Vivo entre muchos libros y extraigo una gran parte de mis ganas de vivir del hecho de que aún leeré la mayoría de ellos. (Elias Canetti)

miércoles, 6 de noviembre de 2024

DAVID UCLÉS. LA PENÍNSULA DE LAS CASAS VACÍAS

Hola, buenas tardes. Una semana más, desde Radio Universidad de Salamanca, Todos los libros un libro os ofrece una propuesta de lectura que, como saben quienes nos siguen habitualmente, elijo siempre con criterios -subjetivos, obviamente, aunque con pretensiones de una cierta objetividad- de interés y calidad. 

Mi recomendación de esta tarde surge como continuación, en cierto modo, de la de hace siete días. El miércoles pasado os traía aquí, como recordaréis, Los escorpiones, la novela de la jovencísima Sara Barquinero, publicada en febrero de este año por la Editorial Lumen; un libro muy elogiado, al menos por la mayor parte de la crítica, aunque su aparición no ha estado exenta de polémica, y muy leído, sin nos atenemos a las numerosas ediciones que se multiplican desde su aparición. El libro del que hoy quiero hablaros no tiene, en principio, nada que ver -incluso cabe pensar que está en las antípodas, en temática, núcleo argumental, propósito y planteamiento literario- con el de la escritora zaragozana, aunque sí coincide con él en ciertos aspectos “externos”, podríamos decir: estamos ante sendas novelas, muy voluminosas, además, y aparecidas prácticamente al mismo tiempo; ambas han acaparado el primer plano de la actualidad editorial en revistas, suplementos literarios y programas radiofónicos y televisivos sobre libros, logrando, además, en pocos meses, un considerable éxito de ventas; sus autores -un hombre en el caso que ahora nos ocupa- son españoles, muy jóvenes, aunque cuentan con alguna obra publicada -escasa, como es natural, dada su edad- antes de cada uno de los respectivos libros que los han puesto en el “candelero”; y para terminar, en las dos novelas hay mucho de innovador -de experimental, incluso-, de ruptura o, en cualquier caso, de alejamiento de los parámetros más convencionales en los que se desenvuelve la ficción contemporánea (aun admitiendo que en un territorio tan vasto como el de la creación literaria actual caben opciones estilísticas muy variadas, que se mueven en frentes tan distintos que resulta difícil hablar de esquemas convencionales u ortodoxos, pues no hay, apenas, uniformidad y homogeneidad en el maremágnum de proyectos narrativos que inundan nuestro desbordante mercado editorial). 

Con este núcleo común y con el recuerdo de mis comentarios de hace siete días -para refrescar así lo que en ambas propuestas hay de coincidente- me adentro ya en la reseña del libro protagonista de la presente edición del programa. Se trata de La península de las casas vacías, como digo una novela, escrita por David Uclés y presentada por la editorial Siruela apenas un mes después de la aparición de Los escorpiones, en marzo de 2024. Transcurridos apenas seis meses desde su publicación, el libro va ya, creo, por su séptima edición y se postula, junto al de Barquinero, en todos los foros literarios como candidato al siempre escurridizo galardón de “mejor libro del año”. 

David Uclés es un escritor, músico, dibujante y traductor jiennense nacido en 1990 en Úbeda, aunque en su página web, de la que he sacado todos los datos biográficos que ahora os ofrezco, en la información relativa a “Lugar de origen”, el escritor indica “Úbeda/Quesada”, lo cual se compadece con el encabezamiento de la dedicatoria de su novela, las primeras palabras con las que se encuentra el lector: Todos los miembros de mi familia sin excepción provienen del mismo pueblo, Quesada [un precioso pueblito a cuarenta kilómetros de Úbeda], llamado Jándula en esta novela. Vivieron la Guerra Civil y a ellos dedico el libro, en una nota que ya apunta dos de los elementos fundamentales de su libro, el muy ostensible -más adelante hablaré de ello- carácter autobiográfico y la “ambientación” de la novela en los días del cainita enfrentamiento entre españoles. Licenciado y máster en Traducción e Interpretación, ha ejercido la docencia como profesor de español, alemán, francés e inglés en Alemania, Suiza y Francia. Su “intenso” currículo revela, en lo literario, la autoría de tres novelas, incluyendo ésta que hoy presento, varios relatos, algunos premios y becas y una obra teatral. Pero, además, su polifacético perfil -demostrativo, con sus solo treinta y cuatro años, de una inteligencia y una capacidad singulares- incluye exposiciones y premios de pintura, traducciones, proyectos de videocreación y una infinidad de conciertos de acordeón, guitarra y arpa. Un fuera de serie, condición que ya se puede colegir tras la sola lectura de esta su última novela, un prodigio de inventiva, imaginación, originalidad, conocimiento, creatividad, humor, sensibilidad, ambición, compromiso moral y, en definitiva, inusual y deslumbrante talento literario, en un proyecto desmesurado y monumental, que, al parecer, le ha ocupado quince años de su aún joven vida. 

La península de las casas vacías apareció, como digo, hace medio año, en el seno de la Editorial Siruela. Voluminoso, con setecientas páginas de texto apretado, el libro cuenta con una estupenda y por muchos motivos muy elocuente portada del pintor Rafael Zabaleta, un fragmento de su cuadro La Romería (que la editorial fecha en 1959 pero que la página web del artista data varios años antes). En efecto, la cubierta es significativa, en primer lugar, porque Zabaleta es, como la familia de Uclés, originario de Quesada, en donde nació en 1907 y murió en 1960; además, porque el propio pintor y esta obra en concreto aparecen citados en el texto; y en tercer lugar porque el tema y la ambientación recreados en el cuadro guardan notables concomitancias -de carácter metafórico y simbólico- con la atmósfera de la novela y con lo que en ella se narra. En relación con la edición, impecable como siempre en Siruela, debo apuntar, sin embargo, un imperdonable gazapo en la página 205, que imagino será corregido en futuras reimpresiones: Le habían dicho que cualquier daño que infringiera, si era por Iberia, estaría bien visto por Dios, en donde esa confusión de “infringir” por “infligir” daña la vista. 

En el prólogo del libro, que se sitúa en el Altiplano de Glières, en Francia, en marzo de 1944, en los días de la Segunda Guerra Mundial, conocemos a un miliciano andaluz, combatiente de la guerra española y luchando ahora en los Alpes contra las tropas fascistas. Angustiado por el mucho dolor y las innumerables muertes que ha “sufrido” en sus largos y duros años de combate en distintos frentes, pide a sus compañeros que le dejen abandonar el campo de batalla, arrancándoles, además, la promesa de que si muere en el camino cumplirán su última voluntad: que el nombre grabado en su tumba sea el de su padre: Odisto Ardolento, muerto en la guerra civil sin que su cuerpo hubiera sido encontrado. Los compañeros le dan su palabra, pero no habrá lugar a la retirada. Al día siguiente, tras más de setenta días en los Alpes resistiendo los ataques enemigos, las tropas de Hitler los sorprenden desprevenidos. Morirán decenas de combatientes, entre ellos el hijo de Odisto, llevándose a la tumba el nombre que quiso que grabaran en su lápida. Escribe el narrador: Aquella noche murió la última persona que podría haber dejado en herencia el apellido de Odisto, el protagonista de esta novela, cuya familia pasó de contar con una cuarentena de miembros en 1936 a desaparecer apenas tres años después. Nunca más nacería un Ardolento

Así, el libro cuenta la historia de los Ardolento -o Arlodento, pues de ambas formas se escribe el apellido, como luego veremos- durante la guerra civil, en un relato dividido en cuatro partes, de treinta capítulos cada una. La primera, Simiente, se desarrolla en la primavera de 1936, antes del golpe militar; la segunda, Leño, también en ese mismo año pero en los meses posteriores a la insurrección de Franco el 18 de julio; la tercera, Ascua, cubre el año 1937; por fin, la cuarta y última, Ceniza, transcurre en 1938 y en el primer trimestre de 1939, hasta el 1 de abril de ese año en que finaliza la contienda. La novela se mueve, en planos que se entrecruzan de continuo, desde la peripecia familiar de los Ardolento en esos trágicos días hasta la convulsión general del país, sacudido por la crueldad, la barbarie y la brutalidad: He aquí pues la historia de la descomposición total de una familia, de la deshumanización de un pueblo, de la desintegración de un territorio y de una península de casas vacías, en un esclarecedor resumen del libro que encierra, a la vez, la clave de su título. 

Antes incluso del prólogo que acabo de resumir, la novela incorpora una dedicatoria, una nota y unas citas igualmente reveladoras. En la dedicatoria, Uclés ofrece su libro a un largo elenco de parientes, entre los que se cuentan, además de sus padres y su hermana -una presencia, convencional y previsible en este tipo de agradecimientos, que se explica por razones afectivas y sentimentales (por cuidarme tanto)-, una veintena de tatarabuelos, bisabuelos, abuelos y tíos abuelos, de los que, en cada uno de los casos, se refiere el singular motivo de su cariñoso recuerdo: porque traía el correo y el pescado al pueblo en serones; porque, inválido, enseñó a hacer pan a mi abuela desde la cama; porque alejaba a sus nietos para no contagiarles la vejez; porque al llegar de la guerra se metió en la cama y no salió más; porque no se quitaba su bufanda morada ni en verano; porque colgó la guitarra eternamente tras la muerte de una hija; porque vivió bajo el mismo techo que el pintor Rafael Zabaleta; porque apuntaba a la tele cuando salía Franco y gritaba «¡pum!»; por las lámparas de frutos secos y la ternura que nos dio en vida; porque luchó en la campiña cordobesa y volvió asqueado; por contarme cómo se vivía antes; entre otros, situando al lector, ya desde antes de empezar el libro, en el tono que envolverá la narración: la prosa poética, las notas de estilo, evocador y cercano al realismo mágico, y el indudable carácter autobiográfico que impregna la narración entera, porque -no creo estar destripando ningún dato relevante que entorpezca la lectura libre y sin apriorismos- los Ardolento son, como parece obvio, los Uclés del propio autor. Volveré sobre la importancia de la biografía familiar en la novela más adelante. 

Sentadas, pues, las bases que vinculan la obra a la trayectoria vital de sus antepasados, la nota que a continuación el escritor añade al texto vuelve a ofrecernos otra de sus principales claves. Reza así: Algunos datos y fechas históricas han sido modificados ocasionalmente para que encajen las piezas de este rompecabezas; también se ha jugado con el devenir de los personajes, por muy reales que parezcan. Lo narrado se encuentra entre la realidad y lo imaginado. Base real, pues; explícita saga familiar, también, pero aderezada -y muy brillantemente- con los mejores condimentos de la ficción. De ello, igualmente, os hablaré luego, cuando analice los muchos aspectos a destacar del libro. 

Y hay aún, en estos elementos introductorios que preceden al comienzo de la historia, una docena de citas, todas relativas a la guerra civil, todas de autores que, en distintas épocas, se han ocupado en sus obras de la contienda -Max Aub, Pío Baroja, Jesús Torbado, Agustín De Foxá, Clara Campoamor, Almudena Grandes, María Teresa León, Montserrat Roig, Mercè Rodoreda, Vicente Aleixandre, María Luisa Elío y Manuel Chaves Nogales-, que trasladan al lector la mirada externa, el correlato objetivo, histórico, de la singular y muy subjetiva narración de las vicisitudes de la familia Ardolento, en otra muy ostensible -y valiosa- dimensión del libro. La inclusión de estas notas es, por otra parte, un recurso que se repite a lo largo de las setecientas páginas de La península de las casas vacías, que aparece así trufada de las palabras de una larga cincuentena de escritores, filósofos, políticos, intelectuales, que muestran en ellas sus respectivas visiones de aquellos dramáticos enfrentamientos. 

¿Un libro sobre la guerra civil escrito por un millenial? Ello es así, sin duda, pero, creedme, no se trata -quizá por la juventud de su autor- de una obra más, reiterada y consabida, de las miles que se han escrito sobre aquel terrible episodio de nuestra historia, sino de una propuesta excepcional, singularísima, atípica y muy original que estoy seguro no va a defraudar a ningún lector; yo he pasado muchas horas disfrutando enormemente de una de las novelas más atractivas que he leído en los últimos meses. 
 
El elemento principal sobre el que gravita la vida de los Ardolento -algunos miembros del clan son Arlodento, los funcionarios del Registro Civil de Jándula lo debieron de anotar mal a lo largo de varias generaciones, hasta que llegaron a un punto en que no sabían cuál era el más fidedigno-, su patriarca -como se le define en el texto en más de una ocasión-, es este Odisto al que ya me he referido y al que conocemos al comienzo de la novela, en la primavera de 1936, nervioso, esperando en las orillas del río que corre en las afueras del pueblo el parto de María, su mujer, que va a dar a luz a su octavo hijo (Siete hijos sanos, cuatro abortos y tres criaturas nacidas sin vida. Catorce historias más tarde, Odisto y María rezaban para recibir sano al octavo, apunta el narrador). Él se acerca a la cincuentena, ella es diez años más joven. Él delgado y de piel dura, algo avejentado, de ojos azules; ella obesa, de rasgos poco delicados, risueña. Eran altos en Jándula, medianos en Iberia [la novela se ambienta en una Iberia levemente ficticia, en la que España y Portugal forman una sola patria] y bajos en Europa. Viven, muy pobremente, del campo, de las huertas, en una existencia humilde, escasa de recursos: El cortijo no tenía nombre y contaba apenas con cinco estadales cuadrados [apenas sesenta metros cuadrados]. Toda la familia vivía bajo el mismo techo, donde solo había dos dormitorios y una amplia habitación para lo demás

Una familia extensa, que no solo abarca a los hijos -José, Mariángeles, Martina, Pablito, Gonzalo, Ángeles, Josito y Ricardo, todos entre los cinco y los dieciocho, salvo, obviamente, el que ha de llegar al comienzo de la novela- sino también a una larga cuarentena de tíos, primos, abuelos y hasta bisabuelos de los chicos, cuyo recorrido vital -infausto en la mayor parte de los casos, como se anticipa en el texto introductorio que he transcrito y que ahora recuerdo: Aquella noche murió la última persona que podría haber dejado en herencia el apellido de Odisto- se nos narra, adentrándose el novelista en las peripecias singulares de cada uno de ellos, en un relato, que avanza siguiendo un esquema claramente cronológico y que corre en paralelo a las terribles vicisitudes de la guerra. Es, pues, el tratamiento entrelazado de estos dos planos, el de la historia familiar y el de la colectiva, el eje argumental de la novela y uno de sus principales motivos de interés. 

Así, seguimos a uno de los hijos incorporado al ejército rebelde y a otro que luchará en el bando contrario, llegando a enfrentarse, en una muy evidente metáfora de la lucha fratricida en que consistió la guerra; a un hermano, ciego, y a otro, poco mayor, que asume por ello desde pequeño el papel de lazarillo; a una de las chicas que oficiará de madre de los niños cuando desaparezca su progenitora, y a otra que se casará con un muchacho que deberá esconderse para huir de las venganzas entre conciudadanos; a Juliana la Coneja, la vecina más próxima a la familia y prima de María, a sus dos hijos, Antonio y Rafael, y a sus dos nietos Abundio y Jacobo; a Antonia y Manola, sobrinas de Odisto, de paso efímero por el libro; a la iluminada Eva, hermana de María; entre tantos otros que aparecen y desaparecen con su anecdotario, sus vaivenes, sus incidentes, sus sinsabores, sus ilusiones, sus pequeñas vidas. A casi todos -salvo a los dos hermanos alistados, que recorrerán la península llevados por los bandazos de la guerra- los vemos en su cotidianidad, el duro trabajo en el campo (Siempre había algo que sembrar, regar o recoger, amén del trabajo posterior preparando las conservas y los envíos o trueques), la huerta fértil y generosa, el apacible entorno de Jándula. La descripción de este contexto local es minuciosa y detallista: el pueblo, una montaña laberíntica de calles y casas enjalbegadas, decoradas con macetas y enredaderas, las plazoletas limpias, siempre llenas de gente, el pozo de San Vicente, las rinconadas con sus fuentes solitarias, las atalayas medievales (La Edad Media había dejado detrás de sí fortalezas y minaretes que, unidos a las construcciones árabes, hacían de Jaén la tierra junto con Siria y Palestina con más castillos), la profusión de bares (En Jándula había varios bares: el Marisol y el Central eran los frecuentados por los señoritos, minoría en todos los pueblos. El resto acudía al Relámpago, a la Baranda, al Bartolo, al Churriano, al Mis Mulas, al Avenida, al Tirol o a la Palmera). Y hay un afán casi documental en la presentación de las dependencias, el mobiliario, los utensilios de trabajo, descrito todo ello con una prosa espléndida y un léxico muy rico, propio de quien conoce bien el ámbito al que se refiere (los muebles del ajuar, los útiles para la cocina, la comida almacenada y los aperos del trabajo: celemines, medias fanegas y cuartillos para medir; escobas de rama para barrer y romanas para pesar; una cantarera con tres alcarrazas de agua fresca y otra con dos lebrillos encima, uno para lavar los platos y otro para enjuagarlos; embudos, candiles con torcías, calderos, perolas, escurridores de mimbre; tarros con ciruelas, morcillas que se oreaban, ristras de pimientos secos colgando del techo…). Y en este mismo plano cercano a la realidad ordinaria, sabemos de las costumbres del lugar, las cabañuelas, la devoción a la Virgen de Tíscar, las partidas de cartas en los bares, las supersticiones ancestrales, las prácticas tradicionales, los distintos grados del luto, de presencia constante dada lo cruento del conflicto que sacudirá, también, al pueblo, los muy frecuentes suicidios (de difícil inclusión, empero, en una lista de “costumbres”). 

Pero la peripecia personal que abre la novela -el nacimiento del octavo hijo de Odisto- coincide en el tiempo con el trascendental acontecimiento histórico, el alzamiento armado de Franco y, pocas semanas después, con la llegada de los milicianos defensores la República a Jándula. Y entonces, este escenario familiar, comarcal, autóctono, plácido en su ordinario transcurrir se nos presenta entrecruzado por los avatares bélicos, de modo que la crónica familiar -subjetiva, tamizada por los recuerdos de los antepasados y “ficcionada”, como nos ha advertido el autor- deviene ya en relato histórico, exhaustivo y muy bien documentado, detallado y fidedigno, pese a las muchas sorprendentes, imaginativas y brillantísimas licencias literarias que se toma el autor y que, como luego veremos, constituyen el rasgo más original y significativo de su novela. Podríamos decir, pues, que en La península de las casas vacías se nos cuenta la guerra civil a partir de las experiencias de los Ardolento. Aunque no solo, porque los sucesos que viven Odisto y los miembros de su familia, se complementan con las vivencias de tantas gentes, ciudadanos anónimos, que, al margen de sus opciones ideológicas, formando o no parte de alguno de los bandos, se enfrentaron (Aquel fue uno de los mayores males de la Guerra Civil, que miembros de una misma familia o del mismo grupo de vecinos o de amigos desconfiaran unos de otros) y padecieron en sus carnes el terrible sufrimiento y, en ocasiones, la salvaje brutalidad de aquella tragedia colectiva (Y ahora debo decirle que, por muchas que hayan sido las atrocidades de los mandos rojos, los hunos, son mayores las de los bandos blancos, los hotros, en conocida frase de Miguel de Unamuno, citada en el libro). En este mismo sentido, sirva este largo fragmento, un diálogo entre Odisto y uno de sus hijos, como ejemplo muy revelador del sentir de la mayor parte de los protagonistas de la novela, sometidos, los unos, al odio y crueldad de los otros, para, semanas más tarde, tras cambiar de manos el poder en cada pueblo, convertirse estos, las sufrientes víctimas de pocos días atrás, en vengativos victimarios de aquellos, entonces despiadados y ahora brutalmente represaliados: 

—¿Puedo preguntarle algo? ¿Nosotros de qué bando somos? 
—¿No te lo he dicho mil veces? 
—¡Sí, del bando del campo! Pero eso no tiene sentido.
—¡Nosotros, centrados en el campo! Y la política, para los que entienden de ella. 
—Pero, si llegado el momento tenemos que elegir un bando, ¿qué hacemos? 
—Si te soy sincero, no lo sé. Así que espero que no llegue ese día. 
—¿Y por qué no lo sabe? 
—José, no es fácil elegir. Yo vi llegar con ilusión la República, una entelequia que se hacía bien real, pero en los últimos meses he visto cosas que no me han gustado. Han arramblado con varios campos con la excusa de que eran terrenos de señoritos que nadie utilizaba. ¿Qué culpa tendrá la tierra? Y, además, han quemado la iglesia, que, aunque yo no sea muy religioso, era lo más bonito. 
—¿Y por qué lo hicieron? 
—Quieren un estado laico. Están contra la Iglesia porque, lejos de ayudar a los más pobres, no hace más que acumular riqueza y se muestra muy amiga de los señoritos. Dicen que toda la península pertenece solo a veinte mil hombres, y muchos de ellos son religiosos. Además, ¿no te acuerdas de lo que le pasó a la tía de tu madre? La pobre Edicta… Se murió de un infarto al ver cosido a navajazos a su marido a la puerta de su casa. 
—Pero ¿no me dijisteis que murió por borracho? 
—Eso es lo que dicen, pero en realidad lo apiolaron por ser guardiacivil. 
—Entonces, ¿usted prefiere el bando de los señoritos? 
—¿Qué dices? ¿El bando que nos asfixia y nos trata como a imbéciles? ¿Los que nos miran por encima del hombro por ser pobres? ¿Los mismos que quieren imponer su moral a todo el mundo? ¡No! 
—Pues padre, no me aclara usted nada. 
—No me gusta ninguno de los dos bandos, ni la política ni la guerra. 

Hay pues, desde este punto de vista relativo al desarrollo argumental del libro, dos planos, imbricados aunque de nítida autonomía, que el propio Uclés, en alguna entrevista que he podido leer, califica de nivel micro y nivel macro de su historia. En el primero de ellos, los Ardolento y tantos otros ciudadanos del común, de una u otra adscripción política (los más, como hemos visto, al margen de cualquiera de ellas); en el segundo, la muy pormenorizada descripción de los principales momentos de la guerra, de sus episodios más relevantes y conocidos, de sus principales batallas, de la situación en los dos frentes, de las estrategias militares de ambos ejércitos, de los avances y los repliegues de las dos fuerzas, de las repercusiones geopolíticas del conflicto fuera de nuestras fronteras, de los bombardeos, de los asesinatos, del odio, de las venganzas, de la vida en las ciudades y en los campos durante su transcurso, de las tomas de postura de los intelectuales, de los debates políticos, de la recepción periodística de los hechos, entre otras muchas facetas de este prismático y muy singular acercamiento a aquel drama feroz. 
 
En este segundo nivel, el completo y muy bien informado relato de la guerra se hace a través de enfoques distintos y complementarios. Los lances que viven los protagonistas, que van moviéndose por entre los escenarios de la guerra y que permiten al autor dar cuenta de los incidentes y las vicisitudes de la contienda. Los breves “apuntes”, que, al paso, informan de la realidad del país: películas, periódicos, noticias, personajes de la vida pública, que aparecen dotando -si cabe- de mayor verosimilitud y realismo a la novela. La crónica objetiva de ciertos sucesos, que en algunos casos se describen con la fidelidad de reportajes periodísticos. Los presagios de Eva, un personaje dotado de clarividencia, que anticipa, en quince “Augurios” que se incorporan al texto, entreverados en medio del hilo argumental de la novela (en realidad catorce, pues en uno de ellos, el IX, ofuscada la mujer por la violación a manos de los milicianos republicanos -no deja de decir cosas sin sentido. Se le han mezclado los tiempos, se quedó loca-, los pronósticos son confusos y delirantes), los acontecimientos que se vivirán en meses posteriores, ayudando así al narrador a completar las “lagunas” que no puede cubrir su relato más o menos lineal. Las abundantes citas intercaladas, separando capítulos, con textos de -además de los ya citados, presentes en las páginas introductorias del libro- José Ortega y Gasset, Gerald Brenan, Manuel Scorza, Salvador Espriu, José María Pemán, Vidal i Barraquer, en esos días arzobispo de Tarragona, Onésimo Redondo, Elena Fortún, Ramiro de Maeztu, Luis Cernuda, Margarita Nelken, Agustín Gómez Arcos, Queipo de Llano, Rafael Alberti, Antonio Muñoz Molina, Ernest Hemingway, Gonzalo de Aguilera, jefe de prensa de Franco, Jay Allen, el coronel Yagüe, Indalecio Prieto, Manuel Azaña, Gerald Brenan, T. C. Worsley, Norman Bethune, Alejo Carpentier, Antoine de Saint-Exupéry, Práxedes Mateo Sagasta, el propio Francisco Franco, Federico García Lorca, Ricardo Rambal, Paul Éluard, Manuel Leguineche, Bertolt Brecht, Francisco Ayala, Simone Weil, George Orwell, Gregorio Marañón, Azorín, Jean-Luc Godard, Gabriela Mistral, Teresa Pàmies, Miguel Delibes, Ana María Matute, Antonio Machado, Jesús Fernández Santos, Julián Besteiro, el papa Pío XII, George Bernard Shaw, Gerardo Pérez Fernández, comandante franquista de aviación, María Zambrano, Miguel Hernández, en un elenco completísimo, heterogéneo y plural ideológicamente, de escritores, filósofos, intelectuales y políticos, en su mayor parte contemporáneos a la guerra, que se pronunciaron sobre ella. Su sola enumeración revela, por un lado, la voluntad del autor de agotar, en la medida de lo posible, las “miradas” sobre los hechos y, por otro, su ingente esfuerzo para ofrecer una visión omnicomprensiva de aquel nefando momento de nuestra historia. Para ilustrar esa inmensa tarea de lecturas y documentación llevada a cabo por Uclés, os dejo aquí el enlace al blog de Agustín Alonso, en el que el propio escritor presenta una desbordante lista de referentes e influencias que consultó y tuvo en cuenta en la redacción de su libro. 

Sobre la base de un tan amplio y extenso soporte documental, La península de las casas vacías nos transporta a numerosos episodios, la mayor parte bien conocidos y profusamente estudiados, de esos años de enfrentamiento, de tal manera que, tras la lectura, el lector ha podido revivir los principales acontecimientos de esos tres años sangrientos, y, en consecuencia, le ha sido posible adquirir una muy completa panorámica de esa trascendental etapa de la historia de nuestro país (Yo espero que el libro pueda reavivar la curiosidad sobre lo que pasó, pero no solamente a mi generación, sino también a las anteriores, porque a lo mejor han leído este conflicto solamente desde un punto de vista, o un periodo concreto. Yo quería hacer una especie de panorámica, afirma el autor en una entrevista). En un repaso a vuela pluma, conocemos, en una sucesión de acontecimientos cuya narración se retrotrae al reinado de Alfonso XIII y que entremezcla hechos locales con sucesos internacionales, idas y vueltas en el tiempo como consecuencia de las visiones anticipatorias de Eva, la controvertida trayectoria del rey y su precipitada huida de España; la ilusión por la república; la Iglesia, alineada con los latifundistas, el Ejército y la burguesía, impertérrita ante la pobreza y el sufrimiento del pueblo; la caótica división de los ciudadanos (No había manera de que se pusieran de acuerdo, ni lo harían en los años venideros: los anarquistas, los falangistas, los fascistas, los derechistas, los izquierdistas, los republicanos, los socialistas, los caballeristas, los araquistainistas, los monárquicos, los carlistas, los comunistas, los marxistas, los negristas, los poumistas, los sindicalistas, los cenetistas, los africanistas, los rifeños, los religiosos, los cedistas, los faístas, los tradicionalistas, los reformistas…); el ascenso de Hitler; la Revolución de Asturias; las huelgas y movilizaciones sociales; el nombramiento de Manuel Azaña como presidente de la República; el asesinato de Calvo Sotelo; el levantamiento de Franco; el éxito de la sublevación en Sevilla, Cádiz, Zaragoza, Navarra, el protectorado de Marruecos, Canarias, Burgos, Valladolid, Galicia, Oviedo (Uclés, en opción para mí discutible, escribe siempre Galiza, Uviéu); la resistencia en Madrid, Barcelona, Valencia, Bilbao; el apoyo extranjero a ambos bandos, la Legión Cóndor, los italianos de Mussolini, las Brigadas internacionales; la inhibición de Inglaterra y Francia; las terribles batallas de Belchite, del Jarama, del Ebro; los fusilamientos en Paracuellos y en Teruel, en Brunete, en Toledo; la matanza de la plaza de toros de Badajoz, perpetrada por los sublevados, la de la madrileña Cárcel Modelo, obra de los republicanos; la quema de iglesias y el asesinato de religiosos; los temibles contingentes marroquís, las tropas moras de Yagüe; la constante amenaza de la aviación; los bombardeos; la salida del “oro de Moscú”; las violaciones, los “paseos”, las sacas, los robos, las torturas en las checas, los asesinatos, los juicios sumarísimos, las atrocidades sin fin; la defensa de Madrid, y su asedio; la “Desbandá” malagueña hacia Almería; la huida a Valencia de los dirigentes gubernamentales; la toma de Barcelona; los personajes -Mola, Goded, Fanjul, Yagüe, Sanjurjo, Queipo de Llano, Franco, de un lado; Durruti, la Pasionaria, Negrín, Vicente Rojo, Indalecio Prieto, de otro-; la muerte de José Antonio Primo de Rivera y el esperpéntico traslado de sus restos desde Alicante hasta el Escorial, en un truculento episodio narrado en el último libro de Paco Cerdá, Presentes; las tácticas militares, ejemplificadas en el relato en una partida de ajedrez, cuyos movimientos se reproducen en la novela; la Alianza de Intelectuales Antifascistas, con la presencia, entre otros, de Rafael Alberti, Miguel Hernández, María Zambrano, Luis Cernuda, María Teresa León, Rosa Chacel, Pablo Neruda, Octavio Paz, César Vallejo, Luis Buñuel, Ernest Hemingway, John Dos Passos o André Malraux; el asesinato de Lorca; el traslado a Valencia de los cuadros del Museo del Prado; Guernica; las banderas, los cánticos, las soflamas; las divisiones en la izquierda y la profusión de siglas -sobre todo en Cataluña (Uclés escribe Catalunya)-, CNT, FAI, POUM, UGT, PSUC, JCI, JSU, AIT; las trece rosas; la inútil resistencia de Madrid, los últimos días de sus defensores; el exaltado recibimiento a los “liberadores” (En cuanto el general Espinosa de los Monteros puso el pie en el adoquinado de Madriz, se escucharon miles de voces coreando el Cara al sol. Mujeres vestidas de rojo entonaron la canción desde los estrechos balcones de la capital, las mismas que antes, vestidas de azul, habían entonado La Internacional); la disolución del frente republicano -Albacete, Cuenca, Guadalajara, Ciudad Real, Almería, Jaén- tras la caída de Madrid; el final de Valencia; los intentos desesperados de huir de la ciudad levantina (Veinte mil personas fueron detenidas del 30 al 31 de marzo de 1939, o bien fusiladas directamente o hacinadas en los campos de concentración vecinos); la toma de Cartagena, el hundimiento en su puerto de los barcos repletos de pasajeros; el fin de la guerra; las riadas de exiliados, perseguidos, desterrados que atraviesan exhaustos la frontera con Francia. 

Pero siendo apreciable este exhaustivo recorrido por aquel conflicto encarnizado, e interesante también -ya se ha dicho- el seguimiento de los avatares de varias generaciones de una familia, lo que en verdad descuella en la novela, su aportación más brillante, original, novedosa y relevante, es el modo en que se cuenta la historia, con dos aspectos que merecen una especial atención, ya forzosamente breve al hallarme casi al término de esta reseña: la singular apuesta literaria del autor, ese planteamiento, a caballo de la desbordante imaginación y el delirio disparatado, que conocemos como “realismo mágico”, y la excepcional utilización de determinados recursos literarios, de enfoque, estructura y estilo, manejados de modo soberbio. 

Vuelvo a repetirlo: no leáis este libro como fuente, sino como ficción histórica, afirma el narrador, en mensaje reiterado, presente ya desde las primeras páginas de la novela. Uclés coge los hechos históricos y siendo extraordinariamente fiel a ellos, como se ha señalado, los reconstruye, deforma e inventa en su relato (Lo narrado se encuentra entre la realidad y lo imaginado, nos ha advertido, recuérdese, en la nota preliminar), introduciendo en su narración infinidad de elementos extravagantes, disparatados, pintorescos, estrafalarios, absolutamente ajenos a la realidad más convencional que, de esta manera, alterada, impregnada de componentes maravillosos, imposibles, fantásticos, inexplicables, prodigiosos, desafiando la lógica previsible (En Iberia, país al que pertenecía Jándula, con voluntad, paciencia y algo de fe, en ocasiones la lógica se invertía al capricho de sus habitantes), acaba por perder su firme estatuto de “realidad” (lo que conlleva el hecho de que en bastantes ocasiones, el lector confunda las fronteras -a menudo difusas- entre ambos planos, el real y el inventado). La novela es, así, abiertamente deudora de los postulados -y los logros- del realismo mágico (hay constantes y muy explícitas referencias en el texto a esta condición: Lo que ocurrió allí (…) bien merece otro capítulo, uno más cercano a la novela histórica que al realismo mágico, entre otros muchos). Y hay también una herencia, igualmente confesada, a los desatinos, al desenfrenado surrealismo, a las excentricidades, al humor descabellado y absurdo de la ya clásica película de José Luis Cuerda, Amanece que no es poco, cuya referencia, levemente escondida, comparece en este diálogo, inserto en la narración. 

—¿Y cómo quiere que le pruebe algo así? Continúe caminando y pregunte por la fecha de hoy. Así se convencerá solo. ¡Dieciocho de febrero, ni más ni menos! 
—Dieciocho de febrero… 
—¡Así es! El día que, dentro de diez años, y muy cerca de aquí, nacerá un tal Cuerda que hará reír a todo el país. Lo sé porque es algo que todos los manchegos sabemos. 

En la limitada -pese a mi muy ostensible tendencia a la desmesura verbal- extensión de esta reseña no puedo dar cuenta siquiera de una mínima muestra de la fértil inventiva del autor en este dominio de lo irracional, del desvarío (dicho sea en términos siempre elogiosos y nunca peyorativos) literario. En mis notas de lectura he recogido más de cien referencias demostrativas de esta desaforada y deslumbrante imaginación de Uclés. Dejaré aquí, no obstante, algunos ejemplos reveladores. Los efectos de la presencia de los hombres en el alumbramiento, que provocaría el que el niño nazca “descompuesto”: una bocanada de arena, entrañas y huesos. Árboles que emiten luz, pues sus frutos albergan crías de luciérnagas. Ortigas que dejan de picar si se contiene la respiración. Personajes que caminan sobre las aguas. Troncos de árboles que se constituyen en instrumentos de una orquesta e interpretan pasodobles, coplas, zarzuelas de Barbieri y suites de Falla y Albéniz. La exigencia de copular en los solsticios, pues en lo equinoccios no sopla el viento frutal de la fertilidad. Las mechas, cirios y candiles del pueblo que prenden solos y se encienden cuando las embarazadas dilataban y empezaba el parto. Los burros a los que la pequeña Martina pincha con una jeringuilla vacía para absorber su sangre, provocando que los animales disminuyan su tamaño hasta desaparecer. El duelo por los muertos, que obligaba a enlutar los hogares, ropas, muebles, edificios, muros, animales del corral, bestias y hasta los árboles, todos pintados de negro. El singular repicar de las campanas de la iglesia: el toque de muerto, uno solo [tañido] por tratarse de un bebé. Si hubiera sido una mujer adulta, habría sido doble, y por un hombre, triple. Y si el fallecido era homosexual, ladrón, prostituta o proxeneta, habría tocado las campanas sin badajo. Extrañas enfermedades que provocan la acumulación de arena bajo la piel. La abducción de los cuerpos en la cumbre del cerro de la Magdalena, el punto más alto de la región, coincidiendo con la aparición del primer rayo de sol. Las predicciones, ya citadas, de Eva, la única agorera de la comarca, cuya obligación era estar permanentemente despierta, atenta a la llegada del augurio. El fenómeno del inmovilismo, que coincidiendo con la inacción de la Iglesia ante las injusticias sociales, impele a sus miembros, los curas, las monjas y los más beatos, a quedarse quietos como estatuas cuando pasa gente alrededor. El bosque de los Hilos, en el que de las raíces de los troncos nacen algodoneras lo que permite al caminante tejer con los pies sobre el suelo. Los pronósticos de lluvia sobre el pueblo, que provocan que el cielo absorba todo el líquido posible -el agua de los botijos, los barreños en los que se lava la ropa, las lágrimas de las vírgenes del templo, la solución química para los gargarismos, incluso a Amapola, que en mitad de un baño en el embalse, se encuentra de repente desnuda entre las nubes- para después “lloverlo”. La consiguiente pérdida de líquidos corporales de las gentes (María (…) se acostó pesando casi doscientos kilos y amaneció con apenas cuarenta. Su problema de sobrepeso se había debido a una retención de líquidos aguda). Las trombas de agua, a veces tan copiosas que, si alguien se ve expuesto a ellas, verá como se desgasta la ropa, se roen los tejidos, se erosionan su piel y su carne, y acaba convertido en un esqueleto pelado. Las explosiones de pájaros, estorninos de pieles porosas, que se llenan de agua con la lluvia y revientan cuando su piel llega al límite. La Ley Queda, en virtud de la cual, durante los aguaceros, el Gobierno interrumpe el conteo de los días, paralizando el calendario hasta que finalice el diluvio (ello ocurre en la novela, en un 14 de julio, un día que “alberga” veintiocho). La, por el contrario, persistente sequía que “elimina” el estrecho de Gibraltar, Iberia y Marruecos unidos por tierra. Manolo, padre de María, que por su aguda hipocondría y su exagerado miedo a la muerte, traslada su domicilio al futuro nicho en el cementerio, volviéndose fosforescente por el contacto con los huesos de los muertos. Antonio, el vaquero del pueblo, experto en confeccionar collares de agua. Las acelgas cuyo crecimiento en los huertos presagia los desastres venideros. Las lágrimas que brotan de diferentes colores según la emoción que las provoca (rojas de amor, azules de tristeza, negras de dolor, amarillas de alegría). Trine, hermana de Odisto, poseedora del don de la impermeabilidad, siendo resistente a la humedad y al frío; además, todos sus miembros son de leche (Si perdía un brazo, un dedo o una pierna, a los pocos días le volvía a crecer. Y no solo una vez, sino todas las que hicieran falta). El niño que irradia mucho calor y que, por ello, era reclamado para dormir en la cama de las mujeres recién enviudadas; el que hace muñecos con el papel de los periódicos y se los come embadurnados con miel; el que aviva los fuegos con su aliento. La hiperacusia aguda de Gonzalo, al que sus orejas de soplillo le permiten percibir los ruidos del extremo opuesto de la península. El repentino boquete en la bóveda celeste, que se resquebraja para dejar pasar la oscuridad del universo, en aciaga metáfora de la brutalidad de la guerra. La pequeña Alfonsina, que con las pupilas verticales de nacimiento puede ver sin necesidad de luz alguna, por lo que descubre los secretos de todos los hogares del pueblo. Los olivos que arden espontáneamente cuando se queman las iglesias. La solidaridad de los lugareños que intentan apagar las llamas cargando agua en cubos, zaques, odres, botas y celemines, hasta en las bocas, las palmas de las manos y en los huecos supraclaviculares. Las lluvias de garbanzos, las de pan, las de reses muertas, sangre mefítica, insectos retorcidos, aves en descomposición o gotas de óxido. Los cuerpos que sudan cera. La nota del almirez que recorre la tierra para volver meses después al mismo punto desde el que se emitió. Las tórtolas de sal que, cuando se raja su vientre, desprenden un chorro de sal fina. Alhelí, prima lejana de la familia, que da de beber en el río a su caballo de cartón, provocando que el juguete se deshaga y con él, la propia niña, descompuesta en menos de un minuto y convertida en cartón mojado y desleído. Abundio, uno de los nietos de Juliana, al que la piel se le deshoja al frotarla o exponerla al agua o el sol. Los grupos sanguíneos cuyas clasificación y efectos dependen de los colores de la sangre: almagre, carmín, bermellón, lacre, bermejo, cardenal, carmesí y granate. Las balas que se asustan de la humareda que provocan y vuelven por su propio camino, matando a quienes las disparan. La decisión de Franco de fusilar a todos los presos que se llamen Ramiro. Gregorio, cuyo vómito es serrín mojado en sangre, pues una parte de sus entrañas era de madera, sustituidos algunos de sus órganos, defectuosos al nacer, por un carpintero. Los poderes taumatúrgicos de los quintos hijos nacidos en una sucesión de vástagos del mismo sexo, capaces por ello de sanar, calmar el dolor, encantar serpientes, inmovilizar animales, acelerar una cosecha, apartar una plaga, cicatrizar heridas abiertas o curar el mal de ojo. Parejas que cada minuto envejecen un tercio del año, pasando de tener cuarenta a ochenta años en solo una tarde. La sangre que brota, sin explicación, de los almiares. El fusil traslúcido, un arma cargada con bayas de muérdago que provocan en la víctima la transparencia de piel, tejidos, huesos y órganos, llevándola a la desaparición. La exigencia de los milicianos republicanos de que cualquier persona que se parezca a Cristo o a la Virgen, modifique su físico, dejándose crecer el bigote recio si es hombre y cortándose el pelo a tazón si es mujer. El procedimiento por el cual, enterrando las manos en un macetero y regándolas convenientemente, la persona podía “ver” el destino de un familiar desaparecido; de ser funesto el visionario moría en el acto al igual que su pariente. La flor de chuza, que enfría con tal intensidad que se usaba como anestésico. Granos que exudan arcilla. Personajes que, estáticos, disfrutan de su inmortalidad. Cuerpos incorruptos. Individuos analfabetos, capaces, sin embargo, de leer los libros futuros (y el narrador enumera a alguno de sus autores, con obra, todos, sobre la guerra civil: Paul Preston, Montserrat Roig, Antony Beevor, Stanley G. Payne, Dulce Chacón, Hans Magnus Enzensberger, Hugh Thomas, Gabriel Jackson, Gerald Brenan, Almudena Grandes, Agustín Gómez Arcos, Ian Gibson, Herbert Southworth, Agustín de Foxá, Pío Moa, Carmen Laforet y Burnett Bolloten). El lápiz que, dibujando sobre una herida, la hace cicatrizar. Las despedidas en las que quienes se separan vierten lágrimas idénticas, en tamaño, forma y número. La gruta que roba el tiempo a quienes se adentran en ella. Otros lápices que, plantados en la tierra, crían mortíferas minas. La misteriosa lengua geográfica, en la que las papilas de algunas zonas se van pelando, conformando un dibujo que representa el mapa de la región en la que se encuentra el propietario del musculado órgano. Las dos hileras paralelas de dientes de Gonzalo. Una Cuenca novelesca que se sostiene en el aire merced al juego de complejos ensamblajes. Los soldados que se dan a la bebida para resistir la crudeza de los combates y que, al ser atravesados por las balas, expulsan vidrios y zumo de uva. El plan del ayuntamiento de Segovia en virtud del cual, y para evitar su destrucción por el enemigo, las mujeres de la ciudad esconderán en sus casas el acueducto romano. El fotógrafo Robert Capa -de numerosas apariciones en el libro- que al pisar una mina que estallaría al más mínimo movimiento, se vio obligado -en la disparatada invención de Uclés- a permanecer más de cuarenta años inmóvil sobre ella. Períodos de gestación de veintisiete meses. La lluvia de setecientas jaulas doradas. Franco reconstruyendo Belchite después de su total destrucción bélica, y que no contento con la recuperación de los edificios, llevó su afán de reedificación hasta el extremo de contratar a casi tres mil comediantes para que asumieran el aspecto y el nombre de los fallecidos. La niña que es una reencarnación de la Virgen de Fátima. El personaje que lleva la luz consigo, de modo que las ciudades, oscuras en la noche, van encendiéndose a su paso. Las cámaras fotográficas que se “tragan” las gorras o incluso el alma de los retratados. El avión que se queda congelado y suspendido en mitad del cielo. La enorme grieta que separa Iberia de Francia, convirtiéndola en una península. Las falsas bombas que no son sino hologramas. El personaje que “ve” en su mente las palabras pronunciadas por sus interlocutores, razón por la que detecta las faltas de ortografía en el curso de las conversaciones (—Hermana, hecho de menos a papá. —Gonzalo, «echo» se escribe sin hache. —¿Cómo sabes que lo he dicho con hache si es muda? —Porque, cuando hablas, suelo imaginarme las palabras escritas en la mente). La llave que, enganchada en el corazón, permite darle cuerda y mantener el pulso vital. La firma de Odisto Ardolento, el cual, desconocedor de las letras, rubrica los documentos como Luis Vílchez Gómez (Es lo que me sale siempre que firmo). El terreno a las afueras de Jándula que no sale en los mapas. El cambio de nombre de la ciudad de Madrid, convertida en Madriz cuando Franco decide vender el topónimo original al gobierno de la República China. La barca hecha con caramelos. La ciudad de Tomelloso pintada de marrón para, camuflada con el suelo árido, hacerla pasar desapercibida. Las cuatro ancianas, cada una superando los ciento veinte años, que se desplazan montadas es un mismo burro mientras cosen cortinas. Las patas de una silla de las que brota sangre. La herida cosida con la cuerda de nailon de una guitarra tensada en sol sostenido, garantía de la imposibilidad de su reapertura. 

Junto a todas estas manifestaciones del realismo mágico, hay muchas singularidades estilísticas en el muy inusual planteamiento de Uclés. Es el caso de la constante intromisión del autor en el relato (hay más de una mención a las nivolas unamunianas: este texto tiene rasgos de nivola), que se ve salpicado de continuo (los ejemplos se cuentan por decenas) por las reflexiones del narrador (Y esta es la historia que me he inventado para justificar históricamente Iberia. Porque creo firmemente que Iberia sería la solución más acertada a los males que arrastra la península desde siglos. Surgiría un estado más fuerte, multilingüe, polícromo y, sobre todo, ilusionado), por las justificaciones de sus decisiones (Lo que sucedió en Málaga no tuvo lugar en el otoño de 1936, sino en febrero de 1937. Sin embargo, voy a adelantar la acción porque se me rompe el corazón verlos hacer vida como si nada, ajenos al amargo final que Dios, a quien justifican por lo inescrutable de sus actos, ha dispuesto para ellos. Quiero evitarles el sufrimiento porque considero que, quien es llamado a morir en tan atroces circunstancias, debe descansar pronto, cerrar los ojos y olvidarse de este mundo, de este sueño dentro de un sueño, como decía Poe), por la puesta en conocimiento del lector de sus dudas como escritor (He dudado mucho si contar lo que le sucedió a Martina aquella madrugada de verbena, o si ahorraros la escena y dejaros con el buen sabor de boca de la alegría de la fiesta, ya que, para un capítulo que acaba tan bien… Pero no, no puedo callármelo. Lo siento), por sus comentarios en relación con los episodios referidos (escribe, a propósito de una de sus criaturas: A mí, como narrador, en caso de que queráis saberlo, la verdad es que me interesa bien poco como personaje, vamos, que ni fu ni fa), por sus intervenciones activas en los sucesos narrados (No tuvo más remedio -dice de un personaje- que acudir a mí, mal que le pesara. Bueno, también lo hizo a Dios. Pensó que alguno de los dos le haríamos caso. Y así fue. Tras una jaculatoria dirigida al cielo, Dios se apiadó de él, porque yo, la verdad, es que no hice nada), por las aclaraciones sobre el desarrollo de su exposición (Quizás sea más fácil imaginar la escena si describo el matrimonio), por las explicaciones acerca de su modo de resolver una escena o introducir un personaje (… y una conocida, Fuensanta. Esta era hija del pintor del pueblo, el cubista Zabaleta. En realidad, el artista nunca tuvo descendencia; pero, en el reino maleable de la literatura, he querido darle una hija), por las exposiciones en torno a las soluciones estilísticas adoptadas (A continuación, describiré el tajo de la recogida de la aceituna. Lo haré en presente y en cursiva, para darle más aplomo), por sus acotaciones y apostillas a lo contado (Así que, si me lo permitís, retomaré la narración principal más adelante), por las declaraciones que enfatizan su condición de dueño de los destinos de sus personajes (A continuación, dejaré descansando a nuestra familia unas semanas) y, a la vez por las manifestaciones de la “rebeldía” de estos frente a su creador (A partir de hoy mismo, paso a llamarme Pablo. Ya no soy un niño y Pablito es nombre de crío. Tengo barba y fuerza, los hombros anchos, el sexo alerta, la mirada más atenta y la mente políticamente despierta. No creo que algo tan personal como el nombre deba depender más del narrador que de uno mismo. Llamadme Pablo), por la autoconciencia de algunos de sus protagonistas, que se saben seres de ficción (Tanto Odisto como el Escobas comprendieron que, muy probablemente, el narrador de esta historia se estaba dirigiendo a ellos a través de él), por las ironías sobre su propia omnisciencia narrativa (No me detengo más en la descripción porque, en apenas unas líneas, voy a quemarlo todo) y, simultáneamente, por el cuestionamiento de ese conocimiento global (Según los cálculos del topógrafo del pueblo, Hersilio, antes de llegar a 1940 la casa se sostendría solamente gracias al andamiaje, perdería toda la tierra a su alrededor y se desconectaría de la menguante cañada. Estaba destinada a flotar como una isla con raíces de hierro. Como este libro llegará hasta esa fecha, veremos si se cumple la profecía o no), por las interpelaciones al lector (¿Recordáis cuando describí a Franco y expliqué que durante sus casi cuarenta años de dictadura nunca se separó de una reliquia?), por las sugerencias (En el siguiente capítulo encontraréis descritos los movimientos tácticos definitivos y seguidamente, en cursiva, lo que les ocurrió a sus aliados/oponentes. Pero si la estrategia política no es lo vuestro, os los saltáis y punto), recomendaciones (Os recomiendo que subáis hasta el barrio de Santa Cruz, que os sentéis a ver la puesta de sol y que busquéis una cruz roja que brilla más que el propio cielo. Fijad bien la vista en ella y la cifra de fallecidos os vendrá a la mente), invitaciones (Juzgad vosotros mismos la situación y planteaos una pregunta interesante) y requerimientos (A continuación, buscad esta pieza y escuchadla en unos auriculares a máximo volumen mientras leéis la destrucción de la península: Requiem: II. Kyrie, György Ligeti) a los destinatarios de su historia, incluso por su presencia “física”, que interactúa con los personajes formando parte del relato (como en una inenarrable conversación con Franco, en la que el dictador, tras pedirle a Uclés que diga un número del uno al cien, y ante la respuesta del escritor mencionando el 96, decide, en prueba de su poder, eliminar ese capítulo de la novela, como así ocurre; o la descripción de la noche de amor causa de que muchos años después él mismo pudiera existir: De aquella noche nací yo; bueno, mi abuelo materno, Luis. Y de él lo haría mi madre, Nines. Y de ella, yo; o la acción que se detiene ante una vivienda en la que una placa reza: Aquí perdió la virginidad el narrador de esta historia, en el dormitorio principal cuyo balcón da a la peña). Todo ello tocado -en las más de las veces- de un indudable sentido del humor (Sobre el retrete no hay gran prosa: un cubo lleno de paja con una tapadera, el cual debía vaciarse con asiduidad, colocado junto al muro de carga trasero del cortijo. Si algún lector encuentra esta descripción somera y quiere más detalles respecto a cómo era el lugar, que me busque y lo llevaré al mismo cubo azul verdoso de mi abuelo, situado en una huerta de Quesada, y tendrá el placer de defecar creando, de algún modo, cierta intertextualidad literaria. Vuelvo a la acción). 

Y están también los anacronismos, los desplazamientos en el tiempo, con un narrador que se llega hasta el presente, las abundantes muestras de intertextualidad, los extravagantes “interludios” entre capítulos, las historias intercaladas, las numerosas referencias culturales, las “rarezas” constantes (la transcripción de una partida de ajedrez; el capítulo narrado por La Mancha; la conversación entre Eleanor y Franklin Roosevelt; los enconados debates de los escritores en su II Congreso Internacional para la Defensa de la Cultura; un vistoso caligrama; la página con mil cinco puntos, uno por cada uno de los tiros de gracia escuchados desde el inicio de la guerra por un labrador de Teruel; el inexistente capítulo 96, con la página en blanco; un discurso de Azaña; las tres mujeres vernáculas, Teodora, Eulalia y Olga, llamadas Irune, Laia y Uxía antes de la guerra, y cuyas palabras aparecen en euskera, catalán y gallego, respectivamente). 

En fin, una novela genial, muy interesante e ilustrativa, escrita con brillantez en diferentes registros literarios, seria y rigurosa, dramática y sobrecogedora y, sin embargo, llena de humor, tierna, emotiva, espléndida. No os la perdáis baje ningún concepto. Cierro ya esta extenuante reseña con un texto muy representativo del espíritu del libro. Y también, de entre sus variadas referencias musicales con Red River Valley, la clásica canción folklórica, de origen incierto y objeto, desde finales del siglo XIX, de innumerables versiones y de profusión de “apariciones” en el cine, una de ellas, quizá la más destacada, en la película Las uvas de la ira, de John Ford. La interpretación de Woody Guthrie, quizá la más conocida, es la citada en la novela (un tal Woody Guthrie, procedente de la Brigada Lincoln —formada por casi quinientos norteamericanos que antes de alistarse como milicianos habían trabajado de profesores en California—, le cambiaba la letra a una famosa canción folclórica de su región), pues en nuestra guerra civil, el Red River Valley se convirtió en el Jarama Valley.


Atravesaba, aparatosamente y sujetándose bien los cintos y las cartucheras, un campo de vides del tipo garnacha convertido en una ciénaga, donde el agua le llegaba por las rodillas, cuando detrás de una hilera apareció un republicano con una cicatriz fresca en la cara, de la frente al labio superior, y se le echó encima. Ninguno de los dos tuvo tiempo de descolgarse la carabina y apuntar, y tampoco les sobraba ninguna mano para buscar uno de los cuchillos que con tanto denuedo ocultaban en las botas o entre los pliegues más firmes de los bombachos. Solo la lucha cuerpo a cuerpo tenía sentido en aquel reciente estero. El problema era que Paulo no sabía pelear. Nunca se había enfrentado sin armas al enemigo, y las únicas veces que tuvo que batirse a golpes había sido de niño en Jándula. Pese a todo, y después de diez minutos de forcejeos, de fintas ridículas y de lucha húmeda, Paulo logró agarrar su cabeza y echarse sobre ella hasta torcerle el cuello. No lo mató, pero le provocó un fuerte crujido y un lacerante calambre, y lo dejó con un rictus de incomprensión y de intenso dolor. Paulo no quería matarlo, suficiente era con haberlo dejado con aquella agonía. Se apoyó en una vid recia y recuperó el aliento. Pero el joven republicano seguía retorciéndose de dolor; lo sacudían espasmos en todo el cuerpo y tenía los ojos en blanco. Entonces lo vio sacarse una navaja de hoja corta y apuntar hacia su propio corazón. El joven gritó algo incomprensible, balbuceando y lloroso, y se clavó el arma blanca en el pecho. Paulo se abalanzó sobre él y quiso quitarle la hoja de las manos, pero llegó tarde. La herida no era profunda y aquel hombre siguió en el mismo estado, convulsionando, con el cuello rígido como una lima y el resto descompuesto. Se ladeo para mirar a Paulo y le suplicó que acabara con aquel tormento. El hombre lanzó el cuchillo y se mostró inerme. Y Paulo obedeció, pues no sabía pelearse cuerpo a cuerpo, pero matar sí que sabía hacerlo. Se acercó a él, también entre lágrimas, y lo abrazó. El otro lo asió con menos fuerza, debido a los calambres, y le lloró en el hombro. Se quedaron así un buen rato, sollozando, rodeados de explosiones y sobrevolados por aviones, aunque el tiempo se hubiera detenido para los dos. Paulo, de forma refleja, le dio un beso por detrás de la oreja, que le mojó los labios de sudor y lo hundió en el barro. Colocó las rodillas sobre la espalda del joven, lo sumergió y esperó hasta que el forcejeo del hombre acabara. Una vez asfixiado, le quitó el pañuelo rojo que llevaba en el cuello, donde su nombre, Humilde, estaba bordado y se lo metió en el bolsillo. Pensó que, acabada la guerra y si sobrevivía, buscaría a su familia. 

Videoconferencia
David Uclés. La península de las casas vacías


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