Vivo entre muchos libros y extraigo una gran parte de mis ganas de vivir del hecho de que aún leeré la mayoría de ellos. (Elias Canetti)

miércoles, 20 de junio de 2018

SIMON CRITCHLEY. EN QUÉ PENSAMOS CUANDO PENSAMOS EN FÚTBOL
JOSEPH LLOYD CARR. CÓMO LLEGAMOS A LA FINAL DE WEMBLEY

Hola, buenas tardes. Bienvenidos a Todos los libros un libro, el programa de recomendaciones de lectura de Radio Universidad de Salamanca, que esta semana, con los campeonatos mundiales de fútbol ofreciendo a los aficionados partido tras partido de emocionante competición, recala de nuevo en los peculiares territorios del deporte rey con un par de acercamientos distintos a su muy sugerente universo. Se trata de otros tantos libros que nos muestran el fútbol desde una perspectiva filosófica, el primero, y romántica o sentimental, el segundo, dos obras excelentes, muy interesantes, escogidas entre la infinidad de ellas que estos últimos meses, aprovechando la cercanía del muy global y difundido torneo, afloran de continuo en los anaqueles de las librerías. 

La primera de ellas es un ensayo, En qué pensamos cuando pensamos en fútbol, escrito por el filósofo británico Simon Critchley, y publicado por la Editorial Sexto Piso en traducción de Milo J. Krmpotic. Simon Critchley es un pensador poco convencional, que ha centrado el objeto de sus preocupaciones profesionales en asuntos no demasiado trillados por la filosofía académica, con libros como Apuntes sobre el suicidio, El libro de los filósofos muertos o un estudio sobre David Bowie. Futbolero furibundo y entusiasta seguidor del Liverpool, presentó en 2017 la obra que ahora os comento, aparecida en España en este mismo 2018. 

Debo hacer un aviso para navegantes antes de adentrarnos en el análisis del libro. Estamos, sin duda, ante un texto de filosofía que es a veces, por ello, para un lector profano, algo arduo, pues propone ideas que tienen en ocasiones un desarrollo difícil o poco accesible para quien no cuenta con el bagaje teórico mínimo de esa tan abstracta disciplina. Sin embargo, siendo el fútbol el referente último de sus reflexiones, y estando dotado el autor de notables cualidades comunicativas (en su expresión escrita; he escuchado alguna intervención pública suya y sus talentos no sobresalen del mismo modo en esa dimensión oral) y de un afilado y muy británico sentido del humor, la lectura resulta extraordinariamente amena y entretenida, amén de divulgativa, interesante e instructiva, sobre todo para los amantes del balompié -el libro está lleno de referencias que sólo disfrutarán los connaiseurs-, pero también para cualquier lector con curiosidad por explorar las múltiples dimensiones morales, políticas, sentimentales, ideológicas, intelectuales y culturales del formidable fenómeno que representa en el mundo entero el ya inmortal deporte. 

El propósito último que mueve al autor de En qué pensamos cuando pensamos en fútbol no es otro que describir la experiencia viva del fútbol o, dicho de otra manera, poner palabras, nombrar -y por tanto, indagar, intentar comprender y explicar- lo que los seguidores de fútbol entienden naturalmente. En estas formulaciones, expresadas tal y como las ha manifestado el propio Critchley en la presentación en España de su libro, se recogen las dos grandes fuerzas que recorren el texto: la pasión y la razón. 

El filósofo es, ante todo y de manera fundamental, un enfervorizado hincha futbolístico. He sido un apasionado del fútbol durante toda mi vida, declara. Son infinidad los pasajes del libro en los que emerge esa condición arrebatada y casi febril de su existencia que encuentra su manifestación más destacada en su cualidad de incondicional aficionado del Liverpool: los entrañables episodios de la infancia, con el padre llevándolo al estadio de Anfield para ver juntos los partidos del equipo favorito, en una experiencia de iniciación tan común en cuantos disfrutamos del fútbol; el recuerdo de los olores del estadio: la orina de los lavabos, la tinta de los periódicos, el humo de los cigarrillos, el pastel de carne, el Bovril, en mi caso también el linimento que usaban los jugadores, la hierba recién regada; la nostalgia de los privilegiados momentos del pasado vinculados al fútbol (el fútbol es la infancia recuperada, diría yo parafraseando a Savater, como en la tierna y bellísima historia que os dejo como cierre a esta reseña): la fascinada visión de los héroes, la tensión del resultado, las múltiples supersticiones, el regreso a casa llorando tras una derrota de los tuyos, la incontenible emoción de las victorias; el vínculo eterno y sagrado con los rojos colores del equipo elegido: mi único compromiso religioso es para con el Liverpool Football Club, afirma, rotundo; la perdurabilidad de la “obsesión” futbolística en la edad adulta -Tuvieron que refrenarme para que no se la dedicara a Kenny Dalglish, dice Critchley a propósito de su tesis doctoral, que pretendía “ofrendar”, contra el criterio académico, al mito red; la repetición, décadas después, de los mismos rituales de la niñez, acompañando esta vez a su hijo; las dificultades de la relación padre/hijo, allanadas, aligeradas por el fútbol: Diría que el cuarenta por ciento de las conversaciones que he mantenido con mi hijo a lo largo de los años, así como el ochenta por ciento de nuestra comunicación escrita, ha versado sobre el fútbol. Para subrayar este contenido sentimental del libro, el texto aparece salpicado con cerca de cuarenta significativas fotografías (de jugadores, entrenadores, aficionados y estadios) que transmiten esta dimensión mítica y legendaria del deporte rey. 

Desde esta “emotiva” posición de partida se eleva la construcción racional en la que el libro consiste, una operación, de entrada, hasta cierto punto inusitada, teniendo en cuenta los prejuicios que inspira el fútbol, sostenidos sobre todo desde posiciones progresistas, en las que se conceptúa el deporte rey como opio del pueblo, entretenimiento fomentado por el poder para mantener a la gente embrutecida y demás apriorismos reduccionistas y trasnochados. Se solía pensar -apunta, en este sentido, Critchley- que el fútbol apenas era merecedor de un acercamiento filosófico por tratarse de una actividad menor, popular, ciertamente cotidiana y vulgar (…) No obstante, las cosas han cambiado. Y es así como, sumándose a esa tendencia renovadora, en su ensayo se recorren temas de tanta enjundia filosófica como la pasión, el espacio, el tiempo, la razón, la estética, la moral, la política, la identidad, la pertenencia o la religión, cuestiones todas filosóficamente ciertas, pero aún más ciertas en su aplicación futbolística

Con abundante presencia de pensadores clásicos como Gadamer, Sartre, Heidegger o Norbert Elias, y con incontables referencias a mitos del fútbol (dos, en particular, son objeto central de su estudio, Zinedine Zidane y Jürgen Klopp, que pocos meses después de publicado el libro se enfrentarían -¿mera casualidad o perspicacia anticipatoria del autor?- en la última y reciente final de la Champions League), el análisis del filósofo británico asume la contradicción intrínseca que conlleva la afición al fútbol y que, en cierto sentido, lo constituye, para, desde ahí, profundizar en algunos de esos grandes asuntos de alcance humano universal que acabo de enumerar. El fútbol es un juego que nos subyuga y deleita en la misma medida en que nos repele y exaspera, escribe, recogiendo la clave, la esencia de esa contradicción. El fútbol es la exacerbación de las peores facetas del capitalismo, la mercantilización, el colonialismo, el nacionalismo, el uso interesado y opresivo de la psicología de masas, el tribalismo desaforado, los excesos del patriarcado, la codificación legal de la violencia, los horrores del mundo globalizado y neoliberal, aspectos todos que solo pueden provocar repulsión. Pero amo el fútbol, afirma categórico, porque, pese al cinismo, la corrupción y el capitalismo crónico que infectan al fútbol, está también su magia y su capacidad de encantamiento, su fascinación y su belleza, el idealismo y la nostalgia, la esperanza y la ilusión, la fe y el encanto irracional que conlleva. Ser hincha -señala, en este sentido- te obliga a creer en las hadas, a comportarte como un estúpido y a tener un cierto grado de utopismo

El choque frontal y la, pese a ello, sin embargo necesaria coexistencia entre la razón y la fe, entre lo subjetivo y objetivo, entre lo real y lo irreal, entre la forma y el contenido, entre la fea y aburrida cotidianeidad y la excelencia festiva de la realidad transfigurada, entre la libertad y el destino, entre lo bello y lo sublime, entre lo apolíneo y lo dionisíaco, entre la inteligencia y la estupidez, entre la seriedad y el juego, entre la sujeción a las reglas y el hechizo de la libre transgresión, entre la eficacia productiva del resultado y la genialidad artística, entre la tediosa rutina y el esplendor del éxtasis, entre la atracción visceral y el reproche intelectual, forman parte del misterio del fútbol que Critchley intenta desentrañar manejando complejas categorías filosóficas que nos muestran aspectos inusitados del balompié, o mejor aún, ángulos bien conocidos pero presentados desde perspectivas novedosas y originales. Algunos de estos singulares puntos de vista comparecen en fórmulas aforísticas de una formidable contundencia y un inmenso poder evocador: Con el fútbol se despliega una dimensión especial de la experiencia temporal; En el fútbol hay que saber interpretar el espacio; Quizá la analogía más cercana a la intensidad de la experiencia futbolística sea el acto sexual; La esencia del fútbol radica en la repetición; Para mí, el fútbol es un ejemplo profundo de racionalidad discursiva; En mi opinión, el diálogo futbolístico puede llegar a ser un paradigma de comportamiento y discusión de tipo moral; El fútbol es el ballet de la clase trabajadora; El fútbol no sólo consiste en ganar; por lo general, consiste en perder; El deporte es la sublimación de la guerra civil

Estas máximas condensan un pensamiento muy profundo y vivaz que salta de un aspecto del fútbol a otro recorriéndolos todos con inteligencia y lucidez: el éxtasis sensorial, el fútbol como fenómeno “socialista”, la sumisión al destino y la vivencia de la libertad, lo “apotropaico” -la magia que mantiene a raya los malos espíritus y la mala suerte-, la memoria compartida, la pertenencia a una colectividad, la experiencia de la historicidad, el juego y la consciencia del juego, el respeto a las normas y su forzamiento en las trampas, la inteligencia de los hinchas, el drama en el fútbol, análogo al del teatro clásico en Atenas o Epidauro, y como en todo drama, la música, los cánticos en los estadios (los himnos de los hinchas, sus estribillos irónicos o exultantes u ofensivos, el horror que suena por megafonía: We are the Champions debería prohibirse), la esperanza y la decepción, el cóctel horrible de presciencia y esperanza que padecemos los aficionados en cada partido agónico (incluso en los no agónicos y anodinos), la dimensión mítica del fútbol, la necesidad que tenemos de dejarnos seducir -también como en Grecia- por la fuerza de los relatos protagonizados por héroes imperfectos

En fin, no resulta fácil sintetizar las muchas derivadas del fenómeno futbolístico en las que se desenvuelve el pensamiento filosófico de Simon Critchley. Me quedo, a modo de imposible resumen, con una de sus más lúcidas reflexiones, muy ilustrativa con respecto a lo que significa el fútbol para sus seguidores: Estamos inmersos en el momento, viendo el partido, rendidos por completo al presente, aguardando el momento entre momentos, ante un futuro abierto e incierto. Pero en ese instante el pasado se borra, se va borrando continuamente, como la memoria de un pez dorado (…) Durante ese momento entre momentos, de algún modo, nos vemos elevados, transformados. Intentamos recuperar el aliento. “Está pasando”, susurramos para nosotros mismos. Nos encontramos en una de las fiestas de la vida, tal y como lo denomina James; algo parecido a un hechizo que nos arranca de lo cotidiano y nos traslada a un estado de euforia, fugaz y compartido, un sensorio sutilmente transfigurado. Eso es lo que yo llamo un éxtasis sensorial

Para cerrar mis propuestas de esta tarde, quiero hablaros también de una novela emotiva e inspiradora de Joseph Lloyd Carr, de título Cómo llegamos a la final de Wembley y publicada en España este mismo año por la Editorial Tusquets con la traducción de Puerto Barruetabeña, aunque su primera presentación en el Reino Unido es de 1975. 

La rúbrica bajo la que se presenta el libro en su versión original -Cómo el Steeple Sinderby Wanderers ganó la FA Cup- ya es indicativa de lo esencial de la historia que cuenta. Nos encontramos ante un modesto equipo de aficionados, un grupo heterogéneo y más bien disparatado de jugadores de un pequeño pueblo de quinientos cuarenta y siete habitantes, que, eliminatoria tras eliminatoria, dejando en la cuneta a equipos de mayor entidad y categoría, acabará por jugar en Wembley la final de la legendaria y muy prestigiosa FA Cup británica, venciendo en el partido definitivo a otro equipo clásico, el escocés del Glasgow Rangers. Para valorar convenientemente esa dimensión romántica y con ribetes de mito de la novela que os presento, debo señalar -sobre todo para quienes no son aficionados al fútbol- que la Copa de la Football Association, es el torneo más antiguo del mundo de este deporte. Disputada por primera vez en la temporada 1871-1872, debe su encanto y su añejo y entrañable “sabor” no sólo al hecho de su longevidad, sino, sobre todo, a que, a diferencia de la mayor parte de los demás torneos que en el mundo existen, la competición se caracteriza por albergar en su seno a todos los equipos que quieran participar en ella, lo que incluye a escuadras amateurs, grupos de amigos o, como es el caso en la trama del libro, abnegados practicantes futbolísticos en pueblos perdidos, cuyos equipos militan en los últimos escalones del muy vasto organigrama del fútbol británico, que alberga a clubes ingleses, pero también, sobre todo en los primeros años del trofeo, a galeses, escoceses e irlandeses. Además, parte de la secular magia del campeonato reside en que las eliminatorias se resuelven a partido único, que se disputa siempre en el campo del equipo de menor rango, lo que favorece las gestas heroicas y propicia las sorpresas con carácter épico. De la repercusión que la FA Cup tiene en las islas da prueba el que los sorteos de todas sus rondas son retransmitidos en directo por televisión y seguidos con apasionamiento por participantes y seguidores. 

Y, en efecto, el ficticio Steeple Sinderby Wanderers hará historia desde su diminuta aldea minera de Yorkshire, el poblachón situado a diez metros sobre el nivel del mar en la estación seca (las parciales inundaciones de su terreno de juego cuando la lluvia invernal castiga la región constituirán una de las indudables causas -pero ni mucho menos la única- de los inesperados éxitos del equipo), superando una ronda tras otra en una sucesión de emocionantes partidos narrados con sencillez, ternura y humor por un Carr que, jugador aficionado en su juventud, conoce bien la trascendencia simbólica del fútbol y la infinidad de connotaciones sentimentales a las que su práctica y su contemplación se abren. 

Pero más allá de la emoción de los choques, de las acciones deportivas y las vicisitudes de los encuentros, de las peripecias de la competición, Cómo llegamos a la final de Wembley resulta magistral en el retrato del inefable puñado de personajes que transformarán, con su entrega, con su energía, con su ingenio, con su convicción, la vida de la aldea -ese perdido estercolero rural, como lo califican sus oponentes- “embarcándola” en un proyecto inspirador e insensato, ilusionante e imposible que cambiará la existencia de todos ellos para siempre. 

El elenco es admirable e indescriptible. Por de pronto, el narrador, Joe Gidner, que sobrevive malamente escribiendo versos para tarjetas de felicitación -condición ésa, la de escritor, que lo convertirá en cronista oficial de la hazaña- y que recala en el pueblo -tras dejar la facultad de teología por un problemilla que tuve- atraído por la “tentadora” oferta de dos habitaciones en el primer piso de una vivienda exentas de pago, solo a cambio de «ayudar en el cuidado de una persona inválida durante la jornada laboral». La inválida, Diana, es la joven e infortunada mujer de Alex Slingsby, otro de los personajes sobre los que girará la acción. Slingsby, que había llegado a jugar seis partidos con otro club célebre, el Aston Villa, ejerce de entrenador del entusiasta equipo de Sinderby, a donde se ha retirado para cuidar la irreversible enfermedad de su esposa. El presidente del club -y primera autoridad también de cuanta institución surja en el pueblo- es el señor Fangfoss, que domina la vida vecinal desde la placidez de una existencia compartida con dos esposas (la “legítima” y la hermana de ésta, que conviven sin asperezas en el hogar familiar, sabedora cada una de ellas de la pródiga liberalidad de marido y cuñado, respectivamente). Fangfoss, que lo ignora todo sobre el fútbol, no duda sin embargo en apoyar los logros del conjunto con su capital y su voluntariosa perseverancia. El responsable “ideológico”, mentor espiritual y cerebro pensante del plan es el profesor del colegio local, Lazslo Kossuth, un doctor -él rechaza el término para no inducir a error, pues es filósofo y no médico- húngaro, que pone su mucha inteligencia en fundamentar intelectualmente la labor del grupo con sus “siete postulados”, fruto de la observación y el análisis “científico” del deporte, cuya estricta observancia conduciría sin posibilidad de error a la conquista del trofeo. La plantilla de los Wanderers participa de idénticos rasgos de excentricidad que definen a sus promotores: el portero, el “Mono” Tonks, lechero en la vida “civil”, que debe su apodo a la facilidad que manifestaba de niño para trepar a los árboles, guiar de espaldas la bicicleta o encaramarse a la aguja de la iglesia para enderezar la veleta tras las tormentas; el reverendo Giles Montagu, que compagina la labor sacerdotal con las habilidades balompédicas; Sid Swift, la Estrella Fugaz, que tras una única y brillante temporada en la primera división inglesa en la que anotó cincuenta y dos goles, desapareció de las portadas deportivas aquejado de ¡¡¡melancolía!!!, para reaparecer en una vida anónima y sin alicientes en el pueblo, una acedía de la que lo salvará el inusitado y envolvente objetivo; junto a ellos, un conjunto de granjeros y mineros bien rudos que se enfrentarán, tras salvar las primeras fases, a los muy adinerados rivales de los equipos profesionales. Y además, destacan las apariciones de la arriscada periodista Alice “Ginchy” Trigger; de la bella Biddy, estrambótica hermana del reverendo y de la que se enamoran todos los hombres, propios y extraños, que llegan a tratarla; de Maisie Twenlow, “presidenta” del club de fans que integran cuatro o cinco locas, de la atractiva esposa de Kossuth, y tantos otros… 

Otro de los logros de la novela es la verosímil ambientación en el húmedo entorno del villorrio, el paisaje anodino, los interminables campos (una vez le pregunté a nuestro presidente qué había detrás de esos campos y él me contestó: “Más”), el escuálido cultivo de remolacha azucarera, el clima gélido, los escasos y no muy relevantes monumentos, las dudosas glorias del pasado local, los dos pubs en los que los lugareños ahogan en alcohol en tedio existencial, las viviendas poco iluminadas, los excrementos de los animales de granja “flotando” por doquier, un panorama desolador cuyas inclemencias describe, no sin cariño, el narrador: La gente no sabe nada de lo que pasa en la Inglaterra rural entre la última excursión que hicieron para ver el misterioso cambio de color de las hojas en otoño y el siguiente viaje para ver el igualmente misterioso florecimiento de las plantas en primavera. El barro, la niebla, los árboles que gotean, la oscuridad, las inundaciones, las fuertes ráfagas de viento que se cuelan bajo las puertas que ya no cierran bien, los escabeles mojados, las teclas de órgano pegajosas, los suelos de piedra, ese terrible olor a putrefacción... Disculpen esta divagación: es que quiero que me comprendan. Y si algún lector todavía se pregunta cuándo voy a empezar a hablar de fútbol, le diré que no estoy desperdiciando mi tiempo al explicar todo lo que hace falta para conseguir que veintidós gladiadores se lancen a la arena, porque esto que estoy contando ya es fútbol

Esta última apostilla -la interpelación al lector- refleja otro de los encantos del libro: el tono cercano y amable, el carácter entrañable y simpático de la historia que se nos narra, el humor afable, una suerte de inocencia, de bondad en la interpretación de los hechos vividos, la melancolía y la nostalgia que impregnan, en el recuerdo a toro pasado, la rememoración de esos insólitos acontecimientos que alteraron para siempre la vida de esos hombres y mujeres comunes, ordinarios, corrientes, banales incluso si no fuera por el suceso que, en cierto modo, los convirtió en leyenda, tras su humilde aunque heroica gesta. Esas notas elegíacas están presentes en el conmovedor texto con el que cierro esta ya muy larga reseña: 

A veces, los sábados, cuando necesito descansar un poco de los versos que escribo, de la Historia oficial o de la monografía sobre Thomas Dadds y cambiar de aires, voy hasta Front Street a la hora de la cena, cuando todo el pueblo ya tiene las cortinas echadas y está viendo por televisión los resultados del fútbol. Y entonces todo vuelve. 
Y duele. En ocasiones los recuerdos me provocan náuseas y tengo que parar y apoyarme en un muro o en lo que sea. ¡Qué curioso! Esta calle fue una vez una riada de aficionados. Y el huerto de frutales que no dan fruta se vio invadido por una multitud muda y estupefacta. Parson’s Plow, donde nuestros delanteros se pasaban la pelota de un lado a otro, ahora estaba en silencio, como si durmiera. Ya no estaban Alex, ni Sid, ni el resto de los muchachos. 
Y me resulta tristísimo que esos días, tanto los que salíamos victoriosos como los que acabamos derrotados, no vayan a volver. Y que esas caras que recuerdo tampoco vayan a reunirse de nuevo en algún sitio. 
Una de esas veces, un sábado de enero al anochecer, estaba de pie junto a Preaching Cross y de repente me di cuenta de que el señor Fangfoss también estaba allí, a mi lado. 
-Señor Gidner -me dijo-, sé lo que está buscando. Pero ya no está y no va a volver jamás. -Y entonces, durante apenas un instante, nuestro presidente reveló sus sentimientos más profundos- Y no puedo decir que no sea una verdadera lástima, muchacho. 

Entre las muchas opciones posibles para ilustrar musicalmente mis dos propuestas de esta tarde, os dejo con Hey Jude, de los Beatles, que no siendo citada en ninguno de los dos libros, es, sin embargo, uno de los temas que los aficionados de muchos clubes ingleses utilizan como fondo musical, con la letra cambiada y adaptada a las peculiaridades del correspondiente equipo -en este caso son los del Manchester City-, para animar desde las gradas. Una canción de leyenda -que cumple este agosto cincuenta años- para un deporte también legendario. 


Quiero confesar algo que nunca antes había revelado en público. Hará unos siete años fui a ver el derbi de Merseyside entre el Liverpool y el Everton con mi sobrino Daniel y mi hijo. Antes de que comenzara el partido, mientras hacía cola para comprarles algo de comida y bebida a los chicos, y una taza de Bovril bien cargado para mí, a unos cinco metros de mi posición, en una cola paralela, vi lo que me pareció el fantasma de mi padre. Quiero decir que era él. Tuve la seguridad de que lo era. Me quedé observándolo un buen rato, aunque él estaba orientado en la misma dirección que yo y no me devolvió la mirada. Pero la forma de su cara, su nariz, su piel morena picada de viruela, su papada, su pelo, sus andares… 

Todo era idéntico. No dije nada, les di a los chicos sus cosas y vi el partido. Ganamos por 2 a 0 y Steven Gerrard marcó. Salimos de allí felices. En el coche de mi sobrino, de regreso a Birmingham, donde él vivía, con mi hijo durmiendo en el asiento de atrás, le referí tímidamente mi historia a Daniel, que conoció bien a mi padre de pequeño. Él también lo había visto.

  

Simon Critchley. En qué pensamos cuando pensamos en fútbol

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