Vivo entre muchos libros y extraigo una gran parte de mis ganas de vivir del hecho de que aún leeré la mayoría de ellos. (Elias Canetti)

jueves, 10 de mayo de 2018

MIKITA BROTTMAN. CONTRA LA LECTURA

Hola, buenas tardes, bienvenidos una semana más a Todos los libros un libro, vuestra cita habitual con las recomendaciones de lectura para las tardes de los miércoles en la emisora universitaria salmantina.

Hace quince días, el pasado 23 de abril, con la excusa de la celebración del Día internacional del libro, os proponía una curiosa obra, Este libro te alegrará la vida, en la que su autor, el británico Daniel Gray, presentaba en cincuenta breves capítulos otras tantas razones por las que quienes amamos la lectura y los libros disfrutamos apasionadamente de ellos. El enfoque desde el que se partía en el muy entusiasta texto era, como quizá recordaréis -y como resulta por lo demás evidente-, necesariamente optimista y positivo, sin que el escritor escocés fuera capaz de ofrecernos -ni, en realidad, lo pretendiera- más que benéficos argumentos para su acercamiento al fenómeno lector.

Para equilibrar un tanto una balanza tan volcada del lado bibliófilo, mi sugerencia de hoy -que nace también condicionada por la presencia en Salamanca de la trigésimo octava edición de la Feria del libro- surge desde un planteamiento casi opuesto, pues antes que defender ciega y acríticamente el hecho de leer, Mikita Brottman sugiere en su interesante Contra la lectura que ahora os recomiendo una visión del asunto algo más matizada, que no se entrega de un modo convencional a los consabidos lugares comunes sobre la lectura ni rehúye tampoco los aspectos más discutibles o controvertidos -que los tiene- de la actividad lectora.

El libro, que en su edición española vio la luz este pasado febrero en la barcelonesa editorial Blackie Books, aparece en nuestro país diez años después de su publicación en Estados Unidos, en traducción de Lucía Barahona -que “catalaniza”, en ejemplos y expresiones, la versión original-, con una sugerente ilustración de cubierta de Cristóbal Fortúnez, y con un muy breve pero interesante prólogo de la autora, escrito expresamente para la ocasión.

La editorial define a Mikita Brottman como una académica peculiar, erudita pero personalísima. Psicoanalista, doctora en Lengua y Literatura Inglesa en Oxford y profesora en diversas universidades europeas y estadounidenses, escribe sobre distintos aspectos de la cultura contemporánea en publicaciones variopintas, tanto periódicos serios y “formales” como en otros ámbitos menos convencionales. De lo singular de sus intereses dan prueba algunos de los cursos que dicta -y que cita en su libro-: “Investigación crítica”, impartido en facultades de Arte y en el que explora, de manera creativa, las relaciones entre textos escritos y planteamientos visuales; “Entender el suicidio”, donde rastrea y analiza obras literarias centradas en el perturbador fenómeno autodestructivo; o “Cultura del apocalipsis”, cuyo objeto es la presencia del fin del mundo en la literatura y las artes.

El carácter algo excéntrico de sus preocupaciones académicas y el tono abiertamente provocador del Contra la lectura del título, podrían hacernos pensar que nos hallamos ante una “dinamitera” de la cultura, alguien que rechaza los libros y la lectura y que, consciente de sus perniciosos efectos, defiende su eliminación de nuestras vidas. Muy al contrario: resulta evidente que Mikita Brottman no solo no es una iletrada analfabeta sino que es una intelectual cuya formación universitaria y personal se ha basado, como es obvio, en los libros (basten como prueba los más de doscientos títulos que incluye como bibliografía final en la obra reseñada). No estamos, en consecuencia, ante una antisistema que odia los libros y “milita” en pro de su desaparición. Ella misma lo aclara en las primeras líneas de su preámbulo “español”: Cuando Contra la lectura se publicó por primera vez en Estados Unidos, hace diez años, nunca se me ocurrió pensar que hubiera quien se tomara el título de manera literal. Por eso, en el caso de que penséis que realmente estoy en «contra» de la lectura, signifique esto lo que signifique, permitidme dejar claro que no es así. Soy profesora de Literatura. Leo cada día, y lo hago por múltiples razones, tanto profesionales como personales, pero sobre todo por la gran satisfacción que me produce.

El enfoque del que el libro parte no es, pues, el de una supuesta impugnación de la lectura, sino, sobre todo, el de una lúcida oposición a su sacralización, el de la inteligente refutación de esas ideas, hoy imperantes por doquier, según las cuales el acto de leer, por sí mismo, aparece revestido de un cierto misticismo “noble” y exento de cualquier posibilidad de cuestionamiento, el del clarividente rechazo a la prejuiciosa consideración de las bondades de la lectura como una suerte de dogma, en virtud del cual leer nos haría a todos brillantes, inteligentes, sensibles, atractivos, buenas personas, ciudadanos ejemplares, en definitiva, cómodamente instalados, satisfechos y complacidos, en el lado “correcto” de la vida (quienes no leen -siempre los “otros”: veinteañeros, nativos digitales, personas sin estudios universitarios, con ingresos bajos o que viven fuera de las ciudades- representarían así la desacreditada “escoria” intelectual, la incultura, la sociedad deshumanizada, el germen del apocalipsis). Brottman contradice esa visión de las cosas, con rigor y profundidad y también con un acerado sentido del humor: En lo que a los hábitos respecta [leer] es mejor que fumar, comprar zapatos o consumir metanfetaminas. Supongo que la principal diferencia consiste en que no suele asumirse que alguien que colecciona zapatos sea necesariamente un gran caminante, pero algunos sí que tenemos la concepción equivocada de que poseer gran cantidad de libros equivale a ser un gran lector o tener grandes conocimientos, cuando la realidad, claro está, es que el amor por la presencia física de los libros no constituye en sí mismo ninguna forma de perspicacia cultural, de la misma manera que llevar una bata blanca no proporciona conocimientos de medicina.

En definitiva, los libros, sus supuestas bondades, no son intocables (Un ensayo dedicado a los lectores que no creen que los libros sean intocables, reza el subtítulo de la obra) y lo importante no es en sí mismo el hecho de leer como la relevancia que tiene el qué, el cómo y el por qué se lee. Más allá de apriorismos vacuos y bienintencionados lemas preconcebidos (¡¡leer es sexy!!) -casi todos, no obstante, ciertos en una u otra medida (consúltese, por si se dudara, Siempre imaginé que el Paraíso sería algún tipo de biblioteca, el libro de Bart Van Aken publicado por la editorial Gustavo Gili al que estoy dedicando en las últimas semanas varios programas en Buscando leones en las nubes, mi otro espacio en Radio Universidad de Salamanca)- la pregunta clave que deberíamos hacernos antes de formular cualquier juicio de valor sobre el asunto es “qué significa [realmente] leer un libro”.

Partiendo de esa premisa, la autora indaga en el objeto de su estudio en tres grandes capítulos -más una introducción y una conclusión- organizados en secciones más breves, todas encabezadas por el título de alguna obra literaria. En ellos, de un modo mixto, a caballo del ensayo académico y el relato autobiográfico, interpelando al lector, al que siempre tutea, cercana y amigable, hilando sus argumentos a través de su propia experiencia lectora desde la infancia hasta la edad adulta, y dejando claro desde el inicio su indudable reconocimiento de la lectura, que claramente aprecia y valora, se ocupa de cuestionar los principios establecidos acerca de los libros, que en nuestros días se repiten como mantras irrefutables, de rebatir los prejuicios presumiblemente incontestables sobre la lectura y de mostrar, de manera convincente aunque discutible, polémica y atrevida, los principales riesgos que entraña la entrega excesiva y ciega a los encantos de la letra impresa.

Por de pronto, y en contra de la recurrente denuncia sobre el “descenso de la lectura”, Brottman opone datos contundentes. Más allá de que, hoy en día, no sólo se leen libros (Lo cierto es que la gente sigue leyendo, y siempre lo hará. Leer puede adoptar diversas formas, y éstas pueden diferir de aquellas con las que nos encontramos más cómodos; el hecho de que la gente lo haga en el teléfono móvil o en la pantalla del ordenador más que en hojas de papel no augura la llegada del apocalipsis), el supuesto declive en la lectura y la alfabetización es falso de toda falsedad. En el año 2002, en Estados Unidos se publicaron cerca de ciento cincuenta mil libros, de los cuales unos cien mil (¡¡100.000!!) fueron novelas. En España, las cifras más recientes -2016- hablan de cerca de noventa mil publicaciones al año. Ello hace unos cuatrocientos nuevos títulos al día en el país americano y algo menos de trescientos en el nuestro. Tomando como referencia una semana con cuarenta horas de lectura -cita Brottman al crítico John Sutherland-, cuarenta y seis semanas por año de actividad y tres horas por novela, necesitaríamos 163 vidas para leerlas todas.

¿De verdad hoy día se lee menos que nunca? No parece ser así, y otra buena muestra de ello es la proliferación en los anaqueles de las librerías -un hecho que la autora destaca con profusión de ejemplos del ámbito anglófono- de volúmenes que tienen a los libros como núcleo central (un nuevo género, cuyas enfáticas propuestas empiezan a resultar tediosas: los libros sobre libros), obras -de toda índole, muchas estimables, otras rozando peligrosamente la autoayuda- que ponderan las virtudes de la lectura y la presentan como una suerte de panacea universal. 1001 libros que hay leer antes de morir, de Peter Boxall; Una historia de la lectura, de Alberto Manguel; Nadie acabará con los libros, colaboración entre Umberto Eco y Jean-Claude Carriére; o el ya referido Este libro te alegrará la vida, de Daniel Gray, entre decenas de otros parecidos, forman parte -a menudo de manera no pretendida- de una benevolente aunque fatigosa cruzada de fomento del hábito lector (en la que yo mismo participo de buena gana: tres de los libros citados han sido recomendados por mí, junto a otros muchos similares, en estas ocho temporadas de Todos los libros un libro). Si la lectura fuera tan fundamental como les gusta afirmar a sus partidarios, señala, provocadora, Mikita Brottman, ¿por qué necesitamos toda esta presión organizada para animarnos a coger un libro?

En esta lógica de rechazo a la sospechosa y casi unánime “consagración” de la lectura, en las primeras páginas de la obra se documentan las críticas que, en todos los tiempos, se han vertido sobre los libros, desde Sócrates o Platón, hasta Jane Austen, Jeremy Bentham, William Morris o Stuart Mill, autores todos que, desde una perspectiva ilustrada y sabia, afecta sin duda a la literatura, han denostado los usos espurios de los libros. Y precisamente por ello, a modo de aviso para navegantes, Contra la lectura nos previene frente a algunos de esos perniciosos efectos.

Y es que son muchos los “riesgos” a los que se someten los lectores, ya que la lectura -escribe Mikita Brottman- no conduce más que a problemas. El principal de ellos lo constituyen las muy diversas variantes en que se manifiesta el conflicto entre literatura y realidad. Están, por un lado, las decepciones que experimenta quien vive absorto en las páginas de un libro cuando contrasta el correlato “real” de las maravillas representadas en los textos. Es el caso, que recoge la profesora británica, de Jean-Paul Sartre y el desengaño sufrido de niño al visitar los Jardines de Luxemburgo, un pálido reflejo del asombroso universo con el que estaba familiarizado tras “frecuentarlo” en la Enciclopedia Larousse. Igualmente, puede resultar traumático constatar la imposibilidad de sentir en la vida cotidiana emociones -sobre todo las vinculadas al amor romántico, a las pasiones sentimentales- de tal calibre como las reflejadas en los libros. Afirma Brottman, con su humor cáustico, a propósito del ardoroso enamoramiento de Catherine y Heathcliff en Cumbres borrascosas: Yo ni siquiera había conocido a nadie por quien mereciera la pena bajar las escaleras (así que olvidaos de lo de morir por). También es reseñable el efecto “bucle” que se produce cuando, por ahuyentar los males del mundo, nos recluimos entre libros, pues esa clausura, de prolongarse, acabará por inhabilitarnos para una existencia normalizada y ello volverá a arrojarnos a los acogedores “abismos” de la ficción, perpetuando el sufrimiento: Cuanto más me decepcionaba la vida real, más me sepultaba entre libros; y cuanto más tiempo pasaba leyendo, más remota se volvía la posibilidad real de escapar. Por otro lado, tomar como modelos de referencia -sobre todo en la adolescencia y primera juventud- los libros inadecuados puede ocasionar daños irreparables, pues el desajuste entre una existencia magnífica en la ficción, y por tanto de imposible cumplimiento, y un día a día convencional y mediocre, pero tremendamente “real” y constatable, resulta difícil de superar. Debería haber leído libros sobre los peligrosos efectos de una educación inadecuada en una mente impresionable, sobre las confusiones y las predilecciones adquiridas por una lectura excesiva. Pero no los leí, dice nuestra algo heterodoxa autora, para, a continuación, pasar a referirnos los clásicos que sí leyó y los muchos males que de ello se derivaron. Ninguno se resiste a su incisivo y demoledor análisis: ni los aburridos “ancianos” greco-latinos, ni los tediosos y “vetustos” autores anglosajones medievales, ni -aún en la tradición británica- Tom Jones o Tristram Shandy, ni -y los “zarpazos” saltan ahora las fronteras- el mismísimo Quijote, ni Tolstói, Chejov o Dostoievski, ni Jane Austen o las Brönte o George Eliot, ni Dickens o Virginia Woolf, ni Henry James ni, por supuesto James Joyce. De todos ellos -lecturas más o menos obligadas en la formación de cualquier estudiante medianamente culto- hace una despiadada -aunque en el fondo irónica- interpretación pro domo sua.

Por el desafiante ensayo vemos discurrir también otros padecimientos a los que condena la lectura: los numerosísimos suicidios en bibliotecas, la ruina a la que tienden a condenar su vida los bibliómanos y bibliófilos, con constatables pérdidas de salud, hacienda, familia y amigos (hilarante el caso de Art Garfunkel, cuyos disparatados hábitos lectores Brottman despelleja sin contemplaciones), los delirantes rituales asociados al amor por los libros (en los que caben tanto los de quienes exhiben sus voluminosas bibliotecas como signo de estatus y autoridad como los de los que compran los libros como meros elementos decorativos para rellenar estanterías: todos son machacados por el inexorable martillo pilón de la crítica profesora).

Los libros, en fin, nos llevan fuera del mundo, y si bien nos enseñan a apreciar los sutiles matices del pensamiento, la emoción y el lenguaje, también -por ello mismo- hacen que nos alejemos de nuestras planas y vacías circunstancias, lo que acabará por hacernos deambular por nuestras tristes existencias llevando siempre un libro con nosotros, para poder escaparnos a él cuando las cosas pinten mal. He ahí la rotunda moraleja que concentra todos los padecimientos que la lectura puede ocasionarnos: Los libros pueden llevarnos a lugares maravillosos, pero también pueden dejarnos allí varados, alienados e inútiles, solos y desclasados, aislados de otros seres humanos, incluso de nuestros propios recuerdos, de nuestra propia experiencia de nosotros mismos.

Y es por ello que el “ejemplo” crítico de los clásicos, junto a la dramática enumeración de los perjuicios que acarrean los libros, parecen dar fuerza a la autora para atreverse, sin temor alguno, a romper prejuicios, comportamientos intelectuales heredados y lugares comunes sobre la lectura, con una serie de desinhibidos consejos. Para ello, ofrece un cuestionario con once preguntas básicas -¿cómo decides qué libro vas a leer?, ¿siempre terminas los libros?, ¿relees libros que te encantan?, ¿puedes leer en algún lugar con ruido?, ¿cuánto gastas anualmente en libros?, y otras de este tenor- para objetar algunos de los más comunes hábitos lectores. Así, y en contra de las corrientes cultas dominantes, aboga por abandonar un libro si os aburre, no lo pilláis, os resulta soporífero u os provoca dolor de cabeza, para concluir: ¡dejadlo y pasar a leer otra cosa!, llegando incluso a aconsejar crearse una regla personal, una cifra, que mida el número máximo de páginas que conviene leer antes de “desembarazarse” de un libro -en su propio caso son sesenta-; ver las películas antes -¿por qué no “en vez”?- de leer las tediosas obras literarias en que se basan; romper con la idea -que se nos inculca desde la escuela- de que hay libros que se deben leer, y, por el contrario dejarse llevar por su opuesta: Sólo deberíais leer libros con los que disfrutéis.

Y sin embargo, y algo contradictoriamente con esta defensa a ultranza del disfrute y del placer lectores (pero ya se ha dicho que uno de los elementos de interés de Contra la lectura es su carácter controvertido y polémico, su provocadora capacidad para suscitar el debate y la discusión), en sus conclusiones finales, la aparente iconoclastia de la autora se complace en detenerse en glosar las virtudes que sí acompañan a la lectura, entre las cuales muchas de ellas tienen que ver con alguna forma de esfuerzo o disciplina, de sufrimiento, inquietud o perturbación, exigencias opuestas, a priori, a las que conlleva la gratificación inmediata, la fácil satisfacción por las que se abogaba en los capítulos precedentes. Hacernos acceder a los aspectos más graves de la existencia; cuestionar las ideas preconcebidas sobre el mundo; mostrar los rincones ocultos de la vida; iluminar nuestra desdicha real o potencial; indagar en las grandes claves de la experiencia humana -la inevitabilidad de la muerte, la definitiva soledad, la ausencia de cualquier sentido obvio de la vida-; pensar en las consecuencias éticas y morales de nuestro comportamiento; entender y transformar nuestra identidad, nuestra personalidad y nuestro espíritu; profundizar, en definitiva, en los insondables abismos del alma humana como pretende -y logra- la buena literatura, son fines muy alejados de esa lectura divertida, confortable, agradable, sencilla y amena a la que parecía aludir la tesis básica de Contra la lectura. De este modo, Brottman hace suya la convicción expresada por Franz Kafka en una cita clásica, tantas veces repetida: En general, creo que solo debemos leer libros que nos muerdan y nos arañen. Si el libro que estamos leyendo no nos despierta como un golpe en el cráneo, ¿para qué nos molestamos en leerlo? ¿Para que nos haga felices, como dices tú? Cielo santo, ¡seríamos igualmente felices si no tuviéramos ningún libro! Los libros que nos hacen felices podríamos escribirlos nosotros mismos si no nos quedara otro remedio. Lo que necesitamos son libros que nos golpeen como una desgracia dolorosa, como la muerte de alguien a quien queríamos más que a nosotros mismos, libros que nos hagan sentirnos desterrados a los bosques lejanos, lejos de toda presencia humana, como un suicidio. Un libro debe ser el hacha que quiebre el mar helado de nuestro interior. Eso es lo que creo.

Esa lectura exigente es, pues, el horizonte último hacia el que apunta este estimulante alegato de Mikita Brottman, Contra la lectura, en el que deplora la interpretación superficial de la lectura que hoy constituye el recurrente leitmotiv de quienes abogan por leer a cualquier precio, ponderando unas bondades de los libros que no existen por sí mismas, por el solo hecho de leer, sino en la medida en que la profundidad, el rigor, la seriedad, la disciplina, la atención, el discernimiento, la reflexión y el criterio formen parte de nuestro acercamiento a los muy preciados tesoros que albergan.

Para ilustrar el conflicto entre los libros y la realidad al que se refiere Brottman en su obra, aunque resuelta esta vez de un modo radicalmente opuesto al planteado por la profesora de Sheffield, os dejo con un muy breve tema de Vincent Delerm, Dans tes bras, en el que, entre el aburrimiento de los libros (y del cine y la televisión y el deporte…) y el confort de los brazos de la amada, el narrador elige, sin dudarlo, el amor. 


Lo cierto es que la lectura desempeña un papel muy reducido en el modelo capitalista; casi podría decirse que es opuesta al consumo capitalista, en cuanto a que no produce nada, no genera ningún dinero ni tampoco nos hace parecer más jóvenes, sentirnos mejor o ser más rápidos. Quienes promueven campañas de que la lectura es “buena para ti” y algo “básico y divertido” necesitan, si de verdad quieren tener algún éxito, dar forma a una idea de “bueno” y “genial” que no esté ligada a lo que la mayoría considera como los logros más importantes de su vida -ganar dinero, ser atractivo y popular, tener buena salud y una familia feliz y amorosa-, puesto que ninguno de éstos nos exige leer, al menos no de una manera reflexiva y seria.

¿Puedo incluso atreverme a sugerir, queridos lectores, que lo contrario podría ser cierto: que, dejando a un lado la alfabetización básica, cuanto más tiempo dediquemos a la lectura menos probable es que alcancemos alguna de estas cosas?

¿Y si la lectura no nos hiciese sentir mejor?

¿Y si fuera más probable que nos INDUJERA a la depresión en lugar de al alivio?

Como pronto descubriréis, en realidad NO voy a ofreceros una “cruzada contra la lectura” (esto no era más que para llamar vuestra atención). Tengo que decir que los libros me han ofrecido un placer más consistente y puro que casi cualquier otra cosa en mi vida, y estoy segura de que cualquiera que hay comprado este libro, o que lo haya recibido como regalo, ya es de entrada un lector bien informado y reflexivo. Simplemente quiero sugerir que no hay nada digno o respetable de manera intrínseca en el acto de leer en sí. Simplemente me pregunto si en realidad leer podría no ser todo lo que se anuncia que es. Si lleváis toda la vida leyendo, podéis haceros las siguientes preguntas:

¿Os ha llevado a ser los primeros de la clase?

¿Os ha hecho felices?

¿Os ha hecho “mejores personas”?

¿Os ha llevado a “lugares maravillosos”?

¿Os ha llevado a algún sitio?

En este libro recomiendo que, si tenéis que leer, o seguir leyendo, deberíais hacerlo reflexivamente, con cuidado y criterio. No os dejéis guiar por vuestros prejuicios. No leáis libros solo porque sintáis que “debéis hacerlo”, porque puedan ser “buenos para ti”. Hacedlo solo porque no podéis evitarlo.

Leed con atención y notaréis la diferencia.



Mikita Brottman. Contra la lectura


miércoles, 2 de mayo de 2018

JOSÉ LUJÁN ALCARAZ. EL DERECHO DEL TRABAJO EN EL CINE. EL DERECHO DEL TRABAJO EN LA LITERATURA

Hola, buenas tardes. Bienvenidos un miércoles más a Todos los libros un libro, el espacio de recomendaciones de lectura de Radio Universidad de Salamanca. Esta semana os traigo un par de propuestas vinculadas, como bastantes otras veces en nuestro programa, a la actualidad más inmediata.

Y es que, como todos sabéis, ayer, 1 de mayo, se celebró el Día internacional del trabajo -o de los trabajadores, en su denominación más exacta- que, con distintas consideraciones y en una aceptación más tardía en algunos países que en otros, lleva conmemorándose en todo el mundo desde hace más de un siglo como recordatorio de las siempre justas reivindicaciones de obreros y asalariados. Con ocasión de esta festividad, arraigada también en nuestro país desde hace décadas, he querido que mi sugerencia de esta tarde gire sobre el mundo del trabajo, sobre los derechos de los trabajadores, sobre la compleja realidad laboral en un mundo tan cambiante como el que vivimos, a partir de un par de libros muy interesantes aunque -es obligado el aviso previo para quienes, tras esta reseña, pudierais pensar en leerlos- planteados desde un enfoque algo técnico, si bien este carácter académico y hasta científico no los hace menos accesibles a cualquier lector convencional con una cultura básica y, eso sí, una mínima preocupación por profundizar en la importante dimensión laboral de nuestras vidas.

Os presento, pues, dos libros misceláneos, que ya desde sus títulos, inequívocos, dejan a las claras su propósito y sus planteamientos, sus pretensiones y su enfoque. El Derecho del trabajo en el cine y El Derecho del trabajo en la literatura son dos volúmenes, publicados, en 2015 y 2017 respectivamente, por la murciana editorial Laborum, especializada en textos jurídicos en general y iuslaboralistas en particular, que recogen, cada uno de ellos, una cuarentena de artículos, escritos, sobre todo, por profesores de Derecho del Trabajo de distintas universidades españolas y que giran sobre la presencia en películas y obras literarias de los principales temas de esa dinámica rama jurídica.

Antes de analizar en detalle y por separado ambos libros (que más allá de su evidente interés intrínseco presentan notables deficiencias formales, como un cierto desmaño en la redacción y abundantes errores ortográficos y de tipografía), quiero adelantar algunas notas sobre lo que tienen en común: la iniciativa que ha propiciado su publicación, los expertos intervinientes y las características principales de sus respectivas ediciones.

El cine y la literatura rebosan de informaciones sumamente precisas acerca de los niveles de vida y fortuna de los diferentes grupos sociales, escribe Thomas Piketty en su exitoso El capital en el siglo XXI, en cita recogida en el prólogo del primero de los dos libros. En efecto, el mundo del trabajo, de los conflictos sociales, de los padecimientos y las luchas de los trabajadores, de, en definitiva, las relaciones laborales, ha estado, desde siempre, muy presente tanto en el cine como en la ficción novelística y hasta en la creación poética. Y ese hecho, por lo demás bien conocido no sólo por los especialistas sino por cualquier amante de ambas artes, literaria y fílmica, es el desencadenante que propicia la elaboración y presentación de los dos títulos de los que esta tarde os hablo.

Así, un grupo de expertos en Derecho laboral nucleado en torno a Antonio Vicente Sempere Navarro, catedrático de la especialidad en la Universidad Rey Juan Carlos y actualmente Magistrado de la Sala de lo Social del Tribunal Supremo, viene reuniéndose desde hace años en el seno de los Encuentros Interuniversitarios de Derecho del Trabajo y la Seguridad Social, proyecto del que es promotor el multifacético catedrático. En las jornadas que en cerca de veinte ocasiones se han celebrado -siempre en lugares con un encanto natural que permite complementar la sesuda y a veces árida actividad intelectual: Jarandilla, Jaca, Altea, Mecina Fondales, El Escorial, Leyre, San Leonardo de Yagüe y tantos otros preciosos pueblos de atractivos entornos- se reúnen personas de todas las categorías docentes (profesores de las Universidades de Murcia, Politécnica de Cartagena, Alicante, León, Navarra, Zaragoza, Jaume I de Castellón, Extremadura, Santiago de Compostela, Granada, Oviedo, San Pablo-CEU, Rey Juan Carlos, Complutense, Carlos III, Castilla-la Mancha, entre otras), de ámbitos judiciales, forenses, sindicales o empresariales, para examinar en profundidad diferentes asuntos relativos a su dominio profesional, en ponencias, comunicaciones, análisis, estudios y trabajos varios que, más adelante, se reúnen en obras colectivas, de las que estos El Derecho del trabajo en el cine y El Derecho del trabajo en la literatura que centran ahora mi interés son ejemplos destacados.


Dada la procedencia “intelectual” y la adscripción académica de los autores, resulta inevitable -como ya he anticipado- que el enfoque desde el que se redactan los textos sea forzosamente jurídico y teñido, por tanto, de un cierto grado de complejidad -en el léxico, en las referencias normativas, en las categorías teóricas manejadas, en las fuentes que se utilizan y citan, en la visión última de los temas- que hacen a los dos libros especialmente recomendables -y provechosos y, por tanto, interesantes- para quienes están familiarizados -profesores, abogados, estudiantes de Derecho, operadores jurídicos- con, al menos, los rudimentos de la disciplina iuslaboralista o los entresijos del ordenamiento laboral. Sin embargo, y fundamentalmente porque el mundo del trabajo a todos concierne -distinto hubiera sido el caso si las obras se desenvolvieran entre los tecnicismos del Derecho Procesal o el Administrativo-, las cuestiones por las que discurren las reflexiones de los teóricos e investigadores forman parte de la vida cotidiana de cualquier ciudadano y son, por ello, conocidas -de una u otra forma- por todos: la deshumanización del trabajo, la precariedad en el empleo, el paro y sus consecuencias, los conflictos y las huelgas, la conciliación de la vida laboral y familiar, las desigualdades y discriminaciones en el trabajo, la vulneración de los derechos de los trabajadores, las condiciones laborales y el impacto en ellas de la tecnología, la jornada y el salario, los despidos, la participación y la representación de los trabajadores, los sindicatos, los riesgos laborales y su prevención, la acción protectora de la Seguridad social, el futuro de las pensiones, las nuevas formas de trabajo, los efectos de la globalización sobre las relaciones laborales, la inmigración…

Precisamente por ello -y también por la vocación pedagógica que inspira a casi todos los autores- ambos volúmenes resultan -ya se ha dicho- accesibles a casi cualquier lector y admiten diferentes niveles de lectura: cabe una consulta con efectos meramente informativos; es factible también un uso de los libros como desencadenantes del interés por las películas y las obras literarias reseñadas que provoque su posterior lectura o visionado; pueden utilizarse, igualmente, como guía orientativa en el análisis de las obras citadas; y es pertinente, claro está, su empleo como manuales capaces de aportar pautas para el estudio y, sobre todo, la docencia en las disciplinas afectadas: Derecho del Trabajo, Seguridad Social, Derecho Sindical, Seguridad y Salud en el Trabajo. Desde esa multiplicidad de perspectivas, los libros satisfarán a muy distintos lectores: juristas y docentes, sin duda, pero también amantes del cine o la literatura, así como a quienes muestren interés y curiosidad por la cultura, y, en general, a cualquier persona preocupada por algunas de las grandes cuestiones que condicionarán la vida de la humanidad en las próximas décadas y que tienen que ver con esta vertiente laboral de nuestras sociedades.

En particular, en El Derecho del trabajo en el cine se recogen treinta y ocho breves estudios -de una extensión, cada uno de ellos, de en torno a diez páginas, contando la sinopsis argumental y el comentario en sí- sobre otras tantas películas que, de un modo directo y principal o de manera más secundaria y tangencial, tratan del mundo del trabajo en su metraje. Con un interesante prólogo del Catedrático Emérito de Derecho del Trabajo y actual Magistrado del Tribunal Constitucional, Alfredo Montoya Melgar, y bajo la coordinación de José Luján Alcaraz, profesor de la Universidad de Murcia, y Ángel Arias Domínguez, que lo es en la de Extremadura, en el libro comparecen casi todos los clásicos del cine social, ese “género” cinematográfico que nació con las primeras películas (no se olvide que una de las filmaciones iniciales de los hermanos Lumière, en 1895, fue la Salida de los obreros de la fábrica); además de muchos otros films que no alcanzan dicha categoría -con una sustancial presencia de títulos de la cinematografía española, casi un tercio del total-, analizados con profundidad y rigor técnico-jurídicos pero también con claridad expositiva y afán didáctico por un nutrido grupo de representantes de las instituciones académicas iuslaboralistas de nuestro país.

Siendo imposible dar cuenta de todos los títulos que aparecen en la obra, por citar tan sólo algunos de los más representativos quiero dejar constancia, entre los clásicos, de Metropolis, la anticipadora película de 1927, dirigida por Fritz Lang, de la que Ángel Arias, uno de los coordinadores del volumen, ofrece una interesante visión a propósito del trabajo forzoso y la esclavitud; La ley del silencio, otro hito del cine “laboral” -y no solo-, que dirigió Elia Kazan en 1954 y que presenta numerosos frentes vinculados con la disciplina jurídico laboral, singularmente, el del sindicalismo y temas adyacentes; ¡Qué bello es vivir!, la gran creación de Frank Capra, realizada en 1945, en la que el profesor Fernández Orrico estudia, de un modo original, la figura del trabajador autónomo; las dos obras maestras de John Ford, Las uvas de la ira, de 1940, ya comentada en estas páginas hace años, a partir de la reseña de la novela del mismo título de John Steinbeck, y Qué verde era mi valle, de 1941, ambas con abundante presencia de “categorías” laborales; no podía faltar tampoco Tiempos modernos, una de las mejores películas de la historia del cine, dirigida por Charles Chaplin en 1936 y en la que afloran infinidad de aspectos laborales aún vigentes y oportunos en la actualidad: los efectos de la tecnología en el trabajo, la organización empresarial, la explotación laboral, los agotadores ritmos y tiempos en el trabajo, los riesgos laborales y tantos otros…

En un plano de menor entidad cinematográfica, sin llegar a la maestría de las cintas ya comentadas, destacan también los análisis sobre otras películas estimables, como las tres que se “diseccionan” de Ken Loach, una presencia recurrente -y valiosa- en el cine social: Pan y rosas, de 2000, con la inmigración como tema subyacente, La cuadrilla, de 2001, crítica demoledora de la flexibilización liberal de las relaciones de trabajo, y En un mundo libre, una nueva aproximación, esta vez en 2007, a los problemas laborales de los inmigrantes. También interesan los someros “ensayos” sobre Billy Elliot, La sal de la tierra, En tierra de hombres o Up in the air, dirigidas, respectivamente, por Stephen Daldry en 2000, Herbert J. Biberman en 1954, Niki Caro en 2005 y Jason Reitman en 2009, en los que se tratan asuntos como las huelgas y los conflictos laborales, la siniestralidad en el trabajo y las penosas condiciones de trabajo, el acoso sexual o las reestructuraciones de empresas y la gestión de los despidos.

Y en lo que se refiere a nuestro entorno más inmediato, son reseñables los análisis sobre Síndrome laboral, la película de Sigfrid Monleón, discretamente estrenada en 2004, centrada en el significativo caso Ardystil, el envenenamiento tóxico al que se veían abocadas -en muchos casos con resultado de muerte- las trabajadoras de la industria textil en Alcoy y su comarca, todo un hito -lamentable, por desgracia- en la regulación jurídica de las enfermedades profesionales en España; El corazón de la tierra, que dirigió Antonio Cuadri en 2007, basada en una novela, que ya presenté en este mismo espacio hace años, de Juan Cobos Wilkins, en la que los conflictos laborales y la contaminación medioambiental causada por la imprudente acción de una empresa puntean, con una base histórica comprobable, una trama romántica y sentimental; El Método, dirigida en 2005 por Marcelo Piñeyro, un director argentino para una cinta en la que la obra teatral en la que se basa, parte de la producción y la mayoría de su reparto eran españoles, y en la que un deshumanizado proceso de selección de personal ocupa el núcleo central de su trama; la muy premiada Los Santos inocentes, que dirigió Mario Camus en 1984 sobre la obra homónima de Miguel Delibes, en la que la temática social impregna de manera estremecedora el metraje entero; Los lunes al sol, el indispensable título de Fernando León de Aranoa, que abordó en 2002, de un modo controvertido aunque valiente, las consecuencias humanas de la reconversión industrial; también Smoking Room, de Gual y Wallovits y El efecto Iguazú, de Pere Joan Ventura, ambas de 2002, o la más reciente, 2014, La isla mínima, del realizador Alberto Rodríguez, son objeto de esclarecedores artículos.

El Derecho del trabajo en la literatura sigue una pauta similar a la del volumen centrado en el cine, además de compartir bastantes de sus colaboradores. Con prólogo del propio Antonio Vicente Sempere Navarro, son esta vez Inmaculada Baviera Puig, Francisco Javier Hierro Hierro y el mencionado José Luján Alcaraz, coordinador también del primer proyecto, los responsables de la edición, en la que se repasan cuarenta y una obras literarias desde la ya subrayada perspectiva del Derecho laboral.

El libro recoge una muy variada muestra de textos -novelas en su mayoría- espigados de la literatura de diferentes ámbitos temporales y geográficos, e incluye tanto títulos indiscutiblemente clásicos como otras obras menores o no tan relevantes. En la primera de las categorías se incluyen, entre otras, El proceso y La metamorfosis, de Franz Kafka, de las que los respectivos comentaristas subrayan el tratamiento de la presunción de inocencia -más bien la presunción de culpabilidad- y de las relaciones empresario-patrón, respectivamente; en Germinal, la revolucionaria y sobrecogedora novela de Émile Zola, destaca la fidedigna descripción de las inhumanas condiciones de explotación laboral de los mineros en la Francia de finales del siglo XIX; de Thomas Mann se recogen dos obras mayores, Los Buddenbrook y La montaña mágica, en cuyos análisis se rastrea la presencia del espíritu emprendedor y la empresa familiar, en la primera de ellas, y del tratamiento jurídico laboral de las enfermedades, en particular la tuberculosis, en la segunda; Charles Dickens está representado también por dos novelas magistrales, Oliver Twist, con el Londres victoriano como tétrico escenario del deambular de centenares de niños marginados, víctimas dolorosas del terrible trabajo infantil en los años de la Revolución industrial, y Casa desolada, con altas dosis también de crítica social; puede sorprender la presencia en el listado de Don Quijote de La Mancha, pero el clásico cervantino admite -y ha sido objeto- de infinidad de aproximaciones, como, en este caso, la que se detiene en las peculiaridades laborales de la relación entre el disparatado hidalgo y su escudero.

Hitos literarios son, igualmente, La madre, de Máximo Gorki, Rebelión en la granja, de George Orwell y la ya mencionada, por su vínculo con el cine, Las uvas de la ira, de John Steinbeck, novelas repletas de referencias a las miserables condiciones de vida de los trabajadores y las injusticias sociales. Asimismo ocupan un lugar destacado en la historia de la literatura Utopía, de Tomás Moro, en la que la “construcción” de un nuevo orden social igualitario que suprime las diferencias entre los seres humanos, trabajadores y patrones inclusive, hace innecesario el Derecho del trabajo; Matar a un ruiseñor, de Harper Lee, ya reseñada en estas páginas, con su tratamiento de la discriminación racial, y El primo Basilio, de Eça de Queiroz, con la destacada presencia del trabajo doméstico.

Distinta consideración, en cuanto a valores literarios se refiere, tienen la interesante El niño con el pijama de rayas, de John Boyne, la notable La tregua, de Mario Benedetti, o la desternillante La conjura de los necios, de John Kennedy Toole, novelas en las que la lucidez y la capacidad de penetración intelectual de los expertos responsables de sus comentarios detectan la presencia de la movilidad funcional y geográfica, el trabajo autónomo, el servicio doméstico, las horas extraordinarias o los ascensos, entre otras instituciones laborales.

Ya para terminar, y en el ámbito de la literatura española, sobresalen Los gozos y las sombras, de Gonzalo Torrente Ballester; Miau, de Benito Pérez Galdós; La colmena, del Premio Nobel Camilo José Cela; La verdad sobre el caso Savolta, de Eduardo Mendoza; dos novelas de Delibes, Las ratas y la ya citada, por su traslación cinematográfica, Los santos inocentes; y, más reciente en el tiempo, La mano invisible, de Isaac Rosa, de la que hace unos años os presenté aquí su reseña. En los capítulos en los que se analizan, llama la atención, de nuevo, la agudeza de sus autores, que encuentra en estas novelas valiosas literariamente motivos para serlo también desde el punto de vista del Derecho Laboral: el movimiento obrero, la prestación de servicios para las Administraciones públicas, la merma de derechos sociales, la huelga, el trabajo infantil, el ejercicio de los derechos fundamentales en el trabajo o la alienación laboral, entre otros muchos.

En fin, son abundantes, como veis, los motivos para acercarse con gozo a estos dos estimulantes libros, El Derecho del trabajo en el cine y El Derecho del trabajo en la literatura, publicados por Ediciones Laborum en 2015 y 2017, respectivamente. Os dejo, como cierre a mi comentario, con un fragmento del primero de ellos, un breve texto extraído del análisis que hace Belén de Mar López Insúa, de la Universidad de Granada, sobre la película Pan y rosas. En mi transcripción me he tomado la libertad de corregir los numerosos fallos de concordancia, de redacción, de sintaxis y tipográficos, impropios de una publicación vinculada al ámbito académico.

La ilustración musical de mi reseña la pone una canción relacionada con esta misma película: Bread and roses, la versión musical que hace Judy Collins de un estremecedor poema de James Oppenheim que inspira la cinta de Ken Loach.

La ciudad de Lawrence (situada en el Estado de Massachusetts en EEUU) constituyó a mediados del siglo XIX el centro fabril del sector textil de un grupo de empresas que, con la finalidad de abaratar los costes salariales, contrataron a personal especializado procedente de Rusia, Europa oriental y países árabes. La introducción de maquinaria en las industrias, talleres y fábricas textiles provocó que, alrededor del año 1905, apenas hubiera personal especializado por lo que se comenzaron a contratar, a bajo coste, a trabajadores emigrantes de distintas nacionalidades. La mayoría eran mujeres inmigrantes que vivían en barracones que eran propiedad de la empresa.

En este contexto, las condiciones laborales a las que se encontraba sometida la clase trabajadora eran extenuantes: jornadas interminables que provocaron un gran número de accidentes laborales, salarios insuficientes para poder sobrevivir (los trabajadores compraban sus víveres y mercancías en tiendas y economatos de las mismas empresas) y condiciones de trabajo inhumanas. Esta situación provoca que miles de trabajadoras acudan a la huelga como medida de presión frente a las deplorables condiciones de trabajo a las que se encontraban sometidas. Como antecedente, cabe destacar la marcha que el 8 de marzo de 1857 tuvo lugar en la ciudad de Nueva York y que fue protagonizada por cientos de mujeres del sector. Estas trabajadoras denunciaban los bajos salarios y las condiciones inhumanas a las que eran sometidas. El lema de la protesta estaba encabezado bajo una idea clave: las manifestantes no se conformaban con el pan sino que reclamaban también las rosas (la dignidad)


Mientras vamos marchando, marchando a través del hermoso día
Un millón de cocinas oscuras y miles de grises hilanderías
Son tocados por un radiante sol que asoma repentinamente
Ya que el pueblo nos oye cantar: ¡Pan y rosas! ¡Pan y rosas!

Mientras vamos marchando, marchando, luchamos también por los hombres
Ya que ellos son hijos de mujeres, y los protegemos maternalmente otra vez
Nuestras vidas no serán explotadas desde el nacimiento hasta la muerte
Los corazones padecen hambre, al igual que los cuerpos
¡dennos pan, pero también dennos rosas!

Mientras vamos marchando, marchando, innumerables mujeres muertas
Van gritando a través de nuestro canto su antiguo reclamo de pan
Sus espíritus fatigados conocieron el pequeño arte y el amor y la belleza
¡Sí, es por el pan que peleamos, pero también peleamos por rosas!

A medida que vamos marchando, marchando, traemos con nosotras días mejores
El levantamiento de las mujeres significa el levantamiento de la humanidad
Ya basta del agobio del trabajo y del holgazán: diez que trabajan para que uno repose
¡Queremos compartir las glorias de la vida: pan y rosas, pan y rosas!

Nuestras vidas no serán explotadas desde el nacimiento hasta la muerte
Los corazones padecen hambre, al igual que los cuerpos
¡pan y rosas, pan y rosas!




José Luján Alcaraz (coord.). El Derecho del trabajo en el cine

miércoles, 25 de abril de 2018

DANIEL GRAY. ESTE LIBRO TE ALEGRARÁ LA VIDA

Hola, buenas tardes. Bienvenidos a Todos los libros un libro que como todos los miércoles en Radio Universidad de Salamanca sale a vuestro encuentro con una nueva recomendación de lectura. En el caso de esta tarde, nuestra propuesta surge al amparo de la reciente celebración, anteayer, del Día del Libro, que como es sabido, se festeja en el mundo entero el 23 de abril.

Quienes venís siguiéndonos desde hace años sabéis que en nuestro espacio somos muy dados a mostrar aquí, en el modesto escaparate del programa, y en fechas cercanas a las conmemoraciones, ferias y festejos que con puntualidad primaveral se organizan en torno a los libros, textos que giran sobre los propios libros y que contienen aproximaciones de diversa consideración sobre la lectura, las bibliotecas, la escritura y, en general, el universo bibliófilo. Así ocurre también este año, tanto en Buscando leones en las nubes, mi otra emisión en la radio universitaria salmantina, en la que desde el pasado lunes y durante cuatro semanas, os estoy ofreciendo una serie dedicada al libro, como aquí, en donde hoy mismo, pero también dentro de unas semanas, cuando la Feria municipal del libro invada la ciudad y la llene de interesantes publicaciones, aparecerán obras dedicadas a reflexionar -desde ángulos distintos y a veces controvertidos- sobre los encantos y las desgracias que la lectura lleva consigo.

En concreto, esta tarde me decanto por la vertiente optimista del asunto con una obrita -el diminutivo, amable y cariñoso, es también descriptivo: no nos hallamos ante una lectura inolvidable ni ante un logro trascendental de la literatura- que resalta de un modo entusiasta y apasionado, con fervor y hasta emoción contagiosos, los muchos placeres -cincuenta, en particular- que su autor experimenta leyendo. Se trata de Este libro te alegrará la vida, un no muy extenso volumen, obra del escritor británico Daniel Gray, colaborador habitual de diversos periódicos en el Reino Unido, y presentado en 2017 por la editorial Ariel en traducción de Gemma Deza Guil y con simpáticas ilustraciones -de nuevo el calificativo es menor- de J. Mauricio Restrepo. 50 placeres íntimos de la lectura es el explicativo subtítulo con el que se rubrica la obra que, por si las intenciones del autor no se mostraran de este modo nítidas, se abre con una breve justificación introductoria: Esta obra es una carta de amor a los libros y las librerías, a los amantes de los libros, a las muchas y a la vez universales formas de leer y a todas las delicias que sólo los buenos lectores conocen. 50 momentos de felicidad relacionados con la lectura para celebrar el placer que nos une, para perderse y encontrarse; a la que sigue una dedicatoria también inequívoca: Para la niña que no duerme si no le cuentan un cuento; y, por fin, un muy sucinto prefacio -O la búsqueda de solaz en las páginas de un libro-; textos que, tras su lectura, casi harían innecesaria esta reseña dado lo explícito de sus formulaciones, que dejan bien a las claras qué nos vamos a encontrar al adentrarnos en sus páginas.

Y es que, en efecto, Este libro te alegrará la vida nos propone medio centenar de momentos felices, de circunstancias placenteras, de ocasiones para el deleite, de gozosas posibilidades de disfrute, que a quien vive infectado por el benéfico virus de la lectura le brindan los libros. Estamos, como parece obvio, ante una entusiasta celebración de la lectura, un homenaje a los libros en tanto siguen constituyendo, más allá de estériles discusiones sobre el impacto en ellos de las novedades tecnológicas, uno de los pilares de la sociedad, de la educación y la cultura. Pero el enfoque con el que Daniel Gray encara su apasionado homenaje al libro no es el clásico alegato más o menos académico, de índole ensayística, en el que se “argumentan”, sobre la base de un solvente y sesudo aparato teórico, las ventajas que aporta la lectura a nuestras vidas, sino que el autor opta por una aproximación, llamémosle poética o, en cualquier caso, relacionada con las emociones, en la que se identifican esos cincuenta pequeños “oasis” de felicidad que, entre el vertiginoso tráfago de la vida moderna, pueden proporcionarnos los libros. En este sentido, confiesa Gray en su prólogo, el desencadenante del proceso creativo que condujo a la publicación de su texto fue el hallazgo fortuito y la consiguiente lectura de otro libro, Deleite, de J.B. Priestley, en el que se recogía un largo centenar de motivos para alimentar la dicha en una sociedad -la británica inmediatamente posterior a la segunda gran contienda mundial- hundida en el desánimo y la pesadumbre de la posguerra. Por mi parte, recuerdo igualmente otra obra, penetrada de idéntico afán de exaltado vitalismo y vehemente regocijo por los muchos dones que el mundo ofrece, en la que el francés Philippe Delern reivindica una existencia plena hecha de detalles aparentemente menores aunque sustanciales, capaces, en su plácida y agradable pero también vigorosa insignificancia, de dotar de sentido a nuestro paso por la tierra. El primer trago de cerveza y otros pequeños placeres cotidianos, publicado en 1997, fue objeto de un programa en Buscando leones en las nubes, mi otro espacio, ya mencionado, en Radio Universidad de Salamanca; una emisión que podéis recuperar acudiendo a su blog, buscandoleonesenlasnubes.blogspot.com.

Pues bien, la antología de “instantes” que presenta Daniel Gray y que ahora os comento parte de un planteamiento idéntico a los dos citados que le lleva a recopilar un elenco de situaciones y oportunidades para el solaz y la alegría, para el encantamiento y la distracción, para la satisfacción y la plenitud, todas ellas relacionadas con los más comunes y hasta triviales -y quizá por ello no demasiado ponderados normalmente- hábitos lectores. Como resulta evidente, ni es posible ni tendría demasiado sentido que yo glosara aquí todos los ejemplos que se recogen en el libro. Me contentaré, pues, consciente de las limitaciones que el tiempo, el espacio y la propia lógica imponen, a comentaros brevemente algunos de los más significativos en los que, por lo demás, casi cualquier lector puede reconocerse.

Hay, por un lado, capítulos (todos los del libro son, por cierto, muy cortos y raramente superan las tres o cuatro páginas) que tienen que ver con los libros y la lectura en general, con las emociones, las sensaciones, los sentimientos que nos asaltan, por ejemplo, al empezar un nuevo libro, una mezcla de expectativa e impaciencia, de esperanza e ilusión por ver qué nos depara el volumen recientemente adquirido. Igualmente, hay un texto sobre las fuerzas contrapuestas que nos impelen a, simultáneamente, abandonar una lectura que no ha logrado hechizarnos y perseverar en el intento de profundizar en sus misterios, conscientes muchos lectores -y yo entre ellos- del sacrilegio que supone “despreciar” así los esfuerzos de un escritor, rechazar algo tan noble como un libro. Se ocupa Gray, también, de las novelas que hacen llorar y de las que provocan la sensación opuesta: morirse de risa leyendo. A esta vertiente más íntima y emotiva pertenecen también secciones sobre la zozobra que conlleva la espera de la siguiente entrega de una serie o el nuevo libro de nuestro autor favorito; sobre el cosquilleo que en ocasiones nos induce la poesía; sobre la incontenible excitación que sentimos cuando la identificación con lo leído es tal que “sabemos” -o queremos convencernos erróneamente de ello- que un libro parece estar escrito expresamente para nosotros; sobre los efectos -tanto exultantes como de decepción- que nos causa releer, años después, uno de nuestros libros favoritos. Y entre esos placeres ambiguos -a caballo del alborozo y la melancolía- aparecen también los que suscita la lectura de un libro sobre un lugar que nunca podremos visitar; o la incapacidad de «entender» por completo un libro del que todo el mundo habla maravillas y que a nosotros no acaba de subyugarnos, desajuste que nos permite subrayar nuestra individualidad, nuestra innegociable libertad de criterio; o, a la inversa, la resplandeciente epifanía que tiene lugar cuando, tras centenares de páginas transitadas en una perpleja oscuridad, el argumento de un libro -a menudo una novela policiaca- acaba por cobrar sentido; o la desesperada y jubilosa ansiedad que nos invade al descubrir un autor hasta entonces desconocido para nosotros que nos deslumbra y nos “obliga” a ponernos al día con su inmensa obra; o el ambivalente impacto de las adaptaciones al cine y la televisión de nuestras novelas más queridas, que nos permite reafirmarnos en nuestra algo esnob predilección por la literatura (ese recurrente “es mejor el libro” que escuchamos, casi sin excepción, en esos casos); la vaga nostalgia que sentimos cuando, inopinadamente, un libro de nuestra infancia, largo tiempo olvidado, reaparece en nuestro recuerdo; la inocente petulancia que nos lleva a fingir conocer un libro que se “debería” haber leído y cuya “indispensable” lectura, sin embargo, hemos preterido hasta ahora, sin que nos agobie en exceso una en el fondo benévola sensación de culpabilidad; o el capricho al que nos entregamos al comprar una cara y voluminosa edición de lujo que apenas hojearemos y que ni siquiera cabe en la estantería.

He creído encontrar, espigando entre las páginas de la obra de Daniel Gray, otra pauta, un cierto hilo conductor, en una serie de apartados que se refieren a las muchas satisfacciones de las que nos proveen los libros más allá de su contenido, en su sola dimensión material, contemplados como meros objetos: el feliz e inesperado descubrimiento de dedicatorias manuscritas en libros viejos que hemos adquirido en un rastro o en una librería antigua o que llegan a nuestras manos sin saber cómo; también las firmas de los autores, pergeñadas de modo apresurado, junto a algunas frases inanes, en alguna feria del libro; la aparición en un volumen, que recuperamos de nuestra biblioteca tras años sin consultar, escondido en ella, de puntos de lectura en su momento improvisados: billetes varios, facturas o recibos, envoltorios diversos, postales, con suerte una foto, o extraños documentos cuya presencia inexplicable entre las páginas de un volumen nos hacen repensar nuestro pasado, una determinada etapa ya olvidada de nuestra vida, los amigos que frecuentábamos, la pareja de entonces; los borrones, manchas y otros recordatorios de dónde y cuándo se leyó un libro, que operan igualmente como desencadenantes de la memoria; esa otra algo pesarosa confrontación con quien fuimos años atrás, “revivido” ahora a partir de las indicaciones, los subrayados, las notas al margen, los comentarios entre líneas, que nos dan noticia -tantas veces ininteligible- de cómo pensábamos, cómo sentíamos, cómo éramos en otra época; la capacidad de evocación que acompaña al olor de los libros, los viejos, con sus notas de madera y humo, de hongos y óxido, de polvo e infancia, y los nuevos, frescos, fragantes, como de plástico.

Hay una suerte de continuidad, también, entre capítulos que se recrean en lo que podríamos denominar “los lugares del libro”: la cama que, para tantos lectores, es la obligada última etapa de la lectura en el día, la envolvente y acogedora hospitalidad del lecho como entorno favorable -aunque muchas veces estéril, los párpados cerrándose tras la larga jornada de trabajo- para adentrarse leyendo en el sueño; la obstinada lectura en una tienda de campaña, otro residuo recuperado de la adolescencia y la juventud; el empecinado empeño -tan frecuente y a menudo tan estéril- de leer en el transporte público, abstraídos -lector y libro aislados del mundo- en una burbuja que nos evita el trasiego y el bullicio de autobuses y vagones de metro, de trenes y aviones; la lectura en espacios singulares, marcada por las peculiaridades de los respectivos entornos: el sosiego y la quietud de las bibliotecas, el frenético ajetreo del comercio en las grandes librerías, la lentitud y el demorado paso del tiempo en las librerías de viejo, el ensordecedor alboroto de bares y establecimientos públicos; el encuentro azaroso con libros olvidados o abandonados a propósito en “bibliotecas” de hoteles, hostales y casas rurales.

Desperdigados por el libro, encontramos también fragmentos referidos a algunos privilegiados “momentos” de la lectura: la magia, el encantamiento que nos embarga al leer a un niño, y el arrobamiento, el “transporte”, la felicidad del pequeño; igualmente, el embeleso al observar cómo aprende a leer un niño; la aparente pérdida de tiempo -una tarde que vuela- mientras organizamos las estanterías de nuestra biblioteca; el desamparo que nos acucia tras concluir la lectura de un libro con el que hemos convivido durante días, también las estimulantes reflexiones en las que nos sumergimos tras terminar un libro, dejarlo sobre la mesa y evocar, en una satisfecha ensoñación, sus personajes, las acciones relatadas, los acontecimientos recién “vividos”; el viaje vicario, y aun así, placentero, que realizamos al deslizar un dedo por un atlas, y ese otro, algo más real, con su inminente promesa de realización, que llevamos a cabo cuando elegimos las lecturas para las vacaciones.

Y afloran, también, en esta improvisada y muy simple taxonomía de ejes temáticos que me parece detectar en el libro de Daniel Gray, algunos exponentes muy significativos de lo que la lectura y los libros tienen de experiencia compartida, de las relaciones que los libros descubren o inducen o propician: las visitas a las casas ajenas que nos llevan a los amantes de los libros a, no bien llegados, inspeccionar las bibliotecas y extraer de ese apresurado arqueo conclusiones “irrebatibles” sobre la personalidad de sus dueños; el constante “espionaje” -en playas y lugares públicos, en un parque o en el trabajo, en la espera del dentista o en un aeropuerto- de las lecturas de quienes nos rodean, una curiosidad patológica, compulsiva aunque benigna, que nos atenaza a los enfermos del libro; el entusiasmo al hablarle a alguien de una obra que nos apasiona (un capítulo que os dejo como cierre a esta reseña); las siempre imprevisibles reacciones tras el regalo de un libro -¿habremos acertado?-; las muy fecundas relaciones entre libros y amor: irse a vivir con alguien y descubrir, tras la mudanza, libros duplicados; la decisión sobre si mantener, en el nuevo “estado civil”, la separación de libros o su mezcla en una amalgama enamorada y optimista -¡nunca nos separaremos!- pero, ciertamente, algo desasosegante; la ocultación a tu pareja de que has comprado más libros, has caído una vez más, indefectiblemente, en tu incontrolable adicción; el amor “vivido” -con envidia, con deseo, con esperanza, con desazón, con emoción, con dolor- en las novelas, cuando los amantes se reúnen.

En fin, son muchos, como veis los motivos por los que os resultará agradable leer Este libro te alegrará la vida, la estimulante reivindicación de los placeres que proporcionan los libros que publicó Daniel Gray en la editorial Ariel el pasado 2017. Os dejo ahora, cómo no, con una canción que habla de las virtudes de la lectura y que formó parte de la campaña institucional italiana Io leggo perchè (Yo leo porque…). Samuele Bersani y Francesco Guccini cantan Le storie che non conosci.


Entusiasmarse al hablarle de un libro a alguien

La verdad es que los libros nunca acaban del todo. Permanecen contigo tanto los buenos como los malos, y pueden irrumpir entre tus pensamientos sin aviso previo. Años más tarde, las leves ascuas de una frase atraviesan tu conciencia, o inesperada y fugazmente te viene a la cabeza un lugar que sólo has visitado en palabras impresas. El nombre de un personaje merodea por tu cerebro como el de un compañero de clase de la escuela primaria. Los libros arraigan. Un libro te altera, de una forma menor y a veces efímera, pero, cuando lo hayas acabado, ya nunca volverás a ser la misma persona que eras cuando leíste la primera página.

Esta sensación se da en su forma más cruda e intensa durante los días inmediatamente posteriores a haber devorado un libro que te ha encantado. Acecha tus pensamientos y te hace suspirar y desear volver atrás en el tiempo y no haber concluido aún su lectura. Se ha infiltrado en tu conciencia y sus ritmos aún te acompañan. Necesitas una válvula de escape y hablarle de él con entusiasmo a alguien te ayuda a aliviar el desasosiego posterior a la lectura que bulle en tu interior. Se trata de una terapia a toro pasado, de una oportunidad de jalear a voz en cuello palabras que hasta ese momento habían supuesto sólo un júbilo privado.

Conviene escoger con suma precisión al destinatario de tu desahogo. Es preferible un amigo que creas que puede entender tu fervor y su causa que el anciano que hace cola delante de ti en el supermercado. Al menos, debes fingir que tu entusiasmo es en su beneficio, que eres un misionero venido a difundir el Evangelio, armado con un ejemplar de ese magnífico libro en las manos. Existen bastantes posibilidades de que si optas por hacer un alegato comedido derive en un balbuceo sin sentido, pero, a fin de cuentas, de lo que se trata ahora es de realizar una defensa apasionada, completamente sesgada, no una evaluación crítica. Un “es absolutamente impresionante” suena más cierto que un centenar de reseñas tibias en la prensa escrita. Puedes describir mal el argumento, cambiar la época y hacer proclamas extravagantes, pero es tal tu fanatismo que, cuando finalmente coges aire para respirar, encuentras al oyente dispuesto a adoptar el libro que le ofreces. Tu chispa ha prendido y ahora el peso de las expectativas descansa sobre sus hombros; más vale que le guste o vuestra amistad quedará tocada. Con todo, la necesidad de compartir, de convertir a un nuevo creyente, se ha satisfecho.

La cadena puede continuar, tu ejemplar pasar de mano en mano, con las esquinas cada vez más dobladas y desgastadas. Por fin puedes reflexionar acerca de la historia que mora en tu interior, al tiempo que constatas, reconfortado, que tu pasión por la lectura no se ha marchitado con el paso del tiempo.




Daniel Gray. Este libro te alegrará la vida

miércoles, 18 de abril de 2018

PHILIPPE SANDS. CALLE ESTE-OESTE

Hola, buenas tardes. Bienvenidos de nuevo a Todos los libros un libro, el espacio de recomendaciones de lectura de Radio Universidad de Salamanca que hoy os recibe, al inicio del trimestre final del curso, con una propuesta muy interesante, un libro magnífico, un ensayo apasionante que enlaza, en su “escenario” último, con el que os presenté inmediatamente antes de las vacaciones.

Y es que si en Una librería en Berlín era la presencia del nazismo la que impregnaba la trama entera de la huida de su autora y personaje principal, Françoise Frenkel, del horror sembrado por Hitler en media Europa antes y durante la Segunda guerra mundial, en este Calle Este-Oeste que os traigo hoy, el exhaustivo, riguroso y, a la vez, palpitante estudio de Philippe Sands que publicó en 2017 la editorial Anagrama, son también los orígenes, el desarrollo y, sobre todo, las consecuencias del trágico delirio nazi los que protagonizan un libro, como digo, deslumbrante y de lectura arrebatadora. En traducción de Francisco J. Ramos Mesa, la obra se presenta con un subtítulo muy claro y explícito y, por ello, revelador del contenido que nos encontraremos en sus cerca de seiscientas páginas: Sobre los orígenes de "genocidio" y "crímenes contra la humanidad".

Es cierto que una rúbrica de este cariz parece evocar de modo evidente el mundo académico y hacer pensar al lector que se halla ante una publicación teórica, de índole científica, un denso texto doctrinal de análisis jurídico, una suerte de aburrida tesis doctoral o de abstruso trabajo de investigación, poblado, además, de notas a pie de página y fundamentado en infinidad de referencias bibliográficas. Y es verdad que son cientos las citas que salpican el relato y decenas los libros que se mencionan en un apartado final de fuentes, pero -y siento recurrir a una expresión tan manida, aunque a la vez tan esclarecedora- Calle Este-Oeste se lee con idénticos gozo, fruición y placer con los que avanzamos por la novela más excitante, pues su escritura es fluida y llena de brío, y la historia que narra -más allá de las disquisiciones teóricas que, en efecto, permean todo el texto y que resultan, también, absorbentes- es conmovedora, llena de peripecias, rezumando emoción y humanidad, mostrando con intensidad y sentimiento -entre las muy precisas argumentaciones jurídicas e históricas- las vidas de unos seres que padecieron la barbarie desencadenada por el Tercer Reich. Además, el planteamiento y la estructura elegidos por Philippe Sands para dar cuenta de los hechos que narra y para organizar la información que nos presenta tienen mucho de novela detectivesca, aportando ingredientes de thriller y siguiendo algunas pautas del género de indagación criminal, graduando la acción con maestría, ofreciendo rasgos de intriga, alternando los tiempos y los escenarios para incrementar el misterio, dejando “flecos” por doquier, elementos incompletos necesitados de desarrollo posterior que incrementan la expectación del lector y le hacen continuar la lectura simultáneamente interesado y conmovido, atento y entusiasmado, emocionado y, pese a la dureza de los sucesos referidos, feliz, con esa exaltada felicidad que es, a mi juicio, el más evidente efecto -y el más noble- que produce la mejor literatura.

Philippe Sands es profesor de Derecho Internacional en el University College de Londres y abogado. En esa doble condición ha desempeñado un importante papel en juicios internacionales celebrados en el Tribunal de Justicia de la Unión Europea y en la Corte Penal Internacional de La Haya, y en su experiencia profesional se ha involucrado en los casos de Pinochet, la guerra de Yugoslavia, el genocidio de Ruanda, la invasión de Irak y el espinoso asunto de Guantánamo. Es autor de un par de ensayos sobre la guerra de Irak y sobre el uso de la tortura por parte de la administración Bush. Colabora también, siempre en el ámbito de su especialidad, con cadenas de televisión, revistas y periódicos británicos y norteamericanos.

Esta cualidad de experto en los complicados entresijos de la justicia internacional constituye el desencadenante de la obra que ahora os presento. Invitado en 2014 por la facultad de derecho de la universidad de la hoy ucraniana ciudad de Lviv para dar una conferencia sobre las materias objeto de su especialización -los crímenes contra la humanidad y el genocidio-, Sands, que desde años antes se había interesado por el juicio de Núremberg, en el que tras el fin de la guerra se juzgó a los criminales nazis, encuentra en la pequeña ciudad de historia convulsa el nudo que enlaza algunas de sus principales preocupaciones, tanto profesionales -la consecuencias del juicio y de las condenas a los jerarcas del Reich y sus repercusiones en el Derecho internacional- como personales -las tristes peripecias vividas por su familia judía a lo largo de la primera mitad del siglo-. A partir de esos diversos ejes que confluyen en Lviv, se lanzará a una minuciosa investigación que girará sobre cuatro personajes principales: el ministro de Hitler, Hans Frank, juzgado en Núremberg, abogado y perpetrador de la inicua normativa que dio sustento “legal” a la aniquilación de los judíos, de la que él mismo fue despiadado ejecutor como gobernador de Polonia y, por tanto, responsable de la depuración étnica en los, así llamados, Territorios Ocupados; Hersch Lauterpacht, catedrático de derecho internacional, la mente jurídica internacional más preclara del siglo XX, “creador” de la noción de “crímenes contra la humanidad” y padre del actual movimiento pro derechos humanos; Rafael Lemkin, también abogado, además de fiscal, judío como Lauterpacht, e introductor en el corpus jurídico ya universal -en apasionante “carrera” con su colega y rival- de la doctrina sobre el genocidio, igualmente decisiva en la configuración de la justicia internacional de nuestros días; y, last but not least, Leon Buchholz, abuelo del autor, apenas el único sobreviviente de una amplia familia judía masacrada, erradicada casi en su totalidad, en pogromos y campos de exterminio, en inhumanos traslados, en salvajes ejecuciones, en siniestras cámaras de gas. Los cuatro, casi coetáneos -nacidos entre 1897 y 1904-, coinciden en Lviv (Buchholz nacido allí; Lauterpacht, en Żółkiew, a escasos kilómetros; Lemkin, residente en el pueblo desde muy joven; y Frank, en tanto gobernador de la zona, visitante del lugar por motivos “profesionales”), que se constituye así, y no sólo por estas razones más o menos azarosas, en el quinto gran protagonista del libro.

Porque la pequeña ciudad de Lviv, situada en el mismo corazón de Europa, resulta un ejemplo paradigmático del trágico destino que ha acompañado al continente en los peores momentos de su historia. Conocida indistintamente como Lemberg, Lviv, Lvov y Lwów, perteneciente, en distintas épocas, al imperio austrohúngaro, a la Polonia independizada poco después de la Primera Guerra Mundial, a la Unión Soviética que la ocupó durante la Segunda Guerra Mundial, a la Alemania nazi en 1941 y, por fin, tras la “reconquista” soviética, a la actual Ucrania, de la que forma parte en nuestros días, sus calles, sus edificios, también -por desgracia- sus habitantes, sufrieron, una tras otra, todas las desgracias a las que un siglo terrible, con dos devastadoras guerras de por medio, abocó a la humanidad. Así, la historia de la ciudad se constituye, en definitiva, en una representación a pequeña escala de la de todo el continente. Y esta Lviv, y la vecina Żółkiew, y tantas otras cercanas poblaciones judías parecidas, en las que coinciden las existencias de las familias de los personajes principales, se acomodan a unas estructuras urbanas similares, descritas en la cita de Joseph Roth con la que se abre el libro y que, además, con enorme potencia metafórica, le da nombre: La pequeña población se halla en medio de una gran llanura [...]. Comienza con pequeñas chozas y termina con ellas. Al poco las chozas son reemplazadas por casas. Empiezan las calles. Una discurre de norte a sur; la otra, de este a oeste.

Calle Este-Oeste se presenta así como una indagación, que tiene, como he dicho, algo de detectivesco, en tres frentes que se imbrican e interrelacionan, que se mezclan e intercalan: el “buceo” en las biografías de los cuatro personajes y de su pasos dentro y fuera de su ciudad común, en una pesquisa palpitante y narrada con una capacidad de atracción irresistible; la descripción -con precisión y fidelidad de sobrecogedora crónica periodística- de las sesiones del juicio de Núremberg, en la ya histórica sala 600 de su Palacio de Justicia, que representa una nueva convergencia -junto a la de la ciudad que los vincula- entre los protagonistas principales: en él, Frank será condenado y, tras la sentencia, ejecutado en la horca, Lauterpacht y Lemkin participarán, en distinta medida, con sus aportaciones teóricas, mientras que Leon estará presente a través de su nieto, este Philippe Sands que años después, estudiará con detalle el proceso y escribirá su libro; y, por último, la exposición de los aspectos jurídicos de la génesis, la evolución y la general aceptación de los dos novedosos y “revolucionarios” conceptos -genocidio y crímenes contra la humanidad- cuya construcción tiene lugar en esos días y que se utilizarán por primera vez frente a los asesinos responsables nazis, para integrar desde entonces un ordenamiento legal internacional -en particular la Declaración Universal de los Derechos Humanos, adoptada por la Asamblea General de las Naciones Unidas el 10 de diciembre de 1948- al que se han acogido hoy día la mayor parte de los estados desarrollados.

Esas tres vertientes del libro -que el propio autor no duda en calificar de proyecto literario, eliminando así cualquier disquisición sobre su naturaleza: literatura al fin, al margen de su género- se articulan en un cuerpo central hecho de cuatro grandes capítulos -uno por protagonista- que se alternan y completan con otros menores en los que Sands da cuenta, en un permanente juego hacia adelante y hacia atrás en el tiempo, de los pasos de su investigación, de sus viajes, de sus entrevistas con otros personajes secundarios (sobrecogedoras -y sorprendentes- las “apariciones” de Niklas Frank, hijo del criminal), de sus visitas a bibliotecas y archivos, todo ello con muestras, que se “espolvorean” con intención y acierto por el texto, de mapas, fotos, pasaportes, visados y otros documentos, los cuales, junto a la ya mencionada base “profesoral” -las bien nutridas secciones finales de agradecimientos, fuentes y notas, y el completo índice analítico-, complementan, con su inequívoca carga de “realidad” comprobada, los aspectos más “novelescos” y por tanto susceptibles -quizá- de ser puestos en duda si se entendieran como una mera ficción literaria.

De todas estas relevantes facetas del libro, me interesan especialmente dos, las que podríamos llamar “humana” y “jurídica”. Desde el primero de los dos puntos de vista, Calle Este-Oeste sobrecoge en tanto que el detallado recorrido por la historia íntima, personal y familiar de los personajes nos muestra retazos de su vida auténtica, de sus afanes, de sus luchas, de sus preocupaciones, de sus esperanzas, también de sus miserias, sus contradicciones o sus cobardías. Sands reconstruye sus antecedentes familiares, rastrea -llegando a visitar- sus domicilios, los negocios que los sustentaron, da cuenta de sus oficios, de las vicisitudes de sus vidas cotidianas, y, claro está, levanta acta de las persecuciones, de la diáspora, de la dispersión, de las huidas, de los exilios, también del infortunio, de las deportaciones, de las muertes, de la aniquilación casi total de muchas de estas pequeñas poblaciones judías centroeuropeas y con ellas de sus habitantes. Y, de continuo, el lector se ve embargado por la emoción que transmiten esos seres desgraciados sometidos a un insoportable sufrimiento.

La batalla de ideas entre Lauterpacht y Lemkin por introducir y hacer prevalecer en el derecho internacional las figuras jurídicas de las que son creadores, respectivamente “crímenes contra la humanidad” y “genocidio”, es también fascinante, por el apasionamiento -no exento de egocentrismo- de ambos contendientes y por las importantes repercusiones que ambas categorías acabarían teniendo en las décadas posteriores y hasta nuestros días actuales. Para entender lo destacado de sus aportaciones hay que partir de la base de que, hasta esos años, el derecho internacional estaba dominado por la idea de que la ley servía al soberano, y, conforme a ese principio, resultaba inconcebible que un individuo tuviera derechos cuyo cumplimiento pudiera imponerse frente a los estados soberanos, que eran libres de actuar como quisieran contra sus ciudadanos, sin sometimiento a principio alguno de más valor que su propio ordenamiento interno: soberanía significaba soberanía, total y absoluta. De este modo, el Reich -pero también cualquier otro Gobierno nacional- podía, dentro de sus fronteras, discriminar, torturar o matar, sin limitación alguna ni reproche jurídico posible. Y así, las minorías y los individuos particulares estaban desprotegidos frente a los excesos de sus gobernantes.

Conscientes -como muchos otros juristas- de que el mundo necesitaba alguna reacción -alguna reacción legal- frente a ese tipo de conductas, que habían desembocado en los intolerables e inhumanos excesos nazis, Lauterpacht y Lemkin acometen su batalla jurídica desde dos ángulos complementarios -aunque en ocasiones antitéticos-: el individual y el grupal. El primero pretendía reforzar la protección del individuo frente a los estados al margen de su pertenencia a grupo alguno, fuera, pues, de cualquier consideración “tribal”. La noción de “crímenes contra la humanidad”, entendidos como el asesinato, el exterminio, la esclavización, la deportación y otros actos inhumanos cometidos contra cualquier población civil, o las persecuciones por motivos políticos, raciales o religiosos, cuando tales actos sean cometidos o tales persecuciones sean llevadas a cabo al perpetrar un delito contra la paz o un crimen de guerra, o en relación con él, vulneren o no la legislación del país en donde se produjeron, surge, pues, para preservar los derechos de los individuos de los abusos de sus dirigentes. Con idéntico propósito pero muy diferente enfoque, Lemkin se centra en la defensa de las personas que sufren actuaciones organizadas de exterminio por el hecho de ser miembros de un grupo, por su raza, por su etnia, por su religión. Construye así la noción de genocidio entendido como el exterminio de grupos raciales o religiosos, de las poblaciones civiles de ciertos territorios ocupados para destruir determinadas razas y clases de personas y grupos nacionales, raciales o religiosos, en particular judíos, polacos, gitanos y otros. Ambos enfoques impregnarán -en muy distinta medida- los informes y los dictámenes, las resoluciones y las sentencias que condenarán a los jerarcas nazis en Núremberg y que, desde entonces, se aplicarán con profusión -el ser humano no parece aprender jamás de sus errores- en Serbia y en Croacia, en Ruanda, Sudán y Libia, en Arabia Saudí y Yemen, en Irán, Irak y Siria, en Israel y Palestina, también en Argentina, Chile o el mismo Estados Unidos.

En fin, son muchos, como podéis comprobar, los motivos de interés de este libro espléndido, Calle Este-Oeste, de Philippe Sands, que esta tarde he querido recomendaros. Os dejo ya con un significativo fragmento extraído de su prólogo y con uno de los dos temas musicales que se citan en la obra -el otro, una canción de Leonard Cohen de la que se cita un verso que no he sido capaz de localizar-: Insensiblement, una pieza que suena al final del libro y que, en fechas posteriores a las del juicio de Núremberg, popularizaría Django Reinhardt.


Niklas y yo estábamos allí, en la sala de justicia número 600, gracias a una invitación que yo había recibido inesperadamente unos años antes. Procedía de la facultad de derecho de la universidad que alberga la ciudad actualmente conocida como Lviv, y era una invitación a dar una conferencia pública sobre mi trabajo en torno a los crímenes contra la humanidad y el genocidio. Me pedían que hablara de los casos en los que había participado, de mi labor académica sobre el juicio de Núremberg, y de las consecuencias del juicio para nuestro mundo moderno.

Hacía tiempo que me hallaba fascinado por el juicio y los mitos de Núremberg, el momento en que se decía que nació nuestro moderno sistema de justicia internacional. Me sentía cautivado por los extraños detalles que podían encontrarse en las larguísimas transcripciones, por las sombrías evidencias, atraído por los numerosos libros, memorias y diarios que describían con minuciosidad forense los testimonios declarados ante los jueces. Me sentía intrigado por las imágenes, las fotografías, los noticiarios cinematográficos en blanco y negro, y películas como Vencedores o vencidos, un filme que en 1961 ganó un Oscar y al que harían memorable tanto el tema que abordaba como el breve flirteo de Spencer Tracy con Marlene Dietrich. Mi interés tenía una razón práctica, puesto que aquel proceso había ejercido una profunda influencia en mi trabajo: la sentencia de Núremberg había hinchado como un potente viento las velas de un movimiento pro derechos humanos todavía en germen. Sí, es cierto que había un fuerte tufillo a “la justicia del vencedor”, pero no cabía ninguna duda de que el caso fue un catalizador que abrió la posibilidad de que los líderes de un país pudieran ser juzgados por un tribunal internacional, algo que nunca había ocurrido antes.

Muy probablemente fue mi trabajo como abogado, antes que mis escritos, lo que suscitó la invitación de Lviv. En el verano de 1998 yo había tenido un papel secundario en las negociaciones que llevaron a la creación de la Corte Penal Internacional, en una reunión en Roma, y unos meses después trabajé en el caso Pinochet en Londres. El expresidente de Chile había pedido inmunidad a los tribunales ingleses por los cargos de genocidio y crímenes contra la humanidad presentados contra él por el juez español Baltasar Garzón, y había perdido. En los años siguientes, otros casos permitieron que las puertas de la justicia internacional se abrieran finalmente entre chirridos tras un periodo de inactividad en las décadas de la Guerra Fría que siguieron al juicio de Núremberg.

Los casos de la antigua Yugoslavia y de Ruanda no tardaron en aterrizar sobre mi escritorio en Londres. Luego seguirían otros, relacionados con diversas acusaciones en el Congo, Libia, Afganistán, Chechenia, Irán, Siria y el Líbano, Sierra Leona, Guantánamo e Irak. Una lista larga y triste que reflejaba el fracaso de las buenas intenciones manifestadas en la sala de justicia número 600 de Núremberg.

Trabajé en varios casos de matanzas. Algunos de ellos se argumentaron como crímenes contra la humanidad, asesinatos de individuos a gran escala, mientras que otros dieron lugar a acusaciones de genocidio, o destrucción de grupos. Estos dos delitos distintos, con su énfasis diferenciado en el individuo y el grupo, se desarrollaron de forma paralela, si bien con el tiempo el genocidio emergió a los ojos de muchos como el crimen de crímenes, una jerarquía que parecía sugerir que el asesinato de un gran número de personas consideradas como individuos resultaba de algún modo menos terrible. De vez en cuando, yo recababa pistas sobre los orígenes y propósitos de los dos términos y su conexión con una serie de argumentos que se formularon por primera vez en la sala de justicia número 600. Sin embargo, nunca investigué con excesiva profundidad acerca de lo que había ocurrido en Núremberg. Sabía cómo habían nacido aquellos nuevos delitos y cómo habían evolucionado posteriormente, pero lo ignoraba casi todo sobre las historias personales que implicaban, o sobre cómo se habían llegado a argumentar en el caso contra Hans Frank. Tampoco conocía las circunstancias personales en las que Hersch Lauterpacht y Rafael Lemkin habían desarrollado sus distintas ideas.

La invitación de Lviv me ofrecía la posibilidad de explorar aquella historia. 



Philippe Sands. Calle Este-Oeste


miércoles, 11 de abril de 2018

WILLIAM BOYD. SUAVE CARICIA. LAS MUCHAS VIDAS DE AMORY CLAY

Cuando nací —en la Inglaterra eduardiana—, «Beverley» era completamente aceptable como nombre de chico (al igual que Evelyn, Hilary, Vivian), y me pregunto si fue por eso por lo que mi padre eligió para mí un nombre andrógino: Amory. Creo que los nombres son importantes, y que no habría que escogerlos a la buena de Dios. El nombre se convierte en tu etiqueta, tu clasificación; es como te refieres a ti misma. ¿Qué podría ser más importante? Solo he conocido a otro Amory en toda mi vida, y era un hombre: un hombre aburrido, por cierto, y su interesante nombre tampoco lo hacía más animado.

Cuando nació mi hermana, mi padre ya estaba en la guerra, y mi madre consultó con su hermano, mi tío Greville, qué nombre ponerle al recién nacido. Entre ambos se decidieron por algo «familiar y sólido», o eso dice la tradición familiar, y de este modo la segunda hija de los Clay se llamó «Peggy»; no Margaret, sino directamente un simple diminutivo. Quizá fue así como mi madre decidió contrarrestar el andrógino nombre de «Amory» que me habían puesto a mí, y que ella no había elegido. Peggy llegó así al mundo; Peggy, sólida y familiar. Creo que no ha existido nadie con un nombre tan equivocado. Cuando mi padre regresó a casa de permiso para conocer a su hija de seis meses, el nombre quedó completamente consolidado, y todos nosotros la conocimos como «Peg», «Peggoty» o «Peggsy», y ya no se pudo hacer nada. A mi padre nunca le gustó de verdad ese nombre, Peggy, y como resultado nunca quiso del todo a Peggy, creo, como si fuera una especie de huérfana que hubiéramos recogido. Ya veis lo que quiero decir acerca de la importancia de los nombres. ¿Quizá Peggy tenía la impresión de que le habían puesto un nombre equivocado porque a su padre no le gustaba especialmente, como tampoco a ella? ¿Fue otro error? ¿Fue por eso por lo que posteriormente se lo cambió?

En cuanto a Alexander, «Xan», fue una solución de mutuo acuerdo. El padre de mi madre, un juez comarcal que murió antes de que yo naciera, se llamaba Alexander. Fue mi padre quien al instante lo abrevió a Xan, y así se quedó. Y esos éramos los hijos de los Clay: Amory, Peggy y Xan.

Lo primero que recuerdo de mi padre es verle cabeza abajo en el jardín de Beckburrow, nuestra casa, cercana a Claverleigh, en East Sussex. Era algo que podía hacer sin ningún esfuerzo, un truco que había aprendido de joven. No había más que darle un cuadrado de césped, y con toda facilidad se colocaba sobre las manos y daba unos pasos. No obstante, después de que lo hirieran en la guerra, lo fue haciendo cada vez menos, por mucho que le imploráramos. Decía que le provocaba dolor de cabeza y se le desenfocaba la vista. De todos modos, cuando éramos pequeños no hacía falta que insistiéramos. Le encantaba ponerse cabeza abajo, según él, porque reajustaba sus sentidos y su perspectiva. Hacía el pino y decía: «Chicas, os veo colgadas de los pies como si fuerais murciélagos, y lo siento mucho por vosotras, ya lo creo, en vuestro mundo al revés con la tierra encima y el cielo abajo. Pobrecitas». ¡No, no, le gritábamos nosotras, eres tú quien está cabeza abajo, papá, no nosotras!

Recuerdo verle llegar de permiso, vestido de uniforme, después del nacimiento de Xan. Este ya tenía tres o cuatro meses, de manera que debía de ser hacia finales de 1916. Xan nació el 1 de julio de 1916, el primer día de la batalla del Somme. Es la única vez que recuerdo haber visto a mi padre de uniforme —capitán B. V. Clay, Orden por Servicios Distinguidos—, la única ocasión en que lo vi como un soldado. Supongo que debí verlo uniformado otras veces, pero recuerdo ese permiso en concreto probablemente porque acababa de nacer Xan, y mi padre lo sostenía en brazos con una expresión extraña e inmutable en la cara.

Al parecer, había dejado instrucciones precisas acerca del nombre que quería para su tercer hijo: Alexander si era un varón; Marjorie si era una niña. ¿Cómo lo sé? Porque a veces, cuando me enfadaba con Xan y quería meterme con él, lo llamaba «Marjorie», así que debía de ser algo que todo el mundo sabía. Tengo la impresión de que todas las historias familiares, todas las historias personales, son tan imprecisas y poco de fiar como las historias de los fenicios. Deberíamos anotarlo todo, llenar todos los huecos, si pudiéramos. Y por eso escribo estas líneas, queridos míos.


Hola, buenas tardes, bienvenidos una semana más a Todos los libros un libro, el espacio de recomendaciones de lectura de Radio Universidad de Salamanca, que hoy empieza de una manera tan sugestiva con el texto que antecede, un estimulante aperitivo de un libro magnífico. Se trata de Suave caricia. Las muchas vidas de Amory Clay, escrito por el británico William Boyd y presentado en España por la editorial Alfaguara en traducción de Damiá Alou.

“Estas líneas” con las que se cierra el fragmento que abre mi reseña son, precisamente, las que integran las quinientas cincuenta largas páginas de la novela, pues de una novela hablamos, una “falsa biografía” de esta Amory cuya voz escuchamos desde el inicio y que desenvuelve su existencia desde 1908, año de su nacimiento, hasta 1983, fecha de su muerte, aunque el libro se detiene, por razones que no quiero explicar para no desvelar aspectos esenciales, en 1977.

William Boyd nos narra la vida de su inventado personaje dando cuenta de las muchas peripecias de su íntima trayectoria vital -que más allá de los hechos históricos en los que se verá envuelta es, por lo demás, en su interior, común, no demasiado excepcional y similar a la de cualquier otra persona; de ahí, en una significativa paradoja, su valor universal-; una vida que corre casi en paralelo a un siglo -este sí extraordinario y repleto de acontecimientos trascendentales- el cual aflora de continuo en la novela como telón de fondo -en el que, sin embargo, no se ahonda- que enmarca la acción.

El libro se estructura en dos planos, que se alternan y complementan. Por un lado, asistimos, con un desarrollo cronológico convencional, al relato de la propia Amory, que recrea los episodios fundamentales de su vida -en una narración con un tono cercano al del diario, en primera persona- desde su nacimiento y el significativo error del anuncio puesto por su padre en el londinense Times (El 7 de marzo de 1908, Beverley y Wilfreda Clay tuvieron un hijo varón, Amory), hasta un momento que se presume final -y del que, siguiendo una costumbre habitual en mis reseñas y que ya conocéis, no quiero avanzar información alguna-, cuando, adentrándose ya en la ancianidad, la protagonista se recluye en una cabaña, de difusa herencia familiar, en Barrandale, un paraje solitario en una perdida isla escocesa. Y es aquí, en este sosegado retiro de su personaje, en donde Boyd sitúa el segundo frente de la novela, pues la trama argumental que avanza en primer plano con el siglo, se interrumpe a cada poco para presentar el llamado Diario de Barrandale (siendo esta vez diarístico no solo el tono sino el planteamiento mismo de los textos) que, escrito en un aparente presente de 1977 e integrado formalmente entre los distintos momentos de la narración principal, comenta y analiza los hechos del pasado en una especie de glosa retrospectiva para completar y enriquecer nuestra visión de esa fecunda vida que se extingue.

Y con esa estructura dual la novela fluye, precisa y arrebatadora, entretenida y agilísima, haciendo su lectura absorbente y adictiva, para darnos cuenta de la personalidad de un ser humano muy atractivo, de una mujer intensa y singular, sensible y apasionada, mientras vemos pasar a su lado, casi íntegro, como se ha dicho, un siglo XX repleto de sucesos decisivos para la humanidad. Me detendré en un sucinto análisis de ambos frentes, el psicológico y el sociológico (por así llamarlos), como breve cierre a este comentario.

Amory, una niña en esas primeras “escenas” que he transcrito en mi introducción, se interesa, desde muy pequeña, por la fotografía, una afición de la que acabará por hacer un modo de vida (Me gustaba fotografiar a gente en acción: caminando, bajando las escaleras, corriendo, saltando y, lo más importante, que no miraran hacia la lente de la cámara. Me encantaba el modo en que la cámara era capaz de captar esa animación suspendida e irreflexiva. La imagen de alguien completamente detenido en el tiempo: su siguiente paso, su siguiente gesto, su siguiente movimiento, incompletos para siempre. Detenidos en aquella postura, por mí, con el chasquido del obturador. Creo que entonces ya era consciente de que solo la fotografía podía hacer eso con tanta confianza, con tan poco esfuerzo. Solo la fotografía podía llevar a cabo ese truco mágico de detener el tiempo, de capturar ese milisegundo de nuestra existencia, permitiéndonos vivir para siempre). En el ejercicio de su profesión Amory vivirá una existencia intensa y en el fondo feliz (Mis setenta años han sido ricos e intensamente tristes, fascinantes, divertidos, absurdos y aterradores -a veces-, difíciles, dolorosos y dichosos. Complicados, en otras palabras), cuya narración, por sí sola, mantendría vivos el interés y la atención del lector (Sí, mi vida ha sido muy complicada, pero me doy cuenta de que son las complicaciones lo que más me ha atraído, lo que me ha mantenido con vida). Los ricos e infrecuentes hechos a los que asiste o de los que forma parte convierten su transcurrir por el mundo en una experiencia singular, muchas veces insólita y siempre fascinante (Pensaba en lo desconcertante y extraña que es la vida, en la manera tan complicada en que a veces te lanzaba esas “bolas con efecto”, como solían decir los soldados en Vietnam. A veces tenía la impresión de que mi vida estaba compuesta completamente de bolas con efecto y sorpresas inoportunas. Ninguna hija espera que padre intente matarla metiendo el coche en un puto lago. Ninguna joven fotógrafo espera que la procesen por obscenidad, ni unos putos fascistas casi la maten de una paliza). En cualquier caso, y en esta dimensión más íntima, nos interesan sobre todo sus reflexiones, sus emociones, sus pensamientos en torno a sus muy particulares vivencias, al modo en que se manifiesta en este muy significativo fragmento, que encierra -de manera velada y tangencial- una clave de una obra que pese a lo que de él pueda deducirse es vitalista y alegre, ilusionante y pletórica: ¿Es cierto que la vida no es más que una larga preparación para la muerte, lo único de lo que podemos estar seguros los miles de millones de habitantes de la tierra? Las muertes que presencias, las muertes de las que oyes hablar, de los que están cerca de ti, las que puedes causar o provocar, aunque sea sin querer (pienso en mi perro, Flim), te preparan, de manera sigilosa y acumulativa, para tu futura partida. Pienso en las muertes con que me he encontrado -las que me han dejado destrozada, las muertes de desconocidos que he visto por casualidad- y comprendo que me han llevado hasta este punto de vista, esta convicción intelectual que ahora mantengo. Cuando eres joven no te das cuenta, pero a medida que envejeces esa constante acumulación de saber te va aleccionando, se vuelva cada vez más pertinente para tu propio caso.
Pero entonces me pongo a pensar, le doy vueltas a esta idea. Todas las muertes con que te encuentras, ¿suponen algo positivo en tu vida? Tu historia personal de la muerte te enseña lo que es importante, lo que hace que valga la pena estar vivo: ser un ser que siente, que respira. Es una lección clave, porque si ya sabes eso, también sabes lo contrario: cuándo ya no vale la pena seguir viviendo, y entonces puedes morir feliz.

Para mejor recrear la vida inventada de su personaje, William Boyd acompaña su relato de numerosas ilustraciones fotográficas, placas supuestamente realizadas por Amory Clay. En realidad, durante años él mismo fue recopilando, en bazares y mercadillos, en rastros y librerías, alrededor de dos mil fotografías -de orígenes y autores diversos, con temas y protagonistas muy disímiles entre sí- de las que, al final, unas setenta y tres aparecen en el libro. El propio autor cuenta en distintas entrevistas que he podido leerle el modo en que dio con la foto de la “propia” Amory, que acabó por ocupar la portada del libro: Fue un amigo quien encontró la fotografía de Amory Clay en una parada de autobús. “Estaba en el suelo. La recogió. Me la envió. Y yo me dije que era una señal, que aquella chica en bañador era Amory”. Este interesante juego de realidad/ficción permea toda la obra, ya desde su cita inicial, autoría de un Jean-Baptiste Charbonneau del que sólo hay constancia en el mundo “real” como explorador americano muerto en 1866 -siendo la cita de un supuesto volumen de 1957-; aunque así se llama también un personaje que aparece en la novela, escritor y por lo tanto plausible “autor” de la reflexión que la abre. Una cita, por cierto, que explica no solo el “suave caricia” del título, sino, sobre todo, su espíritu optimista e ilusionado, dichoso y vivificante: Dure lo que dure vuestra estancia en este pequeño planeta, tanto da lo que ocurra en ella, lo más importante es sentir -de vez en cuando- la suave caricia de la vida.

Y en esta narración autobiográfica, Amory se nos presenta en diversos episodios que tienen como marco algunos de los principales hitos del siglo XX: la primera guerra mundial de la que el padre es una víctima superviviente; el deslumbrante y caótico y transgresor Berlín de los años veinte previos al auge del nazismo; la efervescente Nueva York de los treinta, bulliciosa y espléndida pese a los efectos de la Gran depresión; los aciagos días de la segunda contienda, con una especial mención a los insidiosos atisbos del fascismo británico ejemplificados en la violencia de los grupos pronazis de Oswald Mosley; la guerra fría, las pacíficas revoluciones hippies y la contestación a la guerra del Vietnam, a la que nuestra protagonista asistirá, ya una mujer madura, en su último trabajo como fotógrafa. Pero este escenario aparece, ya se ha dicho, como un mero decorado en el que no se profundiza, tratado de un modo ligero y casi anecdótico, sin apenas hondura, muchas veces a través de meras referencias aisladas que cruzan el texto sin mayor desarrollo, como por ejemplo: Y el mundo giraba y la historia transcurría: la incendiaria destrucción del dirigible Hindenburg, la guerra chinojaponesa, el estreno de Blancanieves y los siete enanitos. O también: Me enteré de que Alemania se había anexionado Austria, que un meteorito de quinientas toneladas había aterrizado cerca de Pittsburgh, Pensilvania, que se había inventado algo llamado café “instantáneo”, de que Orson Welles había emitido por la radio La guerra de los mundos y había sembrado el pánico. E incluso: Los bombardeos alemanes de Londres, que Japón había invadido Singapur, que el Afrika Korps había recuperado Tobruk, que la armada de los Estados Unidos había triunfado en la batalla del mar del Coral. En todos los casos se trata de simples notas para dotar de “color” a la narración, como lo son también Irwin Shaw, George Stevens, John Steinbeck o Marlene Dietrich, entre otros, que comparecen en el libro, meros nombres sin “densidad”, sin ulterior tratamiento o justificación, para “anclar” su acción en la cronología del siglo. Así ocurre igualmente con las fotografías elegidas por Boyd para ilustrar el relato, las cuales, más allá de su interés intrínseco, le sirven para documentar el acontecer de los años e incluso -casi imperceptiblemente- la evolución del propio arte fotográfico.

Y otro tanto sucede con la música, de la cual se dejan en la novela algunas muestras de canciones que ayudan a datar la época. Es el caso de Ain’t she sweet, de Gene Austin, al que no se cita, como tampoco a los Beatles, que hicieron una solvente versión; It Happened in Monterey, conocida por su interpretación de Frank Sinatra, que tampoco es mencionado; Bobbie Shafto; o el Walk On By que popularizó Dionne Warwick, y que es el tema que he elegido para cerrar esta reseña.

Interesante novela, en cualquier caso, pese a sus sombras, esta Suave caricia. Las muchas vidas de Amory Clay, que presenta en Alfaguara William Boyd y que os recomiendo con contenido entusiasmo (valga el relativo oxímoron).