrarme en mis comentarios sobre El sentido de un final, y como he venido repitiendo en las entregas anteriores del ciclo, que en Buscando leones en las nubes, estoy ofreciendo otra serie, esta de seis emisiones, en la que, desde el pasado 12 de octubre hasta el próximo 16 de noviembre, presento más de setenta interesantes fragmentos de la obra del británico acompañados con canciones, en general -aunque no siempre-intimistas, delicadas y melancólicas, y relacionadas de manera directa o tangencial con los textos elegidos. 


La línea argumental de la novela -que, como luego veremos, no se nos presenta con eta misma secuencia temporal que ahora expondré, sino siguiendo un orden que se acomoda a una cronología más o menos “natural”- gira sobre Tony Webster, un hombre jubilado que lleva una vida relativamente tranquila después de su divorcio (Ahora estoy jubilado. Tengo mi piso con mis pertenencias. Mantengo la relación con unos cuantos amigos de copas y tengo algunas amigas, platónicas, por supuesto). En sus años escolares mantuvo amistad con un par de compañeros que, con esa ingenua y aparentemente imperecedera fraternidad juvenil (Otro detalle que recuerdo es que nosotros tres, como símbolo de nuestra unión, llevábamos la esfera del reloj en la cara interior de la muñeca), con una impulsiva y apasionada rebeldía (Entretanto, estábamos hambrientos de libros y de sexo, éramos meritocráticos, anarquistas. Aunque todos los sistemas políticos y sociales nos parecían corruptos, nos negábamos a considerar otra alternativa que el caos hedonista) y con altas dosis de inocente esnobismo (Sí, desde luego que éramos pretenciosos: ¿para qué otra cosa sirve la juventud? Usábamos términos como Weltanschauung y Sturm und Drang, nos gustaba decir «Eso es filosóficamente evidente» y nos asegurábamos unos a otros que el primer deber de la imaginación era el de ser transgresora), se interesaban por la literatura, la historia y las grandes preguntas filosóficas. Al grupo se incorpora, no sin ciertas distancias, Adrian Finn, un joven especialmente brillante y reflexivo (En esto consistía una de las diferencias entre nosotros tres y nuestro nuevo amigo. Nosotros sobre todo nos cachondeábamos, excepto cuando hablábamos en serio. Él hablaba sobre todo en serio, menos cuando se cachondeaba. Nos costó un tiempo entenderlo). 

La camaradería y las discusiones intelectuales de aquella época han quedado atrás, muy lejos en el tiempo, pero una noticia inesperada obliga a Tony a revisar su pasado. Aquí surge el inevitable spoiler, obligado para dar mínima cuenta de la estructura y el planteamiento del libro: instalado en esa relativamente plácida -y anodina- jubilación, el protagonista recibe una carta de una abogada -bajo esta rúbrica: Relativo al patrimonio de doña Sarah Ford (difunta)- en la que se le informa de que es el beneficiario de un legado hecho por la señora Ford, madre de Veronica, que fuera, en aquella época de juventud, antigua novia de Tony. En la disposición testamentaria, Sarah -que durante el breve noviazgo (alrededor de un año) de su hija con el muchacho apenas había tenido un contacto episódico y fugaz con él- deja a un perplejo Tony quinientas libras y dos documentos. En el primero, una muy sucinta carta de la mujer, refiriendo el contenido de su donación -aunque no las razones que la explican (Puede que te parezca extraño, y para ser sincera ni yo misma sé muy bien mis motivos)-, se alude a un diario de Adrian Finn que estaba en su poder y que ella considera que el antiguo novio de su hija debe conocer: creo que es justo que tengas lo que adjunto. Adrian siempre habló de ti con afecto, y quizá te parezca interesante, aunque doloroso, este recuerdo de hace mucho tiempo. El referido diario, no obstante, no figura en el envío, sino que, tras consultar con la abogada, Tony conoce que está en posesión de la hija de la señora Ford, la cual, ante la insistencia de la letrada, parecía reticente a su entrega. 

La ciertamente insólita situación -la inesperada carta, las inexplicables quinientas libras, el diario de su amigo de juventud legado por la madre de su exnovia, la imposibilidad de acceder a él por las evasivas de aquella Veronica casi olvidada- desencadena en Tony los recuerdos y lo lleva a intentar averiguaciones diversas. Más allá de las acciones concretas, tangibles -citas con la letrada en busca de datos, direcciones, teléfonos; contactos con su propio abogado; localización de Jack, el otro hijo de la difunta; búsqueda de información sobre el paradero de Veronica, de trayectoria vital desconocida para él desde aquella muy lejana relación (Hice algo ligeramente extraño cuando conocí a Margaret [que sería su esposa y de la que ahora lleva divorciado más tiempo del que estuvimos casados]. Borré a Verónica de la historia de mi vida)-, Tony comienza a indagar en sus recuerdos, a rememorar, a reconstruir cómo habían sido las relaciones entre Veronica, Adrian y él mismo. Descubre entonces que la versión que había conservado de su juventud no coincide necesariamente con lo ocurrido, en una dimensión de la novela -lo poco fidedigno de la memoria, la falibilidad de los recuerdos, el pasado como invención, el evanescente marco en el que se inscribe nuestra identidad- coincidente con el de tantas otras obras de Barnes (y, en particular, de prácticamente todas las que comento en este ciclo). 

El sentido de un final se desarrolla así como una investigación retrospectiva en la que los documentos, las cartas y los recuerdos alteran progresivamente la imagen que el narrador tiene de sí mismo. La narración se organiza en dos partes de extensión desigual, pero estrechamente relacionadas. La primera presenta los recuerdos de Tony Webster desde su adolescencia hasta el “presente” de su jubilación, y establece las circunstancias en las que se desarrollaron una amistad -con Adrian-, una relación sentimental -con Veronica- y un suicidio (y, como otras veces, aunque quiero evitar destripes excesivos, no habrá más remedio que revelar la identidad del suicida si quiero aportar algo más que la mera descripción genérica de la trama: se trata de Adrian, que, tras la ruptura de Tony y Veronica, había empezado una relación amorosa con ella), cuyos contornos el narrador cree haber comprendido y que, por lo tanto, aparecen fijados -“explicados”, entendidos ya para siempre- en su memoria. La segunda, mucho más extensa, comienza muchos años después, cuando la inesperada herencia lo obliga a volver sobre aquellos acontecimientos y, como he señalado, a poner en cuestión la versión que ha conservado durante décadas, cuestionando ese “para siempre” al que acabo de referirme. 

La primera parte se remonta a los años escolares, cuando Tony forma parte de ese pequeño grupo de amigos entre los que sobresale Adrian Finn, un muchacho de inteligencia excepcional, reflexivo y precozmente interesado por la filosofía y la historia. La amistad está marcada por la percepción de las diferencias entre ellos. Tony no se considera especialmente brillante, mientras que Adrian posee una capacidad intelectual que lo distingue de sus compañeros. Ellos dos, junto con los otros dos miembros de la pandilla, Colin y Alex, son descritos en esta primera sección del libro -sus debates filosóficos, su grandilocuencia juvenil, su ironía rebelde, sus chanzas, sus rivalidades, las muchas manifestaciones de su adolescente y atrevido despertar a la vida- definiendo el noble, inexperto y algo candoroso ambiente masculino, escolar y social en el que se forman sus primeras ideas sobre el mundo. La remembranza de Tony se detiene así en las conversaciones de aquellos años, en sus discusiones sobre el tiempo y la historia, en los primeros contactos con la sexualidad y en el descubrimiento de que la vida adulta no se ajusta necesariamente a las expectativas que la adolescencia alimenta. El ambiente escolar británico -en la escuela primero y en la universidad después- con sus jerarquías y sus formas de camaradería, está presente como algo más que un mero telón de fondo, siendo el espacio en el que los personajes aprenden a interpretar la experiencia y a construir su propia identidad. Destacan aquí las figuras de algunos docentes, singularmente el cáustico y entrañable Old Joe Hunt, cuyo sistema de control dependía de su capacidad de mantener un aburrimiento suficiente pero no excesivo y que, como profesor de Historia, introduce en la novela las alusiones históricas que tan habituales son -decisivas, en muchos casos- en las creaciones de Barnes. En su inteligente interlocución con Hunt, las intervenciones de Adrian permitirán que el relato -que narra el ahora viejo Tony dando cuenta de la admiración que el muchacho le despertaba- explore las ideas concernientes a la relación entre la historia, los recuerdos imperfectos y la insuficiencia de la documentación, una de las preocupaciones centrales de la novela y otro leitmotiv reiterado en la obra del británico. Así, en un debate escolar sobre la responsabilidad del asesino del archiduque Francisco Fernando en el estallido de la Primera Guerra Mundial, el muy inteligente, excepcional y carismático Adrian afirmará: En realidad, ¿no es todo esto de atribuir responsabilidad un modo de escurrir el bulto? Queremos culpar a un individuo para exonerar a todos los demás. O culpamos a un proceso histórico para eximir a unos individuos. O todo es un caos anárquico, lo que produce la misma consecuencia. A mí me parece que hay, hubo, una cadena de responsabilidades individuales, todas ellas necesarias, pero no tan larga como para que todos puedan simplemente echar la culpa a todos los demás. Pero está claro que mi deseo de atribuir responsabilidad podría ser más bien un reflejo de mi mentalidad que un análisis correcto de lo que sucedió. Es uno de los problemas centrales de la historia, ¿no, señor? La cuestión de la interpretación subjetiva versus la objetiva, el hecho de que necesitamos conocer la historia del historiador para comprender la versión que nos expone, en lo que es para mí la clave sustancial de la novela, circunstancia que justifica la transcripción del largo fragmento. 

Esa mirada retrospectiva de Tony nos informa de los estudios posteriores de Adrian en Cambridge, los más modestos del narrador en Bristol, y, de manera principal, la relación sentimental de Tony con Veronica Ford, una joven cuyo carácter reservado, distante y enigmático desconcierta al protagonista, haciendo que su noviazgo -extraño, incómodo, desajustado- se desarrolle entre la atracción y la inseguridad y las inhibiciones del chico, la desigualdad en el modo de entender el vínculo amoroso y una continua disputa sobre la intimidad, el deseo y las expectativas amorosas. Todo ello conduce al fracaso de la relación entre ambos. Hay, a continuación, episodios muy relevantes, que no puedo referir sin desvelar elementos sustanciales de la trama. Con esta premisa restrictiva, resumiré esta primera parte en una secuencia, que aparece ordenada en la rememoración del narrador: una juventud compartida, una amistad intelectual, una relación sentimental fallida, una carta desafortunada y el referido suicidio (elementos, estos dos últimos, cruciales, aunque no quiero aportar más detalles sobre ellos). Sí insistiré en el hecho de que en su recuerdo, teñido de una cierta melancolía, Tony aporta su explicación, su plena comprensión de lo vivido, su interpretación ya “redonda”, ya clausurada, de los enigmas que esos acontecimientos encerraban, inconsciente de la necesidad de una revisión, de un replanteamiento radical. El retrato del personaje que surge de esa primera sección del libro es el de una persona estable, moderada, que ha tenido una trayectoria profesional sólida, se ha casado, ha tenido una hija y se ha divorciado de manera relativamente amistosa. Alguien “normal” que, el su repaso apresurado de su vida, no se nos muestra como un hombre torturado por el peso del pasado, ni especialmente desgraciado, ni angustiado por oscuras emociones nacidas en sus experiencias juveniles y que pudieran perturbarlo. Su existencia ha transcurrido sin acontecimientos extraordinarios -no lo han sido, en realidad, ni la amistad, ni la ruptura amorosa, ni el suicidio del amigo, ni el divorcio-, y él ha aprendido a aceptar esa moderación como una forma razonable de felicidad. 

La segunda parte destruye esa imagen de tranquilidad y de sentido aposentado de la primera. Por de pronto, la disposición testamentaria lo desconcierta, por sí misma y por su contenido: ¿por qué la madre de Veronica -con la que no había tenido en su momento más que un muy circunstancial contacto- ha pensado en él, tantos años después, para, en la hora de su muerte, dejarle ese legado? ¿Y por qué habría de heredar él un objeto tan íntimo, como el diario de Adrian, vagamente relacionado con una amistad que había quedado atrás hacía tanto tiempo? El diario se convierte así en el centro de una búsqueda que Tony no había previsto, ni siquiera imaginado. Intenta ponerse en contacto con Veronica, pero ella se muestra renuente y no le proporciona la información que desea: el documento no está a su disposición pues Veronica se niega a entregárselo. 

A partir de ese momento, el pasado deja de ser el territorio clausurado que se nos mostró en las primeras páginas del libro. Tony revisa las circunstancias de su relación con Veronica, intenta comprender la voluntad de Sarah y procura reconstruir los acontecimientos que rodearon la muerte de Adrian (aparte de estos cuatro personajes hay un quinto con “peso”, Margaret, la exmujer de Tony, con la que sigue viéndose y compartiendo sus reflexiones sobre la vida). La búsqueda del diario funciona como un mecanismo narrativo de investigación (hay un punto -ligero pero apreciable- de thriller en el libro, en tanto la historia encierra secretos, misterios, enigmas, que el lector quiere conocer, aunque deba esperar al término de la novela para aclararlos; y ni siquiera entonces podrá formarse una opinión definitiva, del todo aclaratoria, en un final abierto a distintos interrogantes), pero también como una indagación en su propia personalidad. Tony quiere saber qué ocurrió, pero al mismo tiempo, necesita averiguar por qué su recuerdo de lo ocurrido no basta para explicarlo. En el proceso de reconstrucción se va revelando de una contradicción muy relevante. La versión de su juventud que Tony “se ha transmitido”, el relato que se ha venido contando a sí mismo, se muestra cada vez menos fiable. Sus recuerdos no son necesariamente inventados, pero han sido seleccionados y organizados de modo que ciertas acciones pierdan importancia, determinados comportamientos de los demás parezcan incomprensibles y su propia responsabilidad en todo ello (que no quiero desvelar) quede reducida a un episodio menor. La novela conducirá, en su conclusión, a una sorprendente e inesperada revelación (que, sin embargo, el lector avezado va viendo venir) que altera de forma radical la interpretación de la relación entre Adrian, Veronica, Sarah y Tony (y también, de manera obvia y sustancial, la concepción que el narrador se ha hecho de sí mismo). No obstante, y como he señalado, la verdad que emerge no permite reconstruir del todo cada detalle de lo ocurrido ni convierte al protagonista en un personaje que pueda explicarse definitivamente. Lo que hace es mostrarle que la historia que contaba sobre sí mismo era incompleta en un sentido más grave que el simple olvido de algunos episodios. 

En este desvelamiento final reside gran parte del valor universal de la novela, en tanto pone en contacto al lector -a cualquier lector- con una experiencia común que todos conocemos en mayor o menor medida: la fragilidad de la memoria, lo evanescente de los recuerdos, la volatilidad de las reconstrucciones del pasado, la imposibilidad de acceder a una interpretación concluyente, definitoria, incuestionable y evidente de quienes en realidad somos (sin que ello, claro está -Barnes es un novelista de una alta exigencia moral-, signifique que el pasado deje de tener consecuencias, ni que el hecho de que una persona no pueda conocerse por completo la exima de responsabilidad; antes al contrario, la apuesta literaria del británico enfatiza la importancia de la búsqueda, de la indagación, del pensamiento, del intento honesto por acercarse a la verdad y dar cuenta del proceso seguido). Desde este punto de vista, me resulta extraordinariamente acertada la descripción de Barnes leída en un artículo reciente: un novelista de las incertidumbres. 

Como puede apreciarse, este somero resumen de la tesis central del libro resulta coincidente -y quizá, a juicio de quien me sigue, reiterativo- con el análisis que en anteriores reseñas he hecho de otros títulos del británico. Y es que, como también he señalado, Barnes escribe siempre el mismo libro; o mejor, escribe siempre de unos temas y siguiendo unos planteamientos y unas estructuras recurrentes, aunque aparezcan engarzados en historias distintas protagonizadas por personajes diversos. De este modo, en El sentido de un final -como, por otro lado, ocurría también en Despedidas y Elizabeth Finch, sus otros dos libros hasta ahora reseñados; y sucederá también en las tres obras que aún comentaré dentro de unos días en la última entrega del ciclo- se condensan de modo espléndido -de ahí, quizá, la concesión del Booker- algunos de esos “ejes” tan reconocibles: la voz retrospectiva, el narrador poco fiable, el contraste entre documentos y recuerdos, el desplazamiento del significado mediante una revelación tardía, la conversión de un narrador aparentemente anodino en una figura de alcance universal, la experimentación narrativa, la ironía intelectual, la reflexión sobre la memoria y la consabida relación entre la verdad y las historias que contamos; entre otros muchos. Quiero repasar ahora, ya brevemente, algunas de esas pautas, tanto las que se refieren al contenido, a los asuntos que trata en sus libros, como las de corte formal, vinculadas al estilo y los recursos literarios. 

El asunto central es, sin duda, el de la memoria. Aparte de lo ya comentado al respecto, quiero hacer una ligera mención a un detalle que desconcierta al lector al afrontar las primeras líneas del libro y que, solo alcanzará su pleno significado al avanzar en su lectura; un sentido vinculado, precisamente, a esta cuestión nuclear de la memoria. Así empieza El sentido de un final (y discúlpeseme, una vez más, la extensión de la cita, por su significativo valor): 

Recuerdo, sin un orden concreto: 
- la reluciente cara interior de una muñeca; 
- el vapor que sube de un fregadero mojado cuando jocosamente se introduce en él una sartén caliente; 
- gotas de esperma alrededor de un desagüe, antes de que las engullan las largas tuberías de la casa; 
- un río que fluye absurdamente cauce arriba y los rayos de media docena de linternas que lo persiguen e iluminan su chapoteo y sus ondas; 
- otro río, ancho y gris, y el viento recio que agita su superficie y encubre la dirección de su flujo; 
- agua de bañera que se ha enfriado hace mucho detrás de una puerta cerrada con llave. 
Esto último no lo vi realmente, pero lo que acabas recordando no es siempre lo mismo que lo que has presenciado. 

Aquí ya está todo: los recuerdos, su poca fiabilidad, la incertidumbre que de ello deriva, el carácter incompleto y heteróclito de nuestras rememoraciones, su aparente falta de sentido. “Recuerdo”, escribe Barnes; y a continuación, una secuencia dispersa que parece, inicialmente, una representación de esa naturaleza fragmentaria de la memoria: recuerdos que emergen sin una relación evidente, impresiones visuales que no se ajustan a una cronología, escenas cuyo significado permanece incierto, episodios abiertamente “inventados” (o, en cualquier caso, no vividos en persona ni conocidos de modo directo). Sin embargo -y como es habitual en un escritor que articula estructuras narrativas muy minuciosamente construidas- esa disposición inicial no es arbitraria. Esos “fogonazos” adquieren resonancia conforme avanza la narración y el lector descubre sus relaciones con los acontecimientos de la juventud de Tony. 

Hay un artículo espléndido de la profesora Elizabeth Purdy, de la Universidad de Leeds, ‘You still don’t get it. You never have and you never will.’: Memory as an Echo Chamber in Julian Barnes’s The Sense of an Ending (“Simplemente no lo entiendes… Nunca lo entendiste y nunca lo entenderás”: La memoria como cámara de eco en El sentido de un final de Julian Barnes), publicado en 2020 en MHRA Working Papers in the Humanities, y al que he llegado gracias a la estimulante recomendación de nuestra amiga común (mía, de los lectores y del universo mundo), la Inteligencia Artificial, en el que su autora, a partir de esa frase que Veronica espeta a Tony más de una vez en su controvertido contacto ya en su edad avanzada -Simplemente no lo entiendes… Nunca lo entendiste y nunca lo entenderás-, examina detenidamente esa lista de recuerdos del narrador para demostrar que son comparables a una secuencia de ecos que reflejan la trama de la novela: ciertos recuerdos se repiten y adquieren una importancia que distorsiona la percepción de otros acontecimientos. Porque no ocurre solo que la memoria nos permita reconstruir nuestra vida a partir de recuerdos incompletos, sino que, además, esa reconstrucción es, en realidad, una “recreación”, una “invención” (la memoria como actividad narrativa, como literatura, esa vertiente fascinante de la obra de Barnes), alejada -a veces muy distante- de la fidelidad a lo ocurrido y que opera como filtro en nuestra conciencia. Establecemos relaciones, seleccionamos momentos, otorgamos importancia a ciertos acontecimientos y subordinamos otros a una explicación general ya presuntamente consolidada, cerrada y admitida como “verdadera”. El recuerdo no es únicamente la persistencia de un hecho, sino también, y sobre todo, el sentido que le atribuimos, el “final” desde el que “narramos” retrospectivamente nuestra existencia. Y es que, aunque la vida se desarrolla como una sucesión de acontecimientos que no siempre presentan un orden evidente, nosotros necesitamos establecer relaciones entre el pasado, el presente y el futuro. Los relatos -los literarios y los que nos contamos a nosotros mismos- permiten convertir esa sucesión en una estructura, distinguiendo comienzos, desarrollos y finales, y utilizando el desenlace para interpretar retrospectivamente lo que ha ocurrido (de ahí, creo, el título de la novela, El sentido de un final).

La súbita irrupción del pasado -bajo la forma del legado de Sarah Ford- en la vida de Tony le obliga a reconsiderar su historia pero también lo enfrenta a la imposibilidad de comprenderla del todo. El protagonista sabe ahora que no es la misma persona que fue a los veinte años, aunque tampoco puede considerarse independiente de las acciones que entonces realizó. La identidad de Tony se sostiene sobre la continuidad entre el hombre que fue y el que cree ser. Su autobiografía le permite reconocer al adolescente que tuvo una relación sentimental frustrada, al joven que perdió a un amigo y al adulto que ha construido una vida familiar relativamente estable. Los acontecimientos parecen formar una secuencia que explica cómo ha llegado hasta el presente. Pero la revisión del pasado altera esa continuidad. La conclusión es, a la vez, de una lucidez extrema y de un cierto desasosiego: si la memoria es una de las principales formas de relación con el pasado, ¿qué sucede cuando descubrimos que nuestra propia historia ha sido construida sobre omisiones decisivas? Ese descubrimiento puede abrir una posibilidad de conocimiento, pero no garantiza que el individuo llegue a comprenderse por completo, llegue a saber quién es, a conocer su identidad. 

Conectados con este primordial aparecen otros temas interesantes, presentados ya a vuelapluma: las reflexiones sobre la Historia, sobre los límites de la reconstrucción histórica, sobre el valor de los documentos y su relación con la verdad, también sujeta a la interpretación de quienes intentan establecer una secuencia inteligible (sirvan como prueba las versiones disímiles, contradictorias, casi radicalmente opuestas, en torno a nuestra “Memoria Histórica”; escribe Barnes en boca de sus personajes: La historia son las mentiras de los vencedores (…) también los autoengaños de los derrotados); el tiempo y el modo en que los años modifican nuestra percepción de los acontecimientos, abriendo una brecha, una distancia muchas veces insalvable entre el tiempo vivido y el tiempo recordado (Ti-yi-yi-yime is on my side, yes it is», canturreaba yo, a dúo con Mick Jagger mientras giraba solo en mi cuarto de estudiante; una mención explícita a tan sustancial asunto en una canción que, obviamente, cerrará esta reseña); la culpa y la dimensión moral de la novela, que hace su aparición cuando la investigación de Tony deja de ser una simple búsqueda de información y comienza a cuestionar su responsabilidad en los acontecimientos, en una derivada de la historia que no he querido detallar; en el mismo sentido, relativo a la ética, la novela cuestiona la facilidad con que convertimos nuestras impresiones en certezas, de modo que una interpretación equivocada puede parecer inocua mientras permanece en el ámbito de la memoria privada, pero adquiere consecuencias cuando determina nuestra conducta, condiciona nuestras relaciones o nos permite desentendernos del sufrimiento ajeno (todo ello se manifiesta en la incapacidad de Tony para comprender a Adrian y, sobre todo, a Veronica, pues el protagonista ha conservado una explicación de su conducta que le permite entender la ruptura con ella como el resultado de una incompatibilidad sentimental; pero la mujer no se ajusta a esa representación; una vez más: Simplemente no lo entiendes… Nunca lo entendiste y nunca lo entenderás). Barnes aborda también el resentimiento, la amistad, el suicidio, la relación entre conocimiento y autoengaño, entre otros sugestivos hilos a los que se abre su relato. 

Desde el punto de vista formal, y ya para terminar, quiero llamar la atención sobre la “arquitectura” que sostiene la narración, esa división en dos partes ya comentada que ejemplifica de manera expresa las tesis de Barnes: en la primera, una versión de los hechos que proporciona información suficiente para dar por comprendido -pese a ciertas ambigüedades- el desarrollo de la historia; y en la segunda, otra interpretación que obliga al lector a revisar sus propias conclusiones, porque -llevado por la mano sabia del escritor- ha aceptado como marco de referencia una narración que ahora se revela incompleta. 

Por otro lado, es sobresaliente el mantenimiento de la voz en primera persona a lo largo del todo el texto, apuntando con ello al hecho de que esa revisión nace de la misma conciencia que había construido la versión inicial, lo que da hondura al “fenómeno” y lo dota de mayor profundidad que si ese cambio de perspectiva -esa “revelación”- se hubiera hecho desde “afuera”, a través de las impresiones de otro personaje. 

En otro de los rasgos típicos de Barnes, y que ya he comentado en otras reseñas, esa voz narrativa se nos muestra sencilla, contenida, conversacional, sobria, a menudo irónica, en muchos momentos dubitativa. La prosa del británico, precisa, ajustada, alejada de la espectacularidad, del ornamento artificioso, de la pedante demostración de brillantez, ocultando incluso el inmenso oficio del autor, hace avanzar la narración mediante observaciones cotidianas, recuerdos escolares, comentarios sobre la vida familiar y pequeñas reflexiones que parecen surgir de manera espontánea. Y ahí, en esa franqueza, en esa naturalidad -muy trabajada-, en esa llaneza residen parte de las intenciones de fondo del escritor: el narrador no nos engaña, habla con sinceridad, pero lo que nos cuenta no es fiable, pues obedece a los mecanismos de la memoria, que -sin necesidad de mentirse- reformula, idealiza, recompone, embellece o distorsiona lo que creemos haber vivido. 

Subrayo, para finaliza, el uso de la elipsis, otra muestra más de lo excepcional del estilo de Barnes. El libro es breve. Y lo es porque el autor así lo quiere, rechazando -yo debería aprender de él y reducir estas farragosas reseñas- plantear y desarrollar las explicaciones de lo que relata. El acento se pone en aspectos en apariencia menores -gestos, conversaciones y recuerdos parciales-, mientras que los acontecimientos más importantes aparecen rodeados de silencios que solo se comprenden plenamente tras avanzar en la lectura. De nuevo fondo y forma van de la mano, pues la elipsis, más allá de ser un mero recurso para acelerar la narración, representa la manera en que la memoria deja fuera ciertos aspectos de la experiencia. De este modo, el texto reproduce, mediante un procedimiento “técnico”, la incompletitud del conocimiento de Tony. La maestría de Barnes se pone de manifiesto así en un doble sentido: dosifica la información con habilidad narrativa para mantener las dosis de intriga, misterio y enigma que el relato contiene, pero esa sagaz administración le sirve para plantear las importantes preguntas sobre la memoria y la interpretación del pasado. 

En fin, otra novela memorable del reciente Premio Princesa de Asturias de las Letras. Cierro ya esta tercera y penúltima entrega de la serie a él dedicada con un fragmento del El sentido de un final que reproduce una de las reflexiones juveniles de Tony en sus días escolares. Tras él, y seleccionada de entre las varias referencias musicales de la novela, Time is on my side, un clásico de los Rolling Stones, al que el narrador alude en más de una ocasión y que, como he señalado en mi crítica, se relaciona con uno de los ejes temáticos principales del libro, el del tiempo.  


Sabíamos por nuestras lecturas de la gran literatura que el amor entrañaba sufrimiento, y de buena gana habríamos adquirido cierta práctica en el sufrimiento si hubiera una promesa implícita, quizá incluso lógica, de que el amor podría estar caminando a nuestro encuentro. 

Éste era otro de nuestros temores: que la vida no resultara ser como la literatura. Mirad a nuestros padres: ¿eran ellos material literario? A lo sumo podían aspirar a la categoría de espectadores o transeúntes, a formar parte de un telón de fondo contra el que podían acontecer cosas reales, auténticas, importantes. ¿Cómo qué? Como las cosas de las que trataba la literatura: el amor, el sexo, la moralidad, la amistad, la felicidad, el sufrimiento, la traición, el adulterio, el bien y el mal, los héroes y los villanos, la culpa y la inocencia, la ambición, el poder, la justicia, la revolución, la guerra, los padres y los hijos, las madres y las hijas, el individuo contra la sociedad, el éxito y el fracaso, el asesinato, el suicidio, la muerte, Dios. Y las lechuzas [una referencia a un poema que los chicos habían leído en una de sus clases]. Había, por supuesto, otras clases de literatura —teórica, autorreferencial, lacrimógenamente autobiográfica—, pero sólo eran pajas mentales. La auténtica literatura trataba de la verdad psicológica, emocional y social tal como la mostraban las acciones y reflexiones de sus protagonistas; la novela versaba sobre el carácter desarrollado a lo largo del tiempo. Esto es, por lo menos, lo que nos dijo Phil Dixon. Y la única persona —aparte de Robson— cuya vida hasta entonces contenía algo remotamente novelesco era Adrian.
 
Videoconferencia
Julian Barnes. El sentido de un final 

domingo, 25 de octubre de 2026

JULIAN BARNES. ELIZABETH FINCH
 
Con los ecos, aún recientes, de la presencia de Julian Barnes en nuestro país, a donde acudió, el pasado 23 de octubre, para recibir, en el ovetense Teatro Campoamor, el Premio Princesa de Asturias de la Letras correspondiente a 2026, Todos los libros un libro continúa esta semana el breve ciclo dedicado a recomendar la obra del británico, una serie iniciada hace cuatro días con mi reseña del excepcional Despedidas, la que será, en declaración explícita del autor -manifestada en el propio seno del libro y en infinidad de intervenciones públicas fuera de él-, la última publicación del espléndido escritor. 

Mi propósito en relación con las tres emisiones que aún restan para poner fin a este ciclo “barnesiano” es ofrecer unos apuntes someros sobre algunas otras obras de Barnes, elegidas entre las más recientes de su producción, pues, siendo excelentes la mayoría de su larga veintena de libros (de los que he leído casi todos) son estos últimos los que más recuerdo, conservando de ellos, además, mis notas de lectura (una práctica, la de recoger por escrito mis impresiones de los libros que leo, relativamente reciente en mi vida; apenas quince o veinte años de minuciosa y “productiva” tarea). De este modo, presentaré ahora Elizabeth Finch, dejando para la próxima entrega de la serie mis comentarios sobre El sentido de un final y recuperando asimismo, en el último programa del ciclo, mis notas sobre La única historia y Nada que temer, ya aparecidas de modo sucinto en Buscando leones en las nubes, mi otro espacio en Radio Universidad de Salamanca, y de Arthur & George, que también reseñé aquí en 2013, aunque en un formato de Todos los libros un libro muy distinto al actual y sin presencia en YouTube. Aprovecho la ocasión para sugerir a quien quiera ampliar la información sobre Barnes que se adentre y escuche la larga serie de seis programas de Buscando leones en las nubes que, desde el pasado 12 de octubre hasta el próximo 16 de noviembre, se están emitiendo en Radio Universidad de Salamanca. En cada uno de ellos aparece una selección de textos de la obra del británico acompañados, como de costumbre en el programa, con canciones exquisitas, elegantes, en general intimistas y siempre bellísimas. 

Esas limitaciones de mi memoria a las que me he referido -y las de mi tiempo, y del espacio, tanto radiofónico como bloguero- me impiden comentar libros fundamentales como El loro de Flaubert, que supuso el “descubrimiento” internacional de Barnes en 1984, publicándose en España hace ahora cuarenta años, en 1986, Mirando al sol, Niveles de vida, Antes de conocernos, Hablando del asunto, Inglaterra, Inglaterra o Una historia del mundo en diez capítulos y medio, que me entusiasmaron cuando los leí, en ese personal itinerario de devoción “barnesiana” iniciado hace ahora cuarenta años. 

En un recorrido que sigue, con alguna excepción, un orden cronológico inverso, comienzo recomendando con entusiasmo Elizabeth Finch, la última novela (si aceptamos que, en definitiva, Despedidas no encaja en tal adscripción genérica) de nuestro invitado. Publicada en 2022 en su país y un año después en el nuestro, siempre en Anagrama y con traducción, en este caso, de Inga Pellisa (los restantes títulos los vierte al español su traductor habitual, Jaime Zulaika), el libro es, una vez más (hace siete días yo hablaba, asumiendo mi ignorancia y, por tanto, lo atrevido y probablemente inexacto de mis juicios, de que, en el fondo, Barnes escribe siempre la misma obra), una muestra ejemplar de las preocupaciones temáticas y de los planteamientos y recursos formales de su autor. De entrada, una línea argumental adelgazada al extremo. Neil, un hombre acercándose a la mediana edad (yo ya tenía treinta y tantos años) cuya vida profesional y afectiva relativamente convencional (más allá de dos divorcios y tres hijos de mujeres distintas: un mundo de matrimonios fracasados, niños exitosos y una carrera errática), decide matricularse en un curso, Cultura y civilización, impartido por Elizabeth Finch, una profesora de enorme prestigio entre sus alumnos. La experiencia, deslumbrante por la singular personalidad de la mujer, modificará profundamente su manera de entender la historia, la literatura y el pensamiento y hasta su vida. Años más tarde, tras la muerte de Finch, Neil recibe del hermano de ella, Christopher, parte de sus documentos personales -escritos, cuadernos, agendas, papeles varios- y emprende la tarea de ordenarlos e interpretarlos. Esa investigación lo conducirá de modo más o menos natural hacia la figura del emperador Juliano, objeto principal del interés intelectual de la profesora y uno de los personajes más controvertidos de la Antigüedad tardía, conocido tradicionalmente como “el Apóstata”, cuya trayectoria histórica acabará por ocupar un lugar central en el libro. 

Como puede imaginarse, una sinopsis semejante apenas permite intuir la verdadera naturaleza de la novela. En realidad, Barnes utiliza esa trama mínima para plantear una serie de cuestiones que son las que han venido atravesando toda su obra de madurez, presentes por lo tanto en casi todos los libros en los que me detengo en mis reseñas de estas dos semanas. Entre otras, ¿qué significa comprender realmente a otra persona?, ¿hasta qué punto es posible reconstruir una conciencia desaparecida?, ¿cómo se transmite el conocimiento?, ¿qué diferencia existe entre acumular información y desarrollar una verdadera inteligencia crítica? Todas ellas giran sobre sus temas acostumbrados a los que ya me he referido hace unos días al hablar de Despedidas: La memoria y la difícil reconstrucción del pasado; la incertidumbre de la verdad, que se escabulle entre distintas versiones de lo vivido; la historia como interpretación y como relato que se reconstruye una y otra vez; el azar y la vulnerabilidad de nuestras vidas, sometidas al albur de un destino impredecible; la identidad personal como artificio y, por tanto, la dificultad de conocerse cabalmente a uno mismo; la muerte, la ausencia y la persistencia de los vínculos a lo largo del tiempo; el amor, la amistad y las relaciones sentimentales asimétricas en las que cada parte se vincula en distinto grado; la fragilidad de las relaciones humanas y la fragilidad del matrimonio; la literatura como investigación y como forma de conocimiento; la cultura, la religión y la revisión de las ideas heredadas; el humor que relativiza; la ironía y la desconfianza ante las explicaciones demasiado seguras. 

La novela afronta estos asuntos y responde a estas preguntas no mediante un planteamiento ensayístico (aunque una de sus tres partes, como luego veremos, se acerca claramente al género), ni sosteniendo afirmaciones dogmáticas (un enfoque absolutamente alejado del discurrir tentativo, escéptico, intelectualmente cauteloso y en apariencia vacilante y aproximativo -solo en la superficie; la estructura y el tono de sus novelas están muy trabajadas- habitual en Barnes), sino a través del ejemplo de Elizabeth Finch, un personaje de una compleja e inclasificable naturaleza, de una poderosa inteligencia -y, por ello, de un arrebatador atractivo- y cuya brillante irradiación ilumina la novela entera seduciendo al lector en cuya memoria permanece para siempre. 

Desde su primera aparición, Finch escapa a cualquier estereotipo. Barnes evita cuidadosamente presentarla como una profesora carismática en el sentido convencional del término. No busca deslumbrar a sus alumnos mediante exhibiciones de erudición ni intenta construir una personalidad excéntrica destinada a impresionar a quienes la rodean (No tenía ninguno de esos tics y trucos de los profesores, pensados para seducir, distraer o denotar carácter), aunque lo logre de continuo. Su autoridad nace de un lugar mucho más profundo, su absoluta independencia intelectual. Finch enseña a pensar antes que a opinar. Sus clases no consisten en transmitir respuestas (Estoy aquí para ayudarlos a pensar, a argumentar y a desarrollar un criterio propio), sino en formular preguntas cuya complejidad obliga a reconsiderar las certezas previas de los estudiantes (¿Recuerdas lo que dijo en aquella primera clase? Algo como: «Puede que no sea la mejor profesora para todos ustedes». Lo fue para ti y para mí. Pero no para todos los demás. Querían algo más convencional. Fechas, nombres, hechos, y que eso llevase a ideas más amplias. No ideas más amplias que llevasen a fechas, nombres, hechos. Al principio se sintieron intrigados, claro, pero luego empezó a resultar... perturbadora. –Exacto. Para mí también, y para ti, en el sentido de sacudirme la mente, de hacer que me replanteara las cosas todo el rato, que me estallasen estrellas en la cabeza). El narrador insiste repetidamente en que la característica más llamativa de aquella mujer no era la cantidad de conocimientos que poseía, sino la serenidad con la que suspendía el juicio cuando las pruebas resultaban insuficientes: no se dejen engañar por los valores proclamados de su propia época, síntesis excelente de su posición intelectual y moral ante la existencia. 

Esta actitud constituye uno de los principales ejes filosóficos de la novela. Barnes contrapone constantemente dos formas opuestas de relacionarse con el conocimiento. Por un lado aparece la tentación contemporánea de reducir la historia y la cultura a un conjunto de opiniones rápidas, fácilmente intercambiables y sostenidas con una seguridad desproporcionada respecto de las evidencias disponibles. Frente a esa tendencia, Elizabeth Finch representa una ética de la duda, de la paciencia interpretativa y de la responsabilidad intelectual. No confunde nunca la complejidad con la confusión ni la prudencia con la indecisión. Comprende que las cuestiones verdaderamente importantes rara vez admiten respuestas simples y que la primera obligación del pensamiento consiste precisamente en resistirse a las simplificaciones. 

Este planteamiento, de extraordinaria lucidez y rigor intelectuales, resulta especialmente oportuno en nuestros días en los que la polarización ideológica y la creciente dificultad para sostener conversaciones intelectuales matizadas definen el clima cultural contemporáneo. Desconozco si en Barnes existía o no la voluntad premeditada de establecer, a través de su personaje, un diálogo con esta realidad más inmediata (aunque alude en alguna entrevista a su preocupación por la conversación intelectual, el desacuerdo y el empobrecimiento de la discusión pública), pero es indudable que la insobornable, lúcida, profunda, culta sin asomo de pedantería, firme y desenvuelta, seria pero no adusta (soy consciente de que la estoy pintando muy severa. No lo era. Sí, sí lo era), aguda, sutil, obstinada combatiente -sin alharacas extravagantes, sin énfasis artificiosos- en contra de las ideas recibidas, defensora del espíritu crítico, tenaz e inteligentísima Elizabeth Finch constituye, además de una formidable creación literaria, una magnífica representación de un humanismo liberal -que tanto se echa en falta en la actualidad- que confía todavía en el poder de la lectura lenta, del razonamiento y de la discusión fundamentada, del análisis detenido, sostenido en argumentos sólidos, robustos, que, sin dejarse llevar por reduccionistas apriorismos ideológicos ni por lemas y eslóganes inanes y superficiales, examina los matices, explora los diversos ángulos de un asunto, profundiza y cuestiona, indaga, contrasta y dilucida, estudia, escudriña y descifra, desentraña y esclarece, penetra e ilumina: Si algo nos enseñó EF fue que la historia es un camino largo; más aún, que no es algo inerte y comatoso, ahí tumbado esperando a que nosotros la enfoquemos con un catalejo o un telescopio; que es, por el contrario, una cosa activa, efervescente, volcánica, a veces. 

Esa deslumbrante potencia intelectual enamora al narrador (He dicho que yo amaba a Elizabeth Finch; como mínimo, estoy bastante seguro de que la amaba, y la amo todavía, más allá de la muerte. Fue un amor que nació en el aula, pero no era ese amor juvenil, ese amor adolescente que sienten los niños por sus maestros. A fin de cuentas, yo ya tenía treinta y tantos años), fascinado desde los primeros minutos de la clase inicial, como puede comprobarse en el elocuente fragmento con el que cerraré esta reseña. La admirativa entrega, la subyugada atracción, el embelesado deslumbramiento con los que Neil contempla a EF -como la designa a menudo en su relato-, que arrebata y entusiasma también al lector (en mi caso puede hablarse, exagerando solo un poco, de enamoramiento… ¡de un personaje literario!), se sostiene en las agudas, perspicaces, atinadas y muy apasionadas observaciones que el narrador hace sobre su profesora, mostrándola a través de un conjunto de rasgos que va espigando aquí y allá en su texto y que, juntos, conforman un retrato absolutamente seductor. Barnes la “retrata” no solo en lo intangible, lo que solo se percibe “oyéndola” hablar, siguiendo atentamente la hondura de sus pensamientos, la nada exaltada agudeza de sus réplicas (cuando, ya irremisiblemente enferma, su hermano se indigna frente a la “maldad” del cáncer, ella responde: El cáncer, mi querido Christopher, es moralmente neutral), las tranquilas vueltas de tuerca y las clarividentes rupturas de lo consabido que afloran en sus argumentaciones, sino también -y sobre todo- en las rendidas afirmaciones de Neil, que ponderan su fortaleza, su clarividencia, su pujanza, su genio y su brillantez intelectuales (y también su atractivo humano: conseguía que la bata de hospital pareciese elegante, dirá su hermano de ella, ya en sus últimos días de enfermedad), de las que dejo aquí ahora algunos muy elocuentes ejemplos: 

A Elizabeth Finch le interesaba la «diversión rigurosa», como nos había dicho, pero lo «muy gracioso» le llamaba tanto como el sentimentalismo. 

Lo tenía todo en la cabeza, plenamente desarrollado, plenamente procesado. 

Era noble, independiente, europea. 

Ella manejaba verdades, no de generaciones anteriores, sino de eras anteriores; verdades que mantenía con vida, pero que otros habían abandonado. Y con esto no me refiero a nada en plan «era una tory/progresista/socialista de la vieja escuela». Ella se movía al margen de su época en muchos aspectos. 

Cuando le digo a la gente que era la persona más adulta que he conocido nunca, supongo que a lo que me refiero es a que había unos principios justo detrás de todos sus actos y pensamientos, si no directamente incorporados a ellos; mientras que, en mi caso, en el de la mayoría de la gente, nuestros principios solo afectan más de refilón a lo que decimos y hacemos. 

Mostraba, como siempre, un temple sobrenatural. 
 
Sobrellevaba el dolor implacablemente, y jamás pedía ayuda; ayuda moral, me refiero. 

Percibíamos, en algún sentido, que no estaba hecha para el mundo, y que su nobleza moral tal vez la hiciese vulnerable. 
 
Pero ella, creo yo, era una pesimista romántica. 

Esa ausencia de autocompasión formaba parte del estoicismo con el que afrontaba la vida. Había conocido –y en parte esto es solo una suposición mía– la decepción amorosa, la soledad, la amistad traicionada, incluso la deshonra pública (llegaremos a eso a su debido tiempo), pero afrontaba todo ello con calmosa indiferencia. 

¿Veis lo difícil que era para mí, y para aquellos como yo, llevar las riendas de una conversación con ella, o estar siquiera en igualdad de condiciones? No porque te manipulara –era la mujer menos manipuladora que he conocido en la vida–, sino porque examinaba las cosas desde una perspectiva más amplia, con un foco y un horizonte distintos. 

Sus intereses intelectuales eran atemporales (y prueba de ello es la larga lista de referencias culturales que aparecen en el texto, citadas por el personaje o recogidas de sus notas póstumas, leídas por Neil tras su muerte -Epicteto, del que dejaré también al final de esta reseña un fragmento sustancial en la configuración del carácter, el talante y la disposición humanos, morales e intelectuales del personaje), Voltaire, Montaigne, Gibbon, Hans Sachs, Cavafis, Ibsen, Schiller, Samuel Johnson, Anatole France, Swinburne, Montesquieu, Jules Renard, Gore Vidal, Auden, Erasmo, Lord Byron, entre otros-, y que Barnes incorpora a una bibliografía final). 

En una línea que no creo que sea principal en la novela, aunque sí significativa si quien la lee es un profesor, destaca la seductora personalidad docente de Elizabeth Finch, paradigma del magisterio ideal y emblema de la idea de la educación como transformación intelectual. Como ya he señalado, en un mundo -también el escolar- dominado por las opiniones rápidas, el ruido digital y las respuestas inmediatas, por la superficialidad, la indigencia intelectual y la mediocridad generalizada, la figura de Elizabeth Finch encarna el lujo del conocimiento, de la sabiduría, del pensamiento deliberado, de la exigencia profesoral. No es complaciente, no busca caer bien ni adoctrinar. Por el contrario demanda -y obliga a ello- precisión conceptual, elegancia retórica e independencia mental. El tratamiento que de esa vertiente de su figura hace Barnes es conmovedor porque apela a una experiencia universal, la huella indeleble que deja en nuestra vida aquella persona que, por primera vez, nos enseñó a pensar por nosotros mismos: De niño, nunca tuve uno de esos maestros favoritos a los que recordar para siempre, uno que me descubriera la emoción de las matemáticas, o de la poesía, o de la botánica, y que tal vez abusara sexualmente de mí al mismo tiempo. Así que estaba de lo más agradecido –aunque la palabra es insustancial en comparación con la realidad– por haber encontrado y conocido a Elizabeth Finch. 

Una última anotación en relación con el personaje de Juliano el Apóstata, de tanto peso en la novela. Tras una primera parte en la que se presenta a Elizabeth Finch y se describen los pormenores del encantamiento que suscita en Neil, y antes de la tercera en la que, tras el escrutinio por parte del narrador en los archivos dejados por la profesora después de su muerte, el narrador se lanza a indagar en los muchos extremos desconocidos y ocultos que dejó atrás la fallecida, Barnes intercala un apartado -el más corto de los tres del libro, unas cincuenta páginas- en el que se nos cuenta la historia del filósofo y emperador romano. En el curso que dictaba Elizabeth (y el verbo no es el más adecuado: No era como esos profesores que solo conectan con sus alumnos cuando levantan la vista de los apuntes, porque, como he dicho, no daba la lección siguiendo apuntes. Lo tenía todo en la cabeza, plenamente desarrollado, plenamente procesado), Neil “falla” a su profesora al no entregar un trabajo que debería haber completado. Cuando, investigando en sus papeles después de su fallecimiento, constata el interés de la mujer -ya apuntado durante las clases- por la figura de Juliano, decide saldar su “deuda” con ella escribiendo el breve ensayito del que da cuenta en esa sección central del libro. 

Una presencia, la del personaje histórico, extraña e inexplicable en una lectura superficial, pero que alcanza un pleno sentido si se la examina con detenimiento. Y es que la historia de Juliano el Apóstata constituye el centro intelectual de Elizabeth Finch, yendo su función en la novela bastante más allá de incorporar al relato una digresión erudita, introducir un más o menos ignoto episodio de la historia romana o desarrollar las ideas de una profesora fascinada por la Antigüedad. El ensayo que Neil escribe a partir de los cuadernos de Elizabeth Finch -y que constituye, en cierto modo, una especie de novela dentro de la novela- permite a Barnes adentrarse en una de sus preocupaciones literarias habituales, presentes en más de uno de sus libros: examinar cómo se construye la historia, cómo acaba por imponerse una determinada interpretación del pasado y no otra; qué sucede con las ideas y las personas que quedan del lado de los vencidos; hasta qué punto podemos conocer la verdad sobre alguien o sobre una época cuando lo que nos ha llegado está condicionado por quienes han tenido el poder de contar su historia (volveré sobre estos asuntos el próximo día en relación con la también excepcional El sentido de un final). 

En alguna entrevista que he podido leer, Barnes se refería a cómo las dos grandes líneas del libro -las figuras de Elizabeth Finch y de Juliano- nacieron inicialmente por separado y que solo durante la escritura encontró su punto de unión entre dos personajes que coinciden en una misma actitud de disconformidad con su tiempo. Juliano se enfrentó al orden religioso que estaba transformando el Imperio romano, mientras que Elizabeth, ya se ha dicho, no parece vivir enteramente en el presente y observa las convenciones de su época con muy prudente y sensata distancia. 

Juliano el Apóstata fue emperador romano entre 361 y 363 y el último gobernante que intentó restaurar el paganismo tradicional frente al cristianismo, que había adquirido una posición dominante bajo Constantino y sus sucesores. Educado en un entorno cristiano, Juliano se apartó de esa religión y trató de devolver el protagonismo a los cultos y las tradiciones filosóficas del mundo grecorromano. Lo que atrae a Barnes del disidente personaje es, a mi juicio -conformado a partir de las pautas que ha ido dejando en su novelas y ensayos-, la posibilidad de contemplar la historia europea desde una hipótesis contraria a la interpretación que terminó imponiéndose. La derrota y muerte de Juliano, impidió la existencia de un Occidente que hubiera continuado desarrollándose bajo una cultura religiosa abierta, plural, ilustrada, en la que convivieran distintas divinidades, tradiciones filosóficas y formas de entender el mundo, en lugar de avanzar hacia el predominio de una única verdad religiosa. Su historia permite al escritor poner sobre la mesa -una vez más- algunas de sus tesis favoritas, ya anticipadas: la historia es siempre una reconstrucción limitada e imprecisa; la versión que prevalece lo cuentan los vencedores; el triunfo de una idea no garantiza su verdad; el pasado contiene posibilidades que el presente ha olvidado o desterrado; las narraciones retrospectivas -sean las de la Historia con mayúsculas, sean las que intentan dar cuenta de nuestras modestas existencias- convierten el resultado de un proceso en su destino inevitable (una vez que conocemos el desenlace, fabricamos el relato, reelaborando el pasado para que todo encaje, como si cada acontecimiento hubiera conducido necesariamente hasta él, haciendo desaparecer las alternativas, las contingencias y las voces derrotadas). 

Estas tesis se entrelazan de manera magistral con la figura de Elizabeth Finch, en un paralelismo que constituye un inteligente engarce con el que se integrar el ensayo histórico en la novela. Ambos son figuras que se resisten a ser enteramente de su tiempo; que no aceptan sin discusión las ideas dominantes (la religión en la que fue educado, en el caso del emperador; las ideas y los hábitos intelectuales que su propia sociedad considera normales, en el de la profesora), ni se acomodan con facilidad a las expectativas de quienes los rodean. Igualmente, ambos son, en cierto modo, inaccesibles o, cuanto menos, difíciles de conocer, pues sus personalidades nos llegan a través de interpretaciones ajenas: sus exégetas y detractores, Juliano; las enamoradas impresiones de Neil a partir de sus propios y siempre inestables recuerdos, de los testimonios de otras personas y de los cuadernos de EF. Ambos, también, ejercen una fascinación que depende, en parte, de esa inaccesibilidad, la opacidad de la figura histórica y la extraordinaria reserva de la mujer (Me doy cuenta de que la estoy pintando como una «mujer llena de misterios»). En este sentido, la apasionada investigación de Neil, que estudiando al personaje histórico pretende seguir las huellas esbozadas por Elizabeth, acaba con la constatación de la distancia entre los hechos y su relato, entre una persona y la imagen que conservamos de ella, entre la verdad posible y las interpretaciones que elaboramos para alcanzarla. La certidumbre de que cuanto más investiga, más se le hace evidente la imposibilidad de conocer enteramente la personalidad, las motivaciones, la vida interior de quienes son objeto de su indagación, en lo que resulta ser uno de los ejes sustanciales del libro y de la obra de Barnes: la memoria, la historia, la literatura nos muestran cómo se escribe una interpretación. Neil no accede a una verdad sobre el emperador que ya estaba depositada en los documentos, ni dilucida de manera cerrada y completa la identidad de Elizabeth, tan solo -¡¡tan solo!!- elabora un relato sobre lo que cree haber comprendido de ellos. Tan solo hace literatura, inteligente, admirable, deslumbrante literatura. 

Cierro aquí, pues, esta segunda entrega de la serie sobre Julian Barnes nacida con ocasión de su presencia en nuestro país para recibir el Premio Princesa de Asturias de las Letras. En unos días pondré fin al ciclo, tras mis reseñas de Despedidas y Elizabeth Finch, con dos programas más que incluyen mis comentarios de otras obras del británico. Ahora me despido con los dos fragmentos prometidos de Elizabeth Finch; el primero recoge la deslumbrante presentación de la profesora en su clase inicial ante Neil y sus compañeros. El segundo es la transcripción del fragmento de Epicteto que, en cierto modo, resume el pensamiento y la forma de estar en el mundo de la muy brillante EF. 

Como acompañamiento musical a mis entregadas palabras sobre Barnes, os dejo con una canción, Well, Did You Evah!, escrita por Cole Porter para el musical de Broadway DuBarry Was a Lady, y cuya versión más famosa es la de Bing Crosby y Frank Sinatra en la película musical de 1956 Alta sociedad, que es la que os ofrezco ahora (hay una más que curiosa versión de Blondie e Iggy Pop para un álbum de 1990 de homenaje a Cole Porter). El tema, que ya desde su título muestra su intención satírica (una deformación de Well, did you ever [imagine that]? o Can you believe that? que denota ligera sorpresa, incredulidad o falsa indignación), refleja, en el entorno de una fiesta de la alta sociedad, cómo los personajes utilizan la frase para reaccionar con sarcasmo e indiferencia ante cotilleos absurdos que dan cuenta de noticias terribles -huracanes, avalanchas, canibalismo, un choque con Marte- ante las que oponen ese frívolo “¿puedes creerlo? a la vez que ensalzan los placeres de su party (¡Qué fiesta tan bonita es esta! ¡Qué daiquiris! ¡Qué jerez, por favor! ¡Qué borgoña!). En el libro, en un pasaje en el que se narra la muerte de Juliano, Barnes pone su rotundo punto final: Juliano partió, Juliano murió. «Have you heard, it’s in the stars / Next July we collide with Mars / Well did you evah?» ("¿Lo has oído? Está en las estrellas. El próximo julio chocaremos con Marte. ¿Puedes creerlo?"; en mi traducción aproximada)


Habrán observado que el título de este curso es «Cultura y civilización». No se alarmen. No los voy a acribillar a gráficos circulares. No voy a intentar embucharles datos como a un ganso cebado; lo único que se consigue con eso es una hipertrofia en el hígado, lo cual no sería sano. La próxima semana les proporcionaré una selección de lecturas totalmente opcional; ni perderán nota por ignorarla, ni la ganarán por estudiarla sin descanso. Les daré clase como a los adultos que sin duda son. La mejor forma de educar, como sabían los griegos, es la colaborativa. Pero ni yo soy Sócrates, ni ustedes una clase de Platones, si es que es ese el plural correcto. No obstante, dialogaremos. Por otro lado, dado que ya no están en el colegio, no me dedicaré a dispensar blandos gestos de aliento y flojas palmaditas en la espalda. Para algunos de ustedes, puede que yo no sea la mejor profesora, en el sentido de la más adecuada a su temperamento y mentalidad. Vaya esto por delante para quien corresponda. Lógicamente, espero que el curso les parezca interesante y, de hecho, divertido. Divertido con rigor, claro está. No son términos incompatibles. Y esperaré también rigor por su parte. No bastará con improvisar. Me llamo Elizabeth Finch. Gracias. 

Y volvió a sonreír. 

Nadie había tomado un solo apunte. Le devolvimos la mirada, algunos impresionados, varios con una perplejidad que rayaba la irritación, otros ya medio enamorados. 

No recuerdo qué nos enseñó en aquella primera clase. Pero supe, de un modo difuso, que por una vez en la vida había llegado al lugar correcto. 


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De lo existente, unas cosas dependen de nosotros; otras no dependen de nosotros. De nosotros dependen el juicio, el pulso, el deseo, el rechazo y, en una palabra, cuanto es asunto nuestro. Y no dependen de nosotros el cuerpo, la hacienda, la reputación, los cargos y, en una palabra, cuanto no es asunto nuestro. Y lo que depende de nosotros es por naturaleza libre, no sometido a estorbos ni impedimentos; mientras que lo que no depende de nosotros es débil, esclavo, sometido a impedimentos, ajeno. Recuerda, por tanto, que si lo que por naturaleza es esclavo lo consideras libre y lo ajeno propio, sufrirás impedimentos, padecerás, te verás perturbado, harás reproches a los dioses y a los hombres, mientras que si consideras que solo lo tuyo es tuyo y lo ajeno, como es en realidad, ajeno, nunca nadie te obligará, nadie te estorbará, no harás reproches a nadie, no irás con reclamaciones a nadie, no harás ni una sola cosa contra tu voluntad, no tendrás enemigo, nadie te perjudicará ni nada perjudicial te sucederá.

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Julian Barnes. Elizabeth Finch