Vivo entre muchos libros y extraigo una gran parte de mis ganas de vivir del hecho de que aún leeré la mayoría de ellos. (Elias Canetti)

miércoles, 14 de enero de 2026

EMILY BRONTË. CUMBRES BORRASCOSAS; DEBORAH LUTZ. EL GABINETE DE LAS HERMANAS BRONTË; ALICIA MARIÑO. CUMBRES BORRASCOSAS. EL AMOR MÁS ALLÁ DE LA MUERTE

Hola, buenas tardes y feliz año a todos. Hace unas semanas, pocos días después del centenario de Carmen Martín Gaite, que se celebró el pasado 8 de diciembre, os ofrecíamos un programa dedicado a la escritora salmantina, centrado en dos obras esenciales para comprender su figura, Entre visillos, su primera novela, que ganó el Nadal correspondiente a 1957 y se publicó un año después, y Carmen Martín Gaite. Una biografía, del sabio profesor José Teruel, que ganó este mismo año el prestigioso Premio Comillas de obras biográficas en su trigésimo séptima edición. Ahora, en las primeras emisiones tras las vacaciones navideñas, quiero abrir un singular ciclo en el que seguiré la estela “martingaitiana”, trayendo aquí sendos clásicos de la historia de la literatura que fueron objeto de la traducción al español por parte de nuestra autora. Se trata de Cumbres Borrascosas, la obra mayor de Emily Brontë, que protagonizará nuestro espacio de hoy, y Jane Eyre, otro título fundamental, escrito por su hermana Charlotte, del que os hablaré el próximo miércoles. Ambas novelas, en la versión de Carmen Martín Gaite, están publicadas por Alba Editorial. Para completar el recorrido por la obra de las Brontë, en el tercer espacio de la serie, os hablaré de Agnes Grey, obra de Anne, la menor de las hermanas, igualmente editada por Alba, traducida, esta vez ya sin la presencia de Martín Gaite, por Menchu Gutiérrez. Además, y para continuar explorando la pista de la escritora salmantina, habrá una cuarta y última entrega del ciclo, ya metidos en febrero, en la que os propondré la inmersión en la literatura de una autora excepcional, la italiana Natalia Ginzburg, dos de cuyas novelas también tradujo a nuestro idioma Carmen Martín Gaite. 

En cualquier caso, y más allá del protagonismo de estos títulos principales, en la serie entera mi “oferta” será, sin embargo, y como ocurre tan a menudo en Todos los libros un libro, plural, enriquecida con otras referencias de libros y películas, empezando ya en el programa de esta tarde, dedicado, como he señalado, a Cumbres Borrascosas, pero en el que os hablaré de la novela principal en su edición de Alba de 2001; también de su presentación, anterior a ella, en la más académica editorial Cátedra de 1989, con un espléndido estudio preliminar de Paz Kindelán y traducción de Rosa Castillo; de un pequeño librito de Alicia Mariño Espuelas, que vio la luz en 2021 en la editorial Reino de Cordelia, y que con el título de Cumbres Borrascosas, examina la principal versión cinematográfica de la obra, dirigida en 1939 por William Wyler; e, igualmente, de un muy interesante libro, El gabinete de las hermanas Brontë, en el que su autora, Deborah Lutz, recrea, a partir de nueve objetos significativos, el “territorio” habitual en el que se desenvolvía a diario la vida de las talentosas hermanas; un conocimiento, el del particular microcosmos de las Brontë (de “los” Brontë, en realidad, pues la familia la integraban, aparte de las tres escritoras, el pastor Patrick Brontë y su esposa, María Branwell, las dos hijas mayores -que casi nunca llegaron a serlo, en realidad, pues murieron muy niñas- y el único varón, Branwell, nacido entre Charlotte y Emily), indispensable para adentrarse con criterio en sus obras. 

Y es por ello (y también porque la novela en sí ya es muy conocida, lo que puede hacer menos necesarias mis reflexiones), por lo que quiero empezar mi reseña ofreciéndoos un detallado apunte de este último libro, lo que no solo permitirá al lector familiarizarse con el universo Brontë, sino, sobre todo, obtener pistas que le permiten adentrarse en las novelas, pues la cotidianidad de las hermanas está muy presente y tiene un muy notorio reflejo en sus obras. Y lo hago, aun a sabiendas de que utilizarlo como puerta de acceso a las creaciones de las tres jóvenes escritoras (tanto Cumbres Borrascosas, como Jane Eyre y Agnes Grey se publicaron en 1847, cuando Charlotte tenía 31 años, Emily 28 y Anne 27) puede resultar poco apropiado; habiendo quien piense que, quizá, el proceso debiera ser el inverso: conocer el espacio literario de las autoras para, a continuación, buscar su correlato “real” en su cotidianidad. De todas formas, cualquiera de las alternativas es valiosa en sí misma y enriquece el disfrute que proporciona la lectura. En definitiva, el “mensaje” final de mi múltiple propuesta de estas tres semanas de enero puede resumirse en una entusiasta invitación a sumergirse, a habitar durante largas jornadas -con libros variados y diversas versiones para la gran pantalla- el desbordante universo, real y de ficción, de las escritoras de Haworth, ese pequeño pueblo de Yorkshire en el que vivieron las Brontë y que tanta presencia tiene en sus novelas. 

Deborah Lutz es profesora de la cátedra Thruston B. Morton de Inglés en la Universidad de Louisville. Experta en literatura victoriana, con varias publicaciones académicas (en la preliminar sección de agradecimientos de El gabinete de las hermanas Brontë, expresa su reconocimiento a una de las muchas personas citadas por aconsejarme que saltara de las editoriales académicas a las comerciales) sobre este ámbito de estudio, la norteamericana publicó su libro en su país natal en 2015, viendo la luz en España dos años después, en la editorial Siruela, dentro de su espléndida colección El ojo del tiempo y con la traducción de María Porras Sánchez. 

En el prefacio que abre su libro, de título La vida privada de los objetos, su autora sostiene con fundamento -y de esa base partirá en su obra- que los objetos, incluso los más triviales y anodinos, tienen la capacidad de transportarnos a otras épocas y lugares. Las posesiones de las que hemos hecho acopio en nuestras vidas, las pertenencias de nuestros seres queridos, los bienes de los familiares, de los amigos, de las personas que hemos tratado, se constituyen, cuando sobreviven a sus propietarios, en una suerte de significativo puente hacia aquel tiempo pretérito, imposible ya de recuperar, en que compartimos momentos, episodios, vivencias con los desaparecidos. Tras nuestra muerte, los objetos que nos rodearon, que elegimos para acompañar nuestras existencias, que “habitaron” nuestra domesticidad, hablan ahora muy elocuentemente de quienes fuimos, transmiten nuestra historia, nos hacen revivir, en cierto modo, en la memoria de los que nos sobreviven. 

Entusiasta frecuentadora de las obras de las hermanas Brontë (Jane Eyre, Cumbres borrascosas y Villette [novela, también, de Charlotte] son de los pocos libros que me mantienen en vela hasta altas horas, y son de los pocos libros que describen mundos que me encantaría habitar. Es como si sintiera, casi tengo la certeza, que sus heroínas me reconocerían cuando me colara en su dimensión), su pasión la lleva a intentar ese tránsito del ámbito meramente literario de sus libros a una dimensión algo más próxima, la de las vidas reales de sus autoras: Mi intimidad con estos libros me ha llevado, como a tantas otras personas, a desear acercarme a sus autoras. Estas novelas están tan vivas que desearía resucitar a las hermanas Brontë, su vida cotidiana, su respiración, su presencia corporal. Conocedora al detalle de los pormenores de cada uno de esos libros, fascinada, en particular, por la extraña cama que tan importante papel desempeña en una escena sustancial de Cumbres borrascosas y por el gran bargueño decorado con las cabezas de los doce apóstoles que se menciona en Jane Eyre, no puede dejar de preguntarse si esos objetos existieron en realidad y si, de ser así, se conservan todavía. Para dar respuesta a esos interrogantes se lanza a una investigación, muy seriamente documentada (setenta de las trescientas veinte páginas del libro son de notas -en número de 340-, bibliografía y un copioso índice temático, geográfico y onomástico; este es el resultado de un extenso trabajo de investigación con las fuentes biográficas, pues se podría llenar toda una biblioteca solo con los libros publicados sobre las Brontë, escribe de su ensayo) y de lectura apasionante y adictiva (los comentarios que me suscitan sus muchos aspectos de interés, plasmados en centenares de notas de lectura, darían para un extenso programa monográfico) sobre nueve objetos reveladores de las circunstancias de la vida y obra de las tres mujeres. El enfoque académico de su estudio se manifiesta en el intento -más que logrado- de situar cada objeto en su contexto cultural y en los momentos de la vida cotidiana de las Brontë, intentado extraer de ellos la realidad en la que habrían podido inscribirse y poblar el paisaje humano de sus propietarias. Acepta de principio, como es obvio, que siendo los objetos mudos, su interpretación está sujeta a múltiples conjeturas, por lo que, consciente y prevenida sobre el fenómeno, intenta no llevar demasiado lejos las deducciones, ni proyectar en sus especulaciones mucho de ella misma, privando de objetividad histórica a su relato y transformándolo en algo personalmente nostálgico. 

El gabinete de las hermanas Brönte pretende, así, dar voz a algunos “artefactos”, que no han concitado con anterioridad el interés de los expertos (de algunos no hay ni una coma escrita) para que, a través de materiales tan diversos como hilo, papel, madera, azabache, pelo, hueso, latón, piel, fronda de helechos, cuero, terciopelo y ceniza, arrojar algo de luz sobre las vidas de sus dueñas victorianas. En el primero de sus nueve apasionantes capítulos conocemos la pasión de las hermanas, ya desde la infancia, por la confección y escritura de libros diminutos (Hace unos cinco años que mis hermanas y yo nos reencontramos en casa tras un periodo de separación bastante prolongado. Al residir en una región remota, donde la enseñanza había hecho escasos progresos y donde, en consecuencia, no había alicientes para buscar relaciones sociales fuera de nuestro círculo doméstico, dependíamos completamente de nosotras mismas y las unas de las otras, de los libros y del estudio para las alegrías y ocupaciones de la vida. El mayor estímulo y también el más vivo placer que conocíamos desde la infancia nos los proporcionaban nuestros intentos de escribir obras literarias), de importantísimas repercusiones en su obra “seria” (los cuatro hermanos, pues Branwell también participaba, construyeron una saga en torno a unos mundos ficticios, Angria y Gondal, que afloraría -nunca de manera explícita pero sí evidente para los estudiosos de la literatura “brontiana”- en sus novelas). Bajo la rúbrica de “pelapatata” y en la segunda sección de la obra, se examina, con abundancia de excursos históricos y culturales, el entrelazamiento que en el día a día de las hermanas se daba entre la dedicación a las tareas domésticas y su muy acentuada pasión literaria; hay, así, jugosas anotaciones sobre la costura -en particular los dechados, bordados que incluían bandas de diseños geométricos, el alfabeto, los números, citas breves de la Biblia y que se utilizaban como recuerdo, regalo o elemento decorativo- y la situación de las mujeres en la sociedad victoriana, todo ello salpicado de exhaustivas y muy inteligentemente elegidas menciones a las vidas de las tres jóvenes y a la presencia de esas ocupaciones en sus novelas. 

En el tercer capítulo la autora afronta un asunto -las caminatas- muy atractivo y repleto de valiosas informaciones que esclarecen numerosos pasajes de las obras de las Brontë y, en algún caso, como veremos -pienso en Cumbres Borrascosas, pero también en Jane Eyre-, explican la atmósfera en la que se desenvuelven. Salir a caminar por los espacios abiertos, ásperos, salvajes y ventosos de los páramos de Yorkshire, subir a sus tempestuosas cimas era una ocupación habitual de la familia Brontë y, en particular para Emily, una necesidad (cuando, con dieciséis años fue enviada a estudiar al colegio Roe Head, rodeado de pastos verdes y colinas suaves, solo aguantó en la escuela tres meses, pues el ansia de ver los páramos, la añoranza del brezo agitándose bajo el vendaval tormentoso, la hicieron caer enferma). Lutz describe los rituales de sus paseatas, su decidido adentrarse en aquellos territorios hostiles, en un pasatiempo a menudo accidentado, un hábito absolutamente ajeno, en principio, a la delicadeza asociada al ideal de mujer de la época. En su relato, abundante en pormenores -accesorios utilizados en sus recorridos, bastones, paraguas y parasoles, varas o fustas; detalles de la vestimenta y el calzado utilizados; inventario de la flora y la fauna, de la topografía, de los accidentes geográficos y la climatología de la zona-, bien espigados de la amplia bibliografía que maneja, la norteamericana examina también las diferencias entre las marchas por mero placer y aquellas otras guiadas por un propósito, el desplazamiento a lugares cercanos -veinte, treinta kilómetros- que con frecuencia las Brontë debían hacer a pie, pues la nada holgada economía familiar no permitía la posesión de caballos o carruajes. En el capítulo, excitante también como el resto de la obra, comparecen igualmente las habituales explicaciones “sociológicas” y culturales de los objetos, circunstancias y situaciones narradas, así como abundantes referencias literarias -Wordsworth, Coleridge, Darwin, Virginia Woolf, entre otros- y sustanciosas citas de las novelas de las tres jóvenes en las que la presencia de los parajes que ellas frecuentaban y de las caminatas a las que se entregaban regularmente, se incorpora al acontecer de sus personajes. 

La cuarta sección del libro resulta deslumbrante también porque la erudición del Lutz, su apertura a múltiples frentes culturales suscitados por cualquiera de los asuntos que pueblan su relato -menores en muchos casos, pero que el talento narrativo de la autora convierte en sugerentes-, hacen apasionante una narración que transporta arrobado al lector al singular entorno de las hermanas, hasta el punto -y hablo por experiencia propia- de estimular en él el ansia por conocer más detalles de la vida de las escritoras. Se trata en este caso de analizar la muy apreciable relación de las jóvenes con el mundo animal, singularmente sus perros Keeper, Grasper y Flossy, pero también otras mascotas familiares. Como en el resto de su libro, la profesora norteamericana parece saberlo todo del ambiente en que se desenvolvían las Brontë, lo que, en este particular dominio que explora en el capítulo, se traduce en la minuciosa descripción de los perros; sus collares (se conserva uno de Keeper, “propiedad” de Emily); sus respectivas razas; el origen de sus nombres; sus otras mascotas (Dick el canario; los gatos, Tom y Tiger, dos gansos llamados Victoria y Adelaide); la afición de las muchachas a las guías de pájaros (con relevante presencia en Jane Eyre), a pintar y dibujar las criaturas de la fauna de su entorno; las innumerables anécdotas de este especial vínculo de las chicas con los animales (destaco la muy conocida, y reveladora sobre el carácter de la muchacha, protagonizada por Emily, cuando, apiadada de un chucho desconocido que deambulaba junto a la casa con aspecto enfermizo, se acercó para darle algo de agua, sufriendo el ataque furibundo del perro y su mordisco en un brazo. Preocupada por si tenía la rabia, la joven entró apresurada en la cocina, sacó de la chimenea una de las tenacillas que Tabby -la muy apreciada criada de la casa, que será la base del personaje de Nelly en Cumbres Borrascosas- siempre mantenía al rojo vivo y la aplicó sobre la mordedura para prevenir la infección). Pero, siendo sobresaliente el conocimiento de la autora de la intimidad de la familia Brontë, lo es aún más su facilidad -su genio- para vincular esos objetos y episodios de la cotidianidad “brontiana” con la microhistoria, esa cada vez más frecuentada rama de la historia social. Así, hay “desvíos” en la narración, muy bien trabados en ella, para dar cuenta de las investigaciones de Lutz sobre asuntos como los tipos de collares para perros y las inscripciones que se hacían grabar en ellos; las primeras muestras caninas y los correspondientes iniciales intentos de estandarización, selección y taxonomía perruna; los criterios con los que se asignaban nombres a los cánidos, relacionados con las acciones que los identificaban; la actitud hacia los animales a lo largo de la historia (durante siglos se los consideraba responsables de los males causados: ya en 1522 unas ratas fueron juzgadas por asolar unas siembras de cebada); los poderes que se les atribuían; la costumbre de tener mascotas; los secuestros de perros valiosos, muy habituales en siglo XIX (los Fancy, una conocida banda de la época, secuestró en tres ocasiones al apreciado spaniel de la poeta Elizabeth Barrett Browning, que pagó el rescate en cada caso); sobre las jaulas para pájaros, el encadenado de los perros y, en un salto prodigioso, la sociedad esclavista británica (abolida legalmente en Gran Bretaña, la esclavitud seguía vigente en los Estados Unidos y otros países). Y todo ello, una vez más, engarzado de manera asombrosa con las múltiples referencias a la presencia de los animales en las novelas de las tres jóvenes, que ayudan al lector interesado a ampliar los ecos de su lectura. 

Este muy atractivo juego entre la historia íntima de las hermanas, las circunstancias de la vida social y cultural de la época y los reflejos de una y otras en sus novelas, alcanza una notable dimensión en el quinto capítulo del libro, dedicado a la correspondencia -numerosa y en bastantes ocasiones aún conservada- que mantuvieron las Brontë, con una atención particular a las muchas cartas que se cruzaron Charlotte y su amiga Ellen Nussey (unas trescientas cuarenta han resistido el paso de los tiempos, la mayoría de las quinientas que Ellen conservó; las de Charlotte se han perdido todas) y a las cuatro, apasionadas y rechazadas, que envió a Constantin Héger, su profesor durante una estancia en Bruselas, un hombre casado y con cinco hijos y un sexto a punto de nacer. Sobre la base de la consideración -que Charlotte defendía- de la escritura de cartas como un acto íntimo, capaz de transmitir no solo noticias, ideas o pensamientos sino, incluso, el tacto y la calidez de la piel del remitente (Lo delicioso de una carta tenía que ver, en parte, con su capacidad de replicar una porción espiritual o física del yo), Lutz nos da cuenta, en esa primera esfera privada, de la amistad entre ambas muchachas, expresada en términos muchas veces de una sentimentalidad explícita, rozando lo erótico (sin connotaciones sexuales; aunque la norteamericana aprovecha para introducir una breve desviación en torno a la posible homosexualidad de las relaciones entre las dos jóvenes, un excurso en el que se comenta también la naturalidad con las que dos mujeres podían dormir juntas, compartir cama, caminar enlazadas y otras costumbres no demasiado llamativas en su época); del estilo, cada vez más depurado, de su correspondencia; de las imaginativas firmas -a menudo extraídas de referencias literarias- con las que rubricaba las misivas; de su caligrafía, a la que le atribuía un importe valor, de carácter, incluso, moral; del cuidado de la estética -líneas de texto, espaciado- en la composición de las páginas (En sus cartas a Ellen y otros destinatarios, se aprecia una preocupación por el valor estético —la belleza de la línea de texto, su espaciado y su elegancia—, similar a su obsesión por la pulcritud y el corte de su ropa y el peinado. Para muchos de sus contemporáneos, el cuidado del aspecto físico y el aspecto externo de las cartas iban de la mano). Hay, también, en la dimensión que he llamado “sociológica” del libro (quizá, mejor, simplemente cultural), jugosos apuntes sobre el funcionamiento del servicio de correos; sobre sus tarifas inaccesibles para la mayor parte de los ciudadanos; sobre, en consecuencia, las “trampas” que éstos debían idear para soslayar los canales oficiales o, de acomodarse a ellos, para evitar el sobrecoste (el precio del envío dependía de su peso, lo que obligaba a economizar el espacio con prácticas muy curiosas, como la escritura “cruzada” o la invertida, escribiendo entre renglones con las hojas vueltas); sobre los sellos, los lacres, las dedicatorias; sobre los complejos modos de preservar la privacidad de los textos; sobre las pistas y los mensajes ocultos, en dibujos cifrados o enrevesados jeroglíficos que se incorporaban a los adhesivos que operaban como sellos. 
                             
(Un coleccionista compró la foto en un mercadillo y sostiene que son Charlotte, Anne y Emily Brontë, aunque varios expertos lo niegan. Fuente: La Voz de Galicia)


Siguiendo el hilo de las cartas, el siguiente capítulo del libro se adentra en el fecundo territorio de los escritorios. Las obras literarias de las tres hermanas acabaron en la imprenta, saliendo del secreto en que cada una de ellas las resguardaba gracias a que Charlotte, husmeando en el escritorio de Emily, encontró algunos de sus poemas, que, al despertar su interés, acabaron por desencadenar el proceso que llevaría a publicar los versos de las tres y, poco más adelante, sus novelas. Lutz se lanza entonces, a partir de esta constatación, a investigar la presencia de esos íntimos y manejables muebles -los secreteres y escritorios- en la vida y la obra de las Brontë, en una sección de nuevo altamente interesante en la que se nos dan a conocer los pormenores de su proceso creativo (centrándose esta vez en Emily): los trozos de papel en los que escribía, los dibujos con los que ilustraba sus textos, los lápices, las plumas -de ganso, metálicas con portaplumas de madera-, los tinteros, los frecuentes borrones (el secreter, los atriles que se conservan, manchados de tinta), los recortes -un corta y pega literal, hecho con tijeras- de fragmentos de un poema y su pegado en otros, la incorporación a cuadernos de los papelitos, y luego el esmerado envoltorio, la introducción en cajas, estuches o cofrecillos para, por fin, encerrarlos en los escritorios, en los que, bajo la protección de un cierre cuya llave personal, convivían con cartas, sellos, sobres, tinta, plumas, hojas pautadas para no torcerse en la escritura, trozos de tiza, fragmentos de encaje, entre otros objetos. Comparecen aquí los distintos modelos de escritorios (muy útiles los “de regazo”, la manejabilidad de los portátiles) y la curiosa publicidad de los fabricantes; su historia hasta llegar al uso generalizado; su estructura; los materiales de los que estaban hechos (maderas diversas, a veces papel maché, terciopelo recubriendo los atriles que incluían); las posibilidades para su transformación accionando resortes escondidos, palancas y botones que parecían sacados de un cuento de hadas; sus múltiples compartimentos, escondrijos, cajoncitos, en más de un caso con espacios ocultos, secretos (de ahí secreter), una circunstancia en la que la autora detecta el paralelismo entre la disposición de los escritorios y los recovecos del corazón; la preciosa escribanía de Jane Austen, el lujoso escritorio de Dickens, el móvil del muy exigente Anthony Trollope. El estudio del objeto físico permite también los acercamientos a las personalidades de las tres mujeres, la más expansiva Charlotte, necesitada de contacto íntimo, y de naturaleza más reservada Emily, que chocarían al violar la primera la impenetrabilidad natural de su hermana adentrándose en su escritorio y leyendo sus poemas. El capítulo desarrolla entonces el arduo camino hasta la publicación de las novelas, Cumbres Borrascosas, Jane Eyre y Agnes Grey, que protagonizan este ciclo de nuestro espacio (que las jóvenes querían ver publicadas bajo el formato, muy común entonces, del three-decker); la naturaleza “cooperativa” de su creación, con las tres juntas alrededor de la mesa plegable del comedor, discutiendo sobre tramas y personajes y leyendo pasajes en alto para intercambiar opiniones, en un modus operandi que permitió que completaran sus tres obras en menos de un año (cuando Emily y Anne mueren, Charlotte, desolada, muestra su pesadumbre por tener que escribir sus libros en la oscuridad del taller silencioso de su mente, porque no había nadie a quien leerle una frase, nadie a quien pedirle consejo); la elección de sus seudónimos; el inicial rechazo editorial; la insistencia de Charlotte luchando con la resistencia de su hermana menor como el verdadero motor que las llevó a publicar e incluso a escribir sus novelas; los cambios en la escritura de Charlotte, apreciables en el manuscrito de Shirley, la novela cuya primera versión había empezado a escribir a principios de 1848 con la “colaboración” habitual de sus hermanas, y que concluyó en el corto plazo de ocho meses en que fallecieron Branwell, Emily y por último Anne. Y como siempre, huelga ya decirlo, el capítulo se nutre también de abundantes y sustanciosas calas en las obras de las tres, rastreando, con la perspicacia y agudeza habituales en la norteamericana, la presencia del objeto estudiado. 

No hay tiempo, si quiero comentar siquiera brevemente Cumbres Borrascosas, la protagonista del espacio esta tarde, para detenerme en los tres últimos capítulos del libro. El séptimo se centra en el hairwork, la joyería, en particular la funeraria, elaborada con cabello, y en la artesanía capilar. Hay en él referencias a la pulsera de Charlotte, hecha de pelo trenzado de sus hermanas; a la importancia de los ornamentos capilares, capaces, según los criterios de la época, de irradiar extrañas fuerzas que vinculaban a sus poseedores con quienes habían sido los portadores “naturales” del pelo; a los casi cincuenta mechones o piezas capilares asociadas con la familia depositados en diferentes bibliotecas y museos de Europa y los Estados Unidos; al momento álgido del arte post mortem en los tiempos victorianos; a los ajuares mortuorios; a los ataúdes y los recordatorios de los muertos, singularmente los guardapelos, broches, joyas; al significativo valor de los manuscritos y las cartas de los fallecidos; a la fulgurante irrupción, a partir de 1850 y ya tras la muerte de las hermanas, de la fotografía y, consecuentemente, de sus aplicaciones funéreas (en 1984 salió a la luz, en los archivos de la National Portrait Gallery, un negativo de cristal con una presunta imagen de Charlotte); a las creencias religiosas de las Brontë, reflejadas en sus novelas, con abundantes alusiones a lo ultraterreno, los fantasmas, las apariciones, y las menciones al más allá; al auge del espiritismo en la sociedad de aquel tiempo; y entrelazadas a las disquisiciones sobre todos estos asuntos, al muy detallado relato de las circunstancias de las muertes de los cuatro hermanos, todas prematuras (Charlotte, la que tenía más edad al morir no había cumplido aún los treinta y nueve años, y su padre, Patrick, sobreviviría a todos su hijos). 

El penúltimo capítulo se centra en los entonces muy populares álbumes y las colecciones y repertorios de objetos de toda índole. La sección abunda en la descripción de las numerosas variedades de estos portafolios: de recuerdos, de autógrafos, de frases caligrafiadas (a partir de la popularidad alcanzada tras la repercusión de sus novelas, Charlotte recibía constantes peticiones de muestras de su escritura; incluso Patrick seguiría recibiéndolas tras su muerte), de recortes, de citas, de lecturas, de recetas, de patrones para bordar, de bocetos, de plantas prensadas (hay un delicioso excurso sobre la “fiebre” victoriana por los helechos y la pasión de Charlotte por estas plantas, que aparecen a menudo entre las páginas de sus álbumes), de flores secas… Relacionados con los álbumes estaban también los terrarios, las vitrinas con plantas, popularizadas a partir de la Gran Exposición en el Crystal Palace londinense en 1851, y Lutz analiza la fascinación de Charlotte tras las sucesivas visitas a la gigantesca feria, se detiene en la figura de Nathaniel Bagshaw Ward, un médico londinense “inventor” de las campanas de cristal domésticas (Las vitrinas de Ward pronto se podrían encontrar en los salones de las mujeres más modernas, junto con labores de costura, piezas de taxidermia y otros ornamentos hechos o perfeccionados a mano). El capítulo da minuciosa y emotiva noticia, en esa dimensión íntima a la que se abre el libro entero, de los persistentes intentos de Arthur Bell Nicholls, el joven coadjutor de Patrick Brontë, por conseguir “la mano” de Charlotte. Pese a sus reticencias, pese a su falta de atracción intensa, aunque sí movida por un cariño genuino, la muchacha, entonces con una edad avanzada, dadas las costumbres de la época, se casaría con su perseverante pretendiente en junio de 1854, apenas un año antes de su fallecimiento. 

El libro, cuyo enorme interés -junto a mi proverbial dificultad para la contención- ha devorado esta reseña, centrada, no se olvide, en Cumbres Borrascosas, y a estas alturas ya desmesurada, se cierra con un último capítulo dedicado a las reliquias literarias. En él se analiza la pasión por los recuerdos de las hermanas, convertidas en santas seculares, desatada tras su muerte y a partir de la popularidad de sus libros. El fenómeno, atesorar reliquias de los autores de obras de ficción, era muy común en la época -y aún lo sigue siendo- y Lutz nos habla, en relación con él, de Thomas Hardy, Virginia Woolf y, posteriormente, Sylvia Plath, así de cómo la propia Charlotte había participado de un fervor similar, atesorando objetos de sus admirados William Thackeray, el duque de Wellington o el mismísimo Napoleón, de cuyo ataúd conservaba una astilla. El capítulo expone el “expolio” de las posesiones de las hermanas, pues cuando murió su padre, el único superviviente de la familia, Nicholls, que heredó los bienes, no ascendió de coadjutor a pastor, ni ocupó, como era previsible, y por motivos que se desconocen, la plaza de Patrick, por lo que, obligado a abandonar la casa e imposibilitado de realizar el traslado cargando con la dotación íntegra -muebles, libros, manuscritos, infinidad de objetos menores-, salvó los más relevantes y vendió o regaló a los vecinos el resto. A partir de ese momento, seguir el rastro de las posesiones de las Brontë se complica y el libro nos da cuenta de las subastas, los sorteos, el reciclaje y hasta las más que probables falsificaciones de sus escritos. En relación con la muerte de Charlotte, producida solo nueve meses después de su matrimonio, hay también una estimulante derivación acerca de la posibilidad de un aborto que quizá hubiera ocasionado su fallecimiento (la causa oficial, constatada, fue una hiperémesis gravídica, las náuseas violentas derivadas del embarazo), lo que lleva a Lutz a desarrollar algunas páginas sobre la consideración que tenía esta práctica en aquellos días y las terribles circunstancias en que, siendo ilegal, sin embargo se llevaba a cabo. El capítulo y el libro se cierran con las desencantadas reflexiones de su autora en torno a la desaforada fiebre turística (Desde principios del siglo XX, la localidad está plagada de turistas) que inunda una Haworth atestada de tiendas de souvenirs “brontianos”, de hordas de visitantes, pese a lo cual, el pueblo, la casa parroquial, el cementerio y los páramos, en particular, poseen una atmósfera que realmente es la «expresión», como manifestó Virginia Woolf, de las Brontë, el lugar donde encajan «como el caracol y su concha».

Un libro excelente en el que, como he reiterado, a través de las descripciones de los objetos analizados y de las anécdotas en torno a ellos, afloran, engarzados en un relato muy sugestivo, retazos de las existencias de sus propietarias, conformando el conjunto un muy fidedigno y realista retablo de las vidas de las tres hermanas y un apetitoso aperitivo para adentrarse en las obras mayores de Emily, Charlotte y Anne. 

Situados, pues, en este estimulante marco “doméstico”, entramos ya en nuestro novelesco “menú brontiano” con Cumbres Borrascosas, que se publicó en 1847 bajo el seudónimo de Ellis Bell (las tres obras de referencia aparecieron con una ficticia atribución de sus autores, tal y como, de modo muy esclarecedor y notoriamente anticipatorio y adelantado a su tiempo, señala Charlotte en su Reseña biográfica de Ellis y Acton Bell que, presente en la edición del libro de 1850, se incorpora al volumen de Alba: Reacias a la publicidad personal, ocultamos nuestros verdaderos nombres bajo los de Currer, Ellis y Acton Bell [Charlotte, Emily y Anne, respectivamente]; esa elección ambigua vino dictada por ciertos escrúpulos que nos impedían adoptar nombres de pila claramente masculinos, al mismo tiempo que preferíamos no manifestar que éramos mujeres; porque —sin sospechar entonces que nuestra forma de escribir y de pensar no fuera lo que se llama «femenina»— teníamos la vaga impresión de que las autoras se exponen a que las juzguen con prejuicios; pues habíamos observado que a veces los críticos emplean el arma de la identidad personal para la reprimenda, y una adulación que no es verdadero elogio para la alabanza; cito siempre de la versión de Carmen Martín Gaite). Como puede imaginarse en un texto clásico, son muchas las traducciones a nuestro idioma desde la inicial, de 1921. La dos más relevantes y que hoy os traigo, ya anticipadas, son la de Alba Editorial, que en versión de la salmantina se publicó por primera vez en 1984, aunque mi ejemplar es de 2001; y la excelente de Cátedra, con un iluminador análisis preliminar de Paz Kindelán y traducción, algo anacrónica (traduce, por ejemplo, los nombres propios, desnaturalizándolos, a mi juicio: Cathy es Cati; Nelly, Neli; y Joseph, José; entre otros cambios), de Rosa Castillo. 

Como de costumbre en Todos los libros un libro, adelantar, siquiera de modo breve, el eje argumental de la novela reseñada es, a la vez, una necesidad, pues malamente puede recomendarse la lectura de una obra sin dar cuenta de los elementos esenciales de su trama; y un costoso peaje, pues muchos lectores -yo mismo entre ellos- prefieren desconocer cualquier mínima información que pueda revelar aspectos sustanciales del texto que se disponen a leer. Espero que se entienda -excusatio non petita, accusatio manifesta- que “sostener” un espacio radiofónico de una hora (o su equivalente escrito: entre ocho y nueve mil palabras, más o menos) sin mención alguna al asunto que nuclea el libro, sin referirse a su hilo conductor, sin presentar someramente a sus personajes, sin desvelar los temas principales que articulan la obra, es tarea de todo punto imposible, por lo que -aviso para navegantes especialmente sensibilizados con la cuestión- me apresto a sintetizar a continuación la historia que se nos narra en Cumbres Borrascosas, lo que conllevará, de modo inevitable, adelantar alguno de sus elementos primordiales. 

La acción se inicia en el invierno de 1801. Un caballero llamado Lockwood, procedente del sur de Inglaterra, alquila la Granja de los Tordos, situada en una zona agreste de los páramos de Yorkshire. Su casero es Heathcliff, propietario de la cercana mansión de Cumbres Borrascosas, un lugar inhóspito, sombrío y hostil, tanto por su arquitectura como por la conducta de quienes lo habitan. La primera visita de Lockwood a la casa se salda con una experiencia inquietante, culminada por una pesadilla nocturna de tintes casi sobrenaturales. Perturbado, Lockwood pide a su ama de llaves, Nelly Dean, que le cuente la historia de aquella casa y de sus moradores. A partir de ese momento, la novela se articula mediante un complejo sistema de narraciones encajadas. El relato de Nelly nos retrotrae unos cuarenta años atrás, hasta la infancia de Heathcliff, un niño huérfano y marginal que el señor Earnshaw recoge en Liverpool y lleva consigo a Cumbres Borrascosas. Allí crece junto a Catherine Earnshaw, con quien establece un vínculo absoluto, feroz y excluyente, un amor que desborda cualquier convención social o moral. 

La muerte del padre y la hostilidad de Hindley, el hermano de Catherine, degradan progresivamente la posición de Heathcliff en la casa. Catherine, por su parte, atrapada entre su amor por Heathcliff y su deseo de ascenso social, acaba casándose con Edgar Linton, propietario de la Granja de los Tordos. Esta decisión marca el inicio de una espiral de resentimiento, venganza y destrucción que se prolongará durante décadas y afectará a una segunda generación de personajes, singularmente Cathy Linton y Hareton Earnshaw. 

Heathcliff desaparece durante un tiempo y regresa transformado: rico, implacable, obsesionado con vengarse de quienes considera responsables de su humillación. Su odio se despliega con una frialdad metódica, dirigida tanto contra los culpables directos como contra sus descendientes. La muerte de Catherine no pone fin a su pasión; al contrario, la intensifica hasta extremos casi espectrales, convirtiéndola en una presencia constante, obsesiva, que desdibuja las fronteras entre la vida y la muerte. 

La novela culmina con una cierta restitución del equilibrio a través de los personajes jóvenes -Cathy Linton y Hareton Earnshaw-, cuyo vínculo parece cerrar, de manera menos violenta, el ciclo de odio heredado. Sin embargo, el recuerdo de Heathcliff y Catherine sigue impregnando el paisaje y la memoria del lugar, como si los páramos mismos conservaran su huella. 

El resumen de la trama argumental puede resultar confuso, por la presencia de personajes de dos generaciones, la sucesión de incidencias, idas y vueltas, nacimientos y muertes y, sobre todo con el “juego” de las dos familias, entrecruzadas por sendos matrimonios. Pero esta dificultad inicial (que acomete también a Lockwood en su primer contacto con Cumbres Borrascosas, en un pasaje con un punto de humor en el que el nuevo inquilino cree, de entrada, que la joven Cathy es la esposa de Heathcliff -pese a la ostensible diferencia de edad-; a continuación, que lo es de Hareton, al que cree hijo del señor de la casa, en un enrevesado galimatías genealógico) es disipada por la autora en este mismo pasaje para tranquilidad de Lockwood y del lector. 

Más allá del estricto desarrollo de la historia, con sus distintos episodios, sus lances, sus amores y sus desventuras, en sí mismas atrayentes, la novela es magistral por infinidad de otras razones, que la profesora Paz Kindelán analiza con profundidad en su muy ilustrativo estudio para la edición de Cátedra. Publicada, como he dicho, en su primera edición en 1989 (la mía es de 2017), su ensayo preliminar se extiende a lo largo de más de ciento treinta páginas entre las que se incluye una exhaustiva bibliografía que recoge obras generales sobre literatura de la época, manuscritos de Emily Brontë (poemas, fragmentos de su diario, ensayos y cartas), las ediciones más importantes de su obra, con una mención, expresa y copiosa, a las de Cumbres Borrascosas, colecciones principales de las novelas de las hermanas Brontë, bibliografías comentadas sobre Emily, sobre la familia Brönte y sobre la propia novela, artículos recogidos de periódicos y revistas del siglo XIX, y estudios críticos de ese mismo siglo y del siguiente. 

El ensayo es completísimo y muy interesante e ilustrativo. Hay capítulos dedicados a Emily Brontë y su época, con una somera aunque valiosa descripción de la sociedad victoriana (a caballo del optimismo que despertaba la riqueza que trajeron consigo la modernización y la Revolución industrial, y una cierta ansiedad por el desmoronamiento de los valores tradicionales); a la discreta recepción de Cumbres Borrascosas en la Inglaterra de aquel tiempo (el tema de la novela seguía siendo motivo de preocupación para los lectores del siglo XIX. Los victorianos la habían tachado de melodramática en su tratamiento descarnado y vehemente de la pasión amorosa. A sus ojos, si este libro era veraz, resultaba morboso e indecente: o de lo contrario, podía tomarse como una especie de desvarío retórico procedente de la inestabilidad emocional de la escritora, de su personalidad deforme y enfermiza originada por las adversas circunstancias que atravesó en su vida retirada); al “retrato” de la familia Brontë, sustancial en tanto el ambiente y las circunstancias de la vida familiar influyeron en la conformación de la personalidad y en la forma de ver el mundo de la escritora y sus hermanas, como ya anticipé en mis comentarios al libro de Lutz; a la carrera literaria de las muchachas a partir de su inicial aparición “escondidas” bajo los ya mencionados seudónimos de Currer, Ellis y Acton Bell; a la producción literaria de Emily Brontë, con sus escritos juveniles, su poesía y, claro está, Cumbres Borrascosas, única obra de madurez de la que nos ha quedado constancia; a la recepción, editorial y crítica del libro en España a partir de su primera traducción al castellano realizada por Cipriano de Montoliú en 1921. 

Hay, en otro orden de cosas, más centrado en el texto en sí, otros apartados sustanciales en los que se hace un estudio crítico de la novela, analizando sus temas, su estructura narrativa, sus episodios fundamentales, el estilo y los recursos literarios y la infinidad de interpretaciones a las que se abre una obra muy rica y compleja. Así, y en un repaso a vuelapluma, quiero mencionar, como primer elemento destacado del libro, quizá el esencial, el relato de la apasionada, vehemente y trágica historia de amor (La historia de Cumbres Borrascosas es esencialmente la historia de la intensa e irresistible pasión amorosa de Catalina y Heathcliff. Este último es quien ha de desencadenar el argumento y las principales tensiones inherentes en la novela). En el recuerdo de mi primera lectura del libro está la idea de la novela como una narración de pasiones desbordadas, de rencor, deseo y degradación, donde la naturaleza humana aparece en una forma violenta, salvaje, primitiva y elemental, contradictoria y desconcertante. El amor entre ambos personajes desborda los límites de la mera atracción sentimental para convertirse en una obsesión destructiva, de un romanticismo oscuro, siniestro, demoníaco, que desafía el orden moral, social y natural (Arrollando sobre las nociones convencionales de orden y justicia, voraz como un incendio, va a ser capaz de toda clase de expolios [...]. El amor infantil entre Catherine y Heathcliff está basado en una complicidad de sus rebeldías, en el deseo compartido de ruptura con las normas de la moral vigente, escribirá Martín Gaite). Un amor que linda con el odio, que corrompe lo que toca y que aboca a la muerte y solo alcanza su culminación en ella, en uno de los rasgos, de índole claramente gótica, que identifica el universo simbólico de la novela. 

Otro tema fundamental del libro es el de la venganza. Cuando Catherine se casa con Edgar, la pasión intensa de Heathcliff, al verse frustrada, se transforma en un aborrecimiento, un deseo de venganza y un resentimiento cuyas consecuencias, aunque no recaerán sobre la muchacha, se centrarán en aquellos que considera responsables de su pérdida e impedido su amor, las familias Earnshaw y Linton, a las que acabará por destruir. Amor y venganza, orden y caos, chocan así contribuyendo al carácter trágico que también es una de las señas de identidad del libro. 

Esta confrontación se integra en un reiterado juego dual, de antagonismos, que atraviesa la novela. La pasión arrasadora, peligrosa, irrefrenable y transgresora de Heathcliff y Catherine, de naturaleza metafísica en cuanto tiende a lo absoluto, frente a la sosegada y doméstica, convencional, civilizada y socialmente respetable relación de la propia Catherine con su marido Edgar. La fuerza salvaje y primaria, animalesca, amoral de un Heathcliff indomeñable, frente a la banalidad, la educación y el respeto a las convenciones de Edgar. La naturaleza desatada frente a la educación contenida. La impetuosa relación, de nuevo, de Catherine y Heathcliff frente a la tímida esperanza a la que apuntan Cathy y Hareton. El sentido común de Nelly frente al sentimiento irracional de los amantes. La realidad discreta frente al exceso arrebatado de la pasión. La moralidad convencional y la tradición cultural hogareña y folklórica, que se nos muestra también a través del personaje de Nelly, frente a la rebeldía desestabilizadora, destructiva y negativa que encarna Heathcliff. La realidad frente a la apariencia (En su interior [en el de Catherine] se traba un conflicto entre realidad y apariencia: la apariencia de un amor vanidoso dominado por el ansia de una satisfacción social, frente a la realidad de una pasión amorosa que no ofrece un placer visible dentro de este marco social). La marginalidad y el rechazo social de un Heathcliff marcado por su origen -quizá gitano, extranjero, desconocido en cualquier caso- frente a los prejuicios -racistas, discriminatorios, excluyentes- de quienes, a regañadientes, se ven obligados a acogerlo, con desprecio y humillaciones, en su infancia, y a expulsarlo y convertirlo en un siervo, en un esclavo, en su juventud. La relativa placidez de la Granja de los Tordos, cuya caracterización refleja la idea de “hogar”, de mesura, sobriedad y moderación, encarnando una concepción de la vida más humana y agradable, más refinada de acuerdo con los valores de nuestra civilización: paz, orden, seguridad y lujo, frente a la realidad de Cumbres Borrascosas, una mansión oscura, sombría, de una austeridad desabrida, desordenada, y envuelta, ya desde el principio de la novela, en una atmósfera hostil, poco amable, de desapacible desnudez, escenario idóneo para la desatada pulsión que enlaza a los amantes, en un territorio cuyo valor simbólico se complementa y amplifica en el paisaje de los páramos de Yorkshire, convertido, con los vientos y las tormentas, en una presencia, indómita, sublime, de una energía elemental. 

Y habría que hablar, pero ya no hay tiempo, de otros elementos esenciales del libro: la ruptura de los códigos morales (la sustitución del código moral cristiano por una religión amoral natural, y sigo citando a Kindelán); la superación de la limitación y dependencia de la naturaleza humana y la consiguiente construcción de una realidad conformada en otro mundo distinto del terreno; la noción del “más allá”, en donde, a la postre, aspiran a fundirse los amantes; la muy relevante presencia de la muerte, que aparece de manera muy real, en las muchas muertes que se suceden en el relato, simbólica, como el espacio en el que se continuará el vínculo amoroso, y hasta espectral, con la aparición de fantasmas, voces, pálpitos, premoniciones… 

Y también merecen una mención, al menos, las singularidades estilísticas y los notables recursos narrativos del libro, especialmente llamativos en una autora joven y prácticamente primeriza. Las descripciones de los ásperos paisajes, que transmiten la turbulencia emocional de los personajes; el tratamiento del tiempo narrativo, con el pasado invadiendo constantemente el presente, con las idas y vueltas en la cronología (lo mejor será que vayamos adelante, y en vez de saltarme tres años, pasaré al verano siguiente, el de 1778, es decir, hace veintitrés años aproximadamente), con la circularidad a la que apuntan las repeticiones, Heathcliff y Catherine “reproducidos”, décadas después, en Hareton y Cathy; la doble narración de las voces principales, Lockwood y Nelly, con los cambios de perspectiva que cada una introduce, y las intervenciones de otros narradores -Isabela Linton hermana de Edgar y desgraciada esposa de Heathcliff; la antigua ama de llaves de Cumbres Borrascosas, carente de nombre en la novela; Zila, que desempeña esa función en la “actualidad” de la novela; el cambio del estilo directo al indirecto libre; la conjunción de una narración que se plantea como crónica (la de los dos narradores principales, supuestamente realistas y fidedignos) y a que se compone con los rasgos típicos de la ficción, en pasajes o episodios que exceden el conocimiento de quienes narran, como en los sueños, las descripciones, la presentación escénica… 

Cierro ya mis comentarios con un breve apunte sobre una, la primera y de mayor repercusión, de las innumerables versiones cinematográficas de la novela. Me refiero a la dirigida por William Wyler en 1939, un indiscutible clásico. Protagonizada por Merle Oberon, Laurence Olivier, David Niven y Flora Robson en sus cuatro papeles principales (tres más uno, en realidad: Catherine, Heathcliff, Edgar y, en un plano menor pero igualmente apreciable, la narradora Nelly, que en el filme aparece como Ellen), la película tuvo ocho nominaciones a los Oscar de ese año en las categorías de Mejor película, Mejor director, Mejor actor principal para Olivier, Mejor actriz de reparto para Geraldine Fitzgerald en su rol de Isabella Lindon, Mejor guion adaptado, Mejor dirección artística, Mejor banda sonora y Mejor fotografía, único galardón que, a la postre, obtendría la cinta. 

De la gran película se ocupa con entregado entusiasmo Alicia Mariño Espuelas, en un librito, de título obvio, Cumbres Borrascosas, y subtítulo evocador, El amor más allá de la muerte, publicado en 2021 por la Editorial Reino de Cordelia en su acogedora colección Snacks de Cordelia. En un formato recogido, que cabe en la palma de una mano, con apenas cincuenta páginas de las que la mitad son imágenes, fotografías y carteles, el breve texto traslada al lector la fascinación de su autora por el filme e incorpora algún sucinto apunte sobre sus más destacados aspectos técnicos y artísticos, entre ellos las referencias de algunas otras películas que transponen o recrean el universo de Cumbres Borrascosas: Abismos de pasión, de Luis Buñuel, Hurlevent, de Jacques Rivette, Cumbres Borrascosas de Emily Brontë, de Peter Kosminsky, con una muy joven Juliette Binoche y un primerizo Ralph Fiennes, juntos mucho antes de su memorable protagonismo en El paciente inglés (la única adaptación, además de la de Wyler, que he podido ver, con interés pero sin especial entusiasmo), o Cumbres Borrascosas, de Andrea Arnold. Para estos primeros meses de 2026 está previsto el estreno de la más reciente versión, dirigida por Emerald Fennell, con Margot Robbie en el papel principal. 

En relación con el clásico de Wyler, que al decir de Alicia Mariño recoge de modo espléndido -y comparto su dictamen- el lado extraño y sobrecogedor, la inspiración gótica y fantástica y el halo romántico de la obra original, quiero subrayar ahora para poner fin a mis comentarios sobre la intemporal obra, que el guion de uno de los grandes nombres del género, Ben Hetch, que escribió decenas de películas, fue nominado a los premios de Hollywood en seis ocasiones y ganó dos, es prodigioso porque, aunque elimina de manera absoluta a la segunda línea familiar -no hay ni rastro de la maternidad de Catherine, ni de la paternidad de Henley, desapareciendo, pues, los personajes de Hareton y Cathy-, conserva la esencia de la trágica pasión de los torturados amantes, concentrando en ellos el núcleo central del libro. Sobresaliente es, también, la fotografía de Gregg Toland, otro nombre destacado de la era dorada hollywoodiense, responsable de la cinematografía de Ciudadano Kane y Las uvas de la ira, entre otros títulos legendarios de la historia del cine, en los que su singular iluminación, el excelente trabajo con los claroscuros, el espectacular tratamiento de la profundidad de campo, resplandecen con luz propia (y nunca más apropiado el tópico). Resalto también la banda sonora de Alfred Newman, otra leyenda del cine clásico, que acentúa la atmósfera dramática de la película, y la dirección artística de James Basevi, que recrea los escenarios -los interiores de las dos mansiones y los espacios abiertos de los páramos- de un modo extraordinario. 

En fin, hasta aquí mis comentarios, desmesurados y excesivos aunque -tal vez por eso mismo- apasionados y entusiastas sobre Cumbres Borrascosas. Os invito a adentraros en su universo a partir de las distintas aproximaciones que os he presentado. Os dejo ahora con un significativo texto del libro, expresivo del amor sin límites de Heathcliff por su amada. Tras él, en una elección musical obvia, otro clásico, Wuthering Heights, el inolvidable tema de Kate Bush que fue un éxito mundial en los ochenta. 


Hace cinco minutos, Hareton me ha parecido una personificación de mi juventud y no un ser humano. Me provocaba una mezcla tan variada de sensaciones que me hubiera resultado imposible dirigirme a él de forma racional. En primer lugar, su pasmoso parecido con Catherine me lo acercaba a ella de forma sobrecogedora. Pero esto, que podría parecerte el detalle más importante para acaparar mi imaginación, es realmente el más nimio, porque ¿existe alguna cosa que no la acerque a mí y no me la recuerde? No puedo ni bajar la vista al suelo sin que sus rasgos se dibujen en las baldosas. En cada nube, en cada árbol, colmando el aire nocturno y refulgiendo de día a rachas en cada objeto, me veo continuamente cercado por su imagen. Los rostros más triviales de hombres y mujeres y hasta los propios rasgos de mi cara se burlan de mí, ofreciéndome su parecido. El mundo entero es una atroz colección de testimonios acreditativos de que vivió y de que ya la he perdido. Pues bien, la visión de Hareton acaba de ser como el fantasma de mi amor inmortal, de los esfuerzos salvajes que he hecho por llevar adelante mis derechos, mi degradación, mi orgullo, mi felicidad y mi angustia.

Videoconferencia
Emily Brontë. Cumbres Borrascosas