Vivo entre muchos libros y extraigo una gran parte de mis ganas de vivir del hecho de que aún leeré la mayoría de ellos. (Elias Canetti)

miércoles, 5 de diciembre de 2012

ALFONS CERVERA. ESAS VIDAS

Hola, buenos días. Bienvenidos a Todos los libros un libro. Como todas las semanas llegamos puntuales a nuestra cita con todos vosotros, una cita en la que pretendemos daros cuenta de un libro que creemos puede interesaros escogido de entre el maremágnum de publicaciones que nos asaltan de un modo inmisericorde desde los mostradores de las librerías. Hoy quiero presentaros la penúltima obra publicada de un escritor espléndido, autor de innumerables novelas y de incontables artículos periodísticos, también de algún poemario. Se trata de Alfons Cervera, un escritor valenciano con una trayectoria literaria más que estimable que no se corresponde, como tan a menudo ocurre, con su reconocimiento público, pues pese a su excelencia no ocupa las portadas, ni se le dedican páginas en los suplementos literarios, sino que presenta, en definitiva, lo que podríamos llamar un ‘perfil bajo’ desde el punto de vista comercial. Y ya sabéis que en estos asuntos de la literatura -pero en cuáles no- el comercio, la imagen, el marketing, el dinero, en suma, resultan primordiales. Alfons Cervera es, como os digo, un escritor voluntariamente alejado de los primeros planos mediáticos, pero que lleva muchos años elaborando un proyecto literario muy personal, muy delicado, repleto de melancolía, de sentimientos, hermosísimo. En particular, y antes de hablaros del libro de esta mañana, os recomiendo su tetralogía (por ahora), agrupada bajo la rúbrica de Ciclo de la Memoria e integrada por las novelas El color del crepúsculo, Maquis, La noche inmóvil y Aquel invierno, que gira sobre la brutal posguerra española en las décadas de los cuarenta, cincuenta y hasta sesenta del pasado siglo, en un territorio, la Serranía valenciana, que Cervera conoce muy bien por ser el universo de su infancia, de su vida, en realidad. En esas magníficas e intensas y emocionantes y conmovedoras novelas, se nos habla de la vida cotidiana de los perdedores de la guerra civil, de individuos humildes y sencillos, de la memoria histórica hoy tan trivializada en algunos ámbitos, de la represión, del horror, de las penurias, del silencio que sufrieron algunas de esas pobres gentes que tuvieron la mala fortuna o que escogieron el destino de estar en el lado equivocado de la contienda.
 
Esas vidas, el libro del que hoy quiero hablaros, publicado, como la mayor parte de su obra literaria, por la editorial Montesinos, contiene la totalidad de las claves y de los motivos recurrentes de la literatura de Alfons Cervera, de modo que leyéndolo podréis haceros una idea bastante ajustada de lo esencial de sus planteamientos, de sus intereses, de su estilo, tan poético. No obstante, hay, sin embargo un elemento central que es específico de este libro en particular, que constituye el eje sobre el que se desarrolla todo él. Este desencadenante de la escritura en Esas vidas es la muerte de su propia madre. La madre de Alfons Cervera fallece en un mes de febrero, tras año y medio languideciendo después de una caída por las escaleras de su casa, y dos semanas después de su muerte, su hijo, que se encuentra en Grenoble por motivos profesionales, relativos a su oficio de escritor, asistiendo a un coloquio sobre la memoria individual y colectiva que se celebra en la Universidad de la ciudad francesa, reflexiona sobre esa muerte, sobre la muerte en general, sobre su vida con su madre, sobre un extraño episodio protagonizado por su padre, entonces un joven anarquista, en los primeros días de la Guerra Civil. Tres son los planos que se entremezclan en los pensamientos del autor: la historia de su madre, de su pasado feliz, y también del progresivo deterioro del año y medio tras la caída, así como de su propia infancia como niño; la indagación en la misteriosa peripecia del padre, que le condujo a una condena de doce años de cárcel terminada la guerra; y las reflexiones que como novelista, y con ayuda de numerosas citas y referencias a otros escritores, el autor se hace sobre la muerte, sobre el paso del tiempo, sobre las razones de la escritura, sobre el sentido de la existencia, sobre la memoria, sobre la condición humana…
 
El libro resulta ser así, gracias a esta superposición de planos, intimista y objetivo, emocionante y terrible, algo frío y distante, pero a la vez lleno de ternura y sensibilidad. En cualquier caso, y como sucede con el resto de la obra de su autor, altamente recomendable. Os dejo ya con un fragmento de Esas vidas que creo que os permitirá apreciar con bastante exactitud el tono, el estilo, el clima de la obra. En estos días, además, ve la luz la última novela del escritor valenciano, Tantas lágrimas han corrido desde entonces, en la que, al parecer, pues aún no he podido leerla, se da algún tipo de continuidad con ésta que ahora comento, a través de algún personaje común.
 
Como complemento musical al libro de un escritor que siempre ha declarado su fascinación por París os dejo J’ai deux amours, esa clásica declaración de amor a la ciudad del Sena, compuesta hace más de ochenta años por Josephine Baker. Aquí suena en la voz de Madeleine Peyroux.
 
 
Ya sé, porque lo dijo Walter Benjamin -siempre presente, siempre-, que con los recuerdos no se escribe una biografía. Esta escritura no se cose a los recuerdos sino al relato, desnudo en toda su fragmentaria dramaturgia, de una muerte. La de mi madre. Y con ellas, con la muerte y con mi madre, se ha abierto en lo que se cuenta una brecha -muchas, quizá- hacia el conocimiento de lo que sucedió en un tiempo ya lejano. Una vida -aseguraba Rimbaud- siempre son otras vidas. Y me pregunto todavía hoy -tal vez hoy seguramente más que nunca- dónde estaban antes esas vidas que poco a poco han ido construyendo la que mi madre vivió cuando se iba muriendo con la fecha de caducidad que ella buscaba afanosamente en los tarros de yogur: la de Claudio, mi padre, que comienza una noche de llamas y pistolas cuando era casi un niño y se iniciaba en una revolución que lo conduciría a la derrota, a todas las derrotas; la de mi hermano, aferrada con temblores epilépticos a ese miedo que en los momentos de máximo esplendor lo llenaba de inocencia y de ternura; la de quienes fueron apareciendo en esta historia como personajes borrosos, inconclusos, habitantes de los rincones más en sombras de la casa y finalmente imprescindibles; la de esos libros que me ayudaron -con mayor o menor torpeza por mi parte- a escribir estas páginas llenas de lo que nunca antes imaginé que podría llegar a conocer. Y la de mi madre, una mujer fuerte, con esa fortaleza imbatible que de pronto se quedó paralizada un día de verano y decidió buscar en el silencio, en el lado más profundo de lo oscuro, una manera de sobrevivir.

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