Vivo entre muchos libros y extraigo una gran parte de mis ganas de vivir del hecho de que aún leeré la mayoría de ellos. (Elias Canetti)

miércoles, 18 de marzo de 2026

RICHARD FLANAGAN. EL CAMINO ESTRECHO AL NORTE PROFUNDOLA PREGUNTA 7
  
Hola, buenas tardes. Hoy quiero presentar un libro extraordinario del muy interesante escritor australiano, tasmano más exactamente, Richard Flanagan. Se trata de La pregunta 7 y lo presentó hace unos meses la editorial Libros del Asteroide en traducción de Catalina Martínez Muñoz. Flanagan es un autor reconocido en el mundo entero, con traducciones en decenas de países y con numerosos premios literarios en su haber. El más prestigioso de todos ellos, el Man Booker, lo obtuvo en 2014 por una novela, El camino estrecho al norte profundo, publicada el año anterior y que en nuestro país apareció en febrero de 2016. A finales de ese mismo año yo os ofrecí aquí una reseña de ese libro, que me entusiasmó hasta tal punto que pocos meses después, exactamente en marzo de 2017, en Buscando leones en las nubes, mi otro espacio en Radio Universidad de Salamanca, le dediqué también una emisión construida sobre la base de fragmentos significativos de la novela; un programa que anteayer recuperé, en una suerte de remake del de 2017, con textos de la novela y el acompañamiento musical de canciones elegidas con el tono habitual del espacio, intimista, delicado, recogido y discretamente melancólico. 

Esa anterior obra de Flanagan vuelve a estar ahora de actualidad por el muy reciente estreno de una miniserie de cinco capítulos basada en ella. Con el mismo título que la obra original, The narrow road to deep north (aunque en nuestro país se presenta como El camino estrecho), la serie es formidable y constituye un complemento magnífico a la lectura del libro. Todas estas circunstancias confluyen en la presente edición de Todos los libros un libro, en la que voy a recuperar mis palabras de hace casi una década sobre El camino estrecho al norte profundo, comentaros brevemente la serie a la que sirvió de inspiración y, fundamentalmente, hablaros, con no menor apasionamiento del que me provocó dicha obra, de la novedad editorial que representa La pregunta 7

El camino estrecho al norte profundo vio la luz en nuestro país en el sello editorial Literatura Random House. La traducción de Rita da Costa permite la ágil lectura, pese a alguna “inconveniencia” menor, como un excesivo uso de las expresiones “los mismos”, “las mismas” como pronombres en lugar de “ellos”, “ellas”; un fallo, por otra parte, muy habitual hoy en día en documentos oficiales y artículos periodísticos que, con inusitada frecuencia, nos asaltan con una redacción pobre y desmañada y que, en el ejemplo particular de estos “los mismos”, a mí, siempre maniático, me resulta muy enojoso. 

El primero de los dos grandes ejes en torno a los cuales se organiza el libro es la historia de “La Línea”, the Death Railway, el “Ferrocarril de la Muerte”, una línea férrea levantada por Japón en la Segunda Guerra Mundial, que debería unir -con intenciones bélicas- Bangkok, capital de Tailandia, entonces Siam, y Rangún, que lo es de Birmania, hoy Myanmar, atravesando centenares de kilómetros de intrincada selva, punteada por bloques de montaña y caudalosos ríos. Ya en 1942, Japón se hallaba al límite de sus fuerzas, sufriendo una gran escasez de recursos y siendo consciente de que está perdiendo la guerra, por lo que se vio urgido por la necesidad de construir ese ferrocarril. En China, los aliados suministraban armamento al ejército nacionalista de Chiang Kai-shek a través de Birmania, y, en el otro flanco, los estadounidenses controlaban los accesos por mar. Para poder interrumpir esa crucial línea de suministro al enemigo chino y conquistar la India a través de Birmania -la delirante aspiración de sus autoridades-, Japón debía fortalecer el frente birmano por vía terrestre mediante el envío de efectivos y material. Pero no disponía ni del dinero ni de la maquinaria necesarios para construir la línea ferroviaria que tanto necesitaba. En su lucha contra el tiempo y contra el enemigo occidental al que aspiraba a sojuzgar gracias a su indomable y disciplinado espíritu nacional (el espíritu japonés se ha encarnado en el ferrocarril, y el ferrocarril en el espíritu japonés, nuestro camino estrecho al norte profundo que ayudará a llevar la belleza y la sabiduría de Basho [el gran creador de haikus, con una presencia lateral pero relevante en el libro] al vasto mundo), Japón contaría con un numeroso contingente de trabajadores forzados, cientos de miles de esclavos, en gran parte prisioneros de guerra. 

La construcción de esa línea (Una línea legendaria, nacida de la desesperación y el fanatismo, compuesta de mitos y fantasía en la misma medida en que lo estaría de madera, hierro y los miles de vidas que su construcción habría de costar) constituye uno de los episodios más ignominiosos de una contienda por otro lado repleta de ellos, una muestra no demasiado conocida de la brutalidad humana, ejercida en este caso por el ejército japonés, que empleó, durante los muchos años que necesitó el proyecto -a partir de junio de 1942, cuando se inició, y hasta el final de la guerra, tres años después; aunque la estructura básica se liquidó en poco más de un año-, a cerca de trescientos mil prisioneros, sobre todo asiáticos pero también europeos, norteamericanos y, lo que resulta relevante de cara a la obra que os comento, en torno a veinte mil australianos, todos ellos hacinados en infectos campos de concentración y obligados al trabajo en un inhumano régimen de esclavitud. La insensata y desmesurada tarea, una locura que exigía sobreponerse a un clima infernal, con una lluvia torrencial y permanente que convertía cualquier terreno en un lodazal impracticable y a una naturaleza desbocada y hostil, salvaje e indomeñable, una selva húmeda, oscura e impenetrable, agobiante y opresiva, que albergaba una profusión de amenazantes animales, miríadas de insectos portadores de todo tipo de enfermedades, la pelagra y el cólera, la malaria y el botulismo, llevó a la muerte a miles de hombres -las distintas estadísticas difieren entre sí, según las fuentes, pero las más benévolas nunca bajan de cien mil vidas perdidas-, fallecidos en distintas etapas de la delirante empresa (Esa absurda sucesión de terraplenes, zanjas y cadáveres, de tierra destripada, tierra amontonada, roca reventada y más cadáveres, de bamboleantes puentes de caballete hechos de bambú, traviesas de teca y más cadáveres, de incontables placas de anclaje e inexorables raíles de hierro, y un cadáver tras otro, tras otro, tras otro), a causa no tanto de las muy adversas condiciones “naturales” como, sobre todo, de la ferocidad y la violencia despiadadas con que se desempeñaron los responsables nipones. El 25 de octubre de 1943, la locomotora a vapor C 5631 sería el primer tren que recorrería el trazado completo del Ferrocarril de la Muerte, un trayecto construido sobre infinitas capas de huesos humanos, incluidos los restos de uno de cada tres de esos soldados australianos. Hoy, recoge Flanagan en un capítulo de su obra, la C 5631 se exhibe en un museo que forma parte del gran monumento extraoficial a los caídos de Japón. Además de la locomotora el santuario alberga el Libro de las ánimas en el que se recogen los nombres de los más de dos millones de hombres que murieron sirviendo al emperador de Japón en los conflictos bélicos que se produjeron entre 1867 y 1951. Entre esos nombres se hallan los de 1.068 hombres condenados por crímenes de guerra y ejecutados tras la Segunda Guerra Mundial. Y entre esos 1.068 nombres de criminales de guerra ejecutados se cuentan algunos de los que trabajaron en el Ferrocarril de la Muerte y fueron declarados culpables de malos tratos a los prisioneros de guerra. Y continúa el autor: 

La placa que preside la locomotora C 5631 no recoge una sola mención a estos hechos. Tampoco se menciona el horror que supuso la construcción del ferrocarril. Ni los nombres de los cientos de miles de hombres que murieron en el empeño. Tal vez no sea de extrañar, puesto que ni siquiera existe consenso en torno al número de personas que perdieron la vida en el Ferrocarril de la Muerte. Los prisioneros de guerra aliados –cerca de sesenta mil hombres– no eran sino una pequeña parte de los que trabajaron como esclavos en esa empresa faraónica. Junto a estos había doscientos cincuenta mil tamiles, chinos, javaneses, malayos, tailandeses y birmanos. O más. Algunos historiadores sostienen que cincuenta mil de estos trabajadores forzados murieron y otros cifran esa cantidad en cien mil, pero hay quienes la elevan incluso a doscientos mil. Nadie lo sabe, en realidad. 
Y nadie lo sabrá jamás. Sus nombres ya han caído en el olvido. No hay ningún libro para sus ánimas perdidas. Suyas sean estas líneas. 

Richard Flanagan, cuyo padre participó en la insoportable tarea y fue uno de los afortunados supervivientes -en uno de los elementos capitales de La pregunta 7, como luego veremos-, decidió dar cauce literario a los numerosos relatos que su progenitor le había transmitido en relación con la aciaga experiencia vivida en su juventud, y con ese contingente de narraciones estructura el esqueleto central de su novela (cuya última página escribió, cuenta Rodrigo Fresán, horas antes de la muerte de aquel). Para ello, inventa el personaje de Dorrigo Evans, un cirujano militar australiano, tasmano más exactamente, como el propio autor, que, prisionero también de los japoneses, asume tanto por su posición jerárquica -coronel- como por su cualificación profesional y sus indudables cualidades humanas, el papel de representante y, más aún, protector del millar de hombres a su cargo. 

Con una estructura compleja, que va y viene en el tiempo -desde un presente en el que el personaje está a punto de cumplir los ochenta años hasta los primeros días de su infancia- y que da voz también a distintos protagonistas -singularmente a algunos de los despiadados oficiales del Japón-, el libro incluye en su centro -en la segunda gran vertiente de la obra- una emotiva, intensa, conmovedora, romántica e inolvidable historia de amor imposible vivida en su juventud por Dorrigo Evans, poco tiempo antes de su movilización militar, que se narra en la segunda sección del libro pero que acabará permeando todas las demás, incluyendo en ellas los memorables capítulos -el núcleo principal de la novela- dedicados a narrar su espantosa estancia, una espeluznante y sobrecogedora vivencia, en el campo de prisioneros de La Línea

El camino estrecho al norte profundo presenta muchos motivos de interés desde ese primer punto de vista casi “documental”. La minuciosa y fidedigna descripción de la vida en el campo de concentración; la exactitud al mostrar las altas dosis de brutalidad y violencia que inspiraban la actuación de los mandos japoneses; el crudo y en algunos casos insoportable inventario de atrocidades perpetradas sobre los prisioneros -pienso en el apaleamiento hasta la muerte de Moreno Gardiner, un soldado cuya figura encierra, de modo muy sutil pero relevante, una de las claves, menor pero significativa, del libro-; la exhaustiva narración -que, muy bien fundamentada, alcanza, sin perder su condición novelesca, la categoría de crónica- de la devastación física y moral de los hombres, de los golpes, las torturas, el cansancio y las enfermedades, del hambre y la suciedad, de las penalidades y la miseria, de sus sucintos harapos, de sus llagas, de sus tribulaciones, de su, en definitiva, deshumanización (Cuando llegara su turno, también él -ese muchacho de mirada tierna que sostenía una lámpara- mataría brutalmente y moriría del mismo modo), constituye uno de los logros del libro y nos permite conocer, como digo con rigor y verosimilitud cercanos casi al del documento histórico, un vertiente de la barbarie de la que ha llegado a ser capaz el ser humano (Creyó atisbar la verdad de un mundo espeluznante en el que era imposible escapar al horror, en el que la violencia era eterna, la única y gran verdad, mayor que las civilizaciones que creaba, mayor que cualquier dios al que adoraran los hombres, pues era el único dios verdadero. Era como si el hombre existiera con el solo fin de transmitir la violencia necesaria para perpetuar la supremacía de esta. Pues el mundo no cambiaba, su violencia siempre había existido y jamás sería erradicada, los hombres seguirían muriendo bajo la bota, los puños y el horror de otros hombres hasta el fin de los tiempos, y toda la historia humana se reducía a una historia de violencia) de una dimensión similar a la que afloró en los campos de concentración nazis, de los que, sorprendentemente por cuanto la acaecida en Asia no es apenas conocida, la infame tragedia del Ferrocarril de la Muerte era contemporánea. 

Especialmente emotiva, más allá de la convincente “ambientación”, es, en esta misma vertiente del libro centrada en el sudeste asiático, la construcción literaria de los personajes que penan en aquel infierno. Además de los oficiales e ingenieros japoneses, el despiadado Kota, el ambiguo Nakamura, el brutal y demoníaco “Varano”, destacan algunos de los prisioneros, como el citado Moreno Gardiner, Jack Raimbow, Chiquitín Middleton, Mick Green, Jackie Mirorski, Gitano Nolan, el joven Lenny (casi un niño, que muere entre delirios, clamando por su pueblo natal en donde esperan los brazos de su madre), Conejo Hendricks, Cangrejo Burrows, Gallito MacNeice, Lagarto Brancusi, Gallipoli von Kessler, Compadre Fahey, Toro Herbert, Cabeza de Oveja, Bonox Baker, Jimmy Bigelow (conmovedora, hasta provocar las lágrimas en el lector, la terrible escena con la trompeta del regimiento en uno de los innumerables funerales), son caracterizaciones vivas, creíbles, muy humanas y profundas pese a su papel poco menos que episódico en la trama. Gentes del común, individuos normales y corrientes, casi todos muy jóvenes, condenados por los azares de la vida a vivir y morir en aquel dantesco escenario. Dorrigo Evans no es un australiano típico, como tampoco lo son ellos, voluntarios de las periferias, barriadas y tierras de nadie de su inmenso país: arrieros, tramperos, estibadores, cazadores de canguros, oficinistas de medio pelo, cazadores de dingos y esquiladores de ovejas. Son empleados de banca y profesores, dependientes, taladores y corredores de apuestas de poca monta, receptores del magro subsidio de desempleo, cantamañanas, matones de barrio, gamberros, buscavidas, pobres diablos sin demasiadas luces, curtidos por las penas, marcados a fuego por una depresión que los había obligado a criarse en chabolas y chozas privadas de electricidad, cuyos padres habían vuelto muertos, lisiados o enajenados de la Primera Guerra Mundial, cuyas madres se las arreglaban para seguir tirando a base de aspirinas y esperanza, que malvivían en asentamientos militares, precarios campamentos gubernamentales, míseros arrabales y barriadas en un mundo decimonónico que se había plantado a trompicones en pleno siglo XX. 

Y por encima de todos, Dorrigo Evans, un héroe cívico, un hombre de éxito apreciado y reconocido por sus conciudadanos, que valoran en él su brillante trayectoria como cirujano y su comportamiento ejemplar en la guerra, y que a sus setenta y muchos años y con la muerte ya cercana relativiza sus logros vitales y recuerda tan solo la intensa, fugaz e inacabada historia de amor con Amy, la joven esposa de su tío, a la que había conocido en la veintena, cayendo ambos bajo la poderosa atracción del prohibido amor. El amor que nos sobrevive, su difuso recuerdo lo único que nos salva de la inevitable extinción, son, a mi juicio, las claves últimas de esta novela magistral que alcanza en esas cien páginas en las que se desarrolla la apasionada relación sus momentos más sensibles, conmovedores, arrebatadores, palpitantes e inolvidables (aunque parte de la crítica los ha despreciado por considerarlos menores, triviales concesiones a un romanticismo fácil rayando la impostura, incluso).
 
Por entre estos diferentes y sugestivos frentes en los que discurre su conmovedor relato, Flanagan deja más de un apunte sobre otros temas sugerentes: la ya referida constatación de la brutalidad de la guerra y la deshumanización que conlleva, presentada como un dispositivo de aniquilación moral y física, de degradación progresiva del individuo (que se manifiestan con un grado de crudeza casi insoportable; lo que se agudiza del todo, en escenas de imposible contemplación- en la serie televisiva); el amor como gozoso recuerdo y como torturante memoria, como refugio y salvación y también como pérdida y herida, como tormento y condena, como exaltado atisbo de inmortalidad y como muy fugaz y evanescente reflejo de nuestra frustrante humanidad (Un hombre feliz no tiene pasado; un hombre infeliz no tiene nada más, la ya legendaria frase del libro); la memoria histórica, la culpa y la imposibilidad de redención; la ambigüedad moral que siempre encierra la figura del héroe, ejemplificada en la figura de Dorrigo Evans, convertido en héroe nacional tras la guerra, objeto de un generalizado reconocimiento público, que, sin embargo, debe convivir con la percepción íntima de fracaso; la relevancia que la narración otorga al cuerpo, a la “fisicidad”, que aflora, literalmente descarnada, en la minuciosidad extrema con la que se describe el deterioro físico de los prisioneros, sus enfermedades, sus heridas, su hambre, su agotamiento, sus mutilaciones (lo corporal como única realidad tangible, cuyo sufrimiento se opone a la vacuidad y ausencia de credibilidad de los discursos políticos, ideológicos, militares, patrióticos, ridículamente heroicos, con su absurdo énfasis en el honor, la patria); la consabida reflexión sobre la banalidad del mal, reflejada en la complejidad -de rango profundamente ético- con la que se presentan -salvo alguna excepción de cruel y animalesca brutalidad- los enemigos japoneses, oficiales, dirigentes, responsables del siniestro proyecto, dibujados, en bastantes casos, no como meros villanos unidimensionales, sino como individuos atrapados en su propio sistema de creencias; el modo en que el ser humano “vive” el tiempo, sobre todo si ha sido víctima de un trauma, un tiempo fragmentado en el que el pasado irrumpe constantemente en el presente, sin orden ni jerarquía, un tiempo psicológico que sustituye al cronológico y que tiene su reflejo en la estructura de la novela, que rompe la narrativa lineal, desplazándose de una etapa a otra de la vida del protagonista, llevada por sus recuerdos y proporcionando una visión “incoherente” de su biografía, que no responde a la idea de progresión, sino que se muestra al lector como una serie de episodios desconectados, unidos únicamente por la persistencia de ciertas experiencias límite -el sufrimiento atroz, el amor intenso-; el papel ambivalente de la cultura a la hora de mitigar el drama humano, en un libro plagado de referencias literarias (Basho -que aparece ya en una cita que encabeza la primera parte del libro: En el pistilo / se demora una abeja / No quiere irse-; Issa -otro creador de haikus, varios de los cuales abren las demás secciones de la novela, como el muy significativo, que introduce la segunda, la que refiere la historia de amor entre Dorrigo y Amy: Desde la orilla / ella vierte el ocaso / sobre las olas; o la quinta: Vagamos sobre / el techo del infierno, / viendo las flores-; Shisui, otro poeta japonés del siglo XVIII que en su lecho de muerte cogió su pincel, dibujó un poema y murió. Cuál no sería la perplejidad de sus seguidores al descubrir que había trazado un círculo en el papel, en una imagen que asalta, perturba y da vueltas sin cesar en el subconsciente de Dorrigo, como un vacío contenido, un misterio infinito, un ancho sin longitud, la gran rueda, el eterno retorno: la antítesis de la línea. El óbolo depositado en la boca de los muertos para pagar al barquero; Tennyson, Trollope, Catulo, Paul Celan, también presente con una cita preliminar, Browning, Shelley, Shakespeare, Dante), cuyos destellos ofrecen tenues atisbos de sentido incapaces de abarcar y sobreponerse a la experiencia del horror: la literatura como tentativa insuficiente, que testimonia pero no redime: El dolor, las muertes, la pena, la abyecta y mísera futilidad de un sufrimiento tan inmenso padecido por tantos; puede que todo ello solo exista entre las páginas de este libro y en un puñado de libros más. Es posible encerrar el horror en un libro, darle forma y significado. Pero en la vida el horror carece de forma, tal como carece de significado. El horror es y punto. Y mientras reina, es como si no hubiera nada en todo el universo que no forme parte de ese horror

Aprovecho para recomendaros, en relación con esta trágica dimensión de El camino estrecho al norte profundo, otro interesante libro -este un ensayo-, que yo leí hace años en la edición de Capitán Swing. La violación de Nankín, escrito por Iris Chang, nos da a conocer otra manifestación igualmente abominable del salvajismo criminal del ejercito japonés en la segunda gran guerra: la masacre cometida por las tropas imperiales niponas en la ciudad china de Nankín, con entre doscientos y trescientos mil muertos y varios miles más de víctimas de torturas, violaciones, mutilaciones y muchas otras depravadas formas de bestialidad. Además, os recuerdo un clásico del cine, El puente sobre el Río Kwai, que dirigió David Lean en 1957, resulta igualmente un atractivo complemento a la novela de la que hoy os hablo, al centrarse también -aunque desde una perspectiva más optimista y luminosa- en la oscura peripecia de la apertura de la siniestra línea férrea. En relación con la serie televisiva ya mencionada, y urgido por la falta de tiempo y por mi voluntad de comentar también, con un cierto detalle, la última y excepcional obra de Flanagan, La pregunta 7, señalo tan solo que me ha parecido espléndida -muy dura en los pasajes más crudos que, confieso, solo he podido ver con la mano ante los ojos y entreabriendo levemente los dedos-, con una más que apreciable fidelidad a los aspectos más relevantes de la novela (salvo algunas modificaciones significativas en el final y otras “adaptaciones” quizá obligadas por las necesidades del medio); una fotografía soberbia a cargo de Sam Chiplin; una banda sonora minimalista, intensa y opresiva -salvo en algunos momentos de música diegética, más vivos- de Jed Kurzel, hermano del director, Justin Kurzel; y un elenco más que solvente con el hoy omnipresente Jacob Elordi como el Dorrigo Evans joven; Ciarán Hinds, en el mismo papel pero ya de viejo; Odessa Young como la turbadora Amy Mulvaney; Olivia DeJonge como la joven esposa de Dorrigo, Ella; y Heather Mitchell en el rol de Ella ya mayor. La serie, que puede verse en Movistar y en Prime, es, a mi juicio, altamente recomendable. 

Los acontecimientos narrados en El camino estrecho al norte profundo, algunos episodios, su atmósfera y las principales preocupaciones de su autor expresadas en la novela están presentes también, de manera sobresaliente, en el último libro de Richard Flanagan, La pregunta 7, que hace unos meses apareció entre nosotros en la editorial Libros del Asteroide, traducido por Catalina Martínez Muñoz. Se trata de una obra que, como a menudo ocurre en mis propuestas, resulta de difícil adscripción genérica: en parte libro de memorias, en parte ensayo filosófico, en parte biografía, en parte reflexión histórica, en parte texto de modesta divulgación científica, en parte alegato político; y todo ello presentado con el brío y la capacidad de “enganche” de una apasionante novela (aunque, por si hubiera dudas, el libro obtuvo el prestigioso Baillie Gifford Prize de no ficción en 2024, convirtiendo a su autor en el primero en ganar simultáneamente ese premio y el Booker). Sin embargo, Peter Carey, otro de los grandes escritores australianos, afirmó, en un artículo en el Washington Post, que La pregunta 7 es, a la vez, una canción de amor profundamente conmovedora para los padres del escritor, una excavación forense, un lamento, una confesión, un rompecabezas en el que Hiroshima se conecta con H.G. Wells y los marcianos colonizan Tasmania. Y, en el mismo sentido, no parece casual que Flanagan ponga en el frontispicio de su texto una cita del Hobart Town Mercury, un diario tasmano, extraída de una reseña de Moby Dick, tras su publicación en 1851: El autor no ha dado aquí a su esfuerzo el beneficio de saber si lo que nos presenta es un relato histórico, autobiográfico, una crónica periodística, una tragedia, una historia de amor, un almanaque, un melodrama o una fantasía. Puede ser miles de cosas, o no. La pregunta, hecha queda, pero ¿dónde está la respuesta? Una referencia que, aparte de apuntar a la indefinición genérica de su propio libro, conecta con otra pregunta, la 7 que se recoge en el título, también de difícil respuesta y principal clave de la obra. Recojo literalmente, pese a la extensión de la cita, el fragmento del libro -que aparece cuando llevamos apenas veinte páginas- que explica ese elemento sustancial: 

«Chéjov creía que la función de la literatura no era ofrecer respuestas sino, únicamente, hacer las preguntas necesarias. Uno de los primeros relatos de Chéjov era una parodia de los problemas de cálculo que tenían que resolver los colegiales, del que es típica la pregunta 7: 
El miércoles, 17 de junio de 1881, un tren debía salir de la estación A a las 3.00 horas para llegar a la estación B a las 23.00 horas; sin embargo, justo cuando el tren estaba a punto de arrancar, llegó la orden de que tenía que llegar a la estación B a las 19.00 horas. ¿Quién ama más tiempo, un hombre o una mujer?» 
¿Quién? 
¿Usted, yo, un residente de Hiroshima [una mención que explicaré más adelante] o un prisionero sometido a trabajos forzados? 
Esta es la pregunta 7. 

La pregunta 7, la de Chéjov, la de Flanagan, no tiene respuesta. He ahí la cuestión primordial del libro que hoy os comento y, en general, de la literatura. Continúa el escritor australiano: ¿Quién ama más tiempo? El genio de Chéjov reside en que nunca pretende dar la respuesta. De Anna Karenina, de Tolstói, Chéjov se limitó a decir que planteaba bien las preguntas. Tal vez la única respuesta que pueda darse a Hiroshima sea hacer la pregunta 7. Aunque imposible de responder, es la pregunta que tenemos que seguir haciendo, siquiera para comprender que la vida nunca es binaria, ni reductible a palabrería o a código, sino un misterio que, a lo sumo, intuimos. En los relatos de Chéjov, los únicos tontos son los que saben las respuestas.
 
Estamos, pues, ante una declaración de principios en la que, abiertamente, el autor anticipa que su relato va a huir de la simplicidad, de las soluciones sencillas, de las explicaciones reduccionistas, de los dictámenes categóricos, incapaces de abrazar la complejidad y de dar cuenta de las fuerzas históricas, científicas, culturales, sociales y biológicas que, inconexas a primera vista, se imbrican para incidir en nuestras vidas individuales. Como señaló el jurado del premio Baillie Gifford, La Pregunta 7 es una meditación asombrosamente lograda sobre la memoria, la historia, el trauma, el amor y la muerte, y una exploración intrincadamente tejida de las cadenas de las consecuencias que marcan una vida

El libro comienza en el invierno de 2012, cuando Flanagan, desoyendo el sentido común y por motivos no del todo relacionados con la escritura —por más que yo dijera lo contrario— que todavía hoy sigo sin ver con claridad, visita el Campo de Ohama, en Japón, donde su padre había estado prisionero durante la Segunda Guerra Mundial, obligado a realizar trabajos forzados en una mina de carbón situada bajo el nivel del mar. Allí, en un lugar en el que no hay rastro alguno de ese pasado ominoso y en el que los empleados del museo local que documenta la historia de la mina desconocen y hasta se muestran escépticos ante la mera mención de esos hechos terribles (Era como si aquello nunca hubiera ocurrido, como si allí no hubieran dado palizas a nadie, matado a nadie ni obligado a nadie a quedarse desnudo sobre la nieve hasta morir de frío), se entrevista con el señor Sato, que había sido guardia supervisando a los prisioneros de guerra cruelmente tratados, torturados hasta la muerte en la mina. Parece, sin embargo, un viejo inofensivo y hasta decente, cuidando ahora de una hija discapacitada. Piensa entonces en el prisionero obligado a pasar la noche arrodillado en la nieve sin ropa, una historia que a su padre siempre le producía una tristeza indescriptible cuando la contaba, por su absurdo sinsentido. Y se pregunta -la primera de una larga serie de ellas y otro de los desencadenantes de su libro- ¿Haría yo lo mismo? (…) ¿sería yo distinto? ¿Me sumaría también a dar palizas a los prisioneros, aun cuando no quisiera, le ordenaría también a un hombre desnudo arrodillarse en la nieve hasta morir congelado, porque eso era lo que se esperaba de mí, o porque costaba demasiado decir que no? ¿O miraría a otro lado y decidiría no ayudarlo? ¿Quién ama más tiempo? 

La pregunta -el gran dilema ético- da lugar a una compleja trama de reflexiones, episodios, recuerdos, encuentros, experiencias personales, análisis introspectivos, referencias literarias, acontecimientos históricos y pasajes “ficcionalizados”, todos ellos concatenados en una red de azares y coincidencias y asociaciones, de causalidades y correspondencias, que configuran un mosaico -un rompecabezas, escribía Carey- en el que se imbrican -de un modo magistral al que luego me referiré- el relato de Chéjov, los campos de concentración japoneses, los bombardeos de Hiroshima y Nagasaki, la relación amorosa entre H. G. Wells y Rebecca West, la dramática historia de Leo Szilard, uno de los padres de la bomba atómica, el genocidio de los pueblos indígenas de Tasmania, algunos lances de la infancia del propio autor, los entrañables recuerdos de sus padres, sus planteamientos sobre la escritura o, en un capítulo final angustioso, su propia experiencia cercana a la muerte cuando con veintiún años casi se ahoga en un accidente de kayak en el río Franklin. 

Estos distintos frentes aparecen vinculados a través de una suerte de “reacción en cadena” (el jurado del premio Baillie Gifford hablaba de “cadena”, yo acabo de utilizar el término “concatenados”, y la metáfora nuclear está en la base del libro) a la que Flanagan alude expresamente en más de un pasaje del libro, especialmente en este muy revelador: 

Sin el beso de Rebecca West, H.G. Wells no se habría refugiado en Suiza para escribir un libro en el que todo arde, y, sin el libro de H.G. Wells, Leo Szilard nunca habría concebido una reacción nuclear en cadena, y sin concebir una reacción nuclear en cadena, nunca habría conocido el terror, y si no hubiera conocido el terror, nunca habría persuadido a Einstein para que presionara a Roosevelt y si Einstein no hubiera presionado a Roosevelt, no habría habido Proyecto Manhattan y sin Proyecto Manhattan, no hay ninguna palanca de la que Thomas Ferebee pueda tirar a las 8.15 horas del 6 de agosto de 1945 a nueve mil quinientos metros de altitud sobre Hiroshima, no hay ninguna bomba sobre Hiroshima y ninguna bomba sobre Nagasaki, y cien mil o ciento sesenta mil o doscientas mil personas viven y mi padre muere. Puede que la poesía no sea capaz de activar nada, pero una novela destruyó Hiroshima y sin Hiroshima yo no existo y estas palabras se borran por sí solas y yo con ellas. 

Desenredemos esta intrincada madeja. El padre de Flanagan sobrevivió a su calvario en el campo japonés gracias a que Estados Unidos bombardeó Hiroshima poniendo fin a la guerra de modo fulminante, contra el plan inicial que conllevaba la invasión y que, de haberse llevado a cabo, hubiese supuesto, al demorar la rendición japonesa, la muerte segura de su progenitor, asesinado por los japoneses en retirada, usado como escudo humano o, en cualquier caso, incapaz por su debilidad física de soportar un invierno más de tortura y crueldad (Destrozado, enfermo, con el cuerpo y la voluntad al límite, sabiendo únicamente que unos meses más tarde, cuando el frío del invierno regresara, no podría resistir más y moriría, no era consciente de que ahora iba a vivir). Las bombas provocaron la muerte de sesenta mil, ochenta mil o ciento cuarenta mil personas, según las distintas estimaciones, pero salvaron su vida -y, en consecuencia, la del propio Flanagan, que no habría llegado a nacer- y las de muchos otros, ¿pero estuvieron justificadas? En julio de 1945, el secretario de Guerra estadounidense, Henry L. Stimson, encargó un estudio sobre el coste humano de una invasión de Japón. Las estimaciones de heridos para los aliados se situaban entre 1,7 y 4 millones, y las de muertos, entre cuatrocientos mil y ochocientos mil; mientras que el número de japoneses muertos podría alcanzar una cifra entre cinco y diez millones. ¿Eso justifica la “vaporización” instantánea de decenas de miles de seres humanos y la condena a una muerte lenta y dolorosa de muchos otros en Hiroshima y Nagasaki? ¿Cuál es la respuesta a la pregunta 7? ¿Quién ama más tiempo? 

En la génesis de esas destructivas bombas nucleares -y la causa última, por tanto, de que el comandante de bombardero Thomas Ferebee accionara la palanca que lanzó la bomba atómica desde el Enola Gay- estuvo, con un papel decisivo, Leo Szilard, un joven científico húngaro, judío, que abandonó Budapest tras ser rechazado por los antisemitas en la Universidad para instalarse en Berlín en donde, en 1920, con solo veintidós años, fue alumno de Einstein y conoció a Max Planck, que ya era premio Nobel de Física. Solitario, distraído, inteligente, lúcido y soñador (sus habilidades a veces parecían más místicas que racionales), cuestionó a las grandes autoridades científicas de su época (Rutherford, Bohr o Fermi no compartían su anticipadora visión) concibiendo por primera vez la idea de una reacción nuclear en cadena (Si existía un elemento que, al dividirse por la acción de un neutrón emitía dos neutrones, solo haría falta que este elemento alcanzara la masa necesaria para sostener el proceso mientras más átomos se dividían en más neutrones, creando, así, una cantidad ilimitada de energía mientras seguían multiplicándose (…) Si era posible producir una reacción en cadena, sería posible producir energía atómica a escala industrial. Y si la energía atómica era posible, entonces la bomba atómica también lo era). Espantado por las consecuencias de su descubrimiento, temeroso de que los científicos del Reich pudieran desarrollar la devastadora arma (Si era posible fabricar una bomba atómica, entonces era posible que Hitler fabricara una bomba atómica, y no solo eso: habida cuenta del nivel de desarrollo de la física alemana, sería el primero en fabricarla y utilizarla para esclavizar al mundo), Szilard, huido una vez más e instalado en Inglaterra, ofreció la patente de su descubrimiento al Almirantazgo británico, y, más adelante, radicado ya en Estados Unidos, escribió la famosa carta que un grupo de científicos encabezados por Albert Einstein (La carta fue, en lo sustancial, obra de Szilard: Einstein diría más tarde que él «en realidad solo fue el cartero» de su antiguo alumno) dirigió al presidente Roosevelt para que, ante la amenaza nazi, impulsara el desarrollo de una bomba atómica, lo que más tarde desembocaría en el histórico Proyecto Manhattan. Tiempo después, y consciente de las consecuencias de su hallazgo, escribiría al entonces presidente Harry Truman para que frenara la iniciativa de bombardear Japón. 

A la repentina “iluminación”, nacida en un instante de ensimismamiento ante el cambio de luces de un semáforo londinense y que le mostró el germen de su revolucionaria idea (así lo cuenta Flanagan), contribuyó el recuerdo difuso de un libro que Szilard había leído años atrás, El mundo liberado, una novela de 1914 del popular H.G. Wells, repleta de visiones de una guerra atómica a gran escala, con todos sus horrores: un mundo en llamas, ciudades en ebullición, millones de muertos; una predicción literaria del arma más potente, destructiva e incontrolable que la humanidad hubiera concebido nunca (Leo Szilard se preguntó por qué las predicciones de los escritores a veces resultan ser más exactas que las de los científicos). Flanagan resume esta inconcebible sucesión de engarces: Estados Unidos hizo lo que hizo al crear la bomba atómica únicamente porque Leo Szilard, un hombre obsesionado con preguntas, convenció a su presidente de que tenía que hacer posible lo imposible, y luego se prestó a colaborar en la tarea. Y Leo Szilard hizo lo que hizo porque una vez había leído una novela. La novela era fruto del terror al amor, y aterrorizó a Leo Szilard en la misma medida en que lo fascinó, hasta el punto de convertirse en su destino. Esta novela la escribió H.G. Wells

Y aquí La pregunta 7 se adentra en la vida de H.G. Wells y en su muy fecundo “terror al amor”. Wells, un escritor de éxito, autor de títulos -hoy clásicos: La máquina del tiempo, La guerra de los mundos y La isla del doctor Moreau, auténticos best-sellers de las postrimerías de la época victoriana- de un género entonces llamado “novela científica”, representaba el “viejo orden”, con su vida burguesa convencional, con mujer y dos hijos, aunque fuera infiel, mujeriego y promiscuo. Wells, sacudido por una crítica demoledora de su última novela que una joven periodista, Rebecca West -seudónimo de Cicely Fairfield- había escrito en la revista feminista radical The Freewoman, y deseoso de conocerla, la invitará a su casa, en donde ambos quedan deslumbrados por el otro: En cuestión de media hora, Rebecca West supo que no había un hombre en toda Inglaterra, ¡incluso en toda Europa!, comparable a este (…) Por su parte, Wells nunca había conocido a nadie como Rebecca West, y dudaba muchísimo de que hubiera existido nada parecido hasta entonces. En ese primer encuentro se produce el beso al que alude el texto que he recogido más arriba y que, a juicio de Flanagan, estaría en el origen de la cadena entera (Este beso, con el tiempo, engendró la muerte que, a su vez, con el tiempo, me engendraría tanto a mí como ciertas circunstancias de mi vida que han desembocado en el libro que ahora tiene usted entre las manos, el resultado de una reacción en cadena que se inició hará cosa de un siglo, y todo ello desembocará en el improbable personaje de mi padre, improbable en tanto que va a aparecer en un relato acompañado, entre otras personas desconocidas para él, de H.G. Wells y Rebecca West). Rebecca West (diecinueve años) y H.G. Wells (cuarenta y seis) no deberían haberse conocido nunca pero estaban destinados el uno al otro: él iba a construir la vida de ella y a destruirla, y ella iba a construir su vida, a pesar de él; él sería para ella una fuente inagotable de amor y de amistad a lo largo de treinta y cinco años: la volvería loca, la conquistaría, la perdería y volvería a conquistarla; ella fue la única persona a la que quiso ver hasta el final, y solo después de que él muriera, ella descubriría, con inmensa sorpresa, algo que nunca había esperado: que en la copa de la vida se había abierto una grieta a un abismo de desolación inconsolable y absoluto

Precisamente por lo irresistible de su atracción, Wells al principio se resistió a ella. Tras el beso en su biblioteca se alejará bruscamente de aquella mujer de fuerza impetuosa y salvaje, viajando a Suiza, con la esperanza de huir de los confusos sentimientos que lo envolvían y con la voluntad de recuperar la normalidad y el ánimo sereno necesarios para su escritura en el retiro alpino de otra amante, la escritora Elizabeth von Arnim, la pequeña e. Sin embargo, la perturbación que Rebecca introdujo en su vida, torturado por su recuerdo, inflamado por la llama incontrolable que ella era, enfebrecido por la íntima maraña sentimental -su mujer Jane, la pequeña e, Rebecca- que lo envolvía, Wells se vio asediado por una pesadilla que trasladaría a su nueva novela, El mundo liberado. Mucho antes que los científicos, mucho antes que cualquier político o general, Wells había “inventado” una aplicación militar de los descubrimientos científicos más adelantados de su tiempo, que fraguaría en un arma nueva de una potencia hasta entonces inimaginable. Wells llamó a su invento la bomba atómica. La conexión entre Wells y Szilard, además de la que representa El mundo liberado, se nos muestra en una dimensión más humorística, a partir de La guerra de los mundos, la visionaria novela del británico, publicada a finales del siglo XIX y en la que, como es sabido -el título es un clásico con infinidad de versiones, literarias, cinematográficas, televisivas, radiofónicas, en cómic, en sus muy largos cien años de existencia-, los marcianos llegan a la Tierra. Cuenta Flanagan que Enrico Fermi, otro de los padres de la física nuclear, formuló a sus colegas, en relación con la existencia o no de extraterrestres, la que hoy es conocida como Paradoja de Fermi: si la existencia de alienígenas era tan probable, habida cuenta de que el número de planetas del universo es infinito, ¿por qué nunca se había encontrado ninguna prueba convincente de alguna forma de vida superior? 
Leo Szilard tenía la respuesta.
—Viven entre nosotros —afirmó—, pero los llaman húngaros. 
La broma de Szilard sirvió como etiqueta de un fenómeno: Szilard y otros cuatro científicos húngaros de origen judío —reconocidos por un grado de inteligencia tan inexplicable que casi parecía de otro mundo—, hombres que hablaban una lengua extranjera incomprensible y un inglés con un acento tan extraño, acabaron siendo conocidos como los marcianos

Flanagan narra cada una de estas historias con emoción, con brillantez, con profundidad. Conocemos así en detalle, en relatos que, más allá de su interconexión, podrían funcionar como novelas autónomas, la difícil supervivencia del padre del escritor y el resto de cautivos australianos en los tres años en que, hacinados en barracones infectos, fueron prisioneros de los japoneses, su sometimiento a inhumanos trabajos forzados, el calvario brutal padecido en la selva birmana, la constante exposición a una naturaleza hostil, a un clima implacable, a enfermedades sin cuento, obligados a abrirse paso en una selva opaca y letal, doblegados, reprimidos, violentamente golpeados, desnutridos, sin fuerzas, siempre al borde de la muerte; la trayectoria vital, los amoríos, el carácter, las inquietudes y la literatura de H.G. Wells; la figura de Rebecca West, su personalidad, su naturaleza rebelde, su inteligencia, sus ideas (la escritora británica ha estado presente en Todos los libros un libro en dos ocasiones con su obra más clásica, El regreso del soldado, en un programa de mayo de 2011, y, más recientemente, en marzo de 2022, con su trilogía en torno a la familia Aubrey); el ardoroso encuentro entre ambos; la singular existencia de Leo Szilard, en lo personal y en su vertiente de hombre de ciencia; las vicisitudes de los descubrimientos científicos que confluyeron en la creación de la bomba atómica; los pormenores técnicos y humanos que rodearon el lanzamiento de los letales proyectiles sobre la población de Hiroshima y Nagasaki… 

Entremedias, la bien medida -pese a su apariencia digresiva- narración del autor va enlazando reflexiones y relatos entrecruzados en los que profundiza tanto en un ámbito íntimo, en su experiencia personal y familiar y, en páginas entrañables, en las de sus padres, como en una dimensión más colectiva y general que gira sobre la historia de Tasmania, su condición de colonia penitenciaria, el genocidio de su habitantes, la destrucción de su hábitat natural. 

Los pasajes que recogen escenas de su infancia en Tasmania y los “retratos” de sus padres, la figura de su madre marcada por la pobreza y la resiliencia, y la personalidad reservada y profundamente afectada por la guerra de su padre, son magníficos, llenos de ternura, afecto y sensibilidad, mereciendo por sí solos la lectura del libro. La presencia silenciosa del padre, constituye el eje que permite la reconstrucción de la memoria del autor. Un hombre bueno, callado, reservado y algo enigmático, comedido, discreto en la exteriorización de sus emociones, de lánguida sonrisa, esencialmente etéreo, estaba y no estaba, sustancia y no sustancia, marcado -sin exhibiciones narcisistas- por su terrible experiencia de cautividad bajo el dominio japonés, en torno a cuya figura Flanagan articula sus reflexiones sobre los recuerdos, el dolor, el amor, la vergüenza, el pasado, la familia, los vínculos… A su lado, la madre es la imagen de la fuerza vital, de la determinación, del amor activo e incondicional, de la disciplina, de la tradición plasmada en el hogar, en el cuidado y el servicio a los demás (siguió comiéndose las sobras de la cena que los demás dejaban en el plato, por miedo al «desperdicio», como ella decía), de la entrega, de la ternura. Una mujer fuerte, enérgica, orgullosa, pero carente de confianza fuera de su casa, limitada por el rol que la época imponía a las mujeres: solo puedo recordar a mi madre como una mujer que vivió intensamente su código de amor y lealtad en un mundo y un tiempo y un lugar que le permitían muy poco más, una mujer extraordinaria y fuerte que no pudo ser quien era en realidad. Y cuánto me habría gustado que ella no hubiera hecho eso

Y en torno a ellos, aparecen los seis hijos de una familia, descendiente, muy probablemente, de un convicto condenado por dar una paliza a un hombre en Irlanda, y enviado a la “Tierra de Van Diemen” (el nombre originario de la isla que a partir de 1856 fue Tasmania), que funcionaba desde el siglo XIX como colonia penitenciaria británica; la estricta abuela Mate y su absurda autoridad; los escasos recuerdos infantiles (Cuando trato de recordar esos tiempos, mi familia se fragmenta en pedazos que no puedo atrapar, solo de vez en cuando, consigo encajarlos a la fuerza como partes de un relato); el hermano mayor que al ver El graduado afirmaba que la película le había cambiado la vida; un tío que pasó los años de la Gran Depresión viviendo en una cueva, otra hermana que cantaba canciones de West Side Story, muy moderna y juvenil, dejando atrás su pasado en un colegio de monjas, cuando había encabezado una redacción escolar sobre la beatlemanía con la categórica frase: Los Beatles hacen que me avergüence de ser mujer; el pequeño cuarto de estar; la lluvia incesante; la televisión en blanco y negro; la fascinación por la exuberante naturaleza, en particular los ríos, la selva, ese interminable mundo verde; el encanto del mar. 

Y la mención del entorno natural, y ya como cierre a mis comentarios, me permite hablar de Tasmania como otro “personaje” fundamental del libro. En su profunda recreación de su país natal, Flanagan aborda una exposición muy lúcida, combativa y descarnada de una isla cuya identidad está marcada por la violencia colonial, el silenciamiento histórico y la tragedia ecológica. El libro incluye así páginas muy valientes y esclarecedoras sobre la colonización británica, sobre la negación y el exterminio de la existencia y la vasta tradición aborigen perpetrados por unos europeos advenedizos e irresponsables (Si este libro equivaliera a los cuarenta mil años de su existencia en esta isla, los europeos no entrarían en escena hasta la penúltima página), sobre la violencia contra su cultura milenaria, hecha de espiritualidad y sentido de lo sagrado, sobre las huellas indelebles del sistema penal colonial (a partir de las muchas décadas en las que la isla “funcionó” como reducto penitenciario), sobre la destrucción y la pérdida ecológica, en una masacre -Flanagan habla explícita, categórica y muy acertadamente de genocidio-, que conecta simbólicamente con las de Hiroshima y Nagasaki, con la carrera nuclear, con el padecimiento paterno durante la Segunda Guerra Mundial y, en definitiva, con el planteamiento último de su obra: Escribo este libro que ahora está usted leyendo únicamente como una nota de amor a mis padres y a la isla que es mi hogar, a un mundo que se ha desvanecido

Os dejo ya con un significativo texto en el que se refleja esa devastación de Tasmania y las aún más sombrías perspectivas acerca de su futuro. Tras él, una canción que la hermana mayor de Flanagan cantaba en la casa familiar de Tasmania cuando él era niño: I Feel Pretty, que formaba parte de la banda sonora de West Side History. Que en una casa obrera de Tasmania suene esta canción ya dice algo del siglo XX y de la obra que hoy os he presentado. Broadway llega a la isla que fue colonia penal. La modernidad cultural se filtra en un hogar marcado por la precariedad. Pero esa misma modernidad es la que produce la bomba atómica. Esa es una de las tensiones fundamentales del libro: el mismo siglo que genera belleza crea exterminio. Os la ofrezco en la interpretación de Marni Nixon que dobla a Natalie Wood en la película. 


Pero, incluso entonces, la selva ya estaba consumiéndose. No tardarían en hacerse visibles las marcas desperdigadas de los melanomas de las explotaciones ganaderas, las plantaciones de pino y eucalipto, los incendios provocados aquí y allá, por no hablar de una inanidad general y creciente, de carreteras que no conducen a ninguna parte, de establecimientos turísticos, minas abandonadas y rincones abarrotados, geoetiquetados en Instagram. Aun así, todo esto será una ofensa nimia en comparación con lo que se avecina. 

A lo largo de las próximas décadas, la cantidad de lluvia se reducirá, al principio de manera imperceptible, y luego, drásticamente, y lo que hoy queda de la selva tropical empezará, poco a poco, a secarse y a morir. En cambio, durante unos momentos más, los mirtos, de cuyas cicatrices asomarán, llorosos, los helechos y los hongos, crecerán como torres hasta tambalearse, como viejos actores que ofrecen su última reverencia, aún más cautivadora por el telón de fondo de abruptos barrancos y riscos todavía arbolados. 

Luego empezarán a arder. 

Las complejas, innumerables y milagrosas relaciones que han creado la selva tropical de Tasmania, una confusión exacta de árboles, helechos, musgo, hongos y microbios, de animales, aves e insectos, de peces e invertebrados, un conjunto que podría definirse mejor como una civilización desconocida, acabarán transformadas, junto a estas palabras, en desechos perdidos del tiempo.

Videoconferencia
Richard Flanagan. La pregunta 7

miércoles, 11 de marzo de 2026


DENNIS LEHANE. GOLPE DE GRACIA
  
Hola, buenas tardes. Bienvenidos a una nueva emisión de Todos los libros un libro. Esta semana traigo el último libro publicado en España de un autor muy prolífico que, dado lo abundante de su obra -y, obviamente, también de su calidad-, ya ha estado presente con anterioridad en el espacio. Se trata de Golpe de gracia, una novela formidable de Dennis Lehane que se inscribe, aunque de un modo tan singular como otras suyas, en el género policial. 

Dennis Lehane es un autor estadounidense de novela negra, bostoniano -y el dato no es irrelevante, pues Boston es un elemento central en sus libros-, y que, como digo, cuenta con una larga trayectoria que ha dado algunos frutos muy estimables en los que se pone de manifiesto su maestría literaria, muy apreciada por crítica y público. Desde 2009, la editorial RBA ha albergado la “hexalogía” de Patrick Kenzie y Angela Gennaro, dos detectives que se desenvuelven en el sórdido mundo criminal de Boston y que protagonizan Un trago antes de la guerra, Abrázame, oscuridad, Lo que es sagrado, Desapareció una noche, Plegarias en la noche y La última causa perdida, seis apasionantes novelas. Lehane es autor también de otros títulos espléndidos presentados de forma independiente, ajenos al formato serial y, por lo tanto, con carácter autónomo, aunque coincidiendo en escenarios y atmósfera cada uno de ellos, como es el caso de La entrega, Mystic River o Shutter Island. Estos dos últimos han sido llevados al cine por, respectivamente, Clint Eastwood y Martin Scorsese en dos películas magníficas. Con menor calidad, cuestionadas por la crítica, pero, a mi juicio, también interesantes, son las traslaciones cinematográficas, ambas a cargo de Ben Affleck, de Vivir de noche, una novela de la que luego hablaré, y Desapareció una noche; esta exhibida en España bajo el título de Adiós, pequeña, adiós. Por último, nuestro invitado de esta tarde ha escrito el guion de algún capítulo de The Wire o de Boardwalk Empire, dos prestigiosas series de culto de la factoría HBO. 

Hoy, antes de adentrarme en el análisis de la excepcional Golpe de gracia, quiero recuperar mis palabras de hace unos años, cuando presenté la estupenda trilogía protagonizada por diversos miembros de una familia, los Coughlin, que se mueven en los aparentemente opuestos ambientes de la policía y el crimen organizado en la ciudad norteamericana en el primer tercio del siglo XX. Una serie que dio comienzo en 2010, cuando pudimos leer la primera entrega, Cualquier otro día, publicada en RBA; continuó en 2013, en el mismo sello, cuando vio la luz Vivir de noche; para cerrarse en 2017, cuando, ya en Salamandra, que desde entonces difunde la obra del bostoniano, de la que ha recuperado algunos títulos anteriores, apareció Ese mundo desaparecido. Una vez más, pues, con la excusa de mi sugerencia de lectura de un libro que ocupa el lugar central de mi reseña, mi recomendación se hace plural, ampliándose hasta más de una decena de obras literarias, películas y series, de tal manera que, de estar interesados en “agotar” la variopinta producción de su autor (algo que, sin duda, os aconsejo), deberíais “entregar” a la tarea (placentera, pero rozando lo imposible) varios meses de intensa y apasionada dedicación en exclusiva. 


Vayamos, por tanto, para “acotar” hasta hacerla manejable mi desbordante propuesta, con la trilogía de los Coughlin. La primera de las obras que la integran, Cualquier otro día, premio del gremio de libreros español a la mejor novela del año 2010, presenta, en traducción de Carlos Milla e Isabel Ferrer, más de setecientas excitantes páginas en un híbrido de géneros que solo de modo residual y “condicionados” por la influencia de la trayectoria literaria de su autor incluye al negro y criminal pues, aun sin olvidar esa dimensión policiaca -como digo accesoria en este caso-, nos hallamos ante un libro que es principalmente un texto de ficción histórica y social, y sobre todo -ya sin etiquetas reduccionistas- una gran obra literaria, de sobresaliente calidad. 

La novela, ambientada en la ciudad natal del autor entre 1918 y 1920, se desarrolla en dos líneas principales que corren inicialmente en paralelo pero que acabarán por confluir. Por un lado, la narración sigue las tristes y esforzadas peripecias de Luther Laurence, un joven negro que se ve envuelto, por la fuerza de un inexorable destino y casi al margen de su voluntad, en el mundo del hampa, del que huye para acabar en un Boston en el que la segregación racial lo introduce de nuevo en un universo de violencia. El otro eje de la trama se desenvuelve en torno a Danny Coughlin, un joven policía irlandés, hijo de emigrantes católicos -su padre, Tommy, ha llegado a ser, desde la pobreza de sus orígenes, una alta y férrea autoridad en la policía bostoniana-, que busca su lugar en el mundo debatiéndose entre la fidelidad a los valores familiares y la continuidad de la carrera de su progenitor, movida por principios conservadores y hasta ferozmente reaccionarios, y su recién adquirida conciencia de las injusticias y los fraudes, de los abusos, los atropellos, la corrupción y la profunda inmoralidad de ese entorno que le rodea. Ambos personajes -con sus contradicciones: los dos serán capaces de ejercer la violencia y hasta de matar- son íntegros, valientes, de torturada existencia, sensibles, románticos y sentimentales, esperanzados y a la vez escépticos buscadores del amor y, en suma, perdedores. Como un sutil hilo conductor, Lehane recurre a la figura -esta con base real, con presencia histórica- del jugador de béisbol Babe Ruth, uno de los grandes nombres del para mí inextricable deporte norteamericano, cuyos avatares profesionales y personales puntean la novela en un segundo plano, en apariencia tangencial, enmarcando la acción. 

El libro, más allá de la profundización en la personalidad y el itinerario vital de sus dos grandes protagonistas, interesa por su valor documental. Cualquier otro día podría ser calificada de novela histórica, por cuanto “funciona” como fidedigna fotografía de una época. A partir del microcosmos bostoniano, el lector asiste al crecimiento de los Estados Unidos como sociedad de aluvión en el siglo XX, un país por hacer al que arriban, entre millones de inmigrantes, dos jóvenes, Thomas, el padre de los Coughlin, y su mejor amigo Eddie, que se enfrentan a la despiadada lucha por sobrevivir y prosperar en las calles de su ciudad de acogida. Los dos chicos, recién llegados desde su Irlanda natal a principios de siglo, reciben el mensaje que el inmenso país manda a todos los que acceden al nuevo mundo en procura de más amplias expectativas de vida: Este país es vuestro, chicos, pero tenéis que apoderaros de él. Años después, ya convertidos en el estricto capitán Coughlin y el despiadado teniente McKenna -devenido en relevante inspector de policía y padrino de Danny- constatarán el éxito de su tarea: Y tanto que nos apoderamos, muchacho, y tanto. Pero el protagonismo directo recae en Danny y Luther, y a través de sus vidas, en un Boston que puede “leerse” como trasunto de los Estados Unidos (La Atenas de América, cuna de la Revolución americana y de dos presidentes, sede de más universidades que ninguna otra ciudad de la nación, el centro del universo), conocemos la realidad de una ciudad abigarrada, poblada de emigrantes de todas las partes del mundo y de toda condición (italianos, irlandeses, negros, lituanos, anarquistas, comunistas, judíos), de niños dickensianos que trabajan en condiciones infrahumanas (como en las testimoniales fotografías de Lewis W. Hine), de obreros que se desempeñan en oficios varios, todos duros y todos míseros; una caótica locura de calles enfangadas por las que transitan camiones y coches de caballos, ríos de gente y fruta y verdura y cerdos nerviosos resoplando entre la paja en el adoquinado, en un ambiente general de miseria y enfermedad, de infecciones y contagiosas epidemias, en el que la adictiva prosa de Lehane se detiene para plasmar los pequeños detalles reveladores: el chirrido de las poleas de los tendederos entre edificios, el sonido de un organillo en la calle, las madres llamando a sus hijos, los colchones en las escaleras de incendios en las calurosas noches del verano. 

Esta dimensión de crónica de la novela se enriquece, además, por una innegable voluntad de crítica social. En unos Estados Unidos que viven los últimos días de la Gran Guerra y el nacimiento de la revolución bolchevique, con una paranoia generalizada en la que el miedo al terrorismo, al anarquismo, al comunismo, a la sovietización del país, impregna las conciencias de sus ciudadanos, Cualquier otro día nos muestra -como telón de fondo de la ”acción”- la terrible situación de las masas de individuos que acceden a las costas orientales de Norteamérica en busca de una vida mejor: los trabajadores, los parias, los desheredados, los desprotegidos, los que nada tienen (Para la mayoría de la gente, cuando tropieza, no hay red. Nada. Simplemente nos caemos), las pobres gentes que, explotadas en fábricas y astilleros, en industrias y manufacturas, en empresas y talleres, “asaltan” las ciudades reivindicando sus derechos. Es la época del nacimiento del Derecho del Trabajo, y las calles de Chicago, Detroit o Boston son un turbión de sucesos en los que afloran el sindicalismo, el movimiento obrero, las huelgas, los disturbios callejeros; una etapa en la que los cambios y los sufrimientos que llevan consigo son los protagonistas (los cambios duelen), en la que nace un mundo nuevo, una nueva sociedad, dejando a su paso miles de víctimas, arrolladas por la inusitada fuerza de la vida que se impone devorando a los más débiles: Era como si todos cruzaran este mundo de locos intentando seguir el ritmo pero sabiendo que eran incapaces de hacerlo, sencillamente incapaces. Así que parte de ellos aguardaba, en un segundo intento, a que el mundo los alcanzara de nuevo por detrás, y entonces simplemente los arrollaba, enviándolos, por fin, al otro mundo

Y de ese universo convulso, el talento de Lehane -y su explícita voluntad, en la que yo creo ver una intención moralizante- nos deja ver dos “frentes”; no solo, como se ha dicho, el de los desgraciados de la fortuna, sino el de quienes se benefician y sacan partido de tanta miseria y tanta degradación, de tanta explotación y tanta iniquidad: los políticos venales, los banqueros corruptos y una policía connivente con el poder que contribuye, en beneficio de las privilegiadas élites, a la destrucción y el sometimiento de los desamparados. 

El lugar de encuentro “natural” de ambos mundos -y un “topos” clásico de la literatura negra- es el que acaba por constituir el núcleo último de la obra de Lehane, que se adentra así en el cuarto de los ejes principales de su libro (tras la indagación en la personalidad de sus “criaturas”, el documento histórico y el retrato social): el ambiente, la atmósfera, el “clima” policiaco, el de los bajos fondos, las tabernas, los tahúres y la lotería clandestina, el de la prostitución, las drogas y el alcohol (la acción se desarrolla cuando está a punto de empezar la prohibición, con una Ley Seca que se aprobará a comienzos de 1920). El sinuoso y despiadado McKenna, mangoneando a su antojo el DPB (Departamento de Policía de Boston), y el más aparentemente discreto Thomas Coughlin, siempre al servicio del bien, dirigen una mafia policial, con distintas brigadas especiales repletas de informantes, timadores, infiltrados, espías callejeros y revienta huelgas que, en un mar de violencia y siendo capaces de llegar -en ocasiones y en nombre de unos pomposos honor, lealtad y dignidad- a la tortura y el asesinato, reprimen cuanto grito demandante de libertad resuena en las calles. 

Cuando da comienzo Vivir de noche, segunda entrega de la serie, traducida a nuestro idioma por Ramón de España, han pasado algunos años -la historia se retoma en 1926- y el foco del relato se centra ahora en Joe, el menor de los Coughlin (solo un adolescente en Cualquier otro día). Sin perder de vista esa dimensión histórica y social (en las tres novelas del ciclo abundan los personajes y los sucesos reales; la sombra del nazismo y del ascenso hitleriano, por ejemplo, asoma en el horizonte al término de esta segunda), el libro puede adscribirse de un modo más “natural” al género negro. Ambientada en su primera parte en Boston (recreado de nuevo con precisión y brillantez; con unos capítulos “carcelarios” auténticamente magistrales) y, sobre todo, en Tampa, Florida, y en una coda final en Cuba, la novela se desarrolla en los años de plena vigencia de la Ley Seca (que se derogó en 1933, aunque la novela continúa hasta 1935) y da cuenta de las luchas sangrientas entre bandas mafiosas por el control del tráfico clandestino de alcohol y el dominio de los circuitos de las drogas, la prostitución y el juego. Con una narración trepidante, que nos hace avanzar con fruición en la lectura, se multiplican las encerronas y las traiciones, los tiroteos y los asesinatos, las torturas y las ejecuciones, como en las mejores manifestaciones literarias y cinematográficas del género negro. Y ello sin que la dimensión humana de los protagonistas, sobre todo Joe y Graciela, pero también Emma Gould o Maso Pescatore o Loretta Figgis, se descuide, antes al contrario: todos tienen hondura y se dibujan con sutileza y variedad de matices. 

Ese mundo desaparecido cierra la trilogía, en traducción esta vez de Enrique de Hériz (es una lástima que cada libro se vierta al español con una voz distinta; cada una de ellas, aunque de modo leve y aparentemente inapreciable, introduce su particular estilo, diferente al de los demás y con efectos, por ello, ligeramente incómodos en la lectura). Siete años después de los episodios que ponían fin a la novela anterior, Joe Coughlin ha abandonado, aparentemente, la “primera línea de fuego” y es ahora un influyente hombre de negocios de Tampa, aunque sigue manejando -en un segundo plano, de un modo no tan notorio- los hilos de todos los asuntos sucios de la ciudad (prostitución, drogas, usura, juego ilegal, tráfico de seres humanos, asesinatos). En el escenario ya conocido de Florida y Cuba, ahora avanzada ya la primera mitad de los años cuarenta y con la Segunda Guerra mundial destrozando Europa, se mantienen -al igual que en Vivir de noche- las pautas del más duro género negro: traiciones, ajustes de cuentas, delaciones, encarnizados enfrentamientos entre facciones rivales, dobles juegos, sospechas, clanes mafiosos, sangrientas luchas por el poder, innumerables tramas que se entremezclan, gánsteres, forajidos despiadados pero con preocupaciones humanísimas, y todo ello narrado con virtuosismo, en un relato rebosante de “escenas” vibrantes, de una tensión casi inaguantable. 

Pero hay también -y sobre todo- una sólida construcción de los personajes, en especial de un protagonista que la capacidad de penetración psicológica de Lehane nos muestra con emoción y lirismo, con poesía y profundidad. Aquel hombre emanaba más dolor, amor, poder, carisma y maldad potencial que cualquier otro con quien se hubiera cruzado, se dice de él en un momento del texto. Asistimos así a las reflexiones, las vacilaciones morales, la perplejidad existencial, la imposible aceptación de un fatal destino, previsible pero inexorable, en un Joe Coughlin que, cuidando de un hijo pequeño, con solo treinta y seis años y tras veinte de vida al límite, encara sus fantasmas. Y es que el temible gánster, siendo un sanguinario criminal que vive una vida de codicia y castigo, sufre por la imparable deriva de su existencia, analiza sus pecados, se enfrenta a sus remordimientos, reflexiona sobre su código ético y, en definitiva, sacrifica su paz mental torturado por las muchas dudas que le asaltan ante las brutales repercusiones de sus actos. En este sentido, Ese mundo desaparecido es, de nuevo, como la primera obra de la serie, una magistral novela que trasciende el marco del género negro y puede ser leída con gran literatura. 

Tras estos apetitosos preliminares, os hablo ya de la última y excepcional novela de Lehane. Golpe de gracia, que ha visto su título cambiado en nuestro país (Small mercies, pequeños consuelos o gracias o misericordias, en el original), se publicó en España, de nuevo en la editorial Salamandra, el pasado 2024, en versión de Aurora Echevarría, traductora con amplia trayectoria en la profesión, pese a lo cual, y humildemente, le opongo unas muy subjetivas objeciones, que tienen que ver, sobre todo, con ciertos giros, ciertos particularismos del catalán que, no siendo incorrectos en sentido estricto, sí que pueden chirriar a lectores con el español como lengua primera (sobre todo a aquellos tan tiquismiquis como yo mismo). Es el caso del uso del verbo adelgazar en su forma pronominal (válida, pero muy inusual en nuestro idioma: Te sobran unos kilos, Michael. ¿No crees que debería adelgazarse un poco, Bridge?) o la reiteración de las muy forzadas locuciones “ya le está bien”, “ya le va bien” y similares (No se ve volviendo a trabajar pronto, y duda [de] que su puesto esté esperándola cuando esté lista para volver, y ya le está bien). Me ha sorprendido también la referencia al Ejército Simbionés de Liberación, de nuevo aceptable (Symbionese Liberation Army, su nombre original), pero que quizá pueda extrañar al usarse en el contexto histórico de la novela, el verano de 1974, cuando en nuestro país el muy bizarro (en la tercera acepción de diccionario), aunque criminal, grupo terrorista era conocido como Ejército Simbiótico de Liberación, apareciendo así en los medios de comunicación tras su insólita irrupción a partir del secuestro de Patty Hearst, nieta del magnate William Randolf Hearst, y de su posterior entregada afiliación a la banda y a sus causas. 

El libro se abre con una cita de Joseph Conrad, que, leída tras haber completado la novela, se entiende referida a la dificultad de salir del marco social que nos constriñe (Es imposible apartarse por completo de los demás. Para vivir en el desierto hay que ser un santo), un elemento decisivo para la completa comprensión de la obra; y con una Nota histórica de interpretación menos equívoca y muy reveladora de los hechos que van a narrarse: 

El 21 de junio de 1974, W. Arthur Garrity Jr., el juez de distrito estadounidense encargado del caso «Morgan contra Hennigan», resolvió que el Comité Escolar de Boston había «perjudicado de manera continuada a los estudiantes negros» del sistema de enseñanza pública. El único remedio, concluyó, era poner en marcha un plan de transporte escolar entre los barrios predominantemente blancos y los predominantemente negros a fin de erradicar la segregación en los institutos públicos de la ciudad. 
El instituto con mayor población afroamericana era el Roxbury High School, y el que tenía más población blanca, el South Boston High School; por tanto, se decidió que ambos intercambiarían una parte significativa de su alumnado. Esa orden debía entrar en vigor al iniciarse el curso escolar, el 12 de septiembre de 1974, así que alumnos y padres disponían de menos de noventa días a partir de que se dictara la sentencia para prepararse. 
Aquel verano, en Boston hizo mucho calor y casi no llovió. 

En esos agobiantes días estivales cercanos a la previsiblemente conflictiva fecha, Lehane nos presenta a Mary Pat Fennessy en su desestructurado hogar en el complejo de viviendas de protección oficial Commonwealth, en el distrito de South Boston. La escena inicial en la vivienda de los Fennessy es muy descriptiva y sitúa de inmediato al lector en el caótico universo de quien será el personaje central de la novela. Las luz y el gas cortados por falta de pago, los ventiladores y la nevera consecuentemente apagados en ese calor sofocante, el intenso olor que desprende el ladrillo del marco de las ventanas, ardiente por el sol, la papelera del salón repleta de latas de cerveza, los ceniceros atestados de colillas desperdigados sobre los muebles, la misma Mary Pat enlazando un cigarrillo tras otro mientras ve reflejada su imagen en el televisor desconectado (una mole sudorosa de pelo enmarañado e incipiente papada vestida con camiseta de tirantes y pantalones, una criatura que no cuadra con la imagen de sí misma a la que se ha aferrado). A sus cuarenta y dos años, su vida está echada a perder, enlaza trabajos precarios y dobles turnos en empleos de subsistencia (auxiliar de enfermería en una residencia de ancianos, obrera en una fábrica de zapatos) para sacar adelante a su hija Jules, que ahora yace tumbada encima de las sábanas de su habitación, resoplando sudorosa y dormida. Jules es guapa y solo tiene diecisiete años, pero está haciéndose mayor de manera acelerada por crecer en Commonwealth (no es la clase de lugar del que salen reinas de belleza ni modelos, por muy guapas que sean al irse); por haber perdido a su hermano, Noel, excombatiente en Vietnam, destrozado por la heroína a su vuelta a casa tras la experiencia bélica; por tener que soportar la marcha de su padrastro Ken justo cuando parecía que podría asentarse la relación de éste con su madre, tras siete años de convivencia; por verse ahora obligada, a causa de la orden del juez federal, a cursar su último año en un instituto diferente situado en un barrio donde nadie ha visto pasear a un chico blanco después del atardecer; y porque su conflictivo entorno -pobreza, desempleo, conflictividad social, ausencia de expectativas vitales, peleas, agresiones, tiroteos- la hace probable destinataria del tráfico de drogas -marihuana, ácido, alcohol- con el que la delincuencia organizada introduce en el consumo a la población juvenil del barrio (en South Boston; en Southie, como lo llaman; la mayoría de los niños salen del vientre materno con una cerveza Schlitz y una cajetilla de Lucky Strike en las manos). El sonido del timbre interrumpe los estériles esfuerzos de Mary Pat por ordenar el desbarajuste del piso. Tras la puerta aparece Brian Shea, un pulcro miembro del grupo que trabaja para Marty Butler, una suerte de capo local del clan irlandés, que llega cargado con folletos y pancartas para movilizar a la población del barrio en contra de la decisión judicial que obliga al intercambio escolar. Los hombres de Butler operan como una mafia que ofrece protección a los habitantes del barrio (Cada vez que la pandilla de Butler acude a pedir algo, lo que está ofreciendo en realidad es protección, aunque nunca lo digan abiertamente. Siempre lo disfrazan de algún motivo noble: el IRA, los niños hambrientos de donde coño sea, las familias de los veteranos de guerra, y hasta es posible que parte del dinero vaya a parar a eso), unidos todos por sus orígenes irlandeses, por su sentimiento de clan, por sus prejuicios raciales, sociales y étnicos, y, en su mayoría, por un estado permanente de desencanto y desesperanza vitales y de un muy intenso odio de clase contra los putos ricos que viven en sus mansiones de las afueras, alejados de la pobreza y la depauperación que a ellos les rodea. Mary Pat participa de esa visión crítica y combativa, también racista y segregacionista, de sus correligionarios, y comparte la causa contra la polémica orden del juez local (es una de las “hermanas” del MSCTEF, las Mujeres de Southie contra el Transporte Escolar Forzado), una causa que esta vez le parece plenamente legítima, aunque sólo sea porque no han pedido ni un céntimo a los residentes de Commonwealth, sólo ayuda con los preparativos, por lo que se compromete a acudir con pasquines y carteles a la manifestación del próximo 30 de agosto -a escasos doce días de la ejecución de la sentencia judicial- en la plaza del ayuntamiento. 

Esa misma noche, Jules, que ha salido con su desastroso novio, Ron Collins, y su mejor amiga, Brenda Morello, no vuelve a casa. Mary Pat acude preocupada la mañana siguiente a su trabajo, con una inquietud que se acrecienta cuando la ausencia de la chica se prolonga por varios días, mientras ni sus amigos, ni sus familias, ni conocidos de unos y otros, ni la misma policía pueden dar pistas sobre su desaparición. Simultáneamente, en una de las ediciones de un periódico local se da cuenta de la muerte de un joven de veinte años, fallecido por causas hasta ese momento desconocidas, en el andén de llegada del metro de una estación cercana. El diario detalla el nombre del muchacho, Augustus Williamson, y los múltiples traumatismos craneales que presentaba, a causa, probablemente, de haber sido golpeado por algún tren. El chico, de raza negra, es hijo de Calliope, compañera de trabajo de Mary Pat. En el enrarecido ambiente de esos días, los rumores que hacen del joven un traficante de drogas que se habría adentrado en un barrio blanco para robar algún coche, avivan aún más las tensiones raciales, exacerbadas también por la falta de noticias de Jules. 

Todos estos elementos, que se nos presentan en las primeras páginas de la novela, abren sugerentes hilos que corren simultáneos y que a medida que la narración avanza van entrelazándose y confluyendo, unidos todos ellos por el protagonismo de Mary Pat. La línea central, conectada con la adscripción genérica principal de la literatura de Lehane, la novela negra, tiene que ver con la investigación de la inexplicada ausencia de Jules. Ante la inacción de las fuerzas vivas -las oficiales, pues en los casos de desaparición de adolescentes, la policía no se moviliza hasta pasadas setenta y dos horas, considerando probable la huida voluntaria de esos jóvenes habitualmente conflictivos y rebeldes; y las “oficiosas”, encarnadas en los líderes del poder mafioso “paralelo”, que prefieren no llamar la atención sobre el barrio-, será la propia Mary Pat la que interrumpa temporalmente su desidia y su abandono existenciales y se lance a la indagación del paradero de su hija. Su pesquisa la llevará a conocer algunos hasta entonces ignorados aspectos de la vida de la chica, aún una niña pero a la que el marco social y lo desestructurado de la vida familiar han disparado hacia ciertos hábitos y entornos sórdidos. La mujer deberá enfrentarse también a las oscuras, poderosas e implacables fuerzas de la organización criminal que, bajo su superficie protectora, somete y exprime en beneficio propio a las muy zarandeadas gentes del barrio. Por el camino, Lehane da cuenta de las vicisitudes de la muerte del muchacho negro, que pronto se sospecha no accidental y sí debida a la probable violencia de una pandilla de jóvenes blancos entre los que podría encontrarse la propia Jules. En su búsqueda, llevada a cabo bordeando de continuo los límites de la legalidad y poniendo en cuestión también los códigos implícitos de la banda de Butler, entrará en contacto con el sargento Michael Coyne, al que todo el mundo llama Bobby, un detective del Departamento de Homicidios de la Policía de Boston, un hombre honrado, que intenta dignamente preservar el imperio del derecho y de la ley en aquel entorno salvaje (Lo único que nos separa del reino animal es el Estado de derecho, dirá). 

En el desarrollo puramente novelesco de estos ejes principales -la averiguación del destino de Jules, las siniestras interioridades de la organización mafiosa, las claves de la muerte de Augustus, el desarrollo de la movilización frente al dictamen judicial-, la intención y la maestría del autor nos muestran otros aspectos de más hondura -o que al menos superan el mero relato de lances, sucesos o episodios- que conectan con algunas de las preocupaciones ya reveladas en otras de sus obras, en particular en las ya reseñadas. Es el caso del penetrante análisis, de alta hondura psicológica, en la personalidad de Mary Pat (de la que el libro nos ofrece un retrato magistral), de su trayectoria biográfica y del conflictivo clima de desesperanza, ausencia de ilusiones y limitado horizonte vital que enmarcan su existencia. También la acertada y fidedigna descripción de las condiciones sociales, económicas, ideológicas y políticas de South Boston, de su atmósfera de pobreza y estrechez, de necesidad y violencia, de conflictividad y falta de futuro, de miseria y mediocridad y renuncias y rencor acumulado y sometimiento obligado y resentido conformismo hecho de inquina, odio y encono. Igualmente resulta sustancial el tratamiento de la, por así llamarla, “cuestión racial”, con apuntes valiosos sobre sus probables causas y sus principales manifestaciones. Del mismo modo, y en relación con algunos de los sucesos narrados, de indudable conexión con acontecimientos históricos, bien datados y documentados, en el libro afloran ciertos episodios, ciertos personajes, ciertos hechos relevantes de la vida norteamericana de hace medio siglo, constituyendo un escenario, un marco para la historia que se relata, que, al saberse verdadero, acentúa el carácter profundamente realista de la obra, pese a que el lector no dude, en ningún momento, de hallarse ante una ficción. Por último, nos interesa la muy iluminadora mirada que se nos ofrece sobre el ambiguo universo de las organizaciones criminales, de esas mafias irlandesas, con vínculos con los poderes públicos, las instituciones, la policía, los representantes políticos, las fuerzas vivas, la “respetabilidad”, en suma, unos lazos que Lehane conoce muy bien y que ha hecho aflorar de manera habitual en sus novelas. Quiero analizar brevemente algunas de estas descollantes dimensiones de Golpe de gracia

El retrato de Mary Pat Fennessy es espléndido y se nos presenta con todos los matices de una personalidad compleja. Nacida en el entorno cerrado, tradicionalista y retrógrado de su linaje irlandés (todos eran irlandeses y todos se casaron sólo con irlandeses desde que Damien y Mare Flanagan desembarcaron en Long Wharf en 1889), en un vínculo imperceptible que da un sentido oculto a su historia personal y que la conecta con una parte de sí misma que parece mucho más auténtica que la real, con una Mary Pat original, una Mary Pat Eva, una Mary Pat tan remota que podría haber exhalado su último aliento en una turbera del pueblo de Tully Cross, en el municipio de Gorteenclough, allá por el siglo XII; crecida en un ambiente familiar violento con agresiones de los padres y entre hermanos, riñas y peleas constantes, brutalidad y palizas (Desde que tiene uso de razón, ella ha recibido bofetadas; unas veces flojas, otras fuertes. Ha recibido puñetazos, zancadillas, golpes con perchas, palos de escoba, bates de wiffle, con aquellas cucharas de madera, con el zapato de su madre, con el cinturón de su padre); saliendo adelante en un contexto social en el que la fuerza bruta es la única forma de imponerse (En la calle peleaba con grupos de chicos, de chicas, mixtos. Cada vez que una persona la atacaba, ella se defendía de todas las que, a lo largo de su vida, le habían pegado o retorcido el pelo, la oreja o el pezón, de cualquiera que le había gritado, gruñido o golpeado con un cinturón o un zapato, de todos aquellos que alguna vez la habían hecho sentir como una niña que se preguntara asustada en qué clase de infierno ha nacido), Mary Pat se ha endurecido en contacto con una realidad áspera, pero la sucesión de desgracias que ha sido su vida -el abandono de un primer marido, Dukie, agresivo y violento; la partida del segundo, Ken, un buen hombre con inclinaciones intelectuales avergonzado de la cortedad de miras, el fanatismo ideológico y el odio que respira el círculo social al que pertenece su mujer; la muerte de su hijo mayor, Noel, víctima de las drogas tras su paso por Vietnam, como ya he señalado-; todo ello ha hecho de ella una mujer devastada, perdida, derrotada, sumida en un abandono, una frustración y una soledad acentuados ahora por la desaparición de su niña (Se vuelve para mirar su apartamento: está vacío, infinitamente más que cuando se fueron Dukie, Ken Fen o incluso Noel. Está vacío como los cementerios, llenos a rebosar de los restos de lo que nunca volverá a ser). Sin embargo, el dolor que le provoca la aciaga suerte de Jules y la impotencia derivada de la inacción de quienes debían protegerla, generan en ella una rabia y una furia indecibles, con las que se rebela ante la interminable sucesión de desventuras y la flagrante injusticia que ha de soportar. Y es que su inicial pasividad no nace del conformismo que es corolario de la desesperación de quien simplemente ha perdido la esperanza, sino [de] la del que se siente abandonado; la primera es debilidad, la segunda, el filo de un cuchillo: los que renuncian a la esperanza son víctimas, pero los que se sienten abandonados se vuelven vengativos. Su tragedia la hace “despertar”, revivir, tomar las riendas de su vida y enfrentarse a todo y a todos hasta averiguar el destino de su hija y hacer pagar a los responsables de su sufrimiento. Su dolorosa y terrible experiencia constituirá para ella una suerte de iniciación de la que saldrá transformada (sin que yo pueda aquí avanzar nada más sobre el sentido último de su evolución). 

El drama íntimo, personal y familiar de la protagonista se inscribe en un marco social también magníficamente descrito por Lehane: la pobreza y la marginación del barrio, la precariedad de las condiciones de vida de sus habitantes, su dura supervivencia en una limitación estructural y en apariencia irremediable, que se impone a la cada vez más resignada voluntad de aquellos a quienes el destino ha castigado (Todo el mundo se esfuerza mucho en Southie en general y en Commonwealth en particular. No son pobres porque no se esfuercen, porque trabajen poco o no se merezcan algo mejor. Allí donde mire, Mary Pat no ve más que gente luchadora, tipos duros y exigentes que manejan cargamentos de diez toneladas como si fueran una pelota de golf, que van a trabajar día tras día y hacen jornadas de diez horas, regalándoles dos a sus desagradecidos patrones. No son pobres porque holgazaneen, eso está claro. Son pobres porque en este mundo hay una cantidad limitada de buena suerte y a ellos simplemente no les ha tocado). Muchos de los personajes con los que se relacionan los protagonistas tienen existencias conflictivas, con pasados delictivos, carcelarios, alcohólicos (Mary Pat salió una vez con un tipo que vivía allí. Paul Bailey se llamaba, y lo último que supo de él fue que cumplía entre ocho y diez años en Walpole). Hay también, en bastantes de ellos, altas dosis de resentimiento social y odio de clase contra quienes tienen una posición privilegiada en la vida, los dueños del dinero, del poder, los ricos que rechazan el sistema escolar público, que se oponen a que las líneas de metro o autobús lleguen a sus acomodadas y confortables y exclusivas zonas, que aborrecen la mezcla, la integración, la igualdad, el “ascensor social” y la fluidez en el trato entre clases, que desprecian la miseria, la falta de cultura, la ausencia de estilo y elegancia de quienes no son como ellos (Pensaba que iba elegante y arreglada pero, a juzgar por las miradas de reojo que le lanzan los mocosos y los hippies de Harvard Yard, se hace notar porque luce precisamente como lo que es: una mujer de clase trabajadora que se ha colado en su mundo con un ridículo atuendo sacado del catálogo de Sears. Suponen que se ha equivocado de metro y ha acabado merodeando por el campus de Harvard como una niña perdida en un supermercado, y que volverá a su mugriento mundo para contarles a sus mugrientos hijos todas las cosas brillantes que ha visto y que no le han dejado tocar). La mayoría de ellos, sin embargo, no se plantean siquiera cuestionar sus propios prejuicios frente a etnias y razas distintas, y reproducen los reduccionistas, injustos y abusivos estereotipos frente a los negros. 

Y es que, muy estrechamente relacionado con esta desigualdad social, un eje central del libro tiene que ver con el conflicto y el enfrentamiento racial. La necesidad, la pobreza, las muchas carencias de esas vidas sin futuro convierten a South Boston en un hervidero de racismo, en una línea argumental que, como se percibe ya desde la nota introductoria, atraviesa la novela entera. El barrio irlandés, degradado y paupérrimo, es también un excelente caldo de cultivo para el racismo, el fanatismo integrista, el fundamentalismo blanco, el extremismo radical que canaliza el odio nacido de la propia frustración vital para convertirlo en aversión, aborrecimiento y rencor frente al “otro”, a los negros aún más pobres que ellos, los únicos ante los que pueden esgrimir la absurda creencia en una relativa superioridad. Solo Mary Pat, en un raro momento de lucidez, logra vislumbrar la más honda verdad de las cosas, que unos y otros son por igual víctimas: En ese instante siente una afinidad con los negros que le sorprende: ¿no son víctimas de lo mismo? La novela nos introduce con solvencia en este escenario social hecho de fronteras, de antagonismos tribales (cada vez que cruza la frontera de ese lugar tiene la impresión de que acaba de entrar en la selva tropical donde habita una tribu desconocida, no especialmente hostil ni peligrosa por naturaleza, pero en el fondo incomprensible), de guetos de cerrazón irreductible, de calles prohibidas, de barrios de imposible acceso para los enemigos seculares (A ver, si no habláis como nosotros y no os gusta nuestra música, nuestra ropa, nuestra comida ni nuestras costumbres, ¿por qué venís a nuestro barrio?), a pesar de compartir, unos y otros, idénticas carencias, idéntica opresión, idéntica pobreza. Como ocurre con los dos Institutos objeto del intercambio que se apunta en la nota introductoria: El Southie High School es igual de desastroso que el Roxbury High School: allí también se desbordan los retretes y se revientan las tuberías de la calefacción, hay humedades, moho y pintura desconchada en las paredes, y se utilizan libros de texto anticuados con las páginas sueltas

Otra destacada vertiente del libro es la que refleja el microcosmos de los clanes mafiosos, de sus capos poderosos e intocables, la protección pagada a precio de silencio y sumisión, los sucios negocios de drogas, chantajes, prostitución. La novela está así cruzada por oscuros gerifaltes cuyo carisma los hace impunes entre unas gentes que los adoran (Marty no es sólo el protector de Southie, es el hijo favorito de Southie, el rebelde que se burla de la clase dirigente... Marty es Southie, y creer que es malo (no un simple delincuente, un payaso y un chanchullero que dirige un submundo que, al fin y al cabo, alguien tiene que dirigir) es creer que Southie es malo), camellos de poca monta, matones de pacotilla, delincuentes varios, brutales subordinados, criminales y asesinos, agentes de policía comprados, políticos corruptos, adolescentes sin futuro y con apenas cerebro que se venden a las bandas a cambio de alguna dosis estimulante para sus venas o para su ego, chicos que salen pavoneándose de las salas de interrogatorio de las comisarías y de su fugaz estancia en las dependencias judiciales, exculpados gracias a la siempre oportuna intervención de abogados que no podrían permitirse pagar ni aunque ganaran la lotería todos los días durante un mes seguido

Este marco que podríamos llamar sociológico de Golpe de gracia se inscribe a su vez en un contexto social e histórico general del que se dejan abundantes muestras en el transcurso del desarrollo narrativo. Aflora así la guerra de Vietnam que, pese a que los Estados Unidos habían abandonado el país asiático un año antes, aún está presente en el sentimiento colectivo y, obviamente en el particular, de Mary Pat, no solo a partir de la trágica experiencia de su hijo sino también a causa de su amarga conciencia de clase: 

—¿Sabe qué barrio envió a más chicos a Vietnam? 
—¿Southie? Ella niega con la cabeza. 
— Charlestown, pero Southie fue el segundo, seguido de Lynn, Dorchester, Roxbury. Tengo una prima que trabaja en la junta de reclutamiento, ella me lo dijo. ¿Y sabe cuál no envió a casi ninguno? 
— Puedo imaginarlo — responde él con una amargura tan antigua que se confunde con apatía. 
— Dover. En Wellesley, Newton y Lincoln, los jóvenes se esconden en las universidades y las escuelas de posgrado, o conocen a médicos que les hacen certificados diciendo que tienen tinnitus, los pies planos, espolones óseos o cualquier otra chorrada que se les ocurra. Son exactamente las mismas personas que quieren que un autobús escolar lleve a mi hija al Roxbury, pero que no dejarían que un negro diera dos pasos en su barrio una vez que han podado el césped y se pone el sol. 

Están presentes, también, las manifestaciones crepusculares de la rebeldía juvenil y del “hippismo”, igualmente denostadas por la protagonista: 

Sale de la estación de Harvard y entra en Harvard Square, que es tan horrible como sospechaba que sería: hay hippies por todas partes, el aire huele a porro y a sobaco, y cada seis metros más o menos hay alguien tocando una guitarra y canturreando sobre el amor, tío, o sobre Richard Nixon, tío. Nixon abandonó el jardín de la Casa Blanca en helicóptero casi tres semanas atrás, pero a los ojos de estos cobardes sobrecualificados y consentidos que escaparon al reclutamiento sigue siendo algo así como el hombre del saco. Mary Pat pierde la cuenta de cuántos corretean descalzos por las sucias calles con sus raídos pantalones acampanados, sus camisas multicolores, sus collares de cuentas y sus melenas; las chicas sin sujetador y con las nalgas asomando de sus vaqueros cortados, llenando el aire de humo de tabaco y marihuana. Qué vergüenza para sus padres, que gastaron una infame cantidad de dinero para enviarlos a los mejores colegios del mundo (colegios en los que ningún pobre podría entrar jamás, ésa es la puta verdad) para que ellos se lo agradezcan caminando por ahí con los pies mugrientos y cantando canciones folk de mierda sobre el amor, tío, el amor. 

Y hay menciones a Nixon, como hemos visto, y a Edward -Ted- Kennedy, en un episodio muy relevante del libro, y a sus hermanos el presidente John y el fiscal general Robert, ambos asesinados, como es sabido; entre otras referencias del día a día político y social de la época. 

Ya para terminar, quiero subrayar la presencia de una tenue, aunque perceptible, fuente de luz y esperanza que ilumina el “mensaje” final de Lehane, representada no solo en el coraje -a la postre dramático- de Mary Pat, sino también en la figura del detective Coyne, cuyo retrato, lejos de circunscribirse a su mero acontecer profesional como policía, nos muestra también su origen y sus circunstancias personales y familiares. Bobby nació y creció en un barrio irlandés, confortable, blanco, cerrado, endogámico. Sus padres participan de ese clima, pero aborrecen por igual la autocompasión victimista y el estúpido racismo. Tiene un hijo de nueve años que vive con su madre, aunque los fines de semana los pasa en la casa de estilo victoriano de Tuttle Street y pasa cuarenta y ocho horas con su padre, cinco tías locas y cariñosas, y el tío Tim, el cura fallido, amable y taciturno, en un hogar bien estructurado pese a la no siempre convencional personalidad de los hermanos. Estuvo en Vietnam, y aún le tortura el recuerdo de los muchos “enemigos” a los que tuvo que matar; coqueteó con la heroína; se hizo policía y pasó largas jornadas patrullando en el corazón de las comunidades negras de la ciudad. Conoce, pues, de primera mano, la realidad en la que debe ejercer su profesión, la irracional pulsión identitaria, el odio y la rabia inmotivados, pero es noble, íntegro, honrado, cree en la ley y el orden, en el estado de derecho y, sobre todo, es alguien que, en ese ámbito de férrea cerrazón ideológica, duda. Duda de las supuestas verdades incontestables, del ciego fanatismo, de los rígidos prejuicios, de los apriorismos incuestionables. Es inteligente, lúcido y consciente de las injusticias: Si cuatro chicos negros hubieran perseguido a uno blanco forzándolo a tirarse delante un tren, se enfrentarían a cadena perpetua; con suerte, declarándose culpables cumplirían como mínimo veinte años de cárcel. Pero los chicos que persiguieron a Auggie Williamson no pasarán más de cinco años, si acaso, y él lo sabe

La súbita irrupción de Mary Pat en su vida, de su fuerza y su determinación, de su voluntad y su coraje, lo impresionan: 

A Bobby lo impresiona comprobar que en el interior de aquella mujer hay algo irremediablemente roto que, al mismo tiempo, es del todo inquebrantable. Esas dos cualidades no pueden coexistir: una persona rota no puede ser inquebrantable, y viceversa. Y sin embargo, allí está Mary Pat Fennessy, rota pero inquebrantable. 

Le viene a la mente la imagen de Mary Pat Fennessy en el depósito de cadáveres. «He ahí una persona que cree que hay que “hacer algo” sin importar las consecuencias. Dios mío.» 
Se sorprende pensando de nuevo en Mary Pat Fennessy, una mujer a quien le han arrebatado a sus dos hijos. «Dios mío», piensa, «¿de dónde ha sacado la fuerza para levantarse de la cama cada día?». 
De la ira. 
De la angustia. 
De la rabia. 

En la sórdida y desesperanzada atmósfera a la que nos traslada la novela, al lector le quedan, indelebles, las figuras de estos dos personajes que, pese a sus muchas diferencias, representan la confianza y la promesa de un cierto futuro mejor. 

En fin, leed estos espléndidos libros de Dennis Lehane -y todos los demás que ha escrito, y ved las películas y las series en las que ha intervenido-, os aseguro horas de entretenimiento y disfrute, de intensidad y emoción. Os dejo ahora con Don’t Let the Sun Go Down on Me, el éxito de Elton John en ese 1974 en que se desarrolla la acción de Golpe de gracia. La acompaño, como fragmento final de la reseña, de un breve texto en el que Mary Pat se refiere a su letra y a la relativa correspondencia que tiene con su fracasada vida. 

Toda su vida ha sido fiel seguidora de los 40 Principales; nunca ha sido fan de ningún grupo en particular, simplemente le han gustado las canciones del momento. Ese verano, Rock the Boat, Billy Don’t Be a Hero y su favorita, Don’t Let the Sun Go Down on Me. Pero ahora todas esas canciones le parecen una tontería porque no se han compuesto pensando en alguien como ella. Incluso esa letra: «... losing everything is like the Sun going down on me» se le queda corta, porque no es cierto que perderlo todo sea como si el sol se ocultara para ella, sino más bien como si una bomba atómica estallara en su interior y su cuerpo, convertido en un millar de partículas que viajan en todas direcciones, pasara a formar parte de una nube en forma de hongo.

 
Videoconferencia 
Dennis Lehane. Golpe de gracia