Vivo entre muchos libros y extraigo una gran parte de mis ganas de vivir del hecho de que aún leeré la mayoría de ellos. (Elias Canetti)

miércoles, 19 de octubre de 2011


SOFI OKSANEN. PURGA 

Hola, buenos días. Bienvenidos un miércoles más a Todos los libros un libro, el espacio de recomendaciones literarias de Radio Universidad de Salamanca. Hoy os traigo una novela de una escritora finlandesa, un universo, éste de las letras finesas, ciertamente desconocido para mí e imagino que también para el gran público. Os confieso de entrada que, casi por principio, soy abiertamente reacio a estos movimientos de modas multitudinarias y forzosamente pasajeras que de modo repentino aparecen, se mantienen y aun abruman con sus propuestas unidireccionales durante un tiempo, para diluirse luego sin que quede a su prescindible paso más que un tenue rastro en dos o tres, no más, manifestaciones singulares y con poso, capaces de dejar, ellas sí, frente al resto del aluvión indiferenciado y muchas veces insustancial de sus semejantes, una huella perdurable. Cuando, además, el fenómeno se produce en el terreno de la literatura, en el que casi nunca cantidad es sinónimo de calidad, mi indiferencia y hasta mi rechazo son aun mayores. Desde hace algunos años, de un modo más notorio y agobiante desde la fulgurante aparición de la exitosa trilogía Millenium de Stieg Larsson, el mercado literario se ha visto inundado de mil y una ofertas de literatura nórdica, sobre todo policiaca. Aprovechando el impulso provocado por la sonora irrupción en el mundo entero de las peripecias del periodista Mikael Blomkvist y la disfuncional y muy atractiva humanamente Lisbeth Salander, los expositores de cualquier librería, así nos hallemos en el pueblo más remoto del orbe, nos muestran decenas de obras por las que pululan policías islandeses solitarios (valga la redundancia), implacables asesinos suecos, inconcebibles conflictos existenciales padecidos por taciturnos noruegos, complejas tramas de drogas, explotación sexual, asesinatos y tráfico de armas en la eterna noche ártica, oscuros crímenes en la nieve, discúlpeseme en este caso el oxímoron, en definitiva, gélidos retratos del vacío vital que define la otra cara del milagroso y aparentemente modélico estado del bienestar escandinavo. Y, habiendo leído y disfrutado, con un cierto interés, aunque también con razonable distancia, la obra de Larsson, he aborrecido, sin embargo, todas esas secuelas redundantes, aún siendo consciente de que entre ellas pudiera encontrarse -es más que probable- alguna joya que no debiera desecharse junto con la mucha ganga innecesaria. Y hete aquí, sin embargo, que, pese a esos antecedentes personales, aparece este Purga, de la finlandesa Sofi Oksanen, y sin saber por qué (quizá sí, quizá la razón sea su presentación por la espléndida y muy querida por mí Editorial Salamandra) me encuentro abriendo sus páginas, interesándome por la historia, tímidamente al principio, de manera apasionada después, devorando sus capítulos a partir del segundo o tercero, y, en definitiva, gozando de una novela excepcional, muy dura, muy intensa, pero también muy estimable y sobresaliente. Premiada profusamente en su país y en toda Europa, Purga se ofrece en castellano en la traducción del finlandés llevada a cabo por Tuula Marjatta Ahola Rissanen y Tomás Gonzalez Ahola.

Dejadme resaltaros dos de los aspectos a mi juicio más destacados de esta estupenda novela, pues el corto espacio de tiempo del que dispongo no me permite un comentario más profundo. Serán, creo, sin embargo suficientes para daros cuenta de manera entusiasta de sus logros y para despertar en vosotros el deseo de leerla. En primer lugar, es la trama, curiosa, singular, muy interesante, llena de ramificaciones y planos y frentes diversos, con múltiples connotaciones, históricas, políticas, humanas, existenciales, lo que fascina en Purga; una trama compleja, densa, que se desarrolla a lo largo de casi sesenta años, los que van desde 1936 a 1992, en diversos escenarios, algunos meramente episódicos, circunstanciales, como Berlín o Vladivostok, y otros esenciales como es el caso de Estonia, una república báltica de la que además conocemos distintas formas de organización política a lo largo del libro: nacionalista y autónoma, sufriendo el terror estalinista, sojuzgada por el ejército nazi, uncida más tarde al yugo soviético, definitivamente independiente en el presente del libro, en ese 1992 desde el que se reconstruye la historia.

Una historia que se desarrolla a partir de un encuentro aparentemente fortuito entre dos mujeres, la anciana Aliide que, abandonada del mundo y sobre todo de sí misma, asocial, huraña, desgreñada y algo demente, rodeada de moscas y suciedad (las moscas un motivo recurrente de la novela), termina sus días sola y aislada en su casa en un bosque del oeste de Estonia, con sus recuerdos y sus miedos, sus obsesiones y sus culpas; y, por otro lado, la joven Zara, golpeada por la vida, secuestrada por una mafia dedicada a la trata de blancas, de desoladora existencia, reducida ésta, sin horizonte vital alguno, a cumplir las exigencias de su explotadores, forzada a entregarse de continuo a asquerosos cuerpos ajenos, a embrutecidos clientes borrachos, sólo capaz de evadirse de su impotente miseria merced a las drogas y al alcohol, envejecida prematuramente, y pese a ello, con la energía suficiente, la poderosa fuerza de la desesperación, para escapar de sus inhumanos torturadores y acabar convertida en un bulto cubierto de barro, harapiento y sucio, en el grisáceo jardín de la perdida casa de la anciana con la que, más allá de las reticencias iniciales, terminará sintiendo algo similar, quizá, al calor humano.

Pero, además, y aquí me detengo en el segundo aspecto notable del libro, la narración de ese encuentro y de su evolución se realiza a través de una estructura compleja y eficacísima que nos lleva, con continuos saltos en el tiempo, a reconstruir la historia de la anciana Aliide, su juventud junto a su hermana Ingel, el sufrimiento de su vida con la guerra y las sucesivas ocupaciones de su país por ejércitos enemigos, las humillaciones, las traiciones, las pérdidas, el terrible y secreto drama personal que la novela nos irá revelando hasta mostrarnos un vínculo oculto, y que por tanto no os descubriré, entre las dos mujeres protagonistas. Y si hablo de estructura eficacísima es porque ese mosaico construido con retazos de historias, con fragmentos de vidas que surcan tiempos y espacios distintos, nos va mostrando gradualmente, de un modo apasionante, la realidad última de esas dos vidas. Asistimos así a una narración intensísima, subyugante, que pese a la aparente complejidad inicial, en la que las diversas voces y los diferentes momentos en los que se desarrolla la acción pueden inducir a una ligera confusión, enseguida se convierte en arrebatadora y adictiva por la fluidez de la escritura.

Debéis leer esta magnífica Purga, de Sofi Oksanen publicada por Salamandra. Podréis objetarme que siempre finalizo así mis reseñas y que ese deber a cuyo cumplimiento intento induciros y hasta conminaros no puede ser tan exigente ni todos los libros que os recomiendo tan indispensables. Pero pensad que no os hablo de imperativos morales, sino de placer. E inmenso placer es el que he sentido leyendo esta formidable novela. Creedme, no deberíais dejar de leerla. Os dejo, antes de despedirme hasta la semana próxima, una referencia musical también nórdica y algo gélida -en todos los sentidos- como quiere el tópico. La islandesa Bjork y su All is full of love. Hasta dentro de siete días. Adiós.

Las hermanas acababan de dar una vuelta completa al cementerio cuchicheando y parando de vez en cuando para charlar con algún conocido, cuando de pronto el vestido de seda de Aliide de enganchó en la balaustrada de hierro de una tumba y se agachó para soltarlo. Entonces vio a un hombre junto a la tumba de los alemanes, al lado del muro de piedra; los sauces, el musgo del muro iluminado por el sol, una risa límpida. El hombre estaba con alguien y se reía; se agachó para atarse el cordón de un zapato sin dejar de charlar y volviendo la cara hacia su amigo, y se incorporó con la misma soltura con que se había agachado. Aliide se olvidó del vestido y se levantó sin darse cuenta de que no había liberado el dobladillo. El sonido de la seda al rasgarse la hizo volver en sí y soltó la tela, sacudiéndose las partículas de óxido de las manos. Gracias a Dios, el desgarro era pequeño. Tal vez ni se notase. Tal vez aquel hombre no lo notase. Se alisó el pelo sin siquiera sentir la mano. Mírame. Se mordisqueó los labios para que se le enrojecieran. Podrían dar la vuelta con naturalidad y volver a pasar por delante del muro. Mira hacia aquí.

Mírame a mí. El hombre se volvió hacia ellas y dejó de hablar justo cuando Ingel se daba la vuelta para ver qué retenía a su hermana, y en ese instante el sol alcanzó la corona de su cabello y... ¡No, no! ¡Mírame a mí! ... Ingel irguió el cuello, lo hacía a menudo, y parecía un cisne, levantó la barbilla y se miraron el uno al otro, el hombre e Ingel. Aliide supo entonces que él nunca se fijaría en ella, al ver cómo se interrumpía, cómo inmovilizaba la mano que acababa de sacar una pitillera del bolsillo, cómo se quedaba mirando fijamente a Ingel sin continuar la frase, y cómo la tapa de la pitillera brillaba en su mano igual que un cuchillo. Ingel se acercó a Aliide, la mirada fija del hombre, la piel resplandeciente desde los hombros hasta el hoyuelo de la clavícula como una invitación. Sin siquiera mirar a su hermana, Ingel la agarró de la mano y la condujo hacia el muro donde el hombre permanecía inmóvil. Incluso su amigo se había percatado de que no estaba escuchándolo y de que la mano con la pitillera se había parado a la altura de la cintura. También vio que Ingel arrastraba a Aliide de la mano, aunque ésta intentaba resistirse a cada paso, buscando en las lápidas o en alguna raíz un apoyo al que agarrarse. Los tacones se le hundían en el mantillo una y otra vez, pero el terreno era resbaladizo, las raíces cedían, los abetos se apartaban, la hierba se deslizaba, las piedras rodaban antes sus pies e incluso una mosca voló hasta su boca, pero Aliide no era capaz de espantarla tosiendo, porque Ingel no quería parar, tenía que seguir, tiraba y tiraba y el sendero estaba despejado y conducía directamente a aquel muro de piedra. Aliide reparó en la expresión ausente del hombre, una expresión que indicaba que ya no estaba en aquel momento ni en aquel lugar, y percibió los pasos ansiosos de su hermana y la fuerte presión de sus dedos. El pulso de Ingel latía contra su mano, al mismo tiempo que su rostro se desembarazaba de todas las expresiones viejas y familiares, que volaban hacia atrás para estrellarse contra la cara de Aliide; se pegaban a sus mejillas como jirones mojados y salados, algunas incluso la atravesaban como fantasmas del pasado. Los hoyuelos de las mejillas de Ingel al reírse aquella mañana con su hermana se ajaron y alejaron de su cara. Al llegar al muro, Ingel se había convertido en una extraña, una nueva Ingel, alguien que ya no le contaría sus secretos sólo a Aliide, que ya no iría al parque a beber agua Seltzer con ella, sino con otro. Una nueva Ingel que pertenecería a otra persona, sus pensamientos y su risa serían de otro, aquel a quien ella misma hubiese querido pertenecer. Aquel cuya piel habría querido oler, cuyo calor habría querido mezclar con el suyo. A aquel qye debería haber mirado a Aliide, haberla visto, haberse quedado petrificado al verla mientras sacaba la pitillera del bolsillo. Pero fue a Ingel a quien el destello de aquella pitillera de latón separó de la vida de Aliide con su cuchillo de luz.

No hay comentarios: