Vivo entre muchos libros y extraigo una gran parte de mis ganas de vivir del hecho de que aún leeré la mayoría de ellos. (Elias Canetti)

miércoles, 6 de julio de 2011

ABRAHAM VERGHESE. HIJOS DEL ANCHO MUNDO

Hola, buenos días. Hoy os traigo una novela de lectura arrebatadora, absorbente, una de las que más me han gustado de las que he leído en los últimos meses, que me ha emocionado y conmovido y entretenido e interesado y enseñado y proporcionado algunas horas, muchas horas, porque el libro es voluminoso, de placer y de auténtico entusiasmo apasionado a lo largo del verano pasado. Se trata de Hijos del ancho mundo, una novela escrita por el etíope Abraham Verghese publicada por la al parecer casi infalible, dada la calidad de todas sus propuestas, Editorial Salamandra. El texto original, escrito en inglés, está traducido por José Manuel Álvarez Flórez y presenta en sus 636 intensísimas páginas algunas faltas de ortografía menores aunque deberían haberse evitado, y un número algo más apreciable de errores, entre los que destaca la reiterada confusión en la denominación de uno de los personajes, que llamándose Shiva, con h intercalada, aparece a veces sin ella, a veces denominado Shava, sin que ello suponga una mayor repercusión en la comprensión del libro pues el contexto nos permite suponer su personalidad auténtica y avanzar en la, como digo, muy agradable lectura.

Hijos del ancho mundo es un libro inabarcable y, por tanto, de imposible resumen en una breve reseña como esta que os ofrezco cada semana. Me limitaré pues a proporcionaros una sucinta sinopsis de su argumento, esbozaros algunos de los múltiples puntos de interés del libro y dejaros con un fragmento extraído de sus páginas en el que queda reflejada, aunque también de modo pálido y parcial, una de las muchas y diversas vertientes de la obra.

En 1954, la hermana Mary Joseph Praise, una joven monja nacida en Madrás, en la India, y que desarrolla su vocación realizando labores de atención a los desamparados, deja su país natal y llega a Etiopía, al llamado Hospital Missing, para colaborar como enfermera en la noble misión que llevan a cabo los ejemplares profesionales que en él trabajan, la cura de los paupérrimos enfermos africanos. De una manera al parecer sorprendente la virginal hermana da a luz dos varones gemelos, Marion y Shiva, que parecen ser hijos del genial y abnegado cirujano del hospital, el doctor Thomas Stone, pero tal circunstancia resulta imposible de corroborar, pues la madre muere en el parto y el presunto padre desaparece de la clínica y del país, esfumándose durante décadas de la vida de sus hijos, en cierto sentido huérfanos al nacer.

La novela narra la vida de esos dos niños, acogidos con cariño y devoción por otros dos médicos del hospital, la ginecóloga Hema y el clínico y a la postre también cirujano Ghosh, que acaban creando una familia con los niños, y a los que estos reconocen como a sus auténticos progenitores. Gran parte del libro se desarrolla en el microcosmos del entrañable hospital Missing, en el que ambos chavales crecen y en donde, rodeados por el afecto y la dedicación de los suyos, ven nacer su vocación como médicos, cirujano Marion, que es la voz narrativa del libro, y ginecólogo y obstetra Shiva, complementario y sin embargo tan distinto de su gemelo.

Estamos, pues, ante una novela en la que la medicina ocupa un lugar preponderante, no en vano su autor ejerce con éxito y reconocimiento profesional esa actividad en Estados Unidos. Las descripciones de la vida en el hospital, las peripecias vividas en los quirófanos, las dolencias de los pobres pacientes, los detalles de las operaciones que se describen de modo minucioso y atinado, desempeñan un papel principal en el libro, pero la narración es tan viva, tan precisa, tan apasionante que en ningún momento este hecho, que pudiera resultar un lastre para cualquier lector medio, se constituye en un freno y bien al contrario, resulta uno de los grandes alicientes de la obra. Se trata, claro está, de un libro que disfrutarán sobre todo los profesionales de la medicina, pero en tanto que lo que en él se muestra es una vertiente extraordinariamente humana, una visión afable, cercana, cariñosa, comprometida, entregada del quehacer médico cualquier persona con sensibilidad disfrutará de esas páginas.

Pero es que, además, en el libro hay muchos otros puntos de interés: la indagación en los misterios y exigencias de la paternidad, pues Marion, que cuenta su vida retrospectivamente, desde sus cincuenta años, no renuncia a encontrar al doctor Stone, a todas luces su padre desaparecido, en una aventura apasionante que dura cinco décadas; las siempre intrincadas cuestiones relativas a la identidad, la búsqueda de las raíces, el rastreo de los orígenes de cada uno de nosotros, a través de historias de las familias de la hermana Mary Jo y de Thomas Stone; la ambientación, muy vívida, de las calles y las gentes de Adis Abeba, de la que el texto con el que me despediré por hoy es una muy buena muestra; la formidable galería de personajes secundarios, que se desenvuelven en el mágico ámbito del hospital Missing, el fiel Gebrew y la infortunada Rosina, la desgraciada Genet y el talentoso farmacéutico Adam, la abnegada enfermera jefe y Almaz y la bella Tsige; y está también la historia de Etiopía, los convulsos acontecimientos sociales, políticos y militares que padece el país durante cincuenta años; e interesa igualmente la diversidad de escenarios, descritos con precisión: la India asiática y la Etiopía africana, sobre todo, pero también Boston y Nueva York, en donde Marion comienza su carrera médica. Y por encima de todo ello, de todas estas historias, están los sentimientos que impregnan el libro de forma inolvidable: amor, cariño, dulzura, amistad, ternura, y todo lo que no puede contarse: olores, ambientes, sensaciones, colores, evocaciones, miradas, pálpitos, estremecimientos, anhelos... para conformar una obra, como os digo, conmovedora que no deberíais dejar de leer. Una lectura muy apropiada, además, para estas largas jornadas veraniegas que para muchos están exentas de obligaciones.

Os dejo con un espléndido fragmento del libro y con una formidable canción de una estupenda cantante etíope, Gigi Shibabaw, con su voz única interpretando Ethiopia, una pieza magnética, envolvente, una maravilla.


Lucía una espléndida tarde soleada en Adis Abeba y Hema olvidó que llegaba al hospital con más de dos días de retraso. A aquella altitud la luz era muy distinta de la de Madrás y bañaba cuanto se dignaba iluminar, en vez de reflejarse deslumbrante en todas las superficies. No había el menor indicio de lluvia en la brisa, aunque la situación podía cambiar en cualquier momento. Le llegó el olor leñoso y medicinal a eucalipto, un aroma que nunca serviría para un perfume pero resultaba tonificante en el aire. Captó también el olor a incienso, que todas las casas echaban en la cocina de carbón. Se alegró de estar viva y de vuelta en Adis Abeba, pero la embargó una desconcertante añoranza, un anhelo insatisfecho e indefinible.
Con el final de las lluvias habían proliferado los puestos improvisados en que se vendían pimientos rojos y verdes, limones y maíz tostado. Un hombre llevaba un cordero que balaba a modo de capa al cuello, lo que le hacía esforzarse por divisar el camino. Una mujer vendía hojas de eucalipto, que se empleaban como combustible para preparar inyera, alimento parecido a una hojuela, o torta de tef, el cereal tradicional. Más adelante, vio a una niña que echaba la masa en una enorme plancha apoyada en tres ladrillos sobre el fuego. Cuando la torta estaba hecha, se retiraba como un mantel, se doblaba tres veces y se guardaba en un cesto.
Una anciana vestida de negro se paró para ayudar a una madre a colgarse el niño a la espalda en un hatillo hecho con el shama, el manto de algodón blanco que usaban hombres y mujeres.
Un individuo con las piernas atrofiadas avanzaba a duras penas por la sucia acera balanceando los brazos. Con sendos tacos de madera provistos de asa se apoyaba en el suelo para impulsarse. Se desplazaba sorprendentemente bien calle abajo y recordaba una letra eme.
Una reata de mulas sobrecargadas de leña pasaron trotando con expresión dócil y beatífica, teniendo en cuenta los palos que iba propinándoles el descalzo propietario que corría con ellas. El taxista hacía sonar la bocina, pero el coche sólo conseguía arrastrarse como otro animal sobrecargado.
Los adelantó un camión cargado de corderos, tan apretujados que los pobres animales apenas podían pestañear. Eran criaturas afortunadas, pues por lo menos se las transportaba al matadero, dado que en vísperas del Meskel, la fiesta que celebra el hallazgo de la cruz de Cristo, llegaban a la capital enormes rebaños de bestias que se tambaleaban agotadas y apenas si sobrevivían a aquella marcha hacia la mesa del festín. Después de la celebración, no se oían ni se veían corderos, pero entonces aparecían los comerciantes en pieles, que recorrían calles y callejas gritando ¡Pieles de cordero, quién tiene! La gente los llamaba desde sus casas y, después de cierto regateo, los comerciantes acababan echándose otra piel sobre las que llevaban al hombro y reanudaban el pregón.

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