Vivo entre muchos libros y extraigo una gran parte de mis ganas de vivir del hecho de que aún leeré la mayoría de ellos. (Elias Canetti)

domingo, 13 de septiembre de 2026

PERCIVAL EVERETT. JAMES

Al término de mi reseña anterior, y a propósito de la polémica suscitada por la cancelación en escuelas y universidades norteamericanas de Las aventuras de Huckleberry Finn, la novela de Mark Twain, y de su retirada retirada de numerosas bibliotecas educativas y públicas de los Estados Unidos, dejaba aquí mis reflexiones sobre ese fenómeno, tan habitual en nuestros días, de la revisión, hecha desde parámetros actuales, de obras literarias, artísticas, cinematográficas y musicales, entre otras, de creaciones culturales del pasado. El debate, interesante en sí mismo, cobra una especial relevancia en orden a presentar mi propuesta de hoy, última recomendación de esta semana, una novela magistral, deslumbrante, muy ingeniosa y original, conmovedora, irreverente y perturbadora, cuya lectura me ha entusiasmado. Se trata de James, obra del estadounidense Percival Everett, ganadora de numerosos premios, entre ellos dos muy prestigiosos, el National Book Award, en 2024, y el Pulitzer, en 2025, ambos en la categoría de ficción. El libro apareció entre nosotros en 2024 en la editorial De Conatus con traducción de Javier Calvo. En relación con esta traslación al español me ha llamado la atención el uso por parte de un esclavo negro en la primera mitad del siglo XIX del término “surrealista”; hecho que se produce en dos ocasiones: El tema de la actuación era surrealista e incomprensible (al final del capítulo 29); y Nunca había vivido una situación tan absurda, surrealista y ridícula (en la primera línea del 30). El surrealismo, y los vocablos y expresiones que surgen a partir de la eclosión del movimiento, nace a principios del siglo XX, por lo que resulta improbable -imposible- la utilización del vocablo en labios del personaje. Me he tomado la molestia de rastrear la edición norteamericana de la novela, y en ella la palabra usada es surreal, que, en efecto, admite esa traducción, aunque, a mi juicio -de absoluto inexperto, sobre todo confrontado con la profesionalidad consolidada de Javier Calvo-, quizá hubiera debido elegirse otra acepción -surreal, irreal- que no contuviera, siquiera de modo implícito, esa alusión a una escuela o corriente artística tan connotada temporalmente. En fin, dislates, los míos, de un ocioso atrevido. 

Percival Everett es un escritor nacido en Fort Gordon, en la sureña Georgia, en 1957 (hay fuentes que hablan de 1956). Con una treintena de obras en su larga trayectoria, media docena larga de ellas publicadas en De Conatus, y varias (Dr. No, Los árboles, Cuánto azul) ganadoras de premios y reconocimientos (e incluso otra de sus novelas, Cancelado, se llevó a cine, en una película, American Fiction, que ganó en 2024 el Oscar al mejor guion adaptado), Everett, de raza negra, ha hecho girar muchos de sus libros sobre la cuestión racial, confrontando abiertamente el racismo y la violencia y la discriminación que conlleva en sus temáticas, escenarios y personajes. No obstante, merece la pena resaltar que pese a ese compromiso, vital y literario, abiertamente antirracista, Everett rehúye su “catalogación” como escritor “afroamericano”, por considerar que, si se le incluye en esa “taxonomía” reduccionista, ese rasgo acabaría por sobreponerse a cualquier otro frente de análisis de sus libros. A este respecto, en alguna entrevista ha señalado que nadie llama “escritor blanco” a un novelista blanco, y que, por tanto, enfatizar su raza, convertir el adjetivo racial en categoría literaria operaría ya como una forma de confinamiento intelectual, tan contrario a su posicionamiento moral, opuesto a las etiquetas y a las simplificaciones identitarias. El escritor José Ovejero, en su crítica de James, publicada en El País en noviembre de 2024, da cuenta de las reticencias del escritor a esta sutil forma de encasillamiento comentando cómo en Cancelado su personaje principal es un profesor y escritor negro, Thelonius Ellison, que, harto de que el mercado editorial espere de él novelas sobre pobreza, violencia y marginalidad racial -los tópicos esperables de un autor negro- decide burlarse del sistema escribiendo deliberadamente una caricatura grotesca de esos estereotipos, consiguiendo -paradójicamente, o no tanto, dado el mundo en el que estamos, tan amante del victimismo y lo identitario- que el libro se convierta en un éxito monumental. 

No hay, por tanto, en James este tipo de concesiones, cómodas, conformistas y “tranquilizadoras”, por cuanto, aunque estamos ante una obra que ya desde su planteamiento y, por supuesto, a lo largo de las escenas y los pasajes narrados deja ver, de modo notorio, ese muy crítico e implacable enfoque antirracista, no ofrece al lector una propuesta “predigerida” y simplificadora, ni opta por reducirse al consabido y trivial mensaje burdamente combativo plasmado en un texto panfletario. Por el contrario, estamos ante una novela en la que esa denuncia -necesaria, como es natural- aflora con elegancia e inteligencia, con ironía e, incluso, con sentido del humor, en una ficción espléndida. 

En James, Everett, parte de la historia del Huckleberry Finn de Twain para recrearla, paso por paso, incidente por incidente, lance por lance (con matices, como luego veremos), con una única y sustancial diferencia de la que emanarán muchas otras: el narrador es ahora el esclavo Jim, desde cuya óptica y a través de sus propias palabras retomamos los episodios que ya conocemos gracias al relato de Huck (se entiende ahora mejor mi afirmación introductoria según la cual hay que haber leído los libros de Twain para entender y degustar plenamente esta su singular “secuela”). Como resulta evidente dado el enfoque elegido por su autor, aquellos pasajes del clásico en los que Jim y Huck, en alguna de las muchas vicisitudes de sus peripecias en el río, separaban sus caminos, se obvian en la novela actual, que, del mismo modo y con idéntica lógica, introduce otros episodios, sobre todo en la segunda y tercera parte del libro, vividos por el esclavo -que reivindica su verdadero nombre, James, prescindiendo del apócope, en uno de los abundantes elementos simbólicos de la novela- sin la compañía del muchacho. 

De manera que tenemos a los dos huidos, en la misma posición de partida en la que se encuentran en el texto primitivo. Jim, el esclavo de la señorita Watson, huye de su propietaria -delito mayúsculo, castigado con la muerte, a menudo sin necesidad de juicio- tras enterarse de que va a ser vendido y separado para siempre de su mujer, Sadie, y de su hija, Lizzie. En una isla del río Mississippi se encuentra con Huck Finn, que también ha escapado, incapaz de someterse a la férrea disciplina de su mentora, la viuda Douglas, y tras un siniestro encuentro con su padre. Al igual que en el texto de Twain ambos emprenden un viaje lleno de peligros y amenazas, en particular para Jim, por su triple condición de negro, esclavo y prófugo. Sin embargo, los mismos hechos, los mismos encuentros con los mismos desconocidos, las mismas situaciones con idénticos riesgos, conocidos ya por el lector a partir de la narración que nos ha ofrecido la mirada ingenua del muchacho blanco, aparecen ahora desde otra perspectiva, la de un hombre negro, cuyos sufrimiento, miedo, dolor, rabia, indignación y resentimiento afloran en un primer plano. Su relato es el de un hombre muy inteligente y hasta cultivado -en una vuelta de tuerca convincentemente explicada en la trama- que, entrelazadas a la descripción de su padecimiento y de la añoranza de su familia, transmite sus lúcidas reflexiones, fruto de su perspicaz capacidad de observación, en las que analiza y desenmascara la violencia, la hipocresía y el absurdo del sistema esclavista. Utilizando hábilmente sus recursos -un poderoso raciocinio, una aguda y penetrante habilidad para interpretar la realidad y un ingenioso juego de simulación con el que finge ignorancia y oculta su conocimiento de un lenguaje que domina para evitar las sospechas de los blancos-, a lo largo de su viaje afrontará persecuciones, sufrirá intentos de engaño por parte de estafadores diversos, presenciará impotente el linchamiento de compañeros de raza y se verá asediado por infinidad de continuas y funestas amenazas. Con la indesmayable voluntad de reunirse con su familia, en su periplo “revivirá” numerosos episodios de Las aventuras de Huckleberry Finn, pero con nuevas escenas y un desenlace profundamente distinto, del que, como es obvio, nada voy a adelantar. De este modo, la novela de aventuras que era la obra de Twain -profunda, con enjundia, con distintas capas de lectura, pero, a la postre, cruzada por el ostensible hilo que dibujan las correrías “picarescas” de sus protagonistas, como hemos visto- se transforma bajo la pluma de Everett en una reflexión sobre la identidad, la dignidad y la libertad, en la que el humor, la ironía y la tensión conviven, como he señalado, con una crítica furibunda del racismo y de los mecanismos del poder que lo sostienen y complementan. El resultado es una historia que interpela a Twain para cuestionar la versión tradicional de los hechos y devolver la voz a un personaje -ese noble James (también violento cuando la rabia se desborda; el retrato que de él se hace no es ni plano ni artificialmente maniqueo)- que durante siglo y medio ha permanecido en segundo plano, prácticamente en silencio y, en cualquier caso, sin ser objeto de la consideración que, como ser humano, al margen de su raza, merece. 

Me interesa resaltar, antes de comentar algunos otros elementos de la novela que la hacen sumamente interesante, algunas facetas relevantes de este singular diálogo con Mark Twain y su obra que plantea en la suya Percival Everett. Desde mi punto de vista, nuestro contemporáneo no pretende “contestar”, criticar, descalificar o censurar a su venerable antecesor. No pretende denunciarlo, impugnarlo, destruirlo, ni mucho menos cancelarlo. No pretende corregir a Twain desde esa superioridad moral retrospectiva que tanto se utiliza hoy de un modo superficial para pedir perdón por las ofensas cometidas siglos atrás por unos antepasados -conquistadores, colonos, esclavistas, gobernantes, legisladores y autoridades machistas, homófobos o racistas- que nada tenían que ver -ni siquiera genéticamente- con los que ahora los modernos talibanes de la corrección política se dan de modo tan farisaico aparatosos -y ficticios y vacuos e inanes- golpes de pecho. El diálogo que James y su autor plantean con Huckleberry y su creador sureño, es, por de pronto, eso, un diálogo, una conversación, una propuesta, hecha con aprecio, respeto y, claro está, inequívoca contundencia, de relectura de la novela originaria -escrita por un escritor blanco nacido en el Sur esclavista estadounidense en el siglo XIX- hecha desde nuestro presente, desde un ángulo muy actual que permite incorporar al punto de vista desde el que se narra los muchos cambios sociales, políticos, culturales, jurídicos que el mundo ha experimentado, consciente Everett, y este es, sin duda, uno de los logros del libro, de que los clásicos, pese a la admiración que suscitan, pese a lo mucho de valioso que nos ofrecen, no son monumentos inmóviles, sino campos de batalla interpretativos. 

Esta “discusión” con Twain que Everett propone en su libro no lo cuestiona, no rebaja el valor que reconoce a su obra. En los breves agradecimientos finales de James, aparte de las consabidas menciones a editores, familiares y amigos, podemos leer: Y finalmente, un reconocimiento a Mark Twain. Su sentido del humor y su humanidad me influyeron mucho antes de hacerme escritor. Me quedaría con el cielo por el clima; pero elegiría el infierno para mi tan esperado almuerzo con Mark Twain. Esta última frase es una paráfrasis de una famosa sentencia de Twain: Go to Heaven for the climate, Hell for the company (Ve al cielo por el clima, al infierno por la compañía). En el original inglés del texto de Everett este introduce una modificación: Heaven for the climate; hell for my long-awaited lunch with Mark Twain

En esta confrontación, en su reformulación del relato de Twain, brotan las desemejanzas. Los lectores de Huckleberry Finn recordaban a Jim como un personaje entrañable, supersticioso, bondadoso, leal, de habla sencilla y a menudo cómica. Sin embargo, esa imagen siempre había suscitado una incomodidad creciente para ese lector del siglo XXI. ¿Era Jim, en el “retrato” decimonónico, un hombre complejo o una construcción paternalista? ¿Era un individuo con entidad, personalidad y “alma” o una figura de cartón piedra, un estereotipo cuy inclusión en el relato obedecía a una mera función narrativa, a una necesidad “técnica”? ¿Poseía una vida interior propia o existía únicamente a través de la mirada de Huck? Everett explora estos interrogantes, tomando al personaje, liberándolo de la carga de lugares comunes que se le asocian y dotándolo de aquello de que, por la datación histórica de su nacimiento, se veía privado: una conciencia compleja, una identidad autónoma, un pensamiento propio, un habla singular. Y desde esta base se distancia de la narración primigenia a través de diversas estrategias literarias, pero también morales y hasta políticas. En primer lugar, invirtiendo el punto de vista y dando voz a Jim. Con ello, hace de él el centro moral de la historia, a la que accedemos desde el pensar y el sentir de un esclavo, y reconvertida, en un giro de ciento ochenta grados y por medio de una modificación de alto calado ético, en el relato de la experiencia vital de un hombre negro obligado a sobrevivir dentro de un sistema de violencia permanente. En consecuencia, y esta es otra diferencia sustancial, donde Twain mezclaba humor, sátira y lirismo, con Jim siendo apenas un acompañante más o menos prescindible en las aventuras de Huck, Everett visibiliza la violencia física y psicológica que necesariamente permanecía en segundo plano en aquella novela que narraba un adolescente ingenuo e inocente. 

Otra importante disimilitud reside en la representación de la violencia. Siendo conocido el rechazo frontal de Twain a la brutalidad moral de la esclavitud, su novela, sin embargo, conservaba el tono de una aventura picaresca en la que el humor amortiguaba con frecuencia el horror. Por el contrario, en el texto de Everett, pese a que las muestras de humor son frecuentes (yo no he podido reprimir las risas en más de un pasaje), apenas hay paliativos que mitiguen la dolorosa ignominia, siendo así que los castigos, el miedo constante, las separaciones familiares y la amenaza permanente tienen en la novela una consistencia palpable, impregnando con su dramatismo la experiencia del lector. 

Para cerrar este inciso sobre el peculiar carácter especular de James frente a Huckleberry Finn, quiero mencionar la que, probablemente, es la diferencia más significativa entre ambas novelas: el tratamiento del lenguaje. Ya he mencionado cómo Twain reproduce en las novelas comentadas el habla popular y los dialectos regionales, incluido el de Jim. Everett acepta, como es obvio, la importancia histórica de esta innovadora inclusión de las variedades lingüísticas en el relato, pero introduce un giro soberbio, decisivo y genial: el dialecto de James deja de ser una expresión espontánea para convertirse en una estrategia consciente de supervivencia (la gente blanca espera que hablemos de una manera determinada y siempre va bien no decepcionarlos. (…) Los únicos que sufren cuando les hacemos sentirse inferiores somos nosotros). En privado, James habla un inglés culto, preciso y extraordinariamente elaborado (Entonces, cuando lo veamos dando tumbos más tarde y haciendo el ridículo, ¿será un ejemplo de ironía proléptica o de ironía dramática?); únicamente adopta el habla estereotipada cuando se encuentra en presencia de los blancos (a veces se le olvida el contexto en que se encuentra y no le da tiempo a cambiar de registro, provocando más de una situación jocosa: —Sería gracioso que saliera a flote otro cuerpo —dijo. —Hilarante —dije. —¿Cómo? —Me miró. —He dicho «mira p’alante». El cambio posee una enorme carga simbólica, poniendo de manifiesto hasta qué punto el sistema esclavista obligaba a representar continuamente un papel. Jim es, en realidad y en su fuero interno, un hombre culto que ha frecuentado (a escondidas, por supuesto; el acceso a la cultura, al conocimiento, al pensamiento propio por parte de los esclavos negros se prohibía taxativamente, pues ello pondría en cuestión los fundamentos de la discriminación racial) la biblioteca del juez Thatcher; que ha leído a Voltaire y a Locke (con los que dialoga en sueños, recriminándoles sus tibias posturas sobre la esclavitud), a Rousseau y Stuart Mill; que sabe escribir (en su huida se procurará un lápiz -en un pasaje muy significativo del libro, con resultado funesto- con el que escribirá su historia); que da clases (siempre clandestinas) a muchachos negros; que piensa y filosofa a partir de sus propios proyectos, con sus propios miedos y contradicciones, con sus objetivos propios, con su propia conciencia moral, a diferencia del Jim de Huckleberry Finn, cuyo mundo interior solo conocemos a través del filtro de Huck. La novela plantea así preguntas de una extraordinaria vigencia. ¿Cuánto de nuestra forma de hablar responde a quienes somos y cuánto a lo que otros esperan de nosotros? ¿Qué relación existe entre lenguaje y dominación? ¿Hasta qué punto los prejuicios nacen de interpretar una forma de hablar como señal de inferioridad intelectual? ¿Cómo la clase, la raza, el sexo, la condición económica afectan al modo en que hablamos y, a la inversa, cómo nuestro desempeño verbal, estilo, prosodia, léxico, revelan nuestro estatus? 

Además de las hasta aquí reseñadas (innovadora recreación de un clásico, con el que dialoga sin depender excesivamente del original ni intentar corregirlo de manera simplista; poderosa construcción de un personaje complejo, nada plano, plagado de contradicciones, inteligente y vulnerable, valiente, pero en ocasiones acuciado por el miedo, lúcido y dueño de una aguda capacidad crítica, pero capaz también de la duda, tolerante pero transformado a veces por la rabia, pacífico pero arrastrado a la violencia en situaciones extremas, dotado de conciencia moral pero obligado a tomar decisiones ambiguas en lo ético; brillante transformación de una novela de aventuras en una exploración radical de la libertad; denuncia diáfana, descarnada, radical, conmovedora y combativa aunque sutil, sin subrayados innecesarios, de la barbarie que supuso la esclavitud, contada a través de la atención prestada a los pequeños mecanismos del sometimiento -el miedo, la vigilancia, la humillación, la incertidumbre permanente- y también a los más brutales: castigos físicos, apaleamientos, asesinatos, violaciones; inteligente reescritura de la historia estadounidense desde el punto de vista de quienes normalmente quedan fuera de los relatos oficiales; magistral tratamiento del lenguaje y el poder), James merece la lectura por otro buen puñado de razones, que esbozo de modo ya apresurado. Así, os lo recomiendo por la multiplicidad de planos en los que se desenvuelve, permitiendo su lectura como aventura, sátira, reflexión filosófica, tragedia histórica, experimento lingüístico y meditación sobre la condición humana. Por la novedosa operación de dar la palabra a un personaje secundario y con un papel subordinado en una novela preexistente, en lo que constituye, además de la ya reseñado propósito político y moral, una inteligente reflexión sobre la escritura, la elección del punto de vista, la importancia del narrador, la decisión acerca de qué debe contarse y qué se oculta. Por la interesante recuperación de la tradición de la gran novela filosófica disfrazada de relato popular (piénsese, una vez más, en el Lazarillo de Tormes, o Moby Dick, o, citado en el libro, el Cándido de Voltaire, en los que la peripecia narrativa funciona como vehículo para una exploración intelectual más amplia), mediante la (re)invención de un personaje que no solo vive los dolorosos acontecimientos que le acaecen, sino que es un ser inteligente que piensa sobre ellos e intenta comprenderlos; es así por lo que James puede leerse como una novela de aventuras trepidante, pero también como una discusión permanente sobre el conocimiento, la verdad, la identidad y la conciencia. Por la decidida apuesta por el humor, que, pese a la aparente contradicción (risa y espanto conviviendo en la misma página), opera como eficaz y convincente mecanismo frente al horror. Por, en definitiva, demostrar al lector -como solo lo hacen los grandes libros- que la gran literatura es siempre capaz de renovar nuestra mirada, que poco importa que los temas, los personajes, las tramas ya sean conocidos, que -exagerando quizá un poco- todo haya sido ya contado, pues siempre aparecerá el talento de un creador para mostrarnos otra forma de ver, ampliar nuestros horizontes, ensanchar nuestra vida. 

En fin, tres propuestas memorables, las del ciclo entero de esta semana, que os recomiendo encarecidamente para empezar el curso de un modo excepcional. Os dejo ahora con un muy revelador pasaje de James, en el que su protagonista arrostra las dificultades que para él suponía desvelar su interés y su conocimiento de los libros, a la vez que reflexiona sobre el valor, intelectual, sentimental, político y vital, de la lectura. 

En la novela hay también una destacada, apreciable y elocuente presencia de la música, sobre todo tras el encuentro de Jim con Daniel Decatur Emmett, un compositor (autor, por cierto, de Dixie, el himno sureño con el que acompañé mi reseña de Lo que el viento se llevó en el último programa de la temporada pasada), músico y director de espectáculos de existencia real que con los Virginia Minstrels (que Javier Calvo traduce como Cantores de Virginia, dejando fuera el término minstrel, que sin embargo se explica en la novela y que aludía a las muy populares compañías de cantores blancos, que actuaban con las caras pintadas con betún fingiendo que eran negros). Las composiciones de Emmett -las de cualquier grupo de minstrels, en realidad- eran jocosas y en ellas se representaba a los negros de forma cómica, imitando sus movimientos y su forma de hablar de un modo paródico. Aunque el fenómeno fue criticado desde su inicio de manera más o menos aislada, empezó a ser objeto de una más amplia condena social bien avanzado el siglo XX, estando hoy absolutamente proscrito y el blackface denostado incluso en sus manifestaciones (recuérdese el escándalo que provocó el que el ex-primer ministro canadiense, Justin Trudeau se hubiera “disfrazado” de negro en una fiesta escolar en 2001, cuando aún no había accedido al cargo y era un profesor veinteañero). Las canciones de Daniel Decatur Emmett tienen un papel destacado en el libro (que se abre con la transcripción, del “puño y letra” de Jim, de cuatro de sus temas). De todas ellas elijo por su valor representativo Old Dan Tucker (El viejo Dan Tucker), de la que os dejo un fragmento de una de sus muchas posibles letras tal y como la traduce Javier Calvo. Entre las muchas versiones que se han hecho del tema -hay una estupenda de Bruce Springsteen- dejo aquí la de la 2nd South Carolina String Band. 

El viejo Dan Tucker vivía mu’ bien 
Comía borrico con huesos y piel 
Peinaba su barba con una sartén 
Le dio un jamacuco al cumplir los cien 
Aparta del medio, Dan Tucker, gañán 
Te quedas sin cama y también sin cenar 
Aparta del medio, Dan Tucker, gañán 
Te quedas sin cama y también sin cenar 



Me moría de ganas de leer. Aunque Huck estaba dormido, no me podía arriesgar a que se despertara y me viera con la cara pegada a un libro abierto. Luego pensé: ¿Y cómo va a saber que estoy leyendo de verdad? Podría decirle que estaba simplemente mirando las letras y las palabras sin entenderlas, preguntándome qué demonios significarían. ¿Cómo lo iba a saber él? En aquel momento se me hizo real y evidente el poder de la lectura. Mientras tuviera delante las palabras, nadie podría controlarlas ni controlar lo que yo obtuviera de ellas. Ni siquiera podrían saber si las estaba mirando sin más o leyéndolas, haciéndolas sonar o entendiéndolas. Era una relación completamente privada y libre y, por tanto, completamente subversiva. 

Me acerqué la bolsa de libros, metí la mano y palpé uno. Allí me quedé en una especie de flirteo. El libro pequeño y grueso que apretaba con los dedos era la novela. Nunca había leído una novela, aunque entendía el concepto de ficción. No era tan distinto de la religión, o de la historia, de hecho. Saqué el libro de la bolsa. Comprobé que Huck seguía profundamente dormido y lo abrí. Las páginas olían a gloria. 

En la tierra de Westfalia… 

Y me encontré en otra parte. Ya no estaba en una orilla de aquel río maldito, ni en la otra. No estaba en el Misisipí. No estaba en Missouri.

Videoconferencia
Percival Everett. James

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