Vivo entre muchos libros y extraigo una gran parte de mis ganas de vivir del hecho de que aún leeré la mayoría de ellos. (Elias Canetti)

miércoles, 16 de enero de 2013

MAGGIE O'FARRELL. LA EXTRAÑA DESAPARICIÓN DE ESME LENNOX

Hola, buenos días. Hoy quiero hablaros de una novela magnífica, el libro que más me ha conmovido, emocionado, interesado, atraído, sobrecogido, maravillado de cuantos he leído últimamente. Una novela intensa, bellísima, extraordinariamente escrita, pero sobre todo una novela que habla de la vida de verdad, con unos personajes llenos de humanidad, rebosantes de sentimientos, de emociones, de vivencias auténticas, con una trama arrebatadora que te mantiene en vilo, con el ánimo suspendido, hasta su sorprendente final, un libro redondo, perfecto, asombroso, que constituye una recomendación muy fácil para mí, y muy exigente para vosotros, pues no deberíais dejar pasar la ocasión de leerlo. Pero vayamos ya a su título, que con tanto elogio corro el riesgo de olvidarlo. Se trata de La extraña desaparición de Esme Lennox, su autora es una joven escritora irlandesa, Maggie O’Farrell, y ha sido publicado por la casi siempre acertada editorial Salamandra en traducción de Sonia Tapia Sánchez.
 
Esme, la Esme Lennox del título, es una mujer de setenta y siete años que ha vivido encerrada en una clínica psiquiátrica, y aquí la expresión sí que es un eufemismo manifiesto dadas las terribles condiciones de su reclusión, desde los dieciséis. Sesenta y un años de silencio, de secretos, de misterio, y sobre todo, sesenta y un años de tristeza, de impotencia, de frustración, de dolor, de desesperación, de tortura, pues su internamiento en el manicomio, permitidme ser esta vez políticamente incorrecto, no obedeció a ninguna enfermedad auténtica de la entonces adolescente, sino a una complicada y terrible y hasta monstruosa historia familiar.
 
Como consecuencia del cierre del hospital psiquiátrico, Iris, una joven escocesa, propietaria de una tienda de moda en Edimburgo, con una vida sentimental compleja, pues sale con un hombre casado y mantiene una relación difícil, aunque intensa, con Alex, su hermanastro, recibe una notificación de los responsables de la clínica en la que se le comunica que es la única descendiente de Esme -cuya existencia le era desconocida a la joven, pese a que, al parecer, se trata de su tía abuela- y que, por ello, al cerrar sus puertas el sanatorio, ella, Iris, debiera hacerse cargo de la anciana.
 
Y este encuentro forzado y sorprendente de las dos mujeres, una, anciana y supuestamente enajenada, la otra, joven y atosigada por sus complicaciones amorosas y vitales, es la excusa, podríamos decir, para que, a partir de ella, se cuente la historia de tres generaciones de la familia a lo largo de cerca de ochenta años. En la narración se oyen las voces de la Esme del pasado, que evoca su infancia en la India y en Escocia, su adolescencia en Edimburgo, los confusos hechos que la condujeron a su reclusión; también de la Esme actual, desconcertada y perpleja ante la vida moderna que contempla por primera vez tras las seis décadas de aislamiento. Además, hay fragmentos que se corresponden con las reflexiones deslavazadas de Kitty, hermana de Esme y abuela de Iris, que, afectada por el terrible Alzheimer, rememora jirones de su vida que brotan inconexos de su devastado cerebro. Y también, claro está, tiene protagonismo la voz de Iris, que entre descripciones de su propia realidad cotidiana y de su confusión sentimental, reconstruye la vida de las dos hermanas, la tragedia que vivieron sesenta años atrás, el drama de su vidas. Este juego de voces distintas, que como piezas aparentemente aisladas, van mostrando, no obstante, al modo de un rompecabezas, la dramática imagen final de la historia, en una construcción muy lograda, con una estructura muy medida y ajustada, es, sin duda, uno de los aciertos del libro. Pero sobre todo, más allá de la maestría de la autora para hilvanar esos retazos y conformar a través de ellos una narración emotiva y subyugante, sobre todo, digo, lo más destacado es la humanidad que respira la historia, la verdad de sus personajes, la cantidad de vida, si es que la vida se puede medir, se puede cuantificar, que desborda esta novela apasionante. Después de leer este magnífico La extraña desaparición de Esme Lennox uno sale reconfortado, con una extraña sintonía con la existencia, agradecido por tanta belleza, por tanta emoción, por tanta verdad. Creedme, el contacto con la belleza nos hace mejores, más humanos, más logrados. Y este libro es bellísimo, emocionante, memorable, brillante, hermosísimo. Leedlo, leed. No os arrepentiréis. Os dejo ya con un muy representativo y sustancial fragmento del libro que espero os interese también. Después, una también conmovedora canción que habla de la vejez. Veronica, de Elvis Costello, nos muestra a una anciana encerrada en los recuerdos de su infancia.
 
 
Todo empieza con dos chicas en un baile.
 
Están a un lado de la sala, una de ellas sentada en una silla, abriendo y cerrando el carnet de baile con los dedos enguantados; la otra de pie, contemplando el desarrollo de la danza: las parejas que dan vueltas, las manos agarradas, el taconeo de los zapatos, las faldas al vuelo, la vibración del suelo. Es la última hora del año y la noche tiñe de negro las ventanas. La chica sentada va vestida de un tono pálido, Esme no recuerda cuál; la otra lleva un vestido rojo oscuro que no la favorece. Ha perdido los guantes. Aquí comienza.
 
O tal vez no. Tal vez empieza con anterioridad: antes de la fiesta, antes de que se pongan los vestidos nuevos, antes de que se enciendan las velas, antes de que se eche arena en el suelo, antes incluso de que comience el año cuyo final celebran. Quién sabe. En cualquier caso, termina en una rejilla que cubre una ventana formando cuadrados que miden exactamente dos pulgares de anchura.
 
Cuando Esme intenta mirar a lo lejos, es decir, más allá de la reja, descubre que los cuadrados del enrejado se difuminan enseguida y, si se concentra lo suficiente, acaban desvaneciéndose. Antes de que su cuerpo se reafirme, ajustando la mirada a la realidad del mundo, siempre hay un momento en el que sólo existen ella y los árboles, el camino, el más allá. Nada más.
 
La pintura de la parte inferior se ha desgastado y en los cuadrados se aprecian distintas capas de color, como los anillos de un árbol. Esme es más alta que la mayoría, de manera que alcanza la parte en que la pintura es nueva y densa como el alquitrán.
 
Esme piensa: ¿dónde empieza todo?, ¿aquí, allí, en el baile, en la India, antes?


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