Vivo entre muchos libros y extraigo una gran parte de mis ganas de vivir del hecho de que aún leeré la mayoría de ellos. (Elias Canetti)

miércoles, 7 de abril de 2021

IVAN DOIG. VERANO EN ENGLISH CREEK; UNA TEMPORADA PARA SILBAR

Hola, buenas tardes. Bienvenidos a Todos los libros un libro, el espacio de propuestas de lectura de Radio Universidad de Salamanca. Desde la emisora universitaria salmantina os saluda Alberto San Segundo en este primer programa del tercer trimestre del curso. Cerrábamos hace quince días las recomendaciones del segundo trimestre con tres libros, Tierra de mujeres, Almáciga y Cuaderno de campo, de la veterinaria y poeta María Sánchez, que concitaban en sí dos rasgos significativos: la autoría femenina, lo que nos permitía situar mi sugerencia en el seno de un mes de marzo dedicado a la literatura de mujeres, a partir del Día internacional de la mujer que se celebra el 8 de ese mes, y la vinculación -siquiera lateral- de las obras a lo que ha dado en llamarse la nature writing, los textos -novelas, ensayos, crónicas, reportajes, relatos de aventuras- centrados en la naturaleza en sus diferentes manifestaciones, animal, mineral y, sobre todo, vegetal, pues el pasado 21 de marzo se “festejó” el Día internacional del árbol y los bosques. Hoy quiero presentaros un par de libros, que de un modo no directo y sí tangencial pueden conectar con ese movimiento literario tan de moda en los últimos años. Se trata de dos novelas de Ivan Doig, que vivió entre 1935 y 2015, un formidable escritor, nacido y crecido en Montana -el estado del noroeste de Estados Unidos, en la frontera con Canadá- y que centró su obra en ese territorio, a caballo de la realidad y la leyenda, que tan bien conocía. Doig recrea en sus libros una Montana rural, de clima extremo, de paisajes espléndidos, de grandes praderas y montañas imponentes (las que integran las Montañas Rocosas, la bien conocida y escarpada cadena), un mundo primordial, sencillo y salvaje, en el que las peripecias de sus personajes se muestran entre retazos de la historia y la mitología -la de la conquista del Oeste- fundadora del inmenso país norteamericano. La editorial Libros del Asteroide ha publicado dos de sus novelas, las que hoy traigo aquí, Verano en English Creek, que apareció en 1984 como la primera entrega de una trilogía sobre Montana que esperemos acabe viendo la luz íntegramente en nuestro país, y Una temporada para silbar, más reciente, de 2006. Las ediciones españolas, traducidas por Vanesa Casanova y Juan Tafur, respectivamente, son de 2013 y 2011, en orden inverso al de su presentación originaria. 

Verano en English Creek nos presenta, en una narración con elementos claramente autobiográficos, a John Angus -Jik- McCaskill, un adolescente (Tenía catorce años y apenas quedaban tres meses para mi próximo cumpleaños) de English Creek -un pueblo ficticio fruto de la imaginación de Doig, aunque con un evidente anclaje en los escenarios reales de la infancia del autor-, que vive, con la intensidad, la emoción, la curiosidad, la incertidumbre y la perplejidad propias de su edad, los meses estivales de 1939 (un año relevante, con la Segunda Guerra Mundial a punto de empezar, aunque sus ecos sean muy tenues, todavía, en la lejana Montana), en una etapa de su vida en la que el pasado y las costumbres y valores de la niñez siguen vivos en él, aunque ya languidecientes, y comienzan a apuntar los primeros atisbos de una existencia adulta que, sin embargo, aún no puede comprenderse cabalmente; ese complicado y doloroso paréntesis indispensable para cualquier crecimiento (Aquella situación de tener edad suficiente como para estar casi a punto de todo y ser demasiado joven como para entrar de lleno en el meollo de las cosas): ya apenas oruga y todavía no del todo mariposa. Esta es, pues, la primera importante dimensión del libro: estamos ante una novela de iniciación, un fecundo tópico de la literatura universal en el que Doig se adentra con, sin embargo, un muy particular enfoque. 

El libro se narra siempre en primera persona, lo que propicia la identificación del lector con el protagonista, un entrañable Jik cuya voz, cuya perspectiva, cuyos sentimientos y emociones conocemos así de primera mano (un narrador que, en más de una ocasión, se dirige directamente a quienes le leen -¿saben?-, nos interpela, busca nuestra aceptación, nuestra aquiescencia, nos reta -prueben a ir por ahí-, construye con nosotros una suerte de diálogo cercano, casi íntimo). En el curso de esos escasos tres meses -el relato da comienzo en junio y el chico cumplirá quince años el cuatro de septiembre- vivirá todos los “protocolos” de la infancia en aquel perdido mundo rural: los trabajos en el campo, el conteo de las ovejas, las tareas como vivandero, las ocupaciones circunstanciales (de ingeniero de letrinas y de jinete al amanecer y de mecánico para la siega y de rastrillador, además de curioso adolescente de quince años, resumirá con humor), las fiestas comunales, los rodeos, los bailes, las conversaciones con los adultos, las excursiones a caballo por las montañas con su padre, guarda forestal y responsable del Bosque Nacional de la región, las duras tareas de extinción de incendios, los conflictos familiares, la ambigua admiración hacia su hermano mayor, la devoción por su madre, la respetuosa obediencia a su progenitor. Y todo ello experimentado con plena conciencia de hallarse en un momento decisivo de su vida, sabedor de que, con cada nuevo suceso, con cada nueva aventura, protagoniza una suerte de rito de paso que lo hará alejarse -con nostalgia; uno de los rasgos de la obra, como luego veremos- de la niñez irremisiblemente perdida y adentrarse, titubeante, en una realidad desconocida (Empezaba a parecer un verano en el que cada vez que me daba la vuelta, alguna peculiar aventura comenzaba a abrirse paso bajo mis pies), a la vez turbadora y fascinante. En la novela afloran de continuo estas reflexiones del chico en las que, con lucidez, describe el modo en que vive ese “tránsito” juvenil: Es posible que fuera allí mismo donde pasé de la edad de berrear a la de soltar tacos, concluirá, significativamente. Y también: Vaya, ahí estaba yo, en el mismo punto de siempre. Con las mismas dudas que al principio. Tal era la condición crónica de Jick McCaskill, de catorce años y once meses de edad, cuyo pronóstico seguía siendo reservado. La exposición de ese agitado estado del alma del muchacho, con sus conflictos, la permanente expectativa, el ansia de independencia y aventura, el apego a la familia y la añoranza de un vínculo que se diluye, el recuerdo triste de lo que ya se está dejando de ser, la búsqueda de experiencias, la constante sorpresa ante los misterios del mundo, la inagotable curiosidad, el torrencial caudal de preguntas, el interés por conocer el pasado, el origen familiar, los secretos de los padres, el tímido atisbo del amor que aún no merece tal nombre, mera imprecisa atracción hacia las chicas, impregna, con un intenso aroma de nostalgia, la novela entera y es, sin duda, uno de los más consistentes motivos para su disfrute. Como en este elocuente párrafo: No siempre se corresponde lo que decimos con lo que somos capaces de hacer. Mucho después, era ella, afirmará Jik de su madre, más que ninguna otra persona la que volvía una y otra vez al punto donde nuestras cuatro vidas se habían separado. «El verano en que...» empezaba a decir y, como si hubiéramos oído el canto de tres notas de un herrerillo, con aquellas palabras sabía que había vuelto a recordar alguno de los acontecimientos de aquel último verano en English Creek. 

Como lo es también -elemento decisivo en la brillantez y el interés del libro- la descripción del entorno, en su doble vertiente, histórico/sociológica -el pueblo, sus habitantes, las costumbres de la vida en la Norteamérica rural a finales de los años treinta del siglo pasado-, y ambiental, con la poderosa presencia de una naturaleza grandiosa que marca la existencia de quienes la habitan. 
 
En ese primer frente, el del fiel reflejo de la realidad de un espacio y un tiempo, conoceremos en detalle, pues la narración de Doig es prodigiosa en la recreación del “escenario”, la cotidianidad de los pueblos -la presentación de Gros Ventre, también inventado, nos lleva a la iconografía tantas veces representada en las películas del Oeste, como podréis comprobar en el largo texto que os dejo como cierre a esta reseña-. Un día a día que se ilustra con estampas de las tareas en el campo, las rudas labores de siega, las muchas actividades vinculadas al cuidado y explotación del ganado, la competencia y las disensiones entre vaqueros y pastores “ovejeros”, el dominio depredador de los poderosos -aquí encarnado en la Doble W, la “marca” de Wendell Williamson, que se apropia, por medios no siempre “regulares” de las tierras de los campesinos empobrecidos (sus posesiones vendidas por debajo de su valor, la familia desaparecida de estos lares, como reiterará, en un discurso emocionante, la madre de Jik)-, la elaboración de conservas por las mujeres, las modestas ceremonias religiosas, las desaforadas borracheras de fin de semana de unos hombres sin demasiados estímulos en su tiempo libre, los juegos de los niños y su limitada y a menudo pronto abandonada instrucción (ámbito este, el de la escuela, nuclear en Una temporada para silbar), las fiestas campestres, los cánticos y los bailes (fidedigno y muy apreciable el retrato, en un capítulo formidable, de las square dance, quizá la danza estadounidense más popular, muy reflejada también en el cine), los conflictos entre vecinos, la heterogeneidad de orígenes de los habitantes de la zona -en otro rasgo definitorio de un Estados Unidos de aluvión, cuya historia comienza allí donde empieza la historia de todos los colonos del Oeste americano: en otro lugar-, con el ejemplo paradigmático de los McCaskill, escoceses -la región era conocida, en aquellos días, como “El Paraíso de los escoceses”- cuyos antecedentes y tradiciones aparecen también en el relato. Y está también la presencia -muy difusa y apagada- de las tribus indias, sobre todo los pies negros. Y todo ello engarzado con oportunas y reveladoras referencias a la entonces aún muy joven “biografía” de los Estados Unidos, tanto en las etapas relativas a la aventura originaria de los pioneros, como las que tienen que ver, en un marco más local, con el nacimiento del estado de Montana. En particular, son también magníficas las abundantes alusiones a las consecuencias de la Gran Depresión que aún se hacían notar una década después de su inicio y que se describen con un grado de verosimilitud e intensidad similar a los que definen la gran obra maestra sobre el tema, Las uvas de la ira, de John Steinbeck, ya comentada en el espacio hace algunos años. 

El marco histórico y social se complementa, indiscernible de él, con el entorno ambiental, la enorme variedad de la naturaleza en la región, los densos bosques, las montañas siempre cambiantes de cumbres heladas, las vastas praderas que poco tiempo atrás aún albergaban interminables manadas de búfalos, la profunda soledad y la ilimitada libertad en los paseos a caballo por los agrestes caminos montañosos, los ríos de aguas limpísimas rebosantes de truchas, la naturaleza extrema, el asfixiante calor estival, los pavorosos incendios, amenaza constante y principal preocupación en verano para el padre de Jik (Llegado ese punto del verano, y además un verano tan cálido como aquel, los incendios ocupaban por completo la mente de cualquier forestal. La gente solía contar ese chiste de un funeral donde el sacerdote preguntó si alguien quería ofrecer algún recuerdo del difunto. El forestal fue el primero en ponerse en pie y dijo: «El viejo Tom no era de lo peor que he conocido. Y a continuación me gustaría añadir algunas palabras sobre la prevención de incendios»), cuyo trabajo como responsable forestal lo llevará -en un capítulo también soberbio, de un dramatismo y un valor metafórico sustanciales en la novela- a enfrentarse con un fuego devorador en el cercano bosque de Two Medicine. 

Y este medio, reconocible en su nítido correlato histórico, lo pueblan una serie de personajes entrañables, principalmente el cuarteto central, la familia McCaskill, con el joven Jik y su conmovedor pasaje al mundo adulto, un chico cuya inocencia y determinación hacen imposible que el lector no se encariñe con él; su hermano Alec, cuatro años mayor y que provocará, al comienzo de la novela, el primer conflicto familiar, con su impetuoso amor juvenil por Leona, su ansia de independencia, su rechazo a iniciar la carrera universitaria que sus padres ansían y para la que está dotado, y su voluntad de convertirse en vaquero, recluyéndose de por vida en el limitado microcosmos que representa English Creek; el padre, Varick McCaskill, del que conoceremos sus antecedentes (Mi padre pertenecía a la primera generación nacida en territorio ignoto. Estoy convencido de que lo mismo ocurrirá cuando nazca gente en la Luna o en otros planetas, en una imagen poderosa que traslada con nitidez las condiciones de esa heroica y seminal aventura de la conquista del Oeste), un hombre sencillo, buena persona y responsable, firme pero comprensivo, distante y, a la vez, afectuoso, entregado con convicción y autoridad a su trabajo en el Servicio Forestal; la madre, Lisabeth Reese, de orígenes daneses -que también se nos relatan, amplificando así el alcance de la novela, dotándola de esa dimensión histórica de la que hablaba antes-, una extraordinaria mujer que la tierna mirada de su hijo ennoblece: inteligente, decidida, valiente, cariñosa bajo la apariencia -muy superficial y ligera- de desapego y autonomía, libre, atrevida, entregada a su familia, enamorada de su marido, volcada en sus hijos, muy consciente de lo que suponía haber nacido mujer en una región en la que predominaban maneras tan masculinas de ganarse el pan; una figura en apariencia menor pero sustancial, que deja huella, en la vida del muchacho y en la del emocionado lector. Y junto a ellos una serie de secundarios en su mayor parte inolvidables, que dan cuerpo a otra de las ideas clave del libro, el valor de lo colectivo, de la solidaridad, de los vínculos comunitarios, tan relevantes en aquel lejano Oeste en el que la supervivencia individual dependía, en gran medida, de la del grupo (de alguna manera me daba la impresión de que existía alguna conexión, de que cualquier historia de una persona del Two estaba ligada a la de cualquier otra persona de esta tierra. Que, para hallar el total, era preciso sumar una parte de cada una de las vidas a todas las demás; así, Verano en English Creek, puede ser leído también como un preciso fresco social): el borrachín Stanley Meixell, con un secreto en su pasado, objeto de la admiración de Jik; Leona Tracy, la guapa novia de Alec, cuya belleza perturba a nuestro joven protagonista; el viejo Toussaint Rennie, historia viva del lugar, que guarda en su memoria cuanto ha sucedido en la región desde el siglo XIX; el legendario Benson English, que dará nombre al pueblo; Velma Croake Bogan Sutter Simms, mujer despampanante que arrastra en sus interminables apellidos la historia múltiple de sus muchos matrimonios; Peter Reese, hermano de la madre de Jik; el fiel amigo Ray Heaney; Walter Kyle, Andy Gustafson, Sanford Hebner, Cañada Dan, Pat Hoy, Prudencio Johnson, y los Busby, los Dode, los Withrow, peones y ganaderos, pastores y trabajadores del campo; el implacable Wendell Williamson; y Marcella Withrow, de aparición casi imperceptible, episódica, pero que acabará casándose con Jik, y no desvelo nada sustancial, pues esta circunstancia no forma parte de la trama y solo se mencionará en el capítulo final del libro en el que, décadas después de los hechos narrados, su protagonista, ya adulto, da cuenta de sus recuerdos. Ese cierre de la novela, con el mucho tiempo pasado, no solo nos permitirá “escudriñar” en el futuro de los personajes con los que hemos “convivido” durante cuatrocientas setenta y cinco páginas (el libro apenas llega a quinientas), conociendo así muertes y nacimientos, giros del destino y evolución de las trayectorias personales, sino que hace explícitas y acentúa las notas de tierna nostalgia que han impregnado la novela entera. He aquí el revelador -sobre todo en el tono- comienzo del capítulo: 

Todas aquellas personas del verano de 1939 en English Creek me acompañan todavía, aun cuando muchas de ellas ya no estén con vida. Cuando abres un libro por primera vez, las páginas se pegan las unas a las otras y, al apartarlas, se separan dejando escapar a regañadientes un sonido. Es algo que nunca vuelve a suceder: ni esa renuencia a separarse, ni ese tenue sonido. Quizá ese sea mi caso, que aquel decimoquinto verano de mi existencia fuera un nuevo libro con sus páginas aún frescas. Mis recuerdos de aquellas personas, de aquellos tiempos y de lo que fue de todos ellos: a ellos dedico las últimas líneas imperecederas de ese libro para poder contemplarlas una y otra vez. 

Y es que -y con ello cierro mi comentario del libro, antes de añadir alguna breve nota sobre la otra novela, también magnífica, Una temporada para silbar- esos rasgos de melancolía, de sencillez, simplicidad y ternura, de profunda humanidad que se concentran en las páginas finales de Verano en English Creek tras haber comparecido de continuo en la narración constituyen otro de los elementos de mayor atractivo -quizá el más sugestivo- de la literatura de Ivan Doig. El tiempo que pasa y nos cambia, los recuerdos de la infancia, las experiencias adolescentes que marcan nuestra vida y la configuran, el crecimiento y la madurez, la amistad y el amor, la relevancia de los vínculos y los afectos familiares, la importancia de la comunidad, el sentido de pertenencia, los valores, el compromiso, la nobleza, la fidelidad, la naturaleza como maestra de vida, los sueños, la búsqueda del sentido último de la vida… son “subtemas” de un libro espléndido que no deberíais dejar de leer. 

Como ocurre también con Una temporada para silbar, del que, por desgracia, ya solo dispongo de tiempo para un resumen apresurado. Baste decir pues, a modo de breve síntesis, que la mayor parte de los elementos destacados apuntados en relación con Verano en English Creek están presentes también en esta otra novela que comparte con aquella escenarios, atmósfera, rasgos estilísticos y, me atrevo a decir, intención por parte del autor. Con una trama argumental distinta, como es obvio, podríamos decir que ambos libros son la misma novela. Montana, sus gentes y sus paisajes, el elogio de la vida rural y la alabanza de la naturaleza (con alguna mención expresa a Thoreau), las montañas y las praderas, las faenas agrícolas, la aún tímida pero notoria industrialización del campo, las pinceladas sobre la historia del país, los colonos de orígenes diversos, los cambios sociales, la infancia, el momento vital del protagonista -la adolescencia- en que se fija la mirada del autor, el papel primordial de la familia, la nostalgia y los recuerdos, la sencillez en las formas de vida, la reivindicación de lo colectivo y la solidaridad, los valores compartidos, la responsabilidad, la bondad, la entrega, son elementos muy relevantes -constitutivos, podríamos decir- de los dos libros. 

En las primeras páginas de Una temporada para silbar conocemos a la familia Milliron, habitantes de Marias Coulee, un pueblo ficticio pero reconocible de Montana (el río Marias es un afluente del Misuri que, efectivamente, surca el estado). Estamos en octubre de 1909. Los Milliron son el padre, Oliver, un esforzado granjero viudo, y los tres hijos, Paul, de trece años, que narrará la historia, Damon y el pequeño Toby. La reciente muerte de la esposa y madre los ha dejado tristes en lo personal y desarbolados en lo relativo a la intendencia doméstica. En un periódico local encontrarán un anuncio que cambiará sus existencias: 

NO COCINA, PERO NO MUERDE 
Viuda se ofrece como ama de llaves. Buenas costumbres, disposición excepcional. Ninguna habilidad culinaria, pero un diez en las demás tareas del hogar. Sueldo negociable, pero debe incluir billete de tren hasta Montana; compromiso de un año de cuidados sin igual para su hogar. Se ruega responder a: Apartado 19, Oficina de Correos de Lowry Hill, Minneapolis, Minnesota. 

La inmediata llegada de la guapa viuda Rose Llewellyn, que acompañada de su hermano Morris -un individuo muy peculiar-, arriba al hogar familiar para hacerse cargo del puesto de ama de llaves, es el desencadenante del libro, en el que un ya maduro Paul, ahora -cuarenta años después, a finales de la década de los cincuenta del pasado siglo- convertido en Superintendente de Instrucción Pública que vuelve al pueblo con el mandato oficial de cerrar -por razones políticas- la escuela unitaria en la que él y sus hermanos estudiaron, desgrana sus recuerdos de aquel año trascendental en su propia vida y en la de sus allegados. La novela entrelaza las reflexiones de Paul desde su presente de 1957 con, sobre todo, los episodios del curso escolar 1909-1910, fechas ambas vinculadas con dos acontecimientos “objetivos” (en una prueba más de esa seña de identidad de los libros de Doig, las connotaciones históricas de sus obras), de importante valor metafórico en la trama: el paso del cometa Halley, en 1910, y el lanzamiento del Sputnik por la Unión Soviética, que representó el comienzo de la carrera espacial entre Estados Unidos y la URSS. 

En la infancia del muchacho, un chico despierto y muy inteligente, ocupará un lugar destacado esa escuela que ahora, por decisiones de las autoridades educativas que escapan a su control, debe cerrar. La ausencia, en aquellos días de 1909 de la maestra “oficial”, que huirá con un convincente predicador que llega a la zona, dejará las clases en manos del singular Morris Llewellyn, que se convertirá en una figura amada por todos -singularmente lo niños- y decisiva para el futuro académico y profesional de Paul. El libro da cuenta de ese excepcional -en todos los sentidos- curso académico en la escuelita rural en una novela entrañable y, en su sencillez y planteamiento algo tópico, literariamente estimable, más allá de un final algo enrevesado y artificioso, forzado y poco verosímil que disuena del tono y el enfoque del resto de la obra, por lo demás muy apreciable. 

En fin, no dejéis de adentraros en los hermosos parajes de Montana con la lectura de estos dos muy interesantes libros. Os dejo ahora, como cierre a mi reseña, una canción, Follow the Drinking Gourd, que los niños de la escuela interpretan en una escena destacada de Una temporada para silbar. Se trata de una canción popular de la época de la guerra civil americana. Según la tradición, los esclavos que se fugaban de las plantaciones del Sur camuflaban en la letra los hitos de la ruta hacia el Norte, donde los aguardaba la libertad. El título, Sigue la calabaza del agua, hace referencia a las calabazas huecas que usaban para beber y era el nombre en clave de la Estrella Polar. Aquí os la ofrezco en la versión de Richie Havens. 


Aproximadamente en una hora y media, mucho mejor tiempo de lo que yo habría calculado para una cabalgada desde la estación de English Creek, Ratón y yo nos encontrábamos ya en lo alto del pequeño promontorio situado cerca del desvío que llevaba a casa de Charlie Finletter, el último rancho antes de llegar al pueblo. 

Durante el siguiente kilómetro y medio, Gros Ventre parecía un verde banco de nubes: los álamos se inflaban de tal manera que era preciso mirar con atención para encontrar algún rastro de casas entre ellos. Los barrios de Gros Ventre estaban rodeados de dobles hileras de álamos, la primera hilera de árboles recorría el jardín delantero y la segunda separaba la acera de la calle. La misma columnata se repetía al cruzar la calle. Naturalmente todo aquello se había construido hacía cincuenta años o más y desde entonces había transcurrido tiempo suficiente para que los álamos crecieran muchísimo. Junto a las arboledas que ya crecían de antiguo en English Creek antes de que Gros Ventre existiera, los árboles de las calles formaban prácticamente una techumbre que cubría toda la ciudad. Aquel dosel de chopos era maravilloso, especialmente justo antes de que lloviera, cuando las hojas empezaban a temblar y repiquetear como si fueran hojas de papel. Entonces toda la ciudad se estremecía y el sonido repuntaba cuando una ráfaga de viento del oeste preludiaba la lluvia y a continuación el aire se llenaba de agua que caía sobre todo aquel follaje. En Gros Ventre incluso un simple chaparrón nos parecía un verdadero acontecimiento climatológico. 

La carretera de English Creek se adentraba en el pueblo pasando por delante del instituto, uno de esos edificios ajados de dos pisos construidos a base de ladrillo, al parecer la única manera de construir institutos en aquellos tiempos. Sacudí las riendas de Ratón y lo obligué a apretar el paso, para no tener que pensar en aquello más de lo necesario. Debíamos cruzar el pueblo en dirección al extremo noreste, donde estaba la casa de los Heaney. 

Ratón y yo entramos en la calle Mayor por la esquina del banco First National, y en ese punto no pude evitar detenerme un instante para contemplar Gros Ventre aquel Cuatro de Julio, algo que volví a hacer antes de dirigir a Ratón calle arriba en dirección norte. 

La tienda de ultramarinos de Hedwig, con su fachada cuadrada de madera a la antigua usanza y el cartel de Eddy anunciando el pan en la ventana. 

La tienda de ropa de los Toggery, con un tejado de terracota parecido al glaseado de una tarta. 

La droguería de Musgreave, con el espejo detrás de la fuente de refrescos para que cualquiera pudiera sentarse a tomar un batido —suponiendo que alguien pudiera permitírselo, lo cual no siempre era el caso en aquellos tiempos— y controlar así el tráfico del pueblo. 

El taller de coches de Grady Tilton. 

La guarnicionería para la reparación de cuero y sillas de montar de Dale Quint. Quizá para ofrecer una descripción adecuada de Gros Ventre en aquel entonces bastaría decir que aún tenía curtidor pero aún no tenía dentista. Para arreglarse los dientes había que acudir a Conrad. 

Las tabernas, Pastime y Spenger’s, aunque Dolph Spenger llevaba muerto más de una docena de años. 

El cine Odeon, el único lugar en todo el pueblo con su nombre escrito en letras de neón. Otra de las señas de modernidad del Odeon era su costumbre reciente de exhibir la película dos veces el sábado noche, la primera sesión a las siete y media y la segunda a las nueve. 

La oficina de correos, el único edificio nuevo en Gros Ventre desde que yo tenía memoria. Aquel había sido un proyecto del New Deal, con su mural de la expedición de Lewis y Clark alrededor de las cataratas Great Falls del río Misuri en 1805. Puede que Lewis y Clark no fueran desconocidos para los usuarios del servicio postal del Two, pero York, el esclavo negro de Clark que descollaba entre los porteadores como una pantera negra en un campo nevado, sin duda alguna sí lo era. 

La pequeña biblioteca Carneggie con su pared de estuco, sus escaleras y su pórtico ornamentado como si hubieran intentado construir un templo pero se les hubiera acabado el dinero. 

Frente a la biblioteca se encontraba el escaparate más pequeño de la ciudad, donde Gene Ladurie tenía su sastrería hasta que perdió la vista; ahora se ubicaba allí el taller de costura de la WPA. 

El Lunchery, que regentaba Mae Sennett. En las ocasiones en las que acompañaba a mi padre y utilizaba los cheques para comida del Servicio Forestal, siempre elegíamos el Lunchery y pedíamos estofado de ostras. Naturalmente eran ostras enlatadas, pero todavía puedo ver aquel bol con la leche amarillenta por aquel manchurrón de mantequilla que se iba deshaciendo en medio. Si además era Mae Sennett la encargada de servirnos, siempre nos avisaba: «Cuidado con las bayas de ostra», refiriéndose a las perlas diminutas que a veces aparecían en el plato. Tengo que decir que aún hoy no me siento del todo cómodo comiendo en ningún establecimiento que carezca de esa vieja pátina de marfil gastado en las paredes que sí tenía el Lunchery. Una buena prueba de la solera de aquel local y de que su carta ofrecía platos lo suficientemente decentes como para que la gente volviera. 

La oficina del doctor Spence. Ubicado frente a la parcela vacía que había junto al doctor, el despacho del abogado Eli Kinder. Un hombre que, curiosamente, ya era conocido cuando las ovejas cruzaban la calle, cuando los rebaños atravesaban el pueblo camino de los pastos estivales en la reserva de los pies negros. Eli se levantaba muy temprano y solía llegar al centro del pueblo al mismo tiempo que las ovejas. Resultaba extraño verlo, ataviado con traje y corbata, ayudando a esas bolas lanudas calle Mayor arriba, pero Eli había crecido en un rancho en las montañas Highwood y sabía lo que se hacía. 

Los negocios de las calles secundarias: la lechería de Tracy, la serrería y ferretería de Ed Heaney y la empresa de carbón y transportes de Adam Kerz. 

Los edificios de los bancos, que delimitaban lo que podríamos llamar el centro: el First National Bank de Gros Ventre con su fachada de ladrillo y, en diagonal, los ladrillos rojizos de lo que había sido el English Creek Valley Stockmen’s Bank. Este último banco había caído a principios de la década de 1920, cuando la mitad de los bancos de Montana se fueron a pique. Ahora el lugar estaba habitado, si bien no exactamente ocupado, por la barbería de una sola silla de Sandy Staub. Por aquel entonces eran típicas de los bancos las entradas lujosas ubicadas en la esquina más cercana a la intersección de dos calles —los bancos de Gros Ventre se miraban desafiantes exactamente de este modo— y, cuando Sandy se hizo con la propiedad del edificio del Valley Stockmen’s, se limitó a pintar uno de los gruesos pilares de granito que servían de soporte al portal con las franjas características de los barberos. 

¿Me he perdido algo? Naturalmente... En el mismo bloque del Valley Stockmen’s estaba la oficina del periódico, cuya luna proclamaba con la misma tipografía de su mancheta: gleaner. A su lado, una empresa más reciente: el Salone Moderne de Belleza de Pauline Shaw. Se contaba que cuando Bill Reinking vio por primera vez el nuevo cartel vecino, asomó la cabeza por la puerta para preguntar a Pauline si estaba segura de que no le faltaba ninguna «e» a «Belleza». 

En cierta ocasión alguien me dijo que los negocios de todas las ciudades y pueblos del Oeste parecían haberse establecido sin orden ni concierto. No era el caso de Gros Ventre. Durante aquellos años de la Depresión, Gros Ventre daba la impresión de estar sufriendo lo suyo y, después de todo lo que había pasado, se veía erosionada, pero para mí el pueblo mantenía la esencia de lo que debía ser. De su aptitud, quizá esa sea la palabra. Ni muy elegante ni una choza. Firme. La colonización de Gros Ventre se remontaba al momento en que algún conductor de carromatos decidió pasar la noche a orillas de algún riachuelo bajo la protección de los álamos. A medida que fue creciendo la ruta de los cargadores entre Fort Shaw en el río Sun y el sur de Alberta, el lugar se convirtió en una parada frecuente conocida como La Mitad, puesto que estaba a medio camino entre Fort Shaw y Canadá, aunque algunos sospechábamos que para aquellos primeros conductores de carromatos el lugar les parecía estar en mitad de ninguna parte. Gros Ventre creció hasta tener unos mil habitantes cuando las primeras hordas de colonos llegaron a Montana en la primera década del siglo. Mi madre aún recordaba haber llegado al pueblo de niña y ver carromatos y más carromatos de inmigrantes camino de las praderas, con un pañuelo blanco atado a uno de los radios de la rueda de manera que pudieran contar las revoluciones para medir los límites de la tierra reclamada. Más tarde aquella población no varió gran cosa, unas cien personas, arriba o abajo.
  Videoconferencia
Ivan Doig. Verano en English Creek. Una temporada para silbar

miércoles, 24 de marzo de 2021

MARÍA SÁNCHEZ. TIERRA DE MUJERES; ALMÁCIGA; CUADERNO DE CAMPO
 
Hola, buenas tardes. Bienvenidos a Todos los libros un libro. Esta semana, el espacio de recomendaciones literarias de Radio Universidad de Salamanca continúa con la serie, que abrimos con ocasión de la celebración, el pasado 21 de marzo, del Día internacional del árbol y los bosques, centrada en libros cuya temática, cuyo propósito o cuya “atmósfera” giran sobre cuestiones relativas a la naturaleza y el medio ambiente. Tras H de Halcón, de Helen Macdonald que de un modo algo forzado incluía en este ciclo de nature writing, hoy le toca el turno a otros tres libros vinculados, también de un modo no demasiado estricto, al mismo ámbito. Se trata, en primer lugar, de un ensayito -y la denominación no es del todo peyorativa- que ha tenido un extraordinario éxito de ventas y -lo que a mi juicio es más sorprendente- de crítica, multiplicando sus ediciones desde su publicación hace un par de años, en febrero de 2019. Su título es Tierra de mujeres, un relato de difícil adscripción genérica -¿ficción?, ¿ensayo?, ¿memoria personal?, ¿manifiesto político?- firmado por María Sánchez, una joven escritora de poco más de treinta años, y que apareció, bajo el significativo subtítulo de Una mirada íntima y familiar al mundo rural, en la editorial Seix Barral. La misma autora presentó a mediados de 2020, aupada por la enorme repercusión de su primer libro (en realidad, el segundo, pues antes había visto la luz un poemario, Cuaderno de campo, del que también quiero hablaros), otra interesante obra, Almáciga. Un vivero de palabras de nuestro medio rural, que ya desde su rúbrica deja claro el planteamiento y el sentido último del contenido que vamos a encontrarnos entre sus páginas. El libro aparece en Geoplaneta, un sello del gigante editorial español, en una edición muy cuidada, con tapas duras, papel de calidad y preciosas ilustraciones de Cristina Jiménez. Cuaderno de campo vio la luz en 2017 en la editorial La Bella Varsovia. La autora de las tres obras acaba de ser galardonada con el Premio Princesa de Girona de 2021, en su categoría de Artes y Letras, por su labor como poeta, escritora y activista en defensa de la cultura rural, y especialmente del papel olvidado de las mujeres en el campo. 

Como mis reseñas son subjetivas, y a ello he apelado siempre, desde el principio de nuestras emisiones, entre otras razones porque carezco de los conocimientos teóricos sobre literatura que pudieran proporcionarme pautas “objetivas”, sustentadas en criterios técnicos, científicos (ambos términos entre comillas) para analizar los libros que comento, puedo permitirme -y además, me veo en la necesidad de hacerlo- el decir que “el personaje literario” de María Sánchez -no la persona, obviamente, a la que no conozco- y su “construcción” mediática me resultan profundamente insoportables, probablemente a causa de mis propios apriorismos ideológicos y ello aceptando, como también resulta evidente, mis mencionadas limitaciones de principio; estoy hablando, pues, de pálpitos, de sensaciones, de una distancia e incomodidad irracionales, aunque, como aclararé a continuación, haya razones que explican -no sé si justifican- ese inicial rechazo. 

No me gusta -e, insisto, se trata de una apreciación meramente personal- la literatura (y la pretensión última, al menos aparente, de Tierra de mujeres, es literaria; no se trata de un trabajo académico o divulgativo y se presenta en una colección de narrativa en una editorial -Seix Barral- claramente literaria; además, al parecer, María Sánchez ofreció su manuscrito a Turner, la editorial que había publicado La España vacía, de Sergio del Molino, del que luego hablaremos, pero lo rechazaron porque el prestigioso sello no publica ficción) en la que de manera abierta y explícita se transmite un “mensaje", se defienden unos postulados, un ideario o una “fe” o, peor aún, se le dice al lector qué debe pensar. No me gusta la literatura que es el vehículo para “colocar” un discurso ideológico o político. No me gustan -ni en la literatura ni en la vida- los lemas, las proclamas, los mantras vacíos, las fórmulas huecas. 

Tierra de mujeres se mueve, como luego detallaré, en torno a dos grandes frentes, bien que imbricados “naturalmente” entre sí: un primer eje, que ocupa la mayor parte del libro, en el que se reivindica -como no puede ser menos- el importante papel que han desempeñado y desempeñan aún las mujeres en el mundo rural y se denuncia -como no puede ser menos- la falta de reconocimiento o el olvido de su trabajo; y una parte final, que se desarrolla en las cincuenta últimas páginas de una obra por lo demás breve, en la que el discurso inicial se muestra a través del ejemplo y la experiencia particular de tres mujeres de la familia de la autora, su tatarabuela, su abuela y su madre. La vertiente teórica, llamémosla así, es -o a mí me lo ha parecido- panfletaria, empalagosamente combativa, sesgada, rezumante de moralina, reduccionista, pobremente ideologizada, repleta de consignas, eslóganes y recetas simplistas, con una lectura de la realidad que se acomoda al molde previo de las ideas de la autora; en suma, inaguantable. Digámoslo ya: Tierra de mujeres es un texto abiertamente feminista y ecologista. Y a mucha honra, como resulta indiscutible. Pero, desde mi punto de vista -cuestionable, por supuesto-, se puede ser feminista y ecologista y partidario del liberalismo económico o defensor de los videojuegos como eficaz recurso educativo o incondicional del “tierraplanismo” o ferviente prosélito de la última tendencia ideológica imperante en este mercado capitalista global en el que se han convertido nuestras sociedades. Se puede, claro está; y se puede, además, escribir una obra literaria en la que se reivindique -en la trama, en el comportamiento de los personajes, en el punto de vista, en el enfoque, en la visión subyacente de la realidad- el feminismo o el ecologismo o cualquier otra causa con la que se simpatice o se quiera sostener. Ahora bien, lo que a mí -“a mí”, vuelvo a insistir; no pretendo instaurar ley alguna, ¿cómo podría?- me resulta “infumable” en una creación artística -no solo en los libros- es que se me dirija, se me diga explícitamente que “hay que ser” feminista, ecologista o amante de la filatelia. Odio, ya lo he dicho, los mensajes en literatura, y odio en particular lo estandarizado, y por tanto vacío, de un discurso trivial, banalizado por la política, en el que a cada poco te asaltan lo patriarcal y la sororidad, entre aseveraciones rotundas, categóricas, intelectualmente inanes y espiritualmente estomagantes como Queremos un medio rural feminista; Juntas, mejor; Para alcanzar un medio rural sostenible, justo e igualitario … entre otras muchas. O como en este párrafo inenarrable: El Ocho de Marzo [sic por las mayúsculas, un detalle muy revelador del dirigismo partidista de la propuesta: la fecha de la celebración particular, importante pero restrictiva ideológicamente, convertida -elevada- en acontecimiento ecuménico…] de 2018 marcó claramente un antes y un después para las mujeres, para el país, hasta alcanzar todas las ciudades del territorio. Las calles y las plazas se convirtieron en una fiesta. Mujeres de todas las generaciones salieron a la calle para alzar la voz, para hacerse ver como nunca. Yo también formé parte de esa marea violeta tan necesaria y llena de luz. Nos dimos la mano, las voces se convirtieron en una, todas juntas, aunque no nos conociéramos, nos reconocíamos, nos apoyábamos. Éramos hermanas (¿también lo eran los millones de mujeres del PP o Ciudadanos o, anatema, Vox, o las que no “son de nadie”, cuya visión del feminismo es otra diferente?... ¿o solo son hermanas las mujeres que comparten no la defensa de la igualdad jurídica y social entre hombres y mujeres, un principio indiscutible, sino los sesgos políticos, culturales e ideológicos de la versión ultraortodoxa del feminismo que se presenta como “universalmente verdadera”? Y espero que esta reflexión no me convierta a juicio del lector apresurado, en defensor de las políticas de los partidos citados; aunque el hecho de alguien haga una interpretación tan delirante me trae, en el fondo, sin cuidado). 

Y todo ello -sigo refiriéndome a esta vertiente combativa del enfoque de Sánchez- contado de un modo algo desmañado, valioso como manifestación de las opiniones personales de la autora, pero irrelevante, a mi juicio, como literatura. Además, la lectura acaba por resultar enojosa y cargante no solo por lo simplista del mensaje, sino también por el énfasis, por el constante subrayado, por la voluntad explícita de la autora de martillear con sus proclamas, como si en su proyecto renunciase de antemano a dejar que el lector piense por su cuenta. En todo momento uno tiene la impresión de que el objetivo último de María Sánchez no sea hacernos pensar en torno a un fenómeno social y económico, cultural y humano, grave, trascendente y por ello necesitado de reflexión profunda, sino en dirigir nuestro pensamiento, hacernos pensar de una determinada manera, ofreciendo al lector, en un mismo paquete, las respuestas a las sin duda interesantes preguntas que plantea. Si a ello le añadimos que, en la mejor -quizá debiera escribir peor- tradición del feminismo militante, la autora parece ser defensora de duplicar la extensión de las frases con el uso frecuente del recurso a los/las (los ganaderos y ganaderas con los que paso prácticamente la mayor parte de mis días. Puestos a ello, ¿por qué no “los ganaderos y las ganaderas”? ¿Por qué no “con los y las que paso”? ¿Escribir un “ganaderos”, omnicomprensivo, sin connotación de género, resultaría, al parecer, discriminatorio o poco “visibilizador” y en cambio se puede mantener -como genérico- ese neutro “los”? En fin...); si a ello añadimos un permanente tono admonitorio y, sorpresa, algo paternalista al empecinarse en guiar nuestra mirada por cauces preconcebidos; si a ello sumamos que la toma de posición combativa de la autora la lleva, incluso, a redactar en femenino, modificándolo -aunque avisando de ello-, un verso de Anna Ajmátova (Unas ya no están y otras están lejos), puede entenderse que la lectura, al menos en mi caso, haya acabado por ser enojosísima. En definitiva, María Sánchez parece escribir para “los suyos” (las suyas, diría ella), y ese reduccionismo simplista me parece moralmente discutible, pero literariamente insoportable. 

Y un apunte más, antes de entrar en el comentario, ya breve, del libro. Otro elemento, aparte de los mencionados, que incrementa mi repugnancia (en el sentido de aburrimiento y aversión) hacia el "fenómeno Tierra de mujeres" (aunque de él no sea responsable, imagino, la autora) es el de la conversión de su éxito editorial en un relativo acontecimiento mediático, con esa bien probada capacidad de los medios de comunicación para digerir hasta los fenómenos más, en apariencia, radicales. María Sánchez no ha dejado de aparecer -y, como es obvio, es bien libre de hacerlo, hasta ahí podríamos llegar- en revistas y suplementos “femeninos”, incluidos los muy brillantes de papel couché con los que los diarios nacionales buscan su coartada moral en este universo del postureo que es la cuestión feminista (y hablo de las connotaciones frívolas, obviamente; nada más legítimo y necesario que la reivindicación de condiciones laborales justas y no discriminatorias entre hombres y mujeres, que la exigencia del acceso igualitario a los puestos de trabajo de unos y otras, que la defensa de las mujeres frente a las odiosas agresiones sexuales, etc.). Bajo la rúbrica, empalagosa donde las haya, de “ecofeminismo”, la escritora ha posado para Vogue y El País SModa en un entorno rural, en una opción necesaria, quizá, de cara a multiplicar la difusión de sus libros o potenciar la repercusión de su “causa”, pero algo contradictoria -la frivolización que la moda conlleva, la repetición de convencionales estereotipos que supone- con los postulados que defiende (Estamos hartas de habitar en reportajes de domingo, escribe en Tierra de mujeres). ¡¡Pero quién soy yo para opinar sobre las posturas personales de cada quién!! Intento explicar, tan solo, por qué su publicitado libro me ha decepcionado pese a las muy altas expectativas -la ilusión incluso- con las que me adentré en sus páginas… 

No obstante, mi “dictamen” no es tan exagerado como pudiera deducirse de mis palabras anteriores. Me he sentido muy incómodo leyendo el libro, es verdad, pero si desproveemos al planteamiento (literario, insisto, no personal) de su autora, de sus incómodas adherencias ideológicas, hay bastantes aspectos valiosos en su propuesta que a mí, pese a lo molesto, en muchos momentos, de la lectura, me han interesado, me han hecho pensar, e incluso han llegado a conmoverme; tanto como para que ahora esté aquí, recomendando a la audiencia de Todos los libros un libro el acercamiento a su obra. 

María Sánchez es veterinaria de campo, conoce bien, por tanto, el tema sobre el que escribe. A su propia experiencia personal y laboral une la tradición familiar: su abuelo fue veterinario y su padre lo sigue siendo. Vengo de una familia que siempre ha estado ligada a la tierra y a los animales, a la ganadería extensiva. Mi infancia está llena de alcornoques, encinas y olivos, algún huerto, despensas y muchos animales, subraya. Su estrecho contacto con el campo, su curiosidad y su mirada atenta al entorno que la rodea, su sensibilidad -que aflora de un modo notorio en un libro tocado por el indudable aliento poético de su autora- y su inteligencia la hacen ser consciente de muchos de los males que hoy aquejan a la realidad rural, en particular aquellos de los que son víctimas las mujeres. En el furibundo alegato que es Tierra de mujeres hay, pues, un análisis general de la situación del campo, y un enfoque más específico guiado por la lectura femenina del asunto. 

Desde el primer punto de vista, la tesis que el libro plantea parte del rechazo a la mirada que hoy dirige nuestra sociedad hacia la vida rural. Una mirada, sostiene, bucólica (el campo como el lugar de la “desconexión”, como esa Arcadia inocente e idílica en la que el urbanita se refugia del estrés y la tensión, de los humos y del ruido, del anonimato y la despersonalización de la vida en las ciudades; un planteamiento que se ha reiterado hasta el hastío en los desgraciados días del coronavirus) y paternalista, no solo porque suelen ser hombres quienes la mantienen sino también porque esconde una interpretación restrictiva de la vida en los pueblos, cuyo día a día se muestra, desde esta óptica, como una forma de existencia “menor”, limitada, reducida, incompleta, despreciando las voces, los sentimientos, las inquietudes, los anhelos, los pensamientos, las vidas en realidad, de quienes los habitan. Sánchez se manifiesta así totalmente en contra de la noción de la España vacía, muy divulgada desde la aparición, en 2016, del libro del mismo título de Sergio del Molino, una expresión que ha calado desde entonces en la opinión pública, convertida en un tópico recurrente hasta su sustitución -a mi juicio sin motivo- por la que propugna la escritora cordobesa, la España vaciada, que en este país maniqueo y polarizado, de bandos fuertemente ideologizados, en el que hasta los criterios para usar o no mascarilla, para decir el covid o la covid, para decidir sobre la pertinencia de una señal de tráfico, dependen de la posición apriorística -del ideario, del argumentario político- que se defienda, ha prosperado entre las gentes de adscripción ideológica más “progresista” (quiera eso decir lo que quiera decir). Denuesta María Sánchez ese acercamiento “sepulturero” al campo, un campo que se muestra siempre como “vacío”, un campo de atraso, ignorancia, cerrilidad y ausencia de expectativas, y del que se ignoran las historias, palabras, vidas, semillas, veredas, animales, árboles, vínculos, personas. 

Y ese lamento, esa queja, ese grito de protesta -que todo ello es, también, el libro que nos ocupa- se hacen especialmente agudos al detener la mirada en el silenciamiento y la preterición que sufren las mujeres en ese medio rural. El libro se abre así a infinidad de sugestivas ideas en torno a la decisiva presencia femenina en el campo, así como a sus vivencias reales, en una sucesión de reflexiones interesantes que no puedo más que enumerar brevemente en sus ejes centrales. El importante papel que han desempeñado y siguen desempeñando las mujeres en las faenas agrícolas y ganaderas; su, paradójicamente, aislamiento y desaparición (¿Dónde estaban las mujeres?) en cualquier acercamiento “intelectual” al campo (Los libros entre los que crecí, todos esos apuntes y manuales de consulta con los que pasé tantas horas en la biblioteca, guías de animales y de aves, todas esas novelas, esos cuentos y esos poemas, todos, prácticamente en su totalidad, escritos por el mismo sexo. Todos aquellos a los que admiré y seguí: científicos, ecologistas, pensadores, veterinarios, pastores, agricultores, jornaleros, ganaderos, conservacionistas, divulgadores, todos ellos, todos, absolutamente todos, hombres); la necesidad de que las mujeres tomen la voz, su voz hasta ahora acallada, silenciada (¿Quién es el que cuenta la historia?), para dar cuenta de sus vidas; el paralelismo entre la literatura y el campo (Dos mundos que, a primera vista, parecen tan distantes pero que comparten tanto); las significativas nociones de invisibilidad y domesticidad; la dualidad inherente al trabajo femenino, también en el entorno rural, con la agotadora doble jornada (Las llaman mujeres todoterreno como alabanza cuando debería reprocharse y ser visto como algo malo que una mujer esté disponible para todo y para todos siempre. Porque preparan a los hijos para ir a la escuela, cocinan, dejan la casa limpia, bajan al huerto y cuidan las gallinas, arreglan a los suyos (a los vivos y a los muertos), no salen de esa lista infinita de tareas domésticas y siguen «teniendo tiempo». Tiempo para ellos, claro. Porque después de los cuidados, van al campo, a ayudar al marido, al padre o al hermano en las tareas del día a día, sin ni siquiera tener peso en la toma de decisiones o recibir algo a cambio, y, por supuesto, ni hablemos de titularidad compartida o tener un contrato de trabajo); la importancia del mirar, de la observación atenta de una realidad que, a la mayor parte de nosotros, nos pasa desapercibida o, como mucho, solo superficialmente apreciada; el profundo y significativo vínculo, ya desde la etimología, entre cultivo y cultura; lo indispensable de hacerse preguntas acerca, por ejemplo, de lo que hoy se llama la “trazabilidad” de los alimentos que consumimos; la exigencia de que las mujeres rurales encuentren una habitación propia, que ya reivindicó Virginia Woolf hace casi cien años... Y todas estas sugerentes líneas a las que se abre el libro, se presentan entre muy poéticas formulaciones, de metáforas plenas de evocaciones como la de construir una casa, la narrativa invisible, los relatos que descansan en las huellas, en las pisadas (solemos aprender siempre del que nos precede, de ese que se ha mojado los pies pisando primero), el destello y la luz frente a la ocultación y la sombra (¿Qué es lo que sale a la luz y qué lo que queda en la sombra?), y tantas otras. 

Esta vertiente “militante” de su obra se complementa con otra versión, más emotiva y sensible, y a mi juicio más interesante, de los asuntos tratados; otro enfoque del que se sirve para recordar, con prosa poética, muy personal, íntima a veces, a las tres mujeres, tatarabuela, abuela y madre, cuyas vivencias alentaron en ella su carrera profesional, su vocación literaria y su conciencia moral (El medio rural era el sustrato fundamental en el que mi familia, tanto materna como paterna, ha ido entrañándose y sucediéndose: el huerto, la despensa, los alcornoques, encinas y olivos, los hermanos, los animales, compañeros de trabajo y sustento). Pepa, nacida entre 1860 y 1870, protagoniza Un alcornoque de trescientos años, un capítulo que incluye una “escena” conmovedora, la mujer despidiéndose del árbol centenario pocos días antes de su ya presentida muerte. El huertecito de mi abuela Carmen es el núcleo sobre el que gira la historia de la abuela analfabeta, solitaria y trabajadora (sus vecinos la llaman Paciencia por su esfuerzo y dedicación continuos a las faenas del campo). El columpio que le había hecho su padre en una encina en la casita del olivar, da pie a las entrañables evocaciones de la madre, en otro capítulo muy emocionante. 

En conjunto, Tierra de mujeres resulta una obra miscelánea, repleta de citas literarias, fotografías a mi juicio prescindibles, impresiones personales, recuerdos, notas poéticas y el ya señalado discurso ideológico, con mucho la parte más endeble de la, por otro lado, estimable propuesta de María Sánchez. 

En ese territorio de las “ideas”, el libro contiene unas estimulantes reflexiones acerca de las palabras del campo, tan desconocidas -o más- que la propia realidad rural para quienes no habitamos esas tierras. En algún momento, constata la autora, caí en que no entendía muchas de las palabras que usaba mi familia para hablar de su día a día o para comunicarse conmigo, palabras que tantas veces había oído sin prestarles atención. No las conocía. No sabía qué significaban. No formaban parte de mi lengua. A partir de ahí, la en ese momento aún niña, empieza a recoger esas palabras como semillas y a incorporarlas a cuadernos para preservarlas, para resguardarlas, para rescatarlas. El texto se ve salpicado entonces por algunos de esos vocablos, palabras como fardela, el saco o talega de los pastores. Como galiana, un camino más pequeño de los trashumantes. Como cabellano, ese terreno en la sierra que es llano, con lomas y valles pero suaves. Como empollo, la primera hierba que nace en otoño tras las primeras lluvias. Como jabardillo, ese conjunto de aves más pequeño que una bandada. Y ahí, en esa voluntad de conservar ese valioso legado, prácticamente desaparecido, está el germen de Almáciga, la última obra por ahora de la cordobesa, sobre la que no quiero dejar de ofrecer, ya casi en el cierre del espacio, algunos muy breves apuntes. 

Almáciga. Un vivero de palabras de nuestro medio rural recoge hasta ciento treinta y tres vocablos y expresiones vinculadas al campo, muchos de ellos desusados -no para sus habitantes, obviamente-, en un de nuevo muy lírico repertorio de manifestaciones léxicas de una sabiduría y una cultura desgraciadamente al borde de la desaparición. Con los mismos mimbres ideológicos y estilísticos que Tierra de mujeres, con las mismas virtudes y carencias, pues, que las ya comentadas, el libro repasa, en capítulos breves, el inagotable léxico del campo, en una fecunda búsqueda de las palabras-semillas que se guardan, se arrojan, germinan, brotan, vuelan y se dispersan, se siembran, se aferran a la tierra y arraigan, crean vida… y “son” la vida, en un paralelismo, que ya estaba en la obra anterior, entre escritura y campo, entre literatura y “tierra”, entre el trabajo del escritor y el del agricultor. Ese es, precisamente, el valor metafórico del título del libro, “almáciga”, a partir de su segunda acepción en el Diccionario de la Real Academia Española de la Lengua: Lugar donde se siembran y crían los vegetales que luego han de trasplantarse; un espacio, el del libro, el de los cuadernos previos de la autora, en el que esta recopila las palabras (y con ellas la vida que encierran) para lanzarlas, combativa y fervorosamente a un vuelo libre que las dé a conocer y así, por tanto, las preserve. 

El texto se articula (más o menos, porque hay no todo el texto obedece a la misma “norma”), en torno a algunos ejes temáticos que “organizan” la aparición de los vocablos. De surcos y azadas recoge palabras y expresiones relativas al cavar, a la tierra, a las manos, a los aperos de labranza, a las acciones vinculadas a la siembra, al quitar las malas hierbas, a los canales que surten de agua a los sembrados, a las acequias, a los regatos. En De frío, ramas y pequeños pájaros, los protagonistas son términos relacionados con la nieve, la escarcha, el rocío y la niebla, las madrigueras y los lugares que sirven de abrigo frente al tiempo inclemente, la especial luz previa a la helada nocturna, los rincones umbríos, las cortezas y las cáscaras de árboles y frutos, las muy bellas denominaciones de los distintos pajarillos. De rebaños trashumantes y veredas presenta el muy rico léxico de los rebaños, los pastores y los utensilios para el pastoreo, los pasos y caminos de los desplazamientos de cabras y ovejas, los refugios en los largos viajes, las plantas de las que se alimentan los animales en sus marchas, algunos tipos singulares de ovejas, las ramas en las que quedan enganchadas retazos de lana de los borregos, las semillas que, a su vez, se prenden al vellón y se esparcen y germinan a cientos de kilómetros de su lugar de origen. Por último, el amplio vocabulario concerniente a la casa y el hogar, al fuego y los leños que lo alimentan, los desvanes y altillos en los que se guardan los aparejos de los animales y los útiles del huerto, los cobertizos, las cuadras y los pajares, comparecen, con su sugerente vocabulario, en De cobijo y lumbre. 

Y ya sin apenas tiempo para un comentario más detallado, quiero mencionar también Cuaderno de campo, el poemario que dio a conocer en 2017 a nuestra invitada de esta tarde. Publicado, como he anticipado, en la editorial La Bella Varsovia, el libro lleva ahora, cuatro años después, casi veinte ediciones, una cifra inusitada para una colección de versos. Todos los “parámetros” del mundo de María Sánchez, hasta aquí reseñados, están ya en este libro: la familia (hay tres poemas que son unas emotivas cartas al padre, a la madre y al hermano, respectivamente; hay una conmovedora evocación del abuelo; hay un “repaso” generacional que se retrotrae hasta el bisabuelo); la naturaleza, vegetal y animal, que aparece en toda su crudeza, con una muy “visceral” (en todos los sentidos) presencia de su práctica cotidiana como veterinaria; la dimensión biográfica; la literatura, con una muy estimulante profusión de citas y referencias, Sophia de Mello, Emily Dickinson, Ovidio, Shakespeare, Canetti; la muerte, tan naturalmente presente en la vida “del campo”; la ternura y el cuidado; la mirada femenina, obviamente, aunque sin los molestos subrayados militantes de las otras dos obras comentadas. 

En fin, tres libros interesantes -también, a mi juicio, controvertidos, sobre todo Tierra de mujeres-, estos de María Sánchez que han ocupado esta tarde nuestro espacio. Como cierre a la emisión os dejo con La tierra y la mujer, una nana preciosa de Javiera Parra sobre un poema de Gabriela Mistral. 


Lo reconozco: 

Soy una mujer que es tercera generación: mi abuelo era veterinario, mi padre es veterinario y yo también lo soy. Soy la primera nieta, la primera hija, la primera sobrina. Pero también la primera veterinaria. Vengo de una familia que siempre ha estado ligada a la tierra y a los animales, a la ganadería extensiva. Mi infancia está llena de alcornoques, encinas y olivos, algún huerto, despensas y muchos animales. De pequeña, siempre los admiraba a ellos. Los hombres eran la voz y el brazo de la casa. De hecho, quería ser uno de ellos. De pequeña y hasta bien entrada la adolescencia, odiaba los vestidos, la melena que mi madre se empeñaba en peinarme y las muñecas con las que se suponía que tenía que jugar. Yo quería ser fuerte, corría detrás del rebaño sin miedo y me caía una y otra vez cuando me hacía la valiente sorteando las huellas, demasiado grandes para mi bici, que dejaban por un tiempo los tractores en los carriles. Siempre aparecía la primera cuando mi abuelo o mi padre necesitaban ayuda. Quería ser como ellos. Demostrarles que era tan fuerte y estaba tan dispuesta como ellos. Porque si hay algo que nos queda claro desde pequeños es esto. Que los hombres de sangre y tierra nunca lloran, no tienen miedo, no se equivocan nunca. Siempre saben lo que hay que hacer. Siempre. 

A esa edad, las mujeres de mi casa eran una especie de fantasmas que vagaban por casa, hacían y deshacían. Eran invisibles. Hermanas de un hijo único, como dijo en una ocasión la escritora portuguesa Agustina Bessa-Luís sobre su infancia. Hermanas de hombres fuertes. Mujeres invisibles a la sombra del hermano. A la sombra y al servicio del hermano, del padre, del marido, de los mismos hijos. Y no puede ser más certero y, a la vez, más doloroso. Porque es ésta la historia de nuestro país y de tantos: mujeres que quedaban a la sombra y sin voz, orbitando alrededor del astro de la casa, que callaban y dejaban hacer; fieles, pacientes, buenas madres, limpiando tumbas, aceras y fachadas, llenándose las manos de cal y lejía cada año, sabedoras de remedios, ceremonias y nanas; brujas, maestras, hermanas, hablando bajito entre ellas, convirtiéndose en cobijo y alimento; transformándose, con el paso de los años, en una habitación más que no se hace notar, en una arteria inherente a la casa. 

Pero ¿quiénes son los que cuentan las historias de las mujeres? ¿Quién se preocupa de rescatar a nuestras abuelas y madres de ese mundo al que las confinaron, de esa habitación callada, en miniatura, reduciéndolas sólo a compañeras, esposas ejemplares y buenas madres? ¿Por qué hemos normalizado que ellas fueran apartadas de nuestra narrativa y no formaran parte de la historia? ¿Quién se ha apoderado de sus espacios y su voz? ¿Quién escribe realmente sobre ellas? ¿Por qué no son ellas las que escriben sobre nuestro medio rural?
  
Videoconferencia
María Sánchez. Tierra de mujeres

miércoles, 17 de marzo de 2021

HELEN MACDONALD. H DE HALCÓN

Hola, buenas tardes. Un miércoles más os damos la bienvenida a Todos los libros un libro, el espacio de Radio Universidad de Salamanca en el que, desde hace más de diez años, os venimos ofreciendo distintas sugerencias de lectura -con la de hoy son ya cuatrocientas cincuenta y seis- que puedan interesaros. Como conocéis nuestros oyentes más asiduos, suele ser habitual que en el mes de marzo dediquemos nuestras emisiones a libros escritos -y muchas veces protagonizados- por mujeres, con la excusa, por otro lado innecesaria, de la celebración, el 8 de este mes, del Día internacional de la mujer, el cual, en el caso de este año, tuvo lugar el pasado lunes. El cuadragésimo aniversario de la muerte de Álvaro Cunqueiro, en quien centramos el espacio de hace quince días, me ha impedido iniciar este marzo aún infausto (en la mente el recuerdo del horroroso de 2020) con una recomendación femenina, pero desde la semana pasada, con las novelas de Alice McDermott, y hasta fin de mes, serán las mujeres quienes tendrán la voz en nuestro programa. 

Por otro lado, el próximo y ya muy cercano 21 de marzo se “festeja” el Día internacional del árbol y los bosques, y es por ello por lo que aprovecho la ocasión para, desde hoy mismo, vincular mis recomendaciones a un segundo “punto de anclaje” con la actualidad: lo que ha dado en llamarse la nature writing, textos -novelas, ensayos, crónicas, reportajes, relatos de aventuras- centrados en la naturaleza en sus diferentes manifestaciones, animal, mineral y, sobre todo, vegetal, en definitiva, literatura con la naturaleza como tema. 

En el caso de esta tarde quiero proponeros una obra excepcional, de difícil adscripción genérica -¿es una crónica periodística?, ¿una biografía?, ¿un ensayo divulgativo?, ¿unas memorias?…, ¿todo ello a la vez?-, aparecida en su edición original británica en 2014 y presentada en España un año después. Se trata de H de halcón, un libro formidable, de lectura simultáneamente perturbadora y gozosa, que escrito por Helen Macdonald vio la luz en nuestro país en la editorial Ático de los libros en la traducción de Joan Eloi Roca y con la revisión técnica a cargo del cetrero Carlos Galindo; una revisión sin duda necesaria pues la profusión a lo largo del texto de términos de ese muy específico y particular ámbito es tan notable que imagino que sin el asesoramiento de un experto en la materia hubiera resultado imposible trasladar al castellano la riqueza y las singularidades léxicas que el libro encierra. Las cobertoras y remeras, el estropajo, el terzuelo o torzuelo, los niegos, la prima, los rameros y los zahareños, los fiadores y las pihuelas, las caperuzas y los cascabeles, la gorga o el papo, el peso de vuelo, “afeitar”, “volar un ave”, “asear” los picos, “acuchillar” una presa o estar en yarak, son, entre otros muchos, algunos de los extraños vocablos y expresiones de la jerga cetrera que surcan el libro ensanchando la experiencia del lector aunque habiendo complicado, muy probablemente, la labor del traductor. De hecho, esa dificultad ya se refleja en el título pues el ave “protagonista”, como ahora veremos, es un azor (goshawk en inglés), que no es estrictamente un halcón (hawk en la lengua de Macdonald). Aunque quizá, en este caso, estemos solo ante un intento de mantener el "juego" del título original: H is for Hawk.

H de halcón ha obtenido, a partir de su presentación y en los cinco años largos trascurridos desde entonces, diferentes prestigiosos premios, de los que su editorial subraya el Samuel Johnson al mejor libro de no ficción y el Costa al mejor libro publicado en Reino Unido e Irlanda, siendo finalista además del Duff Cooper y del Thwaites Wainwright, en todos los casos en el año de su publicación. 

Helen Macdonald, cetrera profesional, participante en proyectos de conservación e investigación de aves salvajes en Eurasia, experiencia que, de manera tangencial, se menciona en el libro que ahora quiero recomendaros con entusiasmo, es, también, historiadora, investigadora y profesora del Departamento de Historia y Filosofía de la Ciencia de la Universidad de Cambridge, y ha escrito una historia cultural de los halcones titulada Falcon (2006) y varios textos de poesía. Una condición, la de poeta, que aflora de continuo en su obra, de una sensibilidad extrema y repleta de metáforas prodigiosas, de las que quiero dejaros, de entrada, algunas muestras: La luz que llenaba mi casa era profunda y lívida, mitad magnolia, mitad agua de lluvia. Las cosas reposaban bañadas en ella, oscuras y muy quietas. En ocasiones sentía como si estuviera viviendo en una casa en el fondo del mar. O esta sugerente descripción de su azor: La mitad del tiempo parece tan extraterrestre como una serpiente, un ser hecho de metal, escamas y cristal. O esta otra, más rotunda aún: Me sentí como si sostuviera al hijo bastardo de una antorcha y un rifle de asalto. Igualmente poéticas son las descripciones de los paisajes, los campos ingleses en los que “practica” con su animal, el paso de las estaciones, los cambios de clima, 

H de halcón narra la experiencia real de su autora, a la que la repentina muerte de su padre sume en un estado de confusión y crisis personal que intentará resolver, sin una voluntad explícita al inicio pero siendo consciente desde muy pronto y con el paso del tiempo de la conexión entre ambos hechos, con el adiestramiento de un azor hembra, una práctica, la cetrería, que había constituido una de sus grandes pasiones desde sus doce años. Desde ese acontecimiento decisivo, que se recoge en el primer capítulo y del que os dejo un fragmento significativo al término de esta reseña, el libro se moverá siguiendo esos dos ejes principales que de continuo se cruzan y entrelazan: la apasionante descripción de la irresistible atracción de su autora por las aves rapaces en general y por su azor en particular, cuyo proceso de “instrucción” atraviesa la obra entera y que conoceremos en detalle; y la exposición y el análisis de la situación de profundo abatimiento, de tristeza y desconcierto, de hundimiento anímico y espiritual, de conflicto de identidad, incluso, en la que la sume la desaparición de su padre. Cada uno de estos frentes se ramifica y abre a otros temas anexos: los recuerdos de la niñez y las intensas vivencias de entonces con su progenitor; la historia de la cetrería, que se refleja en las abundantes citas históricas y bibliográficas, amenas y oportunas, muy alejadas de la frialdad y el supuesto aburrimiento académico, que trufan el texto; la presencia de un personaje, Terence Hanbury White, de vida y obra muy peculiares, escritor también y autor en los años treinta del pasado siglo, de un libro, “El azor”, que opera en todo momento como “espejo” de la propia experiencia de Macdonald; las menciones episódicas al psicoanálisis; el debate moral sobre la caza; las reflexiones sobre la violencia y la muerte en la naturaleza; el análisis de los contornos que definen la humanidad frente a la animalidad; los apuntes sobre el “espíritu” tradicional y el “carácter” de Inglaterra… entre otros muchos. 

El primer gran valor del libro, a mi juicio, reside en la capacidad de su autora para transmitir -y contagiar- su fascinación por los azores. En mi caso particular, debo señalar que yo, nada proclive al embeleso ante los animales (con mi familia y mis alumnos cubro suficientemente el cupo de contacto con los seres irracionales), sin ningún interés previo por el universo de la cetrería -para mí ajeno, remoto, inexistente-, y con una indiferencia absoluta -sin llegar al rechazo militante- frente al noble arte de la caza, me he embebido, arrebatado, en las páginas de H de halcón, llevado por la intensa, conmovedora, culta, inteligente y sensible historia que nos cuenta, de un poderoso magnetismo. Cómo permanecer impasible, cómo no sentirse atraído, cómo no desear compartir -entregado, sin límites- la experiencia de quien escribe, a poco de empezar su libro: Los halcones eran las aves rapaces que yo amaba: pájaros rápidos y fuertes, de alas afiladas, de ojos oscuros y con una extraordinaria elegancia en el aire. Me alegraba su brío aéreo, su sociabilidad, sus sobrecogedores picados desde mil pies de altura, con el viento atravesando sus alas con el sonido de lona al rasgarse. Por otro lado, Macdonald tiene la virtud de contarnos su historia con un punto -tenue, muy accesorio, pero a mi juicio evidente- de intriga, generando una expectativa en el lector -¿qué ocurrirá con la instrucción de su ave?, ¿logrará “educarla”?, ¿conseguirá que se someta a sus pautas o el azor acabará por volar libre, atendiendo solo a su naturaleza animal y despreciando al cabo los intentos de racional disciplina de su ama? La historia de Helen con su azor (no el libro en sí, que para ese momento ya se adentra en el quinto capítulo y llega a su página setenta y cuatro) empieza de un modo que corrobora esta tesis que aprecia en la autora un cierto propósito -muy bien medido- de captar primero e ir graduando después, el interés de quien lo lee: Mañana —pensé—, voy a encontrarme con un hombre que no conozco cuando él baje del ferry de Belfast y voy a entregarle este sobre lleno de papel a cambio de una caja con un azor dentro. Quizá resulte excesivo, pero este breve párrafo me ha traído reminiscencias de La metamorfosis (las últimas traducciones se refieren al clásico como La transformación), la obra maestra de Kafka de la que hablamos aquí hace unos meses: Cuando Gregorio Samsa se despertó una noche de un sueño intranquilo, se encontró en su cama convertido en un monstruoso insecto. Resulta fácil convenir que tras la lectura de cualquiera de los dos textos uno ya está irremisiblemente perdido y no le queda más alternativa que adentrarse en la narración y dejarse llevar. 
 
Sin duda consciente de habernos “atrapado” con ese texto prometedor que es ya un anticipo de la aventura que nos espera si seguimos leyendo, Macdonald nos conduce a continuación al muelle en que se producirá el intercambio, y tras el pago al vendedor del acordado fajo de billetes (el sobre lleno de papel), nos presentará a quien será su compañero -y el nuestro- durante cerca de trescientas páginas más, en un párrafo magistral, que no me resisto a transcribir pese a su extensión, en el que está lo esencial del estilo de su autora y que nos dejará, definitivamente, a su merced, dispuestos a seguir la narración hasta donde nos quiera conducir: 

Soltó otra bisagra. Concentración. Cautela infinita. La luz del día irrigando la caja. Garras arañando, otro golpe. Y otro. Paf. El aire se tornó jarabe, lento, salpicado de polvo. Los últimos segundos antes de la batalla. Y tras soltar la última bisagra, mete el brazo dentro de la caja entre un zumbido restallante de alas, patas y garras y un trino agudo. Todo está pasando a la vez. El hombre saca un enorme, gigantesco, azor de la caja y, en una extraña coincidencia de mundo y acto, una inundación de luz solar nos engulle y lo baña todo con su brillo furioso. El azor bate sus alas barradas, las afiladas puntas oscuras de las primarias cortando el aire, las plumas encrespadas como las púas dispersas de un inquieto puercoespín. Dos ojos enormes. Mi corazón se desboca. Es un truco de magia. Un reptil. Un ángel caído. Un grifo sacado de las páginas de un bestiario medieval iluminado. Algo resplandeciente y lejano, como oro hundiéndose en el agua. Una marioneta rota de alas, patas y plumas empapadas de luz. Lleva pihuelas, y el hombre las tiene sujetas. Durante un horrible y largo momento está colgada boca abajo, con las alas abiertas, como un pavo en una carnicería, solo que tiene la cabeza vuelta hacia arriba y está viendo más de lo que ha visto en toda su corta existencia. Su mundo era su criadero, que no era mayor que el salón de una casa. Y luego fue una caja. Pero ahora es esto; y puede verlo todo; la fuente de la luz que reflejan las olas, un cormorán que se sumerge a unos cien metros; motas de pigmento encerado en las filas de coches aparcados; colinas lejanas y los brezos que las cubren y kilómetros y kilómetros de cielo, donde el sol se alza sobre polvo y agua y transitan formas ilegibles que son restos blancos de gaviotas. Todo boca abajo y recién estampado en su totalmente conmocionado cerebro. 

A partir de ahí, y en cualquier caso, con o sin paralelismos más o menos forzados, el relato del amaestramiento del azor, que trasluce toda la pasión de su dueña, es prodigioso (quizá por ese ardor arrebatado del que está imbuida la narradora, al margen de su interés objetivo, también indudable). El libro entero puede leerse, en esta primera vertiente, como un tratado sobre el entrenamiento -más aún, la educación (El adiestramiento de un azor era muy similar a la educación del típico alumno de escuela privada. En ambos casos un sujeto salvaje y desobediente era reconducido y moldeado, el sistema lo civilizaba y le enseñaba buenos modales y obediencia)- de los azores, en el que entre, como se ha dicho, numerosas referencias culturales y sentidos incisos sobre la atribulada situación personal de la escritora, de los que hablaré más adelante, aparecen las diferentes etapas de su instrucción: habituar al ave a la presencia humana, primero la de su “mentora”, luego la de sus amigos, por fin la de extraños; permitir su familiarización con el entorno, la casa, los muebles, los objetos decorativos, más adelante la ciudad, las gentes imprevisibles que pasan aceleradas, los ruidos, las luces, la profusión de estímulos del entorno urbano (Incluso después de la muerte de mi padre, mi corazón hecho jirones sabía que el secreto para adiestrar a un azor era tomarse las cosas con calma. Pasar de la oscuridad a la luz, de habitaciones cerradas al aire libre para primero contemplar de lejos, y luego acercarse, a lo largo de muchos días, a este mundo extraño lleno de voces estridentes, brazos que se agitan, cochecitos de bebé de plástico brillante y rugientes ciclomotores. Día a día, paso a paso, bocado a bocado, mi azor acabaría aprendiendo que nada de eso era una amenaza y sería capaz de estar entre ellas sin ponerse nervioso); graduar los pasos del protocolo de su alimentación (No comprendía que un azor en adiestramiento tiene que mantenerse un poco hambriento, pues solo a través de recompensas de comida un ave salvaje empezará a verte como una figura benevolente y no como una afrenta a todo cuanto existe): pequeños pollitos, piezas de carne de mayor tamaño, conejos; ajustar, con precisión milimétrica -873 gramos-, el “peso de vuelo” (Las aves rapaces tienen un peso de vuelo, igual que los boxeadores tienen un peso de combate. Un azor que está demasiado gordo no tiene interés por volar y no regresará cuando lo llame un cetrero. Los azores demasiado delgados son algo horrible: sobrios, infelices, sin la energía necesaria para volar con pasión y estilo); entrenar los movimientos que le permitirían en el futuro desarrollar su naturaleza cazadora: los pequeños saltos, desde corta distancia, hacia la mano enguantada, las dosis progresivas de alejamiento, los vuelos modestos ampliando poco a poco la extensión del fiador, la cuerda que permite tener amarrado al animal y, a la vez, manejar su distancia, darle “aire”, acostumbrarlo a un vuelo “tutelado”; habituar al ave al pavloviano sistema de recompensas con el que se refuerzan los hábitos que se quieren inculcar; permitir las salidas al aire libre, la captura de las primeras presas -aún bajo el control de su dueña-, alentando la pulsión animal y simultáneamente sometiendo, conteniendo los naturales instintos del depredador; hasta por fin, logrado el dominio total, asistir emocionados -sin duda Helen, claro; pero también el lector- al vuelo sin freno, sin el “vínculo” material -el fiador mencionado- que amarra y da seguridad, en el alma la sensación ambivalente de alegría por el logro y de temor por la nunca eliminada posibilidad de que el azor huya, abandone a su “tutora”, retorne a la vida salvaje. 

Y es que adiestrar un azor es muy difícil, vencer la resistencia de su impulso biológico, “civilizarlo”, por decirlo así, casi imposible (los azores son pájaros nerviosos y susceptibles y lleva mucho tiempo convencerlos de que no eres el enemigo. «Nerviosos», por supuesto, no es la palabra exacta: simplemente tienen sistemas nerviosos acelerados en los que las conexiones entre ojos, oídos y las neuronas motoras que controlan sus músculos tienen solo enlaces secundarios con las neuronas correspondientes del cerebro. Los azores son nerviosos porque viven la vida diez veces más rápido que nosotros, y reaccionan a los estímulos sin pensar; en otro párrafo capaz de despertar por sí solo el interés por el libro), y la descripción de sus protocolos, palpitante mezcla de psicología y naturaleza, de técnica y cultura, de inteligencia y sensibilidad, resulta subyugante. 

En el curso de ese arduo proceso de “educación” del ave se producirá también, como en el explícito caso de la peripecia kafkiana antes mencionada, una suerte de conversión, de identificación de la protagonista con su criatura. Nuestra particular “Helen Samsa” acabará, en su impetuosa vivencia, por alcanzar un enfermizo grado de comunión, con el azor: Me estaba convirtiendo en un azor, escribirá. Y esa peripecia, la de la evolución interna de la chica, la de su entendimiento, la de su compenetración, la de su “fusión” con el animal, resulta también muy atrayente. 

Tras la muerte de su padre Helen queda devastada emocionalmente, en ruinas, como ella misma afirma. La cría de su azor será el vehículo para su reconstrucción, pues desde la debilidad y la inseguridad, desde su profunda infelicidad, desde sus heridas y su angustia, desde la soledad y la falta de sentido de su existencia (Ni padre, ni pareja, ni hijo, ni trabajo ni casa), desde la orfandad absoluta en que se encuentra, desde su pérdida y su duelo, su “compañero” aparece como el ideal a conseguir: El azor era todo lo que yo quería ser: solitario, sereno, libre de pesar e inmune a los sufrimientos de la vida humana. Helen convierte al azor en una suerte de alter ego, vincula su “renacimiento” al éxito en su tarea de “domesticarlo”, que de este modo deviene en una rara y arriesgada ceremonia de iniciación: el paso -doliente- a otra etapa, adulta, independiente, liberada. En el largo y pesaroso proceso de adiestramiento, hecho, al margen de la “técnica” cetrera, de sufrimiento personal, de dudas y vacilaciones, de depresiones e insomnio, de cuestionamiento de la propia identidad, de conflicto psicológico, con etapas de locura incluso que la llevarán a dejar la universidad, renunciar el trabajo, abandonar su casa, desatender su carrera, desistir de sus proyectos y ambiciones, la chica encuentra en su tarea y en su objeto, una fuente de vida, frágil y temblorosa pero vida al fin. Creará así una peligrosa, adictiva, enfermiza vinculación con el ave (los vínculos que nos unen, dirá, vínculos palpables, pero no físicos, vínculos hechos de costumbre, de compañerismo, de familiaridad) a la que bautizará con el nombre de Mabel (De amabilis, que significa adorable o querida, una connotación que refuerza el lazo sentimental que establece con ella). Pero esa unión -fecunda y liberadora en el páramo emocional en que se desenvuelven sus días- se revela también como una dependencia desasosegante, pues el fin último del aprendizaje será el libre vuelo del animal, y con él, quizá, el momento decisivo de su abandono: 

En el fondo, era una cesión voluntaria del control. Vuelcas tu corazón, tu habilidad, tu alma entera, en una cosa —en adiestrar a un azor, en aprender la técnica para correr o a contar en las cartas— y luego pierdes voluntariamente el control sobre ello. Ese es el gancho. Una vez se tira el dado, el caballo empieza la carrera o el azor abandona el puño, te abres al azar y no puedes controlar el desenlace. Sin embargo, todo lo que has hecho hasta ese momento te convence de que podrías tener suerte. Puede que el azor cace la presa, que salgan las cartas perfectas, que el caballo pase el primero la meta. Ese pequeño espacio de duda es un lugar extraño. Te sientes segura porque estás completamente a merced del mundo. Es una descarga de adrenalina. Te pierdes en él. Y así, corres hacia esos pequeños disparos del destino en el que el mundo entero se mueve. Esa es la atracción: por eso nos perdemos, cuando el dolor o la pena nos desarman, en las drogas o en el juego o en la bebida; en adicciones que ponen una correa al alma herida y la sacuden como a un perro. Yo había encontrado mi adicción ese día con Mabel. Era tan peligrosa, en cierta forma, como si me hubiera inyectado heroína. Había huido a un lugar del que nunca quería regresar. 

Como se ve, la descripción de los “síntomas” de la obsesión que llega a experimentar la joven -y obsesión es un término cargado de implicaciones oscuras que no se aviene, quizá, con la “inocencia” de sus sentimientos-, se asemejan a los de una febril pasión amorosa: estoy probando el vínculo entre nosotras -afirmará- que los antiguos cetreros habrían llamado amor. Ciertamente, Helen es una “chica rara”, dicho sea sin connotación peyorativa alguna, de una hipersensibilidad inusual, de difícil “encaje” en el mundo, una outsider, en sus propias palabras, y la muerte de su padre y la subsiguiente cría del azor agudizarán esos rasgos. El elenco de descripciones negativas y adjetivos descalificatorios con los que se define a sí misma a lo largo de la obra es revelador de ese estado alterado de conciencia en el que vive: se ve nerviosa, tensa, paranoica, propensa a los ataques de pánico y de ira; alterna etapas en las que en las que ayuna y otras en las se da atracones de comida; rehúye la sociedad, se esconde; se ve inmersa en extraños estados en los que no está segura de quién o qué es; provoca accidentes de coche, rompe tazas, se le caen los platos, se rompe un dedo de un pie en una caída; se abisma en complejas dudas sobre su naturaleza (Había algo que estaba profundamente mal en mí, algo abyecto…). 

Pero, en paralelo, la panoplia de efectos benéficos que el azor le provoca es igualmente significativa: 
 
Mientras estaba con Mabel nunca era patosa ni torpe. El mundo con el azor estaba aislado de todo peligro, y en ese mundo sabía exactamente dónde alcanzaba el límite de mi piel. 

Con el azor en mi puño yo sabía quién era. 

El azor era un fuego que consumía mis penas. En él no cabían ni arrepentimiento ni duelo. Ni pasado ni futuro. Vivía solo en el presente, y ese era mi refugio. Huía de la muerte sobre sus alas rayadas y batientes. 

Allí sentada, con el azor, en aquella habitación en penumbra, me sentí más segura de lo que me había sentido en muchos meses.

Sentada con el azor me sentía como si estuviera aguantando la respiración durante horas sin esfuerzo. Sin ascenso, sin caída, solo el latido de mi corazón, que sentía en las yemas de los dedos, ese pequeño bombeo sincopado que, dado que era lo único que notaba moverse, no parecía formar parte de mí en absoluto. Era como si fuera el corazón de otra persona, o como si otra cosa estuviera viviendo en mi interior. Algo con una cabeza plana y reptiliana y dos pesadas alas bajadas, de costados envueltos en sombras, moteados como los de un zorzal. 

No había mejor bálsamo para mi dolorido corazón que el retorno de mi azor. Pero ahora ya era muy difícil distinguir entre mi corazón y el azor. 

Debo intentar ser más feliz —me dije a mí misma—. Debo intentarlo por mi azor. 

Eliminemos la presencia y los rasgos definitorios del azor, pongamos en su lugar a un ser humano y tendremos la convincente descripción de un exacerbado delirio amoroso, con sus dosis de entusiasmo y tortura, de fervorosa y feliz entrega y y angustia lacerante. 

Pero más allá de estos dos frentes principales -desequilibrio personal y consagración a la misión “redentora” de la cría del azor- el libro está poblado de otros muchos elementos de interés que ya solo puedo esbozar aquí sucintamente. Así, nos conmoverán las tiernas páginas sobre la infancia, la temprana vocación por la naturaleza y los animales, escondida desde niña entre los arbustos, oteando pájaros con sus prismáticos, consciente desde pequeña de su singularidad: yo era la niña invisible; una persona hecha a medida para una vida secreta); la entrañable relación con el padre, un fotógrafo free lance del que se recrea también su propia niñez, su entusiasmo por los aviones, su entrega apasionada a la vida, su ejemplaridad, sus lecciones morales, sus valores, la paciencia, la espera, la integridad; la atormentada existencia de Terence Hanbury White, sensible escritor, complicado e infeliz, malhumorado y suspicaz, permanentemente sumido en el desaliento y la desesperación, con tendencias homosexuales y propensión al sadismo, víctima de abusos en sus primeros años, solitario, reprimido en casi todos los órdenes de la vida, contradictorio y excesivo, amante de la naturaleza y los animales, capaz de alegrarse con el milagro siempre renovado del mundo, cuya historia excepcional, sus fatigosos intentos de adiestrar a Gos, su propio halcón -una experiencia que relatará el “El azor”, de 1952, también publicado por Ático de los libros- corre en paralelo a la de la propia Helen (Este libro que lees es mi historia. No es una biografía de Terence Hanbury White. Pero White es parte de mi historia. Tengo que escribir acerca de él porque estaba ahí. Mientras adiestraba a mi halcón mantuve una tranquila conversación, o algo parecido, con las penas, logros y trabajos de un hombre muerto hace tiempo) y daría para otra reseña. 

Y están también las muchas notas históricas sobre la cetrería, los tratados canónicos sobre este extraño arte, sus principales referentes “teóricos”, las muchas interesantes curiosidades sobre su práctica. E interesan igualmente las alusiones al simbolismo de la domesticación y el vuelo de las aves rapaces, la multitud de referencias al psicoanálisis y sus metáforas, la indagación sobre los límites entre lo humano y lo animal, con pasajes prodigiosos, tanto aquellos en los que vemos al azor “humanizado” (cuando juega -Nadie me había dicho que los azores jugaran. No salía en ningún libro-, cuando “ríe”), como, sobre todo, los que nos muestran a una Helen “cómplice” de la emocionante brutalidad, de la atávica pulsión de muerte que mueve al azor. En este sentido, la presencia de la muerte -la del padre pero, fundamentalmente, la que encarna el salvaje instinto del animal- es otro de los elementos sustanciales del libro, como puede verse en los fragmentos que os ofrezco como cierre a mi reseña: 

Los cetreros tienen una palabra para describir a los halcones que tienen ganas de matar: dicen que el ave está en yarak. Los libros dicen que viene del persa yaraki, que significa poder, fuerza y audacia. Mucho más adelante me divirtió descubrir que en turco se refiere a un arma arcaica y que también es un término que designa el pene: no se puede dudar jamás de que la cetrería es un juego de chicos. Ahora estoy de vuelta en Cambridge y mientras llevo a Mabel cada día por el pedregoso sendero hacia la colina, la veo entrar en yarak. Es inquietantemente similar a una posesión demoníaca. Las plumas de su cresta se erizan, se inclina hacia atrás, las plumas del vientre esponjadas, los hombros caídos y los dedos apretando con fuerza el guante. Su conducta pasa de «todo me asusta» a «lo veo todo; todo esto, y más, me pertenece». 

Un azor mató a un faisán. Fue un picado corto y brutal desde un roble hasta un espeso matorral húmedo; un impacto súbito, ahogado, ramas rompiéndose, aleteos, hombres corriendo y un pájaro muerto colocado con reverencia en un morral de cetrero. Me quedé a cierta distancia. Me mordí el labio. Sentí emociones para las cuales entonces aún no tenía nombre. Durante un rato no quise mirar a los hombres y a sus pájaros y mis ojos se deslizaron hacia los paneles de luz blanca recortados entre las ramas tras ellos. Luego me acerqué al matorral en el que el halcón había matado a su presa. Miré dentro. En lo más profundo de la fangosa oscuridad seis plumas cobrizas de faisán brillaban en una cuna de endrino. Una a una las liberé de entre las espinas y las recogí. Luego metí la mano con ellas dentro en el bolsillo y las protegí en mi puño cerrado como si estuviera aferrando la esencia de aquel instante. Lo que había presenciado era la muerte. No estaba segura de cómo me sentía. 

Si quieres que tu azor se porte bien, basta con que hagas una cosa. Tienes que darle ocasión de matar. Matar tanto como sea posible. Matar lo calma. 

Todo en él está afinado y orientado a la caza y a matar. Ayer descubrí que cuando succiono aire entre los dientes y hago un ruido chirriante como de conejo herido, todos los tendones de sus dedos se contraen instantáneamente, clavando las garras en el guante con terrible y aplastante fuerza. Esta presión asesina está grabada desde antiguo en lo más profundo de su cerebro. Es una respuesta instintiva que todavía no ha encontrado el estímulo que debe desencadenarla. Porque otros sonidos también lo activan: las bisagras de la puerta, bicicletas con ruedas mal engrasadas y, durante la segunda tarde, Joan Sutherland cantando un aria en la radio. Oh. Me reí en voz alta ante eso. Estímulo: ópera. Respuesta: matar. Pero luego este instinto mal aplicado deja de ser gracioso. Instantes después de las seis en punto llega un lamento infeliz desde un carrito de bebé al otro lado de la ventana. Inmediatamente el azor clava las garras en mi guante, aumentando la presión en salvajes y acuchillantes espasmos. Matar. El bebé llora. Matar matar matar. 

No me sentí mal por matar a un animal. Me sentí mal por el animal. Me dio lástima. No porque me considerara mejor que él. No fue una pena paternalista. Fue la pena de todas las muertes. Me hacía feliz el éxito de Mabel y lloraba al conejo particular. Arrodillada junto a su cuerpo sentí una aguda conciencia de mis límites. La lluvia mojando el cuello de mi ropa. Un dolor en una rodilla. Los arañazos en mis piernas y brazos por haber atravesado un matorral, que no me habían dolido hasta ahora. Y una aguda, inefable comprensión de mi propia mortalidad. «Sí, yo también moriré.» 

Aprendí a asumir por un instante la responsabilidad de agacharme y administrar el golpe de gracia a un conejo que Mabel tenía aferrado entre las garras. Una parte de mí tuvo que adaptarse y otra parte de mí tuvo que apartarse. No hay mejor frase para describirlo que la más antigua: Tienes que endurecer tu corazón. Aprendí que endurecer el corazón no era lo mismo que no darle importancia a lo que haces. El conejo siempre fue importante. Su vida no se tomó a la ligera. Yo era responsable de estas muertes. Por primera vez en mi vida ya no era una observadora. Estaba siendo responsable ante mí misma, ante el mundo y ante todas las cosas en él. Pero solo cuando mataba. Los días eran muy oscuros. 

Os dejo ahora con My favorite things -que se traduce en el texto como “Cosas que me hacen feliz”- el clásico de Sonrisas y lágrimas, que Helen canta a su azor en un pasaje del libro. El tema ha sido objeto de infinidad de versiones, la inicial de Julie Andrews, la inolvidable de Coltrane y tantas otras... He elegido esta vez una magnífica de Sarah Vaughn. 


Eran exactamente las ocho y media. Estaba mirando un pequeño ramito de mahonia que crecía entre la hierba, con sus hojas rojo oscuro como lustroso cuero de cerdo. Levanté la vista. Y entonces vi a mis azores. Allí estaban. Una pareja, elevándose sobre las copas de los árboles en el aire cada vez más cálido de la mañana. Un rayo de sol bañaba ardiente mi nuca, pero yo olía hielo al ver a aquellos azores elevarse. Olía hielo y tallos de helecho y resina de pino. Cóctel de azor. Estaban ascendiendo. Los azores en vuelo son de un complejo color gris. No gris teja, ni gris paloma, sino una especie de gris de nube de lluvia. A pesar de la distancia, alcanzaba a ver la gran almohadilla de maquillaje que forman sus plumas de debajo de la cola, con la gruesa y contundente cola tras ellas, y esa soberbia curvatura y doblez de las secundarias de un azor en ascenso que los hace totalmente distintos de los gavilanes. Había cuervos acosándolos, pero no les importaba. Ni siquiera los veían. Un cuervo se lanzó contra el macho y este se limitó a levantar un ala, como para dejar pasar al cuervo. El cuervo no era un idiota y no se mantuvo por debajo del azor mucho tiempo. Estos azores no estaban ofreciendo el espectáculo completo, no hubo ninguno de los picados ni ninguna de las acrobacias sobre los que había leído en los libros. Pero amaban el espacio entre ambos, y tallaban en él todo tipo de hermosos acordes y simetrías concéntricas. Un par de aletazos y el macho, el torzuelo, se ponía por encima de la hembra, la prima, y entonces planeaba hacia el norte de ella y luego descendía, rápido, como un tajo de cuchillo, realizaba un elegante dibujo caligráfico bajo ella y luego la prima de azor batía un ala y volvían a ascender juntos. Estaban en un bosquecillo de pinos, justo frente a mí. Y luego desaparecieron. En un instante mi par de azores estaba dibujando en el cielo líneas sacadas de un libro de física y al instante siguiente no había nada. No recuerdo haber bajado la vista, ni haberla desviado. Quizá pestañeé. Quizá era así de fácil. Y en ese ínfimo paréntesis negro que el cerebro camufla se habían hundido en el bosque. 

Me senté, cansada y contenta. Los azores se habían marchado, el cielo estaba vacío. Pasó el tiempo. La longitud de onda de la luz a mi alrededor se acortó. El día se iba construyendo. Un gavilán, ligero como un juguete de madera de balsa y papel maché, pasó como un rayo a la altura de mi rodilla, planeando sobre unas zarzas y luego perdiéndose entre los árboles. Lo miré alejarse, ensimismada en rememoraciones. Este recuerdo era incandescente, irresistible. El aire olía a resina de pino y al vinagre alquitranado de las hormigas rojas de la madera. Mis pequeños dedos de niña aferraban la cadena de plástico de unos prismáticos de Alemania Oriental que colgaban, pesados, de mi cuello. Me aburría. Tenía nueve años. Papá estaba de pie a mi lado. Buscábamos gavilanes. Anidaban cerca, y esa tarde de julio esperábamos el tipo de avistamiento que a menudo nos ofrecían: un emerger como de submarino entre las copas de los pinos al alejarse; un atisbo de ojo amarillo; un pecho barrado contra las agujas de pino en movimiento o una rápida silueta recortada contra el cielo de Surrey. Durante un rato había sido emocionante contemplar la lobreguez entre los árboles y las regiones oscuras teñidas de naranja sangre donde las sombras y el sol dibujaban un pavimento de fantasía entre los pinos. Pero cuando tienes nueve años, no se te da bien esperar. Yo golpeaba la base de la valla con mis botas de goma. Me movía y distraía. Suspiré. Me colgué de la valla agarrándola con los dedos. Y entonces, mi padre me miró, entre exasperado y divertido, y me explicó una cosa. Me explicó la paciencia. Dijo que lo más importante de todo lo que tenía que recordar era lo siguiente: que cuando tenías muchas ganas de ver algo, en ocasiones lo que tenías que hacer era quedarte muy quieta en el mismo sitio, recordar lo mucho que querías verlo y tener paciencia. 

—Cuando estoy en el trabajo, haciendo fotografías para el periódico —dijo—, a veces tengo que quedarme sentado en el coche durante horas para conseguir la fotografía que quiero. No puedo levantarme a tomar una taza de té, ni siquiera para ir al baño. Tengo que tener paciencia. Si quieres ver halcones, tú también tienes que ser paciente. 

Lo dijo solemne y serio, no enfadado; me estaba comunicando una de las verdades de los adultos, pero yo solo asentí de mal humor y me puse a mirar el suelo. Sonaba como una regañina, no como un consejo, y no comprendí lo que me estaba diciendo. 

Pero aprendes. «Hoy —pensé ahora que no tenía nueve años ni estaba aburrida—, he tenido paciencia y los azores han venido.» Me levanté lentamente, con las piernas un poco entumecidas después de tanto tiempo quieta, y descubrí que tenía un poco de liquen en una mano, un poquito de ese liquen ramificado color verde pálido capaz de sobrevivir a cualquier cosa que le suceda. Es la paciencia hecha ser vivo. Puedes coger liquen de los renos y apartarlo del sol, congelarlo y luego secarlo hasta que cruja: aun así no morirá. Pasa a un estado de hibernación y espera a que las cosas mejoren. Es impresionante. Sopesé la pequeña bola de minúsculas ramitas en la mano. Casi no se notaba que estaba allí. Siguiendo un súbito impulso, metí en el bolsillo interior de la chaqueta ese recuerdo robado al campo del día en que vi a los azores. Lo dejé en un estante cerca del teléfono. Tres semanas más tarde, lo estaba mirando cuando llamó mi madre y me dijo que mi padre había muerto.

Videoconferencia
Helen Macdonald. H de halcón