Vivo entre muchos libros y extraigo una gran parte de mis ganas de vivir del hecho de que aún leeré la mayoría de ellos. (Elias Canetti)

miércoles, 15 de junio de 2016

ELENA FERRANTE. DOS AMIGAS

Hola, buenas tardes. Bienvenidos una semana más a Todos los libros un libro que esta tarde os ofrece la tercera entrega de las emisiones que estamos dedicando en este junio “prevacacional” a obras literarias extensas, que se presentan bajo la forma de series, sagas o ciclos compuestos por varios títulos “anudados” en trilogías (las tres de John Galsworthy con las que inaugurábamos el mes), pentalogías (los cinco libros de Edward St. Aubyn de hace siete días) o, como ocurre con mi recomendación de este miércoles, tetralogías. Mi propuesta de esta semana aparece bajo la rúbrica conjunta de Dos amigas e incluye las novelas La amiga estupenda, Un mal nombre, Las deudas del cuerpo y La niña perdida. Su autora es la italiana Elena Ferrante, sobre cuya enigmática identidad quiero detenerme antes de hablaros de los libros, presentados en España por la editorial Lumen, que ha venido publicándolos regularmente, a razón de uno por año (el mismo “ritmo” que el de su escritura), desde 2012 hasta 2015, en traducción de Celia Filipetto a la que debemos una traslación muy fluida e impecable con solo muy sutiles y casi inapreciables imperfecciones. Son los casos de ciertas opciones léxicas más cercanas al español de Argentina que al castellano convencional (así, entre otros ejemplos, un reiterado uso de “enojarse” por “enfadarse”, la sustitución de “artículo periodístico” por “nota”, tan ajeno a nuestro léxico, o un “¡caracho!” nada común entre nosotros) o algún giro notablemente catalán (como el que leemos en “a él ya le iba bien buscar casa”) que se repite en exceso; argentinismos y catalanismos que a buen seguro tienen su causa en la propia biografía de la traductora.

La primera pregunta que nos surge al encarar esta reseña es abiertamente extraliteraria (o quizá no del todo): ¿quién es Elena Ferrante? Porque lo cierto es que bajo ese nombre se esconde una autora -¿o es un autor?- de identidad ignorada. Elena Ferrante es un seudónimo, que oculta su secreto con rigurosidad -y éxito- desde su primer libro, hace casi quince años, y que encubre una personalidad real sobre la que se han hecho infinidad de especulaciones. ¿Se trata, insisto, de una mujer o de un escritor? ¿Hablamos de un único autor o de varios? ¿Nos hallamos ante un fenómeno comercial, concebido para multiplicar -envolviéndolos en una provocada pátina de misterio- la repercusión y las ventas de los libros o por el contrario estamos en presencia de una estrategia “noble”, que pretende alejar la atención del público, los lectores y los críticos de la en el fondo irrelevante personalidad del autor, con el fin de que ni unos ni otros se distraigan de lo esencial, del propio valor de la obra literaria en sí, más allá de la poderosa fuerza de arrastre del nombre, de la fama? ¿Es este anonimato un modo de terciar en la polémica, que renace cada cierto tiempo, en torno a la existencia de una literatura específicamente femenina? ¿Seríamos capaces, si desconociéramos la auténtica “filiación” de un escritor, de adivinar su sexo exclusivamente a través de sus escritos? ¿Unos libros como estos, los agrupados bajo la rúbrica de Dos amigas, tan, como veremos, feministas, que recogen la voz, y más aun, la sensibilidad, la emoción, la inteligencia, el modo de pensar y sentir de las mujeres, solo pueden haber sido escritos por una mujer? (Es una novela dura, masculina... pero al mismo tiempo contradictoriamente delicada, se dice en uno de los libros de la obra literaria de una de sus protagonistas, ella misma escritora, en un provocador -quizá una clave- juego autorreferencial). Confieso que -más allá de mi percepción: pienso que, en efecto, la autora es una mujer; aunque, sinceramente, no se nota; o yo no estoy seguro, al margen de mis intuiciones- no es posible dar respuesta categórica a estas cuestiones, ni afirmar con rotundidad qué o a quién encubre el seudónimo Elena Ferrante; en cualquier caso, sea quien sea el responsable de estas dos mil apasionantes páginas, lo fundamental es la excepcional calidad de los libros y sobre ello, creedme, no hay duda alguna.

La serie de novelas nos presenta la historia paralela -aunque muchas veces enfrentada y hasta opuesta- de dos amigas napolitanas, nacidas ambas en agosto de 1944 en el mismo barrio de la caótica ciudad italiana, desde los primeros días de su infancia hasta un muy actual presente. Las protagonistas son Elena Greco -Lenuccia o Lenú- a quien corresponde la voz narrativa, y Rafaella Cerullo, Lina para todo el mundo salvo para su amiga, que la llama Lila.

Estamos en 2010. Lila, ya una mujer mayor, 66 años, ha desaparecido sin dejar rastro (literalmente: no queda ninguna muestra material de su existencia, ningún vestido, ningunos zapatos, ni libros ni fotos ni diapositivas, ni documentos, facturas, certificados o contratos, ni siquiera ordenador). Ella, que durante años sostuvo su deseo de borrarse, de volatilizarse, ha logrado por fin, al parecer, su propósito: eliminar toda la vida que había dejado a su espalda. Es el momento, entonces, en que su amiga Elena, ahora una escritora de prestigio, decide escribir hasta el último detalle de nuestra historia, todo lo que quedó grabado en la memoria. Dos amigas es la transcripción de ese relato, dividido en cuatro grandes apartados: la infancia y la adolescencia de las amigas, entre los cuatro y los quince años (La amiga estupenda), su juventud, entre los dieciséis y los veintitrés o veinticuatro (Un mal nombre), el denominado -en la propia obra- ‘tiempo intermedio’, desde los veinticinco hasta los treinta años (Las deudas del cuerpo), y, por último, la madurez, que da comienzo en el inicio de esa tercera década hasta el presente de 2010, con los sesenta ya bien avanzados en ambas (La niña perdida).

La vida de las dos mujeres se nos presenta envuelta en un complejo entramado de relaciones familiares y vecinales que las acompaña desde su infancia y que incluye amantes, maridos, hijos, amigos. Son, en concreto, siete familias del barrio napolitano que las vio nacer, los Carracci, los Peluso, los Cappuccio, los Sarratore, los Scanno, los Spagnuolo y los temibles Solara, junto con sus propias parentelas, los Cerullo y los Greco, respectivamente, las que constituyen, con una cincuentena de personajes más o menos notables (aunque siempre dibujados con detalle y precisión), el entorno de Lila y Lenù. De entre todos ellos -pero no solo- saldrán amistades y amores, enfrentamientos y odios, vinculaciones y rechazos, fidelidades y traiciones, en un escenario, magistralmente descrito, a través del que la ¿narradora? da cuenta de la existencia de sus dos protagonistas, dibuja con precisión la vida de un barrio de Nápoles -y por extensión de la ciudad y, en general, del sur del país transalpino- tras la segunda guerra mundial y hasta el presente, realiza un convincente repaso de los principales hitos de la historia de Italia en las últimas siete décadas y, por último, trasciende esa mirada “local” para abordar algunas importantes cuestiones de índole universal, en cuatro de las más destacadas vertientes a subrayar -a mi juicio- en la muy interesante obra.

En primer y más ostensible lugar, Dos amigas nos permite seguir al detalle, dibujadas con precisión y profundidad, con sutileza y hondura, con minuciosidad y extraordinaria capacidad de penetración psicológica, la vida de dos mujeres muy distintas, unidas por unos simultáneos atracción y distanciamiento, fascinación y desapego, encantamiento y hasta odio. Elena es analítica y concienzuda, voluntariosa e insegura (En mi vida he hecho muchas cosas pero nunca convencida; siempre me he sentido un tanto despegada de mis propios actos), tímida y algo apocada (Soy la partícula infinitesimal a través de la cual el temor a todo toma conciencia de sí mismo), consciente de su gris opacidad, con un notable sentimiento de inferioridad (Yo, bajita, demasiado rellena, gafuda, yo voluntariosa pero no inteligente, yo que me fingía culta, informada, cuando en realidad no lo era) en relación a su deslumbrante amiga. Frente a ella aparece una Lila terrible y arrolladora, enérgica y autoritaria, que transmite -desde la niñez- una permanente sensación de peligro. Extraordinariamente inteligente y muy fascinante, con una fuerza y una determinación absolutas -notorias también desde muy pequeña-, empapada de la cultura del barrio, capaz de hacer frente a los hombres (a los que atrae irremisiblemente pero que la temen) y de mantener a raya a quien se le oponga, Lila es una construcción literaria cautivadora, un personaje controvertido, dotado de una inteligencia maligna que siembra la discordia y odia la vida. La vemos arrebatada en ocasiones por el desbordamiento, una fractura en su interior que la hunde en una realidad emborronada, gomosa, con violentos y dolorosos impulsos internos que dejan aflorar la ira y las intenciones taimadas, las vilezas. Su poderosa y atractiva presencia -esa actitud de Jacqueline Kennedy de barrio-, esconde una personalidad destructiva (Ella era así, rompía los equilibrios únicamente para ver de qué manera recomponerlos), capaz de herir con las palabras, de dañar, de matar incluso; alguien que sabía cómo extraer sustancia humana a los cuerpos y a la sangre. Libre e indomeñable (ninguna forma habría podido contener jamás a Lila), su atractivo era del tipo más intolerable, el atractivo que somete y conduce a la ruina.

Elena cae rendida, ya a los seis años, al irresistible encantamiento de Lila (Me entusiasmo con ella, aquí, en el mismo momento en que me habla. Qué manos tan bonitas y fuertes tenía, dice, qué bonitos gestos le salían, qué miradas) hasta convertirse en una especie de perrita desvaída pero fiel que le hacía de escolta. A lo largo de su vida intentará liberarse de esa influencia (Sentí que nunca conseguiría librarme de aquella subordinación, llega a afirmar), pero ya en los días de la infancia -confiesa- había algo que me impedía abandonarla, cautiva y víctima de su irracional autoridad y su enérgica presencia, que aborrece y sin embargo se procura una y otra vez. Elena percibe la inconsciente apropiación de su personalidad por el magnético dominio de Lila (Su manera de apropiarse de mí como hacía con todas las personas, las cosas, los hechos o los saberes que le tocaran de cerca) y este acatamiento, esta dependencia, este permanente e involuntario sometimiento del propio discurso al control de la amiga llega a provocar en ella, incluso, dudas sobre la auténtica autoría del relato que escribe, quizá fruto también -como se menciona de pasada en el cuarto libro, tal vez un nuevo guiño clave al juego al que apunta el seudónimo- de la invasiva presencia de la poderosa Lila. Y así, uncidas por ese ambivalente yugo (del que la emocionante escena que recoge el fragmento que os dejo como complemento a esta reseña es buena prueba), las niñas descubren el mundo desde su barrio, jugando y reinventando la sórdida realidad que las rodea, y ya de adultas, lo analizan y cuestionan, lo diseccionan, lo padecen, lo detestan y lo añoran.

La rigurosa “fotografía” de ese barrio napolitano es otro de los grandes ejes temáticos de la serie entera, un vigoroso retrato en el que se nos muestra un Nápoles neorrealista, rezumando pobreza y falta de horizontes vitales (la vida en el barrio echaba a perder a las personas), en unas calles sin luz, plagadas de peligros, con un tráfico caótico, el empedrado en mal estado, los charcos enormes, las alcantarillas desbordadas, el permanente olor a aguas residuales, a mugre, a vómito, a sangre, la suciedad, el fango negruzco, las calles grises, la ciudad enferma, inculta, envejecida, cada vez más indecorosa, cada vez más degradada. Y el envilecido barrio de la infancia, las cucarachas que entraban por la puerta de las escaleras, las manchas de humedad del techo, siempre el hedor, el griterío, la plebe, el dialecto chabacano, las privaciones crueles, las amenazas, las palizas. El Nápoles de la desidia, de la corrupción, de los atropellos, de la delincuencia, de la camorra y la mafia (el placer vulgar del abuso, la práctica impune del crimen, las trampas sonrientes a la obediencia a las leyes, la ostentación del derroche tal y como los encarnaban los hermanos Solara), del contrabando, de la usura, de la brutalidad y la violencia (no siento nostalgia de nuestra niñez, está llena de violencia), un mundo feroz, un microcosmos que refleja el espíritu del sur, significativo espejo de una época, de un país, de un continente, de un universo terrible y cruel (el barrio remitía a la ciudad, la ciudad a Italia, Italia a Europa, Europa a todo el planeta).

El barrio -al que en cierto modo encarna Lila, la pasional Lila, el desatado huracán, la desenfrenada fuerza de la naturaleza que es Lila- también como destino del que Elena luchará por escapar para huir hacia un norte de educación y progreso al que remiten los estudios (el estudio conducía con seguridad hacia arriba), la dedicación y el esfuerzo. Cuando a los veintitrés años accede a la licenciatura en letras con la nota máxima y matrícula de honor, y se encuentra en posesión del título de doctora, cuando en su madurez alcanza la notoriedad como escritora, se ve por fin partícipe de un mundo más refinado, el del italiano pulcro y luminoso frente al sórdido dialecto, el de los ambientes cultos, los amigos brillantes, los profesores destacados, los intelectuales de referencia, los nombres ilustres, los orígenes familiares selectos, el tan ajeno al bárbaro barrio universo del Norte, de Florencia y Milán, de la civilización, de los libros y el cine y el gusto educado y la cultura, que la llevarán a un ostensible desclasamiento, nunca del todo asumido, permanente en ella la inquietud por no estar a la altura, las dudas sobre su propia identidad (No sé quién soy ni qué quiero realmente (...) Me siento mitad de aquí, mitad de allá), la profunda desubicación vital (Empecé a sentirme como una extraña, infeliz por mi propia extrañeza. Me había criado con aquellos muchachos, consideraba normales sus comportamientos, su lengua violenta era también la mía. Pero desde hacía seis años seguía a diario un camino del que ellos lo ignoraban todo y que yo encaraba de forma brillante, tanto que era la más capaz).

Y mientras el relato fluye, mientras pasan los años por las existencias de las amigas, corre también la historia de Italia. Los cuatro libros nos permiten conocer el acontecer histórico -con algunos rasgos demasiado localistas: personajes públicos, protagonistas de la política, las Brigadas Rojas, Aldo Moro, Enrico Berlinguer, el banquero Calvi, y otros menos reconocidos fuera de Italia- del país en las últimas siete décadas. Las vidas de Lila y Lenù transcurren sobre un telón de fondo en el que comparecen -con una presencia más o menos intensa según los casos- el fascismo, el nazismo, la posguerra, los aliados, la monarquía, la república, el movimiento obrero, la lucha armada y el terrorismo, los vaivenes políticos, el feminismo de los setenta (sobre todo el feminismo, en cuya causa -que ocupa muchas páginas en las cuatro novelas, sobre todo en las dos últimas- Elena se sumerge con parecida entrega a la que manifiesta por su amiga: Me había topado con un modelo femenino de pensamiento que, con las debidas distancias, me causaba la misma admiración, la misma subordinación que ella despertaba en mí).

Unas connotaciones locales que, sin embargo, no impiden una más fecunda lectura “universal” de la obra que, a fin de cuentas, nos habla también, y sobre todo, de los grandes temas de la existencia humana: el amor, las pasiones, el dolor, la amistad, la entrega, la esperanza, el rencor, la integridad, la rebeldía, el sexo, el mal, el poder, la violencia, el fracaso, la frustración, la memoria, la muerte, la pérdida, la familia, la maternidad, la lealtad, la infancia y la madurez, el envejecimiento... y tantos otros. La vida, pues, en dos palabras -éramos una cadena de sombras que desde siempre se representaba con la misma carga de amor, odio, deseos y violencia-, el tiempo, que sencillamente se escurre sin sentido alguno.

Os recomiendo encarecidamente los cuatro volúmenes de Dos amigas, la obra magna de Elena Ferrante, estoy seguro de que os va a entusiasmar. Lazzarella, un tema de finales de los cincuenta que “suena” en el primer libro de la serie, cantada en un muy cerrado dialecto napolitano por Aurelio Fierro, cierra esta reseña.


Nunca la había visto desnuda, sentí vergüenza. Hoy puedo decir que fue la vergüenza de posar con placer sobre su cuerpo la mirada, de ser la testigo comprometida de su belleza de muchacha de dieciséis años, horas antes de que Stefano la tocara, la penetrara, tal vez la deformara dejándola preñada. Entonces solo fue una tumultuosa sensación de necesaria inconveniencia, una situación en la que no se puede mirar hacia otro lado, no se puede apartar la mano sin reconocer la propia turbación, sin declararla precisamente al retirarla, sin entrar en conflicto con la imperturbable inocencia de quien te está turbando, sin expresar precisamente con el rechazo la intensa emoción que te sacude, de modo que te obligas a quedarte, a seguir posando la mirada en los hombros de muchachito, en los pechos de tiesos pezones, en las caderas estrechas y las nalgas prietas, en el sexo negrísimo, en las piernas largas, en las rodillas tiernas, en los tobillos ondulados, en los pies elegantes; y haces como si no pasara nada, cuando en realidad todo está en curso, presente, allí en el cuarto pobre y sumido en la penumbra, con los muebles miserables, sobre un suelo de baldosas sueltas manchado de agua, y te agita el corazón y te inflama las venas.

La lavé con gestos lentos y esmerados, primero dejándola ovillada en la tina, luego pidiéndole que se pusiera de pie; conservo en los oídos el ruido del agua que gotea, y me quedó la impresión de que el cobre de la tina tuviese una consistencia muy similar a la de la carne de Lila, que era lisa, firme, tranquila. Tuve sentimientos y pensamientos confusos: abrazarla, llorar con ella, besarla, tirarle del pelo, fingir competencias sexuales e instruirla con voz docta, distanciarla con palabras precisamente en el momento de máxima proximidad. Pero al final solo quedó el pensamiento hostil de que la estaba purificando de la cabeza a los pies, de buena mañana, solo para que Stefano la ensuciara en el curso de la noche. La imaginé, desnuda como estaba en ese momento, ceñida a su marido, en el lecho de la casa nueva, mientras el tren rechinaba bajo sus ventanas y la carne violenta de él entraba dentro de ella con un golpe limpio, como el tapón de corcho metido con un golpe de la palma en el cuello de una frasca de vino. De pronto me pareció que el único remedio contra el dolor que sentía, que iba a sentir, era encontrar un rincón bien apartado para que Antonio me hiciera a mí, a las mismas horas, exactamente lo mismo.

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